Surgimiento y primeros pasos de Los Clérigos regulares

Surgimiento y primeros pasos de

Los Clérigos regulares

1. Cambio de mentalidad y necesidad de la reforma del clero

Evocar el Renacimiento es poner de relieve el cambio de mentalidad que se operó. El cambio de mentalidad es evidente: frente al universalismo, objetivismo y clericalismo de la Edad Media, la nueva Edad surge marcada, en líneas generales, por el nacionalismo, el subjetivismo y la laicidad.

  • El naciona­lismo fragmentó la cristiandad medieval, los Estados nacionales autóno­mos constituyeron para sí mismos la medida de todas las cosas, los príncipes comenzaron a aplicar -rechazándola en teoría- la doctrina formulada por el Príncipe de Maquiavelo.
  • El subjetivismo opuso la razón individual a la autoridad jerárquica, el individuo vivió egoístamente para sí mismo, supeditando el bien común al propio. La devoción, a la par que se interiorizaba, iba devaluando la liturgia y la mediación de la Iglesia. La filosofía despreció la metafísica para estudiar el mundo subjetivo y las ciencias de la naturaleza.
  • La laicidad, entendida como seglaridad, hizo sentir sus exigencias crecientes: la cultura se secularizó (recordar la pérdida de prestigio de la Iglesia: exilio de Aviñón, Cisma de Occidente, ideas conciliaristas,herejías de Wiclef y Hus, indignidad personal de algunos Papas y Cardenales); la filosofía se autonomizó frente a la teología, el humanismo laico paganizó la vida.

En síntesis, “surgió así un nuevo ideal de vida (Lortz). El pasado se antojaba formalista, sombrío, agobiante. Se pretendía un tipo de humani­dad más libre, más bella y más armónica. El Renacimiento y el Humanis­mo significaron el gran despertar del espíritu europeo, en la medida que elevaron y diferenciaron la autoconciencia del hombre, así como el concepto de su situación no sólo en el mundo, sino también en el tiempo.

Si el cambio de mentalidad es evidente, no lo es menos que la raíz de la situación de la Iglesia estaba en la mundanización del clero. Del clero alto y bajo, regular y secular. No bastó la reforma cíe las Ordenes Mendicantes. Fue preciso el nacimiento, desde abajo, de un tipo de clérigos nuevos, que, reformándose a sí mismo en vez de criticar a otros, alentase la renovación general de la Iglesia. Esta no fue completa hasta que el mismo Papa, con el giro del pontificado en tiempos de Pablo III, abrió el Concilio de Trento y san Pío V lo aplicó. Pero, entretanto, el nacimiento del nuevo tipo de Vida Consagrada anticipó como fermento la Reforma católica. Que ésta fuera necesaria y que la raíz estaba en la reforma del clero no es difícil de mostrar.

1.1 La reforma

Iglesia y papado

El Concilio de Constanza (1414-1417) no se había reunido únicamen­te para poner fin al Cisma de Occidente, sino también, para realizar el deseo, durante tanto tiempo experimentado de “reformar la Iglesia en su cabeza y en sus miembros”. En 1434, Eugenio IV escribía a los padres del Concilio de Basilea: “Desde la planta de los pies hasta lo alto de la cabeza, no hay ni una parte sana en el cuerpo de la Iglesia”. La idea del papado como algo intangible quedó debilitada por el desgarramiento del Cisma. Cuando, rechazada la idea conciliarista después de varios años (Pío II, 1460), los Papas robustecieron poco a poco su posición, desafortunadamente se fueron convirtien­do en dinastías principescas, que sobre todo se preocupaban de los Estados de la Iglesia y de su propia familia (influencia también del creciente nacionalismo). La Curia, por su parte, a partir del fiscalismo de Aviñón, explotaba financieramente a Alemania. Los Papas del Renacimiento, en conjunto, “estuvieron hasta tal punto dominados por la política -escribe Lortz-, las riquezas, el goce de los placeres de la vida, la cultura mundana y el bienestar de los suyos mediante el nepotismo, que algunos de ellos constituyeron una antítesis radical del espíritu de Cristo, del que eran representantes… Estos Papas, a una con los Cardenales, sus émulos, y con parecidos obispos y canónigos nobles en todo el mundo, llevaron a la Iglesia, en el sentido apostólico y religioso al borde de la ruina”.

Obispos y ‘clero alto’

Para la mayoría de los casos vale esta estremecedora apreciación de J. Winpfe­ling, contemporáneo de los hechos: “En cien años jamás se ha visto ni oído que un obispo haya emprendido una sola acción espiritual”. El gran pecado de los obispos, consistía en el absentismo de sus diócesis, hecho que ocurría, en parte por la acumulación de beneficios, y, en parte, por el aulismo o presencia continua del obispo en la corte del Rey o en la curia del Papa. En cuanto a los cabildos, los nobles practicaban un verdadero comercio para adueñarse de los cargos que ambicionaban: “los canónigos eran como “hidalgos de Dios”, y los cabildos, “hospicios de la aristocracia”. (Lortz).

En el bajo clero se daba una situación parecida, aunque con causa diversa: la situación no procedía de la riqueza sino de la indigencia. Esta indigencia hizo surgir una especie de “proletariado clerical,” formado por “sacerdotes sin base moral, sin vocación, sin ciencia, sin dignidad, que vivían en la holganza y el concubinato, cuya actividad pastoral se limitaba a decir la misa y que eran objeto del desprecio y de la burla del pueblo. Para muchos de ellos la formación apenas iba más allá de la instrucción religiosa rudimentaria de cualquier fiel, más el aprendizaje de las ceremonias de la Misa y de los Sacramentos. Por la acumulación de varias prebendas en una sola persona, muchas veces la cura de almas era confiada a sustitutos pagados. Todo esto constituía no la totalidad del cuadro, pero si la nota dominante.

Órdenes religiosas

Las Órdenes religiosas de la época participaron igualmente de la decadencia general. Ya la hemos mostrado en el capítulo anterior -junto con los intentos de reforma por obra de los movimientos de Observan­cia- y volveremos sobre ella más adelante. Aquí baste decir, en general, que el dinero influyó como factor directo de relajación: tanto en las ricas abadías destinadas a la nobleza como en los pujantes conventos urbanos destinados a los patricios, se podía vivir sin preocupaciones ni obligacio­nes. Sin embargo, en la mayoría de los conventos no se dieron excesos graves. De la relajación solamente se salvaron los cartujos, quienes, no sólo resistieron a la decadencia, sino que tuvieron su época más floreciente en los siglos XIV y XV.

En medio de toda esta situación, Lortz enjuicia sintéticamente: “El mal residía, sobre todo, en la mundanización del clero“. A la misma conclusión llega Delumeau: “En efecto, el principal fallo de la Iglesia en el período precedente a la Reforma, no consistía en los abusos financieros de la corte romana, ni en la forma de vida, a veces escandalosa, de los altos dignatarios eclesiásticos, ni en las irregularidades de ciertos frailes, ni en el número indudablemente elevado de sacerdotes concubinarios, sino en la muy mediocre instrucción religiosa e insuficiente formación de los pastores, a menudo incapaces de administrar eficazmente los sacramentos y de presentar de manera adecuada el mensaje evangélico.” Pues bien: si esto era así, “el primer lema de la renovación católica había de ser la reforma del clero” (Lortz). Y así fue. Poco después de que Adriano VI (1522-1523), sucesor de León X, afirmará que en Roma estaba la fuente y raíz de todos los males que afligían a la Iglesia, en la misma Roma nacieron los primeros Clérigos Regulares.

2. Monjes, mendicantes y canónigos regulares a las puertas del Renacimiento

2.1 Monjes

¿Cuál era la situación de la Vida Consagrada durante este período? Muchos han trazado este lamentable cuadro: La vida monástica continuaba su decadencia. La presencia de monjes vagabundos, bribones, e incluso asesinos, -que constituyen la comidilla escandalosa de las crónicas de la época- es un síntoma evidente de la falta de disciplina de que adolecían los claustros. Grave era igualmente la persistencia de costumbres poco edificante, como la de danzas profanas, en algunos monasterios de monjas. Mucho más serio era el desorden moral de aquellos claustros que, por escasez de vocaciones, se llenaban de personas sin vocación. Juan Buchard declara que los conventos se habían convertido en lugares de desenfreno.

Sin ir tan lejos como Pico della Mirándola y Savonarola, hay que admitir, no obstante, que la impresión que daban muchos monasterios era franca­mente deplorable, como atestiguan los documentos de las visitas pastora­les y los archivos de los parlamentos. El ideal monástico perfecto no formaba parte, en general, de las preocupaciones de los monjes. Aparte los abades y priores que vivían en la corte, dilapidando allí las rentas de los monas­terios, otros, en el claustro “llevaban una vida de lujo y mundanidad -escribe R. García Villoslada-, portándose como magnates, con trajes de seda, lacayos, pajes, caballerizas, halcones y perros de caza. Los monjes, mal atendidos, salían fácilmente del claustro, frecuentaban tabernas y otros lugares peores; la vida común apenas existía; se quebrantaba la clausura, se violaban los votos”.

2.2 Hermanos de la vida común

En todo caso, conviene señalar la obra reformadora de los Canónigos Regulares de Wildesheim y los hermanos de la vida común. Impregnados del espíritu de la “devotio moderna”, se mostraron como modelos a los que se fueron incorporando durante el siglo XV casi todos los Canónigos Regulares de los Países Bajos. A finales de este siglo contaban 84 monasterios de varones y 13 de mujeres. Su bienhechora irradiación se extendió a Alemania.

En Francia, el influjo de Wildesheim se hizo notar cuando, a finales de siglo, Juan Standock, rector del Colegio de Montaigu en París, llamó a los de Wildesheim. Fue enviado Juan Mombaer, de Bruselas, quien, a partir de 1496 en que llegó a París, reformó algunos monasterios de Canónigos Regulares. En conjunto, “la Congregación de Windesheim -escribe Villoslada- es acreedora al agradecimiento perenne del mundo cristiano por dos inmensos regalos que le hizo: le dio el áureo librito “De la imitación de Cristo” y le enseñó a hacer oración mental metódicamen­te”. El gran compilador del espíritu de Wildesheim es precisamente Juan Mombaer (1460-1501). Su obra Rosetum exercitiorum spiritualium et sacrarurn meditationum (Zwolle 1494) puede decirse una enciclopedia de toda la espiritualidad de la devoción moderna. De Mombaer se aprovechó largamente García Jiménez de Cisneros en su Ejercitatorio de la vida espiritual, escrito en Montserrat (Cataluña) en 1500. Pero uno de los obstáculos mayores que tuvo la devotio moderna para producir más eficazmente una reforma en la Iglesia se debió a su desconfianza en el movimiento humanista y su indirecto rechazo a la novedad cultura que se estaba imponiendo.

2.3 Mendicantes

Muchos describen así la situación: de una parte, se daban abusos en el régimen de “términos” (es decir, de cotos de predicación exclusiva) y en la independencia de los frailes graduados en teología, hasta el punto de que “vida común y clausura estaban en trance de desaparición”. Por otra parte, existía un lamentable antagonismo entre Franciscanos y Dominicos, por más que los buenos espíritus desearan el buen entendimiento. Tampoco faltaban disputas con el clero secular, igualmente adicto a sus prejuicios y a sus pequeños intereses, muy inquieto por la concurrencia de los frailes. Nicolás V favoreció a estos últimos, Calixto III se inclinó por los seculares, y Sixto IV ayudó podero­samente a los Mendicantes, especialmente Franciscanos. “Los mendicantes desalojan poco a poco de su ministerio a los curas, quienes, por su lado, protestan con vehemencia, se lamentan”.

Para ser objetivos es preciso reconocer que estas disputas tenían cierta excusa por los apuros económicos por los que atravesaban los religiosos en Francia e Italia: en Francia, por la Guerra de los Cien Años; en Italia, por la devaluación de la moneda. E1 cuadro de conjunto, sin embargo, aparece bastante sombrío: “Todas las órdenes religiosas -escribe García Villos­lada- necesitaban, más o menos de reforma”. Y sintetiza las causas: “Causas de la decadencia espiritual fueron la feudalización de los monas­terios, la peste negra o bubónica de 1348, las guerras, el cisma, las excesivas, dispensas pontificias en materia de pobreza, el ingreso en los conventos de muchachos sin vocación…; finalmente, las encomiendas cíe las abadías a personas extrañas”.

Pero, junto a estas sombras, no dejaba de haber luces, la principal de las cuales era el “clamor de reforma” que surgía por todas partes. El mismo R. García Villoslada ha escrito: “Todo el siglo XV merece con razón llamarse la edad de las reformas, en plural, porque son incontables las tentativas reformatorias, algunas con éxito, que se acometen a lo largo de todo aquel siglo, por más que nunca se logra por entonces una completa y satisfactoria reforma eclesiástica. Pero no hay duda que 1a mayor preocu­pación de la iglesia en aquel tiempo era la de reformarse… Este continuo deseo de reforma llega a ser una verdadera obsesión”.

Como consecuen­cia, en todas partes hay personas que ponen manos a la obra; y, en especial, dentro de Monjes y Mendicantes, surgen las Congregaciones de Observancia.

3. Los Clérigos regulares

3.1 La Compañía del Divino Amor

Los clérigos regulares tienen su raíz última en las Compañías del Divino amor, que eran asociaciones o hermandades de laicos, fundadas en muchas ciudades de Italia y puestas casi todas bajo el patrocinio de san Jerónimo, cuya devoción se extendió extraordinariamente en los siglos XIV y XV.

Desde 1469, el gran apóstol franciscano Bernardino de Feltre fundó Montes de Piedad en todas las ciudades de la Italia central y septentrional con el fin de librar a los pobres de las garras de los usureros. Además de estos Montes de Piedad, instituyó Feltre por todas partes asociaciones benéficas que unían las obras de misericordia con el culto eucarístico. En 1492 funda en Vicenza tres hermanda­des de este tipo, y al volver a ella en 1494 funda la Compañía de san Jerónimo, que suele considerarse como la primera Compañía del Divino Amor. La Compañía de san Jerónimo de Vicenza estaba formada por doce trabajadores y comerciantes seglares y un sacerdote, que aspiraban a una mayor intensidad en la vida espiritual. A1 crecer su número a 40 establecieron su sede en la iglesia del Hospital de la Misericordia

Desde Vicenza, la cofradía pasa a Génova, enfervorizada también por la predicación de fray Bernardino. En el primer capítulo de los estatutos genoveses se declara que “esta nuestra Compañía no se ha instituido sino con el fin de enraizar y plantar en nuestros corazones el divino amor”. Fruto de ella es la fundación del Hospital de los Incurables (1499-1500) para los enfermos de sífilis. La Compañía del Divino Amor de Génova fundó la de Roma. Uno de los primeros miembros de la compañía romana fue Cayetano Thiene, protonotario apostólico, natural de Vicenza. También se une el florentino Juliano Dati, párroco de santa Dorotea, en el Trastévere, lugar de referencia para las reuniones. Esto acontecía entre los años 1513-1515. Una bula de León X, que data probablemente de 1516, incorpora a la parroquia de santa Dorotea la Confraternitas presbyterorum, clericorum et laicorum sub invocatione Divini Amoris Quedaba fundada y aprobada oficialmente esta Compañía en el mismo corazón de Roma.

Como la de Génova la compañía romana quiere sembrar y plantar la caridad en nuestros corazones. Pero hay una diferencia no insignificante, por los efectos que va a tener: mientras que en Génova predominaban los seglares, en la de Roma, predominan los sacerdotes. Por lo demás, como en Génova así también en Roma no se concebía una Compañía del Divino Amor sin un hospital donde ejercer la caridad; y, a este fin, se funda el Hospital de los Incurables.

Una lista no oficial que se ha conservado, consigna los nombres de los primeros compañeros del Divino Amor. Esta lista data de 1524 y contiene 56 nombres. Entre ellos figuran, los de Juliano Dati, el párroco de santa Dorotea; Alfonso de Lerma, protonotario apostólico; Antonio Pucci, después Obispo de Pistoya y Cardenal; Héctor Vernazza, el fundador; Cayetano Thiene, que será, junto con Carafa, quien fundará, a partir de aquí, los Clérigos Regulares, Bartolomé Stella, que trasplantará la compañía a Brescia, su ciudad natal; Juan Pedro Carafa, cofundador de los Clérigos Regulares y futuro Papa Pablo IV; y, en fin, Marco Antonio Flaminio, exquisito humanista.

La más poderosa contribución de la Compañía del Divino Amor de Roma -que desapareció con el saqueo (Sacco de Roma) de 1527- “con­sistió sin duda, -escribe Villoslada- en haber producido dos hombres de la talla de san Cayetano Thiene y Juan Pedro Carafa (Pablo IV), fundadores de la Congregación de Clérigos Regulares, teatinos. Auténticos reformadores ambos, aunque de diversísimo estilo, se decidieron a crear una nueva forma de vida religiosa, porque comprendieron que las Compañías del Divino Amor, no siendo más que cofradías piadosas de reducida influencia, resultaban inadecuadas e insuficientes para las ingen­tes y multiformes tareas de la restauración católica. Los nuevos tiempos exigían una organización más fuerte, más universal y a la vez más centra­lizadora; exigían programas nuevos y más originales; exigían un espíritu más activamente apostólico”.

3.2 Los teatinos

Gaetano Thiene había nacido en Vicenza el año 1480, de familia noble. Estudió derecho en la Universidad de Padua, donde se graduó de doctor en ambos derechos el año 1504. En este mismo año, se orientó al estado sacerdotal, recibiendo la tonsura. El deseo de consolidar su cultura fue tal vez el motivo de trasladarse a Roma en 1507. Allí Julio II le nombró protonotario apostólico. Cuando hacia 1515, llega a Roma el notario genovés Héctor Vernazza con la intención de fundar allí una Compañía del Divino Amor como la de Génova, intimó en seguida con Gaetano, quien se inscribió en ella. Entonces maduró su vocación sacerdotal, y se ordenó de sacerdote el 30 de septiembre -fiesta de san Jerónimo-, de 1516, a sus treinta y seis años de edad.

En 1523 en Roma, y en la Compañía del Divino Amor, coincide Bonifacio De Colli, Juan Pedro Carafa, y Pablo Consiglie­ri. En este tiempo Gaetano andaba ya pensando en la fundación de una Compañía de clérigos fervorosos para renovar la vida de los eclesiásticos. Esto lo realizó, sobre todo con la ayuda de Juan Pedro Carafa. “Raras veces -escribe Pastor- se habrán encontrado, en la persecución de un mismo fin, hombres de tan diversa índole como estos dos, los cuales desplegaron una acción extraordinariamente influyente en el principio del gran movi­miento de la reforma católica. A pesar de todo el fuego de su religioso sentimiento era, sin embargo, una persona por extremo blanda, suave, condescendiente, inte­rior, silenciosa y reservada, y no se mostraba sino de muy mala gana”. De él, en efecto, había dicho Ranke que deseaba reformar el mundo, pero sin que nadie se enterase de que él vivía en el mundo.

Juan Pedro Carafa había nacido en Nápoles en 1476, de familia noble. Recibida en 1494 la tonsura contra la voluntad de sus padres, marchó a Roma al lado de su tío el Cardenal Oliverio Carafa. En la corrompida corte de Alejandro VI, vivió consagrado al estudio, oración y obras de misericordia. Julio II le nombró obispo de Chieti, dignidad que aceptó de mala gana. Los Papas se sirvieron de él para misiones diplomáticas en varias partes, hasta que volvió a Roma en 1520, donde, hecho miembro de la Compañía del Divino Amor, siguió dedicándose a las obras de caridad, después de reformar su propia diócesis. De acuerdo con Gaetano en que la Compañía no bastaba para alcanzar los fines de la reforma, se les impuso el pensamiento de procurar implicar al clero secular de lleno en este proceso. Así, junto con Bonifacio da Colle y Paulo Consiglieri, fue madurando el plan de fundar una asociación de clérigos regulares, con reglas severas, vida en común e inmediatamente sujetos a la Santa Sede.

El plan era el siguiente, en palabras de Pastor: “En lugar de las antiguas órdenes, las cuales, parte por su decadencia y parte por su organización, no satisfacían ya las necesidades de los tiempos, debía formarse un nuevo instituto de más moderno espíritu, cuyos miembros fueran simples sacerdotes, que hubieran de resplandecer como modelos, por su conducta irreprensible y fiel cumplimiento de su vocación, a los ojos de la gran masa del clero secular, en parte profundamente relajado”. Frailes, bastantes había ya; no debían tomar este nombre ni llevar hábito alguno. Se debía insistir en lo interior y esencial: oración, pobreza absolu­ta y celo apostólico; ni siquiera solicitar limosnas, sino vivir de la Provi­dencia. No tenían intención cíe fundar ninguna Orden religiosa nueva ni adoptar una de las cuatro Reglas monásticas o las de los Mendicantes, sino sólo de formar una asociación de sacerdotes seculares, intensamente reformados por la oración y la práctica de la caridad espiritual y corporal: sólo la emisión de los tres votos esenciales y la vida en común.

Este fue el proyecto que expusieron al Papa Clemente VII, que aprobará este modo de vivir. Estos son los rasgos fundamenta­les que configuran, de hecho, un nuevo estilo de Vida Consagrada en la Iglesia: profesión solemne de los consejos evangélicos; vida de comuni­dad en cualquier lugar honesto -no precisamente monasterios o conven­tos, sino Casas-; denominación de Clérigos Regulares; sumisión inme­diata al Romano Pontífice con exención de todo otro poder canónico; facultad para elegirse Superior, para admitir clérigos y laicos, redactarse Constituciones -más flexibles que las clásicas Reglas-. Esta era, en sustancia, la forma de vicia de los sacerdotes regulares reformados que será después imitada por otros Institutos.

Tres meses después de publicarse el Breve, Gaetano, Carafa, Bonifa­cio y Consiglieri, renunciadas todas las prebendas y dignidades, y reparti­dos sus bienes entre los pobres, emitían la profesión solemne en la Basilica de San Pedro. En el mismo día fue elegido superior -Prepósito- llamaban ellos- Juan Pedro Carafa. Como éste había usado el título de Episcopus Theatinus porque su diócesis era la de Chieti -en latín, Theate-, fueron vulgarmente llama­dos Teatinos. Establecidos en Roma, los nuevos Clérigos se dedicaron al Oficio Divino, a la oración, al estudio de las ciencias sagradas y a la asistencia de los incurables. Al año siguiente, 1525, se juntaron a los cuatro primeros otros ocho miembros, procedentes casi todos de la Compañía del Divino Amor. Consagrados infatigablemente a la oración, estudio de la Sagrada Escritura y a la cura de almas, se ganaron al pueblo por su abnegación en el cuidado de los enfermos, aunque tuvieran que sufrir las burlas de los clérigos aseglarados que les ridiculizaban diciendo que no eran ni clérigos ni frailes.

La obra así felizmente iniciada fue brutalmente golpeada por el sacco di Roma en mayo de 1527; hechos prisioneros por las tropas ocupantes y liberados por un coronel español, los 12 compañeros huye­ron a Venecia, donde continuaron su estilo de vida. Elegido allí superior Gaetano, tras los tres años de mandato de Carafa que eran improrrogables según el Breve pontificio, los Teatinos entablaron relaciones con otros reformadores, como Gaspar Contarini, Reginaldo Pole y Gregorio Cortese.

En 1536, el nuevo Pontífice Pablo III llama a Roma a Carafa para tratar del asunto de la reforma, junto con Contarini, Giberti, Pole y Cortese. A1 final de aquel mismo año, el Papa nombraba Cardenal a Carafa, quien, desde ese momento, se retiró del gobierno cíe la Orden, quedando ésta en manos de Gaetano, al cual todos veneraban. Thiene dividió entonces los años de vida que le quedaban entre Nápoles y Venecia, llevando siempre consigo su estilo de reformador silencioso, más preocupado por formar hombres apostólicos que por la misma actividad exterior. Para los Teatinos contaba menos la actividad externa, aunque sacerdotal, que la formación interior y el testimonio de vida evangélica. Gaetano Thiene gastó así su vida hasta que en 1547 moría en Nápoles, ciudad en la que había transcurrido la mayor parte de su vida como Clérigo Regular. A su muerte, los Teatinos no contaban más que con dos casas -Venecia y Nápoles- y una cincuente­na de miembros.

Con su espiritualidad sacerdotal y apostólica en el surco de la “devotio moderna”, y con el evangelismo austero que caracte­riza los movimientos espirituales de la Italia de este tiempo, los Teatinos, basados en un fuerte ascetismo nutrido con la oración, la liturgia simple y la Sagrada Escritura, constituyeron un grupo selecto, un “seminario de Obispos” -más de 200 salieron de sus filas- que contribuyó eficazmen­te a la Reforma católica. San Caetano Thiene y Juan Pedro Carafa tienen además el mérito de, sin proponérselo, haber creado un tipo nuevo de Vida Consagrada en el seno de la Iglesia.

A partir de los Teatinos surgen otros institutos de Clérigos Regulares, que, tenien­do su raíz última en las Compañías del Divino Amor, inauguraron un estilo nuevo de Vida Consagrada en la Iglesia, en consonancia con los nuevos tiempos.

4. Reforma de los franciscanos: los capuchinos

4.1 Evolución primera

León X, con la bula Ite vos in vineam meam de 29 de mayo de 1517, había decretado la separación total de Conventuales y Observantes, dando a éstos últimos la primacía. En efecto, puede decirse que la Observancia triunfó después de la canonización del observante san Bernardino de Siena en 1450 y de que Eugenio IV con la Bula Ut sacra (1446) concediese jerarquía propia a los Observantes -aunque con la obligación de ser confirmada por la de los Conventuales para mantener la unidad formal de la Orden de franciscana-. Al ser elegido Papa el conventual Francisco della Rovere con el nombre de Sixto IV, los Conventuales creyeron llegada su hora. Pero el Papa sentía afecto hacia los Observantes, los príncipes abogaron en favor de éstos, y la separación de hecho continuó.

Hasta 1500 hubo una relativa paz en la Orden. En España, Cisneros, con el apoyo de los Reyes Católicos, la emprendió con los Conventuales, decidido a uniformar la Orden bajo el régimen de la Observancia. Entre­tanto, el general Egidio Delfini (1500-1506) hizo que Alejandro VI promul­gase en 1501 las Novae reformationes con la intención de reformar a los Conventuales y llegar de este modo a la restauración de la unidad. La unión estuvo a punto de realizarse en 1508 con los nuevos estatutos promulgados por Julio II, pero la impidieron los Observantes de Italia.

Varios Soberanos insistían ante el Papa que diese a la Observancia un Ministro general propio. En estas circunstancias León X convocó a Conven­tuales y Observantes a un Capítulo general extraordinario en 1517; en él, al negarse los Conventuales a aceptar la reforma observante, León X decretó la separación total, “invirtiendo la relación de dependencia man­tenida hasta entonces: la Observancia pasaba a representar jerárquicamen­te la orden; el general conventual fue obligado a resignar el cargo y a entregar el sello”. Los Conventuales quedaban excluidos de la elección del Ministro general de la Orden, la cual en adelante se llamaría Ordo Fratrum Minorum, o también Ordo Fratrum Minorum Regularis Observan­tiae, título que fue preferido. Los Conventuales no deberían ser molesta­dos en sus privilegios. Se prohibía también el paso de la Observancia al Conventualismo y viceversa.

La Bula de León X Ite vos resolvió el problema del Conventualismo y de la Observancia, pero no logró la uniformización de los distintos grupos observantes. Las Constituciones generales promulgadas en el Capítulo de Lyon (1518) y revisadas en el Capítulo de Burgos (1523) no fueron aceptadas por la provincia itálica de la Observancia. Por otra parte, el Ministro general debía ser elegido cada seis años alternativamente de la provincia ultramontana (Resto de Europa) y cismontana (Italia). A esto se añadía la incorporación a la Observancia de comunidades de los Conventuales, de buen grado o por la fuerza. Pero, además y sobre todo, la estricta Observancia, convertida ahora en la comunidad, no llenaba las aspiraciones de muchos, por lo que aparecieron los movimientos de observancia más estrecha y estrechí­sima, poderosos en España.

El muy observante general Francisco Lichetto (1518-1520) atendió a los que, para vivir más puramente el ideal de san Francisco, se acogían a las casas de retiro. Elegido general Francisco Quiñones (1523), celoso como el que más de la pura observancia, los favoreció aún más. Nombrado Cardenal, le sucedió en el generalato Pablo Pisotti (1529-1533), de criterio totalmente opuesto, quien, debido a los desaciertos de su gobierno, fue depuesto por Clemente VII. Este desacer­tado gobierno tuvo como resultado la separación de la rama capuchina, que entretanto se había formado.

4.2 Mateo de Bascio y primeros capuchinos

En la rama itálica, en efecto, en la que no había habido la mano vigorosa e inteligente de un Cisneros, la floreciente provincia de Las Marcas quería una renovación. En ella, Mateo de Bascio -joven sacerdote de escasa cultura y propenso a la predicación popular- pertenecía al grupo de los que querían observar la regla a la letra. En 1525 tuvo, según se dice, una visión en la que san Francisco le confirmaba en su actitud. Se dio a la práctica literal de la regla, vestido con el hábito primitivo de paño áspero y capucha puntiaguda. Salido secretamente de su convento de Montefalcone, obtuvo en Roma de Clemente VII permiso verbal para observar literalmente la regla, vestir su nuevo hábito y andar predicando de modo itinerante, con la sola obligación de presentarse una vez al año, durante el Capítulo, a su Provincial.

Comienza a predicar con gran fervor en el ducado de Urbino. Se presenta al Capítulo anual en Jesi, y allí es apresado por el Provincial, Juan de Fano, quien lo encarcela en el conven­to de Forano, como fugitivo y vagabundo. Tres meses llevaba encarcelado cuando Catalina Cibo, duquesa de Camerino y sobrina de Clemente VII, que veneraba a fray Mateo, se entera y exige del Provincial su liberación. Este se doblega y Mateo continúa su vida de predicador ambulante.

Entretanto, a fines de 1525, los hermanos Ludovico y Rafael de Fossombrone, habiéndoles sido negado por el mismo Provincial el permi­so para retirarse a un eremitorio, se escapan y van en busca de Mateo para acogerse con él a la autorización pontificia. Mateo les hace observar que la autorización era sólo personal. Marchan los hermanos Fossombrone a Roma y obtienen en mayo de 1526 un Breve para separarse de la comuni­dad y unirse a Mateo. El provincial, Juan de Fano, apoyado por el General, Francisco de Quiñones, obtiene del Papa la desaprobación del Breve. Pero ya se habían reunido los Fossombrone con Mateo y se les había unido un tal Pablo de Chioggia. Los cuatro se acogieron a la protección de la duquesa de Camerino, sin obedecer los requerimientos del provincial. Se declaró la peste en Camerino, y los cuatro se ganaron el aprecio del pueblo por su atención a los apestados. Para prevenirse contra nuevas exigencias del Provincial, Ludovico sugirió la idea de pasarse a los Conventuales, cosa que se hizo por mediación de la duquesa. El General de los Conventuales tomó bajo su protección a los cuatro, dejándoles libertad para vivir según sus aspiraciones.

Sin embargo había que dar un paso más: lograr el reconocimiento de sociedad canónica para ellos. De nuevo actúa la incondicional Catalina, quien presenta a su tío Clemente VII la súplica de Ludovico y Rafael, cuando se hallaba el Papa en Viterbo fugitivo del “sacco di Roma” (1527). Clemente VII después de maduro examen, expide la Bula Religionis zelus el 3 de julio de 1528, que daba existencia jurídica a la nueva comunidad. La Orden Capuchina estaba fundada. El grupo quedaba bajo la protección de los Conventuales pero con gobierno propio, y se les autorizaba para recibir novicios.

Gran número de Observantes fueron a unirse a los Capuchinos, debiéndose multiplicar los eremitorios y pensar en una organización. Fray Ludovico de Fossombrone, que era el jefe, convocó el primer capítulo en abril de 1529 en Albacina (Italia). Allí se redactaron, a la luz de la oración y de la letra de la regla, las primeras Constitu­ciones, cuyo contenido puede resumirse así:

Ø     Recitación llana del Oficio Divino, supresión de toda función pública, una sola misa diaria en cada convento, prohibición de celebrar misas cantadas, de celebrar funerales y de tomar parte en las procesiones, excepto en la de Corpus y en la de Rogativas. Todo ello para dar más tiempo a la oración mental.

Ø     Dos horas obligatorias de oración mental para los menos fervoro­sos; todos deben emplear en la oración todo el tiempo que les quede libre de las ocupaciones; silencio riguroso en determinados tiempos.

Ø     En la mesa, un solo plato; libertad para privarse de carne, vinos y alimentos valiosos; se permiten dos túnicas sólo en caso de frío; manto, sólo para los enfermos y ancianos; sandalias como excepción para los que no pueden ir descalzos. Pedir diariamente limosna. Disciplina diaria des­pués de los maitines de media noche.

Ø     Las casas se edificarán siempre fuera de las ciudades y quedarán siempre en propiedad de los bienhechores; en cuanto sea posible, se construirán de mimbre y barro; las celdas, pequeñas; una o dos ermitas fuera del convento para retirarse a ellas quien lo desee; las comunidades, poco numerosas: de siete a doce miembros; las iglesias, pequeñas y pobres, sin ornamentos de seda y terciopelo, ni cálices de oro y plata. No se admiten síndicos ni procuradores.

Ø     Predicación frecuente, sencilla y llana, sin aceptar estipendios; cada predicador no tendrá más de dos libros; no se erigirán casas de estudio; sólo se puede estudiar en privado la Sagrada Escritura y los autores devotos; no se oirán confensiones de seglares, fuera del caso de extrema necesidad.

Estas Constituciones llevaron por título Constituzioni dei frati detti della vita eremítica. Se eligió como Vicario General -puesto que el Superior General lo era todavía el de los Conventuales- a Mateo de Bascio, quien a los diez días renunció al cargo para poder seguir mejor su vocación de predicador ambulante. Pasó entonces a Vicario el definidor primero, que era Ludovico de Fossombrone, con vocación de organizador.

4.3 La Legislación

Terminado el Capítulo de Albacina, Ludovico llevó los Capuchinos a Roma, con la protección de la duquesa de Camerino. Se anexionaron un numeroso grupo de Observantes de Calabria. Pero el gobierno de la Observancia cayó entonces en manos de Pablo Pisotti (1529), enemigo jurado de la reforma, que se propuso acabar con los capuchinos. Obtuvo dos Breves de Clemente VII en 1529 y 1530, anulando todos los privilegios otorgados a los Capuchinos y facultándole para hacerlos volver a la Observancia o Comunidad. Pero como en los dos Breves no se mencionaba expresamente la Bula Religionis zelus, Ludovico, apoyado en ésta, siguió fundando conventos en Roma. En 1530 se funda uno en Nápoles por iniciativa de la dama española Lorenza Llonç, que fundaría más tarde las Capuchinas. Se ponían de parte de los Capuchinos Vittoria Colonna y el duque de Nocera, entre otros; y cuando los Observantes pidieron de nuevo al Papa la supresión de la rama capuchina, Clemente VII nombró una comisión de Cardenales, la cual dio esta resolución: se prohibía a los Capuchinos recibir Observantes, pero se mandaba al Gene­ral de éstos que se abstuviera de molestar a los Capuchinos bajo ningún pretexto.

En 1532 la Santa Sede emitía una Bula garantizando a los más estrictos de los Observantes la libertad para guardar la regla a la letra; pero las intrigas de Pisotti hicieron que quedara la Bula sin efecto. Entonces se pasaron a los Capuchinos cuatro importantes personajes de la Observan­cia: Benardino de Asti, Francisco de Jessi, Bernardino Occhino -el más famoso predicador de la Italia de entonces- y el mismo Juan de Fano, el antiguo Provincial que había perseguido a muerte a los incipientes Capu­chinos. Estos sumaban ya unos 700.

Aún así, Ludovico de Fossombrone se resistía a convocar el Capítulo. Por fin, hecho prisionero, el Capítulo se reunió en el convento de santa Eufemia, donde fue elegido Vicario General Bernar­dino de Asti. Ludovico, entonces, echa en cara a los capitulares su ingratitud para con él y consigue con intrigas la convocatoria de un nuevo Capítulo; pero éste confirma la elección del anterior. Ludovico niega la obediencia a Bernardino y es despedido de la Orden. A fin de evitar que en el futuro sucediera algo parecido, se determina que el Capítulo se tuviese cada año y que el cargo de Vicario General durase tres. Por el número de Capuchi­nos ya existentes, la nueva rama se divide en provincias, gobernadas por Vicarios Provinciales. Benardino de Asti redacta nuevas Constituciones, que, discutidas en el Capítulo de 1535, son promulgadas en el de 1536 de modo definitivo; las revisiones posteriores no introducirán en ellas cambio sustancial:

Ø     Se renuncia a la exención,

Ø     se aceptan sólo las declaraciones pontificias de Nicolás III y de Clemente V sobre la Regla,

Ø     se declara obligatoria la guarda del Testamento de san Francisco,

Ø     se prescribe el uso de la barba y de la capucha

Ø     se pide hacer algunos santos y devotos estudios

Ø     se da orientación misionera de la fraternidad.

4.4 Problemas con los fundadores

Mateo de Bascio, en vista de que no podía usar el hábito si no se ponía bajo la obediencia del Vicario General, prefirió continuar su vida libre de aposto­lado y salió de la Órden. Tres años más tarde, en 1538, Bernardino de Asti, convocó el Capítu­lo, en el que fue elegido Vicario General Bernardino Ochino. Desempeñó cumplidamente su primer trienio y fue reelegido en 1542. Pero entonces cambió totalmente: el contacto con Juan Valdés le cambió su mentalidad e ideales, inclinándolo hacia el luteranismo. Apostató y huyó. “La apostasía de Ochino fue la mayor calamidad de cuantas habían caído sobre los capuchinos en aquellos primeros años; el pueblo, al verse burlado de aquella manera por su predicador favorito, se volvió implacable contra sus hermanos de hábito; en todas partes los capuchinos eran recibidos como hipócritas y herejes; se les negaban las limosnas; los amigos les retiraban su protección y los enemigos se goza­ban con el triunfo seguro”.

Algunos Capuchinos se volvieron a la Obser­vancia. Se daba por cierta la supresión. El Papa Pablo III expuso a los Cardenales en consistorio público la cuestión de los Capuchinos; todos se declararon favorables a su abolición, menos el Cardenal Sanseverino, quien pidió una averiguación mayor. Realizada ésta, se comprobó la ortodoxia de los Capuchinos, siendo el caso de Ochino un asunto perso­nal de éste. Siguieron unos años duros, pero la generación siguiente, formada ya íntegramente en la reforma capu­china, no se consideró ligada a la Observancia, sino que se consideró como una rama distinta del árbol franciscano. Por ese camino se fueron separando cada vez más.

4.5 Conclusión

El ideal de vida de los primeros Capuchinos -generación de Bernardino de Asti- era predicar el heroísmo de san Francisco y de sus primeros compañeros, conocido a través de los escritos de fray León; a esto se añadía el amor al retiro inculcado por Ludovico cíe Fossombrone. Consideraban el Testamento de san Francisco como la más clara y bella glosa de la Regla. Y por encima de la Regla misma, estaba el ejemplo vivo de san Francisco y de sus primeros compañeros.

Consideraban la pobreza el fundamento de toda perfección. Los muebles no existían, las provisiones no se admitían para más de una semana, no llevaban zurrón en los viajes, del dinero no sufrían ni el nombre, únicamente tenía cada uno un breviario, regla, disciplina, rosario y pañuelo, el hábito era burdo y los pies iban descalzos. Muchos guardaban ayuno continuo y riguroso, los cilicios y disciplinas eran familiares a todos. El término al que conducía la pobreza y la penitencia era la vida de oración. Bernardino de Asti decía: “Si me preguntáis quien es buen religioso, os responderé: el que hace oración. Y si me preguntáis quien es mejor religioso, os repetiré: el que hace mejor oración. Y si me preguntáis quién es óptimo religioso, lo afirmaré sin vacilar: el que hace óptima oración”. A la pobreza, penitencia y oración se unía la sencillez y el amor fraterno; éste se extendía en la caridad hacia los pobres, enfermos y apestados.

5. Las Ursulinas: La innovación de Angela de Merici

5.1 Ángela de Merici

Angela Méricar fue una de las más grandes figuras femeninas de la Italia del XVI. Proveniente de una familia de agricultores profundamente cristiana, nace en Desenzano del Garda (provincia de Brescia) entre 1470/75. A los cinco años inicia una vida de oración y penitencia. Entra en la Tercera Orden Franciscana y se siente atraída por el ideal de vida consagrada fuera del claustro a la manera de las vírgenes de la Iglesia primitiva. En 1516 se establece definitivamente en Brescia y desarrolla su actividad en estrecha conexión con los Hermanos del Divino Amor. Al difundirse la sífilis como consecuencia de las invasiones francesas, ya vimos cómo los Hermanos fundaron hospitales de los Incurables, para las víctimas de esta enfermedad. Ángela se dedica al cuidado de las mujeres contaminadas por ella, y esto le hace pensar en las jóvenes expuestas a los peligros de la corrupción. Se dedica a ellas, demostrando ser una educadora de primer orden. Con la audacia de un genio innova­dor y con gran talento organizativo, adquiere en Brescia una autoridad excepcional. Pero no parece que pensara nunca en fundar un grupo religioso y, mucho menos, una Orden.

Desde 1532, Elisabetta Prato, hija espiritual de Ángela, está al frente de un albergue para huérfanas. Las muchachas a las que hay que ayudar son demasiadas para encontrar sitio en las instituciones benéficas, y es entonces cuando Ángela piensa en un sistema de educación abierta en el seno de sus mismas familias. Entre estas muchachas; Ángela encuentra muchas decididas a consa­grar a Cristo su virginidad; para ellas funda en 1535 la “Compañía de santa Úrsula”, inesperada alternativa al destino de la mujer en aquel tiempo: o casada o en clausura.

Aprobada en 1536 por el Vicario General de Brescia, obtuvo la aprobación de Pablo III en 1544. Las muchachas no hacen votos, pero se comprometen a seguir a Cristo en virginidad, pobre­za y obediencia perpetua. El ideal de vida que Ángela les propone es el de las vírgenes primitivas vivir en el mundo una vida consagrada a Dios y al prójimo. Eran visitadas por las “vírgenes-maestras” cada quince días, las cuales les explicaban la doctrina cristiana y la Regla que para ellas había compuesto Ángela. Las Superioras eran viudas, y debían hacer frecuentes reuniones con las muchachas, sobre todo en los días festivos. Toda la Compañía, de la cual era Superiora General Ángela, se reunía cada dos meses. Ángela muere cinco años después de la fundación (1540).

5.2 La Compañía de Santa Úrsula

Pocos años después, las vírgenes se hacen a su vez apóstoles, según el ejemplo de su fundadora. Pero tal novedad desencadena una violenta oposición. Los sacerdotes miran con desconfianza las innovaciones intro­ducidas por una mujer iletrada. Presionan para que las vírgenes entren en el claustro. Las vírgenes desean permanecer fieles a la inspiración primiti­va. Lucrezia Lodrone, la nueva Superiora General, expulsa al Canciller de la Compañía (Gabrielle Cozano, secretario de santa Ángela) y a muchas vírgenes, e impone a las demás un cíngulo de cuero negro; con él se da el primer paso hacia la vida religiosa.

En 1566, Carlos Borromeo llega a Milán, emprende la gigantesca obra de reforma de su Diócesis, y llama como auxiliares a las vírgenes de la Compañía; un año después publica la primera Regla de las Ursulinas milanesas, que no acepta el gobierno de las viudas sobre las vírgenes; y así, divide la obra en dos Compañías: la de las vírgenes de santa Úrsula y la de las viudas de santa Ana. Carlos asume el gobierno general, preside las reuniones, les da pláticas espirituales y las lanza al apostolado de la educación. Borromeo va a Brescia en 1580 como Visitador Apostólico, y allí decide que las vírgenes -dedicadas en cuerpo y alma a las escuelas y a los hospitales- sean en adelante las Superioras de la Compañía (Regla reformada, 1580), en vez de las viudas. La Compa­ñía se acerca así a lo que hoy se llamaría un Instituto secular.

En la primera casa fundada en Brescia -el orfanato de Elisabetta Prato-, el equipo de educadoras se constituye en el primer grupo de vida comunitaria. Surgen también otros grupos: por motivos de apostolado, porque muchas vírgenes que quedan sin padres -cosa frecuente en aquel tiempo de peste-, porque hay que atender a las vírgenes ancianas y a las que no tenían recursos. Además, hacía falta una casa que fuera la sede de la Compañía. La mayoría de las vírgenes, sin embargo, continúan viviendo en casa de sus familias, tanto en Brescia como en Milán; y son estos grupos los que Borromeo continuará difundiendo hasta su muerte.

Pero entretanto el Concilio de Trento había mandado que todas las Religiosas vivieran en estricta clausu­ra e hiciesen profesión solemne. Esto estaba en contra del espíritu de las Ursulinas. Y entonces se siguió el camino más fácil: se calcaron las prescripciones de las monjas de clausura, se aplicaron a las Ursulinas y se cerraron sus casas comunitarias con tres llaves, aunque se las permitía salir por motivos diversos y no se les exigían votos formales ni profesión solemne; todo lo cual constituía algo poco coherente. En la segunda mitad del XVI se produce una expansión espectacular de las vírgenes que vivían en familia, lo cual acontece por imposición de Carlos Borromeo a la provincia eclesiástica de la que era Metropolita. Surgen así multitud de Compañías autónomas -la Iglesia no permitía un gobierno centralizado para los Institutos femeninos-, dependiendo cada una de su Obispo y con mati­ces distintos, hasta el punto de que se pudiera preguntar en qué consistía la unidad de esta singular familia religiosa, que se va especializando en la educación de la juventud femenina.

Cuando, a finales del siglo XVI, la irradia­ción de las Ursulinas llega a Francia, se acentúa la tendencia a la vida en común, probablemente como respuesta a la aceleración de las fundacio­nes, que, por otra parte; asumen un carácter más personal. Pero el crecimiento de la vida en común entra en oposición con la legislación canónica, lo cual mueve a los Cardenales franceses a transformar la Compañía -o Compañías- en Orden religiosa, imponiendo a sus miem­bros la clausura y los votos solemnes a partir de 1610.

Así terminaba la audaz innovación de Ángela de Mérici, que, por una parte, volvía a las vírgenes de la Iglesia primitiva, y, por otra se constituía en una especie de Instituto Secular del siglo XVI. Como enjuicia M. Fois, “la novedad absoluta del XVI está constituida por la Compañía de santa Úrsula, considerada por algunos como el primer instituto secular fundado en la Iglesia, que parece intentar una vuelta a la idea de la virgen de los primerísimos siglos del cristianismo que vivía en su propia familia, a lo cual añade la instrucción religiosa (catequesis) y la formación cristiana de las muchachas: santifica­ción de la mujer en el estado de virginidad viviendo en familia y renova­ción religiosa y social con la educación de las niñas”.