La Alquimia Explicada Sobre Sus Textos Clásicos Canseliet

La Alquimia Explicada

Sobre Sus Textos Clásicos

Canseliet

ÍNDICE

EPÍGRAFE. 1

CONSIDERACIONES LIMINARES. 1

CAPÍTULO PRIMERO - LA DAMA POR EXCELENCIA.. 8

CAPÍTULO II - SABIDURÍA Y DISCIPLINA.. 14

CAPÍTULO III - SOLICITACIONES ENGAÑOSAS O INSENSATAS. 18

CAPÍTULO IV - LENGUAJE Y CÁBALA HERMÉTICOS. 22

CAPÍTULO V - CONDICIONES EXTERIORES. 28

CAPÍTULO VI - LA MATERIA PRÓXIMA Y SU PREPARACIÓN. 32

CAPÍTULO VII -  LA SAL DE LOS FILÓSOFOS. 38

CAPÍTULO VIII - CONJUNCIÓN Y SEPARACIÓN. 45

CAPÍTULO IX - LA ESTRELLA POLAR DE LOS MAGOS. 52

CAPÍTULO X - LAS ÁGUILAS O SUBLIMACIONES. 58

CAPÍTULO XI - EL HUEVO FILOSOFAL. 64

CAPÍTULO XII - LA GRAN COCCIÓN. 69

EPÍGRAFE

Que el estudioso de lo arcano se prevenga con cuidado de la lectura y de la compañía de los pseudofilósofos; en efecto, nada es más peligroso para el que aprende cualquier ciencia, que el comercio con un espíritu ignorante o engañoso, a causa del cual son inculcados, como verdaderos, falsos principios por los cuales un alma sin tacha y de buena fe es impregnada de una mala doctrina.

Que el amante de la Verdad tenga a menudo en las manos autores poco numerosos pero de una honestidad excelente, conocida y probada; que tenga en sospecha lo que es fácil de inteligencia, principalmente en los nombres místicos y las operaciones secretas; en efecto, la Verdad se oculta en las tinieblas, y los Filósofos no escriben nunca más engañosamente, que cuando la hacen abiertamente, ni más verazmente, que cuando es oscuramente. (La Obra Secreta de la Filosofía hermética. Cánones VIII y IX.)

Caveat accuraté arcani studiosus á pseudophilosophorum lectione & consortio, nihil enim quamlibet scientiam addiscenti periculosius est, quám imperiti aut dolosi ingenii commercium, á quo falsa proveris principia inculcantur, quibus bonâ fide mala doctrinâ imbuitur candidus animus.

Veritatis amator paucos autores, sed optimae notae & exploratae fidei manibus terat; facilia intellectu suspecta habeat, maximè in mysticis nominibus & arcanis operationibus, in obscuris enim Veritas delitescit, nec unquam dolosiùs, quàm cum apertè, nec veriùs quàm quum obscurè, scribunt Philosophi. (Arcanum hermeticae Philosophiae Opus. Cánones VIII & IX.)

CONSIDERACIONES LIMINARES

Explicar la alquimia es sobre todo proponer al neófito elementos (tomando el término en sentido figurado) de apreciación alentadora y segura. Ciertamente, los comentaristas modernos se multiplican. ¿Qué beneficio substancial es posible conseguir de ellos, ya que no manipulan utensilios y materiales? Consecuentemente, se muestran incapaces de elucidar el pasaje sabio o la escena iconográfica que utilizan sin convencer, y lo más a menudo sin razón.

En alquimia, ningún autor hace obra más dañina, que el que diserta de operaciones de las que no efectuó nunca la más elemental. Para él, muy frecuentemente, los textos son simbólicos y de alcance únicamente intelectual, incluso aquellos que se muestran como los más expresivos, en cuanto a la terminología sin equívocos de la práctica en el horno.

Sí, es aquí la ocasión de que nos venga a la mente la pertinente cita que tomó a Plinio el Viejo, el pintor holandés Jacques Appel, tan prendado del humor y del latín, como talentoso para sus paisajes:

Ne sutor ultra crepidam —Zapatero, no más allá del calzado.

El subjuntivo judicet es a buen seguro sobreentendido.

Por lo demás, es fácil estimar exactamente el espíritu y el valor de una nueva obra, en cuanto a la alquimia de la Tradición, por la sola constatación de que los dos libros de Fulcanelli, lo mismo que los nuestros, no se encuentran citados en ella de ninguna manera. No nos detendremos sobre la televisión y la radio, donde, en el ambiente del azúcar, como en el de la pimienta, se producen a saciedad las voces pálidas, los gritos, el frenesí, las guitarras y el inglés. Bajo el pretexto de cultura, y bajo el báculo autoritario de algunos especialistas vanidosos y guasones, se desarrollan a menudo la fraseología más aturdiente, la dialéctica más desprovista de objeto, que, ambas, no apuntan sino hacia la bienaventurada esterilidad de los cerebros en delirio. No nos detendremos apenas mayor tiempo sobre las divagaciones asombrosas de escritores que llegan a encontrar editores y, en consecuencia, a difundir, sobre la cuenta de la alquimia secular y de sus más dignos representantes, inconcebibles novedades. No es seguro, por otra parte, que estos plumistas bastante despreciables no sean, en la ocurrencia, los maniobreros de una verdadera empresa de demolición. La mala voluntad y el designio de perjudicar se ejercen demasiado claramente, para que no dudemos de la intención. Tampoco leemos todos los textos que ven la luz del día, libros o bien artículos de periódicos, impedidos como estamos, por nuestra constante penuria de esta materia preciosa que es la duración del tiempo, así como por el temor de hurtarnos dolorosamente a algún revoltijo de irritantes embustes, de inverosímiles fábulas y de repugnantes insensateces. Es así que un autor no ha vacilado, recientemente, en titular uno de sus capítulos: Una historia de loco, que ¡ay!, es evidentísimamente una de ellas, y en el curso de la cual aprendemos que el bufón del rey Felipe dio al joven Flamel, cuando era escolar, una respuesta por lo menos extravagante y sacrílega:

«Hazte clérigo, Nicolás. La caballería es una boñiga.»

Quisiéramos igualmente conocer la referencia del chisme, en el que se tomó la información de que el padre de Nicolás Flamel se hubiese llamado Tomás, y que hubiese poseído, el primero, el tenducho que se situaba en la rue des Écrivains, contra el muro de la iglesia de Saint-Jacques-de-la-Boucherie.

De modo semejante, nos interrogamos en cuanto al lugar de donde pueda bien haber sido sacada, a menos que haya sido del cerebro más fumoso, toda la fantasmagoría con la que la existencia de Nicolás Flamel es injuriosamente tejida en este relato rocambolesco. Sobre el pliegue interior de la funda en colores, el editor hace un anuncio elogioso del que no sabríamos discernir, si es el hecho de la ignorancia o el producto del humor más negro, y del cual, en todo caso, es suficiente con que cotejemos, una al lado de la otra, las frases primera y última, para que el estudiante sea informado al punto:

«He aquí sin duda el estudio más completo y más serio que haya sido inspirado por el personaje enigmático que fue Nicolás Flamel…

… Una apasionante encuesta en donde la Historia, la Filosofía, la Ciencia, son solicitadas alternativamente para comprimir casi al máximo uno de los más grandes misterios de todos los tiempos.»

Por nuestra parte, de todas estas páginas de imaginación furibunda, no daremos más que un pasaje que basta para la perfecta estimación de todos los otros. Es preciso que se sepa, desde el principio, que los nombres de Tomás y Nicolás son, aquí, los de Flamel padre y de su hijo:

«Pese a sus inquietudes, Tomás tenía confianza en la Providencia, pues el horóscopo de Nicolás era bueno. Esto era al menos lo que pretendió Isaac Ben Yocum, el rabino que lo había levantado para agradecer a Tomás ciertos servicios discretos, de los que el cristiano no se cuidaba de jactarse. Según la Cábala, un niño nacido el 7 del tercer mes de 1330 estaba fatalmente consagrado al 3 y al 7 (séptimo día, tercer mes, 1 + 3 + 3 + O = 7). Y tanto el 3 como el 7 encierran todas las correspondencias universales acabadas por su suma, que es la Unidad sagrada.»

Dejemos también de lado la absurda interpretación, pero observemos, no obstante, que no es apenas posible establecer el horóscopo de un hombre de quien no se conoce siquiera el año de nacimiento.

Tendremos ocasión, en el curso de esta obra que comenzamos, de volver sobre el popular alquimista de París, tanto a propósito de su persona, como de sus obras; habiendo sido la una estrechamente mezclada con las otras.

Al aguardar, tenemos mucho que cuidar, fuera de nuestras legítimas imprecaciones, a todos nuestros amigos escritores que escapan a la maldición del viejo Hermes y de quienes los libros suministran, al gran público, en lo que concierne a la alquimia y sus filósofos, justas y sanas informaciones.

Sin que seamos movidos por el más pequeño sentimiento de detestable presunción, cincuenta años de estudio y de experiencias, únicamente basadas sobre los clásicos de la Ciencia, nos han dotado de un serio bagaje que nos autoriza a hablar en nombre de todos estos filósofos.

Escribimos porque somos impulsados por la doble necesidad de lo temporal despiadado, que hay que satisfacer, y del apostolado, pese a lo modesto que sea, que importa ejercer. Quisiéramos que se estuviera bien persuadido de que sólo una cosa es valiosa para nosotros, frente a la cual ninguna otra cuenta; ella reside enteramente en la práctica en el laboratorio, según el noble y profundo sentido que el término comporta y que no excluye que debamos asegurar su desgaste.

Nuestra interrogación incesante de la materia, por el trujamán del horno, nos facilita la interpretación de los libros, y, entre ellos, de los clásicos en particular. Estos fueron escritos indudablemente, por artistas que trabajaron con la ayuda del fuego, cualquiera que haya sido su fuente. No hay nada mejor para entenderlos, que verificar, por la experimentación, su enseñanza prudente dispensada en lenguaje filosófico.

Nuestro deber, en consecuencia, es aportar al estudiante la mayor cantidad posible de luz. La necesidad no es la de que escribamos un grueso volumen, sino que transmitamos, hasta los confines autorizados, lo esencial de todo lo que hemos aprendido en los autores que hemos controlado, en estrecho contacto con la entidad filosofal.

El estudio no podría sufrir ningún límite ni apremio, ninguna sanción, en cuanto a su resultado, si no es el de Dios, por el Don inestimable. Son los conocimientos adquiridos realmente, en el curso de la vida recorrida, quienes constituyen a cada etapa, diplomas y certificados.

He ahí también porqué no se deberá uno sorprender, ni más aún impacientar, de que hayamos dado, lo más a menudo, el latín de las citaciones tomadas a los numerosos tratados que no fueron nunca traducidos, en el idioma de Francia, o bien que lo fueron de manera imperfecta. Esto por la razón sobre todo de que, la lengua culta, en su período último y muy injustamente calificado de bajo (¡ínfima!) por los puristas, de que la lengua culta, decimos, aparece como de lectura agradable y de comprensión más fácil.

Hemos declarado ya —particularmente en nuestra introducción a las imágenes comentadas del Libro mudo, Mutus Liber— y lo repetimos aquí, que no dejaremos en falta toda ocasión de excitar y de alentar el interés de los mejores por este latín que no quiere morir, y que se opone aún a la servidumbre total del pensamiento y de los estudios.

Que el joven neófito lo sepa bien, y sobre todo no se desespere con ello; el alquimista está destinado a permanecer por un tiempo muy largo como un estudiante paciente y tenaz. Que tome el ejemplo de ello sobre nosotros mismos que hemos cumplido, en el mes de agosto, nuestro quincuagésimo año de trabajo en el laboratorio. Es así que podemos adelantar, pese a la aparente paradoja, es decir, con tanta humildad como orgullo, que somos ciertamente el más viejo estudiante que hay en Francia. ¿No es ése acaso el título, a la vez el más humilde y el más glorioso, que el filósofo pueda reivindicar en la serenidad y en el honor?

Era, en todo caso, el que se concedía al gran químico Michel-Eugène Chevreul que fue el modelo perfecto del desinterés científico, y de quien proviene el precioso fondo alquímico de la biblioteca del Museo de Historia natural de París. Alcanzó la edad de ciento tres años, habiéndose siempre beneficiado de la fisiológica armonía que el estudio, en el ritmo eterno de la Naturaleza, transmite sin falta al experimentador.

Ante el gran y loable movimiento de interés real, que se desarrolla sin cesar, no dudamos que el areópago de los Adeptos, el de los hermanos de la verdadera Rosa Cruz o Rocío cocido, apruebe plenamente nuestra decisión de enseñar más claramente y en mayor medida. En esto, nos unimos a Filaleteo, que formuló ya y audazmente la misma tendencia, hace más de trescientos años, al comienzo mismo de la desafortunada edad de hierro, ahora próxima a su fin. Es verdad que en su época el libro no estaba tan ampliamente difundido como hoy en día y quedaba como el patrimonio de un pequeño número. He aquí pues, lo que escribió, tras haber declarado no ser tan secreto como todos sus predecesores:

Pero, yo, verdaderamente, no he actuado de la misma forma en esta cosa, sometiendo mi voluntad al beneplácito divino que, en este último período del mundo, me parece en el punto de desvelar estos tesoros; es por esto que no temo ya que el arte se envilezca ni que desaparezca. Esto no puede suceder. Pues, ¿no se tiene acaso la verdadera sabiduría ella misma en honor eterno?

Ego vero non sic egi, hac in re voluntatem meam divino beneplacito resignand, qui hac ultima mundi periodo thesauros hosce reseraturus mihi videtur, quare non amplius timeo, ne vilescat ars, absit. Hoc fieri nequit. Nam vera sapientia seipsam in aeterno tuetur honore.[1]

Con seguridad, que el ejemplo tiene su papel que jugar. Es por esto que nos parece que no es inútil, como viva lección, para los amantes de cualquier edad, que les mostremos nuestro pequeño laboratorio de Sarcelles, cuando teníamos veintidós años y nos ejercíamos, además, en los gozos íntimos y delicados de la acuarela. Es así que verán, en todo su color, la más modesta reunión de utensilios, que haya inspirado la lectura demasiado confiada de Eireneo Filaleteo, en su Introitus, y la de Cyliani, en la práctica de su Hermés dévoilé (Hermes desvelado).

Este boceto se remonta también a los «años locos», al mes de agosto de 1921, en este verano que quedará sin duda como el más largo y caliente del siglo. Es el recuerdo, en imagen, del bricolaje por el que respondíamos a las exigencias del trabajo y por el que hacíamos cara a la debilidad, tan grande como incurable, de nuestra tesorería (Pl. I).

I. Nuestro modestísimo laboratorio en el que tuvo lugar la memorable proyección, bajo la dirección de Fulcanelli y ante dos testigos. Estos fueron Gaston Sauvage, químico en Poulenc, y el excelente pintor Julien Champagne quien, desde hacía más de diez años, estaba al servicio del Maestro.

Le Mystère des Cathédrales (El Misterio de las Catedrales) primero, y Les Demeures Philosophales (Las Moradas Filosofales) a continuación, responden ya, y de manera admirable, a la necesidad de que la alquimia sea explicada sobre sus textos clásicos. No faltan en dichos libros las citaciones de estos últimos, viniendo a apoyar la enseñanza teórica y operativa del Adepto adjudicado al siglo presente y que fue nuestro maestro.

Más que a ningún otro autor, es sin duda a Fulcanelli que podrían dirigirse hoy en día, de entre los amantes de la ciencia, las palabras de reconocimiento del discípulo Pirófilo a su buen maestro Eudoxio. Todo ello al comienzo de la larguísima plática que llevaron a cabo juntos, a continuación de la que había tenido lugar entre la Piedra de los Filósofos y el Oro, unido al Mercurio en el furor y la agresividad. He aquí pues el período exclamativo del discípulo que, con el corazón desbordante de felicidad y de entusiasmo, se encuentra bruscamente ante su maestro:

« ¡Oh dichoso momento, que hace que os encuentre en este lugar! Hace largo tiempo que anhelaba con la mayor ansia del mundo, poder conversar con vos del progreso que he hecho en la Filosofía, por la lectura de los Autores, que me habéis aconsejado leer, para instruirme del fundamento de esta divina ciencia, que lleva por excelencia el nombre de Filosofía»

La respuesta que Pirófilo hace a continuación a su maestro, no es ahora sino la que haríamos nosotros al nuestro, en cuanto al saber que hemos adquirido en el estudio de la ciencia sagrada:

«Yo os soy deudor de todo lo que sé de ella, & de lo que espero penetrar todavía en los misterios Filosóficos.»

El número de los autores clásicos de la ciencia de la alquimia, dígase lo que se diga, es muy importante, y de ellos una proporción no menos notable, se halla muy lejos de ser ordinariamente conocida. No consideramos siquiera los tratados en lengua latina, que no están traducidos y que forman un fondo inestimable. A estos, sólo pueden acceder los habituales de Horacio y de Virgilio, de quienes reduce, cada vez más, la heroica falange, el modo de instrucción de nuestro tiempo, subordinado a los apetitos temporales, y, consiguientemente, a toda demagogia.

Especialmente, tenemos en mente las pocas decenas de escritos que forman un núcleo sólido, alrededor del cual parece haberse concretado, desde el siglo XVII, la enseñanza a la vez más corriente y cómoda. Fueron así separados, poco a poco, del cuerpo sin embargo homogéneo de los libros clásicos, a modo de selección, los textos anónimos o firmados, que más ayudan a la realización física.

Desde 1604, Alexander Sethon, alias Cosmopolita, inauguró esta riquísima floración de filósofos con los que iba a refundir, en alguna forma modernizada, la enseñanza recibida por ellos de los volúmenes latinos que circulaban manuscritos durante la edad media. De esta biblioteca antigua, transmitida desde las edades más lejanas, por los árabes y en su culta lengua, ya hemos dicho que fue traducida en latín, no solamente por los Cruzados, sino también por los Milicianos del Temple.

La alquimia fue sin duda un sólido terreno sobre el cual Caballeros y Sarracenos encontraron las razones de aproximarse, apreciarse y entenderse. Esta fue, durante el proceso, una de la claves principales de la acusación: esta aparente colisión de lo Cristianos con los Infieles. El famoso bafomet, en su enigma inaprensible e irritante, figuraba, consecuentemente, en el dossier de los cargos. De esta entidad filosófica, se puede ver la representación más segura ilustrando la página de título de Todas las obras del Filósofo anónimo Filaleteo —Anónymi Phi1alethae Philosophi Opera omnia (Pl. II).

El mercurio del mercurio —mercurius de mercurio— se halla de pie sobre la esfera y tocado con una corona que remata el signo metálico-astrológico que designa a la vez al planeta y al azogue; tiene las alas desplegadas y los brazos horizontalmente extendidos.

II. El alcance filosófico es aquí el mismo que el del extraño anillo que poseía Fulcanelli, que él describe y que nosotros hemos recordado. Vino hasta él, del padre Abad del monasterio cisterciense que era vecino, en el siglo XII, a la Encomienda de los Templarios de Hennebont, en Bretaña.

No sería cuestión, para nosotros, de elucidar el modo de operar —modus operandi— de la obra física, en sus menores detalles. Esto sería, en efecto, una falta gravísima, no solamente con respecto a la Tradición y la disciplina, sino también en relación a nuestros hermanos estudiantes en Hermes. No obstante, nos comportaremos contrariamente a la regla que adoptaron la pluralidad de los autores, la cual consiste en no hablar de la Gran Obra más que trastocando el orden de las diversas operaciones. Es sobre esto que un filósofo anónimo formuló la observación, a la intención de su discípulo:

«Lo que hace que no comprendas sus escritos, es que ellos no han querido observar en sus libros un orden que sirviera de medio para poderlos entender; habiendo comenzado unos sus Tratados por el final del tema, otros por el medio, otros por la proyección, otros por la multiplicación; tratando otro del medio & del fin de la obra, han omitido expresamente su comienzo.»

Muy al contrario, como hemos dicho, la sucesión misma de nuestros capítulos, en forma de sumario, dice suficientemente cuánto respetaremos, en su conjunto, el desarrollo ininterrumpido y lineal del proceso operatorio. Es grande el interés de ello para el amante, según Denys Zachaire, quien transmitió la afirmación sostenida por Geber en la Suma:

«Por ello dice que, si la hubiese puesto por orden & toda seguida, sería conocida en un día por todos, incluso en una hora, tan noble & admirable es.»

Ciertamente, con la lectura de los textos, recorremos obligatoriamente y de una extremidad a la otra, la ruta estrecha y difícil que quiso mostrarnos, junto a tantos otros filósofos, el alquimista latino Ioannis Aurelius Augurellus, en los tres libros versificados de su Chrysopoeia. Neologismo compuesto de dos vocablos griegos que le aportan su significación: crusou, Chrysou, genitivo de crusos, oro y poia, poia, fabricación = fabricación de oro.

En el excelente Diccionario de Alexandre, encontramos este otro neologismo crusopoios, chrysopoios, hacedor de oro, alquimista, que tiene por raíces el sustantivo crusos, y el verbo poiew poiéô, fabricar, construir, crear.

Es por esto que las ediciones francesas del tratado de Juan Aurelio Augurelo llevan todas el título:

La Crisopeya, es decir (o que enseña) el arte de hacer el oro.

¿Se trata del oro metálico y conviene tomar esta declaración al pie de la letra, como lo hizo el papa León X mismo, en respuesta a la Epístola que Juan Aurelio Augurelo le había enviado en verso latino? En todo caso, en la epístola del Soberano Pontífice, se encontrará la famosa reflexión que fue chismorreada a placer y que militaría muy poco en favor de la benevolencia y de la infalible penetración ordinariamente atribuida al vicario de Cristo:

Si Scit aurum ipsemet conficere, non indiget nisi receptaculo.

Si sabe él mismo fabricar oro, no le falta sino un receptáculo.

Se pretende que León X haya hecho acompañar su carta de un gran saco.

No es seguro que todo eso no sea más que una pobre broma, y sigamos siendo serios, volviendo a lo que cantó Augurelo, en cuanto a la estrecha puerta:

Sic alii, quos experiendo, maxima rerum

Visere jam decuit summo quaesita labore,

Angustum per iter, recto de tramite nunquam,

Qua prius ingressi declinavere, nec ante

Desinere optarunt, licuit quam tangere laetis

Tandem exoptatum longo post tempore finem.

Al hacer la experiencia de un trabajo extremo, así otros

A quienes conviene ya contemplar la buscada y más grande de las cosas,

Por un estrecho pasaje jamás se alejarán de la ruta derecha.

Esta ruta por la cual iban antes y que escogieron

No abandonar; a los dichosos les fue permitido alcanzar

Por fin, tras un largo tiempo, lo deseado: el término.

El poema original, en lengua latina, no carece ni de elegancia ni de encanto, ni sobre todo de la enseñanza clásica, que disminuye, ¡ay!, la traducción literaria y, más aún sin duda, la versificación cuidadosa de las sílabas y de las rimas.

Evidentemente, no es famosa la traducción que Gabriel Joly utilizó y que es obra de François Habert, traduttore, traditore, como lo fueron todos los maróticos, con respecto a los poetas denominados neolatinos sin que veamos por qué.

La recomendación de seguir la Naturaleza es unánime, y Michael Maier particularmente la ilustró de sugestiva manera, con el cuadragésimo segundo emblema de su colección, tan justamente titulada: Atalanta fugiens —Atalanta fugitiva. Por encima de la imagen (Pl. III), leemos:

Para quien se aplique a las cosas químicas, que la Naturaleza, el Razonamiento, la Experiencia y la Lectura, sean la conductora, el Bastón, las Gafas y la Lámpara.

III. Es preciso que el alquimista tenga una visión aguda, una lúcida videncia, a fin de que siga, a ciegas, a la Dama Naturaleza, única que es capaz de conducirle, hasta su inviolado y secreto santuario.

Apotegma que muestra sin ambages, que seguir la naturaleza no es tan simple como se podría creer, ya que se necesitan además, para ello, una caña, antiparras y una linterna. Estos objetos son indispensables, a fin de situar exactamente los pies en las huellas dejadas sobre la arena del camino, en el seno de la noche, bajo la luna menguante. La dificultad parece pues aumentar a medida que el astro nocturno se encuentra en decrecimiento, tal como lo vemos, bajo la forma de un menisco, con sus puntas hacia la derecha, en el cielo de la composición de Jean-Théodore de Bry. El epigrama latino que subraya la imagen, completa su enseñanza:

La Naturaleza es tu guía, y tú, por el arte, eres su seguidor de buena gana.

Te pierdes, si ella no es tu compañía en la vía.

Que el Razonamiento te dé la ayuda del Bastón, que la Experiencia te fortalezca los ojos.

Para que puedas distinguir lo que se encuentra a lo lejos.

Que la Lectura sea tu Lámpara luminosa en las tinieblas,

A fin de que, prudente, te guardes del montón de las palabras y de las cosas.

Volveremos a ver la bella criatura, majestuosa y solitaria, sobre el fuera-de-texto XLIV de nuestro volumen Alchimie (Alquimia), el cual reproduce el título ricamente ornado del Museo hermético —Musaeum hermeticum.

Ahí, dos alquimistas, en lugar de uno solo, siguen a la Dama Naturaleza, contentándose el segundo, menos instruido y menos sabio, con regular sus pasos sobre los del primero. No tiene por otra parte gafas, ni, en consecuencia, experiencia, y figura evidentemente al estudiante que no se fía más que de los otros, es decir, de los discursos, sea hablado o bien escrito.

De esta alegoría, el duque Christian de Saxe-Gotha no conservó más que la joven mujer de la que reemplazó, en la mano derecha, el ramo de flores por el sello de Salomón dibujado en el centro de un espejo circundado de cortos rayos. Ello para el reverso de una medalla acuñada con su efigie y en siete ejemplares, a fin de que fuese perpetuado el recuerdo de la transmutación que efectuó con sus propias manos, durante el verano de 1693. La Naturaleza, que bajo la forma humana es provista esta vez de cuatro senos, va ante ella con los pies desnudos, el cuerno de la abundancia, atributo de Ceres, bajo el brazo izquierdo. Por encima de ella leemos el exergo:

DEO ET ME DUCE - Por Dios y por mi Duque.

Duque, según la palabra latina Dux que él reproduce, debe tomarse en el sentido de conductor, de director. Et me Duce, pese a la apariencia, no pone pues en entredicho la humildad del príncipe que fue también filósofo, y que jugó cabalísticamente con su título nobiliario, a fin de subrayar su papel de demiurgo, en el microcosmos filosofal. Es lo que confirma, sobre el canto de esta pieza conmemorativa, la invocación que corre en ligerísimo relieve:

O QUAM MAGNA SUNT OPERA TUA DOMINE

¡Oh, cuán grandes son tus obras, Señor!

La Verdad es simple y de ella, en alquimia, es muy exactamente un lugar común de declarar que se encuentra únicamente en la Naturaleza. Es imposible acceder a ella por la sola especulación, como Cosmopolita, después que nos hubo dicho haber tratado sinceramente de la primera y de la segunda materia, concluye sin ambages, terminando su período:

«. . .en vista de que he hecho esto, no por la lectura de numerosos libros, sino por el trabajo de mis manos y de mi propia experiencia—…, siquidem id non é multis libris sed ex mearum manuum labore & propria experientia feci.»

Sí, el proceso operatorio de la Obra es natural, y estamos, puede creérsenos, bien inclinados a afirmarlo. La inmensa dificultad —el epíteto no se muestra en modo alguno excesivo— que surge y se instala en la realización, es el de restablecer ahí el contacto y la colaboración, de manera permanente, con el sol, la luna, los planetas y las estrellas. En verdad, no son responsables los astros, quienes continúan dispensando generosamente a la tierra, toda la acción fluídica necesaria a su existencia.

No volveremos sobre la causa indiscutible que hemos determinado suficientemente[2] y cuyos efectos, para la humanidad, no cesarán de aumentar y de amenazarla cada vez más. Para suprimirlos de un solo golpe, bastaría que desapareciese la fuente, según el viejo adagio:

Sublata causa, tollitur effectus.

Suprimida la causa, el efecto desaparece.

Mas ahora es universal el disfrute que sólo extinguirán, un día quizás próximo, consecuencias tanto sociales como geológicas, que serán tanto más rudas y dolorosas, cuanto que no habrán sido previstas en modo alguno.

CAPÍTULO PRIMERO - LA DAMA POR EXCELENCIA

¿Qué palacio más bello podía ofrecer la Cristiandad a la alquimia, que no fuese la iglesia de Notre-Dame, en la isla de la

Cité en París?

Es por ello que, en el umbral de nuestro presente libro, debemos apelar con ella al que aparece, para el mundo entero, como el anunciador del despertar alquímico, el pionero del gran retorno a la conquista del Toisón de oro y de las no menos preciosas manzanas del Jardín de las Hespérides.

Importa sin embargo que se comprenda bien, sin que nosotros busquemos con ello una vanidad cualquiera, que fue por nuestra acción incesante, que los dos Fulcanelli pudieron ver la luz del día. Es ése un mérito que los celos y el rencor nos han disputado demasiado a menudo, para que no dejemos jamás de conservarlo y de defenderlo.

En opinión del Adepto Fulcanelli, es la alquimia misma la que recibe al investigador, bajo el pórtico central, llamado también del Juicio, en Notre-Dame de París. Bien desprendida, en relieve redondo, de un círculo tomado sobre el pilar del entrepaño, está sentada y su cabeza toca las ondas del cielo. Se la puede admirar, en la edición de Jean-Jacques Pauvert[3] gracias al perfecto cliché fotográfico de Pierre Jahan, así como en las dos primeras tiradas de 1926 y de 1956, con el conmovedor dibujo de Jean-Julien Champagne, que hemos vuelto a tomar en ilustración de nuestra afirmación (Pl. IV).

IV. La alquimia eterna está inmutable sobre su trono y recibe, contra su pecho, la escala del Libro mudo, a lo largo de la cual ascienden y descienden los mensajeros, en su deseo de abrevarse en las ondas superiores y celestes.

El pintor que nació al comienzo del año 1877, estuvo al servicio de Fulcanelli, desde el décimo año del siglo, es decir, justo un lustro antes de que recibiéramos nuestro lugar junto al filósofo.

En recuerdo de estos tiempos memorables, esperamos que el amante nos estará agradecido, de que le ofrezcamos el retrato de Julien Champagne, que hicimos a la acuarela, el 12 de agosto de 1921, cuando habitaba Arnouville-les-Gonesse, en el lugar llamado L ‘Hermitage y, por coincidencia, en la avenida Viollet-le-Duc (Pl. V).

Por lo demás sería, de nuestra parte, una grandísima ingratitud, que no dijéramos cuánto debemos al dibujante del Maestro por el manejo del lápiz y del pincel que, es verdad, nos fueron tan familiares en nuestra primera juventud.

V. Julien Champagne, tal como era, cuando íbamos juntos, a fin de instalarnos, para una acuarela, en los alrededores de la Ermita de Arnouville, en lugares campestres que han desaparecido ahora.

Es cierto que la regia anfitriona de la catedral, hija del célebre arquitecto, en cuanto a su simulacro, bastaría por sí sola para justificar el sello de compañerismo, que fue aplicado sobre los documentos de la restauración del edificio; a saber, las cuentas, los informes y los croquis. Las ramas del compás se cruzan con las de la escuadra, y ambos utensilios son flanqueados por las iniciales de Lassus y de Viollet-le-Duc, principales restauradores de la catedral; a la izquierda una L, a la derecha VL en un monograma.

Nuestro maestro disertó pues sobre el medallón del pilar mediano del hueco central. La Reina del Cielo está sentada y retiene, con su diestra, sobre su antebrazo, los dos libros de los que hemos hablado anteriormente[4]. Añadiremos que uno está cerrado, lo que simboliza el sujeto grosero, y que el otro está abierto, lo que figura la misma materia pasiva, después de que ha sufrido la penetración del espíritu.

Abierto de modo semejante, se ve el volumen filosofal sobre el cielo raso del elegante hotel de Jean Lallemant en Bourges, en las manos de un pequeño niño que está arrodillado.

Pero no nos anticipemos en el camino a seguir, del que no quisiéramos sino que permaneciese tan derecho como fuese posible, y volvamos junto a la muy grande Dama que hemos tenido el gozo de encontrar y que no es otra que la Naturaleza misma.

Es también ella la que hemos admirado sobre el cuadragésimo segundo emblema de Michael Maier y que es, en realidad, la Dama de todos los pensamientos del caballero errante, del cavalier lanzado a la aventura, del cabalier exactamente, del que el tipo más extraordinario es el del ingenioso Hidalgo de la Mancha. La historia de Don Quijote, nos cuenta, por transparencia, la del mercurio de los sabios cuyo comienzo se señala muy singularmente, desde el capítulo IV, en el que Miguel de Cervantes nos habla «de lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta».

Lo que sorprende al punto, en esta primera hazaña, del recién armado en la Caballería, es lo que precisan los dos subordinados, situados por el autor entre paréntesis:

« (Que también tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada la yegua).»

Sí, he ahí esta extraña reunión del caballo, de la lanza y de la encina como soporte, según la trilogía frecuentemente encontrada en los escritos de la ciencia hermética y especialmente al nivel más accesible de la alegoría.

El personaje en cuestión es buenamente un labrador, sin duda para hacer comprender que se trata aquí de la agricultura celeste, con la que son figurados de esa suerte el agente y el paciente físicos, así como la filosofía y sus especulaciones a priori.

Del mismo modo la alquimia es la Sabiduría que se encontraba junto a Dios, cuando Él ponía en su sitio las diferentes partes del mundo, y es ella misma la que habla:

Cuando Él disponía de los cielos, yo estaba presente; cuando por una ley inflexible y de los límites rodeaba los abismos…

Yo estaba con Él organizando todas las cosas y me entretenía cada día, jugando sin cesar ante Él;

Jugando en el mundo. Y mis delicias son de estar con los hijos de los hombres.

Ahora pues, hijos míos, entendedme: Dichosos son los que guardan mis vías.

Quando praeparabat caelos aderam; quando certâ lege, & gyro vallabat abyssos;…

Cum eo eram cuncta componens; & delectabar per singulos dies, ludens coram eo omni tempore;

Ludens in orbe terrarum; & deliciae meae, esse cum filiis hominum.

Nunc ergo, filii, audite me: Beati qui custodiunt vias meas.[5]

La naturaleza es la preceptora, más exactamente la iniciadora del filósofo, quien, gracias a ella, puede liberarse del error.

A este respecto, el título de un largo poema que fue inspirado por la Gran Obra física es perfectamente expresivo, e ilustrado además con una luminosa redondilla:

Les Remonstrances de Nature a l‘Alehymiste errant.

par l’Autheur, Iean de Meung

Comme nature se complaint,

A un sot souffleur, sophistique,

Qui n‘use que d’art mechanique.

Las Advertencias de Naturaleza al Alquimista errante

Por el Autor, Juan de Meung

Cómo naturaleza se lamenta,

Y dice su dolor & su queja

A un necio soplador, sofístico,

Que no usa más que de arte mecánico.

Base importante de partida, sobre la que hizo hincapié el anónimo e instruido autor de una obra muy clásica:

La luz ensombrecida

resplandeciendo por su propia naturaleza.

De la Piedra Filosofal, verdadera Teoría,

expuesta en versos italianos,

y por un autor innominado

aumentada de un comentario.

Observemos sin tardanza, que el excelente tratado, del que vamos a registrar el testimonio, es desconocido comúnmente bajo el título que acabamos de traducir y que es el suyo en el latín original, como el lector lo Verificará sobre nuestra nota a pie de página. No descuidaremos de leer nuestras citas en la lengua culta, pues lo que comentó B. D. L. (Bruno de Lansanc) el traductor, no deja de inquietarnos grandemente. He aquí, en efecto, este pasaje de su Carta a uno de sus amigos, que no es nombrado y que era sin duda de calidad, bajo la doble relación del rango y del saber:

«Por lo demás, Señor, como esta Traducción es principalmente para vos, he seguido al hacerla el consejo que me habéis dado; es decir, que no me he adherido en modo alguno servilmente a las expresiones & a las palabras propias de mi Autor, las he cambiado cuando lo he juzgado a propósito, & no me he adherido sino a su espíritu, & a su intención; he suprimido por mi autoridad las repeticiones que he creído inútiles & envidiosas, & he añadido también algunas veces las mías para esclarecer los lugares que me parecían demasiado oscuros; en fin, la he seguido muy escrupulosamente en la doctrina, pero fuera de eso la he dado, tanto como he podido, el giro francés, & he tratado de dar a mi traducción un aire original.»

Con el cuidado de no llevar a confusión, utilizaremos, no obstante, el título que el uso ha consagrado desde hace casi tres siglos y que he aquí por entero:

LA LUMIÈRE SORTANT PAR SOY MEME DES TENEBRES

Ou veritable Theorie de la Pierre des Philosophes écrite en vers Italiens, & amplifiée en Latin par un Auteur anonyme, en forme de Commentaire; le tout traduit en Françoise par B. D. L.

LA LUZ SALIENDO POR SÍ MISMA DE LAS TINIEBLAS

O verdadera Teoría de la Piedra de los Filósofos escrita en versos Italianos, & ampliada en latín por un Autor anónimo, en forma de Comentario; traducido todo al francés por B. D. L.

Era bueno hacer nuestra observación con respecto a Bruno de Lansac, quien, por lo demás, no dejó gran cosa que militase en favor de conocimientos excepcionales. Inclinémonos, por un instante, sobre las pocas líneas que la Naturaleza y el Arte inspiraron al filósofo-comentarista anónimo y latino:

Sin duda los Filósofos deben ser tales, que sepan el fundamento de toda la Naturaleza, y la conozcan verdaderamente. Pues la ciencia de la Piedra de los Filósofos se eleva por encima de todas las ciencias y de todos los artes pese a lo extremadamente sutiles que sean.

Hay esta diferencia: que la obra de la Naturaleza es siempre más perfecta, más acabada y más segura que la práctica de cualquier arte. Pero si, conforme a la proposición de Aristóteles, no hay nada en la inteligencia, que no haya estado antes en los sentidos, será veraz decir que cualquier cosa que descubramos por los sentidos, la comprendemos únicamente por la ocasión ofrecida por la Naturaleza.

Immó tales Philosophi esse debunt, ut fundamentum totius naturae sciant, & verè cognoscant. Nescientes, quod scientia lapidis Philosophorum superat omnes doctrinas, omnesque artes quamtivus subtilissimas; ea differentia uti opus naturae semper est perfectius absolutius, & securius, quam artium quarumvis practica: Immó si iuxta axioma Aristotelicum nihil sit in intellectu, quod prius non fuerit in sensum verum erit dicere, quod quidquid sensu comprehendimus sola dara occasione natura intelligimus.[6]

He ahí un verdadero artículo de fe, que era preciso que el estudiante reencontrase, bajo una de las plumas latinas más autorizadas que haya habido en los tiempos antiguos.

Sobre el período antiguo, en el que la alquimia era ya conocida y cultivada, dos libros, debidos a Marcelin Berthelot, informan excelentemente: Les Origines de l’Alchimie (Los Orígenes de la Alquimia) e Introduction a l’Etude de la Chimie des Anciens et du Moyen Age (Introducción al Estudio de la Química de los Antiguos y de la Edad Media).

La tapa del primero lleva, en epígrafe a la vez sorprendente y revelador, el ouroboros gnóstico, cerrado sobre el apotegma En to pan —Uno el Todo— que fue tomado a la Crisopeya de Cleopatra. Es el ancestro griego de la serpiente que devora su cola, de los textos medievales —serpens qui caudam devoravit; era sobre todo, desde 1885, expresada claramente por un eminente representante de la ciencia, en la época en que se confinaba al seno del más estrecho positivismo, la íntima y audaz afirmación, en cuanto a la identidad de la materia y del espíritu.

Ciertamente, Marcelin Berthelot no era alquimista, y su formación rigurosamente universitaria se mostraba como una difícil traba a su comprensión exacta de los textos herméticos más antiguos, que fueros escritos en lengua griega. Se inclinó siempre a no encontrar en ellos más que recetas de química o de metalurgia banal. Con seguridad, hubiese ganado con leer y estudiar los tratados alquímicos de la Edad Media latina, que le hubiesen ayudado a penetrar mejor los papiros anteriores del período neoplatónico, Sí, nos produce una lástima infinita, cuando vemos con qué humildad, este gran erudito se puso a la preparación de su difícil empresa, cómo tuvo el coraje y la paciencia de reemprender, con sus libros, el trabajo del escolar:

«La Biblioteca nacional de París tuvo a bien confiarme sus preciosos manuscritos; superé las dificultades del desciframiento y las más grandes aún, que resultaban de mi conocimiento un poco lejano de la lengua griega, al estudio de la cual había renunciado desde hacía cuarenta años. Se encontraba sin embargo en mi memoria, más fresca de lo que osaba esperarla.»

Si debemos partir de los primeros siglos, la asamblea de los Filósofos, alrededor de la Mater, sería considerable y más numerosa, con seguridad, que una de estas reuniones que tenían lugar ante los pórticos de Notre-Dame en París, y de las que «el Señor Denys Zechaire» o bien Zachaire, nos da a conocer su existencia.

En efecto, en su Opuscule tres-eccelent, de la vraye Philosophie naturelle des metaulx (Opúsculo muy excelente de la verdadera Filosofía natural de los metales), el «Gentilhombre & Filósofo Guienés» nos revela los conciliábulos de los que habría razón, principalmente hoy en día, de discutir demasiado su oportunidad, utilidad y valor:

«De suerte que no pasaba día, incluso las fiestas & domingos, en que no nos reuniéramos, o en la morada de alguno (& muy a menudo en la mía) o en nuestra Dama la grande, que es la iglesia más frecuentada de París, para parlamentar de los trabajos pasados en los días precedentes.»

Declaración confirmada por este pasaje de León Ladulfi, nombre y apellido anagramáticos de Noël du Faill que fue un encarnizadísimo denigrador de la antigua alquimia, como lo quería quizás su señorío de la Hérissaye, y que refirió pues que un soplador de nombre Lupoldo «había visto en su tiempo que la gran cita de tales académicos era en Notre-Dame de París.»

El sarcástico narrador veía incluso a esta turba reunirse en la parroquia vecina «y sobre todo por bandas y grupos, como atolondrados, paseando en los claustros de Saint Innocent de París.»

Este cementerio estaba ribeteado de arcadas que servían de osarios y que abrigaban pues las osamentas amontonadas. Los arcos, que se extendían a lo largo de la calle de la Ferronnerie, fueron conservados y soportan ahora en ella los inmuebles del lado par. Ciertos muestran todavía la clave de la bóveda en plena cimbra, así como los capiteles de sus pilares.

Nicolás Flamel había hecho pintar, sobre el cuarto arco, «entrando por la gran puerta de la calle S. Denys, & tomando la mano derecha, las más verdaderas y esenciales marcas del arte.»

No es dudoso que estas asambleas, de filósofos más o menos sopladores, celebrasen ya su pleno en tiempo de Carlos VI, pero es poco probable que el sabio y laborioso escritor-alquimista haya abandonado su pupitre, su horno y su Perrenelle, para mezclarse en discusiones de las que había sobrepasado ampliamente el nivel. Nadie sabía, mejor que su esposa y él mismo, cuán solitaria sigue siendo la búsqueda de la Verdad, en la etapa superior, y sin relación con la colectividad a menudo entregada a las palabras interminables, fastidiosas, si es que no estériles.

Si se toma en conocimiento de lo poco que este matrimonio transmite de su existencia, se imagina sin esfuerzo que no fue una pareja ordinaria. Es posible, por otra parte, que el filósofo del Libro mudo haya tomado de él el ejemplo para el hombre y la mujer que pone en escena, en su álbum, bajo los vestidos utilizados por la moda de su tiempo.

Lo que es cierto, es que la armonía reinaba en la casa del todo nueva, a la enseña de la Flor de Lys, que Nicolás Flamel acababa de hacer edificar, en el ángulo de la calle des Marivaux y la des Ecrivains, «sobre una plaza vacía que había comprado». Encontramos el testimonio de esta perfecta unión conyugal, en el Traité des Figures Hierogliphiques, (Tratado de las Figuras Jeroglíficas), en un pasaje que es relativo al singular Libro de Abraham Judío y que hemos examinado en nuestra Introducción del Libro mudo.

Digamos nuevamente, de pasada, que sería bueno que el estudiante se refiriese, en Las Moradas Filosofales, a la interpretación que Fulcanelli propuso del libro de Flamel, «dorado, sumamente viejo & muy grande». Este libro del que el cáustico Du Fail estaba bien alejado de entrever tan solamente la calidad real, así como estuvo bien inquieto por suministrar la menor justificación de su calumnia gratuita y lanzada a propósito de los pórticos de iglesias, «que Nicolás Flamel, grande y soberano sacamuelas en este oficio, había hecho construir.»

Tendremos todavía ocasión, en el curso de la presente obra, de volver a colocar, bajo su verdadera luz, al filósofo parisino Junto a su inseparable esposa.

Volvamos, por el momento, al curioso librito que Zachaire declara haber redactado, voluntariamente, en lengua vernácula, y que encierra una buena parte de seria biografía de la que los filósofos, en general, son muy poco gustosos. Ésta comporta las veinticinco páginas de todo un capítulo que viene tras la dirección «al bondadoso lector» y que se presenta bajo el siguiente título:

«Se sigue la primera parte, en la que el autor declara la forma por la que ha llegado al verdadero conocimiento de esta divina obra.»

Rápidamente Zachaire pasa a los hechos de forma prometedora:

«Pues primeramente para contar el verdadero orden del tiempo, & la forma en que he llegado a ello, a la edad, de veinte años o alrededor, tras haber sido instruido por la solicitud & diligencia de mis padres, en los principios de Gramática en nuestra casa, fui enviado por ellos a Burdeos, para ver las artes en el colegio, porque había en él ordinariamente maestros sumamente sabios, en el que estuve tres años estudiando casi siempre la filosofía.»

Para el alquimista, que había sido un brillante educando, en escolástica, en Burdeos, y después «de las leyes» en Tolosa, fue una conducta excepcional, que no escribiese en latín su «muy excelente opúsculo». Es por esto que en el temor de ser «agriamente reprendido & tasado» por los prudentes, experimentó la necesidad de justificar, costase lo que costase, su temeraria y peligrosa indisciplina, con respecto a la filosofía divina:

«En cuanto a que lo haya puesto en lenguaje vulgar, que sepan, que no he hecho en esto nada de nuevo, sino más bien imitado a nuestros autores antiguos, los cuales han escrito todos en sus lenguas, como Hamech el filósofo Hebreo en lenguaje hebraico, Thebis, Haly, filósofos Caldeos, en su lengua Caldea, Homero, Demócrito, Theofrasto y tantos otros filósofos Árabes, en su lenguaje arábigo. Morieno, Raymundo Lullio, & muchos otros filósofos latinos en lengua latina, a fin de que sus sucesores conozcan que esta ciencia divina ha sido entregada a las gentes de sus naciones.»

La explicación y la retahíla son evidentemente especiosas, ya que todas estas lenguas antiguas eran reputadas, ya en el siglo XVI, de sabias. Para Zachaire ésta fue, no obstante, la ocasión, en el entusiasmo de los comienzos y a través de los yerros de la juventud, de ofrecer, a la posteridad, el ejemplo magnífico y personificado de la paciencia en la prueba, de la perseverancia en el esfuerzo y de la resistencia en la tenacidad. Ciertamente, siempre es posible, y fácil sobre todo, criticar, incluso guasearse; ello no impide, sin embargo, que, pese a lo endurecido que pueda uno encontrarse, las confidencias recogidas, en la ocurrencia, fuercen la admiración.

Denys tenía veintitrés años de edad, cuando dejó la capital de Guyenne, a fin de establecerse, para sus estudios, en la del Languedoc:

«Pues en cuanto estuve en Tolosa me puse a erigir pequeños hornos, siendo ratificado en todo por mi maestro, después de los pequeños vine a los grandes, tan bien que tuve una habitación toda rodeada de ellos, unos para destilar, otros para sublimar, otros para calcinar, otros para hacer disolver en el baño María, otros para fundir.»

Guardamos, con demasiada fuerza y fidelidad, el recuerdo, por otra parte exento de toda lamentación, de los sacrificios que consentimos en nuestra juventud, para no ser conmovidos, profundamente, con la lectura de las atractivas páginas de esta primera parte, del Opúsculo de Zachaire, «en la que el autor declara la forma por la que ha llegado al verdadero conocimiento de esta obra divina.»

No sería aquella, al comienzo, más que la adquisición de los libros cuya lectura repetida se muestra indispensable, a fin de que se afirme la vacilante marcha del neófito hacia la entrada al santuario.

Denys Zachaire, tan pronto como llegó a París, «al día siguiente de todos los santos, en el año 1546», compró obras, por la suma de diez escudos. Volúmenes tanto antiguos como modernos, «una parte de los cuales estaban impresos, & los otros escritos a mano, como la Turba de los filósofos, el buen Trevisano, la Lamentación de naturaleza, & otros diversos tratados que no habían sido impresos nunca.»

Tras haber arrendado una pequeña habitación, en la barriada de Saint-Marceau, se enclaustró en ella durante un año, trabajando día y noche, sobre sus autores, y no teniendo más que un joven muchacho que le ayudaba en su quehacer doméstico.

Esto nos recuerda bien nuestros múltiples esfuerzos, cuando solicitábamos los primeros favores de la Dama por excelencia; esto nos recuerda bien, en particular, nuestra primera compra, a principios de 1920, al difunto librero Lucien Dorbon, cuando estaba instalado en la calle de Seine, de la rarísima colección que contiene los siguientes escritos:

La Nueva Luz, el Tratado del Azufre del Cosmopolita, La Obra regia de Carlos VI, Rey de Francia, El Tesoro de Filosofía u Original del Deseo deseado de Nicolás Flamel, Del admirable Poder y Potencia del Arte & de la Naturaleza por Roger Bacon, El Arte transmutatorio del Papa Juan XII, de este nombre.

El precio fue elevado: ¡150 francos! ¡Es decir, exactamente la tercera parte de nuestro salario mensual, en la fábrica de gas de Sarcelles! Es verdad que estábamos alojados en ella, que teníamos ahí, de modo semejante gratuito, la calefacción a coque y el alumbrado a gas de hulla, el cual era perfecto, gracias al pico completado de la camisa del mechero. Este pequeño dispositivo encañado nos hace pensar en el retruécano que mucho divertía a Fulcanelli, aficionado como era a las agudezas mentales y que una reputada marca de aparatos de alumbrado por gas, ahora desaparecida, utilizaba para su reclamo.

La sentencia popular, los pequeños arroyos hacen los grandes ríos, devenía así, los pequeños quemadores hacen las grandes luces.

Mas, ¿quién se acuerda de ello hoy en día? y ¿dónde están pues, ¡Gran Dios!, las nieves de antaño?

Es ahí, en esta fábrica de la compañía Georgi y en la pequeña cámara del primer piso, en la que acababa de morir nuestro padre, ante la sala de los depuradores, que efectuamos la famosa transmutación, hace, este año, justo medio siglo[7].

CAPÍTULO II - SABIDURÍA Y DISCIPLINA

Los Filósofos no hacen un misterio de su voluntad reflexionada de apartar a los indignos. Saben que aquellos están privados, en la base, de la eficiente gracia de la vocación y, en consecuencia, del amor, del coraje y de la paciencia necesarios.

El gran esfuerzo a suministrar les detiene pronto sobre el umbral del regio palacio en el que no se entró nunca a la llegada.

En el fondo, la Verdad es simple, y no la repetimos nunca lo bastante, haciendo eco, también esta vez, a la afirmación de Bernardin de Saint-Pierre, en su Chaumiére indienne (choza india), quien no dejó de añadir:

«No se la encuentra más que en la Naturaleza, y no se la debe decir más que a las gentes de bien.»

Sólo las condiciones exteriores, que pronto veremos, la complican increíblemente, para el laboratorio. ¡Ay! es probable que, presentada sin velo y en el brillo esplendoroso de su límpida constitución, la Verdad no pueda fijar la atención, si no es la del diablo en persona. Exceptuado el conjuntivo, que da nuestra opinión, es de ello que estaba persuadido el Cosmopolita y que expresó en su Nueva Luz:

Numerosas veces ha sucedido que insinuase el arte palabra por palabra a algunos, pero no han podido seguirlo en modo alguno.

Aliquoties accidit, ut quibusdam de verbo ad verbum artem insinuarem, sed nequaquam assequi potuerunt.

En este mismo tratado, Cosmopolita había enumerado, precisamente y de forma concisa, las indispensables virtudes que son requeridas para la práctica de la alquimia:

Los escrutadores de la Naturaleza deben ser como la Naturaleza misma, verídicos, simples, pacientes, constantes, etc., y, lo que es lo principal, piadosos, temerosos de Dios, no dañantes del prójimo.

Scrutatores Naturae, tales esse debent, qualis est ipsa Natura, veraces, simplices, patientes, constantes & c, & quod maximum, pii, Deum timentes, proximo non nocentes.

Pasando a lo singular, el Adepto vuelve, en el capitulo que sigue, sobre la ineluctable necesidad:

He dicho también que importa que el escrutador de la Naturaleza sea verídico, simple, paciente, constante, al menos aplicando su espíritu a una sola cosa.

Dixi etiam scrutatorem Naturae esse oportere veracem, simplicem, patientem, constantem, unicae rei animum applicantem & c.

Cuadro perfecto de la personalidad moral del neófito que no permanecería menos en guardia, en sus contactos con el individuo, en el seno de la sociedad. Es por esto que Filaleteo incitó al alquimista operativo a la mayor prudencia, en cuanto a su comportamiento en la inextricable jungla que constituye la colectividad de los hombres:

Pero los hábiles son astutos, sutiles, perspicaces y con seguridad son penetrantes como Argos; algunos son curiosos, otros maquiavélicos, quienes buscan muy profundamente en la vida, las costumbres y las acciones de los hombres, y de quienes, al menos, si el comercio es íntimo, es dificilísimo ocultarse.

Ingeniosamente autem sunt vafri, subtiles, perspicaces, & quidem at Argi sunt oculati, quidam curiosi sunt, quidam Machiavelliani, qui inquirent in vitam, mores, atque hominum actiones peritissime, a quibus saltem, si familiaris adsit noticia, latere est perdifficilé.

El natural humano tiene dos alternativas, a saber: ser bueno o malo irremediablemente. Sobre uno u otro se establece, en el diapasón correspondiente, magnífico o bien menospreciable, el ineluctable comportamiento de cada individuo. En consecuencia, he aquí lo que sucede y que rimó el buen hombre de La Fontaine, por otra parte bastante oscuramente, en La Gata metamorfoseada en Mujer. Sólo la conclusión se deja entender bien:

En vano de su marcha ordinaria

Se le quiere desacostumbrar,

Sea lo que sea que se pueda hacer,

No se sabría reformarlo.

Lo que declara, en suma, muy vigorosamente, el verso del viejo Horacio:

Naturam expellas furcâ, tamen usque recurret.

Aunque expulsaras a la naturaleza a golpes de horca ella volvería siempre corriendo.

Es de ahí que ha venido el infalible proverbio:

«Echad lo natural y volverá al galope.»

No son únicamente los más malos quienes hacen el mal, pues gentes honestas se aplican a él, no dándose cuenta, ciegamente impulsadas por su convicción y su partido tomado, no sin que, por otra parte, el valor de la objetividad se encuentre comprometido por ello. El ejemplo de ello nos es dado por el abad Villain, biógrafo parcial de Nicolás Flamel, quien cayó, por añadidura, en la enojosa tergiversación contra la que se eleva victoriosamente la máxima bien conocida:

«Quien prueba demasiado no prueba nada.»

Buscar explicaciones que satisfagan la razón, con respecto a gastos que uno se ha aplicado ya a minimizar lo más posible, implica el reconocimiento e instala la certidumbre de estos gastos mismos. Aquellos a los que se entregó el Adepto de la calle des Marivaux, innegablemente, se mostraban sin relación con los beneficios de un escribano público, aunque fuese, a la vez, contable y contencioso, iluminador y calígrafo.

Tomemos acta, no obstante y en toda honestidad, de que, sin el abad Villain, laboriosamente resuelto a despojarlos y a copiarlos, no habríamos tenido conocimiento hoy en día de los archivos y de las piezas originales de Saint-Jacques-de-la Boucherie, los cuales, tras él, desaparecieron, poco más o menos, en su conjunto. Es por esto que es grande el motivo de que los amantes del pasado le conserven mucha gratitud.

¿No estaba acaso, profundamente, en la naturaleza de este eclesiástico decidir que no pudo nacer todo, sino de la extrema y estricta economía? No lo condenaremos por ello, pero no nos impediremos más encontrar ahí un poco la explicación de su meticulosa cabezonería.

El señor cura de Saint-Jacques-de-la-Boucherie recibía mucho de correo, de esquela, de consejo; se tratase de matrimonios, de servicios fúnebres, de bautismos o bien de entierros. Es así que, a fin de satisfacer su propensión a la economía mezquina, no dejaba de utilizar los blancos que dejaban, sobre el papel, la escritura o la imprenta.

Es por esto que no ha estado sin interés para nosotros, ni sin gran emoción tenemos que añadir, encontrar una de estas banales invitaciones a participar del gozo o la pena, impresas en obediencia a las costumbres sociales y que permanecen semejantes para todos los siglos; sean del tiempo de Luis XV o del de la quinta República.

Damos aquí la fotografía del anverso de un billete de misas de Fin de año, cuyo reverso se muestra recubierto, no menos completamente, de pasajes extraídos de L ‘Année littéraire, (El año literario), seguidos inmediatamente por las refutaciones correspondientes del abad, en controversias apasionadas con el religioso Dom Antoine-Joseph Pernety (Pl. VI). En efecto, el benedictino de la Congregación de Saint-Maur, en la revista de Elie Fréron, tenazmente opuesto a los falsos filósofos de la Encyclopédie (Enciclopedia), combatía con energía la tesis hostil y falaz que sostenía Etienne-François Villain, respecto a Nicolás Flamel y su mujer Perrenelle.

VI. El inquisidor curioso podrá releer estas notas manuscritas —exceptuadas algunas breves variantes— en los dos libros impresos del erudito historiador de la parroquia de Saint Jacques-de -la-Boucerie y, pronto, biógrafo acerbo de la pareja Flamel.

Dom Pernety, que vivió en el siglo XVIII (1716-1801) dejó un par de obras de innegable utilidad[8], que ayudan a despejar la significación alquímica de las mitologías de Egipto, de Grecia y de Roma. Ganado para el iluminismo que debía tomar una discreta parte en la revolución francesa, el sabio hermetista parece no obstante haber trabajado en el horno, tal como es posible inducirlo, a partir de la mención que subraya el nombre del artista Kernadec de Pornic, al comienzo mismo de su pequeño tratado:

«Discípulo de Dom Pernety.»

Se trata de Le Livre des XXII Feuillets hermetiques, (El libro de las XXII hojas herméticas), que, contrariamente a lo que el hijo de la ciencia podría pensar de buenas a primeras, ante el pequeño matraz cerrado a la lámpara, ofrece, en realidad, el proceso de la vía seca.

La reputación de Nicolás Flamel, según la cual poseía la Piedra Filosofal y fabricaba plata y oro en profusión, se muestra tanto más sólida, cuanto que estaba basada sobre todo sobre la fiel y reconocedora memoria de los hombres. El recuerdo del generoso alquimista subsistía todavía tan viva, en el siglo XVIII, que se estimó que devenía necesario disuadir sabiamente a los sostenedores convencidos de una tradición cierta y positiva.

Es así que nació el libro más resueltamente subjetivo y el más antiguo entre los que suscitaron el piadoso alquimista y su esposa Perrenelle. Hemos subrayado el calificativo, para que lo sea también, de forma moderada, el encarnizamiento que gastó el abad Villain, en su obra, a fin de que resultase de ello la conclusión, de que los dos laboriosos esposos no sacaban, de la alquimia, sus considerables recursos. He aquí, hablando elocuentemente, el título de este volumen que ha devenido muy raro:

Histoire critique de Nicolas Flamel et de Pernelle sa femme; recueillie d’Actes anciens qui justifient l’origine & la médiocrité de leur fortune contre les imputations des Alchimistes.

On y a joint le Testament de PERNELLE & plusieurs autres Pieces interessantes.

Par M. L. V.

(Historia crítica de Nicolás Flamel y de Pernelle su mujer; recogida de antiguas Actas que justifican el origen & la mediocridad de su fortuna contra las imputaciones de los Alquimistas.

Se ha añadido en ella el Testamento de PERNELLE & muchas otras Piezas interesantes.

Por M. L. V.

Es él quien pone en mayúsculas el nombre de Pernelle que nosotros ortografiamos Perrenelle, por la razón de que está así en Las Figuras jeroglíficas y el manuscrito del Caballero de Molinier; en fin, porque este nombre no deja de evocar la perennidad adjudicada a la todopoderosa Dama de la Gran Obra. ¿Por qué este autor, de implacable perseverancia, que no hizo jamás misterio de su identidad, firmó sin embargo su enorme panfleto de tabelión, con una prudencia por lo menos exagerada, con estas tres mayúsculas anónimas? Sin duda hay que entender:

M(onsieur) L(’abbé) V(illain)[9]

En todo caso, las tres siglas llevan al menosprecio, ya que fueron la causa de que muchos comprendieran equivocadamente:

M(onsieur) L(e) V(illain)[10]

Por lo demás, no anticipamos más sobre el trabajo que reservamos al caritativo Adepto de París, y del que ya hemos sacado nuestra introducción el último año, para El Libro de las Figuras jeroglíficas.

A la inversa de Nicolás Flamel, es verosímil que no lleguemos a los cuatrocientos años, antes de que seamos minuciosamente espulgados sin particular benevolencia.

Ya bien avanzado en edad, imaginamos fácilmente la chifla, en la eventualidad desgraciada de que la muerte nos sorprendiese, sin que hubiésemos llegado al término de nuestros esfuerzos, es decir, sin que hubiésemos recibido el Don de Dios. Sabemos, por ejemplo, que se interroga mucho, en cuanto a este tiempo que utilizamos para librarnos a la literatura didáctica. Que se sepa bien entonces, que nos sentimos un poco responsable de la profunda seducción que ejerce la alquimia, desde hace quince años, sobre los mejores, sobre todo en el seno de la juventud. Todo desfallecimiento en el deber de sostener este saludable impulso, sería con seguridad, por nuestra parte, la más lacia de las traiciones.

Que se sepa bien asimismo, que si este trabajo de la pluma grava el peso de los esfuerzos que empleamos en el laboratorio, no podría comprometer en modo alguno ni su constancia, ni su desarrollo.

Sí, es en el dominio operatorio y positivo, que se sitúa la razón esencial, y sin duda la única, del amor que llevamos a la Ciencia. Así, no carece de lamento, que sustraigamos numerosas horas a la práctica del laboratorio, de la que confesamos muy de buena gana, que recibe, en verdad, lo mejor de nuestra atención.

Si buscamos el Gran Secreto, es, bien seguro, en la esperanza de encontrarlo. ¡Ay! no está forzosamente en nuestro destino, que lleguemos hasta el término supremo y que accedamos al sublime estado…

El estudiante no ignora ya, ahora, que la Piedra Filosofal es lo que se ventila en la Gran Obra, que ella es la Medicina Universal, y no solamente el agente de la transmutación de los metales inferiores en plata o en oro. Sabe que ella dota al Adepto, (adeptus, que ha alcanzado u obtenido) de la vida eterna, del conocimiento infuso y de las riquezas temporales, en el sentido más absoluto de estos tres vocablos y de sus epítetos.

El Adepto que comentó las estrofas italianas de Fray Marco-Antonio, señaló exactamente el mismo triple privilegio:

Poned cuidado en comprender la Piedra de los Filósofos, y al mismo tiempo habréis alcanzado el fundamento de vuestra salud, el tesoro de las riquezas, la noción de la verdadera sabiduría natural, y el conocimiento cierto de la naturaleza.

Lapidem Philosophorum intelligere, curae sit vobis, & fundamentum sanitatis vestrae, tesaurum divitiarum, notitiam verae naturalis sapientiae, & certam naturae cognitionem eodem tempore adepti eritis.

Importa que la Verdad sea ocultada bajo la aparente confusión de sus elementos mismos, no únicamente a fin de defenderla, sino también para conservarla toda su seducción. Con este propósito, también Alexander Sethon, dirigiéndose al discípulo que tiene la frente inclinada sobre La Nueva Luz Química, formuló, por su cuenta, la razón lógica y bien conocida:

No quieras estar afectado, porque cosas contradictorias, a veces, se presenten a ti en mis Tratados, según la regla de los Filósofos en uso, de las que tienes necesidad, si comprendes que la rosa no se encuentra sin espinas.

Noli moveri, quod aliquando contradictoria in meis Tractatibus, more Philosophorum usitato tibi ocurrant, opus habes illis, si intelligis, non reperitur, rosa sine spinis.

Por lo demás, hay que ser prudente, si nos referimos para ello a Eireneo Filaleteo quien, cuarenta años más tarde, se unió por añadidura a la reflexión de Cosmopolita. Resulta claramente que la relativa facilidad de ejecución, en la Gran Obra, constituía antiguamente, para los artistas experimentados, una preocupación muy real que formularon frecuentemente. En consecuencia, el Adepto inglés por nacimiento, cosmopolita de morada —natu anglicum, habitatione cosmopolitam— volvió sobre el preocupante tema y precisó no haber ocultado más que el régimen, antes de subrayar la supuesta banalidad:

Y te juro de buena fe, que si tan sólo fuese expuesto aquél a plena luz, los mismos necios se mofarían del Arte.

Et juro tibi sub bona fide, quod si hoc solum preponeretur palam, stulti ipsi Artem riderent.[11]

Desgraciadamente, ¿no es bien cierto que un manipulador, sin mérito moral, pero muy diestro y sumamente al corriente de las operaciones, llegaría a triunfar en ellas?

En todo caso, el alquimista vigilará siempre no dejarse sorprender, y no devenir, incluso involuntariamente, una causa de escándalo. Nos hemos aproximado al hecho, muy recientemente, con un periódico recién nacido que ha reunido, con alboroto, sobre su primera página en dos colores, la difunta Iglesia católica con su imperecedera raíz. En suma, la pobre figura del papa y la alquimia transmutatoria, deshonrada en la ocurrencia.

Esta interviú (interview) —íbamos a escribir en mal francés, esta entrevue[12]— habrá demostrado por lo menos hasta qué punto pueden cambiar la manera y el tono, según que hablemos nosotros mismos o bien que se transmita lo que hemos dicho.

Debemos insistir sobre la cualidad indispensable, sine qua non, que es la del absoluto desinterés, sobre todo en relación con el dinero dispensador de los bienes y de los disfrutes temporales y, por lo mismo, adversario feroz de toda sabiduría.

Hemos citado el caso de Etteilla proponiendo, bajo el reinado del infortunado Luis XVI, el extraordinario espectáculo de la Gran Obra por la vía húmeda, a cambio de tres libras por día, o del abono, sorprendentemente ventajoso, de treinta libras por mes, o sea, de un luis de oro y un escudo de plata[13].

Convengamos que el opúsculo de Etteilla, de quien el nombre Alliette es leído así al revés, conserva todo su valor, del mismo modo que guarda el suyo, el volumen de Cambriel[14]. Ello no impide, sin embargo, que, en el caso de este último, la fórmula ofrecida por el alquimista necesitado, y de la que quería que fuese de un gran beneficio, no se presente ya más como un ejemplo a seguir.

Este anuncio, que había hecho pasar en Les Petites Affiches (Los pequeños Anuncios), no dejó de sorprendernos y afligirnos, tras que hubiésemos comprado en Dorbon, su libro ya rarísimo, en el año 1920, y del que guardamos la cubierta haciéndolo encuadernar. ¡Caramba!, el atrayente reclamo que concentraba la subyacente preocupación del Curso, no militaba apenas en favor de una formación altamente filosófica. El estudiante lo juzgará, sin que sea necesario que comentemos el texto que es muy salubre que demos in extenso. Sin embargo, a fin de abreviar un poco, suprimiremos el primer párrafo en el que Cambriel teme sin razón no ser clasificado entre los locos que buscan la Piedra Filosofal:

«Como estamos convencidos de lo contrario por una larga experiencia, y hemos llegado por un trabajo de veintisiete años a encontrar el medio de poder reducir todos los metales ordinarios en oro fino, y que tenemos la seguridad de la verdad de la transmutación metálica de esta divina ciencia, no tememos exponernos al ridículo de los que no han querido tomarse el esfuerzo de convencerse de su realidad.

Osamos pues ofrecer veinticinco mil francos de beneficio por cada mil francos prestados, a quien quiera acordarnos su confianza, y quiera suministrarnos 6.000 fr., suma suficiente para acabar nuestro descubrimiento, la cual suma no nos será remitida más que en diez pagos, uno cada mes, salvo el primero que será de 1.200 fr.

Si esta oferta que parece de buenas a primeras tan difícil de poder cumplir como el descubrimiento mismo, puede agradar a cualquier aficionado a la fortuna, se le asegura de antemano que no tendrá sino que loarse de haberse ligado en negocios con el proponiente, quien dará sobre su moralidad todos los informes que se puedan desear.

Si el gran comercio que emprende toda suerte de especulaciones y siempre con mucho menos beneficio, y que expone gruesos capitales para ganar un 10, un 15 o todo lo más un 30%, encuentra en esta oferta un beneficio suficientemente fuerte, puede aceptar de ella una parte, o la oferta entera.

Dirigirse, francos de portes, a L. C…, c/o. M. Rivet, carpintero, calle Judas, Nº 8, París.»

La investigación de la alquimia se impone como una necesidad natural que es imposible refrenar. Exactamente, se instala con todo el cándido carácter de la vocación.

¡Ay! ¿A qué podría conducir, en la ciencia de Hermes, que se forzase a ella, por ejemplo, un adolescente, como se hace a menudo, a propósito de todo arte o de cualquier oficio?

Hemos empleado el término vocación, que es, con seguridad, el más idóneo, por lo tópico, osamos decir, y que evoca la misma gracia particular, tan indispensable a la función religiosa. Es cierto que el prosélito, que no ha recibido la llamada de Dios (vocatio), no se desprenderá jamás de la servidumbre estéril, del empirismo engañoso, pertenezcan a la especulación o al laboratorio.

Este blanco, restado al capítulo, nos permite expresar nuestra profunda indignación, ante una nueva traición, perpetrada, esta vez, bajo la máscara sonriente de la amistad. Esto, al nivel del periodismo de bajísima calidad, en un semanario que es especialista de las sensaciones fuertes para pobres gentes enfermas de ocultismo y de ciencia-ficción.

CAPÍTULO III - SOLICITACIONES ENGAÑOSAS O INSENSATAS

Se podría creer, de buenas a primeras, que no fuésemos a volver sobre el propósito que ya hemos incluido en nuestras Consideraciones liminares. Debemos hacerlo, pues la mala literatura, que hemos denunciado entonces vivamente, no alcanza, y de muy lejos, a la nocividad de la que es urgente que no aplacemos más condenarla también, y que se muestra infinitamente más seductora, dañina y peligrosa. Esto en razón incluso de la reputación y del éxito de los diferentes autores que consideramos, en el seno del heteróclito e inmenso dominio del intelecto y del psiquismo.

Hemos sido así conducidos a reconsiderar el valor de ciertas obras, contra las que es ahora oportuno poner muy seriamente en guardia al discípulo de alquimia. En particular y en primer lugar, las de Gaston Bachelard, quien, sin embargo, hubiese parecido deber mostrarse el último en arrojarse a la excentricidad filosófico-científica.

Desgraciadamente, la ocasión no es única, de que tengamos que señalar inconcebibles torpezas de lenguaje, amenos que no se trate, ¡ay!, de sacrilegios teóricos, perversamente erigidos. Estas palabras no tienen nada de desproporcionado, tal como nuestro lector lo constatará, como lo hicimos nosotros mismos, en la más penosa estupefacción.

En qué mezquina consideración, no teníamos in petto, fuera del coro de los turiferarios, al famoso Gaston Bachelard, cuando, con él, el raciocinio solicitaba la autoridad del dogma. Tributario de Sigmund Freud, el sonriente campeón francés del examen psicoanalítico, en su actividad precursora del actual erotismo, se entregaba a su cerebral y muy solitaria masturbación de la que conocemos, en cuanto a la alquimia, las eyaculaciones sucesivas, siempre copiosas y estériles.

Que el estudiante, nuestro hermano, de quien la estima nos es cara, quiera perdonamos, que demos de esta suerte nuestra publicidad a las enormidades que vamos a ver juntas y que son bastante poco comunes. Es verdad que estábamos ya sobre el punto de volver a colocar las cosas en buen orden, cuando redactamos nuestros prefacios para los Fulcanelli e incluso nuestros comentarios para El libro mudo —Mutus Liber— y no comprendemos ya, a distancia, qué suerte de pudor pudo bien retenernos entonces.

En cualquier caso, no debería creerse que fuéramos ignorantes de tales insensateces de las que, por lo demás y no obstante nuestra repugnancia, debemos someter, en este lugar, el doloroso muestrario.

El ilustre Bachelard cae sobre el pasaje del Triunfo hermético, frecuentemente citado en ejemplo, de este tratado precioso que, ciertísimamente, no ha leído y del que confiesa no conocer el autor, es decir, ignorar hasta el nombre de nuestro querido Limojon de Saint-Didier. Estas líneas retomadas de Aristóteles, según el Adepto del Gran Siglo, desarrollan, evidentemente, el aforismo que hemos examinado precedentemente, en la enriquecedora compañía del estudiante Marcelin Berthelot:

«Oh, cuán admirable es esta cosa, que contiene en ella misma todas las cosas de las que tenemos necesidad. Ella se mata ella misma; & a continuación vuelve a tomar vida de ella misma; se esposa con ella misma, se embaraza ella misma, nace de ella misma; se resuelve con ella misma en su propia sangre; se coagula de nuevo con ella, & toma una consistencia dura; se hace blanca; se hace roja con ella misma; no la añadimos nada más, & no cambiamos nada en ella, si no es que separamos de ella la grosería & la terrestreidad.»

Habiendo truncado el párrafo, a fin de que se adaptase mejor a su mala interpretación, el pretendido filósofo, que luchaba, verosímilmente, con su propia libido, pronunció, sobre esta exposición de la Verdad científica, la más inesperada y asombrosa de las conclusiones:

«Un psicoanalista reconocerá fácilmente el onanismo.»

¡Santo Dios! La perspicacia se comprueba prodigiosa, en el honorable profesor que acababa de declarar sin vergüenza y en la mayor serenidad de espíritu, en cuanto a la decencia personal y la honestidad profunda:

«Y he aquí la soledad que deviene mala consejera. Una soledad tan tenaz como la del velador de hornos alquímicos se defiende mal de las tentaciones sexuales. Por ciertos lados, se podría decir que la alquimia es el vicio secreto.»

La opinión, que no reclama el menor comentario y no es explicada, ni más aún justificada por el contexto, no dejó, se puede estar seguro de ello, de sorprendernos y afligimos profundamente, desde que apareció el libro, en el año 1934. En todo caso, ¿no era esto interpretar, muy ligera y singularmente —esto sería lo menos que podríamos decir— la partenogénesis mineral sobre la que fue edificada la Iglesia de Pedro? Mas es ésa una hermenéutica especial que la dialéctica de la psicosis quedaba a mil leguas de entrever solamente.

Hace además, al tuntún, esta constatación seguida, inmediatamente, de una pregunta que parece ridícula hasta el absurdo:

«Un autor anónimo desaconseja para la gran obra (sic) la sangre y el esperma humano. ¿Por qué pues era necesario desaconsejarlo?»

Sí, ¿por qué? ¿Por qué, sobre todo, no haber leído muy humildemente, honestamente, el libro de Limojon entero? ¿Por qué, en fin, no haber designado la obra del desaconsejador anónimo?

Profesor honorario, miembro del Instituto, Gaston Bachelard había quizá olvidado la sintaxis de las palabras, que se aprendía a fondo para el certificado de estudios de la enseñanza Primaria. Generalmente femenina, oeuvre (obra) es del masculino «cuando designa la piedra filosofal», dice Claude Augé, a continuación de Littré y de Bescherelle, en su gramática del curso medio, que era la nuestra en 1911. Evidentemente, el ejemplo dado, por el lexicógrafo-editor, permanecía en la ortodoxia:

«Los alquimistas han trabajado en vano en la gran obra.»

Por lo demás, no extenderemos por más tiempo nuestras observaciones obligatoriamente severas, sobre la copia detestable y licenciosa que fue reservada a la alquimia, en La Formation de l’esprit scientifique. (La Formación del espíritu científico). Es el capítulo décimo que el retozón autor cubrió con el título conducente inmediatamente a la contestación, sin que, por nuestra parte, nos sintamos ganados por el menor cuidado de respeto alguno:

Libido y conocimiento objetivo.

Importa mucho que todo pillete disipado sea corregido de importancia, cualquiera que sea su edad, e incluso si se encuentra ahora, desde hace casi dos lustros, en el medio del Infierno o bien del Paraíso.

Si, con Gaston Bachelard, se está sumamente alejado de la alquimia real, se permanece a la misma distancia astronómica, con René Guénon, quien no vio nunca la antigua ciencia de Hermes, sino a través del deformante espejo de su híbrida obsesión hinduista y próximo-oriental.

Bien que el autor del Roi du Monde (Rey del Mundo) haya siempre ignorado la verdadera tradición de la alquimia occidental, por detenerse en el obstinado rehúse de conocer tan sólo las biblioteca de ella, sin embargo considerable, corta por lo sano, imperturbable, toda cuestión, como virtuoso de la acrobacia dialéctica. Va, funambulesco, sobre su hilo tendido entre las dos iniciaciones, de las que una es regia y la otra sacerdotal. Se levanta contra esto: que se quiera que la primera sea de Oriente Y la segunda de Occidente, y he aquí que hace largo tiempo captamos que el pronombre indefinido disimulaba apenas este Fulcanelli aborrecido, de quien no gustaba apenas que se hablase, bien que El Misterio de las Catedrales y Las Moradas Filosofales hubiesen aparecido, uno en 1926, el otro en 1930.

A este respecto, recordemos, de pasada, que Grillot de Grivy adoptó la misma actitud de hostilidad, de tal manera retomada por el grupo de sus admiradores, que fuimos constreñidos a señalarla y a infamarla, en nuestro tercer prefacio para el primer libro del Maestro. Este trozo sin algún interés, eso nos parece, que la edición en lengua inglesa ha reemplazado por una introducción, verosímilmente necesaria para ganar el favor del mundo anglo-sajón.

Desde el mismo punto de vista, la chaqueta en colores de esta edición londinense, con su perfil patológico y descolorido, ¡Ay!, habla de forma elocuente.

A propósito del libro de Evola, La Tradizione Ermetica (La Tradición hermética), Guenon volvió con él, bien seguro, a sus dos iniciaciones, pasiva y activa, que la desviadora confusión, según él, amenazaba:

«Es así que debemos hacer ciertas reservas sobre la interpretación que se da del simbolismo hermético, en la medida en que está influenciada por una tal concepción, aunque, por otra parte, muestra bien que la verdadera alquimia es de orden espiritual y no material, lo que es la exacta verdad demasiado a menudo desconocida o ignorada de los modernos que tienen la pretensión de tratar estas cuestiones.»

Esta pretensión, parece bien que él, René Guénon, haya sido un poco afectado por ella, cuando decreta, de esa suerte, que la alquimia es únicamente libresca y especulativa.

Más ¿quién pues podría bien comprender, por la lectura sin Parcialidad ni partido tomado, que un tratado clásico de alquimia no apunta, de lejos o de cerca, al laboratorio y sus positivas experiencias?

Algunas líneas más tarde, en el mismo informe, René Guénon rechaza la Cábala en único provecho de la Kábbala, y, lo que es mejor, emite la sorprendente duda de que el hermetismo, que fue la vida misma de la humanidad occidental, no hubiese sido nunca la tradición de ella:

«Ahora se plantea una cuestión; lo que se ha mantenido bajo este nombre de “hermetismo”, ¿constituye una doctrina tradicional completa? La respuesta no puede ser sino negativa, pues no se trata estrictamente más que de un conocimiento de orden no metafísico, sino solamente cosmológico (entendiéndolo por otra parte en su doble aplicación “macrocósmica” y “microcósmica”).»

Esto no es hacer buen mercado del antiguo texto de Hermes Trismegisto, de esta Tabla smaragdina o de Esmeralda —Tabula smaragdina— sobre la que la larga línea de los alquimistas se apoyó, desde la alta edad media, y que constituye el tratado de la Gran Obra, a la vez más corto y más completo:

Es verdad sin mentira, Cierto y muy verdadero: Lo que está abajo es como lo que está Arriba, y lo que está Arriba es como lo que está abajo para llevar a cabo el milagro de Una Sola Cosa. Y así como todas las Cosas provinieron de Uno, por la meditación de Uno: Así todas las Cosas nacieron de esta Sola Cosa por Adaptación.

Verum sine mendacio, Certum & verissimum. Quod est inferius, est sicut quod Superius, & quod Superius est sicut quod est inferius ad perpetranda miracula Rei Unius. Et sicut omnes Res fuerunt ab Uno, meditatione Unius: Sic omnes Res natae fuerunt ab hac Una Re Adaptatione.

Sí, esta Cosa única que, en el irremplazable libro de Limojon, proclamando sus filosóficas cualidades, ante el oro y el mercurio filosófico, no puede sino despertar, se acaba de verlo, el vicio del bíblico Onan, en el espíritu receptivo del tan reputado epistemólogo de la Ciudad de la Luz.

Ni más ni menos nocivo nos parece el grueso volumen de Carl-Gustav Jung, Psicología y Alquimia, quien, en una personalísima y frágil interpretación, reúne, sin embargo, un tropel de extractos de obras, de notas bibliográficas y, particularmente, de figuras simbólicas, por desgracia, reproducidas de modo sumamente mediocre y, en consecuencia, poco convenientes al examen preciso, ni por más tiempo provechosas a los es fuerzo del estudio.

Fuera de esto, de este magro botín, ¿qué podrían esperar el estudiante en alquimia y, a fortiori, el operador cuidadoso de toda verificación en el laboratorio, qué podrían esperar ambos, de un escritor especulativo que ha comprendido tan poco la Ciencia que pretende someterla a su acrobacia psicológica y conducirla simplemente a las dimensiones reducidas de sus procedimientos banales y de sus falaces inducciones? De éstas y de aquéllas, ¡ay!, he aquí el enrevesado ejemplo tomado al azar, en el grueso in-octavo, entre muchos otros que no valen apenas más:

«La profunda oscuridad que recubre el procedimiento alquímico proviene del hecho de que el alquimista, de una parte se interesa bien en la parte química de su obra, pero que utiliza, por otra parte, para imaginar una nomenclatura para las transformaciones psíquicas que, propiamente, le fascinan. Cada alquimista original se construye, por así decirlo, un sistema de ideas más o menos individual, compuesto de las palabras de los filósofos y de una combinación de analogías de los conceptos fundamentales de la alquimia, analogías que son a menudo tomadas de todos lados.»

No decidiremos de parecido embrollo, pero hay que reconocer de todos modos, que una buena dosis de sagacidad se comprueba indispensable para desenredarlo.

¡Cuánto hace falta que Carl-Gustav Jung hubiese sido conducido, también él, por el partido tomado y la suficiencia semejantemente ciegos e irreductibles, para que no hubiese sabido descubrir rápidamente, bajo la engañosa apariencia de la diversidad, la identidad y la armonía innegables de las operaciones físicas y químicas, a las que se aplicaron, en el curso de los tiempos, los Filósofos por el fuego!

Los artistas verdaderos proclaman a porfía, que hay que tomar la materia que se ofrece la más próxima. En suma el estudiante hará lo mismo en cuanto a los libros, y los escogerá entre los clásicos reputados que se quejaban ya de los perniciosos sofistas.

A falta de los ejemplares antiguos, que han devenido raros y de coste muy elevado, se decidirá, de preferencia, por las ediciones nuevas, tan bien presentadas como sea posible.

No se obtiene nada sin dar a cambio; es por esto que no hay que olvidar que el volumen mismo, en su cosa animada, constituye un substrato de magia real. En el curso de los años, incluso de los siglos, los sucesivos propietarios de un libro de estudio, desarrollan, por él, una cadena de la que queda el eslabón tangible y perdurable.

Conservemos también en la mente, que la alquimia es, para la eternidad, una joven, bella, amorosa y muy exigente, que no se place más que en el lujo (lux, lucis), es decir, en la luz.

La lectura reclama la belleza del libro, sea la de la juventud o la de la ancianidad; la belleza sin mancha, que rinde el trabajo más amable y más fácil. Ciertamente, la edición puede ser reciente, pero importa que haya obedecido a las reglas consagradas del noble arte del libro, que no haya usado en modo alguno de los lucrativos subterfugios que autorizan ciertos procedimientos modernos de rápida y mediocre producción.

La fotocopia, en particular, no debe ser más que un instrumento profesional, en el peor de los casos que permite conseguir, ganar también, a la fatiga y al tiempo. Para el estudiante, para el buscador o, mejor todavía, para el hijo de Ciencia o el fiel de Amor, la copia manuscrita que respeta, a su vez, la magia soberana, poderoso auxiliar de todo esfuerzo, nos aparece irremplazable, sobre todo a nosotros, que la hemos practicado durante tan largo tiempo, con tanto ardor y placer.

Ello, sin que consideráramos siquiera el viejo adagio que promete una doble suerte al esfuerzo, ya que, según él, quien escribe lee dos veces:

Qui scribit bis legit.

Nicolás Flamel no dejó de sacar todo el honesto provecho, a la vez temporal, espiritual y científico, de su caligrafía cursiva o aplicada, en el seno del gabinete que, en la méson (casa) de La Fleur de Lys, alojaba los pupitres de sus educandos y de su cátedra; ahí donde escribió «me ganaba la vida en nuestro Arte de Escritura». Piadosamente solicitaba, cada día, la bendición divina para el laborioso local, en su convicción de la identidad perfecta de la alquimia con la significación secreta de las Santas Escrituras.

En sus silenciosas scriptoria —estas cámaras reservadas a los escribanos y a los iluminadores— los monjes pronunciaban la oración semejante que refirió Du Cange, según el muy sabio hombre Lucas Acher, en estas palabras:

Dignaos bendecir, oh Señor, este Escritorio de tus servidores y todos los que moran en él, afín de que sea lo que sea de las divinas Escrituras, que haya sido leído o escrito por ellos, lo capten por los sentidos y lo acaben por el trabajo. Por el Señor, etc.

…a viro doctissimo Luca Acherio…, in haec verba: Benedicere digneris, Domine, hoc Scriptorium famulorum tuorum, et omnes habitantes in eo, ut quicquid divinarum Scripturarum ab eis lectum vel scriptum fuerit, sensu capiant, opere perficiant. Per Dominum, et caetera.

En consecuencia de lo que precede, que el neófito guarde presente en la memoria, el comentario que sigue, del estudioso y constante Zachaire, en el aviso al lector bondadoso de su muy excelente opúsculo:

«Y en cuanto a lo que dicen de que nuestra ciencia es aborrecida del vulgo común, no es así: pues la verdad, siendo primeramente conocida, ha sido siempre amada, sino que éstas son los engaños & falsas sofisticaciones, como declararé más ampliamente en la primera parte.»

La filiación exige la humildad. Al nivel inferior del pretencioso egocentrismo, evidentemente, nadie puede encontrar al inestimable primogénito; nadie, no más que Gaston Bachelard, Carl-Gustav Jung o René Guénon, sabría ser Pirófilo, ni conversar con Eudoxio, del mismo modo que sobre esta imagen rara y bella, de la conversación que refirió y comentó el sabio Limojon (Pl. VII).

Con la ayuda de una filacteria en espiral, Eudoxio habla, y, al mismo tiempo, por el gesto, de sus índices apuntantes, relaciona el resplandeciente sol con la corona del Adepto, que es la de los Dioses y que sostiene humildemente al discípulo de Ciencia:

Oh hijo, afuera, saca del rayo, su sombra.

En el marco rectangular de la composición grabada, el viejo Filósofo prosigue:

Aquí, querría que percibieses e/punto en el que el Sol se eleva, no en dondequiera que es visible de día, sino este lugar en el que fue creado en el origen.

Cuán alejados estamos, a este nivel, protestaremos una última vez, del desequilibrio mental, y cuánto más vale, con seguridad, no ser más que un «quemador de carbón» —como se nos designa peyorativamente— antes que un necio moldeador de venta y de palabras inútiles.

Por lo demás, y pese a toda nuestra repulsión, era expediente que hiciésemos este desbaste, muy breve y circunscrito, para el que parecería bien, que en el seno del presente eterno, Eudoxio nos hubiese felicitado, en el Triunfo.

«Loo extremadamente la fuerza con la que sé que habéis combatido los discursos ordinarios de ciertos Espíritus, que creen que les va en ello su honor, tratar de ensueño todo lo que no conocen; porque no quieren, que se diga, que otros pueden descubrir verdades, de las que ellos no tienen inteligencia alguna.»

VII. He ahí el encuentro de Eudoxio y de Pirófilo que dialogan sobre la vía seca y que tienen a sus pies el jeroglífico del sujeto, así como el crisol que oculta, en actividad, el fuego secreto de los labios. La gruta, y el dragón que devora su cola, dan nacimiento a la corona de realeza divina sostenida por el discípulo.

CAPÍTULO IV - LENGUAJE Y CÁBALA HERMÉTICOS

Este capítulo viene a añadirse, de cierta manera, en ilustración, al que Fulcanelli escribió en Las Moradas Filosofales.

No deberá uno sorprenderse del alcance que dio el Maestro a la lengua de los pájaros, ya que él conoció a Grasset d’Orcet.

En consecuencia y deliberadamente, imprimiremos al debate, un sesgo por el que el discípulo mismo no deberá ser trastornado. Ciertamente, debemos considerar, de antemano, que ha leído Los Viajes en diferentes y lejanas naciones del Mundo[15], pues, en caso contrario, no podría comprendernos.

No nos es posible avanzar que el comentarista del Songe de Poliphile (Sueño de Polifilo), evocado en El Misterio de las Catedrales, haya sido alfileteado por el lenguaje en acertijos de Jonathan Swift. No más nos está permitido decidir que el deán de Saint-Patrick haya sufrido la influencia de los retruécanos linterneses de François Rabelais. Es por otra parte probable que el truculento beneficiario del cura de Meudon haya sido pasablemente deudor de Francesco Colonna, es decir, del monje que fue el autor del célebre Sueño de Polifilo.

Esta era la opinión de Grasset d’Orcet, quien se mostraba mucho más cerca de Jonathan Swift y de su esteganografía, cuando citó, en ejemplo de dulcificación del rigor jerárquico, un principio de la antigua francmasonería, que se formulaba en este dicho:

Bercail frimaçons tous égals

(En el seno francmasones todos iguales)

Lo que, en su lenguaje figurado y fonético, los hermanos leían:

Bercail frima, çonstou ségals.

Y que ellos escribían en buena ortografía:

Baie recueille fourmi, chante cigale.

(La hormiga recolecta bayas, la cigarra canta.)

Hace falta además que la lengua de los dioses o la del noble saber, sea empleada a sabiendas, tal como lo hace entender Rabelais en su Garguantua:

«Por las mismas razones (si las debo llamar razones y no ensueños) haría pintar un cestillo (penier, panier) denotando que me causa pena (peine); y un pote de mostaza (moustarde), que es mi corazón que mucho se impacienta (moult tarde); y un orinal, es un oficial; y el fondo de mis calzas, es una vasija de pez; y mi bragueta es la escribanía de los arrestos (greffe des arrestz); y un tronco de roble (cien, chien), es un tronco de aquí dentro (un tronc de céans), en el que yace el amor de mi amiga».

Alcofribas Nasier, nuestro «abstractor de Quinta Esencia», no dejó de transmitir la manera sumamente conveniente de castigar a los indignos a quienes «se debería atar una cola de zorro al cuello, y hacer una máscara de una boñiga de vaca.»

Con seguridad, todo escrito blasonado debía ser sometido a la apreciación de la logia que aplicaba, si había lugar, el castigo que tomaba, según Grasset d’Orcet, toda su razón del modo siguiente:

Queue collet renard bouse masque velle.

(Cola cuello zorro boñiga máscara vaca).

Y transportado a la lengua de los pájaros:

Queue colletre na rdbouse masque velle[16]

Que hay que leer:

Que clerc ne rébus masque veuille

(Que el clérigo quiera enmascarar sus acertijos).

Y de forma más clara:

Que le clerc masque mieux ses rébus.

(Que el clérigo enmascare mejor sus acertijos).

Volveremos un día sobre François Rabelais, sobre la Vie trés horrifique (Vida muy horrenda) —que hay que leer aurifique (aurífica)— del gran Gargantúa, según nuestra ojeada dada en el boletín de Atlantis[17]. Desde el mismo punto de vista, a continuación del Adepto Fulcanelli, penetramos en el universo encantado de Savinien de Cyrano, quien nació en París y no en Bergerac.

Para la instrucción del neófito, completaremos ahora, dentro de los límites de este capítulo, el estudio que hicimos a los

Cahiers du Sud (Cuadernos del Sur), y que es relativo a Jonathan Swift así como a su obra[18].

Con ocasión de este homenaje al ilustre defensor de la Irlanda oprimida, nos hemos encontrado en la excelente compañía de nuestro amigo Jean Richer y de Emile Pons.

Por lo demás, es preciso que se sepa bien que esta busca de interpretación de la lengua acroamática de Jonathan Swift no ha sido nunca nuestro privilegio. Antes de nosotros, Emile Pons, en particular, se ha inclinado sobre el problema del que, según nosotros, no ha sabido descubrir el objeto único y la naturaleza esencial.

Descubrimos en las memorias redactadas por Walter Scott, y que se refieren a Swift, una anécdota que se muestra conmovedora y singular.

Esto sucedía en el tiempo en que el antiguo secretario de sir William Temple había devenido sacerdote, y después había sido designado en Kilroot, en la diócesis de Connor, con la coqueta prebenda de una centena de libras de Inglaterra. En esta modesta parroquia, le atormentaba la nostalgia de la residencia brillante y agradable de Moor-Park, donde le evocaba cordialmente su patrón, este gran hombre de Estado y de Letras, que se plegó tan bien al consejo de Sócrates:

Gtvqi seaunon — Conócete a ti mismo

Jonathan Swift añoraba mucho a William Temple, igual que éste echaba grandemente en falta a su empleado de antaño.

En esta época, decimos pues, se sitúa el hecho, verdadero o apócrifo, que, sea lo que haya sido, porta en sí toda su significación conmovedora y filosófica.

Cerca de Kilroot, en Irlanda del Norte, Swift había trabado conocimiento con un viejo eclesiástico, padre de ocho niños y a quien su parroquia no reportaba más que cuarenta libras esterlinas. Progenitura que no nos deja de hacer pensar en los siete metales a los que se añade el antimonio, e igualmente en os siete planetas de los que la tierra completa el número.

El respetable viejo poseía una jumenta de pelaje negro. Jonathan le tomó prestada esta bestia magnífica, sin desvelarle su designio de marchar a Dublín, a fin de renunciar ahí a su función de Kilroot. Ahí, obtuvo incluso que deviniese titular de su cargo abandonado su nuevo y necesitado amigo. Aquél, al retorno, en señal de reconocimiento, presionó a su benefactor a que aceptara su jumenta negra.

Walter Scott ve, en este notable rasgo de nuestro héroe, una circunstancia que pinta toda la beneficencia de su carácter y parece haber fijado su determinación.

El hecho fue contestado, cien años más tarde, por Prévost -Paradol en la tesis latina, que desarrolló, en 1855, sobre la Vida y los Escritos del Deán —De Decani Vita et Scriptis disseruit— para su doctorado en letras.

¿Quién conoce ahora la desafortunadísima suerte de este publicista de calidad? En 1780, nombrado ministro plenipotenciario en Washington, se suicidó ahí cuando supo la nueva, que mucho temía, de la guerra con Alemania.

Sumamente mal acogido por la sociedad americana, que se mostraba favorable a Prusia, se situó delante de su espejo y se pegó un tiro de pistola en el pecho.

Pero volvamos a Swift de quien Prévost-Paradol afirmaba pues que no renunció a su beneficio de Kilroot «en favor de un padre de familia, viejo y pobre, como se ha repetido a menudo».

La frase, que sigue inmediatamente a continuación, no deja cíe sorprender mucho, por su descortesía, en este filósofo de

veintisiete años, que pasaba ya por tener, en la elegancia, una perfecta madurez de espíritu:

«Fue el fastidio y no la beneficencia quien le llevó a Inglaterra, y lejos de sacrificar Kilroot, se desembarazó de ella.»

Afirmación que viene al encuentro de lo que refirió Walter Scott en cuanto a la actitud del pobre eclesiástico —poor clergyman— así como del sentimiento que se apoderó de Jonathan y que está todo en su honor:

«…su gozo adoptó una expresión de sorpresa y gratitud tan conmovedora, que Swift, profundamente emocionado él mismo, declaró que no había experimentado nunca tanto placer como en ese momento.»

Por lo demás, ¡qué impresionante imagen, la de este caballo negro que cabalga Jonathan, en el giro decisivo de su trastornado destino! Pues se trata exactamente de una cavale (yegua), vocablo que estamos del todo naturalmente tentados, en la ocurrencia, de pronunciar cabale (cábala), tan incansablemente fue surcado en todos los sentidos el inmenso dominio de la única Filosofía, por el enigmático Deán. A este respecto, veamos aquí el sentimiento del Adepto Fulcanelli:

«El latín caballus y el griego caballhz, kaballés, significan ambos caballo de carga; ahora bien, nuestra cábala sostiene realmente el considerable peso, la carga de los conocimientos antiguos y de la caballería o cabalería medieval, pesado bagaje de Verdades esotéricas transmitidas por ella a través de las edades. Era la lengua secreta de los cabaliers, cavaliers o caballeros. Iniciados e intelectuales de la antigüedad tenían todos el conocimiento de ella. Unos y otros, a fin de acceder a la plenitud del saber, cabalgaban metafóricamente la yegua (cavale), vehículo espiritual cuya imagen tipo es el Pegaso alado de los poetas helénicos. Sólo él facilitaba a los elegidos el acceso a las regiones desconocidas; él les ofrecía la posibilidad de verlo todo y comprenderlo todo, a través del espacio y el tiempo, el éter y la luz…

Conocer la Cábala, es hablar la lengua de Pegaso, la lengua del caballo, de la que Swift indica expresamente, en uno de sus Viajes alegóricos, el valor afectivo y la potencia esotérica.»

Estas pocas líneas de las 56 páginas, consagradas, en la segunda obra de nuestro Maestro, al monumento funerario de Francisco II, duque de Bretaña, hacen entrever todo el interés que el buscador, curioso de los Viajes de Swift, encontrará en la lectura del capítulo entero.

Por nuestra parte, nos detendremos sobre la estatua que muestra el cuadragésimo fuera de texto de la obra. Es una joven que examina sus facciones, de fascinante belleza, en el Espejo del Arte, circular y convexo.

Bien que sea en este objeto, que el artista químico ve toda la Naturaleza al descubierto, no iremos más por este lado, a fin de no alejarnos de nuestro propósito presente. Volvemos pues a él con el rostro de esta virgen de la que el occipucio ofrece la venerable faz de un anciano de barba larga y sedosa. Dualidad humana que, en su exoterismo, alegoriza la Prudencia desde la Antigüedad y que, en su esoterismo, evoca la increíble pareja mineral y su hermafroditismo sublime.

Esto es lo que resume Fulcanelli, antes de extender sus indicaciones en cuanto a la resonancia del emblema andrógino, en el interior del dominio más cerrado de la técnica:

«La verdad, menos abstracta, parece más ligada al positivismo alquímico de los atributos de nuestra Virtud cardinal. Se recomienda generalmente unir “un anciano sano y vigoroso con una virgen joven y bella”».

Si no parece que la biblioteca del Reverendo Jonathan Swift haya comportado libros de alquimia, aunque no es imposible que hayan sido suprimidos después de su muerte, se encontraba en ella sin embargo, bajo el n.° 326 de un catálogo, que fue publicado el año mismo de su fallecimiento:

Newtoni Phisolophiae naturalis Principia, Cant (uariensis) 1713 —Los Principios de la Filosofía natural de Newton, Canerbury.

¿Sábese, ordinariamente, qué interés llevaba Isaac Newton mismo a la ciencia de Hermes? Los textos alquímicos, manuscritos o bien impresos, estaban reunidos en gran número, al alcance de su mano, sobre los anaqueles vidriados de su gabinete. Entre estos volúmenes ya raros figuraba el tratado mayor de Eireneo Filaleteo, para el cual el inventor de las leyes de la gravitación alimentaba una particular ternura.

Así, el ilustre matemático poseía el Introitus apertus ad occlusum Regis Palatium, autore anonymo Philaletha philosopho. In gratiam, Artis chymicae Filiorum nunc primum publicatus, curante Joanne Langio —La Entrada abierta al Palacio cerrado del Rey, del autor Filaleteo filósofo anónimo. En favor de los hijos del arte químico ahora publicado por primera vez, por el cuidadoso Juan Langio.

Disponía, además, de la versión inglesa, un poco diferente, que apareció en Londres, dos años después de la edición latina.

Este ejemplar, de un inmenso valor histórico y científico, del que damos aquí a la vuelta la página de título, fue abundantemente anotado por su propietario y se encuentra ahora conservado en Estados Unidos (Pl. VIII).

VIII. ¡Cuán sorprendidos estamos, de que no se haya criticado el apego cierto que nutría Newton con respecto a la alquimia de laboratorio! Ello cuando no se dejó de ridiculizar a este gran hombre, que fue de talla tan pequeña, a propósito de sus comentarios sobre el Apocalipsis.

Jonathan Swift vio pues la luz del día en el año 1667 en el que apareció en Amsterdam, gracias al erudito Joannis Langius, la obra singular sobre la que Newton inclinó largo tiempo su genial frente.

Si éste se aplicó a la investigación física, y no fue ciertamente sin experimentar, aquél, es decir, el autor de Gulliver, parece bien haberse dedicado sobre todo a la alquimia del verbo y de la lingüística. No obstante, el lector y, mejor aún, el amante de la Ciencia, verá cuán íntimamente puede amigarse la especulación filosófica con la realización experimental.

Vamos ahora a aplicarnos al estudio, a la interpretación de los términos y de las expresiones que Swift utilizó sabiamente en su pequeño lenguaje. No haremos el examen de todos, para lo que haría falta un gran número de páginas. Este es un libro que nos reservamos escribir, llevando nuestras explicaciones mucho más lejos que el simple desciframiento.

Evidentemente, este género de trabajo, de búsqueda más exactamente, no requiere certificado alguno y no conviene más que al estudiante indefectible. Es sin duda la razón por la cual Swift parecía tener un gran desdén por la enseñanza que limita y el diploma que sanciona, a menos que hubiese nutrido, por una y otro, el más profundo menosprecio. A este respecto, la observación de Walter Scott es impresionante, según la cual, para el autor de los Viajes, en toda disciplina, física o bien metafísica, no podría existir decisión magistral que fuese terminal y definitiva:

No obstante, aunque valoraba tan a la ligera sus propias adquisiciones, que hablaba de haber perdido un grado universitario por embotamiento e insuficiencia, y aunque solía reprender con gran vehemencia a los que otorgaban el nombre de erudito a cualquiera del que no podían probar que había empleado la mayor parte de sus días en el estudio, el carácter de un mero estudiante laborioso no ocupaba un elevado lugar en su estima.

Nos detendremos pues en el curso de la lectura.

Hekinah degul y Nardac han sido explicados en nuestro estudio[19].

Viene, a continuación, Tolgo phonac que leemos de la misma manera que Nardac dando, como se sabe, canard (ánade). Así obtenemos:

Golot nacoph, es decir, goulot n‘a qu‘oeuf (gollete no tiene más que huevo).

Es segura la determinación de esta boca, ya fuertemente expresada con Hekinah degul: Hé! qu’il n’a de gueule! (Eh! ¡Que no tiene boca!).

¡Esta enorme cabeza, este caput que suministrará los componentes del huevo filosofal!

Es evidente que el sentido que Jonathan parece dar, a veces, a su misteriosa jerga, no es del todo verdadero. Este, en efecto, revela un problema que sigue siendo a la vez muy grave y muy secreto. Lo que dice este lenguaje no se encuentra, obligatoriamente, en relación con la significación literal del texto que rodea.

En el interior de este relato maravilloso, estas expresiones, estas frases extravagantes y de buenas a primeras incomprensibles, se muestran bien, en el seno del relato, como huesos del todo insolubles. A menos que se haya captado la larga alegoría de los periplos y de las aventuras de Gulliver, «en las regiones lejanas».

Es en vano que Emile Pons, especialista swiftiano, dispensó esfuerzos inauditos, a fin de llegar a este difícil acuerdo. Su exégesis se muestra uniformemente laboriosa y embrollada, y no arrastra apenas a la convicción. He aquí un ejemplo de ello con Tolgo phonac:

«Se reconoce en la primera palabra la raíz latina tolle, “levanta” —seguida de la sílaba go que puede ser inglesa (cf. Hurgo). La segunda palabra parece compuesta de dos elementos griegos, jon-, idea de muerte, y ac- (latín acutus), idea de arma cortante.

El conjunto puede pues significar: “¡Vayamos, matémosle!”»

Gulliver entiende pronto, grita muy fuerte y por tres veces repetidas:

Langro dehul san.

L‘âne gros de gueule saine[20]

(El grueso asno de boca sana)

Y después advirtió:

(Estas palabras, como las que ya he citado, me fueron repetidas y explicadas a continuación.)

Es así que entre paréntesis, Swift subrayó el valor del todo especial de sus miembros de frases aparentemente ininteligibles El nombre mismo de su héroe, primero gigantesco, a continuación minúsculo, recuerda esta gueule (boca), este goule verdaderamente extraordinario. Gulliver reúne dos vocablos latinos Gulli y ver, de los que el primero, en el genitivo posesivo, es complemento del segundo. Así traducimos, plegándonos a la fonética swiftiana, la primavera de la boca.

El sustantivo latino ver, por otra parte, juega con vert (verde) y verre (vidrio), que aportan su complemento de información, sobre el plano de la realización física, y diremos incluso que en cuanto a la fase decisiva de la Gran Obra. En efecto, es imposible que el Deán de San Patricio no haya tenido en la idea la etimología que propusimos otra vez y que, también ella, es grandemente seductora:

Gulli, lo hemos visto, es el genitivo de gullus que, según Du Cange, significa navío, buque[21], ver designa a la primavera. Gulliver fue pues, en el pensamiento de Jonathan, la primavera de la vasija, fonéticamente en francés, el verde o vidrio de la vasija, es decir del vaso o huevo filosofal.

El Hurgo, declara Gulliver, es, según los Liliputienses, «un gran señor».

El neófito, primero de todo, leerá la opinión de Emile Pons:

«Gran Señor (traducción de Swift). La palabra admite numerosísimas interpretaciones, existiendo el radical hur- en numerosas lenguas, comprendida en ellas el linternés. La más satisfactoria desde el punto de vista del Sentido, es sin embargo admitir la equivalencia fonética ur/er (cf. Balmuff), y ver en la palabra el anagrama del francés (h)ogre (ogro), «el que devora a los niños pequeños», como en la Modesta Proposición. Mencionemos también el anagrama propuesto por S. Le Brocquy: el inglés rogue, (granuja), cuyo sentido se acuerda muy bien con lo que Swift dice de la aristocracia a todo lo largo de su obra.»

Sin que hagamos la menor crítica, más justamente, estudiaremos el vocablo, en el mismo y único espíritu en que Jonathan Swift lo confeccionó.

Hurgo debe ser leído como Nardac frente a canard que ya hemos examinado, como hemos dicho. Así obtenemos oghur = augure (augurio) y, mejor aún, si invertimos la manera, Goruh, es decir Gourou (gurú) del que Emile Littre nos declara que es «el nombre del preceptor religioso entre los brahmanes». Según el gran lexicógrafo, la etimología es sánscrita. Queda, en el origen, el vocablo guru, con el sentido de pesado, de grave, de donde, en sentido figurado, venerable:

«Se entiende —escribe Valmont de Bomare— por la palabra de Guhr, una materia líquida, blancuzca o gris, o de otros colores, que fluye en las montañas: está compuesta de substancias minerales o terrosas, de tal modo atenuadas, que pueden estar largo tiempo suspendidas en el agua, antes de precipitarse en ella.»

En una nota, el químico Sabio precisa que «Guhr viene de la palabra alemana guhren que significa brotar, salir de tierra como las aguas.»

Con respecto a la generación de los metales, la teoría de los alquimistas no ha variado nunca, según la cual se producen, perpetuamente, en el seno del globo de la tierra, mientras que se quiere, ordinariamente, que hayan sido creados al mismo tiempo que ella.

Se hacían antaño, en las minas, observaciones de las que no se tiene la costumbre hoy en día, por la razón de que estos litigios verbales simplistas están ampliamente sobrepasados. Ello no impide que el investigador de ciencia no pueda dejar de ser impresionado por lo que refirió todavía Valmont de Bomare y que se produjo en una mina de Suecia, cerca de la villa de Slasbourg. A continuación del desplome de la bóveda, se apercibió que las piedras quebradas estaban sembradas de mercurio. Además, los fragmentos rocosos aparecían atravesados por delgadas y fibrosas venas semejantes al amianto, las cuales destilaban, en las extremidades de las grietas, un licor blanco. Este, los mineros lo reconocieron como siendo el guhr. Hecho singular, en todo caso, que movió a Valmont de Bomare, a formular las más interesantes observaciones.

«A qué sirve este guhr? Este mercurio, ¿no es acaso necesario a la producción de los metales? La cualidad de la piedra, ¿no sirve ella acaso a producir, con el mercurio, tal o cual especie de mina; o si las partes sulfurosas pueden alterarlas diferentemente? Este mercurio virgen, ¿difiere del común, & del de los metales?»

Se han podido mofar de los antiguos alquimistas, cuando hablan del agua en el seno de la cual se forman las piedras preciosas. ¿No se sitúa la ingenuidad de lado de los que toman el sentido al pie de la letra? Con este motivo, escuchemos a Limojon de Saint-Didier, disertando sobre la perfección en el seno de la Naturaleza, en su tratado del Triunfo hermético:

«Pues es constante que la naturaleza se detiene en sus producciones, cuando las ha conducido hasta el estado, & a la perfección que las conviene; por ejemplo, cuando de un agua mineral muy clara & muy pura, teñida por cualquier porción de azufre metálico, la naturaleza produce una piedra preciosa, ella se queda ahí. »

Tal como acabamos de observarlo, ¿no sería necio, infinitamente, querer que los antiguos filósofos haya entendido que este agua mineral fuese aquélla, pestilente o no, que se toma comúnmente en las estaciones termales o bien despachada en botellas en los abaceros?

En el curso de nuestra descripción del proceso operativo volveremos a encontrar a Jonathan y su lenguaje de los pájaros, del que confirmaremos la unidad armónica bajo la corteza falaz de una total incoherencia.

Las dos alentadoras frases que Eudoxio pronunció para su discípulo Pirófilo, repitámoslas al aficionado a la Ciencia, quien deberá compartir nuestra confianza en el estudio:

«No os asustéis de estas expresiones singulares; nuestro arte es cabalístico. Comprenderéis fácilmente estos misterios, antes de que hayáis llegado al final de las preguntas, que tenéis el designio de hacerme, sobre el autor que examináis.»

No hay nada, hasta el anagrama, que no haya sido frecuentemente utilizado, siempre con mucha pertinencia, pues este logogrifo no tiene valor más que si las palabras que de él se derivan, suministran el sentido deseado por el autor y, consecuentemente, permanecen en armonía con el tema general.

¡Qué de soluciones fueron propuestas por el trujamán del anagrama!

El artista anónimo de quien hemos invocado precedentemente el testimonio y que, ciertamente, fue un Adepto, completa, con una serie de estos retruécanos, el penúltimo párrafo del cuento alegórico, a menudo inseparable de los textos de clásica reputación y siempre más parlante bajo la analogía poética. Damos, entre paréntesis, la solución de cada una de las adivinanzas, que plantean los extravagantes nombres, llevados por los héroes del Songe Verd (Sueño Verde):

«Se me había prometido hacerme entrar en el Palacio del Ha gacestaur (Guhr-Alcaest), de hacerme ver los apartamentos de éste, & un salón entre otros, en el que están cuatro estatuas tan antiguas como el Mundo, de las que la situada en el medio es el Poderoso Seganissegede (Génie des Sages; Genio de los Sabios), que me había transportado a esta Isla. Los otros tres que forman un triángulo alrededor de aquél, son tres Mujeres, a saber Ellugaté (Glu étale; Liga quieta), Linemalore (Lie normale; Hez normal), & Tripsarecopsem (Corps, Ame, Esprit; Cuerpo, Alma, Espíritu). Se me había prometido también hacerme ver el Templo en el que está la Figura de su Divinidad, a la que llaman Elesel Vassergusine (Les signes, le Verseau; Los signos, el Aguador), pero poniéndose a cantar los Gallos, conduciendo los Pastores sus rebaños a los campos, & unciendo sus arados los Labradores, hicieron un ruido tan grande, que me despertaron, & mi Sueño se disipó enteramente.»

CAPÍTULO V - CONDICIONES EXTERIORES

Si hay un punto de la obra, que permanece, sin duda, como el más ocultado por los autores, es el de las condiciones que hay que observar para su realización positiva y de las que no sería exacto declarar que le fuesen extrañas. Pues hay en esto algo que el estudiante no debe olvidar, a saber, que el trabajo dispensa tanto de la acción física alejada, como de la transformación química inmediata.

El lugar de instalación, en particular, importa superiormente, sobre todo en el período presente y último en que la polución, como se dice, reina y se desarrolla en todos los dominios, en la superficie de la tierra, del mismo modo que en sus profundidades. Lo peor es que la fuente del mal reside en la mancillación de los cerebros. Ahora bien, ésa es la blasfemia terrible; la que no será perdonada, según la afirmación misma de Cristo:

Por ello os digo, que todo pecado y blasfemia serán redimidos a los hombres; pero la blasfemia del espíritu no será redimida. Ideò dico vobis, omne peccatum & blasphemia remittetur hominibus: spiritus autem blasphemia non remittetur.

Es en el versículo siguiente que encontramos el calificativo y que, en el latín de San Jerónimo, Jesús dice Espíritu Santo

—Spiritum sanctum— es decir, para nosotros, en el francés que fue, en los tiempos honestos, el lenguaje de los diplomáticos, espíritu sano, no corrompido y accesible, naturalmente, al menor escrúpulo.

El inquisidor de ciencia se apercibe bien rápidamente que, para la buena marcha de las operaciones, es importante que el cielo no sea obstruido por nubes, ni tampoco trastornado por el viento y la lluvia, que no menos se oponen al descenso del espíritu sobre la tierra y, especialmente, sobre los materiales alquímicos en curso de elaboración.

Hasta mediados del presente siglo, los trabajos de la agricultura, fuesen los del suelo o los del cielo, no tenían que sufrir la reducción artificial (tomamos el sustantivo en su sentido químico) de las «aguas superiores y secas que no mojan las manos». Consecuencia desastrosa que hemos señalado, en un libro precedente, que surgió bajo la forma de meteoros terriblemente perturbadores, como acabamos de verlo: nube, niebla, viento, lluvia, nieve, granizo y rayo[22].

Muy frecuentemente hoy en día, por la falta de los hombres, la mala temperatura sobrevenía no obstante, en los siglos más sabios del pasado. Ciertamente, el Cosmopolita lo consideraba, como un obstáculo de importancia a evitar, y, sin comprometerse mucho, suministró la indicación que hay que seguir y que permanece sumamente alegórica.

Es al comienzo de su Diálogo de Mercurio, del Alquimista y de la Naturaleza, el cual termina su Nueva Luz química, que el Adepto situó su consejo de químicos, en pleno aire, en un cierto prado, por un cierto día sereno —sub dio in prato quodam die serena quadam.

Comprendemos, evidentemente, que hay que estar en la Naturaleza, que el prado indica el color verde del espíritu universal y que el día sereno es el que da al cielo, cuando está descubierto y muestra su bóveda toda azul o llena de centelleantes estrellas.

En su tratado Del Azufre, segundo principio de la Naturaleza del que nada es más cierto que haya sido póstumo, el afectuoso maestro de Michael Sendivogius completó, muy prudentemente también, su alegórica revelación. Hemos citado este pasaje, estudiando el mismo problema físico, cuando escribíamos nuestra interpretación de las parlantes figuras cuya extraordinaria sucesión constituye El Libro mudo[23]. Parlantes, decimos, pues ¿hay alguna cosa más expresiva, que la imagen que no ofrece, ni con mucho, la duplicidad sutil de la letra?

Ahora bien, para volver a nuestro propósito, no nos costará señalar, que el panorama del anónimo y caritativo Altus saca a la luz, sin equívocos, la condición mayor del éxito, así como las operaciones que de él se derivan y que permanecen, más directamente, tributarias de él.

Igual que el Adepto Cosmopolita, es decir, como el Ciudadano del Universo, el de La Rochelle no dejó de reunir los dos rumiantes y la pareja humana del zodíaco, que corresponden a los tres meses de la estación primaveral y vegetativa. El carnero y el toro, pues, pero, a diferencia de Sethon, alias Cosmopolita, quien pone en escena dos jóvenes pastores, Altus une al hombre y a la mujer colaborando íntimamente a la misma gran aventura.

Este período del renovamiento eterno, propicio a la agricultura filosofal, fue igualmente señalado por Limojon de Saint Didier quien utilizó, en el doble designio de mostrarse más sabio y de ser mejor comprendido, el impresionante trujamán de la imagen. Esta sirve de frontispicio al tratado del alquimista-diplomático que incorporó, sobre la plática sin amenidad de La Antigua Guerra de los Caballeros, su comentario inestimable.

El grabado se encuentra, inmediatamente a continuación tras la Advertencia, sobre una gran página que se despliega y que presenta también, a la izquierda del emblema, su explicación impresa. A fin de completar con ella nuestras consideraciones, hemos tomado el cuidado, sobre todo a la intención del estudiante, de reproducir la figura de la que las ediciones antiguas están a menudo amputadas. (Pl. IX).

IX. Es impresionante la indicación de estos tres meses del año, en el curso de los cuales el espíritu universal desciende en abundancia sobre la tierra, permitiendo, al artista, pasar al plano superior de la alquimia. Vemos ahí, igualmente, que el fuego nace en el interior del vidrio, bajo los rayos conjugados del sol y de la luna.

En lo alto de la composición grabada, los tres signos zodiacales de la primavera, lindamente dibujados, se dan aires de superioridad cada uno sobre su nube, en el cielo a la vez nocturno y Constelado. La indicación de la ineluctable necesidad se muestra tan discreta como importante, y no hay de ello precedente que haya sido nunca suministrado con tanta pertinencia como generosa franqueza. Nuestro maestro Fulcanelli se aplicó a ello de modo parecido, en su primera obra, y es por esto que enviamos de vuelta a nuestro lector al Misterio de las Catedrales. A fin de alentarle en ello, le sometemos las dos frases que comienzan el largo pasaje que le importa mucho meditar profundamente:

«Es pues una generación la que deseáis provocar en el de vuestros materiales. Pero os hace falta, en este caso, la ayuda de la naturaleza y podéis creer que esta ayuda os será rehusada si, por desgracia o por ignorancia, no ponéis a la naturaleza estado de aplicar sus leyes»

De modo parecido, en cabeza de la página de titulo ilustrada, que es también su primera plancha iniciática, el Adepto Altus —quizá Sulat de nombre real, si damos crédito al anagrama— nos muestra el firmamento estrellado, recordando la noche propia a la generación y a la vida.

Sí, hay en esta obra, según el aviso al lector, cuasi ignorado, una de estas cosas «que no han sido nunca dichas por persona alguna… Sucede que aunque se titule, Libro mudo; no obstante, todas las Naciones del mundo, los Hebreos, los Griegos, los Latinos, los Franceses, los Italianos, los Españoles, los Alemanes, &., pueden leerlo y entenderlo.»[24]

Efectivamente, y no vacilamos en insistir sobre ello, sea dibujada, pintada o bien esculpida, la imagen sigue siendo el lenguaje universal del símbolo. Ella comparte este insigne privilegio con la música de la que la alquimia, excelentemente, es el Gran Arte.

Daremos más adelante, en su capítulo apropiado, la explicación de este Arte de Música, que nuestro maestro Fulcanelli anunció, por una nota a pie de página, y que fue reservada, sin duda a propósito, como muchas otras cosas.

Volvamos a la imagen, tan superior a la palabra, la cual, pese a lo bien transmitida que sea, por la voz o por la escritura, se muestra terriblemente tributaria del idioma particular y del sentido a menudo pérfido de la letra.

El matrimonio filosófico del Libro mudo recoge evidentemente el rocío que desciende de los espacios intersiderales calmos, límpidos y profundos. No podemos recomenzar, ni menos resumir aquí, toda la enseñanza que hemos dispensado en nuestro comentario copioso y condensado del álbum de Altus, particularmente locuaz, pese a todas las apariencias, en cuanto a las disposiciones a tomar para la ejecución.

Sobre las quince figuras que recoge el folleto de Altus, nueve presentan los dos grandes astros del cielo de la tierra. El Adepto rochelés quiso atraer la atención del hijo del Arte sobre el rol considerable de la Luna y del Sol, de los que una buena parte de los rayos recibidos y transformados por él, es indispensable a la vida del planeta terrestre de los hombres. Es cierto, en lo que concierne a la condición de que el trabajo revista, en alguna forma, el carácter de canonicidad, que no hay apenas escenas dibujadas que sean tan perentoriamente significativas, como las planchas cuarta y novena del Libro mudo o más bien sin palabras escritas.

El inmenso abanico, netamente compuesto de diferentes haces de fluido ondulatorio y de partículas innumerables, cae de entre la luna y el sol, para ilustrar, hasta la perfección, con respecto al aporte cósmico, el esclarecimiento suministrado, por el sabio Eudoxio, a su estudioso discípulo Pirófilo. El maestro consideró, con seguridad, el oro elementario que es el de la segunda especie:

«Pero cuando este oro está perfectamente calcinado, & exaltado hasta la nitidez, & la blancura de la nieve, ha adquirido por el magisterio una simpatía natural con el oro astral, del que ha devenido visiblemente el verdadero imán, atrae, & concentra en sí mismo una cantidad tan grande de oro astral, & de partículas Solares, que recibe de la emanación continua que se hace de ellas desde el centro del sol, & de la luna, que se encuentra en la disposición próxima de ser el oro vivo de los Filósofos, infinitamente más noble, & más precioso, que el oro metálico.»

El fenómeno natural, Alexandre-Toussaint Limojon, señor de Saint-Didier, lo limitó de modo sumamente prudente para su sipnosis de la Gran Obra, que, también ella, está dibujada y es muy concisa, dirigiendo en ella, sobre el matraz coronado de la Filosofía, la irradiación de la luna y la del sol, ambos sustentadores del fuego encendido y visible en el interior del vaso.

Recordaremos lo que el antiguo Hermesproclamó en su Tabla de Esmeralda:

El sol es su padre, la luna su madre

Pater ejus sol, mater ejus luna.

Se trata ahí, lo repetimos, de un secreto muy grande y celosamente guardado, que el operador penetra fácilmente y verifica con exactitud, por el solo resultado de sus esfuerzos, al nivel positivo de la investigación. El presidente d’Espagnet lo declaró sucintamente en el decimotercero de sus cánones:

Quien quiera que afirma que el arcano de los Filósofos está por encima de la piedra de la Naturaleza y de las fuerzas del Arte, no ve nada profundamente, pues ignora al sol y a la luna.

Quicunque arcanum Philosophorum lapidem supra Naturae & Artis vires esse affirmat, penitus caecutit, Solem enim & Lunam ignorat.

Verdadero aforismo cuya confirmación y el complemento igualmente precioso, nos son suministrados por un pequeño tratado que presenta, con el de Cyliani, un innegable parentesco. Para nuestro conocimiento, es Bernard Husson quien la ha sacado a la luz en su primera obra[25]. Es pues por segunda vez que nuestro amigo ha publicado muy recientemente, in extenso, al final de su Anthologie de l’Alchimie (Antología de la Alquimia), este opúsculo verosímilmente autógrafo y que su autor, totalmente desconocido, tituló, no sin el humor cabalístico de los artistas por el fuego: Récréations hermétiques (Recreaciones herméticas).

En efecto, por poco que quitemos, en el sustantivo, el acento que remata la e de la primera sílaba, obtenemos recréation que se forma a partir de recréer (recrear) y de la que, en consecuencia, el significado es completamente diferente[26], pero que responde mucho mejor al largo proceso de la Gran Obra. ¿No consiste éste en retomar la Creación que, por otra parte, se divide en diversas partes, justificando el plural utilizado en Recreaciones herméticas?

En fin, he aquí en su facsímil (Pl. X), la página de este manuscrito que formaba parte de la colección del químico Eugène Chevreul, y que se conserva, ahora, en la biblioteca del Museo de Historia natural de Paris, en la colección numerada 362. Así el neófito podrá examinar la auténtica escritura del hombre que fue Adepto, sin duda antes que Cyliani. Este documento le entregará, sobre todo, la referencia a la preocupación que está en la base de la realización manual y de la que el artista de las Recreaciones herméticas ha entendido ampliamente y claramente formulado el gravísimo problema:

«Todo el mundo sabe hoy en día que la luz que la luna nos envía no es sino un préstamo de la del sol, a la que viene a mezclarse la luz de los otros astros. La luna es por consecuencia el receptáculo u hogar común del que todos los filósofos han entendido hablar; ella es la fuente de su agua viva. Si vos queréis pues reducir en agua los rayos del sol, escoged el momento en el que la luna nos los transmite con abundancia, es decir, cuando está llena o se aproxima a su pleno; tendréis por este medio el agua ígnea de los rayos del sol y de la luna en su mayor fuerza.»

Si entendemos bien que las obras del presidente Jean d’Espagnet, del Cosmopolita y de Flamel eran familiares al alquimista, que fue quizá amigo de Chevreul, pensamos también que las de Pedro-Juan Fabro, de Castelnadaury —Castrinovidarensis— no le eran en modo alguno desconocidas, tal como el lector lo Juzgará él mismo. Que confronte pues, con la cita precedente, la que tomamos, ahora, al libro clásico y curioso del doctor médico de Montpellier —doctoris medici Monspeliensis:

Pero el influjo celeste no es nada más que la bebida caliente natural del mundo, y el estimulante, el fulcro de la vida de todo lo que es sublunar, que no podemos representarnos sin la humedad natural, radical y primordial.

Influxus autem coelestis nihil nisi calidum innatum mundi est, & vitae sublunarium omnium fomes & fulcrum, quod absque humiditate innata, radicali & primigenia imaginari non possumus.

X. ¡Las Recreaciones herméticas! Es a la vez, pronunciar mucho y demasiado poco; en todo caso, no es nada que corresponda a la ciencia de la diversión. En cambio, es del todo verosímil que las Recreaciones sean las de este pequeño manuscrito que Cyliani recibió de una pareja de gran talento, y «que había sido encontrado detrás de un armario».

Son numerosos los tratados de los que la pequeñez no impide el gran valor. Al comienzo del siglo pasado, Hermes desvelado fue un segundo ejemplo de ello, del cual el infortunado autor, llamándose, sin más, por la inicial C, inmediatamente seguida de una i minúscula y de tres puntos suspensivos, permanece sumido en el más profundo misterio.

¿Quién, en verdad, completó la primera sílaba, de suerte que la biblioteca Chacornac, en 1915, pudiese indicar sobre su reimpresión, el nombre Cyliani, inspirado quizá en Silene quien platicó, con Midas, de este mundo desconocido del que debía hablar Platón?

Cyliani, como continuaremos pues llamándolo, encontró sobre la vía de su ruda aventura, una ninfa celeste que era el modelo de la belleza. Se trata del objeto de nuestro capítulo, que ella le pide considerar «como una deyección de la estrella polar», porque lo anima todo y es el espíritu astral.

Esta mujer ideal es de tal suerte este espíritu universal que cae de los espacios interplanetarios, que deslizó de él, en la faltriquera del alquimista, sin que él lo viese, un vaso de tapón de cristal y lleno de la substancia necesaria. Esta le permitió disolver la cerradura de la puerta del templo.

Entonces Cyliani, habiendo matado valientemente al dragón que guardaba el altar y sus vasos, es de nuevo acarreado por la ninfa, en las condiciones requeridas que nos aplicamos fraternalmente a hacer respetar por el investigador:

«La noche sobrevino. El cielo estaba sin manchas y muy estrellado: seguimos nuevamente la dirección de la vía láctea, pero en sentido inverso. Experimenté entonces un gran frío. Nuestra dirección estaba también del lado del lugar que me vio nacer. Pero al abandonar la región fría, y pasar a una región cálida, sentí un fuerte sueño apoderarse de mí y me sorprendí bien, al despertarme a punto de la aurora, de encontrarme al pie del grueso roble del que habíamos partido.»

En la quinta hoja de su famoso Libro de Abraham Judío, Nicolás Flamel confió a la vitela, que «había un bello rosal florido en medio de un bello jardín, escalando con un roble hueco, al pie de los cuales bullía una Fuente de agua muy blanca, que se iba a precipitar en los abismos, pasando no obstante primeramente entre las manos de infinitas gentes que escarbaban en tierra, buscándola: mas, como eran ciegos, ninguno la reconocía, excepto uno, que consideraba el peso.»

Fulcanelli ha hablado de modo sumamente elocuente de este mismo roble sobre el que Cadmo atravesó y fijó la serpiente, con su lanza, y a propósito del cual el piadoso alquimista de las Figuras Jeroglíficas había imperativamente aconsejado al discípulo de Filosofía:

«Nota este roble»[27]

Jonathan Swift rodeó este punto de Ciencia, en su jerga liliputiense, por una frase de la que sólo la alquimia es capaz de desprender un sentido correspondiente a alguna cosa precisa. Este no puede ser exacto, más que si dispensa la expresión de una idea general o de una disciplina que sea común a todas las formas del lenguaje secreto utilizado por Swift, en los lejanos Viajes de Lemuel Gulliver.

El gigantesco náufrago aspira, con toda seguridad, a su libertad, pero sería preciso primero:

Lumos kelmin pesso desmar lon emposo

Nos da inmediatamente la significación que, ciertamente, no podría ser la verdadera y según la cual haría falta «que se comprometiera a vivir en paz con el Príncipe y su Reino».

La explicación de Emile Pons, el gran especialista swiftiano, es una pequeña maravilla de pasmante galimatías que no conduce absolutamente a nada. La damos sin aguardar, a fin de que el estudiante se divierta un poco:

«Lengua franca europea, en la que se reconocen las deformaciones hispanomorfas de palabras inglesas conocidas peace ,“paz” (pesso) y emposo, “empire” (imperio). —Kelmin aparece compuesto de dos pronombres personales, el español el y el griego min, precedidos de una K tomada al griego Kai. Ello significaría “y con él”. Desmar recuerda al español demás, y lumos parece compuesto de la raíz griega luw, “deshago”, y de una negación fantasiosa que le da el sentido de “no deshacer”, concluir.»

Para nosotros, la mayor parte de la proposición enigmática está formada de anagramas.

Tres latinos:

Solum se reconstruye de lumos, del mismo modo que canard lo ha sido de nardac; posse de pesso; leon ‘m de lonem en donde la falta de la segunda e, de este acusativo latino, es compensada por la fonética n’m, nem.

Uno francés:

De Mars (de Marte), dos palabras que se desprenden de desmar.

Kelmin suministra fonéticamente quelle mine (qué mina), y poso, el sustantivo español que termina, significa un precipitado, de suerte que obtenemos finalmente, esta frase a primera vista sorprendente:

Solum quelle mine posse de mars leonem poso

La cual frase deviene en claro, por simple traducción de los vocablos latinos (y franceses):

¿Qué mina puede únicamente (sacar) de Marte el león precipitado?

La preposición de marca aquí, en español, una forma de ablativo de procedencia.

Por lo demás, no sería temerario admitir que la interrogación hubiese sido sacada tal cual de un tratado de alquimia. En todo caso, no se podrá negar que hayamos actuado en la rigurosa inducción de la lingüística más autorizada.

CAPÍTULO VI - LA MATERIA PRÓXIMA Y SU PREPARACIÓN

En nuestro segundo prefacio a Las Moradas Filosofales, siguiendo los mismos términos de Fulcanelli, hemos señalado la diferencia que hay que establecer en cuanto a la materia más próxima de la Gran Obra, según que el adjetivo, situándola con nobleza, preceda o siga al sustantivo:

Materia primera[28] o bien primera materia.

Cosmopolita, es decir, Alexander Sethon, no jugó con el epíteto, pero expuso las precisiones que el estudiante podía al menos esperar, y que distinguen la substancia universal o inicial del sujeto específico o segundo:

Que sea asimismo buscada, no la primera materia, sino la segunda, que es tal, con seguridad, desde que ha sido concebida y no puede ser cambiada en otra forma.

Non prima, sed secunda tantum quaeratur materia, talis nimirum, quae simul ac concepta est, in altam mutari forman non potest.

Al comienzo de su creación, el alquimista, a ejemplo de Dios, debe disponer de la materia en su caos. Ciertamente, la afirmación no viene de nosotros solos, pues Ireneo Filaleteo la pronunció hace más de trescientos años, en su Introitus, en el Capítulo V, El Caos de los Sabios, primer párrafo, según la subdivisión que habría efectuado el erudito abad Lenglet-Dufresnoy, sin que hayamos podido encontrar sobre qué modelo.

Disposición cómoda, sea lo que haya sido, y adoptada de nuevo por la edición recientemente aparecida en la colección Bibliotheca hermetica que dirige René Alleau, nuestro amigo de hace mucho tiempo[29].

Mas he aquí el precepto formulado por el Adepto inglés, resumiendo él mismo, inmediatamente después, los primeros versículos del Libro del Génesis:

El hijo de los Filósofos escuchará a los Sabios concluyendo unánimemente, que hay que asimilar esta obra a la Creación del Universo.

Filius Philosophorum audiet Sophos unanimiter concludentes, opus hoc esse Creationi universi ad similandum.

Expone un poco más adelante, en el tercer párrafo, la descripción visual del resultado tangible, tal como es obtenido por vía seca. El valor del pasaje es atestiguado, en la edición de Módena, por la particularidad de que fuese compuesto en itálica:

He aquí que he publicado honestamente la verdad: en efecto, nuestro Caos es como una tierra mineral, por lo que respecta a su coagulación, y sin embargo es un aire volátil, porque en su interior, en su centro, está el Cielo de los Filósofos, centro que es realmente astral, irradiando a la tierra con su luz hasta la superficie.

Ecce sanctè veritatem propalavi: Chaos etenim nostrum est quasi mineralis terra, coagulationis suae respectu, & tamen aer volatilis, intra quod est Coelum Philosophorum in centro suo, quod centrum est reverà astrale, irradians terram ad usque superficiem suo jubare.

Sí, el Caos del filósofo es una tierra mineral, una mena, más precisamente un sulfuro, pero lo que Filaleteo no dice, es que conviene restituir, a esta materia bruta, el espíritu de vida, indispensable y latente, que poseía en la mina, cuando el gran Principio lo impulsaba del centro a la periferia.

Artefio evocó, bastante evidentemente, desde las primeras líneas de su opúsculo, el nombre que está prohibido avanzar, ni siquiera pronunciar o escribir:

«El antimonio es de las partes de Saturno y, en todas las maneras, tiene la naturaleza de él, y el antimonio saturnino conviene al Sol, y en él está el azogue en el que ningún metal se sumerge, si no es el oro, es decir, que solamente el sol se sumerge, en verdad, en el azogue antimonial saturnino, y sin este azogue ningún metal puede ser blanqueado.»[30]

Filaleteo hizo eco al antiquísimo filósofo, al subrayar, como no había dejado de hacerlo antes de él Basilio Valentín, la propiedad bien conocida que posee el sujeto mineral, de desembarazar al oro común de los metales extraños que pueden estorbarlo y deslucirlo. El sentimiento del célebre benedictino no podría dar lugar al menor equívoco:

«Es por esto que, si quieres trabajar por nuestros cuerpos, toma el avidísimo Lobo gris que, por el examen de su nombre, está sometido al belicoso Marte, pero que, por su raza de nacimiento, es el hijo del viejo Saturno, y que, en los valles y las montañas del mundo, es presa del hambre más violenta. Arroja, a este mismo Lobo, el cuerpo del Rey, a fin de que reciba de él su alimento, y cuando haya devorado al Rey, haz un gran fuego y arroja en él al Lobo para consumirlo enteramente, y entonces el Rey será liberado. Cuando esto haya sido hecho tres veces, el León habrá triunfado sobre el Lobo y éste no encontrará ya nada que comer en aquél. Y así nuestro cuerpo está bueno para el comienzo de nuestra Obra»

¿No dan acaso estas líneas la fórmula apenas velada de la manipulación química en el horno, que se encuentra muy fácilmente, redactada sin rodeos, en todos los buenos tratados antiguos de la química o bien del arte de los ensayadores?

El muy bonito grabado (Pl. XI), que sirve de frontispicio al manual práctico de Basilio Valentín, nos muestra a los dioses del Olimpo, que están sumidos en el mismo entusiasmo y volcados en el mismo esfuerzo. Tiran, hacia la vía real, del Carro triunfal del Antimonio.

XI. Simbolismo generoso cuya transparencia impide que insistamos más en su sujeto. El antimonio deviene filosófico, cuando ha recibido largamente el homenaje de los dos astros, de los planetas y de las estrellas del cosmos. Es entonces, positivamente, esta Virgen que dice de ella misma, en el Cantar de los Cantares, que es negra pero hermosa.

En cabeza, Marte porta el símbolo del hierro sobre su peto, mientras que en lo alto del vehículo, detrás de Vulcano, Venus y Mercurio sostienen juntos el espejo oval de la Sabiduría eterna. El dios del fuego, que tiene su fragua junto a él, y su pequeño martillo de separación en la cintura, vigila a su esposa, agarra las riendas con la diestra, y parece dirigir bien el singular atalaje.

El estudiante habrá sorprendido este último detalle, así como deberá notar que Afrodita muestra, sobre su bustero, a la altura del ombligo, el globo crucífero que estaba reservado, en la notación antigua, a la estibina, así como a la tierra.

La manera en que los metales se forman en el seno de la tierra, nos ha parecido siempre sumamente seductora, tal como es expuesta unánimemente por los autores clásicos y según la cual, en resumen, el globo terrestre, bajo su corteza, ocultaría el más vasto e inconcebible de los laboratorios, inagotable además en cuanto a la producción. Y es esto lo que se muestra tranquilizador, de que la sociedad de los hombres no carecerá jamás de las cosas necesarias a su industria: carbón, metales, petróleo, gas, et caetera.

Este laboratorio de la Naturaleza, esta elaboración constante en el interior del mundo, condujeron a Alexander Sethon a concluir brevemente:

En consecuencia, sucede, hoy en día, que se descubren minas en lugares donde, mil años antes, no había ninguna.

Inde fit quod hodie reperiantur minerae in locis, ubi antè mille annos nullae fuerunt.

La teoría es simple, como todo lo que surge de la Naturaleza, y debe ser conocida del estudiante, ya que los Maestros no dejaron de desarrollarla a menudo, antes de entrar en toda otra lección. Este es más especialmente el caso del Cosmopolita que insistió, hasta repetirse, sobre este punto preliminar de la doctrina. Su explicación no es extensa; no citaremos de ella, sin embargo, más que algunas líneas que resumen esta consideración previa y común a todos los buenos autores. Las tomamos prestadas, de nuevo, a la Nueva Luz química, tal como nos las presenta la excelente edición hecha en Colonia, de la que se nutrieron todos los grandes artistas del siglo XVII, y, entre ellos, Filaleteo y Limojon en particular:

Mas, a fin de que vuelva a nuestro propósito (ya que aquí nuestra intención no es sólo la piedra) ocupémonos ahora de la materia de los metales. Poco antes he dicho, que todas las cosas se forman de un aire líquido o de un vapor, que los Elementos, por un movimiento perpetuo, destilan en las entrañas de la tierra. Después de que el Arqueo de la Naturaleza ha recibido este vapor, lo sublima por los poros, y por su sagacidad lo distribuye a cada lugar (como lo hemos referido en los capítulos precedentes) y así, por la variedad de los lugares, las cosas provienen y nacen también diferentes. Sed ut ad propositum revertar (siquidem hic non est intentio nostra de solo lapide) agamus nunc de materia metallorum. Paulò antè dixi, res omnes nasci ex aere liquido vel vapore, quem Elementa perpetuo motu in viscera terrae stillant, hunc postquam. Naturae Archaeus accepit, per poros sublimat, & unicuique loco sua sagacitate tribuit (sicuti in praecedentibus retulimus) & sic locorum varietate res etiam proveniunt, & nascuntur variae.

Sólo el alquimista, y más exactamente el artista, que trabaja en el laboratorio y comercia en él íntimamente, asiduamente, con la materia de Dios, puede alcanzar la Verdad. Sobre aquella, el generoso comentarista de La Luz saliendo por sí misma de las Tinieblas disertó en abundancia, inclinado sobre el primer canto -Canzone prima— del Adepto italiano.

Bien que hubo declarado que el conocimiento del trabajo de la Creación, puesto que divino, requiere un estudio sobrenatural —supranaturalem requirit cognitionem— no dejó de añadir que esa Gran Obra fuese realizable a partir de lo que ofrece la Naturaleza:

Mas, no obstante, si, por estas cosas que han sido creadas conviene conocer al Creador…; no será discordante seguir las enseñanzas poéticas de nuestro autor.

Attamen si per ea, quae creata sunt, Creatorem decet cognoscere…; nec erit incoveniens auctoris nostri poetica sequi documenta.

Minucioso es el examen que resumen las dos proposiciones siguientes en una suerte de apotegma:

El pequeño mundo que, imagen exacta del Mundo entero, lo simboliza.

Microcosmus qui totius Mundi adequata effigies syrnbolizat.

Lo mismo que el hombre, el mundo está sometido incesantemente a la ineluctable trayectoria física que va del nacimiento a la muerte. No tuvo comienzo y jamás tendrá fin, diga lo que diga de ello la Biblia, y lo más seguro, es el perpetuo recomenzar que Moisés veló, para la paz de los cerebros, en su primer libro del Génesis. Este queda como la alegoría perfecta de la creación microcósmica, es decir, de la Obra humana que, no sin razón, fue calificada de Grande:

En el principio Dios creó el cielo y la tierra.

Pero la tierra estaba inane y vacía, y las tinieblas estaban sobre el exterior del abismo; y el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas.

Y Dios dijo: Que se haga la luz. Y la luz se hizo.

Y vio Dios que la luz era buena; y separó a la luz de las tinieblas.

In principio creavit Deus caelum et terram.

Terra autem erat inanis & vacua, & tenebrae erant super faciem abyssi; & Spiritus Dei ferebatur super aquas.

Dixitque Deus; Fiat lux. Et facta est lux.

Est vidit Deus lucem quòd esset bona; et divisit lucem à tenebris.

In principio o En arch, se trate del latín o del griego, según nosotros, no debe ser traducido por al comienzo, sino, exactamente, por en el principio, es decir desde toda la eternidad. La observación es tan irreplicable y válida aquí, como para el primer versículo del evangelio de S. Juan:

In principio erat Verbum - En el principio era el Verbo.

La aserción nos parece tanto más irrecusable, cuanto que nos apoyamos sobre la neta definición que expuso Cicerón, en una de sus Discusiones de Túsculo:

El origen del principio no es, ya que todas las cosas nacen del principio, pero el principio mismo no puede nacer de ninguna otra cosa.

Origo principii nulla esta: nam ex principio oriuntur omnia, ipsum autem nulla ex re alia nasci potest.

Es únicamente por la Gran Obra, que es posible escapar, aquí abajo, al inexorable trazado de la curva fatal, primero ascendente, luego descendente y regresivo, que es posible sustraerse al proceso inevitable del nacimiento, de la juventud, de la madurez, de la vejez, que acaban la decrepitud y la muerte.

Al comienzo de los trabajos que Hércules llevó a cabo con éxito, en los tiempos mitológicos, ¿cuál es la operación, en algún modo preliminar, sobre la que los autores, en su mayor parte, se callaron o no hablaron más que analógicamente, y de la que bien parece que, más que ninguna otra, no haya sido transmitida más que de boca a oído?

Ella reside en la imperiosa necesidad de que el sujeto, mineral y de elección, cuyo papel, más tarde, será el de reincrudar, sea devuelto, lo más que sea posible, al estado primordial; aquél que era el suyo y del que gozaba, en el interior de su capa minera. He ahí por qué haremos aquí una confidencia del todo inhabitual, pese a que pueda parecer, a primera vista, de una sorprendente banalidad. En efecto, si no fuese por el esfuerzo que reclama el uso del mortero y de su mano, nada parecería más ordinario, que el que el alquimista redujese una substancia en polvo fino.

Es en este estado de división física que el individuo mineral se muestra conveniente a la misteriosa reincrudación. Fu1canelli, por una nota a pie de página, fue el primero que explicó este sustantivo, al mismo tiempo que su verbo generador:

«Término de técnica hermética que significa volver crudo, es decir volver a poner en un estado anterior al que caracteriza la madurez; retrogradar hacia el origen y el principio.»

Es necesario que la materia adquiera, en el más alto punto, esta cualidad genesíaca, para el tiempo de las operaciones, cuando se convertirá, según el «muy antiguo filósofo» Artefio, en el único agente, para este arte, en el mundo entero, que, evidentemente, puede resolver y reincrudar los cuerpos metálicos, con la conservación de su especie - unicum agens in toto mundo in hac arte quod videlicet potest resolvere & reincrudare corpora metallica sub conservatione suae speciei.

El lector atento habrá pensado sin duda, y no sin razón, que nuestra comunicación permanece incompleta. Efectivamente, no hay que olvidar que el fuego, es decir el elemento de calor y de llamas, artesano capital, interviene desde la puesta en marcha de la larga elaboración filosofal.

Aquí, la física debe ayudar a la química, en una acción que es íntima y recíproca y que justifica que, frente a una y otra, la alquimia se beneficie de toda preexcelencia.

Sólo aquél que no ha experimentado, no puede conocer, ni siquiera suputar, la virtud todopoderosa de una sustentación ígnea, igual y dulce, por largo tiempo dispensada. En estrecha relación con esta observación repetida en el laboratorio, añadamos que nuestro sulfuro metálico, pulverizado con mucho cuidado y puesto en un matraz de vidrio de unos dos litros, constituye ahí sin embargo una masa que es todavía demasiado densa, para que su volumen y sus partes no deban ser artificialmente distendidas y aireadas. El artista sabe entonces el servicio que el tamiz es capaz de prestarle, a fin de que obtenga por él, la grava necesaria, y después separe ésta, tras haber largamente asegurado su oficio.

Si no nos hemos vuelto culpables de una divulgación notoria, experimentamos al menos el sentimiento, de que hemos cometido una real torsión de la disciplina tradicional, en este inicio del proceso filosofal. ¿Lamentaremos nuestra insubordinación? No lo pensamos así, ante la fuerte corriente de curiosidad desinteresada que, en provecho de la ciencia de Hermes, se desarrolla desde hace varios años y no cesa de acrecentarse.

La operación misma sigue siendo no menos elemental, bien que muy delicada y reclamando mucho cuidado y atención. Es con ella, lo hemos dicho, que el alquimista entra ya en la Gran Obra, en una suerte de asación que demanda el grado, bastante bajo, del calor llamado del estiércol o de la gallina empollando sus huevos, así como la ayuda constante del termómetro.

Instrumento inestimable del que no dudamos que los alquimistas lo hayan tenido a su disposición y que, celosamente, hayan apenas desvelado su arcano.

Juan Bautista Van Helmont, el primero, nos parece, describió y dibujó su termómetro, evidentemente elemental (Pl. XII). El licor BC, rubificado por una maceración de rosas, a fin de que sea más visible —rubificatum maceratione rosarum, ut visibilior esset— se movía en el tubo, a la justa medida del ambiente —in canali per temperamentum ambientis.

Anteriormente, el artista había laboriosamente preparado su materia mineral, dándola, por los procedimientos ordinarios, una mayor riqueza que no poseía, cualquiera que hubiese sido su calidad al salir de la mina.

XII. El éxito de las operaciones depende mucho de la graduación del fuego, que hay que observar y que importa extremadamente durante la cocción final. En el curso de la tercera obra, el más pequeño exceso, en la subida térmica, causa la ruptura del huevo, de la que el efecto, sin límite en el espacio, tendría en la hora presente, sobre los centros atómicos, las más desastrosas repercusiones.

El medio, que es bien conocido de los metalúrgicos, y que no reclama más que la ingeniosidad, la paciencia y el esfuerzo, es muy simple. Consiste en repetir, en pequeño, en el laboratorio, lo que se hace en grande, en los talleres de fundición, a fin de desembarazar al sulfuro de su ganga, frecuentemente siliciosa, que lo estorba y desnaturaliza.

Mas, podría observarse, con alguna pertinencia, ¿por qué entonces no procurarse, más simplemente todavía, el producto presentado en polvo y purificado que se vende en el comercio? Evidentemente, ésta sería la facilísima solución de la primera dificultad que se yergue sobre el camino de la experiencia.

Basilio Valentín, que fue monje de la Orden de San Benito, en Erfurt, se inclinó sobre el problema, en su Libro de las Doce

Claves de la Filosofía:

«Sabe, amigo mío, que todas las cosas impuras y ensuciadas no convienen a nuestra obra, para la cual, en efecto, su lepra no podrá dejar socorro alguno; ahora bien, lo bueno es obstaculizado por lo impuro.

Todas las mercancías que se venden, extraídas de las minas, valen cada una su precio, mas cuando son falsificadas, devienen impropias. Pues son alteradas con un falso brillo, y ya no son, como antes, convenientes a la misma obra.»

Sí, cuanto no es de temer que el sujeto mineral esté adulterado o incluso, buenamente, salga de una producción de síntesis, que facilita, de ordinario, la presentación al estado pulverulento, en los comercios detallistas.

Por lo demás, entre el alquimista y la materia, el contacto físico debe establecerse desde el comienzo y mantenerse constantemente. En consecuencia el tacto, por el que se instalará el intercambio del magnetismo, yendo pronto en aumento, e intensificándose con la ayuda del fuego, no es poca cosa. Este se muestra tan decisivo, en cuanto al resultado, que el operador devendrá pronto el filósofo por el fuego —philosophus per ignem— de los antiguos tratados.

Esta difícil comunión, Nicolás Flamel supo hacérnosla sentir, mejor que ningún otro filósofo. Particularmente prendado de la cábala y de la tradición, revistió de todos los caracteres exteriores del sujeto de elección, a su famoso Libro de las Figuras de Abraham el Judío. Si el neófito conoce la explicación suministrada por el Adepto Fulcanelli[31], es bueno que conozca igualmente la enojosa broma, según la cual el marido de Perrenelle habría recibido el extraño volumen de manos de un mensajero del cielo.

¡Ay!, es el admirable Albert Poisson quien nos transmite la novatada, nacida de la imaginación maliciosa del literato que podría ser considerado como el padre del periodismo moderno. Nos referimos a Jean-Baptiste Gouriet, que fue director del Independant, el diario de los Cien Días, pronto reemplazado por Le Constitutionnel.

Bien parece, en efecto, que sea en el libro reputado como su mejor producción, que Gouriet, el primero, habló del supuesto milagro que le aconteció a Nicolás Flamel:

«Una noche, durante su sueño, un ángel se le apareció, sosteniendo un libro bastante notable.»

De este álbum de imágenes pintadas, Gouriet se aplicó entonces a redactar la descripción, que simplemente tomó prestada a la edición de Pierre Arnaud, señor de la Caballería Poitevina, y que, consecuentemente, es lo único que corresponde a la realidad. Continúa su fábula, a fin de precisar en la página siguiente:

« ¡Flamel! dice el habitante de los cielos, mira este libro del que no comprendes nada. Para muchos otros permanecerá siempre ininteligible; pero tú veras ahí un día lo que ningún otro podría ver.»

Ante este discurso, Flamel extiende las manos, a fin de agarrar este precioso presente; el ángel y el libro desaparecen entonces, pero raudales de oro ruedan sobre su traza y Nicolás se despierta en medio de una agitación extrema.

Lleguemos, sin esperar más, al pasaje en el que, para concluir, Jean-Baptiste Gouriet confiesa su mistificación, con el más desconcertante cinismo:

«Supongamos que Flamel no haya encontrado la piedra filosofal, ¿no habrían ido las cosas igual de bien? Ciertamente, no quiero en modo alguno suprimir mi artículo; está hecho, y tiene que permanecer; mas si el lector lo quiere, haremos un arreglo. Confieso, por mi parte, que el sueño del que he hablado está sacado, para expresarme como el ilustre Bruscambille, de la escarcela de mi imaginación.»

CAPÍTULO VII -  LA SAL DE LOS FILÓSOFOS

La sal es nuestro tercer actor, sin el cual nada se produciría sobre la escena de la Gran Obra. Encontraremos la afirmación de ello junto a Cristo mismo, desde el inicio de su ministerio divino, en el discurso que pronunció sobre la montaña, a fin de que fuesen señaladas las ocho bienaventuranzas. Es entonces que el alquimista de Belén propuso el arcano a sus discípulos, al identificarlos con la luz del mundo y la sal que, pese a todas las apariencias, no es, evidentemente, el cloruro de sodio utilizado para la cocina:

Vosotros sois la salde la tierra. Pues si la sal perdiese su fuerza, ¿con qué se la salaría? No vale para nada más sino para ser arrojada afuera y pisoteada por los hombres.

Vos estis sal terrae, Quód si sal evanuerit, in quo salietur? Ad nihilum valet ultrá, nisi ut mittatur foras, & conculcetur ad hominibus. La magistral parábola es repetida por Marcos y Lucas, quien la puntuó con la observación famosa y familiar a los Evangelios:

Quien tenga oídos para oír, oiga.

Qui habet aures audiendi audiat.

Examinaremos el gravísimo cuidado que importa conservar de que la sal no se desazone, y cómo sea posible eliminar la amenaza de ello.

La pequeña viñeta, que esclarece el título del admirable Traité du Feu et du Sel (Tratado del Fuego y de la Sal), no deja de aplicarse maravillosamente a nuestro propósito, ni de revelar el profundo conocimiento que tenía su inspirador del mediador cristalizado, blanco y universal (Pl. XIII).

XIII. Qué de confidencias no habría hecho Blaise de Vigènere en su inestimable tratado, que guardaba para él solo, si hubiese podido prever que esta obra fuese inmediatamente encontrada tras su muerte. Esta pequeña viñeta de título es bastante elocuente del lugar, inaccesible a la persona ordinaria, de donde el alquimista recibe su sal y su fuego filosóficos y secretos.

Este niño, juvenil y gigantesco, se comunica con el Padre eterno, y con su mano derecha levantada, que acompañan dos

alas, toma al cielo el fluido y lo transmite a la Piedra cautiva.

Evidentemente, tenemos bajo los ojos a uno de estos pequeñuelos, de estos párvulos[32] con motivo de los cuales Jesús se

indignó, de que se opusiesen a que llegasen hasta él:

Dejad venir hacia mí a los pequeñuelos, y no les obstaculicéis: En efecto, el reino de Dios pertenece a sus semejantes.

Así os digo: Quienquiera que no haya recibido el reino de Dios como un pequeñuelo, no entrará en él.

Y abrazándolos, e imponiendo las manos sobre ellos, los bendecía.

Sinite parvulos venire ad me, & ne prohibueritis eos: talium enim est regnum Dei.

Amen dico vobis: Quisquis non receperit regnum Dei velut parvulus, non intrabit in illud.

Et complexans eos, & imponens manus super illos, benedicebat eos.

Es imposible, que no hayan sido más que jóvenes niños, aquellos para quienes el Salvador había ya observado, según lo

refirió san Mateo:

En ese tiempo Jesús, respondiendo, dijo: Yo te testimonio, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los racionales y a los hábiles, y las has revelado a los pequeñuelos.

In illo tempore respondens Jesus, dixit: Confiteor tibi, Pater, Domine caeli & Terrae, quia abscondisti haec á sapientibus & revelasti ea parvulis.

Es, poco más o menos, lo que dice san Marcos por su parte subrayando, además, el mayor crimen que pueda ser cometido y que es el del pecado contra el espíritu.

Lo más a menudo el párvulo está desguarnecido de todo bien temporal, de suerte que no puede alcanzar el saber de este mundo, ni sobre todo los diplomas ratificadores y todopoderosos, que son la presa de los corruptores y de los hábiles. A este respecto el exergo que ciñe la imagen simbólica de Vigenère se expresa sin ambages, aun cuando esto sea en su doble alcance espiritual y temporal:

La pobreza perjudica a los mejores estudiantes, de suerte que no avanzan.

Mas, se trata ahí, lo hemos dicho, de la sabiduría del mundo, según san Pablo, la que Dios no produjo insensata —nonne stultam fecit Deus.

La cruz griega simboliza el crisol, antiguamente (en francés) croiset, crucible, lo que hace que tomemos alquímicamente la declaración que el Apóstol de los Gentiles hizo en nombre de todos los Adeptos:

En efecto, la palabra de la cruz, para aquellos que están perdidos, es, en verdad, una locura, mas para los que están salvos, es decir, para nosotros, es la fuerza de Dios.

Verbum enim crucis pereuntibus quidem stultitia est: iis autem, qui salvi fiunt, id est nobis, Dei virtus est.

Al nivel experimental, los alquimistas observaron, en lo que concierne a la sal, una impenetrable y fastidiosa discreción.

Únicamente al anónimo y muy clásico Altus, por sus imágenes sin palabras escritas, pero no sin voz, examinó el gran problema, en la sucesión detallada de las manipulaciones húmedas que lo resuelven de forma satisfactoria. Sin que, de ningún modo, tengamos miedo a ser desmentidos, estamos en condiciones de afirmar que las operaciones que tienen relación con la sal y fueron figuradas por el Adepto rochelés, en su bello álbum, son mucho más comprensibles y realizables, de lo que parecen a primera vista.

No enunciaríamos nada especialmente original, si revelásemos la necesidad de que las dos sales que intervienen en el curso de la elaboración, sean tan puras y naturales como sea posible, igual que para el sujeto minero y su futuro protagonista metálico. A este respecto, el neófito ha leído, precedentemente, el muy formal sentimiento de Basilio Valentín.

A fin de que el estudiante entre más fácilmente en el dominio del laboratorio, deberá, primero de todo, tener conocimiento de la exposición tan breve como preciosa, que redactó Fulcanelli, relativa a la naturaleza y al papel de la sal, y a la que le conducirán juiciosas consideraciones sobre los cuatro elementos y el ternario de los principios:

«De estos principios, dos son reputados simples, el azufre y el mercurio, porque se encuentran naturalmente combinados en el cuerpo de los metales; uno sólo, la sal, parece constituido en parte de substancia fija, en parte de materia volátil. Se sabe, en la química, que las sales, formadas de un ácido y de una base, revelan, por su descomposición, la volatilidad de uno, lo mismo que la fijeza de la otra. Como la sal participa a la vez del principio sulfuroso por su sequedad ígnea y fija (fuego), sirve pues de mediador entre los componentes azufre y mercurio de nuestro embrión.»

Se trataba ahí de la doble virtud subrayada por nuestro Maestro, que, ya, habrá permitido la primera conjunción de la que se hablará en el capítulo siguiente.

Para que el neófito y el operador, en particular, lleguen hasta ahí, desvelaremos un secreto que puede parecer de mediocre importancia, a ejemplo de toda cosa muy simple que no se ha tomado uno el esfuerzo de descubrir. No sería éste, desde luego, sino la certeza, en lo que concierne a la sal, que no es, en manera alguna, una mira del entendimiento. Esto, como lo podría dar a pensar el sentido figurado del vocablo, cuando expresa los juegos y los rasgos propios a la vivacidad, a la finura, a lo picante, incluso a la gracia en el discurso.

La confusión es mucho más difícil de disipar, cuando los Filósofos consideran la sal que responde al tercer principio, en el interior mismo del mineral o del metal. Es así que el neófito no deberá esperar, como la lógica parecería ahí autorizarlo a primera vista, en cuanto a la substancia que consideramos, que será informado por El Tratado de la Sal de Alexander Sethon. Con seguridad la discriminación reclama el tiempo y el esfuerzo. No es seguro, por otra parte, que este libro haya sido escrito por el Adepto escocés, tal como conducen a hacerlo pensar, en el primer capítulo de la edición francesa, estas pocas palabras del pasaje por el cual el autor recomienda la lectura de otros libros:

«…& principalmente los de Sendivogio, del que hemos hecho mención aquí arriba.»

Sin duda es el gentilhombre polonés quien habla y quien ya, en El Tratado del Azufre, declaraba que había efectuado la transmutación metálica, «que es una cosa verdadera, & muy verdadera» ante una pequeña asamblea de testigos, muy diferentes en cuanto a la condición, pero merecedores todos por igual ante la demostración física. Es en el mismo lugar, que escribió honestamente esta frase de confesión, suficiente para diferenciar a los dos artistas en quienes no se ve comúnmente más que una sola persona:

Sin embargo esta Medicina no ha sido hecha por nuestras manos, sino que la hemos recibido así de un amigo, muy verdadera no obstante.

Non tamen nostris manibus haec Medicina fuit sed ab amico talia accepimus verissima tamen.

Alexander Sethon, que fue el amigo y el maestro de Miguel Sendivogio, distinguió sin embargo, en provecho del investigador, el cuerpo cristalizado que permanece como el constituyente más activo de los mejores fundentes ordinariamente conocidos y siempre utilizados por vía seca.

Dirigiéndose al más sagaz, que conoce ya la fuente de la sal, Cosmopolita le aconseja rezar a Dios, a fin de que adquiera «esta preciosa Sal blanca como la nieve, que pueda sacar el agua viva del Paraíso, & que pueda con aquella preparar la tintura Filosófica, que es el mayor Tesoro & el más noble don que Dios haya dado nunca.»

¿Cuál es pues esta sal blanca que hay que emplear, preferiblemente cristalizada en nieve, y que se mezcla fácilmente a nuestro mineral y a nuestro metal, ellos mismos divididos, uno en polvo, el otro en limaduras?

Si hemos dicho que es doble, no hemos entendido en modo alguno que esto fuese en su combinación química, como es el caso, por ejemplo, para la sal de Seignette, llamada también de La Rochelle, que es un tartrato de sodio y de potasio, y que, por simple calcinación, restituye los dos carbonatos, de sodio y de potasio.

Nuestra sal o, si se prefiere, nuestro fundente, es doble porque está físicamente compuesto de la adición ana de dos sales diferentes. En nuestros comentarios de las imágenes del Mutus Liber, nos hemos detenido suficientemente sobre esta pareja de los auxiliares salinos indispensables, para que nos sea posible reanudar aquí sus consideraciones, que se muestran ya de una imprudencia extrema.

Al que verdaderamente quiere saber y a quien le daña la sinceridad, pocas palabras le bastan. Que el estudiante en consecuencia, se refiera a la edición del gran clásico constituido por El Libro Mudo, que es sin duda la mejor y que reproduce exactamente la primera impresión, del año 1677, en la Rochelle —Rupellae. Subrayaremos, de nuevo, esta extraña particularidad de que hicieron falta cerca de tres siglos, a fin de que las planchas del misterioso Altus, tan parlantes, sea lo que sea que parezcan, fuesen muy fielmente reproducidas.

Las figuras que el médico Juan-Jacobo Manget hizo grabar para su inestimable Biblioteca química curiosa —Bibliotheca chemica curiosa—se muestran un poco diferentes de sus modelos iniciales, y son ellas, desgraciadamente, las que las ediciones de nuestra época han invariablemente reproducido. Sea lo que sea, nuestro lector buscará, sobre las imágenes 8 y 11 de la elegante edición encuadernada de Jean-Jacques Pauvert, los dos pequeños símbolos de los que uno es el del tártaro, el otro del amoníaco; jugando este último vocablo, cabalísticamente, con el arnoníaco de los tratados antiguos, para designar nuestra segunda sal que no podría responder, bien seguro, al ingrediente haloide basado sobre el amonio, es decir, al cloruro o clorhidrato de amoníaco.

El hijo de la ciencia notará que el triángulo y sus tres tallos lanceolados, que expresan la hez del vino solidificada, designan igualmente al azufre filosófico, tal como lo muestra, por otra parte, la tabla tomada (Pl. XIV) al Course de Chymie (Curso de Química) de Nicolás Lemery.

XIV. Los alquimistas y los químicos utilizaban antaño los mismos signos para anotar, más cómodamente, los cuerpos que entraban en sus experiencias, así como las condiciones que regían aquellas. Ciertos textos antiguos están abundantemente «rellenos» de todos estos jeroglíficos.

No es sin duda por nada, que nuestro salitre fundido —sal petrae, sal de piedra— en su blancura de esmalte, es llamado el cristal mineral: Cristou, Khristou, de Cristo, y alz, als, sal de Cristo.

Pero el alquimista ya no ignora, que nuestro auxiliar salino, nuestro mediador, está constituido por la mezcla de dos compuestos oxigenados, los cuales son, por lo mismo, el fuego de los sabios. Limojon de Saint-Didier advirtió caritativamente al aficionado a la ciencia, que lo deberá preparar él mismo, conservándolo tal como lo haya retirado de su medio generador, con la mayor industria. Esto es lo que resulta de las palabras del prudente Eudoxio, en el curso de la conversación del maestro con su discípulo, en El Triunfo hermético:

«Considerad solamente con aplicación, que este fuego natural es sin embargo una artificiosa invención del artista; que es propio para calcinar, disolver, & sublimar la piedra de los Filósofos; & que no hay sino esta única clase de fuego en el mundo, capaz de producir un efecto parecido. Considerad que este fuego es de la naturaleza de la cal & que no es en manera alguna extraño con respecto al sujeto de la Filosofía.»

El fuego secreto, llamado también filosófico, es vehiculado por el salitre del cielo. ¿Por qué no transmitiríamos sobre él, ahora, algunas indicaciones que Fulcanelli reservó prudentemente?

El Maestro poseía, entre los libros de su riquísima biblioteca, el del médico Denis de Copponay de Grimaldy, que estuvo ligado a la persona del rey de Cerdeña. Como había sido un espagirista sin más, especialmente iatroquímico, y se había mostrado sobre todo de una extrema imprudencia, el filósofo del Misterio de las Catedrales y de las Moradas Filosofales no lo citó, no más que a su volumen, por otra parte tan raro como poco más o menos desconocido.

No tomaremos la responsabilidad de hablar, hoy en día, más de lo que Copponay tomó sobre sí la autorización temeraria de ello, hará pronto trescientos años, en cuanto a este punto capital de la Ciencia, que el maestro Fulcanelli resolvió no tratar sino con la mayor sabiduría. Es por esto que nos contentaremos con no tomar del capítulo Del Salitre o Nitro, de las Obras póstumas, más que las líneas que son relativas al primer ayudante salino y que arrojan una viva luz sobre la intención de los trabajos del Libro mudo:

«Al convenir que todo lo que los Filósofos dicen de sublime con respecto al Nitro es verdadero, hay que convenir al mismo tiempo que entienden hablar de un Nitro aéreo, que es atraído en forma de sal más blanca que la nieve, por la fuerza de los rayos del sol, & de la luna por un imán que atrae al espíritu invisible; éste es la magnesia de los Filósofos, & el agente con el que componen su disolvente, o mercurio filosófico, que abre al mixto hasta su centro, para tener este fuego puro que es el alma, & el principio de vida, & de las acciones de todas las cosas; que es en alguna forma la clave que abre las puertas secretas para descomponer el mixto, & reducirlo en su primer principio.»

Evidentemente, de Grimaldy había encontrado alguna cosa de la que dio bien la idea, sin que hubiese podido concebir toda su infinita consecuencia. Sin duda debió mucho al caballero Kenelm Digby, quien disertó muy brillantemente sobre el vitriolo y sobre el salitre, en su Teatro de la Simpatía, en el frontispicio tan revelador de la preocupación principal de todos los más sabios (Pl. XV).

XV. Sympatheticum, esto es, literalmente, el epíteto griego, en el neutro, sumpaqhticon, sympathetikon, que significa compasivo. ¿No es ser caritativo, en verdad, en la base de la alquimia, mostrar, tan exacta y fuertemente, la relación fluidica y natural de todas las cosas entre ellas?

Denis de Copponay de Grimaldy tuvo una hija sumamente notable, la cuarta de las cinco que vinieron después del único

muchacho, Antonie-Théodore. A nuestros ojos, una de las citaciones latinas, que hizo Marie-Gasparde, milita mucho en favor de su saber, en el Plaidoyer (Informe) que redactó para la libre accesión de las criaturas del sexo femenino a los conocimientos de los hombres. Lo dedicó a Monseñor el ilustrísimo y reverendísimo Michel-Gabriel de Rousillon de Bernex, obispo y príncipe de Ginebra:

«Para la ciencia adquirida —escribió— la mujer tiene más aptitud que el hombre.»

Se trata, con seguridad, del axioma de Aristóteles, que el sabio comentador de las estrofas italianas de Fra Marc Antonio, Crassellame Chinese, incluyó en su texto y del que el estudiante se acordará, por haberlo leído precedentemente, en el capítulo de La Dama por excelencia. El nitro celeste de Grimaldy, Eireneo Filaleteo, invocando a los Adeptos que le precedieron, nos aconseja utilizarlo, con exclusión de todas las otras sales:

Asegurados de esta misma razón, rechazaron todas las sales, exceptuada una sola que es el primer ser de las sales y que disuelve no importa qué metal, y, por esta misma actividad, coagula al Mercurio; pero eso solamente por una vía violenta.

Eadem ratione confirmati salia cuncta repudiarunt, uno sale excepto, qui est salium ens primum, quid quodvis metallum dissolvit eâdemque operâ Mercurium coagulat; at hoc non nisi viâ violentâ.

Los mismos ilustres predecesores, llamados en testimonio, habían dicho, en efecto, que, al menos, se requiere un calor interior, además del exterior, al cual debe completar el fuego para lo que se desea - requiri saltem praeter extrinsecum calorem interflum, ignem ad vota complendum.

Tan familiar a las afirmaciones «envidiosas», Eireneo parece tomarse el placer en presentar la Verdad, incluso confirmarla, al alegar lo que es todo lo contrario de ella.

Si es posible enriquecer el nitro por su isómero celeste, lo es también exaltar de modo semejante la poderosa virtud de la segunda sal. En cuanto a ésta, los Filósofos hicieron, demasiado a menudo y claramente, alusión a la viña, para que el arbolito no ofrezca una relación positiva con la realización de la Gran Obra física. ¿No quiere la simbólica cristiana que Jesús haya sido este divino lagar que está bien en su lugar, arriba y a la derecha del grande y bello grabado del tratado de Michael Spacher?[33]

Este aparejo del que un ángel en vuelo acciona el tornillo y sobre el cual el suplicado lleva su cruz; este lagar, decimos, suministra el jugo que devendrá la santa vinaza, generadora ella misma del depósito cristalizado retenido por la madera propicia. Nota este roble, aconseja el piadoso Flamel, considerando también el antiquísimo tonel que reemplaza, hoy en día, la atroz cuba de cemento, incapaz de soportar el tártaro inestimable.

A este respecto, he aquí lo que Limojon escribió, en su Lettre aux vrais Disciples d ‘Hermes (segunda clave):

«Aplicaos pues a conocer este fuego secreto, que disuelve la piedra naturalmente, & sin violencia, & la hace resolverse en agua en el gran mar de los Sabios, por la destilación que se hace de los rayos del sol & de la luna. Es de esta manera que la piedra, que, según Hermes, es la viña de los Sabios, deviene su vino, que produce por las operaciones del arte su agua de vida rectificada, & su vinagre muy agrio.»

Ya Cosmopolita no había vacilado en escribir:

El hombre, creado de la tierra, vive del aire, en efecto está oculto en el aire, el alimento de la vida, que llamamos, de noche, el rocío, de día, el agua rarificada cuyo espíritu invisible congelado es mejor que la tierra universal.

Creatus horno de terra, ex aére vivit est enim in aere occultus vitae cibus, quem nos rorem de nocte, de die aquam vocamus, rarefactam, cuius spiritus invisibilis congelatus melior est, quam terra universa.

En la página siguiente, el Adepto volvió sobre el trascendente arcano, tan celosamente encubierto:

En efecto, debes tomar lo que está, pero que no se ve, hasta donde plazca al artista; es el agua de nuestro rocío, de la cual se saca la sal de piedra de los Filósofos, por la que todas las cosas se desarrollan y son nutridas.

Id enim accipere debes, quod est, sed non videtur, donec artifici placeat, est aqua roris nostri, ex qua extrahitur sal petra Phisophorum, quo omnes res crescunt, & nutriuntur.[34]

No hay necesidad alguna de haber adquirido grandes conocimientos de alquimia, para darse cuenta de que los grabados del Libro mudo traducen operaciones en el curso de las cuales interviene, de forma decisiva, la energía del Cosmos. Su fuente es inmensa y su aporte todopoderoso, tal como lo hacen fácilmente pensar los grabados 4, 9 y 12, que nos muestran el haz gigantesco del fluido acuoso proyectado sobre la tierra, desde lo alto del cielo, entre los dos grandes luminares, el sol y la luna.

Sin que temamos que ciertos espíritus ligeros nos traten de viejo chocho, subrayaremos de nuevo la innegable evidencia, de que estas tres imágenes nos ofrecen una pareja de alquimistas, especialmente dichosos; el hombre y la mujer están ocupados en recoger el rocío, suministrado abundante y mejor, por la primavera, del carnero y el toro. Se ve que el ejercicio, que reclama no obstante aplicación y propiedad, es bastante común.

En nuestras explicaciones de las escenas de laboratorio del artista anónimo, hemos examinado este trabajo por vía húmeda, que diremos elemental y que, es verdad, detenta su extrema importancia.

Del mismo modo y más ampliamente, hemos entrado en el detalle de las operaciones que vienen a continuación, a la vez delicadas y sabias, y a cuya introducción puede servir el relato de una experiencia hecha, en el siglo XVIII, por un médico de la ciudad de Amiens. Gosset era el nombre de este sabio profundamente impresionado, y lo comprendemos, por la frase que había leído, en el grueso volumen de Van Helmont, que reprodujo en el suyo y que nosotros traducimos:

Arte didici rorem saccharo esse divitem & multis morbis opitulantem.

Por el arte, he aprendido que el rocío es rico en jugo y remediante de numerosas enfermedades.

Sin duda Gosset reconstituyó el pasaje de memoria y lo aumentó, en la emoción que le había causado la lectura del capítulo entero, anunciado bajo este título:

Imago fermenti impraegnat massam semine.

La imagen del fermento fecunda la masa por la simiente.

Es pues en la página 95, sección 33, columna derecha, que leemos exactamente, a nuestra vez:

Rorem nempe, dulci saccharo esse divitem, edoctus sum per ignem.[35]

He sido completamente instruido por el fuego, de que el rocío es con seguridad rico en un jugo dulce y agradable.

En fin, he aquí el relato de la experiencia del doctor Gosset, tal como la suministró en su libro, no sin omitir ahí, voluntariamente, ciertos detalles, y, en todo caso, permanecer asombrosamente sobre el plano espagírico. Esto es lo que la observación conduce a pensar, a menos que haya estado destinada, astutamente, a dar el cambio.

Había hecho anteriormente una declaración que no debemos omitir, pues sabemos demasiado bien cuál es su valor y cuál es también su infinita consecuencia. Así, «prendado de estima» por Juan Bautista Van Helmont, Gosset puso a pudrir, bajo el estiércol, unos veinticinco potes de rocío, cuidadosamente filtrados con anterioridad:

«A continuación lo he destilado al baño María no hirviente, tras la primera destilación, he encontrado un sedimento al fondo de la cucúrbita, insípido y limonoso, que he arrojado, como inútil, esperando que la sal vendría a continuación. He reiterado pues la destilación ocho o nueve veces: la cuarta o quinta, he encontrado los capiteles de mis alambiques, pues tenía varios de ellos, tapizados del todo como con telas de araña, que no eran otra cosa que la sal volátil del rocío, que comenzaba a manifestarse bajo la apariencia de esta materia: he confundido ésta con el licor; y al final, en las últimas destilaciones, he encontrado una sal al fondo de las cucúrbitas, salinosa, grasa, que he filtrado, habiéndola desleído en una parte del rocío: después he vuelto a poner esta sal con el licor, que se ha cargado de una nueva sal y de nueva grasa, y repetido esta obra hasta que ya no ha venido nada más. He retirado pues de todo ello dos onzas de sal cristalina muy pura y bella, como el salitre más fino, fusible en la boca, e igualmente fulminante sobre el carbón ardiente; pero es preciso que la substancia de esta sal sea mucho más preciosa que la del salitre; pues habiendo puesto mis dos onzas en una pequeña cornuda sobre un fuego de arena, con un recipiente, he visto entrar en él un humo blanco, a continuación rojo; pero habiendo atizado el fuego un poco demasiado, la cornuda ha reventado, y he retirado la sal en poco más o menos la cantidad que había puesto en ella. Se me dirá quizás que en todo ello, no aparece nada que no se vea suceder en la destilación del salitre ordinario»

Esta última frase nos parece bien como que expresa el pesar de haber dicho demasiado.

Ciertamente, no sabríamos tener este sentimiento, de suerte que no vacilamos en hablar más.

Sobre el magnífico cuadro que pintó Juan Estradano, para el laboratorio alquímico de Francisco I de Médicis en Florencia (Pl. XVI), el licor madre llena hasta la mitad una gruesa ampolla de cuello largo. El discípulo escogido sostiene el precioso fardo en sus robustos brazos.

El maestro apunta su índice sobre el destilado recogido, mientras que un gato enigmático y de pelaje rojo, discretamente agazapado, concurriendo del todo a la atención general, plantea el enigma del fuego secreto, sobre el que volveremos.

XVI. Profunda y general, la atención está fijada sobre la destilación que detalla, por otra parte, la laboriosa pareja del Libro mudo —Mutus Liber—. La naturaleza misma de la operación, así como su maravilloso producto, permanecen asociados a la juventud, a la belleza, a la dulzura y a la fuerza del amor. Es el incipit del Romance de la Rosa, más justamente, del mágico romance del Rocío.

Pálido reflejo del vehículo del espíritu, el vitriolo ordinario, es decir el sulfato de hierro o caparrosa del comercio, no debe ser confundido con el vitriolo de los filósofos, aun cuando Basilio Valentín haya expuesto su muy simple procedimiento de fabricación, que consiste, sin más, en calcinar dos partes iguales de azufre y de hierro en limaduras, y en poner el sulfuro obtenido en digestión, en el seno del agua de lluvia.

El Rosario de los Filósofos —Rosarium Pholosophorum— el primero, estableció la diferencia.

Nota que el Vitriolo Romano posee la naturaleza de la piedra de los metales y que es caliente y húmedo.

Nota Vitriolum Romanum habet naturam lapidis metallorum & est calidum & humidum.

Vitriolo romano, es decir, filosófico, pues el epíteto está tomado en el sentido de católico, y consecuentemente de universal.

CAPÍTULO VIII - CONJUNCIÓN Y SEPARACIÓN

Todos los clásicos hablan unánimemente del matrimonio de los dos protagonistas que son los actores principales de la Gran Obra filosofal. Ésta, digámoslo de nuevo, de modo que seamos bien comprendidos, constituye positivamente el milagro ontogenético del reino mineral. Es así que encontramos imperativamente, bajo la reputada pluma de Cosmopolita:

Recurre pues al macho vivo, y a la hembra viva, únelos, a fin de que entre ellos conciban un esperma, para procrear un fruto de su naturaleza.

Resp(ice) ergò marem vivum, & foeminam vivam, hos coniunge simul ut inter se imaginentur sperma, ad procreandum suae naturae fructum.[36]

El alquimista sabe ahora cuáles son, marido y mujer, los dos futuros esposos que serán dulce e íntimamente reunidos, y, en

tercera parte con ellos, la doble sal indispensable al gozo fecundo de sus abrazos amorosos.

A este respecto, Limojon de Saint-Didier, que quiere que la copulación mineral no sea sino alegórica, puede arrojar la confusión en la comprensión del neófito. Permanece, no obstante, en la verdad absoluta que, por otra parte, afirma aún más, al subrayar el carácter más exacto de partenogénesis manifestado por el compost desde el primer instante de esta operación:

«Advertiréis pues, —prosigue Eudoxio a la intención de Pirófilo— que la materia Filosófica, o el Mercurio de los Filósofos, es una verdadera simiente, la cual, bien que homogénea en su substancia, no deja de ser de una doble naturaleza, es decir, que participa igualmente de la naturaleza del azufre, & de la del mercurio metálicos, íntima e inseparablemente unidos, de los que uno hace el papel de macho, & el otro de hembra.»

Eireneo Filaleteo completó la enseñanza de Limojon, que acabamos de leer en su muy sabio comentario, al mismo tiempo que justificó la analogía que establecieron los alquimistas entre la Anunciación del Ángel a la Virgen María y la unión tan protocolaria de la pareja mineral. Los preparativos que preceden y acompañan al coito real son muy importantes. Basilio Valentín, en sus Doce Claves de la Filosofía, no dejó de describirlos:

«Una virgen, antes de ser dada en casamiento, es primero magníficamente adornada con una variedad de los vestidos más preciosos, a fin de que agrade a su novio y que, por su aspecto, encienda en él, profundamente, el fuego del amor. Pero cuando debe ser casada con su novio, según la costumbre de la unión carnal, se la despoja de todos sus diferentes vestidos, y no conserva ninguno, si no es el que le ha sido dado por el Creador en el momento de su nacimiento.»

Estimando pues, con razón, el artista del Introitus, que el fuego que no quema, sino que pudre, no es otro que el azufre metálico, disertó de tal suerte, que sería difícil no pensar que hubiese considerado él mismo a la Madre Inmaculada del Salvador Jesucristo:

Este fuego sulfuroso es la simiente espiritual, que nuestra Virgen (permaneciendo no obstante sin mancha) recoge, ya que la Virginidad incorruptible puede admitir el amor espiritual, según el autor del Secreto hermético y la experiencia misma.

Hic Sulphureus Ignis est Spirituale Semen, quod Virgo nostra (nihilhominus intemerata remanens) contraxit, quia Amorem Spiritualem admittere potest Virginitas incorrupta, juxta Arcani Hermetici autorem, ipsamque experientiam.

La famosa misión de Gabriel fue figurada, por Jacques Coeur, de una manera hasta tal punto hermética, que nos hemos interrogado a menudo en cuanto a una prueba que pudiese ser más evidente todavía, ante los que niegan que el Gran Platero haya sido poseedor de la Piedra Filosofal. ¿Cómo habría podido Jacques Coeur hablar más y más claramente? ¿Cómo no acordarse también de lo que observó Cosmopolita, es decir, que la Gran Obra es de tal simplicidad, que los Filósofos estuvieron siempre forzados, a fin de que fuese velada lo mejor posible, a ahogarla en los detalles, que son como la ganga de su mena filosófica?

Es así como, Alexander Sethon, por su parte, en La Nueva Luz química, aconseja a su discípulo no maravillarse demasiado, de que haya escrito tantos tratados. Prosigue incluso:

En verdad, habría podido ser comprendido todo en muy pocas líneas, aún mejor, en muy pocas palabras, mas con razones y ejemplos, he querido conducirte hacia el conocimiento de la Naturaleza, a fin de que supieses, antes que todas las cosas, lo que debías buscar, o la primera o la segunda materia.

Potuissent, quidem omnia paucissimis comprenhendi lineis, imó verbis, sed per nationes & exempla volui te ad naturae cognitionem deducere, ut anté omnia scires, quid quaerere deberes, an primam vel secundam materiam.

Ciertamente, el tímpano de la capilla del palacio de Jacques Coeur, en Bourges, es verdaderamente extraordinario, y para que el estudiante pueda admirarlo y estudiarlo a placer, no hemos dejado de someterle aquí su imagen (Pl. XVII).

XVII. Así como la Virgen deviene blanca, tan pronto tiene lugar la Anunciación, de modo semejante, la tierra del artista se albifica, desde que el espíritu la ha penetrado. Es entonces denominada la tierra de las hojas, y recuerda, por su textura, al libro que está abierto, ante la virgen María, recién fecundada.

No examinaremos la escultura en el contexto del arte que presidió a su ejecución, y que es del todo arrebatador en este período terminal del gótico francés. Estamos ante una obra maestra, cuyo estado de conservación sorprende y transporta. Es evidente la voluntad de que la escena sea llevada, de abajo arriba, de la inefable poesía a la gravedad científica.

La juvenil Virgen, arrodillada sobre un cojín, posa su mano izquierda sobre el libro, que está abierto y que sostiene un angelito. Con la diestra, levanta su pesado y largo manto, mientras escucha, enternecida, la salutación del ángel, contenida en la filacteria que asciende en oblicua:

Ave María gratia plena

El estudiante sabe qué importancia atribuía nuestro maestro a este género de banderolas que se ven sobre las imágenes pintadas o bien esculpidas, y que llevan inscripciones o que se encuentran desprovistas de ellas:

«Portadora o no de epígrafe —escribe Fulcanelli— basta con encontrar la filacteria sobre no importa qué sujeto, para estar seguro de que la imagen contiene un sentido oculto, una significación secreta propuesta al buscador y marcada por su simple presencia. Y la verdad de este sentido, la realidad de esta significación, se encuentra siempre en la ciencia hermética, calificada entre los antiguos maestros de sabiduría eterna

Del gran florero, situado entre el ángel y su soberana, se eleva el alto tallo de una flor de lys, cuyas hojas parecen ser llamas, y que se divide, en su extremidad, en tres magníficas corolas. Símbolos de la pureza, estas flores recuerdan las tres reiteraciones que, tan pronto como es separado el mercurio, lo purifican por el fuego y la sal. La Virgen, que era negra, ha devenido blanca.

El apoyo, que María toma sobre el volumen abierto, es cómplice de su mirada al ángel Gabriel, y se une al gesto del Todopoderoso barbudo que apunta con su índice derecho sobre nuestro globo crucífero. Ante este símbolo esférico, que la iconografía utiliza desde los primeros siglos, ¿no conduce esto a sonreírse de que pueda admitirse que la edad media haya creído que la tierra era plana?

Emblema del espíritu, una paloma parece unir, en su vuelo, al globo con el libro abierto, y descender sobre éste, a fin de señalar que la materia está ahora animada y que, en consecuencia, se ha convertido en la tierra foliada.

Conviene que hablemos ahora de la separación —la de la luz y las tinieblas— tal y como nos lo autoriza nuestro largo estudio de un gran número de filósofos, y nuestra experimentación casi constante desde nuestro vigésimo año.

En cuanto a este inicio operatorio de la Gran Obra, volvamos a ver sin, esperar, lo que dice El Trevisano en su Palabra abandonada:

«Por lo que (como dice el texto que alega Morieno) los que quieren o procuran componer esta bendita piedra sin esta primera parte, son semejantes a los que, sin escaleras, quieren subir a los pináculos elevados: los cuales, en cuanto empiezan a subir, caen abajo, en la miseria & el dolor.»

En El Jardincillo Hermético, de Daniel Stolcius, vemos la caída de un hombre de la especie pretenciosa, figurada para el símbolo de Guillaume le Parisien y para el de Jean de Mehun. El primero hizo esculpir el zodíaco de Notre-Dame de París; el segundo continuó el Roman de la Rose (Romance de la Rosa).

Bajo los ojos del lector, las dos imágenes son demasiado expresivas para que tengamos que comentarlas, y bastará con que demos de ellas las sentencias escritas en exergos circulares:

Haec Scientia requirit verum Philosophum non fatuum.

Esta ciencia requiere al verdadero Filósofo y no al insensato.

Non est solius Hominis industria, sed in Dei manu posse ac velle omnia omnibus.

No está en la actividad del Hombre solo, sino en la mano de Dios, poder y querer todas las cosas para todos. (Pl. XVIII).

XVIII. No se puede subir desconsideradamente al árbol de la ciencia, sin que se haya recibido para ello el asentimiento de Dios y se esté asegurado de su todopoderosa ayuda. El verdadero filósofo, humilde y paciente, solicita sobretodo la claridad divina. He ahí porqué el ángel iniciador designa, al neófito, la suerte de un imprudente que ha subido completamente solo, hacia el sol del mundo.

Ya el Trevisano había observado:

«Mas, como el fundamento de este noble secreto está en la primera parte, los Filósofos, dudando si divulgar o revelar este secreto, han hecho poca mención de esta primera parte. Y cree que si no hubiese sido para evitar que la ciencia de los Filósofos quedase falsa en sus principios, se habrían callado totalmente sobre esta primera parte, y no habrían hecho ninguna mención de ella.»

He ahí bien algo que subraya toda la importancia de los esfuerzos del comienzo ante el horno. En este punto de la ciencia, la indicación que suministra el Adepto Fulcanelli es inapreciable:

«Ares, más vigoroso que Aries, debe estar en menor cantidad. Pulverizad y añadid la quinceava parte del total, de esa sal pura, blanca, admirable, varias veces lavada y cristalizada, que debéis necesariamente conocer.»

Ahí, como en toda circunstancia, en el curso de las manipulaciones, hay que tener buen cuidado de no apresurar nada. En el crisol llevado al rojo y afirmado sobre su redondel, en el centro del carbón en ignición, el artista, con la ayuda de la cuchara de mango largo, hará pasar, por fracciones sucesivas, la mezcla en polvo que ha preparado anteriormente con cuidado.

A cada cucharada se produce inmediatamente una ligera descomposición, tras la cual el alquimista vuelve a colocar la tapa sobre el recipiente de tierra. Agota así los trescientos gramos que es preferible no sobrepasar, en el crisol idóneo, incluso para un buen manipulador, a fin de que se realice más fácilmente la operación o más bien la fusión, que es su arte esencial.

El principiante, ganará mucho con dividir más toda la provisión que habrá reunido, con vistas a recoger el embrión mineral, de volumen substancial, aunque finalmente minúsculo frente a la masa puesta en obra. Esta no podría ser útilmente inferior a tres kilogramos en su totalidad, a fin de que el extractum fuese obtenido en el peso mínimo que es indispensable.

Pero no estamos todavía en el final de las sublimaciones, y volvemos a nuestra primera parte de la gran labor de los Filósofos. La fusión, hemos precisado, deberá ser perfecta, pues todo depende de la fluidez, a la que concurrirá grandemente el aporte, en varias veces, del auxiliar salino que Fulcanelli designó, sin que, de nuevo, haya descuidado la proporción conveniente:

«Arrojad entonces, en esta mezcla, la mitad de la segunda sal, sacada del rocío que, en el mes de mayo, fertiliza la tierra, y obtendréis un cuerpo más claro que el precedente.»

Al cabo de un tiempo que puede variar mucho, según el estado de la atmósfera, lo mismo que del firmamento, y que, en todo caso, no puede ser inferior a sesenta minutos, es seguro que la licuación se habrá operado en el crisol y que se mantendrá en el molde, si la colada ha sido efectuada de manera hábil. Justo antes de ésta, es necesaria la doble precaución de que el molde de acero, y fácilmente desmontable, sea engrasado y calentado. Igualmente, hay que cuidar de sustraerse, lo mejor que sea posible al humo que se desprende abundantemente, en los instantes de dicha colada que exige, insistimos en ello, toda la destreza de una larga y paciente práctica.

La separación es ocultada bajo muchos otros nombres, en particular bajo el de la conjunción, que la precede en verdad.

Ahora bien, es evidente que no se pueden separar, con el sentido de desunir, sino dos partes, al menos, que son distintas y que estaban conjuntadas anteriormente. Conjunción y separación son las dos fases de un artificio admirable, a cuyo éxito la Naturaleza y el Arte de la alquimia colaboran estrechamente.

Es lo que el estudiante habrá sin duda constatado, en el curso de sus lecturas repetidas de los dos Fulcanelli.

Nunca repetiremos bastante, cuánto importa que el alquimista opere al nivel elevado de la onda que es este agua seca que los clásicos tenían en la más grande estima, y que es el factor único y todopoderoso de la sabia armonía del Mundo. A este agua, que está en todo lugar y sin la que no habría ninguna existencia posible, Cosmopolita la llamó el agua de nuestro mar, el agua de vida que no moja las manos —aqua vitae non madefaciens manus.

Sin esta accesión previa y filosófica, la primera parte de la Gran Obra alquímica no diferiría de las manipulaciones que eran corrientemente efectuadas en los talleres de ensayadores y en los laboratorios de los químicos, hasta comienzos del siglo XIX.

La primera fase de la Obra es, en efecto, una operación en el crisol, o, más exactamente, una serie de operaciones que los

manuales impresos de la química exponían en claro, desde comienzos del siglo XVI. A fin de darse cuenta de ello, basta con consultar las obras de espagiria, en gran uso en el pasado, sea el Tratado de Cristophle Glaser, el Curso de Lémery, o el de Le Févre, ambos sabios igualmente llamados Nicolás.

Se encuentra en ellos, en suma, lo que hemos expuesto un poco más arriba, y que enseñaba, pues, hace trescientos años, el químico Glaser, Boticario ordinario del Rey & de Monseñor el Duque de Orleans:

«Tened un gran crisol, & situadlo en un horno de viento sobre un pequeño redondel (fromage), a fin de que no toque la rejilla, & que pueda recibir más calor; & hacedle enrojecer entre los carbones ardientes, tened una tapa proporcionada al crisol; tomad alrededor de una onza de la mezcla con una cuchara de hierro, & ponedla en el crisol, & cubridlo al mismo tiempo con su tapa, la materia se calcinará inmediatamente con un ruido que se llama detonación; pasado el cual, volved a poner nueva materia en el crisol, cubriéndolo como antes, & continuad así hasta que esté toda la materia en el crisol.»[37]

No podríamos sorprendernos de que Filaleteo haya formulado muy diferentemente el muy común modus operandi que, en su tiempo, era fácil de seguir, y sobre todo de realizar, por poco que se fuese hábil y que se poseyese algún conocimiento del arte del fuego. Este punto capital de la Ciencia no dejó pues de exaltar, en él, el carácter «envidioso», propio a todo filósofo, sea clásico o no. Que el estudiante lo juzgue, inclinado con nosotros mismos, sobre el pasaje que corresponde exactamente, en el Introitus:

«A fin de que tengas bien explicada esta dificultad, endereza tus oídos con mucha atención. Que sean tomadas cuatro partes de nuestro dragón ígneo que, en su vientre, oculta el Acero Mágico, nueve partes de nuestro Imán; mézclalos conjuntamente por el ardiente Vulcano, en forma de agua mineral, sobre la que flotará una espuma que hay que rechazar. Aparta la concha y escoge el Núcleo; púrgalo tres veces, por el fuego y la sal; lo que se hará fácilmente, si Saturno ha contemplado su imagen en el Espejo de Marte.»

Quare ut probe nodum hunc explicatum habeas arrige aures attentissimé: sumantur draconis nostri ignei, qui in ventre suo Chalybem occultat Magicum, partes quator, Magnetis nostri partes novem, misce simul per Vulcanum torridum, in forma mineralis aquae, cui supernatabit spuma rejicienda. Testam repudia, Nucleumque selige, purga tertia vice, per ignem ac salem, quod facilé fiet, si Saturnus in Speculo Martis suam formam aspexerit.

XIX. El vitriolo (vitryol) filosófico, o el oro verde y vegetativo, que, en su antigua ortografía, era, según Fulcanelli, el perturbador anagrama de un corto independiente: L’OR Y VIT (Ahí vive el oro).

Apremiado por su deseo de certidumbre de que ha tenido éxito, el artista, con la ayuda de un paño doblado, no espera apenas para atrapar, en el hueco de la mano, el lingote que ha retirado del molde cilíndrico, y que golpea con un golpe seco del martillo. Lo separará incontinenti, supuesto que haya sabido bien asociar la sabiduría al savoir-faire.

Ante las dos partes superpuestas del resultado filosofal, importa mucho que el operador conserve en la mente, el apotegma fundamental que esconde la Tabla de Esmeralda, y que se refiere a la identidad absoluta de profundo valor:

Lo que está arriba es como lo que está abajo.

Quod est superius est sicut id quod est inferius.

Estas palabras, las vemos extenderse como leyenda explicativa, alrededor de una diestra gigante, saliendo de espesas nubes y ejercitándose en el muy expresivo juego del boliche, con la bola el gran mundo.[38]

Es el medallón que se atribuye a Hermes egipcio, tres veces grande —Trismegistos— y que hemos tomado a la colección de Daniel Stolcius (Pl. XX).

XX. El truco manual, o de fuerza, que es a la vez inicial y decisivo, no puede ser conseguido por el alquimista sin el socorro del cielo. Esta gigantesca fuerza se libera de las nubes, que son su condensación desfavorable, para que se realice el milagro de una sola cosa.

La separación es seguida, para la parte regulina, de la purificación, que determina, en el fondo, toda la alquimia como Martin Ruland lo formuló tan perfectamente, en su Léxico de alquimia o Diccionario alquemístico:

Alchimia est impuri separatio a substantia puriore.

La Alquimia es la separación de lo impuro de la substancia más pura.

Lo que viene a decir que la pureza no se alcanza sino poco a poco, y que la materia viviente nunca es pura sino comparativamente: puriore.

La purificación consiste en aplicar, tres o cuatro veces, la misma técnica sobre el mercurio que ha sido separado. Para la cantidad total obtenida, procederemos, de nuevo, de forma racional, por fracciones que pueden ser en número de nueve, si el principiante ha respetado, al comienzo, el peso total de los materiales, que le hemos indicado.

Se trata pues de someter al mercurio a la acción de la sal de los sabios, a la que hemos consagrado todo un capítulo y que corresponde al fuego secreto. La operación se desarrolla a favor de la fusión, que permanece, en verdad, en la vía seca, como la solución natural. Al purificar el mercurio de los filósofos, la sal acrecienta y exalta el poder de imantación de éste, de suerte que ella misma se carga del oro astral que el otro no cesa de absorber.

La proporción favorable a respetar es, en peso, el quinceavo del disolvente filosófico sobre el que la sal debe actuar. Ésta, convertida en el vehículo vitrificado del fluido cósmico, se ha coloreado en verde, mientras aumentaba sensiblemente su densidad, Es así que recibe, indiferentemente, los nombres de vitriolo, o de león verde, y se encuentra lista, a fin de jugar su grandísimo papel, en el curso de la obra mediana o segunda.

«Es el Hyperion y el Vitriolo de Basilio Valentín, el león verde de Ripley y de Jacques Tesson, en una palabra la verdadera incógnita del gran problema», nos dice Fulcanelli, de quien importa recabar la opinión, aquí y allá, en sus dos obras.

Cada una de las fases de la Gran Obra física, sean principales o intermedias, posee sus límites bien marcados, y es por esto que la purificación no debe ser proseguida, más allá del momento en que la imagen estelada aparece fuertemente impresa en la faz superior del brillante lingote, a la vez plana y circular.

En estos instantes, el alquimista asegura su accesión; ha entrado en el dominio trascendente, del que nadie toma cuidado ordinariamente. No sólo sabe de ahora en adelante que el espíritu del cosmos es de color verde, sino que además ha verificado que el inasible agente se muestra no obstante ponderable y consecuentemente, de gravedad material.

Constituido, como lo hemos visto, en la superficie del baño mercurial, gracias al aporte constante de espíritu universal, el vitriolo filosófico lleva también el nombre de esmeralda de los sabios. Piedra preciosa, como jamás hubo ninguna, en la que el filósofo talla y reencuentra el Grial. En el seno de este vaso sagrado, un poco más tarde, recogerá y reunirá el fluido, simultáneamente proyectado por el sol y por la luna.

Es lo que expresa claramente sobre el paradigma, en forma de grabado xilográfico, del tratado de Basilio Valentín[39], esta copa en forma de píxide, de pie, en equilibrio, sobre el símbolo del Mercurio. Éste junta el globo crucífero de Venus, al menisco de la Luna, el cual está acostado encima, con sus dos puntas en alto.

A la izquierda, el astro del día, a la derecha, el de la noche; subrayados, uno, por el círculo y su dardo, propios del guerrero Marte, el otro, por el círculo y su cruz, reservados a Venus. En la Copa de la Ultima Cena, lo hemos dicho, vierten ambos conjuntamente sus ondas recíprocas.

Saturno y Júpiter cierran la ronda alrededor del Grial, mientras que en el diámetro horizontal y a cada lado, dos diestras saliendo de nubes, muestran este ballet planetario, pulgar, índice y medio paralelamente alargados, en el gesto de la bendición.

Como caridad del todo especial, el inspirador anónimo de la composición quiso que el creciente lunar figurase en progresión hacia el primer cuarto. Mas donde su generosidad alcanza la magnificencia, es cuando advertimos, en la parte inferior de esta sinopsis dibujada, por encima de la estrella, el globo terrestre rematado con la cruz.

La relación es evidente con el exergo que se extiende sobre la corona periférica y que, en consecuencia, apoya pertinentemente a este paradigma, ya muy transparente, de la Gran Obra de los Sabios:

VISITA INTERIORA TERRAE RECTIFICANDO INVENIES OCCULTUM LAPIDEM

Visita el interior de la tierra, rectificando encontrarás la piedra oculta

Las siglas de la leyenda latina, puestas a propósito en mayores caracteres, forman conjuntamente el vocablo VITRIOLO, que volvemos a encontrar, nacido de la misma virtuosidad lingüística, en una inscripción igualmente antigua, pero grabada sobre el mármol. Ella remataba la gran puerta de la morada del marqués Palombara, que frecuentaba la hija de Gustavo- Adolfo:

VILLAE IANUAM

TRAHANDO

RECLUDENS IASON

OBTINET LOCUPLES

VELLUS MEDEA

Al franquear la puerta de la quinta, Jasón descubre y conquista, por Medea, el precioso vellocino

Acabemos de desprender las precisas indicaciones del compasivo cuadro.

Sobre dos escudos de forma germánica, a la izquierda, advertimos el águila bicéfala; a la derecha, el león erizado. Dos esferas completan estos escudos de armas parlantes: una llena de partículas; la otra hecha de bandas entrecruzadas, como una jaula.

Son, de una parte, la sublimación que divide, y de la otra, el azufre que es liberado de su prisión. Es la abreviatura de la segunda obra que detallaremos en el capítulo que le corresponde; exactamente su paradigma, y el término no es de ningún modo excesivo, en cuanto a esta imagen que parece tan impenetrable de buenas a primeras. Ya lo hemos reproducido, en nuestro libro consagrado al tratado mayor del monje de Erfurt, sin explicitarlo empero, como acabamos de hacerlo y como importaba que lo fuese finalmente.

Con respecto a la parte negra, aparentemente desheredada, cuán «envidioso» nos parece este autor incierto —author incertus— en su Libro del Arte químico —Liber de Arte chimica:

Mas de la cabeza del cuervo, decimos vivamente que, desde el comienzo del Mundo, todos los Filósofos la tuvieron tan poco, que apenas puede ser creído. Sin embargo, los pobres filosofastros pensaron que la cabeza del cuervo era esta negrura que, de la superfluidad del Mercurio y del cuerpo, aparecía en la superficie.

Sed de capite corvi dicimus alacriter omnes á principio Mundi Philosophos tam modicum habuisse, quód vix credi possit. Miselli tamen philosophastri eam nigredinem, quae ex superfluitate Mercurii & corporis in superficie apparet, caput corvi sunt arbitrati.

El artista, en sus comienzos, se equivocaría groseramente, si le viniese la idea de que haya que rechazar como inútil y sin valor, ese caos sorprendente y curiosamente homogéneo, el cual es denominado también la cabeza muerta —caput mortuum.

La forma cilíndrica, de sección media, se presta excelentemente al examen interno de la textura radiante que se muestra admirablemente en oblicua, en la rotura longitudinal, y que es rigurosamente la misma para los dos pedazos. Estos se han separado netamente —ya lo sabe el operador— desde el primer golpe de martillo.

El fuego se ha instalado en la tierra, tras haber abandonado al aire, que se ha unido al agua.

Ahora, sin coger nada al elemento sólido, de lo que constituye su riqueza escondida, ígnea y sulfurosa, hay no obstante que extraer de él la humedad salina y viscosa que, de buenas a primeras, se opondría a su calcinación. La operación es del todo realizable por vía seca, bien que permanezca tributaria del muy potente catalizador del que el artista experimentado dispone, evidentemente, en el interior de su Gran Obra, y del que tendrá idea, tarde o temprano, como consecuencia del más simple razonamiento lógico.

Es entonces que se produce esta ceniza, a propósito de la cual Anaxágoras declaró admirativamente, en la Turba latina:

O quám preciosus est cinis iste filiis doctrinae, & quám preciosum est quod ex eo fit!

¡Oh, cuán preciosa es esta ceniza para los hijos de la doctrina, y cuán precioso es lo que se hace de ella!

Hay que comprender que la ceniza no es en modo alguno, aquí, el residuo privado de la vida que resulta de la incineración vulgar. Previamente sometido a la acción delitescente de los rayos lunares, el caput mortuum deviene, al fuego, una ceniza o más bien un mantillo pulverulento y perfumado, a la vez vivo y fecundo, que está presto, ahora, a librar su azufre al mercurio.

CAPÍTULO IX - LA ESTRELLA POLAR DE LOS MAGOS

En alquimia operativa, es preciso que se sepa bien, y el discípulo de ciencia en particular, que la estrella no es una ficción,

ni únicamente un símbolo. El astro hermético, y religioso añadimos nosotros, se manifiesta a los cinco sentidos del artista que lo oye de manera auditiva, lo ve, lo toca, lo gusta y lo siente incluso olfativamente. En realidad, es su buena estrella que le conducirá hasta la caverna, desde el momento de la elección y de la gran determinación. Pues el alquimista es también el mago a cuya intención es suscitado el astro anunciador del milagro eterno:

Así pues, como Jesús estaba en Belén de Judea, en los días del Rey Herodes, he aquí que los Magos vinieron de Oriente a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido?; en efecto, hemos visto su estrella en oriente y hemos venido a adorarlo.

Cum ergo natus esset Jesus in Bethlehem Juda in diebus Herodis Regis, ecce Magi ab oriente venerunt Jerosolymam, dicentus: Ubi est qui natus est Rex Judaeorum?; vidimus enim stellam ejus in oriente, & venimus adorare eum.

El neófito retendrá la consecuencia de que los magos, una vez constatada la Epifanía, y por una advertencia recibida em sueños de que no retornasen hacia Herodes, volvieron a su país por otro camino —et responso accepto in somnis ne redirent ad Herodem, per aliam viam reversi sunt in regionem suam.

Efectivamente, una vez que el pequeño infante químico ha nacido, bien que la vía siga siendo la misma, en su conjunto, diferirá pronto, en cuanto a la aplicación del fuego, en su trozo final y particularmente secreto.

En los tiempos antiguos en que los concilios consideraban atentamente el esoterismo, se rechazaron, como apócrifas, las Santas Escrituras que parecieron demasiado reveladoras de los arcanos mayores de la Gran Obra física. Es así que los Evangelios de los dos santos, Mateo y Lucas, reconocidos canónicos, instalan la Natividad en una casa o en un pesebre, cuando la Verdad científica exige que se haya producido, históricamente, en el interior de una profunda gruta.

Tal es la tradición referida por el texto del Pseudo-Mateo, que describe, con realismo y complacencia, los maravillosos incidentes sobrevenidos a la santa Familia, principalmente en el curso de su viaje a Egipto. ¿Por qué pseudo, por otra parte, ya que se trata de un manuscrito del Evangelio de Mateo mismo, en lengua hebrea, que san Jerónimo tradujo al latín y que está probablemente perdido?

Y habiendo dicho esas palabras, el ángel ordenó a la jumenta detenerse, porque había llegado el tiempo de parir; y recomendó a María descender del animal y entrar en una gruta subterránea, en la cual jamás estuvo la luz, sino siempre las tinieblas, porque no había luz del día en el interior.

Mas, a la entrada de María, toda la caverna comenzó a tomar esplendor; y como si el sol se encontrase en ella, a mostrar el brillo de su luz; y como si, en este lugar reinase la sexta hora del día, así la claridad divina iluminó la gruta; ni de día, ni de noche, faltó en ella la luz de Dios, mientras estuvo ahí María.

Pero una estrella extraordinaria brillaba por encima de la caverna, desde el atardecer hasta la mañana, cuyo tamaño nunca había sido visto desde el origen del mundo.

Et cum haec dixisset, jussit angelus stare jumentum, quia tempus advenerat pariendi; et praecepit descendere de animali Mariam et ingredi in speluncam subterraneam, in qua lux non fuit unquam sed semper tenebrae, quia lumen diei penitus non habebat.

Ad ingressum vero Mariae coepit tota spelunca splendorem habere, et quasi sol ibi esset ita tota fulgorem lucis ostendere; et quasi esset ibi hora diei sexta ita speluncam lux divina illustravit; nec in die nec in nocte lux ibi divina defuit quam diu ibi Maria fuit.

Sed et Stella ingens a vespere ad matutinum splendebat super speluncam, cujus magnitudo[40] nunquam visa fuerat ab origine mundi.

En el Protoevangelio de Santiago, que fue escrito en griego, según Joseph le Charpentier, expresándose en primera persona, cuando María penetró en la caverna —sphlaion, spelaion— el acontecimiento fue tan considerable, que tuvo por consecuencia instantánea, que toda actividad se detuviese sobre la tierra, en el agua y en el aire. José mismo, que paseaba, cesó bruscamente de avanzar.

Sobre la descripción del Pseudo-Mateo, nuestro querido Limojon parece haber compuesto la bella figura que hizo diseñar y grabar como frontispicio para su Triunfo. La leyenda que subraya la imagen parece bien afirmativa, en cuanto a esa comparación, en cuanto a la identidad más bien, de la Piedra Filosofal con la persona esencial y divina del Salvador.

Este epígrafe tomado al Padre de la alquimia, lo esclareceremos aquí, con la frase que lo precede y los atributos que lo siguen, en el texto de la mejor edición, abundantemente aumentada con eruditos escolios:

Comprended pues y recibid el Don de Dios, y calladlo a todos los insensatos. Está oculto en las cavernas de los metales, el cual es la Piedra venerable, resplandeciente de color; alma sublime y mar abierto.

Intelligite ergo & Donum accipite, & ab omnibus onsipientibus celate. De cavernis metallorum occultus est, qui Lapis est venerabilis, colore splendidus, mens sublimis, & mare patens.[41]

En su Lettre aux vrais Disciples d ‘Hermés (carta a los verdaderos Discípulos de Hermes), Alexandre-Toussaint de Limojon, si se ofrece como conductor al neófito, no descuida, sin embargo, designarle una brújula mucho más segura y que le permitirá dirigirse al seno de la enseñanza tan diversa de los libros, tan comparable al desierto surcado por la vacilante marcha de los pioneros presuntuosos:

«Nuestra práctica, en efecto, es un camino en las arenas, en el que uno debe conducirse por la estrella del Norte, antes que por los vestigios que se ven impresos en ellas.»

El filósofo-diplomático había leído a Filaleteo, de suerte que dejó, como él, todo el mérito al mercurio cuyo centro se vuelve con pasión hacia el Polo —cursum dirigat per aspectum stellae septentrionalis, quod faciet tibi apparere Magnes noster.

La estrella, en su manifestación gráfica, o pintada a la manera de un vitral, tiene, en la Gran Obra, un papel de primerísimo orden. Esto es tan cierto y de tal importancia, que la figura y la forma estrelladas son inseparables de una gran parte de las operaciones físico-químicas, en progresión sobre la vía única y real. Esto es así tanto en el interior del horno y en la actividad, como en el exterior, tras el enfriamiento de los materiales que son recogidos al final de cada una de las fases del trabajo.

De una parte pues, en la deslumbrante policromía de la fusión fecunda, de otra parte, en la especiosa inercia del rígido reposo.

Abramos el segundo tomo de Las Moradas Filosofales, en el cual nuestro viejo maestro Fulcanelli estudió los artesones esculpidos, del cielo raso de Dampierre-sur-Boutonne; detengámonos sobre el que muestra la estrella de los sabios, por encima del cordón hirviente de las aguas superiores o de las ondas del cielo, y que, muy pertinentemente, es completado por la divisa que encuadra una pequeña flor de los campos:

REVERTERE ET REVERTAR

Retorna y volveré

Meditemos, ahora, el comentario que la imagen y su divisa inspiraron al gran Adepto y que confirma la presencia permanente de la estrella, durante toda la marcha de las operaciones. Volveremos sobre este pasaje, en el capítulo que consagraremos a la obra mediana, que comporta las largas y repetidas series de las águilas o sublimaciones. Por el momento, examinemos el fatídico sello, con motivo del cual nuestro Maestro nos aparece un poco socarrón, cuando leemos que se puede captar fácilmente un proceso operatorio, infinitamente delicado, exigente y rebelde a toda lógica:

«Se comprende sin esfuerzo que la estrella, —manifestación exterior del sol interno—, se presenta cada vez que una nueva porción de mercurio viene a bañar el azufre no disuelto, y que inmediatamente ésta cesa de ser visible para reaparecer a la decantación, es decir, a la partida de la materia astral. “Retorna”, dice el fijo, “y volveré”. En siete repeticiones sucesivas, las nubes hurtan a las miradas ora la estrella, ora la flor, según las fases de la operación, de suerte que el artista no puede nunca, en el curso del trabajo, apercibir simultáneamente los dos elementos del compuesto.»

No abandonemos el comienzo de la Gran Obra, en donde el astro hermético se muestra, por primera vez, en todo su esplendor.

La estrella, que es el ángel guardián de los pequeñuelos, fue ciertamente la de Michael Sendivogius. El alquimista de la época del gran Rodolfo, firmó El Tratado del Azufre, segundo Principio de la Naturaleza —Tractatus de Sulphure, altero Naturae Principio— con su bella divisa en anagrama, que forman las dieciocho letras de su nombre y apellido:

ANGELUS DOCE MIHI IUS

MICHAEL SENDIVOGIUS

Ángel muéstrame lo recto.

De modo semejante, la Verdad es un polo atractivo que, en un baño de constante interés, mantiene y guía los esfuerzos del filósofo, jamás fatigado en consecuencia.

De la estrella polar, es constante la emisión de ondas, sobre las que hay que colocarse, en una longitud que apunta a esta cuarta dimensión de la que habló el bienaventurado Pablo, en su Epístola a los Efesios, y de la que no temió señalar que es la profundidad. Vocablo que hay que tomar tanto en su sentido propio como figurado, ambos con el sentido de la penetración, de una parte, en el seno de la materia, de la otra, en el interior del espíritu:

Que podáis comprender, con todos los santos, cuál es la anchura, y la longitud, y la altura y la profundidad.

Ut possitis comprehendere cum omnibus sanctis, quae sit latitudo, & longitudo, & sublimitas, & profundum.

Pese a las sutilezas más extraordinarias, no se podrá hacer jamás que los cuatro elementos no estén en la base de toda creación. Ellos se manifiestan, por otra parte, desde la menor operación a la que toda cosa pueda ser sometida. Ello bajo la forma que es propia a cada uno y que es pues fluídica, líquida, gaseosa o bien sólida, según que se trate del fuego, del agua, del aire o de la tierra.

La sucesión que observamos ahora no es arbitraria, pues obedecemos al desarrollo gráfico de los cuatro símbolos que el estudiante, solícito de saber, encontrará sobre la tabla de Lemery (Pl. XIV). Es, para cada elemento, el mismo polígono de tres lados, el cual varía sin embargo en su disposición: para el fuego, instalado sobre su base, para el agua, invertido sobre su vértice. Esta punta, sea dirigida hacia lo alto o lo bajo, cuando es cortada por una línea horizontal, convierte los triángulos del fuego y del agua en los del aire y de la tierra. Pequeño trozo de recta, que queda de la superposición de los dos primeros trígonos situados en sentidos inversos y que proporcionan la figura de la estrella de seis brazos, es decir del sello de Salomón.

El símbolo del maravilloso resultado de la Obra física, lo verá el estudiante en lo alto del frontispicio (Pl. XXI) que sigue a la página de título del muy pequeño tratado, estimable y clásico, que está constituido de cuatro partes o capítulos:

Le Texte d’Alchjmje et le Songe- Verd.

Un sol radiante ocupa el hexágono que han dibujado los dos triángulos superpuestos, mientras que una banderola, por encima, porta esta sentencia:

EX UNO, PER UNUM, IN UNO.

De uno, por uno, en uno.

XXI. Los tres fuegos de la Gran Obra: abajo, el fuego elemental del horno; a mitad, el de la primera materia, que figura el triángulo asociado al círculo, en el interior del cuadrado; en alto, el fuego secreto o rayo solar, cristalizado en la Piedra Filosofal. Este tercero es unus y el único agente que puede provocar toda transmutación, en el seno de los tres reinos de la Naturaleza.

Este pequeño astro que figura también en la nomenclatura de Nicolás Lemery, se muestra bien indicativo del oro potable o Medicina Universal igualmente designada por la expresión sinónima de Piedra Filosofal.

Por lo demás, el sello (sceau) o scel, que evoca la sal (sel), designa ya, con el hexagrama, las dos partes nuevamente elaboradas, de las que una es negra y la otra blanca y se encuentran acuñadas por el mismo signo, a la vez físico, mágico y sacerdotal.

Es a eso que los Antiguos llamaban la conversión de los elementos, que, comprendida al pie de la letra y, de esta forma, en el sentido exotérico, es evidentemente irrealizable. A este propósito, he aquí lo que recogemos en El Tratado de los Secretos de Alberto el Grande —Alberti Magni Secretorum Tractatus:

Convierte los elementos, y encontrarás lo que buscas: convertir los elementos, es hacer lo húmedo seco, y fijar lo sólido, y lo compacto se atenúa, y lo raro sigue tiñiendo.

Convertere elementa, & invenies quod quaeris: convertere elementa est facere humidum siccum, & figere fixum, & attenuatur spissum, & rarum tingens remanet.

Sobre el mismo tema, Parménides, durante los debates en el seno de la Turba de los Filósofos —in Turba Philosophorum exercitationes:

El medio del arte es cambiando inversamente.

Primero, disuelve la Piedra en su Mercurio, Limpia, Reduce, Afija e incera la Piedra metálica, dicen los autores. Disuelve, con seguridad, lo espeso en simple, lava lo oscuro en luminoso, reduce lo húmedo en seco, fija lo volátil en su cuerpo.

Modus artis ad invicem convertentis habet.

Lapidem dicunt authores metallicum, ablue, reduc, fige & incera. Solve scilicet grossum in simplum, ablue, obscurum lucidum, reduc humidum in siccum, fige volativum corpus suum.

El sexto ejercicio todo entero, de este clásico no traducido, según su título mismo, está consagrado a la fase operativa por la que se termina la primera Obra:

De Conversione Naturarum & Commixtione

Del Cambio y de la Mezcla de las Naturalezas

Igualmente se relaciona con ella el frontispicio que sella Filaleteo declarado o la Entrada abierta al Palacio cerrado del Rey —Philaletha illustratus sive Introitus appertus ad occlusum Regis Palatium.

La composición simbólica (Pl. XXII) ofrece todos los detalles operativos que hemos reunido y de los que el menor no es la serpiente que se cierra en círculo sobre el sello de los sabios —sigillum sapientum— sobre esta estrella en construcción, cuyo perfecto acabado corresponderá más tarde a la Piedra Filosofal. Hacia este noble término, la acción conjugada de los cuatro elementos —aqua, ignis, terra, aer— y de los tres principios —mercurius, sulphur, sal— es confirmada por la sentencia que corre en exergo:

CONDUCE AL TERNARIO DE LA UNIDAD A LA UNIDAD

XXII. La espada de Marte es aquella por la que el alquimista aplicaría el sello de Hermes —sigillum Hermetis— sobre su Gran Obra. Ello asimismo por el peso —pondere— del que la balanza da aquí la misma indicación que el Libro mudo del filósofo rochelés.

No deja de tener gran interés, que la juventud estudiantina aprenda que la estrella ejercía, sobre André Breton, una fascinación intensa. Era fatídico, y consecuentemente ineluctable, que el jefe del surrealismo descubriese este poliedro de ocho puntas, y de veinticuatro facetas, en el curso de la excursión, ¡ay!, última, del mes de agosto de 1966, hasta la ciudad de Domme, en la Dordoña.

El gigantesco cristal, que reproduce el sistema que incorpora la Medicina Universal o la Piedra Filosofal, orna ahora la muy humilde tumba, del cementerio des Batignolles en París, tal como, sin duda, le estaba destinado desde toda la eternidad. En el umbral de ésta, cuán luminosa aparece entonces, en su intangibilidad, la alquímica profesión de fe del poeta:

Busco el Oro del Tiempo

Ciertamente, André Breton conocía bien El Triunfo hermético de Alexandre-Toussaint Limojon de Saint-Didier, en el que tomó la idea, altamente filosófica, de su Exposición surrealista, y sobre todo la de imponer, a los visitantes, pisar en la arena de un estrecho pasaje en forma de laberinto cavernoso: Repetimos a propósito la imagen de Limojon:

«Nuestra práctica en efecto es un camino en las arenas en el que hay que conducirse por la estrella del Norte, más que por los vestigios que se ven impresos en ellas.»[42]

Ciertamente, sin la estrella que conduce al operador en su camino, la búsqueda alquímica sería comparable a la marcha en la arena polvorienta de un árido desierto, que marcaron, en todos los sentidos, los pasos inciertos y vacilantes de los peregrinos que iban a Compostela, desprovistos de la útil concha y del bordón. Es ella, la concha, quien suscita el astro sobre la vía láctea, para el sabio que toma en ella el agua bendita y que puede entonces devenir el Poseedor o, más exactamente, el Único Dueño de la Estrella —Compos Stellae.

Ahí está, sin duda, el mejor origen que se pueda dar al vocablo Compostela, en rigurosa obediencia a las leyes de la etimología. De ordinario, se lo compara con campus stellae —el campo de la estrella— de forma menos satisfactoria, ya que la consonancia no es en modo alguno tan respetada. Volverse dueño de la estrella, es conocer bien la materia. La regla era corriente en la Edad Media, y decidió al laborioso Flamel a emprender el rudo viaje del que Fulcanelli nos dio la interpretación magistral.

Bajo el reinado de Carlos VI, los escribanos, que habían instalado sus puestos sobre el costado norte de la iglesia de Saint Jacques-de-la-Boucherie, impusieron su nombre a la calle invadida. Hasta entonces, según Le Dit des Rues de Paris (Lo Dicho de las Calles de París) de Guillot, se la llamaba calle Pierre au let.

Let suministró el verbo leter, un poco más tarde laicter (lactar), es decir mamar, en la voz activa, tal como encontramos el ejemplo de ello en el Gargantúa de François Rabelais:

«…es porque mi nodriza tenía los pezones blandos, al mamarla, mi nariz se hundía en ellos como mantequilla…»

Pero la extraña expresión, que retiene nuestro interés, se afirma con la disposición y la ortografía de Henri Sauval, en el Libro III, de sus Antiquitez (Antigüedades):

«La calle de la piedra a la leche, llamada de los Escribanos.»

Estas cinco palabras, que ponemos en itálica, ¿no formaban acaso una locución de alquimia experimental, que justificaba el lugar del todo próximo del santuario, de donde los peregrinos de Santiago partían a pie, en dirección de Compostela, y de donde Flamel partió él mismo, despidiéndose de su inestimable Perrenelle? Todos tomaban el itinerario que la Vía Láctea, desde el cielo, proyectaba sobre la tierra; la vía de la leche, de la leche de la Virgen —via lactis Virginis— según la expresión consagrada por la que los artistas cristianos designaban a su mercurio.

Esta leche es mencionada en la página 54 de las Figuras jeroglíficas, donde, haciendo hablar a maestre Anselmo, sobre la primera figura de Abraham el Judío, Nicolás Flamel nos revela:

«Que verdaderamente el primer agente estaba ahí pintado, que era el agua blanca & pesada, que sin duda era el azogue…»

Es porque el alquimista de la calle Des Marivaux tomó largo tiempo al mercurio fluido por el azogue de los sabios, que nos señaló la que fue, para él mismo, costosa equivocación:

«Esta fue la causa de que durante el largo espacio de veintiún años hiciese mil embrollos, no sin embargo con la sangre, lo que es mezquino & vil.»

Cuando François Rabelais, a través de Pantagruel, en la isla en la que reinan los vientos y cuyo nombre Ruach, quiere decir en lengua hebrea, el alma, el soplo o el espíritu; cuando Rabelais se pone a jurar «por la estrella Pollera», considera, seguramente, el mismo individuo, filosófico, con respecto al cual, Hermes, en su Tábula Smaragdina, pronunció el famoso apotegma:

Portavit illud Ventus in Ventre suo

El Viento lo llevó en su Vientre

El texto de la Tabla smaragdina o de Esmeralda está en lo bajo de la cuarta figura de Janitor Pansophus, sobre la que vemos, a la derecha, la Virgen desnuda, que lleva sobre los senos, de una parte, el menisco lunar hacia el primer cuarto y, de otra parte, la estrella de siete brazos, llegando hasta ahí el final de la Vía láctea[43].

¡La estrella pollera! El clásico Abstractor de Quinta Esencia, Alcofribas, ¿podía ofrecernos una perífrasis que viniese a apoyar mejor el punto de la doctrina, sin duda el más importante?

Una cosa, que es calificada de pollera, se refiere evidentemente al polluelo, correspondiente él mismo, en alquimia operativa, al embrión mineral, al pequeño infante químico. De éste, la vida es atestiguada por el mensaje estelado, a la vez sobrenatural y científico, y, según Artefio, es el pollo de Hermógenes: Hermo-genes, es decir, que tú crearás el mercurio.

El viaje filosofal de Compostela es mucho más corto y más agradable en París. El trayecto parte del Carrousel, pasa a la Concorde, llega después al Triomphe, por los Champs-Elysées que Virgilio fijó en sus dos versos.

Largior hic campos aether et lumine vestit

Purpureo; solemque suum, sua sidera norunt.

Aquí el éter más rico cubre los campos de luz purpurada

Conocieron su sol y sus estrellas.[44]

En el seno de las constelaciones, se encuentra la más grande estrella que París conservará, sea lo que sea que se haya querido hacer con ella.

Es sumamente extraña la consecuencia de que, bajo la agresión, la Verdad se encuentre incluso reforzada, en un humor del que nos preguntamos si es más negro que lastimoso.

El subtítulo, que se emplea en lo sucesivo, recuerda la dualidad del astro de la Gran Obra. Las dos pálidas estrellas, que tenemos en mente, están ciertamente bien lejos de poseer la nobleza y la irradiación de las nuestras señaladas, sin ambages, por Basilio Valentín:

«Dos estrellas han sido acordadas al hombre por los Dioses, para conducirle hacia la gran sabiduría; obsérvalas, ¡oh hombre! y sigue con constancia su claridad, ya que en ellas se encuentra la sabiduría.»[45]

Por lo demás, en perfecto acuerdo con todo lo que precede, sería bueno que el estudiante tomase conocimiento de lo que eran los Campos Elíseos de la Villa Palombara, en la periferia de la Ciudad eterna. Ahí donde Cristina de Suecia se aplicó apasionadamente a la elaboración filosofal, en compañía del médico José Borri[46].

CAPÍTULO X - LAS ÁGUILAS O SUBLIMACIONES

Sin negar, por nuestra parte, el valor y la exactitud de las operaciones de la química, ordinariamente bien conocidas del técnico, hay que retener que, bajo los nombres que les son comunes, las de la alquimia son profundamente diferentes.

El autor anónimo de La Luz saliendo por sí misma de las Tinieblas es, sobre este punto, sumamente explícito, sobre todo en lo que concierne a la larga fase de las sublimaciones, de las que subraya, por añadidura, la excepcional importancia y la

supremacía sobre todas las otras. El estudiante encontrará incluso un gran interés en el estudio en profundidad del capítulo séptimo, en la primera canción —canzone prima— el cual, enteramente, tiene que ver con la segunda obra, y del que he aquí algunas líneas que no tienen nada que envidiar a Filaleteo. ¡Caramba! Fray Marco-Antonio no se muestra tierno para los empíricos, sean espagiristas o bien sopladores:

«De ahí que los vendedores de humo sepan aprender finalmente, cuán difícil es acceder a esta obra, ya que no les basta

practicar las operaciones vulgares cualesquiera que sean, pues todas, pese a que muy perfectas en su género, no valen nada y son consideradas como nada por los Filósofos. En efecto, como hemos dicho, la operación es única en todo el magisterio, por lo que se ve en los autores que recuerdan muy enérgicamente, que deben ser abandonadas todas estas operaciones, que, por ellos, son declaradas sofísticas, y que hay que permanecer en la vía única de la naturaleza, en donde la verdad y la obra real se mantienen escondidas.

En la sola sublimación filosófica, todos estos trabajos del arte están encerrados; en ella sola, tantas y tan grandes sutilezas de los operadores consisten y están comprendidas, que aquél que sabe hacerla correctamente ha obtenido ya uno de los más grandes secretos y arcanos de los Filósofos.»

Lo que acabamos de leer, en el latín, afirma la preponderancia de la sublimación filosofal.

Es lógico, con seguridad, que el producto de esta trascendente operación, debe permanecer adherido a la vasija, y ésta es incluso una observación del todo superflua. ¿Cuál sería el objetivo, así como el interés de una tal experiencia físico-química, si su resultado fuese a perderse hacia fuera? Cuando, ordinariamente, el aparato de sublimar —el sublimatorio— debe estar cerrado, a fortiori lo será en la obra del filósofo, en donde son las materias quienes constituyen, ellas mismas, el recipiente de ejecución.

El espíritu y la tintura no pueden abandonar el lugar que han escogido y que habitan en lo sucesivo, a menos que se presente otro vehículo que les sea más idóneo, en la total libertad de la inteligencia mineral.

El espeso magma que ha sido recogido de la industriosa calcinación del caput, ha sido calcinado en la cápsula de tostar y se ha transformado ahí en un polvo eruginoso, graso y quizá isótopo del colcótar; en todo caso, sumamente semejante al sesquióxido que se llama hoy en día óxido férrico.

Estamos pues, ahora, en la segunda obra, en las sublimaciones que Eireneo Filaleteo denominó las águilas, porque elevan el espíritu para su incorporación purísima, hacia el lugar superior, igual que la regia ave arrebata su presa al cielo.

El Adepto hace aquí el resumen de la fase mediana de la Gran Obra, en el que se muestra el origen del azufre, pero del que resalta, más ciertamente, que este azufre no puede ser el metaloide del droguero, ni el oro metálico del afinador:

Pero el mercurio carece de una limpieza interior y esencial, que es la adición por grados del verdadero azufre, según el número de las Águilas; entonces está purgado del todo. Este azufre no es nada más que nuestro Oro.

Mercurius vero indiget interna, atque essentiali purgatione, quae est additio sulphurius veri gradatim, juxta numerum Aquilarum, tun radicitùs purgatur. Hoc sulphur nihil aliud est quam Aurum nostrum.[47]

Sometemos, al examen del «curioso de la Naturaleza», la bella alegoría que hemos tomado a la Miscelánea curiosa médico-física —Miscellanea curiosa medico-physica— la cual se refiere a la segunda parte de la Gran Obra y sirve de frontispicio al segundo tomo, 1671, bajo el reinado de Leopoldo I, que fue un príncipe instruido, gran artista y de una simplicidad extrema (Pl. XXIII).

XXIII. Es seguro que el águila, pese a lo robusta que sea, no llegaría a vencer al león a menos que fuese ayudada en su lucha. Es por esto que el alquimista, en el curso de esta fase de las sublimaciones, fija su tierra negra y húmeda en arena seca y rubescente.

El águila no ha realizado del todo sola la inmolación purificadora, pues el hombre, que presenta ante él la larga inscripción

en seis versos latinos, deja pasar la punta de su lanza sostenida por su mano izquierda.

La fácil víctima cae, voluntariamente inmolada, bajo los altares.

Los gozos propicios de las almas mueven todas las cosas.

Pero más que por su hábil curso viene el ave portando el trueno

Y con sus alas desplegadas, triunfante purifica las vísceras.

¿Quién, al sol de mediodía, considera estas cosas, no el agradable porvenir?

El águila misma arrebata, hacia los cielos, los corazones teutones.

No es un secreto, que la Germanía del Santo Imperio haya cultivado la alquimia de tal suerte, que Torbern Bergmann, el sabio sueco del siglo XVIII, hombre modesto y de gran corazón, pudo declarar, a propósito de las transmutaciones, que era imposible que se las revocase en duda, sin que debiese rehusarse todo crédito a la Historia.

Matemático primero, Bergmann devino químico y mineralogista, y su nombre se asocia a las leyes de las afinidades de la doctrina atómica, así como a las de la cristalización.

Las cabezas de carnero, que ornan la mesa rectangular, recuerdan el sujeto grosero sin el que la gran autopsia no sería posible. A la izquierda, un cirujano porta, en la cintura, el estuche que contiene sus cuchillos de disección.

El innominado —innominatus— artista que multiplicó y concretó el resplandor iniciático del admirable poema de Fray Marco-Antonio, Crassellame chino, no dejó de librarse largamente al examen del oro y del mercurio filosóficos, los cuales define Fulcanelli, a su vez, mucho más claramente. No tomaremos, en el latín original, más que el comienzo del capítulo que, a buen seguro, habría que estudiar en su totalidad:

«No impropiamente, le dieron el nombre de oro, porque es oro realmente, y ricamente en su ser y su substancia. Un oro mucho más perfecto que el vulgar, y más acabado que él. Un oro todo azufre, y verdadero azufre de oro. Un oro todo fuego, y verdadero fuego del oro. Un oro, digo, que es engendrado en las cavernas de los Filósofos y en sus minas. Un oro que no es alterado, ni sobrepasado por ningún elemento, ya que él mismo es el señor de los elementos. Un oro fijo, ya que la sola fijeza consiste en él. Un oro purísimo, ya que él mismo es la sola pureza. Un oro muy poderoso, ya que fuera de él toda fuerza languidece. Un oro balsámico, que preserva a todos los cuerpos de la putrefacción.»[48]

El operador notará que el conjunto del dispositivo externo y el trío de los actores internos se superponen, en sus partes, en el centro del hogar.

El redondel (fromage, quesillo), llamado también torta (tourte), sobre la rejilla, y el crisol colocado encima, cubierto de su tapadera. En este vaso de tierra, al fondo, la arena roja, de la que Fulcanelli quiere que sea el primer Adán, a continuación el mercurio, finalmente el vitriolo filosófico. La totalidad, no hace falta decirlo, en el seno del combustible en ignición.

La temperatura debe ser viva, o demasiado sin embargo, e insistimos en ello, a fin de que el manto mercurial no pase adentro de la tierra inferior, que hemos calcinado precedentemente y que debe permanecer, mediocremente saturada en una suerte de fundición esponjosa y resistente a toda nueva absorción. Todo ello es posible, a condición de mantener el triple artificio que precisaremos y que consiste en las proporciones, el orden de intervención y el nivel máximo de calor.

En su estado de firmeza pastosa, la tierra se rehúsa a la licuefacción en la que entra nuestro mercurio, hacia el límite de 500 grados. Apreciación calórica de la que tenemos tal costumbre, que ya no demandamos su verificación a nuestro bien anticuado pirómetro a caña.

Así pues, para esta segunda obra, es necesario «tener la mano»; hay que conocer el procedimiento secreto, el trinc, como lo llamaba François Rabelais, es decir, el truco (truc) argótico.

Hasta que el artista lo haya adquirido, es largo el tiempo de los esfuerzos sin cesar renovados, de los ensayos repetidos que hemos conocido nosotros mismos y que, lo más a menudo, no conducen sino al desarrollo, al inexpresable fango de un decepcionante cenagal, aparentemente inevitable.

Que el operador recuerde que la tierra árida, o más bien sedienta, absorbe el agua hasta la saciedad; que se acuerde del axioma de los autores, según el cual lo seco bebe ávidamente su húmedo. Felizmente, si se ha aplicado, como convenía, al estudio de los dos Fulcanelli, sabe ya, en cuando a la proporción del agua frente a la tierra, que la primera debe ser, en peso, el doble de la segunda. Añadiremos que, cualquiera que sea la importancia del agua, no deberá ser vertida, de una sola vez, sobre la tierra que está demasiado a la espera de inundarse con ella.

Le importa al artista, que está advertido de ello, que descubra el artificio gracias al cual la tierra se satisface de su propio

peso en agua, de tal manera también que el excedente no pueda ya penetrarla y se mantenga en lo sucesivo, en su integridad, en la superficie.

Entre las dos partes, salina y mercurial, en perfecta fusión, una por encima de la otra, la transmisión espiritual está asegurada. La tierra suficientemente penetrada, libera su azufre o, si se quiere, su espíritu que pasa adentro del baño de mercurio sobrenadante, en consecuencia de esta propiedad, que posee el disolvente filosófico, de atraer hacia sí, como un imán, todo lo que es espiritual.

Es admirable el fenómeno de atracción, como lo son por otra parte todos los que el alquimista provoca, en el curso de su Gran Obra, y del que no puede percibir la causa ni el mecanismo profundo. Es bien grande el misterio, del azufre o espíritu de la tierra metálica, que busca ardientemente al del universo.

En esta misma fracción del quinceavo que mencionó Fulcanelli, sobre el brillante manto del mercurio, viene a extenderse, a su vez, el lecho más ligero del vitriolo filosófico. No se trata entonces de la caparrosa o sulfato de hierro, sino del bello y verde esmalte recogido, después que los clavos hubiesen sido hundidos en las manos y los pies del Salvador crucificado, según la simbólica analogía que el Maestro estableció con el atroz detalle de la Pasión[49].

Es al salir de las águilas o sublimaciones, que nacerá el león rojo, respecto al cual Basilio Valentín, de la Orden de San Benito, en su tratado de las Doce Claves de la Filosofía, nos hizo el suntuoso presente de una muy sabia consideración:

«Entonces has disuelto y nutrido al verdadero león por la sangre del león verde. Pues la sangre fija del león rojo ha sido hecha de la sangre no fija del león verde, porque son de una sola naturaleza.»[50]

El león verde, que es, para Fulcanelli, «la gran incógnita del problema», abandona, por la sublimación, el limo fangoso y rojo, que le retenía prisionero, a fin de alcanzar el baño superior, vuelto activo por el fuego sabiamente mantenido, y aparecer ahí en la superficie.

El autor de Las Moradas Filosofales descubrió, sin duda, en Nicolás Flamel, las indicaciones que le sirvieron de base, a fin de obrar, con éxito, por la vía seca del horno. Así el león es el jeroglífico del azufre que se muestra él mismo como el principio de la fijeza y de la coagulación.

El regio felino es alado, a fin de recordar que el disolvente inicial, al desagregar y reincrudar el metal, que Fulcanelli no temió nombrar, comunica, al azufre, su virtud volátil. En la ausencia de ésta, la unión de los dos principios opuestos que son, como el estudiante lo sabe bien, el azufre y el mercurio, permanecería irrealizable.

Huelga decir que el azufre y el mercurio de los filósofos no podrían corresponder al mineral amarillo, en polvo o en cañón, y al metal fluido, que, ambos, pueden ser adquiridos en el comercio, sino más bien, escribe Nicolás Flamel, a «los que nos dan estos bellos & queridos cuerpos, que tanto amamos.»

Siguiendo todavía al alquimista de la parroquia de Saint Jacques-de-la-Boucherie, son el sol y la luna, no los dos astros del cielo, sino los de los filósofos, y de quienes la naturaleza es, para uno, sulfurosa, para el otro, mercurial:

«Contempla bien estos dos Dragones, pues son los verdaderos principios de la filosofía que los sabios no han osado mostrar a sus propios hijos. El que está abajo sin alas, es el fijo, o el macho; el que está por encima, es el volátil, o bien la hembra negra & oscura, que va a tomar el dominio por muchos meses. El primero es llamado Azufre, o bien calidez & siccidad, & el último Azogue, o frigidez & humedad. Estos son el Sol & la Luna de fuente mercurial, & de origen sulfuroso, que por el fuego continuo, se ornan de Regias vestimentas, para vencer siendo unidos, & cambiar después en quintaesencia, toda cosa metálica, sólida, dura & fuerte.»

Para Nicolás Flamel, ésta fue la ocasión de declarar que la envidia era un defecto muy alejado de su naturaleza. Ello sobre todo cuando examinó la doble operación de las imbibiciones secretas y del «rubificamiento», y recordó, en el capítulo VII, que es relativo a los dos Ángeles de color naranja & sus rollos sobre un campo violeta y azul:

«Ahora bien acuérdate de comenzar la rubificación por la aposición del Mercurio citrino rojo, pero apenas hay que verter, & solamente una o dos veces, según veas.»

Isaac Newton se acordó de este pasaje, cuando, inclinado sobre Filaleteo, o más bien sobre la edición inglesa de su

Introitus, abierto el libro en la página 105, se detuvo sobre las líneas que siguen:

Ahora la Madre, siendo sellada en el vientre de su infante, se hincha y es purificada, mas a causa de la presente gran pureza del Compuesto, ninguna podredumbre podrá tener lugar en este Régimen.

He aquí, muy ligeramente diferente, la frase del Introitus:

Hic sigillata mater in infantis sui ventre surgit & depuratur, ut ob tantam, in qua sistitur compositum, puritatem putredo hic exulet.

Aquí la madre sellada en el vientre de su hijo, se eleva y se purifica, a fin de que, ante la pureza tan grande en que es mantenido el compuesto, la putrefacción se aleje de aquí.

Entre los volúmenes alquímicos de su biblioteca, que dispensó en una lista autógrafa, Isaac Newton poseía el Libro de Nicolás Flamel, en la edición parisina de 1612. Verosímilmente, la impresión inglesa ya era rara, cuando el inventor de la atracción universal, hacia 1665, se puso al estudio de los tratados alquímicos.

Sea lo que hubiese sido de ello, este gran campeón de las dos ciencias exactas, es decir, de la física y de las matemáticas, había copiado enteramente, con su fina y muy hábil grafía, la traducción inglesa de las Figuras, a menos que hubiese efectuado él mismo la traducción, sobre su ejemplar en lengua francesa de la compilación de Arnauld. Este texto manuscrito figuraba, consecuentemente, entre un número de los papeles de la escritura de Newton —in Newton’s handwriting— Es el Catálogo de la Colección Portsmouth quien menciona el documento, en la página 12, segunda partida (parcel), en la disposición siguiente:

1. The book of N. Flamel, in English.

1. El libro de N. Flamel, en inglés.

Evidentemente, con Eireneo Filaleteo e Isaac Newton, no nos encontramos ya en los tiempos de Nicolás Flamel, ni del gótico flamígero. Nos parece útil no obstante, no solamente asociar los tres grandes artistas, sino también referir la opinión del sabio británico, en cuanto al importante punto de la ejecución experimental, sobre el que ellos se detuvieron sucesivamente. He aquí, pues, al margen de su ejemplar del Filaleteo, lo que Newton escribió en notita, y que se refiere a los dos pasajes que acabamos de comparar:

Here Flammel seems to imbibe once or twice.

Aquí Flamel parece imbibir una o dos veces (PI. XXIV).

XXIV. He aquí otra página del Introitus, que hemos tomado, en el ejemplar, en lengua inglesa, de Newton, y que, también ella, fue abundantemente anotada por el gran filósofo. El estudiante encontrará ahí, abajo y a la derecha, el comentario manuscrito y muy pertinente, que muestra cuánto tenía conocimiento Newton de las sutilezas manipulatorias de la serie de las águilas o sublimaciones.

En este capítulo, nos acordamos de que Fulcanelli, en el monasterio de Cimiez, cuando admirábamos juntos en él las pequeñas pinturas franciscanas, nos explicó largamente que la paloma y su rama cargada de olivas tenían relación con la sublimación. La divisa precisaba de manera sibilina:

ET SIBI ET ALIIS.

Y para ella misma y para los otros.

La paloma que vemos aquí, nos dice el Maestro, es aquella de la que se habla en el Génesis (VII, 6 a 13).

Hacia el fin del Diluvio, Noé, deseando saber hasta qué punto había llegado el retiro de las aguas, liberó primero el cuervo que, ocupado sin duda junto a los numerosos cadáveres, finalmente, no se reintegró a su asilo flotante. Noé hizo entonces emprender su vuelo a la paloma que, no sabiendo donde posarse, se apresuró a reunirse con el arca. Siete días después el dulce pájaro retomó su vuelo y, esta vez, volvió hacia el anochecer, portando, en su pico, una rama de olivo con hojas verdeantes —ad vesperam, portans ramum olivae virentibus foliis in ore suo.

El estudiante puede tener toda la confianza en nuestra seguridad, si le afirmamos aquí, a continuación de Fulcanelli, que el simbolismo de la paloma tiene que ver con la segunda obra de la que los viajes del blanco volátil abren la entrada. Es oficio de la paloma junto a Noé, aportarle el testimonio material de un nuevo período que constituyen la evaporación de las aguas y el desecamiento del suelo.

En esta segunda categoría de operaciones, el término que el artista se propone alcanzar es la entera y perfecta purificación de la tierra filosofal. Ella es obtenida por levigaciones ígneas, abundantes y sucesivas, de las que son la alegoría las cataratas del Diluvio, y a las que siguen un número igual de desecaciones.

Hacia la séptima reiteración del proceso, es decir, hacia el séptimo día, la tierra, que era negra y oscura, al comienzo mismo, reviste un color blanco y cada vez más brillante.

Por estas afusiones repetidas, que Flamel designó bajo el nombre de Laveures (lavadoras), y que la vigésima imagen de La Toyson d’Or (El Vellocino de Oro)[51] nos muestra por mujeres blanqueando su ropa (Pl. XXV), el espíritu se une a las porciones puras del cuerpo mercurial, mientras que las partes groseras, heterogéneas y adustivas se encuentran separadas.

El agua se une al fuego, el cielo a la tierra, y esta alianza realizada entre implacables adversarios, esta pacificación de los elementos y este acuerdo de los principios contrarios, encuentran su expresión en la ramita de olivo, que es un emblema de paz, de armonía y de concordia.

XXV. Los autores compararon a menudo la Gran Obra a los ejercicios de menaje de las mujeres y a las distracciones infantiles. Es así que utilizaron, según la fase del proceso experimental, la actividad de las lavanderas, la de las cocineras y la de las hilanderas de rueca.

Un antiquísimo tratado llamado la Obra de las Mujeres y el Juego de los niños —tractatus Opus mulierum et Ludus puerorum dictus— se muestra del mayor valor, en cuanto a la práctica en el laboratorio.

El conjunto de las operaciones que abocan a la blancura por la que se termina la segunda obra, hizo el objeto de uno de los doce trabajos de Hércules, que consistió en la limpieza de las caballerías de Augías. El héroe mítico tuvo que desviar el curso del río Alfeo, a fin de ejecutar la enorme faena que constituía la limpieza de los pestilentes establos.

Así el operador no será sorprendido, ante la recomendación de los Filósofos de «hacer pasar sobre la tierra todas las aguas del Diluvio», ni ante la de Arnaldo de Vilanova, en particular, según la cual «hace falta abundancia de agua». El artista hará bien, en consecuencia, en constituir una reserva bastante fuerte del elemento líquido.

Al echar el cuervo y dar, por dos veces sucesivas, el vuelo a la paloma, que es el cándido emblema del Espíritu Santo, Noé prueba que tiene en la mano la clave de la operación esencial. Pues «hacer volar el águila» o provocar el vuelo de la paloma, son expresiones idénticas, aplicables ambas al secreto que nos ocupa.

Gracias a esta clave, que pocos artistas pueden jactarse de poseer, el patriarca está en condiciones de abrir el gran libro de la Piedra, que cierran los siete sellos, únicamente rotos uno por uno, por la paloma. Pero aquella, domicilio figurado del espíritu, no vuela, sin dejar un poco de ella misma a la materia grave que contribuye a agitar. Cuando se escapa, terminada su tarea, abandona a la tierra algunas de sus plumas, en recuerdo de su pasaje.

Estas plumas, cada vez más numerosas, a medida que las idas y venidas se suceden, forman el lecho nupcial del Rey y de la Reina de la Gran Obra, o, si el neófito lo prefiere, el nido del pollo de Hermógenes, de donde renacerá el Fénix eterno.

Realmente, la paloma, o más bien, el espíritu, se menea con la mayor actividad:

Y para sí mismo y para los otros.

La larga etapa de las sublimaciones reproduce, en particular, el desarrollo visual y angustioso del cataclismo universal y de la suprema tribulación.

¿De dónde vendrá, sobre su gran caballo blanco, el inflexible caballero de justicia, cuando los puntos cardinales hayan sido cambiados?

Es una pena, infinitamente, para el conjunto de los hombres, que no haya aparecido el tercer libro de Fulcanelli, que describía el fin de la gloria del mundo, conforme a su título latino:

FINIS GLORIAE MUNDI.

CAPÍTULO XI - EL HUEVO FILOSOFAL

Que el discípulo nos perdone volver, ahora, sobre el capítulo precedente, comenzando aquí, por el pequeño párrafo que

habría debido terminarlo.

Sucede que existe alguna analogía, entre la copelación espagírica y la sublimación que hemos examinado y que se sitúa en medio de la Gran Obra; en este sentido pues, de que ambas libran finalmente un botón de retorno. Ciertamente, la expresión nos parece vulgar, en su aplicación al trascendente trabajo cuyo admirable resultado, y minúsculo en verdad, tuvo por consecuencia acrecentar la reacción de prudencia de los autores, incluso de los más clásicos sobre este punto particular.

Esta pastilla de retorno, diremos, en consecuencia, como los metalúrgicos, es, en todo caso, el pequeñísimo individuo mineral y filosófico, que será el germen de nuestro huevo fecundado.

Fulcanelli fue, con seguridad, el primero en exponernos claramente la paciente constitución de este rendimiento del ser mineral organizado. El nos indicó el medio de recoger este embrión, al final de las águilas o sublimaciones, de las que acabamos de hablar nosotros mismos, cuando, bajo la acción del fuego, la pasta obtenida se fluidifica y abandona lo que los alquimistas cristianos llamaban su pez, en recuerdo del ichthys de las catacumbas romanas.

El Adepto examinaba, en el castillo de Dampierre-sur-Boutonne, el delfín que se enrolla sobre el asta de un ancla marina y que remata la divisa de una filacteria en pórtico:

SIC. TRISTIS. AURA. RESEDIT.

Así se apaciguó el espantoso viento.

Completó entonces, lo que ya nos había señalado de este coagulum o rémora mitológica:

«Agitada por todos lados, zarandeada por los vientos, el arca flota no obstante bajo la lluvia diluviana. Asteria se apresta a formar Delos, tierra hospitalaria y salvadora de los hijos de Latona. El delfín nada en la superficie de las olas impetuosas, y esta agitación dura hasta que la rémora, huésped invisible de las aguas profundas, detiene finalmente, como una poderosa ancla, el navío que iba a la deriva. La calma renace entonces, el aire se purifica, el agua desaparece, los vapores se reabsorben. Una película cubre toda la superficie, y, espesándose, consolidándose cada día, marca el fin del diluvio, la etapa de aterrizaje del arca, el nacimiento de Diana y de Apolo, el triunfo de la tierra sobre el agua, de lo seco sobre lo húmedo, y la época del nuevo Fénix.»[52]

Mas resumámonos inmediatamente, y seamos breves, a fin de ser bien comprendidos. El huevo de los filósofos está constituido de los dos resultados que han sido reservados al final de las obras primera y segunda. De una parte, la bella sal obtenida del caput, gracias al agente de licuación, designado en toda lógica; de la otra, el botón de retorno o rémora, extraído de la tierra, bajo las subidas y descensos de las grandes mareas del mercurio.

Con ocasión de lo cual, según el ejemplo de los clásicos y en el designio de ayudar mejor al estudiante laborioso, no tendremos jamás la preocupación con respecto a nosotros mismos, de que se nos pueda dirigir el reproche de repetirnos algunas veces.

Añadamos, de entrada, netamente y sin rodeos, que el vaso de la vía húmeda no es el mismo que el de la vía seca. Para la primera el compuesto es introducido en un matraz de vidrio que le es del todo extraño; para la segunda, del compuesto muy diferente, se desprenderá la pared que asegurará la protección.

Sin duda no es sin razón pertinente que el artista de la vía seca no conduzca demasiado, hacia la pureza, la sal blanca que extrae del tártaro de los toneles. Conviene, en efecto, que su crema de tártaro contenga, todavía y suficientemente, el carbonato de calcio indispensable a la cáscara.

En cuanto al recipiente de vidrio, de panza esférica y provisto de un largo cuello, es la vasija de la que los textos y la iconografía propagaron y consagraron, desde siempre, la imagen familiar y, quizá, falaz.

Consecuentemente, tenemos, de una parte, el ordinario matraz de la química, que se lutará cuidadosamente, según el mejor procedimiento; de otra parte, el huevo constituido que no aguarda sino a ser puesto en el nido, para ser ahí empollado. El estudiante sabe pues que la vía húmeda tiene su matraz de vidrio en el baño de arena, sobre la lámpara o sobre el quemador, y que la vía seca instala su huevo en el crisol y en el seno del fogón.

Exactamente, el primero de los compuestos es líquido y el segundo, sólido; uno es la amalgama extendida del oro metal y del azogue, el otro, la indisoluble unión del oro verde y del azogue semejantemente filosóficos.

Con seguridad, sería bueno que el estudiante leyese lo que dice Fulcanelli, en sus Moradas filosofales, con motivo de los dos vasos extremadamente desemejantes, que figuran en el cielo raso de Dampierre-sur-Boutonne, y que se muestran, por ende, como los símbolos de las dos vías de la Gran Obra. Se trata, en efecto, de esta tierra vil, que, en los años 20, podíamos comprar, por una decena de francos, en el Barrio latino de París, cuatro libras de excelente calidad, que bastan ya a la extracción de un embrión de unos veinte gramos, y, consecuentemente, a llevar a bien la Obra entera.

Fulcanelli aún fue más lejos en sus confidencias sobre la vasija de la naturaleza de la que declaró, muy justamente, que es el huevo filosófico, al mismo tiempo que el león verde. Esta fue, para él, la ocasión de citar el libro escrito por Jorge Aurach de Estrasburgo, pintado también con sus propias manos, en el año de la salvaguardia humana y renovada, 1415 —librum scriptum per Georgium Aurach de Argentina, et etiam depictum propriis eius manibus sub anno reparatae humanae salus, M.DC.XV— y de señalar de él, particularmente, la primera imagen.

Esta composición presenta el matraz de vidrio, lleno, hasta la mitad, de un licor verde (Pl. XIX). Se muestra tal como la reprodujimos, al igual que las otras once figuras, en el seno de circunstancias que relatamos brevemente, en nuestra obra Alquimia. Todo ello a partir de someros croquis expedidos en la noche del 9 al 10 de enero de 1920, y entre los que hemos escogido, a la intención del neófito amoroso de arte y de esfuerzo sostenido, el que dio nacimiento a nuestra acuarela.

Esbozos y notas tomadas apresuradamente, sobre un pobre cabo de papel de buscador sin peculio, en estas horas nocturnas de invierno glacial y de juventud entusiasta y estudiosa (PL. XXVI).

XXVI. Vestigio semejantemente humilde y arrogante, este pequeño dibujo anotado que porta el testimonio. Nada se pierde nunca y todo queda para ser justificado. El pasaje de cada uno sobre la tierra, el nacimiento y la muerte, plantean la interrogación constante a la que sólo la alquimia puede responder.

El alquimista alsaciano suministra la explicación, tan breve como en todo punto consecuente, de cada una de sus bellas imágenes, en su tratado del Preciosísimo Don de Dios —Pretiossisimum Donum Dei:

«La primera, que representa un león verde, contiene la verdadera materia y hace conocer de qué color es; y se la llama Adrop o Azoth, Atropum o Duenech

Es verdad que no es el león verde, o vitriolo filosófico, quien constituye directamente la parte más importante de la vasija de naturaleza, sino más bien las dos sales que se derivan de él, y de las que una viene del caput mortuum, y la otra, un poco más tarde, de la vidriosa provisión, después de que ha librado lo que se podría denominar, muy prosaicamente, lo hemos visto, el botón de retorno.

Ello igual que, en la metalurgia común, es retirado, de la mufla, el lingote puro de la pareja de los metales preciosos, que el plomo disolvente, lentamente oxidado, ha dejado por incuartación, sobre la copela de ceniza de hueso.

Cuando Filaleteo precisa que hay que preparar primero el mercurio, el estudiante puede comprender que sea en este nuevo estado, en el que el primero de los tres principios no puede ser encontrado sobre la tierra —non potest reperiri super terram.

Tanto más cuanto que en el informe del filósofo inglés, aprendemos que es así por las singulares razones notadas por los adeptos —ob singulares rationes notas Adeptis— debemos reproducir el pasaje que se muestra bien como la neta y breve definición de la vía húmeda y larga, con razón o sin ella, reputada de sofista por un número de artistas:

Con este mercurio amalgamamos perfectamente el oro puro, purgado hasta el más alto grado de pureza, en limaduras o en laminillas, y, encerrado en el vidrio, lo cocemos continuamente. El oro se disuelve por la virtud de nuestra agua, y vuelve de nuevo a su más próxima materia, en la cual la vida aprisionada del oro deviene libre, y él recibe la vida del Mercurio disolvente que es, con respecto al oro, lo que es una buena tierra con respecto al grano de trigo.

In Mercurio hoc aurum purum, purgatum ad summum puritatis gradum, limitum, aut lamellatum amalgamamos optimè, & in vitro inclusum assiduè coquimus: Aurum virtute aquae nostrae dissolvitur; reditque ad proximam suam materiam, in quâ vita auri inclusa fit libera, & suscipit vital dissolventis Mercurii, qui est respectu auri idem, quod terra bona, respectu grani tritici[53].

Después de esta afirmación, cuán inclinado se encontrará el discípulo de Ciencia a comprender que Filaleteo mismo haya entendido el mercurio fluido que se vendía libremente, en los boticarios de su propia época. Si el ciudadano del mundo —cosmopolita— según su propio vocablo, no suministra, sin embargo, ni el conjunto, ni el detalle de su dispositivo, al menos es fácil imaginarlo y sucintamente resumirlo.

El mercurio de esa suerte sembrado, es decir, por amalgamación, es introducido en un matraz de panza ovoide o esférica, de vidrio de buen espesor, y cerrado inmediatamente a continuación con un luten sólido, si es que no con el soplete. A continuación la cocción de la amalgama es regulada y mantenida sin desfallecer, durante numerosos meses y siempre por debajo de la temperatura de ebullición.

Lo que precede y que el estudiante acaba de leer, es rigurosamente lo que hicimos, hace cuarenta años, movidos como estábamos ya por las virtudes necesarias, a saber: la fe, la consciencia, la paciencia y la perseverancia. En lo físico, como en lo moral, fue considerable el esfuerzo, el cual nos puso en presencia del más extraordinario panorama de sucesivas y maravillosas formas coloreadas.

La fotografía policroma, no hace falta decirlo, no era todavía practicada, lo que habría suprimido todo el esfuerzo que nos tomamos para fijar, en la acuarela, estas numerosas fases, sobre el papel de acuarela. Ellas se instalaban ante nuestros ojos, algunas veces singularmente multicolores, por una duración variable pero siempre bastante larga.

Habíamos procedido primero a la mundificación del mercurio, por el método ordinario de la destilación, en estas cornudas o retortas de gres, hoy en día completamente inencontrables.

En cuanto al oro, a fin de que estuviésemos seguros de su total pureza, lo habíamos sometido a la prueba del plomo y de la copela, y habíamos a continuación confeccionado con él un tricloruro, disolviéndolo, por pequeños fragmentos, en el agua regia. Habíamos evaporado dulcemente al baño de arena, y después, al baño María, habíamos desembarazado a nuestros cristales del hidrato superfluo.

El metal precipitado en su solución, es decir, reducido de su cloruro, se ofrece en polvo fino que, bien lavado, es sumamente propicio a la amalgamación.

Por lo demás, si algún día se presentase la posibilidad, de que retomásemos la experiencia, pese a todo apasionante, utilizaríamos la solución roja de oro coloidal, de la que todo buen químico sabe cuánto puede hacer variar el color el incidente más ínfimo e imprevisible.

¿No sería ahí, en el fondo, que pueda encontrarse el origen secreto de esta cal, de carácter dinámico, que ciertos artistas preparaban por calcinación del oro, con vistas a la solución más íntima del metal solar, en el mercurio o azogue?

¿Conviene acaso pensar que este kaleidoscopio en colores de la vía del matraz de vidrio, haya sido debido a la intensa vida de un oro reincrudado?

Sea lo que haya sido exactamente, estas imágenes de linterna mágica, en su desarrollo a la vez lento y coloreado, permanecen muy misteriosas y, digámoslo, apasionantes.

En verdad, no es preciso reconocer, que esta larga sucesión de planos sombríos o brillantes, si había parecido responder a la transformación de la amalgama en el interior, no había entrañado en modo alguno su mejora, de forma sorprendente e inmediatamente visible o controlable. Por lo demás, estábamos muy lejos del estado sublime al que era nuestro designio que fuese elevado el compost.

Nuestra serie de imágenes pintadas con amor, por desgracia, se perdió en el curso de la debacle de 1940, con numerosos otros documentos.

Ciertas, no obstante, reviven en nuestra copia del Preciosísimo Don de Dios, que fue salvada por milagro. Y son bien estas figuras las que nos conducen a creer que Jorge Aurach mantuvo, antes que nosotros, la interminable cocción de la que hemos hablado en Alquimia. Transportó de ella, él también, o hizo transportar de ella, sobre el papel, los diferentes cuadros del espectáculo en colores ofrecidos por la amalgama y admirado por el alquimista, a través del vidrio del recipiente.

Evidentemente, la sucesión de estas doce imágenes es mucho menos numerosa que la nuestra que reunía de ella cuarenta y ocho en total. Los paisajes apropiados con los que rodeamos los gigantescos matraces de Jorge Aurach, en la copia, por nosotros caligrafiada, dibujada y pintada, no recreaban las figuras del antiguo manuscrito que nos sirvió de modelo.

Somos nosotros quienes compusimos los decorados, en armonía de lugar, de suelo, de estación, incluso de latitud, con las fases simbólicamente traducidas, en sus matraces transparentes, por el alquimista de Estrasburgo.

El epíteto que hemos subrayado y del que nuestro Maestro, no sin algunos rodeos ligeramente «especiosos», suministra la explicación, dispersada aquí y allá en sus dos obras; este epíteto significa «vuelto a colocar en el estado muy próximo al origen». Filaleteo lo dice, lo hemos visto, y lo vuelve a decir un poco más adelante:

Pero aquél que no ha preparado convenientemente su Mercurio, aunque hubiese unido el oro con aquél, su oro sigue siendo hasta entonces el oro del vulgo, dado que es unido a un tal agente insípido, en el que permanece incambiado, como si permaneciese en un cofre.

Qui verò Mercurium suum non retè pararit, etsi cum eo aurum junxerit, ejus aurum adhuc est aurum vulgi, utpote quod cum tali agente fatuo jungitur, in quo aeque impermutatum manet, hac si in arcâ maneret[54].

Además, precisa pues e inmediatamente a continuación:

Ciertamente nuestro Mercurio es un alma viviente y vivificante, y por ello nuestro Oro es espermático, igual que el trigo sembrado es una simiente, mientras que este mismo trigo, en un granero de cosecha, permanecería candeal y muerto.

Noster verò Mercurius est anima vivens et vivificans, ideoque aurum nostrum est spermaticum, sicut triticum satum est sementum, cum idem triticum in horreo annona, sive frumentum maneat, mortuumque.

Que nuestro Mercurio sea un alma y que nuestro Oro sea espermático, además del posesivo, he ahí bien que revela, sin embargo, otro sentido que la muy innegable calidad del Adepto, adquirida por el autor, nos obligaba a señalar.

En la ocurrencia el Cosmopolita, para quien la diferencia es grande, entre el oro y la plata comunes y aquellos de los que afirma que son vivos, nos dispensa de toda explicación:

Mas advierte esto, que no tomes el oro y la plata del vulgo, pues éstos están muertos; toman los nuestros que están vivos.

Sed hoc abmonitus sis, ne accipias aurum & argentum vulgo, nam haec sunt mortua, accipe nostra quae sunt viva[55].

Pese a su aplicación más o menos constante en cambiar al discípulo a la vía larga, Filaleteo no escapó a la necesidad de hacer aparecer la diferencia entre los dos oros:

Pero nuestro Oro no puede ser comprado al precio de la moneda, aunque para él, quisieses dar una corona o un reino. Es, en efecto, un don de Dios. Pues nuestro Oro no es para llegar perfecto entre nuestras manos (al menos comúnmente) pues para que sea el nuestro, tiene necesidad de nuestro arte.

Aurum verò nostrum pecuniae pretio emi nequit, quamvis pro eo coronam vel regnum dare velles; est enim donum Dei. Aurum enim nostrum ad manus nostras perfectum (saltem vulgò) non est habendum, quia ut nostrum sit, nostrâ opus est arte.

Limojon de Saint-Didier es formal y francamente categórico en esta sola frase:

«Pero el sabio puede hacerla mucho más fácilmente con el oro de los Filósofos que con el oro vulgar»[56]

A buen seguro, hacer la Medicina Universal, es decir la Piedra Filosofal, con la ayuda del oro de los Filósofos, que es este primer oro, calificado de astral, por el autor del Triunfo, y «cuyo centro está en el sol». Es él, este rayo que penetra en el vaso de Etteilla, como lo vemos sobre el frontispicio del pequeño tratado de Los Siete Matices de la Obra, sobre este lindo grabado del que hemos dado la reproducción, en nuestro volumen de Alquimia.

En cuanto a esta substancia ígnea, «emanación continua de corpúsculos solares», tal como lo escribió el señor Saint-Didier, en el mismo lugar, he aquí (Pl. XXVII) una escena en la que la expresión científica se une estrechamente al simbolismo religioso. Estamos ahí ante la mitad inferior de la página de título, del tomo primero, de las Obras del beato Raimundo Lullio, doctor iluminado y mártir —Beati Raymundi Lulli, doctoris illuminati et martyris Operum.

XXVII. He aquí las dos fuerzas que el Doctor illuminatus quiso netamente distinguir: una, a la izquierda, es la de la alquimia; la otra, a la derecha, es la de la espagiria. Raimundo Lullio, a quien la química empírica debe descubrimientos tan primordiales, se aplicó fuertemente a la segunda, de suerte que conocía la amenaza, de que encendiese, sobre la tierra de los hombres, el despiadado fuego del gehena.

La Virgen, con seguridad, recibe, sobre su seno, el fluido espiritual del cosmos, que ella reenvía, inmediatamente, sobre el pequeño Jesús extendido a sus pies, en su mullida cunita.

Un niño desnudo, más fornido, la espalda protegida con un amplio tejido, está sentado junto a una pequeña mesa, y haciendo pasar, a través de sus lentillas, el rayo solar, que entra por la ventana abierta, se entretiene en inflamar, sobre el embaldosado, los pedazos de madera dispuestos en cruz.

Ciertamente, los hilos luminosos no son habituales, y dos espejos, a saber dos mercurios, son necesarios, a fin de atraer el que el astro del día proyecta y liberar de él la fuerza del fuego secreto. En verdad, el mercurio de los sabios se divide en dos funciones muy diferentes, y es por ello que, sobre nuestra imagen, el primer receptáculo es más voluminoso que el segundo; debiendo ser atravesado uno, antes de que el otro lo sea a su vez.

Los artistas utilizaban el vocablo espejo, para designar su azogue, y entre ellos, tomaremos, en ejemplo, a Cosmopolita, quien declaró:

Pero lo más grande, en su Reino, es un espejo, en el que se ve todo el Mundo.

Sed quod maius est in Regno eius est speculum in quo Aotus Mundos videtur.

Son, precisamente, estas simbólicas manipulaciones, de la Virgen María y del precoz bambino, quienes concurren a la confección del vaso, en la Gran Obra, y que justifican que el conjunto de los Filósofos las hayan comparado al juego de los niños y al trabajo de las mujeres.

Aparentemente, nada despierta aquí la idea de un ejercicio grandioso; sin embargo no podemos impedirnos relacionar ahí el versículo 49, tomado al capítulo XII, del evangelio según el médico Lucas:

He venido a poner el fuego en la tierra, ¿y qué quiero yo, si no es que se encienda?

Ignem veni mittere in terram, & quid volo nisi ut accendatur?

Se trata ahí del fuego oculto de los Sabios, sin el cual la incubación de su huevo sería imposible, y del cual Alexandre-Toussaint de Limojon de Saint-Didier nos platicó tan generosamente, y más especialmente, en su Carta a los Verdaderos Discípulos de Hermes:

«Hay que conocer el fuego secreto de los sabios que es el único agente que puede abrir, sublimar, purificar & disponer la materia a ser reducida en agua; hay que penetrar para ello hasta la fuente divina del agua celeste, que opera la solución, la animación & purificación de la piedra.»

Ya el filósofo diplomático del Gran Siglo, hablando en nombre de todos los que le precedieron, nos había precisado que el fuego secreto interviene de un extremo a otro de la Gran Obra, es decir, para cada una de las partes, grandes o pequeñas que la componen. Comparándolas a las diversas actividades que encaminan el grano de trigo hasta el pan, enumera éstas, brevemente, pero con precisión:

«Pues del mismo modo que nosotros no nos nutrimos de trigo, tal como lo produce la naturaleza; sino que estamos obligados a reducirlo en harina, a separar su salvado, a masarlo con agua, para formar de él el pan que debe ser cocido en un horno, para ser un alimento conveniente; del mismo modo tomamos la piedra; la trituramos; separamos de ella por el fuego secreto, lo que tiene de terrestre; la sublimamos; la disolvemos con el agua del mar de los Sabios; cocemos esta simple confección, para hacer de ella una medicina soberana.»[57]

Ha de leerse con la misma atención la página que sigue, en la que Eudoxio continúa exponiendo, a su discípulo Pirófilo, el asombroso paralelo de la confección milenaria de los panes, de los que uno está destinado al cuerpo y el otro al alma.

Relación que basta para hacer comprender que un panadero parisiense, impresionado por la egrégora universal, haya tenido la idea, hace algunos años, de hacer decorar exteriormente su comercio, en el bulevar de Grenelle. Estas baldosas barnizadas ofrecen escenas simbólicas que se refieren a la panificación y que completan, discretamente, detalles tomados a la Ciencia; poniendo éstos en armonía los trabajos de una con los de la otra.

María la Profetisa, hermana de Moisés, en su Práctica del Arte químico, puso el acento sobre la preponderancia del vaso. Después que hubiese resumido, muy brevemente, el comienzo de la Gran Obra, precisó incluso:

Todos los filósofos enseñan estas cosas excepto el vaso de Hermes, porque es divino, escondido y viene de la Sabiduría del señor del Mundo; y aquellos que lo ignoran, no saben el régimen de la Verdad, a causa de la ignorancia del vaso de Hermes.

Omnes Philosophi pocent illa praeter vas Hermetis, quia illus est divinum, & de sapientia domini Gentibus occultatum, & illi qui illud ignorant, nesciunt regimen veritatis, propter vasis Hermetis ignorantiam.

El opúsculo anónimo titulado El Juego de los Niños —Ludus Puerorum — contiene una división substancial cuyo título justificaría que lo tradujéramos por entero:

Del vaso o huevo de los Filósofos, en el que nuestra piedra debe ser situada, a fin de que por el fuego y el arte sea perfeccionada.

De vase sive ovo Philosophorum, in quo lapis noster ponemdus est, ut igne & arte percificiatur.

Morieno, el primero, hizo una declaración de la que comprendemos sumamente bien que los Maestros la hayan callado inquietos por la obediencia. A fin de que sigamos nuestra promesa, transcribimos las palabras del sabio, ciertamente por primera vez:

«Si los antiguos sabios no hubiesen encontrado la cantidad del vaso, en el que ha de ser puesta nuestra piedra, nunca habrían llegado a la perfección de este magisterio.»

Nos falta subrayar que es muy rara la indicación, que el estudiante buscaría aún, y según el cual el continente debe ser proporcionado a su delicado contenido.

El rey Hali, no obstante, la completa en palabras que son, también ellas, preciosas y ordinariamente ignoradas:

Conoce la medida o el grado del vaso de nuestra obra, porque el vaso es la raíz y el principio de nuestro magisterio. Y este vaso es como la matriz en los animales, porque en ella engendran, conciben y nutren igualmente la generación. Por ello si el vaso de nuestro magisterio no es conveniente, toda la obra es destruida, nuestra piedra no produce el efecto de la generación, porque no encuentra el vaso propio a la generación.

Cognosce modum sive gradum vasis nostri operis, quod vas est radix, & princpipium nostri magisterii. Et idem vas est tanquam matriz in animalibus, quia in ea generant & concipiunt generationem pariter & nutriuntur. Ideo nisi vas nostri magisterii idoneum sit, totum opus destruitur, nec lapis noster producit effectum generationis, quia non invenit vas generationi aptum.

CAPÍTULO XII - LA GRAN COCCIÓN

Más que las otras partes principales, en la Gran Obra, la fase terminal, exactamente la tercera obra, exige, para sí misma, la ayuda constante del espíritu cósmico. Sólo el artista que, en el maravillamiento, sin cesar acrecentado, ha llegado hasta el umbral de la operación más difícil del noble arte del fuego, puede haberse hecho la justa idea de todo lo que le es posible al vehículo del alma y de lo que es sin duda la Medicina universal.

Es el espíritu del cosmos, el spiritus mundi de los alquimistas antiguos, quien asume la carga de toda conservación de los pensamientos y de los hechos de cada uno sobre la tierra. En este mundo sublunar, ¿habrá tiempo de llegar a visitar todas las insospechadas reservas de este inconmensurable almacén? A este respecto, la declaración de san Lucas toma un sentido positivo que no deja de inclinar las sanas inteligencias a la más elemental circunspección. Cristo pone al filósofo en guardia contra la execrable levadura que es la hipocresía —quod est hypocrisis:

Mas no haya nada de oculto, que no deba ser revelado, ni de invisible que no se sepa.

Nihil autem opertum est, quod non revelatur; neque absconditum, quo quod non sciatur.

«La fuerza fuerte de toda fuerza », que designó Hermes en su Tabla, recoge y retiene los movimientos y los ruidos de la tierra, los gestos y las voces de todos los seres en la Naturaleza; ella es la misma que dotó al Egipto sacerdotal de los Faraones, de medios de acción considerables y ordinariamente inexplicados.

Éste es aquí el lugar de que el estudiante recuerde la observación que hizo Fulcanelli, con respecto al pequeño felino doméstico, tan calumniado habitualmente:

«Si por tanto, hermanos, prestáis atención a lo que hemos dicho de la galette des Rois[58], y si sabéis porqué los Egipcios habían divinizado al gato, no tendréis lugar ya para dudar del sujeto que tenéis que escoger; su nombre vulgar os será netamente conocido.»[59]

Un poco más tarde, en su segunda obra, el Maestro tuvo el cuidado de completar su singular información que el lector deberá volver a colocar y a ver en el contexto:

«Son los mostachos del gato, los que le han hecho darle su nombre, no se duda apenas que ellos disimulan un elevado punto de ciencia, y que esta razón secreta valió al gracioso felino el honor de ser elevado al rango de las divinidades egipcias.»[60]

Es cierto que, en el antiguo Egipto, todo individuo, hombre o mujer, que mataba un gato, era inevitablemente condenado y sufría inmediatamente la pena de muerte.

El Señor conde de Buffon manifestaba, respecto al felis catus, una ignorancia, un defecto de observación, del todo excepcionales. Su opinión, su partido tomado más bien, no pueden explicarse sino por el odio que alimentaba hacia este pequeño animal asustadizo que no presenta peligro alguno y que arrastra, sin embargo, en los campos su existencia de paria, constantemente amenazada.

Esto era ya bien así, en tiempos del Sr. Intendente de los Jardines del Rey, quien no cargó menos con ello al infamado cuadrúpedo:

«Por otra parte la mayoría son medio salvajes, no conocen a sus dueños, no frecuentan más que los desvanes & los techados, & algunas veces la cocina & la despensa, cuando el hambre les presiona.»

A menos que el académico hubiese propiciado la experiencia, hasta encerrar ferozmente a una desdichada bestia, ¿podría encontrarse una alegación que fuese tan falsa, tan mentirosa como la suya a propósito de la gata?

«… estas madres, tan solícitas & tan tiernas, devienen a veces crueles, desnaturalizadas & devoran asimismo a sus pequeños que les eran tan queridos.»

Después que hubo todavía avanzado que los gatos «carecen de la finura del olfato», escribió, tres páginas después, que gustan de los perfumes y en cuanto a la Nevadilla medicinal, que «la sienten de lejos». Por la fuerza de las cosas, Buffon se aproximó al ángulo bajo el cual nos preocupa aquí el problema; entró pues, sin presentirlo, en el dominio de las vibraciones y de las ondas. La explicación que intentó suministrar, nos enternece por su majadería, ante el fenómeno observado:

«Cuando se les transporta a distancias bastantes considerables, como a una legua o dos, vuelven ellos mismos a su desván.»

Sí, si M. de Buffon hubiese adivinado que el gato puede tener alguna facultad extraordinaria de dirigirse fuera del único órgano de la vista, hubiese seguido obnubilado por su íntima propensión exactamente a ras de tierra:

«Ellos vuelven por sí mismos a su desván, & es aparentemente porque conocen todos los escondrijos de los ratones, todas las salidas, todos los pasajes, & que el esfuerzo del viaje es menor que el que tendrían que tomarse para adquirir las mismas facultades en un nuevo país.»

De todos modos una cosa le detuvo, sin que lo hubiese verdaderamente impresionado, y contra la cual no supo descubrir nada, que entrase en el marco de su calumnia. Que los gatos pudiesen ofrecer una buena cualidad no iba en modo alguno con los asuntos del Sr. De Buffon quien, no obstante sus dispendiosas experiencias sobre los espejos ardientes, no era físico, en el sentido profundo del término, ni más aún filósofo operativo:

«Como son aseados, & su pelaje está siempre seco & lustroso, su pelo se electriza fácilmente, & se ve salir de él chispas en la oscuridad cuando se le frota con la mano.»

He ahí algo que está bien del lado de la idea del fuego secreto, en el animal que es infinitamente más difícil aproximarse que al perro de Corasceno y a la perra de Armenia.

De un lado está el espíritu y sus perfumes, de otro la materia y sus heces inmundas. Sólo el primero, que es sutil, actúa sobre la segunda, que es grave.

En el arcano, trascendente por encima de cualquier otro, sigamos bien a Filaleteo en su Introitus:

Es por esto que el Filósofo dice: «Toma al perro de Corasceno y a la joven perra de Armenia; júntalos, y te darán un hijo del color del cielo.» Pues estas naturalezas, por una corta decocción, se cambiarán en un bodrio semejante a la espuma del mar o de una niebla más espesa, la cual estará teñida de un color negruzco.

Quare ait Philosophus: «Accipe canes Corascenum, ac caniculam Armeniae, junge simul, tibique gignent filium coloris coelii.» Quia hae naturae brevi deccotione vertemtur in brodium instar spumae maris, aut nebulae crassioris, quae livido colore tingetur.

Sobreviene entonces impresionante, la observación del Adepto Fulcanelli, quien nos recomienda sin embargo la lectura atenta de Artemio y Pontano:

«Este fuego, o esta agua ardiente, es la chispa vital comunicada por el creador a la materia inerte; es el espíritu incluido en las cosas, el rayo ígneo, imperecedero, encerrado en el fondo de la oscura substancia, informe y frígida. Tocamos aquí el más alto secreto de la Obra; y seríamos dichosos de cortar este nudo gordiano en favor de los aspirantes de nuestra Ciencia —acordándonos, ¡ay!, que fuimos detenidos nosotros mismos por esta dificultad durante veinte años — si nos fuese permitidos profanar un misterio cuya revelación depende del Padre de las Luces.»

Artemio y Juan Pontano son fáciles de consultar, en todo caso, más que a Morieno, en su Disposición de los Sabios —Dispositio Sapientum — de donde sacamos la indicación de la perfecta identidad que liga el horno con el fuego, cuando son llamados filosóficos:

Mas de ahí prepara el horno de los Filósofos, en el cual enciende el fuego filosófico, según la manera de los Filósofos.

Inde verò fornacem Philosophorum construas, in qua ignem philosofhicum, more Philosophorum accendas.

El gato de los cuentos herméticos de Charles Perrault, reservados a los niños, hace, por sí solo, la fortuna de su pobrísimo dueño, el marqués, «sin tierra» de Carabás, es decir, de bas carat (de bajo quilate), figurativo del oro joven, verde e inmaduro.

El estudiante sabe ahora que el oro de los Sabios no puede ser el oro metálico cuya absoluta perfección se opone a toda progresión nueva. Nada, en este sentido, puede ya venir de él, si no es que la Medicina Universal lo transforme, por proyección, en Piedra transmutatoria que actúa sobre los metales inferiores, las gemas y las piedras preciosas.

Como el infortunado descubridor del radio, Fulcanelli sabía muy bien que el fuego de su horno o de sus quemadores era incapaz de provocar toda transmutación. La sublimidad del arcano despertó su prudencia, y es por esto que no sobrepasó el nivel de aumento del fuego secreto de los antiguos alquimistas. Esta es la razón por la cual también, hemos disertado, de nuevo, sobre la gran incógnita de la realización físico-química.

Fulcanelli conoció muy bien a Pierre Curie, y después a Madame, nacida María Skolodowska, que no fue, sin duda, una fiel Perrenelle, ni la dedicada compañera de las planchas del Libro mudo.

Pero no está ahí nuestro propósito, y lo que se ignora igualmente de ordinario, es que Curie buscaba la Piedra Filosofal en las tierras raras. El Punto de Curie, despejado del grado calórico por encima del cual los cuerpos ferromagnéticos pasan al estado paramagnético, es bastante significativo de la orientación alquímica de los trabajos del sabio.

Debemos confesar, que hemos reflexionado profundamente y muy largamente vacilado, antes de que tomásemos la decisión de ilustrar por los hechos, la exaltante aventura, conducida y compartida durante la vida entera.

En esta tercera obra, nos parece, para bien del lector, y para el gozo y el beneficio del manipulador, que ninguna explicación equivaldría a estas pocas páginas de un largo informe epistolar que hicimos en el curso de numerosos años.

Con seguridad, la colaboración es posible, a condición de que nazca de la igualdad de saber, así como al sentido agudísimo de la fraternidad y de la disciplina. Ella se presentó, para nosotros, hace de ello mucho tiempo y todavía dura, pero no entraremos en los detalles de ella, únicamente biográficos y sin interés real para el lector que alimenta sobretodo la voluntad de instruirse.

Lo que importa, es que le ofrezcamos aquí la substancia que viene a buscar junto a nosotros. A fin de que satisfagamos todo loable deseo, y, por lo mismo, toda curiosidad honesta, nuestro viejo amigo de ultramar nos perdonará que publiquemos, hoy en día, ciertas partes de nuestras propias cartas. Ellas se refieren a nuestros ensayos sobre la gran cocción, que practicamos en Savignies, en muy estrecha correspondencia de correo con él.

He aquí, primero de todo, tres epístolas que son relativas a la construcción de nuestro pequeño horno que funciona con gas butano y que debe necesariamente mostrar mucha regularidad y adaptabilidad:

Nº 8     1º de febrero de 1950

Mi bien querido viejo:

Tras el pequeño accidente que ha rajado mi crisol superior, me ha venido la idea de una nueva disposición. Ella me ha conducido a rectificar diferentemente dos de los crisoles que he traído, hace justo hoy una semana. Les amputo sin embargo sus fondos, de suerte que hago con ellos dos cilindros ligeramente en tronco de cono por un lado y que, sin embargo, no empalmaría de la misma manera.

He cortado el más grande (Nº 15) hasta la…

El estudiante continuará su lectura sobre la parte superior de la página que hemos hecho fotocopiar (Pl. XXVIII), en el decimoséptimo cuaderno de nuestra correspondencia general, así conservada, siguiendo la sucesión cronológica de los destinatarios y bajo la forma primera de borradores manuscritos, desde 1920 hasta cerca de 1960. A partir de este último año el tiempo-duración ya no nos ha permitido, bajo el fardo de las tareas, dilapidarlo, en lo sucesivo, en semejantes frivolidades. Ello, en la estimación, incluso la más optimista, del que disponemos todavía, si recibiésemos el inestimable Don.

XXVIII. En el seno de la alquimia, sobretodo operativa, la colaboración, más fecunda y elevada, es la que el hombre y la mujer realizan, en conformidad con la naturaleza. No importa apenas que su unión sea legítima, pero es necesario absolutamente, que hayan recobrado juntos el androginado de la edad de oro.

Sobre estas páginas de Vergé, reguladas en pequeños cuadrados, ha palidecido fuertemente la tinta, a la que el moderno procedimiento de clichage ha devuelto su negrura. En estos cuadernos, encuadernados totalmente en percal fino y beige, los destinatarios siguen siendo fieles; todos, menos aquellos a quienes la muerte, ¡ay!, ha arrebatado.

N. del Tr.: Traducimos a continuación las palabras manuscritas de Canseliet en esta imagen:

… demanda de la abertura normal del más pequeño (Nº 13), lo que, como te imaginas, no ha sido cómodo. El primero, invertido sobre su abertura normal abajo, recibe por su parte cortada, la abertura ordinaria del segundo, el cual alza así hacia lo alto su fondo seccionado. En la pared de este último, ya no practico la abertura circular, extremadamente delicada, sino, simplemente un escotado en pleno centro, en su borde que se asienta sobre el otro crisol. He aquí, en suma, lo que suministra.

Está hecho por otra parte, y la junta en materia refractaria seca lentamente. Me falta hacer ejecutar dos soportes en hierro a cuatro pies; uno más grande que mantendrá el aparato exterior (el armazón de tierra); el otro, más alto, entrando en el primero y sobrepasándolo gracias a su menor diámetro, a fin de colocar el vaso principal a la distancia útil, tanto de la llama del quemador como del hueco de mira. Creo haber conseguido la disposición más simple y más cómoda, y estoy impaciente de hacer su ensayo. Estoy seguro de que no tengo necesidad de instalar chimenea sobre el hueco de salida. En cuanto al piro, sólo existe el problema de la elección; sea hacerlo entrar de arriba abajo, verticalmente, sea de abajo arriba, es decir, en el sentido de la llama. ¿Qué piensas tú? Estaría contento de recibir rapidísimamente tus observaciones. Dime igualmente cómo instalas tus frascos-lavadores. Imagino bien, naturalmente, que se trata de conducir el gas adentro del agua por un tubo y ofrecerle su salida por el otro tubo situado fuera del líquido.

La temperatura ha cambiado brusca y totalmente, y es hoy de primavera dulce y soleada.

Que te vaya bien, m. b. g., muy fraternal y afectuosamente.

Nº 12    Jueves, 16 de febrero de 1950

Mi bien querido viejo:

He vuelto por medio del coche a las 8 h. 30, que, tras una parada de una hora en Beauvais, llega aquí a mediodía. No he permanecido más tiempo en París a donde deberé volver la semana próxima, a fin de recoger ahí mis soportes encomendados ayer miércoles. La víspera, martes, había recibido juntos, tu Nº 7 del 8 de febrero y tu pequeño paquete conteniendo la tela de tamiz… Inmediatamente después, he corrido a la Bastille, y en la rue de Lappe, he encontrado un pequeño patrono que me ha parecido comprender sumamente bien lo que yo deseaba.

Con respecto a mi aparato en construcción, a mi athanor, diría pues, tus sugestiones son muy pertinentes. El papel e interés de la balanza, créelo bien, no se me escapan, la cual debe ser, como tú mismo lo habrás considerado, un pesillo, ante la doble necesidad del montaje y la precisión.

El crisol (¿de porcelana o de vidrio Pirex?) evidentemente, no puede ser sostenido por encima de la llama del quemador, más que por un dispositivo que se introduzca del exterior y de arriba abajo. En consecuencia, uno de los platos será reemplazado por el vaso suspendido con un hilo de metal resistente; siendo tarado exactamente el otro plato, a fin de obtener una horizontalidad perfecta.

La columna, que soporta el astil, será transportada, de su cajoncito, devenido un estorbo, de tal manera que la extremidad de dicho astil se suspenda sobre el vacío. La nueva base de madera colocada a suficiente altura, para que el soplo caliente no alcance y no influencie a la pieza horizontal del aparato de pesaje. De modo semejante había operado yo, no sin desgracia, lo confieso gustoso, en el 48 y no veo que el dispositivo sea posible de otro modo.

¿Un Roberval de 10 kilos, recibiendo todo, hasta el quemador? ¡Pero el tubo de llegada para el gas sería una causa de incertidumbre, sin perjuicio de la sensibilidad, ya problemática, a causa del considerable peso!

¿Tendrías alguna otra idea?

En cuanto a la observación, no tiene, para mí, otro destino, que el de su nombre mismo, es decir, el control visual sin más, pues no habría lugar, como lo sabes bien, una vez la operación en marcha, a tocar, en cualquier manera que sea, el huevo filosófico.

El pequeño pote en Pirex, particularmente, si resiste al ensayo, cubierto con su mica, me exonera de tomar muestras que, por otra parte, estoy seguro de ello, entrañarían la muerte del compuesto. Si Fulcanelli procedió de esa suerte, ante mí, fue en el curso de un estudio experimental del que no tengo necesidad, por el hecho de que es sabido que nuestros colores se desarrollan en el negro.

Por lo demás, para volver a la observación, me adhiero a tu opinión, de que no es malo que sea más grande, la abertura lateral, que yo practicaría en ojiva alargada, un poco, como lo escribes, en forma de rodaja de melón.

El sellado de los dos crisoles que forman el cuerpo del horno, ciertamente, puede ser suprimido. Lo he hecho para dar más solidez, en el caso de que un golpe cualquiera, viniendo, por ejemplo, de la caña del piro, desordenase el conjunto; lo que, en verdad, parece improbable, por el hecho de que habría instalado esta caña, cuidadosamente y de una vez por todas.

Nº 35     Jueves, 25 de mayo de 1951

Mi bien querido viejo:

Estoy en pleno trabajo. Esta noche me ha sido menos buena que la precedente que se ha mostrado sumamente bella, después que una tempestad de una violencia inaudita hubiese barrido el cielo, no sin haber literalmente inundado el pueblo y destrozado vergeles y jardines bajo una metralla de enormes pedriscos… Sea lo que sea, no me quejo de la marcha de mis operaciones que, pese a las nubes y bien que hubiese comenzado antes del primer cuarto, han sido posibles gracias a un potente influjo cósmico y al precio de una cierta pérdida de mercurio, debido a la mayor volatilidad.

Esta mañana, el tiempo es desagradable y el cielo está cubierto, pero no dudo que se liberará con la caída de la noche, bajo la influencia de la luna. Cuento así bien con terminar mis águilas esta próxima noche y, ofreciéndose ésta particularmente propicia, no solamente precipitar la rémora, sino también confortarla antes del amanecer. Caramba, tengo todo a punto, y no me retrasaré para encender mi gran horno este anochecer.

He encontrado, en París, el hilo de níquel de 8/10 de sección, que yo quería, y he efectuado, en la jornada del lunes, mi ensayo que, tras seis horas de marcha perfecta, tanto en relación al pesillo como a los niveles térmicos, ha sido interrumpido por la ruptura del + (crisol) de porcelana.

El accidente se ha producido dos veces, de suerte que bajo la amenaza de su repetición, durante la ejecución real, prefiero finalmente detenerme en el pequeño «crapaud» Nº 0, en tierra refractaria, mucho más resistente y tanto más cuanto que el vaso de porcelana no me ofrece, en el fondo, ninguna ventaja sobre él…

He aquí ahora, relativa a la operación de la tercera obra una corta cartita que fue redactada al final de una noche de vigilancia. Ella bastará, estamos seguros de ello, a satisfacer al investigador quien, sabiamente, acepta la imposibilidad de que sea suministrado todo en detalle:

Nº 37     17 de mayo de 1951, 8 horas

Mi bien querido viejo:

Mi cocción está en marcha desde antes de ayer martes, a las 21 horas, muy exactamente, es decir desde el instante en que he incluido en el vaso filosofal de 160,55 grs. (G del ) mi rémora de 415 centigrs.

Te imaginarás con qué profundo interés, con qué intensa emoción, sin cesar mantenida, sigo la operación, apasionante mucho más allá del calificativo.

Como el año anterior, el primer sonido el do verosímilmente se ha hecho oír muy rápidamente, 1 h. 32 después del inicio, es decir hacia las 22 h. 30. se ha mantenido un poco menos de 2 minutos, alrededor de 100 segundos, sin que el peso haya cambiado, el cual era al principio, comprendidos el + crapaud 0 y la mica, de 313,6 grs.

El 2º silbido, que me ha parecido bien ser el re, se ha producido justo 24 horas después, ayer a las 22 h. 10, mientras que el peso elevándose insensiblemente, alcanzaba a la misma hora, 353,65 grs., o sea esto es notable la misma fracción de progresión que para la temperatura, 340º.

Parece considerable para el peso, el aumento que se prosigue siempre de la misma manera insensible 18 grs. hace ¼ de hora pero se muestra en acuerdo, por lo demás, con la tradición alquímica que da a la Piedra una enorme densidad.

La mica blanca es práctica, pero no me deja ver otra cosa que la costra en domo que se ha formado en el +, por encima de la materia y que es verdaderamente lo que los antiguos denominaban el luten filosófico o de Naturaleza.

No aguardo al mi antes del crepúsculo, y es así que voy a dormir algunas horas.

Nº 38     21 de mayo de 1951

Mi bien querido viejo:

La gran cocción se prosigue sin entorpecimientos, con la regularidad de un reloj y de una manera aparentemente tan simple y fácil, que no puedo expulsar la aprehensión de que se produzca, de un momento a otro, alguna catástrofe que venga a aniquilar y a hacerme pagar caramente, por una brutal desilusión, estas inefables horas de esperanza sobrehumana y de intensa felicidad.

Qué prodigiosa armonía la de esta operación, qué suave poesía igualmente, cuyo vocablo griego revela sin ambages, la esencia no solamente abstracta y metafísica, sino también positiva y científica: , Poiesis, confección, ejecución, operación.

Ya no tengo dudas ahora, mi buen viejo, y si Dios lo quiere, tendré este anochecer la confirmación, el negro dura 6 días y la hebdomas hebdomadum de los Adeptos, que termina el 7º día, el del reposo, es muy real. En el curso de este último deben sucederse rápidamente las dos etapas del blanco y del rojo, con, ciertamente, la ausencia de toda dificultad que recuerda la quietud del domingo o día del Señor. Es así que deberé escuchar este anochecer la nota que cierra el último día de trabajo, es decir la 6ª, al mismo tiempo que la serie sonora cuyo crescendo se ha mostrado tan seguramente sensible a mi oído como la progresión graduada del peso y del calor en su constante sincronismo. He aquí los pesos advertidos al mismo tiempo en que se hacían oír cada uno de los ligeros silbidos (+ comprendido):

RE  MI  FA  SOL  LA  SI

333,65 354,8 368,6  396  423,5 440,60

Me mantengo al presente a 500º según me lo permite, tan bien como es posible, mi excelente piro, pero cuyas divisiones van de 20 en 20. el aparato es sin embargo muy justo ya que no sufre el compost, cuya costra protectora es inmutable y no se eleva, pese al enorme aumento de peso que ha pasado ya en el presente a 440, 6. Advierto que los niveles sonoros no son rigurosamente de 24 h., que varían de 10 a 12 minutos, tal como lo verifico sobre el reloj de pared que es de una gran exactitud. Ello me parece particularmente singular.

Desde este tiempo, en el curso de más de veinte años, a causa de la temperatura contraria, no hemos ensayado más que cuatro veces la realización de la fase última, sin triunfar en ella, pero también, gracias a Dios, sin provocar la ruptura del huevo. Ésta, hay que convenir bien en ello, es, en realidad, una explosión violenta ciertamente y aparentemente sin peligro, pero de la que no podemos prever exactamente las consecuencias y que en definitiva, no queremos renovar.

La brusca detención de la cocción de la tercera obra por la apertura accidental de la vasija filosofal, libera una inimaginable acumulación de energía cósmica cuya acción catalítica puede hacerse sentir, de insospechada manera, sin que límite alguno la detenga en el espacio. Estuvimos en condiciones de constatar el fenómeno, a la vez inesperado y grandioso, en 1938, cuando una elaboración desafortunada nos entregó sin embargo el gran misterio de la gama cromática; cuando, sobre todo, los cielos se mostraban más clementes que hoy en día y que, por otra parte, los depósitos de armamento atómico no existían en los cuatro rincones del mundo.

Hay que aguardar y merecer el gran milagro; estar presto, cada primavera, a utilizar la imprevisible semana de las semanas —hebdomas hebdomadum — en la que se encuentran, excepcionalmente, el trabajo del hombre y de la Naturaleza.

Que el estudiante, así como nosotros mismos, guarde constantemente en la mente, que nuestra Búsqueda es Grande más allá de toda otra.

En el coraje, la humildad y la paciencia, importa que el alquimista no se deje sorprender.

FIN

[1] Introitus.

[2] Alquimia; estudios diversos del Simbolismo hermético y de la Práctica Filosofal; Eugène Canseliet.

[3] El Misterio de las Catedrales; Fulcanelli.

[4] Mutus Liber, comentado y ampliado por Eugène Canseliet.

[5] Proverbios de Salomón, VIII, 27, 30 a 32.

[6] Numerosas relaciones se establecerían entre La Luz ensombrecida y el tratado mayor de Ireneo Filaleteo, del que he aquí, todo entero, el título que continuaremos abreviando en su sustantivo inicial: Introitus apertus ad occlussum Regis Palatium —La Entrada abierta al Palacio Cerrado del Rey.

[7] N. del Tr.: La mencionada transmutación tuvo lugar en 1921.

[8] Diccionario Mito-Hermético.

[9] Señor el Padre Villano.

[10] Señor El Villano.

[11] Introitus.

[12] Entrevista.

[13] L ‘Alchimie au XVIII’ siecle, en los Cahiers de la Tour Saint-Jacques. Jacques Péron, 1960.

[14] Cours de Philosophie hermétique ou d’Alchimie, en dix neuf leçons.

[15] Travels into several remote nations of the world, by Captain Lemuel Gulliver. London: Printed in the Year MDCCXXVI.

[16] El substantivo velle designaba todavía, en el siglo XVI, una becerra o una vaca.

[17] N.° 262: ¿Era alquimista Rabelais? Reflexiones sobre un anagrama.

[18] N.° 344, 1957, p. 16: El Hermetismo en la vida de Swift y en sus Viajes.

[19] Les Cahiers du Sud, Op. Cit.

[20] En hermetismo, para el asno, que es también el aliboron mítico, conf. Les Demeures philosophales de Fulcanelli y nuestra Alchimie; ambas de estas obras en Editions Jean-Jacques Pauvert.

[21] N. del Tr.: Usa aquí Canseliet e) termino vaisseau para designar al «buque», pero dicha palabra francesa significa también «vasija», lo que explica el juego de palabras al que recurre el autor para llegar, a continuación, a la primavera de la vasija.

[22] Alchimie, de Eugène Canseliet.

[23] Mutus Liber, comentado por Eugène Canseliet.

[24] Ver en la suntuosa edición de Jean-Jacques Pauvert, esta pieza inencontrable.

[25] Arcanum hermeticae Phiosophiae Opus. París, apud Nicolaum Buon, MDCXXIII

[26] N. del Tr.: Faltos de la diferencia en el acento, ambos términos son indistinguibles per se en español, quedando el contexto de la frase como recurso único. La distinción ha de ser, en este caso, entre récréations, con el sentido de “diversión”, y récréations, con el sentido de “crear de nuevo”.

[27] El Libro de las Figuras Jeroglíficas; Nicolás Flamel.

[28] Nota del Tr.: Una traducción, no literal sino conforme al sentido, desvela la diferenciación: materia prima.

[29] La Entrada Abierta al Palacio Cerrado del Rey.

[30] El Libro Secreto referente al Arte Oculto; Artemio.

[31] Las Moradas Filosofales.

[32] Es decir, según un comentarista antiguo y anónimo, «los que son humildes, simples de corazón y de espíritu, inocentes en sus costumbres.»

[33] Cabala, Speculum Artis et Naturae in Alchimia.

[34] Nueva Luz Química; El Cosmopolita.

[35] Ortus Medicinae, op. cit., supra. En esta obra, en el capítulo de El Árbol de la Vida —Arbor vitae— p. 630, Fulcanelli encontró la indicación de la célebre transmutación que mencionó brevemente, en el segundo tomo de Las Moradas filosofales, y que J .-B. Van Helmont había efectuado «en su laboratorio de Vilvorde, cerca de Bruselas, en 1618». He aquí algunas líneas de precisión, que tomamos del vasto tratado del sabio médico:

Estoy, obligado a creer que la piedra aurífica y argentífica, existe, porque en tres ocasiones separadas, he hecho, con mi mano, la proyección de un grano de polvo sobre unos mil granos de azogue caliente.

[36] Nueva Luz Química.

[37] Tratado de Química; de Christophle Glaser.

[38] Deux Logis Alchimiques; Eugène Canseliet.

[39] Las Doce Llaves de la Filosofía; Basilio Valentín.

[40] Bien que magnitudo no tenga su acepción, cuán tentados estamos de traducir por magnitud, con el sentido con el cual la astronomía moderna ha dotado a este sustantivo.

[41] El Tratado verdaderamente áureo, de Hermes Trismegisto, relativo al Secreto de la Piedra Filosófica, dividido en siete capítulos. Leipzig, a cuenta de Thomas Schurer, 1610.

[42] Carta a los Verdaderos Discípulos de Hermes.

[43] Alchimie; Eugène Canseliet.

[44] Sexto libro de la Enéada.

[45] Las Doce Claves de la Filosofía.

[46] Deux Logis alchimiques. Eugène Canseliet.

[47] Introitus.

[48] Op. cit., canzone seconda.

[49] Las Moradas Filosofales.

[50] Las Doce Claves de la Filosofía.

[51] El Vellocino de Oro o la Flor de los Tesoros; Salomón Trismosín.

[52] Las Moradas Filosofales.

[53] Introitus.

[54] Introitus.

[55] Nueva Luz Química.

[56] El Triunfo Hermético.

[57] El Triunfo Hermético.

[58] N. del Tr.: Equivalente francés de nuestro roscón de reyes.

[59] El Misterio de las Catedrales.

[60] Las Moradas Filosofales.