DEMOSTRACIÓN DE LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA (Epideixis)

DEMOSTRACIÓN DE LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA

(Epideixis)

Irineo de Lión

PRÓLOGO (cc. 1-3)

Irineo escribe a su amigo Marciano y le promete un compendio de la fe cristiana

1. Conozco, querido Marciano, tu empeño en seguir la senda de la piedad el único camino que lleva al hombre a la vida eterna; me alegro por ello y pido por ti para que, conservando pura la fe, resultes grato a Dios, tu Creador. ¡Ojalá pudiésemos estar siempre juntos para ayudarnos mutuamente y aligerar las preocupaciones de la vida terrena mediante el intercambio continuo de cuestiones provechosas! Dado que en la actualidad estamos físicamente separados uno del otro, he decidido, dentro de mis posibilidades, conversar contigo por escrito y exponerte brevemente la predicación de la verdad para fortalecer tu fe. Lo que te envío es una especie de promemoria sobre los puntos fundamentales, de tal modo que en pocas páginas puedas encontrar abundante material teniendo reunidas concisamente las líneas fundamentales del cuerpo de la verad y con este compendio tengas a mano las pruebas de las realidades divinas. Pienso que te será útil no sólo para tu salvación sino también para confutar a los que defienden falsas opiniones y, a quien lo quiera conocer, le podrás exponer con seguridad nuestra enseñanza en su integridad y pureza. En realidad, para aquéllos que ven no hay más que un camino ascendente, iluminado por la luz celeste; pero para aquéllos que no ven, los caminos son muchos, sin iluminación y descendentes. El primero conduce al reino de los cielos y une al hombre con Dios; los otros llevan a la muerte y alejan de Dios. Por lo tanto, para ti y para los que desean ardientemente su salvación, es necesario que caminen en la fe, sin desviarse, con coraje y determinación, para evitar que, por falta de tenacidad y perseverancia, se entreguen a los placeres materiales o que, errando el camino, se alejen de la recta dirección.

El conocimiento de la verdad y las buenas obras

2. Y como el hombre es un ser viviente compuesto de alma y cuerpo, así es necesario y conveniente que exista en virtud de tales dos elementos; y puesto que del uno y del otro, de los dos, emanan las caídas, la pureza del cuerpo está en abstenerse y rehuir toda cosa inverecunda y toda acción injusta, y la pureza del alma está en conservar intacta la fe en Dios, sin agregar ni quitar nada de ella. Porque la piedad se empaña y pierde su candor cuando se contamina con la impureza del cuerpo; se rompe, se mancha y se desintegra cuando el error entra en el alma; se mantendrá en su belleza y en su justa proporción cuando la verdad habita constantemente en el alma y la santidad en el cuerpo. Pero ¿para qué sirve conocer la verdad de palabra si se profana el cuerpo y se realizan acciones degradantes? ¿De qué sirve la santidad del cuerpo si la verdad no anida en el alma? Ambos, pues, se alegran de estar juntos, están aliados y luchan mano a mano para llevar al hombre a la presencia de Dios. Por esto dice el Espíritu Santo por medio de David: Dichoso el hombre que no ha caminado en el consejo de los impíos (Sal 1,1), es decir, en el consejo de los pueblos que no conocen a Dios; de hecho, impíos son aquellos que no veneran a Aquél que es, por naturaleza, Dios. De ahí que el Verbo dice a Moisés: Yo soy el que soy (Ex 3,14). De esta forma los que no veneran a Aquél que verdaderamente es, son impíos. El que no se ha parado en el camino de los pecadores (Sal 1,1). Y son pecadores los que poseen el conocimiento de Dios y no guardan sus mandamientos, es decir, los que le desprecian. Que tampoco se sienta en la cátedra de los cínicos (Sal 1,1). Cínicos son los que con doctrinas falsas y perversas no sólo se corrompen a sí mismos sino también a los demás. La cátedra de hecho es el símbolo de la escuela. Así son los herejes: se sientan en la cátedra de los cínicos y corrompen a los que toman el veneno de sus doctrinas.

La Regla de la fe: fundamento de la verdad y de la salvación

3. Así pues, por temor a cosa semejante, nosotros debemos mantener inalterada la Regla de la fe, y cumplir los mandamientos de Dios creyendo en Él, temiéndole como a Señor y amándole como a Padre. Por lo tanto, un comportamiento de este estilo es una conquista de la fe, pues, como dice Isaías: Si no creéis no comprenderéis (Is 7,9); la fe nos es concedida por la verdad, pues la fe se fundamenta en la verdad. De hecho nosotros creemos lo que realmente es y como es; y creyendo lo que realmente es y como siempre es, mantendremos firme nuestra adhesión. Ahora bien, puesto que la fe sostiene nuestra salvación, es necesario prestarle mucha atención para lograr una auténtica inteligencia de la realidad. La fe es la que nos procura todo eso como nos han transmitido los presbíteros, discípulos de los apóstoles. En primer lugar la fe nos invita insistentemente a rememorar que hemos recibido el bautismo para el perdón de los pecados en el nombre de Dios Padre y en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado, y en el Espíritu Santo de Dios; que el bautismo es el sello de la vida eterna, el nuevo nacimiento de Dios, de tal modo que no seamos ya más hijos de los hombres mortales, sino de Dios eterno e indefectible; que el Eterno e Indefectible es Dios, por encima de todas las creaturas, y que cada cosa, sea de la especie que sea, está sometida a Él, y cuanto a Él fue sometido fue por Él creado. Dios, por lo tanto, no ejerce su poder y soberanía sobre lo que pertenece a otros, sino sobre lo que le es propio. Y todo es de Dios. En efecto, Dios es omnipotente y todo proviene de Él.

LA CATEQUESIS APOSTÓLICA (cc. 4-41)

Dios creador de todas las cosas

4. Porque es necesario que las cosas creadas tengan por principio alguna causa grande, y el principio de todo es Dios; Él no tiene origen en otro, antes por el contrario, todo fue creado por Él. Es, pues, necesario creer primeramente que hay un Dios, el Padre, el cual lo creó y organizó el conjunto de los seres e hizo existir lo único que no existía, y conteniendo el conjunto de los seres es el único incontenible. Ahora bien, en tal conjunto se halla igualmente este mundo nuestro, y en el mundo, el hombre. También, pues, este mundo fue creado por Dios.

Dios crea por medio del Verbo y del Espíritu

5. He aquí la demostración [de esta doctrina]: que hay un solo Dios, Padre, increado, invisible, creador del universo; ni por encima de Él ni después de Él existe otro Dios; que Dios es racional y por esto todos los seres fueron creados por medio del Verbo; y Dios es Espíritu, y con el Espíritu lo dispuso todo, según dice el profeta: Por la palabra del Señor fueron establecidos los cielos, y por obra de su Espíritu todas sus potencias (Sal 32,6). Ahora bien, ya que el Verbo establece, es decir, crea y otorga la consistencia a cuanto es, allí donde el Espíritu pone en orden y en forma la múltiple variedad de las potencias, justa y convenientemente el Verbo es denominado Hijo, y el Espíritu, Sabiduría de Dios. A este propósito el apóstol Pablo dice: Un solo Dios Padre, que está por encima de todo, con todo y en todos nosotros (Ef 4,6). Porque sobre todas las cosas está el Padre, pero con todo está el Verbo, puesto que por su medio el Padre ha creado el universo; y en todos nosotros está el espíritu que grita «Abbá» (Padre) y ha plasmado el hombre a semejanza de Dios. Así pues, el Espíritu muestra al Verbo; a su vez los profetas anunciaron al Hijo de Dios; mas el Verbo lleva consigo el Espíritu, y así es Él mismo quien comunica a los profetas el mensaje y eleva al hombre hasta el Padre.

Los tres artículos de la Fe: Padre, Hijo y Espíritu Santo

6. He aquí la Regla de nuestra fe, el fundamento del edificio y la base de nuestra conducta: Dios Padre, increado, ilimitado, invisible, único Dios, creador del universo. Éste es el primer y principal artículo. El segundo es: el Verbo de Dios, Hijo de Dios, Jesucristo nuestro Señor, que se ha aparecido a los profetas según el designio de su profecía y según la economía dispuesta por el Padre; por medio de Él ha sido creado el universo. Además al fin de los tiempos para recapitular todas las cosas se hizo hombre entre los hombres, visible y tangible, para destruir la muerte, para manifestar la vida y restablecer la comunión entre Dios y el hombre. Y como tercer artículo: el Espíritu Santo por cuyo poder los profetas han profetizado y los padres han sido instruidos en lo que concierne a Dios, y los justos han sido guiados por el camino de la justicia, y que al fin de los tiempos ha sido difundido de un modo nuevo sobre la humanidad, por toda la tierra, renovando al hombre para Dios.

El bautizmo nuevo nacimiento en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

7. Por  eso el bautismo, nuestro nuevo nacimiento, tiene lugar por estos tres artículos, y nos concede renacer a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, esto es, al Hijo, que es quien los acoge y los presenta al Padre, y el Padre les regala la incorruptibilidad. Sin el Espíritu Santo es pues imposible ver el Verbo de Dios y sin el Hijo nadie puede acercarse al Padre, porque el Hijo es el conocimiento del padre y el conocimiento del Hijo se obtiene por medio del Espíritu Santo. Pero el Hijo, según la bondad del Padre, dispensa como ministro al Espíritu Santo a quien quiere y como el padre quiere.

Dios Padre bondadoso y justo

8. Y si el padre es denominado por el Espíritu Santo, Altísimo, Omnipotente y Señor de las potencias, es para que lleguemos a conocer a Dios, es decir, el creador del cielo y de la tierra y de todo el universo, creador de los ángeles y de los hombres y Señor de todos, por medio del cual todo existe y permanece en vida, misericordioso, compasivo, tiernísimo, bueno, justo, Dios de todos, de los Judíos, de los Gentiles y de los creyentes; pero de los creyentes es Dios Padre, pues al fin de los tiempos abrió Él el testamento de la adopción filial; sin embargo para los Judíos es Señor y legislador porque cuando aquellos hombres, en los tiempos medios, olvidaron a Dios alejándose y rebelándose contra Él, los recondujo a la obediencia mediante la ley para que cayeran en la cuenta que tenían un Señor que es autor, creador y que da el soplo de vida, al cual debemos prestar culto día y noche; y para los Gentiles es creador, demiurgo y omnipotente. Para todos, sin excepción, es dador de alimento y manjar, rey y juez, porque nadie escapará a su juicio, ni judío, ni gentil ni ningún creyente que haya pecado y ni siquiera un ángel. Aquellos que en el presente se nieguen a creer en su bondad, experimentarán en el juicio su poder, como dice el santo Apóstol: No reconociendo que la bondad de Dios te está empujando a la enmienda, antes por el contrario, con la dureza y la impenitencia de tu corazón te estás almacenando la ira para el día de la ira cuando se revelará el justo juicio de DIos que pagará a cada uno según sus obras (Rm 2,4-6). Éste es Aquel que en la Ley es llamado el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, Dios de vivos (Ex 3,6). De este Dios es indescriptible su trascendencia y magnitud.

Los siete cielos, los dones del Espíritu y el culto angélico

9. Este mundo hállase rodeado de siete cielos, en los cuales habitan innumerables potencias, ángeles y arcángeles, que aseguran un culto a Dios todopoderoso y creador del universo. No porque tenga necesidad de ellos, sino para que no estén al menos sin hacer nada e inútiles y malditos. Por eso es múltiple la presencia interior del Espíritu de Dios, y el profeta Isaías la enumera en siete formas de ministerio, que han descansado en el Hijo de Dios, a saber, el Verbo en su venida humana. En efecto, dice: Sobre él se posará el Espíritu de Dios, Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, [Espíritu de Ciencia] y de piedad; le conquistará el Espíritu del temor de Dios (Is 11,2-3). El primer cielo, pues, a partir de lo alto, que contiene a los restantes, es la sabiduría; el segundo es la inteligencia; el tercero es el consejo; el cuarto, en línea descendente, es la fortaleza; el quinto es la ciencia; el sexto es la piedad; el séptimo, que corresponde a nuestro firmamento, está repleto del temor de este Espíritu que ilumina a los cielos. De ahí tomó Moisés el modelo del candelabro de los siete brazos que arde ininterrumpidamente en el Santuario. De hecho organizó el culto según este esquema celeste con lo que le había significado el Verbo: Te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña (Ex 25,40).

La glorificación del padre por el Hijo y por el Espíritu Santo

10. Aqueste Dios, es decir el Padre, viene pues glorificado por su Verbo, que es su Hijo para siempre, y por el Espíritu Santo, que es la Sabiduría del Padre de todos. Y sus potencias, la del Logos y de la sabiduría, llamadas también Querubines y Serafines, glorifican a Dios con voz incesante; y cualquier otra creatura que con ellas está en los cielos da gloria a Dios, Padre de todos. Él con la palabra confirió la existencia al universo entero; y en este universo hay también ángeles; y a este universo entero le dio leyes, ordenando que cada cual esté y permanezca en lo suyo, sin salirse de los límites decretados por Dios, cumpliendo cada uno el trabajo que le asignaron.

Dios plasma al hombre con sus manos

11. Al hombre empero lo plasmó Dios con sus propias manos, tomando el polvo más puro y más fino de la tierra y mezclándolo en medida justa con su virtud. Dio a aquel plama su propia fisonomía, de modo que el hombre, aun en lo visible, fuera imagen de Dios. Porque el hombre fue puesto en la tierra plasmado a imagen de Dios. Y a fin de que pudiera vivir, sopló Dios en su rostro un hálito vital, de manera que tanto en el soplo como en la carne plasmada el hombre fuera semejante a Dios. Fue creado por Dios libre y señor de sí, destinado para ser rey de todos los seres del cosmos. Este mundo creado, preparado por Dios antes de plasmar al hombre, fue entregado al hombre como territorio propio con todos los bienes que contenía. En este lugar trabajaban, cada uno según sus propias funciones, los siervos de aquel Dios que había creado todoas las cosas; y allí mandaba el regidor y cabeza que había sido constituido jefe de sus consiervos; y los siervos eran ángeles y el regidor y cabeza era un arcángel.

El paraíso lugar de delicias

12. Habiendo, pues, constituído al hombre dueño de la tierra y de toda cosa que hay sobre ella, secretamente le constituyó también dueño de aquellos que en ella tienen oficio de siervos. Sin embargo, éstos, es decir los ángeles, se hallaban en la plenitud de su posiblidad, mientras que el dueño, esto es, el hombre, era aún pequeño, como niño, y debía crecer para llegar a la madurez. Y a fin que se alimentara y desarrollara con gozo y alegría, fuele preparado un sitio mejor que este mundo, superior a él por el aire, la belleza, la luz, el alimento, las plantas, los frutos, las aguas y todas las demás cosas necesarias para la vida. Y este lugar tiene por nombre Jardín. El Jardín era tan bello y agradable que el Verbo de Dios se personaba con frecuencia en él; se paseaba y entretenía con el hombre prefigurando lo que había de suceder en el futuro, es decir, que el Verbo de Dios se haría conciudadano del hombre y conversaría y habitaría con todos los hombres enseñándoles la justicia. Pero el hombre era todavía niño y no tenía aún pleno uso de razón, de ahí que le fuera fácil al seductor engañarle.

La creación de Eva

13. Entonces Dios hizo comparecer ante la presencia de Adán, que estaba paseando por el Jardín, a todos los animales y le dió orden de imponerles nombres a cada uno, y el nombre con que denominó Adán a un ser viviente, tal fue su nombre. Decidió, asimismo, crear una ayuda al hombre, diciendo: No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle el auxiliar que le corresponde (Gn 2,18). Entre todos los vivientes no fue hallada una ayuda igual, parangonable y similar a Adán. Dios mismo inspiró, entonces, un éxtasis a Adán y le adormeció. Como el sueño no existía en el Jardín, fue inspirado sobre Adán por voluntad de Dios, para realizar una obra a partir de otra obra. Tomó, entonces, una costilla de Adán, llenó de carne el vacío creado, y con la costilla extraída hizo a la mujer y así la presentó a Adán. Éste, en viéndola, exlamó: ¡Ésta si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Su nombre será hembra, porque la han sacado de su hombre! (Gn 2,23).

Adán y Eva en perfecta armonía

14. Y Adán y Eva, pues así se llamaba la mujer, estaban desnudos y no sentían vergüenza, porque su mentalidad era inocente e infantil y no brotaban en ellos imaginaciones y pensamientos como los que engendran en el alma la concupiscencia y la pasión atizados por el mal. De hecho vivían en estado de integridad, conservando su propia naturaleza, porque lo inspirado en el plasma era un soplo de vida. Ahora bien, mientras dura y persevera aquel soplo, en su orden y con su vigor, no es posible entender y concebir cosas abyectas. Por eso no sentían vergüenza al besarse y abrazarse con la inocencia más infantil.

El mandamiento de Dios

15. Pero para que el hombre no tuviese pensamientos de soberbia y se enorgulleciese, como si no tuviera amo, por razón de la autoridad que le había sido conferida y de la libertad de acceso a Dios para que no faltase, y, por complacencia en sí, concibiese pensamientos de orgullo contra Dios, le fue dada por Dios una ley, a fin de que reconociera que tenía por Señor al Señor de todo. Y le impuso Dios algunas reglas, de suerte que, si observaba el mandamiento de Dios, permanecería siempre tal como era, esto es, inmortal. Pero, si no la observaba, se haría mortal, destinado a disolverse en la tierra de donde había sido tomado su plasma. Y éste era el mandamiento: De todo árbol que está en el interior del Jardín, come y aliméntate. Mas del árbol de donde procede la ciencia del bien y del mal, de ése sólo no comerás, pues el día que comáis de él moriréis de muerte (Gn 2,16-17).

Satán provoca el pecado, la ruina del hombre

16. El hombre no cumplió el mandato sino que desobedeció a Dios. El ángel lo sedujo, celoso y envidioso del hombre por los numerosos dones con que Dios le había colmado. Y al persuadirle la desobediencia al mandato divino, provocó su propia ruina al mismo tiempo que hacía al hombre pecador. El ángel, convertido así en jefe y guía del pecado, fue castigado por haber ofendido a Dios, y consiguió al mismo tiempo que el hombre fuera expulsado del Jardín. Y porque con su intento se rebeló y apostató de Dios, fue llamado en hebreo Satán, es decir, apóstata, aunque también le dicen diablo. Dios maldijo además a la serpiente, que había sido disfraz del diablo; maldición que alcanzó al animal msimo y al ángel escondido en él, Satán. Y al hombre le expulsó de su presencia, le transfirió y le hizo habitar entonces en el camino que conduce al Jardín, ya que el Jardín no admite al pecador.

El drama de los hijos de Adán: Caín y Abel

17. Desterrados del Jardín, Adán y su mujer, Eva, padecieron muchas miserias y vivieron en este mundo llenos de tristeza, fatigas y lamentos. Porque el hombre trabajaba la tierra bajo los rayos del sol, y la tierra producía espinas y abrojos, castigo del pecado. Entonces se cumplió el dicho de la Escritura: Adán se unió a su mujer; ella concibió, dio a luz a Caín y, después, dio a luz a Abel. Mas el ángel rebelde, el mismo que impulsó al hombre a la desobediencia, que le había hecho pecador y causado su destierro del Jardín, no contento con el primero, obró un nuevo daño, esta vez sobre los dos hermanos; porque llenando a Caín de su propio espíritu le hizo fraticida. Así murió Abel, asesinado por su hermano, como un signo del futuro, cuando algunos serían perseguidos, atormentados y muertos, y serían los injustos quienes matarían y perseguirían a los justos. Por esto Dios montó en cólera y maldijo a Caín y desde entonces todos los descendientes en la línea de su sucesión fueron semejantes a su progenitor. Dios, después, hizo que Adán tuviese otro hijo en sustitución del asesinado Abel.

Los Gigantes. La dilatación de la maldad y la disminución de la justicia

18. La maldad, extendiéndose continuamente, alanzó e inundó la raza humana; sólo un poco de semilla de justicia quedaba en ella. Porque, además, sobre la tierra tenían lugar uniones ilegítimas: los ángeles fornicaron con las hijas de los hombres, quienes dieron a luz unos hijos que por su enorme estatura fueron llamados gigantes. Los ángeles, entonces, dieron a sus esposas como regalo malignas enseñanzas. Les enseñaron la manera de obtener extractos de flores y plantas, tintes y pinturas, joyas y cosméticos, los celos y los amores apasionados, la seducción y la coquetería, los sortilegios de la magia, toda clase de adivinación e idolatría odiados por Dios. Y una vez desencadenadas tales cosas, el mal se expandió hasta desbordar, y la justicia disminuyó hasta casi desaparecer.

El diluvio como juicio de Dios

19. Finalmente, cuando vino sobre el mundo el justo juicio de Dios con el diluvio en la décima generación, contando desde el primer hombre, únicamente Noé fue encontrado justo y, gracias a su propia justicia, fue salvado con su mujer, sus tres hijos y sus mujeres, encerrados en el arca con los animales que Dios había ordenado a Noé introducir en el arca. Cuando la destrucción se cernía sobre toda la tierra, sobre hombres y seres vivientes, se salvaron solamente los que estaban en el arca. Los tres hijos de Noé eran Sem, Cam y jafet, y su estirpe volvió a multiplicarse de nuevo. Éstos son el origen de todos los nacidos después del diluvio.

Las bendiciones y las maldiciones en la familia de Noé

20. De entre los hijos de Noé, uno cayó en maldición, mientras que los dos restantes recibieron la bendición pos sus obras. Pues el más joven de entre ellos, llamado Cam, por haberse reído de su padre y haber sido condenado por pecado de impiedad a causa de ultraje e ignomia para con su padre, atrájose una maldición que le trasmitió a toda su descendencia. Resultó por ello que toda la raza que le siguió fue maldita y en este pecado creció y se multiplicó. En cambio Sem y Jafet, sus hermanos, por razón de su piedad con el padre, obtuvieron una bedición. He aquí los términos de la maldición lanzada por Noé sobre Cam: Maldito sea el joven Cam. Sea el siervo de su hermanos (Gn 9,25). Cuando alcanzó la edad adulta, tuvo sobre la tierra un posteridad numerosa como una floresta, desarrolándose por catorce generaciones de descendientes, hasta que, tras haber sido condenada, fue sesgada por Dios. De hecho los cananeos, los jeteos, los fereceos, los jeveos, los amorreos, los jebuseos, los guergeseos, los sodomitas, los árabes, los habitantes de Fenicia, todos los egipcios y los libios descienden de Cam y cayeron bajo la maldición, la cual se extendió apliamente sobre los impíos.

El triunfo de las bendiciones

21. Igual que la maldición siguió su camino, la bedición continuó en la posteridad del que había sido bendecido, cada uno según su orden. En primer lugar fue bendecido Sem con estas palabras: Bendito el Señor Dios de Sem. Sea Cam su siervo (Gn 9,26). De esta bendición resultó que Dios, Señor del universo, llegó a ser para Sem objeto privilegiado de su piedad; la bendición se desarrolló hasta alcanzar a Abrahán, que, en la posteridad de Sem, llega a la décima generación según el orden genealógico descendente. Y es ésta la razón por la que el Padre, Dios del universo, se complace en ser llamado Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob (Ex 3,6; Mt 22,32; Mc 12,26; Lc 20,37), porque la bendición de Sem llegó hasta Abrahán.

La bendición de Jafet fue formulada del siguiente modo: Que Dios dilate a Jafet y habite en la casa de Sem, y Cam sea su siervo (Gn 9,27). Esta bendición floreció al final de este período, cuando el Señor se manifestó a las naciones por su llamamiento —pues Dios dilató su llamamiento hasta ellas— y a toda la tierra alcanzó su pregón y sus palabras han llegado hasta los límites del orbe (Sal 18,5). Dilatar significa, pues, el llamamiento de entre las naciones, a saber, la Iglesia. Y habitar en la casa de Sem indica la herencia de los patriarcas, por haber recibido en Jesucristo el derecho de primogenitura. De este modo, según el orden de la bendición, cada uno recibió por medio de la descendencia el fruto de la bendición.

La Alianza universal

22. Después del diluvio, Dios estableció un pacto de alianza con el mundo entero, en particular con todos los animales y con los hombres, en virtud del cual no destruiría jamás con un diluvio lo que reflorece sobre la tierra, y le dio una señal: Cuando el cielo se cubra de nubes, aparecerá en las nubes un arco, y yo me recordaré de la alianza y no volveré a destruir con el agua todo lo que rebulle sobre la tierra (Gn 9,14-15). Y cambió de alimento a los hombres, dándoles orden de comer carne, pues a partir de la primera creatura, Adán, hasta el diluvio, los hombres se alimentaban de solos granos y frutos de árboles; pero el alimento de la carne no les estaba permitido. Y como los tres hijos de Noé eran el principio de la raza de los hombres, Dios los bendijo para que se multiplicaran y creciesen, diciendo: Creced y multiplicaos, llenad la tierra y dominadla. Os temerán y respetarán todos los animales y todas las aves del cielo. Os servirán de alimento, lo mismo que los vegetales. Pero no comáis carne con sangre, que es su vida, porque yo pediré cuentas de vuestra sangre a cualquier animal y al hombre. Si uno derrama la sangre de un hombre, otro derramará la suya, porque Dios hizo al hombre a su imagen (Gn 9,1-6). Y la imagen de Dios es el Hijo, a cuya imagen ha sido hecho el hombre. He aquí por qué, en los últimos tiempos, se ha manifestado, para dar a entender que la imagen era semejante a Sí. Depués de esta alianza el género humano se multiplicó y se propagó a partir de la posteridad de los tres hijos de Noé. Y había, entonces, un solo labio en la tierra, es decir, una sola lengua.

La torre de Babel

23. Levantadas las tiendas, partieron de Oriente y en su peregrinación llegaron hasta la extensa llanura de Senaar, donde decidieron edificar una torre. Buscaban con ella llegar hasta el cielo, pretendiendo, asimismo, dejar su obra como memorial para las futuras generaciones. Construyeron el edificio con ladrillos cocidos y betún; crecía su audacia y temeridad y, gracias a su unión en el mismo objetivo y al uso de una sola lengua, lo que intentaban se realizaba. Pero para que no fuese adelante su obra, Dios dividió sus lenguas con el fin de que no se entendiesen entre ellos. De esta forma se dispersaron y ocuparon la tierra en distintos grupos según sus lenguas. De aquí las diferencias entre los pueblos y la diversidad de lenguas. De hecho tres razas humanas se adueñaron de la tierra. Una de ellas estaba bajo la pesadilla de la maldición, en cambio las dos restantes eran bendecidas. La bendición descendió primero sobre Sem, cuyos descendientes habitaron en Oriente y ocuparon el país de los caldeos.

La alianza con Abrahán

24. Posteriormente, en la décima generación después del  diluvio, se encuentra Abrahán que busca al Dios que le corresponde y que le pertenece por la bendición de su antepasado [Sem]. Cuando, siguiendo el ardiente deseo de su corazón, peregrinaba por el mundo preguntándose dónde estaba Dios y comenzó a flaquear y estaba a punto de desistir en la búsqueda, Dios tuvo piedad de aquel que, solo, le buscaba en silencio. Y se manifestó a Abrahán, dándose a conocer por medio del Verbo como por un rayo de sol; le habló desde el cielo y le dijo: Sal de tu tierra, de tu pueblo y de la casa de tu padre; emigra al país que te indicaré y fija allí tu morada (Gn 12,1). Él se fio de la voz celeste y, a pesar de tener setenta años y una mujer anciana, con ella abandonó la Mesopotamia y se llevó consigo a Lot, hijo de su hermano difunto. Cuando llegó a la tierra que hoy se denomina Judea, habitada entonces por siete pueblos descendientes de Cam, Dios se le apareció en visión y le dijo: A ti y a tu descendencia en futuras generaciones te daré esta tierra como posesión perpetua (Gn 12,7; 13,15; 17,8; Hch 7,2-5). Y añade que su descendencia andaría errante por un país extranjero en el que sería maltratada, afligida y esclavizada a lo largo de 400 años; pero aquélla, en la cuarta generación, volvería a la tierra prometida a Abrahán, y Dios condenaría al pueblo que le había esclavizado a su posteridad. Y para que Abrahán conociese la grandeza y esplendor de su descendencia, Dios le hizo salir de noche y le dirigió estas palabras: Mira a lo alto, al cielo, y, si puedes, cuenta las estrellas del cielo. Así será tu descendencia (Gn 15,15). Y Dios viendo la fe y la firme decisión de su espíritu, se lo testimonió diciendo en la Escritura por medio del Espíritu Santo: Abrahán se fio de Dios y le fue reputado por justicia (Gn 15,6). Era incircunciso cuando recibió este testimonio, y para que la grandeza de su fe fuera reconocida con un signo, le dio la circunsición como sello de la justicia de la fe de la incircuncisión (Rm 4,11). Después de esto, según la promesa de Dios, de la estéril Sara le nació un hijo, Isaac, que circuncidó según el pacto que Dios había estipulado con él. De Isaac nació Jacob. De esta manera la inicial bendición de Sem llegó hasta Abrahán y de Abrahán pasó a Isaac y De Isaac a Jacob, gracias a la asignación de la herencia hecha por el Espíritu. Por esto a Dios se le denomina Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob (Ex 3,6; Mt 22,32). Jacob, asu vez, engendró doce hijos, de los cuales tomaron el nombre las doce tribus de Israel.

El misterio de la Pascua

25. Cuando el hambre afligió a toda la tierra, y solamente Egipto contaba con géneros alimenticios, Jacob emigró con toda la familia a aquel país. El número total de los emigrantes ascendía a 75 personas y en 400 años llegaron a ser, según las predicciones, 660.000. Dado que sufrieron muchas vejaciones y opresiones en una cruel esclavitud, y gemían y se lamentaban ante Dios, el Dios de sus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, los sacó de Egipto valiéndose de Moisés y de Aarón, después de haber castigado a los egipcios con 10 plagas, en la última de las cuales mandó un ángel exterminador para matar a los primogénitos tanto de los hombres como de los animales. Así salvó a los hijos de Israel, prefigurando de un modo misterioso la pasión de Cristo en la inmolación de un cordero inmaculado y en su sangre, derramada como garantía de inmunidad, para rociar las casas de los Hebreos. Este misterio recibe el nombre de «Pasión», manantial de liberación. Dividido el mar Rojo, condujo —con toda clase de precauciones— a los hijos de Israel al desierto, mientras que los egipcios, que se lanzaron en su persecución por el mar, perecieron todos. Éste fue el juicio de Dios contra los que injustamente habían oprimido a la estirpe de Abrahán.

El Decálogo entregado a Moisés

26. Moisés, en el desierto, recibió de Dios la ley: el Decálogo, grabado en tablas de piedra por el dedo de Dios— el dedo de Dios es lo que sale del Padre en el Espíritu Santo—, los preceptos y los derechos que transmitió a los hijos de Israel para que los guardasen. Por orden de Dios construyó el tabernáculo del testimonio, construcción visible en la tierra de las realidades espirituales e invisibles del cielo, figura de la Iglesia y representación profética de las realidades futuras. Allí colocó los vasos, los altares y el arca en la que introdujo las Tablas. Constituyó sacerdotes a Aarón y sus hijos, que descendían de Leví, confiriendo el sacerdocio a toda esta estirpe para ejercer el ministerio cultual en el templo de Dios. Y les dio la ley levítica que fija qué cualidad y conducta debe adornar a los que permanentemente van a dedicarse al servicio del culto en el templo de Dios.

La explotación de la Tierra Prometida y la peregrinación por el Desierto

27. Cuando estaban cerca de la Tierra Prometida por Dios a Abrahán y a su posteridad, Moisés escogió a un hombre de cada tribu y les envió a explorar aquella tierra, las ciudades y sus habitantes. Entonces fue cuando Dios le reveló el único Nombre capaz de salvar a los que en Él creyeran. Moisés cambió el nombre a Oseas, hijo de Navé, uno de los exploradores, y le puso por nombre Jesús. Y Moisés les envió junto con el Poder de aquel Nombre, persuadido de que los acogería incólumes a su vuelta, por haber sido conducidos por aquel Nombre. Lo que, en efecto, ocurrió. Concluida su misión de espionaje y de exploración, regresaron trayendo un racimo de uvas; pero alguno de los doce exploradores atemorizó y alarmó al pueblo al relatar que las ciudades eran inmensas y fortificadas y que los hombres, hijos de los Titanes, tenían una estatura gigantesca y estaban capacitados para defender su tierra. Al recibir tales noticias, el pueblo lloró, resquebrajándosele la fe en aquel Dios que le fortalecía y le sometía todo el mundo. Murmuraron del país, como si no fuese bueno y como si por un país de tal naturaleza no merecía la pena correr riesgo alguno. Pero dos de entre los doce, Jesús, hijo de Navé, y Caleb, hijo de Jefoné, se rasgaron las vestiduras por el mal cometido y suplicaron al pueblo que no se abatiese y desanimase porque Dios le había puesto todo en sus manos y el país era excelente. Mas, como el pueblo no se convencía y persistía en la incredulidad, Dios desvió y cambió su itinerario para que se dispersara y le afligió en el desierto. Y contando un año por cada día de los empleados por el viaje de ida y vuelta por los que habían ido a explorar e inspeccionar el país, es decir, 40 días, Dios los tuvo cuarenta años en el desierto. Ningún adulto y en pleno uso de razón fue juzgado digno de entrar en el país por motivo de la incredulidad, excepto Jesús, hijo de Navé, y Caleb, hijo de Jefoné, que habían hablado bien de la herencia prometida, y los niños incapaces de distinguir la derecha de la izquierda. Poco a poco, el pueblo incrédulo llegó al final y, paulatinamente, pereció en el desierto, justamente castigado por su incredulidad. Los niños crecidos en estos 40 años cubrieron los lugares que habían dejado vacíos los muertos.

El Deuteronomio

28. Transcurridos los 40 años, el pueblo llegó a las cercanías del Jordán y, reagrupándose, se alineó para la batalla frente a Jericó. Aquí, ante el pueblo reunido, Moisés evocó la historia pasada recordando las grandes hazañas de Dios hasta el presente, preparando y disponiendo a aquellos que habían crecido en el desierto a temer a Dios y a observar los mandamientos. Impuso a éstos una nueva legislación, añadiéndola a la que había establecido anteriormente. Este nuevo cuerpo legislativo lo llamó Deuteronomio, es decir Ley segunda, en el que están escritas muchas profecías referentes a Nuestro Señor Jesucristo, al pueblo, a la vocación de los gentiles y al Reino.

La distribución de la Tierra

29. Cuando Moisés estaba a punto de acabar sus días, Dios le dijo: Sube al monte y muere en él, porque no serás tú quien entre con mi pueblo en la Tierra Prometida. Según la palabra del Señor, murió Moisés y le sucedió Jesús, hijo de Navé. Atravesó éste el Jordán, condujo al pueblo a la Tierra Prometida y, vencidos y aniquilados los siete pueblos que la habitaban, la distribuyó entre el pueblo. Allá se encuentra Jerusalén, donde reinaron David y su hijo Salomón, quien construyó el templo en el nombre de Dios a imagen del tabernáculo hecho por Moisés como tipo de las realidades celestes y espirituales.

El envío de profetas

30. Allá a Jerusalén fueron enviados por Dios, por medio del Espíritu Santo, los profetas que aconsejaban al pueblo y lo convertían al Dios Omnipotente de sus padres; como heraldos de la revelación de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, anunciaban que de la estirpe de David había de florecer Su cuerpo, para que fuese, según la carne, hijo de David —que era hijo de Abrahán— en virtud de una larga cadena de generaciones y, según el Espíritu, Hijo de Dios, preexistente con el Padre, engendrado antes de la fundación del mundo, y aparecido, como hombre, al mundo entero en los últimos tiempos; Él es el Verbo de Dios que recapitula en sí todas las cosas, las del cielo y las de la tierra (Ef 1,10).

La desobediencia y la Encarnación

31. Unió, pues, al hombre con Dios y obró la comunión entre Dios y el hombre, porque no habríamos podido en absoluto obtener participación alguna en la incorruptibilidad si no hubiera venido [el Verbo] a habitar entre nosotros. Pues si la incorruptibilidad hubiera permanecido invisible y oculta, no nos hubiera sido de ninguna utilidad. Hízose, pues, visible a fin de que íntegramente [es decir, en cuerpo y alma] recibiésemos una participación de esta incorruptibilidad. Y porque, envueltos todos en la creación originaria de Adán, hemos sido vinculados a la muerte, por causa de su desobediencia, era conveniente y justo que, por obra de la obediencia de quien se hizo hombre por nosotros, fueran rotas las [cadenas] de la muerte. Y porque la muerte reinaba sobre la carne, era preciso que fuera abolida por medio de la carne, y que el hombre fuera liberado de su opresión. El Verbo se hizo carne (Jn 1,14) para destruir por medio de la carne el pecado que por obra de la carne había adquirido el poder, el derecho de propiedad y dominio; y para que no existiese más entre nosotros. Por esta razón Nuestro Señor tomó una corporeidad idéntica a la de la primera creatura para luchar en favor de los primogénitos y vencer en Adán a quien en Adán nos había herido.

Adán y Cristo

32. Ahora bien ¿de dónde proviene la esencia de la primera creatura? De la voluntad y de la Sabiduría de Dios y de la tierra virgen. Porque Dios aún no había enviado lluvia a la tierra —dice la Escritura— antes de que el hombre fuese plasmado y antes de que el hombre estuviese allí para cultivar la tierra (Gn 2,5). De esta tierra, pues, todavía virgen, Dios tomó barro y plasmó al hombre, principio del género humano. Para dar, pues, cumplimiento a aqueste hombre, asumió el Señor la misma disposición suya de corporeidad, que nació de una Virgen por la Voluntad y por la Sabiduría de Dios, para manifestar también él la identidad de su corporeidad con la de Adán, y para que se cumpliese lo que en el principio se había escrito: el hombre a imagen y semejanza de Dios.

Eva y María

33. Y así como por obra de una virgen desobediente fue el hombre herido y —precipitado— murió, así también, reanimado el hombre por obra de una Virgen, que obedeció a la Palabra de Dios, recibió él en el hombre nuevamente reavivado, por medio de la vida, la vida. Pues el Señor vino a buscar la oveja perdida, es decir, el hombre que se había perdido. De donde no se hizo el Señor otra carne, sino de aquella misma que traía origen de Adán y de ella conservó la semejanza. Porque era conveniente y justo que Adán fuese recapitulado en Cristo, a fin de que fuera abismado y sumergido lo que es mortal en la inmortalidad. Y que Eva fuese recapitulada en María, a fin de que una Virgen, venida a ser abogada de una virgen [Eva], deshiciera y destruyera la desobediencia virginal mediante la virginal obediencia. El pecado cometido a causa del árbol fue anulado por la obediencia cumplida en el árbol, obediencia a Dios por la cual el Hijo del hombre fue elevado en el árbol, aboliendo la ciencia del mal y aportando y regalando la ciencia del bien. El mal es desobedecer a Dios; el bien, en cambio, es obedecer.

La crucifixión cósmica

34. El Verbo, preanunciando por medio del profeta Isaías los acontecimientos futuros —son profetas porque anuncian lo que va a suceder—, se expresa así: Yo no me rebelo ni contradigo. He ofrecido mis espaldas a los azotes y mis mejillas a las bofetadas; no hurtaré mi rostro a la afrenta de los esputos (Is 50,5-6). Así pues, por la obediencia a que se sometió hasta la muerte, pendiente del madero, destruyó la desobediencia antigua cometida en el árbol. Y como el Verbo mismo Omnipotente de Dios, en su condición invisible, está entre nosotros extendido por todo este universo [visible] y abraza su largura y su anchura y su altura y su hondura —pues por medio del Verbo de Dios fueron dispuestas y gobernadas aquí todas las cosas—, la crucifixión [visible] del Hijo de Dios tuvo también lugar en esas [dimensiones, anticipadas invisiblemente] en la forma de cruz trazada [por Él] en el universo. Al hacerse en efecto visible, debió de hacer manifiesta la participación de este universo [sensible] en su crucifixión [invisible], a fin de revelar, merced a su forma visible, su acción [misteriosa y oculta] sobre lo visible, a saber, cómo es Él quien ilumina la altura —es decir, lo celeste— y contiene la hondura —las regiones subterráneas— y se extiende a lo largo desde el Oriente hasta el Ocaso y gobierna como piloto la región Norte y la anchura del Mdiodía y convoca de todas partes al conocimiento del Padre a los dispersos.

El cumplimiento de la promesa de Abrahán

35. Se realizó así la promesa hecha por Dios a Abrahán según la cual su descendencia sería como las estrellas del cielo. Cristo cumplió la promesa naciendo de la Virgen, de la estirpe de Abrahán, y convirtiendo en luminarias del mundo a los creyentes en Él y justificando a los gentiles con Abrahán por medio de la misma fe. Abrahán creyó al Señor y le fue reputado por justicia (Gn 15,6). Del mismo modo también nosotros somos justificados en virtud de la fe en Dios, porque el justo vivirá por la fe. La promesa de Abrahán no fue hecha por el cumplimiento de la ley sino por medio de la fe. De hecho Abrahán fue justificado por la fe: la ley no fue establecida para el justo (1 Tm 1,9). De igual forma también nosotros no somos justificados por la ley sino por la fe, que ha recibido el testimonio de la ley y los profetas y que nos presenta el Verbo de Dios.

Cristo, nacido de la Virgen de la descendencia de David

36. Y cumplió lo prometido a David, pues Dios habíasele comprometido a suscitar del fruto de su seno un Rey eterno, cuyo reino no tendría ocaso. Este Rey es el Cristo, Hijo de Dios hecho hijo del hombre, es decir, nacido, como fruto, de la Virgen descendiente de David; y si la promesa fue del fruto de su seno —a saber un pimpollo de la concepción característica de una mujer, y no del fruto del lomo ni del fruto de los riñones, lo que es característico del varón,— era para anunciar lo que de singular y propio había en la producción de este fruto de un seno virginal procedente de David, que reina en la casa de David, por los siglos, y cuyo reino no conocerá el ocaso.

La Encarnación: destrucción de la muerte y don de la vida

37. En tales condiciones, pues, realizaba magníficamente nuestra salvación, mantenía las promesas hechas a los patriarcas y abolía la antigua desobediencia. El Hijo de Dios se hace hijo de David e hijo de Abrahán. Para cumplir las promesas y recapitularlas en Sí mismo con el fin de restituirnos las vida, el Verbo de Dios se hizo carne por el ministerio de la Virgen, a fin de desatar la muerte y vivificar al hombre, porque nosotros estábamos encadenados por el pecado, y destinados a nacer a través del régimen del pecado y a caer bajo el imperio de la muerte.

Nacimiento, muerte y resurrección de Cristo

38. Dios Padre, por su inmensa misericordia, envió a su Verbo creador, el cual, venido para salvarnos, estuvo en los mismos lugares, en la misma situación y en los ambientes donde nosotros hemos perdido la vida. Y rompió las cadenas que nos tenían prisioneros. Apareció su luz e hizo desaparecer las tinieblas de la prisión y santificó nuestro nacimiento y abolió la muerte, desligando aquellos mismos lazos en que nos habían encadenado. Manifestó la resurrección, haciéndose él en persona primogénito de los muertos; levantó en su persona al hombre caído por tierra, al ser elevado a él a las alturas del cielo hasta la diestra de la gloria del Padre, como había Dios prometido por medio del profeta al decir: Levantaré la tienda de David, caída en la tierra (Am 9,11), es decir, el cuerpo que proviene de David. Nuestro Señor Jesucristo cumplió realmente esto actuando gloriosamente nuestra salvación, a fin de resucitarnos de veras y presentarnos libres al Padre. Y, si alguien no acepta su nacimiento de una virgen, ¿cómo va a admitir su resurrección de entre los muertos? Porque nada tiene de milagroso, extraño e inesperado, que resucite de entre los muertos el que no nació; ni siquiera podemos hablar de resurrección para el que vino a la existencia sin nacimiento; el innascible, en efecto, es también el inmortal, y quien no se ha sometido al nacimiento, tampoco será sujeto a la muerte. Pues quien no tomó principio del hombre, ¿cómo va a poder recibir su fin?

Cristo primogénito de toda la cración

39. Si, pues, no nació, tampoco murió. Y, si no murió, tampoco resucitó de entre los muertos. Y, si no resucitó de entre los muertos, no es el vencedor de la Muerte ni el destructor de su imperio. Y, si no quedó vencida la Muerte, ¿cómo subiremos a la vida quienes, desde los orígnes de aquí abajo, sucumbimos al imperio de la Muerte? Según eso los que niegan al hombre la redención y no creen que Dios le resucitará de entre los muertos, desprecian también la natividad de nuestro Señor, a que por nosotros se sometió el Verbo de Dios al hacerse carne, a fin de mostrar la resurrección de la carne y tener la primacía sobre todos en el cielo: como primogénito de la mente del Padre, el Verbo perfecto dirige todas las cosas en persona y legifera en la tierra; como primogénito de la Virgen es justo, hombre santo, piadoso, bueno, agradable a Dios, perfecto en todo, libra del infierno a los que los siguen; como primogénito de los muertos es origen y señal de la vida de Dios.

La continua llamada del Vebo

40. Así pues el Verbo de Dios ostenta el primado sobre todas las cosas, porque es verdadero hombre y admirable consejero y Dios fuerte (Is 9,6), que llama de nuevo [con la resurrección] al hombre a la comunión con Dios para que por medio de la comunión con Él participemos en la incorruptibilidad. El que es anunciado por Moisés y por los profetas del Dios altísimo y omnipotente, Padre del universo, origen de todo, que conversó con Moisés, vino a Judea, engendrado por Dios por medio del Espíritu Santo, y nacido de la Virgen María, que era de la estirpe de David y de Abrahán, Jesús, el Ungido de Dios, el que se reveló a sí mismo como el que había sido predicho por los profetas.

La Iglesia comunica el espíritu de salvación por medio del Bautismo

41. Juan el bautista, el precursor, cuando preparaba y disponía al pueblo para recibir el Verbo de la vida, hizo saber que éste era el Cristo sobre quien el Espíritu de Dios había descansado unido con su carne. Los dicípulos y testigos de todas sus buenas obras, de su enseñanza, de su pasión, de su muerte, de su resurrección, de la ascensión al cielo después  de la resurrección corporal, es decir los apóstoles, con el poder del Espíritu Santo, enviados por Él por toda la tierra, convocaron a los gentiles, enseñando a los hombres el camino de la vida para apartarlos de los ídolos, de la fornicación y de la avaricia, purificando sus almas y sus cuerpos con el bautismo de agua y de Espíritu Santo, distribuyendo y suministrando a los creyentes este Espíritu Santo que habían recibido del Señor. Así instituyeron y fundaron esta iglesia. Con la fe, la caridad y la esperanza confirmaron la llamada a los gentiles que, preanunciada por los los profetas, les fue dirigida según la misericordia de Dios manifestada con su ministerio, acogiéndoles en la promesa hecha a los patriarcas, es decir, a a quellos que creyeron y amaron a Dios; y a los que viven en su santidad, la justicia y la paciencia, el Dios de todos otorgará, por medio de la resurrección de los muertos, la vida eterna; gracias a aquel que murió y resucitó, Jesucristo, al cual confió la realeza sobre todos los seres de la tierra, la autoridad sobre los vivos y los muertos, y el juicio. Los apóstoles, con la palabra de verdad, exhortaron a los gentiles a guardar su cuerpo sin mancilla en orden a la resurrección y su alma al abrigo de la corrupción.

LA DEMOSTRACIÓN PROFÉTICA (cc. 42-85)

La obra del Espíritu en los fieles y en los profetas

42. En efecto, así deben comportarse los creyentes por el hecho de que en ellos habita permanentemente el Espíritu Santo, donado por el Señor en el bautismo y custodiado por aquel que lo recibe si es que vive en la verad y en la santidad, en la justicia y en la paciencia. De hecho la resurrección de los creyentes es también obra de este Espíritu cuando el cuerpo acoge nuevamente al alma, y a una con ella resucita por la fuerza del Espíritu Santo y es introducido en el reino de Dios. El fruto de la bendición de Jafet es manifestado por la Iglesia en la llamada a los gentiles que viven en continua obediencia para poder habitar en la casa de Sem, según la promesa de Dios. Que estas cosas hubieran de ocurrir, lo predijo el Espíritu Santo por medio de los profetas, a fin de que cuantos sirven a Dios en la verdad tengan tengan fe firme sobre ellas. En realidad, todos estos hechos imposibles a la naturaleza humana y, por lo tanto, poco creíbles a los hombres, Dios, por medio de los profetas, los predijo mucho tiempo antes —y se realizaron a su tiempo como se había anunciado— para que, por el hecho de haber sido profetizados, y aún mucho tiempo antes, conociésemos que era Dios el que desde el principio nos había preanunciado nuestra salvación.

Identdad entre el Verbo y el Hijo de Dios, por medio del cual todo fue hecho

43. A Dios se debe creer todo porque es veraz en todo. Y creer que un hijo existía en Dios y que existía no sólo antes de su aparición en el mundo sino también antes de que el mundo fuese creado. Y Moisés fue el primero en profetizarlo cuando escribió en hebreo: BERESIT BARA ELOVIM BASAN BENOWAM SAMENT’ARES. Y esto traducido [en armenio] significa: Un Hijo en el principio estableció Dios, luego estableció el cielo y la tierra. El profeta Jeremías lo testimonió cuando dice: Antes de  la estrella matutina te he engendrado y antes del sol [es] tu nombre, es decir, antes de la creación del mundo y antes de las estrellas creadas con el mundo. Dice todavía: Dichoso Aquel que existía antes de ser hombre. Pues para Dios el Hijo fue el principio antes de la cración del mundo, pero para nosotros no existe más que desde ahora, es decir, desde cuando se ha manifestado. Antes, pues, no existía para nosotros porque no lo conocíamos. Por esto su discípulo Juan explicándonos quien es el Hijo de Dios que estaba junto al Padre antes de que el mundo fuese formado y que por su mediación todo fue creado, dice: Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él, no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1,1-3). De esta forma demuestra claramente que todas las cosas han sido creadas por medio de este Verbo, el cual desde el principio estaba con el Padre, es decir, su Hijo.

El Hijo de Dios conversa con Abrahán

44. Dice también Moisés que el Hijo de Dios se acercó a Abrahán para conversar con él: Y Dios se apareció junto al encinar de Mambré, al mediodía… Y alzando la vista vio a tres hombres de pie frente a él, se posternó en tierra diciendo: Si realmente he hallado gracia a tus ojos… (Gn 18,1-3). Y a continuación lo que él dijo al Señor y el Señor a él. Ahora bien, dos de los tres eran ángeles, pero el tercero era el Hijo de Dios. Con él también habló Abrahán suplicándole por los habitantes de Sodoma, para que no fuesen exterminados si al menos se encontraban allí diez justos. Mientras discurrían así sobre esto, los dos ángeles que bajaron a Sodoma fueron recibidos por Lot. A este respecto dice la Escritura: El Señor hizo llover azufre y fuego provenientes del Señor, desde lo alto del cielo, sobre Sodoma y Gomorra (Gn 19,24). Quiere decir que el Hijo, aquel mismo que conversaba con Abrahán, siendo Señor, había recibido el poder de castigar a los habitantes de Sodoma del Señor desde lo alto del cielo, del Padre, que es Señor del Universo. Abrahán, pues, era profeta y vio cuánto había de suceder en el futuro; a saber, cómo el Hijo de Dios, bajo humanas formas, conversaría con los hombres, comería con ellos, y luego ejercitaría el oficio de Juez, por el hecho de haber recibido del Padre, Señor del Universo, la autoridad para castigar a los habitantes de Sodoma.

Jacob contempla el Verbo

45. Y también Jacob cuando viajó a Mesopotamia, le vio en sueños de pie en lo alto de la escalera, es decir, en el madero que estaba fijo de la tierra al cielo. Pues por este madero los que creen en Él ascienden al cielo, porque su pasión es nuestra ascensión. Todas las visiones de este género significan al Hijo de Dios que conversa con los hombres y está en medio de ellos. Ciertamente, no es el Padre del Universo, invisible al mundo y creador de todo, quien dice: El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies; ¿qué casa vais a edificarme o qué lugar para mi descanso? (Is 66,1-2; Hch 7,49), y, ¿quién sostiene la tierra en un puño y el cielo en la palma de la mano? (Is 40,12); no era ciertamente Él el que estaba de pie en un pequeño espacio y conversaba con Abrahán, sino el Verbo de Dios que, siempre presente en medio del género humano, nos daba a conocer anticipadamente lo que había de suceder e instruía a los hombres sobre las cosas de Dios.

El Hijo de Dios conversa con Moisés

46. Fue Él quien en la zarza ardiente conversó con Moisés y dijo: He visto los sufrimientos de mi pueblo en Egipto y he bajado para liberarlo (Ex 3,7-8). Él subía y bajaba para liberar a los oprimidos arrancándonos del poder de los Egipcios, es decir, de toda clase de idolatría e impiedad; salvándonos del mar Rojo, es decir, liberándonos de las turbulencias homicidas de los Gentiles y de las aguas amargas de sus blasfemias. Estos acontecimientos eran continua repetición de lo que a nosotros se refiere en el sentido que el Verbo de Dios mostraba entonces anticipadamente en tipo las cosas futuras, mientras ahora nos arranca de veras de la servidumbre cruel de los Gentiles. Y en el desierto hizo brotar con abundancia un río de agua de una roca. Y la roca es Él. Y produjo doce fuentes, esto es, la doctrina de los doce apóstoles. Y a los recalcitrantes e incrédulos los hizo morir y desaparecer en el desierto. Y a los que creían en Él, hechos niños por la malicia, los introdujo en la herencia de los Padres que recibió y distribuyó no Moisés sino Jesús; todavía más, nos ha liberado de Amaleq extendiendo sus manos, y nos condujo e hizo subir al reino del Padre.

La Unción del Verbo

47. El Padre, pues, es Señor y el Hijo es Señor; es Dios el Padre y lo es el Hijo, porque el que ha nacido de Dios es Dios. Así según la esencia de su ser y de su poder, hay un solo Dios; pero, al mismo tiempo, en la administración de la economía de nuestra redención, Dios aparece como Padre y como Hijo. Y dado que el Padre del Universo es invisible e inaccesible a los seres creados, es por medio del Hijo como los destinados a acercarse a Dios deben conseguir el acceso al Padre. David, clara y patentemente, se expresó de este modo a propósito del Padre y del Hijo: Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; tú has amado la justicia y detestado la iniquidad, por eso Dios te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros. Esto significa que el Hijo, en cuanto Dios, recibe del Padre, es decir, de Dios, el trono de un reino eterno y el óleo de la unción más que sus compañeros. El óleo de la unción es esl Espíritu Santo con el que es ungido, y sus compañeros son los profetas, los justos, los apóstoles y todos los que participan del reino, es decir, sus discípulos.

El primado y realeza de Cristo, Sacerdote eterno

48. Y también dice David: Dice el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies. Desde Sión extenderá el Señor un cetro de poder; ¡domina en medio de tus enemigos! Contigo, al principio, en el día de tu poder, en el esplendor de los santos, del seno, antes de la aurora, te he engendrado. El Señor lo ha jurado y no se arrepentirá. Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec y el Señor está a tu derecha. En el día de su cólera ha quebrantizado a reyes; juzgará a las naciones, llenará de ruinas, quebrantará las cabezas de muchos sobre la tierra. En el camino beberá del torrente, por eso levantará la cabeza (Sal 109,1-7). Mediante estas palabras, anunció que vino primero a la existencia, domina sobre los pueblos, juzga a los hombres y a los reyes, a los que aborrecen ahora y persiguen su nombre, pues esos son su enmigos. Denominándole sacerdote eterno de Dios declara la inmortalidad. Cuando dice: En el camino beberá del torrente, por eso levantará la cabeza, se refería a la exaltación gloriosa, después de su condición humana, de su humillación y abyección.

El Hijo de Dios rey universal

49. El Profeta Isaías a su vez afirma: Así dice el Señor Dios al Ungido, mi Señor, a quien yo he tomado de la diestra para que le obedezcan las naciones (Is 45,1; Ps.-Bern. 12,11). En cuanto a la afirmación de que el Hijo de Dios es llamado Ungido y rey de las naciones, es decir, de todos los hombres, David repite que Él es y es llamado Hijo de Dios y rey de todos con estas palabras: El Señor me ha dicho: tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré en herencia las naciones; te daré en propiedad los confines de la tierra (Sal 2,7-8). Estas palabras no fueron pronunciadas refiriéndose a David porque no gobernó todas las naciones, ni toda la tierra, sino solamente a los Judíos. Es, pues, evidente que la promesa hecha al Ungido de reinar sobre toda la tierra se refiere al Hijo de Dios, al que el mismo David reconoce como su Señor cuando escribe: Dice el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha (Sal 109,1), como poco ha hemos referido. En efecto, esto significa que el Padre conversa con el Hijo, como arriba hemos demostrado a propósito de Isaías que decía: Así dice el Señor al Ungido mi Señor: obedézcanle las naciones. Idéntica promesa aparece en ambos profetas: Él será rey; consecuentemente las palabras de Dios se refieren a una sola y a una misma persona, a saber, a Cristo, Hijo de Dios. Desde el momento que David dice: El Señor me ha dicho, es preciso afirmar que ni David ni otro profeta hablan por propia iniciativa, pues no es un hombre quien profiere las profecías, sino el Espíritu de Dios, el cual, tomando figura y una forma semejantes a las personas interesadas, hablaba en los profetas y discurría ora en nombre de Cristo ora en el del Padre.

Testimonio de los profetas sobre la preexistencia de Cristo

50. Oportunamente, pues, Cristo afirma por medio de David que el padre le habla a él, y por medio de los profetas dice él mismo, a su propia cuenta, las demás cosas, como, por ejemplo, entre otras en Isaías cuando escribe: Y ahora así habla el Señor, el que me plasmó para servidor suyo desde el seno materno para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una. Yo seré glorificado a los ojos del Señor, y mi Dios será mi fuerza… Él me ha dicho: Gran cosa será para ti ser llamado siervo mío, para levantar y restablecer las tribus de Jacob y hacer volver a los preservados de Israel; te he puesto como luz de las gentes para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra (Is 49,5-6).

El Hijo siervo del Padre

51. Porque aquí, sobre todo, del coloquio del Padre con el Hijo y del hecho que aún antes de su nacimiento el Padre se hizo visible a los hombres, se deduce la preexistencia del Hijo de Dios; después, [también se manifiesta] aún antes de nacer, el que había de ser hombre nacido de hombres, el que Dios mismo había de plasmar del seno —es decir, que había de nacer del Espíritu de Dios— el que es Señor de todos los hombres y Salvador de los que creen en Él, de los judíos y de todos los hombres. «Israel», de hecho, es el nombre del pueblo Judío en lengua hebrea, nombre que le proviene del patriarca Jacob, que fue el primero en ser llamado «Israel». Y denomina «Gentiles» a todos los hombres. El Hijo de Dios se llama a Sí propio «siervo del Padre», a causa de su obediencia al Padre, ya que todo hijo, aun entre los hombres, es siervo de su padre.

La preexistencia a la luz de la Escritura

52. Que Cristo, Hijo de Dios, existente antes del mundo, estaba con el Padre y junto al Padre y al mismo tiempo cercano a los hombres y en íntima unión con ellos, rey del Universo, porque el Padre le ha sometido todas las cosas, y Salvador de aquellos que creen en Él, tal es el mensaje de semejantes textos de la escritura. Porque no es nuestra intención ni está, por otra parte, dentro de nuestras posiblidades hacer unas concordancias de todos los textos bíblicos, pero con la ayuda de los pasos ya citados podrás comprender también los otros que hablan de la misma manera, mas los interpretarás a condición de que creas en Cristo y le pidas a Dios sabiduría e inteligencia para comprender cuanto fue dicho por los profetas.

El signo profético que anuncia al Mesías-Cristo y Jesús-Salvador

53. Que este Cristo, que estaba junto al Padre, por ser el Verbo del Padre, haya debido encarnarse, hacerse hombre, someterse a la generación y al nacimiento de una Virgen y vivir entre los hombres, operando asimismo el Padre del Universo su encarnación, es lo que expresa Isaías: Pues el Señor mismo va a daros una señal; he aquí que una virgen concebirá y dará a luz a un hijo que llamaréis Emmanuel; comerá mantequilla y miel y antes de conocer o distinguir el mal, escoge el bien, porque antes que este niño conozca el bien o el mal, rechazará el mal para escoger el bien (Is 7,14-16). Indicó que nacería de una Virgen. Significó que sería verdadero hombre por el hecho de comer y por llamarle «el infante», y hasta por imponerle su nombre. Ya que éste es un extravío aún del que ha nacido. En hebreo tiene un doble nombre: Mesías-Cristo y Jesús-Salvador. Estos dos nombres indican las obras que había de realizar. En efecto, ha recibido el nombre de Cristo, porque el Padre por su medio y teniendo en cuenta su venida como hombre ha ungido y dispuesto todas las cosas, porque fue ungido por el Espíritu de Dios su Padre, como afirma refiriéndose a Sí mismo en Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuenta que me ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres (Is 61,1). Y el nombre de «Salvador» porque es causa de salvación para todos los que, desde entonces, fueron liberados por Él de toda enfermedad y de la muerte; para los que
habían de creer en él después de ellos es también dador de salvación eterna.

Emmanuel: Dios-con-nosotros

54. He aquí el por qué es llamado «Salvador». «Emmanuel» se traduce por «Dios-con-nosotros», o como expresión de buen deseo formulada por el profeta «Dios esté con nosotros». De este modo Él es la interpretación y la revelación de la «buena nueva». Por eso dice: He aquí que una Virgen concebirá y dará a Luz a un hijo (Is 7,14). Y éste, que es Dios, tiene el destino de estar con nosotros. Y al mismo tiempo, maravillado por tal acontecimiento, anuncia lo que ha de suceder, es decir, que «Dios estará con nosotros». Y también, en torno a su nacimiento, el mismo profeta dice en otra parte: Antes de que engendre la que está en dolores y antes de que lleguen los dolores de parto, dio a luz un niño (Is 66,7). Así dio a conocer lo inesperado e inopinado de su nacimiento de la Virgen. El mismo profeta dijo aún: Un hijo nos ha nacido y un niño nos han dado, y recibió por nombre Admirable Consejero, Dios fuerte (Is 9,6).

Admirable Consejero

55. Le llama «Admirable Consejero» sea del Padre sea nuestro. Del Padre, lo indica el hecho de que el Padre hizo con él todas las cosas, según se dice en el primer libro de Moisés, titulado «Génesis»: Y dijo Dios: hagamos al hombre a imagen nuestra y a semejanza (Gn 1,26). Aquí visiblemente habla el Padre al Hijo, como a Admirable Consejero del Padre… . Él es también consejero nuestro; habla y no obliga, como Dios, aunque sea igualmente como el Padre «Dios fuerte». Nos aconseja renunciar a la ignorancia y recibir la gnosis, apartarnos del error para encaminar hacia la verdad, rechazar la corrupción para poseer la incorruptibilidad.

La paz y su dominio no tendrán límites

56. E Isaías dice de nuevo: Querrán haber sido consumidos por el fuego, porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; en cuyos hombros estuvo el poder y es llamado con el nombre del Angel del gran consejo. Y traerá la paz entre los príncipes y aun paz y salvación para Él. Grande es su dominio y la paz no tendrá límites sobre el trono de David y su reino, para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre (Is 9,5-7 (LXX)). En estos términos es anunciado el nacimiento del Hijo de Dios y la eternidad de su reino. Pero las palabras, querrán haber sido consumidos por el fuego (Is 9,5 (LXX)),están dichas dirigiéndose a quienes no creen en el Emmanuel e hicieron contra Él todo lo que hicieron. Pues dirán en el día del juicio: «¡Ojalá hubiésemos sido abrasados antes del nacimiento del Hijo de Dios que no haber creído en Él luego que nació!». Porque aquellos que han muerto antes de la manifestación de Cristo tienen esperanza de obtener la salvación en el Juicio del Resucitado. A esta categoría pertenecen los que temieron a Dios y han muerto en la justicia y han poseído el Espíritu de Dios, como los patriarcas, los profetas y los justos. Mas para aquellos que después de la manifestación de Cristo no han creído en Él será inexorable la vindicación en el juicio. En cuanto a aquello, En cuyos hombros estuvo el poder (Is 9,6), se designa alegóricamente la cruz, en la que tenía clavados los brazos; porque la cruz que era y es oprobio para Él —y para nosotros, a causa de Él— esa misma cruz es, dice, su poder, a saber, el signo de su realeza. Lo llama Angel del gran consejo de aquel Padre que Él nos ha revelado.

El esperado de las naciones

57. Por todo lo que fue dicho y expuesto con la ayuda de los profetas está claro que el Hijo de Dios debía nacer, de qué manera había de nacer y que se daría a conocer como Cristo. Incluso fue predicho en qué país y entre qué hombres debía nacer y darse a conocer. Así lo dio a entender Moisés en el Génesis: No le faltará un príncipe a Judá, ni un jefe de su estirpe, hasta que venga aquel a quien le está reservado; y El será el esperado de las gentes; lavará en el vino su vestimenta y en la sangre de la uva su manto (Gn 49,10-11). Pero Judá, hijo de Jacob, es el antepasado de los Judíos, de quien éstos han tomado su nombres. Hasta la venida de Cristo no les faltó ni príncipe, ni jefe. Pero después de su venida, le fueron quitadas las flechas de la aljaba, el país de los Judíos fue sometido por los Romanos y no volvió a tener un príncipe o un rey propio. Ya que había venido aquel a quien esta reservado el reino del cielo; aquel que lavó su vestimenta en el vino y con sangre de la uva su manto. Su vestimenta igual que el manto, son quienes creen en Él, a los cuales también Él purificó, con su sangre; y su sangre dícese sangre de la uva, porque así como no es producto del hombre la sangre de la uva, sino de Dios que hace que se alegren aquellos que la beben, de igual forma su cuerpo y su sangre no son obra del hombre sino de Dios. El Señor mismo dio el signo de la Virgen, es decir, el Emmanuel, nacido de la Virgen y alegra los ánimos de aquellos que lo beben, es decir, de aquellos que reciben su Espíritu, alegría eterna. Por eso es también el esperado de las gentes, para aquellos que esperan en Él. También nosotros esperamos de Él la restauración del reino.

La estrella de Jacob

58. Y Moisés cuando escribe de nuevo: Se levantará una estrella de Jacob y un jefe surgirá de Israel (Nm 24,17), anuncia explícitamente que la economía de su encarnación se realizará entre los hebreos y que Aquel que descendiendo del cielo nacerá de Jacob y de la estirpe judía se ha sometido a esta economía.Porque una estrella apareció en el cielo y si se llama jefe a un rey es porque éste es el rey de todos los salvados. Por otra parte esta estrella apareció, cuando su nacimiento, a los Magos, que habitan en Oriente y por su medio tuvieron conocimiento del nacimiento de Cristo. Guiados por la estrella vinieron a Judea, hasta que la estrella llegó a Belén, donde había nacido Cristo, y entrada en la casa donde estaba acostado el niño envuelto en pañales, se detuvo encima de su cabeza, indicándoles a los Magos al Hijo de Dios, Cristo.

El vástago de Jesé

59. Y el mismo Isaías dice aún más: Saldrá un vástago del tronco de Jesé y de su raíz brotará una flor. Sobre Él se posará el Espíritu de Dios, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de piedad. Lo llenará el espíritu de temor de Dios. No juzgará por sola opinión ni acusará por solos rumores, sino que juzgará la causa del humilde y tendrá piedad de los humildes de la tierra. Castigará a la tierra con la palabra de su boca, ejecutará al impío con el soplo de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad cinturón de sus flancos. Pacerá el lobo con el cordero, el leopardo con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos… El niño meterá la mano en la boca del áspid y en el escondrijo de los viboreznos y no le harán daño. En aquel día sucederá…; la raíz de Jesé es aquel que se yergue para ejercer el poder sobre las naciones, y éstas a Él le buscarán; y su resurrecciónserá gloriosa (Is 11,1-10).Con estas palabras quiere decir que nacerá de aquella que desciende de David y de Abrahán. Efectivamente, Jesé descendía de Abrahán y era padre de David. De este modo la Virgen, que concibió a Cristo, era el vástago. Por esto Moisés hacía sus prodigios ante el Faraón, sirviéndose de un bastón. Entre los hombres el bastón es signo de poder. Llama flor a su cuerpo, que floreció bajo la acción del Espíritu, como antes hemos indicado.

Justo juez

60. En cuanto a: No juzgará por sola opinión,ni acusará por solos rumores, sino que juzgará la causa del humilde y tendrá piedad del humilde de la tierra (Is 11,3-4), da a entender con mayor firmeza su divinidad. Pues juzgar imparcialmente y sin acepción de personas, sin honrar al ilustre y otorgando al pobre lo que merece en equidad e igualdad es conforme a la suprema y celeste justicia de Dios. Dios, en efecto, no se deja influir por nadie, y sólo compadece al justo. Y el hacer misericordia es propio y peculiar de aquel Dios que puede asimismo salvar en virtud de su misericordia. Y herirá la tierra con una palabra y destruirá al impío con la sola palabra (Is 11,4) es propio de Dios que hace todas las cosas con su Verbo. Cuando dice: La justicia será el cinturón de sus lomos y la verdad cinturón de sus flancos (Is 11,5), anuncia su forma externa humana y su verdadera y suprema justicia.

La concordancia y la paz universal

61. En cuanto al entendimiento, la concordia y la paz entre los animales de especies diferentes y que por naturaleza son contrarios y hostiles unos a otros, enseñan los Presbíteros que así será en verdad a la venida de Cristo, al tiempo en que debe personalmente reinar sobre todas las cosas. Pues ya [aquí] en símbolo da a conocer que los hombres de razas diferentes, pero de costumbres semejantes, se juntarán en la concordia y la paz, gracias al nombre de Cristo; porque los justos [unidos] a la vez, que han sido parangonados a los novillos y a los corderos y a los cabritos y a los niños tiernos, no recibirán daño por parte de ninguno de cuantos, en época anterior, se habían convertido —hombres y mujeres— a causa de su codicia, por forma y costumbres, en bestias feroces, hasta el punto que algunos de ellos se asemejaban a lobos o a leones, y despojaban los bienes de los más débiles y hacían guerra a sus semejantes; y las mujeres eran como leopardos y víboras, cuando recurriendo a venenos mortales llegaban a dar muerte a los propios amantes, o arrastrados por su pasión… Reunidos en un solo nombre, lograrán tener costumbres de justos, por la gracia de Dios, cambiando su naturaleza salvaje y feroz. Esto es lo que ha ocurrido ya, pues los que antes eran crudelísimos hasta no retroceder ante ningún acto impío, una vez instruidos sobre Cristo y creído en Él, han dado fe todo a una y han cambiado hasta no retroceder ante ningún exceso de justicia. Tanta es la mudanza que la fe en Cristo, Hijo de Dios, opera entre cuantos en Él creen. Y si dice: Se levantó para enseñorear sobre los gentiles (Is 11,10), es porque, una vez muerto, resucitará y será confesado y creído Hijo de Dios, rey. Por eso dice: Y su resurrección será gloriosa (Is 11,10), esto es, magnificencia, porque en el momento en que fue glorificado como Dios, es cuando resucitó.

La tienda de David y el cuerpo de Cristo

62. Por eso el profeta cuando dice: En aquel día levantaré la tienda de David, caída en tierra (Am 9,11), afirma claramente que el cuerpo de Cristo, nacido de David, como hemos dicho, después de la muerte es resucitado de entre los muertos. Llama tienda a su cuerpo. Y, en efecto, por estas palabras dijo también que Cristo —el cual según la carne desciende de David— será Hijo de Dios y después de su muerte resucitará y será hombre por el aspecto externo, pero Dios por el poder será juez del universo y el único justo y Redentor. Todo ello se encuentra en la Escritura.

Belén: patria de David

63. A su vez el profeta Miqueas indicó también el lugar del nacimiento de Cristo, a saber en Belén de Judá. Se expresa así: Y tú, Belén de Judá, no eres insignificante entre los jefes de Judá, pues de tí saldrá un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel (Mi 5,1). Pero Belén es también el pueblo de David, de suerte que Cristo es de la posteridad de David, no sólo por la Virgen que le dio a luz, sino también por ser nacido en Belén, patria de David.

Rey para siempre

64. A su vez dice David que Cristo nacerá de su posteridad: Por causa de David, tu siervo, no apartes el rostro de tu Cristo. El Señor juró a David la verdad y no la mentira: del fruto de tu seno pondré sobre tu trono, si tus hijos guardan mi alianza y mis testimonios, objeto de mi pacto con ellos, y el hijo de ellos será hasta la eternidad (Sal 131,10-12). Mas no hay ninguno, entre los hijos de David, que haya reinado hasta la eternidad, ni su reino permaneció para siempre, pues ha sido destruido; [indica] en efecto al rey que ha nacido de David, a saber Cristo. Todos estos testimonios dan a entender clarísimamente, sobre su descendiente según la carne, tanto el linaje como el lugar donde iba a nacer. Los hombres no tienen por qué buscar el nacimiento del Hijo de Dios entre los Gentiles o en cualquier otro lugar, sino en Belén de Judá, entre la descendencia de Abrahán y David.

La entrada en Jerusalén

65. Cómo hizo su entrada en Jerusalén, la capital de Palestina, donde estaba su residencia y el Templo de Dios, díjolo Isaías: Decid a la Hija de Sión: he aquí viene a ti tu rey, dulce, sentado en un asno, sobre un borrico, hijo de asna (Is 62,11). Entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de asna, y la muchedumbre alfombraba el camino con sus mantos para que pasase por encima. Hija de Sión es el nombre dado a Jerusalén .

El anuncio de los profetas

66. Los profetas anunciaban entonces que el Hijo de Dios había de nacer, cómo y dónde había de nacer y quién es Cristo, el único rey eterno. Han predicho también, que una vez hecho hombre, había de curar a los que curó, de resucitar a los muertos que ha resucitado, que había de ser odiado, despreciado, torturado, matado y crucificado, tal como fue odiado, despreciado y matado.

Los milagros de Jesús

67. Trataremos ahora de las curaciones. Dice Isaías: El soportó nuestras dolencias y aguantó nuestros dolores (Is 53,4; Mt 8,17), es decir, soportará y aguantará. A veces el Espíritu de Dios narra en los profetas como pasados, acontecimientos que han de suceder en el futuro. Esto acontece porque en Dios lo que es establecido, determinado y destinado a existir ya es considerado como existente y el Espíritu se expresa teniendo en cuenta el tiempo en que se realiza la profecía. En estos términos recuerda los distintos modos de curaciones: En aquel día oirán los sordos las palabras del libro; y en las tinieblas y oscuridad verán los ojos de los ciegos (Is 29,18). Y todavía: Fortaleceos, manos débiles, rodillas vacilantes y débiles; animaos, pusilánimes, tomad fuerzas, no temáis; mirad, nuestro Dios hace justicia, vendrá a salvarnos. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y oirán los oídos de los sordos; entonces el cojo saltará como un ciervo y se soltará la lengua del mudo (Is 35,3-6). Y acerca de la resurrección de los muertos dice: Así resucitarán los muertos y se levantarán los que están en los sepulcros (Is 26,19). Cuando esto se cumpla se creerá que es Hijo de Dios.

La Pasión de Cristo

68. Isaías dice que había de ser despreciado, torturado y finalmente matado: He aquí que mi Hijo comprenderá: será exaltado y glorificado sobremanera. Como muchos se espantarán de ti, así sin gloria será tu rostro a los ojos de los hombres; muchos pueblos se asombrarán y los reyes cerrarán la boca porque contemplarán algo inenarrable y comprenderán algo inaudito. Señor ¿quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién se reveló el brazo del Señor? Lo hemos narrado ante Él, como a un niño, como a una raíz en tierra árida; no tenía figura ni gloria. Lo hemos visto sin aspecto y sin belleza. Su aspecto era despreciable, más abatido que los demás hombres. Hombre de dolores acostumbrado a sufrimientos; porque volvía su rostro hacia otra parte era despreciado y tenido a menos. El cargó con nuestros pecados y sufre por amor a nosotros; lo hemos creído víctima del dolor, de los golpes y torturas. Fue traspasado por nuestros delitos, maltratado por nuestros pecados. El castigo que nos da la paz cayó sobre él y sus cicatrices nos curaron (Is 52,13-53, 5). David anunció con estas palabras sus torturas: Yo fui torturado (Sal 38,9). Sin embargo David nunca fue torturado sino Cristo cuando ordenaron que fuese crucificado. Una vez más el Verbo dice en Isaías: Ofrecí la espalda a los golpes y las mejillas a las bofetadas; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos (Is 50,6). El profeta Jeremías repite lo mismo en estos términos: Presentará la mejilla al que lo hiere y será colmado de oprobios (Lm 3,30). Todo esto lo sufrió Cristo.

La Pasión y su sentencia

69. Isaías continúa así: Merced a sus llagas hemos sido curados todos. Errábamos como un rebaño, cada uno iba por su camino y el Señor lo consignó por nuestros pecados (Is 53,5-6.7). Está claro que por voluntad del Padre le han sucedido estas cosas en favor de nuestra salvación. Y luego prosigue: A pesar de sus padecimientos no abrió la boca; como oveja fue llevado al matadero; como un cordero ante el esquilador está sin voz (Is 53,7). De esta forma anuncia que acepta libremente la muerte. Mas al decir el profeta: En la humillación fue eliminado su juicio (Is 53,8), se refiere a su humilde aspecto exterior. Según su aspecto sin honra fue pronunciada la sentencia; y proferida la sentencia conduce a algunos a la salvación, a otros a las penas de la perdición. Hay efectivamente lo tomado por uno a cuestas, y lo que quitan a otro. Así es la sentencia: por algunos ha sido sufrida y estos la toman sobre sí mismo como propia condena; para otros ha sido eliminada y se salvan. Han cargado sobre sí la sentencia quienes lo crucificaron, y habiéndose portado así no creen en Él; de tal suerte, la sentencia recibida por ellos los condenará a la perdición entre los tormentos. La sentencia ha sido eliminada para quienes en Él creen, y no están ya sujetos a ella, es decir a la sentencia de condenación. La sentencia de condenación, acompañada de fuego, será de exterminio para los incrédulos, al fin de este mundo.

La generación inenarrable

70. A continuación dice: ¿Quién narrará su nacimiento? (Is 53,8).Esto se dijo para ponernos en guardia con el fin de que no le tengamos como a un hombre insignificante y de poca importancia por razón de sus adversarios y de los dolores de su pasión. Aquel que ha sufrido todo esto cuenta en su haber con un origen inefable. Porque por nacimiento se entiende su origen, o sea, su Padre inefable e indescriptible. Reconoce, pues, que este es el origen de Aquel que ha soportado esta pasión y no lo tengas a menos por la pasión que ha sufrido por ti intencionadamente. Mas, por su origen, guárdale temor.

La vida a la sombra de su cuerpo

71. Dice en otra parte Jeremías: El Espíritu de nuestro rostro es el Señor Cristo;cómo fue apresado en sus redes, aquel de quien hemos dicho: A su sombra viviremos entre las naciones (Lm 4,20). La Escritura dice que Cristo, aun siendo Espíritu de Dios, debía hacerse hombre sometido al sufrimiento, y revela en cierto modo sorpresa y sobresalto ante la Pasión que debía sufrir Aquel a cuya sombra hemos dicho que íbamos a vivir. Sombra significa su cuerpo,pues así como la sombra viene producida por un cuerpo, así el cuerpo de Cristo fue producido por su Espíritu. Mas la voz sombra significa asimismo la humillación de su cuerpo y la facilidad de ser humillado.En efecto, como la sombra de los cuerpos erguidos se proyecta al suelo y es hollada bajo los pies, así el cuerpo de Cristo, echado a tierra en la Pasión, fue, por así decirlo, hollado bajo los pies. Llama sombra al cuerpo de Cristo por haber venido a ser sombra de la gloria del Espíritu que velaba. Con frecuencia, al paso del Señor, venían colocadas a lo largo de su camino personas afectadas de enfermedades varias;y todos aquellos a quienes alcanzaba su sombra eran salvos.

La muerte del justo

72. Y el mismo profeta, a propósito de la Pasión de Cristo, dice lo siguiente: He aquí como el justo ha perecido y nadie hace caso; los hombres justos son quitados de en medio y nadie se entera, pues el justo es llevado en presencia de la injusticia. Su sepultura será paz: él ha sido preservado (Is 57,1-4). ¿Qué otro hay perfectamente justo fuera del Hijo de Dios, que hace del todo justos a quienes en Él creen, los cuales, a semejanza de Él, son perseguidos y muertos? Cuando dice: Su sepultura será paz,da a conocer como murió por nuestra salvación, que está en la paz de la salvación; y [anuncia] que por su muerte quienes antes eran enemigos y adversarios unos de otros, no bien crean juntos en Él, tendrán paz entre sí, dando y recibiendo señales de amistad por su común fe en Él. Es exactamente lo que ocurre. Las palabras ha sido preservado se refieren a la resurrección de entre los muertos, porque después de la sepultura nadie le vio muerto. Que una vez muerto y resucitado Cristo, debía permanecer inmortal, dícelo el profeta en estos términos: Pidió la vida y tú le has concedido además la longevidad por los siglos de los siglos (Sal 21,5). ¿Por qué dijo pidió la vida, cuando debía morir? En efecto, anuncia su resurreccion de entre los muertos, y que resucitado de entre los muertos es inmortal. Ya que recibió la vida para resucitar, y la longevidad por los siglos de los siglos para ser incorruptible.

La muerte (sueño) y resurrección según David

73. Y dice de nuevo David a propósito de la muerte y de la resurrección de Cristo: Yo me acosté y me dormí; me desperté porque el Señor me acogió (Sal 3,6). David no decía esto de sí mismo, porque muerto él no resucitó. Sino el Espíritu de Cristo, que habló también de Él en otros profetas, dice también ahora por medio de David: Yo me acosté y dormí; me desperté porque el Señor me acogió.Llama sueño a la muerte, porque resucitó.

Herodes y Pilato

74. Sobre la Pasión de Cristo, David dice: ¿Por qué se agitan los gentiles y los pueblos planean fracasos? Se alían los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y su Ungido (Sal 2,1-2; Hch 4,24-28). De hecho, Herodes, rey de los Judíos, y Poncio Pilato, procurador de Claudio César, se reunieron y lo condenaron a ser crucificado. Porque Herodes temía perder el reinado, como si Él fuese a ser un rey terreno, y Pilato fue obligado, contra su voluntad, por Herodes y por los judíos que lo rodeaban, a condenarlo a muerte, por el hecho de que no hacerlo se interpretaría como ir en contra del César dejando en libertad a un hombre al que se dio el título de Rey.

El anuncio de la Pasión

75. Y, a propósito de la Pasión, dice todavía el mismo profeta: Tú nos has rechazado y despreciado; has repudiado a tu Ungido; has roto la alianza de mi siervo; has echado a tierra tu santuario; has derrumbado su cerca; has hecho temblar sus fortalezas; cuantos pasan de largo la han saqueado; se ha convertido en el oprobio de sus vecinos; has robustecido la derecha de sus opresores, has alegrado a sus enemigos; le has torcido la hoja de su espada y no lo has sostenido en el combate; lo has excluído de la purificación, echando por tierra su trono; le has acortado los días de su tiempo y lo has cubierto de ignominia (Sal 88,39-46). El profeta afirma abiertamente que debía sufrir todo esto y que ésta era la voluntad del Padre, puesto que por voluntad del Padre sufrió la Pasión.

La captura de Jesús

76. Zacarías se expresa así: Alzate, espada, contra mi pastor, contra el hombre, mi compañero; hiere al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño (Za 13,7; Mt 26,31; Lc 14,27). Y esto sucedió cuando fue capturado por los Judíos. Entonces todos los discípulos lo abandonaron por miedo a perecer con Él, porque ellos no creyeron firmemente en Él hasta que no le vieron resucitado de entre los muertos.

Jesús motivo de reconciliación entre Pilato y Herodes

77. Y se dice también en los doce profetas: Prisionero le presentaron al rey como tributo(Os 10,6 (LXX)). Poncio Pilato era procurador de Judea y alimentaba entonces un profundo rencor en contra de Herodes, rey de los Judíos. Precisamente en esta situación Pilato remitió a Cristo, a quien se lo había enviado, atado a Herodes con el ruego de que le interrogase para confirmar lo que quería hacer con Él. De este modo Cristo se convirtió en un buen pretexto para reconciliarse con el rey.

La bajada a los infiernos

78. Y en Jeremías, ve con qué términos se expresa para dar a conocer su muerte y su descenso a los infiernos: Y el Señor, el Santo de Israel, acordóse de sus muertos, de los que estaban ya dormidos en el polvo de la tierra, y descendió a ellos para llevarles el Evangelio de su salvación y salvarles. Aquí se revelan también las razones de su muerte, porque su descenso a los infiernos era para la salvación de los difuntos.

Profecías sobre la Cruz

79. Y de nuevo en torno a su cruz Isaías dice: Extendí las manos todo el día hacia un pueblo indócil y rebelde (Is 65,2). Así prefiguraba la cruz. Y todavía más claramente David: Perros de caza me rodearon, una multitud de malvados me ha cercado; me han taladrado mis manos y mis pies (Sal 21,17). Y nuevamente: Mi corazón se hizo como cera líquida en medio de mis entrañas; han descoyuntado mis huesos (Sal 21,15). Y sigue diciendo: Perdona a mi alma la espada y enclava mis carnes, pues una muchedumbre de malvados se levantó contra mí. En estos pasajes, muestra e indica en modo luminoso su crucifixión. Moisés dice la misma cosa a su pueblo: Y tu vida colgará delante de tus ojos, y temerás día y noche, y no creerás en tu vida (Dt 28,66).

Profecías sobre los vestidos

80. Nuevamente dijo David: Ellos me miraron fijamente. Se dividieron mi vestido y echaron a suertes mi túnica (Sal 21,19). En efecto, cuando le crucificaron, repartieron los soldados sus vestidos según su costumbre; el vestido se lo dividieron luego de haberlo desgarrado; mas en cuanto a la túnica, como estaba tejida desde arriba y sin costura, la echaron a suertes para ver quién se la llevaba (Jn 19,23-24).

Judas, la venta de Cristo y la compra del campo a un alfarero

81. El profeta Jeremías añade: Tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había mandado el Señor (Mt 27,9). En efecto, Judas, uno de los discípulos de Jesús, habiéndose comprometido con los Judíos y habiendo sellado con ellos un pacto —de hecho sabía que le querían matar— y porque había sido reprendido por Él, aceptó los treinta denarios del país y le entregó a Cristo. A continuación, movido por los remordimientos de lo que había hecho, tiró el dinero a los pies de los jefes de los Judíos y se ahorcó. Pero éstos no consideraron conveniente devolver el dinero al Tesoro, porque era precio de sangre, y con él compraron el campo perteneciente a un alfarero para enterrar allí a los extranjeros.

Profecía sobre el vinagre mezclado con hiel

82. Y una vez crucificado, al pedir de beber, le dieron vinagre mezclado con hiel. Y esto mismo lo había dicho David: Me dieron por alimento hiel, y en mi sed me dieron a beber vinagre (Sal 69,22; Mt 27,34; Jn 19,28).

La Ascensión

83. He aquí lo que dice David de la Ascensión al cielo, después de la resurrección de entre los muertos: Los carros de Dios a decenas de millares, y millares los cocheros. El Señor está entre ellos, en Sión, en el Santuario; subió a lo alto, cautivó al cautiverio; ha recibido y entregado dones a los hombres (Sal 67,18-19). Por cautivar entiende la destrucción de poder de los ángeles rebeldes. Dio a conocer el lugar donde habría de subir de la tierra al cielo al decir: El Señor en Sión subió a lo alto (Sal 67,18). En efecto, en el monte de los Olivos, frente a Jerusalén, después de resucitado de entre los muertos, reunió a sus discípulos y habiéndoles recordado lo concerniente al reino de los cielos, fue levantado ante sus ojos y vieron ellos cómo lo acogían, abiertos, los cielos.

El triunfo del Rey de la gloria

84. La misma cosa dice nuevamente David: Alzad, oh príncipes, vuestras puertas; levantaos, puertas eternas, y entrará el rey de la gloria (Sal 23,7). Las puertas eternas son, efectivamente, los cielos. Mas como el Verbo decendió invisible para los seres creados, no fue reconocido, a su descenso, por ellos. Pero como se había encarnado, se hizo visible cuando ascendió al cielo. Al verle los principados de los ángeles inferiores, gritaron a los que estaban en el firmamento: Alzad vuestras puertas; alzaos, puertas eternas, para que entre el rey de la gloria. Éstos, asombrados, se preguntaban: ¿Quién es éste?, y los que le habían visto, atestiguan por segunda vez: El Señor poderoso y fuerte es el rey de la gloria (Sal 23,10).

El Juicio

85. Resucitado y subido al cielo, aguarda a la diestra del Padre el momento por Él fijado para juzgar a todos sus enemigos que a Él habían de ser sometidos. Los enemigos son todos los que fueron hallados en rebelión: ángeles, arcángeles, principados, tronos, que menoprecian la Verdad. David afirma aún: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos a tus pies (Sal 109,1). Aún más, David dice que subió al lugar de donde había bajado: Él sube de los últimos confines del cielo y su reposo alcanza el otro extremo del cielo. Señala después el juicio al decir: Ninguno se sustraerá a su ardor (Sal 18,7).

LA BUENA NOTICIA (cc. 86-97)

El testimonio de los Apóstoles

86. Ahora bien, si los profetas han vaticinado que el Hijo de Dios debía manifestarse sobre la tierra y han predicho el lugar, la manera y la forma de su manifestación sobre la tierra, y si en el Señor se han cumplido todas estas predicciones, nuestra fe en Él está bien fundada, es auténtica la tradición de la predicación, es decir, el testimonio de los Apóstoles. Éstos, enviados por el Señor, han predicado por el mundo entero que el Hijo de Dios había venido para sufrir la Pasión, la había soportado para destruir la muerte y dar vida al cuerpo, y que dando fin a la hostilidad hacia Dios, es decir, a la iniquidad, hemos de obtener su paz cumpliendo lo que es de su agrado. Así nos ha sido dado a conocer por los profetas cuando dicen: ¡Qué hermosos son los pies de los mensajeros que anuncian la buena nueva de la paz, que pregonan la alegre noticia del bien! (Is 52,7; Rm 10,15). Isaías dice que estos mensajeros vendrían de Judea y de Jerusalén para anunciarnos la palabra de Dios, que para nosotros es también ley: Pues de Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor (Is 2,3). David afirma que habían de predicar por toda la tierra: A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su palabra (Sal 18,5).

El primado del amor

87. Pero no es con la locuacidad de la ley como se salva el género humano sino con la brevedad y precisión de la fe y de la caridad. Isaías dice: Una palabra concisa y breve en la justicia, porque Dios enviará una palabra concisa, con eficacia, sobre toda la tierra (Is 10,23 (LXX); Rm 9,28). De ahí que Pablo afirme: El amor es la plenitud de la ley (Rm 13,10).Pues el que ama a Dios cumple la ley. Cuando le preguntaron al Señor: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?, respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu fuerza; y el segundo es similar a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la ley y los profetas (Mc 12,30; Mt 22,37). Así pues, con la fe en Él ha crecido nuestro amor por Dios y por el prójimo, haciéndonos piadosos, justos y buenos. Es por esto por lo que ha enviado con eficacia una palabra concisa sobre la tierra, en el mundo.

Salvados por un hombre-Dios

88. Y que después de la Ascensión había de ser elevado sobre todas las creaturas y que nadie había de ser parangonado o comparado a Él, lo dice Isaías: ¿Quién es juzgado? Que comparezca. ¿Quién es justificado? Que se acerque al Hijo del Señor. Ay de vosotros que os consumís como un vestido y la polilla os roerá. El hombre será humillado y abatido. Sólo el Señor será exaltado con aquellos que serán enaltecidos (Is 50,8.10.9; 2,17). Isaías afirma que los que le sirvieron a Dios serán, al final, salvados por medio de su nombre: Los que me sirven recibirán un nombre nuevo que será bendito en toda la tierra y ellos bendecirán al Dios verdadero (Is 65,15-16). Esta bendición debía Él realizarla personalmente y Él mismo debía salvarnos por su propia sangre, según lo dio a conocer Isaías cuando dijo: No un intercesor ni un ángel, sino el Señor en persona los salvó, porque los ama y tiene cuidado de ellos. Él mismo los redimió (Is 63,9).

El Espíritu sobre la faz de la Tierra

89. A los que fueron así liberados [Dios] no quiere llevarlos de nuevo a la legislación de Moisés —pues la ley se cumplió en Cristo—, sino salvarlos mediante la fe y el amor hacia el Hijo de Dios en la renovación de la Palabra, como lo dio a entender Isaías cuando exclamó: No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que renuevo a quien va a germinar ahora, y vosotros le conoceréis. Abriré un camino en el desierto, y en la región árida ríos para dar de beber a mi nación y a mi pueblo elegido, que adquirí para contar mis hazañas (Is 43,18-20). Desierto y yermo era antes la vocación de los gentiles, pues el Verbo no había pasado entre ellos, ni les había dado a beber el Espíritu Santo. El [Verbo] dispuso el nuevo camino de la piedad y de la justicia, e hizo brotar ríos en abundancia, diseminando el Espíritu Santo sobre la tierra, según había prometido mediante los profetas, que extendería al fin [en los últimos tiempos] el Espíritu sobre la faz de la tierra.

La novedad del Espíritu

90. Nuestra vocación, pues, acontece en la novedad del Espíritu y no en la letra vieja, como profetizó Isaías: Mirad que llegan días, dice el Señor, en que yo con la casa de Israel y la casa de Judá haré [una alianza nueva no como] la alianza que hice con sus padres cuando los llevé de la mano para sacarlos de Egipto, pues ellos quebrantaron la alianza y yo me desinteresé de ellos, dice el Señor. Porque ésta será la alianza que yo haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mi ley en sus mentes y además la escribiré en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. No tendrán que enseñarse unos a otros, entre conciudadanos y hermanos diciendo: ¡Conoced al Señor!, porque todos me conocerán, desde el más pequeño al más grande; porque les perdonaré sus maldades y no me acordaré más de sus pecados.

La apertura de la nueva Alianza (= N.T.)

91. Y estas promesas habían de ser una herencia en el tiempo de la vocación de los gentiles, para quienes fue también inaugurada la nueva Alianza; así lo recuerda Isaías en estos términos: Dice el Dios de Israel: En aquel día el hombre pondrá su esperanza en su Creadora y sus ojos contemplarán al Santo de Israel; y ya no pondrán su esperanza en los altares de los ídolos, ni en las obras de sus manos, que fabricaron sus dedos (Is 17,6-8). Manifiestamente estas palabras están dirigidas a aquellos que abandonan a los ídolos y creen en Dios, nuestro Creador, gracias al Santo de Israel. El Santo de Israel es Cristo. Él se manifestó a los hombres y en Él tenemos fija nuestra mirada. Y ya no ponemos nuestra esperanza en los altares ni en las obras de nuestras manos.

Manifestado a los que no le buscaban

92. Y que debía manifestarse en medio de nosotros —porque el Hijo de Dios se haría hijo del hombre— y que nosotros habíamos de encontrar al que desconocíamos, lo afirma el mismo Verbo en Isaías: Me he manifestado a los que no me buscaban; he sido hallado por los que no preguntaban por mi. Dije: Aquí estoy ante un pueblo que no había invocado mi nombre (Is 65,1; Rm10,20).

Profecías sobre el pueblo de Dios

93. Que este pueblo estaba llamado a ser un pueblo santo, lo vaticinó Oseas, uno de los doce profetas: Al no-pueblo-mío lo llamaré pueblo mío y a la no-amada será amada. Donde se diga no-mi-pueblo, allí se llamarán hijos del Dios viviente (Os 2,25; 1,9; Rm 9,25,26). También Juan Bautista vuelve a decir lo mismo: Dios puede hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán (Mt 3,9). En efecto, después de habernos arrancado por la fe del culto a las piedras, nuestros corazones ven a Dios y se hacen hijos de Abrahán, el cual fue justificado por la fe (Rm 3,28; 4,3; Ga 3,6; St 2,23). Por esto dice Dios por boca del profeta Ezequiel: Y les daré otro corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo; quitaré de su cuerpo su corazón de piedra y les daré un corazon de carne para que sigan mis mandamientos y observen y practiquen mis preceptos. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. (Ez 11,19-20; 36,26-27).

La Iglesia y la Sinagoga

94. De ahí que por la nueva llamada se realiza un cambio de corazones entre los gentiles por medio del Verbo de Dios que se encarnó y puso su tienda en medio de los hombres, como dice Juan, su discípulo: Y su Verbo se hizo carne y habité entre nosotros (Jn 1,14). Por lo tanto la Iglesia engendra un gran número de frutos, es decir, de salvados, porque ya no es un intercesor —Moisés— ni un mensajero —Elías— quienes nos salvan sino el Señor en persona, que da más hijos a la Iglesia que a la Sinagoga del pasado, como predijo Isaías con estos términos: Regocíjate, estéril, que no dabas a luz —y estéril es la Iglesia que antes no había dado hijo alguno a Dios— grita y dama, tú que no has tenido los dolores porque los hijos de la abandonada son más numerosos que los hijos de la que tenía marido (Is 54,1; Ga 4,27). Y la antigua Sinagoga tenía por marido la Ley.

La incorporación de los Gentiles

95. Moisés dice en el Deuteronomio que los Gentiles estarán a la cabeza y el pueblo incrédulo a la zaga. Y poco después: Habéis provocado mi celo con vuestros no-dioses, me habéis irritado con vuestros ídolos; yo provocaré vuestro celo con uno que no es pueblo y os irritaré con un pueblo insensato (Dt 32,21). Pues han abandonado al Dios verdadero, adoraron a falsos dioses, mataron a los profetas de Dios y profetizaron por medio de Baal, que era un ídolo de los Cananeos; rechazaron a] verdadero Hijo de Dios al escoger a Barrabás, un bandido detenido por flagrante homicidio, al abjurar del rey eterno y reconocer como rey al César que es perecedero. Por esto Dios decidió entregar su heredad a los estultos Gentiles y a aquellos que no eran ciudadanos de la ciudad de Dios y desconocían quién es Dios. Ahora bien, dado que por esta llamada se nos ha dado la vida y Dios ha restaurado en nosotros la fe de Abrahán en Él, no debemos volver atrás, es decir, a la antigua legislación. Porque hemos acogido al Señor de la ley, el Hijo de Dios, y por medio de la fe en Él aprendemos a amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos. Pues el amor a Dios excluye todo pecado y el amor al prójimo no causa mal a nadie.

La superación de la Ley

96. Por lo tanto no necesitamos de la ley como pedagogo; he aquí que nosotros hablamos con el Padre y estamos en su presencia convertidos en niños sin malicia y afincados en la justicia y honestidad. La Ley, en efecto, no afirmará más: no cometer adulterio a aquel que ni siquiera ha deseado la mujer de otro; o no matar a aquel que ha erradicado de sí la ira y la enemistad; o no desear el campo de tu vecino, su buey o su asno a los que no tienen ambición por las cosas terrenas sino que acopian provisiones para el cielo; ni siquiera ojo por ojo, diente por diente a quien no tiene enemigos y a todos trata como prójimo y por eso no levanta la mano para vengarse; no exigirá los diezmos de quien ha consagrado a Dios todos sus bienes y ha dejado padre, madre y toda su familia para seguir al Verbo de Dios . Ya no mandará guardar un día de descanso al que todos los días observa el sábado, es decir, al que rinde culto a Dios en el templo de Dios que es el cuerpo del hombre y practica siempre la justicia. Prefiero misericordia, dice, al sacrificio, el conocimiento de Dios a los holocaustos. Pero el impío que inmola un ternero es como si matase a un perro, y cuando ofrece flor de harina es como si ofreciese sangre de cerdo (Is 66,3). Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará (Hch 2,21; Rm 10,13; Jl 2,32 (Vulg.)), y ningún otro nombre se nos ha dado bajo el cielo por el cual los hombres se salven (Hch 4,12) si no es el nombre de Dios, Jesucristo, Hijo de Dios, al que obedecen todos los demonios, los espíritus malvados y todas las potencias rebeldes.

La salvación en Jesucristo

97. Por la invocación del nombre de Jesucristo, crucificado bajo Poncio Pilato, Satanás fue alejado definitivamente de entre los hombres. Allí donde haya alguien que creyendo en Él y haciendo su voluntad le recuerde e invoque, Jesús se hace presente y atiende las súplicas de quien le invoca con corazón puro. De este modo, habiendo obtenido la salvación, nosotros permanecemos en constante acción de gracias a Dios, nuestro Salvador, el que por su magna e insondable Sabiduría, nos salva y proclama la salvación desde lo alto de los cielos, salvación que es la venida visible de Nuestro Señor, es decir, su vida humana, salvación que por nuestras propias posibilidades no podíamos conseguir. Pero lo que es imposible para los hombres es posible para Dios (Lc 18,27).A este respecto Jeremías dice: ¿Quién subió al cielo y se apoderó de ella y la hizo descender de las nubes? ¿Quién atravesó los mares y la descubrió y la trajo con preferencia al oro más puro? No hay quien haya encontrado su camino ni quien conozca su sendero. Pero el que sabe todas las cosas, la conoce con su sabiduría, el que cimentó la tierra para siempre y la pobló de animales cuadrúpedos, el que manda a la luz y ésta se expande, el que la llama y ella le obedece temblando; los astros se levantan para sus vigilias y se complacen. Él los llama y contestan: Henos aquí; y lucen alegremente en honor del que los hizo. Este es nuestro Dios; ningún otro cuenta a su lado para nada. Él descubrió todos los caminos con su sabiduría y se lo comunicó a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado. Y después de esto se hizo ver en la tierra y converso con los hombres. Éste es el libro de los mandamientos de Dios y de la Ley perdurable, para siempre. Los que la guardan alcanzarán la vida; los que la abandonan morirán. Llama Jacob e Israel al Hijo de Dios que ha recibido del Padre dominio sobre nuestra vida y, después de haber recibido la vida, hace que descienda sobre nosotros, que estábamos alejados de Él, cuando se manifestó sobre la tierra y converso con los hombres mezclando y uniendo el Espíritu de Dios Padre con el cuerpo plasmado por Dios para que el hombre fuese a imagen y semejanza de Dios.

CONCLUSIÓN (cc. 98-100)

A modo de conclusión

98. Ésta es, mi querido amigo, la predicación de la verdad y la imagen de nuestra salvación: así es el camino de la vida que los profetas han anunciado, el que Cristo ha instituido, que los Apóstoles han consignado y que la Iglesia transmite a sus hijos a través de toda la tierra. Debe ser custodiado con mimo y con voluntad decidida para agradar a Dios con las buenas obras y con un modo sano de pensar.

Las desviaciones de los herejes

99. Por lo tanto, que ninguno piense que existe otro Dios Padre distinto de nuestro Creador, como lo imaginan los herejes, que desprecian al Dios verdadero y hacen un ídolo del Dios inexistente, creándose un padre por encima de nuestro Creador y tienen para sí el haber descubierto algo más grande que la verdad. En realidad todos estos son impíos y blasfeman contra su Creador y Padre como ya hemos demostrado en la Exposición y Refutación de la falsa gnosis. Otros, todavía desprecian la venida del Hijo de Dios y la economía de su encarnación trasmitida por los Apóstoles y vaticinada por los profetas para la restauración de la humanidad, como concisamente hemos demostrado. También a estas personas hay que contarlas entre los incrédulos. Otros todavía no acogen los dones del Espíritu Santo y rechazan el carisma profético, por cuyo rocío el hombre produce frutos de vida divina. De estos dice Isaías: Serán como un terebinto sin hojas y como un jardín sin agua (Is 1.30). Estos no son de utilidad alguna para Dios, pues no producen frutos.

Hay que mantenerse lejos del error

100. En lo referente a los tres artículos de nuestro bautismo, el error motivó muchas digresiones lejanas de la verdad. Porque o desprecian al Padre, o no acogen al Hijo hablando en contra de la economía de la encarnación, o rechazan al Espíritu, es decir, desechan la profecía. Debemos defendernos de esta clase de personas, evitar sus caminos si de verdad queremos agradar a Dios y obtener la salvación.

Demostración de la predicación apostólica de San Ireneo. Gloria a toda la Santa Trinidad, Dios único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, providencia universal, eternamente. Amén. Tened un recuerdo en el Señor del divino y beatísimo Señor Arzobispo Juan, propietario de este libro, hermano del rey santo. Y acordaos también de mí, pobre copista.