PASEO POR EL INTERIOR DE LAS SECTAS

PASEO POR EL INTERIOR DE LAS SECTAS

Guzmán Marín

Este libro fue pasado a formato Word para facilitar la difusión, y con el propósito de que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más.      HERNÁN

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PRESENTACIÓN

Cuando los populares ámbitos culturales de nuestra civilización no satisfacen plenamente nuestra sed de conocimiento, y estamos dispuestos a aumentar nuestro saber más allá de los cánones establecidos, es habitual recurrir a otros medios especiales de enseñanza que nos ayuden a traspasar las barreras del saber tradicional.  Entre estos medios didácticos se encuentran las sectas, escuelas dispuestas a desvelar grandes misterios y a dar repuesta a las grandes preguntas transcendentales que siempre se ha hecho el hombre.

Lamentablemente, las personas que eligen una secta para satisfacer su natural impulso de aprender, suelen encontrarse con problemas extraordinarios, con situaciones imprevisibles, e incluso pueden correr graves peligros.  De tal forma que sus expectativas de aprendizaje, además de resultar frustradas, pueden convertirse en un sinfín de inesperadas desgracias.  Riesgos favorecidos por la notable falta de información que el ciudadano medio tiene de lo que realmente sucede en el interior de las sectas,

A pesar de que en los últimos años se está prestando una atención especial al fenómeno sectario, apenas disfrutamos de informaciones precisas, equilibradas y objetivas.  Frecuentemente, cuando la información no nos llega a través de un descarado proselitismo, son ex miembros de sectas los que nos transfieren testimonios nublados por sus resentimientos, o son comentaristas que a priori descalifican toda actividad sectaria, influenciados por la mala fama que las sectas tienen en nuestra sociedad.  Informaciones muy a menudo tan superficiales que no llegan ni a mostrarnos la punta del iceberg de lo que realmente se vive en el interior de estas asociaciones.

“Paseo por el interior de las sectas” pretende cubrir el vacío informativo que existe entre las posturas extremistas de los fanáticos creyentes y la dura oposición de los detractores intransigentes con toda forma de asociación esotérica o religiosa poco corriente.  La lectura de este libro invita a recorrer las sendas que conducen a los ocultos parajes sectarios, examinando los detalles más importantes de los diferentes caminos, estudiando el mundo esotérico con profundidad, de forma imparcial, sin pasiones cegadoras ni deslumbrantes fanatismos.  Pero, siempre, con el primordial objetivo de informar sobre los peligros y engaños que tanto abundan por esos caminos del alma.  Pues, si no evitamos los peligros, y desenmascaramos los espejismos, mal vamos a reunir las condiciones necesarias para explorar, con un mínimo de calidad, un territorio tan desconocido.

Dos fueron los impulsos más importantes que me llevaron a lo largo de treinta años a recorrer diferentes sectas: por un lado, el hecho de que las enfermedades no me abandonaran desde la infancia, me obligó a buscar otros métodos de curación diferentes a los que proporcionaba la medicina oficial; y, por otro lado, una intensa llamada mística durante la adolescencia, me afectó de tal manera que no he cesado durante toda mi vida de sondear en la dimensión espiritual, con la intención de arrojar luz sobre los misterios escondidos en el  interior del hombre.

Los logros conseguidos en la dimensión espiritual son difíciles de pesar y de medir.  Lo aprendido me sirve para llevarme medianamente bien conmigo y con los demás, y a disfrutar de un grado de felicidad de lo más normal.  A pesar de haber pasado tanto tiempo en las incubadoras sectarias, no puedo presumir de los grandes éxitos espirituales que tanto se anuncian en las sectas.  Lo más sustancioso, probablemente, sea todo lo que he llegado a observar y a experimentar, conocimientos de los que pretendo dejar detallada constancia en este libro.

Los logros conseguidos en la dimensión material ya son más tangibles.  Bien puedo decir que evité la muerte gracias a las enseñanzas curativas naturistas y esotéricas.  Cuando, allá por mi juventud, la medicina oficial no me daba muchas esperanzas de vida, fue a través del yoga como inicié una recuperación que más tarde fue completándose con el uso de otras disciplinas esotéricas y medicinas alternativas; hasta que conseguí abandonar mi fatalidad enfermiza.  Y, aunque no haya conseguido fortalecer totalmente mi constitución física, ―pues nunca conseguí abandonar la delgadez― disfruto habitualmente de buena salud.

Por supuesto que treinta años no es tiempo suficiente para que una persona experimente al detalle todo el abanico de posibilidades que nos ofrece el mundo de lo oculto, aunque se esté introducido en varías sectas simultáneamente durante algunos años, como fue mi caso.  Las limitaciones que impone la integridad psíquica del estudiante impiden realizar estudios excesivamente intensivos.  Al ser el laboratorio de experimentación uno mismo, resulta muy peligroso realizar varios experimentos simultáneos dirigidos por métodos de trabajo dispares.  Riesgo que no llegué a correr, pues mis intereses personales me llevaron a seleccionar sectas de enseñanzas no excesivamente contradictorias.

A causa de esta selección circunstancial, no podré hablar ―con la propiedad que avala la experiencia― de las sectas de origen satánico, asociaciones que no tuve el “gusto” de conocer.  Por lo tanto, no entraremos en minuciosos detalles sobre la magia negra, aspecto esotérico ignorado por la gran mayoría de las vías espirituales que recorrí; mas ello no nos impedirá observar el lado oscuro del ser humano.  Las tenebrosas sombras de nuestras profundidades siempre se manifiestan en cualquier camino esotérico, aunque éste sea un camino de luz.

También excluiremos del minucioso análisis a las sectas de carácter religioso-militarista.  La violencia es otro mal del que huyen la mayoría de los modernos caminos espirituales occidentales, por lo tanto, no me tocó fomentarla; aunque, como veremos más adelante, no tendremos otro remedio que estudiarla, pues nos la vamos a encontrar de frente incluso en los más sosegados senderos de paz.

A pesar de mis limitaciones experimentales, no nos vamos a privar de estudiar el espíritu humano en gran parte de su extensión.  Los temas que pretendemos analizar son de una amplitud tan extensa y profunda que difícilmente se nos escaparán aspectos importantes del alma humana.  Tan extenso es nuestro temario de estudio que nos veremos obligados a condensar en su esencia todos los temas que vamos a tratar, pues, si no lo hiciéramos así, sería imposible incluirlos en un solo volumen.  Cada capítulo de este estudio trata un tema del que se podrían escribir varios libros, por lo que nos vamos a ver en la obligación de resumirlos al máximo.  Procurando que no se nos quede nada de suma importancia en el tintero, evitaremos perdernos en los minuciosos detalles de cada caso particular y procuraremos realizar los comentarios indispensables sobre personas concretas o determinados grupos.  Generalizar ―además de evitarme algún que otro disgusto― nos va a permitir hablar sin trabas de todo lo que podemos encontrarnos en estos mundos ocultos, y nos ayudará también a enfocarnos en lo esencial, a tener una visión global y consistente de los fenómenos más importantes y frecuentes que nos encontraremos.  Extraordinarias pautas de comportamiento se repiten con asombrosa asiduidad en estas sociedades sean del color que sean.  Ya se adore a un dios o a otro, muy a menudo solamente varía de una secta a otra el grado de intensidad y de calidad con que viven sus experiencias.  Por lo tanto, nos enfocaremos en la esencia de las cosas.

Para el materialismo occidental no hay otro mundo más propicio para andarse por las ramas que el espiritual, su carácter volátil invita a convertir el pensar en ave soñadora perdida en un bosque de ilusiones.  Resulta habitual centrar la atención sobre las sectas en frivolidades acerca de sus personajes o en llamativos aspectos de escaparate de sus doctrinas, sin prestar atención a lo que realmente está sucediendo en el interior de esas personas que las componen.

Hemos de ser más rigurosos de lo que hemos sido hasta ahora en el momento de emitir juicios o sacar conclusiones.  La mente humana es ciertamente compleja y profunda, y nuestra espiritualidad apenas la conocemos.  Siglos y siglos de culturas manipuladas por intereses religiosos en el poder nos ha privado de una visión objetiva del fenómeno espiritual del hombre.  El estudio serio de la diversidad de sectas actuales, que emergen en nuestra civilización, es indispensable para acercarnos al conocimiento del espíritu humano.  Las sectas están compuestas por personas que precisamente están comprometidas con su interior, experimentando con su alma.

Rigurosidad y objetividad serán dos objetivos a los que intentaremos aproximarnos en lo posible en este nuestro paseo por las sectas.  Y digo en lo posible porque, en el mundo espiritual, el cientificismo al que estamos acostumbrados los occidentales, en otros diferentes temas de estudio, no se puede aplicar contundentemente cuando estudiamos el espíritu humano.  Las arenas movedizas, los espejismos, y la imposibilidad de utilizar un sistema de pesas y medidas de magnitudes homologadas, en ocasiones hacen desesperarse al intelectual que busca explicaciones concretas para situaciones determinadas.  Muchas veces habremos de conformarnos con retener la mirada allí, hasta donde nos alcance la vista, e intentar describir lo que vemos, y quizás añadir algún tímido comentario o sacar alguna atrevida conclusión.  Si conseguimos el difícil equilibrio entre el andarse por las ramas y el radicalismo fanático, me daré por satisfecho.  Un cierto toque de informalidad nos hará más ameno el esfuerzo que nos exigirá mantenernos en tan difícil equilibrio.

No soy poseedor de ningún título ni medalla a pesar de haber dedicado gran parte de mi vida al estudio de nuestros mundos interiores.  No me considero maestro de nada ni de nadie, quizás porque en vez de dedicarme a acumular conocimientos en una doctrina determinada, y a alcanzar en ella alguna elevada categoría, me he dedicado a caminar por los mundos esotéricos, observando todo lo que se ponía a mi alcance, y aprovechándome de aquello que consideraba bueno para mi persona; interesándome en unos casos por una doctrina y en otros por otra.

En la actualidad no pertenezco a ninguna secta en concreto, a pesar de haber pertenecido a muchas de ellas.  No soy muy bien visto por mis antiguos “hermanos”.  La mayoría de las sectas se consideran insuperables en sus funciones aquí en la Tierra, y no entienden muy bien que me haya alejado de ellas ―para acudir a la competencia en muchas ocasiones― después de haber probado sus insuperables glorias divinas.

La verdad es que, desde el punto de vista de estos grupos de trabajo espiritual, mi aprendizaje se puede considerar un fracaso.  Ya me vaticinaban que con tanto cambio de doctrina, de ambiente religioso, de terapia, no iba a obtener buenos resultados espirituales.  Y cierto es que algo de razón llevan, cambiar de método didáctico puede perjudicar un aprendizaje determinado; pero también ofrece, a la persona que así se comporta, un análisis comparativo entre escuelas difícil de conseguir de otra manera, a la vez que nos descubre aspectos de nuestra mente muy difíciles de descubrir por las personas que se dedican de por vida a un mismo camino espiritual o religión.

Recorrer diversos caminos espirituales también puede ayudarnos a ser imparciales en nuestras conclusiones.  Procuraremos no emitir juicios bajo el prisma de ninguna doctrina, filosofía o religión.  Ésta será una de nuestras metas más importantes: evitar los abundantes partidismos divinos que observaremos en nuestro paseo por el interior de las sectas.  No nos resultará fácil, pues, como veremos, el fanatismo nos esperará detrás de cada recodo del camino.

Con este libro espero satisfacer, con cierto grado de calidad, la curiosidad de aquellas personas que se interesan por todo aquello que sucede en estos grupos o sociedades.  Es mi intención aportar mi granito de arena a la creciente demanda de información sobre las sectas de nuestra sociedad, procurando extenderme en aquellos aspectos importantes que se ignoran en las informaciones que habitualmente se dan sobre el tema.

Este libro también puede utilizarse como una introducción o una guía para quienes deseen adentrarse en el mundo del ocultismo o para quienes ya están en su seno.  Y, los detractores de las sectas, aquí encontrarán argumentos más que suficientes para documentar al detalle sus típicas condenas al fenómeno sectario.  En las dimensiones espirituales suele suceder que cada uno encuentra lo que busca.

Espero abordar con el mayor grado de imparcialidad que esté en mi mano la escritura de este libro.  Siento desengañar a quienes esperen de mí una férrea postura a favor o en contra de las sectas en general.  A pesar de que pueda dar a entender que estoy en algunas ocasiones a favor de ellas cuando hable de sus gozos, o en contra cuando informe de los engaños y peligros que se dan en su seno, no estaré sino informando fríamente de lo que sucede en su interior.

En la actualidad, como en cualquier otro periodo histórico, las sectas son condenadas por la sociedad dominante en la mayoría de los países del mundo; más por tradición, o como defensa de determinados intereses, que por un conocimiento de lo que realmente sucede en el interior de ellas.  Nuestro nivel cultural nos exige informarnos más adecuadamente antes de emitir juicios, aunque tengamos que hacer un esfuerzo intelectual extra, pues el estudio de las sectas nos obliga a profundizar en el ser humano.  Nuestro paseo por el interior de las sectas es también inevitablemente un viaje a nuestro interior.  Los temas que aquí tratamos son difíciles de entender.  Y los idiomas, sobre todo los occidentales, no están diseñados para definir todos los matices espirituales que un ser humano puede llegar a experimentar.  Faltan palabras en nuestros diccionarios, y las que tenemos a duras penas podemos utilizarlas correctamente para describir con claridad los fenómenos esotéricos.  Aun así intentaremos detallar lo mejor posible aquello que nos iremos encontrando en nuestra exploración de los mundos espirituales.

Teniendo en cuenta que no serán las dificultades idiomáticas el principal obstáculo para entender este libro.  En muchas ocasiones no podré hablar tan claro como quisiera, para evitar en lo posible herir susceptibilidades, y, sobre todo, para evitar desatar ―por la cuenta que me tiene― la temible “furia mística” que experimentan algunos creyentes cuando se cuestionan sus creencias.  Aunque sé que no siempre podré conseguirlo por completo.  Ya el abordar con lógica humana los grandes misterios divinos será un sacrílego atrevimiento para muchos creyentes.  Como también lo será la decisión que me he visto obligado a tomar de escribir la palabra dios siempre con minúscula para salvaguardar la imparcialidad de este estudio.  Las reglas ortográficas nos dicen que habremos de escribir con mayúscula la palabra dios y sus atributos, siempre y cuando nos refiramos al dios verdadero.  Sin embargo, en nuestro pasear por el interior de las sectas, nos vamos a encontrar con tal cantidad de dioses diferentes, considerados verdaderos por sus seguidores, y vamos a tratar tantos de sus aspectos y atributos, que yo me siento impotente para saber cuando hay que hacer uso de las mayúsculas y cuando no.

Conviene recordar que nuestra lengua nació bajo influencias religiosas totalitarias que no dejaban lugar a dudas ortográficas.  Nunca nos cupo ninguna duda de qué deidad tendríamos de escribir con mayúscula y cuales no, (entre otras cosas porque si alguien se atrevía a dudar le cortaban la cabeza).  Pero, si hemos de ser objetivos e imparciales en el presente estudio, no debemos de hacer uso de estas normas ortográficas interesadas.  Sé que esta decisión puede escandalizar a muchos creyentes, pero si no lo hiciésemos así también se escandalizarían, pues les resultaría ofensivo si escribiéramos con mayúscula la palabra dios cuando nos refiriéramos a otra deidad infinita no reconocida por ellos.  Lamento tomar esta decisión por la incomodidad que puede llegar a crear.  Probablemente sean los ateos los únicos que estén satisfechos con esta medida ortográfica.  Con ello no estoy haciendo una defensa del ateísmo, sencillamente estoy abogando por un idioma espiritual imparcial al relatar todo lo que nos vamos a encontrar en nuestro camino.  Lamentablemente, es muy probable que muchos ateos también se sientan indignados al leer estas paginas, pues, aunque escribamos la palabra dios con minúscula, no negamos la existencia de la divinidad.

Y ya, para concluir esta presentación, mostrar mi agradecimiento a todos los maestros, gurús, instructores, sacerdotes, sanadores, y predicadores que me han transferido sus enseñanzas; y, a la vez, pedirles disculpas por hablar de ellas en este libro; así como también pido perdón por atreverme a comentar aspectos íntimos tanto de ellos como de sus sociedades.  Ruego también se me disculpen las audaces conclusiones que en ocasiones me atrevo a formular.  No es muy típico en las sectas que los acólitos cometan semejantes osadías.  Lamento violar el servilismo intelectual del que ―como buen sectario― siempre hice gala.  Actúo así con la esperanza de que mi atrevimiento sirva para arrojar un poco más de luz sobre las inmensas sombras que invaden los caminos espirituales.

UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO

Desde tiempos inmemoriales el hombre a hecho uso de su facultad de reunirse en grupos o sociedades de individuos con ideologías, propósitos o aspectos religiosos en común.  El consenso da firmeza a las opiniones o a las decisiones.  Y las experiencias religiosas alcanzan un notable grado de realismo cuando se viven en hermandad.  Todo grupo compuesto por individuos con intereses afines poco comunes puede alcanzar una convincente visión del mundo diferente a la de los demás y actuar en consecuencia.  Esta diversidad de opiniones y propósitos ha sido la causa de innumerables dramas históricos.  Cuando las opiniones o las actividades de estos grupos se oponían al sistema dirigente del momento o al grupo dominante, eran perseguidos, en ocasiones con gran ensañamiento.  Los grupos discrepantes solían verse obligados a reunirse en la clandestinidad para protegerse, para mejor compartir sus vivencias, o para llevar a cabo las intrigas o ataques contra el poder dominante si el grupo deseaba derrocarlo.  De esta forma surgieron las sectas.

Obviamente, el grado de clandestinidad venía impuesto por el grado de discrepancia o de agresividad contra el poder social, y el grado de permisividad del sistema dominante o del gobernador de turno.  Cuanto más revolucionario era un grupo social, más se tendría que convertir en una secta si deseaba sobrevivir.  La clandestinidad y el sectarismo, han sido ingredientes claves en el devenir histórico de la Humanidad.  Infinidad de grandes cambios sociales se engendraron en el seno de sectas.

En unas ocasiones el sectarismo vino propiciado por la intransigencia del poder gobernante, representado en la antigüedad la mayoría de las veces por severas y totalitarias deidades.  Cualquier grupo que se atreviera a pensar de forma diferente a esos dioses totalitarios era severamente castigado.  En esas sociedades el sectarismo era algo natural, un sistema de agrupación obligado cuando los individuos intentaban hacer uso de su libertad de pensar.  Pero, en otras ocasiones, el sectarismo surgía en sociedades que acogían gran diversidad de culturas y de religiones.  En estos casos eran los grupos sectarios los que enarbolaban ideologías intransigentes con las libertades sociales, en su clandestinidad no se escondía una ideología liberadora, sino una ideología opresora de las libertades de culto y del pensamiento.

En unos casos u en otros, si la revolución sectaria no se aplastaba en sus principios, y seguía adelante hasta alcanzar el poder, era enorme el precio que había que pagar en vidas humanas, en torturas y en persecuciones, hasta que las nuevas ideas lograban imponerse.  Y cuando lo conseguían, el grupo responsable de ellas alcanzaba el poder, se hacía con el sello divino; y vuelta a empezar.

Las religiones universales han conseguido su expansión a base de duras luchas en el pasado.  Y aunque ahora sean las religiones oficiales de diferentes países, en sus principios fueron sectas que con gran esfuerzo consiguieron el poder que ahora tienen.

No existen apenas grandes diferencias esenciales entre los grupos o sociedades de carácter místico, esotérico, espiritual o religioso, porque unos sean oficiales y otros clandestinos.  Las religiones oficiales de los diferentes países son consideradas sectas en otros países que no las acogen como verdaderas.  Unas agrupaciones sectarias alcanzan la popularidad y el poder en diferentes zonas del mundo, y otras continúan en la sombra esperando que les llegue la hora del éxito.

Sin intenciones peyorativas, en el presente estudio incluimos a las religiones oficiales.  Espero que nadie se avergüence de sus orígenes.  Además, aunque no se trate expresamente de sectas, las religiones universales, gracias a su enorme extensión, tienen abundantes ramificaciones sectarias: confraternidades que trabajan de forma soterrada en beneficio de su religión universal.

No se pueden estudiar las sectas sin estudiar el fenómeno religioso en general.  Nuestro paseo por el interior de las sectas es también un paseo por el interior de las religiones, e inevitablemente por el interior del hombre.  Obviar la complejidad y la extensión de la espiritualidad humana, y su evolución a través del tiempo, es uno de los grandes errores que se comete a menudo a la hora de estudiar las sectas.

Entre las antiguas sociedades con mayor permisividad religiosa resalta Babilonia.  Todos la recordamos como un desmadre social castigado por la ira divina.  Versión particular de las escrituras sagradas hebraicas que nos enseñaron en las escuelas, historia sagrada que tiene muy poco de Historia aunque tenga mucho de sagrada para quienes creen en ella.

En otras sociedades también permitieron cierta convivencia entre diferentes dioses en sus paraísos particulares ―como por ejemplo en Egipto, en Grecia y en la India―, deidades que se repartían todas las dimensiones humanas, circunstancia consentida por los antiguos que se empeñaban en ver a sus dioses en acción en todo aquello que les rodeaba o les sucedía.

Hasta la llegada del cristianismo y del Islam, multitud de dioses y sus seguidores, tolerantes con el resto de las deidades, convivían en amplias zonas del planeta, sin necesidad de esconderse ni de convertirse en sectas.  El pueblo judío era de los pocos que se negaba a cohabitar con otros dioses, mas no les quedaba otro remedio que hacerlo, pues el politeísmo era algo natural en las sociedades en las que llegaron a vivir.

La Meca, antes de la llegada de Mahoma, fue otra gran ciudad acogedora de un gran número de divinidades, gran cantidad de ídolos se agrupaban en la Caaba, en sana competencia.

Estas deidades, ya fueran más o menos permisivas con las demás, siempre estaban presentes en la vida de los pueblos.  Había deidades para todas las actividades humanas, con sus templos, sacerdotes y seguidores.  La prosperidad de todo pueblo debía de estar cuidada por las divinidades.  Naturalmente, las que adquirían un mayor protagonismo eran aquellas que ayudaban a ganar las batallas o dirigían los pasos de los gobernantes en el poder, (cuando los gobernantes no se erigían en dioses vivientes, naturalmente).

En sus principios, tanto los mahometanos como los cristianos podrían haber convivido en paz con el resto de seguidores de otros dioses, pero su voracidad destructiva de toda deidad antigua, que no fuera la suya, les obligó a convertirse en sectas perseguidas.  Hasta que alcanzaron el poder e implantaron sus regímenes totalitarios por gran parte del mundo, obligando así a convertirse en secta clandestina a los seguidores de otras deidades, a los políticos y militares independientes, e incluso a las agrupaciones de pensadores o filósofos no creyentes.

(Para evitar extendernos excesivamente en este capítulo, estamos evitando hablar de otras civilizaciones del mundo, que poco tuvieron que ver en el desarrollo de la nuestra.  Esas culturas que apenas influyeron en  nuestro devenir histórico son cimientos de otras civilizaciones que no difieren en demasía de algunas de las etapas históricas de nuestra civilización occidental.  Y en los países subdesarrollados podemos observar que viven en circunstancias sociales semejantes a alguna de las etapas de nuestro pasado histórico.  Donde las sectas tienen un protagonismo tan importante como lo tuvieron en las sociedades de nuestros antepasados).

En contraposición al fenómeno religioso, probablemente fue en Grecia donde un grupo de personas llamadas filósofos empezaron a cuestionar la validez de las divinidades en los asuntos de los hombres.  La creación de la filosofía elevó al pensamiento humano y a la razón por encima de los caprichos de los dioses (conveniente es recordar que los dioses del Olimpo eran excesivamente caprichosos).  La germinación de las diferentes semillas filosóficas comenzó a concebir sistemas de gobierno que prescindían en un grado notable de los sacerdotes.  La cultura griega creó la democracia.  Más tarde, en los primeros tiempos gloriosos del imperio romano, la separación entre la política y la religión se hizo más palpable, aunque no definitiva, pues todavía se solicitaba el apoyo de los dioses en las batallas y se consultaba el oráculo para recibir su consejo en las grandes empresas.

Los personajes filosóficos, políticos y militares de todo el mundo iban robando la confianza que el pueblo depositaba en a las fuerzas divinas.  Pero la religiosidad no se dio por vencida, y dio tan fulminantes coletazos en la edad media que aplastó las tímidas intentonas de apartarla de la escena social.  Tanto el cristianismo como el Islam alcanzaron un gran poder y acabaron con la libertad de culto y de pensamiento religioso.

Durante muchos siglos el sectarismo estuvo propiciado por la intransigencia de estos dos sistemas dominantes.  Estas religiones totalitarias impusieron su hegemonía en todas las dimensiones humanas.  A poco que la imaginación de los individuos se pusiese en marcha, violaba los estrictos cauces culturales marcados por las sagradas escrituras, pues los textos sagrados impusieron el dogma de fe en todos los ámbitos culturales así como en el poder político.  Uno se convertía en un peligroso hereje por el simple hecho de pensar, y la hoguera u horribles torturas era el final destinado a quienes cometían el terrible delito de manifestar su libertad de pensamiento.

Tuvimos que esperar hasta el Renacimiento para presenciar el renacer de las libertades.  En Occidente, el cristianismo, debilitado por la corrupción y por las grandes divisiones internas, ya no fue capaz de aplastar los nuevos aires revolucionarios, y estallaron con sorprendente creatividad las grandes dimensiones humanas sedientas de manifestarse tras tantos siglos de represión.

La filosofía, apoyada por el auge de las ciencias, volvió a cuestionar la prepotencia divina. Y los gobernantes empezaron a independizarse de los dioses.  Pero hubo que esperar hasta la llegada de la edad moderna para que las fuerzas de izquierda consiguieran separar totalmente a la política de la religión y emprender un tipo de gobierno sin ninguna influencia divina.  Fue entonces cuando comenzaron a surgir los cambios sociales más sorprendentes.  El ejército rojo, en clara lucha contra los poderes religiosos, se empeñó en matar al gran dios infinito, quiso aniquilar toda manifestación divina e intentó erradicar de la política todo dogmatismo religioso.  Pero, sobre todo al principio, las fuerzas de izquierda fueron tan totalitaristas como los poderes que pretendían derrocar: tras el déspota autoritarismo de los regímenes marxistas existía un endiosado ateísmo tan tiránico como la fanática religiosidad que intentaban destronar.  Fue un brutal y doloroso cambio, pero esta revolución nos abrió las puertas hacia las libertades actuales, pues, al conseguir separar totalmente a la religión de la política, preparó el camino al sistema de gobierno más permisivo de toda nuestra Historia, a la actual democracia, exenta de toda influencia divina.

Al demostrarse que ya no era necesario deidad alguna para gobernar a un pueblo, las religiones, destronadas de su reinado, pasaron a un segundo plano y se incluyeron en el saco de los movimientos culturales, a la altura de los artísticos o intelectuales, lo que nos permite en los países desarrollados volver a disfrutar de una gran variedad de creencias gracias la libertad religiosa.

Con la llegada de la democracia, los partidos en oposición al gobierno vigente de cada país democrático pudieron salir de la clandestinidad, las ideas apoyadas por el pueblo tienen ahora cabida en los parlamentos de los países más desarrollados, las ideas políticas pueden ser expuestas públicamente por grupos o por individuos sin temor a ser perseguidos por ello.  Las sectas de carácter político ya no tienen razón de ser.  Las leyes son las más permisivas en los países desarrollados que lo que nunca lo han sido a la hora de permitir agrupaciones de individuos.  Y también soplan los aires de libertad en la cultura y en la espiritualidad, ningún grupo o individuo ha de esconderse por el simple hecho de pensar diferente de los demás o de adorar a un dios poco común.  Con la libertad de culto ya no hay motivo ―en teoría― para la existencia de las sectas.  Sin embargo, este milenario sistema de agrupación clandestina continúa existiendo, y las numerosas sectas de carácter religioso, esotérico o espiritual, son una sorprendente realidad que no termina de ser asimilada por nuestra sociedad.

CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD

Habitualmente se piensa en el delito como la única causa que explica la clandestinidad de las sectas, en nuestros tiempos de grandes libertades no parece existir otro motivo para la ocultación que las actividades ilegales.  Esta sospecha popular ha llevado frecuentemente a las sectas a los tribunales, mas, cuando las denuncias se investigan, la mayoría de las veces se demuestra que esas personas no cometen otra infracción que la de pensar diferente de los demás.  Y el porcentaje de delitos, de injusticias o de corrupciones, no excede de los que puedan tener otro tipo de grupos o comunidades de nuestra sociedad.

Una de las causas más importante de la clandestinidad de las sectas puede hallarse en nuestro comportamiento con ellas.  Por mucho que presumamos de sociedades permisivas, todavía no sabemos acoger con naturalidad en nuestra sociedad al profundamente distinto que nos vino de afuera, o a quien era como nosotros y ahora ha decidido no serlo.  Nuestra sociedad está acostumbrada a las diferencias en el pensamiento filosófico y político, pero no a las profundas diferencias en la forma de pensar y de vivir que se pueden alcanzar en el interior de caminos religiosos muy diferentes a los nuestros.  Aunque la exótica persona religiosa no haga otra cosa hacer uso de las libertades que le otorga la constitución del país libre en el que resida, casi siempre tiene esa sensación de persona incomprendida y rechazada por sus semejantes.

A nuestra sociedad le cuesta acoger a quienes siempre han creado grandes conflictos sociales.  No termina de desaparecer de la memoria del pueblo el dramático recuerdo histórico de las viejas contiendas sectarias, como tampoco desaparece de la persona sectaria el recuerdo de las persecuciones y de las masacres que sufrieron en el pasado los miembros de las sectas.  Existe un temor recíproco ―soterrado en la actualidad en la mayoría de las ocasiones―  entre quienes están dentro y los que están fuera de las sectas, entre quienes siempre fueron enemigos.  Probablemente esa sea la causa más importante que justifica la clandestinidad.

No terminamos unos y otros de firmar una paz duradera: el mundo siempre ha sido y continúa siendo el gran enemigo de las sectas de carácter espiritual; y para el mundo, tras el ocultismo sectario, subyace el latente peligro de unas sociedades, que se rigen por patrones desconocidos, capaces de derrocar al sistema social vigente, como en tantas ocasiones sucedió en el pasado.

Resulta inevitable un cierto temor provocado por todo aquello que desconocemos.  El estudio minucioso de las sectas es la única manera de superar ese miedo ancestral; cuando se conocen los peligros, los ataques indiscriminados provocados por el miedo ya no tienen razón de ser, y la prudencia sustituye al desasosiego ante lo desconocido.

Peor lo tiene el sectario para librarse de su condición de perseguido, el temible complejo de víctima lo padecen muchos de los viandantes de los diversos caminos espirituales que existen en el mundo, creyentes en que la santidad es sinónimo de martirio.  Tragedia masoquista, deseada y temida, que inevitablemente ―según muchas doctrinas― habrán de padecer las personas que deseen conseguir las más altas gracias que les promete su religión.

Como vemos, existe más de un argumento para que los miembros de las sectas continúen escondiéndose.  Y todavía nos quedan por nombrar las terribles luchas entre sectas, que siempre han sido de una virulencia espantosa entre las más radicales.  En Occidente, en la actualidad, aunque la sangre no llega al río, se aprecia una notable violencia soterrada entre sectas o diferentes vías espirituales.  Los ataques ya no se efectúan con el filo de la espada, como antiguamente, pero las actitudes agresivas entre ellas continúan siendo extremas:  “El sectario del dios de la competencia no es una persona normal, es un demonio que atenta contra nuestra doctrina, contra nuestro dios, que por supuesto, es el verdadero”.  Argumentos como éste abundan en las profundidades sectarias de nuestro mundo civilizado.  Todavía se pretende descalificar a la competencia con insultos atroces que incitan a una agresividad malsana.  La lucha por el poder en los territorios celestiales ha sido muy dura, y sigue siéndolo.  La clandestinidad permite un atrincheramiento, un camuflaje entre las sombras de lo desconocido, muy eficaz para desenvolverse en el combate.

El espíritu de la guerra no termina de desaparecer del alma de los sectarios, espíritu de lucha que en ocasiones ni siquiera es consciente, no llega a reconocerse; son otros los argumentos que aducen para seguir escondidos en sus camuflados búnkeres manteniendo a buen recaudo los secretos.  Muchos dicen que la profunda sabiduría esotérica resulta peligrosa en manos profanas, y que de poco le servirían esos conocimientos al ignorante pueblo, pues no está preparado para recibirlos, y se corre el riesgo de que sean mal interpretados.  Argumento que podemos considerar válido, y al que podríamos añadir algún otro, como, por ejemplo, el mantener bien guardados sus secretos profesionales para evitar que la competencia haga uso de ellos.

La clandestinidad permite a las sectas ocultar parte de sus doctrinas, de sus actividades y de sus rituales, reservando ciertas enseñanzas exclusivamente para los iniciados.  El ocultismo tiene su nombre más que justificado.  Ya desde la antigüedad, los chamanes y los brujos de la tribu transferían sus conocimientos más profundos de forma oral a los elegidos.  Y hoy en día apenas esto ha cambiado.  Incluso en las sectas más pacíficas y más altruistas, formadas por personas muy normales, gustan de mantener a buen recaudo todas sus posesiones, en este caso posesiones intelectuales de carácter esotérico místico.  Y, como todavía en los derechos de la propiedad intelectual no se incluyen a las iniciaciones esotéricas, la escuela ocultista en cuestión o el gurú de turno, protegen con el secreto sus habilidades didácticas.

Otra de las causas menores de la clandestinidad es el hecho de que las doctrinas sectarias predican elevados virtuosismos para sus miembros, y si muestran abiertamente que son personas muy normales, con sus defectos y sus virtudes, como todo hijo de vecino, su proselitismo podría verse afectado seriamente.  Por lo que les resulta conveniente correr un tupido velo sobre algunos de los acontecimientos que suceden en su interior, ya que, como en toda asociación de personas normales, se cometen errores humanos, y, si se descubrieran, desvirtuarían su carisma divino de cara al público.

Otra importante causa de la clandestinidad es la mala prensa que tienen las sectas, tema al que le vamos a dedicar un capítulo aparte.

LA MALA PRENSA

Allá por los años setenta asistí a una reunión internacional de los miembros de una secta de la que yo era adepto.  Esta organización tenía por costumbre no informar a la prensa de sus actividades.  Días más tarde leía sorprendido en una revista la noticia de nuestra reunión con todo tipo de detalles: ninguno de ellos coincidía con la realidad, habían sido todos inventados, con una imaginación apropiada para la ciencia-ficción, y que nos dejaba a todos los asistentes en ridículo.

Después de aquello empecé a comprender la mala prensa de las sectas.  Pregunté por qué no se le daba a la prensa una información detallada de las actividades, ya que no estábamos cometiendo ningún delito; pero se me respondió que daba igual: se les dijera lo que se les dijera, iban a escribir lo que les diera la gana.

Yo, ciertamente, me quedé descorazonado.  Cuando una persona está en el interior de una secta es porque la considera un tipo de asociación positiva, y le gustaría informar de los beneficios que ―según su parecer― puede aportar a la sociedad y a los individuos.

Pero cuando uno se da cuenta que se ha metido en una guerra ancestral, entre el sistema dominante y las sectas, toma conciencia de que el proselitismo no es tarea fácil, y que aunque a uno le vaya muy bien con lo nuevo aprendido, no es nada sencillo convencer a los demás de ello: el sistema social vigente actúa como una enorme secta celosa guardiana de sus numerosos adeptos, y hace uso de las artimañas más viles para evitar que ni un solo individuo se salga de su costumbrismo, intentando proteger sus cimientos siempre cuestionados por las sectas.

La manipulación de la información es propia de toda contienda bélica y de toda guerra fría.  Tal es la mala fama que el sistema dominante puede dar a sus “enemigos” que puede conseguir que el pueblo los aborrezca aunque se trate de virtuosas personas.

Ha sido tan brutal la cantidad de calumnias que se han publicado en torno a las sectas, y es tal la mala fama acumulada por éstas, que cuando te aproximas a alguna de ellas, y sin ni siquiera darte tiempo de preguntar, lo primero que les oyes decir es: “esto no es una secta”; pretendiendo así liberarse de la mala fama que acompaña a ese calificativo; negando lo evidente.

Nadie debería en nuestros tiempos de libertades avergonzarse de llamar a las cosas por su nombre.  No es digno de nuestro nivel cultural esta guerra sucia.  Si bien es verdad que la persona con revolucionarias inquietudes esotéricas o místicas ya no tiene ninguna espada que penda sobre su cabeza como en la antigüedad, también es verdad que hoy en día se le presiona socialmente para que no atienda sus inquietudes acudiendo a grupos de estudio y experimentación religiosa.  No podemos continuar anclados en el recuerdo de la infinidad de tragedias que las sectas protagonizaron en la Historia, observando sus actividades como residuos de un oscuro pasado.

Los partidos políticos, los estamentos militares y tantos otros tipos de agrupaciones sociales, que en el pasado protagonizaron tantas situaciones dramáticas para la Humanidad, ya son aceptados popularmente.  Nuestro nivel cultural ha corregido los errores del pasado y gozamos de una convivencia pacífica entre agrupaciones que antiguamente eran nidos de contiendas dramáticas.  Pero ¿qué está sucediendo con las sectas espirituales?  ¿Por qué no son aceptadas popularmente?  La mayoría de ellas ya no cometen las brutalidades que cometían en el pasado.  ¿Quizás se piensa que son innecesarias sus actividades e incluso dañinas?  ¿Se les considera un inútil reducto del pasado a extirpar de la sociedad?  ¿En nuestras relaciones con ellas manda más el miedo que la razón?  ¿No será la mala prensa un racismo encubierto, una agresividad contra el distinto, contra quienes viven de forma diferente a nosotros?

Por mucho que nos empeñemos en borrar del mapa a las sectas a golpe de insultos, me temo que será imposible.  Mientras no encontremos respuestas a las grandes preguntas sobre nuestra existencia, mientras nuestro interior siga siendo un gran desconocido, siempre habrá grupos de aventureros dispuestos a surcar los inmensos mares espirituales en busca de respuestas.  Fanáticos, muy a menudo, que proclaman a los cuatro vientos su grito de ¡tierra!, anunciador del descubrimiento de su soñado paraíso perdido.

Las sectas tienen tanta razón de existir hoy día como hace siglos.  Los mares del alma siguen tan inexplorados como siempre, a pesar de nuestro supuestamente elevado nivel cultural.  Aunque pretendamos apartar de nuestra modernidad a las viejas sectas, la espiritualidad esotérica continuará resurgiendo en ellas, produciendo cierta inquietud social, llegando incluso a preocupar a las grandes magnitudes sociales que nos gobiernan.

La política y la economía, dirigentes de nuestro mundo moderno, vigilan con preocupación el resurgir de la religiosidad, de ese poder que las tuvo fuera del primer plano del protagonismo social durante tantos siglos.  El materialismo va a defender su poder a ultranza; y aunque sea un poder que no corte cabezas, empleará, y las emplea, todas las armas de las que pueda hacer uso para defender su protagonismo social y a cuantos lo apoyan.  La exagerada mala prensa que tienen las sectas, el hecho de que ser sectario sea considerado un insulto, y el atribuir a todos estos grupos en general las barbaridades que haya cometido alguno de ellos en particular, son armas psicológicas que se están usando descaradamente en contra de un tipo de asociación que está pidiendo a gritos ser más reconocida públicamente.

¿No estaremos emprendiendo con las sectas una nueva caza de brujas al estilo moderno?  Y por parte de las sectas ¿no existe cierta complacencia en que así sea?  La persecución de sus líderes pertenece a un pasado glorioso que les es muy grato evocar, incluso en algunas de ellas se sueña con el martirio como expiación para alcanzar la salvación.

Esta es una situación que no puede mantenerse por mucho tiempo.   De hecho ya está empezando a cambiar.  Muchas sectas están abandonando su masoquismo y denuncian en los tribunales las injurias que se lanzan contra ellas.  Por ello los informadores cada vez tienen más cuidado con lo que dicen.

La gran proliferación de medios informativos también está ayudando a cambiar esta denigrante situación.  La competencia conduce a aumentar la calidad del producto.  Un gran número de medios informativos están aumentando la objetividad en sus informaciones, y los reportajes sobre las sectas son de mayor calidad.

Esto nos puede llevar en un futuro no muy lejano a que podamos llamar a las cosas por su nombre, a que una secta no se avergüence de ser llamada así, y a que los ciudadanos no nos tengamos que enterar de que nos hemos metido en una secta después de llevar varios años en ella.

LA EVOLUCIÓN DE LOS DIOSES

En la infancia de la Humanidad, cuando todavía no habíamos desarrollado el intelecto, el hombre antiguo vivía en un mundo lleno de grandes misterios, no conocía como nosotros conocemos el porqué de gran parte de lo que nos rodea.  Probablemente, para él, desconocedor de toda ciencia, todo existía y funcionaba por arte de magia. Y, naturalmente, cuando hay magia, también tiene que existir un mago o unos magos que la realicen; y, si esos magos no se ven, entonces se intuyen, o se inventan; invisibles espíritus, poderosas entidades que mueven los hilos de las marionetas del teatro del mundo: dioses.

Si pudiéramos viajar en el tiempo, probablemente veríamos al hombre primitivo dar gracias a un árbol, al espíritu del árbol o al dios de los árboles, por el sencillo hecho de que las frutas, cuando maduraban, caían a sus pies.  Naturalmente, la creencia en esta magia sólo duró hasta que Newton descubrió que las manzanas no caían de los árboles por ninguna gracia divina, sino que llegaban al suelo debido a la fuerza de la gravedad.

Hasta que las ciencias nos fueron dando esas explicaciones, que tranquilizan nuestras ansias de entender los misterios de la vida, los espíritus invisibles o los dioses fueron la única explicación que podía darse el hombre a las misteriosas fuerzas que movían los hilos de su vida y de todas las cosas de su entorno.

Y no estamos hablando de algo que sucedió hace muchos miles de años, esto mismo continúa sucediendo ahora: todos los misterios que todavía limitan nuestro saber son aprovechados por las mentes religiosas para implicar a los dioses en ellos.  Hasta que reciben un jarro de agua fría, cuando las ciencias descubren que aquello no sucede por voluntad divina sino por una ley natural que actúa con una sorprendente precisión matemática.  No es de extrañar que la mayoría de los científicos no sean personas religiosas, y que la mayoría de las personas religiosas sean poco aficionadas a las ciencias.  Por esta razón, los dioses o espíritus, engendrados por el hombre antiguo, se mantienen vivos hasta nuestros días en aquellas sociedades de bajo nivel científico, países subdesarrollados frecuentemente.  Hoy todavía podemos observar como en los rituales de los chamanes, en la macumba, y en el vudú, o en creencias semejantes, populares en dichos países, invocan a esos ancestrales espíritus y se relacionan con ellos.

Dioses que nacieron cuando los grupos sociales fueron tribus y el contorno más habitual con el que se relacionaba el hombre fue la Naturaleza, razón por la que sus cultos eran de carácter animista.  Las deidades más comunes de esas gentes fueron los espíritus de la Naturaleza: la gran madre tierra, el dios sol, el poderoso dios del trueno, del rayo y del fuego, el espíritu de las aguas; y cada especie animal y cada planta tenían su espíritu que les daba vida y gobernaba su destino.  Su representación física se resumía al fetiche o al tótem, y el encargado más directo de comunicarse con ellos era el brujo o el chamán.

Pero cuando los poblados se convirtieron en ciudades, el hombre dejó de relacionarse íntimamente con su entorno salvaje, y los espíritus de la naturaleza empezaron a pasar a un segundo plano, eclipsados por unos dioses más deslumbrantes, más sofisticados y más poderosos, afines con la nueva grandeza social, representantes de las nuevas circunstancias psicológicas que rodeaban la existencia de los hombres.  Las grandes agrupaciones humanas engrandecieron a los dioses, su grandeza era la representación espiritual del poder y de la gloria de las nuevas civilizaciones que se extendieron por toda la antigüedad; sus monumentales templos y sus enormes ídolos así lo atestiguan.

En los escenarios celestiales emergieron dioses representantes de las nuevas aperturas espirituales: dioses de amor, de la guerra, del placer, de la sabiduría, del arte, del sufrimiento y de las pasiones, del bien y del mal.  Así se perdía contacto con cada elemento de la Naturaleza pero se ganaba en amplitud en la invocación de gracias.  Cuando el hambre apretaba, ya no era necesario invocar al espíritu del animal que se deseaba cazar para conseguir comida, ahora se invocaba a la entidad divina que gobernaba a toda caza para conseguir sus favores y llenar los estómagos.  La mente humana se expandía espiritualmente; y, de paso, los chamanes y los brujos también se engrandecían, convirtiéndose en sacerdotes o sacerdotisas representantes de deidades mayores.

Con estos nuevos dioses, llamémosles psicológicos, entraron en escena otros de índole superior, todavía más espirituales, más poderosos y más divinos, que gobernaban sobre los demás dioses que ya se habían quedado pequeños.  En Grecia, en Egipto, en Mesopotamia, en el imperio incaico, en la India, y por toda Asia, se alzaban templos y más templos de deidades supremas que tenían a su servicio a las demás deidades menores.  Ya no era necesario invocar a cada una de las deidades que satisfacían cada una de nuestras necesidades, con solicitar las gracias de uno de esos grandes dioses se conseguía comida, casa, riquezas y bienestar.  La mente humana continuaba “progresando”; y los sacerdotes también, pues su poder ya abarcaba todo, incluso el poder político.

En torno a esos poderosos dioses crecieron las sociedades y se formaron grandes pueblos.  Las luchas por el poder dejaron de ser entre tribus, se convirtieron en guerras de gran magnitud, entre imperios, y los grandes dioses se pusieron a prueba.  Cuando se perdía una batalla, el pueblo perdía la fe en el poder de sus dioses y en sus sacerdotes.  Por lo que era esencial poseer los favores de los dioses más poderosos.  Era esencial hacerlos crecer hasta que alcanzasen el tamaño supremo, hasta que se hicieran infinitamente grandes, totalitarios, omnipresentes y omniscientes, insuperables, insustituibles por otros dioses. Vamos, el no va más:  infinitamente poderosos, invencibles, creadores de todas las cosas: del universo, de los cielos y de los infiernos, incluso creadores del hombre que los había inventado.

Mas toda invención suele llevar en alguna parte el sello de su creador, y a estos dioses, exceptuando su exagerado tamaño, los creó el hombre a imagen y semejanza suya: dioses creadores y destructores, dioses llenos de amor y de ira, dioses llenos de compasión y de castigos infernales; dioses llenos de las dramáticas contradicciones humanas.

La Humanidad lleva miles de años adorando a estos dioses.  Su larga permanencia en el tiempo se explica debido a su doble función: no sólo sirven a sus seguidores para vivir lo sagrado y explicarse el sentido de la vida, también son temibles armas de guerra de terrible eficacia, armas psicológicas de aterradora efectividad en las contiendas bélicas.

El creyente en este tipo de dioses no considera al infiel enemigo como a un igual que adora a otro dios diferente al suyo, porque no puede existir otro dios que el suyo (así lo afirma toda religión monoteísta), por lo tanto, el enemigo es un infiel que ya está condenado, sin ningún dios que lo apoye, derrotado antes de ser vencido, objetivo de la ira infinita e infalible del dios propio.  Esta anulación total de adversario, y la promesa del paraíso para el creyente que cae en el combate, convierte al soldado religioso en un vencedor eterno salga o no salga victorioso.

Cuando todavía los armamentos no eran tan sofisticados como lo son en la actualidad, esta terrible arma psicológica propició una sorprendente expansión de las sectas que la utilizaron, llegando a convertirse en religiones universales.  Y cualquiera de ellas podría haber ostentado el gobierno de todo el planeta, de no ser porque esta poderosa arma fue utilizada por diversos contendientes simultáneamente, lo que produjo un equilibrio de fuerzas durante muchos siglos que evitó un gobierno totalitario universal.  Recordemos los más de mil años de contienda entre moros y cristianos.

En nuestros tiempos, estas doctrinas todavía continúan en su fanatismo bélico como hace siglos, en especial en los países subdesarrollados.  Porque en cuanto el desarrollo industrial alcanza a los países, y los cañones demuestran reiteradamente que son más potentes que los dioses omnipotentes, la fe religiosa comienza a decaer, los sacerdotes representantes de los dioses son apartados del gobierno de los pueblos y sustituidos por los representantes de los poderes económicos, políticos y militares, que aunque no gobiernen tan divinamente como ellos, no lo hacen del todo mal.

No vamos a afirmar que fue exclusivamente la ambición competitiva, o las luchas por el poder, lo que produjeron esta evolución en el concepto divino; podríamos sospechar que el crecimiento de la grandeza divina fue también consecuencia del propio crecimiento de la grandeza del ser humano.  Todo parece indicar que son los cambios en los hombres los que causan la evolución en los dioses.  Aunque los creyentes no estarán de acuerdo conmigo.  Para ellos, sus dioses son eternamente estables; es el hombre el que cambia su visión de ellos.  Algo con lo que no estamos de acuerdo, pues ya hemos vivido tantos cambios en los dioses que uno no puede sino sospechar que son producto de la mente humana, ya que sufren una evolución pareja a la nuestra.  Pues no solamente el hombre cambia la grandeza de sus dioses según se va engrandeciendo su conciencia, es que también cambian otras características de las deidades según cambian las circunstancias de los hombres.  Y, además, son habitualmente los cambios sociales los que preceden a los cambios en los dioses, lo que nos demuestra que es el hombre quien cambia los escenarios espirituales según le va en la vida.  Para muestra, baste observar cómo continúan evolucionado los dioses en la actualidad.

Las décadas de paz que llevamos disfrutando las naciones del mundo moderno están empezando a provocar nuevos cambios en el concepto divino.  Los dioses occidentales se están convirtiendo de la noche a la mañana en seres mucho más pacíficos.  Incluso el tan venerado dios infinito occidental está cambiando en ese sentido, reduciendo sus habituales maldiciones infernales contra los infieles.  Y en los movimientos espirituales más modernistas, la competencia entre sectas o vías religiosas no se centra en el tamaño de los dioses, ya no se lleva presumir de ser devoto del dios que tiene los atributos más grandes, pues las cualidades de infinitud que les aplicamos hace siglos nos impiden hacerlos crecer más; ahora el espíritu competitivo se centra en la calidad de esos atributos.

La evolución de los dioses se encuentra en un momento fascinante:  Protegidos por nuestros ejércitos ya no necesitamos dioses que nos defiendan ni machaquen al enemigo, (las bombas atómicas lo hacen mucho mejor).  Ahora se están creando en las cámaras ocultas de las sectas bocetos de dioses mucho más pacíficos que no incluyen en sus creaciones demonios, infiernos, ni penosos castigos.  Son dioses sin ira, tan infinitos y totalitarios como los anteriores, pero sin el terrible aspecto de intransigentes justicieros; dioses todo amor y sumamente permisivos.  Ya no es necesario un dios que sirva de arma arrojadiza sobre los infieles.  Éste es un cambio que está comenzando a emerger.

Ya era hora de que se empezase a dudar de la incongruencia que supone concebir una entidad infinitamente amorosa y misericordiosa, y a la vez creadora de los mayores tormentos que el hombre pudo imaginar.

LAS SECTAS Y LA POLITICA

Los gobernantes de los países han de tener muy claro que la mayoría de las sectas aspiran a gobernar el mundo, es éste un temible sueño místico que debe de mantener en guardia a todos los dirigentes de los diferentes estamentos sociales, especialmente en aquellos países cuyos ciudadanos hemos elegido ser gobernados por gobiernos aconfesionales.  La “poderosa armonía espiritual” que se vive en el interior de las sectas siempre tiende a expansionarse mientras no encuentre la suficiente resistencia que lo evite.  Es frecuente que el sectario, o la persona religiosa, sueñe con extender por toda la Tierra su doctrina liberadora, o coronar como rey del mundo a su salvador particular, y crear así un poderoso fanatismo opresor de la libertad humana.

La Historia de la Humanidad está llena de casos donde hemos podido observar la temible y poderosa efectividad que surge de la combinación de la espiritualidad con la política.  El ejemplo más espectacular lo encontramos en el antiguo Egipto, donde durante milenios la mística y el poder dirigente se aunaron en la figura del faraón, gobernante y dios a la vez.  Combinación que resultó ser muy efectiva a la hora de mantener en pie a los grandes imperios.  Fueron innumerables civilizaciones las que convirtieron en dioses a sus gobernantes; pero este título digamos que casi siempre lo ostentaban de forma honorífica, no había necesidad de que el emperador fuera en realidad una persona muy espiritual para convertirlo en dios.  De la misma forma que se colocaban la corona del reino como muestra de su poderío terrenal, hacían otro tanto con la corona celestial, como si de un honor o medalla divina se tratara.  Sin embargo, en Egipto, era donde se lo tomaban más en serio, quizás por ello resultó ser una civilización tan extraordinaria y tan duradera.  La función primordial de los sacerdotes se centraba en fomentar la divinización de los faraones, los grandes templos egipcios no fueron erigidos para culto del pueblo, como en otras civilizaciones.  Esos monumentos sagrados, incluyendo a las pirámides, eran lugares de sacralización exclusivamente de los faraones; exceptuando a los sacerdotes, el pueblo no tenía acceso a ellos.  Fue una civilización que se tomó muy en serio la soñada metamorfosis de convertir al hombre en dios.  Meta que no consiguieron del todo, pues sus adorados hombres dioses, sus inmortales faraones, acabaron hechos unas momias.

En la antigüedad era habitual que los poderes religiosos cohabitaran con los poderes políticos, económicos y militares. Y al parecer resultó muy eficaz la fórmula de fundir todos esos poderes en una sola persona, el rey dios fue durante milenios la figura ideal para representar a un país o a un imperio.  Por ello la competencia por el poder social entre sectas religiosas siempre fue sangrienta, pues no estaban en juego únicamente los poderes del cielo, sino que también entraban en disputa los poderes de la tierra.  La Historia nos habla de la enorme brutalidad con la que resolvían sus desavenencias.  Las diferencias religiosas entraban muy a menudo en sangrienta competencia bélica.  Los grupos o sociedades sectarias se demostraban entre sí que su dios era el mejor cuando les ayudaba a vencer en las batallas a sus enemigos, a machacarlos a ellos y a sus deidades.  El Islam todavía mantiene su filosofía de guerra santa.  Y en países del tercer mundo los asesinatos se suceden sin piedad como castigo para quienes contradicen la ley divina que defiende la secta asesina en cuestión.  Y las luchas entre los brujos de diferentes tribus o entre chamanes, tanto en África como en Centroamérica o Sudamérica, siempre han sido de una virulencia espiritista espantosa.  Los intereses políticos o económicos casi siempre han estado unidos a los intereses religiosos, esto ha creado unas luchas por el poder extraordinarias, de un fanatismo brutal.

Hoy en día, todavía quedan países en los que su máximo dirigente espiritual es a la vez el máximo dirigente político.  Estos dos aspectos unidos en un gobernante le otorgan un extraordinario poder de influencia sobre su pueblo.   Pero, en general, esta excepcional situación ya ha pasado a la Historia, sobre todo en los países occidentales dejó hace muchos siglos de existir.  Mas lo que no termina de desaparecer definitivamente es la influencia soterrada del sectarismo religioso en la política.  Los dioses o las fuerzas espirituales nos han estado gobernando hasta tiempos relativamente recientes, y probablemente continúen haciéndolo desde la sombra.  Napoleón y Hitler fueron fervientes adeptos de sectas ocultas.  Y recordemos que la masonería fue durante varias décadas recientes adiestradora habitual de nuestros gobernantes.

En la actualidad nos es imposible conocer al detalle el papel de las sectas en la vida de nuestros políticos.  Pero todo parece indicar que este matrimonio continúa existiendo en determinados casos a pesar de que se haya anunciado el divorcio a bombo y platillo.  Muchos políticos continúan resistiéndose a gobernar el mundo en solitario a pesar de que así lo anuncien, la ayuda de dios se sigue considerando imprescindible en muchos casos.  Y las sectas más avispadas se ofrecen como representantes divinas para ofrecer al político esa solicitada ayuda celestial, de forma clandestina, por supuesto.

A pesar de que los dirigentes espirituales de las religiones, o de las sectas actuales, acostumbran a utilizar la típica afirmación de que su reino ―donde ellos reinan― no es de este mundo, todos sabemos que, con el pretexto de reinar en el otro mundo, nunca han cesado de entrometerse en los asuntos de éste.

Las tijeras moralistas de las diferentes censuras religiosas son otro claro ejemplo de la intromisión en la libertad que los modernos gobiernos intentan otorgar a los ciudadanos.  Los poderes absolutos que la religiosidad perdió en este mundo, no le han supuesto nada más que una pequeña merma de su influencia sobre el pueblo.  Su poder de fascinación sobre las masas continúa vigente, la palabra de dios siempre será superior a la palabra del hombre (excepto para los ateos), y su influencia sobre los individuos está garantizada si no hacemos un excepcional esfuerzo para evitarlo.

El hecho de que, a medida de que transcurran las décadas, las viejas religiones vayan perdiendo credibilidad, puede hacernos pensar que estamos liberándonos de sus influencias; pero no es del todo cierto, porque sus viejas influencias las estamos sustituyendo por otras nuevas.

La elevada proliferación de sectas está propiciando que no descienda el número de creyentes; quienes antes eran seguidores de una sola religión, ahora lo son de una gran variedad de creencias.  Es tan elevado el número de sectas que existen actualmente y de seguidores que acogen, que los mensajes del más allá alcanzan a un alto porcentaje de individuos.  Si hace pocas décadas las religiones oficiales, con sus ramificaciones sectarias, ostentaban el mando en los subterráneos de los gobiernos, ahora son innumerables excisiones de estas mismas religiones universales, y otras nuevas venidas de Oriente, de países exóticos o de reciente creación, las que están intentando gobernar sobre las dimensiones más profundas del hombre.

Las sectas más ambiciosas siempre aspiran a situar a sus mejores adeptos en importantes puestos de influencia social, ya sea en los equipos de dirección de las más importantes empresas, en los medios de comunicación, en las sociedades culturales o en los puestos de la política.

Cierto es que continúan siendo las viejas religiones quienes todavía influyen sobre un mayor número de individuos dirigentes.  Pero, ya sea la influencia venida de un lugar o de otro, el caso es que difícilmente existirá un estamento social importante que no incluya en su gabinete de dirección algún o algunos miembros sectarios que intenten imponer su moralidad religiosa y su doctrina sobre el ámbito social que abarque su influencia.  De esto no se libra ningún estrato social, los adeptos sectarios se encuentran esparcidos por todos los distintos gabinetes dirigentes de los más importantes estamentos sociales, influenciando en el gobierno de nuestro mundo, aplicando su particular ideología, especialmente en el ámbito de influencia que le permite su cargo social.

Solamente la amplia diversidad de sectas y de doctrinas, y la dura competencia entre ellas, nos salva de la imposición de una ideología determinada; pero su influencia en la dirección de los pueblos más liberales de la actualidad es innegable.

Por supuesto que el pastel de influencia más preciado es el de la política.  En Occidente, aunque creamos que a las sectas se las ha separado de la política ―como hemos indicado anteriormente―, éste es un divorcio que no ha llegado a realizarse nada más que oficialmente; clandestinamente continúan siendo amantes.  Las sectas se niegan a perder su ancestral poder totalmente y se infiltran por los pasillos de los gobiernos de los países occidentales, intentando introducirse furtivamente en los despachos de los diferentes ministerios y partidos políticos.  De hecho, me temo que nunca los han abandonado: las religiones oficiales, viejos gobernantes derrocados, nunca abandonaron su poder social, manteniendo infiltrados a miembros de sus sectas más importantes en los gobiernos aconfesionales, influyendo en las decisiones de éstos, y vigilando que no penetren otro tipo de influencias sectarias aparte de las suyas en los despachos gubernamentales.

Solamente los partidos de izquierda, que han combatido tenazmente contra la vieja religiosidad, pueden presumir de no tener infiltraciones sectarias en sus despachos.  Más yo no me atrevería a asegurar que eso sea totalmente cierto.  Nuevas creencias esotéricas, o nuevas vías de religiosidad, están siendo utilizadas por las personas de izquierdas como armas arrojadizas contra las viejas religiones; muchas personas con inquietudes espirituales de izquierdas se llegan a convertir en creyentes de nuevas creencias, más que por fe en ellas, por aliarse con una nueva fe que está tan en contra de la vieja como lo está el pensamiento de izquierdas.  Estas nuevas creencias espirituales son muy a menudo prolongación de la larga guerra entre la derecha y la izquierda llevada a la dimensión espiritual.

Tanto empeño como pusieron los primeros pensadores de izquierdas por hacer desaparecer a la religiosidad de la escena social, apenas lo han conseguido; en las sociedades que siguen su idealismo, si éstas gozan de unas libertades mínimas, no cesan de emerger grupos o sociedades con exóticas actividades místicas.  Por mucho que las ideas de izquierdas intentaron relegar a la experiencia religiosa a un pasado superado por la evolución socialista, por mucho que los ejércitos rojos se empeñaron en hacer desaparecer a dios y a los sacerdotes de la escena política, cultural, científica y económica, sectas y sectas emergen por doquier con gran diversidad de cultos.

Cabe preguntarse si éste es un inútil costumbrismo muy difícil de erradicar del pueblo, una lastra que arrastramos del pasado, o la búsqueda de la experiencia religiosa es un impulso psicológico propio de la naturaleza humana.  Sea por una causa o por otra, el caso es que si intentamos erradicar de la sociedad la vieja religiosidad, vuelve a emerger en el pueblo de mil formas y maneras en miles de sectas.

Mientras una secta o religión es la dominante, mantiene a todas las demás a raya impidiendo su extensión; esto no solamente se consigue por decreto, por reprimir otras diferentes manifestaciones religiosas del pueblo, también se consigue porque la dimensión espiritual del pueblo queda atendida, con mayor o menor grado de calidad, por los cultos populares dirigidos por la secta o religión dominante.  Cuando el cristianismo occidental desbancó del escenario social a tantos rituales religiosos durante la invasión de las Américas, lo consiguió gracias a que se continuó alimentando al pueblo espiritualmente con una nueva alternativa religiosa, que en ocasiones se mezcló con la vieja tradición.

Pero cuando a la religión dominante se le arrebata el poder político sobre el pueblo y se mina su credibilidad, cuando la masa pierde la fe en ella y no se le ofrece otra alternativa ―tal y como hicieron las ideologías de izquierdas―, entonces muchas personas inician una búsqueda interminable de diferentes formas de relacionarse con lo sagrado, y las sectas emergen por doquier para intentar llenar este tremendo vacío que dejó la desaparición de la vieja religión de la escena social.

Ésta podría ser una de las explicaciones que nos podemos dar a la enorme proliferación de sectas en la actualidad.  Las fuerzas de izquierdas nunca sospecharon que tras su asesinato del poderoso dios, que gobernó a nuestros pueblos durante milenios, pudieran nacer multitud de nuevos dioses ansiosos por sentarse en el trono vacío.

Grandes cambios políticos han sucedido por llevarse a cabo asesinatos de los gobernantes.  Tanto la revolución francesa como la revolución rusa hizo uso de dichas matanzas.  Pero los cambios en la dimensión espiritual del hombre necesitan de mucho más tiempo.  Un asesinato divino no garantiza revolución alguna, los dioses pueden volver a renacer (por eso son dioses).  Las causas de la reticencia del pueblo a asumir un auténtico cambio espiritual habremos de buscarlas no en las religiones impuestas, si no en nuestros hábitos espirituales, muy difíciles de cambiar.  Observemos uno de esos hábitos en el próximo capitulo.

LA ETERNA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO PERDIDO

Existe un gran número de relatos mitológicos que nos hablan de nuestros orígenes, de un paraíso en el que vivíamos y de cómo lo perdimos.  Y aunque los detalles de cómo sucedió aquello varían de una cultura a otra, en lo que sí coinciden es en confirmar que un desenlace fatal nos alejó de una supuesta ancestral felicidad.

Si son o no son ciertas, alguna de esas viejas historias, es algo difícil de demostrar.  Desde luego que todas no pueden serlo, ya que sus relatos difieren notablemente de unas a las otras.  Dudo que algún día podamos saber a ciencia cierta cómo nos sucedió aquel desastre, o si en realidad llegó a suceder.  En mi pasear por los mundos sectarios he oído innumerables historias de cómo el hombre perdió el paraíso en el que vivía.  Cada diferente creencia religiosa o esotérica tiene su visón particular.  El relato bíblico, de nuestra expulsión del paraíso por el pecado original, es una historia más entre muchas otras.  No vamos a entrar en detalles, nos baste saber que, aparte de esos cuentos fantásticos, la Humanidad no ha cesado nunca de buscar el hipotético paraíso perdido.

Sea cual sea la forma de vida que los seres humanos hayamos tenido en cualquier época de la Historia, siempre hemos intentado mejorarla buscando una felicidad que casi siempre se nos escapa de las manos.  El conformismo con lo tradicional, tarde o temprano, es abordado por nuevos cambios prometedores de un mundo mejor.  El desarrollo de nuestra civilización se debe a este impulso inconformista e investigador de lo desconocido.

Nuestro comportamiento de incesante búsqueda parece confirmar que debimos de vivir en un estado más feliz que el actual.  Puede que nuestra profunda memoria nos recuerde que nos merecemos una felicidad mayor, y por ello no cesamos de buscarla.  Aunque también podrían ser los mitos sobre el paraíso perdido una justificación literaria de la fantasía de nuestros ancestros para un instinto de búsqueda innato en el ser humano; una entre tantas ocasiones en que la mitología escenifica en sus cuentos fantásticas explicaciones de los complejos impulsos humanos.

Ya sea porque realmente perdimos algún paraíso, o porque nos mueve una fuerza instintiva, el caso es que nunca hemos cesado de buscar.  Desde la antigüedad, y prácticamente hasta hace unas pocas décadas, la búsqueda se dirigía principalmente hacia aquellos lugares desconocidos de nuestro planeta.  El espíritu investigador y aventurero del ser humano se enfocaba fundamentalmente en descubrir nuevas tierras.  El paraíso se encontraba allende los mares, en tierras lejanas y vírgenes que se nos antojaban paradisiacas.  Pero, como la Tierra no es infinita, terminamos por buscar en todos sus rincones sin encontrar lo que andábamos buscando.  Una vez colonizado todo el orbe, se nos acabó la esperanza de encontrar el país de las maravillas; ya no nos quedan tierras por descubrir.  Sin embargo, continuamos rebuscando, con lupas, con microscopios y con telescopios; aparatos que nos permiten ver lo que se nos pasó de largo.

Las ciencias nos dieron nuevas oportunidades de búsqueda que, de alguna manera, nos ha llevado a vivir en un cierto paraíso.  A las personas de siglos atrás, nuestra vida les resultaría paradisiaca, la tecnología y la paz social que disfrutamos nos ha propiciado un estado de bienestar envidiable para cualquier civilización de la antigüedad.  Pero ni aún así dejamos de buscar.  Es como si cada paso que damos hacia nuestro bienestar no nos satisficiera por completo, como si al final tuvieran razón esos individuos místicos que no han cesado de denunciar el error que estamos cometiendo buscando la verdad y la felicidad donde ellos dicen que no se encuentra.  Y todo parece indicar que llevan razón: en el seno del materialismo parece ser que no se nos ha escondido el paraíso perdido.  Sin embargo, continuamos buscándolo en el seno de la materia, no hemos perdido las esperanzas; aunque cada día aumenta el número de quienes, aburridos de este tradicional método de búsqueda, indagan por las dimensiones espirituales.  Zonas vírgenes, desconocidas, buceando en nuestras profundidades, donde nos volvemos a encontrar con las frondosas selvas de los misterios, territorios soñados por los espíritus aventureros.  Pero donde, me temo, que no sabemos ni andar a gatas.

Es en estos ámbitos donde ahora se centra el mayor impulso popular de nuestro ancestral espíritu investigador.  Siempre buscando más allá, traspasando fronteras, venciendo el miedo a los peligros que nos puedan estar esperando.  Éste es el viejo y admirable espíritu humano, sobre todo en Occidente, que no cambia con el paso de los siglos, ni parece que cambiará hasta que encontremos lo que estamos buscando (si es que existe, evidentemente).

Las sectas son grupos de individuos que, como en el pasado, emprenden juntos la aventura de buscar una hipotética felicidad.  En ellos no cabe la duda ni la indecisión, sino no buscarían.  Nadie se arriesga por nada.  Por ello resulta siempre indispensable el apasionamiento, un cierto impulso fanático, para meterse de lleno en la aventura de encontrar el paraíso perdido, sobre todo para quienes van en cabeza en las diferentes expediciones, que cada día son más.

Esta nueva época de aventureros me recuerda a aquellos buscadores del oro, soñadores de una riqueza que muy pocos encontraron.  Ahora no es muy diferente, se sigue buscando el oro, en este caso el oro espiritual.  La aventura está llena de peligros: piratas y corrupciones internas atentan constantemente contra el elevado espíritu del altruista buscador empedernido.  Y son muy pocos los que encuentran algo valioso.  La mayor diferencia con la búsqueda material consiste en que el oro espiritual no se puede pesar ni medir, y es muy fácil confundirlo con todo lo que brilla.  Así encontramos a muchos buscadores entusiasmados con sus hallazgos, deslumbrados con el brillo de lo que consiguieron en su filón particular; pero, lamentablemente ―sucede muy a menudo―, sólo hay que esperar un poco para ver como el tiempo oxida su baratija.

En este mundo del espíritu, conviene recordar que no es oro todo lo que reluce.  En los mercadillos espirituales hay que estar siempre alerta para que no nos den gato por liebre.

EL MERCADILLO ESPIRITUAL DE NUESTROS DIAS

Nunca los individuos hemos tenido acceso a tal variedad de vías espirituales como ahora lo estamos teniendo en los países desarrollados.  Esta era de la abundancia nos ofrece una libertad de elegir el tipo de alimento para el alma semejante a la libertad de elección que uno tiene para alimentar el cuerpo.  Si antiguamente el pueblo tenía que conformarse frecuentemente con pan y agua para alimentarse ―cuando no se estaba muriendo de hambre―,  ahora sólo tenemos que visitar un supermercado para observar que la abundancia y la libertad de elección alcanza proporciones extraordinarias.  Cada persona puede alimentarse con aquello que se le antoje y considere que le sienta bien para su organismo.  Y hablando del alimento espiritual sucede algo semejante: la variedad de los caminos espirituales que podemos escoger es cada día mayor, pues constantemente se están creando nuevas formas de tratar nuestras dimensiones ocultas.

La gran diferencia en el abastecimiento de un alimento o de otro radica en que no tenemos supermercado espiritual donde dirigirnos para adquirir aquello que deseamos, no disponemos de ricas estanterías donde se exponga toda la variedad que existe en el mercado, no podemos comparar precios, calidades ni cantidades; y si a esto añadimos que las organizaciones de consumidores no incluyen en sus estudios este tipo de productos, resulta obvio que el consumidor de productos esotéricos está muy desatendido en comparación con los consumidores de otros productos.

Solamente en las librerías encontraremos gran variedad de libros que nos hablen de estos temas, de hecho es la única fuente de información decente que tiene el aficionado al esoterismo para llegar a conocer toda la gama de ofertas espirituales; pero puede resultar agotador tenerse que leer todos los libros necesarios para obtener una visión equilibrada y profunda.  Recordemos que la mayoría de los textos son folletos propagandísticos, ediciones realizadas por las propias sectas con la primordial intención de crear nuevos adeptos, donde se exaltan los supuestos beneficios que uno obtendrá ―si se introduce en la secta― y donde se ocultan las dificultades y problemas con los que se encontrará.  Y, por otro lado, de un tiempo a esta parte, han ido apareciendo, en oposición a estos textos, otros, no menos extremistas, que pintan todo el universo de las sectas más negro que el carbón, exagerando en plan negativo lo que los otros exageran en plan positivo.  Así que el lector lo tiene muy difícil para saber qué le ofrece realmente cada secta, cual es su precio y los riesgos que va a correr.

Por ello, habitualmente, no es ese tipo de información el que le conduce a uno a introducirse en una secta.  La mayoría de las veces se trata de una información transmitida por otro sectario: persona entusiasmada que consigue contagiar su euforia a quien está recibiendo la información, convenciéndole de que aquello es lo que necesita, lo que está buscando.  De tal forma que uno acaba aceptando la oferta, no porque sea lo mejor para él, sino porque no le ofrecieron otro producto que se adaptase mejor a sus necesidades.

Como podemos ver es un mercado difícil, al que podemos añadirle         ―para empeorarlo― una competencia muy desleal:  El producto que cada cual  vende es inmejorable porque lleva el auténtico sello divino, y porque lo que ofrece la competencia es una auténtica porquería muy dañina para la salud, además de llevar un sello divino falso, claro está.

Este tipo de agresividad competitiva, si bien es verdad que en ocasiones no resulta tan extrema, en el fondo casi siempre la llegamos a descubrir tal y como la estamos presentando: brutal.  Por mucho que se presuma del respeto a las libertades humanas en los ambientes espirituales, la competencia entre creencias religiosas, entre sectas, es sumamente agresiva.  Baste observar la intransigencia de cada religión con el resto de religiones a lo largo de la Historia, para hacernos sospechar que en otro tipo de asociaciones esotérico espirituales no va a resultar muy diferente.  Prueba de ello es que el mercadillo espiritual no lo encontramos en la calle del mercado central o en galería comercial alguna.  Los tenderetes de venta se dispersan por la superficie de cada una de nuestras ciudades, evitando toda vecindad con la competencia.

Existen excepciones a esta norma general: en los recintos feriales de algunas grandes ciudades se reúnen de vez en cuando multitud de videntes, astrólogos, expertos en ciencias ocultas, parapsicólogos, curanderos, sanadores, y expertos en todo tipo de terapias alternativas, mostrando su producto al público, y mostrándose, de paso, los dientes entre ellos; no es difícil descubrir a algún ocultista protegiendo su stand como puede y sabe del mal de ojo que según él le hecha la competencia excesivamente próxima.  Esta “sana” convivencia, aunque haya males de ojo de por medio, es todo un logro.  Mas conviene aclarar que los vendedores de este tipo de mercados son de la línea blanda, pertenecientes al movimiento esotérico llamado de la nueva era, mucho más tolerantes que los viejos vendedores de la línea dura, los cuales nunca entrarían a formar parte de semejante mercadillo, pues cada uno de ellos se considera poseedor de la única verdad divina, y en vez de echarse un mal de ojo se echarían veneno en sus bebidas.  ¿Cómo podría existir un mercado de ofertas espirituales si cada uno de los vendedores considerara a todos los demás demoniacos charlatanes embaucadores?

Los medios informativos realizan auténticos esfuerzos para aclarar todo este turbio enmarañado de ofertas totalitarias.  Los debates entre partes enfrentadas es una aceptable forma de ofrecer al público una información equilibrada.  Pero ese tipo de reuniones públicas resulta muy difícil de conseguir, cuando no imposible.  La intransigente parte sectaria habitualmente se niega a enfrentarse a sus detractores; huyen de ellos como si del diablo se tratara, porque todo detractor de la secta es precisamente eso, un demonio, pues sólo la encarnación del mal se atrevería a oponerse a la voluntad divina, de la que, por supuesto, ellos son los únicos portavoces.

Cada una de esas sectas calificará de infernal este libro porque no le damos la razón a ella en particular.  ¿Quién se atreve a sentenciar cual de ellas lleva la razón divina?  Si nos inclináramos por darle la razón a una de ellas, las otras se arrojarían sobre nosotros como fieras.

Cuando se decide caminar por el mundo de las sectas, uno ha de acostumbrarse a tratar con este tipo de actitudes “espirituales”.  Creo que habremos de esperar bastante tiempo hasta que el mercadillo espiritual de nuestros días alcance el grado de madurez competitiva y de tolerancia que hemos alcanzado en el ámbito económico y político en los países desarrollados.  Mientras tanto, la persona buscadora hará bien en no prestar oídos a semejantes descalificaciones si tiene decidido llegar a conocer todas las ofertas del mercado.

LAS OFERTAS ESPIRITUALES

Cuando hayamos alcanzado la suficiente madurez como para prestar oídos sordos a los extremismos que acabamos de comentar, podremos empezar a enterarnos de lo que realmente ofrecen las sectas.  Primero necesitaremos realizar una criba de conceptos propagandísticos, pues la desmesurada competencia que se ha creado entre ellas, al aumentar tanto su número en el mercado, ha creado como consecuencia inevitable un aumento de ofertas espirituales de dudosa calidad.

El mercado espiritual está de rebajas: gracias, beneplácitos, indulgencias, iniciaciones, títulos, medallas y salvaciones, se ofrecen cada vez más por menos.  Ahora se puede conseguir el perdón divino e infinidad de gracias con sólo seguir ciertas pautas de doctrinas sectarias.  Incluso los grandes almacenes de las grandes religiones, para no perder su nivel competitivo, están empezando a rebajar los precios.  El ser humano siempre ha necesitado dedicar gran parte de su vida a hacer el bien y a purgar sus culpas para concluir su evolución espiritual, pero, en la actualidad, las cosas están cambiando.

Los creyentes en la reencarnación ―por ejemplo― siempre han asegurado que podemos llegar a necesitar miles de vidas para completar nuestro proceso evolutivo.  Sin embargo, actualmente, existen ofertas que te rebajan el cupo de vidas que te quedan por vivir con sólo darte un paseo por una montaña ―sagrada, claro está―, dedicándote de por vida a un gurú, cantando muy a menudo ciertas jaculatorias, haciendo turismo por lugares sagrados, etc.  De esta forma uno puede reducir el calvario de su dolorosa evolución en varios miles de años, incluso millones, según ciertas ofertas.

En Occidente se ha hecho muy famosa la teoría oriental del karma.  Resumiéndola, dice que toda obra que realicemos engendra intereses si ésta es buena, y deudas si es mala.  Es como si fuera una cuenta corriente que nos acompaña a lo largo de todas nuestras vidas, y, cuando hemos ahorrado lo suficiente, podemos dejar de reencarnarnos en este mundo y comprar el billete de entrada al cielo.  Pues bien, como la mayoría de nosotros no hemos sido santos, ni lo somos, tenemos bastante karma en números rojos.  Pero, no hay porque preocuparse, las sectas, conscientes de los problemas de nuestra economía celestial, nos ofrecen soluciones para sanearla como lo haría cualquier banco o caja de ahorros; solamente hemos de cambiarnos a una de sus sucursales para ser atendidos y conseguir una rentabilidad extraordinaria a nuestras inversiones.

Las modernas ofertas sectarias también nos ofrecen la oportunidad de elegir el cielo al que se quiera ir después de muerto.  El tradicional seguro de vida eterna de las viejas religiones occidentales tiene serios competidores.  Ahora, por muy poco esfuerzo, muchas sectas o religiones ofrecen sus viajes al más allá con grandes ventajas y con exóticos funerales incluidos.  Sólo hay que seguir sus doctrinas por un tiempo relativamente breve para conseguir que te den una ventajosa póliza de seguro de muerte.

Incluso existen agencias que te permiten visitar el cielo antes de morirte, donde aseguran que no hace falta jubilar el cuerpo ni acumular tanta bondad de por vida para gozar en vida del plan de pensiones para el alma.  Hay sectas que garantizan la felicidad del alma aquí en la Tierra.  En plena vida mundana son capaces de llevarte al cielo con sólo invertir parte de tu tiempo y de tu dinero en ellas.  Todo un regalo.

Cuando las líneas aéreas que nos llevan al cielo estaban monopolizadas por las religiones oficiales, sólo existía una tarifa de viajes a elevados precios, y corrías el riesgo, por no haber ahorrado lo suficiente, de quedarte a medio camino, en el purgatorio.  Y si a estas dificultades se añadía que el viaje se realizaba después de muerto ―del que nadie regresaba para contarlo―, era de esperar que las avispadas sectas inventaran unos viajes mucho más atractivos.  Son los viajes al cielo antes de lo entierren a uno, y a un precio razonable.  Viajes que están haciendo furor.  Yo los he probado, soy testigo de ellos.  Por un módico precio se puede visitar el paraíso sin necesidad de morirse.  Es una experiencia gloriosa, puedes sentir una fuerza espiritual que te levanta del suelo y te lleva a un mundo maravilloso, donde la felicidad se vive a raudales; es como si estuvieras de vacaciones celestiales.

Pero, como sucede en las vacaciones, el viaje se acaba; en ocasiones no dura más que lo que dura el cursillo espiritual, tiempo en el que se practican los métodos intensivos de elevación del alma.  Y, como suele suceder cuando vuelves de vacaciones, el retorno al trabajo diario se suele hacer muy cuesta arriba, en ocasiones traumático; pues, ya de regreso a tus rutinas, te puedes sorprender irritado, discutiendo con el vecino, por ejemplo; y, de paso, frustrado, preguntándote dónde se fue la paz celestial tan gozosamente vivida los días pasados.

Se están haciendo auténticos esfuerzos para alargar el bienestar vacacional de estos viajes espirituales, pero apenas se está consiguiendo.  Algo falla, no sé si será por el bajo precio de los vuelos o porque es muy difícil experimentar por largos períodos el cielo aquí en la Tierra.  O quizás sea porque todavía no sabemos mantenernos en equilibrio en las alturas, y acabamos cayéndonos en picado.  Por esta razón, siempre hay que tener en cuenta que cuanto más alto subamos, más dolorosa puede ser la caída; y que un accidente espiritual puede dejarnos tan maltrechos como un accidente corporal.

LA ERA DE ACUARIO

Era de esperar que este furor de ofertas competitivas sucediera en una temporada de ventas especiales.  Y así es, los astrólogos nos dicen que acabamos de estrenar una nueva era astrológica: la era de acuario, también llamada la nueva era, con una duración aproximada de dos mil años; siglos de  facilidades para todo aquello concerniente al desarrollo de nuestra mente y de nuestra alma.  Nos esperan dos mil años de rebajas.

Puede parecer un tiempo excesivo, pero recordemos que para la infinitud existencial del alma, dos mil años podrían muy bien corresponder al mes de rebajas de cualquier año de nuestra vida; vamos, un suspiro, un insignificante lapsus en la Historia de la Humanidad.

Un mes de rebajas donde todo son facilidades, ofertas y oportunidades con substanciosos descuentos.  Tiempo propicio para adquirir todo aquello que facilitará el crecimiento de nuestra alma.  Abundantes ofertas de productos, quizás excesivas para tan sencillo propósito; pues el crecimiento del alma, como el del niño, es un proceso que se produce por si solo, y lo mejor es cuidarlo, pero no dificultarlo forzando excesivamente su crecimiento.

Está sucediendo lo típico después de una época de carestía alimenticia.  Pasamos tanta hambre de libertades espirituales que, ahora, llegada la era de la abundancia, quienes gustamos de esos alimentos nos empachamos por comer todo lo que se nos pone a nuestro alcance sin realmente necesitarlo.  Hasta que aprendemos que la moderación y el equilibrio en los temas del espíritu son otras virtudes a aprender.

Los escaparates esotéricos de esta nueva era están a rebosar de productos que nos tientan a atiborrarnos de cosas innecesarias.  Libros y más libros que nos enseñan a ser más felices, a buscar nuestro equilibrio interior y a sanar las enfermedades.  Música y más música, de relajación, suave, hermosa, terapéutica; algunas de raíces orientales; otras de otros orígenes, siempre esotéricos, extraños a nuestra cultura, diferentes; es la música nueva era, es el acompañamiento de este nuevo movimiento cultural.  Dietas y más dietas, diferentes formas de alimentarte, algunas sorprendentes, como son los diferentes tipos de ayunos, innumerables formas de experimentar con nuestro estómago, alimentación dietética, naturista; experimentos que muchas veces terminan en dolor de tripas, otras en éxito, pues logran desintoxicarnos de los dañinos residuos intestinales causados por nuestros malos hábitos alimenticios.  Medicinas alternativas, innumerables formas de curar nuestras dolencias.  Meditaciones y más meditaciones, de todos los colores, nuevas técnicas de búsqueda interior, de bucear en uno, de conocerse a través del submarinismo por las profundidades de nuestro inconsciente, donde nos encontramos con delicias nuestras, escondidas, y también con el desagradable espectáculo de nuestro lado oscuro, de esas profundas aguas donde reside todo lo que no queremos ver de nosotros, y donde están todos aquellos recuerdos olvidados que un día tiramos a las profundidades de nuestro propio mar porque no los soportábamos.  Visualizaciones, proyecciones de nuestros deseos en la pantalla de nuestra mente, proyectos de cambio para nuestra vida y para el mundo.  Relajaciones, calmantes para la mente, el cuerpo y el alma; métodos para combatir el estrés, para calmar nuestros impulsos agresivos, a veces misión imposible en nuestra sociedad donde la lucha por sobrevivir la realizamos a base de empujones.  Sectas y más sectas, modernas, de la nueva era, más tolerantes que las tradicionales; sectas integradoras de la personalidad, escuelas dispuestas a ayudarte a equilibrar tu mente, a superarte a ti mismo y a aumentar tu autoestima.  Grupos de trabajo para ayudarte en tus relaciones personales.  Sanadores, gurús, predicadores, terapeutas; portavoces de nuevas vías de perfeccionamiento, de nuevas formas de respirar, de pensar, de sentir y de vivir.

No cesaríamos de describir todo lo que muestran los escaparates de la nueva era, todo fascinante, mágico, prometedor, a estrenar; tentaciones para el curioso, para el necesitado de arreglarse un poco por dentro, para el adicto a los productos esotéricos.  Explosiones de entusiasmo en el comienzo de la nueva era, fuegos de artificio en la fiesta de los nuevos milenios, brindis por la nueva era de luz.

Publicidad desmesurada, exaltada, para un comercio en fase de lanzamiento, con excesivos comercios y comerciantes atraídos por las buenas expectativas del consumo.

Ahora, a los consumidores, nos queda decir la última palabra en este nuevo mercado.  Para ello habremos primero de informarnos.

LA RELACIÓN CALIDAD-PRECIO

En un mercado que está en sus comienzos resulta muy difícil conocer la relación calidad-precio de sus productos.  No existe tiempo suficiente para sopesar la rentabilidad de una inversión de este tipo.  Las sectas, para competir con las grandes multinacionales religiosas, lanzan campañas publicitarias donde acostumbran a exagerar las prestaciones de sus ofertas (tal y como las grandes religiones han hecho siempre).  Y muchos de los productos que fracasan y desaparecen del mercado, reaparecen de nuevo con algún pequeño cambio en sus ingredientes y con otro título anunciador de una nueva panacea.

Al consumidor no le queda otra opción que la de convertirse en un experto en estas lides si no quiere pagar un elevado precio por lo que en realidad es una ganga.  Y, cuando digo un elevado precio, no me refiero solamente al dinero, sino a la salud y a la integridad psíquica del individuo.

Cuando la estafa es grave se puede recurrir a los tribunales para denunciar el robo o el peligro al que fue sometida nuestra integridad personal. Aunque casi nunca se llega a esos extremos, las sectas conocen bien sus límites legales.  Muchas denuncias se quedan en papeleos sin consecuencias.  Recordemos que nuestra sociedad de mercado libre nos permite adquirir infinidad de productos peligrosos como el tabaco, el alcohol, practicar deportes de riesgo, montarnos en un coche a pesar de la cantidad de los accidentes provocan, etc.  Es el individuo libre quien tiene la responsabilidad del buen o del mal uso de estos productos.  Aunque también es cierto que la sociedad se encarga de adiestrarnos para enfrentarnos a los peligros.  Para andar por las sectas haría falta crear algún título de manipulador de productos espirituales peligrosos, o algún carné para conducir por los cielos, o algo así.

Existen muchos peligros en los caminos espirituales, y uno de ellos es el de arruinarnos.  Yo no tuve la suerte de encontrarme un libro como éste.  Aprendí la relación calidad-precio a base de consumir alegremente todo lo que me apetecía.  Y, digo alegremente, porque pasearme por las sectas llegó a ser para mí todo un hobby, donde no me importaba gastarme el dinero y correr riesgos. Todo por vivir la aventura de ir en pos de nuevos descubrimientos por el universo de la mente y del espíritu.  Allí donde veía que podía aprender algo interesante, allí me metía e iba a por ello sin importarme mucho el dinero que me iba a costar.  Ahora, eso sí, mis gastos de ese tipo no sobrepasaban nunca lo que una persona corriente se suele gastar en su tiempo de ocio; por lo tanto, el dinero que necesitaba para vivir siempre estuvo a buen recaudo.  Y, respecto a correr otro tipo de riesgos, exceptuando los trompazos que me di al principio, con el tiempo acabé desarrollando una especie de intuición que me avisaba de los peligros y me invitaba a salir corriendo.  En cuanto algo me incomodaba en demasía, desaparecía de la secta en cuestión.  Esa es una de las causas por las que me he paseado tanto por ellas.

Y así fue como fui aprendiendo la relación calidad-precio.  Al principio me tragaba todo lo que me echaran.  Después, ya afinado más el gusto, fui desarrollando la libertad de elegir el producto que deseaba, aprendí  también a desechar toda la paja que lo envolvía y a sopesar la conveniencia de pagar el precio que me iba a costar.

Una de las primeras sorpresas que se lleva, el consumidor principiante de estos productos, es el encontrarse en casi todas las etiquetas el texto de:  “Fabricado en el cielo”.  Y ante tan elevada calidad  ¿qué precio está usted dispuesto a pagar?  Obviamente pague lo que pague usted habrá adquirido una ganga, pues es de suponer que no tiene precio lo que usted está comprando.

Es entonces cuando se le puede comunicar al vendedor que, como lo que estamos comprando no tiene precio, hemos decidido no pagar nada.  Luego nos dirá que es necesario el pago de la cantidad estipulada o de la voluntad para cubrir gastos; especialmente los del transporte ―digo yo―, pues el cielo debe de caer bastante lejos.

Como estamos viendo ―dejando el humor a un lado― no resulta fácil en este mercado encontrar una relación calidad-precio equilibrada.  No existe un precio mundano para un producto mágico, celestial.  Por lo tanto, si mi consejo sirve de algo: mejor no pagar nada.  Porque, además, suele suceder, que en la competencia estén regalando ese mismo producto por el que están pidiendo un elevado precio.

Otra cuestión es si usted desea apoyar por iniciativa propia la infraestructura económica de la secta en cuestión, del chamán, del curandero o de la bruja; después de haberse percatado de que por mucho producto celestial que anuncien, la comida, el vestir y el cobijo no les cae del cielo.  Pero asegúrese de que es una decisión tomada libremente, porque es muy probable  que le hayan inculcado más de un argumento para convencerle de la necesidad de aligerar cuanto más mejor el peso sus bolsillos.

Pagar la voluntad es una forma de realizar ingresos que puede parecer bastante pobre, pero en ocasiones da muy buenos resultados; los ingresos van en proporción con la aceptación del producto, la fascinación o los beneficios que produce en los consumidores.  Otra forma de pago muy habitual es la tarifa por la consulta esotérica o la cuota mensual; precios fijos que uno puede tomar o dejar y, en ocasiones, hasta regatear.  De todas formas, no está nada mal darse una vuelta por la competencia y comparar precios, a veces uno se lleva más de una sorpresa.  Lo malo es cuando a uno se le ha convencido de que lo que le han vendido es un producto único e insustituible, entonces, si uno se lo cree, no hay competencia que valga.

LA LIBERTAD DE ESPÍRITU

Una de las más importantes contradicciones que encontramos en los caminos esotéricos, espirituales o religiosos, es la publicidad que se dan como medios liberadores del hombre, cuando en realidad le están privando de su principal libertad: la libertad de elegir.  Las sectas tienen la merecida fama de atrapar a quién cae en sus redes.  La persona que ha sido convencida de que siga la doctrina sectaria, es posteriormente convencida de nuevo para que no la abandone, so pena de caer sobre ella toda la ira divina.

Si hasta ahora me he empeñado en mostrar el mundo espiritual como un mercado no ha sido con la intención de ridiculizar a todo el conglomerado de vías de realización espiritual, sino para dejar bien claro que deberíamos de tener la misma libertad para elegir un tipo de vía de realización espiritual que la que tenemos para elegir los productos de un supermercado.

Los argumentos empleados por los vendedores de productos salvadores para mantener fijos a sus clientes son diversos y adquieren varios matices, desde los terroríficos castigos infernales hasta los más sutiles que te incitan indirectamente a pensar que si abandonas aquella doctrina no te va a ir muy bien.  Hagamos un resumen de estos argumentos porque merece la pena conocerlos.

La condenación del alma es el más conocido, es el duro castigo eterno que le espera a aquel que se atreva a abandonar el camino religioso, será pasto de los demonios y de las llamas del infierno por toda la eternidad.  Esto no es una broma, hay millones de personas siguiendo una doctrina únicamente por el temor que les produce este tipo de amenazas.  Es realmente lamentable que en nuestra era de libertades todavía existan esclavos del terrorismo del espíritu.

Si la vía en cuestión es de un cariz sanador, la presión para continuar en ella no va a resultar mucho menos brutal, pues quien se atreva a abandonarla sufrirá todo tipo de males en su organismo, sobre todo si al enfermo se le ocurre ir a la competencia de la medicina oficial, allí seguro que terminan por matarlo.

Si es un gurú quien está conduciendo la vida de una persona, habrá de tenerlo de por vida, pues no deberá de olvidar que a pesar de que es el alumno quién busca un maestro, es el maestro quien acaba por encontrar al alumno, y por supuesto que, si es el maestro quien decide el encuentro, habrá de ser él también quién decida el tiempo que han de durar sus enseñanzas, tiempo que suele durar toda la vida, ya que cambiar de gurú es algo que no se lleva en todo Oriente, dicen que le puede sentar muy mal al acólito; demás de que no existe ningún argumento válido para alejarse de su maestro, ya que éste y sus fanáticos seguidores se han preocupado de convencer al incauto de que está bajo la protección de la única encarnación terrestre de la divinidad.

Y, en general, esto se repite con diferentes matices en casi todas las vías de desarrollo espiritual: sus caminos, si no son únicos, resultan al menos indispensables.  Si les prestamos a todos cierta credibilidad, no nos podemos ni imaginar el esfuerzo que una persona ha de realizar para andar todos estos “imprescindibles” caminos para realizarse espiritualmente.  Hará falta tener fe en la reencarnación, pues serán necesarias muchas vidas para cumplir todos los requisitos necesarios para salvarse que cada secta predica.

Hemos de añadir que todos estos argumentos, aunque parezca increíble, no son expuestos de mala fe.  El brutal mensaje fanático, antes de ser transmitido, ya ha convencido a quien lo transmite.  En próximos capítulos estudiaremos como se produce la fe ciega.

En el nivel emocional nos encontraremos otro tipo de dificultades cuando deseemos cambiar de camino espiritual.  Siempre existe un tipo de relación emocional entre los miembros de una secta, entre el maestro y el discípulo, entre el sacerdote y el piadoso practicante, entre el terapeuta esotérico y el paciente, etc.  Y, cuando se ha decidido romper la relación, hay que enfrentarse con problemas sentimentales semejantes a los que se producen en las separaciones matrimoniales.  El grado de la problemática a sufrir está en proporción directa con el tiempo que se lleve de relación y la intensidad afectiva de ésta.  Los desenlaces, como sucede en los divorcios, no suelen resultar muy agradables, despertándose oscuros sentimientos en unos individuos que precisamente han estado estudiando, practicando y anunciando la forma de combatirlos.

Y, ya para concluir esta serie de impedimentos que nos dificultan la libertad de elegir, hablaremos del síndrome de abstinencia que nos espera cuando abandonemos la vía de realización personal que llevemos tiempo practicando.  La adicción es un fenómeno que no debemos de olvidar, pues resulta intrínseco a toda experiencia agradable, y, hemos de reconocerlo, que los individuos que componen las sectas no sólo están ahí por una fe ciega, sino también por una experiencia seductora que sella su convencimiento.  Es un fenómeno similar en muchos casos a la drogadicción, en realidad se trata de una auténtica drogadicción.  La experiencia mística provoca que el cerebro segregue drogas que de forma natural absorbe el organismo.  Dada la complejidad y la importancia de este fenómeno, hablaremos más delante de él.  Ahora solamente anotar que nos encontramos con otra dificultad para adquirir nuestra condición de seres libres en el mundo del espíritu.  La adicción que puede provocar la experiencia esotérico mística es un tipo de embriaguez que nubla el entendimiento y afianza el fanatismo, atentando directamente contra nuestra auténtica libertad espiritual.

Si una persona no es totalmente libre, difícilmente podrá evolucionar espiritualmente.  Repasados todos estos puntos que atentan contra la libertad del individuo, podremos deducir si las decisiones que tomamos en nuestra vida, relacionadas con nuestro nivel espiritual, las tomamos con total libertad o condicionados por los puntos que acabamos de enumerar u otros semejantes a ellos.

Y recordemos que no tomar decisión alguna ya es una decisión.  El no comer nada por temor a envenenarnos puede ser tan perjudicial para nuestra salud como arriesgarnos a comer todo lo que nos echen.  Alimentaremos bien nuestro espíritu cuando seamos expertos en seleccionar libremente el tipo de alimentos que mejor le sienten a nuestra alma.

Ahora nos queda analizar qué tipo de actividad espiritual estamos viviendo, y deducir si en realidad la hemos escogido libremente o ha sido condicionada por los factores expuestos anteriormente.

Puede que pensemos que no resulta necesario tanta pamplina para un bienestar espiritual.  La práctica del virtuosismo en las artes, en las relaciones personales y en la moral ya conceden satisfacciones espirituales.  Si se toma esta postura con pleno convencimiento y libremente, seguro que tendremos un espíritu más libre que quienes estén siguiendo algún camino espiritual con algún tipo de los condicionamientos expuestos anteriormente.

Nuestra sociedad occidental ha mejorado notablemente en la dimensión de la justicia social, pero a las sectas parece que todavía no les ha llegado nuestro flamante régimen de libertades, quizás sea porque es un sistema de enseñanza tan arcaico que todavía no se ha dado por enterado de lo que está sucediendo fuera de su cerrado mundo.  De todas formas, nosotros podemos enseñarles nuestra revolución de libertades: cuando deseemos aprender sobre esos temas que tanto dicen saber y de los que tan poco se nos cuenta en las escuelas, acudamos a ellas eligiéndolas libremente, buscando el conocimiento oculto como lo haríamos dirigiéndonos a cualquier tipo de academia.  Recordando siempre los peligros que hemos comentado, y otros que estudiaremos más adelante, que afectan muy seriamente a nuestra libertad de elección, y, en definitiva, a nuestra libertad de espíritu.

CÓMO ENTRAR Y PERMANECER EN UNA SECTA

Si hacemos un buen uso de nuestra mano izquierda y de nuestra  libertad de espíritu, tendremos los menores problemas posibles a la hora de entrar y permanecer en el interior de una secta; pero, aún así, los tendremos.  Todo depende de nuestra habilidad para desenvolvernos en su interior y de los riesgos que podemos correr en ella.

Para conocer el grado de peligrosidad de la secta en cuestión podemos guiarnos por el listado de sectas destructivas que emiten algunos estamentos sociales; pero, casi siempre, en esta especie de lista negra, están incluidas asociaciones que no cometen otro tipo de delito que el de pensar diferente; y suelen no estar incluidas otras que, amparadas en el costumbrismo de nuestro sistema cultural, llevan siglos machacando a las personas.

Así que, reconociendo la dificultad para obtener una información objetiva previa, y si hemos decidido adentrarnos en el mundo sectario, es conveniente que demos ese paso con todas las precauciones posibles; pero sin temores exagerados.  Es típico el temor de acabar siendo víctimas de las sectas, esclavos suyos con sólo acercarnos a sus puertas; ésta es una exagerada actitud defensiva y una inapropiada predisposición para emprender un aprendizaje en ellas.  Una cosa es la prudencia y otra el excesivo temor que paraliza.  Para combatir esta idea tan extendida de acabar esclavo de las sectas, yo siempre tuve muy claro que, en primer lugar, yo no estoy para servir a las sectas, ellas son las que están para servirme a mí, están para mi servicio, para atender mi demanda de aprender; y cuando mi nivel de aprendizaje me satisfaga y me haya convencido de que su doctrina es beneficiosa para la Humanidad ―proceso que puede durar años―, será entonces cuando decidiré si presto mis servicios a la causa de la secta en cuestión o no se los presto.  Este sencillo cambio de actitud nos permitirá desenvolvernos con mucha más soltura y atrevimiento para emprender la aventura iniciática.  Actitud que en un principio convendrá disimular, porque si en la secta entrevén que nuestro ánimo de servir a su causa, de buenas a primeras, es mínimo, y el de aprovecharnos de ella máximo, es posible que no pasemos del recibidor y no lleguemos a las habitaciones del fondo donde se encuentran las enseñanzas que estamos buscando.  Una buena salida para escaparnos de obligaciones sectarias que no nos agrade realizar, es poner pretextos para no realizarlas: como que no tenemos tiempo, tengo una salud delicada, etc.

Las primeras fases de acercamiento a una secta no suelen resultar  peligrosas.  Habitualmente se trata de conferencias informativas donde se dice muy poco de los peligros con que nos podemos encontrar en su seno y se deja entrever lo mucho que nos puede aportar si nos afiliamos a ella.  Después vienen los pasos intermedios: cursillos de fin de semana, clases de un par de horas durante dos o tres días a la semana, o sistemas parecidos.  Hay que anotar que muchas vías de realización espiritual no pasan de esta fase para el público en general, cada vez más adoptan este sistema parecido al de una academia de cualquier otro tipo de enseñanza; sólo permiten que el estudiante entre en el seno de la organización, y se dedique intensamente a la secta, cuando lleva años demostrando un alto interés por su doctrina.  Este sistema crea muchos menos problemas de relaciones entre maestros y alumnos, pues funciona como si de cualquier academia se tratara, allí te ofrecen una enseñanza que si quieres la tomas y, si no, la dejas.  Las aportaciones económicas también suelen ser fijas, cuota mensuales o un precio por cursillo.  Esta frialdad académica resulta muy cómoda para recibir las enseñanzas de estas organizaciones, y no nos compromete con nada.  De esta forma se está produciendo una culturización esotérica popular que ha reducido el ocultismo considerablemente.

Pero las enseñanzas más famosas de las sectas siempre se han desarrollado en el secreto de sus cámaras ocultas, la secta tipo academia deja mucho que desear para todo aquel que busca esas verdades secretas.  Muy a menudo el estudiante de estos temas se siente especialmente atraído por el secretismo; espera que le van a mostrar algo extraordinario, y muy a menudo termina por llevarse un auténtico chasco.  Por ello, uno ha de tener muy claro sus objetivos de estudio antes de adentrarse en las profundidades de una secta.  Objetivos que no siempre podrán definirse claramente por falta de información; a pesar de ello hemos de esforzarnos por clarificar ese objetivo, y, cuando definamos la meta a conseguir, siempre habremos de tenerla en mente para no perdernos por los laberínticos caminos sectarios.

Después vendrán los obstáculos a salvar antes de llegar a la meta, los problemas principales son los de integración en el sistema social de la secta y la aceptación de su filosofía.  Puede no resultarnos muy agradable tener que soportar extrañas opiniones sobre la vida, la sociedad y el mundo, con las que no estamos en absoluto de acuerdo; al igual que puede resultarnos muy incómoda la posición social que se nos haya asignado en el interior de esa pequeña sociedad.  Yo aconsejo, si se desea seguir adelante, porque creemos que la meta merece la pena, soportar estoicamente estas inconveniencias, incluso aparentar que estamos de acuerdo con ellas; porque si no lo hacemos así, además de que no vamos a cambiar las entrañas de la secta, aumentaremos las dificultades para alcanzar nuestros propósitos de aprendizaje.

En un mundo libre como el nuestro, parece increíble tener que seguir estas pautas de comportamiento tan denigrantes para poder aprender, pero hemos de recordar que muchas sectas adoptan sistemas de enseñanza casi prehistóricos, perpetuados en la sombra de profundas cámaras ocultas inalcanzables por los acontecimientos sociales.  La única forma que se me ocurre de desmantelar semejante sistema de enseñanza es sacando a la luz todos sus conocimientos, aunque para obtenerlos tengamos que hacer de tripas corazón.

CONSUELO PARA LOS DESENCANTADOS DE LA VIDA

Lamentablemente, es muy pequeño el porcentaje de individuos que entran en una secta buscando esencialmente conocimiento.  En la mayoría de los casos se trata de personas desconsoladas, desengañadas de la vida, que buscan una  forma de vivir alternativa.  En los casos más extremos se trata de personas muy resentidas con la sociedad, introducidas en la secta para llevar a cabo su venganza particular contra el sistema social vigente.

No vamos a detallar la infinidad de frustraciones que pueden incitar a una persona a buscar una nueva vida en las sectas.  Únicamente indicar que las más abundantes son de tipo emocional.  Si sabemos que en nuestro mundo falta amor, no nos extrañaremos de que haya personas dispuestas a introducirse en otros mundos en búsqueda de una mayor felicidad.  Y nada mejor que elegir los universos espirituales que anuncian las sectas, donde ―según ellas― se vive armonía, amor y paz a raudales.

A pesar de ser frecuente una actitud de búsqueda desesperada, es poco recomendable para iniciarse en una andadura por el interior de las sectas.  Cuando uno huye del mundo en el que vive, en realidad, la mayoría de las veces, está huyendo de sí mismo.  Los cambios de lugar pueden distraer por un tiempo, pero no solucionan el problema.  Un principiante, puede permanecer años distraído con las novedades de la secta que acaba de conocer, sin darse apenas cuenta de dónde se ha metido.  Las nuevas experiencias embriagadoras vividas en su nueva sociedad, cambiar de dios, de rituales religiosos y de doctrina, es un proceso muy largo y ciertamente entretenido.  Mientras esto sucede, la persona desencantada de la vida se mantiene distraída por la novedad del cambio y por las prometedoras expectativas de su futuro; pero, cuando las novedades dejan de serlo, y muchas de las grandes promesas sectarias no llegan nunca, uno se suele encontrar en una situación semejante o peor de la que huía cuando se introdujo en la secta.

Cambiar de sistema de vida, por muy convencidos que estemos de su beneficio, apenas nos cambia a nosotros.  Son muy pocas las sectas que enseñan a asumir su responsabilidad al individuo en todo lo que le sucede.  Muchas personas que buscan la paz por los caminos espirituales, lo hacen intentado cambiar su mundo exterior, su entorno social, introduciéndose en una secta que le vende la tranquilidad espiritual.  A quienes tienen grandes frustraciones en el ambiente familiar, la secta les ofrece la oportunidad de integrarse en una nueva familia, grupo de grata convivencia donde, todos sus miembros unidos como una piña en un propósito común, de buenas intenciones (que nadie deberá poner en duda), rezarán juntos e invocarán la presencia de sus dioses particulares que les llenarán de paz.  La experiencia religiosa, ya venga de un dios o de otro, siempre resulta gratificante.  Si los miembros de las familias en crisis realizaran con sus familias los mismos rituales que practican en las comunidades religiosas o sectas, como ―por ejemplo― rezar reunidos, no tendrían necesidad de permanecer afiliados a ningún otro grupo para encontrar la paz que andan buscando.  Pero, como los rencores familiares suelen intensos en las familias con problemas de convivencia, este tipo de situaciones acaban resolviéndose eligiendo una nueva familia que ofrece grandes esperanzas de felicidad.   Aunque, más tarde, en cuanto los rituales pacificadores del espíritu se hagan monótonos y pierdan efectividad, es muy probable que a la persona que albergaba grandes esperanzas con su nueva familia no le vayan las cosas mucho mejor que antes, pues sus patrones de comportamiento le llevarán a sufrir el mismo drama del que huía, incluso su situación habrá empeorado por haber perdido a su auténtica familia y amigos que ahora difícilmente podrá recuperar.

Así que el sectario que buscó en la secta consuelo, puede acabar a la larga más desconsolado que estaba al principio; pero, claro, ahora las causas de su desdicha ―aunque sigan siendo las mismas― él las verá diferentes.  Ahora ya no achacará sus males a su nueva familia.  La secta se encargará de dejarle bien claro que ni él, ni ella, ni ninguno de sus afiliados son responsables de su propia infelicidad, sino que son los poderes del mundo, los gobernantes, el sistema social, o los demonios, quienes tienen la culpa de sus males.

No voy a asegurar que en el cien por cien de los casos suceda de esta forma.  El efecto terapéutico de muchos de estos grupos resulta innegable, pero lo dicho sucede muy a menudo.

Elijo ejemplos típicos, algo extremos, como prototipos para mis exposiciones, primero porque en realidad están sucediendo, y segundo para denunciar con la suficiente claridad el tipo de males que puede llegar a sufrir el aficionado a las sectas.  Son ejemplos que, aunque habitualmente no resulten tan extremos, servirán de información suficiente como para poder evitarlos.

En realidad, quien busca una alternativa en los mundos sectarios, lo hace impulsado por varias causas: aumentar su saber, mejorar su salud, encontrar nuevas vivencias, etc., y, también, habitualmente, por estar desencantado de la vida.  En este capítulo estamos hablando de la peligrosidad que supone entrar en el mundo de las sectas cuando ese desencanto es precisamente el impulso más importante que nos lleva a tomar esa decisión.  Cuando es así, resulta muy conveniente, incluso lo más adecuado, acudir a un buen psicólogo.  La Psicología (aunque no es tan perfecta como la perfección divina predicada en las sectas) es una de las formas más serias de estudiar al ser humano, y puede ayudarnos a resolver muchos de los problemas de nuestra vida.  De hecho, considero indispensable una mínima base del conocimiento de esta ciencia para quien desee introducirse en una secta.  Habiendo abandonado hace años la euforia radicalista de sus principios, la Psicología se ha convertido en uno de los métodos de estudio más equilibrados, profundos y objetivos de la mente humana.  Capaz de reconocer sus propias limitaciones, sus conocimientos pueden llegar a aclararnos cuál es la verdadera intención oculta que perseguimos al entrar en una secta, y también ayudarnos a descubrir algunas de las intenciones ocultas de esas santas hermandades.

Antes de dar un paso para buscar consuelo en una secta, la Psicología nos puede ayudar a comprender por qué estamos desconsolados y a superarlo.  Y si es el ansia de nuevos conocimientos lo que nos impulsa a entrar en una secta, es igualmente recomendable un básico conocimiento de esta ciencia.  Así nos evitaremos muchos problemas.  Es muy arriesgado  empeñarnos en aprender fuerzas ocultas sin conocer los impulsos básicos de nuestra mente que hace décadas nos descubrió la Psicología.

EL TURISMO

Los miembros de las sectas necesitan reunirse como necesita el agua un sediento; por lo tanto, cuando no conviven en un mismo lugar, tienen que viajar cada vez que desean agruparse.  Desplazamientos que realizarán lo más a menudo posible, pues su vitalidad espiritual se basa en gran medida en la fuerza del grupo.  Cuanto mayor sea el número de individuos agrupados en sus reuniones, y cuanto más frecuentes sean éstas, mayor sentirán su poder.  El grado de fe en su especial creencia espiritual aumenta o disminuye en proporción directa con el número de fieles que la sigan; de ahí que necesiten desplazarse para formar aglomeraciones lo más numerosas posibles donde compartir sus ideologías y experiencias, practicar sus rituales o, sencillamente, reunirse en torno al dirigente, predicador o maestro.

Esta actividad viajera puede llegar a considerarse por quienes la observan de afuera como una envidiable actividad turística.  Muchas personas se sienten atraídas por algunas sectas por los viajes que éstas realizan, deslumbradas por la actividad de cariz vacacional, seducidas por el espíritu modernista del turismo.  Pero el viajar sectario tiene muy poco de viaje de placer turístico, así como tampoco es una actividad moderna; hace miles de años que existe, desde que se formaron las primeras sectas y los miembros de cada una de ellas no habitaban en un mismo lugar.

La secta organiza sus viajes con determinados propósitos enfocados en sus actividades de grupo, y en muy contadas excepciones deja algún pequeño espacio de tiempo para el turismo.

Yo he recorrido medio mundo y no he visto ni un uno por ciento de lo que hubiera llegado a ver si esos viajes hubieran sido turísticos.  Cierto es que mi delicada salud me permitía a duras penas seguir los apretados programas diarios de actividades sectarias, y no me podía permitir el lujo de realizar algún escarceo turístico en horas extras; sin embargo, en especial los jóvenes, no se resistían a la tentación de conocer esos nuevos lugares donde se desarrollaban las actividades comunales, se saltaban algunas convocatorias o utilizaban las noches para salir a conocer el nuevo país.  Después nos enterábamos los demás de que así había sido porque o no asistían a las meditaciones matutinas, o, si asistían, se quedaban dormidos en el intento meditador; sueño que no les venía nada mal, porque, probablemente, a lo largo de la mañana, les evitaba el oír alguna que otra reprimenda de algún dirigente conferenciante que ya sabía donde habían pasado la noche anterior.  El descarado atrevimiento juvenil era censurado por los más veteranos en el seguimiento de la doctrina, para quienes, fuera de la sociedad sectaria, en el mundo, no hay nada que merezca la pena ver.  El turismo para ellos es otra tentación mundana más que nos distrae del cultivo de nuestra espiritualidad.

Solamente los lugares santos se libran de ser calificados como lugares de perdición, hacia ellos está permitido el turismo religioso, semejante al turismo que todos conocemos, con la notable diferencia que no son cómodos viajes de vacaciones, sino que son recorridos expiatorios, llenos de sacrificios.  Peregrinaciones que se harán por caminos santificados, sagrados, a poder ser andando o en burro, como lo hicieron los santos o los profetas; caminar que nos concede gracias extraordinarias, más aún si lo hacemos descalzos, o, como en el tercer mundo, en ocasiones de rodillas.

En la India abundan esas rutas sagradas, las más importantes son elegidas simultáneamente por diversas vías religiosas universales y sectas, como sucede en Europa con el camino de Santiago, y en el mundo árabe con las peregrinaciones a la Meca.

Existe un tercer tipo de “turismo” todavía más sufrido que los anteriores, se trata del viajar del misionero.  Toda gran religión o pequeña secta incluyen entre sus miembros a estos predicadores, son los encargados del proselitismo, de extender la palabra de dios ―la que corresponda en cada caso― por todo el mundo.

En Occidente está siendo sustituido este tipo de turismo misionero por un nuevo proselitismo.  La moderna tecnología de los medios de comunicación permite que los mensajes salvadores lleguen a tierra de infieles sin necesidad de que los predicadores se muevan de sus lugares de residencia.  El predicador puede entrar en casa del infiel sin ni siquiera llamar a la puerta, todo un logro modernista.  En Estados Unidos y en toda América están causando furor este tipo de predicaciones por las diferentes cadenas televisivas, púlpitos frecuentados por diversos predicadores.  Aunque en ocasiones cada uno tiene su cadena particular, o cada cadena tiene su predicador particular, para evitar que desde un mismo púlpito no se prediquen mensajes salvadores que condenen a otros predicadores de la misma cadena televisiva; si se condenan los mensajes de otra cadena, eso no importa, incluso está bien visto.  (A la competencia hay que hundirla, si es posible hasta los infiernos).

Las subvenciones a las misiones siempre han sido una carga para las arcas de las comunidades religiosas; pero, ahora, con el auge de las predicaciones televisivas, si los índices de audiencia son elevados, no sólo dejan de ser una carga, sino que pueden llegar a ser una considerable fuente de ingresos.  No cabe duda de que el marketing de las empresas mundanas está contagiando a las empresas divinas.

Sorprendente es el cambio que están experimentando las finanzas en torno a las actividades misioneras.  Sin embargo, la financiación de los viajes del peregrino no está sufriendo cambios importantes.  La devoción hacia los santos o los dioses hechos hombres lleva al creyente a imitarlos en lo posible, y como todos vivieron en épocas de miseria, o tenían votos de pobreza, suele resultar un turismo de lo más económico.  Los diferentes países, por donde transcurren esas santas peregrinaciones, tienen preparadas a tal efecto las infraestructuras de alojamiento y alimentación necesarias, para atender las necesidades mínimas de los peregrinos, a precios muy baratos o incluso gratis.

La financiación de los viajes destinados a reunirse suele efectuarse de forma individualizada; pero, para atender a quienes no tienen los medios económicos suficientes para pagarlos, se usan diferentes sistemas de apoyo según la secta de que se trate.  Ya sea a través de un fondo común, de la caridad de algún miembro adinerado, o de préstamos que se realizan entre sectarios sin intereses (la usura no encaja en el espíritu de la virtud); ya sea de una forma o de otra, pocos se quedarán en tierra sin emprender los vuelos que los llevarán a disfrutar de sus gozosas reuniones nacionales o internacionales.  Y es que cualquier sectario quedaría descorazonado si uno de sus “hermanos” por falta de dinero no puede asistir al evento esencial para su salvación, y para la salvación del mundo.

Yo estuve quince días en Miami beach en un hotel de lujo sin pagar nada, ni siquiera pagué el viaje desde Europa.  Me encontraba sin trabajo en aquella época.  La organización de la secta en la que me había metido se encargó de todo, hasta de mi sustento.  No sé cómo lo hacían.  Uno terminaba por creer a la fuerza en la gracia de dios.

De todas formas, no suelen ser caros los viajes de grupos sectarios.  En los casos de fuertes organizaciones internacionales, las agencias de viajes se los rifan por llevarse la contratación de sus desplazamientos, ofreciéndoles precios muy baratos, y en muchos casos es la misma secta la que ya tiene creada su propia agencia de viajes.  Las ciudades escogidas para los eventos suelen ser turísticas, con alta capacidad hotelera.  Las reuniones se realizan en temporada baja, lo que todavía reduce más los precios, y permite que las agencias de viajes hagan su agosto fuera de temporada.  Los vuelos internacionales también suelen salir a precios tirados, incluso en ocasiones se fletan vuelos chárteres para estos acontecimientos.

Forzadas por la tremenda competencia, las sectas están disminuyendo la férrea disciplina de que siempre han hecho gala, esto puede dar lugar a que no exista un riguroso control de asistencia a las convocatorias de reuniones internacionales en el lugar o país elegido para los reencuentros, por lo que más de un sectario, de dudosa lealtad a las directrices doctrinales, puede que se salte a la torera el apretado programa de actos y caiga en la tentación de dedicarse a hacer turismo.  Como he comentado, me ha tocado ser testigo en varias ocasiones de este hecho, y en personas que no habían pagado el viaje ni la estancia.

Paseando por el interior de las sectas uno descubre asombrado que se pueden encontrar tantos casos en los que la secta se está aprovechando de sus adeptos, como casos de adeptos que se están aprovechando de las sectas.

No es infrecuente encontrar personas que se aprovechan del espíritu de servicio de las sectas para un beneficio propio poco ortodoxo, buscando en ellas la máxima ganancia posible.  Solamente hay que tener muy claro que es lo que se desea conseguir y cuanto se está dispuesto a pagar por ello.  Si uno va con la idea de conseguir mucho a cambio de nada, puede lograrlo, no es un negocio imposible en el mundo esotérico (las sectas están acostumbradas a los milagros).  En su seno se puede conseguir gratis una visita turística a los antípodas.  Solamente hay que echarle un poco de cara al asunto.

CREER O NO CREER, DOS EXTREMOS DE UNA VARIABLE

Los grandes errores cometidos en los ambientes espirituales siempre vienen apoyados por un notable extremismo intelectual.  La fe ciega, exigencia de muchas doctrinas, es una forma de reducir nuestra capacidad de pensar a su mínima expresión.  La inteligencia de los individuos siempre ha tenido problemas de ser aceptada por los seguidores de la sabiduría divina.  La verdad religiosa es una realidad revelada donde nuestra inteligencia no toma parte ni concierto excepto para creer o no creer en ella.

La inutilidad de la inteligencia humana ante la suprema inteligencia divina ha sido el principal argumento, enarbolado por las religiones en el curso de la Historia, para relegar el talento de los individuos a un nivel mezquino.  No cabe duda de que la inteligencia de nuestros antiguos era muy a menudo semejante a la de los animales, sus animaladas demostraban que necesitaban de dios para elevar su condición de humanos (aunque bajo la potestad divina también se realizaran animaladas semejantes).

Pero la evolución de la inteligencia humana es incesante, y en las últimas décadas se está produciendo un cambio notable, el grado de calidad del pensamiento humano está alcanzando un poder de síntesis extraordinario gracias al minucioso análisis científico.  Las posiciones extremistas ya están siendo erradicadas de nuestra cultura.  El desarrollo intelectual del individuo medio de nuestra civilización occidental ya permite algo más que pensar en blanco y en negro.

Sin embargo, a este cambio le está costando llegar a la dimensión espiritual, a nuestro evolucionado intelecto todavía no le hemos dado opción de desenvolverse en ella.  Los temas del alma siempre han sido tabú para la mente (y continuarán siéndolo si no le ponemos remedio).  Argumentos como que es un esfuerzo inútil intentar comprender con nuestro limitado entendimiento a la suprema sabiduría divina, han de ser cuestionados si queremos que nuestra inteligencia se desenvuelva en el ámbito del espíritu.  En el resto de los ámbitos sociales o científicos ya nos desenvolvemos con cierta libertad; mas el ámbito intelectual se ha apartado de las dimensiones espirituales, no es habitual que nos inviten a estudiarlas, incluso nos aconsejan que no lo hagamos, es un peligroso territorio propiedad de los poderes celestiales, y, por qué no decirlo, de sus representantes aquí en la Tierra.

No obstante, el tan temido encuentro de la inteligencia humana con la divina ya ha comenzado a suceder, es inevitable por mucho que se califique de imposible.  El hombre ha de vivir en su integridad personal todo el abanico de posibilidades capaz de experimentar.  Y su ancestral naturaleza religiosa empieza a tener que convivir con su nuevo desarrollo intelectual.  Éste es un proceso que se está produciendo lentamente.  Ya no podemos continuar considerando al intelectual como persona no grata en los ambientes religiosos, ni a la persona religiosa como individuo no grato en los ambientes intelectuales. No sólo estamos obligados a convivir; la persona intelectual tiene una dimensión religiosa que no tiene porqué despreciar, y la persona religiosa de nuestros días tiene una dimensión intelectual que no tiene porque apartar de sí, si así lo desea.

Este capítulo es un inciso que considero necesario en el desarrollo del presente estudio.  Los temas que aquí vamos a tratar siempre han sido objeto de duros extremismos que han nublado la objetividad de los hechos.  Incluso al tratarlos actualmente surge la tentación de volver a caer en esos fanatismos.  En las dimensiones esotéricas del espíritu, nuestra mente cataloga por inercia todos los datos que recibe en posturas extremistas; es la forma más cómoda que siempre ha utilizado para catalogar unos hechos cargados de misterios y para no perderse por las sutiles dimensiones del alma.  Y, si no le obligamos a pensar en matices o en grados de probabilidad, continuará haciéndolo de esta manera.

En el ámbito de las ciencias hemos necesitado realizar ese esfuerzo para alcanzar el grado de desarrollo científico que hoy disfrutamos.  Hoy en las ciencias todo se mueve respecto a diferentes variables.  No existen ni siquiera unas sólidas magnitudes donde apoyarse.  Incluso la inmutable realidad de las magnitudes más sólidas de la física fueron cuestionadas por la teoría de la relatividad de Einstein.  Los fanáticos extremismos hace años que fueron desterrados del ámbito científico por la diversidad que abarca la amplia visión de las ciencias.

Aún así, todavía quedan residuos del fanático extremismo científico intolerante con todo aquello que no es ciencia.  El intolerante escepticismo sobre los temas esotéricos en los ámbitos científicos es por desgracia todavía algo corriente.  No es digno del desarrollo intelectual de algunos científicos la brutal descalificación que habitualmente hacen sobre todo lo concerniente a las ciencias ocultas o la religiosidad.  Es éste un fanatismo sustentado en el mismo ciego apasionamiento que el fanatismo de los creyentes.  Las ciencias todavía no han dado repuesta a las grandes preguntas transcendentales que de siempre se ha hecho el hombre, y ―mientras esto siga siendo así― habremos de ser tolerantes con quienes se atreven a contestarlas, aunque no tengan base científica alguna.  Sin necesidad de dar la razón al mundo esotérico, una tolerante postura intermedia sería muchos más recomendable.

Como también sería conveniente empezar a desterrar de los ámbitos espirituales los extremismos intelectuales, fanatismos opuestos entre creer o no creer.  Ya seamos creyentes o no creyentes, deberíamos remitirnos a los hechos, a lo que está sucediendo, para poder empezar a estudiarlo fríamente.  En el mundo de las sectas se producen fenómenos extraordinarios que nos obligan a tener la cabeza fría si no queremos caer en juicios apresurados.  En este capítulo me atrevo a pedirle al lector que haga ese esfuerzo.  Yo soy el primero que lo he de realizar.  A partir de ahora me veo en la obligación de empezar a relatar fenómenos extraordinarios habitualmente desconocidos.  No pretendo con ello enfatizar ninguna creencia o doctrina, me remitiré sencillamente a los hechos y a denunciar ―como ya lo estoy haciendo― las manipulaciones que de ellos siempre se han hecho o se siguen haciendo.  Una cierta influencia de la fría objetividad del método científico nos ayudará a seguir adelante con este estudio.  Ni siquiera pido que se me crea o se me deje de creer, si no que se tome nota fríamente de los datos que ofreceré.  Creer o no creer son dos extremos de una variable con infinidad de posiciones intermedias.  Cuantos más datos obtengamos que apoyen la existencia de un fenómeno, más nos aproximaremos a considerar su existencia real y a creer en ello, y cuantos más datos tengamos que niegue su existencia, más dejaremos de creer en ello.  Pero nunca deberíamos de utilizar los extremos, la relatividad en el mundo de la mística es mucho más notable que en el mundo de la física.  Podemos llegar a creer con cierto grado de seguridad en algo, mas es aconsejable siempre una pizca de sano escepticismo; y viceversa, si no creemos que algo pueda existir, sería recomendable al menos poder admitir una ínfima probabilidad de su existencia mientras haya quienes la defiendan.

Una buena gimnasia mental para los aficionados a la incredulidad es informarse sobre los fenómenos paranormales que estudia la parapsicología.  Y para los aficionados a creérselo todo, solamente recordarles el viejo axioma místico que nos dice que todo es una ilusión.

LA EXPERIENCIA MÍSTICA Y EL FANATISMO

El fanatismo, en el mundo del ocultismo, lo encontramos tanto en el obseso creyente como en el obcecado detractor que niega por sistema todo lo que los creyentes predican como verdad.  El fanático escéptico califica indignado de obsesos y autosugestionados a los creyentes, menospreciando las intensas vivencias y toda la gloria que éstos pregonan a los cuatro vientos, justificando su incredulidad por el bajo nivel científico de las explicaciones que los creyentes dan a sus experiencias.

Como los causantes de esta abrumadora guerra de pasiones son los creyentes, pues es en ellos donde primero se genera la actitud extrema que inicia el baile del enfrentamiento, vamos a centrarnos en intentar comprender cómo se produce en ellos el fanatismo, dispuestos a no entrar demasiado en la batalla entre éstos dos bandos de extremistas.

De toda la amalgama de vivencias que existen en esoterismo vamos a elegir como ejemplo a la experiencia religiosa de percepción de la divinidad, pues es la vivencia que se produce con más frecuencia y ―en consecuencia― la que más importantes fanatismos genera, debido también a las fuertes sensaciones, emociones y alteraciones de la conciencia que provoca.

Son infinitas las maneras y los grados de intensidad que estas experiencias pueden adoptar en los individuos.  Las más directas e intensas ponen a las personas en contacto con algo superior a ellas ―así es como lo sienten―, y a ese algo lo suelen llamar dios o le otorgan algún otro calificativo celestial.  Vivencias que provocan un estado anormal en el individuo, y al decir anormal, quiero decir poco corriente (ya que el místico en trance también nos ve anormales a nosotros).  Las experiencias religiosas pueden ser de tal intensidad que incluso pueden provocar la sublimación de la libido, superar y transcender al deseo sexual; son tan reales para el místico como para nosotros son los impulsos sexuales.  Con esto quiero dejar bien claro que las experiencias de este tipo no son fantasías de imaginaciones calenturientas ―como se suele pensar―, sino que el individuo las experimenta con un grado de realidad muy elevado, con el mismo grado de realidad que podamos nosotros experimentar la sexualidad o el enamoramiento.  El místico vive enamorado de su dios.  Y digo esto no sólo por mis estudios e investigaciones, sino por mi propia experiencia.

Las sensaciones que produce la proximidad de algún tipo de presencia divina son extraordinarias: se puede llegar a sentir tal intenso amor que te lleva hasta el éxtasis, alcanzas una felicidad tan inconcebible que no puedes ni siquiera recordarla cuando ya no estás en ella.  Una sublime atmósfera sagrada te embelesa, te droga y te seduce.  (Recordemos los cantos y alabanzas que los grandes místicos realizaron en sus trances de vida celestial).  La dicha es completa, la armonía sentida es fabulosa, la belleza experimentada es total; uno se siente hermoso interiormente y ve hermosos a los demás y al mundo.  La sensación de estar en contacto con la verdad, con una realidad mucho más auténtica que la habitual, te envuelve completamente.  Y todo ello sucediendo en un aura de profunda paz, en unión con todas las cosas, con un poder absoluto.  Es el contacto con lo sagrado, es la manifestación de la  beatitud, de la santidad.  ¿Quién es capaz de sentir todo esto y no convertirse en un fanático?

He de confesar que en mi deambular por las sectas no he buscado otra cosa que realizar ese contacto.  Una vez que se ha sentido intensamente la proximidad de lo sagrado, no se cesa de buscar la forma de volver a encontrarse con ello.  Fue en la pubertad cuando por primera vez me fue regalada tal experiencia, y desde entonces no he dejado de buscarla.  En cada secta, en cada camino, encontré pequeñas piedras preciosas en unas ocasiones, o grandes tesoros en otras; manifestaciones divinas de diferentes matices e intensidades.  Incluso en los más insignificantes grupos sectarios, encontré pequeñas gemas, sencillas glorias celestiales, perfumes divinos, esencias de felicidad.

Inevitablemente, y con harto dolor de mi inteligencia, en mis largos años de caminar por las sectas, tuve que convivir con el fanatismo.  Cuando me encontraba con él, extremaba la prudencia a sabiendas de los grandes peligros que encierra; pero, a su vez, agudizaba mis sentidos, pues sabía que tras la charlatanería vociferante del fanático siempre se esconde algún precioso tesoro sagrado, que debido a su grandeza ha hecho perder la razón a quienes lo encontraron, convirtiéndolos en obsesionados creyentes de su adorado y sublime descubrimiento celestial, al que guardan celosamente en su intimidad sectaria.

Hay que ser un experto buscador de tesoros escondidos para llegar a las secretas cámaras ocultas, donde esconden los tesoros las sectas de fanáticos, sin convertirse en uno de ellos.  Yo reconozco que no siempre he sido capaz de hacerme invulnerable a su ciega fe.  Mi forma de llegar a vivir lo sublime que escondía cada secta pasaba a menudo por compartir su fanatismo.  En un mayor o menor grado me olvidaba de la razón y me dejaba contagiar por su pasional entusiasmo.  Yo no puedo sino disculpar la fe ciega, la he vivido en mis carnes durante muchos años.

Es ahora cuando intento retomar por completo mi inteligencia escribiendo este libro, obligándome a razonar sobre lo vivido, intentando encontrar explicaciones racionales a tantas creencias irracionales que se dan en los ambientes sectarios.

Porque el peor mal del fanatismo reside en las explicaciones que dan a las vivencias extraordinarias, no en las experiencias mismas.  No dejan de actuar inteligentemente quienes buscan una curación en las sectas a sus enfermedades tanto físicas, mentales o espirituales, cuando no lo consiguen de otra manera.  Ahora bien, la inteligencia deja de serlo cuando nos convertimos en ciegos creyentes de todas las disparatadas explicaciones que se dan a los portentos religiosos o esotéricos, es entonces cuando nos convertimos en fanáticos; algo que lamentablemente sucede a menudo.

La experiencia mística produce una alteración emocional y mental extraordinaria en los individuos, una agitación psicológica que suele desembocar en el fanatismo.  Y si a estas vivencias añadimos los fenómenos paranormales que suelen acompañarlas, la exaltación de las personas que las viven puede llegar al paroxismo.  Las apariciones y los milagros, junto con las fuertes sensaciones experimentadas, son la causa de los delirantes fanatismos que a menudo presenciamos en las personas que les toca vivir este tipo de situaciones.  No hemos sido educados para vivir esas experiencias.  La mayoría de las veces ni creemos que puedan existir, y menos aún que nos puedan pasar a nosotros.  Por ello, cuando nos suceden, nos suelen pillar por  sorpresa, desestabilizan nuestra mente, y podemos acabar aceptando cualquier irracional explicación de los hechos a falta de una explicación más lógica y razonable.

Nuestra dimensión religiosa apenas ha evolucionado desde hace miles de años.  Únicamente se diferencia el creyente actual del hombre antiguo en que tiene muchas más explicaciones irracionales que él para explicarse la experiencia religiosa.  Las culturas de los pueblos se han caracterizado por sus particulares explicaciones que se daban a las vivencias espirituales, y hoy en día tenemos acumuladas multitud de creencias y de religiones que nos enseñan ―a su manera y de forma diferente― a interpretar las vivencias místicas.

Mas cuando, en los principios de la religiosidad, el hombre primitivo no tenía explicación alguna para sus vivencias espirituales, es muy probable que no tuviera grandes dificultades para crear un culto nuevo, y acabar explicándose a su manera lo que le pasaba.  Si pudiéramos observar a nuestro antepasado místico, sin creencia alguna, sumergido en un puro éxtasis, experimentando lo sagrado, probablemente lo encontraríamos asustado, buscando instintivamente una realidad física donde apoyar su experiencia espiritual, buscando una explicación material para su vivencia espiritual.  Y bien pudiera suceder que su mirada extasiada se detuviera en el sol, y su explosión de adoración acabara enfocándose allí, desde donde le parece que procede su luminosa experiencia.  Y así terminaría adorando al astro sol, identificándolo como el origen y causa de sus vivencias místicas, como a dios.  Pero mucho me temo que la esencia de dios no reside en astro alguno, aunque el culto a los astros haya sido frecuente en la antigüedad y les hayan funcionado a muchos pueblos como invocación de la divinidad, provocando experiencias místicas.

Este ejemplo nos puede servir para entender otras formas de adoración, otras formas disparatadas que toman cuerpo en la mente del hombre para justificar y explicar las complejas vivencias espirituales.  Circunstancia que aprovechan los impulsos más peligrosos e irracionales del hombre para colarse en su vida.  Pues, aquel hombre antiguo, convertido en un fanático del sol, acabará probablemente con su instinto de posesión exacerbado por lo descubierto.  Formará ejércitos para defender su fe, enarbolará banderas con el símbolo solar, y declarará la guerra a sus vecinos, herejes que probablemente enarbolen la bandera de la luna, astro que a ellos les pareció como el origen de sus vivencias sagradas.

Y no digamos si ese hombre antiguo ya sabe escribir, porque entonces relatará en sus libros su historia sagrada particular, y ya no se enarbolarán las banderas solamente, ahora serán también libros, escrituras sagradas, documentos escritos donde quedará confirmado el registro de la propiedad divina.  Y otro tanto harán sus vecinos.  Y la guerra de las banderas se convertirá en la guerra de las doctrinas escritas (que todavía continúa en la actualidad); dogmas de fe contradictorios que se anulan mutuamente, pues si uno declara poseer el registro de la propiedad de la infinitud divina, los otros mienten, pues no puede haber dos infinitos diferentes.

En este nuestro paseo por el interior de las sectas nos vamos a encontrar a menudo con las experiencias místicas, y a la vez observaremos las contradictorias interpretaciones que de ellas se suelen hacer.  La pasión suele cegar el entendimiento cuando se sienten las fuerzas espirituales.  En todo momento habremos de esforzarnos por distinguir la fría realidad de una experiencia mística entre las exacerbadas interpretaciones que se dan de ella.  Los cultos al sol o a la luna pueden estar llenos de grandes vivencias humanas, pero esos astros difícilmente pueden ser el origen de ellas tal y como sus adoradores han creído siempre.  Ahora bien: ¿Estamos seguros de saber en la actualidad de donde proceden las vivencias religiosas?  ¿Las viejas religiones universales o las modernas creencias no serán otras formas de adoración semejante al culto a los astros?  ¿No son otras formas de apasionados fanatismos?

EL RACISMO SECTARIO

No cabe duda de que las pasiones y los instintos más bajos del hombre, disfrazados muy a menudo de virtud, campan a sus anchas por los caminos espirituales.  La persona religiosa ―creyente muy a menudo en realidades que tienen muy poco de reales― puede llegar a no aceptar sus bajos instintos, lo que le llevará a reprimirlos, a esconderlos, a disimularlos, o incluso a justificarlos.  El complejo impulso del racismo es un compuesto de varias pulsaciones psicológicas no gratas para los viandantes espirituales.  En mi opinión, su principal componente es el de la violencia.  Incluso me atrevería a asegurar que el racismo es una válvula de escape de la agresividad, una justificación más para agredir, otro pretexto para atacar, en este caso al distinto, a quien no es como los demás.

Yo he vivido las dos caras del racismo en mi pasear por las sectas, sin llegar a vivir la violencia física.  Por un lado he sido miembro de clanes de “elegidos para la gloria”, menospreciando al resto de los mortales (la mayoría de creyentes así se sienten: miembros del pueblo elegido por el creador), y por otro lado he vivido el desprecio de los demás por ser precisamente un sectario.  Estas posturas surgen imperceptiblemente en las conciencias.  Existe alguna especie de instinto que insta a defender al clan y a atacar al resto, supongo que para defender del extraño al grupo homogéneo, a la familia, a la nación, al conjunto de seres semejantes.  El ataque al distinto debe de estar impulsado por algún instinto destinado a la perpetuación de las especies, de las razas.  Es un rechazo hacia quienes no pertenecen al modelo ideal de persona que persigue el grupo, la sociedad o la nación.  Debido a mi delgadez, yo he sido despreciado muy a menudo durante toda mi vida por no dar la talla del macho típico.

Las enormes diferencias ―virtuales en muchos casos― que se viven en las sectas, propician sentimientos de elite que son un caldo de cultivo ideal para que surja en ellas el racismo.  Pero, como se trata de grupos o sociedades que persiguen la virtud, les cuesta reconocer sus propias miserias, y tienden a ocultarlas; sin darse cuenta de que es mucho más honesto reconocer nuestro instinto racista que no reconocerlo.  El espíritu racista invade a la mayoría de las sectas por mucho que quieran negarlo y prediquen lo contrario.  En los casos de las sectas más radicales ―no por ello menos abundantes― nos encontramos con un notable sentimiento de raza, sociedad o grupo especial de elegidos para la salvación del mundo.  En las vías de realización más tolerantes con la diversidad de caminos espirituales, no se aprecia tanto este fenómeno, pero cuando profundizamos en el interior de sus doctrinas, lamentablemente, solemos encontrarnos con alguna cláusula que declara su categoría de única forma de salvación, pretexto suficiente para creerse miembro de la única elite divina que reside en al tierra; distintivo suficiente para sentirse con derecho a ciertos privilegios divinos, negados al resto de los mortales.

El hermanamiento que siempre se produce entre los creyentes de una misma fe, práctica esotérica o religión, produce una sensación de familia, de elite.  Aparte quedan los demás, los extraños infieles; que serán aceptados en la familia divina siempre y cuando cambien sus creencias por las de la secta y comiencen a compartir con ellos las experiencias sagradas en secreta complicidad.

Las creencias compartidas producen en el grupo sectario o sociedad religiosa un fuerte sentimiento de raza elegida, que sumado a la experiencia religiosa, presencia de lo divino sentida y compartida por el grupo, da como resultado la fe en una doctrina irrebatible avalada por el cielo.  Aunque a la vuelta de la esquina les esté sucediendo lo mismo a otro grupo con una doctrina que contradice la anterior.

Este tipo de racismo “avalado por lo divino” lo encontramos a lo largo de la Historia en infinidad de ocasiones acompañado de una brutal violencia.  Muchas de las sectas que llegaron al poder en las diferentes naciones, religiones dominantes hoy en día, consiguieron su triunfo sobre las demás a base de una violenta pasión racista.  Su brutal fanatismo les llevaba a obligar a los infieles, que no se dejaban convencer por las buenas, a cambiar de fe por las malas, y si aún así no se dejaban convencer, se les cortaba la cabeza.  Así se terminaba con la ingrata existencia de un demoniaco hereje para los de un lado, y se creaba un santo mártir para los del otro.  Esta cómica situación no dejaría de resultar graciosa si no fuera por la cantidad de guerras que ha provocado y de la sangre inocente derramada por su causa.

Aunque hoy en día, en nuestra civilización mucho menos sanguinaria,  las sectas no se comporten tan violentamente, podemos observar en su interior las semillas que tiempo atrás produjeron un sinfín de barbaridades y actualmente crean problemáticas situaciones de índole racista.  El principal origen de todos estos males es la tremenda obsesión por convencerse y querer convencer a los demás de que la divinidad está exclusivamente de una parte, que es propiedad privada de unos pocos elegidos.  Así observamos a los ejércitos de salvación, con el supuesto supremo poder divino de su parte.  Razas elegidas, algunas milenarias, individuos destinados a ser los únicos que se salvarán de sus particulares invenciones apocalípticas.  Desfiles de diferencias que dejan bien claro a la vista que no son iguales que sus hermanos.  Diferencias de sectas modernas, llamativas, novedosas, y otras centenarias, ancladas en la cultura de los pueblos.  Trajes diseñados para distinguirse.  Peinados, afeitados, rasurados, maquillados; el caso es marcar bien la diferencia.  Saludos especiales entre sus miembros, bendiciones homologadas, frases que sólo ellos los predestinados entienden, palabras de su idioma particular.  Son la elite de los elegidos por dios porque en sus reuniones viven lo que todo ser humano puede vivir o porque su fundador vivió lo que ya no consiguen vivir ellos.  A estas marcadas diferencias se añaden las costumbristas, los rituales sagrados, las formas de vivir, los comportamientos, la imagen social.  (Cuanto menos se vive la santidad más hay que aparentarla).  Hay que marcar bien la diferencia, que se vea lo que no existe, que se note que son los elegidos, ya que como nadie los eligió en realidad, se eligen ellos.  Hay ya tantas sociedades, razas o religiones de elegidos, todas diferentes, todas asegurando que son las auténticas y que las demás son un fraude, que uno llega a sentirse muy a gusto sin pertenecer a ninguna de ellas.

El grado de hermanamiento racista entre los individuos sectarios a veces es tan espeso que hasta se puede palpar.  El parecido entre sus miembros, dejando aparte las diferencias materiales y costumbristas, suele resultar muy notable: tienen la misma sonrisa, los mismos gestos, el mismo tono en el habla, hasta su mirada es semejante, parecen todos cortados por el mismo patrón, hijos de la misma madre y miembros de una familia bien avenida.

Entidad familiar siempre dispuesta muy gratamente a admitir nuevos miembros.  Son familias que acogen a los desamparados de la vida como hijos adoptivos, (digo como hijos porque siempre suele haber algún padre o alguna madre de por medio).  El hermanamiento suele ser muy real, muchas familias quisieran para sí la afectividad que se derrocha en las sectas, de hecho es uno de sus grandes atractivos, sobre todo para quien haya vivido un desengaño amoroso o tenga carencias emocionales, allí tendrá a unos nuevos hermanos que lo llenaran de amor y lo admitirán en la elite de los elegidos.  ¿Se puede pedir más?  El problema le vendrá cuando decida abandonar la secta, entonces sus amados hermanos ―ya menos amorosos― le dejarán bien claro que eso no se hace. ¡Con todo lo que ellos han hecho por él!  Incluso puede que le  amenacen.  Por ello, yo aconsejo, que en el proceso de hermanamiento, indispensable en muchas sectas, no se pase del parentesco de primo lejano.  Puede ser que ese parentesco no dé acceso a los secretos más profundos que la secta tiene reservado para los hermanos más entrañables, pero al menos se tendrán menos problemas para salir de tan divina familia cuando desee hacerlo.

Otro aspecto que nos delata el racismo de este tipo de grupos o sociedades es el hecho de que sus miembros suelen pertenecer a una misma clase social; y así tenemos sectas de pobres y otras de ricos, sectas de jóvenes y otras de ancianos, sectas de intelectuales y otras de personas de baja cultura, sectas de políticos, de dirigentes sociales y de empresarios.  Podríamos exceptuar a las religiones oficiales, pues acogen a todas las clases sociales incluidas en su nación, pero si afinamos la atención, veremos grupos que actúan como sectas dentro de la religión, y en ellas se afilian miembros de una misma clase social.

De nuevo vuelvo a tener que denunciar un nuevo contrasentido: si la secta está destinada a acoger a todo ser humano como entidad salvadora de toda la Humanidad ¿cómo es posible que sus miembros pertenezcan exclusivamente a una clase social?  Volvemos a encontrarnos con que los bajos instintos, en este caso racistas, superan a la buena voluntad de los individuos.

Cuan a menudo las aspiraciones espirituales quedan truncadas por las miserias humanas.  El racismo es una tumba que se labran las propias sectas.  Cuando el progreso espiritual del hombre exige una apertura constante a los demás, y se vive un encerrarse en el elitismo, el empobrecimiento espiritual es inevitable.  Se encierran en sí mismos para enriquecerse espiritualmente y consiguen lo contrario.  Algo que cualquiera puede apreciar.  Es tan corriente que la miseria humana del racismo invada a las sectas, que hoy en día ya nadie se sorprende al ver las miserias de los hombres en los caminos de los dioses.

EL ATEÍSMO

Después de tantas barbaridades históricas en torno al fenómeno religioso, ¿a quién le puede extrañar que existan personas convencidas de que se trata de un cuento chino creado para satisfacer oscuros intereses personales, políticos o económicos?  La manipulación de la experiencia mística ha sido tan brutal en nuestro pasado que muy poco de su auténtica realidad se ha llegado a contar en las páginas de la Historia.  El ateísmo, en cierta manera, es una lógica respuesta a las grandes mentiras encarnadas en los movimientos religiosos, es un intento de negar la falsa espiritualidad y de denunciar los intereses escondidos tras las doctrinas, es una extrema oposición a esa religiosidad manipulada, una negación de la existencia de todo lo divino.

Para el ateo dios no existe, y para la persona creyente dios existe por que su percepción y su fe así lo testifica.  Si aplicamos lo expuesto en el capítulo “Creer o no creer, dos extremos de una variable”, observaremos que entre el ateo y el creyente existe un inmenso espacio inexplorado, donde podemos empezar a realizar un análisis más objetivo, en vez de inclinarnos por la cómoda opción de los extremos.

Las interpretaciones que siempre se han hecho de los fenómenos espirituales han sido tremendamente subjetivas y extremistas, además de estar manipuladas por los intereses de quienes las manejan.  Estas manipulaciones interesadas fueron el principal pretexto del que se valió el ateismo para arremeter contra la religiosidad hace unas cuantas décadas.  La brutal represión que las fuerzas de la izquierda aplicaron sobre ciertas manifestaciones religiosas en muchos de los países donde llegaron al poder, se asemeja a la brutal represión que las fuerzas eclesiásticas aplicaron sobre la sexualidad porque la consideraban pecaminosa.  Y de la misma forma que no se pudo destruir ni acallar el tremendo impulso vital sexual a través de siglos de represión, tampoco el marxismo más extremista ha conseguido acallar el tremendo impulso vital que subyace tras la religiosidad.

(Espero que no se me califique de sarcástico por utilizar a menudo el ejemplo del sexo en mis explicaciones.  La vivencia sexual tiene muchos puntos en común con la experiencia mística, y nuestro pasado sexual tiene grandes semejanzas con nuestro presente espiritual).

Todas las pulsaciones de vida en el ser humano, nos gusten o no nos gusten, son patrimonio nuestro, y en ellas se manifiestan nuestra vitalidad; el negarlas o el reprimirlas supone reprimir parte de nuestras posibilidades vitales.  Y una sociedad reprimida es una sociedad privada de las riquezas humanas que le correspondería vivir.  No considero arriesgado afirmar que los países socialistas, a causa de su excesiva represión de la espiritualidad, no se desarrollaron como otros países donde hubo una mayor permisividad religiosa.  Sé que hay muchas otras explicaciones para este hecho de gente más experta que yo en temas sociales; pero, aun así, me atrevo a no considerar una casualidad que sean precisamente los Estados Unidos el país más desarrollado del mundo y a la vez el más permisivo en la dimensión espiritual, donde más sectas se han asentado y donde más están floreciendo.  No quiero decir con esto que Norteamérica sea un paraíso, han tenido problemas muy graves con las sectas y los seguirán teniendo, esto es la consecuencia de un régimen de libertades tan amplio como el que tiene, es un precio que han de pagar todos los países que abran sus puertas a la libertad de culto.  Pero, en el caso de los Estados Unidos, es un precio pequeño para el gran rendimiento que en mi opinión están obteniendo de toda la actividad espiritual que se desarrolla en su seno.

No quiero dar a entender al decir esto que las personas que no sean religiosas tienen mermadas el uso de sus facultades humanas, no es así si no se desea religiosidad alguna en la vida de uno.  Existen otras formas de evolucionar espiritualmente fuera de la religiosidad.  Resultarán mermadas las facultades del individuo que sienta impulsos religiosos y no pueda desarrollarlos.

El ateísmo es una postura tan respetable como otra cualquiera, siempre que no pretenda imponerse a los demás.  Tan desastroso resultó la persecución de infieles siglos atrás, cuando eran llevados a la hoguera por no ser creyentes, como cuando hace unas cuantas décadas también podías ser quemado, con iglesia y todo, por el solo hecho de ser creyente y encontrarte rezando dentro.  Gracias a que en la mayoría de los países desarrollados hoy en día pueden los creyentes ejercer el culto que se les antoje, sin sufrir persecuciones a la antigua; y los ateos pueden vivir sin dioses a sus anchas, alejados de esas extrañas entidades divinas que tantos conflictos sociales han provocado (y continúan provocando), y sin peligro de ser captados por unas sectas de fanáticos cuyas creencias no van con ellos.

Aunque si yo fuera ateo, y me interesara por la vida interior, no estaría muy seguro de no acabar seducido por alguna secta.  Pues las sectas más avispadas, conociendo la gran cantidad de adeptos potenciales que encierran las filas del ateísmo, suelen cambiar el nombre de “dios” por otro que no recuerde viejas tragedias históricas.  Y así nos encontramos en estas modernas vías espirituales con: “el poder supremo”, “el gran espíritu”, “la energía cósmica”, “la gran armonía”, etc.  Calificativos diferentes para un mismo dios, para una misma vivencia religiosa, en la mayoría de los casos.

Aunque también es cierto que según el calificativo que se le dé a dios, la forma en que se le invoque o la doctrina que lo acompañe, influye en los efectos que provoca en sus seguidores.  Parece ser que nuestra actitud ante la divinidad, y las características que le apliquemos, es esencial para obtener sus gracias o sus desgracias.  Por ejemplo: si creemos en un dios generoso que regala beneficios a raudales sin tener que realizar grandes sacrificios, obtendremos de él más satisfacciones que si creemos que se trata de un dios que aplica su justicia implacablemente aplicando castigos a diestro y a siniestro a la menor violación de sus severas leyes.  La creencia influye notablemente sobre la experiencia.  Quien cree que el sexo es pecado difícilmente lo podrá disfrutar, la culpa aniquilará su goce sexual, o incluso puede convertirlo en dolor.  La fe también modifica o trastorna las vivencias espirituales más intensas y naturales del ser humano.

Por ello, aunque la vivencia espiritual de la divinidad sea en esencia feliz, las diferentes creencias la moldean a su gusto.  Los practicantes del culto al sol seguro que tendrían una vivencia de la divinidad mucho más cálida que los adoradores de la luna.  Las características de cada deidad influyen en las vivencias místicas de quienes creen ellas.

Así que acabamos de descubrir un doble juego: estábamos viendo que tanto las interpretaciones como las explicaciones que nos damos sobre las vivencias espirituales pueden ser erróneas, y ahora observamos cómo esas aptitudes mentales influyen y moldean la experiencia espiritual.

Un doble juego que puede dar pie a otro argumento para justificar el ateísmo, pues, si nuestra percepción de dios depende del dios en el que creamos, parece evidente que todo el conglomerado de creencias y de experiencias religiosas que existen son creaciones de nuestra mente.  Más, volviendo a utilizar el símil del sexo, sabemos que existen infinidad de fantasías y de sensaciones sexuales, y no por ello negamos la existencia de la energía sexual.  Probablemente el ateísmo no se equivoque al negar la existencia de dios, pero negar la existencia de lo divino, de lo sagrado, equivaldría a negar la existencia del sexo por el mero hecho de en cada persona se viva de forma diferente.  La gran diversidad de cultos es semejante a la gran diversidad de formas que las personas tenemos de vivir nuestra sexualidad, el hecho de que las creencias moldeen el fluir espiritual del hombre no nos da derecho a negar la existencia de esa energía tan especial.  Nadie niega hoy en día la existencia del fluir sexual porque la mente de cada persona lo moldee a su manera.  Fue cuando eliminamos los tabúes del sexo cuando empezamos a ver claro nuestra dimensión sexual.  Por lo tanto, cuando la divinidad deje de ser tabú en las diferentes culturas, empezaremos a ver claro nuestra dimensión espiritual.

A poco que uno estudie mitología sin prejuicios religiosos, acaba sacando la conclusión de que desde el culto al sol, pasando por los diferentes dioses de los panteones de las diversas culturas del mundo, hasta los dioses infinitos, son creaciones de la mente humana.  Así como también se puede  observar cómo la propia mente moldea la vivencia espiritual del creyente según crea en un dios o en otro.  Pero la magnitud de las vivencias espirituales, así como las sexuales, necesita de una energía esencial, sagrada, divina, espiritual, igual que detrás de la compleja sexualidad de los seres humanos existe una energía básica sexual.  Freud nos indicó que las vivencias religiosas se producen por una sublimación de la libido, de la energía sexual.  Según él se trata de una misma energía que toma un curso espiritual en unos casos o un curso sexual en otros.

En nuestro paseo por el interior de las sectas iremos en busca de esa energía primigenia, necesitaremos sumergirnos con el bisturí de la razón por los terrenos prohibidos de las divinidades, a sabiendas de que nos vamos a encontrar con los tabúes divinos por todos los caminos espirituales, señales de peligro que nos indicarán la inconveniencia de continuar adelante so pena de correr grandes riesgos.  Vamos a necesitar cierta valentía para continuar.  Recorrer el camino entre el ateísmo y la fe nos va a exigir un esfuerzo extra, pues necesitaremos adentrarnos en el territorio de los dioses donde nos encontraremos con los tabúes religiosos.  Y conviene recordar que cada vez que nos encontremos con ellos, sentiremos una resistencia para avanzar, una prohibición irracional de seguir adelante, pues el tabú no sólo reside enraizado en lo más profundo de las culturas, sino también en lo más hondo de nosotros.

LAS FINANZAS

Salgamos de nuestras profundidades para tomarnos un respiro en la superficialidad, y observemos, ya en una dimensión más material, el fluir del dinero por los caminos espirituales.

Las sectas en relación con el dinero se comportan de forma muy semejante a las demás formas de asociaciones, son comunidades humanas por mucho que presuman de divinas.  Necesitan de una economía  para financiar sus actividades, sus locales de reunión, oficinas, ediciones, gastos de sus dirigentes y subordinados, etc. Y el porcentaje de anormalidades económicas que hayan podido suceder en su seno, o estén sucediendo, no creo que superen en número al de cualquier otro tipo de grupos, sociedades, empresas o individuos.  Si bien es cierto que hemos observado multitud de llamativos escándalos, no ha sido porque por sistema se haga un uso del dinero diferente al que se hace en otro tipo de sociedades, sino porque de estos grupos espirituales se espera que no se comporten con el dinero como se comportan los demás.  En Occidente esperamos que todo lo referente a la espiritualidad vaya acompañado de la pobreza.  En Oriente no sucede así porque en sus escrituras sagradas tienen unas encarnaciones divinas que vivieron en la miseria y otras que vivieron en la abundancia.  Pero en los países desarrollados ―curiosamente, donde tanto abunda el dinero― carecemos de semejante variedad de opulentas santidades en nuestra Historia, pues las que tenemos no solían llevar unas monedas en los bolsillos ni para pan.  Naturalmente, esto lo consideramos una virtud esencial de todo aquel que emprende el camino espiritual, penalidad añadida a las dificultades de este dificultoso caminar; voto de pobreza imprescindible según nuestro concepto de religiosidad.  Privaciones económicas que en mi humilde parecer no considero en absoluto necesarias.  No está menos obsesionado con el sexo quien lo vive a diario que quien no lo vive por intentar ser más espiritual y no puede quitárselo de la cabeza.  Y otro tanto sucede con el dinero.  Por ello considero oportuno dar al César lo que es del César y a dios lo que es de dios; y, obviamente, el dinero es del César, como todo lo material conque nos vemos obligados a tratar en este mundo.

En el caminar espiritual esperar o pretender imitar que el maná nos caiga del cielo, montar en burra en nuestros desplazamientos o que se nos dé de comer como dicen los creyentes que dios da a los pájaros, es exponerse a un ridículo espantoso; porque, como en general no hemos alcanzado merecimiento de semejantes gracias divinas, si pretendemos imitarlas, probablemente nos muramos de hambre o de frío; cosa que no suele suceder, porque los imitadores de pobres suelen preferir esconder el dinero que necesitan para sus gastos, avergonzados de tener que manejar semejante sustancia mundana.  Como si lo sucio del dinero estuviera en las monedas de cambio y no en el egoísmo del hombre.  No dejan de resultar gracioso los grandes esfuerzos que las sectas realizan para disimular sus necesidades mínimas, y en otros casos sus ambiciones económicas.

Otra actitud, opuesta a la anterior, que algunas modernas sectas suelen adoptar respecto a su economía, es considerar que su dinero es sagrado, regalo del cielo, destinado a un fin divino; y por lo tanto no tienen porque dar cuentas de sus cuentas a ningún estamento mundano.  Vuelven a olvidarse de dar al César lo que es del César, esperando que dios les proteja del fisco; y así, más de un moderno gurú o predicador ha terminado en la cárcel por no presentar las cuentas claras y no pagar los tributos mundanos de sus actividades divinas.

También muchos protestan ―y no sin razón― de los beneficios fiscales e incluso ayudas económicas que muchos estados proporcionan a las religiones oficiales; y, sin embargo, las religiones minoritarias, además de no obtener ayuda alguna, tienen que pagar impuestos.

La mayoría de las sectas ya han aceptado su cruz, y se mueven por el mundo de la economía como lo haría cualquier otra organización de otro tipo.  Siempre procurando evadir los impuestos en lo posible, pero sin correr grandes riesgos; por ello casi todas las más importantes tienen sus cuentas en Suiza o en cualquier otro paraíso fiscal.  No cabe duda de que una buena cuenta en Suiza es el mejor seguro en este mundo antes de llegar al otro.

También, en los sistemas de recaudación de ingresos, las sectas hacen lo que pueden para evadir impuestos, evitando en lo posible no dejar constancia alguna de las donaciones o de las cuotas de sus afiliados; si es en grupos pequeños pagando en mano sin recibo, y si se trata de fuertes organizaciones internacionales, enviando los ingresos a alguna cuenta de Suiza.

También existen sectas que tienen incluidas en su infraestructura  económica a empresas, formando holdings que en ocasiones alcanzan el tamaño de auténticas multinacionales.  Así se garantizan un reino aquí en la tierra, (supongo que será por si les falla el otro).

Pero lo que realmente le interesa a la persona buscadora, que no pertenece a una secta de por vida, es la relación calidad precio de las ofertas.  Dejando a un lado la polémica de si la secta defrauda al fisco o si es el fisco quien defrauda a la secta, lo que más nos interesa es que no nos defrauden a nosotros.  Para ello, la primera regla de oro ya comentada es no pagar grandes sumas, de esta forma difícilmente nos podrán robar lo que no exponemos.  Quien se inicia en estos mundos corre el riesgo de ser engañado, ya que le pueden acabar vendiendo a un alto precio, por ejemplo, una parcela en el otro mundo; terreno que todos tenemos ya guardado lo compremos o no lo compremos.  Con esto quiero decir que el inexperto puede ser engañado, y terminar pagando por lo que es de dominio público.  Casi todas las sectas ponen este tipo de trampas para los novatos, pues se atribuyen funciones de carácter universal como únicas concesionarias de las gracias que anuncian, y la persona inexperta acaba pagando por un cielo que le acaban de descubrir, cuando en realidad no tenía nada más que haber mirado hacia arriba para vivir gratis lo que ahora le está costando tanto.

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de cuándo le están pidiendo a uno más de lo que debiera dar, o cuándo está sencillamente pagando los gastos mínimos necesarios para desarrollar la actividad que se esté realizando.  Si se están realizando los trabajos en grupo en el campo, será más barato que si se realizan en una elegante sala de reuniones o conferencias alquilada. Y si todo se desarrolla en un piso, pues también habrá que pagar el alquiler de éste.

Yo he llegado a pagar por cursillos de fin de semana cantidades excesivas, y, sin embargo, en otras ocasiones no he pagado ni lo que valía la comida.  Claro está, un cursillo se realizaba en un lujoso hotel con todas las comodidades, y el otro en una casa de campo cedida por alguna persona miembro o simpatizante de la secta que además nos invitaba a comer.  Ante todo siempre procuré tener bien claro qué era lo que deseaba aprender, y, después de sopesar si estaba dispuesto a pagar lo que costaba, aceptaba las condiciones económicas de la enseñanza o nos las aceptaba; sin más problemas.  Y con el convencimiento de que la enseñanza cara podría ser diferente, pero no mucho mejor que la que no me costaba nada.  En los temas del espíritu y de la mente no siempre el precio va acorde con la calidad de lo que se ofrece.  Los elevados precios, más que ofrecer una calidad superior lo que hacen es seleccionar a un tipo de gente adinerada, así, además de forrarse el gestor de la idea, da la oportunidad a la gente rica de reunirse en labores espirituales, cosa que no harían si tuvieran que agruparse con gente pobre.  (Esto lo dejamos claro en el capítulo sobre el racismo).

Los que pertenecemos a la clase media nos podemos permitir el lujo de meternos en sectas de ricos mientras nos alcance el dinero, estemos dispuestos a gastárnoslo y no nos sintamos incómodos entre tanta opulencia. Y en las sectas de pobres no tendremos problemas económicos, pero quizás nos perturben sus insistentes lamentos, las quejas de sus penurias económicas pueden hacernos sentir incómodos; conviene recordar que los de la clase media somos los ricos de los pobres.  De todas formas, la clase media somos los más afortunados porque tenemos mucha más variedad de sectas para elegir que los ricos y los pobres.  Las sectas de clase media suelen tener unos precios acordes con los gastos que generan sus actividades, sin un gran ánimo de lucro.  Sus cuotas alcanzan sumas comparables a otros entretenimientos típicos que en nuestra sociedad utilizamos para llenar nuestro tiempo de ocio.

Pero aunque el dinero que una persona se gaste en el seno de una secta sea el mismo que se pudiera gastar en otra actividad que llenase su tiempo de ocio, puede llegar a tener auténticos problemas.  Existe la idea generalizada de que las sectas te comen el coco al mismo tiempo que te roban el dinero.  Y, si una persona pertenece a un grupo familiar de economía compartida, no va ser bien visto por los otros miembros que se gaste un dinero en la secta, aunque éste sea mucho menor que el que se gastan los otros miembros de la familia en otras actividades de entretenimiento.  Esta injusticia social la están padeciendo muchas personas, sobre todo se da entre cónyuges; si uno de ellos se afilia a una secta, el otro no cesará de echarle en cara el dinero que se está gastando aunque él se esté gastando mucho más.  En realidad se trata de un oculto problema de celos, ya que en las sectas se viven fuertes relaciones emocionales, y el cónyuge termina sospechando que el amor místico de su pareja por el nuevo ambiente sectario pudiera no ser tan místico y tener un cuerpo con nombre y apellidos (situación que ―sin ánimo de asustar a nadie― también se suele dar en las sectas).  El reproche también puede esconder una preocupación, un temor por que nos puedan robar a la persona amada, llevándosela a un extraño mundo esotérico desconocido para nosotros.   Sea por una causa o por otra, el caso es que casi siempre se reprocha el dinero que se gasta en las sectas.  Lo más habitual y lo más aconsejable en estos casos es disimularlo entre otros gastos para evitar este tipo de problemas.

De todas formas, si no se desea correr riesgos económicos, también es muy aconsejable, para quien gusta de andar por estos mundos de dios, asignarse una cantidad de gastos mensuales para estos menesteres, y no superarla en ningún caso.  Esta decisión, a ser posible se tomará antes de entrar en el mundo de las sectas, fríamente, pues puede suceder que nos empiecen a calentar la cabeza con la intención de vaciarnos los bolsillos.  La  cantidad cada uno la puede fijar según sus recursos económicos, bien puede ser ese dinero que nos gastaríamos de todas formas si invirtiéramos el tiempo en otro tipo de ocio, desembolso que no nos va a privar de atender nuestras necesidades esenciales.  Pero una vez fijada la cantidad conviene mantener esa decisión con gran determinación y realizar el firme propósito de no modificarla pase lo que pase.  No es habitual que las sectas arruinen a sus acólitos, pero puede suceder.  El típico argumento que nos incitará a vaciarnos los bolsillos en esos casos es que no se pueden alcanzar los cielos llevando cargas materiales, recordemos aquello de que es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello pase por el agujero de una aguja.  Se nos intentará convencer de que conviene desprenderse de todo aquello que nos pese, haciendo clara alusión a los ingresos de nuestra cuenta corriente y a todas nuestras propiedades, problema que se nos querrá resolver ayudándonos a  desprendernos de nuestra pesada carga, fardo que de forma altruista la secta o su dirigente se ofrecerá a cargar con él por nuestro bien y el de la Humanidad.  Repito que, aunque en el argot popular, esta sea una estafa típica de las sectas, en la realidad no es frecuente que suceda.  Incluso, a causa de la fama de ladronas que tienen las sectas, muchas personas que se meten en ellas, se agarran a su dinero como si fuera su vida, y no lo sueltan ni para pagar la luz del local donde se están reuniendo.  Ya sabemos que nos podemos aprovechar de las sectas tanto como ellas se pueden aprovechar de nosotros.  No es fácil que nos quiten el dinero que no estamos dispuestos dar.  Aun así conviene estar advertido de que podemos ser estafados, no sólo porque nos engañen, sino porque también nos podemos engañar a nosotros mismos.

En nuestra ansia por evolucionar espiritualmente podemos observar nuestra avaricia como un importante impedimento para la evolución espiritual, y es probable que estemos dispuestos a darlo todo en el nuevo camino que hayamos emprendido, para intentar de forma radical desprendernos de ese importante pecado capital ―lo digo por experiencia―.  Y podemos acabar al cabo de un tiempo arruinados y con la misma avaricia de siempre.  La codicia no se la quita uno del cuerpo de un plumazo.  La generosidad altruista inducida por terceros no suele corresponder a un auténtico cambio interior, sino a un impulso momentáneo de la persona que, pretendiendo conseguir un cambio radical en su vida, lo da todo a cambio de unas promesas que en muchas ocasiones no se cumplen.  El camino a los cielos está lleno de ocultos atajos conocidos únicamente por “expertos guías” que nos pueden llegar a cobrar muy caro sus servicios aprovechándose de nuestra desbordante generosidad económica.  Pero puede suceder que en esos atajos, a la vuelta de una esquina, de una de esas ocultas sendas esotéricas, sin saber cómo y porqué, nos encontremos sin guía, en un infierno y sin dinero.  Y si vivir en un infierno ya resulta muy penoso, si encima estamos arruinados, puede ser una auténtica tragedia.

EL DUDOSO SIGNIFICADO DE LA TERMINOLOGÍA ESOTÉRICA

En las librerías nos encontramos con diccionarios especializados en diferentes temas, ciencias o profesiones, que recopilan con suficiente homologación el significado de los términos.  Si conseguimos, por ejemplo, dos diccionarios de física de autores diferentes, veremos que las definiciones de las palabras en su esencia apenas tienen cambios substanciales que pudieran dar lugar a confusiones o errores; únicamente encontraremos variedad en matices que no afectan a las definiciones básicas.

Sin embargo, si comparamos algunos de los diccionarios que se han editado de esoterismo, observaremos grandes diferencias en el significado de algunas de sus palabras, e incluso veremos que numerosas de sus definiciones pueden llegar a ser tan diferentes que un vocablo puede tener significados opuestos según el autor que lo defina.  Por ejemplo: el “Yo” puede ser nuestra preciosa esencia espiritual en unos casos, y en otros puede referirse a nuestro demonio interno.

La falta de acuerdo en la terminología esotérica es el resultado del totalitarismo del que han hecho gala las vías espirituales en la Historia.  Su autosuficiencia, y su menosprecio por el resto de las otras vías espirituales, ha provocado una separación tan contundente entre ellas que aún perteneciendo a un mismo país, hablando la misma lengua, y presumiendo de tener un mismo dios, bien podríamos decir que utilizan idiomas diferentes.

En los casos en que los vocablos son los mismos, su significado puede variar tremendamente de una secta a otra.  Por ello, cuando uno está dispuesto a cambiar de camino espiritual, ha de tener en cuenta, antes de hacerlo, que deberá de aprender un nuevo idioma, donde probablemente las palabras apenas cambien, pero sí su significado.  Ésta es una nueva dificultad a sumar al ya considerable esfuerzo intelectual que se ha de realizar cuando se cambia de senda espiritual.  Dificultad idiomática que no padecen quienes no cambian de camino, pero se privan de aprender lo que otras escuelas enseñan.

En la actualidad, los grupos de vías de realización espiritual que forman el conjunto llamado de la Nueva Era son la excepción a esta regla.  Este conjunto de enseñanzas se ha puesto de acuerdo y utiliza vocablos similares, lo que nos permite seguir distintas vías espirituales sin tener que cambiar de idioma.

Sin embargo, las sectas más fieles a las enseñanzas derivadas de milenarias vías esotéricas, mantienen sus vocablos tal y como ellos aseguran que se pronunciaban y se escribían hace miles de años.  No por veneración a quienes utilizaron ese idioma, sino porque se trata de un idioma sagrado, con sus palabras sagradas, que han de ser escritas y pronunciadas tal y como se escribían y pronunciaban hace miles de años, si se desea conservar su poder mágico.

No hace falta ser un lince para sospechar que entre unas vías y otras,  derivadas de un mismo tronco milenario iniciático, no existe acuerdo en cómo se habrá de pronunciar o escribir muchas de esas viejas palabras sagradas para que no pierdan su añejo elixir milagroso.  Cada una de estas vías usa las palabras mágicas de forma diferente, y todos están contentos de cómo les funcionan.  (No cabe duda de que la fe mueve montañas).

También en las religiones madres de innumerables hijos, como pueden ser el Budismo o el Cristianismo, sufren esa descoordinación idiomática.  En las diferentes ramas de las grandes religiones se definen los mismos vocablos de forma diferente.  Y esto sucede porque las enseñanzas, aunque pertenezcan a un mismo tronco, derivadas de un mismo maestro, difieren tremendamente entre sí.

En el mundo del espíritu, donde más debiera existir un perfeccionismo didáctico, es donde más caos existe.  Desorden que probablemente no se intentará remediar, pues a río revuelto ganancia de pescadores.  Marcar bien la diferencia, incluso en el idioma, da un carisma especial que ayuda a venderse mejor.

En el presente libro intentaré prescindir en lo posible de extraños vocablos de dudoso significado.  Ya son suficientemente dificultosos de entender los temas que estamos tratando como para enturbiarlos más con multitud de extrañas palabras.  Un estudio religioso o esotérico típico necesita de un diccionario aparte para entenderlo.  Aquí vamos a prescindir en lo posible de palabras que no sean de dominio público.  Incluso para definir situaciones difíciles de entender vamos a usar palabras de uso corriente.  Por ejemplo, vamos a llamar “atmósfera sagrada” y “realidades virtuales espirituales” a dos fenómenos extraordinarios que se dan en los caminos espirituales.  Estas dos frases ya definen por sí solas de qué estamos hablando.  La sencillez en nuestro vocabulario no nos va a impedir hablar de los grandes misterios espirituales.   También cuento con que la propia inteligencia del lector haga real el dicho de que a buen entendedor pocas palabras bastan.

LA ALIMENTACIÓN

Si en la práctica de cualquier deporte es necesario llevar una dieta adecuada para mantenerse en forma, no iba a ser menos en la práctica del duro caminar por los senderos del espíritu.  Los entrenadores del alma también imponen un estricto régimen alimenticio a sus seguidores para beneficiar ―según ellos― el caminar espiritual.  Y, como no iba ser una excepción a la regla de falta de acuerdos en las diferentes vías espirituales, tenemos gran cantidad de dietas alimenticias y de consejos culinarios muy diferentes entre sí.  Tal es la falta de coincidencia, que quien haya seguido varias vías espirituales ―como es mi caso― termina acabando por no saber cual es la dieta más adecuada para el alma.

Las religiones oficiales siempre han impuesto en las culturas innumerables preceptos alimenticios que permanecen arraigados en el costumbrismo social.  Sus razones se fundamentan en las sagradas escrituras, en los preceptos escritos sobre la alimentación que hace miles de años se dieron a aquellas gentes, y que hoy todavía se pretende que estén vigentes.  Es la fuerza de la tradición de los hábitos espirituales manifestada en la cocina de los pueblos.  Multitud de tradiciones culinarias impuestas por el cielo a las cocinas de la tierra.

No obstante, a medida que el desarrollo alcanza a los países, disminuye el grado de severidad dietética impuesta por las religiones oficiales al aumentar la cultura de los pueblos y al conocerse otros rituales alimenticios provenientes de otras creencias.  Pero, tras esta liberación cultural de las cocinas, las novedades culturales nos han traído también nuevas proposiciones e imposiciones culinarias, que si bien no son causa de pecado si no se practican, incluyen advertencias sobre los peligros que corre nuestra salud del alma y del cuerpo si uno no se alimenta como ellas indican; modernas amenazas que continúan no dejándonos comer en paz a todos aquellos que les prestamos oídos.  Fanatismos culinarios, exigencias dietéticas para alcanzar el cielo, dietas para endulzar el alma aunque muchas veces nos amarguen el cuerpo.

El vegetarianismo es la dieta estrella por excelencia de esta nueva era, se dice de ella que es la forma de alimentarse de los seres espirituales. Tanto es así que muchos vegetarianos tienen un aspecto de ser más del otro mundo que de éste.

Sus seguidores más acérrimos ―como todo fanático― dan muestras de una notable violencia verbal intransigente.  No resulta difícil escuchar por los caminos naturistas alusiones despreciativas hacia quienes ellos llaman los comedores de cadáveres; tachándonos casi de asesinos a todos aquellos que de vez en cuando nos atrevemos a comernos una pechuga de pollo.  Como si la lechuga que se comen ellos no estuviera también muerta cuando ya es ensalada.  El hecho de que no grite la pobre lechuga cuando se le arranca del suelo no quiere decir que no lo sienta, porque modernas investigaciones han demostrado que los vegetales responden con pequeños cambios bioeléctricos en su interior a manipulaciones exteriores, en especial a las que afectan a su vida o a la integridad de las plantas de su misma especie.  Perciben las agresiones, por ello se supone que sienten de alguna manera, al estilo vegetal claro está, aunque no oigamos sus especiales aullidos cuando las estamos masticando.

El hecho de que pueda parecer menos sanguinario comerse a una planta en vez de a un animal, obviamente viene determinado porque la sangre de las plantas al ser verde no se parece a la nuestra y no nos la recuerda.  El vegetarianismo debe de estar basado en una aversión a mancharse las manos de sangre.  El pescado, por no ser tan sanguinolento, algunos lo incluyen también en la dieta vegetariana.

Este tipo de dietas naturistas suelen estar impregnadas de ese ilusorio pacifismo que, entre otras cosas, se niega a reconocer la violencia implícita en el alimentarse en este mundo, donde casi todo ser vivo para sobrevivir tiene que comerse a otro.

Este impresionante argumento de sugerir que quien asesina para comer no puede ser muy espiritual, ha hecho furor en las nuevas vías espirituales.  Avalado por la cultura oriental, sobre todo india, donde matar a un animal en algunos poblados está muy mal visto.  Allí si te comes un pollo te has podido comer también al hijo del vecino, muerto años atrás y encarnado en el animal.

También se llega a decir que el alma de las plantas acepta gustosamente el sacrificio de su cuerpo para alimentarnos, mientras que los animales no son tan complacientes, y menos si dentro de ellos dicen que hay alguna persona.  La creencia en que nos podamos reencarnar en animales nos ha ofrecido en bandeja la espantosa idea de llegar a poder practicar el canibalismo si se come carne de animal, esta idea ha potenciado tremendamente el vegetarianismo entre las personas más sugestionables por estos temas.

Las personas más normales han sido seducidas por el vegetarianismo por las conocidas virtudes de las plantas, atraídas no por los beneficios espirituales que se prometen de ellas, sino por su efectividad como desintoxicación de una alimentación excesiva en grasas animales, como solución para la obesidad, o como complemento añadido a una alimentación animal para dar forma a una dieta más equilibrada.

Conviene reseñar que la alimentación en el interior de muchas sectas, como cualquier otra actividad suya, adquiere carácter sagrado.  Los alimentos son un regalo sagrado del cielo que merece todo nuestro agradecimiento.  Comer en un ambiente de santidad y de agradecimiento ―hay que reconocerlo― es muy útil para un buen provecho; lástima que sean tan estrictos en muchas de las vías espirituales a la hora de sentarse a la mesa.  Su obsesión por comer alimentos puros puede amargar la comida a quien tenga la buena voluntad de disfrutar de una buena mesa.

Para solventar este problema hay sectas y religiones que recurren a un viejo truco culinario que permite convertir en alimento divino cualquier cosa que comamos.  El truco consiste en aliñar la comida con una  bendición antes de ingerirla.  Bendecir la mesa es una vieja tradición muy arraigada en las sociedades religiosas.  Por supuesto que existen diversas formas de bendecir una comida, yo he llegado a conocer a quienes rebozan los alimentos con luz divina, receta que paso a transcribir porque imagino no será muy conocida por la mayoría de las devotas amas de casa:  Una vez la comida esté servida en el plato, hay que sumergirse en profunda meditación, imaginarse una gran luz celestial, después hay que hacerla descender del cielo como chorro de luz blanca y derramarla sobre las comidas, se puede añadir una pizca de oraciones y otro poco de buena voluntad para creerse que así estamos haciendo algo provechoso para nuestra alma y para nuestro cuerpo.  Recordemos que pocas cosas funcionan sin fe en el mundo del espíritu.  Lástima que haya tantas creencias tan dispares y tan contradictoras, pues lo que anuncian unas creencias como una panacea, otras lo pueden anunciar como un veneno.  A modo de ejemplo de desacuerdos haremos mención al ajo, condimento alimenticio que muchos anuncian como una panacea curadora, y otros lo califican como sustancia de los infiernos.

Otras vías califican alimentación del paraíso a la realizada sólo a base de frutas, donde no puede faltar la manzana, claro está.  Otras, para alcanzar la iluminación, consideran imprescindible el consumo de arroz diario, prescindiendo de las frutas, (naturalmente esto nos llega de China).  Otras aconsejan comer de todo lo que no pueda salir corriendo.  Y otras permiten un cierto aporte de calorías animales, unos pocos tropezones entre tanta verdura; esta dieta para mi gusto es la más equilibrada, un poco de todo a gusto del consumidor.  Teniendo siempre en cuenta que el bienestar del organismo es el mejor testigo de lo bien o de lo mal que nos estamos alimentando.

No vamos a negar ―dejando a un lado bromas y extremismos― el aspecto positivo que todas estas modernas modas culinarias han aportado a los hábitos alimenticios de nuestra sociedad.  El sentido común nos ha permitido elegir lo más conveniente para nuestra salud.  Y el vegetarianismo nos ha aportado un sano aumento de las  verduras en nuestra dieta carnívora excesivamente cargada de grasas animales.

Y para quienes hayamos experimentado con diferentes dietas esotéricas, no cabe duda de que, después de contrastar sus efectos en nuestro organismo, ahora podemos elegir lo que consideramos más beneficioso de ellas, y llevar una dieta a nuestro gusto, extraída de todo lo que hemos aprendido.

El éxito a la hora de relacionarnos con las sectas no viene determinado por tragarnos todo lo que éstas nos den, sino por coger de ellas aquello que creamos conveniente para nuestra salud.  Recordemos que, a pesar de sus grandes defectos, son escuelas de aprendizaje.

EL AYUNO

Es habitual que el místico padezca de anorexia, aunque su inapetencia no sea producida por evitar la obesidad, como sucede en los adolescentes, sino por menospreciar todo lo referente al cuerpo, ya sea alimentación, sexo, cuidados corporales, etc.  El místico tiene su vista más puesta en el cielo que aquí en la tierra.  En ocasiones su anhelo por lo celestial es tan fuerte que puede llegar a abandonar sus necesidades físicas más básicas.  Este tipo de anorexia tampoco es semejante a la que pudiera tener una persona que ha sufrido un gran desengaño en la vida.  El místico tiene grandes ansias por vivir, con la diferencia de que desea hacerlo más en el otro mundo que en éste.  La mal nutrición es una característica histórica de nuestros místicos occidentales.  Tanto es así que en nuestra cultura no encaja una persona que se califique de espiritual y esté obesa; sin embargo, en Oriente no es así, las imágenes de sus Budas rozan la obesidad en la mayoría de los casos, en contraposición con las de nuestros místicos, siempre enjutos y mal alimentados, cuando no martirizados.

Es importante reconocer que esta equiparación del ayuno con una sacrificada y heroica espiritualidad no es otra cosa que una herencia cultural sin apenas fundamentos lógicos, pues, cuando se estudia el fenómeno a fondo, uno se sorprende al comprobar que el ayuno es una benéfica función natural de los seres vivos (desnaturalizada, como otras muchas, en el ser humano).  Los animales cuando están enfermos dejan de comer, utilizan el ayuno como método curativo, no como instrumento de mortificación.  Cuando se deja de ingerir alimentos, el cuerpo inicia un proceso sanador difícilmente superable por otros métodos.  (Este proceso no tiene nada que ver con la anorexia o la bulimia que está afectando a nuestros jóvenes, el ayuno curativo del que estoy hablando se basa en las ganas de vivir con más salud, no en el hecho de morirse lentamente por ciertas obsesiones sobre nuestro aspecto).

Fue en los ochenta cuando hizo furor el ayuno entre las medicinas alternativas, se llegó a anunciar como una auténtica panacea para todo tipo de males, y gran número de médicos naturistas lo pusieron en práctica.  Para mi persona resultó ser una tentación, mi naturaleza enfermiza desde niño estaba pidiendo a gritos una solución que no me ofrecía la medicina oficial; y no dudé en ponerme en manos del ayuno dirigido por un especialista.  Antes me leí varios libros de entusiastas sobre el tema para informarme sobre este remedio curativo e hice pequeños ayunos de preparación.  (Tengamos en cuenta que, a pesar de que todo ser vivo utilice el ayuno para curarse, nosotros no estamos acostumbrados a comportarnos tan naturales como ellos).  Según los cálculos de los entendidos más fanáticos, cuarenta son los días que un ayuno tiene de durar para obtener sus mejores beneficios.  Así que, a los cuarenta y un años, aprovechando que estaba en el paro, me puse manos a la obra dispuesto a soportar cuarenta días a agua.

Como ya estaba acostumbrado a realizar ayunos cortos, ya conocía las incomodidades que se producen en los primeros días, y no tuve problemas para soportarlos.  Pero pronto mi vitalidad se vino abajo.  Al décimo día de estar a agua ya no podía apenas levantarme de la cama.  Mi cuerpo, para sobrevivir, a los diez días ya se había comido todas mis escasas reservas que mi habitual extrema delgadez le había proporcionado.  Pero, como ya me había convertido en un fanático defensor del ayuno, continué en mi empeño.  Reconozco que también existía en mí un anhelo por vivir esa experiencia de casi todos los grandes místicos tasada en cuarenta días sin comer, era como un número mágico que prometía un elevado desarrollo espiritual.  Pero, como sucede a menudo, solemos hacer las cosas al revés, pretendiendo conseguir una evolución interior haciendo algo exterior, cuando ese algo exterior se debería de realizar después de alcanzar el conveniente grado de evolución interior.

Aguanté veintidós días de un calvario lleno de esperanzas, sin otro alimento que agua.  Mi cuerpo no llegó a ser otra cosa que piel y huesos.  No sé muy bien que fue lo que me animó a interrumpir el ayuno antes de la fecha mágica, quizás fue el miedo a poner en peligro mi vida, o quizás fue la reprobación de mi familia, muy alarmada con mi extraño método de curación, pues cada día que pasaba me parecía más a un cadáver.  Fueron unos días en que al mismo tiempo que yo me debilitaba también se debilitaba conmigo mi entusiasmo por el ayuno, era obvio que mi caso particular no se parecía en nada a todos esos casos de entusiastas ayunadores de la literatura naturista, que podían pasarse sin comer cuarenta días haciendo vida normal; mi organismo no tenía reservas para ello.

La debilidad de los últimos días apenas me permitía levantarme para hacer mis necesidades de evacuar líquidos, para expulsar el agua que tomaba, porque sólido ya no me quedaba casi nada en las tripas.  Las sensaciones físicas eran muy desagradables, aparte de la debilidad, parecía que por mis venas corría estiércol en vez de sangre.  Así funciona el proceso de limpieza del ayuno: el organismo, a falta de comer, se empieza a comer a sí mismo, digiere las toxinas retenidas en los tejidos, en las vísceras y, sobre todo, en los intestinos; y éstas pasan a la sangre creando un gran malestar general, muchas veces confundido con la sensación de hambre.  Esto dura hasta que el ciclo se completa, dicen que a los cuarenta días los riñones terminan de filtrarlo todo y uno se queda como nuevo.  Yo no aguanté los cuarenta días, si voy más allá de los veintidós mi sistema digestivo hubiera empezado a comerse hasta mis huesos, pues era ya lo único que me quedaba.

Todo lo sobrellevé con la entereza del fanático creyente, ayudado por mis ejercicios espirituales que practicaba por aquellos años.  La experiencia mística me proporcionaba una vitalidad añadida, ese tipo de energía que nos parece llegada como regalo del cielo me levantaba en ánimo, incluso a veces me permitía levantarme de la cama, pero por poco tiempo.  El aspecto nutritivo y energético de la experiencia mística me quedó suficientemente demostrado, pero dudé que ese maná me permitiera permanecer durante cuarenta días sin comer, no me debía de sentir muy merecedor de semejante gracia, o sencillamente no era capaz de generarla.  O quizás flaqueé por los tentadores aromas culinarios que me entraban por la ventana de los asados del vecino de abajo, o pudieron ser también los sueños de sabrosos platos que mi subconsciente me pasaba por delante de las narices mientras dormía.  El caso es que al vigésimo segundo día decidí empezar a comer.  Llamé por teléfono al doctor en estas lides ―vivía en otra ciudad―, y me dio las instrucciones para romper el ayuno.  Había que hacerlo muy lentamente, en un proceso que debía de durar tanto como había durado el ayuno.  Y así comencé un segundo calvario casi tan duro como el anterior.   Los primeros días fueron a zumos o licuados de frutas.  Y, ¡sorpresa!, todavía quedaban sustancias sólidas desechables en mis intestinos, los caldos de frutas las hicieron correr por mis tripas, y sacando fuerzas de flaqueza (nunca mejor dicho) expulsé unos excrementos de un olor tan fétido que me recordaba a la peste que se produce cuando se remueven los sedimentos de las cloacas.  La limpieza había concluido.

No cabe duda que el intestino grueso es la cloaca de nuestro organismo, donde se mantienen sustancias en putrefacción durante años.  Bien conocen esto los cirujanos que les toca hurgar en el intestino grueso.  En el ayuno, al dejar de arrojarle basuras, se limpia de forma natural, difícilmente de superar por otro método.

Al cuarto día ya pude ingerir sólidos: trozos de frutas que me sabían a gloría; y para el sexto día ya podía comer de todo, pero con la condición de que fuera vegetal y crudo, para que los nuevos tejidos de mi organismo se formasen a partir de fibras vegetales vírgenes.  Yo agradecía la buena intención de aquel médico, quizás pretendía que yo tuviera un cuerpo cien por cien algodón; el caso es que, aunque mi organismo ya se había fortalecido un poco, pasé más hambre que en la primera fase del ayuno, por mucho que me preparase unas suculentas ensaladas variadas para mi sólo en la fuente que habitualmente se usaba para toda la familia.

Antes de concluir este segundo ciclo ―sería por el día dieciocho o veinte― llamé al doctor y le supliqué que terminase con mi calvario.  Sentado a la mesa con el resto de mi familia, mis ojos se iban detrás de los mendrugos de pan y de los cocidos, no podía remediarlo.  El doctor fue magnánimo y me conmutó la pena.  Desde entonces dejé de comer en plato, lo hice en cazuela, tenía un hambre insaciable, ingerir los alimentos me producía autentico placer, su aroma me embriagaba, el sólo hecho de llevármelos a la boca me deleitaba con un goce tremendamente sensual.  Un mendrugo de pan se me antojaba como un pastel exquisito.

El doctor me dijo que aquellas ganas de comer tan intensas me harían aumentar de peso; pero no fue así, recuperé el mismo peso que tenía antes: cincuenta kilos para una altura de uno setenta y cinco.  Esto me recuerda a tanta persona obesa que se pone a dieta, reduce su peso durante el tratamiento, y luego vuelve a donde estaban antes.  A mí me sucedió lo mismo.

Aunque los prometidos resultados del ayuno no consiguieron hacerme recuperar un peso normal, sí que me proporcionaron una vitalidad asombrosa.  Maravillado, me encontré con un nuevo cuerpo totalmente desconocido para mí, delgado como siempre, pero con una salud increíble.  Mi naturaleza enfermiza había desaparecido, y no dejaba de sorprenderme el nuevo estado de buena salud y el vigor del que hacía gala mi cuerpo.

Unos años antes del ayuno me hice vegetariano, y durante los años posteriores también continué con esta dieta, haciendo pequeños ayunos con la intención de mantener ese envidiable estado de salud.   Tanto es así que el ayuno se me convirtió en una adicción, en cuanto cogía unas vacaciones ya estaba aprovechando para dejar de comer, y de paso para dejar de existir, pues me quedaba en nada.  Fue necesario el paso de varios años para que despidiera el ayuno de mi vida, la debilidad que había de soportar cuando lo hacía ya no me compensaba los beneficios que obtenía de él.  Y a conclusión semejante debió de llegar la medicina naturista, el ayuno empezó a dejar de ser una de sus panaceas preferidas, se dijo que ahora los organismos de las personas, por consumir unos alimentos más desnaturalizados que en el pasado, y no ingerir los ricos nutrientes que alimentaban a nuestros abuelos, no disponen de las reservas nutritivas necesarias para emprender un ayuno con éxito.  Menos mal que yo lo suspendí a tiempo, sino es posible que ahora no lo estuviera contando.

De todas formas, estoy agradecido al ayuno, hasta hoy en día estoy disfrutando de una salud envidiable.  Para mí sigue siendo una terapia muy seria de curación.  Aunque ya no la practico de forma estricta, ahora reduzco la cantidad de alimentos cuando no me encuentro bien, pero sin llegar a ayunar.

Para quienes estén interesados en el ayuno sin correr grandes riesgos, es muy recomendable, e incluso considero imprescindible, realizarlo en clínicas destinadas para ello.  Y si uno está dispuesto a realizar experimentos por su cuenta sin correr peligro, la forma de mejor hacerlo es reduciendo la cantidad de comida diaria por cortos periodos de tiempo, prescindiendo de la cena, por ejemplo; o, si uno es carnívoro, puede pasarse al vegetarianismo por unos meses; pero, en un caso o en otro, siempre a poder ser bajo vigilancia médica, no vaya a ser que en vez a terminar con un organismo limpio y lleno de vitalidad, acabemos anémicos.

Y para los más obstinados en limpiarse por su cuenta, que estén pensando en ingerir alimentación exclusivamente cruda vegetariana o a base de licuados de frutas y caldos de verduras, sólo advertirles que este tipo de alimentación puede realizar una limpieza excesivamente rápida, haciendo que un exceso de toxinas pasen a la sangre y provoquen un colapso en los riñones, y acaben en Urgencias en un mar de dolores, terminando de malas maneras en manos de un médico por no habernos puesto en sus manos antes.

Digo esto porque el ayuno forma parte del folklore de muchas sectas, donde alegremente te dicen lo que has de comer, cómo has de vestir y cómo has de vivir.  Si uno quiere hacer experimentos con su cuerpo, adelante, pero no está de más hacerse un sencillo análisis de sangre de vez en cuando, si hace falta a escondidas para que no se enteren los dirigentes de la secta y puedan reprocharnos el poner en duda la maravillosa forma de vivir en ayuno que nos están ofreciendo.  Si sus promesas de buena salud son ciertas, los análisis nos lo confirmarán; y, si no lo son, podremos actuar en consecuencia.

RENACER A UNA NUEVA VIDA

Las sectas más radicales, siempre seguras de la efectividad de sus enseñanzas únicas e insustituibles, nos invitarán a desaprender todo lo que hemos aprendido en la escuela de la vida, convenciéndonos de que no nos sirvió de nada excepto para hacernos sufrir.  Estas enseñanzas tan derrotistas suelen encajar con las expectativas de los alumnos, pues quien llega a una secta de este tipo suele albergar una cierta predisposición a abandonar la forma de vida que llevaba, de la que probablemente lleve tiempo muy harto.  Aunque, por muchas ganas que uno tenga de cambiar de vida, podemos quedar muy sorprendidos al observar hasta donde son capaces este tipo de organizaciones de reorganizarnos la totalidad de nuestra existencia.

Dispuestas a cambiarnos el vivir, en estas sectas nos cambian hasta la fecha de nacimiento.  Nuestro pasado corresponde a otra vida que ya es agua pasada, sin importancia; incluso en algunas sectas nos asegurarán que antes de conocerles a ellos estabamos muertos, éramos zombies, muertos vivientes, como lo son todos aquellos que no pertenecen a la secta, única luz de vida.  Por lo tanto urge la necesidad de realizar un ritual de renacimiento que marque claramente desde cuándo empezaremos a vivir.  La fecha en la que recibiremos la importante iniciación será nuestro nuevo cumpleaños, y nos convertiremos en bebés recién nacidos a la nueva vida.  Y a partir de entonces todos los cambios se sucederán en un suma y sigue sin fin.  El bebé, nosotros (aunque hayamos pasado de los cuarenta), también necesitaremos un nuevo bautismo, pues resulta obvio que, aunque ya hayamos sido bautizados, aquel bautismo no nos sirvió de nada.  También necesitaremos una nueva familia, pues la nuestra, si no está integrada en la secta, ya no nos sirve para nuestros nuevos propósitos celestiales.  Se nos dará un nuevo padre o una nueva madre, que podrán ser padrino o madrina, y también se nos darán nuevos hijos o ahijados; pero eso será cuando crezcamos un poco más y nos hayamos casado de nuevo.  Porque, como era de esperar, si ya estamos casados, nuestro antiguo matrimonio fue un sacramento, que al no estar bendecido por su iglesia, doctrina o gurú de turno, no fue real en absoluto; tanto es así que no necesitaremos divorcio alguno para casarnos de nuevo.  Naturalmente, la nueva boda habrá de realizarse con otra persona, miembro de la secta a poder ser, pues solamente se pueden unir miembros de un mismo mundo, y las personas que no pertenecen a la secta son de un mundo aparte.

No nos podemos hacer ni idea del tremendo surtido que existe de bautizos, comuniones, bodas y entierros.  Los hay para todos los gustos, y aunque son rituales que sólo se suelen dar una vez en la vida, uno puede vivirlos varias veces con sólo cambiar de secta.  Excepto, claro está, el ritual del entierro, ese sólo lo podremos recibir una vez; porque las sectas nos cambiarán todo, pero el día en que dejemos de respirar, ese difícilmente nos lo cambiarán después de haber expirado.

Los rituales más frecuentes que se realizan en el mundo de las sectas son aquellos que invocan a sus deidades.  En el seno del Cristianismo tenemos  las misas, evocaciones de aquella última cena invitando a la permanencia entre nosotros a la divinidad cristiana.  Sabido es la enorme cantidad de vías de realización cristianas que existen hoy en día, pues bien, en ellas, las misas se unen al repertorio colorista de bautizos, bodas y entierros, y, aunque se utilice siempre pan y vino para realizarlas, las formas en que se llevan a cabo son tremendamente diferentes entre sí.  Y en el seno de las sectas de origen no cristiano, las cosas no son menos diferentes.   Dan la sensación de que se ha cambiado realmente, pues tanto los cielos, los dioses y los demonios no son los mismos, pero seguro que tienen rituales semejantes a la misa, donde se invoca al dios o a los dioses, y también tendrán iniciaciones semejantes al bautismo, bodas exóticas, etc.

Todos estos cambios de rituales dan la sensación a la persona sectaria que ha cambiado realmente, pero uno se suele comportar de la misma forma con su pareja ya se haya casado de verde o de azul.  Lamentablemente se sigue siendo el mismo aunque uno vista diferente o su bautismo haya sido bendecido por un dios u otro.  Cambiar de nacimiento, de bautizo, de bodas o entierros, no nos cambia a nosotros ni a las profundas directrices de nuestra vida.  Lo único que conseguimos es cambiar unos rituales enraizados en nuestra sociedad por otros nuevos o de otros países, revolucionando un costumbrismo social de siglos.  Pero no esperemos de esos cambios profundas transformaciones en nuestra vida; en ese sentido, lo más probable, es que para lo único que nos sirvan es para acabar dándonos cuenta, al cabo de los años, de que no nos sirvieron de nada.

DIFERENTES FORMAS DE MEDITAR

La meditación es la enseñanza primordial, la más importante, la más famosa y a la vez la más secreta de la mayoría de las sectas.  Tanto es así que al estudiante primerizo le gusta presumir de que ya sabe meditar porque en las primeras clases de su primera escuela esotérica le enseñaron una sencilla técnica de concentración, sin saber que bajo la palabra de meditación se acogen innumerables formas de aplicar nuestra atención, de ejercitar nuestra mente y de experimentar, muy diferentes entre sí; y algunas tan difíciles de aprender que exigen años y años de práctica para conseguir su dominio.  Según la vía espiritual que se siga, la religión que se practique o, en definitiva, según la secta a la que pertenezca, la forma de meditar variará enormemente de unos casos a otros.  Y, claro está, cada secta presume de poseer la auténtica meditación, la que produce los efectos más beneficiosos y la que fue revelada por las deidades para que el hombre ponga su atención en ella y ensimismado alcance el cielo.

En Occidente se entiende por meditar a razonar sobre una idea, a darle vueltas, batiéndola y exprimiéndola hasta sacarle jugo.  Pero, en esoterismo, el nombre de meditación encierra multitud de actitudes mentales muy diferentes a nuestra vieja costumbre de discurrir sobre algo.

El primer giro más importante que dimos a la función de meditar fue cuando los orientales nos enseñaron que teníamos un tercer ojo, y nos dio por llamar meditación a todos los ejercicios destinados a intentar ver con él.  Pero, como con ese ojo de la mente la mayoría de nosotros llegamos a ver muy poco, después empezamos a imaginarnos las cosas que queríamos ver, imaginaciones que terminamos llamando meditaciones, también llamadas visualizaciones, para distinguirlas de las otras formas de meditar.

Pero la principal importación de Oriente fueron los mantras, extraños sonidos, palabras mágicas de idiomas muertos, invocatorias de las energías de los dioses, que repetidas hasta la saciedad dicen que producen unos efectos muy beneficiosos.  (En Occidente ya los conocemos, aunque nunca los hemos llamado así, son esas plegarias o alabanzas que se repiten insistentemente en muchos de nuestros rezos).

El mantra por excelencia es aquél que pronuncia la palabra sagrada y secreta del nombre del supuesto dios infinito, del único; entonces su repetición se convierte en una constante llamada al altísimo; ejercicio que si conseguimos mantener durante días, semanas, meses o años, al final, por pesados, parece ser que el señor de los cielos nos termina abriendo las puertas del paraíso.  La pena es que no se ponen de acuerdo ni en el nombre ni en los apellidos del supuesto único rey de los cielos, cada religión o escuela esotérica lo llama de una manera; y utilizan con gran secreto y cuidado lo que cada una considera el auténtico nombre de dios, la palabra sagrada que lleva al devoto a la presencia del altísimo.  No voy a hacer una recopilación de todos los nombres del dios supremo que he llegado a conocer, primero porque no lo considero necesario, y segundo porque seguro que todavía me faltarían bastantes por nombrar.  (Incluso hay quienes aseguran que el auténtico nombre de dios es impronunciable).  Conque el paseante por los ambientes sectarios sepa, cuando le desvelen el gran secreto del auténtico y único nombre de dios, que hay otros nombres que también se ofrecen igual, es suficiente.  Hay tantos nombres del supremo altísimo que da la sensación de que se trata de varios dioses en vez de uno sólo.  Y si es cierto de que se trata de un único dios, como afirman los defensores de cada uno de los nombres, menuda faena, pues con tantos nombres sería una pena pasarse media vida llamando a Juan cuando en realidad se llama Pedro.

De todas formas, tanto quienes defienden un nombre sagrado u otro, aseguran que son contestados por su adorada deidad.  Y es que la fe unida a la devoción hace milagros, es capaz de, se crea lo que se crea, generar una exquisita atmósfera sagrada, garantía de una gozosa meditación, pues la meditación en su forma más elevada es una auténtica oración, un ensimismamiento en el aspecto divino.  La auténtica oración no es un monólogo con uno mismo o un diálogo de sordos con quien no sabemos si nos escucha, sino que implica un contacto experimentado con la deidad a la que nos estamos dirigiendo, y por lo tanto una meditación contemplativa en su divinidad.

Pero, no todas las meditaciones tienen propósitos tan supremos, pueden llegarse a practicar extraños ejercicios meditativos que nos hagan caminar en dirección contraria a donde deberíamos ir.  Tal es el caso de quienes usan la meditación para proyectar su energía mental en oscuros intereses, hundiéndose más en la miseria humana de la que precisamente están intentando alejarse.  La meditación también podríamos definirla como un pensamiento, actitud, o atención mantenida en la conciencia; y si los intereses que nos mueven a realizar esa concentración de energías son de origen pasional, como por ejemplo los celos o una desmesurada ambición o ira, cosecharemos de estos ejercicios las miserias que todos ya conocemos.

Las visualizaciones adquirieron su fama porque se anunciaron como un método ideal para conseguir propósitos, sean de la clase que sean; pero pronto se dieron cuenta los profesionales de la visualización de que los intereses que persiguen los propósitos son fundamentales para la armonización interna de los individuos.  Y por ello descartaron de sus meditaciones todo propósito que no fuera honesto y de servicio a la Humanidad.  Y ahora tenemos al aficionado a las visualizaciones, enfrente de su pantalla blanca imaginada, proyectando películas de bien para él y para todos los demás; cuidando siempre no convertir su meditación en una película de vaqueros donde siempre hay un malo que acaba muriendo, produciéndose así un crimen virtual que, según dicen, puede influir en la realidad, lo que transformaría la meditación en un asesinato.

Yo, personalmente, dudo bastante de este tipo de influencias.  No vamos a negar que nos encontraríamos mejor en un mundo donde no hubiera pensamientos perversos, pero éstos siempre han sido mantenidos en las mentes de las personas resentidas con la misma fuerza y persistencia que lo pueda hacer un aficionado a la meditación, y nadie por eso se cae muerto.  De todas formas se agradecen los buenos deseos que los modernos meditadores de la visualización, es de suponer que sus proyecciones de luz, de amor y de colores rosas sobre nosotros, nos harán más bien que mal (si es que llegan a hacer algo).

Y para el listillo que quiera sacarle un provecho personal a este tipo de meditación, imaginándose, por ejemplo, cada mañana en brazos de la chica de sus sueños (algo que se ha hecho siempre, aún cuando no se sabía que se estaba meditando), sólo decirle que ―según dicen los expertos― los efectos suelen tardar bastante en producirse, y, si tardan demasiado, es posible que la chica de sus sueños termine yéndose con otro que no haya perdido tanto el tiempo como él soñando.

Otro método de meditación consiste en concentrarse en aquellos puntos del cuerpo que se consideran centros de energía vibratoria, éstos son los chacras ―otra importación oriental―, centros resonadores de energía corporal, a los que dedicaremos el capítulo siguiente.  Existen centros inferiores, los de abajo, claro está, y otros superiores, el del corazón y los de la cabeza; y, según se desee estimular o escudriñar unos u otros, la concentración se dirigirá al lugar correspondiente.  Si, por ejemplo, deseamos estimular el chacra del sexo, llevaremos nuestra atención allí.  Esto lo sabemos hacer todos, de esta forma, la bioenergía, que siempre se dirige allí donde ponemos nuestra atención, va poniendo en marcha nuestra sexualidad, el chacra se comienza a estimular y de paso nosotros también, la bioenergía estimula los nervios y los músculos, y estos nos ayudarán a llevar a efecto la actividad correspondiente en sintonía con la activación del chacra.  La mente también nos acompañará con sus buenas ideas y fantasías sexuales poniéndose en sintonía con la actividad.  Si seguimos con la empresa adelante, echando más leña al fuego, nuestro placentero chacra continuará aumentando de radiación hasta llegar al clímax, momento en que se encenderá por completo en un orgasmo de plenitud energética.

Este sencillo ejemplo, por todos conocido, nos da una idea de lo que es un chacra y de lo que es la bioenergía.  Además del centro sexual, los orientales nos dicen que tenemos bastantes más chacras, todos dormidos, sin despertar; de hecho, la mayoría sólo conocemos funcionar en plenitud al sexual, el único que se nos enciende plenamente.  (De ahí que lo utilice muy a menudo como ejemplo).  Si deseamos tener ejemplos de plenitud de otros centros como el de nuestro corazón o el del tercer ojo, habremos de recurrir a los grandes místicos para observar en ellos como su pecho se enciende en éxtasis de amor, a la vez que tienen visiones celestiales a través del ojo de la mente.  En los enamoramientos también entra en funcionamiento el chacra del corazón.

No se a quién se le ocurriría la feliz idea de suponer que si uno se concentra en algún chacra inactivo, éste acabaría poniéndose en marcha al recibir la energía de nuestra atención; quizás se supuso por pura deducción lógica: si el sexual se estimula así ¿por qué no iba a suceder lo mismo con los demás?  El caso es que muchos de nosotros estuvimos meditando en los chacras superiores, concentrándonos en el respirar de nuestros pulmones, en el tercer ojo o en la coronilla, sin que por ello se nos encendiese la clásica aureola que llevan las estatuas de nuestros santos.  Conseguimos una concentración de energía allí donde nos concentrábamos y algún que otro dolor de cabeza.  Pero claro, como se decía que el despertar de los chacras era doloroso, nadie se quejaba.  Hoy entiendo la barbaridad que hicimos algunos, y que todavía se sigue haciendo.  Doy gracias por no haberme quedado peor que estaba.

Los chacras superiores son centros de energía muy delicados, que necesitan de una energía muy sutil para funcionar y que nosotros no disponemos.  Cuando nos concentramos en ellos, no hacemos sino acumular unas cargas energéticas que pueden resultar muy perjudiciales para esos plexos nerviosos.  Intentar despertarlos de esta forma es como intentar hacer funcionar el chip de un ordenador enchufándolo directamente a la corriente de los enchufes de la casa.  Un chip necesita de una suave corriente especial de elevada frecuencia para que funcione correctamente, y algo semejante sucede con nuestros chacras superiores.

Por ello resulta esencial primero disponer de esa energía para después empezar a meditar adecuadamente.  Y aquí es cuando entran en escena las secretas iniciaciones.  La energía de alta vibración es un tesoro guardado celosamente por los maestros de lo esotérico, y que solamente entregarán a los discípulos elegidos.  Es por contagio vibratorio como el maestro transmite a su discípulo la energía necesaria para que éste comience a meditar.  En las sectas orientales es tradicional que el gurú adopte el papel de transmisor de esa esencia, él es la piedra central sobre la que gira toda la actividad de la secta, es la encarnación divina.  Sus facultades como despertador de la Humanidad le fueron transmitidas del anterior gurú de la secta antes de su fallecimiento.  De esta forma, a través de generaciones, se transmite de una a otra la enseñanza;  lo que un gurú ha conseguido elevar la vibración de sus chacras se lo transmite a su sucesor, y así van acumulando una calidad energética personal a través de las generaciones, envidiable para otro tipo de enseñanzas esotéricas.  Cuando, después de aburrirme de intentar por mi cuenta despertar mis chacras superiores, acudí a un gurú, y éste me transmitió su enseñanza, estuve varios años sin salir de mi asombro, disfrutando de la dichosa caricia vibratoria que mis chacras superiores emitían.

Pero no pensemos en meter en el mismo saco a todos los gurús, son todos ellos diferentes, transmiten una vibración diferente cada uno y sus doctrinas son muy distintas entre sí.  Las vibraciones superiores adquieren matices personales en cada uno de ellos, así como la interpretación esotérica de la experiencia que transmiten cada uno la realiza a su gusto.  El buscador entusiasta de este tipo de enseñanza va de gurú en gurú como si fuera de mina en mina, buscando el diamante más preciado.

Este tipo de iniciaciones pueden ser transmitidas también por maestros no orientales o por alguna presencia divina invocada.  También por el sencillo hecho de ponernos a meditar en un grupo se nos contagia la elevada vibración que en la reunión se puede producir.  Pero no pensemos que la transmisión de las vibraciones nos va a dar la solución para nuestro crecimiento espiritual, porque en este tipo de contagios también se transmiten enfermedades, espirituales naturalmente.

Los más asépticos prefieren no meditar en nada para no contagiarse de nada, por lo tanto eligen meditar en la nada.  La meditación Zen está tomando auge en los últimos tiempos.  Importada de Japón nos enseña a vaciarnos de toda la paja que hay en nuestra mente y a alcanzar el vacío iluminador.  Probablemente el éxito en la actualidad de esta forma de meditar esté fundamentado en el alivio que le supone al hombre moderno vaciarse de tanto movimiento mental como nos produce la vida moderna.  Yo apenas la he practicado y no puedo hablar con propiedad sobre ella.  Si se desea más información, en las librerías hay gran cantidad de textos que nos hablan del Zen, y seguro que en nuestra ciudad tenemos algún centro donde se practica esta meditación.  Reseñar también que el Zen alcanzó su fama no por su especial forma de meditar sino por los Koan, preguntas que los maestros Zen hacen a sus discípulos y que les exige una respuesta venida de más allá del intelecto común; el esfuerzo por encontrar la solución al problema planteado por la pregunta dicen que conduce a la iluminación.  Este reto intelectual se hizo muy popular en Occidente allá por los años setenta.  Pero, como suele pasar en estos casos, la popularidad de una novedad espiritual no se mantiene sino aporta beneficios reales.  Y los Koan, a pesar de su llamativo método de pretender llevarnos a la luz, me temo que no encajaron debidamente en el occidental.  Habitualmente tenemos demasiados problemas en la cabeza, añadirnos uno más y dedicarle la intensa dedicación que exigen los Koan para obtener de ellos un beneficio, nos resulta poco menos que imposible.

Y ya para concluir este capítulo hablaremos de la meditación intelectual, del desarrollo de la inteligencia que habremos de necesitar para movernos por estos mundos de dios.  Ésta es nuestra tradicional forma occidental de meditar, de rumiar los conocimientos y de digerir las enseñanzas, de integrarlas en nuestro saber.  Se trata de desarrollar esa luz de sabiduría especial que necesitaremos para entender y para actuar correctamente.  En Occidente estamos acostumbrados a este tipo de meditación, fuimos adiestrados en ella desde niños en las escuelas; el estudio de las ciencias, incluidas las ciencias humanas, desarrolló nuestra capacidad inteligente muy por encima de los países subdesarrollados donde los niños no pueden ir a la escuela.  Pero este adiestramiento lo recibimos en casi todas las dimensiones de la vida excepto en el nivel religioso.  Nos impusieron los dogmas de fe de la religión oficial del país al que perteneciéramos en la infancia a todos aquellos que recibimos educación religiosa.  Estudiamos ciencias, pero no estudiamos religiones, estudiamos una sola religión; fueron los sacerdotes de una religión totalitaria quienes nos transmitieron la doctrina de ésta sin darnos oportunidad a expandir nuestra inteligencia en la inmensa gama de opciones inteligentes que el estudio religioso permite.  En una palabra: fuimos adiestrados para desarrollar nuestra sabiduría en las ciencias, (y ahora podemos observar los grandes logros obtenidos en su seno), pero no fuimos adiestrados para desarrollar nuestra inteligencia en los niveles espirituales, (ante la imposición del dogma de fe nuestra inteligencia no sirve de nada), y ahora podemos ver el gran fracaso espiritual de nuestro mundo excesivamente materialista, y los poco afortunados intentos de las sectas por solucionarlo.

Fracaso que no viene exclusivamente producido por los errores en sus doctrinas.  La causa más importante del fracaso espiritual sectario es la actitud totalitaria que adoptamos cuando nos integramos en las sectas.  Somos capaces de cambiar de enseñanzas espirituales pero no somos capaces de cambiar nuestra actitud frente a ellas.  Adoptamos la misma postura totalitaria e intransigente del dogma de fe, que nos enseñaron en las escuelas, para desenvolvernos en la nueva vía de realización espiritual.  Resulta relativamente fácil cambiar las enseñanzas que aprendimos de pequeños, pero nuestra actitud frente a ellas, el patrón de comportamiento frente a un estímulo aprendido durante la infancia, resulta muy difícil cambiarlo.  Seguro que habrá personas que excepcionalmente se comporten de manera diferente ante las enseñanzas espirituales, pero la mayoría de nosotros tendemos a dogmatizar estas enseñanzas o a rechazarlas, y por ello habremos de realizar un esfuerzo excepcional para evitarlo.

Una buena manera de alejar los dogmatismos o los rechazos del fenómeno religioso en las futuras generaciones, sería incluir la asignatura de “Religiones” en las escuelas y universidades.  Sería sumamente enriquecedor un aula por la que pasasen todo tipo de sacerdotes, predicadores, gurús y sanadores.  Y no habría que preocuparse por que se pudieran volver locos nuestros hijos, tengamos en cuenta que la mayoría de las enseñanzas más fanáticas e intransigentes, que pudiera inculcarles un exaltado maestro espiritual, se quedarían en nada al día siguiente cuando escuchasen las enseñanzas de otro maestro de la doctrina contraria.  Así aprenderían también los maestros a corregir sus extremismos para evitar el ridículo.  El mayor problema estribaría en conseguir maestros de todas las enseñanzas más importantes, pues muchos de ellos se negarían a compartir el aula con la competencia.

No deberíamos de descansar hasta que desaparezcan todos los tabúes de la espiritualidad y nuestra inteligencia quede libre en ese nivel.  Si pudiera existir algún riesgo creo que merecería la pena arriesgarse.  Los principios del despertar de las ciencias también fueron tormentosos: en el pasado, el mundo científico estuvo lleno de grandes temores y de fanatismos, pero ahora ya superados, estamos disfrutando de sus beneficios.  Y no creamos que el carácter inmaterial del alma humana es un impedimento para estudiarla científicamente.  Las ciencias en sus profundidades son tremendamente místicas, y ello no nos ha impedido evolucionar en su seno, para ello sólo tuvimos que esforzarnos en ser más inteligentes y romper las barreras de los tabúes que las encerraban.  Algo que considero está empezando a suceder ya en los niveles espirituales, el tormentoso y agitado mundo de las sectas modernas no es sino producto de ese despertar de nuestra inteligencia al mundo espiritual, son los últimos coletazos de una milenaria pesadilla que estamos abandonando, pues el sentido común acabará imponiéndose a los extremismos totalitarios, tal y como sucedió en los ámbitos científicos.

Mientras tanto, habremos de buscar por nuestros desvanes interiores a esa inteligencia abandonada durante milenios, a ese entendimiento dormido durante tan largo sueño.  Meditemos sobre ello, invoquemos su presencia en nuestra mente, invitemos a nuestra sabiduría del alma a ejercitar sus funciones.  Una ayudita no nos vendrá nada mal, a mí para continuar escribiendo este libro, y a usted, amable lector, para continuar entendiéndolo.

LOS CHACRAS

Son las flores de loto de nuestro cuerpo ―dicen los orientales―, con sus pétalos abiertos en un derroche de belleza en la persona desarrollada espiritualmente, y cerrados, todavía en capullo, en la mayoría de nosotros.  Definición oriental que nos da una idea de lo delicadas que resultan estas flores del alma.  Nuestros jardines espirituales son de tan delicada sensibilidad que una inexperta manipulación puede causar más daños que beneficios.

De verdad que no deseo ser un aguafiestas: ya avisé desde el principio que este texto tiene como una de sus funciones primordiales avisar de los peligros y engaños que nos podemos encontrar por los caminos de la espiritualidad; me siento en la obligación moral de informar sobre toda manipulación sospechosa de producir daños en las personas, así como de todo aquello que se anuncia como una panacea y no ofrece lo que promete.  Por supuesto que estas opiniones están realizadas bajo mi punto de vista, avaladas por mi experiencia personal y por mis observaciones en los demás. Naturalmente, me puedo equivocar.  Pero si observo ―bajo mi punto de vista― un peligro o un engaño que afecta a las personas, me siento en la obligación de informar sobre ello, al menos hasta que alguien me convenza de lo contrario.

Hago esta aclaración porque está muy de moda trabajar en los chacras de multitud de formas, ya sea concentrándonos en ellos, con imposición de manos, colocándoles piedras, colores, etc.  Y a pesar de que me juego mi prestigio al desmerecer algo que está tan en boga, he de advertir de la inutilidad, y en muchos casos de la peligrosidad, que implica este tipo de manipulaciones.

La bioenergía es una sutil corriente de tipo eléctrico que circula por nuestro cuerpo por una serie de conductos, llamados en yoga nadis.  Un ejemplo de esa energía lo tenemos en los escalofríos, esas pequeñas descargas que todos percibimos; y otro ejemplo lo tenemos en los orgasmos, auténticas explosiones bioenergéticas.  Pero, de la misma forma que no somos conscientes del circular de nuestra sangre por nuestras arterias, venas y músculos, tampoco somos conscientes de las sutiles corrientes que circulan por los nadis ni por los chacras.

La cámara kirlian nos ofrece la única prueba fotográfica de esta energía, los efluvios que capta saliendo de todo organismo vivo bien pueden corresponder a la bioenergía de la que estamos hablando.  El conjunto de estas radiaciones emitidas por los seres vivos forman el aura, una especie de globo personal que nos envuelve y que, según nos dicen los videntes, adquiere diferentes tonalidades según las personas.  Existen sanadores que aseguran trabajar sobre el aura; prácticamente es lo mismo que trabajar sobre los chacras, ya que el aura es el conjunto de radiaciones emitidas por éstos.

El conocimiento de todo este entramado energético ha supuesto una revolución cultural en nuestra civilización.  Ya es natural oír hablar de aquellas personas que tienen buenas o malas vibraciones.  Y es corriente que muchas personas se decidan a trabajar en sus vibraciones o en las de los demás.

Existe abundante información sobre el tema, y, para no perder la costumbre de falta de acuerdos, se anuncian varias formas de trabajar con los chacras, proclamadas cada una de ellas como inmejorables.  Y, no sólo eso, también se aprecian importantes diferencias en la ubicación de los chacras, según estudiemos un libro u otro de diferentes autores.

En otras ocasiones que he hablado de desacuerdos no he podido aclararlos ni ponerme a favor de una u otra postura.  En este caso no es así, bien pudiera determinar la ubicación exacta de cada uno de los chacras de nuestro cuerpo, pero no voy a hacerlo.  Basta que se anuncie la peligrosidad de concentrarnos en ciertos puntos de nuestro cuerpo bioenergético para que la insana curiosidad nos lleve a hacerlo.  Considero hasta beneficioso el que se cometan errores a la hora de ubicarlos en nuestro organismo, de esta forma no serán manipulados y así no se correrán riesgos.

Podría comparar, sin riesgo a equivocarme, las manipulaciones que se realizan en los chacras con las manipulaciones que se realizaban, en el seno de la medicina, en el sistema nervioso hace un siglo, consideradas auténticas salvajadas hoy en día.

Hace bastantes años, en mis comienzos, realizando ejercicios de introspección en mi cuerpo, fui tomando conciencia del intrincado enramado de los circuitos energéticos que recorren nuestro organismo y de los centros motores conectados a él.  De forma accidental, guiado por los libros de yoga que empezaron a llegar a las librerías en los inicios de los setenta, desperté una serie de energías que después no pude controlar.  Sumergido en profunda meditación, manipulé el delicado equilibrio de mi sistema energético, rompiendo, sin proponérmelo, una cierta válvula de contención energética.  No tenía otra intención que la de fortalecer mi enfermizo organismo, invoqué la energía y ésta llegó a mí a raudales; lo malo es que después no supe que hacer con ella.  Sufrí unas fuertes crisis nerviosas.  Siempre hay que tener presente, cuando deseemos añadir algo a nuestra personalidad, que ese algo ha de integrarse en nosotros.  Es mejor buscar las razones por las cuales nos falta ese algo que intentar chutarnos lo que nos falta así por las buenas, a lo bestia.  Me hice tanto daño que estuve durante años asustado, sin encontrar solución para mi mal.  Los textos más sabios de aquellos libros que estaba estudiando me recomendaban como única solución a mi problema que me pusiera a rezar.  Gracias que apareció en mi vida un gurú que empezó a equilibrar mis destrozadas energías interiores, y mi jardín interno pudo florecer de nuevo.  Por supuesto que después de esto me convertí en un ferviente seguidor suyo, en un fanático de su secta; y lo consideré como la única encarnación del dios supremo aquí en la Tierra.  No me avergüenza decirlo,  las circunstancias y mi nivel cultural de aquel tiempo propiciaron que así lo viviera.  Hoy contemplo a ese maestro como contemplaría a un doctor que me salvó de acabar destrozado y al que le estoy muy agradecido.

La forma más elevada de manipulación de los chacras es la que realizan los gurús, llevan miles de años trabajando en estas flores de loto.  La cultura oriental nos lleva mucha ventaja en esta dimensión, la sola presencia de estos maestros orientales ya abre los pétalos de nuestros centros superiores, y las meditaciones en las que ellos inician a sus adeptos son una autentica delicia.  Cuando uno experimenta esto comprende que tengan tantos seguidores.

Pero aun así hoy no puedo aconsejar este tipo de meditaciones como solución a todos nuestros males.  El ser humano es una totalidad que podemos descomponer en muchas partes; pretender arreglar un todo trabajando sólo en una parte es absurdo.  Podemos sanar aquello que está enfermo, pero si no evitamos la causa de la enfermedad volveremos a ella.

El descubrimiento de los chacras, como todo descubrimiento esotérico, pareció ofrecernos la solución a todos nuestros males, pero estos centros de radiación, todos los canales que los unen y los alimentan, y el aura que generan, no tienen más importancia que nuestro sistema nervioso, circulatorio o respiratorio.  Son todas ellas partes de un todo que somos nosotros.  Anunciar que la felicidad la vamos a conseguir manipulando en los chacras, es como anunciar que podemos alcanzarla manipulando nuestros nervios, nuestro corazón o nuestro pulmones.  Si tenemos un mal en alguna de estas partes y podemos curarlo ¡fantástico!, pero como no lo atajemos en su origen volveremos a padecerlo.

La mayoría de los orígenes de nuestros males están en nuestra propia mente, en el programa del ordenador que dirige nuestro comportamiento, que dirige nuestra vida, en nuestros sentimientos, en nuestras emociones, pasiones, goces y frustraciones.  La forma en la que vivimos es el resultado del programa mental de nuestro ordenador personal, de nuestra mente; ella envía ordenes al cuerpo sutil bioenergético, se ponen en marcha los chacras correspondientes a la actividad ordenada, estos estimulan a los nervios que les corresponden, ―pues cada chacra se corresponde con un plexo nervioso―, y los nervios a los músculos, y así obtenemos la actividad.

Por consiguiente, son los hábitos de nuestro programa personal los que auténticamente gobiernan todo nuestro sistema.  Es inútil pretender activar un chacra destinado a unas funciones no programadas en nuestro repertorio de aptitudes.  Podemos llegar a evocar memoria inconsciente de dicha actividad y estimularla un poco, pero pretender que esa actividad se imponga en la persona, con sólo apretar un botón, es absurdo.  Incluso esa manipulación del chacra, esa apertura forzada y su radiación emitida, suele ser interpretada por nuestro sistema cibernético como una injerencia de un cuerpo extraño, y generarse un rechazo, una resistencia a esa nueva vibración que pretende imponerse de forma no natural.

He visto a personas ―en las que me incluyo― esforzarse tremendamente para alcanzar elevados estados de meditación, estar horas entonando mantras o concentrándose en los chacras superiores para intentar estimularlos, sin apenas conseguir nada.  Y cuando esta experiencia les es facilitada por un gurú ―por ejemplo― y la tienen al alcance de la mano, entonces surgen todo tipo de extraños impedimentos para mantenerse en ella.  Es como si pudiésemos estar buscando la felicidad durante todo el tiempo que queramos, pero, si llegamos a encontrarla, mantenernos en ella por largo tiempo resulta muy dificultoso.  La atmósfera sagrada levanta intensas polvaredas de lo más profundo de nuestra mente dificultando la visión del camino que deberíamos de seguir.  También puede detenernos el sueño producido por la tranquila y dulce vibración que emiten los chacras superiores, caricias que hacen caer dormido al más disciplinado buscador antes de alcanzar el despertar que lleva años buscando.

Y es que los caminos que recorremos los buscadores espirituales están llenos de bromas propiciadas por nuestra ignorancia.

EL YOGA

Cuando tenía ventiún años, mientras cumplía el servicio militar, me abordó una enfermedad infecciosa que de poco acaba conmigo.   Los estafilococos invadieron mi débil organismo reduciéndolo a huesos, piel y pus.  Había temporadas que mi cuerpo albergaba hasta diez diviesos, que como pequeños volcanes en incesante erupción purulenta, me causaban fuertes dolores y la imposibilidad de descansar, pues no había forma de dormir sin estar apoyado sobre alguno de ellos.  Las fuertes dosis de antibióticos que me suministraban conseguían frenar temporalmente el avance de las bacterias infecciosas; pero, en cuanto pasaban sus efectos, volvía la enfermedad con más fuerza.  Mi poca vitalidad estaba siendo reducida a nada por la fuerte medicación.  Me encontraba en un círculo vicioso que en espirales me estaba llevando lentamente al otro mundo.  Los médicos me pasaban de uno a otro sin saber que hacer conmigo.  No había forma de detener el avance de la enfermedad.

No obstante, en el nivel espiritual, recuerdo aquella época como una de las más felices de mi vida.  Mis sentimientos místicos se movían al estilo más puro y duro cristiano.  Sentía un fuerte amor por Jesucristo.  Vivía el dolor como una fuerte expiación que me acercaba a dios, y la proximidad de la muerte me llenaba de gozo, pues por fin iba a conocer al ser amado.  Me identificaba totalmente con los santos mártires.  Mi sufrimiento era un feliz padecer, el amor que sentía superaba el malestar de los dolores.

Fue en aquel tiempo cuando apareció el yoga en mi vida.  Una mano amiga me dio un libro asegurándome que en él podía encontrar la curación.  Una rápida lectura del texto ya me hizo intuir que aquella especie de medicina oriental podía acabar con mis males y, de paso, con mis goces místicos relacionados con el dolor y con la proximidad de la muerte.  Recuerdo que tuve que esforzarme por decidir si aplicarme o no aquellas terapias curativas.  Al final cambié la gozosa idea de la muerte por la también gozosa meta proselitista que todo místico siente cuando de promulgar por el mundo la existencia de su amado dios se trata.  Me sedujo más la idea de seguir viviendo que llevarme a la tumba mis secretos ardores místicos.

Probablemente, si hubiera sabido que el yoga era mucho más que una medicina, si hubiera sospechado que su profundo cariz esotérico, espiritual, religioso, iba a hacerme perder la fuerte fe que en aquellos tiempos vivía, no habría tomado la decisión de seguir viviendo.

Aquel libro recomendaba diversos ejercicios para mejorar la salud, entre ellos las clásicas posturas gimnásticas populares del yoga mostradas en numerosas fotografías de un yogui en pleno trabajo.  Yo no tuve otro remedio que desecharlas, en esos momentos mi cuerpo no iba a soportar extrañas contorsiones por mucho que se anunciasen como milagrosas.  Así que entre todas las terapias que aconsejaba acabé por elegir una que parecía sencilla de practicar, y también muy prometedora.  Se trataba del famoso pranayama yogui, unos ejercicios respiratorios que se me antojaron esenciales…, para seguir respirando.

Después de estudiar todo lo concerniente a los ejercicios, me di cuenta de que aquello no iba a ser tan fácil como pensaba, pues se trataba nada más y nada menos que de ensanchar mi caja torácica reducida a la mínima expresión a causa del raquitismo que me produjo la tuberculosis que padecí en la infancia.  Recuerdo que en aquella primavera, tumbado en los asientos de los jardines del hospital militar, en un par de semanas, no sin ciertas dificultades, desentumecí mis costillas e hice bajar el diafragma consiguiendo ensanchar los pulmones.

Al cabo de unas semanas experimenté una revitalización asombrosa.  Una de las perrerías que los médicos me hacían ―ya no sabían que hacer conmigo― consistía en sacarme a menudo sangre de las venas de los brazos para después inyectármela en los glúteos.  Con ello intentaban hacerme reaccionar el organismo.  Pues bien, yo siempre observaba que la jeringuilla se llenaba de sangre bastante ennegrecida, y, después de una semana de practicar aquellos ejercicios respiratorios yoguis, empecé a observar cómo la sangre de mis venas se enrojecía gracias al aumento de oxigenación que le estaba proporcionando.  Ésa era una pequeña indicación visual de lo que estaba ocurriendo en mi organismo a un nivel general.  Aquel enriquecimiento de oxígeno en la sangre me dio la fuerza suficiente para vencer a la enfermedad que me estaba matando.

De esta forma tan triunfal entró el yoga en mi vida.  Me convertí en un ferviente estudioso y experimentador de esta especie de ciencia esotérica, que a su vez me introdujo en el estudio del orientalismo.  Dos o tres años más tarde, continuando guiándome por libros ―tal y como he contado en el capítulo anterior― casi me rompo los nervios en uno de los experimentos yoguis que estaba realizando.  Mi éxito inicial me llevó a confiarme excesivamente y a querer avanzar demasiado deprisa.

En esoterismo es típico que un éxito inicial acabe seguido de grandes fracasos provocados por un exceso de confianza.  Por ello continuamos en nuestro principal propósito de advertir de los peligros que nos podamos encontrar, incluso en el ponderado yoga.

Esta especie de ciencia milenaria oriental no penetró en Occidente de forma muy diferente a como irrumpió en mi vida.  Se nos coló por la puerta grande, hace tres o cuatro décadas, disfrazado de esa llamativa y extraña gimnasia contorsionista que lo caracteriza.  Fueron unos pocos gurús los pioneros que nos trajeron el yoga de la India.  Las religiones oficiales, celosas guardianas de su territorio conquistado, apenas arremetieron contra lo que se anunciaba como una gimnasia más; así el yoga pudo campar a sus anchas por todos los países desarrollados.  Después, cuando se dieron cuenta de que no sólo era una gimnasia, sino que era mucho más, ya fue demasiado tarde para expulsarla de Occidente.  Debido a sus éxitos ya se había ganado una buena reputación que se mantiene hasta hoy en día; hacer yoga incluso da un prestigio social modernista.

Se llegó a otorgarle el calificativo de ciencia por sus complejas explicaciones y teorías basadas en la personal electrónica corporal que nos descubría.  El yoga fue quien primero nos descubrió la existencia de los chacras y de la compleja red que forman.  Esta manera esquemática de explicar la actividad humana encajó en nuestra cultura cientificista; por primera vez era esquematizado el comportamiento humano en su soporte bioenergético de cariz eléctrico.

La extraña gimnasia que nos vendieron en los primeros años como yoga, en realidad se trata del Hatha yoga, una pequeña modalidad de esta extensa vía espiritual.  El yoga integral abarca todas las dimensiones humanas y divinas, y se subdivide en ramas especializadas cada una en las diferentes dimensiones del ser humano.

El Hatha yoga nos tuvo a muchos de nosotros ejerciendo de contorsionistas, exprimiéndonos los hígados hasta sacarle jugo.  Yo lo practiqué cuando mi cuerpo recuperó su vitalidad.  Si conseguías no dislocarte los huesos, los supuestos beneficios eran evidentes; las difíciles posturas mantenidas en quietud meditativa desperezan al organismo más holgazán y lo revitalizan.  Para muestra de su efectividad ver la gran cantidad de academias donde todavía continúa enseñándose este yoga.  Es recomendable dirigirse a ellas para practicarlo; yo no pude hacerlo, en aquellos tiempos de los inicios no había academias y todo lo teníamos que hacer siguiendo las instrucciones de libros, con los consiguientes peligros que ello conlleva.

Más tarde nos llegó el Raja yoga, es el yoga de la mente, de la concentración y de la meditación.  Sentados en la famosa postura del loto, medio mundo de los aficionados a la búsqueda espiritual, nos pasamos las horas esperando que se nos encendiera la bombilla que llevamos dentro, consiguiendo algunos tenues destellos, haciendo con la mente unos ejercicios tan difíciles como los que hacíamos con el cuerpo (necesitando después de terminar la meditación un tiempo añadido para desentumecer nuestras piernas y también nuestro cerebro).  Dicen que el Raja yoga es el rey de los yoga.  ¿Será porque la mente es la reina de nuestras desdichas?.

La imagen de una persona sentada en la postura del loto en meditación ya es parte de nuestra cultura.  Y muchos de aquellos que pasamos parte de nuestra vida en ella nos acostumbramos sentarnos así y seguimos haciéndolo.  Este libro lo estoy escribiendo en la postura del loto, las muchas horas pasadas delante del ordenador se me hubieran hecho más incomodas sentado de otra manera.  Probablemente sea una adicción; he cambiado las horas de meditación en el loto por horas de escribir.  Dicen que es una postura que tranquiliza los nervios y centra la mente, yo así lo siento, si no no la utilizaría; también es cierto que cuando llevo más de una hora las piernas se me siguen entumeciendo.

Dentro del paquete de diferentes yogas que fueron penetrando en Occidente nos llegó el Tantra, y con él también llegó el escándalo.  La utilización del sexo en su programa de realización espiritual escandalizó a las personas más religiosas y puritanas.  Las pornográficas imágenes que adornan los templos tántricos de la India no podían ni por lo más remoto sustituir a las de nuestros castos santos.  Sus dioses en cópula yogui, adorados por los devotos hindúes, ruborizaban e indignaban a nuestros castos creyentes.   Era una opción intolerable, un camino espiritual sacrílego; pero, como dije anteriormente, el yoga ya se había asentado en Occidente, y ni sus doctrinas que resultaban más repulsivas a nuestras tradiciones morales consiguieron desterrarlo.  Incluso la liberación sexual que se produjo en Occidente propició que gran cantidad de buscadores optaran por el Tantra yoga como camino de búsqueda.  Además, ese yoga aumentaba su atractivo porque enseñaba de paso un método anticonceptivo: la poderosa concentración del yogui puede controlar ―en teoría― la eyaculación; lástima que esto solamente debe de funcionar con yoguis muy profesionales, pues son muchos los hijos del Tantra que se pasean por nuestras calles.  Volveremos a hablar de él en los capítulos referentes al sexo.

Existen otros tipos de yoga menos famosos que últimamente están alcanzando cierta popularidad.  Como el yoga de la energía, que enseña a manejar nuestras fuerzas internas.  El yoga del comportamiento, de la acción, de la moral, de la doctrina.  El yoga de la devoción, del amor a dios, que nos enseña a relacionarnos con él.  Y el yoga del conocimiento intelectual, que es el que estamos practicando, yo al escribir este libro y ustedes al leerlo.  (Espero que no se sorprendan por enterarse ahora de que llevan horas de lectura haciendo yoga).

Resumiendo: nos encontramos ante una de las vías espirituales más completas de todas las que existen.  Bien podríamos asegurar, sin temor a equivocarnos, que el yoga es la vía espiritual alternativa a las religiones oficiales más utilizada por los aficionados a la búsqueda transcendental.  Cierto es que últimamente le están saliendo importantes competidores e imitadores, pero, por ser tan diversos, ninguno alcanza por sí sólo la popularidad conseguida por el yoga.  Su capacidad de agrupar a vías tan diferentes, practicadas en las diversas modalidades de yoga, le permite mantenerse a la cabeza del resto de caminos de realización.  Pero esto puede resultar también un inconveniente para la persona interesada, pues puede ir buscando una cosa y encontrar otra.  Por ello, cuando uno está dispuesto a aprender yoga, lo mejor es informarse antes del tipo de yoga que le van a enseñar, esto le evitará el llevarse más de una sorpresa.

Y a la hora de decidirse por una escuela de yoga, yo me inclinaría por las que son sucursales de escuelas Indias con años de prestigio ―con gurú incluido―, antes de inclinarnos por las formadas por occidentales que van por libre.  (Siempre teniendo en cuenta que, debido a la gran variedad de yogas, cada gurú enseña un yoga diferente).  Las escuelas hindúes ubicadas en Occidente transmiten una enseñanza genuina, probablemente impartida por instructores occidentales que habrán sido iniciados en los ashram hindúes, donde habitará el maestro del yoga que se practique, coordinador de las enseñanzas de toda su red de centros; gurú que  probablemente se ocultará a los alumnos primerizos para no asustarlos, dada la mala fama que tienen estos personajes, pero que resultará indispensable para los pocos alumnos aventajados que alcancen las fases avanzadas del conocimiento esotérico.

Deberíamos de acostumbrarnos a que los gurús no se comen a nadie,  mas bien están para que nos los comamos nosotros.  Tienen una mala fama exagerada.  Gurú significa maestro espiritual, y los peligros que podemos correr con ellos no son diferentes de los que podemos correr con cualquier otro tipo de maestro de cualquier otra vía esotérica o religión.

LA RELAJACIÓN

Relajarse se está convirtiendo en una necesidad para quienes habitamos en los países desarrollados.  El estrés nos obliga a buscar la manera de aliviar nuestras tensiones internas.  La agitada vida occidental está creando un aumento de la demanda de procedimientos para tranquilizarse.  Existen innumerables métodos de relajación, desde los típicos caseros que cada cual se busca después de una jornada ajetreada, hasta los más sofisticados que necesitan de todo un complicado método difícil de aprender.  Algunos de estos métodos se basan en concentrase tanto en el ritmo relajante de una suave música como en una monótona voz que te invita a aflojar el cuerpo, o fijar la atención en un ritmo biológico, como puede ser el de la propia respiración.  Otras formas de relajarse se basan en un elevado control mental que te obliga primero a tomar conciencia de todas tus tensiones, habitualmente inconscientes, y a aflojarlas después una por una.  De la imaginación también se hace uso, visualizar que salen las tensiones de nuestro cuerpo o soñar despierto que se está en una playa de las Bahamas puede resultar muy relajante.  Y otros métodos, los más cómodos, son los llevados a cabo por terapeutas, donde sólo tienes que dejarte relajar.

No cabe duda de que la relajación está siendo muy aceptada y solicitada en la actualidad, incluso está admitida como la ideal forma de descanso.  Y aprovechando esta popularidad, muchas sectas anuncian su método particular de relajación como gancho para captación de adeptos.  Recordemos que todas las formas de meditación, en sus fases previas, necesitan de una relajación física y mental, y que el adentrarse en la meditación conlleva a su vez una profunda relajación.  Por ello las sectas que trabajan con las meditaciones saben bastante de relajarse.  También existen gabinetes de terapeutas, escuelas o métodos dedicados exclusivamente a  la relajación, que en muchas ocasiones no son otra cosa que imitaciones de las técnicas relajantes utilizadas por las expertas sectas.  Pero el dedicarse exclusivamente a relajarse implica otro tipo de complicaciones y peligros dignos de estudiar.

Calificar a la relajación de peligrosa, cuando está aceptada popularmente como un método muy beneficioso e inofensivo, me hace arriesgarme a ser calificado de maniático obsesionado en ver peligros donde no los hay.  Pero continuando en mi empeño por denunciar peligros donde ―bajo mi punto de vista― los haya, no voy a silenciar los que conlleva la relajación, a pesar de jugarme la credibilidad de mis argumentos que la gran cantidad de adeptos de la relajación no perderán oportunidad de poner en duda.

Las tensiones inconscientes que albergamos en nuestro cuerpo están ahí por algo; no es un capricho de nuestra naturaleza que podamos manejar a nuestro antojo.  Las investigaciones más serias nos indican que las tensiones inconscientes son producidas por las prisas vividas a diario, por grandes responsabilidades, por conflictos internos, por nuestras propias contradicciones, así como por deseos frustrados, represiones, traumas, miedos, etc.  Estas situaciones, mantenidas durante tiempo, acaban generando una contracción muscular permanente que pasa inadvertida, como tantas anormalidades que vivimos y no sentimos por ser habituales.  El inconsciente es el saco donde echamos todos los problemas, que no podemos o no queremos resolver, para olvidarnos de ellos; actitud que todos utilizamos cuando nos negamos a digerir ciertos acontecimientos ante los que sentimos rechazo o porque sencillamente desbordan nuestra capacidad de digerir.

Esto sucede en especial en la infancia, donde nuestra capacidad de asimilar intensos acontecimientos es mínima, y nuestro inconsciente hace un abundante acopio de las experiencias traumáticas que desbordaron nuestra pequeña capacidad de asimilación.  Estos conflictos psíquicos se reflejan en el cuerpo en forma de tensiones inconscientes.  En los circuitos bioenergéticos de las redes que entrelazan los chacras podemos observarlos como nudos que cierran el paso de la energía psíquica.

No es de extrañar que se hagan grandes esfuerzos por erradicar esta anormalidad biológica, pues la mayoría de las enfermedades corporales son producidas por tensiones inconscientes que atrofian la parte de nuestro organismo donde se ubican, no permitiendo que la fuerza de vida se manifieste plenamente, debilitando nuestro sistema inmunológico.  Y si a esto le sumamos la agradable sensación que se produce cuando nos relajamos, cuando soltamos tensiones que llevamos años soportando, la relajación se nos presenta como una panacea digna de tener en cuenta.

No obstante, todas las partes de nuestro ser están unidas de forma interactiva: lo que sucede en una zona de nosotros, se manifiesta en las demás.  Lo que sucede, por ejemplo, en nuestra mente se manifiesta a la vez en nuestro cuerpo físico, en nuestro cuerpo bioenergético, emocional, espiritual, etc.  Somos una unidad de diferentes partes que siempre actúan de forma conjunta; por lo tanto, si manipulamos las tensiones inconscientes, estaremos manipulando también, todos los otros aspectos de nuestra persona que guardan relación con dichas tensiones.  Pretender unilateralmente eliminar las  opresiones inconscientes de nuestro organismo, sin tener en cuenta la relación que mantienen con los otros niveles de nuestro ser, es un error que se puede llegar a pagar muy caro.  Recordemos que la tensión inconsciente es la solución más efectiva, que nuestro sofisticado sistema cibernético personal ha elegido, para apartar de nuestra conciencia ese problema al que nosotros no le dimos solución y deseamos olvidar.  Si no fuera por ese sistema de almacenar en el inconsciente esas situaciones conflictivas sin resolver, no podríamos vivir, desbordados por los acontecimientos que sobrepasan nuestra capacidad de asimilación.  Y mientras no estemos en disposición de asimilar aquello que tiempo atrás arrojamos al olvido sin digerir, será mejor no pretender manipular esa tensión corporal testigo de la represión afincada en la memoria inconsciente.  Porque lo que nos sucederá es que, al expulsar del cuerpo la tensión, expulsaremos también del inconsciente el conflicto que la provoca, y nos encontremos en la actualidad con aquella desagradable y dramática situación que echamos en el saco del olvido hace mucho tiempo.

No debemos de olvidar que somos nosotros quienes nos producimos las tensiones inconscientes con nuestra determinación de arrojar a la inconsciencia esa tensa situación que no resolvimos.  Cada tensión corporal se corresponde con alguna tensión psicológica no resuelta de nuestra vida; y fue nuestra decisión de huir de ella, de olvidarla, la que la hizo inconsciente.  Tal es la fuerza de voluntad que pusimos en el empeño de arrojarla al inconsciente que, sólo quienes se adentran en las profundidades de la relajación, saben de la insistente persistencia de las tensiones inconscientes más importantes; su relajación definitiva exige de una gran paciencia diaria, y cuando se consigue despacharlas de la zona corporal donde se encuentran, en ocasiones, observamos como esas tensiones se han desplazado a otra zona de nuestro cuerpo.  Al final, si se utiliza un buen método de relajación, se acaba por expulsar la tensión del cuerpo y uno termina experimentando un aumento del bienestar fisiológico.

Y es entonces cuando empieza la fiesta.  Por nuestro cuerpo corren energías renovadas, y, pletóricos de euforia, nos solemos olvidar de que la mente y el cuerpo trabajan en régimen interactivo; por consiguiente, si hemos despachado del cuerpo una tensión inconsciente, también hemos expulsado de nuestro inconsciente esa tensa situación, donde se encontraba muy tranquila, haciéndonos la puñeta, pero, al menos, sin darnos cuenta de ello.  Ahora, la experiencia reprimida se encuentra fluctuando por nuestra conciencia y tenderemos a revivirla, y como no estemos atentos a ello y en predisposición de integrarla en nuestra personalidad, probablemente volveremos a fracasar a la hora de asimilarla, y puede que de nuevo la arrojemos al inconsciente con mayor fuerza que la vez anterior, hartos de ella.  Volveremos a tomar la misma decisión que nos produjo la tensión, pero ahora lo haremos más intensamente apoyados por la euforia energética que nos proporcionó la relajación.  Y así nos crearemos nuevas tensiones inconscientes todavía más persistentes, más intensas y dañinas, inmunizadas incluso al método de relajación que nos resultó más exitoso.

Pongamos un ejemplo: desde hace años, el vecino de enfrente nos ha causado tantos problemas y disgustos que durante mucho tiempo estuvimos sintiendo un fuerte impulso de romperle las narices.  La situación nunca llegó a resolverse, pero a fuerza de reprimir esa tendencia violenta, terminamos por arrojar al inconsciente el conflicto con el impulso agresivo incluido. Y a pesar de que nos sigue cayendo fatal esa persona, ya no sentimos esa tendencia impulsiva tan poco civilizada.  Sin embargo, observamos que nos apreciamos más tensos desde que comenzaron los problemas con nuestro odiado personaje, nuestro cuerpo ha sido invadido por diversas tensiones inconscientes.  Especialmente notamos el brazo ―que estuvo dispuesto durante tanto tiempo a dar el arriesgado puñetazo― muy poco relajado, como atrofiado.  Entonces decidimos emplear algún método de relajación, y a base de bastante esfuerzo o dinero, hemos conseguido relajar nuestro cuerpo y llenarnos de nuevas energías.  Pero, ¡sorpresa!, la situación problemática expulsada del cuerpo, liberada de la cárcel que la retenía, ahora anda libremente por nuestra vida, y un día nos volvemos a encontrar con nuestro vecino, se vuelven a producir las circunstancias que no soportamos, esta vez con mucha más tensión emocional, ya que estamos pletóricos de energía, y observamos como en nuestro brazo hay más ganas que nunca de asentar un puñetazo en las narices de la persona que tenemos enfrente.  Naturalmente, pueden suceder dos cosas: dar rienda suelta a la agresividad, lo que nos creará serios problemas con la justicia o con la respuesta agresiva de nuestro vecino (ya que si no es manco nos puede dejar peor que lo que estabamos antes de nuestra terapia relajante); o también podemos optar por volver a reprimir de nuevo el impulso, pero esta vez, como lo sentimos con más fuerza, la represión habrá de ser más intensa, y nos crearemos tensiones inconscientes tan fuertes que probablemente no podamos volver a relajar.

Por lo tanto, no conviene olvidar que relajarse ―hablando en un duro idioma esotérico― es expulsar a los demonios del cuerpo.  El problema consecuente es qué hacemos después con ellos.

Los métodos de relajación más serios que conozco tienen muy en cuenta este hecho.  Hay algunos, conducidos por expertos terapeutas, que primero relajan una pequeña parte del cuerpo y luego se dedican, con una paciencia de santo, durante los días siguientes, a observar las perturbaciones que el paciente ha experimentado en su vida cotidiana, ayudándole a integrarlas con algún tipo de psicoterapia.  De esta forma se intenta conseguir que la tensión inconsciente no vuelva a producirse por la misma causa.

Las más frecuentes opresiones que experimentamos son de tipo emocional, el ocultar las emociones es una pauta general de nuestra sociedad, en esté nivel es donde más habrá de trabajar el psicoterapeuta.  Estos conflictos de relaciones personales pueden llegar a ser solucionados o mermados por la Psicología.  Lo malo es cuando se trata de los problemas transcendentales que apenas nadie nos puede resolver, como puede ser el miedo a la muerte o la falta de respuestas ante las grandes interrogantes que forman parte de la condición humana.  No saber quién en realidad somos, si hay un más allá de esta vida, hacia dónde nos encaminamos, o si estaremos haciendo lo que deberíamos; son inquietudes inherentes del ser humano que propician en nuestro fondo un estado muy poco relajado, e incluso pueden producir una angustia opresiva.

Estos conflictos, llamémosles transcendentales, ocupan las zonas más profundas de nuestro inconsciente, de tal forma que la persona que ha conseguido liberarse de las tensiones inconscientes más superficiales y aprende a aflojarse del todo, a soltar su mente y su cuerpo, a vaciarse por completo, inevitablemente acaba encontrándose cara a cara con esos conflictos.  Por ello, todo aquel que persiga una relajación profunda, tarde o temprano acabará experimentando conflictivas vivencias transcendentales.  Las escuelas de relajación no ignoran este hecho, y por ello, casi siempre, tendrán a disposición del cliente algunas convincentes respuestas preparadas para las preguntas transcendentales que van a surgir de esos estados profundos de relajación, para lo cual habrán de estar adscritos a alguna vía de índole esotérica, con doctrina incluida, mas que por el empeño de proselitismo de estas escuelas o gabinetes terapéuticos, para atender la demanda de respuesta de los clientes.  Y es ahí precisamente donde la relajación puede llegar a complicarse tanto que acabemos con mayores problemas de los que en un principio nos condujeron a aprender a tranquilizarnos.  Podremos acabar transfiriendo las tensiones de nuestro cuerpo a nuestro espíritu.  O, visto de otra manera, al calmar los movimientos de nuestra corteza cerebral emergerán las movidas transcendentales de nuestros niveles profundos, con las que nos podremos encontrar de frente, con el susto correspondiente.  Por ello, cuando estemos dispuestos a adoptar la inofensiva aptitud de relajarnos, primero habremos de tener bien claro hasta donde queremos llegar.  Nuestro empeño investigador en la búsqueda de aumentar el estado del bienestar, a través de una profunda relajación, nos puede llevar a encontrarnos cara a cara con terribles preguntas transcendentales de muy difícil respuesta.

Claro está que ahí estarán las sectas ofreciéndolos sus respuestas particulares para todas ellas, sólo necesitaremos tener una fe extraordinaria para creérnoslas y otro tanto para seguir sus doctrinas, y de esa forma nos liberaremos probablemente de algunas de nuestras angustias transcendentales.  Pero, si bien es cierto que el creyente se libera de muchos de los miedos y de las pesadas intrigas existenciales que padecen quienes no lo son, por otro lado, sufren las consecuencias de su nueva forma de vida, de las imperfecciones o amenazas de su religión, o de las nuevas preguntas que surgen como consecuencia de sus nuevas creencias.

Por lo tanto, mientras no descubramos una nueva forma de vivir en total armonía con nosotros mismos y con los demás, con nuestra conciencia y con nuestras creencias, siempre tendremos conflictos interiores que se reflejarán en tensiones inconscientes.  Soltar esas tensiones sin encontrar solución a los conflictos que las provocaron es como intentar relajar nuestros brazos cuando están sujetando un enorme peso sobre nuestra cabeza; es peligroso hacerlo, es preferible tomar conciencia de nuestra delicada situación y procurar solucionarla con paciencia; y, si no podemos encontrarle solución, mejor permanecer así, en tensión hasta que el cuerpo aguante.  Sin necesidad de desesperar.  La Naturaleza, habiendo previsto nuestra necesidad de relajarnos, nos ha dotado del sueño.  El dormir es el mejor método de relajación, el más  completo.  Cuando dormimos nos relajamos, soltamos tensiones inconscientes y con ellas liberamos nuestros conflictos psicológicos que pasan al mundo de los sueños, donde nuestra mente hace lo que puede para solucionarlos.  Intentar conseguir un nivel de relajación mayor, ignorando los reajustes mentales que son necesarios para que la relajación sea efectiva, es un empeño inútil.

Así que, mientras no resolvamos nuestros conflictos internos y no descubramos soluciones a todos nuestros problemas existenciales, propongo como el mejor método de relajación una buena siesta.

LA VISIÓN

Es éste un capitulo crucial para ayudarnos a entender mejor el mundo de las sectas.  Vamos a hablar de la enorme relatividad de la visión que los seres humanos tenemos sobre las cosas.  Cada persona vemos el mundo de forma diferente a los demás, incluso somos capaces de ver la vida de forma diferente según el estado de ánimo que tengamos en ese momento o las circunstancias que nos estén afectando en determinada época de nuestra vida.

Una persona sin empleo puede ver mucho más negro el mundo que otra integrada en el mundo laboral.  Nuestro cerebro sintetiza los datos que recibimos a través de los sentidos según las preferencias culturales y las circunstancias personales de cada cual.  Una sencilla caricia puede ser recibida por una persona temerosa como un intento de agresión, y, por una persona receptiva al cariño, como un gesto de amor.  Tal es la variedad de las formas en que diferentes personas pueden recibir un mismo estímulo a través de los sentidos que se llega a decir, en el caso de la vista, que los ojos no ven, es el cerebro quien realmente ve.

La ciencia sabe que nuestro cerebro recibe los datos que le llegan a través de los sentidos en forma de impulsos eléctricos, como lo hace un ordenador con las señales que le llegan de sus sensores.  En realidad no vemos imágenes ni percibimos olores, ni gustamos sabores; son únicamente impulsos eléctricos los que recibe nuestro cerebro, sentimos diferentes sensaciones porque dichos impulsos de cada sentido son enviados a la zona precisa del cerebro que así lo interpreta.  Si pudiésemos cambiar en el interior del cerebro el nervio de la retina por el del oído, escucharíamos a través de los ojos sonidos cada vez que la luz llegase a la retina, y veríamos flases de luz y colores cuando algún ruido llegara a nuestros oídos.

A modo de ejemplo baste con decir que los colores en realidad no existen, son una creación de nuestra mente.  A través de la retina recibimos una pequeña gama del amplio espectro de radiaciones electromagnéticas, y nuestro caprichoso cerebro se digna a darle un color diferente a cada frecuencia; de esta forma vemos en colores.  Si nuestros cerebros no hicieran eso probablemente veríamos un mundo en blanco y negro, tendríamos una visión menos alegre de como vemos en realidad.  Dada la importancia del color en nuestra vida, este ejemplo nos puede dar la idea de la enorme importancia que tiene la capacidad moldeadora de la visión de nuestra mente, creamos en nuestro interior las características y las circunstancias más importantes que moldean lo que percibimos.

Esto se produce a un nivel general, a un nivel de raza.  El resto de animales ven de forma diferente a nosotros, su espectro de visión no se resume al arco iris.  Cada especie de seres vivos ve la realidad distinta a los demás.  Pero no pensemos que todos nosotros, como seres humanos, vemos el mundo de forma semejante porque pertenecemos a la misma especie de seres vivos y percibimos el mismo espectro de vibraciones electromagnéticas.  Entre cada uno de nosotros existen notables diferencias de percepción que nos hace ver la vida de forma distinta a los demás.

Los impulsos eléctricos que cada sentido envía al cerebro son procesados y sufren un proceso de filtrado.  Todas las imágenes que llegan a la retina son enviadas a la zona del cerebro que procesa los datos del sentido de la vista, allí se codifican y se envían a la corteza cerebral, y es en ésta donde  se produce una selección según las preferencias personales, el interés del momento, o el estado de ánimo; así recibimos una imagen de lo que únicamente queremos ver, el resto, sencillamente, no lo vemos.  Esa es la función del programa cerebral de selección de preferencias.  Si mostramos una imagen compleja a personas diferentes, y después les preguntamos que han visto, sus respuestas serán desiguales.  E igualmente sucede con los demás sentidos.  De hecho, si fuéramos conscientes de todos los estímulos que entran en nuestro cerebro constantemente a través de nuestros sentidos, si todos esos impulsos eléctricos no fueran filtrados por el programa de preferencias personales, nos volveríamos locos ante la inmensa cantidad de datos que nos resultaría imposible asimilar.

Esta selección de datos comienza a realizarse en el cerebro en la infancia, ya desde niños se nos inculcan las principales preferencias culturales correspondientes a la sociedad en la que nacemos.  Aprendemos primero procesando patrones sencillos y luego vamos añadiéndoles complejidades, como si fuéramos componiendo las piezas de un puzzle.  Nuestro cerebro moldea nuestra percepción a través de patrones a los que va añadiendo datos a lo largo de la vida.  En realidad, cuando vemos algo, no lo vemos tal y como es, sino que vemos el pasado de ese algo, modificado con los matices actuales.  Los datos procesados de los sentidos que llegan a la corteza cerebral buscan donde encajar, como si de recomponer un puzzle se tratara, y terminan en el patrón de la memoria donde mejor se acoplan; de esta forma no llega a nuestra conciencia lo que vemos en el momento, vemos nuestras experiencias pasadas ampliadas por el estímulo actual.

Si la cultura en la que nacemos nos proporciona los patrones más importantes, serán después las preferencias del individuo las que desarrollen más unos patrones u otros, e incluso se pueden llegar a crear otros nuevos partiendo de cero.  El cerebro pone su capacidad operativa a disposición de los intereses o preferencias de los individuos, utilizando grandes zonas de su materia gris para los temas que más nos interesan y para los sentidos que más utilizamos, y dedica menos materia gris a lo que menos nos importa.  Tenemos, por ejemplo, a los aficionados a la música, con un elevado número de neuronas dedicadas a procesar lo que les llega al cerebro a través del sentido del oído; y entre esas personas las habrá adiestradas desde niños, probablemente genios de la interpretación; sin embargo, tendremos otras personas adultas que, sin haber recibido educación musical en la infancia, partiendo de cero, han ido poco a poco entrando en el mundo de la música, obligando a su cerebro a crear dentro de sí un nuevo puzzle de procesamiento de datos musicales y a desarrollarlo.  Por consiguiente, somos muy capaces de cambiar nuestros patrones heredados de aprendizaje, con lo que cambiaremos también la visión del mundo en el que vivimos.

Una sociedad se compone de individuos que tienen en sus mentes unos programas de selección de preferencias más o menos semejantes, ya que ésta es una condición indispensable para una fluida comunicación entre ellos.  Cuando algunos individuos desarrollan más que los demás alguna preferencia, llegan a formarse grupos elitistas que alcanzan un nivel de incomunicación con la gran masa en proporción al grado de intensidad con que vivan su especialización.  Pero si unos individuos deciden cambiar los principales valores de sus mentes, patrones básicos de la sociedad en la que viven, dificultarán gravemente la fluidez de la comunicación entre ellos y el mundo que los rodea, quedarán excluidos de la sociedad a la que pertenecen y, probablemente, formarán otra compuesta por las personas que han realizado esos mismos importantes cambios en sus mentes y tienen una visión del mundo semejante.  Este es el caso de las sectas.

En nuestra sociedad se permiten grandes libertades, pero siempre dentro del marco o esquema general básico indispensable para una fluida comunicación entre los individuos.  Si alguien se sale demasiado de este mapa, queda excluido de nuestra colectividad.

Es de urgente necesidad reconocer este hecho e intentar remediarlo para evitar el desmembramiento de nuestra sociedad.  Puede parecer que necesitaremos hacer un esfuerzo extraordinario para acercarnos a comprender a todos aquellos que se nos alejan demasiado, pero quizás no sea así; probablemente, con sólo desperezar nuestra forma de comunicarnos sea suficiente para entender a quienes ven el mundo de forma muy diferente a nosotros.  No conocemos los límites de nuestro entendimiento ni de nuestro cerebro, el intentar comprender a aquellos individuos o grupos que abandonaron los esquemas básicos de nuestra cultura buscando opciones de vida alternativas, en vez de descalificarlos con el contundente calificativo peyorativo de sectarios, puede crear una nueva forma de comunicación “para largas distancias” que integre en nuestra sociedad a quienes se alejaron demasiado de ella.  Despreciarlos por distintos es una forma de racismo intolerable para el hombre auténticamente civilizado.  Nuestro mundo, el mundo que vemos nosotros, no es tan modélico como para erigirlo por encima del mundo que viven los miembros de las sectas; de hecho, aquí vivimos errores y barbaridades muy parecidas a las que vemos en las sectas, pero nos sucede que no las vemos o nos hemos acostumbrado a ellas.

Uno de los mayores atrevimientos que me permito en este texto es el de considerar a nuestro mundo civilizado como una forma de vivir semejante a la de las tan criticadas sectas.  Si observamos nuestra intolerancia intelectual, los cerrados esquemas culturales que habitualmente nos obligamos a adoptar para integrarnos socialmente, podemos considerar a nuestra sociedad actual como la autentica secta dominante, con su visión personal del mundo tan llena rituales sociales, de fantasías, hermetismo, fanatismos y engaños, como los que habitualmente vemos que suceden en las sectas.  Nuestra visión personalizada y colectivizada de la vida, al igual que sucede en las sectas, nos impide ver nuestros errores, y, por lo tanto, el corregirlos.  Vemos la paja del ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro.

Una actitud comprensiva reduciría el diálogo de sordos que existe entre nuestra sociedad y las sectas más distantes de nosotros.  El muro de incomunicación que nos aparta de ellas habrá de ser derruido si no queremos correr el peligro de desmembrar seriamente nuestra sociedad.  No podemos seguir luchando contra lo evidente, ni expulsar de nuestro lado a quienes tienen una visión del mundo diferente de nosotros; esto, además de no ser civilizado, es incluso peligroso.  La guerra entre las sectas y la sociedad dominante ya nos ha dado bastantes disgustos como para no emprender un armisticio.  No tenemos derecho alguno de tratar como a un enemigo a todo aquel que se atreve a experimentar otras formas de vivir y de ver la vida.  Sería muy recomendable incluso aprovecharnos culturalmente de esas diferentes visiones de la realidad, pues pueden aportarnos diversos enfoques del mundo y de la vida que enriquecerían nuestra conciencia.  Es mucho mejor abrirnos voluntariamente a un intercambio cultural, porque involuntariamente ya lo estamos haciendo.  Las personas sectarias viven entre nosotros, y, lo queramos no, el intercambio cultural es inevitable.  En unos casos para llenarnos de preocupaciones negativas, contagiados por los agoreros apocalípticos, y, en otros casos, influenciados por sus sugestivos entusiasmos.

No creo equivocarme si afirmo que la ya famosa “visión positiva” de la vida nació en las incubadoras sectarias para más tarde contagiar a toda nuestra sociedad.  Ya es de dominio público que la forma de ver la vida tiene una gran importancia para la felicidad del  ser humano.  Últimamente se está poniendo gran empeño en la necesidad de tener una visión positiva de la vida para ser feliz.  El “pensamiento positivo” se ha hecho muy popular.

Una visión entusiasta ante la vida puede hacer que el programa de selección de preferencias de nuestro cerebro filtre los datos que le llegan de los sentidos y nos muestre un espectáculo de un mundo feliz.  Observar el mundo en positivo nos puede ayudar a ser más felices, pero hasta cierto punto.  Si las circunstancias de la vida se nos ennegrecen demasiado, si a través de la vista vemos un gran sufrimiento, violencia y muerte; a través del tacto sentimos grandes dolores y enfermedades, etc., ardua labor de selección estaremos imponiendo a nuestro cerebro para que continúe mostrándonos un mundo feliz.

Muchas sectas obtienen su visión del mundo inducidas por sus maestros, doctrinas, moralidades, o sus escrituras sagradas particulares.  Mediante la fe en ellas programan su particular mapa de preferencias y obtienen una visión del mundo diferente a nosotros.  Pero nuestra mente difícilmente puede ofrecernos una visión positiva de una realidad negativa o viceversa.  El programa de selección de preferencias puede filtrarnos ciertas realidades que no deseemos ver, pero, si todo lo que entra por nuestros ojos está lleno de esas realidades, tarde o temprano habremos de modificar el programa de selección de preferencias para adecuarlo a la realidad que recibimos por nuestros sentidos.

Ahora bien, cuando observamos a algunos miembros de sectas que parecen vivir en otro mundo muy diferente al nuestro, nos preguntamos cómo es posible que personas aparentemente normales puedan llegar a semejante grado de sugestión como para comportarse en contra de toda lógica y mantener esa postura durante tanto tiempo.  Sus actividades y posturas ante la vida nos hacen sospechar que no puede ser solamente su programa de selección de preferencias los que les dan una visión de mundo tan diferente a nosotros, sino que hay algo más.  Y así es: lo que principalmente les empuja a tomar esas actitudes tan extrañas, y tan diferentes a las nuestras, no son exclusivamente las sugestiones, sino las percepciones extraordinarias que les llegan a través de los sentidos.

Estamos hablando de las percepciones extrasensoriales.

LA PERCEPCIÓN EXTRASENSORIAL

El estudio de las facetas ocultas del ser humano parece indicarnos que las limitaciones de nuestros cinco sentidos no son las que habitualmente creemos.  Todo parece indicar que por cada uno de ellos podemos recibir señales que no siguen los cauces normales.  Es como si pudiéramos ver y oír sin utilizar los ojos ni los oídos.  Existen infinidad de teorías esotéricas que pretenden explicar estos hechos.  Cada secta, cada doctrina, cada religión los explica a su manera, y siempre aprovechando la oportunidad para apoyar gratuitamente sus hipótesis sobre las magnitudes ocultas que ellos defienden.

No vamos a detenernos a estudiar todas las hipótesis que existen, pues se nos haría interminable, y seguro que nos dejaríamos alguna.  Si hubiera algún acuerdo entre tanta teoría lo anotaríamos, pero, como el clásico desacuerdo en este tema se hace más notable que nunca, no vamos a perder el tiempo en hablar de ellas.

Las percepciones extrasensoriales parecen generarse en el propio cerebro, todo parece indicar que la materia gris destinada al sentido de la vista o del oído, por ejemplo, ve y escucha por su cuenta las señales que le llegan de otras zonas del cerebro.  De esta forma cada sentido puede percibir señales que no le llegan a través de su órgano correspondiente sino de la propia mente.  Y con esto no quiero decir que estas percepciones se produzcan exclusivamente en el individuo y no le lleguen también de fuera de él.  Si decimos que somos capaces de sentir, de ver y de escuchar a nuestra propia mente, también estamos diciendo que podremos ver, sentir y escuchar también señales del inconsciente colectivo, dimensión psicológica apenas explorada y de la que no conocemos sus límites.

Las limitaciones de las percepciones normales de nuestros sentidos están definidas científicamente, pero las limitaciones de las percepciones anormales, extraordinarias, extrasensoriales, no están en absoluto definidas; éste es un terreno inexplorado, y, como tal, lleno de peligros.

Estas impresiones extraordinarias de nuestros sentidos suelen ser insignificantes comparadas con las percepciones normales.  De hecho, todas las personas tenemos algún tipo de percepción extrasensorial y no le damos apenas importancia.  Pero, cuando no sólo se le da importancia, sino que se les presta especial atención, se pueden producir cambios importantes en la personalidad de los individuos.  Una pequeña percepción extrasensorial puede cambiar toda una vida si el interés de la persona así lo propicia.  Recordemos que el interés mantenido sobre algo puede cambiar el programa de selección de preferencias de nuestros cerebros, y algo muy insignificante puede cobrar prioridad absoluta si así lo queremos.  Estas percepciones, si se toman con un interés proporcional al grado de sensaciones que habitualmente transmiten, no tienen porque producir importantes cambios en la personalidad.  Pero, si nos empeñamos en otorgarle un interés extraordinario, podemos originarnos transformaciones importantes de dudosos efectos, pues la inseguridad en los resultados que vamos a obtener del desarrollo de estas facultades está garantizada.  En los psiquiátricos acabaron muchas personas que se obsesionaron con estas percepciones anormales.  Mientras no sepamos más a ciencia cierta de dónde realmente provienen y cómo se producen, mejor es oírlas, si es que las tenemos que oír, como quien oye llover.

También es cierto que podremos acudir a esas sectas expertas en estas cosas, donde se nos darán todo tipo de explicaciones a nuestras extrañas percepciones, e incluso se nos señalará que poseemos unas dotes extraordinarias que deberíamos desarrollar para nuestro bien, el de la Humanidad, y el de la secta, claro está.  De esta forma nos convertiremos en conejillos de Indias al servicio de los planes de experimentación de la secta, con el propósito de confirmar sus hipótesis.

Cualquier persona es muy libre de experimentar con su cuerpo o con su mente introduciéndose por terrenos inseguros y llenos de peligros, de hecho, si así no se hubiera sucedido a lo largo de la Historia, apenas habríamos salido de la Prehistoria.  Lo que resulta intolerable en nuestro mundo moderno, donde tanto se defienden los derechos humanos, es que haya personas que estén sirviendo de conejillos de Indias sin saberlo.

Cierto es que la mayoría de las veces los dirigentes de las sectas no son conscientes de los riesgos que están corriendo ellos y sus adeptos, están cegados por su ansia de encontrar la tierra prometida; como nuestros antiguos exploradores, emprenden expediciones llenas de peligros, embarcando a una tripulación ignorante de lo que le espera en una aventura que les hará padecer innumerables penalidades.  Sus objetivos son muy dignos de llevar a cabo; pero, por favor, sin engaños, prometer lo que no podemos dar es un fraude; delito que muchas veces no podemos denunciar porque la mayoría de sus promesas se nos dice que se cumplirán en la otra vida, y eso es algo que nadie puede poner en duda porque nadie regresa de allí para contarlo.

Por consiguiente, si no tenemos espíritu aventurero, y escuchamos pequeños sonidos que no nos entran precisamente por los oídos, o vemos tenues luces que no nos entran por los ojos, mejor no prestarles especial atención.  A nuestro potente ordenador cerebral se le puede perdonar algún pequeño cruce de cables que perturbe un poco nuestra sensible percepción.

Si por el contrario estamos dispuestos a desarrollar nuestra percepción extrasensorial, habremos de saber que pisaremos terrenos inexplorados, y si nuestro interés mantenido así lo propicia, podemos acabar convertidos en videntes que ven más con su mente que con sus ojos, y oyen más son su cerebro que con sus oídos.  Y con el sentido del tacto, del gusto y del olfato puede suceder lo mismo.  Los agradables aromas celestiales o el olor a azufre del infierno no son afirmaciones gratuitas, son experiencias extrasensoriales de aquellos que aseguraron visitar esos lugares.  Otro tanto sucede con el gusto, sintonizar con un nivel agradable o desagradable de nuestro inconsciente puede dejarnos un buen o un mal sabor de boca.  Y a través del sentido del tacto podemos sentir la presencia de esa entidad del más allá que nos puede poner los pelos de punta.

Son muy pocos los casos en los que este tipo de percepciones llegan a ser importantes, la mayoría de las veces es el interés o la obsesión del propio individuo quien propicia su desarrollo, cuando no es un impulso vanidoso de sentirse diferente a los demás, elegido por los dioses para percibir lo extraordinario.

Insisto en la tremenda peligrosidad que implican las percepciones extrasensoriales.  Si se quieren correr riesgos, adelante, pero siendo conscientes de que los estamos corriendo.  Podemos hacer uso de toda la información que nos han dejado infinidad de videntes en sus inmersiones por nuestros misterios profundos; cierto es que unos nos hablan de fabulosos tesoros encontrados, de dichas inmensas disfrutadas, sentidas a través de nuestra manera de percibir extraordinaria; no olvidemos los éxtasis de los místicos, auténticas orgías de sensaciones celestiales;  pero no olvidemos tampoco a quienes cayeron en los infiernos y padecieron visiones y sensaciones tan horribles que acabaron enloquecidos.

Mientras no abramos seguras autopistas por nuestro inconsciente que nos lleven allí donde queramos ir, todo aquel que se introduzca en el mundo oculto del ser humano está dispuesto a correr unos riesgos que en la mayoría de los casos no son compensados por los resultados obtenidos.  Sin embargo, y a pesar de ello, muchas personas continúan adentrándose en su interior, poniendo un interés especial en ese tipo de percepciones, anhelando descifrar los sonidos que llegan de nuestra frondosidad inconsciente, y pretendiendo reconocer alguna figura en las sombras de la espesura de nuestra mente.

Este interés de escuchar algo más de lo que oyen nuestros oídos o de ver más de lo que ven nuestros ojos, hace que nuestro programa cerebral de selección de preferencias destine a gran parte de nuestra inteligencia para descifrar y entender lo que nos llega a través de las percepciones extrasensoriales.  Y, si en el capítulo anterior expusimos la capacidad que tiene nuestro cerebro de mostrarnos una visión de la realidad diferente de la que nos llega por los sentidos, cuando se trata de procesar los datos que nos llegan a través de la percepción extrasensorial, el riesgo de obtener una visión falsa de lo que estamos percibiendo es de un elevadísimo porcentaje.

Nuestra inteligencia es tan lista que, cuando le pedimos insistentemente que nos dé una visión inteligente de unas vagas impresiones que estamos recibiendo, intentará componer con esos datos un esquema inteligente que encaje en nuestro puzzle cerebral, y, si lo consigue, nos dará la visión correcta; pero, si no lo consigue, se la inventará.  Y los datos aportados por las percepciones extrasensoriales, son tan difíciles de encajar en la lógica de nuestra inteligencia, que la mayoría de las veces nuestra mente ha de inventarse una visión personal de ellos para satisfacer nuestro empeño de entenderlos.  De hecho, en este tipo de percepciones, las deducciones lógicas de lo que se percibe son formadas, más que por las propias percepciones, por las creencias de los individuos que las perciben.  Esta facultad de fantasear de nuestra mente también se aplica a las percepciones que recibimos por nuestros sentidos, pero en un grado mucho menor, ya que la precisión de las leyes físicas de nuestro mundo que percibimos por los cinco sentidos no dan mucho margen para la fantasía.  Nuestra mente termina por aprender la fría realidad matemática de nuestro mundo tridimensional, aunque para ello haya necesitado tropezar varias veces en la misma piedra.  Nuestro cerebro procurará mostrarnos una visión de la realidad de lo que le llega por los sentidos lo más fiel posible, es de suponer que siempre procurará darnos una visión correcta de lo que tenemos delante de los ojos para evitar accidentes; no le resultará muy agradable que nos rompamos los huesos por no ver bien lo que tenemos delante de los ojos, sobre todo si esos huesos son los de la cabeza.

Pero este duro y obligado aprendizaje no se da cuando se trata de obtener una visión de las percepciones extrasensoriales, fuera de nuestra dimensión tridimensional no parece que existan leyes como las físicas gobernando las realidades.  Un ejemplo de ello lo tenemos en el mundo de los sueños, donde nuestra mente tiene libertad absoluta para mostrarnos cualquier tipo de realidad virtual.  La creación de las características figurativas de la realidad onírica no implican dificultad alguna para nuestra mente, cada noche creamos innumerables situaciones de realidad virtual.  Una de las funciones más importantes de nuestro cerebro, y a la que se le presta muy poca atención, es su capacidad de crear escenarios de realidad virtual, mundos y personajes creados exclusivamente para protagonizar en el teatro de nuestra mente impulsos que no protagonizamos en nuestra realidad tridimensional.  Las características figurativas de estos escenarios y personajes son extraídas de nuestra memoria, consciente o inconsciente, elegidos entre aquellos que estén más familiarizados con nosotros y mejor puedan escenificar las pasiones, los temores, conflictos, represiones, etc.  Lo importante para nuestra mente es hacernos vivir nuestros impulsos psicológicos, realizarlos en los sueños, y para ello elegirá un mundo y unos personajes que mejor puedan hacernos vivir esos impulsos.  Y al actuar así no está actuando caprichosamente, sino que responde a las órdenes de nuestros impulsos personales y al programa de selección de preferencias.  Y esto precisamente sucede cuando le ordenamos que nos interprete y nos dé una explicación a las percepciones extrasensoriales, prácticamente estamos obligando a nuestro cerebro a que nos cree realidades virtuales, cosa que hace muy a gusto y a poco que le insistamos; y, como nada le obliga a darnos una visión fiel de ese tipo de percepciones, nos ofrecerá la visión más lógica para nosotros, la que nos resulte más creíble, la fantasía que mejor nos podamos creer.  Buscará en nuestros patrones heredados culturales los materiales necesarios para crear un mundo esotérico o espiritual donde hará encajar las visiones y sonidos extraordinarios.  Y esto no es un capricho de nuestra mente, es el resultado de invitarla a darnos una visión precisa de unos datos tan imprecisos como son los que recibimos a través de la percepción extrasensorial.

De todos es conocida la existencia de la telepatía, de la clarividencia y de la precognición, y seguro que la mayoría de nosotros hemos tenido vivencias relacionadas con estas capacidades extrasensoriales.  También es de todos conocido el fracaso de todos los intentos hechos hasta ahora para dominar estas facultades.  Las consecuencias de este fracaso no vienen exclusivamente porque no sepamos utilizarlas, sino porque cuando a nuestro cerebro le estamos pidiendo que las utilice y no se dan las circunstancias para que funcionen, entonces se las inventa: visionamos algo que no está sucediendo, prevemos cosas que no van a suceder, o nos inventamos una conexión telepática que no existe.

En los ámbitos espirituales esta capacidad de inventar escenarios virtuales se ha puesto de manifiesto a lo largo de la existencia de la Humanidad.  El ansia por explicarnos las experiencias de las percepciones extrasensoriales ha obligado a nuestra mente a crear mundos donde encajarlas, escenarios donde tuviéramos una visión más o menos lógica de tan ilógicas experiencias, realidades virtuales que incluso nos obligamos a creer en ellas a golpe de dogmas de fe, religiones que pretenden satisfacer las inquietudes espirituales, sectas que poseen su particular realidad virtual donde toman protagonismo los impulsos psicológicos del grupo, mundos elegidos por personas cansadas de sus frustraciones en la dimensión tridimensional; esperanzas de vida que no existen, inventadas por la poderosa máquina de generar realidades virtuales, por nuestro cerebro.

Por lo tanto, los personajes, entidades, dimensiones y estados de los que nos hablan las religiones o las doctrinas de los caminos esotéricos, no son creaciones fantasiosas sin ningún sentido; tras ellas se ocultan esencias de nuestra humanidad.

El impulso sexual, por ejemplo, es una fuerza esencial en los individuos con el que generamos las fantasías oníricas que nuestro cerebro construye en la dimensión de los sueños.

Lo dramático se produce cuando esas imaginaciones, que en un principio sirvieron para escenificar unas pulsaciones psicológicas o para explicarnos las percepciones extrasensoriales, acaben tomando cuerpo en la conciencia humana y campen a sus anchas por la mente de los creyentes con vida propia.

Las sectas, que debieran de ser grupos de investigadores de lo oculto, acaban la mayoría de las veces atrapadas en sueños, en mundos de realidad virtual donde pretenden explicarse y satisfacer sus impulsos psicológicos espirituales.  Su diferente visión del mundo llega en muchas ocasiones a ser tan diferente del mundo real que crean en su imaginación mundos aparte.  Sofisticados escenarios esotéricos donde se protagonizan fantásticas tramas protagonizadas por las pulsaciones de la sombra humana.  Tal es el grado de realidad que la conciencia del grupo sectario puede imprimir en esos mundos virtuales, que incluso puede superar el grado de realidad de la dimensión tridimensional.  Y es entonces cuando se vive en una realidad no física, moviéndonos por este mundo como si viviéramos en otro.

Nuestra ansia por descubrir nuevos mundos nos ha llevado infinidad de veces a inventarlos.  ¿Qué otra cosa pueden ser, aparte de invenciones, los innumerables mundos espirituales contradictorios que nos enseñan las diferentes religiones, las vías esotéricas o las sectas?  Si alguna de ellas hubiera descubierto la auténtica realidad espiritual, ésta se hubiera impuesto a todas las demás que la contradicen.  No sucede así porque siempre se trata de imponer una realidad virtual sobre otra, algo que es imposible, porque cada sueño tiene su grado de realidad para quien lo sueña.

PERCEPCIONES EXTRASENSORIALES EN HERMANDAD

Está sobradamente reconocida la efectividad del trabajo en grupo para conseguir determinados fines en cualquier ámbito de las actividades humanas.  Y en los ambientes esotéricos, religiosos o místicos, no iba a ser menos; la efectividad de sus grupos de trabajo también está demostrada, su poder creativo mental demuestra una gran capacidad para convertir en “realidad” cualquier tipo de fantasía.  La atmósfera sagrada generada por los rituales de un grupo espiritual propicia enormemente la creatividad.  Como dijimos en el capitulo anterior, nuestro cerebro no tiene limitaciones para crear realidades virtuales en las dimensiones espirituales, y, cuando son más de un individuo los implicados en este tipo de creaciones, los resultados son siempre sorprendentes, y adquieren un grado de realidad compartida indiscutible para quienes así lo perciben.  Y no sólo me estoy refiriendo a pequeños grupos de personas, muy a menudo estas creaciones son aceptadas por la gran masa de una sociedad y se convierten en escenarios y personajes reconocidos por la mayoría.  De hecho, no creo que haya existido en la Historia una sociedad que no acogiera algún tipo de estas creaciones, ya se tratara de una gran nación o de una pequeña tribu, siempre la colectividad aceptaba un tipo de escenarios virtuales, paraísos, cielos o infiernos, donde se desarrollaba la actividad de sus personajes, entidades espirituales, dioses, ángeles y demonios; virtuales también, por supuesto.  La mitología hace abundante acopio de este tipo de creaciones, como lo hacen también las diferentes religiones actuales, y por supuesto las sectas.

Cuando dormimos, las vivencias oníricas son individuales, las crea el cerebro tomando datos de la mente de la persona; pero, cuando se trata de las creaciones compartidas que estamos hablando, los datos con los que se crean estos escenarios, magnitudes y personajes espirituales, son tomados de la mente colectiva, de la cultura de la colectividad o del grupo implicado, lo que permite un grado de sofisticación y de detalles mucho más complejo que si de un solo individuo se tratara.

Convencer a un individuo de la existencia de una realidad espiritual que justifique su particular percepción extrasensorial, puede resultar relativamente fácil, pero convencer a toda una sociedad es mucho más complicado.  Para ello resulta necesario que los escenarios, personajes o magnitudes, sean creíbles por la mayoría, por lo que deberán de ser construidos con materiales extraídos de la propia cultura de la sociedad o de la secta en cuestión, y deberán también ser “soñados” por un grupo lo suficientemente grande e influyente como para convencer al resto.  Para otorgar un notable grado de realidad a estas creaciones, es necesario que haya un apreciable número de individuos de la colectividad que tengan las experiencias extrasensoriales mínimas que las apoyen.  Esta condición indispensable se da en las reuniones destinadas a fomentar la realidad virtual espiritual de que se trate.  En los ambientes de hermanamiento se dan las condiciones propicias, para obtener las experiencias extrasensoriales, que otorgarán realidad a las creaciones virtuales de los mundos espirituales imaginados.  La atmósfera sagrada introduce en una ensoñación colectiva al grupo de creyentes.  Una sutil embriaguez nubla la conciencia de este mundo y le da paso al mundo de los sueños espirituales, donde tomarán cuerpo las pulsaciones ocultas del hombre, en los escenarios y en los personajes soñados.  Después vendrá la fase siguiente: convencer al resto de personas de que aquello es real, algo que no implica demasiada dificultad aunque para ello sean necesarios años o siglos; pues cuando se ha creído una ilusión espiritual un considerable grupo de personas, la propagación de su creencia es sólo cuestión de tiempo.  Un grupo o sociedad de creyentes no tiene muchas dificultades para convencer a otro individuo de la realidad de sus creencias, si la persona en cuestión, por supuesto, no es ya un fanático creyente de otra realidad virtual espiritual opuesta, o un escéptico empedernido.

Para observar la influencia que la masa puede ejercer sobre un individuo, no hace falta meterse en esoterismo, en los espectáculos públicos como puede ser en un concierto de rock, en un acontecimiento deportivo, militar o artístico, tenemos claros ejemplos; en ellos se puede sentir el vibrar del público, sus emociones y sus sensaciones, y podemos observar lo tremendamente fácil que le resulta al individuo dejarse llevar por ellas; tanto es así que la persona puede llegar a traspasar sus propias limitaciones y acabar sorprendida de haber experimentado sensaciones que nunca tuvo o de haberse comportado como nunca lo hubiese hecho por sí misma.

El único punto en común que pueden llegar a tener las personas de estos grupos es su interés por el espectáculo o acontecimiento que están presenciando, circunstancia suficiente para hacerlos vibrar al unísono y para proporcionarles vivencias extraordinarias.

Pero, cuando la reunión tiene un objetivo que no es de este mundo, las vivencias que se pueden producir en los individuos pueden llegar a ser auténticas experiencias extrasensoriales.

En cualquier agrupación de personas se vive una especie de sintonización.  Cada individuo puede vibrar al unísono entrando en resonancia con los demás, como si de un contagio vibratorio se tratará.  En el capítulo de los chacras decíamos que eran centros de bioenergía corporales que vibraban y emitían las radiaciones que forman el aura, y parece ser que esas radiaciones traspasan nuestro globo bioenergético y las emitimos al exterior.  De estas vibraciones personales apenas se conocen sus características ni su alcance, lo que sí parecen provocar, en las personas predispuestas a ello, es una recepción de las emisiones producidas por las personas transmisoras.  Si ponemos dos instrumentos musicales próximos y producimos una nota musical con uno de ellos, el otro resonará también en la misma frecuencia.  Para que esto suceda entre nosotros será primero necesario que podamos vibrar a la misma frecuencia y estemos predispuestos a vivir esa sintonización.

Los templos nunca fueron exclusivamente centros de adoración, fueron ante todo lugares de experimentación donde se generaba la atmósfera sagrada, el sumo sacerdote vibraba en trances alucinatorios y contagiaba a su auditorio.  Hoy en día se ha perdido bastante la espectacularidad de estos acontecimientos públicos, ya sea porque no existe en general una buena predisposición para experimentar los procesos sagrados o porque los sacerdotes oficiales no son capaces de hacernos vibrar como lo hacían los sumos sacerdotes de la antigüedad.  Cierto es que todavía nos queda, en los rituales que protagonizamos en los templos oficiales, una tenue presencia de la divinidad que se puede llegar a vivir, las oraciones y los cánticos en masa nos pueden elevar hacia dulces dimensiones espirituales, o hacernos sentir la culpa que nos invitará a los infiernos.  Pero, en el seno de muchas sectas, las experiencias extrasensoriales son mucho más espesas y cobran un notable grado de realidad, pues son capaces de generar atmósferas sagradas mucho más densas.  Sus miembros se abren a vibraciones esotéricas más profundas, y en sus sumos sacerdotes, gurús, predicadores, sanadores, etc., nos encontramos con la fuente generadora de la vivencia sagrada, o sencillamente con la dirección del éxtasis colectivo.

El hermanamiento es condición indispensable para que la experiencia extrasensorial en este tipo de grupos se produzca.  Mientras que en otro tipo de acontecimientos públicos basta con un interés común y pertenecer a una misma sociedad para integrarse en las vivencias del grupo, en los ámbitos espirituales es necesario una confraternidad entre sus miembros para que puedan sintonizar con niveles vibratorios elevados y generar una densa atmósfera sagrada.  El íntimo lazo emocional facilita la sintonización entre las personas, la unión entre ellas; necesitan vivir unidos las experiencias de otras dimensiones, apoyándose mutuamente y dándose confianza mutua.  Un escéptico en el grupo puede estropear toda una sesión vuelo místico, de ahí la intransigencia que siempre han demostrado los seguidores de las vías espirituales con las personas de poca fe.  Para que la realidad virtual espiritual cobre visos de realidad es necesario creer en ella, darle un voto de confianza al menos, después la mente se encarga de hacer el resto.

En nuestros días podemos observar en los debates públicos de creyentes con escépticos, como los creyentes defienden una realidad que sus detractores no conocen en absoluto.  Debates que suelen terminar en un diálogo de sordos, pues unos no se explican como los otros no pueden ver las realidades espirituales que ellos ven, y los otros no se explican que es lo que están viendo esas personas para que lo defiendan con tanto ahínco.  Los creyentes en las realidades virtuales espirituales ven un mundo particular que no puede ser compartido ni comprendido por quienes no creen en él.  Esta incomunicación se da también entre seguidores de diferentes religiones o sectas, sobre todo si éstas adoran a deidades diferentes ubicadas en parajes espirituales virtuales diferentes también.

Estas faltas de acuerdos nos han creado auténticas tragedias históricas.  Los debates no se hacían antes como los hacemos ahora, sino que se le cortaba la cabeza a quien no nos daba la razón.  De esta forma se defendía la realidad de las realidades virtuales, a punta de espada.  Hoy en día podemos sentirnos afortunados de que no sea así, al menos en los países desarrollados, donde el escepticismo es una opción libre de ser tomada por quien lo desee.  Como lo es también la fe, condición que continúa siendo indispensable para introducirnos en una realidad virtual espiritual.

Otra causa que une como una piña a los grupos o sociedades de creyentes es el pánico.  Las experiencias extrasensoriales asustan al más valiente.  Los seres humanos ante una situación de peligro nos unimos más que nunca, y por supuesto que el sumergirse en una realidad virtual espiritual produce un miedo espantoso.  Situación que siempre se querrá remediar introduciendo en ella entidades protectoras de los débiles humanos, porque en los mundos virtuales espirituales el ser humano se suele quedar en muy poquita cosa.  Miedos que tomarán cuerpo en lugares o personajes terroríficos de los que es muy difícil librarse, infiernos y demonios que sirven de justificación si no sales bien parado de la aventura, cosa que sucede a menudo.

Espero que me esté explicando lo suficiente para entender el grado de realidad que pueden adquirir las experiencias extrasensoriales en grupo.  Aunque hayamos visto que suceden en una especie de sueño místico, no conviene olvidar la fuerte impresión de realidad que experimenta quien lo vive.  No se trata de tenues ensoñaciones debidas a la sugestión, se pueden vivir autenticas películas de miedo o de gloria divina siendo el protagonista de forma muy real, sin tener la sensación de que se está viviendo una película.  Si recordamos esos casos en los que dormidos soñamos con un elevado grado de conciencia, de tal forma que en el momento de despertar no estamos muy seguros si el mundo real es el de los sueños o el de la vigilia, tendremos un ejemplo del elevado impacto en la conciencia del individuo que pueden tener los sueños.  Las percepciones extrasensoriales en hermandad provocan impactos de realidades compartidas de indudable existencia para quienes los viven.  El sencillo y peligroso juego de la ouija pone de manifiesto con que sencillez podemos poner en marcha percepciones de otras supuestas realidades.  Un sencillo mantra entonado en grupo desata unas fuerzas impresionantes.  Y la invocación de cualquier entidad espiritual encuentra respuesta segura cuando se realiza al unísono por más de una persona creyente.  Estas experiencias se hacen muy espesas y palpables para quienes las viven en grupo, bien podríamos decir que el grupo hace de amplificador y potencia su grado de realidad.  Todas las mentes unidas crean unas realidades virtuales espirituales mucho más reales que si lo hiciera un cerebro solamente.  Su grado de realidad puede llegar a ser tan poderoso que pueden hacer temblar nuestra realidad tridimensional.  Siempre ha sido así: la realidad física se resquebraja ante los fenómenos paranormales.  Desatado el fenómeno paranormal, apenas puede la persona incrédula negar su existencia.  Hasta hace unas pocas décadas nadie se atrevía a negar la existencia del demonio, por ejemplo, personaje que tiene un voluminoso historial de manifestaciones físicas en nuestro mundo.

Pero la culturización del pueblo, que tanto querían evitar los poderes eclesiásticos del pasado, nos ha llevado a conocer otras religiones; y ahora nos preguntamos si esos escenarios que en las realidades virtuales espirituales se describen, sus fuerzas, sus entidades y sus personajes, son en realidad reales.  De existir un cielo realmente, por ejemplo, no sabríamos como es, porque cada religión o secta lo describe de forma diferente, y con unos seres en su interior tan dispares de una descripción a otra que no podemos sino deducir que esos paraísos del más allá, con sus habitantes incluidos, no son sino creaciones de los seres humanos.  Seguro que, para el creyente, el cielo que él conoce es el real, con todas sus fuerzas y entidades incluidas; pero, si nosotros hemos de ser imparciales y procuramos no inclinarnos por ninguna opción que no sea evidente, no encontraremos, en un análisis comparativo, ninguna que nos ofrezca más visos de realidad que las otras.  Lo que nos lleva a deducir que todas son creaciones de quienes creen en ellas.

LA ATMÓSFERA SAGRADA

A lo largo de todo este libro no vamos a dejar de utilizar este concepto y de desarrollarlo.  El estudio de la atmósfera sagrada es de suma importancia para entender el mundo sectario, es un ingrediente clave en la vida espiritual del hombre, y habitualmente se obvia cuando se habla de las sectas.  Podríamos definirlo como la consecuencia de una elevada vibración personal, esencia de toda vivencia espiritual y de la experiencia religiosa.  Son nuestros chacras superiores emitiendo vibraciones y generando una atmósfera espiritual en torno a la persona que vive este proceso, alcanzando elevadas densidades cuando es un grupo de personas las que vibran espiritualmente, generando en su entorno una atmósfera sagrada que se puede “respirar”.

Conviene aclarar que no estoy hablando de una vibración extraordinaria destinada únicamente para los elegidos, exclusiva de las personas religiosas. Nada más lejos de la realidad, la atmósfera sagrada la encontramos muy a menudo en la vida de las personas corrientes aparte de las actividades religiosas.  Es un aire sagrado que lo conocemos todos, rara es la persona que en algún momento de su vida no lo ha respirado intensamente en soledad o en grupo.  Especialmente en la adolescencia se viven momentos o temporadas que el elixir sagrado nos embriaga, se sea creyente o no se crea en nada.  Es la sustancia que crea el misticismo aparte de las creencias, es la vibración que abre nuestra mente al infinito, la que da cuerpo a lo divino.  Un amor platónico tiene mucho de sagrado.  Los artistas conocen muy bien la divinidad de su creatividad.  Un buen concierto de ópera, por ejemplo, puede sacralizar tanto a su auditorio como un ritual religioso.  Un buen museo es un templo de creatividad con su atmósfera sagrada propia, exponga temas religiosos o no.  Los enamorados se divinizan y se adoran mutuamente embriagados por los elixires de la atmósfera sagrada que los envuelve.  Lo sagrado es una sensación humana, aunque casi siempre la convirtamos en una sensación divina.

Vamos a intentar dejar bien claro lo básico de este concepto, pues es esencial hacerlo para continuar entendiendo este estudio.  Para ello es necesario separar lo que estamos llamando atmósfera sagrada de lo que habitualmente la envuelve y se suele presentar unido a ella.  Nos va a venir de perillas continuar usando la metáfora del sexo para entenderlo.  (Lamento que esta traslación pueda resultar sacrílega a algunos creyentes, pero no encuentro otra mejor).  Todos conocemos la vibración sexual, y no nos resultará difícil entender que es una atmósfera sexual: aquella que puede emitir una persona sexy, o aquel ambiente generado por una pareja o grupo sumido en erotismo; pues bien, la atmósfera sagrada es otro tipo de vibración digamos que más espiritual, menos corporal, aunque se puede sentir por todo el cuerpo.  También sabemos que la energía sexual, la libido que llamaba Freud, no son los rituales amorosos, ni los genitales, aunque habitualmente fluya a raudales por ellos; así como tampoco la energía sagrada son los chacras que los emiten, ni los altares, ni los dioses, ni los rituales religiosos, aunque habitualmente fluya a raudales por ellos; éstas dos energías existen por sí mismas y dan cuerpo a todo aquello por donde circulan.  El río no existe sin el agua, pero no es el agua; estas energías son el agua de todo aquello por donde circulan, le dan realidad a todo lo que alimentan, pero no son esas realidades ya sean sagradas o sexuales.  Y tanto una energía como otra pueden ser experimentadas por una persona que no haya oído hablar de ellas en su vida.  El sexo, en aquellas culturas que lo reprimían, irrumpía en las personas sorprendiéndolas en la mayoría de los casos; y lo sagrado también es susceptible de ser experimentado en aquellas personas que nunca oyeron hablar de los cielos, de los dioses o de los santos, pues éstos son como ríos por donde fluye lo sagrado, mas el agua puede beberse en otras fuentes u otros ríos sin nombres, diferentes a los conocidos.

La atmósfera sagrada es embriagadora y seductora, como la sexual; y crea adicción, como el sexo.  Los fluidos sexual y sagrado son tan semejantes en sus comportamientos que ambos consiguen unirse en perfecta armonía en los enamoramientos típicos de las parejas.

La sexualidad es en el mundo material lo que la divinidad es en el mundo espiritual.  Y si ha sido lamentable lo que el hombre ha hecho con su sexualidad en el curso de la Historia, más lamentable es lo que ha hecho y continua haciendo con su divinidad; pues todavía no somos conscientes de que nuestro fluir divino es nuestro, no de caprichosos dioses, entidades o energías divinas ajenas a nosotros.  La sombra de la maldad humana se ha apropiado de la divinidad del hombre en muchos casos para causarle gran sufrimiento, una energía gloriosa en sí misma ha sido y está siendo causa de gran sufrimiento para gran parte de la Humanidad.  Espero que nadie se extrañe de este fenómeno, con la sexualidad nos sucedió algo semejante.  La violencia unida al sexo nos ha dado muchos disgustos y nos los continúa dando, y la represión sexual también ha sido causa de sufrimiento y de enfermedades mentales.  Una energía tan dichosa como es la sexual puede ser convertida en causa de gran sufrimiento.  Solamente cuando fuimos conscientes de que nosotros somos los primeros responsables de nuestra sexualidad, fue posible empezar a disfrutarla.  Y solamente cuando seamos conscientes de que nosotros somos los primeros responsables de nuestra divinidad, será cuando podremos empezar a disfrutarla.  Espero que este libro nos sirva para retomar la conciencia de lo que es nuestro.  La atmósfera sagrada es en el plano espiritual lo que la atmósfera sexual es en el material.

El sexo es una fuerza creadora de vida, y la atmósfera sagrada también lo es, con la diferencia de que la primera crea seres vivos en este mundo y la segunda crea también seres presumiblemente vivos pero en el otro mundo.  La vivencia sagrada conlleva un impulso creativo enorme que excita la imaginación de la persona más tranquila.  En mi opinión ella fue el origen de tan variopintas creencias espirituales que existieron y existen en el mundo.  Los artistas aprovechan el impulso creativo de la atmósfera sagrada que pueden llegar a sentir, aunque sea mínimo, para realizar sus creaciones.  Recordemos que la mayoría de las grandes obras artísticas de la antigüedad fueron religiosas, el arte sacro es una clara manifestación del gran impulso creador que conlleva la vivencia de lo sagrado.

Mi experiencia personal reafirma este hecho: Cuando regresaba de asistir a seminarios, donde había respirado una densa atmósfera sagrada, experimentaba fuertes impulsos creativos.  Nuevas ideas bullían en mi mente, nuevos proyectos de futuro y las más sorprendentes creaciones mentales solicitaban mi actividad para hacerlas reales.  En ocasiones, permanecía meses, incluso años, borracho de elixires creadores, empeñado en realizar inventos al estilo Leonardo da Vinci que siempre acabaron en agua de borrajas.

Las creaciones más sublimes del hombre, haciendo uso de la atmósfera sagrada, han sido y siguen siendo aquellas realizadas en las dimensiones espirituales.  Es sorprendente observar como la sustancia o vibración sagrada es capaz de dar cuerpo a la imaginación estimulada por la percepción extrasensorial.  La fantasía esotérica puede cobrar vida en otros mundos imaginados con un realismo tan sorprendente que puede llegar a influir y a manifestarse en la realidad de nuestro mundo.  La mitología nos habla de multitud de fantásticos mundos espirituales poblados de los seres más increíbles.  Realidades virtuales que afectaron muy directamente a la realidad de nuestros antepasados; así como en la actualidad nos están afectando a nosotros las realidades virtuales espirituales que están vigentes hoy en día.  En el seno de las religiones, de los caminos esotéricos y de las sectas, se mantienen vivas gran cantidad de estas creaciones.  Observemos en el siguiente capítulo esta gran capacidad creadora del hombre por lo ancho y largo del mundo y a través de la Historia.

LAS REALIDADES VIRTUALES ESPIRITUALES

Hagamos una lista de estos mundos del más allá para que podamos ir ampliando la idea que tememos de ellos, pues seguro que al menos uno ya lo conocemos.  Empezaremos por la realidad virtual espiritual que más nos atañe, la que se extendió por Occidente basada en las viejas creencias hebraicas plasmadas en el antiguo testamento de la Biblia.  En ella existe un cielo feliz plagado de ángeles y de personas que fueron buenas en vida, y donde reina un dios todo poderoso creador de todas las cosas, y, en contraposición, existe un infierno lleno de demonios y de personas que fueron malas, donde reina el demonio más malo de todos.  Los cimientos básicos de esta realidad virtual son antiquísimos, pero al paso de los siglos y de los milenios se fueron añadiendo “pequeños detalles” en su construcción.  Diversos enriquecimientos literarios sin importancia a no ser porque causaron grandes guerras y millones de muertos.  Se supone que el pueblo judío se quedó con la versión antigua.  Los cristianos introdujeron a Cristo y lo sentaron a la diestra del gran padre creador, algo con lo que no estaban de acuerdo los árabes, ya que para ellos el profeta del dios bíblico es Mahoma.  Y a estos cambios en las sagradas escrituras le sucedieron otros y otros, hasta hoy en día, época en la que existen multitud de religiones derivadas de ellos, cuyos mundos virtuales son muy parecidos entre sí, pero con alguna modificación que les costó la expulsión de la religión madre por su sacrílego atrevimiento.

Sin salir de nuestra civilización podemos llegar a conocer una gran cantidad de estas variantes derivadas del tronco original hebraico, repartidas por el gran abanico de sectas asentadas en nuestras ciudades, donde también podemos encontrar realidades virtuales espirituales ajenas a la Biblia, y a nuestro tradicionalismo religioso.  Porque en la antigüedad existieron otras grandes creencias, diferentes escenarios espirituales a los descritos en la Biblia.  Algunos de ellos muertos o casi muertos, porque no tiene creyentes que los mantengan vivos, y si los tienen son en pequeño número; mundos que han acabado convertidos en literatura fantástica o infantil, como son aquellos donde habitan las hadas, los gnomos o los vampiros.  Entre los mundos espirituales más importantes desaparecidos tenemos al mismísimo Olimpo griego, lleno de poderosos dioses que gobernaron sobre los antepasados que vivieron en los orígenes de nuestra civilización occidental.  Y no olvidemos las realidades virtuales espirituales egipcias, plagadas de deidades.

De estos mundos desaparecidos merece destacar la enorme cantidad de animales mitológicos que los poblaban, desde el famoso Minotauro hasta los dragones que raptaban a las princesas en el medioevo.  En este sentido la Biblia es una excepción de realidad virtual, en ella apenas residen personajes que no sean de forma humana.  Si descartamos las alas de los ángeles y los cuernos de los demonios, sus personajes tienen cuerpos bastante parecidos a los que tenemos nosotros.  Pero esto no es siempre así, en el resto de realidades virtuales nos encontramos con mundos exóticos plagados de dioses y de demonios de los más variados aspectos, donde las formas animales se entremezclan con las humanas.  La combinación más típica es la compuesta por un cuerpo humano y una cabeza animal.  El hinduismo contiene muchas de estas combinaciones, en los templos de la India nos podemos encontrar en los altares con un dios elefante, con otro dios mono, o con una diosa serpiente.  Aunque conviene aclarar que al mal le gusta disfrazarse mucho más que al bien, pues hay más diferencias con los humanos en los personajes malvados, con rostros terroríficos y cuerpos mitad animales mitad hombres, que en los personajes destinados al bien.  Está claro que los creadores de estos seres querían dejar bien claro la bondad de las personas de aspecto normal.

También existen notables diferencias respecto al “espacio” donde presumiblemente se ubican las realidades virtuales espirituales.  Popularmente situamos nuestro tradicional cielo allende las estrellas, y a nuestro infierno en algún lugar de las profundas entrañas de la Tierra, sin que tengamos muy claro donde se encuentran realmente.  Sin embargo, otras creencias sitúan a sus personajes espirituales en escenarios diferentes.  Mereciendo especial atención las creencias animistas, muy profesadas por el hombre primitivo, y que han perdurado hasta nuestros días.  Los dioses o espíritus de la Naturaleza no se suelen encontrar en cielos o infiernos semejantes a los bíblicos, sus hábitats espirituales son de los más extraño y sofisticado; aunque en ocasiones no son  lugares ajenos a nuestra realidad.  Un dios de una montaña se puede encontrar en las entrañas de su montaña, y el dios de cualquier raza de animales puede campar por los prados con sus manadas.  En el sinto japonés tenemos como ejemplo un gran panteón de dioses o espíritus de la Naturaleza.  En el chamanismo también observamos abundantes ejemplos de estos dioses y demonios de la Naturaleza, que han conseguido su resurgimiento en nuestra sociedad gracias a la proliferación de sectas animistas.

Conviene reseñar que existen miles y miles de seres espirituales de naturaleza debido a que cada cultura, cada civilización o pueblo, que profesa cultos animistas, tienen sus dioses y demonios particulares diferentes a los demás pueblos, aunque sean espíritus de una misma planta, raza de animales, ríos o montañas.  Un dios de las vacas de una zona del mundo no se parece en nada al dios de las vacas de otro lugar, aunque las vacas sean iguales.  Por ello existen miles y miles de dioses repartidos por todo el planeta, aunque reinen sobre las mismas especies.  Ello es debido a que en cada lugar nacieron de creadores distintos, de diferentes culturas y civilizaciones; recordemos a los druidas celtas en Europa, a los chamanes indios americanos, a los mayas, y a la enorme variedad de pueblos asiáticos donde surgieron rituales animistas practicados desde hace miles de años.

Las creaciones virtuales espirituales parecen tener vida propia: nacen, crecen, se reproducen y hasta algunas han llegado a morir.  Para su nacimiento solamente necesitan de un grupo de influyentes videntes que la experimenten en su sagrado sueño compartido, después vendrá la santa anunciación al resto de la sociedad, y, si todo les es propicio a la criatura, y no se la ha engullido otra creencia contraria, el paso de los siglos la hará crecer aumentando su número de creyentes.  Si la suerte o la espada de sus defensores continúan animando su crecimiento, sobrevendrá el siempre doloroso y trágico trance de la reproducción, del cisma, del sector de herejes que percibirán en el mundo virtual original algún cambio sacrílego para su creencia madre. Y a un cisma le podrá seguir otro y otro, llegando a niveles de reproducción sorprendentes como en el caso del cristianismo.

Aquellas personas, muy interesadas por estos temas, quizás se sientan frustradas al creer imposible asistir a un nacimiento de una realidad virtual espiritual, porque habitualmente se consideran creaciones muy antiguas.  Para su alegría, he de decirles que la capacidad creadora de aquellos que experimentan la atmósfera sagrada no ha desaparecido, se continúan generando nuevas realidades espirituales, en realidad nunca se ha detenido el proceso creador.  Incluso en los momentos de un mayor monopolio de la espiritualidad por las religiones universales, los creadores de nuevas realidades virtuales, aunque no se atrevían a crear mundos totalmente nuevos, modificaban el mundo de su religión madre y creaban una nueva religión.

La creatividad provocada por la atmósfera sagrada, religiosa en estos casos, no se detiene nunca, y se adapta a los cambios culturales de las sociedades.  Asistir a un nacimiento de una realidad virtual espiritual totalmente nueva sí que es mucho más difícil.  No porque nuestros antiguos tuvieran más imaginación que nosotros, sino porque un nuevo mundo espiritual solamente podrá nacer de una civilización nueva.  Recordemos que estos sueños compartidos nacen de la cultura de los pueblos que los sueñan.  Ahora podríamos preguntarnos si nuestra cultura es lo suficientemente novedosa como para que emerjan de ella realidades virtuales espirituales totalmente nuevas.  Pues parece ser que así es.  El moderno desarrollo tecnológico de nuestra civilización nos aporta un nuevo ingrediente cultural esencial para crear nuevas realidades virtuales espirituales no nacidas de otras viejas.  Este es el caso de los mundos de ciencia-ficción plagados de extraterrestres.  Los estudiosos del fenómeno religioso están de enhorabuena, pueden observar en vivo el nacimiento de una realidad virtual espiritual, el fenómeno ovni esta ahí con su gran número de creyentes que aumenta día a día.

También conviene recordar en este capítulo que, a pesar del inmovilismo de muchas religiones, los mundos virtuales espirituales están en continuo cambio, sobre todo en nuestros días, cuando tantos cambios suceden sin cesar en nuestra sociedad.  Cuando una religión defiende su inmovilismo a ultranza, corre el riesgo de perder su integración con una sociedad en progreso.  Una de las claves del éxito en la propagación de muchas sectas es su flexibilidad a la hora de adaptarse a los movimientos culturales de los pueblos.  La cultura y las realidades virtuales espirituales conviven en un régimen interactivo, influyéndose mutuamente; si la creencia se niega a ser influenciada por los cambios sociales corre el riesgo de morir.  En estos tiempos de libertades, están sucediendo enormes cambios culturales a una velocidad sorprendente.  Las realidades espirituales están experimentando unos cambios como nunca sucedió en la Historia, y a un ritmo muy poco habitual, pues siempre estos cambios necesitaron mucho más tiempo que el que ahora necesitan para cuajar en las masas de creyentes.  No cesan de desaparecer viejos métodos de realización espiritual mientras aparecen otros nuevos.

Otra consecuencia de esta exuberante creatividad es la cantidad de mezclas de estos mundos que se están produciendo en la actualidad en las sectas, cogiendo un poco de este mundo y otro poco de otro, unos personajes de éste y otros de aquél; resultando de esos cócteles divinos asombrosos mundos espirituales donde Jesucristo se sienta al lado de Buda, o la virgen María lucha contra los dragones medievales.  A medida que aumenta en la población el conocimiento de nuevas realidades virtuales espirituales, es inevitable que se creen nuevos mundos en el más allá mezclas de todos ellos.

Cuando se estudian las grandes obras de la Humanidad se suelen ignorar las creaciones espirituales, al hombre le cuesta reconocer su capacidad creativa de dioses y de demonios, como también le costó reconocer que sus sueños son creaciones suyas.  El creyente no puede deducir que la realidad virtual espiritual en la que cree sea creación suya o de sus antepasados, pues él mismo se considera una creación de las entidades divinas que él considera creadoras de toda forma de vida.  Digamos que él se considera una creación de sus propias creaciones espirituales.  Aptitud suficiente para dar viso de realidad a sus sueños espirituales y olvidar su protagonismo y participación en ellos.

Y, como se puede sospechar, el hombre ha creado a lo largo de su Historia infinidad de divinidades que se le antojaron creadoras del mundo, del universo y de él mismo.  Han existido, existen y existirán, multitud de entidades divinas creadoras del universo, con notables diferencias entre sí. (Digo esto para quienes pueden llegar a pensar que se trata de un solo dios con diferentes nombres).

Podríamos continuar realizando un análisis comparativo de estas deidades y realidades virtuales espirituales más detallado, pero dudo si será muy conveniente para mi seguridad en este mundo, demostrar con demasiados detalles, que todo escenario religioso de los otros mundos son una realidad virtual.  Muchos creyentes se sentirán insultados ante semejante atrevimiento y podría crearme demasiados enemigos.  (Aunque sería aplaudido cuando calificara de ilusión una creencia que no fuera la suya).  No sería el primer escritor perseguido a la antigua usanza por herir la frágil estructura de estas realidades virtuales.  La violencia con que se han defendido siempre estas santas realidades ha sido espantosa.  A lo largo de la Historia se desataron multitud de trágicas guerras donde los creyentes en unas realidades virtuales espirituales intentaban borrar del mapamundi al resto de creyentes en otras para imponer así la suya.

Cabe preguntarse cómo es posible que estas santas realidades hayan dado cabida ―y sigan dando― a tanta violencia.  Si la atmósfera sagrada es el seno de donde surgen, y ésta es una atmósfera de amor y de paz y origen de los milagros, ¿cómo es posible que tenga cabida en ella la violencia?  Si volvemos a retomar el ejemplo comparativo del sexo, observaremos que él también es muy positivo en sí mismo, pero es también un gran generador de fantasías.  La imaginación se desborda en proporción directa a la intensidad de vibración experimentada ya sea ésta sexual o sagrada.  En un caso serán las fantasías sexuales, y en otro serán las fantasías espirituales.  Creaciones mentales que podrán ser tan positivas como las energías que las alimentan, o, por el contrario, podrán ser creaciones perversas brotadas de las semillas del mal humano plantadas en las energías vírgenes.  Entonces tendremos las aberraciones, sexuales en unos casos, y sagradas en otros; violaciones y agresiones sexuales o espirituales.  La perversidad generada por la mente humana es capaz tanto de dañar la función tan positivamente creadora del sexo como la de la atmósfera sagrada.  Lo más habitual es que la mente humana realice sus creaciones mezclando tanto el bien como el mal en ellas, consiguiendo así infinidad de matices.

A lo largo de este estudio no cesaremos de observar la gran cantidad de variopintas creaciones que la mente de los artistas esotéricos han creado y  continúan creando, e intentaremos descubrir aquellos aspectos que en su origen no son precisamente sagrados aunque se presenten como tales.

Estas fuerzas o personajes de las realidades virtuales espirituales son representaciones de nuestras profundas fuerzas o pulsaciones psicológicas, que podemos percibir a través de la percepción extrasensorial.  Nuestro subconsciente nos representa nuestras propias realidades internas de esta forma semejante a como lo hace cuando dormimos en los sueños.  Las realidades virtuales espirituales son sueños, no son creaciones conscientes, pero no por eso dejan de ser importantes, en ellas se encuentra representada toda nuestra profunda realidad, e incluso influyen en nuestra realidad física.  La mayor diferencia con los sueños del dormir radica en que las realidades virtuales espirituales son sueños compartidos por quienes creen en ellas, no por el resto de personas no creyentes o creyentes en otras realidades virtuales.  De ahí que cuando se otorga realidad, a una de estas ilusiones espirituales, se anulen automáticamente el resto de las demás.  Un creyente que “sueña” en la realidad virtual de su creencia no puede creer en otra diferente, pues no se pueden tener dos sueños simultáneamente.  De ahí que existan tantas creencias tan diferentes y tan incomprendidas entre sí.

Si todos los grandes videntes espirituales hubieran visto un mismo cielo, un mismo dios o unos mismos personajes espirituales, no habría problema, todos creeríamos que son ciertos.  Pero, como sucede en el mundo de los sueños, nuestra realidad interna se escenifica de forma diferente según sea un individuo u otro quien sueña.  En unos grupos humanos el bien y el mal se escenifican de distinta forma a otros grupos, todo depende de la cultura a la que pertenece cada grupo, y si en uno el representante supremo del bien aparece con un aspecto determinado, en otros lo hace de forma diferente.  Después suele venir la disputa entre grupos de creyentes en un tipo de representación o de otro, defendiendo unos una imagen y otros la otra, defendiendo uno a un dios y otros a otro, sin explicase cada uno cómo el otro puede ver algo diferente a lo que ellos están viendo.

Los escenarios de nuestros sueños cuando dormimos son creaciones nuestras, de nuestra mente, aunque no las realicemos conscientemente; en ellas se representa únicamente nuestra vida interior, aunque muchos de los personajes que aparezcan en nuestros sueños nos hablen y nos dé la sensación que no son creaciones nuestras.  En las realidades virtuales espirituales sucede lo mismo, pero habitualmente de forma compartida, lo que aumenta el grado de realidad del sueño esotérico.  En las diferentes atmósferas sagradas, donde se crean o se recrean estos sueños de realidades virtuales espirituales, las entidades espirituales o fuerzas divinas son parte de nosotros por mucho que creamos que no tenemos nada que ver con ellas y que existen por sí mismas.  Soy consciente de que esto es muy difícil reconocerlo, en especial para el creyente; al igual que cuando estamos soñando nos será casi imposible reconocer que tanto el escenario así como los personajes de nuestro sueño son creaciones de nuestra mente.  Despiertos, podemos entender que el toro, aquél que nos perseguía en un sueño, es una creación de nuestra mente; pero, cuando lo soñamos, sufrimos la trágica persecución como si fuera real.

La atmósfera sagrada es propicia para “soñar sueños compartidos” vividos con tal grado de realidad que se convierten en creencias religiosas.  Y, como en el caso de los sueños, esto será muy difícil reconocerlo mientras se continúe soñando.

LA TRANSMUTACIÓN DE LAS ENERGÍAS

El auge que las ciencias han experimentado en el último siglo, en los países desarrollados, ha introducido en nuestra cultura popular un gran número de términos científicos que a su vez han sido absorbidos por los diferentes caminos espirituales.  La utilización de estos términos permite dar explicaciones más sofisticadas y detalladas de las magnitudes espirituales,  incluso de esta forma dan la sensación de ser más convincentes al imprimirles un carácter científico.

Entre todos ellos, el concepto de energía es el más utilizado en todas sus variantes y sinónimos.  Ya forman parte del vocabulario esotérico popular expresiones como: el poder de la fuerza, la radiación divina, la luz sanadora, la energía universal, el poder mental, las radiaciones cósmicas, las fuerzas del lado oscuro, las energías armonizadoras, las buenas y las malas vibraciones, las energías positivas, negativas, constructivas, destructivas, etc.

Por supuesto que el término energía siempre se ha utilizado, pero nunca con tanta asiduidad como en la actualidad.  Las religiones, las vías espirituales o esotéricas, o los métodos sanadores, que incluyen alguna forma de energía en sus doctrinas, están de enhorabuena en los tiempos actuales.  El utilitarismo de nuestra civilización acepta muy complacido la utilización de cualquier tipo de energía, con tal de que sirva para mejorar el potencial personal de los individuos.  Ser más fuertes suele atraernos más que ser mejores y más espirituales.  El gran interés que despiertan las energías ―sean del tipo que sean― está mermando el viejo protagonismo de los dioses, incluso en muchos casos los dioses están siendo sustituidos por las energías.  Esto nos puede dar la impresión de habernos liberado de la brutal prepotencia de viejos dioses, pero en realidad apenas sucede cambio alguno cuando la creencia en un dios se sustituye por la creencia en una energía.  Lo que antes era un dios, ahora se llama energía.  Muy a menudo las energías esotéricas hacen el mismo papel que las deidades, solamente cambia el calificativo, se hace más moderno y más científico; pero el creyente se relaciona con él como si de deidades se tratara.

Probablemente, la deidad y la energía sean la misma cosa, un dios sin energía no es nada, y toda energía está sometida a unas leyes que la gobiernan, y las leyes que rigen el comportamiento de una energía son interpretadas por el creyente como impuestas por la voluntad divina.  En la antigüedad las energías se convertían en deidades como por arte de magia, y, hoy en día, las deidades de la antigüedad se están convirtiendo en energías por la influencia del pensamiento científico.  Incluso con la deidad suprema, el dios infinito, está sucediendo algo semejante, ahora resulta habitual dirigirse a él llamándolo poder superior, luz infinita, suprema energía de vida, poderoso espíritu soberano, etc.

No se puede evitar que las creencias estén influenciadas por nuestra cultura, nuestros intereses personales o nuestras circunstancias.  Nuestros antepasados creaban realidades virtuales espirituales relacionadas con las fuerzas de las Naturaleza, mundos imaginados que daban acogida al dios de las aguas, del viento y del sol.  Dioses que tenían un aspecto u otro según les iba a sus devotos en su relación con las fuerzas que representaban.  Si el clima era benigno con ellos, los dioses que los creyentes veían eran de aspecto muy agradable; pero si les iba mal la cosa: las aguas se convertían en torrentes destructivos, el viento en huracanes, o la sequía otorgaba al sol un poder abrasador; los dioses que ellos verían no serían de aspecto muy agradable.  Este es un ejemplo práctico de cómo las energías, en este caso las fuerzas de la Naturaleza, fueron convertidas en dioses diferentes.

Como venimos diciendo, cuando nuestra mente no es capaz de darnos una explicación lógica que podamos entender sobre algún acontecimiento, entonces, si continuamos insistiendo, pidiéndole una explicación, nuestro cerebro nos la dará creando una realidad virtual que nos explique lo que en realidad no podemos explicarnos de otra manera mejor.  Podríamos pensar que esto ya es Historia, y creer que las ciencias nos dan explicaciones suficientemente satisfactorias como para no tener que crearnos realidades virtuales.  Esto es verdad en relación con las magnitudes físicas comprendidas científicamente; pero, con las psíquicas o espirituales, estamos como nuestros antepasados estaban con las fuerzas de la Naturaleza, no cesamos de utilizar realidades virtuales para explicarnos y poder entender las movidas de esas energías por nuestros interiores.

En el yoga encontramos un ejemplo práctico de todo esto que estoy diciendo y que a mí  me tocó vivir muy de cerca.  Kundalini es la energía madre del yoga, yace dormida en nuestro interior, y en su despertar reside nuestra realización como seres espirituales.  Es una diosa muy poderosa.  Su despertar en nosotros requiere un laborioso proceso que puede necesitar para ser concluido varias vidas, según el yoga, claro está.  Muchos occidentales pensaron que esto era así porque en la India no se conocía el despertador, y, ni cortos ni perezosos, se lanzaron a intentar despertar a la bella durmiente.  Los que lo consiguieron, comprobaron que el ruido del despertador no es bien recibido, no solamente por los que vivimos en este mundo, sino que también molesta a quienes viven en el otro, y se encontraron con una diosa enfurecida convertida en una serpiente de fuego bastante enojada.  Cuando yo hacía yoga ―como comenté en el capitulo de los chacras― también tuve la desgracia de despertar esa fuerza que de poco me abrasa vivo.  Yo no recuerdo haber puesto despertador alguno (ya había sido avisado del peligro que corría), pero se conoce que, cuando anduve por mis interiores, debí de hacer algún ruido de más que despertó a la diosa antes de tiempo, y se me desató la tragedia.  Gracias a que hoy puedo contarlo, incluso en clave de humor; pero doy testimonió de que ese tipo de energías no son ninguna broma.  Cuando decidí bucear en mí para ver que estaba sucediendo en mis profundidades, allí estaba esa serpiente de fuego, era como una barra al rojo vivo que amenazaba con atravesar mi cuerpo, incluso emitía una especie de silbido semejante al que emiten las serpientes.  Más tarde aprendí que esa misma energía, que de poco me destroza los nervios, es representada en otras ocasiones como una madre toda llena de amor.  ¿Cómo es posible que una deidad pueda ser a la vez algo destructivo o algo sumamente beneficioso?  Pues de la misma forma que para nuestros antiguos era la diosa de las aguas: cuando todo iba bien era una diosa de vida y alegría, pero si se convertía en torrente y arrasaba todo lo que pillaba por delante, entonces era un demonio maligno.

Kundalini es una fuerte radiación bioenergética de nuestro cuerpo, su poder es semejante a la fuerza del agua contenida en un enorme pantano, si nos equivocamos al manipular las compuertas de la presa, o éstas se rompen por alguna causa, el poder de las aguas es netamente destructivo, pero si su fluir se regula de forma adecuada, es una fabulosa fuente de vida.

Hoy en día, la mayoría de nosotros no vemos deidades en las aguas, sencillamente porque conocemos casi todos sus misterios, desde los meteorológicos hasta los químicos.  Nada nos induce a pensar que haya un espíritu gobernando el líquido que sale por nuestros grifos.  ¿Quién se puede creer hoy en día que en torno al agua, al fuego, al viento, a los volcanes y al sol, existan dioses dirigiendo su comportamiento?  Está claro que aquellas religiones primitivas eran producto de la ignorancia sobre las fuerzas de la Naturaleza, eran causa del miedo y de la superstición del hombre antiguo.  ¿Y no nos resulta ahora obvio deducir de qué son producto las religiones actuales, así como tanta vía espiritual llenas de intrigas, amenazas apocalípticas, misterios insondables, peligros terribles, energías aplastantes, dioses y demonios que nos exigen grandes sacrificios?

Hasta que no descubramos todos los entresijos de las profundidades de nuestra mente, continuaremos creando realidades virtuales para explicarnos lo que nos sucede.  Si nuestras energías psíquicas latentes se desatan sin control pueden causarnos verdaderos estragos, y entonces creeremos que se trata de una energía negativa o de un demonio que nos está fastidiando, pero si fluyen a través de nosotros de forma armoniosa y son causa de bienestar, entonces creeremos que se trata de un tipo de energía positiva o de una deidad beneficiosa derramando sus gracias sobre nosotros.

Es necesario comprender esto para continuar adelante.  Las energías psíquicas o espirituales son algo natural, pero las deidades que se nos antojan representándolas son invenciones nuestras o de nuestros antepasados, como también lo son cuando nos las imaginamos solamente como determinadas energías gobernadas por leyes implacables, con propiedades y aplicaciones específicas sin ninguna base científica.  Teniendo en cuenta que, cualquier creencia sobre una energía de la naturaleza, como pudiera ser la del viento, no se va a ver afectada en su comportamiento, creamos que la gobierna el dios A o el dios B.  El viento seguirá soplando según las leyes de la meteorología, no según las ordenes del dios que queramos ponerle encima.  Pero nuestras fuerzas psíquicas o espirituales sí que se ven afectadas por nuestras creencias.  Yo no hubiera tenido la experiencia que tuve con Kundalini si no hubiera sido un yogui creyente.  Si mis estudios esotéricos hubieran seguido otra disciplina espiritual, yo habría experimentado mis movidas internas de forma distinta.

Las fuerzas de nuestro interior son moldeadas por nuestras creencias.   En cada realidad virtual espiritual residen diferentes tipos de energía que dan fuerza y vida al mundo virtual y a sus personajes o deidades, si es que los tienen.  Vuelvo a insistir en la tremenda capacidad creadora de fantasías espirituales de nuestra mente.  El ser humano, con su energía psíquica, y sumergido en una atmósfera sagrada, ha sido capaz de crear innumerables mundos virtuales plagados de unas energías o deidades energéticas de una variedad y de un colorido inmenso.  Ha creído en ellas, las ha sentido, y ha vivido para ellas.

Las creencias influyen en las experiencias.  Nuestras energías se transmutan en aquello que tenemos fe.  Los escenarios virtuales religiosos, o de cualquier vía esotérica, toman vida real en nuestro interior y en nuestro mundo si creemos en ellos, y nuestras energías internas se moverán en ese escenario, darán vida a los dioses o energías en los que creamos; de esta forma condicionaremos nuestra vida con sus limitaciones, olvidándonos de que todo es producto de nuestra creatividad.

Para el creyente en su deidad o en su energía particular estoy cometiendo un  tremendo error sacrílego al decir esto, pero seguro que estará de acuerdo conmigo en que las deidades y las energías de las otras religiones son invenciones fantásticas; lo malo es que los creyentes en ellas piensan lo mismo de la suya.  Al fin y al cabo todos los creyentes terminarán dándome la razón cuando trate de examinar una religión o una vía espiritual que no es la suya.

El gran descubrimiento del gran gurú de la física, Albert Einstein, también se puede aplicar las dimensiones mentales o espirituales, pues todo parece indicar que las energías psíquicas o espirituales ni se crean ni se destruyen, únicamente se transforman en las fuerzas, magnitudes, personajes o entidades que contienen la realidad virtual que nuestra fe certifica como real.

LA ASTROLOGÍA

Las radiaciones cósmicas son un tipo de sutiles energías que nos llegan del Universo, y parece ser que nos afectan directamente.  Está demostrado que la luna afecta a los organismos vivos, y que delicadas reacciones químicas, semejantes a las que se producen en el interior de nuestros cerebros, pueden verse afectadas por las radiaciones que nos llegan de los astros.  Pero a partir de ahí, las ciencias apenas conocen mucho más, el desconocimiento de nuestro cerebro en su totalidad, y el de las radiaciones que nos llegan del firmamento, impiden que podamos obtener una idea claramente científica de cómo estas sutiles energías influyen en nosotros.

A pesar de que el hombre sabe desde tiempos inmemoriales que los astros nos afectan, desconocemos en detalle cómo lo hacen; pero ―como he dicho en anteriores capítulos― el ansia del ser humano por hallar respuestas, para aquellas preguntas que todavía no está capacitado para responder, le lleva en muchas ocasiones a inventárselas, y para ello crea universos virtuales donde desarrolla sus hipótesis, las hace realidad, y se responde en su mundo imaginario a las preguntas que de otra forma no podría responderse.

La Astrología es una de estas realidades virtuales que intenta mostrarnos cómo las energías cósmicas influyen en nosotros.  Se dice de ella que es la nueva religión estrella de nuestros días, pues tiene sobre las demás ciertas ventajas especiales, como por ejemplo que no es necesario acudir a templo alguno ni estar afiliado a ninguna religión o secta para ser un fiel seguidor de las predicciones astrológicas; esto facilita que sus adeptos se oculten en el anonimato.  Se puede ser un fanático de la astrología sin perder el status de persona normal.  En los horóscopos que los medios informativos nos ofrecen a diario podemos saber cómo nos van a afectar los astros, y, si queremos una información más personal y detallada, podemos acudir a un astrólogo con la misma facilidad que acudimos al médico.

La Astrología se ha introducido en nuestra cultura como ninguna otra realidad virtual esotérica lo ha hecho en los últimos años.  Como sucedió con el Yoga, nuestra sociedad cienticifista la ha acogido por sus connotaciones científicas, por su cariz astronómico, por la rigurosidad que parece deducirse de sus complicados cálculos matemáticos, y por no poseer apenas escenarios religiosos.  Los signos de zodiaco hoy en día no se consideran dioses o fuerzas divinas, se interpretan como fuerzas astrales, aunque algunos de ellos sean antiguos dioses convertidos en energías.

El atractivo principal de la Astrología radica en su supuesta capacidad de predecir el destino.  Llegar a conocer el futuro siempre ha sido muy deseado, aunque casi nunca conseguido.  Lástima que exista tanta falta de acuerdos entre los astrólogos a la hora de confeccionar los horóscopos.  Recordemos que la falta de acuerdos es algo típico de toda realidad virtual.  Y, como toda realidad virtual, es de una  tremenda fragilidad, es una seudo ciencia desarrollada en una realidad imaginaria sin ningún fundamento científico; sólo se mantiene en pie por nuestra creencia en ella.  Podemos darle un margen de confianza a esta observación milenaria de los astros y al estudio de cómo nos afectan, pero recordemos cuanta paja tuvo que soportar la Humanidad durante milenios de explicaciones esotéricas en torno a las inclemencias meteorológicas, por ejemplo.  Cuando hacía viento no se reconocía como un hecho natural, era el dios del viento el que soplaba, y gigantescos dioses continuaron soplando hasta que descubrimos las causas científicas de los meteoros.

No hay gran diferencia entre el hombre antiguo, sugestionado por el poder del dios del trueno, y el hombre moderno sugestionado por la fuerza de Plutón.  Tanto es así que es muy difícil saber cuando son los astros quienes influyen en la vida del adicto a al astrología o cuando es su sugestión quien determina el rumbo de su destino.

El principal error del fanático de la astrología ―como el de cualquier otro fanático― es creer que esas energías que nos llegan de los astros son las “únicas” que dirigen nuestra vida.  Cuando en realidad nos relacionamos con tantas fuerzas y energías que resulta un grave error dar prioridad en nuestras vidas a cualquiera de ellas.  Porque recordemos que a todo aquello que le demos prioridad, en la dimensión mental o espiritual, se desarrollará en nosotros, crecerá desplazando a otras formas vitales de nuestra persona, y acabaremos desequilibrados, con unas fuerzas y energías muy desarrolladas, muy presentes en nuestras vidas, por haberlas potenciado con nuestro interés, y con otras sin apenas desarrollar por no haberles prestado interés alguno.  Si dirigimos nuestro programa de selección de preferencias sobre un determinado tipo de energía exclusivamente, acabaremos viviendo en una realidad virtual construida por dicha energía y por sus derivados o transmutaciones.

Por ello es necesario reconocer si hemos alcanzado un insano grado de adicción partidista hacia cualquier realidad virtual.  Para ello primero habremos de descubrir la realidad imaginada y después nuestro grado de adicción. Nuestra adicción no es difícil descubrirla, basta con que alguien ponga en duda la realidad virtual en la que creemos ciegamente para que se nos revuelvan las tripas, pues ese tipo de creencias necesita de un fanatismo visceral que le dé realidad.

Desenmascarar a una realidad virtual no es difícil, incluso siendo adictos a ella; si nos esforzamos por ser objetivos y sinceros, podremos reconocerla.  Hay una pista infalible para descubrir una ilusión esotérica: toda realidad virtual espiritual se forma con elementos extraídos de la cultura de los pueblos, sociedades o grupos que las generan, y si se ha creado una realidad virtual en torno a determinado tipo de energías en una civilización, es casi seguro que en otra parte del mundo, en otras culturas diferentes, se hayan creado otras realidades virtuales diferentes en torno a las mismas energías.  Por ejemplo: un dios del viento de una cultura antigua era distinto del dios del viento de otra cultura totalmente diferente.  Esta es una forma de erradicar fanatismos.  Una amplia culturización de los individuos nos da el ingrediente básico para eliminar la ciega creencia en estos mundos ilusorios.  El fanatismo de una persona puede resquebrajarse si observa la existencia de otras personas tan fanáticas como ella que defienden una realidad virtual diferente u opuesta sobre el mismo tema y con el mismo ahínco.

La astrología no es una excepción a esta regla de diversidades ilusorias.  Existen otras realidades virtuales espirituales astrológicas diferentes de la popularmente conocida por los doce signos del zodiaco.  En el lejano oriente tenemos el horóscopo chino, basado en los ciclos lunares, al que aconsejo que se le preste un poco más de atención para desmitificar nuestra astrología occidental.   (También está empezando a llegarnos a Occidente noticias del horóscopo azteca, pero está mucho menos introducido en nuestra sociedad que el chino).  Los sabios chinos hicieron un sorprendente trabajo para ayudar a entender al pueblo llano los complicados cálculos astrológicos.  Los doce animales del horóscopo chino ejercen su influencia cada uno en cada año, y cada doce años se vuelve a renovar el ciclo.  Cada persona tiene las características del animal de año en el que ha nacido, y en cada año nos irá diferente según el animal reinante en ese año.  Esta compleja interrelación entre las psicologías de estos animales resulta muy fácil de asimilar y no exige cultura alguna, ya que cualquier analfabeto conoce la personalidad de estos animales y su relación entre ellos.  Y por supuesto que su efectividad es tan comprobable como lo es en nuestra astrología babilónica, a pesar de ser totalmente diferente a ella.  Incluso en algunos casos pueden las personas descubrir que define su personalidad mucho mejor que la astrología zodiacal.

El partidario de la astrología, como el que lo es de la religión, o de cualquier vía esotérica o espiritual, hará muy bien en conocer otras alternativas semejantes a la suya para abrirse a nuevos horizontes, ampliar sus opciones de elección, y, en definitiva, aumentar su grado de libertad.   Si Marte nos está dando mucha guerra, no estaría nada mal echarle un vistazo al horóscopo chino, porque igual en él encontramos un pronóstico, para el animal que somos, de un tiempo de placida bonanza.  Es en estas contradicciones donde se pone a prueba nuestra capacidad de elección, según deseemos paz o guerra nos inclinaremos por utilizar un horóscopo u otro.  Ésta es una buena manera de retomar nuestro auténtico poder para dirigir nuestro destino.

Yo mismo me confieso influenciado por las predicciones astrológicas, pero, como no se me dan bien los complicados cálculos de la astrología zodiacal, y las predicciones que puedo observar en los horóscopos de los periódicos y revistas son contradictorias, y, además, como me niego a gastarme dinero alguno en astrólogos, porque yo consultaría a más de uno para contrastar datos, y seguro que no se pondrían de acuerdo en cómo me va a ir, he optado por la astrología china que me lo pone más fácil y es menos contradictoria (no se si por el hecho de que haya menos astrólogos chinos en Occidente).  Así que he escogido el año del buey para que este trabajador animal me ayude a realizar el esfuerzo de escribir este libro, y procuraré editarlo en el año del tigre, tiempo propicio para las revoluciones culturales, ya que necesitaré un apoyo extra para que ni yo ni el libro seamos aplastados por las fuerzas tradicionalistas.

(He de notificar que cuando escribí por primera vez este capítulo así pensaba que iba a suceder, no contaba con que este estudio iba a ser tan extenso ni que iba a necesitar tanto tiempo como el que he necesitado para concluirlo.  Se me pasó el año del tigre sin editarlo, llegó el año siguiente, el año del gato, también llamado el año del conejo o de la liebre, y se conoce que a estos tiernos animalitos no les gustó como había quedado lo escrito, por lo que le estoy dando un repaso.  Espero que este año, o el siguiente, el del dragón, sean unos años propicios la edición de nuestro “paseo por el interior de las sectas”.  No me gustaría tener que esperar doce años para que cada animal estelar chino me diese el visto bueno al texto).

Como se puede observar, quien no se monta su particular película astrológica es porque no quiere.

EL YIN Y EL YANG, EL KI Y EL PRANA

Volviendo a recordar el capítulo de la transmutación de las energías, y como continuación del de la Astrología, vamos a centrarnos ahora en otros diferentes matices energéticos que varias vías espirituales o esotéricas nos muestran.  Uno de esos principales matices nos llega del taoísmo, en esta vía espiritual se afirma que todas las realidades existentes se sustentan por estar sometidas a la dualidad.  Sólo existe una realidad total e infinita que existe por sí misma, y ésta es el Tao.  La creación se forma al dividirse esta magnitud universal primordial e infinita en innumerables pares de opuestos que dan realidad a todos los elementos de nuestra realidad.  Es como si toda la creación funcionase a pilas, cada elemento de ella tiene su polo positivo y su polo negativo por el que circula una corriente que lo mantiene en la dimensión de la realidad, y a su vez cada elemento es un polo opuesto de otro elemento similar a él pero diferente, entre los cuales también circula una corriente o una energía que les da vida a ambos; se trata una atracción repulsión semejante a la fuerza de gravedad compensada por la fuerza centrifuga que mantiene en equilibrio a los sistemas planetarios y a los átomos.

La teoría del Yin y del Yang nos dice que nada existe sin polaridad, de hecho, nos dice que es precisamente la polaridad lo que da la vida.  Toda la creación parece haber sido llevada a efecto por un poderoso ordenador y programada en un sistema binario.  Todo es reducido por esta doctrina a Infinidad de dualidades en una compleja interrelación:  Cielo y tierra, masculino y femenino, frío y calor, alto y bajo, positivo y negativo, vida y muerte, vacío y lleno, acción e inacción, expansión y contracción, separación y unión, grande y pequeño, blanco y negro, etc.  Son las innumerables formas que adopta el Yin y el Yang, en un difícil equilibrio entre su atracción y repulsión mutua.  El camino del Tao enseña a buscar ese equilibrio en todas las cosas; por supuesto, también en uno mismo.

La mayor dualidad que nos afecta más directamente a los seres humanos la forman dos energías primordiales que nos llegan una de arriba, del cielo, que nos entra por la cabeza, y otra de abajo, de la Tierra, que nos entra por la parte inferior del cuerpo.  Ellas son el aspecto energético de la eterna dualidad humana entre la materia y el espíritu.  Casi todas las vías esotéricas, que se dignan a esquematizar las corrientes que circulan por nuestro cuerpo, nos hablan de estas dos principales entradas de energía.  Nuestro delicado y poderoso sistema bioenergético es alimentado por la corriente bioeléctrica que se forma entre estos dos polos, uno positivo y otro negativo.  Toda nuestra maquinaria vital es abastecida por esta corriente que pone en funcionamiento al resto de los chacras según le ordene nuestro programa de selección de preferencias.

Pero los chacras no sólo realizan la función de estimular los nervios, provocarnos sensaciones y llevarnos a actuar, también tiñen nuestra visión con su color particular.  Estos centros energéticos, cuando están radiantes, emiten sus radiaciones, colorean nuestra aura, y todo lo que vemos a través de ella lo observamos del mismo color, como si lleváramos unas gafas del color predominante en nuestra aura; de ahí que la vibración del chacra en particular que esté irradiando más en nosotros será el que más condicione nuestra visión del mundo.  Esto nos muestra que el cuerpo no es solamente elemento de percepción y experimentación, sino que además es una especie de proyector de luz coloreada que nos pinta todo lo que vemos.  Nuestra visión está impregnada de nuestras propias energías personales.  Y cuando se trata de realidades virtuales espirituales, entonces, si es un sólo chacra el que domina sobre los demás, no se limitará a colorear la realidad virtual, también la invadirá, ocupándola totalmente y actuando como lo hacen los dioses, de forma absoluta, convirtiéndose en la esencia de todo, en la sustancia con la que se construye ese mundo virtual espiritual; la energía del chacra será la fuerza creadora de la vida, la esencia del universo, virtual, por supuesto.  En el sueño esotérico sucede como en los sueños normales, si en ellos prima la energía sexual ―por ejemplo― será un sueño erótico, y, si prima cualquier otra energía, será ella la que imprima sus propiedades en los escenarios soñados y en sus personajes.

Como ya hemos advertido en los capítulos anteriores, baste estudiar algunas de las energías más populares en esoterismo para observar en ellas el mismo viejo y ancestral totalitarismo de los principales dioses de las religiones.  Cada una de estas energías, para sus seguidores, son tan únicas, básicas e imprescindibles para la vida, como lo es cualquier dios de cualquier religión para sus devotos.  Se trata del mismo totalitarismo virtual típico en la mayoría de los espíritus sectarios.

Si en una vía esotérica en cuestión prima el chacra del sexo sobre los demás, pues sus seguidores creen que la sexualidad es la función primordial de la vida, el elixir de la evolución espiritual, la fuerza del alma, el fuego alquímico de la transmutación, etc., estos creyentes verán sexualidad hasta en las piedras, pues para ellos el sexo es un dios omnipresente.  La creación fue el resultado de un acto sexual divino, un parto a lo bestia.  E intentarán divinizar toda sexualidad que vivan en su cuerpo.

Pero si vamos ascendiendo por el cuerpo, a la altura de las tripas, nos encontramos con el Ki, energía también llamada Chi, muy popular en los ambientes de las artes marciales.  Por supuesto que también se considerará como la energía vital cósmica que habita en el universo y da vida a todos lo seres que lo pueblan.  Según el arte marcial que la trabaje, será utilizada para romper con la frente un montón de ladrillos ―sin romperse uno la cabeza―, para derribar al oponente que tenga un Ki más bajo que el nuestro, o para entrar en una danza cósmica que termine con las narices de nuestro oponente en el suelo por no ser tan buen bailarín como nosotros.

Bromas aparte, como en el caso del sexo, quienes trabajan con esta energía se la toman muy en serio, reside en el Hara, centro energético que está debajo del ombligo.  (Yo apenas la he experimentado y no puedo hablar de ella con propiedad).  Podríamos decir que quien la experimenta siente una especie de armonía sagrada, de fuerza de vida que exige todo un esforzado trabajo interior para poder ser vivida en plenitud.

Si ahora nos centramos en el Yoga, y nos detenemos a la altura del pecho, nos encontraremos con el depósito más importante de Prana, otra energía tan totalitaria para sus seguidores como las otras dos anteriores; se trata, por supuesto, de la energía universal que da vida a todo lo existente.  Mediante el pranayama, ejercicio respiratorio que el aficionado al Yoga realiza muy a menudo, se toma el Prana del aire, se acumula en los pulmones y después puede ser utilizado para revitalizar cualquier zona del cuerpo.

(Me temo que en nuestros ambientes urbanos no podrá funcionar el pranayama como antiguamente; el Prana acumulado en nuestros pulmones puede llegar a ensuciarse tanto por la contaminación atmosférica que podemos acabar llenos de toxinas en vez de la sutil energía que andábamos buscando).

Continuando con nuestra ascensión por el cuerpo llegamos al tercer ojo, a la glándula pineal.  Sus fervientes partidarios ven luz en todas las partes, y si no la ven se la imaginan, sobre todo en la realidad virtual que se inventan.  La luz divina todo lo impregna, todo es luz, la vida es luz, y la luz es dios, nosotros somos luz y el único camino es el que lleva a la luz.  Estos son los más visionarios de todos los seguidores de estas diferentes modalidades energéticas.  Las reacciones de este chacra se producen precisamente en el centro de la cabeza y no necesitan de ser emitidas al exterior para afectar a la visión de las cosas.  En muchas ocasiones la luz que ellos ven no llega más allá de sus narices.

Y no nos olvidemos de los amantes de las divinidades que no cesan de cantar, como trovadores enamorados, las glorias del amor divino.  Ellos viven en un mundo rosa donde todo es amor, pues la omnipresente divinidad amorosa que ellos adoran todo lo impregna.  Quizás estos son los más dichosos, hoy en día es muy difícil encontrar unas gafas de color de rosa que nos convenzan de que todas las barbaridades que suceden cotidianamente en este planeta están impregnadas de amor.

Cada una de estas modalidades energéticas deja bien claro que cuando algo no marcha bien, o se produce una enfermedad, es porque vivimos un desequilibrio energético o porque sufrimos alguna carencia de su energía particular:  No sabemos mantener en equilibrio el Yin y el Yang en esa situación, estamos desperdiciando nuestra energía sexual, tenemos muy bajo el Ki, estamos sufriendo una deficiencia de Prana, nos falta luz, no hay amor en nuestra vida o ―recordando el capítulo anterior― no nos favorecen los astros.

Hay explicaciones para todos los gustos.  No terminaríamos nunca de hablar de estas diferentes energías totalitarias.  En los innumerables métodos que utilizan los sanadores y sanadoras de las medicinas alternativas, nos encontramos con una gran variedad de energías con personalidad propia, todas ellas bastantes diferentes entre sí, con propiedades muy dispares e impregnadas de la personalidad del sanador o sanadora que inventó el método de aplicarla.  Y todas ellas con las susodichas características totalitarias, de las que se resalta ex profeso sus facultades sanadoras, cuando no milagrosas.  No es el sanador quien realiza la curación, es esa energía especial elevada a la categoría de divina quien sana al paciente.  Y la enfermedad, por supuesto, es la carencia de esa energía particular.  El resto de las energías que desconoce cada sanador no tienen importancia para él, pues la suya, la que él utiliza, es la mejor, la verdadera y la única.  ¿Existen grandes diferencias entre esta actitud con las energías y la postura que adoptan las religiones con sus deidades particulares?

INTENTOS UNIFICADORES

La invasión en los ambientes culturales esotéricos de tanta diversidad de energías, y de dioses totalitarios, está produciendo un descenso popular de su credibilidad.  Al sincero buscador ya le resulta intolerable este escándalo de tan disparatadas ofertas.  Solamente la persona que comienza a iniciarse en actividades sectarias, o lleva desde la infancia practicando una religión sin conocer las demás, puede ser convencida de que aquello que le están presentando es lo mejor y lo único.  En cuanto se comienzan a estudiar otras opciones, donde se comprueba que también se ofrece lo inmejorable, insustituible y supremo, la duda y el escepticismo minan la credibilidad de todas ellas.

Por mucho que se ha predicado a lo largo de la Historia la existencia de un padre único para todos los hermanos que poblamos la tierra, nunca se ha conseguido que nos lleváramos bien tan desavenida familia.  Proclamas que consiguieron separarnos más, porque cada religión afirma poseer, en su cielo particular, al auténtico padre nuestro, todos ellos diferentes entre sí.

No pueden existir dos dioses ni dos energías artífices de la creación.  Las religiones, las sectas, las diferentes vías o caminos espirituales y los sanadores, sabiendo esto, siempre intentaron remediarlo presentando a la competencia como algo maligno, demoníaco; las otras vías, religiones o sectas, no se debían ni nombrar so pena de sufrir grandes males.  Pero, como esta actitud amenazante no les está sirviendo de nada para defender su absolutismo en estos tiempos modernos, ya que el desarrollo cultural de los pueblos está descubriendo su sucio juego, ahora se les empieza a notar un pequeño interés por clarificar todo el batiburrillo insostenible de deidades y de energías esotéricas omnipotentes.  Conscientes del ridículo que están haciendo, pretenden ahora subsanar este error milenario con tímidos acercamientos de posturas presumiblemente más tolerantes.  Pero estos pequeños pasos son a todas luces insuficientes.  Hasta que los dogmas de fe no se cambien de raíz, continuaremos siendo testigos de esta absurda competencia por atribuirse unas competencias que, de existir, ya habrían sido concedidas desde la creación a quien correspondiera.  Mientras no se abandone el ansia por la prepotencia virtual, continuaremos siendo testigos de la absurda lucha por un trono que, de existir, llevaría muchísimos milenios ocupado.

En esta era de acuario se está pregonando a diestro y siniestro la llegada  de la religión de las religiones.  Existe tal ansia popular por extirpar las prepotencias partidistas, en los niveles espirituales, que se está proclamando la llegada de una religión universal que acoja a todas las demás y las unifique.  Esta proclama parece insinuar que las religiones llegaron a la Tierra como por arte de magia, y que la nueva religión también habrá de hacerlo de la misma manera, como caída del cielo, sin que nosotros tengamos mucho que ver en ello.  A veces, en los caminos espirituales estamos tan rodeados de fuerzas, entidades y dioses, que nos olvidamos de nuestro propio protagonismo.  A dios gracias que existen los ateos para recordarnos que somos nosotros los únicos protagonistas de todos estos montajes.

Si fueron nuestros antiguos intereses los que propiciaron la creación de tantos totalitarismos religiosos, habrá de ser a base de un gran desinterés como desmantelaremos semejante montaje virtual.  Será necesario abandonar el instinto de posesión, al menos en las dimensiones espirituales, para evitar la tentación de apropiarnos de ellos.  Disponibilidad altruista que precisamente brilla por su ausencia en los ambientes donde el altruismo y las posturas desinteresadas deberían de derrocharse a diestro y a siniestro.  Los mayores santos místicos siempre estuvieron dispuestos a entregar todo de sí mismos excepto su creencia en la prepotencia de la deidad particular que adorasen, muchos entregaron su vida antes de negar que su dios era el único y todopoderoso creador del Universo.  Son muchas las deidades que se han defendido con sangre, son muchos los mártires de la fe en todas las religiones.  Esta especie de instinto por defender lo indefendible (ya que es ridículo defender algo que se anuncia como omnipotente), prevalece hoy en día en los creyentes.  Y si hoy no corre la sangre, al menos en los países desarrollados, es porque el infiel discrepante no es perseguido con las armas como antiguamente, gracias a la libertad religiosa.

Por consiguiente, nos encontramos con el poderoso y ancestral instinto posesivo de las verdades religiosas, en oposición a un nuevo y tímido deseo de unificación de tanta diversidad totalitaria insostenible.  Después de tanta guerra santa, emergen débiles intentos negociadores de la paz.  La Iglesia Católica ha pedido perdón por sus grandes errores históricos cometidos; esto es algo que le honra en la actualidad.  Dirigentes de diferentes religiones se están reuniendo en congresos con la intención de aclarar el caos espiritual producido por la unión de las culturas y de sus respectivas religiones.  Actitudes que son de agradecer y pueden terminar por hacer desaparecer totalmente del mundo las terribles matanzas religiosas que tanto han asolado nuestro planeta.  Pero la abrumadora prepotencia de los dioses creadores impide que una paz total se extienda por las dimensiones espirituales, pues continúan triunfando las viejas creencias, desafiantes entre ellas, sobre las nuevas pretensiones reconciliadoras.  La guerra fría entre los poderes espirituales es el resultado de estos tímidos acercamientos.  Muy pocos creyentes están dispuestos a ceder el trono del creador del Universo, anunciado en su particular realidad virtual espiritual, a otros dioses creadores de otras religiones.

Y en el caso de los creyentes en una energía creadora del Universo, el ánimo de aproximar posturas a otras vías que promulgan otro tipo de fuerzas supremas, parece encontrar más facilidades para llevarse a efecto que cuando se trata de deidades; pero solamente en apariencia, ya que el creyente que siente plenamente un tipo de energía dentro de sí, a la que le concede los supremos poderes de las deidades, no tiene inconveniente en aceptar otros tipos de energías como supremos poderes universales, siempre y cuando se acepte su semejanza a la energía que él considera como única fuerza creadora del Universo.  Estos creyentes están dispuestos a aceptar la unificación de todas las energías creadoras en una sola, siempre y cuando todas la demás se parezcan a la suya, o mejor dicho, sean igual que la suya, en definitiva, sean la suya propia.  Si recordamos el capítulo anterior, donde expusimos la gran variedad de energías que se mueven por los mundillos esotéricos, habremos de reconocer que, por mucho que se empeñe el seguidor de una de ellas en promulgar que todas las demás son en realidad la suya propia, no puede convencer a nadie que haga un minucioso análisis comparativo entre todas ellas.

La tentación de convencerse y de querer convencer a los demás de estar en la posesión del descubrimiento de la energía madre, origen de todas las demás, no es nada nuevo.  Este tipo de intentos unificadores los hemos contemplado en todos los albores de las ciencias, los científicos de aquellas épocas, deslumbrados por sus descubrimientos, no dudaban en proclamar como sumamente trascendente para la existencia lo que ellos acababan de descubrir.  Sería más tarde cuando la evolución del conocimiento científico pusiera todos esos descubrimientos en su sitio.  Ahora, este tipo de insostenible intentos unificadores nos los encontramos en los actuales albores de la ciencia del espíritu.  Será más tarde cuando la evolución de nuestro conocimiento del alma ponga a todas las energías espirituales correctamente en lugar que le corresponden.

Y cuando se trata de intentar unificar a las divinidades, si son deidades de poca monta, con ciertas semejanzas y con limitados atributos, las que se pretenden agrupar en una sola, se suelen hacer, como en el caso de las energías, intentos unificadores con grandes dosis de ignorancia y de soberbia.   Se pretende convencer a los creyentes de una fe que el resto de deidades menores, a primera vista semejantes de otras vías o religiones, son en realidad las mismas que la suyas, sólo que en otra parte del mundo, en otras culturas, les pusieron otros nombres porque utilizaban otro idioma.  Otro minucioso estudio comparativo nos descubrirá que realmente hay alguna semejanza entre esas deidades, pero que en absoluto se puede tratar de la misma deidad, ya que las diferencias entre ellas son tan notables que es imposible se trate de una misma entidad.  Esto se da muy a menudo con los seres angelicales de los diferentes cielos, con las vírgenes, con los grandes santos, y con los grandes demonios.  Quienes creen que son reales los seres de su realidad virtual espiritual particular, creen a su vez que los seres de otras creencias son los mismos que los suyos.  Algo totalmente insostenible cuando se hace un detenido estudio, pues se observa sin lugar a dudas que son seres diferentes, nacidos en espacios diferentes, de culturas y de mentes diferentes, y que trasmitieron mensajes muy diferentes.

La soñada gran unificación tiene grandes impedimentos para llevarse a efecto, aunque el mayor obstáculo unificador nos lo encontramos, no en los personajes, sino en los mundos virtuales espirituales.  Los escenarios en los que los dioses se desenvuelven, al igual que los demonios, son de una diversidad enorme.  Existe un cielo para cada dios, un paraíso para cada tipo de deidad angelical y un infierno para cada tipo de demonio.  Las notables diferencias entre ellos impide pensar que todos los paraísos de todas las religiones sean en realidad el mismo.  El paraíso cristiano no se parece en nada al musulmán, ni estos se parecen en nada a los diferentes paraísos de las deidades hindúes.  Cualquier minucioso estudio de los detalles de esas realidades virtuales demuestra que son creaciones muy diferentes entre sí, imposible de unificarlas todas sin desvirtuarlas.

El creyente modernista, con voluntad unificadora, suele pretender realizar el proceso unificador intentando meter a los dioses y energías, de las otras vías y religiones, en el mundo virtual que él conoce; pero otorgándoles una posición secundaria, desvirtuando así las cualidades de las deidades o de las magnitudes que no son las suyas.  En un paraíso con un sólo trono para un sólo dios creador de todo el universo, rey de todas las cosas, no hay cabida para otros dioses creadores ni para otros reyes.  Cuando se invita a otro dios de otra cultura, como mucho, se le considerará un noble invitado que se sentará a la mesa de los banquetes paradisíacos.  Nunca se le considerará cocreador con la deidad adorada por el creyente.  ¿Se imaginan un reparto de la creación entre todos los dioses creadores que existen?  Sería algo ridículo, y muy difícil de llevar a efecto.  Aunque se podría hacer por sorteo: uno se llevaría  la creación de las aguas, otro la creación del viento, otro la de la tierra, la de los astros…

La solución ideal para el problema unificador sería crear un nuevo y complejo universo espiritual donde todas las deidades y energías tuvieran cabida, una especie de parlamento democrático virtual donde se debatiría el destino del Universo, un cielo donde tuvieran cabida todos los dioses conocidos y se pudieran repartir el pastel de la creación, como hacemos con el pastel de nuestro mundo real; pero muchas de las más importantes deidades y energías totalitarias se nos quedarían en nada al perder su omnipotencia infinita por tener que compartir su poder con otros dioses u otras energías.

Cada deidad o energía es inseparable del escenario virtual donde desarrolla su actividad.  Cada personaje de un sueño es inseparable del escenario del sueño.  Estas invenciones espirituales del ser humano son completas en sí mismas, cada personaje o fuerza es inseparable del escenario donde se desarrolla su actividad.  Si deseamos encontrar la esencia de todos estos sueños de la Humanidad, una teoría que unifique tanta diversidad, tendremos que esforzarnos por interpretarlos, por psicoanalizarlos.  Pretender defender que unos personajes de los sueños son más importantes que los de otros sueños, que en esencia nos dicen lo mismo, es absurdo.  Nuestra mente puede crear infinidad de personajes para decirnos lo mismo en diferentes sueños.  Cada persona escenifica en sus sueños lo mismo que otras pero con escenarios y personajes diferentes según sus culturas o nivel intelectual.  Y con los sueños espirituales sucede igual.

Los chinos tienen dioses chinos en paraísos chinos y con costumbres chinas, los negros tienen dioses negros con costumbres africanas.  Cada cielo y cada dios es una creación de una cultura de una civilización.  Si cada creyente continúa defendiendo las diferencias de sus sueños espirituales con las de los sueños del resto de creyentes, nunca habrá unificación.  Los detalles de los sueños pueden ser de una variedad infinita.  Y nuestra mente no ha cesado nunca de crear realidades virtuales espirituales, es su forma de decirnos algo, probablemente lo mismo, pero de multitud de formas diferentes.  Si no encontramos la esencia de tanta diversidad, no habrá unificación, pues la mente humana no ha cesado nunca de crear infinidad de sueños esotéricos muy diferentes entre sí.  No esperemos que nos muestre un sueño único, una misma película con unos mismos personajes, ella escoge sus escenarios y actores de la fantasía de sus creadores, fuente infinita de variedades.

La mente humana crea y recrea sin cesar mundos y más mundos espirituales diferentes, es una actividad que no ha cesado nunca.  En el seno de las realidades virtuales espirituales más populares y más estables, como puede ser el cristianismo o el budismo, no han cesado nunca de emerger nuevas ramificaciones, nuevas religiones o sectas que, sin cambiar en esencia la realidad virtual espiritual, se atrevieron a realizar importantes cambios en sus escenarios virtuales, ya sea en sus cielos o infiernos, en sus personajes o deidades, o en las propiedades de sus fuerzas celestiales o demoníacas.

En cuanto fallece un fundador de una religión, vía espiritual o método sanador, desaparece la principal mente del grupo que sostiene íntegra la realidad virtual espiritual, y son precisamente sus discípulos más allegados quienes crean nuevas ramificaciones basadas en divergencias entre ellos.  Crean nuevos mundos virtuales espirituales de acuerdo con su visión particular.  De esta forma la diversificación está servida.  Los impulsos de división en las dimensiones espirituales o esotéricas son de una fuerza mucho mayor que el actual incipiente impulso que pretende unificar a todas las realidades virtuales espirituales.  El moderno impulso unificador apenas puede competir con el ancestral impulso separador.

Nosotros vamos a seguir buscando la soñada unificación, la esencia que subyace tras tanta diversidad onírica, observando todo aquello que nos ofrece nuestro paseo por el interior de las sectas.

DIFERENTES FORMAS DE INTENTAR LLEGAR A DIOS

Nos estamos refiriendo al dios declarado como infinito creador de todas las cosas, al que cada religión totalitaria declara como el único y el más grande.  Es el dios que no da cabida a otros dioses tan poderosos como él, aunque cada religión monoteísta defienda un dios infinito diferente.  Este dios ―que deberíamos de escribir con mayúsculas―  es por definición la entidad, energía o magnitud, que unifica todas las realidades existentes.  Es su propiedad de omnipresencia la que da cabida todo lo existente y lo unifica.  Una genial idea de unificación que muy lejos de unirnos al resto de las cosas o a los demás, nos ha dividido en fanáticos bandos de ciegos creyentes; una genial idea de paz universal bajo un mismo gobierno divino que nos ha traído innumerables guerras.

Y, aún así, la búsqueda continúa.  Existe un viejo cuento oriental que denuncia la problemática en la que nos encontramos los seres humanos cuando “percibimos” lo que damos en llamar dios.  En esencia, ese cuento nos muestra como un grupo de ciegos se acerca a un elefante para intentar comprender como es ese animal.  Uno tras otro lo tantean para tomar conciencia de él a través del tacto; pero cada uno toca solamente una parte del animal: uno le toca una pata, otro la oreja, otro la trompa, otro la tripa, otro el rabo…  Y cada uno queda satisfecho de la impresión que ha obtenido del elefante.  El problema viene cuando se cuentan los unos a los otros lo que cada uno ha percibido la realidad del animal.  Uno dice que el elefante es como una columna, otro que es como una gran lona en movimiento, otro como una manguera, otro como un enorme globo, otro como una cuerda…   La incomprensión mutua hace presa en ellos: no se llegan a poner de acuerdo en como es un elefante; y, como cada uno defiende su parte de razón, sin comprender la de los demás, terminan muy enfadados los unos con los otros.

En este sencillo cuento se resume lo que nos sucede a los seres humanos cuando tenemos oportunidad de aproximar nuestra conciencia al “infinito paquidermo cósmico”.  En el caso de que existiera ese dios infinito, casi siempre instauramos una fe totalitaria sobre ese “algo” que sólo hemos llegado a conocer en parte.  Las religiones son una muestra de esta ciega y arrogante actitud humana, así como lo son también las vías espirituales que definen a un dios infinito basándose en percepciones incompletas.

A simple vista, parece mentira que la estupidez humana haya podido alcanzar estas cotas de arrogante soberbia cuando hemos tratado los temas teológicos, pero así ha sucedido casi siempre.  Los grandes místicos fundadores de religiones, o vías de realización espiritual, tantearon la realidad divina que les tocó en suerte percibir, y sobre estas parciales percepciones se levantaron descomunales teologías en desacuerdo mutuo que muy frecuentemente acabaron en sangrientas disputas.

Pero esto no sólo es consecuencia de la estupidez o de la soberbia, también es resultado de la ignorancia y de las limitaciones humanas cuando nos relacionamos con el infinito.  En el cuento faltan detalles que complican todavía más la realidad de los hechos:  El “elefante”, si es un fiel representante del dios infinito, debería de ser un animal con dimensiones infinitas, de esta forma cada ciego experimentaría una parte del “elefante” infinitamente grande, percepción que por si sola desborda el limitado entender individual y no deja opción ni siquiera a pensar que puedan haber otras partes; lo que cada ciego siente del “animal” es todo lo máximo que se puede sentir.  De no ser así, no les hubiera resultado a los ciegos muy difícil el recomponer el puzzle del “paquidermo” uniendo todas las piezas de sus sensaciones particulares y comunicándose los unos a los otros sus experiencias.  Pero la percepción de la infinitud desborda nuestra limitada habitual capacidad de percibir, y no nos podemos ni imaginar que otras personas puedan tener otro tipo de percepciones infinitas diferentes a las nuestras.

Sea cual sea la forma particular en la que se perciba una manifestación de divinidad, siempre la sentimos completa en sí misma por su cualidad de infinitud y por las demás cualidades positivas que completan su grandeza sin límites.  La experiencia de lo sagrado conlleva sublimes sensaciones de infinitud, de ensanchamiento de la mente y del alma; es una experiencia de las más satisfactorias y completas que puede vivir el ser humano, de hay que siempre se haya buscado la experiencia sagrada.  La proximidad de la santidad gratifica todos nuestro niveles sensoriales.  Cualquier parte que lleguemos a tocar del “sagrado elefante” nos llena de felicidad y alivia nuestras dolencias.  Tanta plenitud proporcionada por la experiencia del fenómeno dios nos lleva a considerar completo lo percibido.  Respirar la atmósfera sagrada siempre supone vivir una realidad sin límites.  Solamente el análisis comparativo con otros individuos nos mostrará que la percepción ha sido incompleta, pues podremos comprobar que ellos sienten algo tan grande como nosotros pero diferente.

Es necesario un esfuerzo extraordinario para comprender que otras personas están teniendo una experiencia parecida a la nuestra venida de otras diferentes percepciones.  Incluso cuando un mismo individuo está teniendo una percepción de la divinidad diferente a la que tuvo en otro tiempo, apenas podrá compararlas debido a la abrumadora realidad de su experiencia presente, que superará en mucho los recuerdos que le pudiera traer su memoria de otra experiencia pasada.

Y si recordamos que esa sublime divinidad está en todas las cosas debido a su omnipresencia, no habremos de extrañarnos de las innumerables formas de buscarlo y de experimentarlo.  Pero todas ellas por separado son incompletas aunque las vivamos completas en sí mismas.

Vamos a hacer un breve repaso de las más importantes formas de buscar y de percibir la divinidad, no porque realmente sean las más importantes, ya que la divinidad infinita puede ser experimentada en cualquier cosa y de cualquier forma, sino porque son las más utilizadas.  La forma más típica de intentar experimentarla es a través de los diferentes dioses infinitos, a través de la atmósfera sagrada que les envuelve y de la realidad virtual enseñada por la religión dominante en el ámbito cultural donde crece el individuo.  El abundante acopio de escrituras sagradas que las religiones hacen, mantiene la tradición de las formas de adoración y de búsqueda de dios.  El aprendido escenario virtual queda fijado en la mente del creyente y en él se desarrolla su relación con la divinidad, imponiéndole las limitaciones propias del mundo místico imaginado.   La fe mantiene vivas las reglas del sueño místico.  Estos escenarios virtuales actúan de forma semejante a un vídeo-juego con reglas propias, donde el creyente en él se juega el destino de su vida de forma dramática; el cometer errores en el vídeo-juego puede hacerle acabar en un temido infierno en vez de en el tan ansiado cielo.

Las reglas del vídeo-juego espiritual de cualquier religión o doctrina, o de cualquier otra vía de caminar espiritual, imponen unas limitaciones al ilimitado fenómeno divino desvirtuándolo.  Actúa como lo haría una severa educación sexual inculcada en un niño, que durante toda su vida perturbará su plenitud sexual si no llega a ser consciente e intenta ponerle remedio.  Nuestra divinidad está igualmente “educada severamente” por las creencias religiosas que nos inculcaron de niños.  En primer lugar nos creemos que la divinidad no es nuestra, sino de dios, y a partir de ahí tenemos multitud de condicionamientos para vivirla.  Por ejemplo:  Un dios que está ubicado en un remoto cielo puede antojársenos demasiado lejano para experimentar su presencia; una energía divina, de complicadas características, puede considerarse inalcanzable para los inexpertos en su manejo; la exigencia de la intervención de un mediador entre dios y el hombre, o el imperativo cumplimiento de unos mandamientos impuestos por un dios autoritario, son otros típicos condicionantes de los vídeo-juegos programados en las realidades virtuales espirituales.

Para otorgar realidad a las deidades incluidas en los escenarios virtuales, la idolatría fue utilizada desde los tiempos más antiguos.  Las realidades virtuales espirituales siempre necesitaron de un soporte físico para  aproximar el mundo espiritual a las gentes, los altares siempre han sido punto de unión entre el mundo virtual espiritual y el mundo físico.  A pesar de que hoy en día la idolatría es reconocida como una forma dudosa de adoración, todavía continua siendo la forma más popular de aproximación a lo sagrado.  La mayoría de los buscadores espirituales siguen buscando a dios en las imágenes, en los lugares santos, o en cualquier elemento físico que se les antoje sagrado.  Símbolos o imágenes sagradas llenan los templos y los altares de casi todas las religiones.  Infinidad de lugares, objetos y reliquias, que tuvieron alguna relación con acontecimientos místicos, son considerados como sagrados habitáculos permanentes de la divinidad hacia donde el devoto dirige sus peregrinaciones.  La atracción por la idolatría está tan arraigada en las gentes que resulta habitual consagrar objetos o lugares aunque estos no hayan tenido relación alguna con acontecimientos sagrados.  Los santos ―que clamaron hasta la extenuación la máxima de que nunca se debe de adorar nada material―, si hoy levantaran la cabeza, no podrían por menos que tirarse de los pelos al observar como sus más fieles devotos adoran a sus estampitas, a sus estatuas de barro, y a sus trozos de cuerpo.

Resulta hasta gracioso que a un trozo de muerto se le confiera un grado de presencia de dios, del creador de la vida, mayor que el que se le confiere a cualquier otro ser vivo.  La idolatría, a pesar de la proximidad con lo divino que parece otorgar, puede alejar más de lo divino que lo que en apariencia parece acercar.  Los creyentes idólatras centran más su atención en los objetos físicos sagrados, o en los lugares supuestamente santos, que en la atmósfera sagrada que los envuelve.  La ineficacia de la idolatría ha propiciado nuevas búsquedas de la divinidad.

En las últimas décadas se han hecho muy populares unas nuevas formas de búsqueda divina, importadas de Oriente, que pretenden salvar algunas de las dificultades creadas por las realidades virtuales occidentales, inculcándonos la idea de la existencia de un dios menos lejano e inaccesible.  Algunas de estas creencias se basan en el supuesto de que si dios está en todas las partes también está dentro de nosotros, y aprovechan esta circunstancia para incitarnos a buscar algo que llevamos dentro.  No puede haber una forma más íntima y más accesible de relacionarnos con la divinidad.  En torno a ese supuesto gravitan innumerables métodos de meditación que intentan ayudarnos a buscar ese lugar sagrado de nuestro interior.  Pero tampoco es tarea fácil encontrar a dios en nosotros mismos, nuestro interior alcanza a ser tan profundo, extenso y complejo, que podemos encontrarnos con innumerables sensaciones muy distantes de lo sagrado; y aunque hayamos tenido la suerte de acercarnos a la divinidad que reside en nuestro interior, ésta suele esfumarse al cabo del tiempo, consecuencia inevitable de toda percepción incompleta de dios.  Suele suceder que quienes practican estos métodos de búsqueda acaban perdidos en sí mismos olvidándose de que en el interior de los demás también está dios.

Quizás la forma más respetable de intentar llegar al sublime dios sea la práctica de la virtud.  Nadie que se precie de persona religiosa rechazará el camino de la virtud.  La honorabilidad de esta forma de caminar por la vida ha salvado el prestigio de quienes se dedican a fomentar la evolución espiritual de la Humanidad.  Pero los andares más brillantes por las dimensiones espirituales suelen ser truncados por las fuerzas del lado oscuro humano, a las que les dedicaremos especial atención en el capítulo de “Las traicioneras pasiones”.

Mas el empeño por alcanzar la virtud de la persona religiosa puede no llegar a desfallecer nunca, y ante las fuerzas de las pasiones podemos observar actitudes de mortificación de los sentidos.  No es infrecuente el uso del látigo en el caminante espiritual intentando domar a su fiera interna.  Método muy respetable siempre y cuando no se pretenda imponer a los demás.  (Suele suceder que quien usa el látigo contra sí mismo, también siente a menudo la tentación de usarlo contra el prójimo).

Otros buscadores de la virtud entran en batallas en contra de los dragones de sus profundidades, protagonizando auténticas películas de realidad virtual espiritual que harían las delicias de los cinéfilos.  La vía del guerrero es un incansable combatir contra las innumerables monstruosidades que plagan los caminos de los seguidores de estas vías épicas.  Dramas personales que muy pocas veces terminan con el típico final del príncipe rescatando a la princesa de las garras del dragón, y el “fueron felices y comieron perdices”; mas bien suele suceder lo opuesto, es el dragón quien se come al príncipe y a la princesa.  Pero como todavía nos sigue gustando soñar despiertos a héroes …  No está mal que la esperanza no se pierda nunca, lo que no está tan bien es que, pretendiendo buscar a dios, perdamos el tiempo en protagonizar películas quijotescas luchando contra molinos de viento a sabiendas de que acabaremos con un revolcón en el suelo.

Más aconsejable que las luchas con uno mismo ―y al menos más rentable para la Humanidad―, son los caminos de abnegación y de servicio a los demás:  Entregar la vida para hacer más feliz al prójimo merece el aplauso de todos.  El único problema a resolver, en esta forma espiritual de vivir, es el método a seguir para ayudar a los demás.  Como veremos en un próximo capítulo, son muy variadas las formas de servir al prójimo que se practican en los caminos espirituales.  Y a veces da la sensación de que cuanto más intentas arreglar con toda tu buena voluntad las cosas de este mundo, más las estropeas.

El amor incondicional al prójimo puede deparar muchas amarguras y desánimos, además de que podemos llegar a enfocarnos tanto en los demás que nos olvidemos de buscar lo que realmente deseamos encontrar.  Buscar a dios exclusivamente en los demás es otra forma incompleta de búsqueda divina.

Últimamente están surgiendo otros métodos para intentar encontrar al  dios absoluto.  Se basan en la idea de que para encontrarlo solamente es necesario quitarnos de encima todo lo que no es dios.  De esta forma la experiencia de la divinidad aparecerá en nuestras vidas como por arte de magia.  Se trata de separar la paja del trigo.  No es una mala idea, pero ¿quién es capaz de distinguir el trigo entre tanta paja?

Como estamos viendo no resulta nada fácil esto de intentar llegar a dios.  Espero no descorazonar a la persona entusiasmada en esta empresa ya siga un método u otro.  No es mi intención que nadie que sienta ese impulso de búsqueda lo abandone.  Sólo pretendo avisar de los errores que se suelen cometer en las diferentes formas de intentar llegar al dios supremo, y de los engaños en los que uno puede caer.  Considero que la búsqueda de dios es una de las actividades humanas que más dicha puede traer a nuestras vidas, aunque no conviene olvidar que ha sido una de las que más desdichas nos haya traído en el pasado.

Como buen creyente que fui en mi caminar por los mundos sectarios, siempre estuve buscando a dios en cada secta, religión o vía espiritual, en la que me metí.  Siempre me esforcé por separar la paja del trigo y por vivir la experiencia de lo sagrado en cada ocasión que se me ofrecía la oportunidad.  Y han sido muchas las ocasiones y temporadas de mi vida que he vivido en presencia de la divinidad.  En unas ocasiones sentía que la santidad provenía de mí, y en otras que provenía de fuera de mí, ya fuera de un maestro espiritual o de una realidad virtual espiritual en la que yo creía y donde se representaba a dios en un cielo imaginado.  Pero siempre abandonaba la senda por la que me había adentrado.  Las imperfecciones que observaba en cada camino me desanimaban.  Cuando no sentía la perfección divina en todas las dimensiones, abandonaba el camino espiritual que estuviera siguiendo.  Los maestros o instructores, que me aconsejaron en mis diferentes caminatas, me consideraron excesivamente exigente y falto de paciencia, defectos por los que me auguraron pocos éxitos en mi búsqueda de dios.  Yo nunca les hice caso, siempre consideré esas opiniones como una forma de intentar retenerme en su doctrina particular; aunque no descarto que puedan tener su parte de razón.

Muchas personas buscadoras, que han dedicado menos tiempo que yo a la búsqueda de dios, están proclamando que lo han encontrado.  Mas su proclama no me llega a convencer, no creo que hayan encontrado algo aparte de una ilusión, los observo demasiado interesados en atribuirse el éxito final de la incesante búsqueda que la Humanidad ―en mi opinión― no ha hecho sino empezar.  No se puede proclamar haber encontrado la perfección y el amor supremo cuando las imperfecciones y los desamores corretean por nuestros pasillos interiores; ni se puede asegurar estar en el camino correcto cuando, a pesar de experimentar algunos aspectos del fenómeno dios, los aspectos de nuestro lado oscuro continúan haciendo de las suyas e incluso creciendo día a día.

En el nivel sensorial y sentimental han sido innumerables las ocasiones en las que he sentido la presencia de ese infinito lleno de paz y de amor, de esa perfección que parece elevarte del suelo, de esa pureza llena de belleza y de inocencia, de esa exquisita experiencia.  Han sido muchas las ocasiones en las que sumergido en la atmósfera sagrada he podido acariciar al virtual “gran elefante blanco”.  Pero siempre estuvieron presentes las fuerzas del lado oscuro dificultándome llegar a la santidad.  Por un lado es evidente la atracción que sentimos hacía lo sagrado, pero por otro emerge de nuestro interior una fuerza que limita nuestra ansia de penetrar en el fenómeno dios.  Se trata de una de las más fuertes dualidades humanas, la eterna lucha de la materia contra el espíritu, donde se produce la cómica situación de estar persiguiendo algo de lo que a la vez estamos huyendo.  En la búsqueda de dios ―nos llegan a decir algunos maestros― si no tenemos éxito es porque en realidad no lo estamos buscando, o porque cuando jugamos a buscarlo, en realidad nos estamos escondiendo de él.

No cabe duda de que esto de intentar llegar a dios está lleno de dificultades.  Es una empresa semejante a buscar la salida de un complicado laberinto.  En los capítulos finales de este libro expondremos nuestra teoría particular para encontrar la salida de este laberinto, observaremos las posibles causas de este patético juego, y quizás alcancemos a comprender porqué el hombre creó a los dioses y después se creyó separado de ellos.

De todas formas, si somos acérrimos creyentes y no podemos resistirnos a la tentación de seguir buscando a dios, existen algunas vías de realización espiritual recomendables que aconsejan no desesperar en este empeño, porque dios y nosotros, según dicen, somos la misma cosa; sólo que no nos hemos dado cuenta todavía.

Siento no poder dar ninguna pista segura sobre el mejor método para llegar a dios, primero porque no la conozco, y segundo porque actualmente considero que dios sencillamente no existe.  Si conociera un método para encontrar a dios no estaría escribiendo un libro como éste, estaría afiliado a la religión o vía espiritual que practicase el exitoso método de búsqueda; y, si hubiera encontrado la fórmula por mí mismo, ya habría fundado mi propia secta con el novedoso método recién descubierto y me estaría dedicando a hacer proselitismo ―y ha hacerme rico de paso―.  Y la Humanidad tendría un nuevo profeta que le estaría aportando más de lo mismo.

Y mira que me he dedicado de por vida a tocar cuantas más partes mejor del “elefante cósmico”, con la intención de intentar recomponer en mi imaginación como es dios, pero lo único que he conseguido en mi mente es eso: una imaginación, una realidad virtual que al final no me convence en absoluto, un sueño de grandeza creado por esa extraordinaria capacidad humana de crear dioses.  Por ello, últimamente me centré en investigar esa suprema capacidad del ser humano para crear.  Ahora ya no busco a dios, busco esa divina creatividad humana, esa gloriosa vivencia de la que emanan las imaginaciones celestiales.  Si dios es grande ¿cómo habrá de ser la grandeza de sus creadores?   Si dios es divino ¿cuan divina habrá de ser nuestra divinidad, creadora de dioses?

LOS MEDIADORES

Se practique el método que se practique para intentar llegar a dios, siempre es de agradecer que a uno le echen una mano en tan arduo empeño; de hecho se llega a decir que es imposible por nosotros mismos alcanzar al gran elefante blanco, y que al menos un mediador resulta imprescindible para ayudarnos a encontrar el feliz camino espiritual que nos llevará hasta él.

Los vídeo-juegos espirituales se las apañan para ponernos difícil la búsqueda de algo que en teoría está en todas partes, y después nos aconsejan seguir a especiales guías que nos conducirán por unos laberínticos caminos que no existen sino en nuestra propia mente.

Si creemos que dios existe, estamos dispuestos a buscarlo y no sabemos por donde empezar, no desesperemos, porque mediadores los hay para todos los gustos; cada religión tiene los suyos.  Vamos a hablar de los más utilizados, no porque sean los más efectivos, sino porque son los que fueron impuestos en las tradiciones populares por las religiones dominantes.

(Obviamos hablar de los mediadores que ayudan en la búsqueda de los dioses menores del chamanismo o de la magia negra, dioses que por ser más pequeños que los infinitos, están más cercanos a nosotros, y aunque también necesitan de mediadores que los encarnen o los acerquen de alguna manera a sus seguidores, no necesitan tanta mediación como la que hace falta para acercarnos al dios o a los dioses infinitos).

El supuesto dios infinito de las grandes religiones muy pocas veces se manifiesta directamente a los humanos, casi siempre lo hace a través de sus delegados, ya sean ángeles, encarnaciones o su propio espíritu.  Para nosotros los occidentales, es el espíritu santo probablemente el mediador por excelencia entre nosotros y dios, el más allegado a él.  Si uno consigue ser anfitrión de tan sagrado invitado tendrá garantizados los regalos celestiales más exquisitos en forma de milagros.  Otros espíritus representantes de su majestad celestial son los ángeles, y en las mitologías orientales existen innumerables deidades, espíritus bondadosos dedicados a ayudarnos a llegar a dios.

Pero como los humanos estamos más acostumbrados a relacionarnos con otras personas, humanas como nosotros, podemos llegar a tener alguna dificultad para comunicarnos con espíritus sin forma ni cuerpo determinado.  Entonces, dios, sabiendo esto, parece ser que decidió encarnarse en individuos ―especiales, claro está― para acercarse más a nosotros.  De esta forma comenzaron a aparecer en la Tierra las encarnaciones divinas.  Cada religión universal tiene las suyas.  Y un poco por debajo de ellas tenemos a los iluminados por la gracia divina, también elegidos por dios para ejercer de mediadores entre él y su pueblo, son los profetas, los enviados o los predestinados.  Todos ellos intentos de aproximación del todopoderoso a la perdida Humanidad.  Jesucristo, Buda, Mahoma, Krisna, son ejemplos de grandes mediadores.

El salvador, el profeta, el hijo de dios, la encarnación divina o el maestro espiritual, son importantes arquetipos aceptados por la mayoría de las personas religiosas.  Incluso las religiones que no aceptan como válido ningún mediador de los anunciados hasta ahora, por otras religiones diferentes a la suya, permanecen a la espera de que a ellas les llegue su salvador particular aún no nacido.  Y algunas de las religiones que ya tuvieron su salvador particular, todavía esperan que éste vuelva, pues parece ser que con la anterior venida no llegó a salvarlos del todo.

El protagonismo de estos mediadores es de suma importancia en todo ámbito espiritual.  Sus funciones se anuncian como imprescindibles en la mayoría de las vías espirituales.  Ellos han sido los fundadores de la mayoría de las religiones.  Y la relación que la persona religiosa emprende con ellos puede llegar adquirir un grado de intensidad enorme aunque el personaje lleve siglos desaparecido del mapamundi.  El creyente puede llegar a sentir en su vida una presencia muy real de estos mediadores estrella.  Las apariciones de estos personajes a las personas que creen en ellos se han producido siempre y se continúan produciendo.

Compartiendo la fama de estos personajes se encuentran las mediadoras, deidades o personajes femeninos, portadoras del virtuosismo maternal, nos enseñan a andar por los caminos espirituales como cualquier madre enseñaría a caminar a su hijo.  Derrochadoras de amor, ternura y comprensión, bálsamos benefactores para el sufrido caminante espiritual.  Y si dios es la representación de nuestro padre celestial, ellas son las encarnaciones de la madre celestial; ancestral concepto místico que han  heredado.  No sólo madres de todos los hombres, sino también en ocasiones madres de dios, de las encarnaciones divinas, como en el caso de María.  Santidades femeninas que pueblan las diferentes realidades virtuales de las religiones y de las vías espirituales al más puro estilo familiar.  En las mitologías orientales existen diversas deidades que hacen el papel de madre para los desamparados mortales.

Mas si todavía se nos antoja inaccesible relacionarnos con la divinidad, por debajo de todas estas mediaciones estrella nos encontramos con los santos, mucho más humanos.  No se trata de encarnaciones, nacieron como nosotros y se ganaron a pulso el cielo en el que ahora están.  Mediadores entre los hombres y las grandes encarnaciones divinas, nos ayudan a completar el puente que nos llevará al cielo.

Pero, aún así, parece faltar un eslabón en la cadena de personajes mediadores entre dios y nosotros.  Aún pueden llegar a resultar muy lejanos los santos, ya que los muertos, por muy santos que sean, los podemos llegar a sentir muy distantes, demasiado fríos entre los mortales.  Para dar este último paso de aproximación, aparecen en escena las personas que amablemente nos echarán una mano, son los mediadores mortales, personas que conviven con nosotros en este mundo, sacerdotes, maestros espirituales, gurús, predicadores, sanadores espirituales; profesionales del caminar espiritual, personas muy acostumbradas a relacionarse con los grandes mediadores; maestros indispensables para todo ignorante profano que pretende comunicarse con dios.  Muchos de ellos proclamados como encarnaciones divinas.

Ellos son el peldaño más bajo de la escalera que nos comunica con el cielo, el más humano, el más cercano a todos nosotros, imprescindibles para todos aquellos que no sentimos ni vemos apenas nada más de lo que nos muestra el horizonte de la tierra en la que vivimos.

Estas personas especialistas de la espiritualidad, dirigentes espirituales de grupos, incluso de naciones, son los maestros más allegados a nosotros, con el determinado propósito de enseñarnos los caminos de la espiritualidad,  son las almas más elevadas con cuerpo de carne y hueso.

Muchos de ellos y de sus seguidores son quienes continúan cometiendo el mayor fraude espiritual que lleva padeciendo la Humanidad desde hace siglos.

EL GRAN FRAUDE ESPIRITUAL

Cuando el hombre religioso inventó a los dioses infinitos, creó una trampa mortal para la espiritualidad.  Mientras los dioses tuvieron sus poderes limitados, ejercieron sus funciones en una lógica competencia los unos con los otros; pero con la aparición de las religiones monoteístas, que siempre pretenden implantar el monopolio divino en el universo de las almas, ya no podía existir esa competencia, pues si existe un dios infinito creador de todas las cosas, no pueden existir otros semejantes.  De esta forma comenzaron las  sangrientas luchas por imponer rotundamente la potestad imaginada del dios totalitario, por intentar establecer en el mundo una sola religión que anulé a las demás, un sólo dios por encima de los demás, y una sola verdad ―imposible de demostrar― que también esté por encima de la de los demás.

Las religiones que se venden como las únicas y las verdaderas en este mundo, no son tales, al menos la mayoría, pues al haber muchas que se anuncian así, solamente una puede ser la verdadera; y, como quien lleve la única razón no es demostrable, el porcentaje de que una de ellas sea la portadora de la verdad es muy pequeño.  Si hay en el mundo cien religiones monoteístas ―que hay muchas más―, tendríamos un uno por ciento de probabilidades de acertar si seguimos a una de ellas.  Si hay en el mundo cien personas que se consideran la única representante de dios en la tierra ―que hay muchas más―, si seguimos a una de ellas, tenemos un noventa y nueve por ciento de posibilidades de equivocarnos de encarnación divina.  Quienes ponen su alma en manos de una religión o creencia de estas características están sufriendo el gran fraude espiritual de los últimos siglos, están jugándose su vida espiritual en una extraña lotería divina, apostando por un número que les han garantizado va a ser el único premiado; cuando otras personas están en la misma situación pero apostando por otros números diferentes.

La libertad religiosa de las últimas décadas en los países desarrollados no ha venido a solucionar el problema de las ofertas fraudulentas de los monopolios de las religiones universales, incluso me temo que lo ha empeorado.  En el ámbito del consumismo, la libre competencia siempre beneficia al consumidor, pues propicia la aparición de mejores productos y a mejor precio.  Pero si recordamos los comienzos de nuestra sociedad consumista, cuando no existía regulación oficial alguna sobre la publicidad o el etiquetado, y no se exigía que lo que se anunciaba se correspondiera con las cualidades de lo que se vendía, recordaremos que las ventas fueron fraudulentas en muchas ocasiones; hasta que la legislación vigente terminó con ellas.  Esto es algo que está sucediendo ahora en el mercadillo espiritual de nuestros días.  Al no existir legislación que obligue a anunciar honradamente las auténticas propiedades de lo que se vende, las ofertas exageran fraudulentamente en su publicidad los beneficios de sus productos.

No vamos a negar que algunas producciones espirituales hayan mejorado en los últimos tiempos, pero la mayoría prometen ofertas tan fraudulentas como las que provocaron tantos desastres históricos causados por sus fanáticos ofrecimientos.

Y a ver quién es el guapo que ahora le pone el cascabel al gato y crea una legislación que regule las ofertas espirituales, su publicidad y su etiquetado.  Gran parte de la sociedad demanda una legislación, en especial para regular las ofertas sectarias, pero los legisladores saben que si empiezan a aplicar rigurosas leyes a las sectas, pronto tendrían que hacerlo con las grandes multinacionales religiosas, lo que puede llegar a crearles grandes problemas.  Si se atienden todas las denuncias contra las ofertas fraudulentas de las sectas, pronto las sectas podrían denunciar a las grandes religiones con los mismos argumentos que les están aplicando a ellas.  Las sectas de hoy en día no son mudas, no hay nadie que les calle la boca como antiguamente, y muchas de ellas son imagen y semejanza de las grandes religiones pero en pequeño y con pequeñas diferencias.  Enfrentarse el poder legislador a un dios sectario, poniendo la ley humana por encima de su ley divina, puede resultar llevadero si la secta no tiene muchos seguidores; pero, aplicar la ley de los hombres a la ley de los todopoderosos dioses de las grandes religiones, es una labor que muy pocos legisladores estarán dispuestos a llevar a cabo; todo un pueblo o toda una sociedad puede estar apoyando actividades espirituales susceptibles de ser denunciadas.  Por lo tanto, por ahora no nos queda otro remedio que seguir tragando las actividades fraudulentas de los lanzamientos  publicitarios espirituales.  Informarnos adecuadamente y realizar análisis comparativos es nuestra única solución para evitar el fraude, algo que pretendemos hacer en este libro.

Cuando existía en el comercio espiritual de cada país un sólo elixir de salvación, porque sus creadores habían desterrado a toda competencia, no se apreciaba el gran fraude espiritual; evidentemente era un producto único, pues no había otro en el mercado.  Cada región de la Tierra tenía su elixir particular, su dogma de fe que lo mantenía, y su ejército y su inquisición para defenderlo.  No existía la permisividad que ahora existe, las religiones dominantes degollaban ―en el sentido estricto de la palabra― todo brote sectario que se atrevía a crecer en su país.  Pero la libertad religiosa propició la aparición de una gran cantidad de elixires, lo que generó una feroz competencia entre ellos.

En la situación actual, una gran cantidad de elixires milagrosos se venden en los mercados del mundo como medicina para enfermedades incurables, en las etiquetas de cada uno de ellos se dice que es un producto único e inigualable, y que el resto de productos, que también se anuncian con las mismas propiedades, no son sino placebos.

Hoy vivimos tiempos de grandes libertades en los países desarrollados.  Las sectas brotan como por arte de magia, y los elixires milagrosos se cuentan por miles.  Y en la mayoría de estos tarros de espiritualidad condensada se continúa diciendo en su etiqueta la misma máxima de sublime producto único e inmejorable.  La única diferencia con el pasado, que se aprecia en el etiquetado de estos modernos tarros, consiste en que en muchos de ellos el mensaje de autenticidad, que descalifica al resto de elixires del mercado calificándolos de placebos, lo ponen en una nota por la parte de atrás y en letra pequeña.  Poco a poco se aprecia que van tomando conciencia las productoras de estos elixires de la gran estafa que están cometiendo con las gentes; y digo que van tomando conciencia porque en la mayoría de los casos el fraude se realiza inconscientemente.  Las primeras personas engañadas son los vendedores de los elixires, pues son ellos los primeros que se creen  poseedores del número premiado.  Pero, como saben que existen miles de números que se anuncian así, su sentido del ridículo les obliga a poner en letra pequeña su convencimiento de que su número va a ser el agraciado con premio gordo del paraíso eterno.

Hay casos en que no ponen dicha nota, incluso en el prospecto anuncian el producto esotérico como compatible con cualquier otra creencia o religión.  Se trata de un método para mejorar el bienestar espiritual―dicen―, de una energía benefactora.  Utilizan estos argumentos o semejantes para intentar convencer a la persona que ya esté afiliada a otros elixires, incompatibles con los demás, a iniciar un cambio, o para convencernos a todos aquellos que no admitimos tomarnos nada que menosprecie a todo lo demás.  Así resulta más fácil picar el anzuelo y acabar colgado de una opción totalitaria que precisamente queríamos evitar.  La sorpresa de comprobar que nos han querido pescar nos la llevaremos más tarde, cuando llevemos tiempo probando el elixir y ya nos hayamos creado hábito, entonces nos comunicarán que en realidad no se trata de una sencilla pócima para mejorar el bienestar del alma, sino que lo que llevamos tiempo experimentando nos viene dado por la suprema gracia divina, patente exclusiva del método particular de realización espiritual que estemos siguiendo.

Estas miles de patentes de exclusividad, que nos dicen tener la mayoría de religiones u otras vías espirituales absolutistas, están avaladas por los certificados de autenticidad; por supuesto, tan fraudulentos como el hecho que pretenden demostrar.  Todas estas vías espirituales disponen, según ellas, de la documentación necesaria que demuestra en cada caso estar en posesión de la verdad, al mismo tiempo que también demuestran, en cada documentación particular, que las otras opciones espirituales están en posesión de la mentira.  Todos estos avales de autenticidad, que intentan demostrar que su dios es el verdadero, siguen unos patrones típicos y apenas difieren los unos de los otros.

Los documentos que en primer lugar se exhiben son las antiguas sagradas escrituras.  Nunca han existido en la Tierra escritos que más interpretaciones se les haya dado, hayan sido más manipulados y utilizados con intereses partidistas, que las antiguas sagradas escrituras.  Cada uno de estos libros sirve para apoyar a innumerables religiones o vías espirituales con doctrinas muy diferentes entre ellas.  Todas afirman que en estos libros está escrita la palabra del auténtico dios, opinión que ninguna de ellas pone en duda porque cada una se apoya en aquellas partes de estos voluminosos libros que justifican y apoyan su doctrina o método de realización espiritual.  De esta forma nos encontramos con doctrinas muy dispares apoyadas por un mismo libro, sagrado, claro está.

Otro tanto sucede con los mediadores más famosos, su prestigio es utilizado descaradamente para garantizar el éxito de las excursiones particulares por los mundos espirituales.  Y así tenemos a Cristo, por ejemplo, erigido en guía de multitud de caminos espirituales que llevan a lugares muy diferentes.

Muchas de las religiones monoteístas, que se hicieron universales, presentan como su mejor aval de autenticidad el éxito de la propagación de su doctrina.  Pero esto no es cierto, porque su éxito no hubiese sido posible sin el apoyo de los poderes políticos y militares que les ayudaron a implantarse en amplias extensiones del planeta.  Se propagaron basándose en la fuerza bruta, cuando no terrorífica y asesina.  Para comprobar cómo no son capaces de sobresalir sobre otras creencias por sí mismas, no tenemos nada más que observar en la actualidad cómo se ven obligadas a convivir en la India con multitud de creencias diferentes sin apenas sobresalir de entre ellas.  Cuando no se hace uso de la fuerza, todas las formas de fe acaban a la misma altura, aunque cada una se pretenda erigir por encima de las demás.  Muchas de estas religiones universales deberían de avergonzarse de los métodos que usaron para conseguir su supremacía en vez de presumir de ello.

Otro argumento expuesto, para convencer al incrédulo, y al creyente para que siga creyendo, es la vivencia de lo sagrado en el seno del particular círculo espiritual.  Más si recordamos lo dicho en el capítulo de la percepción extrasensorial en hermandad, donde expusimos la enorme facilidad que existe para experimentar cualquier realidad espiritual en todo grupo que la invoque, nadie debiera de alardear de estar en posesión de la verdad por haber conseguido lo que la naturaleza humana y divina regala.  Para obtener una experiencia de aproximación a lo sagrado no hace falta ningún ritual especifico, la atmósfera sagrada en muy fácil de provocar, cualquiera de los rituales que se practican en las innumerables religiones puede conseguirlo.  Incluso individualmente el cielo se ha experimentado siempre bajo infinidad de doctrinas y de ideologías espirituales.  Para los creyentes en un solo dios, no tengo noticia de que de existir el dios verdadero esté afiliado a alguna religión en especial o vía de realización espiritual determinada, más bien creo que está a disposición de darse a conocer a todo aquel que lo desee.  Incluso existen creencias de que dios es una parte muy importante de nosotros mismos que sencillamente hemos olvidado.  Sólo tenemos que sanar la amnesia que padecemos y recordar lo que realmente somos para volvernos a reencontrar con nuestra auténtica naturaleza divina.

Pero esta idea no está muy extendida.  Son los viejos conceptos sobre la divinidad los que más continúan utilizándose por los caminos espirituales.  Viejos dramas milenarios del ser humano, fraudes espirituales enraizados en nuestras viejas costumbres.  Ya va siendo hora de realizar un cambio.

Si en la dimensión de los bienes materiales la justicia social ha llegado al pueblo en los países desarrollados, ¿no es ya hora de que también haya justicia en la dimensión de los bienes espirituales?  ¿Por qué permanecemos impasibles ante los grandes fraudes espirituales, ante los grandes engaños del alma?  ¿Acaso nos complacemos en pensar que son padecimientos típicos de los buscadores de dios?  ¿No estamos comportándonos como los antiguos cuando pensaban que el hambre de los pobres era algo propio de ellos y que no tenía remedio?  Si hemos llegado a demostrarnos que en la Tierra puede haber comida para todos los que la habitamos,  ¿qué nos está impidiendo demostrarnos que en los cielos también hay alimento espiritual para todos?  Si el gran dios es un concepto de abundancia infinita, de inagotables beneficios,  ¿a quién le interesa su racionamiento?  ¿A los estraperlistas?  ¿Por qué cada buscador de las riquezas del alma está expuesto a sufrir tanto fraude y engaño?  No hay derecho a cobrar los precios que se están cobrando por algo que, como el agua, nos pertenece por derecho propio.  Los sedientos de dios están padeciendo una injusticia intolerable, pagando precios desorbitados por una gota de agua, engañados por los defraudadores del espíritu.

La magnitud del gran fraude espiritual puede alcanzar cotas increíbles, y los sistemas para llevarlo a efecto pueden llegar a ser sorprendentes.

En el anterior capítulo hicimos una exposición de los tipos de mediadores más habituales, pero en ocasiones estas categorías no se manifiestan tan definidas como las hemos mostrado.  Existen mediadores que pertenecen exactamente a alguna de las categorías de las señaladas, pero en muchas ocasiones estas categorías se mezclan en un mismo personaje, incluso se pueden llegar a mezclar todas en un sólo individuo, en una persona que viviendo en este mundo asegura tener todas las facultades de los grandes mediadores que están en el otro.  Entonces tenemos al mediador estrella, al hombre dios o a al dios hecho hombre.  Las escrituras sagradas están llenas de estos personajes que en vida fueron mitad hombres mitad dioses, santos, sacerdotes y profetas, portadores del espíritu santo y predicadores de la palabra de dios.  Fueron los salvadores de los pueblos en los que vivieron.  Auténticos revolucionarios en su tiempo.  Son los protagonistas principales de las historias sagradas, son Historia.

Pero para que sean Historia primero tuvieron que existir. Y, si existieron, ¿quién nos dice que no puedan existir ahora personas como ellos?  Porque son cientos las personas que hoy en día se consideran enviadas por dios para salvar al mundo  ¿Quién puede poner en duda a todo aquel que se anuncia como el nuevo salvador de la Humanidad?  Si estudiamos la vida de los grandes mediadores, en sus comienzos, no eran sino dirigentes de unas sectas bastante mediocres y minoritarias.  ¿Quién puede negar que un dirigente de una secta actual sea el nuevo salvador del mundo?  Nadie.  Pero lo que sí podemos negar es que cada uno de ellos sea el nuevo y “único” salvador del mundo, tal y como muchos se anuncian, porque eso es imposible.  El único salvador podrá ser solamente uno de ellos, y en la actualidad, en el mundo, sin temor a equivocarme, habrá cientos de personas, que se anuncian como los únicos salvadores de la Humanidad, las únicas encarnaciones de dios o de grandes mediadores, los únicos canales divinos que el dios supremo ha escogido en este tiempo para salvarnos; los únicos elegidos en este tiempo para representar al gran dios en la Tierra.  Multitud de sectas y religiones están dirigidas por estos personajes.

Como podemos ver, es el mismo fraude ya comentado, pero ahora, en vez de estar protagonizado por organizaciones espirituales y sus correspondientes realidades virtuales, está personificado en innumerables individuos concretos; lo que agrava y aumenta la magnitud del gran fraude espiritual.

Tengamos en cuenta que la persona religiosa establece una relación muy íntima con el mediador que ha escogido como guía de su caminar espiritual.  Esta entidad espiritual es venerada con sumisa devoción.   El mediador, para el creyente en él, es como el gran dios, en ocasiones más que dios, pues muy a menudo se le da tanta importancia y protagonismo en la realidad virtual espiritual que llega a nublar a la propia divinidad celestial, desviándose hacia él la adoración que por lógica debiera de dirigirse hacia dios.

Cuando el mediador ya ha desaparecido de nuestra realidad física, y pertenece a la realidad virtual de la religión o vía espiritual, es otro elemento más del escenario virtual espiritual, una entidad más del mundo místico, aparte de la realidad física;  pero cuando se trata de una persona de carne y hueso, entonces no sólo asume las propiedades espirituales de la realidad virtual sino que, además, pretende encarnarlas e introducirlas en nuestra realidad, consiguiéndolo en muchas ocasiones, y generando un impacto emocional enorme en sus seguidores.  Ya no es un objeto del altar el centro emisor del elixir sagrado, dios se ha encarnado en la persona divina; ella es el altar viviente; y, cuando ella no está, es su fotografía la que emana la santidad, colocada en el centro de todos los altares de sus seguidores.  Su palabra es palabra de dios, ya no hacen falta las escrituras sagradas excepto para reafirmar lo que él dice.  La salvación está asegurada, garantizada por el mediador.  El gran premio de la lotería celestial caerá sin lugar a dudas en el único número que él reparte entre sus devotos, inconscientes del gran fraude, desconocedores de que hay otras personas que, como su maestro, están repartiendo otros números  presumiblemente premiados con el gordo celestial.

No tendría nada de dramático apostar en esta lotería si lo que estuviera en juego no fuera la integridad física, psicológica y espiritual de la persona.  La absoluta entrega de la persona que el gran fraude exige puede afectarnos muy directamente en todas las dimensiones de nuestro ser.  En este dramático juego uno se juega la vida.

(La tan criticada magia negra o las vías de chamanismo son mucho menos fraudulentas al respecto, sus líderes no proclaman que en ellos se encarne un dios infinito, los dioses que se encarnan en sus rituales son de poderes limitados, y, aunque exageren, sus anuncios son menos fraudulentos que los de aquellos que afirman ser encarnación del supremo poder infinito).

Si el mediador es un sanador o sanadora, sus devotos seguidores harán muy bien en beneficiarse de ello.  La dramática situación se produce cuando se tiene una fe ciega en esa persona, considerándola una infalible encarnación de la divinidad suprema, imposible de fallar en sus diagnósticos y curaciones;  llegándose a vivir la ilusión de que uno está sano porque ella lo dice, cuando en realidad se está padeciendo una enfermedad, y se está viviendo la ilusión de que a uno le están curando cuando no es así o incluso se está empeorando.

Se han dado demasiados casos de personas que se han puesto en manos de estos milagreros, para ser curados de una enfermedad, y han vivido en la ilusión de estar curándose, hasta que sus familias tuvieron que ingresarlos urgentemente en hospitales porque se iban al otro mundo con el método terapéutico que le estaban administrando.

No estoy diciendo que sea siempre así.  Toda atmósfera sagrada ejerce una función terapéutica.  Lo que resulta inadmisible es que esta especie de curanderos, mitad divinos, mitad humanos, descalifiquen a todas las otras medicinas que no son la suya, cuando, con esta actitud están poniendo en peligro la vida de sus seguidores que padecen enfermedades que ellos no consiguen sanar.  Su divinidad exclusiva llega a ser tan indiscutible que cuando alguno de sus seguidores enfermo se le va al otro mundo, cuando se hubiera podido curar en la medicina oficial, por ejemplo, ellos dicen que dios así lo quiso.  Su dios, claro está, porque el dios de la mayoría de los creyentes no creo que así lo quisiera.

Y otro tanto sucede en los niveles emocionales y psicológico.  Un gran porcentaje de creyentes padecen desequilibrios en estos niveles, esperando que un milagro les llegue del cielo a través de su mediador particular, cuando una buena terapia psicológica podría poner fin a sus males.

Las sectas digamos que son los hospitales de estos sanadores estrella, a ellas llegan las personas con dolencias físicas, mentales o espirituales.  Y cierto es que casi siempre se experimenta un alivio de los males, incluso se viven curaciones milagrosas; pero no siempre.  El milagro funciona de forma aleatoria.  Vuelvo a repetir que la atmósfera sagrada tiene un gran poder terapéutico.  La trampa se descubre cuando uno se da cuenta de qué ese hospital se ha convertido en una cárcel sin rejas, cuando hemos sido convencidos para que permanecer en él de por vida, persuadidos de que solamente a través de ese mundo sectario y de su líder en particular podremos vivir nuestra dimensión sagrada, cuando se nos han borrado de la mente todas las otras opciones de evolucionar espiritualmente.  ¿Qué hace una persona, una vez curada o aliviada de sus males, permaneciendo de por vida en un hospital?  Sólo la terrorífica y fraudulenta idea de que en el resto del mundo todo es enfermedad puede mantener a una persona en tan patética situación, entregando su vida por una causa que considera única, cuando en realidad hay muchas más.

Si usted, amable lector, no pertenece a ninguna secta y no se considera  un convencido creyente de alguna de las religiones oficiales, ya siento la machaconería de la que estoy haciendo uso en torno al gran fraude espiritual.  Consciente de que estoy corriendo el riesgo de resultar pesado, no desaprovecho oportunidad alguna para denunciar el gran engaño y las diversas formas y maneras en las que se manifiesta.  Usted podría pensar que ya está suficientemente expuesta la cuestión, pero le puedo asegurar que aunque todo este libro fuera dedicado exclusivamente a la denuncia del gran fraude espiritual, y a todas las formas en las que se manifiesta, habría muchos creyentes de fe ciega que no se darían por aludidos.  ¿Cómo podría ser posible que su religión salvadora o su amado maestro espiritual les estuvieran engañando?  Para ellos es algo tan inconcebible que ni a cañonazos despertarían de su sueño virtual.  Así que pido disculpas por ser tan reiterativo.

El gran fraude espiritual no se produce al dar mucho de uno mismo y no recibir nada a cambio, eso no es cierto.  Antes de que la ideología religiosa se implante en la lógica del adepto, exceptuando a los creyentes que continúan siéndolo por tradición, habitualmente es necesaria una fase previa de experimentación, de sentir que es verdad lo que se está predicando, de experimentar lo sagrado, la presencia divina.  Después será cuando el creyente acoja la ideología, en la mayoría de los casos fraudulenta, pues será convencido de que ha conocido en su totalidad al gran elefante sagrado y de que deberá de entregar toda su vida a él, cuando en realidad solamente ha percibido una pequeña parte del gran infinito divino.

Como se puede comprender, no hay nada malo en experimentar algún aspecto de la divinidad, el fraude se produce cuando se nos convence, o nos convencemos nosotros mismos, que es la totalidad del dios infinito aquello que estamos experimentando.

Por supuesto que cuanto más carencias tengamos, en todos los niveles, más propensos seremos a engancharnos con una determinada experiencia mística y a magnificarla.   Karl Marx no afirmó de forma gratuita que la religión es el opio del pueblo.  Muchos creyentes se comportan como auténticos drogadictos, enganchados a algo que en un tiempo les fascinó y que ya apenas les aporta nada y está acabando con su vida.  Pero el mal no está en las drogas sino en la drogadicción.  Las drogas bien utilizadas son medicinas.  Y todavía menos malas son las drogas que genera nuestro propio organismo en los felices éxtasis que nos regala la vida, como puede ser en el éxtasis místico.

No hay nada dañino en la experiencia religiosa, el mal radica en la actitud que adoptemos ante ella.  Incluso es de agradecer que un maestro espiritual nos enseñe a vivir la divinidad.  Pero yo aconsejaría salir corriendo cuando se nos diga que ése es el verdadero maestro, el único camino, la verdadera y única experiencia de dios, la ideología o el método al que debemos de entregar nuestra vida.

Se dice de dios que está en todas las partes, por lo tanto será tan digno  buscarlo en un burdel como en un templo.

Yo he llegado a experimentar a dios de tantas formas y maneras que puedo asegurar la inexistencia de una manera “única” de vivir la divinidad.  Todas son válidas.  Y todas son fraudulentas cuando nos exigen creer en que son las únicas válidas.

Por supuesto que cualquier método de realización espiritual necesita de tiempo para que podamos recoger sus frutos.  No estoy diciendo que vayamos de una secta a otra como mariposas de flor en flor.  Vivir la divinidad necesita de paciencia, siempre habremos de dar un voto de confianza a aquel método que nos parezca más adecuado para caminar espiritualmente.  Todo necesita su tiempo, sobre todo los profundos cambios psicológicos que se producen siempre que modificamos las realidades virtuales espirituales en las que hemos depositado nuestra fe desde niños.

Existen caminos espirituales, que no siendo totalitarios, recomiendan dedicarse a ellos de por vida para conseguir algún éxito en la búsqueda de dios.  Esto nos puede dar una idea de la lentitud, que se asegura necesaria muy a menudo, del proceso evolutivo espiritual; aunque también es cierto que muy a menudo se habla también de un rápido despertar.  Por lo tanto, y como casi siempre, no tenemos referencias muy concretas para saber cuándo deberíamos de continuar un método espiritual o cuándo abandonarlo.

Sólo una gran dosis de sinceridad puede hacernos ver que estamos perdiendo el tiempo y la vida atrapados en el gran fraude espiritual.  No somos tan tontos como para caer reiterativamente en el timo de la estampita.  El bienestar interior es el mejor síntoma de nuestra riqueza del alma.  Si nos están timando o nos estamos dejando timar, acabaremos en una pobreza espiritual que denunciará el robo del que estamos siendo víctimas.  Pero repito que hemos de ser muy sinceros con nosotros mismos, muchas personas se consideran muy ricas espiritualmente no porque se sientan así sino porque creen ciegamente que están en el único camino correcto, y, cuando les pides te muestren sus riquezas, no ves otra cosa que una estampita, el billete que encabeza un fajo de recortes de periódicos.  Lamentablemente sólo les queda la esperanza, el sueño de que dios proveerá, de que se les restituirá con creces todo lo que han perdido, casi siempre después de muertos.

Cuantas veces he sido testigo de la gran riqueza espiritual de muchas personas, que no teniendo relación directa con método alguno de crecimiento espiritual, ni siendo practicantes enfervorizados de ninguna religión, ni seguidores de ningún maestro, personas normales de la calle, llevan dentro de sí la divinidad con la misma naturalidad que la sangre corre por sus venas.  Mucha más riqueza espiritual he apreciado en ellas que en aquellas otras que alardeando de estar en el camino correcto, de seguir al único maestro de este tiempo, y presumiendo de las iniciaciones que han recibido como si fueran medallas, han sido presas del gran fraude espiritual, del gran robo que les ha cambiado su gran riqueza interior por una estampita sin valor alguno.

Y esto no sucede exclusivamente a un nivel individual.  El desarrollo de los acontecimientos históricos delata la existencia del gran fraude a un nivel social.  Innumerables religiones que en un principio fueron inmensamente ricas espiritualmente, con el paso de los siglos fueron perdiendo toda su riqueza y alcanzaron las más altas cotas de la miseria humana, protagonizando auténticas barbaridades sociales.

El gran fraude espiritual ha hecho estragos en la Humanidad.  Y mucho me temo que va ser necesario el esfuerzo de todos para erradicarlo del mundo.  Su implantación milenaria en el costumbrismo religioso va a exigirnos un esfuerzo extraordinario para extirparlo de los senderos espirituales.

El mayor control que habremos de realizar habrá de ser en el nivel emocional.  Las explosiones emocionales, que siempre acompañan a la experiencia mística, son la causa principal del gran fraude espiritual.  Sus impulsos traicionan nuestra objetividad, y acabamos engañándonos, nos dejamos engañar y engañamos a los demás.  El exacerbado entusiasmo que podemos llegar a sentir ante la felicidad prometida, o temporalmente experimentada, nos puede llegar a no desear otra cosa diferente aunque nuestro proceso evolutivo nos esté pidiendo lo contrario.  La pasión ciega nuestros ojos mucho más a menudo que la luz mística nos los puede llegar a abrir.  El grado de enamoramiento que las vivencias espirituales pueden provocarnos nos  puede llegar a cegar, tal es su poder de seducción.  Como cualquier enamorado siente que la persona que enciende su corazón es la persona más especial del mundo, aunque ésta sea muy corriente, podemos llegar a sentir que la religión o la vía espiritual escogida es la más especial de la Tierra y del Cielo, la única que puede hacernos felices a nosotros y a la Humanidad, aunque ésta sea una religión muy corriente, del montón.

Y ya no digamos si nuestra pasión emotiva se centra en un mediador.  El ardor místico que puede llegar a sentir el devoto hacia su salvador es un tipo de furor pasional tan cegador que por si sólo convierte a la persona mítica en el único objeto de adoración.  Y si se trata de un mediador vivo, en especial de algún gran gurú oriental…  Mejor será que les dediquemos un capítulo aparte.

LOS GURÚS

En Occidente, consideramos a la India como el país con más espiritualidad del planeta.  Los maestros espirituales hindúes que nos han transmitido sus enseñanzas ―llamados gurús en hindi― han dado buena cuenta de ello.  Sus iniciaciones han causado furor en Occidente y han conmovido a las masas.  Por supuesto que no me estoy refiriendo a los imitadores, sino a los auténticos gurús, quienes han conseguido fascinar a millones de personas.  Su facilidad para conseguir hacer que sus discípulos obtengan experiencias sagradas ha sido muy aplaudida y ha venido a recordarnos que la santidad no es una vivencia histórica inaccesible para el hombre moderno, exclusiva de unos santos del calendario, sino una vivencia accesible para todo aquel que desee vivirla.

Podríamos definir la santidad como una cualidad originada por una intensa penetración de la atmósfera sagrada tanto en los individuos como en los animales, los lugares o las cosas.  (Exceptuando, claro está, la multitud de  casos en los que el título de santidad es nobiliario)   En todas las culturas nos encontramos con santos personajes, animales sagrados, lugares santos como por ejemplo los templos y los altares, y cosas sacralizadas como las reliquias, objetos que pertenecieron a personas o lugares santos.  La santidad en los individuos no es sino un estado de bienestar tan profundo e intenso que se llega a contagiar, es una muestra de la capacidad humana para experimentar su propia divinidad.  Los estados de santidad se consiguen según las culturas y las creencias de diversas formas.

La llegada de los gurús a nuestra sociedad fue favorecida por la incapacidad de las religiones occidentales para hacer vivir intensamente a sus feligreses su propia divinidad.  Todos estábamos convencidos de que para ser santos había poco menos que ser mártires.  Han sido los ciudadanos occidentales sedientos de dios quienes han abierto las puertas de nuestra sociedad a estos maestros espirituales.  La mayoría de los gurús nos ofrecen ―sin pedirnos martirio alguno a cambio― la oportunidad de sentirnos santos, aunque sea temporalmente.  Todo un regalo, una experiencia inolvidable.  Un cambio revolucionario en nuestras creencias, un mazazo a las dogmáticas realidades virtuales espirituales a las que estamos acostumbrados en Occidente.

Los gurús nos han venido a demostrar que la santidad no es una exclusividad de las religiones dominantes, y que cualquiera puede aproximarse a ella sin padecer dolorosos martirios.

Lamentablemente, la mayoría de los gurús afirman que la santidad es exclusividad suya, su método de llegar a dios es el único y el mejor, así lo anuncian, y clavan su bandera de propietarios en un terreno que es propiedad de todo ser humano.  El gran fraude espiritual es una tentación tan poderosa que hasta los seres más espirituales de la Tierra caen en ella.

Cierto es que los ingredientes que contiene la experiencia de lo sagrado parecen ponerse a favor del totalitarismo.  Como ya expusimos en el capítulo sobre el fanatismo, sus innumerables aspectos positivos son experimentados con una intensidad, grandeza y realismo fuera de lo común; la paz, el conocimiento, la pureza, el poder, la belleza, etc., son sensaciones espirituales que incluso invaden la dimensión física.  Tal es la grandeza con la que se llegan a vivir estos aspectos que siempre se les añade algún otro calificativo superlativo, para diferenciarlos de las mismas vivencias pero de índole más común; se les suele llamar: la paz celestial, el conocimiento supremo, la pureza divina, el poder superior, la belleza inmaculada, etc.  Y entre estos atributos de la experiencia divina está el de la verdad, el de la verdad suprema, naturalmente.

Toda experiencia de santidad conlleva el sello de la verdad.  Una sensación de estar viviendo en lo auténticamente cierto embarga a quien experimenta la atmósfera sagrada.  Probablemente sea la vivencia de infinitud que conlleva toda aproximación a lo divino lo que produzca la impresión de verdad, de algo imperecedero.  Esta sensación de estar viviendo una realidad más auténtica que la que vivimos a diario es la que fanatiza a los místicos y les hace luchar por ella, pues cuando la pierden no se llegan a sentir tan vivos como cuando la tienen.  Y esto no sucede porque se les haya convencido de que esa es la verdad, como se cree popularmente, sino porque así lo están sintiendo.

No es una realidad cierta porque sea convincente en un nivel intelectual, la verdad mística es silenciosa, no enarbola argumentos que pretendan engatusar a nadie, otra cosa es que los individuos lo hagan, pero ella es verdad por sí misma, su certeza se siente sin necesidad de argumentos que la apoyen; es como si poseyéramos una intuición que la reconociera.  Las personas que hemos experimentado en nosotros este fenómeno sabemos de lo que estamos hablando, aunque para quienes no lo hayan vivido les resulte incomprensible.

En el mundo espiritual casi todo es incomprensible para la razón materialista, los atractivos y deseados atributos sagrados que acabamos de comentar son todos de un origen enigmático, solamente explicables mediante los polémicos argumentos esotéricos que cada religión o vía espiritual utiliza particularmente.  La fuerte sensación de verdad suprema, que la experiencia de aproximación a lo divino conlleva, tiñe de un fuerte realismo el mundo espiritual para quien así lo está experimentando; es como si asomásemos nuestra conciencia a una dimensión mucho más real que ésta en que vivimos.  Toda vivencia de lo sagrado siempre conlleva el sello de la verdad suprema.

Lo lamentable es que siempre, o casi siempre, este sello de verdad se haya aplicado y se continúe aplicando a lo que es mentira.  Esta  circunstancia es aprovechada fraudulentamente para dar realismo a las realidades virtuales espirituales.  No ceso de insistir en ello, una cosa es la experiencia de lo sagrado y otra cosa es lo que nuestra cabeza hace con ella.  Esta impresionante sensación de verdad, que toda aproximación a lo divino conlleva, siempre ha sido utilizada para pintar de verdad lo que no es cierto.

Un gurú, un maestro o una escuela espiritual, están en su derecho de anunciar que está enseñando a experimentar la verdad suprema; pero lo que es una vergüenza es observar como también se anuncian como poseedores de la “única” verdad suprema, reyes de su reino virtual, considerándose superiores a cualquier otra doctrina o método didáctico espiritual.  Es un engaño en ocasiones muy difícil de descubrir, porque en realidad es verdad que se está enseñando la “única” verdad suprema, ya que la experiencia de esa verdad es siempre única y suprema, pero los maestros o métodos empleados para llegar a ella no lo son.

Tener una vivencia de la verdad absoluta no quiere decir que también sea una verdad absoluta el método que se utilizó para alcanzarla, o que el cabecilla que nos la enseñó a sentir sea el único poseedor de la única verdad suprema.  La experiencia de lo sagrado se puede obtener por caminos muy diferentes; sin embargo, en casi todos estos caminos pone el cartel de “único” camino al cielo.

En el caso de los gurús, muy pocos se libran de caer en la tentación de promulgar como la única verdad absoluta lo que ellos enseñan y el método que utilizan.  Y sus discípulos están encantados en que así sea; su percepción de la verdad absoluta así lo confirma.  No puede haber error.  La experiencia de la verdad no deja lugar a dudas.  El engaño está servido.  Dios lo avala.  Imposible de descubrir por los discípulos.  “¿Cómo nos va a engañar nuestro maestro que está tan lleno de dios y con tanta facilidad nos lo hace sentir?”  Argumentos como éste ciegan en entendimiento de los devotos, borrachos de los elixires sagrados que su maestro les proporciona.

No puedo definir los métodos que los gurús utilizan para acercarnos a dios con tanta facilidad.  Sus secretos didácticos están enraizados en su cultura milenaria, son transmitidos directamente de los maestros a los discípulos elegidos que más tarde serán nuevos gurús.  Digamos que el trono de su reino virtual espiritual tiene garantizada de esta manera la sucesión.

Sus enseñanzas son iniciaciones que nos abren las puertas a nuestros mundos interiores de la más exquisita espiritualidad.  No es de extrañar que a los gurús se les entregue la vida.  Muchos de ellos son capaces de recibir el alma hecha polvo de cualquiera que se la entregue y devolvérsela renovada, incluso en un estado mejor que el mejor estado conocido por el devoto.  Y esto lo digo por experiencia.

El ignorante occidental sobre estos temas, que observa el fenómeno devocional hacia los gurús desde afuera, le da la sensación de que se trata únicamente de una fuerte autosugestión engañosa, pero nada más cierto de la realidad.  En nuestra cultura utilizamos demasiado a menudo a la palabra autosugestión para explicarnos aquello que no nos podemos explicar.  No vamos a negar que los engaños sugestivos, hipnóticos, existan en los ambientes sectarios, no cesamos de hablar de ellos en este libro.  Pero tampoco estamos dejando de hablar de las fuertes vivencias que se experimentan por estos mundos de dios.  Respirar cualquier atmósfera sagrada no es una broma, y los gurús saben muy bien trabajar la alquimia necesaria para hacernos respirar la atmósfera divina.

A simple vista, en muchos casos, no le exigen a los discípulos nada extraordinario para que puedan experimentar a su dios particular.  En ocasiones, a modo de ejemplo, puede tratarse de repetir con machaconería el nombre sagrado de la divinidad adorada: una palabra suelta repetida hasta la saciedad puede hacer que el discípulo experimente una aproximación a lo divino, lo que no le dejará lugar a dudas de que está en el único camino correcto; aunque el gurú del ashram de al lado esté haciendo experimentar otra aproximación a lo sagrado a sus discípulos invocando a otro dios con nombre diferente.

Pero los discípulos no se paran a efectuar investigaciones para descubrir el fraude, sería un insulto dudar de su maestro, quien les asegura que la vivencia del dios que él proporciona es la más importante, la única, diferente a todas las demás.  Y en cierta manera la experiencia que él proporciona de la divinidad se diferencia del resto de caminos espirituales.  Recordemos el cuento del elefante, cada aproximación a lo sagrado nos puede hacer sentir diferentes aspectos de la divinidad, habitualmente interpretado como una aproximación a un dios diferente.  En cada ocasión que yo he tenido oportunidad de revivir mi contacto con lo sagrado, en circunstancias diferentes, con maestros o en sectas diferentes, nunca ha sido igual.  Digamos que lo divino siempre lo he podido sentir, pero sus matices variaban según las circunstancias.  (Sucede como cuando nos enamoramos varias veces a lo largo de nuestra vida de diferentes personas: con todas ellas vivimos el amor, pero en cada una de ellas con matices diferentes).  Si la experiencia divina se compone de diversos factores, como hemos comentado anteriormente, estos factores se entremezclan entre sí de forma diferente, de tal forma que en unas ocasiones, bajo la enseñanza de un maestro o bajo la doctrina de una enseñanza religiosa, sobresaldrá por ejemplo la paz, en otras la belleza, en otras en conocimiento, en otras el equilibrio interior, en otras la seguridad en sí mismo, etc.  En cada una de ellas se puede sentir la personalidad espiritual que invade a sus creyentes, es algo palpable, es la vibración personal del grupo donde se han acomodado y se han atrincherado en la creencia de que esa forma especial que ellos viven de relacionarse con dios es única.  Pero aunque el tocar una parte del elefante sagrado ya proporcione una experiencia de dios, estas percepciones son incompletas, y como tales muy poco consistentes, por lo que necesitan de bastante constancia en las prácticas y vivencias en grupo o en relación con sus dirigentes espirituales, para conseguir así mantenerlas vivas.  Es necesario de un gran teatro, de una gran realidad virtual, con fantásticos fuegos artificiales, para que nadie descubra el gran fraude espiritual, para que nadie descubra que aunque nos están ofreciendo todo, en realidad solamente nos están vendiendo una parte.

Y todavía podemos hablar de otro ingrediente básico espiritual que empeora esta ceguera fraudulenta.  Se trata del amor, del amor supremo, naturalmente.  La experiencia divina de los creyentes conlleva siempre una vivencia de amor con dios, y entre las personas que la comparten.  Las sectas espirituales se forman por el íntimo vínculo del amor fraterno.  Y de ese ambiente de sentimentalismo sobresale la relación amorosa del dirigente con sus seguidores.  En otras ocasiones surge ese amor, con algún mediador que ya no convive físicamente con nosotros, sin la intervención de grupo alguno.

Cuantas veces hemos oído decir que dios es amor a todos aquellos que experimentaron una aproximación a lo divino.  Un amor pasional en muchas ocasiones, que hace desear a los místicos incluso la muerte para poder conocer a su amado, para conocer al mediador, elegido por su corazón, que habita en el otro mundo.  Situación que no se da en el caso de los gurús de cuerpo presente, pues, como ellos son la encarnación de dios, ellos son el origen del amor divino y el objetivo pasional de sus devotos, que se sienten muy afortunados de tener al amor divino de cuerpo presente en este mundo.

(A mí me tocó experimentar estos dos tipos de amores: sobre los dieciocho años viví un fuerte enamoramiento de Cristo que cambió toda mi vida.  Con el paso de los años mis sentimientos hacia este mediador estrella fueron desapareciendo.  Y años más tarde volví a experimentar el amor místico, pero esta vez enfocado en un gurú oriental).

El creyente siempre establece una relación muy familiar con el mediador que haya escogido para alcanzar a dios.  En cualquier cultura encontraremos vínculos con mediadores, ya desaparecidos del mundo físico, semejantes al del matrimonio, al de la maternidad o al de la paternidad.  Todos conocemos a esas personas que aseguran estar casadas con dios o con cualquiera de los dos grandes mediadores del cristianismo, Jesucristo o la Virgen María, ya sean mujeres u hombres; o, en otros casos, hablan de su padre o su madre celestial.  Este tipo de vínculos emocionales el creyente los puede llegar a experimentar de forma muy real.  El amor que acompaña la vivencia de la atmósfera sagrada parece necesitar un soporte determinado donde enfocarlo.  ¿Y a quién dirigir mejor nuestros mejores sentimientos que a quien pensamos que nos está ayudando a caminar espiritualmente?

Hoy nadie se extraña que se haya podido vivir en el pasado esa exacerbada devoción en los tiempos en que vivían los grandes mediadores, protagonistas principales de las historias sagradas, cuando sus devotos se relacionaban con ellos directamente. Tampoco nos extrañamos de que se les continúe manifestando fervores pasionales en la actualidad; forman parte de nuestras tradiciones religiosas.

No obstante, cuando observamos que eso está sucediendo en torno a una persona viva, puede llegarnos a parecer hasta ridículo.  Parece increíble que algo que sucedió en la antigüedad pueda suceder ahora.  Muy poca gente se puede llegar a creer que puedan existir actualmente mediadores de superior categoría, auténticas encarnaciones de la divinidad.  Tan increíble parece que, a un nivel popular, se tiene la idea de que un mediador vivo es un oportunista embaucador.  Sin embargo, estudiando las historias sagradas de las diferentes culturas, yo no encuentro grandes diferencias entre aquellos del pasado y los actuales.  Cualquier devoto de cualquiera de los grandes gurús actuales podría escribir exaltadas páginas de la vida de su maestro, incluyendo milagros, que no tendrían nada que envidiar a las que hay en las sagradas escrituras sobre los grandes mediadores.  Pero, a la persona que no está implicada en las enseñanzas de ningún maestro actual, le resulta muy difícil entenderlo, es más fácil divinizar a un espíritu de algún mediador desaparecido de la dimensión física, incluido en el costumbrismo de alguna tradición religiosa, que a esos desconocidos gurús de carne y hueso.  Esta situación es semejante a la que se produjo en el pasado en los tiempos en que se escribieron las historias sagradas; la mayoría de los habitantes de los pueblos antiguos rechazaron y no comprendieron a los grandes mediadores históricos, cuando no les apedrearon.  Hemos de comprender que tanto el fenómeno de las sectas, como el de sus predicadores o maestros que enseñan las doctrinas, son fenómenos habituales en la evolución de la Humanidad.  Reconociendo que en la Historia se repiten con sorprendente asiduidad estos casos, no vamos ahora a comportarnos como nuestros incultos antepasados, considerando a los desaparecidos maestros antiguos superiores a los que ahora están pisando la tierra.

Si así lo entendemos, comprenderemos mejor que las historias sagradas se estén repitiendo asiduamente a lo largo de los siglos y de los años.  La diferencia más notable entre ellas es que unas terminan escritas y otras no, y entre las que se escriben, unas pasan a la posteridad en letras de oro y otras no: todo depende de los intereses o poderes ocultos que manejen las entidades editoriales de cada época y lugar donde se desarrollen los hechos.

El amor místico entre el maestro y el discípulo es uno de los hechos más sorprendentes y más exquisitos de experimentar, pero no por ello menos frecuente.  Lo que llegamos a conocer de su existencia es una mínima parte de lo que está sucediendo.  De alguna forma el devoto digamos que se avergüenza de sentir lo que está sintiendo y lo oculta.  Esto sucede sobre todo al principio, cuando el devoto se siente sorprendido por sus propios sentimientos, y se descubre protagonista del antiguo drama que siempre supuso amar a un dios hecho hombre.  También el hecho de que esta especial condición sentimental sea criticada, y ridiculizada en los medios de comunicación frecuentemente, ayuda a que no transcienda al exterior.  El miedo consigue acallar un sentimiento que pide ser anunciado a gritos.  Mas cuando se rompen estas barreras, el escándalo estalla, y la indignación popular arremete contra quien se ha atrevido a amar a un hombre considerándolo dios, como arremetió contra otros que se atrevieron a amar en otros tiempos a otros maestros que convivieron con ellos, y protagonizaron un escándalo social semejante.

Este tipo de amor es tan inocente y tan digno de ser vivido como cualquier otro, incluso podríamos añadir que es de los más exquisitos y sublimes que el ser humano puede llegar a experimentar.  Y, como en todas estas vivencias positivas que estamos estudiando, características de lo sagrado, lo malo no está en ellas, sino en lo que hacemos con ellas.  Y ese tipo de amor es moneda cambio muy frecuente para cometer el gran fraude espiritual.

Todos sabemos que la persona enamorada vive engañada de alguna forma, y muy a menudo acaba defraudada por no cumplirse las expectativas que en un principio esperaba de su amor.  Ya forma parte de nuestra cultura escuchar pacientemente las alabanzas que la persona enamorada hace de su pareja.  Sin embargo, habitualmente se pierde la paciencia cuando alguien habla de las glorias de un amor místico entre algún gurú y alguno de sus discípulos.  Nos resulta inadmisible que una persona se engañe de esa manera y nos quiera engañar a nosotros.  No perdonamos el ansía proselitista, que inevitablemente surge en el devoto, como perdonamos la publicidad que algunos enamorados dan a su amor.  Si una persona enamorada siente un fuerte impulso por ensalzar ante los demás a la persona elegida por su corazón, cuando se trata de los devotos del amor místico, las alabanzas que hacen de su maestro se convierten en sublimes cantos celestiales que ansían ser pregonadas a los cuatro vientos.  Al estar mezclada la vivencia religiosa con las celestiales realidades virtuales espirituales, la exaltación que proporciona ese tipo de amor, cobra tal intensidad que el devoto no tiene duda alguna de que su gurú es una encarnación divina: si ha sido capaz de elevarle a él hasta el sublime cielo, también puede hacerlo con toda la Humanidad.  No le cabrá duda de que un nuevo gran mediador está entre nosotros; y, porque no, no le cabrá duda de que su maestro es la nueva encarnación de un gran mediador estrella, del único e insustituible; hecho que queda confirmado cuando, sorprendentemente, su maestro consiente en afirmar que así es.

Sorprendidos quedaríamos si llegáramos a conocer la cantidad de este tipo de maestros que se anuncian como la nueva encarnación de Jesucristo, por ejemplo, se podrán contar por cientos, porque ya no sólo lo pregonan los grandes gurús, cualquiera que tenga un mínimo éxito en la implantación de su doctrina se puede llegar a anunciar como el nuevo Jesucristo.  Esto es algo que en Oriente se ha hecho siempre, la importación de la teoría de reencarnación y los gurús nos ha traído esta especie de tradición, allí es habitual que un gurú se anuncie como la encarnación de cualquiera de sus mediadores estrella más famosos de esa cultura, son innumerables las personas encarnaciones de Buda y de Krisna que caminan por la India.  Y, cuando llegan a Occidente, no se cortan un pelo en afirmar que también son la encarnación de nuestro gran mediador estrella, de Jesucristo.

Yo no alcanzo a comprender que necesidad tienen estos personajes de comportarse como auténticos charlatanes, vendiéndonos sus enseñanzas etiquetadas con prospectos falsos, cuando lo que nos ofrecen es de una calidad tan elevada.  Es como si el vendedor de una miel exquisita nos estuviera diciendo que ha sido confeccionada en el cielo por los ángeles.  Si esa miel es realmente exquisita ¿qué necesidad tiene de engañarnos contándonos mentiras?  Alguien ―probablemente seguidor de alguno de estos gurús― nos podría insinuar que alguno de ellos ―en especial el suyo― podría ser la auténtica encarnación de Jesucristo; pero hay tantos que así se anuncian que uno llega a la conclusión de que no es ninguno.  En Oriente justifican esta situación diciendo que los grandes mediadores tienen el don de la ubicuidad, y pueden manifestarse cuantas veces quieran en este mundo y en los cuerpos que quieran.  Claro está que cuando uno descubre los notables desacuerdos entre las diferentes encarnaciones de un mismo mediador, no le queda otro remedio que sospechar que algo falla en esta teoría.

Yo le aconsejaría a al creyente, deslumbrado por la encarnación que ha llegado a conocer, que tuviera la valentía de dudar, aunque solo fuera un poco, y se animase a conocer a otro u otros gurús que también se anuncian de la misma manera.  Así podrá observar que todos enseñan algo sublime, a pesar de que entre ellos no se parecen en nada.  Todos enseñan a experimentar una parte del gran elefante sagrado.  Lo que resulta intolerable es que, estimulados por el deslumbramiento que produce la maravilla vivida, cerremos las puertas a otras opciones de aprendizaje, descalificándolas brutalmente.

El gran fraude espiritual, en todas las formas en que se manifieste, ha existido desde tiempos inmemorables, es parte de la cultura de nuestro mundo, como lo son los grandes fraudes políticos o los económicos.  Está enraizado en nuestra absurda y egoísta forma de ser que adoptamos frecuentemente los humanos.  Cuando es el amor el protagonista principal del fraude, el engaño es semejante al que experimentamos cuando nos enamoramos al más tradicional estilo romántico y quedamos atrapados entre una serie de pasiones humanas que muy poco tienen que ver con el amor.

Los amantes, ya sean una pareja normal o un gurú y su devoto, viven un amor exclusivo, se aman aparte de todo lo demás.  Amar a otras personas como ellos se aman supone para ellos un peligro del que hay que huir si no se quiere correr el riesgo de perder su especial unión, su realidad virtual paradisíaca creada en el nido del amor, la ilusión, la mentira; por ello es necesaria la exclusividad del amor en los amantes, ya sean carnales o místicos.  Es necesario marcar bien su territorio de amor, su realidad virtual particular, para que en este mundo, de carestías amorosas y de ladrones, nadie venga a robarle su preciado tesoro; por ello, el instinto de territorialidad y de posesión de los amantes es una pasión muy fuerte.  Nadie puede entrar en el territorio sagrado de su pasión amorosa excepto ellos dos.  La poligamia es una excepción que admite a varias amantes de un mismo individuo, pero esto exige a un único individuo, nunca a dos o más.  Y algo semejante sucede con los amados mediadores.  El juego amoroso devocional permite entrar en el territorio virtual de la devoción a innumerables discípulos, pero nunca se permitirá entrar a otro mediador, so pena de desatar la celosa ira divina del mediador propietario del harén místico.

Es muy difícil encontrar un tipo de relación amorosa limpia de polvo y paja, ya sea de pareja, con el grupo familiar, con el grupo sectario o con el gurú o maestro espiritual con el que nos relacionemos.  Necesitamos realizar un gran esfuerzo si no deseamos corromper las extraordinarias vivencias espirituales con actividades egoístas y fraudulentas.  Mas urge hacerlo si queremos disfrutar largamente de los goces que nos puede proporcionar nuestra dimensión sagrada.  Quien sufre el fraude como víctima puede ver mermada su capacidad de vivir su plenitud espiritual; pero, quien lo realiza, lo suele pagar muy caro.  Llevar a cabo un fraude en la dimensión económica, si no nos cae el peso de la ley encima, puede otorgarnos elevados beneficios; pero en la dimensión espiritual, un fraude termina, tarde o temprano, por hundirnos en una miserable pobreza de espíritu.  Recordemos a esas grandes religiones que, a base de vivir actividades fraudulentas, perdieron las glorias sagradas de sus principios y alcanzaron unas altas cotas de miseria espiritual.

LA CREACIÓN DE MITOS

No es necesario realizar exhaustivos estudios antropológicos para observar cómo se crea un mito en torno a un líder religioso.  En la actualidad tenemos ejemplos de todas las fases de creación de un mito, podemos observar su proceso evolutivo desde sus principios.  En muchos casos, como en el budismo tibetano, los lideres o los santos son adiestrados desde niños para la santidad.  Elegidos por los astros o por los videntes, son apartados de sus padres para hacer de ellos seres divinos; modelos ejemplares de lo que puede conseguir una educación determinada desde la infancia en los seres humanos.

Pero los casos más extraordinarios de santidad son aquellos surgidos del pueblo sin manipulaciones previas.  En el hervidero espiritual hindú tenemos ejemplos de todas las fases de la creación de un personaje mitológico por generación espontánea.  Normalmente, en la infancia suelen ser niños muy normales con algún pequeño síntoma de niño prodigio, pero sin mayor importancia.  Ya en la adolescencia comienzan encauzar sus preferencias por la vida espiritual, como tantos otros que eligen el celibato y la religiosidad, a diferencia de la mayoría de los jóvenes de su edad que comienzan a pensar en cosas más mundanas.  Si su adiestramiento esotérico le permite continuar evolucionando espiritualmente, y alcanza la facultad de hacer algún milagro, su conversión en mito está garantizada.  Cuando la población hindú comprueba la santidad de dicha persona, ya sea hombre o mujer, certificada por sus milagros y por la dedicación de su vida a la enseñanza de las virtudes necesarias para alcanzar la beatitud, ya se le considera oficialmente un maestro espiritual, un gurú.  Sus devotos seguidores comienzan a escribir su historia particular, su curriculum espiritual, su historia sagrada, donde se hará una detallada recopilación de todos los acontecimientos virtuosos que haya protagonizado, en especial los milagros.  A partir de aquí, la realidad comienza a mezclarse con la ficción.  La inventiva de los autores de las historias sagradas no tiene limite: el gran fraude espiritual comienza a tomar cuerpo, pronto se comentará que se trata de una encarnación de alguna entidad divina.  Su familia también se verá implicada, arrojada sin remedio al escenario de la nueva realidad virtual que se está creando; sus padres y familiares se verán santificados aunque sean personas muy normales.  Las circunstancias, tanto de la gestación como del nacimiento del individuo, se convertirán en milagrosas como por arte de magia, señales del cielo inventadas santificarán con todo lujo de detalles un pasado más o menos corriente, así convertirán a una persona normal en un elegido de dios incluso antes de su nacimiento, pues seguro que encontrarán a alguien que anunció su santa venida a este mundo.  El nuevo santo ya tiene su historia sagrada particular.  Sus devotos no cesarán de cargar su guirnalda de bendiciones.  Las exaltadas experiencias espirituales que se producen a su alrededor propiciarán la creencia de que son ciertas todas las glorias que de él se cantan.

Y llegada la hora de su muerte, el proceso no se detiene, normalmente se amplifica.  Existe una explosión de fuegos artificiales esotéricos cuando estos dioses hechos hombres fallecen.  Este es un fenómeno muy digno de tener en cuenta.  Los discípulos continúan comunicándose con su maestro fallecido, sienten su presencia en sus reuniones y rituales incluso con más fuerza que cuando estaba vivo.  Experimentan una infusión de energía espiritual enorme, una euforia mística que les hace afianzarse más todavía en la fe en su maestro y en la doctrina que él predicó.

Siento no poder dar explicación a este fenómeno.  Como dije en la presentación de este libro, en muchas ocasiones tenemos que conformarnos con relatos de hechos incomprensibles para la razón, pero que han sido y son de gran importancia en el mundo de las sectas y, por lo tanto, en la Historia de la Humanidad.

Este efecto post mortem, típico de todos los grandes maestros espirituales, ha generado a lo largo de la Historia de la Humanidad sorprendentes cambios sociales.  La euforia que los discípulos pueden llegar a sentir y las maravillas que ―supuestamente― su maestro puede realizar a través de ellos, es de tal magnitud que el proselitismo está más que garantizado.  Y si se tiene la suerte de convertirse dicha doctrina en oficial, por haber sido acogida por los poderes políticos y militares del país o países en expansión donde está sucediendo el milagro, puede convertirse en una religión universal.

Para ello también es indispensable que la nueva creencia se vea apoyada por las escrituras, ninguna religión universal pudiera haber llegado a extenderse por el mundo si no hubiera sido por la escritura.  Y probablemente la escritura no hubiese prosperado como lo ha hecho, a lo largo de la Historia, de no ser por la urgente necesidad de conservar en el escrito las claves evocadoras de las vivencias espirituales.  Los textos sagrados han sido durante milenios la lectura madre de toda civilización, y en la actualidad en muchos países continúan siéndolo.

Toda escritura sagrada nos habla de la vida y milagros de los maestros espirituales, de sus doctrinas y rituales, de las revelaciones divinas que recibieron del más allá, y de las realidades virtuales espirituales donde se ubica todo el teatro esotérico.  Es un tipo de escritura, llamémosle mágica, que puede provocar la experiencia mística en los creyentes con solo leer las palabras del libro sagrado.

Para la permanencia inalterable en el tiempo de un mito es necesaria la escritura.  Hasta que ésta no hizo su aparición, los mitos se transmitían oralmente y, por lo tanto, se desvirtuaban moldeados a capricho por la imaginación de los narradores.  Tanto es así que no podemos saber cuál es el origen de toda la mitología griega, por ejemplo; los primeros escritos sobre los dioses griegos, relatan hechos tan fantásticos e irracionales, que demuestran las abundantes imaginaciones fantasiosas que a través de las generaciones transformaron los hechos que originaron esos mitos.

Cuando el fenómeno mitológico nace en una sociedad que conoce la escritura, a pesar de que en ella también se puedan relatar exaltadas fantasías espirituales, tendremos al menos un documento más real que si su historia hubiera sido transmitida oralmente.  Y con sólo observar como se continúan produciendo conatos de creación de mitos en el seno de las sectas occidentales, o en sociedades de densa espiritualidad, como por ejemplo en la India, podremos comprender cuál fue el origen de los hechos que relatan las escrituras antiguas.

Aunque siempre habremos de tener presente que cuanto más alejada en el tiempo se ubique la creación del mito y su inmediata escritura, aumentarán las probabilidades de que la auténtica historia original haya sido falseada.  Si los primeros escritos realizados por testigos directos del acontecimiento espiritual ya son capaces de añadir fantasiosos complementos destinados a engrandecer lo acontecido, no digamos a lo largo de los siglos lo que se puede añadir, borrar o tergiversar; la manipulación interesada está garantizada cuando se realizan copias o traducciones de las escrituras sagradas.  En las escrituras con más de mil años, aunque se haya sido lo más fiel posible al original en todas sus traducciones o copias, nos llega a nosotros muy poco de lo que realmente sucedió o del mensaje que aquel maestro de aquel tiempo transmitió a sus discípulos.  Aunque el texto fuera el mismo, no nos llegaría a nosotros el mismo significado, ya que las palabras de hoy no significan lo mismo para nosotros que lo que significaban para las personas de hace miles de años.  Sobre todo los vocablos de cariz espiritual son de una relatividad tremenda, ya que están basados en la experiencia y en la interpretación personal o cultural de la época, y si un escritor relata su vivencia personal de un acontecimiento sagrado, mal lo puede traducir quien no haya tenido la misma vivencia ni conozca los patrones de interpretación vigentes cuando ocurrieron lo hechos.

Sin embargo ―y esto es sorprendente― cuanto más viejo es un mito, más solera tiene y más a gusto se consume.  El creyente apenas se para a pensar en todas las fantasías que se hayan podido añadir durante los siglos en que estuvo vigente.  En la dimensión espiritual del hombre pesa más la tradición que la lógica más sensata.  Y cuanto más fantasioso es un mito más atractivo resulta.

Las fantasías añadidas convierten los hechos originales en leyenda, por ello es necesario observar las creaciones de mitos cercanas en el tiempo, para ayudarnos a comprender los mitos que tienen más de mil años.  Siendo conscientes de que no todos los mitos siguen unas pautas semejantes en su creación, ya que pueden existir diferentes versiones creadoras de un mismo mito.  No es infrecuente que, después del fallecimiento de un personaje destinado a convertirse en mito, sus discípulos más directos, embriagados por la euforia mística, se dividan y creen diversas vías doctrinales, y distintas historias sagradas según la interpretación de cada uno, e incluso ubiquen a su maestro en diferentes realidades virtuales espirituales.  Enseñanzas de importantes maestros espirituales fallecidos en este siglo han sido dispersadas en tantas ramificaciones como discípulos directos tenían.  Y cuando los mitos permanecen vigentes durante varios siglos, en muchas ocasiones sufren una disgregación incesante.

Un ejemplo muy familiar para los occidentales lo tenemos en Jesucristo.

JESUCRISTO

Posiblemente no exista otro mediador estrella en otras civilizaciones que haya sido tan manipulado como Jesucristo en nuestra cultura occidental.   Las religiones cristianas, sectas o vías de realización ―llamémosles como queramos―, se cuentan por cientos.  Aquel hijo de carpintero, probablemente, nunca llegó a sospechar que su mensaje pudiera llegar a dar pie a tantas doctrinas y tan diferentes.  En mi paseo por las sectas es sorprendente todo lo que he podido llegar a oír sobre él.  Son innumerables las versiones que hay sobre su vida, cada una de ellas defendida por argumentos convincentes para los creyentes en esas versiones particulares.

Aprovechando la sospecha de que el nuevo testamento ha sido manipulado a lo largo de la Historia, unas versiones dicen que los años que precedieron a su vida pública no se los pasó ayudando a su padre en la carpintería, sino que estuvo educando su espiritualidad en los centros más espirituales del mundo de aquella época. (Naturalmente esos centros de estudios esotéricos suelen coincidir con las tendencias religiosas de la vía o secta cristiana que defiende dicha versión sobre el pasado de Jesús).

Las tendencias esotéricas que ven en la sexualidad el elixir indispensable para el crecimiento del espíritu, no creen que Jesús fuera célibe, más bien creen que se acostaba con María Magdalena, prostituta elegida para las difíciles posturas que estos místicos profesionales han de adoptar en el proceso alquímico sexual.

Su inmortalidad tiene bastantes detractores, aunque hay muchos más que están a su favor, incluso algunos afirman que en la actualidad se pasea por las calles de nuestras ciudades como un turista cualquiera, luciendo un cuerpo de dos mil años de antigüedad, pero con un aspecto del que todavía no ha cumplido los cuarenta.

Otros lo sitúan allá en el paraíso, a la cabeza de las huestes celestiales, presidiendo la gran logia blanca, compuesta por todos los grandes personajes espirituales que se fueron al otro barrio; y que desde allí ―dicen― están haciendo todo lo posible para salvar al mundo de sus males.

La mayoría esperan su segunda venida, la anunciada en las escrituras a bombo y platillo, retorno definitivo y apocalíptico como rey salvador, inminente según aseguran muchos.  En unos casos vendrá al frente de una inmensa flota de platillos volantes a salvar a los buenos (entre quienes se encuentran los miembros de la secta aficionada a los ovnis, naturalmente); y, en otros casos, será al frente de una huestes de ángeles, con trompetas y esas cosas que usan los ángeles.  Pero hay otros que aseguran que su venida será como la anterior, como todo hijo de vecino, parido por hembra humana, más no en plan mártir, sino como rey del mundo.  Y anuncian la venida tan inminente que muchos ya han anunciado su nacimiento.  Lástima que no se pongan de acuerdo.  Llevo más de treinta años escuchando que acababa de nacer en algún país afortunado, hijo de unos padres más afortunados todavía.  Sin exagerar, serán unas cinco veces las que he recibido la buena nueva de cinco nacimientos en años diferentes, distanciados por varios años, y en lugares y de padres distintos.  Cinco nuevas Navidades con fecha diferentes y cinco sagradas familias de otros tantos pueblos elegidos.  Como se les ocurra a todos ellos predicar a la vez su buena nueva, no sé qué método habrán de usar los legisladores espirituales para saber cuál de ellos es el auténtico.  Y seguro que habrá muchas más anunciaciones de las que a mí no me llegó noticia.  De ser ciertas todas ellas, tendríamos en la actualidad un gran número de Jesucristos predicando doctrinas diferentes…, y, de hecho, los tenemos.

Hay sectas, incluidas en el montón de las partidarias de la reencarnación, que tienen un descaro sorprendente a la hora de acreditar que su dirigente es el auténtico dios hecho hombre reencarnado en innumerables ocasiones, todas ellas de mediadores estrellas, naturalmente.  Y nos podemos encontrar, en su certificado particular, el periplo que el alma santa de su maestro recorrió por este mundo metiéndose un cuerpo tras otro de todos los grandes maestros que han existido.  No es poco corriente encontrarnos en alguna sala del centro sectario o en las páginas de algún libro, una consecución de retratos realizados por algún devoto correspondientes a Krisna, Confucio, Buda, Jesucristo, Mahoma, etc.  Todas ellas puestas en orden cronológico, para insinuar el recorrido a través de los siglos del alma grande de su maestro, la única que ha merecido la pena ser adorada en este mundo.  En los lapsus de siglos donde no ha sobresalido ningún mediador estrella, se sacan de la manga algún santo que sin llegar a gran mediador sobresalió en esa etapa histórica, y lo ponen en la lista para rellenar el hueco temporal, de esta forma demuestran que su incansable maestro no ha abandonado el cuidado del mundo ni un momento.

Como se puede comprobar, el gran fraude espiritual tiene infinidad de modalidades.  Al inocente occidental buscador, que desconoce estas patrañas, siempre le causa una fuerte impresión el anuncio de estas nuevas venidas de Jesucristo.  Es una forma típica de captación de adeptos.  La buena fama de Jesucristo se convierte en anzuelo para pescar al incauto.  En ocasiones se mantiene en secreto la noticia de la nueva venida, (igual temen que algún moderno Herodes se ponga a degollar niños), buena nueva que solamente recibirán aquellos que sean de la secta en cuestión.  Crías de nuevos salvadores que suelen llegar a hacerse adultos.  Nos sorprendería conocer el elevado número de individuos que en la actualidad se creen ser Jesucristo y tienen seguidores.

El hecho de que fuera un gran milagrero, también le hace estar en cabeza de las invocaciones de los sanadores junto con el Espíritu Santo.  Las técnicas particulares de muchos sanadores esotéricos son anunciadas como las que utilizó Jesucristo hace dos mil años.  Un pequeño repaso de todas ellas nos demuestra que eso es imposible, pues son muy diferentes entre sí y corresponden a orígenes muy dispares; pero los sanadores no se suelen cortar un pelo para invocar el poder sanador de Jesús, aun cuando están utilizando un método chamanístico o de brujería, que muy probablemente sería rechazado por nuestro mediador estrella si éste levantara la cabeza.

Otras tendencias nos dicen que Jesús fue una persona normal que alcanzó el estado “crístico”, etapa final de la evolución espiritual del ser humano.  Este tipo de interpretaciones nos dicen que Cristo no es una persona si no un estado que se puede alcanzar,  (esto nos puede explicar porqué hay tantos cristos).

Y no podemos dejar de referirnos en este capítulo a quienes están en comunicación constante con él vía telefónico-celestial.  Pero éste es un asunto que trataremos más detalladamente en el capítulo sobre los mensajes del más allá.

EL PECADO, LA CULPA Y EL KARMA

Nuestra civilización cristiana lleva padeciendo el síndrome del mártir desde sus orígenes.  Ya el antiguo testamento nos cuenta como metimos la pata y nos ganamos la expulsión del paraíso en el que vivíamos.  Este mito lleva amargando la vida de gran parte de la Humanidad desde hace miles de años, los golpes de pecho y la culpa no nos han aplastado totalmente porque por suerte siempre existieron los hombres de poca fe.  La creencia de que somos terribles pecadores se afianzó todavía más con la muerte de Cristo.  Somos tan perversos que fuimos capaces de torturar y de matar al hijo de dios.  Miles de templos nos han recordado durante siglos ―y nos lo continúan recordando― el dramático final de nuestro favorito mediador estrella; la tétrica imagen de Cristo clavado en la cruz de los altares de nuestras iglesias nos muestra nuestra maldad, nuestro pecado y nuestra culpa, todo ello reforzado por el incumplimiento de unos mandamientos divinos prácticamente imposibles de cumplir.

La expiación siempre ha sido necesaria, y el martirio la forma más gloriosa de alcanzar el cielo.  Casi todos nuestros santos fueron mártires.  El santo o el profeta debían de tener vocación de martirio y esperar felizmente a que sus perseguidores les sometieran a tortura.  Antiguamente no había otra forma de purgar definitivamente las culpas, todo místico debía de ser adicto al suplicio si quería alcanzar el éxito, sus males eran anheladas pruebas divinas, un honor que dios le hacía para ayudarle a alcanzar el cielo.  Esta tradición masoquista asegura que sin sufrimiento no hay progreso espiritual.  Tan profundamente es deseado el martirio que, a falta de crueles infieles martirizadores en la actualidad, hay fieles —elegidos por dios— que sufren el honor de padecer los estigmas de Cristo para no perder nuestra santa tradición masoquista; los fenómenos paranormales están al servicio de los impulsos psicológicos más ancestrales y profundos.  La vida, pasión y muerte de Cristo, ha sido siempre fervientemente imitada por sus devotos, (pero parece ser que ninguno consiguió imitarle en su resurrección).

La vocación de martirio no es exclusiva del cristianismo, en muchas otras vías religiosas también se practica.  La mortificación del cuerpo se considera en muchas ocasiones como camino imprescindible para alcanzar la virtud y purgar el pecado, se cree que el maltrato, el desprecio y el abandono de la carne y de todo lo material, es necesario para alcanzar el mundo espiritual.

Esta creencia es aterradora, y es capaz por sí sola de impedir el progreso del estado de bienestar de multitud de países subdesarrollados, afianzados en unas creencias que fomentan su status miserable.  El hambre, la miseria, las enfermedades, y todo tipo de penalidades son castigo de dios, expiación de las culpas humanas, son algo inevitable ante lo cual sólo hay una postura virtuosa y digna de ser adoptada: sufrir con paciencia de santo, siguiendo el ejemplo del santo Job.  Rebelarse contra el sufrimiento es un atrevimiento de impíos.

Pero estas creencias no fueron impuestas en sus principios por una capricho de las entidades religiosas, fueron y son la explicación más convincente que los hombres siempre se han dado a sus desgracias.  El castigo divino y la expiación de culpas son las justificaciones asumidas por el pueblo llano a todos sus males.  Una sociedad apesadumbrada se pregunta qué habré hecho yo para merecer esto, e inmediatamente vienen las respuestas espirituales del pecado o del mal karma.  Cuando los individuos de una sociedad sufren cualquier tipo de mal, se convierten en terreno abonado para que germinen en ellos las semillas del miedo, y vislumbren todo tipo de sombras tenebrosas en los cielos.

Así que, por un lado, podemos observar como una creencia influye en la sociedad, y, por otro lado, observamos cómo el estado de bienestar o de malestar de una sociedad influye sobre las creencias.  Esta influencia mutua es muy digna de ser tomada en consideración a la hora de estudiar los cambios sociales de un país o de un tipo de civilización.

Nuestras décadas de paz disfrutadas en Occidente, y el desarrollo tecnológico, han supuesto un cambio tan notable en el grado del bienestar en nuestro pueblo que inevitablemente las creencias espirituales se han visto afectadas.  A pesar de que las tendencias más tradicionalistas permanecen manteniendo las antiguas creencias, la ausencia de grandes males en las vidas de la mayoría de los individuos está consiguiendo que los grandes patrones religiosos atormentadores estén perdiendo credibilidad.  Como ya hice alusión en el capítulo “La evolución de los dioses”, están apareciendo en el seno de las sectas nuevos objetivos devocionales.  Aunque los personajes divinos sean los mismos, la visión de éstos está cambiando considerablemente.  Al mismo Jesucristo ya no se le representa en sus momentos trágicos de la crucifixión, aquello es un agua pasada hace dos mil años que muy poco tiene que ver con la gloria libre de todo sufrimiento que ahora ven en él sus más modernos seguidores.  Los mediadores más modernistas, incluyendo a los gurús, son aquellos que predican una espiritualidad libre de culpa y de grandes castigos para el pecador.

Cierto es que los tradicionales sistemas religiosos todavía continúan vigentes, pero, si les prestamos atención, veremos que están sustentados por personas adictas al apesadumbramiento, enganchadas a alguna forma de sufrimiento personal, muchas de ellas padecieron en su juventud o infancia la tragedia de una guerra, dolor de un mal no olvidado que se mantiene vivo en su espiritualidad, estimulando la aparición del castigo divino, de la culpa o de la expiación dolorosa.  Los países que dieron al olvido y al perdón los desastres bélicos que sufrieron, olvidan más fácilmente la ira divina, la culpa y el pecado.

En Occidente, las tendencias espirituales más modernas reducen  considerablemente estos dolorosos conceptos, son elegidas por personas que no padecieron grandes tragedias sociales o personales en su vida o por aquellas que ya las olvidaron y las perdonaron.  Se duda que para llegar a dios sea necesario sufrir grandes padecimientos o amenazas, y se emprenden caminos de búsqueda mucho más agradables y llevaderos, más en sintonía con el tipo de vida que disfruta el ciudadano medio.  El aumento del estado del bienestar reduce el sufrimiento, y a su vez se reduce la sensación de castigo, que a su vez reduce la sensación de haber pecado, que a su vez reduce la sensación de culpa.

Los diferentes infiernos de las diversas realidades virtuales espirituales religiosas, con sus demonios incluidos, están perdiendo credibilidad.  No cabe duda de que estas diabólicas creaciones virtuales son en parte reflejo de las infernales condiciones de vida en las que vivían nuestros antepasados.

A medida que los derechos humanos se vayan implantando en el mundo, los viejos sistemas religiosos atemorizantes irán perdiendo credibilidad.  Cuando se reducen los padecimientos del pueblo, merman los temores circunstanciales donde enraízan los horrores de las religiones.  La reducción de las injusticias sociales convierte a los creyentes en personas dignas de ser amadas por un dios con un amor verdadero, completo y sin fisuras, sin ira y sin dolorosos castigos.  De ahí la importancia de la extensión por todo el mundo de los derechos humanos, su implantación mundial mermará la creencia en los temibles castigos divinos.  Y nuevas formas de enfocar la culpa menos trágicas se asentarán en las culturas.

En Occidente ya hemos aceptado novedades importantes traídas de Oriente.  La ley del Karma nos ha venido como anillo al dedo para empezar a ir suplantando el concepto de pecado.  El concepto kármico, al ser semejante a una cuenta corriente celestial, merma la vieja sensación infernal del pecado.  En esta especie de cartilla de ahorros, las obras buenas nos generan ingresos, mientras que las malas nos generan deudas; teniendo en cuenta que las deudas hay que pagarlas siempre, con obras buenas, claro está.  Cuando oímos que ésta o aquella persona tiene mal karma, entendemos que su cuenta corriente esta en números rojos.  Naturalmente, esta filosofía de pagar las culpas de nuestros pecados con obras buenas, durante las vidas que haga falta en este mundo, resulta mucho más atractiva que pagarlas mediante un abrasarse vivo eternamente en los infiernos.  Sin embargo, no olvidemos que la ley del Karma continúa teniendo notables semejanzas con el castigo eterno, es una especie de ojo por ojo justiciero muy severo, en ocasiones las deudas pueden ser tan grandes que al creyente en la reencarnación se le exige un pago de vidas y vidas de sufrimiento en este mundo semejante al que se le exige por toda la eternidad en los infiernos al tradicional creyente pecador.

Pero, como esta nueva creencia encaja con nuestro actual concepto de la justicia y de pensamiento económico, está teniendo una buena aceptación en las modernas tendencias espirituales.  Nos parece justo que alguien que ha cometido malas acciones pague con buenas acciones, y, si no lo hace así, que sufra en vida todo lo que él ha hecho sufrir.  Aunque este juego de justicia puede ser eterno también, porque durante toda una vida es muy difícil que al mismo tiempo que hacemos buenas obras no hagamos daño a nada ni a nadie.  Si nos tomamos muy en serio el juego del Karma podemos acabar como los miembros de esa secta hindú que van barriendo el terreno delante de ellos, cuando caminan para no pisar ningún insecto, y evitar así hacer un daño a un ser vivo que pudiera descompensar su cuenta corriente de buenas obras.

De todas formas, modernas tendencias afirman que el Karma es negociable, sólo es necesario ponerse en contacto con los banqueros espirituales y renegociar con ellos el préstamo.  Lo malo es que los señores del Karma que financian nuestra deuda están en el cielo, dificultando la negociación por falta de comunicación, aunque sabemos que muchos creyentes superan muy a menudo las dificultades para comunicarse con el más allá.

Todo por rebajar nuestra sensación de culpa y el pago por ella.  Incluso existen tendencias espirituales que van tan deprisa en su ansia por liberarse de la culpa que se la pasan de largo, ignorándola totalmente y proclamando la total inocencia del ser humano, haga lo que haga.  Anuncian que el hombre está sumido en la total ignorancia y que por ello actúa como un niño de corta edad, sin auténtica conciencia de lo que hace, y por lo tanto no es culpable de sus actos, ni merece castigo alguno ni crear ninguna deuda Kármica.   Quienes así piensan son los sibaritas de la espiritualidad, el suyo pretende ser un camino de rosas pero sin espinas.

Llegados a este punto del camino en nuestro paseo he de colocar una señal de peligro:  El pecado, el infierno y el Karma han sido durante siglos muy duros castigos para los creyentes; pero, a su vez, han sido métodos correctores del comportamiento; sin ellos, probablemente nuestro pasado hubiese sido más caótico que como fue.  Si con semejantes amenazas sobre quienes hacían el mal a su prójimo, hemos sido capaces de matarnos como lo hemos hecho a lo largo de las Historia, no quiero ni pensar que hubiera sucedido si esos duros castigos celestiales prometidos no hubiesen estado ahí.

Cierto es que hoy en día está empezando a no ser necesario en el mundo esta dura justicia divina, la comunidad internacional ya se esfuerza por castigar las violaciones de los derechos humanos.

Pero la ONU. no alcanza a castigar la sutil perversidad que se puede producir en las relaciones interpersonales.  Una persona que consigue liberarse de la culpa, si no tiene una educación moral suficiente, puede convertirse en un perverso sin freno que, sin llegar a cometer delito denunciable, haga imposible la vida a las personas de su alrededor.

Por ello, cuando nos sintamos atraídos por una secta que nos promete liberarnos de la culpa, no olvidemos que la perversidad humana tiene infinidad de formas de manifestarse, y, aunque podemos acabar sintiendo la agradable sensación de nuestra inocencia original, también podemos ser víctimas de alguno de nuestros candorosos hermanitos sectarios que, en su inocencia y en su falta de conciencia de culpa, nos están haciendo la puñeta hasta límites insospechados, comportándose como un refinado sádico con nosotros.

Esto también han de tenerlo en cuenta quienes se relacionan directamente con personas pertenecientes a sectas que las ha liberado de la culpa.  Ya sea en la familia o en cualquier otro grupo social, podemos encontrarnos con personas ―poco normales― que descaradamente nos estén amargando la vida mientras están cantando felizmente sus cánticos espirituales.

La anhelada inocencia original podremos disfrutarla cuando alcancemos los altos niveles espirituales en los que el amor nos invada de tal manera, a nosotros y a todos quienes nos rodean, que nos resulte imposible hacer daño a nadie; solamente en semejante estado de santidad la culpa no tendría razón de ser.  Pero, mientras estemos en el camino, habremos de conformarnos con vivir en el virtuoso justo medio que nos corresponde.

Si en nuestro mundo ya no tenemos por qué padecer pesadas culpas por tradiciones religiosas o por hacer cosas inocentes, tampoco tenemos por qué comportarnos como inocentes cuando tengamos la culpa.

LA POBREZA Y LA RIQUEZA

La pobreza ha sido un gran mal que desde tiempos inmemorables ha padecido la Humanidad.  La riqueza mundial se centraba en unos pocos individuos que gobernaban sobre el resto del pueblo sumido en la miseria.  Causa de innumerables males, la pobreza ha visto derrocado su ancestral poderío por el reciente progreso de las afortunadas naciones occidentales.  Únicamente en los países desarrollados hemos conseguido erradicarla de la mayoría de la población.  Este éxito no ha sido debido a un altruista reparto de la riqueza, sino al crecimiento económico que ha permitido a los ricos ser más ricos y a los pobres dejar de serlo.  Digamos que el desequilibrio económico entre los individuos sigue siendo el mismo, pero, al menos, de unas décadas a esta parte, hemos expulsado a la pobreza de la mayoría de nosotros.

Y, como comentamos en el capítulo anterior, todo cambio social sugiere un cambio en las creencias; y viceversa: todo cambio en las creencias estimula al cambio social.  Sabiendo que siempre se ha de superar la resistencia al cambio, incluso cuando se trata de abandonar el ancestral y miserable hábito de vivir en la pobreza.

Parece ser que las leyes físicas de la inercia no solamente afectan a los cuerpos pesados; los costumbrismos sociales y las creencias pueden atraparnos en una inercia que nos impida movernos cuando estamos anclados en hábitos del pasado, o nos impida desviarnos o detenernos cuando vamos en una dirección que realmente no deseamos.

Aunque todo individuo pobre desee conscientemente dejar de serlo, existe una resistencia inconsciente provocada por las creencias y por los hábitos tradicionales.  ¿Cuántas personas que fueron pobres en su niñez o juventud continúan comportándose como si realmente lo fueran, a pesar de que hace décadas que dejaron de serlo?

Nuestra próspera civilización hace más de un siglo que emprendió la imparable marcha del progreso impulsada por el crecimiento económico.  Pero los hábitos de conducta, y en especial las creencias espirituales tradicionales, no son capaces de cambiar a la misma velocidad.  Tengamos en cuenta que las escrituras sagradas son sistemas inamovibles de creencias indiscutibles para el creyente, creadas en un ambiente social de penurias económicas, afectadas por la pobreza reinante, influenciadas por ella.

Aunque parezca ridículo, la pobreza, como cualquier otra circunstancia social, a pesar de ser aborrecible, también es justificada por las viejas creencias que surgieron en su seno.  Podríamos enumerar innumerables claves de fe que proclaman a la pobreza como una virtud indispensable para entrar en los cielos.  Baste con recordar aquella parte de los evangelios cuando Jesús dice que es más difícil que un rico entre en el paraíso que un camello pase por el agujero de una aguja, o bienaventurados los pobres porque ellos heredarán la tierra.

No existe nada reprochable en toda persona que elija a la pobreza como camino de evolución espiritual, todos somos libres de elegir el tipo de caminar espiritual que deseemos.  Como en el caso de quienes eligen el celibato, la clausura o el cilicio.  Ahora bien, lo que resulta intolerable es la imposición de una forma directa, o indirecta mediante argumentos religiosos, de esos males benditos, a un pueblo que ni los desea ni se los merece.  No es de extrañar que los pensadores de izquierdas sospecharan que esas proclamas de virtuosismo de la miseria fueran una herramienta más, que los poderosos gobernantes siempre utilizaron descaradamente, para mantener al pueblo conforme con las migajas sobrantes de sus banquetes que arrojaban sobre sus súbditos.

Básicamente, los elogios que en muchas tendencias espirituales convierten a la pobreza en una virtud, vienen determinados por la necesidad del espíritu de desprenderse de la materia.  Todo aquél que desee alcanzar el más allá tiene que renunciar a todo lo que lo ata al más acá.  Por ello son bienaventurados los pobres de la Tierra.  Pero esa práctica de la virtud no ha sido elegida por los pobres, sino impuesta; y una virtud no elegida tiene muy poco de virtuoso.

Si bien es cierto que la riqueza puede resultar una trampa mortal para el espíritu, más cierto es que la pobreza es una trampa mortal para el cuerpo, pues produce una indigna muerte prematura no deseada por nadie.  La mayoría de los pobres de la tierra, si son virtuosos, es porque están más cerca del otro mundo que de éste, pero no por evolución espiritual ni por elección libre, sino porque se están muriendo de hambre.

Los creyentes más tradicionalistas creen que las realidades virtuales espirituales de las que hablan las viejas escrituras, y en las que se ha creído durante siglos, no son afectadas por los cambios sociales; son dogmas de fe avalados por la palabra de dios que siempre habrá de ser la misma en el pasado, en el presente y en el futuro.  Muchos de ellos, en Occidente, escogen el voto de pobreza aún viviendo en un ambiente de abundancia.  Un camino tan digno como cualquier otro de evolución espiritual, sobre todo ahora que no es impuesto por las circunstancias sociales.  Aunque he de comunicar ―persistiendo en mi empeño por avisar de los peligros― que he conocido casos de quienes, en su prisa por realizarse espiritualmente, comenzaron a entregarlo todo, incluido su dinero; y en su alarde de desprendimiento de la materia de este mundo también abandonaron su trabajo, su única fuente de ingresos; y el único cambio que pude observar en ellos fue que, en vez de alcanzar la iluminación, se quedaron a oscuras porque la compañía eléctrica les cortó la luz por no pagar la factura.

Avanzadillas de modernos creyentes, ponen en duda que la pobreza sea una virtud, incluso aseguran que es un concepto masoquista residuo de un oscuro pasado religioso.  El principal argumento que esgrimen para justificar semejante atrevimiento se basa en que todos somos hijos del gran dios infinito, hijos del creador de todas las cosas, dueño de todo el universo; por lo tanto somos hijos del ser más “rico” de la creación.  ¿Cómo podemos llegar a pensar que nuestro padre desea que vivamos en la miseria?  Estas nuevas vías consideran que la pobreza es un mal sueño de los hijos de un padre de riqueza infinita, una pesadilla de la que ya es hora que despertemos y recordemos quiénes somos.  Son las nuevas vías de la opulencia, donde los ricos son los bienaventurados que heredarán la Tierra.  Atractivos caminos de riquezas prometidas para quienes los realicen.  La pobreza es un concepto, una idea de los pobres de espíritu, una forma de vivir elegida por los condenados por su propia culpa.  En realidad ―según afirman en estas vías― somos hijos de un padre de riqueza infinita, bondadoso y ansioso por llenarnos de riquezas espirituales y materiales, esperando a que aceptemos sus maravillosos regalos.

Con sólo pensar en ello a uno se le ensancha el alma (y los bolsillos).  Merece la pena prestar atención a estas nuevas vías espirituales.  Nuevos conceptos religiosos que pueden cambiar nuestra vida.  Yo les auguro un gran éxito.  La infinita opulencia divina, como cualquier otra, es muy atractiva para los pobres humanos; sobre todo si nos dan la parte del infinito patrimonio divino que nos correspondería a cada uno de nosotros.

EL SERVICIO A LOS DEMÁS

Como acabamos de comentar, la pobreza es un gran mal del que nos hemos librado la mayoría de los occidentales.  Ahora somos los ricos del planeta, y, como tales, sentimos el buen propósito de dar limosna a los pobres de la Tierra.  Las partidas de los presupuestos nacionales destinados a la ayuda al tercer mundo, en proporción, son similares a la limosna que nos daban los ricos cuando ni hace un siglo éramos nosotros, el pueblo, los pobres.  Estamos haciendo con el tercer mundo lo que hicieron con nosotros los potentados ricos que nos gobernaban: darle a pobre lo que nos sobra.  No cabe duda de que aprendimos bien la lección, y ahora imitamos lo que tanto reprochamos cuando pasábamos hambre.  Estas son cosas que suelen suceder en la vida: hacer lo que se critica.

Mas las conciencias sensibles denuncian constantemente la injusticia del gran desequilibrio en el reparto de la riqueza en el mundo, y, en consecuencia, las ONG brotan con gran profusión en todos los países desarrollados, a través de las cuales cualquier ciudadano puede dar algo más que una limosna para erradicar la pobreza del tercer mundo o la que pudiera quedar todavía en su propio país.  Ahora, siendo ricos, respecto a los miserables de la Tierra ―recordemos que son mayoría― podemos ser excepcionalmente generosos.  Tenemos una oportunidad para demostrarnos que somos capaces de hacer lo que los ricos del pasado no hicieron con nosotros.  Erradicar del planeta el peor mal que desde siempre ha padecido la Humanidad es un empeño que ennoblece.  Responde a un instinto de servicio a los demás que todo ser humano, con sus necesidades básicas satisfechas, debería de sentir hacia quienes padecen importantes carencias.

La atención sanitaria ha sido otro éxito de Occidente que acompañó a la erradicación de la pobreza, y es otra forma de servicio a los demás, que surge en los individuos más sensibles, ante los padecimientos del prójimo por las enfermedades.  Innumerables ONG están destinadas a atender a los enfermos del tercer mundo.

Cierto es que antes de que las ONG llegaran al tercer mundo ya llevaban décadas los misioneros de diferentes religiones atendiendo las penalidades mundiales.  Pero ese espíritu de ayuda tiene importantes añadidos.  Las organizaciones de caridad religiosa siempre añaden a las ayudas materiales el auxilio espiritual con una clara intención proselitista.  Y es que el mayor servicio que se le puede hacer a la Humanidad ―según estas organizaciones espirituales― es el proselitismo; meter a todo el mundo en el saco salvador de sus creencias y doctrinas.  (Muchas sectas y religiones tienen sus ONG particulares en la actualidad).  Esta forma de servicio a los demás se deriva de sus creencias, por lo que existen tantas formas de hacer servicio a la Humanidad como creencias existen.  Y si dar de comer al hambriento lo sabría hacer cualquiera, incluso instintivamente; dar de comer a las almas hambrientas es mucho más difícil y se puede hacer de multitud de formas, todas ellas diferentes.  Y, como es de esperar, unas descalifican a las otras.

Todo caminar espiritual persigue varios fines, y uno de ellos, habitualmente, es realizar el importante servicio de ayudar a liberar al mundo de sus males.  Pero no esperemos que nos den el tipo de ayuda que cada uno de nosotros pensamos que nos hará bien, la persona espiritual cree que nos aqueja un tipo de mal habitualmente desconocido por nosotros, males extraños, esotéricos, inventados por el creyente, escenificados en la realidad virtual espiritual en la que deposita su fe.

En estos intentos salvadores esotéricos, unas ideologías sueñan con salvar al mundo de golpe, a lo bestia, otras se contentan con ir salvándonos uno por uno, con la esperanza de que a través del contagio se extienda por todo el planeta su elixir salvador, y otras lo intentan alternando estas dos maneras.  Sin olvidar los intentos liberadores violentos, de los que hablaremos más adelante.

Para liberar al mundo, primero es necesario imaginarlo prisionero de algo, y en esto son especialistas los místicos.  El principal mal conocido por todos, en especial en Occidente, es el demonio y su capacidad para hacernos caer en el peor de los males: el pecado, origen de todas nuestras desgracias.  Todas las religiones que incluyen a este personaje en sus realidades virtuales espirituales, se las ven y se las desean para evitar que Lucifer nos haga la puñeta.  Hay otros muchos tipos de demonios en otras creencias, pero todos se parecen mucho entre ellos, puede variar la forma en cómo nos causan calamidades, pero al final todos persiguen cargarse la frágil felicidad de los humanos.

Por ello existen sanadores dedicados a servir al mundo librándonos de los demonios.  Mitad predicadores, mitad curanderos, están causando furor en la actualidad.  Sus espectaculares curaciones se basan en sacar el mal del alma del paciente, o, mejor dicho: en sacar a los demonios del cuerpo del paciente.  Recordemos que para ellos cualquier enfermedad es provocada por un demonio.  Sus sesiones curativas en grandes grupos, cuando se trata de predicadores cristianos, son auténticos exorcismos, donde personas se retuercen, o, mejor dicho: el maligno las retuerce y las hace revolcarse por el suelo con grandes ataques de histeria, ya que el demonio se suele negar a salir de donde, al parecer, se encuentra muy a gusto.  No cabe duda de que, para todo creyente en el demonio, es un gran servicio a los demás luchar contra él.

Las vías afiliadas a la ley del Karma y a la reencarnación tienen otra particular forma de enfocar el servicio a los demás.  Piensan que el pobre está en su situación porque la escogió antes de nacer, para evolucionar espiritualmente, alejado de las tentaciones de las riquezas, o porque su mal Karma lo ha arrojado a la pobreza y a la enfermedad como castigo por haber sido malo en vidas anteriores.  No es infrecuente encontrarnos en el interior de ese tipo de sectas o religiones una frivolidad e incluso un menosprecio hacia la persona que sufre.  “Es su mal Karma, él se lo ha buscado, puede dar gracias que no se ha visto reencarnado en una rata”.  Argumentos como estos espantan a cualquier espíritu sensible, y son causa de que Oriente tarde tanto de salir de la pobreza a pesar de la gran sabiduría que alberga.

Sin embargo, también pueden enfocar el servicio a los demás de otra manera los seguidores del Karma: si uno hace cosas buenas por los demás, acumulará buen Karma, entonces es conveniente ayudar a los pobres, no por ellos, sino por nosotros.  Es parecido a pretender ganarse el cielo haciendo buenas obras.  Es un tipo de egoísmo espiritual muy corriente.  Es evidente que un ateo ayudando a los demás sin recibir nada a cambio, siempre que no lo haga por el que dirán, es más altruista que un creyente que lo hace por su salvación.

Normalmente, el servicio que se presta en la mayoría de las sectas, es estimulado por la creencia de que se está colaborando en la importante misión de salvar al mundo.  Tarea tan sumamente trascendental que puede convertirse en un auténtico placer, en un goce que favorece las actitudes serviciales necesarias para la subsistencia de las sectas.  Los fanáticos sectarios disfrutan cuando apoyan, tanto económicamente como con sus actividades, a la secta de la que son miembros.  El servicio individual es un granito de arena importantísimo para la misión salvadora de la secta, y produce un cierto goce espiritual.  Sobre todo si se trata de servir a un poderoso gurú, o a la misión salvadora que él ha emprendido en el mundo, pues las expectativas de gozar a su servicio pueden quedar desbordadas.  La capacidad que estos maestros tiene de provocar felicidad en sus seguidores más serviciales es extraordinaria.  Importante cuestión, apenas conocida, y que conviene tener en cuenta al estudiar las sectas.

Cuando dirigí mis actividades serviciales hacia uno de los gurús, que escogí como maestro espiritual durante varios años, viví a cambio unas de las sensaciones más dichosas de mi vida cuando realizaba algún tipo de servicio para la secta, ya fuera dar dinero o trabajar en su infraestructura.  E igualmente pude observar el mismo fenómeno en devotos de otros gurús.  Vuelvo a repetir que no sé como lo hacen, pero no me extraña que los gurús tengan a sus seguidores pegándose por limpiarles los zapatos.  Son auténticos expertos en la manipulación de la atmósfera sagrada.  Cualquier aportación que yo efectuaba voluntariamente (nunca me obligaron a ello) me proporcionaba una sensación de una dicha extraordinaria.  Uno se sorprende un poco cuando realiza los ejercicios esotéricos aconsejados por su gurú y experimenta sensaciones agradables, pero al final podemos explicarnos el fenómeno pensando que el estado feliz es causa de las meditaciones o de los rituales; sin embargo, cuando por pelar unas patatas para una cena comunitaria de miembros de la secta, por ejemplo, alcanzas uno de los estados más dichosos de tu vida, la sorpresa es mayúscula.  Acabas convencido de que tu estado feliz es consecuencia de la manipulación que tu gurú esta realizando en ti, es la gracia de sus bendiciones derramada sobre sus devotos servidores.

Esto explica que el servicio dirigido al maestro, o a la infraestructura económica y social de la secta o religión que él dirija, esté tremendamente extendido.  Para los devotos que han encontrado un elevado grado de felicidad, gracias a las gracias de su gurú, el dinero pierde importancia, y no les cuesta desprenderse de él.  Las sectas que dirigen los grandes gurús manejan ingentes cantidades de dinero recaudado a base de las aportaciones de sus desprendidos discípulos.  Salvar al mundo exige enormes presupuestos.  Es una pena que no se pongan de acuerdo en como hay que salvarlo, porque si uniesen todos los esfuerzos igual lo conseguían.

Es muy importante tener muy claro que esto nos puede llegar a suceder si nos estamos implicando con alguna secta con gurú incluido.  Ya no es el convencimiento intelectual únicamente lo que puede incitarnos a aflojar la cartera, o a dedicar nuestra vida por una causa mística; a esto se pueden sumar los caramelos de felicidad que podemos recibir a cambio de entregar nuestras energías a la causa.  Hay personas que entregan todo, incluso su vida.  Por ello es necesario estar informado de todos los detalles antes de que semejante cambio pueda llegar a sucedernos.  Así podremos elegirlo más libremente.

Se alzan voces escandalizadas calificando estos hechos como comedura de coco y lavados de cerebros.  Algo sorprendente cuando llevamos siglos permitiendo en nuestra sociedad sacrificios religiosos mucho más duros, como, por ejemplo, en los monasterios de clausura, donde personas se encarcelan en cadena perpetua, encerradas de por vida entre cuatro paredes, entregando su vida al servicio de la Humanidad de esa forma tan severa.  Después de llevar tantos siglos conviviendo con este tipo de actitudes “serviciales”, no deberíamos de extrañarnos de las rarezas importadas de otros lugares de la Tierra.

Para comprender cualquier forma de servicio espiritual, es necesario no olvidar el goce que casi siempre conlleva la entrega a la causa en la que ser cree.  Además de vivir los goces del servicio en mis carnes, he visto a muchas personas gozar de la delicia de servir a su gurú o a su dios.  Yo no puedo criticar a esas personas, sencillamente están intentando ser más felices.  Si observamos en lo que se gasta el dinero, o pone su esfuerzo, el occidental medio, para conseguir el grado de felicidad que consigue, no deberíamos de asombrarnos de que existan otras formas de intentar ser más feliz, aunque nos resulten muy extrañas.  Yo, solamente, me limito a advertir que los éxtasis de felicidad pueden no ser eternos.  El amor místico es muy semejante al enamoramiento típico de pareja, los dos pueden ser pasajeros.  Y los dos nos pueden llevar a hacer locuras que después podemos lamentar.

En los países desarrollados existen leyes que nos libran de quedar desprotegidos en los divorcios de pareja, leyes que evitan que uno de los dos se lleve todo después de la ruptura y el otro quede en la calle en paños menores.  Pero para los matrimonios con los dioses o con los gurús ―ya sean unos u otros masculinos o femeninos― nuestras leyes no prevén separación de bienes ni defensa alguna en el caso de divorcio.  Claro que el místico primerizo suele pensar que su dios o su gurú nunca le fallará, los que fallamos somos siempre los humanos.  Yo, por experiencia propia, como sufrido humano, he vivido varios divorcios de dioses y de gurús.  Y, aunque en muchas ocasiones haya abandonado a estas deidades, en otras han sido ellas las que dejaron de derramar sus gracias sobre mí, sin que yo fuera consciente de haber hecho nada para recibir semejante desplante.  Ruptura que te puede dejar más desamparado que el santo Job, como te hayas entregado totalmente al matrimonio celestial.

Ciertamente es muy complejo el estudio del servicio espiritual.  Las creencias que lo motivan, los diferentes grados de dicha que proporciona, las distintas formas de aplicar el esfuerzo o de invertir el dinero, las consecuencias…  Son tantas las variantes que pueden influir en el servir espiritual que puede ser difícil hacerse una idea general al respecto.

Incluso en las clausuras, o en las cuevas de los renunciantes ermitaños orientales, también se está realizando un servicio a dios y a los hombres, según las creencias de quienes llevan esa vida.  Los oradores o meditadores, pertenecen a otra casta especial de servidores a la Humanidad.  No suelen ver al prójimo que están ayudando ni en pintura, son los que ayudan por telepatía o algo así.  Emiten sus buenos pensamientos y oraciones para que, una vez oídas sus súplicas, por quien corresponda en los cielos, beneficie a los de la tierra.

Últimamente están apareciendo en las sectas quienes ni siquiera utilizan intermediarios celestiales en sus emisiones benefactoras, lanzan directamente sus buenas intenciones sobre lo que estimen oportuno, o sobre quien desean.  Es lo contrario a un mal de ojo.  Lanzan sus buenas vibraciones, sus colores pastel, y nos bañan de melosidades lumínicas y melodiosas para hacernos más buenos.  (Lo que todavía no sé es si para recibirlas es necesario algún tipo de antena parabólica).  Los políticos, gobernantes y militares, son objetivos primordiales de estas ondas.  Ya sean de derechas o de izquierdas, conviene ayudar a quienes llevan semejantes responsabilidades echándoles una mano virtual para aliviar su duro trabajo, para que no cometan más errores históricos, y, sobre todo, para que no persigan a la secta emisora de tan buenos deseos.  Estos grupos de meditación son semejantes a los que siempre ha habido en las viejas comunidades sacerdotales.  Pero que incluyen novedosas aportaciones, como, por ejemplo: para ayudar a compensar la deforestación de nuestro planeta, se lo imaginan en profunda meditación todo pintado de verde.  De esta forma pretenden, con sus buenos deseos virtuales, en profundo esfuerzo meditativo, estimular a otros para que hagan el esfuerzo de plantar los árboles, mientras ellos sueñan con ello.

Como podemos ver, hay multitud de maneras de servir a los demás.  Yo aconsejo ser auténticamente sinceros y prudentes para evitar lamentarnos de haber tirado nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestro dinero o nuestra vida, allí donde nadie lo ha aprovechado.  En el mundo religioso y en las sectas es muy fácil prestar elevados servicios a la Humanidad, mientras desatendemos al de al lado que nos está pidiendo algún tipo de pequeña e insignificante ayuda.  Yo no me excluyo de esta situación.  Sentado en mi cómodo sillón, frente a mi ordenador, escribiendo este libro, estoy llevando a cabo la forma que he escogido para ayudar a los demás, mientras podría prestársela directamente a los más necesitados de entre quienes me rodean.  En el servicio directo a los demás es más difícil perderse que en fantasías serviciales.  Yo mismo no sé, en el momento de escribir estas páginas, si este libro se editará algún día, incluso no sé si acabará en la papelera.  (No sería el primero que después de varios años escribiéndolo lo tirara a la basura).

Si uno no desea correr el riesgo de que su servicio acabe en la basura, es aconsejable hacerlo directamente.  No es infrecuente que esfuerzos intelectuales, esotéricos o espirituales, se queden en agua de borrajas.  Aun así, muchos de nosotros correremos ese riesgo y continuaremos comprometidos con nuestras creencias especiales, ayudando de forma indirecta a los demás.

Yo, por de pronto, paso a escribir el siguiente capítulo.

FORMAS Y COLORES

En este nuestro paseo no podemos olvidar la tremenda importancia que ciertas formas y colores tienen en las realidades virtuales espirituales.  Son elementos esenciales en la decoración de los escenarios virtuales, distintivos del otro mundo que afectan muy directamente a los creyentes que viven en éste.  El ejemplo más conocido lo tenemos en la cruz o en la media luna, en el blanco inmaculado de los cielos y en el rojo oscuro de los infiernos, y en el color que las diferentes congregaciones de monjes y monjas escogen para sus sotanas.

Pero existen otros símbolos y colores, menos conocidos popularmente, de suma importancia en esoterismo.  Uno de esos símbolos es la estrella de cinco puntas, una forma geométrica de las más difíciles y peligrosas de utilizar; pues cuando la estrella tiene dos de sus puntas mirando hacia abajo y una hacia arriba, invoca a las fuerzas del bien, pero si nos descuidamos y la giramos un poco, de tal forma que entonces sea sólo una de sus puntas la que mire para abajo y dos para arriba, entonces estaremos invocando a las fuerzas del mal.

Aviso que es éste es un asunto muy serio en esoterismo y está muy extendida su creencia en los círculos ocultistas, de tal forma que si tenemos en casa alguna estrella de cinco puntas de adorno, como quien tiene un florero, conviene asegurarse de que está bien colocada y de que al niño no le dé por darle ese pequeño giro de pocos grados que la convertiría en invocación de los infiernos.  Probablemente nosotros no nos íbamos a enterar de nada, pero alguno de nuestros amigos, experto en estas lides sin que nosotros lo sepamos, puede salir huyendo de nuestro domicilio como quien huye del diablo (nunca mejor dicho), sin nosotros saber muy bien que le dijimos o le hicimos para que saliera espantado de nuestra casa.

No es conveniente tomarse a chirigota los símbolos esotéricos mientras haya personas que se los tomen tan en serio.  Así nos evitaremos más de una sorpresa.  Sin olvidar que estos símbolos no solamente se usan en esoterismo, importantes entidades sociales los han usado siempre y los siguen usando.  Recordemos la esvástica nazi, o la estrella de cinco puntas que usan algunos ejércitos como emblema (poniéndola en posición benefactora, por supuesto, para avisar que pertenecen al bando de los buenos, y que su guerra es contra los malos).

Es conveniente estar informado y ser prudente al utilizar estos símbolos.  Aunque aún siendo muy cuidadosos será muy difícil no estar usando alguno de ellos inadecuadamente sin enterarnos, pues entre las creaciones de bisutería o de joyería se esconden símbolos muy serios para los sectarios.  No podemos hacer un detallado comentario sobre cada uno de ellos porque los hay a miles.  Cruces las hay de una variedad inmensa, así como escudos, imágenes y los más variados instrumentos sagrados, convertidos por los oportunistas de la bisutería o de la joyería en pendientes, en colgantes de collares o en otros objetos de adorno.  Estas frivolidades hace siglos podía costarnos la cabeza, hoy en día no es para tanto; excepto, claro está, si nos vamos a un país del tercer mundo, llevándonos sin saberlo de colgante al dios que se adora en la aldea que vamos a visitar.  El devoto de un dios desconocido para nosotros, que llevamos de pendiente en la oreja, puede sentir lo mismo que sentiríamos nosotros si viéramos como un desconocido lleva la fotografía de nuestra madre colgada de la oreja.  Un poco de cuidado al respecto no viene mal.

Las ropas también tienen su importancia en estos mundos de dios.  Excepto los angelitos y los demonios, muy pocos personajes van desnudos por el otro mundo.  Y para quienes estamos en este, una vestimenta recatada es esencial cuando se presume de ser una persona espiritual.  Los colores de esas vestimentas también tienen bastante importancia.  Rara es la secta que no viste a todos sus adeptos igual, con el mismo modelito y de un mismo color, para realizar sus rituales o para vestir a diario.

También se dice que la persona se viste con los colores que más abundan en su aura.  Según esta teoría, la moda del negro nos convirtió a todos en negras almas de un plumazo.  (Y nosotros sin enterarnos).  El blanco es uno de los colores favoritos representante de la pureza del alma, clásico de las vírgenes destinadas al culto de algún dios amante de la castidad.  A otros colores claros también se les dan propiedades benefactoras.  Y no olvidemos la famosa túnica azafrán de los tibetanos.  Todo esto, aunque no comulguemos con ello, conviene tenerlo en cuenta pues ya es parte de nuestra cultura, la proliferación de sectas influye inevitablemente en nuestra sociedad.  Cada vez son más las personas afiliadas a sectas que consideran esencial los colores con los que nos vestimos, y como llevan en secreto su afiliación y sus nuevos gustos, es muy probable que nos miren de arriba abajo con un gesto de desagrado, por cómo vamos vestidos, sin que nosotros sepamos muy bien por qué nos tienen ojeriza.

Tanta importancia se les da a los colores que ―como ya hemos comentado― se trabaja con ellos en las meditaciones tipo visualización.  Uno se imagina que una luz blanca, de inmaculada pureza, le envuelve; entonces se puede llegar a sentir como si un el cuerpo se dulcificara.  A lo mejor es porque nuestras carnes piensan que las hemos envuelto en merengue y tienen que hacer las veces de pastel.

Los seguidores de Saint Germain utilizan el violeta.  Dicen que es un tipo de color muy sanador, que te puede provocar la metamorfosis de transformarte en su ser muy espiritual.  Yo estuve durante varios años imaginándome diariamente metido en un tubo lleno de un fuego violeta.  Si hubiese continuado por más tiempo, aparte de acabar morado, no creo que me hubiera aportado poco más.

Bromas aparte, está demostrado que los colores afectan al psiquismo, todos sabemos que el color de las habitaciones donde pasamos más tiempo afectan a nuestro estado de ánimo.  De igual forma sucede en esoterismo con las túnicas, el color de los templos y los colores de las meditaciones tipo visualización.  Lástima que no se pongan de acuerdo en el color que mejor nos sienta.  Aunque algunas ideas generales podemos obtener de entre tanta pincelada colorista.  Los mundos infernales son oscuros y teñidos de rojo por el resplandor del fuego o de la sangre de las víctimas.  Si embargo, en los mundos celestiales, todo es luz y colores brillantes.

Avispados ocultistas pretenden impulsar la evolución espiritual del hombre sumergiéndolo en energías brillantes utilizando la imaginación.  Yo siento no estar de acuerdo con estos métodos.  Sería como si alguien quisiera acabar la carrera de abogado imaginándose con la toga vestido.  Hay un trabajo inevitable a realizar que esas vías pretenden saltarse.  Ciertas técnicas de sanación también utilizan la luz para efectuar sus curaciones, pero me temo que por mucho que bañemos en luz a un enfermo inundado en oscuros pensamientos, muy difícil tendremos su curación.

De todas formas, los aficionados a las bellas artes y con ganas de hacer el bien, escogerán estos caminos espirituales para intentar pintarnos el mundo de un color de rosa.  Y aunque no sean capaces de cambiarnos nuestro maltrecho hábitat, un poco de pintura no le vendrá mal.

LA MÚSICA Y LA DANZA

La experiencia de lo sagrado estimula multitud de sensaciones positivas y de aportaciones creativas.  Mientras no se entra en contacto con nuestro lado oscuro, con la maldad de los infiernos, la alegría y el amor que se pueden llegar a experimentar son desbordantes.  El místico puede vivir sumergido en una fiesta de devoción amorosa, de amor correspondido; una fiesta donde la música y la danza tienen un importante protagonismo.  Un ascenso a los cielos suele permitir escuchar la música celestial y observar la danza de los ángeles.  Es indudable que, aparte de los peligros que esconde toda experiencia extrasensorial, la vivencia de lo sagrado puede transportarnos a un tipo de realidad donde se pueden alcanzar cotas de felicidad insospechadas.

Uno de los ingredientes básicos de toda atmósfera sagrada es la armonía, y, como consecuencia de ella, la musicalidad.  Por supuesto que existen diferentes grados o texturas de armonización, lo que induce diferentes estados felices de plenitud, de perfección, y, por lo tanto, diferentes grados de musicalidad en las diferentes atmósferas sagradas.  Goces que han sido siempre privilegio de los grandes místicos, conseguidos a base de grandes esfuerzos, sacrificios y mortificaciones; estados de felicidad vetados para las personas normales.  La alta sensibilidad mística permite escuchar la armonía celestial, la música de los cielos, los felices sonidos que vive toda alma elevada a las altas cotas de la espiritualidad.

Sin embargo, en la actualidad, los caminos espirituales más vanguardistas, se esfuerzan por traernos el cielo a la tierra a todos aquellos que nos somos capaces de volar tan alto; intentando hacernos sentir las grandes sensaciones celestiales, sin pedirnos ―aparte de nuestro dinero― grandes sacrificios ni martirios.  Y para conseguir insuflar las delicias celestiales a los profanos, lo hacen trayéndonos el cielo a la tierra por partes, para que no tengamos dificultad en digerir las vivencias sagradas, algo que resulta mucho más fácil que intentar hacerlo por completo.  Además, se presupone que si se vive alguna propiedad del cielo imaginado, como escuchar sublimes composiciones musicales, las otras facultades celestiales emergerán por simpatía.  Se trata de intentar vivir con nuestros sentidos las sensaciones que deberíamos de vivir con los sentidos del alma.  Una imitación que da algunos resultados; pero, como toda imitación, no es igual que lo auténtico.

El glorioso objetivo de conseguir lo sublime viviendo una imitación ―musical en nuestro caso― casi nunca se consigue.  Los intentos se suelen quedar en ciertas elevaciones temporales del grado de felicidad.  Las oscuras y pesadas facetas humanas, que se ignoran en el intento de dar el gran salto, impiden conseguir la permanencia en las alturas; aunque en momentos se consiga volar muy alto.  Incluso el tirón hacia abajo puede ser tan fuerte que es muy fácil acabar estrellados en suelo, quedándonos peor que antes de empezar la aventura celestial, por intentar imitar un vuelo cuando todavía no se sabe volar.  Es la típica frustración de todo aquel que intenta conseguir un atajo que no lleva a ninguna parte.

De todas formas, estos métodos oportunistas, aunque no concedan una permanencia feliz por mucho tiempo en los limbos celestiales, consiguen tentar en ocasiones a la persona, convenciéndola de que se puede aumentar la permanencia en esos estados felices sin grandes esfuerzos.

Escuchar las composiciones de música espiritual es uno de los más importantes de estos prometedores métodos.  Presente en casi todos los rituales de la antigüedad, aquella música se vivía como una consecuencia de lo sagrado, en su esencia original.  Sin embargo, hoy en día se nos intenta convencer de que la vivencia sagrada nos vendrá de escuchar composiciones espirituales.  No se nos presenta la música espiritual como consecuencia de lo sagrado, mas bien se nos presenta lo sagrado como consecuencia de ella.  Tanto es así que la música se ha convertido en una gran invitada de todos los modernos caminos de realización, su presencia en toda atmósfera sagrada ayuda a elevar el alma y llena de júbilo al creyente que incluso puede bailar gozoso al son de esas composiciones.  El trato que en muchas ocasiones se le da a la música es semejante al de una diosa, se le considera una gran mediadora entre el cielo y la tierra, una herramienta fabulosa para transportarnos a la felicidad mística; una panacea.  Un sagrado recurso material: música espiritual, para oírla con los oídos del cuerpo, para todos aquellos que todavía no somos capaces de oír la música celestial, esa que se oye con los oídos del alma.

Y si bien es cierto que la mayoría de las composiciones de música espiritual fueron creadas para elevar el espíritu, también es cierto que han de darse otras condiciones para que cumpla su cometido.  La música por sí misma apenas tiene el poder de elevarnos que se le atribuye.  Lo que convierte a una música en espiritual es el ingrediente sagrado que ha de aportar el individuo o grupo de individuos que la escuchan, la música en sí apenas contiene dicho ingrediente, en un noventa por ciento lo tiene que aportar la actitud del oyente.  Una obra de elevada espiritualidad, si es escuchada mientras se piensa en los problemas que hemos tenido en la jornada del trabajo, probablemente se convierta en algo que nos está molestando en vez de algo que nos transporta a un estado feliz.  El fluir de lo sagrado habrá de estar unido a la música espiritual para hacernos vivir una experiencia inefable.  Habitualmente se cree que no es así, y se pretende que la música nos aporte el mismo estado feliz que conseguimos cuando reunidos en hermandad, practicando rituales religiosos y respirando una densa atmósfera sagrada, nos vimos transportados al séptimo cielo escuchando esa gran obra musical.  No existe tal música celestial, es nuestra vivencia interna la que la convierte en espiritual.  Cualquier tipo de música puede llevarnos al cielo (no hay nada que nos impida bailar con los ángeles al ritmo del rock).

Cierto es que existen ciertos grados o calidades de músicas espirituales.   La música clásica tiene una gran espiritualidad, así como las composiciones religiosas tanto orientales como occidentales.  Se asegura por los pasillos sectarios que las obras más sublimes de la música son copias de la música que suena en los cielos, pues los grandes compositores no hicieron otra cosa que dignarse a escribir aquello que oían en su interior con sus oídos del alma.  Con argumentos semejantes ¿quién se atreve a dudar que la música es un poderoso elixir celestial?

Los instrumentos también parecen imprimir, unos más que otros, espiritualidad a las composiciones.  Sutiles flautas llenan de música muchas de las atmósferas sagradas orientales, las trompetas celestiales parecen ser el instrumento favorito para mostrar la gloria de los cielos de muchas realidades virtuales espirituales, y los tambores del chamanismo, aunque nos parezcan menos sutiles, también nos hacen vivir en sus rituales profundas fuerzas de nuestro espíritu.  Y lo más novedoso, tanto en instrumentos como en composiciones, lo tenemos en la música de la nueva era.  Intentos de aproximarnos a las exquisiteces melódicas del alma.  Modernas creaciones emergidas de atmósferas sagradas contemporáneas en unos casos, y en otros, sin casarse con creencia alguna, se anuncian como creaciones que nos pueden hacer sentir lo más exquisito de nuestra propia alma.  Sin embargo, insisto en que la música espiritual, por sí misma, sin que el oyente respire un mínimo de atmósfera sagrada, no puede cumplir el principal cometido para el que fue creada.

Para hacernos una idea de lo que quiero decir, vamos a recordar esas canciones que sonaron en los momentos más maravillosos de nuestra vida, instantes sagrados inmersos en nuestra propia divinidad, como por ejemplo: cuando estábamos bailando con esa persona con la que vivimos un gran amor.  Cada vez que escuchemos esa canción podemos sentirnos contagiados de aquello que nos evoca.  Pero hemos de tener esa predisposición de desear volver a recordar; y a otra persona puede no decirle absolutamente nada dicha melodía.  En este ejemplo sucede algo muy similar a lo que ocurre con la música espiritual, no es la composición en sí la que nos transporta a ese cielo, es la unión de nuestra actitud espiritual con la composición lo que produce la alquimia mágica; no es el sonido, sino nuestra aportación de lo sagrado unida a él lo que nos hace tan felices.

Y de la misma forma que se vende música romántica, sin que ello nos garantice ser transportados a nuestros momentos más felices, no esperemos que comprándonos todas las composiciones de música espiritual, que se anuncian como tal, vamos conseguir elevados estados de conciencia sin aportar nosotros el ingrediente básico que la convierte en espiritual.  No nos dejemos engañar.  Si deseamos disfrutar de la música espiritual, adelante; pero no la convirtamos en una panacea.  Ella, sin nuestra aportación de lo sagrado, no es más que un vulgar ruido en ocasiones.

Recordemos el cantar de los mantras, sonidos que nos prometen llevarnos al cielo, utilizados como puente con la divinidad por innumerables vías de realización espiritual; y no son otra cosa que machaconas canciones repetidas hasta la saciedad, repeticiones reiterativas de frases, de palabras o de sílabas, entonadas rítmicamente durante horas y horas, durante días y días; durante toda la vida para quienes creen en ellos como puente indispensable entre el cielo y la tierra.  Y para el no creyente en la magia de esos sonidos, no son otra cosa que molestos ruidos insoportables.

A la hora de escuchar en el domicilio de una familia uno u otro tipo de música, se produce un típico conflicto generacional cuando los miembros más jóvenes ponen sus equipos musicales a un poco más alto de lo que los mayores aseguran soportar.  Molestias que no siempre son debidas a la potencia sonora, sino más bien al gusto de cada uno, pues cuando los mayores ponen la música, que a ellos les gusta, la suben de volumen tanto o más que sus hijos.

Las composiciones que para una generación son sagradas, evocadoras de momentos sublimes, para otra son ruidos sin sentido.  Los éxitos superventas que sonaron en las épocas más gloriosas de nuestra vida son diferentes a los superventas que suenan hoy en día en los momentos más gloriosos de la eufórica juventud de nuestros chavales.  Esta incompatibilidad de gustos es la principal consecuencia de los conflictos hogareños a la hora de escuchar la familia una música u otra.  Los insultos como: la música del demonio de nuestros hijos; o lo que los jóvenes llaman: la música de los carrozas, no son nada más que ataques defensivos de unos sonidos que son ya una íntima parte de nuestra vida; actitudes que provocan un distanciamiento generacional nada recomendable para la convivencia.

En algunos círculos esotéricos se afirma que existen sonidos demoníacos.  Las composiciones de heavy metal cargadas de rabia, de cólera,  de enloquecimiento y de drogas, envueltas en atmósferas siniestras, son calificadas por los puros del alma como creaciones del demonio.  Y quienes asisten a esos conciertos punk o de rock duro son siervos de Satanás.  Los miembros de estos grupos musicales son considerados gurús del mal, y sus seguidores fanáticos miembros de sectas demoníacas.

En mi opinión, estas opiniones no son sino consecuencia del puritanismo espiritual pacifista que invade muchos de los caminos espirituales y a nuestra civilización en general.  No vamos a negar que la música con un alto grado de violencia parezca estar alejada del ingrediente básico de la paz de una atmósfera sagrada de calidad; pero me atrevería a afirmar que no existe en este mundo atmósfera sagrada perfecta, todas cojean de una pata o de otra.  No podemos criticar las imperfecciones de quienes eligen ciertas vivencias gozosas de dudosa perfección, cuando todavía no hemos sido capaces de encontrar la vivencia gozosa perfecta.  En capítulos posteriores hablaremos del lado oscuro humano, de ese que no quieren ver, ni oír, ni hablar de él los puritanos del alma porque hace muchos siglos que lo arrojaron a los infiernos.  Nuestros jóvenes amantes de la música violenta no hacen sino vivir más sinceramente la realidad humana que los culturetas del espíritu no hacen sino ocultar.  Si bien es cierto que en esos conciertos hay violencia, imperfección humana según los conceptos perfeccionistas del espíritu, también es cierto que hay alegría, amor y fuerza de juventud, e incluso éxtasis.

El distanciamiento entre generaciones viene reforzado porque mientras algunos adultos consideran a los jóvenes como seguidores del demonio, muchos jóvenes nos consideran a nosotros como falsos puritanos, hipócritas de la existencia, defensores del bien a ultranza mientras vivimos con el mal en las entrañas.  ¿Existe alguna diferencia entre los violentos conciertos del heavy metal y los candorosos coros celestiales del medioevo, que tanto nos gustan escuchar hoy en día a muchos de nosotros, cuándo estos servían para arengar a las tropas antes de iniciar las santas cruzadas?  ¿No son más espirituales esos conciertos de rock duro que esos dulces cánticos de ángeles que llenan el alma de quienes después se dedican a clavar puñales por la espalda?

En fin, el drama de las grandes contradicciones humanas tiene infinidad de matices.  Dejemos la sinceridad transcendental para otros capítulos más profundos.  Olvidemos la sincera violencia de muchos de nuestros jóvenes, y volvamos a regodearnos escuchando creaciones de gran belleza, sublimes cánticos celestiales, melodiosas oraciones, invocaciones musicales, plegarias, alabanzas y agradecimientos, glorias y aleluyas dirigidos a los cielos o a los dioses que se adoren.

Creaciones musicales de una exquisita belleza son utilizadas por muchas vías religiosas para estimular y evocar en sus seguidores las grandes maravillas de la espiritualidad.  Algunas vías consideran a la música como ingrediente indispensable para evolucionar espiritualmente, y trabajan principalmente, o exclusivamente, con la música en sus ejercicios espirituales.  Llegué a conocer a un importante gurú indio, mujer en este caso, que no daba otra instrucción a sus devotos para alcanzar el cielo que la de estar cantando y bailando, y puedo garantizar que aquellas canciones, bailadas en comunidad, provocaban auténticos éxtasis de felicidad.  Si a una atmósfera sagrada de calidad le añadimos una buena música y la danza, viviremos un baile celestial envidia de los ángeles.  (Exagerando un poco).

Llegué a conocer otra vía espiritual ―de moderna creación― que después de hacer un estudio muy serio de la evolución histórica de la música, y un minucioso análisis de las composiciones musicales ―en especial de la música clásica―, propone como método de evolución espiritual el imbuirse en las grandes obras a base de escucharlas reiteradamente y profundamente, de vivirlas y de sentirlas incluso físicamente, realizando movimientos acordes con las sinfonías, como si de una danza celestial se tratara.

La música como manifestación física de la armonía celestial, y la danza como el resultado espontáneo de tal vivencia.  Bailando con los dioses.  Danzas prehistóricas recordadas en la macumba, en el vudú y por los tambores de los chamanes.  Inmortales mediadores, como Krisna, que descienden de los cielos para bailar con sus devotas.  Derviches danzantes como peonzas embriagados por las gracias de su dios.  Bailes sagrados que emborrachan de elixires a quienes los disfrutan.  Danzantes esotéricos que desnudan su alma poco a poco, en un fascinante strip-tease espiritual, con la sola intención de seducir a su dios amado y conseguir una noche de amor con él.  Devociones arrebatadoras, casi físicas, vividas al son de la música y de la danza.

No voy a ocultar que me encanta escuchar esas composiciones que me acompañaron en los momentos celestiales más importantes de mi vida.  En unos casos en compañía de la mujer amada de un tiempo pasado, y, en otros casos, cantos devocionales vividos en hermandad, respirando exquisitas atmósferas sagradas, cantos gloriosos de amor espiritual, inefables, exquisitos, coros de devotos cantando al gran amor místico de su vida, música llena de gloria, impregnada de los elixires sagrados que traen mis recuerdos.  Corales que me complazco en escuchar.

Mas siempre he de realizar ese esfuerzo, o tener esa predisposición, para evocar la felicidad que viví cuando sonaron esas creaciones musicales.   Y soy consciente de que al vecino le puede estar molestando los ruidos de las glorias que yo estoy viviendo.  Y al decir esto vuelvo a insistir en que no es en la música donde están las glorias musicales que nosotros vivimos.  Nuestras vivencias espirituales están en nosotros mismos, la gloria de las composiciones musicales radica en la gloria de nuestra propia divinidad.

Es típico en toda secta que, a la salida de sus programas públicos, haya unas mesas o un chiringuito donde venden, junto con sus estampitas, grabaciones musicales de las composiciones que ellos usan en sus rituales.   Y es habitual que el visitante se sienta tentado a comprar esa música que le elevó el alma en alguna de las sesiones públicas de la secta.  Muy a menudo nos la venderán como una auténtica música celestial.  Entonces conviene recordar que nos podrán vender una música, pero que lo celestial no nos lo pueden vender, eso es algo que tendremos que poner nosotros.

ABRAZOS, BESOS Y CARICIAS

El fluir de lo sagrado es un tipo de energía creativa que puede ser utilizada para conseguir aquello que se desea.  La satisfacción de los deseos es uno de los mayores beneficios que de él se esperan.  La persona religiosa, sabiendo esto, implora a los cielos en sus oraciones aquello que anhela.  La grandeza, el poder y la infinitud, experimentados en torno a los dioses, propician la sensación de que no existen dificultades para conseguir satisfacer nuestros deseos más insospechados.  Y en ocasiones estos deseos se consiguen, el poder de la fe unido al poder de dios parece no tener límites.  Si revisamos la Historia veremos que del seno de la espiritualidad han emergido toda una serie de sorprendentes fenómenos que cambiaron el curso de la Historia.  Las guerras santas son un claro ejemplo ―y lamentable― de la utilización de la creatividad sagrada al servicio de los deseos, violentos y conquistadores en este caso.

Los profesionales de la espiritualidad, sabiendo la mala fama que les ha aportado la violenta utilización en el pasado del elixir sagrado, en la actualidad se están esmerando en mejorar su imagen, acomodándola a los nuevos aires pacifistas, y nos están proponiendo atractivos cambios en la utilización de lo divino.  Ahora, además de poder cantar y bailar con los dioses, en éxtasis amorosos, envueltos por ese amor, también podemos amarnos entre nosotros.  Un gran porcentaje de religiones y de sectas parece que se han puesto de acuerdo en conseguir tan anhelado y difícil propósito.  En las congregaciones de los rituales religiosos se está poniendo de moda darse la mano, abrazarse, besarse, e incluso acariciarse.  Todo dirigido a manifestar físicamente el perseguido y tan pocas veces conseguido amor al prójimo.

Estas manifestaciones de amor y de cariño están produciendo un impacto entre quienes las experimentan.  No estamos acostumbrados a semejantes muestras afectivas excepto con nuestros más allegados.  Y, en ocasiones, ni con nuestros parientes más próximos las vivimos.  Por ello resulta impresionante, para la persona común, vivir esas manifestaciones de cariño con personas que no pertenecen a su entorno familiar o de amigos.

La primera deducción lógica que se obtiene al vivir esas muestras de afectividad, con personas prácticamente desconocidas, es el convencimiento de que en esa religión, o comunidad sectaria, se está viviendo un auténtico amor fraterno.  La personas con carencias emocionales se sienten muy atraídas por tanta efusión amorosa, esperando que van a encontrarse en un entorno de amor y de comprensión; pero muy a menudo acaban desengañadas.  En las reuniones en hermandad, donde se experimenta lo sagrado, todas esas muestras de afectividad surgen sin apenas dificultad entre personas embriagadas por las benditas cualidades de lo divino.  Pero, cuando pasa la borrachera y todo vuelve a su estado normal, el desengaño suele hacer acto de presencia.  Cierto es que existen comunidades donde sus miembros se unen como una piña, viven en comunas, y son los unos para los otros como auténticos hermanos, (aunque pocos se libran de las peleas entre ellos que cuestionan su fraternidad).  Pero en la mayoría de comunidades no sucede así, sus miembros se reúnen unas pocas veces durante la semana, y los efusivos gestos amorosos no transcienden más allá de sus reuniones.  Aquellos caminantes de lo esotérico novatos, que creían en la existencia de un amor fraterno real, convencidos por tanta amorosa efusión física, pueden sentir como un mazazo al comprobar que no es así.   Puertas afuera de los rituales de la comunidad las cosas continúan con la fría convivencia típica de nuestra sociedad; y aquellos que se manifestaban como auténticos amorosos hermanos en los rituales del templo o de la sala de reuniones, en la calle no pasan de parientes lejanos que se preocupan muy poco de cómo le va en la vida a aquél que acaban de abrazar efusivamente en la fiesta espiritual.

Sin embargo, aunque habitualmente esas muestras de cariño se den solamente de puertas adentro, la utilización de ellas está teniendo un notable éxito.  La falta de amor en el mundo propicia que esas efusiones sean bien recibidas por el público; aunque sean fingidas, terminan por ser uno de los ingredientes más importantes para la captación de adeptos.  Es tal el éxito que los abrazos están alcanzando en la actualidad que hay  personas sumergidas en el mundo de las sectas únicamente por el hecho de vivirlos.  A nadie le amarga el dulce acariciarse o el abrazo de varios minutos; sobre todo si es con esa persona que nos resulta atractiva y con la que nos gustaría hacerlo más intensamente en la intimidad.  No creo exagerar si afirmo que para una de las cosas que más han servido las efusiones cariñosas “espirituales” ha sido para iniciar contactos más materiales, romances que acabaron en relaciones de pareja.  En ocasiones resulta inevitable que los efluvios sexuales se mezclen con los divinos cuando nos abrazamos a esa persona que nos resulta atractiva.

No está nada mal que en el seno de la espiritualidad hagamos más el amor que la guerra, aunque muy a menudo sea un amor fingido o vivido temporalmente.  Sea cual sea nuestra vivencia, siempre es conveniente reconocer que es debido al elixir de santidad, propio de la atmósfera sagrada, vivido en los rituales o en los cursillos espirituales, lo que nos hace sentir benditos los abrazos, los besos y las caricias.  Y si este elixir no nos embriaga lo suficiente, todas esas muestras afectivas se convierten en fríos rituales, en imposiciones costumbristas que no garantizan lo que pretenden demostrar.  Un abrazo puede llenarte de amor, pero también puede no ser otra cosa que un apretón físico, incluso desagradable.  Sucede igual que con la música sagrada que comentábamos en el anterior capítulo.  En cualquier cosa que nos ofrezcan como sagrada, lo sagrado habremos de ponerlo siempre nosotros; no olvidemos que toda manifestación sagrada emerge de nuestro interior.  Tanto en una música como en un abrazo, si deseamos que sean celestiales, lo celestial habremos de ponerlo nosotros.

Necesitando incluso realizar una criba de vivencias, pues lo divino, en los seres humanos, suele presentarse unido a lo profano.  Cuando vivimos tal santidad en las reuniones espirituales, que nos hace sentir divinos los abrazos, también podemos observar muy frecuentemente que nuestra percepción corporal es muy selectiva.  Como la mayoría de nosotros estamos más a menudo en nuestro cuerpo que en los mundos sutiles del espíritu, no podemos evitar sentirnos mejor o peor según nos abrace una persona un otra.  Esto suele producir una rivalidad que crea sutiles envidias entre los cofrades o sectarios:  “A mi no me abrazas tanto como a aquella persona.  Esta persona no me hace sentir lo mismo que aquella.  Tu abrazo da más lástima que amor.  Aquellas dos personas se ponen siempre juntas en las reuniones para darse un apretón de espanto cuando llegue el momento de los abrazos”,  etc.  Y no olvidemos los ataques de celos que puede llegar a sentir uno de los miembros de una pareja cuando observa al otro miembro abrazarse, a quien pudiera ser su rival, más efusivamente de cómo mandan los cánones,

En esta especie de competición afectiva, también hay personas que se sienten menospreciadas por la mayoría en el ritual de los abrazos, ―suelen ser las menos agraciadas― mientras que otras personas están muy solicitadas.  También hay líderes, como en toda competición.  Normalmente el liderazgo lo ostentan los propios líderes de la secta, su abrazo es tan anhelado por todos sus seguidores que es frecuente tener que hacer fila para conseguirlo.  Porque siempre se tratará de un abrazo divino, naturalmente.

LA DROGADICCIÓN MÍSTICA

A los miembros de las sectas se les suele considerar adictos al fanatismo de su credo particular, enfermos de una de las drogadicciones más perniciosas.  Creencia popular semejante a la que se tiene del consumo de las drogas ilegales, mientras que las legales se consumen sin preocupación e incluso apoyadas por la cultura del pueblo que las acoge.  Situación similar a la que padecen los adictos a los juegos de azar, buscadores enfermizos de la buena suerte, que la sociedad compadece mientras por otro lado les tienta con la publicidad que se hace de los sorteos de loterías oficiales o apuestas deportivas.

En el mundo de la espiritualidad no es diferente: el consumo de las ofertas sectarias se considera una perniciosa drogadicción, mientras el consumo de las religiones oficiales no.

Si deseamos realizar un análisis serio sobre la adicción que se puede dar en el mundo del espíritu, hemos de abandonar todo tipo de preferencias culturales.  Cuando se consigue sortear los peligros que tanto abundan por los caminos espirituales, superar la resistencia a evolucionar espiritualmente y el pánico a arrojarse al infinito vacío celestial, la vivencia de lo sagrado implica en la mayoría de las ocasiones un aumento del bienestar.  La paz que se puede llegar a sentir, cuando nos invade la presencia divina, es uno de los mejores analgésicos existentes para contrarrestar los dolorosos trances por los que puede transcurrir nuestra vida.  Cuando la santidad se siente en las venas, por haber entrado en contacto con lo sagrado, una plenitud feliz invade al afortunado que consiguió probar las mieles del cielo.  A partir de ahí, si la suerte se repite, tendremos a una persona adicta a las drogas sagradas, adicta a los regalos de los dioses.

Los contrastes que experimenta nuestro bienestar influyen de forma muy importante en nuestra vida.  La espiritualidad puede proporcionar tan importantes aportaciones a nuestra felicidad que es muy fácil convertimos en adictos a una vía espiritual si estamos viviendo en ella gozosas experiencias.  Está demostrado que nuestro cerebro sintetiza drogas en nuestros momentos más felices, como por ejemplo durante un orgasmo, de ahí que la mayoría seamos adictos al sexo.  Las endorfinas, opiáceos generados por nuestra glándula pituitaria, nos emborrachan de bienestar cuando la felicidad nos envuelve.  Las diferentes experiencias de lo divino nos pueden embriagar de dicha y engancharnos, son unas de las drogas más fuertes que puede disfrutar o padecer ―según se mire― el ser humano.

La drogadicción espiritual, como la sexual, no tiene contraindicaciones biológicas; es provocada por drogas que genera nuestro organismo de forma natural, no afecta a nuestra salud sino es para mejorarla.  Sin embargo, como cuando se usan tóxicos, dependiendo de la dosis, existen peligros para nuestra salud o nuestra vida, en este caso peligros psíquicos.  La drogadicción sexual puede convertirse en grave obsesión e impulsar a cometer locuras, y con la drogadicción espiritual puede suceder lo mismo.  Si se llega a un elevado estado de embriaguez frecuentemente, el borracho de dios puede actuar con un notable descontrol y caer en un irracional fanatismo; puede convertirse en un defensor a ultranza de la fuente proveedora de la droga mística, del cártel al que pertenezca; grupo de fanáticos que puede entrar en guerra contra otros cárteles que, como mafias de lo sagrado, quieren imponer por la fuerza su especial polvo blanco en el mercado espiritual.

Las diferencias más notables entre la adicción sexual y la espiritual se basan en el culto, en un caso es una adoración material y en el otro se trata de un culto espiritual.  La desinhibición sexual de nuestra civilización propicia un exceso de fluidos eróticos en muchas personas, que pueden acabar convertidas en fanáticas defensoras del placer sexual, en adoradoras del cuerpo.  El culto al cuerpo está muy extendido hoy en día entre la población occidental.  Sin embargo, el exceso de las bebidas celestiales, propicia el culto al espíritu, a los espíritus o a las deidades, y muy a menudo el menosprecio de la vida.  Recordemos el típico rechazo del cuerpo como algo pecaminoso, los suicidios colectivos ―que estudiaremos más adelante― y las guerras santas, que no cesamos de citar, repletas de kamikazes suicidas.

Cuando las endorfinas las genera el sexo, creemos que los goces provienen de nuestro cuerpo o del cuerpo de la pareja que copula con nosotros.  La felicidad sexual es un goce corporal que puede prescindir de lo espiritual.  Sin embargo, los placeres espirituales parecen no provenir del mundo físico, aunque la drogadicción suceda en el cuerpo.  Y al no tener limitaciones físicas la sensación de su procedencia, los goces espirituales cubren un abanico de matices y de calidades tan amplio que nos va a resultar muy difícil llegar a alcanzar una idea aproximada de todos ellos.  Los diferentes elixires que pueden producirse en cada individuo sumido en el seno de diferentes atmósferas sagradas son infinitos.  Cada gurú, cada ritual, cada secta o cada religión, produce un tipo de elixir sagrado particular en cada individuo, como si de innumerables tipos de drogas se tratara, provocando una gran cantidad de tipos de adicciones.

Las propiedades analgésicas y relajantes de las drogas generadas por nuestro organismo en las vivencias espirituales son indudables.  Los mártires sin ellas nunca hubieran podido permanecer impasibles, e incluso felices, en las torturas que les tocó vivir; la sedante paz espiritual no falta en cualquier atmósfera sagrada.  Incluso todo parece indicar que también somos capaces de generar alucinógenos en los trances místicos, pues la percepción sufre muy a menudo notables cambios cuando respiramos densas atmósferas sagradas, tan notables como que cada uno de nuestros cinco sentidos físicos puede empezar a percibir “alucinaciones”, como ya vimos en el capítulo sobre las percepciones extrasensoriales.

Exceptuando las conexiones con dimensiones del mas allá infernales (pesadillas de todo drogodependiente) y las terroríficas visiones apocalípticas, los contactos con las glorias celestiales siempre son contactos felices, gozosos, llenos de dicha.  El alucinado que alcanza la realidad virtual espiritual en la que cree, el sueño esotérico que le ha tocado en suerte soñar, puede percibir gloriosas visiones celestiales que le llenarán de felicidad; también puede oír otros dulces sonidos diferentes a los escuchados con nuestros oídos ―como ya dijimos en el capítulo sobre la música y la danza―; también puede oler el perfume de los ángeles, y creer que lo está oliendo con sus narices, sin haber olor alguno en el ambiente que le rodea; y gustar las mieles del maná celestial, sentir en su boca una dulce sensación, sin estar gustando pastel alguno; así como también puede sentir sensaciones en su cuerpo venidas de otro mundo, caricias divinas de sublime amor.

Entre las más notables diferencias que la drogadicción por endorfinas tiene con la generada por sustancias preparadas, tenemos en primer lugar que todavía no hemos sido capaces de fabricarlas, son drogas que no se pueden ingerir ni inyectar en la sangre, las produce nuestro organismo; y, en segundo lugar, todavía nadie ha conseguido controlar su elaboración en nuestro cuerpo.  Drogas que no se pueden comprar, y no hay forma alguna ―todavía― de asegurarse su abastecimiento de por vida.  Por lo tanto, conviene dejar bien claro que toda persona enganchada a este tipo de adicción tiene asegurado padecer, tarde o temprano, el síndrome de abstinencia, pues no hay forma de asegurarse su abastecimiento de por vida.

Las investigaciones farmacéuticas, a pesar de no cesar en su empeño por sintetizar endorfinas, no lo han conseguido todavía.  Pero, aunque se consiguiera algún día, me temo que su dosificación y la elección del tipo de droga nunca serían tan adecuadas ni tan naturales como cuando se originan espontáneamente en cada persona.  Todo parece indicar que, en los casos en los que no se alcanza la borrachera, el cerebro de cada individuo genera su propia droga, la adecuada para su organismo, y habitualmente en la cantidad justa para aumentar notablemente su grado de bienestar, y sin contraindicaciones biológicas.

Quien prueba asiduamente las drogas de los cielos se convierte en un drogadicto de la armonía feliz, muy difícil de sustituir con cualquier otro tipo de inyección en nuestro cuerpo.  Por ello, el drogadicto de dios, se convierte en un buscador incansable de los camellos venidos de arriba con la mercancía sagrada alucinógena, y no cesará de buscar a los repartidores de la experiencia mística, a los maestros de los rituales sagrados y de las creencias que harán segregar de su cerebro las sustancias de la felicidad.  Multitud de mediadores aseguran repartir el sagrado polvo blanco de los cielos a diestro y a siniestro, charlatanes en muchos casos que ofrecen lo sagrado mezclado con venenos, sustancias divinas adulteradas con credos enfermizos, toxinas para el alma, creencias de infelicidad.

Probablemente sean los grandes gurús orientales en la actualidad los mejores proveedores de experiencias divinas, son capaces de sintetizar atmósferas sagradas de una pureza extraordinaria y de hacernos segregar como nadie endorfinas de felicidad.  Lástima que vayan acompañadas habitualmente de tóxicos para la mente, de creencias extrañas e irracionales, del gran fraude espiritual.

Conseguir que nuestro cerebro sintetice en su estado puro la droga que es capaz de generar la divinidad del hombre, es un empeño todavía no logrado, pues siempre suele ir acompañada de sustancias intelectuales dañinas para la salud mental.  Algo semejante a lo que sucede con la pura droga que es capaz de generar nuestra sexualidad, delicia de placer tan a menudo intoxicada por anormalidades psicológicas.

Uno de mis empeños de estos últimos años de mi vida consiste en intentar generar por mí mismo, en mi organismo, en mi cerebro, las drogas espirituales de la felicidad, sin camellos ni traficantes ni intermediarios que tan caro nos las hacen pagar; es decir, sin dioses ni gurús, sin ningún mediador que especule con lo que es nuestro.  Y sobre todo sin sus doctrinas o creencias impuestas.  Si nosotros creamos a los dioses, y los dioses nos proporcionan las drogas celestiales de la felicidad, resulta evidente que nosotros somos los únicos que deberíamos de tener el control sobre estas drogas.  Las drogas divinas las genera nuestra propia divinidad, nuestro propio organismo, nosotros.

Más cuando somos creyentes no lo sentimos así, creemos que la felicidad nos viene del cielo, convencidos por la fe.  Una sola vez que hayamos probado los elixires de la divinidad a través de la fe, puede ser suficiente para continuar buscándolos de por vida por los territorios virtuales espirituales.

Y si se ha vivido durante tiempo borracho de elixires, cuando estos desaparecen, uno puede convertiste en un consumidor de todo tipo de adulteraciones espirituales, padeciendo una penosa situación semejante a la que padece el drogodependiente típico, consumidor de tóxicos perniciosos para su salud por no poder adquirir la droga pura.

Pues conviene saber que la gracia de dios sobreviene muy a menudo como por arte de magia, y desaparece también como por arte de magia.  Cuando perseguimos los goces divinos de los dioses, conviene no olvidar que no tenemos garantizado su abastecimiento.  En toda búsqueda de dios hemos de tener presente que podemos llegar a encontrarlo con la misma facilidad que podemos llegar a perderlo.  La experiencia divina es una de las más escurridizas que puede sentir el ser humano.

Si estudiamos las vidas de los santos, observaremos las fluctuaciones del fluir divino en sus vidas y todo lo que sufrían cuando padecían el mono de la ausencia divina.

Aunque yo no soy un santo, en mi vida he sufrido muy a menudo el síndrome de abstinencia, así como también lo he visto padecer a otras personas compañeras de camino.  No sé como será el mono provocado por la ausencia de continuar inyectándose droga en el caso del drogadicto de tóxicos, pero no creo que sea muy diferente.  Cuando viví la pérdida del amor de Cristo, allá por la juventud, padecí un mono desesperante.  Y durante el resto de los años de mi vida, en mi recorrido por las sectas, esta situación se ha ido repitiendo con sorprendente asiduidad.  Había temporadas que conseguía beber a raudales los elixires sagrados, seguidas de otras temporadas de desasosegada y dolorosa abstinencia.  Y en la actualidad, habiéndome negado a seguir tomando toxinas intelectuales ―dogmas de fe ya inaceptables para mi inteligencia― apenas soy capaz de conseguir generar las drogas de la felicidad espiritual.  Y he de reconocer que la alegría y la paz interior se han reducido notablemente en mi vida, aunque no hasta extremos desesperantes.

Parece ser que el drogarse, de forma natural o antinatural, es típico del ser humano en su búsqueda de la felicidad.  Si yo nunca me decidí a ingerir sustancias fue porque mi débil organismo apenas aguantaba la ingestión de droga alguna si resentirse demasiado.  Pero las generadas por mi propio cerebro no me provocaban daños físicos, e incluso me sentaban bien, así que me convertí en un en un adicto a ellas, experto en encontrarlas en densas atmósferas sagradas.

Hoy puedo dar gracias que a mi cerebro no le dio por generar intensamente alucinógenos, a pesar de haber estado inmerso en densas atmósferas sagradas que sumían en profundos trances alucinatorios a otras personas, porque entonces sí que hubiera tenido problemas más serios.  No voy a negar que he tenido sueños esotéricos en suaves trances meditativos, pero siendo consciente en la mayoría de los casos de que eran sueños.  Algo que no siempre resulta fácil, porque todo creyente tiene cierta predisposición a creer que son verdad.

Podemos dudar de todo lo que vivimos por los caminos espirituales, de lo que creemos por fe aunque no lo veamos, de los paraísos, de los infiernos, de los dioses y de los demonios; pero cuando nos convertimos en videntes y “vemos” las realidades virtuales espirituales, cuesta mucho creer que no son verdad.  Las creencias se han forjado de esta manera, así creamos a los dioses, en borracheras alucinatorias; y creímos que el sagrado vino nos lo daban ellos, los dioses, cuando en realidad se genera en nuestras propias glándulas.  Las bodegas de los divinos vinos están en nosotros, en nuestro cuerpo, por mucho que las creamos ubicadas en los cielos y que los dioses tienen sus llaves.

Es esencial comprender el fenómeno de la drogadicción mística para entender como se crearon las realidades virtuales espirituales y a los personajes que las pueblan.  Las impresiones extrasensoriales son muy fuertes bajo los efectos de las drogas, (todo drogadicto de alucinógenos sabe lo intensas que pueden llegar a ser las sensaciones o las alucinaciones).  Y si se repiten una y otra vez las mismas sensaciones o la misma videncia, el místico acaba creyendo que su estado proviene de la aparición virtual, creencia que le permitirá de ahora en adelante emborracharse con sólo invocarla mediante algún ritual que le evoque la experiencia extrasensorial.

Ahora podemos comprender mejor porqué las creencias se defienden con tanto ahínco, pues de la fe depende el suministro de las drogas místicas.  En nuestra mente colectiva debe de estar tan grabado que las poderosas drogas de la felicidad nos llegan del cielo, que, cuando dejamos de creer en dios, lo tenemos muy crudo para acceder a ellas.  No parece haber otra forma de conseguirlas con frecuencia que a través de la fe.  Se echan en falta cuando se decide dar el paso del agnosticismo o del ateísmo, a pesar de las adulteraciones de insanas creencias que contienen, y de lo aleatorio de su abastecimiento.  Sería un gran logro dar con la clave que nos permitiera sintetizar la poderosas drogas místicas sin tóxicos credos.

Pero todavía no lo hemos conseguido.  Una fría estadística actual nos mostraría que lo más frecuente es sentir esporádicamente las vivencias divinas con cierta moderación en el seno de la fe, sin grandes borracheras, en momentos que nos llenan de gozo y que desaparecen tarde o temprano, sin provocar fuertes drogadicciones.  Muchas personas se conforman con eso y aseguran que dios no da para más, que ellos están recibiendo lo máximo del cielo.  Pero si realizamos análisis comparativos en diferentes individuos borrachos de dios, entre aquellos que se drogaron más de lo habitual, observaremos que la divinidad da para mucho más y de infinidad de formas diferentes.  Las drogas divinas que podemos generar nosotros mismos nos pueden otorgar multitud de estados felices.  En unos casos nos pueden dar más fortaleza, en otros más alegría, más paz, más belleza, etc.  Es una lástima que todavía no se conozca método espiritual alguno que nos ofrezca todos los beneficios que es capaz de darnos la nuestra divinidad.  Es obvio que hacen falta más investigadores al respecto, y, sobre todo, hace falta una auténtica revolución espiritual.

LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL

No creo equivocarme si me atrevo a afirmar que estamos comenzando a vivir, en Occidente, una revolución en nuestra dimensión espiritual semejante a las otras grandes revoluciones que cambiaron en pocas décadas nuestra sociedad.

La proliferación de sectas en los países libres occidentales, a pesar anunciarse a los cuatro vientos su peligrosidad, es una muestra del inconformismo de una gran parte del pueblo con los poderes religiosos oficiales o con el ateísmo que niega la existencia de todo lo sagrado.  Rebeldía popular que está creando una auténtica revolución en el mundo del espíritu.

Derrocar a los viejos poderes espirituales es uno de los principales fines de dicha sublevación.  Destronar a los tiranos dioses, que llevan milenios reinando en las almas de los hombres, es una meta revolucionaria que poco a poco se está consiguiendo.

Pero, como sucedió en otras de nuestras revoluciones, muchos de los dirigentes revolucionarios están cayendo en la tentación de apropiarse de los poderes usurpados, mientras que a sus seguidores los emborrachan con el vino encontrado en las bodegas de los todopoderosos, elixires divinos, drogas celestiales robadas a los dioses.

Muchos de estos revolucionarios del alma se están convirtiendo en los nuevos tiranos del espíritu, pues, aunque ahora apenas tiranicen a sus seguidores con el látigo del castigo divino, ejercen el control utilizando las drogas divinas, manteniendo enganchados a sus seguidores gracias al consumo de las mieles celestiales cosechadas en los infinitos campos del cielo, goces prohibidos para el pueblo desde hace miles de años.

Así hemos vivido durante años muchos de nosotros esta nueva revolución, borrachos de felicidad, enganchados a la droga diaria, sin vivir un auténtico despertar revolucionario.

El fin primordial de toda revolución no es el de suplantar a un tirano por otro, sino el de entregar el poder al pueblo, a cada individuo, tal y como lo estamos intentando hacer con la democracia en la dimensión de la política.  Pero para ello es necesario que las personas se crean que eso es posible.  Y si entregar al pueblo el poder político resultaba increíble hace unos siglos, mucho menos creíble resulta en la actualidad entregar al pueblo el poder religioso.  Sin embargo, ese es el propósito final de toda revolución.  Tarde o temprano serán usurpadas las riquezas a los todopoderosos dioses, y el pueblo podrá hacer uso de ellas, sin condiciones y sin necesidad de besarle los pies a nadie por ello.  Pero primero tendremos que comprender que la divinidad no es una exclusividad de los dioses, sino de todo ser humano.  Después podremos aceptar a los auténticos revolucionarios espirituales, capaces de robar la divinidad a los dioses y de entregársela al pueblo, a sus antiguos propietarios; pues, al fin y al cabo, fueron nuestros antepasados quienes se la dieron a los dioses.

Las revoluciones experimentadas en los niveles cultural, científico, industrial, político y sexual, siguieron en sus principios una pautas liberadoras con ciertas semejanzas a las que estamos viviendo en la actualidad en nuestra dimensión espiritual.  ¿Quién se iba a imaginar hace unos siglos que la sexualidad iba ser disfrutada libremente por cada individuo?  ¿O quién podía sospechar la abundancia y la libertad económica que hoy disfrutamos?  Los viejos temores que vaticinaban el fracaso de nuestras revoluciones hoy nos resultan hasta graciosos.  Nos podemos reír de aquellos vaticinios que nos pronosticaban que toda mujer liberada sexualmente se iba a convertir en una prostituta, al igual que pensábamos que liberar nuestro pensamiento político nos iba a mantener en una guerra constante con quienes no pensaban igual, o que la revolución industrial nos iba a convertir en robots de una sociedad dominada por la tecnología.  Ninguno de aquellos oscuros pronósticos se ha llegado a cumplir, y es de esperar que tampoco se cumplan ninguno de los oscuros pronósticos vaticinados por los detractores de esta nueva revolución humana.  Aunque, bien es cierto, que son de mayor magnitud las oscuras amenazas pronosticadas en la dimensión del espíritu que las que se pronosticaron en las otras revoluciones; pues tengamos en cuenta que no se tratan de amenazas humanas, sino de amenazas divinas cargadas de pronósticos infernales, castigos apocalípticos que caerán sobre los sacrílegos revolucionarios y sobre todo aquel que se atreva a seguirlos.

Para que toda revolución progrese es necesario que los ejércitos de revolucionarios superen el miedo a caer en combate.  Ahora bien, en esta revolución espiritual no se trata de superar el miedo a perder el cuerpo, sino superar el miedo a perder el alma, cuestión que nos puede llegar a aterrorizar mucho más de lo que pensamos.  De ahí que, probablemente, necesitemos de más tiempo que el que hemos necesitado para concluir las otras revoluciones.  Y no sólo por los temores que hemos de superar, sino por la enorme envergadura del cambio, pues recordemos que las propiedades divinas, que se pretenderán sean asumidas en un futuro por los individuos, son de carácter infinito, y las personas estamos más acostumbradas a asumir nuestras propias limitaciones que a reconocernos seres de facultades ilimitadas.

Más el desánimo nunca hace presa en los revolucionarios.  Hace unas pocas décadas, el disfrute de la actividad sexual era algo prohibitivo, un vicio pecaminoso e insano, una perniciosa adicción y a la vez un placer reservado a unos pocos afortunados; hoy, el disfrute de la sexualidad, es una saludable virtud, y la adicción al placer sexual se considera como algo natural.  La mayoría de los individuos la consideramos algo propio que podemos utilizar libremente.

Es de esperar que pronto nos suceda lo mismo con nuestra dimensión divina.  En mi opinión, la liberación de la espiritualidad sigue unas pautas semejantes a la liberación sexual: Hoy se considera una perniciosa adicción las asiduas prácticas o rituales destinados a gozar de las dichas espirituales fuera de los contextos tradicionales.  Los perjuicios en torno a las novedades sectarias propician que muchas personas rechacen las nuevas revoluciones espirituales y no lleguen a conocer sus delicias.  Como sucedió con el sexo, los miedos y los tabúes nos impiden disfrutar de una importante dimensión humana.

Tampoco vamos a olvidar los errores propios que habitualmente se cometen en los inicios de toda revolución, pues al igual que sucedió en los primeros tiempos de las libertades sexuales, la libertad espiritual de nuestros días contiene las típicas torpezas de los principios de una liberación prácticamente recién nacida.  La libertad religiosa ha propiciado la liberación del consumo de diferentes métodos de estimular nuestra espiritualidad.  Pero, como sucedió con el sexo, su consumo se realiza como una ciega drogadicción, atendiendo a los primarios instintos de búsqueda de la felicidad, rompiendo los tabúes a golpe de vivencias, caminando en ocasiones a ciegas, adoptando nuevas ideologías aperturistas pasionales contrarias a las creencias tradicionales; más por estimular una revolución incipiente contra los poderes espirituales establecidos que porque realmente sean unas ideologías equilibradas del alma.

Estas nuevas ideologías espirituales suelen pecar de fanatismos semejantes a los que padecen las antiguas creencias.  Todas compiten entre sí para intentar llevarse el premio de la razón que apoye su nueva forma de ser feliz.  Mas las explicaciones de los divinos hechos, que se experimentan en su seno, se continúan obteniendo a través de códigos de fe, sin apenas lógica alguna, donde la razón brilla por su ausencia.

CON O SIN RAZÓN

Uno de los impulsos que más estimulan el crecimiento de nuestros conocimientos es el de la curiosidad por encontrar explicación a todo lo que nos sucede y a todo lo que nos rodea.  Nuestro entendimiento ha ido creciendo a golpe de ir comprendiendo poco a poco lo que nos resultaba incomprensible.  La evolución de las ciencias es el más claro ejemplo de este crecimiento, su ámbito de estudio no cesa de crecer tanto en cantidad como en calidad.  Pero aun existen grandes terrenos inexplorados llenos de misterios, en especial en la dimensión espiritual del hombre.  La psicología es una de las ciencias que más se atreve a sumergirse en esas profundidades, sin encontrar en muchas ocasiones explicación a ciertos fenómenos del alma humana, aunque poco a poco va robándole terreno a los misterios.  Intromisión nunca bien vista por los creyentes, pues de siempre han estado convencidos de que la inteligencia humana nunca será capaz de entender los misterios divinos.

Tanto es así que al buscador de caminos espirituales se le suele aconsejar que deje en la cuneta su sabiduría si quiere llegar a alguna parte.  Los creyentes saben que para conseguir ciertas metas de elevada santidad es necesario sumergirse en la ignorancia más absoluta, pues nuestro entendimiento estorba más que otra cosa en nuestra ascensión a los cielos más elevados.  Una inteligencia formada para desenvolvernos en este mundo, sirve de muy poco para movernos por el otro.  Las leyes que rigen la materia no funcionan en las dimensiones espirituales.  Y nuestra sabiduría habitual se ha de volver ignorancia si deseamos llegar a conseguir el escondido conocimiento.  Es necesario vaciar de viejos programas y de viejos datos el ordenador de nuestra mente para que los nuevos ocupen su lugar.

Por todo ello, en la mayoría de las sectas, vías espirituales o religiones, se nos dice que en los mundos de dios el raciocinio nos sirve de muy poco, la lógica no funciona como habitualmente la conocemos, y la explicación más usual de los hechos divinos es: “misterio, hijo, misterio”.  Buscarles una explicación es un terrible pecado de soberbia.  La ignorancia siempre será una virtud indispensable para todo aquel que desee progresar en el conocimiento espiritual.  Si no abandonamos nuestra erudición, no dejaremos espacio para que la sabiduría divina deposite en nosotros las migajas del conocimiento sagrado que, como regalo de los dioses, podemos llegar a alcanzar.

Todo esto propicia que los intelectuales no seamos bien vistos en el mundo de las sectas.  Cuando uno está acostumbrado a ir de listo por la vida le resulta muy difícil ir de tonto aunque se lo proponga.  Cuanto mayor sea el saber que uno acumula, mayor esfuerzo habrá de realizar para vaciarse de él.  Esto lo saben los dirigentes sectarios, y por ello exigen más que a nadie al intelectual que se vacíe de su saber antes de enseñarle los conocimientos ocultos.  Para mí siempre resultó muy dura tal exigencia, y creo que nunca la  cumplí del todo.  Para conseguir mi empeño de aprender en las escuelas de lo oculto me convertí en un experto en poner cara de tonto.  En muy poco tiempo terminaba por convencer de que estaba listo para recibir las instrucciones, mi aspecto de ignorante, unido a las ganas que tenía de aprender, convencía a los exigentes maestros.  Así fui acumulando conocimientos sin necesidad de tirar a la basura todo mi saber.  (También he de reconocer que hubo algunos instructores esotéricos a los que no pude engañar, y a los que abandoné, pues me exigían un duro proceso de desprogramación mental que yo no estaba dispuesto a seguir).

De todas formas, es hasta cierto punto comprensible que se pida el abandono del discurrir al principiante.  Hay que tener en cuenta que los valores espirituales de cada secta, vía espiritual o religión, son diferentes a los habituales.  Si recordamos lo expuesto en el capítulo de “La visión”, cuando comentábamos que la visión del mundo no nos la dan nuestros ojos sino nuestro cerebro, a través del programa cerebral de selección de preferencias, resulta obvio que para entrar en otro mundo sólo es necesario cambiar dicho programa, de esta forma tendremos otra visión del mundo, veremos otro mundo y, por lo tanto, será en el que vivamos.

Cambiar los códigos del programa cerebral no es nada fácil.  Y existe el tan cacareado riesgo de volverse loco, a causa del fuerte cambio intelectual o del exceso de dosis de droga mística que puede desequilíbranos psíquicamente.  Aunque no es frecuente que esto suceda, pues pocas personas pueden respirar grandes dosis de atmósfera sagrada; la mayoría las toman en pequeñas cantidades.

No se puede negar que cambiar los programas de selección de preferencias cerebrales produzca una crisis en el individuo, pero la drogadicción mística, en vez de empeorar la crisis de adaptación a las nuevas creencias, suele incluso ayudar a superarla.  (Algunos estudiantes toman drogas en época de exámenes para ayudarse a realizar el esfuerzo intelectual).  La paz y la armonía de toda atmósfera sagrada son ingredientes clave para concluir con éxito el delicado cambio intelectual.  La drogadicción mística, si se lleva a cabo con cuidada dosificación, ayuda a asentar el nuevo cambio intelectual en vez de perturbarlo.  Este es un proceso que las sectas llevan miles de años experimentando con un alto porcentaje de éxito.

Existe un miedo exagerado a volverse loco.  El cambio de los programas cerebrales se suele hacer de forma muy estudiada por las escuelas de lo espiritual, y nuestra resistencia a la locura es mayor de lo que habitualmente se cree.  El tipo de locura que se le suele achacar al sectario viene más determinado porque sus hábitos no son los habituales de nuestra sociedad que por un desequilibrio de su mente diferente al de una persona normal.  Al miembro de las sectas típico se le llama loco porque sus locuras no son las mismas que las aceptadas socialmente, pero no porque esté más loco que los que estamos fuera de las sectas.

Cierto es que el cambio del programa de selección de preferencias humano es un proceso que necesita tiempo.  Realizarlo demasiado deprisa puede generar desequilibrios psíquicos.  Por ello las sectas suelen dar “tiempo” a los adeptos para que vayan digiriendo los cambios.  Tengamos en cuenta que las creencias espirituales están muy arraigadas en nuestra mente, son ancestrales creencias que pertenecen al inconsciente colectivo de la sociedad en la que hemos crecido.  Cambiarlas puede llevarnos años, aunque pensemos que no creemos mucho en ellas.

No existe un proceso de cambio típico, cada secta o cada religión, cuando capta nuevos adeptos los adiestra a su manera.  La experiencia religiosa suele ser un factor importante para el cambio de creencia, cuanto mayor sea el goce espiritual que vivan los nuevos seguidores, menor será el poder de convencimiento que habrán de usar los instructores o sacerdotes para seducir al primerizo.  Cuanto más elixires divinos droguen a los adeptos, más alegremente dejarán a un lado su inteligencia para afrontar el nuevo cambio en sus vidas.  Aunque, como venimos diciendo, si tomamos excesiva dosis de droga mística, la locura o el descontrol puede esperarnos a la vuelta de la esquina.

No es fácil delimitar las fronteras de la locura, sobre todo en los caminos espirituales.  Todos sabemos que un pequeño grado de “locuras” a nuestra vida le da cierto aliciente.  Y no por ello perdemos el entendimiento de forma absoluta, pues ―en mi opinión― la razón es algo tan esencial de la mente humana que es necesaria una gran locura para extirparla del todo.

El proceso del cambio del programa cerebral de selección de preferencias se realiza en un tiempo determinado, y, mientras dura ese proceso, la lógica puede llegar a no funcionar con normalidad, la razón suele entrar en crisis, y nuestra capacidad de discurrir puede permanecer mermada hasta que el nuevo programa cerebral se asiente definitivamente en nuestras neuronas.  Después de que esto se haya completado, nuestra inteligencia, con un nuevo programa de preferencias, volverá funcionar como lo hacía antes, o incluso mejor si el cambio fue positivo.  Pues no vamos a negar que en el sistema cultural occidental existen conceptos religiosos dignos de ser eliminados de los individuos.

Los insistentes consejos que dan en el seno de las sectas para que abandonemos los patrones de lo aprendido, en realidad, la mayoría de las veces, no van destinados a fomentar nuestra ignorancia ni a mermar nuestra capacidad de raciocinio, sino a invitarnos a cambiar las preferencias de nuestra vida.

Sin embargo, esto puede no presentarse tal y como es.  La lógica puede llegar a ser desprestigiada brutalmente, y considerarse nuestra capacidad de raciocinio poco más que un estorbo para la evolución espiritual; lo que es un tremendo contrasentido.  Pues si al principio se le aconseja insistentemente al adepto principiante que abandone toda lógica, después se le incitará para que vuelva a usarla, pero utilizando los valores que ya habrá aprendido de cada secta en particular.

Las realidades virtuales espirituales no son otra cosa que sistemas lógicos donde las entidades divinas, las fuerzas celestiales y nuestras almas, desarrollan sus actividades.  Son explicaciones virtuales a lo que todavía no sabemos explicarnos de otra manera.  En los universos celestiales todo funciona con lógica, divina, pero lógica al fin y al cabo.  Lo que no tiene explicación se explica por decreto divino.  En estos teatros particulares, de cada religión o secta, se enseña que las razones de dios están muy por encima del razonar del hombre.  Pero el razonar, ya sea divino o humano, nunca se abandona a pesar de que al estudiante se le aconseje no utilizar el raciocinio.  Cuando se desconocen las razones de las actuaciones divinas, se apela a nuestra ignorancia para hacernos reconocer nuestra incapacidad para descubrir las razones que dios tiene para actuar como actúa.  Pero la razón, ya sea conocida o desconocida, siempre reina en los teatros de lo divino.  Por ello, cuando nos aconsejen abandonarla, hemos de recordar que lo único que pretenden es que abandonemos nuestras razones para imponernos las suyas.  (Dejando bien claro que al decir esto no pretendo dar la razón a nadie en particular).

Una persona que se haya sumergido en diversas creencias espirituales y haya obtenido experiencias religiosas en cada una de ellas ―tal y como es mi caso―, si hace uso de su razón, no podrá dar la razón en particular a ninguna de las creencias en las que depositó su fe durante su vida; sin embargo, reconocerá que cada una de ellas tiene sus razones para sustentar sus creencias, y que resulta necesario reconocer esas razones para obtener los resultados prácticos que otorga la experiencia de lo sagrado, para conseguir la drogadicción mística particular que proporciona cada creencia y cada ritual.

Es decir, un análisis como el que estamos realizando en este libro, donde intentamos que la razón se imponga a base del discurrir del entendimiento, basándonos en todos los conocimientos que poseemos sobre diversos caminos espirituales, es una forma de razonar inteligente para quien desee obtener un conocimiento intelectual general de estos temas; sin embargo, no es una sabia forma de razonar si deseamos obtener el conocimiento de dios, ya que dios solamente se revela (hasta ahora) a través de las realidades virtuales espirituales, sistemas lógicos de valores esotéricos ―contradictorios entre sí la mayoría de las veces― donde extrañas razones a la lógica, de un conocimiento general intelectual, permiten obtener la vivencia de lo divino.

Mis conocimientos sobre las sectas o religiones no me han permitido hasta ahora alcanzar lo divino sin pasar por las condiciones que cada una de ellas imponen.  (Es de esperar que la revolución espiritual nos permita conseguirlo).  En el capítulo sobre los “intentos unificadores” hablamos de que, por los caminos espirituales, se comentaba que en un futuro se impondrá una religión universal consensuada entre las ya existentes, pero también observamos que si ponemos sobre la mesa todas las condiciones que cada religión o vía espiritual exige para llegar a su dios particular, con la esperanza de que se trate de un dios único, veremos que no hay forma de conseguir vislumbrar un camino consensuado, más aún, si encontramos alguno en el que coinciden varias formas de fe, observaremos con asombro que unas nos aconsejan seguirlo en una dirección para encontrar a dios, mientras otras nos aconsejan que caminemos en dirección contraria.

No hay forma de poner de acuerdo a esos sistemas lógicos, porque cada uno de ellos posee una lógica aparte, un mundo virtual aparte, muy diferente a los demás.  Y, si hemos de ser fieles a los más elementales principios de la lógica, obtendremos la conclusión de que esos sistemas de lógica espiritual, vistos todos en conjunto, no guardan lógica alguna.  Cuando los estudiamos llegamos a conclusión de que son dioses y mundos inventados, escenarios virtuales donde cada creyente escenifica su papel, para al final de cada función recibir la satisfacción de la experiencia sagrada.  Da la sensación de que lo importante no es cómo esta hecha la realidad virtual de cada religión o secta, sino su capacidad para producir la experiencia sagrada.  Podríamos crear incesantemente mundos virtuales espirituales que nos permitieran obtener la vivencia de lo sagrado, pero siempre tendríamos que abandonar nuestros sistemas de valores conocidos y adoptar los suyos para conseguir vivir las fantásticas vivencias espirituales que proporciona la drogadicción mística.

Por mucho que los intelectuales reivindiquemos nuestro derecho a vivir lo sagrado, como cualquier otro ser humano menos aficionado a meterse en las profundidades mentales en que nosotros nos metemos, todavía no existe método alguno que nos acoja para hacernos llegar a la divinidad tal y como nosotros somos, partidarios de la razón, científica, si es posible.

RELIGIÓN O CIENCIA

Las razones científicas y las razones religiosas siempre han estado enfrentadas.  Si exceptuamos el tremendo esfuerzo que Santo Tomás de Aquino hizo ―allá por el siglo doce¯ por acercar a estas dos razones, bien podríamos decir que siempre estuvieron muy alejadas la una de la otra.  Son lógicas creadas sobre unas bases muy diferentes.  Mientras las ciencias se basan en las observaciones y en las deducciones lógicas obtenidas a través de nuestros cinco sentidos, las religiones se basan en las revelaciones recibidas a través de las percepciones extrasensoriales.

Como no cesamos de aclarar, es el programa de selección de preferencias de nuestro cerebro quien nos da una visión de una realidad u otra.  Nuestro entendimiento discurre por el sistema lógico que nuestro cerebro nos crea combinando las preferencias que hayamos elegido.  Podemos crear tantos sistemas lógicos y visiones del mundo, de la vida, de la realidad, como combinaciones de preferencias recibidas a través de nuestras percepciones seamos capaces de elaborar.

A pesar de que el hombre no ha dejado nunca de percibir a través de sus cinco sentidos, el tipo de visión que más ha primado en la Humanidad a lo largo de la Historia ha sido la visión religiosa.  La importancia de todo aquello que presumiblemente existe, aparte de lo que percibimos por los sentidos, ha superado con creces a lo que nos entra por los ojos o por los oídos.  Pero, en los últimos siglos de nuestra Historia, las ciencias le han ido comiendo el terreno a la visión religiosa.  La lógica científica, empírica, matemática, basada en las percepciones físicas, ha robado popularidad a las razones de fe religiosas.

Las causas de semejante cambio no son totalmente nuevas, tienen cierta semejanza con la pérdida de poder de algunas creencias a lo largo de la Historia.  En la antigüedad, cuando no se hizo uso de la fuerza bruta, muchos dioses, con sus sofisticadas realidades virtuales espirituales, desaparecieron por el simple hecho de que el pueblo los olvidó, porque las gentes se aburrieron de ellos, o porque sencillamente fueron suplantados, derrocados, por otros dioses más poderosos o más benefactores.

Yo me atrevería a asegurar que el éxito popular de la visión científica no ha sido propiciado por su elevado grado de realismo sobre las realidades espirituales, sino por su mayor capacidad para realizar milagros y para beneficiar con ellos al pueblo.

Los seres humanos no solemos elegir un tipo de visión de la vida u otro porque sea el más próximo a la verdad, sino por su grado de efectividad.  La mayoría no prestamos excesiva atención al rigor de los razonamientos, eso queda para los filósofos, nos suele dar igual que los razonamientos sean correctos o incorrectos, lo que realmente nos importa es que tengan resultados prácticos.  Y las ciencias nos han proporcionado milagros de tal magnitud que han superado en mucho a los milagros religiosos; y, como consecuencia de ello, el pensar científico va robándole terreno al pensar religioso.

Las ciencias nos dan una sensación de realismo superior que las religiones a muchos de nosotros por los fabulosos resultados prácticos que obtenemos de ellas; pero, en su esencia, contienen tantas preguntas sin responder como las religiones, o incluso más.  Los grandes misterios científicos son de un tamaño tan grande o más que los de las religiones; con la diferencia que los místicos acostumbran a enseñar los misterios divinos, mientras que las ciencias acostumbran a enseñar lo que han llegado a comprender y a descubrir, y suelen ocultar lo que desconocen.

Lo que más distingue a la realidad científica de la espiritual es su rigor matemático, pero ese rigor no es absoluto, no se extiende por toda la realidad de nuestro mundo, lo hace exclusivamente en ciertas áreas de estudio.  Cada una de las ciencias desarrolla su rigor científico a base de buscar relaciones matemáticas entre diversos materiales de dichas áreas.  Pero, fuera de esas áreas, el misterio rodea a la realidad científica.  La verdad científica es exacta solamente en su territorio, por lo tanto no es una verdad absoluta, es una verdad incompleta.  Su poder matemático reside en las científicas piezas ya descubiertas del gran puzzle de la existencia, pero las ciencias todavía no han rellenado muchos misteriosos huecos de piezas no encontradas.  Vacíos de misterio que muy a menudo bordean amenazantes los territorios científicos, islas descubiertas en un mar de misterios, grandes edificios con cimientos desconocidos.

La sólida materia, donde descansa nuestro mundo materialista, contiene multitud de matices ignorados para los científicos.  Los terrenos científicos seguros pertenecen a las piezas del gran puzzle de nuestra existencia que ha conseguido reunir cada ciencia, mas sus bordes tocan lo desconocido.  Y cuando nuevas piezas encontradas, por nuevos investigadores, continúan encajando en los ámbitos científicos y ensanchando su extensión, entonces aparecen nuevos bordes que continúan siendo un misterio.  De tal forma que cuanto más ampliamos la superficie del saber del polígono de una ciencia, más ensanchamos el perímetro de su ignorancia.

Una gran esperanza científica radica en conseguir que las piezas, que ha conseguido reunir cada ciencia, lleguen a tocarse; y aumenten tanto su perímetro de contacto con el resto de las ciencias que lleguen a unirse todas, se rellenen los huecos que todavía quedan vacíos, y nos muestren el mapa completo de toda la realidad (suponiendo que ese mapa fuera esférico).  Pero las ciencias guardan todavía grandes distancias entre sí.  Además de que, para intentar recomponer el puzzle de nuestra realidad, necesitaremos tener al menos una remota idea de la imagen que tenemos que recomponer.

Cuando compramos un puzzle, adquirimos, aparte de las piezas, la imagen que tendremos que recomponer con ellas.  Pero, para recomponer nuestra realidad, no tenemos ninguna imagen que nos dé una visión aproximada de lo que tenemos que componer.  Nos falta el mapa general.  Muy a menudo no sabemos dónde colocar las piezas que nos descubren los nuevos avances científicos.

En los comienzos de las ciencias, después de cada ¡eureka!, el entusiasmo cegaba a algunos científicos, suponían que lo descubierto era una importante pieza central del puzzle de nuestra realidad.  El paso de los años, y nuevos descubrimientos, iban relegando aquellos deslumbrantes hallazgos a pequeñas piezas del puzzle general.   Hoy en día, el científico es más cauto, y sospecha que el mapa completo de nuestra realidad es mucho más extenso y complejo de lo que antiguamente se pensaba.

Para que el cientificismo venza por completo a la religiosidad es necesario que encuentre el mapa general de nuestra realidad, algo que las religiones, o cualquier creencia esotérica, han proclamado conocer desde el confín de los tiempos.  El descaro de los místicos a la hora de explicar cómo se realizó la creación, y cómo se sustenta, no tiene límites.  En realidad, el descaro es de los dioses que así lo revelaron.  Existen tantos mitos de creación del mundo, del universo y del hombre, como creencias existen.  Cada dios creador nos dice que hizo todo de una manera y lo mantiene vivo a su manera, explicándonos su mapa particular de fuerzas esotéricas que sustentan nuestra realidad, por lo que tenemos tantos mapas de nuestra realidad como dioses creadores existen.

Contrario a lo que se pudiera pensar, las ciencias tampoco se han quedado cortas, a lo largo de la Historia, a la hora de esgrimir argumentos fundamentales sobre nuestra realidad tan gratuitos como los de las diferentes creencias.  En especial, en los inicios de las ciencias, diferentes mapas generales de nuestra realidad fueron defendidos, y más tarde se comprobó que no eran correctos.

Esta es una de las virtudes de las ciencias, su capacidad para corregir.  La palabra del científico no se parece en nada a la palabra de dios.  El científico reconoce que se puede equivocar, dios no.  La prepotencia divina, peculiar de los dioses, propicia que el creyente esté orgulloso de ellos; así como también propicia su ocaso, pues a medida que las ciencias van descubriendo la realidad, descubren a su vez la mentira y el engaño de los dioses.  Algo que siempre ha mantenido en pie de guerra a estos dos grades adversarios.

Durante muchos siglos las religiones dominaron sobre las ciencias, y, después, especialmente en el mundo occidental, fueron las ciencias quienes dominaron sobre las religiones.  Hace unos cuantos siglos ser científico podía suponer acabar en la hoguera, la investigación científica era un grave sacrilegio, el hombre no debía de atreverse estudiar la creación divina y poner en duda lo que dios había revelado a los hombres.   Mas tarde, las perseguidas ciencias alcanzaron el poder y arremetieron contra las religiones.  Su venganza fue terrible.  En muchos países, apoyadas por el ateísmo, las ciencias arrinconaron a las religiones a pequeños reductos del ser humano.  Negaron la existencia del dios que llevaba siglos reinando en nuestra civilización.  Borraron del mapa científico al  todopoderoso dios cristiano, creador de todas las cosas.  Científicamente, dios no aparecía por ningún lado, por lo tanto no existía.  En sus comienzos, las ciencias fueron estudiadas por una mayoría de individuos no creyentes que utilizaban a menudo sus descubrimientos para apoyar el ateísmo y atacar así a las religiones.  Se llegó a creer que la victoria sobre la religión fue total, pero no fue así.  Dieron por muerto a un enemigo al que todavía le quedaba mucha vida.  Las creencias espirituales se atrincheraron en lo más profundo del ser humano, allí donde las ciencias no llegaban.  Y hoy en día podemos observar como resurgen con fuerzas renovadas tanto en las religiones tradicionales como en las sectas.

Las ciencias celebraron demasiado a la ligera su victoria.  Tan a la ligera que como se descuiden un poco pueden volver a ser derrotadas.  La enorme proliferación de sectas y de creencias esotéricas en nuestra sociedad es señal de que nos espera una nueva ofensiva de creencias.  En mi opinión esto ha sido debido a que los argumentos que la ciencia utilizó para atacar a la religión eran muy poco científicos.  Estaban impulsados más por la venganza que por el riguroso minucioso estudio que debe de preceder a toda sentencia científica.  Por ello urge iniciar un minucioso y profundo estudio del fenómeno religioso, al estilo científico, si queremos ver reforzada la razonable sabiduría del hombre y evitar regresar al oscuro pasado de las ciegas creencias.  Nosotros lo estamos intentando en este libro.

Podemos aprovechar estos tiempos de pacifismo y de libertades en las sociedades occidentales, donde, por ahora, la convivencia pacífica entre estos dos grandes enemigos es prácticamente obligada.  Ya nadie puede cortarle la cabeza a nadie porque crea en la ciencia o en la religión, las disputas se llevan a cabo intelectualmente, como lo hacen los políticos, en debates, que aunque puedan ser virulentos, también pueden ser fructíferos.  El ateísmo científico ha llegado a reconocer que puede matar a dios, pero no puede matar la necesidad de divinidad que tiene el hombre; y las religiones reconocen que sus muchas verdades reveladas no son tan verdades.  Incluso la persona religiosa que quiere maravillarse de la sabiduría divina en los descubrimientos científicos puede hacerlo, y la persona no creyente que desee estudiar el fenómeno religioso sin ver a dios por ninguna parte, también puede hacerlo.  En nuestra sociedad occidental, las ciencias y las religiones conviven pacíficamente, aunque continúen siendo viejos oponentes y de vez en cuando se enseñen los dientes.

En los tiempos actuales, el pensamiento científico ya es patrimonio cultural del individuo medio, es parte de nuestra mente y de nuestra forma de pensar.  A todos se nos enseña en las escuelas el método científico. Y, por otro lado, el viejo impulso religioso continua vigente en muchas personas, al que hay que sumar las nuevas tendencias espirituales o esotéricas.  La religiosidad y la mentalidad científica han de convivir unidas queramos o no.  Incluso se sospecha que puedan llegar a integrarse en un abrazo tan furibundos enemigos.  Yo no oculto que albergo tal esperanza (en la ciencia ficción ya está sucediendo).  Por mucho que se pronostique su imposibilidad y peligrosidad, intentar evitarlo sería retrasar lo que tarde o temprano tiene que ocurrir.  La proliferación de sectas, en un mundo en el que reina el materialismo científico, es un síntoma de tal acercamiento.  Y, a un nivel individual, muchas personas ―en las que me incluyo― viven en su interior este viejo conflicto entre religión y ciencia.  Educado su intelecto para ser razonablemente científico, se han visto inmersas en una densa religiosidad, teniendo que soportar una dualidad en su interior tan en conflicto que muy a menudo han tenido que elegir a una tendencia y desechar la otra.

Las ciencias, con su tremenda capacidad para realizar portentos, no son capaces de llenar la dimensión espiritual humana.  Algo que es totalmente lógico, porque el sistema científico es materialista y todavía no alcanza al espíritu.  La psicología es la única ciencia que se atreve a inmiscuirse en las dimensiones espirituales.  Es éste un interesante punto de encuentro entre la ciencia y la espiritualidad.  Espero algún día cobre unas dimensiones mucho más importantes que las que ahora tiene.

Hasta ahora las ciencias no han sido capaces de saciar la sed de espiritualidad que muchos seres humanos sentimos.  Todos aquellos que hemos decidido saciar la sed de nuestra alma, y somos admiradores del rigor científico, hemos tenido que soportar la irracionalidad de los diferentes caminos espirituales, hemos tenido que creer a ciegas para conseguir un poco de agua celestial.  Muchas personas han decidido abandonar el rigor científico y sumergirse en la sin razón de las realidades virtuales espirituales, mientras otros, como en mi caso, continuamos negándonos a abandonar la lógica científica, a pesar de su incapacidad para hacernos felices, y así nos mantenemos en el viejo conflicto en la espera de algún día resolverlo.

Yo apuesto por la fusión de estos dos grandes sistemas de pensamiento, aunque nos lleve siglos; pues es algo que ya ha comenzado, las sectas tienen cantidad de adeptos con rigurosa educación científica, y aunque a menudo su ciencia sea derrotada por la creencia o viceversa, es inevitable que tarde o temprano se vayan fundiendo.  Este libro es un intento de aproximación entre ciencia y fe, de hacer razonable lo irrazonable, de reconciliar la fe con el intelecto, dentro de mis limitadas posibilidades intelectuales, naturalmente.  No me puedo considerar una eminencia intelectual cuando me he pasado media vida andando por caminos espirituales que me exigían dejar mi inteligencia en la cuneta.

No puedo disimular que sueño con que algún día encontremos un método científico que nos permita vivir nuestra divinidad.  Me resisto a aceptar la imposibilidad de vivir la esencia sagrada sin abandonar la inteligencia; aunque, hasta ahora, todo aquel que no abandona su razón y su lógica apenas vive lo sagrado en una excelsa plenitud religiosa.  Esperemos que una revolución espiritual consiga otorgarnos a los intelectuales la experiencia de lo divino sin necesidad de abandonar nuestra adicción a hacer discurrir nuestro entendimiento.

CIENCIA-FICCIÓN Y EXTRATERRESTRES

A pesar de que la fusión entre ciencia y religiosidad todavía no sea posible en la realidad, en el mundo de la fantasía ―donde todo es posible― las rigurosas ciencias pueden llegar a unirse con nuestras inquietudes espirituales.  En la ciencia-ficción podemos imaginar grandes ilusiones científicas, deseadas o temidas, a la vez que soñamos con grandes esperanzas espirituales.  Las obras de ciencia-ficción que alcanzaron un mayor éxito fueron las que mejor escenificaron nuestras inquietudes interiores.  En un principio fue el miedo a la tecnología, o al mal uso de ella, lo que llenó las páginas de las obras de ciencia-ficción; pero después fue ganando terreno la victoria de los valores humanos al mando de sofisticadas tecnologías de futuro.  La ilusión del poder del hombre sobre la máquina, del alma sobre la materia, y la subordinación de la tecnología al servicio de los más altos valores humanos, son sueños que nos permitimos hoy en día gozar en la ciencia-ficción.

Esta nueva cultura científico-espiritual ha venido a llenar el hueco, en la dimensión espiritual, en muchas de aquellas personas que abandonaron la religiosidad tradicional.  Gran parte del pueblo ya no mira los designios de los profetas para prever el futuro de la Humanidad, ahora es la ciencia-ficción quien muestra el destino del mundo en sus diferentes versiones sobre el futuro, innumerables hipótesis fantásticas basadas en probabilidades de acontecimientos científicos y espirituales.

La fantasía de la ciencia-ficción ha venido a sustituir en gran parte de la población a la fantasía religiosa.  El hombre moderno es un gran consumidor de ciencia-ficción, ya sea en la literatura o en la cinematografía.  El enorme progreso científico de las últimas décadas, y su gran influencia sobre nuestras vidas, ha conseguido que se mire a la ciencia como un importante motor de cambios futuros.  La inmovilidad de las tradicionales fuerzas religiosas, místicas o esotéricas, apenas puede competir con el imparable crecimiento tecnológico.  Esto puede dar a entender que se está imponiendo un brutal materialismo científico en la sociedad actual, pero, en mi opinión, nada más lejos de la realidad.  Aunque nos lleguemos a sentir muy modernos porque hemos dejado en la cuneta a las viejas religiones, y nos creamos muy alejados ya de ellas, en su esencia se están volviendo a recrear precisamente en ilusiones de ciencia-ficción.

Si en este estudio estamos llegando a la conclusión de que las realidades virtuales espirituales, donde se asientan las religiones, han sido creadas por nuestros impulsos internos; cuando abandonamos una vieja religión, sin ni siquiera haber reconocido los impulsos internos que la crearon, lo único que conseguiremos, con toda probabilidad, es volver a crear otra nueva muy parecida a la vieja.

Mientras no alcancemos un profundo conocimiento de nuestra totalidad, todo parece indicar que lo más desconocido de nuestro inconsciente continuará creando realidades virtuales espirituales.  El ateísmo científico que pareció iba a reinar en nuestro mundo no cesa de perder poder.  La mente humana es capaz de crear esperanzas espirituales aun partiendo de la fría realidad científica.  En las extensas lagunas de misterio de las ciencias, la mente espiritual es capaz de anidar e incubar geniales creaciones de realidades virtuales espirituales.

La mayoría de los dioses y de las religiones dieron respuestas a las grandes preguntas que siempre se ha hecho el ser humano.  La aparición de dioses creadores nos respondió a la pregunta de quién o qué hizo el mundo y el universo.  Pero cuando las teorías evolucionistas empezaron a demostrar que todo lo que nos rodea no fue creado por ninguna mano divina, la religiosidad tuvo que buscarse nuevos argumentos para seguir creyendo en la  función creadora de sus dioses.

Las ciencias no han cesado de minar la fe del creyente en los últimos siglos.  Pero el espíritu religioso es capaz de realizar portentosas creaciones aun en los ámbitos que le son más hostiles.  Si bien es cierto que las ciencias minaron con su rigor matemático la credibilidad en las viejas religiones, estas mismas ciencias han creado terrenos donde se están asentando grandes circos del ilusionismo religioso.

El sencillo cálculo de probabilidades astronómicas que nos muestra la gran cantidad de planetas semejante al nuestro, que puede haber en el universo, nos convence de que puede existir vida en otros planetas; en unos en un estado primario, y en otros en un estado evolutivo superior al nuestro.

Este sencillo cálculo le ha dado a nuestra mente religiosa una oportunidad extraordinaria para crear realidades virtuales espirituales.  Igual que dios se generó en el pensamiento de que es imposible que todo lo existente se haya hecho solo, estas nuevas creencias se justifican en el hecho de que es imposible que estemos solos en el universo.  Nuestra capacidad creadora de fantasías virtuales tiene ahora en el universo sobrados ingredientes para realizar sus creaciones.  Son millones y millones de mundos habitados los que puede haber en el universo.  Cualquier creación de un mundo virtual puede caber en tan amplias expectativas.  Toda forma extraterrestre puede resultar creíble, nuestra imaginación ha encontrado un filón sin fin, se pueden crear tantos mundos virtuales extraterrestres como se desee.

El fenómeno ovni, como toda realidad virtual espiritual, ha sido creado por nuestros impulsos más profundos.  Y cuando esas pulsaciones psicológicas o espirituales cambian, si no se sellan las creencias con férreos dogmas de fe, también cambiarán las características de la realidad virtual espiritual en la que se crea.  Después de la segunda guerra mundial, cuando el terror todavía imperaba en la mente de las gentes, los extraterrestres eran terroríficos; moldeados por ese impulso interno dominante, venían a invadirnos, a destruir nuestro mundo.  La visión de los extraterrestres era espantosa, tanto como el espanto que nos dejó en las venas la gran contienda bélica.  Pero cuando el miedo fue desapareciendo a lo largo de décadas de paz, también fue desapareciendo el miedo a los extraterrestres, que acabaron siendo tan feos como siempre pero mucho más bondadosos.  Incluso decididos a enseñarnos a evolucionar espiritualmente, profundo anhelo de nuestro espíritu, también escenificado en la realidad virtual espiritual ovni.

Resulta sorprendente que haya sido la ciencia, vieja enemiga de la religiosidad, quien haya plantado la semilla de la última gran religión universal en Occidente.

Los estudiosos del fenómeno religioso tienen una oportunidad extraordinaria en la actualidad, en pocos años pueden observar como de la nada surge una religión que se está extendiendo por toda nuestra civilización.  Es la realidad virtual espiritual más joven de nuestro tiempo.  Estudiándola podremos comprender cómo surgieron otras realidades virtuales espirituales que gobernaron en amplias zonas del mundo en otras épocas.  La realidad del fenómeno ovni es semejante a la realidad del demonio o de los ángeles, de los seres de la mitología griega o egipcia, de los entes del espiritismo o de los innumerables dioses de la magia negra.  Y para quienes duden que estamos estudiando un fenómeno religioso, baste observar la gran cantidad de puntos en común que el fenómeno ovni tiene con el resto de religiones.

Toda religión se considera el ombligo del mundo, y el creyente en ella la ve eterna y origen de todas las cosas; y en las creencias extraterrestres no iba a ser menos.  Sus seguidores consideran que las demás religiones no fueron sino desviaciones de la verdad extraterrestre:  Todos los fenómenos paranormales de las otras religiones no fueron sino provocados por extraterrestres, los ángeles son extraterrestres, la estrella de Belén fue una nave extraterrestre, el profeta Elías se fue de este mundo en una nave extraterrestre, todos los dioses mitológicos son extraterrestres, y los adornos de los antiguos sumos sacerdotes y de sus dioses no son otra cosa que sofisticados artilugios extraterrestres de tecnología muy avanzada, incluso los sofisticados trajes de los mayas no dejan lugar a dudas de que son trajes espaciales extraterrestres. Y así seguiríamos dando ejemplos de la enorme capacidad de absorción que cada nueva religión tiene para absorber a las demás, para demostrarse a su modo que el pasado histórico de la Humanidad fue originado en su realidad virtual, en este caso extraterrestre.

El fenómeno ovni ya se ha convertido en un fenómeno religioso de lo más normal.  Incluso su grado de desarrollo es ya tan elevado que ha empezado su proceso de división.  Sabemos que las realidades virtuales espirituales, con sus dioses y demonios incluidos, nacen, crecen, se reproducen y acaban muriendo.  Las creencias extraterrestres hace años que llegaron a ser adultas y ya han iniciado su proceso reproductor diversificándose en varias vías espirituales.  Los videntes cósmicos no cesan de descubrir nuevos mundos y nuevos personajes extraterrestres que se dignan a ofrecer sus consejos a los ignorantes humanos y a convencernos de su indispensable participación en la vida del universo.  Por lo tanto, no estamos hablando de una sola religión, son más bien una amalgama de religiones con una misma base.  Como sucede en el cristianismo o en el budismo, el fenómeno ovni es la base para multitud de creencias.  Bajo bandera extraterrestre existen multitud de religiones según el planeta con el que se mantienen contactos o el gran gurú extraterrestre que le ha tocado en suerte dirigir la vida de sus adeptos, infelices mortales terrestres.  Multitud de sectas se crean en torno a diferentes mundos extraterrestres, las enseñanzas de más allá de las estrellas pueden ser tan variadas como planetas con vidas más evolucionadas que la nuestra creamos que hay en el universo.  Y, como no tuvimos dificultad en comunicarnos con los cielos para crear las religiones, ahora tampoco tenemos ahora dificultad para comunicarnos con las más alejadas galaxias.

El fenómeno ovni se sustenta en los mismos fundamentos o percepciones paranormales que lo hacen las religiones.  La única diferencia notable que se puede observar es que muchas de las viejas religiones son creencias en hechos sucedidos en el pasado, y el fenómeno ovni es algo que está sucediendo ahora; pero, si observamos el origen de esas religiones, veremos que los hechos o vivencias que sucedieron en el pasado son muy semejantes a lo que está sucediendo en la actualidad en torno al fenómeno ovni.

Nuestros intelectuales ni siquiera son conscientes en muchos casos de lo que está sucediendo en torno al fenómeno ovni.  Nuestra ignorancia en torno a las pautas evolutivas del fenómeno religioso es enorme: siglos y siglos de culturas impuestas por intereses de religiones en el poder nos ha impedido ser objetivos a la hora estudiar aquello que lleva miles de años gobernando sobre nosotros.  Estamos indefensos ante las sorprendentes evoluciones de la mente humana, religiosa en este caso.

La fascinante novedad del tema extraterrestre ha atraído a multitud de personas, en especial a los jóvenes, sedientos de frescas creencias revolucionarias.  Pocos son conscientes de que esta nueva revolución cultural, supuestamente venida de las estrellas, no viene de más allá de nuestra propia mente.  Las señales y las pruebas de la existencia del fenómeno ovni, no son mayores que las pruebas y señales que en los cielos se observaron en el pasado venidas de otras realidades virtuales espirituales, de lo que nos quedó abundante constancia en las diferentes historias sagradas.  Los llamados avistamientos, no son diferentes a las apariciones divinas, de ángeles o de santos, o de la multitud de dioses o seres mitológicos; la única diferencia es que ahora se aparecen en platillos volantes.  Los contactos con las apariciones son tan viejos como el mundo.  Incluso las aducciones fue algo típico en aquellos santos que fueron elevados a los cielos para después ser traídos de regreso a la tierra.  Y no hablemos del morbo de los extraterrestres, cuando deciden copular con nuestras mujeres terrícolas; las copulas de seres celestiales o infernales con humanos también han sido siempre frecuentes en el pasado, y todavía se producen casos en nuestro tiempo.

Como podemos ver, del seno de la ciencia-ficción puede emerger modernas religiones muy semejantes a las antiguas.  Si no deseamos caer en la religiosidad y disfrutar de la ciencia-ficción, es necesario afinar el entendimiento para discernir cuándo estamos hablando de una religión o de una creación fantasiosa literaria.  La línea entre ambas es apenas imperceptible, podemos cruzarla sin darnos cuenta y meternos en una religión sin desearlo.

Para que esto no suceda primero es necesario comprender por qué la ciencia-ficción es terreno abonado para que de ella broten nuevas religiones.  La principal circunstancia que utiliza la mente humana para crear realidades virtuales espirituales es la creencia popular de que cierta fantasía pueda tener visos de realidad.  Cuando esto sucede en una cultura ya está plantada la principal semilla para que brote una realidad virtual espiritual.  Y, en nuestra cultura, la ciencia-ficción es una fantasía a la que muy a menudo se le atribuyen ciertos visos de realidad gracias a los ingredientes científicos que sazonan estas modernas creaciones literarias.  Las verdades científicas son utilizadas descaradamente para dar realismo a una ficción.  Para evitar que la mente humana siga creando realidades virtuales espirituales es necesario separar la ficción de la realidad, dos conceptos irreconciliables que siempre ha gustado mezclar a los creadores de fantasías literarias para dar una cierta categoría de realismo a sus obras.  Cualquier caprichosa mezcla de realidad con la ficción a un nivel popular conlleva el peligro de convertirse en una realidad virtual espiritual, en una creencia.

Y el concepto de ciencia-ficción ya nos anuncia descaradamente la unión de la realidad, científica en este caso, con la fantasía.  Algo que a poco que nos paremos a pensar es insostenible, imposible de conseguir; porque, si una obra literaria es de ficción, no puede ser científica; y, si es científica, no puede ser una fantasía.  La ciencia es todo lo opuesto a la fantasía, por lo tanto, una obra de ciencia-ficción es una pura fantasía; en la ciencia no cabe la ficción.  En cuanto la fantasía penetra en la ciencia, ésta deja de ser ciencia.  La justificación de llamar a estas creaciones literarias con un título tan contradictorio, supongo que vendrá porque muchas de ellas están basadas en las expectativas de futuro que nos pueden deparar las investigaciones científicas.  Pero aun así hemos de tener claro que siempre se tratará de ficciones de futuro.  Vamos a dejar a la ciencia en el lugar que le corresponde y a la fantasía donde ha estado siempre.  No es honesto utilizar la ciencia para dar seriedad a una obra de fantasía, ni para intentar dar realismo a las fantásticas realidades virtuales espirituales.

El hecho de que sea imposible una alta culturización popular científica, debido a tremendo esfuerzo intelectual que ello supondría a la mayoría de las gentes, propicia que la mayoría de las personas sean incapaces de distinguir la ciencia de la ficción.  Esto lo saben los dirigentes de las sectas, y lo aprovechan siempre que pueden.  No es infrecuente encontrarnos en sus folletos explicativos, o en sus discursos, aquellos argumentos científicos con los que pretenden reforzar sus doctrinas y darles cierto apoyo racional a sus  irracionales creencias.

Los científicos que se pasan media vida investigando, devanándose los sesos en los laboratorios, no salen de su asombro cuando, después de publicar sus últimos descubrimientos, al poco tiempo les llega la noticia de que su trabajo está siendo utilizado para reforzar ―sin justificación científica alguna― las más extrañas creencias esotéricas.

Esto no es jugar limpio, es otra de las facetas que puede adoptar el gran fraude espiritual.  Es una descarada forma de aprovecharse de la ignorancia científica del pueblo.  Es aconsejable desconfiar de los argumentos científicos con los que se pretende reforzar las creencias.  Cuando la ciencia entre en una creencia, está dejará de ser una doctrina, se convertirá en una ciencia conducida por científicos, y dejará de ser una fe encauzada por predicadores.

Resumiendo: cuando observemos que se intentan mezclar a las ciencias con las creencias, con los fenómenos esotéricos ―incluidos los ovnis―, o con cualquier tipo de ficción, es conveniente reconocer que ese tipo de mezclas no se pueden dar nunca, por lo que es recomendable desecharlas, o sencillamente considerarlas lo que son: fantasías, creaciones de nuestra mente fantástica.

Y al decir esto no quiero quitar importancia a capacidad de disfrutar de la fantasía que tenemos los seres humanos.  No hay por qué avergonzarse de fantasear, nuestra imaginación puede realizar creaciones extraordinarias, los misterios de nuestro mundo dan todavía para muchas fantasías; lo que es inadmisible es considerarlas reales o pretender convertirlas en ciencia.  Podemos incluso disfrutar de ellas, siempre sabiendo que se trata de ficciones.  Cuando hemos comprendido que nunca pueden unirse la ficción con la ciencia, podemos disfrutar de ambas sin graves equívocos.

Las fantasías nos permiten obtener vivencias imposibles de conseguir de otra manera.  La imaginación del hombre puede crear mundos fabulosos con los que podemos soñar, la ficción nos puede hacer gozar de dimensiones ocultas en nuestro interior; no veo por qué no podemos disfrutar de ello siempre que sepamos que se trata de una fantasía.  La gran mentira de las fantásticas realidades virtuales espirituales es que se presentan como reales, si los creyentes en ellas las viesen como fantasías de la mente humana no esconderían los graves peligros de fanatismo que esconden.  En toda fantasía se pueden mostrar el bien y el mal humano, los impulsos creadores y destructores del hombre.  En la ficción podemos observar nuestros impulsos más ancestrales e incluso vivirlos sin temor cuando somos conscientes que los estamos evocando utilizando la imaginación.

Los grandes éxitos literarios y cinematográficos de ciencia-ficción o de cualquier otro tipo de fantasía han sido aquellos que mejor nos mostraron nuestros grandes temores y esperanzas.  En este capítulo estamos denunciado el peligro y el engaño que en el mundo de las sectas podemos padecer respecto a la ciencia-ficción, y en especial respecto al fenómeno ovni.  Pero la mayoría de las personas sabemos que cuando estamos contemplando una película de ciencia-ficción estamos viendo una fantasía.  La mayoría de los espectadores de E.T. o de la Guerra de las galaxias sabíamos que se trataban de fantasías.  Aunque podamos observar a extraterrestres genialmente escenificados en la pantalla, no creemos que existan, sabemos que se trata de ficción.  Lo que no nos impide vivir los sentimientos que nos evocan, emociones que surgen de nuestras profundidades.

La trama principal de los grandes éxitos de ficción gira en torno a la lucha entre el bien y el mal que padecemos los humanos desde nuestros orígenes.  En toda realidad virtual espiritual también esta ancestral lucha se escenifica, con la diferencia de que los creyentes creen que los actores que la representan son reales.

Los millones de espectadores de la Guerra de las galaxias pudimos sentir vibrar nuestras propias pulsaciones internas, sin necesidad de creer que los personajes de la película eran reales.  La fantasía fue capaz de hacernos sentir a muchos de nosotros, miembros de una civilización tan fervorosa del todopoderoso dios, que éramos capaces de sentir como nuestro el poder de una fuerza divina sin dios alguno de por medio.  Pudimos soñar vencer al mal sin ayuda de ningún dios.  Fue un paso para empezar a asumir que la divinidad que proyectamos en los dioses es nuestra.  Aquella trilogía cinematográfica también nos enseñó que podríamos seguir el camino del reverso de la fuerza, y vivir en sintonía con un poderoso mal sin demonios de por medio.  Fue otro paso para empezar a asumir que el mal que proyectamos en los demonios también es nuestro.

Vamos a soñar despiertos, evocando el gozoso final de aquellas obras de fantasía en las que el mal vence al bien, mientras continuamos caminando en nuestro paseo por el interior de las sectas, penetrando poco a poco en nuestro lado oscuro.  ¡Que la fuerza nos acompañe!

LAS INICIACIONES

Sin riesgo a equivocarnos, podríamos decir que las iniciaciones son los rituales más importantes del mundo de las sectas.  En ellos se condensa lo más exquisito y poderoso de la atmósfera sagrada que los dirigentes, los grupos o las religiones, son capaces de generar.  Habitualmente provoca en el acólito un impacto emocional causado por algún tipo de percepción extrasensorial, aunque en muchos casos se llegan a realizar rituales de iniciación que son meros formalismos sin apenas vivencias extraordinarias.  Lo más habitual es que en tan importantes rituales se provoque la videncia gracias a la borrachera mística, y se inicie al discípulo en la maestría de contactar con las realidades virtuales espirituales ―en las que se crea― y en sus personajes.

Las iniciaciones son tan viejas como el mundo.  En las tribus son los rituales de iniciación los que marcan las diferencias entre sus miembros.  Es a través de un ritual cómo el niño se convierte en hombre, y cómo el hombre se convierte en cazador o en guerrero.  Hasta que nuestra civilización no separó el sexo y la violencia de lo sagrado, nuestros antiguos ―y en actuales tribus sin civilizar― incluían en sus iniciaciones religiosas tanto a la sexualidad como a la violencia, dos importantes pulsaciones en todo ser vivo, en las que los seres humanos podemos ser iniciados.  Aunque, si no tenemos maestros que nos inicien en esas lides, nosotros solitos nos iniciamos de todas maneras.  Nuestras primeras vivencias sexuales ―por ejemplo― marcan nuestras preferencias en la búsqueda del placer.  Y las iniciaciones espirituales marcan el futuro por donde vamos a caminar espiritualmente en la vida.  Esto nos puede dar una idea de la importancia de las iniciaciones en la vida espiritual del hombre.  Una fantasía sexual vivida en los inicios del despertar de la sexualidad, será una fantasía que nos proporcionará una intensa vivencia durante toda nuestra vida.  Y una fantasía espiritual, como puede ser sentir la presencia de un dios y su realidad virtual particular, vivida en los inicios del despertar de la conciencia a la divinidad, será una fantasía que nos proporcionará vivencias espirituales de por vida.

Para que nos hagamos una idea de la importancia de las iniciaciones y del elevado grado de adicción que generan, no tenemos nada más que observar nuestro grado de adicción al tipo de sexualidad en el que nos iniciamos en la adolescencia, y lo difícil que resulta cambiar ese costumbrismo por otro.

En nuestra civilización, con todo lo listos que somos, y a pesar de la importancia de este proceso adictivo, apenas se estudian las iniciaciones espirituales y sus consecuencias.  Conocemos la inmensa cantidad de fantasías sexuales que pueden vivir las personas, pero no tenemos ni idea de la inmensa cantidad de fantasías espirituales que vive y puede llegar a vivir el ser humano.  Sabemos casi todo sobre la iniciación de nuestra sexualidad, pero no sabemos apenas nada sobre la iniciación de nuestra divinidad.  Y esta ignorancia la llevamos pagando muy cara a lo largo de toda nuestra Historia.

La libertad religiosa no nos ha aportado progreso al respecto, las gentes se inician en las vivencias de la divinidad tal y como lo hemos hecho siempre, por dogmático decreto divino, sin permitir que la razón aporte la inteligencia necesaria para empezar a cambiar las cosas.

La proliferación de sectas en Occidente únicamente nos ha aportado una gran variedad de iniciaciones en las vivencias de la divinidad.  Es inmensa la diversidad de rituales que podemos llegar a conocer hoy en día, iniciaciones en la adicción de las fantasías esotéricas o sencillamente espirituales.  Cada secta, religión, gurú o chamán, tiene las suyas totalmente diferentes de las demás.  Incluso un mismo ritual de iniciación, como puede ser el bautismo, difiere tremendamente según sea tratado por una religión u otra, por una secta u otra.  Tan notable es la diversidad de iniciaciones existentes que muy a menudo se utilizan otros calificativos, para denominar los rituales iniciáticos, con la intención de diferenciarlos de los demás.  Sesión de apertura de la mente, tomar el conocimiento supremo, abrir los chacras, tomar los sacramentos, apertura del tercer ojo, recibir al espíritu santo, despertar de la conciencia…, son otras formas de llamar a las iniciaciones.

En la mayoría de los casos, cada iniciación da paso a un tiempo de experimentación posterior.  El discípulo deberá de ir desarrollando su espiritualidad con la herramienta que se le ha dado, o caminando en la nueva vía espiritual que se le ha abierto.  Y transcurrido ese tiempo, ya madurada la enseñanza esotérica, se suele dar paso a una nueva iniciación.

Existen iniciaciones que sólo se dan una sola vez en la vida.  Volvemos a poner de ejemplo al bautismo; aunque sabemos que podemos bautizarnos tantas veces como queramos con solamente cambiarnos de religión o secta cristiana, porque cada una de ellas anula los bautismos anteriores.

Hay vías espirituales que representan los pasos que se dan en las iniciaciones mediante cámaras.  A medida que el acólito avanza en su evolución espiritual, cada iniciación le hará pasar a una nueva cámara, y así progresará durante su vida, yendo de habitación en habitación, hasta llegar a las más recónditas profundidades donde se encuentran las cámaras más secretas de las enseñanzas esotéricas, donde se escenifican las realidades virtuales espirituales más profundas.  Habitaciones virtuales repletas de deidades y de fuerzas, envidia de los más sofisticados vídeo juegos informáticos, donde el estudiante deberá de vérselas con las representaciones del mal, aunque no le faltará para ello la ayuda de las representaciones de las fuerzas del bien.

Si la vía es afiliada al chamanismo, el aprendiz de brujo penetrará en los escenarios animistas ayudándose a menudo con alucinógenos.  Si la vía es afiliada al yoga, al estudiante se le darán las secretas técnicas yoguis que deberá de utilizar a lo largo de su vida para crecer interiormente.  Si se trata de una religión más basada en las creencias que en las vivencias, se recibirán las iniciaciones como supuestas gracias divinas que presumiblemente ayudaran en el caminar por la vida, aunque para creérselo haga falta tener bastante fe.

Los elegidos para ser iniciados pueden ser aquellos que les corresponde por la edad, por sus méritos, o, sencillamente, porque el iniciador ya las considera preparadas para alcanzar el estado propicio para recibir las buenas nuevas.

Porque hemos de tener en cuenta que para toda iniciación hacen falta la persona que vaya a ser iniciada y un iniciador.  Los iniciadores pueden ser los dirigentes de la secta, o aquellos a quienes ellos hayan designado como sus representantes; pueden ser los sacerdotes de la religión, o en muchos casos grandes mediadores ya muertos que desde el otro mundo tienen la bondad de arrimarse por aquí y derramar sus gracias sobre los pobres mortales.

El iniciador mortal no suele darse todo el mérito de las gracias derramadas en el ritual, casi siempre se presentará como gran benefactor de la iniciación al espíritu santo, al dios supremo o a la energía sagrada que se utilice.

Son tan importantes las iniciaciones en las vías espirituales que el conocimiento que enseñan se suele considerar absoluto, el regalo más exquisito de los dioses, “único”.  Por lo que, siguiendo con nuestro empeño en desmitificar exclusivismos, aconsejamos a todos los viandantes sectarios tomar iniciaciones en más de una vía espiritual.  No para acumular medallas, como hacen algunos, y acabar poseyendo un importante curriculum espiritual para después venderse al público, sino para realizar un interesante análisis comparativo entre diferentes iniciaciones.  Así se descubre que ese conocimiento iniciático, aunque se enseñe como definitivo y absoluto, es un conocimiento parcial e incompleto, que solamente suele asomarnos a una parte de nuestro interior, mostrarnos una cara de la divinidad o asomarnos a una de tantas realidades virtuales espirituales.

Creerse la exclusiva divinidad de las iniciaciones viene en unos casos apoyado por la tradición, y en otros, especialmente en las sectas, porque en los rituales de iniciación se consiguen atmósferas sagradas especialmente densas, lo que da una exclusiva credibilidad a las fantasías.  En mi opinión son los gurús orientales quienes, al ser expertos en manejar la atmósfera sagrada, más impacto causan en sus adeptos cuando los inician en sus especiales rituales de meditación o en cualquier otro ritual esotérico.

No voy a negar la importancia que en mi vida han tenido y siguen teniendo las iniciaciones que he recibido en mi caminar por el interior de las sectas.  Emocionalmente, algunas apenas me despertaron sentimientos especiales, sin embargo, otras me despertaron tanto amor que las lagrimas no cesaban de caer por mis mejillas.  Otras se me concedieron como dulces regalos en el caminar espiritual, y otras me fueron dadas como condecoraciones o títulos sin mas importancia.  Y respecto a aquellas que me hicieron percibir lo extrasensorial, nunca les presté gran interés, aunque las percepciones extrasensoriales me indujeran sueños esotéricos con cierto grado de realidad.  Si una divinidad se presentaba en mi mente, para derramar sobre mí sus gracias, lo disfrutaba; pero, como sabía que esas representaciones varían según las creencias, tarde o temprano la falta de fe terminaba por borrarme la gozosa imagen de la conciencia.

No voy a ocultar que ―como casi todos los caminantes sectarios― busqué en las iniciaciones tesoros preciosos, grandes descubrimientos espirituales, pues anhelaba que me enseñaran a andar por los cielos.  Hubo ocasiones que imploré alguna que otra iniciación que se me antojaba o intuía llena de gracia divina.

Aunque en estos últimos años de mi vida haya despachado a todos los dioses de mi conciencia, incluso al dios infinito, no puedo negar que continúo utilizando esporádicamente, cuando el cuerpo o el alma me lo pide, algunas de las técnicas o recursos iniciáticos que aprendí para potenciar la divinidad que todo ser humano puede vivir;  pero sin necesidad de creerme los dogmas que envuelven a toda iniciación.

Si hoy en día sabemos que la lluvia no nos la proporcionan los dioses, y la recibimos como quien oye llover, dando gracias porque debido a ella nuestras tierras puede llenarse de vida; realizando un tremendo esfuerzo por intentar dejar de ser prehistórico, permito que la gracia divina caiga sobre mí sin pensar en que sea un regalo de los dioses.  No sé de dónde viene, pero, no por ello voy a inventarme su procedencia, por muchas ganas que me vengan de imaginarme a una santa divinidad volcando su cuenco de gracias sobre mí.  Me siento agradecido por la calidad que la divinidad da a mi vida, pero hasta que no sepamos a ciencia cierta de dónde viene o cómo se genera en nosotros, me limitaré a disfrutarla.

Las iniciaciones que he recibido han marcado mis hábitos de vivir lo sagrado.  En cada iniciación se me concedió un rumbo a seguir hacia el bienestar interior.  Doy gracias por todas ellas a los iniciadores que me las dieron, porque cambiaron mi vida en un sentido positivo, me hicieron más feliz y me siguen proporcionando bienestar.  Ya su vez pido disculpas por no creerme casi nada de todo lo que sobre ellas me dijeron.  Las herramientas, aunque sagradas, para mí son solamente eso: herramientas.  Brújulas que siguiendo su dirección marcaron el rumbo de mi vida.

Las iniciaciones son unos de los más importantes indicadores del rumbo en los caminares espirituales, pero hay otros más.

LOS INDICADORES DEL RUMBO

El desprestigio que la razón tiene en la mayoría de los caminos espirituales no es impuesto exclusivamente por parte de las sectas o religiones.  El adepto principiante suele abandonar su capacidad de raciocinio sin oponer gran resistencia, no es necesario insistirle demasiado, ya que le supone un gran esfuerzo intelectual usar la lógica en el nuevo mundo en el que se ha metido, y no duda demasiado en abandonar su capacidad de raciocinio cuando se le aconseja que lo haga.  Poner la vida en manos de dios, o de su representante en la tierra, no lo vive el creyente como una peligrosa temeridad,  la mayoría de las veces se vive como si nos quitasen un peso de encima.  Se puede sentir un gran alivio cuando nos dicen que no somos responsables de nuestra vida, que no nos preocupemos de ella; los universos espirituales son tan infinitos que es absurdo para quien cree en ellos tomar la responsabilidad del rumbo de su existencia.

No se nos ha educado para dirigir el timón de nuestra vida por los insondables mares del espíritu, lo más corriente es que dejemos su control a las deidades o al gurú de turno, cuando no es el viento esotérico en el que creamos quien lleva el barco de nuestra vida donde se le antoja.  Navegamos por los mares del alma como hace milenos surcaban los mares nuestros antiguos, sin saber muy bien a dónde vamos.  Por esta razón son necesarios los indicadores del rumbo, las brújulas o los sextantes que nos digan a dónde vamos o dónde estamos.  Primarios instrumentos que nos indiquen si vamos bien o mal encaminados, si estamos en el camino correcto hacia el cielo o perdidos en limbos infernales.

Indicadores del rumbo a los que se les exige lo imposible, pues es muy fácil perder el norte en los mares del espíritu.  Algo hasta cierto punto lógico, porque ―que yo sepa― no existe norte alguno en los mares del alma.  El norte, el sur, el este y el oeste, lo ponen las creencias en sus particulares mapas de sus también particulares realidades virtuales espirituales.

Por lo tanto, como se podrá sospechar, existen muchos y muy variados indicadores del rumbo.  Unas sectas utilizan unos y otras otros.  Y, lo más sorprendente, en muchas ocasiones ―como el norte lo marcan las creencias― utilizan el mismo unas doctrinas u otras, pero en sentido contrario.  Como, por ejemplo, en el caso del bienestar general.

En unas sectas se proclama que cuando uno se siente feliz, porque aumentado su bienestar general, es entonces cuando va progresando en su evolución espiritual; su rumbo es el correcto.  Pensar así es totalmente lógico.  Es natural que como resultado de un proceso de cambio interior nos encontremos cada vez mejor, si dicho cambio es positivo.  Pero, como ya sabemos, la lógica deja mucho que desear en estos mundos ocultos, y es todavía más frecuente que nuestro bienestar sea interpretado en sentido contrario: es decir, que, si nos sentimos bien, es síntoma de que vamos por mal camino, y, cuando nos sentimos mal, es síntoma de que estamos en el camino correcto, de que evolucionamos de forma adecuada.  Según esta creencia, la crisis humana que se padece en todo proceso de cambio evolutivo espiritual, dolorosa metamorfosis necesaria, propicia que nuestro bienestar brille por su ausencia, y que un malestar general sea el mejor indicador para demostrarnos que estamos en plena crisis y, por lo tanto, en pleno proceso evolutivo positivo de transformación interna.  Cuando nos sentimos bien en nuestro caminar es porque nos hemos detenido en el camino y hemos interrumpido nuestro proceso de aprendizaje interno, hemos sido seducidos por las mieles de las drogas divinas y nos encontramos emborrachados de felicidad, drogados, y probablemente tirados en la cuneta del camino espiritual, como cualquier vagabundo, borrachos de dios.

Esto no es una broma.  Es más bien una creencia trampa en la que muchos seguidores de diferentes métodos de transformación interna están atrapados.  Hay muchas personas hechas polvo, destrozadas interiormente, padeciendo fuertes crisis constantemente, sin hacer absolutamente nada para remediarlo porque lo consideran algo positivo en la evolución de sus vidas.  Hasta cierto punto es normal que todo cambio interno produzca cierta crisis, pero éste es un proceso que tarde o temprano tiene que terminar, y del cual habremos de salir mejorados si ha sido realmente una crisis curativa; ahora bien, me atrevo a asegurar que la mayoría de esas crisis que sufren muchos sectarios no son producto de un cambio interno positivo, sino causadas por las imperfecciones de los diferentes métodos de crecimiento espiritual en los que están sumergidos.  La mayoría de las veces los creyentes no resurgen de ellas transformados en seres sumamente equilibrados y angelicales, es más frecuente observar cómo se mantienen en crisis de por vida, considerando este hecho algo positivo.  Y es que no nos podemos imaginar el poder de sugestión que podemos llegar a  padecer, hasta el punto de encontrarnos cada día peor y considerar que estamos mejor.

Este tema es tan grave y de tal importancia que volveremos sobre él en capítulos posteriores.

Ahora continuemos con nuestros indicadores del rumbo.  Todos nos dicen, a su manera, cómo vamos caminando, y algunos de ellos son tan buenos que nos pueden llegar a indicar hasta por dónde debemos de ir.  Este es el caso del “camino del corazón”.  Otra forma de dirigir nuestros pasos en virtuosa ignorancia intelectual que está alcanzando gran popularidad en los últimos tiempos.  Digamos que se trata de un sistema de orientación por los infinitos espacios del espíritu, sirve incluso para multitud de creencias, nos indica si vamos bien o no y qué dirección hemos de tomar.  Unos dicen que con sólo escuchar la voz del corazón ya es suficiente para dirigir nuestros pasos.  Yo he de reconocer que no conozco esa sabia voz (si es que existe).  La voz de mi corazón siempre la he sentido en forma de sentimientos, en ocasiones pasiones; y, al seguirlas, en unas ocasiones me ha ido bien, pero en otras me han deparado algún que otro disgusto.  A lo mejor es que mi corazón es un corazón traicionero.  Si así fuera, sería muy conveniente asegurarse, antes de seguir la voz del corazón, cual es el tipo de corazón tenemos.

Bromas aparte, quizás el mejor indicador para saber si estamos progresando en nuestra evolución espiritual, es sopesar de vez en cuando la cantidad de amor que tenemos en nuestra vida.  No es poco frecuente que el buscador del amoroso paraíso celestial se encuentre perdido en medio de un desierto sin una gota de amor que llevarse a la boca, o incluso rodeado de odio.  Este puede ser un claro síntoma de que hemos tomado un rumbo equivocado.  Aunque, como hemos dicho antes, hay quienes piensan que cuanto peor estemos y menos amor sintamos, es mucho mejor, pues con más fuerza lo buscaremos.  Y también es típico afirmar que, cuando se abrazan nuevas creencias, uno puede verse rodeado de odios por todas partes, al estilo de los mártires.

Yo me inclinaría por usar el indicador del amor en un sentido directamente proporcional a nuestra evolución, es uno de los indicadores más serios y de los menos utilizados en un sentido correcto, pues reconocer que no estamos evolucionando correctamente, o que caminamos hacia atrás, es muy duro, sobre todo cuando se ha tenido fe ciega durante muchos años en el método elegido.  El indicador del amor no engaña, pero hemos de ser muy sinceros a la hora de utilizarlo:  Sólo habremos de observar si el amor que vivimos en todo nuestro contorno ha crecido o ha disminuido, pero, repito: en todo lo que rodea nuestra vida, incluyendo a todas las personas y circunstancias.  Es muy típico creerse que uno crece en amor porque está viviendo un gran cariño con su nuevo dios o con los miembros de la secta en la que acaba de entrar, mientras su vivencia de amor decrece tremendamente en su entorno familiar, en su trabajo y en el resto de relaciones sociales.  Esto no es crecer en el amor, es lo contrario.

Otros creyentes, para observar cómo les van los cambios de su alma en el otro mundo, se fijan en los cambios más materiales que les están sucediendo en éste.  Este indicador del rumbo ha sido el más usado desde la antigüedad.  Los creyentes en él consideran que si su comportamiento agrada a su dios, éste les hará todo tipo de regalos, y el éxito estará presente en sus vidas; y si sus actos no agradan a dios, les castigará despiadadamente con la miseria.  Si su economía progresa adecuadamente, si tienen abundantes relaciones satisfactorias, si andan bien de salud, si tienen buen aspecto, etc., es que su progreso en el otro mundo marcha bien, tal y como se refleja en este.  Aunque volvemos a recordar que los hay quienes consideran lo contrario, quienes si les va bien en esta vida piensan que no les va a ir muy bien en la otra.  Pueden pensar que dios los ha abandonado porque ya no les pone pruebas, que no están expiando sus culpas al estilo del santo Job, o cosas parecidas.

Como podemos observar, la utilización de estos indicadores del rumbo puede ser manipulada a gusto del consumidor, o del vendedor.  Ya nos vaya bien o mal en la vida, puede ser interpretado como queramos o como nuestros consejeros espirituales quieran.  Si deseamos convencernos, o desean convencernos, de que hemos escogido el camino correcto, de que vivimos en la doctrina adecuada, o de que ya es hora de abandonar una vieja creencia, podemos hacer uso de estos indicadores del rumbo de una forma o de otra.  Son como brújulas de madera que nos pueden indicar la dirección que nosotros queramos o la dirección que desean que sigamos nuestros consejeros espirituales.

Es muy aconsejable no fiarse de estas falsas brújulas diseñadas para ser manipuladas, y hacer siempre lo que creamos más conveniente.  Y si no sabemos qué es lo que más nos conviene, entonces podemos hacer lo que nos dé la gana.  Esto puede parecer no muy adecuado en los caminos espirituales, pero ejercita nuestra libertad: importante facultad humana, muy olvidada por los diferentes métodos de trabajo espiritual, y muy necesaria para un desarrollo integral de nuestro crecimiento interior.

SECTAS DESTRUCTIVAS

No vamos a hablar en este capítulo de los detalles destructivos de las sectas, porque eso es algo que no cesamos de hacer a lo largo de este libro, estudiando los detalles de cada peligro que nos encontramos en nuestro paseo por el interior de ellas.  Vamos a prestar atención al popular término de sectas destructivas con en el que habitualmente se les califica a la mayoría de ellas, pues provoca un injusto temor generalizado a toda actividad sectaria.

El elevado grado de peligrosidad que se achaca a la mayoría de las sectas es uno de los bulos más extendidos sobre este tipo de organizaciones.  Sectas que se consideran dañinas, en algunas naciones, son extensiones de respetables religiones oficiales de otros países.  El ataque sistemático a las sectas solamente se comprende como consecuencia de la vieja guerra entre creencias.  No creo que todas las sectas juntas hagan más daño a la Humanidad que la que están haciendo ―y han hecho a lo largo de la Historia― las religiones oficiales.  Solamente una mala intención interesada y sostenida por las viejas religiones en el poder, el miedo a lo desconocido, y los ataques sistemáticos sin razón que el miedo provoca, han podido crear en nuestra cultura “civilizada” una descalificación tan brutal para este tipo de asociacionismo.

Incluso otras actividades humanas no religiosas asentadas en nuestra sociedad implican riesgos de mayor peligrosidad, o son motivo de fraudes mayores, y no tienen ni una mínima parte de mala fama que la que tienen las sectas.  Hay más fanáticos y recaudaciones millonarias inútiles en los deportes, por ejemplo, que en el mundo de las sectas, y nadie se escandaliza por ello; porque un fanático del deporte, que se gasta gran parte de su jornal en seguir obsesivamente a su equipo, es una persona integrada en nuestro sistema social; pero un sectario es de alguna forma un extraterrestre, vive en un mundo desconocido y ve la realidad diferente a nosotros; y eso da miedo.  Muy a menudo se huye de las sectas como si de la peste se tratara, y se trata a los sectarios como a leprosos muy contagiosos.  Este racismo no es digno de nuestro nivel cultural, es una injusticia que debemos de subsanar.  El miedo nos hacer ser injustos a la hora de juzgar a lo que tememos, pues el miedo se extiende por todo el ámbito de lo desconocido aunque el peligro sólo resida en una pequeña porción de él.

Para superar ese temor injustificado es necesario conocer aquello que tememos.  Y, será entonces, cuando podamos discernir lo peligroso de lo que no lo es.  Todos sabemos que el montañismo es peligroso, por ejemplo, pero nadie se priva de los placeres que encierran las montañas, porque conocemos sus peligros y podemos evitarlos; y, quien quiera correr riesgos acercándose a los precipicios, allá con su responsabilidad.  Muchas son las víctimas que cada año se cobran las montañas, pero la mayoría de las veces suceden en personas que se aproximan a los peligros.  Espero que algún día se conozcan los peligros “reales” de las sectas, se les pierda el miedo y podamos evitarlos, para poder adentrarnos en ellas sin riesgos, como quien va a darse un paseo por los montes, y así todos podamos disfrutar de las ventajas que nos pueden aportar, evitando sus males.

Mientras tanto, tendremos que seguir aguantando toda una sarta de calificativos peyorativos sin fundamentos objetivos sobre las sectas y sobre sus miembros.  Como, por ejemplo, los típicos insultos que habitualmente recaen sobre quienes frecuentas las sectas, en ocasiones tachándolas de personas inmaduras, inseguras, de bajo nivel intelectual, con carencias emocionales, desequilibradas, inadaptadas socialmente, etc.  Quienes así piensan parecen olvidar que la mayoría de los grandes personajes de la Historia pertenecieron a sectas.  Poniéndome a la altura de la estupidez de estos calificativos, podría decir lo contrario: que toda persona que no ha pertenecido a una secta es una persona inmadura y sin conocimiento, porque la única forma de tener un conocimiento de algo es viéndolo de fuera, alejándose de ello para tener una visión objetiva; y la única forma de alejarse del mundo y, por lo tanto, de poder comprenderlo, es yéndose a otro mundo, y eso sólo se consigue en los ambientes sectarios.

También es cierto que las sectas no se quedan mancas a la hora de criticar a quienes al mundo.  He de reconocer que sus insultos superan en malicia a los nuestros.  Desde su mundo, nos ponen mucho más verdes a nosotros que nosotros les ponemos a ellos; y en cada secta lo hacen de forma diferente.  Ésta es una de las facultades más destructivas de las sectas: su tremenda capacidad para atacar los valores de nuestra sociedad.  Aprovechando los abundantes puntos flacos de falta de espiritualidad de nuestro mundo, descargan sobre ellos su capacidad depredadora de nuestros valores con sus virulentas críticas.

Nuestro boyante materialismo no llena a muchas personas con sed de vivencias espirituales.  La incapacidad de nuestro mundo de hacer profundamente felices a las personas provoca que muchas de ellas se vayan en busca de otros mundos, y desde ellos critiquen éste.

En esta guerra psicológica entre mundos, donde se bombardean unos a otros con tremendas descalificaciones, como en toda guerra, no sale nadie ganando.  Machacar al enemigo con insultos no es la mejor forma de alcanzar una paz beneficiosa para todos.  Tanto en nuestro mundo, como en el mundo de las sectas, habremos de reconocer los defectos y las virtudes de cada uno.  Incluso podríamos aprovechar las críticas del oponente si estuvieran exentas de furibunda agresividad.  Y si alguno realiza alguna actividad destructiva, delictiva, nuestras leyes están ahí para algo.  Eso es lo que realmente se ha de perseguir: el delito, tanto se realice en los mundos sectarios, como en el nuestro.

En muchas ocasiones se les reprocha a los legisladores su indiferencia ante las denuncias sobre la proliferación de sectas “peligrosas”.  Parece olvidarse que nuestras modernas leyes sobre el derecho de asociacionismo permiten que los individuos nos agrupemos para realizar todo tipo de actividades, que no sean delictivas, claro está.  Cuando los jueces llegan a estudiar esas denuncias, observan la mayoría de las veces que esos grupos no están realizando actividades más peligrosas que las que se realizan de forma consentida por nuestras leyes en nuestra sociedad.  Si los legisladores crearan nuevas leyes que penalizaran y persiguieran muchas de las actividades de esas sectas llamadas peligrosas, mucho me temo que muchas de las agrupaciones aceptadas socialmente se verían afectadas por esas nuevas leyes, como, por ejemplo: las federaciones que acogen los deportes de riesgo o las mismísimas religiones universales.  La mayoría de las actividades consideradas destructivas de las sectas las llevamos practicando en nuestra sociedad amparadas por el costumbrismo durante siglos.

Reconociendo que en el interior de la mayoría de las sectas se viven situaciones especiales que no se viven en otras formas de asociacionismo, el grado de maldad humana que pueda haber en ellas no sobrepasa, en mi opinión, a otras formas de agrupaciones.  El mal que se puede vivir en el interior de las sectas no “pesa” más que los males que suceden en otros grupos de nuestra sociedad.  Esto es debido a que el mal, más que provenir de la actividad determinada del grupo, proviene de los seres humanos.  Y en el fondo no nos diferenciamos mucho los unos de los otros, ya pertenezcamos a un tipo de asociación o a otro.  Cuando nos agrupamos nos comportamos de forma muy semejante.  Puede parecer que el perseguir unos fines u otros nos diferencian de los demás, pero eso es un espejismo.  En el seno de agrupaciones con fines presumiblemente benéficos puede haber personas padeciendo auténticas torturas psicológicas.

Los seres humanos, cuando nos agrupamos, creamos grupúsculos sociales donde surgen una amalgama de pasiones humanas que pueden resultar muy peligrosas y destructivas para los individuos menos afortunados.  Esto sucede tanto en las agrupaciones familiares, como en las empresas de trabajo, como en cualquier forma de agrupación social; y las tragedias que suceden en su seno apenas nos llaman la atención por ser ya parte de nuestro costumbrismo.  Infinidad de personas acaban destrozadas en el seno de sus familias, y no por ello se nos ocurre pensar que la forma de agrupación familiar sea destructiva; estamos acostumbrados a sus males, son nuestros entrañables males.  Pero no admitimos que otros males se puedan producir en otras formas de agrupación por el simple hecho de resultarnos desconocidas.  El hecho de que la forma de agrupación sectaria sea una novedad, todavía no asimilada por nuestra sociedad, no nos da derecho a señalar la paja en el ojo, de quienes se asocian de forma diferente a nosotros, y a no ver la viga en el nuestro.

EL LAVADO DE CEREBRO

Otro de los bulos más populares en torno a las sectas, que discurre sin apenas motivos justificados, es que en todas las sectas en general te lavan el cerebro, es decir: te dañan la mente.  Como acabo de comentar en el capítulo anterior, estas agresiones verbales son provocadas por el típico miedo que suele producir lo desconocido, ya que diversas actividades tradicionales, ya sean religiosas o no, lavan más el cerebro a los ciudadanos, como se cree que lo hacen en las sectas, sin que nadie haga nada por remediarlo.

No es cierto que en general las sectas dañen la mente del adepto, aunque no se puede negar que en algún caso particular sea cierto.  El lavado de cerebro, que habitualmente se practica en el seno de las sectas, no tiene nada que ver con la refinada tortura psicológica utilizada en prisioneros por los tiranos regímenes políticos que la practicaron en el pasado o la practican en la actualidad.  En las sectas, como en las religiones o como en cualquier vía espiritual ―tal y como estamos aclarando en este libro― se le induce a la persona, que se inicia en sus andaduras, a realizar un cambio en sus valores humanos y a creer en realidades virtuales espirituales.  Y esto no se parece en nada a la  agresión psicológica que el término “lavado de cerebro” implica.

En primer lugar deberíamos definir correctamente que es un “lavado de cerebro”, frase de tal sencillez que, de no ser por el doble sentido que se le ha dado, no admite tergiversación alguna.  Cuando yo andaba por las sectas y alguien me decía que me estaban lavando el cerebro, yo le solía contestar: “y bien limpio que me lo están dejando”, dando a entender que se trataba de una beneficiosa limpieza sin más complicaciones.

Un lavado efectivo es aquel que quita la suciedad sin dañar lo limpiado.  Y nuestros cerebros, como cualquier parte de nuestro cuerpo, se ensucia con el uso, por lo que no le viene nada mal de vez en cuando una limpieza.  Cierto es que la delicadeza de nuestro cerebro dificulta su limpieza, y se corre el riesgo de dañar alguna parte de él; pero en la mayoría de las sectas, religiones o vías espirituales, tienen sus técnicas particulares para realizar sus limpiezas interiores con un alto porcentaje de éxito.  El buen lavado de cerebro consiste en limpiar de nuestra mente todo lo que nos estorba o nos perjudica, y dejar aquello que nos interesa o es beneficioso para nosotros.  Las oraciones, las meditaciones, el canto de mantras y todo ritual realizado en atmósfera sagrada, relajan nuestra mente.  La paz mental que conlleva la experiencia religiosa es semejante a un fluir de agua limpia por nuestra mente, es un auténtico lavado de sucios pensamientos.  En la paz divina descansa toda mente por muy estresada que se encuentre, la paz espiritual calma los pensamientos más desordenados, y, si esa paz se vive profundamente y se mantiene durante días, se produce un auténtico lavado de cerebro que deja a la persona como nueva.  Yo he vivido ese proceso, y he de reconocer que te renueva profundamente, la mente se queda en blanco, embriagada por las drogas que sintetiza nuestro propio cerebro, embelesada por la maravilla de lo sagrado.  Y, terminados los ejercicios espirituales, la semana de retiro o el largo fin de semana, uno afronta su realidad cotidiana renovado totalmente.

La paz espiritual vivida profundamente actúa como un verdadero lavado de cerebro semejante a la limpieza del disco duro de un ordenador.  Ahora bien, conviene aclarar que existen diferentes niveles de limpieza.  Si el místico no detiene un proceso creciente del fluir de la experiencia religiosa, ésta es capaz de lavarle tan profundamente la mente que puede borrarle el sistema de valores por los que vivimos en este mundo, y cambiarle del programa de selección de preferencias los valores mundanos por las preferencias celestiales, deseando incluso la muerte.  Esto lo saben en todos los monasterios sacerdotales que creen en un paraíso en el más allá, si alguno de sus miembros se emborracha demasiado con los elixires divinos hay que tirar de él hacia abajo para evitar que se eleve hasta el otro mundo y deje de prestar los servicios que ha venido ha realizar en éste.  Muchos de nuestros grandes místicos anhelaron la muerte como un paso exigido para unirse definitivamente con su amado divino.  Sin embargo, no hay por qué llegar a esos extremos si elegimos una vía espiritual que admita la posibilidad de alcanzar el paraíso sin necesidad de morir.  Desear la muerte en los caminos espirituales es provocado más por las creencias que por la experiencia divina.  No conozco un fluir de energía más limpio y más respetuoso con la libertad de elección del individuo que el fluir de la experiencia religiosa limpia de polvo y paja.  La divinidad ―a pesar de representarse con cierta tiranía en los dioses― es ante todo una presencia tremendamente respetuosa con la libertad del hombre.  El fluir de la energía sexual, por ejemplo, es mucho más exigente en sus manifestaciones.

La energía divina es la energía de la santidad, una energía pura, poderosa en sí misma y tremendamente creativa.  Como venimos advirtiendo, el peligro no reside en ella, sino en lo que hacemos con ella.  El peligro no radica en el lavado de cerebro que nos hace, sino en con qué llenamos el hueco que ha quedado en nuestra mente después de haber retirado la porquería;  pues, habitualmente, un beneficioso proceso de limpieza de la mente va seguido de un adoctrinamiento que puede ya no ser tan beneficioso.

Mis primeras experiencias religiosas las tuve en el seno del Catolicismo, y cierto es que pasó por mi mente el deseo de morir; pero esto sucedía porque yo imaginaba, según lo que había aprendido, que morir era necesario para llegar a unirme a aquello que sentía con tanta fuerza y con tanto amor.  Creía  que dios estaba en el cielo y que para llegar a él había que fallecer (en gracia de dios, naturalmente).  Cuando años más tarde tuve experiencias de lo sagrado en otras vías que afirmaban que el ser humano puede unirse a dios con toda su gloria sin necesidad de dejar que se lo coman los gusanos, desaparecieron mis sentimientos suicidas; entonces (lo que pueden hacer las creencias) la experiencia religiosa no sólo dejó de invitarme a la muerte sino que me invitó a vivir más intensamente y mucho más feliz.

Cierto es que he sentido a veces en esas vías ―llamémosles más vitales― la sensación de que la experiencia espiritual me sacaba de este mundo; pero, como todavía no estoy por la labor de abandonarlo ―al menos en lo que de mí dependa―, siempre se me disparó una especie de alarma que me invitó a reducir la práctica de los rituales que me levantaban del suelo, evitando así terminar en el mundo de las hadas.

Con esto quiero decir que vivir lo sagrado es tan peligroso como vivir cualquier otra dimensión humana, no hay por qué temer algo que fluye de forma tan natural en nosotros como nuestra sangre por las venas.  Los peligros que pueden existir son tan naturales como los que nos puede producir la alimentación, por ejemplo, si no somos cuidadosos con ella.  Un atracón de comida puede causarnos serios problemas.  Pero, de la misma forma que todos los seres vivos poseemos un instinto supervivencia, que nos puede ayudar a evitar los accidentes con la alimentación avisándonos de los peligros, los seres humanos poseemos también un instinto que regula nuestra alimentación espiritual, una luz de alarma que nos avisa de los peligros y nos ayuda a evitar que ingiramos algo pernicioso.

Claro está que ese instinto primero habrá de ser despertado cuando empecemos a comer espiritualmente con cierta normalidad, porque, por ahora, la mayoría de los habitantes de este planeta ―sin ánimo de ofender a nadie― somos unos muertos de hambre, espiritualmente hablando.

Cuando observamos fotografías antiguas, podemos observar en las gentes el rostro de la hambruna que solían padecer.  Espero que quienes observen nuestros rostros dentro de un siglo, puedan también apreciar nuestra hambruna espiritual, pues será síntoma de que ya están mejor alimentadas sus almas.

El síntoma principal que demuestra la hambruna espiritual, que padecemos los humanos, es el apetito devorador de experiencias espirituales que se suele despertar en todo aquél que acaba de llegar a una secta y se le muestra la sagrada mesa con abundantes manjares de los dioses.  Es frecuente que el primerizo acabe dándose un atracón que se le indigeste.

Pueden pasar años hasta que se alcanza la experiencia suficiente en ese tipo de alimentación y se le pierde el miedo.  A base de vivir y vivir lo sagrado, uno puede aprender a regular la alimentación de su alma.  Y puede incluso controlar a su gusto el nivel de prelavado, lavado y aclarado de su cerebro, siendo capaz hasta de elegir entre los diferentes tipos de detergente que se ofertan en las diferentes sectas o vías espirituales, y evitar el inevitable desteñido cuando se lava con agua demasiado caliente por avivar demasiado el fuego místico.

Pero, vuelvo a repetir que existe un peligro de ser engañados, no en el lavado, éste puede estar mejor o peor hecho y puede dejarnos más o menos limpios, o algo desteñidos, pero eso no tiene gran importancia; el mayor peligro reside en el teñido que después suelen pretender hacernos a nuestra mente sin nuestro consentimiento las diferentes doctrinas.  Y lamento denunciar que esto es muy habitual: corrientemente, unido al lavado de cerebro, va incluido el teñido con los colores de la bandera de la religión, secta o vía espiritual que nos haya hecho el favor de limpiarnos la mente.

Cierto es que de todas formas teñida ya la tenemos la mente.  Nuestra sociedad se encarga de colorear mediante la educación los pensamientos vírgenes de los niños, con la intención de que todos llevemos colores semejantes en la bandera del pensamiento para favorecer la paz social.  Pero, cuando una persona no está contenta con los colores que luce su alma, puede estar de acuerdo en que después de un lavado espiritual le hagan un cambio de colores en sus vestiduras interiores.  Sin embargo, quienes estamos satisfechos con nuestra forma de ser y no deseamos cambiarla en esencia, no tenemos por qué soportar los tintes.

Y lamento no poder notificar la existencia de lavados de cerebro en las sectas sin teñidos.  Si yo, en estos momentos, no me encuentro practicando ningún tipo de ritual, que me proporcione un buen lavado de cerebro de vez en cuando, es porque no soporto los tintes que se incluyen en todos los lavados que conozco.  Las comunidades espirituales que se anuncian como lavanderías espirituales no son tales, son en realidad tintorerías.  En los últimos años de mi pasear por las sectas, harto de teñidos y desteñidos, me esforcé tremendamente por vivir únicamente lo sagrado puro, en esencia, sin contaminaciones doctrinales añadidas.  Siguiendo la máxima de dame pan y dime tonto, me alimenté como pude de los elixires sagrados de las comunidades sectarias o religiosas, intentando pasar de todo aquello que no era pan para mi alma.  Pero es prácticamente imposible conseguirlo al cien por cien.  Aunque no se haga caso de los adoctrinamientos, estos se cuelan en la mente si te los están cantando al oído cuando se está viviendo la dichosa paz celestial.

Es ésta una situación semejante a la que ha vivido la Humanidad durante casi toda su existencia a la hora de alimentar sus estómagos, pagando precios carísimos, incluso dejándose la vida por llevarse un trozo de pan a la boca.  Es de esperar que de la misma forma que hemos conseguido llenar nuestros estómagos sin grandes sufrimientos, y sin necesidad de profesar creencia alguna ni pertenecer a ningún grupo sectario de ricos, podamos algún día llenar nuestra alma con el alimento espiritual sin padecer engaños ni grandes sufrimientos, y sin profesar creencia alguna ni pertenecer a ningún grupo sectario de presuntos ricos espirituales.  Como ahora alimentar el cuerpo es un derecho reconocido de todos en los países desarrollados sin penosas exigencias, alimentarse espiritualmente esperemos que pronto también lo sea sin exigencias doctrinales.

Se puede llegar a pensar que la doctrina es algo necesario para vivir lo espiritual, pero eso no es cierto: seguidores de doctrinas contradictorias entre sí viven sus particulares experiencias religiosas, y, si una de ellas fuera necesaria para vivir lo sagrado, los creyentes en la otra no tendrían acceso a lo divino, y lo tienen.  Pensar que la doctrina es algo necesario responde a defender los intereses particulares de cada secta o religión.  Es una barbaridad actuar como habitualmente se actúa sobre la inteligencia de los sinceros buscadores de la verdad.  En el mundo de las sectas es habitual que aconsejen al novato abandonar su entendimiento de las cosas para facilitar el lavado de su mente; si el buen estudiante así lo hace, cuando casi no ha terminado de relajarse en la paz divina y de abandonar en la cuneta del camino su vieja mochila cargada con todos sus viejos conceptos sobre la vida, van y le cargan con otra mochila en ocasiones mucho más pesada, llena de otros conceptos más pesados todavía.  Por ello conviene siempre saber qué se oculta tras todo lavado espiritual del pensamiento.  Podemos estar muy satisfechos con lo limpia que nos han dejado la cabeza, pero puede que no estemos muy de acuerdo con el tinte que con toda seguridad nos van a intentar dar después.

Resumiendo: el lavado de cerebro, la limpieza de mente, que se experimenta en toda atmósfera sagrada, es algo beneficioso y positivo.  El engaño y los problemas vendrán más tarde, a veces simultáneamente, cuando limpiados de dañinos hábitos mentales, muchos de ellos enraizados en el costumbrismo social, nos encontramos con que nos intentan inculcar otros hábitos de pensamiento y de acción desconocidos.  Esta distinción entre lavado y teñido no se hace en las religiones, ni en las sectas, ni en camino espiritual alguno.  El lavado se presenta siempre unido inevitablemente al teñido, aunque son dos funciones claramente separadas.

Éste es el peligro del lavado de cerebro que se suele producir en las sectas, religiones o diferentes vías espirituales.  No tiene nada que ver con la terrible manipulación psicológica de los típicos lavados de cerebro de los tiranos regímenes políticos.  Se trata sencillamente de un engaño, de un fraude, no de una agresión a nuestra inteligencia.  Todo esto que estamos diciendo es continuación del capítulo “El gran fraude espiritual”.  Es un engaño tan milenario que todo lo alerta que el buscador espiritual se mantenga en torno a él es poco.  Es lógico que quien va buscando la paz mental acabe allí donde le prometen ofrecérsela, aunque después pueda descubrir que la susodicha paz es en realidad un plan de guerra.

No siempre los nuevos valores que nos pretenden inculcar en los teñidos son peores que nos inculcaron de niños en nuestra sociedad, en muchas ocasiones son mejores, pero, sucede que al ser diferentes a los aceptados socialmente, entran en conflicto; y, aunque poseamos valores mejores que los anteriores, viviremos en una guerra contra el mundo que nos amargará la existencia, por mucho que nos creamos poseedores de la verdad suprema.  Al buscador con espíritu guerrero puede incluso resultarle atractivo emprender una santa cruzada contra el mundo; pero todos aquellos que buscan la paz no tienen por ser engañados ni reclutados para una guerra que no desean.

Por lo tanto, el lavado de la mente que se realiza en estos mundos de dios no es tal, es un teñido; la alimentación que nos ofrecen para el alma es más una exigencia doctrinal que un darnos la divinidad limpiamente.  Cobran demasiado caro los mendrugos de pan espiritual que ofrecen a sus siervos.  (Actúan como esas ONG religiosas que dan alimentos a los pobres cargados de mensajes proselitistas).  La prometida limpieza del programa de nuestro cerebro es en realidad una programación interesada.  Abandonados los valores mundanos, de los que podemos estar hartos, se nos inculcan otros que pueden crearnos más problemas que los que hemos abandonado.  Desprogramada nuestra mente de los hábitos mentales que no nos hacían felices, apenas se nos deja descansar en la paz mental y se nos vuelve a programar una realidad virtual espiritual con códigos de fe, sin lógica ni razón alguna, basados en las realidades reveladas, que nos sumergirá en un universo tan irreal y tan apartado del mundo, que podemos llegar a pedir a gritos una nueva desprogramación que nos vuelva a dejar por lo menos como estábamos antes.

LA DESPROGRAMACIÓN

Desengancharse de un proceso adictivo que nos crea problemas es de todos sabido que no es cosa fácil, y, en especial, cuando se trata de abandonar la adición religiosa.  Aunque ésta tenga ciertas similitudes con otro tipo de adicciones, implica un mayor número de dificultades para deshabituarse de ella, pues la adicción religiosa se produce en todos los niveles del ser humano: en el espiritual, en el intelectual, en el emocional y en el biológico.  Esto propicia que la mayoría de las personas practiquen la religión oficial y las creencias que se les enseñaron de niños durante toda su vida.  De ahí la importancia que tienen los conceptos religiosos que se les enseña a los niños o los rituales a los que se les hace asistir.  Naturalmente esto no se considera una adicción, pues es parte del costumbrismo social.  Solamente es al adepto de las sectas al que se le considera enganchado de forma perniciosa, pues se ha salido de ese costumbrismo y vive unos valores religiosos no tan asentados en la sociedad como los valores predicados por las religiones oficiales.

Por ello, el término de desprogramación habitualmente se aplica para cambiar los valores del sectario por los aceptados socialmente; sin embargo, el adepto ya sufrió una desprogramación cuando cambió sus viejas creencias por las de la secta.  Ese primer proceso de cambio suele afrontarse con cierto júbilo y borrachera mística, así como con la esperanza de iniciar un cambio prometedor; factores que ayudan a superar la crisis de valores típica que se produce en todo cambio en el programa de selección de preferencias mental.  No obstante, cuando el sectario decide salir de la secta y volver al punto en el que estaba antes de llegar a ella, ya no lo suele hacer jubilosamente, sino como una víctima enfermada en la secta por la que fue seducido o en la que escogió meterse.  Circunstancia que dificulta el cambio y propicia que en ocasiones se pida ayuda a algún experto en desprogramación.  Mas la asistencia psicológica solamente es capaz de ayudar en el nivel mental a cambiar unos valores humanos por otros, y recordemos que la adicción religiosa alcanza varios niveles.

Habitualmente, en este tipo de desprogramaciones se ignora el nivel biológico.  La producción de endorfinas en nuestro cerebro cuando vivimos un éxtasis religioso produce una auténtica drogadicción muy semejante a la toma de drogas.  Sin embargo, esta drogadicción no se considera una toxicomanía, pues son sustancias no tóxicas generadas naturalmente por nuestro organismo.  Lo que no impide que, si las vivencias de lo sagrado se producen a menudo, enganchen biológicamente como cualquier otra droga; y desengancharse de ellas exija un proceso semejante a los utilizados para deshabituar a drogadictos.  Esto habitualmente no se reconoce, pues las endorfinas son drogas que produce de forma muy natural nuestro cerebro y, no sólo no enferman como las tóxicas, sino que, además, el organismo las asimila de forma beneficiosa; añadiendo a todo esto que la experiencia que producen se considera habitualmente regalo de dioses.  No obstante, la acumulación de las adversas circunstancias, que se pueden dar en el seno de las sectas, impulsa al adepto a abandonar totalmente al clan al que pertenece, y, por lo tanto, a dejar su adicción.  Cuando se ha tomado esta decisión, y se empieza un proceso de desprogramación, inevitablemente aparece el síndrome de abstinencia.  Este síndrome será más intenso cuanto más elevadas hayan sido las experiencias religiosas y cuanto menos lo sean en la nueva vida que se lleve después de salir de la secta.  Esto es muy importante tenerlo en cuenta, sobre todo porque habitualmente se ignora en los procesos de desprogramación, y puede dar al traste con un buen programa psicológico de readaptación a una vida normal.

Mi historial religioso está lleno de entradas y salidas en estos procesos adictivos.  Nunca acudí a programas de desprogramación psicológica porque, además de que estos programas son de reciente creación, yo nunca viví esos cambios como procesos de desenganche sino como circunstancias de mi búsqueda interior.  Cierto es que cuando decidía salir de una secta, que me estaba proporcionando el acceso a elixires divinos, sufría el síndrome de abstinencia; padecimiento que me duraba poco, pues tarde o temprano acababa bebiendo de otras fuentes sectarias.  Al final he terminado abandonando las bebidas gloriosas de los dioses, no por haberme propuesto un programa de deshabituación, sino como un proceso normal de abandonar una drogadicción natural por problemas con circunstancias de su contexto.  No obstante me considero tan adicto a la experiencia religiosa como a la experiencia sexual, son dos tipos de adicciones muy similares, las dos suponen la generación de endorfinas en nuestro organismo.  Pero, sucede a menudo que para vivir una plenitud, tanto en una dimensión como en la otra, pueden surgir tal cantidad de inconvenientes que uno acabe por elegir la tranquilidad de no vivirlas plenamente en los contextos tradicionales.  En el sexual ya hemos descubierto nuevas formas de alcanzar satisfacción fuera de las relaciones tradicionales de pareja.  Y ahora nos falta encontrar nuevas formas de gozar lo sagrado fuera de los conflictivos espacios religiosos tradicionales.  Cuando las encontremos tendremos una buena alternativa para todo aquél que abandona las sectas.

Mientras tanto, si deseamos conseguir una buena desprogramación, sin penosos síndromes de abstinencia, es conveniente administrar los mejores sustitutos que tengamos a mano.  Y como todavía no se han descubierto sustitutos químicos que sean tan bien asimilados por nuestro organismo como las endorfinas, sin contraindicaciones, no nos queda sino elegir otras vías espirituales menos “duras”.  Cambiando a otras sectas que nos proporcionen unas experiencias religiosas menos flipantes, y, a su vez, menos problemas, podremos conseguir un proceso de deshabituación menos doloroso al abandonar la drogadicción poco a poco, administrando como sustitutos drogas místicas más suaves.  Se trata de deshabituarse reduciendo lentamente los trances espirituales que producen endorfinas.

Pero siempre teniendo en cuenta que las sectas o las religiones no se abandonan por desengancharse de las drogas divinas, la felicidad que éstas provocan es muy natural y saludable; son las inaguantables situaciones que se viven en el seno de esas santas asociaciones las que provocan la pérdida de fe en ellas y la urgencia por salir de allí.  Las relaciones de pareja no se abandonan por desengancharse de las delicias sensuales que se viven en su seno, sino por otras insoportables situaciones que vive la pareja.  Cuando se tiene cierta madurez, se valora más la estabilidad en las relaciones que los éxtasis de felicidad, y esto sirve tanto en el mundo de las relaciones de pareja como en el mundo de las sectas.

Las vías espirituales de reciente creación denominadas de crecimiento personal o de la nueva era, bien pueden ser un eslabón en el proceso de desengancharse.  Basadas en modernas tendencias espirituales, muchas de ellas contienen importantes ingredientes extraídos de modernas psicoterapias.  Digo esto porque, en mi caso, harto de subidas y bajadas, mareado de tanto experimentar la montaña rusa que me estaba produciendo el intentar llegar al cielo, dando grandes saltos que luego iban seguidos de grandes caídas, al final conseguí encontrar el camino de salida de las sectas más duras metiéndome en estas nuevas vías.  Sin que por ello esté asegurando que todo método de realización incluido en los sacos del crecimiento personal o de la nueva era sea beneficioso.  Eso es algo que cada uno ha de sopesar.  Y aviso que bajo esos modernos títulos se están incluyendo métodos de desarrollo interior de dudosa efectividad.  De todas formas, suelen ser métodos con un índice de racionalidad superior a las vías espirituales basadas en las tradicionales revelaciones divinas, por lo que son asociaciones menos conflictivas.  Y a su vez tienen una capacidad menor de generar intensas atmósferas sagradas que las vías basadas en la fe, lo que nos viene como anillo al dedo en un proceso de deshabituación.

Otra ventaja de estas modernas vías radica en que en sus programas de trabajo se incluyen intentos por erradicar de las personas tanto los malos vicios religiosos tradicionales como los de nuestra sociedad laica.  Ambiciosos proyectos que todavía, en mi opinión, se encuentran en una fase experimental, pues nos queda un arduo camino hasta que consigamos erradicar los grandes males del hombre y de nuestra sociedad.  Para alcanzar el éxito en semejante empeño, primero será necesario una visión de la totalidad del mal del ser humano, y eso es algo que todavía no hemos conseguido.  El mal en esencia siempre se nos ha escondido, y cuando aparece lo hace casi siempre disfrazado ya sea de demonio, personificado en los enemigos, en las enfermedades, etc., pero nunca lo hemos visto tal y como es.

En este libro vamos a intentar obtener esa visión con la mayor claridad posible, y a partir de ahí intentaremos sentar las bases de un programa de desprogramación del mal, tanto para quienes están en las sectas como para quienes estamos fuera de ellas.  Porque si enfocamos la desprogramación solamente sobre aquellos que salen de las sectas, y los devolvemos al mundo del que se fueron, sin haberlo mejorado, mucho me temo que eso es pan para hoy y hambre para mañana.

Para seguir en nuestro propósito, continuaremos en nuestro paseo por el interior de las sectas, recorriendo aquellos territorios que nos conducirán a las profundidades del ser humano y de nuestra sociedad.

Ya hemos tratado el estudio de la desprogramación en los niveles de adicción biológico y mental.  El estudio en los niveles espiritual y emocional sobre la adicción religiosa lo tratamos en los siguientes capítulos.

LA RUPTURA DE LAZOS EMOCIONALES

Es en el nivel emocional donde se produce la mayor actividad en el seno de las sectas, y a al vez es también donde se producen un mayor número de manipulaciones y engaños.  La actividad en este nivel humano es de tal importancia que determina ―en un elevado porcentaje de individuos― el introducirse en la secta, la permanencia en ella o su abandono.  Mientras el balance emocional del adepto sea positivo, éste no suele tener inconvenientes para permanecer en la secta disfrutando de las buenas emociones que las relaciones con sus hermanos espirituales y con sus deidades le proporcionan; pero, en cuando empiece a tener sentimientos negativos frecuentemente, será entonces cuando probablemente decidirá abandonar el mundo sectario, y será entonces cuando correrá los mayores riesgos que pondrán el peligro su integridad personal.

El proceso de salir de una secta tiene muchos puntos en común con el  proceso de divorcio de una pareja.  Es un cambio ciertamente peligroso que exige tomar todas las precauciones posibles para correr los mínimos riesgos a la persona que ha elegido separarse.  Los ataques entre aquellos que fueron amantes pueden ser brutales.  Y aquellos que se consideran personas espirituales, que no se permiten manifestar agresividad alguna (visible), pueden caer en una especie de agresividad inconsciente, mucho más dañina que si se dedicaran a dar puñetazos.  La amenaza de caer en los infiernos eternamente es un claro ejemplo habitualmente utilizado por las religiones tradicionales para todo aquel que desea divorciarse de ellas.  Pero, como en muchas de las nuevas vías sectarias, ya no existe tal castigo divino, utilizan argumentos semejantes destinados a asustar a todo aquel que se le ocurra abandonarlas.

Este tipo de amenazas no sólo es un método para evitar que los adeptos se vayan de las sectas, es también un ejercicio de autoafirmación.  Tengamos en cuenta que el ambiente sectario y su doctrina, para quienes creen en él, es una panacea, regalo de los dioses.  Si alguien que ha vivido esas glorias las abandona, no puede haber duda alguna de que ha sido engañado por algo, atrapado por el mal, seducido por el demonio, etc.  La persona que ha elegido ser libre puede tener serios problemas si se sigue relacionando con sus antiguos “hermanos”.  Es muy aconsejable abandonar totalmente a la vieja familia sectaria, algo que puede llegar a costar gran esfuerzo y mucho dolor.  Tengamos en cuenta que el adepto, en la mayoría de los casos, abandonó a sus antiguas amistades para sustituirlas por las sectarias, y ahora, al abandonarlas, se encuentra en la soledad más absoluta; de ahí que muy a menudo se pretenda continuar manteniendo la amistad con miembros de la secta abandonada, lo que no es nada recomendable, pues es muy difícil continuar manteniendo una amistad con quien te considera encarnación del peor mal de la tierra.

Mientras el adepto continúe manteniéndose en la secta, aunque se sienta muy mal en ella, no habrá problemas de relaciones con el resto de los miembros.  Continuarán halagándole, ensalzando sus virtudes, minimizando sus defectos o sus dolencias, y dándole ánimos para seguir adelante en el caso de que flaquee su fe.  Pero, en cuanto haga saber su decisión irrevocable de abandonarlos, será calificado de cobarde incapaz de soportar el sufrimiento que todo camino espiritual exige.  Abandonar su camino perfecto es algo que difícilmente le perdonarán.  Le echarán en cara todo lo que hicieron por él y ya no le engrandecerán sus virtudes, ahora le harán ver sus defectos engrandeciéndoselos.  “Has sido atrapado por las fuerzas del mal” le dirán sus cofrades.  Los videntes, los entendidos del grupo, le dirán que ha sido presa del tipo de mal que ellos quieran inventarse.  Si en la secta se reciben mensajes del más allá, seguro que habrá más de uno, dedicado a quien quiere abandonarlos, avisándole de los terribles peligros que corre si lo hace.  Tendrán un elevado poder de sugestión sobre quien quiere irse del grupo, pues utilizarán todo tipo de argumentos espirituales en su contra basados en las enseñanzas que se le transmitieron mientras estuvo en la secta.  Hasta es posible que pretendan hacer un exorcismo con quien los abandona por libre elección; esto nos da una idea del horroroso concepto que pueden llegar a tener de él.

Como consecuencia de mi deambular por las sectas durante muchos años, la mayor parte de mis amistades se forjaron en su seno.  Y, después de abandonar las comunidades, en muchas ocasiones realicé grandes esfuerzos por mantener estas relaciones dentro de una normalidad, pero casi siempre resultó un gran fracaso, aun con aquellas personas que mantenían una cierta proximidad conmigo por circunstancias ajenas al mundo sectario.  En la actualidad todavía mantengo alguna pequeña relación de amistad con miembros de sectas, y siempre tiene que haber un gran distanciamiento entre ellas y yo, pues ellas continúan considerándome una persona enferma, afectada por algo semejante a un virus mortal muy contagioso.  Como se podrá comprender ese tipo de relaciones son insostenibles.

Aunque por cortesía los sectarios disimulen su creencia en el mal que, según ellos, padece todo aquel que les abandona, e intenten amar a quienes les dejan, el amor hacía sus creencias superará a su hipotético amor al prójimo; sobre todo si ese prójimo es quien ya no les va acompañar en su caminar espiritual.  Puede ser tan fuerte su aversión hacia esa persona que  ésta no puede evitar percibirlo y sentirse muy incómodo en su compañía.  Es difícil no darse cuenta cuando te miran con malos ojos conocidas amistades.  En el momento que se comunica la rotunda decisión de abandonar la secta, se pasa de ser un hermano angelical a ser un temido demonio.

Esto es muy doloroso vivirlo, y es necesario reconocerlo, aunque cuando uno se mete en una secta no suele pensar en los problemas que podrá tener el día que decida abandonarla, si es que algún día lo decide.  Algunas sectas, que yo no he tenido la desgracia de conocer, persiguen al adepto que quiere dejar de serlo hasta el punto de acosarlo constantemente para intentar convencerle de que corrija el error que según ellos está cometiendo.  No se trata de una sádica persecución, se guían por los “buenos sentimientos” de intentar salvar su alma.  Las hay que hasta secuestran al enfermo de ansias de liberación con la intención de mantenerlo en una cuarentena que le cure del mal de libertad que padece.

El momento de abandonar una secta es tan delicado y peligroso que yo aconsejo concluirlo cuanto antes para no alargar un proceso que puede convertirse en una agonía.  Aunque resulte muy doloroso y nos encontremos en la calle más solos que la una, un portazo puede ser muy aconsejable.  No se puede tener consideración con quienes no la van a tener con nosotros.

Y para sobrellevar la soledad y el síndrome de abstinencia emocional que podemos llegar a padecer, podemos hacer lo que habitualmente hace una persona recién divorciada:  acudir a un psiquiatra o buscarse otro tipo de relaciones que compensen lo perdido.  Como he aconsejado en el capítulo anterior, una buena idea es meterse en uno de esos grupos de trabajo interior menos radicales, más permisivos con la libertad del hombre.  Pero teniendo sumo cuidado en la elección, no vaya a ser que vayamos de mal a peor.

Los centros de psicoterapia y de enseñanzas dedicadas al crecimiento integral de la persona, son los más adecuados para superar el síndrome de abstinencia emocional, en ellos podemos relacionarnos de nuevo y continuar respirando cierta atmósfera sagrada.  Teniendo siempre presente que tras ellos puede esconderse una fanática secta.  Elegir un centro de crecimiento personal que funciona como una academia, con sus horarios, cursos, cursillos, niveles de enseñanza y precios, es una garantía de que se nos va a respetar la libertad de abandonar la enseñanza cuando queramos como quien abandona otro tipo de estudios académicos.  Es un buen paso para abandonar definitivamente los niveles más duros de las sectas.

CAMBIOS EN LOS VALORES ESPIRITUALES

La Humanidad no ha cesado a lo largo de su Historia de realizar profundos cambios en la elección de los valores espirituales.  Revoluciones que siempre se han producido de forma muy lenta, pues las desprogramaciones y las nuevas programaciones en el nivel espiritual del hombre necesitan de un mayor tiempo que las realizadas en sus otras dimensiones.  No porque el alma humana sea más lenta en experimentar cambios, sino porque una revolución espiritual solamente alcanza su madurez cuando se ha extendido a toda una sociedad; y eso lleva su tiempo.  Mientras que en los otros niveles el ser humano puede vivir cambios completos en sí mismo, los cambios nivel espiritual son incompletos si no se extienden al resto de los individuos.  Uno de los impulsos más vitales del espíritu humano es el de hacer llegar la revolución concebida por un individuo, o por un grupo de individuos, al resto de la Humanidad; y si ese impulso es reprimido, si el cambio espiritual no es compartido, la desprogramación de valores espirituales no ha sido efectiva ni siquiera para el propio individuo que la concibió.  Será una revolución en semilla, sin germinar, un cambio inacabado, incompleto.  Las revoluciones espirituales no se llevan a cabo únicamente a un nivel individual, sino que atañen al inconsciente colectivo que nos une a todos.

De ahí la necesidad que tiene el alma humana creadora de agruparse para sembrar las nuevas creaciones espirituales, tierra donde pueda germinar la semilla engendrada con la esperanza de que crezca y se extienda por toda la Tierra.  Las sectas son esos grupos de personas donde el experimento se lleva en secreto, invernaderos clandestinos donde la plantación se esconde del resto de la Humanidad para proteger su crecimiento.  Protección que resulta insuficiente en muchas ocasiones, e incluso contraproducente, pues de la misma oscuridad del misterio surgen todo tipo de intrigas que, como malas hierbas, terminan con las esperanzas de una buena cosecha.

Esta especie de plantaciones espirituales ―sectarias o no― no han cesado de producirse a lo largo de la historia de la Humanidad.  Unas fructificaron con gran éxito y se extendieron por todo el mundo, otras lo hicieron en zonas concretas del planeta, y otras fracasaron.  Unas son de carácter filosófico, otras de carácter ético, otras político, otras sencillamente culturales o artísticas, y otras de carácter esotérico o religioso.  Todas ellas componen el conglomerado de valores espirituales de los seres humanos.

Las preferencias de las sociedades por uno u otros valores no han cesado de cambiar a lo largo de nuestra Historia.  La adicción social a unos o a otros valores ha sufrido constantes procesos de deshabituación seguidos de nuevos procesos adictivos.  La búsqueda de respuestas, de la felicidad, de la perfección y de nuevas fronteras, nos incita a experimentar constantemente con nuevos valores espirituales.  El proceso evolutivo de estos cambios en la actualidad parece dirigirse hacia una humanización de los valores.  El esfuerzo por la implantación de los Derechos Humanos a un nivel planetario, que están realizando los países desarrollados, es una buena muestra de esta humanización, y supone una auténtica revolución espiritual universal.

Recordemos que en la antigüedad se consideraban una actividad espiritual los sacrificios humanos en muchos lugares de la Tierra.  Desde entonces hemos dado un giro de ciento ochenta grados a nuestros valores espirituales.  Ahora defendemos la vida de todo ser humano y pretendemos combatir todo aquello que atente contra ella.  (Aunque no podamos evitar que todavía existan grupos religiosos que consideren la matanza de infieles como un valor espiritual).

Las ciencias también han hecho cambiar los valores espirituales.  A medida que fueron descubriendo la realidad, fueron perdiendo credibilidad las creencias basadas en que todo funcionaba por arte de magia o por voluntad de los dioses de turno. Ya casi nadie ve a un dios en un rayo o en el sol.

La infalibilidad de las religiones se está cuestionando como nunca se había hecho hasta ahora.  Sin embargo, probablemente debido a que la sed espiritual del hombre todavía no ha sido saciada, y gracias a la libertad de culto y el derecho de asociación, las sectas han proliferado en nuestra sociedad, y cualquier ciudadano de los países desarrollados tiene acceso a multitud de religiones o sistemas de culto por muy extraños que sean.  Esto ha propiciado realizar unos análisis comparativos que nos han demostrado la validez de la mayoría de las creencias para saciar la sed de la experiencia religiosa, y en los que también hemos podido comprobar que ninguna de ellas sobresale tanto por encima de las otras como sus predicadores anuncian.  A un nivel popular ya no se valoran a nuestras viejas religiones como entidades infalibles y todopoderosas.

Todos estos cambios en los valores espirituales han necesitado de un gran esfuerzo social.  Cambiar un costumbrismo espiritual asentado en la tradición necesita superar una notable resistencia.  Especialmente, ha sido la religiosidad uno de los mayores impedimentos para el progreso de la evolución de los valores humanos, han sido necesarios períodos de muchos siglos, incluso milenios, para que arcaicos y obsoletos patrones religiosos fueran abandonados y dejaran de ejercer su influencia social.  Los dogmas de obligatoria creencia han sido los sellos que durante siglos han mantenido vigentes las diferentes religiones.  Pero la libertad religiosa, que las leyes sociales nos otorgan en los países desarrollados, ha suprimido la obligatoriedad de creer en los dogmas de fe de las religiones oficiales.  Las dudas que siempre estuvieron en la mente de los feligreses, en torno a las verdades reveladas de los diferentes credos religiosos, han cobrado fuerza.  La fe está en crisis, y, en consecuencia, muchas personas con inquietudes religiosas, están buscando unos cimientos más sólidos para su religiosidad, están buscando una demostración más palpable, incluso física, de la existencia de las verdades religiosas.

La fe ya no es un valor predominante en nuestra sociedad, el valor en alza es la experiencia, la vivencia.  Lo que está produciendo un gran número de agrupaciones sectarias en torno a favorecer la drogadicción mística y los fenómenos paranormales de carácter religioso.  Apariciones, milagros, mensajes del más allá, efluvios emitidos por los hombres dioses, y todo tipo de exaltadas sensaciones sagradas, están siendo los nuevos objetivos de gran número de buscadores.  La fe ya no es gran valor supremo, ahora es la vivencia religiosa, espiritual, esotérica, lo que se valora más por los caminos del alma.  Ahora, para creer en dios, casi hay que tocarlo, sentirlo, vivirlo, gozarlo.  La fe se ha quedado sola, ahora se lleva ver para creer.  Cambio en los valores espirituales que supone un regreso a volver a vivir los valores antiguos, los prehistóricos, los que crearon las creencias.  Cambios que no suponen una evolución, suponen más bien una regresión a nuestro pasado espiritual.  Ahora el típico buscador espiritual moderno se está comportando como el hombre religioso antiguo: cree en dios a base de vivirlo.  Se está regresando a Babilonia.  (Retroceso cultural que no considero negativo.  Prefiero la libertad de culto babilónica, que los siglos de creencias impuestos por las grandes religiones a golpe de espada).

El mayor peligro del regreso a los valores primitivos en los ámbitos espirituales reside en el aumento de la drogadicción mística, y en consecuencia en la irracionalidad con la que se puede llegar a comportar todo borracho de dios.  Es muy grande el peligro de que volvamos a caer en un nuevo periodo de inmovilidad, en siglos de adicción a estos viejos valores espirituales, cualquier drogadicción asentada en parte de la sociedad puede costar siglos erradicarla.

Puede pensarse que exagero, que todas estas historias no afectan a nuestro modernismo; pero yo no estaría tan seguro de ello.  Nuestra modernidad tiene mucho de escaparate, como lo han tenido otras grandes civilizaciones de la antigüedad, complacidas en que todo iba bien en su seno, mientras en las sectas se cocían revoluciones que pusieron patas arriba a imperios muy poderosos.  No querer ver el poder que tienen las sectas, obviar todo lo que se cuece en su seno, es arriesgarse a llevarse un susto (de muerte muy a menudo, como nos muestra la Historia).  Son muy poderosas las fuerzas espirituales que podemos desarrollar los seres humanos sumidos en densas atmósferas sagradas.  Obviarlas nos aboca a llevarnos sorpresas que pueden llegar a ser muy desagradables, por ello es necesario buscar alternativas lo más válidas y beneficiosas posibles.

Para salir de este nuevo periodo espiritual, insatisfactorio para muchos de nosotros ―que ya lleva décadas gestándose― no va a ser suficiente con mostrar el fraude de las movidas religiosas, habrá que encontrarles una alternativa válida.  Muchos de los grandes filósofos griegos, en los inicios de nuestra civilización, ya nos avisaron que los dioses no eran ropa limpia.  Pero, como no dieron alternativas válidas para drogadicción mística, el pueblo continuó drogándose, emborrachándose con los dioses, y con los nuevos dioses más tarde, más flamantes, más infinitos, más seductores.  Porque no pensemos que las creencias han sido exclusivamente impuestas por la fuerza, también hubo cierta complacencia en los creyentes para que así fuera, y la sigue habiendo.  Las creencias pueden darnos regalos sensoriales a los seres humanos tan gozosos, que podemos creer en auténticas estupideces si al hacerlo nos sentimos más felices.

Nos encontramos en un momento fascinante, la evolución de nuestros valores espirituales vuelve a encontrarse en un nuevo instante de crítico.  En la actualidad tenemos otra nueva oportunidad para salir del oscurantismo religioso, otra nueva oportunidad para dejar de ser borrachos de los dioses, pues ahora los tenemos a todos ―o a casi todos― ofreciendo sus dulces vinos al pueblo.  Circunstancia que nos puede ayudar a sospechar el engaño, así como a impulsarnos a buscar nuevas alternativas a tanta deidad contradictoria y a sus gozosas glorias divinas.

En mis sueños de futuro confío en que los cambios de los valores espirituales, que estamos experimentando en los últimos tiempos, nos permitan evolucionar hacia una espiritualidad más auténtica, más asumida por los hombres y menos proyectada en las divinidades.

Cuando vivíamos en nuestra prehistoria sexual, el placer era un tabú.  Los dioses de la fertilidad reinaban sobre las sociedades prehistóricas, suyo era nuestro sexo.  Levantábamos menhires o tótems fálicos que representaban nuestra virilidad, altares para una sexualidad que creíamos venida de los cielos, y dedicábamos templos a la fertilidad femenina; adorábamos algo que creíamos no nos pertenecía.  Ahora, que hemos asumido nuestro poder creativo sexual, abandonamos aquellos rituales y tabúes; somos responsables de la procreación de nuestra raza, y disfrutamos del sexo como algo nuestro.  El sexo fue una energía psíquica reprimida por las creencias, proyectada en los dioses, y ahora está liberada.  Esperemos que la energía sagrada también deje de estar reprimida por las creencias que aseguran que no es un fluir nuestro, esperemos de la divinidad deje de estar encarnada en los dioses, y sea liberada en cada individuo.

Cuando abandonemos nuestra prehistoria espiritual dejaremos de levantar altares a los dioses y dejaremos de considerar tabú las delicias de lo sagrado.  Habremos reconocido que dios es una dimensión humana y dejaremos de verla fuera de nosotros, abandonaremos los rituales de adoración, asumiremos la responsabilidad de nuestro poder creativo espiritual, y disfrutaremos del goce de lo sagrado como algo muy nuestro.

LAS TOXICOMANÍAS

No podemos abandonar el tema de las adicciones sin hablar de las toxicomanías.  El uso de drogas en esoterismo o en las religiones fue en la antigüedad algo habitual.  Los chamanes, los brujos y las brujas, utilizaban los alucinógenos como puertas de acceso a sus realidades virtuales particulares y para ponerse en contacto con las entidades que las pueblan.  La persecución a escala mundial de las drogas ilegales ha terminado con estas viejas costumbres.  Solamente se continúan utilizando en contadas ocasiones en el mundo de las sectas, y siempre en secreto.  Son en las sectas de carácter chamánico, de magia negra o de brujería donde más se pueden llegar a utilizar.

Yo nunca me pude permitir el lujo de drogarme (ni con las drogas legales), siempre temí que mi débil constitución física se me resquebrajara bajo la influencia de las drogas; además de que no me agrada cualquier perturbación de la conciencia o de la percepción.  Por lo tanto, no puedo hablar de las drogas con la propiedad que avala la experiencia.  Únicamente me permito el lujo de drogarme con las endorfinas  ―de las que ya hemos hablado― generadas por las experiencias místicas, pero sin llegar a alucinar ni a sumirme en placenteras somnolencias.

No obstante, sí que he sido testigo en varias ocasiones del consumo de drogas en el seno de las sectas por las que he andado, pero este consumo nunca fue inducido por la doctrina sectaria ni por el gurú de turno, sino por circunstancias ajenas.  Las sectas típicas occidentales procuran evitar que entre sus adeptos haya drogadictos; ya tienen bastante mala fama como para que encima la aumenten acogiendo a drogodependientes o induciendo al consumo de drogas.  Sin embargo, allá por los setenta, bastantes sectas acogieron una gran oleada de drogadictos provenientes del proceso de desintegración del movimiento hippy.  Muchos de estos jóvenes se introdujeron en el seno de las sectas como continuación del proceso de búsqueda del paraíso utópico, al que el movimiento hippy no les había conseguido llevar.  Y muchos de ellos continuaron en las sectas con sus drogodependencias adquiridas en sus años de hippy.  Yo fui testigo de cómo se desgañitaban los dirigentes de la secta de carácter hindú ―en la que me encontraba por aquellos años― predicando en vano para que no se consumieran drogas.  Se estaba intentando enseñar a meditar a unos jóvenes adictos a volar; y, para desdicha de sus instructores, no había forma de que se sumergieran en la quietud indispensable para iniciar cualquier tipo de meditación; las alteraciones que les producía su drogodependencia se lo impedía.  Los elixires sagrados que se vivían en el seno de las actividades místicas sectarias no saciaban por completo su sed de borrachera, y gustaban de mezclar la droga sagrada de la volada mística con las otras drogas tóxicas para volar más alto.  Naturalmente, cuando se caían, se hacían bastante daño.

La mezcla de las experiencias espirituales con el consumo de drogas es un cóctel muy explosivo del que es muy difícil salir bien parado.  Solamente los chamanes y los aficionados a la brujería se atreven a manipular esta mezcla.  Como yo no he estado en contacto con este tipo de vías esotéricas, no puedo apenas dar detallada información sobre ellas.  Uno de los argumentos más importantes que estas vías exponen para justificar el consumo de drogas en sus rituales es que lo hacen como se hacía en la antigüedad, de forma naturalmente asimilable para los individuos.  Aseguran  que en la actualidad es perjudicial el consumo de drogas porque se ha perdido el contacto espiritual con el alma de la planta alucinógena.  Dicen que las drogadicciones actuales son exclusivamente químicas, mientras que ellos consumen las drogas acompañados siempre de espíritus que ayudan a asimilar el impacto alucinógeno y a evolucionar espiritualmente al aprendiz de chaman, de brujería o de magia negra.  Yo, si desconozco estos métodos ―además de por el miedo que les tengo― es porque nunca he sido partidario de ellos.  En cualquier tipo de vía espiritual el estudiante ha de realizar un gran esfuerzo para integrar las variaciones internas propias de todo caminar esotérico; añadirle nuevas variaciones, producidas por sustancias de perturbación de la conciencia, me parece desbordar la capacidad de asimilación humana.

En mi opinión, si el chamanismo o la magia negra necesita de drogas tóxicas, es porque no son capaces de generar la suficiente atmósfera sagrada que provoque, en los asistentes a los rituales, una espontánea drogadicción mística a partir de endorfinas.  Digamos que sus métodos son un poco rudos, manejan la espiritualidad a lo bestia.  Al trabajar más con la energía de la tierra que de los cielos no alcanzan la sutileza suficiente para provocar la drogadicción natural mística, no son lo suficientemente espirituales como para prescindir de las drogas, necesitan de los tóxicos alucinógenos para penetrar en sus realidades virtuales espirituales y ponerse en contacto con sus dioses particulares.  No es la atmósfera sagrada quien los lleva a la borrachera, son las borracheras, que les producen las drogas que se suministran respirándolas, ingiriéndolas o a través de la piel, las que les llevan a vivir lo sagrado.

Como hemos visto en los capítulos anteriores no es necesario tomar sustancias tóxicas para alucinar en los caminos espirituales típicos.  Las drogas que segrega nuestro cerebro, de forma natural cuando estamos sumergidos en la vivencia de lo sagrado, ya son más que suficiente para hacernos disfrutar de dulces borracheras sin peligro de matarnos lentamente.  El efecto sedante de la paz espiritual es de una calidad muy superior a cualquier tipo de tranquilizante farmacéutico o de droga hipnótica.  Y si somos adictos a la “mucha marcha”, no hay mejor estimulante que la fuerza espiritual para darnos toda la cuerda que deseemos.  Y las visiones de los iluminados espirituales, o las apariciones que puede producir la experiencia religiosa, no tienen nada que envidiar a los efectos alucinatorios que produce el consumo de alucinógenos.

Estas propiedades biológicas de la vivencia de lo divino, están siendo aprovechadas por algunas organizaciones de carácter espiritual para crear programas de rehabilitación de drogadictos.  Sólo se trata de sustituir una adicción que está matando por otra inofensiva e incluso beneficiosa para el organismo.  Algo que puede parecer muy sencillo, pero que exige un gran esfuerzo y suele provocar fuertes crisis internas en los afectados.  Hay que tener en cuenta que para drogarse, la persona adicta a sustancias tóxicas, ha tenido que realizar siempre un tipo de esfuerzo digamos material, para conseguir el dinero que le van a costar las drogas, por ejemplo; y ahora tiene que hacer un tipo de esfuerzo, habitualmente desconocido para él, de tipo espiritual.  Es tal el cambio de valores que ha de realizar el drogadicto en su programa de selección de preferencias que no puede evitar sufrir una fuerte crisis de adaptación al nuevo sistema de vida.  Las organizaciones enfocadas en semejante empeño realizan esfuerzos dignos de ser aplaudidos.  Tenemos un ejemplo digno de mencionar en la asociación “Alcohólicos Anónimos”, sociedad empeñada en rehabilitar a los enfermos de una de las peores adicciones a un tipo de droga legalizada en los países desarrollados.  El uso que hacen de las propiedades divinas para curar a estos enfermos es ejemplar.  Sin afiliarse a ningún credo ni religión, invocan el poder divino para que les ayude en su curación, con tal grado de éxito que están mereciendo el aplauso de la sociedad.  Es uno de los pocos grupos sectarios que ha conseguido utilizar la fuerza espiritual para algo realmente práctico, sin necesidad de perderse por las ramas de complejas doctrinas.

Existen otros grupos de rehabilitación de drogadictos de carácter espiritual integrados en religiones o vías espirituales.  La sociedad ha de estar agradecida al esfuerzo que todos ellos están realizando para intentar rehabilitar a los afectados de una de las peores lacras de nuestra sociedad.  Aunque no vamos a negar que tras la rehabilitación de drogadictos, como tras cualquier otro servicio social de estas organizaciones, se esconda un notable proselitismo.

LA SANACIÓN

De todos es conocido que en el seno de las sectas no sólo se rehabilitan drogadictos.  Las artes curativas desarrolladas en ellas abarcan prácticamente la curación de todas las enfermedades existentes.  Mucho antes del nacimiento de la medicina, los chamanes y los brujos ya daban a sus enfermos pócimas medicinales envueltas en rituales esotéricos.  Innumerables métodos terapéuticos, muchos de ellos de carácter milagroso, son utilizados por las sectas en sus curaciones.  Unos trabajan con la bioenergía corporal, otros en la mente del paciente, y otros en el nivel espiritual.  Todos ellos usan los diferentes elixires, que han conseguido extraer de las dimensiones sagradas, y los aplican a sus técnicas terapéuticas particulares; son sus poderes curativos sobrenaturales.

Veamos algunos de ellos:  Los hay quienes afirman que toda enfermedad es una falta de energía en el cuerpo o una falta de armonía de las corrientes energéticas, y entre ellos nos encontramos a aquellos que utilizan las manos para canalizar la bioenergía, rellenar los vacíos energéticos o armonizar las corrientes por el cuerpo.  La imposición de manos es un gesto ritual ancestral de muy variada utilización.  A través de ellas fluye nuestra energía vital, de tal forma que cuando alguna parte de nuestro cuerpo nos duele, instintivamente ponemos la mano allí para aliviarnos.  Sin necesidad de ser curanderos todos sabemos que nuestras manos si no curan al menos alivian las dolencias.  Pero el sanador explota al máximo esta propiedad de las manos, y a través de ellas dice canalizar todo tipo de energías milagrosas que curarán al más enfermo.  También los hay que, poniéndose a la altura de las nuevas tecnologías, aseguran que no necesitan ponerle la mano encima a nadie para curarle y que son capaces de hacer el milagro por control remoto, enviando su curativa energía por el éter hasta quien la necesite.

Otras técnicas de armonización energética utilizan las piedras y las gemas, otras las esencias florales, otras las meditaciones, el Yoga, etc.

Y entre quienes trabajan con la mente del paciente se encuentran, por supuesto, aquellos que creen que toda enfermedad es producto de un desequilibrio mental; por consiguiente, su terapia habrá de ser aplicada a la mente del paciente, de tal forma que para dar la salud a una persona enferma,  solamente hay que convencerla de cambie la actitud mental que está originado su enfermedad.  Desde hace décadas ha sido la hipnosis muy utilizada para estos propósitos; pero hoy está haciendo furor la imposición del pensamiento positivo, en el consciente, claro está, porque hasta el inconsciente no se si seremos capaces de llegar y cambiar esos oscuros y negativos pensamientos ancestrales que llevan miles de años haciéndonos la puñeta.

Luego tenemos a los sanadores espirituales.  Estos, como es de esperar, afirman que el origen de nuestras enfermedades está en nuestra alma, y no dudan en tratarla.  Y como ellos no suelen ser capaces de llegar hasta allí, ―donde se encuentra nuestro espíritu― invocan al Espíritu Santo o al mismísimo Jesucristo, para que les haga el trabajo.  La Virgen María también es una buena curandera, recordemos los milagros de Lourdes y Fátima; y en todas y cada una de las abundantes apariciones, que lleva a efecto cada año, siempre hace alguna sanación milagrosa como regalo a alguno de sus devotos.  Tampoco hemos de olvidar las abundantes reliquias de santos a la que se les atribuyen propiedades milagrosas.

El espiritismo también nos trajo otra curiosa forma de sanación espiritual: son las canalizaciones.  Hay sanadores que aseguran no tomar parte en las curaciones que llevan a cabo: dicen que quien realmente trata a sus pacientes es algún eminente doctor fallecido que se encarna en ellos cuando están en trance.  Otros afirman que en ellos se encarnan fuerzas especiales del más allá o alguna que otra divinidad para curar a las gentes.

Luego tenemos a los afiliados al chamanismo, especialistas en relacionarse con los viejos espíritus de la Naturaleza, fuerzas ancestrales que  también se dignan en curarnos.  En muchas sectas se está volviendo a relacionarse con estos espíritus de la Naturaleza.  Y los chamanes nos aseguran que el olvidarnos de aquellas deidades de andar por casa nos está saliendo muy caro: la degradación de nuestro planeta y nuestras modernas enfermedades ―dicen― es consecuencia de una falta de respeto por la Naturaleza.  Y nos aconsejan recordar ese costumbrismo ancestral de no mover una piedra sin consultar al espíritu de la montaña, y de no manipular los ríos sin pedirle consejo al espíritu de las aguas.  (No cabe duda de que nuestros ingenieros de obras públicas están siendo muy desconsiderados con ellos).  ¿Cómo estará el espíritu del viento con tanta contaminación en el aire?  ¿Y el de las plantas con tanta devastación de los recintos selváticos?  ¿Y el de los animales salvajes?  No es de extrañar que cuando, los pocos chamanes que nos quedan, nos traducen el sentir de los espíritus de la Naturaleza, nos comuniquen que están muy disgustados.  Yo me lo pensaría antes de ponerme en sus manos, con lo enfadados que deben de estar con el hombre moderno, causante de todas sus desdichas, en vez de curarnos, igual tienen decidido acabar con nosotros para así salvar lo poco natural que queda en nuestro planeta.

Pero como todos somos libres de elegir sanadores, y sobre gustos no hay nada escrito, elijamos lo que elijamos, yo recomendaría hacerse un chequeo por profesionales de la medicina oficial de vez en cuando para observar si nuestra dolencia progresa hacia la curación o está empeorando.  Normalmente, cuando uno se pone en manos de estas personas profesionales de la sanación, se nos aconseja que no nos apliquemos ningún otro remedio aparte de aquellos incluidos en su terapia, pues podríamos perturbar su proceso sanador.  Esto hasta cierto punto es lógico, diferentes terapias pueden ser incompatibles.  Pero lo que sí podemos hacer, sin perturbar en absoluto la sanación, es hacernos una revisión médica de la dolencia que estamos intentando curarnos.  Sin embargo, aunque parezca extraño, esto no se suele hacer.  Primero porque la persona que ha solicitado una sanación es porque ha perdido la confianza en la medicina oficial, y no se fía ni de que le miren el pulso; y, segundo, porque hacerse un chequeo significa que se duda de los resultados de la sanación, y eso puede suponer una merma en la fe necesaria para la curación milagrosa, y un insulto a las fuerzas divinas que le están intentando curar a uno.  Hay muchas personas profesionales de la sanación que se ofenden si a sus pacientes se les ocurre hacerse un análisis de sangre o mirarse la tensión para ver como progresa la enfermedad de la que están intentado curarse.  Si es éste nuestro caso, podemos hacernos la revisión médica a escondidas, como ya aconsejé en el capítulo del ayuno.  Ya sea de una forma o de otra, la revisión no sólo me atrevo a aconsejarla sino que la considero obligada, sobre todo si nos estamos intentando curar de dolencias graves.  Si la curación marcha bien, los resultados del chequeo nos lo confirmará, y, si estamos empeorando, también nos lo confirmará.  Se puede pensar que no es tan necesaria la revisión médica como afirmo, pues, las personas notamos cuando nuestro organismo mejora o empeora.  Esto es cierto, pero también es cierto que los profundos niveles de sugestión, que se nos pueden inducir en las sanaciones, nos pueden hacer pensar, e incluso sentir, que estamos mejorando, cuando en realidad estamos empeorando.  Como ya comentamos cuando hablamos sobre los indicadores del rumbo, un argumento típico, de este tipo de sanaciones, es que previamente a toda curación se produce un empeoramiento.  Esto sucede muy a menudo en estas curaciones, es como una crisis que se produce al iniciar la terapia, que incluso se interpreta como un síntoma de que el tratamiento está empezando a ser efectivo.  Yo vuelvo a insistir en que abandonemos la sanación si el empeoramiento se alarga demasiado.  Es muy corriente observar en el seno de sectas con cariz sanador ―que son la mayoría― a muchos de sus miembros asegurar que su proceso curativo espiritual va de maravilla, pues se encuentran cada día peor.  Se dan todo tipo de explicaciones esotéricas al incremento de sus males.  Incluso si el fanático paciente es creyente en la reencarnación y en el Karma, puede permanecer sufriendo toda su vida enfermedades y crisis curativas sin mover un dedo fuera de las terapias esotéricas que él conoce, considerando sus dolencias como naturales consecuencias del Karma, padecimientos que soportará estoicamente durante toda su vida, y aún pensará que necesitará de más vidas padeciendo para terminar de pagar su deuda Karmica.  Esto no es serio, pero sucede muy a menudo.  Y cuando alguna de las personas, sumergidas en semejantes padecimientos sanadores, pierde la fe, despierta de la pesadilla y decide abandonar tan penosa terapia, se le suele aconsejar que no lo haga, pues abandonar la sanación en un momento tan crítico es muy perjudicial para la salud (y sobre todo para el bolsillo del sanador o para el prestigio de la secta sanadora).

No vamos a negar que algo de razón tienen los sanadores con todos estos argumentos, pero nunca hemos de olvidar que la salud es nuestra responsabilidad.  Por ello, no debemos de dejar a un lado nunca las revisiones médicas cuando estemos llevando dichos tratamientos.  Si nos estamos curando, nos darán una alegría cuando nos den los resultados de los análisis, y, si no es así, tiempo tendremos para tomar otras decisiones.  Ya son demasiados los casos de personas que, por confiar ciegamente en cierto tipo de sanación y no hacerse revisiones médicas, acabaron en el hospital en peor estado que estaban cuando abandonaron la medicina oficial.

Sé que para las personas que confían su curación a las divinidades, dudar de ellas es casi un sacrilegio.  Creen en sus sumos sacerdotes cuando les dicen que pueden curarlos, creen en ellos incluso cuando les aseguran que sus enfermedades son producto de espíritus malignos, y que para curarse necesitan un exorcismo.

EL EXORCISMO

Cuando la sanación se realiza en al dimensión espiritual es porque se considera la enfermedad del cuerpo como un reflejo de la enfermedad del alma, en muchos casos producida por algún maligno espíritu que se intentará expulsar de la víctima enfermiza.  Sanaciones que se están haciendo muy populares por realizarse a menudo en agrupaciones, con gran alboroto emocional, durante los rituales religiosos que las acogen.  El principal cuidado que hemos de tener, si hemos escogido este tipo de sanación, es en las etapas previas a la curación, cuando se nos está diagnosticando el mal que tenemos;  porque como se nos diagnostique que nuestra enfermedad es producida por un terrible demonio, es posible que al sacarlo de nuestro cuerpo nos saquen también a nosotros.  Se están dando casos de exorcismos realizados por “sanadores” con resultado de la muerte del paciente.  Auténticas carnicerías, baños de sangre realizados por chapuzas exorcistas, que destrozan el cuerpo del paciente al hurgar brutalmente en él en busca de un demonio que probablemente ni existe.

Toda secta achaca sus males a las fuerzas maléficas del inframundo.  Idea muy peligrosa cuando se cree que esas fuerzas están encarnadas en algún individuo o grupo de individuos, pues se emprenderá una guerra santa contra ellos.  También es típico que las sectas se mantengan en una lucha constante contra los estamentos sociales que ostentan el poder calificándolos de demoniacos, incluso países con cierta tradición religiosa pueden emprender una guerra contra otros países de diferentes creencias por considerarlos nidos de fuerzas satánicas.  Estas aptitudes agresivas son muy peligrosas, han sido siempre la causa de terribles guerras.

Y, como todavía la ideología exorcista continúa vigente en los ambientes espirituales de los países desarrollados, su peligrosidad permanece, porque, aunque nuestras leyes y sistema policial ya no permitan guerras santas entre grupos, sí que se permite la sanación de cariz exorcista practicada por aquellos sanadores que creen que esas fuerzas o esos demonios se han encarnado en una persona.  Lo que permite iniciar terribles procesos de exorcismo que en ocasiones han terminado matando a la persona afectada.

Cierto es que los casos extremos con resultado de muerte se dan en contadas ocasiones, pero no está de más no bajar la guardia si estamos llevando a efecto algún tipo de terapia espiritual con connotaciones exorcistas.  Si nos hemos metido en un proceso de curación semejante y vemos que están desarrollándose los acontecimientos como acabo de exponer, antes de llegar al fatídico final, hay que abandonar la trágica terapia.  Y si la persona o personas que nos están tratando insisten en sacarnos el mal del cuerpo en contra de nuestra voluntad, no se debe dudar ni un momento en acudir a la policía.  Más vale vivir con un demonio a cuestas que no vivir; porque lo más probable es que el demonio no exista sino en la mente de aquellos que lo necesitan para seguir manteniendo su profesión de sanadores exorcistas.

Cuando un personaje o personajes se escenifican en la realidad virtual espiritual de una religión u otra vía espiritual es porque, habitualmente, les da cuerpo algún tipo de fuerza psíquica o situación especial muy humana.  Podríamos decir que el dios benevolente que reina en nuestra civilización encarna ciertas fuerzas positivas del hombre, y el demonio fuerzas negativas.  El exorcismo se produce cuando estas dos fuerzas opuestas del hombre se encuentran, y las fuerzas del bien intentan imponerse a las fuerzas del mal.  Entonces se produce una resistencia al cambio.  Los seres humanos tenemos aspectos del bien y del mal en nuestro interior en un equilibrio inestable, en pugna constante.  Cuando una persona se sumerge en una experiencia de lo sagrado, si lo hace bruscamente, sin seguir un proceso lo suficientemente lento como para asimilarlo con naturalidad, vivirá una crisis de rechazo hacia el nuevo estado interior, que incluso podrá ser convulsiva.  Entonces tendremos lo que llamamos un exorcismo.

En este estudio estamos denunciando el error que supone creer que son reales los personajes o fuerzas espirituales, pero no los estamos considerando creaciones banales de la mente humana, como ocurre muy a menudo, incluso por algunos profesionales de la psicología, que llegan a afirmar que tanto dios como el diablo son creaciones de la imaginación del hombre para quitarse culpas y eludir responsabilidades, sin más consecuencias.

Nosotros nos inclinamos por pensar que los personajes de las realidades virtuales espirituales son producidos por impulsos psicológicos muy profundos y muy reales, no por banales caprichos de fantasía.  El que no hayamos llegado todavía a conocerlos en profundidad, no nos da derecho a negar la realidad que esconden.  Sabemos que el dios del rayo fue una creación de la mente religiosa del hombre prehistórico; pero, aunque el rayo no sea un dios, continúa achicharrando a todo el que le cae encima.

Nuestro desarrollo científico nos ha permitido reconocer que las propiedades místicas, que nuestros antiguos atribuían al dios del rayo, no son sino producto de su ignorante imaginación calenturienta; sin embargo, las propiedades físicas continúan vigentes, y continuarán siéndolo mientras sigan cayendo rayos sobre la tierra.  Con esto quiero decir que tras cada creación de entidad o circunstancia de los mundos virtuales espirituales, se esconde una realidad que no podemos ignorar aunque no la hayamos reconocido científicamente.  A mi entender, está más cerca de la verdad aquel que cree en dios o en el diablo que quienes piensan que tras ellos no hay nada.  A estas entidades virtuales las han creado unas pulsaciones psicológicas o espirituales de indudable fuerza e importancia.  Que no las conozcamos científicamente, no quiere decir que no existan.  Estamos de acuerdo en que las realidades virtuales espirituales y sus personajes son creaciones de la mente humana, ¿pero qué hay detrás de esas creaciones?,  ¿qué impulsos psicológicos les dan vida?

No hay otra forma de responderse a estas preguntas que reconociendo las vivencias espirituales puras.  Algo que podemos conseguir observando cómo se produce en nosotros el proceso de atribuírselas a diferentes personajes o a diversas características de los mundos espirituales.

Este análisis comparativo, antiguamente, no era apenas posible llevarlo a efecto, pues las personas espirituales, no tenían otra opción de desarrollar su espiritualidad que en la religión dominante del país donde hubieran nacido.  Pero, en la actualidad, una persona puede obtener vivencias religiosas semejantes en el seno de diferentes credos, lo que le permite separar por un lado la misma vivencia de lo sagrado y por otro lado las distintas creencias religiosas que la envuelven.  Algo que nos permite comprobar que una misma vivencia puede estar representada virtualmente de muchas formas en las diferentes realidades virtuales espirituales que puedan existir.  Lo que nos hace sospechar que la vivencia es algo real, mientras que la creencia en el personaje, o circunstancia virtual donde podemos asentarla, son creaciones de la mente, pues varían de una realidad virtual a otra, según la religión o vía espiritual que estemos siguiendo.

Y como hemos sido capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza del rayo y a descartar todas las falsas elucubraciones mentales que el hombre antiguo hacía sobre él, quizás algún día seamos capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza tanto de dios como del diablo, después de descartar todas las abundantes y falsas elucubraciones mentales que el hombre ha hecho siempre sobre ellos.

A las personas que nos ha tocado experimentar a dios y al diablo, en diferentes métodos de realización espiritual o religiones, nos cuesta menos separar la experiencia de la creencia que a las personas que se mantienen en una creencia de por vida.  He llegado a conocer tantas personificaciones de manifestaciones divinas y demoníacas que, ya instintivamente, no les doy gran importancia a estos personajes virtuales, mi interés se centra en la esencia que ellos representan y transmiten, y en nuestra capacidad de gozar lo divino o en nuestra fatalidad de sufrir lo demoníaco.

El exorcismo es el resultado del choque de estas dos tendencias humanas opuestas entre sí.  A medida que seamos capaces de observarlas en esencia, y de controlar su manifestación en nosotros, irá desapareciendo la teatralidad dramática que habitualmente envuelve a este tipo de sanaciones.  Existen vías de realización espiritual y maestros o gurús que son capaces de enseñarte a sumergirte en lo sagrado sin necesidad de desmayos, ni de ataques epilépticos.  Su capacidad de iniciarte en el conocimiento de lo divino es de suficiente calidad como para que en el seno de su enseñanza no se produzcan extraños aspavientos sensacionalistas de grandes exorcismos.

Un exorcismo es también consecuencia de un elevado grado de relajación conseguido de forma excesivamente rápida que la paz divina puede producir en el individuo que la experimenta.  Como comenté en el capítulo de la relajación, relajarse es liberar las tensiones inconscientes y los impulsos psicológicos que las produjeron.  Toda vivencia intensa de lo sagrado implica una profunda paz, una profunda relajación, de esta forma nos liberamos de todo aquello que no aceptamos de nosotros, abrimos la caja de Pandora, y los impulsos psicológicos reprimidos que generan las tensiones inconscientes pueden tomar forma en las realidades virtuales espirituales en forma de demonios, que al expulsarlos tan rápidamente de nuestro cuerpo armarán la marimorena.

Si la paz divina experimentada es de suficiente calidad, penetrará en nosotros progresivamente y podremos asimilarla, a la vez que nos ayudará a integrar todo lo reprimido que desprende de nosotros, sin producirnos las escandalosas crisis típicas del exorcismo muy difíciles de digerir.

Muchas personas han escogido el exorcismo como sanación por el sensacionalismo que encierra.  Las indudables fuerzas esotéricas, que se manifiestan durante un exorcismo, alimentan la fe en aquellos creyentes que se dejan deslumbrar por las convulsiones físicas que puede producir el impacto de lo sagrado arrojado violentamente sobre los individuos.

Para concluir este capítulo, solamente recordar que un auténtico crecimiento, ya sea físico o espiritual, siempre se produce de forma imperceptible.  Todo lo demás es un espectáculo circense atractivo para  aquellas personas que creen en las ilusiones de los magos de las realidades virtuales espirituales.

LAS MEDICINAS ALTERNATIVAS

Los sistemas de curación, que se encuadran en las llamadas medicinas alternativas, se encuentran entre la sanación y la medicina oficial; unas se aproximan a las técnicas curativas comentadas en los anteriores capítulos, y otras se acercan a la medicina oficial debido a la rigurosidad y seriedad de sus procedimientos curativos.  Entre estas últimas se encuentran la acupuntura, la homeopatía y la osteopatía; incluidas en el cajón de sastre del naturismo por tratarse de métodos curativos llamados naturales, en los cuales también se incluyen otras diferentes terapias que utilizan elementos de la naturaleza, como son las famosas plantas medicinales, el agua, el barro, dietas vegetarianas, macrobióticas, el ayuno, etc.

Los médicos naturistas han tenido una gran aceptación en los últimos años.  Pero sucede que en muchos de los países desarrollados no están regulados oficialmente, lo que propicia que cualquiera pueda colgarse un título de una especialidad sin apenas haberla estudiado, a pesar de que muchas de estas disciplinas terapéuticas necesiten ser estudiadas durante años, como si de unos estudios universitarios de medicina se tratara.  Por lo tanto, nos podemos encontrar con doctores titulados en la misma especialidad pero con grados de estudio muy diferentes: mientras unos han conseguido su título a base de hincar los codos durante años, a otros se lo han podido dar en un par de cursillos.  Para solventar este problema de diferencias, estas nuevas vías de medicina alternativa tienen sus propias titulaciones, donde queda bien claro el nivel de estudios del especialista.  Pero, como estos niveles no son de dominio público, la persona que busca curación suele dejarse guiar por el título genérico de la disciplina sanadora sin prestar atención a estos detalles, por lo que es frecuente terminar en manos de un inexperto.

No olvidemos ser muy precavidos a la hora de elegir a un terapeuta de este tipo.  No podemos dirigirnos a él con la misma confianza que cuando vamos a un médico oficial.  Hay que esmerarse en leer la letra pequeña de todos los títulos que puede llegar a ostentar el sanador en la pared del despacho de donde pasa la consulta: conviene recordar que un solo título, que avale unos estudios de varios años, es mucho más valioso que un montón de títulos conseguidos en cursillos de fines de semana.  Y si el terapeuta está doctorado en medicina, es médico oficial, mucho mejor; pues aunque esto no nos garantice que sea un buen profesional de la medicina alternativa que practique, al menos tendrá unos estudios universitarios que le habrán enseñado una ciencia valiosísima a la hora de jugar con nuestra salud.

A diferencia de cuándo el naturismo irrumpió en nuestra sociedad, en guerra con la medicina oficial, en la actualidad ya se están calmando un poco las aguas, e incluso se puede hablar en muchos casos de sabias alianzas para beneficio nuestro.  La medicina tradicional tomó buena nota de las furibundas críticas que el naturismo hizo sobre ella hace unas pocas décadas, y una vez corregidos muchos de sus errores, incluso ha sido capaz de aliarse con su fiero enemigo, tomando de él lo más esencial de su filosofía naturista.  Y, a su vez, el naturismo ha hecho otro tanto: envainada su espada pendenciera, está aprovechando los indudables conocimientos de la medicina científica para enriquecer su ideología naturista.

Hace treinta años, mi condición de persona enfermiza, me obligaba a recibir frecuentemente tratamientos de la medicina oficial.  La frecuente ingestión de fármacos, de dietas erróneas y de intervenciones quirúrgicas, a la vez que me estaban curando de mis enfermedades, me generaban otras que mi debilitado organismo apenas podía soportar.  La abundante  administración de fármacos, en especial de antibióticos, estuvo a punto de acabar con mi vida.

Guiado por el instinto de supervivencia, acudí a las medicinas alternativas (incluido el yoga), que progresivamente terminaron por devolverme la salud.  Entre sus consejos “naturales” me decían que huyera de la medicina oficial como si de la peste se tratara.  Algo que no dudé en llevar a efecto, a pesar de que me creaba algunos problemas, porque cuando caía enfermo y necesitaba la baja laboral, tenía que acudir al médico de la Seguridad Social.  Al final, durante los años que duró mi rehabilitación naturista, estuve acudiendo a la consulta médica oficial exclusivamente para recibir la baja laboral cuando la necesitaba; el tratamiento que me ponía el doctor no lo seguía, y las medicinas que me recetaba las tiraba a la basura.  A la vez que seguía el tratamiento de médico naturista que me estuviera tratando en ese momento.

En la actualidad las cosas han cambiado notablemente, la medicina oficial ha corregido muchos de sus errores, de tal forma que hoy no dudo en acudir a mi médico de cabecera de la Sanidad Pública y seguir su consejo cuando tengo alguna dolencia, pues observo con alegría cómo me receta alguno de aquellos viejos consejos de nuestras abuelas, muy naturales, cuando no es necesario intoxicarse con medicación alguna.

Es de agradecer la influencia de naturismo que la medicina oficial ha permitido colarse en su vieja rigidez científica.  A la vez que también es de agradecer la merma del fanatismo en las filas naturistas.

En los primeros años de guerra entre la medicina oficial del naturismo, innumerables pacientes fallecieron en manos de naturistas que podrían haber sido curados por la medicina oficial.  Hoy es de agradecer a muchos médicos naturistas, que reconociendo sus limitaciones, no dudan en mandar a sus pacientes a quienes fueron sus viejos enemigos cuando observan que, por ejemplo, con una intervención quirúrgica se puede extirpar un cáncer que ellos difícilmente podrían curar.

Sin embargo, hemos de tener en cuenta que hoy todavía algunos naturistas continúan en pie de guerra contra la medicina oficial, por ello insisto en que nunca está de más hacerse de vez en cuando una revisión médica, por los especialistas de la sanidad pública, mientras nos estemos tratando con alguno de esos naturistas.  No vaya a ser que acabemos siendo víctimas de una guerra que no va con nosotros.

Y a los partidarios de la medicina oficial no les vendría nada mal hacerse una revisión naturista de vez en cuando.  La ciencia médica no es perfecta, y el naturismo nos puede dar una visión diferente de nuestros males que puede ayudarnos a remediarlos.  Las revisiones naturistas son muy sencillas de hacer, no son complejas ni dolorosas como muchas de la medicina oficial, con estudiar el iris del paciente suele ser suficiente para dar un diagnostico del estado general.

No está nada mal contrastar pareceres de diversos profesionales respecto a nuestra salud.  Cuanto más practiquemos una medicina preventiva mejor, ya sabemos que más vale prevenir que curar.  Aunque esto nos exige el esfuerzo añadido de elegir una terapia u otra, algo que no sucedería si fuésemos a un solo médico o usáramos una sola medicina.  No está nada mal tomar una responsabilidad más directa en el mantenimiento de nuestra salud.  Es muy lamentable observar como ciertas personas responsabilizan de su salud a los médicos o a un tipo de medicina mientras ellos continúan sin abandonar los hábitos que les están produciendo las enfermedades.  Tomar responsabilidad directa en nuestra curación, sobre todo si además hemos acudido a las medicinas alternativas y nos está costando dinero, nos obliga a tomar una parte más activa en el mantenimiento de nuestra salud, algo que es muy saludable.

Incluso los gobiernos de los diferentes países están empezando a ver con buena cara a las medicinas alternativas, pues están ayudando a desahogar sus cargados presupuestos de Sanidad Pública.

Ahora bien, conviene reseñar que ningún tipo de medicina es una panacea, a pesar de que muchas de las medicinas alternativas se anuncien como tal.  No voy a negar que cuando me inicié en mis tratamientos por el naturismo creí haber descubierto un filón que me daría la salud para siempre, pero el paso de los años me está demostrando que nuestros males se pueden llegan a inmunizar ante los métodos terapéuticos que en el pasado nos curaron.  Esto es algo semejante a lo que sucede cuando los virus o las bacterias se inmunizan ante los antibióticos que en otro tiempo consiguieron combatirlas. Por ello es conveniente tener siempre a mano otra medicina alternativa, otro método curativo, para no cesar en la lucha contra las enfermedades.

La razón por la cual algunas enfermedades se resisten a ser curadas quizás la encontremos en las profundidades de nuestra mente.  La relación entre nuestros pensamientos y nuestro cuerpo cada vez está siendo más reconocida.  Modernas investigaciones de la psicofísica están demostrando que muchas de las enfermedades son producidas por actitudes mentales.  Me temo que si seguimos tratando la enfermedad solamente a un nivel físico no haremos otra cosa que desplazarla de un lugar a otro del cuerpo, o tendremos salud hoy pero nos faltará mañana.  En el libro “La enfermedad como camino” tenemos un interesante estudio al respecto, con consejos para actuar ante las enfermedades.

Yo apuesto por estas modernas líneas de investigación que están descubriendo cómo en lo más profundo de nuestra mente inconsciente existen ciertos tipos de pensamientos que nos están robando la salud.  La moderna psicología científica está demostrando que nuestra mente actúa de forma semejante a un ordenador.  Digamos que las enfermedades estarían producidas por códigos o profundos programas dañinos para el sistema central que regula la salud del cuerpo.  Ojalá pronto seamos capaces de solucionar los problemas de nuestra mente para poder beneficiar la salud de nuestro cuerpo.  Seguro que los gobiernos estarían encantados de que así fuera.  Pues las recetas de la Sanidad Social les saldrían muy baratas, ya que solamente se le recetaría al paciente pensar de forma diferente.

LA REENCARNACIÓN

Como acabamos de ver en los anteriores capítulos, cada creencia espiritual trata a las enfermedades a su manera: después de deducir en su sueño particular su origen, las presentan como si fueran cualquier otro elemento de sus realidades virtuales espirituales.  Recordemos el concepto sobre el origen de las enfermedades que se tiene en las religiones derivadas de las enseñanzas bíblicas, donde se afirma que la enfermedad es consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres.

Los creyentes en la reencarnación tampoco se quedan mancos a la hora de inventarse el porqué de las enfermedades.  Nos dicen que son consecuencia de nuestro mal Karma, originado por la suma de nuestras malas acciones a lo largo de nuestras innumerables vidas, que nos las debimos pasar dándonos a la gran vida sin pensar demasiado en las consecuencias.

Y para alcanzar la salud, según nos dicen unas u otras creencias, hemos de sufrir alguna especie de expiación sanadora, pasando por una obligada práctica de la virtud, sanadora también.  Así purgamos nuestros pecados, según las creencias bíblicas, y, por la gracia de dios, nos librarnos de las terribles consecuencias enfermizas del pecado original.  Y, según la teoría de la reencarnación, con la práctica de las virtudes nos curamos de las consecuencias de nuestras malas vidas pasadas, compensando en ésta los excesos que realizamos en las otras.  Así sanamos nuestro karma, reduciendo los números rojos de la deuda que tenemos con la vida, según ellos, claro está.

Mas nuestras enfermedades no solamente pueden ser consecuencia del karma según la teoría de la reencarnación, también pueden ser debidas a traumas heredados de otras vidas.  Si está demostrado que los traumas de la infancia nos afectan a lo largo de nuestra vida, ¿cómo no nos iban a afectar los de las vidas pasadas?

Y, de la misma forma que el psicólogo se esfuerza por revivir los traumas de la infancia de sus pacientes para sanarlos, los psicoterapeutas de la reencarnación, a través de la hipnosis, se esfuerzan también por revivir los traumas de otras vidas de sus pacientes para sanarlos.  Por supuesto que semejante terapia no es científica ni está aceptada oficialmente por la psicología, a pesar de que en algunos países se estudie en las universidades.  Muchos psicólogos, profesionales de la hipnosis, creen que las regresiones a otras vidas son imaginaciones inducidas tanto por el paciente como por el psicoterapeuta.

Aun así, las regresiones a vidas pasadas se están haciendo muy populares, no sólo para efectuar sanaciones, sino como investigación de nuestro supuesto pasado prenatal.  La teoría de la reencarnación ha dado respuestas, más o menos convincentes, a muchas de las preguntas sobre nuestra existencia.  Pero también, como suele suceder, nos ha traído nuevas preguntas que somos incapaces de responder.

Yo, como tengo por costumbre, discrepo; y no creo que la teoría de la reencarnación nos muestre exactamente lo que realmente sucede con las almas de los mortales.  La transmigración de las almas (al igual que el acabar en un cielo o en un infierno) no creo que sea otra cosa que producto de viejas realidades virtuales espirituales.  Ya en civilizaciones antiguas se creía en la transmigración de las almas, sin ponerse muy de acuerdo en el lugar de dónde venimos, ni a dónde vamos, ni en qué nos reencarnamos después de la muerte cuando se asegura que volvemos a este mundo; pues unos dicen que nos vamos a mundos más sutiles, otros que pasamos a animales, o incluso a plantas.  La teoría más aceptada actualmente es que nos volvemos a reencarnar en otras personas.

Como venimos deduciendo, las realidades virtuales espirituales escenifican profundas fuerzas de nuestro inconsciente colectivo.  No son vanas fantasías sin justificación alguna, sino que nos muestran facetas de nuestras profundidades de diferentes formas, como si se tratara de diferentes tipos de sueños que nos muestran mensajes psicológicos semejantes.  Cuando dormimos, nuestro subconsciente puede escenificarnos mediante sueños distintos una misma vivencia psicológica.  Si somos capaces de descifrar su mensaje onírico, habremos obtenido un resultado eminentemente práctico de unos sueños.  Las realidades virtuales espirituales, aunque sean muy diferentes entre sí, nos muestran semejantes aspectos de nuestras profundidades.  Llegar a interpretar los mensajes que nos transmiten, intentar descifrar su sentido profundo es uno de los empeños de este estudio.  La trasmigración de las almas que proclaman muchas creencias pone de manifiesto un anhelo intemporal del hombre, una soñada infinitud de nuestra existencia, un revelarse ancestral contra la fatalidad de la muerte.  La infinitud temporal es reivindicada tan a menudo, y de tan diversas formas, en los caminos espirituales, que todo parece indicar que nos pertenece por derecho propio.  En mi opinión, las creencias que proclaman nuestra naturaleza eterna, no lo hacen únicamente por huir del miedo a la muerte, por pretender zafarse de nuestro terrible final corporal, como muchas personas incrédulas en el más allá afirman.  Son tan insistentes los sueños esotéricos de eternidad en los caminos espirituales, que no cabe duda de que algo muy importante nos están mostrando sobre nosotros, todavía desconocido.   El ser humano no ha cesado nunca de imaginar, de soñar y de creerse, la eternidad de su vida de multitud de formas.  Conocemos muchos sueños de eternidad, pero no conocemos nuestra realidad eterna.  En las realidades virtuales espirituales nos encontramos con muy variadas escenificaciones de nuestra naturaleza profunda, creencias diversas con tal grado de contradicciones que nos resulta muy difícil descifrar la auténtica realidad que las origina.  Pero, aun así, lo seguiremos intentando.

Podemos continuar nuestras investigaciones estudiando la influencia de las realidades virtuales espirituales en nuestra vida material.  Ya sabemos que según sean tratadas por las fantasías esotéricas las fuerzas esenciales que las originan, se obtendrán de ellas unos u otros resultados prácticos, todo depende de la realidad virtual espiritual donde el creyente deposite su fe.  Recordemos como el ejemplo más significativo a los milagros, muestras físicas indiscutibles para el creyente de que su fe está más que justificada.

La creencia en la reencarnación también produce resultados eminentemente prácticos: los efectos sanadores de las regresiones a otras vidas son indudables para el creyente en la reencarnación, y muy valiosos para comprender su vida actual: consecuencia de sus supuestas vidas anteriores.  Estas terapias son semejantes al psicoanálisis de los sueños, con la diferencia de que el creyente en la reencarnación no considera sueños las visiones que obtiene de sus vidas anteriores.

No vamos a entrar en detalles sobre las particularidades de la reencarnación, existe abundante literatura sobre ello para todo aquel que desee introducirse en el hipotético pasado que nos brinda.  En lo que sí vamos a centrarnos  ―como tenemos por costumbre― es en los aspectos fraudulentos de está realidad virtual espiritual.  Como en cualquier otra fantasía esotérica, la principal trampa en la que podemos caer es en creer en ella ciegamente, en no considerarla como lo que es: un sueño espiritual, una escenificación de nuestras fuerzas y circunstancias ocultas.

Cuando comencé a iniciarme en el conocimiento de está filosofía quedé fascinado por ella, pues nos ofrece ―como toda realidad virtual espiritual― una visión muy convincente de nuestro supuesto existir antes de nacer y después de morir.  Todo parecía encajar, mi vida era resultado de mis otras vidas pasadas, en mis regresiones pude contemplarme en otras vidas, y encontré explicación para las circunstancias de mi vida actual.  Tan fascinante me resultaba aquello que puse en marcha todo mi espíritu investigador.  Era necesario afianzar lo descubierto con toda mi capacidad de indagación experimental, no porque lo pusiera en duda, sino porque mi mentalidad siempre me ha exigido una comprobación rigurosa del grado de ilusión o de realidad de lo descubierto.

Y bien es cierto que no es buena idea ponerse a investigar con cierto espíritu científico a las realidades virtuales espirituales cuando uno se encuentra a gusto en ellas, pues acaban desmoronándose como castillos de naipes.  Siempre se le ha aconsejado al creyente que, si no quiere perder la fe, deje a un lado la razón ante los misterios de las verdades reveladas.  Pero yo nunca pude evitarlo, y siempre fui de una realidad virtual a otra esperando que alguna de ellas dejara de ser virtual y fuera real; mas siempre, al final, acababa defraudado por el elevado grado de irrealidad de estas creaciones de la mente humana.

Cuando estudiemos los mensajes del más allá, base fundamental de las realidades virtuales espirituales, veremos que son inducidos por impulsos psicológicos no tan divinos ni tan reales como los considera el creyente en ellos.  Y en el caso de las regresiones a otras vidas sucede otro tanto.  Si el creyente en la reencarnación se empeña en demostrar que su anterior vida sucedió de cierta manera, no cabe duda que todas sus regresiones le hablarán de ella según él se la imagine.  Pero si observa fríamente los mensajes que le llegan de su hipotético pasado prenatal, sin aferrarse a ellos ni pretender sellarlos como creencia indudable, empezará a observar que no son otra cosa que explicaciones que nuestra mente nos da para satisfacer nuestras ansias de explicarnos de dónde venimos y a dónde vamos, películas de vidas pasadas que no son otra cosa que sueños producidos por las circunstancias que vivimos en esta.  Con esto quiero decir (y siento discrepar con los creyentes en la reencarnación) que ésta, nuestra vida presente, no es consecuencia de nuestras pasadas vidas, sino que nuestras vidas pasadas, que nos muestran las regresiones, son consecuencia de las circunstancias que vivimos en ésta.  Llegar a esta conclusión es muy sencillo: solamente es necesario cambiar lo más posible las circunstancias de nuestra vida actual para observar cómo cambian los mensajes que nos puedan llegar de nuestras vidas pasadas.

Una buena forma de comprobarlo es cambiando de secta o religión de creyentes en la reencarnación, si es que ya estamos en alguno de estos grupos esotéricos; de esta forma veremos como no solamente son nuestras circunstancias individuales las que afectan a las películas que nos llegan de nuestras vidas pasadas, sino que también el grupo cultural al que pertenezcamos influencia sobre los mensajes de nuestro pasado remoto que nos puedan llegar; de la misma forma que, si nuestras regresiones son asistidas, también se verán influenciadas por la persona que nos esté ayudando.

Estas influencias, ya sean nuestras o de los demás, crean y recrean nuestras vidas pasadas.  Creaciones al servicio, en muchas ocasiones, de los intereses, instintos y pasiones más miserables del hombre.  Por lo tanto, llegados a este punto, hemos de poner otra señal de peligro en nuestro paseo por los caminos sectarios.  La cultura de la reencarnación, como cualquier otra cultura religiosa o esotérica basada en una realidad virtual espiritual, puede convertirse en una peligrosa trampa, donde oscuros intereses de grupo o individuales se disfrazan de virtuosismos espirituales, engañando a los creyentes.

Veamos unos ejemplos prácticos: si se pertenece a un grupo de creyentes en la reencarnación, las noticias que nos lleguen sobre nuestras vidas pasadas, ya sea a través de nuestras propias regresiones o de los mensajes que nos transmitan los videntes del grupo, estarán influenciadas por las creencias espirituales del grupo, es decir:  si en el grupo se practica algún tipo de chamanismo ―por ejemplo― sus miembros serán indios reencarnados de antiguas tribus, importantes brujos de otras épocas que han venido a esta vida para volver a reunirse y volver a intentar salvar al mundo, ya que se conoce que antes no lo consiguieron.  Esto, como se podrá comprender, afianza más los lazos de hermandad sectarios, ata a sus miembros entre sí, pues se considerarán eternos compañeros de viaje en el tiempo siempre unidos a través de la Historia.  Por lo tanto, la ideología de la reencarnación les ha venido como anillo a dedo a las sectas por lo que puede llegar a reforzar la unión entre sus miembros.  Tampoco es infrecuente que se visualicen en sus regresiones lazos familiares entre ellos en otras vidas.  Si me piden que levante acta de las personas que se han declarado familiares míos en otras vidas, no sería capaz de hacerlo debido a su elevado número.  Claro está que si ahora alguien viene diciéndome que es un antiguo primo mío, que convivió conmigo allá por el medievo, y que le devuelva los maravedíes de oro que me prestó por aquella época, no puedo sino tomármelo a broma.  Pero no es una broma.  La persona novata en estas lides, o aquella que lleva años creyendo en la reencarnación sin realizar minuciosos análisis comparativos, se cree a pies juntillas todo lo que le dicen y todo lo que visualiza.  Y es realmente impresionante recibir la noticia de que una persona, a la que no conoces de nada, haya sido tu padre en tu vida pasada, o tu madre o tu hermano o tu cónyuge;  y a partir de ahí no es difícil imaginarse todo tipo de manipulaciones emocionales que se pueden realizar sobre quienes practican esta creencia.

Veamos otros ejemplos:  Cuando no le caes muy bien a alguno de los miembros de este tipo de sectas, enseguida visualizará alguna faena que le hiciste en otra vida, y así tendrá un pretexto más que suficiente para desahogar su furia contra ti.  Él dirá que se siente iracundo contigo por aquello que le hiciste en el siglo quince; pero la verdad es que esa historia no es otra cosa que un sueño de su mente, mejor dicho: una pesadilla, producto de sus oscuras pasiones.

Y, cuando la situación se produce a la inversa, no es menos molesta:  Se te puede acercar una persona a la que le caes muy bien, pero a la que no conoces de nada, con intenciones de intimar contigo, con el pretexto de que en la pasada vida fuisteis familiares muy íntimos o incluso cónyuges.  Claro, como esa visión la ha tenido él, o ella, siguiendo un método infalible, o le ha sido revelada por uno de los importantes videntes del grupo, uno no puede por menos que callarse.  Lo malo es cuando esa persona, por haber sido tu cónyuge en otra vida, por ejemplo, se siente con el derecho de continuar siéndolo en ésta.  Incluso te puede llegar a decir que fuisteis Romeo y Julieta, y se siente con pleno derecho a pedirte que continuéis vuestra vieja historia de amor que la Historia se empeñó en truncar.  Si estas libre de compromiso, y esa persona te resulta agradable para vivir una aventura amorosa, adelante, no hay problema para vivir la fantasía, pero si tienes ya una pareja con la que no deseas romper, o la persona que te hace la proposición esotérico-sexual te cae gorda, la situación puede ser bastante embarazosa y molesta.

Esto parece un chiste, pero no lo es.  Nos sorprenderíamos del elevado número de personas que se creen la reencarnación de Romeo o de Julieta.

Insisto en que estas creencias resultan muy impresionantes para quien se inicia en ellas, además de ser un método de seducción y de captación de adeptos.  Es habitual que al recién llegado a la secta se le convenza de que es la reencarnación de alguien importante, con facultades extraordinarias, un histórico personaje relacionado con la vía espiritual que siga la secta.  Si se practica el chamanismo indio americano, te pueden decir que eres Toro Sentado, porque te han visto, los videntes, en el pasado, en la estepa americana junto a Caballo Loco.  Pero si la secta practica las creencias tibetanas, los videntes te verán en el siglo doce caminado por las heladas cumbres del Himalaya como algún importante lama.  Y así podríamos continuar hasta el infinito.  La persona a la que le comunican semejantes noticias, por un lado se siente sorprendida, pero por otro se siente halagada, engrandecida, seducida por la idea de ser alguien importante, pues rara vez se le dirá que es una reencarnación vulgar, ya que el hecho de estar en esa secta, formada por “elegidos”, justifica que sea una reencarnación importante destinada a continuar la obra que inició siglos atrás.

Muy a menudo, para descubrir este tipo de engaños, es necesario andar durante bastantes años por los caminos esotéricos, cambiar de grupos sectarios y no cesar de investigar al respecto.  Tengamos en cuenta que la teoría de la reencarnación está basada en religiones orientalistas de gran prestigio, y existen abundantes escrituras antiguas y modernas destinadas a apoyar la veracidad de esta creencia.  Incluso se estudia en universidades de países donde abundan los creyentes en la reencarnación, y donde se demuestra mediante minuciosos estudios la veracidad de esta teoría.  Por nuestra parte solamente añadir, como ya venimos diciendo, que toda realidad virtual espiritual afecta muy directamente a nuestra realidad, y que en todos los casos es muy fácil encontrar señales en nuestro mundo de lo que creemos sucede en el otro.

Insisto en que la reencarnación no se trata de otra cosa que un sueño esotérico.  Cuando ya uno se ha cansado de vivirlo, y se ha aburrido de creerse ser extraños personajes del pasado, entonces se despierta y se vuelve a ser la persona normal que siempre se ha sido en el presente.

EL DESTINO

A quienes creen en la reencarnación y en el karma no les cabe duda de cuáles son las fuerzas que dirigen nuestro destino: Las circunstancias de nuestro nacimiento, el haber nacido en una familia rica o pobre, viene impuesto por la severa ley del karma.  Si has sido bueno en tu vida anterior nacerás rico, y si has sido malo, nacerás pobre.  (Esto nos hace sospechar que está teoría fue una creación interesada de los ricos de la antigüedad oriental, pues según se deduce de ella son poco menos que santos).

Otras tendencias más modernas adscritas a la reencarnación están empezando a devolver la libertad al individuo, y aseguran que el hombre siempre es libre de elegir su destino, incluso antes de su nacimiento.  Aseguran que antes de nacer elegimos lugar, país y padres donde reencarnarnos; siempre para beneficio de nuestra evolución espiritual, naturalmente, pues, según dicen, somos espíritus puros antes de ser carne mortal.

Yo no consigo imaginarme esta situación prenatal, me da la sensación de que les iba a resultar muy difícil a los ángeles, encargados de la distribución de las almas por los cuerpos de recién nacidos, atender a todas las demandas de los espíritus a la hora de escoger unas familias u otras; pues es de suponer que unas serán muy solicitadas, mientras a otras no las querrá nadie.

También hemos hablado de que nuestro destino puede estar escrito en las estrellas, sobre todo para aquellos que creen en la astrología.

Y no podemos olvidar que nuestro destino está sobre todo en manos de dios, dirigente supremo de la vida de todo creyente religioso.  Aunque cuando dios tiene un representante en la tierra, un importante mediador suyo, ya sea un gurú o un sumo sacerdote, será en sus manos donde estará el destino de sus seguidores.

Vamos, que, después de conocer todo lo que puede influir en nuestro destino, resulta muy difícil saber porqué nacimos aquí o allá, o qué fuerzas son las que dirigen los pasos de nuestra vida y deciden el momento de nuestra muerte.  Aunque para los creyentes eso es pan comido: según la realidad virtual espiritual en la que crean, su destino estará dirigido por unas fuerzas o por otras, por una divinidades o por otras, incluso por unos demonios o por otros.  De tal forma que al creyente le queda muy poco de libertad para dirigir su futuro.

El ateo tiene más suerte al respecto, pues, aunque no se sienta totalmente libre para hacer con su vida lo que quiera, al menos no siente las limitaciones de los creyentes.  Pero, aunque la persona religiosa tenga menos libertad, también le corroerán menos dudas respecto a su destino, pues si éste está en manos de dios, no tiene que preocuparse por nada: dios proveerá.

El elevado grado de sugestión que alcanzan los creyentes propicia que estén convencidos de que su destino está en manos de aquello que consideran influye directamente en sus vidas, ya sea un dios, una energía o un conglomerado de dioses y energías, o un gurú.  Los bienes de la vida son concedidos por las deidades o fuerzas benefactoras de la realidad virtual espiritual en la que se crea, mientras que los males sufridos serán producidos por la ira de los dioses, por fuerzas oscuras o demonios malignos, o sencillamente se considerarán pruebas divinas.

Lo sorprendente de esta situación estriba en que cuando una persona se convierte en creyente de una realidad virtual espiritual, no sólo será a partir de entonces cuando las fuerzas, dioses o demonios incluidos en su nueva fe, influenciarán en su destino; sino que, además, la persona, al recordar toda su vida, reconocerá cómo esas nuevas entidades, o energías que acaba de conocer, estuvieron siempre presentes en su vida pasada, e incluso antes de nacer.  Y lo más sorprendente todavía sucede cuando se pierde la fe en todo eso que se cree, y se vuelve a depositar la confianza en otra realidad virtual espiritual diferente.  Entonces, todo en lo que se creía anteriormente pierde su poder sobre nosotros, y se vuelve a realizar el mismo proceso anterior, reconociendo que son nuevas fuerzas, nuevos dioses o demonios, los que ahora determinan nuestro futuro e influyeron en nuestro pasado.  Claro está que si este proceso se repitiera varias veces más, uno empezaría a sospechar que su destino es más bien cosa suya que de otras cosas en las que uno quiera creer.  Pero esto no es frecuente que suceda, ya que no es habitual cambiar muy a menudo en la vida de religión o de camino espiritual.

En los ámbitos más intelectuales, la psicología científica está empeñada en demostrarnos que actuamos como ordenadores y que nuestro destino responde a los programas de nuestra mente.  Modernas tendencias de esoterismo psicológico ―sin base científica alguna, claro está― afirman que desde el momento en que nacemos, incluso ya desde el período de gestación, estamos siendo moldeados por las circunstancias que nos rodean, y programados por los pensamientos que recibimos de nuestro entorno.  Estas hipótesis pretenden demostrar que ya tanto el feto como el bebé, aunque no sepan idioma alguno, ya nos entienden a la perfección.  De hay que tengamos a infinidad de modernas mamás hablando con su bebé, incluso con el que todavía no ha nacido, enviándole pensamientos positivos para que su hijo acabe siendo una persona radiante, programada en positivo para ser feliz desde antes de su nacimiento.

No cabe duda de que estas modernas tendencias prometen.  Solamente añadir al respecto por mi parte que el pensamiento positivo no es un pensar desnudo, ha de estar impregnado de sensaciones positivas.  Con esto quiero decir que si un bebé está escuchando de su madre frases positivas mientras ella está sufriendo por una u otra causa, seguro que el bebé estará recibiendo con más claridad lo negativo del sufrimiento de su madre que lo positivo del mensaje de sus palabras.

Estas modernas tendencias que nos dicen que nuestro pensamiento moldea nuestro destino, forman una de las hipótesis más serias que explica porqué nos suceden las cosas.  Desde las enfermedades, hasta cualquiera de las circunstancias que nos rodean, aseguran ser producidas por nuestros pensamientos más profundos.  Lo problemático de esta creencia radica en saber cuáles son los pensamientos negativos y en cambiarlos por otros positivos.  Yo he estado durante años realizando diferentes test para intentar descubrir los pensamientos que moldearon mi vida y la continúan moldeando, y una vez obtenidos los resultados de los test, iba sustituyendo los pensamientos negativos por sus opuestos positivos.  Estuve hasta un mes trabajando en la desprogramación de cada pensamiento negativo importante, escribiendo a diario su opuesto positivo unas treinta o cuarenta veces para intentar cambiar esa especie de código negro que me estaba haciendo la puñeta durante toda mi vida, y realizando a la vez ejercicios de meditación y de respiración para integrar el cambio en la personalidad.

Vamos a poner un ejemplo típico: nuestros padres se pasaron toda nuestra niñez diciéndonos que somos niños malos, afirmación que durante toda nuestra vida se ha confirmado, pues no hemos podido evitar continuando haciendo trastadas ni aun siendo adultos.  Una vez hallamos descubierto este código, habremos de crear el contrario e iniciar un largo proceso de desprogramación.  Para anular el pensamiento negativo “ yo soy malo” habríamos de pensar muy a menudo y muy profundamente: “ yo soy bueno”, y, en teoría, nuestra vida habrá de cambiar en un sentido positivo.  Pero solamente en teoría, pues si bien parece ser cierto que estos pensamientos dirigen nuestro destino como si fueran códigos de nuestro profundo ordenador personal, también es cierto que no es nada fácil cambiarlos.

No voy a negar que todo el trabajo psicológico que durante años realicé de esta forma no haya producido cambio alguno en mi vida.  Cierto es que se produjeron notables cambios en las circunstancias que me rodeaban y sobre todo en mi comportamiento, siempre en un sentido positivo.  Pero lo que damos en llamar negativo no cesa de manifestarse en mi vida de una forma o de otra.  Es como si cuando limpiáramos una capa de nuestras profundidades apareciera la siguiente tan sucia como la anterior.  La limpieza parece no terminarse nunca.

Nuestra forma de ser profunda y las circunstancias que rodean nuestra vida, si es cierto que se forman a través de un programa mental, este programa fue introducido en nuestra niñez en las profundas capas todavía vírgenes de nuestro cerebro y con una notable carga emocional.  Es un programa base muy difícil de cambiar cuando se es una persona adulta, pues nuestra mente ya está formada y estructurada, y cualquier información que ahora le introduzcamos difícilmente penetrará hasta donde están esos pensamientos básicos.   Los esfuerzos por cambiarlos puede interpretarlos nuestra mente como otros datos superficiales más a procesar, entre la tremenda cantidad de información que un adulto procesa durante cada día de su existencia.

Para solucionar este problema de profundización, muchas de estas nuevas psicoterapias esotéricas que se esfuerzan en desprogramar los pensamientos negativos, están haciendo uso de lo divino para meter los nuevos códigos en un ambiente devocional, sabiendo las propiedades de programación tan extraordinarias que los ambientes sagrados proporcionan,  adecuados para creerse todo lo que haga falta y todo lo que se nos ponga por delante, en este caso: pensamientos positivos que deberán de cambiar nuestra vida.

Otras técnicas de desprogramación utilizan meditaciones al estilo Yoga para hacer penetrar los códigos positivos.  Vamos, que se están haciendo esfuerzos extraordinarios para intentar ser un poco más felices.  Y todo lo que se haga al respecto será poco, pues me temo que no sólo será necesario llegar a las profundidades individuales de cada persona, sino que habrá que alcanzar el inconsciente colectivo de nuestra especie, donde creo que residen códigos mentales que nos están fastidiando desde que existimos como raza humana.

Mientras tanto, hasta que demos con los todos los comandos del programa que dirige la vida humana, muchas personas continuarán echando mano de las artes adivinatorias para intentar saber que les depara el destino.

LAS ARTES ADIVINATORIAS

Desde los orígenes de la Historia el hombre no ha cesado de intentar adivinar lo que le deparaba el futuro.  No había civilización antigua que no contara entre sus individuos con algún brujo o adivino, con alguna pitonisa, o con profetas o clarividentes que se dedicaran a predecir lo que se avecinaba.  Y cuando ciertas religiones intransigentes alcanzaron un gran poder social, persiguieron y castigaron a los adivinos incluso con la muerte, solamente consiguieron que se continuase con las prácticas esotéricas de adivinación en la clandestinidad.  La persistente curiosidad que el hombre siempre ha tenido por conocer el devenir de los acontecimientos, ha permitido que lleguen hasta nuestros días un gran número de rituales adivinatorios ancestrales.  Actualmente, entre los más famosos, tenemos las cartas del tarot y la lectura de las manos.  Otros que se usaron bastante hasta hace poco fueron la famosa bola de cristal y los mensajes de algún médium en trance a viejo estilo de la sacerdotisa del oráculo de Delfos.

Existen otras muchas formas de predecir el futuro que no nos vamos a detener ni en mencionar, pues no creo que tenga demasiada importancia el sistema que se siga para practicar la adivinación.  Los soportes físicos sobre los que se realizan estas artes esotéricas, ya sean unas cartas o una bola de cristal, son un mero pretexto para llevarlas a cabo.  La esencia del trabajo adivinatorio la lleva la persona que lo realiza, indistintamente del método que utilice.

Aclarar también que aunque estamos hablando de artes de la adivinación, en realidad no son tales, ya que si lo fueran habrían terminado hace mucho tiempo con los diferentes juegos de azar y loterías de todo el mundo, pues hubiese sido pan comido llevarse los primeros premios de estos juegos o sorteos a los profesionales de la adivinación si en realidad fueran adivinos.

Todavía no conocemos forma alguna de saber el futuro con precisión matemática.  Podemos hacer cálculos de probabilidades para aproximarnos a dar en el clavo, pero sin lograr exactitud alguna.  Algo que también sucede cuando se trata de adivinar el futuro de una persona o grupos de personas.   Por todo lo que llevo observando por estos caminos de lo esotérico, he llegado a la conclusión de que estas predicciones las realiza el profesional de la adivinación ―indistintamente del método que utilice, repito― efectuando a un nivel inconsciente un cálculo de probabilidades de futuro.  Digamos que a través de sus sentidos extrasensoriales observa hacia donde se dirige esa persona que le ha encargado le aclare su futuro, lee en la mente de su cliente las circunstancias más importantes que le rodean y las fuerzas y directrices que van a determinar su destino, y de esta forma predice su futuro; es como si la mente inconsciente del adivino se pusiera en contacto con la mente inconsciente de la persona que hace el encargo de la adivinación y obtuviera así sus conclusiones, reveladas a través de la lectura e interpretación del soporte físico que se utilice para la adivinación, ya sean unas cartas o una bola de cristal.  Y cuando se trata de adivinar el devenir de un grupo o sociedad, el intuitivo inconsciente del futurólogo realiza ese cálculo de probabilidades observando el inconsciente colectivo de ese grupo o sociedad.

Por lo tanto, la función de la persona que práctica este tipo de adivinaciones es esencial, el nivel de su inteligencia intuitiva irá en proporción con sus éxitos, y las limitaciones de su conocimiento irán en proporción con sus fracasos.  Esto hemos de tenerlo siempre en cuenta, incluso cuando nos encontremos ante complejos cálculos astrológicos.  El ser humano es de una complejidad asombrosa, y todo este tipo de adivinaciones de su futuro no suelen incluir en sus cálculos de probabilidades a toda la gama de factores que el ser humano puede estar viviendo.  Las predicciones se realizan en las dimensiones más comunes humanas, como son la económica, emocional, relaciones, salud, etc.  Pero existen otras, como las derivadas de la espiritualidad, que se le escapan al adivino, pues es imposible que llegue a conocer en toda su vida las infinitas vivencias que puede experimentar el alma humana.  Con esto quiero decir que habitualmente una predicción de futuro se realiza basándose en cálculos de probabilidades de magnitudes básicas conocidas de los seres humanos.  Pero como todavía existe mucho por descubrir de nosotros, serán esas facetas desconocidas las que acaben haciendo fracasar la exactitud de las predicciones del más adivino entre los adivinos.

Los videntes del futuro más atrevidos, en su esfuerzo por perfeccionar el mapa de las magnitudes que influyen sobre el destino del ser humano, incluyen en sus cálculos de probabilidades a ciertas fuerzas ocultas del hombre que ellos han llegado a conocer bien a base de creer en ellas y de vivirlas; pero en vez de que sus predicciones se perfeccionen con su aportación esotérica, lo que suele suceder es que éstas acaban muy influenciadas por esas mismas propiedades ocultas que han desarrollado, lo que les lleva a cometer todavía errores mayores en sus predicciones de futuro.  Esto es semejante a lo que sucede cuando las predicciones se realizan en el seno de las realidades virtuales espirituales, mundos imaginados donde sucede todo lo importante que le puede suceder al ser humano, para el creyente en ellos, naturalmente.  Lo malo es que para quien no cree en ellos, su influencia es prácticamente nula e inservible para predecir su futuro.

Entre este tipo de vaticinios místicos sobre el destino que nos aguarda podríamos distinguir a los optimistas, que nos pronostican un futuro lleno de luz y de felicidad por la futura victoria de dios sobre las fuerzas de las tinieblas; y a los pesimistas, que serían los partidarios de los tradicionales vaticinios de las catástrofes apocalípticas.  Este tipo de predicciones son las que más abundan en el seno de las sectas, entremezclándose muy a menudo los vaticinios optimistas con los pesimistas, mostrándonos un futuro medio feliz y medio trágico, donde las catástrofes se suceden a la vez que de ellas son salvados los elegidos y transportados a un mundo feliz.

En próximos capítulos nos centraremos más en el estudio de estas intentonas de predecir el futuro, e indagaremos en las fuerzas o intereses que influyen en las predicciones.

LOS PODERES SOBRENATURALES

No cabe duda de que un gran porcentaje de las personas, que frecuentan los ambientes esotéricos, lo hacen buscando desarrollar facultades extraordinarias, impulsados por unas ansias de notoriedad o por una ambición de poder.  Estos instintos tan materiales es frecuente encontrarlos en los ambientes más espirituales.  Es habitual que la persona sectaria, cuando recibe iniciaciones esotéricas y despierta su percepción extrasensorial, acabe creyéndose ser una persona renovada, diferente, con poderes extraordinarios, fuera de toda vulgaridad; aunque en realidad continúen siendo tan vulgar como antes.  La situación es tan ridícula como pensar que ya somos un profesional de una carrera universitaria por el mero hecho de que nos han dado un título, sin que nos hayamos pasado varios años hincando los codos estudiando la profesión.  Esto sucede a menudo en las sectas, sus miembros se convierten de la noche a la mañana (en ocasiones por la gracia de dios) en personas extraordinarias, reencarnaciones de personajes históricos, o en superdotados por el mero hecho de pertenecer a la secta.  Los años de experiencia que toda especialización exige no son necesarios, pues, cuanto menos se sepa, más limpios estaremos de contaminación intelectual y más rápidamente alcanzaremos el extraordinario destino que nos espera.  Lamentablemente, esto solamente sucederá en el seno de la realidad virtual a la que la secta esté afiliada, en su ensoñación particular, muy alejada de la realidad.  Cuando un sectario hace gala de sus facultades extraordinarias en nuestro mundo, habitualmente hace el ridículo, pues en nuestro mundo no tenemos el mismo sistema de valores que tienen en el suyo, y no vemos sus portentos como los ven ellos.

Sin embargo, no se cesa de buscar facultades o poderes “reales” que impacten en nuestro mundo materialista, cosa que tienen bastante difícil los fanáticos del ocultismo espectacular, pues en nuestro mundo gobiernan en gran medida las ciencias, y a éstas es muy difícil engañarlas.  Lo más extraordinario que alcanzan a hacer ciertos profesionales del ocultismo espectacular es a doblar cucharas, a imitar a los santones faquires, o ha realizar portentos circenses semejantes.

No vamos a negar que los hechos paranormales existen, la parapsicología los estudia y tipifica.  Pero de ahí a que podamos controlarlos y podamos ejercer un poder continúo sobre los demás haciendo uso de ellos, eso es algo que por ahora sólo sucede en las películas.

La creencia de que los miembros de las sectas esotéricas poseen poderes sobrenaturales es algo que, mientras a los sectarios les enorgullece, a la mayoría de la gente les llena de temor.  Amparado en el ocultismo, el sectario se engrandece ante los demás, más que por la evolución de su grandeza interior, por el miedo que los demás sentimos ante su mundo desconocido.  Vuelvo a insistir en la necesidad de conocer al detalle todo lo que sucede en las sectas para que la información supere al miedo, y se vaya acercando a la normalidad la relación de las sectas con el resto de la sociedad.

Si bien es cierto que no se ha cesado nunca de intentar conseguir poderes sobre los demás, no creo que nunca se haya alcanzado éxito alguno excepto sobre personas muy influenciables.  También he de reseñar que no tengo mucha información del resultado de estas intentonas porque nunca me interesé en ellas.  Desde los comienzos de mis andares por estos mundos de lo oculto, fui advertido del peligro que suponía centrarme en desarrollar poderes paranormales para ejercerlos sobre los demás.  Soy un amante de la libertad, y siempre tuve muy claro que según uno se comporta con los demás, así ellos se comportarán contigo; por consiguiente: si deseaba ser libre, tendría que respetar la libertad de los demás.  Parece ser que estamos muy unidos en el fondo, y todo lo que hagamos al prójimo revierte en nosotros tarde o temprano.  Los únicos beneficios que he buscado en la aplicación de mi saber esotérico han sido para mejorar mi salud y mi bienestar general, y considero que mis éxitos al respecto son muy parecidos a los que puede obtener cualquier persona con entusiasmo por mejorar su bienestar utilizando otros medios; por lo que nunca me pasó por la cabeza la habitual locura del fanático en estas lides de pregonar a los cuatro vientos sus descubrimientos sanalotodo.  No voy a negar que siempre me fascinaron ciertos poderes sobrenaturales como pudieran ser los milagros o el elixir de la eterna juventud, asuntos que trataremos más adelante.

Por lo tanto, no puedo hablar por experiencia propia de experimentos de poder sobre los demás, no los conozco.  No sé practicar ningún tipo de magia, ya sea blanca o negra, para influir en mi prójimo.  Más, a pesar de mi inexperiencia, vamos a continuar analizando los poderes sobrenaturales, intentando descubrir las fuerzas psicológicas o espirituales que dan vida a  poderosas realidades virtuales esotéricas.

MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA

Se llama magia blanca a la que practican los magos del espectáculo, diestros en realizar trucos para aparentar que realizan portentos que en realidad no realizan.  También se llama así a la magia realizada a través de poderes sobrenaturales que no perjudican a nadie, e incluso hace el bien, como en el caso de los milagros.  Y la magia negra es aquella que, a pesar de utilizar también los poderes sobrenaturales para hacer el bien, muy a menudo perjudica a alguna persona o personas, animales o cosas, directa o indirectamente.

Estas tres formas de magia, a pesar de estar tipificadas, se entremezclan habitualmente.  Los magos de espectáculo son los únicos que no hacen uso de los otros dos tipos de magia, sus actuaciones se resumen a engañar al público lo mejor posible, todos lo sabemos, y nos encanta que hagan bien su trabajo.  Sin embargo, en los otros dos tipos de magia, se presume de que no tienen truco, y en muchas ocasiones lo tienen, a la vez que también se convierten muy a menudo en un espectáculo.  Además, estos dos tipos de magia, blanca y negra, se entremezclan habitualmente aunque se anuncien que son de una sola clase.  Por ejemplo, es frecuente observar en un mago o secta, que dice invocar exclusivamente a las fuerzas del bien, como manejan o son manejados por fuerzas del mal.  Así como también nos encontramos con magia negra que hace uso de fuerzas del lado oscuro del ser humano para hacer el bien, aunque no sea bien vista popularmente en el mundo civilizado por el temor que despiertan sus rituales con connotaciones  violentas u obscenas.

Jugar a buenos y malos, aunque lo hayamos hecho siempre, ya estamos empezando a ser mayorcitos para dejar de hacerlo.  Los malos siempre tuvieron algo de buenos, y los buenos siempre tuvieron algo de malos.  Si bien es cierto que la magia negra sacraliza los más bajos instintos y pasiones del hombre, también es cierto que sus practicantes no son tan negros como los pintan.  Me da la impresión de que todavía nos queda mucho rechazo de aquél que se nos inculcó hace siglos hacia las brujas.  Como también da la impresión de que los creyentes en las religiones blancas, dedicados a potenciar las virtudes del hombre, creen ciegamente que todo lo que sucede en su seno de su creencia esta inspirado por el bien divino, cuando en realidad, cometen en muchas ocasiones más barbaridades contra las personas que los practicantes de magia negra.

En mi opinión, no está suficientemente clarificada esta diferenciación entre las magias que hacen uso de poderes sobrenaturales, de hecho creo que no existe tal tipificación.  En la antigüedad no existía esta diferenciación de blanco y negro para los rituales y para las magias.  Esto sucedió cuando creamos a los dioses omnipotentes, creadores de todas las cosas y supuestamente portadores del bien infinito, fue entonces cuando separamos el bien del mal, a dios del demonio.  Así apareció una magia divina y otra demoníaca, una magia blanca y otra negra.  Pero antes de que esto sucediera, en las civilizaciones antiguas el bien y el mal aparecían entremezclados frecuentemente, en ocasiones como dos caras de una misma moneda.  Innumerables dioses convivían en una sana competencia, unos mejores que otros, unos más perversos que otros, unos más exigentes o más permisivos que otros.  Y no era de extrañar encontrarse en un mismo altar a un dios benevolente junto a un malvado dios demoníaco, un dios de imagen llena de belleza y otro de aspecto terrible; cuando no era el mismo dios el que en unas ocasiones se mostraba monstruoso y en otras hermoso.  Esto todavía podemos observarlo en las imágenes de antiguos templos que no han sido arrasados por la cristiandad o por el Islam.  Todavía quedan cultos politeístas en Oriente y en algunos otros lugares de la Tierra donde no se impusieron ideologías religiosas totalitarias aniquiladoras de todo dios que fuera el suyo.  Allí permanecen los dioses como siempre fueron, en convivencia unos con otros, como estaban en el Panteón romano antes de que los cristianos arrasaran todo tipo de idolatría, o como estaban en la Caaba antes de que Mahoma los expulsara de allí.

Es necesario comprender estas formas ancestrales de adoración para observar adecuadamente en nuestra evolución espiritual.  Nuestros antepasados no tenían el concepto del bien y del mal como nosotros lo vivimos hoy en día, ellos vivían sus impulsos internos descarnadamente, con una sinceridad pasmosa.  Los dioses que adoraban eran reflejo de esos impulsos y, por lo tanto, todo hay que decirlo, eran más lógicos que los dioses infinitos eternamente benéficos.  Las filosofías o religiones que basan sus creencias en los dioses totalitarios tienen muchos más problemas para ser comprendidas por el pueblo que las religiones politeístas.  Tanto es así que allí donde se impusieron las religiones totalitarias, el pueblo continuó adorando a sus viejos dioses en la clandestinidad, o disfrazados de santos, como en el caso de Sudamérica.  Y en Europa, podemos observar como el pueblo llano adora a sus santos locales, como si fueran sus dioses antiguos.  Esta forma de idolatría disimulada es un residuo de una forma de adoración ancestral, consentida por los poderes religiosos al no haber podido extirparla totalmente del pueblo.

En las diferentes realidades virtuales de las diferentes religiones cristianas se consintieron con una mayor o menor permisividad estas mezcolanzas religiosas, permitiéndose una adoración velada a los viejos dioses benéficos, ahora con nombre de santos.  Pero con lo que nunca transigieron las huestes cristianas fue con los rituales de adoración a las deidades malignas (según el concepto cristiano del bien y del mal) o a aquellas que eran buenas en unas ocasiones y perversas en otras.  El concepto del mal de las religiones derivadas de la hebrea, representado por el demonio, había sido arrojado a los infiernos desde el pecado original, y toda forma de adoración al mal debía de ser por obligación herética: es imposible concebir para un creyente en la Biblia que dios se pueda sentar al lado del demonio y recibir los mismos honores de adoración.  Durante muchos siglos se persiguió brutalmente esta ancestral forma de idolatría, recordemos las terribles persecuciones obsesivas de la Inquisición.  Las brujas eran quemadas vivas por practicar sus rituales de magia, que se empezó a llamar negra a pesar de que llevaba miles de años con tonalidades multicolores.

Mas aquello que pueda suceder en una determinada realidad virtual espiritual, en este caso en la bíblica, por mucho que se pretenda imponer por la fuerza, puede no corresponderse con lo que realmente está sucediendo en el interior del hombre.  No se puede imponer un determinado sueño esotérico negando la validez de todos los demás que difieran de él.  La mente humana seguirá soñando con todo aquello que represente su realidad aunque se nieguen por la fuerza ciertos aspectos del sueño.  ¿Quién puede controlar por la fuerza a los sueños?  ¿Quién puede decirnos lo que hemos de soñar?  Es imposible controlar lo que la Humanidad sueña en forma de realidades virtuales espirituales.  Y, sobre todo, es imposible reprimir un sueño repetitivo, porque todo sueño repetitivo nos está denunciando algo importante que está sucediendo en el interior de nuestra mente.

Por mucho que las religiones de origen hebreo expulsaran al mal de lo sagrado, en el mundo continuaba el mal ejerciendo su reinado como siempre lo hizo, y los pueblos que no se contaminaron de ideología bíblica continuaron adorándolo, como siempre lo habían hecho.  El mal era escenificado en sus realidades virtuales espirituales, en sus sueños esotéricos particulares.  Rituales de sacrificios de animales o de seres humanos, que a nosotros nos pueden resultar intolerables e incomprensibles, para estos pueblos eran una forma de adoración al mal, semejante a los rituales de adoración de los dioses del bien, pues en muchos casos el bien y el mal eran encarnados por un mismo dios.

Y en aquellos lugares de la Tierra donde la hegemonía cristiana se había implantado, apareció una forma nueva de adoración clandestina opuesta al ritual más significativo del nuevo régimen religioso, a la misa cristiana.  Con la misa negra se devolvió su dimensión sagrada al mal que le había robado el cristianismo.  La magia negra surgió como revolución contraria al sistema religioso dominante, en ella se adoran y se invocan esas fuerzas que, por mucho que intentamos desterrar de nuestra realidad, continúan existiendo en el mundo muy a pesar nuestro.

En Oriente, también existió la influencia casta y pacifista del budismo, que restó protagonismo al gran número de dioses del Olimpo hindú agresivos u obscenos.

La magia blanca es la que todos conocemos, en las escuelas nos enseñaron que la practicaban los santos de nuestro calendario.  La magia negra es la gran desconocida, donde se adoran en rituales a deidades, fuerzas o entidades, de realidades virtuales creadas con esos impulsos internos de nuestro lado oscuro.

No he practicado ni he asistido a ninguna forma de ritual de magia negra.  Como la mayoría de los ciudadanos occidentales mis preferencias espirituales han estado siempre teñidas de blanco.  Pero esto no quita para que en este estudio sobre las sectas nos interesemos por el negro, más que por conocer las características de los rituales de magia negra ―hay abundantes libros al respecto―, por llegar a descubrir las fuerzas de nuestro lado oscuro que toman cuerpo en estos rituales.

Sigmund Freud también polarizó nuestros principales impulsos internos en dos tendencias principales que podrían corresponderse con la clasificación de las magias blanca y negra; estos impulsos él los llamó eros y tánatos, instinto de vida e instinto de muerte, impulso creador e impulso destructor.  Una bipolaridad que podría explicar la diferenciación de las dos magias sino fuera porque son dos impulsos internos inseparables en la realidad de nuestro mundo:  Toda pulsación de vida lleva, aunque sea en germen, programada su muerte; y toda pulsación de muerte lleva, aunque sea en germen, algún tipo de vida.

Nuestra civilización occidental se ha inclinado hacia la creatividad, obviando los impulsos destructores e incluso negando que sean innatos en el ser humano.  Esta idealización “blanca” de la humanidad, por un lado nos está haciendo desarrollar la creatividad hasta limites insospechados, pero, por otro lado, estamos ignorando al mal como realidad humana, lo que nos está causando ir de sorpresa en sorpresa y de frustración en frustración cada vez que el mal se manifiesta en nuestra sociedad o en nuestras vidas.

No estaría nada mal empezar a interesarnos por llegar a conocer estas fuerzas de nuestro lado oscuro, ocultarlas o negar su existencia no sirve de ayuda para su erradicación.  Con esto no quiero decir que ahora nos dediquemos a asistir a misas negras o a rituales de vudú.  Las creencias en estas realidades virtuales espirituales, como en el caso de las de color blanco, no ayudan en mucho a conocer la realidad de los impulsos internos que las mueven, pues los disfrazan de tal manera que es muy difícil reconocerlos.  La observación de todos esos rituales ha de ser imparcial y objetiva, sin fanatismos, centrándonos en descubrir las esencias que los provocan.  Es un buen método para llegar a conocer nuestro lado oscuro.

Si observamos nuestra reacción ante un ritual sagrado inca o azteca donde se sacrificaba a un individuo como ofrenda a los dioses, no nos costará mucho descubrir nuestro rechazo ante semejante asesinato.  No estamos acostumbrados ni educados para observar fríamente esos rituales sangrientos.  Los sacrificios humanos eran algo bastante frecuente en la antigüedad, eran algo de dominio público.  En la actualidad prácticamente han desaparecido, perseguidos por la ley han sido sustituidos por los sacrificios de animales.  Nuestra censura y condena es absoluta y la vivimos de forma natural, sin ser muy conscientes de cómo hace unos cuantos cientos de años unos seres humanos vivían el asesinato como algo natural y sagrado.  Calificamos de costumbres religiosas bárbaras y salvajes a esos rituales sangrientos, pero, en mi opinión, solamente eran manifestaciones naturales del instinto destructivo del hombre, encarnado en unos dioses iracundos sedientos de sangre y de muerte.

Puede pensarse que el hombre civilizado ha superado en su evolución estos instintos.  Yo no estoy muy de acuerdo con ello.  Las cárceles están llenas de asesinos, y si el asesinato no estuviera perseguido por la ley, sería el pan nuestro de cada día.   Más adelante trataremos en este estudio con más detalle la violencia.

Aunque nosotros no creamos en esos dioses terroríficos, si algún ancestral creyente en ellos levantara la cabeza, se espantaría del caro tributo que en su opinión estamos pagando a sus dioses por no adorarlos.  Tributo que se cobran en los sangrientos accidentes de tráfico o laborables, o en los asesinatos, masacres comparables con las producidas en las guerras o desastres naturales que ellos vivían.  Casi seguro que nos comunicaría la necesidad de, según sus creencias, adorar sus terribles dioses para que no continuasen masacrando nuestra población.  De esta forma ellos pensaban que calmaban la sed de sangre de las fuerzas del mal.  Nosotros no lo creemos así, pero todavía no hemos encontrado la fórmula para evitar que el mal siga bebiendo nuestra sangre y se siga cobrando su tributo de víctimas aunque no hagamos ya sacrificios humanos.

Son esas fuerzas destructivas, instintos del lado oscuro humano, las que tienen cabida en la magia negra y mueven los hilos de sus dioses.  Sin embargo, en la magia blanca se consideran instintos pecaminosos que debemos de reprimir.  No cabe duda de que la magia blanca esta diseñada para facilitar la convivencia pacífica entre nosotros.  Pero, insisto, aunque hallamos escogido el camino de la blancura espiritual, no debemos de olvidarnos de nuestro lado oscuro; zona sin luz de nuestro interior porque la hemos arrojado a las profundidades de nuestro inconsciente colectivo; y, aunque no la veamos, vemos el mal nuestro de cada día que nos muestra como sigue tan vivo como cuando estaba representado en los altares.

Las realidades virtuales de las vías esotéricas de magia negra, como se puede comprender, están llenas de seres espeluznantes, dioses medio animales, medio hombres; el mismo demonio es uno de ellos.  Las deidades del vudú, de la Macumba, de los rituales chamánicos, suelen ser espíritus de la naturaleza, muchos de ellos de animales que se encarnan en los danzantes al ritmo trepidante de los tambores sagrados.

Sin embargo, las realidades virtuales de magia blanca ―todos las conocemos― están representadas por dioses todopoderosos, reyes únicos, rodeados de santos y de hermosos ángeles benéficos, puros, vestidos de blanco, entonando alabanzas al ritmo de cánticos celestiales.

Tantos unos como otros dioses o entidades espirituales se encarnan en sus devotos creyentes.  Los blancos siempre empeñados en hacer el bien y evitando en lo posible hacer el mal, aunque en ocasiones no dudan en hacerlo cuando se trata descargar la ira divina sobre los herejes.  Los negros, al estar impulsados por los instintos más primarios humanos, por sus pasiones, no dudan en hacer el mal para beneficiar a alguno de sus devotos.  La ira, la venganza y las luchas por el poder mueven los hilos de las oscuras fuerzas ocultas negras.  Algo que también les sucede a los blancos, pero no tan descaradamente, ya que lo disimulan muy bien.

El mal de ojo es la fuerza negativa de la magia negra que más popularidad ha alcanzado.  Los especialistas en el mal de ojo se están forrando; por un lado cobrando para echarlo sobre quien les paga para que lo hagan, y, por otro lado, quitándoselo a quien siente que se lo han echado, y también les paga.  Se está haciendo tan famosa esta maldición que muchas personas, obsesionadas con ella, en cuanto les duele la cabeza, o tienen algún otro achaque, ya piensan que les han echado el mal de ojo.  Es una maldición que atemoriza y obsesiona en exceso.  Su poder de dañar creo que radica más en el miedo de las personas, que en el propio poder de las fuerzas utilizadas para hacer el mal.  Yo, lo siento, no puedo dar detalles de cómo se produce ni de como se contrarresta ―hay muchos especialistas que han escrito sobre ello―, nunca he presenciado un ritual para echar el mal de ojo sobre alguien, y si me lo han echado encima, yo no me he dado cuenta.  En mi ignorancia puedo deducir que se trata de la mala leche que tenemos los humanos condensada y arrojada sobre alguien para enfermarlo; algo semejante a lo enfermos que nos puede poner estar durante días en el trabajo o en la familia conviviendo con alguien que nos tiene ojeriza.  Ese es el único mal de ojo que conozco, nada desdeñable por otra parte.  Como también es nada desdeñable el mal de ojo que echan algunos religiosos magos blancos sobre quienes consideran herejes.  Ese tipo de mal de ojo blanco, apoyado por la ira divina de los grandes dioses de “infinita bondad”, ha causado muchos más muertos que el típico mal de ojo de la magia negra.

Para el hombre moderno, el mayor atractivo de la magia negra, y quizás el único, son las orgías sexuales que en muchas ocasiones ponen el punto final en los rituales.  Pero ese es un tema que lo dejamos para el capítulo siguiente.

EL SEXO

Como acabamos de comentar en el capítulo anterior, la magia negra ha conservado la ancestral costumbre de finalizar ciertos rituales de adoración populares con orgías sexuales.  El sexo casi siempre estaba incluido en los rituales sagrados de nuestros antepasados, no solamente como relaciones humanas, sino como fertilidad de la tierra, sexualidad de los animales e incluso de otros elementos naturales asexuados por naturaleza, como puede ser el sol la luna o las estrellas.  El sexo y la violencia estaban casi siempre presentes en las realidades virtuales espirituales de nuestros antiguos.  Sus fiestas populares eran muy a menudo a la vez que sagradas, sexuales, incluyendo algún tipo de sacrificio; en su espíritu religioso se manifestaba tanto el placer como el dolor, podía adorarse a la diosa de la fertilidad así como a algún dios sediento de sangre, representante de los impulsos de muerte, que exigía alguna víctima, ya fuera humana o animal.

Como venimos afirmando, el hombre antiguo vivía todas sus dimensiones unidas, y las manifestaba en sus rituales.  Todavía quedan residuos de estas celebraciones religiosas en lugares alejados de nuestra civilización, donde sucede toda esta mezcolanza de impulsos humanos que a nosotros nos pueden parecer contradictorios.  Nuestra cultura ya no admite mezclar la religiosidad con el sexo ni con la violencia, en nuestra mente no cabe tal fusión, aunque en nuestra vida se continúen manifestando mezcladas tal y como el hombre las ha vivido siempre.

Al igual que sucedió con la violencia, la implantación de las religiones castas y pacifistas hicieron desaparecer el sexo de las fiestas religiosas en nuestra civilización.  La sexualidad se convirtió en algo dedicado exclusivamente para la procreación, y las orgías desaparecieron de los rituales sagrados.  Esto produjo una escisión en las vivencias de las fiestas populares, ya no se podía vivir unido placer y religiosidad, pues el placer se convirtió en vicio incompatible con lo sagrado.  En consecuencia, las  fiestas se dividieron en religiosas y profanas.  El hombre siguió viviendo sus dimensiones orgiástica y religiosa por separado.  Durante las festividades religiosas, en las iglesias se adoraba al dios monoteísta y a sus santos y mediadores, y, fuera del templo, el pueblo, continuó viviendo su dimensión orgiástica en la clandestinidad de las noches de las fiestas.  Esto lo podemos observar hoy en la mayoría de nuestras festividades religiosas: durante el día suceden los ritos religiosos en los que se predica la virtud, mientras por la noche gran parte del pueblo se dedica a vivir el vicio.  Es muy difícil erradicar de los pueblos costumbres ancestrales, siglos de rigurosos decretos religiosos represores no lo han conseguido.

Cada fin de semana se santifica con rituales sagrados castos, y, a su vez, el pueblo, en especial los jóvenes, viven su orgía sexual en el sábado noche.  La única diferencia que existe entre las modernas orgías populares y las ancestrales, es que éstas se realizan a escondidas, no son públicas, y tampoco se viven como un ritual sagrado.  Me pregunto si habrá más diferencias entre aquellos pueblos ancestrales danzando al ritmo de la percusión de los tambores sagrados en las horas previas a la orgía ritual, en torno a los menhires, tótems fálicos o diosas de la fertilidad, y los bailes de nuestros jóvenes al ritmo del rock o del bacalao en las horas previas a las orgías privadas que cada cual vivirá en el sábado noche.

He de confesar que la mitad de los años, aproximadamente, que permanecí en el interior de las sectas, fueron en vías castas, donde el sexo quedaba relegado a una mera función fisiológica de escasa importancia e incluso molesta para el caminar espiritual.  La opción de la magia negra nunca me resultó atractiva, la paz espiritual que buscaba nunca esperé encontrarla en esos rituales donde tienen acceso tanto hervor de pasión humana.  También he de reconocer que en esos años, a pesar de huir de las pasiones en mi caminar espiritual, estas no cesaron de hervir en mis profundidades.  Exceptuando una corta época de un año, nunca se me calmaron del todo las ganas sexuales, y los enamoramientos se me sucedían uno tras otro intentando romper mis anhelos espirituales más castos.

Hay que tener siempre en cuenta, y esto conviene no olvidarlo, que cuando uno practica una vía espiritual efectiva que lo pone en contacto con los elixires emitidos por la experiencia sagrada, si ésta es de una buena calidad, tendrá como ingrediente inevitable a la belleza.  La armonía espiritual es siempre hermosa.  Ahora imagínense ustedes una comunidad sectaria, embriagada por los elixires divinos, formada por gente embellecida por una especie de santidad compartida; en ese ambiente las ganas de enamorarse los unos de los otros no cesan de producirse.  En unos sencillos cursillos espirituales de fin de semana, donde lo sagrado se manifieste con calidad      ―repito― nos convertimos en personas radiantes, y no resulta extraño descubrir entre esas personas que nos acompañan al príncipe azul o a la princesa rosa de nuestros sueños.  La atmósfera sagrada se convierte así en un notable afrodisíaco, gracias a sus propiedades embellecedoras y  liberadoras de toda represión, sexuales en muchos casos.  No es de extrañar que muchas doctrinas religiosas hayan impuesto la castidad a sus seguidores, de esta forma intentan no perturbar la paz espiritual con algún que otro desmadre pasional, algo que no siempre consiguen.  En aquellas sectas que la castidad no es impuesta, es habitual que los amoríos sorpresa se den muy a menudo.

No está nada mal estar avisado de estas sorpresas que nos puede dar la vida en los ambientes sectarios.  Uno puede ir a un cursillo espiritual buscando aprender la paz de espíritu, y se puede encontrar sumergido en una aventura amorosa que puede hacerle perder la poca paz de espíritu que ya tenía antes de ir al cursillo.  Pero, como dice el refrán, para muchas personas: “sarna con gusto no pica”.

Incluso es frecuente encontrar en las sectas a ligones profesionales que, conociendo las propiedades afrodisíacas de las drogas sagradas, consiguen que las novatas sectarias caigan rendidas en sus brazos, hechizadas por el brillo de su mirada celestial.  Unos ojos que ven a dios, son unos ojos que enamoran.  Lo sorprendente es que, entre tanta divina mirada, la fuerza del sexo consiga que acabemos mirando aquello que sonrojaría a los castos dioses que habitualmente adoramos.

No hay que subestimar ni tomarse a broma esto que estoy diciendo.  Las probabilidades de enamoramiento en los ambientes sagrados son muy elevadas.  Si usted no tiene inconveniente de que le suceda o incluso lo encuentra atractivo, no hay problema; pero si usted es una persona con un compromiso de pareja estable, casada, en incluso con hijos, y una familia que no desea perturbar en absoluto, queda advertida del riesgo que corre en esos ambientes “espirituales”.  Se lo digo por experiencia.  Si no se desea dar paso al enamoramiento, con estar vigilante para que no se produzca, es suficiente.  Al fin y al cabo, si usted es mujer, y ha creído ver al príncipe azul de sus sueños en alguno de sus compañeros de secta o de cursillo espiritual, le puedo garantizar, con muy pocas probabilidades de equivocarme, que ese príncipe azul se volverá a convertir en rana en cuanto terminen los efectos del seductor carisma que ahora le envuelve.  Esto es algo que también se lo digo por experiencia: yo he pasado de príncipe a rana y viceversa en muchas ocasiones en mi vida.

A pesar de no ser un hombre apolíneo, la belleza espiritual me ponía tan atractivo en ocasiones y estaba tan rodeado de mujeres hermosas, que terminaba por ligar más que si me hubiera ido el fin de semana de fiesta profana en vez de cursillos espirituales.  Conscientemente no era un ligón profesional, pero inconscientemente no puedo negar que lo fuera.  Mi voluntad de castidad sucumbía muy a menudo ante los encantos “espirituales” de alguna de mis divinas hermanas.  Durante los años que duraron mis intenciones de castidad, fui asaltado en innumerables ocasiones por la sorpresa del enamoramiento.  Mi añorada paz espiritual era perturbada por uno de los impulsos humanos más intensos que podemos vivir.  La verdad es que, en aquellos años, siempre sentía que mi dimensión sexual no terminaba de integrarse en mi paz espiritual, pues mi sexualidad seguía pidiendo guerra.

Exceptuando las vías espirituales que dedican sus cursillos espirituales a poner cilicios en sus deseos más animales, la vivencia de lo sagrado escarba en el fondo de las personas, la paz espiritual libera las represiones, y una sexualidad reprimida puede estallarnos en las mismísimas narices en los momentos más tranquilos y sagrados de nuestro caminar espiritual.

Durante muchos años no supe acomodar al bienestar espiritual de mi casta alma lo que bullía en mi cuerpo.  En los comienzos de mis últimos diez o doce años de caminar por las sectas, coincidiendo con la explosión de un gran número de diversidades de métodos de realización espiritual, encontré ciertas vías que prometían fundir la armonía del alma con la del cuerpo, en las que se podía vivir el impulso sexual unido a lo sagrado.  Métodos que, sin ser magia negra, prometían divinizar la sexualidad a la vez que humanizaban el espíritu. Así que, después de tantos años de represión, aquella noticia me alegró el alma, y el cuerpo también, naturalmente.

CASTIDAD O PROMISCUIDAD

A casi todos los occidentales, que ya rondamos por los cincuenta, se nos inculcó desde la infancia que el sexo era algo pecaminoso y que la espiritualidad estaba inevitablemente unida a la castidad.  Tanto es así que una persona con fuertes impulsos sexuales nunca podría ser elevadamente espiritual, así como una persona espiritual nunca podría ser muy sexual.  Durante los años que creí cierta esta incompatibilidad, entre sexo y espíritu, padecí la lucha interna entre estas dos manifestaciones interiores.  Ya en mi adolescencia y parte de mi juventud, en el seno del catolicismo, estas dos fuerzas luchaban por sobrevivir en mí, cada una a expensas de la otra.  Fueron varios años santiguándome con la mano derecha mientras con la izquierda me masturbaba (metafóricamente hablando, por supuesto).  Cuando el sexo, ya fuera de pensamiento o de obra, me hacía perder la gracia de dios, no crean que corría a confesarme para recuperarla, bebía de mi sexualidad, o de la mujer que estaba dispuesta a compartir su sexualidad con la mía, hasta saciarme; y después de harto, confesaba mis pecados contra el sexto mandamiento; y vuelta a empezar.  La auténtica castidad solamente la viví entre los diecisiete y los dieciocho años, fue a causa de una explosión de amor entre yo y Jesucristo.  Reconozco que nunca he vivido nada igual.  Se trataba del amor místico del que tanto nos han hablado nuestros santos, en cada oración diaria bebía del amor divino y acababa embriagado de dios.  Estuve a punto de meterme monje trapense; únicamente lo impidió la idea de que aquella gloria no podía acabar encerrada en una celda de clausura.  No sé cuanto más me hubieran durado esos éxtasis diarios en un monasterio.  Llevando una vida normal no me duraron ni un año.  Aquella sensacional sublimación de la libido terminó en cuanto mis vivencias inferiores volvieron a elevarse.  Y en mí quedó el recuerdo de una experiencia que no he dejado de buscar por todos los rincones sectarios a los que he tenido acceso.  El amor místico, devocional, es una de las mayores delicias que puede vivir un ser humano.  La búsqueda de esa felicidad perdida, y el intento por mejorar mi salud por otros caminos diferentes de los oficiales, me hicieron conocer nuevas vías esotéricas y religiosas, lo que produjo indirectamente mi pérdida de fe en el catolicismo.

Sumergido en semejantes movidas espirituales, mi vida continúo por unos cauces normales, dentro de lo que cabe.  Mi capacidad de amar se unió a mi sexualidad, y me enamoré de una mujer por primera vez, allá por los veintidós años.  Conocí el amor pasional y todo el contexto de las otras pasiones que no son amor y que lo suelen acompañar.  Fueron estas pasiones negativas las que destrozaron esa relación que no me duró ni dos años.  Fue una ruptura muy dolorosa, quedé destrozado.  Esto provocó que me refugiara de nuevo en las ideologías espirituales castas como único remedio para intentar recuperar la salud del alma.  Convencido de que las mujeres me volvían loco, aposté por la cordura y me refugié en la soltería.  Ese desengaño amoroso se unió a mis otras inquietudes que me impulsaban a buscar nuevos rumbos de vida espiritual.  Durante diez años no volví a acariciar a una mujer con sensualidad.  Como ya he contado, un gurú oriental me echó una mano para recuperar la salud del alma.  Entre dos o cuatro horas de meditaciones diarias me ponían en contacto con mi cielo interior y mantenían a raya los impulsos sexuales que no cesaban de llamar a la puerta.  Muy a menudo tenía que abrirles y darles una masturbación para calmar su hambre.  Al hacer todo lo posible por mantenerme fuera de todo contacto erótico, conseguí que mis pies no se fueran tras ninguna mujer, aunque no podía evitar que mis ojos se fueran tras ellas.  Me tomé tan a pecho lo del celibato que, aunque en esos años me enamoré varias veces, no había diosa humana capaz de llevarme a la cama; mi intenso propósito casto siempre me ponía alguna zancadilla donde tropezaba y me impedía llegar al lecho del amor.

Después de esos diez años, fortalecido espiritualmente, decidí abrir la puerta de mi dormitorio a la mujer y dar rienda suelta a las fuerzas que llevaban tanto tiempo reprimidas.  Fueron doce años los que estuve con la puerta abierta, y fueron cuatro mujeres, una detrás de otra, naturalmente, las que compartieron mis venturas y desventuras sexuales y emocionales.  Ninguna de ellas duró más de tres años en mi íntima compañía.  Al principio todo me sucedió un poco por sorpresa, después estuve buscando métodos de ayuda a la pareja; pero, ni sofisticadas terapias psicológicas, ni las poderosas bendiciones divinas, pudieron evitar que esos cuatro intentos de construir una relación feliz y duradera se convirtieran en cuatro fracasos.

Hoy, mi familia y mis amigos más próximos, se preocupan por mi futuro emocional y me preguntan cómo van mis amoríos; yo les contesto que no tengo tiempo para esos menesteres, pues estoy escribiendo un libro.  Lo que no tengo muy claro es si no tengo pareja porque no tengo tiempo para relacionarme porque estoy escribiendo un libro, o si estoy escribiendo un libro como pretexto para no tener pareja.

Lo que sí es cierto es que escribir este libro me está ayudando a comprender mi vida.  Puedo entender que es muy difícil, para una persona acostumbrada a una espiritualidad de calidad, acostumbrarse a vivir en pareja, cuando ello implica vivir plenitudes amorosas a la vez que tormentos dolorosos.  Aunque mi caso por supuesto que no es exclusivo.  El gran número de personas que rompen sus compromisos o se divorcian no lo harán por motivos muy diferentes a los míos.  En el mundo de la pareja se pueden llegar a vivir tales miserias humanas que muchas veces es mejor deshacer el nido donde se incuban antes de que acaben con nosotros.  Yo y las mujeres que fueron mis parejas no conocimos otro remedio para nuestros males que la ruptura.

Admiro a esas personas que soportan estoicamente sus miserias compartidas y consiguen mantener viva su relación a través de los años.  Y admiro también a esas parejas que se animan a buscar en los mundos de las sectas esa plenitud que no les da la vida.  Yo no lo he conseguido a pesar de haber estado sumergido en varias vías espirituales que prometían mejorar las relaciones de pareja.  No es mi intención descalificar a todos esos métodos prometedores, a lo mejor mis fracasos se deben a que inconscientemente me gusta cambiar de pareja a menudo; visto de esa forma, mi vida amorosa es todo un éxito.

Sean cuales sean los intereses que a una persona le lleven a intentar mejorar sus relaciones amorosas, hoy en día existe una gran variedad de sectas que incluyen entre sus enseñanzas la forma de mejorar la vida en pareja.  Las enseñanzas van desde las vías que aconsejan la castidad más absoluta para mantener en virginal bendición divina el casto matrimonio, hasta las vías que aconsejan un desmadre total sexual, para liberar lo reprimido y poder así, según ellas, alcanzar el vuelo que nos llevará al cielo.  Las vías que fomentan la promiscuidad, muy acordes con la liberación sexual de los últimos tiempos, nos dicen que la represión sexual es un obstáculo para alcanzar la divinidad.  El poder creativo de dios lo consideran un poder sexual a lo grande que mantiene la vida en continuo florecimiento.  Nos aconsejan vivir el sexo intensamente, incluso la promiscuidad a las personas que viven en pareja, para soltar todo deseo reprimido, vivir la esencia de dios y liberarnos del peso enfermizo de la represión que nos está impidiendo alcanzar la realización espiritual.  Según esta teoría ningún reprimido puede alcanzar a dios, la realización del amor carnal la consideran un paso previo indispensable para llegar a amor divino.  Y algo de razón seguro que tienen, ¿quién, por muy ateo que sea, no ha sentido alguna vez el sexo como algo divino?

Evidentemente, los seguidores de estas dos vías opuestas se ponen verdes lo unos a los otros: los castos condenan a los infiernos a los lujuriosos, y los lujuriosos condenan a los castos por faltos de amor, sexual, se entiende.

Yo no he pertenecido a secta alguna practicante de estos dos extremos.  Vivir en pareja y en castidad, para mí creo que hubiera sido imposible.  Si conseguí durante diez años no acostarme con mujer alguna fue porque puse tierra por medio entre ellas y yo.  Sin la distancia, mi casta voluntad se hubiera desmoronado como un castillo de naipes.  Y tampoco estuve inmerso en vías de promiscua sexualidad, siempre se me antojaron como un desmadre sexual muy poco conveniente para ayudarme a equilibrar el desmadre que yo llevaba dentro.  Si relacionándome sexualmente con una mujer ya me volvía loco, me resultaba impensable hacerlo con más.

Las vías que escogí tenían unos programas de psicoterapia y de yoga ―de los que ya hablé en el capítulo sobre el destino― que incluía alguna deidad o mediador.  Uno hacía ciertos test para saber cuáles eran las limitaciones o represiones que tenía que liberar, después buscaba los patrones que debería de adquirir para perfeccionarse y los afirmaba a menudo como si fueran mantras.  Y a la vez que uno realizaba la desprogramación psicológica, hacía ciertos ejercicios respiratorios para ayudar a desbloquear la represión, y se invocaba a la deidad que se adorase en la escuela esotérica para que echase una mano en el empeño.

No le voy a quitar importancia a los positivos efectos que esos trabajos de crecimiento personal hicieron sobre mí; pero, lo que es cierto es que no consiguieron que yo tuviera éxito en conseguir una estabilidad duradera en mis relaciones de pareja.

Sin embargo, son muchas las personas que acuden a las sectas en busca de ese cambio milagroso que les dé la felicidad.  Normalmente cada miembro de la pareja piensa que es el otro el que tiene la culpa de los males de la relación, pero en estos grupos de trabajo, de profundización psicológica, se deja bien claro que cada cual es el único responsable de su vida en pareja.  Uno no puede por menos sorprenderse cuando investiga concienzudamente las causas de sus frustraciones amorosas, y se encuentra de frente con que son producto de patrones psicológicos, inconscientes a menudo, que atraen las mismas situaciones frustrantes a lo largo de nuestra vida si no somos capaces de cambiarlos.  En mi caso, por ejemplo, después de la primera pareja o de la segunda, podría insinuar que la culpa de las rupturas fueron suyas y no mías, pero después de cinco intentos serios, cuyas rupturas se produjeron de forma similar, uno empieza a sospechar que cada cual llevamos siempre en los bolsillos los mismos billetes de lotería que nos terminan por tocar a lo largo de nuestra vida.

Por consiguiente, aunque uno no consiga todo lo que se propone metiéndose en esas sectas, o grupos de terapias spico-espirituales, siempre se aprenden cosas muy importantes.  Y si uno cree en la reencarnación, y se hace viejo aprendiendo, sin realizar sus sueños de pareja, no hay porqué desanimarse, será en la otra vida, con un cuerpo más joven, cuando podamos continuar nuestros estudios y poner en práctica lo aprendido.  (Quien no se consuela en estos caminos del espíritu es porque no quiere).

Y respecto a los peligros particulares que nos podemos encontrar en las vías castas, recordar que la represión es una bomba de relojería que nos puede estallar en cualquier momento.  Muy pocos doctores en psicología nos recomiendan la castidad cuando hay en el cuerpo ganas de transgredirla, su estricto cumplimiento nos hace correr el riesgo de  producirnos serios trastornos en la personalidad.  Muchos menos riesgos corremos siguiendo las doctrinas del libertinaje sexual, liberar nuestras fantasías sexuales es más sano desde el punto de vista psicológico que reprimirlas.  Y sobre los riesgos de contagios indeseados, tampoco hay que preocuparse; algunos de los gurús, de esas doctrinas libertinas, dan preservativos a sus devotos junto con el incienso para los rezos.  Quizás lo más preocupante sean esos niños de dios que casi rozan la prostitución en su empeño por llevarnos al amor divino a través del amor humano, sexual para más señas.

Pero no todo en los caminos espirituales es tan promiscuo ni tan casto, la mayoría de las sectas se encuentran entre los dos extremos, tratando la sexualidad dentro de unos márgenes más normales.  Sin embargo, sin querer alarmar a nadie, yo no bajaría la guardia.  En la mayoría de las sectas de aparente normalidad sexual pueden suceder situaciones muy poco normales.  Recordemos que toda atmósfera sagrada es afrodisíaca y que la mayoría de las sectas tienen unos valores humanos diferentes a los de la sociedad; y, por muy normales que aparenten ser, el tratamiento que dan a las relaciones sexuales no suele ser muy normal.  Aquella persona que tenga al cónyuge en alguna secta, no estaría de más que investigase el grado de permisividad sexual de la doctrina que sigue su pareja.  En las sectas que tienen un alto grado de promiscuidad entre sus miembros, el riesgo de infidelidades es elevado.  Y en las que se prodigan abrazos besos y caricias como muestras de amor fraterno, no es infrecuente que se conviertan en muestras de amor erótico entre personas que simpaticen sexualmente.  La atracción de la belleza espiritual se puede convertir muy fácilmente en atracción sexual.  Tampoco conviene olvidar que, cuando se cambia de religión o de creencias, los matrimonios realizados por rituales anteriores no son válidos.  Es frecuente que en la secta se anule las uniones anteriores y se hagan otras nuevas.  No vaya a ser que nos consideremos casados con nuestro cónyuge mientras él se sienta divorciado o casado con otra persona.

Por todas estas causas no están del todo injustificados los temores que puede experimentar quien tiene a su cónyuge metido en una secta, sobre todo si en esa secta se enseña a practicar el sexo de los dioses.

EL TANTRA O LA ALQUIMIA SEXUAL

Como venimos observando, es habitual encontrarnos ofertas de doctrinas diametralmente opuestas que nos ofrecen las mismas glorias divinas.  Uno de los ejemplos más sorprendentes lo tenemos en lo referente al sexo: unas vías nos dicen que para llegar a dios hemos de ser castos, y otras nos dicen lo contrario.  Y lo más sorprendente es que las dos opciones funcionan, la experiencia mística se produce tanto siguiendo una opción como la otra.  Si preguntamos a un adepto de cada una de ellas, los dos nos hablarán de su vivencia de dios, muy parecida la una de la otra.  Los dos llegan al mismo destino aún siguiendo caminos con direcciones opuestas.

Algo que pude comprobar en mi vida, pues, tanto en lo vivido intentando seguir las directrices de la castidad, como en lo vivido siguiendo las directrices de la libertad sexual, pude observar su eficiencia como caminos de aproximación a lo divino; aunque ninguno de los dos me condujo al sublime cielo prometido excepto en momentos puntuales.

Seguro que los creyentes en cada una de estas vías estarán pensando que fui yo el único responsable de mi fracaso cuando seguía su camino particular.  Aunque si escucho a los castos cuando me hablan de la promiscuidad, me dirán que no fui yo el culpable de no vivir a dios plenamente en la libertad sexual, pues, según ellos, eso es imposible siguiendo ese camino.  Y si escucho a los liberales místicos del sexo, me dirán que si no encontré a dios en la castidad es porque eso es imposible, a dios no se le puede encontrar sin vivir la sexualidad, pues dios es ante todo eso: sexo.

Así que, harto de tantos consejos contradictorios, y después de comprobar que tanto un método como otro no eran perfectos, continué con mis investigaciones por otros derroteros, encauzando mis pasos hacia una sexualidad muy especial y mucho más prometedora que las anteriores.  Se trataba del tantra, del sexo de los dioses, también llamado alquimia sexual.

Esta divina forma de hacer el amor no recomienda huir ni de la castidad ni de las relaciones sexuales cuando se desea encontrar a dios, incluso considera necesario tanto a la castidad como al erotismo, y propone para realizarse espiritualmente vivir un sexo extraordinario donde se ha de hacer el amor castamente a la vez que sensualmente.  Se trata de un estilo de amor platónico con erotismo incluido sin dejar de ser platónico.

Para nosotros los occidentales es tan inconcebible esta sexualidad que dudo si podré explicarla y hacerme entender.  En primer lugar diré que no es un invento de reciente creación, es una sexualidad muy antigua, nos la encontramos en muchos de los ambientes más sagrados de nuestros antepasados, en especial en Oriente.

Hablando en plata, se trata de realizar el coito sin llegar al orgasmo.  Las teorías alquimistas dicen que de esta forma el fuego sexual no se apaga, y se emplea como energía calórica para hacer hervir el matraz de la alquimia interior que convertirá en oro todo el pesado plomo de nuestra naturaleza.  Las teorías tántricas nos dicen que es la única manera de elevar a la sagrada serpiente Kundalini hasta más allá de la coronilla y alcanzar así el nirvana.  Otras teorías afirman que así se controlan las fuerzas animales pasionales.  Y otras aseguran que esta forma de realizar el acto del amor es una garantía de permanencia del enamoramiento entre los amantes, pues siempre los mantiene hambrientos al uno del otro.  Además, también se considera un método anticonceptivo natural (si se consigue realizar la hazaña, claro está).

Así que, ni corto ni perezoso, después de encontrar una pareja que estaba dispuesta a gozar esa sexualidad especial conmigo, nos pusimos manos a la obra:  Exigiéndole a mi amada la quietud necesaria —cuando era necesaria—, pude conseguir no moverme del lugar donde debía de estar y así superar la primera fase donde otros fracasan.  Era indispensable no derramar la copa sagrada.  Después, sazonado el método con ciertas meditaciones, solamente me quedaba esperar que el sexo de los dioses me proporcionara la divinidad prometida.

Menos mal que fueron unos pocos meses de espera, porque, si llego a esperar más, a lo mejor ahora no lo estaría contando.  No solamente la prometida divinidad no llegó nunca a invadirme, sino que además me entraron unos impresionantes ataques de nervios que de poco acaban conmigo.  La enorme cantidad de energía psíquica acumulada saturó mi sistema nervioso.  Mi poca tranquilidad interior, hirviendo en el matraz de la alquimia, en vez de convertirme en oro, me convertía en un manojo de nervios.  En aquellos meses estuve sumido en un insoportable borboteo nervioso, desazonado interiormente.  Tanto es así que instintivamente no se me ocurría otra cosa para calmar aquel fuego, y mis nervios, que acudir a la masturbación para vaciarme del combustible que me estaba convirtiendo en un cohete sin rumbo.

No dejaba de ser cómico: tanto esfuerzo por no derramar la copa sagrada en pareja, para después acabar vaciándola yo solito.  Así acabaron mis intentos tántricos.  Después de aquello no me cabía duda de que aquel sexo de dioses debía de ser precisamente para los dioses y no para los humanos.  Algunos expertos en el tema seguro que piensan que me faltaban iniciaciones.  Pero consultadas las mujeres que vivieron experimentos similares con hombres más iniciados que yo (no pregunté a muchos hombres, ya que no solemos ser muy sinceros cuando de reconocer nuestros fracasos sexuales se trata), me comunicaron que la mayoría de las veces no se pasaba de la primera fase de contención y fallaba el natural anticonceptivo.  Por consiguiente, y como consecuencia, vinieron al mundo ―y me imagino que continúan viniendo― muchos hijos producto del derrame del sagrado matraz alquímico.

Otras personas, que superaron la primera dificultad y lo intentaron durante más tiempo que yo, acabaron destrozadas interiormente, en manos de expertos en psicología que después intentaron curar sus graves quemaduras en el sistema nervioso.  Estos hechos provocaron importantes denuncias en contra de las sectas que practicaban esta sexualidad.  Incluso muchas de las personas que la vivieron, y acabaron desequilibrados interiormente, denunciaron a las sectas donde la habían estado practicando.

Aún así, todavía hay quienes predican los beneficios de su práctica y la consideran indispensable para realizarse espiritualmente.  Yo no me alcanzo a creer que le pueda funcionar correctamente a alguna pareja, pero si el río suena será porque algo de agua lleva, aunque sea poca.  No voy a descalificar totalmente este método de realización,  con avisar de los peligros que conozco por experiencia yo ya estoy cumpliendo con el principal propósito de este libro.

Los fanáticos de este exótico método sexual (casi siempre hombres) lo consideran tan esencial, para todo desarrollo espiritual, que incluso afirman que todos los grandes maestros espirituales lo practicaron como técnica indispensable para conseguir alcanzar las alturas que alcanzaron.  Todos los grandes mediadores, incluido Jesucristo ―faltaba más―, tenían una amante o una esposa con quien vivir el sexo sagrado.  A Jesucristo ―como no― le tocó en suerte a Magdalena.  Nada mejor que una santa prostituta para vivir el divino erotismo.

Y les voy a contar un secreto: la gran pirámide de Keops no es un monumento funerario, es en realidad el escenario sagrado donde el faraón, el hombre-dios, sufría su particular proceso alquímico practicando el sexo divino, de faraones, naturalmente.  En la cámara de la reina se las tenía que ver con la sacerdotisa (supongo que sería una experta reina del sexo), quien le ayudaría a practicar la sexualidad sagrada que lo terminaría en convertir dios definitivamente.  Si no superaba esta prueba final, no alcanzaría la inmortalidad.  Está claro que hasta los faraones fracasaron en sus intentos, pues se quedaron aquí, en sus tumbas, hechos unas momias por no haber conseguido ese sexo divino que les hubiera convertido en inmortales.

Yo no puedo negar que, a pesar de lo vivido en mis propias carnes, todavía me continúa fascinando esta sexualidad.  Las eróticas figuras de las fachadas de los antiguos templos tántricos de la India, y muchos grabados antiguos orientales de elevado erotismo, nos hablan de este sexo sagrado, que continúan fascinando a muchos de quienes las contemplamos.  Si prestamos atención a esas imágenes comprobaremos que nos están mostrando algo extraordinario: sus cuerpos están realizando el coito, u otro tipo de tocamiento eróticos, en posturas que nos transmiten una elevada sensualidad, lujuria u obscenidad, como queramos calificarlo.  Sin embargo, en sus rostros no aparece gesto lujurioso alguno, sus semblantes nos transmiten una belleza espiritual suprema, una paz que nos puede parecer incompatible con lo que están haciendo con sus cuerpos.  Esas imágenes nos están diciendo que existe una sexualidad donde es posible tener el cuerpo viviendo un fuerte erotismo y la mente en santa beatitud.  Es como hacer el amor sin deseo, sin pasión erótica, a la vez que vivimos el erotismo como espectadores, sin identificarnos con él.

Aunque nos parezca extraño, creo que muchos de nosotros hemos vivido aspectos esa especial sexualidad, al menos momentáneamente, cuando no lo pretendíamos y la vida nos sorprendía dándonos ese regalo.  Me voy a remitir a esos momentos mágicos de nuestra vida, cuando hacíamos el amor con la persona de la que estábamos enamorados, invadidos de un extraordinario enamoramiento, de un embeleso sublime, supremo, casi sagrado; embriagados por la divinidad que envuelve a los amantes.  Mientras nuestros cuerpos realizaban todo tipo de obscenidades, nosotros permanecíamos en el cielo, casi ausentes de lo que sucedía en la tierra, conscientes de un divino erotismo.  Momentos en los que, por ser la felicidad tan plena, desaparece el deseo animal de los amantes.  Aunque los  cuerpos no cesen de copular, nuestra atención permanece fija en la divina virginidad que vemos en los ojos de nuestra amada o de nuestro amado.  Son los éxtasis de los enamorados, embriagados por el más poderoso de los afrodisíacos, por el amor, por la gloria de amarse.  Éste es el único sexo que me ha llevado al cielo, sin secta ni doctrina de por medio, el que viven los amantes cuando están llenos de divinidad, por muy ateos que sean.

El sexo que predica el tantra o la alquimia sexual se me antoja que no puede ser muy diferente al sexo natural del pueblo, pero del que se ha suprimido el orgasmo para intentar apartar a la bestia lo más posible del nido del amor.  Supongo que al hacer esto se intenta mantener durante largo tiempo la magia mística de forma semejante a como la intentan mantener los amantes adictos al amor platónico.  En teoría es un sexo fascinante, pero solamente en teoría.  Yo al menos, no he podido comprobar en la práctica los beneficios de suprimir el orgasmo asiduamente.

Siento no poder dar más detalles esenciales al respecto.  Espero que todas estas explicaciones hayan servido para dar una idea aproximada de esta famosa forma de sexualidad en los caminos sectarios.  Una teoría que continúa fascinado por lo que promete, aunque resulte casi imposible alcanzarlo.

Continuemos nuestra andadura sin perder el entusiasmo investigador, aunque nos encontremos con muchas incógnitas que todavía no podamos resolver.  Existen otros factores, tan importantes o más que el sexo, que condicionan nuestro bienestar.  Con orgasmos o sin orgasmos, la mayoría de las veces, no podremos evitar que la gloria del amor se nos escape de las manos cuando más la estamos disfrutando, robada por las bestias de las pasiones: celos, instinto de posesión y de manipulación de la persona amada, deseos exigentes, violencia sin razón que nos convierte en enemigos de la persona que más queremos… Pasiones que nos atacan a traición robándonos nuestro tesoro más preciado.

LAS TRAICIONERAS PASIONES

Las pasiones son intensas pulsaciones psicológicas que se manifiestan en el ser humano.  Existe una variopinta gama de estas fuerzas psíquicas.  Pero no todas suelen estar integradas en la personalidad de los individuos ni en los sistemas éticos de las sociedades, aún me atrevería a afirmar que la mayoría se encuentran ocultas, reprimidas, prohibidas, bullendo en el inconsciente, hasta que nos estallan como volcán que irrumpe en erupción cuando menos lo esperamos.

Como toda pulsación psicológica, las pasiones se reflejan en las realidades virtuales espirituales.  En nuestra cultura occidental, quizás fue en la mitología griega donde mejor se escenificó el hervidero de pasiones humanas.  Pero ahora tenemos a dioses mucho más educados en nuestra civilización, y las pasiones negativas para la convivencia han sido transferidas a los demonios, arrojadas a los infiernos, y al pobre pecador con ellas.

Censuradas, las fuerzas que no deseamos vernos se nos han ubicado en lo más profundo de nuestra inconsciencia.  Y desde allí suelen hacer fracasar los más denodados esfuerzos por vivir en armonía, ya sea con nosotros mismos o con los demás.  En el mundo de las sectas, así como sucede en cualquier otra forma de agrupación social, pasiones no gratas para la convivencia se empeñan en romper o en transgredir los sistemas de valores éticos que cualquier sociedad se impone a sí misma.  Por ello son prohibidas, se menosprecian o se ignoran.  Construimos sensacionales proyectos de vida feliz sin contar con ellas, no las integramos en nuestra personalidad ni en nuestra sociedad por su cariz anárquico; mas ellas continúan irrumpiendo sorpresivamente en nuestras vidas, aguándonos la fiesta cuando más la estamos disfrutando.

Por un lado necesitamos a las pasiones, pues contienen la fuerza de nuestra vida; una vida sin pasión es una vida gris; pero, por otro lado, muchas de ellas son como animales de tiro sin domesticar, fuerzas salvajes que nos avergüenzan.

En el mundo de las sectas resulta hasta cómico, por no decir dramático, observar cómo sus miembros se esfuerzan por implantar la práctica de la virtud en sus sociedades, para que tarde o temprano el intento acabe fracasando estrepitosamente por haber sido atacado por pasiones ajenas al programa básico doctrinal.

Me da la sensación de que las sotanas o túnicas que gustan de llevar los miembros de las sectas o de las religiones tienen como principal misión la de ocultar las oscuras pasiones que se esconden tras ellas.

Ya en el capítulo anterior hemos hablado del peligro que conlleva la castidad al reprimir pasiones de origen sexual.  Es típico en la historia de las  sectas castas que el sumo sacerdote acabe ligándose con la discípula más exuberante y virginal, sacudiendo con el escándalo a una agrupación enfocada en un virtuosismo casto.  Como venimos advirtiendo, la atmósfera sagrada propicia los enamoramientos, y las pasiones de origen sexual estallan en los ambientes más castos.

La atmósfera sagrada escarba en el interior del ser humano y saca al exterior todo lo que llevamos dentro.  Y como normalmente no conocemos las pasiones que habitan en nuestro interior, no estamos avisados de lo que nos espera cuando nos sumergimos en un proceso evolutivo espiritual.  La sorpresa o el susto no hay quien nos lo quite, en especial si las pasiones que nos sorprenden son de carácter violento, sobre todo si llevamos años practicando una doctrina pacifista.

Mas no habremos de preocuparnos, las sectas tienen capacidad suficiente para asumir y disimular las pasiones que surgen en su seno contrarias a sus doctrinas.  Pongamos unos ejemplos habituales: si el sumo sacerdote o el gurú de turno se ha beneficiado a una casta adepta virginal, no ha sido por una incontrolable pasión, ese desliz llegó a suceder porque en otra vida ―pasada, claro está― fueron marido y mujer, y ahora vuelven a encontrarse.  De esta forma se calma el escándalo y la vida sectaria continúa con normalidad.  Y cuando se produce un adulterio, es porque otra relación de otra vida ha venido a perturbar el compromiso de ésta.  Y otro tanto sucede con las terribles pasiones de carácter violento: los impulsos violentos en el seno de las sectas suelen estar justificados por algún tipo de cruzada salvadora en contra de alguna fuerza, sociedad o persona considerada demoniaca.  Sectas y religiones con doctrinas tremendamente pacíficas han protagonizado en la Historia una extrema violencia, pero siempre basada en justificaciones convincentes para los creyentes.

E igualmente sucede con otras miserables pasiones humanas, como son los celos, la envidia, el odio, la ambición, el exacerbado egoísmo, la sed de poder, el instinto de posesión, de territorialidad, etc.  Todas estas vergüenzas humanas, negros instintos animales la mayoría de las veces, se pasean bajo las túnicas o las sotanas por los ambientes sectarios, como bajo las ropas de cualquier otra agrupación humana, disfrazados para engañar a los demás, y para engañarnos a nosotros mismos cuando no estamos dispuestos a reconocerlas.

Hasta cierto punto es natural que se oculten los defectos, sobre todo cuando no se sabe que hacer con ellos.  Lo que ya resulta intolerable es que encima se presuma de ellos, se ensalcen e incluso se pretendan convertir en virtudes.  Esta aptitud camaleónica la podemos encontrar en individuos pedantes o en pomposas organizaciones diestras en vanagloriarse de sus miserias.  En las sectas es muy común encontrarnos con grandes defectos humanos ensalzados hasta las más altas cotas de la virtud, consecuencia de creerse los falsos efectos milagrosos de ilusorios elixires divinos, capaces de convertir, por la gracia de la sugestión, un defecto en una virtud.  Los borrachos de dios se creen perfectos, las drogas divinas los hace felices, y por ello se creen superiores a los demás, diferentes, santos; pero sencillamente son borrachos inconscientes de sus miserias humanas.  Ni la drogadicción mística, ni las iniciaciones, ni la perfección sacramental, por decreto divino, nos liberan de las pasiones.  Si observamos a quienes se creen libres de ellas, comprobaremos como esas personas continúan con sus defectos, como antes, o mucho peor, pues ahora difícilmente tendrán remedio, ya que los afectados no reconocerán sus pasiones como suyas.

Es habitual observar en las sectas como el ansia de virtud ciega a quienes quieren conseguirla a toda costa, y para ello no dudan en ponerse medallas de virtudes en sus sotanas o túnicas cuando bajo ellas continúan bullendo oscuras y prohibidas pasiones.  Esto es realmente grave:  Sociedades destinadas a propiciar el perfeccionamiento del ser humano convertidas en escuelas diestras en disimular las miserias humanas, en nidos de imperfecciones disfrazadas de virtud, de tal manera que al confundir una cosa con la otra propician el crecimiento del mal en vez del crecimiento del bien.

La atmósfera sagrada que se vive en las sectas saca a la luz nuestras miserias; y es habitual que el sectario, el fanático, no sea capaz de reconocerlas, de asumirlas e intentar afrontar un cambio real en su interior; por lo que opta por el camino más fácil, por disimularlas, e incluso por justificarlas.  ¿Cuántas sectas o religiones con un notable carácter pacifista han protagonizado casos de violencia extrema, justificada la mayoría de las veces por sentirse brazos justicieros de la ira divina o argumentos semejantes?   ¿Cuánto odio encontramos en los caminos del amor espiritual?  ¿Cuánto sexo en los caminos más castos?

Siento no poder presumir de medallas de virtud, siempre que me las pusieron las arranqué de mi pecho.  Nunca pude soportar presumir de perfección o de virtud cuando mis defectos, mis imperfecciones y mis pasiones campan a sus anchas por mi interior.

Por los caminos sectarios hay que ir siempre con lupa, una actitud detectivesca nos puede alertar del fraude y descubrirnos que nos están o nos estamos engañando a la hora de sopesar nuestro progreso espiritual.  Es muy fácil confundir el auténtico fuego divino con las luces de neón que produce nuestra propia sugestión o la sugestión del grupo en el que estemos trabajándonos.

La auténtica radiación sagrada hace emerger en nuestra vida lo que en realidad somos y todo lo que pulula por nuestros interiores.  Y es habitual encontrarnos con las pasiones más oscuras y prohibidas que nos podamos imaginar.  Las comunidades sectarias, por muy altas metas que se propongan, son nidos de las más viles pasiones; y aún diría más: cuanto más alta fijen su mirada, menos verán las vilezas que se produzcan en sus niveles inferiores y más los padecerán.  Esto es algo semejante a lo que les sucede a los enamorados: el amor extrae de la persona todo lo que lleva dentro, incluido lo que no es amor.  La sorpresa de los enamorados, así como de los adeptos a las sectas, suele ser morrocotuda, las pasiones les pillan a traición, habitualmente cuando mejor se encuentran disfrutando de las mieles divinas, ya sean en la pareja o en los caminos espirituales.  Después vendrá el tratamiento que se les dé.  Es típico de muchas personas no querer reconocer sus defectos y echarle la culpa de sus consecuencias al otro miembro de la pareja o a alguna otra persona o circunstancia.  Y en las sectas no es muy diferente.  Como el mundo sectario es intocable, incluidos sus componentes, hay que inventarse a alguien que cargue con las culpas de las consecuencias de nuestras pasiones negativas.  Así nació la peor creación virtual de todos los tiempos: el demonio, malvado personaje al que se le achacan todos los males de este mundo.  En él se encarnan todas las maldades de la Humanidad, y de él se sirven sus creyentes para no reconocer sus maldades como suyas.

En la actualidad son en especial las pasiones de carácter violento las más rechazadas por nuestra conciencia y prohibidas por la sociedad.  Para nuestro espíritu civilizado, y para una buena convivencia, nos resultan tan negativas en nuestros sistemas de valores que somos capaces de no reconocerlas aunque nos estemos comportando violentamente a diario.

Es muy importante el reconocer nuestras pasiones ocultas para evitarnos sorpresas, cuanto más las conozcamos mejor evitaremos que tanto en una vida normal como en los mundos sectarios nos cojan a traición.

Detengámonos a estudiar una de las más importantes pulsaciones psicológicas de la Humanidad.

LA VIOLENCIA Y EL INSTINTO DE MUERTE

Para estudiar la violencia en el ámbito de las sectas, en primer lugar habremos de saber de qué estamos hablando.  Si estamos intentando realizar un estudio serio, no podemos trasladar a estas páginas toda la polémica, la confusión y las contradictorias opiniones, que sobre la violencia existen hoy en día en los ambientes culturales.  Para evitarlo vamos a inclinarnos por las   teorías que más serias nos parecen al respecto, y las que precisamente mejor nos pueden ayudar a explicarnos las manifestaciones de violencia que suceden tanto en nuestra vida cotidiana como en el interior de las sectas.  Vamos a aportar nuestro granito de arena al gran debate sobre la violencia inclinándonos por las teorías que la definen como un importante impulso psicológico innato en el ser humano y en toda forma de vida.

Desde el momento en que todo ser vivo comienza su existencia, corre el riesgo de ser devorado ―especialmente cuando es una cría― por otro ser que habitualmente se alimenta de él.  El pez grande se come al chico, y en el mundo microscópico de los microorganismos sucede otro tanto.  En los mamíferos, especie animal a la que pertenecemos, tenemos los ejemplos más claros para nosotros de la importancia de la violencia para la supervivencia.  Ya sea para comer o para evitar ser comido, para cazar o para evitar ser cazado, todo mamífero tendrá que hacer uso de su agresividad para sobrevivir.  Es una ley básica natural.  La violencia es esencial para la supervivencia, está muy relacionada con la muerte, y a su vez con la alimentación de los seres vivos.  La Naturaleza proporciona a todo ser vivo un instinto agresivo para evitar ser comido, que en la mayoría de los casos se convierte en instinto asesino cuando se necesita cazar para comer.  Un instinto con tanta violencia con resultado de muerte que lo damos en llamar el instinto de muerte.  Un instinto que lleva a matar o a morir según el papel que le toque realizar a cada partícula de vida.  Un instinto que da fuerzas para matar al ser vivo que hace el papel de asesino, y hechiza al que le ha tocado ser la víctima.  Un instinto tan aterrador para la conciencia del hombre que habitualmente preferimos olvidarlo, a pesar de que él no se olvida de nosotros.

Las personas que vivimos en los países desarrollados, nos hemos desnaturalizado hasta el extremo de no necesitar la violencia para comer o para evitar ser comidos, por lo que no tenemos ni una vivencia ni una visión muy clara de lo que es la violencia y la muerte en su estado natural.  Sin embargo, aunque ya no lo necesitemos ni para comer ni para defendernos de las fieras que nos consideran comida suya, el instinto de muerte permanece activo en nosotros, y, cuando no nos mata de puro viejos, nos acaba matando de otras maneras, a la vez que salpica nuestra vida social con multitud de manifestaciones agresivas.

Al retirarle al instinto violento sus objetivos principales, él sigue actuando por otros derroteros vinculados con su función primordial.  La agresividad humana destinada por la Naturaleza para defendernos de las bestias y para la caza, al verse desprovista de propósito principal, se centra en otros objetivos, no sin cierto descontrol y caos.  Las guerras ―manifestaciones de la locura humana― casi siempre han sido a causa de la lucha por el territorio, muy vinculado con el alimento, con el poder que garantiza el sustento y la riqueza.  Hace muchos siglos que los humanos dejamos de pelearnos con los animales para sobrevivir, pero no hemos cesado de hacer guerras entre nosotros, luchamos a muerte para conseguir el poder, no ya sobre los animales, sino sobre los demás seres humanos, imponiendo la ley del más fuerte, en definitiva la ley de la selva.  Pulsaciones agresivas que hoy nos avergüenzan y ya creemos erradicadas de nuestra cultura, aunque, en mi opinión, todavía andan por nuestros interiores.  La ley del más fuerte continúa vigente en nuestra sociedad, disimulada en nuestro modernismo.

Las diferentes formas de violencia que observamos en nuestra sociedad son desviaciones de la función principal de un instinto básico destructivo que, en su estado natural, acaba matando antes de que lleguen a viejos a la mayoría de los seres vivos.  A excepción del hombre, la mayoría de seres vivos no llegan a viejos, pues se los acaban comiendo sus particulares depredadores en cuanto empiezan a perder sus defensas.  De esta forma la Naturaleza mantiene siempre jóvenes a sus criaturas.  Una terrible ley de vida que no conviene olvidar.

Necesitamos recuperar la visión del instinto de muerte, aunque nos aterrorice, si deseamos continuar adentrándonos en los misterios de nuestra naturaleza.  La muerte es la manifestación suprema de violencia, pues toda violencia llevada hasta el final conduce a la muerte, es el definitivo acto de violencia, aunque se muera en paz.  La muerte siempre sobreviene por una agresión.  Visto fríamente, morir comidos por un tigre es semejante a morir comidos por los gusanos o por un virus que nos quita la vida, aunque para nosotros no signifique lo mismo.  La muerte es el definitivo acto de violencia que nuestra bendita madre Naturaleza depara a toda forma de vida.  Lo que llamamos una muerte natural es un acto tan agresivo para la vida como lo es un asesinato, por mucho que a nosotros nos parezca diferente.  A pesar de que en muchos casos nuestra cultura diferencia la muerte de la violencia, en realidad son la misma cosa, lo que damos en llamar violencia es un proceso de muerte, inacabado en unos casos o terminado en otros.

Toda muerte es una agresión a la vida, y toda forma de violencia es una aproximación a la muerte.  La violencia y la muerte son dos consecuencias, dos manifestaciones de un mismo instinto que porta toda forma de vida, el instinto de muerte.  Una fuerza destructiva que lucha contra otros instintos creadores de vida ganado siempre la batalla.

Este brutal instinto, hasta que mata a cada uno de los seres vivos, compite con el instinto sexual.  De hecho los dos actúan en toda forma de vida y crean un asombroso juego de fuerzas opuestas: un instinto dedicado a crear la vida y otro a fomentar la muerte.  Nuestra cultura a uno lo define como el bien y al otro lo define como el mal.  Freud ya nos indicó que el juego de la vida en nuestro mundo se realizaba entre dos fuerzas: el instinto de vida y el instinto de muerte, eros y tánatos; por un lado la vida no cesa de crearse y de recrearse, y por otro lado la misma vida no cesa de matarse.  Pulsaciones de vida y pulsaciones de muerte juegan constantemente con los seres vivos, un juego que siempre tiene el mismo final para cada vida particular: será con un jaque mate como la muerte ganará la partida a toda forma de vida.  El envejecimiento será el paciente asesino que concluirá la partida a favor de una muerte que damos en llamar natural, cuando ésta no ha llegado antes por otras causas que solemos llamar violentas.  El proceso del envejecimiento y las enfermedades provocan una autodestrucción impulsada por el instinto de muerte, artífice del punto final de toda forma de vida que se ha librado de ser destruida por otras causas.

Es muy importante para nuestro estudio tener una visión clara de este importante instinto muy poco reconocido en nuestra cultura.  Se trata de una fuerza que nos induce a morir o a matar, a herir o a enfermar, a envejecer y a morir.  Es una misma fuerza instintiva muy poderosa que nuestra cultura ha disimulado y disgregado en diversidad de aspectos, probablemente por el terror que nos produciría reconocerla integra, tal y como es.  Cuando, por ejemplo, diferenciamos una muerte violenta de otra que nos parece que no lo es, es debido a conceptos culturales.  El instinto de muerte no hace distinciones, mata sin más, está programado para matar.  Es una pulsación agresiva que atenta contra nuestras vidas, ya sea de una forma o de otra, convirtiéndonos en víctimas mortales ya sea de una forma que nos parezca violenta o no nos lo parezca.

Esta visión general de la violencia nos va a servir para entender que, a pesar de todo lo que estamos luchando los seres humanos evitar ser agredidos, a pesar de haber aumentado la edad media vida, este importante instinto sigue haciendo de las suyas en nosotros, matando a muchos miembros de nuestra especie antes de lo que quisiéramos.

Aunque ya no seamos perseguidos por fieras que nos consideren su comida, ni tengamos enemigos mortales que atenten contra nuestra vida, y vivamos una paz social envidiable, el número de fallecimientos en nuestras sociedades civilizadas, antes de que la muerte por envejecimiento se produzca, continúa siendo alarmante; no ya causados por animales agresivos ni por asesinatos o por guerras, ahora son los accidentes o las nuevas enfermedades quienes los provocan.  Es como si tuviéramos siempre que pagar una cuota de muerte anticipada a la vida aunque vivamos en paz.  El instinto de muerte, cuando no te mata, te induce para que te mates; para muestra observemos como realizamos hechos que perjudican nuestra salud con toda la naturalidad del mundo, sin ser conscientes de que estamos atentando contra nuestra vida.  Hábitos perniciosos como el tabaquismo o el alcoholismo son claras muestras del instinto autodestructivo.  El elevado número de suicidios delatan que la violencia autodestructiva continúa en nuestras ejemplares sociedades.  Y en los accidentes laborales, de tráfico, o en los deportes de riesgo, nuestros jóvenes encuentran la muerte o quedan inválidos de por vida como si fueran víctimas de una guerra.

La atracción por el riesgo de muerte que sienten los jóvenes viene impulsada por el instinto violento, que, como todo instinto, en la juventud se manifiesta con elevada fuerza vital.  Una elevada afluencia de bioenergía enerva todo organismo cuando se satisface un instinto.  El cuerpo humano se llena de vitalidad cuando se satisface el instinto sexual o el instinto violento; si el miedo o la educación no provoca una represión que bloquea el fluir de energía, naturalmente.

Muy pocas veces se habla de la muerte como una fuerza instintiva.  Nosotros vamos a hacerlo, pues es una forma de sintetizar las fuerzas de nuestro lado oscuro que nos ayudará a comprender los hechos más tenebrosos que nos vamos a encontrar en nuestro paseo por el interior de las sectas.  Sin entender que el instinto de muerte es una fuerza más poderosa que los instintos que fomentan la vida, nunca podríamos entender las barbaridades que suceden tanto en las sectas como fuera de ellas, no podríamos entender las guerras ni los suicidios colectivos.  Por ello habremos de realizar el esfuerzo extra de mirar aquello que no queremos ver, aunque para ello tengamos que hacer de tripas corazón.

Al hombre civilizado le cuesta reconocer que la violencia y la muerte son fuerzas instintivas de todo ser vivo, en especial cuando nos referimos a nosotros, a los seres humanos.  Porque cuando hablamos de la vida de los animales o de las bacterias podemos entender que la violencia y la muerte sean parte esencial de su supervivencia.  Pero, cuando hablamos de nosotros, de nuestra vida, a la muerte ni la vemos, o no queremos verla; y con la violencia nos sucede otro tanto.

Esta actitud “civilizada” nos ha creado un gran problema, pues ―sin ánimo de asustar a nadie―, tanto la violencia como la muerte, se rigen por leyes naturales como las leyes físicas, son fuerzas instintivas.  Al negar su existencia en nosotros, al no querer ver esas fuerzas naturales, las hemos arrojado a la inconsciencia, donde nos hemos creado un terrorífico territorio oculto lleno de fuerzas destructivas y autodestructivas que nos negamos a reconocer.  Son muy pocos los estudiosos de la mente humana que después de penetrar en nuestro lado oscuro anuncian los horrores que han visto.  Prefieren dejarnos en la inopia antes de arriesgarse a que cunda el pánico.  Prefieren que sigamos preguntándonos el porqué de nuestras desdichas, o echando las culpas de nuestros males a diestro y a siniestro, antes que decirnos la oscura verdad de la naturaleza humana.

Sin embargo, aunque nadie nos hable de nuestro principal mal intrínseco, lo podemos ver sus manifestaciones.  Por ejemplo, las horas que un televidente medio se pasa al día viendo violencia ya nos denuncia la existencia de un atractivo instinto destructivo en el hombre.  El instinto de muerte es tan seductor como el instinto sexual, especialmente cuando dichos instintos están reprimidos.  No echemos la culpa a las programaciones televisivas porque tengan excesivo terror o violencia.  Cuando en las pantallas de televisión se proyectan tan gran número de películas violentas es a causa de la demanda de la audiencia.  Un éxito cinematográfico o literario se debe habitualmente a que evoca aspectos ocultos que bullen en el interior de las personas.  Nos fascina nuestra violencia interna.  Nuestro instinto de muerte, y el pánico que nos provoca, palpita ante la escenificación cinematográfica de las fuerzas de nuestro lado oscuro.

En nuestro estudio vamos a llamar a esas fuerzas las fuerzas del mal, las fuerzas asesinas, las que nos llevan a la muerte; son los impulsos psicológicos que no queremos ver, que censuramos.  Donde podemos incluir todo tipo de agresividad, de tendencias autodestructivas, de atracción por la muerte, de instintos asesinos, etc.

No vamos a detenernos a analizar minuciosamente cada uno de ellos, pues nos desviaría demasiado de la meta que nos hemos propuesto en nuestro estudio.  Vamos a dedicar unos pocos capítulos a iluminar nuestro lado oscuro, enfocando nuestra atención en nuestra sociedad, antes de continuar penetrando en las sectas.

Ya sabemos que toda fuerza humana, que no es reconocida por los seres humanos, se proyecta con suma facilidad en las realidades virtuales espirituales.  Por lo que no nos costará deducir que las fuerzas del mal nos las vamos a encontrar muy a menudo en los caminos espirituales, disfrazadas de lo que caprichosamente haya querido vestirlas el inconsciente de los creyentes.

Actitud camaleónica que no solamente atañe a las sectas, pues en nuestro mundo, en especial en las sociedades desarrolladas, también gustamos vivir los carnavales de la vida.  Así que, antes de criticar casa ajena, vamos a echar un vistazo a la nuestra.

EL PACIFISMO

Solemos hablar de las sectas como si su fiesta no fuera con nosotros, pero nuestro mundo no sería como es sin ellas.  Aunque nos duela, y no seamos creyentes, somos hijos de las sectas, en especial de aquellas que alcanzaron el poder.  El no matarás y el amarás al prójimo, por ejemplo, son preceptos antinaturales, contrarios al instinto de muerte, que ha heredado nuestra cultura de antiguas sectas religiosas que consiguieron extender sus mensajes espirituales por todo el mundo.  Ideologías espirituales blancas que nos ofrecen una visión de la vida diferente a la cruda realidad, creencias con las que hemos creado un mundo irreal en nuestra mente colectiva (tal y como sucede en las sectas).

En el capítulo sobre la visión explicamos que los seres humanos somos capaces de ver mundos diferentes los unos de los otros aunque estemos mirando lo mismo.  El filtro de selección de preferencias de nuestro cerebro nos hace ver exclusivamente aquello que hemos elegido ver.  Gozamos de la belleza del mundo natural observando la belleza de las flores, por ejemplo, pero no somos conscientes de la terrible violencia que viven las plantas entre ellas.  El arbusto más insignificante, incluso el que produce las flores más hermosas, lucha a muerte con las otras plantas que le rodean por la conquista del territorio.  Toda planta intenta extenderse y reproducirse de tal forma que no duda en ahogar a todas aquellas que se le pongan por delante.  Sus raíces luchan a muerte en el subsuelo por la conquista de los nutrientes del territorio subterráneo, y sus ramas no dudan en acaparar toda la radiación solar que les sea posible; elevándose y extendiéndose hasta donde les permite su constitución, matando a cualquier otra planta que no es tan fuerte como ella, privándole del alimento subterráneo o sumiéndola en la sombra.

La idílica idea de la Naturaleza pacífica se ha extendido tanto que apenas se reconocen los terribles dramas que sufren los seres vivos a causa de las drásticas leyes naturales.  El pacifismo imperante en nuestra cultura nos ofrece una visión de la Naturaleza al estilo Walt Disney.  Admiramos los aspectos amorosos del mundo de los animales, pero obviamos la violencia que viven.  Gozamos contemplando el gran amor de una hembra por sus crías, pero no vemos el terrible drama que esa misma hembra provoca en otros animales cuando para alimentarse se come a las crías de otra familia animal, tan amorosa como la suya.

Y cuando se trata de vernos a nosotros, al ser humano, hacemos otro tanto.  Corremos un tupido velo sobre la violencia que encarnamos.  Ni nos damos cuenta que hemos matado a esas dulces crías de nuestros amorosos animalitos cuando nos comemos los deliciosos cochinillos asados ―por ejemplo― o nos hacemos un sencillo huevo frito.

No hay por qué avergonzarse de nuestras pulsaciones de carácter violento.  Los seres humanos pertenecemos a la especie de mamíferos dominantes, depredadores supremos de la tierra.  En mí siento en ocasiones los impulsos violentos y asesinos de mi raza, soy un miembro de la especie animal más depredadora y destructora del planeta, y no me avergüenzo de ello (aunque también es cierto que no me hace sentirme orgulloso).  Este reconocimiento me permite, entre otras cosas, no ir culpando a los demás de los males de este mundo.  Es típico de la persona que no asume su instinto violento el ver muy a menudo exclusivamente la violencia en otras personas, en quienes ―según su opinión― no saben controlar sus instintos animales.

Esta negación de un instinto tan vital en nuestra sociedad provoca una importante represión en el ser humano.  El auge del pacifismo en la actualidad agrava nuestra condición de reprimidos.  Estamos asfixiando el instinto violento como nunca lo hemos hecho antes.  La llegada de la democracia ha provocado que el pueblo dictamine la extirpación de todo tipo de agresión física.  Hoy nadie desea volver a sufrir una nueva guerra.  El miedo del pueblo a ser agredido físicamente se ha impuesto en la política.  La paz es implantada por decreto aunque la guerra permanezca en nuestras entrañas.  A nuestro instinto agresivo solamente le permitimos estimularse contemplando filmes violentos, como lo haría cualquier reprimido sexual que solamente se permitiera excitarse mediante la pornografía.

No vamos a negar los beneficios del pacifismo que todos estamos disfrutando, ni que tenga un origen sincero y profundo en el alma humana; puede incluso que la paz y el amor sean unas fuerzas espirituales de mayor intensidad que lo es la violencia.  (Eso es algo que estudiaremos en los últimos capítulos).  Lo que no es correcto es que la paz y el amor se intenten imponer en nuestro mundo ocultando y negando la existencia de la violencia como intensa pulsación psicológica humana.  No es digno de nuestra cultura echar tierra sobre la violencia como lo estamos haciendo, queriendo enterrar ya de paso a los que consideramos violentos.  Para intentar desenmascarar semejante ocultación, no vamos a perder de vista a la violencia en el resto capítulos que nos quedan, intentando explicarnos su origen y la multitud de formas que adopta.  Si no vemos la realidad de nuestro lado oscuro, el poder destructivo que esconde, nuestro pacifismo continuará siendo de una fragilidad espantosa.

Mas, aunque frágil, insisto en que no podemos negar los beneficios que nos está aportando la represión de la violencia para el tipo de convivencia pacífica que hemos elegido vivir en los países desarrollados.  Aunque sea una represión inconsciente, aunque sea  una forma de engañarse, nos ha servido para disfrutar la vida olvidándonos de aquello que nos la quiere amargar.  Sin embargo, ya es hora de mejorar nuestra relación con este instinto que se nos antoja tan desagradable, pues toda represión conlleva su tributo enfermizo, y en este caso, aunque suene a sarcasmo, estamos privándonos de una vida saludable por reprimir nuestros instintos de ataque contra la vida.

Los terapeutas más conscientes de este drama, que nos está tocando vivir, denuncian que la mayoría de las enfermedades del hombre moderno son  producidas por la represión de su agresividad.  Resulta hasta cómico observar en ciertos gabinetes de terapias a sus pacientes, personas normales, intentando descargar su agresividad dando golpes con porras de goma o tirándose cojines.  Admirables pretensiones de liberar lo reprimido; vanos intentos en aquellas ocasiones en las que una fuerte pulsación agresiva pide el derramamiento de sangre.

Los países desarrollados vivimos una gran fiesta cuando comenzamos a liberarnos de la represión sexual, fue algo que hicimos con mucho gusto y placer, sobre todo los jóvenes; fue toda una explosión festiva de vida la que sacudió a nuestras sociedades.  Ahora, sin embargo, con la violencia lo tenemos mucho más crudo: si liberáramos nuestro instinto violento también viviríamos una explosión de vida, pero sería una vida corta.  La violencia engendra violencia.  Una pequeña llamarada de violencia, si no se apaga a tiempo, puede provocar un incendio de dimensiones insospechadas, una reacción en cadena que, gracias al poder de los modernos armamentos, generaría una masiva destrucción, a un nivel universal, que tardaría en traernos la muerte mucho menos de lo que tarda en afectarnos la represión de la violencia.  Para muestra la última guerra mundial.

No tenemos solución fácil al problema de la represión de la violencia, en realidad no tenemos, todavía, ninguna solución válida.  Por ahora no se nos ocurre otra cosa que construir cárceles y más cárceles para encerrar a aquellos que no tienen fácil reprimir su agresividad.  Las otras soluciones más aceptadas, que se proponen para erradicarla, se basan en la premisa de que la violencia no es un poderoso e incontrolable instinto innato en el ser humano.  La idea de que somos seres civilizados, muy por encima de cualquier animal, capaces de domesticar a la fiera que llevamos dentro, es la base del pacifismo.  Sin embargo, la Historia nos muestra lo contrario: que somos la especie más destructora del planeta, y la única capaz de volverse contra sí misma masacrándose sus individuos masivamente, tal y como lo hemos hecho en tantas guerras.

Los expertos militares y los políticos más conscientes bien saben que un exceso de pacifismo en un país puede dejarle desprotegido, a merced de agresiones venidas de fuera.  Pero aun así se insiste en que la agresividad de la Humanidad es adquirida por circunstancias que se pueden evitar fácilmente, como por la educación; no se tiene conciencia de la imponente fuerza del instinto violento.  Y es que el pacifismo está de moda.  Se considera a la violencia como un instinto animal, como si no fuera nuestro, a pesar de que los seres humanos siempre hemos demostrado ser más animales que los animales.  Nuestros bebés tienen unas rabietas de tal virulencia que no se dan en ninguna cría de otro ser vivo, y nuestros acogedores nidos familiares se convierten a menudo en algo mucho peor que nidos de víboras.  La violencia doméstica salta a las páginas de los medios informativos a diario.  La guerra de los sexos es otra manifestación más de nuestra exuberante violencia.  Así como el sadismo o el masoquismo tampoco se dan en ninguna otra especie con el ensañamiento que se dan en la nuestra.  Y el odio que podemos llegar a sentir es el sello principal del mal que es capaz de generar nuestra raza.  Somos sin lugar a dudas la especie con más violencia del planeta.  También es cierto que somos la especie que más está luchando por erradicarla.

Por mucho que se nos tache de pesimistas al leer estos capítulos dedicados a la violencia, no estamos hablando sino de la punta del iceberg.  La violencia es un mal casi irremediable de este nuestro mundo.  Y digo casi porque siempre hay que dejar una puerta abierta a la esperanza.  Si la violencia es un gran mal, puede que algún día encontremos una gran remedio.  En los capítulos finales hablaremos de ello.

A pesar de la gravedad de nuestro estado, no tenemos porqué sentirnos derrotistas al estudiar la violencia.  Incluso podemos sentirnos afortunados en los países que llevamos disfrutando décadas de paz.  Excepto para quienes están en las cárceles, los sistemas represivos de la violencia nos han beneficiado a la mayoría; mas hemos de ser conscientes de su carácter enfermizo y de que toda represión de un importante impulso psicológico puede estallarnos en las manos en cualquier momento.  Teniendo en cuenta que reprimir el impulso violento no es igual que reprimir cualquier otro impulso humano.  Su potencial destructivo es inmenso.  Continuemos buscando nuevas formas de intentar desactivar definitivamente esta bomba de relojería, teniendo en cuenta que no vamos a conseguir erradicar la violencia definitivamente si seguimos disimulándola, negando su cualidad de intensa pulsación vital en nosotros, o echando la culpa de nuestra situación a quienes consideramos violentos.

Antes de solucionar el problema de la violencia tendremos que ser conscientes de que ella es tal como es.  Hemos perdido la visión de nuestra agresividad a base de soñar con mundos pacíficos.  Hemos dejado de ver comida cuando observamos cariñosamente a un animal, incluso podemos ser miembros de alguna sociedad protectora de animales, aunque después nos los comamos disimuladamente en sofisticados guisos culinarios.  El hecho de que ocultemos en los mataderos las masacres de animales, que nos alimentan cada día, no nos exime de ser conscientes de las matanzas diarias que los matarifes realizan por nosotros.  Nuestra agresividad, al ser la raza más depredadora del planeta, permanece tan vigente como siempre lo estuvo, aunque la vistamos de pacífica civilización.  Nuestra naturaleza no permite que arranquemos de nosotros este instinto porque es necesario para que sobreviva toda forma de vida en este mundo en su ambiente natural.  Los cachorros del pacifismo, ante un gran cataclismo mundial que destruyera la civilización, lo tendrían muy difícil para sobrevivir si no hicieran uso de la violencia para cazar y así alimentarse.

Si deseamos aumentar nuestro bienestar, habremos de ser más conscientes de la violencia que hay en todo ser humano en vez de arrojarla a la inconsciencia y permitir que desde allí nos siga dando sorpresas desagradables.   El sumo cuidado que se está teniendo para evitar que la violencia de nuestros jóvenes sea excitada en exceso, es semejante al férreo control represivo de la sexualidad de siglos atrás.  Y si los ambientes más castos del pasado no consiguieron acabar con la sexualidad, mucho me temo que los ambientes más pacíficos no conseguirán acabar con la violencia.

No estoy diciendo que lo estemos haciendo del todo mal.   Probablemente, por ahora, no tengamos otra forma mejor de enfrentarnos a la violencia.  Lo que estoy denunciando es la falta de sinceridad en el sistema que estamos usando para reprimir la violencia.  Se proclama que la educación es esencial para erradicar la violencia definitivamente, algo que no es cierto.  La educación lo único que hace es cambiar la forma de aplicar la violencia, una persona educada es una persona que puede ser agresiva dentro de los límites de la legalidad.  Y, en mi opinión, no hay mucha diferencia entre la violencia legal y la ilegal.  Si me diesen a elegir entre recibir un navajazo o que me amargasen el resto de mi vida a golpe de abogados, al estilo culebrón norteamericano, no sabría muy bien con qué quedarme.  Las personas educadas, sobre todo si son adineradas y tienen poder social, pueden ejercer una violencia dentro la legalidad más dañina que la que ejercieron muchas de las personas que están en las cárceles.  Y esto lo sabemos todos.

Por mucho que creamos que la ley de la selva ya no gobierna sobre las personas civilizadas, muchos sospechamos que sigue gobernando en el mundo.  La educación puede servir para negar que sigue vigente la ley del más fuerte, para negar el poder de la violencia, para reprimirla, pero un instinto reprimido puede estallarnos en las manos cuando pensamos que lo estamos controlando.  Nadie calma su sexualidad ―por ejemplo― pensando que no existe la fuerza del sexo.  Nadie calma su hambre pensando que no necesita comer.  Nadie calma su agresividad pensando que no es violento.  Todo instinto pide manifestarse en su función, este educado, reprimido o negado.

La sinceridad de nuestros ancestros al respecto no dejaba lugar a dudas, en sus actividades religiosas no cesaba de aparecer la muerte mediante rituales violentos, incluyendo los sacrificios humanos.  Aquellas gentes reconocían el aspecto asesino de la vida y le rendían culto exigido por sus dioses.  Después, a medida que nos fuimos civilizando, nos alejamos de esa sinceridad natural, y elegimos ser más pacíficos, y nos engañamos creyendo en realidades virtuales espirituales que condenan la violencia aunque ella siga reinando en la vida.

Pero, aunque nuestra pacífica religiosidad haya conseguido disimular las fuerzas de nuestro lado oscuro, no ha podido evitar que continúen representadas allí donde se manifiesta la atmósfera sagrada.  Recordemos que la experiencia sagrada extrae de nosotros “todo” lo que llevamos dentro, y en el caso de la violencia, por mucho que deseemos no verla, también es representada en los mundos espirituales.  Las vías esotéricas o religiosas más pacíficas contienen en sus verdades reveladas todos los aspectos violentos reprimidos, ya sea el aspecto agresivo, el de víctima, la autodestrucción, o el pánico que todo ello produce.  Pero son escenificados de tal forma que aparecen aparte de nosotros, como si esa violencia no fuera nuestra, sino de dios a través de su ira divina, o de su amenaza apocalíptica, o del demonio a través de la maldad infernal, o como consecuencia de un karma irremediable.  Así, las fuerzas de nuestro lado oscuro quedan reflejadas en las realidades virtuales espirituales.  Los lugares y personajes tenebrosos de los que nos hablan las religiones, al igual que las leyes implacables espirituales, fueron creados por nuestras tenebrosas realidades internas.

Y conviene recordar que el hecho de no creer en el demonio, o en cualquier realidad violenta espiritual, no nos libra de nuestra maligna realidad.    Aunque en la actualidad hayamos conseguido disimular nuestro lado oscuro, sus fuerzas estén muy disimuladas por las ideologías blancas, el pacifismo reine en nuestro mundo, y nos sintamos muy orgullosos de él; no olvidemos nunca que esas pasiones o instintos destructivos permanecen al acecho dispuestos a darnos algún que otro disgusto atacándonos por sorpresa.

Olvidemos por un momento el empeño generalizado de echar tierra sobre el lado oscuro de la existencia, donde reside el instinto de muerte, nuestro instinto de muerte en especial, porque será precisamente ese instinto el que termine por echar tierra sobre nosotros.

Aunque no seamos creyentes, vivimos afectados por el ímpetu predicador de las religiones blancas que durante siglos condicionaron nuestra cultura.  La mayoría de nosotros soñamos con alcanzar estados felices donde solamente reina el bien, cuando en realidad sigue hirviendo el mal en nuestra sangre.  El gran mediador pacifista de nuestra civilización, Jesucristo, se desgañitó por inculcarnos el amor a los demás y el rechazo a la violencia, pero no pudo evitar que sus seguidores protagonizaran sangrientas agresiones a lo largo de la Historia.  Mas he de reconocer que algo hizo, pues, de no ser por su ideología religiosa, probablemente no hubiera sido posible nuestro progreso en los últimos siglos.  La paz que nos ha inducido a vivir el cristianismo, su influencia en nuestros valores éticos, ha sido fundamental para crear ese ambiente necesario donde creció nuestro progreso.  Aunque haya sido una paz conseguida a través de la represión de la violencia, bienvenida sea.  Probablemente otras religiones u otras vías espirituales, utilizando diferentes métodos, no lo hubieran hecho mejor.

Añadir que la represión de la violencia, a un nivel individual, en muchas ocasiones no alcanza cotas de extrema gravedad, pues los impulsos vitales violentos suelen encontrar salidas por los sitios más inesperados por mucho que se les intente encerrar.  La Naturaleza es muy sabia.  El pacifismo de aquellas personas que se consideran pacíficas, sorprendentemente, casi siempre esconde algún escape de agresividad contra quienes ellas consideran personas violentas.

SECTAS TERRORISTAS

A diferencia del resto de animales del planeta, los seres humanos, debido a nuestra inteligencia, necesitamos encontrar una explicación racional a los instintos irracionales que nos pueden llegar a hervir en las entrañas.  Habiéndonos negado hace siglos a considerarnos tan animales como los animales, intentamos racionalizar las pulsaciones psicológicas más oscuras de nuestra mente. Tan importante es esto para nosotros, seres inteligentes, que si no encontramos razones que nos justifiquen los impulsos irracionales, nos las inventamos.

En lo referente al sexo, como todos ya lo hemos reconocido como fuerza natural innata de todo ser vivo, no necesitamos justificar su práctica, lo hacemos sin más, y con mucho gusto.  Pero con el impulso psicológico de la violencia lo tenemos mucho más crudo, ya que, como no lo aceptamos como impulso natural, necesitamos casi siempre justificarlo.  Y para ello nada mejor que inventar enemigos para satisfacer “razonablemente” la necesidad de agredir.  Necesitamos alguna razón para atacar, para eso somos seres inteligentes.  Algo que no es problema, pues nuestra inteligencia se pone muy a menudo al servicio de la satisfacción de los instintos más insospechados.

A lo largo de este libro venimos recalcando la peligrosidad que existe tanto en las sectas, como en las religiones, como en cualquier otra vía esotérica o espiritual, a la hora de engendrar agresividad hacia quienes no creen en lo que ellos creen y hacia quienes no sienten lo que ellos sienten.  Los más altos valores del espíritu humano caen por tierra muy a menudo a causa del instinto de la violencia.  Grupos, sociedades, religiones o sectas dedicadas a las más altas metas de la espiritualidad, convertidas en incubadoras de agresividad.

No hace falta extendernos demasiado en las causas de la violencia terrorista de los creyentes, ya hemos visto la mayoría en anteriores capítulos, importantes semillas que pueden crear sectas terroristas de origen religioso; aunque todavía nos quedan otras causas por estudiar también importantes.  La principal causa que justifica los ataques es la “creación del enemigo”.  Los patrones típicos enfrentados son el del creyente contra el infiel, el del santo contra la persona endemoniada, el de la persona religiosa contra el hereje, etc.  Dándose muy a menudo la circunstancia de que cada bando de la contienda califica a las personas del bando contrario de herejes endemoniados mientras ellos se consideran santos creyentes.

En la Historia tenemos multitud de ejemplos de grandes contiendas bélicas por estas insensatas causas.  Y en la actualidad todavía tenemos que padecerlas.  No cabe duda de que creer en dios, además de ser una creencia ilusoria, es muy peligroso; pues cuando se tiene fe en un dios cualquiera, a la vez se piensa que las personas que no creen en él son despreciables infieles, seres inferiores porque no conocen la verdad, cuando no temibles demonios herejes que hay que borrar de la faz de la Tierra.

El terrorismo religioso es muy peligroso porque el fanático creyente no cree que está haciendo mal alguno ni agrediendo a su prójimo, él piensa que está matando demonios; puede ni llegar a ver el daño que hace, su vista está más puesta en el paraíso prometido, o en su cegador dios, que en la sangre que derrama cuando está degollando a sus víctimas.

Los adeptos de una secta terrorista religiosa bendicen estas matanzas.  Sus sangrientas actividades son sagradas, benditas por su sádico dios de turno.  Y no estoy hablando de dioses extraños, hablo también de “él” que todos conocemos en los países occidentales.  Todos han bendecidos guerras, santas cruzadas contra los infieles.

Y el hecho de que ahora vivamos en paz en los países civilizados, no debiera de hacernos olvidar que nuestro imperio occidental se construyó a golpe de guerras santas, y que todavía existen países o grupos religiosos que intentan continuarlas por su cuenta, descontentos con los resultados de aquellas sagradas contiendas.  Pensamos que las guerras santas ya no van con nosotros, que la violencia religiosa es cosa de delincuentes terroristas, cuando en realidad esta es una guerra en la que llevamos milenios implicados.

La justificación de la violencia subyace en las creencias religiosas.  No hay forma mejor de justificar el ataque al prójimo que a través de la fe en dios,  aunque éste sea un dios bondadoso.  ¿Cuántas matanzas de infieles ha dirigido el mismo dios que decretó el no matarás?  Rara es la batalla religiosa del pasado en la que cada uno de los contendientes no se sentía apoyado, inspirado y bendecido por su pacífico dios particular.  Y mira que ha habido batallas y guerras santas a lo largo de la Historia.  Y, repito, aunque presumamos de un flamante pacifismo, no nos engañemos, todavía estamos en guerra, santa para más datos.

Los fanáticos terroristas religiosos, que nos pueden estar amargando nuestra gozosa paz, se consideran seres celestiales, santos salvadores de su pueblo destinados a defender la gloria divina; mientras que a nosotros nos consideran seres infernales, miembros de un imperio opresor demoníaco.  Actitud beligerante con muchos siglos de historia.

El terrorista religioso está usando los patrones de comportamiento de muchos de nuestros héroes históricos, de aquellos santos guerreros que haciendo uso de la espada lucharon contra los infieles opresores.  No podemos calificar a nuestros santos del pasado, que sembraron el terror entre las líneas enemigas de los infieles, como admirables héroes celestiales, porque pusieron los cimientos de nuestras naciones; y a los terroristas religiosos, que perturban nuestra paz en la actualidad, calificarlos de despreciables locos fanáticos porque intentan desestabilizar nuestro imperio, cuando están haciendo lo mismo que hicieron nuestros santos héroes históricos.  No podemos ser tan interesados en nuestros juicios, nuestro nivel cultural exige una objetividad histórica más exigente, tanto para comprender el pasado como el presente.

La mayor parte del terrorismo religioso tiene su base en el tercer mundo, unido casi siempre a reivindicaciones políticas o sociales.  El terrorismo surgido en los países subdesarrollados todavía puede continuar apoyándose en ideales revolucionarios dignos de morir por ellos.  El hambre y la libertad de un pueblo siempre ha merecido la pena una revolución, una lucha armada para conseguir unos derechos humanos dignos para la población.

Cuanto más nos esforcemos en extender los derechos humanos por todo el mundo, menos motivos tendrán los grupos terroristas para continuar con su revolución.

En el tercer mundo están viviendo una etapa de su historia semejante a la que nosotros vivimos hace siglos, su etapa de evolución histórica lleva varios siglos de retraso con respecto a la nuestra.  La forma de actuar de sus líderes es semejante a la de muchos de nuestros grandes personajes históricos.  Sencillamente están imitando el comportamiento de nuestros héroes, de aquellos revolucionarios terroristas, santos mártires en ocasiones, que derrocaron a un viejo imperio y consiguieron crear nuestro nuevo mundo a partir de sus cenizas.

Si no somos capaces de ver nuestro pasado histórico con objetividad e imparcialidad, mal vamos a comprender nuestro presente.  Si nosotros somos los civilizados pacifistas, a nosotros nos corresponde dar el primer paso de acercamiento.  Es una larga distancia a recorrer, pero alguien tiene que empezar por reducirla para intentar solucionar el problema del  terrorismo religioso.  Utilizando métodos represores tenemos muchas probabilidades de acabar como acabaron tantas civilizaciones masacradas por el terrorismo religioso-político.  Quizás sea la unión de la política con la religiosidad la fuerza humana más destructiva.  No hay nada más peligroso que un guerrero creyente en que su dios le ha concedido el derecho a matar para “salvar” a su pueblo.  Y no digamos lo peligroso que resulta para todo el mundo un ejército de estos “iluminados” guerreros.  En sus manos cayeron grandes imperios.  Y conviene recordar que en la actualidad el imperio somos nosotros.

No es de extrañar que temamos a las sectas y usemos todas nuestras “armas pacifistas” contra ellas.  Los medios de comunicación no cesan de machacarlas.  Vano empeño de intentar derrotar a un tipo de asociaciones que siempre tuvieron la fuerza de mover el mundo.

Con Estados Unidos a la cabeza, los países desarrollados occidentales formamos un grupo imperialista condenado frecuentemente por dirigentes religiosos de países subdesarrollados.  Nuestro régimen de libertades lo observan como un peligro para sus estrictas normativas religiosas.  Somos demonios de un libertinaje infernal.  Para ellos está justificada la guerra santa.  Y a nosotros sólo nos queda defendernos y demostrarles que no somos demonios.  Para ello no hace falta que tengamos que vestirnos de santos, con dejar de comportarnos egoístamente con el tercer mundo, dejando de llevarnos la mayor tajada de la tarta mundial, y acogiendo dignamente a los países subdesarrollados en nuestro sistema, será más que suficiente.

Aunque puede que no sea fácil dejar de ser los egoístas materialistas que siempre hemos sido, pero es necesario hacerlo para que nos empiecen a quitar de la cabeza los cuernos que muchos creyentes religiosos del tercer mundo nos han puesto.  Si no lo hacemos, es posible que sus ataques destructivos acaben con nuestro sistema.  Nos va a salir más barato empezar a repartir nuestras riquezas con los pobres de este mundo antes de esperar sentados a que nos las quiten.

La diferencia de clases es nido de conflictos sociales y de violencias revolucionarias terroristas.  El capitalismo, aunque es capa de elevar el nivel de vida de los ciudadanos de los países desarrollados, tiene dificultades para enriquecer al tercer mundo.  Todo lo que hagamos a favor de reducir las diferencias sociales entre países, lo haremos a nuestro favor para reducir el riesgo de atentados.  Si ayudamos a las gentes del tercer mundo a conseguir los derechos humanos, reduciremos tremendamente el riesgo del terrorismo tanto religioso como político.  La igualdad social es esencial para la paz social.  Cuando el pueblo tiene pan y libertad es menos propenso a dejarse enganchar por violentos fanatismos religiosos.  En cuanto el desarrollo económico llega a un país se vacían los conventos.

Pero, aunque nos esforcemos por implantar en el mundo un régimen de igualdades sociales, conviene recordar que las religiones crean enormes desigualdades entre los hombres.  Las creencias religiosas crean diferencias de clases tan peligrosas como las diferencias de clases sociales.  Las elites de elegidos por diferentes creencias no han cesado de generar contiendas bélicas entre pueblos de status sociales semejantes.  Aunque no haya reivindicaciones económicas y políticas de por medio, el fanatismo místico por sí solo también puede convertir al creyente en un terrible kamikaze deseoso de morir mártir matando al enemigo demoníaco, ganándose así el paraíso eterno; toda una terrorífica gloria.

Podemos observar, incluso en las religiones pacifistas, en las bases de sus creencias, una agresividad racista, contra aquellos que no pertenecen a su religión, condenándolos al infierno por ser incrédulos de su fe; y salvándose ellos, por su fe, también, naturalmente.  Esta agresividad ideológica religiosa genera por parte de quien no la comparte, o comparte otra diferente, una postura defensiva u ofensiva contra la ideología que lo califica de persona no digna; generándose por estas causas temibles enfrentamientos que masacraron a los pueblos a lo largo de la Historia de la Humanidad, ya sea por luchas entre clanes sectarios o entre naciones de religiones diferentes.

Un ejemplo lo encontramos en la historia del pueblo hebreo.  Desde que comenzó su historia hace miles de años, no ha cesado de verse inmiscuido en contiendas bélicas.  A pesar de considerarse el pueblo elegido, ha vivido a lo largo de su existencia persecuciones y masacres terribles.  El holocausto que padeció en la segunda guerra mundial se engendró sobre la base de las diferencias raciales entre clanes religiosos o esotéricos,  Hitler intentó borrar del mapa a esta raza milenaria impulsado por ideales racistas elaborados en el seno del clan sectario esotérico al que pertenecía.

En la actualidad, conscientes de las terribles consecuencias que toda discriminación de este tipo puede acarrear, en los países desarrollados estamos esforzándonos por ser más permisivos con las diferencias raciales o religiosas.  Estamos llegando al punto de considerarnos todos iguales, aunque seamos de diferentes razas o sigamos diferentes credos.  Ahora bien, dudo mucho, que los creyentes religiosos también estén dispuestos a considerarnos a todos iguales.  La mayoría de las realidades virtuales espirituales crean enormes diferencias entre aquellos que creen en ellas y las viven, y entre quienes no creemos ni las vivimos.  Las verdades reveladas son sistemas tremendamente racistas.  Necesitarían cambiar sus cimientos y ampliar sus cielos particulares para hacernos un hueco a quienes no creemos en ellos.  Arduo trabajo que puede concluir con una gran desilusión para el creyente, pues cantidad de personas vulgares, que se convirtieron de la noche a la mañana en miembros de alguno de los clanes de elegidos para salvar al mundo, tendrían que volver al vulgar montón donde estamos los demás, y eso puede defraudar un poco.

LA PACÍFICA DEMOCRACIA

Ya hemos visto que tanto bajo influencias religiosas llenas de amor y de paz, o en regímenes sociales embriagados de pacifismo, el instinto de muerte, con su temible manifestación de la violencia, se manifiesta disimulado o justificado bajo los razonamientos más sorprendentes.

La llegada de la democracia a nuestra sociedad nos dio la esperanza de un cambio.  Si en los sistemas democráticos somos los ciudadanos quienes, en teoría, tenemos el poder de elegir nuestros programas de gobierno; en teoría también podríamos prescindir de aquellas formas de gobernabilidad que en el pasado provocaron tanto derramamiento de sangre.  Algo que estamos intentando cuando votamos en las urnas a formas de gobernar que creemos nos van a garantizar la paz.  Pero, aunque cambiemos las formas de gobierno, el ser humano apenas cambia.  El instinto de muerte no se encuentra en las formas de gobernar sino en los gobernantes y en los gobernados, es decir: en el ser humano.  En cada ser humano.  Un instinto tan oculto en nosotros, tan escondido en nuestras entrañas, que es necesario una dosis de sinceridad extraordinaria para reconocerlo.  Modificar las circunstancias sociales no modifica el instinto, únicamente lo justificamos o lo disimulamos de otra manera, o sencillamente lo reprimimos.

Los grandes cambios sociales muy a menudo no son capaces de erradicar de la sociedad ni al sectarismo, el caldo de cultivo ideal para que los peores instintos campen a sus anchas justificados por ideales fanáticos.  Desechar las creencias religiosas, del ámbito de gobernabilidad de las naciones, puede darnos la impresión de habernos librado de todos los males sectarios, de sus guerras santas, o de sus fanatismos que justifican la violencia; pero nada más lejos de la realidad.  Baste recordar aquellos esperanzadores cambios políticos de izquierdas, en países que derrocaron a sus dioses oficialmente, donde se presumía de haberse librado de inútiles cultos, y se presentaban a sus nuevos gobernantes como liberadores de viejas y perniciosas costumbres; cuando en realidad, gran parte del pueblo, cambió sus hábitos devocionales por otros semejantes, cuasi religiosos, ya no dirigidos hacia los dioses inmateriales, sino enfocados en los nuevos flamantes gobernantes de izquierdas.  De tal forma que los dioses tradicionales fueron sustituidos por los dioses del marxismo, y el fanatismo del pueblo pasó de los dioses a los gobernantes, y la violencia encontró salida en las ―casi santas― cruzadas de los ejércitos rojos.

El sectarismo, es un costumbrismo tan ancestral que resulta ridículo pensar que lo hemos erradicado totalmente de nuestra vida social con unas cuantas décadas de democracia.  Ya hemos sugerido que nuestra civilización actúa como una secta dominante.  Los gobiernos occidentales, a pesar de ser aconfesionales, tienen muchas pautas de comportamiento heredadas de los viejos regímenes religiosos.  Los partidos políticos tienen a sus propios maestros espirituales ya muertos, visionarios de regímenes políticos presumiblemente mejores, a los que si no se adoran, sí que se veneran.  Tienen incluso a sus santos mártires, a sus héroes que murieron por defender la patria o su causa ideológica.  Hasta tienen a sus propios demonios contra quienes luchar, normalmente dirigentes de otros partidos.  Y los escándalos de algunos de nuestros políticos son semejantes a los protagonizados por algunos de los gurús de desafortunadas sectas.

No proclamamos los occidentales que las leyes de nuestra democracia sean las leyes de dios, pero las anunciamos de forma parecida, las elevamos a los altares de la infalibilidad, como si fueran leyes divinas.  Y a todo aquel que no cree en ellas, y actúa en consecuencia, no lo consideramos un hereje, pero sí un peligroso delincuente.  No tenemos santos en la política, pero tenemos héroes, mártires por la patria en muchos casos, semejantes a los mártires por dios.  No luchamos contra los infieles, pero sí castigamos a quienes no creen en nuestras casi divinas leyes y se las saltan a la torera.  Nos creemos que la democracia es la sacrosanta religión absoluta, y todo disidente, en especial aquel que hace uso de la violencia, lo consideramos un peligrosísimo delincuente terrorista, sinónimo de demonio infernal.  Y aunque no lo quemamos en la hoguera como hace siglos, lo encerramos de por vida, pensando que así somos más civilizados.

Tal y como sucede en las sectas, donde sus elevados valores morales son muy a menudo suplantados por fuerzas de nuestro lado oscuro, los más altos valores democráticos de nuestra sociedad no son en realidad los que nos gobiernan al cien por cien, por mucho que presumamos de ello.  Si afinamos la atención, encontraremos en nuestra sociedad abundantes escándalos semejantes a aquellos que tanto nos escandalizan de las sectas.  Fraudes de todo tipo, dirigentes corruptos, racismo, y, como no, la vieja ley de la selva.  Porque ¿quién gobierna nuestra sociedad?, ¿nuestros más altos valores o el salvaje capitalismo, donde impera la ley del más fuerte?  ¿Es la buena voluntad de nuestros políticos quien rige nuestra sociedad o es el poderoso caballero don dinero cabalgando sobre la bestia del materialismo?

No nos diferenciamos mucho de las sectas que tan a menudo gustamos de criticar.  El oscuro instinto de muerte se nos cuela en nuestro modernismo como siempre lo ha hecho.  Quizás el ejemplo más horrible lo tengamos en las masacres que protagonizamos todos los fines de semana en las carreteras.  Miles de muertos anuales y cientos de inválidos de por vida, sin que nuestra flamante civilización pueda hacer nada por evitarlo.  ¿No estaremos siendo tan complacientes con la muerte como aquellos antiguos que entregaban sus vidas a sus dioses en sus sacrificios humanos?  ¿No estamos entregando cada fin de semana un horrible tributo en vidas a nuestro moderno y flamante dios del consumismo?  ¿Porqué todavía nadie se atreve a calificar al automóvil de maquina asesina?  ¿No será porque tras la industria automovilística se encuentra nuestro venerado y poderoso caballero don dinero?  ¿Cuantas familias comen de la fabricación de coches, y cuantos medios de comunicación reciben un alto porcentaje de su publicidad?   Al final, como siempre, es la ley de la selva, la ley del más fuerte la que se impone al sentido común.   No sé como vamos a gobernar nuestra sociedad ante la presión de las grandes multinacionales, cada vez más poderosas.  Inevitablemente nuestras conciencias son influenciadas por sus intereses, pues ellos compran a los medios de comunicación con su publicidad hasta el punto de hacernos ver y desear una maravilla tecnológica deslumbrante con cuatro ruedas, convertida en símbolo de prosperidad, de la que han borrado todo el rastro de sangre que contiene en potencia.

Sé que al decir todo esto me estoy jugando el  tipo mucho más que cuando estoy criticando a las sectas.  La ferocidad de las sectas es la de un corderito comparada con la ferocidad de nuestro capitalismo.  Las sectas están mucho más acostumbradas a ser criticadas que nuestro sistema, a pesar de que presumimos de libertad de expresión.  Pero, si no hablamos así, nunca vamos a reconocer las fuerzas que subyacen en nuestro lado oscuro y emergen disimuladas y consentidas en nuestra realidad.  Siguiendo la línea de este libro, prefiero correr graves riesgos antes que continuar complacido en el engaño y en la mentira.

Es pasmosa la complacencia con que se aceptan las manifestaciones del instinto de muerte en nuestra sociedad sin llegar a reconocerlo.  Para la mayoría de las personas no existe tal instinto en el hombre.  Se cree que los niños vienen al mundo como seres angelicales, sin maldad alguna.  Y, cuando un niño actúa con maldad, se le echa la culpa a los adultos que lo acompañan, insinuando que de alguna forma se la han contagiado.  No se tiene conciencia de que un niño es una cría de la mayor bestia de la Tierra, del mayor depredador de nuestro planeta, del hombre.  Hemos elegido ver en los niños el lado angelical en vez del lado demoníaco porque en la infancia predomina más el lado inocente y candoroso, porque además es el aspecto que más nos induce a mirar el instinto maternal o paternal, y porque ver los dos aspectos simultáneamente es casi imposible para nuestra mente.  Podemos ver uno u otro en las personas, pero ver el mal y el bien simultáneamente en un ser es muy difícil para nuestro entendimiento, nuestra razón se revela ante esa visión.  A un niño, como a un adulto, lo podemos ver bueno en ciertos momentos y malo en otros, pero ver en él las dos facetas a la vez es muy difícil.  No tenemos explicación lógica alguna que nos ayude a comprender esta trágica dualidad que vive el ser humano.  (En los capítulos finales intentaremos dar con un supuesto sobre nuestra realidad que nos ayude a entender las grandes contradicciones de nuestra naturaleza).

Los derechos del niño que se proclaman en nuestra civilización obvian el lado maligno de nuestros “inocentes angelitos”.  Nos muestran a los niños como seres indefensos que han de ser tratados con sumo respeto, cuidado y amor.  Nuestras leyes prohíben el uso del látigo, tan utilizado antiguamente contra nuestras criaturas.  Todo un buen propósito de nuestra pacífica democracia.  Pero, si estamos diciendo que un niño es una fiera en potencia, ¿qué probabilidades tiene un domador de cumplir con su misión de domesticar a la fiera, o de salir ileso, si le quitamos el látigo?  ¿Quién es capaz de criar a un tigre como un manso gatito?  La creencia de que la educación puede cambiar la esencia del ser humano nos va a llevar de sorpresa en sorpresa.  Criar a las fieras humanas como a mansos gatitos nos está exponiendo a recibir una buena remesa de zarpazos.  Nuestros candorosos angelitos, haciendo uso de la gran libertad que les hemos concedido, sin apenas represión de su violencia, liberan su maldad sorprendiendo a padres y a educadores, principales víctimas de un sistema de educación que los deja indefensos.  El resurgir de la violencia juvenil es la consecuencia del cambio en la educación.

De todas formas, no hay problema, nuestro sistema tiene soluciones para todo, o para casi todo.  Nuestro flamante sistema policial pacifista de guante blanco puede solucionar cualquier tipo de brote de violencia, aunque para ello sea necesario poner un policía en cada aula y en cada casa.

Y ahora cabe preguntarse si hemos avanzando algo, si es mejor el autoritarismo antiguo o que un chaval acabe en la cárcel por no haberle domesticado la bestia que lleva dentro.  ¿Es más civilizado meter en la cárcel a un niño o utilizar sistemas educativos autoritarios?

No estoy abogando por volver al pasado, estoy intentando que veamos nuestra situación actual, el resultado de un experimento social en el que hemos invertido mucho esfuerzo.  Nuestro nuevo sistema “pacifista” del control de la violencia es tan ineficaz y tan represivo ―en mi opinión― que el de hace un siglo.  Si no vemos sus defectos, mal podremos intentar corregirlos.

Hace falta una visión general de la violencia.  Las típicas soluciones pasan siempre por buscar culpables y castigarlos.  Una comprensión global de la violencia en la sociedad es la única forma de empezar a realizar cambios importantes.  Casi todos estaremos de acuerdo en que construir cárceles y más cárceles no es la solución.

Reconozco que no es fácil tener una visión global de la violencia.  Y no es fácil porque esa visión no admite el contraataque.  Me explico: La violencia, en todo ser vivo empuja para manifestarse, y en el caso del ser humano necesita en la mayoría de los casos una justificación.  Y la mejor justificación para agredir es hacerlo en defensa propia.  Un ataque justifica la venganza: el contraataque.  Sufrimos accidentes muy a menudo, pero nuestra visión de ellos no nos hace sentirnos agredidos, por lo cual las muertes por accidentes se asumen con cierta tranquilidad comparado con los homicidios.  Si embargo, un asesinato, causa un gran revuelo social, una gran afluencia de energía violenta alimentada por la rabia de la comunidad, por el contraataque que exige venganza a través de nuestra flamante justicia.  Una visión de la violencia global no vería un asesinato como un crimen cometido por un homicida, lo veríamos como un accidente.  Pero esta visión no nos permitiría sacar rabia a raudales, por eso elegimos indignarnos, ver culpables, porque es de las pocas válvulas de escape de la violencia que nuestro sistema de valores nos permite.

Si conseguimos ver la violencia que alberga nuestra pacífica democracia, podremos comprender mejor la que pueden vivir otros sistemas de gobiernos o de agrupaciones, incluidas las sectas; podremos sentirnos todos en el mismo barco, donde no existen culpables sino victimas de la vida, tan llena de violencia y de muerte.

TERRORISMO POLÍTICO

Siempre ha sido habitual que todo imperio tenga que combatir contra sus bárbaros terroristas particulares.  Y, como venimos diciendo, ―sin ánimo de asustar a nadie― la caída de todos los imperios ha sido propiciada por el ímpetu de esos bárbaros.  Ahora bien, en cuanto los bárbaros derrotaban al imperio, y empezaban a gobernar y a escribir ellos la Historia, se convertían de la noche a la mañana en los grandes héroes históricos de las nuevas naciones, a las que levantaban de las ruinas que ellos mismos habían causado.  Naciones a las que les volvían a crecer nuevos grupos de bárbaros terroristas disconformes con el nuevo sistema de gobierno, y vuelta a empezar.

Son los juegos de guerra que llevamos jugando desde hace milenios.  La violencia no ha cesado de manifestarse en nuestra Historia tanto en el comportamiento individual como colectivo.  La agresividad siempre ha sido considerada como un medio válido para conseguir cambios políticos.  Pero, en la actualidad, nuestros viejos juegos de guerra se han visto perturbados por el desarrollo científico.  Las ciencias han mejorado la capacidad destructiva de los armamentos, el control de las masas y el bienestar de los ciudadanos, especialmente en las sociedades civilizadas.  Tres aportaciones tecnológicas que han cambiado notablemente las características de la violencia política.

La elevada capacidad destructiva de las armas atómicas ha conseguido que se tema como nunca se han temido a los conflictos bélicos.  El miedo al holocausto nuclear, no deseado por nadie, ha detenido las grandes guerras mundiales.  Sin embargo, las pequeñas guerras, las viejas guerrillas, contra las que no se puede usar el poder atómico ―porque sería como pretender matar hormigas a cañonazos―, continúan igual que siempre; aunque también han sufrido notables modificaciones causadas por el desarrollo tecnológico.  Los grupos de guerrilleros están compuestos ―como siempre lo estuvieron― por sectas de cariz político, con connotaciones religiosas muy frecuentemente, en lucha contra el poder dominante; pero, en la actualidad, la moderna tecnología ha aumentado considerablemente su capacidad de atacar, de tal forma que pueden conseguir una enorme capacidad destructiva con un pequeño número de guerrilleros.  El desarrollo científico favorece de esta forma al terrorista, pero, como los gobiernos de las diferentes naciones no son mancos, también usan los avances científicos para combatir a las guerrillas.

Ya el progreso tecnológico de una nación puede favorecer de tal forma el bienestar de los ciudadanos que muy pocas personas son capaces de dejarse convencer por ideales revolucionarios.  Las grandes revoluciones sociales fueron estimuladas por las penalidades y el hambre que padecía el pueblo.  El estado del bienestar de los países desarrollados da muy poco margen para que un ciudadano se juegue la vida por un cambio político.  Pero, aún así, existen descontentos dispuestos a entrar en los viejos juegos de guerrillas.  Las luchas por el control del territorio o por las riquezas son las causas más frecuentes por las que combaten los guerrilleros terroristas.

Pero, la mayor arma que la tecnología pone a disposición de los gobiernos, en contra de los revolucionarios, es el control de las masas mediante la manipulación de los medios de comunicación.  Raro es el país que en sus medios de comunicación trata a los terroristas, que le ha tocado en suerte padecer, como a los de otros países.  La objetividad informativa se nubla por el furor del contraataque contra quien ha atacado primero.  Los gobiernos se esmeran en primer lugar por ocultar en los informativos los valores por los que luchan los terroristas que atentan contra su sistema de gobierno, y, en segundo lugar, los presentan al pueblo no como revolucionarios, sino como peligrosos delincuentes de los que hay que huir como del diablo; de esta forma se intenta posicionar a la mayoría de la población en contra del movimiento revolucionario.  Sin embargo, cuando se habla en los medios de comunicación de otros grupos terroristas que atentan contra otros países, no se tiene dificultades paras calificarlos de guerrilleros revolucionarios.

Espero que todo lo que vamos estudiando en este libro sobre las sectas, y todo lo que nos queda por estudiar, nos ayude también a entender el fenómeno del terrorismo político.  Ya hemos comentado que nuestra sociedad actúa como una secta dominante, y que desde la visión subjetiva de una secta es muy difícil comprender al resto de las sectas, especialmente si nos están agrediendo.   Pero nuestra evolución cultural ―si no es frenada por intereses de baja cultura― tarde o temprano tendrá que alcanzar a entender a las sectas que no piensan como nosotros, incluso a aquellas que nos están agrediendo.

No cabe duda de que nuestro futuro es muy emocionante.  El desarrollo científico ha revolucionado los métodos de combate de las viejas guerrillas, aunque los impulsos esenciales del terrorismo político sean los de siempre.  Los terroristas ideológicos que nos están amargando la vida están imitando el modelo mítico del héroe.  Están cumpliendo con un ritual revolucionario que nunca ha cesado de manifestarse en nuestro mundo.  Y nuestro interés por erradicar el terrorismo es el mismo interés que todo imperio del pasado tuvo por mantener su hegemonía mundial.

Tanta indignación y sorpresa por los atentados terroristas da la sensación de que se nos ha enseñado en las escuelas una Historia descafeinada e interesada.  Si hubiéramos aprendido bien nuestro pasado histórico no nos sorprenderíamos de lo que nos está deparando el presente.

No es mi intención hacer apología del terrorismo, ni justificarlo.  Sencillamente estoy intentando comprenderlo, siguiendo en la línea principal de este libro.  Es necesario clarificar aspectos habitualmente nublados por la subjetividad de las pasiones con las que nuestra sociedad afronta los problemas que nos crean las sectas, en especial las terroristas.  Y quizás ni aun así podamos solucionar el problema del terrorismo, pero al menos seremos más conscientes de lo que está sucediendo y de lo que estamos haciendo.

Para comprender el terrorismo sectario es necesario primero comprender nuestras reacciones ante él.  No creo que sea una visión objetiva el considerar a los terroristas la peor lacra de la sociedad, asesinos natos y delincuentes comunes, sin ninguna ideología; cuando ellos, apoyándose en nuestros propios patrones históricos, se están considerando los valientes héroes liberadores de nuestro tiempo, santos en muchos casos.  No es serio considerar héroes del pasado a los terroristas que ensalzan nuestros libros de Historia, porque lucharon contra imperios presumiblemente opresores, y a los actuales terroristas, que están siguiendo las mismas pautas de comportamiento, considerarlos despreciables delincuentes.  Se nos nota demasiado que somos nosotros los que estamos escribiendo la Historia.

Un acercamiento de posturas es necesario para acallar el diálogo de sordos.  Si un gran número de países occidentales, haciendo un alarde de pacifismo, están siendo capaces de no llevar a la horca ni a la guillotina a todo revolucionario que atenta violentamente contra su poder, también pueden ser capaces de intentar comprenderlos, al menos un poco.  Una visión global de la violencia y de sus típicas justificaciones nos ayudaría a ello.  El tremendo distanciamiento en las posturas ideológicas, y la terquedad de sostenerlas invariables, solamente consigue mantener en pie de guerra al terrorismo.  Es necesaria una visión global y profunda del problema.  La persecución, captura y condena de los activistas y de los líderes terroristas políticos, no es la solución definitiva.  Hemos de tener en cuenta que esas personas suelen estar apoyadas por parte de la población, son representantes de grupos humanos.

Cuando el terrorismo político afecta a un país, no está nada mal que dirigentes de otros países ayuden a negociar la paz, pues su falta de apasionamiento puede ayudar a comprender y a solucionar el conflicto.  Es ridículo observar como dirigentes de ciertas naciones se prestan a negociar la paz con terroristas revolucionarios de otros países, y son incapaces de permitir que otros diplomáticos de otros estados les ayuden a negociar una paz con los terroristas de su propio país.  Es muy difícil ser objetivo cuando se está metido en una guerra.  Por esta razón, alguien venido de fuera, ajeno al conflicto, puede tener una visión más objetiva y ayudar a calmar los brotes de violencia de ambos bandos.  Cuesta reconocer a la violencia y al instinto de muerte disfrazados de heroísmo, de amor patrio, o de defensa propia cuando se está en guerra.  Es muy difícil que cada una de las partes en el conflicto asuma su responsabilidad.  La culpa siempre la tiene el contrincante.

Aunque no me cabe ninguna duda de que lo expuesto en este capítulo no les sorprenderá a los políticos más intransigentes con el terrorismo.  Seguro que ellos son capaces de comprender muy bien a los terroristas e incluso de acceder a sus exigencias.  Pero si lo hacen, si un gobierno no es implacable con el terrorismo, se expone a que le crezcan los grupos terroristas como setas en el bosque.

Nuestra flamante democracia, erigida como bandera de paz, da para justificar muchas guerras.  A pesar de los indudables beneficios que la democracia aporta sobre otras formas de gobernabilidad, no es una forma de gobierno perfecta, garantía de paz.  Las inamovibles fronteras de los países democráticos ―por ejemplo― son resultado de viejas guerras, líneas imaginarias que se trazaron con sangre, a base de contiendas bélicas, de terrorismo oficial; y siempre ha habido grupos sociales de revolucionarios, disconformes con ellas, dispuestos a cambiarlas iniciando su guerra particular.  Pensar que todo el mundo tiene que estar contento con esas líneas imaginarias, habitualmente innegociables, es una vana ilusión.  Grupos de violentos independentistas luchan por conquistar o reconquistar un territorio que consideran suyo en muchos países del mundo.  Y otro tanto podríamos decir sobre la distribución de la riqueza.  La globalización de la economía está condensando las riquezas mundiales en manos de unos pocos, una situación que puede ser utilizada como pretexto para iniciar revoluciones.

Y no olvidemos tampoco el recuerdo histórico como motivo de lucha, muchas de las actividades terroristas se apoyan en parte de la población que mantiene el odio en su sangre porque sufrieron masacres en pasadas guerras.  Perdedores de viejas contiendas bélicas, que nunca se dieron por vencidos, utilizan las guerrillas para llevar a cabo su contraataque; manteniendo viva la lucha armada de una guerra que el resto de la población ya ha olvidado.

Justificaciones y justificaciones para dar paso al poderoso instinto violento, al fin y al cabo el arma más poderosa que los terroristas siempre tuvieron a su favor.  Implacable instinto que subyace tras toda guerra, impulso irracional al que gustamos tanto justificar los seres humanos cuando estamos en guerra, a pesar de lo irracional de toda guerra.

Si el terrorismo tiene muy difícil solución es porque está fomentado por el poderoso instinto violento.  Fuerza que ha movido el mundo, y puede que lo continúe moviendo por mucho que pretendamos impedirlo.  Ya sea por reivindicaciones políticas, económicas, territoriales, o sencillamente legislativas, todavía continúa fascinando la revolución armada contra el imperio.  Muchos de nuestros jóvenes necesitan muy pocos argumentos para liberar su reprimida agresividad, una pequeña causa reivindicativa puede ser suficiente para hacerlos vestirse de héroes y atacar a la paz social.  Es un viejo costumbrismo que los jóvenes encarnen la violencia revolucionaria de los pueblos.  Y en estos tiempos de pacifismo, al quedar su violencia instintiva sin justificación, se puede aliar muy fácilmente con cualquier objetivo revolucionario.  Apostaría que un alto porcentaje del apoyo social que ostentan algunos grupos terroristas, en los países desarrollados, no es debido principalmente a las razones que esgrimen para matar, sino provocado por el viejo impulso instintivo de atacar al poder en el gobierno.  Se trata del mismo instinto animal que propicia el ataque, de los animales jóvenes de una manada, al macho dominante para arrebatarle el poder.

Los instintos continúan siendo fuerzas incontroladas a pesar de todos los esfuerzos que los hombres estamos haciendo por controlarlos.  Espero que, en estos últimos cinco capítulos, haya conseguido mostrar cómo el poderoso y camaleónico instinto de muerte anda suelto por nuestra moderna sociedad tal y como siempre anduvo por el mundo.  La visión de su fantasma por nuestra casa puede que nos ayude a comprender su permanencia en casa ajena.  Sabiendo ya que no es habitante de casa alguna en particular, sino huésped del ser humano, instinto del hombre, de la vida.

Vamos a continuar la inmersión en nuestras entrañas, visitando otras casas llenas de amor, de religiosidad y de paz, donde ―como en cualquier lugar― el terrible instinto de muerte hace su aparición de las formas más sorprendentes, incluso cuanto más se quiere evitar.  No sé si seremos capaces de llegar al fondo, pero si conseguimos iluminar nuestro lado oscuro un poco más, yo me daré por satisfecho.

MENSAJES DEL MÁS ALLÁ

Ya hemos hablado de cómo la atmósfera sagrada puede crear realidades virtuales espirituales repletas de personajes; pero de lo que no hemos hablado todavía es de que esos personajes son capaces de comunicarse con nosotros de diversas formas.  Entre ellas merece la pena destacar a los comunicados recibidos a través de los médium, personas especialmente sensibles que ceden su cuerpo y su mente temporalmente al personaje espiritual que se comunica con ellos.  La escritura automática es otra forma de recibir mensajes relativamente moderna (recordemos que hasta hace poco el analfabetismo estaba muy extendido entre la población).  Y las voces del más allá que suenan en la mente de quien las escucha es la forma más directa de oír lo que nos dicen quienes no son humanos.  Existen otras muchas formas de comunicación, pero no vamos a entretenernos en hablar de ellas, pues hay suficiente documentación al respecto en la literatura esotérica.

Vamos a centrarnos en el fenómeno en sí y en su extraordinaria importancia por la credibilidad que aporta a las realidades virtuales espirituales y a todos los personajes que las pueblan.  Los mundos etéreos no hubieran sido ni serían tan reales, para los creyentes en ellos, si no hubiera existido este fenómeno paranormal de comunicación entre el mundo físico y los mundos espirituales.  La existencia de las entidades espirituales podría ponerse en duda debido a su intangibilidad física, pero, cuando nos hablan “inteligentemente” desde el más allá, cuesta dudar de su existencia.

La tremenda importancia de estas revelaciones se demuestra en el hecho de que las escrituras sagradas de las grandes religiones están formadas en su mayor parte por “verdades reveladas”.  Las grandes creencias forjaron sus cimientos sobre los mensajes que del otro mundo recibieron sus fundadores, textos venidos del cielo, impresos muy a menudo con letras de oro en los libros sagrados, adorados por aquellos que los creen verdaderos.

Pero esto no sucedió porque aquellas comunicaciones fueran realmente extraordinarias, ya que la recepción de mensajes del más allá siempre fue algo bastante vulgar y frecuente.  No nos podemos hacer ni idea de los millones y millones de mensajes que se han recibido del más allá durante toda la Historia de nuestra Humanidad.  Probablemente, desde que el hombre es hombre no ha cesado de recibir estos mensajes, y los continúa recibiendo, claro está; y no en pequeñas cantidades.  No creo equivocarme si afirmo que, a un nivel planetario, se están recibiendo miles y miles de mensajes diarios de otros mundos que no son el nuestro.

Desde la antigüedad, los dioses han hablado a los hombres.  Era habitual en los templos antiguos comunicarse con la deidad adorada en el templo, unas veces el creyente oía directamente la voz del más allá y otras veces el comunicado se hacía a través de un médium que el templo tenía siempre dispuesto para transmitir los mensajes de un mundo al otro.  Y en otras ocasiones el mensaje se recibía en cualquier momento del día y en cualquier lugar.  La recepción de mensajes del más allá era algo habitual en el mundo antiguo.  En la Odisea y en la Iliada tenemos multitud de ejemplos de cómo los dioses se comunicaban con los humanos y eran parte de la vida cotidiana de los mortales elegidos para charlar con ellos.  Seguro que si los dioses del Olimpo griego no fueran dioses muertos, olvidados por el pueblo, seguirían hablando por los codos.

Las sectas religiosas, en sus rituales comunitarios, se ponían en contacto con sus entidades espirituales, fueran del color que fueran, sin ningún problema y con toda la naturalidad del mundo.  Así se vivían en directo las retransmisiones de los cielos o de los infiernos.  Pero con la llegada de la escritura las cosas empezaron a cambiar.  Las religiones que empezaron a escribir la voluntad de sus dioses comenzaron a subir como la espuma.  La magia de la palabra del dios escrita fascinó al pueblo, (en especial al pueblo analfabeto).  Las escrituras sagradas dieron un poder mágico a quienes las poseían.  Nunca se había vivido nada igual, era como poseer en conserva la divina voluntad de los dioses.  Para el hombre antiguo tuvo que ser toda una revolución espiritual.  Y todas las religiones optaron por tener sus libros sagrados.

Pero esa revolución religiosa, basada en la escritura venida del más allá, creo nuevos problemas, porque, como ya se pueden imaginar ustedes, los diferentes dioses no se ponían de acuerdo para enviarnos mensajes que al menos no fueran contradictorios.  Entonces se desentabló una feroz competencia por convencerse, y por intentar convencer a los demás, de que los textos sagrados escritos por los seguidores de cada religión o secta eran los verdaderos, dictados por el único dios verdadero.

Este feroz combate no se llevó a cabo en las dimensiones espirituales, fueron los sacerdotes con espada en mano, o aliándose con los poderes políticos o militares, los que lucharon entre sí llevando al campo de batalla sus discusiones religiosas.  Y los ganadores en cada zona del planeta impusieron al pueblo la fe en sus escrituras sagradas, divinas e intocables.  Instaurando un gobierno donde reinaban sus libros sagrados particulares, escrituras que terminaban dirigiendo las vidas de sus ciudadanos.

Mas esta tranquilidad impuesta solía durar poco tiempo, pues casi siempre surgía otro problema: los mensajes del más allá se seguían recibiendo, y, aunque los enviase un mismo dios, muy a menudo contradecía a las antiguas escrituras de antiguos mensajes suyos ya sacralizados.  Entonces, en especial en Occidente, se realizó una caza de brujas, y todo aquel que tenia la desgracia de haber sido elegido por dios para hablar con él, terminaban acusándole de endemoniado, sobre todo si al ser supremo, en sus retransmisiones al creyente elegido, se le ocurría rebatir alguno de los dogmas de fe de la religión en el poder, entonces el pobre creyente acababa en la hoguera junto a las brujas que gustaban de hablarse con el diablo.

Los efectos de esta brutal represión fueron devastadores para nuestra condición natural de recepción de los mensajes del más allá.  La castración de esta facultad humana dura hasta nuestros días.  Hemos olvidado nuestra habilidad para comunicarnos con los dioses.  Si una persona oye voces en su interior acude al médico para evitar que la encierren en un psiquiátrico y para que le solucione un problema que en otros tiempos no era sino una virtud de elegidos.

Sin embargo, la libertad religiosa y la proliferación de sectas está produciendo una vuelta a la “normalidad”.  Las escuchas del más allá están proliferando de forma espectacular en las últimas décadas.  Pero estas escuchas hoy en día no se viven con la ancestral naturalidad que las vivía el hombre antiguo.  Al haber olvidado nuestra condición natural de escuchas esotéricos, ahora lo consideramos un fenómeno extraordinario, único en cada circunstancia, nuevo y fascinante.  Y las sectas, como no, se están aprovechando de esta nueva situación espiritual, de esta nueva época de cambios, volviendo a dejar constancia escrita de los mensajes recibidos por sus mensajeros particulares, presentándolos como la escritura más importante y más sagrada entre las demás escrituras del resto de las sectas y de las religiones oficiales.

Podemos dar gracias a que el pacifismo reinante en nuestra sociedad occidental ―y el sistema policial, todo hay que decirlo― no permite que se vuelva a dirimir el liderazgo sectario a base de luchas sangrientas, en defensa de las verdades reveladas que en cada secta se reciben.  Toda bendita organización religiosa, elegida por dios para recibir sus buenas nuevas, está condenada a convivir con las demás que también están recibiendo sus buenas nuevas, habitualmente diferentes.

Esta “sana” y obligada competencia está produciendo ciertos hábitos de mercadeo espiritual no muy limpios.  Me explico: los mensajes del más allá, a pesar de ser ya algo muy corriente en muchas sectas, se tienden a ocultar al público en general.  Cuando alguien se acerca a una secta de este tipo, y observa todo lo que le venden, también observa cómo permiten que se sospeche que se guardan algo muy importante de lo que no pueden hablar a profanos.  Todos los que son atraídos con el viejo cebo de la curiosidad caen en sus redes, llevándose una gran sorpresa cuando, al cabo de un tiempo de prueba de integración en el nuevo grupo, se le invita a una sesión de retransmisiones celestiales en las que el mismo dios se va a dirigir al grupo o a al novato (si así lo considera oportuno el ser supremo, claro está).

Podríamos pensar que la ocultación al público de la divina retransmisión sea debida al miedo, a que pudieran retornar aquellas viejas persecuciones inquisitoriales; pero yo no creo que sea por esa causa por lo que se esconden la mayoría de estos mensajes que se reciben diariamente en los ambientes sectarios.  La permisividad religiosa está muy afianzada ya en Occidente, no es delito alguno hablar con dios ni con el diablo, y no creo que las personas normales se escandalicen ya por nada de lo que pueda suceder en el seno de las sectas.  Más bien me inclino por pensar que la causa de que oculten las retransmisiones que reciben a diario del más allá es el tremendo ridículo que pueden hacer si las promulgan.  Si todas las sectas que reciben mensajes los publicasen sin más, observaríamos atónitos como un mismo dios les pasa a unos unas consignas y a otros otras diferentes, contradictorias muy a menudo, y en ocasiones esto sucede en una misma secta.  Naturalmente, para evitar hacer el ridículo, es recomendable que no salgan a la luz los mensajes recibidos, guardándolos entrañablemente para uso exclusivo de los sectarios afortunados que los reciben.  Y así de paso evitar un análisis psicológico profundo que terminaría por deducir que toda esa literatura espiritual es un producto del inconsciente colectivo de la secta o del individuo emisor de los mensajes, y no algo venido de la deidad o del demonio del que se presuma haberlo recibido.

A pesar de las contradicciones que albergan, no es de extrañar que estos mensajes se guarden como oro en paño, pues son una de las circunstancias que más realidad otorgan a los sueños compartidos de las realidades virtuales espirituales.  Cuando en una atmósfera sagrada se es testigo de una de estas retransmisiones de otros mundos, apenas se puede dudar de que aquello sea cierto.  El mensaje no solamente se oye, se vive y se siente la presencia de quien nos habla, incluso se puede llegar a ver al ser espiritual que nos está hablando.  El grado de realidad es enorme.  Estos mensajes confirman la existencia real de las entidades espirituales que los transmiten para todo aquel que no va más allá de los hechos.  Pero, cuando se va mucho más allá de los hechos, se acaba descubriendo que solamente se trata de un juego de ilusionismo de nuestra propia mente.

Nuestra mente coge de su interior todo lo que necesita para crear nuestros sueños mientras dormimos, y hace lo mismo para crear los escenarios virtuales espirituales y a los personajes que los pueblan.  De tal forma que las percepciones extrasensoriales se acomodan a la realidad virtual espiritual en la que esté asentada la religiosidad del oyente o el grupo de oyentes.  Cuando quien recibe los mensajes es un creyente, o grupo de creyentes, de un cierto tipo de religión, los personajes que hablarán en las retransmisiones corresponderán a entidades espirituales de esa religión y no a otros personajes de otras religiones desconocidas.  En el caso de la personificación de nuestras fuerzas del bien, así como del mal, nos encontraremos con diversos representantes supremos del bien, así como diversos representantes supremos del mal, según la creencia que se comparta.

En Occidente se ha asentado en nuestro subconsciente como imagen representativa del mal al diablo, de tal forma que en las realidades virtuales espirituales, en nuestros sueños esotéricos, suele aparecer este personaje como la causa de todo aquello que nos fastidia.  Pero en Oriente, allí donde el cristianismo no consiguió sentar sus reales, probablemente ni lo conozcan.  Allí tienen demonios de sobras mucho más feos que el nuestro, con un aspecto mucho más terrorífico que nuestro macho cabrío.  Quizás hasta se rían de nosotros por el aspecto de nuestro representante del mal (no se a quien se le ocurrió escoger a una cabra para representar a todos nuestros males).  La capacidad que hemos tenido para hacer el mal en Occidente no se merece tan pacifico animal, aunque quizás las mentes que inventaron esta representación lo hicieron para decirnos que nuestro mal no nos viene de que seamos en realidad malos, sino de que estamos como cabras.

Como ya aclaré anteriormente, al haber escogido siempre sectas de la línea blanca en mi pasear por estos mundos de dios, nunca tuve contacto con ninguna entidad maligna ni conocí a compañeros de secta que lo tuvieran.  Sin embargo, aunque se escojan caminos del bien para progresar espiritualmente, el mal estará siempre presente, en muchas ocasiones disimulado entre las flores del bien.  Como ya hemos explicado, si en las realidades virtuales se escenifican todas nuestras pulsaciones psicológicas interiores, como no somos santos, acabaremos escenificando en ellas tanto nuestro bien como nuestro mal.  De tal forma que el instinto de muerte nunca pasa desapercibido.  Y cuando lo intentamos evitar huyendo del contacto con entidades espirituales malignas, éste aparecerá de todas formas camuflado entre la blancura de los personajes de la santa vía espiritual que hayamos escogido para caminar.  Y en esto radica uno de los mayores peligros en la percepción de los mensajes del más allá.

Porque cuando uno está hablando con el diablo ―supongo que los practicantes de la magia negra así lo harán― uno ya sabe a que atenerse, y cualquier barbaridad que diga o que pida el cabrón no pillará por sorpresa.  Es casi seguro que los sacrificios humanos que se han realizado bajo rituales religiosos a lo largo de la Historia de la Humanidad, han sido debidos a las malignas demandas de los diversos demonios o deidades de magia negra.  La profunda capacidad humana de hacer el mal no está reprimida en la magia negra, y puede hablarnos tal y como es sin necesidad de disimularse a través del demonio o de las entidades mitad dioses benefactores, mitad malignos demonios.

Pero, en nuestra civilización del bien, la mayoría de las sectas se alejan del mal, mejor dicho: intentan alejarse del mal, lo menosprecian e incluso lo ignoran.  La moda del pacifismo también llega a las sectas.  Entonces nos sucede como en el cuento de Caperucita, el lobo nos pilla la delantera y nos espera disfrazado en casa de la abuelita.  Censuramos el mal, pero nuestra mente es mucho más sincera que nosotros y nos lo representa disfrazado en las más santas realidades virtuales espirituales.  En los alegres caminos sectarios de la magia blanca, el peligro no está en el lobo en sí, sino en su capacidad de disfrazarse y en nuestra candidez que nos dificulta reconocerlo.

En realidad, la diferencia entre el bien y el mal no está muy claramente definida en nuestro interior, el bien y el mal pueden estar muy mezclados entre sí.  Mahoma y Santa Teresa dudaron sobre la procedencia de las voces del más allá que oían, cuando comenzaron a oírlas no estaban muy seguros si su interlocutor era dios o el diablo.  El místico profesional suele dudar de lo que oye, aunque la voz le asegure ser del mismísimo dios o de un ángel.  Sin embargo, la mayoría de las personas que reciben mensajes del más allá no son profesionales en comunicaciones paranormales, y se suelen creer a pie juntillas lo que la voz les dice, creyéndose que está oyendo a la abuelita porque así lo afirma en sus mensajes, y lo parece por su dulce voz, cuando en realidad es el lobo.

Esto parece una broma, pero es realmente dramático: las voces esotéricas del más allá no se limitan a contarnos películas más o menos interesantes: dan consejos y directrices, y pueden llegar a decirnos todo lo que tenemos que hacer en la vida.  El creyente en ellas delega la dirección de su vida en las directrices que recibe del otro mundo.  La razón humana desaparece, el hombre deja de ser libre y se pone en manos de lo que le dicen las voces que oye.

Vuelvo a insistir en la gravedad de este asunto.  En las escuelas nos enseñaron muchas cosas, pero nunca se nos dijo que no hiciéramos caso si dios, la virgen, algún ángel, o lo que sea, nos hablaba desde el más allá.  Y son muchísimas personas las que hoy en día están escuchando esos mensajes, creyéndose su procedencia y siguiendo al pie de la letra sus directrices.  (En el capítulo sobre las semillas del suicido colectivo trataremos más en profundidad este asunto).

La forma más sencilla y popular de recibir mensajes del más allá es a través de la ouija.  Su peligrosidad, cuando son personas inexpertas las que se disponen a recibir mensajes, está más que demostrada.  Se está empezando a comprender que es el grado de evolución espiritual de la persona, o grupo de personas, el que condiciona la calidad de los mensajes.  Aunque, yo dudo que existan personas totalmente realizadas espiritualmente, capaces de tener percepciones totalmente beneficiosas para la Humanidad.  No creo que existan profesionales espirituales capaces de recibir mensajes limpios de polvo y paja de maldad humana o de intereses egoístas personales o de grupo.

Pero, aunque no exista una calidad cien por cien positiva en la recepción de los mensajes del más allá, no cabe duda de que la categoría espiritual de quien recibe la transmisión es fundamental para la calidad del mensaje; pero es su calidad humana lo que da categoría a la revelación divina, no a la inversa.

La mayoría de las religiones basan sus doctrinas en directrices reveladas por dios a sus fundadores o grandes mediadores, dejando bien claro que la divina importancia de esos mensajes radica en el todopoderoso ser que los transmite y no en quien los recibe.  La euforia actual en la percepción de estos mensajes del más allá se basa en una descarada imitación de estos conceptos de percepción: no importa quien reciba los mensajes, lo único importante es quien nos los transmite.  De esta forma cualquiera puede recibirlos y dictar las sentencias sagradas del mismo dios.  Incluso en muchas ocasiones el atrevimiento renovador llega al extremo de descalificar las viejas revelaciones, alegando que las sagradas escrituras han sido manipuladas a lo largo de la Historia, y que, por lo tanto, la auténtica palabra de dios es la que se recibe ahora, mensajes vírgenes sin manipulación alguna; según ellos, naturalmente.

Lamentablemente, un análisis de todos los mensajes divinos de varios de estos diferentes grupos renovadores, nos da como resultado una falta de concordancia a la hora de comparar su contenido, lo que hace sospechar que no sólo no fueron enviados por el mismo dios, a pesar de anunciarse como el único, sino que fueron creados por la mente o mentes colectivas que los percibieron.  Deducción a la que también llegamos cuando analizamos los mensajes de ese mismo dios totalitario a lo largo de varias de las grandes revelaciones que diversas religiones recibieron a lo largo de su historia.

En conclusión: todo parece indicar que los mensajes del más allá no provienen de un lugar más lejano que de los propios límites de la mente de aquellos que los perciben.  Ahora bien, también es cierto que no conocemos los límites de la mente humana.

Nuestra capacidad de crear realidades virtuales espirituales y a sus personajes es inmensa.  Las entidades típicas de la realidad virtual espiritual del cristianismo, por ser la religión más aceptada en Occidente, son las que más transmiten sus mensajes a nuestra gente.  La virgen María es el personaje que va en cabeza del volumen de mensajes retransmitidos.  Es de las pocas entidades femeninas importantes que hay en los cielos (hay que reconocer que por allá arriba son bastantes machistas), pero, haciendo honor a la fama de habladoras que tienen las mujeres, me da la sensación que habla más que todas las entidades masculinas juntas, no sé si será porque ella es así o porque nos gusta más a los humanos hablar de nuestras intimidades y profundidades con nuestra madre espiritual que con nuestro padre.  Habitualmente sus retransmisiones no son solamente de voz, sino también incluyen imágenes, pues es corriente que sus mensajes vayan acompañados de su presencia.  El resto de los personajes cristianos le siguen a la zaga en el volumen de sus retransmisiones, ya sean los ángeles, los santos, Jesucristo o el mismísimo padre creador de todas las cosas.

No creo que exista dioses o personajes espirituales que no se hayan dignado en alguna ocasión a dirigirse a los humanos de una o de otra forma.   El espiritismo consiguió que los muertos hablaran.  La magia negra continúa hablando con sus deidades en unos casos bondadosas y en otros terribles.  Sin olvidar a los típicos posesos que prestan su habla y su cuerpo a la entidad del más allá que se ha dignado a poseerlos.  Las religiones orientales también  tienen una gran variedad de dioses y no encuentran dificultad para hablar con alguno de ellos.  Y la nueva moda de la creencia en los mundos extraterrestres nos está deparando contactos con seres de otros mundos, desde donde nos retransmiten sus mensajes telepáticamente desde otras galaxias o desde las naves que hipotéticamente pululan por nuestros cielos.

Sugiero que no se dé más credibilidad a unos mensajes u a otros por tener mas fe en una procedencia o en otra.  En todos ellos, analizados minuciosamente, se aprecia una única procedencia.  Ya vengan de una estrella lejana, de un cielo, de un infierno o de un mundo de los muertos; todo se está guisando aquí, en el mundo de los vivos.

REVELACIONES PUBLICADAS

La mayoría de los mensajes recibidos del más allá permanecen en las secretas profundidades de las sectas.  Y muchos de los comportamientos anormales que observamos en ellas son provocados por seguir las directrices de estos mensajes divinos.  Una gran mayoría de dirigentes sectarios se creen representantes de dios en la tierra porque poseen esta percepción extrasensorial.  Se sienten elegidos para salvar al mundo, dios está con ellos, junto a ellos, hablándoles siempre que lo necesiten, cuando le hacen alguna consulta o le piden soluciones a los problemas.  Las voces de más allá que se están recibiendo en la actualidad están dirigiendo las vidas de muchísimas personas, lo que supone dejar la dirección de la vida a merced de los profundos impulsos psicológicos de la mente humana.

Espero que a nadie le pille por sorpresa esta aseveración, pues voces que se recibieron en el pasado, y están archivadas en las sagradas escrituras de las religiones como grandes revelaciones, llevan dirigiendo la vida de gran parte de la Humanidad desde hace miles de años.  Para muestra recordemos los diez mandamientos.

A un nivel personal, yo he observado a compañeros y compañeras de camino hacer auténticas estupideces por obedecer lo que su voz interior le había dicho, o la voz del médium de la secta le había indicado.

Yo nunca he recibido mensajes de este tipo; parece ser que los mandatarios divinos no se dignan a dirigirse a quien sospecha de su identidad, o quizás sea porque sencillamente tengo sintonizada mi conciencia en otra onda.  Lo que sí he recibido han sido directrices o consejos del más allá a través de los médiums que los recibían.  He de reconocer que al principio me impresionaron y me los tomé en serio, (era cuando todavía no tenía muy claro si provenían de allí o de las mentes de los de aquí); pero, a medida que estos se iban produciendo, los fui analizando minuciosamente, y empecé a observar en ellos unos defectos más propios de los humanos que de las entidades divinas que firmaban los mensajes.  Cualquier persona un poco conocedora de la psicología humana puede descubrir en estos mensajes miserias humanas por muy divinas que se anuncien las retransmisiones.

Los creyentes en estos mensajes consideran estos defectos como fallos en las retransmisiones, como si se metiera la onda humana en la onda que nos llega de los cielos, y nos llegara todo mezclado.  Según esta conclusión, es necesario limpiar de polvo y paja humana lo venido del cielo, lo que permite la manipulación y corrección a gusto del consumidor de los mensajes recibidos.   Estos correctores se creen capaces de saber qué viene del sublime cielo y qué viene del miserable humano receptor del mensaje; quitan lo que no creen conveniente para la ideología sectaria, resuelven las contradicciones que pudiera haber en los mensajes, aclaran las vaguedades, y organizan los textos de tal forma que apenas se aprecia la caótica forma en la que se recibieron.

Los mensajes del más allá pueden quedar tan bordados y tan cargados de sublime divinidad, después de haber sido repasados por expertos, que en muchas ocasiones se decide publicarlos para presumir de que los dioses están de parte de quienes los publican, y para hacer un gran servicio a la Humanidad, por supuesto, mostrándole la nueva voluntad divina revelada.

Un cálculo intuitivo nos dará la cifra aproximada de un uno por mil de mensajes publicados entre los recibidos a un nivel mundial.  Esto nos puede dar una idea de la enorme selección, depuración y criba que sufren los mensajes antes de ser mostrados al público.  La secta o el individuo que publica esos mensajes nos permitirá leer exclusivamente lo que desea que leamos.  Hay excepciones, en algunos casos se publica el texto íntegro de lo recibido, pero son casos excepcionales.

Como venimos diciendo, en las realidades virtuales espirituales se escenifican todas las realidades de nuestras profundidades, las malas y las buenas.  Y entre estas últimas se encuentra toda la gloria humana, representada en los dioses, sublime espiritualidad del hombre, divinidad que, como habitualmente no nos atrevemos a considerarla nuestra, nuestra mente nos la ofrece encarnada en las deidades o en las entidades espirituales positivas, que pueden enviarnos sublimes mensajes de amor y de paz.  Si se realiza una criba de los mensajes del más allá, desechando las miserias humanas ―dentro de lo que cabe―  pueden quedar unos textos gloriosos, de tan elevada espiritualidad que no tienen nada que envidiar a las antiguas escrituras.

Ahora bien, existe un problema con este tipo de literatura, y es un problema grave:  Si se cree que los autores de estas obras están en el más allá  ¿Qué hacemos con los derechos de autor?  No existe legislación al respecto.  En la mayoría de las ocasiones los médium que reciben el mensaje no quieren saber nada del copyright, ellos no se siente los autores de unos mensajes que en muchas ocasiones los reciben de forma inconsciente.  Al final suele hacerse cargo de los derechos de autor la secta a la que pertenece el médium.   Cada propietario o grupo de propietarios de la escritura hace lo que le da la gana a la hora de presentar su libro sagrado al publico, ocultando muy a menudo algunos de sus aspectos más importantes, engañando así al lector.

Por ejemplo:  yo estuve estudiando los libros de un maestro espiritual que vivió allí por el siglo de oro;  pues bien, después de llevar años estudiándolo me enteré de que esos libros no habían sido escritos por el susodicho maestro sino que habían sido canalizados, enviados desde el más allá a sus discípulos favoritos que andaban por aquí hará unas cuantas décadas.  Esto se da muy a menudo.  Es posible que una persona se lea un montón de libros de algún maestro virtual espiritual sin que se entere de que no está leyendo un libro normal, escrito por una persona normal en sus plenas facultades mentales.  Esto es un fraude muy grave.  Los legisladores deberían de preparar una normativa legal para este tipo de escritura, donde se obligara a especificar de qué forma se ha recibido del más allá el texto, cuándo y quién lo ha recibido, qué personaje espiritual supuestamente lo ha enviado, y quién lo ha cribado y retocado.  Es una pena que grandes obras espirituales se presenten al público con engaños, disimulando su auténtico origen.

Revisando un catálogo de una librería esotérica he comprobado con alegría que las cosas pueden empezar a enmendarse, he observado que a este tipo de literatura se le ha puesto nombre de “narrativa de canalización”.  Con este calificativo se da a entender que el narrador, cuando escribe, es un canal de alguna fuerza o entidad espiritual.  Esta es una forma de empezar a poner las cosas en su sitio.  Pero anunciar que se trata de un texto canalizado, es decir solamente una parte de lo que habría que decir.  En otra ocasión me recomendaron leer un voluminoso libro canalizado en el que se anuncia claramente que se trata de un libro inspirado por una voz interior; pero no se especifica de quien es esa voz; y muchos de los que nos entusiasmamos con él, nos enteramos con sorpresa, cuando ya llevábamos tiempo leyéndolo, de que era el mismísimo Jesucristo quien había dictado semejante volumen.  Esto no es serio, ya en la portada debería de haberse anunciado el importante dato de su hipotética procedencia.

Mi admiración hacia quienes están perdiendo el miedo a anunciar los mensajes del más allá como lo que son.  Los devotos de la virgen María son de los que menos vergüenza tienen para publicar los mensajes de su señora.  Las apariciones de Lourdes y Fátima sentaron un precedente que quita el miedo al ridículo a todo aquel que desea publicar lo que la virgen le está diciendo a él personalmente.

Los aficionados a los extraterrestres también le están perdiendo el miedo a anunciar sus canalizaciones.  Pero muchos de ellos no lo hacen muy abiertamente.  Como los escenarios de estas realidades virtuales son como mundos y universos de ciencia ficción, donde no hay dioses ni ángeles ni demonios, solamente extraterrestres más o menos evolucionados, da la impresión de que este tipo de percepciones de los mensajes del más allá son diferentes a los de las religiones.  Los libros así canalizados se camuflan entre las obras de creadores de ciencia-ficción.  Estos mensajes no se anuncian como revelaciones religiosas sino como transmisiones de mensajes telepáticos, lo que da la impresión de que no se trata de un fenómeno religioso, cuando en realidad tienen las mismas características, incluidas las visiones.  Hoy en día es tan corriente que la gente se reúna para presenciar una aparición de la virgen anunciada a través de una revelación, como para presenciar un avistamiento de un ovni anunciado a través de mensajes telepáticos.  A la juventud le fascina esta nueva moda de relacionarse con el más allá, creen que es realmente nueva, cuando en realidad sus cimientos son tan viejos como el mundo.

Estas revelaciones que se esconden entre la literatura de ciencia-ficción son otro motivo que hace necesaria una  legislación que evite el engaño.  En todo libro de este tipo se debe de especificar cómo ha sido inspirado su contenido.  Todo lector tiene derecho a saber si se trata de una obra de ciencia-ficción, creación de un escritor, o si se trata de mensajes recibidos, por el método que sea, desde más allá de las estrellas.  Tenemos derecho a saber qué estamos leyendo, y el editor tiene la obligación de anunciar las características especiales de lo que vende.

No se cesan de anunciar los beneficios de la lectura: se dice que la cultura nos hace libres, el conocimiento nos amplia la mente, los libros se anuncian como algo esencial para el hombre moderno; pero, si son motivo de engaño, del tipo que estamos denunciando, no ayudan en nada a nuestra libertad.

Repito que existen obras reveladas exquisitas, ahí están las antiguas escrituras. Y entre las modernas sucede otro tanto.  Estas obras tienen un tremendo atractivo en sí mismas, no hay porque avergonzarse ni ocultar su procedencia, eso es un fraude intelectual, un engaño a los lectores.  En todos los casos se debe de conocer que esas obras no fueron escritas por personas en plenas facultades mentales, sino que fueron dictadas desde donde sea y como sea a una persona sumida en un estado de trance.  La diferencia entre estos escritos y los normales es tan enorme que siempre debería de notificarse en la portada el tipo de libro que es.  Un escritor no es libre cuando está recibiendo un mensaje del más allá, en realidad no es un escritor, es sencillamente un receptor de algo que llega a su mente o a la mente del médium que lo recibe.  Y un lector no es realmente libre si no sabe si está leyendo la obra de un escritor o la obra canalizada por una persona que no tiene nada de escritor.

Espero que los legisladores no tarden en solucionar este atentado contra la libertad intelectual de los lectores.

Puede argumentarse que no es necesaria tal legislación porque es muy pequeño el número de volúmenes editados de este tipo; pero, aunque sean pocos, su impacto psicológico en el individuo que cree en ellos es enorme, tan importante que incluso puede poner en peligro su vida, como veremos más adelante.  Son pocos los volúmenes declarados como tales, pero si desenmascaramos los que no están declarados abiertamente su contenido como procedente de una revelación, su número aumentaría enormemente.      Y, además, conviene prevenirnos de la avalancha que se avecina de nuevas ediciones de este tipo de literatura.  Todo parece indicar que se está produciendo un aumento de libros canalizados por los más variopintos personajes del más allá.  Es la consecuencia de la enorme cantidad de mensajes que se están recibiendo en el seno de las sectas y de la libertad de expresión que nuestra civilización permite.  Ahora solamente es necesario que, cuando vayamos a una librería, se respete nuestra libertad de elección y no se nos engañe vendiéndonos algo que no queremos comprar.  Urge una severa legislación al respecto.

LAS PROFECÍAS

Me temo que no hay voz del más allá, sea de quien sea, que no caiga en la tentación de profetizar.  Predecir el destino de la Humanidad, de algunos de sus pueblos o individuos, es típico de estas voces de nuestro interior.  La pulsación psicológica que produce este hecho virtual es nuestro deseo por conocer nuestro futuro.  Ya sabemos que en los sueños se realizan nuestros deseos; y en las realidades virtuales espirituales, sueños religiosos, no iba a ser menos.  Tal es nuestra inquietud ante lo que nos depara el futuro que un gran porcentaje de los mensajes del más allá tratan de nuestro destino, del individual, del de la Humanidad o de sus pueblos.  En las escrituras sagradas fueron los profetas, grandes mediadores entre dios y los hombres, quienes se dedicaron al oficio de la profecía.

Ya en el capítulo sobre las artes adivinatorias insinuamos que las  predicciones eran como un cálculo inconsciente de probabilidades.  A través de las revelaciones digamos que el adivino o el profeta se pone en contacto con el personaje del más allá, con el que habitualmente habla, y le pregunta sobre el futuro, o sencillamente la voz se lo revela sin pedírselo.  No hace falta decir que esta forma de futurología se llega a considerar la más efectiva, pues si es la voz de dios la que oímos, ¿quién mejor que él para anunciarnos lo que nos va a suceder?

Sin embargo, es una forma muy seria de poner a dios a prueba, tan seria que no suele superarla, pues dios se equivoca muy a menudo.  Y, si él se equivoca, no digamos su espíritu, sus ángeles o sus santos, los muertos que nos hablan del más allá o el mismísimo demonio.  Los fallos proféticos están a la orden del día en la multitud de mensajes que se están recibiendo en los ambientes sectarios.  No hay dios que en la actualidad nos prediga con exactitud el futuro.

Los creyentes en las escrituras antiguas consideran que las viejas profecías son las buenas, y que las modernas sólo son supercherías de falsos dioses charlatanes.  Según ellos, fueron muchos aciertos los que tuvieron los profetas de la antigüedad.  Claro que esto es algo que no se puede demostrar, pues para realizar tal comprobación es necesario tomar nota de la profecía antes de que caduque la fecha del acontecimiento que anuncian, para evitar retoques posteriores; y eso es algo que ahora no podemos hacer.

Es muy fácil resaltar un acontecimiento como profético después de que el acontecimiento haya sucedido.  La cantidad de mensajes proféticos que una persona conectada con el más allá puede recibir es inmensa, y es muy fácil desechar todos sus desaciertos cuando ya ha sucedido un acontecimiento importante.  Y si sus mensajes proféticos son de dudosa interpretación, mucho mejor para engañarnos, pues dará pie a varias interpretaciones, y el porcentaje de desaciertos quedará reducido.

Y en el caso de desear resaltar un acontecimiento importante para una secta de elegidos, como puede ser el caso del nacimiento de su fundador, es muy fácil encontrarle un profeta que entre sus miles de trances proféticos lo haya anunciado, y desechar todos sus desaciertos y a todos los demás profetas que ni se aproximaron a predecirlo o predijeron acontecimientos diferentes.  Las anunciaciones de nuevas encarnaciones espirituales se producen a diario.

En la India podemos observar cómo son anunciados los nacimientos de casi todas las personas que son proclamadas después dioses vivientes.  Esto sucede en primer lugar porque a todas las familias bien avenidas, que desean tener a un niño dios en su familia, procuran que así se lo profetice algún adivino; si después el niño no les sale dios, se le echa la culpa a algún demonio, se olvida el intento, y aquí no ha pasado nada;  y, en segundo lugar, son tantos los adivinos que en la India gustan de profetizar, que después de que el gurú ya se ha proclamado como una entidad espiritual, no es difícil encontrarle un adivino que asegure haber profetizado la nueva encarnación.  Por esta razón los hindúes escuchan las profecías de las nuevas venidas como quien oye llover, pues llevan miles de años escuchando a charlatanes que traducen su no menos charlatana voz interior.

Pero en Occidente no estamos acostumbrados a esta charlatanería, la inquisición religiosa hizo enmudecer durante siglos a nuestros dicharacheros profetas.  A muchos de nosotros se nos inculcó en las escuelas que las profecías eran escritos muy sagrados, intocables y de indudable procedencia divina.  Y cuando nos encontramos ahora en las sectas con mensajes del más allá, los relacionamos con los de las grandes escrituras, con esos documentos venerados durante siglos por nuestra civilización; y, aunque no lleguemos a creernos por completo las modernas revelaciones, nos afectan muy directamente, pues siempre nos queda la duda de que pudieran llegar a ser ciertas.

Ahora bien, hoy podemos zafarnos del poder de sugestión de las profecías actuales con cierta facilidad.  Nuestro nivel cultural y la tecnología nos permite dejar constancia impresa, o grabada de viva voz, de la profecía antes de que concluya el plazo de su predicción.  De esta forma podemos estudiar tanto su contenido como su porcentaje de aciertos.  Ciertos creyentes sectarios, orgullosos de los mensajes del más allá que reciben, suelen dejar constancia escrita de ellos, intentando crear su historia sagrada particular, no siendo muy conscientes de que de esta forma se pueden analizar sus profecías, observar su elevado porcentaje de desaciertos, y poner en peligro así la credibilidad de sus dioses.

Ésta es una de las formas en que las sectas modernas están perdiendo su credibilidad.  Si dios nos habla, y nos predice el futuro, si se equivoca, es  evidente que no es dios.  Por esta razón, la mayoría de los grupos sectarios, conscientes de los peligros que de los mensajes proféticos encierran para su seguridad y la de sus veneradas voces del más allá, ocultan la copia exacta de lo revelado y proclaman públicamente una profecía retocada, que dé pie a varias interpretaciones para reducir así el riesgo de fallo profético.  Pero aún después de estar manipulada, y de reducir así el riesgo de fracasar en la predicción, termina por fracasar de todas maneras.

Cuando una persona lleva décadas deambulando por diferentes sectas, puede acabar tan harto de tanta profecía caducada sin que hubiera dado en la diana, que no es infrecuente que empiece a dudar de todas ellas y a no creerse ninguna.

Como venimos dando a entender, todos estos fenómenos paranormales de voces interiores ―que suelen ser muy corrientes― se cuecen en las profundidades de nuestra mente, y son creados por nuestra inteligencia inconsciente, por lo que tampoco hay que subestimarlos.  Nuestra profunda inteligencia no tiene un pelo de tonta, y nos puede engañar muy fácilmente, por lo que es necesario ser más inteligente que ella para evitar el engaño.  Un engaño que por otro lado no tiene otra razón de ser que todo lo que queramos engañarnos nosotros mismos.  Y hemos de reconocer que en los planos espirituales somos propensos a dejarnos engañar muy a menudo.  Si no fuera así, no tendría porque haber tantos fracasos proféticos en la actualidad.  Nuestra inteligencia profunda es capaz de hacernos un cálculo de probabilidades inconsciente ―como comentamos en el capítulo sobre la adivinación― con un gran porcentaje de aciertos.  Pero sucede que en las profecías entran impulsos psicológicos profundos, escenificados en las realidades virtuales espirituales en vez de en nuestra realidad, lo que causa graves errores en los cálculos de probabilidades de futuro que pueda hacer nuestra mente profunda.

Los mensajes del más allá, al proceder de los personajes virtuales de nuestra mente religiosa, se esfuerzan más en demostrar que ellos son reales que en predecir el futuro.  Si existe, por ejemplo, en las creencias del profeta, tanto un cielo como un infierno, un dios o un diablo, estos escenarios y personajes entrarán a formar parte de sus profecías, y procurará dejar bien claro que nuestro futuro es creado por ellos.  Y predecir el futuro de quienes vivimos en este mundo por consecuencias de quienes supuestamente viven en otro, es un empeño que en mi opinión no da buen resultado.

Tanto es así, que un simple adivino, que no utilice a personajes virtuales espirituales, tiene menos riesgo de equivocarse que quienes los invocan para recibir sus pronósticos de futuro a través de la revelación profética.  Parece ilógico que un echador de cartas o un astrólogo, a pesar de su elevado porcentaje de desaciertos, tenga menos probabilidades de equivocarse que dios, a la hora de predecir el futuro.  En las predicciones proféticas entran pulsaciones psicológicas profundas encarnadas en los personajes espirituales que falsean su contenido.  Sin embargo, aunque esto es cierto, también es cierto que una predicción divina impacta con mucha más fuerza en el creyente que las predicciones de un echador de cartas.  El poder de fascinación de los dioses o de cualquier otro habitante de los cielos es inmenso.  Y, aunque su engaño quede de manifiesto en el fracaso de los mensajes proféticos, su credibilidad, ―y esto es sorprendente― apenas queda puesta en entredicho.  El elevado grado de realidad con el que se perciben los mensajes del más allá, supera al grado de irrealidad de sus predicciones proféticas, por lo que el creyente suele continuar creyendo en sus voces aunque éstas no cesen de meter la pata en lo que a predicciones respecta.

En los últimos años, los dioses o las entidades divinas sectarias, nos están hablando bastante claro en cuanto a nuestro futuro.  No sé si será porque se deja constancia inmediata en cuanto se reciben los mensajes, o porque las voces del más allá están decidiendo abandonar su oscurantismo profético.  El caso es que las modernas profecías ya no tienen pelos en la lengua y nos hablan tan claro de nuestro futuro como nos hablan los astrólogos en los horóscopos de los periódicos o de las revistas.  Por supuesto que no se ponen de acuerdo, en como nos va a ir en el futuro, ni los diferentes astrólogos entre sí, ni las diferentes voces del más allá.  Nunca he entendido bien cómo es posible que continuemos confiando en las predicciones astrológicas, cuando existen tantas contradicciones y falta de acuerdos en sus predicciones.  Y de igual forma tampoco me explico nuestra adicción a las profecías a pesar de que fracasen tan a menudo.  Habríamos de sospechar que es nuestra ansia por conocer nuestro destino y la maestría en torear con el futuro del adivino o del profeta lo que nos incita a creernos las predicciones, más que su por su capacidad de acierto.

Las voces del más allá, si se las dan de divinas, es porque son capaces de engañarnos divinamente.  Las profecías producidas en el seno de una secta se enraízan en las creencias de ésta, en sus realidades virtuales espirituales, de tal forma que crean conclusiones de futuro obvias para sus creyentes. Ahora, háganse ustedes una idea de la cantidad de profecías diferentes que se están recibiendo en la actualidad, con la cantidad de creencias diferentes que provoca la proliferación de sectas.  Es inmenso el número de profecías que se están generando en nuestros tiempos.  Unas nos auguran un futuro feliz y otras nos lo ponen más negro que el carbón.  Normalmente, la mayoría nos dan una de cal y otra de arena.  Un caso típico es aquel que nos augura un futuro muy negro como no seamos capaces de seguir las directrices doctrinales de la secta donde se reciben esas canalizaciones proféticas.  Ya es sabido que las sectas o religiones aprovechan todos los argumentos  hipotéticos que pueden para convencernos de lo que no pueden convencer de otra manera.

EL FRACASO DE LOS MENSAJES APOCALÍPTICOS

De todos los mensajes que se reciben del más allá en la actualidad, son los de carácter apocalíptico de los más sorprendentes; no por las extraordinarias predicciones destructivas en sí, a las que ya estamos  acostumbrados los viandantes sectarios, sino por su insistencia en dictarlas de nuevo después de haber fracasado en sus anteriores pronósticos.  Las diferentes voces proféticas son capaces de no cesar de emitir predicciones apocalípticas, aun después de que cada una de ellas hayan caducado sin haberse producido nada de lo que pronosticaban iba a suceder.  No puedo recordar la enorme cantidad de veces que en mi caminar por los mundos sectarios he oído anunciarse el inminente final del mundo sin que la llegada de la fecha fatídica nos deparara nada anormal.

En los primeros tiempos de mi caminar por las sectas, cuando se acercaba la fecha de algún temido final anunciado, permanecía temeroso a la espera del fin del mundo; pero, he traspasado tantas de esas fechas señaladas como terribles para la Humanidad, sin que haya pasado nada más anormal que lo que ocurre a diario, y he sido testigo de tantos finales del mundo caducados que, ahora, cuando me llegan noticias de que se continúan recibiendo nuevos mensajes apocalípticos, lo único que pienso es en el descarado atrevimiento de las voces del más allá, en su absurda insistencia en predecir el final de mundo, y en el tremendo fracaso de estas profecías que nunca llegan a cumplirse.

Aunque, quizás, el fracaso de los mensajes apocalípticos no sea tan rotundo.  Uno termina por sospechar que existen otras razones, aparte de anunciar un final del mundo que no va a suceder, que justifiquen tan tenaz insistencia en continuar promulgando tantos pronósticos fallidos.  Tras el mensaje apocalíptico es evidente que se esconden otras fuerzas o intereses ocultos aparte de su aparente y absurda misión principal de avisar de un final que nunca termina de llegar.

Una de las explicaciones más “convincentes” que he podido escuchar en los ambientes sectarios, para justificar tanto fallo profético apocalíptico, es que dios se apiada de nosotros y nos concede prorrogas de vida constantemente, con la esperanza de que nos enmendemos.  Como podemos ver, la capacidad de engañarse que el creyente puede alcanzar no tiene límites: no sólo no se percibe la caducidad del mensaje apocalíptico como un engaño, aunque este se repita a menudo, sino que además sirve de base este hecho para ensalzar todavía más la bondad divina y a su sagrada voz que, además de no mentir nunca, es muy compasiva con nosotros.

También se pueden deducir de las intenciones proféticas otras intenciones: digamos que el mensaje apocalíptico no tiene la función primordial de avisar de un final ―que al final no va a suceder―, sino de sacudir la pereza del creyente en su trabajo de realización espiritual dándole un susto de muerte.  La amenaza del final apocalíptico fuerza a seguir una doctrina.  Nadie desea caer en la desgracia de estar en el bando de los malos cuando llegue ese temido apocalipsis que se anuncia a la vuelta de la esquina.  Parece ser que ésta es una amenaza necesaria que diferentes religiones o vías espirituales necesitan para que los creyentes no abandonen la fe y practiquen severas doctrinas.  Es el típico cuento del ogro utilizado a menudo para asustar a niño, diciéndole que como no se porte bien vendrá a por él y se lo llevará.

Espero que algún día dejemos de ser niños en esto de caminar espiritualmente.  Aunque muchas doctrinas consideren necesario ser como niños para entrar en el reino de los cielos, no creo que con eso quieran decir que seamos tan tontos que nos dejemos engañar como a niños.

Y, si se trata de un engaño tan descarado, resulta obvio que importantes ventajas proporcionarán tales profecías para que se hayan utilizado tanto en la antigüedad y se continúen utilizando tan a menudo en nuestros días.  No olvidemos que los mensajes apocalípticos encierran una gran amenaza para los infieles, y un premio para los creyentes que se portan bien dentro de la doctrina de la secta o religión en la que se reciben o se recibieron las profecías apocalípticas.  La tremenda dualidad entre el premio eterno o el castigo eterno, que encierra el mensaje apocalíptico, no deja lugar a dudas de la necesidad de la fe o de cómo hay que comportarse dentro de una creencia.  En mi opinión, si las grandes religiones no hubieran hecho uso del mensaje apocalíptico no serían tan grandes en la actualidad.  Es una herramienta tan eficaz, para convencer a los creyentes de que están en el camino de la verdad, que muy pocas sectas de moderna creación se privan de ella.  Naturalmente, las variaciones en los diferentes detalles de los premios o de los castigos son inmensas.  Tengo que reconocer que no conozco todos los detalles de todos lo apocalipsis que pueden circular hoy en día por esos mundos de dios.  Entre los más originales que han llegado a mis oídos se encuentran aquellos que resultan de unir varias realidades virtuales espirituales.  Un prototipo de apocalipsis moderno quedaría así, más o menos:  Será el mismísimo Jesucristo quien vendrá a salvar al mundo al mando de un ejército de naves extraterrestres.  Los sabios alienígenas nos analizarán el aura a todos los terráqueos, y aquellos que no den la talla vibracional adecuada se quedarán en tierra, y todos los que tengan el aura rosa se los llevarán a un mundo mejor.  Por supuesto que los que se queden aquí será para padecer las penalidades y la muerte provocadas por un mundo que se quedará a oscuras ―o algo así―, por causa de algún planeta o meteorito descomunal que los aniquile como fueron aniquilados los dinosaurios.  Y al cabo de los años, cuando vuelva la luz a nuestro mundo, las naves devolverán a los buenos a la tierra, que habrá vuelto a ser un planeta azul completamente renovado, con todos los malos enterrados bajo las cenizas apocalípticas.

Este es un ejemplo típico de apocalipsis moderno, por supuesto que los detalles varían según las diferentes vías espirituales en las que se produzcan.   Necesitaríamos de un voluminoso libro para incluir en él los detalles de todos ellos, y muchos no llegaríamos a conocerlos, pues en muchas ocasiones no salen de las secretas cámaras sectarias.  Solamente recalcar que son muchas las formas de arrasar la Tierra que las calenturientas imaginaciones de los profetas apocalípticos se inventan para transmitirnos su propio terror interno, así como también son muchas las formas en las que serán salvados todos los buenos, según la medida de buenos y malos que se utilice, claro está.  Y no se piense que se puede sacar de todos ellos una conclusión determinada de cómo será el final del mundo auténtico (si es que éste llega algún día), las variaciones en las circunstancias apocalípticas son tan diferentes e incompatibles, según unas profecías u otras, que no hay manera de sacar una conclusión al respecto.  Si embargo, sí que podemos continuar sacando conclusiones sobre las fuerzas o intereses que motivan la emisión de estas profecías, pues, aunque todos los apocalipsis sean diferentes, los motivos que se esconden tras ellos son los mismos.

Tras estas manifestaciones proféticas de las voces del más allá no solamente se esconden descarados engaños, hemos dicho en varias ocasiones que todo lo que se escenifica en las realidades virtuales espirituales está impulsado por fuerzas de nuestro inconsciente interior.  Y en la memoria residual del inconsciente colectivo de la Humanidad residen tantas tragedias vividas en nuestro pasado histórico, tanto terror acumulado, que no es de extrañar que la atmósfera sagrada, en su labor de profundizar en el hombre, saque a la luz a través de los mensajes apocalípticos todo el pánico que los seres humanos vivimos en nuestras pasadas guerras o en otras calamidades naturales.

Este terrorífico recuerdo inconsciente de nuestra raza puede escenificarse en las ensoñaciones de la realidad virtual espiritual como sueños de futuro, de igual forma que en los sueños que tenemos cuando dormimos aparecen pesadillas provocadas por recuerdos de alguna tragedia vivida en nuestro pasado.

Este pánico venido de nuestra memoria profunda no es el único motor inconsciente de los mensajes apocalípticos: tras ellos también se esconde nuestro oculto instinto de muerte.  Probablemente, las voces del más allá que oía el hombre primitivo, la de sus dioses, tal y como sucede en la magia negra, le incitaban a realizar sacrificios de animales o de seres humanos.  Personas que probablemente accedían complacientemente a satisfacer la sanguinaria demanda de sus dioses ofreciéndoles su propia vida.  Digamos que el instinto de muerte que subyace en nuestras profundidades es capaz de hablarnos en los mensajes que recibimos del más allá.  Escondido tras la personalidad de cualquier dios o entidad espiritual, se puede dirigir al hombre induciéndole su instinto autodestructivo, pidiéndole el derramamiento de su propia sangre.  Esto conlleva un peligro enorme, pues induce al suicidio.  En los mensajes apocalípticos se manifiesta una clara influencia del instinto de muerte, en ellos se escenifica de forma inmejorable el final que a todos nos espera: nuestra propia muerte.  La atmósfera sagrada saca de nosotros ese pánico inconsciente y lo pone en escena.  La conciencia de la terrible realidad de la muerte reside latente en nuestro interior, y no somos conscientes de ella hasta el momento en que nos acercamos al final; pero la atmósfera sagrada puede adelantarnos la conciencia de nuestro destino definitivo, mostrándonos antes de tiempo nuestra muerte anunciada en los mensajes apocalípticos e induciéndonos a adelantar la fecha de nuestra muerte.  El apocalipsis inminente consigue enfrentar al creyente con su propia muerte, es como un viaje en el tiempo que consigue llevar a su final al creyente antes de que haya llegado su hora.

Y junto al miedo y al instinto de muerte, la violencia; un trío inseparable de pulsaciones psicológicas humanas que suelen trabajar en equipo.  La agresividad, convertida en el ataque al infiel, es algo también claramente manifestado en los mensajes apocalípticos.  No se trata de una agresión directa, pero sí es una maldición, es el mal de ojo de la magia blanca, una maldición a lo grande, apocalíptica, eterna.  Todos los infieles, al final de los tiempos serán arrojados al fuego eterno.  Es la maldición de los pacíficos, su agresividad manifestada contra quienes no creen en lo que ellos creen.  Es el gran terrorismo psicológico que lleva miles de años padeciendo la Humanidad, la opresión de la maldición divina fuerza al creyente a continuar siéndolo, so pena acabar en el sufrimiento eterno; e incita al infiel a dejar de serlo, pues nadie quiere padecer ni una remota posibilidad de ser abrasado por toda una eternidad.

Esta violencia psicológica se materializa en ocasiones:  la maldición divina apocalíptica puede ser materializada antes de tiempo por violentos fanáticos que se sienten una avanzadilla de las fuerzas destructoras divinas que arrasarán a la humanidad.  La persona religiosa puede llegar a sentirse un instrumento divino de su soñado apocalipsis, mano ejecutora con derecho a matar a todos aquellos que considera malditos, despiadado asesino del prójimo que no ostenta sus mismas creencias.  Un hecho que los gobiernos y ciudadanos amantes de la paz no han de olvidar nunca si no quieren arriesgarse a perderla.  Si bien es cierto que la religiosidad encierra grandes valores humanos, también es cierto que esconde grandes maldades humanas.

Y después de crear el terror, el apocalipsis crea la soñada liberación, la esperanza para los creyentes: el premio.  El nacimiento del anticristo es neutralizado con el nuevo nacimiento del Cristo.  A mis oídos han llegado a lo largo de treinta años varios anuncios de nacimientos del anticristo y de Jesucristo.  En los primeros años de mi deambular por las sectas quedaba impresionado por estos acontecimientos que supuestamente estaban sucediendo en el mundo, pero a medida que transcurrieron los años, y me iban llegando noticias de nuevos nacimientos, empecé a sospechar que todo era un montaje de mentes calenturientas proféticas tras el cual esconden los intereses más ruines de las sectas.

Los lugares de nacimiento del supremo bienhechor o malhechor dependen de lo bien o de lo mal que los diferentes países caigan a los modernos profetas: si un país cae bien, allí nacerá Jesucristo, y los países con ideologías religiosas, contrarias a quien profetiza, serán los candidatos para que en ellos nazca en anticristo.  Supongo que estos dos personajes antagónicos continuarán naciendo todavía.  Si fuera cierto todo nacimiento que de ellos ha llegado a mis oídos, ya habría en el mundo multitud de cristos y de anticristos con diferentes edades cada uno.

Recomiendo no dejarse impresionar por los detalles de estos nacimientos que nos puedan notificar, supongo que cada año se continuarán anunciando estas nuevas venidas; es otra forma de sustentar unas profecías apocalípticas que no se sustentan por sí mismas.

Pero, aunque no se sustenten ya las predicciones apocalípticas, éstas continuarán anunciándose, porque las ventajas que proporcionan a las sectas o religiones son innegables; vamos, que no tienen desperdicio.  Incluso en el nivel económico, los apocalipsis son una importantísima fuente de ingreso para todo tipo de asociación de creyentes en ellos.  Cuando el creyente es convencido del inminente final del mundo, ya no tiene porqué continuar manteniendo ni atesorando posesiones materiales, el mejor fin que puede dar a su dinero es entregarlo a la misión de la secta o religión en la que esté sumergido, para salvar la mayor cantidad de almas del apocalíptico final que se avecina.  Es una manera de ganarse el cielo y de salvarse de estar en el bando de los malos cuando llegue el juicio final.  El creyente en el apocalipsis inminente no duda en desprenderse de sus bienes materiales que pronto no le van a servir de nada.  las profecías apocalípticas inminentes, aunque se repitan a menudo poniendo de manifiesto su fracaso, provocando así alguna que otra merma en su credibilidad, producen tales ingresos a las arcas de las sectas que las emiten, que les resulta más rentable continuar anunciando próximos finales del mundo, que dejar de hacerlo.  Éste es uno de los engaños que más recaudación proporciona a las sectas y a las religiones.

Quizás por esta razón se están profetizando apocalipsis cada vez con fecha más próxima, los últimos que he oído se anuncian con uno o dos años de límite para el fin del mundo (no hay porqué preocuparse, muchos de ellos ya caducaron).  Está claro que cuando antes se anuncie el final del mundo, antes soltará su dinero el creyente; sin darse cuenta de que de esta forma está labrando su propio apocalipsis, económico en este caso.  Terminará en la ruina, sufriendo en el bando de los perdedores, esperando su liberación que no terminará de llegarle nunca, pues, aunque le hayan anunciado la inminente venida de su salvador, verá como llega la liberadora fecha anunciada ―y sus correspondientes prórrogas― sin que suceda nada de lo profetizado.

La desesperación puede ser tal para quienes llevan tantas liberaciones  anunciadas sin producirse, para quienes han dedicado toda su vida a la ilusión apocalíptica, y los sectarios son tan reacios a reconocer que están equivocados, que, ante el anhelado apocalipsis que no termina de llegar nunca, pueden llegar a crearlo ellos mismos terminando con su propia vida.  Los suicidios colectivos son actos desesperados por realizar lo que se lleva mucho tiempo esperando y no acaba de suceder.  Tragedias de las que el mundo ya ha sido testigo en varias ocasiones.

LAS SEMILLAS DEL SUICIDIO COLECTIVO

Este capítulo es el más importante de entre los dedicados especialmente a advertir de los peligros que encierran las sectas.  Los suicidios colectivos son uno de los mayores peligros que se ocultan en los grupos de trabajo espiritual.  Habitualmente se culpa a un líder o a una doctrina de estos desgraciados hechos, sin detenerse a estudiar las causas de por qué sucedieron.  Con la sencilla explicación de que se les lavó el cerebro a los miembros de la secta, que acabaron suicidándose, ya se pretende justificar la tragedia.  De esta sencilla forma consentimos en dar por comprendidos unos hechos que son mucho más complejos de lo que creemos.

La primera causa de suicidio no hemos de buscarla en nada extraordinario.  Como ya hemos comentado en otros capítulos, la mayoría de las religiones o de caminos espirituales ya inducen a menospreciar la vida e incluso a dañarla.  Recordemos los virtuosos actos mortificadores de su cuerpo que los místicos tiene por costumbre llevar a cabo, y el anhelado martirio que muchos de ellos ansían.

No deberíamos subestimar esta enorme atracción que muchas de las sectas, e incluso religiones oficiales, experimentan hacia la autodestrucción.  La dura represión de las pasiones del cuerpo, como medio para alcanzar las virtudes espirituales, puede llevar a anular totalmente la vitalidad de nuestro organismo.  El síndrome del martirio en Occidente viene impulsado por el anhelo imitador de nuestro más importante maestro espiritual.  Tan grande es este anhelo imitador, que los estigmas de la pasión de Cristo continúan apareciendo en numerosos individuos.  Existe una especie de sed por conseguir la expiación al estilo más puro y duro cristiano.  Y como ahora los sistemas policiales de los países desarrollados no crucifican, como hace dos mil años a los revolucionarios religiosos o políticos, las personas que intentan revivir aquellos gloriosos tiempos no dudan en crucificarse a sí mismas.

La creencia de que no somos de este mundo incita a despreciar esta vida y a valorar la vida de otro plano virtual espiritual.  Muchas personas de cierta sensibilidad espiritual sienten que no son de este mundo, y ese sentir puede acabar en el deseo de abandonar su vida.

Sabemos que los miembros de las sectas tienen otra visión de la realidad diferente a la nuestra, ellos viven en su mundo particular, celestial; y la realidad en la que vivimos nosotros, en muchos casos, se les antoja temible, demoniaca.  Esta sola creencia ya crea un suicidio virtual, un negarse a vivir en este mundo y a disfrutarlo, un cambiar la vida de aquí por la de allí, por la del más allá.  Muchos sectarios religiosos fijan su vida tan obsesivamente en su mundo espiritual, y aborrecen tanto éste, que solamente necesitan una pequeña excusa para abandonar nuestro mundo con la esperanza de alcanzar así el suyo.

Es habitual que un sectario nos hable de su vida feliz actual y de la mala vida que llevaba antes de entrar en la secta.  El efecto terapéutico de la atmósfera sagrada le resultó tan efectivo que ya no sabe vivir sin él, de tal forma que puede llegar a sentir pánico cuando vislumbra la posibilidad de volver a vivir su enfermizo o doloroso pasado.  El sectario prefiere irse a su paraíso particular virtual del más allá antes que ser absorbido por el mundo, antes que volver a su dolorosa vida anterior.

La drogadicción mística también es una de las semillas que pueden ayudar a provocar un suicidio colectivo.  La felicidad que se puede experimentar inducida por ella es en cierta forma semejante a la que experimenta el drogadicto.  Y la idea de que en el otro mundo habrá mucho más polvo blanco celestial, muchos más elixires divinos arrebatadores, fascina a los miembros de estos grupos de catadores de sustancias espirituales.  Muchos de los adictos a las drogas espirituales no pueden evitar anhelar irse de aquí, donde tan racionadas tememos las drogas divinas, y desear una muerte que les llevará a un soñado paraíso embriagador lleno del polvo blanco de los dioses.

Y no olvidemos que todo esto se vive en una ardorosa confraternidad.  Los sectarios están muy unidos.  Su amor fraterno les une en sus aspiraciones.  La esperanza de alcanzar el glorioso más allá suele ser compartida por el grupo.  Y si alguno de sus miembros puede no estar de acuerdo con ese anhelo de irse al más allá, si la mayoría del grupo y su líder están de acuerdo, o sale corriendo de su amoroso hogar sectario, o correrá el riesgo de ser arrastrado por la mayoría animada a abandonar este mundo para iniciar su glorioso viaje final.

Es aconsejable, para todo aquel que ha decidido pasearse por el interior de las sectas, permanecer alerta en cuanto oiga alabanzas a favor de un paraíso que exige abandonar el mundo para alcanzarlo.  Si no se comienza desde un principio retirando de nuestro huerto las abundantes semillas de suicidio que las ideologías sectarias pueden arrojar sobre él, correremos el riesgo de que acabe brotando un seductor instinto de abandonar este mundo o de maltratar nuestro cuerpo, con la “sana” intención prometedora de conseguir así la soñada vida gloriosa de nuestra alma.  Si no actuamos desde un principio censurando todo pensamiento que atente contra nuestra alegría de vivir en este mundo o contra nuestra vitalidad corporal, podríamos algún día sin darnos cuenta encontrarnos al borde del suicidio.

Aunque los suicidios colectivos en las sectas no se produzcan en número alarmante, me atrevería a asegurar que sí es alarmante el número de las que se encuentran al borde del suicidio colectivo por haber sido seducidas por ideologías religiosas represoras del vivir en este mundo.  Esto es algo que siempre se ha de tener en cuenta, sobre todo cuando los poderes de nuestra sociedad les amenacen.  Una amenaza judicial de disolución de una secta puede provocar tal pánico en el rebaño sectario que todos los corderos pueden acabar en el fondo de ese precipicio de muerte en cuyo borde se encuentran.  No podemos amenazar a los miembros de una secta con privarles brutalmente de vivir sus glorias sectarias.  Los gobiernos y sus departamentos policiales han de ser sumamente cuidadosos a la hora de tratar estos grupos o asociaciones.  Una pequeña muestra de agresividad hacia ellas puede desencadenar un suicidio colectivo.  El mundo es uno de sus mayores enemigos, sus miembros le tienen pavor.  Los sectarios viven en su realidad virtual particular, alejados de una sociedad que tanto les persiguió y les martirizó a lo largo de la Historia.  Un temor en cierta medida justificado, pues persecuciones de sectas en el pasado fueron pavorosas.  No es de extrañar que se sientan temerosos de que los poderes mundanos puedan acabar con ellos o robarles sus glorias.  No conviene bajar la guardia ante el pánico autodestructivo que podemos generar en una secta con una sencilla redada policial; ésta podría ser interpretada como un ataque del demoniaco mundo que tanto temen, o como un final apocalíptico.  Podría desencadenarse tal pánico en el seno de la secta, que les llevaría tomar la decisión de emprender un suicidio colectivo antes de caer en las garras de los terribles poderes mundanos que prevalecen en sus calenturientas imaginaciones.

Poderes que, aunque no sean tan demoniacos como los presentan, en cierta manera existen.  Pues, si bien es cierto que en la actualidad los sistemas policiales de los países desarrollados están siendo tan benevolentes con las sectas como nunca lo han sido, hemos de reconocer que la distribución del poder religioso no es ni equitativa ni democrática.  Raro es el país Occidental que no permite a su religión oficial erigirse como la gobernadora del espíritu de sus ciudadanos, concediéndole unos privilegios sociales que suelen ser utilizados en contra de las diminutas sectas discrepantes con ella.  Si realizamos un análisis comparativo entre lo que la justicia social permite a las religiones oficiales y a las sectas, observaremos que a las sectas se les da mucho menos margen de libertades que a las religiones oficiales.  Los rituales que atentan contra la salud mental o física de los individuos son consentidos por la sociedad cuando se producen en el seno de las religiones oficiales, y reprimidos judicialmente cuando se producen en el seno de las sectas.  Un ejemplo de ello lo tenemos en los monasterios de clausura de las religiones oficiales: si a una secta se le ocurriera actuar de manera similar con sus acólitos, la policía no tardaría en “liberarlos” de tan maléfico lavado que cerebro que les estaba obligando a encerrarse hasta el final de sus días.  Sería tan grande el escándalo, y las denuncias de las familias que tuvieran a algunos de sus miembros encerrados en clausura serían tan numerosas, que toda la sociedad induciría a los jueces a disolver a toda la secta.  Mientras a la vuelta de la esquina, una religión oficial, con sus monasterios de clausura asentados en la tradición cultural, lleva siglos haciendo lo mismo sin que nadie diga esta boca es mía.

Es evidente que la clausura es otra de las importantes semillas del suicidio colectivo.  Es un importante paso hacia la muerte, es un abandonar las pasionales pulsaciones de la vida, es una forma de enterrarse en vida anticipadamente.  Es otra forma de dejarse llevar por el instinto de muerte, pues tras todas estas semillas del suicidio colectivo de las que estamos hablando subyace el instinto de muerte.  Tenebrosa fuerza destructiva que motiva muy a menudo gran parte de las movidas de los mundos espirituales, mucho más a menudo de lo que se piensa.  No podría ser de otra manera: si las movidas espirituales son impulsadas por nuestras pulsaciones psicológicas, el poderoso instinto de muerte tendrá que ser un importante protagonista en todas las realidades virtuales espirituales.  Cualquier persona que no tenga intención de ser atraída por la muerte antes de llegar a la vejez, y tenga intención de estudiar en cualquier escuela esotérica, espiritual o religiosa, habrá de estar muy alerta para no caer antes de tiempo en un morir místico que le lleve a la tumba.

Existe una importante creencia, muy arraigada en muchos de los caminos espirituales y religiones, que nos asegura la necesidad de sufrir una metamorfosis para alcanzar un auténtico cambio interior.  Esta metamorfosis se basa en la premisa de que el nacimiento del hombre nuevo nunca podrá experimentarse en uno mismo si no muere nuestro hombre viejo, animal para más señas.  Esta creencia supone la necesidad de matar a nuestro pernicioso ancestro, de llevarlo a la muerte anulando sus impulsos vitales.  Es la virtuosa matanza de los vicios, de las pasiones animales, de todo aquello que nos estorba en nuestro caminar espiritual.  Aspectos perniciosos que varían considerablemente según unas creencias u otras, de tal forma que si una  persona conoce varias de estas doctrinas asesinas del mal que llevamos dentro, al final no sabrá muy bien qué será lo que deberá de matar de su interior, pues unas doctrinas le dirán que entierre unos aspectos psicológicos y otras le dirán que entierre otros.  Y éste será un buen momento, en mi opinión, para dejarse en paz y no emprender la matanza de aquellos de nuestros aspectos psicológicos no recomendables por las diferentes vías espirituales, pues lo más probable que nos pueda suceder, si emprendemos cualquier tipo de morir místico que nos promete renacer de nuestras cenizas, como el ave Fénix, será que, al final, en vez de provocarnos un renacimiento revitalizador, muy a menudo nos provocará un envejecimiento prematuro, consecuencia de haber potenciado el instinto de muerte con nuestra aptitud castradora de nuestro impulsos vitales.  ¿Cuántos jóvenes místicos parecen cadáveres andantes?

El fuerte instinto de muerte, que toda forma de vida conlleva, termina por manifestarse de una forma o de otra en los ambientes espirituales, ya sea como instinto autodestructor o destructor a través de la violencia hacia el prójimo.  Probablemente muchas personas no estén de acuerdo en meter en el mismo saco el suicidio y el asesinato, como consecuencias de un mismo instinto, ya que nuestra cultura los diferencia notablemente.  Pero en muchas ocasiones se encuentran tan mezclados que es imposible distinguir uno de otro.  Por ejemplo: una persona decide suicidarse dejando abierta la llave del gas, y a causa de ello se produce una explosión que mata a varios vecinos.   ¿Se trata de un suicidio o de un asesinato?  Un padre mata a sus hijos en un accidente por conducir ebrio.  ¿Suicidio o asesinato?

En muchos casos de suicidios colectivos de sectas es muy difícil deducir si se trata también de un asesinato, pues en ocasiones hay niños entre las victimas de la masacre, incapaces con toda seguridad de elegir el suicidio por sí mismos.  Y, como en los dos ejemplo anteriores, es muy difícil prevenirlos.  Aunque nosotros vamos a seguir intentándolo.

Sabemos que para llegar al suicidio colectivo, la pulsación psicológica de muerte tiene que tomar el control del grupo muy directamente.  Y, en el caso de sectas que reciban mensajes del más allá, serán esos mensajes precisamente quienes los lleven a la muerte.  El poderoso instinto de muerte puede hablar a través de las voces del más allá, encarnarse en los dioses o entidades espirituales e inducir al grupo al suicidio.

Como ya vimos en el capítulo anterior, los mensajes apocalípticos están impregnados del instinto de muerte, de un negativismo mortal, de