Filosofía analógica de Medio Oriente y Asia Central

Idries Shah

EL MONASTERIO MÁGICO

Filosofía analógica de Medio Oriente y Asia Central

Ediciones

PAIDOS

Barcelona

Buenos Aires

Título original: The magic monastery

Traducción de M. Barbera

Cubierta de Joan Batallé

reimpresión en España, 1982

©         Idries Shah 1972

©         de todas las ediciones en castellano, Editorial Paidós, SAICF; Defensa, 599; Buenos Aires.

©         de esta edición, Ediciones Paidós Ibérica, SA.;

Mariano Cubí, 92; Barcelona 21; Tel. 200 0l 22

ISBN:  84-7509-139-3

Depósito legal: B-6349/1982

Impreso en A. G. Ampurias, S.A.;

Plza. Fragua, s/n; Barcelona

Impreso en España - Printed in Spain

PAIDOS ORIENTALIA.

Dirigida por Osvaldo Svanascini

Títulos publicados

1.         M. Eliade - Patáñjali y el yoga

2.         H. Wilhelm - El significado del I Ching

3.         H. Herrigel - El camino del zen

4.         Tetsugen - El sermón sobre el zen

5.         Anónimo - Teatro tibetano. Tres misterios

6.         E. Wood - Diccionario zen

7.         A. N. Narihira - Cuentos de Ise

8.         Anónimo - Cuentos del vampiro

9.         Shah - Cuentos de los derviches

10        Shah - El monasterio mágico

Otras obras de Idries Shah publicadas por Ediciones Paidós:

-           Reflexiones

-           El camino del Sufi

-           Las hazañas del incomparable Mulá Nasrudín

-           Las ocurrencias del increíble Mulá Nasrudín

-           Cuentos de los derviches

PREFACIO

En colecciones anteriores, como The Dermis Probe [La prueba dérmica] y Thinkers of the East [Pensadores de Oriente] he recopilado cuentos que ilustran los métodos de enseñanza que han utilizado los sabios de los países de Medio Oriente durante los últimos millares de años y recogidos de fuentes orales y escritas. Sin embargo, El monasterio mágico difiere de esos predecesores en un importante aspecto.

Este repertorio, en gran medida inédito, contiene no sólo cuentos tradicionales sino también fragmentos en el estilo tradicional que yo mismo he preparado cuando no pude encontrar un ejemplo utilizable para la situación en que la comprensión Sufi lo exige. Este libro ofrece, pues, una suerte de corte transversal representativo de la enseñanza Sufi, que compone un todo armónico y no meramente una selección de extractos característicos.

Debo expresar mi especial gratitud a los numerosos orientalistas y eruditos que a la luz de consideraciones técnicas y académicas han otorgado generoso apoyo a las colecciones anteriores. No menos importante es el aliento que nos han dado expertos literarios, principalmente al llamar la atención acerca del poder intrínseco de los materiales de esta tradición.

No obstante, además de los elementos históricos y estéticos, me he preocupado siempre de los aspectos funcionales de la literatura de acción de los Sufíes. Es por ello que resulta muy halagüeño poder consignar que últimamente esta parte del trabajo viene siendo objeto de un interés y comprensión crecientes. El monasterio mágico aspira tanto a contribuir en este último sentido como a lograr el deleite del lector.

Idries Shah

EL MONASTERIO MÁGICO

Un cierto derviche humilde y silencioso solía concurrir todas las semanas a las comidas que ofrecía un hombre culto y generoso. A tales reuniones se las conocía como Asambleas de los Cultos.

El derviche jamás intervenía en la conversación. Después de entrar estrechaba las manos a cada uno de los presentes, se sentaba en un rincón y comía lo que se servía. Terminada la reunión se ponía de pie, decía unas pocas palabras de despedida y agradecimiento y tomaba su camino. Nadie sabía nada de él. No obstante, cuando apareció por primera vez circularon rumores de que se trataba de un santo, y durante un largo tiempo los demás comensales pensaron que debía ser sin duda, un hombre santo y poseedor de conocimientos, y aguardaban con placer el momento en que el derviche les impartiese algo de su sabiduría. Incluso algunos se jactaban de que el extraño participara en esas reuniones de amigos, dando a entender que esa compañía les confería a ellos una especial distinción.

Sin embargo, como no se observaba relación alguna con aquel hombre, poco a poco los invitados empezaron a sospechar que en realidad se tratase de un imitador o de un farsante. Algunos llegaron a sentirse incómodos por su presencia. Evidentemente él no hacia nada por armonizar con el ambiente y no aportaba siquiera un proverbio a las esclarecidas conversaciones que para ellos habían llegado a significar una parte entrañable de sus mismas vidas. Incluso algunos concurrentes no llegaban a percatarse de que el derviche estuviese presente, pues pasaba totalmente inadvertido.

Cierto día el derviche habló. Dijo: Yo os invito a todos a mi monasterio mañana por la noche. Cenaréis conmigo.

La inesperada invitación suscitó en todos un revuelo de opiniones. Algunos pensaron que el derviche, que vestía muy pobremente, debía ser un loco y que con toda certeza no podría ofrecerles nada. Otros supusieron que la conducta anterior había sido una prueba. Algunos se dijeron que, por fin, el derviche les compensaría la paciencia con que habían soportado tan pesada compañía. Hubo quienes se alertaron entre sí:

¡Cuidado! Podría ocurrir que busque tentarnos para someternos a su poder.

Pero la curiosidad indujo a todos, incluso al anfitrión, a aceptar la invitación, y a la noche siguiente el derviche los condujo desde la casa hasta un monasterio escondido, de tal magnitud y magnificencia que quedaron atónitos.

El edificio estaba poblado de discípulos que practicaban toda clase de ejercicios y tareas. Los invitados transitaron por salas de contemplación donde gran número de sabios de distinguido aspecto se levantaron respetuosamente para saludar la proximidad del derviche con inclinaciones de cabeza.

El banquete con que fueron agasajados fue indescriptible y sobrepasó toda expectativa.

Los visitantes se sintieron anonadados. Todos le suplicaron que a partir de ese mismo instante los aceptase como discípulos.

Pero a todas esas instancias el derviche respondía tan sólo:

-Esperad hasta la mañana.

Llegó la mañana y los invitados, en lugar de despertar en las suntuosas camas de seda que se les habían brindado la noche anterior, se encontraron yaciendo tiesos y desnudos, dispersos en el suelo, en el interior de un pétreo recinto de una enorme y fea ruina, sobre una yerma ladera de montaña. Ni señales del derviche, de los bellos arabescos, de las bibliotecas, fuentes y alfombras.

-Ese canalla infame nos ha traicionado con artes de brujería, vociferaban los invitados, quienes alternativamente se lamentaban y felicitaban entre sí por sus sufrimientos y porque; finalmente, habían desenmascarado al villano, cuyos poderes sin duda se habrían extinguido antes de que pudieran cumplirse vaya a saber qué pérfidos propósitos. Muchos atribuyeron la salvación a su propia pureza espiritual.

Pero lo que ellos ignoraban era que, por los mismos medios de que se había valido para introducirlos en aquella mágica experiencia del monasterio, el derviche les había inducido a creerse abandonados en medio de ruinas. La verdad era que no estaban ni habían estado ni en un sitio ni en el otro

En ese instante, como surgiendo de la nada, el derviche se presentó a sus invitados y les dijo

-Regresaremos al monasterio.

Hizo un movimiento con sus manos y todos se encontraron otra vez en los salones palaciegos.

Entonces se sintieron arrepentidos de sus reclamos, pues inmediatamente se convencieron de que las ruinas no habían sido más que la prueba y el monasterio la verdadera realidad. Algunos musitaron:

-Es una gran suerte que no haya oído nuestras censuras. Con sólo que nos enseñe este extraño arte, habrá valido la pena.

Pero el derviche movió nuevamente sus manos y todos se encontraron otra vez en la mesa de la comida en común, de la cual, en realidad, nunca se habían apartado.

El derviche continuaba sentado en su rincón habitual, comiendo su acostumbrado arroz con especias, sin decir palabra. Entonces, mientras lo contemplaban inquietos, todos oyeron su voz hablar dentro de sus propios pechos, aun cuando los labios del derviche estaban inmóviles. Dijo:

-Mientras vuestra codicia os impida distinguir entre el autoengaño y la realidad, nada real os podrá enseñar un derviche: sólo ilusiones. Aquellos cuyo alimento es autoengaño y fantasía sólo con engaño y fantasía pueden ser alimentados.

Todos los presentes en aquella ocasión siguieron frecuentando la mesa del hombre generoso, pero el derviche nunca volvió a hablarles.

Al cabo de un tiempo, los componentes de la Asamblea de los Cultos descubrieron que su rincón estaba siempre vacío.

PENSAMIENTO DE GATO

Érase una vez un gatito.

Alguien lo llevó a ver un tigre, cuyo tamaño era cincuenta veces el suyo.

El gatito dijo:

-Quien impresiona tanto debe valer poco. Si adentro tuviese realmente algo, no necesitaría ser tan voluminoso.

LA FRUTA SE VANAGLORIA POR SERLO

En el seno de la familia de los Jan Fishanis suele relatarse que un cierto emir, acompañado por un importante séquito, partió en viaje desde Arabia para visitar al gran Kan. Una vez llegado, se le dispensaron grandes honores y se le obsequió con costosos regalos. Muchos cortesanos de Jan Fishan esperaban que tras semejante viaje el príncipe formularía innumerables preguntas o bien que en presencia del gran Kan se mostraría reservado y procuraría enriquecerse con su sabiduría.

Pero, justo antes de que con toda ceremonia fuese anunciado el emir, el Kan dijo: -Atended a este coloquio, pues sólo en raras ocasiones se tiene una experiencia así.

El emir entró y dijo:

-Confírmame en mi emirato, pues no pertenezco al linaje de los hachemitas, y es de tus antecesores que toda la nobleza recibe su jerarquía.

Jan Fishan replicó:

-¿Ansias ceremonia, cortesía y confirmación en tu rango, o prefieres contestación a una pregunta?

-¡Nada desearía tanto como obtener ambas cosas, pero si sólo una de ellas me puede ser acordada, lo que deseo es respuesta a una pregunta!, dijo el emir.

-Ya que libre de avaricia has pedido sólo una de las cosas, te concederé ambas -dijo Jan Fishan Kan- y confirmaré o negaré tu rango en contestación a tu filosófica pregunta.

El emir interrogó:

-Mi pregunta es ésta: ¿Por qué tantos Sufíes restan importancia a las grandes acciones, al heroísmo, a la paciencia y a la nobleza, que son patrimonio y gloria de los árabes?

Jan Fishan respondió:

-Esta es la respuesta, que no sólo explicará nuestra posición, sino que, además, te mostrará tu correcta posición como noble entre los árabes.

Damos por descontado (y a veces incluso menospreciamos) esas cualidades de las que tantos se enorgullecen, en virtud de que tales cualidades deben ser el mínimo y no el máximo alcanzable por el hombre. Que un hombre sea valiente, devoto, paciente u hospitalario, o que posea cualquiera de las otras cualidades, sólo constituye un punto de partida. ¿Es acaso una bestia, que si ha aprendido a comportarse bien en su relación con los otros deba enorgullecerse? ¿Es acaso una fruta, de suerte que la gente deba recordar su nombre y buscar siempre otras de la misma clase? No; es una persona que se debe avergonzar de no haber sido siempre digna y debe sentirse agradecida de ser capaz de grandes actos.

Escuchado esto, el noble hizo abandono de su titulo de emir, diciendo:

-Emir es la palabra que empleamos para la clase de hombre que está en lo más bajo; ¿por qué entonces debiera yo necesitarla para describirme? Aquello que llamamos un hombre ordinario, poseedor de pocas cualidades, ni siquiera debe tomarse en cuenta en el Viaje hasta que llega a lo que llamamos «Alteza» (elevado).

Uno de sus compañeros dijo:

-¡Cómo! ¿Desechas la gloria de tu linaje por algo que podrías haber leído en un libro?

El emir contestó:

-Pude haberlo leído en un libro, pero no por ello habría sido menos cierto. Quizás, en verdad, alguna vez lo haya leído en un libro, pero no presté atención. Y si verdaderamente lo he leído en algún momento, mi culpa se duplica, pues he desvirtuado mi capacidad de lectura pasando por alto el valor de algo que me ayuda para volver a la condición de hombre, y a abandonar la condición de una fruta que se vanagloria por serlo.

VORACIDAD, OBLIGACIÓN E IMPOSIBILIDAD

Un sufí dijo:

-Nadie puede entender al hombre hasta que comprende la relación que existe entre voracidad, obligación e imposibilidad.

-Eso -dijo su discípulo- es un acertijo que no entiendo

El Sufí advirtió:

-Nunca busques comprensión en los acertijos cuando no la puedas lograr por la experiencia.

Condujo al discípulo a una tienda del mercado cercano, donde se vendía ropa.

-Muéstrame tu mejor túnica -dijo el Sufí al tendero-, pues estoy dispuesto a gastar lo que sea.

El tendero sacó a relucir una prenda bellísima y pidió por ella muy alto precio.

-Es exactamente lo que yo quería -dijo el Sufí-, pero desearía que en el cuello tuviese algunas lentejuelas y un pequeño ribete de piel.

-Nada más fácil -aseguró el vendedor-. Precisamente tengo esa túnica en el taller de mi tienda.

Desapareció durante unos minutos y regresó después de haber agregado a la misma prenda anterior el ribete de piel y las lentejuelas.

-¿Cuánto vale esta otra túnica? -preguntó el sufí.

-Veinte veces lo que pedí por la primera -contestó el tendero.

-¡Muy bien! -dijo el Sufí-. Me llevo las dos.

ENGAÑO

Un aspirante a discípulo dijo a un sabio:

Hace varios días que te escucho condenar actitudes, ideas y hasta conductas que no son mías ni lo han sido jamás. ¿Cuál es el propósito de eso?

El sabio respondió:

-El propósito de eso es que tú, en algún momento, debes dejar de imaginar que no te concierne nada de lo que yo condeno y te des cuenta de que sufres el engaño de creer que ahora no eres así.

GATO Y CONEJO

Dijo un gato:

-¡No vale la pena esforzarse en enseñar a los conejos! Aquí me tenéis, ofreciendo lecciones muy baratas sobre la manera de atrapar ratones, ¡y no hay un solo conejo que las tome!

UNA RESPUESTA DE HUMANYUN ADIL

Humanyun Adil oyó decir a alguien:

-Si esta disertación del maestro (tal o cual) tuviese más sustancia, más densidad, ¡cuánto más útil sería!

Inmediatamente, Humanyun Adil exclamó:

-Eso me recuerda a aquel hombre que encontró un manuscrito de cuatro páginas y lamentó que tuviera espacios blancos, pensando que así se desperdiciaba papel. De pronto, mágicamente, el negro se extendió de las letras y las cuatro páginas quedaron completamente negras.

LA ENFERMEDAD

Un ruiseñor decía cierta vez a un pavo real:

-Cuando yo trino, la gente me rodea para escuchar la belleza y pureza de mi canto; el hombre tal vez sea asesino, pero también es esteta.

El pavo real, después de escuchar con atención, decidió atraer a una muchedumbre para que admirara su hermoso plumaje, incomparablemente más exquisito, que ningún ruiseñor podría exhibir.

Con ese propósito acudió a un lugar donde se congregaban seres humanos y se pavoneó frente a ellos, plegando y desplegando su cola, escondiendo y extendiendo sus plumas ante la mirada de todos.

Uno de los espectadores dijo:

-Ese infortunado pavo real tiene algo que no anda bien; no puede quedarse quieto. Debe ser alguna enfermedad.

En vista de lo cual tomaron al pavo real y lo mataron, no fuese que la enfermedad se propagase a sus aves domésticas.

EL HIJO DE UN MENDIGO

Cuando el maestro Salim, de Isfahán, visitó en la India la ciudad de Haidarabad, muchos compitieron entre si por el privilegio de que los aceptara como discípulos.

Algunos eran ricos, otros poseían un perfecto conocimiento de las tradiciones, pero todos deseaban ocupar un sitio a los pies de Salim.

Pero cuando la visita hubo terminado, Salim no dejó a nadie tras de si para que guiase a la gente y sólo se llevó consigo al hijo de un mendigo.

Unos diez años después, su delegado Muzaffar llegó a Haidarabad y retomó allí la enseñanza. Cuando los adeptos comprendieron su gran valor, les reveló que él era el hijo del mendigo, aquel a quien Salim había elegido.

Este hecho fue muy comentado, como algo asombroso, y se lo consideró una lección. Pero de todo ello no se supo ver más que un aspecto.

Un día en que llevaba a cabo una reunión abierta, alguien dijo a Muzaffar:

-¡Qué poético y justo es que el más humilde se convierta en el jefe de todos! ¿Acaso no fue doloroso vivir en el ambiente del maestro como hijo de un mendigo y sobrellevar las pruebas a que se somete a quien aspire a transformarse en un jeque Sufí?

Muzaffar observó:

-Para mí fue algo penoso. Pero para uno de mis compañeros, a quien conocí allí, fue realmente doloroso, pues estaba experimentando un gran cambio.

Preguntáronle entonces:

-¿Cuáles eran sus orígenes? ¡Debe haber sido una especie de hereje!

Muzaffar contestó:

-Él era hijo de un rey.

TRES ÉPOCAS

1. Conversación del siglo V:

-Se dice que la seda es tejida por insectos y que no crece en los árboles

-¡Supongo entonces que los diamantes se empollan en huevos!!No prestes oídos a una mentira tan evidente!

-Pero es indudable que habrá muchas maravillas en tierras lejanas.

-Precisamente, esa ansia de lo anormal por parte de los crédulos es lo que produce esas fantasías disparatadas.

-Si. Presumo que, si se piensa en ello, resulta evidente… que todas esas cosas están muy bien para Oriente. Pero jamás podrían echar raíces en nuestra sociedad lógica y civilizada.

2. En el siglo VI:

-Ha llegado de Oriente un hombre que trae pequeñas larvas vivas.

-Algún charlatán, sin duda. Supongo que dirá que esas larvas curan el dolor de muelas.

-No; algo más divertido. Dice que pueden «tejer seda», que las ha llevado, con enormes sufrimientos, de una corte a la otra y que las ha obtenido con riesgo de su propia vida.

Ese individuo pretende simplemente explotar una superstición, que ya era vieja en el tiempo de mi bisabuelo.

-¿Qué debemos hacer con él, mi señor?

-Arroja al fuego sus larvas infernales y castígalo sin piedad, hasta que se retracte. Esos individuos son sorprendentemente audaces. Es necesario demostrarles que aquí no todos somos paisanos ignorantes, prontos a escuchar a cualquier vagabundo que venga de Oriente.

3. En el siglo XX:

-¿Dices que en Oriente hay algo que nosotros aún no hemos descubierto aquí, en Occidente? Todos vienen diciéndolo desde hace miles de años. Pero en este siglo estamos dispuestos a probar cualquier cosa. Nuestras mentes no están cerradas. Hazme ahora una demostración. Dispones de 15 minutos hasta que atienda al que te sigue. Si prefieres explicarlo por escrito, aquí tienes media hoja de papel.

UN SUFI DE PAMIRISTÁN

A Khwaja Tufa, un Sufí de Pamiristán, preguntaron por qué permitía que la gente lo alabase, a lo que respondió:

«Unos alaban, otros censuran. Nosotros no somos responsables ni de las alabanzas ni de las censuras. Ellos obran con completa independencia, y en realidad ni a unos ni a otros les importa lo que nosotros podamos decir. Oponernos a quienes no nos prestan atención sería inútil. Pero hay quienes no nos alaban ni nos atacan: son algunos de los que trabajan con nosotros y sienten como nosotros. A éstos vosotros no los veis, por eso empezáis a preocuparos por los que alaban y atacan. Es como un bazar donde la gente compra o vende, pero la verdadera actividad es invisible a los ojos.

‘Reparar en las alabanzas y las censuras es mirar hacia las cosas que no cuentan. Y las’ cosas que no cuentan son, a. menudo, más llamativas que las que cuentan. Interesarse por lo que llama la atención y no por lo que tiene importancia es corriente, pero no fructífero.

«Y no pasemos por alto la conferencia que en una ocasión pronunció Zilzilavi:

Yo -dijo- incito a los tontos a alabarme. Finalmente, cuando rebasan la medida tienen la oportunidad de comprobar la insensatez del elogio desmesurado por la repugnancia que provocan Al mismo tiempo, aquellos que se sienten asqueados por esa alabanza me evitarán, pensando que lo que me mueve a estimular las alabanzas es el deseo de ser alabado. Pero si son tan ciegos y tienen una capacidad de juzgar tan superficial, debo alejarme de ellos, no les seré útil.

La mejor manera de evitar esto es hacer que lo que se debe esquivar lo esquive a uno por su propio deseo».

EL ÚLTIMO DÍA

Cierto hombre crea que el último día de la humanidad caería en una determinada fecha y se lo debía afrontar de modo adecuado.

Llegado el día congregó en torno suyo a cuantos estuvieron dispuestos a escucharlo y los condujo a la cima de una montaña. Tan pronto estuvieron reunidos allí, el peso acumulado hizo que se hundiera la frágil corteza y todos terminaron arrojados a las profundidades de un volcán y en efecto fue para ellos el último día.

PENSAMIENTO DE VIDA

Érase una viña que cayó en la cuenta de que todos los años acudía gente que la despojaba de sus uvas.

Observó que ninguna de esas personas mostraba gratitud alguna.

Cierto día un hombre sabio se sentó a su lado.

-Ésta es mi oportunidad -pensó la viña- de descifrar el misterio.

Habló así:

-Hombre sabio, como ya habrás notado, soy una viña. En cuanto mi fruto está maduro, viene gente y me despoja de las uvas. Jamás demuestran el menor agradecimiento. ¿Podrías explicarme esa conducta?

El hombre sabio pensó un instante y expreso:

-Con toda probabilidad, la razón es que todas esas personas están bajo la impresión de que tú no puedes evitar el producir uvas.

APARIENCIAS

Un Sufí dijo:

-Fulano de Tal es un Sufí que lee todos los libros que encuentra.

Un visitante extranjero preguntó:

-¿Qué motivo habría de tener para hacer eso, siendo que con toda seguridad ya posee todo el conocimiento, que necesita?

-Ello se debe a que desea exponer sus enseñanzas en el lenguaje que se usa en la actualidad, y porque en los libros contemporáneos encuentra numerosas analogías modernas y llamativas en que intervienen materiales tradicionales.

-Tú no empleas analogías modernas. Deduzco que, por lo tanto, no lees libros contemporáneos- expuso el visitante.

-Sin embargo los leo; leo todos los que puedo encontrar.

-¿Y por qué lo haces?

-A fin de evitar el uso de terminología actual. Si la utilizase, la gente creería que mis pensamientos son plagios de libros modernos.

-Pero eso no sucede en el caso del hombre que nombraste al principio.

-Es que, aun cuando por dentro somos iguales, por fuera él y yo somos distintos. Muchas personas juzgan sólo por el aspecto externo y hasta que no se tomen el trabajo de ejercitar la capacidad de ver en el interior, estarán a merced de las apariencias de las cosas. Si se pasa por alto este hecho, ello significa que, en realidad, la gente está fuera de comunicación con nosotros y supeditada a lo que logre atisbar a través de nuestra exterioridad.

DISFRAZ

Cierta vez una abeja descubrió que las avispas no sabían fabricar miel y se propuso explicarles cómo hacerla, pero una abeja sabia le advirtió:

-Las abejas no gustan a las avispas, y si las abordas directamente no te escucharán pues están convencidas, desde hace ya mucho tiempo, que las abejas están en contra de ellas.

La abeja meditó sobre este problema largo tiempo, hasta que, finalmente, se le ocurrió que si se cubría de polen amarillo adquiriría aspecto de avispa, en tal grado que las avispas la tomarían como a una de ellas.

Entonces se presentó ante ellas como una avispa que había hecho un gran descubrimiento y empezó a enseñar a las avispas cómo se hace la miel. Las avispas se mostraron encantadas y, sometiéndose a su dirección, trabajaron fuertemente y muy bien.

Con el calor de la actividad, el disfraz de la abeja había desaparecido y, en una pausa de descanso, las avispas pudieron descubrir su verdadera identidad. Entonces, todas a un tiempo, se lanzaron sobre ella y la mataron a aguijonazos por intrusa y antigua enemiga; y, por supuesto, toda la miel producida quedó abandonada… ¿No era acaso la obra de una extranjera?

COMIDA Y ADMIRACIÓN

Érase una vez un Sufí que vivía solo. Cierto día se le presentó un joven que deseaba aprender con él. El Sufí le permitió vivir por allí cerca sin hacer el menor intento de desalentarlo.

Finalmente, falto de enseñanza y con poco en que pensar, el joven dijo:

-Nunca te he visto comer y me sorprende que puedas seguir viviendo sin alimentarte.

-Desde que llegaste -respondió el Sufí- he dejado de comer en tu presencia. Lo hago en secreto.

El joven se sintió más intrigado aún y dijo:

-¿Pero qué necesidad tienes de hacer eso? Si querías engañarme, ¿por qué lo confiesas ahora?

-Dejé de comer -dijo el sabio- para que te maravillaras de mis actos, con la esperanza de que un día dejaras de admirarte de lo irrelevante y te convirtieras en un verdadero estudiante.

El joven preguntó:

-¿Y no pudiste haberme dicho, simplemente, que no me asombrase de lo superficial?

-Todos en este mundo -respondió el Sufí-, y al decir todos te incluyo, precisamente han escuchado eso centenares de veces. ¿Crees que una reiteración más de palabras te habría servido de algo?

SABIDURÍA DE JARRO

¿Habéis oído hablar de la tragedia del jarrito?

Se trata de un jarrito que oyó cómo un hombre sediento pedía agua a gritos desde su lecho de enfermo.

El jarrito sintió tal compasión por el hombre que, haciendo un supremo esfuerzo de voluntad, logró rodar hasta acercarse a una pulgada de la mano del enfermo.

Cuando el hombre abrió los ojos y vio un jarro a su lado, se sintió perplejo y aliviado. Consiguió alzar el jarrito y llevarlo a sus labios. Entonces comprobó que el jarro estaba vacío.

Con casi su último resto de fuerza, el moribundo arrojó el jarro contra una pared, donde al estrellarse se fragmentó en numerosos e inútiles trozos de arcilla.

EJERCICIOS

Se cuenta que Bahaudin Naqshband hablaba de los ejercicios de esta manera:

En toda ejercitación hay tres fases.

En la primera se los prohíbe. El aspirante no está preparado y los ejercicios lo perjudicarían Esta es la época en que, por lo general, él más los desea.

En la segunda, cuando el momento, lugar y miembros del grupo son los adecuados para que los ejercicios surtan efecto, se los indica.

En la tercera, cuando ya han surtido efecto, no hacen más falta.

Y ningún maestro realiza jamás ejercicios para su propio progreso en el camino. Todos los maestros han pasado la tercera etapa.

NÉCTAR

La ausencia de tristeza puede producir amargura.

El cuento de la abeja ilustra este dicho.

Tras un largo invierno, la abeja encontró un lecho de flores.

Tres días después, exclamó:

-No puedo descubrir qué le ha pasado a este néctar……. ¡Se ha vuelto tan agrio!

ABSURDOS

Cierto Sufí envió a todos sus aspirantes a discípulos a que fuesen a escuchar a los detractores del maestro- que en su mayor parte eran eruditos de estrechas miras- y tomasen nota de sus arengas.

Alguien le preguntó:

-¿Por qué haces eso?

El maestro Sufí respondió:

-Uno de los primeros ejercicios del Sufí es comprobar si es capaz de percibir los absurdos, prejuicios y distorsiones de quienes presumen de sabios. Si efectivamente sabe ver a esos hombres tal como realmente son y reconocer su egoísmo y el resentimiento que los inspira, entonces esos discípulos probarán estar en condiciones de iniciar su aprendizaje de la Realidad.

CEBOLLAS

Un hombre carente del sentido del olfato se durmió en medio de una plantación de cebollas. Vestía una espléndida túnica.

Cuando despertó, las personas huían de él en todas direcciones.

-¡Qué triste y solitario es el destino del esteta!- Se lamentó. Por falta de sensibilidad visual todas estas gentes se quedan sin gozar del espectáculo de la belleza.

PRENDAS

Aquellos que visitaban a Jan Fishan Kan, a menudo recibían primero la bienvenida por parte de un hombre que los recibía con muy bellas palabras. A continuación se les obsequiaba jalvá y un momento antes de ser recibidos por el Kan, se le obsequiaba un trozo del más puro oro amarillo.

Una vez en presencia del maestro, éste les decía:

-Notad las prendas de buena voluntad que habéis recibido. Bien entendido nuestro lenguaje, esto significa: «Si quieres causar daño a una persona, prodígale adulación, alimento y dinero». De este modo podrás destruirla mientras se encuentra totalmente ocupada en agradecértelo.

EL ASNO

-Sé que habrá trébol cuando mejore el tiempo -dijo el asno-. Pero yo lo quiero ahora. Todos reciben heno. ¿Cómo resolver el problema? No lo sé. Estoy demasiado ocupado pensando en el trébol.

EL MÉTODO

Un buscador de la verdad se dirigió a uno de los discípulos de Mohsin Ardabili y le dijo:

-Al parecer, tu maestro pasa los días haciendo que la gente desista de sus ideas y creencias. ¿Qué bien se puede obtener de semejante conducta?

El discípulo replicó:

-La joya se reconoce después de quitarle la tierra que la cubre. Una joya falsa se fabrica encimando capa tras capa de sustancia impura, la que de todos modos da brillo, a cualquier superficie.

-A la viña joven la asfixia la maleza, pero nadie dice:

«Matad la viña; dejad que crezca la maleza». El malhechor procura ocultar su crimen bajo el manto de la superchería, pero nadie dice: «Dejad que el manto sea admirado».

El buscador de la verdad comentó:

-¡Cómo pude yo haber sido tan obtuso que esas ideas no hayan penetrado antes en mi mente! ¿Por qué no das mayor difusión a tan hondos conocimientos para que todos puedan beneficiarse con ellos?

-Tienen publicidad todos los días en el comportamiento de los Sabios; se hallan contenidos en los libros de los santos; se manifiestan tanto en el cuidado de jardines como en el arte de hacer baratijas. ¿Pero advierten acaso los negligentes otras cosas fuera de aquellas que sirven para incrementar su negligencia?

NUECES

Un gato dijo a una ardilla:

-¡Qué maravilloso es que ustedes las ardillas puedan ubicar con tanta certeza nueces enterradas para nutrirse durante el invierno!

La ardilla replicó:

-Para una ardilla lo notable sería una ardilla que no pudiese hacer esas cosas.

VISITANTES

Se dice que cierto hombre se presentó a Gilani y le preguntó:

-¡Oh, Gran Jeque! ¿Por qué no recibes a Fulano, que ha leído todo cuanto tú has escrito, que ha comentado tus palabras con tus compañeros y que desea por encima de todo hacer tal o cual pregunta?

-Gilani contestó:

-Si yo lo recibiese, sería una descortesía de mi parte. Su pregunta ha sido contestada en mis escritos, pero él no los ha comprendido realmente.

-¿Y por qué dices que sería una descortesía? Sin duda se trataría de una muy especial cortesía recibir a un hombre que no ha entendido tus obras para situarlo en el sendero correcto.

-Mira por esa ventana- dijo Gilani entonces-  y verás aproximadamente trescientas personas que están aguardando. Todas han leído los textos escritos; muchas de ellas vienen desde muy lejos; muchas han remitido preguntas en forma anticipada y esperan ser recibidas. ¿No sería una descortesía para con ellas?

-¿Qué dirías si tú fueses un obrero que ha llevado a cabo una tarea y en lugar de cobrar por tu trabajo se te mantuviese esperando, en tanto otro hombre, sin problemas, recibe su pago, mientras que tus familiares aguardan en la casa que el sostén de la familia regrese y les prodigue amor y la comida para adquirir la cual debió entregar su sudor y negarles compañía y protección?

SEDIENTO

Érase una vez un rey que tenía sed. No sabía cuál era exactamente la causa, pero dijo:

-Se me ha secado la garganta.

En el acto echaron a correr los criados, en busca de algo adecuado para darle alivio al rey. De regreso traían aceite lubricante. Al ingerirlo, el rey dejó de sentir sequedad en su garganta, pero se daba cuenta de que algo no andaba bien.

El aceite le causó un gusto raro en la boca y lanzando una especie de gruñido, el rey se quejó:

-Tengo una horrible sensación en la lengua; un sabor extraño, la noto resbaladiza…

El médico inmediatamente recetó pickles y vinagre. El rey los ingirió.

Poco después sintió dolor en el estómago y para colmo de males, empezaron a manarle lágrimas de los ojos.

-Creo que debo tener sed- expresó en voz baja, pues el sufrimiento lo había incitado a pensar un poco.

-La sed jamás hizo llorar a nadie- comentaron sentenciosamente los cortesanos entre sí. Pero como a menudo los reyes son caprichosos, se precipitaron en busca de agua de rosas y de vinos perfumados y melosos, dignos de un monarca.

El rey bebió todo eso, pero tampoco así se sintió mejor, y comprobó que, además, se le había estropeado la digestión.

Un hombre sabio, que casualmente apareció allí en mitad de la crisis, manifestó:

-Lo que Su Majestad necesita es agua, agua común y corriente.

-¡Un rey jamás debería beber agua común! -clamaron los cortesanos.

-¡Claro que no! -dijo el rey-. Y a decir verdad, me siento bastante ofendido con ese ofrecimiento de agua común, tanto en mi condición de rey como en mi condición de paciente. Después de todo no es posible que una dolencia tan espantosa y cada día más complicada, como la mía, pueda tener un remedio tan simple. Semejante idea se contradice con la lógica; es un desprestigio para el que la concibió y una afrenta para el enfermo.

A partir de entonces el sabio fue rebautizado. Se le llama «El Idiota».

EL REINO

Un maestro Sufí dijo a su compañero:

-Necesito buscar dinero para salvar al rey, pues debe pagar a sus tropas.

-Pero, ¿por qué no lo busca el rey? -objetó el compañero.

-La gente no debe enterarse de que el populacho no paga sus impuestos; de lo contrario podría ocurrir que un monarca peor venciera al rey.

Y emprendieron viaje para reunir esos dineros. En la primera puerta a la que llamaron, el amo de la casa les dijo:

-Os doy todo cuanto tengo, pues sé que sois sabios y nobles.

Pero el maestro Sufí se negó a tomar el dinero. Su compañero le preguntó cuál era la razón y el maestro contestó:

-¿Es razonable que para salvar a un rey se eche a perder a un súbdito? Después de pagar, ese hombre haría cuanto le viniese en ganas convencido de haber comprado el perdón.

-¿Entonces para qué llamamos en esa casa?

-Debíamos averiguar si la vida interior de ese hombre había progresado; si ya era capaz de dar sin comprar…

En la segunda puerta, el maestro tomó sólo la mitad del dinero que se le ofreció. El compañero preguntó por qué no había aceptado todo, o por qué no lo rechazó todo, como había hecho con el primer hombre.

-Porque este hombre quedará ahora impresionado de que no le hayamos tomado todo el dinero y escuchará con buena disposición a un auténtico derviche que pronto pasará por aquí.

-¿No le habría impresionado aun mejor que le hubiéramos rechazado todo el dinero?

-No a este hombre en particular, pues se habría preguntado por qué no cumplíamos con nuestra misión de recabar fondos para el rey.

-¿Qué habrías hecho en el caso de saber que detrás de nosotros pasaría un falso derviche?

-Entonces habría procurado indisponer a este hombre en nuestra contra para que no confiase en derviches por un tiempo.

Después de varias semanas de viaje, cuando ya habían recaudado la cantidad de dinero requerido, el compañero le dijo al maestro:

-He estado preguntándome por qué tú, un derviche santo, no apelaste a poderes ocultos para obtener el dinero que con tanta urgencia requería el rey.

El Sufí respondió:

-Una de las razones fue que tú necesitabas las lecciones de este viaje.

-Pero -objetó el compañero-, sí aún sigo haciéndote preguntas tontas, ¿en qué me ha beneficiado la experiencia?

-Era preciso que llegaras justamente a esta pregunta, para que pudieras obtener esta respuesta: «Una vez que asientas tus pies en esta Tierra imperfecta es forzoso que utilices métodos imperfectos, los métodos de la Tierra». Para apelar a poderes especiales debe tratarse de algo más importante que recaudar dinero para sufragar un ejército, aunque sirva, como en este caso, para preservar un reino.

VANIDAD

Cierta vez un sabio Sufí requirió a sus discípulos le comunicasen cuáles eran las vanidades que habían tenido ellos antes de iniciar sus estudios con él.

El primero dijo:

-Yo imaginaba ser el hombre más hermoso del mundo.

El segundo dijo:

-Yo creía que, en mi condición de religioso, era uno de los elegidos.

El tercero dijo:

-Yo me creía capaz de enseñar.

Y el cuarto dijo:

-Mi vanidad fue mayor que todas ésas, pues creía que podía aprender.

El sabio observó:

-La vanidad del cuarto discípulo sigue siendo la mayor: la vanidad de mostrar que en un tiempo tuvo la máxima vanidad.

INDIGENCIA

Un mono dijo a un hombre:

-¿No adviertes cuan indigente estoy? No tengo casa ni ropa, ni comida excelente como tú, ni ahorros, ni muebles, ni tierras, ni objetos de adorno; nada en absoluto. Tú, en cambio, posees todas esas cosas y muchas más. Además, eres rico.

El hombre, avergonzado, entregó al mono todo cuanto tenía, convirtiéndose en mendigo.

Una vez que el mono hubo tomado posesión legal de todos los bienes, el hombre le preguntó:

-¿Y ahora, qué piensas hacer con todo eso? El mono contestó:

-¿Por qué habría de hablar yo con un tonto indigente como tú?

DONDE SE INICIA

Cierto maestro Sufí y uno de sus discípulos recorrían a pie un camino de campo. El discípulo le dijo:

-Sé que el mejor día de mi vida fue aquel en que decidí buscarte y descubrí que a tu lado me encontraría a mí mismo.

El Sufí dijo:

-La decisión, para apoyo o para oposición, es algo que no conoces hasta que conoces. No la conoces por el hecho de pensar que la conoces.

El discípulo comentó:

-El sentido de tus palabras me resulta oscuro, tu afirmación es confusa para mí y tu intención se me escapa.

El maestro dijo:

-Dentro de unos instantes podrás ver algo acerca de la decisión y de quién la toma.

Poco después el Sufí y su discípulo arribaron a una pradera donde un campesino se entretenía con un perro arrojando un palo para que lo buscara.

El Sufí dijo:

-Voy a contar hasta cinco, entonces ese hombre le lanzará tres palos al perro.

Y así fue. Cuando el Sufí hubo contado cinco, el campesino alzó del suelo tres palos y los arrojó al perro, a pesar de que hombre y perro se hallaban a una distancia en que no podían oír al Sufí y a su discípulo y el campesino no los había visto.

Entonces el Sufí dijo:

-Contaré hasta tres y el hombre se sentará.

Apenas el Sufí había contado hasta tres el campesino se sentó en el suelo.

El discípulo, que no cabía en sí de su asombro, preguntó:

-¿Podrías inducirlo a que alce los brazos?

Apenas el Sufí asintió con un movimiento de cabeza el campesino alzó sus dos manos hacia el cielo.

El discípulo se mostró maravillado. El Sufí dijo:

-Acerquémonos para hablar con él.

Después de saludar al trabajador, el Sufí le dijo:

-¿Por qué le arrojaste al perro tres palos, en lugar de uno, con el fin de que te los trajera?

Ésta fue la respuesta del hombre:

-Decidí probar si él podía seguir el trayecto de tres palos en lugar del de uno.

-¿Ésa fue una decisión tuya?

-Nadie me mandó hacerlo.

-¿Y por qué -prosiguió el Sufí- te sentaste tan repentinamente?

-Porque se me ocurrió descansar.

-¿Alguien te lo sugirió?

-No había nadie aquí que pudiese sugerírmelo.

-Y cuando llevaste las manos hacia el cielo, ¿por qué lo hiciste?

-Porque decidí que seguir sentado en el suelo era una holgazanería, y me pareció que levantando las manos hacia el cielo indicaría que debía trabajar en lugar de descansar y que la inspiración de sobreponerme a la pereza me llegaba desde las alturas.

-¿También ésa fue una decisión exclusivamente tuya?

-Así es. No había nadie que pudiese tomar la decisión por mí; además esa acción fue la consecuencia de mi acción anterior.

El Sufí se volvió ahora hacia el discípulo y le dijo:

-Antes de esta experiencia tú me decías que te sentías dichoso de haber tomado ciertas decisiones, como la de buscarme.

El discípulo se mantuvo en silencio. El campesino, en cambio, prorrumpió:

-Yo conozco a los derviches. Lo que buscas es impresionar con tus facultades a este desventurado muchacho, pero eso es sin duda una superchería.

ESTADÍSTICA

Un pobre dijo a un rico:

-Yo gasto en comida todo lo que gano.

-Ése es tu error -observó el rico-. En comida yo gasto solamente el cinco por ciento de lo que gano.

LA NOCHE Y LA MAÑANA

Khwaja Tilism era un maestro Sufí que desde su centro impartía enseñanzas espirituales a los derviches, empleando para ello, exclusivamente, el método de «contacto de pensamientos», al que a veces también se llama acción de corazón a corazón.

Durante el tiempo de estudio no se hablaba ni una palabra ni se realizaba movimiento alguno.

Cierta vez llegó a la corte del Khwaja Tilism un grupo de aspirantes a discípulos, ansiosos por tomar parte en las ceremonias, las prácticas y los ejercicios que suponían debían ser las actividades principales de ese lugar, denominado el Taslim-Khana, Casa de la Resignación.

Después de ser recibidos por un representante del Khwaja y de conversar con él, fueron conducidos al Salón del Conocimiento. Allí la atención de los aspirantes fue ocupada durante horas por complejas ceremonias, complicados ejercicios y por una música pocas veces oída.

Al día siguiente todos fueron llevados a la presencia del maestro. Éste les preguntó si se sentían elevados por sus experiencias de la noche anterior.

Sentados en el centro del salón, los visitantes declararon uno a uno que aquélla había sido una de las experiencias más sublimes de sus vidas. Los derviches residentes, de pie contra las paredes, observaban en silencio. También se hallaban presentes otros huéspedes. Cuando los visitantes terminaron de hacer sus declaraciones y expresaron sus súplicas de que se los aceptase como derviches, el Khwaja habló.

Empezó agradeciéndoles sus alabanzas y buenos deseos de salud y permanente prosperidad para la Casa. Después dijo:

«Esta mañana tenemos entre nosotros tres clases de personas. En primer lugar, están los ‘discernidores minuciosos’, derviches que ya conocen lo que ha ocurrido y que no necesitan información alguna al respecto. En segundo lugar, están los recién llegados, que mediante la proximidad pueden aprender lo que ha sucedido. En tercer término, están los huéspedes de anoche. Es a vosotros a quienes me dirijo y lo haré en el lenguaje de los hombres, pues no comprenderíais el ‘habla de los ángeles’. Vosotros habéis gustado de la hospitalidad, del ceremonial y de la grata camaradería. No habéis disfrutado aquí de la espiritualidad, sea lo que fuere lo que creáis acerca de eso.

«Hemos ofrecido agasajos y hospitalidad para que aquellos de entre vosotros que lo deseaban no se sintiesen defraudados, tal como corresponde que procedan los buenos anfitriones. Hemos ofrecido, además, la Comunicación Directa, tal como hacen los que saben. Ella se mantuvo, y siempre se mantendrá accesible; pero es y fue accesible de la manera siguiente:

«No para quienes están ocupados en ‘gustar el mundo’ en nombre de ritos piadosos. El gusto interno de ellos es vano. No para quienes podrían simplemente menospreciar los ritos y suponer que ese menosprecio los mejora de algún modo. El escarnio destruye la capacidad interna del gusto. Sólo para quienes gustan realmente el vino sin mascar el vaso. Sólo para aquellos de vosotros que realmente hablan el idioma del vino y no el del vaso».

«Hemos pasado por un período de ruido en que los labios y la lengua, la voz externa, me han hablado de sus experiencias externas, del placer de ejercicios y ceremonias, y aun del dolor de su búsqueda».

«Disfrutemos ahora de un lapso de silencio, en el cual la voz interna de aquellos en quienes uno está vivo hablará a nuestras interioridades acerca de las experiencias que hemos ofrecido, fuera de la música, la comida, las repeticiones y los ejercicios».

«Los que pregunten con la voz interior serán escuchados por el oído interior. Hablad ahora en ese lenguaje».

EL HOMBRE Y EL ANIMAL

El ratón dijo:

-Deseo migas. El perro dijo:

-Deseo cortezas. El simple dijo:

-¡Lo que necesitáis, tontos, es pan! El sabio dijo:

-Pero podrías permitirles otras clases de alimentos… El necio se sintió molesto y reclamó:

-El denominador común de sus deseos es el pan, no alimentos. Estás complicando demasiado las cosas.

EVIDENTE

El joven Simab dijo a un derviche, al que encontró sentado a la vera del camino:

-Quisiera poder hacer aunque más no fuese una sola cosa por la cual los hombres me contasen entre los santos.

El derviche alzó su cabeza, que habla tenido apoyada en una de sus rodillas, y dijo:

-Es la cosa más fácil del mundo.

Simab rogó al derviche que le confiase el secreto.

El derviche explic6:

-Miles de Sufíes han muerto a manos de personas buenas por decir cosas que a éstas no agradaron. Bastará que expreses un pensamiento incomprensible. Con eso, estarás haciendo por lo menos una cosa que unirá tu nombre al del santo máximo, Hallaj. ¿Desearías más que eso?

-Si la conducta externa y las creencias de los hombres hiciesen santos, no existiría la Tierra, sólo un cielo poblado de santos.

EL PRISIONERO

Un hombre fue condenado a prisión perpetua por algo que no había cometido.

Después de comportarse en forma ejemplar durante varios meses, los carceleros empezaron a considerarlo un prisionero modelo.

Por ello se le permitió que hiciese su celda un poco más cómoda y la esposa pudo hacerle llegar una alfombrilla para sus oraciones que ella misma había tejido

Transcurridos varios meses, este hombre dijo a sus guardianes:

-Yo soy hojalatero y vosotros estáis mal retribuidos. Si podéis proveerme de algunas herramientas y de unos trozos de hojalata confeccionaré pequeños objetos decorativos que podréis vender en el mercado. El producto lo repartiríamos con beneficios para ambas partes.

Los guardianes se declararon de acuerdo y poco después de las manos del artesano salían objetos muy bien trabajados cuya venta acrecentó el bienestar de todos.

Finalmente, un día, cuando los carceleros acudieron a la celda se encontraron con que el hombre había desaparecido. Sacaron como conclusión que ese hombre debía haber sido un mago.

Al cabo de muchos años, se puso en evidencia el error de la sentencia y el artesano fue perdonado. Entonces el hombre pudo abandonar su escondite y compareció ante el rey, quien lo había hecho llamar para preguntarle cómo había logrado escapar.

El hojalatero dijo:

-Una verdadera fuga sólo es posible con la adecuada concurrencia de ciertos factores. Mi esposa encontró al cerrajero que había hecho la cerradura de la puerta de mi celda y otras cerraduras de la cárcel. Entonces ella bordó los diseños interiores de las cerraduras en la alfombra que me envió; lo hizo en el justo sitio donde la cabeza se postra al rezar. Mi mujer confiaba en que yo caería en la cuenta de que esos trazados correspondían a las cerraduras. También debía conseguir los materiales necesarios para hacer las llaves, poder martillar y trabajar el metal en mi celda. Tuve que tentar la codicia y la necesidad de los guardianes, para que no se suscitasen sospechas. Tal, la historia de mi fuga.

CARACTERÍSTICAS

A uno de los grandes Sufíes se le preguntó:

-¿De dónde proviene esta enseñanza, de quiénes son los pensamientos que nos das a conocer, cómo se llama tu maestro?

El Sufí contestó:

-Si digo que proviene de la inspiración, seré un hereje. Si digo que surge de mí, unos me adorarán y no prestarán atención a la enseñanza y otros la criticarán y no me prestarán atención a mí. Si doy el nombre de mi maestro, todos se volverán hacia él y se despreocuparán del estudio verdadero.

Uno dijo:

-Sin embargo (y pido se me perdone por decir esto), has mencionado á los grandes entre los antiguos como las fuentes de la enseñanza. ¿No corremos peligro a causa de eso, de volvernos hacia ellos y no a lo que enseñaron?

El Sufí contestó:

-Si después de haberles dicho tantas veces que todos los maestros son uno solo y que todos los nombres solamente son características, continúan volviéndose hacia la personalidad, entonces corren ese peligro.

El que interrogaba agregó:

-¿Entonces qué debo hacer?

La respuesta fue:

-Deja de suponer que por ser capaz de preguntar eres capaz de percibir la respuesta aun cuando careces de las cualidades necesarias para alcanzar esa percepción.

TEÓRICO

Érase una vez un hombre que vivía en cierto pueblo y que gozaba de gran fama como sabio.

Hablaba a la gente de la vida y de la muerte, de los planetas y de la Tierra, de la historia y de toda clase de cosas desconocidas.

Un día cedió una represa y las gentes acudieron presurosas a pedirle que les dijera cómo resolver el problema.

El sabio se replegó en sí mismo, e irguiéndose cuan alto era, habló así:

-Creo que deben abstenerse de hacer esas preguntas pueriles a un hombre que consagra su vida a la mente. No soy ingeniero hidráulico; soy un teórico

CATARSIS

Llegó a conocimiento de Jan Fishan Kan que cierto erudito de miras estrechas atacaba ásperamente la cultura, la naturaleza y las ideas de uno de sus vecinos.

Invitó a ambos a un banquete, advirtiéndole previamente al vecino:

-Diga yo lo que dijere esta noche, procura no reaccionar de manera alguna.

Tal como se acostumbra después de la cena, el anfitrión improvisó un discurso.

Dirigiéndose a los presentes, comenzó a censurar también él al vecino víctima del erudito. Durante casi una hora, sin ninguna pausa, se dedicó a enumerar sus iniquidades. Haciendo gala de toda su locuacidad se despachó a gusto recurriendo a los vituperios más corrosivos, destacando las vilezas y maldades del vecino.

Durante todo ese insólito y devastador ataque nadie -tampoco la víctima- movió un solo músculo.

Terminada la retahíla, el erudito se puso de pie y exclamó:

-¡Por amor de Dios, terminemos con esto! Acabo de ver en ti el espejo de mi propia conducta y ya no soporto más ese espectáculo. ¡La paciencia de este hombre me ha aniquilado!

Jan Fishan. Kan dijo:

-Reuniéndonos aquí esta noche, todos hemos aceptado un riesgo: tú, el de que nuestro amigo pudiese agredirte; yo, el de que tú, en lugar de sentirte avergonzado, pudieses enardecerte aun más con mis vituperios; y él podría haber terminado por creer que yo lo estaba atacando realmente. Ahora el problema está resuelto. Solo resta el peligro de que al pasar de boca en boca el relato de lo ocurrido esta noche, quienes no han comprendido presenten a nuestro vecino como un débil, a ti como a alguien propenso a dejarse influir y a mí como un ser fácilmente irritable.

FANTASÍA

Dijo el profesor:

«Caballeros: entre los aspectos más gratificantes de la psicología antropológica figura el análisis de los mitos y leyendas de los pueblos primitivos. Es una disciplina que evidencia las limitaciones mentales del hombre subdesarrollado, así como el funcionamiento de sus mecanismos compensatorios: cómo inventa maravillas y sustitutos mágicos de deseos no satisfechos.

«Por ejemplo, examinemos la leyenda de la ‘cámara fotográfica’ que se ha comprobado en diversas comunidades. Se tenía la idea de que tal instrumento era capaz de captar, de ‘congelar’ acontecimientos antes solo visibles al espectador y de reproducirlos o reproducir un símil de ellos a voluntad. Resulta casi innecesario señalar que toda la concepción de tal aparato es mero producto del humano deseo de preservar instantes de emoción y placer.

«Podemos mencionar también la fábula de la producción de una cierta clase especial de energía que en algunos idiomas se denominó ‘electricidad’. Desde el punto de vista de la explicación por la hipótesis de la satisfacción de deseos, esta energía está dotada de propiedades maravillosas. Se llegaba incluso a asegurar qué con sólo conectar unos ciertos aparatos con una fuente de esa ‘electricidad’, el hombre conseguía producir calor o frío, matar o animar y, en fin, enviar la voz humana a grandes distancias.

«No puedo ocultar que aún en nuestros días existen personas tan lamentablemente engañadas que creen que estas leyendas contienen lo que les agrada llamar ‘un atisbo de verdad’, y no faltan algunos que han llegado al extremo de esgrimir razones por las cuales podría aceptarse su veracidad. Pero las argumentaciones que se aducen son siempre demasiado fantásticas. Los pensadores ilusos inventan mitos o por lo menos injertan uno en otros. Un ejemplo es la réplica que dan algunos fantasiosos a la pregunta: ¿Por qué no existen hoy día cámaras ni aparatos eléctricos? En efecto, responden con una absurda racionalización: «Porque en una cierta época se atomizó todo el metal del mundo, de modo que actualmente ya no podemos fabricarlos». Observen, de paso, cómo para respaldar la fantasía han debido inventar una extraña sustancia que en las leyendas de algunas tribus se conoce con el nombre de metal.»

BONDAD

Cierto maestro entregó a su discípulo una carta con indicación de no abrirla hasta después de la muerte del mentor. Entonces debía enseñarla al sucesor de aquél.

La carta decís: «No he sido bondadoso con este discípulo».

Al conocer el contenido, el discípulo se sintió anonadado de pesar y dijo:

-Fue tan generoso que juzgó, en comparación con la Mayor bondad posible, como una crueldad la gran bondad que me prodigó.

Más o menos un año después, el sucesor llamó nuevamente al discípulo a su presencia y le pidió que volviese a comentar la carta.

-Ahora entiendo -dijo el discípulo- que las palabras que escribió, «no he sido bondadoso», eran correctas. El ser humano común muestra amistad cuando no tiene nada más valioso que dar. ¿Qué necesidad existe de obtener bondad o crueldad de un Dispensador de Tesoros? Si el esclavo del  sultán regala oro, ¿qué más da que sonría o frunza el ceño mientras lo hace?

-El hombre bien intencionado quizá reparta golosinas; el médico da medicinas curativas, sin importar que se las encuentre amargas o dulces.

APRECIACION EQUIVOCADA

Érase un sabio que tenía un gran número de seguidores…. y también muchos enemigos.

Los enemigos decidieron matarlo y al descubrir que el sabio no le impedía a nadie entrar a su casa y recorrerla libremente, envenenaron un cierto número de manzanas y las dejaron en diversos cuartos.

Esto lo hicieron varias veces. Al cabo de unos meses, los envenenadores quedaron perplejos al comprobar que el sabio seguía vivo y con perfecta salud.

Algunos de ellos llegaron a la conclusión de que debía ser un santo, dotado de tan finas y completas percepciones que había podido eludir las manzanas o, incluso, ingerir el veneno sin que lo afectara.

Fueron a verlo y, arrojándose al suelo, le expresaron:

-Comprendemos que realmente debes ser un santo y deseamos ser tus discípulos.

-Las razones por las cuales me creen un santo no son válidas, les dijo el sabio. Si están verdaderamente interesados en saberlo, debo explicarles que me he salvado de vuestro ardid porque da la coincidencia de que nunca como frutas.

RASCARSE

Había una vez un hombre que se rascaba constantemente.

Lo hacia con tanta frecuencia, que la gente sintió el impulso de preguntarle por qué lo hacia. El hombre sólo respondía: -No lo sé.

Se recurrió a médicos, pero ninguno pudo explicar la causa por la cual se rascaba.

Al cabo de muchos años, la ciudad del «rascador» fue visitada por un sabio. El pueblo llevó al pobre hombre a la plaza principal con el fin de que lo viese el sabio.

Se produjo una larga pausa. Después el sabio habló:

-Esta persona -dijo- se rasca y vosotros me preguntáis la razón. He aplicado mi intelecto al problema y ya os puedo dar mi respuesta: este hombre se rasca porque le pica.

LA HISTORIA DE AVENOLANDIA

Hubo una vez un hombre que abrazó la harina de avena como elemento esencial y universal de la vida. Los fundamentos de esta decisión no son cuestionados por sus numerosos partidarios, que encuentran a todas luces evidente la sabiduría de aquel hombre. Los críticos, por supuesto llenos de prejuicios, han discutido si aquella resolución se debió a la etimología de la palabra avena, o simplemente a una especie de obsesión a la que le habrían inducido los elogios y alabanzas recibidos por la coherencia de sus ideas.

La verdad es, si damos crédito a las crónicas antiguas, que la avena le gustaba. Encontraba que era bella, sabrosa, nutritiva y versátil, y no tardó en convencer a muchos de éstas y de otras cualidades. Naturalmente, estaba respaldado por su idealismo, su afición a la lógica, su consagración a la causa y su vida ejemplar.

Hasta las gachas de avena, como le fue dable demostrar fácilmente, podían ser objeto de aplicaciones prácticas y teóricas cada vez más diversas y amplias, de innovaciones y también de temas de inspiración lírica. El hombre y sus primeros seguidores cultivaron avena; su harina la olieron como rapé y se la aplicaron de diversas maneras sobre la piel. Pronto se descubrió que la avena tenía diversas utilidades, para hacer cola de pegar, ladrillos, modelado, papel, alimento para ratas y para fines de ritual religioso. Pulverizada, coloreada, horneada, tratada en mil formas distintas, generaciones de infatigables y heroicos investigadores comprobaron que esa sustancia constituía un medio idóneo para lograr la liberación del hombre y conferirle calidad a la vida.

La misma versatilidad de aplicaciones de la avena alentó realizaciones de mayor envergadura. ¿Quién podía dudar del valor y, luego, inevitablemente, de la irremisible necesidad de ese descubrimiento? Cabía considerar que toda la civilización estaba fundada sobre la avena. Además, analogías, simbolismo y otras más sutiles relaciones vinculadas con la avena desempeñaban un decisivo papel en la cultura humana.

Aun antes de que se hubiesen logrado muchos de estos descubrimientos, el nacimiento de «Avenolandia» era ya inevitable. El floreciente genio avenoso la llamó al principio «La Tierra de la Avena». Más tarde, cuando, muy lógicamente, la palabra avena pasó a significar perfección, el país recibió el epíteto de «La Avena de las Tierras».

El avenismo se convirtió en un sistema muy valorizado y autoperpetuante, pues sus resultados se demostraban por sus supuestos, y sus supuestos se probaban por su resultados.

Característica de «Avenolandia» fue una cierta forma de educación. Naturalmente, fue la única. ¿Quién habría levantado escuelas de no haber existido la necesidad de aprobar Avenología? ¿Cómo se hubiese podido desarrollar la civilización sin avena y sin instituciones que enseñasen avenísticamente, de modo que las nuevas generaciones se pudiesen beneficiar con el legado de avenismo por el cual tantos habían sufrido y para cuya consolidación tantos se habían esforzado durante tanto tiempo?

De no haberse inventado las escuelas, el hombre habría quedado sin duda sumido en la ignorancia y la ignominia. Toda otra alternativa era inconcebible. ¿Qué alternativa podría haber, puesto que como muy bien sabemos el hombre necesita avena, vive en avena y piensa en avena? ¿Acaso la avena no es su más caro bien y, la garantía de su independencia de pensamiento? ¿Y acaso el estómago del hombre no rechaza cualquier otro intruso?

Potenciales disidentes del avenismo han sugerido que en realidad el hombre podría ingerir algún otro alimento además de avena. No puede negarse que el pretendido «razonamiento» sobre el que se sustenta esta especulación es ingenioso. Se afirma que el hombre sólo puede alimentarse con avena porque viene comiéndola desde hace tanto tiempo que la avena ha pasado a constituir una «limitación». El peligroso corolario de este absurdo es que el hombre podría intentar «destetarse» de la avena, o de lo contrario, habituarse gradualmente a comer asimismo otras cosas. Pero es a todas luces evidente que sólo algún crédulo o desequilibrado esotericista podría atinar a semejante prueba. Por otra parte, se correría el riesgo de que el hambre, que seguramente resultaría de ello, provocase muertes prematuras.

(Errores y herejías, vol. 99, publicado por el Consejo de Defensa de Avenolandia. Véase «Digestión».)

No puede ocultarse que algunos revoltosos y osados preguntaban insidiosamente a los avenolandeses: «¿Por qué no comer frutas?» Pero se les replicó con lógica irrefutable: «La fruta repugna a los avenolandeses concientizados». Asimismo se escuchó que algunos deficientes mentales inquirían:

«¿Por qué no edificar con ladrillos de arcilla?» Pero también a ellos se les dio su merecida respuesta que los puso públicamente en ridículo:

«La arcilla es para los topos. Además, si la arcilla sirviera para algo Avena I, nuestro glorioso fundador, ya habría ordenado su empleo.»

Cuando otros irresponsables arguyeron: «Puede utilizarse el metal para hacer herramientas», se les respondió: «Una herramienta de gachas de avena es una verdadera herramienta. Un metal de gachas sería un verdadero metal».

Pero el talento avenístico no se reducía a la mera defensa de las gachas ni a la permanente investigación de sus valores y usos. Su filosofía desarmaba a todos los contendientes improvisados con una dialéctica irrebatible:

«Si existiera la mínima posibilidad de que alguna de estas ideas extrañas al pensamiento avenístico pudiese ser útil en la vida, ella seria explicable en términos avenolandeses, el más sublime medio de comunicación ideado por el hombre.»

En cierta oportunidad, un doctrinario avenolandés formuló esta acusación: «Ustedes, los no-avenistas, no son más que una simple recua de chusmas, de místicos, de esotéricos, de magos, de ocultistas, de hechiceros, de locos, de solteronas insatisfechas, de idiotas crédulos, de obsesos y de casos irrecuperables».

«No, no somos eso», protestaron los no-avenistas, pero lo cierto es que casi todos lo eran, por lo menos en una mayoría abrumadora.

Lo paradojal del hecho residía en que se habían convertido en todo eso llevados por los avenistas.

A diferencia de los sensacionalistas, los no-avenistas auténticos se vieron obligados a organizarse estrechando filas cautamente, para enfrentar tanto a los avenistas ortodoxos como a los avenistas desviacionistas, reclamando para sí el calificativo de no-avenistas y haciendo más ruido que todos los demás. Pero bastó que los avenolandeses denunciaran que esta chusma ni siquiera cultivaba avena para dejar virtualmente demostrado que todos los no-avenistas eran unos trastornados.

Mientras tanto, el avenismo seguía produciendo, claro está, una rica y promisoria cultura. Recurriendo a unas breves citas de su venerable sapiencia, es posible formarse una idea de su alcance y valor para inspirar.

Cuando los hechos eran insuficientes o el tiempo urgía, se argüía en forma inspirada y terminante:

«Noventa millones de avenolandeses no pueden estar equivocados.»

Nadie podía acusar a los avenolandeses de estrechez mental. Las ideas que eran realmente nuevas despertaban en ellos un agudo interés. Un filósofo avenolandés demostró la inagotable fecundidad de la raza sentenciando: «Me gustan las gachas, luego existo».

En cierto tiempo hubo un tirano que proclamó: «¿Gachas? ¡Las gachas soy yo!». Pero esos hombres morían tarde o temprano, dejando intactas la belleza y validez del pensamiento tradicional.

«Avenolandia por Siempre» es una de las más viejas y conmovedoras melodías. Sus palabras iniciales son:

«Mi bella Avena, Santa Avena, Amorosa Avena, Mi Buena Avena… ¡Avena! ¡Avena! ¡Avena!”

También hubo, de tiempo en tiempo, revoluciones de pensamiento durante las cuales los viejos sentimentalistas fueron severamente criticados. En una de esas revoluciones un grupo de escritores modernistas exploraron las posibilidades de nuevas formas expresivas del mundo interno. Los primeros versos de un poema característico de esa Nueva Poesía revelan la perenne creatividad del espíritu humano

Avena  Aneva  Anave

Evana   Enava   Eneav

Navea  Neava  Nevea

Vaena  Vanea  Vaena

Ha de ser conmovedora la vivencia de auto renovación que suscita semejante sacudimiento de las férreas cadenas del tradicionalismo.

Por supuesto, el avenolandismo apoyaba sus creencias esgrimiendo argumentos seleccionados de las fuentes escritas básicas. Si alguna persona traía a colación otros tipos de documentos se procedía, muy atinadamente, a repudiarlos por «retrógrados» e «indignos de confianza». Las nuevas exégesis de los Documentos de Avenolandia eran consideradas según que los métodos empleados fuesen aveniferos o no.

Se dice que antes de que la hilaridad general los sepultara en el silencio, algunos disidentes propusieron: «Bien, continuad con la avena; pero agregad alguna otra cosa a vuestras vidas. Es posible hacerlo». La reacción consistió en tildarlos de disconformes y falaces que buscan perturbar el orden.

La sociedad evolucionaba ininterrumpidamente; sin embargo, nunca faltó alguno que sintiera nostalgia por los viejos estilos. Se depositaban ofrendas florales al pie de los monumentos a Avena I y al mártir avenolandista que alguna vez había dicho: «¡Podréis despojarme de mi cuerpo y de mi alma, pero jamás lograréis apoderaros de mi avena!»

En este modelo de sociedad abierta en la cual gozaban de completa libertad de expresión todas las formas de opinión, los conservadores agregan:

«Si existieran alternativas para la avena, el pueblo no la vendría usando desde hace 50.000 años,  ¿verdad?»

Los progresistas se manifestaron en desacuerdo:

«Existe una alternativa, es muy simple, aunque diferente: ¡las gachas!»

Los liberales, por su parte, confiaban lograr una transacción en la forma de vida echando mano a tortas de avena horneada.

He aquí algunos refranes brotados de esta elevada cultura y que se logró conservar como expresión de su sabiduría popular:

«Avena caliente, es buena para cataplasma. Si no, calentadla.»

«Avena rima con maicena, mas en los aspectos restantes son contrastantes».

«No todo lo que se pega es avena.»

«Un plato de avena cada día y el maíz sobraría.»

¿Cómo terminaron los avenolandeses? -si es que realmente terminaron.

Lamento confesar que no lo sé.

Algunos dicen que la raza se extinguió. Pero es lícito sospechar que se trate de una calumnia gestada en las mentes de sus envidiosos detractores…

ZAKY Y LA PALOMA

Hubo una vez un hombre que se llamaba Zaky. Cierto maestro, el Khaja, percibiendo cuánta era su capacidad y cuánto prometía para el futuro, decidió ayudarlo. El Khaja escogió a un ser sutil y dotado de poderes especiales para que sirviera y apoyara a Zaky en todo cuanto pudiese.

Los años corrieron y Zaky vio cómo sus asuntos materiales y de otro tipo prosperaban, pero no creyó que todos esos logros se debieran exclusivamente a sí mismo, y empezó a percibir ciertas significativas coincidencias entre los hechos.

Así, cada vez que estaba por hacer un buen negocio observaba una paloma blanca en la cercanía.

La explicación es que su sutil ayudante, pese a sus facultades, necesitaba mantenerse a cierta distancia de Zaky para realizar su trabajo y, no obstante sus notables poderes, en su transición a la dimensión presente debía adoptar una forma, y la de paloma resultaba ser la más conveniente.

Pero para Zaky las palomas sólo se relacionaban con la buena suerte y la buena suerte con las palomas.

En consecuencia se dedicó a criar y mantener palomas, y prodigaba comida a toda paloma que viese; incluso hizo que le bordaran palomas en su ropas.

A tanto llegó su interés en las palomas que todo el mundo pensó que era una autoridad en la materia. Pero sus asuntos materiales y de otra clase dejaron de prosperar, pues su atención se había desviado del significado a la manifestación, y el sutil ayudante en forma de paloma debió retirarse, para no contribuir a la ruina de Saky.

HIERBA

Un hombre se acercó a un grupo de campesinos y los preguntó:

-Hermanos, ¿habéis visto pasar por aquí a un hombre bueno? Busco a mi Maestro. Él ha pasado hace poco por este camino.

Los campesinos contestaron:

-Si, ha pasado por aquí un hombre de aspecto impresionante pero modales sencillos. Mirad donde la hierba está aplastada: ésa es la huella de su pie.

El Buscador se agachó reverentemente, recogió una hoja de hierba y la retuvo en una mano con admiración.

Los campesinos echaron a reír, y uno exclamó:

-¿Veis? Dice estar averiguando el paradero de su maestro y se detiene a venerar una hoja de hierba.

El hombre se sintió tan molesto y tan herido en su amor propio, que supuso que con aquella objeción bien intencionada y oportuna los campesinos habían querido molestarlo. Por consiguiente, en lugar de aprovechar la observación como una enseñanza, manifestó:

-Ninguno de los aquí presentes es merecedor de tanto honor como esta hoja de hierba, pues ha sido tocada por los pies del Maestro.

En realidad, lo que había resentido al Buscador era la insinuación de que él era un tonto y no la implicación de que su Maestro fuese menos importante de lo que él lo consideraba, pues en las palabras de los campesinos no hubo tal afirmación, ni siquiera tan intención.

Y entonces los hombres, por su parte, se sintieron menospreciados por la calificación de ser menos que hierba. Entonces la inicial benevolencia hacia el Buscador se extinguió y se inició una discusión.

A causa de estas tendencias los Buscadores son llamados Buscadores y no Halladores.

PERSPECTIVAS

Ramida aceptó hablar una misma tarde con los derviches que lo visitaron.

Uno de sus vecinos dijo:

-¡Eres un santo! Prodigas tu bondad sin límites y con abundancia, a pesar de todos los asuntos urgentes que debes atender.

Ramida contestó:

-Al insistir los derviches en que los reciba según su conveniencia, han obtenido satisfacción pero no ventajas: mis asuntos se han demorado medio día; en cambio sus perspectivas han quedado diferidas, quizá durante años. Si me hubiese negado a verlos, para ellos no habría sido peor desde el punto de vista de la realidad esencial.

EL ESPEJO, LA TAZA Y EL ORFEBRE

Un orfebre trabajó durante anos para perfeccionar un espejo mágico y una taza. Las principales propiedades de estos objetos eran las siguientes: el espejo tenía el poder de mostrar cuál de los amigos de uno se encontraban en aprietos; la taza liberaba de todas sus dificultades a quien depositara en ella un guijarro. También podía producir el enriquecimiento de una persona.

Pero el orfebre no podía utilizar el espejo ni la taza en su provecho, pues uno y otra daban sus beneficios solamente cuando eran accionados por una cierta clase de hombre. Con el deseo de que sus piezas mágicas prestasen su servicio a todo aquel que pudiese usarlas, el orfebre se lanzó a viajar en todas las direcciones, buscando a quien ofrendar sus tesoros.

Finalmente encontró en Bucara a un grabador que reunía las condiciones requeridas y le entregó los objetos, diciendo:

-Usa estas cosas. Un día volveré para saber si te han dado fortuna.

La primera vez que el grabador miró en el espejo, vio al orfebre luchando en el remolino de un río, a punto de ahogarse. Entonces puso un guijarro en la taza mágica e inmediatamente comprobó que el orfebre se salvaba.

La segunda vez que miró en el espejo, vio al orfebre cercado por temibles enemigos ocultos. Apeló a la taza y pudo desembarazarlo del asedio.

La tercera vez que consultó el espejo se enteró de que todos los parientes, amigos y relaciones del orfebre atravesaban una u otra suerte de vicisitudes. Recurriendo a la taza, nuevamente pudo ponerlos a salvo.

Cuando volvió a mirar en el espejo, el grabador se vio a sí mismo amenazado por dificultades. Introdujo, pues, un guijarro en la taza y sus problemas se diluyeron.

Al regresar el orfebre muchos meses después, se encontró con que el espejo y la taza estaban abandonados y llenos de polvo sobre la mesa de trabajo del grabador, y que éste seguía dedicado a su fina artesanía que le estaba estropeando la vista.

Se indignó.

-Yo me he esforzado enormemente primero para hacer estos objetos mágicos y después para encontrarles un destinatario digno de ellos, protestó indignado, y tú los dejas por allí, descuidados, en un rincón, como si no valiesen nada. ¡No los utilizas ni siquiera para socorrer a tus amigos! ¿Por qué no te has enriquecido?

El grabador no respondió. ¿Cómo razonar con alguien, dotado o no de extrañas habilidades, que llega a sus conclusiones sobre el vacío, sin pensar ni averiguar antes las cosas debidamente? Recogió la taza mágica y un guijarro que estaba a su lado.

A esta altura, el orfebre estaba ya tan enfurecido y amenazante que insultaba al grabador en todas las formas posibles, mientras agitaba sus brazos agresivamente.

Un poco a tientas, pues veía poco, el grabador dejó caer un guijarro en la taza. Entonces el orfebre desapareció y ya nunca más se supo nada de él.

LA CEBOLLA

Hubo una época y un país en que las cebollas eran muy raras, casi desconocidas.

Alguien dejó una cebolla grande en la plaza pública de la ciudad principal de la comarca.

Muchos ciudadanos sintieron curiosidad por esa cosa extraña. No obstante se dieron cuenta de que debía tratarse de alguna clase de vegetal.

La primera persona que osó aproximarse a la cebolla, al acercarse tosió por casualidad. Inmediatamente se alejó y difundió la explicación de que «las cebollas producen tos».

Una segunda persona descubrió que despedía un fuerte olor. Si bien habría deseado llevarse un trozo de la cebolla razonó:

-Si por fuera huele tanto, por dentro debe ser insoportable. De manera que la dejó intacta.

Un tercer hombre hizo un corte en la cebolla y una de las capas cayó en su mano.

-¡Cosa milagrosa! Exclamó, dirigiéndose a cuantos estaban observando. Tiene propiedades mágicas. Cuando se la corta se desprende de toda una parte externa y conserva una interna igual que la otra.

El cuarto hombre extrajo otra capa; se la llevó y la cocinó. Encontró que era deliciosa. Después enseñó a otros a hacer lo mismo.

-Por muchas capas que se le quiten, este sorprendente vegetal brinda siempre otra: es una especie de cosecha perenne, decía la gente.

-Parecería que se empequeñeciese

-Esa es una mera ilusión óptica, opinaron los otros, pues deseaban creer que la cebolla era inagotable.

¿Y qué pasó cuando se despojó a la cebolla de su última cubierta?

Todos exclamaron:

-¡Esto es algo indudablemente mágico, pero también artero! No sólo desaparece, sino que lo hace sin anuncio previo.

Con mucha sensatez todos convinieron en que, en resumidas cuentas, lo pasaban mejor sin cebollas.

TIEMPO

Varias personas fueron a ver a Simab.

Lo encontraron en silencio. Se marcharon y a cuantos encontraron les dijeron que Simab era un perezoso y un inútil.

Algunos discípulos de Simab acudieron a decirle:

-Tu reputación se está dañando porque no has atendido a los visitantes como nos atiendes a nosotros.

Simab preguntó:

-¿Qué querrían que hiciera?

Le respondieron:

-Que les des algo de lo que nos das a nosotros.

Y Simab contestó:

-El pedido es encomiable, pero no es posible satisfacerlo. ¿Debo darles lo que os doy a vosotros? ¿Debo atenderlos hasta el punto de que vosotros me abandonéis para que pueda ocuparme de ellos? ¿O simplemente deseáis que los haga callar, de manera que no sintáis la incomodidad de ser discípulos de una persona a la que se reputa indigna?

LA VARITA

Según las leyendas, en algunas culturas los milagros se producen agitando Varitas de Hadas. En otras culturas, existe el Espíritu del anillo Mágico. Los objetos varían: unas veces son, por ejemplo, espadas; otras, tazas. Provienen de extraños seres sobrenaturales, bautizados con distintos nombres.

Siempre se ha tenido curiosidad por tales objetos y se los ha buscado por todas partes.

¡Pero por qué resulta tan difícil encontrarlos! ¿Por qué, al parecer, no puede uno establecer contacto con los seres que crean estas maravillas o crearlas uno mismo?

Lo explicaré, y tal vez se me crea.

En cierta época, en aquella en que esta clase de cuento fue relatado por primera vez, los sabios que los contaban solían explicar con toda claridad en qué consistían tales objetos y quiénes eran esos seres prodigiosos que los utilizaban.

Pero estos datos contradecían de tal modo lo que los seres humanos habían imaginado respecto de los objetos mágicos y seres dotados de poder, que se enfurecieron hasta el punto de atacar a los relatores y muchos de éstos fueron asesinados.

Desde entonces tanto la identidad de aquellos seres como la real naturaleza de los objetos han sido secretos guardados celosamente para impedir fáciles interpretaciones e inducir a los más destructivos a burlarse de todo el asunto, considerándolo primitivo, ridículo, irracional.

«Si quieres poner tu comida a salvo de los glotones, di que está envenenada. Mejor aún: déjalos creerse tan inteligentes que por sí mismos han descubierto que es nociva o inútil».

EL SOL Y LAS LÁMPARAS

Alguien dijo a Jan Fishan Kan:

—Lo que hemos iodo decir de la Actividad Oculta es un rumor que viene circulando desde siglos atrás. Pero la idea es extraordinaria.

-¿Por qué la encuentras extraordinaria? -preguntó el Kan.

-Porque postula que, a pesar de los miles de centros visibles con que cuentan los Sufíes, éstos no pueden compararse con los lugares que no se pueden identificar porque no parecen templos, ni tumbas de santos, ni moradas de sabios.

Jan Fishan Kan dijo:

-Depende del punto de vista desde el cual mira cada uno. Los lugares visibles de estudio Sufí son como lámparas en la oscuridad. Los lugares recatados son como el Sol en el cielo. La lámpara ilumina un espacio cierto tiempo. El Sol elimina la oscuridad.

-Si no pueden concebir esto, es natural que al oírlo se sorprendan. Se trata de una sorpresa como la que tendría gente siempre nocturna que de pronto saliera a la luz del día. Estos noctámbulos, familiarizados con la oscuridad, logran en parte ver las lámparas gracias a la presencia de la oscuridad. Los buscadores de luz pueden verla sin necesidad de recibir la ayuda de la oscuridad.

LA CABRA

Existió un país donde las cabras eran casi desconocidas: todos habían oído hablar de ellas alguna vez, pero nadie había llevado ninguna hasta allí.

El resultado fue que todos los habitantes sentían un gran interés por las cabras y pensaban mucho en ellas.

La falta de información fidedigna no había impedido que los doctos de aquella tierra compilasen, clasificasen y cotejasen cuantos datos acerca de las cabras llegaran a su conocimiento, por muy insignificantes que fuesen.

Aquellos que, en forma bastante comprensible, cayeron en una especie de obsesión en relación con las cabras, fueron conocidos con el nombre de «Creyentes».

Como consecuencia de esa vida intelectual y emocional que giraba en torno del estudio de las cabras, todos terminaron por creer que se disponía de un abundante caudal de conocimientos acerca de estos animales. Incluso no faltó quienes aseguraron que sobre cabras ya estaba todo dicho.

Cierto día, desde el otro lado de la frontera de esta tierra fascinante, llegó un hombre trayendo… una cabra.

-¡Es nuestra por derecho propio! Exclamaron los sacerdotes del culto caprino.

-¡Se nos debe entregar para nuestro estudio! -exigieron los científicos especializados en caprología.

-¡Tenemos derecho a comerla! -protestaron aquellos que no atinaron a reivindicar ningún otro título.

El dueño de la cabra estaba absorto. Dijo:

-¿Cómo es posible, cualquiera que sea el propósito, que la consideréis vuestra, siendo que es mía? Si os fascina tanto, comprádmela y dejadme ir.

Alguien chilló:

-¿Cómo es posible que alguien pretenda vender una cabra, tan importante y extraordinaria?

Dadas éstas y otras razones se decidió que el animal en cuestión no era una cabra. Por lo tanto, esto implicaba que el propietario era un farsante. Ella guardaba alguna semejanza externa con una cabra, pero era, evidentemente, apócrifa.

Los eruditos y los jurisconsultos decidieron que aquel hombre merecía un castigo ejemplar y lo enviaron a la cárcel.

La cabra fue instalada en una plataforma, para que el populacho pudiese observar sus características. Privada de alimento, languideció y murió.

Esto demostró palmariamente que no podía tratarse de una auténtica cabra y que, por lo tanto, carecía de todo valor para la gente de aquel país.

EL MAESTRO IMBÉCIL

Cierto Sufí recibió a un joven de paso por el lugar, provisto de muchas opiniones pero de poca experiencia. Después que hablaron durante un par de horas, las personas presentes advirtieron que el lenguaje del Sufí se volvía cada vez más obtuso.

El joven, incapaz de contenerse, comenzó a tildar de «imbécil» al Sufí.

Una vez que el joven reemprendió su camino, algunos asistentes rogaron al Sufí que explicase su conducta, pero éste se limitó a sonreír y guardó silencio.

No faltaron quienes supusieron que el Sufí estaba tan envejecido que no había podido defenderse ante el visitante.

Cierto día, en ocasión en que se necesitaba un relato ejemplar, el Sufí volvió al tema. Dijo:

-Algunos de vosotros seguramente recordaréis que cierta vez pasó por aquí un joven y yo me comporté como un viejo estólido. Aquel hombre no actuaba más que por opiniones y carecía de capacidad para reconocer la experiencia. Me fue imposible atravesar su coraza de opiniones. Si hubiese intentado explicar esto, el joven habría considerado que yo me proponía censurarlo. Él necesitaba información, no conocimiento (malumat, no maarifat).

La obligación del anfitrión es darle al visitante lo que éste desea. El único servicio que él me permitió fue darle ocasión para que pusiese de manifiesto su altanería y exacerbase sus expresiones de rudeza al extremo de que pudiera percibir sus propias deficiencias y abandonarlas.

EL TONTO

Érase una vez un hombre que hizo una cosa bien y a continuación otra mal.

Lo primero fue decir a un tonto que lo era.

Lo segundo fue no haberse percatado de que estaba ubicado al borde de un profundo pozo.

TRANSACCIÓN

Alguien dijo a Ardabili:

-Tu maravilloso relato de las preguntas de los discípulos y las respuestas de los maestros ilumina mi corazón. Pero hay un tema en el cual reina la oscuridad.

-¿Cuál es ese tema?-. -preguntó el Sufí.

-Que relatas los hechos, pero no siempre las circunstancias. A veces refieres las circunstancias, pero no los nombres de los participantes. Tales omisiones distan mucho del procedimiento escrupuloso tradicional en los hombres de letras.

Ardabili dijo:

-¡Qué amigo encantador! Si yo te mostrase un ángel, ¿necesitarías que te dijera cuál fue su morada original? Si te enseñase a beber un vaso de agua, ¿debería decirte? «Ves» Ésta es la forma en que bebe el Sultán de Khorasan?» Cada pregunta tiene su respuesta apropiada, salvo para los desatentos.

El PEZ Y EL AGUA

Un pez es la peor fuente de información en lo referente al agua.

Ignora que hay agua cuando el agua está presente, y sólo se agita en su ausencia.

Aun cuando se lo priva de ella, no sabe cuál es el problema; sólo que se siente mal y hasta desesperado.

Hay una fábula acerca de los peces. Dice que cuando se extrae un pez del agua y se lo deja boqueando en la orilla, éste considera su desgracia como consecuencia de cualquier cosa y de todas las cosas que se le ocurren. A veces lucha, a veces se rinde. A veces piensa que debe luchar contra los árboles, la hierba y hasta el barro como autores de su desventura. Pero es sólo por casualidad que vuelve a saltar al agua. Cuando lo hace, piensa en lo inteligente que ha sido. Sin embargo, generalmente muere.

Los peces nunca ven la red ni reconocen el anzuelo. En el mejor de los casos, culpan a la lombriz que está en el anzuelo, o a las cuerdas a las cuales está unida la red.

¡Qué triste es ser pez! ¡Qué suerte es ser hombre!

RATONOLATRÍA

Cierto día un ratón logró llegar a la Fuente del Conocimiento. Quien quiera que beba de esa fuente verá cumplirse el más caro deseo de su corazón… y otro más por añadidura.

El ratón bebió y expresó el deseo de entender el lenguaje de los hombres…  en el caso de que éstos lo tuvieran.

Después de un tiempo de oír a los hombres, apeló al deseo adicional para desembarazarse del poder adquirido.

Los demás ratones le preguntaron:

-¿Qué tiene de tan horrible lo que dicen los humanos?

Al principio no quería ni acordarse, pero le insistieron tanto, que terminó diciendo:

-Supongo que les costará aceptarlo, pero lo que voy a decirles es absolutamente cierto. Los hombres creen de veras que Dios es como ellos y que posee atributos humanos, no ratoniles.

El auditorio se sintió escandalizado hasta lo más íntimo de sus almas ratoniles.

Cuando algunos intelectuales se recobraron de la indignación, le preguntaron:

-¿Pero es que no hay ni un hombre que piense de otro modo?

-Sí, hay algunos; pero sus teorías no son menos abominables que las de los demás.

-Cuéntanos, de todo modos -rogaron los pensadores-. Deseamos tener el máximo de información acerca de esta insólita cuestión.

-Bien; por ejemplo, hay humanos que piensan que los contenidos religiosos son en realidad productos mentales.

-¡Basta! clamaron algunos ratones-. Semejante disparate puede propagar tal epidemia de insania que ni siquiera el Dios-Ratón pueda protegernos de ella.

-¡Basta! -prorrumpieron otros-. Esto podría inducir a los ratonólatras a revivir aquel despropósito llamado religión, so pretexto de que tiene un origen funcional.

-Ya les advertí al comenzar que se trataba de algo horrible -dijo el ratón que había llegado a la Fuente del Conocimiento.

SEIS VIDAS EN UNA

Hubo un joven que pensó:

-Si pudiese experimentar varias fases de la existencia, podría librarme de toda estrechez de miras. ¿De qué sirve que a uno se le diga «Ya lo sabrás cuando seas viejo», si para entonces habrá de ser demasiado tarde para aprovecharlo?

Se encontró con un hombre sabio, quien en respuesta a sus interrogantes dijo:

-Podrás encontrar la respuesta, si lo quieres.

-¿Cómo? -preguntó el joven.

-Mediante la transformación múltiple. Ingiriendo ciertas bayas que yo te mostraré podrás adelantar o retroceder en edad, o dejar de ser una «persona» y convertirte en otra.

-Yo no creo en la reencarnación.

-No es cuestión de lo que crees, sino de lo que es posible, le replicó el sabio.

Comió las bayas y su deseo fue transformarse en un hombre de edad madura. Pero ser un hombre de edad madura tenía tantas limitaciones, que ingirió otra baya y paso a ser viejo.

Ya viejo quiso ser joven otra vez y recurrió a otra baya. Así volvió a ser joven, pero como cada estado tiene su forma de conocimiento correspondiente, ocurrió que de su mente desapareció la experiencia adquirida en sus dos mutaciones anteriores.

No obstante, el joven aún recordaba las bayas, y decidió hacer un segundo experimento. Comió otra, deseando esta vez convertirse en «algún otro». Apenas se vio transformado en esa otra persona, comprendió que el cambio, por sí solo, era vano. Por lo tanto, comió otra baya y deseó volver a ser él mismo nuevamente.

Una vez restituido a su estado original, se percató de que todo lo que habla ganado realmente con aquellas «experiencias» era por completo diferente de lo que había esperado obtener con los cambios de su persona.

Volvió a presentársele el sabio, quien le dijo:

Ahora, que sabes que las experiencias importantes no son las que deseas sino las que necesitas, quizá puedas comenzar a aprender.

OPOSICIÓN

Imami era muy conocido por su costumbre de molestar a los demás con críticas intolerantes.

Un día Imami visitó a un maestro Sufí y le dijo:

-He dedicado toda mi vida a luchar contra quienes tienen falsas creencias y predican errores. Soy capaz de impugnarlos hasta hacerles pedir clemencia, tal es la fuerza de mis justos ataques.

El Sufí preguntó a Imami:

-¿Has probado alguna vez ponerte en el lugar de ellos?

-Sí, contestó Imami-, lo he hecho para poder atacarlos mejor, así como para descubrir sus debilidades.

Al oír esto el Sufí soltó una ristra de vituperios. Gritó, se encolerizó y descargó sobre el infortunado Imami todo el repertorio de epítetos conocidos bajo el sol. Imami no pudo soportar más la acometida del Sufí y le rogó que no prosiguiera.

-Dije lo que he dicho para que sientas de veras lo que sienten tus adversarios cuando los atacas. Dices que te has colocado en el lugar de ellos, pero veo que has sentido realmente lo mismo que ellos sólo cuando yo te puse en ese lugar.

PROGRESO CIENTÍFICO

Una polilla revoloteaba cerca de una ventana, a través de la cual habla visto luz.

Una araña, le dijo:

-¿Cuándo aprenderán las polillas que las llamas queman y son destructoras? Te fastidia la presencia del cristal, pero es el cristal lo que te salva de la, muerte.

La polilla echó a reír: «-¡Abuelita!, exclamó. Tengo dos cosas que decirte. La primera es que eres una devoradora de insectos y los insectos, por muy desinteresados que sean tus consejos, jamás podremos aceptarlos».

«En segundo lugar, las polillas de nuestra generación sabemos más de lo que tú supones. Precisamente ocurre que estoy al tanto de que la deliciosa luz de esa habitación es fría. ¿Lo sabías? Desde tus tiempos hasta hoy ha habido progresos científicos…

«Entraré por esta hendidura y me acomodaré a la luz.»

Y diciendo esto la polilla consiguió entrar en el cuarto.

Nada se lo impedía; ninguna araña habla tejido una tela que pudiera ponerla en peligro.

La polilla danzó en torno de la luz fría.

Pero los progresos científicos realmente hablan tenido

La luz estaba protegida por una capa de DDT.

SERVICIO

Baba Musa-Imran llevaba la vida propia de un rico mercader; no obstante, sus palabras eran escuchadas como palabras de santo. Quienes habían sido sus discípulos eran maestros en lugares tan distantes entre si como China y Marruecos.

Cierto hombre de Irán, adoptando el atuendo de un derviche, errante, encontró la casa del Baba después de una larga búsqueda. Se lo recibió cortésmente y se le encargó la tarea de mantener siempre expeditos los canales que irrigaban el jardín. Allí se quedó tres años sin que se le diera enseñanza alguna en los misterios. Al cabo de ese tiempo, preguntó a un camarada jardinero:

-¿Podrías decirme si puedo confiar en que seré admitido en la Senda y cuánto tiempo más tendría que esperar? ¿Hay algo que debiera hacer para satisfacer los requisitos necesarios para el Iltifat, la bondadosa atención del Maestro?

El otro hombre, que se llamaba Hamid, respondió:

-Yo sólo puedo decir que el Baba Musa nos ha asignado tareas. El cumplimiento de una tarea es un período de Servicio, conocido con el nombre de Etapa de Khidmat. Un discípulo no debe salirse de la etapa que se le ha asignado. Hacerlo es sinónimo de rechazar la enseñanza. Buscar otra cosa o algo más puede ser indicio de qué en realidad, uno ni siquiera ha cumplido correctamente la Etapa de Servicio.

Aún no habla transcurrido un año cuando el jardinero iranio pidió permiso para marcharse en pos de su destino.

Pasaron otros treinta años y el hombre de Irán se encontró un día con su anterior compañero, Hamid, quien por entonces era el Murshid de Turquestán. Cuando Hamid le inquirió si tenía algo que preguntar, el iranio dijo:

-Soy tu ex condiscípulo de la Corte del Baba Musa-Imran. Dejé el estudio en la fase de Khidmat, Servicio, porque no lograba entender qué tenía que ver con la Enseñanza. En aquellos días tú también cumplías tareas serviles y no asistías a disertación alguna. ¿Podrías decirme en que momento particular empezaste a avanzar en el Camino?

Hamid sonrió y le contestó:

-Perseveré hasta ser verdaderamente capaz de servicio. Esto sólo sobrevino cuando dejé de imaginar que el trabajo servil era en sí mismo suficiente para denotar servicio. Entonces comprendí en qué forma aquello tenía que ver con el Camino. Los que se alejaron del Baba lo hicieron porque deseaban comprender sin ser dignos de comprender. Cuando un hombre quiere entender una situación siendo que sólo imagina que está instalado en ella, es inevitable que se desconcierte. Es incapaz de comprender, de modo que no es suficiente desearlo. Es como un hombre que se tapa sus oídos y grita:

«¡Háblenme!»

El iranio preguntó:

-Cuando terminaste tu servicio, ¿te transmitió el Baba las Enseñanzas?

Dijo Hamid:

-Cuando estuve en condiciones de servir pude comprender. Pude comprender el ambiente que el Baba había preparado para nosotros. El lugar, las demás personas y los actos se podían interpretar como al él hubiese pintado un cuadro de las realidades misteriosas en el idioma propio de ellas.

SUPERVIVENCIA TRIGÁSTRICA

Érase una vez cierto planeta en donde existían tres clases de personas: las que poseen sólo un estómago, las que poseían dos y las que poseían tres.

Al principio nadie notó que existiesen diferencias entre unos y otros, pues vivían en regiones distintas y habían adoptado los alimentos y hábitos que mejor se les acomodaban.

Cuando se multiplicaron, aquellas diferencias fueron causa de luchas. A veces se imponían los monogástricos, otras veces los bigástricos y otras los trigástricos.

Un buen día, con criterio realista y movido por un deseo de equidad, resolvieron abolir todas las diferencias basadas en la cantidad de estómagos y de ello resultó que, afortunadamente, la gente terminó olvidando la existencia de esas diferencias anatómicas. Por entonces tenían una cultura unificada, que era completamente ciega a este detalle. Ni siquiera los instrumentos tecnológicos ideados por la gente acusaban diferencias en cuestión de estómagos.

Fue entonces cuando emergió un elemento nuevo. Al aumentar la cantidad de alimentos y disminuir su calidad, los monogástricos y los bigástricos no pudieron tolerar la nueva dieta y empezaron a morir.

En virtud de que el viejo tabú que impedía el conocimiento de todo cuanto se relacionase con estómagos operaba incluso por vía de la herencia genética, nadie pudo resolver el problema y sobrevivieron únicamente los trigástricos.

TIGRE

Un ciervo, que escapaba velozmente de un tigre voraz, se detuvo un instante para prevenirle a gritos a un ratón que muy tranquilamente estaba sentado junto a su cueva.

-¡Viene el Rey de la Selva, decidido a matar! ¡Huye y sálvate!

El ratón mordisqueó una hojita de hierba y dijo:

-¡A mi sólo podrías interesarme si trajeras la noticia de que un gato anda merodeando por aquí!

HAZ ESTO, POR FAVOR

Cierto vez preguntaron a un Sufí:

-¿Cómo puedes enseñar a la gente a, desplazarse en determinadas direcciones, sin que conozcan tu «lenguaje»?

Él respondió:

«Hay un relato que ilustra esto. Un Sufí se hallaba en un país extranjero donde la gente sólo conocía una frase de su idioma. La frase era: ‘Haz esto, por favor».

«El Sufí no tuvo tiempo para enseñarles más de su idioma y, por consiguiente, cada vez que necesitaba que se hiciera algo debía mostrar qué era lo que quería y decir:

«Haz esto, por favor». Y de esa manera, todo fue hecho».

PICADURA

Un escorpión, arrinconado por un gato, decidió implorarle que le perdonase la vida.

-¡Déjame vivir! ¡ Déjame vivir!, suplicó. Puedes atrapar muchos otros animales y obtener algo mejor que un bocado de cartílago. Si me dejas ir, te confiaré un secreto.

El gato, curioso como todos los gatos, se agachó y el escorpión le susurró algo en el oído.

El escorpión quedó en libertad y el gato volvió junto a su amo.

Apenas el hombre lo levantó, el gato, valiéndose de la pericia recién adquirida, hizo con sus patas un movimiento hacia atrás y le clavó sus uñas en un brazo. Ningún escorpión lo habría hecho mejor.

El hombre, metió al gato en una bolsa y lo arrojó al río.

CONTRADICCIONES

Diálogo entre un Sufí y un inquiridor:

-¿Qué afirmación debería uno elegir si dos afirmaciones Sufíes se contradijesen entre si?

-Se contradicen únicamente si se las considera por separado. Si palmeas tus manos y sólo observas el movimiento de una y otra, creerás que cada una de ellas se opone a la otra. No habrás percibido lo que ocurre realmente. La «oposición» de ambas palmas tenía, por supuesto, un objeto único: producir el aplauso.

LA FRUTA

Érase una vez tres hombres, todos los cuales querían fruta, aunque ninguno de ellos jamás habla visto una, pues en su país la fruta escaseaba mucho.

Dio la coincidencia de que los tres hombres salieron de viaje en busca de aquella cosa casi desconocida llamada fruta. Y también más o menos al mismo tiempo ocurrió que cada uno llegó a un árbol frutal.

El primero de ellos era distraído. Llegó al árbol, pero había pasado tanto tiempo pensando en las direcciones en las cuales viajar, que no reconoció el fruto. Su viaje fue infructuoso.

El segundo era un tonto, que tomaba las cosas al pie de la letra. Cuando vio que toda la fruta del árbol ya había dejado atrás su mejor momento, dijo: -Bueno, he visto fruta y a mí no me gustan las cosas pasadas, por lo que, en cuanto a fruta se refiere, no quiero saber ya más nada. Siguió su camino. Su viaje fue infructuoso.

El tercero era sabio. Juntó algo de fruta y la examinó. Después de pensar un poco, estrujándose el cerebro para recordar todas las posibilidades de aquella delicadeza incomestible, descubrió que dentro de cada fruto habla una piedra.

En cuanto supo que la piedra era una semilla, todo lo que tuvo que hacer fue sembrarla, vigilar el crecimiento y esperar… fruta.

EL SUFÍ ESCLAVO

Uno de los grandes Sufíes, Ayaz, había sido esclavo y llegó a ser hombre de compañía y de confianza del Sultán Mahmud de Ghazna.

Se cuenta que un cortesano le dijo:

-Fuiste derviche y caíste cautivo; después serviste durante anos a Mahmud y sigues haciéndolo todavía. Sin embargo, es tanta tu santidad que el Sultán te concedería la libertad inmediatamente si se la pidieses. ¿Por qué continúas en esta extraña situación?

Ayaz lanzó un hondo suspiro y contestó:

-Si dejara de ser esclavo, ¿ qué sería del hombre al que la gente puede señalar como un esclavo que es no obstante un maestro? Y, si abandonara al Sultán, ¿quién se encargaría de advertir y amonestar a los cortesanos? Me escuchan a mí porque también Mahmud me escucha. Hombres como tú, querido amigo, son quienes han construido este pequeño mundo a su medida, y tú me preguntas por qué estoy aquí en esta jaula de hombres.

LEYENDA INVEROSÍMIL

«La cirugía estética, dijo un águila, más que útil es casi necesaria dada la actual evolución de la vida social», y se hizo recortar las garras y acortar el pico. El efecto agradó tanto que todos la imitaron.

Es decir, casi todos. Los únicos que no se preocuparon por mejorar su aspecto fueron los cuervos. Ellos dejaron que les creciesen las garras y se quedaron aguardando que llegara el día en que otras aves de presa hubiesen practicado quiropedia y vivido en ese grado de civilización adquirido durante tanto tiempo que ya no supiesen qué hacer con sus garras aun cuando, dadas las nuevas circunstancias, sus códigos sociales les permitiesen nuevamente dejárselas crecer.

AMBIENTE

Un Sufí invitó a un hombre, que lo respetaba mucho, para que se quedara a vivir en su casa. Al cabo de cuatro días el Sufí partió en un largo viaje y estuvo ausente tres años.

Privado de la presencia de su maestro, el huésped se sintió muy molesto y confundido, hasta el punto de que, inadvertidamente, llegó a hacerse cargo de los asuntos de la casa.

Anos después, alguien a quien el huésped habla confiado su preocupación volvió y descubrió que habla ocupado el lugar del Sufí y que su manera de sentir había cambiado totalmente.

Dijo el huésped:

-Ahora comprendo que lo que me resultaba tan claro cuando llegué a la casa de mi maestro era, en realidad, oscuro. Si él se hubiese quedado, yo no habría podido sobrellevar la intensidad de su presencia. Yo quería estar con él, pero lo que en verdad necesitaba era respirar su ambiente.

INGRATITUD

Una enredadera arraigó en el suelo a un costado de una casa. Con el pasar de los años, esa enredadera cubrió las paredes en forma tan tupida que sólo borrosamente podía adivinarse algo detrás del follaje. Y tal era la frondosidad en continuo crecimiento que cada vez resultaba más difícil entrar y salir de la casa.

La casa terminó abandonada y al desmoronarse algunas de sus partes cambió hasta su diseño.

Cuando la casa terminó completamente derrumbada, se convirtió en un agradable montículo recubierto de enredadera. Sólo de vez en cuando e indolentemente la gente solía preguntarse acerca del origen de ese montículo.

La que más se preocupó fue la enredadera. Dijo:

-¡Qué edificio más ingrato! Lo sostuve durante años, pero de todas maneras se arrojó al suelo.

Tal fue la versión que circuló por todos los alrededores.

LA DIFERENCIA

Al terminar una conferencia, el Sufí Putsirr inquirió si alguien de la audiencia deseaba preguntar algo.

Uno de los asistentes dijo:

-He oído hablar mucho de las prodigiosas cualidades del Maestro Inabi de Balkh. Pero cuando acudí a verlo advertí que no lo rodeaba más que un pequeño número de personas y, lo que es más, no hablaba a ninguna de ellas, a veces durante meses y meses. Algunas de esas personas me dijeron que el maestro jamás le había dirigido la palabra. Ahora al venir aquí encuentro que eres mucho más explícito y estás acompañado por una numerosa concurrencia, así que debo sacar la conclusión de que es a, ti a quien debo respetar.

Alguien objetó que aquello no era una pregunta, sino una afirmación.

El maestro intervino:

-En realidad es una pregunta, aunque no específicamente formulada como tal. Pero es una pregunta más evidente que la mayoría de las preguntas, las cuales por lo general son desafíos o afirmaciones. Considerémosla, pues, como pregunta. El Maestro Inabi tiene pocas personas en torno porque hace cuarenta años que es célebre y durante ese tiempo fue visitado por todos los sensacionalistas y equivocados, que al comprobar que se trataba de un maestro y no de un saltimbanqui de circo, prosiguieron sus propios caminos. En cambio, puesto que estoy aquí desde hace sólo 12 años, todavía sigo rodeado por muchos que, a pesar de sus apariencias, son ambiciosos de conocimientos y buscadores de emoción. ¿No has notado que es más frecuente encontrar ovejas en cualquier lugar, que leones en su sitio?

LA BOLA DE CRISTAL

Una leyenda cuenta de un joven que empeñosamente buscaba el conocimiento por la experiencia. Siguió a todos e hizo de todo cuanto pudo para saber lo que pudiese haber más allá de la vida común.

Un día llegó a la caverna de un anciano sabio, quien delante de sí tenía una bola de cristal. El joven se sentó frente al sabio y miró fijamente la esfera reluciente. Allí vio toda clase de cosas de las que nunca había oído hablar ni habría podido imaginar jamás. Entonces le dijo al maestro:

-No es suficiente ser espectador, aun de estas maravillas. De un modo u otro debo poder vivir estas cosas.

El sabio lo invitó a introducirme en la bola de cristal y en cuanto lo hizo el joven comprobó que realmente podía entrar en cualquiera de las escenas que antes había visto.

Inmediatamente el joven salió de la bola. El sabio, sin decir palabra, le entregó un martillo; el joven hizo añicos la bola de cristal y se marchó.

EGOÍSMO

Cuando le preguntaren por qué nunca criticaba a nadie, Anwar, hijo de Hayyat, dijo:

-Por egoísmo. Si alguien señala los defectos de un vecino hace una revelación que puede ser buena para la aldea, pero ni quien lo hace no está más allá de la arrogancia, esas censuras lo volverán más arrogante. Soy demasiado egoísta para exponerme a exacerbar mi arrogancia.

EXPERIENCIA

Preguntaron a cierto Sufí:

-¿Por qué viajaste tanto en tu juventud, acumulando tal variedad de experiencia?

El Sufí contestó:

-Porque si lo hubiese hecho más tarde, siendo ya conocido se me habría tratado en forma distinta y no habría podido adquirir experiencia.

LOS BOTÁNICOS: UN PAÍS SIN MEDICINA

Érase una vez, hace ya muchos años, un jardín atendido por trabajadores bondadosos e inteligentes. El jardín habla sido plantado con esfuerzo y sacrificio sobre una tierra yerma y en una época en que los jardines no interesaban a nadie en el mundo. Botánicos y otros especialistas hablan trabajado en él durante largo tiempo y hablan enviado expediciones para que buscasen y trajesen toda variedad de plantas desde los más remotos lugares que pudiera imaginarme.

Algunas plantas, como la del algodón, daban fibras con las que se podían hacer tejidos; otras suministraban alimentos nutritivos y otras, en fin, tenían propiedades medicinales.

Pero un día ocurrió una calamidad que destruyó el jardín y produjo la muerte de casi todos los jardineros. Los jardineros que sobrevivieron debieron retirarse a lejanos lugares, pero a su debido tiempo se vieron reemplazados por otras personas que no tardaron en descubrir la utilidad de las plantas proveedoras de alimentos y las cultivaron. Más tarde cayeron en la cuenta de que ciertas flores y hierbas se podían emplear para preparar colorantes. Y como eran experimentadores infatigables también develaron los secretos de los hilados que podían obtenerse del material fibroso.

Y sin embargo, por extraño que resulte, aquella gente no llegó a descubrir las virtudes de las plantas medicinales; y, por lo tanto, no pudieron contar con una ciencia médica verdadera. Cuando enfermaban pronunciaban fórmulas mágicas y algunas veces se curaban, otras quedaban inválidas y otras morían. Pensaban que éste era el orden correcto y natural de los acontecimientos. De vez en cuando solían llegar hasta ellos ciertas leyendas referentes a la medicina. Pero ellos eran gente racional y no creían en tales ritos, que impresionaban como superstición o ilusionismo, tal como os parecería a vosotros si os hubieran criado sin medicinas.

Decían:

-Todos, por supuesto, quieren sentirse mejor. Por eso la gente ha inventado esa ficción que llaman «ciencia médica».

Los botánicos, sin embargo, aún existían. Algunos tornaron al lugar que anteriormente había sido el jardín de sus antepasados y así pudieron descubrir, consternados, que en aquel sitio la medicina era considerada en ese momento una arcaica estupidez.

-Corregiremos rápidamente estas ideas, pensaron, pues podemos demostrar que en muchos casos las enfermedades curan con sencillos recursos, gracias a un profundo conocimiento de las plantas.

Ciertamente, no sólo eran botánicos sino también personas prudentes y antes de hacer algo por restablecer el conocimiento del arte de la medicina hicieron un sondeo para averiguar el carácter, la conducta, las ideas y las instituciones de quienes ahora vivían en el jardín

Fue entonces cuando tuvieron una gran sorpresa: quienes los habían reemplazado (además de no ser idóneos para el estudio de la medicina) eran gente hasta tal punto dominada por hábitos de razonamiento selectivo que ni siquiera una demostración les habría podido convencer de que pudiera existir esa cosa llamada medicina. Cierto es que de palabra reclamaban una demostración; pero en realidad no querían permitir que los hombres de ciencia (los anacronistas, como los denominaban) probaran en la práctica la medicina haciendo una curación. Por ejemplo, insistían en imponer sus propias condiciones: que todas las curaciones se realizaran en seis minutos, o no aceptaban un remedio que debiera ingerirse, no fuera que causase daño a algún paciente.

De modo que los científicos debieron aislarme nuevamente, hasta que la gente se viese tan acosada por enfermedades que ya desesperada aceptara someterme a esos tratamientos «supersticiosos» que venían rechazando, O hasta que hubiera suficientes estudiantes imparciales entre aquellos que consideraban que la medicina era una posibilidad y que era acreedora a que se la sometiese a prueba.

ES LO MISMO

Un filósofo dijo:

-La mayoría de las conversaciones de los derviches se refieren a «cómo mejorar al hombre». Estoy harto de esta cháchara pues, como hombre objetivo, también deseo escuchar el reverso de la medalla: ¡cómo empeorar al hombre!

Un derviche que lo escuchaba replicó:

-¡Bienaventurado! Hablar de mejorar o de empeorar al hombre sirve igualmente a ambos fines. Si un hombre carece de base, no hay manera más rápida de empeorarlo que hablándole de «mejoramiento». ¿ Por cuál otra razón los derviches se habrían de negar a dar lecciones a todos aquellos que acuden a ellos?

DINERO

Cuéntase de un hombre que fue a ver a un compilador de diccionarios  para preguntarle por qué se interesaba tanto por el dinero. El lexicógrafo se sorprendió mucho y le dijo:

-¿De dónde has sacado esa idea?

-De tus propios escritos -fue la respuesta.

-¡Pero si yo he escrito solamente un diccionario! -dijo el autor-. ¡Eso es todo lo que he escrito!

-Lo sé -replicó el otro.- Y ésa es la obra que he leído.

-¡Pero el libro contiene cien mil palabras! Y de todas ellas, no creo que traten de dinero más que unas veinte o treinta.

-Y bien, ¿por qué te empeñas en hablarme de todas esas otras palabras si yo no te pregunté más que acerca de las que se emplean para significar dinero?

EVALUACIÓN

-Analiza siempre las pruebas con espíritu crítico -aconsejó un sabio de la Tierra de los Tontos a uno de sus estudiantes. -Voy a ponerte a prueba en lo referente a factibilidad. Si te dijese: «Trepa por ese rayo de luna», ¿qué responderías?

-Yo diría: «Podría resbalarme al subir».

-¡Estás equivocado Debiste haber contestado que deberías hacer muescas con un hacha para afirmar los pies en ellas!

A SU DEBIDO TIEMPO

-¿Por qué los críticos y detractores hacen más alharaca que los que valoran la Senda? -preguntó un clérigo visitante a Jan Fishan Kan.

-Tú mismo podrás contestar la pregunta, le dijo el Kan, si hallas la respuesta a esto:

«Un niño alborotador arroja piedras a un árbol. La gente se detiene a mirarlo. Acierta a pasar un sabio, quien advierte que se trata de un árbol productor de fruta deliciosa. El muchacho está completamente absorto en su diversión. Los observadores sólo ven la acción del niño. El sabio mira en la interioridad del árbol, que a los otros se les manifestará a su debido tiempo, en la estación apropiada».

RADIORRECEPTORES

Cierta vez estuve en un país en el que jamás se habían escuchado los sonidos que emite un receptor de radio. Me enviaron un aparato de transistores, y mientras aguardaba su llegada traté de describirlo a los pobladores. Mi descripción fascinó a algunos y enfureció a otros. Una minoría asumió una actitud irracionalmente hostil contra los aparatos de radio.

Cuando después les hice una demostración, no pudieron establecer diferencia alguna entre la voz del altoparlante y la que produciría una persona que estuviese cerca. Finalmente, lograron, tal como nos había ocurrido a nosotros, acomodar el oído para captar la diferencia.

Cuando más tarde los interrogué, todos juraron que lo que habían imaginado de los radiorreceptores a través de mi descripción no correspondía a la realidad.

EL JOVEN SUFÍ

Un anciano fue a ver a un joven Sufí que estaba sentado entre un grupo de amigos. Las otras visitas se burlaron cuando el anciano dijo:

Toda mi vida la he dedicado a acumular dinero. Jamás he utilizado mi tiempo para reflexionar acerca del hombre y su realidad interna.

El Sufí dijo:

-Cada hombre hace lo que puede con lo que tiene.

-Así es -dijo el anciano avaro- y dado que no sé de ninguna otra manera de honrarte, ahora que te reconozco te entrego esto. Es una joya que compré en la casa del orfebre. Pagué por ella hasta el último céntimo de lo que he ahorrado en estos últimos sesenta años. Es la mejor pieza de su joyería. Ya soy demasiado viejo para cambiar: cada hombre se expresa en su propio idioma.

El joven Sufí se puso de pie y comenzó a rasgarse la ropa. Dirigiéndose al grupo de presentes dijo:

-Ustedes piensan que este hombre es materialista y carece de saber. Pero él se desprende de lo más preciado que tiene, impulsado por su nobleza de espíritu, no la mía Desde hoy en adelante este hombre será vuestro maestro, y yo me recluiré.

EL LIBRO DE MAGIA

Cierto día un historiador inglés adquirió algunos libros; entre ellos descubrió uno que se ocupaba de conjuros mágicos y lo puso a un lado. Pero en otra ocasión pensó:

-La magia es un perfecto disparate, pero ¿ no sería extraordinario que por los motivos más loables, un historiador pudiera utilizar los conjuros, proyectarse en el pasado y enterarse de los hechos históricos tal cómo ocurrieron realmente… ?

Fue así como nuestro historiador se encontró instalado en las Islas Británicas durante la conquista normanda. Después de vivir allí un tiempo, valiéndose de la palabra mágica retornó a su propia época.

Al poco tiempo dictó una conferencia sobre las Islas Británicas en los días de los normandos y no tardó en ser despojado de su cargo en la universidad «por su insistencia en hacer afirmaciones supuestamente basadas en hechos sin apoyarse en fuentes bibliográficas, y por alegar que todos los datos contenidos en la historia de la conquista normanda eran falsos».

Nuestro hombre debió vender su biblioteca y fue así como el libro de magia llegó a Medio Oriente.

Allí lo adquirió un tal Mansur. Este se sintió tan atraído como el historiador inglés por la clave del tiempo y el espacio, y valiéndose de ella se transportó a la toma de Constantinopla por Mohammed el Conquistador, simplemente motivado por su interés en ese hecho.

-Puesto que la práctica de la magia era muy mal vista en su comunidad, no confió a nadie sus aventuras.

Pero como al fin de cuentas era humano, Mansur no pudo abstenerse de emplear su nuevo conocimiento. Un día dijo:

-Me resulta curioso que los musulmanes lleven el fez como prenda distintiva de su religión, siendo que anteriormente sólo habla sido usado por los cristianos en Bizancio. En cuanto al emblema de la estrella y la media luna, lo empleaban los cristianos contra quienes lucharon los musulmanes.

Las jerarquías eclesiásticas de su país lo declararon herético y nadie quiso dirigirle la palabra hasta tanto se retractara de todo lo dicho. Y así lo hizo, rápidamente.

Entonces arrojó el libro por su ventana. El libro fue recogido por un pordiosero, quien lo vendió por un trozo de pan al dueño de un puesto de venta de libros.

El libro estaba escrito en inglés y un forastero que conocía el idioma lo compró por casi nada cuando viajaba de regreso a Occidente.

Este hombre, a quien llamaremos Martín, quedó fascinado por el mismo párrafo del volumen que había cautivado antes a sus predecesores. Pero siendo un buen católico, lo llevó a un cardenal a quien conocía y le pidió su opinión.

El cardenal le dijo:

-Hijo mío, esto es un grave pecado y un objeto como éste es algo detestable para todo creyente. ¡Rehúyelo!

Martín se sintió muy agradecido por este consejo y dejó el libro al cardenal.

Un tiempo después, sentado en su estudio, el cardenal meditó:

-En fin de cuentas, un hombre que goza de mi posición es muy capaz de resistir las fuerzas sobrenaturales. Veo los peligros que entraña viajar al pasado, a una época en que las cosas no eran lo que ahora nos parecen desde nuestro actual punto de vista; por lo tanto voy a idear, como mero experimento, una fórmula especial.

Después de mucho pensarlo, el cardenal pronunció un conjuro destinado a situarlo en otro tiempo y en otro lugar. Dijo esto:

-Haz que retroceda a un momento y un sitio en que nada interfiera mis creencias.

Cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, se encontró dentro de una caverna y oyó ruidos, semejantes a los que hace la gente, que venían desde afuera de la cueva. Ajustándose su espléndida vestidura, caminó hasta la entrada. Reunidos en una hondonada delante de él había varias docenas de hombres y mujeres que tenían cabello largo y enmarañado, vestían pieles y empuñaban garrotes. Gruñeron al verlo aparecer y profirieron gritos estridentes, al parecer de bienvenida.

-Amigos -les dijo el cardenal-, no sé dónde estoy, pero noto que os hace falta guía. He venido a hablaros de lo más importante que habéis oído jamás.

Pero todo cuanto logró provocar como reacción fue gruñidos y chillidos. Cuando cayó en la cuenta de que había retrocedido varios cientos de miles de años, advirtió también que había olvidado la palabra que debía pronunciar para regresar a su propia época.

El libro ha vuelto a venderse y ha comenzado a viajar otra vez. Se encuentra actualmente en el estante de una librería de segunda mano, esperando el próximo comprador. Pero, por fortuna, la mayoría de la gente considera que tales libros sólo contienen insensateces…

EL HOMBRE

Un derviche Bektashi se acercó a cierto obispo y le dijo:

-He oído hablar de un joven que arenga a multitudes incitándolas a desobedecer la ley, afirma que mantiene vínculos sobrenaturales, realiza «milagros» y se contradice…

-¡Basta! -prorrumpió el obispo-. Se lo someterá a juicio por blasfemo y por alterar el orden público. Si no se retracta, se lo podría condenar a muerte como hereje y corruptor.  ¡Dime cómo se llama y yo me encargaré de lo demás!

¡Ojalá comprendiese lo mucho que me ha impresionado su capacidad! -dijo el Bektashi-. Se llama Jesús.

INFORME PSICOANTROPOLÓGICO

Existe un país cuyos habitantes son excéntricos durante buena parte del tiempo. No se parecen en nada a los seres humanos conocidos por nosotros.

Ejercitan a grupos de personas para que se comporten según ciertas maneras sistemáticas. Cuando se lo ha logrado, aplican los estímulos apropiados para provocar esa conducta y el repertorio de acciones concomitantes.

Aquellos que revelan mayor eficiencia en el entrenamiento, y un más perfecto dominio de los temas en que han sido adoctrinados son objeto de recompensas, al igual que los animales de laboratorio cuando repiten correctamente el comportamiento que se les han enseñado mediante acondicionamiento.

Pero alcanzado este punto, a diferencia de lo que ocurre con nosotros, esas personas se confunden por completo: los mismos adiestradores, en lugar de decir «otro experimento cumplido satisfactoriamente», comienzan a admirarlos y adorarlos como a «héroes», los consideran inspiradores y aseguran que lo que hicieron fue «espontáneo».

La consecuencia de esto es que en esa sociedad todo lo realmente espontáneo es castigado y despreciado, y no puede sobrevivir. Pero como conocen la consigna, la utilizan para fines no espontáneos.

Es una lástima que ocurra esto, pues en ocasiones muestran ser muy grata compañía y estar dotados de capacidades mucho más importantes que ésta de auto engañarse. Además, muchos visitantes reconocen que se trata de un hermoso país, pero a causa del defecto apuntado, la mayoría de quienes no tienen necesidad de visitarlo se abstienen, claro está, de ello. Les irrita descubrir que cuenta ciertamente con hombres de ciencia que llevan a cabo trabajo clínico y experimental con animales y con seres humanos sin percibir que se producen efectos similares en la convivencia cotidiana. Consideran que aquello sí es experimentación y acondicionamiento, pero no advierten que lo que hacen entre ellos fuera del laboratorio, pese a que es exactamente lo mismo, dicen que no lo es.

¿Pero son acaso secretos los resultados de los procedimientos de adoctrinamiento que practican los científicos? ¡Cielos, de ninguna manera! Se divulgan continuamente en la literatura popular y son muy conocidos.

¡Suerte la nuestra de no pertenecer a ese tipo de mundo!

FRIVOLIDAD

Un príncipe le dijo a un erudito:

-La conversación de aquel Sufí que está allá es tan frívola y general que no creo que pueda ser auténtico.

El erudito le contestó:

-¡Oh, Emir de Jeques! Debes saber que existen tres formas de conocimiento profundo:

El conocimiento profundo desconocido por todos; el conocimiento profundo que se da a través del habla compleja; y el conocimiento profundo que se transmite por medios aparentemente frívolos.

Las bromas de aquel Sufí han hecho cien santos; mientras que otros hombres, de aspecto serio y palabras amenazantes, han hecho… cadáveres.

Cierta vez se le dio a un hombre la oportunidad de beber del Agua de la Vida y se rehuso porque no le gustó la forma de la copa. Si eres hombre de «formas» ¿por qué hablas de «profundidad»?

DETENED A OG AHORA…

De modo que, por fin, se ha producido el gran «descubrimiento». El archirrebelde, blasfemo, aprendiz de todo y oficial de nada que se llama Og ha intentado una nueva maniobra para llamar la atención. Como se recordará, su último consejo maravilloso fue: «Llevad cinco cosas a un mismo tiempo; en lugar de varios viajes haced sólo uno». El clero, tal como era previsible para cualquier hombre inteligente, no tardó en ponerle término a eso. Naturalmente, fue mera cuestión de tiempo el que Og se apareciese con otra novedad. Si el Gran Tótem hubiese deseado que nos comportásemos como niños, llenándonos los brazos de objetos en chapucero desorden, ya se habría establecido así en los Salmos Mágicos. Sabemos (tal como el Gran Jefe Judú lo declaró muy sabiamente) que es más digno, más propio y más correcto transportar una cosa por vez

Pero nos estamos acostumbrando a Og.  Él mismo se calificaría de «innovador». Sin embargo (aun dando por sentada la tesis, que dista de gozar de aprobación general, de que la innovación es buena, pues existen pruebas en contrario), ¿qué innovación hay en la simple repetición, bajo otra apariencia, de la rebeldía y la herejía?

Como ya he dicho, ayer fue «Llevad más de una cosa en un mismo viaje y economizad tiempo». ¿Hoy! Hoy se repite el estilo pueril, aunque la significación implícita en la exhortación es más siniestra. Hoy en día, amigos, es: «Puedo obtener fuego sin frotar juntos dos trozos de madera».

Por supuesto, antes ningún hombre o mujer honestos habría permitido que desde sus labios se insinuasen tan espantosas palabras ni siquiera para refutarlas. Pero vivimos otra época, días de esclarecimiento, días de progreso; días de agitación que siempre serán recordados como una edad en que ningún hechicero progresista, ningún yuyuísta verdaderamente pensante vacilaba ante la necesidad de dar la cara al mal y devolver sus obscenidades a su fétida boca.

¿Hacer fuego «con otro método»? ¿Hacer fuego de cualquier manera, sin haber sido iniciados por el Gran Fetiche en una ceremonia de tal santidad que sólo se la puede realizar cuatro veces por año? ¿Hacer fuego en cualquier momento en que a uno se le ocurra?

No os culparía si vuestras mentes se sintieran confundidas con sólo escuchar este relato. Pero sin duda no serán las mentes perplejas las que solucionarán el asunto. No, eso se logrará con la lógica fría, el pensamiento sereno y eficaz; con La refutación cuidadosa y perfectamente fundamentada.

Por lo tanto, con calma y con lógica, a la par que bajo el imperio de una conciencia humana muy sana, examinemos tales afirmaciones indignantes y carentes de sentido, como inevitablemente deben parecer a cualquiera de nosotros.

La primera consecuencia del absurdo propuesto sería que de nuestras vidas desaparecería toda la belleza, todo el misterio, todo cuanto encierran de bueno las sanciones fundamentales de la moralidad. Del fuego, de la rareza y sublimidad del fuego, por el que muchos han sacrificado sus vidas, por el que tanta gente ha sufrido y tantas más están dispuestas a sobrellevar las máximas penurias, de la rareza y sublimidad del fuego dependen, en última instancia, los valores supremos. Dicho en pocas palabras: ¿existe algo más sagrado que el fuego?

¿Qué sería del encantador juramento: «Si miento, que el fuego me castigue desde las alturas»? En lugar de venerado, el fuego no tardaría en ser menospreciado Una vez perdido el temor al fuego, la gente mentiría, engañarla, mataría.

Si, estirando al máximo la credulidad y planteando, como un ejercicio meramente hipotético, una situación insensata, el calor del fuego se hallará a disposición de todos, ¿cómo podrían ser valoradas por su rareza, su misericordia divinamente benévola, su estética nutritiva? Hoy en día la gente se gana y logra el derecho al fuego. Les es dado en los templos, como una recompensa. Aquellos a quienes con todo derecho les es negado, tiritan de frío a nuestro alrededor, sirviéndonos de lección a todos, mientras que, como un castigo por el mal cometido experimentan el anticipo de una mayor pena futura.

Y con esto, queridos amigos, es posible que hayamos revelado los verdaderos y sorprendentemente osados motivos del malévolo Og. Con el correr de las generaciones, es cada vez mayor el número de personas a quienes, insisto en que con todo derecho, les ha sido negado el fuego. Naturalmente, no piensan en otra cosa. Y entonces se aparece Og diciendo:

-Puedo adquirir poder sobre la gente mediante promesas ¿Qué quieren? Fuego. ¡Les prometeré fuego!

¿Comprendéis ahora que, de una sola vez, Og puede descargar sus golpes sobre las bases mismas de la civilización? Si promete fuego, los desaprensivos harán por él cualquier cosa. Si de veras logra producirlo, destruirá la sociedad; no quedará nada por lo cual vivir ni morir. Si no consigue producirlo, puede aniquilar, esbirros mediante, a los hacedores del fuego divino en cualquier momento en que lo desee, sólo por simple emoción y fanatismo.

Og dice que somos una sociedad conservadora, tímida e hipócrita. ¿Es conservadorismo alcanzar latitudes cada vez mayores en busca de bisontes salvajes? ¿Es timidez proteger los más bellos sentimientos conocidos por el hombre? ¿Es hipocresía decir: «Estáis procurando socavarnos y no ofrecéis ninguna alternativa por lo que os lleváis»?

Convertir el fuego en un esclavo en vez de un amo; reducirlo a una materia gobernable con la llave de «si» y «no» ¿cómo puede eso ser bueno o conducir a algo?

No, amigos míos, no me gusta Og. No me gusta como habla. No me gusta su apariencia. No me parece casual que sus antepasados hayan pertenecido a una tribu distinta. No creo a Og, ni nada de lo que sus partidarios dicen de él.

¿Podéis concebir un mundo en que Og y los de su estirpe «usen el fuego», incendiando bosques como si él fuese el mismo dios-rayo?

¿Queréis una comunidad donde se califique de cobardes y farsantes a los elementos más progresistas de la sociedad; donde se ataquen sus valores y se declaren extemporáneos sus objetivos y, sobre todo, que esto lo hagan Og y los de su especie?

Y, por último, en un espíritu más liviano, para que el decidido absurdo de todo ello salte a la vista hasta de los más obtusos: ¿Es Og un segundo Glug el Grande, como para que todo el mundo lo escuche?

¿Ha tomado parte Og en nuestras propias actividades progresistas como para que confiemos en él, basándonos en nuestro conocimiento de sus opiniones y creencias? ¿Es respetado por alguna persona a cuya opinión nosotros asignemos valor?

No. Og es, lisa y llanamente, un enemigo. Y siempre son los enemigos más hábiles y peligrosos los que pasan por benefactores.

Por lo tanto, que se difunda este grito: DETENED A OG AHORA…

CINCO MIL

Un hombre dijo al Custodio de la Puerta de Alepo:

-Hace veinte años que vivo en el Khanqah, el retiro del Maestro de la Época, en Turquestán.

El Custodio preguntó: «¿Que has aprendido?».

-No sé si he aprendido algo -respondió el otro. Mientras estuve allí la gente llegaba y se iba. Algunos eran despedidos, otros se desanimaban. Finalmente yo decidí alejarme.

Dijo el Custodio:

-Hay un gran Sufí que vive al lado del Pequeño Mercado. Quizá pueda darte consejo.

El hombre de Turquestán concurrió al Pequeño Mercado y al ver al gran sufí exclamó:

-¿Eres acaso un impostor? Pues no eres otro que el hombre que durante veinte años se presentaba en el Khanqah y sembraba dudas en mi mente acerca de mi Maestro.

El Sufí sonrió y respondió:

-Uno de mis deberes es poner a prueba a los discípulos, ¿y qué mejor manera de probarlos que ser uno de ellos y criticar y dar pie a su descontento?

-¿Pero qué me dices de los demás? ¿ Es que realmente los otros discípulos eran todos santos que fingían ser otra cosa?

-De tal modo está compuesto el grupo de moradores del Khanqah, que algunos son ignorantes y otros son personas iluminadas que se comportan como si fuesen ignorantes, pero también hay quienes no son ni una ni otra cosa. Sólo ves la superficie. Durante tus dos decenios en el Khanqah, cinco mil de los que no hicieron bulla alguna, a muchos de los cuales ni siquiera miraste y te parecieron ser poco importantes, recibieron su propia iluminación.

EL HOMBRE Y EL CARACOL

En cierta ocasión un hombre vio un caracol acomodado en una grieta de una pared. Le gritó:

-¡Hola, caracol!

Créase o no, aquel caracol hablaba y oía y le respondió:

-¡Hola, tú! ¿Qué cosa eres?

El hombre contestó:

-Soy un ser humano.

-¿Son ustedes como nosotros!  Preguntó el caracol.

-En cierto modo; pero hay muchas cosas que nosotros hacemos y tú no puedes hacer.

-Nómbramelas.

-Bueno, por ejemplo, ustedes tienen ojos sobre una especie de tubos largos, como tallos. Nosotros tenemos tallos también, en el extremo opuesto y los llamamos piernas. En las piernas tenemos pies. Moviendo las piernas y los pies podemos recorrer largas distancias en tiempo muy breve.

-Eso suena extraordinario! ¿Algo más?

-Bueno, no tenemos caparazón. No nos hace falta.

-¿No tienen caparazón? Bueno, supongo que es posible…… ¿Algo más?

-Podemos comunicarnos sin palabras, aun sin estar juntos. El método de que nos valemos es tomar algo, una hoja, por ejemplo, trazar en ella unas marcas llamadas escrituras y enviarla a través de otro ser humano. Y mediante algo llamado «lectura», la persona que la recibe se entera de lo que pensó quien la escribió.

El caracol dijo:

-Lo malo es que tú, al igual que todos los mentirosos, extremas la nota.

Yo te he sorprendido en exageraciones con sólo fingir que te creía. Si te estimulara aun más, absteniéndome de expresar la lógica incredulidad de todo ser racional, me convertiría en cómplice de tus escandalosas mentiras.

EL PORTERO

Preguntóse a un Sufí:

-¿Qué estás haciendo? Queremos aprender de ti y no nos permites estudiar libros. No realizas rituales; te niegas a responder preguntas; ignoras las alabanzas y los reproches.

El Sufí dijo:

-Yo soy un portero. El portero se asegura de que la puerta esté abierta cuando debe estar abierta y de que esté cerrada cuando debe estar cerrada. Permite la entrada a cuanta cosa o persona deba entrar y se la niega a aquello que debe ser excluido. Si quieres que haga estruendo, que «sacuda la puerta», que cree un efecto, que vista ropas opulentas o pobres, que prometa o discuta, que realice pantomimas, que acepte sobornos o hable en lugar de trabajar… no eres un hombre que pueda tratar con el custodio de una puerta.

CARTA DE AGRADECIMIENTO

Shah Sharif Shah volvió de un banquete en la casa del entonces Primer Ministro del país de Roum.

Inmediatamente se sentó y dictó una carta al más excelente calígrafo de la ciudad, llena de chocantes cumplidos y serviles lisonjas.

Un pensador visitante dijo:

-¡Oh, Sharif! Si envías esa carta al Ministro ocurrirá que o tu adulación lo asqueará y nunca volverá a invitarte a su mesa o sentirá tal temor de que el pueblo crea que se ha dejado envolver por tus adulaciones que jamás te ofrecerá un cargo relevante en la Corte.

Sharif Shah sonrió y contestó:

-Has juzgado bien y tu apreciación corrobora tu fama de filósofo. Pero lo que piensas de mi parece contaminado por tus propias ambiciones. Quiero que sepas que no quiero banquetes y aun menos me atrae la perspectiva de ocupar puestos en la Corte; por eso redacté la carta que acabas de oír.

EL CUCHILLO

Un tonto que habla salido de paseo vio billar algo a la vera del camino. Esperando que fuese de plata, lo recogió; pero sólo era un cuchillo que se le habla caído a alguien.

-Voy a arrojarte al río por haberme engañado, para que mueras allí oxidado, le gritó.

Pero se trataba de un cuchillo parlante, y trató de salvarse de la muerte diciendo:

-¡Benévolo señor! ¿Por qué no me guardas? ¡Bien te podría servir para cortar tu pan!

-¡De ninguna manera! exclamó el tonto, pues también podrías servir para que algún otro me degollase.

EL ELÍXIR

Preguntóse a uno de los grandes maestros Sufíes:

-¿Cómo es posible comprender las enseñanzas de los maestros, siendo que gran parte de la conducta que muestran es paradójica y a menudo muy común?

El Sufí contestó:

-Las reglas generales y los enfoques hipotéticos obstaculizan la comprensión con la misma frecuencia con que la ayudan. Pero te contaré mi propia experiencia, pues a menudo resultan más aleccionadores los testimonios de lo que se ha experimentado.

Y contó lo siguiente:

«Siendo yo estudiante, abordé al Gran Maestro de la Época diciéndole: ‘No consigo conducirme más que como un animal; ayúdame a ser humano’. Él asintió con una inclinación de cabeza y yo lo serví en su casa durante dos años, aguardando un signo de enseñanza. Al cabo de ese tiempo acudí a otro sabio y le pregunté cómo podría abordar a mi maestro para aprender de él.

«El hombre sabio me contestó: ‘Lo que buscas es un elixir; yo te daré uno, toma este líquido incoloro y vuelca una gota en la comida de tu maestro, una vez por día. Al mismo tiempo, cerciórate de servirlo y hacer cuanto te diga, sin esforzarte en lo más mínimo, de momento, por tratar de ver significados en sus actos ni inducirlo a sostener conversaciones.

«Hice lo que me dijo y al cabo de un mes descubrí que lograba percepciones y comprensión. Volví al hombre sabio y le comenté: ¡Bendito seas! No hay duda de que el elixir surte efecto, pues estoy progresando y puedo hacer cosas que antes me eran imposibles’.

«Él me pregunto: «¿Y para eso has venido?»

«Respondí: ‘También he venido a buscar un poco más del elixir mágico, pues ya be consumido el que me diste’.

«En el acto sonrió y me dijo: Ahora puedes dejar de administrarle a tu maestro gotas de agua (el elixir) y continuar con la conducta especial que te he prescrito».

EL LEÓN

Érase una vez un león. Había nacido para ser león y para transmitir su experiencia leonina a leones cachorros y a otros leones mayores.

Pero unas moscas y mosquitos que lo rodeaban supusieron que el león estaba en el mundo para que ellos pudieran aprovecharse de él y divertirse.

El león, sacudiendo la cabeza y meneando la cola, impedía que los insectos viviesen de él. Si bien éstos se dispersaban en cuanto hacia algún movimiento, jamás aprendieron que debían dejarlo en paz y que acosándolo obraban por hábito e impulsivamente y no reflexiva y eficazmente.

Un día, el león murió. Entonces se convirtió en lugar de recreación para insectos, y algunos de ellos se nutrieron mucho tiempo con sus despojos.

Como el león dejó de oponerles resistencia, los insectos creyeron que habían ganado la batalla. Lo consideraron como su bien. En realidad, los insectos pensantes armaron un sistema de pensamiento para explicar la real naturaleza del león, basándose para ello en las experiencias que habían tenido con el cuerpo inerte.

Puesto que la voz del león había sido silenciada, los insectos y quienes dieron crédito a sus palabras supusieron que esa versión acerca de la finalidad y el valor de los leones era correcta.

Esta es una de las razones por la cual tantos leones engendran cachorros que habrán de conservar la especie. Verá usted, al cabo de un tiempo suficientemente largo los insectos aprenderán a no molestar a los leones y a acudir a sitios donde conseguir comida con mayor facilidad y más adecuada para ellos que tardan mucho en morir y porque su carne no es eterna.

Lo mismo, también, suele ocurrirles a los maestros Sufíes acosados por eruditos de poco nivel.

EL CERTIFICADO

Un hombre habla estudiado con un maestro Sufí durante varios años. Lo hablan enviado de su pueblo natal, sufragando sus gastos mediante una colecta entre los habitantes del lugar.

Cuando llegó el momento en que debía regresar, el maestro le entregó un certificado en que decía:

«Certifico que este hombre ha ayunado constantemente, ha sufrido privaciones extraordinarias, ha realizado cosas maravillosas y es merecedor de que se lo respete en todos los sentidos»

El discípulo le inquirió:

-¿Por qué extiendes un documento tan falso y engañoso?

El maestro respondió:

-Los Sufíes no existen por sus aspectos externos ni por la posesión de certificados. Pero intenta explicar eso a los que pagaron por aspectos externos y certificados. Los que hicieron posible que vinieras aquí serian los primeros en denigrarte y en protestar aduciendo que has malgastado su dinero si no exhibieses lo que para ellos es la prueba de tu importancia.

QUESO POR ELECCIÓN

-Yo he elegido el queso como de mi preferencia, dijo el ratón. No hace falta agregar que a una decisión de tal importancia no se llega sin pasar por un periodo previo suficientemente largo de cuidadosa reflexión. No negaré que esa sustancia está dotada de un poder de atracción inmediato e indefinible. Aunque de hecho tal atracción la sienten sólo los más refinados; por ejemplo, el zorro, que es bruto, carece en tal grado de la capacidad de discriminación sensible que ni siquiera tiende a acercarse al queso.

-En esta elección median otros factores no menos susceptibles de análisis racional; que es, por supuesto, como corresponde proceder.

-Su color atrayente, su grata textura, su peso, sus formas tan interesantes y diversificadas, la multiplicidad de lugares en que se lo encuentra, su razonable facilidad de digestión, su riqueza de valores nutritivos, su casi universal disponibilidad, su facilidad de transporte y la ausencia total de efectos negativos secundarios… éstas y otras cien causas que se pueden discernir sin dificultad, demuestran en forma categórica mi buen sentido y la agudeza de mi visión, conscientemente ejercitados en la formulación de esta sabia y meditada elección.

LA MANO OCULTA

Jan Fishan Kan en una época fue frecuentemente censurado en los sermones de cierto Mulá de Kandahar. A causa de ello pidió informes de las palabras del Mulá y las estudió, pero en público guardó silencio.

Varios meses después de esto, un viajero llegado de Mazar, llamado Abdul-Qadir Beg, quien ha dejado constancia de ello en sus memorias, dijo:

-Hasta hace muy poco, el Mulá Sifri se expresaba contra ti y ahora, según me dicen, no te menciona jamás. ¿Has modificado tu conducta o esto es cosa de magia? ¿A qué alquimia, a qué talismán has recurrido?

Jan Fishan Kan, tal como lo relata Abdul-Qadir, contestó:

-Si me prometes ser reservado hasta que el Mulá ya no esté entre los vivos, te lo confiaré. Estudié sus sermones y comprobé que se contradecía. Por ejemplo, se oponía a mis actividades de administrador basado en que se me consideraba místico y a mis actividades Sufíes sobre la base de que se me llama Kan. El remedio era, pues, simple: Convine, anónimamente y por intermedio de un amigo mercader de la Ciudad del Manto del Profeta, que se eligiese al Mulá para el cargo de Consejero de los Mercaderes de Kandahar. Puesto que ahora tiene realmente de qué ocuparse, ya no necesita dedicarse a hacer ruido para llamar la atención.

LA CIUDAD DE LAS TORMENTAS

Érase una vez una ciudad. Se parecía mucho a todas las otras ciudades, excepto en que era azotada por tormentas casi continuamente.

Las gentes que la habitaban amaban a su ciudad: se habían habituado al clima. Por vivir entre tormentas la mayoría de las veces no se apercibían de los truenos, los relámpagos ni la lluvia.

Si alguno les hacía notar el clima, pensaban que se trataba de un grosero o de un aburrido. Después de todo, vivir entre tormentas era inherente a la vida misma, ¿no es cierto? La vida siguió así durante muchos siglos.

Todo hubiera estado muy bien de no haber sido por una sola cosa: la gente no había terminado de adaptarse por completo al clima tormentoso y se sentían asustados, intranquilos y a menudo agitados.

Puesto que nunca habían conocido otra clase de lugar, la idea de ciudades o países sin tormentas era para ellos una leyenda o una idea de locos.

Disponían de dos recetas probadas que por un tiempo les permitieron olvidar sus tensiones: introducir cambios y obsesionarse con lo que tenían. En ciertos momentos de su historia, unos sectores de la población se concentraban en los cambios y otros en las posesiones de alguna clase. Los desdichados eran entonces sólo aquellos que no hacían ni una ni otra cosa.

Llovía a cántaros, pero nadie hacia nada al respecto, porque eso no era reconocido como un problema. La humedad era un problema, pero nadie la vinculaba con la lluvia. Los rayos provocaban incendios, los cuales eran también un problema, pero se los consideraba como incidentes aislados que no obedecían a ninguna causa especial.

Puede parecernos sorprendente que tanta gente supiese tan poco durante tanto tiempo.

Pero es que nos inclinamos a olvidar que, en comparación con la información actual, la mayoría de las personas de otros tiempos no sabían casi nada de todo. Además se debe recordar que hasta el conocimiento contemporáneo se modifica diariamente y a veces incluso se demuestra que está equivocado.

GENTE

En el Libro de Amu Daria se cuenta que un ex abogado, jurisconsulto erudito discípulo de Bahaudin Naqshband, preguntó a éste:

-Lo sabes todo acerca de dogmas y exégesis; pareces saberlo todo acerca de teoría y de lo que dicen los libros. ¿ Cómo es posible que poseas todos esos conocimientos, siendo que esos mismos conocimientos no los tienen en igual grado ni los doctos académicos ni los dogmáticos?

-Bueno -contestó Bahaudin-, yo sólo puedo decir que de dogma aprendí mucho más en fuentes ajenas a los libros y discusiones, y aun a las conferencias.

-¿Cuáles son esas fuentes?

-Acerca de dogma y erudición aprendí estudiando gente.

LO QUE DEBE EVITARSE

Hablaban entre si dos destacados ciudadanos de la Tierra de los Tontos.

-¿Sabes -comentó uno de ellos- que cada vez que leo las tablas de multiplicar, la cabeza me empieza a dar vueltas?

-¡Pero eso si que es asombroso! -exclamó el otro. Exactamente lo mismo me sucede a mí cuando corro una distancia.

Incapaces de descubrir alguna explicación común a los dos hechos, llevaron sus experiencias en consulta al Más Sabio de la Tierra.

El Más Sabio les dijo:

-Es evidente que tanto los números como el correr fueron inventados por una persona maligna, y todavía pesa sobre ellos la nefasta influencia de aquel hombre. Por lo tanto,  ¡evitad ambas cosas!

ACTITUD

Anwar Abbasi era un hombre de hábitos tan regulares que la gente decía:

-Quizás un día no salga el sol, pero en Anwar siempre podremos confiar.

Cuando le refirieron esto, Anwar empezó a mostrarse muy excéntrico. Nadie pudo descubrir el motivo, por lo cual surgieron opiniones contradictorias y muchos llegaron a la conclusión de que debía sufrir alguna clase de malestar.

Después, tan súbitamente como había aparecido su cambio, Anwar volvió a mostrar su conducta anterior. Alguien le preguntó, con la mayor delicadeza posible, cuál era la finalidad de su conducta.

Contestó:

-Me alegra comprobar que por lo menos una persona piensa que me ha movido alguna razón. Recuerda que mis discípulos son muchos. Si yo no pongo a prueba su fe en mí, abandonando toda exhibición externa, no seré mejor que un sacerdote o cualquier otro a quien se le haya enseñado a guardar silencio o a no producir sonido alguno. Aunque todos lo atribuyan a otras causas, el sacerdote logra su éxito con la sola apariencia externa y la conducta. Si quieres conocer si esto es bueno o no para el género humano, observa a quienes son influidos por la conducta externa, observa a quienes han dado pie para que existan sacerdotes….

EL ASESINO

Como debéis saber, hay muchas clases de bacterias. Algunas son útiles: nos ayudan a digerir los alimentos; otras, que carecen de función discernible, son completamente inofensivas. Y, por supuesto, algunas ocasionan enfermedades.

Un día, cierto microbio peligroso fue atacado repentinamente por otro que lo mató. Una bacteria inofensiva que se encontraba cerca gritó:

-¡Asesino! ¡Este germen no ha hecho daño alguno y, sin embargo, lo has asesinado vilmente!

El criminal dijo:

Si se le hubiese permitido vivir y atacar a la humanidad, o aun a animales, hubiera ocasionado graves perjuicios; quizás hubiese estimulado la acción antibacteriana y podría habernos privado de nuestro tejido anfitrión.

El microorganismo ofendido resopló; conozco a los de tu calaña. Fingiendo poseer grandes luces, os atribuís mayor derecho a disponer de vidas ajenas. Os arrogáis licencias en nombre del conocimiento. No me cabe la menor duda de que estás proyectando que tu próxima víctima sea yo.

-Te ruego que orientes tu atención, a través de este instrumento, a toda una congregación de amigos tuyos que en realidad atacan a un ser humano al que ellos piensan destruir en nombre de la legalidad de la realización de un festín para todos -dijo el otro.

-¿Crees que no tengo nada mejor que hacer -preguntó el idealista ofendido- que obedecer tus órdenes y verme atrapado en un curso de acción que pueda conducirme a mi propio aniquilamiento?

Sin embargo, lo único que el teórico de alto vuelo ha conseguido hacer es enseñar a las bacterias «destructoras» a guardarse sus opiniones. Pero ninguno de los dos bandos entiende realmente al otro.

MAGO

Cierto Sufí estableció su residencia en un caravasar cercano a una aldea populosa que no distaba mucho de Jalalabad, en Afganistán.

Los aldeanos acostumbraban hacer con todos los recién llegados comentarios acerca de Sahir, el peligroso mago del lugar.

-Debe ser el más peligroso hechicero de todo el mundo- decían. Algunos días después de recibir noticia de esto por quincuagésima vez el Sufí convocó a todos los moradores de la campiña circundante a una reunión y dijo:

-¡Oh, pueblo! Las murmuraciones y la imaginación enervan la mente. Yo os demostraré ahora cómo vuestra afición a la charla ociosa os ha llevado a que interpretaseis mal a Sahir. Vosotros decís que Sahir debe ser el hechicero más peligroso del mundo, ¿verdad?

-Sí -respondieron-, aunque, como viajero, puede ocurrir que tengas conocimiento de alguno peor; lo admitimos.

-Aunque yo haya oído hablar de uno peor, vuestro mago es evidentemente mucho menos peligroso que otra cierta categoría de magos. Es muy probable que el peor mago del mundo sea el mismísimo que no os asustaría en absoluto.

-Pero -clamó el pueblo ¿qué clase de mago seria ése que no nos asustaría?

-Un mago logrado, un auténtico mago. Ése tendría el poder de hacer su voluntad y, no obstante, os parecería un hombre confiable. Sólo el mago desprovisto de poder necesita que lo temáis.

INFORMACIÓN PARA VISITANTES

Los viajeros que llegan a este planeta se alegrarán de saber que posee un sistema para localizar información y definiciones y de este modo contribuir a resolver intrincados problemas.

Este sistema es conocido con el nombre de «diccionarios».

Por supuesto, han ocurrido algunas dificultades de poca importancia.

Cierto visitante que trataba de entender esta cosa llamada humanidad, descubrió que de acuerdo con los diccionarios:

Humano significaba «relativo al hombre o a la humanidad»; el hombre es «la humanidad» o «un ser humano» y humanidad es «el hombre o el ser humano

Pero todo tiene su compensación. Este visitante extrajo sus propias conclusiones sobre lo que esto significaba en verdad. Y en ello basó su conducta

Cuando le preguntaban qué era, él decía:

-Un clerp.

Cuando, al no encontrarlo en sus diccionarios, le preguntaban qué era eso, respondía:

-Es un glomp.

Y esto dio el resultado que él esperaba. La tercera parte de las personas lo tomó por loco, aunque inofensivo, y con ellos no tuvo dificultad ninguna.

Otra tercera parte opinó que algo debía proponerse, algo solapado o deshonesto, y por consiguiente lo condenaron o lo dejaron a un lado, de modo que tampoco con éstos tuvo dificultades.

Los demás creyeron que era un santo.

De esta suerte, gracias a que ninguno sabía quién ni qué era realmente pudo seguir llevando a cabo su trabajo científico con muy pocas interferencias.

GUEPARDOS Y AWARTS

Cierto hombre había leído libros sobre el Camino Sufí. Al cabo de un tiempo se dijo: «Esta lectura es inútil. Debo encontrar a alguien que me enseñe con métodos directos», y se presentó al hombre que, según le habían dicho, era el Maestro de la Época, conocido en general como Gilgun.

Gilgun lo recibió bondadosamente y le preguntó por qué había venido sin escribirle antes.

-Estoy cansado de leer y escribir -dijo el estudiante-; quiero algo real.

-Muy bien -le dijo Gilgun-. Te enseñaré la relación entre realidad y realidad relativa.

Ordenó que se trajese a la habitación un guepardo, es decir, uno de esos animales de presa, parecidos al leopardo, que se usan, debidamente adiestrados, para la caza de animales salvajes. Una vez que el guepardo hubo aparecido, dijo:

-¿Por qué no tienes miedo de este animal?

El estudiante respondió:

-Porque he leído que los guepardos son inofensivos con los seres humanos.

-Sin embargo -expresó Gilgun-, tuvimos un hombre aquí hace unos días que ignoraba eso y cuando entró el guepardo, huyó alarmado. Fue una lástima, porque eso le impidió gozar de las ventajas que proporcionan estos animales. Por lo tanto, la lectura te ha sido útil, estés o no cansado de ella.

Luego Gilgun agregó:

-¿Has leído algo acerca de los awarts?

-No -respondió el interrogado-. Ignoro qué pueda ser un «awart».

-Llamad al awart, dijo Gilgun.

En aquel instante entró impetuosamente un ser espantoso. Su forma era la de un hombre, pero tenía la cara y el cuerpo lleno de rayas y una cabeza horrible. El aspirante a discípulo se acurrucó en un rincón, aterrorizado.

-¡Que salga este hombre de aquí, y no lo dejéis entrar nunca más! -ordenó el Maestro de la Época-. Pues busca experiencia real, pero es incapaz de darse cuenta de que «awart» es el nombre de un hombre que tiene el cuerpo pintado y una máscara puesta.

INVESTIGACIÓN DE HORMIGA

Cierto estudioso pasó toda una vida de experimentación antes de poder comunicarse con una hormiga. Finalmente se encontró con un insecto muy sabio y muy anciano. Sin embargo, aun a riesgo de ocasionarle dolor, el erudito le dijo:

-Nuestra especie es inmensamente superior a la tuya. Podemos estudiaros a vosotras; en cambio, ni siquiera podéis empezar a observarnos.

La hormiga respondió:

-Si tú, pobre hombre, sólo conocieses el ayer, podrías entender el hoy… y estar preparado para el mañana.

El estudioso se confesó perplejo ante esas palabras y la hormiga prosiguió:

-Hace millones de años, las hormigas conjeturamos lo que iba a suceder en esta tierra. Supimos que vuestra especie aparecería y echaría a perder casi todo. Por lo tanto, seguimos el único camino que pueden seguir seres inteligentes provistos de información completa. Destruimos los datos, prohibimos la cría de hormigas que comprendiesen y nos organizamos en colonias especiales.

-De vez en cuando sobreviene algún desvío entre nosotras: una hormiga que presiente nuestro destino miserable e irreversible. Pero incontables miles y miles de despreocupadas hormigas son felices, y lo seguirán siendo hasta que llegue nuestro día. Tal es la solución para las hormigas. Por vuestra parte, vosotros los seres humanos ni siquiera habéis llegado a la etapa en que habréis de saber lo que puede sucederos, y si hay o no algo que podáis hacer al respecto.

DEBER

Preguntaron a cierto Sufí:

-La gente acude a ti en busca de compañía, discursos y enseñanza. Pero tú los sumerges en actividades. ¿A qué se debe?

Respondió:

-Aunque ellos y tú puedan creer que vienen buscando ilustración, lo que desean, principalmente, es dedicarse a algo. Yo les doy ocupaciones para que puedan darse cuenta de las limitaciones de la ocupación como medio de aprendizaje.

-Los que se entregan a la ocupación de lleno son los que no buscaban más que eso y ocupados de un modo tan vano no podían beneficiarse con observación de sí mismos. Por lo tanto, no son los devotos de la actividad quienes se iluminan.

El que formulaba la preguntas dijo:

-¿Quién, entonces, es el que termina por iluminarse?

El Sufí contestó:

-Iluminados son los que cumplen sus deberes adecuadamente, comprendiendo que hay algo más allá.

-¿Pero cómo se alcanza ese «algo más allá»?

-Lo alcanzan siempre quienes se desempeñan adecuadamente. Éstos no necesitan más instrucción. Si estuvieses cumpliendo tu deber adecuadamente, sin negligencia ni adhesión fanática a ese deber, no me habrías tenido que hacer esa pregunta.

EL HOMBRE CLAVE

Un general cruzaba a caballo una comarca cuando, inadvertidamente, se distanció de sus escoltas y, por completo desorientado, llegó a una aldea.

Los aldeanos se congregaron a su alrededor y él se puso a darles órdenes. Mandó que diesen de comer a su caballo, pero ellos no hicieron caso. Exigió un establo, agua, mantas, pero ninguno se movió.

-Si no me obedecéis inmediatamente -vociferó el general- os castigaré con el máximo rigor.

La autoridad de la aldea le dijo: -No parece que seas muy fuerte. ¿Cómo piensas hacernos algo? ¿ Cómo podrías?

-No se trata de que yo lo haga -les aclaró enfurecido el general-. Interviene la Cadena de Mando.

-¿Y qué es esa Cadena de Mando?

-Bueno, yo doy la orden al coronel, el coronel la transmite al comandante, el comandante al capitán, el capitán al teniente y el teniente al sargento; éste trae un pelotón de soldados, os colocan contra una pared y os fusilan… ¡puff en un santiamén.

-¡Por fin llegamos a algo! -exclamó la autoridad de la aldea-. Ese sargento debe ser un hombre muy poderoso. Hasta ahora sólo te hemos visto a ti. Si desde el primer momento hubiésemos tratado con el sargento ya nos habríamos entendido.

CARGAS

Se le preguntó a tres derviches por qué se oponían a cierto clérigo que en todo momento utilizaba palabras difíciles y continuamente reclamaba complicadas especulaciones e interpretac3ones.

-Arrastra hasta la fiesta todo un cuerpo de letra muerta y, por supuesto -dijo el primer derviche-, ¿quién puede comer un cadáver sin correr peligro?

-Es como el hombre de la fábula -dijo el segundo derviche-. Temeroso de no «vigilar la puerta» como le fuera ordenado, la llevaba a la espalda… y entraron ladrones en la casa.

-Como es tan codicioso de conocimiento, cela que otros obtengan alguno -opinó el tercer derviche-. Ésta es una carga que le causa desdicha. Y si se siente desdichado, intranquiliza a los demás.

EL MÁS SABIO DE LOS TIGRES

Un hombre consagró muchos años de su vida al aprendizaje del lenguaje de los tigres. Después llevó a cabo minuciosas investigaciones para hallar al más sabio de todos los tigres, pues aquellos con los cuales hablaba por lo general no eran, a su juicio, muy inteligentes.

Cuando consiguió ver al Más Sabio de los Tigres, decidió hacerle algunas preguntas. -¿Qué es el barro? -empezó preguntando.

-El barro -dijo el Más Sabio de los Tigres -es una cosa que te cubre los pies y te hace cosquillas cuando se seca.

-¿Qué pasa en los matorrales?

-Los utilizamos para escondernos. A veces, también se nos enredan en ellos los bigotes.

-¿Cuál es el máximo defecto del hombre?

-No tener garras.

El hombre decidió que no vale la pena interesarse por los tigres y siguió su camino un tanto cabizbajo.

Poco después un guepardo se acercó al tigre. -¿Qué quería ese hombre que hablaba contigo? -preguntó.

-¡Ah! era un estúpido. Como no decía más que tonterías, lo traté como a un idiota.

EL DEPARTAMENTO EQUIVOCADO

Un Sufí estaba narrando cuentos ejemplares de los maestros del pasado cuando un estudiante lo interrumpió diciendo:

-Interrumpo en este momento porque necesito información, y te pido que satisfagas esta necesidad, aun cuando yo con esto tal vez contraríe la conducta que corresponde observar en una asamblea y también quizá la que cabe exigir de un auditorio.

El Sufí le dijo:

-Estamos dispuestos a escucharte, aunque una consulta hecha de esta manera es difícil que sea beneficiosa para ti o para nosotros. No obstante, si lo que necesitas es interrumpirnos, interrúmpenos.

El estudiante agradeció y prosiguió:

-Ocurre que constantemente oímos hablar de la perfección de los atributos de maestros del pasado, así como de ejemplos de la sabiduría y excelencia de los Sufíes. ¿No podríamos escuchar algo acerca de esos defectos y de ocasiones en que no pudieron lograr lo que deseaban, a fin de poder establecer así una especie de equilibrio?

El Sufí dijo:

-Los verduleros no almacenan manzanas podridas; se deshacen de ellas. Si se llama a un médico y éste al acudir encuentra a su paciente muerto, lo manda a un cementerio. Si quieres inspeccionar los cestos de desperdicios de este mundo, tendrás que recurrir a un basurero para que te oriente; no siempre aprendemos qué son las líneas rectas mirando líneas torcidas, porque el mundo ya está lleno de líneas torcidas. Basta con que el estudiante trate de dibujar una línea recta para que se dé cuenta, pues esos materiales ya están allí… dentro de él mismo. Tu pregunta es una de las más antiguas del mundo. En contestación a ella se enunció por primera vez la fórmula: «Si quieres ver una línea torcida, no busques una regla».

EXPECTATIVAS

Uno de los jeques más eminentes dijo:

-Yo solía causar grandes decepciones a cuantos acudían a mí para que los aceptase como discípulos. No me presentaba a las horas designadas para las disertaciones. Era holgazán y olvidadizo. Cuando prometía demostrar un ejercicio o revelar un secreto, por lo general no lo hacía. Ahora bien, examina ante todo qué efecto había tenido que yo hubiera respondido a las expectativas de los discípulos. Se habrían sentido tan satisfechos de sí mismos por habérselos provisto de algo de lo que carecían los demás, que se les habría henchido el orgullo. Sólo la decepción puede hacer que algo haga mella y tenga efecto en el individuo. No puede existir decepción sin expectativa. En el Camino Sufí, ninguna expectativa es exacta. «El damasco esperado nunca es tan dulce cuando llega a la boca.»

SABIDURÍA PERSONAL

-No quiero ser hombre -dijo una serpiente.

-Si fuese hombre, ¿quién acumularía nueces para mí?

-preguntó la ardilla.

-La gente -dijo la rata- tiene dientes tan débiles que a duras penas si pueden roer algo.

-Y en cuanto a velocidad… -opinó un asno- no corren… en comparación conmigo.

¿COMO ES POSIBLE QUE ESO SIGNIFIQUE ALGO?

Un grupo de mercaderes preguntó a cierto discípulo:

-¿Cómo es posible que esas tonterías Sufíes signifiquen algo para ti?

El discípulo respondió:

-Porque significan todo para aquellos a quienes yo respeto.

ECONOMÍA

Como su ómnibus avanzaba muy despacio, un hombre decidió seguir a pie hasta su casa.

En el camino se encontró con un ciudadano de la Tierra de los Tontos.

-¡Eh, tontolandés! -gritó. Me ahorro un peso caminando, en lugar de viajar en ese ómnibus.

-Eres un idiota derrochador -respondió en el acto el tontolandés.

-¿Por qué?

¡Ya que has descubierto la manera de hacer una economía tan importante, pudiste haber caminado detrás de un taxi, y te hubieras ahorrado diez veces más dinero!

DOS PEREGRINOS

Hablaban dos peregrinos. El primero dijo:

-Acabo de estar en la casa del gran Sufí de tal o cual ciudad.

-¿Cómo hiciste para encontrarla y cómo supiste que era un hombre de tanta grandeza? -preguntó el otro.

-Recibí un informe digno de confianza de que todos sus seguidores llegaron a ser Hombres Completos, que incluso su ira era una bendición, que él podía elevarse mágicamente por el aire y que su casa se distinguía por tener un ciprés en su frente.

-¿Y resulto ser tal como te lo hablan descripto? -lo interrumpió el otro.

-No.

-¿Qué ocurrió?

-Cuando llegué a la casa vi que el árbol había muerto.

Y me dije: «El que no aprende de los signos es un tonto. ¿A qué desperdiciar más esfuerzo?». Y fue así que me lancé a viajar nuevamente.

SERVICIO

-Un buscador del Camino preguntó a un Sufí renombrado: -¿Cómo puede uno prestar aunque sea un mínimo servicio como ayuda para la Enseñanza?

-Ya lo has hecho -fue la respuesta-: preguntar cómo se puede servir ya es una contribución al servicio.

EL MUCHACHO Y EL LOBO

Soné que había entablado conversación con un lobo y que yo decía:

-Vosotros, los lobos, sois famosos entre nosotros, los seres humanos, y tenemos muchas historias en las que se os nombra.

El lobo dijo:

- ¡Qué interesante! ¿Qué clase de historias?

En respuesta le contó aquella fábula llamada «El muchacho que gritaba: ‘¡el lobo, el lobo’ «.

-Es curioso -explicó el lobo-. Nosotros no conocemos ese cuento. Pero en cambio tenemos otro, con esos mismos dos personajes principales, que se llama «El lobo que gritaba: ‘¡el muchacho, el muchacho!’ «. Debes de haberlo oído.

-Lamento, pero no lo he oído.

En vista de esto, el lobo lo relató:

«Érase una vez un lobo que conoció a un chico, quien era además cazador de lobos. Apenas comprendió el peligro que significaba un humano que cazaba lobos, el lobo se puso a correr de una manada de congéneres suyos a otra, gritando: ‘¡el muchacho, el muchacho!’.

«Pero como los lobos no tenían noción de lo que era un muchacho y apenas una vaga idea de lo que eran cazadores de lobos, no le prestaron atención alguna. Y entre nosotros hay quienes dicen que como los lobos son en general tan tontos, los hombres (y a veces hasta los muchachos) pueden cazarlos.»

-Pero lógicamente -dije yo-, el conocimiento que tenéis de una fábula como ésa os servirá para prevenir a todos los lobos acerca de la existencia de esos peligros y lograr que sean más cuidadosos.

-Veo claramente -dijo el lobo- que algunos de vosotros, los seres humanos, no sois mucho más inteligentes que el común de los lobos. Al igual que nosotros, suponéis al parecer que los cuentos advierten e instruyen. Pero no caéis en la cuenta de que el aprendizaje se produce, la mayoría de las veces, por el reconocimiento ulterior al hecho y no antes de él. Además, los lobos (no sé cómo será en los seres humanos) consideran siempre que las fábulas aluden en realidad a otros, no a si mismos.

Esta idea espantosa fue la que me despertó. Pero afortunadamente, el lobo había desaparecido.

LITERATURA

Contó una vez Ibn Yusuf:

-Eran tantos los que venían a verme trayendo libros que habían leído y que querían que les interpretase, o libros que hablan escrito y deseaban que opinase al respecto, o libros de otras clases, que yo ya no daba más. Acudí a un médico, que además era sabio, y le dije: «Dame algún remedio para este problema». El médico me dio otro libro. Yo debía entregarlo a los lectores de libros. Dentro contenía una sola oración.

Ésta: El tiempo perdido en leer esta oración podría emplearse más provechosamente de casi cualquier otra manera.

LA LEYENDA DEL RUISEÑOR

Se cuenta de un hombre que vivió en un país donde no existían aves.

Viajó a otra tierra y allí vio un ruiseñor, en cuya compañía pasó un tiempo. El pájaro le enseñó música.

-Volveré a mi país y hablaré a todos de esta maravilla y de la forma en que pueden embellecer sus vidas -dijo.

-Cualquiera que haya aprendido nuestro secreto -explicó el ruiseñor- deberá soportar la incredulidad de casi todos los demás, y hasta es posible que deba soportar algo peor.

Pero el hombre no hizo caso. Volvió a su tierra y dijo a sus compatriotas:

-Sé producir música.

Aquella gente jamás habla oído música y, por lo tanto3 ésta sonó áspera e ingrata a sus oídos.

-¡Basta! -le gritaron-. Eso lastima nuestro sentido estético.

Le preguntaron dónde habla aprendido un arte tan odioso, tan inconciliable con cuanto ellos consideraban decoroso y placentero.

-En un lejano país; y, lo que es más, lo aprendí de un ruiseñor, un ave cantora.

No tardaron en ahorcarlo, pues aun en el caso de que existiesen ruiseñores (y todo el mundo sabía que las aves eran seres imaginarios), aquella música era incuestionablemente algo indecente.

Por fortuna este cuento no se refiere a nosotros, sino al estúpido pueblo de la Tierra de los Tontos.

SENTIDOS INTERNOS

Preguntaron a un Sufí:

-¿A qué se debe que la gente no tenga sentidos internos?

Contestó:

-¡Oh, hombre de gran promesa Si no tuviese sentidos internos, ni siquiera parecería ser gente. Cuando a la gente le faltan sentidos internos, se comporta en una forma completamente destructiva o pasiva. Tener conciencia de un sentido interno, eso es otra cosa.

GRANOS

Cumpliéndose el deseo del pollo, por arte de magia se transformó en zorro.

Entonces descubrió que no podía comer los granos.

EQUIVOCACIONES

Preguntaron a cierto Sufí

-¿Por qué comete tantas equivocaciones aquel derviche que está allá?

Su respuesta fue:

-Si nunca se equivocase, sería idolatrado o ignorado. Comete errores para que la gente pregunte: «¿Por qué hace lo que hace?»

-¿Pero cuál es la ventaja de eso, sobre todo siendo que él no se explica?

-La ventaja está en que la gente puede que vea aquello que hay tras él, y no al hombre mismo tal como imaginan qué es.

CONDUCTA MIXTA

Yo estaba presente cuando un visitante suplicó que se le permitiese formular una pregunta, y Rais-i-Kabir accedió.

El visitante dijo:

-Lo que he oído decir de ti hace que no me inspires confianza. Incurriendo en exageraciones, intranquilizas a la gente en lo que a ti concierne. Hasta tus amigos confiesan que ignoran qué deben hacer para defenderte. Sean cuales fueren tus éxitos, no serás recordado si tu conducta sigue siendo tan mixta.

El Rais replicó:

-Querido amigo, uno de los propósitos de una conducta mixta es que la gente advierta cuán fácilmente se los puede afectar. Una persona sobre la que puede influir una simple sonrisa o un ceño fruncido es como una pelota de polo a la que un golpe lanza en cualquier dirección, todo ello sin intervención alguna de su carácter. Una conducta exagerada que intranquiliza a la gente no dice nada acerca del que así se conduce, pero retrata de cuerpo entero a la persona turbada. Los amigos que buscan defender a una persona sirven a los intereses de ésta cuando la defensa es necesaria para la persona defendida. Cuando el acto de defender es necesario para el amigo que defiende, entonces el amigo obra para sí mismo, no en bien de la persona defendida.

El visitante dijo:

-Eso me ha descorrido un velo y te quedo agradecido, rogando que me perdones. ¿Pero cuántos conocerán esas verdades y cuántos las aprenderán’?

Rais-i-Kabir dijo:

-Si la conoce tan sólo uno, ese conocimiento tiene de todos modos su representación entre los hombres. Si se lo preserva de tal modo que sea universal en una época futura, ¿no es esto en sí mismo una cosa de gran valor?

Luego recitó este pasaje:

«A un hombre que vadeaba un lugar anegado cargando sobre sus hombros un saco de granos se le dijo: ‘¡Suelta esa carga inútil y sálvate!’ A eso él replicó: ‘¡Si pierdo lo que ahora es inútil y un día será esencial, el hecho de que me salve a mi mismo perderá todo su valor!’

DIFICULTAD

Un anciano Sufí declaró:

-Las personas más difíciles de enseñar pertenecen a tres tipos: los que se complacen por haber logrado algo; los que, después de aprender algo, se deprimen por no haberlo sabido antes; los que se sienten tan ansiosos por sentir que progresan que dejan de ser sensibles al progreso.

LA VANIDAD MÁXIMA

Abu Halim Farfar dijo:

-La mayor vanidad es creerse sincero en la búsqueda de conocimiento, cuando en realidad sólo se busca gratificación personal.

Uno de los presentes preguntó: ¿ Cómo puede alguien saber si es víctima o no de ese mal!

Farfar contestó:

-No es víctima de ese mal si se contenta con la atención que el maestro le presta y si no se inquieta cuando no es objeto de ninguna atención; si no se altera al ver que el maestro atiende a otros y si valoriza incluso una sola palabra o señal del maestro en todo su significado… tal como si fuese el único destinatario de un precioso tesoro oculto.

ENSEÑANZA SECRETA

Se preguntó a un maestro Sufí:

-Mientras tus creencias y tu escuela son conocidas, tus enseñanzas permanecen secretas, se dan únicamente a los que tú deseas y a nadie se permite asistir como observador a tus reuniones, en contraste con las prácticas de los filósofos que permiten, más aún, acogen de buen grado la presencia de toda clase de oyentes. ¿Qué explicación das a eso?

El maestro respondió:

-¡Luz de mis ojos! La enseñanza es como la caridad: se debe dar en secreto, pues su exhibición pública es mala para el que la da, para el que la recibe y para el observador. La enseñanza es como una nutrición y sus efectos no son visibles en el momento en que se la proporciona, de modo que no tiene sentido que haya un observador, salvo del fruto de la nutrición. Al mismo tiempo, no debe considerarse la enseñanza independientemente de las circunstancias en que se la imparte. Por lo tanto, la presencia de observadores altera las circunstancias y, por consiguiente, también el producto de la enseñanza. Si la presencia de un público aumentara el beneficio derivado de la enseñanza, entonces yo y todos los demás daríamos la bienvenida a ese público y exigiríamos su presencia. En cuarto lugar, la enseñanza varía según sea la apreciación Sufí de la necesidad en cuanto a «momento adecuado, lugar adecuado y gente adecuada». El mero pedido de información acerca del conocimiento es como arrojar un cadáver en agua fresca: la intención puede ser buena, pero el resultado será nocivo.

El interrogador dijo:

-Entiendo lo que dices, pero deseo hacerte notar que ésta no es la forma en que se lleva a cabo la enseñanza corriente.

El maestro replicó

-¡Quiera Dios que algún día la enseñanza corriente se imparta de esta manera! ¡ Cuando ello ocurra, no tendremos necesidad de advertir ninguna diferencia entre la enseñanza Sufí y la otra!

ACCIÓN CONJUNTA

Alguien dijo a Ajmal ibn Arif:

-¿Puedes darme un ejemplo de «cosas que aparentemente son opuestas, pero que en realidad obran en forma conjunta»?

Ajmal contestó:

-La persona que denuncia a los verdaderos Sufíes está al parecer en contra de ellos. Pero es posible que, sin darse cuenta, colabore con ellos, pues atrae a los indeseables y no puede impedir que la gente de valor escuche a los auténticos Sufíes.

-Pero, continuó el otro, ¿acaso ese hombre no está sembrando dudas en los corazones de las personas buenas, indisponiéndolas contra los verdaderos Sufíes?

-La duda -explicó Ajmal- sólo puede sembrarse sobre un terreno de dudas preexistentes. Los corazones de la gente buena no son sitios en que pueda sembrarse la semilla de la oposición a los auténticos Sufíes

UNA CASA CUYA LLAVE SE HA PERDIDO

Preguntaron a un gran Sufí:

-¿Cuál es el símil del ejercicio de las prácticas en los antiguos, en nuestra situación actual?

Ésta fue la contestación:

-Es como estar en una casa cuya llave se ha perdido; es posible que se necesite un cerrajero. O es como comer la raíz cuando el fruto y la semilla han perecido. Y es también como mirar una granja y, por ignorancia, suponer que tanto el camino que conduce a ella como el vaciadero de desechos y el pozo, cosas todas necesarias, constituyen la explotación misma, como si tuviesen vida y se desarrollasen.

HALI  EN CONVERSACIÓN CON UN INQUIRIDOR

¿Un hombre es, acaso, peor que un escorpión?

-Infinitamente peor: todos saben que el escorpión tiene un aguijón; en cambio el aguijón de un hombre puede consistir en palabras aparentemente agradables. Tienes que conocer muy bien a un hombre antes de saber si sus palabras son aguijones. ¿ Es tan necesario conocer bien a un escorpión?

RITOS

Un hombre llamado Khalil dijo:

-Hace ya años que vengo aguardando que se me permita participar en las ceremonias, en la danza sagrada y en los recitales musicales de los derviches. Pero Arif Anwar, el Murshid (Guía), jamás me lo permitió. Se me conoce como un hombre sabio; sin embargo, jamás he estado realmente en la escuela.

Afifi, que era el sucesor del Murahid Anwar, le dijo:

-Fue por compasión hacia el hombre, y por amor a ti por lo que Arif te protegió de esas cosas.

Khalil preguntó:

-¿Qué «protección» puede haber en que se le niegue a uno la compañía de los elegidos? ¿Cómo puede ser «amor» el que a uno lo excluyan de esas cosas que únicamente los enemigos de la Senda vituperan?

Afifi respondió:

-Confundes las cabriolas del exhibicionista, los excesos del esteta y el autoengaño del discípulo imaginado y del maestro imaginante con el Camino a la Verdad de la enseñanza. Ningún maestro excluirá a alguien de aquello que es adecuado para él; aunque es posible que difiera su participación tal como se interponen cercos para que los asnos no lleguen a las zanahorias. Para los que no están preparados, la compañía de los elegidos se convierte en una carga que no pueden soportar. Como le ocurre al sediento, cuanto más desean, menos soportarán sus estómagos. Es una misericordia celestial la que permite que los «imitadores sinceros» existan. Estos forman grupos y se contentan con la imitación. El hombre no regenerado que concurre a las Prácticas Verdaderas en presencia de un Maestro Verdadero se destrozará. Anwar te guardó, en la crudeza de tu estado, de que fueras expuesto a ese esfuerzo.

EL ARMARIO

Uno de los discípulos de Musa Arkani dijo:

-¿Por qué debemos soportar ofensas como las de ese idiota a quien se le ha dado por atacarnos con tanta frecuencia, asegurando que somos unos tontos, unos ilusos y que tratamos de explotar a otros?

Arkani dijo:

-La conducta del ambiente es una manifestación del ambiente. Abrimos un armario lleno de delicados manjares. Un perro se abalanza y trata de morder los manjares. Pero todos sabemos por qué los perros hacen esas cosas: las hacen a causa de su naturaleza; la oportunidad no tiene importancia para ellos. Pero supongamos que se hubiera tratado de un oso gigantesco. A esta altura se te habría echado encima y te habría destrozado… y, por lo tanto, ya no podrías disfrutar del lujo de que te fastidiaran unos perros vagabundos.

LO QUE TIENE QUE SER

Un visitante reprochó a un cierto Sufí la severidad de su conducta.

El Sufí dijo:

-¡Querido amigo! Me tomó veinte años de estudio y práctica aprender firmeza y conducta severa, cosas ambas que están muy en contra de mi manera de ser. Ahora, porque no has tenido esa misma experiencia, esperas que yo me vuelva nuevamente como tú.

GENEROSO Y HUMILDE

Esta conversación tuvo lugar entre Hariri y un visitante:

¿Qué es mejor, ser generoso o ser humilde?

-¿Qué preferirías ser?

-Yo envidio a las dos clases de personas.

-La envidia de una característica buena es peor que la de una mala. Eso se debe a que la envidia es envidia. Cuando el objeto de la envidia es algo bueno, es un ataque a lo bueno. Cuando el objeto de la envidia es algo malo, está en su debido lugar y se la puede ver tal como es.

-¿Entonces qué debo hacer?

-Debes cerciorarte de que eres sincero. De ese modo llegarás a ser humilde y generoso a la vez. En el dominio de la sinceridad no hay lugar para la envidia.

LIBROS Y SABIOS

Un hombre comenzó a visitar a un Sufí. Al cabo de dos reuniones, el visitante dijo:

-La última vez que estuve aquí te encontrabas enfrascado en los asuntos de la congregación. Me alegra ver que esta vez estás ocupado en algo más permanente: la organización de los bienes raíces de la Orden.

El Sufí dijo:

-Es un deleite contemplar tu interés en nuestras ocupaciones cambiantes.

El visitante se fue, dichoso de haber complacido al Sufí.

Uno de los discípulos preguntó:

-¿En qué sentido fue grata su preocupación por las cuestiones de la organización?

El Sufí respondió:

-Me recordó el deleite que experimenté cuando mis hijos eran pequeños. El primer día que el maestro les empezó a hablar de matemática no les gustó la lección porque él les hablaba de que «una naranja más una naranja es igual a dos naranjas» y ellos querían algo más serio que «simples naranjas». Más adelante, se alegraron porque en la lección siguiente el maestro dijo: «Dos libros más dos libros es igual a cuatro libros». Ellos comentaron: «¡Ahora sí se está encaminando bien; habla de libros !»

-El badulaque que acabamos de ver, cuyo abuelo, por así decir, jamás sospechó que el camino Sufí se pudiera enseñar mediante cualquier actividad (o a veces quizá mediante ninguna), es un candidato apropiado para la caridad. Es caridad complacer, dando la impresión de estar complacido.

DOS ERUDITOS Y UN SUFÍ

Conversaban en cierta ocasión dos académicos. El primero de ellos dijo:

-He escrito doscientos libros y se me respeta como gran erudito. Y tú, que sólo has escrito un pequeño volumen, eres considerado una maravilla.

El segundo académico dijo: -Mi libro es una joya y la gente siente por él la estima que se merece.

-¡Ay! -exclamó un Sufí que, sentado en un rincón, hasta ese momento había pasado inadvertido. La vanidad os ha impedido a ambos comprender realmente la situación.

Los hombres de letras se volvieron hacia él enfurecidos. Al principio desahogaron su enojo en el derviche, pero éste no respondió. Una vez que hubieron descargado su indignación, la curiosidad empezó a apoderarse de ellos y dijeron:

-Cuéntanos, pues, cómo se nos debe juzgar, si no es por la excelencia de nuestras obras.

-No pensemos en libros, sino en hermosas vestiduras -dijo el Sufí- y os contaré un cuento.

«Había una vez un hombre que cosía vestimentas para casi todos los reyes de la tierra y del cual todo el mundo había oído hablar. Entonces, un cierto día, otro hombre hizo un único traje, no muy extraordinario, pero poseedor de suficiente excelencia. Ese único traje fue adoptado por cierto elegante y, en consecuencia, pasó a ser muy famoso. Quienes conocieron al artífice de ese único traje desde antes de que iniciara su carrera como tal se impresionaron mucho y le rindieron pleitesía, considerándolo un portento, un elegido para ser especialmente distinguido y a  quien la fortuna había sonreído.

«En una ocasión, el primer sastre apareció en medio de esta gente, gritando: ‘Si tanto lo distinguís a él, ¡cuánto más debéis hacerlo conmigo, pues yo visto a todos los reyes del Islam!’ Pero ninguno de los que estaban festejando al sastre del único traje volvió la cabeza ni le prestó la menor atención.

«Mis queridos amigos: la razón de esto es que quien vestía a todos los reyes se hallaba demasiado lejos, demasiado por encima y más allá de la percepción de los humildes. En cambio, hacer un único traje y que ese traje sea elegido especialmente por un hombre y que el sastre reciba su recompensa……. ésas son cosas que cualquiera entiende.»

ORDEN

Un hombre que seguía las enseñanzas de un Sufí dijo a éste:

-Insistes en disciplina, obediencia y servicio al maestro. Exiges que hagamos exactamente lo que ordenes, que nunca nos desviemos de una orden y no censuremos ni nos opongamos a persona alguna.

El Sufí dijo:

-Has descripto muy bien lo que yo he prescrito.

-Pero -dijo el otro, eso no parece tener sentido alguno, pues tú nunca exiges, no impartes órdenes y, por lo tanto, no tenemos manera de obedecerte.

El Sufí contestó:

-Todo este adiestramiento es para vuestro bien y para el bien del trabajo, este asunto nuestro. Si fuese para mí, os daría órdenes y haría que me obedecieseis. Pero como es para  vosotros y la orden es por la orden misma, tengo que cerciorarme de que obedeceréis, que podéis servir y que podéis absteneros de criticar. Estas cualidades se requieren durante el tiempo y en la ocasión en que sean requeridas no como algo que ha de ser puesto a prueba continuamente. Si las poseéis, las poseéis. Si no las poseéis, adquiridlas mediante acción y estudio. La obediencia, por ejemplo, no se aprende sólo obedeciéndome. Podría aprenderse obedeciendo a las circunstancias en que os encontréis. Cuando se necesiten esas cualidades os resultará penoso si no las poseéis. Lo que importa es poseerlas. La mera exhibición es una cosa bien distinta

ACEPTACIÓN DE CULPA

Un discípulo preguntó a un Sufí: -¿Por qué el derviche acepta culpas!

-Puede que lo haga -dijo el maestro- para revelar al público en general la disposición de la gente a culpar a otros, de manera que los observadores puedan advertir esa tendencia en sí mismos y sean menos propensos a ese defecto. Puede ser que concite los reproches con el fin de destacar la endeblez de ciertos críticos que disimulan sus verdaderos rasgos. Pero así como una serpiente puede parecer bella mientras se está calentando al sol, y sólo cuando siente miedo o la atracción de una presa exhibe su verdadera naturaleza, también el envidioso y el decepcionado necesitan el estímulo de un hombre aparentemente indefenso, o de algún otro bocado incitante para despojarse de su apariencia de humildad

ÉXITO

Un hombre se presenta a un Sufí y le dice:

-Enséñame a triunfar. El Sufí contesta:

-Te enseñaré algo más. Te enseñaré a ser generoso con los fracasados. Esto abrirá tu camino hacia el éxito y te dará mucho más. También te enseñaré a ser generoso con los que triunfan; de lo contrario, podrías amargarte y volverte incapaz de trabajar en pos del éxito.

TRES RAZONES POSIBLES

Un derviche estaba sentado a la vera del camino cuando un altanero cortesano, acompañado por su séquito, pasó cabalgando en dirección contraria y lo golpeó con un bastón, exigiéndole a gritos:

-¡Deja libre el camino, perro miserable!

El derviche los dejó pasar, después se levantó y gritó:

-¡Ojalá se te cumpla todo lo que desees en este mundo, hasta lo más grandioso!

Un espectador al que había impresionado mucho esta escena se acercó al hombre devoto y le preguntó:

-Dime, por favor, si tus palabras fueron inspiradas por generosidad de espíritu o por la seguridad de que los deseos de este mundo corromperán aún más a ese hombre.

-¡Oh, amigo de inteligente aspecto! -respondió el derviche¡ ¿ No se te ha ocurrido pensar que lo dije, simplemente, porque las personas que consiguen sus mayores deseos no necesitan andar por ahí golpeando derviches?

CURACIÓN

En cierta ocasión se le preguntó a un derviche:

-¿Cómo es posible que cures a enfermos, siendo que tu propio maestro no puede?

El derviche respondió:

-Una vez preguntaron a un hombre: «Por qué vas a la tienda de comestibles, siendo que tu maestro no lo hace?» Y el hombre contestó: «Voy a la tienda porque mi maestro está haciendo pan. Si él no estuviese ocupado con el horneado del pan, no haría falta harina».

DIÁLOGO

Un discípulo preguntó al ayudante de un derviche:

-¿Por qué Fulano de Tal no ha sido sometido a la Fase de la Adquisición de Paciencia?

Le respondió:

-La prueba de su paciencia eres tú, pues tú haces preguntas continuamente, mientras que él no tiene necesidad de otras pruebas a ese respecto en esta casa de estudio.

El discípulo preguntó entonces:

-¿Pero cuándo empezaré yo mis ejercicios para el desarrollo de humildad que, según se dice, es lo que necesito?

El ayudante del derviche le contestó:

-Tal como tú eres un motivo de paciencia para él, él lo es de humildad para ti. Soportarte a ti debería ayudarlo a ser paciente. La observación de tu propia actitud hacia él debería contribuir a hacerte a ti humilde. No es humildad exigir que se nos vuelva humilde.

ALBÓNDIGAS

Preguntaron a Awad Afifi:

-¿Qué clase de sucesos mundanos pueden conducir hacia la comprensión del Camino Sufí?

Awad respondió:

-Cuando sea posible te daré un ejemplo ilustrativo.

Tiempo después Awad y algunos de su grupo visitaban un jardín en las afueras de la ciudad.

A un costado del camino hablan acampado varios rústicos nómades montañeses. Awad se detuvo y compró un trozo pequeño de carne asada a un nómade, que había instalado allí un puesto de venta de kebab.

Al llevarse la carne a los labios, el encargado del puesto lanzó un grito y cayó al suelo en un extraño estado. Después se levantó, tomó una mano de Awad y la besó.

Awad dijo:

-Sigamos nuestro camino.

Acompañados por este individuo, todos continuaron su marcha.

El nombre de este nómade era Koftapaz (cocinero de albóndigas) y pronto se reveló como una persona a cuyo poder espiritual (baraka) se debía el sentido y el efecto de los ejercicios espirituales de toda la Escuela.

Awad reunió a su gente y dijo:

-Se me ha preguntado qué clase de sucesos mundanos pueden conducir a la comprensión del Camino Sufí. Que aquellos que estuvieron presentes en la reunión con Koftapaz lo relaten a los que no estuvieron, y que luego el propio Koftapaz dé la explicación, pues lo he designado mi ayudante principal.

Una vez que todos hubieron sido informados acerca del encuentro en el camino hacia el jardín, el jeque Koftapaz se puso de pie y dijo:

-¡Oh, gente sobre la cual se ha posado la sombra de Simurgh, el ave benéfica! Sabed que he pasado mi vida haciendo albóndigas. Por lo tanto, me fue fácil conocer al maestro por la forma en que se llevó el bocado a los labios, pues había visto la interioridad de toda otra clase de mortales a través de su exterioridad; y si vosotros sois expertos en vuestra propia labor, podréis reconocer a vuestro Imán (jefe) por su relación con vuestro trabajo.

EN EL CRUCE DE CAMINOS

Cierta mañana un Sufí estaba sentado en una encrucijada, cuando un joven se le acercó y le preguntó si podría estudiar con él.

-Si, durante un día contestó el Sufí.

Todo aquel día se detuvo un viajero tras otro a hacer preguntas acerca del hombre y la vida, acerca del Sufismo y los Sufíes, o para pedir ayuda..  O, en fin, simplemente para presentar sus respetos.

Pero el Sufí errante se mantuvo en actitud meramente contemplativa, con la cabeza apoyada en las rodillas y a nadie contestaba. Uno tras otro, los viandantes se fueron.

Hacia el anochecer, un hombre pobre que llevaba un fardo se acercó a los dos y preguntó por dónde debía ir para llegar al pueblo vecino. En el acto el Sufí se levantó, acomodó sobre sus hombres la carga del hombre y lo condujo un trecho por el camino correcto. Después retornó a la encrucijada.

El joven discípulo preguntó:

-Ese hombre, a pesar de su apariencia de humilde campesino, ¿es un santo de incógnito, uno de los viajeros errantes y secretos de alto rango?

El Sufí suspiró y dijo:

-Es la única persona que he visto en todo el día de hoy que realmente buscaba lo que afirmó desear.

POESÍAS

Un viajero errante dijo a un poeta Sufí:

-’Tus poesías se recitan en todas partes, pero tu fama en aumento molesta a tantos como a otros place. ¿Puede haber alguna finalidad en eso?

El Sufí respondió:

-¡Bienamado por los Hermanos! Puede o no haber una finalidad, pero ¡cuán instructivo es un examen del efecto! El Sufí es como un árbol que da sombra para alivio, madera para utilizar y fruta para placer y alimentación. Si a un hombre molesta un árbol, es posible que los observadores adviertan lo estúpido que es ese hombre y que, por lo tanto, logren eludirlo. El crítico hostil cree que el árbol es una serpiente que se yergue para descargar su golpe, pues su animadversión distorsiona su visión. Las personas que tienen sentido común rehuyen la compañía de un hombre tan infortunado, y cuando menos habrá alguno que diga: «¿No es ése un árbol y no una serpiente?» Esas personas se acercarán a un árbol que, no obstante su sensibilidad, pudieron no haber percibido anteriormente. ¿No has oído hablar del hombre que dijo: «Si ese hombre horrible dice que hay que oponerse a Zaid, yo me acercaré a Zaid, pues debe sin duda poseer cualidades que no he sospechado?»

DISCERNIMIENTO

Un visitante, que era un renombrado filósofo, dijo a Bahaudin Naqshband:

-He leído mucho y a fondo acerca de las prácticas espirituales que pueden transformar a los hombres comunes en Hombres Perfectos.

Bahaudin dijo:

-Hubieras hecho mejor en leer acerca de las etapas y estados en los que pueden llegar a desarrollarse Hombres Perfectos. Pero es posible que tu deseo de perfección sea como la ambición del agricultor que sabía que la harina provenía del trigo, pero estaba tan apegado a la idea de la harina que no trabajó la tierra y pereció de hambre.

El visitante dijo:

-¿No hubo nadie que reprochase al agricultor su superficial manera de pensar!

-Sí, lo hubo. Se le aproximó un hombre sabio y le dijo:

«No profundizas lo suficiente en este asunto». Y el agricultor respondió: «Podrías haberme acusado de superficialidad si yo hubiese querido pan y no hubiese llegado más que hasta la harina. ¡Pero mira!… He ido más allá de la harina… ¡he llegado hasta el trigo!» Tal fue la índole de su conversación.

El visitante dijo:

-En la casa de uno de tus discípulos he conocido gente enviada por ti, que posee naturaleza de santos y cuya santidad resplandece, y aquí, en tu propia casa, no encuentro ninguno así.

Bahaudin suspiró y dijo:

-En la casa del joyero hay piedras preciosas sin pulir; y los que se deleitan con el color del oro en la tienda quizá sean incapaces de discernirlo en la mina.

CAMELLOS Y PUENTES

Uno de los primeros a quienes se aplicó la denominación de «Sufí» fue un hombre al que pocos entendían. Cierto día un visitante se dirigió al discípulo principal de este hombre, diciéndole:

-¿Por qué el Sufí rechaza tanta gente? La mayoría de los hombres espirituales consideran una obligación enseñar a todos los que acuden a ellos. ¿Por qué no acepta éste esa carga, de modo que pueda así ayudar a otros?

Se cuenta que el discípulo del Sufí llevó al que hacia esa pregunta a un puente por el cual cruzaban camellos muy cargados. Y dijo:

-Mira ahora y vuelve a hacerte la pregunta. Viendo este puente y esos camellos, pregunta en el lenguaje de camellos y puentes: «¿Por qué los camellos no transportan cargas mayores? ¿Por qué el puente no sostiene más?»

INTERCAMBIO

Un derviche fue abordado por un hombre a quien no conocía en absoluto, el cual le entregó un trozo de paño.

Sin vacilar un momento, el derviche metió la mano en un canasto, extrajo un pescado y se lo dio al hombre.

Los jóvenes que rodeaban al derviche con el fin de absorber su sabiduría entablaron entonces una acalorada discusión sobre el sentido simbólico o de otra índole de aquellas acciones.

Muchos días después el derviche pidió a todos ellos que le hicieran conocer sus diversas conclusiones. Acto seguido les dijo:

-El verdadero valor del intercambio fue permitirme reconocer entre vosotros a los dotados de comprensión suficiente como para darse cuenta de que aquel intercambio no tuvo significado alguno.

MOSQUITOS

Un derviche dijo a un Sufí:

-Haces que sea difícil encontrarte. Pero esto no sólo selecciona las personas mejores, las personas que sienten, para que te busquen; estimula a los ociosos, a los que quieren encontrarte precisamente porque  es difícil.

-¿Por qué debe haber algo de malo en eso? -preguntó el Sufí-. La gente verdaderamente perceptiva ha llegado en cualquier caso a la puerta y eso está bien. Los ridículos siempre deben tener un propósito, y buscarán cualquier cosa difícil, que sea yo o no lo sea. Pero es fácil desembarazarse de los ridículos, pues para ellos puede ser posible encontrar un Sufí físicamente, mientras que encontrarlo espiritualmente les resulta imposible. Podemos hacer frente a los lobos y admitir en nuestra compañía hombres racionales; pero un exceso de mosquitos carentes de ingenio podría asfixiarnos. Y de eso no se beneficiaría nadie.

CÓMO VOLVERSE LADRÓN

Había una vez un fanático religioso. Era un hombre menudo, de cara más bien avinagrada, convencido de que todo cuanto él era debía ser exclusivo resultado de influencias divinas.

Un día en que se encontraba pensando en su propia bondad, se le acercó un ladrón alto y fornido. Este dijo:

-Soy un ladrón.

Al principio el hombre se sintió fastidiado, después sorprendido y después sintió deseos de reprocharlo; pero el ladrón estaba allí para incitarle su vanidad y sacar provecho de ello. Empezó por decir cosas como: «Eres muy pequeño para ser ladrón; pero yo podría convertirte en el corredor más veloz del mundo».

En pocas palabras, el fanático se interesó en las promesas del ladrón y su voracidad incorporó una nueva ambición: ser corredor y dar grandes saltos.

Todos los días el ladrón visitaba al intolerante y todos los días había más carreras y más saltos. Por último, tantos fueron los elogios prodigados al fanático, que decidió acompañar al ladrón en un robo.

Escalaron la pared del palacio del Sultán, sobrepasaron al guardia que los persiguió, treparon a una torre y saltaron sobre el techo de la cámara de audiencias, donde un rubí gigantesco se hallaba suspendido encima del trono…’ completamente a oscuras. Cuando estaban a punto de apoderarse del rubí, fueron sujetados por guardias, aparecieron lámparas y se vio que el salón estaba lleno de gente.

El rey preguntó al ladrón qué estaba haciendo. -Majestad -dijo el ladrón-, recordaréis que fui atrapado hace unos meses. Fui puesto en libertad porque dije que ser ladrón era consecuencia de la forma en que la gente influyó sobre mí en mis primeros años y que hasta un clérigo honorable y recto podría ser ladrón. Vuestra Majestad me dejó libre a condición de que convirtiese en ladrón a un hombre honrado y lo trajese aquí. Para esa demostración pedí al chambelán que tuviese este lugar a oscuras.

-Esto es realmente maravilloso -afirmó el rey-: que un ladrón haya sido tan honesto como para cumplir su palabra y que un religioso haya sido tan deshonesto como para convertirse en ladrón.

LA MILÉSIMA PARTE

Un hombre piadoso, pero sofocado por innumerables hábitos, visitó cierto día a uno de los máximos Sufíes de la época ansioso por verlo antes de que muriese, codiciando obtener de él algo para sí, incapaz de resistir la curiosidad por ver qué aspecto tenía y al mismo tiempo incapaz de acercársele con calma y libertad, listo para comprender.

Dijo al Sufí

-¡Tu sufismo me embriaga! ¡Lo que he leído de tu trabajo me maravilla! ¡No sospechaba siquiera que existiese tanto conocimiento que aún no hubiera sido confiado al género humano!

El Sufí dijo:

-Si lo que has experimentado acerca del sufismo te ha lanzado a ese estado, es una suerte que no hayas visto más que una milésima parte del asunto.

El hombre piadoso preguntó:

-¿Cómo puede ser?

-Bueno -replicó el Sufí-. El sufismo es una milésima parte del total del conocimiento. El resto puede ser conocido por el Sufí, pero es sólo la milésima partícula lo que ve o siente una persona como tú.

El hombre piadoso exclamó:

-¡Qué palabras, qué pensamientos, qué acciones! Me siento desconcertado ante la grandeza de ese concepto.

El Sufí dijo:

-¡Toda cuanta sabiduría utilizan los espectadores con el simple propósito de sentir admiración se pierde en ellos! Abstente de admirar demasiado el durazno, no sea que no puedas degustarlo. Esto es lo que queremos decir con aquello de «aprende cómo aprender».

LA FINALIDAD DEL RUISEÑOR

Un ruiseñor que carecía de hogar decidió establecerse en un bosque cercano. Pero las aves ya instaladas allí tenían sus propias ideas acerca de esto y pronto lo ahuyentaron.

Cierto día, mientras estaba sentado desconsoladamente junto al polvoriento camino contiguo, fue avistado por otro ruiseñor, quien se detuvo para preguntarle por qué tenía aquel aire tan triste.

-Procuré - dijo el primer pájaro- hacer mi hogar entre las otras aves, pero me picotearon, me atropellaron y me golpearon con sus alas hasta que no tuve más remedio que irme de aquel bosque que ves allí.

-Tal vez te presentaste con alardes y jactancias. Cuando yo, en una situación parecida, busqué un árbol para mí, todos los pájaros me rodearon y me preguntaron qué hacia y por qué cantaba.

-Sí, conmigo éstos hicieron lo mismo -explicó el primer ruiseñor.

-¿Y qué contestaste?

-Yo les dije: «Canto porque no puedo evitarlo».

-¿Y después?

-Me atacaron como ya te he dicho.

-¡Ah! -suspiró el segundo ruiseñor-. Ese fue tu error. Pensaron que no podías dominarte y tal vez estuvieses loco, con el riesgo de que tratases de hacer que ellos se comportaran de la misma manera. Cuando a mi me hicieron esa misma pregunta, respondí: «Estoy procurando agradaros con mi canto». Esa fue una finalidad que podían entender.

ABSTENCIÓN

Un peregrino devoto viajó varios días para visitar al Baba Charkhi. Cuando llegó a la casa de éste, el peregrino se afligió mucho al ver que a pesar de ser ése el mes del ayuno, Charkhi estaba sentado al mediodía ingiriendo grandes cantidades de carne asada.

Aunque hondamente desconsolado, el peregrino saludó y se sentó, junto al Baba, permaneciendo tres días con la esperanza de que éste le diera alguna explicación. Pero no pasó tal cosa y entonces, decepcionado, el peregrino reemprendió su camino.

No mucho después de retomar su marcha, a un costado del camino vio la celda de un religioso y se detuvo a rezar y a acompañar al anacoreta.

El religioso, después de haber estado juntos un tiempo, dijo:

-Estás triste y tu aflicción infecta el aire tanto que yo no puedo mantener mi paz. ¿Podría suceder que hayas ido a visitar a Charkhi?

El peregrino respondió:

-¡Tu percepción de mi estado de ánimo es prueba evidente de la santidad de tus vigilias! Con esa observación has transformado mi dolor, convirtiéndolo en deleite, y en lugar de tristeza ahora aliento esperanza. ¿Pero puedes contarme qué ha sucedido al gran Charkhi para que se comporte de esa manera?

El hombre santo contestó:

-Nada ha sucedido a Charkhi. Yo me ocupo de plegarias y ayunos. Entono cantos devocionales y cumplo prácticas especiales. Soy abstemio y sigo las reglas formuladas por los que lograron su fin. Esto es lo que tú debes hacer también y esto es lo que Charkhi reconoció en ti y lo que, mediante sus acciones, te dijo. Si yo fuese tan gran hombre como Charkhi, no necesitaría esas cosas. Si tú estuvieses en condiciones de ser su discípulo, la apariencia no hubiera influido en ti y no hubieras sido insensible a la realidad. Tú y yo estamos en la misma terrible situación. Algún día uno u otro de nosotros, o ambos, tal vez alcancemos la etapa en que podamos ser discípulos del Baba Charkhi.

UN ERUDITO DESCONOCIDO

Un erudito desconocido se acercó a un maestro Sufí y le hizo una pregunta estúpida.

-¡Vete de aquí! -dijo el Sufí.

El erudito se fue, afirmando en voz alta que el Sufí no hubiese podido ser educado aunque lo hubiera intentado y que era, además, un ignorante engreído.

Otro filósofo, que se interesó por la actitud del Sufí pero no acertaba a explicársela, preguntó el motivo de tal conducta.

-¡Oh, amigo! -exclamó el Sufí-. Nunca interpretarás esa conducta con las normas sentadas por las «reglas» que tratas de aplicar. La podrás entender sólo con las normas de «momentos». En aquel instante tuve una posibilidad de causar menos daño al sabihondo sacándomelo de encima  «impacientemente» que lo que hubiese conseguido (por razón de su carácter) con refutaciones, con argumentos razonados o con cualquier otro de los recursos alternativos habituales.

-¿Pero y la reputación? Por ejemplo, ¿en tu condición de hombre cortés y medido?

-La reputación de un jardinero se produce con la aparición de las flores, no con la preparación de la tierra; y la reputación de un agricultor proviene de la cosecha y no de la siembra de semillas. Si a cada momento suspendieran sus tareas para atender a la reputación, ¿dónde habría flores y dónde cosechas? -terminó diciendo el Sufí. Por eso los sabios han dicho: «El traje de seda concita admiración y no provoca ningún resultado real; por lo tanto, viste de lana, hasta que ésta se transforme a su vez en prenda de orgullo».

PENSAMIENTO LIMITADO

En cierta casa de reposo situada en una de las más importantes carreteras de Asia Central, perteneciente a la Ruta de la Seda, cierta noche un hombre hablaba en voz alta y sin cesar.

Todos esperaban que se callara para que los viajeros pudiesen descansar antes de proseguir sus caminos temprano, a la mañana siguiente.

Pero el hombre no dio la menor señal de apaciguamiento y pocos de los presentes se alegraron cuando un derviche errante se aproximó al charlatán y lo saludó cortésmente, diciendo

-Deseo escuchar todas tus palabras con la máxima atención posible. Sigue hablando, por favor.

El locuaz continuó con mayor volumen y verbosidad, fraseando su disquisición con un virtuosismo cada vez más exquisito, mientras el derviche permanecía sentado delante de él, contemplándolo fijamente, con una concentración intensa.

A cabo de unos minutos, el hombre casi había dejado de hablar… y el derviche estaba dormido.

Por la mañana, cuando se ensillaban los animales de la caravana para reanudar la marcha, algunos viajeros preguntaron al derviche el sentido de su conducta. Este dijo:

-Ese hombre quería vuestra atención y vosotros no queríais otorgársela porque deseabais hacer otra cosa. Yo quería descansar, pero sabía que antes debía pagar ese descanso. Apenas nuestro amigo hubo logrado su objetivo, ya no lo deseó. Apenas yo logré el mío, o sea una cierta calma tras un esfuerzo concentrado, aproveché la ocasión y vosotros os beneficiasteis también.

Al preguntársele qué impresiones tenía de la noche anterior, el charlatán dijo:

-Aquel falso derviche tuvo la insolencia de dormirse mientras yo hablaba, después de aparentar interés. Sólo trataba de impresionarnos a todos. Que eso os sirva de lección.

LO EXTERNO Y LO INTERNO

Un Sufí de Bucara atraía grandes grupos de personas y su casa estaba siempre llena de discípulos y peregrinos.

Afligido por ese trajín y movimiento, un estudiante devoto se marchó de la ciudad a poco de haber entrado en ella en busca del sabio y se encaminó a la choza de un contemplativo más solitario, en la parte oriental de Turquestán.

Después de que los dos estuvieron sentados en contemplación durante un rato, el místico levantó la cabeza, habiendo leído la mente del visitante, a quien dijo:

-Cuando juzgues por lo externo, por las apariencias solamente, obtendrás únicamente superficialidades. Te desagradó el aspecto externo del sabio de Bucara, y por lo tanto no pudiste percibir su aspecto interno. En el Día Final, si has de ser juzgado de la misma manera, por tu forma externa, ¿por qué no preparas tu propia exterioridad? Estás vestido sobriamente; adórnate con cuentas. Tu túnica es lisa; haz que sea motivo de observación. Decórate y luce. Entonces, por lo menos, se te podría reconocer el mérito de la coherencia.