PETER GITLITZ El enigma de las sociedades secretas

PETER GITLITZ

ÍNDICE

Introducción………………………………………………….      3

Elementos de las sociedades secretas……………….      3

Orígenes de las Sociedades Secretas………………..      4

Los caballeros templarios………………………………     14

Los carbonarios …………………………………………….    22

Los thugs……………………………………………………..     28

La Francmasonería………………………………………..     37

La Orden Rosacruz…………………………………………    50

El Ku - Klux - Klan………………………………………..    57

La Mano Negra………………………………………………    67

El Mau Mau …………………………………………………..   73

La Mafia……………………………………………………….    83

Magia y brujería…………………………………………….    93

Persecución de brujas……………………………………..    96

Sociedades nacionalistas………………………………..    105

Sociedades nacionalistas en Irlanda  ……………….    106

©A.T.E. 1980

Edición especial para Libroexprés

c/Copérnico, 2 - Barcelona, 21 - España

Depósito Legal: B-2447-1980

ISBN.: 84-7442-201-9

Impreso en España

Printed in Spain

Gráficas San Julián

Polígono Congost - Granollers (Barcelona)

INTRODUCCIÓN

Elementos de las Sociedades Secretas

a) El secreto.- El secreto es una poderosa necesidad del ser humano. Nace y evoluciona junto con él, adquiere características tan diversas e inesperadas como su mismo poseedor reacciona. Para un hombre el secreto es a veces una forma de reafirmar su identidad, pero llevado a niveles extremos llega a ser patología. En las sociedades como en la vida individual del hombre los secretos desempeñan una importante función. Dentro de la misma sociedad se han formado grupos secretos cuyas finalidades formales -aparentes- exigen la condición del secreto como requisito esencial para su existencia.

En toda la historia de la humanidad ha habido grupos secretos que se aíslan parcialmente de la sociedad para realizar determinados fines. En su condición de asociaciones secretas necesitan vivir dentro de una sociedad general, de otra forma no tiene sentido el secreto; es decir, para que exista un grupo secreto debe tener algo qué ocultar, pero más exactamente alguien a quién ocultarle una cosa. No se trata de asumir una posición totalmente separatista, pues ello implicaría apartarse por completo de la sociedad donde se vive y formar otra comunidad relacionada con el secreto y unida por esa “complicidad” común; al aislarse de quienes ignoran el secreto éste, como tal dejaría de serlo. Por otra parte, el desertar de la sociedad donde ha nacido el círculo secreto se plantearía como renuncia a esa sociedad, pero no es así, aunque efectivamente la discrepancia sea concomitante a la intención de formar un núcleo al margen de las demás instituciones. Hay un punto de disidencia, un principio de desacuerdo que determina esa parcial ruptura, parcial porque los integrantes de la agrupación “secreta” continúan interactuando en la macrosociedad. Sea cual sea el motivo hay incompatibilidades pero nunca suficientemente poderosas para forzar un divorcio total.

b) La discriminación. - La discriminación se da por hecho; lo único que varía es el objeto de discriminación o selectividad como también se le ha llamado a la misma cuestión. El Ku-Klux-Klan, por ejemplo, ha sido un grupo integrado por norteamericanos blancos cuya finalidad principal es combatir a los negros, a los judíos y a casi todos los hombres diferentes a su raza residentes en su territorio. La discriminación racial en Estados Unidos registró sus más crueles persecuciones cuando la protagonizaron en primer término los encapuchados del Ku-Klux-Klan.

Otra forma de discriminación ha sido la de los francmasones, por ejemplo, que sólo admiten como miembros a los recomendados de otros afiliados, y, tras una serie de entrevistas ante una especie de tribunal nombrado ex profeso, se decide el ingreso o rechazo del aspirante. En este caso la discriminación (llamada selectividad) se funda en cuestiones morales, no importa raza, religión ni condición económica (aunque actualmente casi todos los francmasones en el mundo mantengan un status homogéneo). Sólo se admite a quienes se consideran aptos para elevarse espiritualmente y poder conocer la luz divina.

Hay pues discriminación, exclusión, selectividad. De la macrosociedad surge la microsociedad que guarda rigurosamente su secreto. Las finalidades de la asociación secreta también determinan su posición frente a la sociedad en general; dicho de otra forma: hay grupos que al marginarse lo hacen para dedicarse a un objetivo cuyo interés no es común al medio sino exclusivamente a cierta clase de individuos. Los rosacruces por ejemplo, se afanan en desentrañar los misterios de la naturaleza mediante el estudio de la teosofía y los poderes mentales. Es decir, que por escepticismo o indiferencia no participan de ciertos intereses. También se da el caso de que el mismo grupo no considere adecuado permitir el libre acceso a su círculo porque exige aptitudes, posturas y creencias especiales.

c) El juramento. - Finalmente, la forma más común de integrar asociaciones secretas y mantener en la sombra su identidad, objetivos y dinámica interna, ha sido creando un compromiso rubricado por los juramentos que van de lo macabro a lo melodramático. Tal ha sido el caso de grupos secretos proscritos por su ilegalidad (la mafia, por dirigir actividades delictivas) o por luchar contra el orden establecido en abierto antagonismo contra el gobierno (Los Carbonari, el Mau Mau). De ahí que la formación de las agrupaciones obedece a una identificación ideológica -en los dos últimos ejemplos- o a un interés concreto (lucrar mediante el delito: la mafia). Los grupos subversivos han actuado en términos de reacción de impotencia para luchar eficazmente contra un enemigo poderoso (los Carbonari que conspiraron con atentados y proselitismo tratando de derrocar a la dinastía borbónica) y ocultarse como única forma de supervivencia.

Orígenes de las Sociedades Secretas

La formación de agrupaciones secretas ha sido un fenómeno que ha acompañado a la humanidad desde su más remoto origen. Siempre un hombre ha poseído un secreto oculto ante la mayoría, sólo accesible a unos cuantos privilegiados. En las antiguas culturas primitivas los hechiceros, sacerdotes y sabios eran las únicas personas competentes para tener acceso a secretos divinos. Incluso podían ser objeto de revelaciones, pero en secreto. Las circunstancias históricas han determinado que lo que hoy es secreto anteriormente lo ha sido del dominio común, o a la inversa. En tiempos antiguos se adoraba públicamente a un dios cornudo con patas de macho cabrío, hoy se hace en secreto. Igual, en los albores del cristianismo las catacumbas fueron el refugio de los seguidores de las enseñanzas cristianas, acosados por la represión romana. Cuando se les descubría eran ejecutados acusados de conspiración. Hoy el sacramento religioso se imparte en una iglesia abierta a todos, no hay secreto porque no hay perseguidores. El cristianismo ha venido siendo la religión dominante en el mundo desde hace veinte siglos; desde entonces ha impuesto su voluntad por medio de su enorme poder político-económico, pero sobre todo, guiando los actos de sus fieles, conduciendo su fe.

Sería necia redundancia añadir que el vencedor impone su voluntad. Así en la religión, la Iglesia tiene el poder y ha determinado las fronteras entre el bien y el mal. Lo lícito y lo pecaminoso. Huelga mencionar la relatividad de la validez universal de esos parámetros, pues el concepto de moral varía tanto como las diferencias de cultura que existen. Dentro de la misma Iglesia romana ha habido importantes cambios, acordes al momento y exigencias de movilidad. Mientras que en algún momento la fuerza de la Iglesia se basó en su poderío militar, y concretamente económico, en otros “vendió fe”, vendió indulgencias; también ha dedicado largos períodos a la evangelización, al aspecto meramente espiritual, pero en su historia se registran atroces crímenes cometidos en nombre de la Santa Iglesia, cuando en realidad las motivaciones eran conservar o extender su control económico-político. Bastan dos ejemplos sin mayores comentarios: las Cruzadas y la Santa Inquisición.

El secreto siempre ha tenido un valor, tanto a nivel individual como a nivel sociedad, y es que ejerce una poderosa fascinación sobre el ser humano, curioso por naturaleza (”… nada hay nuevo debajo del sol.” Ninguna aportación, simples descubrimientos). Un individuo puede manipular a otros mediante (explotando) un secreto, si lo tiene realmente o hasta inventándolo. Una agrupación secreta logra inquietar a toda una sociedad cuando sus misterios no han sido violados, pero ésta comienza a debilitarse precisamente cuando no tiene nada que ocultar; entonces debe cambiar su estructura y modificar sustancialmente sus métodos.

Las más famosas sociedades secretas han surgido condicionadas por su contexto espacio-temporal, respondiendo a una serie de expectativas, por lo menos latentes en el mundo, guardando una congruencia dentro de las contradicciones que la caracterizan en antagonismo o discrepancia con respecto a la macrosociedad. Dicho de otra forma: el Ku-Klux-Klan no podía haber surgido en otro país que no fuera Estados Unidos, ni el Mau Mau en América. Así, los carbonari lograron la mayor conspiración popular en Nápoles porque sus fines se identificaban con los deseos del pueblo; el pueblo era la conspiración contra un régimen monárquico extranjero y déspota. El carácter nacionalista de los italianos, su arraigado sentimiento de unión familiar y demás rasgos culturales, dieron como resultado en un momento dado esa excepcional cohesión que vio realizados sus deseos de emancipación en las heroicas gestas revolucionarias de Garibaldi.

Las circunstancias de tiempo y de espacio condicionan la organización y finalidades de un grupo marginal. Los rosacruces, por ejemplo, llamaron la atención de los pensadores europeos del siglo XVII, ofreciendo a sus seguidores el “verdadero conocimiento” del mundo. La alquimia, la búsqueda de la piedra filosofal, fueron entonces las más importantes alternativas que se planteaba el pensamiento occidental más progresista. La humanidad necesitaba una esperanza y la Orden de la Cruz Rosada la ofrecía. Actualmente los rosacruces tratan de mantenerse al día: cuentan con extensas bibliotecas, planetarios, laboratorios de investigación, pero no se han apartado por completo de sus principios declarados hace cientos de años. Todavía, un poco para recabar fondos y otro poco para seguir en su línea, ofrecen desde libros de ocultismo hasta brazaletes y péndulos “magnéticos” que “curan enfermedades y desarrollan actividades extra-sensoriales”.

El secreto evoluciona con el ser humano, desde la infancia a la adultez; en la sociedad ocurre exactamente igual. Evoluciona consecuentemente y su significado va adquiriendo los matices correspondientes a las cambiantes circunstancias. Así, una moderna afirmación: “Entre más públicos sean los asuntos del Estado, más privados son los particulares”, él conduce a la comprensión del complejo fenómeno, aunque es de elemental sentido común entender la cada vez mayor exigencia popular de enterarse de los asuntos gubernamentales que le conciernen directamente y que en los sistemas democráticos la ciudadanía trata de estar al tanto porque son sus intereses los que están en juego.

En cambio los intereses particulares se colocan en ámbitos de mayor reserva como reacción de defensa frente a la despersonalización del mundo contemporáneo. La gente trata de reafirmar su identidad a toda costa y el secreto es una forma de sentir su intimidad a salvo. Pero a otros niveles, la comercialización del mundo, dominado por la sociedad de consumo, no pierde ocasión de lucrarse hasta con el secreto más personal -de la vida privada de una persona-, es decir, que en esta sociedad un secreto alcanza precios exorbitantes pero también conocer la vida íntima, los secretos de un personaje de fama internacional, puede ser ocasión de chantaje o sirve para venderse como cualquier otro producto pagándose por su divulgación.

Lo mismo conocer secretos en general; la curiosidad del ser humano no conoce límites; hay por supuesto especial interés en ciertos aspectos que van desde la curiosidad científica hasta la indiscreción morbosa por detalles de la vida íntima, secreta, de un jefe de Estado o de una figura del mundo del cine.

Conociendo la relación histórica de las sectas secretas más famosas podrán entenderse las motivaciones que tuvieron sus miembros para asociarse o asumir determinadas posturas frente ala sociedad formal. En cada caso concreto parecerá una reacción lógica dentro de su contexto el que un grupo de individuos se aislara parcialmente para dedicarse a actividades reservadas a una élite.

O sea, que el conocimiento histórico de los detalles precedentes a la formación de una hermandad o secta servirá para ubicarlas con mayor precisión en un contexto social, tratando de encontrar la coyuntura que le dio origen. En sí misma, la sociedad siempre ha aportado los motivos suficientes para el surgimiento de grupos marginales, pero poco se ha dicho sobre las motivaciones individuales de sus integrantes, pues la causa formal bien podría encontrarse en la macrosociedad, sin llegar a recurrir a un ocultamiento.

Corresponde a la psicología estudiar las motivaciones individuales que inducen a una persona a pertenecer a una secta secreta. Los estudiosos de la mente humana han de aclarar por qué el hombre se siente tan atraído por el secreto, qué representa exactamente ocultar algo a los demás, pero sin mantener esa cosa en una reserva total, pues siempre se presenta ante los otros; es decir, la posesión de un secreto se hace pública.

La sociología ha de ocuparse de explicar el comportamiento de los grupos integrantes de la sociedad, su interacción, sus finalidades, su repercusión en el resto de la comunidad. A los mismos sociólogos e historiadores les toca hablar de las asociaciones secretas como tales, a unos interpretar sus actos, a otros, ubicarlos en su contexto. Serán entonces otros los estudiosos que aborden esas cuestiones. Aquí la intención es hacer una brevísima relación de las llamadas “sociedades secretas” más importantes desde los Caballeros Templarios que hace varios siglos dejaron de existir, hasta los francmasones que actualmente detentan un poder y prestigio concretos. El propósito es divulgar una historia precisa, concreta, sin mayores pretensiones. No es una fría relación de datos ni tampoco una interpretación; mucho menos una versión parcial. Se recoge parte de la historia conocida, lo que el paso del tiempo y abundantes investigaciones nos ofrecen.

La selección de agrupaciones aquí presentadas no debe considerarse en términos de antología. No se trata de sobreestimar la importancia de unas ni soslayar la trascendencia de otras, pero tampoco sería válido hablar de una muestra al azar. Se ha escogido lo más representativo en diversos momentos de la historia; se incluyen, eso sí, a las más famosas sectas cuyas actividades han formado parte de la historia de un país como protagonistas principales en un momento dado. Esa selección también corre el riesgo de ser arbitraria pero no deja de ser altamente representativa.

Como se verá en los datos que la historia ha registrado con toda precisión, cada uno de los grupos incluidos en este volumen han influido, en su momento, en el rumbo de los acontecimientos sociopolíticos más importantes para los países donde han surgido. Por ejemplo la historia de las Cruzadas fue dirigida en un lapso por los Caballeros Templarios cuya participación en esas gestas les aportó poder político y económico capaz de salvar de la bancarrota a una monarquía, pudiendo financiar a un régimen cuando el reino estaba al borde del fracaso. Los caballeros templarios se convirtieron en un momento dado en los banqueros de Europa, tuvieron tanto poder político como los reyes; sus campañas bélicas inclinaron el triunfo de los cristianos a su favor. Pero su imperio se desplomó y los hombres más poderosos - los papas y los reyes- se vieron muy preocupados por la peligrosidad que representaba para sus imperios la existencia de un grupo independiente capaz de manejar las finanzas de las principales potencias.

La criminalidad en Estados Unidos, sus actuales problemas de orden público, el estilo de resolver ciertos negocios, los incontables imperios económicos, que se hallan en manos de unos cuantos inversionistas, no se explicarían sin la mafia que dio al mundo una nueva escuela de delincuencia no conocida antes. El gangsterismo en Estados Unidos tiene sus formas muy peculiares, heredadas directamente de las enseñanzas aportadas por los inmigrantes italianos que se inauguraron con los asesinatos, la extorsión, el tráfico de estupefacientes, el control de todos los negocios sucios, dejando un nuevo estilo de vida ahora profundamente arraigado en la nación americana, de donde se ha exportado a otros países.

Los francmasones quizá hoy no tuvieran ningún significado de no haber sido por su participación en trascendentes movimientos políticos. La fraternidad en sí, o algunos de sus miembros tuvieron especial relevancia en acontecimientos que transformaron al mundo -la Revolución Francesa, por ejemplo-. Haya sido verdad o mentira que varios de los ideólogos de ese levantamiento militaron en las logias masónicas, los rumores hicieron que la orden sufriera las consecuencias: prohibición de los monarcas y de los pontífices. Dos papas la prohibieron, otros más ratificaron la censura. Eso incrementó la fama de los masones, dejó en el pueblo de los países donde funcionó la creencia de que atentaban contra la Iglesia, creencia que aún subsiste en aquellos núcleos donde campean el fanatismo religioso y la ignorancia.

La mayoría de asociaciones secretas lo han sido por necesidad de supervivencia, y mientras sus actividades están fuera de la ley su consistencia se ha fortalecido en el secreto. Pero ha habido otras realmente inofensivas que ofrecen el secreto como único atractivo. Consideran seriamente que sólo los iniciados en sus prácticas son capaces de alcanzar y merecer las revelaciones divinas.

El ser humano por naturaleza tiene necesidad de relacionarse entre sí; no le basta vivir en comunidad, exige lazos más íntimos, más directos. Para forjarlos crea grupos especiales. Actualmente existen clubes cuyas finalidades son exclusivamente de diversión. Hay asociaciones filantrópicas en las que ayudar al prójimo no es la intención principal, sino sólo un medio de relaciones entre gente del mismo potencial económico, por consecuencia, de la misma ideología.

Pero esa necesidad de relacionarse exige ciertas condiciones. De hecho la vida en sociedad satisface sus impulsos gregarios; las relaciones afectivas interpersonales aportan al ser humano motivaciones enriquecedoras positivas y le gratifican para existir en su condición que le distingue de los animales irracionales; pero está visto que también requiere de aislamientos parciales para participar en un grupo más cerrado de aficiones o metas no compartidas por el resto de sus semejantes. Así han surgido modernas asociaciones con la más amplia diversidad de fines y formas: clubes reservados para determinados socios donde el acceso sólo es posible mediante la recomendación de otro afiliado, y luego la membresía se paga con elevadas cuotas; además del costo de inscripción, una renta y una serie de compromisos que lo hacen privativo de una clase económicamente poderosa. También hay casinos, fundaciones que limitan el acceso debido a una selección económica muy rigurosa. Luego vienen las fundaciones, los grupos filantrópicos cuya razón de ser aparente son los demás, todos, el resto de la colectividad, pero la dirigencia queda restringida a círculos verdaderamente herméticos. Siguen las asociaciones profesionales, las agrupaciones de vecinos, afiliaciones “especializadas” que rescatan de la dispersión a quienes tienen problemas comunes y que mediante la unión pueden llegar a obtener mayores beneficios.

La sociedad contemporánea tiende a despersonalizar al individuo. El ritmo de vida cada vez más acelerado, las enajenantes aglomeraciones humanas atenían con destruir la identidad personal, a convertirlo todo en masas, a manejar todo en serie por razones de economía como lo indican los métodos de producción de esta época. Bajo esas circunstancias es lógico entender que la gente encuentra una forma de defensa afiliándose en asociaciones privadas. Quizá de esa premisa partieran las especulaciones explicativas del resurgimiento de sociedades secretas proscritas por la religión y el Estado en otros tiempos. Pudiera atribuirse a la “cosificación” la reimplantación de la moda de formar agrupaciones secretas ¿pero en el pasado, cuando no se vivía en condiciones de deshumanización, cuáles fueron las motivaciones que dieron origen a las sectas secretas?

Siendo más reducido el espacio vital, se propició en tiempos antiguos la contracción manifestada en la integración de esos círculos secretos. La vida íntima dejaba de serlo viviendo en pequeñas comunidades ociosas. La distracción predilecta era inspeccionar la vida ajena. Sólo mediante la formación de esos grupos era posible gozar de cierta privacidad personal, aunque los motivos aparentes fueran otros.

Actualmente la vida en las grandes ciudades no sólo permite disfrutar de intimidad, sino que condiciona el anonimato. Entonces una reacción de defensa es también reafirmar la identidad personal agrupándose en círculos herméticos, separados del resto de la sociedad pero necesariamente inmersos en ella.

Sean cuales sean las condiciones vitales del ser humano, su tendencia siempre le conduce a formar grupos al margen de la macrosociedad. Eso está claro, así ha ocurrido durante toda su historia y seguirá sucediendo. Lo que varía de acuerdo al contexto, al tiempo y demás factores condicionantes, son las finalidades del grupo, la manera de presentarse ante las instituciones establecidas, ante el conglomerado formal y ordenado que les da origen.

Ahora no sorprende demasiado descubrir por medio de los periódicos, la existencia de sectas secretas cuyos rituales reviven la celebración de los míticos sabbaths; el satanismo ha resurgido o no ha dejado de existir. Lo curioso es que, siendo en el siglo XX tan diferentes las condiciones de vida a las de la Edad Media, esos ceremoniales conserven las mismas fórmulas y los motivos de acusación sean lo mismo escandalizando como antes. El asunto merece admiración porque los conceptos morales han cambiado, es decir, la “moral se ha relajado”, su severidad medieval ha desaparecido y tiende a ser más flexible. Moralidad entendida como la suma de prejuicios de la sociedad. Pero es evidente que en algunas sociedades como la norteamericana todo parece favorecer el resurgimiento de macabros ceremoniales presididos por un diablo; de los testimonios obtenidos por los protagonistas se desprende que las mismas fantasías sexuales y festines sanguinarios constituyen una parte importante de esos rituales. La brujería, el satanismo, sufrieron la más cruel persecución cuando la Santa Inquisición se lanzó a la caza de brujas. En tiempos posteriores la legislación de algunas naciones se mostró totalmente indiferente a las prácticas religiosas en privado, lo que se persigue ahora es la perversión, la posibilidad de crímenes cometidos en esos festines y las denuncias por escándalo.

La sociedad que se “escandaliza” al conocer la existencia de esas sectas, mientras se santigua busca con morbosa curiosidad sus secretos, no resiste a la tentación de enterarse hasta en los detalles más precisos de esos macabros rituales. Quizás el miedo de la vida contemporánea, el temor contenido por las angustias existenciales cotidianas, la tensión de vivir en grandes concentraciones humanas donde día a día aumenta la inseguridad, tengan algo que ver con esa curiosidad. La gente de hoy día necesita escandalizarse y atemorizarse con objetos fantásticos que aun estando en su entorno más próximo no le afectan directamente. A través del conocimiento de esos aquelarres y de otros secretos desahoga sus temores porque ni puede hacerlo en la oficina ni en una céntrica calle, necesita de un objeto desplazador.

Pero abordar la cuestión de las agrupaciones secretas es mucho más complejo. Su estudio es interdisciplinario, atañe a la psicología para explayarse sobre el comportamiento del individuo y su necesidad del secreto y, desde el otro lado, las causas que le inducen a descubrir esos secretos. La sociología debe dedicarse al análisis de la dinámica de la macrosociedad y las causas que determinan el surgimiento de microsociedades congruentes o antagónicas con respecto al sistema, pero también conviene la concurrencia de los expertos en las relaciones del poder para observar las repercusiones generales de un pequeño grupo en la sociedad formal. La historia ha seguido el curso de los acontecimientos propiciados por la acción de las sociedades secretas. Es altamente ilustrativo el caso del Mau Mau en Kenia, su beligerancia ocupa momentos decisivos en la vida de ese país. Los sangrientos acontecimientos producidos en la década de los años cincuenta se debieron a las conspiraciones protagonizadas por esa secta Kikuyu. Debe mencionarse que antes sus dirigentes condujeron sus protestas por la vía legal sin éxito alguno, lo cual les orilló al camino de la desesperación y la violencia ilimitada.

En casi todas las sociedades secretas se encuentra un elemento común: el juramento; es éste el factor determinante de la fuerza, de la cohesión interna de la agrupación. La ceremonia de iniciación es el acontecimiento esperado por los neófitos para pasar de ser elemento ajeno -marginado- de la asociación a ser militante activo, socio con derechos y obligaciones pero dueño de una membresía, poseedor de un secreto que lo distingue ante los demás.

El juramento, la iniciación son símbolos para la mente humana. La personalidad del niño evoluciona y asimila simbolismos. En todas las religiones, en todo tipo de sociedades, se inventan fórmulas para integrar o excluir a sus miembros de algún objeto determinado. El hombre es incapaz de soslayar un cambio de estado sin rubricarlo mediante una ceremonia; parece inadmisible verificar una transición sin acompañarla de una celebración que marque simbólicamente un principio y un fin. Hay sectas que recibían a sus nuevos miembros con un ritual, fabricado especialmente con ese fin. Otras en cambio representaban la admisión de un nuevo socio enviándole directamente a ejecutar un encargo especial; según las finalidades, o características del grupo en cuestión, las misiones encomendadas podían ser insignificantes o particularmente difíciles; en el primer caso se trataba claramente de formalizar el nuevo ingreso del neófito, en el segundo la intención era probar las aptitudes del iniciado. Si fracasaba en el prueba inaugural era rechazado quedando excluido temporal o definitivamente, según el grupo y el tipo de pruebas, pero siempre al margen de los secretos a cuyo acceso llegaría sólo en calidad de iniciado.

Las ceremonias de iniciación varían según el tipo de secta, en algunas el juramento es la única forma válida de conceder el acceso formal, pero en otras sólo se celebra un rito.

El juramento también adquiere variantes de acuerdo a los fines de la agrupación, a la cultura de la comunidad, a la época histórica, etc., pero su intención siempre coincide en estar dirigida a la creación de un compromiso, en ejercer presión psicológica sobre el novicio para obligarle a guardar los secretos que se le revelan. El juramento implica un compromiso consigo mismo en primer término, pero además su función es de sutil coacción. El individuo que jura ante los demás miembros de una secta se compromete a observar fidelidad, a defender la agrupación que abraza y a recibir conscientemente todos los castigos impuestos en caso de trasgresión. O sea que implícitamente está pidiendo ayuda al conciliábulo para no flaquear y cumplir sus propósitos. Si se hace mención a los castigos físicos que está dispuesto a recibir sin protestar, es para convencerse a sí mismo de su deseo de fidelidad aunque no ignora su probable quebranto. Es coacción porque el ser miembro de ese tipo de ligas le impide retractarse en un momento dado simplemente porque sus ideas hayan cambiado.

La deserción es intolerable; aún los círculos que sin tener nada ilícito se inclinan al secreto, no permiten el libre retiro de sus miembros sin manifestarles alguna forma de desaprobación. Inclusive en esos casos, sin advertencias sobre castigos, retirarse temporal o definitivamente es una forma de actuar traicioneramente, tal consideración se establece implícitamente en el ritual de admisión. El “divorcio amistoso”, por así llamarlo, no es procedimiento permitido. Las reacciones son radicales: o se está dentro con prerrogativas o se queda fuera por expulsión como consecuencia de haber violado los reglamentos. Un ex afiliado nunca es visto con simpatía. Separarse del grupo por propia decisión equivale a una expulsión; dejar la militancia durante un tiempo y reintegrarse a ella nuevamente no es procedimiento usual. Sin aclaraciones precisas en ese sentido cambia el enfoque, dicho de otra forma: hay socios con mayor militancia y afiliados poco entusiastas. Cuando la participación es voluntaria -como excepción de juramentos o pactos siniestros- habrá unos que asistan con mayor frecuencia a las reuniones y otros cuyo desapego sea notorio. Cosa imposible en sectas más rigurosas de la fidelidad y disciplina de sus miembros, donde la obediencia es indiscutible y ha de acatarse el mandato supremo aunque ello implique dolorosos sacrificios (los Mau Mau juraban ciega obediencia a las causas de su movimiento; expresamente mencionaban en su iniciación, estar de acuerdo en matar a sus propios padres, hijos o hermanos si eran enemigos o así lo ordenaba el jerarca sin mediar explicación. Al mismo tiempo se daban por enterados de las consecuencias que daría una omisión: la venganza-”castigo” podía alcanzar a otros miembros de la familia que serían ejecutados por los Mau Mau fieles o por las fuerzas mágicas convocadas en la ceremonia recepcional). La mayoría de los juramentos aludía a severas sanciones contra los traidores. Todos dejaban en claro que la muerte se daba como pena merecida además de torturas previas. Esa no era sino una forma de presión psicológica, pues el verdadero simpatizante actuaba convencido por un fanatismo místico muy superior a los temores de muerte.

Como rasgo característico aparecía el estrecho lazo en las relaciones de los integrantes de la secta; la “hermandad”, nexo surgido de ese conciliábulo.

De hecho en varias asociaciones sus miembros se llamaban “hermanos” entre sí. No bastaba tener un secreto en común, identificarse plenamente en el deseo de un objeto o reconocerse mediante gestos y palabras en clave, era necesario además realizar un pacto de hermandad. Los masones se llaman entre sí “hermanos” pero sus razones obedecen a motivaciones exclusivamente místicas, en cambio los primeros antecesores de la mafia hacían “pactos de sangre”. Los iniciados hacían sangrar su brazo o su dedo para matizar su unión con los demás asociados. En otras cofradías la ceremonia de admisión se efectuaba sacrificando un animal para impregnar con su sangre al novicio, dramatizando el ritual. La mezcla de sangre entre dos o más integrantes del grupo era corriente, de esa forma se representaba la creación de un vínculo sanguíneo inquebrantable. Ocurría algo parecido bebiendo la sangre del animal sacrificado, se relacionaba esa especie de brindis con la adquisición de un lazo sanguíneo irreversible.

La matización del compromiso inicial presentaba tantas variantes como sociedades había. La única constante era precisamente el elemento de iniciación-juramento. Siempre aparecía implícitamente el manejo psicológico de las jerarquías como estímulo para destacarse en los cometidos encomendados por el círculo, ejemplificando el modelo de militancia, logrando la admiración del resto del grupo. El prestigio ante los demás es una necesidad vital, se añade a las necesidades de seguridad personal para interactuar armónicamente entre los grupos; en las cofradías ese elemento se explotaba doblemente: dentro y fuera del grupo. Dentro, logrando los mayores méritos en favor de la causa perseguida; fuera, aunque sin manifestarlo públicamente por ser de índole secreta, sintiéndose poseedor de un rango secreto, como protagonista de un misterio que inquietaba a los demás y daba temas de conversación.

Ese mismo prestigio tiene otra función: de una parte propicia relaciones afectivas; la vinculación nacida de la formación de lazos fraternales lleva consigo cargas afectivas recíprocas fortalecidas en situaciones de peligro; ante una amenaza común el grupo cierra filas, se mantiene en la mayor cohesión como actitud de defensa. Surge entonces la auténtica solidaridad, se presta ayuda mutua cuando el perjuicio atañe a todos y afecta a uno en particular, casualmente, pero no siendo individual ni de índole personal el objeto que propicia el peligro sino que afecta al grupo en general; protegiendo a uno se protege a todos. A salvo el conjunto se obtiene la seguridad individual. Es pues, afecto, protección, todo un proceso forzado por el desempeño de un rol censurado; cuando las ligas secretas han tenido propósitos ilícitos o simplemente no compartidos por el resto de la sociedad, cuando el misterio es inofensivo pero se desea mantener en reserva exclusivamente para cierta clase de gente ocurre un proceso similar.

De la misma forma que se busca el prestigio, el afecto, la estrechez de lazos fraternos se teme más el repudio que los castigos. Tal vez el castigo sea mejor recibido que el rechazo de los ex compañeros. (La exclusión plantea un conflicto doble: la marginación del grupo en el cual se han compartido secretos, se ha mostrado una faceta de personalidad oculta en la vida exterior, fuera de la rutina y transparencia ante los demás, la incapacidad de relacionarse con otros individuos ajenos a esa problemática, subestimados implícitamente desde el momento en que no han participado del conocimiento de una actividad secreta.

Hasta aquí el esbozo de algunos puntos de partida para investigaciones profundas concernientes a los expertos de las materias cuyo objeto de estudio son los elementos que intervienen en grados de mayor o menor importancia en los factores que concurren en la composición y efectos de las sociedades secretas. Como se ha dicho antes, la intención de este trabajo es presentar al lector una relación escueta, concreta, de algunas de las sociedades secretas más importantes -o más famosas- en distintas épocas. Se ha cuidado la fidelidad de las versiones rescatadas por la historia, excluyendo valoraciones ideológicas o morales. En ningún momento se ha pretendido un riguroso análisis sociológico ni se ha invadido el campo de la psicología presentando hipótesis que esa ciencia aún no ha producido.

No hay conclusión concluyen te ni excluyente; la distancia histórica cancela de antemano, validez a cualquier afirmación categórica. Permanece una limitación constante: el carácter secreto de esas sociedades ha dado origen a incontroladas fantasías. Han sido realmente pocos los documentos fidedignos rescatados de fuentes directas, es decir, de los mismos archivos de las ligas mencionadas. La información más confiable por próxima en cuanto a las relaciones de tiempo-espacio y nexos directos con el asunto en cuestión, es la aportada por protagonistas u observadores que sin proponérselo se convirtieron en historiadores. Es por ello imprescindible puntualizar virtuales alteraciones como resultado de una visión parcial o de escasez de datos fidedignos plenamente comprobados en esa calidad.

Son incontables los mitos creados en torno a esas asociaciones secretas; nadie se ha encargado de desmentirlos porque los directamente involucrados prefieren conservar su identidad en el anonimato porque al presentar la versión fidedigna el secreto perdería su calidad. El mito, las habladurías populares repercuten -según su contenido- en beneficio o en contra de la secta, pero mientras no quede en la indiferencia popular será signo de que continúa teniendo algo de esa fuerza que se ha propuesto conseguir. Seguirá fascinando a los demás empeñados en el juego de descubrir lo oculto.

Las voces populares cuya sabiduría oscila en el acierto y en la más osada fantasía, seguirán ocupándose de las cofradías secretas que sobreviven desde hace cientos de años; fijarán su atención en el surgimiento de otras más, pero tal vez no reparen en las consecuencias de su existencia ni valoren las enseñanzas históricas. Es hasta ocioso hablar una vez más del enorme poder detentado por las más famosas fraternidades. Poder que encaminó por cauces positivos problemas de envergadura en la vida sociopolítica de una nación; efectos contrarios a la evolución positiva de una comunidad.

La formación de grupos subversivos siguió un proceso similar en casi todos los países donde se dio el fenómeno: primero fueron agrupaciones abiertas que tímidamente manifestaron sus pronunciamientos, trataron de obtener éxito por los cauces legales pero a medida que se encontraban con negativas, los motivos de inconformidad se presentaban en su verdadera magnitud, lo cual rebasaba los límites permisibles que suponía el régimen para mantener el control político; las exigencias, en una palabra, contenían la ausencia de un cambio profundo en los sistemas o cuadros gubernamentales.

La medida siguiente fue la prohibición de esas asociaciones. La exhibición de ideas y propósitos opuestos a los intereses del régimen pasaba a ser sinónimo de clandestinidad; el mismo gobierno propiciaba las conspiraciones por no acceder a las exigencias si verdaderamente emanaban del pueblo y podían representar una amenaza grave a su estabilidad en el poder. Pero aun cuando sólo se tratara de discrepancias minoritarias la represión desencadenaba reacciones más violentas; la verdadera causa de esa disidencia se encontraba en la ruptura de un sistema armónico.

Prohibida la manifestación pública de esa disidencia se lograba efectivamente la desaparición formal de la asociación promotora de una comente contraria al orden establecido, pero no se llegaba a extirpar por completo la fuerza de oposición, entonces el único camino era la clandestinidad, la forma de defensa más efectiva: el secreto. Las consecuencias fueron de mayor o menor gravedad respecto al apoyo popular que mereciera la causa, no obstante la siguiente etapa conducía al extremismo.

Se insiste en este enfoque porque en la mitad del mundo contemporáneo existen grupos disidentes, finalidades contrarias al gobierno impopular, intenciones de cambio de claras tendencias radicales hacia las posiciones antagónicas de izquierda y derecha. El problema se subraya por su proximidad en la vida cotidiana de casi todos los países donde la disidencia se reprime, se le cierran los caminos de manifestación abierta limitando el consenso popular para determinar las directrices del gobierno deseado. Esos grupos se marginan; cuidan tanto su secreto que hasta sus motivos de lucha permanecen ocultos, la única vía posible es la subversión terrorista que desvirtúa las intenciones originales condenándolas a la ultraradicalización donde concurre su antagónico extremo siguiendo el mismo proceso.

El hombre contemporáneo respira una atmósfera de inseguridad; en su propio país o en otras naciones vecinas convive cotidianamente con atentados terroristas patrocinados por grupos extremistas de derecha y de izquierda. Esas agrupaciones radicales que desestabilizan a los gobiernos bajo la égida del capitalismo y del comunismo son el equivalente contemporáneo de las antiguas fraternidades secretas; la forma de vida actual establece otras necesidades, otras reglas de juego. Los sacrificios de animales para hacer juramentos y las ceremonias de iniciación respondieron a las expectativas de otras épocas; hoy parecerían ridículos esos rituales, pero en esencia concurren los mismos elementos integrales que constituyeron las antiguas sectas.

Las perspectivas futuras no son precisamente alentadoras, lejos de llegar a un entendimiento inteligente como correspondería al grado de evolución tecnológica e intelectual del mundo moderno, las tendencias contrarias retornan a los más primitivos enfrentamientos, recurriendo a la violencia como única forma de hacerse escuchar, de imponer puntos de vista, no por convencimiento con argumentos de peso sino por el manejo de las armas. Además súbitamente han resurgido grupos ultras (neonazismo), definidos de antemano, que agudizarán los enfrentamientos con sus antagónicos; los resultados sanguinarios se adivinan fácilmente. Esos choques forzosamente modificarán la vida del hombre común y corriente apartado de movimientos fanáticos pero inmerso en un sistema que le aporta su dosis de contaminación, que le aprisiona en sus complicadas estructuras y no permite escapatorias.

La historia de las próximas décadas todavía escribirá ríos de tinta sobre las modernas sustituciones de las fraternidades secretas. Hoy es el terrorismo, sus métodos son cada vez más sofisticados para no quedar a la zaga de los adelantos tecnológicos. Hace unos cuantos años surgió este fenómeno en el mundo presentando novedosas formas de criminalidad matizada por panfletos de posiciones políticas opuestas. La mayoría de los integrantes de esos grupos insurrectos registra antecedentes acordes a su filiación en militancias no proscritas pero continuamente acosadas hasta la ilegalidad.

Hoy se reprimen esos grupos con violencia, se fortalece el círculo vicioso, se hacen más víctimas de ambos bandos agudizando los antagonismos. Cuando un grupo combatiente queda desarticulado como resultado de las estrategias policiales no significa haber eliminado la sublevación, los sobrevivientes vuelven a organizarse para subvertir con más rencor, más distantes de sus finalidades originales. Queda en sus espíritus el recuerdo de las víctimas caídas -de sus compañeros- y el ataque como forma más efectiva de defensa. El malestar persiste.

Pero, además de grupos ultras, los tiempos modernos han visto el resurgimiento de sectas satánicas, la formación de “iglesias” diabólicas, la elevación de líderes con pretensiones mesiánicas que arrastran a multitudes fanáticas, que exaltan el culto a la personalidad y se solazan en las promiscuidad, en la celebración de macabros rituales demoníacos que tal vez ni en los mejores tiempos de la hechicería se practicaron hasta extremos tan lejanos. Curiosamente esas sectas no aparecen en los países donde todavía las culturas primitivas se manifiestan en rituales cotidianos como una forma de conservar sus tradiciones. No, se hacen presentes en naciones altamente desarrolladas como Estados Unidos, carentes de historia autóctona, de tradiciones que justificasen una raíz que intenta revivirse.

El asunto debe ser estudiado ampliamente, forma parte de los fenómenos modernos de la vida civilizada, altamente tecnológica, donde los valores humanos quedan ya relegados a segundos planos, donde la identidad personal cuenta poco, donde todas las respuestas las da una computadora, donde, en una palabra, la tecnología ha tomado su propio camino, dejando atrás el desarrollo del humanismo, la evolución de las doctrinas filosóficas imprescindibles para dar sentido a los maravillosos beneficios técnicos que lejos de servir al hombre le condenan a formas de vida mecanizadas.

No es necesario hablar más para constatar el azoro que caracteriza a estos tiempos. La descomposición de los sistemas afecta directamente al hombre del siglo XX, por eso busca en las fórmulas del pasado el sentido a su vida ya que las alternativas actuales no ofrecen ninguna convincente. Es desconcierto, añoranza, desilusión, lo que vive el hombre en este momento. Poco a poco pierde su capacidad de asombro, todo le parece natural o, mejor dicho, la artificialidad le parece normal, alejándose más y más de su propia naturaleza. Sus necesidades primarias, sin embargo, permanecen intactas; sus rasgos esenciales de personalidad no han variado pese a las más violentas convulsiones.

Está visto de sobra que un elemento de la personalidad es el secreto bajo todas sus formas; que, independientemente del sistema político en que se vive, la humanidad seguirá relacionándose al margen de la sociedad y sus instituciones formales (matrimonio, familia, asociaciones profesionales, etc.)- La necesidad de agruparse en secreto acompaña al ser humano desde la infancia hasta la muerte. La misma sociedad condiciona el tipo de agrupaciones que han de surgir en su seno, entonces cabe la alternativa de analizar profundamente la lección aportada por cada una de las fraternidades que han logrado alterar el curso de los grandes acontecimientos para aprovechar al máximo, y en términos positivos, esa experiencia y no conformarnos con un conocimiento anecdótico de hechos trascendentales y repetitivos, presentes en nuestra vida cotidiana.

LOS CABALLEROS TEMPLARIOS

Hablar de las Cruzadas sin mencionar a la Orden de los Caballeros Templarios es cometer una grave omisión. La historia de las Cruzadas Cristianas en Oriente sería incompleta si sólo se concretara a detallar las gestas de los monarcas europeos y de la aristocracia. Fueron incontables los momentos en que gracias a la intervención de los Caballeros Templarios el triunfo se inclinó a favor de los bandos cristianos. En su misma historia llegaron a convertirse en los banqueros más importantes de Europa que financiaron a imperios a punto de derrumbarse por problemas económicos. Su poder político y económico se extendía por toda Europa y dominaba la situación en Oriente pactando con los rivales y mediando en favor de los cruzados.

Fue tal su poderío que tuvieron todo para convertirse en un reino independiente capaz de invadir a las potencias más poderosas, pero sus dirigentes, conscientes de su hegemónica posición optaron por no apartarse de la causa que les permitía esa privilegiada situación y en vez de concentrar su fuerza, en un ámbito determinado, prefirieron extender su dominio sin limitarse a una frontera física, expandiéndose por varios países; en cualquier sitio valían sus riquezas. Así se formó un “imperio invisible”; eran perfectamente cuantificables sus posesiones, pero dispersas producían mejores resultados. Además, durante su permanencia en las luchas promovidas por el cristianismo, disponían permanentemente de ejércitos formalmente constituidos que entrenaban continuamente, y en los cuales, sin haberse planteado nunca la intención de entrar en conflictos bélicos con otras naciones europeas, resaltaba un elemento de respetabilidad.

La habilidad de sus dirigentes fue digna de la admiración de los más prestigiados diplomáticos de la época; alternaban directamente con el Papa y con los monarcas de todas las potencias europeas. El poderoso imperio cayó por su propio peso; la mala administración y los temores de la monarquía europea contribuyeron a la más aparatosa caída. Cuando se inició su descenso de nada sirvieron sus cuantiosas riquezas, súbitamente se vieron despojados de todo cuanto poseían: oro y prestigio.

La Orden del Temple fue fundada en 1119 por Hugo de Payens, el caballero borgoñón que reunió a otros ocho caballeros para constituir esa fraternidad integrada por “pobres soldados compañeros de Cristo”. Su principal inspiración fue la secta de los asesinos[1] famosa en Siria por su efectividad y alcances. Partiendo de esa inspiración indirectamente los templarios condicionaron su destino; la intención inicial fue imitarlos en cuanto a sus reglas disciplinarias internas y al objetivo de la lucha. En ambos casos se recurrió a la violencia para imponer una religión.

La estructura interna de la orden recogió esquemas similares a los de la secta formada por Hasán-i Sabbah e incluso extrapoló los rangos y formas de iniciaciones. Las motivaciones de sus fundadores fueron exclusivamente de índole religiosa genuina; en un medio ciento por ciento propicio para las actividades bélicas se lanzaron a combatir en las Cruzadas como voluntarios independientes defensores del cristianismo. Fue al mismo tiempo una manera de reivindicarse con sus creencias religiosas, pues los primeros combatientes eran hombres excomulgados por diversos motivos que sentían la necesidad de hacer penitencia para reconciliarse con su religión.

Ir a combatir en las Cruzadas además era signo de prestigio reservado para los caballeros mimados por la nobleza. No todos tenían la posibilidad de desplazarse desde ese status, pero los méritos en campo de batalla se reconocían porque Europa cristiana debía asegurar sus intereses y expandirse en Oriente. Aun los plebeyos, los soldados más modestos llegaban a ser homenajeados y colmados de riquezas cuando demostraban valentía, eficacia en el campo de batalla; eso era lo que necesitaban los gobiernos europeos, ya bastante artificialidad tenían en sus cortes, era el momento de exigir acciones concretas y nada mejor que conservar el prestigio que se relacionaba con las gestas en Oriente. El concepto de honor estimulaba a cientos de caballeros a lanzarse a los más feroces combates arriesgando sin vacilación la vida. Después de todo morir en combate también era una manera de lograr fama y en ocasiones indemnizaciones para los herederos. Más valía ser un muerto valiente que un vivo cobarde. Cualquiera que quisiera reivindicarse ante la Iglesia estaba dispuesto a esa clase de sacrificios ya que se presentaba una ocasión propicia para recuperar el prestigio perdido. Así lo observó el primer gran Maestro Hugo de Payens que al asistir al Concilio de Troyes, en 1128, obtuvo la aprobación pontificia para hacer funcionar la orden bajo la égida del Vaticano. El Papa aprobó la dispensa de excomunión a los templarios que marcharan a Tierra Santa a defender los intereses clerical-monárquicos. Los templarios hacían voto de pobreza, obediencia y castidad, aunque en realidad eso fuera lo que menos importaba a la Iglesia, dados sus empeños, recibía con beneplácito cualquier aportación espontánea viniese de cristianos devotos o descamados.

La primera acción de Hugo de Payens al frente de sus heroicos caballeros fue proteger los caminos que recorrían los peregrinos que viajaban de Europa a Jerusalén y otros lugares de Tierra Santa. Su presencia en esos caminos fue efectiva para los caminantes cristianos que antes temían por su seguridad. Poco a poco fueron ganando reputación en toda Europa, y sancionados por el Papa, también llamaron la atención de los revés cruzados que les invitaron a participar en las acciones bélicas dirigidas contra los musulmanes. El arrojo y valentía de los templarios era digna de ejemplo, pero en realidad muchos de los que sin ninguna vacilación se lanzaban a esas empresas iban decididos a reconciliarse con la sociedad que los había excluido o a morir en el empeño. Unos eran simplemente aventureros aficionados a la guerra, no tenían absolutamente nada que perder (excepto la vida, claro) y en cambio podían ganar todo. Otros eran fervientes católicos realmente convencidos de que ésa era la forma de cumplir con sus deberes religiosos.

Los templarios se ganaron la confianza de Luis VII y por extensión la de otros monarcas europeos al extenderse su fama, durante la Segunda Cruzada que se desarrolló entre los años 1146 y 1150; el resultado general de esos cuatro años de luchas ininterumpidas favorecía a los musulmanes; si los cristianos obtuvieron algún balance positivo fue gracias a la intervención directa de los templarios cuya disciplina y combatividad fueron modelo de imitación para los ejércitos cruzados. A partir de entonces la fraternidad se envaneció; en toda Europa se reconocían sus méritos, no eran escasos los homenajes que recibían los más destacados en lo personal y en general como Orden reconocida por el Papa. La dispensa de excomunión se había pagado sobradamente.

La nobleza, los caballeros combatientes que se vieron auxiliados en el campo de batalla, por la intervención de los templarios quisieron rubricar su agradecimiento con obsequios materiales, así la orden y sus miembros fueron objeto de valiosos regalos: propiedades en Francia, Inglaterra y España. Las muestras de agradecimiento fructificaron en la formación de una considerable fortuna para la orden como agrupación y para sus miembros a título personal. Aunque se mantenían en su línea descrita con el emblema Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam (”No nos des gloria a nosotros, Señor, sino dásela a tu nombre”), aprovecharon la oportunidad de explotar sus riquezas cuando la ocasión se presentó. Poseedores de codiciadas riquezas se vieron acosados por señores en apuros económicos que solicitaban préstamos bajo fuertes intereses, garantizados con propiedades más que suficientes. El ciclo se consumó y de ahí resultó una mejor forma de enriquecimiento; no obstante la negativa de los verdaderos católicos militantes dentro de la orden de manejar ese tipo de actividades la petición de préstamos era agobiante; por otra parte los dirigentes vieron que con esos réditos se podían financiar otras incursiones necesarias para la función esencial de la orden.

La protección papal los eximía de sometimiento a los reinos europeos, sólo debían sumisión al Sumo Pontífice; por lo demás, se manejaban prácticamente como un grupo autónomo; realmente las autoridades de todo el mundo cristiano aprovechaban su ayuda desde lo económico hasta lo militar. Como prestamistas alcanzaron poder insospechado; el mismo Luis VII pidió una suma bastante considerable en un momento en que su reino atravesaba por una grave crisis económica. Los templarios sin el menor esfuerzo aportaron la cantidad solicitada apercibiéndole de su pronta devolución; otra causa de su desmedido enriquecimiento fue un servicio “de valores”, podría decirse para equiparar el acto a los sistemas contemporáneos. Siendo una agrupación digna de toda confianza, recibían para su custodia enormes fortunas, igualmente se encargaban de trasladarlas de un sitio a otro; la garantía no se ponía en duda, actuaban como los banqueros profesionales de la actualidad. Además de recibir pingües ganancias por concepto de réditos en préstamos sobre valor depositado, descontaban la cantidad que les venía en gana a las fortunas encargadas para su protección e igual en transporte de valores. La representación de los templarios en París pronto se convirtió en el centro económico más importante para realizar toda clase de operaciones al estilo de los bancos de nuestros días.

Los caballeros templarios eran conocidos en todo el mundo por sus hazañas en defensa de la causa cristiana; su prestigio había recorrido toda Europa, su poder económico e influencias políticas consecuentes eran algo concreto. Pero realmente se mantenían en el más hermético secreto los rituales de iniciación, los juramentos, la ocupación a que se entregaban en sus misteriosas reuniones a puerta cerrada. Sólo se sabía vagamente la jerarquización de sus miembros; Gran Maestre, Grandes Priores, Priores, Caballeros, Escuderos y Hermanos Legos; una estructura muy similar a la de los antiguos asesinos. Más tarde se hizo notar una semejanza más con aquella secta; atuendos de colores exactamente iguales, gorros y cinturones rojos con túnicas blancas, la única diferencia era la confección del traje al estilo europeo.

A través de la historia se han conocido datos fidedignos del contenido real de las reuniones que causaban cierta curiosidad en la época, pero que nadie se atrevía a expresar y mucho menos a intentar descubrir. En la ceremonia de iniciación de un neófito el Gran Maestre preguntaba al aspirante si existía algún impedimento para poder ingresar en la orden; cuando la respuesta era no, se formulaba la pregunta dos veces más. Enseguida venían las palabras de desaliento, se le decía al novicio por todas las penalidades que habría de pasar si llegaba a ser admitido, la intención era aparentemente hacerle desistir de su propósito o estimular su curiosidad. De cualquier forma se probaba la firmeza de la decisión. Luego se le explicaban las obligaciones de penitencia y caridad a que estaría sujeto, también con el aparente propósito de desanimarle. Pero la ceremonia continuaba con otras preguntas: si tenía esposa o compromiso formal de matrimonio; el interrogatorio abarcaba inquisiciones acerca de la salud personal para averiguar si padecía enfermedades ocultas y algo más sobre enfermedades anteriores. Otras de las preguntas se refería a haber comprometido su palabra con otra orden o señor.

Cuando las respuestas eran satisfactorias el neófito se arrodillaba ante el Gran Maestre al tiempo que imploraba se le concediera la oportunidad de ingresar como “siervo y esclavo de la Casa”. A esa petición el Maestre le advertía sobre el rigor de los reglamentos internos, de la severidad con que sería tratado en su calidad de novicio y hasta se le ofrecía una oportunidad de retractarse. Si ratificaba su deseo entonces seguían otras aclaraciones: si alentaba esperanzas de riqueza dentro de la orden mejor sería que no intentara buscar ese fin dentro de la Casa. Se le pedía que renunciara a los pecados del mundo y pusiese todo su empeño en servir y honrar a Dios seguir el ejemplo cristiano de pobreza, ser obediente a ‘las penitencias y atento a la salvación de su alma. Juraba obedecer la autoridad de la orden, representada en la persona del Gran Maestre, acatar fielmente todos sus reglamentos que incluían no ser dueño de nada, colaborar, aun a costa de la vida, con la conquista cristiana de la Tierra Santa. Se obligaba a permanecer dentro de la orden hasta la muerte soportando con valor los momentos difíciles. Los juramentos eran por Dios y por la Virgen María.

Llegados a este punto el Gran Maestre aceptaba al novicio ofreciéndole “pan y agua, ropas de pobre, sinsabores y trabajos”. Enseguida se hacían oraciones y se daba por recibido al nuevo miembro cuyo noviciado efectivamente pagaba tributo. De ahí a los siguientes grados debía demostrar disciplina, su arrojo en los i combates; realmente era en el campo de batalla donde se ganaban los ascensos, después no todo era tan desalentador en la ceremonia recepcional, a medida que alcanzaba jerarquías superiores conocía el disfrute de los privilegiados de la famosa orden, pero una cosa es cierta, eso se obtenía arriesgando la vida en los combates, destacándose en las batallas. Mientras el Temple gozó del beneplácito de los monarcas y del Papa el secreto de su iniciación se mantuvo en esa condición, se sabía sin embargo, que no había nada pecaminoso qué ocultar, antes al contrario, que eran penitencias hechas en retiro con toda humildad. No se ponía en duda su religiosidad pues su conducta era de ejemplar fidelidad y servicio a la Santa Iglesia. Después la versión acerca de sus rituales sería diametralmente opuesta.

La Regla del Temple y la Toma de Hábito sí eran ceremonias rigurosamente secretas. La Regla de la Orden sólo podía ser conocida por los altos jerarcas de quienes, se ha mencionado con insistencia, se cree que se regían por un reglamento secreto. Esos eran los verdaderos privilegiados; la fuerza de su poder radicaba en un misterio que no convenía mostrar al grueso de los iniciados, pues había peligrosas indiscreciones y quizá el contenido no concordara totalmente con la imagen exterior ni con los reglamentos válidos para los afiliados más modestos.

El gobierno de la Orden no mantuvo una línea constante, quedó sujeta a las inclinaciones personales del Gran Maestre de turno; los primeros actuaron apegados a sus creencias religiosas, no practicaban al pie de la letra su pregonada pobreza por la fuerte tentación de sus enormes riquezas, pero trataban de no apartarse de sus finalidades esenciales. Los primeros Grandes Maestres guiaron la existencia de la Orden por el camino que creían correspondía a su advocación cristiana, pero su poderío alcanzó niveles muy superiores propiciando la codicia, la corrupción y, sobre todo, constituyéndose en amenaza potencial para los imperios europeos.

Sus primeros dirigentes no renunciaban a las riquezas ni al poder, pero estaban pendientes de cualquier oportunidad de demostrar merecer esa confianza e incrementar su prestigio. Más adelante -como ocurrió en 1153- la vanidad se impuso a los nobles propósitos. Bernard de Tremelai ordenó a sus fuerzas repeler a los cristianos que luchaban junto a ellos para apropiarse de manera exclusiva la hazaña de haber tomado la ciudad en el sitio de Ascalón. Otro gobierno apartado de la línea original fue el personificado por el séptimo Gran Maestre del Temple, Philip de Milly, quien, antes de pertenecer a la orden, había vivido como Señor Feudal. Durante su mandato manejó el método de la insidia, circunstancia vituperable que ocasionó la división de Jerusalén. Pero uno de los jerarcas más recordados por su maquiavélica personalidad y desastroso gobierno fue el octavo Gran Maestre, Odo de Saint-Amaud que siguió la política de su antecesor; fue él quien quebrantó los tratados firmados entre el rey de Jerusalén y Saladino. Para impedir otros enfrentamientos habían pactado la conveniencia de no construir ninguna fortaleza más en sus fronteras. Odo no respetó ese acuerdo y llevado por su vanidad ordenó la construcción de una, justo en la zona prohibida, eso fue interpretado por los adversarios como una provocación que anulaba los pactos anteriores. Saladino lanzó su ataque contra el vanidoso Gran Maestre de Saint-Amaud cuyas fuerzas no resistieron el combate.

La fortaleza fue tomada con facilidad, todos los templarios que la defendían fueron pasados a cuchillo excepto su jefe a quien se le encarceló para pedir rescate por su vida. Desde su cautiverio Odo ordenó que no se negociara el rescate, pues él, a pesar de su enorme fortuna personal, decía que únicamente podría ofrecer su cinto y su espada, que eran las únicas riquezas que poseía. Por su negativa a pagar la cantidad exigida murió encarcelado.

El sucesor de Odo fue un viejo y blando Gran Maestre que no duró mucho tiempo en el cargo pues la muerte le sorprendió antes de que marcara un signo característico de su dirigencia. La máxima jerarquía del Temple nuevamente quedó vacante hasta que un templario aún más vanidoso quedó a la cabeza de la orden, éste fue Gerard de Ridfort cuya poca habilidad diplomática colaboró a la pérdida de Jerusalén. Como Gran Maestre del Temple se valió de su influencia para favorecer la sucesión inmediata de Balduino V como rey de Jerusalén. Su candidato fue Guy de Lusignan que ciertamente no gozaba de las simpatías populares y menos cuando desplazó de la opción al trono a Raymond III de Trípoli quien se esperaba sustituyera en el trono al rey niño (Balduino V). Mientras que los templarios, por decisión de Ridfort, apoyaban a Guy de Lusignan que fue coronado rey de Jerusalén en 1186, los hospitalarios resintieron la derrota de Raymond; esa divergencia originó un conflicto entre los cruzados, coyuntura rápidamente aprovechada por Saladino que tenía pretextos para atacar y encontró la oportunidad de enfrentarse a un enemigo dividido, contó además con la participación de Raymond para avanzar sobre Jerusalén. Ridfort y sus templarios (ciento cincuenta contra siete mil musulmanes), ni siquiera pudo presentar resistencia pero logró escapar para reorganizar la defensa de Nazaret donde fue sorprendido.

Poco después Raymond se separó de Saladino al ver que Jerusalén se perdería definitivamente y, al igual que ya había hecho el Gran Maestre Ridfort, trató de convencer al rey de Jerusalén de la necesidad de frenar el avance de los musulmanes. La decisión fue tomada demasiado tarde. Saladino ya dominaba la situación y su ejército musulmán se encontraba íntegro, dispuesto al combate con otros ejércitos improvisados. Tras los enfrentamientos ganados por los musulmanes Raymond logró escapar, Ridfort cayó prisionero y fue el único cruzado que no murió degollado como el resto de los supervivientes ejecutados por orden de Saladino. De este episodio resulta la versión de que los templarios escupían la cruz en las ceremonias de iniciación[2] pues corrió el rumor de que esa fue la condición impuesta por Saladino a Ridfort para perdonarle la vida. El resultado fue la pérdida definitiva del reino de Jerusalén.

En Europa el hecho fue causa de indignación general que desprestigió a la Orden de los Caballeros Templarios de la noche a la mañana. Por otra parte siendo Ridfort Gran Maestre tuvo poco cuidado de las finanzas del Temple, lo cual añadido al resentimiento general redundó en un debilitamiento que nunca más pudo superarse del todo. La experiencia de otros caballeros alcanzó a restituir algo de las pérdidas pero no al nivel anterior. Lograron recuperar sus riquezas pero no las simpatías trocadas en adversa crítica que alimentó malévolos rumores populares.

La ocasión de recuperar el terreno perdido en lo referente a su prestigio se presentó con motivo de la Quinta Cruzada. Antes habían trabajado en Europa tratando de reivindicarse sin mucho éxito, pero la repentina censura pareció desvanecerse con igual rapidez en el momento en que los cristianos planearon una nueva incursión por Tierra Santa, la experiencia de los templarios estaba al alcance de la mano y no podía despreciarse, éstos creyeron recibir la oportunidad de rehacerse demostrando, como al principio de su fundación, su valiente y eficaz combatividad. En esas expediciones a Oriente el mérito de la resistencia de los cruzados ante los ataques musulmanes correspondió, en efecto, a las fuerzas templarías en primer término y a los hospitalarios en segundo. Una vez más los caballeros templarios maravillaron al mundo europeo con su peculiar forma de lanzarse al ataque.

Ese triunfo les permitió avanzar con más seguridad por Tierra Santa e incluso lograr, mediante negociaciones diplomáticas, pactos a favor de los intereses cristianos; se sentían seguros de haber superado una mala etapa y poder disfrutar nuevamente de sus antiguos privilegios, incluyendo el prestigio y la admiración. Con esa convicción, en 1228, rechazaron las peticiones que les formuló Federico II (excomulgado) para avanzar con su ayuda en una nueva incursión, no muy convincente ni en cuanto a planes de ataque ni por la intención, que no era totalmente en beneficio de la causa cristiana.

La última expedición de los caballeros templarios en Tierra Santa se inició en 1248 cuando Luis IX de Francia promovió otra cruzada que culminó con la derrota apenas dos años después de comenzada. Los templarios estuvieron en contra del avance de los ejércitos cristianos hacia Egipto, su experiencia les permitió prever la derrota, pero el monarca se empeñó en dirigir el ataque hacia ese punto causando su propio descalabro, agravado por la inhóspita región de Egipto donde se escenificaron los combates. Los caballeros templarios sin embargo permanecieron a su lado, su deseo de mantener alianzas con los reyes para no perder nuevamente la simpatía europea, les aconsejaba obrar con cautela.

Por su parte Luis IX, consciente de esta situación, quiso manipularla y obtener beneficios, principalmente porque la fuerza económica de los templarios podría sacarle de apuros. Esa fue la causa que le indujo a acercarse al Sumo Pontífice y valiéndose de su influencia sobre él, le presentó abiertamente sus simpatías por Amaury de la Roche y le sugería fuera nombrado Maestre del Temple en el reino de Francia. Este como era hombre de confianza del rey más que de los templarios, consiguió ese nombramiento y con ello los préstamos que solicitó a la orden.

En el año de 1303 sus fuerzas destinadas en Egipto fueron derrotadas, la invasión mongólica no entraba en sus cálculos; fuera de combate perdieron hasta el último castillo, tuvieron que refugiarse en Chipre y de ahí volver a ocupar sus sedes dispersas por las principales capitales europeas. Ya no tenían nada qué hacer en Tierra Santa, sus ejércitos estaban ociosos, los dirigentes se dedicaban sin interrupciones bélicas a la administración de sus bienes incrementando sus riquezas.

Más de veinte mil caballeros templarios representaban un peligro para las monarquías europeas; los caballeros del Temple tenían experiencia bélica pero más les atraía multiplicar su fortuna; también habían aprendido a manejar la diplomacia, una batalla era larga y costosa ; una transacción: breve y efectiva. Podían darse el lujo de proteger a imperios como el de Francia; cuando Felipe IV, en 1303, les encargó la administración de las finanzas de su gobierno tambaleante, había antes roto la alianza con el Papa Bonifacio III y las consecuencias serían graves además de otros factores que ponían en peligro su estabilidad en el poder.

Felipe IV jugó con varias cartas: después de encargar al Temple de París el manejo de sus finanzas y con ello asegurar una buena administración pues aunque era costoso el pago de ese servicio y garantizaba recuperaciones y, sobre todo custodia, se volvió contra los templarios, no obstante haberse refugiado en su sede cuando el pueblo de Francia se manifestó abiertamente contra él en revueltas callejeras.

Felipe IV temía el poder de los templarios por eso se mantenía cerca de ellos esperando el momento oportuno de atacarlos. Para conseguir sus propósitos se valía de cualquier método sin detenerse en consideraciones sentimentales. El Temple de París lo protegió de la muchedumbre enardecida pero, más que corresponder con gratitud, sólo se preocupaba por su propia seguridad. Además era sumamente tentador arremeter contra la orden pues sus riquezas serían decomisadas y así resolvería otros problemas financieros en su reino. Tenía otros elementos a favor suyo: el nuevo Papa Clemente V, haría prácticamente lo que le pidiese, lo tenía en sus manos y el poder pontificio era decisivo para destruir la legendaria orden.

Un incidente de poca monta presentó la coyuntura adecuada: un ex templario de cierto renombre acudió a su presencia a denunciar una serie de blasfemias cometidas en el interior de la orden; Felipe manejó la situación tomándose su tiempo para preparar un golpe mortal. Lo primero que hizo fue proponerle al Papa que se ocupara de los templarios forzándoles a una rebelión. El Gran Maestre Jacques de Molay fue llamado por Clemente V para recibir indicaciones sobre una recomendación del Vaticano: estudiar un proyecto de fusión entre templarios y hospitalarios cuya jefatura representaría un príncipe designado por su majestad Felipe IV de Francia. Esa medida significaba el inmediato desprendimiento de todas las riquezas poseídas por los templarios en Europa y su destierro a Oriente donde deberían ocuparse de preservar los intereses del cristianismo. El proyecto era una sentencia. No cumplirlo sería desobediencia a la Santa Sede por cuya autorización la orden era reconocida en todo el mundo cristiano. Al conocer ese proyecto el Gran Maestre Jacques de Molay lo rechazó rotundamente pues sabía que aceptarlo era resignarse al destierro.

Ante la negativa templaría Felipe IV aprovechó las acusaciones contra la orden, se encargó de hacer resurgir las críticas contra los caballeros templarios, propagó falsos rumores tendentes a desprestigiarlos preparando el terreno para hacerles caer estrepitosamente. Así ocurrió y como prueba contundente presentó a doce espías pagados que, introduciéndose hasta en las más altas jerarquías de su ámbito secreto, ratificaron la acusación de herejía formulada espontáneamente por un ex templario resentido. El Papa colaboró en el derrumbamiento del poder templario persiguiéndoles como a herejes, prohibiendo a todos los cristianos colaborar con los perversos caballeros que, según las habladurías populares, escupían la cruz en el rito de iniciación.

En 1307 todos los templarios dispersos en Europa fueron encarcelados y víctimas de torturas. Era tanto el dolor que sufrían en las mazmorras que la mayoría acabó por firmar la confesión de aquello que los verdugos dispusieron debían declarar. Más de medio centenar de los detenidos murieron en las salas de torturas negándose a aceptar acusaciones falsas, sin embargo la gran mayoría se doblegó admitiendo los cargos que les imputaban. Los tribunales de Felipe IV dictaron sentencias según la jerarquía del caballero, pero basándose en el grado de peligrosidad que representase o en el monto de su riqueza personal cuya confiscación era medida automática.

Las confesiones firmadas en las salas de tortura aceptaban que en las ceremonias de iniciación se escupía a la cruz, que el voto de castidad exigido a los novicios obedecía en realidad a comportamientos homosexuales dentro de la hermandad. Se describían ceremonias de promiscuidad y sodomía con morbosa recreación de detalles; se decía que el neófito debía besar los labios, el ombligo y el ano del caballero que lo recibía. Se admitía en esas confesiones que, ciertamente como los acusadores afirmaban, se adoraba al diablo representado por animales, que se rendía culto a un falo de madera, que en sus perversos rituales oficiaban jóvenes diablesas y luego se entregaban a toda clase de perversiones sexuales. Los cargos fueron hasta donde la imaginación de los fiscales pudiera llegar. Nunca se comprobó el límite entre lo cierto y lo inventado, pues debe puntualizarse nuevamente que todo ese proceso fue el resultado de una maniobra dirigida por Felipe IV para disipar sus temores y apoderarse de las riquezas de los templarios.

Se ha hecho un cálculo aproximado del monto de sus rentas, sin considerar el valor de cada una de las propiedades cuantificadas y el ingreso libre equivaldría a unos 90 millones de dólares anuales, sólo como utilidad neta, sin incluir avalúos sobre el objeto productor de esa ganancia. Fue tan súbita la persecución que ninguno de los caballeros templarios tuvo oportunidad de defenderse, sus posesiones fueron confiscadas simultáneamente y puestas a disposición del rey de Francia quien cedió una parte de ellas al Vaticano y la otra la destinó a subvencionar las actividades de los hospitalarios.

El último Gran Maestre de los Templarios fue obligado a firmar la confesión fabricada en la corte de Felipe IV, pero poco antes de morir ejecutado en la horca se retractó de esas declaraciones, dijo haberlas aceptado inicialmente presionado por las torturas. Ante la multitud reunida en torno a Notre Dame defendió la moralidad de la orden. Se lamentó de haber ordenado a sus seguidores que aceptaran todos los cargos, explicó su flaqueza debido a las torturas, justificó haber dado la orden de rendición diciendo que en esa forma había querido impedir sufrimientos inútiles a sus seguidores. Sus declaraciones finales conmovieron más que su misma muerte, con su ejecución terminó la historia de los caballeros templarios. Su desmedido crecimiento fue la causa fundamental de su exterminio.

La existencia de las sociedades secretas parece estar condenada a la brevedad y cuanto más pronto ascienden más pronto se desploman. Llega un momento en que plantean un conflicto en la sociedad formal y deben desaparecer o limitar su poder. Sólo han podido sobrevivir las fraternidades secretas que han actuado con discreción sin hacer ostentaciones de poder. En el caso de los caballeros templarios fue claro que representaba amenazas concretas, los Grandes Maestres se conducían como reyezuelos sin trono formal pero en ocasiones hasta con mayores alcances.

Los templarios fueron simples instrumentos utilizados por la Iglesia y por las monarquías europeas para imponer su predominio en Oriente previniendo las expansiones musulmanas. Los ideales de caballería, la romántica concepción del sentido del honor, la necesidad de obediencia a la Iglesia fueron los elementos explotados por reyes y papas para lograr sus objetivos.

Los millares de miembros que desfilaron por la poderosa organización se sintieron ampliamente gratificados con los homenajes brindados en casi toda Europa cuando el triunfo de los ejércitos cristianos se compartía con esa orden independiente integrada por intrépidos caballeros que combatían en nombre de Dios, el Papa y del Rey. Los monarcas los encumbraron, los mismos monarcas los derribaron. Mientras los héroes supervivientes se llenaron de gloria, los muertos fueron los mártires cuya memoria se honraba combatiendo en nombre de Dios en los tiempos en que los papas se distraían un poco de sus obligaciones en el altar para dirigir las expediciones bélicas; no podían recluirse en sus oraciones y esperar milagros. La defensa de sus intereses político-económicos les condujo a permitirse ciertas excepciones de las enseñanzas de Cristo para empuñar la espada en su nombre.

El ambiente bélico que caracterizó al mundo cristiano durante las Cruzadas fue propiciado directamente por los gobiernos clericales y monárquicos para mantener escondido el espíritu de combate. Ningún pretexto mejor que la religión para justificar esas matanzas. El fervor religioso se demostraba en el campo de batalla, la misa previa al combate era importante para subrayar el motivo de la lucha, pero objetivamente, más que enseñar religión, era preferible educar a un niño preparándolo para la guerra. Nacer varón en aquella época condicionaba al futuro adulto. Todo se justificaba en nombre de las Cruzadas, de ahí que los primeros caballeros templarios formaron sus pequeños ejércitos reclutando pecadores excomulgados, criminales y toda clase de aventureros. Los excomulgados que engrosaran las filas de los templarios recibían automáticamente la dispensa papal, luego vendrían los honores y las riquezas logradas sin habérselo propuesto conscientemente.

Lo que resulta curioso en los caballeros templarios es su condición de grupo sancionado por el Papa, no sometido a ningún gobierno, autónomo en cuanto a sus reglamentos internos y autorizado pero no regido por el Pontífice. Sin embargo era de todos sabido que existía un reglamento, una ceremonia de iniciación de índole secreta, reservada exclusivamente para sus miembros. El mayor motivo de su fama era la severidad, la disciplina, su fidelidad al cristianismo. Los jerarcas y todos los integrantes de la orden eran conocidos por el resto de la sociedad pero se mantenía una parte oculta; ese misterio le fortaleció en su primera época pero fue el punto débil por donde sus detractores apuntalaron sus ataques.

LOS CARBONARIOS

Los carbonarios han formado sociedades secretas en varios países europeos desde el siglo XIII, aunque sus referencias más frecuentes los identifican en movimientos nacionalistas italianos surgidos a principios del siglo XIX. Ciertamente fue en Italia donde esta organización logró en mayor medida sus objetivos, identificándose profundamente con el sentir popular en contra de la tiranía monárquica, en favor de la unidad nacional; de ahí que los corbonari hayan escrito su historia adscritos a las luchas de líderes revolucionarios como Garibaldi, Mazzini y otros.

Los carbonari aparecieron en Italia entre los años de 1760 y la década posterior; el primer objetivo que se planteó su formación como sociedad secreta fue combatir las dinastías extranjeras que sojuzgaban a los italianos manteniendo dividido su territorio en pequeños reinos bajo el sistema feudal. La oposición surgió de grupos genuinamente populares: su intención era reivindicar los derechos populares; su lucha no se relacionaba con ningún otro grupo de acción política ni proyectaba ambiciones de poder; era una reacción espontánea contra la opresión monárquica. La persecución del gobierno les obligó a inventar contraseñas para identificarse entre sí; por sus objetivos e ideales su asociación formaba una peligrosa conspiración que les obligaba a tomar medidas extremas de precaución para protegerse cuidándose de evitar infiltraciones delatoras. Esta fue la razón natural que originó el nacimiento de un rito de iniciación y más tarde dio pauta a un complejo sistema de formación estructural interna que, por cierto, ha sido imitado por los modernos grupos terroristas en casi todo el mundo.

El rito de iniciación más conocido, es decir, el que ha trascendido fuera del severo hermetismo que fue una de las bases para su éxito e invulnerabilidad, corresponde a la fraternidad italiana. El lugar de reunión era siempre un sitio guardado en el mayor de los misterios; generalmente coincidía que por la circunstancia de buscar un lugar apartado de miradas indiscretas su aspecto fuera verdaderamente sombrío no por un afán terrorífico sino por ser ése el local más apropiado para los fines perseguidos. Era una habitación fría, sombría, helada, su suelo cubierto sin otro adorno que el ladrillo y desprovisto de muebles. Al principio un recinto de esas características era el único disponible dentro de las exigencias de secreto impuestas por la causa y la seguridad personal de la concurrencia. Mas tarde ese fue el modelo estereotipado para las ceremonias de iniciación y para las reuniones de conspiradores; no obstante estar en posibilidad de ocupar lugares menos tétricos, los carbonari siguieron prefiriendo, con fetichismo, actuar de la mejor manera posible a similitud de sus antecesores.

Al centro de la habitación se le veneraba como al altar de una iglesia; ahí se encontraba colocado un tajadero, sobre él, una cruz dedicada al tirano. Una corona de espinas destinada al monarca espúreo cuyo gobierno cabía en cualquier otro país menos en Italia, pero su corona no podía ser de otra cosa diferente a las espinas pues siempre su imperio estaría amenazado por los movimientos populares de liberación. También había clavos para traspasarle las manos y los pies, se trataba efectivamente de crucificarle pero no en el mismo sentido religioso del cristianismo, o por lo menos el catolicismo de los carbonarios no lo consideraba explícitamente así; la intención era destronar a los emperadores extranjeros que usurpaban el poder explotando al pueblo italiano. En el tajo también había un hacha y una bolsa con sal para cortar la cabeza del tirano y conservarla en la vía pública como muestra de justicia, en escarmiento para otros usurpadores. Los iniciados juraban sobre esos objetos aclarando el significado de cada uno de ellos, comprometiéndose a usarlos según el mandato de los jerarcas y según el cumplimiento de las finalidades inspiradoras del movimiento. Otro objeto importante en esa habitación era una estufa cuyo significado consistía mantener vivo el fuego de la rebelión; el fuego simbolizaba el deseo de purificación que se empeñaban en conseguir los nacionalistas italianos, pero por extensión todos los carbonari asociados en los diversos países europeos comprometidos en derrocar la tiranía reinante en sus respectivas naciones.

En Italia se destacaron especialmente por su inusitado arrastre entre las clases populares al principio del movimiento, pero después lo fueron de las más favorecidas, al tener las simpatías de revolucionarios como Garibaldi, quien aprovechó sus servicios y llegó a confiarles importantes empresas en el movimiento de unificación nacional; eran eficaces aliados, no sólo contaban con la simpatía del pueblo sino también con su apoyo efectivo, pues sus integrantes eran el mismo pueblo, en él encontraban su fuerza, su mejor protección. Iniciada la organización en Italia entre la década de 1760 a 1770, treinta años después su número se multiplicó por millares amenazando con una subversión total cuyo resultado de una guerra civil habría sido el triunfo indiscutible en favor de los carbonarios; así su existencia se prolongó por más de un siglo.

Los objetivos manifiestos de esa organización eran de carácter político, se basaban en una conspiración contra la monarquía extranjera que mantenía dividido el territorio italiano prolongando hasta límites infrahumanos la explotación de las ciases campesinas y artesanales. Su forma de acción sin embargo no se sustentó en la exposición de la injusticia desde un punto de vista ideológico; fueron directamente a la práctica subversiva organizando levantamientos populares contra las fuerzas opresoras, realizaron efectivos atentados contra los representantes del gobierno despótico y sus servidores, organizaron la guerrilla en las ciudades y en el campo, ejecutaron campañas de boicoteo contra la clase dominante trabajando en pro de la unificación italiana que llevaba implícito expulsar de su territorio a la monarquía extranjera. Siempre que hubo un líder revolucionario identificado con sus finalidades le apoyaron abiertamente insertando su participación como decisiva en el éxito de esas rebeliones.

Su organización interna reúne las características generales de una sociedad secreta, pero dada su finalidad subversiva añade variantes especiales sumamente interesantes y efectivas, tanto que, por coincidencia o casualidad, muchos grupos subversivo-terroristas que actualmente existen en varios países del mundo, tienen esquemas muy similares como las formas más efectivas de asegurar el secreto total acerca de la composición interior e identidad del movimiento o dirigentes. La estructura de los carbonarios italianos explica tal vez el modelo de los grupos subversivos contemporáneos. Todos los miembros del movimiento se llamaban entre sí primos, usaban frases y palabras en clave, relacionadas con sus ritos de iniciación, con los objetos depositados en sus lugares de reunión; por ejemplo, “limpiar la selva de lobos” se refería exactamente a su intención de expulsar de su territorio a todos los monarcas extranjeros, feudales y déspotas que oprimían al pueblo italiano. Su lugar de reunión para las juntas de conspiración se denominaban choza o barraca, pero el recinto especial para la reunión de los asociados y otros dirigentes de jerarquía superior, eran llamadas ventas. A esa distribución primaria seguían otras que iban reduciendo el número de participantes pero era más importante en proporción directa su nivel de dirigentes, por tanto se hacía más exclusivo su acceso. Una república la formaban un grupo de chozas cuyo número exacto se determinaba por decisión superior, pero en cambio sí había disposición precisa para imponer un mínimo en la integración de una choza o barraca; el requisito era contar con una membresía mínima de veinte primos, pero su número tampoco podía ser muy amplio, pues llegado ese caso se creaba otra “célula” choza. A cada una de esas barracas correspondía un “diputado” que iba a formar parte de la venta, y, a su vez, los “diputados” de veinte ventas formaban una venta principal para la cual se imponía o designaba un representante especial, siendo éste el único con acceso directo a la venta suprema, es decir, el mando supremo de la organización, la máxima jerarquía dirigente real del movimiento cuya identidad permanecía en secreto aún para sus propios militantes por razones de seguridad principalmente. Los reglamentos de iniciación, las normas disciplinarias, las disposiciones generales prohibían a los primos conocer a los miembros de otras ventas. Esa restricción era de carácter general pues ni aun los miembros de la venta principal debían conocer a los integrantes de otras ventas. Al ingresar al grupo los neófitos eran enterados de esas disposiciones que se iban ratificando según el ascenso en grados, advirtiéndoseles que la traición se pagaría con la muerte: de hecho la amenaza se cumplía estrictamente sin consideración piadosa, el riesgo era muy grande para correrlo, se ponía en juego el éxito de la conspiración, la seguridad personal de un grupo, no de toda la organización porque ni las peores torturas podían revelar un secreto efectivamente ignorado.

En el caso de los carbonarios, a diferencia de otras sociedades secretas, queda muy claro que su propósito era concreto: un objetivo político contrario a los intereses gubernamentales. Una conspiración que como tal les obligó a agruparse en secreto e inventar fórmulas exóticas pero efectivas para comunicarse en clave. O sea que la diferencia fundamental del carácter secreto de esta sociedad fue en defensa de un interés político legitimado por responder exactamente a las aspiraciones populares como reacción ante la tiranía. Los carbonarios no se ocultaron bajo una capucha picuda para asesinar; tampoco amenazaron de muerte a sus desertores como otras organizaciones cuyo único empeño era monopolizar el crimen. Aquí no se ocultaba una extravagancia como las de algunas fraternidades formadas en secreto para desentrañar los misterios de la naturaleza. Los carbonarios en Italia, en Alemania y en Francia se asociaron en secreto para defenderse del enemigo que se encontraba en la cúspide del poder.

No obstante su realismo no pudo escapar a tentaciones propias de las sociedades secretas como el culto a ciertos rituales, y alguna forma de fetichismo sobre los objetos simbólicos utilizados en las ceremonias de iniciación. Pero, excepto la designación que se daba a los jerarcas supremos -Grandes Iluminados-, el resto de los grados recibía una denominación acorde -incluso nominalmente- a la función que desempeñaba dentro de la organización. Estos eran: los insinuatori, los censori, los scrutatori; a quienes se les encomendaban misiones sumamente delicadas eran los decisi o desperati. Otros militantes de la cofradía, menos decididos por la acción pero firmes partidarios de su causa, eran los poltronati (apoltronados) cuyas obligaciones consistían en colaborar con el área activa desde distintos campos, en distintas formas; una, era aportando cuotas regulares para la financiación de las actividades de conspiración. Una importante variante de los carbonarios fue la admisión en sus filas de mujeres militantes, dejando de lado prejuicios machistas manifestados en otras sociedades secretas; esta sociedad aprovechó la valiosa ayuda que podía brindarles el sexo femenino. Las mujeres estaban encargadas de suministrar víveres a los primos ocultos en algún sitio, llevaban y recibían informes de los compañeros prisioneros, hacían labor de espionaje y proselitismo reforzando la labor de los hombres que bien podrían ser sus esposos, hijos o padres. Sin duda, la participación de las mujeres en esa conspiración gigante determinó en buena medida la fuerza popular del movimiento pues cada italiano podía ser un carbonario activo o pasivo, o simplemente simpatizante fuera del movimiento pero dispuesto a colaborar en el momento necesario.

Desde luego que el carácter religioso, fanático y exaltado del italiano -del que se ha hecho un estereotipo- fue esencial para mantener la consistencia de los carbonari y llevarle a dominar casi por completo la situación política de su país. Sólo la ausencia de líderes ideológicos impidieron su instalación en el poder, pues, aunque su lucha se dirigía a lograr la unidad italiana, el empeño principal era contra las dinastías extranjeras: su concepción del triunfo era bastante elemental, se conformaban con expulsar a los tiranos extranjeros, por extensión, con derribar a los tiranos y disfrutar de una unidad nacional sin hacer previas consideraciones de la forma de gobierno. Fue necesaria la intervención de otros revolucionarios políticos, como Garibaldi, para alcanzar el objetivo apenas vislumbrado por los primeros campesinos y artesanos rebeldes cuya sublevación fue la natural reacción contra el despotismo. La tradición de apego familiar entre los italianos también fue otro elemento sumamente importante para extender la militancia en los carbonarios, pero igualmente para mantener bien delimitadas las jerarquías asegurándose ciega obediencia, como hacía un hijo ante los mandatos de su padre. De hecho el mismo apego a la familia fue aprovechado para fundar otras organizaciones y mantenerse en la consecución de sus objetivos guardando los mayores márgenes de seguridad posible; el clan, la familia, fueron parte medular de asociaciones delictivas como la mafia, la camorra y algunas ramificaciones más de grupo que quizá en sus momentos inaugurales persiguieran ideales nacionalistas o simplemente de defensa contra la opresión pero que degeneraron en repugnantes cáfilas de triste recuerdo y peor presente.

Pese a su efectiva organización de células secretas, la liga de los carbonarios italianos resintió el contraataque gubernamental: quien más les combatió fue Fernando I. rey de las Dos Sicilias. Empecinado en defender sus intereses promovió una feroz persecución sin reparo de clemencia. La campaña contra los subversivos comprendía detenciones arbitrarias, ejecuciones precipitadas sin presentar suficientes pruebas de culpabilidad contra los inculpados, siendo incontables los casos de ajusticiamiento de inocentes. Los destierros fueron también otro recurso utilizado en demasía y en última instancia el más benigno. Durante su reinado el acoso contra los verdaderos carbonarios, pero contra todo el pueblo en general, alimentó el descontento. Aparentemente su gobierno logró exterminar la asociación, pero apenas murió, en 1825, resurgió nuevamente con mayor vigor, con el odio contenido durante los años de represión.

La real desaparición de los carbonarios italianos fue un hecho tan natural como su nacimiento: cuando se consiguieron sus objetivos -aunque no fueron ellos directamente los autores del triunfo- no había más motivos de conspiración, sus militantes optaron por la vida apacible dejando en manos de los políticos la solución a los problemas planteados en la nueva organización de la vida nacional bajo el sistema unitario. Muchos años antes, en las próximas postrimerías de la muerte de su implacable verdugo Fernando I, rey de la Dos Sicilias, la base militante carbonari se anexó a otra liga conspiradora “La Joven Italia” cuya filiación de patriotas radicales participó más directamente en las luchas liberadoras de su país.

En otras naciones los carbonarios surgieron en circunstancias similares, sus objetivos fueron semejantes, el ritual muy similar y la forma de organización interna también muy parecida. Aunque se tienen antecedentes confiables de su existencia durante los siglos XIII, XIV y XV, sus actividades más sonadas se conocieron en el siglo XVIII cuando otros grupos conspiradores, “LaCompagnie Franche des Ecoles” y “Los Amigos de la Verdad”, se habían marcado como meta desplazar del trono a Luis XVIII.

Fueron especialmente significativas las acciones conspiradoras atribuidas a los carbonarios franceses después del derrumbamiento del imperio napoleónico: tras bambalinas estuvieron dirigiendo, protegiendo y apoyando la rebelión sin comprometerse públicamente, hombres como La Fayette, Dupont, de l’Eure, Boinvülier, Bazard y otros. Sus agentes se infiltraron en círculos claves, pero obligados por el juramento de iniciación no revelaron nada acerca de la identidad de otros conspiradores y se realizaron las ejecuciones de los considerados entonces traidores sin desmembrar realmente la organización. El cerebro de la rebelión se encontraba bien seguro a otros niveles aguardando el momento adecuado de actuar sin correr demasiados riesgos, fuera valiéndose de la misma liga secreta o de cualquier otro medio útil a sus finalidades.

España tampoco dejó de registrar en algún momento de su historia la existencia de esos grupos secretos no obstante que su fama no cundió como en otras naciones, ni al nivel de objetivos tan precisos como en Francia ni cuantitativamente se sustentó en simpatías populares semejantes a las logradas por sus colegas italianos. La influencia carbonari llegó a la península ibérica como equipaje de regreso que acompañaba a los emigrantes españoles que volvían a su patria empapados de ideas liberales adquiridas en Italia y en Francia. El punto culminante de la asimilación y traslado de rebeliones “carbonarias” en España, se presentó hacia 1820, su finalidad inmediata era derrocar el absolutismo borbónico. Las ventas más importantes se establecieron en zonas, además, de estratégicas, propicias por su propia historia, para la conspiración: Madrid, Barcelona, Valencia y Málaga. En todos esos lugares fueron ferozmente combatidas pero liquidadas definitivamente en toda la región catalana; sin arraigo suficiente, en un contexto diferente al de otros países no se dieron las condiciones de recuperación. Pero en cambio sí tuvo mayor semejanza con el movimiento francés en cuanto a la emanación popular.

Su desaparición en Europa podría señalarse aproximadamente hacia 1870, misma fecha en que dejó de existir en Italia; a semejanza en este país se proponía extenderse a otros cuya lucha libertadora surgía espontáneamente en las capas populares más lastimadas por la tiranía. Los mejores tiempos de los carbonarios en el reino de Nápoles, se vieron a principios del siglo pasado. Lo que inicialmente fue una base militante de unos cuantos miles en pocos años llegó a multiplicarse superando el medio millón, cifra muy significativa considerando la población total. Pero tal vez esa misma amplitud numérica, bien encaminada con propósitos concretos no muy abundantes, haya facilitado el proceso de desintegración antes de conducir el destino de su asociación al triste fin de otras similares: el vandalismo, la corrupción, el crimen por lucro. Sin embargo cabe mencionar que también la carbonari aportó elementos a la mafia en su faceta criminal, y algunos de sus miembros enviciados en el terrorismo continuaron por esa senda ya al margen de aspiraciones políticas nacionalistas.

Queda por observar las asombrosas semejanzas entre la organización primaria de los carbonari y algunos de los grupos terroristas que actualmente subvierten el orden establecido en muchos países del mundo. La forma de “sociedad secreta” no vale ahora para describir la filiación de esas organizaciones extremistas, pero sí su secreto que es la base de su virtual éxito en operaciones desestabilizadoras.

En el mundo contemporáneo las fuerzas políticas tratan de imponer su ideología, la vertiente detentadora del poder aprovecha su posición para manipular los métodos democráticos a su favor y en ese contexto, cuando las alternativas legales resultan más difíciles, surgen las conspiraciones secretas convirtiéndose muy pronto en núcleos radicales cuyas acciones violentas sólo generan más violencia, alimentan la represión motivo de su lucha, o la propician deliberadamente contra grupos opuestos.

Los grupos terroristas, por propia naturaleza, funcionan apoyados sobre la base del secreto; al tratar de imponer su ideología por medio de la fuerza radicalizan sus posiciones, llegando a los extremos; y es ahí donde convergen, aparentemente opuestos por la diferencia de colores de sus respectivas banderas, pero plenamente identificados por los efectos y procedimientos de su acción.

La conspiración subsiste gracias al secreto; los movimientos subversivos contemporáneos no celebran ceremonias de iniciación macabras ni melodramáticas, la fuerza de sus exigencias ideológicas les obliga a guardar mayor congruencia con la realidad de su momento y espacio correspondientes, pero no les impide insistir en sus finalidades hasta convertirlas en objeto de fanatismo. Los neófitos de los diversos grupos terroristas no se comprometen en juramentos secretos ni hacen reverencias a cosas simbólicas pero desde el momento de ingresar a la militancia saben de antemano el riesgo: morir y hacer fracasar su movimiento. Igual que antes, ahora también hay desertores que pueden traicionar a sus antiguos compañeros sirviendo como delatores o, simplemente, buscar la vida pacífica, pero siempre tendrán temores de ser víctimas de venganzas; un desertor es un delator en potencia, por eso, por seguridad propia, los militantes activos prefieren descontar riesgos.

La eficacia de los métodos policiales de investigación -métodos que incluyen toda clase de torturas, en mayor o menor medida, según el régimen de cada país- pone en peligro la seguridad de los disidentes clandestinos; no se confía mucho en la convicción de sus partidarios en el momento de su aprehensión. La experiencia les ha convencido de la conveniencia de evitar que los miembros de la base de la organización estén enterados de todos los planes, e incluso de la identidad de los más altos dirigentes. El modelo carbonari ha sido copiado fielmente por grupos subversivos contemporáneos. Su estructura se basa en la organización de comandos o brigadas enlazadas entre sí a distintos niveles, respetando estrictas jerarquías que evitan la interrelación general de todos los militantes. Cada uno de esos comandos o “células” tiene un representante ante otro grupo superior, y así sucesivamente, de manera que las posibilidades de infiltraciones son realmente escasas y mayor la garantía del secreto; no puede decir nada quien nada sabe.

Tanto en el caso de los auténticos y primeros carbonarios como en el de grupos terroristas contemporáneos sus sistemas de ataque han sido ciertamente efectivos; la intención subversiva se ha realizado. En el primer caso la necesidad de protección mediante ese esquema organizativo fue concomitante de la formación del grupo conspirador, frente a una tiranía monárquica no había otras opciones; en el segundo se trata de grupos radicales cuya desesperación les lleva a tomar las armas, generalmente en contextos poco propicios para triunfar por ese medio; campea entonces la desesperación, el extremismo que distorsiona los objetivos iniciales.

Al paso del tiempo la disciplina se relaja, los combatientes que han sobrevivido en esa singular guerra caen en un círculo vicioso enfrentados a la dificultad de conciliar su convicción teórica con su actuación real; queda el fanatismo y la violencia como única alternativa de supervivencia.

La historia está ahí, escrita, accesible al análisis. Pero el extremismo es una actitud muy frecuente, una reacción primaria, una primera respuesta a la desesperación no dominada.

Hoy se escribe la historia de los carbonari italianos, se subraya la influencia que tuvieron sobre organizaciones análogas, homónimas inclusive, en otros países del mundo. Actualmente basta un poco de capacidad de observación para saberse cómo, deliberada o casualmente, su modelo se reproduce -en cuanto a su estructura formal- en nuestro entorno más próximo. Quizás en el futuro cuando se escriba la historia del terrorismo en el mundo moderno se aluda nuevamente a ese sistema de organización para explicar la formación de estos grupos subversivos.

LOS THUGS

En la mitología hindú la figura de Kali o Durga es tan compleja como importante para comprender el carácter de su pueblo, su apego a sus tradiciones, esa cultura mística que da un sentido muy especial a la vida y la muerte en una moral muy severa pero completamente diferente al sentido cristiano-occidental.

Kali es una diosa protectora, contradictoriamente se presenta en la forma más bondadosa para con sus fieles, pero a cambio de su cuidado exige sacrificios como veneración ritual cuyo significado se relaciona con el mismo origen de la deidad. Tenía especial predilección por algunos oficios y artes: la orfebrería, herrería, carpintería, alfarería, zapatería; los trabajos con latón y cantera. Protegía a los parias, leprosos, ciegos, mutilados y a quienes anduvieran con vacas o cabras. La mujer, sólo por su sexo, recibía la protección de la diosa, también los dedicados a labores de lavandería. Estos eran los protegidos de Kali, por tanto su presencia -de alguno de ellos- entre los grupos de caminantes salvaban a la caravana de ser atacados por las bandas de asaltantes denominados thugs.

La relevancia de Kali en los cultos religiosos hindúes procede de una fantástica historia que cuenta la aparición de un demonio dedicado a devorar a los hombres, según iban siendo creados los engullía inmediatamente; así la creación de la humanidad no podía ser posible, el demonio era poderoso, enorme, dominaba toda la tierra, era un gigante que cuando entraba al mar sus aguas sólo alcanzaban a cubrirle medio cuerpo, llegándole apenas a la cintura. Fue entonces cuando se le enfrentó Kali dispuesta a salvar a la humanidad de tan terrible destrucción; lo combatió con su espada hiriéndolo mortalmente, pero de cada una de las gotas de sangre derramada surgía otro nuevo demonio. Kali, con su espada, mataba a esos engendros, pero seguían multiplicándose pues también de cada una de las gotas de su sangre nacían otros demonios haciendo un combate interminable y poniendo en peligro el triunfo de la diosa. El desenlace de la historia tenía dos versiones: por una parte los hindúes ortodoxos explicaban que Kali dejó de atacarles con su espada y optó por chupar la sangre de las heridas de los demonios evitando la aparición de más enemigos, así acabó por vencerlos dejándolos inertes, sin sangre. Pero la secta de los thugs difería de la creencia ortodoxa; según ellos la diosa, en pleno combate aprovechó el sudor de sus brazos para crear a dos hombres que le ayudaron a derrotar a los demonios. Apenas concluyó su creación la diosa entregó un pañuelo a cada uno de esos dos hombres, denominados thugs, indicándoles que con ellos debían estrangular a los demonios para matarlos sin dejarles verter su sangre, evitando de esa forma el surgimiento de más demonios; su orden fue cumplida y todos los demonios murieron sin derramar una gota de sangre. Kali dejó a esos dos thugs los pañuelos como distintivo de su colaboración en la lucha de salvación de la humanidad; los pañuelos, además de ser un recuerdo de esa hazaña, serían el medio que debían usar para ganarse la vida y alimentar a sus familias. Esa recomendación divina equivalía exactamente a un mandato, por tanto los thugs creían cumplir una obligación religiosa al estrangular hombres; además, ésa debía ser su forma principal de subsistencia, otra no contaría con la aprobación de la diosa y sería causa de castigos.

La mitología de la secta justificaba cada uno de sus actos perversos, la misma diosa Kali les protegía en sus emboscadas criminales dándoles guías de buen o mal augurio mediante varios simbolismos, y una vez cometido el asalto, colaboraba con los thugs para no dejar huella de sus asesinatos. Se contaba otra historia fantástica: al principio de los ataques de los thugs la deidad aparecía, cuando las víctimas ya habían sido estranguladas y despojadas de sus pertenencias la misma divinidad se tragaba todos los cadáveres, asegurando así la impunidad de sus adoradores, pero dejó de hacer eso en represalia a la curiosidad de un neófito. Mientras Kali devoraba los cadáveres sus protegidos debían estar de espaldas sin mirar la forma en que su diosa comía. El curioso tuvo la lamentable ocurrencia de volver la cabeza y conocer el tabú; eso enfadó a Kali y como castigo dejó de engullir los cuerpos de los caminantes sacrificados.

Sin embargo no abandonó del todo a la secta que con más fervor le rendía culto; regaló uno de sus dientes para que hicieran un zapapico y con éste cavar tumbas para sus víctimas. De una costilla se hizo un cuchillo, con él los thugs debían desfigurar el rostro de los cadáveres y descuartizar los cuerpos con el objeto de dificultar su posible identificación y acelerar su descomposición. Del borde de su manto ordenó que se hicieran dogales en colores amarillo y blanco, como distintivo de su secta e instrumento asesino.

La marcada religiosidad del pueblo hindú favorecía la credibilidad de esas fabulosas historias; el conocimiento de sus costumbres, y cultura en general, aportó más tarde los datos necesarios para comprender la frialdad de los thugs ante la muerte de sus víctimas y la suya propia. La dominación británica en la India agudizó la relajación de costumbres en ese país, sus aportaciones tecnológicas aceleraron la desaparición de las bandas de estrangulado-res. Tal vez sin la participación inglesa, el mismo pueblo hindú hubiese combatido el terror de los caminos pero la historia se hizo de forma diferente, siempre el más poderoso somete al más débil, es hasta perogrullada recalcar que los fuertes imponen su voluntad en vidas y costumbres desplazando las formas originales.

Hacia finales del siglo XVIII, cuando Inglaterra dominaba el territorio central de la India, los europeos tuvieron por primera vez noticias de una banda de estranguladores que dominaban los caminos haciéndolos prácticamente intransitables, recorrerlos era correr riesgo de muerte. La incertidumbre era el peor enemigo de los viajeros y sus familiares, pues eran excepcionales los casos en que no podía atribuirse con relativa seguridad, la desaparición de un caminante a la causa de los casi míticos asaltantes estranguladores. Las distancias eran tan grandes, los medios de transporte tan primitivos y los peligros del camino (serpientes, parajes hostiles, etc.) tan abundantes que la desaparición de un viajero podría empezar a considerarse como probabilidad tal vez después de seis meses de esperarse su llegada, y los motivos, innumerables.

Pero algunos informes fidedignos, y en otros casos pruebas contundentes, dejaron bien clara la existencia de una banda de estranguladores asaltantes. Los británicos reunieron datos: efectivamente la población hindú les conocía, sabía algo acerca de sus creencias y aunque no otorgaban su total simpatía a los extranjeros, su temor a ser asesinados en los caminos los impulsó a aportar informaciones para su propia seguridad. En 1799 se hizo la primera captura de thugs; cien de los estranguladores que aterrorizaban en los caminos de la India meridional fueron aprehendidos en las proximidades de Bangalore. Se les encontró culpables y consecuentemente se les sentenció. Esa fue la primera evidencia irrefutable de que había una enorme y bien organizada secta dedicada a estrangular viajeros para despojarlos de todas sus pertenencias; los grupos actuaban en “partidas” de número variable, cada una de las partidas se conducía en autonomía con respecto a las demás pero mantenían relaciones de solidaridad, intercambio, actuando en territorios bien delimitados y sus sistemas de organización interna siempre eran iguales, lo mismo coincidían absolutamente en cuanto a ritos, creencias y formas de ataques.

La segunda llamada de atención de los thugs para los británicos fue en 1810 cuando cerca del Ganges y el Juma se hizo un macabro descubrimiento: treinta cadáveres destrozados, descuartizados meticulosamente en un sangriento ritual, la noticia conmocionó tanto a la población europea como a los propios hindúes: aunque estos últimos podrían tener la sospecha de quienes podrían ser los autores de tan espeluznante acto, no se les relacionó directamente con las bandas de estrangulad ores, pues era diferente su forma de actuar, además las numerosas bandas burlaban la suspicacia inglesa ocultando sus crímenes, inmediatamente después de sus asaltos enterraban a sus víctimas, su desaparición podría atribuirse a decenas de motivos, la muerte en el camino pocas veces era comprobable. Por otra parte causaba desconcierto constatar las condiciones de normalidad de muchos viajeros que transitaban esos caminos sin observar un solo incidente (por supuesto ignoraban que si casualmente se hacían acompañar por artesanos o exponentes de algún oficio protegido por Kali, se convertían en tabú para los thugs).

A partir de 1816 comienza a escribirse -de forma casual- la historia de los thugs; un médico inglés residente en la India, Richard Sherwood se interesó profundamente en esas bandas de estranguladores e inició (lo que más tarde sería una importante recolección de datos) una serie de investigaciones, obtenidas en entrevistas directas con los estranguladores detenidos. Intuyó que tras esos cien asaltantes detenidos había una organización amplia y poderosa, relacionada con el descuartizamiento de los treinta cadáveres encontrados en la ribera del Ganges. Efectivamente descubrió su enlace, puso en evidencia la magnitud de la secta, esbozando una especie de denuncia o advertencia sobre su amplio campo de acción. Publicó el resultado de sus averiguaciones en un extenso reporte titulado “Acerca de los asesinos denominados fasíngares” (Of the Murderers Galled Phansingars). Esa información captó la atención de las autoridades representantes de la corona británica en el territorio hindú y como resultado se ordenaron investigaciones oficiales tendentes a esclarecer las constantes desapariciones de viajeros en los caminos de casi todo el país. En cuanto a Sherwood, sin proponérselo expresamente se convirtió en el primer historiador de la famosa cofradía, su artículo “Acerca de los asesinos denominados fasíngares” fue la primera relación escrita de las secretas actividades de un grupo criminal que mataba fundamentalmente por “obligaciones religiosas”. La descripción de Sherwood permitió saber que actuaban protegidos por algunos terratenientes vecinos del área de acción de los estranguladores; a cambio de una parte del botín obtenido en los asaltos, les protegían y permitían seguir en ese macabro ritual sin denunciarles.

Thugs significa “engañadores”, nombre muy acertado porque su forma de atraer víctimas era mediante el engaño. Cuando estaban listos a cometer un asalto enviaban de “avanzada” a un grupo destinado a averiguar las riquezas de los viajeros antes de iniciar la travesía. Una vez identificados trataban de ganarse su confianza ofreciéndose a acompañarles en calidad de sirvientes, o se hacían pasar por peregrinos que no deseaban atravesar los caminos solos. Así lograban unirse a la caravana y a medio camino, en las cercanías a sus guaridas consumaban los asesinatos despojándoles de todas las pertenencias. La fórmula era infalible: primero les asesinaban y luego se apoderaban de las riquezas, inmediatamente procedían al descuartizamiento de los cadáveres para finalmente enterrarlos borrando toda huella de violencia y paso de los viajeros. La forma de matarlos seguía una precisión casi matemática: dos thugs era el número ideal para dar cuenta de un hombre, el instrumento era un lienzo llamado rumal que siempre llevaban atado alrededor del talle. Dependiendo del número de viajeros se organizaba la partida, mas por lo general la banda se integraba con un mínimo de diez y un máximo de cincuenta estranguladores, pero en épocas de expansión las partidas llegaron a sumar hasta 150 hombres cada una porque también las precauciones de los caminantes se tradujeron en el aumento de escoltas. Estas medidas de protección eran poco efectivas contra la habilidad de los bandidos, pues la clave de su éxito era el factor sorpresa; habiéndose integrado previamente al séquito de los viajeros se ganaban la confianza de todos, más tarde el resto de la banda aparecía también presentándose con artificios y aprovechando el mejor momento para atacar.

Su forma de “trabajo” estaba perfectamente organizada, se consideraban todos los riesgos y se echaba mano de todos los recursos contra situaciones imprevistas; por ejemplo, se evitaba que antes de repartir el botín, destrozar y enterrar los cadáveres apareciese otro grupo de viajeros o algún intruso. Se agrupaban unos cuantos en torno a los muertos y lloraban fingiéndose víctimas de un ataque, el resto se ocultaba esperando atacar a traición. Cuando la nueva caravana se detenía a prestar auxilio aparecía el resto de la cáfila y aprovechaban la ocasión de cometer dos asaltos, prácticamente sin mayor esfuerzo. La regla general era asesinar a todos los miembros de la comitiva, pero también por creencias religiosas debían hacer ciertas excepciones, en cuanto a la posibilidad de testigos, todos eran estrangulados, no se dejaba a nadie con vida. Pero un tabú que respetaban estrictamente era perdonar a los niños varones cuando eran muy pequeños para adoptarlos dentro de su comunidad e instruirlos en su mismo oficio. A las niñas también se les “indultaba” pero eran vendidas a las prostitutas.

Antes de iniciar la incursión celebraban ceremonias rituales consagradas a la diosa Kali: ante una imagen de la deidad se sacrificaba una oveja y se pronunciaban oraciones copresididas por imágenes de lagartos y serpientes. Se veneraban algunos instrumentos simbólicos: el cuchillo, el dogal y el zapapico. Terminadas las oraciones esparcían flores por el piso, ofrecían vino, exóticas bebidas y toda clase de manjares a la diosa. Poco tiempo después esperaban pacientemente las “señales” de su protectora para saber si tendrían éxito en sus operaciones o era más conveniente esperar algún tiempo y realizar otra ceremonia para recibir sus favores y así con toda seguridad lanzarse al crimen y bandidaje.

Los ritos continuaban hasta después del asalto: una vez consumados los asesinatos “necesarios”, sepultados los cadáveres y ocultado el botín, todos los estrangula-dores se reunían en torno a las tumbas recién cubiertas para celebrar un festín. Sobre la tumba se extendía una pulcrísima sábana a manera de mantel, encima de ella el zapapico y una moneda de plata. Los dos thugs más viejos, los dos más destacados y refinados estranguladores, presidiendo la reunión, repartían goor (especie de azúcar sin refinar) entre sus discípulos que habían estrangulado con sus respectivos instrumentos y se consideraban formalmente iniciados en el “oficio”. Uno de los directores de ceremonia esparcía un poco de goor en un agujero previamente hecho en el suelo al borde de la sábana, mientras lo cubría pronunciaba una oración. El resto de los comensales con profundo misticismo repetían la oración solemnemente. Entonces el Maestro mojaba con agua bendita ese agujero y rociaba un poco de ella sobre el zapapico. Enseguida repartía pequeñas porciones de goor entre los demás estranguladores, mientras lo comían en silencio, con respetuosa solemnidad, observaban la representación simulada de un estrangulamiento, mas no todos los presentes podían comer goor, sólo aquellos iniciados que ya habían participado alguna vez en un asalto y habían estrangulado a algún hombre; como se permitía la presencia de neófitos en “ejercicios de preparación” a éstos se les prohibía comer de la sustancia sagrada. Transgredir esa prohibición por descuido o ignorancia les obligaba a cometer un asesinato de inmediato, siempre debía ser mediante estrangulamiento. Preferentemente esas extrañas ceremonias se realizaban al aire libre, pero si por alguna circunstancia se temía el paso de algún intruso se levantaba una tienda con los instrumentos llevados expresamente con ese fin y así se podía hacer en total secreto. Los neófitos elevados a la categoría de estranguladores fasíngares comían goor por primera vez en una ceremonia de ese tipo después de cometer sus primeros crímenes, en esa especie de comunión sentían “cambiar su vida”, así lo confesaron a Sherwood los thugs que entrevistó en prisión, esa “comunión” los determinaba “irremediablemente” a no poder desempeñar otro oficio diferente y aun cuando tuviesen otro medio de ganarse la vida, y con él todas las riquezas ambicionadas, sentían la irrefrenable necesidad de seguir asaltando en los caminos y estrangular por mera convicción religiosa.

Aunque sus asesinatos obedecían, según ellos, a un mandato de Kali, siempre eran cometidos “respetuosamente”, si se le puede llamar así; es decir trataban de evitar el sufrimiento a sus víctimas matándoles rápida y eficazmente. Al descuartizar los cadáveres lo hacían con precisión de matanceros sin delectación en esa tarea, sino sintiendo ejecutar una obligación religiosa. Violar alguna de esas reglas significaba desobedecer a su diosa y hacerse merecedores de severos castigos.

Obviamente un thug no pregonaba su condición, la mantenía en secreto pero eso no implicaba obligación de ocultar indiscriminadamente sus asesinatos, después de todo las motivaciones formales eran religiosas, nunca vergonzantes. Un thug merecedor del respeto y admiración de sus colegas era el que estrangulaba con mayor eficacia y contaba mayor número de víctimas; era frecuente que éstos se vanagloriaran de sus “hazañas” en los ataques, pero el autoelogio era para ponderar su “profesionalismo”.

Esa circunstancia determinó la posibilidad de que el mismo Sherwood y la policía obtuvieron informes precisos acerca de las actividades de otras partidas cuyos procedimientos eran exactamente iguales en toda la secta. Además confesaban sus crímenes sin ningún sentimiento de culpa, no se conoció nunca un thug arrepentido pues su moral les indicaba que ese proceder era el correcto, negarse a estrangular siendo miembro de una familia de thugs motivaba el repudio de su comarca, de sus propios padres y hermanos, era apartarse de sus thugs, renunciar a su origen y obligaciones religiosas. El castigo de Kali no se haría esperar.

Los thugs nunca hicieron labor de proselitismo para aumentar sus filas pues entre sus reglas estaba el no admitir extraños en sus partidas. La única forma de pertenecer a la secta era por herencia, es decir, naciendo en una familia thug, entonces era obligación desempeñar ese oficio. También tenían ese destino los varones rescatados de niños en un asalto e indultados por su condición infantil y por ser hombres, pero obligados por la misma circunstancia a convertirse en thugs con los mismos derechos y deberes que sus iniciadores, su vida dentro de la familia que lo adoptaba no difería para nada de la de los auténticos hijos, se podría decir incluso que los lazos afectivos existían sincera y profundamente.

La forma de iniciación no exigía una ceremonia especial ni juramentos, se hacía más bien de manera primitiva, se aprendía la práctica como en las antiguas tribus: los padres enseñaban a sus hijos a cazar instruyéndoles en el manejo de las armas y aconsejándoles la mejor forma de caminar por entre la maleza agudizando el oído como el resto de sus sentidos. Así, entre los thugs se les iniciaba directamente en la práctica cuando la edad lo determinaba; en tanto que se consideraba una obligación  religiosa no había punto de discusión, los mismos neófitos aceptaban su condición como hecho natural, no se planteaba hacerlo como sacrificio, el negarse a asumir sus deberes simplemente era desobedecer, colocarse en tí! sitio de rebeldía dentro de la familia, dentro de la comunidad.

A partir de los 10 años se permitía que los niños acompañaran a las partidas en una de sus expediciones, su presencia incluso servía como cebo para ganarse la confianza de los caminantes próximos a ser asaltados. La única condición para admitirlos era que fuesen acompañados de su padre o preceptor quien tenía tanto la obligación de instruirle paralelamente en las formas de asesinar y conducirse en las partidas, como de explicar el significado religioso de esa “obligación”, e inculcarles adoración por Kali. La regla general era comenzar a estrangular hacia los 18 años de edad, en alguna de las expediciones, cuando el neófito se sintiese preparado para ejecutar su tarea con habilidad habiendo demostrado antes las aptitudes suficientes para tal fin. Si el primerizo no tenía muchos ánimos para inaugurarse como estrangulador se le estimulaba haciéndole fumar hachís, pero no era ni lo más frecuente ni requisito imprescindible. El adiestramiento recibido durante varios años y su conocimiento como espectador, eran lo más adecuado para familiarizarle con su futuro destino y, llegado el momento, se conducía como todo un experto. La cantidad de iniciados variaba según el crecimiento de las familias, los altos índices de natalidad y la codicia que distorsionó la mística original. El número de thugs, durante todos sus años de existencia en bandas organizadas, superó el millón; de los viajeros asesinados ni siquiera un cálculo aproximado se puede hacer por la imposibilidad de contar con alguna comprobación, pero se estima, estableciendo como base las declaraciones de los thugs apresados, que fueron varias decenas de miles, tal vez, más de un millón.

Después de Richard Sherwood un oficial del ejército británico continuó las investigaciones acerca de los thugs. A William Sleeman le impresionó el informe de Sherwood y se dedicó a recabar más datos empeñado en combatirlos, e igualmente aportó la mayor información que posteriormente se ha venido utilizando para aclarar la historia de esa secta cuya posición ante la muerte ha sido de total indiferencia, pero su sentido religioso uno de los más arraigados que se hayan conocido.

William Sleeman era oficial del ejército bengalí cuando conoció el informe de Sherwood, desde ese momento se sintió atraído por sus complicadas simbologías, se horrorizaba de los relatos de los primeros thugs capturados pero al mismo tiempo caía en una morbosa curiosidad que más tarde se manifestó de manera diferente: se sintió destinado a su exterminio y en ello puso todo su empeño. La corona británica compartía sus inquietudes pues deseaba imponer por completo su orden en la India y eso le facilitó las cosas.

Por Sleeman y Sherwood pudo saberse algo del probable origen de la temible secta, origen que tal vez se encontrara en algunos soldados persas que llegaron a la India junto con los invasores musulmanes. Sus formas de combate eran muy características, igualmente su atuendo: combatían ataviados con trajes típicos, su arma preferida era una daga y un lazo corredizo de cuero trenzado. Se cree que llegaron a la India en la época de las invasiones musulmanes y decidieron asentarse en ese territorio integrándose paulatinamente a la religión, las costumbres y la cultura hindú. Esa fue sólo una teoría sobre sus orígenes, pero no hay suficientes pruebas para considerarla la más veraz, sin embargo lo importante que es saber sus motivaciones para el robo y el crimen se explican en sus historias religiosas. Aunque fueran justificaciones rebuscadas, es innegable la religiosidad de todas las sectas thugs- por más que sus patrones morales fueran incomprensibles para el mundo occidental, la conducta mística campeaba en el cumplimiento de sus “obligaciones”. Un eficaz estrangulador, que como el experimentado cazador ha desarrollado sus habilidades y no mata por placer sino por necesidad de alimentarse, podía ser el hombre más admirado dentro de su comunidad por sus altas y ejemplares virtudes morales, era, sobre todo, vehemente defensor de la religión. La mayoría de thugs trabajaba normalmente en otras artes y oficios remunerados regularmente, sus ambiciones no eran precisamente de riqueza, podían vivir cómodamente dedicados a actividades lícitas, irreprochables, aceptadas por todas las religiones, pero sentían la necesidad del estrangular y robar como respuesta a un llamado religioso, condicionado desde el mismo nacimiento. En su conciencia no existían sentimientos de culpa por sus asesinatos, no relacionaban con la maldad el cumplir los mandatos de la diosa Kali, por el contrario, dejar de hacerlo era rebelarse contra los deberes de su condición thug. En cambio censuraban a los bandidos que robaban sin tener la “obligación religiosa de hacerlo”, reprobaban la violencia y los crímenes “innecesarios”. Algunos thugs eran ricos por dedicarse a esa actividad, pero también por sus propias habilidades comerciales; no tenían pues, ninguna necesidad económica de repartirse un escaso botín, pero ellos mismos, los más acaudalados señores, estrangulaban con sus propias manos; tal vez su hacienda pudiera sostener a toda la secta sin ningún menoscabo, mas por ortodoxia ritual debían participar del botín obtenido. Otros caciques vecinos a los lugares de acción también fingían ser protectores de las bandas asesinas; en unos casos lo hacían por temor a sufrir represalias si no colaboraban por lo menos con su silencio; en otros si lo hacían por codicia, el terrateniente ofrecía su conciliábulo a cambio de alguna parte del botín, les protegía directamente e incluso colaboraba en las expediciones pero sin intervenir como protagonista, la religión thug nunca lo habría permitido.

William Sleeman puso todo su empeño personal en combatir a los thugs; por propia iniciativa dedicó la mayor parte de su tiempo a enriquecer las investigaciones de Sherwood como medio de planear su exterminio, o por lo menos desintegrar todas las bandas pertenecientes, a la siniestra secta. El mismo, siguiendo el ejemplo de su antecesor, se entrevistó personalmente con los primeros estranguladores detenidos, obteniendo más y valiosos informes. Su insistencia sobre el asunto fue tal que, en 1818, habiendo persuadido a las autoridades británicas de la gravedad del asunto, pidió ser transferido al cuerpo de funcionarios para dedicar más tiempo a sus gestiones y obtener la aprobación oficial de investigarlos y proceder a su persecución. Logró su objetivo y dispuso de mucho tiempo para trazar un plan de acción a largo plazo pero con amplias posibilidades de éxito, encaminando el resultado hacia el aniquilamiento irreversible de esas malignas bandas.

Durante los años que pasó en el cuerpo de funcionarios siguió acumulando datos y escribiendo la historia de los thugs; llegó a dominar cuatro lenguas hindúes para poder obtener la información de primera mano en las versiones más fieles posibles, además se empapó en el conocimiento de la cultura hindú en general y de las tradiciones thugs en particular. Cuando por fin, en 1822, había llamado la atención de las autoridades inglesas sobre la causa de sus preocupaciones, obtuvo la jefatura de un territorio y con el beneplácito de la corona británica comenzó a imponer condiciones contra las bandas de estranguladores, pero todavía no contaba con la aprobación total de su gobierno. Cuatro años más tarde, en 1826. llegó la esperada aprobación de investigar formal y oficialmente las actividades de esas misteriosas sectas cuyas incursiones en los caminos habían sembrado el pánico entre todos los viajeros, lo cual dificultaba, en cierta forma, las actividades comerciales, en perjuicio de los reales intereses de Inglaterra. Siguió aportando pruebas, su campo de acción era más amplio, a medida que avanzaba en sus averiguaciones demostraba que los estranguladores actuaban en casi todo el país y las bandas se multiplicaban rápidamente.

Su perseverancia se vio premiada en 1830, cuando el gobernador general de Inglaterra le comisionó oficialmente en una misión de exterminar a los thugs. En ese momento Sleeman sintió recompensados todos sus esfuerzos de varios años, podría aplicar a una causa práctica su excelente conocimiento del ramasi (lengua de los thugs) y preparó un ataque que duraría varios años pero aseguraría el exterminio definitivo de los thugs. Para ello fue necesaria la formación de un cuerpo paramilitar dedicado exclusivamente a ejecutar los planes del ambicioso oficial, ni la policía ni el ejército británicos podían dedicarse a esa misión, pero el gobierno invasor sí era capaz de financiar otro cuerpo armado destinado a preservar el orden en un territorio que le producía enormes ventajas económicas, y, además, debía imponer sus patrones morales en el pueblo sometido.

Sleeman conocía sus ventajas: durante varios años estudió pacientemente las costumbres de los thugs, sabía que el grupo paramilitar comisionado bajo su mando no sería su única arma. Las supersticiones de la secta, tan arraigadas como su misticismo, serían decisivas para hacerlas desaparecer. Durante los primeros años -los años de esplendor- las sectas thugs fueron estrictos súbditos de Kali, cumplían al pie de la letra sus mandatos, jamás violaban un tabú. Así como religiosamente mataban porque de no hacerlo suponían que la diosa los castigaría quitándoles sus protección e irremediablemente ellos y sus familias morirían de hambre, víctimas de la más espantosa miseria, también respetaban a los exponentes de las artes y oficios predilectos de Kali; atacar a un grupo de viajeros que llevase a uno de esos oficiales o artesanos era tabú. Tampoco podía atacarse a una caravana de caminantes si entre ellos iban un hombre o mujer con una cabra o una vaca. Esas eran unas excepciones, no atacarlas les haría merecedores de otros castigos, que con la llegada de los británicos la creencia les hizo suponer que serían precisamente los ingleses quienes ejecutaran los deseos de su diosa destruyéndoles por desobediencia. Nunca atacaron a los europeos por ese temor, pero en cambio sí la codicia, la ambición resultante de la incontrolada proliferación de clanes asaltantes, propició no respetar esas prohibiciones.

Esa fue la razón por la cual no les sorprendió que de pronto las autoridades colonialistas se interesaran en sus actividades religiosas cuando sus coterráneos las veían “normalmente”, vieron en la represión europea el castigo divino a sus excesos, tal vez podrían oponerse a los europeos pero no a los designios de su diosa. Tampoco sentían rencor contra los británicos ni se les consideraba enemigos por combatirlos pues los creían simplemente instrumentos de Kali; disociaban muy bien su aversión a los extranjeros por invasores, pero aceptaban resignada-mente su destino.

Tal vez por ese fatalismo y por propia conveniencia los thugs apresados no tenían muchos escrúpulos para confesar sus antiguas actividades y la forma de planear sus asaltos. Como en todos los miembros de la secta se observaba exactamente el mismo ritual, era fácil predecir con buen margen de certeza los lugares y temporadas elegidos para atacar a los caminantes. Por otra parte, como no existía un juramento que les obligase a guardar silencio sobre su condición -no criminal, sino religiosa, digna de admiración como forma de virtud según sus creencias- aportaron valiosos datos para su exterminio. La forma de actuar de las autoridades británicas fue muy efectiva; se ofrecía reducción de condena y hasta indultos a cambio de información que facilitase la captura de otros clanes. El relajamiento de la disciplina, el apartamiento de su mística original fueron factores determinantes en su desintegración. Los grupos de asaltantes se habían multiplicado, las expediciones pasaron a sumar más de 150 estranguladores; si antes un grupo de avanzada lograba convencer a los viajeros de viajar en su compañía y así preparar el ataque con la seguridad de un valioso botín, previniendo indiscreciones y contando con tiempo suficiente, con el conocimiento estudiado del terreno para borrar huellas, después las incursiones se hicieron más desprovistas de la mística característica en los primeros thugs. En sus últimos tiempos se lanzaban indiscriminadamente sobre cualquier grupo viajero sin respetar la presencia de personas consideradas tabú, el bandidaje fue el objetivo principal, se dejaron de hacer las ceremonias tuponee rituales después del asalto, cuya celebración aseguraba la aprobación, y, por tanto, la protección de la diosa Kali.

Los thugs prisioneros ya se habían resignado a su destino, sentían haber perdido el amparo de Kali; unos, los condenados a muerte, aceptaban con total indiferencia su condena, no pedían clemencia porque tenían las certeza de que en cualquier forma su diosa los castigaría y no había forma de evadir su destino. Por estar tan familiarizados con la muerte la propia no les asustaba. Para otros, el aportar informaciones a cambio de reducción de sentencias, era una indicación benévola de Kali, era la oportunidad que les ofrecía para salvar sus vidas y no podían desaprovecharla. Sabían que su secta no tendría duración eterna, entonces no intentaban rebelarse, acataban la voluntad de su deidad a través de los símbolos que les hacía llegar. Por supuesto no todo fue religiosidad, también hubo delatores simples, asesinos que, aterrados ante la justicia, traicionaban a sus antiguos compañeros para salvar su vida o hacer menos largas sus condenas. Pocos fueron los verdaderamente arrepentidos, que, al margen de fanatismos religiosos, reconocieron la criminalidad de sus ritos.

La aplicación de la justicia en manos de los británicos favoreció sus intereses expansionistas; los viajeros, temerosos de transitar por los caminos inseguros, colaboraron en el exterminio de los thugs por su propia conveniencia. Los campesinos asentados en las inmediaciones de caminos atacados tuvieron que colaborar con los europeos pues a ellos también les convenía contar con la protección de la fuerza gubernamental. Los caciques que anteriormente habían ayudado a los estranguladores vieron la necesidad de pasarse al otro bando, no sólo dejando de mantener conciliábulo con la secta asesina sino volviéndose contra ellos. En síntesis, la población hindú se sintió defendida de los asesinos de las carreteras y caminos y prefirió aliarse con los extranjeros para acabar con el peligro de sus coterráneos. Así, la corona británica ganó en prestigio y pudo seguir dominando el territorio hindú con un control total; a los europeos también les estorbaban los thugs pues su amenaza interrumpía sus movimientos económicos y necesitaban un orden para lograr sus planes de enriquecimiento.

Las sentencias que dictó variaban según el caso particular: hubo condenados a la horca, a cadena perpetua, a unos cuantos años de prisión e indultados. Muchos de los detenidos fueron sometidos a planes de rehabilitación carcelaria: se les enseñó otros oficios que les permitiera ganarse la vida lícitamente. Cuando encontraban que ya sabían algún trabajo especializado se les alentaba para ejercitarlo con maestría. Fueron famosas las alfombras tejidas por thugs encarcelados, para la reina Victoria. El Castillo de Windsor lució la exquisitez de esos trabajos hechos a mano, muestra de las habilidades de los estranguladores.

La colonización inglesa logró exterminar por completo a los thugs; aunque éstos vieran en los británicos el instrumento elegido por Kali para castigarlos, lo cierto es que más tarde o más temprano habrían desaparecido pues las cambiantes condiciones de la vida no permitirían más atracos y asesinatos en los caminos. Efectivamente las fuerzas armadas de Sleeman combatieron directamente a los estranguladores, pero el gobierno británico introdujo en la India modernos medios de transporte en los cuales no habría más peligro de asaltos tan primitivos. Las inversiones extranjeras aceleraron el proceso que por sí mismo habría llegado tarde o temprano, tanto por su desarrollo independiente -lento por su pobreza pero efectivo-, como por haberse relajado la moral. Las creencias religiosas en los últimos tiempos pasaron a segundo plano. Realmente el bandidaje era la forma más efectiva y rápida de obtener riquezas materiales. Se dejó de asaltar y estrangular por alcanzar virtudes de tipo religioso; algunos fueron más realistas, esa era una oportunidad para no esforzarse demasiado en el trabajo, adquiriendo de paso prestigio religioso.

En síntesis, cuando se perdió el sentido religioso, la secta estaba destinada a desaparecer, porque, aunque resulte difícil comprenderlo, la mayoría de esos asaltantes creían tener la obligación de matar y dedicarse a vivir principalmente de sus botines, pero, en otras circunstancias, el estrangulador era el más vehemente defensor de la moralidad, de sus costumbres morales y de la defensa de la vida de sus coterráneos.

LA FRANCMASONERÍA

La francmasonería todavía hoy, después de tres siglos de historia, sigue siendo un atractivo misterio, aunque en realidad no se oculte nada verdaderamente importante; las finalidades de la masonería moderna son bien conocidas, lo fundamental es la ayuda mutua entre todos los miembros de una logia y la solidaridad general para la fraternidad masónica de todos los países. El objeto de existencia de esa asociación sigue siendo, como al principio, alcanzar la superación del ser humano; como sus antiguos fundadores que, de construir grandes monumentos arquitectónicos pasaron a ocuparse de la construcción espiritual, los masones actuales se empeñan, incluso, en aprovechar los puntos de coincidencia de todas las religiones para llegar a la anhelada iluminación.

Sin embargo han sido muchos los mitos creados en torno a esta fraternidad; también muchos los secretos nunca revelados. Lo cierto e indiscutible es la fuerza alcanzada por la masonería en otras épocas cuando entre sus miembros se contaban desde monarcas hasta los más célebres artistas y pensadores. El poder político ostentado por la masonería en algunos momentos de su historia provocó feroces persecuciones, se les pretendió involucrar en conspiraciones políticas, en rebeliones militares y se les acusó hasta de herejía. Por motivos como ésos, la masonería ha sido prohibida por algunos reyes y, contrariamente, favorecida por otros; a sus logias asistieron hasta jerarcas del Santo Oficio encumbrados en los grados superiores, pero también, cuando el clero prohibió a los católicos toda relación con la masonería, las muchedumbres devastaron sus locales de reunión. Se sabe con certeza que unos de sus miembros fueron Eduardo VII y Jorge VI; Luis XV la prohibió en Francia, en cambio Federico el Grande la alentó en Prusia. Con mucha insistencia se menciona a Mozart como uno de sus más entusiastas adeptos, y existen pruebas documentales de que Benjamín Franklin y George Washington también lo fueron, además de otros presidentes estadounidenses.

Es difícil precisar cuántos francmasones hay en todo el mundo, pero un cálculo aproximado estimaría en ochocientos mil el número de miembros agrupados en las logias de la Gran Bretaña; en Estados Unidos el número supera la membresía con aproximadamente cinco millones de afiliados y el resto, dos millones, se hallan repartidos en otras partes del mundo. Actualmente ya no se les persigue aunque todavía, en ciertos sectores de la política y del clero, no es bien vista su existencia, sobre todo por el recuerdo de otras épocas, por la animadversión surgida de las bulas pontificias rubricadas por dos papas que prohibieron a los católicos cualquier asociación con los masones y censuraron las reuniones secretas de éstos, con la falacia de que tratándose de asociaciones secretas necesariamente tendrían algo herético, pues de lo contrario -decían Clemente XII en el año 1738 y Benedicto XIV en 1751- se manifestarían a la luz pública. La explicación a tan contradictorias actitudes se encuentra en la misma historia de la francmasonería; debido a su participación en ciertas corrientes ideológicas o la preponderante actuación de alguno de sus miembros en hechos históricos trascendentales, se propició el rechazo radical o, al contrario, la complaciente protección oficial.

Las primeras organizaciones masónicas se fundaron hacia el siglo X, pero en ese momento sólo se trataba de agrupaciones de canteros, albañiles y maestros de obras. Estos modestos trabajadores se hicieron llamar francmasones quizá por abreviar la combinación de dos palabras: freestone masón que podría significar cantero de piedra franca o cantero masón libre free; esta actuación es importante porque el régimen feudal gobernaba sobre campesinos y artesanos; los albañiles y los canteros encontraron que la forma de protegerse a sí mismos era agrupándose y guardando sus secretos profesionales; los lugares donde se reunían para pactar sus acuerdos eran llamados logias, y éstos, unas modestas construcciones próximas a la obras en edificación. La creación de esas asociaciones fue una respuesta directa a la tiranía feudal y monárquica cuyo procedimiento fue explorar las capacidades y el trabajo de los artesanos sin retribuirles en la proporción que justamente les correspondía. El objeto de esas asociaciones era muy simple en sus primeros tiempos. Se trataba solamente de agruparse por la identificación gremial para auxiliarse mutuamente. Inicial-mente se creó una fraternidad de carácter gremial sólo los artesanos de la construcción tenían acceso a las logias, y no se trataba de un afán excluyente, sino que la fraternidad nació de una necesidad como respuesta a una agresión contra ese gremio, ya que los secretos que guardaba éste sólo eran del interés de dicha sociedad. No se permitía la entrada a miembros de otros gremios porque a cada uno correspondían circunstancias generales diferentes. El secreto fue pues, de carácter gremial, y para reconocerse entre sí los miembros de una logia, establecieron saludos y palabras en clave, con lo cual se identificarían y aplicarían las normas de solidaridad llegado el caso.

Pero más concretamente fue hasta casi mediados del siglo XV cuando el nombre de francmasón comenzó a tener una repercusión social definida; fueron famosos, dentro de la reserva guardada, los juicios privados celebrados en el seno de las logias o Grandes Talleres de Constructores en los cuales se dirimían las diferencias y pleitos surgidos entre los miembros del mismo gremio, cuyos intereses comunes, e incluso sus disputas, por graves que fuesen no debían salir a la luz pública ni podían ser atendidas por los tribunales corrientes; además, las logias como tribunales especializados del gremio resultaban más adecuadas para emitir un juicio acertado, de acuerdo a las circunstancias exactas del caso. De esa época se conoció la noticia de una importante reunión de Grandes Maestros, que fue celebrada en Regensburg, a mediados de 1459; poco antes una logia había tomado nombre bajo la advocación de un santo, ésta fue la de constructores de la catedral de Estrasburgo. Hasta ese momento y aún continuando el siglo XVI los masones sólo eran trabajadores directamente relacionados con la construcción; entre los albañiles, canteros, carpinteros, escultores y maestros de obras se distribuían según sus habilidades, los cinco grados: aprendiz, oficial, compañero, maestro, inspector de obras y Gran Maestro o Arquitecto.

La verdadera transformación de la masonería a la imagen que alcanzó fama en el mundo y que constituye hasta hoy su forma más ortodoxa de organización, ocurrió durante el siglo XVII, principalmente en Inglaterra y en Escocia; por ese tiempo el aspecto meramente gremial pasó a segundo plano y tuvo cabida la participación de miembros ajenos al arte de la construcción: dirigentes políticos, jerarcas religiosos e incluso representantes del poder gubernamental, amén de ciencias y artes. Su ingreso en las logias supuso un lógico desplazamiento de los miembros originales de la masonería, pues sus niveles culturales por sí mismos, les colocaron en los puestos más encumbrados y los menos representativos de su organización que ya llevaba varios siglos de existencia como agrupación gremial, debieron aceptar las modificaciones impuestas en el seno de la logia, ampliando los objetivos de las fraternidades e inclusive cambiando rituales de admisión y formando otras claves de identificación. Las ideas renacentistas influyeron directamente en el espíritu de la masonería ya para entonces gobernada por políticos, artistas, filósofos y pensadores. Las logias como se concibieron originalmente no habrían tenido ninguna repercusión social, y su dedicación exclusiva a la defensa de los intereses gremiales identificada con el arte de la construcción de monumentos arquitectónicos hubiera resultado tal vez demasiado frívola, o más que frívola solamente materialista y por tanto mezquina. Así que fue necesario adecuar esa asociación a los intereses del momento y éstos se referían a una búsqueda espiritual, de manera que la masonería hábilmente aprovechó su finalidad original de la construcción de monumentos materiales, haciéndola pasar por la de construcción de monumentos espirituales, manteniendo sus mismos rituales con algunas variantes y el atractivo del secreto; violar el juramento de secreto significaba quedar expulsado automáticamente; con igual sanción se castigaba no acatar los principios de solidaridad para con los miembros de la fraternidad que, como se dijo antes, ya para entonces incluía a personajes representativos de ocupaciones muy ajenas a la arquitectura y a la albañilería.

Con la mayor precisión dentro de la vaguedad que es la historia secreta de la masonería, puede establecerse que esta organización ha tenido dos épocas fundamentales: la de su nacimiento como fraternidad de canteros expoliados por los señores feudales que comúnmente se denomina masonería activa, desarrollada durante los siglos X y XVII, y la masonería especulativa que nace a partir del siglo XVI en Inglaterra y Escocia con la participación de personajes de la política, la religión, las artes y la ciencia, dentro de esa secular organización de canteros. Pero la forma en que fueron admitidos esos personajes ajenos al oficio de la construcción en las logias secretas, no se ha aclarado satisfactoriamente en ninguno de los miles de libros escritos sobre el tema; sin embargo se hacen varias especulaciones basadas en ciertos indicios tales como los documentos de la logia de Edimburgo, en 1600, que menciona la admisión de un miembro honorario, y en 1670 la logia de Aberdeen incluía ya a cuatro nobles, tres caballeros, quince menestrales ajenos a la construcción y sólo diez canteros. Este puede ser el origen más antiguo conocido en la historia de la masonería acerca de la admisión de personajes ajenos al oficio de la construcción que determinó inicial-mente la formación de las fraternidades en su nueva versión. Pero con mayor certeza, la historia de admisión de miembros ajenos al oficio de canteros, se sigue a partir de 1619, cuando en la Compañía de Masones de Londres se crea una especie de departamento denominada acception cuya ocupación era precisamente la de determinar si se aceptaban o no en la logia, a aspirantes ajenos al gremio de los canteros. La creación de ese apartado hace suponer la enorme demanda de aspirantes y la necesidad de una rigurosa selección por parte de los masones. Quienes no tenían el oficio y eran admitidos en la logia, eran conocidos como masones adeptos o caballeros masones; pertenecían a la sociedad pero bajo cierta marginación aunque comprometidos voluntariamente a pagar incluso el doble de las cuotas establecidas para los afiliados corrientes e igualmente obligados a guardar solidaridad y ayuda para los integrantes de la logia, como cualquier otro de los miembros en plena facultad de derechos y acceso a los secretos. Aunque al respecto los datos son vagos y no queda otro camino que la especulación, el misterio es mayor sobre los motivos que impulsaron a encumbrados personajes de la nobleza, de las ciencias y de las artes a ingresar a esa fraternidad de modestos trabajadores. Quizá haya sido por la influencia renacentista que impulsaba a los hombres a buscar formas de vida más encaminadas a lo espiritual; tal vez su carácter secreto les hiciera suponer que al igual que en la alquimia, se buscaba desentrañar los misterios de la vida, de la naturaleza y llegar al verdadero conocimiento del cosmos, alcanzando así la anhelada elevación espiritual. También se da como probabilidad el hecho de que por aquella época surgió un interés inusitado por el conocimiento de la arquitectura y las fraternidades masónicas guardaban todos los secretos en el arte de la construcción, obtenidos a través de generaciones y la única forma de aprenderlos era ingresando directamente en las logias desde el primer grado para ir ascendiendo en los diversos grados y llegar finalmente al de Gran Maestro, conocedor de los máximos secretos y primera autoridad en la materia.

Más adelante cuando la arquitectura se desarrolló como profesión independiente y plenamente reconocida, con un rigor de estudios como en otras carreras, los arquitectos ingresaron en las logias masónicas con el objeto de conocer la tradición de los más antiguos canteros y de sus antecesores, y también éste era el método más eficaz para conocer la historia de las construcciones medioevales. Hubo un momento en que, muy a pesar de los auténticos masones, pertenecer a una logia se convirtió casi en una moda, moda muy exótica por las peculiaridades de la fraternidad que siempre exigía mantenerse en secreto y que castigaba hasta entonces sólo con la expulsión de quienes violaran el juramento de admisión. Por otra parte, las ideas y obligaciones de solidaridad también alentaban a muchos aspirantes y era una forma de asegurarse una ayuda que espontáneamente en la sociedad no se lograría, de no ser por coincidencia en cuanto a profesiones y nivel social. De cualquier forma, la influencia de hombres por completo ajenos a la construcción arquitectónica, determinó el nacimiento de la simbología entre la construcción material y la construcción espiritual. La piedra sin labrar, que forma parte esencial del simbolismo actual de las logias, significó desde entonces lo que es el ser humano al principio de su formación y la piedra labrada fue el emblema de la vida de un hombre regido por el estudio, la disciplina y la formación religiosa en las logias masónicas, y como actitud ante la época, como posición vanguardista, muy anticipada a lo que era la exigencia del momento. en el primer Libro de los Estatutos de los masones, conocido en el año 1722, se definía su apertura a todas las religiones, sus miembros podrían pertenecer al culto que desearan, excluyendo únicamente a los ateos. Aquí también implícitamente se trataba de armonizar creencias religiosas antagónicas para reforzar su dedicación moral pasando por alto diferencias no sustanciales.

Una diferencia más de la francmasonería, con respecto a otras sociedades secretas, es el menosprecio de sus miembros hacia la labor de proselitismo, aún desde sus primeras épocas. La francmasonería, lejos de gastar esfuerzos por conseguir nuevos miembros, trata de mantenerse en el mayor secreto y sólo es posible ingresar a una logia cuando dos masones formulan la petición ante los demás integrantes de la logia a nombre del aspirante antes que éste se presente directamente en el templo. Los padrinos han de explicar ante sus colegas masones quién es el aspirante y recomendar su admisión, argumentando motivos satisfactorios. Antes de la admisión definitiva es necesaria la aprobación de la logia para conocer al presunto neófito y si la respuesta es positiva entonces otros masones -ya no los padrinos- sostienen entrevistas personales con el aspirante y en ellas se le inquiere exclusivamente sobre los motivos que le impulsan a pertenecer a la fraternidad. Todos los masones que se entrevistan con el virtual iniciado han de reportar ante el consejo general los resultados de la entrevista y, según el caso, recomendar o vetar su admisión. Si el resultado es favorable, el neófito todavía ha de pasar por otras pruebas antes de ser admitido definitivamente, y aún en esté último caso deberá ir ascendiendo desde el grado inferior hasta los mayores que no corresponden exclusivamente a los jerarcas dirigentes, sino que las mayores distinciones se otorgan en atención a otros méritos y no necesariamente les obliga a desempeñar roles de dirigentes como en cambio sí ocurre en otras sociedades secretas, en las que la ambición de escalar grados superiores va íntimamente dirigida a obtener como resultado colocarse en posiciones privilegiadas.

Los rituales de admisión actuales combinan fórmulas modernas, y todavía mucho de la simbología original tamizada por las aportaciones y transformaciones producidas durante el siglo XVII. Una vez que el aspirante ha sido aceptado, debe pasar por el ritual de admisión que consiste, a grandes rasgos, en lo siguiente: lo primero que se hace es despojarse de la chaqueta, la corbata, el dinero que lleve en los bolsillos y demás objetos, así como relojes, pulseras, anillos, etc.; el significado de esto es recibirle “pobre y sin un duro” para que siempre recuerde que fue recibido en la fraternidad con las manos vacías y prácticamente desamparado, lo cual le obligará moralmente a prestar ayuda a otro masón cuando éste se encuentre en desgracia o en necesidad de ser socorrido según las normas de la fraternidad. Enseguida se le descubre la pierna izquierda subiéndole el pantalón a la altura de la rodilla; se le abre la camisa para desnudarle el pecho, sólo el lado izquierdo; el pie derecho se le descalza colocándole una zapatilla, y en esa situación se le vendan los ojos. Esto último se explica fácilmente, como simbolismo de haber sido admitido por la hermandad en estado de oscuridad. Esta es la preparación de atuendo para luego iniciarse la ceremonia propiamente dicha que principia cuando al nuevo miembro se le coloca un dogal sobre el cuello tirando de él para conducirle hasta la puerta; a su entrada está esperándole el Guardián Interior que le impide la entrada apuntándole con una daga al pecho, pero enseguida le franquea el paso hasta el Venerable Maestro que eleva una oración al Padre Todopoderoso, Supremo Rector del Universo haciéndole una serie de preguntas cuyas respuestas el neófito debe haber aprendido previamente. Inmediatamente después el nuevo aspirante se arrodilla de una forma muy peculiar, colocando el pie derecho en ángulo recto y con las puntas de un compás sobre un pecho descubierto hace el juramento de guardar fidelidad a los secretos masónicos, y acepta ser castigado, además de la expulsión, con sanciones verdaderamente sanguinarias como la horca y ser cortada su lengua, pero en realidad nunca se ha sabido que se haya aplicado algún tipo de sacrificios de esta naturaleza, sólo se ha llegado al caso de expulsión definitiva, a lo largo de la historia masónica, en atención a que sus miembros han ocupado prominentes cargos en la política y en las dirigencias financieras; de esa forma, y no de otra, han ejercido las sanciones cuando ha sido necesario, pero más que en plan vengativo como sí ocurriría en otras circunstancias, ha sido negada la solidaridad al miembro desleal. La ceremonia de iniciación continúa cuando el nuevo aspirante se encuentre frente al Venerable Maestro y le son quitadas la soga que llega al cuello y la venda de los ojos; el mismo Venerable Maestro indica entonces en qué ha consistido cada una de las pruebas por las cuales ha sido sometido, pues el descalzarle y descubrirle una parte del pecho y una pierna, no son solamente caprichos rituales, sino que tiene un significado profundo dentro de la simbología masónica. En ese mismo momento el neófito por primera vez practica un saludo especial consistente en dar la mano oprimiendo el dedo índice de la mano que estrecha con el dedo pulgar, y también da un paso corto adelantando el pie izquierdo que se une con el talón del derecho a la altura del empeine. Se le considera formalmente Aprendiz Aceptado al entregársele el mandil que ha de llevar en ¡as sesiones de la logia, al tiempo que recibe unas “herramientas de trabajo” en su calidad de aprendiz en primer grado sólo recibe un calibrador de 24 pulgadas, cada una de éstas simbolizan las mismas horas del día y de la noche, con la precisión de emplearlas racionalmente distribuidas en tiempo dedicado al trabajo, al sano descanso y desde luego al auxilio de los hermanos masones cuando lo necesiten, pero también de manera muy importante se subraya la obligación moral que tiene los masones de emplear parte de su tiempo en el cultivo espiritual, en la construcción de ese templo, ya no con cantera sino con actos ordenados, con actos de justicia y responsabilidad que los conducirán al más bello pulido de un alma cultivada al servicio del espíritu. También se entregan un mazo cuyo significado es el poder de la conciencia en la vida de los hombres, y finalmente un escoplo como signo característico de los alcances de la cultura, y también de la dedicación que a ésta deben tener todos los iniciados en la masonería. Para terminar la ceremonia de iniciación el mismo Venerable Maestro hace una perorata sobre los principios masónicos que incluyen la obligación de fidelidad y respeto a los mandamientos de la Biblia y la observancia de las leyes de la sociedad, por supuesto subrayando la legalidad oficial que no excluye, sin embargo, los eventuales juicios dentro de los tribunales masónicos cuando éstos tengan que intervenir para emitir sentencias que deben ser acatadas por todos sus miembros con la obediencia a que se han comprometido en el mismo acto de iniciación celebrado en su momento. Los otros grados que se otorgan pueden ser: Hermano Artesano, Maestro Masón, Caballero del Pelícano, Caballero del Águila, Príncipe Soberano Rosacruz de Hereden, Maestro Perfecto, Príncipe de Jerusalén, Gran Pontífice, Jefe del Tabernáculo, Comandante del Templo, Gran Caballero Kadoch Elegido, Gran Comandante Inquisidor Inspector y Príncipe Sublime del Real Secreto. La forma de ascenso es variada, pero por lo general se da mediante dos procedimientos que pueden ser, o bien la antigüedad dentro de la logia y los méritos mostrados en el interior, o los méritos de la política y, antiguamente, los méritos militares; hoy en ausencia de contiendas bélicas, a la usanza antigua, los méritos en la política valen más pero también ha comenzado el reconocimiento por méritos profesionales en cualquier terreno, en la materia que en la vida exterior desempeñe el masón y, también, desde luego, sus méritos obtenidos en el campo del arte y de la cultura.

La mayoría de los templos masónicos, o logias tienen la misma forma material; se siguen prácticamente los mismos modelos arquitectónicos que siendo muy simples, tienen a la vez naturalmente, grandes significados y no es mero capricho su peculiar forma. El modelo más común encontrado en América y en Europa, es el de un salón en forma rectangular cuya orientación coincide con la de las iglesias; la puerta principal generalmente se ubica hacia el occidente; dentro de ella, el sillón del Venerable Maestro en dirección al Oriente. Como el “camino de la luz”, dentro del templo también se indica esa vía, de oriente a occidente, de ahí la forma de colocación, tanto de la puerta como de la silla del Venerable Maestro. Ningún masón leal, dentro del juramento del secreto, contestará certeramente cuando se le pregunten las medidas interiores de su logia; casi indefectiblemente responderá diciendo que su longitud es la misma que hay de oriente a occidente y que su altura es igual a la que hay entre el nadir y el cenit. El techo de los templos siempre tendrá forma de bóveda constelada que desde luego tiene la significación del cielo cubierto de estrellas, o sea del universo. Y en una de las paredes, la del oriente, tras el sillón del Venerable Maestro, y en la parte superior, se coloca su símbolo clásico, el triángulo con un ojo en medio, al cual se le llama “delta luminoso” y que supone la vigilancia permanente del ojo divino que todo lo abarca y todo lo ve. También aparecen como elementos importantes las dos columnas, de Jachim y Booz, flanqueando la puerta del templo y en el suelo, al centro del salón, un lienzo pintado con los símbolos correspondientes al grado dedicado en la sesión de trabajo. También como elemento decorativo importante se incluye una cuerda con nudos a lo largo, que significa la cadena de unión que mantiene esa cohesión interna entre los miembros de la logia y entre los masones en general; dicho sea de paso, eso mismo tiene el rito especial que es formar un círculo formado entre todos los miembros de la logia, que va de izquierda y derecha integrada por los hermanos como símbolo de su inalterable y solidaria unidad.

Dentro de los reglamentos para formar una logia se establece que bastarían tres de ellos para constituirla; ésa sería una logia simple cuyo único objetivo quedaría limitado a buscar la luz pero incapaces de cualquier otra función. En cambio la logia formada por cinco masones sería “justa” y entre sus funciones estaría el de la capacidad de juzgar y tomar decisiones teóricas pero todavía limitados al poder de aplicar ejecuciones. Cuando son siete los miembros integrantes de una logia ésta ya se considera “justa y perfecta” y sus funciones incluyen la de admitir iniciaciones. La logia completa se forma con diez oficiales que desempeñan trabajos precisos sin que necesariamente dentro de esa clasificación haya implicaciones jerárquicas. Las funciones de los diez oficiales son: el Venerable como presidente del Taller y director de los trabajos. El Primer Vigilante que se encarga de la disciplina general y supervisa, al tiempo que dirige los trabajos de los Compañeros. El Segundo Vigilante tiene como tarea la iniciación de los aprendices en sus primeros trabajos. El Orador debe conocer a la perfección las leyes masónicas para aplicarlas en el momento adecuado e instruir a los neófitos sobre esas mismas cuestiones y vigilar el estricto cumplimiento de los reglamentos. En cada una de las sesiones de trabajo el Orador debe hacer verbales sus conclusiones y darlas a conocer en su forma más concreta ante el total de la concurrencia masónica. El Secretario, como en otras sociedades y organismos normales, es el encargado de la relación de las actas de todos los acuerdos y disposiciones generales de su logia. También participa en esa relación administrativa el de la dirección de la logia y del taller que desarrolla los trabajos. El Experto o Gran Conocedor tiene como responsabilidad conducir a los neófitos en la ceremonia de iniciación, y someterlos al interrogatorio inicial. El Maestro de Ceremonias, como el anterior, conduce parte de la Ceremonia de iniciación para los neófitos, pero con mayor precisión los va guiando por su recinto, según el ritual de admisión. Existe un tesorero cuyas obligaciones son las mismas de quien desempeña ese cargo en cualquier otra asociación u organismo; recauda las cuotas y lleva la contabilidad general sobre gastos e ingresos, administrando convenientemente a favor de su logia. El Hospitalario, o también llamado “elemosinario” se encarga de visitar a los Hermanos Masones enfermos o necesitados de ayuda y otorga incluso la ayuda económica a quien lo necesita. El guardián, que puede ser uno o varios, se encarga también, como su nombre lo indica, de vigilar la puerta de la logia y una vez comenzada la sesión vigila la entrada y es él quien decide la entrada o la niega cuando la sesión ha comenzado. Los treinta y tres grados que se otorgan son, de menor a mayor: Aprendiz, 20. Compañero, 30. Maestro, 40. Maestro Secreto, 50. Maestro Perfecto, 60. Secretario Intimo, 70. Probeste Juez, 80. Intendente, 90. Maestro Electo de los Nueve, 100. Maestro Electo de los Quince, 110. Sublime Caballero Electo, 120. Gran Maestro Arquitecto, 130. Arca Real, 140. Gran Escocés de la Sagrada Bóveda de Jacobo VI, 150. Caballero de la Espada de Oriente, 160. Príncipe de Jerusalén y Gran Consejero Jefe de las Logias, 170. Caballero de Apocalipsis o de Oriente y de Occidente, 180. Soberano Príncipe Rosacruz, 190. Gran Pontífice o Sublime Escocés, 200. Venerable Gran Maestre o Maestro de todas las Logias, 210. Noaquita o Caballero Prusiano, 220. Caballero Hacha Real o Príncipe del Líbano, 230. Jefe del Tabernáculo, 240. Príncipe del Tabernáculo, 250. Caballero de la Sierpe de Bronce, 260. Trinitario Escocés y Príncipe de la Merced, 270. Gran Comendador del Templo de Jerusalén, 280. Caballero del Sol, 290. Patriarca de las Cruzadas, Caballero del Sol y Gran Maestro de la Luz, 300. Caballero Ka-doch, 310. Gran Inspector Comendador, 320. Sublime Príncipe del Gran Secreto y 330. Soberano Gran Inspector General.

La verdadera fuerza masónica tuvo su esplendor casi al final del siglo XVIII, cuando muchos monarcas de varios países pertenecieron a sus logias y consecuentemente la afición era compartida por sus ministros y los miembros de la nobleza quienes, más preocupados por la consideración personal de sus majestades, compartían, aunque fuera sólo por obtener prendas, esas mismas aficiones. Tanto que durante la década de 1870 a 1810, bien puede afirmarse que dentro de las logias tenía lugar la decisión monárquica sobre los nombramientos de los ministros y presuntos candidatos a cargos de tal envergadura, en las cuales los reyes tomaban más en cuenta la opinión -e incluso la presión de su logia-que la del propio consejo real, o más bien, en muchas ocasiones el verdadero consejo lo constituían las propias logias que obligaron a los monarcas a tomar determinaciones aun en contra de su real voluntad, presionados por la decisión de los masones y por su juramento de lealtad, solidaridad, etc., todavía por casos de imposiciones de quienes dentro de la masonería ocupaban mayores grados. En los Estados Unidos el cuarenta por ciento de los presidentes han sido masones, basta citar unos cuantos nombres: George Washington, Monroe, Jackson, Polk, Buchanan, Johnson, Garfield, Mcklin D. Roosevelt, Truman y Einsenhower, entre otros. En otros países, como España por ejemplo, aunque la masonería no tuvo gran acogida, también fueron muchos los personajes famosos que pasaron por sus logias, el conde de Aranda don Pedro Pablo Abarca de Bolea, don Pedro Rodríguez de Campomanes, don Miguel María de Nava, el conde de Montijo, don Luis Urquijo, el Secretario del Santo Oficio, don Juan Antonio Llorente. La primera logia que hubo en España se instaló precisamente en Madrid, en una sala de la “Fonda de la Flor de Lis”, en la Calle Ancha de San Bernardo y cuando reinaba Felipe V, auxiliado por una bula papal rubricada por Clemente XII prohibió las prácticas masónicas en su reino. Pero más tarde, durante el gobierno de Carlos III la hermandad volvió a cobrar fuerza. La mayoría de los ministros y la nobleza durante los reinados de Carlos IV, Fernando VII e Isabel II se favoreció mucho la práctica de la masonería, siempre bajo sus propias normas de hermetismo y nunca de proselitismo pues la selectividad en la admisión ha sido característica común en todos los tiempos de la masonería, quizá en esa selectividad radique parte de su poder y enorme atracción, contrariamente a lo que ha ocurrido en otras también poderosísimas asociaciones pero que han pasado a ser simple recuerdo y tuvieron tiempos difíciles en los cuales la membresía llegó a ser ofrecida públicamente como cualquier otro producto a la venta en el mercado al alcance del bolsillo. En cambio la masonería, desde que dejó de ser exclusivamente de los modestos trabajadores de la construcción alojó en sus logias a los más poderosos hombres de la política a los más famosos de las artes y las ciencias y a los legendarios generales. Nadie hacía proselitismo y entrar a la masonería era realmente una dificultad que en la mayoría de los casos se planteaba como reto, como misterio que sólo podría descubrirse ingresando directamente en una de las logias y, una vez dentro, eran pocos los desleales porque además del juramento del secreto que en realidad no aplicaba sanciones verdaderamente temibles, se tenía una atmósfera de solidaridad escasamente asequible en otro medio.

La moderna masonería se ubica a partir de la constitución y promulgación de los Estatutos elaborados por James Anderson (1684 - 1739) quien siendo clérigo de la Iglesia de Escocia redactó ese documento cuyo contenido es el ritual y el simbolismo y los reglamentos generales de la francmasonería. La iniciativa de contar con un documento de esa naturaleza partió de la unificación de las cuatro logias establecidas en Londres, y que agrupadas bajo el nombre de la Gran Logia Unida, se fusionaron en 1717; la influencia de esta unificación se extendió a toda Inglaterra y llegó a contar con simpatizantes y afiliados incluso en las colonias británicas de la época.

La persecución de los masones procede de diversos momentos posteriores al señalado como fundamental para la consideración de la masonería moderna. En 1725, algunos aristócratas y ricos terratenientes ingleses residentes en París, fundaron una logia en esta ciudad y al poco tiempo despertó fuertes simpatías entre la población local. Su carácter secreto no lo fue tanto realmente, puesto que inmediatamente se supo de su existencia y fue la causa de que Luis XV prohibiera en 1737 a sus súbditos todo contacto con la masonería por considerarla subversiva y peligrosa para la estabilidad de su gobierno. En este caso, sin estar muy enterado de lo que en realidad era la masonería, Luis XV la prohibió por ser de “importación inglesa”; fueron rivalidades, prejuicios similares los que determinaron su proscripción más feroz. La misma reacción se observó en el reino de Nápoles y en España con la ya mencionada prohibición de Felipe V. En cambio en países como Alemania y Austria la situación fue diametralmente opuesta; Federico el Grande fue protector y promotor de la masonería en Prusia, él mismo alcanzó el grado de Gran Maestro. Otros personajes como Francisco I de Austria y José II también fueron destacados miembros de la logia; W. A. Mozart fue entusiasta masón y vivió una atmósfera que protegía esa práctica desde el mismo gobierno monárquico, induciendo así su favoritismo entre la nobleza, entre los artistas y los miembros del gobierno real.

Durante el siglo XVIII la masonería adoptó de alguna forma las corrientes filosóficas de moda; dentro de las logias se discutieron sus conveniencias e incluso las tendencias políticas planteadas en aquellos momentos merecieron la más seria consideración de los prominentes masones que también ocupaban destacados puestos en la política y en los gobiernos, sorteando las prohibiciones reales, o gozando de la protección monárquica según los tiempos y el humor del rey en turno. También se incluyó en los motivos de preocupación dentro de las logias la marcada moda de estudiar las tradiciones hermético-cabalísticas adoptada por los rosacruces, mas cuando muchos miembros de la Fraternidad de la Cruz Rosada también pertenecían a las logias francmasónicas existió cierto paralelismo entre ambas hermandades; de hecho hay muchas consideraciones tendientes a señalar a los rosacruces como herederos de los francmasones, aunque por otra parte el rosacrucismo evolucionó independientemente y los miembros de esa orden se empeñaron en difundir una historia propia y también muy antigua. El ritual de admisión también contenía muchas y muy marcadas diferencias; mientras que efectivamente la francmasonería trataba de mantenerse en secreto o, por lo menos, no hacía tan fácil el acceso a sus logias para los aspirantes a pertenecer a la fraternidad; los rosacruces trataban de ganar adeptos incluso lanzando anuncios públicos con fantásticas promesas. Sin embargo de éstas marcadas influencias los rosacruces recibieron formas de organización interna y los francmasones adoptaron títulos y grados superiores que hasta entonces no existían y muchos de sus miembros se oponían a ellos. De ahí la segunda división importante de que se tiene noticia; la primera fue cuando se promulgaron los Estatutos de Anderson que propició una escisión entre masones, podría decirse modernos y masones fielmente apegados a su tradición más ortodoxa; después de una temporal separación de logias se llegó a un acuerdo y se recuperó la unidad que ha dado fuerza a la francmasonería. En Francia surgieron las nuevas disputas por una tendencia a favor de la inclusión de los nuevos grados y otra en cambio que se oponía a tal innovación. La conciliación se logró finalmente merced a la habilidad del duque de Orleáns que después colaboró decisivamente en la Revolución Francesa utilizando el seudónimo Phillipe Egalité; éste y el Chevalier Ramsay utilizaron su influencia dentro de las logias francesas para apoyar la restauración de los Estuardo en el trono; el Vaticano apoyaba el mismo movimiento, pero cuando Jacobo Estuardo se negó a recibir el apoyo de Egalité y del Chevalier Ramsay se habló de que en algunas logias italianas, principalmente en las de Roma y de Florencia, había infiltraciones de espías londinenses, librepensadores italianos, jansenistas y otros personajes que no gozaban del aprecio de los Estuardo ni de sus simpatizantes. Quizás ése fue el factor determinante para que en 1738 el Papa Clemente XII firmara una bula prohibiendo a los católicos todo contacto con la masonería, y aún apoyarla, favorecerla directa o indirectamente so pena de excomunión. El motivo formal que apoyaba su prohibición era muy simple: si se ocultaban era porque realizaban Cactos perversos, de lo contrario harían sus sesiones abiertas, a la luz del día. Así asociaba lo oculto con la conspiración, con todo lo maligno que hubiera; les acusó de sospechosos de herejía e incluso mencionó directamente “otros motivos” que atentaban contra la seguridad pública y la paz del Estado temporal. En una palabra, se les acusó de subversivos y perversos pero en ningún momento se presentaron cargos concretos, toda la censura se basó en esos términos y tampoco se llegó a la intervención ni de los tribunales monárquicos ni de la Santa Inquisición, solamente se les censuraba y se aprovechaba de la obediencia de la grey católica para restarles simpatías y favorecedores en el momento en que obviamente había otros intereses políticos de mayor envergadura que la atención espiritual; sólo en España y en Portugal la Inquisición actuó en su forma tradicional persiguiendo a masones y a sospechosos de serlo, a todos se les aplicaba los mismos tormentos característicos de los procesos inquisitoriales.

El sucesor de Clemente XII, Benedicto XIV confirmó la misma bula en 1751 y sostuvo el rechazo de la Iglesia católica a todo lo relacionado con la masonería, más aún, censurándola y amenazando de excomunión a los católicos que participasen de alguna forma en las reuniones secretas de la logia o a quienes favorecieran la influencia de la masonería a quienes acataran sus enseñanzas, sus disposiciones generales. Así una vez más en la historia, la alianza entre el clero católico y el Estado fue en defensa de sus intereses mutuos asegurando la marginación de quienes salieran de ese esquema de acción y pensamiento.

Dentro de la masonería el afán de construir templos espirituales y alcanzar el conocimiento de la luz, se impulsaba la libre discusión de los sistemas filosóficos en boga e incluso se cuestionaban las formas de gobierno del momento; eso ciertamente significaba un peligro para la estabilidad de los regímenes tiránicos. Defendían la libertad de pensamiento alentando aun la discrepancia; los puntos de vista contrarios siempre tenían cabida dentro de las sesiones de la logia. Eran muchos los masones seriamente empeñados en encontrar esa luz que simbolizaba el objetivo de la fraternidad, aunque también eran muchos los que pertenecían a las logias sólo por diversión, como hubieran podido pertenecer a otro club social sin ninguna ambición de tipo filosófico. La persecución estatal obligó a muchas logias a plantearse el despotismo gubernamental como problema que les afectaba directamente aunque no tan gravemente como oprimía a otras clases sociales, pues, a partir de la masonería especulativa que desplazó a la masonería práctica, los modestos trabajadores de la construcción pasaron a un segundo piano dentro de las logias y, a finales del siglo XVIII, eran realmente pocos los auténticos trabajadores que militaban dentro de la masonería; sus principales integrantes eran miembros de la clase media acomodada o de la aristocracia progresista que admitía en sus esquemas de pensamiento las nuevas corrientes filosóficas e incubaban cierta rebelión contra las coacciones monárquicas, alentados por el afán de conocimiento, por las nuevas ideas que daban respuesta a las expectativas de un mundo desconcertado. Ser masón en aquella época era firmar un enfrentamiento contra la Iglesia y el Estado, aliados en la defensa de sus intereses que significaban marcar sólo una corriente de pensamiento rechazando innovaciones subversivas para el orden establecido.

El afán de saber llevaba implícitas ciertas exigencias esenciales de libertad y de profundos cambios sociales que inicialmente la francmasonería no perseguía como único fin, pero que sí necesitaba para alcanzar sus objetivos de iluminación total. Fue ésa la causa de que observaran objetivamente el sometimiento en que vivían y decidieron luchar por algunas transformaciones, primeramente en beneficio directo de su saber, de sus libertades como seres humanos de practicar el culto religioso que más les convenciera, de reunirse sin cortapisas en secreto o abiertamente. De estas ideas disidentes, contenidas al principio sólo en el terreno de la ideología masónica, se pasó a cuestiones más concretas que les obligaban a adoptar posturas más definidas, a veces adoptando métodos radicales. En suma, se planteaba un cambio que comprendía la abolición del sistema feudal y la tendencia se orientaba hacia un sistema democrático, en el cual todos los ciudadanos tuvieran participación de las disposiciones que afectaban la vida colectiva ya no dependiendo exclusivamente de la voluntad de un señor instalado en el gobierno autocrático simplemente por herencia familiar.

El famoso episodio de la Enciclopedia repercutió directamente en la masonería por varios motivos, uno de ellos que muchos de los enciclopedistas también eran masones, y otro, que el contenido ideológico de ese movimiento significó la respuesta de humanitarismo, cosmopolitismo y racionalismo que el mundo estaba buscando, y que los masones creyeron viable para alcanzar sus ideales de iluminación. Denis Diderot dirigió el proyecto de la enciclopedia francesa, era masón; él mismo escribió abundantes capítulos de esa extensa obra y sufrió en carne propia las persecuciones estatales por las ideas que sustentaba él mismo y otros notables filósofos conocidos como los filósofos de la Ilustración (Voltaire, de quien también se ha dicho que era francmasón, o por lo menos obviamente participaba de sus aficiones y era simpatizante de esa fraternidad, si no es que también era miembro secreto; Rousseau, Montesquieu, d’Holbach y d’Alembert, entre otros), formaron parte de ese movimiento y claramente se les puede identificar, si no como afiliados a la francmasonería, por lo menos sí simpatizantes de sus ideas. La esencia ideológica que propició la censura del Estado y de la Iglesia consistía en las afirmaciones de ciertas obligaciones del gobierno, tales como la de propiciar e! bienestar del pueblo gobernado antes de ocuparse de otras cuestiones, pues sólo era ésa la principal causa de preocupación del régimen, según las ideas de la Ilustración; ésa era la primordial función del gobierno, o por lo menos la más importante. Se ponía en tela de juicio cualquier idea que no fuese demostrada racionalmente, y de ahí resultaban las discrepancias con respecto a la religión, se planteaba la duda sobre todo ante la imposición de creencias sustentada por la Iglesia católica. La respuesta del Estado y de la Iglesia fue ia inmediata prohibición de la obra desde el año 1751 cuando se publicó por primera vez en veintiocho tomos; al mismo tiempo, Diderot como director de la obra y otros de sus colaboradores fueron encarcelados pero la Enciclopedia seguía difundiendo sus increpaciones vendiéndose clandestinamente e imprimiéndose en igual forma, sorteando las dificultades del abierto boicoteo oficial secundado por fanáticos de la religión, conservadores y adictos al régimen o simplemente subordinados. Las doctrinas de la Ilustración influyeron sobre el movimiento de independencia en Estados Unidos donde los libertadores se acogieron al pensamiento vanguardista de la Europa del siglo de las luces. Benjamín Franklin, quien fundó la Sociedad Filosófica Americana, también fue masón y Gran Maestro de Pensilvania; a través de esta logia recibió y propagó la francmasonería y las tendencias enciclopedistas que colaboraron en el soporte filosófico de su movimiento emancipador. También fueron masones Alexander Hamilton, Paul Reveré, John Paul Jones y La Fayette, entre otros, que difundieron en Estados Unidos las teorías de la francmasonería aunadas a los ideales enciclopedistas con un nuevo concepto de la libertad y llevada a la práctica en el nuevo continente. Otro episodio que asocia a la francmasonería con las rebeliones políticas, lo constituye la integración del grupo “Iluminati”, fundado en 1776 por Adam Weishaupt; el origen de esta agrupación está en el deseo de reformistas y francmasones de realizar el proyecto de Mirabeau de aprovechar el esquema de organización de los jesuitas para “ilustrar a los hombres, hacerlos libres y felices”, difundiendo la sabiduría, las más elevadas prácticas espirituales, lograr una total transformación de la humanidad para construir un mundo ideal liberado de las injusticias y autoritarismos. En principio la asociación de los “iluminati” no pertenecía directamente a ninguna logia, pero su iniciador y otros de sus seguidores ingresaron a la masonería pretendiendo lograr su control interno y transformar sus esquemas, reglamentos y objetivos, aprovechando la aportación de los hombres más valiosos que militaran dentro de la francmasonería. En cierta forma Weishaupt logró su objetivo infiltrando sus ideas a través de las logias, pero no pudo continuar más allá ni soportar los ataques de los jesuitas que se vieron agredidos frontalmente y decidieron mantener la supremacía de su organización, imitada en cuanto a su estructura interna pero sustancialmente transformada en cuanto a sus finalidades, sobre todo en el aspecto señalado por los “iluminados” de hacer desaparecer de la tierra a los príncipes sin “ninguna violencia”, lo cual también atentaba contra los intereses monárquicos y del imperio clerical; los jesuitas, empeñados en desaparecer a, su organización rival, se valieron de truculencias para desplazar la influencia del incitador de esa nueva cruzada espiritual y la tentativa a la cual estuvieron unidos los francmasones seguidores de los iluminados. Estos desaparecen totalmente a mediados de la octava década del siglo XVII y no se guardan otras noticias de posteriores resurgimientos o consecuencias; liquidado el principal promotor de la obra sus discípulos también se replegaron.

Estas, entre otras, han sido las causas históricas por las cuales la francmasonería ha sido censurada y de ahí que todavía hoy no sea muy bien aceptada en ciertos países y ciertos círculos sociales; persiste sobre todo cierta creencia de que ser masón es negar la religión católica, participar en secretas conspiraciones o bien ser representante del más diabólico comunismo, o del más expoliador capitalismo. Ni siquiera hay coincidencia en cuanto al objeto censurable, pero todas esas distorsiones actuales tienen su origen en otros acontecimientos históricos dentro de los cuales los francmasones del momento estuvieron identificados como importantes protagonistas. Insistir ahora en la participación masónica en la Revolución Francesa, sería una perogrullada; pero en cambio sí conviene puntualizar, sin pretender afirmar como algunos lo han hecho, que ese movimiento provino de una conspiración fraguada en una logia, muchos de los protagonistas principales de la subversión liberadora fueron destacados masones. Por otra parte, también es innegable, dicho e interpretado dentro de sus justas dimensiones, que la masonería francesa de finales del siglo XVIII apoyó firmemente el estallido de la revolución; muchos hombres de letras, pensadores famosos y clase media acomodada, librepensadores acomodados apoyaron ese movimiento; quizá dentro de las reuniones de la logia efectivamente haya surgido algún contacto personal de los protagonistas del movimiento de 1879; seguramente que dentro de los trabajos de talleres se comentó y discutió el rumbo de los acontecimientos. Tal vez alguno de aquellos intercambios de opiniones haya representado utilidad práctica para el movimiento conspirador, pero siempre en forma aislada, es decir, la francmasonería como organización no participó directamente en la rebelión y sí sus miembros en la medida de otros intereses y otras circunstancias perfectamente registrados por la historia. También, como se argumenta a favor de la participación de los masones en ese levantamiento y del apoyo que sus miembros le brindaron, deben mencionarse las suspicacias que para muchos de los revolucionarios representaron las herméticas logias, donde llegó a considerarse que se escondían grupos contrarrevolucionarios y espías de la monarquía, lo cual tampoco debe destacarse, sobre todo, considerando que durante mucho tiempo la nobleza más representativa acudía a las sesiones de taller haciendo unas veces el trabajo indicado por la logia, pero también llevando su frivolidad característica y dejando algo de atmósfera de aristocrática tertulia. Fue tal la controversia, y más la desconfianza, que en 1792, estando los jacobinos al frente del poder, la francmasonería fue prohibida por sospecharse de que sus reuniones a puerta cerrada podrían ser origen de conspiraciones en contra del régimen revolucionario; sin embargo, y tal vez sólo como rumor de defensa, se señaló a Marat, Dantón, Robespierre y otros encumbrados jacobinos como militantes masones; la circunstancia histórica, no obstante sin llegar a desmentir esa afirmación, pone de manifiesto que en cualquier caso, llegado el momento de determinar la prohibición, éstos actuaron más de acuerdo a los intereses revolucionarios que a su virtual militancia masónica. Fue hasta 1798, cuando bajo el gobierno de Napoleón la francmasonería volvió a recuperar su “legalidad” para sesionar en secreto como era su tradición. El autoproclamado emperador otorgó su beneplácito a los francmasones, no tanto por convencimiento ni por simpatía, sino como medida política; al tiempo que les permitía la restauración dentro de la legalidad de su régimen recomendó el ingreso de su hermano en la gran logia; así el hilarante personaje pronto alcanzó el grado de Gran Maestro. Los más ortodoxos masones tuvieron que soportar la burla en atención a la conveniencia que significaba la protección oficial que además reportó otros beneficios incluso de carácter personal para los más influyentes miembros de la fraternidad. Esto significó también la primera enseñanza práctica obtenida por la logia respecto a colocarse oportunamente del lado de los poderosos y de los vendedores; era obvio en aquel momento que la fraternidad no simpatizaba totalmente con el régimen napoleónico, sin embargo, mientras éste se mantuvo en el poder no faltaron las adulaciones y en el mejor de los casos la reverencia a respetuosa distancia. Su ambivalencia se manifestó claramente cuando la fraternidad aplaudió el ascenso de la Casa de Borbón en 1814, vemos nuevamente a Napoleón en el episodio de los Cien Días y otra vez al Rey de Borbón cuando el emperador fue derrocado en Waterloo.

En Italia la masonería tuvo una directa y evidente participación en los acontecimientos políticos del país, pero en este caso su acción se valió de una táctica diferente y para ello se crearon otros grupos secretos llamados carbonarios; muchos de los integrantes de esa sociedad secreta (más secreta que la francmasonería) también lo eran de las logias. Uno de sus más destacados miembros fue Garibaldi quien dirigió el movimiento de unificación nacional. Este acontecimiento fue decisivo para ratificar la censura vaticana contra la masonería, aquí ya por tratarse de un enfrentamiento político abierto, que iba mucho más allá de lo que la tolerancia pontificia podría permitir. El Vaticano se oponía a la unidad nacional porque, de lograrse, afectaría sus intereses ya que actuaba como rector de muchos pequeños reinos, en tanto que otros estaban en manos de incondicionales feudales que, al mismo tiempo de sostener su propia autocracia, fortalecían el poder de la Iglesia y recibían a cambio su protección; era pues una situación de mutua conveniencia mantener esa división nacional. La magnitud de la censura, y al mismo tiempo del poder masónico, se aprecia en el hecho de que desde 1821 a 1902 los que fueron papas durante ese tiempo publicaron diez severas encíclicas condenando la masonería, prohibiendo a los católicos toda participación en esa fraternidad y condenando con excomunión a quienes la ayudaran o simpatizaran con sus ideas: todavía por estas fechas se esgrimía el gastado argumento de Clemente XII que hacía suponer siniestros fines heréticos como motivo del secreto. Fue a tal nivel difundida esta censura que todavía en muchos países, entre la gente de escasa información y fanática del catolicismo, persiste la desconfianza hacia la francmasonería como consecuencia de aquellas prohibiciones con la asociación de actos perversos, blasfemos contra el catolicismo.

Las relaciones de la francmasonería francesa con los gobiernos de ese país en los años posteriores a la República, fueron tan diversos como los mismos gobernantes; unas veces se les acogía con cierta conveniencia política, otras eran totalmente indiferentes al interés del régimen pero también hubo abiertos rechazos y nuevas prohibiciones o injerencias directas en su vida interior, tal fue el caso de Napoleón III, que, para ejercer un control más directo en las logias, impuso la admisión de su sobrino Lucien Murat como Gran Maestro; durante el tiempo en que Napoleón III se mantuvo en el poder, la fraternidad no tuvo otro remedio que soportar la intromisión y las censuras internas dictadas por el vicario del imperio; cuando cayó este gobierno nuevamente la masonería se vio liberada de esas presiones y manifestó públicamente su agrado. Más adelante en los acontecimientos de La Comuna de París, la francmasonería se colocó en posición combativa frente al gobierno republicano apoyando abiertamente al movimiento socialista. También en ese caso muchos de los más renombrados filósofos e ideólogos del movimiento pertenecían a la fraternidad, de ahí la participación directa de las logias desfilando por las calles parisienses en favor del movimiento socialista y luego en acción armada de rebelión contra el gobierno. Esos acontecimientos, y el ya viejo antagonismo entre la Iglesia y la masonería, acentuaron el divorcio entre la institución clerical y la organización francmasónica. El ataque más sonado contra las logias tuvo lugar en Estados Unidos como corolario a una serie de turbios acontecimientos relacionados con el asesinato de William Morgan que se había dedicado a investigar los secretos de la fraternidad y tras publicar el contenido de sus descubrimientos fue asesinado. La opinión pública atribuyó ese crimen a los masones en 1826, y una encendida turba arremetió contra las logias. No obstante también eran muchos los masones poderosos en el terreno de la política y el desenlace fue la aparición de políticos candidatos de clara filiación masónica y otros antimasónicos. Sin embargo actualmente Estados Unidos es el país donde la masonería ha alcanzado su máximo desarrollo e influencia, más que en otros países europeos donde inicialmente sentó las bases de su organización internacional. La persecución a los masones se extendió en tiempos modernos; durante el apogeo del nazismo, Hitler la prohibió; Mussolini hizo otro tanto y aun cuando esa persecución se identificara con el fascismo, persistió el rechazo de la Iglesia católica; ya no se manifestó en la reprobación abierta ni se ratificaron las prohibiciones de Clemente XII ni de Benedicto XIV pero tampoco se llegó a la total aceptación.

La masonería aún está prohibida en muchos países y en otros, en cambio, es tolerada con discreción; los hay también donde la indiferencia es la única reacción a su existencia. Hoy el único secreto de la masonería es lo que hacen sus miembros dentro de las logias; por lo demás, en mayor o menor medida, se sabe quiénes son francmasones o quiénes lo han sido; de hecho en Estados Unidos muchos políticos famosos han militado dentro de esa fraternidad, lo cual ha contribuido a alentar la creencia de que en esa organización sólo militan hombres poderosos y que dentro de las logias efectivamente hay conciliábulo de repercusión en las más importantes decisiones de la vida pública. También en la moderna sociedad norteamericana muchos hombres de negocios forman parte de la vieja sociedad secreta, pero sus obras concretas pueden apreciarse en instituciones de beneficencia y en la sociedad de ayuda mutua.

Todavía dentro de las logias hay algunos francmasones seriamente empeñados en alcanzar esa iluminación espiritual que inspiró la asociación de los primeros masones especulativos; pero también hay otros que sólo se preocupan por asistir a las sesiones de taller de trabajos por relajarse de las agobiantes actividades financieras cotidianas, o las presiones políticas. Para muchos la francmasonería actualmente es una especie de club social muy selecto donde aún se mantiene el atractivo del misterio y esto compensa esas necesidades de afirmación en un mundo despersonalizado.

LA ORDEN ROSACRUZ

Al lado de los grandes misterios que rodean la historia de la Hermandad de la Cruz Rosada, aparece una verdad irrefutable: es una de las pocas sociedades secretas de más fama fundada en la antigüedad que menos daño ha causado. Aunque también en ésta el hermetismo y el ocultamiento de sus miembros ha propiciado estafas en su nombre, no se cometieron delitos bajo su amparo como ocurrió en otras sociedades secretas protegidas por el prestigio de una fraternidad poderosa. Por otra parte también han diferido los procedimientos y finalidades. Los rosacruces desde su fundación han perseguido la superación personal y de la humanidad, incluso tratando de conciliar valores positivos entre los creyentes “de una fuerza superior” que no necesariamente debe ser el cristianismo; tanto protestantes como católicos son admitidos en la actualidad, prácticamente cualquier persona que se tome la molestia de contestar a uno de los anuncios insertados en la prensa por dicha hermandad, puede pertenecer a ella y formar parte de la orden asistiendo personalmente a sus reuniones, o siguiendo sus enseñanzas desde casa, según se prefiera. El objetivo aparente -no hay motivo para pensar lo contrario-, es alcanzar la superación personal buscando valores más trascendentales para el ser humano que los beneficios meramente materiales. El epígono más fidedigno de los rosacruces se encuentra a partir de 1915, cuando se funda la Ancient Mystical Order Rosae Crucis (Antigua Orden Mística de la Rosa Cruz) establecida en San José, California prácticamente a la luz pública; ahora solamente en Estado Unidos cuenta con una membresía superior a los setenta mil miembros y en muchos otros países del mundo funcionan asociaciones adláteres que difunden las mismas enseñanzas dirigidas no a los iniciados y poseedores de dones especiales, sino al hombre común y corriente dispuesto a seguir los preceptos rosacruces para desentrañar los misterios de la vida, aprovechando al máximo los poderes ocultos de la mente. A partir del tercer lustro del presente siglo la historia de la Orden de los Rosacruces se presenta diáfana para el interesado en pertenecer a esa asociación y en general para quien tenga alguna curiosidad sobre el tema.

Pero en cambio los momentos anteriores son oscuros no por prurito de secreto, sino porque los mismos rosa-cruces ignoran la historia verdadera de su orden; ni ellos mismos saben la antigüedad de su existencia que probablemente pudiera precisarse sobre el año 1614, cuando se publica el primer documento conocido atribuido a la orden. Aunque éste da por hecho la existencia de la Hermandad, se ha insistido en suponer que bien pudo haberse tratado de ganar adeptos asegurando su antelación cuando en realidad surgía en ese momento. El documento en cuestión es la Fama Fraternatis de la Meritoria Orden de la Cruz Rosada. Este se publicó por primera vez en Alemania; en él, al tiempo que el Papa, Galeno y Aristóteles eran calificados de falsos maestros, se invitaba a los sabios y grandes pensadores europeos del momento, a pertenecer a dicha orden. Se prometía un verdadero conocimiento de la Naturaleza, se proponía una reforma general y profunda del mundo. Aunque el contenido del documento era de implícito desprecio por los intentos alquimistas de fabricar oro, se ofrecía a los virtuales adeptos, tal vez metafóricamente, mayores riquezas y oro que las recibidas por el reino de España en el tiempo en que el descubrimiento de América reportaba pingües beneficios para toda Europa. Sin embargo no se indicaba la forma de ingresar a la orden ni de ponerse en contacto directo con sus miembros; no obstante las insólitas ofertas, nadie aparecía como cabeza visible al frente de la orden ni se tenía conocimiento de alguna aportación filosófica o científica que respaldara esos ofrecimientos. El efecto entonces era de total ‘desconcierto; los grandes pensadores no sabían si se encontraban frente a una misteriosa agrupación de eruditos o frente a una broma de charlatanes. La reacción general fue de expectación; el documento respondía a una serie de ideales y preocupaciones vanguardistas de la época. Ya antes algunos filósofos habían hecho patente su inquietud por los cambios de la Europa del siglo XVII; por otra parte durante los siglos XV y XVI muchos renombrados eruditos habían estudiado con especial atención los secretos de la alquimia y la cábala; éstos se conciliaban con los anhelos renacentistas y a partir de entonces merecieron otra consideración. Bajo esa atmósfera nació el rosacrucismo. Su primera manifestación escrita, La Fama, relataba la biografía de Christian Rosenkreuz a quien se le atribuye la fundación de la hermandad. De él hay datos precisos como las fechas de su nacimiento, (1378) y de su muerte (1604); su permanente búsqueda a lo largo de su vida hasta que finalmente encontró el anhelado conocimiento. A Rosenkreuz se le describe como nacido en el seno de una familia noble, en decadencia económica, a los cuatro años ingresó a un monasterio donde recibió las primeras enseñanzas que determinaron su vida mística. En ese ambiente transcurrió su infancia y parte de su adolescencia. Todavía siendo joven fue escogido por un fraile para ir en una peregrinación a Jerusalén. Cuenta La Fama que el viejo fraile murió en el camino, cerca de Chipre, y el joven Christian tuvo que permanecer en Damasco donde dio a conocer sus conocimientos sobre medicina y pronto se hizo famoso por ellos; no obstante su juventud rápidamente alcanzó prestigio y reconocimiento. Pero no permaneció mucho tiempo en esa ciudad; continuó su camino hacia una ciudad árabe, (el nombre que cuenta la historia probablemente sea imaginario), ahí vivían los hombres más sabios, conocedores de todos los misterios en torno a la Naturaleza. La llegada del joven Christian supuestamente estaba prevista por los eruditos de manera que le aguardaban para entregarle toda la sabiduría enseñándole árabe, física, matemáticas, el Libro M -una especie de compendio, de los secretos universales que luego Rosenkreuz tradujo al latín-; continuó estudiando botánica y zoología en Egipto; también se ocupó de la cábala y fue entonces cuando se sintió preparado para verter todos esos conocimientos en Europa entre los sabios y más distinguidos hombres de ciencia. Primero pasó por España donde no tuvo ningún eco en sus promociones, más bien al contrario se le veía con cierta actitud de rechazo. Bajo esas circunstancias optó por intentarlo en Alemania, ahí se dedicó a escribir un libro cuya intención llenaría los máximos ideales humanos; para esa obra requirió la ayuda de los siete frailes que más tarde constituirán la base de la Fraternidad de los Rosacruces. Estos frailes pertenecían al monasterio donde Rosenkreuz recibió albergue durante su infancia. Una vez terminado el libro fundaron la Fraternidad de la Cruz Rosada; para extender sus enseñanzas por toda Europa decidieron dispersarse en diferentes países, prometiéndose dedicación a su ideal, comprometidos entre sí a enseñar los conocimientos adquiridos en la secreta erudición oriental por el afortunado joven Rosenkreuz. Curarían gratuitamente, mantendrían la apariencia de personas normales, es decir, no vestirían ninguna ropa especial y cada año celebrarían una reunión en Alemania para mantener viva la cohesión de esa fraternidad. Cada uno de ellos igualmente se comprometía a nombrar un sucesor antes de morir; esa selección debería ser muy rigurosa y acertada para que éste continuase las enseñanzas y diera inmortalidad a la fraternidad pues también el sucesor se obligaba a los mismos compromisos que su iniciador. El sello serían las iniciales R.C., como identificación de la fraternidad, y su secreto se mantendría durante cien años.

La parte principal de La Fama se dedicaba a la biografía de Rosenkreuz; ahí se afirmaba que este personaje vivió ciento seis años y fue enterrado en una tumba secreta que sólo se abrió exactamente ciento veinte años después encontrándose completo su cuerpo, y cumpliéndose así la sentencia que rezaba una inscripción puesta a la puerta, la cual además simulaba perfectamente la tumba.

Esta decía: “Me abriré cuando transcurran ciento veinte años”. La tumba daba paso a una cripta de forma heptagonal; en ella un altar en el centro, justo el sitio donde estaba la tumba. Había además un armario de espejos cuyo significado místico aludía a diversas virtudes y también un pergamino llamado Libro T que se consideraba por ellos mismos como el mayor tesoro después de la Biblia. También un diccionario escrito por Paracelso, de éste no se tiene mayor conocimiento sobre su contenido; se dice que había otros objetos, pero en esa amplia y detallada descripción encontrada en La Fama se omitía un detalle fundamental para estudiar la veracidad de la versión: no se indicaba dónde se localizaba la tumba. Finalmente se prometía a los seguidores de la fraternidad que el “Libro de la vida” registraría sus nombres y el conocimiento universal se abriría para ellos descubriendo la verdadera sabiduría pero, en suma, tales noticias en vez de aclarar algo sobre los rosacruces hacían más misteriosa su existencia. La única cuestión que quedaba aclarada era su inclinación luterana, pero nada más se decía; el documento causó verdaderas polémicas y en poco más de tres años posteriores a su primera publicación aparecieron nueve ediciones más con varias traducciones en idiomas como el latín y el holandés.

Sobre 1615 aparecieron dos libros más, primero Confessio Fraternatis Rosae Crucis y un año después Nupcias” Alquimicas de Christian Rosenkreuz, pero sólo el primero de éstos daba algunos datos más, también muy vagos, acerca de los objetivos de la fraternidad y las condiciones generales para ingresar a ella; se puntualizaba su apertura a cualquier persona interesada en encontrar la verdadera sabiduría, al margen de su nivel social y, quizás en forma metafórica, se decía que poseía más oro y más plata de la que existía en el mundo. Por otra parte el contenido alegórico de esa obra se encuentra mediante la descripción de las bodas de dos personajes enigmáticos y míticos: un rey y una reina. Todos los elementos que integran la ceremonia nupcial tienen profundos significados alegóricos y está escrito en forma de romance. El principio del libro es la fuga de Rosenkreuz del “calabozo de la ignorancia”; de ahí se insiste en las incidencias pasadas en el viaje para llegar como invitado a las famosas bodas venciendo muchas pruebas para finalmente llegar a ellas como principal invitado; se habla también sobre cierta explicación acerca del título de la obra, indicando que la alquimia de los rosacruces no consiste en obtener oro de los materiales corrientes, sino que el material utilizado por esa diferente alquimia es el alma humana y sólo ésta es la que se transforma convirtiéndose metafóricamente en oro. Aunque no hay una afirmación categórica sobre la identidad del autor de dicha obra, se supone que fue Valentín Andrea porque él mismo lo afirma en su autobiografía.

En ésta, que es una obra aparte, primeramente describe su dedicación a los estudios de astronomía, matemáticas, óptica y filosofía, como era la costumbre en la época: Pese a su manifiesto desacuerdo con la línea luterana se ordenó diácono cuando tenía veintiocho años y a partir de entonces fue firme defensor de esa corriente religiosa por el resto de su vida. A este hombre se le considera el verdadero fundador de la hermandad de los rosacruces. Parece estar fuera de toda duda su paternidad como autor de Nupcias Alquímicas y trató de lograr la unificación de los cristianos mediante diversos proyectos francamente utópicos. Proponía una república que se llamase Ciudad del Sol; también le apasionaba el estudio del hermetismo y de la cábala aunados al misticismo cristiano. Se supone, sin embargo, que La Fama no fue obra individual de él, sino que contó con la colaboración de sus amigos y seguidores. Pero contradictoriamente en sus libros posteriores Andrea manifiesta abiertamente su desacuerdo con los rosacruces.

Durante la Edad Media y, más adelante, durante el Renacimiento el estudio de la cábala y de los libros herméticos sufrió un cambio sustancial. En la primera época estos estudios se hacían prácticamente en secreto, pero durante el Renacimiento, merced al interés manifestado por humanistas prestigiosos, se cambió la consideración sobre los asuntos que sólo interesaban a los alquimistas. En primer término la Cábala es en hebreo “tradición recibida” su origen se explicaba como una serie de enseñanzas transmitidas directamente por el propio Moisés. Según ésta, Dios sería una luz potentísima, eterna e infinita que da origen a la creación mediante una sucesión de diez esferas que al mismo tiempo son la supremacía, la sabiduría, la inteligencia, el amor, el poder, 4a eternidad, la majestad, la creación y la gloria; éstos serían atributos de Dios que le concede al ser humano, permaneciendo dentro de él siempre prestos a ser la fuente de sabiduría cuando el hombre se aleje del pecado que lo hace distante de esa sabiduría.

El hermetismo se basaba en la existencia de “los libros herméticos”; la creencia es que estos libros contenían la síntesis de los misterios egipcios cuyo desentrañamiento arrojaría el total conocimiento de la humanidad y de la naturaleza, plenamente. Dichos libros, se decía, formaban parte de dos grupos: unos que trataban sobre alquimia, astrología y magia. Y además la otra parte la que habla de la regeneración del alma por la sucesión de las esferas superiores. La primera vez que se difundieron, de manera más o menos amplia dichos libros, fue a finales del siglo XV y esto significó una trascendente influencia para los filósofos y humanistas del Renacimiento, aunque ciertamente su mayor auge ocurrió hasta ya bien entrado el siglo XVII. Por esas fechas se descubrió y aclaró su antigüedad. En realidad se escribieron sobre los siglos segundo y tercero después de Cristo, pero sus autores no fueron egipcios sino griegos emigrados a Egipto y su real contenido filosófico eran el platonismo y el neoplatonismo, o más precisamente el gnosticismo.

Pero los rosacruces se encargaron de conciliar por una parte los anhelos renacentistas producidos por el desconcierto de la época, con el contenido filosófico de los libros herméticos y una especial interpretación de la Cábala. En suma se consideraba que el ser humano por sí mismo posee una serie de atributos especiales, siempre latentes, que le permiten alcanzar el máximo conocimiento sobre la naturaleza y lograr esa mutación o regeneración del alma. Se ha insistido en señalar a Paracelso como el eslabón entre las aspiraciones filosóficas del Renacimiento y la primera época del rosacrucismo. Mediante esa concepción del hombre, y como respuesta concreta al desconcierto en el primer período renacentista, la existencia oculta de los rosacruces cautivó a muchos de los más prestigiosos filósofos de la época, aun cuando en ningún momento se aclarase satisfactoriamente la identidad de sus integrantes, ni la fecha de su fundación ni se explicaran sus símbolos: la cruz y la rosa. Fueron muchos los hombres de renombre que en vano trataron de ponerse en contacto con los rosacruces sin ningún éxito. Descartes entre ellos, y tras sus fallidos intentos, por el silencio de la fraternidad, tuvo que creer para sí que no existía tal orden y los llamados no eran más que una broma de mal gusto, eso ocurría sobre el año 1619, cuando Descartes residía en Francfort. Poco más tarde Leibniz también manifestó públicamente su duda sobre la real existencia de los rosacruces. En el año de 1622 fue famosa la denuncia de Lodovicus Orvius por lo que consideró una estafa: declaró haber pagado mil dólares holandeses a un supuesto representante de los rosacruces y haber sido expulsado de la orden al poco tiempo sin haber entrado en contacto directo con la hermandad ni haber recibido ninguna revelación interesante y tampoco haber conocido las causas de su expulsión; esta conocidísima versión corrobora efectivamente la suposición de estafa. Un siglo después siguieron sucediéndose casos similares, quizás el más famoso sea el relatado por el propio Voltaire, quien describió, cómo también el duque de Bouillon, que fue engañado en esa forma; coincidía la estafa económica. Lo más probable en estos casos es que se haya tratado simplemente de estafadores profesionales que aprovecharon la fama de la hermandad, y valiéndose del interés manifestado por la gente, creyeron (los estafadores) que realmente dicha asociación no existía.

Pero también es poco probable que los anteriores llamados de los rosacruces y sus manifestaciones públicas como la aparición de La Fama, las Nupcias Alquímicas y la Confessio Fraternatis Rosae Crucis fueran solamente charlatanería. Sus primeros llamados y luego su total silencio quizá se deba a que efectivamente Andrea fue el fundador de esa hermandad junto con Christoph Besóla y otros más, pero hay datos que parecen dar la explicación al silencio, y es la rectificación de Andrea sobre el luteranismo, del cual después fue exponente ortodoxo y al mismo tiempo por lo menos Besold se convirtió al cristianismo. Eso haría suponer la desintegración de la hermandad, dejando en la atmósfera el interés sobre lo que en la antigüedad efectivamente había sido su propósito genuino, creencia de superación y salvación para la humanidad. Fue entonces cuando muchos estafadores aprovecharon la ocasión de obtener dinero fácilmente encontrando incautos acaudalados. Pero en aquellos momentos quizá no se hicieron estas suposiciones y fue por eso que cayeron en la trampa muchos, además quedó la curiosidad sobre esa misteriosa organización que tantas promesas hacía. De cualquier forma a muchos les parecía una sandez y en cambio para otros era probablemente la esperanza, el camino que más convendría a la humanidad.

Dentro del desconcierto y dudas en torno a la real existencia de los rosacruces hubo un libro muy famoso Themis Áurea, escrito en 1618 por Michael Maier, que defendía vehementemente la existencia y altos propósitos de los rosacruces. Sus argumentos exponían que los integrantes de la fraternidad eran los representantes de los grupos secretos más antiguos, poseedores de la sabiduría; citaba como antecesores a los magos persas y a los brahmanes hindúes. Les atribuía asombrosos conocimientos en materia de la más avanzada medicina, religión, alquimia, magia y filosofía. Afirmaba que el principal contenido de esa sabiduría se encontraba en el Libro M, supuestamente escrito por Rosenkreuz. Pero esa emotiva defensa se descalificaba a sí misma cuando el propio autor confesaba honestamente no pertenecer a la hermandad ni conocer ciertamente a sus miembros ni sus procedimientos internos que seguían en secreto.

En 1619 Roberto Fludd, en Inglaterra, asumió la misma posición de defensor que Maier, sólo que éste sí aseguraba pertenecer a la fraternidad, o al menos se manifestaba como discípulo directo de los rosacruces. También Fludd se dedicó al estudio de la cábala, la alquimia, los libros herméticos y de las teoría médicas de Paracelso (Fludd era médico). En su libro “Una apalogía compendiada de la Fraternidad de la Cruz Rosada, contra la que se ha arrojado el lodo de la suspicacia y la infamia, que ahora queda limpia y purificada por las aguas de la verdad” (A Compendious Apology for the Fraternity of the Rosy Cross, pelted with the Mire of Suspicion and Infamy, but now Cleansed and Purged as by the Waters of Truth), al afirmar que no pertenecía formalmente a la fraternidad por no existir ésta como organización real, dejaba implícita la afirmación de que al conocer la sabiduría de los preceptos rosacruces podía considerarse miembro de ésta. Su sistema lo concebía como una filosofía natural, basada en la observación de la naturaleza y de las estrellas; de ahí la interpretación de los “signos místicos” contenidos en el universo. Según él, las aportaciones rosacruces eran la aportación práctica para conocerlos y al descifrarlos obtener las respuestas a los misterios de la naturaleza terrestre y divina, y de ahí alcanzar toda la sabiduría posible.

Desde la tercera o cuarta década del siglo XVII no se vuelven a tener más noticias sobre los rosacruces, cuyo prestigio para entonces ha descendido a la duda burlona, pues en ningún momento se manifestó realmente y el gran revuelo que provocó con sus asombrosas promesas dio lugar lo mismo a vigorosas defensas que a virulentos ataques; pero lo más común era el camino de la burla, sobre todo a nivel popular. Desde esas fechas aproximadamente parece haber quedado olvidado el asunto hasta el siglo siguiente, en 1710, cuando en Alemania vuelven a surgir sus noticias ratificadas siete años más tarde, dando origen nuevamente a las polémicas y captando la atención de sus virtuales seguidores. Se tienen noticias relativamente confiables que por los años indicados la orden existía efectivamente en Inglaterra y Francia e incluso en Rusia, donde fue suprimida por un decreto zarista. Sin embargo en Europa tuvo auge una vez más el interés por las ideas rosacruces, y surgieron ritos ceremoniales de iniciación que, por lo menos en los anteriores períodos de la orden, nunca se mencionaron implícitamente. Lo mismo se dieron a conocer los diferentes grados que podrían alcanzarse de acuerdo al avance en las enseñanzas. También fue muy evidente el empeño de los afiliados en tratar de mostrar pruebas prefabricadas de su antigüedad.

Más tarde, hacia la quinta década del siglo pasado, el esoterismo y el interés por las “ciencias ocultas” recibieron gran impulso. También los ideales de la época así lo exigían y de manera indirecta propiciaron el mayor y mejor terreno para que ya, de una manera más abierta, se establecieran las sociedades rosacruces dirigidas por el marqués Stanilas de Guiata y de Joseph Péladan; la teosofía y lo que bien podría llamarse como antecedente de la parapsicología causaron enorme interés principalmente entre grupúsculos de esnobistas. Por una parte se manifestaban anticlericales hasta donde podrían serlo sin salirse de la norma, pero también se pronunciaban en contra del ateísmo. Bien podría decirse que ofrecían una tercera opción, o quizás una solución intermedia.

La historia más precisa de las sectas rosacruces, desde la época más reciente, podrían encontrarse a partir de la fundación de la Societas Rosicruciana in Anglia; esto ocurrió en 1865, como apéndice de la francmasonería; es necesario precisar ese dato porque sólo podían ser miembros de ella los maestros masones. Sus intenciones eran las de animarse mutuamente en la solución de los grandes problemas que entrañaban la existencia y el desciframiento de los secretos de la naturaleza. Colaborar en el estudio de la Cábala y de los libros herméticos; el estudio de la medicina ocupaba un sitio de especial importancia en la dedicación de las prácticas rosacruces, pero esencialmente tratando de conservar los antiguos métodos; se dedicaban a la enseñanza y la práctica de “los efectos curativos de la luz coloreada”. Entre sus miembros más destacados estaban Wynn Wescott y McGregor Mathers, el primero ostentaba el cargo de coronel (un investigador especial encargado de averiguar judicialmente las causas de una muerte que no haya sido suficientemente explicada por causas naturales y tiene facultades de ordenar un procesamiento o declarar que no existen culpables) y el segundo, también miembro prominente, era un director de museo, traductor de libros esotéricos y dedicado a ese tipo de estudios.

Wescott hizo un hallazgo en 1877, una serie de documentos descriptivos sobre magia y cábala y encontró que una forma efectiva de incrementar el interés sobre esas materias era fundar otra organización dedicada especialmente a ese fin. Así surgió la “Orden Hermética de la Aurora Dorada” (Hermetic Order of the Golden Dawn) y el Templo de Isis Urania; ninguna de las dos tenía nexos formales con las logias masónicas y se permitía prácticamente el ingreso a cualquier persona interesada en el estudio de esas materias puesto que ésa era la intención, acrecentar las investigaciones y en última instancia hacer labor de proselitismo sobre esas cuestiones. En cambio tenía afiliación con la “Sociedad Teosófica”, fundada en 1875; incluso muchos de sus miembros pertenecían a esa misma o a otras asociaciones simultáneamente. Algunos de sus más renombrados miembros fueron el poeta W.B. Yeats, Madame Blavatsky que escribió “Isis sin Velos” y “Doctrina Secreta”, dos libros que favorecieron también el desarrollo de los dogmas, los ritmos y la magia; otros de sus miembros fueron: el escritor George Russell, Maud Gonne, Annie Horniman y Algernon Blackwood.

Los grados otorgados por la jerarquía de la Aurora Dorada eran Celador, Theoricus, Practicus y Philosophus hasta el de Portal, llegando al cual se suponía que el iniciado estaba preparado para “recibir la luz”. Pero superior a éste era el Adeptus Minor que ya estaba en posición de alcanzar las enseñanzas del “Genio Superior”. Es en este momento cuando comienza la serie de ritos y la prestación de los juramentos que obligan al miembro de la sociedad a la mayor de las fidelidades. El Mago Supremo era el máximo jerarca y, hacia finales del siglo XIX, el director de museos Mathers se autonombró “Mago Supremo”, creando cierto descontento entre los demás afiliados y más aun cuando les exigió por escrito el juramento de fidelidad. Esa exigencia propició la retirada de muchos inconformes y marcó un indiscutible conflicto interior. Poco después el mismo Mathers fue expulsado de la orden por voto de todos sus miembros como consecuencia de su imposición de un nuevo miembro en una clara disputa de jerarquía o poder dentro de la fraternidad. Fue famosa una contienda a base de magia entre el ex Mago Supremo y su antiguo protegido Aleister Crowley por quien acabó expulsado. Después de que juntos intentaron combatir a la orden se enfrentaron en una grotesca o temeraria lucha echando mano de todos sus recursos de magia y elementos esotéricos de combate, pasando por alto los preceptos seguidos anteriormente que supuestamente tendían a la superación del ser humano, mediante el estudio de las materias secretas. Era clara la inclinación de Mathers sobre los fenómenos mágicos más que por el estudio de las energías ocultas y por la filosofía y, aunque fue expulsado por cuestiones de ambición personal, alcanzó a dejar huella de sus preferencias por la magia. Eso trajo como consecuencia el desprestigio de la orden exteriormente y la distinción interior; el resultado fue prácticamente su desmembramiento total o por lo menos la total pérdida de seriedad en sus prácticas inicialmente de intención seria.

A principios de la última década del siglo pasado se integró otra asociación, la Orden Cabalística de la Cruz Rosada (Kabbalistic Order of the Rosy Cross), como respuesta antagónica a las asociaciones francmasónicas. No se puede precisar cuándo desapareció esta nueva orden, pero sí es fidedignamente conocido que surgieron ahí también ciertas rivalidades interiores y, en general, corrió la misma suerte que su antecesora, con la añadidura de que esta vez los grupos antagónicos se mantuvieron más o menos unidos y eso determinó la formación de otras dos sociedades. Una de ellas siguió existiendo hasta casi el final de la primera mitad de este siglo. Aunque el tronco principal de ambas aceptaba la admisión de católicos. A partir de este sector, se podría decir, se extendieron las doctrinas rosacruces hacia América, ubicándose primeramente en Estados Unidos, donde, en 1915, se fundó la Antigua Orden Mística Rosae Crucis o AMORC (Ancient Mystical Order Rosae Crucis); establecida abiertamente en San José California; en sus instalaciones y obras patrocinadas se encuentran un museo de ciencias, una biblioteca abierta al público y un planetario de observación, igualmente abierto a todo el público.

A partir de esa fecha la historia de los rosacruces en Estados Unidos puede conocerse de manera más o menos precisa y nuevamente ha retomado sus cauces originales, aunque quizá ya más realistas, es decir, menos salpicados de ideas cabalísticas y de magia exóticas. Es decir, se mantienen en su posición de llegar a desentrañar los profundos misterios de la vida por medio del estudio de las fuerzas y energías ocultas. A los aspirantes no se les pide ya jurar fidelidad ni guardar secretos sobre los ritos de iniciación que no existen, sino que el único requisito es el juramento de creer en alguna fuerza superior, o sea, implícitamente se rechaza el ateísmo pero no necesariamente se pide la práctica de algún culto religioso y también, admitiendo esa diversidad, se trata indirectamente de conciliar las divergencias entre católicos protestantes o seguidores de otras religiones. La sabiduría esotérica sigue predominando y la labor de convencimiento, el proselitismo, se hace de manera más abierta insertando anuncios en la prensa. Por una parte venden una especie de amuletos “magnéticos” que surtirán efectos siempre que el usuario crea en su poder curativo; en última instancia es la sugestión comercial, y parece ser, efectivamente, que la intención de los auténticos rosacruces no es precisamente lucrativa, si recurren a ese tipo de promociones es para financiar investigaciones, planetarios, bibliotecas, etc., y siguen necesariamente empeñados en desentrañar por sus propios métodos, los misterios de la naturaleza. Se admiten criterios científicos, lo cual podría permitir aventurar pronosticarles todavía una larga vida, siendo para muchos de sus miembros un reencuentro espiritual en este mundo cada vez más alejado del desarrollo y evolución del humanismo.

EL KU-KLUX-KLAN

Desde su aparición, poco después de la segunda mitad del siglo pasado hasta la fecha, el Ku-Klux-Klan ha sobrevivido en tres etapas especialmente interesantes por sus características y finalidades. De todas las sociedades secretas quizá sea ésta la que mayor curiosidad sociológica representa por su bien definido contenido ideológico. El Ku-Klux-Klan ha sido una organización surgida de los más importantes momentos históricos de Estados Unidos; sus ideales se insertan en los conceptos nacionalistas más arraigados en ese país, aunque en este caso, fuera de toda legalidad, valiéndose de los más crueles métodos y los más hábiles procedimientos de corrupción.

Una característica interesante del Ku-Klux-Klan, como detalle distintivo sobre otras “hermandades” es la indumentaria utilizada por los miembros de esa sociedad secreta para sus públicas apariciones: túnica y capucha blancas para hacerlos irreconocibles, incluso entre sí mismos, propiciando en esa forma la intromisión de gente ajena al movimiento que amparada en ese anonimato, aprovechaba la ocasión de cometer tropelías o tomar venganzas personales.

Si bien los momentos de mayor actividad del Ku-Klux-Klan se conocieron a fines del siglo pasado, a principios y tercera década del presente, todavía, por los años sesenta, la existencia de esos núcleos fanáticos siguieron aterrorizando a sus víctimas e incluso llegaron a inquietar a los mandatarios norteamericanos. Pero todavía, aunque más esporádicamente en los años más recientes de la presente década, han seguido apareciendo para protestar por la integración racial de negros e inmigrantes y eventualmente “escarmientan” a alguno de los que no pertenecen a la “superraza americana”, cuya superioridad pretendían preservar los fundadores de esta organización.

La discriminación racial apareció en el mundo hacia finales del siglo XVI, pero se manifestó en su forma más fanática en Estados Unidos después de la Guerra Civil. Hasta antes en ese país se consideraba que el negro era un ser ligeramente superior a la bestia pero sin llegar a alcanzar el rango humano del hombre blanco. Su dedicación al trabajo como esclavo era la forma natural de vida; la esclavitud, viejo sistema conocido aún en los pueblos antiguos más sabios y poderosos, como Grecia y Roma, se justificaban en nombre de la riqueza.

Al producirse la escisión entre los líderes revolucionarios del norte y sur de Estados Unidos y vivirse una época de belicosidad, la imposibilidad de mantener a los antiguos esclavos en esa condición, determinó tratar de obligárseles a la vida más miserable coartando por completo el desarrollo de sus capacidades personales. Sólo por el color negro era imposible llevar una vida normal en la floreciente democracia americana. El dueño de restaurant, de cualquier almacén y los prestadores de servicios, en general, se negaban a colocarse en el plan de servidores de sus antiguos esclavos. La libre empresa norteamericana inmediatamente después de la guerra civil hizo diferenciaciones para la venta de sus productos. La mayoría de los comerciantes se negaban a vender a los negros, y ésa era la oportunidad de ejercer la segregación racial y, aunque oficialmente estaba abolida la esclavitud, el blanco pretendía mantener su supremacía racial -sobre todo económica- por encima de las aspiraciones y legítimos derechos humanos de los negros.

El carácter político, ideológico y económico de esta actitud se manifestaba igualmente en la persecución contra cualquier otro inmigrante de características raciales diferentes a la europea e incluso sobre cuestiones de tipo religioso: los cristianos y los judíos también eran perseguidos. Hasta en ese entonces la población estadounidense se había formado con inmigrantes ingleses, irlandeses, holandeses, etc., todos pertenecientes a razas anglosajonas que aseguraban cierta similitud para la creación de una nueva nación sin fundamentos históricos culturales propios. La cultura comenzaba ahí mismo; la hacían esos esforzados aventureros que en Europa eran miserables campesinos o sirvientes, que encontraron en la nueva América la oportunidad de hacer fortuna y convertirse en respetables señores, respetabilidad lograda mediante la infalible fórmula de la riqueza. La integración racial de esos grupos, manteniendo la conveniente distancia entre negros y otros grupos étnicos, determinaría el carácter definitivo de la nueva América. Sus colonizadores anglosajones procuraron el casi total exterminio de la población indígena autóctona. Los negros residentes en el nuevo mundo habían sido arrancados de las selvas africanas como producto de caza, bien cotizado en Europa y América donde se vendían como animales, considerando sus características de edad, sexo y condiciones físicas.

Era claro entonces que a la nueva América, a los forjadores de esa joven nación no les agradaba compartir su riqueza con los negros, esclavos, objetos de propiedad, seres considerados ligeramente superiores a la bestia pero definitivamente inferiores al hombre blanco. Los norteamericanos de mitad del siglo pasado, que protagonizaron el cambio democrático de Estados Unidos, sentían que la riqueza y la formación de ese país correspondía exclusivamente a la población blanca, pasando por alto la fuerza de trabajo que aportaron millones de negros en su calidad de esclavos, utilizados como simples herramientas de trabajo, sin respeto a su condición humana. El triunfo de las fuerzas del norte sobre los demócratas sureños significaba además la abolición de la esclavitud, el reconocimiento de los negros como seres humanos con plenas facultades e igualdad ciudadana que los blancos. Es decir, con capacidad de sufragio y sujetos a todas las disposiciones legales establecidas constitucionalmente.

La fundación del Ku-Klux-Klan se registra casi con absoluta veracidad sobre el año 1865, más que como una reacción de persecución fanática contra los negros, como respuesta política de los ex combatientes sureños que, derrotados como ejército, disfrazaron su abierta oposición al gobierno del norte en la formación de una sociedad secreta que se proponía purificar su región mediante actos terroristas. Si pudiera hablarse de precursores del terrorismo en América, serían los miembros del Ku-Klux-Klan puesto que inicialmente esa organización se concibió para evitar que los negros disfrutaran de los derechos conseguidos por el triunfo de las tropas del norte. Esto era una oposición política, contraria al orden constitucionalmente establecido. El klan actuaba en el anonimato; su atuendo, además de servir para ocultar el rostro, tenía como objeto intimidar a los supersticiosos negros; la táctica era aparecer cabalgando por la noche espantando a los negros que no sabían si veían fantasmas u hombres poderosos capaces de beberse de un solo trago un galón de agua. Al principio los klansmen se contentaban con llegar a la humilde casa de un negro, pedir agua y simular que la bebían de un sólo trago, cuando en realidad la vaciaban a un recipiente previamente preparado para esa farsa, oculto en sus ropajes. Al terminar pretendían despedirse de los negros estrechándoles la mano con un brazo cadavérico que también llevaban preparado. La degeneración a la violencia comenzó cuando algún negro se comportaba “altaneramente”, y era castigado. Primeramente se le amenazaba pintando en rojo “K.K.K.” sobre la puerta de la víctima, luego se le azotaba, pero no se había llegado a cometer ningún crimen.

El fundador y primer dirigente del Ku-Klux-Klan fue Nathan Bedford Forrest, famoso en la guerra civil por su combatividad como general de las fuerzas sudistas, y por su encono contra los negros. Al respecto, debió su celebridad por la matanza de soldados negros prisioneros en el Fuerte Pilow ejecutada bajo sus órdenes. Como militar depuesto en la derrota del sur, poco podía hacer en contra del gobierno republicano; así que encontró la coyuntura a su descontento en la formación de un grupo secreto. Acto que consumó en el año 1865 en Pulaski,-Tennessee. Sus primeros miembros no fueron más de una docena. Todos encapuchados constituyeron el Ku-Klux-Klan; el significado de este nombre tal vez corresponda al vocablo griego kuklos, círculo y a klan, palabra de origen escocés. El propósito de ese grupo era “depurar” la zona sureña de estafadores forasteros, especialmente de los venidos del norte, también se dirigían contra “malvivientes”, gente que protegiera a los negros y contra éstos cuando pretendían hacer valer sus derechos recientemente reconocidos. Por lo menos a sus comienzos Forrest concibió al klan como un grupo de carácter temporal, que una vez cumplidos sus propósitos se desintegraría. Sus razones eran principalmente políticas, combatiendo alternadamente la influencia de los republicanos radicales con vejaciones y agresiones físicas contra los negros. A toda costa trataban de mantener la segregación racial e incluso llegaron a pedir que el Congreso legislara para mantener a los negros como siervos, ya no esclavos, pero sí carentes de todo reconocimiento ciudadano.

Por sus propósitos políticos y escandalosa persecución contra los negros, que pronto degeneró en repugnantes crímenes, la existencia del Klan constituyó una preocupación para los republicanos del norte. Las filas de esa organización se fortalecieron y sólo en 1868 sus miembros llegaron a sumar aproximadamente 500.000, que durante cuatro años, precisamente de 1868 a 1872, cometieron incontables crímenes y otros tipos de vejaciones. La cifra es tan grande que ni siquiera se han hecho aproximaciones, pero un dato puede dar la dimensión de los acontecimientos por aquella época. Sólo en el Estado de Carolina del Sur, en medio año se supo con certeza, comprobadamente, que el Klan fue responsable del linchamiento de 35 negros. Casi trescientos más fueron golpeados y un centenar y medio más no sólo vejados y golpeados, sino mutilados y quemados vivos. Esto ocurrió sólo en media docena de distritos de ese Estado. Quizá este dato sea el único que da una referencia más o menos precisa de las actividades del Klan durante el mencionado lapso. Pero ésa podría ser la medida para establecer la proporción de las atrocidades cometidas por los jinetes encapuchados y enfundados en blancas túnicas, símbolo de la purificación que los sureños de Estados Unidos pretendían dar a sus tierras.

Forrest integró al K.K.K. con un criterio eminentemente militar, aprovechando su experiencia como general del ejército sudista. Su campo de acción fue el sur de Estados Unidos a lo que llamó “Imperio Invisible”; dentro de ese “imperio” hizo una división ajustándose a las demarcaciones geográficas establecidas normalmente. Cada estado, distrito electoral, condado, ciudad y comarca pertenecían a su territorio invisible y dentro de las jerarquías del Klan había un dirigente que tenía bajo su responsabilidad determinada área. Era ni más ni menos el mismo modelo de mando militar. De ahí la poderosa influencia alcanzada por el K.K. Klan en todo el sur de Norteamérica. Sin embargo, no obstante que el ex traficante de esclavos había demostrado grandes capacidades de mando durante sus acciones bélicas en la guerra civil, cuatro años después de haber formado la asociación de fanáticos encapuchados en su carácter de “Gran Brujo”, ordenó la desintegración del Klan sin hacerse obedecer. Tanto el gobierno como la opinión pública le identificaban perfectamente como fundador y máximo dirigente del Klan. En varias ocasiones incluso concedió entrevistas de prensa, radio, explicando los objetivos e ideales de su “sociedad secreta”, pero cuando en 1871 fue requerido por una comisión investigadora del Senado norteamericano declinó declarar sobre su participación en ese grupo que cometía los más sádicos asesinatos y que de continuo presentaba inquietante oposición al gobierno republicano.

El primer ataque frontal dirigido contra los Klanes se produjo en el período 1870-1871 al aprobarse las “Leyes Ku-Klux” Klan en el Congreso norteamericano. La iniciativa de esa legislación para combatir legalmente al grupo terrorista fue debida principalmente al general Grant que tomaba el gobierno como presidente tras la indolente participación de Andrew Johnson, sucesor del asesinado Abraham Lincoln. Dentro de esa legislación el presidente tenía la facultad de declarar en estado de guerra al territorio del sur y proceder en consecuencia. También se autorizaba al gobierno federal a supervisar las elecciones y asegurarse de la participación de los negros y aún de su elección. Durante ese período fueron encarcelados varios blancos acusados de asesinatos y activa participación en los linchamientos a gente de color, o a sus defensores; la inclinación del jurado era obvia según estuviese formada por negros o por blancos; la sentencia se daba según la preponderancia de unos y otros que fallaban en favor o contra en proporción de la representatividad. No obstante esas legislaciones y el irregular curso de esos juicios no cesaron por completo las actividades de los jinetes encapuchados aunque el movimiento decrecía considerablemente. Pronto sobrevino su agonía total, pero más que nada, merced a una transacción de tipo político. Hacia el año 1877 la opinión del Congreso se inclinó a favor de retirar los derechos electorales de los negros y a que éstos sin ser considerados esclavos pudieran emplearse como trabajadores a cambio de la participación de los republicanos sureños en el gobierno de su territorio, de acuerdo al juego electoral vigente.

Inmediatamente después de terminada la guerra civil, los demócratas sureños derrotados se sintieron profundamente ofendidos por el ascenso de los negros sintiendo lesionados sus intereses económicos pues, abolida la esclavitud, los mismos blancos tendrían que hacer el pesado trabajo que antes desarrollaban los hombres de su propiedad sin remuneración alguna, con la misma disponibilidad de los animales que no exigían sino alimentación y algún descanso.

La reacción que dio origen al K.K.K. era económica y política. Por una parte las legislaciones de ese momento otorgaban al negro las mismas prerrogativas ciudadanas que disfrutaban los blancos. Incluso el negro podía ser electo para gobernar u ocupar un escaño, eso al menos dentro de la teoría. Ante esas opciones era difícil que quisiera ocupar las faenas más pesadas que vino ejecutando por generaciones desde la llegada de sus antepasados africanos. El comportamiento del negro, libertado, en ocasiones, ciertamente era altanera y, en efecto, hubo algunas represalias directas contra los antiguos amos explotadores. También se dieron casos de violación o estupro como actos de venganza a. mujeres blancas, pero nunca en la proporción pretendida por los Klansmen. Esa “altanería” resultaba intolerable para los decimonónicos demócratas americanos, sobre todo, porque ponían en peligro su estabilidad económica. Las consecuencias políticas no se hicieron esperar, si los republicanos norteños, dominando el gobierno, favorecían esas legislaciones, era menester dirigir sus ataques contra ellos, aunque veladamente valiéndose del objeto de venganza más próximo, más vulnerable y más despreciado, pues no podía cambiar de un día para otro la visión que el blanco en general tenía del ser a quien había conocido toda su vida como esclavo. Si conmovían los asesinatos de los encapuchados en general, era por al lujo de sadismo que utilizaban, más que por consideración a la vida’ del negro.

No fueron pocos los “comprensivos” que propusieron como solución definitiva al problema de los negros, reembarcarlos nuevamente al África de sus antepasados aunque en ese momento a ellos ya no les perteneciera, pues a pesar del rechazo blanco, los negros en América ya habían creado una cultura propia y también ese territorio les pertenecía. No era tan simple negarles el derecho a vivir en esa tierra que, después de todo, ellos con su esforzado trabajo habían creado para beneficio de otros. Por su parte los “pacifistas” trataban de hacerse los inteligentes con el engañoso reconocimiento de la abolición de la esclavitud, pero fuera de las fronteras estadounidenses. Mientras los negros gozaban, por lo menos en teoría, de las mismas prerrogativas ciudadanas de los blancos, los Klansmen seguían esparciendo su violencia y terrorismo en todo el país amenazando con originar otro enfrentamiento entre el norte y el sur. Partiendo de esa premisa se optó por una solución política: reservar exclusivamente para la población blanca los derechos políticos de sufragio y elección. Excluidos los negros, quedaban en la posición de humildes trabajadores marginados, todavía a merced a los caprichos de los “puramente americanos”.

Conseguidos sus objetivos principales, el K.K.K. ya no tenía razón de existir; los sureños recuperaron el gobierno de su territorio, lo cual también significó a los blancos, la posibilidad de manifestarse a la luz del día, sin necesidad de recurrir a extravagantes atuendos. Otros antiguos Klansmen se dedicaron a reconstruir la riqueza sureña, seriamente lesionada durante los difíciles años de guerra. Los pocos fanáticos que insistían en mantener viva a la temible organización no encontraron respuesta, ni en los atareados rancheros ocupados de sus riquezas ni en los satisfechos políticos encargados de la administración pública saboreando sus sueños de poder. Así, poco a poco murió el Ku-Klux-Klan; se creía que para siempre pues ya a nadie le interesaba recordar viejas épocas. Sólo a los negros les quedaba presente en la memoria la muerte de algún familiar, amigo o compañero o en carne propia, la mutilación, el signo indeleble de la vejación.

Para 1880 nadie quería recordar la existencia del K.K.K. pero muchos hacendados del sur de Estados Unidos añoraban los viejos tiempos, sobre todo la comodidad de tener esclavos y vivir una ficticia aristocracia.

El fanático espíritu racista que alentó el fortalecimiento del Klan estaba latente; momentáneamente se encontraba adormecido pero resucitó intempestivamente en poco menos de cuatro décadas. Una serie de factores externos determinaron que el K.K.K. renaciera en 1915 a iniciativa de William Joseph Simmons, cuya militancia en por lo menos quince fraternidades y asociaciones secretas similares a la de los Klansmen lo señalaban como líder del movimiento terrorista “defensor” de los ideales nacionalistas, consuelo de status para los blancos más miserables que necesitaban del negro para sentir cierta superioridad. Simmons como ex soldado, clérigo y vendedor viajero de prendas femeninas, encarnaba el prototipo de fanático capaz de empeñar su vida misma en el afán de sobresalir y aferrarse a su única alternativa de estatus pero a partir de la opresión al negro. El momento de revivir al legendario ejército de encapuchados era propicio por la cada vez mayor afluencia de católicos y judíos llegados de Europa, la incipiente inmigración de latinoamericanos y el lento, pero seguro, ascenso económico de negros. Esa situación alimentaba una atmósfera propicia para la formación de un grupo clandestino que luchara irracionalmente contra lo que el mismo sistema del país había propiciado. Sólo hacía falta un líder y lo mismo daba el nombre o las características exteriores. Todavía se recordaba con callada admiración el prestigio alcanzado por el Klan durante sus mejores años, cuando llegó a preocupar a toda la nación americana y ponía en peligro la paz en el país concluyendo en un relativo triunfo al conseguir parte de sus finalidades. Así lo entendió Simmons y sólo con quince seguidores reinauguró la terrorífica hermandad de encapuchados; el ritual esta vez superó el ridículo de sus antecesores: sobre una piedra, una Biblia abierta, una bandera de Estados Unidos, una cantimplora llena de agua bendita y una espada; mientras se prestaba el juramento se hacía arder una cruz.

Enseguida Simmons y sus seguidores pusieron todo su empeño en reunir al mayor número posible de simpatizantes del Klan. El “Gran Brujo” se dedicó casi por completo a esa tarea y quedó de manifiesto el escaso valor de sus sentidos de persuasión. Alcanzó a conseguir unos cuantos miles de miembros y estaba a punto de arruinar su economía personal y la de la sociedad secreta cuando le auxiliaron dos comerciantes profesionales, ajenos a la causa del K.K.K., pero bien seguros de su devoción por el dinero. Edward Young Clarke y Elizabeth Tyler dedicados a dirigir una agencia publicitaria entraron en contacto con el desesperado Simmons y tomaron bajo su cargo la tarea de reclutar nuevos miembros para fortalecer a la resucitada secta de encapuchados nacionalistas y racistas, cuya afición por la violencia no podía manifestarse directamente sino que era necesario encubrirla de alguna forma y canalizarla hacia una meta congruente con su ideología. La experiencia de la pareja Clarke-Tyler se recomendaba por sí misma con los resultados de su labor de recolección de fondos para la Asociación de Jóvenes Cristianos y para el Ejército de Salvación; tal vez si alguna organización comunista hubiese solicitado sus servicios también los habrían vendido pues para ellos no había otra convicción ni otro interés primordial aparte del dinero. Prueba de ello es que antes de conocer a Simmons trabajaban para un grupo cristiano y luego colaboraron con un grupo cuyos ideales no eran precisamente los cristianos. La sociedad Clarke-Tyler firmó un contrato con Simmons en 1920 y pronto, un año después, el Ku-Klux-Klan contaba con cien mil miembros activos y todos ellos puntuales aportadores de sus correspondientes cuotas. Tres años más tarde el número de Klansmen llegaba a los cuatro millones. El método era hasta cierto punto simple, curiosamente, siendo una sociedad secreta, la clave del éxito de los agentes publicitarios -en este caso dirigentes de la campaña de reclutamiento- consistía en exaltar los valores nacionalistas tan arraigados en los Estados Unidos que creían consolidado el valor de su nación y la pureza de su raza. No obstante ser “sociedad secreta”, la venta de capuchones blancos a los simpatizantes y miembros del Klan, reportaba la mayor ganancia y de paso anexaba nuevos integrantes. Pero el mando real de Simmons duró poco tiempo; fue víctima de lo que hoy se llamaría “golpe de estado”. En 1922 cuando el renacimiento del K.K.K. había tenido fuerte repercusión estadounidense, su resucitador eligió a Hiram Wesley Evans como hombre de confianza para el puesto de secretario nacional. Poco tiempo después este hombre, más astuto que su favorecedor, encontró una diplomática forma de desplazar a Simmons eligiéndolo “Emperador del Klan” pero sin facultades de mando; en ese mismo momento despidió de la organización a la pareja Clarke-Tyler que como amantes no eran bien vistos por otros de los dirigentes K.K.K., por disfrutar sin inhibición alguna su relación de concubinato, opuesta a los principios morales enarbolados por el segundo Klan. Por otra parte, dado que gracias a ellos se inició nuevamente el fervor por esa organización, resultaban de cierta peligrosidad colocados en puestos casi directivos sin concordar totalmente con este fanatismo que movía al americano racista. Esas fueron las causas por las cuales el nuevo líder, Evans, los desplazó para apoderarse totalmente del mando de los encapuchados. Uno de los ejemplos más sobresalientes del alcance del segundo Klan, bajo la dirección del dentista Evans, fue el ascenso al poder de David C. Stephenson que, prácticamente adueñado del gobierno de esa ciudad, repartió los puestos oficiales de más importancia entre los más meritorios miembros del Klan. En ese estado, merced a la influencia de Stephenson, más de medio millón de personas pertenecían a la secta de encapuchados. Evans logró introducir el partido demócrata a muchos miembros relevantes (y decididamente fanáticos) del Klan, asegurando de esa forma su protección estando dentro del gobierno y sobre todo su invulnerabilidad, con la garantía de que la línea política sería precisamente la más acorde con la ideología racista y nacionalista de los Klansmen.

En esas circunstancias, en determinados territorios de Estados Unidos, para los políticos, pertenecer al K.K.K. era una nueva forma de ganar simpatías; muchas veces se hacía, más que por convicción, por conveniencia. Dentro de Partido Demócrata la ideología de los encapuchados estaba verdaderamente arraigada; en el renacimiento de la tempranamente legendaria organización, se realizaban las añoranzas de otros tiempos. Nuevamente comenzó la persecución de negros, extranjeros, judíos y de los exponentes de las nuevas teorías filosóficas o sistemas político-sociales. Prácticamente toda la población del sur, aunque no militara directamente entre los encapuchados, aplaudía con satisfacción el castigo que se daba a las prostitutas o a los humildes obreros que no cumplían estrictamente sus deberes de esposos y no eran responsables económica y moralmente con sus hijos, a los dedicados a placeres del alcohol y la fornicación. En general, a aquéllos que se apartaran de la filosofía del trabajo y el engrandecimiento de la patria dentro de la religión.

Entre las diez cláusulas componentes del juramento que hacían los nuevos miembros del Klan, sobresalen algunos que revelan de una forma directa la peligrosidad social de la segunda etapa de los encapuchados; requisito esencial para pertenecer a la secta, era haber nacido en Estados Unidos, ser blanco y haber sido bautizado. Se exigía juramento sobre la creencia de que Estados Unidos y sus instituciones, sus costumbres, su forma de vida eran superiores a todo lo existente en el mundo en todos los aspectos, y, por si fuera poco, también se exigía jurar la convicción de considerar la supremacía de los blancos, pero especialmente de los nacidos en Estados Unidos.

No obstante su poco éxito como líder de los Klansmen, Simmons había logrado sembrar en sus adictos el ideal de superioridad americana sobre cualquier otra nación y curiosamente, más que las características raciales en sí mismas (excepto el imprescindible requisito de ser blanco), ponderaba el “privilegio” de haber nacido en los Estados Unidos. De ahí la importancia de difundir e implantar una nueva moral, porque además de discriminar a negros, judíos e inmigrantes no blancos, perseguían a los norteamericanos “inmorales”, es decir, a los transgresores de la ley, a las prostitutas, ladrones, malvivientes en general, y a quienes no llevaran una vida dedicada al trabajo cumpliendo con sus deberes familiares y religiosos, sobre todo, contribuyendo al engrandecimiento económico de Estados Unidos.

A cualquier persona ajena al movimiento en aquel momento hubiera parecido ridícula la forma de transformar el lenguaje corriente y de “crear” una clave especial para los Klansmen. Más que signo distintivo, bien podría considerarse infantil al abusivo uso de la letra K para casi todas sus expresiones; una de sus reuniones más importantes era un Kónklave para identificarse entre sí como integrantes de la siniestra hermandad, se estrechaban la mano y mantenían una peculiar Konversación. Y, en total contradicción con sus supuestos principios religiosos, “formaron” un nuevo “Kalendario” a partir del año de fundación de la mayoría de los Klanes de la primera época. Los días de la semana, dentro de su Klave era lúgubre, mortal, triste, lastimero, desolado, temible y desesperado. En realidad no hicieron alarde de imaginación pues dentro de la enumeración se seguía exactamente el mismo orden correspondiente a la semana normal. Igual ocurría con los meses del año, que, dentro de su nuevo orden nominal, era sangriento, ensombrecido, horroroso, atemorizador, furioso, alarmante, terrible, horrible, fúnebre, afligido, amedrentador y espantable. Pero ni siquiera a ellos mismos lograba atemorizarles esa absurda y pobre invención. Sí en cambio les hacía sentir cierto secreto de su organización y contribuía a alimentar la intención terrorífica de los fines perseguidos para acosar a quienes no comulgaban con sus ideas, o entendían la libertad personal sólo como para dedicarse a los vicios más placenteros.

El segundo Klan fue más, que nada, un movimiento dirigido por hombres ambiciosos de dinero y de poder político cuya habilidad manipuló impunemente el fanatismo de la población rural. Paralelamente a la decadencia de este movimiento quedaron al descubierto las escandalosas maniobras venales de sus dirigentes. El máximo ejemplo se encuentra en el propio D.C. Stephenson que, gracias a su posición de dirigente en el Klan de Indiana, hizo una fortuna de varios millones de dólares; a ese nivel también cambiaron las tácticas de lucha del Klan, pues si al principio sólo se les distinguía la violencia física, en esta etapa actuaban con métodos diferentes. Para obligar a los comerciantes a realizar operaciones exclusivamente con blancos, se comenzó por boicotear a quienes tuvieran relaciones económicas con la población negra, pero luego surgieron otros intereses que determinaron una nueva forma de presión para objetivos diferentes de los inicialmente perseguidos por los encapuchados: se percataron de la ventaja que significaba formar monopolios y, estando en el dominio político del sur, determinaron el rumbo de las operaciones económicas de los pequeños comerciantes para el beneficio de los Klanes monopolistas y a quienes se resistieran a seguir las pautas marcadas por los poderosos, se les boicoteaba hasta arruinarlos. Eso ocurría por los años veinte, y las víctimas, además de ceder a las presiones se veían obligadas a formar parte de la terrorífica organización.

Fue tanto el afán de dinero que manifestaron los dirigentes del movimiento de la triple K, que admitían en sus filas a todo aquél que apartara diez dólares. Por ese precio, cualquier asesino en potencia obtenía la licencia necesaria para asesinar, torturar y dar rienda suelta a sus patológicas necesidades de violencia. La capucha y la túnica blanca encubrían igual a nocturnos asesinos que por el día llevaban una vida aparentemente respetable, como propietarios de prósperos negocios, y a policías o sheriffs cuyo uniforme les impedía entregarse abiertamente a la persecución de negros o blancos “inmorales”.

Los poderíos económico y político iban de la mano; en 1924 los encapuchados dieron muestra de su influencia y sus alcances, cuando prácticamente vetaron la participación electoral de un candidato católico a la presidencia del país. Esa vez ni el candidato propuesto por los albos siniestros ni el católico llegaron a la final en las elecciones, pero sí, al optarse por un tercer hombre, quedó de manifiesto que el Klan por lo menos tenía suficiente influencia para vetar a quienes no gozaran de sus simpatías. Este hecho fue suficiente para alertar a las fuerzas políticas antagónicas del Klan y aprovechar la coyuntura de enfrentarlo políticamente. La oportunidad se presentó cuando Stephenson se vio obligado a comparecer ante los tribunales acusado de violar y mutilar a una joven en un tren. Su culpabilidad sobre éste y otros hechos de sangre quedó plenamente demostrada; el acontecimiento por sí mismo bastó para restarle simpatías al movimiento y que por otra parte originó una lucha interna por el poder, con temporales arreglos, pero todo ello como síntoma de descomposición definitiva. Stephenson fue condenado a cadena perpetua y ni por su poder político alcanzado como máximo dirigente del Klan, ni por su fortuna de varios millones de dólares pudo alcanzar la libertad. Prácticamente todos sus antiguos compañeros le volvieron la espalda. Eso le decidió a declarar en contra del Klan y reveló detalles de atroces crímenes, linchamientos, turbios manejos económicos de esa organización y la participación en actos de corrupción de varios destacados políticos y funcionarios; tanto, que un diputado federal, el alcalde de Indianápolis, un sheriff, además de otros funcionarios, fueron encarcelados al comprobárseles culpabilidad en las acusaciones. En los mismos delitos había incurrido el gobernador de ese Estado, pero habiéndose aplicado la ley de caducidad de delitos sólo él se salvó de ir a prisión. Ese desmembramiento y las luchas internas por el poder, terminaron con el segundo klan; cuando alcanzaron la máxima algidez las consecuencias de las declaraciones de Stephenson, los encapuchados en toda Norteamérica no pasaban de los 350.000, cifra insignificante, comparada con sus mejores tiempos, cuando llegaron a sumar varios millones y la militancia entre los encapuchados equivalía a un honor; se trataba en otras épocas, de dirigir la nueva moral de la nación norteamericana, y de sentar bases indelebles para el fortalecimiento del país más poderoso del mundo en todos los sentidos, según el ideal de sus miembros.

Ante los escándalos y la corrupción descubierta en esa siniestra organización, los banqueros, los ricos hacendados y demás pilares económicos del klan, decidieron retirarse aliándose a los políticos que estaban en la cumbre del poder. Por otra parte, el fenómeno de la industrialización ya estaba llegando al sur de Estados Unidos y había que actualizar las formas de producción. Las antiguas comarcas agrícolas ya prácticamente carecían de importancia, en comparación con la pujante industria que unificaba la economía de todo el país. También durante la década de los años 30 otras hermandades menos poderosas, pero más secretas, restaron simpatías a los encapuchados y, siendo menos fanáticas, sin sufrir el acoso policial, fueron favorecidas por quienes sólo en el fondo buscaban diversión. Prácticamente el inicio de la Segunda Guerra Mundial marcó el fin del segundo klan. En aquel momento el mundo estaba demasiado preocupado por las ambiciones nazis, y los horrores del fascismo europeo se identificaban perfectamente con la enfermiza persecución de negros, judíos y otros inmigrantes. El antisemitismo norteamericano se equiparaba al nazismo, lo cual era antipatriotismo y de ahí que muchos de los Klansmen, verdaderamente impresionados por las matanzas de judíos, decidieran retirarse del movimiento de los encapuchados, aunque interiormente mantuvieran en estado de latencia su encono hacia quienes consideraban inferiores, pero peligrosos enemigos.

Todo se puso en contra del klan, incluso el fisco norteamericano demandó el pago de más de un millón de dólares por concepto de impuestos y eso fue suficiente para que los encapuchados se declararan en quiebra. Antes se habían visto grotescos los esfuerzos de Simmons para recuperar de alguna manera el poderío que alguna vez tuvo. Para ello trató de formar otra hermandad llamada Caballeros de la Espada Flamígera pero se topó con el boicoteo del klan; ocurrió lo mismo cuando se acordó de las mujeres e intentó formar la Kamelia, pero sólo causaban gracia sus grotescas invenciones. Esa organización, desprovista por completo de poderío político y económico acabó su agonía cuyo espíritu débilmente era alimentado por los blancos más pobres del sur que no tenían otra forma de sentirse superiores que oprimiendo a los negros y tratando de mantenerlos en la mayor de las marginaciones, evitando su prosperidad económica.

El tercer klan fracasó prácticamente desde su nacimiento, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Lo que originó esto, además del fanatismo latente y de los temores económicos, fue la posición que alcanzaron los negros por esas fechas, pues por una parte éstos fueron combatientes y conocieron, aunque en guerra, el mundo europeo y se percataron de que al otro lado del mar no se ejercía la discriminación racial de que eran objeto en América. La relación entre un hombre de color y una mujer negra, si bien no era muy frecuente ni socialmente aplaudida, no se censuraba; causaba cierta extrañeza pero, en general, pasaba a la indiferencia. También, durante los años en que Estados Unidos participó de manera definitiva en esa convulsión, las fábricas de armamentos y municiones requirieron personal en abundancia y la mayoría de empleados eran negros porque nunca habían alcanzado ese status y eran los trabajos más pesados. Al término fueron despedidos muchos de ellos pero ya estaban acostumbrados a un nivel de vida superior y se resistían a dejar ese nivel de la noche a la mañana. Fue entonces cuando empezaron a plantear exigencias que aterrorizaron a los blancos los fanáticos panegíricos del racismo.

Su único momento de éxito fue en 1945, en Georgia, cuando al resurgimiento contaba con 50.000 miembros aproximadamente, pero en el espíritu de muchos norteamericanos se le seguía identificando con el nazismo y eso le restaba simpatizantes. Los negros exigían igualdad de derechos con respecto a los blancos tratando de hacer valer las garantías constitucionales, pero las condiciones habían cambiado y la estrategia de los partidos políticos observó la conveniencia de manejar esa situación y allegarse el electorado de color a cambio de mínimos reconocimientos, pues el mismo sistema se encargaría de marginarles; no intervendrían directamente en un proceso de cambio, todo lo dejarían al tiempo, la directriz económica la marcaban los blancos y de ahí se podía sostener la seguridad de no alterar el orden, practicando el racismo sutilmente, valiéndose de la demagogia. Para los aspirantes a ocupar puestos de elección popular el apoyo del temible Ku-Klux-Klan, lejos de beneficiarles en las nuevas circunstancias, les sería perjudicial.

Murió por si mismo aunque todavía sigue apareciendo como recurso de desesperación de los blancos sureños más incultos y deseosos de venganza, sabiendo que la justicia hecha y aplicada por blancos será más benévola con ellos cuando se trate de juzgar un atentado a los negros. Hay también quienes no perdonan el triunfo negro, y la población inmigrante de países latinoamericanos hoy comparte esa discriminación que se hace ya no en segregarles de determinados sitios públicos o escuelas, sino en mantenerles sometidos por el sistema económico, imponiéndoles un tipo de trabajo despreciado por los blancos y cerrando su participación como candidatos en los cargos público? del gobierno. El espíritu sigue latente, por eso no es de sorprender que últimamente en ese país, como también en otros europeos, surjan nuevamente grupos sicópatas que levantan el brazo llevando la cruz gamada.

LA MANO NEGRA

Han sido muchas las historias divulgadas en torno a esta extraña asociación cuyos fines han cambiado de una época a otra, de un tiempo a otro. Sus orígenes más antiguos se encuentran en Italia desde el siglo pasado; en el sur de ese país se formó el movimiento clandestino rubricado por una mancha de tinta hecha con una mano estampando su huella en los sitios donde cometía sus atentados, de ahí recibió el nombre que la hizo famosa en todo el mundo. Mas por otra parte, a principios del siglo, apareció la misma agrupación en Estados Unidos dominando el mundo del crimen en Nueva York, Chicago, San Francisco y Boston, en los tiempos en que los inmigrantes italianos hacían florecer la delincuencia en esas ciudades, mediante métodos nunca antes conocidos y que pasaron a formar parte de sus modalidades de delincuencia más tarde con la expansión de la mafia.

Por lo general se piensa en “La Mano Negra” como una asociación única y exclusivamente delictiva, pero no es del todo exacta esa consideración, pues también, como otras fraternidades secretas, se amparó en objetivos nacionalistas, tanto que a ella, indirectamente se le ha atribuido el atentado que desencadenó la Primera Guerra Mundial. Ahora, que haya habido conexión directa entre los rebeldes servios y los gángsters norteamericanos, es una cuestión menos que probable. Sin embargo no puede dejar de mencionarse, aparte de su homología, la similitud de métodos, y quizá la repetición del modelo de organización.

En otros países, como España, “La Mano Negra” se hizo presente en conspiraciones de tipo popular, principalmente en las regiones andaluza y catalana. La represión oficial se vio en serios apuros para restaurar su dominio de la situación. Las primeras noticias que se tuvieron en la península ibérica de la existencia de esa agrupación clandestina fueron hacia 1882, por lo que-se cree que encontró sus antecedentes o inspiración en algún modelo homónimo surgido en Italia, Alemania y Francia y fue llevado a España por inmigrantes de vuelta en su país con ideas liberales decididos a aprovechar para su patria la experiencia de la organización revolucionaria tan efectiva en otras naciones europeas.

Pero no es por sus actividades revolucionarias de índole nacionalista que se conoce a la Mano Negra en el mundo, sino por sus más vergonzantes coacciones ejecutadas en Estados Unidos hasta hace unas cuatro décadas, fecha en que se cree fue eliminada totalmente. Sus integrantes fueron procesados, otros muertos en enfrentamientos, con la policía o en ajustes de cuentas entre sí y con otras bandas; hubo quienes se dedicaron al crimen independiente formando bandas fuera de otras asociaciones o actuaban solos, lo mismo que pasaron a formar parte de poderosas agrupaciones mejor organizadas como la mafia.

El acontecimiento que originó las fricciones que tuvieron su desenlace en el estallido de la Primera Guerra Mundial fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austríaca, en Sarajevo, capital de Bosnia, el 28 de junio de 1914; ese atentado fue atribuido a un joven estudiante militante de la “Crne Ruka” (”La Mano Negra”), asociación subversiva secreta integrada por la nobleza y por oficiales servios que se oponían a la expansión territorial, económica y política de la monarquía austríaca. Tras el atentado el gobierno de Austria exigió al reino de Servia que aclarase inmediatamente ese trágico acontecimiento, pero como no se conformaba con la versión de los servios, comunicó su decisión de intervenir directamente en las averiguaciones correspondientes destinando una comisión policial representativa del régimen austríaco. En respuesta el rey Pedro I presentó su rotunda negativa a tales intromisiones sabiendo que mayores consecuencias las resolvería con el ofrecimiento anterior del gobierno zarista de apoyarle militarmente si entraba en conflicto con el imperio austro-húngaro; así se inició la Primera Guerra Mundial. El asesinato del heredero del trono Francisco Fernando de Habsburgo fue la chispa que encendió la mecha, el peligro de guerra flotaba en el espacio, cualquier otro acontecimiento hubiera determinado el inicio del enfrentamiento bélico. Tal vez haya sido simple coincidencia que un apocado estudiante nacionalista disparara sobre los ilustres visitantes cuya presencia era calladamente repudiada por los servios, pueblo y gobierno. Además de La Mano Negra, había otros grupos nacionalistas opuestos al avance austríaco, deseosos de impedir la expansión austríaca en su territorio disminuido y sometido por la fuerza de un imperio.

La sociedad secreta (La Mano Negra) a la que pertenecía el estudiante Gavrilo Princip, autor de los disparos contra Franscisco Fernando de Habsburgo, se había fundado a principios del siglo con el objeto de combatir la expansión del imperio austríaco. No se sabe la fecha exacta de su nacimiento pero sí se tiene la certeza de haber sido en los primeros años de este siglo. Al igual que otras fraternidades anteriores en países vecinos habían combatido clandestinamente con efectividad colaborando con los levantamientos de líderes revolucionarios, la Crne Ruka se impuso como meta expulsar a la monarquía austríaca dé los Balcanes y recobrar la autonomía nacionalista tan diversa que encerraba el imperio extendido sobre los actuales territorios de Austria, Hungría, Checoslovaquia, parte de Italia, Polonia, Rumania, Yugoslavia y Ucrania, y fundar el reino de la Gran Servia, es decir, un nuevo imperio balcánico.

El punto de conflicto apareció por el despotismo de ese imperio y por el deseo nacionalista de vivir de acuerdo a tradiciones propias, a desarrollar su cultura autóctona, conservar su lengua, pero sobre todo vivir bajo un sistema de gobierno propio. No se planteaba el abolir un sistema monárquico, sino instaurar una monarquía propia, la oposición era contra la invasión extranjera. En ese objetivo estaban identificados gobernantes, nobleza, altos oficiales representantes de la aristocracia y pueblo en general, era unánime el repudio al sometimiento extranjero. Su pasado inmediato los ligaba al dominio turco en los Balcanes. Apenas en 1877 Servia se había separado de Turquía formando un pequeño reino independiente a punto de ser borrado y su territorio nuevamente absorbido, pero esta vez por el imperio austríaco. Entonces toda la atención de los servios se dirigió a prevenir la invasión de otra monarquía. Austria avanzaba hacia esa dirección, ya se había anexado otros territorios, era evidente su próximo paso, sus intenciones no se disimulaban.

La reacción general fue de defensa, pocas veces se ha visto tanta identificación entre el gobierno monárquico y el pueblo en un interés común, se estableció una mutua colaboración implícita, pues la posición oficial de la monarquía servia recomendaba discreción, no tenía capacidad suficiente para oponerse a un poderoso enemigo.

Antes de llegar a ese entendimiento se produjeron otros trágicos sucesos: el rey servio Alejandro I manifestó una línea política de sometimiento a los intereses austríacos, fue más bien complaciente. Eso provocó la reacción contraria de la aristocracia desligada de la dinastía de los Obrenovich, el pueblo se opuso a su gobierno y el resultado fue que el monarca murió asesinado en 1903, su esposa también fue víctima del atentado. Quedando el trono vacante, la dinastía Karageorgevich colocó a la cabeza del gobierno a Pedro I quien se mostró más favorable al sentir popular compartido por la nobleza y por los altos oficiales del ejército.

El avance invasor de la corona austríaca se manifestaba en hechos concretos por los cuales había razones efectivas de temor: en los años 1908 y 1909 añadió a su dominio las provincias de Herzegovina y la de Bosnia. Esos acontecimientos exigían una respuesta de la disidencia servia, formalmente no podían oponer resistencia al imperio austro-húngaro por sus claras desventajas ni era conveniente desde el punto de vista político, no había suficientes elementos que permitieran contar con cierto margen de seguridad de éxito en un conflicto armado. Más tarde Rusia ofreció su apoyo militar para resistir a una invasión o para frenar el avance austríaco, pues al gobierno zarista tampoco convenía tan ostentosa expansión.

Ese era el clima político en el imperio servio a principios de siglo, cuando (en 1911) surgió la Crne Ruka -La Mano Negra-, formada por gente del pueblo, pero en sus puestos dirigentes ocupada por la aristocracia, incluyendo a oficiales de alto rango en el ejército real. Al poco tiempo de su fundación reunió en sus filas a más de diez mil militantes, todos asociados bajo la clandestinidad, pues sus intenciones de conspiración no podían presentarse públicamente ni aunque los principales miembros contaran con la égida real. De hecho el gobierno de Pedro I dio su beneplácito y a través de gente de su confianza sancionaba sus actividades aprobando o rechazando planes. De la misma forma indirecta la financió durante muchos años permitiendo su fortalecimiento, sin embargo, paulatinamente, sin llegar a prohibirla formalmente fue desligándose de ella.

En 1914 el anuncio de la visita oficial a Sarajevo, de Francisco Fernando de Habsburgo causó indignación popular; la nobleza tuvo que reprimir su descontento por conveniencias políticas, pero la Crne Ruka encontró ahí la oportunidad de demostrar su fuerza haciéndole ver al imperio austro-húngaro cuál era su posición ante sus propósitos expansionistas. Era una romántica forma de descubrir un movimiento de resistencia formado de antemano en previsión de posibles invasiones, poco podía hacer la oposición popular frente al poderío militar del mejor ejército de Europa. La guerra tenía que estallar, las potencias se habían armado preparando las condiciones para la guerra pero nadie se atrevía a dar el primer paso, hacía falta un pretexto y ése do dieron los servios.

Realmente el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo aportó la coyuntura esperada, lo mismo hubiera servido otro incidente hasta de menor importancia. Gavrüo Princip, el estudiante que empuñó la pistola contra el príncipe heredero de la corona austríaca, fue un instrumento insignificante, su militancia en la Crne Ruka apenas un detalle complementario, pues como él había miles de patriotas dispuestos a dar su vida en defensa de su territorio, de su gobierno autónomo. La Crne Ruka exaltaba los sentimientos patrióticos profundamente arraigados en todo el pueblo, pero no era necesaria su existencia para alentar la aversión servia contra los austríacos. Fue, ciertamente, un detalle fortuito, fueron instrumentos de intereses manejados a altos niveles pero, independientemente de esos antecedentes, correspondió al archiduque Francisco Fernando ser la víctima y a Gavrilo Princip ser el protagonista que dirigió los disparos contra el heredero de la corona repudiada. La Crne Ruka trabajó en favor de la radicalización que estimuló a ese joven nacionalista a cometer un atentado estéril cuyas consecuencias, lejos de ser positivas a su causa, alcanzaron trágicas dimensiones internacionales.

Tras el asesinato del archiduque, el gobierno servio se percató de sus excesos; ese atentado concretamente provenía de una asociación solapada por la propia monarquía. La reacción de la corona austríaca logró atemorizar a los servios pero la situación era irremediable, no había muchas opciones diferentes al desenlace mediante las armas. No obstante, tratando de satisfacer las exigencias presentadas por el gobierno austríaco en el sentido de esclarecer el atentado -pero sin permitir la intromisión policial del gobierno ofendido- contra el heredero Francisco Fernando, se lanzó a una caza de brujas quizás intentando congraciarse con su enemigo potencial. Una caza de brujas muy simple porque los conspiradores estaban infiltrados en la misma corte, los oficiales de mayor rango pertenecían a la Crne Ruka y en otros tiempos habían contado con las simpatías del reino, tanto que era del Estado de donde procedían los ingresos necesarios para financiar la conspiración.

Entonces se hicieron públicas las actividades de la sociedad secreta que, no obstante ser conocida su existencia, se ocultaba reservando su admisión a los patriotas más decididos. El dirigente de la organización era el coronel Dragutin Dimitrievich, oficial del Estado Mayor Servio al servicio de Austria. Era de todos conocida la íntima relación que durante mucho tiempo mantuvo con los miembros de la dinastía Karageorgevich, con el propio rey y demás miembros de la nobleza. Este era un personaje popular, muy carismático, también conocido por el sobrenombre “Apis”. Al demostrarse su responsabilidad en la conspiración el gobierno servio pretendió aplicar justicia condenándole a muerte. No dejo de sorprender la frialdad de Pedro I cuando “Apis” fue sentenciado a la pena capital; fue muy conocida la relación amistosa de ambos personajes y se esperaba que el indulto real anulara la ejecución, sin embargo eso no ocurrió y el líder de la Orne Ruka murió demostrando aceptar el sacrificio de su vida por mantener sus convicciones nacionalistas. El resto de los miembros más importantes del grupo clandestino también fue apresado y condenado según la participación que tuviesen en esa asociación subversiva. Varios oficiales acompañaron a Dragutin Dimitrievich, muriendo en la horca, otros fueron sentenciados a condena perpetua y los menos fueron recluidos por cortos períodos en diferentes cárceles.

Las ejecuciones sirvieron para demostrar hasta qué altos niveles estaba infiltrada la conspiración, dentro de la misma nobleza, lo cual vino a corroborar al gobierno austríaco su sospecha de que los protagonistas del atentado eran meros instrumentos de una oposición mayor, y que efectivamente el gobierno de Pedro I, directa o indirectamente, permitió la consumación del atentado. Las simpatías populares hacia la Crne Ruka eran demasiadas como lo era el rechazo al imperio austríaco; no obstante el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, Pedro I quiso sentar precedentes de justiciero, comprendió que las sociedades secretas en el futuro podrían conspirar contra su propio gobierno, y al mismo tiempo cuidaba su imagen ante el exterior. La fraternidad quedó aniquilida definitivamente hasta después de 1918, pero más que nada por las consecuencias de la gran tragedia.

“La Mano Negra” en Italia se cree que aportó iniciados que más tarde se destacaron en otras hermandades criminales como “La Mala Vita” en Nápoles, “La Mafia” en Sicilia y otras similares. La mano negra fue también símbolo utilizado por estafadores independientes que, aprovechando la fama de esa “organización” tal vez ficticia como tal, extorsionaron a incautos hombres acaudalados en Estados Unidos y en Italia. El procedimiento era simple y efectivo: se hacía llegar una carta que exigía determinadas cantidades de dinero a cambio de protección o bajo amenaza de secuestro y muerte de alguno de los miembros de la familia coaccionada. Como única firma se estampaba una mancha de tinta impresa con la mano extendida. El método dio resultado pero no hay pruebas concluyentes que permitan suponer la real existencia de una banda denominada así.

Los emigrantes italianos que hicieron florecer el crimen en Estados Unidos formaron cuarteles generales en las ciudades más importantes como Nueva York, Chicago, San Francisco, Boston y otras, donde efectivamente el número de delincuentes de origen italiano, agrupados bajo grupos “familiares” sólo en la primera década de este siglo (de 1900 a 1910), llegó a sobrepasar los 15.000 miembros, todos dedicados única y exclusivamente a negocios ilícitos, involucrados en asesinatos y demás actos de violencia cometidos en los bajos mundos, en el control del tráfico ilegal y otras acciones ilegales. Pero la época de esplendor de la mafia, la organización formada por emigrantes italianos -en particular de Sicilia- llegó varias décadas después.

En España a raíz de un sonado asesinato se conoció la existencia de un grupo subversivo también denominado “La Mano Negra”, que se cree fue exportación directa de los grupos secretos que combatieron en Italia y en Francia por el derrocamiento de los gobiernos monárquicos de naciones extranjeras. En 1822 fue rescatado un cuadernillo con manuscritos que descubrían los fines y reglamentos de una fraternidad subnominada “Los Pobres Honrados contra los Ricos Tiranos”. A lo largo de varias parrafadas a manera de introducción se alude a las ideas expuestas en periódicos y revistas de definidas tendencias socialistas. Se detalla el reglamento interno para los miembros de la hermandad, los comunicados y sentencias para traidores y enemigos.

El descubrimiento de la existencia de esa agrupación clandestina se produjo por el asesinato de un matrimonio sumamente conocido y prestigioso en la localidad de Jerez de la Frontera, precisamente en el año 1822. En el lugar del crimen se encontró el mencionado documento que seguramente cayó al suelo sin que su propietario se percatase del extravío, pues eso revelaba la conspiración que iba más allá de asaltos a caciques acaudalados.

Entre otras cosas, aclaraba que todos los partidos políticos son iguales; se pronunciaba contra la propiedad del sistema capitalista, textualmente decía: “Es ilegítima toda propiedad adquirida con el trabajo ajeno aunque sea por la renta o por el interés, sólo es legítima la adquirida por el trabajo directo y útil”. Ese mismo documento insistía en la condición secreta de la agrupación formada para defender los intereses de los pobres y combatir a los ricos tiranos. Se describía la forma de iniciación que incluía varias pruebas -de ideología, convicción, extracción económica y física- para poder ser admitidos. Quienes habían ingresado a la fraternidad comprometían hasta su vida y las escasas propiedades en favor de su movimiento y de los demás hermanos en apuros.

La clase campesina andaluza explotada por el cacicazgo apoyó a esa agrupación otorgándole su ayuda y protección en sus actividades subversivas, dirigidas contra los intereses de los ricos. La forma de organización copió fielmente los modelos de otras sociedades secretas correspondientes en Italia. Se integraban pequeñas células cuyos representantes accedían a otras microorganizaciones de mayor rango y así sucesivamente. La breve rebelión encontró campo propicio en varias provincias ibéricas, lo mismo en la región andaluza que en la catalana. Presentaron valiente resistencia a las fuerzas de represión oficiales los grupos asentados en Jerez, Arcos de la Frontera, La Línea de la Concepción, Ubrique, Lebrija, Ronda, Paterna, Bosnos y Puerto de Santa María. En todos estos lugares, cuando cometía algún atentado vandálico contra las propiedades de los ricos dejaba como huella reivindicativa una mano impresa con tinta en la puerta del sitio atacado, de ahí que se le nombrara directamente “La Mano Negra” y no como se autonombraba en su estatuto. “Los Pobres Honrados contra los Ricos Tiranos”.

La mayor represión gubernamental se produjo en Cataluña donde se exterminó por completo la insurrección sin que hubiera arraigado mayormente en las capas populares con suficientes motivos para llevar más lejos ese movimiento. Pero todavía, en tiempos de la Segunda República, se habló de las actividades de La Mano Negra y, en efecto, es probable que algún reducto de asociados siguiera cometiendo actividades subversivas. Su relación directa con las organizaciones homónimas surgidas en otros países europeos se explica mediante la emigración de trabajadores españoles que pasaron largas temporadas en Italia, Francia, Alemania y otras naciones, donde quizá se empaparon de ideales subversivos, viendo el resultado de la conspiración. En España fue un movimiento independiente, es decir, no tuvo nexos directos con los modelos del extranjero, surgió con sus propios recursos, copiando sólo algunos rituales de iniciación, tal vez para reforzar la decisión de militancia. La organización por células era una necesidad natural de protección y conocido el sistema se aprovechó fielmente, pues al margen de diferencias raciales la dinámica de grupos produce, por lo general, los mismos resultados.

Ha de puntualizarse que en todos los casos donde apareció la agrupación “La Mano Negra” sólo hubo formas espontáneas de rebelión, no hubo conspiración internacional interrelacionada ni mucho menos procedente de  una dirigencia central. En cada nación adoptó los modelos propios de sus condiciones de lucha y objetos precisos. Por ejemplo en España no se combatía exclusivamente la monarquía borbónica como ocurrió en Italia; el enemigo era el mismo español explotador, el régimen por supuesto favorecía ese orden de cosas pero al campesino le afectaba más directamente el acaparador que tenía cuantiosas fortunas sin esfuerzo personal de trabajo. En Italia el objetivo era la expulsión de las monarquías extranjeras y la unificación nacionalista de su territorio en manos de la aristocracia de reinos ajenos a su tradición. En Servia se luchó incluso al lado de la monarquía en defensa de intereses nacionalistas amenazados por la expansión austro-húngara.

Ni siquiera es probable la conexión directa entre los modelos organizadores en su primera versión. Aunque las fraternidades eran secretas, algo se sabía de su composición interna y un breve informe sobre su sistema de células habría bastado para copiarlo fielmente y aplicarlo en defensa de los intereses propios de cada grupo insurrecto.

Pero la versión de “La Mano Negra” más famosa e imitada, ésta sí por inspiración directa, fue la expandida por los Estados Unidos en el momento en que esa nación representó la nueva esperanza para el mundo europeo decadente. América ofrecía todas las alternativas de riqueza; llegaban al Viejo Mundo fantásticas noticias que hicieron a cientos de campesinos italianos abandonar sus estériles tierras y lanzarse en busca de otras formas de vida. Se encontraron con dificultades, pues no todo era el paraíso, sin embargo esa sociedad, todavía no tan contaminada, era prácticamente virgen para permitir el florecimiento de la delincuencia al estilo italiano y en esas condiciones efectivamente ofrecer un paraíso donde se podían reunir fabulosas fortunas sin pasar por el esfuerzo del trabajo honrado.

EL MAU MAU

Pocas sociedades secretas han tenido tanta significación política como el Mau Mau cuya definición no cabe en clasificaciones generales; el Mau Mau fue algo más que una liga secreta y sería inexacto considerarle únicamente como grupo terrorista. Tampoco se trata de una sociedad puramente nacionalista ni de un clan defensor de sus compatriotas kenianos marginados; su acérrimo rechazo a la colonización británica no se limitó exclusivamente a un anhelo de emancipación nacional. Sería mucho menos válido argumentar su xenofobia como inspiración principal; igualmente quedan descartados virtuales móviles de carácter expansionista y aún el deseo de autogobierno. Sin embargo, al explicar su singular composición, se advierte que cada elemento de los antes mencionados, influye decisivamente en las acciones desarrolladas por esta secta cuya estructura formal guarda asombrosas semejanzas con otras famosas asociaciones secretas como la masonería, por ejemplo, sin que se tenga conocimiento fidedigno de alguna relación entre ambas ni siquiera para considerar que haya habido ocasión de copiar ritos de iniciación como por su similitud podría suponerse. El fenómeno Mau Mau es todavía más complejo: combina efectivamente finalidades nacionalistas pero carentes de una ideología definida, dado que su pronunciación por la liberación del colonialismo británico no se sustentaba en el legítimo derecho de independencia, sino que se tomaba como vía de recuperación de las tierras cuya posesión, más que medio de riqueza y sentido de propiedad, representaban un trascendental simbolismo cultural. Los elementos componentes del Mau Mau son al mismo tiempo políticos, raciales, religiosos; en suma, culturales.

El Mau Mau surgió en Kenia cuando este país formaba parte de las colonias británicas en África; aunque su fundación se originó tras una serie de acontecimientos políticos, su carácter nacionalista debe mencionarse, puntualizando la división interna de las tribus de ese territorio. El más radical rechazo a la intromisión británica correspondía exclusivamente a un beligerante sector kikuyu agrupado en torno al Mau Mau. Sus objetivos eran:

Recuperar las tierras que por tradición les pertenecían.

Restablecer sus antiguas costumbres restaurando en esa forma la cultura autóctona, desplazada por la colonización inglesa.

Aunque en el punto anterior queda implícito el deseo de practicar sus cultos religiosos propios, se precisaba cómo un objetivo más cancelar la evangelización cristiana.

El movimiento de Mau Mau combatía la sumisión kikuyu ante la corona británica exigiendo su independencia y autogobierno.

Al lograrse la autonomía se procedería a la expulsión de todos los extranjeros residentes en territorio keniano.

El principal líder visible del Mau Mau, Jomo Kenyatta o Johnstone Kamau, también conocido como “Lanza Ardiente”, nació en el último año del siglo pasado; siendo el territorio keniano gobernado por la corona británica, cursó sus primeros estudios en una escuela misional de la Iglesia de Escocia; más adelante trabajó en Nairobi en una oficina administrativa y en 1922 se inició en la militancia política en su país. Primeramente ingresó en la Asociación de Jóvenes Kijuyus (K.A.U.), integrada principalmente por soldados ex combatientes de la Primera Guerra Mundial, la mayoría de ellos egresados de las escuelas misionales y pertenecientes a una generación desarraigada de sus propias tradiciones, marginada de la asimilación cultural colonialista. Estos se agruparon en la K.A.U. para luchar abiertamente por la recuperación de las tierras usurpadas por los europeos. En aquel momento el dirigente de la asociación era Harry Trucu a quien la policía colonial encarceló acusado de encabezar manifestaciones antigubernamentales durante las cuales murieron varios negros. Su aprehensión causó indignación y descontento; sus partidarios hicieron protestas públicas con la consecuencia de violentas represiones que costaron más vidas de manifestantes negros. La KAU fue proscrita finalmente después de esos tristemente célebres acontecimientos de marzo de 1922. Kenyatta participó en las marchas de protesta relevándose muy pronto en los cuadros directivos de la asociación.

Poco más tarde, apenas los ex militantes de la Asociación de Jóvenes Kikuyus, pudieron reorganizarse, fundaron la Asociación Central Keniana (K.C.A.), cuyas finalidades aparentes eran meramente culturales, pero en realidad era sucesora directa de la K.A.U. con los mismos ideales e integrantes; Kenyatta también formó parte de esa nueva asociación.

Su militancia en la Asociación Central Keniana fue destacada, sin embargo no sobresale ninguna aportación personal verdaderamente notoria; es decir, siguió exactamente las pautas marcadas de antemano, escalando hábilmente los puestos directivos. Así, en 1928, pasó a ocupar la Secretaría General de la K.C.A., poniendo de manifiesto su carismática personalidad que más tarde le significaría la máxima dirigencia del movimiento Mau Mau.

El mismo Kenyatta promovió su designación como enviado de la Asociación Central Keniana a Inglaterra para plantear directamente ante el Ministro de las Colonias el asunto que originaba el mayor descontento kikuyu y era bandera de la K.C.A.,como lo fue de su antecesora K.A.U. Solicitó formalmente la devolución de sus tierras y presentó las bases de las exigencias kenianas contenidas en la esencia de los objetivos de lucha abierta a través de los únicos recursos legales disponibles, tales como la K.C.A. La petición contenía el derecho a la participación autóctona en la dirección del gobierno colonial mediante la representación de nativos en el Congreso keniano. El resultado de esas gestiones fue totalmente negativo. El gobierno británico se opuso a tales peticiones. Kenyatta regresó a su tierra continuando en el mismo puesto directivo hasta el año siguiente, 1930, cuando hizo un nuevo viaje a Inglaterra otra vez bajo la égida de la K.C.A., pero esta vez su estancia en Londres se prolongó durante 16 años en cuyo transcurso hizo estudios universitarios, contrajo matrimonio con una británica, Edna Grace Clarke. En la Gran Bretaña también formó parte de asociaciones que luchaban por los derechos nacionalistas de su país; agrupó bajo ese objetivo a los kenianos residentes en Inglaterra; tuvo contacto con grupos izquierdistas, incluso militó en el Partido Comunista, por lo que se mencionó con mucha insistencia, sin probarse satisfactoriamente, una visita a Moscú. En 1946 regresó a Kenia, abandonando a su esposa e hija en Londres quienes sólo volvieron a saber de él cuando, años después, fue señalado como dirigente del Mau Mau. En su país natal pasó a ocuparse de la dirección de la Escuela Normal de Githunguri, donde se dedicó especialmente a hacer labor proselitista en favor del movimiento enarbolado por la Asociación Central Keniana.

La línea de esas escuelas se compaginaba con los objetivos de la Iglesia Kikuyu de Pentecostés Independiente y la Iglesia Ortodoxa Africana Kikuyu; dos iglesias independientes fuertemente influenciadas por las escuelas misionales británicas; la penetración religiosa fue tanta que un amplio sector de la población kikuyu renunció a su antigua tradición de extirpar el clítoris a la hembra de la tribu en edad infantil.

La Iglesia de Pentecostés Independiente y la Iglesia Ortodoxa Africana Kikuyu se fundaron en 1935, en cierta forma como resultado de la colonización cultural británica, sustituyendo a las escuelas misionales e iglesias inglesas. En las nuevas escuelas se trataba de encontrar puntos de reconciliación entre las doctrinas cristianas y las costumbres kikuyus. Se asimilaba parte de la cultura colonialista pero la historia africana se enseñaba con marcada parcialidad nacionalista africana. En ese intento se trabajó con el beneplácito del gobierno colonialista durante 18 años solamente; en 1953, cuando el Mau Mau desquiciaba la estabilidad de la dominación británica sobre Kenia, fueron cerradas por prohibición gubernamental como presuntos centros de agitación desde donde se celebraban juramentos del Mau Mau y como centros de adiestramiento terrorista. La respuesta contra la subversión también alcanzó a la Escuela Normal Githunguri dirigida por Kenyatta. Trece años antes la Asociación Central Keniana fue proscrita cuando también Kenyatta aparecía al frente de ella. Las acusaciones la relacionaban con la labor de agentes italianos desleales que subvertían en Etiopía. La oposición dentro de la legalidad continuó cuatro años después cuando, nuevamente organizados los disidentes, combatieron por los mismos ideales en la Unión Africana Keniana (K.A.U.), fundada por Eliud Mathu, quien fue el primer miembro africano del Consejo Legislativo.

La base militante de las tres organizaciones fue prácticamente la misma; las finalidades iguales, las únicas variaciones eran los nombres de las asociaciones y la apariencia de objetivos diferentes para extender su labor de proselitismo. La esencia de sus exigencias emanó directamente de la tradición kikuyu; en principio fue un movimiento de reivindicación tribal que más adelante alcanzó mayores dimensiones, principalmente porque los colonizadores ingleses no le dieron la importancia debida o porque no entendían el fenómeno complejo de la cultura kikuyu.

El origen de la lucha del Mau Mau se encuentra realmente en las costumbres de la tribu kikuyu, desde su creación; según la tradición sus raíces fueron Gikuyu y su esposa Muumbi quienes procrearon nueve hijos con el favor del dios Negai, hace ocho siglos aproximadamente. Hacia finales del siglo XVI el crecimiento de la tribu había sido tal que su influencia alcanzaba más allá de la orilla del río Chania por el sur y hasta el Nyeri, en las faldas del Monte Kenia, por el norte. En una de sus colindancias territoriales se asentaba otra tribu, la de los wanderobos cuya actividad bélica no representaba mayor preocupación para los kikuyus; su modo de vida era la cacería y la recolección de raíces vegetales. Las familias wanderobos tenían dominio sobre grandes extensiones de tierras fértiles sin cultivar, por ignorancia; los kikuyus en cambio era una tribu conocedora de la agricultura y empeñada en trabajar los mejores terrenos. La mejor forma de obtenerlos hubiera sido mediante la fuerza, pues no habrían encontrado ningún obstáculo, tanto por la desventaja de sus virtuales rivales como por su indiferencia hacia esas propiedades, pero la religión kikuyu prohibía ese despojo; la tradición en cambio, señalaba un procedimiento ritual cuya celebración, además de asegurar la paz entre los vecinos, perpetuaba la propiedad en una sola familia interrelacionándose de forma más directa, extendiendo así su influencia cultural, económica y política en su ámbito cada vez mayor.

La forma de obtener en propiedad el terreno deseado era, si se quiere, una elemental operación de compraventa, consistente en el trueque de cabras, ovejas o algún otro objeto que compensara el valor simbólico de las tierras, pero la operación sólo tenía validez cuando entre ambos interesados se celebraba una ceremonia de “mutua adopción”, ésta misma debía ser aprobada de antemano por los jerarcas de la tribu, de otra forma no reunía las condiciones de legalidad, aun en los casos más sencillos o directos de efectuar el cambio de propiedad. La variante facultaba por derecho natural a los kikuyus por nacimiento o por adopción a realizar esas operaciones, sin embargo, no excluía la sanción de las autoridades tribales ni les liberaba de la obligación de realizar el acto en público, en presencia de toda la tribu, ya que era un asunto de interés para todos, por repercutir directamente en la vida de la comunidad.

Quien adquiría las tierras se denominaba mbari; sólo por el hecho de ser “comprador” estaba considerado como fundador de un subclán dentro del cual se agrupaban todos sus hijos varones, todos los hermanos varones de su familia, los hijos de éstos e incluso los primos y sus hijos varones. De esa manera sin proponérselo directamente la influencia kikuyu se extendió considerablemente hasta finales del siglo XIX en una amplia porción del territorio keniano, imponiendo sus costumbres y ejerciendo el total control sobre espacios cada vez mayores. Pero una serie de acontecimientos, por completo ajeno a su voluntad, facilitaron el asentamiento británico en ese lugar, con el consecuente despojo de tierras a las cuales los kikuyus creían tener derecho y de las que realmente eran propietarios. Coincidieron calamidades tales como el brote de varias epidemias simultáneamente; epidemias de viruelas, epidemia bovina e incluso una larga temporada de sequía seguida de otras plagas que obligó a los kikuyus a replegarse en zonas interiores del país y devastó todas las riquezas logradas en muchos años de esfuerzos. En el corto período que duró esa tragedia la población disminuyó hasta en un cincuenta por ciento. Al poco tiempo de la retirada kikuyu los colonizadores británicos, que entraban a ese territorio introduciendo el ferrocarril Kenia-Uganda, viendo campos fértiles, decidieron asentarse ahí creyendo obrar legalmente, pues no encontraron a nadie como “propietario”. Pero en otros casos, si se presentaba el supuesto propietario reclamando sus derechos, la reacción de los británicos era realizar una compra al estilo occidental. “Pagaban” con dinero el precio que ellos consideraban justo, suponiendo ingenuamente haber adquirido todos los derechos del terreno en cuestión; en cambio los kikuyus recibían ese pago más bien con indiferencia pues en-esos momentos el dinero británico carecía por completo de valor en el territorio keniano; sin embargo, los dueños de los terrenos, que creían ser gratificados por el uso temporal que los extranjeros daban a sus tierras, nunca pensaron en haber perdido derechos sobre ellas.

Los colonizadores británicos, ignorantes de la tradición kikuyu respecto a esas operaciones, simplemente se limitaron a entregar dinero, en algunos casos, pero ignorando que de acuerdo a la tradición autóctona esa transacción, además de carecer de toda validez legal, violaba sus normas, por tanto se sintieron realmente despojados del derecho sobre las tierras que les pertenecían por tradición y herencia siendo la ceremonia dé “adopción mutua” la única forma de hacer cambio de propietario;-como tal procedimiento no fue realizado por los ingleses nunca se les reconoció algún dominio sobre las grandes extensiones cultivadas a beneficio personal o de la corona británica. Los colonizadores por su parte se sintieron en plenas facultades legales cuando la Gran Bretaña proclamó un protectorado en 1895, por el cual adquiría soberanía en todo el territorio de África Oriental. Tal proclama fue ignorada por la población nativa pues para ellos la única legalidad era su propia tradición sin poder llegar a concebir otra forma de legalidad impuesta por el colonizador que llegaba a invadir territorios heredados por los kikuyus durante varias generaciones. Por otra parte, el concepto occidental de propiedad era ajeno y extraño para la cultura local; la posesión de la tierra se lograba solamente en la ceremonia de mutua adopción, pero nunca en el sentido occidental de propiedad privada. Así, es lógico suponer la extrañeza de los kikuyus cuando recibían dinero; o sea para ellos papeles sin ningún valor ni significado pues estaban al margen del consumo civilizado.

El protectorado establecía que la mayoría del territorio era propiedad de la corona británica, e incluso permitió una extensión determinada para “reservas” de la población autóctona que además recibió la “oferta” de trabajar para los británicos “otorgándoles también la opción” de emigrar a otra parte. La primera reacción de los indígenas fue de sorpresa por ese nuevo orden de cosas que les sometía a un imperio desconocido y el sentimiento general fue claramente de invasión, de injusticia y discriminación pues, a pesar de todo, persistía el sentimiento racista en el mundo occidental y los kikuyus eran seres en estado semisalvaje que los colocaba en una posición inferior a la consideración colonialista cuyo paternalismo incubó el movimiento de liberación nacional más violentamente representado a través del Mau Mau, pero logrado por otros sectores de la población.

Para entender mejor el fenómeno Mau Mau y apreciar en toda plenitud la repercusión de la colonización británica conviene conocer las tradiciones culturales kikuyus. En éstas los hechiceros o mundu mugu que eran una mezcla de médicos adivinos y exorcistas, jugaban un papel muy importante: eran la única autoridad en la tribu en materia de curaciones a base del conocimiento primitivo de hierbas medicinales, por cierto en relación muy cercana con su efectiva aplicación, según se pudo comprobar respecto a la medicina del mundo occidental, sólo que a niveles muy rudimentarios. Esos mismos personajes combinaban las curaciones con ceremonias rituales diversas; los mundu mugu ejercían la magia protectora, consistente en la aplicación de hierbas medicinales en una “ceremonia de purificación”, acto imprescindible, según sus creencias, para lograr el resultado deseado.

Los hechiceros o sacerdotes habían logrado alcanzar una jerarquía de máximo respeto dentro de la tribu después de largos años de preparación que incluían aprendizaje de los ritos, de la religión, las tradiciones tribales y los efectos de sus hierbas curativas. También representaban la máxima sabiduría formando parte de las autoridades de la comunidad, facultadas para deliberaciones disciplinarias en todos los posibles conflictos, pues al mismo tiempo eran fiscales de las leyes y costumbres kikuyus; quien violaba algún tabú, además de ser amonestado, debía ser atendido por el mundu mugu para liberarle de las fatídicas consecuencias que se presentaban como enfermedad que podían llegar aun a causarle la muerte. En muchas de esas ceremonias se sacrificaba un animal como parte esencial del proceso curativo. Los murogui, en cambio, eran los brujos causantes de la magia negra, trabajaban en secreto por encargo especial de una persona empeñada en hacerle mal a otra. Sus efectos también podían llegar a causar la muerte de la víctima: sin embargo, la fuerza de la magia protectora dirigida por un mundu mugu podía contrarrestar los efectos negativos de la magia negra.

Dentro de la vida tribal los juramentos tenían una significación muy importante; su trascendencia afectaba directamente toda la vida del protagonista, pudiendo repercutir hasta en otros miembros de la familia ajenos al juramento. Su realización tenía varias funciones: confirmar pactos, celebrar juicios legales, matrimonios, operaciones comerciales, etc. El violar un juramento podría traer consecuencias de extrema gravedad, como la muerte del transgresor o de sus parientes cercanos. Todos los juramentos debían efectuarse voluntariamente; en caso de ser forzados el mismo mundu mugu lo descubría y se negaba a sancionarlos; para darles mayor validez se hacían en presencia de toda la tribu que desempeñaba el papel de testigo y era conocedora del compromiso adquirido por el protagonista del juramento. Aunque se ha puntualizado en el requisito de concurrir por voluntad propia sin coacción de ninguna clase, había juramentos prácticamente obligados por ser parte de la tradición tribal. Una vez hecho el juramento el sujeto conocía de antemano las consecuencias que podía traerle su violación. De ahí que el Mau Mau se valiera de los juramentos como práctica profundamente arraigada y merecedora del máximo respeto o temor, para atraer a sus partidarios asegurándose de su fidelidad, pues el castigo mágico a un desacato no concluía a la muerte del traidor, tal vez causara el mismo efecto en sus parientes próximos, pero, por sus creencias en un mundo posterior y la existencia de espíritus, el castigo podría prolongarse más allá de la muerte. Esas supersticiones fueron aprovechadas por el Mau Mau para forzar a elementos renuentes a prestar el juramento, asegurándose de su fidelidad. De acuerdo con sus propias creencias tales juramentos no procederían por celebrarse forzando la voluntad del iniciado, siendo además realizadas en secreto, al amparo de la noche sin la presencia del mundu mugu. No obstante causaban temor porque en ellos participaban la magia negra cuyos efectos eran igualmente infalibles. Para librarse de ellos era necesaria la purificación de la magia protectora lo cual suponía una especie de investigación que asegurara la coacción efectiva y luego la celebración de otros ritos para invalidar las maldiciones inherentes a la ruptura del juramento. Por lo general no se seguía todo ese procedimiento porque el principal temor era la venganza de los Mau Mau fieles que podía afectar directamente al delator e incluso a sus familiares.

Por otra parte las ceremonias de iniciación son importantes en la tradición kikuyu pues determinan el carácter mágico de esta cultura, haciendo más comprensible el arraigo de esas creencias. Los miembros de la tribu se consideraban como tales hasta después de la adolescencia, edad en la cual se iniciaban formalmente. Antes de la ceremonia correspondiente los sabios ancianos y los hechiceros de magia protectora, únicos reconocidos en la tribu, se encargaban de instruirles sobre costumbres, historia, significado de los ritos, deberes y obligaciones efectivas a partir de la iniciación; ésta comenzaba con una serie de fiestas en las cuales se hacían danzas y libaciones de cerveza fabricada por ellos mismos (sólo los sabios ancianos tenían derecho a beber cerveza, su significado era puramente religioso y pocas veces llegaban a emborracharse, el resto de la tribu desconocía los efectos de cualquier licor y nadie se atrevía a probarlo). La iniciación de los hombres consistía principalmente en la circuncisión, pero también participaban en danzas muy significativas como pasar bajo un arco. Las muchachas corrían en una carrera hasta el árbol sagrado; la ganadora se convertía en la novia más codiciada sólo por ese hecho. La población mayoritaria la constituían las mujeres, por ese motivo la poligamia era prácticamente común; muchas chicas que no eran escogidas por los varones como primeras esposas pasaban a ser segundas y terceras consortes con el beneplácito de la primera esposa, de su propia familia y de la autoridad en general.

Este hecho, considerado exclusivamente desde el punto de vista estadístico de población, podría resultar natural, pero relacionado con otras prácticas revela su carácter misógino. Era costumbre “natural”[3] someter a las mujeres a la clitoritomía; su realización escandalizó a los misioneros cristianos ingleses, pero la mentalidad kikuyu no comprendía cómo aceptaban en cambio de muy buena gana la circuncisión en los varones, pues para ellos ambas cosas significaban exactamente lo mismo; la mujer educada en esa tradición aceptaba abnegadamente su destino. Una madre que había sobrevivido a esa intervención en su infancia, a la penetración en el matrimonio y los desgarramientos en el parto, consideraba natural y necesario que sus hijas sufrieran el mismo destino e igual si llegaban a morir como no pocas veces ocurría[4].

La costumbre entre los varones, cuando un kikuyu quería casarse, era comunicárselo a su padre quien, generalmente enterado de la preferencia de su hijo, hacía una lista con los nombres de varias chicas de la tribu. Las incluidas en esa selección contaban con el beneplácito paternal para efectuar el matrimonio; si la elegida por el hijo gozaba de las simpatías del padre, su nombre se incluía en esa lista, pero en caso de que no apareciera, quizá por omisión involuntaria, el joven casadero pedía a su padre que hiciese una nueva lista. Si por segunda vez no aparecía el nombre de la mujer deseada, el hijo, obediente, respetuoso de la voluntad paternal comprendía que su predilecta no era grata a su familia y debía escoger alguna de las impuestas por su padre.

Cuando la familia del novio y la de la novia estaban de acuerdo en la celebración del matrimonio, el compromiso se formalizaba; los padres de la novia señalaban algo que garantizara la realización del matrimonio, por lo general eran algunas cabezas de ganado, entonces los padres del novio entregaban a la otra familia esos bienes sin que significara propiedad definitiva, sino simplemente una forma de custodia destinada a asegurar una “indemnización” en un matrimonio malogrado. Si el marido cometía falta, maltrataba a su cónyuge, o no cumplía sus obligaciones podía romperse el vínculo marital, regresando la mujer a la familia de sus padres, siendo las cabezas de ganado la compensación material para su propia familia que nuevamente tendría la obligación de brindarle techo y comida a ella y los posibles hijos. En caso contrario, cuando fuese la mujer quien faltase a sus obligaciones, él tendría el derecho de recuperar la garantía- entregada por sus padres. La práctica de ese ceremonial determinaba el bajo índice de divorcios, aunque no se puede especular hasta qué punto eran satisfactorias las relaciones matrimoniales pues al menos para la mujer todo parecía indicar la mayoría de desventajas.

La influencia de los misioneros cristianos en Kenia fue muy notoria, con las más variadas consecuencias, una de ellas el desarraigo y otra, la creación de una cultura híbrida con más vicios occidentales aunque también dejó innegables beneficios; ocurrió lo mismo con ligeras variantes en el resto del África colonizada por potencias europeas. Todavía hoy esas jóvenes naciones padecen el colapso de la colonización sin haber logrado recuperarse ni encontrar su camino de vida independiente.

Fue muy elevado el número de jóvenes que realizaron estudios en las escuelas misionales: la mayoría de ellos fue campo fértil para el cultivo de las enseñanzas cristianas desplazando las tradiciones kikuyus, mostrándoselas como absurdas supersticiones e idolatría. El resultado fue en algunos casos de sincera conversión al cristianismo, renunciando a sus antiguas creencias; una decisión de esa naturaleza implicaba romper prácticamente con la familia, pues los padres nunca aceptarían a un miembro apartado de su tradición. Además, como se ha dicho, ante los kikuyus sólo tenían validez los juramentos públicos. Hubo entonces auténticas conversiones, pero lo más frecuente fue simular ese cambio de creencias con finalidades utilitarias para aprovechar las ventajas de la educación inglesa. Las contradicciones, el resultado verdadero apareció durante la Primera Guerra Mundial, cuando una generación trató de asimilar los beneficios de la cultura europea combinándola con las costumbres nativas; las ceremonias de iniciación casi quedaron reducidas a la circuncisión. Esa generación medianamente capacitada al nivel más bajo trató de integrarse sin ningún éxito a la forma de producción británica, pero siguió viviendo marginada en todos los aspectos; los adultos trabajaban en las ciudades pero vivían en las reservas, diariamente tenían que hacer ese viaje advirtiendo su marginación económica. A partir de esa toma de conciencia trataron de intervenir en la política buscando alguna compensación, tratando de reivindicar dentro de los escasos cauces legales su situación; paradójicamente su acceso a la educación occidental les permitió vislumbrar esa injusticia e incubar las bases del movimiento iniciado en la K.C.A. y en la K.A.U. hasta concluir en la independencia de su país, pasando por las feroces luchas del Mau Mau como única posibilidad de aportar soluciones, propias a la nueva dinámica social keniana alterada definitivamente por la intromisión británica.

La moral kikuyu se encontraba totalmente relajada; se había perdido el respeto a sus antiguas instituciones. Vicios como el alcoholismo eran cada vez más alarmantes, la unidad familiar no se conservaba como en tiempos primitivos, las virtudes fueron sustituidas por efectos consumistas; las amenazas de exclusión del clan familiar a pocos jóvenes llegaba a impresionar, la mayoría había dejado de respetar la jerarquía de su tribu. Antes se ejercía una forma de control muy efectiva, la tribu estaba organizada por grupos de edad: niños, adolescentes, adultos jóvenes, recién casados, adultos, hombres maduros y ancianos. Para pasar de uno a otro grado era necesario presentar algo similar a un examen público, demostrando aptitudes especiales, de acuerdo a la edad, a las características del grupo en cuestión. El consejo de ancianos dictaminaba en esas ceremonias ratificando el ascenso o la expulsión. El tabú del robo también se perdió; si los varones de la tribu antes, para destacarse se empeñaban en demostrar virtudes o habilidades, el sistema consumista mostrado por los colonos les facilitaba el camino, es decir, era más fácil conquistar a una chica haciéndole un obsequio que convertirse en un buen agricultor. Otro tanto sucedía en la formación de los matrimonios, si las costumbres kikuyus establecían una propiedad en garantía o bien las formas modernas la habían desplazado por completo o simplemente se convertía en un requisito más e intrascedente que sin embargo llegaba a perjudicar la economía de una familia pues un chico al querer casarse rápidamente no dudaba en contraer deudas. La estabilidad familiar en cuanto al crecimiento natal se deterioró muy pronto; la medicina occidental combatió los elevados índices de mortalidad infantil, las enseñanzas cristianas dejaron sin efecto la costumbre nativa de tener no más de un hijo cada tres años; como consecuencia creció la población acompañada en proporción directa de miseria nunca antes conocida.

En 1949, cuando el gobierno colonial británico debía haberse preocupado desde tiempo antes del malestar manifestado por la Asociación de Jóvenes Kikuyus, la Asociación Central Keniana y la Unión Africana Keniana, se conoció la existencia de un grupo denominado Mau Mau cuyo nombre nunca se ha aclarado exactamente; su denominación tal vez fuera una deformación de uma uma, ” ¡fuera, fuera!” en lengua nativa, utilizado como clave para indicar la presencia de la policía colonial. Esa organización secreta correspondía a un movimiento subversivo protagonizado por casi un millón y medio de kikuyus. Los atentados cometidos a su nombre fueron de diversa índole; dos años antes se habían iniciado asaltos, robos y delitos de mayor cuantía atribuidos efectivamente al mismo grupo, sospechando solamente que se trataba de una banda de delincuentes al margen de intereses políticos, pero sus propósitos se esclarecieron fuera de toda duda en 1953, cuando ejecutaron una brillante acción terrorista asaltando la estación de policía de Naivasha, al norte de Nairobi. Bastaron cien kikuyus pertenecientes al Mau Mau para apoderarse de todas las armas depositadas en ese resguardo. En esa misma ocasión mostraron los alcances sin precedentes de su crueldad; incendiaron todas las chozas levantadas en las proximidades del cuartel policial pasando a cuchillo a todos sus ocupantes, a los testigos en huida y a los guardianes de la estación. En una palabra, eliminaron a sangre fría a todo posible testigo.

Fue un crimen sin precedentes que escandalizó a toda la población; blancos y negros repudiaron el acto que de momento no pudo ser aclarado por la policía pues su desconcierto no alcanzaba límites. Pero, a partir de esa matanza, las acciones violentas del Mau Mau comenzaron a hacerse más frecuentes cada vez dejando igualmente sangrientos resultados. Durante los cuatro años siguientes, cuando el gobierno británico consideró la seriedad del movimiento subversivo, se destinó un alto presupuesto para combatirlo: once batallones de infantería, veintiún mil policías uniformados y otras fuerzas de seguridad representaron un costo de ciento cincuenta y cuatro mil dólares pero no fueron suficientes para apagar el foco de rebelión. Todavía se ignoraban muchas cosas del Mau Mau, sus juramentos por ejemplo.

El Mau Mau se inició con muy pocos hombres logrando sumar al poco tiempo aproximadamente 12 mil kikuyus dispuestos a morir en defensa de su movimiento, dando muerte si fuera preciso a sus padres o hijos según el compromiso adquirido en el siniestro juramento cuyo efecto fue decisivo para asegurar la fidelidad de sus integrantes. El Mau Mau se reunía generalmente por la noche en una choza retirada del resto de la población, donde la iluminación era muy escasa, apenas podían verse los rostros los concurrentes pero no había duda de la identidad de cada uno, la infiltración de elementos extraños estaba descartada por el riguroso sistema de vigilancia. En la mayoría de los casos el iniciado sabía exactamente a qué tipo de ceremonia asistiría, o mejor dicho, sabía del compromiso que adquiriría, o sea, acudía por voluntad propia de pertenecer a esa agrupación secreta. No obstante fueron cientos los iniciados engañados, otros tantos coaccionados e incluso obligados violentamente a prestar el juramento (lo cual originó delaciones a favor de la policía). Una asombrosa similitud de este rito con las iniciaciones masónicas consiste en establecer la costumbre de despojar a los neófitos de todos los objetos metálicos que llevasen en sus bolsillos; la variante propia de la cultura kikuyu era despojarles también de prendas de tipo europeo, quizá para “purificar” el sentido nativo del juramento pues en última instancia su lucha iba dirigida precisamente contra los europeos, particularmente contra los ingleses, mas por extensión contra todos los extranjeros cuya presencia en territorio africano significaba lo mismo, por tanto eran rechazados.

Una vez dentro de la choza el iniciado y los demás miembros de la sociedad secreta que fungían como preceptores unos y como testigos otros, se sacrificaba un carnero para ungir con su carne y grasa al cuerpo del nuevo miembro; esa mezcla se vertía en un recipiente, luego se introducía una flor de plátano para impregnar con ella la cabeza del neófito quien a lo largo de la ceremonia sostenía en las manos sendas varas pasadas por sangre y tierra. El brujo director de la ceremonia sostenía en la mano derecha el corazón del animal recién sacrificado hasta haberlo pasado siete veces por encima del cuerpo del novicio; éste, en igual número de veces bebía un trago de la sangre del carnero pero ahora mezclada con tierra. El número siete tenía una especial significación en ese rito pues también eran siete las veces que piernas y brazos del nuevo miembro eran repasadas con trozos de carne empapados de sangre. Acto seguido debía cruzar siete veces sobre un montón de hojas de plátano colocadas en el suelo, terminada esa especie de danza cogía una espina para pinchar siete veces uno de los ojos de la cabra al tiempo que pronunciaba el juramento aprendido de antemano, o repitiendo las palabras del hechicero cuando el juramento se hacía obligadamente. La insistente reiteración del número siete continuaba hasta las venganzas pues, aparte de destrozar los cadáveres por la creencia de que en el más allá podrían seguir siendo enemigos, se les dejaba invariablemente, siete notorias cuchilladas en alguna parte visible del cuerpo como rúbrica del asesinato.

La única vez que el gobierno británico se planteó la posibilidad de “negociación”, o mejor dicho, consideración de las exigencias kikuyus fue en la más temprana época de la insurrección, cuando era efectivamente un movimiento popular cuya lucha se hacía abiertamente por completo alejada de la criminalidad Mau Mau. En 1932 se constituyó una comisión gubernamental para examinar las peticiones pero no se accedió a ninguna; en adelante la fuerza disidente proscrita como Asociación de Jóvenes Kikuyus primero y como Asociación Central Keniana después, degeneró hacia la violencia en la criminal militancia dentro del Mau Mau.

Al estado de emergencia, declarado en octubre de 1952, precedió una serie de atentados terroristas cuyos sangrientos resultados escandalizaron al mundo occidental y causaron el repudio keniano contra ese movimiento enemigo de la colonización británica pero también verdugo de la población nativa que se oponía o no colaboraba con la disparatada insurrección. Como respuesta a la creación de un cuerpo de seguridad keniano el Mau Mau formado por kikuyus contrarios a su lucha (La Guardia Civil Kikuyu integrada por nativos para protegerse a sí mismos y a los europeos contando con el beneplácito del gobierno colonial del que eran colaboradores) atacó una aldea habitada por familiares de esos guardias voluntarios; colocaron alambradas alrededor de las chozas y les prendieron fuego, a quienes lograban escapar les daban alcance matándolos a cuchilladas. Al mes siguiente, en febrero, fueron incendiados varios campos propiedad de colonos británicos, las pérdidas ascendieron a decenas de miles de dólares. Por esas mismas fechas el gobierno inició una investigación masiva de kikuyus para tratar de averiguar actividades del Mau Mau; la investigación de setenta mil negros comenzó en abril, en mayo de 30 mil investigados aproximadamente dieciséis mil eran enviados a prisión como implicados en el movimiento criminal subversivo. Para diciembre los resultados rebasaron los cálculos iniciales, se detuvo a cerca de ochenta mil kikuyus cuya participación de diversas formas en el Mau Mau fue un hecho comprobado; en el curso de ese año Kenyatta también fue aprehendido. Mientras se desarrollaban esos acontecimientos Sir Philip Mit-chell dimitió a su cargo de gobernador de Kenia, fue evidente su temor a enfrentar la situación prefiriendo optar por la retirada evadiendo serios compromisos. Le sustituyó Sir Evelyn Baring a quien correspondió recomendar la declaración del Estado de Emergencia que no se levantó sino hasta 1960 cuando se creyó terminada la rebelión. Las medidas posteriores fueron acordes con las creencias autóctonas, así se inició una campaña de “desjuramento” para dar oportunidad de desertar a muchos miembros del Mau Mau que participaban en él, más por temor al juramento que por convencimiento. Los hechiceros de magia protectora celebraban ceremonias masivas “liberadoras” para tranquilizar a los arrepentidos, éstos aportaban valiosas informaciones para la lucha contra los terroristas aunque una delación, una deserción o colaboración con el gobierno podía costar la vida: de hecho declarar contra el Mau Mau o no apoyarle en los términos que exigiera equivalía a firmar sentencia de muerte. Muchos jefes kikuyus fueron asesinados por esa causa. El fanatismo del juramento dejaba bien claro el compromiso de matar a los propios padres, aún a los hijos si se oponían a su organización. No obstante el gobierno colonialista prosiguió su persecución logrando debilitar cada vez más la fuerza del grupo desestabilizador. Una ejecución importante fue la de Dedau Khimati, un líder del Mau Mau que arrastró a más de diez mil indígenas hasta el interior de la selva. Cuando sus fuerzas estuvieron por completo agotadas vivieron en estado salvaje, alimentándose de la cacería, recolectando frutas, luchando contra las hostilidades del medio. Khimati tenía aspiraciones mesiánicas a nivel verdaderamente patológico; él mismo propició la destrucción de su pequeño ejército evitando ser opacado por sus “generales”. Creyéndose el salvador de los kikuyus persistía en su empeño de poder algún día dominar él como monarca y guía divino todo el territorio keniano para gobernar por mandato de su dios entre todos los kikuyus. Pero aun escondido en los parajes más recónditos de la selva fue apresado y poco tiempo después ejecutado, su crueldad había sobrepasado todo límite.

En enero de 1960 fue levantado el estado de excepción; Kenyatta permanecía en prisión desde muchos años antes y el movimiento Mau Mau pareció terminar. Nadie olvidaba los resultados ni las cifras: cien mil kikuyus seguían sin tierras; durante los años de rebelión murieron más de trece mil negros kikuyus, diez mil quinientos del Mau Mau que cayeron en combate, dos mil quinientos asesinados por delatores o por colaborar con el gobierno, cien blancos fueron las víctimas de ese irracional movimiento.

Todavía durante 1960 un destacamento militar británico se mantuvo a la expectativa de posibles brotes terroristas hasta que en 1963 fue declarada la independencia de Kenia, lográndose así uno de los objetivos de la larga lucha. Al año siguiente nuevamente hizo su aparición el último Mau Mau, esta vez en pequeños grupos dispersos, repudiados por la población nativa. Para llegar a su pacificación fue necesaria la intervención de Kenyatta a cuyas instancias los rebeldes depusieron las armas pero no hay seguridad aún en este momento de que haya desaparecido totalmente la sociedad secreta más poderosa e influyente en la política, en la estabilidad de un país en la historia reciente. Queda para el anecdotario el dato de que uno de los oficiales negros del ejército británico fue Idi Amín Dada, un militar que combatiendo al Mau Mau se familiarizó con la sangre, con los más atroces crímenes y ganó los primeros ascensos que luego lo situarían en la posición desde la cual pasó a ser amo y señor de un país miserable convertido en su fortuna personal.

Queda también sin respuesta una pregunta esencial: ¿qué fue, o es en realidad el Mau Mau? ¿Desapareció efectivamente o permanece en estado latente? Quizá haya variado sus métodos y continúe tratando de intervenir en la política keniana. Es difícil aceptar explicaciones elementales como alguna que atribuyera la formación del Mau Mau simplemente a motivaciones de afirmar tradiciones tribales. La cantidad de militantes que ese grupo tuvo durante los años más importantes de su rebelión actuaban poniendo su vida en juego, fuera por convencimiento o por temor, con la certeza de que violar el juramento les ocasionaría la muerte, si no por los efectos de la magia negra, sí por los efectos de la atroz venganza.

El Mau Mau efectivamente puede considerarse un grupo terrorista pero esa calificación es insuficiente para definirlo, evidentemente hubo otras motivaciones. La intención desestabilizadora fue clara en todo momento, la organización de los grupos subversivos superó en mucho la imaginación bélica kikuyu. Pero ahora, cuando Kenia ha conseguido la independencia de la corona británica, continúa prisionera de sus propias contradicciones y le espera todavía un largo suplicio: más y más movimientos políticos en los cuales sigue presente el espíritu -o la acción- del siniestro Mau Mau.

LA MAFIA

Es paradójico que cualquier persona alguna vez haya tenido conocimiento de la existencia de la mafia y pocas veces pueda saber con certeza lo que hay tras esa famosa y enigmática sociedad secreta, plenamente identificada con el crimen.

Incluso se conocen los nombres de quienes han sido sus más famosos jefes: Al Capone, Lucky Luciano, Jim Diamond, Frank Costello, Joe Adonis, etc., relacionados en espectaculares acciones criminales de repercusión internacional. Tanto que la palabra mafia es ya una voz popular incorporada a todos los idiomas, pues cuando la gente habla de mafia se refiere a herméticos grupos colocados en la cima del poder. Estas élites no siempre se valen de recursos criminales aunque frecuentemente rebasan los límites de la legalidad para lograr sus propósitos de dominio. Actualmente en todo el mundo, al decir mafia se designa a las camarillas confabuladas en el dominio político, por ejemplo los grandes monopolios comerciales son manejados por un pequeñísimo y selecto grupo de empresarios a quienes se les llama mafia aún sin tener ningún nexo real con la organización siciliana que proyectó universalmente el nombre de su sociedad secreta. Esto mismo ocurre en el mundo del arte, en las finanzas internacionales y, en general, en todos los grupos donde existan intereses económicos, políticos, y en las decisiones trascendentales fuera del alcance de la gente común y comente.

En realidad esos grupos no tienen ninguna relación con la verdadera mafia, es decir, con las bandas sicilianas que organizaron desde Italia, y desde las principales ciudades norteamericanas, el más complejo sistema delictivo de alcance internacional. Simplemente ocurrió que los procedimientos de la mafia se difundieron en todo el mundo y han sido eficazmente repetidos y quizá superados por sus imitadores sin llegar a escandalizar con escalofriantes asesinatos cometidos en plena calle a la luz del día; y hoy, a quien toma el ejemplo de la mafia, extorsionando, sobornando o coaccionando, se le llama mafioso sólo por analogía, sin pertenecer efectivamente a esa temible organización.

Pero es muy poco lo que se sabe con certidumbre de las actividades de la mafia y mucho menos de su historia. Nada, aparte de sus episodios más escandalosos, llega a ser del dominio público, porque una de sus características es mantener el secreto de su organización a cualquier precio. La delación de propios o extraños se paga con muerte.

En cuanto a la mafia todo es secreto; sin embargo se sabe que uno de los principios que la mafia ha mantenido firme, a pesar de los más fuertes ataques, es la norma de la omertá cuyo acatamiento la hizo poderosa especialmente en sus primeros tiempos y sirvió para asegurar su carácter secreto. Este principio significa absoluta obediencia a los mandatos del jefe de la mafia; transgredirla equivale a firmar sentencia de muerte. Por tanto, obliga además a situaciones precisas tendientes a proteger su integridad. La disciplina familiar omertá prohíbe proporcionar información a las autoridades sobre cualquier acto de violencia relacionado con la Mafia, pues para ésta no existe otra justicia que la aplicada por propia mano, cumpliendo la “Ley del Talión”: “Ojo por ojo, diente por diente. . .”. Y, más que justicia, el objetivo perseguido es la venganza, así pasen años y se soporten las peores humillaciones. Siempre llegará el momento oportuno para cumplir el desagravio. La omertá igualmente incluye la obligación de participar en la venganza según el mandato del jefe de la familia, no sólo en apoyo de los miembros fraternales, sino también de otros parientes unidos cercana o lejanamente por lazos consanguíneos. En muchas ocasiones, el estricto acatamiento de esta norma llegaba al extremo de exterminar a todos los miembros varones de dos familias enemigas, y aún así el deseo de venganza persistía hasta generaciones posteriores. Esto corresponde al concepto italiano -y particularmente siciliano- del honor, independientemente de los métodos mafiosos. Pero también la disciplina omertá comprometía a velar por los intereses y bienestar de la familia en general; así se establecían solidaridad y deberes casi sagrados. Pero, paralelamente a esa “moral”, en nombre de la familia se permitían los más crueles asesinatos sobre inocentes miembros de la familia enemiga.

Podría parecer contradictorio que dentro de la Mafia se observara este tipo de principios, pero conociendo su historia, desde sus más remotos orígenes se entenderá su carácter ambivalente, pues la Mafia se originó como una respuesta a la injusticia; su propósito inicial fue defender a los débiles en un régimen tiránico, manteniéndose, obviamente, en la ilegalidad o actuando clandestinamente, por lo cual el secreto era esencial para la supervivencia.

De acuerdo a sus características y etapas históricas, bien podrían diferenciarse tres tipos distintos de Mafia: la antigua, la moderna y la actual.

Los primeros antecedentes de la Mafia se encuentran en el siglo XI cuando la isla de Sicilia cayó en poder de los normandos y los señores feudales se apropiaron de las tierras pretendiendo cultivar sus extensos latifundios con la mano de obra local en condiciones esclavizantes. Fue entonces cuando muchos labriegos sicilianos, despojados de sus pequeñas porciones de tierra, prefirieron huir a las montañas en vez de trabajar como siervos para los despóticos invasores. Los lugares donde se establecieron eran riscos casi inaccesibles llamados mafias en lengua árabe, que significa “lugar de refugio”.

Más tarde, en el siglo XV los españoles conquistaron Sicilia y se hizo presente la Santa Inquisición explotando a pobres y ricos con sus temibles procesos seguidos bajo acusaciones de herejía. Por ese tiempo sólo los refugiados en la montaña lograban salvarse de la persecución inquisitorial y los pobres, en busca de protección, también huían a las mafias, donde residía la “Honorable Sociedad” formada por humildes campesinos empeñados en vencer la injusticia, que se regían por los principios más honorables; siendo sin embargo, una sociedad al margen de la ley, amparada en la clandestinidad fielmente protegida por la población humilde que mantuvo el secreto de sus defensores. Pero, además de contar con simpatías de los explotados por el hecho de oponerse a la tiranía, los ya llamados mafiosos gozaban de respeto porque en su organización interior la estructura se identificaba con la sociedad familiar, lo cual satisfacía al pueblo y se consideraba virtuoso y necesario al mismo tiempo, pues sólo en el seno de la familia se hallaba la solidaridad y seguridad suficientes y la autoridad emanada de ésta se aceptaba como principio natural.

Durante la última década del siglo XVIII y la primera del XDC, la Mafia tuvo relevante participación de carácter político; luchó contra la tiranía borbónica y contra las invasiones inglesas formando bandas armadas para combatir las huestes monárquicas y las tropas de los invasores ingleses causándoles considerables bajas y gran desconcierto con su táctica de lucha. Sus ataques por sorpresa y su perfecto conocimiento del terreno compensaban la desproporción numérica y diferencia de armamentos. Sus refugios eran seguros casi inaccesibles para las tropas extranjeras; además contaban con el apoyo y absoluta lealtad de los campesinos que también rechazaban las intervenciones invasoras.

Una vez expulsados los ingleses, el régimen monárquico optó por aliarse con los mafiosos ante la imposibilidad de vencerlos definitivamente. De ahí surgió el reconocimiento que redundó en ciertos derechos y en la encomienda de autoridad sobre algunos pueblos y villas donde tenían especial predominio y simpatía por sus hazañas patrióticas. Esa situación determinó la fusión de las bandas antes dispersas pero identificadas por los mismos principios e ideales. El primer gran jefe de la Mafia, necesario para mantener la unidad y el orden entre los rebeldes, fue Giussepe Mazzini cuyo fin era la defensa de los humildes, contando para ello con audaces seguidores que exigían dinero a los terratenientes; quienes se negaban a sus requerimientos eran víctimas de asesinatos o robos, incendios y otros atentados en sus propiedades. De esa manera sus súbditos pronto se acostumbraron a cometer toda clase de tropelías y al poco tiempo el vandalismo fue para ellos un placer por sí mismo, exento de justificación.

El carácter acomodaticio de la mafia, se mostró tempranamente; en tanto no se realizaron los anhelos patrióticos y de liberación nacional, las bandas mañosas se proyectaron como heroicas, enfrentándose a los invasores y a los regímenes despóticos. Pero en cuanto Garibaldi invadió Sicilia con sus Camisas Rojas, el grupo que se había distinguido por su posición combativa, comprendió que esta vez lo más conveniente era pasarse al lado del ganador y así lo hizo abandonando a los Borbones; previamente, cuando los señores feudales perdieron él interés de cultivar por sí mismos sus enormes latifundios emplearon arrendadores llamados gabellotti contratados para trabajar la propiedad a cambio de una cantidad fija al año. La mayoría de estos gabellotti pertenecían a familias mañosas, y al aliarse a Garibaldi ganaron una mejor posición siendo gratificados con la confianza del revolucionario que los colocó en los puestos políticos más sobresalientes de la isla. Estos gabellotti contrataron a otros arrendadores y en este caso, sólo por su papel de intermediarios recibían una ganancia gratuita sin ser propietarios ni ocuparse directamente ‘de la tierra. Esa fue la clave de su futuro dominio económico, pues exigían tributo por la protección de huertos, minas y demás propiedades. Así, pronto llegaron a comprar tierras a muy bajo precio y alcanzaron el máximo poder económico y político en la isla. Su papel como dirigentes no fue muy diferente al de sus tiranos antecesores contra quienes lucharon; y tampoco encontraron oposición pues bien conocida era su fuerza. La protección que antes otorgaron a los desamparados les llevó a organizarse en “Honorable Sociedad”; ya para entonces no se obsequiaba, se vendía para explotar por igual a ricos y pobres, y sólo era ése el motivo de continuar su existencia como grupo mañoso. Consolidada la República, la asociación secreta de los montañeses perdió todo sentido y automáticamente se convirtió en organización proscrita, dedicada al bandidaje desprovista de su antigua imagen heroica.

Ya en 1875, después de las intervenciones garibaldinas, la Mafia y sus ideales, como originalmente fueron conocidos, habían perdido vigencia; todos los propósitos libertarios anhelados por el pueblo se estaban realizando. La correcta aplicación de la justicia se volvió contra el grupo rebelde y en ese mismo año el Parlamento italiano designó una comisión para investigar a los mañosos y se propuso exterminar esa organización, pero los principios que en sus orígenes la mantuvieron triunfadora, también la salvaron en esa ocasión y continuó en su escandalosa línea delictiva tal como sería su futura característica no obstante el acoso policial; sólo en 1892, en Catania, dentro de la isla de Sicilia fueron detenidos más de centenar y medio de mañosos, todos ellos de la más alta relevancia dentro de la organización y registrados en voluminosos historiales policiales pero todos fueron puestos en libertad al no podérseles comprobar ninguna de las acusaciones. Y un dato más que revela el alcance de sus fechorías, es el siguiente: en quince años (entre 1895 y 1910), de ciento doce asesinados, noventa y cinco robos a mano armada en bancos y comercios, y la recaudación de más de cincuenta millones de dólares cobrados a banqueros, industriales y comerciantes, por concepto de “pago de protección”, ninguno de esos delitos cometidos en Italia, Estados Unidos y Argentina, pudo comprobarse satisfactoriamente ante los correspondientes tribunales y los autores, todos miembros de la Mafia disfrutaron impunemente de su libertad para continuar su latrocinio. Para lograr esos resultados en los tribunales, se han valido de métodos que van desde el soborno a los jurados hasta amenazas de muerte a ellos mismos y a sus familiares. Por lo general, lo último es más efectivo.

La Mafia moderna se consolida en las principales ciudades norteamericanas y de Italia a finales del siglo pasado y a principios del presente. Durante ese mismo lapso se produjo una inmigración masiva de italianos a Estados Unidos; éstos y otros europeos veían en la joven nación americana la oportunidad histórica de hacer fortuna rápida y fácilmente aunque para muchos resultó un espejismo; sin embargo, ciertamente el prometedor país, en pleno desarrollo y con gran riqueza potencial, ofrecía mejores opciones que la vieja Europa. Se calcula que aproximadamente un millón de sicilianos se instalaron en las principales ciudades estadounidenses y encontraron empleo en las faenas más modestas. La mayoría de los emigrantes sicilianos fueron contratados como estibadores en los principales muelles de los puertos norteamericanos. Las condiciones salariales, en efecto, aún dentro de esa labor, eran mejores que en Italia; también había otros medios para ganarse la vida, pero en general todo el trabajo honrado requería de tiempo y esfuerzo para lograr la anhelada fortuna. Por eso rápidamente comenzó a florecer la delincuencia al estilo italiano y no tardaron en extenderse los métodos mañosos al principio aplicados sólo entre la población de origen italiano.

La opinión pública y las autoridades de Norteamérica se percataron de ello cuando se produjo un sonado enfrentamiento entre dos bandas en los muelles de Nueva Orleáns; inaugurando en Estados Unidos el sistema de explotación mafiosa, en 1890, los hermanos Matranga, originarios de Palermo, formaron una organización que vendía “protección” a los trabajadores italianos; éstos, acostumbrados a tal explotación accedieron resignada-mente a las exigencias de los delincuentes, pues temían la venganza igual en Norteamérica o en Italia; la represalia los alcanzaría cruelmente. Así el negocio prosperaba hasta la aparición en escena de los hermanos Provenza, éstos eran procedentes de Nápoles y ya estaban familiarizados con el crimen dentro de Estados Unidos. Como ambas bandas se disputaban el derecho exclusivo de vender protección -contra ellos mismos, en todos los casos- en los muelles de Nueva Orleáns, se desató la guerra entre las dos familias al estilo italiano. Tal situación preocupó al jefe de la policía, un escrupuloso hombre de origen irlandés llamado Hennessey, que eficazmente inició investigaciones, logrando detener a varias decenas de mafiosos, pero cuando faltaban unos días para presentarse a declarar ante el juzgado investigador, fue abatido a tiros por alguna de las dos bandas que, en esos casos en un pacto sobreentendido, se aliaban contra las autoridades.

Tal asesinato abiertamente atribuido a las bandas criminales de origen italiano despertó la indignación de toda la población, por lo cual fueron procesados 19 italianos implicados en el atentado y comprometidos con los delitos que dieron origen a la investigación. Fue entonces cuando aparecieron los clásicos métodos mafiosos sobornando o amenazando a los miembros del jurado. Por otra parte, los mejores abogados de esa ciudad y de otras más, contratados exclusivamente para defender a los inculpados, lograron ciertamente plantear la condena en términos muy difíciles. Como consecuencia se suspendió el juicio a tres de los acusados más comprometidos con evidencias y el resto fue puesto en libertad, pero eso acrecentó la indignación de la población de Nueva Orleáns encaminándola a tomar justicia por propia mano: la muchedumbre asaltó la prisión y sacaron a una decena de italianos acusados. Los llevaron a golpes por la calle y, finalmente tras lincharlos, los colgaron en una calle y estando así los acribillaron a balazos.

Ese linchamiento provocó una airada réplica del Estado italiano, cuyo ministro de Asuntos Exteriores exigía ante el Secretario de Estado americano la aprehensión de los dirigentes del linchamiento. A esto siguieron mutuas acusaciones en cuanto a los sistemas de justicia en los dos países acabando por romper relaciones diplomáticas.

Como bajo tales circunstancias, una investigación o un juicio resultaban extremadamente difíciles por una parte, y por otra, las autoridades de Nueva Orleáns encontraron en esta coyuntura la aplicación de justicia que legalmente no fue posible, los culpables del linchamiento nunca fueron requeridos a comparecer ante los tribunales.

Pero al poco tiempo, otros intereses de ambas naciones determinaron el restablecimiento de relaciones diplomáticas y el incidente quedó olvidado. Se reanudó entonces la inmigración de italianos que había quedado suspendida durante un breve tiempo y con ello la Mafia siguió fortaleciéndose en Estados Unidos. Ya para entonces su dominio alcanzaba a manifestarse en el cacicazgo sobre las nuevas y grandes ciudades norteamericanas. Los rnafiosos italianos fueron los pioneros del crimen organizado en Estados Unidos y en todo el mundo.

La Mafia italiana radicada en Estados Unidos tuvo imitadores muy pronto, en ese mismo país. A principios de siglo surgió “La Mano Negra”, dedicada a extorsionar a italianos honrados radicados en Norteamérica: éstos recibían cartas amenazadoras rubricadas por esa organización que sellaba sus misivas con un tosco dibujo de una mano pintada de negro. Se les exigía dinero a cambio de “protección” y la amenaza a quienes no cumplieran las indicaciones, era el secuestro o el asesinato de los hijos y de la misma persona a quien se dirigían.

Hasta el momento los norteamericanos identificaban a todos los italianos criminales como miembros de una organización llamada “La Sociedad Italiana” creyendo que también “La Mano Negra” se amparaba bajo esa agrupación.

Esa fue la premisa que llevó al detective Petrosino -de origen italiano- a investigar más a fondo las actividades criminales de las bandas sicilianas radicadas en Estados Unidos; de ahí surgió su especial interés en conocer los procedimientos mañosos. Su empeño inmediato en las investigaciones que le ocuparon 20 años de su vida, era demostrar que no había ninguna conspiración internacional de la Mano Negra; y en cambio se propuso establecer nexos de cooperación entre las policías estadounidense e italiana para controlar el poder de esas asociaciones; informarse en su debida oportunidad de los historiales policiales de los mafiosos sicilianos o Ítalo-norteamericanos, asimismo de la conveniencia de comunicarse sus movimientos principalmente cuando hicieran viajes entre Italia y Estados Unidos, en previsión de actos delictivos. Con ese propósito Petrosino se dirigió a Italia y no acababa de desembarcar en Palermo cuando el capo dei capí de toda Sicilia, don Vito Casio Ferro lo recibió a tiros, frustrando los deseos del precursor de la Interpol, cuya preocupación no era la mafia italiana sino la establecida en América. Pero su muerte paradójicamente fue el primer acto de colaboración concreta entre los mafiosos europeos y los norteamericanos.

El principio de lealtad y solidaridad -que no siempre se han respetado estrictamente- característicos en la Mafia, proceden de su misma estructura interna. Existe un jefe cuyas decisiones acertadas o erróneas, se cumplen con obediencia; el desacato aún dentro de la misma familia se castiga severamente, en ocasiones hasta con la muerte. Pero dentro de ese autoritarismo, contradictoriamente se observa cierta democracia: el capo famiglia (Jefe de la Familia) es elegido democráticamente por todos los miembros de su familia. Por lo general la decisión colectiva coincide al designar a quien ha demostrado mayor audacia y fuerza para proteger los intereses comunes. La “Familia” está formada en primer término por todos aquellos miembros unidos por lazos consanguíneos directos; por lazos de parentesco en general, o por semejanza en status social y económico, pero siempre y cuando en el último caso, los miembros lleven sangre siciliana. El carácter exclusivista de la familia se basa en esa selección.

Cada familia tiene bajo su mando y total dominio un territorio, pero al mismo tiempo está obligada a cooperar y mantener lazos de amistad y apoyo mutuo con otras familias: el poder de todas se brinda sin restricciones al jefe máximo, el capo dei capí cuyo rol es decisión de todos los capo famiglia en un sistema de elección todavía más exclusivista, pero ejercido por libre voto personal. Este es el sistema más ortodoxo cuyo cumplimiento se sigue principalmente en Sicilia, pero también en las organizaciones mañosas de Túnez, Marsella y América del Norte, y con menos frecuencia, en América del Sur.

El ritual y las exigencias de admisión a la Mafia han cambiado según la época y las circunstancias. En los primeros tiempos sólo podían pertenecer a ella aquellos sicilianos que habiendo demostrado aptitudes suficientes pasaran la prueba de un duelo a cuchillo. Pero relatos más recientes han revelado otras formas de recepción: Serafino Castagna, en algún año de la década de los cuarenta ingresó a la temible sociedad secreta siguiendo un extraño ritual. Primeramente se hizo una herida en un brazo, cuya forma bien podría identificarse con las prácticas de sectas satánicas; enseguida todos los presentes chuparon la sangre que escurría y luego, levantando el brazo, dejando libre el fluir de la sangre dijo: “Juro por nuestros nobles antepasados, los caballeros españoles Osso, Mastrosso y Carcagnosso, ser fiel a nuestra honorable sociedad, obedecer su código y cumplir todos los deberes que me impongan hasta la muerte. . .”. Castagna traicionó ese juramento y la norma disciplinaria omertá pues sólo alcanzó a cumplir el principio de sus encomiendas que fueron robos, incendios y otros delitos, podría decirse menores. Luego se le ordenó dar muerte a uno de los miembros de la familia cuyos actos fueron sentenciados por el capo famiglia con la pena máxima. El neófito, no apto para el crimen, sólo llegó a herir levemente a su víctima y en cambio cumplió una condena carcelaria de cuatro años. Al recuperar la libertad recibió una nueva orden: asesinar a un policía. Esto indignó a Castagna que se resistía a matar a un hombre inocente. Decidido a terminar con sus torturadores, se dirigió a la casa del jefe de la familia dispuesto a asesinarlo. Pero al no encontrarlo se vengó asesinando a los padres del capo familgia: dos ancianos. . . Para congraciarse con la policía aceptó el recurso de la delación. Por su causa se detuvieron a muchos de sus antiguos compañeros y sólo así pudo salvarse de la silla eléctrica, pero no de la Mafia.

Otro relato del ritual de admisión lo hizo también un desertor, En presencia del jefe de la familia y sus miembros el debutante se pincha un dedo para hacerlo sangrar; con ésta impregna la estampa de un santo y enseguida quema el papel conteniendo la ceniza en sus manos mientras pronuncia el juramento “Juro lealtad a mis hermanos, no traicionarlos jamás, ayudarlos siempre y si no lo hiciere, arda yo y quede reducido a cenizas como esta imagen. . .”.

El código de la vendetta que obliga a los miembros de la Mafia a vengar la muerte de cualquier miembro de su familia y también a otros parientes, contradice el principio de colaboración y hermandad con otras familias. Uno de los ejemplos más sobresalientes de las consecuencias del acatamiento de esa norma es el que se produjo en el reducto mafioso de Corleone: en cuatro años se cometieron ciento cincuenta y tres asesinatos entre los miembros de dos familias enemigas. Y de los años 1918 a 1960, casi la décima parte de la población de Godrano murió víctima de las venganzas ejecutadas por la Mafia. En situaciones extremas ni el mismo capo dei capí ni la obligación de obedecerle ciegamente logran evitar la violencia.

Otro de los más sonados enfrentamientos entre dos familias enemigas, una napolitana y otra siciliana, ocurrió en 1910 en Nueva York; las diferentes bandas se disputaban el mando de los barrios más importantes y su exclusividad sobre los sucios negocios de mayor ganancia. También quien venciera sería reconocido como jefe de la ciudad. El desenlace de la feroz guerra fue el triunfo de Ignazio Saietta “El Lobo”, quien utilizó su poder para lucrarse traficando drogas, extorsionando a inmigrantes, organizando loterías ilegales y otras formas de juego fuera de la ley. Pudo haber construido un fuerte imperio delictivo de no haber sido por su desmedida ambición que lo llevó a falsificar dinero, marcando así su estrepitosa caída, pues por ello fue condenado a treinta años de prisión.

Habiendo quedado vacante el puesto de mando de la Mafia en Nueva York, nuevamente se inició la lucha abierta con las mismas características de violencia y varias decenas de muertos en poco tiempo. Finalmente

Guiuseppe Masseria obtuvo el triunfo y bajo su mandato fue conocido como “Joe The Boss” (Pepe el Patrono) que no obstante haberse ganado el primer lugar de mando en la gran urbe neoyorquina, continuamente debía enfrentar otros ataques de las mismas bandas italianas y de las formadas por otros grupos inmigrantes e incluso de las integradas por norteamericanos. En ocasiones, por no existir la fórmula de colaboración al estilo siciliano, todos los delincuentes de ese origen sin otro apoyo que el de sus propias fuerzas cedieron o fueron derrotados por sus competidores. Aun cuando por medio de la violencia una sola banda se colocaba en la primera línea del delito organizado, todavía no se llegaba al procedimiento de nombrar un capo dei capí como se hiciera en Sicilia. Otro de los famosos mañosos derrotados en esos enfrentamientos fue Jim “Diamond” Colosino; muerto en 1920, dejando en manos de otro gángster, Johny Tomo, su vasto imperio de tráfico de drogas, prostitución, “venta de protección” y juego ilegal en Chicago. Torrio fue desplazado por su lugarteniente, un audaz jovenzuelo con precoces dotes de mando y dueño de grandes capacidades organizativas: Alphonse Capone; no obstante haber nacido en Roma y no llevar sangre siciliana por su sagacidad se elevó al puesto de máximo jefe de la Mafia. Este hombre fue el pionero de la organización internacional del crimen, y cimentó las bases de cooperación delimitando actividades y territorios para evitar interferencias con motivo de posteriores disputas autodestructivas.

Al Capone se hizo jefe de la Mafia en 1925, a partir de esa fecha puso todo su empeño en reunir a las bandas italianas en una sola manteniendo cada una su autonomía territorial e independencia en su mandato interno, así como su organización, pero obligadas a respetar las jurisdicciones ajenas y a prestar su colaboración en caso necesario. Prácticamente era el mismo sistema siciliano, pero ampliado en términos de colaboración; más flexible en cuanto al centralismo de mando y menos rigurosa en su admisión exclusivista.

Una de las más escandalosas épocas del gangsterismo en Estados Unidos transcurrió durante los años de la famosa Ley Seca que fue causa de centenares de muertes resultantes de las disputas entre las bandas criminales empeñadas en obtener la exclusividad en las ganancias del contrabando de alcohol, la venta y su fabricación clandestina.

La paz durante esos tiempos se debió directamente a la intervención de Al Capone. Convenció a los principales jefes de las bandas en pugna concediéndoles ciertas áreas de la ciudad como centro de operaciones exclusivo, con la seguridad de que serían respetados por las otras bandas, y al mismo tiempo con la obligación de respetar los territorios ajenos, e incluso prestarse ayuda mutuamente.

El resultado de esa propuesta fue magnífica para todos y Al Capone aprovechó su idea explotándola al máximo. En 1929 en la ciudad de Atlanta reunió a los máximos jefes de las bandas criminales que operaban en todo Estados Unidos: les expuso su plan y de ahí resultó una exacta división del país en territorios. En esa organización nacional se pactó respeto mutuo y colaboración sin restricciones por el origen siciliano o anglo, de las agrupaciones. Simplemente se atendía la necesidad práctica de extender su influencia y evitar luchas inútiles entre el gremio gangsteril, puesto que los unía una labor común coincidiendo por lo general en sus violentos métodos de trabajo. A partir de ese momento Al Capone obtuvo el mando máximo de la Mafia en todo el país no obstante los innumerables atentados de que fue objeto, sobre todo por su carácter exhibicionista y su indiferencia a los más elementales principios de la ley. Varias veces fue requerido por la justicia acusado de numerosos delitos pero nunca se le comprobó nada y seguía gozando de impunidad hasta 1931, cuando fue declarado culpable de evadir impuestos y tras dieciséis años de permanecer en prisión murió dentro de la cárcel terminando así su novelesca biografía.

Otro gángster famoso fue Michel Spinella, cuya audacia no fue favorecida por la suerte y quizá su vertiginosa carrera marcó el mismo ritmo en su descenso. Este arribó a Estados Unidos en 1923 con los bolsillos y las manos vacías. Pocos años más tarde su fortuna era ostentosa pero la policía norteamericana nunca pudo comprobar su participación en negocios delictivos. Se tenían fundadas sospechas -nunca comprobadas- de la procedencia de su fortuna en íntima relación con el tráfico de drogas.  También se descubrió su influencia entre los agentes y armadores navales quienes estaban amenazados de sabotajes, huelgas, atentados, etc., si no pagaban la debida protección al feudo Spinella. Nadie se atrevía a testificar en contra del gángster pues la vida iba de por medio; de esa forma disfrutaba de ganancias exorbitantes; desde el armador hasta el más modesto estibador debían pagar para poder realizar sus jornadas de trabajo en condiciones normales, o para mantener su empleo puesto que también el sindicato estaba controlado por la banda mañosa. El F.B.I. tras varios frustrados intentos de enviarle a prisión, por su ostentosa delincuencia, encontró la coyuntura en el único detalle que Spinella había pasado peralto: la ilegalidad de su estancia en Estados Unidos. De esa forma bastaron tres agentes policiales para detenerlo una noche mientras dormía en el más lujoso hotel de Washington; de ese lugar, su habitual residencia, sólo pudo sacar la ropa que llevaba puesta y un cepillo de dientes. En su armario se quedaron los trescientos sesenta y cinco trajes que tenía para usar, uno cada día del año, más de doscientos pares de zapatos, otra cantidad similar de camisas confeccionadas especialmente para él con tela tejida en exclusiva en Japón y más de medio millar de corbatas y un centenar de sombreros. No se le permitió llamar por teléfono ni hablar con sus guardaespaldas. En menos de quince minutos fue sacado del hotel y puesto en un avión que lo llevaría directamente a Italia donde ya le esperaban las autoridades policíacas para recluirlo en una pequeña aldea siciliana, donde viviría por el resto de sus días.

Lucky Luciano también merece mención especial cuando se habla de la Mafia norteamericana. Charles “Lucky” (El Afortunado) Luciano llegó a Estados Unidos llevado por su familia siendo un niño de siete años. Su padre, un albañil nacido en la pequeña y miserable aldea de Lercara en los montes sicilianos, al igual que muchos de sus compatriotas, creyó encontrar fortuna en América. Este hombre que nunca en su vida tuvo relación alguna con la Mafia ocupó una humilde vivienda en el sector neoyorquino de Manhattan. Lucky fue a la escuela irregularmente hasta los catorce años. Decidido a emplear su tiempo en actividades remunerativas, obtuvo su primer empleo en un comercio como ayudante de mostrador, con un sueldo modesto, pero al nivel de sus escasas habilidades. Su primer contacto con el mundo delictivo ocurrió una tarde al salir del trabajo; hacía poco había recibido su salario de siete dólares, fue a un bar donde se jugaba clandestinamente y apostó todo su dinero US$ 7, obtuvo una ganancia de doscientos treinta dólares más. Eso le demostró su aptitud para el dinero fácil, y su carácter decidido, ambicioso lo encaminó muy pronto a enrolarse como aprendiz de gángster en los suburbios de Brooklyn. Por esa zona distribuía droga a los viciosos obteniendo regulares ganancias hasta que fue sorprendido en una comprometida situación y llevado a prisión. En cuanto recupera su libertad, aprovecha la obligación de entrar al ejército para también lucrar ahí con el clandestino tráfico de alcohol, prohibido y muy bien pagado en la escasez producida por la Primera Guerra Mundial. Terminado su servicio en el ejército continúan sus actividades delictivas y por primera vez evade la condena por su primer crimen adentrándose cada vez más en los sucios métodos criminales de la nueva vida norteamericana durante los difíciles años veinte. Sus negocios y gran capacidad de relaciones personales asombran incluso a los políticos y famosos artistas que alternan con él en los más lujosos centros vacacionales estadounidenses y principales ciudades de ese país.

En la tercera década de este siglo alcanza la cima del poder, ejerciendo el máximo control sobre la Mafia americana, dominando prácticamente todo Nueva York en su participación del tráfico de estupefacientes, prostitución, juego ilegal, venta de protección, etc.; con las pingües ganancias de esos negocios vive en la opulencia y asombra con su derroche aún a los más ricos para quienes resulta inexplicable la riqueza del “Afortunado” Luciano. Todo lo relacionado con su persona siempre era noticia de primera plana en la prensa norteamericana, además destacaba por su afición de exhibirse con las famosas estrellas de cine, con quienes presumiblemente mantenía romances, conquistándolas por medio de valiosos obsequios y recomendaciones ante importantes productores. Hasta que por el año 1936, el procurador Thomas Dewey, también famoso en los célebres procesos seguidos a los mañosos, encuentra la oportunidad de encarcelarlo acusándolo de incitación a la prostitución por su obvia participación en ese negocio. A pesar de sus influencias políticas y económicas y de varios intentos de soborno, coacción y amenazas de sus sicarios, es sentenciado a treinta y seis años de prisión. Diez años más tarde, gracias a su todavía poderosa influencia en la Mafia, obtuvo su libertad en una maniobra que más adelante se relatará, pero fue confinado a un pequeño lugar de la isla siciliana, donde alcanzó a disfrutar de su fortuna, del respeto de todos los mafiosos norteamericanos y sicilianos, y todavía hasta su muerte, se dijo que seguía controlando la Mafia internacional desde su obligado exilio. Poco antes de morir dijo: “Si viviera de nuevo volvería a hacer lo mismo, pero lo haría legalmente. Tal vez demasiado tarde me di cuenta de que para ganar un millón de dólares ilegalmente hace tanta falta inteligencia y esfuerzo, como para ganarlos honradamente…” Y todavía antes de morir estuvo a punto de ser detenido nuevamente, esta vez acusado de tráfico de drogas a nivel internacional.

La Mafia en Norteamérica y Sicilia ha sobrevivido a los más serios ataques policíacos y de otras bandas empeñadas en su exterminio pues, aunque con las variantes de cada caso, tanto en Norteamérica como en Sicilia, el carácter propio de su organización y sus seculares normas disciplinarias de secreto y obediencia, basadas en una estructura patriarcal, han asegurado su vigencia.

Uno de los más fuertes ataques contra la Mafia efectuados en Sicilia fue durante el régimen de Mussolini: su jefe de policía, Cesare Mori, dirigió una acción tendente al total exterminio de la Mafia, valiéndose de los métodos más crueles sin ser, en efecto, muy diferentes de los empleados por la propia Mafia. A varios centenares de detenidos les obligó a traicionar el principio omertá mediante golpes, torturas, mutilaciones, represalias contra sus familias. Tras las confesiones se aprehendía y condenaba a los principales mafiosos y a todos los miembros de sus familias imposibilitadas en ese momento para presentar batalla o salvarse con sus habituales recursos de chantaje, amenazas y soborno, pues el régimen de Mussolini no admitía tales procedimientos entre sus colaboradores, fue tal la persecución y procesamiento de mafiosos que Mori declaró públicamente, en 1928, la desaparición de la Mafia en Italia, difundiendo además los secretos de la poderosa organización. Trató de explicar -sin justificar- el comportamiento del miembro de mafioso. Decía que el código de la vendetta transformaba la moral de sus seguidores, pues éstos creían obrar bien si lo acataban estrictamente, logrando tranquilizar su conciencia aunque ello les obligara a los más crueles asesinatos. Su norma moral era cumplir sus juramentos y actuar en consecuencia independientemente de los conceptos comunes del bien y del mal, combinando en ellos contradictoriamente ciertas observaciones de caridad, sancionadas en la religión católica de la cual todas las familias debían ser fieles seguidoras.

Entre los miembros de la Mafia, a diferencia de otras sociedades secretas, no había una clave que los identificara, pues la peculiaridad de agrupación por núcleos llamados familias, permitía dentro de las mismas normas cierta independencia; entonces se reconocían simplemente por intuición.

A pesar de que la Mafia todavía existe con poderosa influencia en el crimen internacional organizado, y en su nueva faceta, se puede hablar de cierta decadencia, principalmente a raíz del enriquecimiento de sus jefes en Estados Unidos, pues allá, al principio valiéndose de recursos ilegales, lograron la fortuna y el respeto anhelados por sus antecesores, los miserables campesinos sicilianos. Encontraron entonces más cómodo y menos riesgoso el dedicarse a la administración de negocios lícitos. Los inmigrantes sicilianos enriquecidos en Norteamérica entraron de lleno a las reglas de juego dentro del American way of Ufe y sus principales negocios actualmente, o la nueva forma de “hacer la mafia”, es formar grandes monopolios comerciales, apoderarse del predominio en la propiedad de centros vacacionales y casinos de juego tolerados por las autoridades, pero no exentos de las trampas propias de ese negocio, sin llegar por ello a extremos conocidos en décadas anteriores. Dentro del reciente comercio del sexo en forma industrializada y permitida legalmente, también tiene intereses la nueva Mafia, todavía dentro de la prostitución, las “call girls”, los espectáculos sexuales, alquiler de aparatos de juego en bares y cafeterías, de máquinas tragamonedas en general; y otro tipo de Mafia es la que controla el narcotráfico internacional.

Pero la actual Mafia tiene preponderancia en el mundo político dentro de los límites permitidos por el sistema. Todavía los negocios relacionados con el juego, y en general los más sucios que explotan el vicio y la perversión son controlados por una Mafia decadente. La verdadera y poderosa Mafia ejerce su dominio desde elegantes oficinas a través de las finanzas internacionales, donde se ponen en juego varios millones de dólares en una operación industrial de segundos, cuya duración será de años.

MAGIA Y BRUJERÍA

La fascinación que ejerce la magia, todas las formas de hechicería, los encantamientos y rituales macabros tienen una raíz muy profunda. Se encuentra en el origen mismo del hombre, en su período primitivo cuando tuvo necesidad de inventarse explicaciones para afrontar los fenómenos que se producían a su alrededor y veía con azoro sin poder comprenderlos. Sus primeras reacciones fueron de temor; luego, como defensa a su repetición, a su persistencia, e incapacidad de controlarlas tuvo que asumir esa realidad pero trató de interpretarla, de atribuirle una causa y un significado. Entonces comenzó a manejar símbolos, después creó mitos. Esas son nuestras primeras matrices, nuestra memoria genética ineludible inmutable al paso del tiempo y aun a la evolución del pensamiento.

La magia ha existido en todas las comunidades humanas; situada en el pensamiento primitivo parece un hecho natural, un proceso lógico de acuerdo a esas circunstancias. Visto así el asunto no hay punto de discusión sobre las creencias del hombre prehistórico, los fenómenos que dieron origen a sus primeros mitos hace siglos dejaron de asombrar, pero surge la discrepancia cuando se advierte que las explicaciones científicas no han alterado el pensamiento mágico del hombre contemporáneo ni su tendencia a la mitificación. Sin embargo hasta aquí ciencias como la antropología o la psicología aclaran los motivos de ese comportamiento. El conflicto aparece cuando se plantea el análisis del contenido del fenómeno mágico, donde comienza la frontera entre lo real y lo fantástico.

La solución más fácil, la falacia resultante del método científico es negar lo que no se comprueba objetivamente. La ciencia rechaza categóricamente todo lo que implique magia porque es un fenómeno fuera de control, no susceptible de experimentación. Siguiendo ese criterio sería ociosidad abordar el tema de la brujería como fenómeno independiente. Partiendo de consideraciones científicas elementales el asunto se observa desde diversos puntos de vista, es un objeto de estudio interdisciplinario; la historia, la sociología, la psicología y, si se quiere, la parapsicología son las materias más íntimamente relacionadas en torno al estudio de la brujería.

Aquí la intención es solamente presentar breve exposición histórica del desarrollo de la brujería haciendo mención a sus orígenes, manifestaciones y repercusiones en la sociedad. Se incluye este tema en el presente volumen porque la finalidad ha sido proporcionar al lector una muestra representativa de las más famosas sociedades secretas que tuvieron sonadas consecuencias en distintos países y distintas épocas, en ese contexto es imprescindible incluir el asunto de la brujería advirtiendo el resurgimiento del culto en estos momentos. En la época moderna la brujería ha aparecido poco después de la Primera Guerra Mundial; aunque ahora no existe una Santa Inquisición que la prohíba y condene a la hoguera a sus simpatizantes, persiste el prejuicio social, no es algo que pueda observarse a distancia y quedar en la indiferencia o acaso despierte ligera curiosidad como serían las logias masónicas que en América y en Europa celebran sus reuniones sin ser molestados, mas bien ante la indiferencia colectiva (sí es atractivo conocer sus misterios, pero no constituye un objeto de persecución ni hay un empeño especial en averiguar lo que ocurre dentro de esos grupos). En cambio produciría violentas reacciones el tener conocimiento exacto del lugar donde funciona un conventículo, y los participantes del culto con seguridad serían agredidos.

En la reciente formación de conventículos interviene predominantemente gente joven perteneciente a generaciones desencantadas de su tiempo. No hay tradición familiar que justifique ciertas inclinaciones a esas prácticas transmitidas por herencia. Tampoco es el caso de gente rural saturada de supersticiones. Son jóvenes de cultura urbana, de nivel educacional universitario que reaccionan rebeldemente contra la corrupción clerical, contra el orden establecido, contra una sociedad preocupada por los aspectos materialistas. Su apego a cultos aparentemente abolidos en el pasado tal vez sea motivado por un deseo de reconciliación con lo humano, convocando fuerzas espirituales producidas única y exclusivamente con la fe, con la celebración de rituales dirigidos a convocar la manifestación de fuerzas misteriosas que hagan vibrar su espíritu.

Dicho de otra forma: el resurgimiento de la brujería es un hecho palpable en este momento, en las naciones más desarrolladas (principalmente en éstas), en los rincones más apartados. Actualmente funcionan conventículos donde se celebran los mismos ritos descritos desde hace miles de años en textos que observaron con curiosidad ese culto. En un moderno edificio de una de las capitales mundiales más importante es probable que haya un sabbath y sus protagonistas sean las jóvenes que caminando por la calle se ganan miradas de admiración, exitosos profesionistas o acaudalados magnates. Funcionan en secreto naturalmente, pero en los últimos años han sido cada vez más frecuentes los descubrimientos de sectas satánicas dedicadas al culto diabólico en las grandes ciudades. La prensa de todos los días recoge esas informaciones y hasta entonces el escéptico se percata de que los vecinos más agradables del barrio formaban parte de un grupo demoníaco, que ha intervenido la policía porque alguno de los asistentes al aquelarre estaba implicado en cuestiones de droga.

Estos grupos también ahora se protegen en el secreto -a veces no muy eficaz puesto que son descubiertos- y se multiplican en su afán de búsqueda. Se ha visto cómo las religiones orientales han merecido la atención de la juventud occidental siempre a la expectativa. En este momento somos protagonistas de una nueva etapa en la brujería. Es oportuno entonces, condensar aquí algo referente a la brujería desde sus orígenes hasta nuestros días.

Sin el propósito de invadir los campos de estudio de materias concretamente especializadas en esas cuestiones, se hace necesario puntualizar que la magia y la religión tienen un significado equivalente para el ser humano. Todavía no hay acuerdo entre las teorías que consideran a la magia como el antecedente directo de la religión o a la inversa, y las que las sitúan paralelamente. De cualquier forma son elementos análogos los que integran el simbolismo de una y otra; la religión tiene algo de mágico que se llama milagro por la concurrencia de una fuerza divina, y la magia tiene algo de religión por la fe inherente a la confianza depositada en el objeto mágico y por el misticismo que implica su proceso de relación sujeto-objeto.

En esos términos el pensamiento del hombre contemporáneo no difiere mucho al del hombre primitivo, simplemente se adecuan los ritos. Ni los viajes espaciales, ni la invención de la computadora más compleja son capaces de cancelar el pensamiento mítico. En principio los fenómenos desconocidos fueron inspiradores de mitos; ahora lo son la impotencia, el apego a símbolos en respuesta a las necesidades fetichistas. La ciencia del siglo XX aún ha dejado en la oscuridad grandes misterios; a ellos se aferra el ser humano como exigencia para satisfacer un profundo deseo. Cuando la omnipotente ciencia se declara incapaz de trasponer un límite el hombre recurre a su capacidad inventiva para encontrar la respuesta más satisfactoria a sus inquietudes y dispone de un campo propicio para la creación de símbolos mágicos.

En nuestros días mostrar apego a la magia, la hechicería, el fetichismo, es signo de incultura porque “el pensamiento científico” prohíbe los mitos, pero las supersticiones se conservan subyacentes en la conciencia col activa. Se mencionan frases, se omiten ciertos actos, se suprimen números y aunque se trata de escudar en la religión, el hombre del siglo XX es fetichista. Cree con reservas lógicas (por inhibiciones sociales disfrazadas como, snobismo cultural) en ciertos mitos y en casos de desesperación (frente a una enfermedad, un desengaño amoroso, etc.) extremos no dudaría en recurrir a la magia si la tuviese a su alcance y no pesaran sobre ella prohibiciones clericales.

El apego del ser humano a los mitos, su componente mágico en la esencia de su personalidad, son cuestiones indiscutibles; ¿pero qué hay en realidad de cierto, respecto a todas esas antiguas leyendas sobre brujería transmitidas oralmente a través de varias generaciones? No hay respuesta categórica. El rigor científico de hoy hace inadmisible la existencia de un fenómeno sin comprobación. Sin embargo la Iglesia católica creó una poderosa institución (La Santa Inquisición) dedicada -entre otras cosas- a perseguir a brujas, hechiceras y endemoniados. Las iglesias protestantes tuvieron el mismo empeño y son incontables, cientos de millares de víctimas de hombres y mujeres, condenados a muerte acusados de practicar la brujería como sinónimo de satanismo.

Pero no ha sido sólo a partir de la era cristiana cuando se comenzó a hablar de brujas; también en épocas anteriores se mencionó a personajes similares[5] que preparaban filtros amorosos, curaban o causaban la muerte[6] echaban mal de ojo preparando asquerosas pociones. Autores clásicos como Horacio, Virgilio, Tíbulo y Luciano ya atribuyen a las hechiceras de su época la capacidad de volar por los aires.

Hornero y Ovidio hablan de hechiceras, son ciertas mujeres conocedoras de fórmulas secretas para preparar bebedizos cuyos efectos amatorios eran infalibles. Horacio se refiere a una mujer llamada Canidia (según biógrafos y críticos de Horacio este personaje existió realmente, era una mujer dedicada a la composición y venta de perfumes) a quien le atribuye actos perversos; la bruja acompañada por otra mujer, descuartizaba una oveja negra ante la imagen de Príapo, el dios del sexo. Después de beber la sangre del animal arrojaban muñecos de cera al fuego. También menciona que prepara bebedizos cuyos ingredientes son sangre de sapo, huesos y plumas de lechuzas, etc.). Otro bebedizo era preparado con sangre de niño sacrificado para ese fin.

Las referencias más antiguas a estos personajes no se relacionan con la forma medieval de concebir la figura de una bruja. Su descripción es en términos que corresponden a una hechicera cuyo conocimiento de la magia le permitía lograr que una enamorada consiguiera su propósito de atraer al amado.

En las culturas antiguas el rol de hechicero, sacerdote y curandero podían ser atributo de una sola persona; en esas culturas no se hacían distinciones precisas entre magia y religión; desde ese punto de vista ha de considerarse que la celebración de ritos especiales, la preparación de bebedizos y la veneración a ciertos objetos, eran funciones del individuo merecedor del máximo respeto y admiración dentro de la tribu. Esos actos sólo podía ejecutarlos uno de los miembros de la tribu que hubiera dedicado toda su vida a una intensa preparación para poder alcanzar ese grado.

Una concepción más amplia de la historia revela otra perspectiva soslayada por vanidad, pero visto con toda objetividad, es claro que la magia tuvo los mismos principios de observación que los adoptados más tarde por la ciencia. Los fenómenos naturales que dieron origen a los primeros símbolos, se apreciaron en toda su extensión; es decir, la “creación” del fenómeno fue captada en su total amplitud. No escapó ningún detalle de su atención. Con esta puntualización se amplía el campo de estudio de la brujería, rescatándola del gratuito menosprecio a que se la ha relegado.

La magia ha sido común característica en todas las culturas como rasgo esencial que es en las agrupaciones humanas primitivas. Así cada una de ellas ha hecho aportaciones muy valiosas para el estudio científico de los fenómenos naturales. Cuando pasó a formar parte de una religión, de un culto dedicado a determinadas figuras, confundió la diferencia entre los actos de magia y los de brujería.

Persecución de brujas

La persecución de brujas comenzó hace menos de cinco siglos; durante los casi primeros quince siglos de cristianismo no pareció muy preocupante la existencia de pitonisas que adivinaban la suerte e interpretaban algunos sueños como ocurría entre los griegos y los romanos. Las hechiceras no pasaban a ser molestadas si encaminaban su magia a fines inofensivos, es decir, se reconocía el poder de la magia para quitar la vida a alguien, se sabía de casos en que quien encargaba el trabajo a la hechicera deseaba hacerlo como forma de venganza, ahí dependía por completo de la “ética”, por así llamarlo, de la hechicera si cumplía o no ese encargo. En alguna ocasión se siguió la causa de sentencia a una mujer famosa por sus pócimas “amorosas” que se prestó a instrumentar como una venganza por despecho. Ella trató de defenderse con el argumento de que sólo cumplía un encargo, lo cual propició la sentencia de la mujer que había deseado el mal.

Las primeras condenas propiciadas directamente por la Iglesia contra la hechicería, se conocieron hacia los siglos XIV y XV. El primer Papa que prohibió la magia y la hechicería refiriéndose concretamente a esas prácticas fue Inocencio III en una bula firmada exactamente en el año 1484. En los años anteriores ni siquiera se habló directamente del asunto, se supo vagamente de dos condenas aparte de la antes mencionada; en bulas precedentes se hizo alguna alusión a la hechicería pero no refiriéndose directamente a ella ni a sus ejecutoras.

La cacería de brujas surgió como una febril moda simultánea en varios países europeos: Alemania, Austria, Francia, Suiza, Inglaterra, Escocia, Países Bajos y Escandinavia. La súbita reacción no pudo ser obra de la casualidad, necesariamente fue respuesta a un poderoso motivo dirigido por la Iglesia pero curiosamente acogido entusiastamente por el pueblo. Son varias las opiniones que tratan de explicar esa repentina reacción. Unas aluden a un deseo de la Iglesia de demostrar su poder ya superados los problemas que afrontó en siglos anteriores por la definición de la línea más ortodoxa que habría de seguir la máxima autoridad católica en el mundo. Otras en cambio aluden directamente al descubrimiento de una conspiración cuyo mejor enfrentamiento fue propiciando la participación popular en defensa de la religión y, por ende, de la institución clerical.

Aunque es arbitraria toda especulación se cita un dato que da idea de la magnitud de la persecución; se calcula que sólo la Santa Inquisición fue causante de la muerte de más de nueve millones de personas, en ese número se incluyeron ejecuciones, torturas, suicidios en prisión y otras formas de muerte en las mazmorras: hambre, enfermedades no atendidas adecuadamente, etc.

Hubo un momento en que pareció competencia el condenar personas acusadas de brujería, la simple observación de cifras pone de manifiesta esa posibilidad. Sólo en Alemania un obispo firmó la sentencia de muerte para novecientas personas en la diócesis de Bamberg; en ese mismo país la jurisdicción episcopal de Wurzburg fue escenario de la ejecución pública de seiscientos acusados en menos de un año. La cifra de condenas a muerte en Nuremberg y otras grandes ciudades alemanas oscilaba entre los cien y doscientos condenados cada año. Las ejecuciones llegaron a convertirse en un espectáculo que complacía a la gente. Poco recordaban datos de la historia, cuando los emperadores romanos hacían algo similar con los primeros cristianos a quienes se les perseguía no tanto por sus creencias religiosas, sino por considerarlos elementos subversivos, protagonistas de conspiraciones contra la institución gubernamental. Hasta los países más pequeños, no señalados precisamente por su fanatismo religioso se produjeron vergonzantes ejecuciones; sólo en un condado de Suiza fueron ejecutados mil acusados. En todos los casos se daba por sentada la culpabilidad del acusado, pues, aunque fuera inocente, las torturas le obligaban a confesar herejías, blasfemias y toda clase de perversiones que ni siquiera había imaginado pero que los verdugos le obligaban a aceptar.

Un juez francés se mostraba orgulloso de haber sentenciado a casi mil acusados, todos ellos muertos en la horca o en la hoguera después de haber sido torturados. Con esa cifra récord el juez se jubilaba tras quince años de servicio. Una forma de defensa contra posibles acusaciones era convertirse en acusador. Pero las causas que orillaban a la gente a lanzar cargos desde el anonimato eran muchas, lo mismo podía ser el resultado de venganzas personales que el deseo de las autoridades de confiscar para sí los bienes del condenado según procedía en sus leyes.

El único apoyo en que se sustentaba la represión clerical contra las personas acusadas de hechicería era lo definido por el derecho canónico como herejía: “Un error religioso mantenido en forma consciente y reiterada a los conceptos de verdad expresada por los representantes de la Iglesia de manera autorizada.” En esa ambigüedad cabía cualquier acusación, no se hacía ninguna mención a las condiciones en que debiera manifestarse esa permanencia en el error, por supuesto que se omitía la forma de obtener las confesiones que invariablemente eran bajo torturas. Si el acusado moría en las salas de tortura, cualquier explicación bastaba pues desde el mismo momento de ser aprehendido podía darse por muerto. Fueron excepcionales los casos en que se declaró inocente a un detenido y sometido a torturas.

De la misma forma que súbitamente nació la afición por cazar bruja; desapareció esa moda. Casi hasta finales del siglo XVII las ejecuciones fueron más o menos constantes pero a partir de esas fechas se suspendieron. En Inglaterra la última condena fue en 1712, en España hasta 1781 y en Polonia hasta 1793.

En todas las acusaciones de brujería se trataba de establecer una relación de tipo sexual entre la bruja y el diablo, el diablo de los católicos que no era exactamente el Satanás judío, el satanás del Antiguo Testamento era un ángel de Dios cuya encomienda era probar la fidelidad de los hombres, la nobleza de sus sentimientos, su apego a la Voluntad Divina. Poco después se hizo acusador de los hombres ante Dios y por último tentador de los hombres, pero nunca enemigo de Dios como corresponde a la figura del diablo católico.

El diablo que reinaba sobre las brujas era la clásica representación del macho cabrío cornudo. Pero cuando éstas hablaban de sus representaciones en los sabbaths lo describían de diferentes formas, incluso las más de las veces como hombre “normal” con la única característica de dejar un fuerte olor a azufre. Su concepción de acuerdo a la imagen clásica correspondería a la de algunos dioses griegos -Pan, por ejemplo- o de otras mitologías, pero la versión más antigua de ese estereotipo procede de hace unos doce mil años; en Ariege (Francia) se descubrió un dibujo rupestre de esa antigüedad aproximada, en él aparece la figura de un hombre cuyo cuerpo se cubre con pieles, lleva astas en la cabeza y en torno a él la variedad de animales que cazaba para alimentarse y cubrirse.

Los antropólogos interpretan ese dibujo como un deseo de atraer siempre a esos animales y al cazarlos asegurar la alimentación. En las mitologías de Egipto, Grecia, Roma y las culturas célticas aparecen varias imágenes de dioses cornudos pero que no tienen ninguna relación con el mal. Esas veneraciones proceden directamente del paleolítico y tal vez la figura sea efectivamente pecaminosa porque hubo un momento en que la cacería decayó y las tribus primitivas descubrieron la agricultura, seguían adorando a su dios cornudo; la forma de rendirle tributo para implorarle su protección era copulando ante su imagen sobre un campo recién sembrado. El ritual no tenía intenciones orgiásticas sino exclusivamente dedicadas a solicitar su intervención en favor de la fertilidad. Así el dios se convirtió en un rito asociado con el sexo, práctica que luego se atribuyó a las brujas y que quizá efectivamente realizaran pero en última instancia con propósitos diferentes al motivo del pecado contenido en el catolicismo -saber y placer-.

Es probable que haya habido brujas desquiciadas, malévolas que efectivamente sacrificaran niños para preparar sus hechizos, pero eso no correspondía a la magia como se entendía en tiempos primitivos. El símbolo ha sido una necesidad de expresión al margen de prohibiciones morales impuestas por las religiones.

La maniática caza de brujas que protagonizó el mundo cristiano durante dos siglos confundió la hechicería con la magia, en última instancia ambas se complementan pero la represión de la Iglesia persiguió exactamente lo mismo que ella creó y difundió.

La concepción popular de la brujería sostiene desde hace siglos la asociación de hechizos maléficos con la utilización de representaciones (figuras de cera, muñecos de tela, fotografías, objetos de uso personal, cabellos, uñas, etc.) de la persona a quien va dirigida la magia. La conducta fetichista explica esa necesidad de contar con el apoyo de la imagen para fortalecer los efectos del hechizo; es, en principio, una necesidad psicológica de la bruja. Pero históricamente hay antecedentes que se remontan a cientos de años antes de Jesucristo. Ya en los tiempos de Ramsés III se menciona esa práctica.

En 1324 se conoció otro incidente similar; los tribunales ingleses consignan un caso de este tipo en la localidad de Conventry. Veintisiete personas fueron acusadas de acudir ante una bruja pidiéndole que ejerciera sus influjos sobre el prior de ese lugar y además otros cinco religiosos. El “trabajo” se pagaba a veinte libras por cada una de las víctimas. Para comenzar la bruja hizo una demostración de la efectividad de sus poderes, garantizando a los clientes el resultado deseado. Lo primero fue hacer una figura de cera que representaba a un hombre del pueblo no incluido en la lista de las víctimas. La bruja clavó un alfiler en la cabeza del muñeco; el hombre perdió la razón, su repentina locura causó sorpresa entre todos sus amigos y conocidos pues siempre había gozado de buena salud y cabal juicio. Para mayor seguridad de los clientes la bruja ensayó directamente con la muerte. Para ello recurrió nuevamente a la figura clavándole un alfiler en el pecho a la altura del corazón. El hombre murió en ese mismo instante. Uno de los que fueron a solicitar los servicios brujeriles se aterró ante la malévola comprobación y arrepentido llevó el relato a los tribunales identificando a los implicados. La bruja pasó el resto de sus días en la cárcel, sucedió igual con algunos de sus clientes, otros más pudieron escapar antes de ser apresados.

Un caso semejante se produjo en 1441, siendo en esa ocasión Enrique VI la presunta víctima; Eleanor Cobham, duquesa de Gloucestér contrató a una bruja para causar la muerte del rey, según las acusaciones. Se siguió el mismo procedimiento: una figura de cera representando al monarca; cada día le acercaban al fuego para consumir lentamente esa imagen. Antes de su destrucción total se descubrió el atentado. La bruja fue quemada públicamente y la duquesa condenada a prisión perpetua. Las únicas pruebas presentadas por el fiscal fueron dos figuras de cera encontradas en poder de las sentenciadas.

El exorcismo aprobado por la Iglesia católica también recurrió durante un tiempo a la imagen en un sentido mágico. Una vez determinada la operación el sacerdote hacía una figura representando al demonio poseedor y le llamaba por su nombre cuando lo manifestaba en voz del poseso. El exorcismo se hacía junto a la víctima, el sacerdote pronunciaba oraciones al tiempo que arrojaba la figura demoníaca al fuego, cuando la figura ardía el poseso recuperaba su personalidad; las oraciones, la purificación del fuego, la destrucción de la figura eran fórmulas también utilizadas por la hechicería, pero la Iglesia sólo las autorizaba cuando quien las usaba era sacerdote exorcista.

La magia de la imagen era la más efectiva según las propias brujas y las voces populares aunque tampoco se despreciaban otras formas de fetichismo, por ejemplo alguna parte del cuerpo del hechizado según el efecto deseado. Su efectividad no se ponía en duda; el célebre “enamoramiento” por artes mágicas es un relato repetido en todas las épocas, un hecho que demuestra los alcances de ese poder presenta matices cómicos. Ocurrió en North Berwick donde era famoso el médico escocés John Fian por su prestigio como brujo aunque nunca bien comprobado. Fian era profesor en el liceo de la ciudad, aprovechó esa circunstancia para conseguir el amor de la hermana de uno de los chicos que era su discípulo; el profesor prometió a su alumno que dejaría de azotarle como lo hacía de continuo a causa de sus distracciones en la lección si a cambio le llevaba uno o varios vellos púbicos de su hermana. Al chico le pareció sencillo el intercambio pues dormía en la misma cama. Esa noche el chico trató de conseguirlos pero en vez de ello logró despertar a su hermana quien enteró a su madre del asunto. La madre obtuvo la verdad del propósito del muchacho, confesó de quien partía la idea. La madre conocedora de las artes hechiceras encargó al chico que le diera al profesor tres pelos de la ubre de una ternera sin decirle que eran del animal. El doctor los recibió con entusiasmo pensando haber conseguido su propósito, sin pérdida de tiempo preparó su hechizo llevándose la sorpresa de ser perseguido por todo el pueblo por la ternera enamorada.

Ese tipo de hechicería comprendía una amplia variedad de remedios, como un prontuario tenía fórmula para “mejorar la memoria”: se recomendaba colgar del cuello del hechizado un ojo, cerebro o corazón de un avefría garantizándole mientras llevara el amuleto la disposición plena de sus facultades nemotécnicas. “Para curar la esterilidad de la mujer” también había un sencillo remedio: pulverizar un asta de ciervo y mezclarla con hiel de vaca, teniéndola siempre con ella se haría fértil. “Filtros de fidelidad de la mujer” eran una petición muy frecuente; los maridos celosos recurrían al hechizo, consistía en hacer un bebedizo con los órganos sexuales de un lobo, pelos del hocico y cejas mezclados para que la mujer los bebiese sin enterarse de qué eran. Así se aseguraba su fidelidad al hombre que hiciera la operación. Para obtener su amor o “exclusividad sexual” el hombre debía obtener sebo de macho cabrío y ungirlo a sus órganos genitales, después tener una relación y a partir de entonces no le apetecería ningún otro.

Los ingredientes de los bebedizos siempre se relacionaban con sustancias repugnantes. W. Shakespeare hacía la siguiente descripción en Macbeth de una preparación clásica:

Escama de dragón, diente de lobo,

humores de momia, fauces y entrañas

de voraz tiburón de agua salada,

raíz de cicuta arrancada en la noche,

hígado de blasfemo judío,

hiel de macho cabrío y esquejes de tejo

plantado bajo el eclipse de luna,

nariz de turco y labio de tártaro,

dedo de recién nacido estrangulado

arrojado a la charca por una ramera…

Es obvia la intención satírica, ingredientes tan caprichosos era prácticamente imposible reunir, pero su relación creaba una atmósfera especialmente sobrecogedora por la repugnancia de cada uno de ellos. Su imagen oscilaba entre lo grotesco y el humor negro. Recetas de este tipo hay miles conocidas de fuentes confiables; otras en cambio de auténticas propiedades curativas aunque debían administrarse acompañadas de un ritual mágico, aunque no diabólico como se ha insistido. En la lista de ingredientes sin embargo siempre se incluía algún elemento que presentara el carácter maligno (dedo de niño estrangulado) que tal vez la aversión popular haya aumentado para lograr justificar su manía de cazar brujas, o ellas mismas lo hayan propiciado para mantenerse alejadas de burlas creándose un estereotipo de inaudita crueldad.

Sobre la creencia de que las brujas realizaban vuelos por los aires montadas en una escoba, hay varias versiones que tratan de clarificar el origen de ese atributo. Efectivamente las reuniones de brujas se hacían en las encrucijadas pero ello no obedecía a un simbolismo especial, era más bien una medida práctica: un encuentro a mitad del camino donde convenía mejor a las brujas que se desplazaban desde pueblos distantes. La reunión nocturna favorecía el encuentro por varias razones: evitaban la indiscreción de miradas intrusas, se identificaba más con el objeto de sus artes y sus creencias (la noche, la luna y ciertos estados climatológicos han ejercido irresistible fascinación en el ser humano. La poesía de todos los tiempos abunda en esos temas y lo mismo, los influjos atribuidos a la luna son innumerables en todas las culturas primitivas e incluso en tiempos actuales en países desarrollados donde la tradición rural conserva encantadoras leyendas). Para un recorrido nocturno por caminos plagados de obstáculos era conveniente llevar un bastón como guía; tal vez la escoba lo sustituyera y pasara a formar parte del ritual cuando en las danzas del sabbath las brujas danzaban alrededor de la fogata “cabalgando” sobre sus bastones o escobas. De esa práctica pudo derivarse el atributo de volar transportadas por escobas.

En cuanto al hecho de volar debe puntualizarse que antes de hacerlo las brujas confesaban aplicarse un ungüento preparado por ellas mismas para ese fin. La composición variaba, pero hay algunas descripciones que analizadas nos conducen a una explicación del fenómeno. Un elemento mencionado con insistencia es a grasa de niño recién nacido; se cuenta que eran hervidos vivos para obtener “mayor pureza de la propiedad”, pero también se dice que el acónito era uno de los ingredientes mezclados con belladona y cicuta. Esas sustancias, según algunos médicos, producen palpitaciones, delirios, excitación y parálisis. No se descarta la posibilidad de que accidentalmente añadieran alguna droga alucinógena (hongos, etc.) y diera por resultado alucinaciones que les hacían creer efectivamente en una especie de vuelo. La leyenda decía que si las campanadas del Ángelus las sorprendía en pleno vuelo eran capaces de derribarlas, lo cual también es fácil de inferir. Si los vuelos se iniciaban a primeras horas de la noche para acudir a los sabbaths en ese momento comenzaban los efectos alucinógenos del ungüento. Al amanecer habían pasado y las campanas cortarían de golpe lo que suponían era transvección.

Cuando comenzó la caza de brujas se persiguió por igual a quienes hacían prácticas inofensivas que a quienes en realidad participaban en rituales de brujas. Las hechiceras existieron desde antes que las brujas. Para precisar un poco las diferencias podría mencionarse que las hechiceras no hacían culto de sus prácticas, sólo se dedicaban a la magia; tal vez con mucha amplitud aplicaban sus conocimientos herbolarios lo mismo para curar que para causar enfermedades, pero por lo general sus bebedizos eran inocuos, si tenían algún efecto verdadero se debía más que nada a la sugestión. En cambio en la brujería el culto era un requisito imprescindible; los objetos de adoración muy probablemente se relacionaban con antiguas deidades, basando fundamentalmente su orientación en una representación femenina. Las danzas de hombres y mujeres desnudos que al final copulaban ofreciendo el acto a las imágenes veneradas se debía tal vez a la representación de los ritos dedicados a la fertilidad que dieron origen a esa celebración. Efectivamente en las culturas primitivas el sexo desempeñaba un rol muy importante, pues siendo la fertilidad el motivo de la celebración el hombre primitivo veía en los órganos sexuales el medio más directo de hacer sentir a sus dioses esas fiestas en su honor. Sin prejuicios religiosos (del catolicismo que concibió al sexo como pecaminoso) para ellos el sexo significaba justamente lo que es, sin intención morbosa pues nada lo prohibía, era una práctica natural.

Los conventículos eran el sitio de reunión de las brujas, el recinto dedicado al culto. Estos eran lugares secretos, por tanto limitaban el número de miembros, prefiriendo formar otros a reunirse en uno muy numeroso.

Las orgías sexuales formaban parte de esas celebraciones. En primer lugar despojarse de las ropas era una forma más directa de participar en las ceremonias, se concentraba la atención y la energía en la invocación; se asegura que por lo menos en los momentos de mayor importancia ninguno de los presentes debía tener excitaciones sexuales pues eso desviaría la atención. Al final sí se podía terminar en una verdadera orgía. Pero también es probable que los conventículos fueran centros de conspiración, de ahí su feroz persecución y la acusación más cómoda para deshacerse de un grupo disidente durante la época de persecución era atribuirles esas perversiones.

El conventículo funcionaba con ciertos reglamentos y cada uno de los integrantes tenía roles precisos. Un maestro que dirigía el ceremonial, sus ayudantes, y los casos especiales de matrimonios, bodas y los festines que siempre se incluían en cada sesión. El cliché de la caldera en las reuniones de brujas quizá sea fantasear sobre lo que contenía en realidad; dado que se hacían grandes comilonas era necesario para mantener caliente o preparar ahí mismo el guiso.

Pero una vez comenzada la cacería de brujas no era muy importante tener pruebas de que las acusadas participaran en esos ceremoniales. Las torturas inquisitoriales arrancaban confesiones pero no podían crear un lugar simplemente porque así pondrían en evidencia su equivocación. Quienes caían en manos de los verdugos de la Inquisición terminaban por confesar lo que el fiscal quisiera. Eran tales las torturas que cuando se pedían nombres de otros brujos lo atribuían a la persona cuyo nombre acudiera primero a la memoria; en tal caso tampoco era necesario aportar pruebas ni hacer careos. Era curioso cómo los cazabrujas encontraban a las culpables e iban sumando acusaciones pero pocas veces se llegaba a conocer una prueba material como lo hubiera sido el conventículo que debía contener elementos delatores (grabados alusivos a los sabbaths).

Era curiosa la coincidencia que en las acusaciones figuraran personajes de alto potencial económico, fue el caso de Lady Alice Kyteler de la nobleza de Irlanda acusada de bruja en 1324 por el obispo de Ossory. Era la mujer más rica de Kilkenny quien había heredado cuantiosas fortunas en viudez consecutiva durante tres veces y dada la salud del cuarto marido parecía próxima a aumentar su fortuna. Las acusaciones la declaraban culpable de negar a Dios y a la Iglesia católica, que celebraba cultos satánicos y que confeccionaba poderosos venenos destinados a causar la muerte a sus maridos. Lady Alice no se acobardó ante las acusaciones, lo que provocó que el obispo la excomulgara pero el poder de ella y su nivel de relaciones con la nobleza se volvieron en contra del obispo quien fue encarcelado a causa de la difamación. El jerarca religioso insistió con sus acusaciones ante el tribunal secular; su posición era verdaderamente necia, el mismo tribunal tuvo que expulsarlo de la sala pero insistía en condenar a la que ya era su enemiga personal. La rica dama optó por una mejor solución que fue poner tierra de por medio; dejó Irlanda para radicarse un tiempo en Inglaterra mientras pasaba la furia de su acusador. La venganza del obispo se dirigió a una victima: la sirvienta de Lady Alice. Aprehendida y llevada a las salas de tortura confesó que eran verdaderas todas las acusaciones hechas contra su ama y que ella misma participaba de esas herejías. Entonces el tribunal no reparó en condenarla a ser quemada viva. De la rica señora no se volvió a saber nada.

Si a la Iglesia le escandalizaba la conducta sexual de los acusados de brujería, se mostraba discreta cuando alguno de sus ministros se veía implicado en actos lujuriosos. No se pudo ocultar que entre Felipe I y el arzobispo de Tours hubo un conciliábulo muy poco apegado a la escrupulosidad moral que predicaban. El monarca no fue excomulgado por adulterio, pero a cambio fue complaciente con el obispo que lo perdonó concediéndole la sede de Orleáns para el concubino del obispo cuyos amoríos eran notorios. En 1198 un obispo recibió una sanción meramente simbólica como castigo a la probada acusación de incesto; luego de un tiempo, con mayor discreción reincidió ante el silencio de la jerarquía eclesiástica. La acusación era incesto porque su lujuria era compartida con la abadesa de Remiremont.

Sería interminable la lista de casos similares, sólo uno más por escandaloso: el obispo de Toul fue acusado de tener varias amantes, pero su favorita era precisamente su hija. Y al más alto nivel del aparato clerical se contó que el Papa Silvestre II (1003) convivió con una enviada del demonio durante varios años, y que debido a sus poderes fue que ascendió al trono de San Pedro. Así se mantuvo hasta que la endemoniada le hizo una revelación: cuando el Papa le comunicó su intención de encabezar una peregrinación a Jerusalén partiendo de Roma, la infernal mujer le anunció que si lo hacía moriría mientras decía misa en Jerusalén. Eso hizo desistir del viaje a Silvestre II pero en una misa celebrada en Roma sufrió un ataque. Comprendió su castigo e hizo pública su situación. La historia no aporta mayores pruebas sobre la verdad en torno a este hecho porque ha sido cuidadosamente ocultado y cabría la posibilidad de ser simplemente fantasía. Si así fuera los argumentos de la Inquisición caerían contra la propia Iglesia; al acusar a una persona de practicar la hechicería y no aportar pruebas se escudaban en el rumor popular “cuya sabiduría es infalible”. Podría aplicarse entonces a todos los rumores expandidos en torno a la promiscuidad sexual en conventos e iglesias.

Por otra parte, de acuerdo con la definición de bruja: “Aquélla que conociendo la ley de Dios intenta realizar alguna acción mediante acuerdo con el Diablo”, pocas acusaciones debían ser plenamente comprobadas. Se recomendaba como método más eficaz para obtener la confesión de culpabilidad cualquier tortura, pues la ofensa a Dios no tenía ningún límite de castigos. La rutina en las confesiones facilitó el proceso de acusación. Se elaboró una especie de cuestionario al cual la acusada debía responder sí o no. Para las respuestas negativas había grados mayores de tortura que las convertían en un sí contundente.

La persecución de brujas fue un fenómeno que agravó la ya de por sí marcada misoginia, se decía que la mujer era un enemigo de la amistad entre los hombres, cuando ella aparecía comenzaban las disputas entre dos varones antes unidos en fraterna relación. Se la consideraba “un mal necesario”, un peligro doméstico engañoso, presentado en bellas formas para tentar al hombre al pecado. Se la identificaba en ocasiones como “cuerpo del demonio” en sus diferentes formas para lograr cada uno de los pecados asignados a diversas denominaciones del demonio; Belcebú el favorito de Lucifer era príncipe de los serafines. Leviatán responsable de tentar a los hombres a la herejía. Asmodeo gobernaba los espíritus de las prostitutas, tentaba a los hombres a ser lujuriosos. Baalberith era el demonio que provocaba las disputas y los crímenes entre los hombres. Astarot gobernaba sobre los tronos llevando a los hombres a la pereza, al ocio vicioso. Verinne conduce a la impaciencia, Gressil los arroja a la impureza, Sonneillón inspira la venganza. El demonio podía presentarse en forma de mujer -especialmente si era hermosa- para inducir a los hombres a cometer todos esos pecados.

La persecución de brujas fue un largo y triste episodio en la historia del mundo occidental; había muchos intereses de por medio para mantener el que, además de ser una forma efectiva de control político, era un floreciente negocio. De paso daba circo al pueblo, era una válvula de escape que contenía otros motivos de agresividad; las torturas aplicadas en las prisiones son una muestra del grado de patología social que vivió la Europa del medioevo. Todo un montaje para las ejecuciones, una ocupación para entretener a la gente y evitarle pensar en las condiciones de vida de los señores feudales y de las masas sometidas a sus caprichos. Un sistema hasta burocrático que detallaba en formas prefabricadas para facilitar los procesos haciendo rutinaria la crueldad.

Las cuentas de los tribunales incluían por ejemplo datos como los siguientes: por concepto de vigilancia de una bruja; treinta chelines diarios; la intervención del punzor para averiguar su culpabilidad costaba un promedio de cinco libras, se le pagaba además al cazador profesional una cantidad dedicada a viáticos para él, sus ayudantes y sus animales. Una nota aparte para gastos de la acusada diez libras por ropa y alimentación durante un mes, pero en realidad no se cumplía ninguno de esos gastos, las brujas, culpables o inocentes, eran abandonadas en inhumanas mazmorras privadas de alimentos, sin abrigo. Los verdugos en cambio, los preparadores y todos los que de alguna forma intervenían en el proceso cotizaban sus honorarios al mejor postor.

Las torturas tenían un costo especial según el grado de dificultad o esfuerzo para el verdugo. Lo más barato era “aterrorizar haciéndole ver la cámara de tortura y explicando el funcionamiento de cada uno de esos instrumentos”. Seguían pasos como “ajustarle y estrujarle el pulgar en primer grado de tortura”; los honorarios de los verdugos especializados variaban según la forma de ejecución. Se detallaban en los presupuestos inquisitoriales las nóminas de quienes decapitaban, quemaban, estrangular y quemar, quemar viva, descoyuntar viva en la rueda, colgada sobre ese instrumento, cortarle de uno a todos los dedos o la mano completa, por quemarla al rojo vivo, por descuartizar y desmembrar con cuatro caballos, por preparar la soga o la pira…

Los informes de tortura eran verdaderamente espeluznantes, un testimonio recogido en Alemania describe un reporte de la sala de tortura.

El primer grado de tortura fue colocar a la víctima en la escala para cortarle el cabello y mojar la cabeza de alcohol prendiendo fuego hasta que se quemaran las raíces.

Lo segundo fue colocar líneas de azufre bajo los brazos y alrededor de la espalda y prenderles fuego.

Con las manos atadas a la espalda se le elevó hasta el techo.

El torturador dejó así a su víctima durante tres o cuatro horas porque llegó la hora de ir a almorzar.

Después que el verdugo se reintegró a su trabajo le roció alcohol por la espalda prendiéndole fuego.

Le colocó pesas en el cuerpo y nuevamente la levantó hasta el techo. Enseguida le puso la espalda en la escala y le colocó una tabla encima llena de puntas. Otra vez la levantó al techo.

El séptimo grado de tortura fue comprimirle los pulgares y los dedos de los pies con tornillo, apuntándole los brazos con un palo, así le colgó durante un cuarto de hora lo que le ocasionó repetidos momentos de mayor dolor.

Enseguida le comprimió las pantorrillas y las piernas con el tornillo.

Un tormento más suave fue el noveno: azotes con un látigo de cuero haciéndole brotar la sangre.

Luego repitió con el tornillo comprimiéndole los dedos de las manos y de los pies. Así le dejó durante varias horas.

Ese fue el primer día de tortura.

La historia no es tan simple: el asunto merece un amplio estudio. Durante más de dos siglos la humanidad convivió cotidianamente con estas prácticas hechas en nombre de la religión. Antes se hicieron con otros pretextos. Hoy los gobiernos dictatoriales han avanzado en tecnología pero sus prisioneros sufren lo inenarrable, no se les persigue por herejía en el sentido religioso, pero significa lo mismo para algunos regímenes opinar en contra de la política oficial. Esto sucede cuando el gobierno es tiránico.

La historia de la brujería que es un tema aún no suficientemente estudiado, ha sido soslayado por miopía científica. El escepticismo a priori no permite ver todas las implicaciones de una importantísima etapa de la historia de la humanidad. Efectivamente la Edad Media ha sido arduamente estudiada pero desde otras perspectivas. Las conclusiones generales siempre concurren a la misma meta, pero abordadas desde otros ángulos aparecen nuevas aportaciones.

SOCIEDADES NACIONALISTAS

Una constante en las asociaciones secretas ha sido la combatividad por motivos nacionalistas, dirigidas casi siempre por líderes de extracción popular. El descontento contra un gobierno procede directamente de las masas populares. Son los campesinos, los obreros, los artesanos, en suma, trabajadores más modestos quienes resienten la injusticia; en ellos recae el peso de un régimen autocrítico. Mientras que las clases privilegiadas disfrutan de su posición por su proximidad al poder político, las grandes masas soportan el peso de las desigualdades. Para que las minorías que concentran la riqueza puedan vivir holgadamente a un nivel de escandaloso dispendio, las mayorías se sacrifican, viven al margen de los satisfactores que producen para el disfrute parasitario de un reducido sector heredero de las mejores riquezas.

Los extremos avanzan por sí mismos. Mientras más cerrado sea el núcleo poseedor de la riqueza, más estrecho se mantiene, evitando cualquier alteración que le desplace de su posición privilegiada. La relación de proporción inversa es infalible; si una comunidad permite el gobierno de una minoría dirigente, la miseria se reparte en su máxima extensión. Las masas marginales multiplican su pobreza, el crecimiento demográfico natural agudiza esas diferencias y el conflicto se produce infaliblemente. La forma de resolverse está sujeta a una serie de condicionantes sumamente complejos. El mismo fenómeno no se presenta exactamente igual en dos naciones cuya problemática -minoría privilegiada, mayoría desposeída- sea en esencia la misma. Las insurrecciones populares que han transformado de fondo un sistema sociopolítico, han coincidido ciertamente en una meta común, pero sus condiciones han sido diferentes. Los antecedentes -distancias económicas- han sido en efecto las premisas generales, pero la orientación del movimiento emancipador, el planteamiento del conflicto, ha obedecido a acontecimientos peculiares de cada entidad que por su mayor similitud entre sí, nunca aparecen dos veces como copia exacta.

En algunas naciones esos movimientos han triunfado rotundamente; en otras sólo después de varios intentos se ha obtenido la transformación deseada. Y quedan las revoluciones abortadas, las sublevaciones reprimidas. O sea, que dicho en términos más directos, cada nación tiene características propias como condicionantes primarias de las necesidades de cambio y la orientación que ésta deba seguir. No hay fórmula ni modelo clásico, simplemente la historia y la cultura de cada pueblo exigen planteamientos adecuados para la solución de las contradicciones que originan los enfrentamientos. Ni siquiera cabe un ejemplo; está al alcance deja mano la simple observación del resultado de esos cambios, sus éxitos y fracasos e incluso sus expectativas.

Aunque al estallar el conflicto la forma más común de presentación sea mediante enfrentamientos armados, (insurrecciones populares al inicio en torno a grupos clandestinos, luego, según su consistencia y éxito abiertamente) también han aparecido acompañados de matices propios del medio, del momento histórico, del carácter o cultura de la sociedad desequilibrada.

Ha habido grupos disidentes del régimen apostados en todas las posiciones; monárquicos y antimonárquicos; liberales y conservadores; independistas y colonialistas; izquierdistas y derechistas; católicos y protestantes, etc. Sea cual la filiación del grupo que inicia la subversión, hay un factor esencial: ese modelo de sociedad, esa sociedad en particular ha llegado a un desequilibrio tal vez susceptible de restauración dentro de sus mismos esquemas, pero determinado, irremediablemente, a violentos enfrentamientos de <sus propias contradicciones. Tal vez temporalmente se contenga la rebelión, pero la fuerza insurrecta seguirá esperando el momento oportuno para resurgir en otro levantamiento, o tal vez, aunque no hay antecedentes, llegar a un punto medio de equilibrio entre las tendencias más opuestas.

SOCIEDADES NACIONALISTAS EN IRLANDA

La prensa internacional presenta continuamente abundantes informaciones sobre la situación política irlandesa. El terrorismo en ese país es un viejo fenómeno en su historia; sus manifestaciones coexisten en la rutina cotidiana. Cada vez se torna más compleja la solución a los problemas agravados por formas de actuación más y más violentas. Enfrentamientos entre fuerzas policiales y grupos clandestinos protagonistas del terrorismo, fortalecen la consecuente represión. Entre uno y otro extremo se pierde de vista la causa que motiva el conflicto confundiendo el objeto de la lucha y los factores que originan la insurrección.

El origen de la división de Irlanda se remonta al siglo XVIII, cuando dos tendencias religiosas (católicos y protestantes) ya distantes por esa diferencia, fueron matizadas por una legislación que favorecía a una sentando el costo del privilegio de la expoliación de la otra; el Código Penal imperante en los años 1700 colocaba a las minorías protestantes en posición de privilegio. (Había unidad entre Estado e Iglesia anglicana). Los irlandeses protestantes del norte ostentaban la denominación de “arrendador”, título cuya sinonimia era más directa si se le identificaba como explotador, señor que oprimía a los demás (con los protestantes era complaciente) imponiendo su voluntad y marcando una diferencia sustancial entre católicos y protestantes. El católico oprimido reaccionaba rencorosamente contra sus opresores, pero éstos no se conformaban con mantenerse en su rol de amos y señores, encima de monopolizar todos los privilegios se empeñaban en humillar a los sojuzgados. Aunque no todos los protestantes gozaban de iguales atributos se sentían menos impotentes acogiéndose al amparo de sus correligionarios que tenían para ellos especiales distinciones como forma de marcar todavía más la desigualdad entre una clase y otra.

En ese contexto se forjó la base del conflicto; las diferencias económicas fueron inicialmente la divisa para identificar el antagonismo, pero, por extensión, siendo protestantes los explotadores y católicos los oprimidos, la filiación religiosa condujo a la radicalización, al enfrentamiento entre dos sectores de la población divididos aun territorialmente, los primeros predominaban en el norte, los segundos en el sur.

El Código Penal favorecía discriminatoriamente a los protestantes, el resto carecía de derechos civiles, mientras que los arrendadores basaban su privilegio en el contenido de las mismas leyes. No obstante que los labriegos del norte eran también inmigrantes de Escocia, se colocaban al lado de los ricos arrendadores por desprecio a los católicos.

El gobierno británico determinaba esa situación causando el conflicto; los católicos también sentían aversión contra los ingleses. La injusticia se prolongaría indefinidamente, los amos y señores se eternizarían en su papel y no se vislumbraba un panorama estimulante. Así esporádicamente surgieron de forma espontánea las conspiraciones dirigidas contra el gobierno opresor y sus representantes. No había posibilidad de protesta ni vías legales de cambio, sólo quedaba la conspiración ó la oposición clandestina. Cancelados los medios pacíficos la violencia era lo más factible, ese proceso se dio por sí mismo; no fue algo forzado, sino consecuencia natural quizá no considerada por el otro bando pues no estaba dispuesto a renunciar a sus privilegios, además subestimaba al oprimido que era marginado en todos los aspectos. Tal vez un exceso de confianza en su “superioridad” permitió la evolución del descontento a una rebelión hondamente sentida por los protagonistas de la marginalidad.

La rebelión tomó forma con la organización de grupos secretos: en el norte surgieron los “Oakboys” (los Muchachos de Roble”), los “Steelboys” (Muchachos de Acero). Se inauguraron en la lucha clandestina con actos de violencia y de sabotaje, pero los “Whiteboys” (Muchachos Blancos) del sur, llegaron más lejos: armados de las guadañas que usaban para la labranza, porras, palos, piedras y alguna espada, se lanzaron contra sus opresores haciéndose justicia por mano propia, haciendo pagar a los arrendadores su despotismo y la injusticia de todo un sistema que mimaba a una minoría y era cruelmente severo con la mayoría.

La situación muy pronto se tornó altamente peligrosa: la violencia fue el denominador común. Pese a los antagonismos internos, los sectores enfrentados, al margen de su lucha perseguían un objetivo común: la independencia de Irlanda. Los colonos y ricos propietarios presentaban excesivas exigencias al gobierno británico; excesivas en ese momento porque la corona británica atendía la rebelión independista norteamericana, repartiendo sus fuerzas en el intento de sofocar la rebelión en Estados Unidos neutralizando la insurrección que le privaría de su dominio sobre el rico territorio americano. En Irlanda todo estaba a punto para producirse un levantamiento general. La única medida paliatoria aplicada por el gobierno inglés permitió una especie de autonomía al Parlamento irlandés, lo cual vendría a gravar la situación interior de la isla; casi cien mil irlandeses se agruparon bajo un cuerpo denominado “Los Voluntarios” integrado por protestantes que disponían de armas que podrían utilizar efectivamente poniendo en práctica su adiestramiento militar. El patrocinio de ese grupo estaba a cargo de la dirigencia rural. La presión ejercida sobre el gobierno de Inglaterra les significó un triunfo no muy importante pero sí suficiente para contentarles temporalmente. En 1778 accedieron a la representación parlamentaria, lo que quería decir que un millón de protestantes gobernarían sobre tres millones de católicos.

De la organización “Los Voluntarios”, que en 1785 incluía militantes católicos, surgió una amplia fragmentación de grupos potencialmente beligerantes que más tarde actuarían desde la clandestinidad. Los Peep o “Day Boys” (Muchachos del Día) de filiación protestante aglutinó a los más radicales defensores de ese sector. “Los Defensores” representaban los intereses de los católicos; sus finalidades eran más amplias o así lo parecieron cuando intervino su “ideólogo” Wolfe Tone, un escritor y abogado que militando dentro de la organización pronto ascendió a los cuadros directivos; se había distinguido como “organizador intelectual” y autor de panfletos subversivos. Atribuyéndose el papel de dirigente se proponía lograr la total subversión, atacar al gobierno hasta derrocarlo por tiránico, enseguida romper hasta el último nexo con Inglaterra; hacer de Irlanda una nación independiente, acabar con la diferencia entre católicos y protestantes, uniéndolos en un nacionalismo que hiciera de todos una identificación ciudadana al margen de prácticas religiosas. La denominación “protestante” y “católico” dividía a los irlandeses, entonces debían eliminar el motivo de desunión coincidiendo en objetivos comunes. Esos objetivos fueron expuestos en un manifestó que contenía los fundamentos para la creación de la “Sociedad Irlandesa Unida” cuya organización fue propuesta en 1791, en Belfast, y vuelta a presentar en Dublín. La meta inmediata era la independencia de Irlanda.

La promoción de esa propuesta lanzada en 1791 sólo duró dos años; en 1793 los dirigentes del proyecto “Sociedad de Irlandeses Unidos” fueron encarcelados en un intento gubernamental de reprimir el movimiento independista. En los dos años siguientes los militantes de la S.I.U. sufrieron persecuciones, encarcelamientos y tuvieron que agruparse en la clandestinidad. Sostener sus ideas era el reto, pero en ese contexto no procedía manifestarlas públicamente, algo no concordaba, la vía de la palabra y el convencimiento con la expresión abierta de su oposición al actual estado de cosas tenía efectos contrarios. Una vez más la represión les conducía a buscar el secreto como única forma de protección. El medio no permitía disentir en los cauces legales, y esas ideas para llegar a su realización necesitaban divulgarse libremente, lo cual era considerado subversión. Entonces sus partidarios se ocultaron para determinar el método de lucha más adecuado. Con la represión oficial ratificaron su objetivo de sustituir al gobierno vigente por uno autónomo de sentido nacionalista, no autocrático, que permitiera la diversidad de criterios.

En 1795 los nacionalistas agrupados en la proscrita Sociedad de Irlandeses Unidos se convencieron de que por la vía pacífica nunca alcanzarían sus finalidades. Desistieron de su empeño en seguir ese camino, prefirieron optar por la alternativa más accesible: la violencia en todas sus modalidades. Así se completaba el ciclo que da origen a las sociedades nacionalistas secretas: al ser declaradas ilegales el gobierno no consigue cambiar las ideas de sus afiliados, sólo les induce a la clandestinidad; acosados reaccionan violentamente alejándose de su propósito inicial.

El movimiento de los Irlandeses Unidos prendió una conspiración extendida por todo el país, lo mismo en pequeñas comunidades rurales que en las ciudades más importantes. El modelo de organización debía ser ingenioso para resistir a la persecución y lograr subvertir simultáneamente todas las regiones del territorio irlandés. La fórmula adoptada por los carbonari italianos aquí también ofrecía la mejor opción: pequeños grupos constituían una célula primaria enlazada por medio de un representante ante otros pequeños grupos formados por los representantes de los anteriores, de los cuales resultaría un representante más que integraría otra célula de más alto nivel y así sucesivamente hasta los cuadros directivos finales. El sistema era efectivo, los nuevos conspiradores eran recibidos en una de las células primarias donde comenzaban a recibir adoctrinamiento sobre los ideales nacionalistas paralelamente a su preparación militar para ejecutar actos terroristas. Permanentemente fueron reuniendo armamento, pero eran realmente escasas las posibilidades de obtenerlo; con guadañas e instrumentos de labranza no podrían resistir a la artillería británica. Wolfe Tone y lord Edward Fitzgerald viajaron a Francia para solicitar al gobierno galo apoyo para su lucha independista, pedían la invasión de la isla como medio de neutralizar el dominio inglés. Nunca llegó a consumarse ese plan por tres causas en sendas ocasiones, la primera tentativa fracasó por un hecho fortuito; en 1796 salió una expedición de los puertos franceses dirigida a Irlanda, pero a mitad de la travesía un mal temporal la hizo naufragar. Al año siguiente un puerto de Holanda fue el punto de partida; casi a punto de arribar a su destino la marina británica interceptó por sorpresa a la embarcación francesa derrotándoles fácilmente. Y se insistió una vez más en 1798, en esa ocasión la navegación sí alcanzó a desembarcar en las costas irlandesas, pero las fuerzas armadas del gobierno virreinal enteradas de la operación estaban preparadas a recibirles y nuevamente fue abortado el intento de invasión. Para esas tres veces se había preparado el levantamiento de apoyo popular a la causa independista, los irlandeses unidos la esperaban pues en las embarcaciones venían los armamentos que necesitaban para iniciar la lucha abierta. Con el último fracaso decidieron actuar con los elementos disponibles, veinte mil hombres se lanzaron a la lucha, no resistieron sus escasas fuerzas y fueron derrotados en el contraataque de las tropas oficiales perfectamente equipadas.

Por otra parte debe añadirse que antes de ese enfrentamiento decisivo habían derrochado recursos atacando y rechazando al Ulster que alarmado por la radicalización clandestina de los católicos se protegió creando grupos de defensa, uno de ellos el “Orangista”. Cuando sus adversarios del Irlandeses Unidos se sublevaron abiertamente el grupo paramilitar patrocinado por los protestantes poseedores de los mayores y mejores terrenos de la isla intervinieron en contra de la rebelión católica al lado del ejército británico. Con ese acontecimiento desapareció la Sociedad de Irlandeses Unidos. Sus inspiradores no sobrevivieron al sofocamiento de su rebelión desesperada. El abogado Wolfe Tone se suicidó por su sentencia de muerte luego de ser encarcelado. En cuanto al angloirlandés lord Edward Fitzgerald no se repuso de las heridas que recibió en combate, murió pocos días de ingresar a prisión.

Los católicos perdieron terreno que nunca volvieron a recuperar, los protestantes ganaron esa posición colocándose una vez más por encima de sus compatriotas católicos. La ocasión les permitió envanecerse en su triunfo para matizar más todavía las formas de explotación a los que seguían siendo sus servidores.

Unirse en el momento adecuado tal vez hubiese sido la forma de obtener la independencia de Irlanda pero ambos bandos se debilitaron entre sí facilitando el control gubernamental sobre el enemigo común.

No hubo más intentos subversivos durante los años siguientes, los católicos resintieron demasiado la derrota, tenían dos enemigos: los ingleses y los protestantes. La desventaja era clarísima, el rencor era el único consuelo que alimentaría otra sublevación en el momento oportuno. Tampoco despreciaron los medios pacíficos propuesto por Daniel O’Connell que encabezando una asociación católica al sur de Irlanda, con un numeroso respaldo popular, pudo presionar al gobierno británico para continuar en la línea de logros iniciada en 1800, fecha de aprobación de una Ley de Unión, consistente en añadir Irlanda al Parlamento de Westminster. La segunda reivindicación vendría veintinueve años después con las gestiones de O’Connell; logró que se aprobara la Ley de Emancipación de los Católicos, un avance valiosísimo dentro de esa limitación, pues sin violencia ni demasiadas dificultades se obtuvo un reconocimiento trascendente.

Poco tiempo duraría el ánimo por ese precedente. En 1840 una mala temporada de sequías provocó una tragedia incontrolable. Casi todas las cosechas se perdieron, cundió el hambre cuyos peores efectos lo sufrieron los católicos aglutinados en el sur. Los protestantes acapararon la única reserva rescatable. Irlanda vivió en crisis durante los años 1845 y 1851, en ese lapso más de un millón y medio de irlandeses católicos murieron de hambre, literalmente. Otro millón pudo salvarse del mismo destino emigrando a Estados Unidos donde había excelentes oportunidades no sólo de salvar la vida sino para hacer fortuna. La población en la isla, que en la década de 1840 sumaba más de ocho millones y medio de habitantes, se redujo a seis y algunos miles más. A la sequía se añadieron otros acontecimientos; el gobierno británico no se preocupó por suministrar ayuda, dejó morir de hambre a sus colonizados. Los protestantes arrendadores, ricos terratenientes, aparte de acaparar la reserva de alimentos, trataron de introducir nuevos métodos de cultivo, o sea maquinaria que desplazaba a los trabajadores católicos abandonados a su destino sin ingresos económicos ni alimentos.

Fue durante esa década cuando “Los Fenianos” hicieron su aparición; su línea se identificaba con la última posición de los Irlandeses Unidos. Atribuyeron al gobierno británico la tragedia como medida para disminuir la población marginada, ellos no confiaban en la táctica pacifista de O’Connell, les parecía demasiado cauteloso, hasta servil frente al enemigo. “Los Fenianos” desesperados por el hambre, resentidos con los protestantes y con el gobierno inglés se inclinaban decididamente por la vía de la violencia; se dedicaron a organizar una insurrección armada. Antes de que esa sublevación fuera debidamente organizada el Estado tuvo conocimiento de ella, su reacción fue una estrategia diferente a las anteriores, determinó que para no dar más mártires a los disidentes debía actuar defendiéndose sin reprimir. Creyó que desterrando a los incitadores de la conspiración desbarataría el movimiento, entonces dispuso la expulsión de los líderes rebeldes.

Tres de ellos, John O´Mahony, Michael Doheny y James Stephens se refugiaron en Estados Unidos donde rápidamente se unieron a otros irlandeses católicos. Con la ayuda de ellos se formó la “Fenian Brotherhood” (”Hermandad Feniana” o también conocida como “Hermandad Republicana Irlandesa”) que comenzó a funcionar en riguroso secreto, sus integrantes debían ser irlandeses y católicos. Uno de sus primeros objetivos fue el financiamiento de una organización correspondiente en Irlanda, la cual se constituyó en 1858; su organización interna fue a base de células siguiendo el mismo modelo que sus antecesores ideológicos los Irlandeses Unidos, la única diferencia fue añadir la prohibición de conocerse entre sí los miembros de cada célula distinta, con ello trataban de prohibir que los conspiradores de una célula se enteraran de los planes de acción de otra y hubiese indiscreciones; con ese sistema además eliminaban la posibilidad de infiltraciones enemigas.

Hubo otra variante entre los fenianos como sociedad secreta, el juramento que anteriormente en otras agrupaciones se hacía sobre una Biblia, en la nueva versión prescindían de ella, juraban guardar secreto sobre su identidad y exceptuando “lo que sea contrario a la ley de Dios” se comprometían a observar fidelidad a sus jerarcas e incluso sacrificar su vida si era necesario en defensa de su movimiento. El juramento sin tener nada de blasfemo provocó el recelo de algunos sacerdotes católicos quienes más preocupados por sutilezas teológicas que por la emancipación de sus correligionarios denunciaron a un grupo de rebeldes.

Los fenianos irlandeses repuestos de ese ataque redoblaron sus actividades de terrorismo y sabotaje sin llegar a contar realmente con el apoyo popular. Por su parte los patrocinadores emigrados en Norteamérica se desconectaron de su correspondiente en Irlanda y desviaron su objetivo fundamental. Planeaban independizar a Canadá y después hacer lo mismo en Irlanda. Sus planes muy rebuscados nunca pudieron realizarse. Independizar a Canadá fue una costosa ilusión reprimida totalmente .

Esos intentos quedaron al descubierto en Estados Unidos en 1863, en esa fecha los fenianos celebraron una asamblea pública en la ciudad de Chicago, revelaron sus planes y permitieron ser ampliamente identificados antes de un paso decisivo. El grupo se desintegró dejando dispersos a los más extremistas de sus últimos reductos nació otra asociación secreta abiertamente terrorista que pretendió asesinar a la reina Victoria, dinamitar la Cámara de los Comunes -varias veces provocaron explosiones en ese recinto, sin mayores consecuencias- hundir buques británicos desde submarinos y otros ataques dirigidos a la corona británica; nada a favor directo de Irlanda, simples venganzas inalcanzables. Su extremismo restó simpatías en Inglaterra y en otros países en los sectores donde se apoyaba la causa irlandesa. Algunos de sus partidarios iniciales rectificaron prefiriendo conducirse por vías abiertas dentro de la legalidad y obtuvieron por ese medio mejores resultados: en 1869 la separación del Estado y la Iglesia anglicana, y en 1869 la aprobación de la Ley Agraria. Todavía hasta 1882 quedaban .dispersos varios núcleos de fenianos ubicados en la desesperación terrorista, alguno de ellos cometió el asesinato de lord Frederick Cavendish y Thomas Burke, primero y segundo secretario de Irlanda. El atentado cometido en un parque público de Dublín se lo atribuyó el grupo autodenominado “Invencibles”. Las gestiones pacíficas que estuvieron a punto de conseguir la autonomía sufrieron irreparables deterioros por ese triste acontecimiento.

A principios de este siglo (en 1905) surgió otro grupo más, el “Sinn Fein” cuyos propósitos inmediatos eran reinstaurar la cultura irlandesa limitando la invasión de costumbres británicas que habían desplazado. Inicial -mente “La Liga Gaélica” trataba de resucitar el idioma gaélico -original de Irlanda- y con medidas semejantes formar un movimiento de identidad nacionalista que concluyera en la independencia pacífica.

En 1912 la Ley del Estatuto de Autonomía de Irlanda estuvo a punto de ser aprobada pero finalmente esa medida se postergó lo cual repercutió en el surgimiento de nuevas organizaciones de católicos radicales y protestantes que contraatacaban previniendo agresiones directas contra ellos, decididos a impedir el ascenso de los católicos al poder. Después de la guerra iniciada en 1914 reapareció en I.R.B. cuyas acciones desencadenaron represiones más violentas. El poeta W.B. Yeats en un poema alude a la ejecución de dieciséis jefes revolucionarios lamentándose de que esas muertes sólo sirvieran para generar más derramamientos de sangre.

Irlanda quedó dividida después de la Segunda Guerra Mundial como consecuencia de la aparición formal de la guerra de guerrillas. El sur, dominado por los católicos, recibió un estatuto de autonomía pero continuaron los enfrentamientos que se producen con frecuencia casi cotidiana hasta nuestros días y no terminarán hasta que no se haga un cambio radical, armonizador de las tendencias en pugna.

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[1] No hay lugar a dudas; la secta de asesinos que floreció en Persia y en Siria inspiró la formación de la Orden del Temple. Su fundador copió sus bases y las aplicó a una causa europea. El surgimiento de los asesinos obedeció inicialmente a motivos religiosos; la misma motivación asoció a los templarios.

[2] Cuando Felipe IV de Francia se propuso exterminar a los templarios se rememoró este acontecimiento añadiendo detalles no -conocidos -u omitidos- en su momento pero utilizados en 1307 para argumentar la herejía de la orden.

[3] De hecho, actualmente en muchos países africanos se continúa realizando esta práctica cuyo resultado se traduce en elevados índices de muertes. La operación, -extirpación del clítoris- se realiza aproximadamente entre los siete y diez años de edad en condiciones verdaderamente salvajes. La víctima es sujetada de manos, pies y todo el cuerpo por varias mujeres en cargadas de ejecutar esa absurda “intervención quirúrgica” -ritual Una de ellas cercena el clítoris sin aplicarle ninguna clase de sedante, sólo usa algunas sustancias cicatrizantes. En la misma operación se hace una especie de obturación en la vagina dejando un pequeño orificio para dar paso a la orina y menstruaciones. Eso asegura la absoluta abstención de prácticas sexuales pues sólo en vísperas del matrimonio se efectúa la desfloración, pero muy breve, de manera que el hombre pueda consumar la relación sexual siendo él el único que alcance placer. Poco antes del parto se le somete a otra intervención “de apertura” pero después de dar a luz se vuelve a cerrar.

[4] Efectivamente para combatir la mortalidad por esa causa, todavía en muchos países africanos la misma operación se realiza en modernos hospitales, ejecutada por médicos de formación universitaria. Las denuncias ante las Naciones Unidas y otros organismos internacionales encargados de hacer respetar los derechos humanos y de protección a los niños no han tenido ninguna repercusión.

[5] Su relación con el satanismo sí es durante la persecución inquisitorial, ya cuando se había creado la imagen del diablo tal como lo concibe el catolicismo, porque en tiempos anteriores a Cristo no se conoció a ninguna deidad equivalente al Diablo católico.

[6] Incluso ya desde la antigua cultura egipcia se encuentra un antecedente de la magia de la imagen: el descubrimiento de un papiro en una de las pirámides de Egipto permitió saber que el Fanón Ramsés III fue embrujado por una de sus esposas a quien se le encontró una figura de cera personificando al faraón; la imagen estaba marcada con punciones en diversas partes del cuerpo, exactamente donde Ramsés decía sentir dolencias. Según el papiro eso ocurrió en el año 1100 a. de J.C.