El Simbolismo Lenguaje universal

J. C. COOPER

El Simbolismo

Lenguaje universal

Ilustraciones de G. E. Archer

INDICE

Capítulo 1 Los símbolos y el arquetipo
Capítulo 2 El centro

El hilo de la vida. El hogar. El umbral. El pan y la sal. El huevo.

Capítulo 3 El círculo

El tiempo. La urdimbre y la trama. La totalidad.

Capítulo 4 La cruz y el cuadrado

La swástica. Otras formas.

Capítulo 5 El árbol

Los árboles del Paraíso. Los árboles sagrados.

Capítulo 6 Serpientes, dragones y monstruos

Combinaciones zoomórficas.

Capítulo 7 Otros animales

El perro. El gato y el caballo. El toro y la vaca. El cerdo y el jabalí o cerdo salvaje. Ovejas, corderos y cabras. El asno. Liebres y conejos. La zorra, la rana y la rata.

Capítulo 8 Aves e insectos

Gallinas, patos, gansos y pavos. La paloma. La cigüeña y la grulla. El buitre y la lechuza. El cisne y el reyezuelo. La abeja. Otros insectos.

Capítulo 9 Los peces

El delfín y la ballena. La caracola.

Capítulo 10 Flores y frutos

La gavilla de cereal. La violeta y la rosa. El lirio y el loto. La primavera y el clavelón. El paraíso y el jardinero.

Capítulo 11 La creación y la iniciación

El bautismo. El simbolismo del matrimonio. Ritos funerarios.

Capítulo 12 Las festividades

Las Saturnales. La Natividad o Pascua de Navidad. Año Nuevo y Pascua de Resurrección. Las fiestas de primavera. Las fiestas de otoño.

Capítulo 13 Juegos y representaciones teatralesLas danzas. Los juegos. El ajedrez.
Capítulo 14 Los númerosEl Uno y la Díada. Tres. Cuatro, cinco y seis. Siete y ocho. Nueve y diez. Otros números.
Capítulo 15 El cuerpo y la indumentariaLa cabeza y el corazón. La mano. El pie. El ojo. El cabello y la boca. La matriz. El simbolismo del sexo. El simbolismo de la indumentaria y los adornos.

CAPITULO 1

LOS SIMBOLOS Y EL ARQUETIPO

Pocas personas comprenden hasta qué punto su vida dia­ria se ve influida y controlada por los símbolos, en su ma­yoría de antiguo linaje, que han llegado hasta ellas no solo a lo largo de los siglos, sino a través de muchas razas, cul­turas y religiones diferentes. Para la persona común de nues­tros días, un símbolo es una cosa vacía, apenas un signo que no trasmite otro significado que el sugerido por su aparien­cia exterior. El triángulo es generalmente aceptado, por ejemplo, como un signo que indica peligro, mientras que todo el simbolismo de la figura del triángulo, que data de épocas muy antiguas y es de carácter religioso, tiene im­plicaciones casi infinitas. Los signos atañen a la vida coti­diana; los símbolos encierran un significado arquetípico interior que conduce a realidades de orden superior.

Vivimos en un mundo de símbolos, la mayoría de los cuales no son comprendidos por ignorancia, o son consi­derados como algo tan natural que pasamos por alto su verdadera significación. Muchos de nosotros somos inca­paces de reconocerlos cuando los encontramos. El simbo­lismo es un tesoro que viene del pasado y encierra un signi­ficado para el presente; no fue algo inventado por los hom­bres; surgió naturalmente de la necesidad de expresión en un medio que trasciende las limitaciones de las palabras y que expresa, sin embargo, un lenguaje que puede ser com­prendido por todos; por consiguiente, desde el momento de nacer hasta el momento de morir empleamos símbolos que eran comunes en otros tiempos y en lejanas tierras. La joven de nuestra época que el día de la boda luce el blanco vestido de novia, el velo, la corona y el anillo no hace sino adoptar los mismos símbolos de virginidad, fe­cundidad y unión que utilizaron las novias que vivieron, se casaron y murieron hace miles de años.

La mayoría de los símbolos se basan en conceptos reli­giosos y en un sistema de vida rural. A pesar de ello, los habitantes de las ciudades, los industriales y los escépticos, o los que simplemente no se interesan por el problema, se ven atrapados por ellos en la vida de todos los días. Es po­sible que no comprendan esos símbolos, o que tengan una vaga noción de lo que significan, pero al mismo tiempo es evidente que sienten nostalgia de ellos como de la forma de vida que el hombre moderno está destruyendo sistemá­ticamente.

La necesidad de comprender los símbolos es grande, y nunca como ahora, cuando tantos valores se están desmo­ronando sin que haya nada que los remplace. La vida está llena de todo menos de significado, y a medida que aumen­ta la prosperidad material, disminuye la serenidad, la paz interior y la felicidad, que son reemplazadas por el miedo, la violencia, la incertidumbre y el derrumbe de los valores. El hombre necesita encontrar su identidad, dar respuesta a la pregunta “¿Quién soy?”, descubrir el significado del indi­viduo en el universo y trascender lo material para llegar a lo espiritual.

La comprensión de nuestros símbolos nos ayuda a com­prender nuestro ser y muchas de nuestras acciones y reac­ciones instintivas, profundamente arraigadas; en qué se ba­san nuestras creencias, supersticiones y miedos; y por qué algunas creencias y acciones son tan persistentes y univer­sales. Las supersticiones solo son creencias y símbolos an­ticuados, o bien premisas válidas en otro tiempo que han quedado vacías de contenido y cuyo verdadero significado se ha perdido, aunque conserven la forma. Son fantasmas de hechos y creencias del pasado y, como fantasmas, per­manecen activos mucho tiempo después de que la vida real haya partido, rondando los escenarios donde ejercían su antiguo poder.

Cuando niños nos cuentan que Santa Claus baja por la chimenea con los regalos de Navidad y que todos nuestros pedidos ascienden por la chimenea o son traspor­tados por las llamas. ¿Por qué? ¿Por qué no puede entrar sencillamente por la puerta? ¿Y qué es la chimenea sino el medio más cómodo para librarse del humo? Pero tradicio­nal y simbólicamente, la chimenea era el camino hacia el cielo, y el agujero del techo representaba la Puerta del Cielo, la Puerta del Sol, a través de la cual el espíritu del hombre podía trasladarse de un mundo a otro, y por la cual el espíritu de los cielos descendía a la tierra. Santa Claus bajando por la chimenea simboliza, entonces, los regalos que vienen directamente del cielo, en vez de llegar por la puerta terrenal.

Los símbolos son un lenguaje internacional: la cruz, la swástica, el círculo, el árbol, y la serpiente, p. ej., aparecen en toda cultura desarrollada, así como en muchas de las sociedades más primitivas, desde las remotas civilizaciones de los arios, sumerios, chinos y egipcios hasta los tiempos modernos. Pero el símbolo no es una cosa estática, fijada una vez para siempre y para todos. Puede crecer y expan­dirse, incluir otros significados y volverse ambivalente, es decir, tener un significado en una cultura y una época, y una connotación diferente en otra. Así, la serpiente, símbo­lo universal de la sabiduría, puede representar en Occiden­te el mal y el demonio, mientras que en Oriente, donde apa­rece como el dragón, representa el poder espiritual supre­mo. Su cambio de piel simboliza universalmente la renova­ción y el renacimiento, mientras que, por otra parte, la serpiente puede tipificar el veneno y la muerte.

Los símbolos, como dice Mircea Eliade, contribuyen a identificar al hombre con los ritmos de la naturaleza, in­tegrándolo en una unidad más grande, la sociedad y el uni­verso. Esta es la razón por la cual los símbolos pueden tener tantos niveles de significación; se ajustan a la infinita varie­dad de la naturaleza y al lugar del hombre en el cosmos.

Aunque el simbolismo tenga por principal función reve­lar un significado interior, puede actuar, como todas las religiones, tanto en el nivel exotérico como en el esotérico; puede servir tanto para ocultar corno para revelar, y en este sentido ha desempeñado siempre un papel importante en las sociedades secretas y en los aspectos ocultos de las cere­monias iniciáticas. El uso de símbolos era esencial para con­ducir al iniciado desde las limitadas regiones de la mente ra­cional y el mundo de los sentidos hasta aquellas que las tras­cienden, esto es, hasta el mundo ilimitado, infinito y “so­brenatural”.

E1 propio lenguaje tiene un origen simbólico: esto expli­ca por qué la poesía precedió a la prosa para expresar senti­mientos y emociones. La poesía, principalmente, se interesa por el lugar que ocupa el hombre en el universo, por las reacciones que experimenta ante éste, y por la sensación de asombro y admiración que le inspira; es la “sensación de algo profundamente entremezclado” de que nos habla Wordsworth, o la intuición de Browning sobre la función del hombre como mediador:

Man, once descried, imprints forever

His presence on all lifeless things: the winds

Are henceforth voices, wailing or a shout,

A querulous mutter or a quick gay laugh,

Never a senseless gust now man is born. . .

And this to fill us with regard for man.

With apprehension of pis passing worth,

Desire to work his proper nature out,

And ascertain his rank and final place[1].

A pesar de que se suele colocar a los símbolos y los ar­quetipos en el mismo plano, en realidad no son idénticos. El arquetipo (de “arque”, que significa origen, causa o principio, fuente primordial, y “tipo” que quiere decir copia, modelo, impresión o forma, generalmente abstracta) solo se manifiesta por medio de símbolos, que presentan lo abs­tracto (la Idea platónica) en una forma concreta, bajo una imagen que puede ser claramente reconocida o que reviste diferentes formas o atributos. Dionisio, el Areopagita, lo explica en estos términos: “Dios es la luz arquetípica. Que el sello no sea enteramente igual en todas sus impresio­nes. . . no es debido al sello en sí, sino a que la diferencia de las sustancias que de él forman parte hace que la impresión de un arquetipo enteramente idéntico, resulte diferente.”

Como el símbolo deriva del arquetipo, debe conducir nue­vamente a éste, y fusionar la mente finita con lo infinito.

CAPITULO 2

EL CENTRO

Se puede considerar el mundo desde dos puntos de vista: el racionalista, que enfoca hechos que aumentan continua­mente y tienden a la fragmentación y dispersión; o el punto de vista central, en el que el hombre lucha por alcanzar un centro espiritual que es al mismo tiempo el centro de sí mis­mo, del mundo, y de todas las cosas. El hombre se siente instintivamente el centro del mundo pero, como dice Mir­cea Eliade, no debemos visualizar este centro en un sentido geométrico; el centro concierne a la experiencia y, por lo tanto, hay un número ilimitado de centros, muchos de los cuales son llamados incluso el “Centro del Mundo”. Los en­contramos en todas las grandes tradiciones y simbolizan el “espacio sagrado”, que es un centro cósmico, un lugar de renovación e inmortalidad.

En la vida, la búsqueda es­piritual ha significado siempre el descubrimiento de este sa­grado centro interior. Primeramente el hombre, como todos los grandes héroes que partieron en busca de una meta ideal ‑Ulises, Parsifal, los Buscadores del Santo Grial‑ viaja ha­cia el exterior, hacia la circunferencia, el reino de la mani­festación, de la creciente fragmentación. Desde la circunferencia solo puede obtenerse una visión limitada: por consi­guiente, desde ese punto, cualquier perspectiva, por el he­cho de ser parcial también es, en cierto sentido falsa. Des­pués de infinitas dificultades, pruebas y aventuras, duran­te las cuales el Buscador suele recibir la ayuda de distintos guías, llega a un punto en que comprende que la Verdad, el Reino de los Cielos, está adentro, en lo interior, e inicia el viaje de regreso al centro. Podríamos decir, citando a T. S. Eliot, que es necesario recorrer un largo camino y hacer frente a muchos escollos para llegar finalmente a un lugar que en realidad uno nunca ha dejado. El centro es el punto desde el cual puede abarcarse todo en su integridad, en su Totalidad. Estar “fuera del centro” implica error, desorden y falta de armonía. El centro es también el punto de reu­nión o confluencia en el que cualquier estado puede modificarse.

El simbolismo del centro está estrechamente relacionado con el del laberinto ‑ una estructura sumamente antigua y muy difundida; el más famoso es el de Cnosos, donde el rey Minos había confinado al Minotauro. Teseo, el legenda­rio héroe‑salvador, sigue el camino que va de la circunferen­cia al centro, guiado por el hilo dorado que le ha dado la hermosa Ariadna para que recorra el laberinto sin perderse. En este mito, Teseo representa al héroe masculino que, es ayudado por los poderes femeninos de la sabiduría y la in­tuición, y ambos cooperan para dar muerte al monstruo de naturaleza salvaje y sub‑humana. En términos psicológicos, Ariadna representa el alma o psique, la cual proporciona el hilo dorado que trae de vuelta al hombre sano y salvo después del encuentro con la Bestia, que representa las fuer­zas oscuras de la naturaleza.

El regreso al centro es un símbolo del Paraíso Recon­quistado, del acto de alcanzar y re‑establecer la perfección original de la que se disfrutaba antes de la Caída, un estado en que dioses, hombres y animales vivían en perfecta ar­monía y hablaban el mismo lenguaje. Pero una vez más el centro es difícil de alcanzar, y el camino está sembrado de escollos y duras pruebas. Hay laberintos en lugares que fue­ron escenario de antiguos ritos, y aparecen también en igle­sias y catedrales, como la de Chartres, cuyos laberintos, según se dice, eran “recorridos” como una suerte de pere­grinaje por quienes no estaban en condiciones de emprender largos viajes hasta los lugares sagrados. El laberinto representa también las perplejidades y obstáculos que en­frenta la humanidad en el viaje a través de este mundo du­rante el cual deberá ir abriéndose camino mediante el pro­pio esfuerzo individual y la ayuda del divino hilo de la sa­biduría.

El hombre toma muchos caminos oscuros que pa­recen no tener salida y comete múltiples errores, hasta que descubre ese divino conocimiento que lo guía por la buena senda.

El hilo de la vida

El hilo es también el hilo de la vida, del destino humano; ata al hombre a su destino, pero al mismo tiempo le permite ponerse en comunicación con la divinidad. Los griegos lo llaman el Hilo Dorado de Zeus, una cadena dorada que era el eslabón entre el cielo y la tierra. El símbolo del hilo está inevitablemente relacionado con la trama de la vida, que es entretejido por los poderes divinos. La representación más antigua de este símbolo era la Gran Diosa Madre, que tejía el hilo de la vida y del destino. Frecuentemente se la repre­sentaba como la Araña Cósmica, la Creadora, que hila los hilos extraídos de su propia esencia y lo envuelve todo en esa urdimbre. La araña que se encuentra en el centro de la telaraña representa el centro universal, mientras que la tela es el plano cósmico. La telaraña suele ser asociada también con el laberinto: es el peligroso camino que hay que reco­rrer para llegar al centro. La hilandera no puede separarse nunca de su hilado, ni el Creador de la criatura creada; están ligados para siempre por el pasado, el presente y el futuro; y este proceso no finaliza con la “muerte” física: continúa eternamente por el efecto de la ley del Karma, a través de una serie indefinida de vidas sucesivas. Sin embargo, este simbolismo encierra una paradoja, puesto que las deidades que atan, son también las deidades que liberan: el yoga, que significa “yugo y unión”, y la religión, que significa “reunir”, brindan los medios para conquistar la libertad absoluta cuando se alcanza el centro y se encuentra el camino de la realización o la iluminación.

En los templos e iglesias, el altar es el centro sagrado, tanto en el tiempo como en el espacio, mientras que cada recinto sagrado representa el centro del mundo espiritual, el lugar de unión de los tres mundos, porque está en contacto con la tierra, los cielos y el mundo subterráneo. Las cúpulas de los templos y las finas espiras de las catedrales simboli­zan el anhelo de ascender al cielo; son el vínculo o nexo ver­tical entre el cielo y la tierra, entre Dios y el hombre. La nave principal del templo se extiende horizontalmente so­bre el plano de la existencia y la experiencia humanas, mientras que la cripta o bóveda subterránea representa la matriz oscura, la muerte y la resurrección.

El hogar

En la casa, el hogar simbolizaba siempre un centro espi­ritual interior. E1 retorno del viajero errante, del aventurero y del peregrino representa el viaje de regreso al hogar y a la casa paterna. El hogar se encontraba tradicionalmente en el centro de la habitación: en las antiguas viviendas griegas tenía forma circular y ocupaba literalmente el centro de la casa, mientras que el humo salía por el ápice, como lo hace aún en las tiendas de los nómades. En el hinduismo, el ho­gar circular védico representa la tierra, la morada del hom­bre, y el fuego es el reino de los dioses y del espíritu, aun­que este simbolismo del hogar corno asiento del espíritu del fuego tiene carácter universal. La posición central del hogar se refleja en la palabra latina focus y en la francesa foyer, ya que el hogar es el punto focal de los ritos que se celebran en la casa familiar. En el libro Dawn of History Keary escribe: “El hogar estaba en el centro de la casa; para cada miembro de la familia el hogar era, por así decirlo, el umbillicus orbis, el ombligo de la tierra… A su al­rededor reuníase toda la familia para compartir la comida y el calor de la lumbre, y era el lugar de honor reservado para el huésped o el visitante ocasional.”

Una falla de la arquitectura moderna es que ha perdi­do ese simbolismo esencial: por eso construye cáscaras va­cías, cuerpos sin alma. Uno de los males de la televisión es que destruye el punto focal del hogar ‑con todo lo que lleva implícita esa asociación, comunicación y consolidación de la familia‑, y desvía la atención hacia afuera, hacia el mundo profano exterior, rompiendo así lo que en otro tiempo era la unidad sagrada de la familia e introduciendo en su seno influencias extrañas. Los enormes bloques de departamentos de nuestra época producen el mismo efecto adverso, por cuanto carecen de ese centro‑hogar, y sus mo­radores parecen estar suspendidos en el espacio, sin contac­to alguno con la tierra, sin una apertura hacia el cielo; hay aquí una separación completa, un divorcio total respecto del medio natural del hombre.

La chimenea de la casa o el orificio circular en lo alto de la tienda a través del cual el humo se eleva hacia el cielo brinda una comunicación directa con el reino superior, y representa la aspiración y la capacidad del hombre de entrar en contacto con ambos mundos. El humo es un símbolo de la plegaria que asciende al cielo, y proviene tanto del fuego sagrado del hogar como del incienso que se quema en los altares de templos e iglesias. Era también una invitación a la divinidad para que descendiera a la tierra; la columna de humo era el eje del mundo que posibilitaba la comunicación en ambas direcciones. La tierra del hogar representa el as­pecto femenino de la tierra y la dominación de la mujer en la casa, mientras que el fuego simboliza el poder masculino; ambos poderes se combinan para formar el centro viviente de la casa. En muchas tradiciones, y especialmente en los pueblos célticos, el simbolismo del hogar iba más allá: la piedra del hogar cubría la tierra, dando acceso al mundo subterráneo y posibilitando la comunicación entre ese mundo y el alma de los muertos; por lo tanto, era un punto de contacto entre los tres mundos. Los huesos que encontramos debajo del hogar en las viejas casas representaban, o en un sacrificio ritual, o una protección contra los maléfi­cos poderes del mundo subterráneo.

El umbral

Para entrar en una casa, es preciso cruzar el umbral: éste representa el paso del mundo profano exterior al es­pacio sagrado interior donde nadie puede entrar si no es invitado. Cruzar el umbral de una casa ajena es entrar en otro mundo, un mundo en el cual uno es un extraño y, por lo tanto, en ciertas circunstancias, podría correr algún ries­go. Esto explica por qué los mitos y leyendas referidos a alguien que penetra en oscuros bosques, se hunde en el agua o atraviesa un espejo, son símbolos del umbral, a tra­vés del cual el ser humano penetra en lo desconocido, enfrenta situaciones peligrosas y se encuentra en lugares ex­traños donde cualquier cosa puede suceder.

Este lugar donde confluyen los poderes naturales y so­brenaturales es peligroso, y tocarlo trae mala suerte, por lo tanto, se pasa siempre por encima del umbral; el aman­te esposo lo cruza llevando en brazos a su joven esposa a fin de protegerla ‑pues el día de la boda ha asumido la responsabilidad de velar por su seguridad y bienestar‑, y la deposita sana y salva en el nuevo mundo que habrán de compartir. A veces se coloca un trozo de hierro frente al umbral para impedir la entrada de poderes maléficos o sobrenaturales, tales como brujas, duendes o hechiceros los cuales, como es sabido, temen al hierro en cualquiera de sus formas. Esta es también la razón por la cual se cuel­gan herraduras sobre las puertas de casas, establos y grane­ros con el objeto de que los hombres o los animales que se encuentran dentro puedan protegerse de las peligrosas fuerzas exteriores que pugnan por entrar.

La herradura es un símbolo de protección. Representa los cuernos de la media luna de la Gran Diosa Madre. Los cuernos siempre han sido símbolos de poder y protección, mientras que el caballo, como veremos, tiene un significado altamente simbólico.

Los umbrales de algunos recintos especialmente sagra­dos, cono los templos o ciertos lugares donde hay algún tesoro escondido, eran custodiados por feroces monstruos, dragones, serpientes, perros y leones que permanecían allí para ahuyentar a los enemigos y a las influencias adversas. Tenían, al mimo tiempo, otra finalidad, puesto que re­presentaban los escollos y dificultades que es preciso su­perar para ingresar al recinto sagrado o alcanzar el centro o tesoro espiritual. Ahuyentaban también a las criaturas indignas, a los timoratos e indiferentes, y a aquellos que no estaban dispuestos a arriesgarlo todo en la búsqueda del centro y de la sabiduría.

La puerta era asociada también con el paso de un estado a otro, con el ingreso a una nueva vida y con la búsqueda de refugio y amparo bajo la sombra protectora del poder femenino. Pero la puerta tiene la significación adicional de la esperanza, la apertura y la oportunidad un simbolismo compartido con la ventana, la cual no solo implica apertura y oportunidad, sino también expansión de la perspectiva y de las posibilidades de concientización.

La escalera equivale obviamente a la ascensión e indica, por lo tanto, la posibilidad de pasar de un estado de con­ciencia a otro de trascendencia. Subir una escalera denota el ascenso a los cielos. La escalera en espiral simboliza, por un lado, el movimiento del sol y, por el otro, lo misterioso, lo desconocido, el futuro, mientras que los peldaños repre­sentan la capacidad de ascender a planos superiores, y en este sentido se relacionan con los distintos pasos o etapas de los ritos de iniciación.

Subir y bajar escaleras, como en el caso de la escala de Jacob, representa el tránsito bidireccional entre los poderes terrestre y celestial. Antes de la Caída Había una escala que posibilitaba la constante comunión entre Dios y el hombre, pero después de la pérdida del paraíso la comunicación quedó rota, la escala desapareció y ahora el hombre solo podrá encontrarla a través de las ceremonias iniciáticas o la búsqueda del Paraíso Perdido, es decir, el retorno al Centro.

Puesto que la casa representa la fuerza femenina envol­vente y protectora, entrar en ella es entrar en el dominio fe­menino que además de brindar protección, proporciona el alimento que nutre y la vestimenta que da abrigo y calor. La provisión de estos elementos concierne a la mujer, perso­nificada por la Madre, la Gran Madre Nutricia, la Madre Tierra.

El pan y la sal

El pan y la sal son dos de las necesidades básicas de la alimentación del hombre; juntos simbolizan la bienvenida, la hospitalidad y la buena fe. Sentarse a la mesa de otra per­sona, compartir con ella el pan y la sal, equivale a dar y re­cibir hospitalidad, e impone inmediatamente obligaciones, tanto al dador como al receptor: une a ambos con lazos de amistad y debe excluir toda posibilidad de que se hagan daño. Al entrar en casa extraña, el viajero no solo se pro­tege del frío (o del calor, según el caso), sino también del posible ataque de las hostiles y peligrosas fuerzas del mun­do exterior. La casa es para él un refugio y se sentirá do­blemente seguro si le ofrecen el pan y la sal.

La sal es un símbolo de lo incorruptible; por lo tanto, se la asocia siempre con la permanencia y, por extensión, con la inmortalidad. También simboliza la sabiduría, el va­lor supremo. Cuando decimos “tiene toda la sal de la tie­rra” o “no vale la sal que come” nos referimos respectivamente a la persona dotada de los más nobles y puros senti­mientos o a un ser inútil y despreciable. Más tarde, la sal fue asociada con la gracia chispeante ‑ya que toda comida sin sal tiene un sabor soso e insípido‑ y, por ende, con el ingenio, cuya agudeza se refleja en la expresión “tiene mu­cho salero al hablar”.

La sal no solo era un símbolo de la inmortalidad. sino también de la verdad. Culturas tan disímiles como la romana y la escandinava ponían sal en la lengua de los re­cién nacidos y en el agua bendita de las ceremonias de bautismo o consagración, mientras que en los ritos fune­rarios la sal protegía a los muertos, ahuyentando a los ma­los espíritus.

El pan es también un símbolo de vida. Es el alimento del cuerpo físico, pero una vez bendecido y consagrado en las ceremonias religiosas se convierte en alimento del alma. Desde tiempos inmemoriales se consideraba que al comer algo se comparten y absorben los atributos de la cosa inge­rida. El ejemplo más elemental es el del canibalismo en que el hombre devora la carne de su enemigo. Esto no solo representa el triunfo del vencedor sobre el enemigo al que ha dado muerte, sino también la transmisión de los poderes del vencido a través de la carne y su absorción por el orga­nismo. De igual modo los peces, que simbolizan la fecundi­dad y son muy prolíficos, formaban parte de la alimenta­ción del hombre para inducir la fertilidad. El pescado era infaltable en los festines en honor de la Diosa Madre, repre­sentada especialmente bajo la figura de Artemisa/Atargatis (cuyo hijo, Ictis, era el pez sagrado), Isis y Venus. La Madre es también la Divinidad Lunar, Reina de los Cielos. Ella controla las aguas y en su día, que era el viernes, se comía pescado en su honor. Los sacerdotes de Atargatis tenían estanques especiales destinados a la cría del pez sagrado, y el pescado era el alimento eucarístico por excelencia.

El huevo

El huevo es un símbolo universal de la creación y la vida y, por lo tanto, de la resurrección. En las ceremonias de iniciación simboliza el “nacido dos veces”: la postura del huevo es el primer nacimiento y su incubación el segundo. La idea de que el mundo empezó con el Huevo Cósmico es tan antigua como universal. Simbólicamente se lo repre­senta por la esfera, el Gran Círculo: es el principio de todas las cosas y el oculto misterio de la existencia, pues encierra dentro de sí el universo entero y todas sus posibilidades. En él están contenidos, pero unificados, todos los opuestos, lo cual se manifiesta en el conocido símbolo chino del yin-­yang.

Las tradiciones hinduista y egipcia destacan particular­mente el huevo como fuente de toda la creación. En la pri­mera, el pájaro divino depositaba el huevo cósmico dorado en el seno de las aguas primordiales. De este huevo salía Brahmá, y sus dos mitades formaban el cielo (la mitad superior) y la tierra (la mitad inferior). El árbol cósmico se re­presenta a veces como si creciera del huevo dorado que flota en las aguas del caos. En la tradición egipcia, el ave del Nilo, la oca, pone el huevo cósmico del cual fue incubado Ra, el dios Sol. Las dos mitades del huevo incubado apa­recen también en el mito griego, donde eran usadas como casquetes por los Dióscuros, nacidos del huevo depositado por Leda, quien fue fecundada por Zeus, que para seducirla tomó la forma de un cisne. En China la yema del huevo sim­boliza el cielo y la clara la tierra.

El huevo del Alquimista

El huevo también está estrechamente relacionado con la serpiente. Según una alegoría egipcia alternativa, Kneph, la Serpiente, generaba en la cavidad bucal el huevo cósmico, que simbolizaba el Verbo. Para el orfismo, el huevo era el misterio de la vida, de la creación y la resurrección. Con fre­cuencia se lo representaba rodeado por Uroboros, la ser­piente enroscada que se muerde la cola con los dientes, una figura que en sí misma simbolizaba toda la potencialidad, la totalidad y la unidad primordial. Los druidas deno­minaban al huevo cósmico “Huevo de la Serpiente”. Según la concepción de los alquimistas, la flor blanca, de plata, que representaba lo femenino, y la flor roja, de oro, que representaba lo masculino, estaban contenidas dentro del huevo, y al mismo tiempo surgían de él. Para los filósofos, el huevo simbolizaba la creación. Como veremos más ade­lante, el huevo de la creación y la resurrección está estre­chamente asociado con la Festividad de Primavera de la nueva vida que se celebra durante la Pascua.

CA PITULO 3

EL CIRCULO

La redondez es la forma más natural y perfecta de la na­turaleza. No es extraño que el círculo haya sido considera­do universalmente como un símbolo sagrado, un símbolo que expresa la integridad y totalidad arquetípicas y, por lo tanto, la divinidad. Hermes Trismegisto decía: “Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.” En un contexto moderno, cuando los misio­neros cristianos preguntaban a los indios pieles rojas acerca de su Dios, ellos dibujaban el círculo del Sol Emplumado, un símbolo que la estrecha visión de esos misioneros fue in­capaz de apreciar pero que es, en realidad, un perfecto ideograma metafísico, con las plumas rojas apuntando hacia adentro y las plumas negras hacia afuera, lo cual representa el movimiento bidireccional del poder ‑hacia dentro, es decir, hacia el centro y lacia afuera, hacia la circunferen­cia que lo contiene todo dentro de sí.

EI círculo es, junto con la cruz, uno de los símbolos más complejos. Como no tiene fin, ni tampoco arriba o abajo, representa la eternidad y la ausencia de espacio. Simboliza la anulación del tiempo y el espacio, pero cuando aparece en forma de esfera o de rueda, significa también la recurren­cia perpetua y el movimiento cíclico.

Los símbolos del círculo y el centro no solo son univer­sales, sino prehistóricos. Los encontramos en las herramien­tas y los objetos más primitivos. Con el correr del tiempo se desarrollaron en sumo grado en el mandala, que combina los tres símbolos más importantes, el círculo, el cuadrado o cruz y el centro, que en el mandala puede ser una figura, el loto, la llama o algún punto destinado a la concentración. El mandala deriva del vocablo árabe Al mandal, que signi­fica “círculo”; es “el ordenamiento sistemático de los sím­bolos sobre los cuales se basa el proceso de visualización”. En el budismo tibetano, donde tiene un papel sumamen­te importante, significa, al mismo tiempo, el centro y todo aquello que lo rodea; de aquí proviene una imagen del mun­do en la cual el mediador debe penetrar, imaginarse a sí mis­mo como el centro del mandala, y entrar en el reino del Buddha. Representa todo el drama cósmico y, como el laberinto, simboliza también el peregrinaje del alma por el mun­do. El centro, cuando se llega a él, es también la Puerta del Cielo y el medio de alcanzar el mundo celestial. El centro del círculo es siempre el asiento del poder, puesto que es un espacio cerrado, que está a salvo de las fuerzas hostiles. Es­te simbolismo del círculo pasa del plano más alto al más bajo, del centro sagrado del mandala y el chakra ‑el centro espiritual representado por el loto y la rueda‑ al “círculo mágico” del nigromante, el hechicero o la bruja.

E1 templo hindú está construido en forma de mandala. Esto puede verse claramente en Borobadur, donde todo el universo está representado por diversas terrazas o “niveles”, que son los planos o cielos, y el conjunto aparece como una montaña cósmica, símbolo del centro del universo. Hay pórticos y puertas en los cuatro puntos cardinales, introdu­ciendo el cuadrado, y el conjunto encierra el Tiempo y el Espacio. Los demonios esculpidos o pintados a veces en el mandala o en los muros de los templos simbolizan los aspectos peligrosos y amenazadores de los poderes psíqui­cos, y las fuerzas de la pasión y el deseo que impiden el avance hacia la luz.

También se construían puestos de carácter defensivo en torno al círculo y al cuadrado, cuyo centro más recóndito era el punto focal sagrado. Cuando Rómulo fundó Roma, levantó un altar en el centro y construyó a su alrededor murallas que hacían las veces de trincheras. Según cuenta Plutarco, se había dado el nombre de “mundo” -mundus- a esa trinchera “como si fuera el universo mismo”.

Este simbolismo del centro sagrado del círculo es la repetición de un arquetipo. A1 respecto dice Mircea Eliade: “El hombre siente continuamente la necesidad de “dar vida” a arquetipos, incluso descendiendo hasta el nivel más bajo de su existencia inmediata: es el anhelo de alcanzar las formas trascendentes, en este caso, el espacio sagrado”. Vemos, por ejemplo, la perpetuación de este símbolo en su nivel más bajo en nuestros complejos urbanos, considerados como el centro de interés e importancia de la sociedad, o cuando decimos que la iglesia ola escuela es el “centro” de la comunidad lugareña y de todas las actividades que “giran” en torno al mismo. El círculo es también la forma en que disponen sus tiendas las tribus nómades, tanto en Europa como en Asia o América del Norte. En otro plano, el círculo representa el movimiento dinámico, en contraposición al cuadrado estático de las casas y predios de los habitantes de la ciudad y el campo, pero dondequiera que aparezca simboliza el espacio sagrado, la totalidad y la divinidad.

El movimiento rotatorio del círculo introduce naturalmente el simbolismo de la rueda y del sol. El sol es siempre redondo y se desplaza en el cielo con un movimiento de traslación, mientras que la luna cambia de forma y regularmente desaparece. La luna, asociada con las aguas y con todo lo móvil y rítmico es, con pocas excepciones, el símbolo de los poderes femeninos del universo, la Diosa Madre, y el Sol es el poder masculino, el gran símbolo del Dios de los Cielos. El movimiento giratorio de la rueda representa también el inexorable movimiento del Tiempo y del Destino. En el hinduismo y el budismo, la rueda es un símbolo particularmente evocativo: su circunferencia, dividida por los rayos, representa los períodos cíclicos de manifestación, mientras que la circunferencia misma significa los límites de la manifestación. La rueda se simboliza también por las chakras -que estilizadas frecuentemente bajo la figura del loto mueven los centros espirituales del hombre- y por la Rueda de la Ley y la Verdad y la Ronda de la Existen­cia, uno de los símbolos más comunes en la iconografía budista, que puede ser incluso un emblema del propio Bud­dha, de “Aquel que hace girar la Rueda de la Ley”.

El movimiento giratorio de la rueda depende del eje, el punto central en torno al cual giran todas las cosas, aunque él mismo permanece inmóvil. Se lo conoce como el “punto quieto”, el “móvil inmóvil” del que hablaba Aristóteles en Occidente, en Oriente y en la religión taoísta el centro inmóvil representa al Sabio que ha alcanzado la realización y por lo tanto puede mover la rueda sin moverse; simboliza la quietud y la paz que concuerda y armoniza con la Volun­tad del Cielo.

El tiempo

El tiempo ha sido considerado generalmente como un enemigo; los poetas hablan del “tiempo envidioso”, del “tiempo devorador”, del “naufragio del tiempo”, y los artistas lo representan bajo la figura del Segador, sea como Cronos/Saturno, sea como un esqueleto con la guadaña. EI paso del tiempo se muestra en el reloj, símbolo del rá­pido tránsito de la vida mortal, mientras que los infinitos ciclos del tiempo, los Días y Noches de Brahmá, se expre­san por medio del círculo y la rueda giratoria, símbolos de los inacabables ciclos cósmicos. En Occidente, el tiempo es generalmente lineal, pero en Oriente ha sido siempre cíclico. Si bien el mundo se halla en un perpetuo estado de cambio y flujo, no es necesario que el movimiento implique siempre un paso hacia adelante, un avance; las cosas pueden progre­sar en un sentido y al mismo tiempo retroceder en otro. El tiempo crea y destruye, lo cual explica el simbolismo de la Gran Madre como Creadora y Destructora, corno generado­ra de la vida y portadora de la muerte. Como Diosa Lunar era la que medía el tiempo de acuerdo con las fases de la luna; como madre creadora, protectora y nutricia aparece bajo la figura de Isis, Cibeles, Ishtar, Lakshimi, Tara, Kwan­yin, Deméter, Sofía y María, “arropada por el sol y con la luna a sus pies”, siendo sus atributos la media luna y la co­rona de estrellas. Con respecto al tiempo que negocia con la muerte se lo representa mediante Kâlí, “la negra”, Durga, Astarté, Lilith, Hécate, Medea y Circe: es también la Virgen Negra y, en su aspecto más tenebroso, aparece a menudo bajo una horripilante máscara, con cabellera de sierpes, o collares de cráneos ensartados.

Cuando simboliza el tiempo cíclico, la Gran Madre es también la que controla las estaciones, con su constante re­currencia y la eterna ronda de nacimiento‑desarrollo‑muer­te‑y‑renacimiento. Su día se celebra el 25 de marzo, “Día de la Anunciación”, cuando la luna de Primavera (Hemisferio norte) pone en movimiento la nueva savia y la tierra que parecía inerte hace brotar las plantas con  renovado vigor. Con la llegada del verano se completa el proceso de maduración y el otoño presencia la cosecha de los frutos de la tierra y la muerte de la planta después de la siega. Finalmente se acerca el invierno con su aparente manto de muerte, pero no es así, porque las fuerzas de la vida perma­necen latentes bajo el suelo dormido. La semilla se almace­na o cae en tierra, y continuará viviendo oculta e invisible hasta que llega una vez más la primavera, porque la muerte solo es el aspecto invisible de la vida, el cambio de una forma de existencia por otra. Este tema del nacimiento‑muerte‑renacimiento es la base de toda ceremonia de iniciación, su modelo arquetípico. Al llegar a la pubertad, el iniciado abandona la antigua vida despreocupada de la in­fancia y la primavera para iniciar la vida madura del adulto.

En la segunda muerte del “Nacido Dos Veces” él, como la semilla, desciende al mundo de las sombras ‑el lado oscuro de la Naturaleza que simboliza el descenso a los infiernos‑, pero supera esa etapa y nace una vez más a la nueva vida. Esta es la razón por la cual las ceremonias iniciáticas se celebran siempre en la oscuridad: en antiguas religiones como el mitraísmo, se llevaban a cabo en oscuras chozas o cavernas, y en el caso de ciertos ritos tribales, en el vien­tre de un gigantesco monstruo especialmente construido pa­ra la ocasión.

La urdimbre y la trama

El terrible aspecto de la Oscura Diosa Lunar es asociado, como hemos visto, al acto de hilar y tejer. Todas las Diosas Lunares son hilanderas y tejedoras del destino y de la trama de la vida, que atrapa a la humanidad en sus redes. El hilado y el tejido fueron ocupaciones domésticas esencialmente femeninas hasta la llegada de la máquina (ambas están siendo revalorizadas ahora por mucha gente que conoció la “civilización” y se pasó al otro lado, afirmando su respe­to por la artesanía.) El huso y la rueda eran atributos de todas estas diosas. La rueca que gira representa las revolu­ciones del universo, y el hilo que sale de la rueca es el hilo de la vida, del tiempo y del destino. La trama es el plano horizontal, lo cuantitativo, la condición humana variable y el mundo temporal, mientras que la urdimbre es el plano vertical, que une todas las formas del ser, desde la más ba­ja hasta las más elevada, desde el mundo subterráneo hasta el firmamento. Representa lo cualitativo, la esencia de las cosas, lo activo y directo. La urdimbre es la forma, solar y masculina; la trama es la materia, lunar y femenina. Cuan­do ambas se entrelazan forman una cruz en cada hilo, lo cual simboliza la unión de los contrarios, la perfecta rela­ción de los principios femenino y masculino unidos. Los colores alternativos de la urdimbre y la trama representan las formas dualistas y complementarias del universo, la luna y el sol, el día y la noche, lo negativo y lo positivo, el yin y el yang. De hecho, en chino, Chuang‑hung‑yang compara el yin y el yang con “el movimiento de vaivén de la lanzadera en el telar cósmico”. El simbolismo hindú habla de Brahmá, el Principio Supremo, como “aquél sobre el cual se entrelazan los mundos, del mismo modo que se entrelazan la urdimbre y la trama”. Utiliza también el símbolo de la araña, la tejedora de la red de la Mâyá o la ilusión creadora de formas, la ilusión del mundo ma­nifiesto.

La diosa egipcia Neit, las divinidades sumeria y semíti­ca Ishtar, y Atargatis, y la diosa griega Atenea tejían la trama del mundo, mientras que las Moiras o Parcas eran las dueñas de la vida y el destino del hombre, cuya trama hilaban. Estas deidades del destino humano, que apare­cían siempre en número de tres, no solo representaban las fases de la luna, sino también el presente, pasado y fu­turo: el nacimiento, la vida y la muerte. Cloto, que presi­día el nacimiento, tenía la rueca, Láquesis daba vuelta el huso, y la cruel Atropos era la encargada de cortar el hilo de la vida en el momento de la muerte. En la mitología es­candinava, Holda y las Nornas o Parcas ocupan la misma posición, como hilanderas del destino humano. Este sim­bolismo se extiende hasta el mundo popular del folklore y el cuento de hadas, donde aparecen tres figuras fantásti­cas dotadas de poderes mágicos, y tanto el hilado como el tejido desempeñan un papel significativo y a menudo si­niestro.

El trascurso del tiempo en la vida del ser humano se re­gistra en el reloj de arena, el reloj de sol, el reloj de agua y más tarde el reloj mecánico o de pared y el de bolsillo, los cuales simbolizan, obviamente, el paso del tiempo, la tran­sitoriedad de la existencia y el viaje del hombre a través del mundo desde el nacimiento hasta la muerte. También repre­senta lo irreversible, lo que avanza siempre inexorablemente y no puede moverse en sentido inverso. Este simbolismo está ligado al hombre, a quien le resulta sumamente difícil invertir el sentido de las cosas ‑caminar o correr hacia atrás, leer, deletrear o pronunciar palabras al revés, etc.-, y no puede hacer que las agujas del reloj se muevan en sen­tido inverso. La única excepción a este simbolismo es el reloj de arena. La arena que va deslizándose lentamente significa, en primer lugar, el descenso del alma desde los cielos hasta el mundo de los fenómenos y luego, cuando se invierte el reloj, el regreso al cielo, el retorno a los orígenes. Este es el proceso cíclico de la vida, representado por el movimiento circular del reloj de arena invertido y por la faz circular del reloj de sol y el reloj mecánico; el poder cíclico que involucra por igual a todas las formas de vida, humana, animal y vegetal, que da nacimiento a todo, lo destruye todo, y volviendo al comienzo genera un nuevo nacimiento. Cuando el tiempo se detiene, se abre el camino hacia la eternidad, hacia la luz, como en la experiencia mística, el “momento sin tiempo” o el nunc stans.

“Érase una vez”, esas palabras con que suelen comenzar los mitos y los cuentos de hadas aluden a la Edad de Oro, que tenía acceso a la eternidad y en la cual todo era posible, un tiempo en que la humanidad era sabia y vivía en armonía, no solo con los dioses y los hombres, sino con todas las criaturas vivientes, que también vivían en paz unas con otras y hablaban el mismo idioma. Era un estado paradisíaco donde el “león vivía junto al cordero”. La nostalgia de ese Paraíso Perdido se pone de manifiesto cuando el habitante de la ciudad quiere “alejarse de todo” y va en busca de un lugar apacible y tranquilo. Es inherente a las novelas y obras teatrales que desarrollan el tema de la huída a una isla tropical, donde la vida es fácil y placentera, y deliciosos frutos cuelgan de los árboles, o a la idea del jardín secreto, el oculto valle de Shangri‑la, todos los cuales son lugares cerrados, recoletos y apacibles, y el vehemente deseo del gozar de esa maravillosa vida representa el anhelo de recuperar el Paraíso Perdido. Incluso la casita de fin de semana, el viaje en auto al campo, o los folletos de turismo que publicitan hermosos lugares distantes e incontaminados indican, a su manera, la nostalgia de ese Paraíso Perdido.

La totalidad

El aspecto más significativo del simbolismo del círculo es el de la totalidad arquetípica. Es la totalidad que contiene todos los dualismos, los pares de opuestos que compo­nen el mundo de la manifestación, en él se hallan converti­dos y unidos. Una vez más, la representación más completa y probablemente la más conocida de esta totalidad es el diagrama del yin y el yang -con sus mitades blanca y ne­gra entrelazadas y exactamente proporcionadas-, pero cada uno contiene dentro de sí el germen del otro. Cada uno de­pende enteramente del otro y solo puede existir dentro de esa interrelación. Aunque se los denomina los “Contrarios”, o los “Grandes Extremos” y los “Dragones Contendientes” del universo, su acción mutua es dinámica, pues cada uno estimula al otro en una armoniosa cooperación. Represen­tan al mismo tiempo la división y la unidad: controlan y regulan las fuerzas cósmicas, y el desequilibrio entre ellas produce desorganización y, por lo tanto, “mal‑estar” en los campos físico, mental o espiritual. Si bien el mundo fe­noménico se divide siempre en los opuestos, el día y la no­che, la oscuridad y la luz, lo femenino y lo masculino, lo negativo y lo positivo, lo pasivo y lo activo, etc., esta división no es absoluta: cada uno puede generar al otro, y am­bos terminan por reconciliarse y resolverse en el círculo de la unidad final, cuando los Dos se convierten en Uno.

CAPITULO 4

LA CRUZ Y EL CUADRADO

La cruz, inseparablemente conectada con el círculo y el cuadrado, es un símbolo tan antiguo y difundido que se encuentra en todos los países, épocas y culturas. Aparece en innumerables formas. El centro de la cruz, el punto de intersección de los dos brazos es, al igual que el centro del círculo, del cuadrado o de cualquier centro sagrado, un punto de comunicación con otros mundos y estados del ser -un eje cósmico.

La cruz representa obviamente los cuatro puntos cardinales -Norte, Sur, Este y Oeste-, las cuatro estaciones del año y, cuando aparece dentro del círculo, las cuatro divisiones de los ciclos de manifestación. Pero es también un símbolo de la humanidad arquetípica: el eje vertical es el elemento activo, masculino, positivo y celestial, el eje horizontal es el elemento pasivo, femenino, negativo y terrenal; juntos forman la totalidad, el Andrógino. Ello representa toda la potencialidad humana, con sus infinitas posibilidades de expansión en todas las direcciones. También simboliza, en sí mismo, la vida eterna.

La forma más antigua de la cruz es posiblemente la swástica, de hecho es tan antigua que sus orígenes exactos no se conocen. Según algunos, tuvo su origen en dos palos de madera que en tiempos primitivos se frotaban para encender fuego. En apoyo de esta teoría podemos mencionar las representaciones de la Reina del Fuego de data védica, Arani, cuyo nombre derivaba de esos dos palos, que se sujetaban con cuatro clavos y tenían una pequeña cubeta u hoyo en el centro, por donde se introducía ver­ticalmente un trozo de madera y se lo hacía girar violen­tamente, con un movimiento de vaivén, para encender el fuego. Otros sostienen que debe buscarse su origen en la re­volución de la Osa Mayor en el cielo alrededor del eje de la Estrella Polar, o que deriva del diseño del laberinto egipcio o de la llave griega. Alternativamente, podría ser un desarro­llo de la letra china chi, que expresa perfección, excelencia y renovación de la fuerza vital, o representar, nuevamente, la cuadratura del círculo. Pero dondequiera que aparezca, desde la India hasta Islandia, desde China hasta América del Sur, la swástica es siempre símbolo de buena suerte y bue­nos augurios. El origen de la palabra, tal como nosotros la usamos, proviene de la voz sánscrita “su‑asti”, que significa “Está bien” o “Que le vaya bien”.

La swástica

La swástica suele ser considerada como un símbolo de linaje solar, puesto que acompaña a los dioses solares del fuego y del trueno, pero la figura tiene dos formas: una con los brazos orientados en el sentido de las agujas del reloj y la otra en sentido contrario. Se supone que las dos repre­sentan los aspectos solar y lunar, masculino y femenino, lo cual se sustenta en el hecho de que la forma de la swástica tiene los brazos doblados en el sentido de las agujas del reloj cuando aparece sobre el corazón del Buddha o cuan­do acompaña a los dioses solares, mientras que los brazos están doblados en sentido inverso a las agujas del reloj cuan­do acompaña a las figuras de las diosas lunares Artemisa y Astarté. En China las dos swásticas son indudablemente el yin y el yang: el yin, representa el elemento femenino, en sentido contrario a las agujas del reloj; el yang, masculino, en el sentido de las agujas del reloj. Ambos símbolos solían utilizarse en las orlas o guarniciones de los mantos ceremoniales y también aparecen juntos en las vestimentas en los rituales de sacrificios del Emperador.

Las swásticas entrelazadas formaban “nudos místicos” que simbolizaban los misterios del universo, la inescrutabilidad y el infinito. La swástica masculina yang podía estar sola y seguía siendo un símbolo de buena suerte, pero si la swástica yin estaba sola, asumía un aspecto tenebroso y representaba la mala suerte.

En el nivel metafísico, la swástica se relaciona con el círculo y el cuadrado, y se convierte en símbolo del movimiento en un sentido especial: el movimiento de la vida, es decir, la acción del Principio en el mundo, que representa nuevamente las fuerzas complementarias y las fases del movimiento, centrífugo y centrípeto, aspirante y expelente, un movimiento que va del centro a la periferia y retorna al centro; Alfa y Omega o el principio y el fin y, nuevamente, la cuadratura del círculo.

La swástica puede formarse también con la doble Z o la doble S. La forma Z sugiere el símbolo del fuego, como los dos palos con que se enciende el fuego, o el símbolo del relámpago. La forma S, encontrada en Escandinavia, es más suave y flexible y puede ser una forma estilizada de dos brazos y dos piernas. Esto podría tener alguna relación con el triquedro, un emblema compuesto por tres piernas o brazos doblados que irradian del centro; se lo ha encontrado en Sicilia y en la Isla de Man, apareció también en antiguas monedas de Frigia y, al igual que la swástica, es un símbolo de buena suerte, pero personifica también al dios del mar de los celtas, Manannen, asociado a la Isla de Man.

En el cristianismo primitivo, la swástica aparecía frecuentemente en las catacumbas y simbolizaba el poder de Cristo, mientras que en tiempos medievales tenía la figura del gammadión, así llamado porque estaba formado por las cuatro letras griegas G o gamma, y no solo representaba a Cristo como piedra angular del cristianismo, sino también a los cuatro evangelistas, con Jesucristo en el centro.

La swástica se usaba en las vestiduras de los antiguos sacerdotes y personifica al Buen Pastor. Más tarde fue utilizada en Inglaterra como ornamento en las campanas de las iglesias.

Otras formas

Las formas de la cruz son infinitas, una de las más antiguas es la cruz egipcia, ankh, también llamada cruz ansata o “cruz con asas”. Está formada por una cruz en T o tau y un círculo encima de ella, con lo cual combina los símbolos masculino y femenino de Osiris e Isis, y expresa la unión del cielo y la tierra. Según otra interpretación, representa el círculo de la eternidad junto con la cruz de la extensión infinita; en cualquiera de los dos casos, es un símbolo vital que significa la inmortalidad y la “vida por venir”. Es tam­bién uno de los atributos de Maat, Diosa de la Verdad, que suele aparecer sosteniendo la cruz en la mano.

Los cristianos adoptaron este signo cuando colocaban el círculo encima de la cruz y ponían otra cruz dentro del círculo. Empero, para el cristianismo la cruz también signi­fica muerte, sufrimiento y sacrificio. Los dos brazos de la cruz representan la misericordia y el juicio, y las dos natura­lezas de Cristo. Este simbolismo se ve reforzado aún más por la frecuente aparición de las figuras del sol y la luna a ambos lados de la cruz. Se decía que la madera de la cruz provenía del Árbol del Conocimiento ‑causante de la Caída del Hombre‑ que Cristo trasformó en el Árbol de la Vida o la redención.

La cruz en tau que se menciona en el Antiguo Testamen­to (Ezequiel 9:4) fue encontrada a lo largo de los continen­tes asiático y americano desde los tiempos más remotos, y al parecer fue aceptada también como signo del hombre, se­gún lo atestiguan las palabras pronunciadas más tarde por el mártir Justino: “El signo está impreso en la naturaleza toda … forma parte del hombre mismo.” Frecuentemente tiene carácter fálico cuando acompaña a Príapo y a otros dioses de la fertilidad. Es también el martillo de deidades del trueno como Tor, y la llave del poder supremo.

La cruz dentro del círculo es un signo solar; representa la rueda del movimiento, del cambio y del poder solar, los cielos y la rueda de la buena fortuna, mientras que la cruz dentro del cuadrado es estática y simboliza la estabilidad de la tierra. Entre los indígenas norteamericanos la cruz de la choza o la tienda es la que está incluida dentro del círculo y representa el centro del mundo, el espacio sagrado, el Gran Espíritu.

La cruz de los templarios, con sus extremos redondea­dos, sugiere la combinación de la cruz con el círculo y ejem­plifica las fuerzas centrípeta y centrífuga, mientras que la cruz de Malta, con su aguzada forma apuntando hacia aden­tro tipifica las fuerzas y el movimiento dirigidos hacia lo in­terior. Representaba también los cuatro grandes dioses asi­rios, Ra, Anu, Bel o Belo y Hea. La Cruz Rosa concentra su simbolismo en el centro, que representa el corazón y la armonía.

Algunas veces la cruz y la media luna aparecen juntas, en cuyo caso la media luna se convierte en la barca lunar de las Diosas de la Luna, las Reinas del Cielo, que simbolizan el aspecto femenino y receptivo de la vida, mientras que la cruz es el elemento fálico masculino; juntas personifican la unión, el cielo y la tierra.

La Cruz Escocesa de San Andrés era también un signo utilizado por los romanos para señalar los hitos y tenía, por lo tanto, el significado de una barrera. Desde el punto de vista metafísico expresa la unión de los mundos superior e inferior. La Y o cruz bifurcada que usaban los cristianos en sus vestimentas y representaba los brazos extendidos de Cristo recibía también el nombre de Cruz de los Ladrones del Calvario, y anteriormente, según Pitágoras, era un sím­bolo de la vida humana: el palo vertical simbolizaba la inocencia del niño, y los dos brazos, los senderos izquier­do y derecho del bien y del mal, que expresaban las opcio­nes morales de la edad adulta. Como todas las cruces, la cruz bifurcada personifica también las encrucijadas y los caminos divergentes de la vida. Las encrucijadas han te­nido siempre gran importancia, no solo como intersección y bifurcación de los caminos, como unión de los opuestos y lugar donde confluyen el tiempo y el espacio, sino tam­bién como un sitio mágico y peligroso donde, al igual que en el umbral, se encuentran o chocan las fuerzas contra­rias. Las brujas y los demonios también rondan por las encrucijadas. La antigua costumbre de enterrar a los sui­cidas, los criminales y los vampiros en las encrucijadas tenía por objeto desorientarlos y confundirlos para que no pudieran encontrar el camino de regreso a sus antiguas guaridas y no causaran daño a los seres vivos. Jano, cuya cabeza tenía dos caras, una que miraba hacia adelante y la otra hacia atrás, era el dios de los umbrales y las en­crucijadas.

Las explicaciones de las variaciones de la cruz podrían llenar un volumen entero. Hay cruces cuyos cuatro brazos terminan en cruces, la pequeña cruz o cruz recruceteada, usada por los gnósticos, la cruz trebolada, con sus extre­mos en forma de tréboles y trifolios, que en el cristianis­mo representa a Cristo como símbolo de la nueva vida y la resurrección, y es asociada también con el brote de nuevos vástagos en la vara de Aarón, la Cruz Papal de tres brazos; la Cruz doble que para los cristianos significaba al mismo tiempo la cruz de Cristo y la letra griega X como represen­tación de Cristo en la cruz (los crucifijos, tal como los cono­cemos ahora, no aparecen hasta el siglo IX) y la cruz cono­cida como Lábaro, que era llamada también la cruz Chi­-Rho[2], por las dos letras del alfabeto griego (X, P), que eran las dos primeras letras de la palabra “Cristo”. En realidad, la cruz Lábaro es anterior al advenimiento del cristianismo, y en Grecia era señal de buenos augurios.

Los cuatro brazos de la cruz son asociados, evidente­mente, con el cuadrado, del cual forman las diagonales. Ambos están relacionados con el número cuatro, el nú­mero de la tierra, los cuatro puntos cardinales, los cuatro elementos, etcétera. El cuadrado representa la unión de los cuatro elementos, la estabilidad, la integridad y la so­lidez de la tierra, en contraposición con el movimiento circular de los cielos. Como hemos dicho, constituye la base fija de los edificios, ciudades, jardines y campos, en contraste con el círculo móvil de las tiendas y campamentos de los pueblos nómades. El cuadrado, o cubo, es la base de los mo­numentos, tanto sagrados como seculares. En el primer caso, representa la tierra y los niveles terrenales de la exis­tencia, reviste particular importancia en el simbolismo hin­duista, donde expresa la pauta arquetípica del orden en el universo, de la proporción absoluta y de la equilibrada perfección de la forma.

CAPITULO 5

EL ÁRBOL

Gran parte del simbolismo de la cruz es compartido con el árbol, ya que a menudo uno ocupa el lugar del otro. Am­bos son símbolos universales que representan el eje del mundo. También pueden simbolizar el cosmos mismo. El Dios Mortal es crucificado en un árbol, representado por una cruz o un árbol en crecimiento. La cruz en tau (en for­ma de T) es llamada Árbol de la Vida, o Árbol del Paraíso, y los mexicanos también se referían a la cruz como el Árbol de la Vida. Era para ellos un emblema de la fertilidad y la vida, consagrado al Dios de la Lluvia. Cuando los españoles llegaron a América se sorprendieron al comprobar que la cruz, el árbol y otros símbolos que consideraban propios del cristianismo estaban arraigados desde hacía largo tiempo en otras culturas.

El árbol no es solo un eje del mundo, sino una imagen del mundo; personifica la totalidad del mundo manifestado. Sus raíces llegan a las profundidades de la tierra y está en contacto con el mundo subterráneo y el mundo de las aguas; por eso puede nutrirse con las fuerzas de ambos mun­dos. El tronco crece hacia la luz y registra el paso del tiem­po, agregando un anillo a su estructura por cada año de crecimiento. Del tronco salen las ramas, la unicidad del tronco se convierte en la multiplicidad y diferenciación del mundo de la forma. Al mismo tiempo, las ramas se extien­den hacia arriba y hacia el cielo, y de este modo tienen acceso a los poderes solares, al reino de las divinidades celes­tes, posibilitando simbólicamente la elevación y comunica­ción del hombre con los cielos. Subir a un árbol, o a un poste que puede simbolizar un árbol se interpreta como el tránsito de un plano de la existencia a otro el ascenso al cielo o a la Realidad. Simboliza también el anhelo de llegar a esferas superiores, sea para conquistar algún poder que pueda ser utilizado en la tierra, sea para conseguir un teso­ro o un conocimiento mágico, sea para alcanzar la sabi­duría. El árbol reproduce todo el drama cósmico, por cuan­to muere y vuelve nuevamente a la vida. Obedece al prin­cipio de morir‑para‑vivir, mientras que el árbol de hojas perennes simboliza la inmortalidad y la vida eterna.

Además de mediar entre los tres mundos, el árbol en­vía mensajes al cielo, simbólicamente, a través de la ma­dera usada para encender el fuego, o del incienso, mensa­jes que ascienden hacia lo alto en forma de llama o humo.

El árbol, como el umbral o la puerta de entrada, suele estar custodiado por monstruos o dragones a los que es ne­cesario vencer para llegar al tesoro o alcanzar la inmorta­lidad: Los héroes luchan contra los monstruos que guar­dan el árbol de las manzanas doradas o el del Vellocino de Oro. Este mito refleja la dificultad de superar nuestra pro­pia naturaleza mortal, así como los demás escollos que de­bemos salvar para avanzar por el camino que conduce a la luz, para reconquistar el centro.

Los árboles del Paraíso

El Paraíso tiene dos árboles: el primero es el Árbol de la Vida, que crece en el centro y significa regeneración y retorno al estado de perfección primordial. Es el árbol de la unidad, y trasciende tanto el bien como el mal. De él brota, en el centro, un manantial que da nacimiento a los cuatro ríos del Paraíso, los cuales fluyen hacia los cuatro puntos cardinales y forman de ese modo la figura de una cruz.

El segundo es el Árbol del Conocimiento, de naturaleza dualista; el hombre que prueba sus frutos podrá conocer el bien y el mal, los opuestos del mundo manifestado. En muchas tradiciones existe el mito de la relación en­tre el Árbol del Conocimiento y la Caída del primer hom­bre, que pierde la inocencia del estado original y entra en el mundo dualista del bien y el mal. Por otra parte, el fruto del Árbol de la Vida confiere la inmortalidad y puede llevar nuevamente al hombre al Paraíso perdido. Según una tra­dición, la manzana fue el fruto causante de la caída de Adán y Eva. Esto es posible porque era el fruto prohibido de la Edad de Oro, que Iduma había dado a los dioses. En este caso, sin embargo, la manzana no era el fruto del Árbol del Conocimiento, sino el fruto del Árbol de la Vida, de aquí la inmortalidad de los dioses. En la mitología nórdica, la manzana era el fruto del jardín de Freyja, diosa del amor y la belleza, y simbolizaba también la inmortalidad. En la tradición céltica, la manzana era el fruto de Avalón, una isla paradisíaca llamada Isla de las Manzanas, y tenía poderes mágicos.

Según otras tradiciones el vino, que simboliza la sabidu­ría, era el Árbol del Conocimiento (en vino veritas), y se lo representa frecuentemente como tal en el arte religioso. El hombre puede alcanzar la inmortalidad comiendo el fruto del Árbol de la Vida o bebiendo el líquido extraído de éste, como el soma de los hindúes o el haoma de los persas, que eran licores sagrados.

En el taoísmo‑budismo chino, el duraznero está en el centro del Paraíso y es el Árbol de la Vida. El hombre siem­pre ha anhelado conseguir, de una u otra manera, la inmor­talidad, pero la antigua leyenda china del Mono y el Du­razno nos advierte que es necesario conquistar la inmortalidad por medios legítimos, por el esfuerzo y el crecimien­to espiritual, y no recurriendo al robo del fruto del árbol prohibido. Según cuenta la leyenda, en otro tiempo había un sacerdote, un mortal, encargado de celebrar los oficios divinos en el Paraíso, donde moraban los inmortales, y es­taba perdidamente enamorado de una hermosa hada. No había nada que le impidiera casarse con ella, salvo su con­dición de mortal, y el hecho de que su amada era inmortal lo obsesionaba hasta tal punto que ansiaba alcanzar de in­mediato la inmortalidad. El sacerdote decidió que el medio más rápido y seguro era robar un fruto del Árbol de la Vida, ya que con solo morder un durazno lograría instantánea­mente la inmortalidad. Acercóse al Árbol y después de cer­ciorarse de que no había nadie a la vista, extendió la mano para agarrar el durazno. Pero había olvidado que el Señor Buddha todo lo ve y es además omnipresente; en el preciso momento en que estaba por tomar el fruto fue convertido en mono. La figura del mono con el durazno, esculpida fre­cuentemente en jade o tallada en el hueso de la fruta es, por un lado, un símbolo de la desmedida ambición y la ex­cesiva confianza en las propias fuerzas que conducen al fracaso y, por el otro, una advertencia contra el intento de tomar atajos en el sendero espiritual, en vez de seguir el camino recto.

En casi todas las tradiciones, el Paraíso es un jardín o algún otro espacio cerrado, como la Isla Verde o las Islas de los Bienaventurados. La excepción es la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén de la que habla el Nuevo Testamento, aunque en el Antiguo Testamento el Paraíso original era el Jardín del Edén. El nombre mismo de Paraíso derivaba de un jardín, una región que se extendía a lo largo del Gol­fo Pérsico y el Mar Caspio y era, en ese entonces, “el reino de la rosa y el ruiseñor, de los perfumes y los canta­res”. Los persas lo llamaban “peridaisos”, que significaba gran parque cerrado. El Paraíso representaba la perfección, la Edad de Oro, la Edad de la Inocencia, donde todo era espontáneo y libre, y había abundancia de alimentos, y no era preciso trabajar para obtenerlos, un lugar de paz, quie­tud y felicidad. Esta inocencia primordial se perdió cuando el hombre comió el fruto prohibido del Árbol del Conoci­miento; el cielo y la tierra se separaron, el hombre fue ex­pulsado del Paraíso y desapareció entonces la posibilidad de comunicación entre dioses, animales y hombres, porque todos hablaban lenguajes diferentes y la enemistad había reemplazado al entendimiento y la paz.

La Caída del hombre simboliza el descenso del espíritu, el ir de la unidad primordial a la dualidad y fragmentación del mundo de los fenó­menos, el alejarse del centro de paz y perfección hacia la circunferencia giratoria del cambio, la dispersión y multipli­cidad, la entrada en el mundo temporal. Aparece entonces la nostalgia del Paraíso perdido, y el viaje de regreso al cen­tro para reconquistar el Jardín del Edén, abolir el Tiempo y restaurar la unidad.

Después de la Caída y la pérdida del Paraíso, el hombre será custodiado por monstruos o ángeles con llameantes espadas; por lo tanto, el viaje de regreso está cargado de riesgos e implica duras pruebas que el hombre deberá en­frentar con disciplina y arduos esfuerzos.

E1 Árbol simboliza en el mundo el principio femenino, el aspecto protector, amparador y nutricio de la Gran Madre, y es su madera la que provee en gran medida este amparo y protección: al nacer, en la cuna, durante el matri­monio, en el lecho conyugal, y a la hora de la muerte, en el ataúd. La cuna representa la barca cósmica, la nave en la cual emprendemos la travesía por el mar de la vida. El balanceo de la cuna no es solo el movimiento sedante que aquieta al bebé, también representa el balanceo de la nave de la vida en el océano primordial. Y como nave de la vida, el Arca de Noé, construida en madera, salva del di­luvio al hombre y a todos los animales de la creación.

En el campo del arte, la Gran Madre o Madre Tierra suele ser representada por un árbol, e incluso con apa­riencia de árbol, como el caso del sicómoro, una especie de higuera del antiguo Egipto, que no solo brinda protec­ción bajo su tupido follaje, sino también alimento con sus frutos. La Gran Madre controla siempre los jugos de la tierra, y a través del árbol es capaz de extraer de las profundidades de la tierra esas inagotables fuerzas ferti­lizadoras y llevarlas a la superficie para nutrir el crecimiento y dar frutos, asegurando así la supervivencia de la especie humana y de las bestias.

El árbol puede representarse simbólicamente por una columna, una pértiga o un poste; como tal, es también el eje del mundo que une el cielo y la tierra y, sin embar­go, los mantiene aparte.

Dos pilares o columnas pueden simbolizar los árboles del Conocimiento y de la Vida, así como todos los opues­tos complementarios que existen en el mundo de la dua­lidad, manteniéndolos, a un mismo tiempo, en tensión y     en equilibrio. Esto los relaciona con el simbolismo del yin‑yang: la columna de la derecha, generalmente de color blanco, representa el yang, el principio masculino, la de la izquierda, de color negro, es el yin, el principio femenino que simboliza también el poder espiritual y temporal; am­bas representan el movimiento ascendente‑descendente y, en realidad, todos los opuestos. Pero las dos columnas son también el sostén de los cielos y forman, por lo tanto, la Puerta del Cielo; éste es su significado cuando se levantan a ambos lados de la entrada de un templo o una iglesia; pasar entre ellas cruzando el umbral significa iniciar una nueva vida, abandonar el mundo profano y entrar en el mundo sagrado.

El Árbol Invertido es también un símbolo conocido, que representa la acción inversa. Sus raíces aéreas son el prin­cipio que se desarrolla hacia abajo manifestándose a través del tronco y extendiéndose luego hasta las ramas, es el poder que desciende de lo alto hacia abajo y refleja los mun­dos celestial y terrenal. A veces es un símbolo de carácter solar, en cuyo caso representa los rayos del sol que extien­den su poder y su luz por toda la faz de la tierra.

El Árbol Sefirótico, que tiene un vasto simbolismo pro­pio, suele aparecer invertido, como el Árbol de la Felicidad del Islam.

El Árbol Invertido es común en muchas tradicio­nes: el folklore de Islandia, Laponia y Finlandia comparte con los hechiceros y los aborígenes australianos el mismo símbolo, el de un árbol mágico que crece de arriba abajo.

El Árbol Invertido también está presente en el simbolismo hindú, donde tiene gran significación. En las Upanishads, todo el cosmos es un gran árbol, y “Brahman era el árbol de cuya madera se dio forma al cielo y la tierra”.

Los árboles sagrados

Cada nación y cada cultura tiene su árbol sagrado. El Árbol de la Vida del budismo es el Árbol de la Sabiduría, “cuyas raíces penetran profundamente en la tierra … sus flores representan los actos de los mortales… sus frutos, la rectitud y la virtud.” No hay que talarlo nunca, mientras que el Árbol del Mundo, por el contrario, debe cortarse hasta la raíz porque simboliza la ignorancia y los deseos carnales. La higuera de la India, bajo la cual se dice que el Bud­dha alcanzó la iluminación, es un árbol sagrado y represen­ta un Centro Sagrado.

En los mitos maoríes de la creación, el árbol obliga al cielo a separarse de la tierra, pero sigue siendo un mediador entre ambos. Este simbolismo está muy extendido en diver­sas culturas. En la tradición céltica hay varios árboles sagra­dos. El roble y el múerdago de los druidas representan los poderes solar y lunar, lo masculino y lo femenino. El avella­no, que es siempre un árbol mágico, era el árbol sagrado de los vergeles célticos y, como todos los árboles que dan nue­ces, sus frutos simbolizan la sabiduría oculta. Como Árbol de la Vida, crecía junto al estanque sagrado de Avalon: las avellanas caían al agua, donde habitaban los salmones sagrados, los únicos que podían alimentarse con esos frutos.

En el Antiguo Testamento se cuenta que Jacob utilizó una vara de avellano, el árbol mágico, para obtener carneros y ovejas moteados. La rama de avellano es la herramienta más común del rabdomante.

El Árbol de la Vida del antiguo Egipto, el sicómoro, aparecía a menudo con las ramas cargadas de regalos, y el agua fluía a su lado. Hathor, la diosa egipcia del amor, es representada, como otras deidades, con figura de árbol. En Grecia y Roma el árbol tenía particular importancia por­que era el árbol del Dios del Cielo, Zeus/Júpiter. La Pal­mera, el olivo y el laurel estaban consagrados a Apolo, mientras que la vid era la planta sagrada de Dionisio/Baco, dios del vino.

En la mitología escandinava, el Yggdrasil o fresno, tiene un vasto simbolismo: es el Poderoso Fresno, fuente de la vida y la inmortalidad, a cuya sombra se reúnen los dioses en concilio. Como todas las divinidades cósmicas, sirve de unión entre los tres mundos. Sus ramas se elevan hasta el Walhalla, y de sus raíces fluye un manantial, origen de los ríos y símbolo del trascurso del tiempo terrenal. El brioso corcel de Odín mascaba sus hojas, y posados en sus ramas, el águila y la serpiente, símbolos de la luz y la oscuridad, luchaban perpetuamente para imponer su dominio, mien­tras que la ardilla los aguijoneaba y hostigaba constante­mente con sus travesuras, asegurando de ese modo que la paz no reinara en el mundo. En este árbol se sacrificó Odín por el bien de la humanidad.

El pino, que estaba consagrado a Atis y que, siguiendo la tradición teutónica, se convirtió más tarde en nuestro Árbol de Navidad, era también el árbol sagrado del mitraísmo.

El Árbol de la Vida aparece con un número variable de ramas en las distintas culturas. La palmera de Babilo­nia tenía siete ramas que representaban el cielo y los siete planetas. El Árbol de la Vida de los persas tenía también siete ramas de diferentes metales ‑símbolos de los siete planetas‑, cada uno de los cuales representaba la histo­ria de un milenio. En la mitología china e hindú hay un Árbol de la Vida de 12 ramas que representan los doce meses del año y los 12 signos del Zodíaco. El árbol de los Hindúes tiene doce soles en sus ramas, y cuando fina­lice el ciclo del tiempo, esos doce soles se unificarán y brillarán como una manifestación del Uno. El árbol de los chinos tiene Doce Ramas Terrestres; cada una de las cuales representa uno de los animales simbólicos de las Constelaciones: seis animales salvajes y seis animales domésticos, es decir, seis yin y seis yang.

Así, de la única y pequeña semilla ha crecido un gran árbol, con sus profundas raíces, su tronco macizo, sus ramas y sus innumerables flores y frutos. Este árbol es, simbólicamente, una imagen del universo: lo múl­tiple que surge del Uno, la diversidad de la unidad, y el retorno a la unidad en la semilla, seguido por la reanu­dación de todo el ciclo de nacimiento‑muerte‑y‑renacimiento.

CAPITULO 6

SERPIENTES,

DRAGONES Y MONSTRUOS

En casi todos los mitos del Árbol de la Vida hay un guar­dián, representado generalmente por un dragón o una ser­piente, que impide al hombre, a menudo por medio de ar­dides, apoderarse de los frutos del árbol. Tenemos aquí, una vez más, el simbolismo de la sabiduría y la inmorta­lidad, que son difíciles de obtener. En otros mitos ocu­rre precisamente lo contrario: la serpiente tienta al hombre o mujer para que coma el fruto prohibido que le otor­gará la inmortalidad. En este caso, la serpiente simboliza la Tentación, como en el relato de Adán y Eva del Antiguo Testamento.

El árbol aparece a menudo con una serpiente junto a la raíz, o, más frecuentemente, enroscada alrededor del tron­co, lo cual encierra un simbolismo sumamente complejo. La serpiente es el elemento masculino, e1 falo, el “esposo de todas las mujeres” y acompaña siempre a diversas Grandes Madres: cuando aparece con el árbol femenino, los dos juntos representan la relación y el equilibrio masculi­no‑femenino. Pero la serpiente simboliza también la sabiduría, que es femenina, puesto que vive bajo tierra, está en contacto con los poderes femeninos de las aguas y con el mundo subterráneo, aunque, al igual que el árbol, emerge a la luz. También puede treparse al árbol, en dirección al cielo, y una vez más, como el árbol, puede estar en contacto con los tres reinos, convirtiéndose así en un símbolo de la comunicación entre ellos, además de actuar como mensajera entre los dioses y los hombres. Cuando el árbol y la serpiente aparecen juntos, el árbol representa el eje del mundo, y la serpiente enroscada alrededor de su tronco significa los ciclos de la manifestación.

El simbolismo de la serpiente es a veces confuso, ya que la serpiente puede ser macho, hembra, o engendrarse a sí misma; puede representar el poder lunar, acuoso y mágico de la Madre Tierra, o los rayos solares del Padre Cielo; puede simbolizar el bien o el mal, la luz o la oscuridad, la destrucción o la curación: como destructora representa naturalmente la muerte, pero como es capaz de mudar la piel y aparecer entonces, renovada, es vida y resurrección. Estos aspectos duales de la serpiente se muestran en el Caduceo, sostenido a veces por Baal, Ishtar e Isis, y siempre por Mercurio, mensajero de los dioses, identificado con el dios griego Hermes, quien tenía también el poder de curación. Aquí las dos serpientes entrelazadas representan veneno y curación, enfermedad y salud, agua y fuego, es decir, todas las fuerzas contrarias que operan en el universo y que sin embargo actúan conjuntamente. Simbolizan también la naturaleza hermética y homeopática “que puede vencer a la naturaleza”.

En la Alquimia, las serpientes significan lo masculino y femenino, el poder trasmutador del azufre y el mercurio. En la mitología china, las dos fuerzas yin y yang están representadas por un hermano y una hermana, Fo‑hi y Niukua, que a veces revisten la forma de serpientes con cabeza humana. En el arte chino es muy raro que una misma figura combine rasgos antropomórficos y zoomórficos, y éste es uno de los pocos casos; otro es el de la forma humana con cabeza de serpiente, que puede representar el Año de la Serpiente en el Zodíaco chino de las Doce Ramas Terrestres y sus símbolos animales.

Mientras que en Occidente se suele identificar a la serpiente con el mal y el demonio, en el Lejano Oriente rara vez tiene mayores diferencias con el dragón, caracterizado por sus cualidades benéficas, por ejemplo el Dragón de las Nubes, portador de la lluvia vivificante y bienhechora. El dragón también es sabiduría, fortaleza y supremo poder es­piritual. Es el gran símbolo del Taoísmo: “El perfecto ritmo de la forma del dragón epitomiza todo lo que está contenido en el misticismo taoísta y su arte. Es el misterio último que se oculta en las nubes, en la cima de las mon­tañas y en las profundidades de la tierra; simboliza así la sabiduría, el Tao.” El dragón, como la serpiente, tiene aspectos duales: es masculino, yang, cuando aparece en las vestimentas rituales del Emperador, que era el representante en la tierra del gran poder espiritual. Lo acom­paña el fénix de la Emperatriz, el poder yin. Juntos re­presentan los opuestos complementarios yin-yang, y la interacción del cielo y la tierra, el macrocosmos y el microcosmos, y todos los ritmos de nacimiento y muer­te, de involución y evolución que existen en el universo. Estos poderes se representan también bajo la forma de dos Dragones en Pugna, símbolo de los Dos Grandes Poderes que se enfrentan permanentemente y son inter­dependientes.

En las religiones monoteístas, el dragón suele representar el mal contra el cual lucha algún héroe, como San Jorge. El dragón custodia frecuentemente un tesoro o una doncella, símbolos de la sabiduría oculta, tema que  encontramos en el mito, la leyenda, el drama y los cuentos de hadas, y tipifica también el eterno conflicto entre las fuerzas del bien y del mal, la luz y la oscuridad, la aparente muerte de la vegetación en la estación invernal y su renacimiento en la primavera. En el nivel psicológico, es también el hombre que vence a su propia natu­raleza tenebrosa. Uno de los casos en que el dragón no tiene poderes maléficos se da en Occidente con el Dragón Rojo de Gales, que por sus características se asemeja mucho más al dragón oriental como símbolo del poder solar.

El cristianismo habla del dragón y la serpiente como si fueran la misma cosa: ‑esa vieja serpiente”, la Tentado­ra, también significa muerte y oscuridad: en el Antiguo Testamento, los dragones también están relacionados con la muerte. La lucha entre el Arcángel Miguel y el dragón es más antigua que el cristianismo el cual, corno en tantos otros casos, adaptó el simbolismo pagano a su doctrina. El Arcángel San Miguel es el antiguo Dios del Sol que derro­ta al dragón o a la serpiente de las tinieblas. Por otra parte la serpiente puede representar a Cristo como emblema de la sabiduría, y en la cruz es Cristo que resucita en el Árbol de la Vida. La serpiente maligna es Satanás, Lucifer, el Dia­blo, mientras que, según Tertuliano, algunos llamaban a Cristo “la buena serpiente”. Cuando la serpiente es asocia­da con el Árbol de la Vida tiene efectos benéficos, mientras que cuando se la asocia con el Árbol del Conocimiento es maléfica.

El budismo interpreta de dos maneras diferentes el simbolismo de la serpiente. En el centro de la Ronda de la Existencia hay tres criaturas: el cerdo, símbolo de la co­dicia, el gallo, de la pasión carnal, y la serpiente, de la ira, estos son los tres pecados principales que atan a la humanidad al mundo y a la ronda de la ilusión. Pero a veces la serpiente representa al Buddha, que se trasforma en una naga, o serpiente, para ayudar a los hombres en tiempos de enfermedad o hambruna.

El aspecto curativo de la serpiente también aparece en el mito céltico cuando se la asocia con los poderes curati­vos de las aguas; el dios céltico Cernunnos es representado a menudo como una serpiente con cuernos. En este caso, simboliza la virilidad y fertilidad; es también un atributo de Bridgit, la Gran Madre céltica.

Cuando la serpiente aparece con el águila posada en las ramas del Yggdrasil, o con el venado, tenemos otros ejem­plos de la serpiente en su condición maléfica, como mani­festación de los poderes de las tinieblas; el águila y el vena­do son dos poderes solares que luchan contra las tinieblas y las derrotan.

La victoria se representa con el águila apresando en sus garras a la serpiente, o con el venado aplastán­dola con las patas. Por otra parte, la serpiente y el dragón simbolizan la unión de los contrarios en el mundo, la unión de la materia y el espíritu.

La conocida Serpiente Emplumada de los aztecas tiene linaje solar y como combinación de pájaro y serpiente re­presenta también los poderes del viento, la lluvia, el trueno y el relámpago, y acompaña siempre a los dioses del viento y la lluvia. Ejemplifica, asimismo, los poderes de la ascen­sión, el hálito vital y el conocimiento, además de actuar como mensajera entre los dioses y los hombres.

Combinaciones zoomórficas

La combinación de aves y bestias, tales como el grifo, de cuerpo de león y cabeza y garras de águila, es benéfica en algunos casos: aquí simboliza los grandes poderes solares, la fuerza y la sabiduría. El cristianismo, sin embargo, repre­sentó al grifo como un demonio, pero más tarde Dante afir­mó que el grifo denotaba las dos naturalezas de Cristo.

En otros casos, p. ej., el basilisco, mitad ave y mitad serpiente, era un monstruo totalmente maléfico y enemis­tado con todo lo bueno. Algunos son una verdadera ame­naza y deben ser aniquilados por el héroe, como en la his­toria del Minotauro cretense, el monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que era el guardián del caos cen­tral y primitivo. El Minotauro fue muerto por el héroe Teseo, quien luego encontró el centro, eliminó la amenaza que pendía sobre los demás, y restauró la ley y el orden. Otros monstruos son neutros, tales como Capricornio, mitad pez y mitad cabra, que representa en el Zodíaco el solsticio de invierno; es también una forma del antiguo dios babilonio Ea‑Oannes. El Centauro, otro signo del Zodíaco, mitad hombre, mitad caballo, es conocido tam­bién como el Arquero. Ejemplifica al hombre total, en el que se conjugan la naturaleza animal y la naturaleza espi­ritual; su arco y su flecha son símbolos de poder y control, mientras que el exacto ángulo de 45 grados tipifica el per­fecto uso de ese poder. Estas combinaciones zoomórficas representan también el hecho de liberarse de las habituales reglas convencionales del mundo, e introducen otras posi­bilidades en la creación.

Estos temibles monstruos pueden representar las oscuras y terroríficas fuerzas de la naturaleza y los peligros que ace­chan a la psique a lo largo del sendero espiritual. Son tam­bién, frecuentemente, guardianes del umbral o del tesoro, sea material o espiritual, y deben ser aniquilados.

CAPITULO 7

OTROS ANIMALES

Se ha dicho que el hombre es un animal dotado de la fa­cultad de simbolizar, y debe conciliar su naturaleza humana con su naturaleza animal. Los animales simbolizan la vida emocional e instintiva del hombre, los impulsos primitivos que es necesario superar para tener acceso a las esferas espi­rituales. Esta es la razón por la cual en tantos mitos, leyen­das y fábulas aparecen animales o monstruos a los que es preciso dar muerte o dominar para poder alcanzar la meta deseada o encontrar el tesoro buscado. Pero los animales que acompañan al hombre y le ayudan en sus búsquedas o aventuras representan las diferentes cualidades o aspectos de su propia naturaleza, o esas fuerzas instintivas e intuiti­vas que suelen servir de ayuda cuando la razón falla o es inadecuada.

Las historias y fábulas sobre la amistad del hombre con animales, o con santos y sabios que se comunican con ellos son un símbolo de la Edad de Oro, el Paraíso y del regreso a ese estado. En un nivel inferior, las pieles o máscaras de pá­jaros y animales usadas, por ejemplo, en los ritos de shama­nes y hechiceros, no solo confieren a quien las lleva la sabi­duría de esos animales, sino que reproducen la unidad pri­mordial que existía antes de la Caída. Por otra parte, se reconoce que los animales tienen un sexto sentido, que el Hombre ha perdido en gran medida y se creía que adoptando la apariencia de un animal se podía recuperar esa facultad. Los animales también simbolizan la fertilidad y la vida prolífica.

Cuando aparecen juntos dos animales de distinta especie, uno de los cuales es de linaje solar y el otro lunar, represen­tan los dos poderes opuestos y complementarios del univer­so; los ejemplos más conocidos son el león y el unicornio, el toro y el oso, o el toro y el cerdo. Muchos animales tienen, como veremos, un simbolismo ambivalente, pues en un con­texto son masculinos y solares, y en otro femeninos y lunares.

El perro

De todos los animales, el perro es el que ha sido asociado más estrechamente con el hombre; se lo considera “el mejor amigo del hombre”, y no es extraño que se haya convertido en símbolo de fidelidad y vigilancia. También es un símbolo de nobleza, puesto que los perros y los halcones eran pro­piedad de los nobles. Plutarco dice que los perros simbo­lizan “el principio filosófico conservador y vigilante de la vida”. Pero el perro era algo más que un animal doméstico, guardián de la casa y compañero del hombre en la cacería y el trabajo: era siempre el que “custodiaba el umbral”, el guardián del tesoro y de las fronteras entre este mundo y el otro. En cumplimiento de esta función, conducía a las almas al otro mundo y acompañaba también a los dioses mensajeros, como Hermes/Mercurio. El perro es un atributo de Anubis, el dios egipcio con cabeza de chacal, y ayuda a Anubis a mantener al sol en la trayectoria adecuada. Cerbe­ro, el perro de tres cabezas de la mitología griega, custodia­ba el umbral de los infiernos. Wotan/Odín, dios de la mito­logía teutónica‑escandinava, tenía dos perros y otros tan­tos cuervos, que eran sus consejeros y le traían información desde los remotos confines de la tierra.

Se asocia también al perro con la guerra y con los dioses de la guerra y la destrucción. La diosa Hécate soltaba por el mundo a sus “perros de guerra”. El perro acompaña generalmente a las diosas cazadoras, como Artemisa/Diana, y a las Diosas Madres, por ejemplo, Belit‑ili e Islitar, represen­tadas a veces con cabeza de perra.

Las Diosas Madres son llamadas a veces Señoras de las Bestias, Reinas de los Ani­males o divinidades de la caza, la guerra y la muerte: leones o perros suelen servir de sostén a su trono o flanquearlo.

Aunque el perro tiene habitualmente carácter solar, pue­de convertirse en lunar cuando acompaña a divinidades lu­nares, o está en contacto con el mundo subterráneo. En China el perro era yang, de linaje solar y portador de bue­na suerte durante las horas del día bajo la forma del Perro Celestial, en cuyo caso ahuyentaba a los malos espíritus, pero como guardián de la noche se trasformaba en yin, de carácter lunar y destructivo. Se lo relacionaba entonces con meteoros y eclipses, bajo cuyo influjo el perro enloquecía y mordía al sol o a la luna, arrancándoles un pedazo, y era necesario ahuyentarlo mediante el estallido de petardos y otros elementos ruidosos. Indra, dios de la guerra de la mi­tología hindú, va acompañado por un perro de caza, y Ya­ma, dios de los muertos, tiene a veces el aspecto de un perro de cuatro ojos, mientras que los dos perros guardia­nes que lo acompañan representan el frío y lobreguez del crepúsculo y del momento que precede al alba, esas horas en que las fuerzas hostiles andan sueltas por el mundo. Este mito aparece también en el simbolismo griego y cél­tico.

Los griegos parecen haber conferido al perro actitudes contradictorias. Por un lado representa, según Homero, la desvergüenza, y el peyorativo vocablo griego Kynikos (cínico), que literalmente significa “canino” o “parecido a un perro”, implica impudicia. Por el otro, el perro Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Can Mayor sigue siempre al cazador Orión como un fiel compañero mientras que durante la festividad de Artemisa, que se celebra el 25 de marzo (Día de la Anunciación, fiesta de la Señora de las Bestias), se coronaba a los perros con guirnaldas y se les ofrecía un gran festín. Por otra parte, cuan­do el perro acompaña a Esculapio tiene propiedades cu­rativas y puede renacer a una nueva vida, su fidelidad so­brevive a la muerte.

Las únicas tradiciones que tienen una pobre opinión del perro son la semítica y la islámica. En ambos casos se lo considera un animal sucio, y es símbolo de impure­za. En tiempos de la antigua civilización sumerio‑semíti­ca el perro, al igual que el escorpión, la serpiente y todos los reptiles, tenía poderes malignos, funestos y demonía­cos. Por el contrario, en el arte fenicio el perro acompa­ñaba al sol y era también un atributo de Galeno, el Gran Médico, y de la diosa Acadia Belit‑ili, cuyo trono era sos­tenido por perros, o tenía un perro sentado junto a ella.

Entre los persas, en el zoroastrismo, el perro ocupa un lugar especial. A diferencia de la práctica islámica, se le presta cuidadosa atención, tiene un sitio en la vida comunitaria y una significación particular en los ritos fu­nerarios, ya que acompaña al muerto en el funeral.

El cristianismo, en contraste con el judaísmo que le dio origen, adoptó una actitud favorable hacia el perro, lo con­sidera un símbolo de fidelidad y vigilancia, y un represen­tante del Buen Pastor, ya que se ocupaba de cuidar los rebaños. En este aspecto, se convirtió también en símbolo del obispo o el sacerdote. En la leyenda cristiana, en­contramos varios ejemplos de la. fidelidad y amistad de los perros, como en el caso de San Roque, que fue alimen­tado por su perro, o el de los perros San Bernardo, que salvan a los viajeros extraviados en la nieve.

Se asocia al perro negro con brujas y hechiceros, po­deres demoníacos y muerte, o con la premonición fan­tasmal de una muerte inminente. Los perros y los gatos están estrechamente vinculados a las brujas, propiciado­ras de la lluvia, que a veces se enmascaran como perros o gatos. De aquí deriva la expresión inglesa “llueven pe­rros y gatos” que significa “llueve a cántaros”.

El gato y el caballo

Por ser el gato un animal de hábitos nocturnos se lo relaciona, casi universalmente, con el poder de las tinie­blas. Al igual que el perro negro, el gato negro también puede ser un disfraz con que se enmascaran las brujas, por eso se considera que trae mala suerte o provoca cambios desafortunados. Solo en los tiempos modernos es símbolo de buenos augurios. Como sus ojos cambian según la inten­sidad de la luz, el gato representa también el cambiante po­der del sol y las diferentes fases de la luna, por tener linaje Iunar, el gato es un atributo de Diana, la diosa lunar, y de Isis, la diosa egipcia, pero solo durante la ascendencia de Set, dios de las tinieblas y del mal, adquiere carácter sa­grado en Egipto. La diosa escandinava Freyja se traslada en un carro tirado por gatos.

En China es un animal yin porque tiene hábitos noc­turnos, y se supone que tiene poderes de trasformación. Se lo evita por ser signo de real augurio y el gato negro presagia infortunios. En el cristianismo se acentúa su as­pecto tenebroso, y representa la pereza, la lujuria y la fuer­za demoníaca.

Como el perro y el gato negros, el caballo negro es si­nónimo de mal agüero: es un animal fúnebre, anuncia la muerte y simboliza el caos. Se dice que aparecía durante los doce días de caos entre el año viejo y el año nuevo. Los caballos blancos son ambivalentes: pueden ser de carácter solar cuando aparecen junto a los dioses, del sol, usualmen­te tirando del carro solar, o de carácter lunar cuando, como corceles de las divinidades marinas, representan el elemen­to húmedo y de este modo se relacionan con el caos de las aguas primordiales.

El caballo alado siempre es blanco o durado. Además de poseer un poder solar, representa la rapidez de pensamien­to, el intelecto, la razón, la fuerza dinámica y la nobleza. El Pegaso de la mitología griega significa la posibilidad de pasar de un plano a otro. En el budismo. “Nube”, el caballo alado o cósmico, es una forma del Avalokitesvara, que en el budismo japonés y chino se trasforma en la diosa Kwan‑yin o Kwannon. En el simbolismo secular chino, el caballo es el cielo, el fuego, yang y en todo momento es signo de buen presagio. Su pezuña, no la herradura, trae buena suerte. Cuando el caballo y el dragón aparecen jun­tos, el dragón es el símbolo supremo del cielo, y el caba­llo representa el elemento femenino, yegua, tierra y yin.

En los ornamentos usados en las ceremonias matrimo­niales, el semental y el león representan la velocidad y el vigor del novio, mientras que las flores son un símbolo de la novia y de la naturaleza femenina.

Varuna, el caballo cósmico del hinduismo, surgió de las aguas, y cuando Vishnu, el espíritu sustentador y abarcador del universo, baja a la Tierra como un Avatára para asumir su décima y última encarnación, el vehículo en que se des­plaza será Kalkin, un caballo blanco que vendrá a restable­cer la paz y el orden para salvar al mundo. El número diez es el número de la realización y la plenitud, y aquí repre­senta la restauración de la Edad de Oro en el milenio. El simbolismo del caballo blanco se encuentra también en el Apocalipsis, donde San Juan ve abrirse los cielos y divisa un caballo blanco: “Aquel que lo monta es la Fe y la Ver­dad.”

En la mitología céltica, Epona, el Gran Caballo, es la Diosa‑Yegua, divinidad terrenal y subterránea, que ingre­só más tarde al panteón romano. Pero el caballo céltico también podía tener carácter solar por su virilidad y fecun­didad. En la mitología griega, los caballos blancos son tan­to solares como lunares; en el primer caso, bajo la forma de corceles del carro de Febo, dios del Sol; en el segundo, co­mo los blancos caballos de Poseidón, dios del mar, contro­lador del principio húmedo y de los terremotos y los ma­nantiales.

Frecuentemente se asocia al caballo con el Árbol del Mundo, al cual los dioses ataban sus caballos; de este modo, el caballo compartía la potencia, la riqueza y el poder de los dioses. Pero también tipifica la naturaleza animal instintiva, como cuando es la mitad animal del centauro. También puede tener poderes mágicos y adivinatorios. Cuando el caballo aparecía con el toro, simbolizaba la fertilidad, y los dos eran animales sacrificiales que repre­sentaban el cielo y los dioses de la fertilidad. El sacrificio del Caballo de Octubre, que se realizaba hacia fines de año, significaba la destrucción de la muerte.

El caballo tiene también un simbolismo secundario. De­bido a su naturaleza instintiva, debe ser controlado y domesticado; en este caso el jinete representa la muerte que controla y reprime los instintos animales con el fre­no y las bridas. Estos dos arreos significan control, pa­ciencia, resistencia y templanza. En este contexto, son atributos de Némesis, diosa de la justicia retributiva. En el arte cristiano, el freno y las bridas pueden acom­pañar a la figura de la Templanza. En la mitología hin­dú, el caballo tipifica la fuerza física vital, mientras que las riendas son la voluntad y la inteligencia. Las dos ruedas del carro representan el cielo y la tierra, unidas por el eje, y la rotación de las ruedas, es el tiempo cí­clico y los ciclos de la manifestación.

Mientras que en China la pezuña del caballo es un signo de buen augurio, en Occidente la herradura es la que trae buena suerte cuando está invertida, es decir, con el arco hacia abajo. En esta posición se asemeja a la media luna y es, por lo tanto, símbolo de la luna y de las divinidades lunares. La herradura invertida es asociada con los cuernos del poder y la protección, así como con la copa receptora y el alimento.

El toro y la vaca

Todo parecería indicar que el toro solo puede ser un animal solar y masculino, símbolo de la fuerza generado­ra de los dioses celestes y del rey como representante del poder divino. Sin embargo, al igual que el caballo, puede ser asociado con la tierra y con los principios húmedos de la naturaleza. Por lo tanto, cuando el toro es montado por los dioses solares y los guerreros del cielo y las tormentas, re­presenta el poder fertilizante del sol, la lluvia y el trueno, pero, en forma de toro blanco, es también la cabalgadura de divinidades lunares como Astarté y Europa. En tal caso, simboliza la domesticación de la naturaleza animal y mas­culina por e1 poder femenino, y lo mismo ocurre cuando los caballos de los dioses solares son atados al árbol femenino o el Dios Mortal es colgado o crucificado en el Árbol.

El toro es un símbolo universal que en todas partes re­presenta la fuerza, la velocidad, la fertilidad y los poderes generadores. Los toros alados son espíritus guardianes, y el hombre‑toro, particularmente común en la tradición sume­rio‑semítica, es generalmente el que custodia el tesoro, el centro, las puertas o los umbrales de los lugares sagrados. También ahuyenta a los poderes maléficos.

En el budismo, el toro significa el yo y es también un atributo de Yama, dios de la muerte. Tanto el yo como la muerte deberán ser derrotados finalmente. En la tradición céltica, por el contrario, el dios‑toro encarna el poder y el vigor divinos. Para los druidas, el toro era el sol y la vaca la tierra.

Apis, el toro egipcio, era un Avatára o encarnación de Osiris: se lo adoraba bajo la forma de Mnves o Merwen, y estaba consagrado a Ra, dios del Sol.

En la mitología greco­rromana se manifiestan claramente tanto el simbolismo masculino como el femenino: el toro, como atributo del dios del Sol, Zeus/Júpiter, es solar y masculino, pero tam­bién se relaciona con la fuerza húmeda femenina cuando se lo asocia con Poseidón y Afrodita. En la mitología hindú, el dios del fuego, Agni, el Poderoso Toro, es un desdoblamiento de Indra, mientras que el toro blanco Nandin es un vehículo de Siva, guardián del Poniente.

En la tradición irania original de Zoroastro, el toro es el alma del mundo. Fue la primera criatura creada y cuando Ahriman, Señor de la Mentira y la Oscuridad, le dio muerte, surgió de su alma el germen de todas las formas ulteriores de la creación.

Famoso en el arte minoano, el toro es el Gran Dios que era sacrificado al dios de los terremotos. Hacía temblar la tierra con sus cuernos, y su rugido se oía en las erupciones volcánicas. EI sacrificio del toro, el rito más importante del culto de Mitra representaba la vida a través de la muer­te y el triunfo sobre la naturaleza animal del hombre. En el judaísmo, el Toro de Israel simboliza el poder de Jehová, pero en el cristianismo, el toro denota simplemente la fuerza bruta.

Mientras que el toro es un símbolo de las fuerzas gene­radoras del cielo y la lluvia, la vaca representa el poder pro­ductivo de la Tierra, y es un aspecto de todas las Diosas Madres y las Diosas Lunares, que simbolizan el alimento, la abundancia y la procreación. Pero los cuernos tipifican la media luna, de modo que la vaca es terrenal y celestial. Es más conocida probablemente bajo la figura de la diosa Hathor, que en el arte egipcio es representada con cabeza o cuernos de vaca. La vaca, Prithive, que era el animal sagrado del hinduismo, simboliza la tierra, que lo abraza y lo comprende todo, y aparece junto con el toro del cielo. La vaca primordial de la mitología escandinava, la Nutri­dora, surgió del hielo primitivo que ella había lamido para crear el primer hombre.

Los cuernos son siempre símbolos de poder, emergen de la cabeza, y se les atribuye la fuerza vital concentrada en la cabeza. También tipifican la dignidad, la nobleza, la protección, la realeza y la divinidad. Existen varias divini­dades con cuernos, especialmente en la tradición céltica, donde representan a los guerreros y a las fuerzas combina­das de animales y seres humanos. Este era el significado de los cascos con cuernos que usaban los vikingos. Los dioses de la tempestad también usan gorros y adornos con cuer­nos. Pero los cuernos aparecen tanto en los toros como en las vacas; por lo tanto, tienen carácter solar y lunar; son los cuernos de los dioses del cielo, y la media luna de las diosas lunares.

El cerdo y el jabalí o cerdo salvaje

El cerdo, con su numerosa cría, es siempre un símbolo de fertilidad; por lo tanto, los amuletos del “chanchito de la suerte” significan prosperidad. por otra parte, el cerdo era asociado siempre con la glotonería, la lujuria y la pasión desenfrenada, por lo que simbolizaba la impureza y el vicio. Su simbolismo oscila entre los aspectos maternales y fecun­dos de la cerda, la Diosa Tierra, y la codicia e ignorancia de sus características físicas. Esto resulta particularmente evidente en el budismo, donde la Cerda Adamantina del Tibet es la Reina del Cielo, la Luna y la fertilidad, pero, como hemos visto, el cerdo ocupa un lugar en el centro de la Ron­da de la Existencia, donde representa la codicia, la gula y la ignorancia. La Diosa Lunar de los celtas es también la Cer­da, la Resplandeciente.

Al igual que el toro, el jabalí puede ser solar y lunar, bueno y malo. Como un animal de carácter solar, simboli­za la fuerza masculina y la bravura del guerrero; pero es también lunar, por cuanto habita en bosques y pantanos, razón por la cual se lo asocia con las tinieblas y los elemen­tos acuosos. Los druidas se autodenominaban “jabalíes”, posiblemente porque vivían recluidos en los bosques, llevan­do vida de ermitaños. Los celtas veneraban al jabalí, que era para ellos un animal sagrado, y lo relacionaban con la profecía, los poderes mágicos y la protección de los guerre­ros. Los guerreros escandinavos usaban máscaras de jabalí, y en los yelmos, colmillos de jabalí. De este modo, se colocaban bajo la protección de los dioses Frey y Freyja, que se desplazaban montados en jabalíes. En Navidad, el jabalí era sacrificado en honor de Frey: de aquí surgió la costumbre de servir una cabeza de jabalí el día de Navidad.

Ovejas, corderos y cabras

La oveja, símbolo de la simpleza, implicaba natural­mente el desamparo, la estupidez y el ciego seguimiento a un líder. El rebaño de ovejas sigue al pastor; por eso se lo compara con los cristianos que seguían a Cristo, una ima­gen usada también por el propio Cristo. Pero el concepto del Buen Pastor es mucho más antiguo que el cristianismo, ya que aparece en las tradiciones sumeria, irania, órfica, hermética, pitagórica y tibetana. El Buen Pastor es también un salvador y el que conduce las almas al otro mundo, bajo este aspecto se lo asocia a veces con el Dios de los Muertos: ambos llevan como emblema el báculo y el cayado. En el antiguo Egipto, el dios Ra era el “Pastor de todos los hombres”. En la tradición sumerio‑semítica, el dios lunar Tammuz era un pastor que protegía y cui­daba los rebaños. E1 Buen Pastor iranio, Yima, poseía el ojo solar que confería la inmortalidad. Siva, dios de la mitología hindú, era pastor, y Krishna vivía junto a pasto­res y pastoras. En la tradición tibetana, Chenrezig, el “Buen Pastor Misericordioso”, estaba encarnado en el Dalai Lama. En la mitología griega, Orfeo Bukolos representa el Va­querizo, el Buen Pastor, y su atributo es un niño o un cordero portado a cuestas. Pan es pastor de vacas y Her­mes/Mercurio, pastor de almas.

Si la oveja es vista generalmente como un animal po­co atractivo, ocurre exactamente lo contrario con su cría. E1 cordero, nacido el Día de Año Nuevo, o en la primave­ra, cuando todo respira frescura y lozanía, es un símbolo natural de la pureza y la inocencia. Se lo identifica también con la dulzura, la delicadeza, la mansedumbre y lo inmaculado, y todas estas son características que lo con­vierten en el animal adecuado para los ritos sacrificiales. Su simbolismo religioso es esencialmente judeo‑cristiano, porque el Cordero Sin Mácula era el esperado Mesías. Este simbolismo pasó al cristianismo como el sacrificio del Cor­dero cuando Cristo fue crucificado; el Cordero representa a Cristo, sacrificado por los pecados de los hombres y triunfante en la resurrección. En el arte cristiano, la figura de Cristo con el cordero representa al Buen Pastor que cuida su rebaño, o que encuentra al cordero extraviado y redime al pecador. El cordero con la cruz denota la cruci­fixión, mientras que con un estandarte o una bandera re­presenta la resurrección. Cuando aparece con un libro y siete sellos, es el cordero apocalíptico, Cristo como Juez Supremo en el Segundo Advenimiento. A veces el cordero apocalíptico tiene siete cuernos y siete ojos que simbolizan los Dones del Espíritu. Cuando está en una montaña de la cual fluyen cuatro corrientes de agua, tipifica la Iglesia, que es la montaña, mientras que las cuatro corrientes de agua son los ríos del Paraíso y los cuatro Evangelios. Juan Bautis­ta con el cordero significa el precursor, el que señala la llegada del Mesías. El cordero junto al león expresa ese es­tado paradisíaco que existía antes de la Caída, cuando “el cordero convivía con el león”, antes que el pecado y el desa­mor aparecieran en el mundo, ese estado que volverá a exis­tir cuando el hombre haya reconquistado el Paraíso per­dido. El cordero es asociado también con el simbolismo del sabio y el santo, con la persona iluminada que ha reconquis­tado el Centro o el Paraíso donde no existe lo conflictivo.

El vellón de la oveja o del cordero encierra un simbolis­mo especial, pues se lo asocia con la grasa del animal, que era considerada siempre como su fuerza vital y representa­ba, por extensión, todos los productos de la tierra sustenta­dores de la vida y, por ende, la longevidad.

Los chivos y cabras tienen una significación mixta. El chivo comparte con el toro, el caballo y el jabalí los atri­butos de la virilidad masculina y poder generador, pero como vive en lugares altos y selváticos asume también un aspecto de superioridad y puede trasformarse simbólicamente en gacela y antílope, animales de carácter principal­mente lunar. La cabra denota la fertilidad femenina y la abundancia. En el arte sumerio‑semítico la cabra aparece con Marduk, dios del sol, y con las diosas cazadoras. Hay también un extraño animal, mezcla de pez y cabra; con cabeza, cuernos y patas delanteras de cabra, y cola de un pez de gran tamaño, que representa a Ea‑Oannes, Señor de las Profundidades Acuosas, y a los poderes duales de la tierra y el mar. La figura del pez‑cabra puede aparecer a veces como el décimo signo del zodíaco, Capricornio.

El chivo y el carnero son atributos de Agni, el dios del fuego védico, que va montado en un chivo.

Para los griegos y los romanos, el chivo encarnaba la vi­rilidad y la lujuria. La cabra estaba consagrada a Zeus, quien fue amamantado por la cabra Amaltea, cuya piel se convir­tió después en el escudo protector y preservador, y su cuer­no en la cornucopia, símbolo de Amaltea y de la abundan­cia. La cabra montés, consagrada a Artemisa, era también un atributo de Dionisio, mientras que el dios Pan y sus sá­tiros tenían cuernos, patas y barbas de cabra. El cristianis­mo la identificaba con el Demonio, con los réprobos y con todos los pecadores. Cuando llegue el Juicio Final, la Huma­nidad será dividida en ovejas y cabras, es decir, en los seres que se salvan y en los que están condenados. El chivo emi­sario representa a Cristo, que asume todos los pecados del mundo; se lo describe comúnmente vagando en medio de la desolada soledad del desierto.

Pez‑cabra

El asno

La estupidez y la terquedad son los dos caracteres que se asocian más frecuentemente con el asno; pero el asno tipifica también la humildad, la paciencia y la paz, y es otro símbolo de fertilidad entre los animales. Los egipcios identi­ficaban al asno con el poder maléfico inerte, como emblema del dios Set bajo su aspecto maligno y catastrófico, mien­tras que para los griegos representaba la pereza y la infatua­ción. El asno en su forma bestial estaba consagrado a Dio­nisio y a Tifón, dios del mal; era también un atributo del dios Príapo como símbolo de fertilidad, pero adquiría ca­rácter maléfico cuando se lo asociaba con Cronos, dios griego identificado con Saturno por los romanos.

Sileno, dios frigio, compañero de Dionisio/Baco, aparece a veces en estado de embriaguez, montado en un asno. Por otra parte, en la tradición hebrea los reyes, los jueces y los pro­fetas montaban en asnos blancos.

El cristianismo vincula al asno con la natividad, la huida a Egipto y la triunfa en­trada triunfal en Jerusalén, pero en otras épocas era sinóni­mo del Demonio.

Liebres y conejos

El simbolismo de las liebres y los conejos es mayormente intercambiable: ambos tienen carácter lunar, viven en la luna y se los asocia con divinidades lunares. La liebre en la luna es un símbolo casi universal, que aparece en tradi­ciones tan disímiles corno las de los chinos, los hotentotes, los mexicanos, los indios y los europeos. Por estar estrecha­mente relacionada con la luna, la liebre simboliza el rena­cimiento, el rejuvenecimiento y la resurrección. Por ser la “luz en la oscuridad” lunar, también representa la intuición. Actúa como intermediaria entre el hombre y los poderes lu­nares. Por su naturaleza, se convierte en el símbolo apropia­do de cualidades tales como la rapidez, la timidez y la sabi­duría unida a la astucia. Reviste particular importancia en la tradición amerindia, donde la Gran Liebre es el Héroe Salvador, el Héroe de la Aurora, padre y guardián, creador y trasformador. Es el Gran Manitú de los indios algonquinos, que vive en la luna con su abuela, el “proveedor de todas las aguas, señor de los vientos y hermano de la nieve”. Es tam­bién uno de los conocidos Engañabobos, símbolo de la mente ágil y vivaz que engaña a fuerza de tretas a la obtusa fuerza física.

La liebre‑en‑la‑luna de los budistas fue puesta allí por el Buddha para rendirle homenaje porque una vez, cuando el Buddha estaba hambriento, la liebre se ofreció al sacrifi­cio arrojándose al fuego. En la iconografía hinduista y bu­dista, aparece también con la luna en cuarto creciente. Las diosas cazadoras y lunares de la mitología céltica son acom­pañadas por la liebre, y frecuentemente la llevan de la mano. Para los egipcios, era también de carácter lunar, pero tenía la importancia adicional de estar relacionada con el amanecer. En la mitología grecorromana, era un atributo de Hermes/Mercurio, pues cumplía funciones de mensajera, aunque tenía otro significado ‑emanado del rápido y vigoroso poder de proliferación de los cone­jos‑, el de fertilidad, fecundidad y lubricidad. En este sentido, los cupidos son acompañados por liebres.

En China, la liebre‑en‑la‑luna sostiene la maza y el mortero con los cuales mezcla el elixir de la inmortalidad. Para la celebración de la festividad de la luna, se confeccio­naban figuras de liebres o conejos blancos. Por tener ca­rácter lunar la liebre es, por supuesto, un animal yin. Es la que custodia los animales salvajes. Los judíos la consi­deran una criatura impura, y parte de este simbolismo ha pasado al cristianismo, donde se la identifica con la fecun­didad y la lujuria.; pero la liebre blanca que yace a los pies de la Virgen María representa el triunfo sobre las pasiones.

La liebre y el conejo desempeñaron un importante papel en las religiones teutónica y anglosajona, como veremos al considerar la festividad de la Pascua Florida o Pascua de Resurrección. En Europa, la liebre blanca simboliza la nieve, mientras que la liebre de Marzo tipifica la locura cuando co­rretea salvajemente por los campos en el período de aparea­miento.

La zorra, la rana y la rata

Otra criatura cuyo temperamento le confiere un evidente carácter simbólico es la zorra, que encarna universalmente la astucia, el disimulo, la malicia y la trapacería. La única variante en este significado proviene de China y Japón, don­de la zorra posee poderes mágicos de trasformación y puede aparecer bajo cualquier máscara para causar daño, tomar venganza o encarnar a los espíritus de las almas muertas, aunque esto también implica hacer uso de ardides, artima­ñas y trampas. Por sus hábitos nocturnos, es un animal yin.

La rana tiene carácter lunar y es símbolo de fertilidad: vive en el agua y siempre se la asocia con el elemento líqui­do. Por dos de sus características, representa la resurrección y renovación de la vida: participa de los poderes creadores de las aguas, el medio que da origen a todas las formas de vida, y la humedad de su piel contrasta con la sequedad de la muerte. Por su conexión con las aguas, reviste impor­tancia para los celtas, que la llaman “Señora de la Tierra”. En el antiguo Egipto, la Rana Verde del Nilo simbolizaba la nueva vida, la fertilidad y la abundancia, así como la fuer­za nacida de la debilidad.

Era un atributo de Isis, pero particularmente de Heket, como símbolo del poder generador de las aguas, era la pro­tectora de las madres y los recién nacidos. La Gran Rana de la mitología hindú sostiene el universo y es la materia oscura e indiferenciada. En la tradición grecorromana era un atributo de Afrodita/Venus como símbolo de la fertili­dad y el libertinaje, pero también simbolizaba la armonía entre los amantes. Para el cristianismo, la rana representa la resurrección, y el sapo la repugnancia del pecado.

Mucho antes del avance de los modernos conocimientos médicos, se sabía que la rata era portadora de la peste; por lo tanto, se la identificaba inevitablemente con la muerte y el mundo subterráneo, y en Occidente representaba el mal absoluto. Solo en la India tiene un simbolismo benéfico: para el hinduismo representa la prudencia y la previsión: es el corcel de Ganesa, el dios indio que vence todos los obs­táculos y dificultades. Los chinos relacionan a la rata con la timidez, la mezquindad y la vileza, mientras que el ratón también es considerado tímido, retraído e insignificante, pobre y mezquino.

CAPITULO 8

AVES E INSECTOS

Las aves son, en general, un símbolo del alma ‑los espí­ritus del aire, el espíritu liberado del cuerpo‑, o una mani­festación de la divinidad. Sus poderes de ascensión las convierten en símbolos naturales de todo lo que se eleva, o las asocian a las regiones superiores de la atmósfera y los cielos, y, por ende, a la aspiración y la trascendencia. La facultad de volar hacia lo alto les confiere el poder de via­jar entre este mundo y el otro; por lo tanto, actúan frecuentemente como mensajeras de dioses o ángeles, y acom­pañan al héroe de mitos, leyendas y fábulas en sus aven­turas o búsquedas, confiándole algún secreto o anuncian­do algún hecho sobrenatural: de aquí proviene la expre­sión “me lo contó un pajarito”.

Gallinas, patos, gansos y pavos

Las aves domésticas tienen, sin embargo, un significado más terrenal. La gallina es el ejemplo sobresaliente del ins­tinto maternal por el cuidado que brinda a sus polluelos: también representa la providencia y la procreación. La gallina negra coincide con el perro y el gato negros en el papel de representante de las brujas o del Demonio, mien­tras que la gallina que cacarea tipifica la dominación fe­menina o una mujer audaz y emprendedora, tan aterrado­ra que “una mujer silbando y una gallina cacareando ahu­yentan al demonio de su guarida”.

Para el cristianismo, la gallina con sus polluelos repre­senta a Cristo con su rebaño, quien se vale de una analogía propia cuando recuerda con cuánta frecuencia había querido reunir a su alrededor al pueblo de Jerusalén, del mismo modo que la gallina reúne junto a ella a sus pequeños.

El pato, en cambio, ha dado lugar a más metáforas y ana­logías que símbolos, cuando decimos, por ejemplo, “como agua sobre las plumas de un pato” (en el sentido de algo que no surte ningún efecto), “como pato moribundo en una tormenta” (quedar de una pieza, pasmado o asombrado), etc. En la tradición amerindia el pato puede actuar como mediador entre los espíritus del cielo y el agua: en China y Japón representa la fidelidad y felicidad conyu­gales, la dicha y la belleza. El pato y la pata juntos simbo­lizan la unión de los amantes, la felicidad y consideración mutuas. Los patos aparecen a veces unidos mediante dos alas entrelazadas, o sea, la forma más estrecha de la unión y la felicidad conyugales.

El simbolismo del ganso está más difundido que el de cualquiera de las otras aves domésticas. Es un ave eminen­temente solar, pues, según se dice, el ganso sigue al sol en sus migraciones, y también puede intercambiarse simbóli­camente con el cisne blanco, que tiene un carácter enteramente solar.

El ganso es el ave “del hálito”, del viento: tam­bién representa la vigilancia, porque avisa al instante, con un fuerte graznido, la llegada de extraños. Cuenta la leyen­da que los gansos sagrados ‑guardados en Roma y asocia­dos con Marte, dios de la guerra, Juno, Reina de los Cielos, y Príapo como símbolo de la fertilidad‑ salvaron a la Ciudad Eterna al dar la alarma ante la llegada de los inva­sores. Para los griegos y los romanos, el ganso estaba con­ sagrado a los dioses de la guerra, pero era también un em­blema de la divinidad solar, Apolo, y mensajero de Mercu­rio, dios del comercio, de Eros, dios del amor, y de Peitho, diosa de la elocuencia y la persuasión. En la mitología cél­tica, el ganso era también un atributo de los dioses de la guerra.

Pero fue probablemente el simbolismo egipcio e hin­dú el que le dio mayor importancia. En la mitología egipcia, el Ganso del Nilo, el Gran Hablador, era el creador del mun­do que había puesto el Huevo Cósmico, del cual había emergido el sol, Amon‑Ra. El ganso era también el emblema de Seb, o Geb, dios de la Tierra, y representaba el amor: era también el símbolo de Isis, Osiris y Horus. El ánsar o ganso salvaje de la mitología hindú es el vehículo de Brah­mâ, el gran principio creador. También denota libertad, de­voción y espiritualidad, sabiduría y elocuencia. El Ham‑Sa aparece con figura de ganso o de cisne, y representa el más notable de los intercambios entre estas dos aves.

En China, el ganso se relaciona nuevamente con el poder solar, yang: es el ave mensajera que trae buenas nuevas. Co­mo el pato, expresa la felicidad conyugal, pero también el cambio estacional del otoño, y aunque tiene carácter solar, el arte chino y japonés suele mostrarlo asociado con la luna otoñal. En occidente, el ganso es la comida característica de las festividades navideñas y del día de San Miguel, fechas que están conectadas simbólicamente en el hemisferio norte con el poder decreciente del sol en la estación otoñal y su creciente poder después del día más corto del año, hacia fines del mes de diciembre.

A1 igual que el tabaco y la papa, oriundos del continen­te americano, el pavo fue importado al Viejo Mundo en fe­cha relativamente reciente. En México era el ave sagrada de los toltecas, “el ave enjoyada”, y constituía la comida tí­pica de las fiestas y ceremonias rituales de acción de gracias, simbolismo que ha sido adoptado en Estados Unidos para el Día de Acción de Gracias, y comúnmente en Inglaterra para la Navidad.

La paloma

La paloma, otra ave que es asociada también con la vida hogareña, es símbolo de paz y dulzura en todo el mundo, especialmente cuando aparece con la rama de olivo. Representa también el espíritu de la luz, el alma, y es un pájaro consagrado a todas las Reinas del Cielo. La paloma sagrada se vincula también con los cultos funerarios. Pero el signifi­cado de la paloma es ambivalente, por cuanto se considera que simboliza la inocencia y la castidad, pero en algunos casos representa la lascivia, particularmente bajo la forma     del palomo.

En el Antiguo Testamento tipifica la inocencia, la simplicidad, la  mansedumbre, y encarna el alma de los muertos. En el Nuevo Testamento y en el arte cristiano re­presenta el Espíritu Santo, la Anunciación, el bautismo, la paz y la inocencia. Una bandada de palomas simboliza la fidelidad y la fe; siete palomas, los Siete Dones del Espíritu; una paloma con una rama de palma no solo expresa la paz, sino el triunfo sobre la muerte; una paloma blanca es un alma salvada, en contraposición con el cuervo negro, emble­ma del pecado. Según la tradición sumeria y hebrea, una pa­loma fue expulsada del Arca, en la época del Diluvio Uni­versal, mientras que en el Antiguo Testamento, la paloma regresa con la rama de olivo para consolidar la paz entre Dios y el hombre.

En la iconografía egipcia, la paloma se posa en las ramas del Árbol de la Vida y se la representa con los frutos del ár­bol y con jícaras que contienen las Aguas de la Vida. Para los griegos y los romanos era un símbolo del amor, especial­mente como atributo de Venus, Reina del Cielo, y representaba también la renovación de la vida. Zeus era alimentado por palomas; Atenea tenía a su lado una paloma con la rama de olivo; y para Adonis y Baco era un emblema del amor y la pasión. En la religión islámica, las Tres Vírgenes sagradas se representan en forma de columnas coronadas por palomas. Tanto en China como en Japón, la paloma simboliza longevidad, respeto y orden, pero en Japón tam­bién está consagrada al dios de la guerra.

La cigüeña y la grulla

La cigüeña es, junto con el águila y el ibis, la destructora de los reptiles, esas criaturas cuyo significado es siempre funesto: por lo tanto, todo lo que las aniquila tiene carácter benéfico y solar. Pero de las tres aves, sólo el águila sigue siendo enteramente solar, ya que el ibis y la cigüeña consi­guen el sustento en los pantanos o a la vera de los ríos, en el elemento líquido. Como hemos visto, este elemento se relaciona con la creación, pues la vida se origina en las aguas. Por lo tanto la cigüeña, por su estrecha conexión con el embrión, es portadora de nueva vida; de aquí pro­viene la conocida expresión “a los bebés los trae la ci­güeña”.

La cigüeña simboliza también la llegada de la nueva vi­da en primavera, y es siempre un signo de buen augurio. Tener en el tejado de la casa un nido de cigüeña trae buena suerte.

La grulla, que es también un ave de las aguas, tiene un vasto simbolismo en Oriente. Es un ave de linaje solar, men­sajera de los dioses, e intermediaria entre el cielo y la tierra. Conduce las almas al Paraíso y significa longevidad, vigilan­cia, prosperidad y autoridad. En China es “el Patriarca de la Tribu Emplumada”, y en Japón, “la Honorable Grulla”. En el arte oriental se la representa generalmente junto con el sol y varios pinos. En la mitología céltica, por el contra­rio, es el ave sagrada del soberano del mundo subterráneo y anuncia guerra y muerte.

El águila

Por su fuerza y su magnificencia, el águila es asociada naturalmente con el poder, la autoridad y la majestad real. Es el atributo de todos los dioses celestiales, y suele inter­cambiarse simbólicamente con el halcón y el gavilán. Es también el principio espiritual que se remonta hacia las alturas, la inspiración, el elemento aéreo. Por su carácter solar está en permanente conflicto con el mal o con los poderes infernales, y, como hemos visto, una de las representaciones más frecuentes del águila es aquella en que aparece luchando con la serpiente, o apresándola entre sus garras, lo cual simboliza la lucha entre la luz y la oscuri­dad, entre el bien y el mal.

Sin embargo, aunque el águila y la serpiente están en perpetuo conflicto, juntas representan la suma de espíritu y materia y, por lo tanto, la unidad cósmica primordial. La lucha entre el águila y el león, o entre el águila y el to­ro, en la que el águila sale invariablemente victoriosa, representa el triunfo de lo espiritual sobre lo material, de la mente sobre la materia.

Las águilas de dos cabezas son atributo de los dioses gemelos y simbolizan el poder dual, la omnisciencia y la omnipotencia. En la alquimia, representan al dios Mercu­rio masculino‑femenino, mientras que el águila coronada y el león son el viento y la tierra, el mercurio y el azufre, el principio volátil y el principio fijo.

La vincha con el águila emplumada que usa en la cabe­za el jefe de los Pieles Rojas es una expresión del Gran Es­píritu, del Pájaro del Trueno. El águila actúa como media­dora entre el cielo y la tierra. Para los aztecas, era el poder celestial, el sol naciente, la devoradora de la serpiente de la oscuridad. El águila de los hindúes es el Pájaro Garuda, en el cual va montado Vishnu, y está en guerra con las Nagas, las serpientes. En la mitología escandinava, el águila apa­rece en las ramas del Yggdrasil, el Gran Fresno, el Árbol del Mundo como símbolo de la luz, en la lucha contra la ser­piente de las tinieblas.

Para los griegos y los romanos, era la portadora del rayo de Zeus/Júpiter, símbolo del poder espiritual, y para los romanos, en particular, representaba el poder del Emperador. El águila romana seguía al ejército romano y a los colonizadores dondequiera que fuesen.

Corrían extrañas historias acerca del águila. Se sostenía que era capaz de remontarse hasta el sol y de contemplarlo sin pestañear; otros creían que renovaba su plumaje volan­do hasta el sol y sumergiéndose luego en el mar. El cristia­nismo consideraba estas ideas como símbolos de Cristo que contempla la gloria de Dios y rescata las almas del mar del pecado.

El sol emplumado de los pieles rojas

El águila como símbolo de inspiración se adoptó particu­larmente para representar la inspiración de las Sagradas Escrituras: de aquí que se la utilice en las iglesias como una suerte de atril desde el cual se leen las Escrituras.

El buitre y la lechuza

En extraño contraste con el águila, solar y masculina, en otro tiempo se creía que el buitre era enteramente fe­menino, mientras que el gavilán y el halcón tenían carácter masculino; por lo tanto, los buitres representaban el princi­pio femenino maternal, cuidaban de sus pequeños y propor­cionaban abrigo y protección. Por otro lado, simbolizaban también la destrucción y la voracidad, pero por ser aves que se alimentan de carroña, tipifican, al mismo tiempo, la purificación y trabajan para el bien. En Egipto, la diosa Isis asumió una vez la apariencia de un buitre; desde entonces simboliza el amor maternal y las buenas obras. Hathor apa­rece a veces con cabeza de buitre, y Maat lleva como ador­no un buitre en la cabeza. En la mitología grecorromana el buitre era el ave sagrada de Apolo, pero también era mon­tado por Cronos/Saturno.

Por ser un ave nocturna consagrada a Juno, la mayoría de los mitos y religiones lo relacionan con la lechuza, sím­bolo de la oscuridad y la muerte, mientras que el cristianis­mo la identifica con el demonio como representación del poder de las tinieblas. Este tétrico simbolismo tiene nota­bles excepciones en las culturas grecorromana y amerindia, donde la lechuza tipifica el poder profético y la sabiduría. Es un atributo de Atenea/Minerva, y de esta fuente deriva sin duda en Occidente la idea de la “vieja y sabia lechuza”.

El cisne y el reyezuelo

Como hemos visto, el cisne y el ganso comparten el mis­mo simbolismo, que puede corresponder tanto a uno como a otro, pero el cisne tiene además un simbolismo propio re­ferido a su “canto”. Se suponía que en el momento de mo­rir, el cisne entonaba un canto característico, dulce y plañi­dero. Esto dio origen al “canto del cisne”, metáfora que sig­nifica la muerte, el acto final. El dulce y melodioso canto del cisne se comparaba también con el canto del poeta. Por lo tanto, es el ave identificada con el poeta, de aquí que se llame a Shakespeare “el cisne de Avon”. En esta asociación poética es también el símbolo de la soledad y el retrai­miento.

El cisne combina las fuerzas del aire y el agua, representa la vida, el amanecer y es predominantemente solar. En la mitología céltica, los cisnes tienen carácter solar y benéfico, y poseen los poderes curativos del sol y las aguas. El cisne se caracteriza por sus grandes poderes de trasformación: así vemos que en los mitos y fábulas los reyes, príncipes y princesas adoptan la forma de cisnes o se convierten en cisnes. Cuando el cisne lleva alrededor del cuello una cadena de oro o plata, podemos reconocer instantáneamente a al­gún personaje de la realeza o la apariencia sobrenatural de una divinidad.

La mitología grecorromana confería al cisne una signifi­cación amorosa relacionada con la historia de Zeus/Júpiter, que convirtióse en cisne para seducir a Leda. Era el ave sa­grada de Afrodita/Venus y el ave solar de Febo/Apolo. En el cristianismo, el cisne blanco es un emblema de la Virgen María, mientras que el canto que entona con su último aliento representa la resignación de los mártires cristianos. El huevo cósmico de oro de la mitología hindú era depositado en el seno de las aguas por el pájaro divino, del cual surgió Brahmâ, que a menudo va montado en un cisne. Ham‑Sa, que puede ser cisne o ganso, aunque generalmente toma la apariencia de un cisne, es “ese par de cisnes que son Ham y Sa, que moran en la mente del Grande”. Están escul­pidos en los templos, y representan la perfecta unión hacia la cual se elevan los seres celestiales: también son Hálito y Espíritu.

Curiosamente, uno de los pájaros más pequeños, el re­yezuelo, es llamado el “Rey de los Pájaros”, el “Pequeño Rey”, pero su simbolismo es ambivalente, ya que puede ocupar el lugar de la paloma como símbolo del alma o el espíritu, mientras que, por otro lado, representa a una bruja, en cuyo caso adquiere carácter maléfico. Matar a un reyezuelo se considera, en general, un hecho sumamente infortunado; sin embargo, en Francia e Inglaterra existe la costumbre de cazarlo para Navidad y, después de colgarlo de un largo palo, hombres y mujeres lo llevan en procesión de un lado a otro, recorriendo las casas del ba­rrio, donde los vecinos los reciben cálidamente y les ofre­cen regalos. Finalmente, entierran al reyezuelo en el ce­menterio de la parroquia como símbolo de la muerte del año viejo.

La abeja

De todos los insectos, la abeja es probablemente el que encierra mayor simbolismo y representa en todas par­tes la laboriosidad y el orden. Como es un insecto alado, comparte con los pájaros la facultad de llevar mensajes de este mundo al mundo de los espíritus; el antiguo hábito de “contarle a las abejas” cualquier acontecimiento im­portante acaecido en la familia era el medio de enviar la noticia a las almas que moraban en el otro mundo. Al igual que los pájaros, las abejas pueden identificarse con el alma y, en consecuencia, con la inmortalidad En tiempos antiguos se creía que eran hermafroditas, por lo que represen­taban la castidad y la virginidad.

En casi todas las tradiciones existe el simbolismo de la abeja. En la iconografía hindú, si está posada sobre el loto               representa a Vishnu; las abejas azules sobre la frente encarnan a Krisna y el éter; las abejas, en las que se conjugan la dulzura y el dolor, forman la cuerda del arco de Kama, dios del amor. En el antiguo Egipto, la abeja no solo simbolizaba la industriosidad, sino que era dadora de la vida y, por lo tanto, de la inmortalidad. También denotaba realeza, y era un emblema del Faraón del Bajo Egipto. Los griegos creían que el alma de los muertos podía albergarse en las abejas. La Diosa Madre recibía el nombre de Abeja Reina, y sus sacerdotisas eran melissae, las Abejas. Los oficiantes de Eleusis eran abejas y se las asociaba con Pan, Príapo, Zeus y también con Deméter, Cibeles y Diana. Eran los “pájaros de las Musas”, que derrochaban elocuencia y palabras melo­sas. Aunque Virgilio las llama “el hálito de la vida”, para los romanos el enjambre de abejas denotaba infortunio, mientras que una abeja sin cabeza conjuraba el mal de ojo.

El islamismo identifica a las abejas con la fidelidad, la inteligencia, la sabiduría y la inocencia. Ibin al‑Athir dice: “Las abejas favorecen la eclosión de los frutos, realizan ta­reas útiles, trabajan de día, elaboran su propio alimento, repudian la suciedad y los malos olores, y obedecen a sus conductores; sienten aversión por la oscuridad de la indis­creción, las nubes de la duda, las tormentas de la rebelión, el humo de lo prohibido, el agua de lo superfluo y el fuego de la lujuria.” Los celtas creían que las abejas poseían una sabiduría secreta proveniente del mundo subterráneo, el mundo mítico de los muertos. El cristianismo asociaba a la abeja con la castidad de las vírgenes y con la Virgen María; simbolizaba también la diligencia, el orden y la prudencia. La colmena representaba la vida ordenada y piadosa de la comunidad religiosa: las abejas eran los fieles cristianos y la colmena, la Iglesia.

Otros insectos

La hormiga es otro símbolo de laboriosidad, virtud y vida comunitaria organizada, pero también entraña sumi­sión ciega y subordinación; por eso, cuando nos referimos a un estado totalitario o a un vasto complejo urbano decimos peyorativamente que es un “verdadero hormiguero”.

La conocida fábula de la cigarra y la hormiga hace hin­capié en que la hormiga trabaja por el trabajo en sí y es incapaz de gozar del ocio, en contraposición con la vida alegre y despreocupada de la cigarra, que canta y juega du­rante todo el verano, sin guardar nada para los meses de in­vierno. Aquí se toma a la hormiga como modelo de frugali­dad y previsión, pero en realidad la fábula es injusta con la cigarra, que muchas veces beneficia a la hormiga cuando perfora los tallos de las plantas, liberando los jugos nutri­cios y proporcionando de ese modo a la hormiga la escasa e indispensable humedad que necesita para sobrevivir. Los chinos sienten afecto por la cigarra y el grillo, los guardan en pequeñas jaulas de caña, y se deleitan con su alegre y agudo chirrido. Ambos simbolizan la buena suerte, la abun­dancia y la virtud. En cambio, los hebreos consideran a la cigarra corno un flagelo, pues la identifican probablemente con la langosta. La cigarra dorada de los griegos representaba la nobleza y la aristocracia.

Ya nos hemos referido a la araña, pero podríamos agre­gar que en algunas islas de Oceanía, la Vieja Araña es la creadora del universo. Su asociación con las poderosas Dio­sas Madres y con las divinidades que rigen el destino huma­no explica la razón por la cual dar muerte a una araña es signo de mala suerte. Aunque la araña puede ser funesta, cumple un papel benéfico cuando atrapa a las moscas, aso­ciadas siempre con la enfermedad, la corrupción y el mal. El Belcebú fenicio, Señor de las Moscas, es el agente del poder de destrucción, muerte y putrefacción. Los demo­nios suelen ser representados bajo la forma de moscas, que en este caso simbolizarían los poderes sobrenaturales del mal.

CAPITULO 9

LOS PECES

La mayoría de las tradiciones consideran que el elemen­to acuático ha dado origen a todas las formas de vida. Las aguas primordiales son el caos, lo informe, que encierra el potencial de todas las formas y todas las posibilidades de manifestación. Son esencialmente el elemento creativo de lo maternal, la Madre de Todas las Cosas; por lo tanto, no es extraño que se asocie a los peces con todos los aspectos de la fertilidad y la creación, y que tengan un rico y varia­do simbolismo de alcance universal.

Hemos visto ya que el pescado era el principal alimento en las fiestas del Viernes, cuando se celebraba el día de la Diosa Madre. E1 pescado, como el pan y el vino, era una comida sacramental de las religiones mistéricas, y se lo aso­ciaba con la adoración ritual de todas las diosas lunares de las aguas y de los dioses del mundo subterráneo. El pez era también un símbolo fálico, porque representaba 1a fecundidad, la vida creada, renovada y sustentada.

Las deidades que van montadas en peces o delfines re­presentan la independencia del movimiento en el agua, el potencial y todas las posibilidades. en los peces, nadar ha­cia abajo simboliza la involución del espíritu, y hacia arriba, la evolución del espíritu‑materia. Dos peces juntos expresan el poder espiritual y temporal. Tres peces, que a menudo se representan entrelazados o con una sola cabeza, son un símbolo casi universal de la trinidad del poder divino. Este símbolo se encuentra en la iconografía de culturas tan diferentes como las del antiguo Egipto y la Mesopotamia o las de los celtas, persas y galos.

En la tradición hindú el pez es el vehículo de Vishnu, el Salvador, en su primera encarnación, cuando salvó a la humanidad del diluvio y creó una nueva raza de hombres al comienzo del presente ciclo. E1 pez dorado es el símbolo de Varuna, que controla el poder de las aguas, mientras que los peces en general tipifican la fertilidad y abundancia. En la mitología budista, el pez aparece sobre las “huellas del Buddha”, lo cual significa liberarse de la sujeción, y emanciparse de los deseos y ataduras de este mundo. El Buddha es el Pescador de hombres.

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El cristianismo utilizó ampliamente el simbolismo del pez. Los Padres Primitivos eran llamados pisciculi, y los pe­ces eran identificados con los conversos, que nadaban en las aguas de la vida. Los Apóstoles eran los Pescadores de Hombres. En el arte cristiano, el pez, el vino y la canasta de pan representan la Alimentación de los Cinco Mil y la eucaristía en la Ultima Cena. Para los cristianos el pez simboliza el bautismo, la inmortalidad y también la resu­rrección, conmemorando la milagrosa salvación de Jonás del vientre de la ballena. Cristo era representado con la sigla ICHTHUS, pescado, abreviatura de Iesous Christos Theou Huios Soter (Jesucristo Hijo del Dios Salvador). Los tres peces entrelazados o con una sola cabeza son un símbolo inspirado en las religiones primitivas y denotaba el bautismo bajo la advocación de la Trinidad.

Los celtas relacionaban el salmón, la trucha y el delfín con los manantiales sagrados y las aguas curativas como símbolos de la presciencia de los dioses, y Nodón era un Dios Pescador. En la lengua china, los vocablos “pez” y “abundancia” son homófonos, de modo que el pez repre­senta riqueza, regeneración y armonía, mientras que un par de peces, generalmente carpas, que aparecen con tan­ta frecuencia en el arte chino, representan los gozos de la unión, el matrimonio y la fertilidad. La Diosa Madre, Reina del Cielo, Kwan‑yin tenía como emblema un pez, igual que en la dinastía T’ang, pero un solo pez también puede repre­sentar a la persona solitaria, por ejemplo, un huérfano, un viudo o una viuda. El pez carpa tiene un significado litera­rio especial porque tipifica la excelencia literaria, así como la perseverancia en la lucha contra las dificultades, simbo­lismo tomado del largo y duro viaje de la carpa cuando tiene que remontar la corriente para depositar sus huevos.

Cuando alcanza su meta, se dice que ha “atravesado la Puerta del tragón” y se convierte en uno. De aquí que sea también una expresión con la que se congratula al estu­diante que ha superado exitosamente las dificultades de un examen literario. En la lengua japonesa, “carpa” es homófono de “amor”; por lo tanto, se la identifica con éste y es, al mismo tiempo, un atributo de Kwannon, Es tam­bién un emblema del Samurai, caracterizado por su valor, paciencia y resignación ante el destino.

En el judaísmo, los peces, como reza la Torah, son los fieles que habitan en las aguas, su verdadero elemento. La vieja Pascua judía caía en el mes de Adar, el Pez, y el pes­cado era la coena pura de la comida del Sabbath (Sábado), alimento de los bienaventurados y símbolo del banquete celestial en la vida futura.

En la tradición sumerio‑semítica, Ea‑Oannes, Señor de las Profundidades, el dios pez‑cabra, era servido por sacerdotes que usaban tocados en forma de cabeza de pez, que con el tiempo pasarían a ser las mitras de los obispos cris­tianos; el pescado era la comida eucarística de los sacerdo­tes de Atargatis, en cuyos templos mantenían a los peces sagrados dentro de estanques especiales. Su hijo era lctis, el pez sagrado. El pez era, tanto un símbolo fálico masculino en su condición de emblema de Ea y Tammuz, como el sím­bolo femenino de la fertilidad y la creatividad cuando esta­ba asociada con Atargatis, Ishtar y Nina.

Entre los griegos y los romanos, el pez era el símbolo del amor y la fertilidad, atributo de Afrodita/Venus, pero también de Poseidón/Neptuno cono poderes de las aguas. Orfeo era un Pescador de hombres. El pez tenía también una significación funeraria e indicaba la nueva vida en el otro mundo; en el culto de Adonis era ofrecido cono tri­buto a los muertos.

En el zodíaco, los dos peces de Piscis que nadan en direcciones opuestas, representan la sustancia arcana, y el pez‑cabra es Capricornio.

El delfín y la ballena

El delfín, considerado frecuentemente como amigo y guía de los marinos y salvador de los náufragos, asume este simbolismo en el mundo espiritual, y es el que guía a las almas hacia el otro mundo. Es el Rey de los Peces, el poder marino, la seguridad y la velocidad. Dos delfines que nadan en direcciones opuestas significan la dualidad de la naturaleza, mientras que el delfín con el ancla represen­ta los contrarios: la rapidez y la lentitud, lo dinámico y lo estático. Tanto los griegos como los romanos atribuían al delfín la facultad de conducir las almas a través del mar de la muerte hasta las Islas de los Bienaventurados. Para los griegos, tenía significación solar y lunar, ya que estaba relacionado con Apolo Delphinos por ser éste la luz y el sol; pero también se lo usaba para representar el principio acuo­so femenino y la matriz, debido a la similitud entre delphis y delphos, Como emblema de Afrodita y de Eros, el delfín tiene resonancias amatorias. Tetis, la Diosa del Mar, se des­plaza desnuda sobre un delfín. Los sumerios utilizaban al delfín como alternativa a las representaciones de Ea‑Oan­nes con figura de pez: es, además, un atributo de Ishtar y está consagrado a la diosa siria Atargatis.

El cristianismo adoptó el delfín como símbolo de Cris­to, Salvador de las Almas, y como conductor de las almas por sobre las aguas del mar de la muerte. En el arte cristia­no, un delfín con una barca o un ancla representa a la Igle­sia conducida por Cristo. A veces remplaza a la barca o al Arca de la salvación y el renacimiento. El delfín puede ocupar también el lugar de la ballena para denotar la resu­rrección.

La ballena simboliza de por sí el poder, el poder de las Aguas Cósmicas y, por consiguiente, la regeneración tanto cósmica como individual. Pero también representa la tumba, la gran devoradora. El “vientre de la ballena” es un ámbito de muerte y resurrección. En el Antiguo Testa­mento, el símbolo de Jonás y la ballena continúa la tradi­ción según la cual el hecho de ser tragado por una ballena o algún gran pez o monstruo marino es un rito de inicia­ción, en el cual primero se experimenta la muerte y luego, después de los tres días tradicionales de oscuridad de la luna, el hombre nuevo emerge de la  caverna de la inicia­ción y sale a la luz de la nueva vida y del renacimiento. Pero el cristianismo equiparaba a la ballena con el diablo; sus fauces son las puertas del infierno, y su vientre es el infierno.

La caracola

La caracola es relacionada con el mar y el poder de las aguas. Es universalmente un símbolo femenino de dicho poder, la matriz universal, la luna, nacimiento y regenera­ción, amor, matrimonio y fertilidad. En los ritos funera­rios, significa el viaje a través del mar de la muerte, y la re­surrección a una nueva vida. Es el emblema de Afrodita/Venus, “nacida del mar”, y se la representaba a menudo montada de pie sobre una caracola. Su asociación con esta diosa la convierte en un símbolo de amor. Para los cristianos denota las aguas del bautismo, y a veces se la usa para rociar el agua bautismal. La concha del pecten es asociada con Santiago el Mayor y constituye uno de los símbolos del peregrino. En China la caracola y la perla son yin, el elemento acuoso, mientras que el jade es yang, el principio celestial. La caracola también significa una buena vida en el otro mundo.

La concha del caracol marino tiene un vasto simbolis­mo propio. Sus volutas sugieren el sol naciente y poniente, la espiral lunar y e1 movimiento de las aguas. A1 igual que cualquier caracola, es un atributo de Vishnú, Señor de las Aguas en el hinduismo: de la concha del caracol marino había surgido el fonema creativo primordial OM, que era la palabra manifestada. El budismo también adopta la concha como símbolo del fonema primordial, y usa la caracola ritualmente, como una trompeta, en el culto. En este caso, denota la voz del Buddha predicando la Ley y proclamando la victoria sobre el mundo entero, el Samsá­ra. En el budismo chino, la concha es uno de los Ocho Símbolos de Buen Augurio. Para los griegos y los roma­nos, es un emblema de Poseidón/Neptuno y de Tritón. Los tritones, que conducen el carro de Poseidón, soplan las conchas del caracol marino. En el arte maya, la caracola aparece frecuentemente en todo simbolismo asociado con las aguas. En el Islam, es el oído que oye la Palabra Divina.

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CAPITULO 10

FLORES Y FRUTOS

Resulta evidente que la Gran Madre domina el simbo­lismo de todo lo que concierne a la creación, el crecimien­to y la conservación de la vida, así como a las fuerzas que originan y controlan la vida, las aguas, la tierra y la luna. Tiene un simbolismo sumamente complejo ya que no es solamente la Madre Tierra, la tellus mater, sino también la Diosa Luna, identificada con las fases de la luna y lla­mada Reina del Cielo.

La luna, a su vez, es asociada con las mareas y el poder de las aguas, a las cuales controla. Por lo tanto, es la prima materia, tanto de la tierra fértil, co­mo de las aguas, origen de todas las cosas. Es la Madre de Dios, pues de ella ha nacido el Salvador encarnado, tanto en el mundo material, como en la experiencia del alma individual o psique. Es la prometida de Dios, ya que, co­mo el alma, debe unirse con lo Divino. Es la hija de Dios, puesto que Dios da origen a todas las cosas. Es lo Femeni­no arquetípico, el origen de toda vida y de toda forma. En la mitología es la Madre Virgen que lleva en su seno al hijo, el Dios Mortal. Aquí la palabra “virgen” significa simplemente pura, libre, sin trabas, no atada por los lazos del matrimonio. Simboliza todas las fases de la vida cós­mica, que une todos los elementos, los cielos, la tierra y las aguas. De ella, bajo el aspecto de Isis, se ha dicho: “Yo soy todo lo que ha sido, y es, y será, y ningún mortal ha levan­tado aún mi velo.” Ella es el gran Misterio de la vida y la muerte, y en todas las épocas y tradiciones se la conoce con muchos y diversos nombres.

La gavilla de cereal

Los árboles, plantas y flores se unen a la Madre Tierra en el ciclo de nacimiento‑vida‑muerte‑y‑renacimiento. La gavilla de cereal ocupa un lugar prominente entre los sím­bolos vegetales. No solo es uno de los principales atributos de la Madre Tierra, sino el de su hijo, el Dios Mortal, que es también el Dios del cereal, asociado con el despertar de la vida en primavera, así como con la muerte del invierno, cuando la semilla cae en la tierra helada y muere para poder germinar y renacer a una nueva vida. El Dios Mortal de la vegetación representa el ciclo recurrente de muerte y renacimiento -la planta muere para vivir- , el eterno retorno. Combina siempre los principios masculino y femenino del Sol, o Padre, el dios cuyos rayos calientan y fertilizan la tierra, y de la Madre Tierra, que nutre y hace germinar la semilla. Por lo tanto, aparece frecuentemente cono un hermoso joven de aspecto femenino, o como un hermafro­dita. Nunca alcanza la madurez y es muerto por un árbol o muere sobre un árbol (el poder femenino). Siempre nace milagrosamente de una virgen. Simboliza la fresca belleza de la primavera, la muerte del verano que termina, la mar­chita vegetación del otoño y el sueño de muerte de la esta­ción invernal. El Dios Mortal de la vegetación despierta nue­vamente y renace a medida que trascurre el año: el sol cobra nuevas fuerzas, aumenta su poder, y la vida se renue­va una vez más.

La gavilla de cereal era el símbolo esencial de los Miste­rios de Eleusis, que se centraban en la adoración de Demé­ter o Ceres, diosas de la fertilidad (de Ceres deriva la palabra “cereal”).

El cereal estaba consagrado a Artemisa y a Cibe­les; el pan era la comida sacramental en los ritos que se cele­braban tanto en honor de dichas diosas como de otras divi­nidades terrestres y lunares (el pan se preparaba a menudo en forma de bollos o pastelillos redondos, sobre los cuales se marcaba una cruz).

La redondez de estos bollos represen­taba la luna, y la cruz, las cuatro fases de la luna. En las comidas sacramentales, el pan y el vino eran símbolos del equilibrio entre los esfuerzos del hombre y su habilidad en las labores agrícolas que proporcionaban el alimento y la bebida. El pan es equiparado con la Madre Tierra, el prin­cipio femenino; el vino, con el fogoso carácter masculino; el pan es sólido, el vino líquido, el vino se relaciona con lo divino, el pan con lo terreno, y los dos juntos simbolizan la unión de los contrarios.

En la mitología griega Deméter, la Madre Tierra, repre­sentaba el grano, mientras que Dionisio, el joven y hermoso Dios Mortal, era el dios del vino. En el cristianismo, el pan y el vino del sacramento significaban la naturaleza dual de Cristo: el vino representaba su naturaleza divina, y el pan su encarnación terrena.

Frecuentemente se asociaba a las flores con diversos dioses, en especial los que eran sacrificados, cuando de la sangre derramada en el suelo brotaban flores. Las anémo­nas, flores que simbolizan dolor, tristeza y abandono, cre­cieron de la sangre de Adonis; la violeta, de la sangre de Atis; el jacinto, precisamente de la sangre de Jacinto, y la rosa, de la sangre de Cristo.

Las divinidades orientales emergen del loto, que repre­senta al mismo tiempo la luz del sol y el poder de las aguas primordiales, la matriz, Brahmâ, el Buddha y Horus emer­gieron simbólicamente del loto. La vid y la rosa de la pasión, la pasionaria, eran atributos de Venus, diosa del amor.

La violeta y la rosa

La violeta, con su oculta belleza y su suave fragancia, re­presenta la modestia y la humildad. En la mitología griega, además de estar consagrada a la diosa Atis, era la flor de la dulce Io y del impetuoso Ares, dios de la guerra, quien había sido dios de la agricultura antes de que cambiara su carácter mitológico para convertirse en dios de la guerra, con lo que despertó la aversión de los demás dioses, indignados por la insensatez de la guerra.

La rosa tiene un simbolismo vasto y ambivalente. La rosa        blanca es la pureza, la perfección, la inocencia y la virginidad, pero la rosa roja representa exactamente lo contrario, la pasión terrena y la fertilidad. La rosa puede simbolizar el tiempo y la eternidad, la vida y la muerte. Ha sido siempre la flor del misterio; el “corazón de una rosa” es sinónimo de lo desconocido, mientras que la rosa completa es la ple­nitud. Como representación de la vida, es un símbolo de la primavera, la resurrección, el amor y la fecundidad; co­mo representación de la muerte, tipifica la transitoriedad, la mortalidad, y el dolor. Bajo estos dos aspectos, la rosa es­taba presente en los antiguos jardines funerarios de los ro­manos. E1 elemento de misterio que encierra la rosa le ha conferido el simbolismo de lo secreto y reservado. Por esta razón, la rosa fue incorporada como elemento decorativo al techo de los edificios de cámaras y consejos, a fin de re­cordar a los que se sientan bajo ese techo la necesidad de guardar el secreto y mantener total reserva y discreción (lo que explica el término sub rosa). La asociación de la rosa con la pasión la vincula con el vino, la seducción y la sen­sualidad, pero también con la felicidad; de aquí la canción “rosas, rosas. . . para toda la vida”.

Sin embargo, sus espinas significan dolor, sangre y mar­tirio.

Las rosas rojas y blancas juntas representan la unión de los contrarios, la amalgama del fuego y el agua. El rojo es lo masculino, el Rey; el blanco lo femenino, la Reina; rojo, el sol; blanco, la luna; rojo el oro, blanco la plata. Pero puesto que la fusión de los dos contrarios es una unión final, debe significar la muerte del yo individual que renace en la vida del Uno, las rosas blancas y rojas juntas pueden significar la muerte.

La rosa dorada es siempre sinónimo de perfección, mientras que la rosa azul representa lo imposible o lo inalcanzable.

El lirio y el loto

La planta, la flor, el árbol y el jardín ofrecen una rica y variada simbología al cristianismo. La violeta blanca, la rosa blanca y el lirio del valle simbolizan la pureza de la Virgen María, mientras que el ciclamen blanco con su mancha roja representa la sangre que derrama el corazón de la Virgen (de aquí que se la llame “monja sangrante”). El clavel rosado representa las lágrimas de la Virgen y su maternidad, mientras que el lirio, sea bajo la forma de “madonna”, de cala o a veces de narciso, es la flor que se relaciona más frecuentemente con la Virgen. El tallo erecto es su mente piadosa, las hojas colgantes, su humildad, la blancura de los pétalos, su pureza, y la fragancia, su divinidad.

El lirio, a veces en forma de iris, tiene carácter sagrado para todas las diosas Vírgenes como la Madre y la Doncella, la casta virgen, Madre del Cielo y la Madre Tierra. El Occidente, el lirio es el equivalente del loto en Oriente, aunque éste encierra un simbolismo aún más vasto y profundo. Al igual que la rosa, el loto tiene atributos tanto masculinos como femeninos, es yin y yang, puesto que nace del yin lunar, el elemento líquido, y se transforma en yang, la luz del sol. El loto, como el lirio, simboliza la pureza, la belleza y la perfección femeninas. También expresa el desarrollo espiritual: nace con las raíces en el cieno, crece a través de las oscuras aguas, y sus flores, flotando sobre la superficie del agua, alcanzan la luz del sol y el aire de los cielos. Sus raíces representan la indisolubilidad: el tallo es el cordón umbilical que mantiene al hombre atado a sus orígenes, y la flor asume la forma de los rayos solares. La vaina de la semilla, que completa el ciclo, simboliza la fecundidad de la creación y devuelve la semilla a las aguas primordiales.

La misma planta da yemas, flores y semillas al mismo tiempo, y de este modo es asociada con el pasado, el presente y el futuro, lo cual significa, a su vez, la totalidad.

En China es fundamentalmente la flor de la bella y sere­na Kwan‑yin, Reina de los Cielos y Diosa de la Compasión. El loto acompaña a los dioses solares del antiguo Egipto y de la India, y a los dioses y diosas lunares de la tradición se­mítica. Por su carácter masculino‑femenino simboliza, por un lado, la luz y el fuego del astro solar y, por el otro, los poderes lunares femeninos de las aguas de la creación, y los dos interactúan para alcanzar la perfección.

La primavera y el clavelón

En los países occidentales; la primavera es una flor que tiene un simbolismo curiosamente mixto. Es pureza, juven­tud e inocencia y, al mismo tiempo, descaro y petulancia. También se la asocia con la frivolidad y la coquetería. En la mitología céltica, es la flor de los duendes, al igual que la prímula. Algunas flores tienen la facultad de ahuyentar a las brujas o conjurar sus hechizos, como la hierba de San Juan y la verbena. Como ciertas hadas son particularmente afectas a robar bebés para criarlos como propios, y en su lugar dejan en la cuna a otro niño, conviene saber que las ramas de fresno o de espino, así como sus flores, son muy eficaces para alejar los malos espíritus, sea de la casa, o del establo, donde suelen robar el ganado u ordeñar a las vacas hasta extraerles toda la leche.

En Occidente, el clavelón simboliza simplemente la fide­lidad pero en Oriente tiene un significado más trascendente. Es la flor de la longevidad, la “flor de los diez mil años”, donde diez mil es sinónimo de lo innumerable, de lo in­finito. El clavelón es muy usado en los santuarios budistas, y en el budismo es la flor de Krishna.

E1 paraíso y el jardinero

Los jardines y las flores son la morada del alma, la “tie­rra deseada”, el Paraíso: también encierran el simbolismo adicional de la inocencia y la felicidad, el cual los asocia a su vez con la infancia. La fragilidad y fugacidad son otras cualidades que vinculan a las flores con la inocencia y la infancia, pero también con la transitoriedad de la vida. Las flores de cinco pétalos simbolizan el Jardín de los Bienaventurados, también representan al hombre dotado de cinco sentidos y cinco extremidades.

En Oriente, donde se cree en la existencia de seis senti­dos -la mente sería el sexto‑ , la flor de seis pétalos, parti­cularmente el loto, representa la totalidad del cosmos.

El jardinero es siempre el Creador, que cultiva el árbol dador de vida, con sus hermosas flores y sus frutos nutri­cios. El jardín recoleto, además de representar el Paraíso, es un símbolo de virginidad, y el cristianismo lo asocia es­pecíficamente a la Virgen María. También representa el principio femenino, protector y amparador. Los jardines en miniatura, particularmente en el taoísmo, son copias terrenales del Paraíso. Los romanos cultivaban jardines cerrados sobre las tumbas de sus muertos, y también aquí eran la contraparte del Elíseo, el paraíso de los romanos. En ellos plantaban vides y rosas; éstas tipifican la eterna primavera mientras que las vides representaban la vida y la inmortalidad, pero además tenían la utilidad práctica de proporcionar el vino destinado a las libaciones que se ofrendaban a los muertos. En estos jardines, parientes y amigos celebraban banquetes en honor de los muertos, lo cual prefigura las fiestas que se realizan en los Campos Elíseos.

CAPITULO 11

LA CREACION Y LA INICIACION

Entre los grandes contrarios ‑lo negativo y lo positivo, los Dos Grandes Poderes, como los llama el taoísmo‑ el agua y el fuego son probablemente los más importantes. Ambos son creadores y destructores, ambos son fuente de vida y de muerte, ambos son generadores y purificadores. Todas las aguas se relacionan con la Gran Madre, el principio femenino, y con el nacimiento. También representan el flujo, el incesante cambio, el transcurrir de la vida que, al igual que el Tiempo, es como la corriente “que no se detiene nunca”. La muerte es comparada con “el cruce de un río” o de las aguas, símbolo del cambio de un estado o plano a otro. Pero aunque las aguas lo disuelven todo, también purifican y generan nueva vida, simbolismo que se aplica asimismo al fuego. El agua y el fuego no son solo elementos purificadores, sino también elementos indispensables, aunque al mismo tiempo temibles y peligrosos. Es más fácil que el hombre muera por falta de agua que por falta de alimento. Por su parte, el fuego es necesario para dar calor y cocer los alimentos. El agua y el fuego preservan la vida, pero también conducen a la muerte. Son opuestos y antagónicos, pero como todos los opuestos, se complementan. Cuando operan juntos, activan fuerzas iguales o superiores a las propias. Ambos se caracterizan por su inestabilidad y su gran movilidad; ambos son elementos creadores y destructores. (En otro tiempo, el mundo fue destruido por el agua, y muchas religiones profetizan que volverá a ser des­truido por el fuego.)

Como fuerzas complementarias, re­presentan la oscuridad de las aguas y la luz del fuego; la fría luna, que controla las mareas y la profundidad de los océa­nos, y el ardiente calor del sol. Hablamos del “mar de la muerte”: decimos que al llegar la noche, el sol se hunde en el océano, desaparece su luz y reina la oscuridad, pero con la llegada del alba se inicia el renacimiento y el sol surge nuevamente del mar, que se convierte entonces en el mar de la vida.

En la creación se da siempre esta unión de los contrarios, de la muerte y el renacimiento. En la alquimia se los repre­senta cono el Rey y la Reina, el Sol y la Luna, que exis­ten como contrarios en la esfera de la dualidad, y que a través de la disolución y el renacimiento se trasforman en el Andrógino y alcanzan la perfección primordial. Esta dua­lidad se expresa con la figura masculina‑femenina o con la cabeza de dos caras que representan al Rey y la Reina, mientras que en otras tradiciones adopta la forma de una diosa barbada o de un joven dios afeminado. El Andrógino es el Uno en el que se funden todos los contrarios y se al­canza la unidad espiritual. En el caso de tradiciones en las que el primer antecesor del hombre era andrógino, esto simboliza la vuelta a los orígenes, al estado perfecto desde el cual el hombre cayó en el dualismo.

Después de la Caída y la pérdida del Paraíso, el hombre experimenta el deseo de volver a ese estado de bienaventu­ranza y a la unidad original. Para alcanzar esta meta, deberá ser re‑creado, deberá volver a nacer. Tradicionalmente, el hombre pasa por tres nacimientos. El primero es de carácter físico, cuando el hombre entra en el mundo material; el se­gundo se da en las ceremonias de iniciación, cuando nace a la vida cultural o espiritual de la comunidad, y el tercero, a la hora de la muerte, cuando renace en el otro mundo. Cada etapa significa la muerte del viejo estado y el renaci­miento en un nuevo estado: el conjunto completa el ciclo.

El segundo nacimiento por la vía iniciática puede asumir muchas formas. En las sociedades tribales, los jóvenes de ambos sexos se inician, o incorporan a la vida adulta en la pubertad y pasan por una serie de ceremonias que varían de acuerdo con la forma del simbolismo adoptada por cada comunidad; sin embargo, todas coinciden en expresar la idea de la muerte a la antigua vida y el renacimiento a una nueva vida. En las religiones, las ceremonias y el simbolismo son de naturaleza espiritual; en la tribu, tienen tanto carácter cultural como religioso. En la cultura griega, los jóvenes, los epheboi, pasaban por una ceremonia iniciática que marcaba el fin de la infancia y el comienzo de la edad viril; los jóvenes de ambos sexos eran iniciados en las religiones esotéricas si demostraban estar preparados para ello.

El bautismo

El bautismo es una forma milenaria y casi universal de iniciación y aceptación en un culto o una religión. Significa regeneración, muerte y renacimiento, y en este rito el iniciado muere para la antigua vida y nace a una nueva, incorporándose así a la selecta sociedad de los “nacidos dos veces”. El neófito muere para la antigua vida y, una vez purificado, renace en la naturaleza divina. El bautismo es administrado generalmente con agua, aunque también puede emplearse el fuego, el viento o la sangre. En el mitraísmo, se bautizaba al iniciado con la sangre del toro sacrificial, en que la sangre era la fuerza rejuvenecedora, símbolo del alma y del principio vital. El bautismo por el fuego elimina las impurezas, los desechos de la antigua naturaleza, y restaura la pureza primigenia al reconquistar el Paraíso Perdido, que desde la Caída había estado rodeado por un círculo de fuego o cus­todiado por ángeles que blandían espadas flamígeras. El viento disipa los desechos y, como el fuego, es una fuerza purificadora y trasformadora: es también el hálito vital del universo y el poder del Espíritu.

Sin embargo, la forma de bautismo adoptada con más frecuencia es el bautismo por agua, la gran purificadora y generadora; pero el agua disuelve también todas las formas y diferencias, reduciéndolo todo al estado primordial in­forme, al estado que existía antes de la creación, antes del nacimiento del mundo; por lo tanto, el hombre vuelve al estado pre‑natal en el seno de las aguas, antes de nacer nue­vamente de las aguas del bautismo. Entrar en las aguas, co­mo sucede en el bautismo por inmersión, es volver al prin­cipio y empezar de nuevo; de aquí las leyendas sobre el diluvio que encontramos en todas las culturas y religiones. En los mitos de la creación se dice que en el principio, la vida emergió del océano, o que algún gran dios o fundador de una raza salió de las aguas o llegó cruzando los mares. Luego, cuando el mundo fue degenerando y el hombre se inclinó hacia la maldad, se desencadenaron las aguas para borrar de la faz de la tierra el antiguo estado, abolir todas las formas y dar nacimiento a una nueva vida. El pasado era barrido, destruido, disuelto en las aguas del diluvio, y nacía un nuevo mundo.

En el cristianismo primitivo, el bautismo tenía estrecha similitud con este simbolismo. Encerraba también la idea de muerte y de la reunión del Segundo Adán y Eva en el sa­grado matrimonio. Esto representaba el nacimiento del hombre nuevo, el hijo de Dios nacido en el seno de la Ma­dre Iglesia, porque el bautizado “volvía a ser como un niño pequeño”. En las iglesias cristianas se celebran ahora dos ceremonias iniciáticas: en primer lugar el bautismo, que es al mismo tiempo un sacramento de purificación, y la entra­da en la Iglesia, rito que habitualmente tiene lugar en la in­fancia y coincide con la imposición del nombre, que con­fiere al niño su individualidad. (El cristianismo, que sostie­ne la doctrina del pecado original, hace hincapié en que el recién nacido está en estado de pecado; esto se vincula con una superstición muy generalizada: es señal de buena suerte que el bebé llore en el bautismo porque significa que el “diablo ha salido de su cuerpo”.) La segunda ceremonia es una iniciación corroborativa que realiza el candidato por propia decisión al llegar a la pubertad. Por eso recibe el nombre de Confirmación, pues el iniciado es admitido, co­mo un miembro ya bautizado, en todos los ritos de la Iglesia.

El simbolismo del matrimonio

Después de la ceremonia de iniciación que se lleva a cabo en la pubertad, el ingreso al mundo del adulto entraña la posibilidad de contraer matrimonio, un rito que significa simbólicamente la reconciliación de los opuestos, la interac­ción entre fuerzas contrarias, pero complementarias. En las antiguas religiones, se celebraba ritualmente el Matrimonio Sagrado, el hieros gamos, entre el Dios y la Diosa, el Sacer­dote y la Sacerdotisa, el Rey y la Reina, como una manera de tipificar la unión mística entre el Cielo y la Tierra, el Sol y la Luna, simbolizados a menudo por el toro y la vaca, como representación del sol y la luna, o del león solar y el unicornio lunar.

Para los alquimistas, el matrimonio es el conjunctio, la unión del azufre o el oro, de carácter masculino, con el mercurio o la plata, de carácter femenino. Para el cristianismo, significa la unión del Alma, la Desposada, con Cristo, el Desposado.

El simbolismo del matrimonio es básicamente similar en todas las partes del mundo. Primeramente se realiza la ceremonia del compromiso, en la cual los novios se intercambian alguna prenda de unión, generalmente un anillo, que es símbolo de vínculo, pero también de personalidad. Por lo tanto, el intercambio de anillos, o el regalo de un anillo, significa trasferencia de poder, así como promesa de matrimonio. El anillo representa, asimismo, poder y dignidad; comparte el simbolismo del círculo, como integración, consumación, realización, continuidad y, por extensión, indestructibilidad. La consumación y realización que ha de brindar el matrimonio ligan a la pareja a un nuevo estado, a una nueva vida, pero se expanden también en la plenitud e integridad de esa vida. El anillo, junto con el cetro y la corona, son símbolos reales; en las ceremonias matrimoniales de muchos países, la novia es considerada una reina el día de la boda; por eso lleva una corona, mientras que en otros países la guirnalda nupcial remplaza a la corona.

En tiempos de los griegos y los romanos, la guirnalda de flores era la diadema de Flora, diosa de las flores, cuya guirnalda nupcial estaba hecha de verbenas y capullos de blanca espina, flores que, como hemos visto, ahuyentan a los malos espíritus. La guirnalda matrimonial de los árabes era de azahares, símbolo de fertilidad. La guirnalda de flores tiene un doble simbolismo porque representa las flores de la virginidad, pero es también la corona funeraria que denota la muerte de la antigua vida y la entrada en una nueva vida. El azahar, el mirto, el olivo y la verbena son símbolos de fertilidad, y se creía que conferían poderes de procreación. Las propiedades protectoras de los ornamentos y talismanes son de gran importancia en aquellas ocasiones en que la persona es el centro de atención de todos y, por lo tanto, el punto focal de las fuerzas del bien y del mal que existen en el mundo.

Los sacrificios solían cubrirse con velos o guirnaldas de flores; el velo y la guirnalda de la novia comparten el simbolismo de esta costumbre, puesto que la doncella sa­crifica su antigua vida de libertad y soltera para asumir el nuevo estado, en el que estará atada por nuevos lazos. Pero el velo es también protección, pues cubre la cabeza donde se asienta tradicionalmente el poder vital, y prote­ge a quien lo lleva de la indiscreta mirada del público y de un posible mal de ojo. Bajo el velo, la novia luce el cabe­llo recogido; en tiempos pasados lo hacía por primera vez en la vida el día de la boda, porque el cabello suelto repre­senta la libertad, y el cabello recogido, la condición de mujer casada.

En Occidente, el color de la ceremonia nupcial es el blanco, como símbolo de inocencia, pureza y virginidad. En Grecia y en China, por el contrario, el blanco era el color del mundo de los espíritus, y por lo tanto, el color del luto. El vestido de novia es generalmente blanco, y por tratarse del vestido de una reina, tiene una larga cola llevada por pajes, y aquélla es seguida por su cortejo de damas de honor.

Durante la ceremonia, los novios se toman las manos en señal de unión, promesa y compromiso: la mano derecha asegura particularmente el principio vital.

En muchos países, tanto la novia como el novio usan la sortija de matrimonio. En algunos países europeos, el anillo se coloca en la mano izquierda cuando los novios se com­prometen y en la mano derecha cuando contraen enlace. Después de la ceremonia, cuando los recién casados salen de la iglesia o del lugar donde se ha efectuado la boda, son reci­bidos con una lluvia de confeti o pétalos de papel. En tiem­pos antiguos, parientes y amigos arrojaban granos de arroz a la flamante pareja. El confeti redondo representa los granos de cereal, y los pétalos de papel, las flores; ambos simbo­lizan la fertilidad. El viejo zapato que se ata al vehículo en que se alejan los recién casados anuncia que la joven despo­sada ha sido entregada al esposo. El zapato puede represen­tar a la persona a quien pertenece, ya que en las épocas en que se efectuaban casamientos por poder, solía enviarse el zapato en representación de la persona. Finalmente, como ya hemos visto, la desposada debía entrar en su nueva casa sin pisar el umbral y por eso el esposo la llevaba en brazos al entrar en el nuevo hogar.

Ritos funerarios

Todas las ceremonias iniciáticas que simbolizaban la muerte‑y‑el‑renacimiento estaban destinadas a ahuyentar el temor a la muerte y a enseñar al iniciado que la muerte es solo una apariencia, un estado de transición hacia una nueva vida. Cuando sobreviene la muerte física, el cuerpo despo­jado de su fuerza dadora de vida, el aliento o alma, es pues­to otra vez bajo el resguardo de la madera del árbol, en el ataúd, y finalmente enterrado o incinerado. El pino y, el cedro eran las maderas que se utilizaban con más frecuen­cia para el sarcófago, porque se creía que preservaban al cuerpo de la putrefacción. Ser sepultado en tierra significa volver al seno de la Madre Tierra para nacer de nuevo en el otro mundo. En algunas culturas, el cuerpo del muerto era puesto en posición fetal, listo para el renacimiento. En el caso de la cremación, entregar el cuerpo a las llamas repre­senta el ascenso del alma a los cielos, o un nuevo estado pu­rificado.

Es interesante señalar que los pueblos que sepulta­ban a sus muertos en tierra solían representar el otro mun­do como un lugar subterráneo, por ejemplo, el Hades de los griegos y el Sheol de los hebreos, mientras que aquellos que incineraban el cuerpo creían que el cuerpo ascendía al cielo llevado por las llamas. Pocos pueblos entregaban sus muertos a las aguas, pero el Paraíso de los celtas se hallaba del otro lado del mar, en la Isla Verde, donde según cuenta la leyenda, el Rey Arturo emprendió el cruce de las aguas con la Dama del Lago.

El Paraíso maorí se encontraba bajo el agua, mientras que los guerreros vikingos eran lanzados a las aguas en embarcaciones envueltas en llamas. Pero la idea más común que se tiene del Paraíso es la de un jardín cerrado o una isla perfecta, separada del mundo pro­fano por las aguas. En ella el hombre renace para iniciar una nueva vida.

CAPITULO 12

LAS FESTIVIDADES

En muchos casos las ceremonias de iniciación tenían lugar en las épocas en que se celebraban las grandes festividades.

Las festividades se originaban en la idea y la necesidad de que el hombre concordara práctica y ritualmente con los tiempos, las estaciones y los ritmos de la naturaleza. Esto se daba especialmente en los países donde el clima variaba de un extremo a otro en el curso de las estaciones. Algunos dioses eran asociados con el Sol y la vegetación: sus poderes declinaban hasta desaparecer al finalizar el año, pero recuperaban la vida y el vigor cuando llegaba el nuevo año y los días volvían a ser más largos. El solsticio de invierno era el punto divisorio entre esta muerte y el renacimiento, y el 25 de diciembre era la fecha elegida en casi todas partes para celebrar el renacimiento del Dios Mortal.

Esto representaba el ciclo de la naturaleza que muere y se renueva eternamente; la joven primavera crece y madura a lo largo del verano y muere con la cosecha otoñal, permaneciendo inerte, hasta renacer con el nuevo año, que no solo trae luz y calor al suelo y a la vegetación, sino también, simbólicamente, renovada luz y sabiduría de vida a la mente del hombre.

Como hemos visto, todos los dioses mortales de la vegetación son muertos, a veces por desmembramiento, en cuyo caso el dios vuelve a la vida por obra de su contraparte femenina o de sus fieles, pero era más común que la muerte lo esperase en un árbol. Osiris, Tammuz, Dionisio, Baal, Mitra, Atis, Balder y Wotan/Odín eran dioses mortales que combinaban en sí los principios masculino y femenino: por consiguiente, se los representaba generalmente como hermosos jóvenes que no alcanzaban nunca la madurez, o como andróginos. Además de las características enumeradas, Eurípides decía que el dios mortal es servido por mujeres y se somete paciente a su destino, ya que se ha encarnado para aleccionar a la humanidad.

Las Saturnales

Las Saturnales eran fiestas que se celebraban en Roma en honor de Saturno, quien después de haber sido Dios de la Agricultura y las cosechas, Soberano de la Edad de Oro y del Séptimo Cielo, había pasado a simbolizar el solsticio de invierno y, por lo tanto, la muerte, simbolismo que se reflejó más tarde en la figura con que se lo presentaba: la de un anciano con la hoz o la guadaña, el Segador, la Muerte, el Destructor. Se supone que los muertos volvían a la tierra durante las doce noches de las Saturnales, que se celebraban después del nacimiento del Dios Mortal. Eran doce días de caos durante los cuales todo se volcaba en un crisol y se trastocaba. Presidía las fiestas un hombre, Señor del Desgobierno, o una pareja constituida por el Rey y la Reina de la Vaina y el Guisante, elegidos para que reinaran durante ese período festivo y dirigieran las diversiones, ceremonias y juegos. Este período de caos simbolizaba el re-ingreso al estado primordial que existía antes de la creación y del nacimiento del mundo y de la humanidad. Todos los símbolos del caos se introducían en esta festividad, tales como el travestismo, el “traje de fantasía”, el antifaz y otros disfraces que enmascaraban la naturaleza normal, suscitando toda clase de confusiones y la pérdida de la identidad; representaban, por lo tanto, la unicidad primigenia indiferenciada, una suerte de remembranza de esa antigua y dichosa Edad de Oro donde, como en los carnavales, todos los hombres eran iguales.

En esos días los templos y casas se ornamentaban con ramas de pino y otras plantas siempre verdes, se encendían lámparas, se intercambiaban regalos, los panaderos preparaban bizcochos con forma humana, y las golosinas, confituras y velas encendidas simbolizaban los deseos de prosperidad, felicidad y buena suerte para el año venidero. Amos y esclavos intercambiaban sus lugares; los esclavos podían usar sombrero y zapatos, que eran normalmente símbolos de libertad y una prerrogativa exclusiva de los ciudadanos y los miembros de la nobleza. El Rey, o Señor del Desgobierno, desempeñaba el papel de Saturno, y el desenfreno, el regocijo y el jolgorio reinaban por doquier.

Los sumerios tenían también una festividad de doce días de duración, caracterizada por el caos, la licencia y el desorden; se relacionaba con el culto de Marduk, el dios del sol que había dado muerte a Tiamat, el monstruo del caos y las tinieblas que habitaba en las aguas y el mundo subterráneo. Los doce días se festejaban con pantomimas, diversiones e intercambio de presentes. Se encendían hogueras como una suerte de estímulo mágico para que los rayos del sol brillaran y calentaran con más fuerza. Para las decoraciones se utilizaban ramas de pino y de otros árboles que conservan su follaje durante el invierno y son, por lo tanto, el símbolo natural de la perpetua vitalidad, la juventud, el vigor y la inmortalidad.

El cristianismo adoptó al principio el 6 de enero -el último de los doce días de festejo, cuando en el hemisferio norte las mañanas y las tardes empiezan a alargarse nuevamente- como fecha destinada a celebrar el nacimiento y el bautismo de Cristo, pero más tarde esa fecha fue sustituida en Europa por el 25 de diciembre, ya que coincidía con las Saturnales, precisamente la época del año en que los romanos se dedicaban con alma y vida a festejar su bullicioso y desenfrenado carnaval, y no prestaban atención a la persecución de los cristianos, que de ese modo podían celebrar libremente su fiesta religiosa sin ser molestados. Quinientos años después, la Iglesia fijó definitivamente los doce días correspondientes a la festividad de Navidad, desde el 25 de diciembre hasta el 6 de enero, día de la Epifanía.

La Natividad o Pascua de Navidad

Es evidente que casi todas las ceremonias en honor del Dios Mortal pasaron al cristianismo, pero también sufrieron otras fuertes influencias provenientes de las tradiciones gálica, teutónica, escandinava y céltica. En los países de habla inglesa, la fiesta de la Natividad se conoce también con el nombre de Yuletide y según algunas autoridades, “yule” deriva del vocablo gálico “gule”, que significa rueda y representaba probablemente el movimiento del disco solar, y el paso de lo viejo a lo nuevo. Al igual que en las ceremonias de otros países, “yule” simbolizaba también el necesario retorno desde el caos y la oscuridad primigenia que deben preceder al nacimiento del nuevo año; la oscuridad informe representaba también la vida en la matriz antes del nacimiento. Es el regresus ad uterum de los ritos míticos e iniciáticos.

Los cultos de Tammuz, Atis, Dionisio, Wotan/Odín y Tor se ponen claramente de manifiesto en las celebraciones de la Pascua de la Natividad. Los tres primeros dioses mencionados tenían como símbolo el nochebueno, el gran leño que se quemaba ritualmente al finalizar el año viejo para significar la muerte del invierno y la creciente fuerza e intensidad de los rayos solares. El fuego ahuyenta la oscuridad y el frío es una fuerza creadora; destruye lo viejo y da nuevo impulso a la vida, tanto vegetal como humana, mientras que las cenizas, esparcidas sobre la tierra, contribuyen a fertilizar la nueva vida que habrá de emerger del suelo. El leño navideño se llevaba a la casa ceremoniosamente, adornado con ramas de plantas siempre verdes y cintas de brillantes colores; las plantas siempre verdes más usadas eran la hiedra, la “corona de Dionisio” y la “planta de Osiris”. El leño provenía del roble, el Árbol Cósmico de los Druidas.

El pino de Atis y el abeto de Wotan son los antecesores de nuestro Árbol de Navidad. Venerado generalmente en los cultos teutónicos, el pino fue llevado en fecha reciente a Inglaterra por el príncipe Alberto, quien lo convirtió en la característica distintiva de la Navidad real en la época victoriana, y de aquí pasó a formar parte de la celebración navideña en casi todos los países. El pino de Atis se incorporó al cristianismo a través de la leyenda de San Bonifacio quien, según se cuenta, había impedido el sacrificio de un muchacho durante la ceremonia pagana del roble talando ese árbol sagrado de raíz. Al ver un pequeño pino que había crecido a la sombra del roble, consideró que era un símbolo de la vida que nunca muere. Además del árbol, el cristianismo incorporó también a la celebración navideña las luces y esferas luminosas, las cuales representan el sol, la luna y las estrellas en las ramas del Árbol Cósmico, que forman la bóveda del universo, pero representan también a Cristo como símbolo de la Luz del Mundo. Los templos eran iluminados con árboles de cuyas ramas pendían lámparas en forma de flores y frutos. Las lámparas podían representar el alma de los muertos. En los Misterios medievales, el pino simbolizaba el Paraíso con sus ramas cargadas de manzanas, el fruto mágico, símbolo de la Edad de Oro y de la inmortalidad.

Los regalos que colgaban de los árboles tenían significados diferentes: en los árboles sagrados de Atis, Dionisio, Atargatis y Cibeles, los presentes eran donados por los devotos como una ofrenda a las divinidades, pero el abeto de Wotan colmaba de regalos a todos aquellos que veneraban el árbol sagrado. Para los cristianos, los regalos navideños representaban alegóricaente los presentes ofrecidos al niño Dios por los Reyes Magos. Estos presentes simbolizaban en sí mismos la misión de Cristo en la Tierra: el oro de un rey, el incienso de un sacerdote y la mirra, señal de sacrificio. El “hada” que se colocaba en lo alto del árbol era originariamente el ángel que anunciaba a los pastores el nacimiento de Cristo. La estrella que reemplazó más tarde al hada simbolizaba la estrella que guió a los tres Reyes Magos hasta Belén.

En la Natividad se revelan fuertes influencias nórdico-teutónicas: al parecer hay cierta relación entre Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás y Wotan/Odín, dios de la mitología teutónica y escandinava. Este aparece a comienzos del solsticio de invierno, y su día es el 6 de diciembre, que coincide con el de San Nicolás, obispo de Myra, en torno al cual se tejían muchas leyendas sobre su bondad y generosidad. Según se cuenta, quería mucho a los niños, y se complacía en sorprenderlos con hermosos regalos. Tradicionalmente se dice que Santa Claus o Papá Noel bajaban por la chimenea con los presentes navideños, puesto que es un ser mágico y, por lo tanto, no puede pisar el suelo. La chimenea tiene una significación especial: es una apertura hacia el cielo y los poderes celestiales.

Varios otros asuntos están vinculados con las festividades de la luz que se celebran en el mes de diciembre. El 13 de diciembre se celebra en Suecia la Fiesta de Santa Lucía, personificada por la hija mayor de la familia. Ese día, a primera hora de la mañana, la joven, coronada la cabeza con una guirnalda de hojas de hiedra y llevando en la mano velas encendidas que anuncian el fin de la oscuridad invernal y la llegada de la luz, coincidente con el alargamiento de los días y el derretimiento del hielo, va despertando a los miembros de la familia, mientras entona el siguiente canto:

El día de Santa Lucía ha llegado

La oscuridad no puede prolongarse

El frío, pronto ahuyentado por el sol,

Levanta su dedo helado.

En Holanda, San Nicolás llega en barco desde España, cargado de regalos. Los suizos también tienen a San Nicolás y los niños franceses ponen los zuecos junto a la chimenea para que Papá Noel los llene de regalos.

El roble y el muérdago eran plantas sagradas para los druidas porque representaban los poderes masculino y femenino que existen en la naturaleza, ya que el muérdago era la Rama Dorada de los druidas. El roble proporcionaba el gran leño navideño, llamado nochebueno, y el muérdago se colgaba del techo durante la festividad. El muérdago que brota de las ramas del roble simbolizaba la fuerza vital o esencia del roble; era, por lo tanto, una sustancia divina. Se creía que al caer el rayo sobre la rama del roble daba nacimiento al muérdago. Este hecho le confería cualidades espirituales especiales, puesto que todo lo que era alcanzado por un rayo gozaba del favor de los dioses. Debido a estas cualidades y a su naturaleza mágica, el muérdago no podía estar en contacto con el suelo sino colgarse. Cuando los druidas cortaban las ramitas de muérdago, con una hoz dorada, las sostenían entre sábanas blancas para que no cayeran al suelo. Como el muérdago no es ni árbol ni arbusto, participa de la ambigüedad de todo aquello que no es ni una cosa ni la otra, lo cual lo coloca, por analogía, dentro de la esfera de lo que está libre de limitaciones. De este modo, la persona que se detiene debajo del muérdago no está sujeta a las restricciones normales y entra en el mundo del caos donde todo puede suceder; pero como en esta situación la libertad de acción es absoluta, la persona carece de toda protección. Esta circunstancia, y el hecho de que el muérdago también es un símbolo del amor, da lugar a la costumbre de besar a la mujer que se coloca debajo del muérdago. Cuando concluye la fiesta de la Natividad, a veces se quema el muérdago en la duodécima noche, víspera del día de Reyes, o se lo guarda hasta el Martes de Carnaval, otra fiesta que celebra la llegada de la luz, como cuando se enciende la llama con que se cocinan los panqueques. El muérdago de la tradición escandinava era asociado con el dios mortal Balder o Baldur, en el conocido mito en que el muérdago causaba la muerte de esa deidad.

La vid y la hiedra estaban consagradas al dios mortal Dionisio/Baco. Dionisio llevaba en la cabeza una corona de hojas de hiedra, símbolo de la inmortalidad y la vida eterna, que también se enroscaban alrededor de su tirso y del leño que lo representaba. Las bulliciosas fiestas que se celebraban en honor de Dionisio eran famosas por sus orgían. La hiedra también estaba consagrada al dios frigio Atis y al egipcio Osiris. La hoja de hiedra tenía carácter fálico, lo que explica su discreto uso en las estatuas que representaban desnudos masculinos. La hoja de higuera tenía el mismo significado.

El acebo estaba consagrado a Saturno y era una de las plantas de follaje perenne empleado para decorar sus templos durante las Saturnales. Era también un atributo de los dioses solares y significaba gozo, buena voluntad, salud y felicidad. El cristianismo lo incorporó como símbolo de la crucifixión. La madera del acebo representaba alegóricamente el Árbol de la cruz (al igual que el roble y el tiemblo); sus hojas puntiagudas eran la corona de espinas y la pasión, y sus bayas rojas la sangre de Cristo. El petirrojo se une al acebo en este simbolismo: el pecho rojo representa la sangre derramada en la cruz, símbolos expresados gráficamente en nuestras tarjetas de Navidad. Las tarjetas son, sin embargo, una innovación moderna y no tienen significado simbólico, salvo como recuerdo de la antigua costumbre de intercambiar presentes.

En tiempos primitivos se mataban animales de granja al comienzo del invierno, cuando el forraje escaseaba. La carne se salaba, o conservaba para su uso durante los meses de invierno. La carne más utilizada era la de cerdo, y muchas viejas cocinas de granjas y casas de campo tienen aún en sus techos grandes ganchos de hierro de los cuales colgaban los jamones y las lonjas de tocino.

Como el cerdo era la comida principal durante el invierno, no debe sorprender que la cabeza de jabalí o chancho salvaje fuera el plato central de la festividad de la Pascua navideña, pues la cabeza simbolizaba el asiento de la fuerza y la vitalidad. Se traía la cabeza de jabalí con gran ceremonia, adornadas sus orejas con ramitos de romero, una planta siempre verde, y también una planta funeraria, y una manzana en la boca. Pero aparte de proporcionar carne para el invierno, el jabalí, símbolo de fertilidad, procreación, protección, valor y hospitalidad, estaba consagrado a Wotan/Odín y a Frey, deidades nórdicas de la fertilidad, y en Navidad se lo sacrificaba en honor de estos dioses.

Otras comidas de Navidad son el pudding de ciruelas y el pastel de carne y frutas. El pudding de ciruelas fue originariamente un potaje de frutas y especias, y el pastel de carne se hacía antes con carne picada, generalmente de cordero. En las navidades cristianas, los recipientes para los pasteles de carne tenían forma de cuna para representar el pesebre donde nació el niño Jesús. En cada uno de los doce días de Navidad se comía un pastel de carne para tener buena suerte durante cada uno de los doce meses del nuevo año. Entre paréntesis, se suponía que estos doce días indicaban las alternativas del tiempo en los próximos meses.

El ganso de Navidad era, como hemos visto, un ave solar, y constituía la comida típica de las fiestas de San Miguel y Navidad; representaba la declinación y luego el creciente poder del sol. El pavo, al cual ya nos hemos referido, se incorporó en fecha relativamente tardía a las festividades navideñas, introducido desde América.

El “wassail”, una bebida caliente compuesta de vino, cerveza y especial, se convirtió más tarde en el ponche. Los lugareños iban de casa en casa cantando villancicos y brindando con “wassail” a la salud de los vecinos. En las regiones donde se bebía sidra, ésta compartía el mismo simbolismo mágico de la manzana de los celtas, el fruto de la Rama de Plata.

Los juegos, pantomimas y danzas con que los antiguos sumerios celebraban esos doce días de diversión, jolgorio y caos se transmitieron a lo largo de los siglos. En la época medieval, los carnavales europeos, con sus máscaras, disfraces y travestismo, continuaron la tradición; en pueblos y aldeas, los jóvenes de ambos sexos iban de casa en casa, representando piezas teatrales o dramas tradicionales, que siempre versaban sobre el tema del triunfo de la luz sobre la oscuridad, y, por lo tanto, del bien sobre el mal. El triunfo de San Jorge sobre el dragón era un tema típico, así como la muerte del Año Viejo, ya sea en una pieza dramática o en una danza simbólica. Los villancicos navideños eran acompañados originariamente por danzas que se realizaban alrededor de un pesebre, levantado en una iglesia o en la casa familiar. La mayoría de los villancicos perpetuaban los casi agonizantes símbolos divinos de la estrella, el nacimiento de la Virgen, los tres Reyes Magos y el Sacrificio del Dios-Rey. En nuestra época, sólo se conservan vestigios de esa simbología en los villancicos, que ya no cuentan con el acompañamiento de la danza. El retablo navideño teatralizado aún se representa en algunos lugares, pero ha degenerado al nivel de la pantomima, en la cual la escena de la transformación aún describe, inconscientemente, el antiguo caos y los símbolos del renacimiento, aún cuando los cuentos de hadas sobre los cuales se basan las pantomimas tenían un carácter altamente simbólico. La Cenicienta, por ejemplo, simboliza el viaje del alma desde el estado de bienaventuranza celestial (el cuento debería comenzar con la historia de Cenicienta, quien era completamente feliz en su hogar hasta que al morir la madre, el padre vuelve a casarse y sus horribles hermanas, símbolos de las maldades de este mundo, la reducen a la penosa situación de una pobre sirvienta) hasta las pruebas y tribulaciones por las que ha de pasar en la encarnación terrena, en la que es ayudada o perseguida por fuerzas benéficas o maléficas, hasta que finalmente sale vencedora y alcanza la perfección y la unidad.

Año Nuevo y Pascua de Resurrección

Después de la fiesta de Navidad llega el Año Nuevo que en los países de Occidente empieza en enero, aunque el antiguo año céltico se iniciaba con el Samhain, o Samhuinn, la Festividad de los Muertos, que señalaba el comienzo del invierno y la separación de los dos mundos. Este fue el origen de la fiesta de Halloween, o víspera de Todos los Santos, que se celebra a principios de noviembre y representa el caos y el retorno de los muertos. El cristianismo incorporó esta festividad con el nombre de Día de los Fieles Difuntos y de Todos los Santos.

El mes de enero toma su nombre de Jano, el mítico dios romano de las llaves y las puertas, símbolos del poder de apertura y de cierre. Jano era representado sosteniendo una llave en la mano izquierda y un báculo en la derecha. Las dos caras con que se lo representa no solo sugieren el doble papel de apertura y cierre, de libertad y atadura, sino también las dos naturalezas del hombre, que pueden estar en pugna hasta que finalmente el hombre se integra, y alcanza la perfección mental y espiritual. Las llaves de oro y plata significan el poder temporal y espiritual. Jano controla las dos puertas: la Janua inferni (la “puerta de los hombres”), en Cáncer, el cuarto signo del zodíaco, cuando el sol inicia su trayectoria descendente, y la Janua coeli (la “puerta de los dioses”), en Capricornio, cuando llega el Nuevo Año y el sol empieza a adquirir nuevas fuerzas. La segunda puerta conduce a los cielos; la primera, a las regiones subterráneas. La puerta del cielo abre nuevas posibilidades y trae el renacer de todas las cosas. De aquí la costumbre de hacer planes y tomar decisiones cuando llega el Año Nuevo.

Antiguamente no se comían huevos durante la Cuaresma, aunque más tarde pasaron a formar parte de la comida de la Pascua de Resurrección, pero el Huevo de Pascua, así como la Liebre y el Conejo o “Conejito” de Pascua son todos símbolos pre-cristianos de la fertilidad, el renacimiento y la resurrección, y de la reaparición de la vida en el equinoccio vernal.

La Pascua es una fiesta lunar que se celebra el primer día de luna llena después del equinoccio: probablemente tomó su nombre (en inglés, Easter) de Eastre, u Ostara, diosa teutónica de la primavera y la aurora, a quien le era ofrendada la liebre en los ritos sacrificiales. Fue la liebre la que puso el Huevo de Pasuca, en torno al cual surgieron toda clase de costumbres, demasiado numerosas para detallarlas en estas páginas.

En el cristianismo, el cirio pascual, hecho de cera pura con granos de incienso en forma de clavos, representa el cuerpo del Dios Encarnado que trae al mundo la luz de los cielos, y los clavos son, por supuesto, los de la crucifixión. El cirio arde durante cuarenta días, desde la Pascua hasta la Ascensión, y simboliza la presencia de Cristo con los Discípulos durante los cuarenta días posteriores a la resurrección. Se extingue el Día de la Ascensión, símbolo de partida de Cristo. El cirio representa también la luz de Cristo que asciende a los cielos, así como la columna de fuego que guió a los israelitas durante cuarenta años.

Las fiestas de primavera

Las fiestas de primavera y del Primero de Año, que frecuentemente eran acompañadas por orgías, tipificaban el matrimonio del Dios Sol, o Padre del Cielo, con la Madre Tierra, la unión necesaria para dar nacimiento a las fuerzas de la naturaleza. Las orgías estimulaban esos poderes por medio de ritos mágicos en los que se reproducía o imitaba el acto de fertilización, una práctica que a la luz de las modernas investigaciones sobre la sensibilidad y las reacciones de las plantas, parece haber tenido alguna base más seria que la de una simple superstición o un efecto mágico.

El poste o vara alta de mayo, que se clavaba en el centro del lugar donde se celebraban las fiestas de Mayo, era uno de los símbolos de la fertilidad, tanto por su estructura, como por las danzas que tenían lugar a su alrededor. Originariamente era el pino sagrado de Atis, que era llevado en procesión, con un séquito de hombres, mujeres y niños, hasta el templo de Cibeles, consorte de Atis. Una vez instalado en el centro del recinto, las bailarinas danzaban a su alrededor. La ceremonia fue incorporada más tarde a la Hilaria romana, fiesta de la primavera. La vara de mayo representa también el eje en torno al cual gira la tierra. Tiene carácter fálico, mientras que el disco que se coloca como adorno en lo alto de la vara es el principio femenino, y los dos juntos simbolizan naturalmente la fertilidad. Las siete cintas de colores que cuelgan de la vara representan los cordones de lana que sujetan a Atis al árbol. Son también los colores del arco iris, símbolo de transformación, de transfiguración, y de reunión del cielo y la tierra, que forma un puente entre los dominios del Dios Celestial y la Madre Tierra.

Las fiestas de otoño

La eclosión estival es seguida por la madurez del otoño, cuando la vida, tras haber llegado a su punto álgido, declina y empieza a morir en la época de la recolección de los frutos de la tierra. La finalización de la siega ha sido siempre motivo de regocijo en las comunidades rurales. La Fiesta de los Segadores empezaba con una ceremonia en la que se traía en triunfo la última gavilla de cereal, y era seguida de alegres bailes, juegos y festines. Se daba siempre particular importancia al último remanente, porque se creía que en él se concentraba toda la fuerza de la naturaleza: la última gavilla del cereal, la semilla de las plantas, los restos de masa con que se preparaban las tortas de Navidad, todos encerraban una potencia especial. La Muñequita de Harina, que se preparaba en la época de la recolección, no solo representaba a la Diosa del cereal, sino también a la semilla, la forma y el desarrollo potencial de la futura cosecha. La fiesta del día Primero de Agosto, cuando se cocinaba pan con el trigo de la primera cosecha, recibía en inglés el nombre de Lammas, que significa hogaza, y era la fiesta de los primeros frutos que se llevaba a cabo para celebrar y agradecer la feliz recolección de la cosecha. La hogaza de pan solía tener la forma de una gavilla de trigo, costumbre que todavía se conserva en las iglesias, donde se exhiben productos agrícolas durante las festividades de otoño.

CAPÍTULO 13

JUEGOS Y REPRESENTACIONES TEATRALES

Los juegos y representaciones teatrales han acompañado siempre las festividades como símbolos de la energía rítmica del cosmos, del ritmo del universo; también proyectan ese símbolo en el movimiento. La representación o juego teatral es el método por el cual los poderes del universo, o la Divinidad, crean y se expresan a través de la manifestación; por eso hablamos naturalmente del “juego” de esas fuerzas. También expresan la exuberante energía del Creador. Hablamos del “juego” de la luz solar, que fertiliza e ilumina, donde se da la interacción de los poderes masculino-femenino, de las fuerzas opuestas, pero complementarias. El juego significa también el papel que el hombre desempeña en el escenario de la vida. Este juego del mundo manifiesto es expresado más adecuadamente por el hinduismo y el budismo tántrico a través del juego de la deidad creadora en la Danza de Siva, que ha creado el mundo de los fenómenos, de la mâyâ o la ilusión. Es interesante señalar que la palabra “ilusión” deriva de la expresión latina “jugar o representar un juego”.

Tanto las danzas como las representaciones tradicionales se rigen por reglas. En los juegos hay movimientos o jugadas ganadoras o perdedoras, acciones y opciones que influyen en el resultado del juego, y que son irreversibles una vez que se toman. En la danza, el movimiento rítmico transforma el espacio en tiempo, en imitación del juego divino, y refuerza su potencia en el plano de la emoción y la actividad.

Las danzas

Las danzas en círculo tienen carácter solar y siguen el movimiento del sol en el cielo, mientras que las danzas fantásticas y las de espadas derivan de ritos mágicos afines y tenían el sentido de ayudar al sol en su trayectoria. Todas estas danzas encierran también el elemento de fertilidad. La danza en torno a un objeto, o cualquier otra ceremonia que implique una circunvolución, encierra al objeto situado dentro del círculo en un espacio mágico protector, que también fortalece al objeto en sí. En las religiones monoteístas, la danza en círculo representa a los ángeles que rodean el trono de Dios.

Las danzas en cadena simbolizan el vínculo de lo masculino y lo femenino, del cielo y la tierra. Las danzas con cintas y cuerdas recuerdan el hilo de Ariadna, que representa el conocimiento secreto del camino que permite entrar y salir del laberinto de la vida, esto es, el camino que conduce al centro. Las danzas troyanas o del laberinto, la Morada de Juliano, y la Carrera del Pastor son tan antiguas que sus orígenes se han perdido, pero es evidente que también daban fuerza y protección al objeto que se hallaba en el centro. Si una doncella o algún ser especial ocupaba el centro, la danza del laberinto asumía el simbolismo de una búsqueda, cuya meta era la figura central. En las danzas troyanas se reproducía el laberinto por medio de setos, vallas y muros, o simplemente con senderos de césped o el bosquejo de la planta de una iglesia, por ejemplo, la catedral de Chartres. Muchos han sugerido que esta reproducción del trazado del laberinto significaba, o bien el regreso al Paraíso y el hallazgo del Centro, o bien las pruebas, tentaciones y obstáculos que acosan a la humanidad y deben ser superados durante el tránsito de nuestra vida, desde el nacimiento, hasta la muerte, el tránsito del mundo profano al mundo sagrado. Era un símbolo de la exclusión y las dificultades, y, al mismo tiempo, de la penetración y el descubrimiento.

Los juegos

Los juegos de pelota simbolizan el poder de los dioses que lanzan globos, estrellas y meteoritos a través de los cielos. La pelota también puede representar el sol o la luna, y los juegos de pelota han sido relacionados con las festi­vidades, tanto solares como lunares.

Los juguetes son sinónimo de infancia e inocencia, pero también de tentación; distraen la mente de los aspectos más serios de la vida, fomentando la frivolidad y la disipa­ción. Algunos juguetes individuales tienen un significado propio. Según Bastius, el trompo tiene el mismo simbolis­mo del cono, del pino, una forma espiralada y un vórtice, es decir, las grandes fuerzas generadoras. El cristianismo agregó otro simbolismo al trompo, con el que se jugaba durante la Cuaresma: la flagelación de Cristo.

El tambor es un atributo de todos los Dioses del True­no: tipifica la palabra y el sonido primordiales (el tambor “habla”), y revela la verdad. En África representa el co­razón y los poderes mágicos. Para el budismo, es la Voz de la Ley, “el tambor del inmortal en medio de la oscuridad del mundo”, que despierta al ignorante y al perezoso. En los templos de culto sintoísta, el tambor llama a la oración.

El tambor del shamán proviene simbólicamente del Árbol Cósmico y tiene poderes mágicos para convocar a los espíritus. En el taoísmo, el tambor es la Voz del Cielo, y el emblema del Chang Kou‑Iao Inmortal. E1 hinduismo se acer­ca más al simbolismo de los dioses del trueno al consagrar el tambor a los dioses destructores, Siva y Kâlí.

En Grecia, el tambor acompañaba a las orgías; también ocupaba un lugar importante en las danzas guerreras y se­xuales de la tribu.

Todo vuelo indica aspiración, trascendencia y liberación espiritual de las ataduras del cuerpo: representa, asimismo, el paso de un plano a otro. Por lo tanto, las cometas parti­cipan de este simbolismo: en Oriente cumplían un impor­tante papel en las festividades y en ciertas ceremonias ritua­les como la Fiesta del Dragón, donde revestían las formas más diversas y elaboradas; dragones, pájaros, y otras figuras simbólicas.

La trompeta y el clarín han sido relacionados siempre con aquellos acontecimientos caracterizados por el fausto, la pompa y la ceremonia, o donde se exalta la fama y la gloria. Anuncian la llegada de los héroes y los miembros de la realeza, pero también convocan a la guerra.

El balancín, el subibaja y el columpio tipifican los ritos de la fertilidad, pero también simbolizan las vicisitudes de la vida y los ritmos del universo.

El ajedrez

El ajedrez es un juego tan antiguo que no se conoce nada sobre sus orígenes, salvo que proviene de Oriente. Algunos sugieren que fue desarrollado por los nómades, que marca­ban en el suelo un área limitada que hacía las veces de ta­blero, mientras que las piezas eran simples guijarros.

Una antigua leyenda atribuye la invención del ajedrez a un filósofo y matemático de la corte de un rey indio. Este rey, como Alejandro el Grande, no tenía más mundos que conquistar y, en consecuencia, pasaba los días sumido en el tedio y el aburrimiento más absolutos.

El ajedrez era un juego que planteaba una lucha sin fin; por lo tanto, cons­tituía la respuesta adecuada para las tribulaciones del mo­narca. Según cuenta la leyenda, éste quedó tan complacido por el nuevo juego que prometió al inventor concederle cualquier cosa que le pidiera. El matemático pidió enton­ces un grano de arroz por el primer escaque, dos por el segundo, y así sucesivamente, elevando al cuadrado cada uno de los números resultantes, hasta llenar los 64 escaques del tablero. El rey pensó que era un pedido demasia­do modesto, y ordenó al instante que se preparasen las bolsas de arroz, pero cuando los servidores calcularon finalmente la cantidad de granos que necesitarían para satis­facer el pedido, informaron al rey que no había tanto arroz disponible en todo el reino. El rey tuvo que disculparse ante el filósofo, quien riendo le contestó que no quería el arroz, pero estaba contento de haberle enseñado que nunca se deben hacer promesas temerarias o precipitadas.

El ajedrez es llamado el juego real de la vida: simboli­za el conflicto entre los poderes espirituales, la luz y la oscuridad, los devas y los asuras, los ángeles y los demo­nios que luchan perpetuamente por el dominio del mundo. El tablero a cuadros representa todas las dualidades cono­cidas y complementarias del mundo de la manifestación: negativo y positivo, noche y día, tiempo y espacio, sol y luna, etc. Los 64 escaques cuadrados son los del man­dala de Siva, y se basan en el cuádruple simbolismo del 8 X 8, que es la forma básica de un templo, una ciudad o un monumento sagrado construido según las líneas tra­dicionales. Simboliza todas las posibilidades del universo y del hombre, y, por lo tanto, implica perfección. En la India se usa también un tablero de ajedrez circular que significa la infinitud y la Rueda de Nacimiento y Muerte. Cada juego representa una época, y comer las piezas equi­vale a un período de no‑manifestación, una “noche de Brahmâ”. El movimiento de las piezas abarca todas las posibilidades del mundo de la forma, y si bien la elección de la jugada es libre, cada movimiento desencadena una serie de resultados ineludibles, de los cuales es responsa­ble el que ha movido la pieza, como ocurre con las leyes del Karma por lo tanto, en el ajedrez entran en juego la li­bre voluntad, la determinación y el destino.

Cada pieza del tablero representa alguna función, ha­bilidad o cosa existente en el mundo. El rey es el sol, el corazón y las fuerzas de la ley y el orden. Solo puede mo­verse de un escaque a otro en cada jugada, porque está limitado por la ley de la manifestación. La Reina, Visir o Consejera, es la luna, el espíritu, la que se Mueve a Voluntad y puede hacer cualquier movimiento, excepto el del Caballo. Los Alfiles rigen la espiritualidad de las cosas y se mueven diagonalmente, saltando cualquier número de escaques vacíos del mismo color: el movimiento sobre los escaques blancos denota el sendero positivo e intelectual; sobre los escaques negros, el camino negativo, emocional y devocional en la esfera de la búsqueda espiritual. El movimiento en diagonal es regido por Júpiter, y tipifica el elemento femenino y existencial.

La Torre, también llamada Castillo o Carro, simboliza los gobernantes que dirigen el mundo, el poder temporal; puede moverse en sentido vertical u horizontal sobre cualquier número de escaques consecutivos vacíos, blancos o negros. La Torre es regida por Saturno, símbolo de la virilidad y la masculinidad. Su movimiento en línea recta coincide con el del carro. También se dice que la Torre es la temible ave de presa de que habla la fábula. El Caballo, con sus movimientos en dos direcciones, participa del camino tanto intelectual como devocional, ya que representa al iniciado, pero carece aún del poder del Espíritu. Su movimiento es comparado con el súbito impulso de la intuición: se ha sugerido, por otra parte, que el Caballo tiene en Occidente vinculaciones militares y caballerescas con las órdenes iniciáticas, como la de los Templarios, y que simboliza al “vagabundo” o caballero errante. Está regido por Marte, dios de la guerra. Los peones son seres comunes, que tratan de triunfar en la vida; recorren el tablero de un extremo al otro, a través de las siete etapas de iniciación, a fin de llegar al octavo escaque, al reino de la espiritualidad, de la consumación, del Paraíso Reconquistado, meta final del iniciado. Llegar al octavo escaque convierte al peón en Reina, que de este modo pasa a ser la que puede Moverse a Voluntad, la que ha alcanzado la iluminación. Los peones tienen carácter masculino y femenino a la vez, y son regidos por la pareja de amantes formada por Mercurio y Venus.

CAPITULO 14

LOS NUMEROS

Para muchas antiguas tradiciones, el número era el prin­cipio fundamental. Todas las cosas se originaban en el nú­mero, que era responsable de la armonía del universo. Los números no tenían simplemente un valor cuantitativo, sino también una importante cualidad simbólica; eran, por lo tanto, cuantitativos y cualitativos. Según Pitágoras, cuyo sistema filosófico y cosmológico se basaba en los números, “todo está dispuesto con arreglo a los números.” Los nú­meros son la base del cosmos en las culturas hinduista y bu­dista.

Todas las épocas y todas las tradiciones muestran una notable coincidencia respecto al simbolismo de ciertos nú­meros. Empezando con el cero, éste representa la nada, lo no‑existente, aquello aún no‑manifestado, lo que no tiene cualidad, ni cantidad. Es el Vacío, lo Absoluto, el último misterio. Es también la forma perfecta que, como el Vacío, es la generadora y poseedora de todas las cosas. Encierra todo el simbolismo del círculo. Es el Huevo Cósmico del cual ha nacido todo; es la nada de la muerte, pero también la esencial perfección del Andrógino. En la Cábala, el Vacío es el Ain, lo incomprensible, lo que está más allá del ser. Equivale al Vacío taoísta, el Tao, y a la totalidad universal.

El Uno y la Díada

Del Vacío surge el Primer Motor, el Creador, el Uno, y la creación significa la entrada en el mundo de los fenómenos. En su forma más elemental, el Uno es el “yo” que se dife­rencia de los otros, mientras que en la filosofía y la meta­física su simbolismo es sumamente complejo. Aunque re­presenta lo indivisible, el aislamiento es también lo germinal y el principio que da origen a la dualidad, y de ahí a la mul­tiplicidad. El taoísmo dice: “El Tao genera el Uno, el Uno genera el Dos, el Dos genera el Tres, y el Tres genera todas las cosas.” El Uno, la Mónada, da origen al Dos, la Díada, pero tanto la Mónada como la Díada son principios antes que números. La Díada es el primer “desprendimiento”, que conduce a la pérdida de la unidad original. Introduce la relatividad, la dependencia, la alteridad y la posibilidad de conflicto, de modo que representa también la desviación respecto de la perfección primordial y, en consecuencia, el pecado, lo transitorio, lo corruptible. La Causa Primera es la perfección. El Mal se aleja del Bien para entrar en la diver­sidad. De la Díada surgen todos los contrarios que existen en la naturaleza. En la alquimia, estos contrarios son al prin­cipio antagónicos, pero la Gran Obra los reintegra finalmen­te a la unidad en el Andrógino. En el budismo, los contra­rios son la Sabiduría y el Método, el Ciego y el Cojo que se unen para poder ver el Camino y transitar por él, mientras que el budismo tántrico adopta el simbolismo sexual de lo masculino y lo femenino: el Método masculino aplica en la práctica la Sabiduría femenina, la visión inicial del cono­cimiento y la verdad.

El taoísmo divide todos los números en yin y yang. Los números pares, yin, son más débiles porque carecen de un centro, mientras que los impares, yang, son fuertes porque si son divididos, el centro permanece. Encontramos la mis­ma idea en Platón, quien decía que el dos es un dígito sin significado, ya que implica una relación, la cual debe intro­ducir un tercer factor. El taoísmo y el budismo tántrico sostienen que la humanidad está profundamente involucra­da en las dualidades, y que la vida implica indefectible­mente lucha: pero si uno de los opuestos prevalece sobre el otro ‑el yang o el yin, el dios o la diosa, lo masculino o lo femenino‑ se pierde el equilibrio natural y esto altera inevi­tablemente la simetría y armonía de la vida física, mental y espiritual.

Ninguna de las dualidades debe ser sobredimen­sionada o reprimida; de lo contrario, provocaría malestar y reacciones violentas. Ambas deben ser aceptadas como un elemento esencial en la obra de trasformación que con­duce a la iluminación o la realización.

Tres

A partir de la díada se desarrolla el tres, es decir, el pri­mer plural. Como decía Aristóteles, “Al hablar de dos Co­sas, los hombres dicen ‘ambas’, pero no ‘todas’. . . tres es el primer número al cual le ha sido adjudicado el término ‘todos’.” El número tres tiene un efecto acumulativo. Una vez o dos veces puede ser una coincidencia, pero tres veces es algo que obedece a la naturaleza de una ley. Cuan­do queremos grabar cualquier cosa en la mente, la repeti­mos tres veces: “Uno, dos tres, ¡ya!”; “Por tercera y última vez”; “Tres veces, noble Señor”, etc. “Por el hecho de tener en medio la unidad” y ser indivisible, el número tres es también incorruptible; de aquí que signifique poder y buena suerte. El tres también simboliza los cielos, el po­der consumado, como Hermes Trismegisto, el “tres veces grande”. Las tríadas son infinitas: las tres pruebas, los tres deseos, los tres príncipes, princesas, hadas o brujas del fol­klore y el cuento de liadas, las tres Manzanas de Oro de Atalanta, las tres Parcas y, pasando al cristianismo, los tres Reyes Magos y sus tres presentes, las tres figuras de la trasformación, las tres tentaciones, las tres negaciones de Pedro, los tres días de la muerte de Cristo antes de la resu­rrección y sus tres apariciones. El tres introduce el carácter omnímodo de la Divinidad, la Trinidad, que a su vez se re fleja en la familia humana: el Padre, la Madre y el hijo; también es nacimiento, vida y muerte; pasado, presente y futuro.

Podemos mencionar también las grandes Trinidades de diversas religiones ‑Osiris, Isis , y Horus en Egipto; Sin, Shamash e Ishtar en Babilonia; Odín, Tor y Frey en Escan­dinavia, etc.‑ de las cuales habla el poema épico sobre Gil­gamesh en estos términos: “Dos tercios de él es Dios, y un tercio de él es hombre.”

Esta concepción fue aplicada a la Trinidad cristiana más de dos mil años después.

El símbolo preeminente del tres es el triángulo. Platón decía que la superficie está compuesta de triángulos, ya que es la primera figura plana.

Cuatro, cinco y seis

Así como el tres es la representación fundamental de la superficie, el cuatro da origen al primer sólido. Cuatro es el símbolo de la tierra, con sus cuatro puntos cardinales, los cuatro elementos, los cuatro vientos, las cuatro estacio­nes y los cuatro cuartos de la luna que dividen los meses en cuatro semanas. El cuatro está representado en el cua­drado, la cruz y el cubo, todos símbolos de solidez e integridad, pero también de lo estático, en oposición al dina­mismo de los símbolos circulares. Cuatro es también el nú­mero del cuerpo humano con sus cuatro extremidades, dos brazos y dos piernas, pero si incluimos la cabeza como otra extremidad, el número del cuerpo humano pasa a ser el cin­co, el pentacle o figura simbólica de cinco puntas.

Los colores primarios son cinco, y el hombre tiene cin­co sentidos.

El cinco es el número con que se representan los cinco dedos de una mano; cuando se cuentan los dedos de las dos manos, tenemos el número diez, y si se incluyen los dedos de los pies, el número veinte; el cinco es un número redondo que facilita los cálculos y constituye la base del primitivo sistema decimal. Se lo considera un número circular ya que se reproduce en el último dígito cuando se lo eleva a una potencia cuyo exponente es cinco. El pen­tacle o figura de cinco puntas, comparte también por no tener fin, el simbolismo del círculo, y frecuentemente se lo representa por el lirio o la rosa de cinco pétalos.

Para Platón, el seis es “el más productivo de todos los números” porque es el primer número perfecto (es decir, 1 + 2 + 3 = 6), el número de la armonía y el equilibrio, símbolo de la belleza, la salud, y la buena suerte. La es­trella de seis puntas, formada por el entrelazamiento de dos triángulos, simboliza, por un lado, lo masculino y el fuego (con el vértice apuntando hacia arriba) y, por el otro, lo femenino y el agua (apuntando hacia abajo); también representa, por extensión, la unión de los opuestos y el hermafroditismo.

Siete y ocho

Siendo el tres el número del cielo y el cuatro el de la tierra, la suma de los dos engloba la integridad, la tota­lidad.

El siete se forma con el primer número impar más el primer número par; por consiguiente, es el primero que con­tiene, a la vez, lo espiritual y lo temporal. Es el número del universo y del hombre integral. Por ser el número cósmico, hay siete cielos y siete infiernos, siete planetas mayores y siete divisiones lunares del arco iris, siete días de la semana y siete edades del hombre. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento la influencia del siete es constan­te. Como hay siete cielos y siete infiernos, también hay siete espíritus benéficos y siete maléficos. Siete son los de­monios expulsados del cuerpo de los seres poseídos. Este aspecto maligno del número siete se remonta a la influencia ejercida por los babilonios sobre los judíos en cautiverio y, más tarde, sobre los cristianos. El templo babilónico de Zig­gurat, construido en forma de Montaña Cósmica, tenía siete gradas para ascender al cielo, pero la semana lunar colocó el séptimo día en oposición al sol, trasformándolo de ese mo­do en un día tenebroso y aciago. Era signo de mala suerte emprender cualquier tarea el séptimo día de la semana, o en cualquier múltiplo de siete. De aquí deriva probablemen­te la costumbre de que el séptimo día de la semana sea un día de descanso, porque era peligroso desarrollar cualquier tipo de actividad. El siete parece ser un número sagrado en la mayoría de las religiones. Los brahamanes ofrecen siete sacrificios a los dioses antes del diluvio, y siete son los sabios que se salvan del diluvio. También es un número espiritualmente importante en la filosofía pitagórica. El período de ayuno y abstinencia dura siete días, después de los cuales llega el octavo día, que trae nuevamente bienestar y abundancia.

E1 Jubileo (en la religión judía) deriva de este simbolis­mo del siete‑a‑ocho. Después del ciclo de 7 X 7 años, llega el año cincuenta, el Gran Año, que es época de regocijo y un nuevo punto de partida. (Esto se tomó como base de la programación de los Juegos Olímpicos, que se realizan cada cuatro años o cada cincuenta meses lunares.)

Como hemos visto al considerar el tablero de ajedrez, el peón trata de cruzar las siete casillas para llegar a la octava a fin de alcanzar la iniciación y convertirse en el Motor que puede moverse a voluntad. El octavo número es, por lo tanto, la meta espiritual del iniciado que atraviesa los siete cielos o etapas: es el Paraíso Reconquistado, la regeneración y el renacimiento. La fuente bautismal de las iglesias suele tener forma octogonal como símbolo de este poder iniciáti­co de regeneración. El octágono, utilizado frecuentemente en las cúpulas de templos y catedrales, no solo representa la perfección del número, sino también el principio de la cua­dratura del círculo y, en consecuencia, la unidad de las fuer­zas celestes y terrestres.

Nueve y diez

El nueve, formado por la multiplicación del todopoderoso número tres, es un numero perfecto, un número “completo” y representa, por lo tanto, consumación y realización. También es un número angélico, de aquí las triples‑tríadas de ángeles. Las novenas y los grupos de nueve aparecen en casi todas las religiones, pero en el norte, en las tierras célticas y escandinavas, es especialmente notable el predominio del número nueve. El nueve tiene mucha fuerza en la magia, como puede verse en Macbeth: “Tres veces para ti, tres veces para mí, y tres veces de nuevo hacen nueve.” Odín estuvo colgado de un árbol durante nueve días. Skeldi, Diosa de la Nieve, la Proserpina de las regio­nes septentrionales, vive en las montañas durante tres me­ses y regresa luego al lado de su esposo durante nueve me­ses.

En las celebraciones del primero de mayo de los anti­guos celtas, el número nueve domina los ritos del fuego, que es alimentado por ochenta y un hombres, nueve por turno. En el simbolismo chino, el nueve es el más pacífico y afortunado de todos los números. Por ser el producto de 3 X 3, es el gran número celestial. También representa las ocho direcciones del espacio, con el nueve como el centro supremo.

El diez, basado en los dedos de las dos manos, repre­senta la integridad, y como contiene todos los demás nú­meros, incluye también todas las posibilidades. Es el nú­mero de la ley, el orden y el dominio y, por lo tanto, de la divinidad. Es también el número del retorno: muchos de los viajeros legendarios, como Ulises, regresan el décimo año, concordando así con el simbolismo del diez en cuanto significa regreso a los orígenes, a la unidad.

Después del diez, todos los números empiezan de nuevo. Los múltiplos de diez, los números cien y mil, son la base de la cosmología hindú. En China, las “Diez mil Cosas” sig­nifican no solo lo innumerable, sino también la totalidad de la manifestación. En el judaísmo, el diez desempeña un importante papel, especialmente en el Templo de Salomón, donde había diez hogazas de pan, diez mesas, diez cande­labros y diez querubines, además de diez levitas que aten

dían el servicio religioso ante el Arca de la Alianza. Los Diez Mandamientos reflejan el apoyo y el número divino. Los diez eones del gnosticismo son el Sepphiroth de la Cábala, que emanan de la Plenitud.

Otros números

El once, que trasciende la ley del diez, representa el ex­ceso, y por consiguiente, el pecado, mientras que el doce tiene gran importancia en muchos cultos y religiones. Es el número del Zodíaco y de los meses del año ‑seis de los cuales son masculinos y seis femeninos. Doce horas tiene el día y doce la noche. La ley romana tenía doce tablas, mientras que los doce días de caos entre la finalización del año viejo y el comienzo del año nuevo se celebraban, como hemos visto, en todas las épocas y todas las civilizaciones, desde la babilónica y la romana, pasando por la céltica hasta llegar a la era moderna. Doce eran los discípulos de Cristo. Mitra tenía igual número de seguidores. El Antiguo Testamento habla de las Doce Tribus de Israel, y el islamismo, son doce los Imams, descendientes de Alí.

El trece es un número aciago para los cristianos, por­que en la Ultima Cena, cuando Cristo y los doce discípu­los estaban sentados a la mesa, el primero que se levantó fue el decimotercero, el traidor Judas Iscariote. El trece es también el número de las brujas que se reunían en el Sabbath. Entre los mayas y aztecas era el número de los cielos y los dioses, y tenía importancia en el calendario. También era el gran número de la adivinación.

Después del número veinte ‑el total de dedos del hom­bre integral‑ el número cuarenta es la siguiente cifra im­portante, porque deriva probablemente de los cuarenta días en que las Pléyades desaparecieron del calendario babilóni­co, lo cual presagiaba una época de tormentas, inundaciones y peligros. Cuando las Pléyades regresaron a los cielos hubo alegría y regocijo general, y se organizaron grandes festejos donde se quemaron cuarenta cañas para simbolizar la terminación del poder maléfico. Los romanos ponían los barcos en cuarentena cuando llegaban a puerto. Muchos templos tenían cuarenta columnas. En el judaísmo, el Diluvio dura cuarenta días, y en el cristianismo, Cristo pasa cuarenta días en el desierto, que son actualmente los cuarenta días de Cuaresma. Moisés permaneció cuarenta días en el Monte Sinaí, y el número cuarenta aparece también en otros epi­sodios del Antiguo Testamento.

El cuarenta es, por lo tan­to, un número aciago, “predestinado”, un número de prue­bas e iniciación, pero también de retorno y reconciliación.

Después del número cincuenta, que representa el Gran Año, el siguiente número simbólico es el sesenta, que marca el tiempo en minutos y segundos. Es un número cíclico, formado por tres veces veinte en números redondos. Tiene particular importancia en China como el “ciclo de sesenta”, llamado en Occidente “ciclo de Catay”, que era el nombre arcaico de China.

En el simbolismo hebreo, el número setenta representa la duración asignada a la vida del hombre, es decir, “tres vein­tenas y diez años”.

Para Platón el número es el arquetipo de lo Absoluto: “Entre los números hay una relación que no puede ser de­teriorada o alterada: nadie puede impedir por la violencia que el número que viene después del uno sea el doble de uno … no está en poder de ningún hombre determinar por propia voluntad que 3 X 3 no sean nueve, o que no sean el triple de tres.” Los pitagóricos, herederos del sistema ba­bilónico, sostenían que el conocimiento de los números equivalía al conocimiento de las obras de Dios y del cos­mos. Todas las cosas son influidas y dirigidas por los nú­meros.

CAPITULO 15

EL CUERPO

Y LA INDUMENTARIA

El cuerpo es identificado, obviamente, con el mundo material y la vida terrena, pero el “nuevo cuerpo” al que se refieren los ritos iniciáticos y sacramentales simboliza la muerte del hombre terrenal, no regenerado y su renaci­miento en un nuevo estado de poder y regeneración espirituales. Sin embargo, el cuerpo físico encierra un simbo­lismo más amplio en sus diversas partes, de las cuales las dos más importantes son la cabeza y el corazón.

La cabeza y el corazón

La cabeza es el asiento más importante de la fuerza vi­tal: simboliza la mente, el control, la sabiduría, el alma y sus poderes. Pero aunque es el asiento de la inteligencia, es también el de la insensatez y la locura. Esta doble fun­ción de la cabeza se pone de manifiesto en las ceremonias y ritos destinados a honrar o deshonrar a determinados personajes. La corona del soberano y 1a guirnalda que glorifican al vencedor se colocan en la cabeza, pero lo mismo se hace con el gorro del bufón, la coraza, “las ascuas” del reproche y las cenizas del duelo y la penitencia. Los “bustos” de hombres famosos se originan en la costumbre de reproducir la imagen de las cabezas que eran colocadas so­bre las tumbas para representar la fuerza vital o el genio del difunto.

Como hemos visto, se considera que la cabeza de los animales que eran sacrificados o cazados, por ejemplo el jabalí, el caballo o el toro, encarnaba la fuerza vital: se la colgaba ceremoniosamente, o era llevada en procesión ri­tual, o formaba parte de las comidas en las grandes festi­vidades. Para los cazadores de cabezas de las tribus indíge­nas, la cabeza del enemigo encerraba la fuerza vital de la cabeza y la cabellera, que una vez cortadas trasferían esos poderes al vencedor.

Los movimientos de cabeza participan de este simbolis­mo: inclinar la cabeza implica disminuir la fuerza vital ante otro, ya sea en señal de homenaje o de asentimiento, ver­güenza o sumisión. Afirmar con la cabeza es una señal de poder, mientras que sacudirla en uno y otro sentido denota negación y rechazo. Prendas como los sombreros, gorros, velos o guirnaldas ocultan y protegen la vitalidad interior de la cabeza: pero el velo también puede representar lo secreto, el conocimiento oculto, lo inescrutable.

En la iconografía religiosa, los dioses de dos caras, como Jano, simbolizan el pasado y el presente, el principio y el fin, los poderes solar y lunar, etcétera. Los Dióscuros, Castor y Polux, cuyas cabezas miraban una hacia arriba y otra hacia abajo, representan el día y la noche, el sol en los hemisferios boreal y austral. Los dioses de tres cabezas tipifican el pasado, presente y futuro; las tres fases de la luna y el sol al amanecer, al mediodía y al ocaso. Serapis, Hécate y Cernunnos aparecen representados a veces por estos símbolos. Las divinidades con cabezas y caras múlti­ples personifican al Omnividente, pero también pueden representar a varios dioses o poner de manifiesto los dife­rentes aspectos, hazañas y funciones de la deidad. En algunos casos ejemplifican también las fuerzas elementales, los ciclos y las estaciones.

El corazón es el centro del ser, tanto físico como espi­ritual, pero también simboliza la sabiduría de los senti­mientos y emociones, en contraposición a la inteligencia razonadora de la cabeza. El corazón encierra la sangre vital y las fuerzas del amor, la caridad y la compasión. Es el “lugar secreto”, y aunque se lo asocia con las emo­ciones antes que con la razón, se dice que “tiene razone que la razón no entiende”. El principal emblema del co­razón es el sol, el centro del universo; el sol radiante o el corazón ardiente simbolizan el centro del macrocosmos y el microcosmos. El corazón se representa también por un triángulo con el vértice hacia abajo, y es la caverna ese lugar misterioso y recóndito otro de sus atributos.

En los países orientales el loto es su emblema. El co­razón de diamante del budismo simboliza la pureza e indestructibilidad; aquello que no se puede “cortar”, ni alterar. En las ceremonias rituales de los aztecas, el sa­crificio del corazón significaba la liberación de la fuerza vital, la simiente de la vida, para que germine y florezca nuevamente. Como principio vital, la sangre equivale a la fuerza rejuvenecedora, y algunas veces tipifica el alma.

En el simbolismo chino, la sangre y el agua son los prin­cipios yang y yin, mientras que en el cristianismo repre­sentan la vida del cuerpo y la vida del espíritu. El vino es, casi universalmente, símbolo de sangre.

La mano

Aristóteles decía que la mano es “la herramienta de las herramientas”. Su uso brinda al hombre múltiples posibi­lidades de adaptación que implican una gran ventaja sobre todos los miembros del reino animal. La mano puede atraer o repeler, asir o apartar, y es asociada, por lo tanto, con estos poderes. También puede extenderse en señal de pro­tección, bendición y previsión. La Gran Mano representa el poder supremo, la Divinidad. En el arte religioso, la Mano de Dios no solo es símbolo de protección: también trasmite el poder del Espíritu. Las distintas posiciones de las manos tienen numerosos significados simbólicos. Los hinduistas y budistas utilizan un amplio lenguaje que expresan a través de las manos, llamado mudra, en el que se conjugan el poder divino y la respuesta humana. La mano es uno de los miembros más expresivos del cuerpo. Como decía Quintiliano, “Casi podríamos decir que las manos hablan. ¿No las usamos acaso para pedir, prometer, exigir, llamar, mandar, amenazar, suplicar, descartar, expresar miedo o aversión, preguntar o negar’? ¿No las usamos para expresar alegría, dolor, duda, confusión, penitencia, medida, cantidad, número y tiempo? ¿Acaso no tienen el poder de excitar y de prohibir, de expresar aprobación, asombro y vergüenza?”

Tender y estrechar la mano implica amistad. La mano desnuda, sin armas, significa obviamente que el acerca­miento no es hostil, sino señal de bienvenida. La mano extendida es también bendición y protección; poner uno su mano en la de otro es despojarla de todo carácter agre­sivo, dando así una prueba de amistad y servicio. Estrechar la mano simboliza la cruz, o ankh del pacto, y también significa unión, alianza o matrimonio místico. Apo­yar las manos una sobre otra expresa reposo, serenidad e inmovilidad; cruzar las manos sobre el pecho, sumisión y servidumbre. La mano abierta indica generosidad, libe­ralidad, hospitalidad y justicia; la mano cerrada, precisa­mente lo contrario, es decir, reserva, cautela y tacañería, mientras que el puño apretado es agresión, hostilidad y provocación.

Alzar las manos es señal de adoración, saludo, plegaria o rendición y, por lo tanto, una admisión de debilidad, pero también lleva implícita la disposición a recibir el mensaje del cielo. Alzar solo la mano derecha significa bendecir y proteger el principio vital. Juntar las palmas de las manos implica ruego, impotencia e inferioridad, sumisión ante un poder superior, pero también fidelidad y obediencia. Esta posición de las manos es una forma de saludo común en los países de Oriente, especialmente entre los budistas, y además de su significación religiosa, es un signo de cortesía y respeto, una manera de reconocer que la persona que está frente a uno es un ser superior.

E1 ritual de lavarse las manos es un símbolo de inocencia, pureza y rechazo de toda imputación de culpa, como suce­dió con Poncio Pilato que al lavarse las manos quiso dar a entender que declinaba la responsabilidad por la condena y muerte de Cristo. El lavado de la manos purifica ritualmente antes de la participación en ceremonias religiosas.

El rito de la imposición de las manos trasmite poder, gracia o curación. En Occidente, la mano derecha es la “ma­no del poder”, y es la que se ofrece para saludar o bende­cir, mientras que la mano izquierda representa el aspecto pasivo y receptivo. En China, la mano derecha representa la fuerza, yang, y la mano izquierda, yin, era la mano del ho­nor, puesto que la derecha es la mano que empuña la espada y se la asociaba por lo tanto con la guerra, la violencia y la destrucción. Esta significación se invertía en tiempo de gue­rra, cuando yang pasaba a ser la mano que simbolizaba el honor militar. En la China tradicional, no se extendía la mano para saludar, pues si bien el acto de estrecharse las ma­nos era una señal de amistad o de lealtad, esconder las manos denotaba deferencia y respeto, de modo que las personas se saludaban mutuamente inclinando la cabeza, mientras escondían las manos dentro de las amplias bocamangas de sus vestimentas.

En el campo del arte y especialmente en la iconografía cristiana, una mano que asoma entre las nubes simboliza la presencia, la fuerza y el poder de Dios. En el Islam, la Mano de Fátima es la Mano de Dios, el pulgar es el Profeta y los otros dedos, sus cuatro compañeros. Los cinco dedos repre­sentan también los cinco dogmas fundamentales y los cinco pilares de la religión islámica. La Mano Votiva de Sabazios, que aparece en el arte sumerio‑semítico y griego, era un símbolo de la mano dadora y protectora de Dios o de la Madre Tierra, pero puede haber tenido simplemente una significación talismática, ya que solía ir acompañada de otros símbolos sobre la palma y los dedos, tales como serpientes, cruces, piñas, lunas crecientes, lagartos e in­sectos.

De niños nos enseñan que señalar con el dedo es un signo de descortesía, grosería o mala educación, pero en otros tiempos era algo mucho más grave, porque implica­ba un insulto: también podía encarnar un poder mágico dirigido contra la persona señalada con el dedo. Los magos, incluso en los espectáculos actuales, señalan con el dedo el objeto o la persona que acusará los efectos de sus po­deres mágicos.

Los tres dedos de la mano alzados en señal de bendición representan la Trinidad. Dos dedos significan auxilio y fuerza, y eran asociados particularmente con Osiris y Horus: el primero representa la justicia divina y el segun­do, el Espíritu, el Mediador. El dedo índice apoyado verticalmente sobre los labios es un símbolo de silencio o ad­vertencia, y era característico del dios Horus niño.

El dedo pulgar representa el poder y la trasmisión de ese poder. El pulgar hacia arriba simboliza benevolencia; hacia abajo, mala suerte y muerte. Este simbolismo era usado en el circo romano para perdonar o condenar a los gladiadores.

Los brazos en alto denotan súplica, plegaria o rendición, pero también protección, poder y ayuda. Los dioses de múltiples brazos del hinduismo y el budismo representan la ayuda ilimitada y misericordiosa, además de encerrar diversos símbolos de las diferentes fuerzas y acciones del poder divino en el universo.

E1 pie es el principal agente del movimiento; simboliza, por lo tanto, la libertad de ir y venir, o el servicio voluntario, pero también implica estabilidad y, en consecuencia, firmeza. Por ser el pie la parte más inferior del cuerpo que está en contacto con el polvo y la suciedad del suelo, representa lo más bajo y humilde; por lo tanto, besar o lavar los pies de otro implica humillación o reverencia.

Cuando una figura es representada sin pies, como sucede con los dioses del fuego, indica la inestabilidad de las llamas o del fuego. En dioses como Ea‑Oannes, por ejemplo, la cola de pez que ocupa el lugar de los pies alude al elemento acuoso que es controlado por esa deidad. Siva, Kâli y otras divinidades que aparecen pisando a la gente representan el aplastamiento de las pasiones terrenas y el predominio de la mâyâ, la naturaleza ilusoria de la existencia. Las pisadas indican el sendero hollado por el hombre, o evidencian la presencia o visitación de la divinidad. Por lo tanto, son una guía para los devotos o los fieles. Las pisadas en direc­ciones opuestas significan el ir y venir, el pasado y el pre­sente, o el pasado y el futuro.

Los hombros sobre los cuales se llevan generalmente las cargas han dado lugar a un simbolismo de la respon­sabilidad; de aquí la expresión “cargar sobre los hombros”, que significa “asumir la responsabilidad”. Llevar una per­sona sobre los hombros significa igualarla con los dioses ya que así no toca el suelo y va por el aire. Arrodillarse es una actitud de sumisión, de súplica o de homenaje a un superior; por otra parte, las rodillas son un símbolo de vitalidad, fortaleza y poder generativo, y ésta es la fuer­za que se abate frente a otro en acto de arrodillarse.

Poner algo sobre las rodillas es un símbolo de adop­ción, aceptación, reconocimiento de la paternidad o del cuidado y responsabilidad maternales.

El ojo

El ojo puede tener poder benéfico o maléfico. Al igual que el dedo con que se apunta a alguien, el ojo puede diri­gir su poder maléfico hacia un punto determinado, y con­centrar en él toda su energía y malignidad: en la mitología céltica, esto representa lo opuesto a la benevolencia y la generosidad.

En los mitos y leyendas, el ojo único tiene carácter am­bivalente: es maléfico en los Cíclopes o Monstruos de poder destructivo; pero puede tener efectos benéficos cuando es el ojo único de la ilustración, la determinación, la autonomía y la eternidad. E1 ojo benéfico representa la omniscien­cia y el poder omnividente de la divinidad. Es un símbolo de todos los dioses solares, ya que el sol es el “ojo del día”, mientras que las estrellas son los “ojos de la noche”. Estas también simbolizan la omnisciencia, la vigilia que nunca duerme.

El ojo místico es luz, nacimiento e ilustración. El Tercer Ojo de Siva y del Buddlra es la “llameante perla” de la visión trascendente, la sabiduría y la conciencia espiritual. El Yima persa, el Buen Pastor, posee el ojo solar y el secreto de la inmortalidad. En Egipto, el simbolismo del ojo es muy complejo. Se dice que el Ojo de Horus, el Utchat, el que Todo lo Ve, es la Estrella Polar, el ojo de la mente o de la iluminación.

El Ojo de Ra, es también el Áspid sagrado, El ojo de­recho es el sol, Ra y Osiris, mientras que el ojo izquierdo es la luna e Isis. Este simbolismo es exactamente opuesto al de los chinos y japoneses, para los cuales el ojo izquierdo es el sol y el derecho la luna. El dios Cronos de los fenicios tiene cuatro ojos, de los cuales dos están abiertos y dos ce­rrados, alternativamente, significando atención perpetua.

En el cristianismo, la “luz del cuerpo se halla en los ojos”. Los siete ojos del Apocalipsis son los siete Espíri­tus de Dios. El ojo de Dios es el omnividente, el que todo lo ve. El “ojo del corazón” es percepción espiritual, intui­ción intelectual e inspiración. Este tiene particular importancia en el simbolismo amerindio, donde el “ojo del corazón lo ve todo”, y es el ojo del Gran Espíritu. En el Islam representa el centro espiritual, el asiento del Intelecto Absoluto. Este es, probablemente el sentido que da Platón a sus palabras cuando dice: “Hay un ojo del alma … solo con él se puede ver la Verdad”.

El cabello y la boca

Otro asiento de la fuerza vital está en el cabello, que extrae de la cabeza la sustancia de ese poder. El cabello es el poder del pensamiento y la inspiración, y en el hombre representa también la fuerza física; por lo tanto, cortarse el cabello, como en el caso de la tonsura monástica, o afeitarse completamente la cabeza, denota al asceta o al religioso que renuncia a la vida material. El cabello largo y suelto de la mujer significa libertad, virginidad y soltería. La mujer casada usa el cabello recogido, símbolo de la pérdida de libertad. En el cristianismo, el cabello suelto representa también a la penitente, a María Magdalena con los cabellos sueltos lavando los pies de Jesucristo. Así como cortarse el cabello implica en el hombre pérdida del poder de hacer magia o de conjurar hechizos. Cuando las vírgenes vestales se casaban, Tarquino ordenaba que les cortaran el cabello, y no podían dejárselo crecer de nuevo. El cabello despeinado o descuidado es señal de pesadumbre, duelo o miseria extrema, pero en el hinduismo el cabello enredado de Siva demuestra que es un asceta, mientras que el cabello negro del dios Kâlî es el Tiempo, el Destructor de la Vida. Cuando el Buddha aparece con el cabello ensortijado representa el control de la fuerza vital, la serenidad y el desapasionamiento. El cabello erizado no sólo es asociado con el miedo; es también un símbolo del poder mágico o de la posesión divina.

Abrir la boca es usar el poder del habla para proferir “palabras de poder” o pronunciar sentencias. Pero el simbolismo de la boca tiene otro aspecto: es también el poder de la Madre Tierra que todo lo devora, o el de Kâlî como personificación del Tiempo. La boca representa también la entrada al mundo subterráneo o al vientre de la ballena, es decir, la muerte. La Muerte “devora” todas las cosas. Los labios comparten el simbolismo de la boca, pero solo como pronunciamiento. La lengua tiene también gran significación; representa la prédica, la articulación, la voz de la divinidad. La lengua carnosa era un atributo de demonios y monstruos en el arte medieval cristiano; muchas veces se representaba al Diablo con una lengua carnosa y protuberante, mientras que los monstruos de la mitología sumeria tenían generalmente una lengua desmesuradamente larga. En algunas religiones de Oriente, en especial en el Tíbet, sacar la lengua simboliza “salir de la oscuridad a la luz”, y puede ser una forma de saludo. Representar a los animales con la lengua colgando es una manera de invocar al cielo para que envíe a la tierra la lluvia bienhechora.

Los órganos internos del cuerpo se usan más bien en la comparación y la metáfora, que en el simbolismo. Por ejemplo, cuando decimos “verde como la bilis”, etc., pero los intestinos, que eran considerados el asiento de las emociones incontroladas (en nuestros días hablamos de una “reacción visceral”) simbolizan la compasión. En el arte chino, los intestinos pueden ser una interpretación del nudo artístico que enlaza la compasión y el afecto en el plano terrenal, y el infinito en el plano espiritual. En la Alquimia, el vientre es el laboratorio de transformación; en el arte chino, el vientre adiposo simboliza el dios de la opulencia, y en el hinduismo, el vientre del dios Ganesa representa la glotonería y la prosperidad.

La matriz

La matriz representa naturalmente el principio femenino, la Madre Tierra que da nacimiento a todas las cosas. Su principal símbolo es la caverna; el Dios Mortal de la vegetación nace en una caverna y emerge en las entradas de la tierra. El manantial y todas las aguas, y todo aquello que encierra o contiene -como paredes, cofres y cálices- son símbolos de la matriz.

La matriz representa lo no-manifestado, pero también la plenitud y todas las posibilidades. Las ceremonias iniciáticas, que se realizan frecuentemente en una caverna o algún lugar oscuro y cerrado, simbolizan el retorno a la matriz para volver a nacer. Los héroes que al sufrir pruebas pierden el cabello, simbolizan este regressus ad uterum y tienen muy poco cabello, como un recién nacido.

Los alquimistas comparan la matriz con la mina oculta en las profundidades de la tierra: el embrión es el mineral que nace de la tierra, mientras que el hombre es la partera que ayuda a la naturaleza a acelerar el nacimiento.

El simbolismo del sexo

La función sexual del cuerpo ha perdido lo poco de mito y simbolismo que tuvo alguna vez en Occidente; por lo tanto, ha pasado a ser una preocupación puramente física, y frecuentemente patológica, en una sociedad que ya no tiene conciencia de su verdadero significado y, por consiguiente, la encara como un simple apetito físico o un mecanismo de evasión. El predominio de la pornografía y de una literatura y un arte obsesionados por el sexo es un signo suficientemente claro de una mente enferma en un cuerpo enfermo, en contraposición al ideal de mens sana in corpore sano.

El sexo fue implacablemente reprimido por el cristianismo en Occidente; su simbolismo no fue comprendido y perdió su carácter de mito, convirtiéndose en algo desenfrenado, desequilibrado y antinatural que se volvió como un boomerang contra quienes abusaban de él. Las culturas orientales, más equilibradas y menos inhibidas, no permitieron nunca que el cuerpo se divorciara del espíritu, y el simbolismo del sexo desempeñó su legítimo papel, tanto en la religión, como en la vida de todos los días. En el hinduismo, el linga o falo y la yoni o matriz, es decir, los principios masculino y femenino, no sólo representan las funciones y la unión de los dos sexos como fuerza física, sino también la creación cósmica, la renovación de la vida, los poderes activos y pasivos del universo. En el yoga tántrico, los dos sexos desempeñan un papel en la unión que conduce al equilibrio perfecto y a la inmersión del yo inferior en el yo superior, el Uno esencial.

En estas tradiciones, el simbolismo del sexo no es una máscara del erotismo, puesto que la religión ocupa un lugar fundamental y lo controla todo: la unión corporal ejemplifica la unión del alma con el poder divino.

La perfección de esta unión da lugar nuevamente al simbolismo del yin-yang: en efecto, aunque su prodigio va mucho más allá del sexo, es sin embargo, en ese nivel, la mejor expresión posible. El yin y el yang, también conocidos como Tien y Ti, el Cielo y la Tierra, los Dos Poderes de la Naturaleza, son las grandes fuerzas que operan en el universo: el equilibrio y la unidad absolutos, ligados en el círculo de la perfección, interactúan eternamente uno sobre el otro. Aquí vuelve a ser pertinente el simbolismo del “juego” de las fuerzas creadoras. Ningún poder es completo en sí mismo: solo a través del “Juego mutuo”, de la acción recíproca, generan la unidad armoniosa y total. El diagrama del yin-yang revela también que cada sexo encierra en sí el germen del otro

El simbolismo del sexo, perdido en Occidente, fue encarnado anteriormente por la alquimia en el conjuntio, la unión del azufre y el mercurio, del rey y la reina, del oro y la plata, del sol y la luna, que dio origen al Andrógino y devolvió así al ser humano la perfección primordial y la totalidad.

Este simbolismo del sexo es personificado por la cabeza de dos caras del Rey-Reina, y en Oriente por la figura mitad masculina-mitad femenina del shakta-shakti, que también simboliza la unión e interacción de la fuerza ciega del varón y la sutil intuición de la mujer, de la acción y la reacción y, en realidad, de todas las fuerzas opuestas y complementarias del universo.

Otros símbolos de unión son: el círculo completo, dos círculos entrelazados, dos triángulos entrelazados cuyos vértices apuntan hacia arriba y hacia abajo, dos árboles con las ramas entrelazadas, dos pájaros unidos por dos de sus alas y, por supuesto, todo lo que constituye un par, por ejemplo, el rey y la reina, el sol y la luna, el cielo y la tierra, etcétera.

El simbolismo de la indumentaria y los adornos

La indumentaria no tiene en Occidente un simbolismo tan pronunciado como en Oriente, donde las prendas de vestir y los adornos, en particular los de la mujer, indican su estado civil, esto es, si se trata de una mujer soltera, casada o viuda, aunque esto es aplicable también, en alguna medida, a los trajes regionales típicos que aún se ven en muchos países de Europa.

Entre los ornamentos, las piedras preciosas tienen un vasto simbolismo propio. El diamante representa la durabilidad, el sol y la ley. Su opuesto, la perla, es el principio femenino, la luna y el poder de las aguas, mientras que en el simbolismo chino la perla, yin, es el complemento del jade, yang. El verde de la esmeralda es el símbolo de la primavera y la juventud. El rojo del rubí, es el color de la realeza, la dignidad, la pasión y el poder, y el azul del zafiro representa los cielos y la verdad.

El collar, la cadena y la gargantilla, hechos generalmente con metales preciosos o piedras preciosas, son índices de jerarquía y dignidad, como la cadena del alcalde, o, en la antigua China, la cadena del mandarín, pero también simboliza la cadena que ata a la persona a su cargo y a sus obligaciones. El cinturón o faja ceremonial tiene el mismo significado. Los eslabones o cuentas de la cadena o la gargantilla representan la diversidad dentro de la unidad, la multiplicidad de la forma en el mundo manifestado. El brazalete simboliza también la unión y el círculo de la vida. Hemos visto ya el significado del anillo, en relación con el matrimonio.

Puesto que el sombrero cubre la cabeza, el asiento de la vitalidad intelectual, también cubre y contiene el pensamiento, simbolismo que perdura en el dicho “Ha cambiado de sombrero”, con lo cual se quiere significar que la persona en cuestión ha adoptado una actitud o un punto de vista diferente.

Las prendas destinadas a cubrir la cabeza, desde la corona real hasta el capelo cardenalicio, desde la mitra del obispo, la peluca del juez y el birrete cuadrado de los académicos, hasta el bombín de los hombres de negocios, el sombrero de copa y la gorra de género, indican claramente el estilo de vida y la posición social de la persona. En otros tiempos, el sombrero denotaba la condición de miembro de la nobleza y de hombre libre, puesto que el esclavo iba descalzo y sin sombrero. La acción de sacarse el sombrero, sea para saludar, sea para entrar en una casa o un recinto sagrado, implica un cortés reconocimiento de inferioridad ante la persona a quien se saluda.

Cuando se cruza un umbral, el acto de sacarse el sombrero es parte del simbolismo ritual implícito en el paso del mundo profano exterior al mundo sagrado interior. Lo mismo se aplica a la acción de quitarse los zapatos para entrar en un templo o una mezquita.

El zapato, al igual que el pie, significa movimiento y, por ende, libertad. Pero por estar en contacto con el polvo y la suciedad del suelo, representa también lo más bajo y humilde; por esta razón, en las ceremonias rituales la persona se quita los zapatos para desembarazarse del vicio y las impurezas. Las sandalias tienen una conexión lunar, puesto que la luna es la Diosa de la Sandalia de Bronce, símbolo de la luna llena. Las sandalias con alas en los talones, usadas por los dioses mensajeros, especialmente Hermes/Mercurio, simbolizan la rápida y ágil comunicación entre los dioses y los hombres.

Así como la mano extendida es prueba de buena fe, quitarse el guante para saludar es símbolo de respeto y de buenas intenciones. En la Edad Media el guante era también una prenda de honor. Arrojarlo al suelo era una afrenta al honor e implicaba el reto a duelo; recogerlo, significaba aceptar ese desafío.

La capa es un signo de dignidad y de posición social, pero tiene un simbolismo ambivalente, puesto que lleva implícito el disimulo o el ocultamiento y representa, por lo tanto, reserva, oscuridad y secreto, como lo atestiguan las historias de “capa y espada”. La túnica revela la verdadera naturaleza del hombre, mientras que la capa la oculta. Los hechiceros, brujas y nigromantes usan capas como símbolos de sus misteriosas artes mágicas y de los ocultos poderes de transformación. En el arte cristiano suele representarse al Demonio envuelto en una capa negra; lo mismo ocurre con los siniestros personajes de las leyendas y el arte profano, tales como vampiros y brujas. Las Reinas del Cielo y los Dioses Celestiales llevan mantos a modo de capa, de color azul cielo.

Los trajes y vestidos ceremoniales indican los acontecimientos jerárquicos o sociales, y las vestimentas que se usan en los actos religiosos y rituales tienen su significación propia. Las vestiduras sacerdotales encierran un complejo simbolismo propio en todas las religiones. Los trajes de ceremonia de los emperadores y funcionarios chinos no eran solo algunas de las más espléndidas creaciones del arte y la artesanía; simbolizaban también el universo entero, y el poder y perfección del Cielo, cuyo representante en la tierra era el emperador.

Incluso el hombre común revela su carácter, sus preferencias y su condición psicológica por la ropa que ha elegido y usa, y por la forma en que exhibe las prendas y adornos adoptados. La humanidad está rodeada de símbolos. Cada persona es, en realidad, un símbolo viviente.


[1] El hombre, una vez manifestado, imprime para siempre / su presencia sobre todas las cosas inanimadas: los vientos / son en adelante voces, gemido o grito, / quejumbroso susurro o rápida y ligera risa, / nunca un arrebato sin sentido ahora que el hombre ha nacido … / Y esto nos llena de respeto por el hombre, / de aprensión por su transitorio valor, / y del deseo de desentrañar su verdadera naturaleza, / y descubrir su posición y su destino final.

[2] Chi: 22ª letra del alfabeto griego (X) que en castellano corres­ponde a nuestra C.

Rho: 17ª letra del alfabeto griego (P) que en castellano corres­ponde a nuestra letra R. (N. de la T. )