La Congregación para el Clero

La Congregación

para el Clero

Introducción

La historia de la Congregación

En la Eucaristía el secreto del sacerdocio

Los sacerdotes para la misión

La Nueva Evangelización según el Cardenal Ratzinger

Juan Pablo II y los sacerdotes

Entrevista a Su Exc. Mons. Mauro Piacenza,

Secretario de la Congregación para el Clero

Este Dossier está disponible también en la página de la Agencia Fides: www.fides.org

Introducción

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La tarea de la Congregación para el Clero es delicada e importante. Porque a ella se le confía la sugerencia y la promoción de iniciativas para la santidad, la actualización intelectual y pastoral del clero (sacerdotes diocesanos y diáconos) y para su formación permanente. Una tarea que influye en la santidad de toda la Iglesia y de todo el pueblo de Dios. Tener, en efecto, sacerdotes santos, hombres de oración y de caridad, cambia al mundo en modo sorprendente. Del resto, es este el mandato que Cristo confió a sus discípulos cuando los envió hasta los confines del mundo.

Este dossier, dedicado justamente a comprender de cerca las tareas y objetivos de la Congregación para el Clero, queda enriquecido asimismo por la entrevista concedida a la Agencia Fides por el Secretario de la Congregación, Su Excelencia el Arzobispo Mauro Piacenza. Es él quien explica que «en un contexto secularizado, donde todo conjura hacia “callar sobre Cristo”, o a ponerlo en el panteón de los fantasmales “valores” matizados, irenizados y relativizados, aquellos que llegan a ser sacerdotes testimonian, en la certeza y en la alegría, en la elocuencia de sus existencias y en la total dedicación, la Verdad, la Belleza y, sobre todo, la Presencia del Misterio en el mundo». Y añade: «Sólo por un “Misterio presente”, por un Dios Encarnado, hecho hombre, es posible donar toda la vida, con humana racionalidad, advirtiendo que nada le es quitado al hombre, sino que todo le es donado, con transfigurada abundancia y nunca con una evidencia tan capaz de ser razonablemente acogida. La Iglesia escoge, para el Orden Sagrado, a aquellos que han recibido, de Dios, el carisma del celibato, porque la virginidad, entendida como donación total, es el más grande testimonio que un hombre pueda dar a Cristo Señor, en esta vida terrena. ¡Más grande que la virginidad es sólo el martirio! Por esta razón, bastante más allá y por bastante más que por simples oportunidades disciplinares o pastorales - estas son sólo la consecuencia lógica de premisas mayores - la misma eficacia del testimonio sacerdotal está inseparablemente vinculada al Sagrado celibato».

Un testimonio, el del sacerdote, al servicio de toda la Iglesia. Explica Mons. Piacenza: «Mirando al Sacerdote, cada fiel puede, y debe, reconocer a un “hombre de Dios”, un hombre totalmente entregado a Dios: ante todo un hombre para el cual Dios viene antes de cualquier cosa y, por lo tanto, un hombre al que mirándolo resulte evidente que Dios viene antes de cualquier otra cosa. El Pueblo santo, al que los sacerdotes han sido enviados, espera una cosa: antes que buenas, bellas y útiles cualidades personales de los sacerdotes, que son indispensables, espera que los consagrados les muestren a Cristo. Ellos no se esperan de los sacerdotes una inútil “carrera al mundo”, un “remedo” de sus métodos o contenidos, sino que sean hombres del Absoluto. Los sacerdotes no pueden correr atrás del mundo y sus estaciones efímeras, sino que corren atrás de Cristo y así, y sólo así, sirven a la sociedad y a cada hombre».

La historia de la Congregación

“Congregación para el Clero” es la nueva denominación dada por Pablo VI a la “Sagrada Congregación del Concilio”, con la Const. Apost. Regimini Ecclesiae Universae del 15 agosto de 1967. La historia de esta Congregación se enlaza con aquella Sacra Congregatio Cardenalium Concilii Tridentini interpretum, instituida por Pío IV con la Const. Apost. Alias Nos del 2 de agosto de 1564, para cuidar la recta interpretación y observación práctica de las normas sancionadas por el Concilio de Trento. Gregorio XIII le aumentó sus atribuciones, y Sixto V confió a ella la revisión de los actos de los concilios provinciales y, en general, la tarea de promover la actuación de las reformas fijadas por el Concilio de Trento.

Sucesivamente, la tarea de interpretar los cánones del celebre Concilio se le quitaron y la competencia por demás amplísima de este dicasterio pasó poco a poco a otras Congregaciones que iban surgiendo; sin embargo, el dicasterio conservó su histórico nombre de Sagrada Congregación del Concilio hasta el 31 de diciembre de 1967. Antes de la nueva denominación y de las nuevas atribuciones de competencias fijadas por Pablo VI en la citada Const. Apostólica, las tareas de la Congregación estaban indicadas en el canon 250 del Código de Derecho Canónico.

La competencia de la Congregación para el Clero ahora se indica en los números 93-98 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus y está articulada en tres Secciones:

1) El Oficio Clero, recoge, sugiere y promueve iniciativas para la santidad y la actualización intelectual y pastoral del Clero (Sacerdotes diocesanos y Diáconos) y para su formación permanente; vigila sobre los Capítulos Catedralicios, sobre los Consejos Pastorales, sobre los Consejos Presbiterales, sobre las parroquias y sobre los párrocos y sacerdotes que ejercitan el ministerio pastoral, etc., sobre las ofertas de las misas, sobre las pías fundaciones, píos legados, oratorios, iglesias, santuarios, archivos eclesiásticos y bibliotecas; promueve una más adecuada distribución del clero en el mundo.

2) Oficio Catequístico cuida la promoción de la formación religiosa de los fieles de toda edad y condición; emana las normas oportunas para que la enseñanza de la catequesis se imparta en modo conveniente; vigila para que la formación catequística se lleve a cabo en el modo correcto; concede la necesaria aprobación de la Santa Sede para los Catecismos y Directorios emanados por las Conferencias Episcopales; asiste a los oficios catequísticos y sigue las iniciativas relacionadas con la formación religiosa de carácter internacional, coordina las actividades y ofrece las ayudas necesarias.

3) Oficio Administrativo, es competente en materia de conservación y administración de los bienes temporales de la Iglesia: bienes inmuebles, tasas, tributos, alienaciones; le compete además todo aquello que se refiere a la congrua remuneración, la pensiones por invalidez o vejez y la asistencia sanitaria del clero, etc.

La Congregación es competente para tratar, a norma del derecho, las dispensas de las obligaciones asumidas con la sagrada ordenación al Diaconado y al Presbiterado por parte de clérigos diocesanos y religiosos de la Iglesia Latina y de las Iglesias Orientales (Carta Secr. de Stado n. 907 del 21 de junio de 2005).

Otras instituciones vinculadas a la Congregación:

1. Anexo a la Congregación para el Clero, está el antiguo Studio, después instituido formalmente por Benedicto XV el 28 de octubre de 1919, con el fin de que los jóvenes sacerdotes adquieran práctica en el ejercicio ordinario y regular de los asuntos eclesiásticos y en la particular aplicación de las leyes canónicas en vía administrativa.

2. Autorizado por Pablo VI con carta del 7 de junio de 1973, ha sido agregado al Dicasterio el Consejo Internacional para la Catequesis, que tiene como fin favorecer el intercambio de experiencias, de estudiar los más importantes temas catequísticos al servicio de la Sede Apostólica y de las Conferencias Episcopales y de presentar propuestas y sugerencias.

3. A partir del académico 1994-95 ha sido creado el Instituto “Sacrum ministerium” para la preparación de la responsables de formación permanente del clero.

4. En el mismo año se dio inicio a la publicación semestral de Sacrum ministerium, la Revista editada por la Congregación. Tal publicación se ofrece como ayuda a los Ordinarios, a los Presbiterios, a cada uno de los sacerdotes, a los ambientes formativos del ministerio pastoral, en el vasto ámbito de la formación permanente.

Los actuales Superiores de la Congregación son:

Cardenal Prefecto: S.E. Revma. Señor Cardenal Claudio Hummes, O.F.M.

Secretario: S.E. Revmo. Mons. Mauro Piacenza

Subsecretario: Mons. Giovanni Carrù.

En la Eucaristía el secreto del sacerdocio

Ha sido en ocasión de la fiesta de la Inmaculada Concepción del pasado 8 de diciembre que el Prefecto de la Congregación para el Clero, el Cardenal Claudio Hummes, envió una carta a todas las diócesis para pedir oraciones por la santificación de los sacerdotes. Una campaña que desde el corazón de la catolicidad, el Vaticano, ha querido llegar a todo remoto rincón de la tierra. Una campaña urgente y en cierto sentido dramática a la que la Santa Sede quiso que adhirieran, con discreción y entrega, el mayor número posible de fieles. Una campaña cuyos contenidos fueron expuestos, justamente, en una breve carta con fecha del 8 de diciembre de 2007, fiesta de la Inmaculada Concepción, a la que vino anexo un panfleto de treinta y cuatro páginas rico de imágenes, profundizaciones, testimonios. La carta está firmada directamente por el responsable del “ministerio” vaticano que se ocupa del clero, el Cardenal brasilero Claudio Hummes, y por el Secretario de la Congregación, el Arzobispo Mauro Piacenza, y está todavía a la vista en el portal de la misma Congregación: www.clerus.org.

Su objetivo está en el primer párrafo: se pide a todas las diócesis del mundo la creación de «auténticos cenáculos» en que los fieles se dediquen alma y cuerpo, espíritu y energías, a la «adoración eucarística perpetua durante las 24 horas» con el fin de reparar «las faltas de los sacerdotes» y, juntos, para sostenerlos en el camino hacia la santidad. La iniciativa ha sido propuesta a todos pero sobre todo a las «almas femeninas consagradas» para que, siguiendo el ejemplo de María, adopten «espiritualmente a sacerdotes para ayudarlos con el ofrecimiento de sí, la oración y la penitencia».

Se trata, por lo tanto, de una auténtica llamada a una movilización general. Para que a través de la oración las culpas de los sacerdotes sean expiadas. Su vida se dirija hacia aquello que debe tender, es decir la santidad. Para que los sacerdotes «lo sirvan cada vez mejor a Él y a los hermanos, como aquellos que, al mismo tiempo están “en la” Iglesia y “al frente” de la Iglesia, haciendo las veces de Cristo y representándoLo, como jefe, pastor y esposo de la Iglesia».

El panfleto adjunto a la carta de Hummes da testimonio de la vida de tantas personas que, como dijo Benedicto XVI el 14 de septiembre de 2006 encontrando a los sacerdotes y diáconos de Freising, «sacuden el corazón de Dios» y reciben a cambio del dueño de la mies santos obreros. Se trata de simples fieles, entre estos muchas mujeres, que a través de su oración continua han decidido asumir sobre ellos toda la existencia de los sacerdotes, incluidos sus pecados. Lo dijo también San Pío X (1835-1914), en el siglo Giuseppe Sarto, cuando reveló como un día su madre, besándole el anillo episcopal, le dijo: «Sí, Peppo, pero tú ahora no lo llevarías si yo antes no hubiese llevado este anillo nupcial». Lo dijo asimismo el Cardenal Nicolás de Cusa (1401-1464), filósofo y matemático alemán, luego Obispo de Bressanone: frecuentemente los sacerdotes, a pesar de sus pecados, viven gracias al poder del abandono, de la oración y del sacrificio de las madres espirituales en lo secreto de los conventos.

Dijo lo mismo el barón Wilhelm Emmanuel von Ketteler (1811-1877), Obispo de Maguncia, cuando contó que un día vio en sueños a Jesús y ante él a una monja que alzaba las manos en posición de imploración: «Ella reza ininterrumpidamente por ti», le dijo Jesús en sueños. Ketteler, despertando, decidió hacerse sacerdote y, años después, cuando ya era Obispo, encontró por casualidad, en visita a un convento, «a la última y más pobre convertida» que se dedicaba a limpiar un establo. La monja lo miró y él reconoció el rostro de aquella que años atrás había soñado. Comprendió que había llegado a ser lo que era gracias a esta monja. Había sido ella, por toda su vida, quien rezaba por ella, por sus culpas, por su santificación.

Los sacerdote para la misión

El pasado 15 de julio, en vistas a la fiesta de San Juan María Vianney, el Cardenal Claudio Hummes escribió una carta a todos los sacerdotes explicándoles el significado de la misión sacerdotal. «Para el día 4 de agosto, fiesta de San Juan María Vianney, el cura de Ars, os envío de corazón los más calurosos saludos y este mensaje fraterno. La Iglesia hoy sabe que hay una urgencia misionera, no sólo “ad gentes”, sino también en las regiones y ambientes donde desde hace siglos la fe cristiana fue predicada, implantada y las comunidades eclesiales establecidas. Se trata de una misión o evangelización misionera (Redemptoris Missio, 2) dentro del propio rebaño, que tenga por destinatarios aquellos que nosotros bautizamos pero, por diversas circunstancias, no conseguimos evangelizar suficientemente o perdieron el primer fervor y se alejaron. La cultura post-moderna de la sociedad actual, una cultura relativista, secularizada, agnóstica y laicista, también ejerce una fuerte acción erosiva sobre la fe religiosa de muchos».

Luego dedica palabras a la Iglesia, que «es, por su propia naturaleza, misionera». Escribió Su Eminencia: «”El sembrador salió a sembrar” (Mt 13,3), dice Jesús. Salió de casa y no se limitó a echar desde la ventana la semilla. Así, la Iglesia sabe que no puede permanecer en casa y limitarse a acoger y evangelizar a los que la buscan en sus comunidades e iglesias. Es preciso levantarse e ir en búsqueda, allá donde las personas y las familias residen, viven y trabajan. Ir también a todos los servicios, organizaciones, instituciones y ámbitos de la sociedad humana. Para esta misión, todos los miembros de la comunidad eclesial son llamados, pastores, religiosos y laicos. Por otro lado, la Iglesia reconoce que los presbíteros son la gran fuerza propulsora de la vida cotidiana de las comunidades locales. Cuando los presbíteros se mueven, la Iglesia se mueve. De lo contrario, será muy difícil realizar la misión».

Y sigue más adelante: «Vosotros, queridos hermanos presbíteros, sois la gran riqueza, el dinamismo, la inspiración pastoral y misionera, allá en la base, donde viven en comunidad nuestros bautizados. Sin vuestra determinante decisión de remar mar adentro (”Duc in altum”) para la grande pesca, a la cual el propio Señor os convoca, poco o nada acontecerá en el ámbito de la misión urgente, sea “ad gentes” sea en los territorios de antigua evangelización. Pero, la Iglesia tiene certeza de poder contar con vosotros, porque sabe y reconoce explícitamente que la inmensa mayoría de nuestros sacerdotes, no obstante las flaquezas y limitaciones humanas, que todos tenemos, son sacerdotes dignos, que donan cada día su vida al Reino de Dios, que aman a Jesucristo y el pueblo que les fue confiado, sacerdotes que se santifican en el ejercicio diario de su ministerio, que perseveran hasta el fin en la mies del Señor. Hay, sí, una pequeña parte de sacerdotes, que se desvió, a veces muy gravemente. La Iglesia quiere reparar el mal por ellos realizado. Pero, por otro lado, se alegra y se enorgullece de la inmensa mayoría de sus presbíteros, que son buenos y sumamente loables. En este Año Paulino y en la expectativa del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, que se realizará en Roma, en octubre próximo, queremos todos  disponernos para la urgente misión. Que el Espíritu Santo nos ilumine, nos envíe, nos impulse para que andemos y anunciemos de nuevo a todos la persona de Jesucristo, muerto y resucitado, y su Reino!».

La Nueva Evangelización según el Cardenal Ratzinger

Tarea de los sacerdotes es también la de instruir a los catequistas para que enseñen la doctrina católica en modo exhaustivo. Fue en ocasión del Gran Jubileo del 2000 que el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dictó las líneas de esta enseñanza. Fue una intervención que quedó como un hito para la misión de los catequistas y por lo tanto para misión sacerdotal. Ratzinger, en efecto, habló de nueva evangelización. Explicó el Cardenal Ratzinger que «la vida humana no se realiza por sí misma». «Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?». De la respuesta a estas preguntas brota lo que significa evangelizar: «Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de vivir. Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18). Esto significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad; más aún, yo soy ese camino. La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia… todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona».

Antes de hablar de los contenidos fundamentales de la nueva evangelización el Cardenal Ratzinger quiso decir una palabra sobre la estructura y el método adecuados de evangelización. «La Iglesia evangeliza siempre y nunca ha interrumpido el camino de la evangelización. Cada día celebra el misterio eucarístico, administra los sacramentos, anuncia la palabra de vida, la palabra de Dios, y se compromete en favor de la justicia y la caridad. Y esta evangelización produce fruto: da luz y alegría; de el camino de la vida a numeroso personas. Muchos otros viven, a menudo sin saberlo, de la luz y del calor resplandeciente de esta evangelización permanente. Sin embargo, existe un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales, que resulta preocupante. Gran parte de la humanidad de hoy no encuentra en la evangelización permanente de la Iglesia el Evangelio, es decir, la respuesta convincente a la pregunta: ¿cómo vivir? Por eso buscamos, además de la evangelización permanente, nunca interrumpida y que no se debe interrumpir nunca, una nueva evangelización, capaz de lograr que la escucho ese mundo que no tiene acceso a la evangelización “clásica”. Todos necesitan el Evangelio. El Evangelio está destinado a todos y no sólo a un grupo determinado, y por eso debemos buscar nuevos caminos para llevar el Evangelio a todos. Sin embargo, aquí se oculta también una tentación: la tentación de la impaciencia, la tentación de buscar el gran éxito inmediato, los grandes números. Y este no es el método del reino de Dios. Para el reino de Dios, así como para la evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, vale siempre la parábola del grano de mostaza (cf. Mc 4, 31-32). El reino de Dios vuelve a comenzar siempre bajo este signo. Nueva evangelización no puede querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinadas, a las grandes mesas que se han alejado de la Iglesia. No; no es esta la promesa de la nueva evangelización. Nueva evangelización significa no contentarse con el hecho de que del grano de mostaza haya crecido el gran árbol de la Iglesia universal, ni pensar que basta el hecho de que en sus ramas pueden anidar aves de todo tipo, sino actuar de nuevo valientemente, con la humildad del granito, dejando que Dios decid cuándo y cómo crecerá (cf. Mc 4, 26-29). Las grandes cosas comienzan siempre con un granito y los movimientos de masas son siempre efímeros. En su visión del proceso de la evolución, Teilhard de Chardin habla del “blanco de los orígenes”: el inicio de las nuevas especies es invisible y está fuera del alcance de la investigación científica. Las fuentes se hallan ocultas; son demasiado pequeñas. En otras palabras, las grandes realidades tienen inicios humildes. Prescindamos ahora de si Teilhard tiene razón, y hasta qué punto, con sus teorías evolucionistas: la ley de los orígenes invisibles refleja una verdad presente precisamente en la acción de Dios en la historia. “No por ser grande te elegí; al contrario, eres el más pequeño de los pueblos; te elegí porque te amo…”, dice Dios al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento y así expresa la paradoja fundamental de la historia de la salvación: ciertamente, Dios no cuenta con grandes números; el poder exterior no es el signo de su presencia. Gran parte de los parábolas de Jesús Indican esta estructura de la acción divina y responden así a las preocupaciones de los discípulos, los cuales esperaban del Mesías éxitos y señales muy diferentes: éxitos del tipo que ofrece Satanás al Señor “Te daré todo esto, todos los reinos del mundo…” (cf. Mt 4, 9). Desde luego, san Pablo, al final de su vida, tuvo la impresión de que había llevado el Evangelio hasta los confines de la tierra, pero los cristianos eran pequeñas comunidades dispersas por el mundo, insignificantes según los criterios seculares. En realidad fueron la levadura que penetra en la masa y llevaron en su interior el futuro del mundo (cf. Mt 13, 33). Un antiguo proverbio reza: “Éxito no es un nombre de Dios”. La nueva evangelización debe actuar como el grano de mostaza y no ha de pretender que surja inmediatamente el gran árbol. Nosotros vivimos con una excesiva seguridad por el gran árbol que ya existe o sentimos el afán de tener un árbol aún más grande, más vital. En cambio, debemos aceptar el misterio de que la Iglesia es al mismo tiempo un gran árbol y un granito. En la historia de la salvación siempre es simultáneamente Viernes santo y Domingo de Pascua».

Después de haber enucleado la estructura de la nueva evangelización, presenta el método. El método correcto deriva de esta estructura. Dijo el Cardenal Ratzinger: «Ciertamente, debemos usar de modo razonable los métodos modernos para lograr que se nos escuche; o, mejor, para hacer accesible y comprensible la voz del Señor. No buscamos que se nos escuche a nosotros; no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones; lo que queremos es servir al bien de las personas y de la humanidad, dando espacio a Aquel que es la Vida. Esta renuncia al propio yo, ofreciéndolo a Cristo para la salvación de los hombres, es la condición fundamental del verdadero compromiso en favor del Evangelio: “Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibía; si otro viene en su propio nombre, a ese lo recibiréis” (Jn 5, 43). Lo que distingue al anticristo es el hecho de que habla en su propio nombre. El signo del Hijo es su comunión con el Padre. El Hijo nos introduce en la comunión trinitaria, en el círculo del amor suyo, cuyas personas son “relaciones puras”, el acto puro de entregarse y de acogerse. El designio trinitario, visible en el Hijo, que no habla en su nombre, muestra la forma de vida del verdadero evangelizador; más aún, evangelizar no es tanto una forma de hablar; es más bien una forma de vivir: vivir escuchando y ser portavoz del Padre. “No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga” (Jn 16, 13), dice el Señor sobre el Espíritu Santo. Esta forma cristológica y pneumatológica de la evangelización es al mismo tiempo una forma eclesiológica: el Señor, y el Espíritu construyen la Iglesia, se comunican en la Iglesia. El anuncio de Cristo, el anuncio del reino de Dios, supone la escucha de su voz en la voz de la Iglesia. “No hablar en nombre propio” significa hablar en la misión de la Iglesia. De esta ley de renuncia al propio yo se siguen consecuencias muy prácticas. Todos los métodos racionales y moralmente aceptables se deben estudiar; es un deber usar estas posibilidades de comunicación. Pero las palabras y todo el arte de la comunicación no pueden ganar a la persona humana hasta la profundidad a la que debe llegar el Evangelio. Hace pocos años leí la biografía de un óptimo sacerdote de nuestro siglo, don Dídimo, párroco de Bassano del Grappa. En sus apuntes se encuentran palabras de oro, fruto de una vida de oración y meditación. A propósito de lo que estamos tratando, dice don Dídimo, por ejemplo: “Jesús predicaba de día y oraba de noche”. Con esta breve noticia quería decir: Jesús debía ganar de Dios a sus discípulos. Eso vale siempre. No podemos ganar nosotros a los hombres. Debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los métodos son ineficaces si no están fundados en la oración. La palabra del anuncio siempre ha de estar impregnada una intensa vida de oración. Debemos dar un paso más. Jesús predicaba de día y oraba de noche, pero eso no es todo. Su vida entera, como demuestra de modo muy hermoso el evangelio de san Lucas, fue un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no redimió el mundo con palabras hermosas, sino con su sufrimiento y su muerte. Su pasión es fuente inagotable de vida para el mundo; la pasión da fuerza a su palabra. El Señor mismo, extendiendo y ampliando la parábola del grano de mostaza, formuló esta ley de fecundidad en parábola del grano de trigo que cae tierra y muere (cf. Jn 12, 24). También esta ley es válida hasta el fin del mundo y, juntamente con el misterio del grano de mostaza, es fundamental para la nueva evangelización. Toda la historia lo demuestra. Sería fácil demostrarlo en la historia del cristianismo. Aquí quisiera recordar solamente el inicio de la evangelización en la vida de san Pablo. El éxito de su misión no fue fruto de la retórica o de la prudencia pastoral; su fecundidad dependió de su sufrimiento, de su unión a la pasión de Cristo (cf. 1 Cor 2, 1-5; 2 Cor, 5, 7; 11; 10 s; 11, 30; Gal 4, 12-14). “No se dará otro signo que el signo del profeta Jonás” (Lc 1 29), dijo el Señor. El signo de Jonás es Cristo crucificado, son los testigos que completan “lo que falta a la pasión de Cristo” (Col 1, 24). En todas las épocas de la historia se han cumplido siempre las palabras de Tertuliano: la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. San Agustín dice lo mismo de modo muy hermoso, interpretando el texto de san Juan donde la profecía del martirio de san Pedro y el mandato de apacentar, es decir, la institución de su primado, están íntimamente relacionados (cf. Jn 21, 16). San Agustín lo comenta así: “Apacienta mis ovejas, es decir, sufre por mis ovejas” (Sermón 32: PL 2, 640). Una madre no puede dar a luz un niño sin sufrir. Todo parto implica sufrimiento, es sufrimiento, y llegar a ser cristiano es un parto. Digámoslo una vez más con palabras del Señor: “El reino do Dios exige violencia” (M 11, l2; Lc 10, 16), pero la violencia de Dios es el sufrimiento, la cruz. No podemos dar vida a otros sin dar nuestra vida. El proceso de renuncia al propio yo, al que me he referido antes, es la forma concreta (expresada de muchas formas diversas) de dar la propia vida. Ya lo dijo el Salvador: “Quien pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8, 35)».

Y estos son punto por punto las cuestiones esenciales de la nueva evangelización:

1. Conversión: «Por lo que atañe a los contenidos de la nueva evangelización conviene ante todo tener presente que el Antiguo Testamento y el Nuevo son inseparables. El contenido fundamental del Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de san Juan Bautista: “Convertíos”. No se puede llegar a Jesús sin el Bautista; no es posible llegar a Jesús sin responder a la llamada del Precursor; más aún, Jesús asumió el mensaje de Juan en la síntesis de su propia predicación: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). La palabra griega para decir “convertirse” significa: cambiar de mentalidad, poner en tela de juicio el propio modo de vivir y el modo común de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios do la propia vida, no juzgar ya simplemente según las opiniones corrientes. Por consiguiente, convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos, malos, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque sea incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva. Todo esto no significa moralismo. Quien reduce el cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la comunión con Jesús y, por tanto, con Dios. Quien se convierte a Cristo no quiero tener autonomía moral, no pretende construir con sus fuerzas su propia bondad. “Conversión” (metánoia) significa precisamente lo contrario: salir de la autosuficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia, la necesidad de los demás y la necesidad de Dios, de su perdón, de su amistad. La vida sin conversión es autojustificación (yo no soy peor que los demás); la conversión es la humildad de entregarse al amor del Otro, amor que se transforma en medida y criterio de mi propia vida. Aquí debemos tener presente también el aspecto social de la conversión. Ciertamente, la conversión es ante todo un acto personalísimo, es personalización. Yo renuncio a “vivir como todos”; ya no me siento justificado por el hecho de que todos hacen la mismo que yo, y encuentro ante Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la verdadera personalización es siempre también uña socialización nueva y más profunda. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su profundidad, y así nace un nuevo nosotros. Si el estilo de vida común en el mundo implica el peligro de la despersonalización, de vivir no mi propia vida sino la de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo nosotros del camina común con Dios. Anunciando la conversión debemos ofrecer también una comunidad de vida, un espacio común del nuevo estilo de vida. No se puede evangelizar sólo con palabras. El Evangelio crea vida, crea comunidad de camino. Una conversión puramente individual no tiene consistencia».

2. El Reino de Dios: «En la llamada a la conversión está implícito, como su condición fundamental, el anuncio del Dios vivo. El teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y debe ser también el núcleo de la nueva evangelización. La palabra clave del anuncio de Jesús es: reino de Dios. Pero reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe, Dios vive, Dios está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una “causa última” lejana. Dios no es el “gran arquitecto” del deísmo, que montó la máquina del mundo y así estaría fuera. Al contrario, Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la historia. En su conferencia de despedida de su cátedra en la universidad de Münster, el teólogo Juan Bautista Metz dijo cosas que nadie se imaginaba oír de sus labios. Antes había enseñado antropocentrismo: el verdadera acontecimiento del cristianismo sería el giro antropológico, la secularización, el descubrimiento de la secularidad del mundo. Luego enseñó teología política, la índole política de la fe; la “memoria peligrosa”; y, finalmente, la teología narrativa. Después de este camino largo y difícil, hoy nos dice: si verdadero problema de nuestro tiempo es “la crisis de Dios”, la ausencia de Dios, disfrazada de religiosidad vacía. La teología debe volver a ser realmente teo-logía, hablar de Dios y con Dios. Metz tiene razón. Lo “único necesario” (unum necessarium) para el hombre es Dios. Todo cambia dependiendo de si Dios existe o no existe. Por desgracia, también nosotros, los cristianos, vivimos a menudo como si Dios no existiera (si Deus non daretur). Vivimos según el eslogan: Dios no existe y, si existe, no influye. Por eso, la evangelización ante todo debe hablar de Dios, anunciar al único Dios verdadero: el Creador, el Santificador, el Juez (cf. Catecismo de la Iglesia católica). También aquí es preciso tener presente el aspecto práctico. No se puede dar a conocer a Dios únicamente con palabras. No se conoce a una persona cuando sólo se tienen do ella referencias de segunda mano. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a orar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida también la evidencia de su existencia. Por eso son tan importantes las escuelas de oración, las comunidades de oración. Son complementarias la oración personal (”en tu propio aposento”, solo en la presencia de Dios), la oración común “paralitúrgica” (”religiosidad popular”) y la oración litúrgica. Sí, la liturgia es ante todo oración: su elemento específico consiste en que su sujeto primario no somos nosotros (como en la oración privada y en la religiosidad popular), sino Dios mismo. La liturgia es actio divina, Dios actúa y nosotros respondemos a la acción divina. Hablar de Dios y hablar con Dios deben ir siempre juntos. El anuncio de Dios lleva a la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por eso la liturgia (los sacramentos) no es un tema adjunto al de la predicación del Dios vivo, sino la concretización de nuestra relación con Dios. En este contexto desearía hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica. Con frecuencia nuestro modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se convierte en enseñanza, cuyo criterio es que la entiendan. Eso a menudo tiene como consecuencia la banalización del misterio, el predominio de nuestras palabras, la repetición de una serie de palabras que parecen más inteligibles y más gratas a la gente. Pero esto es un error no sólo teológico, sino también psicológico y pastoral. La ola de esoterismo, la difusión de técnicas asiáticas de distensión y de auto-vaciamiento muestran que en nuestras liturgias falta algo. Precisamente en el mundo actual necesitamos el silencio, el misterio supraindividual, la belleza. La liturgia no es una invención del sacerdote celebrante o de un grupo de especialistas. La liturgia -el rito- se ha desarrollado en un proceso orgánico a lo largo de los siglos; encierra el fruto de la experiencia de fe de todas las generaciones. Aunque los participantes tal vez no comprendan todas sus fórmulas, perciben su significado profundo, la presencia del misterio, que trasciendo todas las palabras. El celebrante no es el centro de la acción litúrgica; no está delante del pueblo en su nombre propio, no habla de sí y por sí, sino in persona Christi. Lo que cuenta no son las cualidades personales del celebrante, sino sólo su fe, en la que se debe reflejar Cristo. “Conviene que él crezca y yo disminuya” (Jn 3, 30)».

3. Jesucristo: «Con esta reflexión el tema de Dios ya se ha extendido y concretado en el tema de Jesucristo. Sólo en’ Cristo y por Cristo el tema de Dios se hace realmente concreto: Cristo es el Emmanuel, el Dios con nosotros, la concretización del “Yo soy”, la respuesta al deísmo. Hoy es muy fuerte la tentación de reducir a Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, sólo a un hombre. No se niega necesariamente su divinidad, pero con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible en los parámetros de nuestra historiografía. Pero este “Jesús histórico” es una elaboración, la imagen de sus autores y no la imagen del Dios vivo (cf. 2 Cor 4, 4 s; Col 1, 15). El Cristo de la fe no es un mito. El así llamado “Jesús histórico” es una figura mitológica, inventada por diversos intérpretes. Los doscientos años de historia, del “Jesús histórico” reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de este periodo. En los límites de esta conferencia me es imposible tratar los contenidos del anuncio del Salvador. Sólo quisiera aludir brevemente a dos aspectos importantes. El primero es el seguimiento de Cristo. Cristo se presenta como camino de mi vida. Seguimiento de Cristo no significa imitar al hombre Jesús. Ese intento fracasaría necesariamente; sería un anacronismo. El seguimiento de Cristo tiene una meta mucho más elevada: identificarse con Cristo, es decir, llegar a la unión con Dios. Esa palabra tal vez choque a los oídos del hombre moderno. Pero, en realidad todos tenemos sed de infinito, de una libertad infinita, de una felicidad ilimitada. Toda la historia de las revoluciones de los últimos dos siglos sólo se explica así. La droga sólo se explica así. El hombre no se contenta con soluciones que no lleguen a la divinización. Pero todos los caminos ofrecidos por la “serpiente” (cf. Gn 3, 5), es decir, la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es la identificación con Cristo, realizable en la vida sacramental. Seguir a Cristo no es un asunto de moralidad, sino un tema “mistérico”, un conjunto de acción divina y respuesta nuestra. Así, en el tema del seguimiento se encuentra presente el otro centro de la cristología, al que quería aludir: el misterio pascual, la cruz y la resurrección. De ordinario en las reconstrucciones del “Jesús histórico” el tema de la cruz carece de significado. En una interpretación “burguesa” se transforma en un accidente de por sí evitable, sin valor teológico; en una interpretación revolucionaria se convierte en la muerta heroica de un rebelde. La verdad es muy diferente. La cruz pertenece al misterio divino; es expresión de su amor hasta el extremo (cf. Jn 13, l). El seguimiento de Cristo es participación en su cruz, unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se convierte en nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (cf. Ef 4, 24). Quien omite la cruz, omite la esencia del cristianismo (cf. 1 Cor 2, 2)».

4. La vida eterna: «Un último elemento central de toda verdadera evangelización es la vida eterna. Hoy, en la vida diaria, debemos anunciar con nueva fuerza nuestra fe. Aquí quisiera sólo aludir a un aspecto a menudo descuidado actualmente de la predicación de Jesús: el anuncio del reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce, que nos escucha; del Dios que entra en la historia para hacer justicia. Por eso, esta predicación es anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o dejar de hacer lo que le apetezca. Será juzgado. Debe rendir cuentas. Esta certeza vale tanto para los poderosos como para los sencillos. Si se respeta, se trazan los límites de todo poder de este mundo. Dios hace justicia, y en definitiva sólo él puede hacerla. Nosotros lograremos hacer justicia en la medida que seamos capaces de vivir en presencia de Dios y de comunicar al mundo la verdad del juicio. Así el artículo de fe del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central del Evangelio y es realmente una buena nueva. Lo es para todos los que sufren por la injusticia del mundo y piden justicia. Así se comprende también la conexión entre el reino de Dios y los “pobres”, los que sufren y todos los que viven las bienaventuranzas del sermón de la Montaña. Están protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia. Este es el verdadero contenido del artículo del Credo sobre el juicio, sobre Dios juez: hay justicia. Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Sólo quien no quiera que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la grave responsabilidad que de él brota para nosotros, comprenderemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el hecho de que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios mismo en la pasión de su Hijo se convierte en abogado de nosotros, pecadores, y así hace posible la penitencia, la esperanza al pecador arrepentido, esperanza expresada de modo admirable en las palabras de san Juan: “Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (Jn 3, 20). Ante Dios tranquilizaremos nuestra conciencia, independientemente de lo que nos reproche. La bondad de Dios es infinita, pero no la debemos reducir a un empalago sin verdad. Sólo creyendo en el justo juicio de Dios, sólo teniendo hambre y sed de justicia (cf. Mt 5, 6), abrimos nuestro corazón, nuestra vida, a la misericordia divina. No es verdad que la fe en la vida eterna quite importancia a la vida en la tierra. Al contrario, sólo si la medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida en la tierra es grande y su valor inmenso. Dios no es el rival de nuestra vida, sino el garante de nuestra grandeza. Así volvemos a nuestro punto de partida: Dios. Si consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de un montón de cosas. El mensaje cristiano es en realidad muy sencillo: hablamos de Dios y del hombre, y así lo decimos todo».

Juan Pablo II y los sacerdotes

También en ocasión del Grande Jubileo del 2000, exactamente el 18 de mayo, Juan Pablo II dio una homilía a los sacerdotes. En ella él explicó que el gran sacerdote, «más bien el sumo Sacerdote, es Jesucristo». «Como afirma la carta a los Hebreos, él con su propia sangre penetró una vez para siempre en el santuario, consiguiéndonos una redención eterna (cf. Hb 9, 12). Cristo, sacerdote y víctima, “es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8). Nos reunimos esta mañana para reflexionar en su sacerdocio nosotros que, como presbíteros, hemos sido llamados a participar en él de modo específico.

¡El sacerdocio ministerial! De él nos habla la liturgia de este día, haciéndonos volver espiritualmente al Cenáculo, a la última Cena, cuando Cristo lavó los pies a los Apóstoles. El evangelista san Juan narra la escena. Pero también san Lucas, en el pasaje que acabamos de proclamar, nos ofrece la justa interpretación de ese gesto simbólico de Cristo, que dice de sí mismo:  “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). El Maestro deja a sus amigos el mandamiento de amarse como él los ha amado, poniéndose los unos al servicio de los otros (cf. Jn 13, 14):  “Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 15)».

Explicó Juan Pablo II que en la Eucaristía, Cristo ha instituido el nuevo rito de la Pascua cristiana, introduciendo en la Iglesia el ministerio sacerdotal. Al sacerdocio ministerial «nos remite sobre todo la Eucaristía, en la que Cristo instituyó el nuevo rito de la Pascua cristiana, introduciendo, al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal en la Iglesia». E ancora: «Durante la última Cena, Cristo tomó el pan en sus manos, lo partió y lo dio a los Apóstoles, diciendo:  “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros” (Rito de la misa; cf. Lc 22, 19). Del mismo modo, tomó el cáliz lleno de vino y lo dio a los Apóstoles, diciendo:  “Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por  vosotros  y  por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía” (ib.). Cada vez  que  repetís este rito, explica el apóstol san Pablo, “anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Co 11, 26)».

Según el Santo Padre, «Cristo ha puesto en nuestras manos, bajo las especies del pan y del vino, el memorial vivo del sacrificio que él ofreció al Padre en la cruz». «Lo ha confiado a su Iglesia para que lo celebre hasta el fin del mundo. Sabemos que por medio de nosotros, por medio de los ministros ordenados, él mismo actúa en la Iglesia, a lo largo de los siglos, como sumo y eterno Sacerdote de la nueva Alianza».

Juan Pablo II habló asimismo del «sacerdocio ministerial». «Todos nosotros participamos en él, y hoy queremos elevar a Dios una acción de gracias común por este extraordinario don. Don para todos los tiempos y para los hombres de todas las razas y culturas. Don que se renueva en la Iglesia gracias a la inmutable misericordia divina y a la respuesta generosa y fiel de gran número de hombres frágiles. Don que no deja de maravillar a quien lo recibe. Después de más de cincuenta años de vida sacerdotal, siento una profunda necesidad de alabar y dar gracias a Dios por su inmensa bondad. Mi pensamiento vuelve, en este momento, al Cenáculo de Jerusalén, donde, durante mi reciente peregrinación a Tierra Santa, pude celebrar la santa misa. En ese lugar nació mi sacerdocio, y el vuestro, de la mente y del corazón de Cristo. Por eso precisamente, desde aquella “sala del piso superior” quise dirigir la Carta a los sacerdotes con  ocasión del Jueves santo, que hoy os vuelvo a proponer idealmente. En el Cenáculo, la víspera de su pasión, Jesús quiso hacernos partícipes de la vocación y misión que el Padre celestial le había confiado, es decir, introducir a los hombres en su misterio universal de salvación».

Entrevista a Su Excelencia Mons. Mauro Piacenza, Secretario de la Congregación para el Clero

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Excelencia Reverendísima, cada año tantos jóvenes deciden dedicarse totalmente a Cristo y son ordenados sacerdotes. ¿Un milagro que se repite desde hace dos mil años?

Al final de cada ordenación sacerdotal ninguno de los que participan está autorizado a decir que no ha vista nunca un milagro durante su existencia. En efecto, cuando se asiste a una ordenación sacerdotal se asiste a un milagro: por el poder del Espíritu Santo, la oración consagratoria de la Iglesia y la imposición de las pobres manos de un Obispo, algunos hombres, quizás virtuosos y preparados, pero siempre limitados y pecadores, son ontológicamente configurados con Cristo, Único y Eterno Sacerdote, por medio de Quien « la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia [...] se han desbordado sobre todos » (cf. Rm 5,15). No debe parecer excesivo el uso de la categoría “milagro”, para expresar una realidad que, si bien es llamada comúnmente “sacramental”, en realidad, para ser acogida en toda su extraordinaria eficacia y poder salvador, exige superar, iluminados por la Sagrada Escritura y el Magisterio eclesial, los estrechos, y a veces angostos, espacios de la moderna racionalidad, para “ensanchar la razón” a la acogida y, en la medida de lo humanamente posible, a la comprensión del Misterio que irrumpe cotidianamente en nuestras humanas existencias.

¿Un milagro también para un mundo que muchas veces se ha olvidado de Cristo?

En un contexto secularizado, donde todo conjura a “callar de Cristo”, o a ponerlo en el panteón de los fantasmales “valores” matizados, irenizados y relativizados, aquellos que llegan a ser sacerdotes testimonian, en la certeza y en la alegría, en la elocuencia de sus existencias y en la total dedicación, la Verdad, la Belleza y sobre todo la Presencia del Misterio en el mundo. Sólo por un “Misterio presente”, por un Dios Encarnado, hecho hombre, es posible donar toda la vida, con humana razonabilidad, advirtiendo que nada le es quitado al hombre, sino que todo le es donado, con abundancia transfigurada y con una evidencia que puede ser acogida razonablemente como ninguna otra. La Iglesia escoge, para el Orden Sagrado, a aquellos que han recibido de Dios el carisma del celibato, porque la virginidad, entendida como donación total, es el testimonio más grande que un hombre puede dar de Cristo Señor, en esta vida terrena. ¡Más grande que la virginidad es sólo el martirio! Por esta razón, mucho más que por simples oportunidades disciplinarias o pastorales - estas son sólo la lógica consecuencia de premisas mayores - la misma eficacia del testimonio sacerdotal está inseparablemente vinculada al Sagrado celibato.

¿Qué estamos llamados a ver en los sacerdotes?

Mirando al Sacerdote, cada fiel puede, y debe, reconocer a un “hombre de Dios”, un hombre totalmente dedicado a Dios: ante todo un hombre para el que Dios viene antes de cualquier cosa y, como consecuencia, un hombre al que mirándolo, resulte evidente que Dios viene antes de cualquier cosa.

El Pueblo santo, al que los sacerdotes son enviados, espera una cosa: antes que buenas, bellas y útiles cualidades personales de los sacerdotes, también indispensables, espera que los consagrados le muestren a Cristo. Ellos no se esperan de los sacerdotes una inútil “competencia con el mundo”, un “remedo” de sus métodos o contenidos, sino que sean hombres del Absoluto. Los sacerdotes no pueden correr detrás del mundo y sus temporadas efímeras, sino que corren detrás de Cristo y así, y sólo así, sirven a la sociedad y a todo hombre.

En la humanidad de los sacerdotes, en el modo de usar la inteligencia, en la capacidad de afecto real y virginal, en la entrega, en la capacidad de trabajo, incluso intenso y a veces casi arrollador, sin ceder nunca a las ruinosas tentaciones del funcionalismo y del activismo y sabiendo claramente que el alma de todo apostolado es la intimidad divina, los sacerdotes deben mostrar al hombre e hoy que es todavía posible encontrar una respuesta a las preguntas fundamentales del corazón: deben mostrar que es todavía posible no interpretar este breve tránsito terreno como una desesperada carrera de la cuna a la tumba; deben mostrar que el hombre tiene un origen infinito, en el misterio del Amor de Dios. Deben ser testimonio elocuente del hecho que si «dos pajarillos se venden por un as, y sin embargo ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre» (cf. Mt 10,29), esto vale, mucho más, para el hombre, creado a imagen de Dios y llamado ser, en un proceso de progresiva personalización, cada vez más a Su semejanza.

Por otro lado, los sacerdotes deben ser conscientes de que, lo que les ocurre el día en que son ordenados, es ante todo, es más, exclusivamente, un don. Deben saber, en efecto, que “nadie se arroga tal dignidad” (Cf. Eb 5,4) si Dios no lo llama. Y por lo tanto deben tener la actitud de quien es consciente, en cada instante de su vida, de que «incluso los cabellos de la cabeza están contados» y por eso mismo «no tengáis miedo» (cf. Mt 10,30).

Si, en efecto, los hombres a quienes son enviados los sacerdotes, verán en ellos el hecho que, ante todo, son de Cristo, entonces serán elocuentemente “presencia” de Cristo en el mundo. En todo tiempo, pero especialmente en esta cultura que respiramos todos los días, gravemente secularizada y caracterizada por el relativismo, el subjetivismo y por un “buonismo” falsamente irénico que, como macro-efecto, vuelve todo indiferenciado y gris, sin luz ni sal evangélicas y sin un auténtico e incandescente impulso misionero, el ministerio sacerdotal no tendría ningún significado sin Cristo Señor. Por esta razón evidente es absolutamente necesario que todos los ministros ordenados, diáconos, sacerdotes y obispos, vivan una profunda y personal dimensión cristocéntrica. Es la centralidad de Cristo, que exalta la humanidad de los sacerdotes, transformándola profundamente y, sobre todo, transformando los criterios de juicio del mundo y de la historia. Para quien pertenece a Cristo, la obediencia no es una mortificación de la libertad, sino más bien su dilatación: el Ministro Sagrado, es en tal modo “más libre” que los demás hombres, que ya no tiene necesidad, para afirmarse a sí mismo, de obedecer únicamente a su voluntad propia, sino que sabe “hacer propia” la voluntad de otro, en la que reconoce, libremente y realmente, el Designio providencial del Señor. Así las causas segundas ya no serán un obstáculo, sino más bien un motivo de profundización en la fe y de mérito, que permanece para la eternidad.

¿De qué depende la eficacia misionera del sacerdote?

La eficacia pastoral y misionera no se funda, ni podría fundarse, en nuestras pobres fuerzas humanas, sino en el poder de Dios, que asocia a sus Sacerdotes, cada día, al propio Sacrificio de Sustitución Vicaria, para la salvación de las almas y para el verdadero bien del mundo. Justamente esa disponibilidad a ser “víctima sacrificial” por los hermanos, documentada concretamente en la virtud, siempre actual, de la humildad, que nos ve disminuir para que Él crezca, es la “alta medida” de nuestra vocación.

________________________________________________________________________________

Dossier a cargo de P.L.R. - Agencia Fides 26/7/2008; Directo