SOBRE EL COMIENZO DEL CENOBIO CISTERCIENSE

SOBRE EL COMIENZO DEL CENOBIO

CISTERCIENSE

E X O R D I O   P A R V O

PRÓLOGO

Nosotros, los cistercienses, los primeros fundadores de esta iglesia, queremos manifestar a nuestros sucesores con el presente escrito, cuán canónicamente, con cuánta autoridad, por quiénes y en qué tiempo se originó el monasterio y su estilo de vida, para que, divulgada la sincera verdad de los hechos, amen con mayor empeño el lugar y la observancia de la santa Regla que, con la gracia de Dios, nosotros allí comenzamos; oren por nosotros, que hemos soportado sin desfallecer el peso y el ardor de la jornada, y se esfuercen hasta el último aliento por el arduo y angosto camino que la Regla señala; de modo que, dejada la carga de la carne, reposen felizmente en el descanso eterno.

Índice de los capítulos

I           Origen del Cenobio Cisterciense

II         Carta del Legado Hugo

III        Partida de los Monjes Cistercienses de Molesmes, y su llegada a Cister y el monasterio que comenzaron

IV        Cómo aquel lugar fue erigido en Abadía

V         De cómo los de Molesmes pidieron insistentemente al Papa para que volviese el Abad Roberto

VI        Carta del Papa para que volviese el Abad

VII       Decreto del Legado Hugo sobre el asunto entre Molesmenses y Cistercienses

VIII      Recomendación del Abad Roberto

IX        Elección de Alberico como primer Abad de la Iglesia Cisterciense

X         Sobre el Privilegio romano

XI        Carta de los Cardenales Juan y Benito

XII       Carta de Hugo, Arzobispo de Lyón

XIII      Carta del Obispo de Chalon

XIV     Privilegio Romano

XV       Instituciones de los monjes cistercienses que vinieron de Molesmes

XVI     De su tristeza

XVII    Muerte del primer Abad y promoción del segundo. De sus instituciones y de su alegría

XVIII   De las Abadías

CAPÍTULO I

Origen del Cenobio de Cister

En el año 1098 de la Encarnación del Señor, el primer Abad de la iglesia de Molesmes, fundada en la diócesis de Langres, Roberto, de santa memoria, junto con algunos hermanos de dicha comunidad, se presentaron al venerable Hugo, Legado entonces de la Sede Apostólica y arzobispo de la iglesia de Lyón, prometiéndole ordenar su vida bajo la custodia de la santa Regla del padre Benito, rogándole con todo encarecimiento que les otorgara la ayuda y la fuerza de su autoridad apostólica para llevar a feliz término su empresa.

El Legado, accediendo gustoso a sus deseos, echó los cimientos de su origen con la siguiente carta:

CAPÍTULO II

Carta del Legado Hugo

Hugo, arzobispo de Lyón y Legado de la Sede Apostólica, a Roberto, Abad de Molesmes, y a los hermanos que con él desean servir a Dios siguiendo la Regla de san Benito.

Sea conocido de todos los que se gozan en el progreso de la Santa Madre Iglesia, que Vos y algunos de vuestros hijos os presentasteis ante Nos en Lyón y declarasteis querer ajustaros en adelante más estrecha y perfectamente a la Regla de san Benito, que hasta entonces habíais observado en aquel monasterio con tibieza y negligencia.

Como está claro que en dicho lugar no se puede cumplir esto, por impedirlo diversos obstáculos, Nos, mirando el bienestar de las dos partes, es decir, de los que se van a marchar y de los que se van a quedar, juzgamos que sería conveniente que os apartaseis de allí a aquel otro lugar que la divina liberalidad os asignare, y sirváis en él al Señor más provechosa y tranquilamente. Así pues, a vosotros que estuvisteis presentes: el Abad Roberto y los hermanos Alberico, Odón, Juan, Esteban, Letaldo y Pedro, así como también a todos los que regularmente y de común acuerdo os decidáis a asociaros, os aconsejamos, ahora como entonces, que guardéis este santo propósito.

Y para que en él perseveréis, os lo mandamos confirmándolo perpetuamente con la autoridad apostólica por nuestro sello aquí impreso.

CAPÍTULO III

Partida de los Monjes Cistercienses de Molesmes,

y su llegada a Cister y el monasterio que comenzaron

Después de esto, confiados en el apoyo de una autoridad tan grande, el Abad Roberto y los suyos regresaron a Molesmes, y en aquella comunidad monástica eligieron, de entre los hermanos, compañeros ávidos de la Regla. De este modo, entre los que habían ido a hablar al Legado de Lyón y los que escogieron en el monasterio llegaron a veintiún monjes.

Acompañados por este grupo se dirigieron diligentemente a un desierto llamado Cister, situado en el obispado de Chalon, que siendo inaccesible a las pisadas humanas a causa del espesor del bosque y de los espinos, era sólo guarida de las fieras.

Al llegar allí, los hombres de Dios comprendieron que aquel lugar era tanto más apto para la vida monástica que ya estaban decididos a seguir y por la cual se encontraban allí, cuanto más despreciable e inaccesible era a los hombres; talando y apartando primeramente los árboles y matorrales, empezaron a construir allí mismo un monasterio, con el permiso del obispo de Chalon y del dueño de aquel terreno.

Aquellos hombres, cuando estaban en Molesmes, hablaban a menudo entre sí, inspirados por la gracia de Dios, de la transgresión de la Regla de san Benito, padre de los monjes, y se lamentaban y entristecían al ver que la promesa que habían hecho ellos y los demás monjes con profesión solemne, de guardar esta Regla, la habían abandonado casi por completo, y que, por lo tanto, incurrían a sabiendas en pecado de perjurio. Por eso se dirigían hacia aquella soledad, con la autoridad del Legado de la Sede Apostólica, para adecuar su profesión a la observancia de la santa Regla.

Entonces el señor duque de Borgoña, Odón, complacido por el santo fervor de los monjes y exhortado por las cartas que le escribió el mencionado Legado de la Santa Iglesia Romana, construyó enteramente a sus expensas el monasterio que ellos habían comenzado de madera, les proveyó por mucho tiempo de todo lo necesario y les favoreció abundantemente con tierras y ganado.

CAPÍTULO IV

Cómo aquel lugar fue erigido en Abadía

Por aquel mismo tiempo, el que había venido como Abad, recibió del obispo de aquella diócesis, por mandato del Legado, el báculo pastoral con el cuidado de los monjes, e hizo prometer según la Regla a los hermanos que con él habían ido, la estabilidad en aquel lugar.

Fue así como aquella iglesia quedó erigida canónicamente en abadía por la autoridad apostólica.

CAPÍTULO V

De cómo los de Molesmes pidieron insistentemente

al Papa para que volviese el Abad Roberto

Pasado no mucho tiempo, los monjes de Molesmes, por voluntad de su Abad Dom Godofredo, sucesor de Roberto, acudieron a Roma ante el Papa Urbano, y le pidieron insistentemente que restituyera a Roberto a su antiguo lugar. El Papa, movido por sus importunaciones, encargó a su Legado, el venerable Hugo, que, si era posible, hiciera volver al Abad Roberto, y que los monjes que amaban el desierto se quedasen en paz.

CAPÍTULO VI

Carta del Papa para que volviese el Abad

Urbano, obispo, siervo de los siervos de Dios, al venerable Hugo, hermano en el episcopado y Vicario de la Sede Apostólica, salud y bendición apostólica

Hemos oído en concilio, el gran clamor de los hermanos de Molesmes que pedían con vehemencia la vuelta de su Abad. Decían que la vida monástica se había degradado en su monasterio desde la ausencia de su Abad, y que tanto los príncipes como el resto de la vecindad les detestaban. Forzados así por nuestros hermanos, enviamos a tu caridad la presente carta para decirte que nos sería grata, si fuera posible, la vuelta de aquel Abad desde el desierto al monasterio; pero si no lo pudieras conseguir, procura que los que aman el desierto permanezcan en paz, y los que viven en el monasterio se ajusten a la disciplina regular.

Cuando leyó estas Letras apostólicas, el Legado llamó a consejo a personalidades eclesiásticas de buena reputación, y decidió el asunto mediante el documento siguiente:

CAPÍTULO VII

Decreto del Legado Hugo sobre el asunto entre

Molesmenses y Cistercienses

Hugo, siervo de la iglesia de Lyón, al muy querido hermano Roberto, obispo de Langres, salud.

Hemos juzgado necesario comunicar a tu Fraternidad lo que hemos resuelto en la asamblea tenida hace poco en Port d’Anselle, sobre el asunto de la Iglesia de Molesmes.

Se nos presentaron allí con cartas vuestras, los monjes de Molesmes, haciéndonos ver la desolación y destrucción de su monasterio desde la partida del Abad Roberto y pidiéndonos encarecidamente que les fuera devuelto como padre. No veían otra posibilidad de poder restablecer la paz y la quietud en la iglesia de Molesmes, o de volver a restaurar allí el vigor primero del orden monástico.

También estuvo presente allí ante nosotros, el hermano Godofredo, a quien consagrasteis Abad de aquella iglesia, diciendo que cedería gustoso su puesto al mismo Roberto como a padre, si era de nuestro agrado devolverle a la iglesia de Molesmes.

Una vez oída vuestra petición y la de los monjes, y leída también de nuevo la carta a Nos dirigida sobre este asunto por nuestro señor el Papa, que lo confía todo a nuestra disposición, determinamos finalmente, con el consejo de muchas personalidades eclesiásticas, tanto obispos como otros que nos asistían, restituir dicho Abad a la iglesia de Molesmes, accediendo así tanto a vuestros ruegos como a los de ellos.

Pero antes de volver irá a Chalon y depositará el báculo y la carga abacial en manos de nuestro hermano, el obispo de Chalon, ante quien hizo la profesión según la costumbre de los demás Abades. Además, a los monjes del Nuevo Monasterio les dejará libres y absueltos de la profesión y de la promesa de obediencia que como Abad le hicieron, y él, a su vez, recibirá del obispo la absolución de la profesión que le hizo tanto a él como a la Iglesia de Chalon.

Asimismo hemos permitido que puedan volver con él, cuando salga del Nuevo Monasterio, todos los hermanos que quieran seguirle, pero con la condición de que en adelante, ni unos ni otros se atrevan a solicitarse o recibirse mutuamente, a no ser según lo que establece san Benito para la recepción de los monjes de un monasterio conocido.

Después de haber cumplido todo esto, lo remitimos a vuestra caridad, para que le restituyáis como Abad de la iglesia de Molesmes. Pero con la condición de que, si, con su habitual inconstancia, abandona alguna vez aquella iglesia en vida del ya mencionado Abad Godofredo, ningún otro le pueda sustituir sin nuestro permiso, el vuestro, y el del mismo Godofredo.

Todo lo cual ordenamos quede ratificado con fuerza de autoridad apostólica.

Acerca de los objetos sagrados del ya mencionado Abad Roberto y de los demás objetos que trajo consigo al separarse de la iglesia de Molesmes, con los cuales se presentó al obispo de Chalon y al Nuevo Monasterio, determinamos que todo permanezca en poder de los hermanos del Nuevo Monasterio, excepto cierto Breviario, que podrán conservar, con el consentimiento de los de Molesmes, hasta la festividad de san Juan Bautista, para sacar copias de él.

Intervinieron en esta definición los obispos siguientes: Norgand de Autun, Gualtero de Chalon, Beraud de Macon, Poncio de Belley, y los Abades Pedro de Tournus, Jarento de Dijon, y Gaucerano de Ainay, y además Pedro, camarero del Papa, y otros muchos personajes honorables y de buena reputación.

El Abad aprobó y cumplió todo aquello, liberando a los cistercienses de la obediencia que le habían prometido, allí o en Molesmes. A su vez Dom Gualtero de Chalon, dejó libre al Abad de la carga de aquella Iglesia. Así regresó, y con él algunos monjes que no amaban el desierto. Con estas medidas y con la decisión apostólica, aquellas dos abadías quedaron en paz y libertad totales.

A su regreso, el Abad llevó a su obispo, como escudo de defensa, la siguiente carta.

CAPÍTULO VIII

Recomendación del Abad Roberto

Gualtero, siervo de la Iglesia de Chalon, desea salud al amadísimo hermano en el episcopado Roberto, obispo de Langres.

Te hago saber que el hermano Roberto, a quien habíamos encomendado la abadía situada en nuestra diócesis y llamada Nuevo Monasterio, ha sido por Nos desvinculado de la profesión que hizo a la iglesia de Chalon y de la obediencia que a Nos prometió, de acuerdo con la resolución del señor arzobispo Hugo. Él, a su vez, ha dejado libres y absueltos de la profesión y de la obediencia que le habían prometido, a los monjes que determinaron permanecer en el Nuevo Monasterio.

No dudes, pues, ahora recibirle y tratarle con deferencia. Salud.

CAPÍTULO IX

Elección de Alberico como primer Abad de la Iglesia Cisterciense

Viuda, pues, de su pastor la iglesia de Cister, se reunió y eligió como Abad, por vocación regular, a un hermano llamado Alberico, hombre ilustrado, muy versado en las ciencias divinas y humanas, amante de la Regla y de los hermanos. Durante mucho tiempo había desempeñado el cargo de Prior, no sólo en la iglesia de Molesmes, sino también en ésta, habiendo trabajado largo tiempo y con mucho esfuerzo para que los hermanos pasasen de Molesmes a aquel lugar, por lo cual había recibido muchas afrentas, cárcel y azotes.

CAPÍTULO X

Sobre el Privilegio romano

Una vez recibida, con no poca resistencia, la carga abacial, Alberico, hombre de prudencia admirable, se puso a considerar las tempestuosas tribulaciones que podrían abatirse alguna vez sobre aquella casa a él encomendada y zarandearla. Para precaverse en el futuro, mandó a Roma, con el consejo de los hermanos, a dos monjes, Juan e Iboldo, para que pidiesen al Papa Pascual, que pusiera su iglesia bajo las alas de la protección apostólica, a fin de que quedara perpetuamente tranquila y defendida de toda presión de personas eclesiásticas o seglares.

Estos hermanos, provistos de cartas selladas del arzobispo Hugo, de los cardenales de la Iglesia Romana Juan y Benito y de Gualtero, obispo de Chalon, fueron a Roma rápidamente y, antes de que el Papa Pascual, prisionero del Emperador, pecase, trajeron en su poder el Privilegio Apostólico, redactado en todo según el deseo del Abad y sus compañeros.

Hemos creído conveniente dejar escritas en este opúsculo dichas cartas, junto con el Privilegio romano, para que conozcan nuestros sucesores con qué prudencia y autoridad fue fundada su Iglesia.

CAPÍTULO XI

Carta de los Cardenales Juan y Benito

Al padre y señor, el Papa Pascual, digno de toda alabanza en todo lugar, Juan y Benito, se ofrecen a sí mismos para todo.

Como quiera que es propio de vuestro gobierno atender a todas las Iglesias y ayudar a los que piden cosas justas, y como la Religión cristiana debe desarrollarse apoyada en vuestra justicia, suplicamos humildemente a Vuestra Santidad que os dignéis escuchar con benevolencia a los portadores de esta carta, enviados con nuestro consejo a Vuestra Paternidad por algunos hermanos religiosos.

Piden que el decreto que habían recibido de vuestro predecesor, nuestro señor el Papa Urbano, de feliz memoria, sobre la tranquilidad y estabilidad de su forma de vida monástica y lo que, según dicho decreto, resolvieron el arzobispo de Lyón, entonces Legado, y otros obispos y abades, para dirimir las diferencias entre ellos y la Abadía de Molesmes, de la que se habían separado por una cuestión de observancia, por vuestra autoridad permanezca firme para siempre. De la autenticidad de su vida monástica, nosotros mismos, que lo hemos visto, damos testimonio.

CAPÍTULO XII

Carta de Hugo, Arzobispo de Lyón

Al reverendísimo padre y señor suyo, el Papa Pascual, Hugo, siervo de la Iglesia de Lyón, se ofrece a sí mismo para todo.

Estos hermanos, portadores de las presentes cartas, de camino hacia Vuestra excelsa Paternidad, pasaron por aquí, y como residen en nuestra provincia, es decir, en la diócesis de Chalon, pidieron a nuestra humilde persona que les recomendásemos por escrito ante Vuestra Santidad.

Sabed que son de cierto lugar llamado Nuevo Monasterio, al que se fueron a vivir cuando salieron con su Abad de la iglesia de Molesmes, para observar una vida más estricta y retirada, siguiendo la Regla de san Benito que habían profesado, dejando las costumbres de algunos monasterios, por juzgarse a sí mismos demasiado débiles para llevar un fardo tan pesado. Por eso, los hermanos de la iglesia de Molesmes y algunos otros monjes vecinos no cesan de incomodarles y turbarles, pensando que la gente les tendrá por más viles y despreciables si éstos monjes nuevos y originales habitan entre ellos.

Por lo cual, humilde y confiadamente suplicamos a Vuestra Paternidad amadísima, que recibáis con vuestra acostumbrada benignidad a estos hermanos, que ponen en Vos, después de Dios, toda su esperanza, y por eso acuden a refugiarse bajo vuestra autoridad apostólica, para que, defendiéndoles con el Privilegio de vuestra autoridad, les libréis, a ellos y a su monasterio, de dicha hostilidad e inquietud. Como son pobres de Cristo, no pretenden defenderse en modo alguno de sus rivales mediante las riquezas o el poder, sino que solamente ponen su esperanza en la clemencia de Dios y en la vuestra.

CAPÍTULO XIII

Carta del Obispo de Chalon

Al venerable padre, el Papa Pascual, Gualtero, obispo de Chalon, salud y debida sumisión.

Del mismo modo que Vuestra Santidad desea ardientemente que los fieles progresen en la Religión verdadera, así también es conveniente que no carezcan de la sombra de vuestra protección ni del calor de vuestro consuelo.

Por eso, os suplicamos que aprobéis todo lo que se ha hecho en relación con estos hermanos, que por deseos de una vida más austera y siguiendo el consejo de hombres santos, abandonaron la iglesia de Molesmes y fueron traídos por la bondad divina a nuestra diócesis. En su nombre están ante Vos los portadores de las presentes cartas. Os pedimos, pues, que aprobéis todo esto, según el decreto de vuestro predecesor y según la decisión y el rescripto del arzobispo de Lyón, Legado entonces de la Sede Apostólica, y de los otros obispos y abades, en la cual estuvimos nosotros presentes y de la que fuimos autores junto con los demás.

Os pedimos también que os dignéis confirmar esto con un Privilegio de Vuestra autoridad, de modo que aquel lugar permanezca para siempre como abadía libre, quedando a salvo, sin embargo, la reverencia canónica a nuestra persona y a nuestros sucesores.

También el Abad que ordenamos en aquel lugar y los demás hermanos, solicitan con todas sus fuerzas a Vuestra bondad esta confirmación con el fin de salvaguardar su tranquilidad.

CAPÍTULO XIV

Privilegio Romano

Pascual, obispo, siervo de los siervos de Dios, al venerable hijo Alberico, Abad del Nuevo Monasterio situado en la diócesis de Chalon, y a sus sucesores regulares que en el futuro han de sucederle: para siempre.

Un deseo, inspirado por Dios, relativo a un propósito de vida religiosa y a la salvación de las almas, debe ser realizado sin ninguna dilación. Por eso, hijos muy queridos en el Señor, acogemos sin dificultad todo lo que pedís en vuestras preces, pues nos congratulamos de vuestra vida monástica con paternal afecto.

Así, pues, decretamos que aquel lugar donde habéis elegido vivir con vistas a alcanzar la paz monástica, esté libre y defendido de cualquier molestia humana; que exista allí abadía para siempre y que quede especialmente protegida bajo la tutela de la Sede Apostólica, quedando salva la reverencia canónica a la iglesia de Chalon.

Así pues, por el contenido del presente decreto, prohibimos que a nadie absolutamente le esté permitido modificar vuestro género de vida, ni recibir a los monjes de vuestro monasterio, llamado “Nuevo”, sin la recomendación prescrita por la Regla, ni perturbar mediante astucia o violencia a vuestra comunidad.

Confirmamos también, teniéndola por razonable y laudable, la decisión sobre la controversia habida entre vosotros y los monjes del monasterio de Molesmes, tomada por nuestro hermano el obispo de Lyón, Vicario entonces de la Sede Apostólica, junto con los obispos de su provincia y otras personalidades eclesiásticas, por precepto de nuestro predecesor, de apostólica memoria, Urbano II.

Vosotros, pues, carísimos y muy estimados hijos en Cristo, debéis acordaros de que parte de vosotros habéis dejado las anchuras del siglo, y parte también las estrecheces menos austeras de un monasterio más laxo. Y para que seáis juzgados cada vez más dignos de esta gracia, afanaos por poseer continuamente en vuestros corazones el temor y el amor de Dios. De este modo, cuanto más libres os veáis del tumulto y de los placeres del mundo, tanto más anheléis agradar a Dios, con todas las fuerzas de vuestra mente y de vuestra alma.

Si en adelante algún arzobispo u obispo, emperador o rey, príncipe o duque, conde o vizconde, juez o cualquier otra persona eclesiástica o seglar, conociendo el texto de esta constitución, se atreviera temerariamente a contravenirla y, después de avisada por segunda y tercera vez, no se enmendara con una adecuada satisfacción, sea desposeída de la dignidad de su potestad y rango, y sepa que es reo del juicio divino por la iniquidad perpetrada; sea privado del Cuerpo y Sangre sacratísimos de Jesucristo, Dios y Señor nuestro, y en el juicio final esté sujeto a severa venganza. Pero que la paz de nuestro Señor Jesucristo esté con todos los que se porten rectamente con aquel lugar, y perciban aquí el fruto de su buena acción, hallando ante el severo Juez el premio de la paz eterna.

CAPÍTULO XV

Estatutos de los monjes cistercienses

que vinieron de Molesmes

A continuación el Abad y sus hermanos, sin olvidarse de su promesa, determinaron unánimemente establecer y guardar en aquel lugar la Regla de san Benito, rechazando cualquier cosa que pudiera oponerse a la Regla, esto es, flecos, pellizas, telas y aun capuchas y calzones, sábanas y cobertores, jergones de paja y diversos platos de manjares en el refectorio, grasa y todo lo demás que era contrario a la pureza de la Regla. De este modo, teniendo en todo como norma de conducta para su vida la rectitud de la Regla, se amoldaron a ella y se conformaron a sus huellas, tanto en las observancias eclesiásticas como en las demás. Despojados del hombre viejo, se gozaban de haberse vestido del nuevo. Y como ni en la Regla ni en la vida de san Benito leían que este doctor hubiese tenido iglesias o altares, o derechos de ofrendas o de sepulturas, o diezmos de otros, u hornos o molinos, o villas, o campesinos; ni tampoco que hubiesen entrado mujeres en su monasterio, ni que hubiese enterrado allí a muertos, excepto a su hermana; por eso renunciaron a todo aquello diciendo: “cuando nuestro padre san Benito nos enseña que el monje debe hacerse ajeno a la conducta del mundo, claramente indica que tales cosas no deben encontrarse en las acciones ni en el corazón de los monjes, los cuales deben ser consecuentes con la etimología de su nombre alejándose de estas cosas”. Decían también que los santos Padres, que fueron instrumentos del Espíritu Santo, y cuyas normas es un sacrilegio traspasar, distribuían los diezmos en cuatro partes: una para el obispo, otra para el párroco, la tercera para los peregrinos que se hospedan en aquella Iglesia, o para las viudas y huérfanos, o los pobres que no tienen otros recursos, y la cuarta para restaurar la Iglesia. Y como no veían que en este cómputo entrase la persona del monje, que posee sus propias tierras de las que puede vivir trabajándolas por sí mismo y con ayuda de su ganado, no quisieron usurpar injustamente para sí estas cosas, considerándolas como derecho ajeno.

Y así, después de despreciar las riquezas de este mundo, los nuevos soldados de Cristo, pobres con Cristo pobre, empezaron a tratar entre sí sobre el modo, el tipo de trabajo o la actividad con que, en aquel género de vida, podrían sustentarse a sí mismos y a los huéspedes, ricos o pobres, que vinieran a ellos, y a los cuales la Regla manda recibir como a Cristo. Entonces determinaron tomar, con permiso de su obispo, conversos laicos con barba, y tratarlos, en vida y en muerte, como a sí mismos, excepto en el estatuto monástico; y además también obreros a sueldo, pues no entendían cómo podrían guardar plenamente día y noche los preceptos de la Regla sin la ayuda de aquéllos. Asimismo aceptaron tierras alejadas de las poblaciones, viñas, prados, bosques y cauces de agua para construir molinos de uso privado y para pescar, también caballos y diversos ganados útiles para las necesidades humanas. Y como en diversos lugares habían establecido centros de explotación agrícola, determinaron que fueran los mencionados conversos, y no los monjes, quienes administrasen aquellas casas, pues, según la Regla, los monjes deben vivir en el claustro. Además, como aquellos santos varones también sabían que san Benito no había construido sus monasterios ni en ciudades ni en castillos ni en aldeas, sino en lugares apartados del concurso de las gentes, ellos prometieron imitar lo mismo. Y como en los monasterios que él construía, establecía doce monjes más un padre, ellos determinaron hacer otro tanto.

CAPÍTULO XVI

De su tristeza

A aquel hombre de Dios, el Abad de que hemos hablado, y a los suyos, les causaba cierta pena el hecho de que en aquellos días eran raros los que se acercaban para imitarles. Pues aquellos santos varones ansiaban transmitir a sus sucesores, para la salvación de muchos, el tesoro de virtudes que habían encontrado por la gracia divina. Mas casi todos los que veían y oían la aspereza de su vida insólita y casi inaudita, se apresuraban a alejarse de ellos en cuerpo y alma más que acercarse, y estaban convencidos de que no iban a durar mucho. Pero la misericordia de Dios, que para provecho de muchos había inspirado esta milicia espiritual, la extendió sobremanera, y la llevó a su perfección como se verá por lo que sigue a continuación.

CAPÍTULO XVII

Muerte del primer Abad y promoción del segundo.

Sus estatutos y su alegría

El hombre de Dios Alberico, después de haberse ejercitado felizmente durante nueve años y medio en la disciplina regular de la escuela de Cristo, pasó al Señor, glorioso por su fe y sus virtudes, y mereciendo que Dios le hiciera digno de recibir la dicha de la vida eterna.

Le sucedió un hermano llamado Esteban, de nacionalidad inglesa, que había venido también de Molesmes con los otros y que era asimismo amante de la Regla y del lugar.

En tiempo de éste, los hermanos, a una con el Abad, establecieron la prohibición de que el duque de aquellas tierras, o cualquier otro príncipe, pudiera instalar en ninguna ocasión su corte en aquella iglesia, como acostumbraban antes en las solemnidades. Además, para que en la casa de Dios, en la que querían servir con fervor día y noche, no quedara nada que oliera a soberbia o superfluidad, o corrompiera de algún modo la pobreza, guardiana de las virtudes, que espontáneamente habían abrazado, determinaron no conservar cruces de oro o plata, sino sólo de madera pintada; y tampoco candelabros, excepto uno de hierro, ni incensarios que no fuesen de cobre o de hierro, ni casullas que no fuesen de fustán o lino, pero sin seda, ni oro ni plata; ni albas ni amitos que no fueran de lino, asimismo sin seda, oro ni plata. Abandonaron por completo el uso de palios, capas pluviales, dalmáticas y túnicas. Pero conservaron cálices de plata, no de oro sino, en lo posible, dorados, y cánula de plata y a ser posible dorada; y las estolas y manípulos únicamente de seda, sin oro ni plata. Mandaron claramente que los manteles del altar fueran de lino y sin pinturas, y las vinajeras sin oro ni plata.

En aquellos días creció aquella Iglesia en tierras y viñas, en prados y granjas sin que decayera su vida monástica. Entonces visitó el Señor aquel lugar, derramando su misericordia entrañable sobre aquellos que le imploraban, clamando día y noche con lágrimas en los ojos y con profundos y prolongados suspiros, tocando casi las puertas de la desesperación, y todo porque apenas tenían sucesores.

Pero la gracia de Dios envió de una sola vez a aquella iglesia tantos clérigos doctos y nobles, tantos laicos que en el mundo habían sido poderosos e igualmente nobles, que fueron treinta los que ingresaron al mismo tiempo y llenos de ardor en el noviciado y, luchando esforzadamente contra los propios vicios y las instigaciones de los espíritus malignos, consumaron felizmente la carrera de su vida. Animados con su ejemplo, y viendo que en ellos era posible lo que antes tanto temían como imposible en lo tocante a la observancia de la Regla, acudieron allí jóvenes y viejos, hombres de todas las edades y de todas las partes de la región, para doblar sus soberbias cervices al yugo suave de Cristo y amar ardientemente los duros y ásperos preceptos de la Regla. Y así empezaron a alegrar y consolidar maravillosamente aquella Iglesia.

CAPÍTULO XVIII

De las Abadías

A partir de entonces establecieron abadías en diversas diócesis. Las cuales aumentaban de día en día con una bendición del Señor tan abundante y poderosa, que en menos de ocho años se habían construido ya doce monasterios, entre los que habían salido directamente de Cister y los restantes salidos de aquéllos.

CARTA DE CARIDAD “PRIOR”

PRÓLOGO

Sobre la Carta de Caridad

Antes de que empezasen a florecer las abadías cistercienses, el Abad Dom Esteban y sus hermanos dispusieron que no se fundaran abadías en la diócesis de ningún obispo, sin que antes éste hubiese aprobado y confirmado el decreto elaborado y confirmado entre la comunidad de Cister y las demás nacidas de ella, a fin de evitar escándalos entre el Pontífice y los monjes. En este decreto, los mencionados hermanos, para prevenir todo naufragio futuro de la mutua paz, dilucidaron, estatuyeron y legaron luego a sus descendientes, el pacto de amistad, el modo de vida, y aun la caridad con la que unirían indisolublemente por el espíritu a sus monjes, corporalmente divididos a través de las abadías situadas en distintas partes de la región. A este decreto pensaron que debía llamársele Carta de Caridad, porque su contenido, rechazando todo gravamen de exacción, busca sólo la caridad y la utilidad de las almas tanto en lo divino como en lo humano.

Índice de los capítulos

I.          Que la iglesia madre no exija a la hija ningún censo material.

II.         Que de un solo modo se entienda y se cumpla la Regla por todos.

III.       Que todos tengan los mismos libros eclesiásticos y las mismas costumbres.

IV.       Estatuto general entre las abadías.

V.        Una vez al año visite la madre a la hija.

VI.       La reverencia debida a la hija cuando viniere a la iglesia madre.

VII.      Acerca del Capítulo General de los Abades en Cister.

VIII.     Relaciones entre los salidos de Cister y los que ellos han engendrado, y que todos vengan al Capítulo General y de la satisfacción y penitencia de los que no vinieren.

IX.       De los Abades que fueran negligentes en el cumplimiento de la Regla o de la Orden.

X.        Ley que ha de seguirse entre las Abadías que unas a otras no se engendraron.

XI.       Muerte y elección de Abades.

CAPÍTULO I

Empieza la Carta de Caridad.

Que la iglesia madre no exija a la hija ningún censo material

Como sabemos que todos somos siervos, aunque inútiles, del único verdadero Rey y Señor y Maestro, por eso no queremos imponer ninguna exacción de bienes terrenos o de cosas temporales a nuestros hermanos, abades y monjes, que la bondad de Dios pudiera ordenar bajo disciplina regular en diversos lugares, sirviéndose de nosotros, hombres llenos de miseria. Pues, deseando ser de provecho a ellos y a todos los hijos de la santa Iglesia, disponemos no ejecutar respecto de ellos nada que les sea gravoso, nada que disminuya su hacienda, no sea que, mientras anhelamos abundar a expensas de su pobreza, no podamos evitar el mal de la avaricia que, según el Apóstol, es ciertamente una verdadera idolatría. Queremos, sin embargo, en gracia de la caridad, retener el cuidado de sus almas, para que si alguna vez, lo que Dios no quiera, intentasen apartarse un poco de su santo propósito y observancia de la santa Regla, puedan por nuestra solicitud, volver a la rectitud de vida.

CAPÍTULO II

Que de un solo modo se entienda y se cumpla

la Regla por todos

Así pues, queremos y mandamos que observen en todo la Regla de san Benito tal como se observa en el Nuevo Monasterio. No introduzcan un sentido distinto en la interpretación de la santa Regla, sino que tal como la entendieron y guardaron nuestros antecesores, nuestros santos padres, es decir, los monjes del Nuevo Monasterio, y como nosotros hoy la entendemos y guardamos, así también la entiendan y guarden ellos.

CAPÍTULO III

Que todos tengan los mismos libros eclesiásticos

y las mismas costumbres

Y puesto que en nuestros claustros recibimos a todos los monjes que de ellos vienen a nosotros, y también ellos acogen a los nuestros en sus claustros, nos parece oportuno, y así lo queremos, que las costumbres, el canto y todos los libros necesarios para las Horas diurnas y nocturnas, y para las Misas, sean según la forma de las costumbres y de los libros del Nuevo Monasterio, de modo que no exista discordia en nuestros actos, sino que vivamos con una sola caridad, con una sola Regla y con unas costumbres semejantes.

CAPÍTULO IV

Estatuto general entre las abadías

Cuando el Abad del Nuevo Monasterio vaya a hacer la visita a alguna de estas comunidades el Abad local le cederá el puesto en todos los lugares del monasterio, para reconocer que la iglesia del Nuevo Monasterio es la madre de su iglesia; y el Abad que ha llegado ocupará el sitio del Abad local mientras dure su estancia allí, salvo que no comerá en la hospedería, sino en el refectorio con los hermanos, por causa del mantenimiento de la disciplina, a no ser que el Abad local esté ausente. Lo mismo harán todos los Abades de nuestra Orden que estén de paso. Si fuesen varios los llegados y el Abad local estuviera ausente, el más antiguo de ellos comerá en la hospedería. Con esta excepción: el Abad local bendecirá a sus novicios después del tiempo de prueba en presencia de un Abad de mayor rango. Además, el Abad del Nuevo Monasterio tendrá cuidado de no intentar tratar, ordenar o tocar cosa alguna de las cosas del lugar que fuere a visitar, en contra de la voluntad del Abad o de los hermanos. Pero si se enterase de que en aquel lugar se transgredían los preceptos de la Regla o los estatutos de nuestra Orden, con el consejo del Abad presente procurará corregirlo caritativamente. Pero si el Abad local no estuviera presente, corrija, no obstante, lo que encuentre defectuoso.

CAPÍTULO V

Una vez al año visite la madre a la hija

Una vez al año el Abad de la iglesia madre visitará todos los monasterios que él haya fundado; y si visitara con mayor frecuencia a los hermanos, que éstos se alegren más por ello.

CAPÍTULO VI

La reverencia debida a la hija cuando viniere a la iglesia madre

Cuando algún Abad de estas iglesias venga al Nuevo Monasterio, se le mostrará la debida reverencia. Ocupará la silla del Abad, recibirá a los huéspedes y comerá con ellos, pero sólo si el Abad está ausente. En caso de que estuviera presente, no hará nada de esto, sino que comerá en el refectorio. El Prior local dispondrá los asuntos de la comunidad.

CAPÍTULO VII

Acerca del Capítulo General de los Abades en Cister

Todos los abades de estas iglesias vendrán una vez al año, en el día que de común acuerdo determinen, al Nuevo Monasterio, y allí tratarán de la salvación de las almas, determinarán lo que haya de enmendarse o añadirse en lo que toca a la observancia de la santa Regla o a la Orden, y restablecerán entre ellos el bien de la paz y de la caridad. Si se viera que algún Abad se muestra poco celoso de la Regla, o demasiado implicado en asuntos temporales, o culpable de cualquier otro vicio, será proclamado allí con caridad. El proclamado pedirá perdón y cumplirá la pena que le sea impuesta por su culpa. Esta proclamación la harán sólo los abades. Si alguna iglesia llegase a caer en una pobreza extrema, el Abad de la comunidad procurará exponer esta situación ante todo el Capítulo. Entonces, todos los abades, inflamados en el grandísimo fuego de la caridad, se apresurarán a aliviar la pobreza de aquella iglesia con los bienes recibidos de Dios, según sus posibilidades.

CAPÍTULO VIII

Relaciones entre los salidos de Cister y los que ellos

han engendrado, y que todos vengan al Capítulo General

y de la satisfacción y penitencia de los que no vinieren

Cuando, por la gracia de Dios, alguna de nuestras iglesias se hubiera desarrollado tanto que pudiera fundar otro monasterio, uno y otro observarán entre ellos la normativa que nosotros guardamos con nuestros hermanos. Queremos y nos reservamos para nosotros, que todos los abades de todas las regiones, en el día que de común acuerdo hayan determinado, vengan al Nuevo Monasterio y allí obedezcan en todo al Abad del lugar y al Capítulo, en lo que se refiere a la corrección de sus desviaciones y a la observancia de la santa Regla o de la Orden. Pero ellos, con aquellos a los que engendraron, no tendrán Capítulo anual. Pero si una enfermedad corporal o la profesión de los novicios impidiera alguna vez a alguno de nuestros abades acudir a nuestra reunión en el lugar que hemos dicho y en el día fijado, enviará a su Prior, quien procurará dar a conocer al Capítulo la causa de su ausencia, y a su regreso dará a conocer a su Abad y a sus hermanos lo que hayamos decretado o modificado. Porque si alguno, en cualquier otra circunstancia, se atreviese a faltar alguna vez a nuestro Capítulo General, en el Capítulo del año siguiente pedirá perdón por su culpa y cumplirá la pena de la culpa leve, durante el tiempo que juzgue el presidente del Capítulo.

CAPITULO IX

De los Abades que fueran negligentes en el

cumplimiento de la Regla o de la Orden

Si se viera que algún Abad menosprecia la santa Regla o nuestra Orden, o consiente en los vicios de los hermanos a él encomendados, el Abad del Nuevo Monasterio, bien por sí mismo o por el Prior de su comunidad, o por cartas, procurará amonestarle cuatro veces para que se enmiende. Si responde con desprecio, entonces el Abad de la iglesia madre procurará dar cuenta de su desviación al obispo en cuya diócesis reside, y a los canónigos de su iglesia. Estos le convocarán, y con suma prudencia tratarán el asunto con dicho Abad; y, o bien le corregirán, o bien, si se mantiene incorregible, le removerán de su cargo. Pero si el obispo y los clérigos hacen caso omiso de la transgresión de la santa Regla en aquella comunidad y no quisieran corregir o deponer al Abad, entonces el Abad del Nuevo Monasterio y algunos Abades de nuestra Congregación, que él llevará consigo, se presentarán en aquella comunidad y removerán de su cargo al transgresor de la santa Regla. Y los monjes de aquel lugar, en presencia y con el consejo de los abades, elegirán otro Abad que sea digno. Pero si el Abad y los monjes de la iglesia del lugar desprecian a los abades llegados y no quieren dejarse enmendar por ellos, entonces las personas presentes lanzarán contra ellos la excomunión. Y si en adelante alguno de éstos, vuelto en sí, quisiera escapar de la muerte de su alma, y deseando mejorar de vida, viniera a su madre, es decir, al Nuevo Monasterio, para vivir allí, sea recibido como hijo de aquella iglesia. Fuera de esta causa, que nuestros hermanos han de evitar con sumo cuidado, a ningún monje de estas iglesias recibimos para que viva con nosotros sin el consentimiento de su Abad. Por su parte, tampoco ellos recibirán a los nuestros en las suyas. Contra la voluntad de estos Abades no llevamos a vivir en su iglesia a nuestros monjes, ni ellos a los suyos en la nuestra. Si los abades de nuestras iglesias viesen que su madre, es decir, el Nuevo Monasterio, empezaba a decaer de su santo propósito y a desviarse del camino recto de la santa Regla o de nuestra Orden, amonestarán cuatro veces al Abad de este mismo lugar por medio de sus tres hermanos en el abadiato, es decir, los de La Ferté, Pontigny y Claraval actuando en nombre de los otros Abades, para que se corrija; y el resto de las cosas que hemos establecido que se haga en relación con los otros abades que se hubieran apartado de la Regla, las ejecutarán con todo cuidado con él. Con esta excepción: que si deja el cargo, no le podrán sustituir ellos por otro, ni si se resiste le podrán lanzar el anatema. Pero si no aceptase su consejo, notificarán inmediatamente su contumacia al obispo y a los canónigos de la iglesia de Chalon, pidiendoles que le hagan comparecer a su presencia; y una vez examinada la causa le harán que se corrija por completo o le removerán de su cargo si fuese incorregible. Una vez removido, los hermanos de aquel mismo lugar enviarán tres mensajeros, o más si quisieran, a las abadías directamente fundadas por el Nuevo Monasterio y a lo largo de quince días convocarán a todos los Abades que puedan, y con su consejo y ayuda elegirán para sí un Abad, como Dios tuviera establecido de antemano. Mientras tanto, el Abad de La Ferté presidirá esta iglesia, hasta que o bien sea restituido el mismo pastor, convertido por la misericordia divina de su error, o bien sea elegido regularmente otro en su lugar. Pero si el obispo y los clérigos de dicha ciudad no se preocupasen de juzgar al transgresor de la manera como hemos dicho, entonces todos los Abades salidos directamente del Nuevo Monasterio, irán al lugar de la transgresión, y depondrán de su cargo al transgresor de la santa Regla; luego los monjes de aquella iglesia, en presencia de los Abades y con su consejo, elegirán para sí un Abad. Pero si el Abad y sus monjes no quisieran recibir ni obedecer a nuestros abades, que éstos no teman herirles con la espada de la excomunión, y separarles del cuerpo de la Iglesia católica. Pero si después alguno de los que se han desviado se arrepintiera y, deseando salvar su alma, se refugiase en alguna de estas tres iglesias, es decir, la de La Ferté, la de Pontigny o la de Claraval, se le recibirá como familiar y coheredero de la Iglesia, hasta que sea devuelto a su propia iglesia como es de justicia, reconciliado. Pero entre tanto, el Capítulo anual de Abades no se celebrará en el Nuevo Monasterio, sino en el lugar previsto por los tres Abades mencionados.

CAPÍTULO X

Ley que ha de seguirse entre las Abadías

que unas a otras no se engendraron

Para aquellas abadías que no se engendraron unas a otras, ésta será la ley: todo Abad cederá el puesto en todos los lugares de su monasterio a un Abad que esté de paso, para que se cumpla aquello de: “anticipándoos a honraros mutuamente”. Si se juntasen dos o más, el más antiguo de los llegados ocupará el primer puesto. Pero todos, sin embargo, comerán en el refectorio, como arriba dijimos, excepto el Abad local, si está presente; pero en cualquier otro lugar en que se reúnan, seguirán el orden de la antigüedad de sus abadías, y será primero aquél cuya iglesia fuese la más antigua, excepto que si alguno de ellos estuviese revestido con alba, poniéndose el primero, delante de todos, en el coro de la izquierda, presidirá la acción litúrgica aunque sea el más joven de todos. Pero en cualquier parte en que se sienten juntos, se harán mutuamente la inclinación.

CAPÍTULO XI

Muerte y elección de Abades

A la muerte de su padre, los hermanos del Nuevo Monasterio enviarán, como antes hemos dicho, tres mensajeros a los Abades, o más si lo desean; y reunirán a todos los que puedan llamar en el espacio de los quince días siguientes; y con su consentimiento elegirán a aquel pastor que Dios tenga previsto de antemano. Entre tanto, el Abad de La Ferté, como ya hemos dicho tratando de otra cuestión, ocupará en todo el puesto del Abad difunto hasta que sea elegido otro Abad que, con la gracia de Dios, asuma el lugar y el cuidado del mismo. En las demás comunidades que, por cualquier circunstancia, se hayan quedado viudas de su propio pastor, los hermanos de aquel lugar llamarán al Abad de la casa que les engendró y, en su presencia y con su consejo, elijan para sí un Abad de entre ellos o de entre los hermanos del Nuevo Monasterio o del resto de nuestras iglesias. Los cistercienses no pueden elegir como Abad a alguien de una iglesia extraña, ni ofrecer sus monjes a otros para esta misma función. Pero cualquier persona de cualquier comunidad de nuestra Orden que los monjes elijan, sea recibida sin oposición.