SAN POLICARPO, OBISPO DE ESMIRNA, Y MÁRTIR

SAN   POLICARPO,  OBISPO  DE   ESMIRNA,

Y MÁRTIR

Día 26 de enero

P. Juan Croisset, S.J.

S

an Policarpo, discípulo de San Juan Evangelista, nació hacia el año 70, en tiempo del emperador Vespasiano, y fue convertido á la religión cristiana en su niñez, cuando imperaba Tito. Hízose, no sólo querer, sino estimar aun de los mismos apóstoles, por la inocen­cia de sus costumbres, por su piedad y por el ardiente celo que mos­teaba por la religión. Tuvo la fortuna de conocer y conversar con muchos que habían tratado al Salvador cuando vivía en el mundo: fueron sus maestros los Apóstoles, y San Juan Evangelista tomó especialmente á su cargo el cuidado de enseñarle.

«Policarpo (dice San Ireneo en el libro de las Herejías), no sólo fue enseñado por los Apóstoles, sino que éstos mismos le eligieron por obispo de Esmirna en Asia. Yo le conocí en mis juveniles años, porque murió muy viejo y tenía ya muchos cuando salió de esta vida por medio de un gloriosísimo y muy ilustre martirio. Enseñó siempre la misma doctrina que había aprendido de los Apóstoles: la que enseña la Iglesia y la que es únicamente doctrina verdadera. Todas las iglesias del Asia, y cuantos hasta ahora han sido suceso­res de Policarpo en la silla episcopal, dan testimonio de que fue in­violable predicador de la verdad, más digno de fe que Valentino, Marción y los demás descaminados que se han dejado llevar de la mentira y del error. En tiempo de Aniceto vino á Roma, convirtió á la fe y reconcilió con la Iglesia de Dios á muchos secuaces de los he­rejes, publicando que la doctrina que él había aprendido de los Após­toles, era únicamente la que la Iglesia enseñaba.» Esto dice San Ireneo.

Como era San Juan Evangelista quien tenía á su cargo todas las iglesias del Asia, él fue quien le encomendó la iglesia de Esmirna, consagrán­dole obispo de ella, bajo el imperio de Trajano, poco tiempo antes que saliese á su destierro de la isla de Patmos, siendo el único de los siete obispos que fue declarado por irreprensible, de boca del mis­mo Cristo, por estas palabras: Yo sé que padeces y que eres muy po­bre; con todo eso, eres muy rico, porque eres objeto de la murmura­ción de los que se llaman judíos y no lo son, porque componen la sinagoga de Satanás. No temas por lo que te resta de padecer; ves aquí que el demonio va á meter en la cárcel á muchos de vosotros, para que todos seáis probados, y vuestra tribulación será de diez días. Sé fiel hasta la muerte, que Yo te daré la corona debida.

Con efecto, tuvo Policarpo gran necesidad de mucho valor y mu­cha paciencia para sufrir las persecuciones que se levantaron contra él, no sólo de parte de los paganos, sino también de los herejes y de los falsos hermanos, que por largo tiempo ejercitaron su virtud y sufrimiento.

Habiendo muerto su amado maestro San Juan, quedó Policarpo privado de gran socorro y de dulcísimo consuelo, pero conservó siempre sus máximas y su espíritu, tanto, que parecía hablaba Juan por boca de Policarpo.

Fue condenado á muerte su grande amigo San Ignacio, obispo de Antioquia, por el emperador Trajano, que se hallaba á la sazón en Siria, y se dio orden de que fuese conducido á Roma, donde había de ser echado á las fieras por la fe de Jesucristo. Tuvo gran con­suelo San Ignacio de pasar por Esmirna, y dar un abrazo antes de morir á su amigo Policarpo. Llenóse de gozo cuando vio la Iglesia de Esmirna tan fervorosa, y dio mil gracias á Dios por haberla con­cedido un obispo tan santo. Ambos habían sido discípulos del Evan­gelista San Juan, y desde entonces habían contraído estrechísima amistad. Antes de llegar á Roma San Ignacio escribió varias cartas laudatorias á San Policarpo, á quien, no sólo tenía por amigo, sino que, en cierta manera, le trataba como á hijo, por ser mucho más anciano que él. En una de las cartas le da consejos semejantes á los que San Pablo daba á su discípulo Timoteo. «Cumple (le dice) con las obligaciones de tu cargo, dedicando á éste todo tu cuerpo y tu espíritu. Sufre á los demás como el Señor te sufre á ti. Si todos te diesen que padecer, padece de todos con caridad, como lo haces. Pide á Dios la sabiduría aun en mayor abundancia que la tienes. Vela, puesto que posees un espíritu que no duerme. Habla á cada uno en particular, según lo que el Señor te diere á entender. Lleva con paciencia las flaquezas de los demás, como perfecto atleta. Cuan­do el trabajo es mayor, también es mayor el provecho. El que ames á los buenos, no es gracia. Aplícate á ganar á los más perversos por la dulzura. No todas las llagas se curan con un mismo remedio. Las inflamaciones se supuran bañándolas y rociándolas. No te dejes atur­dir de los que parecen dignos de fe y enseñan errores. Mantente firme, como se mantiene el yunque, por más que lo golpeen. Es pro­pio de un grande atleta ser despedazado y vencer.»

Hallándose San Ignacio en Filipos de Macedonia, escribió otra carta á San Policarpo, en la cual le habla con licencia de anciano, con autoridad de obispo, con cordialidad de amigo, y con el fervor de mártir que estaba ya casi tocando con la mano la corona en el fin de su gloriosa carrera.

San Ireneo, su amigo y su discípulo ilustre, dice que fue testigo ocular de la santidad de toda su vida, de la gravedad de todas sus operaciones, de la majestad de su semblante y de su porte; de su inmensa caridad y de la maravillosa estimación que se ganó en el concepto de todos.

Habiendo sido discípulo de San Juan Evangelista, no es de extra­ñar se le hubiese comunicado un ardentísimo amor á Jesucristo, y una devoción muy tierna á la Santísima Virgen María. Se ha obser­vado que todas las iglesias, que lograron la dicha de tener por obis­pos á los Apóstoles ó á sus discípulos, han conservado siempre devoción muy particular á la Madre de Dios y Reina de los ángeles.

Hallándose ya San Policarpo en los ochenta años de su edad, pasó á Roma para consultar con el papa Aniceto algunos puntos sobre la disciplina eclesiástica, especialmente el que entonces era muy con­trovertido, acerca del día en que los cristianos habían de celebrar la Pascua. Fue utilísima su estancia en aquella ciudad para algunos fieles que estaban algo tocados del veneno de las nuevas herejías. Quedó confundido el error con la presencia y doctrina de un discí­pulo tan ilustre de San Juan Evangelista. Encontrando un día en la calle al heresiarca Marción, preguntó éste al Santo si le conocía, y Policarpo le respondió: Sí, te conozco; ya sé que eres el primogénito de Satanás.

Vuelto al Asia nuestro obispo, no gozó por mucho tiempo de la paz en que había dejado á su iglesia al tiempo de partir á Roma. El emperador Marco Aurelio, que había sucedido á Antonino, hizo punto de honra y de religión el exterminar á los cristianos del mun­do. Esto dio lugar á la sexta persecución, que fue una de las más crueles; y la de la iglesia de Esmirna fue uno de los primeros tea­tros de ella. El procónsul Quadrato dio principio á la persecución, mandando echar á las fieras doce cristianos traídos de Filadelfia. Era como capitán de esta tropa San Germánico, cuya constancia irritó tanto á los gentiles contra los cristianos, que el pueblo comenzó á clamar por su muerte, pidiendo ante todas la de Policarpo, cuya pre­sencia hacía invencibles á los fieles, inspirándoles el menosprecio de la muerte y de todos los tormentos.

Quiso el Santo mantenerse en la ciudad, sin hacer caso de estos clamores, y continuar en sus visitas pastorales; pero se vio precisa­do á ceder á las ardientes instancias de los cristianos, que le obliga­ron á retirarse y esconderse en una casa de campo, donde no estuvo muchos días, y los pocos que estuvo los pasó en continua oración día y noche.

Tres días antes que le prendiesen, tuvo una visión en sueños, pareciéndole que ardía la almohada sobre que reclinaba su cabeza. Luego que despertó, juntó á los fieles y les dijo: Tened por cierto que dentro de pocos días he de ser quemado vivo; demos por siem­pre gracias á nuestro dulcísimo Jesús, que me quiere hacer merecedor de la corona del martirio. Al día siguiente se halló la casa cer­cada de soldados. Hallábase el Santo en oración, en el desván de la casa, y, oyendo el ruido, se ofreció por víctima al Señor, suplicán­dole se dignase aceptar el sacrificio de su vida; y lleno de extraor­dinaria alegría, bajó donde estaban los soldados; saludó cortésmente al oficial que los mandaba; le declaró quién era; le rogó que en­trase con su gente á descansar un poco; mandó que le dispusiesen de comer, y él se retiró á continuar su oración.

Quedaron atónitos el oficial y los soldados al ver tanta serenidad, tanta dulzura y mansedumbre; llenándoles también de veneración y de respeto la majestuosa presencia de aquel venerable anciano; pero, al fin, eran mandados y no podían dejar de cumplir su comisión, aunque ya con general dolor de todos. Al amanecer hicieron montar al Santo en un humilde jumento para ir á Esmirna. Poco antes de entrar en la ciudad encontró al corregidor y á su padre Nicetas, que iban de paseo; obligáronle á que se metiese en su coche, y comen­zaron a persuadirle á que se rindiese al emperador y sacrificase á los dioses. Indignado el santo obispo de que tuviesen valor para ha­blarle así, les respondió con tanta resolución y tanto brío, que le arrojaron violentamente del coche, quedando no poco maltratado el golpe que recibió en la caída.

Al entrar en el anfiteatro oyó una voz del Cielo que le decía: Buen ánimo, Policarpo, y está firme. Fue luego presentado ante el tribunal del procónsul, que le exhortó mucho á que obedeciese y considerase que ni sus años ni su gran debilidad podrían tolerar el rigor de los tormentos, á que irremisiblemente le condenaría si al instante no maldecía á Jesucristo, Entonces el santo viejo, como re­cogiendo todos los espíritus de su celo, y cobrando vigor y tono de voz muy superiores á su avanzada edad, le respondió de esta manera: Ochenta y seis años ha que sirvo á mi Señor Jesucristo; nunca me ha hecho ningún mal, y siempre me ha hecho mucho bien, reci­biendo cada día de su mano nuevos favores. Pues ¿cómo quieres que maldiga al que me dio la vida, que es mi Creador, mi Salvador y mi Padre, arbitro de mi suerte eterna, que ha de juzgar á todos los hombres, y, finalmente, mi Dios, á quien debo todo mi amor, todo mi reconocimiento y todo mi respeto ? ¿ Qué son las llamas con que me amenazas? Ellas queman durante una hora, pero el fuego que la Justicia divina reserva á los impíos es inextinguible. ¿Qué te detiene? No tardes: ordena contra mí el suplicio que más te plazca.   ■

Irritado el procónsul con esta respuesta, que no esperaba, le ame­nazó que le echaría á las fieras. Confiado en mi Señor Jesucristo, respondió el Santo, no temo ni á las fieras, ni al fuego, ni al acero. Cuando oyó el pueblo estas palabras, comenzó á gritar enfurecido: Pues dice que no teme al fuego, que sea quemado vivo. En seguida encendieron tumultuariamente una hoguera, arrojaron en ella á Policarpo, que con semblante alegre, y los ojos puestos en el Cielo se estaba ofreciendo á Dios en holocausto; pero, respetándole las llamas, le rodearon blandamente, y elevándose sobre la cabeza á modo de pabellón, le cubrían sin hacerle daño. Irritados los paganos con este prodigio, le atravesaron una espada por el cuerpo; y la sangre que derramaba el santo mártir apagó el fuego. De esta manera acabó su gloriosa carrera Policarpo; y desde entonces cele­bra toda la Iglesia su ilustre martirio. La Francia le venera y le ha venerado siempre por uno de sus apóstoles, por haber sido maestro de San Ireneo, obispo de León, de San Benigno, obispo de Langres, de San Andoco, San Tirso y San Andeolo, que pasaron á evangeli­zar á las Galias. Sucedió su glorioso martirio cerca del año 160 de Nuestro Señor Jesucristo. Los restos del glorioso mártir fueron recogidos por los cristianos, y parte de ellos fueron llevados á Francia por San Ireneo y otros discípulos de San Policarpo.

SANTA PAULA, VIUDA

«Aunque todos los miembros de mi cuerpo se convirtieran en len­guas, y cada una de sus partes más pequeñas fuese capaz de hablar con voz humana, con todo eso, nada podría yo decir que fuese digno de las virtudes de la venerable Paula.» Así comienza San Jerónimo la Vida de esta insigne matrona, y su compendio es como sigue:

Nació Santa Paula en Roma, en el día 5 de Mayo del año 347, siendo hija de Rogato y Blesilla, ésta descendiente de los Scipiones y Gracos, gente noble y poderosa, y aquél oriundo de Agamenón, general griego, que destruyó á Troya, después de haberla tenido sitiada diez años. Crióse Paula con suma opulencia, regalo y deli­cadeza, cual requería su nobleza. Siendo de edad competente para el matrimonio, la casaron sus padres con un joven nobilísimo, lla­mado Toxocio ó Torcuato, descendiente de Eneas y de Julio César.

A pesar de la corrupción de costumbres que había introducido en Roma la excesiva opulencia, nacida de la conquista de todas las na­ciones del mundo, Paula se conservó impenetrable al mal ejemplo y su honestidad y pureza eran el imán del casto amor de su esposo y la materia de las aclamaciones con que la celebraba aquel inmenso pueblo.

El Cielo dio á Paula cinco hijos: Blesilla, que quedó viuda á los siete meses de casada, y murió de veinte anos, llena de virtudes y méritos; Paulina, casada con Pamaquio, á quien dejó en herencia su pa­trimonio y su espí­ritu; Eustoquio, virgen santa, joya de gran valor con que se adorna la Iglesia, celebrán­dose su fiesta el 28 de Septiembre; Ru­fina, que murió en edad temprana; y Toxocio, único va­rón y último fruto de sus entrañas.

Se disolvió este matrimonio llevan­do Dios á mejor vida á su marido, cu­ya pérdida, aunque la sintió mucho Pau­la, la proporcionó el medio de ofrecer­se á Dios por com­pleto, sin los lazos que, en algún mo­do, aprisionaban su espíritu en estado de matrimonio; y lo hizo con tal fervor, que parecía que había estado deseando llegara este momento.

Luego que se vio Paula con toda su libertad, repartió á los pobres casi todas las inmensas riquezas, propias de una casa noble y opu­lentísima. Sus parientes la reprendían porque despojaba á sus hijos del cuantioso patrimonio que debía sustentar su nobleza; pero la Santa, llena de fe, les respondía que no creía poder dejar á sus hijos mayor herencia que la divina misericordia.

Vinieron en esta sazón á Roma San Epifanio, obispo de Salamina en Chipre, y Paulino, obispo de Antioquía, varones de mucha auto­ridad y de acendrada virtud. Al primero le hospedó Santa Paula en su misma casa, y á Paulino le preparó otra á sus expensas, donde estuviese con la mayor comodidad y regalo. Ninguna espuela aligera tanto los pasos en el camino de la piedad como una santa compañía. Las virtudes y continua conversación con estos admirables varones encendieron de tal manera el pecho de la Santa, que sin acordarse de su familia, de sus estados ni de cuanto da de sí el mundo, sólo pensaba en dejarlo todo, cifrando todo su anhelo en volar á los yer­mos para imitar en lo posible á los santos héroes de la vida cenobí­tica; pero aun no era tiempo.

Con los obispos mencionados había ido á Roma San Jerónimo, quien, terminado el concilio, permaneció algún tiempo en la Ciudad Eterna, y, habiendo conocido á Paula, ésta le eligió para director espiritual. Reconoció San Jerónimo en Paula un alma escogida, á quien Dios llamaba á la cumbre de la perfección, y así es que la ayudó á recorrer rápidamente el camino que la Santa había comen­zado á andar.

Desde entonces, el palacio de Paula se transformó radicalmente. Sus espaciosas estancias se convirtieron en asilos de los pobres y de los enfermos, y ella en madre cariñosa de todos los desvalidos. A las obras de caridad unía las de la mortificación más severa para sí. Las finas telas se tornaron en ásperos cilicios; las mullidas plumas en duras tablas; los manjares exquisitos en alimentos frugales. A esto agregaba el celo por instruirse en la santa doctrina, dirigida por San Jerónimo, de quien aprendió también el hebreo con tal perfección, que cantaba los salmos en la lengua en que se escribieron.

No por eso descuidaba Paula los deberes de madre de familia. Afligíala el estado de algunas de sus hijas. Buscaba para Paulina un esposo cristiano, y velaba por la educación de los dos menores, Rufina y Toxocio. En estos cuidados la auxiliaba su hija Eustoquio, que había tomado el velo de las vírgenes. Pero el espíritu de Paula no se satisfacía con haber convertido su palacio en monasterio: aspi­raba á mayor perfección en la soledad.

Dios escuchó las plegarias de nuestra Santa. Casada Paulina con Pamaquio, excelente cristiano, dejó al cuidado de éstos á Rufina; Toxocio era ya mayor de edad, y Blesila había muerto. Quedó libre Paula de los lazos que más la ligaban al siglo. Nada la impedía ya realizar su santo propósito. Arregló las cosas de familia y de sus es­tados, y, después de despedirse de los demás hijos, se embarcó con su hija Eustoquio para los Santos Lugares, sin hacer caso á sus pa­rientes paganos, que la acusaban injustamente de despego de su fa­milia.

Cuando llegó la nave á la isla Poncia, donde padeció destierro Santa Flavia Domitila, al ver la estrecha celda en que vivió, se en­cendió Paula en deseo de llegar cuanto antes á Jerusalén. En Salamina, ciudad episcopal de la isla de Chipre, se detuvo para visitar á San Epifanio y algunos monasterios, donde repartió limosnas. Despues pasó á Antioquia, donde encontró de nuevo á San Jerónimo, á quien el obispo San Paulino daba hospitalidad. No hubo de apla­zar el viaje, á pesar de ser invierno. Se organizó una santa caravana de peregrinos, entre los que por las asperezas del monte Líbano, entonces cubierto de nieve, caminaba Paula sobre un jumento. Así llegó á Jerusalén, donde rehusó el alojamiento suntuoso que el pre­fecto de la Judea había preparado, prefiriendo ella una casita pobre y humilde.

Todos sus cuidados y esmeros eran visitar y venerar los lugares consagrados con los misterios de nuestra Redención; y esto con tal fervor y devoción tan tierna y encendida, que sólo la podía separar del primero que visitaba la consideración de los muchos que resta­ban. Adoró la Santa Cruz, postrada en tierra, con tantas lágrimas como si viera con los ojos corporales pendiente de ella á Jesucristo. En el Sepulcro Santo besó la piedra que levantó el ángel, y lamió ansiosa el lugar dichoso en que había yacido muerto el cuerpo del Redentor, saliendo continuamente de su abrasado corazón mil dolorosos suspiros que manifestaban su compasión y excitaban á toda Jerusalén á imitar sus fervorosos ejemplos. Subió al monte Sión, en donde le fue mostrada una columna que sostenía el pórtico de la iglesia, teñida con sangre del Salvador, cuando fue atado y azotado en casa de Pilato. Vio también el lugar donde descendió el Espíritu Santo sobre ciento y veinte creyentes, según el oráculo de Joel, y con mano caritativa distribuyó limosnas á los pobres.

Desde allí marchó á Belén, y, «entrando en aquel dichoso albergue en el que juraba en mi presencia, dice San Jerónimo, que veía con los ojos de la fe al Redentor recién nacido, envuelto en las man­tillas y reclinado en el pesebre llorando; á los Magos que le adora­ban, á la estrella que los conducía, á la Madre Virgen, al solícito José, á los pastores admirados, á los inocentes muertos, á Herodes enfurecido, y á José y á María huyendo presurosamente á Egipto para libertar á Jesús de sus furores», el gozo y la consolación que sentía su espíritu hacían arrasar de lágrimas sus ojos, y, mezclado el consuelo con el llanto, clamaba: «Salve, Belén, casa de pan en que nació aquel Pan divino que bajó del Cielo. ¡Feliz yo, mi­serable pecadora, que he sido digna de besar el pesebre en que lloró mi Señor recién nacido, y orar en la cueva en que la Virgen purísima parió á su mismo Dios! Este será mi descanso, pues es la patria de mi Señor: aquí habitaré, puesto que mi Redentor la ha ele­gido». Sin embargo de estos propósitos, no dejó lugar consagrado con los pies de Jesús que no visitase con indecible devoción y con­suelo de su alma. El monte Olívete, desde donde el Salvador glo­rioso subió á su Padre Celestial; el sepulcro de Lázaro, la casa de sus hermanas, los sepulcros de los doce patriarcas; Samaría, en donde descansaban Elíseo, Abdías y el Bautista; todos los lugares, en fin, dignos de veneración fueron visitados por Santa Paula, con grande fe y provecho de su alma.

Las soledades de Egipto llamaban á sus fervorosos deseos, y así emprendió este viaje, considerando de paso muchos sitios en que él Dios de Israel había manifestado sus prodigiosas grandezas á su pueblo. El santo y venerable obispo Isidoro salió á su encuentro, ro­deado de muchos santos monjes, á cuyos pies se postraba llena de devoción y de respeto, admirando y envidiando á un mismo tiempo la santidad de su vida. Registró sus celdas, admiró su pobreza, sor­prendióla su austeridad y penitencia, y con ánimo y fortaleza supe­rior á su sexo se quedara en aquella soledad, si el amor que tenía á los Santos Lugares no la hubiera servido de obstáculo. Al fin dejó aquellos desiertos, y, tornándose á Belén, determinó quedarse allí por toda su vida. A este fin hizo edificar varios monasterios, vi­viendo entre tanto en una casa pobre; y, acordándose que en aquel mismo lugar no habían encontrado dónde hospedarse la Virgen Ma­ría y San José, mandó construir á orilla del camino varias hospedérías donde fuesen los peregrinos albergados: monumentos piadosos que eternizaron su memoria.

Al lado de la cueva de Belén fundó un monasterio para las vírge­nes del Señor, y otro para San Jerónimo y sus monjes. Además del gasto en estas fundaciones y su sostenimiento, distribuía limosnas entre los pobres, y, queriendo el santo doctor que moderase sus liberalidades, respondió ella: «Mi deseo mayor es morir como una mendiga, sin poseer ni el sudario en que haya de ser amortajada».

Estando ya Paula dentro de su monasterio de vírgenes (una de las cuales era su hija Eustoquio), puso en práctica las austeridades que habían admirado en los anacoretas de Egipto, siendo tan grandes las mortificaciones, que San Jerónimo hubo de reprenderla, teme­roso de que muriera por ellas. En efecto, la produjeron grandes calenturas con síntomas de hidropesía. Para reponer las fuerzas, se le dijo que bebiera algo de vino. No consintió, y ni aun oyó las súplicas de San Jerónimo. Estaba entonces San Epifanio en Belén, y el santo doctor acudió á este Santo para que rogase á Paula que obedeciera las prescripciones de los médicos. Hízolo así San Epifanio; pero, ape­nas se lo indicó, le interrumpió la Santa diciendo: «Ya sé quién os ha soplado eso al oído.»

La verdadera virtud siempre fue perseguida de la envidia, y sus rayos hieren con más fuerza á los montes más altos de perfección. Vióse esto en Paula, pues tuvo tales persecuciones, que se llegó á aconsejarla que sería prudencia vivir en otra tierra donde pudiese dedicarse á la virtud en paz tranquila, como lo habían hecho Jacob y David en semejantes circunstancias. Pero la Santa, llena de in­victa paciencia, respondía: Eso estaría bien si el demonio distin­guiera de lugares, para hacer guerra á los que sirven á Dios; si no precediera él con sagaz astucia á los que huyen de la pelea; y últi­mamente, si en otra parte pudiera yo hallar mi amada Belén y los demás Santos Lugares. Yo tengo por más acertado vencer con mi paciencia el ajeno encono, quebrantar con la humildad á la sober­bia, y al que me hiera una mejilla ofrecerle la otra, según la doc­trina de Jesucristo; y de esta manera creo que venceré el mal con el bien, como aconseja San Pablo, y triunfaré de mis enemigos. El Evangelio llama bienaventurados á los que padecen por la justicia: estando seguros en nuestra conciencia de que los males que padece­mos no son castigo de los pecados, yo estoy firmemente persuadida á que las aflicciones y persecuciones de este mundo no son otra cosa que ocasiones de mayor premio.

A respuesta tan llena de divina sabiduría, no tenían qué reponer, admirando en Paula los efectos más portentosos de la gracia. Nada la conmovía, nada era capaz de turbar aquella tranquilidad que llegan á adquirirse las almas que se dominan á sí mismas. Llegóse á ella un hombre chismoso y adulador, y, fingiendo amor y deseo de su bien, le dijo que, por el demasiado fervor con que se había en­tregado á los ejercicios de piedad, se había debilitado la cabeza de manera que parecía á todos loca, y que debía con algunos apositos confortarse el cerebro para tornar otra vez en su acuerdo y juicio. La invicta matrona le despachó, diciendo con reposada pausa: Que, habiendo tenido á Jesucristo por samaritano y endemoniado, no era extraño que la tuviesen á ella por loca y por necia; pero que San Pablo había padecido lo mismo por su Señor, y sabía que « somos in­sensatos por razón de Cristo; pero, lo que es locura á los ojos de los hombres, es sabiduría ante las miradas de Dios».-(Ep. I de S. Pa­blo á los corintios; I, 25; iv, 10.)

Era tal el espíritu de penitencia de Paula, que lloraba por las fal­tas más pequeñas, como si fueran enormes pecados. Esta rigidez para consigo misma se tornaba en tierna solicitud para las santas vírgenes que se albergaban en su monasterio. Cual madre cariñosa las asistía en sus más leves dolencias, y, más que superiora ¿ era su sirviente. Como la última de todas se ocupaba en los oficios más humildes, siendo frecuente verla barrer el monasterio ó cuidar en la cocina de la comida frugal con que se alimentaba la Comunidad.

Ninguna hora, ni aun la de media noche, era incómoda para que dejase de ir con las demás á cantar el Salterio, que sabían todas de memoria, con gran inteligencia de las Sagradas Escrituras, sobre que diariamente eran enseñadas para leerlas con fruto. No permi­tía á las nobles tener en su compañía criadas de sus casas, ni aun hablar siquiera de los regalos y opulencia en que se habían criado; no consentía distinción en los hábitos ni curiosidad afectada, dicien­do que el nimio esmero en el vestido es funesto indicio de la suciedad del alma.

En las batallas del espíritu tuvo Santa Paula una victoria por­tentosa; porque, habiendo sido tentada por un perverso hereje sobre la resurrección y sobre la causa por qué un niño sin pecado había de ser poseído del demonio, oyendo la santa doctrina San Jerónimo, abominó de tal manera al hereje y sus sectarios, que los llamaba públicamente los enemigos de Dios. Facilitaba la consecución de es­tas, victorias la inteligencia y el estudio que había hecho de las Sa­gradas Escrituras, siendo su maestro é intérprete el glorioso Santo Padre de la Iglesia. Era tal su tesón en aprender y descubrir el espíritu que vivifica, que tuvo valor y constancia para estudiar y aprender la lengua hebrea y la griega, superando mil dificultades, hasta llegar á cantar los salmos con tal propiedad y perfección, que no se echaba de ver la nativa lengua latina, á que estaba la pronunciación acostumbrada.

Así llegó á hacerse participante en esta vida de las divinas dulzu­ras, las cuales embriagaban su alma de santo amor, hasta conducir­la á punto de clamar con San Pablo: Deseo ser desatada de los lazos de la mortalidad, y vivir con Jesucristo. La muerte de sus hijos me­nores Rufino y Toxoio fueron rudo golpe para su tierno corazón; pero, fuerte con el heroísmo que Dios concede á las almas escogi­das, supo dominar el dolor de madre, desahogándolo con aumento en los ejercicios de piedad y de mortificación, en que era consumada maestra.

Pero si su espíritu estaba fuerte, su cuerpo, debilitado por tanta abstinencia, acabó por rendirse, y hacia fines del año 403 cayó tan gravemente enferma, que los médicos declararon no haber en lo hu­mano remedio alguno á su mal, aunque la Santa no lo creía así, se­gún ardía su corazón en el amor á Dios.

Grande fue el dolor que esto produjo en el monasterio, y sobre todo en su hija Eustoquio, que la prodigó en la enfermedad todos los cuidados que la sugería el tierno amor que á su santa madre pro­fesaba. Sentía esta santa virgen la muerte y separación de su ma­dre, y quisiera que sus diligencias y esmero fueran poderosos á de­tener el alma, que estaba ya de partida para la otra vida. Ella la administraba las medicinas, la daba por su mano el sustento, la ha­cía la cama, la aderezaba y acomodaba la ropa, la sostenía la cabe­za y practicaba tantos oficios, que se veía bien estaba persuadida á que todos eran privativamente suyos, y que, cualquiera que la quita­sen, era robarla el mayor merecimiento. ¡Qué suspiros los suyos, qué gemidos, qué lágrimas nacidas del corazón pidiendo al Señor, postrada delante del santo pesebre, ó que la dejase á su madre, ó que fuese servido de que ambas fuesen llevadas en un mismo fére­tro al sepulcro!

Entre tanto, sintiendo Santa Paula, por la frialdad de sus miem­bros, que se acercaba su muerte, repetía en voz baja aquellos ver­sos de David: Amé, Señor, la hermosura de tu casa y el lugar don­de reside tu gloria. ¡ Oh qué amables son tus tabernáculos, Señor de las virtudes! Desfallece mi alma de deseo de entrar en sus atrios, porque amo más estar en el lugar más ínfimo de la casa de mi Dios que habitar en los tabernáculos de los pecadores. Dijo esto y quedó­se en silencio, de modo que, aunque la hablaban, no respondía; lle­góse entonces San Jerónimo, y, preguntándola por qué callaba y si la dolía algo, respondió en lengua griega: «Todo está quieto y tranquilo: no siento dolor ni molestia alguna ».

Estando ya en el período agónico, acudieron junto á su lecho el obispo de Jerusalén y otros que allí se hallaban, los sacerdotes y re­ligiosos de ambos monasterios, y, unidas sus voces, entonaron todos ellos los salmos y las preces propios de aquellos momentos. De pronto oyó Paula la voz del Celestial Esposo que le decía: «Levántate, pa­loma mía, pues el invierno ha terminado y se fue la lluvia». (Cantar de los Cantares, II, 11.) A lo que la Santa respondió en seguida, llena de júbilo: «Las flores aparecieron en nuestra tierra, el tiempo de la poda ha venido y la voz de tórtola se ha oído en nuestra tierra.» (ídem, 12.)

Dichas estas palabras, exhaló su último aliento para ser eterna­mente coronada en el Cielo. Fue su dichoso tránsito el martes 26 de Enero del año 404, quedando su rostro tan hermoso y sereno, que más parecía dormida que difunta.

Divulgada su muerte por toda Palestina, por Egipto y provincias contiguas, concurrieron de todas partes innumerables personas á tri­butarle los obsequios debidos en los funerales, que fueron solemnísi­mos, que más parecían triunfo glorioso que exequias fúnebres, cantándole salmos, himnos y alabanzas en las lenguas griega, hebrea, siriaca y latina. Los pobres lloraban amargamente haber perdido tan caritativa madre. Algunos obispos llevaron sobre sus hombros el cadáver á la iglesia, donde hasta los anacoretas acudieron á venerar tan sagrados restos, los cuales, después de estar tres días á la pública veneración, se depositaron en una gruta próxima á la santa cuna de Belén, donde siguen siendo objeto de especial devoción para los fieles que visitan los Santos Lugares.

Sus deseos de morir pobre, como su amado Esposo Jesús, se cum­plieron. No dejó á sus hijos otra herencia que su espíritu. Despreció en vida la pompa mundana, la comi­tiva de criados y dependientes, los obsequios del linaje y de los cor­tesanos; y, después de muerta, aun en este mundo recibió su cadá­ver más honores que el del monarca más poderoso muerto en su pa­lacio.

La puerta de la bóveda del sepulcro está adornada con dos epita­fios en versos latinos, compuestos por San Jerónimo, que manifies­tan en pocas palabras la vida de Santa Paula, que en castellano di­cen: «Yace en este lugar aquella cuyo linaje de parte de padre des­cendía del rey Agamenón, y de la madre de los Escipiones y Gracos. Tuvo por nombre Paula; fue madre de la virgen Eustaquio, y la primera del Senado romano que vino á Belén por imitar la po­breza de Jesucristo».

La Misa es de San Policarpo, y la oración es la que sigue:

¡ Oh Dios, que cada año nos alegras con la solemnidad de tu bien­aventurado mártir y pontífice Policarpo! Concédenos la gracia de que, honrando su nacimiento en el Cielo, nos regocijemos merecien­do su protección en la Tierra. Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.

La Epístola es del cap. 3, vers. 10 al 16, de la primera del Apóstol San Juan.

Carísimos: Todo aquel qué no practica la justicia, no es de Dios, y así tam­poco lo es el que no ama á su hermano. En verdad que ésta es la doctrina que aprendisteis desde el principio: que os améis unos á otros. No como Caín, el cual era hijo del maligno espíritu, y mató á su hermano. Y ¿por qué le mató ? Porque sus obras eran malignas, y las de su hermano justas. No extrañéis, hermanos, si os aborrece el mundo. Nosotros conocemos haber sido trasladados de muerte á vida, en que amamos á los hermanos. El que no los ama, queda en la muerte, ó está sin caridad. Cualquiera que tiene odio á su hermano, es un homicida. Y ya sabéis que en ningún homicida tiene morada la vida eterna. En esto hemos conoci­do la caridad de Dios, en que dio el Señor su vida por nosotros, y así nosotros de­bemos estar prontos á dar la vida por la salvación de nuestros hermanos.

REFLEXIONES

El que no practica la justicia no es hijo [adoptivo por gracia santificante] de Dios. Justo es el que vive por la fe, y en quien la fe vive por las obras. No basta creer para ser justo; es menester vivir conforme á lo que se cree. Estos son los que con toda confianza y á boca llena pueden llamar Padre á Dios.

¿ Qué dignidad más noble, ni más respetable, ni de mayor con­suelo que la de ser hijo de Dios? Pero ¿se mira como tal? ¿Hacen grande aprecio de ella los que la desacreditan con sus obras? El que considere éstas con reflexión ¿podrá de ellas inferir que Dios es nuestro Padre? ¿Se podrá asegurar, en virtud de ellas, que somos hijos de Dios?

Para acreditarnos de tales es menester amar á nuestros hermanos. Y ¿reina entre nosotros la amistad pura y sincera? Cada cual ama sus intereses y sus gustos, se ama á sí mismo. Pero ¿dónde está aquel corazón tierno y compasivo de las miserias ajenas; aquel co­razón benéfico para con los ingratos; aquel corazón generoso que sólo olvida las injurias? Sin embargo, éste es el corazón propio de los verdaderos hijos de Dios. Y éste ¿es nuestro propio corazón?

Los dos principios fundamentales de la vida cristiana son el amor á Dios y al prójimo. Quien no ama á su hermano, debe considerarse en estado de muerte. Por el odio que Caín tuvo á Abel, fue, digá­moslo así, el patriarca de los réprobos. La envidia degenera luego en odio: éste es el carácter de los corazones viles y de las almas ba­jas: no mirar jamás con buenos ojos la virtud y la prosperidad de los demás. Un genio maligno y un corazón envenenado, todo lo em­ponzoñan.

Sabemos que, amando á nuestros hermanos, pasamos desde la muerte á la vida. Parece que San Juan reduce al amor al prójimo toda la obligación del cristiano; á lo menos quiere que la caridad sea como el carácter y el distintivo de los fieles. Pues ¿qué deben esperar aquellos en quienes una emulación maligna ha extinguido esta caridad; los que tienen con sus hermanos un corazón frío y seco, los que no tienen valor para perdonar una injuria? En vano se atur­den ó se atolondran á sí mismos; pareciéndoles que están en indife­rentes. Sea así; pero la indiferencia no es amor, y el que no ama á su hermano, téngase por muerto; el que le aborrece, repútese por homicida. La señal por donde conocemos la caridad con que Dios nos amó, es que dio su vida por nosotros; si tenemos caridad, de­bemos también exponer la nuestra por nuestros hermanos. Así dis­curre San Juan sobre la caridad, y por esta regla debemos examinar hasta donde alcanza la nuestra.

El Evangelio es del cap. 10, vers. 26 al 32, de San Mateo.

En aquel tiempo dijo Jesús á sus discípulos: Nada está encubierto que no se haya de descubrir, ni oculto que no se haya de saber. Lo que os digo de noche, decidlo á la luz del día; y lo que os digo al oído, predicadlo desde los terrados. Nada temáis á los que matan al cuerpo y no pueden matar al alma; temed antes al que puede arrojar alma y cuerpo en el Infierno. ¿No es así que dos pájaros se ven­den por un cuarto, y, no obstante, ni uno de ellos caerá en tierra sin que lo disponga vuestro Padre ? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tenéis, pues, que temer; valéis vosotros más que muchos pájaros. En suma: á todo aquel que me reconociere y confesare por Mesías delante de los hombres, yo también le reconoceré y me declararé por él delante de mi Padre, que está en los Cielos.

MEDITACIÓN

Del Infierno.

Punto primero.-Considera que hay Infierno, esto es, un lugar en que el poder de Dios junta todos los tormentos para castigar y hacer padecer eternamente á los que mueren en pecado mortal, que es la mayor desgracia para el hombre; y, mejor dicho, es la desgra­cia y el mal único, porque las desgracias y los males que tienen tér­mino, por largo que sea, no pueden tenerse por males si al fin se ve coronada el alma de gloria eterna. Los males eternos son los únicos males; tal es el Infierno.

La ira de todo un Dios irritado enciende un fuego de un ardor y una vivacidad incomprensible, que abrasa los cuerpos. Un condenado está sepul­tado y anegado en aquel fuego; de modo que no respira ni puede respirar más que el fuego que le abrasa. En cada instante experimenta nuevo dolor y nuevo tormento, y por un prodigio de rigor, que es efecto del poder divino, un condenado sufre todos los tor­mentos juntos en cada uno de los instantes.

Pero, por espantosas é incomprensibles que sean todas estas penas, se puede decir que son muy poca cosa en comparación de los crueles remordimientos, de la eterna desesperación que causa á un condenado la memoria del tiempo pasado y de lo mal que se aprovechó de este tiempo, y de tantas gracias y de tantos auxilios como recibió en esta vida.

La falsa brillantez de los honores de que se dejó deslumbrar; la vanidad y el ansia por los bienes temporales en que se ocupó su al­ma; la engañosa apariencia de los deleites que tanto le encantaron; los vanos objetos que le apartaron de Dios; los frívolos respetos hu­manos, de los cuales se dejó arrastrar, y la nada de todas las gran­dezas humanas, son otras tantas furias que despedazan y martirizan el corazón del infeliz condenado.

¡ Qué locura! ¿ Por gozar un momento de aquellos amarguísimos deleites, por satisfacer mi orgullo, por contentar mi vanidad, por dar gusto á mi pasión, me he precipitado en este abismo eterno? ¡Fantasmones de grandeza, fortuna quimérica, vanísimas ideas de felicidad: mil veces os detesté, y nunca dejé de seguiros; me recreé en vuestras locas esperanzas, y veisme aquí que estoy para siempre condenado! Pude salvarme; y ¡cuánto me solicitó Dios para esto! Nunca me faltó la gracia, pero no quise corresponder á ella. Pensé algunas veces en el Infierno; creía todo lo que ahora veo, todo lo que ahora experimento; me estremecía de indignación y de horror cuando consideraba los muchos que se condenaban; y, con todo eso, soy yo uno de estos condenados.

A estos mortales remordimientos, á estas penas imaginables, añade la consideración de un Dios soberanamente irritado, de un Salvador convertido en enemigo irreconciliable; de un Dios perdido sin reme­dio, y perdido tal vez por un solo pecado mortal. Era menester po­der comprender qué cosa es Dios para poder concebir qué cosa es perderle, y perderle sin esperanza de volverle á hallar jamás. Esta sola pérdida es mayor suplicio que todos los suplicios imaginables. Considera, si es posible, qué tormento es haber perdido á Dios, y haberle perdido para siempre.

¡Ah, Señor! Piérdalo yo todo desde este mismo instante: bienes, dignidades, salud, honra y la misma vida, antes que os pierda a Vos. Mil veces he merecido el Infierno; pero confío en vuestra mise­ricordia infinita; en ella coloco toda mi esperanza. ¡No permitáis que me condene, dulcísimo Jesús mío!

Punto segundo. - Considera que las penas del Infierno, no sola­mente son universales, grandísimas é incomprensibles, sino que son también penas eternas; esto es, que, por más espantosas é intolera­bles que sean las penas que allí se padecen, no hay esperanza, ni de recibir jamás el menor alivio, ni de que se acaben jamás.

¡Qué dolor, qué desesperación, qué rabia para un alma conde­nada cuando en aquel abismo de la eternidad, después de haberse estado abrasando millones de millones de años, vuelva los ojos á esta pequeñísima porción, á esta imperceptible parte de tiempo que vivió, y apenas la divise, al cabo de aquel prodigioso número de si­glos como habrán pasado después de su muerte! Conocerá clara­mente que, por no haberse querido hacer un poco de violencia durante un casi imperceptible espacio de tiempo, arde, se abrasa, sufre de una vez todos los tormentos; y después de tantos millones de siglos como los está padeciendo, no por eso puede decir que le resta un instante menos que padecer.

Arder en el Infierno tantos años y tantos siglos como instantes se han vivido, es una duración que causa espanto. ¿Qué será arder tantos millones de siglos como gotas hay en los ríos y en el mar? Pues un condenado habrá padecido en aquellas prisiones de fuego toda esta incomprensible extensión de tiempo, y no se habrá pasado ni medio cuarto de hora, ni un instante de la eternidad. Los hijos de tus hijos estarán enterrados; habrá arruinado el tiempo las casas que construíste; habrá destruido la ciudad en que naciste; habrá trastornado los Estados donde te criaste; el fin de los siglos habrá sepultado en sus mismas cenizas á todo el Universo; habrán pasado también después del fin del mundo tantos millones de siglos como momentos duró el mismo mundo, y ni un solo instante habrá pasado de la espantosa eternidad. Si te condenaste, te restará tanto que su­frir como el primer momento en que caíste en aquel fuego abrasa­dor. ¡ Oh eternidad espantosa! ¡Oh incomprensible eternidad! ¿Quién puede creerte y vivir en pecado ni un instante? ¿Quién puede creer te y dilatar ni un momento su conversión?

Supongamos que un pecador está condenado á arder en el Infier­no hasta que una hormiga traslade al mar toda la arena que hay en la orilla, viniendo una sola vez de mil en mil años, y conduciendo cada vez un solo grano. ¡Santo Dios! Desde que Caín está en el In­fierno no hubiera llevado más que seis ó siete granos este animalito. ¿Y qué sería si aquel infeliz hubiese de padecer hasta que esta hor­miga transportase, no sólo toda la arena del mar, sino toda la tierra del mundo, hasta que hubiese desgastado todas las peñas, todas las rocas, todas las montañas de la tierra, no pasando por ella más que una vez cada mil años? El juicio se pierde, la imaginación se con­funde en este abismo de tiempo; pues al cabo forzosamente había de llegar tiempo en que, si te hubieras condenado, podrías decir con ver­dad: después de mi muerte, desde que estoy rabiando en medio de este fuego, aquella hormiga ha transportado ya toda la arena y toda la tierra del Universo; ha ya desgastado todas las montañas, todas las rocas; ha ya cavado y penetrado hasta el centro del mismo mun­do. Toda esta prodigiosa duración de tiempo se ha pasado en estos terribles tormentos, y todavía me queda que sufrir una eternidad toda entera como si no hubiera pasado un segundo. ¡Hay Infierno; hay una desdichada eternidad en este Infierno; hay cristianos que lo creen, y hay cristianos que pequen! He aquí una cosa tan incomprensible como la misma eternidad.

¡Y qué, Señor! ¿No me habréis dado tiempo para pensar en las penas eternas del Infierno, sino para aumentar por pura malicia mía el rabioso dolor que tendré de haberme condenado, después de ha­ber pensado en estas eternas penas? ¡Qué furor! ¡Qué desesperación no será algún día para mí, si después de haber hecho esta meditación no mudo de vida; si no me aplico á trabajar con el auxilio de vuestra divina gracia en el negocio de mi salvación! Enviad, Padre Eterno, enviad á este miserable pecador un rayo piadoso de vues­tros benignos ojos; mirad que todavía estoy teñido con la sangre de mi Señor Jesucristo, y en virtud de esta sangre os pido misericor­dia, os pido me hagáis la gracia de que os ame por todo el tiempo que me resta de vida y durante toda la eternidad.

JACULATORIAS

¡Ah, Señor! ¿Quién podrá habitar en medio del fuego devorador? ¿Quién podrá vivir entré las llamas eternas?-Isaías, 33.

¡Señor, aquí abrasa, aquí corta: perdóname en esta vida para que allá me perdones!-San Agustín.

PROPÓSITOS

1. Baja, dice San Bernardo, baja muchas veces en vida con la consideración al Infierno para no bajar á él después de muerto. Cuan­do se teme un gran mal, se piensa en él frecuentemente; este pensa­miento sirve para aplicar los medios y tomar las medidas para precaverse. No pierdas de vista al Infierno, dice el Sabio, si no quieres ir por su camino. Es ejercicio muy provechoso valerse de todos los trabajos de esta vida, de todo lo que en ella nos aflige ó nos molesta, para traer á la memoria las penas del Infierno; y aun se puede de­cir que la memoria de estas penas endulza y suaviza aquellos traba­jos. ¿Te aprietan dolores vivos, agudos y penetrantes? Acuérdate de los que padecen los condenados en el Infierno. Vivimos en casas, ha­bitamos en lugares, tenemos empleos, estamos en recreos que tuvie­ron muchos de los que ahora están ardiendo en aquellas llamas eter­nas. No hay disgusto ni placer en esta vida que no sea muy oportu­no para traernos á la memoria los tormentos de la otra; tampoco hay remedio más eficaz para quitar del todo el gusto á estos placeres que aquella memoria. Se rebela la concupiscencia, se sienten los estímu­los de la carne, se amotinan las pasiones; imagina que oyes la voz de aquel rico infeliz que grita desde el abismo: Soy cruelmente ator­mentado en medio de este fuego. Hallándose un día extraordinaria­mente tentado un santo ermitaño, aplicó la punta del dedo á la lla­ma del candil, y como el vivísimo dolor que sintió le obligase á re­tirarla prontamente: ¡Qué! dijo al tentador ¡Tú me incitas y solicitas á que me entregue á un deleite ilícito, por el cual he de ser condenado al fuego eterno, cuando no tengo valor ni aun para tocar con la punta del dedo á este fuego pequeño! ¡Oh, si muchos se sirviesen de semejantes industrias en muchas ocasiones, cuan menos frecuen­tes serían las caídas!

2. No hay otra pérdida que sea irreparable sino la pérdida del alma. Ruina de negocios, reveses de fortuna, pérdida de pleitos, naufragios, desgracias; por sensibles y grandes que parezcan, hablando propiamente, todo tiene remedio. Pero, si una vez me condeno, ¿quién me podrá consolar? ¿Qué alivio me resta? ¿Qué esperan­za, qué recurso me queda? Todo se perdió si pierdo á Dios. ¡Oh qué pensamiento tan oportuno para nutrir la devoción y tener horror al pecado! En tus pérdidas, en tus desgracias, que son inseparables de la vida, dite sin cesar á ti mismo: no hay otro mal que el pecado; no hay pérdida digna de temerse sino la pérdida de Dios. De la pérdida de los bienes, de la salud y de los empleos me podrán consolar los amigos, el tiempo, y aun la misma muerte puede servirme de con­suelo; pero perder á Dios, y perderle para siempre, ¡oh qué irrepa­rable pérdida! Así en las prosperidades como en las adversidades de la vida, hazte familiares estas palabras: ¿De qué le sirve al hombre ser dueño de todo el mundo, ó ser el más poderoso monarca de la tie­rra, si al cabo se condena y se pierde? ¿De qué le sirve ahora á aquél, rico que se condenó haber vivido con tantos gustos y regalos? ¿De qué le sirve á aquella mujer llena de presunción y de vanidad haber brillado y sobresalido tanto en el mundo, si al presente arde y ar­derá por toda una eternidad en las llamas del Infierno? ¿Será gran consuelo para aquel padre ó madre que están en el Infierno haber dejado hijos que viven con grandes conveniencias en el mundo, mien­tras ellos se abrasan en aquellas llamas? Haz con frecuencia estas; reflexiones, porque hay pocos ejercicios que sean más saludables. Ten siempre en tu cuarto algún objeto que te recuerde sin cesar la memoria de la muerte ó del Infierno, y no pecarás.