LOS FRAILES MENORES CONVENTUALES

LOS FRAILES MENORES CONVENTUALES

Historia y Vida: 1209-1976

FALC: FEDERACIÓN CONVENTUALES DE AMÉRICA LATINA - 2002


Título del original italiano:

I Frati Minori Conventuali, Storia e Vita 1209-1976

Publicado por: Curia Generalizia O.F.M.Conv.

Piazza Ss. Apostoli, 51 - Roma 1978

MISCELLANEA FRANCESCANA

Traducción:

Fray Francisco Calderoni, OFMConv

Seminario Misionero Franciscano ‘San José de Cupertino’


‘Oh gloriosa Reina, el Señor me ha enaltecido con la gracia de llamarme a hacer parte de la Orden del glorioso Seráfico, y amigo tuyo, san Francisco: Orden bendecida copiosamente por Él con privilegios y gracias especiales [...], y también, Madre Santa, el Señor concedió a esta Orden la gracia de defender y manifestar el brillo original de aquel primer instante de tu Concepción inmaculada.

Por eso, oh Madre amable y buena, yo me glorío profundamente, y mi corazón rebosa de alegría por haber sido formado, criado y educado en la doctrina y devoción de tu Concepción inmaculada.

Virgen gloriosa, yo, el más indigno de entre los alumnos de la Orden Seráfica: por la veneración incesante que te debo, como nuestra principal Patrona, y bajo ningún otro título más que el de tu Inmaculada Concepción, te ofrezco y te obsequio esta obra…’

(Palabras de San Francisco Antonio Fasani, OFMConv)


Los primeros 7 Artículos del presente volumen han sido sacados del importante Diccionario de los Institutos de Perfección (DIP), es decir historia y vida de las Ordenes y Congregaciones religiosas. El DIP está dirigido por G. C. Rocca (1969), publicado en Roma, Edizioni Paoline, a partir del 1974, en 6 volúmenes ilustrados de los cuales, hasta el presente, han sido publicados los volúmenes 1-4 (1974-77), uno por cada año.

Los Artículos, siguen el siguiente orden en los Volúmenes:

1. Francisco, de Asís, santo, IV (1977) col. 512-27.

2. Franciscanos (1209-1517), IV (1977) 464-511.

3. Conventuales, Frailes «Menores Conventuales, III (1976) 1-94.

4. Conventuales Reformados, III (1976) 94-106.

5. Frailes Menores (sentido y uso histórico del nombre), IV (1977) 823-38.

6. Franciscanismo, IV (1977) 446-64.

7. Conventualismo, II (1975) 1711-26.

La Dirección del DIP ha autorizado la reproducción de aquellos artículos en el presente volumen, y sus traducciones, para uso de los Frailes Menores Conventuales.

Se guardan las mismas abreviaciones que hay en el Diccionario, y también las referencias y demás signos gráficos. De manera especial, el símbolo , tal como está en la publicación originaria, apunta, para los lectores de buena voluntad, a las demás voces o artículos similares y complementarios del DIP, que tratan sobre temas franciscanos o también generales.


1.

SAN FRANCISCO DE ASÍS

(1182-1226)

Apuntes biográficos, espíritu y personalidad

Francisco es el fundador de las tres Ordenes minoríticas: los Frailes Menores o -»Franciscanos (actualmente: Menores, Conventuales, Capuchinos), las monjas -»Clarisas (hay distintas familias), y los -»Penitentes o Terciarios franciscanos (seglares, y Terciarios regulares de s. F.).

Es uno de los santos más significativos de la historia de la Iglesia y de la civilización, por causa de su conformidad mística con el Crucificado (alter Christus), por el redescubrimiento literal del Evangelio y la genuina interpretación de los valores religiosos y humanos que, propuesta a sus seguidores y predicada a todo el mundo, ha sido grandemente apreciada como la «visión franciscana» de la vida. Por este motivo, Francisco es uno de los Santos más conocidos y amados en el mundo, por los hombres de todo estamento y credo religioso.

(Para las fuentes franciscanas: -»Cuestión franciscana).

I. Datos sumarios – II. Síntesis biográfica – III. Espiritualidad – IV. Personalidad e influencia.

I. DATOS SUMARIOS

Francisco nació en Asís (Perusa, Italia) el año 1182, y allí mismo murió, en la Porciúncula (Santa María de los Ángeles), el 3-10-1226. El proceso de canonización se llevó a cabo el 1227-8; fue declarado Santo el 16-7-1228, por Gregorio IX en Asís.

Al título de «patrono del pueblo cristiano», ya definido y así invocado en distintos documentos pontificios a partir del siglo XIII, se han añadidos las recientes formales proclamaciones como patrono de la Acción Católica (14-9-1916), patrono principal de Italia, junto con santa Catalina de Siena (18-6-1939), protector especial de los Comerciantes italianos (23-32-1952). Su fiesta litúrgica se celebra el 4 de octubre, a la que se le añadía antiguamente en toda la Iglesia, hasta la reforma litúrgica (1969), la fiesta de los Estigmas el 17 de septiembre (única fiesta de este tipo reconocida en la liturgia).

La tumba o sepulcro del Santo se encuentra en la cripta de la basílica inferior de Asís (1230), donde se guardan sus restos que, después del hallazgo del cuerpo (12-2-1818) y las más recientes averiguaciones canónicas (1818-24), tras autorización pontificia fueron recompuestos íntegramente en el primitivo sarcófago. En aquel entonces, y a partir de aquel momento, fue distribuido tan sólo el «polvo» del sepulcro, es decir, pequeños fragmentos de los restos de su cuerpo y vestimentas pulverizadas. Reliquias del hábito, cilicios y objetos de uso se conservan en los distintos santuarios de Asís y en otros lugares.

La iconografía, que abarca más de 12.000 obras pertenecientes a distintas corrientes pictóricas que van desde el siglo XIII hasta hoy (en Subiaco 1228-30, Giunta Pisano 1236, Cimabue, Giotto, etc.), representa al Santo siempre vestido con el hábito minorítico y el cordón blanco, con los característicos estigmas y, frecuentemente, con el Crucifijo en la mano y un libro cerrado (el Evangelio). Así lo contemplamos en todos las pinturas, en distintas actitudes de oración o de contemplación del Crucifijo, en muchas escenas sagradas con Cristo, la Virgen y Santos, y sobre todo en los multiples episodios de su vida. Éstos y otros motivos, inspirados en su polifacética personalidad, influenciaron profundamente, en manera directa o indirecta, al propio renacimiento del arte medieval, especialmente italiana, y la literatura europea.

Sin embargo, donde más se notó su influencia fue en el campo religioso. Debido al fermento renovador inyectado en la vida cristiana y religiosa y en la misma concepción de la convivencia social, y por causa de los extraordinarios dotes de su humanidad y santidad, el Poverello de Asís, así como respondió a las profundas aspiraciones espirituales de su tiempo, siempre ha encontrado y continúa hoy día teniendo grata aceptación en el corazón humano.

II. SÍNTESIS BIOGRAFICA

Francisco nació en el corazón de Italia durante los últimos 20 años del siglo XII (final de 1181 o comienzo de 1182), de un acaudalado propietario y comerciante en telas, Pietro Bernardone y de Giovanna, apodada ‘madona Pica’. Su nombre de pila era Juan, pero pronto su padre lo cambió, al regresar de uno de sus viajes comerciales a Francia, con el de Francesco («francés», nombre ya en uso, pero no muy conocido en Italia). Cuidó su primera formación religiosa su devotísima madre la cual, según una tradición muy digna aunque tardía (s. XIII-XIV) había decidido, por causa de los dolores del parto, proceder al alumbramiento entre un buey y un borrico, y que el mismo día del alumbramiento había escuchado, de parte de un misterioso peregrino, auspiciar la bondad de vida (Cfr. bibl., 4).

En la escuela parroquial de s. Jorge, en Asís, el Santo aprendió a leer y a escribir, y completó, posteriormente, su modesta cultura con nociones de cálculo, de poesía y música, adquiriendo también algunos conocimientos de lengua francesa (el provenzal) y de literatura de las gestas y leyendas caballerescas. Francisco, dotado de inteligencia perspicaz y fuerte memoria, poco a poco fue adquiriendo una razonable cultura religiosa por medio de lecturas y meditación. Hijo de familia acaudalada y burguesa, tenía un papá que ambicionaba grandemente ampliar hacia el extranjero el área de su actividad comercial. Francisco, por tanto, se formó en este ambiente familiar típico de la clase media italiana de aquel entonces, ansiosa por una ascensión civil y política, ansiosa de bienestar y libertad anhelando conquistar algún título de nobleza a fin de equipararse con los «mayores», que siempre llevaban ventajas sobre los «menores». Francisco, dotado de aguda inteligencia, ambición y constantemente emprendedor, durante la primera etapa de sus 25 años «en el mundo» (1182-1205), intentó personalmente recorrer todos esos caminos de ascensión y de gloria humana.

A la edad de 14 años aproximadamente, se incorporó a las actividades de la tienda de su papá, en el arte de los mercaderes (1196 aprox.), ejerció con perspicacia aquel oficio, atento siempre a multiplicar las ganancias, aunque no fuese buen guardián de las mismas («cautus negotiator, sed vanissimus dispensator» [negociante cauto, pero muy fácil dilapidador, n.d.t], 1Cel 2). En efecto, era hijo primogénito (tenía un solo hermano menor, Ángel), proclamado rey de los banquetes y de la juventud de Asís; y expandía generosamente las riquezas paternas, vistiendo hábitos raros y llamativos, ocupando el tiempo en veladas de gala animadas con música y cantos. Consentido benévolamente por sus padres en aquellos gastos «principescos», era admirado con simpatía por su madre y amigos por causa de las buenas cualidades naturales y morales, nobleza de palabra y de tracto, generosidad hacia los pobres y especial integridad de costumbres (2Cel 3).

Activo espectador, y también partícipe de la conquista de la libertad cívica en la lucha contra el feudatario imperial de la ciudad de Spoleto (1198), muy pronto tomó parte activa, a los veinte años, en la guerra comunal de Asís contra Perusa (noviembre de 1202), y acabó por caer prisionero de los de Perusa cuando su partido sufrió la derrota. Liberado, después de un año de prisión (1203-4), y probado por una larga enfermedad (1204), el mundo comenzó a parecerle distinto y raro. Sin embargo, después de la recuperación atraído por nuevos sueños de gloria, decide viajar a Pulla para conquistar el título de caballero (1205). Pero, el viaje de Francisco viene interrumpido en la ciudad de Spoleto, que fue su camino de Damasco, donde el Señor le invita indistintamente, mediante un sueño, al seguimiento en pos de un patrón más noble (2Cel 5-6).

Regresa a Asís, y con el presentimiento de «tornarse un grande príncipe» (ibid., 6), comienza pronto a alejarse de la compañía de los amigos, y dedica largo tiempo a la oración y lágrimas en una gruta solitaria donde, tras haber superado, mediante un beso a un leproso, la extrema repugnancia que sentía hacia ellos, se siente fulgurado por la primera aparición del Crucificado que le graba en el corazón el amor y el llanto por su Pasión (s. Buenaventura, Leyenda Mayor, 1, 5). Francisco, a partir de aquel momento, se dedica con asiduidad al servicio de los leprosos y reparte frecuentemente limosna a los pobres, a los sacerdotes y a las iglesias pobres. Poco tiempo después, en la capilla de S. Damián, la voz del Crucifijo colgante que está sobre el altar, le invita a «reparar su Iglesia, que se viene del todo al suelo» (2Cel, 10).

El encuentro con el Crucificado y la invitación a servir a la Iglesia, marcan la primera iluminación en la vida del Santo y que se completará después, fatigosamente, con la toma de conciencia de su clara vocación apostólica. En efecto, Francisco se retira, por un tiempo, en s. Damián, sometiéndose, como donado, bajo la protección eclesiástica; posteriormente enfrenta y supera la ira de su padre haciendo pública, ante el tribunal del obispo Guido II de Asís, su renuncia a la herencia familiar y declarando su opción por la paternidad divina y la libertad de los hijos de Dios. Éste es el momento de la perfecta conversión de Francisco, como la llamaban los primeros biógrafos (primeros meses de 1206). Vestido con una pobre túnica cruciforme, y proclamándose «heraldo del grande Rey», pasa dos años de su vida penitencial y eremítica entregándose a la oración y a los oficios más humildes, y por poco tiempo también en un monasterio benedictino (el de s. Verecundo, en Vallingenio de Gubbio). Posteriormente, interpretando al pie de la letra la invitación del Crucificado, se dedica a la restauración material de tres capillitas del contado de Asís: s. Damián, s. Pedro de la Spina y s. María de los Ángeles, llamada Porciúncula.

Durante este lapso de tiempo, el Santo había ya conmovido a la ciudad de Asís, a raíz de su aceptación de los escarnios del populacho y la admiración de otros, pero siempre abierto a cualquier iluminación divina, la cual llegó puntualmente después que daba por concluido el último restauro: eso se dio durante la escucha del Evangelio del envío de los Apóstoles y de la pobreza que se leía en la capilla de la Porciúncula (aprox. 24 de febrero de 1208); al finalizar la Misa, Francisco pidió al sacerdote mas explicaciones sobre aquel trozo evangélico y descubrió con gozo su vocación y misión (Mt. 10; Lc. 9-10). Asumió al pie de la letra aquellas disposiciones, e inmediatamente se revistió con otra clase de hábito (el «minorítico»: constaba de una túnica en forma de cruz, cordón blanco, y descalzo) y por cierto, previo permiso del obispo, empezó a predicar con grande fervor di espíritu la paz y la penitencia en la iglesia de s. Jorge (1Cel, 23).

En la medida en que iba creciendo la admiración y la conmoción del pueblo en su favor, dos apreciados conciudadanos le pidieron que les dejase acompañarlo en su camino: era el noble y rico Bernardo de Quintavalle y el jurista Pedro Cattani (16-4-1208); después de éstos se acercaron también el joven Gil (23 de abril) y 8 socios más aquel mismo año. Aquel reducido grupo, un año después (1209), recibía la aprobación de parte de Inocencio III para vivir un estilo de vida comunitaria y apostólica. Nacía la Primera Orden de los Menores (Franciscanos).

Mientras tanto, tras aprobación oral de la primera «fórmula vitae» [forma de vida, n.d.t.], y con la autorización del Papa para sí y para sus compañeros para predicar dondequiera la «penitencia», el «nuevo evangelista» Francisco (1Cel 89) estrenaba, a partir de aquel entonces, a su largo apostolado de predicación itinerante, popular y penitencial, destacándose, entre los demás predicadores evangélicos y sectas heréticas de aquel tiempo, mediante todos los carismas de la gracia divina que le acompañaban y el favor de las autoridades eclesiásticas.

La oratoria de Francisco, más que una prédica o un verdadero «sermón» bien estructurado y discursivo (que él también usaba en alguna oportunidad), pertenecía a la clase de la «cóncio» [discurso enardecedor, n.d.t.] popular, haciendo uso de una comunicación informal y mímica, rica de ejemplos estimulantes, de gestos y fórmulas expresivas. Su lenguaje (generalmente en dialecto de Umbría) se desarrollaba «bene et discrete», como afirmó un estudiante universitario de Bolonia que lo escuchaba en 1222, aunque –afirmaba éste- no «modum praedicantis tenuit sed quasi concionantis.Tota vero verborum eius discurrebat materies ad extinguenda inimicitias et ad pacis foedera reformanda» [no hablaba como un predicador sino como un conferencista. Sin embargo, los temas que trataba tenían como objetivo extinguir las contiendas y fortalecer los vínculos de la paz, n.d.t.] (Tomás de Spálato, Historia Salonitanorum, en Lemmens, p. 10; Cfr. bibl., 2, b).

Cuando predicaba, comenzaba siempre dando el saludo de paz: «El Señor os dé la paz». Su palabra sencilla, fervorosa y penetrante («verbo simplici sed corde magnifico» [con palabra sencilla y corazón generoso, n.d.t.] 1Cel, 23), invitaba a todos al «recuerdo del Creador y de sus mandamientos», hablando de la justicia y también de la misericordia de Dios, de la pena y la gloria, alternando exhortaciones penitenciales «para remisión de los pecados» con fuertes llamamientos a la paz y a la fraternidad con todos, a la practica de las virtudes cristianas en todas las condiciones y clase social, y (como se puede leer en los Escritos del Santo) a la práctica de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, en la que «se ve corporalmente al Señor». Al contrario de lo que era la costumbre de los herejes, Francisco inculcaba también la veneración hacia todos los sacerdotes aunque fuesen pecadores, por causa de la dignidad de su ministerio, y hacia la santa madre Iglesia, única maestra y ministra de la salvación; en resumen, respecto y honor hacia todos, ricos y amos, siervos y pobres, buenos y malos.

Cuando visitaba una región, muchas veces lograba evangelizar hasta cuatro-cinco aldeas al día, «difundía el Evangelio de Cristo por toda la tierra, anunciando a todos el reino de Dios y edificando a los oyentes no menos con su ejemplo que con su palabra “de todo córpore fécerat linguam”» [pues todo su cuerpo parecía haberse transformado en lengua, n.d.t.] (1Cel 97). «Sintiéndose apoyado por la autorización apostólica», Francisco predicaba a todos con palabra franca y valor, anunciando la verdad sin endulzarla y sin adular a nadie, de manera que también los cultos y los letrados, los poderosos y los dignatarios lo escuchaban con salutífero temor. Los clérigos, los religiosos y los laicos, y grandes multitudes de pueblo se agolpaban para escucharle, tratando al «nuevo evangelista» como a «hombre del otro mundo» y una «nueva luz enviada desde el cielo a la tierra» para iluminar y convocar a todos a las realidades de Dios (Cfr. para todo, 1Cel, 23, 36, 89, 97; 2Cel, 107).

Francisco recorrió la mayor parte del territorio italiano por más de quince años, de 1208-10 a 1224 (Cfr. ibid., 97). Dos veces, impulsado por el ardor misionero y el deseo del martirio entre los «sarracenos», sale de Italia y va a Siria en 1212 y a Marrueco luego después, va a Francia y España (1214-5); sin embargo, solo pudo arribar, la primera vez, a la costa de Dalmacia por causa de una tempestad, y la segunda vez, obligado a regresar a España por causa de una grave enfermedad.

Mientras tanto (1212), había instituido la Segunda Orden de las «Pobres Damas (Señoras) de s. Damián» o Clarisas; y, preocupado por la salvación de las almas, ansiando «llevarlas todas al paraíso», obtenía del Señor, por la intercesión de la b. Virgen de los Ángeles, la indulgencia especial (anual) del Perdón en la Porciúncula, y que le fue confirmada por el recién elegido Papa Honorio III, en Perusa (julio de 1216; Cfr. bibl.).

Después de haber enviado a Siria-Palestina algunos religiosos guiados por fray Elías (1217) y a Marruecos los primeros 5 misioneros y mártires (1219-20), el 24-6-1219 él mismo cruzó el mar y llegó a Oriente, encontrándose con el sultán de Egipto, Al-Malik al Kamil, que lo recibió y escuchó benignamente, aunque sin la esperada conversión y, para el Santo, sin la deseada alternativa del martirio. Pero, en el transcurso de aquella desastrosa V Cruzada (1217-21) impulsada por el Concilio Lateranense IV, el Santo de la paz, mediante su actuación, había dado a la cristiandad el primer ejemplo de acercamiento pacífico y apostólico con los Sarracenos (cuya conversión ya el abad Joaquín de Fiore había previsto como algo factible «praedicando magis quam proeliando» [más predicando que haciendo la guerra, n.d.t.], In Apoc. XIII, v. 3); en cambio el envío al mismo tiempo de sus primeros frailes misioneros a África y a Oriente, abría prácticamente el gran camino y comenzaba la historia de las misiones católicas en el mundo.

A su regreso a Italia (1220), después de haber dejado algunas orientaciones necesarias para la Orden, Francisco retomó el apostolado de la palabra. El año siguiente, atendiendo a las aspiraciones de muchos en distintos lugares, proponía normas de vida cristiana individual y social para los laicos que estaban en el mundo y que deseaban seguir sus enseñanzas según el espíritu del Evangelio: se instituía la Tercera Orden de los Penitentes o Terciarios Franciscanos[1] (en Florencia y Poggibonsi, 1221), destacándose como una fraternidad distinta entre los demás grupos aislados y comunitarios de Penitentes de aquella época.

Con el fin de tornar más real y visible para sí mismo y para el pueblo el misterio navideño la noche del 24-12-1223, tras autorización del Papa, acompañado por ingente multitud en una gruta de Greccio, en el valle de Rieti, quiso celebrar la fiesta de la Encarnación y ayudar como diacono en la Misa solemne de la representación plástica y viviente de la escena del Pesebre. Francisco había sido ordenado diacono, pero no quiso ascender, por humildad, al sacerdocio (Sobre el Pesebre: 1Cel, 84-87; s. Buenaventura, LM 10,7).

El Santo, estando enfermo después de su regreso de Oriente, daba a la Orden la guía activa de un vicario en la persona de Fray Elías de Asís (1221-7) y también la Regla definitiva, e iba acercándose poco a poco a la última etapa de su vida en una sucesión cada vez más intensa de experiencias místicas, con el deseo de una más íntima participación y conformidad con el Crucificado.

Imbuido de estos sentimientos, en el verano de 1224 se retiró en el monte Alverna y allí, alternando prolongadas oraciones, meditaciones y ayunos (desde la Asunción hasta s. Miguel Arcángel, que era una de las siete cuaresmas especiales practicadas por él), muy próximo ya la fiesta de la santa Cruz (14 de septiembre), se le apareció el propio Cristo Crucificado bajo el aspecto de un serafín alado y flamante que le imprimió en el cuerpo los estigmas vivos de su Pasión: heridas abiertas y sangrientas, con clavos carnosos y largas puntas torcidas en las manos y en los pies y herida en el costado (Cfr. especialmente s. Buenaventura, LM XIII, 1-5).

Después de bajar de la Alverna, como si fuera imagen viviente del Crucificado y llevado a Asís, Francisco pasó los últimos dos años de su existencia en una continua pasión de enfermedades y dolores, afligido también por una grave oftalmía contraída en Oriente. A final de 1224 y los primeros meses de 1225, completamente aislado y cecuciente, en una celda de palmas muy cerca de s. Damián (o, quizás, en el palacio episcopal) y, después de una noche de insomnio, «certificado» por el Señor de su inminente fin y del premio eterno, en un arrebato de mística exaltación por la obra de la creación, dictó a sus compañeros el «Cántico del hermano Sol y de todas las criaturas» (LP 43-5 y 51, ed. II; 2Cel 213).

Después, obedeciendo a la insistencia del protector, el Card. Hugolino de los Condes de Segni, se sometió a dolorosas y, a la vez, inútiles cauterizaciones de los ojos por parte de los médicos de la corte papal en Rieti (1225); y posteriormente, pasando por Siena y Cortona, después de haber superado una crisis mortal en abril del año siguiente (1226), retomó, por etapas, el camino de regreso hacia Asís. Deteniéndose primero en el palacio episcopal, pidió que lo llevaran, a final de septiembre, a la Porciúncula.

Y allí, meditando profundamente sobre el texto de la Pasión escrita por s. Juan y haciendo memoria, con sus religiosos, de la última cena del Señor, cantándole a la hermana muerte y entonando el salmo «Voce mea… me exspectant iusti donec retríbuas mihi» [A voz en grito... me rodearán los justos cuando me devuelvas tu favor, n.d.t.], se durmió en la tarde del sábado 3-10-1226: tenía aproximadamente 45 años. Acostado sobre la desnuda tierra, poniendo de manifiesto sus estigmas, que centenares de frailes y laicos pudieron averiguar, «tenía el aspecto de un verdadero crucificado bajado de la cruz» ( Fr. León en Salimbene, 195; Cfr. 1Cel, 112).

Al día siguiente, domingo por la mañana, su cuerpo, con participación del clero y pueblo, fue llevado en solemne procesión a la capilla de s. Jorge que se encuentra entre los muros de la ciudad, y allí permaneció por cuatro años, y allí el Santo fue canonizado el 16-7-1228.

Su venerado cuerpo, posteriormente, fue trasladado (25-5-1230) al «Colle del Paraíso», en la nueva basílica de s. Francisco, construida por determinación de Gregorio IX y por la dedicación de Fr. Elías como monumento glorioso sobre aquel sepulcro.

Éste es el templo primario de su culto y de su gloria en la tierra declarado, junto con el Sacro Convento, «Cabeza y madre de toda la Orden de los Menores» (Gregorio IX, 22-4-1230) y custodiado por los FF.MM. Conventuales: éstos, por la veneración universal y por el genio natural de tan grande Santo, se han dedicado a dar más esplendor también exterior a aquel conjunto arquitectónico monumental convocando a toda clase de corrientes artísticas del renacimiento italiano.

III. ESPIRITUALIDAD

Amorosa contemplación y fiel imitación de Cristo y, a la vez, continuación de su misterio salvador para la conquista de las almas, en profunda sintonía y sumisión a la Iglesia jerárquica: éstas, en síntesis, son las características de la espiritualidad personal y apostólica del Poverello seráfico. Este ideal está enraizado y vivo en la fundación y vida de su instituto, en el enlace que existe entre la experiencia personal y la doctrina y normas del fundador, que volveremos a considerarl en su unidad, válidas también para la espiritualidad de los Franciscanos.

1. Los puntos sobresalientes del espíritu de s. Francisco, con sus variados y preciosos detalles, están relatados en los distintos hechos y acontecimientos de su vida y en las narraciones de los primeros biógrafos, pero primeramente y principalmente en los ESCRITOS u opúsculos del mismo Santo: son 25 aproximadamente, entre los de mayor y menor extensión.

Entre ellos tenemos:

a) los textos legislativos: son las dos Reglas: la I Regla del año 1209-21 (correspnde a la primitiva «fórmula vitae» [forma de vida, n.d.t.] ampliada en aquellos años, con el nombre de IReg ‘non bullata’, 1221), y la II Regla (2Reg) o definitiva de 1223 (Regla bulada);

b) las Admoniciones y normas de vida religiosa, como son: Verba admonitionis [Admoniciones] con 28 capítulos, el Testamento, (complemento ascético de la Regla (1226), y el De religiosa habitatione in eremo [Regla para los eremitorios, n.d.t.] (1218-21 aprox.);

c) Oraciones y alabanzas, entre las cuales sobresalen el Officium Passionis [Oficio de la Pasión del Señor, n.d.t.], las Laudes Dei [Alabanzas a Dios altísimo, n.d.t.], dos Salutationes [Saludos] es decir, elogios de las virtudes y de la bienaventurada Virgen María;

d) un epistolario, de 8 cartas autenticas conservado hasta hoy (1220-6 aprox.). Entre estas cartas, tres son características, pues contienen exhortaciones y consejos para la vida cristiana y profesional: «Carta a todos los fieles», a quienes el Santo, considerándose siervo de todos, se sentía obligado de «administrare odorífera verba Dómini» [suministrar las odoríferas palabras de mi Señor, n.d.t.]; «Carta a los clérigos» y sacerdotes (epístola u opúsculo «De reverentia córporis Dómini et de munditia altaris» [Sobre la reverencia al cuerpo del Señor y el cuidado del altar, n.d.t.]; «Ad populorum rectores» [Carta a las autoridades de los pueblos, n d t.], podestá, cónsules, jueces y autoridades de los pueblos en todos los rincones del mundo.

A estos escritos, todos en latín, se añade el ya nombrado Cántico del hermano Sol, escrito en dialecto de Umbría, obra preciosa y síntesis, a la vez, de su visión humana y mística de la obra de la creación.

Completan el número de los escritos latinos ya mencionados 3 Autógrafos del Santo, conservados en dos trozos de pergamino: la Carta al hermano León, su compañero y confesor (cm. 13×6, conservado en la catedral de Spoleto); el texto de «Laudes Dei» [Alabanzas al Dios altísimo, n.d.t.] y de la Bendición al hermano León, escritos en la Alvernia en 1224, en el frente y verso de la misma hoja de pergamino (cm. 14×10, conservado en la basílica de Asís).

2. La ESPIRITUALIDAD de Francisco es cristocéntrica y evangélica, afectiva y mística y, al mismo tiempo, viva y práctica, imbuida de profunda humanidad, derivada de la experiencia existencial de la vida y de la sociabilidad de las relaciones humanas.

Es esencialmente cristocéntrica, porque en la meditación sobre el misterio Trinitario, el Santo, con algunas intuiciones características, vio sobretodo en la persona del Hijo de Dios encarnado y crucificado al hermano mayor de los hombres, autor de la salvación y mediador y modelo de nuestra comunión con Dios (Cfr. Ep. I, Carta a todos los fieles). En la primera visión y encuentro con el Crucificado, Francisco, como él mismo lo reveló después, percibió, por vez primera, esta clara determinación divina y salvadora de Cristo, y también su personal fundamental vocación (aun no apostólica) al seguimiento de su Cruz «en espíritu de pobreza, de humildad y de afectuosa compasión y piedad» (LM. 5-6). El Evangelio de la pobreza y de la misión de los Apóstoles que había escuchado, venía a completar el programa de vida y de trabajo para la integral imitación del Maestro divino.

La espiritualidad del Santo, que no es especulativa, sino fundamentada sobre estas primeras experiencias místicas e indicaciones evangélicas, se centró, desde entonces, sobre la «perfecta adhesión» de espíritu y de vida a Cristo, adhesión de persona a persona percibida presente y casi sensible en todos los misterios de su vida terrenal: en la humildad de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo, así como en la suavidad de su Ssmo. Nombre; en las fatigas del apostolado (Cristo pobre y peregrino, que vivía de limosnas con la Virgen y sus discípulos) y en los dolores de la Pasión; en la continuada presencia viva y «corporal» en la tierra, en el misterio de la Misa y de la Eucaristía que el Santo adoraba en espíritu «en todas las iglesias del mundo» y que quería sobremanera venerada y recibida por todos. Sobretodo la contemplación, las lágrimas y el recuerdo de la Pasión fueron el comienzo y el término de su ascesis espiritual. Y pudo, de esta manera, llegar a la participación sensible en los dolores del Hijo de Dios, desembocando en la impresión de los estigmas y transformación mística en el Crucificado: «Crucifixi ministrum» [ministro del Crucificado, n.d.t.] de quien llevaba en el corazón y en el cuerpo las señales de los estigmas» (Anon., Vita Gregorii IX, 1240 aprox., en Lemmens, 1926, p. 13).

Sin embargo, antes de llegar a ese ápice personal y privilegiado de espiritualidad, enriquecida con otras experiencias y acontecimientos místicos y de los cuales guardaba celosamente «el secreto para sí» (1Cel 90 y 96), Francisco ya había dado a todos el ejemplo y el estímulo para cultivar una fe más viva en los divinos misterios celebrados en la piedad litúrgica e inculcados en la predicación, frecuentemente retomados para ser meditados en la oración privada en la que el Santo, a través del frecuente coloquio, también «verbal con su Señor», por causa de la intensidad del afecto parecía «totus non tam orans quam oratio factus» [hecho todo él no ya sólo orante, sino oración, n.d.t.] (2Cel, 95).

En unión con Cristo y en comunicación con sus misterios, el Santo exaltaba «con amor indecible y alabanzas» a su Ssma. Madre por haber dado la carne y fraternidad humana al «Señor de la gloria», en el esplendor de la «pobreza». Por ser la inspiradora de su mismo ideal de pobreza, el Santo la constituyó especial «Abogada de la Orden» (Ibid. 198, 200).

3. Impulsado por la voz del Crucifijo al amor hacia las iglesias materiales, Francisco aprendió pronto a considerar también la presencia de Cristo, como una prolongación de su vida y actuación salvadora, en la Iglesia católica y su jerarquía.

Esta es la razón de su pronto acudir, impregnado de profunda fe y sumisión, a la «santa madre Iglesia Romana», el porque de la inculcada observancia de sus «constituciones» y «preceptos del Señor» (Carta a los Clérigos, 13) y de la especial reverencia hacia todos los sacerdotes, teólogos y predicadores, en los cuales «no quiere considerar el pecado» porque ellos siguen siendo siempre válidos ministros de los sacramentos y de la divina palabra para la vida espiritual de los fieles (Test. 9, 13).

Llevado por su adhesión al pensamiento y al pastoreo de la Iglesia, Francisco escoge para sí y para sus frailes la recitación del Oficio divino según el rito y los textos de la Curia papal (2R c. III), y solicita la vigilancia y guía de un “vice-Papa” para la Orden en la persona del cardenal Protector (ibid. c. XII) y también la denuncia, casi como una urgencia inquisitorial ante su persona, de los frailes rebeldes y «no católicos» (Test.31). Los suyos eran sentimientos puros de fe y de amor hacia Cristo y su Iglesia, en los que radicaba esa componente eclesial de la espiritualidad del Santo: «vir catholicus et totus apostolicus qui in praedicatione sua principaliter monuit, ut Romanae Ecclesiae fides inviolabiliter servaretur…» [Hombre católico y profundamente apostólico el cual, toda vez que predicaba, siempre exhortaba a guardar íntegramente la fe de la Iglesia Romana, n.d.t.] (Julián de Spira, Vita, n. 28).

4. De los ejemplos y enseñanzas de Cristo, asiduamente buscados y leídos en el Evangelio (aprox. 400 citaciones del Antiguo y especialmente del NT en los Escritos del Santo), y tambián de su sensibilidad humana, Francisco derivó la ascética de todas las virtudes cristianas (“Christiformes virtutes”, Lm 6,9), personales y sociales, que él asimiló e inculcó a sus hijos a través de inúmeras modalidades y fórmulas especiales. Quizás sea éste el motivo más universalmente apreciado y estimulante de la vida del Poverello, motivo que aun hoy día es necesario reportar, a fin de no desvirtuarlo, a la «summa philosophia» de la asidua búsqueda y perfecta adhesión a Cristo, en la imitación de toda su enseñanza y ejemplo, en la «perfecta observancia del santo Evangelio», de dónde manaba la susodicha espiritualidad mística y afectiva del Santo (1Cel 84 y 91).

En la Salutatio virtutum [Saludo a todas las virtudes, n.d.t.] F., haciendo uso de especiales calificativos, y acopladas entre sí, recuerda las seis virtudes “hermanas” congeniales con su espíritu: la reina sabiduría (prudencia) y la pura sencillez, la señora pobreza y la santa humildad, la señora santa caridad y la santa obediencia. Esta última, definida en otra oportunidad «como representación de un cuerpo muerto» (2Cel 152, el súbdito en relación con su superior) y relacionada con la misma pobreza espiritual en vista de su desprendimiento no tan sólo de la codicia de los bienes exteriores, sino también de la codicia interior, de la voluntad propia (Adm. 3, 14, 20).

Además la modestia y mansedumbre, concordia, paz y fraternidad, respecto y amor hacia todos, ricos y pobres, buenos y malos, y también hacia los ladrones y malhechores que deberán ser siempre acogidos «benignamente» por los frailes (1R VIII); el «saludo de paz» que deberá ser dirigido a todos, tal como fue revelado directamente al Santo por el Señor (Test. 23) y llevado a la práctica con el lema franciscano de «Paz y Bien» (Cfr. TC. 26). Y por último, el humilde servicio de amor y de «misericordia» hacia todos los pobres o indigentes, enfermos o leprosos, considerados personajes representativos de Cristo paciente, pobre y peregrino en la tierra (Cfr. 1R IX). Francisco padecía de una verdadera «invidia paupertatis» [envidia de la pobreza, n.d.t.] de los pobres por el hecho de ser pobres, y sobretodo si fueran más pobres que él (2Cel. 83, Cfr. n.84, 87s; y 1Cel.76).

Este conjunto de actitudes, por cierto, muy normalesen la ascética cristiana y religiosa, el Santo las quiso animadas para sí mismo y para los suyos a través de una constante práctica de jovial serenidad y de «perfecta alegría» franciscana (la alegría enseñada a fray León, Flor, 8; Actus, 7), por medio de las famosas cualidades de la caballería clásica. Su vida, aun en tiempo de rigores penitenciales, era ennoblecida con toques de viva humanidad, de romanticismo y de jovial caballería que el Santo había heredado de la naturaleza y que conservó íntegros para el servicio divino. El Señor le concedió, además, un candor y experiencia del estado de inocencia, por lo cual Francisco trataba y conversaba con soltura bien sea con los hombres bien sea con las criaturas inferiores llamadas, con un toque de familiaridad, «hermanos y hermanas».

Aparte sus dones personales, se preocupó también de transmitir el espíritu caballeresco a sus religiosos. No se conformaba cuando los veía tristes, quería que fuesen siempre alegres en el Señor; y que se portasen como nuevos caballeros y juglares de Dios ya sea en su generosa milicia al servicio del sumo Rey y de las almas, en libertad de espíritu y en comunión de caridad y de paz con todos, ya sea en la «pacífica y gratificante» aceptación de la vida con todas las dificultades, contrariedades, «enfermedades y tribulaciones» correspondientes (Cfr. Cántico del hermano sol).

Última preocupación y limitación del Santo en relación con esta praxis ascética fue la de la discreción, virtud piloto por la cual él, en cierta ocasión, enseñó sonriendo alguna reserva también en relación a las determinaciones de los prelados, y que quería fuese observada por los suyos en lo que a mortificación y ejercicios penitenciales se refiere, particularmente cuanto a las exigencias del «hermano cuerpo» (única norma, sin embargo, no practicada por Francisco en sus austeridades personales: 2Cel. 129, 210s).

5. Estas coordenadas esenciales de vida y doctrina fueron, de manera especial, las virtudes características del Santo, practicadas muy a menudo en su comunicación fraterna con los frailes y con toda clase de personas que vieron en él al hombre nuevo, sumamente amable y admirable en todos sus gestos y palabras: «Ómnibus frátribus sublímior…, tam plenus erat gratia et sapientia Salvatóris» [Era el más eminente de los hermanos... tan lleno estaba de la gracia y sabiduría del Salvador, n.d.t.] (AP. 37, 39), o como dijo cierto día fray Gil, lleno de fervor: «Vere ille homo, scilicet beatus Franciscus, numquam deberet nominari, quin homo prae gaudio lamberet labia sua» [Efectivamente, aquel hombre, es decir el bienaventurado Francisco, jamás debería ser nombrado sin que la persona se lamiera los labios por la grande alegría, n.d.t.], y todo el mundo pudo y debería seguirle (AnalFranc. IV, p. 233).

Para hablar corto, en la «vida admirable» del Serafino de Asís están presente los tres componentes esenciales de la gracia, de la naturaleza y de la propia personalidad: estaban presentes en la primera etapa de su vida (los primeros 22 años de «conversación mundana», pura e íntegra por cierto, pero vana y disipada) y se entrelazaron visiblemente en otros tantos años exactos de «conversión y penitencia» (murió a los 44 años), con una siempre mayor tensión de espíritu hasta llegar a la transformación mística en Cristo estigmatizado, que lo hizo parecer, según la humana posibilidad, a un «alter Christus» [a un segundo Cristo, n.d.t.]. Una cumbre de altísima santidad, anhelada y alcanzada con la ayuda de la gracia y los dones extraordinarios de Dios; pero también alcanzada mediante un empeño heroico y constante en la práctica de toda clase de virtud humana, moral y social: todo dirigido, en la luz de Cristo, en pro del servicio de amor a Dios y al prójimo.

Y ese espíritu y práctica leal e integral de vida evangélica, cristiana o religiosa, es lo que constituye el modelo siempre actual e inmutable de la personalidad del Santo.

IV. PERSONALIDAD E INFLUENCIA

Las espontáneas apreciaciones de los religiosos contemporáneos, que ya tuvimos oportunidad de mencionar, nos permiten comprender, con mayor profundidad, la extraordinaria personalidad de Francisco y su recia influencia que quedó en la historia. Francisco era de aspecto delicado y minúsculo en lo físico, pero su personalidad era tan rica y polifacética que los estudiosos encuentran cierta dificultad en definirla en todos sus componentes y en la esencialidad de alguna calificación sobresaliente. Sin embargo, prescindiendo del orden y de la complejidad de aquellos rasgos, es posible esbozar una síntesis bajo el aspecto más estrictamente religioso.

1. Francisco es un Santo «único e incomparable», según dicen los historiadores modernos (inclusive J. Lortz), un Santo perfecto y ejemplar, considerando su compostura mística de «alter Christus» y de nuevo guía del pueblo cristiano tal como fue visto, contemplado y descrito con términos los más superlativos, por sus biógrafos contemporáneos y por todos los demás estudiosos posteriores.

Entre ellos, s. Buenaventura que, en el solemne prólogo de su Legenda maior, obra prima de la hagiografía medieval, declara que no se atrevería a sintetizar la figura y la singular misión como una nueva «aparición de la gracia del Salvador divino en la persona de su siervo Francisco», para convocar a todos tras su ejemplo y despertar el deseo de las cosas eternas; maestro, guía y predicador de la perfección evangélica para iluminar a los creyentes en el camino de la salvación; nuevo signo de paz de Dios con los hombres, anunciador de paz y salvación, pues él mismo se tornó ángel de paz verdadera, rebosante de espíritu profético y marcado con el sello del Dios vivo para llamar a los elegidos a la penitencia; «embajador de Dios tan amable a Cristo, tan digno de imitación para nosotros y digno de admiración para el mundo entero» (LM pról. 1-2). En efecto, todo en la vida de Francisco, considerado en sí mismo y en el entorno histórico religioso y social de su tiempo, todo confirma el grande puesto y la influencia benéfica que él ejerció en aquel entonces y en los siglos venideros, como renovador del espíritu evangélico en medio del pueblo cristiano y también en la vida monástica o religiosa.

2. Es muy importante relevar como casi todos los motivos de la espiritualidad, de la piedad y actividad religiosa de Francisco, en cuanto restaurador de la vida cristiana en general, se encontraban ya como fermento espiritual en la «socíetas cristiana», a partir del s. XII hasta el XIII.

Sin embargo, mientras se producía un cierto estancamiento en algunas actividades y, al mismo tiempo, un renovado intento para dar vida a antiguos y nuevos institutos regulares; mientras se veían surgur algunos predicadores ortodoxos y de sectas heréticas, aquellos motivos de reforma y de vuelta a la autenticidad evangélica encontraron, exactamente en aquella época, las condiciones optimales en las almas y en la historia mediante la obra de nuestro Santo.

La originalidad y eficacia de Francisco como auténtico reformador fue su pacífica inserción dentro de la sociedad eclesial en el respecto y con el pleno consentimiento de la jerarquía; y por otro lado, debido a su arrastrante participación, su inserción mediante experiencias personales e intuiciones carismáticas, en las profundas aspiraciones de fe viva y piedad litúrgica, de restauración moral y cristiana de la vida, de reconciliación y colaboración con el ministerio sacerdotal, de pacificación y fraternidad social que constituían el substrato de las aspiraciones de todos. De esta manera, F. iba operando desde el interior, con grande sencillez y humildad, sin rebeldías ni contestación contra nadie, más bien con el ejemplo de una vida auténticamente pobre y evangélica, integrándose, él y sus frailes, con el pueblo y los «menores» de la sociedad y predicando entre ellos las sencillas verdades del Evangelio, pero sin descuidar a las clases altas y a los «mayores»,.

Muchos temas de aquella predicación, y muchos puntos específicos de la personalidad del Santo, chocaban eficazmente, pero sin disputas doctrinales, con otras ideas y temas de la propaganda herética (Cátaros o Patarenos, y Valdenses), especialmente en lo que a la Presencia eucarística y a la Pasión salvadora de Cristo se refiere, y a la insustituible dignidad y valor del ministerio sacerdotal, a la bondad originaria de la naturaleza, que Francisco exaltaba con religioso aprecio de los dones de Dios.

3. Injertado totalmente en la sociedad y condescendiendo a las aspiraciones que muchos tenían por una vida cristiana más perfecta, el Santo pudo presentar «una norma de vida» y enseñanzas de perfección «a cada una de las categorías de personas, según sus propias condiciones, edad y sexo» (1Cel. 37; Julián de Spira, Vita, n. 23). De esta manera se daba inicio, con mucha espontaneidad, a la fundación de la Tercera Orden de los Penitentes franciscanos, que llevó a todas las clases sociales, unidas en un mismo ideal, un nuevo fermento de prácticas cristianas y de apostolado laical. Y eso amplió aun más la influencia espiritual del Santo.

Mediante esta institución y su personal actuación de hombre «sencillo e idiota» y siendo tan sólo diácono, a mitad camino entre el pueblo y los letrados y entre los laicos y la jerarquía clerical (como acontecía entre frailes laicos y sacerdotes, en su Orden, y todos lo aceptaban: 2Cel. 193), el Santo daba cuerpo a las aspiraciones sensibles de muchos y, por ende, hacía efectiva la verdadera convocación del laicado para la edificación del reino de Dios, para el apostolado católico (con razón S. Francisco ha sido proclamado celestial patrono de la Acción Católica, en 1916).

4. Como fundador religioso, Francisco en la «Regla del Evangelio» para la Orden prescribía esencialmente la observancia de aquella misma vida proclamada y practicada por Cristo y sus Apóstoles.

Rechazando toda clase de inspiración y repetición de reglas monásticas de los anteriores fundadores, como «s. Agustín, s. Bernardo o s. Benito», y apelando a una directa «revelación» recibida del Señor, s. Francisco resumía su misión afirmando que « el Señor quería que él fuera un nuevo loco en este mundo; y no quiso conducirme por otro camino que el de esta ciencia» (LP 17; EP 68). Era el camino de la sencillez, de la humildad y de la pobreza absoluta, la vida evangélica practicada por él y por su Orden y propuesta una vez más al mundo para la salvación de todos. Esta es la novedad y originalidad de la Regla y de la fundación del Santo, la cual se tornaba típica expresión de las nuevas Ordenes mendicantes y apostólicas dentro de la Iglesia, no obstante las sucesivas mitigaciones de su estilo de vida. Para la segura autenticidad de esta nueva «forma sanctitatis» y de la misión eclesial del Poverello, s. Buenaventura puso en grande relieve la confirmación directa otorgada por el supremo pontífice Cristo, y debidamente reconocida por la Iglesia, mediante el sello divino de los estigmas (LM XIII, 9; Cfr. Dante, Paradíso, XI, 107).

5. Otros muchos aspectos y motivos característicos han sido relevados por los estudiosos en la personalidad del Poverello: especificamente el más perfecto imitador de Cristo, en su irrepetible figura de Santo místico y seráfico, su personalidad histórica y humana, el caballero de Cristo, el Santo de la fraternidad universal, el «Poverello» por excelencia, el genio religioso y poético de su patria, y cosas por el estilo.

No podemos negar la veracidad de estos carismas humanos y religiosos, firmemente anclados sobre el valor preeminente de su santidad, de tal manera que cada categoría de personas ha podido y continuará sacando inspiración, enseñanzas y ejemplos de todos los puntos de vista de su vida extremadamente luminosa.

En calidad de testigos del universal aprecio, como son los espíritus más sensibles e ilustrados, los historiadores y los teólogos, los letrados y los artistas, fascinados por él, trazaron su perfil y lo ilustraron ampliamente.

Pero, especialmente el ideal evangélico del Santo es sumamente significativo para la historia y para la sociedad humana y cristiana. Comparando su época y sus enseñanzas con la actual experiencia de las cosas, se concluye que su fundamental mensaje también hoy día tiene vigencia: lo de él es, en síntesis, un mensaje de bondad y amor, una obra de mediación, en nombre de Cristo, para la humanidad, de paz con Dios, con la Iglesia, y de los mismos hombres entre sí.

Oportuna, además, entre los progresos y retrocesos de la actual convivencia humana, la idea-fuerza repetida por el Santo a sus religiosos acerca de la constancia en la pobreza, que es, en efecto, el normal llamado al fin sobrenatural de la vida, a menudo olvidado: «norma de los peregrinos», es decir, la conciencia de la provisionalidad de la mansión terrenal, de donde proviene el deber de todos para el «pacífice pertransire (et) sitire ad patriam» [acogerse bajo techo ajeno, caminar en paz de un lado a otro, anhelar la patria, n.d.t.] (2Cel. 59, Cfr. ibid. n. 60; CtA5; Eb. 13,4).

Bibliografía

1. REPERTORIOS BIBLIOGRÁFICOS sobre las fuentes, vida y temas especiales: V. Facchinetti, S.F. d’A. Guida bibliografica [1878-1927], Roma 1928; Bibliographia franciscana, a partir de 1929, curada por OFMCap, 12 vol., Asís-Roma 1931s; O. Enhglebert, St. Francis of A., Chicago 1965, p. 495-607, apéndice bibliografica de R. Brown; actualizada hasta 1969, Id. en el vol. St. Francisc of A. Writings… Omnibus of the Sources, ibid. 1972, p. 1667-1760.

2. FUENTES:

a) Escritos de s. F., en Opúscula s. P. N. Francisci Assisiensis, Quaracchi 19493 (Ed. italiana: V. Facchinetti-J. Cambell, Gli Scritti di s. F. d’A., Milán 19755, traducido en varios idiomas; V. Branca, Il Cantico di frate sole. Studio delle fonti e testo critico, in ArchFrancHist 41 (1948) 3-87 y Florencia 1950; bibliogr. razonada, 1947-73, por F. Bajetto en ItalFranc 49 (1947) 5-62; S. Ruggeri, en Accad.Bibliot.Ital. 43 (1975) 60-102; M. Faloci, Gli autografi di s. F., en MiscFranc. 6 (1895) 33-9; A. Lapsanski, en ArchFrancHist 67 (1974) 18-37.

b) Biografías primarias del s. XIII, especialmente las de Tomás de Cel, Vita I y Vita II y el Tractatus de miráculis (a. 1228, 1247, 1253), de Julián de Spira, Vita (1234 aprox.) y de s. Buenaventura, Legenda maior y minor (1263), y demás Leyendas litúrgicas y menores extraídas de las anteriores: en AnalFranc 10 (1926-41) 1-724. – Más Leyendas y florilegios anecdóticas de los ss. XIII-XIV, con preciosos complementos biográficos y espirituales, en ediciones varias: Legenda Perusina (1246-1310), ed. J. Cambell, I fiori dei tre Compagni, Milano 1967 (texto latín y traducción italiana de N. Vian), y mejor aun R. B. Brooke, Scripta Leonis, Rufini et Angeli, sociorum s. Francisci, Oxford 1970 (con traducción inglesa); otra edición, Compilatio Assisiensis dagli Scritti di fr. Leone e Compagni, por M. Bigaroni, Porciúncula 1975 (es la Compil. o Leg. Perus.); - Anonymus Perusinus, o De inceptione OMin (aprox. 1270-90), en MiscFranc 9 (1902) 35-48, ed. F. van Ortroy, y texto crítico, curado por L. Di Fonzo, ibid. 72 (1972) 435-65; - Legenda trium Sociorum (aprox. 1310-20), y parte de 1246, en ActaSS, Octobris, II, Anversa 1768, p. 723-42, y redacción I, ed. G. Abate, en MiscFranc 39 (1939) 375-432; ed. crítica de T. Desbonnets, en ArchFrancHist 67 (1974) 89-144; - Spéculum perfectionis (1318 aprox, con textos de la 2Cel, Leg.Perus y ‘Rótuli’ de fr. León), ed. P. Sabatier, París 1898, 1928-312. – História y leyenda en Actus b. Francisci et sociorum eius (aprox. 1330-40), ed. P. Sabatier, ibid. 1902, con parcial vulgarización y adaptación de I fioretti di s. Francesco, 1390 aprox. (muchas ediciones, y A. Vicinelli, Gli scritti di s. Francesco e i Fioretti, Milán 1955). Además: L. Lemmens, Testimonia minora saeculi XIII de s. Francisco Assisiensi, Quaracchi 1926; y otros Cronistas franciscanos (Franciscanos, bibl.).

De todas estas fuentes, hay traducciones en distintos idiomas. Para Italia, actualmente: Fonti francescane, vol. 2, Asís 1977.

c) Para la «Cuestión franciscana», es decir, estudios y debates desde aprox. 80 años sobre la naturaleza, recíprocas relaciones y valor de las distintas fuentes: F. van den Borne, Die Franziskus-Forschung in ihrer Entwicklung dargestellt, München 1917; J. R. H. Moorman, The Sources for the Life of St. Francis of A., Manchester 1940, 19662; S. Clasen, Legenda antiqua s. Francisci. Untersuchung über die nachbonaventurianischen Franziskusquellen, Léida 1967 (con abundante bibl.); Cfr. también T. Desbonnets, St. François d’A. documents, écrits et prèmieres biographies, París 1968, p. 1455-99; S. Clasen-E. Grau, Die Dreigefährtenlegende des hl. Franziskus, Werl 1972, introducc. de Clasen: p. 25-164; L. Di Fonzo, L’Anonimo Perugino tra le fonti francescane del sec. XIII, en MiscFranc 72 (1972) 117-483 y Roma 1973 (cuestiones generales y texto); AA. Varios, La «Questione francescana» dal Sabatier ad oggi. Atti del I convegno internazionale, Assisi, 18-20 ottobre 1973, Asís 1974.

3. BIOGRAFÍAS: WaddingAnnMin, a. 1182-1226, t. I, Quaracchi 19313; ActaSS, Octobris, II, Anversa 1768, p. 545-1004 (vida, textos y debates); N. Papini, La storia de s. F. d’A, I-II, Foligno 1825-7 (primera vida crítica moderna). – Entre las demás mejores y más divulgadas biografías, especialmente las con mayor número de ediciones y traducciones (apuntamos la I ed. original); L. Palomes, Palermo 1873; Léopold de Chérancé, París 1879; L. Le Monnier, ibid. 1889; Paul Sabatier (pastor calvinista), ibid. 1893-4 (nueva visión crítica, pero con interpretaciones subjetivas, que solevantaron discusiones y nuevos estudios; 47ª ed. original 1931, póstuma); F. Tarducci, Mántua 1904; G. Schnürer, München 1905; J. Joergensen, Copenhague 1907 (introspectiva y de mucha divulgación, después de la de Sabatier; mejor ed. italiana, con actualización y bibl, Asís 1966, 1968); Cuthbert of Brighton, Londres 1912; V. Facchinetti, Milán 1921; A. Fortín, Milán 1926 (Asís 19592, en 5 tomos con documentos asisanos); L. Salvatorelli, Bari 1926, Turín 19732; M. Sticco, Milán 1926, 196715; D. M. Spáracio, Asís 1928; L. de Sarasola, Madrid 1929; S. Attal, Livorno 1930 (ampliada y mejor, Padua 19472); P. Bargellini, Turín 1941; H. Felder, Zurich 1941; O. Englebert, París 1947 (más completa ed. inglesa, Chicago 1965, con debates y amplia bibl. de R. Brown); R. Sciamannini, Roma 1953; J. Schreurs, Ultrecht-Anversa 1955; y añadimos también con reservas, igual que para otros anteriores: R. Bacchelli, Milán 1959; G. Berlutti, Asís 1961; P. Leprohon, París 1973, trad. italiana, Asís 1974.

Para el estudio de las principales biografías modernas: F. van den Borne, Het probleem van de Franciscus-biografie, en Sint Franciscus I (Brummen 1955) 241-320, e Id, ibid. 2 (1956) 31-80; AA. Varios, S. F. nella ricerca storica degli ultimi ottanta anni, Todi 1971 (sobre algunos aspectos; y sobre la biografía: R. Manselli, p. 11-31).

Consúltense también las mayores enciclopedias: más amplias y recientes y con bibl. las exposiciones de R. Pratesi-A. Ghinato, en EC 5 (1950) 1578-86; L. Di Fonzo, en BSS 5 (1964) 1052-1150 (A. Pompei, col.1111-31); E. Longpré, en DS 5 (1964) 1268-303; J. Poulenc, en EncRel. 2 (1970) 1634-41; Stanislao da Campagnola, en EncDantesca 3 (1971) 17-23; L. Di Fonzo, en DHGE 17 (1975) 683-98.

4. ESTUDIOS ESPECÍFICOS, tan sólo algunos puntos sobre la vida (mencionamos brevemente títulos o temas): G. Abate, Storia e leggenda intorno alla nascita de s. F. d’A., en MiscFranc 48 (1948) 515s, y Roma 1949; Id., Casa paterna e natale, Gubbio 1941, y complementos, Roma-Perusa 1966; A. Fortini (acerca de las propiedades paternas, ambiente y topografía asisana), en ArchFrancHist 43 (1950) 3-44; - F. de Beer, La conversión de st-François selon Thomas de Cel, París 1963; Lázaro de Aspurz, en Laurentianum 8 (1967) 452-68; D. Gagnan, Le héraut du Grand Roi, en EtFranc 20 (1970) 193-210 (predicación). - R.M. Huber, The Portiuncula Indulgence from Honorius III to Pius XI, Nueva York 1938; sobre el origen y debates, Cfr. también A. Teetaert, Portiuncule, en DTC XII, 2 (1935) 2602-11, y R. Brown, en NewCathEnc 11 (1967) 601-2. – Sobre las Clarisas y Terciarios, Cfr. los temas correspondientes. – Sobre el viaje a Egipto: A. Ghinato, S. F. in Oriente missionarius et peregrinus, en ActaOFM 83 (1964) 164-81; G. Basetti-Sani, en ArchFrancHist 65 (1972) 3-10; F. Cardini, en StFranc 71 (1974) 199-250 (superación de la «cruzada»). – C. van Hulst, De historia Praesepii… a Bethlehem usque ad Graecium, Roma 1941; O. Schmuki, en CollFranc 41 (1971) 260-87.

Sobre los estigmas: M. Bihl, en ArchFrancHist. 3 (1910) 393-432; Octavianus a Rieden, en CollFranc 33 (1963) 210s; A. Vauchez, en Mélanges ArchHist 80 (1968) 595-625; Cfr. también Epistola encyclica fr.Heliae de tránsitu s. Francisci (octubre 1226), en AnalFranc 10 (1926-41), p. 525-8, y el estudio de M. Bihl, en ArchFrancHist 23 (1930) 410-8; L. Randellini, en StFranc 71 (1974) 123-76 (fundamentos bíblicos y valores teológico-existenciales). – Sobre las enfermedades del Santo: Octavianus a Rieden, en Miscellanea M. de Pobladura 1 (Roma 1964) 99-129; S. Ciancarelli, F. di Pietro Bernardone, malato e santo, Florencia 1972; G. Lambertini en StudFranc 71 (1974) 109-22. – Sobre la canonización: M. Bihl, en ArchFrancHist 221 (1928) 468-514. – Sobre la historia del sepulcro y hallazgo del cuerpo: N. Papini, Notizie sicure della morte, sepoltura… di s. F. d’A., Foligno 18242; F. Guadagni, De invento corpore divi Francisci, Roma 1819: L. Di Fonzo, en BSS 5 (1964) 1096-1108. – Iconografía: Künstle II, p. 273-54; Kaftal, p. 386-418; Réau I, p. 516-35; Kirschbaun VI, c. 260-315.

5. ESPIRITUALIDAD Y PERSONALIDAD: H. Helder, Die Ideale des hl. Franziskus von A., Paderborn 1924 (varias ediciones y traducciones); J. Lortz, Der unvergleichliche Heilige, Düsseldorf 1952; O. Schmucki (a Rieden), Das Leiden Christi im Leben des hl. Franziskus von A., en CollFranc 30 (1960) 3s, y Roma 1960; Fernando de Maldonado, La pedagogía de s. Francisco de Asís, en Laurentianum 3 (1962) 3s, y Roma 1963; Gratien de París, St. François d’A. Sa personalité, sa spiritualité, París 19634; E. Longpré, François d’A. et son expérience spirituelle, ibid. 1966 (extraído de DS 5 [1964] 1268-302); J. Schlauri, St François et la Bible, en CollFranc 40 (1970) 365-437 (bibl.); Stanislao da Campagnola, L’Angelo del sesto sigillo e l’«alter Christus, Roma 1971; E. Leclerc, Le Cantique des créatures ou les symboles de l’union. Une analyse de St F.d’A., París 1970, trad. ital. Turín 1971: psicanálisis, con reserva; Cfr. D. Gagnan, en CollFranc 47 (1977) 317-47.

Sobre el entorno histórico del Santo y demás movimientos religiosos de aquella época: K. Esser, en ArchFrancHist 51 (1958) 225-64, y en Festgabe J. Lortz, II, Baden Baden 1958, p. 287-315; H. Grundmann, Religiöse Bewegungen im Mittelalter, Hildesheim 19612, p. 127-56 (trad. italiana, Bolonia 1974); M. Maccarone, Riforma e sviluppo della vita religiosa con Innocenzo III, en RivStorChiesa 16 (1962) 29-72; Willibrord de París, Rapports de St François d’A. avec le mouvement spirituel du XIIe siècle, en EtFranc 12 (1962) 129-42; H. Roggen, Die Lebensform des hl. Franziskus von Assisi in ihrem Verhältnis zur feudalen und bürgerlichen Gesellschaft Italiens, Mechelen 1965, con otra bibl.; AA. Varios, Povertá e ricchezza nella spiritualitá dei secoli XI-XII, Todi 1969; Ilarino da Milano, La spiritualitá evangelica anteriore a s. F., en Quaderni spirituali franc. 6 (1973) 37-70.

Literatura, arte e influencia: J. v. Görres, Der hl. Franzikus von A. Ein Troubadour, Maguncia 1826; F. Prudenzano, F. d’A. e il suo secolo, Nápoles 1857; H. Thode, Hl. Franz von A. und die Anfänge der Kunst der Renaissance in Italien, Berlin 1885, 19344; B. Kleinschmidt, S. Franziskus von A. in Kunst und Legende, Mónaco 1911; [H. Lemaître-A. Masseron, etc]. St François et les peintres d’Assise, Grenoble 1941. – AA Varios, Universalitá del francescanesimo, Asís-Roma 1950; A. Fortín-I. Giordani, Il Patrono d’Italia, Roma 1955. – Para más integraciones bibliográficas, sobre el Santo, -»Franciscanos.

p. Lorenzo Di Fonzo, OFMConv


[1] Actualmente se llama ‘Orden Franciscana Seglar’ (OFS), (n.d.t.).