P. José Comblin. CUSTOS, QUID DE NOCTE? II

P. José Comblin.

CUSTOS, QUID DE NOCTE? II

FINALIDAD DE LA MISIÓN

Hoy en día estamos ante un dilema: el crecimiento de la Iglesia o el Evangelio.

Antiguamente las dos cosas eran consideradas equivalentes. Se decía que para salvarse era necesario entrar en la Iglesia. Al llevar a los pueblos a entrar en la Iglesia la misión aseguraba su salvación. La Iglesia les daba todos los medios de salvación y con eso tenían las recetas para entrar en el cielo con todas las garantías. Consideraban que la presencia de la Iglesia y la oferta que hacía era la buena nueva, era el Evangelio. El evangelio ofrecía todos los medios de salvación. Evangelizar e introducir en la Iglesia era la misma coas. Al buscar su crecimiento la Iglesia era exactamente fiel al evangelio y a su misión de evangelizar.

Hoy en día aparecieron dificultades. En primer lugar, nadie cree ya que quien no ha entrado en la Iglesia está condenado. Ofrecer los medios para llegar al cielo ya no parece tan urgente, ni tan fundamental, ni tan esencial al evangelio. La salvación será tomada en un sentido más completo. La salvación es el acceso a una vida superior desde ahora, una vida transformada, divinizada, humanizada. Esta salvación sería el resultado del evangelio y de la predicación del evangelio.

Ahora bien, no es tan evidente que traer personas a la Iglesia sea también iniciarles en ellas una vida evangélica. Pueden querer entrar en la Iglesia por muchos otros motivos. No necesariamente perciben a la Iglesia como nosotros. Pueden encontrar en ella satisfacciones que nosotros no descubrimos o que no coinciden con el evangelio. No se puede presumir que porque una persona se bautiza ella quiere vivir una vida evangélica. Todo indica que prevalecen generalmente otras motivaciones.

No es probable que se pueda vivir una vida evangélica de forma multitudinaria. Llevar el evangelio va a exigir más tiempo. Los primeros 12 franciscanos que llegaron a México poco después de los conquistadores querían salvar almas. Resolvieron bautizar sin preocuparse en la instrucción. En 20 años bautizaron 4 millones de indios. Claro que no fue posible evangelizarlos a todos. En los últimos tiempos ya no era así, pero el principio era el mismo: primero integrar en la Iglesia, después veremos si podemos mejorar el nivel. Este después puede que nunca llegue.

Para poder anunciar el evangelio es preciso vivirlo por lo menos hasta un cierto punto. No es éste siempre el criterio para escoger a los misioneros. De modo general son escogidos los que muestran más capacidad de organizar, construir, conquistar, crear estructuras. Estas virtudes no siempre coinciden con las virtudes del evangelio.

Al mismo tiempo, sociológicamente la misión de las Iglesias cristianas aparece muchas veces como empresas de conquista cultural, e indirectamente de conquista política. Se multiplican los análisis del poder. ¿No serían las misiones proyecciones de poder, voluntad de poder de las Iglesias y de los propios misioneros? Bajo pretexto de salvar almas, ¿no procurarían su propia promoción y la promoción de su institución? La gran dedicación de los misioneros a sus obras no sería argumento. También en el mundo de los negocios hay mucha dedicación, mucha actividad, mucho cansancio. Los grandes managers tienen una vida tan activa y tan ocupada como la vida de los misioneros y a veces más.

A veces la voluntad de poder se manifiesta ingenuamente. Por ejemplo dicen que es necesario convertir a los africanos antes de que los conquisten los musulmanes. O que hay que evangelizar un pueblo antes de que venga otra Iglesia cristiana. Ahí aparece la voluntad de poder desnuda y cruda.

De ahí la alternativa: O anunciar el evangelio o aumentar el poder de la Iglesia, pensando que las dos metas ya no coinciden. ¿Cómo conciliar evangelio e Iglesia? Este fue en cierto modo el gran problema de la Reforma, en el siglo XVI. ¿Puede decirse que las Iglesias protestantes resolvieron el problema? ¿Ser miembro de una Iglesia protestante es realmente ser evangélico? Dejémosles a ellos la tarea de responder. En cuanto a los católicos, el problema es urgente.

I. ORIENTACIONES PARA EL SIGLO XXI

1. La primera orientación será el compromiso con la lucha contra el modelo de sociedad actualmente impuesto por las fuerzas financieras y económicas actuales, con el apoyo del mundo intelectual y de la industria cultura. El modelo dominante actual excluye cualquier valor cristiano y simplemente cualquier humanismo.

La Iglesia católica como institución va a asumir esa lucha porque está muy implicada en el propio sistema y porque considera posible una alianza con el sistema para sacar de ahí ventajas económicas o culturales. De ahí la dominación del Opus Dei y otras instituciones semejantes en la Curia romana. Por otro lado Roma nombra obispos insignificantes, fieles burócratas que se limitan a obedecer los decretos romanos, pero no tienen ninguna posibilidad de proyección en la sociedad. Son obispos sin pensamiento, sin voluntad y sin proyecto, elegidos justamente en virtud de su mediocridad. Reproducen su modelo en el clero que se conforma con administrar los restos del pasado. Hoy en día el clero es el problema, no es la solución. Se puede decir que la ordenación sacerdotal es obstáculo a una acción evangelizadora en el mundo.

Por consiguiente los cristianos necesitan actuar en medio de las organizaciones no gubernamentales que luchan contra el sistema, o eventualmente fundar nuevas asociaciones siempre junto con otros. No se puede ya actuar dentro de organizaciones llamadas católicas, que impiden la libertad de movimiento.

2. La evangelización necesita de la inserción de personas aisladas o en grupos pequeños en el seno de las masas humanas para que vivan una vida evangélica, de modo independiente, desligada de las instituciones existentes. Los Institutos religiosos se han burocratizado y han perdido dinamismo. En algunas no quedas ya esperanzas, están totalmente esclerotizados. En otros todavía hay espacio de libertad, pero siempre con conflictos desgastantes. Son pocos los que abren espacio para una verdadera vida evangélica. Por consiguiente las vocaciones deben descubrir su lugar de inserción. Deben asociarse de modo muy informal. Puede ser que un días tengan que formar instituciones más fuertes. Actualmente sería un suicidio. Deben evitar la ordenación sacerdotal porque constituye una prisión.

3. La misión de los cristianos no es impedir el pecado por todos los medios, incluyendo los medios de presión política o cultural (por ejemplo colegios católicos o leyes moralizantes). Dios envía la lluvia para todos, justos o pecadores. La misión es mostrar la viabilidad del evangelio, que es posible seguir a Jesús y vivir de acuerdo con sus enseñanzas. Por eso las conversiones por motivos no cristianos no valen ya. Debemos irradiar la fuerza del evangelio por el testimonio de una vida vivida realmente. Las palabras ya no valen. Estamos sumergidos en un universo de billones de palabras, de millones de informaciones. Nada adelante añadir algunas informaciones más. Las palabras solamente valen para una economía de vendedores y compradores. Pero no somos ni compradores ni vendedores. Muchos religiosos actúan de acuerdo con el marketing religioso. Pueden tener éxito, pero el resultado no tiene valor.

4. Debemos preparar no un nuevo Concilio, sino un Encuentro mundial de los cristianos para suscitar problemas y sugestiones. El ecumenismo no se hará discutiendo problemas dogmáticos y sí buscando juntos la vida evangélica en el mundo actual. El encuentro no tendrá que tomar decisiones que de cualquier manera quedarían en el papel, sino abrir horizontes y favorecer unión, trabajo de conjunto. Claro está que en ese Encuentro habría una gran mayoría de laicos, personas implicadas en los problemas del mundo. No personas esclavizadas por el sistema, colaboradores del sistema, sino personas que permanecen conscientes y lúcidas en medio de la presión del sistema.

Un Encuentro semejante debía ser promovido por las mismas Iglesias con apoyo de las jerarquías para poder tener peso ante las masas cristianas, y no permanecer en el aislamiento mutuo. Pero el propio trabajo sería de los laicos en gran mayoría.

No es necesario que todos entren en ese camino, pero por lo menos una minoría significativa, como sucedió con los obispos de Medellín. Sería renunciar al triunfalismo para seguir el camino de Cristo de acuerdo con el himno de Fil 2. Sería también enfrentarse a la reprobación de las clases dirigentes que ofrecen con agrado muchos privilegios a la jerarquía con la condición de que no se meta en los asuntos de este mundo. El propio Stalin ofreció protección a la jerarquía rusa con la condición de que nunca hablase contra el régimen. Y ellos aceptaron, prestándose incluso a defender fuera del país las tesis de la política exterior de la URSS.

Si se trata de evangelizar el mundo contemporáneo, la largo plazo lo que resultará será una pastoral de credibilidad: mostrar en la vida que los cristianos creen en el evangelio que predican. Los argumentos teóricos no tendrán mucho valor. Nadie compromete toda la vida sólo por argumentos teóricos, hoy menos que nunca. La cultura actual transmite un número ilimitado de palabras. Millones de libros son publicados cada año, billones de horas de emisión por radio hinchan el espacio de palabras, y por Internet las personas pueden recibir más palabras de lo que podrían leer durante mil vida. Hay una inundación de palabras y discursos. Todos han aprendido a defenderse contra los discursos. Ya se han creado mecanismos para cerrar los oídos a palabras nuevas. Estamos lejos del areópago de Atenas cuando los ciudadanos esperaban con curiosidad que alguien viniese a anunciar discursos nuevos en medio de la monotonía. Los discursos provocan fastidio y nada más.

En este sentido la postmodernidad puede dar una contribución positiva. Muestra que lo que se rechaza no es el evangelio y sí la ausencia de vivencia del evangelio. Este es el desafío permanente de los cristianos: ¿cómo vivir concretamente el evangelio en la sociedad actual que no lo rechaza sino que espera una realización práctica?

II. REFUNDAR LA IGLESIA

La meta es refundar la Iglesia en una sociedad nueva sin comparación con el pasado. Seguimos las sugerencias del libro de Gerald A. Arbuckle, Refundar la Iglesia. Disidencia y liderazgo. Sal Terrae. Sandanter, 1998.

Ya Pío XII defendió la necesidad de una oposición en la Iglesia y de una verdadera opinión pública como en la sociedad civil. Los Papas siguientes apoyaron el mismo tema. Sin oposición crítica una sociedad permanece apegada a estructuras del pasado y no busca cambios de acuerdo con los nuevos tiempos. Repite siempre las mismas obras cuando ya han cambiado las circunstancias. Esta es la teoría.

En la práctica la jerarquía soporta difícilmente la crítica. La interpreta como si fuese rebeldía, agresividad, destrucción de la institución, como si todas las críticas quisiesen acabar con la institución. Lo que sucedió era lo previsible: en los últimos siglos la Iglesia practicó la terquedad y quedó prisionera de su pasado y dejó que el mundo caminase sin ella.

Una refundación frustrada

El Vaticano II quiso promover una refundación de la Iglesia. Pablo VI hizo una reforma de la Curia e introdujo en ella personalidades representativas del Concilio. Fundó algunas instituciones como el sínodo de los obispos, fueron promovidas las Conferencias Episcopales, los consejos pastorales. Infelizmente, el Concilio entregó a la Curia la tarea de aplicación de las reformas y del nuevo espíritu. En los primeros años todo parecía funcionar y los nuevos nombres en la Curia entraron en la mentalidad conciliar. Después de algunos años, fueron substituidos por hombres bien diferentes. Juan Pablo II nombró sistemáticamente hombres opuestos al Concilio, o que habían luchado contra el Concilio, o que querían restaurar la situación anterior. Al final el mayor enemigo del Vaticano II fue la propia Curia romana que se dedicó a reducir o suprimir las novedades conciliares.

La centralización romana no solamente no fue reducida, sino que creció. La libertad de los obispos fue reducida a nada. Fueron nombrados obispos que brillan por la sumisión ciega a la Curia romana y la falta de creatividad. La uniformización creció a pesar del discurso de inculturación. El gueto salió fortalecido a pesar de las llamadas a la evangelización. Se dio el nombre de evangelización a todo lo que podía fortalecer el pasado.

Roma vuelve a la teoría de la restauración del siglo XIX: la Iglesia tiene en sí misma todo lo necesario para definir su camino y no necesita ayuda de nadie. No solamente no necesita  de nadie, sino que cualquier colaboración de factores externos sería un peligro. Cualquier concepto extraño a la tradición tiene que ser rechazado.

El nuevo derecho canónico consagra todas las instituciones del pasado, no introduce las novedades conciliares. Adopta algunas palabras del vocabulario conciliar pero solamente para reforzar el tradicional. Roma considera con inmutable las estructuras heredadas del pasado. No quiere aprender nada de la historia.

El Papa reconoce y pide perdón por los errores del pasado con la condición de que tengan por lo menos tres siglos. Nada sobre los errores más recientes y ni pensar de los errores contemporáneos. Claro que es mejor que nada, pero no será suficiente para restaurar la credibilidad.

Un caos inevitable y necesario

El Vaticano II provocó cambios radicales sin tener conciencia de su alcance. Fue producto del optimismo y triunfalismo común a todas las jerarquías que no quieren o no pueden ver los problemas de su institución porque nunca se toman en serio las críticas interpretadas como provenientes de la mala fe o de personas desequilibradas. Además, la prueba de que son desequilibradas, es que critican.

Durante 1500 años quisieron que los laicos fuesen receptores pasivos y obedientes de todo lo que procedía del clero. Fueron tratados como niños, menores de edad, incapaces de responsabilidad. Todavía hoy, 35 años después, la mayoría de los obispos y de los curas tratan a los laicos como niños, esperando de ellos una actitud de niños. La mayoría de los laicos todavía no habrían salido de la fase infantil. De repente, el Concilio dice que los laicos deben ser adultos y actuar como adultos. Deben pensar, pueden hablar, deben asumir responsabilidades. Algunos se lo tomaron en serio. Comenzaron a hablar y sus palabras fueron recibidas como críticas negativas.

Se dijo a los laicos que debían ir al encuentro del mundo. Sin embargo, una vez en el mundo, sufren el impacto del mundo, reciben ideas, modos de actuar. Aprueban algunas cosas y quieren cambiar ciertos comportamientos. Entonces son reprendidos. Hay que ir al mundo sólo para proclamar la verdad y no para oír nada.

Convidando a los laicos a expresarse, era previsible que surgiese alguna diversidad de discursos, creando la impresión de caos. La jerarquía no estaba preparada para el caos. Ignorando las ciencias humanas, consideraban que se puede orientar una sociedad libre como una dictadura. Luego vino la represión a millares, millones de laicos se sintieron rechazados. ¿Cómo saber cuántos millones de mujeres se apartaron definitivamente de la Iglesia y dejaron de educar a sus hijos en la religión católica después de la Humanae Vitae? Las mujeres se negaron a aceptar una ley hecha sin consultarlas como si fuesen niños sin formación moral, tratadas como inmorales solamente porque contestaron una orden que nunca fue discutida con ellas.

La teología del Vaticano II sacudía muchas estructuras antiguas sin ofrecer un nuevo sistema. Abrió una transición. En el momento de la transición no se puede prever todavía cuál será la nueva estructura. Comienza un periodo de experimentos, ensayos, errores y éxitos. Es lo que se llama un caos. El caos no es puramente negativo. Porque viene después de un orden abre un espacio para que venga otra forma de orden. Sin esa fase de caos no podría nacer un nuevo orden. El caos fue sobre todo fuerte en el clero. En la víspera del Concilio más que nunca la Iglesia era el clero. Se comprende que los conceptos conciliares anunciando una nueva estructura de Iglesia provocase en el clero una crisis de identidad terrible. Los sacerdotes eran todo y ahora tienen que aceptar que también los laicos puedan existir activamente. Fue un desprestigio terrible. Además el sacerdote había sido formado dentro de un modelo cada vez más rígido elaborado después de Trento por una serie de reformas en la formación. El seminario transmitía el modelo sacerdotal único y firme que envolvía la totalidad de la vida del sacerdote.

Durante siglos el cura fue formado para retirarse lejos del mundo, viviendo en un mundo paralelo sin contacto con el resto. Vivía entre la iglesia, la sacristía y la casa parroquial, visitando a los parroquianos en función de los sacramentos. Su principal actividad era la celebración de los sacramentos, sobre todo la misa. El sacerdote era el hombre de la misa. Todos los fieles lo sabían. Cuando encontraban un sacerdote, le preguntaban sobre las misas o hacían comentarios sobre las misas pasadas. Sabían que la conversación del cura era la misa. No convenía hablar de otra cosa.

La teología del sacrificio que era el centro de toda la teología hacía de la misa el acto salvador por excelencia, el acto sin comparación más importante del mundo y de alguna manera el único acto con valor absoluto. La formación católica era en primer lugar el elogio de la misa y la predicación de su importancia. Ahora bien, inevitablemente con el Vaticano II la misa deja de ser el único acto completo y absoluto, el punto culminante de la vida sacerdotal. Fue esto lo que provocó una crisis de identidad. Al lado de la misa adquieren importancia la predicación, la evangelización y el servicio en medio del mundo. Se pide ahora que el sacerdote salga de la sacristía para estar en medio del mundo. El abandono de la sotana que era la expresión exterior de su separación del mundo fue una señal de desintegración del modelo tridentino. Es verdad que ya había algunos sacerdotes que se habían metido en medio del mundo y habían procurado conciliar sus actividades en el mundo con su identidad sacerdotal. En el seminario enseñaban a jugar al fútbol con sotana, lo que no dejaba de tener su utilidad sobre todo para el goleador. Era conciliar la identidad sacerdotal con el mundo. Hasta el Vaticano II los sacerdotes que hicieron tales experiencias fueron muy vigilados y casi siempre limitados, por ejemplo los curas obreros. Tales experiencias afectaban solamente a una minoría insignificante de sacerdotes de tal modo que no había gran peligro de contaminación. El modelo permanecía intacto. Fue entonces cuando aconteció todo lo que sabemos, el caos en que unos 80.000 sacerdotes dejaron el sacerdocio, sobre todo aquellos que tenían más formación y más personalidad. El motivo era la pérdida de identidad: perdieron la conciencia de que aquello que hacía el sacerdote era realmente importante. No se sintieron preparados para enfrentarse al mundo siendo sacerdotes del mundo antiguo. vivieron la contradicción entre la cultura dominante y la cultura en que vivía el clero.

Ante el caos hay dos reacciones posibles: La primera fue lo que predominó en Roma desde los años 70. Pablo VI llegó a culpabilizarse a sí mismo como si tuvieses la culpa del caos producido. Todo el partido reaccionario de los enemigos del Vaticano II alimentó esa conciencia. Como si alguien tuviese la culpa de un fenómeno que era inevitable. Si el Vaticano II hubiese sido realizado 150 años antes, la crisis no habría sido tan grave. Si se hubiese esperado todavía más, la crisis hubiera sido aún más grave. Se trata de un fenómeno social inevitable. Cualquier cambio en la estructura provoca perturbaciones: inseguridad, crisis de personalidad, crisis de los papeles sociales. Después de Pablo VI, Juan Pablo II buscó apoyo en el partido conservador por varios motivos que no es aquí el lugar para comentar. Triunfó la reacción de vuelta al pasado.

Prevaleció la búsqueda de seguridad retornando a las estructuras estables del pasado. Entretanto, el resultado fue un divorcio cada vez más acentuado entre la Iglesia y las clases intelectuales del mundo occidental, así como el fin del ecumenismo y la imposibilidad del diálogo interreligioso. El retorno fue bien acogido en el mundo campesino tradicional y en el mundo urbano donde todavía sobreviven elementos de la cultura del pasado. Todavía es posible reunir millones de personas para aclamar al Papa. Esas que personas viven en la cultura tradicional no acogieron bien las reformas conciliares por limitadas que fueron. Muchos se alegran cuando ven a los curas de nuevo con sotana renovar las devociones y los ritos tradicionales. Pero ¿hasta cuándo? ¿La nueva cultura no va a contaminar finalmente todas las clases sociales urbanas?

Existe otra alternativa. Consiste en tener mucha paciencia y mucho equilibrio para dar tiempo al tiempo. Consiste en creer en la capacidad espiritual de los cristianos. Del caos sale un orden. Todos buscan una nueva forma de vida cristiana colectiva e individual. Claro que hay experiencias negativas: pero caen por sí mismas. Nacen nuevas estructuras de experiencias positivas. Ilusión es pensar que la jerarquía por sí sola será capaz de inventar nuevas estructuras. Su tendencia será casi siempre la de consolidar las antiguas. Pero no hay en el pueblo cristiano mucha creatividad y mucha inspiración. También debe pensarse que se hace en una generación lo que hicieron en el pasado varios siglos.

Se puede pensar que el gran cisma de 1054 entre Oriente y Occidente no era inevitable. Bastaba más paciencia. Tampoco el cisma protestante en el siglo XVI era inevitable, ni en los tiempos del Concilio de Trento. Con más paciencia era posible llegar a un entendimiento haciendo a los protestantes las concesiones posibles en lugar de se intransigente como fueron los jesuitas Laynez y Calderón, delegados del Papa en Trento.

En los últimos siglos la jerarquía manifestó siempre mucha paciencia para con los separatistas de extrema derecha como los partidarios del arzobispo Lefebvre, y fueron muy exigentes para con los movimientos de izquierda, liberales y luego socialistas.

Condenando siempre las personas más originales y creativas la Iglesia pierde vitalidad y se vuelve incapaz de inventar respuestas a los desafíos. Si los nuevos obispos se caracterizan en general por la mediocridad intelectual, flaqueza de carácter y sumisión pasiva a Roma, no se puede esperar que aparezca mucha creatividad. Por el contrario, siempre habrá retroceso.

Es lo que sucedió con los nuevos movimientos laicos que surgieron después de la Segunda guerra mundial, y se transformaron en poderosas multinacionales católicas, más influyentes que las antiguas Ordenes religiosas. Nacieron en un ambiente de renovación de la Iglesia. Después de algunas décadas siguieron el movimiento general de retorno al pasado y ahora en lugar de ser lugares de creatividad, son fortalezas de conservadurismo. Hoy en día al final del pontificado las fuerzas católicas que todavía buscan una aplicación del Vaticano II son muy escasas. Todos fueron contaminados por el miedo ante las novedades. Se conforman con adaptaciones superficiales que no cambian la posición de la Iglesia en la sociedad.

No se puede pedir que los reformadores presenten un plano global de los cambios necesarios. Sería continuar en el sistema antiguo en el que todo viene de arriba hacia abajo. Al contrario, lo que se debe esperar es que el estímulo a la creatividad descubra las respuestas.

III. LOS DISIDENTES JERÁRQUICOS.

¿Cómo puede haber transformación de estructuras en la historia concreta? Hay llamamientos en el pueblo cristiano, gran sensibilidad a los vicios establecidos, gran aspiración a cambios. Puede haber manifestaciones, protestas, disidencias. Todo eso será ineficaz si no hay disidentes jerárquicos, o sea personas en la jerarquía para liderar los cambios.

Tenemos ejemplos famosos. En la crónica de la Edad Media, durante 300 años el pueblo cristiano reclamó reformatio in capite et in membris. Hubo cismas, disidencias, advertencias fortísimas, llamamientos de santos. Todo fue inútil. Ningún Papa quiso cambiar y responder a las llamadas. En el sistema católico establecido desde la Edad Media, si el Papa no quiere, no pasa nada. Un ejemplo en sentido contrario fue Juan XXIII. El Papa quiso y entonces comenzó un movimiento de reforma. Pío XII no quiso y nada aconteció. Pueden suceder los peores desastres pero si el Papa no quiere, nada acontece. Todo depende de un hombre solo. Puede pensarse que tal situación no es normal. ¿Dónde queda el colegio episcopal y la tradición de la Iglesia antigua? Sin embargo, así es: todo depende de una persona sola. Inclusive se puede pensar que una de las reformas necesarias sería que una persona sola no pueda definir todo hasta los pormenores de la vida diaria de la Iglesia en todos los continentes. Por el momento es así. Si el Papa no encabeza un movimiento de transformación, nada sucederá.

Esto no quiere decir que el Papa tendrá que planear y realizar solito las transformaciones. Claro que no podría. Pero debe abrir las puertas y ventanas. Sin eso nadie se mueve. Es lo que está pasando hoy en día, nadie se mueve. Todos repiten las cosas de siempre. Salvo modificación de la pura forma exterior. Por el contrario, el movimiento dominante consiste en restaurar lo que había desaparecido después del Concilio.

Respecto a la creación de nuevas estructuras, el pueblo cristiano necesita liderazgos. Por sí solo un pueblo no hace nada: mantiene lo que existe, pero no inventa nada. Los inventos nunca surgen espontáneamente de una comunidad. Cualquier novedad sale siempre de una persona o algunas personas simultáneamente. Varios personas pueden conectar sus inventos para inventar algo más complejo. Aun así, cada uno de los inventos particulares por mínimo que sea exige la iniciativa de una persona. La novedad surge siempre de un cerebro y los cerebros son individuales.

Por lo menos buena parte de los líderes nuevos ya pertenecían a los antiguos liderazgos. Para quien no está integrado en el sistema, es muy difícil entender cómo funciona y cuáles son las condiciones de un nuevo sistema. Para luchar eficazmente contra un sistema, hay que estar dentro por lo menos de manera suficiente. Por eso los liderazgos principales de los cambios serán obispos y sacerdotes. Es necesario que por lo menos algunos obispos y sacerdotes sean disidentes, contestando el sistema establecido para poder substituirlo por otro. Fue lo que pasó en el Vaticano II. Nunca los laicos habrían podido elaborar los documentos conciliares. Nunca habrían tenido el coraje de criticar lo que existía o proponer otra estructura. Habrían permanecido en la pura utopía. Pero la utopía no genera cambios. Muestra una falta, una necesidad, pero no ofrece soluciones.

El pueblo interviene dos veces. La primera al inicio del proceso. Los líderes aparecen cuando el pueblo manifiesta inconformidad, malestar, aspiraciones, rechazo. En el pueblo se manifiestan contradicciones fuertes entre el modelo ofrecido y la espera de los hombres y mujeres. Cabe a los líderes captar, entender, interpretar y expresar la espera del pueblo y mostrar las contradicciones. Si no sucede nada en medio del pueblo, los líderes no son líderes, sino apenas filósofos o pensadores individuales.

La segunda intervención del pueblo sucede después de la creación de nuevas estructuras. El pueblo selecciona. Entiende a su manera, aplica a su manera y hasta el clero debe aceptar el modo de ser del pueblo. Es la fase de recepción. Preparación y recepción son los dos momentos fundamentales en que el pueblo interviene. En la fase de invención y creación de formas nuevas interviene el líder.

Los líderes saben que sobre todo en el mundo religioso os cambios son muy difíciles. La religión es conservadora por excelencia. Nada es más difícil que cambiar comportamientos religiosos. Sin embargo ha habido en la historia muchos cambios y todavía hay cambios en el presente. Pero con mucha dificultad y mucha perseverancia por parte de los líderes. Estos deben poder contar con suficiente apoyo del pueblo. Además, el pueblo difícilmente acepta cambios religiosos, salvo cuando tiene confianza absoluta en los líderes de los cambios. La mayor dificultad para los liderazgos en los cambios está en la inercia del pueblo. Por eso los conservadores insiste muchos en que el pueblo está con ellos. Lo que sucede entonces, es significativo: El Papa apela a las masas contra los líderes disidentes. Así hacen todos los jefes conservadores. Piensan que interpretan la voluntad de las masas. En realidad solamente se apoyan en la inercia de las masas que prefieren dejar todo como está.

Arbuckle enuncia diez reglas para los liderazgos disidentes:

1.      Es preciso partir de una visión completa y profunda de la realidad tanto de la Iglesia como del mundo. Esto es particularmente difícil para quien no está dentro del clero, lo que no quiere decir que el hecho de pertenecer al clero sea suficiente. Lejos de eso, porque la inmensa mayoría del clero no es consciente de la realidad del mundo porque no quiere conocerlo. El ideal en una sociedad es que el jefe sea también un líder. El líder debe dar las grandes orientaciones a partir de sus intuiciones fundadas en un profundo conocimiento de la realidad. En cuando a la administración de los cambios, puede dejarlo para personas que tengan el don de la gestión. Si el obispo o el sacerdote no tiene esa visión, pueden aceptar la visión de personas con mayor perspectiva. De cualquier manera, siempre habrá diócesis de vanguardia y diócesis de retaguardia.

2.      Para aplicar las reformas es preciso preparar agentes de transformación. Nada adelanta querer imponer reformas si nadie es capaz de entenderlas o de explicarlas. Si no existe un número suficiente de personas que entiendan el proceso nuevo en que entra la Iglesia, no se podrá hacer nada porque el pueblo reaccionará por la inercia, como sucedió en muchos lugares después del Vaticano II por falta de personas cualificadas para transmitir y aplicar en lo concreto de la vida de las comunidades.

3.      Los líderes deben dar pruebas evidentes de su autenticidad personal. Deben estar totalmente comprometidos con la obra que quieren promover. Cualquier duda, destruye la confianza del pueblo.

4.      Para promover transformaciones hay que colocar en los lugares de responsabilidad personas innovadoras y con el don del liderazgo. Sin eso nada se mueve. Esto supone que quien hace los nombramientos no tenga miedo de fuertes personalidades. En el presente pontificado parece que sucede lo contrario. Lo que vale es el miedo de fuertes personalidades.

5.      Es necesario aceptar, y eventualmente estimular la disidencia responsable. Sin crítica todos permanecen pasivos. El grupo siempre tiende a reprimir cualquier crítica. Todos permanecen callados por miedo a ser criticados. Nadie critica porque tiene miedo de ser criticado también. Las sociedades tienden por eso a permanecer idénticas en el tiempo. Dejan de responder a las necesidades de los tiempos por miedo a ser diferentes de los otros. Nadie quiere ser diferente. Ser diferente es correr el riesgo de ser excluido del grupo. Por eso la crítica no es espontánea y necesita ser despertada. Las sociedades occidentales comenzaron a cambiar y progresar cuando despertó el espíritu crítico. Por eso, otras civilizaciones no progresaron porque prohibieron la crítica.

6.      Quien tiene el liderazgo debe ejercerlo de modo responsable. No puede aceptar que cada uno haga lo que quiere. No hay estructura estable sin unidad y disciplina. Cambio no quiere decir entronizar la anarquía o el individualismo.

7.      Hay que adquirir una base teológica firme y amplia. Estamos ahora ante una sospecha generalizada en relación a la teología y ante la prioridad dad al sentimiento sobre la razón. Sin formación teológica todo queda estancado porque todo el mundo tiene miedo de equivocarse. Por eso prefieren repetir siempre el mismo discurso, o esperar hasta que el Papa diga lo que se debe pensar.

8.      No se puede esperar que todos estén de acuerdo. Hay avanzar con quien quiere. Si se espera hasta la unanimidad, nunca se llegará. Basta tener una buena aprobación.

9.      Saber esperar cuando la salida no aparece. Hay que ser siempre consciente de que no sabemos todo, que podemos errar por falta de datos o falta de interpretación correcta. Permanecer orando y aguardando hasta que el asunto se clarifique.

10.  Hay que saber errar y perder. Es necesario también saber imponer cosas desagradables y frustrantes que levantan resistencia porque en cualquier cambio hay perdedores. Son necesarios ritos de luto para ayudar a los perdedores a que acepten su condición ofreciendo otras salidas.