El Libro del Amor

Libro Segundo de la Trilogía del

Linaje de la Magdalena

Kathleen McGowan

Traducción de

Eduardo G. Murillo


En el principio, creó Dios los cielos y la tierra.

Pero Dios no era un ser único. No reinaba a solas sobre el universo. Gobernaba con su compañera, su bien amada.

Así, en el primer libro de Moisés, llamado Génesis, Dios dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra», como si hablara con su otra mitad, su esposa. Porque la creación es un milagro que se da con mayor perfección cuando la unión de los principios masculino y femenino se halla presente. Y el Señor Dios dijo: «Y he aquí que el hombre se ha convertido en uno de nosotros».

Y el libro de Moisés dice: «Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó».

¿Cómo era posible que Dios creara la hembra a imagen suya, si no poseía imagen femenina? Pero así lo hizo, y fue llamada Athiret, y este nombre significa La Que Camina Sobre el Mar. Pero no sólo se refiere a los mares de nuestro mundo. También lo hace sobre el mar de las estrellas, la franja de luz que llamamos la Vía Láctea.

Camina sobre las estrellas, pues constituyen sus dominios, ya que ella es la Reina de los Cielos.

Y llegó a ser conocida por muchos nombres, y uno de ellos es Stella Maris, la Estrella del Mar. Ella es la Mer Maid[1], pues mer significa tanto «amor» como «mar», y por ello con frecuencia se considera el mar como un símbolo de su sabiduría compasiva.

Otro símbolo utilizado para representarla es un círculo de estrellas que bailan alrededor de un sol central, la esencia femenina que arropa a la masculina en su amor. Donde veáis este símbolo, sabréis que todo cuanto es divino en la feminidad está presente.

Más adelante, Athiret del Mar y las Estrellas fue conocida en hebreo como Asherah, nuestra Divina Madre, y el Señor fue conocido como El, nuestro Padre Celestial.

Y así fue que El y Asherah desearon experimentar su gran y sagrado amor de una forma física más expresiva, y compartir tal dicha con los hijos que engendraran. A cada alma que crearon se le concedió un gemelo hecho de la misma esencia. En el libro llamado Génesis, esto se relata en la alegoría de la hermana gemela de Adán, que es creada a partir de su costilla, es decir, de su propia esencia, pues es carne de su carne y hueso de su hueso, espíritu de su espíritu.

Entonces Dios dijo, tal como lo narra Moisés: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne».

Así se creó el hieros-gamos, el sagrado matrimonio de la confianza y la conciencia que funde a los amantes en un solo ser. Es el mayor regalo sagrado que nos hicieron nuestros padres de los cielos. Pues cuando nos unimos en la cámara nupcial, descubrimos la unión divina que El y Asherah deseaban que experimentaran todos sus hijos terrenales, a la luz del goce puro y la esencia del verdadero amor.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

El y Asherah, y los sagrados orígenes del hieros-gamos,

del Libro del Amor, tal como se conserva en el Libro Rosso


Prólogo

La Beauce, Francia

A.D. 390

Las gruesas velas de cera de abeja, fijadas a las paredes de la caverna, goteaban e iluminaban el angosto espacio de reunión. La pequeña comunidad rezaba con dulce devoción, siguiendo las indicaciones de la etérea mujer que se alzaba delante del altar de piedra. Terminó la oración y sostuvo el tesoro de su pueblo ante ella, un antiquísimo manuscrito encuadernado en piel.

—El libro del Amor. Las únicas palabras verdaderas del Señor.

La luz de las velas centelleó sobre el pelo cobrizo dorado de Modesta cuando besó el libro. Los fieles respondieron al unísono.

—Quienes tengan oídos que oigan.

Siguió un silencio reverente, como para impedir que el habla vulgar mancillara las palabras del Libro. Fue uno de los jóvenes, un seguidor devoto y ferviente llamado Severino, quien rompió la paz del sagrado entorno.

—¿Cómo se encuentra nuestro hermano Potenciano?

Modesta contestó con la misma voz calma y lírica de cuando rezaba.

—Hoy he podido verle en la cárcel y llevarle pan. Se encuentra bien. Su fe es inquebrantable, como ha de ser la nuestra.

Severino era incapaz de controlar su creciente agitación, pese a todos sus esfuerzos por sobreponerse al miedo que le embargaba.

—Dices que se encuentra bien, pero ¿hasta cuándo? Cada día que pasa, Roma mata a más de los nuestros por herejes. No tardarán en venir a por nosotros.

Se elevó un vacilante murmullo de asentimiento de la pequeña comunidad, pero Modesta, sabia y paciente, nunca desperdiciaba la oportunidad de enseñar las verdades que abrazaba.

—En verdad es una época triste cuando los perseguidos se convierten en perseguidores. Los cristianos padecieron muchos años de tormentos, pero sin embargo ahora reservan la mayor violencia para los suyos. Hemos de perdonarlos, porque no saben lo que hacen.

La frase de Modesta fue puntuada por un agudo silbido que resonó en la boca de la caverna. Demasiado tarde, la mujer y su congregación comprendieron que habían sido descubiertos por los mismísimos hombres de los que se ocultaban.

Al cabo de escasos momentos, la tranquilidad de la reunión religiosa se disolvió en el caos, cuando un contingente de hombres armados irrumpió a través de la única abertura de la cueva. La escapatoria era imposible. Los soldados iban vestidos de manera idéntica, con hábitos oscuros y capuchas que cubrían su cabeza por completo, con siniestras rendijas para los ojos. Su líder avanzó y se quitó la capucha, que dejó al descubierto una cabeza afeitada y un crucifijo de madera tallada alrededor del cuello. Se plantó ante Modesta y escupió para manifestar su desprecio por la mujer, al tiempo que citaba un dicterio de una epístola de Pablo.

—«No permito que la mujer enseñe. Que se mantenga en silencio.» Modesta de la Beauce, quedas detenida por herejía.

La interpelada le miró con calma.

—Hermano Timoteo, has venido a por mí, y contigo iré. Pero deja en paz a esta gente inocente.

El pánico se apoderó del nervioso Severino ante la perspectiva de perder a su líder, y se interpuso en el camino del hermano Timoteo para impedir que continuara avanzando.

La tropa de encapuchados se desplegó. Modesta aprovechó la confusión para sustraer a la vista de su acusador el libro sagrado, llevándose las manos a la espalda. No era consciente del grave peligro que corrían sus seguidores. Una mujer dedicada a la esencia del amor y la compasión no podía sondear las mentes de hombres violentos tan rápido.

Los milicianos encapuchados desenvainaron sus espadas y empezaron a utilizarlas sin la menor vacilación. Una espada de doble filo atravesó el corazón de Severino. Su vida escapó por la herida y bautizó a la congregación con su sangre.

El caos se apoderó del angosto espacio, mientras los restantes fieles intentaban dispersarse, convencidos ya de que la amenaza bajo la que vivían se había transformado en una terrible realidad. La violencia despiadada de una fuerza atacante que no demostraba compasión impidió su huida.

—¡Madeleine!

Modesta buscó a su hija entre la confusión, pero la niña ya estaba corriendo para reunirse con su madre en el altar. Muy menuda para sus ocho años, Madeleine parecía mucho más pequeña, y Modesta rezó para que esa característica jugara en su favor.

Tenía que salvar a su hija. Tenía que salvar el Libro.

Modesta abrazó a la niña y le escondió el tesoro entre los pliegues de su vestido, al tiempo que la tapaba con su capa. Gritó entre el barullo al hermano Timoteo.

—¡Basta! ¡Basta! Iré con vosotros. Basta de derramamiento de sangre, por favor.

Era un ruego estéril. Los soldados encapuchados habían matado a todos los asistentes a la reunión, y el suelo de la caverna estaba empapado de la sangre de los inocentes. El hermano Timoteo resopló con desagrado cuando pasó por encima de un cuerpo cubierto de sangre, mientras se disponía a capturar a su presa.

—Perdona la vida de esta niña —le suplicó Modesta—. Tú eres un hombre de Dios. No puedes castigar a los hijos por los pecados de los padres.

—¿Es tuya?

—No. Es hija de campesinos, y corta de entendederas.

El hermano Timoteo avanzó y capturó entre sus dedos un mechón del pelo castaño oscuro de la niña.

—No tiene el pelo blasfemo que es la marca de los de tu calaña. Si lo tuviera, yo mismo la mataría. Pero no vale la pena molestarse por una niña campesina. Dejadla marchar.

Despidió a la niña con un ademán y dio la espalda a la mujer para inspeccionar la carnicería.

Modesta abrazó a Madeleine cuando la niña apretó las manos contra su diminuto cuerpo, aferrando el libro oculto como si le fuera la vida en ello. La mujer, consciente de que eran los últimos momentos que podía compartir con su hija, susurró en su oído.

—No tengas miedo, Madeleine. Te volveré a querer. El tiempo vuelve.

Besó a su hija y la exhortó a salir corriendo de la caverna, y la vio alejarse con una trágica mezcla de orgullo materno y dolor insoportable.

—Amada mía, daría cualquier cosa por que no estuvieras en esta celda.

Potenciano asió los barrotes que le separaban de su esposa. Su estancia en la cárcel le había pasado factura, y estaba en los huesos. Tenía sucios el pelo y la cara, pero para Modesta era el hombre más apuesto del mundo. Sólo deseaba poder tocarle, pero estaban atados y la distancia que les separaba en la lóbrega prisión era demasiado grande.

—Y no obstante estamos juntos, lo cual es una bendición. No temas a la muerte, amor mío, pues sabemos que no es el fin.

Potenciano estaba desesperado.

—No pierdas la esperanza. Eres pariente del obispo Martín de Tours. Podemos solicitar su intervención. ¡Él podrá impedir esto!

Modesta suspiró resignada.

—Mi bendito primo no ha conseguido salvar herejes, por más que se ha esforzado. La Iglesia está decidida a deshacerse de nosotros, y deprisa. El hermano Timoteo quiere que estemos muertos antes de que el sol salga mañana.

—¿Y qué será de nuestra Madeleine?

—Consiguió salvarse de la masacre. Tuve que negarla, decir que no era nuestra. Gracias a Dios que ha heredado tu aspecto, de lo contrario nuestro dolor sería insoportable. Irá a vivir con mi hermano. Ya sabes que él la protegerá.

—¿Y el Libro? ¿Está a salvo?

—Madeleine lo escondió en su capa. Fue muy valiente.

La expresión del hombre a la tenue luz de las velas era de suprema admiración.

—Lo ha heredado de su madre. Al salvar el Libro, será la salvadora de todos nosotros. Las enseñanzas del Camino continuarán.

Modesta asintió para manifestar su acuerdo, antes de hablar en voz alta.

—Una niña vuelve a salvar la verdad. Así ha sido siempre, y así lo será.

Una sombría multitud se había congregado sobre la antigua colina para presenciar la ejecución, donde un ominoso tajo descansaba sobre el cadalso. Había dos hachas apoyadas contra el tajo, cruzadas en forma de una equis.

Modesta y Potenciano, uno al lado del otro con las manos atadas a la espalda, subían la colina. Estaban rodeados de hombres encapuchados armados hasta los dientes, que les azuzaban a caminar más deprisa. El antes glorioso pelo de Modesta había sido rapado, con el fin de dejar al descubierto su cuello para la hoja que lo separaría del cuerpo.

Potenciano la miraba con el corazón henchido de amor y tristeza.

—Moriremos tal como hemos enseñado y vivido. Juntos.

Modesta le devolvió la mirada.

—Y volveremos para enseñar de nuevo. Cuando Dios desee y decida el momento.

Potenciano aminoró el paso para prolongar el precioso tiempo compartido. Su esposa le imitó para mantenerse lo más cerca posible de él durante aquellos minutos. El hombre susurró su petición final.

—¿Cantarás para mí, por última vez?

Modesta le sonrió, el último regalo terrenal que podía dar a su amado, y empezó a cantar con su dulce voz:

Te he amado mucho tiempo,

siempre, y no te olvidaré…

Te he amado siempre,

pues Dios nos hizo el uno para el otro.

Cuando Modesta terminó su canción, un hombre musculoso de pelo rojizo surgió de la multitud y avanzó hacia ellos, sosteniendo a Madeleine en sus brazos. Modesta vio a su hija y se quedó paralizada. Potenciano siguió la mirada de su esposa y se detuvo ante ella. No osaron reconocer a la niña, pero en aquel momento se produjo un profundo intercambio de amor y pérdida entre aquella pequeña familia.

Madeleine miró fijamente a su madre, con una sabiduría infrecuente en una niña de su edad, y asintió. Una sonrisa se insinuó en sus labios. Su madre, orgullosa y tranquilizada en aquel terrible momento, consiguió devolverle la sonrisa, justo cuando un esbirro encapuchado la empujaba con rudeza por detrás en dirección al cadalso. Modesta se inclinó hacia su marido y susurró.

—Nuestros dos tesoros se encuentran a salvo.

Dos guardias, cada uno situado a un lado del tajo, se acercaron para colocar a los prisioneros. Modesta formuló su pregunta en voz lo bastante alta para que la muchedumbre la escuchara.

—Bondadosos señores, ¿nos permitiréis un momento para rezar juntos?

Los guardias miraron hacia el lugar donde se hallaba el torvo hermano Timoteo, ansioso por presenciar el espectáculo que iba a tener lugar. Estaba atrapado. Como hombre de la Iglesia, no podía negar la petición.

—La Iglesia es misericordiosa y permitirá una breve oración, si los herejes desean arrepentirse.

Modesta se acercó a su marido y volvió la cabeza hacia él por última vez. En aquel momento, no existía cadalso, hacha, ni injusticia terrible. Tan sólo amor, mientras repetían la oración más sagrada de su pueblo al unísono.

Te he amado antes,

te amo hoy,

y volveré a amarte.

El tiempo vuelve.

Modesta tocó con sus labios los de su amado con un postrer y dulce beso.

—¡Basta!

La ira del hermano Timoteo interrumpió el momento. Irritados, los guardias separaron a la pareja y les obligaron a postrarse de hinojos, codo con codo ante el tajo.

Con la profunda calma que proporciona la certeza de que sólo Dios espera, Modesta y Potenciano inclinaron la cabeza sobre el tajo. Continuaron rezando en voz baja al unísono, cuando la primera hacha cayó con un golpe seco escalofriante. La segunda la siguió un momento después.

La multitud no se movió. Una sensación de dolor y tragedia impregnaba la atmósfera. No era la celebrada ejecución de unos herejes que el hermano Timoteo había esperado. Su voz implacable resonó en el aire.

—¡Que esto sirva de advertencia! ¡La herejía no será tolerada en el Sacro Imperio Romano!

Los aldeanos se dispersaron tras aquella admonición, con expresión solemne y algo más que asustados. El hermano Timoteo no les hizo caso. Se acercó al tajo para hablar a los verdugos.

—No dejéis reliquias de los mártires que los herejes puedan recuperar. Arrojadlas a las profundidades del pozo. Es lo más parecido a enviarlos al infierno.

El hermano Timoteo dirigió una larga y satisfecha mirada al cuerpo mutilado de Modesta, mientras los verdugos iniciaban su siniestra tarea. Una expresión obsesiva se apoderó de su rostro cuando extrajo algo subrepticiamente del bolsillo de su hábito: un mechón del pelo rojo intenso de Modesta.

Con su pastora muerta, sería fácil controlar a las ovejas. Guardó el amuleto en el bolsillo y pisó el charco de sangre de Modesta sin mirar atrás.



1

Nueva York

En la actualidad

Maureen Paschal, rodeada del lujo sibarita de la habitación del hotel de cinco estrellas de Manhattan, donde se alojaba invitada por su editor, daba vueltas en la descomunal cama. Tan inquieta en el sueño como en la vigilia, hacía casi dos años que Maureen no dormía de un tirón toda la noche. Desde la revelación de los acontecimientos sobrenaturales que la habían conducido a descubrir el evangelio secreto de María Magdalena, Maureen era una mujer atormentada, tanto dormida como despierta.

Cuando tenía la suerte de adormecerse durante varias horas consecutivas, la asediaban sueños, algunos surrealistas y simbólicos, otros vívidos y literales. En el más inquietante de estos sueños repetitivos, se encontraba con Jesucristo, quien le hablaba con palabras crípticas de la promesa de Maureen de buscar un libro secreto escrito por su mano divina, algo a lo que llamaba «el Libro del Amor». Durante sus horas de vigilia, Maureen se sentía atormentada por estas experiencias oníricas. Hasta el momento, el Libro del amor se había mostrado de lo más escurridizo. No existían referencias históricas documentadas de tal manuscrito, aparte de leyendas vagas surgidas en Francia en la Edad Media, antes de desaparecer por completo. No tenía ni idea de por dónde iniciar su búsqueda con el fin de cumplir su promesa y encontrar tal fantasma. Ni siquiera estaba segura de lo que era. Y hasta la fecha, su Señor no le había proporcionado ninguna pista que la ayudara en su investigación.

Maureen rezaba con fervor cada noche para no fracasar en la misión encomendada, y para que algo la guiara hasta encontrar el punto de partida de un viaje tan extraño. Los acontecimientos sobrenaturales de los últimos años de su vida eran la prueba que necesitaba para creer que esa magia de inspiración divina existía a su alrededor. Sólo tenía que ser perseverante en su fe, y esperar.

Aquella noche, sus oraciones recibieron respuesta, cuando la primera pista emergió en el mundo extraño y surrealista de sus sueños.

La niebla espesa del anochecer envolvía con su grisura las antiguas ruinas. Maureen las recorría con parsimonia, abotargada en sueños por la bruma. Se encontraba en un monasterio muy antiguo, o lo que quedaba de él tras siglos de desolación. Un muro derrumbado a su derecha fue en otro tiempo una obra maestra majestuosa de arquitectura. Albergaba ahora el armazón de lo que había sido una vidriera de estilo gótico tallado en piedra como una rosa de seis pétalos. Los últimos rayos de luz se filtraban a través de las ramas de los árboles, y bañaban el esqueleto de la ventana en ruinas e iluminaban el espacio donde Maureen se hallaba. Continuó hasta los restos de altos arcos góticos, comunicados con nada, pues los muros que soportaban muchos siglos antes habían quedado reducidos a escombros. Eran restos inconexos de una gloria pretérita y marchita. En otro tiempo el pasillo de una exquisita y majestuosa nave, los arcos estaban ahora desnudos y solos, como umbrales hechizados que daban acceso al pasado.

Los últimos vestigios de luz parecían seguirla a través de este umbral, hasta que salió a los restos de un antiguo patio. Los rayos iridiscentes iluminaron una escultura de piedra porosa de una virgen y un niño, encajada en la hornacina de una pared adoquinada.

Maureen avanzó hacia la escultura y acarició con los dedos, picada por la curiosidad, el frío rostro de piedra de la encantadora virgen, plasmada como apenas una niña. La tradición afirmaba que la Virgen concibió cuando era adolescente, de manera que quizás aquella imagen infantil no era tan peculiar. Y no obstante, esta virgen, con su leve sonrisa enigmática, parecía más una niña de ocho o nueve años que sostuviera un bebé. Y el niño estaba tallado también de una manera poco usual. Daba la impresión de que estaba a punto de saltar de las manos de la niña, con una sonrisa traviesa. La escultura semejaba más la de una hermana mayor que intentara sujetar a su hermanito, que la de una madre y su hijo. Maureen estaba reflexionando sobre aquel extraño retrato, cuando la estatua le habló con la voz dulce de una niña.

—No soy quien crees.

En el mundo imaginario y alucinatorio de los sueños, no es raro que una estatua hable, o incluso ría, al igual que ésta.

—En ese caso, ¿quién eres? —protestó Maureen.

La niña volvió a reír… ¿o era el bebé? Era imposible saberlo, pues los sonidos se estaban mezclando con el tañido de la campana de una iglesia, el cual resonaba en toda la abadía.

—Pronto me conocerás —dijo la niña—. He de enseñarte muchas cosas.

Maureen miró fijamente la estatua, después el muro de piedra de la hornacina, y por fin los arcos en ruinas, con la intención de grabar en su mente los detalles de la abadía.

—¿Dónde estamos?

La niña no contestó. Maureen continuó su recorrido, pisando con cuidado entre las hierbas que invadían el lugar y rodeando los grandes fragmentos de piedra caída. La luna llena estaba saliendo, brillante en el cielo oscuro. Vio que los rayos lunares destellaban sobre lo que parecía un charco de agua, justo delante de ella. Fascinada, avanzó hacia él por el hueco de un muro en ruinas y cruzó el umbral de piedra derrumbada, en dirección al agua que la esperaba. Era un pozo o una cisterna, lo bastante ancho para que varios hombres se bañaran al mismo tiempo. Se inclinó sobre el borde para ver su reflejo en el agua, y se quedó impresionada por la sensación de una profundidad sin límites. Este pozo era sagrado y se hundía en las entrañas de la tierra.

La niña volvió a hablar.

—En tu reflejo, encontrarás lo que buscas.

El reflejo de Maureen cambió, y durante un breve momento vio una imagen que no era la suya. Extendió la mano para tocar el agua, y en ese momento el anillo de cobre de su mano derecha se deslizó del dedo y cayó en el pozo.

Maureen chilló.

El anillo era su posesión más preciada. Era una antigua reliquia de Jerusalén que le habían regalado durante su investigación de María Magdalena. Del tamaño y forma de un penique, llevaba grabado el antiguo dibujo de las nueve estrellas alrededor de un sol central. Los primeros cristianos llevaban el dibujo para recordar que no estaban separados de Dios, y para establecer una correlación con la frase del padrenuestro «así en la tierra como en el cielo». El anillo era un símbolo material de la fe recién descubierta de Maureen. Que lo hubieran engullido de forma irremediable las negras profundidades del agua era tan desconsolador como espantoso.

Maureen se arrodilló ante el borde de piedra del pozo e intentó, desesperada, captar un destello del anillo dentro del agua. Era imposible. No se había equivocado respecto a la profundidad: su fondo no se veía. Se puso en pie poco a poco, resignada, y vio un repentino destello en el agua. Un enorme pez, una especie de trucha cubierta de escamas doradas, saltó del agua y volvió a las profundidades. Maureen esperó para ver si el extraordinario pez regresaba. Otro chapoteo hendió las aguas, y la trucha volvió a saltar en el aire, esta vez como si se moviera a cámara lenta. De la boca del pez sobresalía el anillo de cobre.

Lanzó una exclamación ahogada cuando el pez se volvió en su dirección. Liberó el anillo y lo lanzó hacia ella. Maureen extendió la mano y notó que el anillo caía en su palma abierta. Cerró la mano a su alrededor y lo apretó contra su corazón, agradecida por el hecho de que el pez mágico, que ya había regresado a las profundidades del pozo, lo hubiera recuperado. El agua estaba inmóvil, y la magia había desaparecido de nuevo.

Maureen devolvió el anillo a su mano derecha y escudriñó con cautela el pozo por última vez, para ver si el extraño monasterio le deparaba más milagros. El agua no se movía, y entonces una ola diminuta agitó la superficie. Una oleada de luz dorada empezó a invadir el pozo y la zona circundante. Cuando miró el agua, una imagen empezó a tomar forma. La escena era un hermoso valle, exuberante y verde, sembrado de flores y árboles. Vio que una lluvia de gotas doradas caía del cielo y teñía todo de oro. Al cabo de poco, el valle florecía con ríos de oro y los árboles se cubrían del áureo metal. Todo centelleaba a su alrededor, con la cálida luz del mineral líquido.

A lo lejos oyó la voz de la niña, la misma que había emanado de la traviesa virgen.

—¿Buscas el Libro del Amor? En ese caso, bienvenida al Valle de Oro. Aquí encontrarás lo que buscas.

Se oyó una vez más la dulce risa, mientras la visión se desvanecía, y Maureen regresó a las ruinas oscurecidas de la misteriosa abadía bañada por la luz de la luna. Fue lo último que oyó antes de que la alarma del despertador se disparara en el siglo xxi y la devolviera a Nueva York antes del amanecer.

Las servidumbres de la televisión por cable matutina no son para los débiles de corazón.

Quien llamó a la puerta de la suite de Maureen a las cuatro en punto de la mañana era la peluquera y maquilladora contratada para embellecerla para la entrevista que iban a emitir en uno de los programas matutinos nacionales más populares. Por suerte, la mujer se compadeció de las horas robadas al sueño de Maureen y había tenido la previsión, antes de subir, de alertar al servicio de habitaciones sobre la necesidad de café.

Maureen Paschal estaba en Nueva York debido al éxito internacional de su novela La verdad contra el mundo: el evangelio secreto de María Magdalena. Basada en experiencias de su vida, el libro fundía el viaje personal iniciático de Maureen con las revelaciones, a menudo escandalosas, de la vida de María Magdalena como la discípula predilecta de Jesús. Aunque avezada periodista y popular escritora de no ficción, Maureen había optado por escribir este libro como una obra de ficción, lo cual en sí mismo ya era objeto de controversia. La prensa se mostraba escéptica, cuando no burlona. ¿Por qué, si el libro estaba basado en hechos reales, había decidido escribirlo como ficción?

La respuesta de Maureen a esta sempiterna pregunta, si bien sincera, no satisfacía a la voraz prensa internacional. Contestaba a las mismas preguntas en programas de entrevistas de todo el mundo, y explicaba, con tanta paciencia como se lo permitían sus nervios a flor de piel, que debía proteger sus fuentes por motivos de seguridad. Cuando relataba que su vida había peligrado durante la búsqueda del antiquísimo tesoro, había sido ridiculizada y acusada de exagerar, e incluso de mentir, con el fin de conseguir publicidad.

En el torbellino mediático que siguió a La verdad contra el mundo, toda semblanza de paz y privacidad se había evaporado de su vida. Maureen estaba sometida a todo tipo de escrutinio público: el bueno, el malo y el espantoso. Recibió tanto felicitaciones por su valentía como amenazas de muerte por su blasfemia, junto con todas las demás reacciones intermedias posibles.

No obstante, La verdad contra el mundo había cautivado a la imaginación popular. Mientras los críticos y la prensa descubrían que atacar a Maureen aumentaba las ventas, un amplio número de lectores de todo el mundo reaccionaban a la historia humana de la vida de Jesús, contada desde la perspectiva de María Magdalena. Maureen no pedía disculpas e insistía en que Jesús y María Magdalena eran legalmente marido y mujer, en que tenían hijos y habían predicado juntos, y en que ninguna de estas cosas disminuía de ningún modo la divinidad de Jesús. Los valores del amor, la fe, el perdón y la comunidad eran las piedras angulares de sus enseñanzas, y sin embargo los ataques contra su libro en nombre de la religión desechaban o pasaban por alto el mensaje real, con el fin de concentrarse en su controvertida mensajera. Durante su investigación, Maureen había estado a punto de ser asesinada por quienes deseaban que el mensaje del evangelio continuara oculto, de manera que no necesitaba asegurar a nadie su autenticidad.

Aun así, Maureen estaba contenta de que su libro fuera popular entre los hombres y mujeres del mundo entero, de los que opinaba que se sentían decepcionados por las instituciones religiosas tradicionales, más centradas en la política, el poder, la economía e incluso la guerra que en la verdadera espiritualidad.

Maureen estaba satisfecha con el libro y con la historia tal como la había contado, y se sentía agradecida por la avalancha de cartas de apoyo recibidas de todos los puntos del globo. Cada carta de un lector con el mensaje de que «Por María Magdalena he vuelto a creer en Jesús» la fortalecía y aumentaba su fe. Sin embargo, luchaba a diario con la responsabilidad de comunicar la verdadera historia de María Magdalena, tal como ella la había descubierto, de una forma que hiciera justicia al material, con el fin de llegar a más gente que seguía escéptica. Éste era el motivo de su aparición en la televisión aquella mañana.

Aunque la prensa había montado un circo mediático alrededor de su libro, Maureen tenía depositadas mayores esperanzas en la entrevista inmediata. Los productores habían hecho los deberes, la habían entrevistado por anticipado, formulado preguntas inteligentes, y hasta enviado un equipo de filmación a su casa de Los Ángeles. Al menos, creía que esta vez existía la oportunidad de que le hicieran preguntas honestas y bien fundamentadas.

No quedó decepcionada. Condujo la entrevista una de las presentadoras del programa, una personalidad nacional conocida por su inteligencia y aplomo. Podía ser dura, pero también imparcial. Además, se había preparado, cosa que impresionó a Maureen.

Primero mostraron fotografías en las que aparecía en diferentes lugares del mundo investigando la vida de María Magdalena. Una en la Vía Dolorosa de Jerusalén, otra subiendo al pico de Montségur, en el sudoeste de Francia. Estas imágenes constituyeron la introducción a la primera pregunta.

—Maureen, escribes acerca de un supuesto evangelio perdido de María Magdalena descubierto en el sur de Francia, y sobre las tradiciones populares en ese país que sostienen que María Magdalena se instaló allí después de la crucifixión. No obstante, has sido atacada por estudiosos de la Biblia muy prestigiosos de Estados Unidos, quienes insisten en que no existen pruebas de todo esto. Insisten en que ni siquiera existen pruebas de que María Magdalena fuera a Francia. ¿Cómo les respondes?

Maureen agradeció la pregunta. Periódicos y revistas siempre concedían a los estudiosos la última palabra. Casi todos los artículos sobre ella terminaban con algún académico que la desacreditaba con el habitual desdén erudito, diciendo que no existían pruebas y que todas las leyendas referidas a María Magdalena tenían menos sustancia que la mayoría de cuentos de hadas. Maureen decidió abstenerse de lanzar pullas, ahora que gozaba al fin de la posibilidad de contestar a sus críticos en la televisión nacional.

—Si los estudiosos buscan pruebas en sus torres de marfil, convenientemente escritas en inglés y accesibles en bibliotecas con aire acondicionado, no las encontrarán. Las pruebas que yo busco son más orgánicas, humanas y reales. Proceden del pueblo y de las culturas que viven estas historias, que las incorporan a su vida cotidiana. Decir que estas tradiciones no existen o carecen de importancia es peligroso, tal vez incluso xenófobo y racista.

—¡Caramba! —la presentadora se removió en su silla—. ¿No crees que tus palabras son muy duras?

—No, creo que son necesarias. Existían culturas enteras en el sur de Francia y en zonas de Italia que fueron exterminadas por creer exactamente en lo que contiene mi libro. Creían ser descendientes de Jesús y María, y practicaban una hermosa forma pura de cristianismo que, afirmaban, procedía directamente de Jesucristo, y que María Magdalena les había llevado después de la crucifixión.

—Estás hablando de los cátaros.

—Sí. «Cátaro» procede de la palabra griega que se traduce por «pureza», pues estas personas eran los cristianos más puros que vivían en occidente. Durante la única cruzada declarada jamás contra otros cristianos, la iglesia católica del siglo xiii masacró a los cátaros. La Inquisición se fundó para destruir a los cátaros. Esa gente debía ser eliminada porque no sólo sabían la verdad, sino que eran la verdad. Y no nos equivoquemos, se trató de una limpieza étnica. Genocidio. ¿Palabras duras? Pues claro. Pero exterminar a todo un pueblo es duro, y ya no podemos escudarnos detrás de palabras para justificarlo. La palabra «cruzada» conlleva una connotación que, sin embargo, fue aceptable para asesinar gente en nombre de Dios. Por lo tanto, dejemos de llamarlo así y llamémoslo por su nombre. Masacre. Holocausto.

—De modo que, cuando oyes decir a los eruditos modernos que esa gente no existe, o que las tradiciones de su cultura carecen de importancia…

—Me parte el corazón pensar que tal maldad tenga la última palabra. Pues claro que hay escasas pruebas palpables de la existencia de María Magdalena. Más de ochocientas mil personas fueron asesinadas para eliminar las pruebas palpables. Y las dos peores masacres tuvieron lugar el veintidós de julio de 1209, y un año más tarde, en 1210. Ésa es la festividad de María Magdalena, y no es casualidad. Documentos de la Inquisición de la época indicaban que fue «justo castigo para esa gente convencida de que la ramera estaba casada con Jesús».

—Lo cual me conduce a la pregunta que está en labios de todo el mundo. Afirmas que la historia que cuentas sobre el matrimonio de Jesús con María Magdalena procede de un evangelio perdido que descubriste hace poco en el sur de Francia. No obstante, te niegas a divulgar tus fuentes o a explayarte sobre este misterioso documento. ¿Qué debemos deducir de esto? Tus críticos más feroces dicen que te has inventado toda la historia. ¿Por qué hemos de creerte, cuando no aportas pruebas que confirmen la existencia de dicho evangelio?

La pregunta era dura pero importante, y Maureen tenía que contestarla con suma cautela. Lo que no podía revelar al mundo todavía era el resto de la historia: que el evangelio había sido llevado a Roma por su primo, el padre Peter Healy. El padre Peter y un comité del Vaticano estaban trabajando ahora para autentificar el evangelio. Hasta que la Iglesia dictaminara oficialmente sobre el valioso manuscrito, lo cual podía prolongarse años, teniendo en cuenta el contenido explosivo y las ramificaciones para la cristiandad, Maureen había accedido a no divulgar los hechos concernientes a su descubrimiento. A cambio, le habían permitido contar su versión de la historia de María Magdalena sin temor a represalias, y sólo si la plasmaba en clave de ficción. Era un compromiso al que había debido someterse, pero que le costaba mucho. Se sentía verdadera hermana de Casandra, la profetisa de la leyenda griega: condenada a saber y decir la verdad, pero condenada también a no ser nunca creída.

Maureen respiró hondo y contestó a la pregunta lo mejor que pudo.

—He de proteger a la gente que me ayudó en el descubrimiento. Además, hay mucha más información que aguarda a ser revelada, de modo que no puedo poner en peligro estas fuentes si quiero continuar teniendo acceso a ellas. Como no puedo desvelar las fuentes de mi información, tuve que escribir el libro en clave de ficción. Espero que la historia hable por sí sola. Mi trabajo de narradora es despertar al público a la idea de posibilidades alternativas a una de las historias más grandes de la humanidad. Por eso la llamo la historia más grande jamás contada. Y desde luego, creo con todo mi corazón que es verdadera. Pero mejor que la gente lea y juzgue sus méritos. Dejemos que los lectores decidan si ellos creen que es verdadera.

—Lo dejaremos así: dejemos decidir a los lectores. —La encantadora presentadora rubia sostenía en alto un ejemplar del libro—. La verdad contra el mundo. En efecto. Gracias, Maureen Paschal, por estar con nosotros. Un tema fascinante, sin duda, pero temo que se nos está acabando el tiempo.

La gran dicotomía de la televisión es que ocupa muchas horas preparar un segmento que dura tres o cuatro minutos. De todos modos, Maureen estaba contenta de haber hablado de manera sucinta y firme, y agradecida tanto a los productores como a la presentadora por su tratamiento imparcial e inteligente del tema.

Eran las siete y cuarto de la mañana y Maureen estaba vestida, maquillada y peinada con el mayor esmero…, pero lo único que deseaba era volver a la cama.


Marie de Negre elegirá

el momento adecuado para la venida de la Esperada.

La que nació del cordero pascual

cuando el día y la noche son iguales,

la hija de la resurrección.

La portadora del Sangre-El recibirá la llave

tras presenciar el Día Negro de la Calavera.

Ella se convertirá en la nueva Pastora del Camino.

La primera profecía de l’Attendue,

la Esperada, de los escritos de Sarah-Tamar,

tal como se conservan en el Libro Rosso

Château des Pommes Bleues

Arques, Francia

En la actualidad

Bérenguer Sinclair estaba ante el mueble acristalado que dominaba su enorme biblioteca. La vitrina estaba montada sobre una gran chimenea de piedra, en cuyo hogar en ese momento no ardía el fuego debido al calor de finales de primavera que había llegado a las estribaciones rocosas del Languedoc. Lord Sinclair era un coleccionista de primera magnitud. Era un hombre dotado del poder político y los recursos económicos necesarios para conseguir casi todo lo que deseara. El objeto en cuestión era de inmenso valor para él, no sólo porque era un gran coleccionista de objetos históricos, sino porque simbolizaba sus profundas creencias espirituales.

Un observador cualquiera habría dicho que era un estandarte medieval, raído y desteñido hasta resultar casi inidentificable. Las manchas de sangre que se acumulaban en los bordes habían adoptado un tono marrón cieno, transcurridos más de cinco siglos y medio desde que el soldado portador del estandarte hubiera sido ejecutado. La soldado.

Una inspección más detenida de la tela revelaba lo que había sido un lema bordado sobre un campo de flores de lis doradas. Era una sencilla pero poderosa conjunción de nombres que rezaba «Jhesus-Maria». La audaz y visionaria soldado que había portado este estandarte fue ejecutada por herejía, quemada en la hoguera en la plaza de la ciudad de Rouen en 1431. Si bien la documentación oficial del juicio indicaba cierto número de acusaciones convenientes inventadas por los líderes de la Iglesia de Francia en aquel tiempo, este estandarte representaba el verdadero delito: la convicción de que Jesús se había casado con María Magdalena, la convicción de que sus descendientes tenían derecho al trono de Francia a cualquier precio, y la consiguiente convicción de que las prácticas puras y originales del cristianismo podían ser restauradas bajo el rey adecuado. Éste era el motivo de que los nombres estuvieran relacionados: eran los nombres de marido y mujer, unidos por el amor y la ley.

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Jhesus-Maria.

Era el estandarte que portaba santa Juana en el asedio de Orleans, el estandarte de la doncella de Lorena, el emblema de la visionaria soldado conocida por todo el mundo como Juana de Arco. Bajo la vitrina, escrita en oro, se encontraba una de las citas más famosas de la santa. Para ser una chica de diecinueve años, su elocuencia había sido asombrosa. Y su valor, inigualable.

No tengo miedo… Nací para hacer esto. Preferiría morir que hacer algo contrario a la voluntad de Dios.

Bérenguer Sinclair se pasó las manos por su espeso cabello oscuro, parado delante de la vitrina y sumido en sus pensamientos. En días como éstos, cuando se sentía cansado y tenso, iba a su biblioteca para rendir homenaje a esta valiente adolescente, poseída por una fe tan grande que no había temido nada y lo había sacrificado todo. Ella le inspiraba y le daba fuerzas.

Se sentía extrañamente cercano a ella, por motivos complicados en el seno de su familia y la tradición. La historia documentaba que Juana había nacido un 6 de enero, aunque los miembros de su cultura hereje sabían que no era cierto. El nacimiento de Juana el día del equinoccio de invierno tenía que ser ocultado para protegerla de los ojos peligrosos y vigilantes de la Iglesia medieval. En concreto, era preciso protegerla de quienes vigilaban a las hijas de selectas familias francesas que nacían el día del equinoccio de invierno, o pocos días antes o después. Habían elegido el 6 de enero como un día «seguro» para la fecha de nacimiento de Juana. Se celebraba en el calendario litúrgico como la fiesta de la Epifanía, el día en que la luz llega al mundo. Bérenguer lo sabía muy bien, pues era el día de su cumpleaños.

Por desgracia, ocultar su fecha de nacimiento no había salvado de su destino a la pequeña doncella de Lorena. Para algunos es imposible escapar a su sino. Juana había abrazado su herencia de hija de una poderosa profecía con excesiva publicidad.

La profecía, que se refería a l’Attendue en Francia, la «Esperada», hablaba de una serie de mujeres que conservarían la verdad: la verdad sobre Jesús y María Magdalena, y sobre los evangelios que cada uno había escrito. Según la profecía, estas esperadas nacerían dentro de un cierto período cercano al equinoccio de invierno, descenderían de un linaje concreto y estarían bendecidas con visiones santas que las conducirían a la verdad, y a su destino.

Como esperada de su época, santa Juana pagó el precio definitivo, como muchas otras antes y muchas otras después.

Y por eso Bérenger estaba hoy en la biblioteca, meditando ante la sagrada reliquia de Juana. Porque sabía en el fondo de su corazón que había llegado el momento de ser digno de su herencia. Pues algo tenía en común con la valiente Juana: él también debía afrontar su propia profecía. Y sabía que Dios le había dotado de extraordinarios recursos para ello, sabía que todas las bendiciones acumuladas en su vida servirían para que pudiera cumplir su promesa, en este lugar y en este momento de la historia. Lo había hecho ayudando a Maureen en su investigación, desempeñando un papel fundamental en el descubrimiento de la magnífica historia de María Magdalena, jamás contada. Pero ahora el preciado evangelio estaba fuera de su alcance y había caído en las garras de la Iglesia. Además, daba la impresión de que Maureen también estaba fuera de su alcance. Él sabía que estaba en sus manos ayudarla en su posterior búsqueda del escurridizo Libro del amor, pero en aquel momento ella no parecía pensar lo mismo.

Era por su propia culpa que Maureen no deseaba su colaboración. Después de que la Iglesia se apoderara del evangelio, Bérenger se había portado como un bruto insensible con ella, algo que estaba pagando con una pesada penitencia.

Sin saber muy bien cuál era su papel en aquel momento, se sentía solo y desconcertado. Esa cosa llamada destino era un tirano complejo y, con frecuencia, inescrutable.

—¿Puedo hablar contigo, Bérenger?

Bérenger se volvió hacia la puerta y sonrió a la silueta voluminosa y varonil de Roland Gélis, su mejor amigo y confidente. Roland había vivido en el château desde pequeño, cuando su padre era mayordomo en vida de Alistair Sinclair, abuelo de Bérenger y temido patriarca familiar, quien había amasado una fortuna de mil millones de dólares con el petróleo del mar del Norte. Juntos, los niños habían sido educados en la tradición de las Pommes Bleues, las «manzanas azules». Era una referencia a las uvas redondas y grandes de esa región francesa, uvas que, durante siglos, habían representado el linaje de Jesús y María Magdalena. La asociación se derivaba del verso de Juan, 15: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos». Todos los descendientes de Jesús y María Magdalena, tanto genéticos como espirituales, eran sarmientos de la vid. El Languedoc era tierra de herejes.

Aunque la familia Gélis había trabajado al servicio de los Sinclair durante varias generaciones, no eran subordinados. Eran nobles por derecho propio, de esa manera discreta que caracteriza a tantas familias del Languedoc y la región de mediodía-Pirineos, quienes conservan las tradiciones secretas de su pueblo con extraordinaria elegancia y dignidad, incluso sometidos a crueles persecuciones. Los Gélis era de herencia cátara, y eran puros.

—Por supuesto, Roland. Entra.

Roland presintió de inmediato que algo inquietaba al escocés.

—¿Qué te perturba, hermano?

Bérenger sacudió la cabeza.

—Nada. Todo. —Respiró hondo y no pudo evitar sentir vergüenza mientras confesaba—. Temo que soy como una oveja perdida sin mi pastora.

—Ah.

Roland comprendió de inmediato. Bérenger no paraba de autoflagelarse por Maureen desde la discusión que había truncado su relación en ciernes, antes de que hubiera tenido tiempo de madurar. Antes de esa explosión, todos habían asumido que, teniendo en cuenta la inmensa aventura que habían compartido durante la búsqueda del evangelio perdido de María Magdalena, serían inseparables: Bérenger Sinclair y Maureen Paschal, Roland Gélis y Tamara Wisdom, la mejor amiga de Maureen y prometida de Roland. Eran los Cuatro mosqueteros, unidos por el honor y una misión común: defender la verdad contra el mundo. Hasta habían instalado una placa de madera sobre la puerta de la biblioteca con la famosa cita de D’Artagnan:

Todos para uno y uno para todos. Es nuestro lema, ¿verdad?

Pero cuando Maureen regresó a California para trabajar en su libro, la intimidad adquirida empezó a erosionarse en parte. Ella estaba consumida por la pasión de contar la historia de María Magdalena, y por relatar sus aventuras cuando aún las tenía frescas en la cabeza. Ésa era su misión y Bérenger la respetaba. Todos la habían dejado en paz y confiado en que regresaría al château cuando estuviera preparada. Pero, desde la publicación del libro, Maureen estaba más ocupada que nunca. Sólo tenía tiempo para el trabajo que María le había encomendado.

Y, además, estaba Peter.

El padre Peter Healy era primo de Maureen y la persona de su mayor confianza. También era el motivo de la grieta en los cimientos de la relación entre Bérenger y Maureen. Era Peter quien había robado el Evangelio de Magdalena para entregarlo al Vaticano. Esta traición les había conmocionado a todos, pero Maureen no había tardado en perdonar a su primo. Le había defendido ante los demás, afirmando que sólo había hecho lo que consideraba mejor para el mensaje de María Magdalena. De todos modos, Bérenger creía que la lealtad del sacerdote apuntaba mucho más hacia el Vaticano que hacia Maureen y la verdad que había desenterrado.

Los acontecimientos posteriores habían indignado a Bérenger Sinclair. La Iglesia había endurecido las restricciones acerca de lo que Maureen podía y no podía revelar en relación con el descubrimiento de lo que ellos llamaban el Evangelio de Arques. Bérenger culpaba a Peter de haber entregado el preciado documento al Vaticano, además de poner a Maureen en una posición que la obligaba al compromiso. Para colmo, cada vez se sentía más frustrado por la distancia que les separaba, e irritado por lo que consideraba lealtad ciega a Peter. En la discusión más acalorada de su relación, un frustrado Bérenger acusó a Maureen de flaqueza espiritual por permitir que su primo y su Iglesia la pisotearan y ocultaran la verdad. Esta acusación la destrozó. La grieta en su relación se había convertido en un abismo.

Cuando Bérenger Sinclair conoció a Maureen Paschal, creyó haber descubierto algo que buscaba pero desesperaba de encontrar, una mujer igual a él. Ella era su alma gemela, la compañera que no sólo podía compartir sus visiones de un mundo mejor, sino que poseía la pasión y valentía necesarias para acometer aquellos cambios con él. Existía una tremenda energía en aquel cuerpo menudo y, al igual que él, poseía un espíritu guerrero celta que constituía una fuerza de la naturaleza poco común. Por lo tanto, la acusación de flaqueza le llegó al alma de una forma que él comprendía muy bien. Con frecuencia había gozado de oportunidades de lamentar los aspectos celtas de su naturaleza, sobre todo cuando su pasión se manifestaba en el enfoque guerrero preferido por sus antepasados escoceses. Su ADN era una espada de doble filo, igual que el de Maureen. Eran tan iguales en herencia y espíritu que tal característica significó tanto una bendición como una maldición mientras forjaban su relación. Si aprendían a trabajar juntos en armonía, y a domeñar la pasión compartida por el trabajo y la que sentían mutuamente, serían capaces de crear una energía imparable dirigida a obrar un cambio positivo en el mundo. Pero aquellas pasiones también poseían el poder de ser singularmente destructivas.

El hecho de que Maureen hubiera incluido su nombre en la dedicatoria del libro, junto con el de Tamara y Roland, fue lo único que logró alumbrar en Bérenger Sinclair una sonrisa sincera desde la discusión que les había separado.

—Rezo para ver a Maureen pronto —dijo Roland con su dulzura habitual—. Acaba de ocurrir algo que me conduce a creer que tal vez sea antes de lo que creemos.

—¿Qué ha pasado?

Roland sonrió.

—Tamara acaba de recibir un extraño paquete, dirigido a ti. Quédate aquí. Te lo traeremos. Pero entretanto… —señaló la pared del fondo, donde el ilustre árbol genealógico de los Sinclair, pintado desde el suelo al techo, abarcaba mil años de historia—, echa un vistazo al mural del linaje de tu familia.

Y así fue que la reina del Sur fue conocida como la reina de Saba, es decir, la Reina Sabia del pueblo de Saba. Su nombre verdadero era Makeda, que en su lengua significaba «la fogosa». Era una reina-sacerdotisa dedicada a una diosa del sol famosa por arrojar belleza y abundancia sobre el dichoso pueblo de los sabeos. Su diosa era conocida como «la que envía sus fuertes rayos de benevolencia». Su consorte era el dios de la luna, y las estrellas eran sus hijos.

El pueblo de Saba era sabio sobre todos los demás del mundo, poseía conocimientos sobre la influencia de las estrellas y la santidad de los números que procedía de sus deidades celestiales. Se le llamaba el Pueblo de la Arquitectura, y sus edificios rivalizaban con las mejores obras de los egipcios, tan asombroso era su conocimiento de la construcción en piedra. La reina fue la fundadora de grandes escuelas que enseñaban arte y arquitectura, y los escultores que trabajaban a su servicio labraron en piedra imágenes de hombres y dioses de belleza excepcional. Su pueblo era culto y comprometido con la palabra escrita y la gloria de la escritura. Poesía y canción florecieron durante su reinado compasivo.

Los sabeos eran un pueblo virtuoso. Su fogosa reina del sol gobernaba con ternura, luz y amor, y la abundancia jamás disminuía: amor, goce, fertilidad, sabiduría, así como todo el oro y las joyas que cualquiera pudiera desear. Como jamás dudaban de la existencia de la abundancia, nunca conocieron un día de necesidad. Era el más dorado de todos los reinos.

Sucedió que el gran rey Salomón se enteró de la existencia de esta reina Makeda sin parangón, por mediación de un profeta que le anunció: «Una mujer que es tu igual y equivalente reina en un país lejano del sur. Aprenderías mucho de ella, y ella de ti. Conocerla es tu destino». Al principio, Salomón no creyó que tal mujer pudiera existir, pero su curiosidad le impulsó a enviarle una invitación, la petición de que visitara su reino, en lo alto del sagrado monte Sión. Los mensajeros que fueron a Saba para informar a la gran y fogosa reina Makeda de la invitación de Salomón descubrieron que su sabiduría ya era legendaria en el país, al igual que el esplendor de su corte, y ella había oído hablar del rey. Sus profetisas habían previsto que ella viajaría un día a tierras lejanas para encontrarse con el rey, con el cual llevaría a cabo el hieros-gamos, el sagrado matrimonio que combinaba el cuerpo con la mente y el espíritu en el acto de la divina unión. Sería el hermano gemelo de su alma, y ella se convertiría en su hermana-novia, mitades de un mismo todo, sólo completos en su unión.

Pero la reina de Saba no era mujer fácil y no iba a entregarse a una unión tan sagrada con cualquiera, sino con el hombre al que reconociera como parte de su alma. Mientras efectuaba el largo viaje hasta el monte Sión con su caravana de camellos, Makeda preparó una serie de pruebas y preguntas que plantearía al rey. Sus respuestas la ayudarían a decidir si era su igual, su alma gemela, concebida como una unidad en el alba de la eternidad.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La leyenda de Salomón y Saba, primera parte,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Château des Pommes Bleues

Arques, Francia

En la actualidad

Bérenger, Roland y Tamara estaban sentados alrededor de la gran mesa de caoba de la biblioteca. El objeto de su escrutinio era lo que semejaba un antiguo documento, un largo rollo de un tipo de pergamino muy deteriorado por la edad. El rollo estaba emparedado entre dos cristales, en un esfuerzo por conservarlo y sujetar los segmentos casi sueltos de lo que parecía un rompecabezas medieval.

La caja que contenía el frágil documento había sido entregada a primera hora de la mañana en el château por un correo anónimo que no se identificó. El ama de llaves que recibió el paquete dijo que tal vez el correo era italiano, debido a su ropa, coche y acento, pero no estaba segura. Desde luego, no era de la zona.

—Es un árbol genealógico —comentó Tammy, mientras pasaba la mano por encima del cristal sobre el nombre—. Arriba hay una inscripción en latín, y luego empieza con este hombre. Guidone no sé qué. Nacido en 1077 en Mantua, Italia.

Bérenger, que poseía una aristocrática cultura clásica, forzó la vista para leer el desdibujado latín de la parte superior del rollo.

—Parece que dice: «Yo, Matilda…» Al menos, creo que pone Matilda. Sí, en efecto, dice: «Yo, Matilda, por la gracia de Dios Que es». Una expresión curiosa, pero eso pone. La siguiente frase dice: «Me siento inseparablemente unida al conde Guidone y a su hijo, Guido Guerra, y les ofrezco protección en Toscana a perpetuidad». Y dice que este tal Guido Guerra nació en Florencia, en un monasterio llamado Santa Trinità. ¿Cómo es posible que el hijo de un conde nazca en un monasterio? Es… extraño.

—No es lo único extraño —comentó Roland. Señaló un nombre del linaje—. Mira estos nombres.

Bérenger se quedó petrificado cuando siguió el dedo de Roland sobre el cristal. En una línea del siglo xiii, reconoció algunos nombres. Un caballero francés llamado Luc Saint Clair, casado con una noble toscana. Los mismos nombres constaban en su árbol genealógico como antepasados. Pero esto no se sabía fuera del protegido círculo íntimo. Quien había enviado el paquete sabía, como mínimo, que tenía importancia para Bérenger Sinclair y que los árboles genealógicos se entrelazaban.

El arte salvará al mundo,

los que tengan ojos que vean.

En tu reflejo, encontrarás lo que buscas…

¡Salve, Ichthys!

La atención de Tammy se desvió hacia una tarjeta anexa al documento y atada a un diminuto espejo de mano dorado. El papel de la tarjeta era elegante, de grueso pergamino, con un extraño monograma estampado en el centro de la parte inferior. Una A estaba atada a una e mediante un cordel provisto de borlas que se anudaba en el centro de ambas letras. Esto en sí no era raro. Lo que conseguía que el monograma fuera extraño era que la e estaba escrita en sentido contrario, casi como una imagen reflejada de la A. En la tarjeta había escrito una especie de poema.

—«El arte salvará al mundo» —repitió Tammy—. Hemos visto este concepto en acción unas cuantas veces.

Durante la búsqueda del evangelio perdido de María Magdalena, los cuatro habían descifrado una serie de mapas y pistas descubiertos en cuadros europeos de la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco. Había sido un mapa pintado en un fresco de Sandro Botticelli lo que había permitido a Maureen descubrir los preciados documentos escritos por María Magdalena de su puño y letra. En el complejo mundo del esoterismo cristiano, buscar símbolos en el arte era el punto de partida de muchos viajes. Cuando la verdad no podía expresarse por escrito, debido al temor de una persecución mortífera, solía codificarse en pinturas simbólicas.

Bérenger levantó el espejo y lo miró un momento antes de repetir el tercer verso del poema: «En tu reflejo, encontrarás lo que buscas».

No tuvo tiempo de seguir barruntando, pues Roland le interrumpió, entusiasmado por lo que había llamado su atención.

—¡Mirad esto! —Señaló la parte inferior del documento—. El último nombre del linaje. ¿Es verdad lo que estoy viendo?

Tammy le rodeó con el brazo cuando se inclinó para ver lo que tanto había entusiasmado al gigantón. Pero fue Bérenger quien lo verificó, al examinar con detenimiento el nombre que había al final del árbol genealógico, sin duda el nombre más importante en la historia universal del arte.

—Miguel Ángel Buonarrotti.



2

Nueva York

En la actualidad

¡Maureen! Señorita Paschal

Maureen entró por las puertas giratorias de la calle Cuarenta y siete en el vestíbulo del hotel donde Nate, el jefe de recepción, la reconoció. Su agente de publicidad y su editor le dejaban a veces paquetes y viceversa, de modo que Nate y ella se habían hecho amigos y ya se tuteaban. Maureen daba buenas propinas y Nate manifestaba sin ambages su admiración por las pelirrojas. Era una buena combinación para una relación laboral en Nueva York.

—Esta noche te han traído un paquete. Acabo de entrar y lo he visto en el cuarto trasero.

Nate salió, sosteniendo un elegante paquete con ambas manos. Mediría con facilidad sesenta centímetros de longitud, era plano y de color rojo intenso. Sujeto a la caja con una ancha cinta de raso escarlata había un enorme ramo de flores blancas, fragantes lirios Casablanca mezclados con rosas blancas de tallo largo.

Maureen examinó la caja con cuidado antes de aceptarla.

—¿No había ninguna tarjeta?

Nate negó con la cabeza.

—No, nada. Lo siento.

Maureen le sonrió y le dio las gracias, ansiosa por subir a su habitación y ver qué contenía la caja roja.

Aún continuaba sonriendo cuando entró en su habitación, embriagada por el pesado aroma de los lirios. Sólo un hombre en el mundo sabía que éstas eran sus flores favoritas, porque los lirios y las rosas simbolizaban a María Magdalena. Sólo había un hombre en el mundo capaz de enviarle un ramo tan esmerado.

Bérenger Sinclair.

Pese a todo, Maureen experimentó aquel estremecimiento eléctrico casi indescriptible que recorre la espina dorsal y eriza el vello. Que Dios la ayudara, pues aún estaba locamente encaprichada de él, si no enamorada, ¿y quién podía culparla? Era apuesto, con aquel oscuro carisma celta, encantador, brillante, y extraordinariamente rico y poderoso. Pero también enfurecedor por su arrogancia, y había mostrado cierta propensión a mostrarse duro y sentencioso. Bérenger le había infligido una herida profunda, algo que no podía permitir de nuevo.

De todos modos, después de todo lo que habían pasado juntos, la comprendía más que cualquier otro hombre del mundo.

Durante toda la investigación de Maureen, Bérenger la había protegido, cobijado y hasta educado en el folclore y las tradiciones que rodeaban los misterios de la Magdalena en Francia. No cabía duda de que había ejercido una enorme influencia en su vida, hasta el punto de alterarla, ni de que sus destinos estaban enlazados inextricablemente. Sin embargo, era un hombre peligroso en potencia. Bérenger era un famoso playboy europeo y soltero contumaz. A la edad de cincuenta años, nunca se había casado y nunca se había sentido inclinado a un compromiso serio, que ella supiera. Explicaba sus años de soltería con la excusa de que no quería comprometerse con ninguna mujer que no estuviera hecha para él. Después de conocer a Maureen, dijo, estaba seguro. Ella era la elegida, el motivo de que ninguna mujer hubiera monopolizado su interés.

Era una bonita explicación. Tal vez demasiado bonita. Con un hombre como Bérenger aparecían muchas señales de advertencia, incluso antes de su terrible discusión. Había pedido disculpas, pero Maureen siguió mostrando cautela.

No obstante, notó un vacío en el estómago al pensar que le había enviado aquellas flores.

Tras desatar la cinta con cuidado, Maureen hizo a un lado las flores y levantó la tapa de la caja. Había una tarjeta en un sobre cerrado que rezaba «Señorita Paschal». Era extraño, porque Bérenger nunca se hubiera dirigido a ella de aquella forma. Tal vez se trataba de una simple formalidad de la floristería. Maureen extrajo el papel seda que envolvía el contenido de la caja. No estaba segura de lo que esperaba, pero desde luego no era aquello. Daba la impresión de ser un documento antiguo. Imposible saber a primera vista si era un original o una copia. Sin embargo, iba emparedado entre dos cristales. Se habían esforzado en protegerlo. Maureen lo levantó con delicadeza de la caja. Medía casi medio metro de largo y el tiempo lo había teñido de amarillo, o bien se trataba de una copia excelente. Los bordes irregulares estaban deshilachados.

El texto del documento, escrito en latín con letra florida pero minuciosa, ocupaba tres cuartas partes de la página. Maureen, tras examinar la forma antigua y la trabajada escritura, llegó a la conclusión de que sería incapaz de descifrarlo. Su latín era pasable, pero esto constituía un reto para un erudito, con conocimientos que sobrepasaran su rudimentario vocabulario.

Maureen sacó su libreta Moleskine y anotó las letras de la firma medieval en horizontal. Rezaba:

MATILDA DEI GRA SI QUO EST

Por lo visto, decía: «Matilda, por la gracia de Dios Que Es».

Había una firma al pie de lo más llamativo. En mayúsculas y muy recargada, había sido trazada a mano con tinta, pero no obstante parecía una especie de sello, con una cruz latina dibujada entre las letras:


Debajo de las letras había dos símbolos: uno parecía la versión estilizada de la letra H, aunque las líneas verticales eran onduladas. Reconoció el otro de inmediato. Su mano voló hacia el collar que llevaba, un regalo de Bérenger por su último cumpleaños. Era un delicado símbolo incrustado de diamantes, una espiral de cuernos de carnero, el glifo astrológico del signo de Aries. Maureen había nacido el 22 de marzo, en el primer grado del primer signo del zodíaco, en la frontera del equinoccio de invierno, cuando el sol atravesaba Piscis y entraba en Aries. El símbolo de los cuernos de carnero había sido emblemático del equinoccio de invierno desde la antigüedad. Pero ¿qué podía significar en este documento? Y la pregunta más perentoria, ¿quién se lo había enviado y por qué?

Maureen abrió la tarjeta con cuidado. El elegante papel llevaba estampado un extraño monograma al pie. Una A mayúscula estaba atada a una E mayúscula, pero ésta aparecía al revés, como reflejada en un espejo. La tarjeta estaba escrita a mano:

Cuando atravieses el País de las Flores,

llegarás al Valle de Oro.

¿Buscas el Libro del Amor?

Aquí encontrarás lo que buscas…

¡Salve, Ichthys!

Maureen suspiró, entre aliviada y nerviosa. Así había empezado su búsqueda del Evangelio de María Magdalena, con un regalo extraño y un misterio por resolver. Había rezado para encontrar pistas, y ahora estaban apareciendo. Estaba claro que quien había enviado esto sabía algo de su historia personal, lo cual era un poco desconcertante. El hecho de que el texto de la tarjeta fuera idéntico a lo que había dicho la pequeña virgen en su sueño era inquietante. Se estremeció debido a la extraña intimidad de la nota. Aunque tenía fe en que Dios la guiaría por el sendero correcto, como siempre había sido, había algo ominoso en el corresponsal desconocido capaz de escudriñar en sus sueños. ¿Era posible que alguien los estuviera influyendo? No estaba segura de cuál de aquellas posibilidades era más amenazadora, pero ambas le preocupaban.

Hizo lo único que se le ocurrió. Se arrodilló y rezó para recibir protección y guía en el viaje que estaba a punto de iniciar.


Maureen llevó a cabo un rápido inventario mental. Sólo había tres personas en el mundo a las que podía consultar con respecto a este misterio, todas ellas estaban en Europa. La primera era su primo, Peter Healy, el erudito jesuita destinado en el Vaticano. Él podría traducir el documento, y tal vez incluso identificarlo. Maureen estaba segura de que su enigmático corresponsal conocía su relación con dicha fuente. De lo contrario, no la habría abandonado a su suerte para que tradujera algo tan complicado. Llamaría a Peter, por supuesto, aunque sabía que su primera reacción sería preocuparse. Mejor investigar un poco más antes de abrumarle con aquella carga.

Eso dejaba a Bérenger Sinclair y Tamara Wisdom, los cuales se encontraban ahora en el cuartel general de Pommes Bleues, en el Languedoc. Bérenger, al igual que Peter, se preocuparía al instante y exigiría que regresara a Francia mientras él investigaba. No era la reacción que deseaba o necesitaba en este momento.

Sólo quedaba Tammy.

Ella era la mejor amiga de Maureen, su confidente y compañera de herejía. Una brillante y cáustica directora de cine independiente de Los Ángeles, Tamara había entregado el corazón mientras rodaba un documental sobre las leyendas de la Magdalena en Francia, tanto al magnífico paisaje como al dulce gigante del Languedoc llamado Roland Gélis, con el que se había prometido. Tamara, Roland y Bérenger vivían en el magnífico château des Pommes Bleues, la propiedad francesa de la familia escocesa Sinclair, cuartel general de su amada sociedad del mismo nombre. Aunque llamar a uno significaba llamar a todos, tal vez Maureen podría hablar sólo con Tammy si la llamaba antes al móvil.

Medianoche en Nueva York. Serían las seis de la mañana en Francia. Temprano, pero se trataba de algo importante. Marcó el número del móvil de su amiga y oyó el doble timbrazo internacional al otro extremo. Después, un clic cuando Tammy contestó, sin que su voz traicionara el menor amodorramiento.

—¡Salve, Ichthys!

—¿Tú también has recibido uno?

—Dirigido a Bérenger. Llegó anoche.

—¿Un documento antiguo sobre alguien llamado Matilda?

—La condesa Matilda de Toscana.

—¿Conoces a esta Matilda?

—Sí, y tú también. Aparece en leyendas esotéricas de toda Europa. Una especie de reina guerrera que gobernó la mitad de Italia. Y lo más importante para nuestros designios, fue la fundadora de la abadía de Orval.

Maureen lanzó una exclamación ahogada. La frase de Tammy contenía dos revelaciones importantes. Se ocuparía primero de la relacionada con la pista de su tarjeta.

—Orval. Or-Val. Significa Valle de Oro, ¿verdad? ¿Como en «Llegarás al Valle de Oro», no?

—Sí. Como comprenderás, eso significa que nosotros tenemos la mitad del rompecabezas y tú la otra. Está claro que alguien quiere que trabajemos en esto juntos. O tal vez debería decir que alguien quiere que Bérenger y tú trabajéis juntos, teniendo en cuenta que ambos paquetes iban dirigidos a los dos. ¿Significativo?

Maureen hizo caso omiso de la insinuación de Tammy, y devolvió su atención a un tema más acuciante.

—Orval. Como en… ¿la profecía de Orval?

Tammy rió.

—Pero por supuesto, mi pequeña Esperada. Da la impresión de que alguien quiere que vayamos a Bélgica y examinemos con más detenimiento tu profecía particular. ¿Cuánto tardarás en llegar?

Maureen suspiró al darse cuenta de que era preciso obedecer la llamada de la aventura. No había vuelta atrás. En primer lugar, llamaría a Peter a Roma y le informaría sobre los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas, antes de efectuar los trámites para enviarle el documento al día siguiente. Después llamaría a Air France y reservaría un billete para Toulouse.

Francia. Bérenger. Complicado.

Un sueño inquieto asaltó de nuevo a Maureen aquella noche. Era el tema recurrente que la había atormentado durante algún tiempo.

Pero esa noche fue más largo y más completo que nunca.


Una figura protegida por las sombras estaba encorvada sobre una vieja mesa, y sólo se oía el arañar de una pluma, al tiempo que imágenes y palabras brotaban de ella. Mientras miraba por encima del hombro del escritor, un resplandor azulino pareció emanar de las páginas. Maureen, concentrada en la luz de la escritura, no se dio cuenta de que el escritor se movía. Cuando su figura se levantó y avanzó hacia la luz de la lámpara, ella contuvo el aliento.

Había vislumbrado aquel rostro en sueños anteriores, momentos fugaces de reconocimiento que se desvanecían en un instante. Ahora él concentró toda su atención en Maureen. Petrificada en el estado onírico, ella miró al hombre que tenía delante. El hombre más hermoso que había visto en su vida.

Easa.

Ése era el nombre que utilizaba María Magdalena para referirse a él en su evangelio, y por consiguiente era el nombre con el que Maureen se sentía más cómoda. Fue descubrir a Easa a través de los ojos de María Magdalena lo que le devolvió la fe. Para el resto del mundo moderno, era Jesús.

Él le sonrió, una expresión de tal divinidad y calidez que Maureen se sintió bañada por ella, como si el sol irradiara de aquella sencilla expresión. Continuó inmóvil, incapaz de hacer otra cosa que contemplar su gracia y belleza.

Tú eres mi hija amada, en quien me complazco.

Su voz era una melodía, un cántico de unidad y amor que resonaba en el que la rodeaba. Flotó en aquella música durante un momento eterno, antes de descender al suelo bruscamente al oír sus siguientes palabras.

—Pero tu trabajo todavía no ha terminado.

Con otra sonrisa, Easa el Nazareno, el Hijo del Hombre, volvió a la mesa donde descansaba su escrito. La luz de las páginas adquirió más luminosidad, las letras proyectaban un resplandor añil, pautas azules y violetas sobre el grueso papel, similar a lino.

Maureen intentó hablarle, pero no surgieron palabras de su boca. Sólo podía contemplar al ser divino que tenía ante ella, cuando él indicó las páginas con un ademán y habló con dulce precisión.

—He aquí el Libro del Amor. Sigue el camino que te ha sido trazado y encontrarás lo que buscas. Cuando lo hayas encontrado, has de compartirlo con el mundo y cumplir la promesa que has hecho. Nuestra verdad ha permanecido en la penumbra durante demasiado tiempo. Intenta recordar que «destino» y «destinación» proceden de la misma raíz.

Aunque su discurso era categórico, las palabras estaban rodeadas de misterio.

Easa sostuvo su mirada durante un momento eterno, antes de levantarse y salvar sin el menor esfuerzo el espacio que les separaba. Se detuvo delante de Maureen y la paralizó con sus intensos ojos oscuros.

—El tiempo vuelve. Si no recuerdas nada más cuando despiertes, recuerda estas tres palabras.

Maureen estaba forcejeando en el sueño, desesperada por grabar en su mente todo cuanto él estaba diciendo. Intentó repetir las tres palabras. Esta vez consiguió susurrar: «El tiempo vuelve».

Easa la recompensó cuando se inclinó hacia delante y depositó en su frente un beso paternal.

—Despierta ya, hija mía. Has de despertar mientras sigas en este cuerpo, pues todo existe en él. Y no temas, porque yo siempre estoy contigo. Ahora ve sin miedo y hazlo todo con amor. Sé perfecta.


Maureen despertó sobresaltada y jadeó en busca de aire, mientras trataba de encontrar a tientas la lámpara de la mesita de noche para iluminar la habitación lo antes posible. El corazón le martilleaba en el pecho cuando levantó la libreta de notas. Escribió las palabras con la mayor rapidez posible, empezando con la referencia al Libro del Amor, y rezó para no olvidar nada. Subrayó la frase «”Destino” y “Destinación” proceden de la misma raíz». ¿Qué podía significar? Meneó la cabeza al pensar en lo absurdo de la situación: Jesús le estaba dando una lección de etimología.

Y una vez más, la mención a una promesa. ¿Cumplir una promesa que ella había hecho? ¿Cuándo? ¿En esta vida? ¿En otra? Estaba relativamente segura de no creer en la reencarnación, y más segura de que la idea era contraria a las enseñanzas cristianas. ¿Qué otra cosa podía significar? ¿Una promesa que había hecho antes de nacer?

Por un momento, Maureen reflexionó sobre la luz azul. Brotaba de las páginas, como si las palabras de Easa tuvieran vida propia, contenida en aquel espléndido color añil y violeta. Algo tironeó de la conciencia de Maureen: esta luz, este color eran importantes. Se trataba de algo que necesitaba comprender, pero el significado constituía un misterio para ella en este tiempo y lugar.

Escribió: «Sé perfecta». Sonaba a Sagradas Escrituras. Se lo comentaría a Peter. Él sabría al instante si era así o no. Pero la línea anterior no parecía típica de las Escrituras: «Has de despertar mientras sigas en este cuerpo, pues todo existe en él».

Volvió otra página y escribió en letras mayúsculas:

EL TIEMPO VUELVE

Miró las notas de nuevo y se dio cuenta de que había olvidado una frase. Si bien las demás palabras de Easa la confundían, ésta (que le había dicho en un sueño anterior) era de lo más desconcertante. Ominosa. Ineludible.

«Pero tu trabajo todavía no ha terminado.»

Por lo visto, su trabajo acababa de empezar.

Makeda, la reina de Saba, llegó a Sión con un gran séquito, una caravana de camellos de longitud jamás vista, que cargaban especias y mucho oro y piedras preciosas, todo ello regalos para el gran rey Salomón. Acudió a él sin astucia, pues era una mujer pura y sincera, incapaz de fingimiento o engaño. Cosas como mentiras y falsedades eran desconocidas para ella. Y así Makeda confió a Salomón todo cuanto anidaba en su mente y en su corazón, y preguntó si le contestaría a las preguntas que tenía para él. No eran, como han dicho algunos, acertijos para poner a prueba su sabiduría, sino preguntas del corazón y el alma. Sus respuestas le permitirían decidir si habían nacido del mismo espíritu y estaban destinados a celebrar juntos el hieros-gamos. Y no obstante, al final, no necesitó formularle aquellas preguntas. Supo, nada más llegar ante su presencia y mirarle a los ojos, que era parte de ella, desde el principio hasta el fin de la eternidad.

Salomón se quedó muy impresionado por la belleza y presencia de Makeda, y desarmado por su absoluta sinceridad. La sabiduría que vio en sus ojos era un reflejo de la de él, y supo al punto que los profetas estaban en lo cierto. Aquí estaba la mujer que era igual a él. ¿Cómo podía ser de otra manera, si ella era la otra mitad de su alma?

Así fue que cuando Makeda, la reina de Saba, hubo visto toda la grandeza de Salomón, todo cuanto había creado en su reino, y sobre todo la felicidad de sus súbditos, dijo al rey: «Eran ciertos los informes que recibí en mi país de tus asuntos y sabiduría, pero no creí dichos informes hasta que vine y lo vi con mis propios ojos. Y he aquí que tu sabiduría y prosperidad sobrepasa la información que me dieron. ¡Dichosos son tus hombres! ¡Dichosos son tus súbditos, que sin cesar se presentan ante ti y escuchan tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor tu Dios, que se ha complacido en ti y te ha sentado en el trono de Israel! Te ha hecho rey, para que puedas dispensar justicia y rectitud.

»Y bendito sea el señor tu Dios, que te ha hecho para mí, y a mí para ti».

Fue entonces cuando la reina de Saba y el rey Salomón se unieron en el hieros-gamos, el matrimonio que une a los esposos en un matrimonio espiritual cuyo único fundamento es la ley divina. La Diosa de Makeda se fundió con el Dios de Salomón en la unión más sagrada, la combinación de lo masculino y lo femenino en un solo ser. Por mediación de Salomón y la reina de Saba, El y Asherah se unieron una vez más en la carne.

Permanecieron en la cámara nupcial durante el ciclo completo de la luna, en un lugar de verdad y conciencia, y no permitieron que nada se interpusiera en su unión, y se dice que durante este tiempo les fueron desvelados los secretos del universo. Juntos descubrieron los misterios que Dios compartía con el mundo, pues quien tenga oídos que oiga.

Y ni Salomón ni la reina de Saba se convirtieron en consortes el uno del otro, pues eran iguales, cada uno soberanos de sus respectivos dominios y destinos. Ambos sabían que llegaría el tiempo en que deberían separarse y regresar a los deberes de sus respectivos reinos, de nuevo a la soledad, con sabiduría y poder nuevos. Su triunfo y celebración residían en lo que se habían aportado mutuamente, con el fin de utilizarlo bien y con sabiduría en sus destinos individuales.

Salomón escribió más de mil canciones, inspirado por Makeda, pero ninguna mejor que el Cantar de los Cantares, el cual transmite los secretos del hieros-gamos, de cómo se descubre a Dios mediante esta unión. Se dice que Salomón tuvo muchas esposas, pero sólo una era parte de su alma. Si bien Makeda jamás fue su esposa según las leyes de los hombres, fue su única esposa según las leyes de Dios y la naturaleza, es decir, la ley del Amor.

Cuando Makeda partió del sagrado monte Sión, fue con el corazón desgarrado por abandonar a su amado. Tal ha sido el destino de muchas almas gemelas de la historia, reunirse a intervalos y descubrir los secretos más profundos del amor, para al final quedar separadas por su destino. Tal vez es la mayor prueba y misterio del amor, la comprensión de que no existe separación entre quienes se aman de verdad, con independencia de las circunstancias físicas, el tiempo o la distancia, la vida o la muerte.

Una vez consumado el hieros-gamos entre almas predestinadas, los amantes nunca se separan en espíritu.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La leyenda de Salomón y la reina de Saba,

segunda parte, tal como

se conserva en el Libro Rosso

Ciudad del Vaticano

En la actualidad

Gracias, Maggie.

Margaret Cusack depositó con cuidado la bandeja del té sobre el escritorio del padre Peter Healy. Cloqueó alrededor de él y la bandeja como la gallina irlandesa que era, sirvió el té, midió el azúcar, añadió un poco de leche. Maggie era lo que la madre de Peter habría descrito como una solterona, una mujer de cierta edad sin «niños ni polluelos propios». Se había ganado la vida como ama de llaves de un sacerdote, empezando en sus años de adolescencia en el condado de Mayo[2]. Cuando el sacerdote para el que trabajaba fue trasladado a Roma, ella se fue con él y nunca se marchó. Habían transcurrido cuarenta años.

Cuando el padre Bernard falleció el año anterior, Maggie había demostrado ser un elemento tan leal e indispensable que continuó trabajando hasta que pudieran encontrarle un nuevo empleo. Su absoluta devoción a la Iglesia no conocía límites.

Había escrito a su familia para decirles que había sido una bendición del Señor que aquel hombre adorable, el padre Peter, hubiera llegado a Roma justo en el momento adecuado. Que fuera joven y encantador (además de irlandés) era todavía mejor para ella. Maggie echaba mucho de menos Irlanda, y canturreaba a menudo baladas folclóricas de su país nativo, mientras limpiaba después de la agotadora jornada del padre Peter.

Hoy estaba tarareando algo que sorprendió al sacerdote cuando lo reconoció. Hacía años que no lo oía. Era un himno escrito en el idioma irlandés que había aprendido de niño en la escuela de los Hermanos Cristianos. Sorprendió a Maggie cuando se unió a ella.

«Céad mile fáilte romhat, a Iosa, a Iosa…»

Cien mil bienvenidas, Jesús. Era una canción que hablaba de dar la bienvenida a Jesús en nuestros corazones y vidas. Era tradicional, pero Peter creyó recordar que procedía de un himno antiguo, el cual se remontaba a los albores de la cristiandad y a los tiempos de san Patricio. La pronunciación irlandesa de su nombre, Iosa, sonaba como Easa.

—Una canción estupenda, ¿verdad, padre?

—Sí, Maggie. Y se me acaba de ocurrir ahora que Jesús en irlandés se pronuncia Easa. ¿Sabes que le llaman Easa, o Issa, en otros idiomas?

—No puedo decir que lo sepa, padre, aparte del nombre irlandés. Y sólo gracias a la canción. Ya no tengo gran cosa de irlandesa, pero las canciones y poemas te acompañan siempre.

—Sí, en efecto.

Dejó correr el tema. Maggie no era propensa a entrar en discusiones sobre cualquier cosa que se presentara como alternativa a su catolicismo. Era intransigente en su ortodoxia, como muchas campesinas irlandesas de su edad y época, y como casi todo el mundo que rodeaba a Peter en Roma. No le haría ninguna gracia saber por qué María Magdalena llamaba Easa a Jesús en su evangelio. Era una forma familiar del nombre griego, familiar porque se había casado con él. De hecho, quizá Maggie se impondría una penitencia de diez mil avemarías si oyera tal blasfemia de sus labios. Su anterior patrón, el padre Bernard, era un tradicionalista de la vieja escuela como ella.

Lo que más hacía feliz a Maggie era tratar como a un hijo a Peter, prepararle la comida y el té, y limpiar el espacio donde vivía, que era también su oficina. Mientras él restringiera las conversaciones a la vida cotidiana y a los recuerdos de la madre patria, estaba como unas pascuas.

Además de sus deberes como ama de llaves, Maggie también era un fervoroso miembro de la Confraternidad de la Santa Aparición, un grupo dedicado al estudio y publicidad de las apariciones marianas en el mundo. Llevaba encima folletos y libros de bolsillo, con el fin de poder estudiar los relatos de tales apariciones en sus ratos libres. En este momento concreto, mientras servía el té a Peter, un manoseado libro de bolsillo sobresalía del amplio bolsillo de su delantal.

—¿Qué estás leyendo?

Peter siempre sentía curiosidad.

—La vida de la santa hermana Lucía —contestó Maggie, al tiempo que sacaba el libro del delantal y se lo enseñaba. Lucía Santos: su vida y visiones.

—Ah, Fátima. ¿Te estás preparando para el aniversario de este año?

—Sí, padre. Han pasado noventa años desde que la Virgen María se apareció a los niños en Fátima. Celebraremos una conmemoración especial.

El teléfono sonó en el vestíbulo adyacente, y Maggie corrió a contestar, mientras Peter bebía su té. Necesitaba un poco de paz para pensar en la anterior llamada telefónica que había recibido de Maureen. No sólo era su pariente viva más cercana, sino que él era y siempre había sido su consejero espiritual. Habían vivido juntos algunos momentos difíciles, y ambos habían visto su fe puesta a prueba durante la búsqueda del Evangelio de María Magdalena. No transcurría una hora del día sin que Peter se preguntara si había aprobado o suspendido dichas pruebas.

Después de que Maureen hubiera arriesgado su vida para rescatar los antiguos documentos de la cueva francesa donde estaban ocultos, él se había propuesto sacar los documentos de Francia y entregarlos a la Iglesia. A tal fin, se había visto obligado a engañar a Maureen y a todos sus amigos del château des Pommes Bleues, quienes la habían ayudado y protegido durante su aventura. En esencia, había robado los documentos como un ladrón en la noche. Si bien ahora se detestaba por su decisión, sus motivos eran diversos. En primer lugar, se había convencido de que estaba protegiendo a Maureen. Por desgracia, ni ella ni sus amigos lo veían de la misma forma. Habían sido necesarios casi dos años para recomponer su relación, sobre todo gracias a Maureen. Como el evangelio subrayaba el poder y la importancia del perdón, su prima había decidido que sería una hipocresía no perdonar a Peter, teniendo en cuenta las circunstancias.

Pero él todavía tenía que perdonarse a sí mismo. En el momento del descubrimiento, y mientras trasladaba el evangelio, se sintió estremecido por sus revelaciones. No podía aceptar que un eslabón tan fundamental de la historia del cristianismo no estuviera en manos de la Iglesia, donde podrían utilizarse todos los expertos disponibles para analizar el material y autentificarlo. Por lo tanto, hizo lo que consideró mejor al entregar los originales a las autoridades de Roma. A cambio, le permitieron participar en la posterior investigación del controvertido evangelio.

Era una existencia miserable. Peter se sumergía a diario en el papeleo y la jerarquía de la estructura del Vaticano, que le consideraba un forastero. No era un héroe por haber entregado un documento tan valioso. De hecho, lo contrario era cierto. Se sospechaba de él en todo momento que fuera partidario de una poderosa herejía. Como Peter había traducido el material antes de entregarlo a las autoridades vaticanas, era un sujeto problemático. Sabía muy bien lo que decía el evangelio y, todavía peor, había revelado la traducción a su prima, quien como resultado había escrito un libro que había sido todo un éxito de ventas. Y en el fondo de su corazón, estaba convencido de su autenticidad, sin tan siquiera someterlo a análisis. Había muchos contrarios a esa idea, y Peter era silenciado a menudo y se le levantaban todo tipo de obstáculos. Había momentos en que se sentía más bajo arresto domiciliario que participante activo en el proceso de autentificación. En toda Roma, sólo contaba con un aliado de confianza. Peter rezaba horas cada noche para que los demás miembros del consejo vaticano permitieran que la luz de la verdad entrara en sus corazones durante este proceso. Vivía pendiente de la posibilidad de que, algún día, pudiera decirle a Maureen que María Magdalena iba a ser autentificada… y reivindicada.

Pero ahora había surgido una nueva complicación. Su prima estaba al borde de otro avance espiritual, tanto si era consciente de ello como si no. Peter ya había sido testigo del fenómeno en otra ocasión: el aumento de sus sueños visionarios, que conducían a una serie de circunstancias sincrónicas, todo lo cual, de manera inexplicable, se hallaba al margen de la intervención divina. Tales acontecimientos habían guiado a Maureen hasta el Evangelio de María Magdalena dos años antes. Volvía a tener sueños, y esta vez Jesús le estaba recitando fragmentos de las Escrituras.

Sé perfecta.

La frase era de Mateo, 5. Era una orden del sermón de la montaña que seguía a la instrucción de amar a tus enemigos y bendecir a los que te maldicen. Era algo que pertenecía a los cimientos del cristianismo, pero ¿qué significaba en el contexto de su sueño?

Más extraña aún era esta frase: Has de despertar mientras sigas en este cuerpo, pues todo existe en él. Peter recordó el contexto de aquella frase de inmediato. Procedía de uno de los controvertidos Evangelios Gnósticos, descubiertos en Egipto en 1945. Sabía con certeza que pertenecía al Evangelio de Felipe. Todavía estaba más seguro de que la frase que venía a continuación era: Resucita en esta vida. Había participado en cierto número de acalorados debates sobre el significado de estas líneas, mientras vivía en Jerusalén en los primeros tiempos de sus estudios con los jesuitas. Parte de la controversia sobre el material gnóstico se debía a esta idea de que la vida en la tierra, con énfasis en el cuerpo, era tan importante como la otra vida. Tal vez incluso más importante. Era un concepto que el catolicismo ortodoxo no aprobaba por motivos obvios. Algunos aseguraban que era herético. No obstante, era fundamental en los textos gnósticos. Hacía mucho tiempo que Peter estaba fascinado por la perspectiva gnóstica, y argumentaba a sus hermanos más conservadores que el hecho de que aquellos evangelios no hubieran sido alterados, diseccionados, revisados y mal traducidos durante más de dos mil años los convertía en algo puro y, en última instancia, merecedor de muy seria consideración. Quienes se oponían al material gnóstico adoptaban la postura de que habían sido escritos demasiadas generaciones después de la vida de Jesús para ser considerados válidos, teniendo en cuenta que algunos databan de mediados del siglo iii.

Peter opinaba que era desafortunado, hasta el punto de ser trágico, que la Iglesia hubiera adoptado una postura tan enconada contra la importancia de los códices gnósticos. ¿Por qué siempre tenía que ser o blanco o negro? ¿Por qué los Evangelios Gnósticos debían ser contrarios al canon? ¿No podían leerse juntos, como complementarios, y ver qué más podía aprenderse sobre Jesús y sus enseñanzas?

Maureen estaba soñando de nuevo con Jesús, y el mismísimo Señor citaba tanto los evangelios canónicos como los gnósticos. Fascinante. Y teniendo en cuenta la historia de la joven, era muy significativo, hasta el punto de que no podía ni imaginarlo.

Y ahora tenía entre manos un par de pergaminos medievales.

Peter no tuvo tiempo de reflexionar sobre ellos. Maggie entró anadeando en la habitación, nerviosa como siempre que algún alto cargo del clero visitaba a Peter.

—El padre Girolamo ha llamado. Dice que necesita verlo en su despacho lo antes posible, algo relacionado con el cardenal DeCaro y un documento antiguo.

Confraternidad de la Santa Aparición

Ciudad del Vaticano

En la actualidad

El padre Girolamo de Pazzi se mostraba cansado, en su rostro se reflejaba el tipo de agotamiento que proviene de una larga vida dedicada al servicio de algo más importante que la comodidad personal. En su caso, ese servicio estaba consagrado al Inmaculado Corazón de la Virgen María mediante su dedicación incansable a la Confraternidad de la Santa Aparición. Su trabajo público se concentraba en el estudio de las visiones y los visionarios que habían sido considerados auténticos por la Iglesia a lo largo de los siglos.

Pero su trabajo privado estaba concentrado en otra cosa. De puertas adentro, se sentía preocupado por otro tipo más intrigante de profeta, o mejor dicho, de profetisa. Era un linaje de mujeres, relacionadas por sangre y herencia, quienes a lo largo del tiempo habían experimentado visiones de claridad y poder excepcionales. Habían recibido diferentes nombres a lo largo de la historia, algunos más heréticos que otros. Se las conocía como Magdalenas, pastoras, Vírgenes Negras, papisas o Esperadas. El padre Girolamo estudiaba los detalles de sus biografías. De algunas se sabía poca cosa, como las escurridizas Sarah-Tamar y Modesta. De otras se conocían bastantes cosas, como Teresa de Ávila. Investigaba sus vidas con el fin de encontrar las respuestas que le atormentaban.

¿Por qué? ¿Por qué estas mujeres en particular habían recibido tal don del Señor?

¿Qué sabían que estaba fuera del alcance de los hombres más santos?

Contempló el envejecido manuscrito que descansaba en su escritorio, el que le preocupaba día y noche. Había formado parte de la muy preciada colección personal del papa Urbano VIII, y contenía una serie de profecías. Escritas como poemas, los versos (a veces en francés, otras en italiano) habían sido confiados al papel durante muchas generaciones. Como los versos eran cuartetos, estrofas de cuatro versos cada una, algunos eruditos los habían atribuido al famoso profeta francés Nostradamus. De hecho, el manuscrito había sido archivado en la Biblioteca Apostólica como obra de Nostradamus durante cien años, hasta que el padre Girolamo lo recuperó. Sabía que el valor de este documento era incalculable, y desde luego no era obra de un solo autor. Se trataba de una obra escrita a lo largo de varios siglos. Y si bien los versos habían sido traducidos una y otra vez, aún no poseía la clave de su verdadero significado. Los cuartetos estaban escritos en una especie de código, un lenguaje profético imposible de interpretar, excepto por aquellos que habían nacido para comprenderlo.

Y, aun así, lo había intentado. Analizaba los versos uno a uno, en ocasiones durante horas. Había una profecía concreta que se había convertido en una obsesión para él, una escrita en francés que empezaba con «Le temps revient»: el tiempo vuelve.

El padre Girolamo estudió la página, obsesionado por desentrañar el significado de la frase y la profecía correspondiente. En una mano aferraba un delicado y precioso estuche de cristal, en forma de relicario, que contenía la reliquia de una visionaria. Rezó para que el relicario le auxiliara en la traducción, pero hasta el momento las palabras no le habían revelado sus secretos.

El anciano sacerdote suspiró y se reclinó en su silla. Si bien el padre Girolamo estaba destinado en Roma, donde había pasado la mayor parte de su vida, su confraternidad había nacido en la Toscana, en la Edad Media. Hoy experimentó la sensación de que estaba a su frente desde la Edad Media. No obstante, aún quedaba trabajo por hacer, y en este momento había otro documento que ocupaba su tiempo. Devolvió con delicadeza el libro de las profecías al cajón cerrado con llave que era su lugar de descanso secreto.

El padre Peter Healy estaba de camino, y Girolamo se disponía a tratar con él el nuevo y fascinante acontecimiento.

Peter se detuvo ante el enorme tapiz que cubría una pared de los aposentos privados de la confraternidad. Fue creado en los Países Bajos a finales del siglo xv, como los más famosos tapices de unicornios que se hallaban ahora en museos de Nueva York y París. Este, titulado La muerte del unicornio, plasmaba una elaborada escena de caza. La mítica bestia estaba rodeada de cazadores provistos de lanzas, y varios estaban clavando sus armas en el cuerpo atrapado del animal. El unicornio sangraba profusamente por aquellas heridas, y por otras infligidas por los perros, que estaban desgarrando su carne. En primer plano de la tela, un trompetero anunciaba la muerte de la bestia con gran pompa y celebración. Aunque el tapiz era una obra maestra de la artesanía flamenca, el tema podía resultar inquietante para los no iniciados.

—De una belleza profunda, ¿no?

La voz rasposa del padre Girolamo, producto de casi siete décadas de predicar, recibió a Peter cuando entró en la sala detrás de él.

El joven sacerdote asintió y sonrió a su vez.

—Siempre me han gustado los tapices de unicornios. Éste representa una escena violenta, pero es hermoso.

—La muerte de nuestro Señor fue violenta, y esta obra de arte tiene la misión, de recordárnoslo. Murió por nuestros pecados de una forma terrible. —El anciano sacerdote desechó la lección con un ademán—. Pero esto ya lo sabes tú, porque eres más sabio y erudito que muchos a tu edad. Acompáñame a mi estudio, Peter. He de enseñarte algo.

El joven siguió: al viejo sacerdote en silencio. Desde que había llegado a Roma, el padre Girolamo había trabado amistad con Peter. Se conocieron por mediación de Maggie Cusack, el miembro más entregado de la confraternidad del anciano. Aunque Peter había pasado mucho tiempo en presencia de Girolamo, nunca había estado aquí, en el sanctasanctórum de las oficinas de la sede de la confraternidad. Y cuando el anciano cerró la puerta a sus espaldas, Peter supo que le iba a ser revelado un secreto. Ya no le sorprendió. Había llegado a comprender que el Vaticano estaba erigido sobre secretos, con secretos, mediante secretos y para secretos.

Sobre el centro del antiguo escritorio del padre Girolamo descansaba el documento que Maureen había recibido en Nueva York. Peter no tenía muy claro qué estaba sucediendo. Él no había entregado el documento a este sacerdote. Se lo había dado al cardenal Tomas DeCaro, su mentor.

—Siéntate. —Era una orden cariñosa, y Peter se sentó frente al anciano, al otro lado del escritorio—. Entregaste este documento a Tomas, y él me lo ha entregado a mí. Estaría aquí con nosotros, pero ha ido a Siena por asuntos de la Iglesia. Pero confía en mí, y tú puedes confiar en mí. Te explicaré por qué te he llamado. Yo soy toscano. Mi pasión durante ochenta años de vida ha sido el estudio de la historia de Toscana y su relación con la Iglesia. Por eso, cuando este extraño e importante documento surgió a la luz, nuestro amigo supo que yo comprendería su importancia. Y así es. Está relacionado con la gran condesa Matilda de Toscana. ¿Sabes quién es?

Peter negó con la cabeza.

—Ahora lo sabrás. Dime, ¿cuántas veces has estado en el interior de la basílica de San Pedro?

Peter se encogió de hombros.

—No lo sé. Cientos.

—En tal caso, habrás pasado por delante de la condesa Matilda cientos de veces. Está enterrada en un lugar de honor, bajo una gran tumba de mármol diseñada por el maestro barroco Bernini y a cincuenta metros del primer apóstol.

—¿Está enterrada dentro de la basílica? —preguntó Peter con incredulidad. No tenía ni idea de que una mujer estuviera enterrada en San Pedro, y mucho menos en un lugar de tanto honor—. ¿Por qué?

El padre Girolamo lanzó una breve carcajada silenciosa.

—Eso depende de a quién lo preguntes. Pero como me lo estás preguntando a mí, te diré que debido a que era una mujer piadosa y generosa donante de la Iglesia, pues legó todas sus propiedades al Papa.

—¿Por qué cree que alguien envió a Maureen un documento sobre la condesa Matilda?

—Albergo profundas preocupaciones por las intenciones de la persona o personas que enviaron tal documento de manera anónima, y hasta que podamos identificar la identidad o la intención, es fundamental que sigamos el asunto muy de cerca.

—¿Cree que existe peligro?

El anciano asintió.

—Sí, Peter. Tú eres uno de los mejores lingüistas que ha salido jamás de los jesuitas. No entregaste el documento para que fuera traducido. Ya sabes lo que pone. ¿Estoy en lo cierto?

Peter asintió.

—Esperaba que lo autentificaran, sólo para estar seguro.

—Es auténtico. Por eso estoy preocupado. Ten mucho cuidado, hijo mío. Sé que un regalo como éste puede parecer bondadoso, pero yo no creo que lo sea. Creo que alguien puede estar utilizando a tu prima. Tomas también lo cree, por eso vino a verme.

—¿De qué manera la están utilizando?

—Piensa, Peter. Nuestro amigo Tomas vino a verme, además de porque soy toscano, por ser experto en experiencias visionarias. Y si algo he aprendido de mis años de estudio, es esto: los verdaderos visionarios nacen, no se hacen. No se puede aspirar a serlo, o a estudiar para ello. Lo eres o no lo eres, y punto. Por lo tanto, un auténtico profeta, o profetisa, es algo escaso y valioso. Y tu prima es una especie de celebridad en el Vaticano, como sin duda sabrás.

Peter sonrió. Maureen era muy famosa dentro de los muros de la Ciudad del Vaticano, donde se la consideraba una curiosidad, una hereje y una renegada, y peor todavía, una mujer, pero también una fuerza que no podía ser desechada. Al fin y al cabo, había llevado a cabo el descubrimiento más notable de la era para la cristiandad, como resultado de obedecer a sus sueños y visiones.

—El que los miembros más conservadores de la Iglesia aprueben o no a tu prima es indiferente. El hecho incontestable es que sus visiones han conducido a logros sin parangón. Creo que, como resultado, alguien la está utilizando para encontrar el libro al que se refiere este documento. Y una vez que lo encuentren, no creo que deseen que vaya pregonando su existencia. Debe proceder con sumo cuidado, al igual que tú.

El anciano sacerdote se enfrascó en sus pensamientos con los ojos cerrados durante tanto rato que Peter creyó que se había dormido. Cuando abrió los ojos por fin, estaban vivos y brillantes.

—Peter, necesito que me tengas informado de los movimientos de tu prima en relación con este documento, y desde luego si logra ponerse en contacto con esta… fuente. Te prometo que es por su protección. Y la tuya.

Peter le aseguró que así lo haría, pero las palabras del sacerdote le habían inquietado, y estaba ansioso por llamar a Maureen, que llegaría a Francia de un momento a otro.

—Ahora, ve con Dios, hijo mío. Que la Santa Madre vele por ti y por tu viaje.


3

El Languedoc

En la actualidad

Maureen estaba empezando a sentir su cuerpo en tensión a medida que se iba acercando a su destino. El trayecto ocupó más de una hora, lo cual le proporcionó tiempo para informar a Tammy de todos los acontecimientos, y de su mutua búsqueda de los últimos días. Hablaron de las pistas y teorizaron sobre el posible origen de los documentos.

—Bérenger está muy inquieto por todo esto —explicó Tammy—. Por fascinante que sea, no le gusta la sensación de que no controla la situación, y le preocupa que ninguno de nosotros hayamos conseguido forjar una teoría sólida sobre quién es el jefe de esta cacería de herejes.

—Quienquiera que sea, sabe mucho sobre Bérenger y sobre mí. Eso es lo más desconcertante. Pero también saben lo que está ocurriendo en mis sueños, lo cual carece de toda explicación. Por lo tanto, o es algo de inspiración divina…

—O algo de lo más siniestro.

—Sí, gracias por tranquilizarme. Por si no estaba ya lo bastante nerviosa.

Incluso sin los inexplicables acontecimientos recientes, regresar a Arques había puesto nerviosa a Maureen. Aquí era donde había descubierto el Evangelio de Magdalena, donde había disfrutado y padecido una aventura que estaba fuera del alcance de la imaginación de la mayoría. Pero también era el hogar de Bérenger Sinclair, y ese hecho conllevaba toda una serie de complicaciones.

Tammy se desvió por Montségur para comer, porque sabía que a Maureen le gustaba mucho aquella parte de Francia. Era uno de los grandes lugares espirituales de la tierra, y el emplazamiento del último refugio de los cátaros contra los ejércitos de una Iglesia decidida a exterminar toda la cultura cátara. Maureen conocía bien la historia, pues había dedicado algunas horas memorables a estudiar el legado de Montségur durante su última visita a Francia.

A finales de 1243, los cátaros habían sufrido casi cincuenta años de torturas a manos de la Inquisición. Poblaciones de ciudades enteras habían sido pasadas a cuchillo, hasta que las calles se convirtieron en ríos de sangre. Uno de los últimos baluartes cátaros en Francia fue Montségur, un castillo situado a sesenta kilómetros del Château des Pommes Bleues, en Arques. Durante casi medio año, los últimos cátaros franceses fueron asediados en la fortaleza de Montségur.

La leyenda del Languedoc afirmaba que cuatro cátaros lograron escapar de Montségur dos días antes de que los restantes fueran capturados y quemados vivos por herejía. Se decía que uno de ellos, una niña llamada la Paschalina, portaba un objeto de valor incalculable ceñido al cuerpo: el Libro del Amor. Esta niña fue fundamental para proteger el más sagrado tesoro de su pueblo. También era antepasada de Maureen, y el origen del apellido Paschal.

Mientras se despedían de las ruinas de la fortaleza, Maureen susurró una oración de agradecimiento a su valerosa antepasada, y Tammy otra por las doscientas almas que habían perecido entre las llamas el 16 de marzo de 1244.

Entraron en Couiza para tomar la dirección de Arques, cuando el móvil de Maureen interrumpió su conversación. Contestó impaciente cuando se dio cuenta de que era Peter, quien llamaba desde su despacho de Roma.

—He de comunicarte una información importante. ¿Estás sola?

—Estoy con Tammy. Vamos camino del château.

Su primo emitió un leve ruido de irritación, y después carraspeó y continuó.

—De acuerdo. El documento data de 1071 y está firmado por Matilda, condesa de Toscana.

—¿Qué dice el documento?

—Es una especie de demanda, de una condesa Matilda muy irritada e imperiosa, exigiendo de inmediato la devolución de su «libro rojo más preciado», so pena de ponerse personalmente al mando de un ejército de invasión, e incluso amenazando con declarar una «guerra santa»… contra su propio marido, al cual no cabe duda que desprecia.

—¿Un preciado libro rojo? Es el Libro del Amor, ¿verdad?

—Tengo motivos para creer que sí, o que al menos se trata de una copia. La carta insiste en que el libro sea puesto de inmediato bajo la custodia de alguien llamado Patricio, quien es abad de un monasterio… en Orval. Maureen, esto es importante, pues puede que sea la única prueba autentificada de que tal libro existiera.

—Y lo último que se sabe es que estuvo en Orval. Y Orval es el lugar al que iremos mañana.

Peter la interrumpió antes de que pudiera continuar.

—Has de ser muy cautelosa. Creo que esto puede ser peligroso. Tengo más cosas que contarte, pero tendrás que llamarme más tarde, cuando estés sola.

—De acuerdo.

Procuró no irritarse, pero la negativa de Peter a revelar toda la información que obraba en su poder porque Tammy iba en el coche sólo logró aumentar su incomodidad. Tendría que encontrar una forma de salvar aquel abismo y reunirles a todos en el mismo equipo de nuevo. Les necesitaba a todos, y tendrían que trabajar juntos y aprender a confiar los unos en los otros una vez más.

Al fin y al cabo, estaban buscando algo llamado el Libro del Amor. ¿Acaso no había llegado el momento de que todos se perdonaran? ¿Podría perdonar ella?


Tammy activó el mando a distancia que abría las puertas, y subieron por el sendero sinuoso hasta el magnífico château. Maureen contuvo el aliento al verlo. Había olvidado su majestuosidad y belleza. Aunque pareciera extraño, y pese a que sólo había pasado dos semanas en él, aquel regreso se le antojó como volver a casa. Amaba este lugar y la gente que lo habitaba.

La puerta principal se abrió cuando el coche se detuvo, y Roland salió dando saltitos. La gran sonrisa que surcaba su rostro anguloso le confirió un aspecto juvenil cuando levantó a Tammy del suelo en un enorme abrazo. Ella lanzó una carcajada con aquella risa ronca y profunda que tanto amaba Roland, al tiempo que le besaba ruidosamente, aunque deprisa, en aras del decoro. Guando soltó a Tammy, se plantó ante Maureen para tomar sus manos y besarla en ambas mejillas, al estilo europeo más formal.

—Es una gran alegría teneros de nuevo entre nosotros, mi señora. Para Roland, Maureen era más que una amiga o una visitante. Era una invitada de honor, alguien que había llevado a cabo hazañas monumentales a sus ojos. Siempre sería para él la mujer que había encontrado el Evangelio de la Magdalena, y eso la colocaba por encima de los simples mortales. La trataba con un respeto que lindaba con la reverencia.

Fue demasiado para una agotada y alterada Maureen. Cuando abrió la boca para contestar, no le salieron las palabras. Su voz se quedó atrapada en la garganta, suspendida en un sollozo que se había estado gestando durante casi dos años.

Maureen pasó de formalidades y se echó en los brazos del afable gigante que era su amigo, un gran hombre que la trataba de una forma que estaba segura de no merecer, y lloró como si su corazón estuviera a punto de partirse.

Había vuelto a casa.


Bérenger Sinclair había visto el coche acercarse a la casa. No podía saber que el miedo y el nerviosismo que experimentaba (miedo al rechazo, angustia por los primeros momentos del reencuentro) eran idénticos a los que sentía Maureen. No bajó de inmediato a recibirla. Prefirió esperar y ver cómo reaccionaba ante Roland y el entorno, con la esperanza de que eso le prepararía para lo que ella pudiera sentir. No había esperado el estallido emocional que había seguido a su llegada. Ni ella tampoco.

Roland y Tammy acompañaron a Maureen a su habitación favorita del château, la habitación de la Magdalena, con el fin de concederle tiempo para que se refrescara y preparara para la cena. El exquisito dormitorio, equipado para una reina, tenía cortinajes de terciopelo púrpura y recibía su nombre del cuadro de Ribera Magdalena en el desierto, que dominaba una pared. Hoy, el cuarto estaba impregnado del denso aroma a lirios Casablanca. Las numerosas flores blancas surgían de jarros de cristal distribuidos por toda la habitación.

La llamada a su puerta una hora después fue suave, y Maureen pensó que debía ser una de las amas de llaves, que venía a avisarla para la cena. Ya estaba preparada, pues se había puesto un vestido de noche y reparado el maquillaje arruinado por el ataque de lágrimas. Abrió la puerta y se quedó conmocionada. Bérenger Sinclair estaba apoyado contra el marco, alto y hermoso, y le sonreía con tal afecto que sólo pudo preguntarse qué defecto psicológico la impulsaba a comportarse como una perfecta idiota.

Sólo tuvo tiempo de preguntárselo un momento. Después se encontró en sus brazos, mientras el mundo se fundía a su alrededor.


Casi llegaron tarde a la cena, pero fue Maureen quien recuperó la sensatez y puso fin a su apasionado reencuentro.

Bérenger era la encarnación de la caballerosidad, incluso cuando acariciaba con las manos los mechones de pelo cobrizo de la joven y gozaba de su presencia física. Accedió a bajar de mala gana, pues tendría que compartir su compañía.

Maureen había llegado. De momento, tendría que conformarse con ello.


La cena transcurrió amigablemente, mientras Maureen respondía a todas las preguntas sobre su vida desde el lanzamiento del libro. Se relajó enseguida, contenta de estar en presencia de aquellas tres personas en las que confiaba por entero. Todos tenían una historia que contar, y era preciso ponerse al día. A llegar el postre, el tema elegido era la leyenda del Libro del Amor y cómo se había conservado en el Languedoc.

Bérenger fue el primero en hablar.

—El Libro del Amor es el evangelio, la buena nueva, escrito por el propio Jesús. Representa sus verdaderas enseñanzas en la forma más pura. Sus parábolas, oraciones, mandamientos. Todo cuanto necesitamos los seres humanos para encontrar a Dios por mediación del Camino del Amor.

—Es lo que necesitamos para llegar a ser perfectos —explicó Roland—. En la tradición cátara, los que llegaban a un estado elevado de comprensión de estas enseñanzas eran llamados perfecti, o parfaits, en francés, el que ha llegado a ser perfecto. Eso no significa «perfecto» en el sentido que le damos hoy. Significa que habían aprendido a vivir tal como expresaba el amor, mediante el amor y sin juzgar. Ése es el objetivo final de las enseñanzas de Jesús. Al convertirnos en seres que amamos, moldeamos nuestras vidas a semejanza de nuestro padre que está en los cielos, que es amor.

Maureen guardó silencio un momento antes de contestar. Aún no había revelado esta parte del sueño a Roland y Bérenger, pero daba la impresión de que ya lo habían asimilado.

—Sed perfectos.

—Exacto —dijo Bérenger—. Por suerte, algunas de las enseñanzas verdaderas consiguieron abrirse paso en los evangelios canónicos, como el del Evangelio de Mateo, y por supuesto el sermón de la montaña y el padre nuestro.

—Rebobina un momento —dijo Maureen—. Sabemos que Jesús escribe ese evangelio en vida y se lo entrega a María Magdalena, quien no sólo es su esposa, sino su sucesora como maestra y pastora. Y sabemos que existen copias, porque ella se refiere a una escrita por Felipe. Pero la original, escrita de puño y letra de Easa, llega aquí.

—Exacto. Magdalena llega a las costas de Francia con sus hijos, un puñado de leales seguidores y el Libro del Amor. Predica primero en Marsella, y después viene al Languedoc. El lugar donde vivimos, Arques, es tierra santa porque, dice la leyenda, edificó una escuela aquí como base de operaciones, su primera misión, si os gusta más. Se llamó Arques debido a la palabra «arca», como el Arca de la Alianza. En otras palabras, la nueva alianza, la palabra de Jesús, llegó aquí y este pueblo fue su receptáculo, el arca que la contenía. Por desgracia, hace mucho tiempo que los monumentos a Magdalena fueron derribados con la intención de borrar su presencia en el Languedoc, como ya sabéis.

Maureen lo sabía, pero aprovechó su preparación de periodista para interpretar el papel de abogado del diablo en aquel momento.

—Lo cual me conduce a la pregunta fundamental, que todas las personas escépticas e incrédulas del mundo os formularían si les contarais la historia. Y es muy sencilla: ¿cómo es posible que algo tan importante para la historia de la humanidad haya sido borrado por completo? Ha de ser uno de los secretos mejor guardados de los últimos dos mil años, sino el que más. ¿Cómo es posible que nadie conozca su existencia?

Roland fue el primero en contestar, apasionado por el tema.

—Porque nuestro pueblo fue asesinado para asegurar que nadie conociera su existencia.

—Nada podría ser más peligroso para la Iglesia que un evangelio escrito de puño y letra por Jesucristo —añadió Bérenger—, sobre todo si ese evangelio demostraba que todo cuanto ellos defienden se opone a sus verdaderas enseñanzas. Es el documento más peligroso de nuestra historia.

—Pero no se apoderaron de él. Al menos en Montségur —dijo Maureen.

—No, como bien sabes —contestó Roland—, pues gracias a tu antepasada el Libro del Amor se salvó. Al menos, durante un tiempo. Desaparece de nuestra historia después de Montségur. Como tantas otras cosas. Todo cuanto queda ha sido transmitido por la tradición oral y, por desgracia, el tiempo ha borrado casi todo eso.

Bérenger se hizo eco de sus palabras.

—La cultura cátara ha sido diezmada por el holocausto lanzado contra ella. Los supervivientes se dispersaron por toda Europa, y fue entonces cuando perdimos el hilo de la historia.

—Pero algunos sobrevivisteis —dijo Maureen a Roland—. Tu familia, los pocos que escaparon de la masacre de Montségur. Mi antepasada. ¿No hicieron nada para proteger el Libro del Amor?

—Sí, por supuesto, pero no podían hablar de ello. Incluso cuando los cátaros vivían aquí en paz, antes de las masacres, no hablaban del Libro del Amor en público jamás. Ya comprenderás el motivo.

Bérenger explicó el punto crucial.

—Los cátaros lo protegieron a base de no hablar jamás de él. Y la Iglesia no quería que quedara alguien vivo conocedor de la naturaleza explosiva de su contenido. Por lo tanto, lo que posees es algo que, por su naturaleza, es un secreto tan grande, para aquellos que lo adoran y aquellos que lo desprecian, que su existencia ha sido eliminada de la historia.

Maureen asintió.

—Por supuesto. Su último lugar de descanso conocido…

—Fue oficialmente Montségur —dijo Roland—. Si bien la leyenda dice que fue transportado al norte de España por tu antepasada, la Paschalina, y fue depositado en el monasterio de Nuestra Señora de Montserrat. Después de eso… Nadie se atreve a hacer conjeturas.

—Y aunque sólo había uno, el Libro verdadero escrito por Jesús de su puño y letra —dijo Bérenger—:, estamos muy seguros de que se hicieron copias en diversos momentos de la historia. La idea de las copias es interesante, porque al menos existe la posibilidad de que el contenido esté vivo en algún sitio, aunque el original se haya perdido.

—¿Crees que se ha perdido?

Todos guardaron silencio y reflexionaron.

—Está en algún lugar de Roma —dijo por fin Roland—. Estaban tan obsesionados por la idea de apoderarse del libro que cometieron un genocidio. La Iglesia no paró hasta encontrarlo. Es el oscuro secreto que acecha detrás de la Inquisición. El Santo Oficio fue fundado para arrancar de raíz a todos los cátaros y a sus simpatizantes, y después se propagó como la terrible plaga que significó para la humanidad. No obstante, algo me dice que no todo está perdido. Si estás soñando de nuevo, y si alguien de este mundo físico intenta ponerse en contacto contigo…, tal vez exista una copia en algún sitio que podamos encontrar. Es una nueva esperanza para todos nosotros.


Maureen utilizó los abundantes recursos de la biblioteca de Bérenger para llevar a cabo algunas investigaciones después de cenar. Confiaba en descubrir algún material, por escaso que fuera, sobre la enigmática Matilda antes de partir hacia Orval por la mañana. Bérenger se sentía muy orgulloso de su colección de libros y manuscritos, y se había especializado en libros raros de arte e historia europeos. Los demás ayudaron a Maureen, y buscaron en varios volúmenes sobre la Edad Media, además de compartir los pocos datos que localizaron. Se había escrito muy poco sobre la condesa toscana, y no existía casi nada en inglés. Algunos libros antiguos en latín e italiano parecían mencionarla, pero sin Peter para traducir los textos, eran demasiado difíciles para lingüistas noveles.

Maureen estaba examinando un volumen inglés del siglo xviii sobre Gianlorenzo Bernini, cuando lanzó una exclamación.

—¡Aquí! He encontrado algo. Escuchad esto: «En 1635, el papa Urbano VIII solicitó que los restos de la condesa Matilda de Canossa fueran trasladados desde su lugar de reposo, el monasterio de San Benedetto de Po, donde habían permanecido durante quinientos años, a Roma. Los monjes de este monasterio de Mantua se negaron a entregar a Matilda, pues creían que hacerlo sería una violación de su último deseo en vida, quedarse cerca de su hogar de la infancia durante toda la eternidad.

»Sin embargo, durante la nueva construcción de San Pedro, el Papa ordenó a Bernini que creara una magnífica tumba y monumento de mármol para la condesa toscana. No quería quedarse sin sus preciadas reliquias, y sobornó al abad del monasterio de San Benedetto con una enorme cantidad de dinero, capaz de sustentar al monasterio y permitir que continuaran sus buenas obras en nombre de Matilda a perpetuidad. Si bien el abad aceptó el soborno, no lo dijo a los monjes por temor a que se rebelaran. Así fue que en plena noche, sacerdotes elegidos entre el séquito personal del Papa entregaron el soborno al abad y, como ladrones, abrieron la tumba de alabastro sellada de Matilda.»

Maureen dejó de leer un momento.

—¿Qué sucede?

Bérenger estaba escudriñando su rostro. Lo que acababa de leer la había impresionado.

Ella alzó la vista un momento, respiró hondo y continuó.

—«Lo que encontraron fue un esqueleto perfectamente intacto, envuelto en seda dorada y plateada. Si bien Matilda había sido descrita como una amazona en la leyenda medieval, los restos eran los de una mujer muy menuda, de dientes casi perfectos. Lo más excepcional eran los largos mechones de pelo sujetos todavía al cráneo, pelo de un color rojo dorado poco común. Satisfechos de comprobar que se trataba de la legendaria condesa, tan codiciada por el Papa, extrajeron los restos del ataúd mientras el monasterio dormía, y regresaron a Roma antes de que el sol saliera. Así, Matilda de Toscana fue la primera mujer enterrada en San Pedro, en el mismo corazón de la basílica.»

—Vaya, vaya. —Tammy fue la primera en hablar—. Está claro que no soy la única que se ha dado cuenta. Da la impresión de que Matilda era una pelirroja menuda, la característica genética más evidente y visible del linaje de la Magdalena, y desde luego la más legendaria. ¿Podemos dar por sentado que era una Esperada por derecho propio?

Maureen se reclinó en su silla. Los aspectos personales de su relación con Matilda eran fascinantes e inesperados. Tal vez explicaban incluso el sueño del pez y su profunda necesidad de llegar a Orval lo antes posible.

—Pero aún quiero saber por qué —contestó—. ¿Por qué este Papa en concreto, Urbano VIII, insistió tanto en que los huesos de Matilda fueran trasladados a Roma?

Bérenger había elaborado una teoría.

—¿Acaso creía que había sido enterrada con algo de gran importancia, y por tanto ingenió una añagaza para abrir su ataúd en plena noche? ¿Estaba buscando el Libro del Amor, o algo más que los huesos de Matilda, y por eso todo se llevó a cabo con tal secreto?

Una idea alumbró en la mente de Maureen.

—¿Fue enterrada con algún tipo de documento? ¿Alguna información o prueba que el Papa deseara?

Aquella noche no iban a solucionar el misterio, y tenían que madrugar. Maureen estaba agotada, tanto debido al jet-lag como al impacto emocional del día. Deseó buenas noches a todos y se encaminó a su habitación. Bérenger se dio cuenta de lo cansada que estaba. La besó con ternura, y después sostuvo su rostro un momento, con la vista clavada en sus ojos antes de soltarla a regañadientes. Por suerte, no había pedido acompañar a las mujeres a Orval. Maureen había dejado claro desde su llegada a Francia que deseaba hacer el viaje sólo en compañía de Tammy. Necesitaba concentrarse en su misión inmediata, y afrontar los complejos temas de su relación con Bérenger no lograría que se concentrara más.

Regresarían al château después de su excursión a Bélgica, y luego iniciaría la tarea de reconstruir su relación. Pero en aquel momento de fugaz intimidad deseó que él las acompañara.

Y así fue que la hija de Nuestro Señor y Nuestra Señora, la princesa conocida como Sarah-Tamar, empezó a seguir su destino. Poseía la gloria de sus progenitores y se convirtió en una líder del pueblo de la Galia. Se dice que había heredado de su madre la belleza y la energía femeninas, y podía curar enfermedades de seres humanos y animales mediante la imposición de manos, como su padre antes que ella. Tras nacer, fue declarada tan amada por Dios que la depositaron en la misma cuna de madera que había acogido a su padre.

Cuando llegó a la edad adulta, es sabido que caía en trance y hablaba en rimas y versos. Fueron considerados grandes profecías y anotados por los escribas de la Sagrada Familia. Con el tiempo, estas profecías han demostrado ser de origen divino. No obstante, hay otras reservadas para los hijos del futuro.

La historia no la recuerda debido a que las persecuciones del pueblo del Camino empezaron en serio cuando alcanzó la mayoría de edad. Tuvo que predicar en secreto, cosa que hizo hasta el día de su muerte.

Sarah-Tamar tuvo muchos hijos. Algunos se quedaron en la Galia, otros fueron a Roma y Toscana en busca de sus hermanos y para crear comunidades seguras durante las persecuciones, con el fin de que las enseñanzas del Camino del Amor perduraran y se propagaran. Leed las leyendas de las santas, de Bárbara y Margarita, de Úrsula y Lucía, si queréis saber qué ha sido de su legado.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La leyenda de Sarah-Tamar,

la profetisa, del Libro Rosso

Frontera belga

En la actualidad

Tammy y Maureen empezaron su viaje al cruzar la frontera belga y adentrarse en el exuberante bosque de las Ardenas, donde se encontraba situado Orval desde que Matilda colocara la primera piedra en 1070. Era un hermoso día para viajar por un bosque calificado de encantado durante muchos siglos. Maureen se sentía relajada, impaciente por iniciar la aventura. Lo único que la molestaba era no haber llamado a Peter todavía. Había insistido en que le llamara sólo si estaba sola, y no había encontrado un momento de privacidad. Después de visitar Orval por la tarde, se juró que iría a dar un paseo sola y le llamaría al móvil. Tammy lo entendería.

Cuando se dirigieron hacia el norte por la autopista, hablaron de lo que sabían e ignoraban de la enigmática condesa medieval de Toscana, sobre la cual había muy poca cosa escrita en inglés.

—Hay un bloqueo informativo histórico en lo tocante a Matilda, en parte porque vivió hace mil años —observó Tammy.

—Y en parte porque era una mujer, con lo cual no es probable que los escribas de su tiempo documentaran sus logros —añadió Maureen.

—Sabemos que la profecía de Orval, tu profecía de la Esperada, proviene de una serie de documentos conservados en el monasterio y protegidos durante siglos. Y que formaban parte de algo más grande, toda una colección de profecías que se remontan a los tiempos de María Magdalena, casi todas perdidas, salvo las que se conservaron gracias a la tradición oral de los cátaros o similares sectas herejes. Nuestro pueblo.

—Y creemos que estas profecías fueron escritas por la hija de María Magdalena, la hija que tuvo con Jesús, que llegó a ser la profetisa conocida como Sarah-Tamar.

Maureen se había topado con esta leyenda y su poder dos años antes, durante su búsqueda del evangelio perdido de María Magdalena, pues la profecía de la Esperada emanaba de la antigua abadía de Orval. Al descubrir el Evangelio de Arques, Maureen había descubierto que ella misma era una Esperada, pues se ajustaba a todos los criterios de la profecía. Era una identidad con la que todavía forcejeaba. Ser considerada una profetisa por tus iguales era más que un poco sobrecogedor para una mujer del siglo xxi.

El tema de los profetas tristemente célebres recordó a Maureen algo que le habían contado cuando buscaba el Evangelio de Arques.

—¿Son las mismas profecías que crees que robó Nostradamus? ¿Las que se convirtieron en la base de sus famosas obras?

—Las mismas. Sabemos que Nostradamus estudió en Orval, así como en otras abadías belgas, todas las cuales poseen lazos heréticos. Y sabemos que cuando se marchó desaparecieron documentos. Y después, de la noche a la mañana, ¡zas! Se despierta un día convertido en un profeta estelar y publica esas notables predicciones. Gana puntos por reconocer la importancia de las profecías, pero los pierde todos por no confesar al mundo que no eran de él, para empezar. Fue la versión renacentista del plagio.

—¿Lo fue?

—¿Qué quieres decir?

Maureen se encogió de hombros.

—No estoy segura. Algo me dice que, si Nostradamus estuvo en Orval, tiene que haber algo más. ¿Era uno de los nuestros tal vez? Quizá…

Maureen dejó correr el tema cuando vio el primer letrero que indicaba Orval. El trayecto se fue haciendo cada vez más bucólico y hermoso, mientras el bosque de las Ardenas se espesaba, enormes pinos bordeaban la carretera y seguían las curvas en una cinta verde aterciopelada. Una pintoresca y anticuada señal indicaba «Abbaye d’Orval» con una flecha que señalaba a la izquierda. Doblaron la curva, y tanto Tammy como Maureen lanzaron una exclamación ahogada cuando la primera pisó el freno. Si la abadía de Orval había sido construida para sobrecoger al peregrino que la ve por primera vez, los arquitectos habían triunfado. La restauración del siglo pasado había aportado una fachada moderna, con una virgen con el niño estilo art déco de proporciones megalíticas, lo cual recordaba al visitante que el nombre completo del lugar siempre había sido Notre Dame d’Orval. La enorme virgen tenía varios pisos de altura, y parecía una diosa egipcia de algún antiguo templo de Luxor. El majestuoso exterior era monumental y moderno, y casi no proporcionaba la menor indicación de las ruinas milenarias que se extendían al otro lado.

La dulce muchacha que les vendió las entradas les entregó folletos en inglés. La chica llevaba el símbolo de Orval alrededor del cuello: el pez dorado con una alianza en la boca. Al finalizar el día, habrían visto este símbolo en todas partes de la abadía y su zona circundante: en botellas de cerveza, paquetes de queso, recuerdos y letreros de cafés.

—Salve, Ichthys —susurró Tammy a Maureen.

Habían analizado en profundidad esta pista durante su viaje desde París. Ichthys era una referencia a un pez, en concreto el pez que simbolizaba a Jesús para los primitivos cristianos.

—Ya sabes, el pez Jesús, como el que se ve en la parte posterior de los coches. Eso es un ichthys —dijo Tammy.

Maureen asintió.

—Es un anagrama. Peter me lo enseñó. Ichthys representa las primeras letras de Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador, en griego. Iota, chi, theta, ípsilon, sigma. Y la palabra significa «pez». Por lo tanto, podemos dar por sentado que Salve, Ichthys es una referencia a Jesús, con un posible guiño a la cultura o la leyenda griega. Este pez en concreto aparece en nuestras dos pistas, de modo que está intentando decirnos algo.

Tammy leyó el folleto mientras se encaminaban hacia las ruinas de la abadía.

—¡Caramba! Escucha esto. Dice: «Matilda dio nombre a la abadía y a la región: Orval. Mientras recorría sus tierras de Lorena, Matilda se detuvo a refrescarse en una fuente natural del bosque. Mientras lo hacía, su alianza de oro le resbaló del dedo y cayó en las profundidades del pozo. Antes de que la buena condesa pudiera azorarse por la pérdida, una trucha dorada saltó del agua con su alianza en la boca. Matilda recuperó su anillo y exclamó: “¡Verdaderamente éste es un Valle de Oro!” Y el lugar fue llamado Or-Val, el Valle del Oro, desde entonces». Hazme callar si ya lo sabes.

Maureen sacudió la cabeza asombrada. Había estado soñando con Orval antes de que le entregaran el documento de Matilda en su hotel de Nueva York.

Aquí encontrarás lo que buscas. Santo Dios, eso esperaba.

Tammy continuó.

—Afirman que Matilda construyó de inmediato el monasterio como resultado del acontecimiento mágico con el pez, y en eterna gratitud por haber recuperado su anillo.

Maureen reflexionó un momento.

—Pero sabemos que la carta de Matilda era una amenaza de encabezar un ejército de invasión contra su odiado marido. No parece que le tuviera tanto cariño a su alianza, ¿verdad?

—Debió tirarla al pozo a propósito —rió Tammy—. Y el maldito pez se la devolvió.

—Es una alegoría —afirmó Maureen—. Ha de serlo. Es evidente, escondida a la vista de todos como está…

Cuando doblaron la esquina y se dirigieron hacia las ruinas de la abadía, Maureen se paró en seco. Todo estaba aquí, tal como lo había soñado. Los exquisitos arcos góticos, la ventana en ruinas con la rosa de seis pétalos tallada en la piedra. Por un momento, pensó que los seis pétalos no era algo casual, que el número significaba algo, pero no perseveró en la idea. Incluso la luz que se filtraba a través de las ramas era tal como la había soñado.

—Es esto. Con absoluta exactitud. Vamos. He de encontrarla.

Maureen corrió con Tammy entre las ruinas. Volvió sobre los pasos de su sueño, observó los pedazos de mármol caídos en el suelo mientras pasaba, atravesó los restos de un umbral. Delante de ella, en la hornacina de la pared, se hallaba la pequeña virgen.

—Ahí está.

Maureen se acercó con parsimonia a la estatua, demostrando cierta reverencia. Era todavía más hermosa (y enigmática) que en sus sueños. Su rostro era singular y especial, de ojos separados y frente alta, que resaltaban tanto la inteligencia como la inocencia. La niña de piedra iba vestida con un sencillo hábito y un velo. Largas trenzas talladas en la piedra caían a ambos lados de su cabeza. No cabía duda de que era una niña, una niña que sostenía un bebé que no era suyo. Maureen miró en silencio, hasta que Tammy lo rompió con un susurro.

—¿Qué te dijo en el sueño?

—Dijo: «No soy quien crees».

—¿Y quién crees que es?

Maureen sonrió al sentir una extraña comunión con la niña de piedra. Era como volver a ver a un viejo amigo.

—Sé quién es. Es Sarah-Tamar, y el bebé es su hermano pequeño, Yeshua. Creemos que todo este lugar fue construido por Matilda como monumento a la familia del linaje, ¿verdad? ¿De quién eran las profecías guardadas aquí? De Sarah-Tamar. Estaría aquí representada.

Tammy estaba ordenando las piezas del rompecabezas.

—Volvamos a aquella alegoría.

—De acuerdo. Piensa en la historia. —Maureen teorizó en voz alta—. Un pez, que simboliza a Jesús, el ichthys, salta desde las profundidades del pozo. Empecemos con el hecho de que Jesús enseñaba de la misma manera, ¿de acuerdo? Enseñaba por mediación de parábolas, relatos simbólicos.

—¿Crees que el Salve, Ichthys es para recordarnos que la historia está formada por capas? ¿Es algún tipo de parábola?

—¡Exacto! El pozo es un antiguo símbolo de conocimiento secreto. Y nuestro pez sujeta una alianza en la boca. Mira a tu alrededor, hay símbolos por todas partes. Jesús, el ichthys, está emergiendo de las profundidades del secreto para enseñar al mundo su alianza. Todas las versiones de la historia hacen hincapié en que el anillo es una alianza. Y la deposita en la mano de Matilda, porque ésta es merecedora de su confianza y la protegerá. Todo parece evidente. Y estamos en un valle de oro porque es aquí donde se guardan todos los conocimientos de su familia, conocimientos mucho más valiosos que el oro. Toda la historia es una alegoría de lo que Matilda sabía y cómo lo protegió.

Tammy asintió.

—Así se conservaron todas las leyendas del linaje, mediante códigos y símbolos, cuando hablar de estas cosas en público significaba la muerte.

—«El arte salvará el mundo» —observó Maureen—. Creo que la definición de arte abarca mucho terreno en este caso. No sólo cuadros, sino arquitectura, literatura, escultura…

Cuando doblaron la siguiente esquina, se encontraron con un ancho pozo recubierto de piedra antigua. Un pequeño letrero indicaba que era la Fontaine de Mathilde. Maureen se cubrió la mano derecha con la izquierda, a fin de proteger su anillo de Jerusalén. No iba a arriesgarse a perderlo como en su sueño, con pez mágico o sin él.

El pozo era un lugar sereno, plácido. Un manantial que manaba de las profundidades de las Ardenas, lo alimentaba. Maureen recordó los pozos santos de Irlanda, lugares sagrados dedicados a las diosas durante miles de años, antes de ser transformados en centros cristianos de devoción mariana. Para ella, todo en Orval era femenino y estaba henchido de energía divina pura y antigua que brotaba de la tierra. Maureen se estaba enamorando del lugar y de su belleza natural. Se le antojaba verdaderamente sagrado. También estaba agitando su creciente deseo de saber más cosas sobre la misteriosa Matilda, la fuerza que había aupado el edificio y su comunidad hacía casi mil años.

Tammy se inclinó para mirar el pozo y se vio en las aguas oscuras.

«En tu reflejo encontrarás lo que buscas.»

Maureen la imitó y ambas clavaron la vista en el agua. Lanzó una exclamación ahogada cuando un tercer reflejo apareció sobre el de ellas. En el agua, una cara idéntica a la de la pequeña virgen de piedra las estaba mirando. Pero esta cara no era de piedra, sino de carne y hueso.

Maureen y Tammy se volvieron al instante. Detrás de ellas había una etérea y preciosa niña. Como la estatua, llevaba un vestido muy sencillo y el pelo estaba recogido en dos trenzas que caían a ambos lados de su rostro. Ninguna de las dos mujeres dejó de observar que las trenzas eran de un adorable color rojo dorado. Tenía las manos a la espalda, como si ocultara una sorpresa.

Bonjour —dijo Maureen en voz baja.

La niña no habló. En cambio, lanzó una carcajada traviesa, idéntica a la que Maureen había oído en su sueño. Mostró las manos, en las que sujetaba una bolsa de lona que daba la impresión de contener algo, algo que semejaba un libro grande. Extendió la bolsa hacia Maureen, y una dulce sonrisa iluminó sus ojos. Guando tomó la bolsa, la niña dio media vuelta de inmediato y salió corriendo sin decir palabra. Dobló una esquina, se adentró en las ruinas y desapareció de la vista casi al instante.

Tammy miró a su alrededor para ver si alguien había presenciado la escena, pero estaban solas en el pozo, sin testigos.

—¿Qué hay en la bolsa?

Maureen la abrió y ambas miraron dentro, sin querer atraer la atención sobre el objeto que contenía al sacarlo, pero enseguida vieron que se trataba de un libro, un libro de aspecto antiguo, cubierto de piel roja.


Las dos mujeres salieron a toda prisa de la abadía, ansiosas por refugiarse en la privacidad del coche de Tammy y examinar el libro rojo.

Dejaron los terrenos de la abadía y se encaminaron al claro de tierra que era el aparcamiento. Tammy llevaba las llaves en la mano, pero se detuvo de repente. Algo no iba bien. Daba la impresión de que su coche estaba inclinado a la izquierda. Se acercó con cautela y observó que los neumáticos delantero y posterior del lado del conductor estaban deshinchados. Maureen se quedó detrás de ella y miró por encima del hombro de Tammy, mientras su amiga se arrodillaba para inspeccionar las ruedas.

Profundas equis estaban grabadas en los costados. Habían acuchillado los neumáticos.

Tammy señaló las perfectas equis a Maureen. La letra equis había sido utilizada durante siglos como símbolo de herejía, tanto por partidarios como enemigos. Los gnósticos cátaros la habían usado como emblema de iluminación. Podían encontrarse equis talladas en las paredes de piedra de los castillos cátaros, y en las cuevas más antiguas donde se escondían durante las persecuciones. Una equis en la pared indicaba que en aquel lugar se impartían enseñanzas gnósticas, y que por lo tanto era un refugio para aquellos que anhelaban recibir las verdaderas enseñanzas. Más tarde, en el arte del Renacimiento, los maestros que simpatizaban con las herejías del linaje gustaban de incorporar formas de equis en sus cuadros.

Era el símbolo de la verdad en materias relacionadas con Dios.

En este caso, daba la impresión de que un enemigo estaba utilizando la equis gnóstica como símbolo de hostilidad.

Tan absortas estaban las mujeres en las marcas que no oyeron los pasos a sus espaldas hasta que fue demasiado tarde.

—Pónganse de pie muy despacio. Las dos.

Quien habló lo hizo en voz queda, pero amenazadora. Maureen obedeció, se volvió un poco y distinguió a un hombre muy alto con una chaqueta de capucha negra y gafas de sol. Sólo era visible su boca, torcida en una mueca. Tammy lanzó un chillido involuntario cuando sintió que le hundían una pistola entre los omóplatos.

—Sólo se lo pediré una vez —dijo el hombre a Maureen en un inglés cuya pronunciación revelaba que no era hablante nativo de esa lengua. Ella se esforzó por identificar el acento, en vistas al futuro. Era un extraño políglota europeo, algo en sí ya bastante notable—. Deme la bolsa, o le atravesaré el corazón de un disparo, aquí mismo. Y usted será la siguiente.

La zona circundante estaba desierta. Orval se hallaba enclavada en el centro de un bosque, y nadie les oía. Maureen hizo lo único que podía hacer. Entregó la bolsa y rezó para que el hombre no hiciera daño a Tammy.

El tipo se la arrebató y continuó lanzando órdenes.

—Entren en el coche y no salgan. Permanezcan inmóviles durante media hora. Miren allí arriba. —Señaló hacia una elevación, donde el bosque de las Ardenas se ensanchaba—. Tengo a un francotirador apostado en esos árboles. Si se mueven un segundo antes, les disparará, y tiene buena puntería. ¿Comprendido?

Se produjo un movimiento en el bosque. Su atacante no se estaba echando un farol.

Maureen y Tammy subieron al coche con el corazón acelerado. Cuando las puertas se cerraron, el hombre se alejó a toda prisa en dirección al bosque, y no miró atrás en ningún momento.

Fue la media hora más larga de sus vidas, y tanto Maureen como Tammy se dedicaron a rezar y hablar entre susurros de su dilema. Por si las moscas, se concedieron unos cuantos minutos de más antes de bajar del coche y regresar a la abadía. Cuando la taquillera les dijo que iban a cerrar, Tammy le explicó que les habían pinchado las ruedas de su coche. Calló lo de los pistoleros y el robo. Confiaban en que el monasterio les ofreciera alojamiento durante la noche, pues sabían que peregrinos de ambos sexos se alojaban en él, pero peregrinos perseguidos por matones encapuchados no serían demasiado bien recibidos.

Fue una decisión prudente no abundar sobre su mal trago. La pobre muchacha belga se quedó tan impresionada al saber que se había producido un acto de vandalismo en el idílico paisaje de Orval que parecía a punto de llorar. Llamaron a uno de los monjes más jóvenes, el hermano Marco, para que colaborara en la crisis, y se dispuso a encontrar alojamiento para las mujeres, así como a ponerse en contacto con un garaje de Florenville para que repararan los neumáticos. Tanto los monjes como los empleados de Orval proyectaban un halo de serenidad y preocupación, y las dos mujeres empezaron a relajarse en la relativa seguridad del monasterio. Era como si el espíritu de Matilda todavía impregnara el lugar, y mientras Maureen y Tammy se encontraran en sus terrenos, estarían a salvo. El hermano Marco invitó a las mujeres a cenar en el silencio del refectorio del monasterio. Estaban demasiado agotadas y crispadas para aceptar, de modo que les dio pan y queso, así como la cerveza de Orval con el pez dorado en la etiqueta, para que se lo llevaran a la habitación.

La habitación era típica de un monasterio y estaba inmaculada, con dos camas individuales, una mesita de noche y una jofaina. Maureen se sintió muy agradecida. Tenía que llamar a Peter y contarle los acontecimientos del día. ¿Quién las había atacado para robarles el libro? ¿Qué era el libro? Se sentía enferma al pensar que tal vez había tenido en las manos uno de los tesoros de la historia de la humanidad durante unos breves momentos, y ahora se lo habían arrebatado…, pero ¿quién?

Cuando Tammy fue a ducharse en el cuarto de baño común que había al final del pasillo, Maureen localizó a Peter por el móvil en su casa de Roma.

Se puso nervioso en cuanto se enteró de lo sucedido.

—¿No te dije que me llamaras, y que era importante? Quería advertirte de que tal vez corrías peligro.

Maureen estaba cansada y quisquillosa.

—Tendrías que habérmelo contado todo, incluso con Tammy delante. Confío en ella. Y si Tammy hubiera resultado herida…

No terminó la frase. Estaba claro que habría responsabilizado a Peter de lo que hubiera podido sucederle a su amiga.

—Lo siento. Lo siento muchísimo. Y me alegro de que las dos estéis bien, Maureen. Quiero que vueles a Roma por la mañana. Has de conocer a alguien. Creo que puede ayudarnos a comprenderlo todo. Ordenaré que un coche te recoja en el monasterio y te acompañe al aeropuerto lo más rápido posible. Tammy puede acompañarte, si así te sientes mejor.

—Gracias, Pete. Ay, qué ironía. A veces, me siento muy agradecida por el poder del Vaticano.


Si alguna vez ha existido un lugar ideal para soñar, es el monasterio mágico de Orval.

Maureen recorría la nave en ruinas del monasterio. La luz que se filtraba por el esquelético rosetón iluminaba las piedras que ella pisaba. Esta vez sabía adónde iba. Se dirigía a la fuente.

Entonces oyó la risita.

Maureen la siguió, y no se sorprendió al ver a la niña de las trenzas cobrizas esperando junto al pozo, indicándole con gestos que se acercara. No dijo nada, pero parecía muy complacida consigo mismo mientras continuaba riendo. La niña señaló el agua y le indicó que escudriñara sus profundidades.

Mientras Maureen miraba el pozo, la superficie rieló cuando algunas imágenes empezaron a cobrar forma. Lanzó una exclamación ahogada. Su atacante estaba entrando en una sala, con el preciado libro en las manos. Vio que la escena tenía lugar en lo que parecía una cámara o sótano de piedra. La estancia estaba llena de hombres vestidos con ominosos hábitos provistos de capuchas que cubrían sus cabezas por completo y daban la impresión de ser del color de la medianoche. Todos los rostros estaban ocultos, con estrechas rendijas para los ojos. Los hombres estaban sentados a una larga mesa rectangular. La silla central era más grande y ornamentada, lo cual indicaba que su ocupante debía ser el líder de la extraña orden.

El atacante de Maureen, que aún llevaba su ropa moderna y las gafas de sol, presentó el libro a la figura central, quien examinó la cubierta, rodeada de una gruesa tirilla de cuero y un broche. El hombre parecía preparado para esto, pues introdujo la mano en la manga del hábito y extrajo un puñal. Con un rápido gesto cortó la tirilla y el libro se abrió.

Reinaba un silencio absoluto en la cámara, y nadie se movió cuando el líder empezó a pasar las páginas del libro codiciado.

Estaban en blanco.

Cuando volvió la última página, sólo había una palabra en latín garabateada sobre el pergamino. Rezaba: «INLEX».

El líder de los hombres encapuchados arrojó el libro con aparente desagrado al sicario que se lo había entregado. Aunque Maureen desconocía el significado de INLEX, estaba claro que no era lo que aquellos hombres esperaban.

La sempiterna risita de la niña devolvió la atención de Maureen a su entorno. La pequeña estaba parada delante de ella como lo había hecho aquel mismo día, las manos detrás de la espalda. Con otra dulce sonrisa, entregó a Maureen una bolsa de lona con un libro grande.

«No es lo que crees.»

Y rió mientras desaparecía corriendo por la esquina, al tiempo que Maureen se preguntaba qué le había robado su atacante.

La primera luz del día penetró por la ventana de la celda. Maureen se frotó los ojos y vio que su amiga continuaba durmiendo. Después del sueño, se había despertado y permaneció despierta el tiempo suficiente para tomar notas de la experiencia, concentrada en la palabra «INLEX». Si era una palabra latina, se encontraba en el lugar adecuado. Todos los hermanos de Orval habrían recibido educación clásica y podrían traducírsela.

Se vistió y fue en busca del servicial hermano Marco, al que encontró preparando el refectorio para el desayuno.

—¿Inlex? —Reflexionó un momento—. Latín, sin duda, pero es una palabra extraña. Sígame a la biblioteca y lo consultaremos para asegurarnos.

Maureen acompañó al monje hasta una maravillosa sala llena de viejos tomos. Se sintió agradecida de que no le hubiera formulado preguntas acerca de por qué necesitaba saber el significado de esta palabra concreta. Era amable y deseaba complacer a su huésped. El hermano Marco sacó un diccionario de latín de una estantería y pasó las páginas hasta encontrar lo que estaba buscando.

—Aquí está. Inlex. Significa «señuelo». Un ardid o una estratagema. ¿Le sirve de ayuda?

Desde luego. Maureen reprimió la tentación de darle un beso en la mejilla. En cambio, le dio las gracias educadamente y corrió a despertar a Tammy.

—¡Era un señuelo, Tammy!

Maureen irrumpió en la pequeña celda y despertó a su amiga con su entusiasmo.

—¿Qué?

Tammy se incorporó, confusa.

—El libro. El libro que nos robaron ayer. No era el auténtico, era…

Maureen se interrumpió. En su entusiasmo por contarle a Tammy el significado de inlex, casi no la había visto. En mitad de su cama había una bolsa de lona.

—¿Qué es eso? —Tammy ya se había despertado—. Y… ¿puedo preguntar de dónde ha salido?

El corazón de Maureen martilleaba en su pecho, mientras sacudía la cabeza. ¿De dónde había salido y quién la había dejado? ¿Quién estaba leyendo sus sueños y enviándole misteriosas reliquias heréticas? ¿Quién tenía acceso a la cama en la que había pasado la noche, al lado de su amiga dormida? Y luego, la pregunta más inquietante: ¿quién les había robado a punta de pistola, y qué estaba buscando?

Se acercó a la cama y levantó la bolsa. Al abrirla, extrajo el pesado libro que contenía. Era diferente del tomo robado en que la piel púrpura estaba más agrietada y estropeada, y en que pesaba muchísimo más. Éste parecía antiquísimo, como si hubiera estado oculto durante mil años. Al contrario que el libro falso, éste carecía de tirilla o broche, y Maureen lo abrió con mucha delicadeza. Había cientos de páginas de pergamino encuadernadas, llenas de escritura latina. La primera página estaba engalanada con un emblema iluminado, que Maureen había conocido hacía poco. Era la cruz latina, con la extraña firma:

Matilda, por la Gracia de Dios Que Es.



4

Florenville, Bélgica

En la actualidad

—¡Esa puta de Matilda se me ha vuelto a escapar!

El líder de los hombres encapuchados clamó su indignación, al tiempo que arrojaba el libro falso al otro lado de la sala oculta en un sótano, en un acceso de rabia incontrolada.

Uno de los hermanos intervino, aventurándose en aguas turbulentas.

—¿Cómo puede estar tan seguro de que iban a entregar el libro de Matilda a esa tal Paschal?

—¿Osas dudar de mí? —resopló el líder—. ¿Hay algún hombre entre vosotros que desafíe mis conocimientos y autoridad sobre la materia?

Cuando el silencio respondió a la pregunta, el líder continuó su perorata.

—Debido a los incesantes y concienzudos esfuerzos de nuestros hermanos a lo largo de la historia, hemos conseguido erradicar con éxito toda referencia escrita al Libro del Amor. No existen pruebas de su existencia, salvo las fantasías de herejes muertos. En tiempos de la Inquisición, confiscamos todos los documentos conocidos que aludían a él y los destruimos, tanto a los documentos como a los herejes. Sólo hay un manuscrito que se nos ha escapado durante todos estos siglos, y ése es… el de Matilda.

Pronunció su nombre con voz que destilaba veneno. Todas las mujeres de la historia que reclamaban el título de profetisa le enfurecían. Pero ninguna más que la odiada condesa de Canossa, quien había escapado a todos los intentos de silenciarla durante casi mil años.

El joven sicario que había atacado a Maureen y Tammy avanzó un paso.

—¿Qué deseáis que haga, Su Santidad?

—Ve a la fuente —rugió el líder—. Localiza a Destino.

De todos los seguidores varones, sólo los bienaventurados Nicodemo y José de Arimatea estuvieron presentes en la colina del Gólgota el Día Negro de la Calavera. Fueron también ellos quienes extrajeron los clavos y bajaron a Nuestro Señor de la cruz. En presencia de las mujeres, transportaron el cuerpo de su Mesías sobre una camilla hecha de lino. Su destino era una tumba cercana que había sido encargada por la familia de José de Arimatea, quien donó este lugar de descanso tanto por reverencia como por parentesco, pues Jesús no sólo era su maestro, sino también su sobrino.

Al llegar al sepulcro, María Magdalena empezó a lavar las heridas de su amado, mientras rezaba con fervor sin cesar. Trabajó sin descanso y aplicó bálsamos y ungüentos, mientras rogaba a todos los presentes en la tumba que rezaran con ella, que suplicaran con todas sus fuerzas a su padre celestial que devolviera la vida a su Hijo. Y rezaron, pero nadie con tanto apasionamiento como María Magdalena. Incluso con el rostro cubierto de sudor, mugre y sangre, poseía la dignidad y presencia de una reina. Estaba pálida, debido al agotamiento y el dolor, pero no cejó en sus esfuerzos, ni en sus oraciones, salvo para comprobar la salud y bienestar de los demás presentes. Que fuera capaz de preocuparse por todos ellos en tal momento era emblemático de su notable compasión.

María Magdalena trabajó toda la noche mientras los demás dormían, sin perder ni un momento la fe en que Dios les devolvería a su Mesías. Pero su cuerpo continuaba sin vida, y no había señales de esperanza en el sepulcro. Cuando los primeros rayos del sol destellaron aquel sábado por la mañana, envolvió el cuerpo de su amado en el sudario. El simbolismo de este acto (su finalidad, la necesaria rendición) la abrumó. Cayó al suelo como fulminada, sin dejar de aferrar el jarro de alabastro que contenía los ungüentos.

Los hombres transportaron a Magdalena sobre la misma camilla de lino que habían utilizado con Jesús el día anterior, con lentitud y cautela, a la propiedad de José de Arimatea. Lucas, el bienaventurado médico, la atendió, preocupado. Magdalena apenas respiraba, y además de todo lo que había padecido, estaba encinta. Habría que vigilarla en todo momento. Ahora sus plegarias debían ser para ella. Cuando estuvo instalada en una cama, rodeada de las demás mujeres, los hombres se despidieron y fueron a los aposentos privados de José.

La pureza del amor y devoción de María a Jesús conmovió a todos los hombres, al ver el dolor lacerante de su pena. Les ayudó a darse cuenta de que la pérdida de su Mesías no equivalía a la pérdida de su mensaje. María Magdalena había llegado a dominar y encarnar las enseñanzas del Camino, demostrando mediante sus actos que el amor era más fuerte que la muerte. Vivía esta verdad cada día de su existencia. Juntos, José de Arimatea, Nicodemo y Lucas juraron proteger y apoyarla a ella y a sus enseñanzas de todos los modos posibles durante el resto de su vida, las vidas de sus hijos y más allá. Aquel Sábado Santo, se formó un vínculo cuando los tres hombres fundieron su sangre y fe juntas en un juramento indestructible. Formaron una alianza, que llegaría a ser conocida por la gente como la Orden del Santo Sepulcro.

A la mañana siguiente, cuando Jesús anunció su resurrección a Magdalena, los tres hombres supieron que habían hecho un juramento adecuado. Los restos mortales de su maestro habían desaparecido.

Los compañeros creyeron que aquel memorable acontecimiento demostraba que Magdalena era su sucesora, la que continuaría predicando las enseñanzas del Camino. Tal vez sus extraordinarios cuidados en la tumba habían contribuido de manera positiva al proceso santo y asombroso de la resurrección. ¿Era posible que el poder del amor puro bastara para causar tal milagro? ¿Quién podía saberlo con seguridad? Tales cosas eran una cuestión de fe, y cada uno debía alcanzar el conocimiento de Dios a su manera y cuando llegara el momento.

Pero aquellos hombres fueron testigos privilegiados. Las tradiciones y conocimientos que transmitieron a las posteriores generaciones estaban basados en sus propias experiencias, combinadas con las enseñanzas del mismísimo Jesús. Fueron los benditos fundadores de nuestra Orden.

La fundación de la Orden del Santo Sepulcro,

tal como se narra en el Libro Rosso

Roma

En la actualidad

La plaza de la Rotonda, donde se encuentra el Panteón, es uno de los lugares turísticos emblemáticos de Roma, dominada en un extremo por el exquisito edificio antiguo abovedado. A lo largo de dos mil años, el Panteón se ha constituido como lugar de culto, primero de los romanos paganos, y después de los devotos seguidores del catolicismo. Y si bien ha estado consagrado a cierto número de dioses, la curvatura femenina de la magnífica cúpula que le brinda justa fama es un tributo a las antiguas diosas.

Energía divina femenina fluye a través de la plaza. El centro de la misma contiene una de las mayores fuentes de Roma, dominada por un obelisco egipcio de tres mil trescientos años de antigüedad hecho de granito rojo. El monumento fue transportado a Roma desde Heliópolis para embellecer un templo de Isis, en honor de la diosa que era la madre de toda vida.

La habitación del hotel de Maureen daba a la plaza, y era la fuente lo que estaba mirando desde la ventana, mientras esperaba a que llegara Peter con el veredicto sobre el misterioso libro rojo. Llevaba en la ciudad dos días, desde su llegada de Orval. Tammy se había quedado en Bélgica, donde Roland fue a buscarla para que no tuviera que hacer sola el largo viaje en coche hasta el Languedoc, después de su mal trago. En este momento estaría con Roland y Bérenger. Maureen suspiró y pensó en su breve encuentro interrumpido con Bérenger. Había sido realmente una tonta por temerlo y posponerlo tanto tiempo, y se preguntó si él estaría perdiendo la paciencia con ella y sus correrías.

Desde la ventana vio que Peter cruzaba la plaza con un maletín en la mano.

Buona sera —le gritó, al tiempo que agitaba la mano, y después bajó en el ascensor a recibirle. Tenía el corazón en un puño. A juzgar por la expresión de su rostro, dedujo que su descubrimiento era importante, pero habían acordado, por motivos de seguridad, no hablar de él por teléfono o en público.

—¿Recuerdas lo que te dijo la niña en el sueño? —preguntó Peter en el ascensor, cuando subían a la habitación de Maureen—. «No es lo que crees.»

Ella asintió.

—No es el Libro del Amor.

—No, pero al parecer contiene elementos del Libro del Amor, y desde luego bastantes referencias a él.

Maureen estaba asimilando la información y procuró disimular su decepción mientras abría la puerta de la habitación. Tenía que confiar en el proceso, y era evidente que el Libro del Amor no le iba a caer en el regazo como llovido del cielo. Un tesoro semejante había que ganárselo.

Peter le sonrió mientras abría el maletín y extraía una serie de fotocopias del primer conjunto de páginas de pergamino, y sus traducciones preliminares.

—Maureen Paschal, te presento a Matilda de Toscana. Lo que tenemos aquí es una versión previamente desconocida de la historia de su vida, escrita de su puño y letra.

Ella lanzó un gritito de placer, olvidada ya su decepción. Su pasión por el papel de las mujeres en la historia era una de las fuerzas motrices de su vida. Descubrir algo de esta magnitud era un verdadero tesoro, más valioso que el oro.

—Por lo visto, se trata de una tradición familiar —observó Maureen mientras pasaba las páginas—. Descubrir autobiografías del linaje se está convirtiendo en un pasatiempo.

—No te rías. Creo que, literalmente, es una tradición familiar, e importante. En último extremo, llegó a ser importante para ciertos miembros del linaje de rango elevado dejar las cosas claras, porque eran conscientes de que la verdad iba a morir si no lo hacían. Y esto es lo que sucedió con Matilda, por lo visto. Como ya sabes, los herejes no plasmaron nada por escrito durante siglos porque era demasiado peligroso. Pero Matilda no era una hereje cualquiera. Era intrépida, y una mujer dedicada por entero a su misión espiritual, que consistía en proteger la verdad. Existe una biografía de ella en los archivos vaticanos, escrita por un monje llamado Donizone, contemporáneo suyo, que afirmaba ser su biógrafo personal. Pero era benedictino y documentaba la historia con otras intenciones, como hacían todos los monjes de su orden, y parte de esta biografía es sospechosa. Se lee como propaganda de relaciones públicas emanada directamente de Roma. Por lo tanto, creo que tomó una decisión trascendental cuando confió su vida al papel de su puño y letra, pues era una mujer de una cultura extraordinaria. Donizone la califica de docta, lo cual significa excepcionalmente versada en todo tipo de materias. Y no era un término que se utilizara con ligereza, sobre todo aplicado a una mujer. Por lo tanto, era muy capaz de documentar su propia vida, dejando claro su punto de vista y sus sentimientos. Pero… es motivo de mucha controversia, por decir algo.

—¿Has leído todo el documento?

Peter asintió.

—Lo suficiente para saber que lo que nos aguarda podría ser demoledor, pero no lo bastante para afirmar sin lugar a dudas quién era o qué obraba en su posesión.

—Pero ¿habla del Libro del Amor?

Peter asintió.

—Sí.

Maureen tenía mil preguntas, y empezó a lanzarlas sin parar. Su primo rió.

—Dejaré que Matilda te lo cuente con sus propias palabras. ¿Preparada?

Alzó el fajo de traducciones y empezó a leer.

Mantua, Italia

1052

—¡Ese cuento, no, Isobel! Cuéntame el otro. El del laberinto.

Aunque sólo contaba seis años y era muy menuda, Matilda poseía una voluntad que desmentía por completo su apariencia física. Golpeó el suelo con un pie diminuto y agitó su masa de pelo rojo de manera autoritaria, mientras continuaba dando órdenes a la niñera.

—Ya sabes que ésa es la historia que más me gusta. No quiero oír ninguna otra, pero detente antes de la parte mala. La detesto.

Mientras la diminuta condesa de Canossa hacía una mueca para puntuar el desagrado que le causaba la parte mala, Isobel de Lucca cabeceó con paciencia. Sus delicadas manos habían secado la sangre del parto del rostro de la niña cuando sólo tenía cinco segundos de existencia, y después había envuelto y acunado al bebé como si fuera de ella. Matilda había estado a los cuidados de Isobel desde aquella noche de primavera, cuando la revoltosa niña aspiró aire por primera vez y anunció a gritos su llegada a la campiña toscana. Para el pueblo de su padre, descendientes de los feroces guerreros lombardos del norte de Italia, el nacimiento de un niño en el equinoccio de invierno significaba una bendición particular de Dios. El llanto de aquel bebé era tan potente que su padre, quien esperaba con sus hombres en un patio contiguo, se quedó convencido de que había tenido un hijo, bendecido por un parto benévolo. El duque Bonifacio sólo sufrió una decepción transitoria al ver que el bebé era de sexo femenino. Cuando Matilda creció y empezó a adquirir las características de sus nobles padres (las exquisitas facciones y la gracia de su esbelta madre, combinadas con la determinación y energía de su padre), se convirtió enseguida en la preciosa y adorada hija del hombre más temido de Italia.

—¿Por qué te gusta tanto esa historia, Tilda? Creo que deberías estar aburrida de ella, porque ya te la sabes de memoria, y tengo muchas más que contarte.

—Bien, pues no me aburre. Así que empieza desde el principio.

Era una orden.

Isobel sonrió, pero no empezó la historia, lo cual provocó que Matilda se rebelara un momento antes de ceder.

—Por favor, Isobel. ¿Me contarás mi historia favorita, por favor? Yo interpretaré el papel de la princesa Ariadna y tejeré mis hilos mágicos, mientras tú la cuentas. Y he dicho por favor.

—Ya lo creo, pero no debería suplicarte que hicieras gala de buenos modales, Matilda. Tu buena madre desciende de la casa más noble del mundo, es descendiente directa del bendito Carlomagno, pero no se comporta así, ni siquiera con las sirvientas que limpian su orinal. ¿La has visto alguna vez proferir órdenes de esta manera? No, no lo has visto y no lo verás. Y aparte de tu buen padre, que tiene sus propios motivos, no verás a ningún oriundo de Lucca comportarse así. No son nuestras costumbres, niña. No es el Camino.

Matilda se quedó perpleja un momento. Sus impulsos autoritarios nacían de su alegría natural, combinada con la influencia de su padre. Pues si bien Beatriz era la mujer más dulce y linajuda del mundo, Bonifacio era el típico soldado toscano. El linaje de su padre combinaba la descendencia de la santa ciudad de Lucca con la feroz sangre de guerrero lombardo que había distinguido a la casa de Toscana. Si Beatriz era el producto culto y elegante de la familia real germana, Bonifacio era el señor feudal a menudo cruel y siempre enloquecido por el poder. Era mucho más hijo de su sangre guerrera lombarda que de su cuna espiritual de Lucca. Los lombardos habían invadido Italia en el siglo vi, sembrando el caos en los restos del decadente Imperio romano. Su influencia dio al norte de Italia el nombre con el que un día pasaría a la historia para siempre: Lombardía.

Mientras Bonifacio había heredado riqueza y poder importantes, trabajó sin descanso por amasar una fortuna gracias a sus propios méritos. Los ríos que rodean Mantua, el Po y el Mincio, eran arterias comerciales comunicadas con el noroeste de Europa, que empezaron a florecer durante el mandato de Bonifacio. Antes de su liderazgo, los mercaderes temían la falta de ley en el norte de Italia y evitaban aventurarse por aquellos andurriales. Vías fundamentales desde los grandes puertos, como Venecia, para importar bienes de lujo desde Oriente y otros lugares, estaban cortadas.

Pero el duque de Toscana gobernaba el valle del Po con mano de hierro y ahorcaba a los maleantes, no sin encargarse de que antes fueran brutalmente mutilados como indicación a los piratas de que tal comportamiento ya no sería tolerado. Grupos de hombres intrépidos y bien recompensados se organizaron en una fuerza de élite para patrullar las regiones ribereñas en nombre del gran duque.

La estrategia de Bonifacio aportó seguridad a las rutas comerciales y consiguió atraer a mercaderes desde el Adriático por vía fluvial, así como a germanos, que ahora se mostraban más ansiosos de cruzar los Alpes con sus valiosos artículos del reino norteño de Sajonia. A cambio, imponía impuestos y peajes a los mercaderes que utilizaban las rutas, los cuales pagaban con mucho gusto por el derecho a comerciar en esta lucrativa región. Su riqueza y poder adquirieron proporciones legendarias, con la contribución de la rubia esposa de sangre azul que tenía a su lado. Ella era la joya de su corona feudal, la legitimidad que exigía y anhelaba.

La única debilidad de Bonifacio era su preciosa hija, a quien solía transportar en su caballo mientras inspeccionaba sus territorios. A los seis años de edad, Matilda tenía más experiencia sobre un caballo que casi todos los varones de su época. Sin embargo, después de que la niña pasara mucho tiempo en la compañía autoritaria de su padre, Isobel necesitaba muchas horas de paciencia para corregir la conducta de la pequeña.

—Lo siento, Isobel. —Matilda consiguió aparentar humildad, aunque sólo fuera un momento—. Me esforzaré en ser una condesa buena y noble.

—Eso está mucho mejor. A ver, refréscame la memoria. ¿Dónde empieza este cuento?

—¡En Creta! —gritó entusiasmada Matilda.

—Ah, sí. En el poderoso y dorado reino de Creta. Hace muchísimo tiempo vivió en él un gran rey llamado Minos…


El Minotauro era un monstruo enorme, nacido en la familia del rey de Creta, el poderoso gobernante conocido como Minos y su esposa, la reina Pasífae. Era mitad hombre mitad toro, y poseía el apetito de diez animales salvajes. Se decía que el Minotauro era el resultado del encuentro ilícito de Pasífae con un dios, o peor todavía, con un gran toro Manco. Esto ha sido mal comprendido por hombres sentenciosos, incapaces de comprender los grandes misterios de los antiguos. Es probable que la reina Pasífae fuera una sacerdotisa de la luna y la encarnación de lo sagrado femenino, y que su cópula con un sacerdote, disfrazado de toro para representar lo sagrado masculino, fuera la representación de un ritual que ha sido considerado un misterio sagrado desde el alba de la humanidad: un ritual de la unión de las energías masculina y femenina, necesario para el equilibrio de la vida en la tierra.

Por consiguiente, la historia de la concepción del Minotauro está envuelta en el misterio, pero sabemos esto: existió como una combinación de lo humano y lo divino, y el resultado fue tan milagroso como terrible. Tal vez es la misteriosa existencia del Minotauro lo que reside en el secreto de la Caída. Tal vez es un símbolo de la gran pérdida de comprensión que tiene lugar cuando los humanos ya no somos capaces de aceptar nuestra naturaleza divina y, sobre todo, la pérdida de nuestra humanidad cuando abandonamos la necesidad de honrar la unión de lo masculino y lo femenino en su forma más divina.

El nombre propio del Minotauro fue Asterión, que significa «del cielo estrellado», como resultado de sus orígenes divinos. Le adoraban como a un dios, al tiempo que era objeto de terror y pavor entre los humanos. Su cuerpo estaba cubierto por un dibujo de estrellas, como recordatorio de que todos los seres proceden del cielo, incluso los que aparentan poseer tan sólo una naturaleza básica. Del cielo venimos y al cielo regresaremos. Porque lo que está arriba también está abajo.

¿Nació monstruoso Asterión, un terrible ser que exigía sacrificios humanos y aterrorizaba la paz de Creta? ¿O se convirtió en monstruo porque se le denegó el amor y fue sujeto al ridículo, la crueldad y la crítica? No cabe duda de que debía ser una fuente de vergüenza para el rey Minos, quien no podía soportar que su esposa hubiera concebido sin él, aunque fuera con un ser divino. Los celos estaban volviendo loco a Minos, y no deseaba otra cosa que destruir a Asterión, pero no se atrevía a dar muerte al monstruo debido a su paternidad divina. A cambio, el rey concibió una prisión subterránea en la que alojar a aquel ser indeseable y alejarlo de su vista.

Vivía en Minos un refugiado de Atenas llamado Dédalo el Inventor, quien fue llamado a presencia de Minos para construir una prisión en la que alojar al Minotauro. Fue al diseñar este terrible edificio cuando Dédalo se convirtió en un constructor magistral. Lo que él concibió fue el laberinto, un enorme laberinto circular que conducta a un punto medio. En este punto medio se encontraba el templo en que moraba el ser. Se construyó este laberinto de tal manera que a quien entraba le resultaba imposible encontrar la salida. Esto servía para encarcelar al Minotauro, pero también para atrapar a sus desventuradas víctimas, pues después de entrar ya no podían escapar. El Minotauro exigía que cada nueve años le enviaran al centro del laberinto siete chicas y siete chicos, todos los cuales eran devorados sin dejar rastro.

Así, Asterión el Minotauro vivía la existencia de un dios-monstruo, alejado de la vista del pueblo de Creta y atrapado en su laberinto subterráneo, pero como una sombra arrojada sobre el país cada nueve años. El rey Minos y la reina Pasífae tuvieron hijos humanos, entre ellos la encantadora y bondadosa princesa Ariadna. La princesa era famosa por su radiante belleza, y se la conocía en todo el país como «la Clara y Brillante», y también como la «pura de espíritu y corazón».

Sucedió que Creta declaró la guerra a Atenas. El hermano de Ariadna y único hijo verdadero de Minos, un héroe llamado Androgeo, murió a manos de los atenienses en una batalla. El rey Minos lanzó aullidos de dolor al enterarse de la muerte de su hijo y, como venganza, extendió el terror sobre toda Atenas. Como parte de su conquista, Minos exigió que los atenienses entregaran a sus hijos como tributo al Minotauro, y los catorce inocentes de Atenas partieron hacia su destino.

El hijo menor del rey de Atenas era un joven hermoso y heroico llamado Teseo. Y así fue que llegó la hora de que los atenienses enviaran su espantoso sacrificio al Minotauro. Teseo se presentó voluntario para ser el primero de los catorce, decidido a plantar cara al Minotauro y matarlo, para así salvar las vidas de futuros inocentes y liberar a los atenienses de aquel terror. Pues, pese a su juventud, aquel héroe poseía una sabiduría muy superior a su edad. Comprendía que la ofrenda de sacrificios al Minotauro era una opción, una tradición que no era preciso conservar, pero haría falta alguien dotado de gran valentía para acabar con ella.

La princesa Ariadna estaba paseando por la playa, cerca del puerto de Creta, cuando el barco procedente de Atenas atracó para desembarcar a las víctimas. Se dice que al ver a Teseo se enamoró al punto de él, y se dio cuenta de que podía ser el héroe que derrotara a las tinieblas que acechaban bajo la superficie de Creta personificadas en su hermanastro, el terrible Minotauro Asterión. Durante toda su vida se había sentido atormentada por el asesinato de inocentes que satisfacían su hambre inhumana, pero sentía una gran compasión por sus monstruosos sufrimientos.

Ariadna concertó una cita con Teseo la víspera de la ceremonia del sacrificio. Le juró su ayuda a cambio de su promesa de desposarla y llevársela de la isla.

En realidad, su padre había prometido al depravado dios Dionisos la mano de Ariadna. Se decía que el dios, enloquecido por la pasión que sentía por la belleza pura de Ariadna, la había exigido como tributo a Minos a cambio de sus victorias militares contra los atenienses. El soberano había aceptado con cierta reticencia, pero el trato se había cerrado. No obstante, la pura Ariadna era una devota discípula de Afrodita, la diosa del amor. Como tal, no podía soportar la idea de casarse por motivos que no fueran el amor verdadero, ni tampoco la de someterse al hado y convertirse en la concubina degradada del dios del hedonismo.

Tras fijarse en Teseo, Ariadna se enamoró de él y supo que iba a cambiar su destino. El joven ateniense rescataría a su pueblo del Minotauro, y a Ariadna del dios oscuro, y ambas salvaciones se producirían gracias a la fuerza del amor. Se dice que Ariadna y Teseo yacieron juntos aquella noche en pasión y propósito, carne y espíritu, verdad y conciencia. De esa forma, ella le protegió con la coraza del poder de su amor.

Como Ariadna era hermanastra de la terrible bestia, conocía los secretos necesarios para matar al Minotauro y huir del laberinto. Se los transmitió a su nuevo amor. La joven fabricó una madeja de hilo dorado con mechones trenzados de su pelo, y creó así un hilo mágico que ayudaría a su amado a escapar del laberinto. También le entregó una espada milagrosa, un arma que había forjado el dios Poseidón. Estaba hecha de oro y plata, para representar la luz del sol y la luna cuando se reflejan en el mar. Ariadna sabía que esta arma mataría a su hermanastro sin causarle sufrimientos. Teseo lograría matar al Minotauro de un solo y piadoso mandoble, y saldría como un héroe a la luz si seguía las instrucciones de su amada al pie de la letra.

A la mañana siguiente, cuando le condujeron al laberinto con el primer grupo de víctimas, Teseo ató un extremo de la madeja de Ariadna a una anilla de hierro que había en la entrada del laberinto, y lo hizo con el nudo nupcial simbólico que ella le había enseñado. Se llevó consigo el ovillo de hilo mágico y lo fue desenrollando poco a poco a medida que se acercaba a la fatídica bestia.

En el centro del laberinto, Teseo se encontró con el Minotauro y le derrotó en un honorable combate cuerpo a cuerpo, protegido por el amor de Ariadna, y descargó el mandoble definitivo con el arma mágica que le había proporcionado. Finalizada su misión, el héroe volvió sobre sus pasos siguiendo el hilo de Ariadna, hasta llegar sano y salvo a la entrada del laberinto y caer en los brazos de su amada. Teseo se llevó en volandas a su princesa, liberó a los trece jóvenes atenienses restantes y regresó a su barco como liberador de su pueblo y matador del dios-bestia.

Navegaron hasta llegar a la isla de Día, donde hicieron escala para pasar la noche, celebrar su triunfo y adquirir provisiones para el regreso a Atenas. Por desgracia, su dicha fue interrumpida cuando Dionisos, enloquecido por la bebida, apareció en Día para reclamar a su novia. Ariadna era suya por ley divina y humana, dijo, prometida por su augusto padre y sin voluntad propia para resistirse. Al principio, Teseo se resistió a las exigencias del dios, afirmó que Ariadna era suya porque así lo había decidido ella, y su intención era convertirla en reina de Atenas. Dionisos contraatacó y recordó a Teseo que podía transformar en inmortal a Ariadna mediante su matrimonio con un dios, y que, si el ateniense la amaba de verdad, la entregaría a un destino más divino. La discusión duró toda la noche, y el dios Dionisos no cesaba en sus ataques a Teseo.

Era una terrible decisión para el joven príncipe ateniense, que no estaba a la altura del inteligente y decidido dios. Teseo creía que, si oponía resistencia a Dionisos, éste tomaría a Ariadna por la fuerza, para luego atacarle a él y a todos los atenienses. Y así fue que, apesadumbrado, Teseo abandonó a Ariadna a la voluntad de Dionisos y zarpó de Día sin su amada.

La joven se quedó desolada por la pérdida de Teseo, y desesperada ante la perspectiva de convertirse en consorte del dios hedonista que la había conquistado gracias a su astucia. Pero fue debido a la energía sagrada del amor que un cambio milagroso se operó en Dionisos. Tan enamorado estaba de la pura y hermosa Ariadna que no podía soportar verla presa de tal angustia. Accedió a que sólo la poseería si ella aceptaba ser su esposa por voluntad propia. Entonces empezó a abrumarla con regalos y a celebrar su belleza, e incluso juró cambiar sus costumbres decadentes para expresar la verdad de su amor por ella. Cuando Ariadna se dio cuenta de la enorme devoción del dios, y de cómo le había transformado, su corazón se ablandó. Por mediación de sus oraciones a Afrodita, la encamación de todo amor, Ariadna llegó a comprender que Teseo habría luchado por ella si hubiera sentido en su corazón que ella era su única amada, y de que ello era una indicación de que debía dejarle marchar.

Pues el amor que no es correspondido en igual medida no es amor. No es sagrado. Y aferrarse al ideal de ese amor puede impedirnos encontrar al verdadero.

Llegó el día en que Ariadna accedió a ser la esposa de Dionisos, y vivieron en un estado de dicha durante toda la eternidad como verdaderos e iguales cónyuges en el hieros-gamos. Y Ariadna encontró el amor real con el amado que, en realidad, había luchado por ella.

Teseo, por su parte, lloró la pérdida de la joven y lamentó hasta el fin de sus días la debilidad que le había conducido a aquella terrible decisión de abandonarla. En honor de la que ahora era una diosa, construyó un templo en la isla de Amathus. A partir de la estatua de Afrodita que Ariadna había llevado con ella tras abandonar Creta, erigió un edificio al que llamó Templo del Amor, y que dedicó a Ariadna-Afrodita. En el interior del templo, construyó un laberinto que se convirtió en símbolo de amor y liberación, y creó una danza rítmica, que representaba la celebración de la divina unión, para la fiesta anual en honor de Ariadna, la fiesta de la Señora del Laberinto, quien derrotó a la oscuridad con su amor. El nuevo laberinto fue construido como lugar de alegría, con un sendero sagrado en espiral que conducía al centro y volvía a salir. El laberinto no volvería a ser nunca más un lugar en el que se extraviaban las almas humanas. Además, sería un lugar en que podría encontrarse el espíritu humano, un lugar para celebrar lo que es humano y divino en todos nosotros, una vez que aprendemos a matar a los minotauros que acechan en nuestro interior mediante nuestra fe necesaria en el poder del amor.

Teseo se convirtió en el más grande de los héroes, y estableció la democracia y la justicia en Atenas, donde todavía se le reconoce como el sabio y compasivo fundador de aquella ciudad que legó conocimientos al mundo. No cabe duda de que su profunda comprensión de la naturaleza del amor y la pérdida fue el elemento que hizo de él un gran líder.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La leyenda de Ariadna, la Señora del Laberinto,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Isobel contó la leyenda del laberinto como había hecho tantas veces, tal como se conservaba en las más sagradas escrituras, como piedra angular del Libro Rosso. Adaptaba la historia a la edad de la niña, eliminando las referencias sexuales e interrumpiendo el relato antes de lo que Matilda llamaba la «parte mala», donde todo se torcía para los jóvenes amantes y Ariadna quedaba abandonada a Dionisos. Para la niña Matilda, la leyenda del laberinto acababa felizmente cuando Teseo mataba a la bestia, rescataba a los hijos de Atenas y partía con su princesa en brazos hacia el ocaso.

Ya tendría tiempo de sobra para descubrir que casi todas las historias de amor eran mucho más complejas y no acababan tan bien. De hecho, una de las mayores lecciones de la leyenda del laberinto era que las necesidades de las mujeres y el poder del amor no se tenían en cuenta en asuntos de historia humana. El deseo de Ariadna nunca fue un factor importante en la discusión entre Teseo y Dionisos, si bien ambos le profesaban amor y deseaban poseerla. No le dejaron elegir su destino, un destino sellado por su padre cuando vendió a su propia hija para ganarse la buena voluntad y la alianza de Dionisos. Y esto presagiaba el tiempo en que las mujeres se convirtieron en peones de los asuntos de los hombres, sin derecho a decidir su futuro. Se convirtieron en propiedades, piezas de un tablero de ajedrez político para uso exclusivo de los varones. Quedaron devaluadas y disminuidas, incluso deshumanizadas. Cuando los matrimonios pasaron a ser asuntos políticos pactados, en que las mujeres eran vendidas como ganado por sus familias y carecían de derechos, lo que antes había sido el centro más sagrado de unión se convirtió en un lugar en el que el Estado legalizó la violación. La Caída del Hombre era absoluta.

Isobel sabía que, a la larga, Matilda necesitaría dominar todas las complicadas lecciones de amor y poder de la historia de Ariadna. Pero también debería enseñarle que la unión entre un hombre y una mujer era mucho más que aquello en lo que se había transformado: una transacción deshumanizadora y, con frecuencia, brutal.

Los deberes de Isobel como niñera de Matilda abarcaban el bienestar material y espiritual de la niña, así como su protección física. Matilda era una niña excepcional por su cuna, y su guardiana había sido elegida con sumo cuidado. La tarea de Isobel consistía en educarla conforme a las secretas tradiciones que se habían practicado en Lucca desde el siglo i. Si bien Bonifacio estaba demasiado ocupado con la conquista y la expansión territorial para molestarse por la religión y la espiritualidad, las honraba como tributo a su bisabuelo, el legendario líder toscano Sigfrido de Lucca. Era apropiado que esta hija fuera educada y adoctrinada en estas sagradas tradiciones. Así fue que Bonifacio y Beatriz eligieron a la encantadora Isobel, hija de una de las grandes casas de Toscana. De hecho, Isobel era prima de Matilda y noble, emparentada con Bonifacio a través del linaje del propio Sigfrido.

Si bien la madre de Matilda, Beatriz, también descendía de la eminente familia de Lorena, sus tradiciones espirituales databan de hacía muchos más siglos, y no florecían bajo la superficie como lo habían hecho en las tierras salvajes de Toscana. Beatriz conocía muy bien su herencia hereje, pero mantenía en su casa las prácticas católicas tradicionales. Esto era necesario, porque ella era miembro de la familia real germana que debía obediencia a la Iglesia católica y a la complicada estructura política que decidía el poder en Europa, Beatriz era piadosa y obediente, una mujer elegante y fuerte a su manera, pero sumisa de buena gana a su legendario marido. De hecho, tenía la suerte, poco común para una mujer de su época, de haber encontrado el verdadero amor y la felicidad en un matrimonio de conveniencia. Que Beatriz fuera una belleza renombrada de pelo negro como ala de cuervo y ojos rasgados era la salsa del plato bien colmado de Bonifacio.

Matilda no había sido la primera de sus hijos. Por desgracia, habían perdido a los dos primeros por culpa de la gripe que asoló Europa a principios de aquel año. Uno había sido el hijo varón y heredero de Bonifacio, quien murió en la adolescencia, lo cual abrió una profunda herida en el corazón de su padre. La segunda había sido otra hija, fallecida en sus primeros años de vida. La tragedia de perder a dos de sus hijos había afectado gravemente a Beatriz, quien se encontraba a menudo débil y afligida, y apenas le quedaban fuerzas para su hija superviviente. De modo que, si bien Beatriz era la madre biológica de Matilda, Isobel era la única y verdadera fuerza materna que conocía.

—Cuando seas mayor, hija, te contaré una historia del laberinto diferente —dijo Isobel—. Una en la que aparecen el sabio rey Salomón y la exótica y gloriosa reina de Saba.

—¡Cuéntamela ahora!

—No, no puedo. Aún no tienes edad para comprender todo lo que la historia conlleva. Te la contaré cuando cumplas dieciséis años, como es debido.

Matilda adoptó un tono de complicidad cuando habló.

—¿Está en… el Libro Rosso? —susurró.

Siempre que hablaba del mágico libro rojo su voz se teñía de admiración.

Isobel le guiñó el ojo y asintió.

—Ciertamente. Y contiene muchas cosas más que deberás aprender con el tiempo. Ahora, a la cama. Espera, voy a hacerte trenzas en el pelo.

Con dedos ágiles, Isobel empezó el ritual nocturno de domeñar el pelo dorado y cobrizo de la pequeña, que caía en espesas ondas hasta la mitad de su espalda.

Una adormilada Matilda abandonó la idea del libro, se frotó sus ojos de color aguamarina y bostezó con la ferocidad de un cachorro de león.

Isobel subió la colcha de lana hasta la barbilla de la niña y se sentó a su lado en la cama. Su voz clara y dulce cantó en voz baja en francés:

Il est longtemps que je t’aime,

jamais je ne t’oublierai…

Matilda, quien hablaba su toscano nativo y el alemán de su madre con fluidez, acababa de empezar a estudiar francés. Cuando repitió los versos como para responder a la melodía, fue en su idioma nativo.

Te he amado mucho tiempo,

jamás te olvidaré…

Y entonces Isobel terminó con el antiguo poema que era sagrado en la región francesa de la Beauce, de la cual había llegado su madre antes de casarse e integrarse en el linaje santificado de Lucca. Era un fragmento de un poema escrito un milenio antes por un gran hombre, acerca de su amor por una bienaventurada mujer y sus hijos.

Je t’aimé dans le passé,

je t’aime aujourd’hui,

t’aimerais encore dans l’avenir.

Le temps revient.

Besó a Matilda en la frente, mientras la niña extendía la mano hacia el pequeño altar que descansaba sobre la mesita de noche. Una pequeña estatua de santa Modesta, tallada con meticulosidad en madera, adornaba el altar. Era un regalo de la rama francesa de la familia de Isobel, con el fin de celebrar el nacimiento de la niña, seis años antes. En esta plasmación, la santa alzaba una mano en señal de bendición, mientras la otra aferraba un libro de color rojo con tonos dorados. Matilda amaba la estatua, con el pelo pintado del mismo color extraordinario que el de ella.

La niña pasó la mano sobre la estatua de Modesta antes de susurrar la traducción, parte de su ritual nocturno y piedra angular de su tradición:

Te he amado antes,

te amo hoy

y volveré a amarte.

El tiempo vuelve.

—En efecto —suspiró Isobel, mientras contemplaba a aquel pequeño ser brillante y complicado al que amaba como si fuera su hija. Al parecer, Dios no había querido que ella diera a luz hijos propios. La verdad era que, debido a su compromiso con Matilda, jamás tendría tiempo ni oportunidades para casarse y ser madre, pese al hecho de que contaba poco más de veinte años. Hágase tu voluntad. Asumía que era su destino criar a esta criatura, y en ocasiones se trataba de una tarea de enormes proporciones, que exigía toda su concentración.

Hágase tu voluntad. Isobel repetía la frase muchas veces en sus devociones diarias del Libro del Amor. Era la segunda de las seis enseñanzas sagradas del Pater Noster, el padrenuestro, los cimientos de su práctica. Obediencia a Dios. Entrega a su voluntad. Y sin duda era voluntad de Él que Isobel dedicara su vida a la educación de esta niña.

Algún día Matilda demostraría que «el tiempo vuelve», tal como la profetisa más grande de su linaje, la bienaventurada Sarah-Tamar, había anunciado tanto tiempo atrás. Era su destino. Esta niña dejaría su huella en la historia. Pero esta noche no.

—Buenas noches, ma petite. Dulces sueños.

—Buenas noches, Issy mía —susurró la pequeña medio dormida, acurrucada bajo su colcha, con un bostezo final—. Te quiero.

Matilda corría como una loca por los pasillos del castillo, chillando de entusiasmo, con el pelo suelto aleteando sobre su espalda, como una indisciplinada cortina de un rojo dorado.

—¡Luuuuuuuucca! ¡Luuuuuuuucca! ¿De verdad que nos vamos mañana a Lucca, Isobel? ¿De verdad? ¿Con papá?

—Sí, pequeña. Por fin nos vamos a Lucca.

Matilda repitió el nombre de su lugar de nacimiento una vez más, y en esta ocasión se detuvo para susurrarlo imitando a Isobel, quien suspiraba a menudo por su tierra natal y hablaba de ella en susurros como si fuera el lugar donde habitaban todos los ángeles de la tierra. De repente, la niña adoptó un semblante muy serio y concentró toda su atención en la niñera.

—No me acuerdo de cómo es Lucca, Issy.

—Eso da igual, Tilda. Eras un bebé cuando viniste a Mantua. Y, no obstante, el primer aliento de tu cuerpo aspiró el sagrado aire de ese lugar, y te reportará una bendición especial mientras vivas.

—¿De verdad es tan bonito? ¿Lleno de santos y ángeles?

—Lucca es especial, más que cualquier otro lugar de la tierra. Vamos, te contaré una nueva historia esta noche, parte de nuestra herencia especial, y…

Isobel no terminó la frase. Matilda, pese a su inteligencia precoz, era todavía demasiado pequeña para comprender todo cuanto conllevaba el complejo legado de su pueblo. Lo mejor era transmitirle las enseñanzas mediante los cuentos, hasta que fuera mayor.

—Ahora, quiero que recuerdes las historias que te he contado sobre Nuestro Señor.

Isobel empleó el tono más serio que indicaba tanto una lección como una historia.

Matilda asintió con solemnidad, dobló las piernas bajo el cuerpo y esperó con impaciencia el cuento.

—Nuestro Señor tenía un amigo maravilloso llamado Nicodemo. Ni-co-de-mo. ¿Puedes repetirlo?

La niña repitió el nombre obediente para halagar a su niñera.

—Nicodemo era uno de los dos únicos hombres que le acompañaban cuando murió. ¿Recuerdas quién era el otro?

Matilda era una alumna con talento extraordinario para recordar a la perfección. Le encantaba la historia de la Pasión y se la sabía de memoria. Nunca se asustaba de las descripciones más gráficas del sacrificio de Jesús en la cruz, tal como las refería el confesor de su madre, un adusto clérigo de Lorena llamado fra Gilbert. Daba la impresión de que fra Gilbert se refocilaba con los detalles de las últimas horas de Cristo sobre la tierra, y los relataba con abundantes descripciones gráficas cuando intentaba hacer hincapié en la idea de la penitencia, cosa frecuente. Este enfoque horrorizaba a Isobel, quien adoraba al Señor por sus palabras y su obra antes que por su muerte. Esta filosofía consistía en ceñirse al Camino del Amor tal como lo había practicado su pueblo durante mil años. Isobel desaparecía con discreción cuando fra Gilbert estaba presente. Pero Matilda se quedaba fascinada por todas las versiones de la historia más grande jamás contada, incluso las más horripilantes. En ese sentido, había demostrado ser hija de Bonifacio desde su más tierna edad, intrépida e indiferente ante las versiones más duras de la realidad.

Pero la que de verdad cautivaba a Matilda era la versión de Isobel. Pues si bien la niña sentía profunda devoción por su Señor y se emocionaba por su sacrificio, había otro aspecto de la historia que la mantenía pendiente de la narración: la leyenda de las mujeres de la vida de Jesús, y de una en particular.

Matilda se incorporó con respeto y contestó.

—El otro hombre era José de Ara…

—Arimatea —la ayudó Isobel, y la pequeña continuó con entusiasmo.

—Le acompañaba su madre, María la Mayor, y la que más amaba, María Magdalena. Y todas las demás Marías le seguían como discípulas y predicaban sus palabras y obras por doquier. —Bajó la voz y adoptó su versión infantil del tono de complicidad—. Pero no nos está permitido llamar a María Magdalena «la más amada» delante de fra Gilbert, ¿verdad?

—No, desde luego que no.

—Pero ¿por qué, Issy? Si Jesús la amaba, ¿por qué no podemos hablar de ello y amarla como él? ¿Por qué hemos de guardar tantos secretos?

Isobel suspiró y pasó una mano por el pelo desordenado de Matilda, cuyo color cobrizo era la indicación de que aquella pequeña condesa había nacido en uno de los linajes más inmaculados de Europa, era del linaje de María Magdalena, de quien se decía que tenía el pelo del mismo color, incluso cuando murió ya anciana. Ambos padres de Matilda eran descendientes de la unión entre Jesús y su amada María: su madre por descender del linaje de Carlomagno, su padre porque su familia estaba emparentada con las sectas secretas italianas que habían echado raíces en la Toscana durante las persecuciones de los primeros cristianos llevadas a cabo por Roma.

La pregunta de Matilda era difícil para casi todos los adultos cultos. Aún no estaba preparada para comprenderlo. Isobel eludió la pregunta con la habilidad de una narradora consumada.

—Este amigo de Jesús, Nicodemo, era un hombre muy especial, con un gran talento que es importante para nosotras en la actualidad. ¿Te gustaría saber qué era? Era un artista. Un escultor. Plasmaba en madera las visiones que Dios le enviaba.

—¿Cómo Federico?

Federico era el criado más antiguo de su padre, otro miembro de confianza del círculo de Lucca que rodeaba a la noble familia. Solía entretener a Matilda tallando figurillas de madera. Su muñeca favorita, una talla exquisita de la legendaria Ariadna, era una obra maestra que el anciano había creado para ella por Navidad. Hasta había tallado una réplica del laberinto en la espalda de la muñeca, con el fin de que Matilda pudiera empezar a atisbar el complejo dibujo tan intrínseco a su tradición.

—Sí, como Federico. Pero como Nicodemo estaba presente cuando Nuestro Señor murió en la cruz, no pudo quitarse de la cabeza aquella imagen. De modo que decidió tallarla en madera, para que el mundo recordara el gran sacrificio durante los siglos venideros. Tardó un año en terminar su obra, pero cuando hubo acabado, Nicodemo había creado la primera obra de arte que nos muestra el semblante del Señor. Se llama el Volto Santo, la Santa Faz, porque es una de las dos únicas obras de arte en todo el mundo que fueron creadas por hombres que vieron la cara de Jesús tanto en vida como muerto. Una está en Roma, una pintura creada por Lucas el Evangelista, en posesión del Papa. Pero el Volto Santo es la única que yo he visto, y la más primorosa.

Los ojos de Matilda se abrieron de par en par.

—¿Tú has visto esa talla?

—Sí, y tú también la verás.

La pequeña condesa empezó a revolverse de nuevo, como de costumbre.

—Pero ¿cuándo? ¿Cómo?

Isobel la interrumpió.

—Paciencia, cariño. Déjame contarte algo más de la historia. Cuando Nicodemo murió, la talla desapareció. Los primeros cristianos se la llevaron para esconderla de los romanos, con el fin de que no se perdiera o la destruyeran. Estuvo oculta en Tierra Santa durante setecientos años. Y después, cuando los profetas anunciaron que había llegado el momento, el Volto Santo, que había contenido el tesoro más sagrado de nuestro pueblo, fue sacado de su escondrijo y preparado para un viaje.

—¿Un tesoro sagrado?

Los ojos de Matilda se ensancharon ante la idea de un gran secreto.

—Sí, mi amor. Pues Nicodemo, mientras tallaba el Volto Santo, dejó una abertura abierta en la parte posterior de la escultura, una abertura secreta donde guardar el objeto más sagrado.

—¿El Libro Rosso?

Isobel asintió.

—Sí, el Libro Rosso. Y era el más sagrado de los tesoros porque contenía las enseñanzas del Camino del Amor escritas por el propio Señor, y más tarde las profecías de su santa hija. Pero aprenderás más cosas cuando lleguemos a Lucca. Pues allí es donde verás el Libro Rosso con tus propios ojos. Ha llegado el momento, ángel mío, de que empieces tu aprendizaje.

Matilda se quedó sin habla, cosa muy poco corriente, lo cual provocó que Isobel lanzara una carcajada, un hermoso sonido cantarín.

—¿Qué pasa, pequeña? ¿Te sorprende que haya llegado tu momento? Acabas de cumplir seis años, que es un número mágico. Es el número de Venus, el número del amor. El año en que empieza el aprendizaje, sobre todo de una Esperada. Y no te preocupes, te acompañaré en cada fase del camino.

»Ahora, debo prepararte para que conozcas a un gran profesor. Tú le llamarás Maestro, y nada más.

—¿No tiene nombre?

—Estoy segura de que sí, pero no lo utilizamos. Le llamamos Maestro en señal de respeto, porque procede de una larga estirpe de líderes elegidos para la Orden, a todos los cuales se les ha llamado igual. Es un hombre muy santo.

»Y debo advertirte de que tiene una cicatriz en la cara. Una cicatriz muy fea, Matilda. Pero no has de temerle. Tu primera lección consistirá en aprender que no hay que juzgar a nadie por su apariencia física sino esperar a ver qué te revela el carácter sobre el ser humano que anida en su interior. El Maestro es un gran hombre, un hombre bondadoso, y te enseñará como me enseñó a mí y a muchos más.

La niña tenía ganas de gritar de alegría, pero se reprimió. Pero aquel temible Maestro de la cicatriz en la cara, el aprendizaje que iba a iniciar en la misteriosa Lucca… ¡era demasiado! Tal vez ir a Lucca no era un regalo tan maravilloso. Quedarse en Mantua, donde jamás había conocido otra cosa que seguridad, podía estar mejor. Se mordió el labio inferior y no dejó que temblara.

—No tengas miedo, ma petite. —Isobel abrazó a Matilda con fuerza. Aquella criatura tenía el corazón de una leona, pero todavía no era más que una niña—. Es tu destino, y muy hermoso. Sólo recuerda quién eres en todo momento, por la gracia de Dios.

Matilda asintió con solemnidad. Era la condesa de Canossa, heredera del gran Bonifacio. Era hija de Lucca y de Mantua. Era la hija de la profecía. Era la Esperada.

Era Matilda, por la Gracia de Dios Que Es.

La verdad echará raíces en la zona de los pantanos,

y allí florecerá en secreto

entre los que tengan fuerzas para defenderla.

Un gran altar para la sagrada escritura y la santa faz

se hará y rehará mientras El Tiempo Vuelve.

Muchos dudarán, pero la verdad perdurará allí

para los hijos del futuro,

los que tengan ojos para ver y oídos para oír.

La verdad ha de ser conservada en piedra

y construida en el Valle de Oro.

La nueva Pastora, la Esperada,

se encargará de su perfección

y revestirá la Palabra del Padre y la Madre,

así como el legado de sus hijos, en espacios sagrados.

Ése será su legado,

ése, y conocer un Gran Amor.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La segunda profecía de l’Attendue, la Esperada,

de los escritos de Sarah-Tamar,

tal como se conserva en el Libro Rosso



5

Lucca

1032

La ciudad de Lucca era sagrada por su propia naturaleza, uno de los lugares de poder benditos de la tierra, a los que se reconocía un aura especial que se remontaba al principio de los tiempos. Había restos de poblados paleolíticos que facilitaban un vislumbre de la naturaleza auténticamente antigua de este lugar, si bien debía su supervivencia a los antiguos etruscos y celtas ligures. Se creía que los orígenes de su nombre procedían de la palabra celta luks, que significaba «zona de pantanos». En el siglo tercero antes de la era cristiana, los romanos reconocieron Lucca como un lugar especial.

Pero para los primeros cristianos fue en los siglos primero y segundo de nuestra era cuando se forjaron el corazón y el alma de la ciudad, a la cual consideraban sagrada por encima de muchas otras. Mientras los romanos continuaban añadiendo nuevas construcciones, rodeando Lucca de carreteras importantes, encerrándola en el primer conjunto de murallas y erigiendo un anfiteatro espectacular, era el tranquilo asentamiento cristiano del subsuelo el que constituía la columna vertebral de la cultura que perduraría en los corazones de los naturales de Lucca.

Mientras el catolicismo tradicional florecía en la superficie, Lucca albergaba en sus cimientos otra cultura cristiana, que convivía en armonía con los conversos católicos más tradicionales. Pues predicaban que los hijos de los primeros apóstoles y sus seguidores se establecieron aquí, donde la leyenda afirma que se les unieron miembros de la sagrada familia. Estos cristianos proclamaban que sus enseñanzas provenían directamente de Jesucristo a través del legado de sus hijos, y que se hallaban en posesión de un libro sagrado del que predicaban a sus descendientes.

En la época de la llegada de Matilda a Lucca, el poder de la ortodoxia en la Iglesia, por mediación del monacato ascético, estaba creciendo de tal forma que quienes practicaban las «antiguas costumbres» del cristianismo debían comportarse con mucha discreción. En efecto, las nuevas reformas afectaban a los devotos del Camino del Amor. Los susurros sobre herejías empezaban a aumentar en Italia, y ya se estaban propagando a otras zonas de Europa. El pueblo de Isobel se portaba como muchos habitantes de Lucca, que daban su apoyo en público a la Iglesia católica, pero conservaban sus tradiciones secretas tras las puertas cerradas de sus casas. Pero Isobel, descendiente de Sigfrido, había sido educada en las más secretas enseñanzas de las viejas tradiciones. Era miembro de la Orden del Santo Sepulcro, la sociedad secreta fundada en Oriente por Lucas el Evangelista, el santo Nicodemo y José de Arimatea. La Orden tenía seguidores en Jerusalén, la región italiana de Calabria, Roma y en toda Toscana. Era una orden que no sólo aceptaba mujeres en su seno, sino que las reconocía como líderes. Lo hacían en honor de María Magdalena, pues la Orden se fundó para protegerla, a ella y a su hija, la profetisa Sarah-Tamar. En su tradición, eran reconocidas como sucesoras de Jesús, las santas mujeres gracias a las cuales el cristianismo perduró y floreció en Europa.

Los hijos de Lucca eligieron ser conocidos como Lucchesi, un inteligente juego de palabras. Les definía como habitantes de Lucca, pero también como hijos de Lucas el Evangelista, el fundador que llevó la Orden del Santo Sepulcro a Italia.

El séquito entró por la puerta de San Frediano, al norte de la ciudad, y Matilda se puso muy contenta al ver que eran recibidos con gran algarabía. Llevaba un vestido dorado del más fino brocado, y montaba con su padre en la grupa del enorme corcel negro. Bonifacio también se había engalanado. Su capa de montar estaba ribeteada de armiño e incrustada de joyas. Gruesos gemelos de oro macizo centelleaban en sus muñecas bajo el sol de la Toscana. El pueblo de Lucca había acudido en masa para conseguir divisar a la extraordinaria condesita de las trenzas relucientes y los extraordinarios ojos verde azulados. Isobel le había hecho trenzas entretejidas con flores por la mañana. Su negativa a cubrir el cabello de la niña había causado cierta consternación a Bonifacio, a quien le parecía poco decoroso que su hija fuera vista en público de aquella manera. Pero la niñera sabía tratar al padre de Matilda. Sabía cómo ablandarle. Que Isobel fuera una mujer encantadora y llena de gracia era una ventaja a la hora de dejar las cosas claras al muy masculino príncipe guerrero de la Toscana, aunque jamás utilizaba sus encantos de manera poco adecuada.

La pequeña condesa de Canossa necesitaría el apoyo del pueblo de Toscana cuando creciera. Era la única heredera de una gran fortuna, una fortuna que, según la ley vigente, no podía ser heredada por una mujer. Con el fin de conseguir que Matilda fuera reconocida como heredera de Bonifacio, necesitaría, entre otras bendiciones, ser amada por el pueblo de Toscana. Isobel le había explicado esto con paciencia a Bonifacio. La entrada de Matilda en Lucca tenía que ser memorable. Debía convertirse en la amada hija del pueblo toscano, con el fin de fortalecer sus esperanzas de heredar cuando fuera mayor.

Pero Isobel también era muy consciente de la creciente fuerza de la leyenda viva de Matilda, incluso a su tierna edad. Los iniciados de Lucca conocían bien las enigmáticas profecías legadas por Sarah-Tamar, y sabían que Matilda podía ser la Esperada, teniendo en cuenta el día propicio en que había nacido, el equinoccio de invierno. Si tal era el caso, debía ser adorada como la nueva Pastora, la mujer que les guiaría en las enseñanzas y protección del Camino del Amor. Matilda había llegado en un momento en que el antiguo pueblo de Lucca necesitaba el símbolo de esperanza que representaba para ellos. Había que tener en cuenta todos estos factores, mientras la pequeña condesa efectuaba su regreso triunfal a su lugar de nacimiento.

Bonifacio cedió, y la resabiada Isobel había preparado a la princesa prometida para su debut ante el pueblo. Matilda, por su parte, se comportó a las mil maravillas, rió, saludó y pareció en todo momento el ser mítico que muchos la consideraban. Le salía con naturalidad, pero ese día su entusiasmo se transmitía a las calles. ¡Iba con su heroico padre, ataviada con un bonito vestido nuevo, y la gente gritaba su nombre en las calles! Recordaría aquel momento como uno de los más luminosos de su vida.

—¿Ya ha tenido sueños, Isobel?

El enigmático sabio, al que sus estudiantes sólo conocían como el Maestro, se había detenido ante la figura dormida de la agotada condesita. Había sido un día ajetreado de desfiles y banquetes, de ser adorada por su padre y por su pueblo. El encuentro oficial de Matilda con el Maestro tendría lugar al día siguiente, cuando hubiera descansado. Pero el sabio quería verla antes y hablar con su tutora para prepararse. Su presencia era imponente, un hombre alto y curtido por la intemperie, de aspecto engañosamente aterrador debido a la larga cicatriz que cruzaba el lado izquierdo de su cara.

—Sí, pero no entiende lo que son ni lo que significan.

—¿Ha soñado con el Gólgota?

—En concreto no, pero sí ha soñado con el Viernes Santo, de eso estoy segura.

El Maestro asintió, abismado en sus pensamientos. Bastaba para cumplir las condiciones de la profecía, incluso a su temprana edad. Pues la profetisa había dicho que la Esperada tendría visiones del «Día Negro de la Calavera». Si bien cabía interpretar esto como visiones específicas de la crucifixión, para una niña tan pequeña, nacida en una fecha tan prometedora, soñar con el Viernes Santo significaba un poderoso augurio.

—Creo que es lo que dicen —declaró el Maestro—. Tráemela en cuanto despierte. Nos espera mucho trabajo. Isobel…

—Sí, Maestro.

—Te has portado muy bien con ella. Dice mucho de tu amor.

La mujer sonrió a su adorado tutor con lágrimas en los ojos.

—No, Maestro. Ella dice mucho de Dios.

El Señor desafió a Salomón a construir un tabernáculo, un lugar en que los fieles pudieran acceder a la voluntad de Dios. Guiado por su sabiduría y amor al Señor, Salomón construyó el Templo, sagrado por encima de todos.

Y en el interior de la santidad de la cámara nupcial, Salomón y la reina de Saba crearon el laberinto, con sus once senderos de entrada y salida como nuevo tabernáculo, donde hombres y mujeres realizados por completo pueden descubrir que no existe separación entre ellos y Dios. Es un lugar donde el Aeon, es decir, el Espacio del Templo, puede simularse y ser experimentado por aquellos que no pueden llegar al Templo de otra forma.

En el centro del laberinto, los hijos de Dios abrirán los ojos. Pues la mayoría de almas viven en este mundo en un estado de sueño. Han de despertar en esta vida, en estos cuerpos, donde existe todo cuanto son en la tierra. Sus cuerpos son sus sagrados espacios del templo, pero no se dan cuenta. Creen que el reino les espera sólo en la otra vida, de modo que se pierden una enseñanza importante: que hemos de vivir en la tierra como en el cielo, y crear el cielo donde no existe en la tierra. El reino de Dios nos está destinado, aquí y ahora, en la tierra y en nuestros cuerpos terrenales de carne, y nos basta con reivindicarlo. Lo cual se consigue únicamente mediante el amor.

En el laberinto, llegas al Espacio del Templo, donde hablas directamente con Dios. Es un regalo para los hijos que pueden transformarse en anthropos, humanos plenamente realizados, despiertos por completo. Para que puedan descubrir su verdadero yo, su ser único, y convertirse en lo que han de ser en la tierra.

Rezad como yo os he enseñado, en el centro del laberinto y en el centro de vuestra vida. Utilizad la oración como una rosa y regocijaos de la belleza de sus seis pétalos, pues contiene todo cuanto necesitáis para encontrar el reino de los cielos en la tierra. El círculo central es el amor perfecto.

Los hijos del mundo han de abrir los ojos y ver a Dios a su alrededor. Después podrán vivir como expresa el amor. Al hacerlo, cumplirán su destino, así como sus promesas para la eternidad. Han de despertar. Y han de despertar ahora.

El Amor lo Conquista Todo.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

Del Libro del Amor,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Lucca

1052

La cicatriz era terrible. No podía apartar los ojos de ella.

—Ven, pequeña, vamos a solucionar esto de una vez por todas. Quiero que pongas la mano sobre mi cara y toques la cicatriz. Verás que sólo es carne vieja, nada que debas temer. Ven.

Matilda miró a Isobel, quien asintió con una sonrisa. Permitió que el Maestro tomara su diminuta mano y la alzara hacia su cara estragada. La niña recorrió el costurón con el índice y el pulgar. Ahora la curiosidad se había impuesto al miedo.

—¿Cómo os hicisteis esta cicatriz, Maestro? —logró balbucear.

Isobel exhaló un silencioso suspiro de alivio. Matilda se había acordado de sus modales. Loado sea Dios.

—Ah, una buena pregunta, que exige una historia. Ven a sentarte junto al fuego y te la contaré.

Tal como habían prometido, el aya y la pupila habían acudido temprano al conjunto de antiguos edificios de piedra conocidos como la Orden. Aquí vivía y trabajaba el Maestro, dando clases a estudiantes de las más antiguas familias de la localidad sobre las enseñanzas del Camino. La cámara donde estaban sentadas era un estudio, amueblado con una larga mesa, con tinta, pergamino y una caja grande de madera que contenía rollos de material educativo. Había una enorme chimenea de piedra para mañanas como aquélla, cuando la primavera toscana era todavía lo bastante joven para albergar frío. El Maestro hablaba con frecuencia de sus viejos huesos, y decía que sentía el frío en ellos.

Matilda e Isobel se sentaron en el banco contiguo a la chimenea. El Maestro tomó asiento frente a ellas, en un taburete de madera, y empezó su explicación.

—Hace mucho tiempo, niña, uno de los primeros líderes de nuestra Orden resultó herido en una gran guerra. Fue una batalla épica entre las fuerzas de la luz y las fuerzas de las tinieblas. Aunque durante mucho tiempo se temió que hubiera perdido la batalla, no fue así. Ganó, gracias al poder del amor y la fe, y lo que había llegado a ser una confianza inquebrantable en un dios todopoderoso y misericordioso. Pero le quedó una cicatriz en la cara como recuerdo. Era fácil de identificar con tal señal. En los siglos transcurridos desde entonces, los que seguimos su camino hemos adoptado la misma cicatriz en su honor, una señal indicadora de que nos dedicamos exclusivamente a las enseñanzas de la Orden. Nos la autoinfligimos al hacer nuestro juramento. Sé que cuesta comprender el motivo de que un hombre se haga semejante cicatriz, pero es una señal de nuestra devoción a lo que hay dentro, no a lo que hay fuera.

Las manos de Matilda volaron hacia su carita de porcelana, lo cual provocó que el Maestro lanzara una carcajada.

—No temas, pequeña. Nunca te pediremos algo semejante. Veo que tu belleza será una de tus principales armas de guerrera del Camino. Pero recuerda siempre que Dios te la ha concedido para que la utilices con prudencia.

Matilda asintió con solemnidad.

—¿Os hicisteis daño? —preguntó con un hilo de voz.

El Maestro se encogió de hombros.

—La verdad es que no me acuerdo. Ocurrió hace mucho tiempo. Si me hice daño, sólo sé que no tuvo ni punto de comparación con los sufrimientos padecidos por Nuestro Señor en su sacrificio final. Y ahora, si ya hemos acabado con la historia de mi cara, me gustaría empezar tu aprendizaje. ¿Os parece aceptable, mi señora?

Matilda asintió de nuevo, y después contestó cortésmente, azuzada por un carraspeo de Isobel.

—Sí, Maestro.

El hombre rió al percibir su deseo de demostrar buenos modales.

—Bien. Empezaré dándote una flor. Una flor muy especial para una dama muy especial. Es una rosa con seis pétalos.

El Maestro abrió el gozne chirriante de la caja de madera y sacó uno de los rollos. Estaba atado con una cinta de seda escarlata bordada con diamantes dorados. Los ojos de la niña se iluminaron al ver la belleza del regalo que el Maestro le ofrecía.

—Puedes abrirlo. Y guardar la cinta.

Le guiñó el ojo, y de repente su rostro surcado por la cicatriz adquirió una vivacidad más bondadosa que aterradora. Isobel tenía razón, por supuesto. Era importante no juzgar a los hombres sólo por su apariencia. Llegaría un día en que Matilda recordaría aquella cara como la más hermosa que había visto en su vida.

La pequeña desenrolló el pergamino y vio el tosco dibujo a tinta de una flor. Seis grandes pétalos redondos rodeaban un círculo central.


—Esta rosa de seis pétalos es el símbolo del Libro del Amor, Matilda. Y con él, aprenderás los secretos del Pater Noster. —Se volvió hacia Isobel—. Lo conoce, ¿verdad?

—Conoce nuestra versión en toscano y la tradicional en alemán y latín. Se lo estoy enseñando en francés, de modo que se lo sabrá en cuatro idiomas, Maestro.

—¿Cuánto ha avanzado en lectura y escritura?

—Es una alumna que aprende muy rápido. Notable, en realidad. Creo que leerá y escribirá en todos estos idiomas de manera excelente si su padre decide permitirle continuar con su educación. No tengo motivos para creer lo contrario.

—Hemos de procurar que comprenda la importancia de su educación —dijo con énfasis el Maestro, antes de volverse hacia Matilda—. Recítamelo, por favor. En el idioma que prefieras.

La pequeña carraspeó y se sentó muy erguida. Eligió recitar la oración en toscano.

Padre nuestro bondadoso que reinas en el cielo,

santificados sean tus nombres.

Venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad,

así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, el maná, dánoslo hoy.

Perdona nuestras ofensas y errores,

como nos perdonamos a nosotros mismos y a los demás.

Dirígeme por el camino del bien y

líbrame de las tentaciones del mal.

—Bravo, hija. Muy bien. Pero hasta que aprendas lo que significa cada verso y cómo cambiará tu vida y el mundo que te rodea, esa oración carece de sentido. Gracias a la conciencia, esas palabras contienen todo cuanto un ser humano necesita para saber encontrar el reino de los cielos en la tierra. Sin conciencia, son palabras perdidas, murmuradas de manera rutinaria. Nunca volverás a decir esa oración como un manojo de palabras sin sentido, ¿entiendes? Ahora nos pondremos a trabajar con ahínco. Voy a enseñarte la relación de esta plegaria con los pétalos de rosa…

Y el hombre al que todo el mundo conocía como el Maestro inició la tarea de adoctrinar a Matilda en las más sagradas enseñanzas del Libro del Amor, la buena nueva entregada a toda la humanidad por el Príncipe de la Paz.

Matilda pasó el resto de la tarde visitando los lugares sagrados de Lucca, muy numerosos, y fue en compañía de su padre a ver la gran iglesia de San Frediano. Su guía era un joven sacerdote gentil y culto llamado Anselmo, el cual era nativo del lugar y estaba muy versado en la historia de la ciudad. Su tío, llamado Anselmo di Baggio, era el obispo de Lucca, un hombre muy poderoso en el mundo de Bonifacio. Sin duda, estaban preparando a su joven sobrino para ocupar un cargo de importancia en la comunidad de Lucca, puesto que procedía de una familia muy influyente. Todos los Di Baggio eran miembros inteligentes y muy discretos de la Orden del Santo Sepulcro, y habían aprendido a integrarse en las estructuras de poder tradicionales de la Iglesia católica.

Anselmo el Joven explicó que la iglesia recibía su nombre del obispo del siglo vi que construyó el primitivo edificio con sus propias manos.

—En toscano le llamamos Frediano, pero en su país se llamaba Finnian. Era de un lugar llamado Irlanda. ¿Sabes dónde está, Matilda?

Ella negó con la cabeza, mientras escuchaba embelesada. Irlanda sonaba como uno de los lugares mágicos de las historias de Isobel.

—Es una isla verde y brumosa, muy misteriosa y antigua, más allá de las tierras de sajones y normandos. Pero también es un lugar muy culto y sagrado. Finnian vino aquí como peregrino, porque había oído hablar de los orígenes sagrados de Lucca y quería vivir en un lugar donde las enseñanzas de Jesús se conservaran en toda su pureza.

Matilda intentó portarse bien durante la solemne visita del baptisterio, con su gran pila bautismal de piedra. Pero la verdad era que San Frediano no la entusiasmaba demasiado, una vez desaparecido el misterio inicial de la leyenda extranjera. Lo que sí le interesaba era la siguiente visita, pues la iglesia de San Martín albergaba el Volto Santo, la Santa Faz tallada por Nicodemo.

Anselmo narró a Matilda y Bonifacio la pintoresca historia de la llegada de esta imagen a Lucca, mientras recorrían las estrechas calles en dirección a San Martín.

—Cuando el Volto Santo salió de Tierra Santa, arribó a las costas de Toscana tras muchos meses en el mar. Lo descargaron con gran cuidado, y lo depositaron en un carro tirado por dos bueyes blancos como la nieve. Los animales no estaban domesticados, y dejaron que siguieran su instinto. Los custodios de la Santa Faz creían que la mano del Señor guiaría el carro hasta el lugar donde la divina voluntad elegiría descansar. Se informó de muchos milagros acaecidos durante el trayecto que recorrió el santo objeto. Los bueyes tiraron durante tres días con sus noches del carro, y no se detuvieron hasta llegar aquí, el centro de Lucca. Creemos que el Volto Santo eligió venir a Lucca porque siguió el camino seguido por el Libro del Amor.

Anselmo adoptó un tono conspiratorio que divirtió a Matilda.

—Los iniciados, nuestro pueblo de la Orden, sabían que el Volto Santo quería estar donde se predicaban las verdaderas enseñanzas, y esto sólo ocurría en la congregación de San Martín.

Habían llegado ante la fachada de San Martín, que había sido consagrada en nombre de san Martín de Tours desde que fue edificada por primera vez, también por el obispo irlandés Finnian, en el siglo vi. Lo que quedaba era poco impresionante. Y en lamentable estado de conservación. Matilda pensó que no era un lugar adecuado como altar del primer objeto de arte cristiano, tallado por un hombre que había mirado la cara de Nuestro Señor después de bajarlo de la cruz. Tiró de la manga de su padre.

—Papá…

—¿Sí, cariño?

—Somos muy ricos, ¿verdad? ¿No podemos dar a nuestro pueblo de Lucca dinero suficiente para construir una gran iglesia dedicada a la Santa Faz?

Bonifacio lanzó una carcajada estentórea mientras alzaba a su hija en brazos.

—Sí, somos muy ricos. ¡Y espero continuar así, sin entregar toda nuestra riqueza, sobre todo a la Iglesia!

La niña, muy disgustada con la respuesta, se liberó de los brazos de su padre y corrió hacia la puerta de entrada.

El interior de San Martín era oscuro y estrecho, y Matilda tuvo que parpadear varias veces para adaptarse a la tenue luz de las velas. Sin esperar ni a su padre ni a Anselmo, corrió hacia el altar principal, y no paró hasta estar lo bastante cerca para tocar la imagen más sagrada de toda la cristiandad.

Se quedó delante de ella, fascinada. La imagen era de tamaño natural, tallada con elegancia por un escultor de extraordinario talento. Nicodemo había moldeado la madera de cedro del Líbano en gráciles ondas que formaban la túnica que cubría los dos brazos extendidos y caía hasta los pies de Cristo crucificado. Los detalles faciales, pelo y barba, habían sido pintados con sumo cuidado para resaltar su color. Nuestro Señor era moreno y hermoso. Ondas de pelo negro caían sobre sus hombros, del mismo color que la barba larga y bien cuidada, algo hendida. Tenía dedos largos y esbeltos. Pero eran sus ojos lo que la sobrecogían. Enormes, negros y de espesas pestañas, eran ojos que expresaban inmensa bondad y compasión, plasmados en los últimos momentos de sufrimiento. Matilda jamás había visto nada más bello que el hombre de la cruz. Clavó la vista en aquellos grandes ojos, y se quedó convencida de que la estaban mirando.

—Tú eres mi hija, en ti me complazco.

La pequeña lanzó una exclamación ahogada. La Santa Faz le había hablado. Cerró los ojos con mucha fuerza y procuró escuchar, pero no había nada más que oír. Se volvió y vio que su padre y Anselmo estaban detrás de ella, a cierto número de pasos. El sacerdote estaba susurrando algo a Bonifacio, sin duda más explicaciones sobre la obra de arte y su historia. Matilda no les oía. Sólo oía a la estatua de Nuestro Señor Jesucristo, que le había hablado. Estaba complacido con ella.

No estaba segura de qué había hecho para complacer a su Señor, pero ahora estaba más decidida que nunca a hacer algo. Pensó a toda prisa y recordó los ornamentos dorados que Isobel había trenzado en su pelo aquella mañana. Había dos, muy trabajados en oro, que le había regalado la casa de Lorena con motivo de su nacimiento. Eran muy valiosos. Empezó a desenredarlos de su pelo con disimulo, para que su padre no la viera, y los tomó con ambas manos.

Matilda sonrió a la imagen que se sentía tan complacida y habló en susurros.

—Un día, construiré una hermosa iglesia para tu Santa Faz. Lo prometo.

Hizo una reverencia a la talla y caminó hacia atrás para no darle la espalda. Cuando llegó al lugar donde esperaban su padre y Anselmo, les sonrió con dulzura.

—Es muy bonita —se limitó a comentar. No deseaba contar a nadie lo que había pasado, todavía no. Y cuando lo hiciera, la primera en saberlo sería Isobel. Issy sabría por qué el Señor estaba complacido con ella.

Bonifacio abandonó la iglesia deprisa. Ya tenía bastante de religión por aquel día, y estaba ansioso por volver a sus reuniones con los hombres responsables de mantener la seguridad en esta zona de la Toscana. Después había organizado una gran expedición de caza como recompensa a sus soldados más leales, algo que le apetecía mucho. Matilda caminaba despacio detrás, con la esperanza de quedarse a solas con el joven Anselmo. Tenía una cara agradable y una sonrisa dulce. Le gustaba, con aquel instinto para la naturaleza humana que poseían los niños más inteligentes. Cuando su padre se alejó, apoyó su diminuta mano contra la palma del sacerdote.

—¿Qué es esto, princesa? —preguntó Anselmo cortésmente, mientras contemplaba el tesoro que había depositado en su mano.

—Shhh —susurró Matilda—. Es mi promesa a la Santa Faz. Un día, le construiré una iglesia digna. Toma este oro y guárdalo para ese día, en que podré traerte más.

Anselmo la miró con detenimiento. Era muy extraño que una niña entregara tal tesoro por la gloria de Dios. Tocó su mano.

—Matilda de Canossa, sois muy generosa. Algún día, espero dirigir la construcción de una iglesia más grande por la gracia de vuestra generosidad.

La pequeña le sonrió, satisfecha de poder contar con un cómplice importante para su plan.

—Bien. Lo haremos juntos. Cuando sea mayor y pueda darte el dinero que me dé la gana.

La condesita de seis años se volvió para hacer otra reverencia a la Santa Faz y salió corriendo por la puerta al sol de la tarde, mientras exigía a gritos a su padre que la llevara de vuelta con Isobel de inmediato. El feroz Bonifacio, un hombre cuyo solo nombre causaba que guerreros avezados temblaran de miedo, paró en seco y lanzó una carcajada estentórea, provocada por el único ser vivo cuyas órdenes acataba.

Tras el terrible tiempo de la crucifixión, no era seguro para la familia de Nuestro Señor continuar en Israel. Su tío, el bienaventurado José de Arimatea, trabajó con denuedo por poner a salvo a María Magdalena, embarazada de la heredera del Salvador, así como a los demás niños y algunos de sus seguidores más cercanos.

La hermosa ciudad de Alejandría era famosa por su cultura y tolerancia, una sociedad en pleno florecimiento donde muchas culturas y creencias vivían en armonía. Estaba lo bastante cerca para suponer una solución rápida y provisional, y lo bastante lejos para resultar segura Magdalena necesitaba estar en un lugar cómodo en vistas al nacimiento inminente de la bienaventurada niña.

José de Arimatea era excepcionalmente próspero gracias a su éxito como comerciante de estaño, y pudo transportar en sus buques a los supervivientes de la sagrada familia hasta Egipto, lejos del peligro. Sería la segunda vez que una María la Mayor se veía obligada a huir de su país para proteger al bienaventurado hijo que llevaba en las entrañas, la segunda Huida a Egipto.

Durante su confinamiento, Magdalena llamó a su amigo de confianza, el culto apóstol llamado Felipe, para que acudiera en su ayuda a Alejandría. Él prestó oídos a su llamada, y durante aquellos meses nuestra señora le leyó el Libro del Amor, para que pudiera transcribirlo bajo su guía y dirección. Fue así que una copia casi perfecta de las palabras originales de Nuestro Señor fue efectuada por aquellos dos grandes discípulos y maestros. María Magdalena conservó durante toda su vida el Libro del Amor original. Pero era su deseo que se enviara una copia a Santiago, el hermano de Jesús, quien se había quedado en Jerusalén. La emergente Iglesia de Jerusalén necesitaba las enseñanzas en su forma más pura, para que el Camino continuara en la ciudad.

Santiago recibió la copia desde Alejandría y la conservó en Jerusalén, guardada en la sagrada talla obra de Nicodemo.

Felipe partió hacia su destino a Sumeria, donde predicó el Camino durante el resto de su bienaventurada vida, enseñando el Libro del Amor tal como él lo había transcrito.

La historia de Felipe y el Libro del Amor,

tal como se narra en el Libro Rosso


La cámara de piedra subterránea que servía de capilla a la Orden del Santo Sepulcro tenía casi mil años de antigüedad. Había sido construida por los primeros cristianos, quienes practicaban aquí su fe en secreto, lejos de los ojos inquisitivos de los romanos. Matilda bajó con cautela la empinada escalera, cogida de la mano de Isobel, quien iba delante de ella. El Maestro las guiaba con una lámpara de aceite, pero la cámara había sido preparada para su llegada por algunos novicios, quienes habían dispuesto velas de cera en los candelabros de hierro de la pared. Parpadeaban sombras a su alrededor. Las paredes de piedra de la capilla estaban ennegrecidas por el humo de las hachas, y la intensa fragancia del incienso impregnaba el aire de una densa santidad.

La experiencia de la pequeña con el Volto Santo había impresionado al Maestro, cosa difícil. Si bien sabía que la niña era especial, no estaba preparado para que tuviera visiones auténticas a plena luz del día tan pequeña. Y estaba seguro de que eran auténticas. Brillaba una luz en sus ojos cuando repitió la historia, primero a Isobel y después a él. Había una gracia, una certeza. No era una fantasía inventada por una criatura tonta para llamar la atención. Se trataba de la experiencia mística de una niña elegida por Dios para un destino especial. Había aprendido a reconocer la diferencia durante sus largos años de maestro y mentor.

Como tal, el Maestro decidió que Matilda fuera conducida de inmediato a presencia del Libro Rosso.

La diminuta capilla contaba con un sencillo altar de piedra, que ya existía en el edificio santo que la contenía. Pese a que se trataba de una capilla consagrada, no había cruces ni crucifijos en ninguna parte del edificio. Sobre el rico paño de terciopelo del altar descansaba un arca de madera, un magnífico cofre con tallas de escenas de la vida de Nuestro Señor y Nuestra Señora, guiadas por la mano de san Lucas. El arca era casi tan sagrada como el contenido, y era conocida por la Orden como el Arca de la Nueva Alianza. El borde del arca estaba adornado con una fila de rombos, el símbolo de la unión sagrada, mientras que la equis, símbolo de la iluminación gnóstica, estaba tallada en las esquinas y resaltada con pintura dorada. El Maestro condujo a Matilda e Isobel hasta el arca y les indicó que debían arrodillarse delante de ella. Ambas obedecieron y continuaron de hinojos mientras el hombre recitaba una oración de gracias al Señor por el regalo del preciado testamento. Se acercó al altar y forcejeó un poco con la pesada tapa del arca, hasta levantarla y depositarla en el suelo. Introdujo la mano en el interior del arca y sacó el trabajado volumen que esperaba dentro.

Matilda levantó la cabeza cuando el Maestro extrajo el Libro Rosso. Era un volumen enorme, encuadernado en piel del rojo más intenso, visible en el pesado lomo. La portada del libro tenía un revestimiento de oro, con cinco joyas incrustadas que formaban una equis en lugar de una cruz. El Maestro se llevó el libro a los labios y besó la joya central, un rubí que brillaba a la luz de las velas.

—La Palabra del Señor. Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

Extendió el libro a Isobel, quien lo besó a su vez y repitió «La Palabra del Señor», antes de bajarlo hacia una solemne Matilda de ojos dilatados. La pupila imitó las acciones del aya a la perfección.

Siguieron al Maestro mientras sostenía el Libro Rosso y lo depositaba sobre una mesa situada ante el altar. Sonrió a Matilda.

—Puedes tocarlo, hija.

Sus pequeños dedos vacilantes se deslizaron sobre la cubierta dorada. Pegó un brinco como si se hubiera quemado y lanzó un leve chillido, lo cual provocó que el Maestro e Isobel intercambiaran una mirada, pero cuando volvió a tocar el libro por segunda vez no se sobresaltó.

—He aquí el Libro Rosso. Es el libro más sagrado de nuestro pueblo porque, entre otras cosas, contiene las palabras escritas por el salvador del mundo. En estas páginas, Matilda, se encuentra el evangelio completo escrito por Jesucristo, la buena nueva conocida por nosotros como el Libro del Amor. Ésta es la sagrada copia transcrita por el apóstol Felipe en presencia del original y entregada a Nicodemo para que la guardara en el Volto Santo. Contiene en su interior el sello de María Magdalena, que indica su aprobación de la copia. Habrás visto este dibujo antes. Se utiliza en los documentos más sagrados de la Orden y lo llevan nuestros iniciados de mayor rango.

El Maestro abrió el libro con sumo cuidado y pasó una gastada pero gruesa página con dedos delicados. Al pie de la segunda página había una firma en griego:


Magdalena.

Bajo la firma había el emblema que Matilda ya había visto en anteriores ocasiones. Era el dibujo del anillo de cobre de Isobel en forma de disco, que a veces se enredaba con su pelo cuando le hacía las trenzas. Era el dibujo de nueve círculos que bailaban alrededor de una esfera central. Era una imagen del cielo, exhibida por la Orden como recordatorio de que nunca estaban separados de Dios. Así en la tierra como en el cielo. Matilda ignoraba que aquel símbolo era el sello de María Magdalena. Era uno de los secretos de la Orden.

—Tú también llevarás un anillo como éste, el sello de Magdalena, cuando llegues a la edad de acceder a los misterios —le susurró Isobel. Matilda se removió de entusiasmo al oírlo, pero se quedó muy quieta cuando el Maestro continuó.

—Cuando crezcas, aprenderás las enseñanzas recogidas en el Libro del Amor, y también las profecías de Sarah-Tamar. Te las llegarás a saber de memoria y aprenderás a interpretarlas. Algunas se refieren a tu nacimiento, y has de entenderlas a fondo.

»Por fin, estudiarás las historias que contiene el Libro Rosso. Están los Hechos de los Apóstoles secretos, las historias de los discípulos que lo sacrificaron todo por las enseñanzas del Camino del Amor. Lo hacemos a imagen y semejanza del libro escrito por uno de nuestros fundadores, el bienaventurado san Lucas. Al honrar la memoria y sacrificio de nuestros mártires, honramos a Dios y, también, rezamos por un tiempo en que estas enseñanzas sean recibidas en paz por todos los pueblos y ya no haya mártires.

»Ésta es tu primera lección, Matilda. La comprensión de las tres partes del Libro Rosso: La primera es el texto del Libro del Amor, la única palabra verdadera. La segunda comprende las profecías de Sarah-Tamar, sagradas para el futuro; y la tercera son los Hechos de los Apóstoles, que nuestro pueblo ha recopilado desde los primeros días del cristianismo. Por hoy, es todo cuanto necesitas saber.

Matilda florecía bajo la tutela del Maestro, pero por más que le gustaban las lecciones, su distracción favorita consistía en vagar por el sinuoso laberinto, erigido en piedra en el extenso jardín de la Orden. Había chillado de placer cuando lo vio por primera vez. Si bien había visto dibujos del laberinto y tenía una versión en miniatura tallada en su muñeca, Ariadna, ver uno de semejante tamaño (hasta veinte adultos podían pasear a la vez por sus senderos) era asombroso.

El Maestro la acompañó la primera vez, sujetando su mano mientras la guiaba por los senderos sinuosos que conducían al centro.

—Sólo hay un camino de entrada, Matilda. Aunque los senderos den muchas vueltas, si te mantienes fiel a tu sendero nunca te extraviarás. Ésta es la primera lección del laberinto. Camina con determinación hacia el centro, pues sabes que Dios te aguarda allí. Incluso cuando creas que los senderos sinuosos te alejan del centro, siempre has de tener fe en que el sendero te devolverá a él. Es como la vida. Es la fe lo que te conducirá a tu destino de encontrar a Dios cada vez y sin falta.

»La mayor parte de lo que te enseñaré del laberinto es muy sencillo. Porque la verdad siempre es sencilla, Matilda.

Caminó con ella en silencio durante unos momentos, antes de continuar la lección.

—En ocasiones, hija, el Señor habla a nuestras almas dormidas de maneras diferentes. En sueños, por ejemplo. Es una forma. Sé que tú, a veces, tienes sueños que no comprendes. Es una forma que tiene Dios de hablarnos, porque nuestras mentes están abiertas cuando dormimos, y permitimos que Sus mensajes lleguen sin interferencias. Otra forma que tiene Dios de hablarnos es mediante los números. Los números constituyen un lenguaje, con profundas capas de significado que la mayoría de humanos no se permiten comprender. La construcción de este laberinto está basada en números concretos. Hay once ciclos que conducen al centro, y once ciclos que salen de él. En el sagrado lenguaje de los números que llegó de Tierra Santa en los tiempos del sabio rey Salomón, el once representaba el camino de la iniciación. Cuando sumas ambos ciclos, eso da veintidós. Veintidós es el número maestro, el número de la conclusión de la iniciación. Este laberinto que estamos recorriendo fue creado por el propio Salomón, en compañía de su amada, la reina de Saba. Sé que has de comprender muchas cosas y no espero que lo asimiles en tu corazón y tu mente en este momento. Sólo escucha mientras tus pies siguen el sendero del laberinto.

Matilda estaba escuchando y trataba de comprender, pero sus pies marchaban a un ritmo que no podía negar. Se estaba reprimiendo e intentaba caminar con solemnidad, pero nada deseaba más que bailar y correr por aquel laberinto mágico donde nadie se perdía nunca y todo el mundo encontraba a Dios en el centro. Había dicha en el laberinto y cierto tipo de libertad. Incluso a la tierna edad de seis años, Matilda era muy consciente de que el laberinto era un lugar espiritual especial. La henchía de luz y amor, y de la alegría de aprender en un ambiente tan enrarecido. Por fin, ya no pudo contenerse más y terminó el recorrido corriendo. Tras llegar al centro, bailó bajo la luz dorada del sol de su amada Toscana.


¡Que me bese con los besos de su boca!

Mejores son que el vino tus amores;

mejores al olfato tus perfumes.

Ungüento derramado es tu nombre,

por eso te aman las doncellas.

Llévame en pos de ti: ¡corramos!

El Rey me ha introducido en sus mansiones;

por ti exultaremos y nos alegraremos.

Evocaremos tus amores más que el vino;

¡con qué razón eres amado!

El Cantar de los Cantares, 1, 2-4

Así, el primer verso de la canción de amor más sagrada fue inspirada por la divina unión del rey Salomón y la reina de Saba. Pues mientras estaban trabados en la sagrada unión de los amantes, a la luz de la verdad y la conciencia, descubrieron que su mayor amor, por mediación de ambos, era para Dios y para el Mundo que Dios tanto ama.

Por ti exultaremos y nos alegraremos.

Evocaremos tus amores más que el vino;

¡con qué razón eres amado!

Estas palabras son las alabanzas que los amantes dirigen al Señor, pues han encontrado a Dios en la cámara nupcial. A través de la unión sagrada de su amor, han llegado a la plena comprensión de las bendiciones de la vida que Dios nos ha concedido para expresarlas con nuestros cuerpos de carne.

Todo amor es Dios y Dios es todo amor.

Cuando nos unimos con nuestro amado, estamos viviendo la expresión del amor, y Dios está presente en la cámara nupcial.

La canción empieza con un beso, porque ésta es la forma más sagrada de expresión entre los amantes. En nuestra más santa tradición, que procede de Salomón y la reina de Saba, la palabra es nashakh, y significa algo más que un simple beso. Significa respirar en armonía de una forma que combina los espíritus de dos en uno, compartir el mismo aliento, fundir las fuerzas vitales en una sola.

Es con el aliento armónico del beso que somos fertilizados y nos convertimos en anthropos, es decir, humanos realizados por completo. Mediante el beso renacemos. Nos damos a luz mutuamente al compartir el amor que anida en nuestro interior, cuando Dios se funde con el yo.

Mediante la santidad del beso, dos almas se funden en una sola. Es el preludio de la sagrada unión de los amantes.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La canción de Salomón y la reina de Saba,

del Libro del Amor,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Lucca

1052

—Es perfecta. Todo cuanto dijiste que era. Tengo una fe absoluta en que nos conducirá a una nueva era del Camino. No cabe duda de que es la Esperada. Mi tío lo admitirá cuando se entere de todo lo que sucede. El tiempo vuelve, Isobel. Como siempre supimos que ocurriría en vida nuestra.

Anselmo había escuchado con atención a Isobel mientras refería los milagrosos acontecimientos más recientes de la joven vida de Matilda. Ahora comprendía mejor por qué la niña le había dado oro. El Volto Santo le había hablado en San Martín. Era un hermoso augurio.

Isobel le sonrió, y sus profundos hoyuelos se marcaron de la forma más atrayente. Él le devolvió la sonrisa.

—Estamos todos muy orgullosos del trabajo que has hecho con ella. Pero nadie más que yo, amor mío.

Anselmo se acercó a ella. La puerta estaba cerrada y existían escasas posibilidades de que les interrumpieran a aquella hora de la noche. Además, se encontraban en territorio de la Orden, un lugar que consideraba la sagrada unión de los amantes el supremo sacramento. Era la parte más importante de sus enseñanzas y estaba subrayado en el Libro del Amor, y por lo tanto tenía prioridad sobre todas las leyes creadas por los hombres. Dentro de aquellos muros, los votos que había tomado de cara al exterior a instancias de su tío el obispo, para que algún día heredara una posición de alto rango en la Iglesia, podían descartarse. Aquí podía comportarse como era y celebrar el amor que proporcionaba dicha infinita a su alma, el amor que Dios daba a toda la humanidad como su mayor don, para que los seres humanos pudieran encontrar la divinidad mutuamente.

Isobel se deslizó en el calor del abrazo de Anselmo, el tacto que tanto había echado de menos desde que había sido nombrada niñera de Matilda. Los dos habían estado juntos desde su niñez en Lucca, y su amor mutuo sólo estaba superado por su amor a la Orden y a las enseñanzas del Maestro, las enseñanzas del Libro Rosso, que ambos habían jurado proteger.

Isobel susurró los primeros versos de la canción sagrada con la sensualidad más contenida, mientras acercaba los labios a los de él.

—¡Que me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores…

Él tendría que haber susurrado la réplica, pero ya estaba demasiado perdido en ella para hablar. Se unieron en la lenta y dulce santidad de su beso, las almas fundidas en el preludio de la unión de los cuerpos.

La sagrada unión de los amantes encontraría sin duda su más apasionada expresión aquella noche.

La espera había sido demasiado larga.


Matilda estaba chillando.

Isobel corrió por el corto pasillo donde se había dormido en un catre de novicia. La niña había estado despierta hasta muy tarde, trabajando en la capilla con el Maestro, quien había decidido que debía pasar la noche en la sencillez del dormitorio de la Orden. Lo primero que pensó el aya fue que la pequeña había despertado en una habitación que no reconoció. Se reprendió por haberla dejado sola. Tendría que haberse quedado con ella, pero había razonado que la niña estaba muy cansada, y por lo tanto era improbable que despertara antes del amanecer.

La pequeña estaba sentada en su camita, sollozando.

—¿Qué pasa, ma petite?

Isobel la acunó en sus brazos mientras lloraba, hasta que sus sollozos empezaron a calmarse en el calor y la seguridad del abrazo de su madre putativa.

—Papá.

Matilda intentó pronunciar la palabra pese a los hipidos, pero todavía estaba llorando con demasiado sentimiento.

—¿Estabas soñando?

La niña asintió.

—Papá. Algo terrible le pasaba a papá en el sueño, Issy. Dios está enfadado con él.

—Tonterías. Dios es justo y bueno. No es un Dios colérico y vengativo. Nunca haría daño a tu papá.

—Fra Gilbert dice que Dios castiga a los malos, y dice que papá es malo.

—Me sorprendes, Matilda. Has pasado una noche en presencia de nuestro secreto más sagrado, que se llama el Libro del Amor por un motivo. Es una celebración del amor de Dios hacia sus hijos.

Isobel solía ser respetuosa con respecto a las creencias de los católicos ortodoxos, pero había momentos en que ponían a prueba su paciencia, sobre todo cuando tenía que poner coto a los perjuicios que las prédicas causaban a su preciosa niña. Además, era tarde, estaba cansada y no se hacía la santa.

—Fra Gilbert es un hombre severo que sabe muy poco de la naturaleza de Dios —replicó—, de tu padre y, me atrevería a decir, del amor.

Matilda lanzó una risita. Isobel encarnaba el Camino del Amor en casi todas las ocasiones. Eso quería decir que pocas veces se enfadaba, y por lo tanto era interesante presenciar cuando lo hacía.

—Pero, Issy, mi padre no quiere dar dinero para construir una iglesia dedicada a la Santa Faz.

El aya asintió.

—Tu padre es generoso a su manera, Matilda. Sé que te cuesta entenderlo, pero existen muchos motivos que explican por qué no puede dar dinero para construir una iglesia en este momento.

Isobel no quería explicar a una niña de seis años que Bonifacio era muy consciente de que cualquier cantidad que donara para ampliar San Martín iría a parar a cierto número de cofres clericales que él no había elegido, y que no guardarían la menor relación con la construcción de una nueva iglesia. Pero en su inocencia infantil, lo único que veía Matilda era la negativa de su padre a ayudar a su Señor.

—En mi sueño, Dios estaba enfadado con papá porque no quería construir una iglesia nueva y… pasaba algo terrible. He de ver a papá. He de decirle que construya una nueva iglesia para que Dios no se enfade.

Isobel suspiró. Era imposible razonar con ella en ese estado, sobre todo después de verse afectada por una pesadilla. Además, el aya estaba preocupada en secreto. Los sueños de la niña habían sido proféticos más de una vez, cosa que era de esperar teniendo en cuenta las circunstancias de su nacimiento. Besó a Matilda en la frente para tranquilizarla y rezó en silencio para que este sueño no fuera otra cosa que la manifestación del temor de la pequeña, en lugar de una profecía.

—Tu padre participa esta noche en la partida de caza, pero te prometo que, en cuanto vuelva, hablaremos de la reconstrucción de San Martín con él. ¿De acuerdo?

Matilda asintió, y después se derrumbó en la cama, agotada por la terrible experiencia.

—Quédate conmigo, Issy —ordenó.

—Por supuesto, cariño —la tranquilizó Isobel, y cantó a la niña hasta que se durmió la canción que siempre la calmaba, la canción en lengua francesa que hablaba del amor eterno.


La noticia se supo primero en Mantua, donde la madre de Matilda Beatriz de Lorena, se había quedado para administrar la casa. El caos se apoderó al punto del castillo, y Beatriz tuvo que ser atendida por un equipo de médicos después de sufrir un ataque de histeria. Era demasiado. Dios le había arrebatado más de lo que cualquier mujer podía soportar en su vida. ¿Por qué la castigaba de tal modo? Fra Gilbert debía estar en lo cierto: Dios se vengaba de los malos.

—¿Dónde está Matilda? —gritó entre lágrimas—. ¡Traedme a mi hija!

Recordaron a Beatriz que Matilda aún estaba en Lucca, pero se enviaría de inmediato una comitiva, junto con una doble guardia a caballo, para devolver a su hija a su hogar de Mantua. Debía llegar a tiempo del funeral.

Por imposible que pareciera, el gran Bonifacio, conde de Canossa, marqués de Mantua y gran duque de Toscana, había muerto. Había fallecido sospechosamente a causa de una flecha perdida que se le clavó en la garganta durante la expedición de caza, la mañana siguiente al sueño profético de Matilda.

El tiempo vuelve

Muchos son los llamados.

Los elegidos toman sus votos.

Prometen a Dios,

se prometen mutuamente,

que el Amor nunca muere.

Los profetas vuelven.

Es preciso, porque la verdad es eterna,

al igual que el Amor es eterno.

Todos los hombres y mujeres de buen corazón

conocerán y vivirán la verdad,

y se transformarán en seres realizados por completo

en sus cuerpos terrenales,

así en la tierra como en el cielo.

Por eso

el tiempo vuelve.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

De las profecías de Sarah-Tamar,

tal como se conservan en el Libro Rosso



6

Roma

En la actualidad

Caramba.

Maureen tenía las piernas recogidas bajo el cuerpo, sentada en la cama, mientras contemplaba el Panteón por la ventana. Ya había oscurecido y se habían encendido los focos, que iluminaban el magnífico monumento de manera impresionante. Su única palabra de admiración fue dirigida tanto al monumento como a la historia que Peter acababa de contar.

—¿Te das cuenta de que cuando Matilda vino a Roma, el Panteón tendría el mismo aspecto de hoy? —empezó en tono pensativo—. ¿Que es posible que se parara en algún lugar de la plaza y lo admirara tal como yo lo estoy haciendo ahora?

—Por eso la llaman la Ciudad Eterna —respondió su primo—. Debo reconocer que los italianos cuidan sus restos históricos.

Había recorrido hasta el último rincón de Roma durante su estancia, y sentía debilidad por ciertas rutas porque le conducían hasta asombrosas ruinas de antiguas civilizaciones. Pasear por Roma era una maravilla. Al cabo de cada esquina había un pedazo de historia que esperaba a ser admirado.

Maureen devolvió su atención a Peter.

—¿Estás cansado?

—Hambriento. ¿Vamos a cenar a Alfredo? Está justo al otro lado de la plaza.

—No puedo. —Maureen lanzó un suspiro melodramático—. Ay, Lara, la chica de recepción, me ha dicho que hacen el mejor saltimbocca de Roma.

—¿Y cuál es el problema?

—Me odiaría si comiera carne de ternera. De modo que alejémonos de las tentaciones. Podrías convencerme de que fuéramos a Il Foro, cocina florentina. Funghi porcini? ¿Un gran Brunello[3]? Una valiosa recompensa por todo este trabajo. Además, parece apropiado que tomemos platos toscanos en honor a Matilda.

—No le demos más vueltas. Ya sabes que me encanta ese lugar. Maureen tenía muchas preguntas sobre lo que acababa de escuchar. Sabía que Peter se sentiría mucho más inclinado a responderlas si comía bien y se relajaba un poco. Dominaba el idioma, pero esta traducción era muy difícil. Además, les sentaría bien a los dos el paseo hasta el restaurante. Pararon en recepción para asegurarse de que no necesitaban reservar, y después recorrieron la breve distancia, pasaron ante la iglesia de San Ignacio de Loyola, donde trabajaba Peter, y bajaron por la pintoresca callejuela, con sus tiendas de antigüedades, hasta la trattoria.

Los camareros conocían al sacerdote y le dieron la bienvenida tuteándole, y después les condujeron hasta una mesa pequeña y tranquila del fondo, al lado de la ventana. En cuanto sirvieron el sabroso vino tinto de la Toscana, Maureen empezó a hacer preguntas.

—Ayúdame a aclarar esto. ¿El Libro del Amor y el Libro Rosso no son lo mismo?

Peter asintió.

—Correcto. Más o menos. El Libro Rosso contiene el Libro del Amor, o al menos una copia. A mí me parece que su estructura es como la del Nuevo Testamento. Por ejemplo, tenemos los cuatro evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Pero también tenemos los Hechos de los Apóstoles escritos por Lucas, y después las epístolas de Pablo y una selección de otras cartas, y por fin el Apocalipsis. Todo junto forma el Nuevo Testamento. Me sigues, ¿verdad?

Maureen asintió.

—Vamos a comparar. A partir del libro que el Maestro de Matilda tiene en su posesión, esto es lo que he deducido hasta el momento. Tenemos una copia del Evangelio de Jesús, llamado el Libro del Amor…

Maureen estaba tomando notas. Interrumpió a su primo para que le aclarara el punto.

—Una copia. Una copia hecha por el apóstol Felipe. Porque el original, escrito de puño y letra de Jesús, se encuentra en Francia en este momento, por lo que sabemos.

—También correcto. Al Libro del Amor le siguen las profecías completas de su hija, Sarah-Tamar. Desde luego, la corroboración de la profecía de la Esperada es fascinante. ¿Qué sientes al respecto?

Maureen tomó un sorbo de vino y meditó un momento antes de contestar.

—Mmm. Me siento extrañamente cercana a Matilda. Nuestro aspecto físico es similar, al menos en tez y tipo, compartimos la misma fecha de nacimiento, un día antes o después del equinoccio, y ambas vivimos bajo la vigilancia y la presión de esa demencial profecía que pende sobre nuestras cabezas. La muerte de Bonifacio me hizo llorar. Los paralelismos son interesantes, por decir algo.

—Teniendo en cuenta lo que has pasado, diré que son más que interesantes.

—¿Qué crees que son?

—Todavía no lo sé, pero creo que todo forma parte de un plan divino, Maureen. Te lo aseguro.

—¿El tiempo vuelve? ¿Qué crees que significa, con exactitud?

Él sacudió la cabeza.

—Déjame trabajar un poco más antes de lanzarme a formular especulaciones.

Maureen sabía que estaba ocultando algo.

—Es inútil, Peter. Quiero saber cuál es tu verdadera opinión. Piensa en voz alta un momento. Hazme ese favor.

Su primo se encogió de hombros.

—De acuerdo. Mi primera idea, si pensara en voz alta… Bien, es sobre los profetas. Recuerda que en tiempos de Cristo se creía que Juan el Bautista era la segunda venida del profeta Elías. Jesús dice, cuando habla con Juan el Bautista: «Y si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir». Una referencia a la profecía de que Elías volverá para anunciar la llegada del Señor. Y después, tras la ejecución de Juan, Jesús dice: «Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron». Por lo tanto, nos damos cuenta de que existe una tradición bíblica de ciertos profetas que vuelven para cumplir profecías.

—¿Es algo relacionado con la reencarnación? ¿Es Juan el Bautista la reencarnación del profeta Elías? ¿Acaso Jesús es Adán vuelto a la tierra? ¿Comparten la misma alma, o sólo el mismo destino?

Los aspectos más conservadores del aprendizaje religioso de Peter se rebelaban ante la mención de cualquier cosa parecida a vidas pasadas.

—Yo me abstendría de llamarlo reencarnación o ponerle etiquetas de orientalismo o Nueva Era, pero no cabe duda de que existe una tradición bíblica que se remonta a esta idea de que los profetas vuelven cuando Dios los necesita para hacer su trabajo. En el Evangelio de Lucas, cuando se predice la llegada de Juan a su padre Zacarías, escribe: «E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías». Por eso pienso que tenemos que investigar por ahí. «Con el espíritu y el poder» de un profeta llega otro para terminar su trabajo. Ahora bien, la interpretación de la palabra «espíritu» puede conducirnos en diferentes direcciones. Podría ser literal, como si fueran el mismo espíritu. Lo cual nos obliga a reconsiderar la cuestión de la reencarnación. Pero yo me siento inclinado a interpretar «espíritu» en un sentido más amplio.

Maureen sabía que aún no lo habían terminado de comprender del todo.

—El tiempo vuelve. En mi sueño, Easa me decía que debía recordarlo. Y está en el Libro Rosso, y en la oración nocturna de Matilda. Esta idea poseía un extraordinario significado para aquella gente a nivel cotidiano. No estoy desechando lo que dices, sólo sugiriendo que hay algo más.

—Dentro de veinticuatro horas tendré más traducciones terminadas. Tendremos que seguir leyendo y confiar en que nuestra condesa pelirroja nos proporcione más información valiosa.

Maureen alzó su copa.

—Por Matilda.

Peter alzó la suya.

—El tiempo vuelve.

De vuelta en su estudio, Peter reflexionó sobre sus preocupaciones y motivos de fascinación en lo tocante a la lectura del manuscrito de Matilda. Las implicaciones teológicas del Libro Rosso eran asombrosas.

La idea de que el apóstol Felipe había hecho una copia del Libro del Amor era muy significativa. Felipe escribiría a la larga su propio evangelio, y una copia posterior fue descubierta en el conjunto de descubrimientos gnósticos en el pueblo egipcio de Nag Hammadi en 1945, y era el Evangelio de Felipe el que citaba Jesús en el sueño más reciente de Maureen, cuando decía: «Has de despertar en este cuerpo». ¿O no era así? ¿Cabía la posibilidad de que estuviera citando su propio evangelio, el Libro del Amor, y que sus palabras fueran atribuidas con posterioridad a Felipe?

¿Era posible que los trabajos preliminares de Felipe sobre la traducción del Libro del Amor hubieran inspirado la mayoría de enseñanzas de su propio evangelio? ¿Era posible que este evangelio fuera un intento de recrear las enseñanzas del Libro del Amor? Era una pregunta importante, pues podía significar que desde 1945 la humanidad contaba con una copia decente de las enseñanzas originales de Jesús, por mediación del Evangelio de Felipe. Pero también podía significar que, en caso de que lo encontraran, el Libro del Amor iba a tener repercusiones explosivas sobre la sexualidad de Jesús.

El Evangelio de Felipe se concentraba en los aspectos físicos de la unión sagrada y la santidad de la cámara nupcial, y en la importancia de María Magdalena como la amada de Jesús. Según Felipe, no se trataba de una relación circunstancial: existía un compromiso, era sexual, y era santa.

Esto era muy problemático. Mientras un grupo numeroso de eruditos importantes autentificaba y traducía el material gnóstico, aún existía una gran controversia sobre cualquier pasaje susceptible de insinuar que Jesús era un varón sexualmente activo. Era una idea que muchos cristianos no estaban dispuestos a aceptar. Peter estaba rodeado de hombres que morirían antes que admitir esta posibilidad. Lo sabía con certeza, pues así lo habían manifestado varios miembros del comité encargado de autentificar el Evangelio de Arques de María Magdalena.

Durante las siguientes horas de insomnio, tomó la decisión de limitar su búsqueda de información a la historia del laberinto. No cabía duda de que era una herramienta de extraordinaria importancia en el mundo de las culturas «herejes», y estaba fascinado por las múltiples referencias que encontraba en la historia de María Magdalena. Mientras examinaba la biblioteca de referencia sin parangón que tenía a su disposición, Peter empezó a trabajar febrilmente en una cronología que le ayudaría a organizar lo que fuera descubriendo.

Conocía bien los numerosos laberintos que podían encontrarse en iglesias góticas. Había varios en Francia, y algunos más pequeños en Italia. En su opinión, nadie había aportado una explicación plausible a la presencia de este símbolo pagano en templos católicos. Ahora, con el manuscrito de Magdalena, era consciente de que aquel símbolo antiquísimo encerraba más misterios de los que había imaginado jamás.

Peter sabía que existía un laberinto muy grande construido en piedra en el suelo de la catedral de Chartres, una obra maestra del gótico francés situada a unos setenta y cinco kilómetros de París. Abarcaba la mayor parte de la enorme nave, pero no lo había podido ver durante sus visitas. Por motivos que nunca había podido comprender, los poderes de la Iglesia que administraban Chartres tomaron la decisión, casi doscientos años antes, de ocultar el laberinto a base de cubrirlo con filas de sillas plegables.

¿Existía otro motivo para que la Iglesia católica quisiera mantener oculto el laberinto y prohibido a la vista del público? Era una obra maestra arquitectónica, y tan sólo el hecho de que contara con ochocientos años de antigüedad y estuviera construido con precisión matemática en el apogeo del período gótico bastaba para defender su exhibición, por no decir nada de su protección. Y, no obstante, las sillas plegables habían arañado, desconchado y dañado la piedra del laberinto con el paso de los años, pero daba la impresión de que a la Iglesia no le importaba en absoluto. En el mejor de los casos, ese trato parecía negligente. En el peor, parecía un acto de vandalismo intencionado perpetrado por sus hermanos de religión, responsables de la presencia de las sillas y del daño sistemático causado al laberinto. ¿Era intencionado ese daño?

Además, la catedral de Chartres era enorme y podía acoger a varios miles de personas. Se decía que cabía en su interior un estadio de fútbol, y tenía doce pisos de altura hasta la bóveda. Aquellas hileras de sillas sobrantes no podían necesitarse para acomodar a los fieles, salvo tal vez en las ocasiones más destacadas o en los días más señalados, como Pascua o Navidad. Peter empezaba a convencerse cada vez más de que se trataba de un acto deliberado de ocultar el laberinto, un encubrimiento literal que había empezado a principios del siglo xix y continuaba hasta la actualidad.

Se le revolvió el estómago al pensar en ello. Como sacerdote, era doloroso para él afrontar acciones de la Iglesia contrarias por completo a lo que Jesús había defendido. Pero durante los últimos dos años había visto cada vez más pruebas de esto. De hecho, se estaba convirtiendo en su reto diario. Y si bien todavía no estaba preparado para defender la santidad de los laberintos por lo que se refería a las enseñanzas de Cristo, pensaba que, como mínimo, debían ser respetados como obras de arte sacro, instaladas en lugares de culto por constructores y orfebres magistrales de la edad de oro de la arquitectura.

Peter continuó examinando las notas que había tomado, y las dividió en categorías en vistas a posteriores investigaciones: laberintos en iglesias, Francia, Italia, conexiones bíblicas. ¿Qué cabía pensar de la conexión con el rey Salomón mencionada por el Maestro? Merecía una investigación. Salomón podía estar relacionado con la construcción de un laberinto por múltiples motivos: el más obvio era que se le atribuía la construcción del Templo de Jerusalén, de manera que las aplicaciones arquitectónicas eran evidentes. Y desde luego, como hijo del linaje davídico (David era el padre de Salomón), Jesús habría podido heredar los planos del Templo, así como otros objetos arquitectónicos. De hecho, era muy probable que se encontraran enseñanzas secretas en el seno de una familia de linaje y sabiduría legendarios. ¿Poseía Jesús los planos del Templo y de otros edificios, conservados por la familia? ¿Era el laberinto de once círculos de Salomón una de estas enseñanzas? ¿Qué más legó Salomón a su descendiente más santo? ¿Utilizó Jesús algunas de estos elementos en el Libro del Amor?

Las manos de Peter se pusieron a temblar cuando encontró las referencias al laberinto perfecto cincelado en la pared exterior del pórtico oeste de la iglesia de San Martín de Lucca en el año 1200, la misma iglesia que había albergado la Santa Faz de Matilda. Construido a la altura del ojo, era un laberinto pequeño, de unos sesenta centímetros de diámetro, nada que ver con el de la catedral de Chartres, con un diámetro de trece metros. El laberinto de Lucca era único en el sentido de que permitía a los fieles recorrerlo con el dedo antes de entrar en la iglesia. Estos laberintos pequeños eran convenientes por dos razones que Peter pudo discernir. La primera y más evidente era que dotaban del símbolo sagrado a lugares que no podían acogerlo en el suelo por falta de espacio. La segunda era que los laberintos tallados en las paredes no podían taparse con sillas.

También era exclusiva de Lucca la leyenda escrita en una columna vertical al lado del laberinto, una leyenda pagana que, en apariencia, no pintaba nada en el exterior de una catedral católica y desafiaba toda explicación. En tres hexámetros, reza en su traducción del latín:

Aquí está el laberinto construido por Dédalo el

cretense y del que nadie puede salir una vez dentro.

sólo Teseo fue capaz de hacerlo gracias al hilo de

Ariadna.

Peter descubrió en una fuente otra información muy interesante en relación con Lucca. Una oscura referencia italiana afirmaba que el centro del laberinto, ahora destruido junto con la imagen de Teseo, contenía en otro tiempo la continuación de la leyenda, la cual representaba la moraleja de la fábula:

Y todo por amor.

El que existiera un laberinto perfecto de once círculos no podía ser casualidad, y que fuera similar al laberinto de Chartres en términos de geometría y diseño de sus senderos curvos, tampoco. En concreto, Chartres y Lucca estaban relacionados de una forma más íntima que los demás laberintos, casi como si hubieran sido diseñados por la misma persona.

El laberinto se había relacionado durante varios miles de años con la sagrada unión, como resultado de la poderosa y duradera leyenda de Ariadna. El manuscrito de Matilda indicaba que hasta Jesús podía haber conocido la leyenda. Sin embargo, las pruebas de la Edad Media daban a entender que los monjes que habían transcrito las leyendas de los laberintos griegos para la posteridad habían decidido a propósito cambiar el enfoque. En lugar de conservar los complejos y potentes matices de amor y pérdida, los hermanos reescribieron las leyendas, de manera inexplicable, como tratados de arquitectura. La presencia de Ariadna fue eliminada por completo. Tampoco podía ser casualidad. Ariadna fue borrada de su propia historia. Según muchas fuentes, incluidas pruebas arqueológicas, el propósito de la leyenda era resaltar la importancia de Ariadna como Señora del Laberinto, que protege a su hombre y al pueblo inocente con su amor. No obstante, su presencia había sido eliminada por completo, muy posiblemente aposta, en versiones posteriores.

Del mismo modo, María Magdalena había sido ninguneada, y a veces eliminada, de crónicas aceptadas de la vida de Jesús, también por hombres de la Iglesia. Peter empezó a trabajar en una teoría radical: los «herejes» que no estaban dispuestos a permitir su desaparición habían convertido a Ariadna en un símbolo alegórico de María Magdalena. La supervivencia de Teseo, el hecho de que hubiera vuelto a surgir del laberinto después de afrontar la muerte, era una metáfora de la resurrección. Ariadna, quien le había protegido con su amor, fue la primera en ser testigo de su gloria como salvador de su pueblo, al igual que Magdalena, la que unció a Jesús, fue la primera en ser testigo de la gloria de su resurrección como Salvador de su pueblo. La unión de Teseo y Ariadna podía representar el amor de Jesús y María Magdalena. Su historia permitiría a los herejes plasmar sus enseñanzas a la vista de todos. El hilo de Ariadna simbolizaba la devoción de María Magdalena, la mujer que había llevado el Libro del Amor a Europa y dedicado su vida a protegerlo. Siguiendo el hilo de la verdad, como Teseo, podemos salir de la oscuridad de la guarida del Minotauro y encontrar la luz de la libertad.

A la mañana siguiente, después de pasar una mala noche, Peter reanudó su investigación y encontró una referencia a otra iglesia italiana que le causó honda impresión. San Michele Maggiore, de Pavia, una ciudad del norte de Italia, fue construida en vida de Matilda y estaba dentro de sus territorios. En algún momento de los siglos XII o xiii instalaron un laberinto en el presbiterio, ahora destruido en su mayor parte. Pero existían dibujos del edificio original cuando estaba intacto, y pudo conseguirlos en la Biblioteca Apostólica del Vaticano. Era un perfecto laberinto de once círculos, como en Chartres y Lucca. En el centro había la leyenda «Teseo entró y mató al monstruo híbrido». En este caso, el monstruo no era un minotauro, sino un centauro, un ser mitad caballo mitad hombre. Daba la impresión de existir una pauta en los diseños de laberintos de la Edad Media, que se prolongaba hasta el Renacimiento, en la que se sustituía al Minotauro por un centauro. ¿Era deliberado? ¿Era una referencia a otro tipo de animal?

¿Podía ser la Iglesia el «monstruo híbrido», que estaba iniciando la persecución de los cristianos «puros» en la Edad Media? Peter meditó sobre esta idea un momento. Durante los dos últimos años, la Iglesia se había convertido en eso para él, un híbrido de belleza y dolor, verdades y mentiras. Era una institución en la que todavía creía con enorme pasión la mitad del tiempo, y que le desesperaba la otra mitad.

Mantua

1052

—No fue un accidente, Isobel. Me avergüenza decir que estoy emparentada con el miserable que porta la corona de Germania.

Beatriz paseaba de un lado a otro de sus aposentos, muy nerviosa.

La sospechosa muerte de Bonifacio el 6 de mayo de 1052 causó gran consternación en Toscana. Muchos susurraban que el emperador germano, Enrique III, era el responsable. El «accidente de caza» olía sospechosamente a un asesinato perpetrado por un monarca codicioso, devorado durante muchos años por la envidia del gran Bonifacio. Y si bien el obstáculo había sido eliminado, Enrique, primo de Beatriz, quizá no había trazado un plan tan perfecto como creía.

—Pero me vengaré. También soy pariente del Papa, y se ha aprestado a brindarnos protección a Matilda y a mí. Enrique no se atreverá a confiscar las riquezas de Bonifacio, pues las repercusiones serían demasiado grandes. Los vasallos de Toscana se alzarían contra él. Además —Beatriz bajó la voz para que sólo la oyera Isobel—, hemos trazado un plan que no puede fracasar.

—Rezaré para que sea así, mi señora.

Isobel estaba aterrorizada en secreto por Matilda, y debía confiar en que Beatriz haría lo necesario para protegerla.

Ésta continuó, mientras una sonrisa de satisfacción curvaba sus labios al tiempo que explicaba su estrategia.

—El papa León se ha encargado de prometerme de inmediato con Godofredo de Lorena.

Isobel lanzó una exclamación ahogada. No se esperaba esto. La idea era controvertida por muchos motivos, empezando por el odio no disimulado que sentía Godofredo hacia el emperador. Se había rebelado en público contra el corrupto monarca, por lo cual era muy insultante para Enrique que el Papa otorgara las propiedades de Bonifacio a Godofredo de Lorena, so pretexto de proteger a Beatriz y a su hija. Pero todavía faltaba hablar de un tema todavía más espinoso.

—Pero, mi señora, Godofredo de Lorena es primo carnal vuestro. Es una violación de la ley eclesiástica.

Beatriz ya lo había planificado todo. Estaba demostrando ser mucho más astuta de lo que Isobel había imaginado.

—Hemos accedido a hacer voto de celibato antes de consagrar el matrimonio en la iglesia. A mí ya me conviene, pues ningún hombre volverá a tocarme ahora que mi Bonifacio ha muerto. —Se ablandó un momento, y adoptó el aspecto de una viuda flagelada por el dolor—. Tú lo comprenderás mejor que nadie, Isobel.

Ésta lo comprendía. Pues si bien Beatriz no practicaba las sagradas leyes del hieros-gamos como hacía la Orden, las conocía muy bien. Bonifacio había sido su amado en el sentido más santo, y le lloraría el resto de su vida.

—Es un acuerdo estrictamente de conveniencia. —La noble máscara de energía había retornado—. Matilda necesita un poderoso defensor que proteja sus territorios. Como mujer, no puede heredar, pero te he llamado para decirte algo más, Isobel.

Ambas mujeres nunca habían sido íntimas. De hecho, la madre de Matilda experimentaba unos profundos celos del afecto que sentía su hija por la niñera. De modo que, si bien el aya sospechaba que Beatriz ocultaba algún motivo para haberla informado de su plan, no se esperaba lo que oyó a continuación.

—Para asegurar la protección de mi hija, el Papa ha decidido que Matilda debe comprometerse con el hijo de Godofredo, el futuro duque de Lorena, a lo cual he accedido.

Isobel sabía que no podía influir en esta decisión, pero el corazón le dio un vuelco y se vio obligada a reprimir las lágrimas. Entregar una hija a un matrimonio de conveniencia era una blasfemia según las enseñanzas de la Orden, para la cual el poder del verdadero amor era el mayor sacramento. ¿No se daba cuenta Beatriz de que acaba de sentenciar a desdicha perpetua a su mágica y especial hija?

Pero cuando la viuda anunció la noticia a Isobel, todo estaba atado y bien atado. La exquisita condesita de Canossa estaba prometida a un joven que ya era conocido por el infortunado mote de Godofredo el Jorobado.


Cuando el primo de Beatriz, el papa León IX, murió inesperadamente la primavera de 1054, la fortuna de Matilda y su madre cambió de nuevo, esta vez con graves repercusiones. Enrique III se abalanzó de inmediato como el buitre que era para «reclamar» sus enormes posesiones feudales de Italia. El nuevo marido de Beatriz, el duque Godofredo, la abandonó para proteger sus propiedades de Lorena, amenazadas de manera simultánea en un inteligente movimiento estratégico llevado a cabo por Enrique. Sin medios de protección, Beatriz y su hija fueron encarceladas por el rey germano, quien se había coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Enrique III trasladó a Beatriz y Matilda bajo fuerte vigilancia. La pequeña ya no era una heredera. Por decreto imperial, había perdido todo cuanto la familia de su padre había acumulado durante cuatro generaciones. El emperador anunció que Beatriz y Matilda vivirían de su caridad y bajo su autoridad en la corte germana de Bodsfeld, hasta que él decretara otra cosa. Eran prisioneras, secuestradas por un monarca codicioso y narcisista que contaba con todas las ventajas.

Aunque todavía no era más que una niña de nueve años, la injusticia de tan atroz tiranía no escapaba a Matilda.

Era demasiado. No sólo había perdido a su amado padre, su herencia y su hogar, sino que ahora estaba exiliada del amor maternal más consistente que había conocido. Isobel, a la que prohibieron el acceso a su pequeña pupila en cuanto la secuestraron, regresó a Lucca para rezar por la liberación de su hija amada.

Bodsfeld, Alemania

1054

Matilda despertó sobresaltada. Parpadeó al distinguir las primeras señales de la luz grisácea del amanecer, que se filtraba por las ventanas. Alemania era fría y oscura a finales de octubre. No tenía el consuelo de la luz dorada del sol, ni del calor de la Toscana, que aliviara el dolor de la pérdida sufrida durante este año y medio de cautividad. Odiaba Alemania, y odiaba al hombre que la había encerrado, que había asesinado a su padre y robado su herencia, que había humillado a su madre reduciéndola a la condición de mendiga. Sobre todo, odiaba a su hijo, el maligno demonio que era su primo de seis años y, a la larga, heredaría el trono de Alemania. Aquel niño pequeño era capaz de infligir terror y desdicha más allá de toda comprensión, pero este infants terribilis también llamado Enrique era capaz de todo y siempre se salía con la suya. Su, por lo demás, severa y beata madre francesa le idolatraba con una obsesión que bordeaba la imbecilidad.

Cuando Matilda levantó la cabeza, recordó lo perverso que podía llegar a ser su primo pequeño. Notó pegajosa la nuca. Otra vez no. Se llevó las manos al pelo y sintió con un vuelco del corazón que sus hermosos rizos cobrizos estaban embadurnados de una sustancia espesa y pegajosa. Acercó los dedos a la nariz para oler la mugre ofensiva vertida sobre su cabeza. Miel. Mezclada con algo más, algo negro y aceitoso que, sin duda, se endurecería y destruiría sus rizos.

—¡Mamá!

Lo único positivo de la cautividad de Matilda era que había reforzado la intimidad con su madre, Beatriz. Ahora sólo se tenían la una a la otra. Matilda había llegado a darse cuenta de que era mucho más fuerte y culta de lo que había sospechado jamás, y comprendió que la docilidad mostrada hacia su padre había nacido del respeto y la elección propia antes que de la debilidad. Durante toda su cautividad, Beatriz hablaba con su hija de posibles opciones políticas, y le reveló que aún le quedaban aliados en toda Europa. Pese a la aparente indiferencia de Godofredo de Lorena, era un hombre fuerte e inteligente, y sabía que si Beatriz y Matilda recobraban la libertad recuperaría sus posesiones del norte de Italia. De hecho, había espías de Lorena en el castillo, y habían entregado a hurtadillas notas de ánimo a Beatriz. Godofredo estaba trabajando en una estrategia para liberarla. Era lenta, pero ya se estaba llevando a la práctica. Estaban callados, pero no derrotados.

A su vez, Beatriz se dio cuenta de lo inteligente y fuerte que era su única hija superviviente, lo cual alentó sus esperanzas en el futuro. Matilda era la heredera por derecho propio de los territorios de Bonifacio. Tal vez la temporada de cautividad había sido positiva para ella, la había transformado en un paladín de la justicia y deparado una dura, aunque necesaria, educación en política.

Tras oír llorar a su hija, Beatriz acudió a toda prisa desde la habitación contigua, donde estaba inmersa en sus bordados. Eran prisioneras, pero en un palacio donde no las trataban mal. La madre de Matilda encontraba solaz en trabajar con las manos, pues la tarea contribuía a tranquilizar su mente y le permitía pensar. Había intentado educar a Matilda en la labor de aguja, pero a su hija no le interesaban las tareas domésticas femeninas. Se le antojaba una rendición, y no iba a rendirse, y en este lugar menos. Jamás.

—¡Ese asqueroso de Enrique ha vuelto a verter miel sobre mi pelo!

Matilda no lloró. No iba a conceder a su primo la satisfacción de verla llorar como resultado de su cruel broma. Además, ya lo había hecho antes. Esta vez, se sentía más preocupada. En la última ocasión, habían eliminado la miel y su glorioso pelo había permanecido intacto e ileso. Esta vez, Enrique había mezclado miel con alguna otra sustancia para lograr que la pócima fuera más destructiva, algo que Matilda era incapaz de identificar. Pero notaba que su pelo estaba empezando a ponerse duro, y le entró el pánico.

—Deprisa, madre. Hemos de intentar lavarlo antes de que se ponga duro. No quiero darle la satisfacción de tener que cortarme el pelo.

Beatriz todavía podía ganarse la sumisión de la servidumbre, incluso en cautividad. Ordenó que llenaran de agua caliente una bañera y trajeran el tosco jabón de raíces de plantas que los habitantes de la zona iban a buscar a los bosques de las Ardenas. Este jabón era el detergente utilizado para lavar ropa, pero sería necesario probar algo tan drástico si quería salvar el legendario cabello de su hija.

—Nunca le he hecho nada —se quejó Matilda—. ¿Por qué me odia tanto?

—Porque está celoso de ti, y porque es el malvado engendro de un padre cruel y una madre zoquete —respondió con acidez Beatriz—. Que Dios se apiade de Alemania si alguna vez llega a ser rey. Ni siquiera es lo bastante listo para llevar los cerdos a la cochiquera, y mucho menos para gobernar Europa. Y si es tan malvado a los seis años, sólo el buen Dios es capaz de imaginar cómo será cuando tenga años suficientes para abusar de su poder y gustar del soborno. O peor.

Desde el día de su llegada a Alemania, el heredero del trono, el impulsivo Enrique, había aterrorizado a Matilda con incesante porfía. Pasaba los días tramando maneras de hacerla desdichada, y las noches llevando a la práctica dichos planes. Muchas de sus actividades tenían como objetivo estropearle el pelo, con el que estaba obsesionado. A veces, la seguía a todas partes y se burlaba de ella con un arco y flecha de juguete, al tiempo que gritaba: «Mira, soy Bonifacio, el duque muerto de Toscana». Después fingía que le disparaban a la garganta y caía al suelo retorciéndose.

Matilda, que había sido educada en la fe del poder del amor, rezaba cada noche desesperada: Querido Dios, os ruego que me perdonéis por lo mucho que le desprecio. Sé que vos decís que debo amar a mis enemigos, pero esto es demasiado. Pese a su ira, intentaba recitar el Pater Noster cada noche antes de acostarse, tal como le había enseñado su Maestro. La lección del quinto pétalo, perdónanos nuestros errores y deudas así como nosotros perdonamos a los demás, siempre era la más dura. Enrique el Terrible le proporcionaba numerosas oportunidades de esforzarse en aquella lección.

Sus malos tratos verbales eran incesantes, y consistían en variaciones de «Padre dice que eres mitad bárbara y no mereces gozar de tantos lujos, pero no se atreve a echarte a la calle porque intentarás lanzar a tus hordas paganas contra su sacra persona imperial».

Enrique también decía cosas terribles de Beatriz, cosas que Matilda no podía comprender a la edad de seis años, acerca de su anormal y pervertido matrimonio con su primo carnal Godofredo de Lorena, que la había convertido en un monstruo a los ojos de Dios. Encerraron bajo llave a Matilda en su habitación durante más de una semana después de que golpeara a Enrique en la cara, infligiendo graves daños a su delicada nariz. Era lo único delicado de aquel cuerpo abominable, apocado y gordinflón, y la pequeña había cometido el error de repetir estas exactas palabras a la reina cuando acudió al rescate de su precioso hijo. Agnes de Aquitania estuvo a punto de desmayarse a causa de la audacia de Matilda, y exigió que la niña bárbara del peculiar pelo llameante fuera apartada de su vista hasta nuevo aviso. El color de aquel pelo era anormal, sin duda, como todo lo concerniente a aquella criatura perversa y salvaje que atormentaba a su precioso corderito.

Beatriz eliminó con cuidado la sustancia pegajosa del pelo de su hija utilizando el tosco detergente del jabón. Exhaló un suspiro de alivio: la miel estaba desapareciendo y no habría que cortar el pelo. La mezcla de Enrique lo había descolorido un poco, pero el tiempo no tardaría en restaurar su glorioso color rojo dorado.

Una vez solucionado el desastre, Matilda ordenó que les trajeran lectura, junto con su confesor, fra Gilbert, quien había recibido permiso para acompañarlas al exilio, pues le consideraban un leal súbdito alemán. Beatriz pidió los escritos de san Agustín, y se los entregó a Matilda para que leyera. Al menos, servirían para continuar la educación de su hija. Quería que fuera una experta en política cuando esta pesadilla terminara, algo que estaba segura que ocurriría.

La niña se puso a estudiar ante su pequeña estatua de santa Modesta, la que le había regalado la familia de Isobel para celebrar su nacimiento. Modesta era reconocida como santa en el seno de la Orden y por el pueblo de la Beauce, en Francia, porque había dedicado su vida sin temor a las enseñanzas del Libro del Amor. La estatua era la única posesión que habían permitido llevar a Matilda desde Toscana, y casi siempre constituía su único consuelo.


Aquella noche, madre e hija cenaron solas en una pequeña antecámara desnuda de palacio, donde reinaba un frío glacial. Algo había pasado, pero no imaginaban qué podía ser. No habían visto a la familia en todo el día, y Enrique no había ido a regocijarse de su sigilosa misión de destruir el pelo de Matilda. Esto era muy poco corriente, pues el pequeño tiranuelo sólo deseaba llamar la atención con sus fechorías.

A la mañana siguiente, llegó la noticia que aportó felicidad a Matilda por primera vez desde hacía dieciocho meses. El emperador alemán y ladrón asesino, Enrique III, había fallecido de unas fiebres aquella noche. La suerte de su familia era muy insegura, pues el caos se apoderó al instante de Alemania y los territorios circundantes. La reina Agnes no tuvo tiempo de llorar a su marido, pues fue preciso adoptar medidas urgentes. Fue declarada regente y única tutora de su hijo, quien a partir de aquel momento sería conocido como Enrique IV.

Matilda y Beatriz estuvieron olvidadas durante unos días, sin noticias y sin recibir la visita de Agnes o de su hijo. El cuarto día, Godofredo de Lorena, quien había esperado tal oportunidad durante la larga cautividad de madre e hija, se presentó ante las puertas de Bodsfeld y le concedió una oportunidad a la reina regente. Accedió a jurar lealtad a ella y su hijo, junto con los vasallos más ricos de Lorena, con el fin de unificar la región y crear cierta estabilidad en el inseguro reino. A cambio, Agnes reconocería como legítimo el matrimonio de Godofredo con Beatriz y les devolvería las propiedades de Bonifacio.

La reina Agnes, atrapada y confusa, accedió. No tenía ni idea de estrategia política, ni tiempo para pedir consejo sobre la crisis que amenazaba el futuro de su hijo. Estaba desesperada por intentar conservar Lorena y Sajonia para su hijo en el caos que seguiría a la muerte de su marido, un monarca impopular e injusto que había gobernado mediante el miedo. Su principal prioridad tenía que ser la protección de Alemania y los territorios aledaños. En aquel momento, Italia era la última de sus preocupaciones, y Godofredo supo aprovechar la oportunidad. En el mundo voluble de la política europea, elegir el momento oportuno era fundamental.

Matilda y Beatriz partieron de Alemania en dirección a Florencia en 1057, con el fin de reanudar su vida como familia del duque Godofredo de Lorena. Matilda se negó a mirar atrás cuando dejó Alemania a su espalda, decidida a no volver a pisar jamás aquella tierra helada olvidada de Dios, a menos que fuera absolutamente necesario para cumplir la voluntad del Señor.

Toscana estaba destrozada.

Lo que cuatro generaciones de la familia de Matilda se habían esforzado por construir (un país próspero en que el pueblo medraba y los recursos naturales se empleaban con sumo cuidado) había sido deshecho completamente por el rey alemán en menos de dos años. Enrique había violado esta tierra, robado su riqueza, y aquel pueblo orgulloso había tenido que vivir de la mendicidad. La piratería, caracterizada por robos y asesinatos, había regresado a las vías fluviales, pero esta vez bendecida por la corona de un emperador.

Mientras atravesaban la Toscana, la joven Matilda se sintió asqueada y aterrorizada por lo que presenciaba. Habían desaparecido las vitales y prósperas ciudades y pueblos de su niñez, lugares que había visitado con su padre, a quien vitoreaban como a un príncipe. En su lugar se alzaban edificios destartalados, donde los habitantes se refugiaban en las sombras al oír el sonido de cascos de caballos, a lomos de los cuales cabalgaban conquistadores y ladrones, de los cuales no cabía esperar ni protección ni misericordia.

Fue en uno de estos pueblos, situado en los alrededores de la fortaleza de Canossa, donde la familia se detuvo una noche en busca de comida y refugio. Matilda estaba agotada por el viaje a través de los Alpes, pero mucho más por el peaje emocional de lo que había visto durante el camino. Cuando entraron en el pueblo, al principio no entendió qué estaba pasando. Como alguien que ha experimentado la cautividad y los malos tratos, temió que la multitud congregada constituyera un peligro para ella. Pero cuando su comitiva se acercó más, consiguió entender el cántico de los aldeanos.

—¡Ma-til-da! ¡Ma-til-da!

Un grupo de niños cargados con flores corrieron hacia ella y las depositaron a sus pies. Les siguieron sus padres, que vitoreaban el regreso de su amada condesa. Aquella noche, en el tenue calor de lo que había sido la sala de banquetes del señor local, Matilda se reunió con los habitantes del pueblo. Muchos acudieron a contarle espantosas historias de asesinatos y tragedias, a manos del codicioso y cruel monarca extranjero. Con once años de edad, Matilda escuchaba todas las historias sentada al lado de su madre y su padrastro. Los relatos de las injusticias cometidas contra aquel hermoso pueblo, el suyo, conmovieron los rincones más profundos de su corazón y su espíritu. No se perdió un detalle y lo archivó todo. Juró en silencio que cuando hubieran iniciado una vida nueva, encontraría una forma de compensar a aquella gente por sus sufrimientos.

Los aldeanos fueron a suplicar al duque Godofredo, su nuevo señor, que les devolviera sus terrenos y les ayudara a reconstruir sus viviendas, al tiempo que apostaba tropas para protegerlos. Pero la mayoría acudieron a ver a la legendaria condesa, porque había nacido en Toscana y era la hija de una gran profecía. Era Matilda quien representaba la chispa de esperanza para la gente del norte de Italia. Era Matilda quien devolvería a la Toscana su anterior y glorioso estado de paz y prosperidad.

El pueblo estaba seguro de ello, y también Matilda.

Existen formas de unión más elevadas que otras,

más fuertes que las mayores fuerzas, con el poder que es su destino

Los que viven esto ya no se separan.

Son uno, sin distinción de cuerpos.

Los que se reconocen mutuamente conocen la dicha sin igual

de vivir juntos en esta plenitud.

El tiempo vuelve.

Cuando las Familias de Espíritu se unen en la tierra, reina el regocijo en la casa de El y Asherah. Los que se reconocen mutuamente en esta vida viven una plenitud inalcanzable para quienes no disfrutan de esta bendición.

La única dicha mayor que la unión [...] es la reunión. Existe un despertar que ha de suceder aquí. Tenéis que despertar en este cuerpo, pues todo existe dentro de él, y sólo mediante este despertar tendréis ojos para ver y oídos para oír. Sólo mediante este despertar reconoceréis y recordaréis a aquellos con quienes vuestro destino es reuniros.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

Del Libro del Amor,

tal como se conserva en el Libro Rosso.



7

Florencia

1057

El duque Godofredo eligió Florencia para establecer su nuevo hogar, pues la prefería mucho más que Mantua, donde era difícil competir con el recuerdo de Bonifacio. Desde Florencia podría trabajar en un entorno más cosmopolita y politizado. Mantua, Módena y Canossa eran más provincianas en comparación. Amplió y renovó un antiguo palacio que existía en el centro de la ciudad, cerca del impresionante Baptisterio octogonal que dominaba Florencia.

Matilda se acostumbró a su vida en Florencia, gracias en parte al reencuentro con su amada Isobel. Beatriz, que ahora trabajaba con ahínco en la administración de las propiedades toscanas en nombre de su hija, estaba demasiado ocupada de nuevo para dedicarse a la pequeña como antes. Si bien su estancia en Alemania las había acercado más que nunca, Matilda siempre necesitaría y ansiaría los cuidados de Issy.

Isobel estaba preocupada por los cambios padecidos por Matilda durante su cautividad en Alemania. Había perdido parte de su inocencia, y le costaría confiar en alguien que apareciera por primera vez en su vida. Además, se mostraba inquieta y combativa en la pasión que sentía por la justicia. Isobel y el Maestro se dieron cuenta de que deberían trabajar mucho y deprisa para subrayar que el deseo de justicia no debía estar contaminado por la venganza. Pues si una era obra de la luz, la otra lo era de la oscuridad. Como líder, Matilda debía aprender a actuar desde el amor siempre que fuera posible. Pues éste lo conquista todo.

En lo tocante a los propósitos de la Orden, la condesa no había recibido educación espiritual durante casi dos años, que eran fundamentales en el desarrollo de un niño. Durante su cautividad, su única instrucción religiosa había consistido en las rígidas interpretaciones ortodoxas que eran el pan nuestro de cada día de la familia real alemana. Trabajar para deshacer ese entuerto iba a constituir un desafío. Como resultado, el círculo interior de la Orden del Santo Sepulcro de Lucca había llegado a la conclusión de que era preciso tomar medidas de emergencia. El Maestro se trasladaría a Florencia, donde la Orden tenía una sede, un monasterio situado a orillas del río Arno que llevaba el nombre de la Santísima Trinidad, Santa Trinità. Una comunidad de monjes, reservada y un tanto misteriosa, que mantenía lazos con la Orden, había construido un monasterio en aquel lugar en el siglo x, bajo el patrocinio de Sigfrido de Lucca, el legendario tatarabuelo de Matilda. Los monjes no sólo simpatizaban con los orígenes de la Orden, sino que algunos eran descendientes de las más poderosas familias del linaje y miembros de ella.

En Santa Trinità, Isobel y el Maestro reanudarían la educación de Matilda. Recuperarían a su hija, la preciosa Esperada, y la devolverían al Camino del Amor. Se encargarían de que gozara de todas las oportunidades de cumplir su destino. Le enseñarían que Dios le había concedido la prueba del encarcelamiento y la injusticia por un motivo, para que conociera y comprendiera el dolor de ese trato. Debería utilizar esta experiencia para influir en sus decisiones como líder, con el fin de recordar a la humanidad, a todos y cada uno de sus vasallos, lo que enseñaba el Libro del Amor, que todos los espíritus humanos eran iguales, y ningún hombre o mujer era más valioso que otro. Tal vez el destino de algunos parecía más eminente, pero eso era desde la perspectiva humana. A los ojos de Dios, todas las almas poseían el mismo valor.

Aunque las lecciones que había recibido Matilda eran duras para alguien de tan corta edad, el Maestro hizo hincapié en que formaban parte de un plan de Dios en vistas al destino de Matilda. La transformarían en la líder más grande y bondadosa.

Otro motivo de preocupación era que la experiencia de la pequeña condesa con el joven Enrique había contaminado sus relaciones con los demás niños de su edad, en especial del sexo masculino. El futuro dependería de sus habilidades diplomáticas, por lo general con hombres, de modo que era urgente enderezar ese problema. El Maestro decidió dar clases a Matilda en presencia de otros niños, empezando con un niño huérfano que había sido enviado desde Calabria debido a su mente veloz y características de líder. Era de una edad similar, y el Maestro creía que sería un buen compañero para su pupila. Se llamaba Patricio, y a los nueve años ya había demostrado disfrutar de dones espirituales e intelectuales. Patricio era un niño adorable, de carácter alegre, pero voluntad fuerte. Podría estar a la altura de Matilda, e incluso desafiarla. Se parecían lo bastante para llevarse bien, pero también para estimularse mutuamente. Era una solución perfecta que podía ser muy terapéutica para la niña.

Florencia

1059

—Madre, deseo recibir instrucción de soldado.

Beatriz dejó a un lado las cuentas que había estado examinando cuando su hija, ahora con trece años y de una belleza excepcional, le habló desde la puerta.

—Entra y habla con propiedad, Matilda. No puedo permitir que grites esas cosas desde el pasillo para que toda la casa se entere. —Beatriz sonrió para indicar que no estaba disgustada con el comportamiento impetuoso tan típico de su hija. No sólo lo esperaba, sino que lo consideraba parte de su encanto—. Siéntate, querida. Bien, ¿qué es este capricho y de dónde ha salido?

—He estado estudiando las leyes sucesorias.

Matilda se sentó frente a su madre a una tosca mesa de madera. Era una mesa de comedor, pero Beatriz prefería trabajar en ella porque tenía mucho espacio, y podía reunir todas las cuentas en un solo lugar. Por necesidad, se había convertido en una administradora astuta y eficaz, por el interés tanto de su hija como de su marido.

Dedicó a su hija toda su atención. No cabía duda de que estaba decidida a abundar en el tema, y cuando la pequeña condesa se ponía seria, no aceptaba negativas. De nadie.

Matilda continuó con su apasionamiento acostumbrado.

—Y si bien la ley dice que una mujer no puede heredar tantas propiedades como las que poseemos, el motivo es muy concreto. Dice que una mujer no puede realizar tareas militares, y que los señores que controlan propiedades han de ser capaces de defender militarmente sus tierras. Así que… empuñaré la espada y demostraré que soy capaz de dirigir un ejército. Si puedo realizar tareas militares, y es mi intención demostrar que lo puedo hacer tan bien como cualquier hombre, o mejor, la ley no podrá oponerse a que yo herede. Mi destreza con los caballos ya es superior a la de cualquier hombre de Toscana, y Godofredo dice que mi comprensión de la estrategia es mayor que la de muchos de sus consejeros. Sólo necesito dominar el manejo de las armas para ser un soldado de pies a cabeza, capaz de defender mis tierras.

Beatriz asintió con aire pensativo. Si Matilda hubiera nacido varón, no cabía duda de que ya estaría en vísperas de convertirse en el más consumado héroe militar de su tiempo. Era un genio de la estrategia; había deleitado a su padrastro Godofredo con su aptitud para el ajedrez, y para los juegos militares que le preparaba sobre el papel. Hasta permitía que estuviera presente en sus reuniones, cuando los caudillos regionales de Toscana iban a Florencia para informarle. Si bien el duque de Lorena era considerado un hombre duro, había aprendido a amar a aquellas dos mujeres extraordinarias de su vida, y las trataba como a la familia en que se habían convertido. En Beatriz había descubierto a una compañera firme y valiosa en el complejo gobierno de un reino extenso. Si bien su matrimonio no se había consumado, tal como habían acordado, se había desarrollado un afecto mutuo basado en el respeto, pero más adelante en la ternura y el cariño. En varios documentos legales relacionados con ella, Beatriz se refería a Godofredo como «mi hombre».

El duque sentía una debilidad especial por la energía e inteligencia de Matilda, y la trataba como si fuera su hija, y con no poco respeto. Beatriz meditó sobre esta situación.

—Tu padrastro es indulgente contigo —dijo—, pero tal vez no lo permita. Lorena es un lugar mucho más conservador que Toscana. Ha de pensar en su reputación en ambas regiones.

—Lo permitirá. Ha de hacerlo. Y si las dos insistimos, no tendrá otro remedio que ceder. ¿No dice siempre que somos las dos mujeres más convincentes de Europa?

—Me atrevo a decirlo. Ya veo que lo has pensado muy bien, y no me sorprende. Dime, ¿sabe Isobel que quieres recibir instrucción militar?

Matilda asintió. Había hablado de su estrategia tanto con Issy como con el Maestro.

—No se oponen a nada que pueda asegurar mi herencia y proteger nuestras costumbres. Mi fuerza es su fuerza. Saben que la utilizaré para proteger las tradiciones, además de mis derechos. Creen que Dios me prestará protección especial en la batalla.

Beatriz asintió. Nada de esta hija de dos de las más grandes familias de Europa volvería a sorprenderla. Aunque ella no era seguidora de las profecías reverenciadas en Lucca, cada día estaba más segura de que su pequeña había nacido para un destino especial. Tal vez sí que era la hija de las profecías que el pueblo de Toscana había susurrado desde su propicio nacimiento. Era única en fuerza, belleza y sabiduría floreciente. Beatriz estaba orgullosa de ella, y estaba segura de que Godofredo se quedaría impresionado por su astuta interpretación de la ley. No le cabía duda de que había sido él quien le había facilitado los documentos legales para que los estudiara. Su inteligente interpretación no le sorprendería demasiado.

—Así sea. Tendré una hija soldado, si ése es tu deseo. Y hablaré con Godofredo esta noche cuando regrese. Necesitará encontrarte un maestro de armas apropiado, así como contrincantes para practicar…

Matilda la interrumpió.

—¿Para qué? ¿Para ponérmelo fácil? Creo que no, madre. ¿Cómo voy a dominar el manejo de las armas si me enfrento a chicos debiluchos, a quienes han ordenado que sean benevolentes conmigo? Quiero los mejores hombres de Toscana, y los más encallecidos. No me conformaré con menos.

—Ya me lo imagino. —Beatriz se sentía inquieta por si las bravuconadas de su hija fueran a convertirse en fuente de problemas, pero también estaba segura de que se saldría con la suya, como siempre—, Y eso es lo que conseguirás, si Godofredo da su consentimiento.

—Gracias. —Matilda se levantó e hizo una gentil reverencia—, Madre, también lo hago por ti —añadió en tono respetuoso—. Nadie nos va a robar nunca más lo que nos pertenece. Y nunca más un rey alemán asolará Toscana, robará nuestros recursos y aterrorizará a nuestro pueblo. Nunca más.

Beatriz contempló la impresionante belleza que tenía ante ella. Su forma de tensar la mandíbula (puro guerrero toscano) le recordó tanto a Bonifacio que las lágrimas anegaron sus ojos.

—Él estaría orgulloso de ti, hija mía.

Los ojos de Matilda también se humedecieron de inmediato. No transcurría un día en que no echara de menos a su padre. De hecho, hablaba con él cada noche, cuando decía sus oraciones.

—Él me ve, madre. Lo sé. Y conseguiré que se sienta orgulloso de mí.

Cualquier hombre de Europa cometería un grave error si creía que aquella chiquilla menuda y dé huesos delgados no podía ni quería defender lo que era suyo por derecho propio. Godofredo de Lorena no cometería esa equivocación. Accedió a la petición de Matilda con sorprendente rapidez, y se encargó en persona de seleccionar a su principal instructor militar. Conocía al hombre perfecto.


El cuchillo se clavó en pleno centro de la diana, con tal fuerza que sacudió el árbol. El temible caudillo que había arrojado el arma se volvió hacia Godofredo de Lorena con toda la fuerza de su ira.

—¿Te parezco una niñera lloriqueante?

En aquel momento, Conn de las Cien Batallas no habría podido parecer menos una niñera, lloriqueante o no. Avanzó hacia el blanco para retirar el arma, con una agilidad impropia de un hombre tan gigantesco. Era la hora más calurosa del día, y su ancho pecho desnudo estaba cubierto de sudor. Su pelo largo, de un extraordinario color rojizo que rivalizaba con el de su barba, estaba ceñido en la nuca con una correa de cuero, lo cual le proporcionaba el aspecto de un dios celta de las antiguas leyendas. En efecto, este gigante procedía de las mágicas y brumosas tierras de los celtas, y había llegado a Florencia unos años antes, por motivos que prefería no desvelar, en busca de alguien que le contratara como mercenario.

—En absoluto, Conn —replicó divertido Godofredo.

Aquel hombre era su soldado más leal y un amigo de confianza. Durante su primera entrevista, Conn se había mostrado reservado sobre su historia personal, pero Godofredo era un astuto juez del carácter de un guerrero, y se dio cuenta de que había inteligencia y algo más detrás de la fuerza bruta que tenía delante. Durante los tres años que habían sido aliados, el duque había descubierto extraordinarios matices en el hombre que luchaba a su lado con tal fuerza y lealtad. También sabía que, de puertas afuera, Conn era demasiado orgulloso, arrogante y severo como para consentir de inmediato en adiestrar a Matilda, y además estaba lo bastante cerca de sus hombres como para que le oyeran. Habría que forcejear un poco, pero Godofredo estaba seguro de ganar la partida. Porque sabía algo más de Conn. El gigante celta sentía debilidad por la muchacha, y comentaba con frecuencia sus extraordinarias aptitudes de amazona, así como su aspecto mítico cuando cabalgaba como el viento a lomos de un caballo.

No había la menor debilidad en la mirada que Conn dirigió a Godofredo mientras arrancaba el arma del blanco. Bajó la voz cuando habló al duque.

—Me convertirás en el hazmerreír de mis hombres. No lo haré.

—Eres muy capaz de manejar a tus hombres, diría yo. —Godofredo cabeceó, más serio—. Comprendo tus preocupaciones, Conn, pero te necesito. Eres el mejor guerrero y estratega de Toscana. No se trata de un capricho de Matilda. Se toma muy en serio lo de su adiestramiento. Es de suprema importancia que esté preparada ante una eventual guerra. No puedo perderla en el campo de batalla porque esté mal preparada para combatir. Eso destruiría a su madre, pondría en peligro el futuro de Toscana… y me mataría a mí también.

Conn rezongó y guardó el cuchillo en el cinto al mismo tiempo. Godofredo apoyó una mano afectuosa sobre el hombro del soldado.

—Por cierto, se trata de un servicio bien remunerado. Y si eso no es suficiente para convencerte, piénsalo así. —Godofredo estaba dispuesto a utilizar todo su ingenio para ganarse la aquiescencia de Conn, y en este caso jugó con el amor a su herencia celta—. Cuando Matilda sea la reina guerrera más legendaria que haya existido jamás, serás recordado como el gran hombre que la adiestró.

Lo había conseguido. La promesa de riqueza y honor legendario era demasiado para un hombre de tal linaje. Godofredo leyó en los grandes ojos del celta que le estaba gustando la idea. Cerró el trato.

—Además, hace falta un ser salvaje de pelo rojo para comprender a una pelirroja. Y cuando Matilda sea mayor, los dos pareceréis dos feroces hermanos cuando cabalguéis codo con codo. Vuestros enemigos se acobardarán sólo de veros, y los cronistas escribirán sobre vuestras aventuras hasta el fin de los tiempos.

Con un gruñido final, Conn prosiguió su exhibición de desdén y se alejó del duque, decidido a no revelar a nadie que, en secreto, estaba muy complacido con aquella tarea. Gritó su última frase para que la oyeran los hombres, que habían estado escuchando a escondidas.

—Estupendo, pero será mejor que lo que tú entiendes por un servicio bien remunerado coincida con mi idea.


—Entra, pequeña Boudica.

Aunque Conn estaba sentado en un taburete de espaldas a la puerta, tenía un oído muy agudo y los sentidos desarrollados de los guerreros más veteranos. Saber quién se acercaba por la espalda era una aptitud que decidía la supervivencia en el campo de batalla.

Matilda tragó saliva cuando entró en la cámara del soldado, una sala de armas contigua a los establos. Espadas y picas colgaban de las paredes, y sobre la mesa había hachas y cuchillos diversos. Les echó una mirada cuando se acercó al hombre que sería su nuevo maestro de armas. Si bien estaba entusiasmada en secreto por el hecho de que Godofredo la hubiera tomado lo bastante en serio para confiar su adiestramiento a su caudillo más avezado, la reputación de audacia en el campo de batalla de aquel hombre era sobrecogedora. Matilda no sabía muy bien qué debía esperar de él, pero estaba decidida a no dejarse intimidar.

Conn indicó con un ademán la mesa a la que estaba sentado, en dirección a un tablero de ajedrez. Aún no había levantado la vista para mirarla.

—¿Qué moverías si fuera yo? ¿Éste? —Indicó el caballo negro—. ¿O éste?

Señaló el alfil negro.

La muchacha contempló el tablero un momento antes de responder.

—Ninguno de los dos.

Conn levantó la vista por primera vez y miró a la adolescente que sería su protegida. Contuvo el aliento. La había visto de lejos cuando cabalgaba con Godofredo, pero de cerca era impresionante. Incluso con sus toscas prendas de entrenamiento, estaba tan atractiva como si fuera cubierta de sedas y joyas. Tal vez esto le conferiría ventaja en el campo de batalla, pues los hombres se quedarían desarmados por su apariencia. Tendría que estudiar todas las perspectivas posibles que le concedieran ventaja en la guerra, pues su escasa estatura iba a causarle problemas.

—¿Qué quieres decir? Los dos movimientos son buenos.

Matilda asintió y se acercó más al tablero.

—Sí, pero los dos son evidentes y sólo aportan un alivio inmediato. Si calculas lo que sucederá dentro de tres o cuatro movimientos, verás que ninguno de los dos te resulta beneficioso a la larga. Yo iría a por la torre. Tardarás más, pero las posibilidades de comerte el rey blanco serán más numerosas. Jaque en seis Si tu contrincante es torpe, jaquemate.

Una sonrisa iluminó el rostro del celta.

—No me has decepcionado, muchacha. Has superado tu primera prueba. Siéntate y jugaremos una partida.

Matilda vaciló.

—¿Qué quieres decir con que me siente?

Conn se encogió de hombros.

—¿Acaso «sentarse» tiene otro significado que yo ignoro?

La condesa replicó con sarcasmo.

—No, pero no he venido a jugar al ajedrez. Ya lo hago con los viejos del castillo. He venido a aprender el manejo de las armas.

Conn la dejó estupefacta cuando se levantó como un rayo, tirando la silla al suelo al mismo tiempo. Le agarró la muñeca con rudeza y se la retorció a la espalda hasta que Matilda lanzó un grito de dolor. La sujetó unos segundos más para que comprendiera el mensaje. La muchacha contuvo el aliento, pero no se resistió cuando el hombre impartió su primera lección a la alumna novata.

—Bien, pequeña, podría haberte partido la muñeca en dos. Eres menuda y de huesos delgados, y el contrincante normal al que te enfrentes en una batalla será mucho más parecido a mí. Será un soldado avezado, un hombre al que no le importará que seas mujer y te tratará igual que a los hombres que está decidido a matar. Peor todavía, le gustará que seas mujer, lo cual significa que te conservará con vida el tiempo suficiente para que desees no haber nacido. La cuestión, hermanita, es que, debido a tu tamaño y tu sexo, no puedes combatir con hombres de igual a igual en el campo de batalla si, por ejemplo, no montas a caballo. Esto significa que deberás ser más veloz y astuta en el combate cuerpo a cuerpo que cualquier enemigo.

Conn la soltó con delicadeza.

—Por lo tanto, antes de que inicies tu entrenamiento con armas, quiero ver cómo funciona tu mente.

Indicó el tablero de ajedrez, y le dedicó una reverencia teatral.

—Después de vos, mi señora.

Matilda le derrotó, pero tuvo que admitir que no se trataba de la rutina habitual que se repetía con todos sus contrincantes. Conn significaba un reto para su mente: Era un auspicioso comienzo de una relación que debía basarse en el respeto. A lo largo del entrenamiento, la condesa descubriría que el intelecto de Conn guardaba muchas cosas admirables más, además de su destreza con las armas. Si bien guardaba un silencio absoluto cuando le interrogaba sobre su pasado, estaba claro que era un ciudadano del mundo, y culto.

Después de la partida, Conn eligió una de las espadas pequeñas, de escaso peso, y se la arrojó sin previo aviso, para ver cómo funcionaban sus reflejos. Se quedó impresionado por su velocidad y agilidad. La primera lección se centraría en el manejo básico de la espada, y esas cualidades determinarían su éxito. Matilda había dicho que, algún día, quería ir al combate blandiendo la espada de Bonifacio, pero en aquel momento era tan alta como ella. Tendría que crecer más que aquella espada.

—¿Quién es Boudica? —preguntó Matilda, mientras caminaban hacia el terreno de prácticas bajo el creciente calor de una tarde de Toscana.

—¿Boudica?

—Sí. Cuando entré en la sala de armas, tú dijiste: «Entra, pequeña Boudica».

—Ah, sí. ¿No sabes quién es Boudica? Bien, ya me lo imaginaba. Pero deberías saberlo. Te contaré su historia, porque es fundamental para tu educación.

Conn indicó un banco que había en la periferia del terreno de prácticas, tallado a partir de un árbol caído. Empezó a narrar la leyenda de Boudica, y el narrador nato que llevaba en los genes emergió de su alma.

—En primer lugar, has de saber quién era y es el gran pueblo de los celtas. Hubo un tiempo, hermanita, en que las tribus celtas se extendían por casi toda Europa. Entonces les llamaban keltoi, y a veces galos, de ahí el nombre de la Galia. Y aquí en Italia, sabrás, espero, que los celtas ligures se establecieron en la Toscana, y entre otras cosas fundaron tu sagrada ciudad de Lucca. Los celtas albergaban una gran pasión por los dones de la naturaleza que emanaban de la tierra, y sentían la presencia de Dios en la tierra. De esta forma eligieron tierras donde establecerse y construir lugares de culto. Lucca es uno de ellos. Hay otro en Francia llamado Chartres, también sagrado porque se convirtió en el centro de todas las iniciaciones espirituales ceremoniales de las tribus celtas de Europa. —Sus ojos se pusieron un poco vidriosos durante una fracción de segundo—. Chartres. Un lugar de belleza y poder sin parangón.

Matilda se incorporó al punto.

—Isobel me ha hablado de Chartres. Su madre era de allí, de un lugar llamado la Beauce.

Conn asintió.

—La Beauce es la región, Chartres es la ciudad que constituye el corazón de la región.

—Tienen una gran escuela.

Matilda vaciló. No conocía lo bastante a aquel enigmático gigante para hablar sin ambages de sus creencias espirituales, sobre todo porque ahora la Iglesia ortodoxa las consideraba herejías peligrosas. No obstante, Isobel le había dicho que la escuela de Chartres enseñaba el Libro del Amor. Esperó a saber si Conn expresaba algún conocimiento de sus hermanos herejes de Francia.

Se sentía decepcionada. No era fácil tirar de la lengua a Conn, quien se limitó a cabecear, evasivo.

—Sí.

Probó algo más.

—¿Has estado allí?

El hombre contempló a su estudiante y retomó el control de la conversación.

—Sí. Y ésa es otra historia para otro día. La primera lección de cualquier soldado es no distraerse del asunto que se tiene entre manos. Y nuestro asunto es la historia de los celtas y la leyenda de Boudica, de modo que volvamos a ello.

Matilda asintió en silencio y dejó que continuara sin hacer más preguntas. No obstante, le había revelado algo sobre Chartres durante su breve encuentro, algo que estaba decidida a entender mejor en el futuro.

—Las tribus celtas encontraron fuerte resistencia de muchos enemigos, pero ningunos tan peligrosos para su supervivencia como los romanos. Y si bien esto era cierto en toda Europa, era el caso concreto en las islas. Boudica era una reina guerrera del siglo i, una mujer de la tribu icena de los celtas. Después de que los romanos invadieran sus tierras, resistió y guió un ejército contra las legiones romanas. Si bien logró la victoria en la primera batalla, las facciones romanas decidieron castigarla por su audacia secuestrando a las jóvenes de su tribu, incluidas sus dos hijas, y las entregaron al capricho de los legionarios más encallecidos.

Conn hizo una pausa, al recordar que estaba en compañía de una adolescente que aún era virgen. No era preciso referirle los detalles gráficos de la violación masiva infligida a las hijas de Boudica y a las demás jóvenes icenas.

—Baste decir que fueron maltratadas con extrema violencia y muchas acabaron asesinadas. Como madre y reina, Boudica quiso hacer justicia, reunió un ejército celta como jamás se había visto antes y atacó a los romanos. Diezmó las legiones que habían invadido Anglia Oriental, pero no se detuvo allí. Tan enardecida estaba por el dolor y la injusticia infligidos a su pueblo que atacó la mismísima ciudad de Londinium. El asedio de aquella sofisticada fortaleza romana fue uno de los más brutales de la historia, pero también constituyó un ejemplo de estrategia superior, que examinaremos en lecciones posteriores. Pero ahora viene lo que has de saber sobre Boudica por encima de lo demás, aparte de que los artistas la pintaron con el mismo color de pelo que el tuyo.

Guiñó un ojo y le tiró de una trenza para subrayar la anomalía física que caracterizaba su parentesco espiritual.

Matilda estaba escuchando fascinada. Nada le gustaba más que una buena historia contada con pasión.

—Cuando intentaba conseguir apoyos, Boudica averiguó que la tribu icena era considerada bárbara por Roma. Como resultado, algunos aliados vacilaban en unirse a ella. Los celtas no creían en confiar a la escritura sus enseñanzas sagradas o sus historias, ni en revelarlas a los forasteros, lo cual les convertía en un misterio peligroso para muchos. Por su parte, los romanos utilizaban la escritura para influir en la opinión pública y sacar partido en la guerra mediante el arte de la propaganda. Y eso fue exactamente lo que hicieron en su guerra contra Boudica, tildando a los icenos y otras tribus celtas de monstruos sin civilizar que sacrificaban niños a sus dioses paganos. Eso no era cierto, por supuesto, pues los celtas veneraban la vida en sus sagradas enseñanzas. No obstante, al hacer creer a la gente que estaban librando al mundo de una raza de animales monstruosa, los romanos consiguieron que resultara aceptable exterminar al mayor número posible de celtas.

»De modo que Boudica, enfurecida, decidió que libraría la guerra contra los romanos en su propio campo de batalla. Además de su poderío militar, contrató escribas para contar la historia de lo que los legionarios habían hecho a las jóvenes icenas, con el fin de demostrar quiénes eran los verdaderos bárbaros en aquella guerra. En aquel tiempo, adoptó un grito de batalla que utilizó durante el resto de su vida.

Calló para comprobar si Matilda estaba prestando atención. No se quedó decepcionado. Estaba pendiente de cada palabra y ardía en deseos de saber cuál había sido el grito de batalla de la valiente y vengativa Boudica. Como Conn se demoró en su silencio, le azuzó.

—¿Y bien? ¿Cuál era?

Él sonrió.

—Algo que creo que te gustará. Boudica iba a la batalla con un estandarte que rezaba: la verdad contra el mundo.

Dejó la frase colgando en el aire. La verdad contra el mundo. Matilda se quedó sin habla. Era lo más bonito que había oído en su vida. Una reina guerrera que luchaba por la justicia contra un enemigo gigantesco, portando la enseña de la verdad. Cuando habló por fin, fue con gran resolución.

—Conn, has de enseñarme las estrategias de Boudica.

El gigante de pelo rojizo se puso en pie de un brinco con la agilidad de una pantera.

—Bien, hermanita, pongámonos en acción. Boudica no derrotó a los romanos sentada en un tronco.

Así empezó el adiestramiento de Matilda en el manejo de las armas, con un maestro que se convertiría en su más feroz defensor y protector, pero también en uno de sus más grandes guías, dentro y fuera del campo de batalla. Como en todo aquello que se proponía, la adolescente no tardó en manejar las armas con mortífera precisión. Compensaba su baja estatura con la agilidad de una atleta nata y una astucia superior en el campo de batalla, gracias a su carácter y al experto adiestramiento de Coon.

Cuando cumplió dieciséis años, la condesa de Canossa ya era capaz de liderar un ejército. De hecho, lo estaba deseando.


Quienes rodeaban a Matilda la consideraron audaz e intrépida durante toda su vida, pero la verdad era que tenía un miedo tremendo de la oscuridad, y de estar sola a oscuras. Era el resultado de los sueños y pesadillas que había experimentado desde que tenía uso de razón. Sus sueños siempre habían sido vívidos, y con frecuencia extraños e inquietantes. Ahora que era mayor, también se daba cuenta de que estaba soñando con la época de Jesús. Así lo decía la profecía: la Esperada tendría sueños y visiones de los últimos días de la vida del Salvador, pero sobre todo de la crucifixión. Mientras se preparaba para acostarse, la víspera de cumplir dieciséis años, tuvo la visión concreta de Nuestro Señor en la cruz, que hasta aquel momento se le había ahorrado. Cuando despertó a la mañana siguiente, el día de la llegada del equinoccio de primavera, todo fue distinto.

Matilda se encontraba rodeada por una turba y a su alrededor reinaba el caos. La gente chillaba y empujaba. El sol omnipresente de primera hora de la tarde caía sobre ellos, y el sudor se mezclaba con la tierra sobre los rostros airados y afligidos. Se hallaba al borde de una estrecha carretera, y la multitud de delante empezó a dar empujones con mayor decisión. Se estaba abriendo un hueco, y un pequeño grupo avanzaba poco a poco por aquella senda. Daba la impresión de que la turba seguía a aquella masa de humanidad apretujada que empezaba a moverse hacia ella. Fue entonces cuando Matilda vio con claridad a la mujer por primera vez.

Era una isla solitaria e inmóvil en el centro de la locura, una de las escasas mujeres de la muchedumbre. Pero no era eso lo que la diferenciaba. Era su porte majestuoso lo que la distinguía como una reina, pese a la capa de tierra que cubría sus manos y pies. Estaba un poco despeinada, con el pelo rojizo oculto en parte bajo un velo púrpura. Matilda sabía que debía llegar a esa mujer, tocarla, hablar con ella. Sabía demasiado bien quién era. Pero la multitud serpenteante se lo impedía.

«¡Mi señora!», estaba gritando Matilda en su sueño, mientras extendía la mano hacia la mujer, que a su vez extendía la de ella y la miraba con un rostro de belleza dolorosa. Era de huesos delgados, y facciones exquisitas y delicadas. Pero fueron sus ojos los que atormentaron a Matilda mucho después de que el sueño hubiera terminado. Enormes y brillantes, con lágrimas contenidas, de un espectro de color entre el ámbar y el verde salvia, un extraordinario avellana claro que reflejaba infinita sabiduría y tristeza insoportable. Los extraordinarios ojos transmitían una súplica de absoluta desesperación a Matilda.

Has de ayudarme.

El momento quedó interrumpido cuando la mujer bajó la vista de repente y miró a una niña que tiraba de su mano de manera perentoria. Matilda lanzó una exclamación ahogada. Ya había vivido esta parte del sueño, años antes, cuando era muy pequeña. Vio que la niña tiraba de la mano de su madre, y supo lo que sucedería a continuación. Detrás de la pequeña se alzaba un niño de más edad, su hermano. La muchedumbre avanzó de nuevo y el muchacho agarró a su hermana para impedir que la arrastraran. La niña chilló aterrorizada, y entonces Matilda ya no pudo ver a los niños.

Estaba empezando a llover, y en el extraño continuo no lineal del paisaje onírico, Matilda estaba ahora fuera de la multitud, pero podía ver a su señora, María Magdalena, delante de ella con el velo rojo. Un rayo rasgó la oscuridad anormal del cielo cuando ascendió la colina seguida de Matilda. Era una sensación extraña, de estar participando y observando al mismo tiempo. No estaba segura de si estaba experimentando sus propios sentimientos o los de Magdalena, como si se hubieran fundido en la experiencia.

Hacía caso omiso de los cortes y arañazos. A Magdalena ya no le importaba. Sólo tenía un objetivo, y era llegar hasta él.

El sonido de un martillo golpeando un clavo, metal Contra metal, resonó con siniestra determinación en el aire. Cuando ella, o ellas, llegó al pie de la cruz, la lluvia se había convertido en un aguacero. Ella le miró, y gotas de su sangre cayeron sobre su rostro afligido y se fundieron con la lluvia incesante.

Matilda paseó la vista a su alrededor, apartada de Magdalena ahora convertida otra vez en una simple observadora. Vio a su señora al pie de la cruz sosteniendo la figura de la Madre del Señor, quien daba la impresión de estar casi inconsciente a causa del dolor. Había otras mujeres con velos rojos a su alrededor, acurrucadas, sosteniéndose mutuamente. Una mujer más joven vestida de blanco que se alzaba entre ellas atrajo la atención de Matilda. Había un centurión romano al lado de las mujeres, pero parecía que las estaba protegiendo más que aterrorizando. Su rostro era bondadoso, y parecía tan atormentado como la afligida familia. En un breve destello, reparó en que este centurión tenía los más extraordinarios ojos azul claro. No cabía duda de que las lágrimas que los llenaban magnificaban su apariencia transparente.

No se veía por ninguna parte a los niños, observó Matilda con cierto alivio. Recordó cuando Isobel le había dicho que los niños fueron puestos a salvo después del terrible acontecimiento que cambiaría el mundo.

Otro romano estaba cerca de la cruz, dando la espalda a la familia. Matilda no podía ver su cara, pero algo de la naturaleza de aquel hombre la hizo estremecer. Dio órdenes con brusquedad a los demás soldados romanos del retén cercano a la cruz. Matilda no oyó sus palabras, pero su voz estaba henchida de una fría arrogancia inconfundiblemente peligrosa.

En su deseo de observar todos los detalles de la escena, se fijó en que sólo dos hombres acompañaban a las mujeres. Uno era mayor, digno en su dolor. Pasaba la mano alrededor de un hombre más joven, quien parecía a punto de derrumbarse. Matilda oyó a Isobel en sus lecciones de diez años antes:

«Nuestro Señor tenía un amigo maravilloso llamado Nicodemo. Ni-co-de-mo. Nicodemo era uno de los dos únicos hombres que estaban con él cuando murió.»

Matilda lanzó una exclamación ahogada. Aquel hombre más joven debía ser Nicodemo, el gran escultor del Volto Santo. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que todavía no se había permitido alzar la vista hacia la faz de su Señor. Levantó la cabeza poco a poco y absorbió la santa y aterradora visión que se cernía sobre ella. La lluvia resbalaba sobre los planos del rostro más hermoso que había visto en su vida. Incluso en su agonía, proyectaba una luz y una bondad imposibles de definir. Su pelo era tal como Nicodemo lo había esculpido, largo hasta los hombros, y también la barba hendida. Pero eran sus ojos el auténtico tributo al talento del artista que más tarde celebraría su retrato en madera. Eran enormes, oscuros y de espesas pestañas, y henchidos de bondad, tal como Nicodemo los había plasmado. Entonces Jesús la miró durante un breve momento que duró toda una eternidad. Sostuvo su mirada y le oyó decir, aunque sus labios no se movieron:

—Tú eres mi hija, en la que me complazco.

Matilda estaba llorando, sollozando, y sus lágrimas y dolor se fundían con los de la familia acurrucada al pie de la cruz. Era un miembro más. Estaba separada de ellos, pero eran uno.

Un chillido truncó la escena, un aullido de desesperación humana que brotó de los labios de María Magdalena. Cuando Matilda miró a su Señor en la cruz, comprendió de inmediato lo que había sucedido. El centurión moreno, el arrogante y peligroso más cercano a Jesús, había clavado la lanza en el costado del Señor, hasta que agua y sangre manaron de la herida.

El sonido de los sollozos de María Magdalena se mezcló con la carcajada áspera del malvado romano, mientras Matilda despertaba a las primeras luces del alba toscana, un milenio después al otro lado del mundo.

—El Volto Santo es una imagen maravillosa de Nuestro Señor.

El Maestro, Isobel y Patricio se quedaron petrificados cuando Matilda entró en la habitación con este inesperado anuncio. Su aspecto era desaliñado e insomne, pero su afirmación fue perentoria y no parecía turbada.

—¿Qué ha pasado, Matilda?

Fue Isobel quien lo preguntó.

La adolescente les contó el sueño, y describió con todo detalle qué y a quién había visto, y cuál era su apariencia. Describió minuciosamente a María Magdalena, lo hermosa y desgarradora que era, a Nicodemo, y hasta a los soldados romanos.

El enigmático sabio la interrumpió en ese punto.

—¿Viste la cara de algún centurión? —preguntó.

Cuando la muchacha asintió, el Maestro guardó silencio, a la espera de la respuesta.

—Uno de ellos tenía unos ojos azul claro de lo más extraordinario —dijo.

—Ése sería Pretoro —cabeceó el hombre santo—. El Libro Rosso le describe como un romano de ojos azules.

El Maestro se quedó muy satisfecho. Matilda aún no sabía nada de Pretoro y Verónica, pues era una historia que se encontraba en futuras lecciones que aprendería cuando fuera mayor de edad, lo cual sucedería hoy. Las lecciones sobre la sagrada unión de los amantes no se impartían hasta que el iniciado cumplía dieciséis años. El que la condesa viera a Pretoro y fuera capaz de identificar su peculiar color de ojos, cuando era imposible que lo supiera, era un poderoso augurio sobre la autenticidad de su visión. Al sabio no le cabía duda, pero se trataba de una maravillosa confirmación.

—¿Viste la cara del otro centurión?

Matilda negó con la cabeza.

—¿El moreno, el que alanceó a Nuestro Señor?

—Longinos Gayo —contestó el Maestro—. Algún día te hablaré más de él. Pero hoy no.

—No, no vi su cara, pero…

Calló un momento, enmudecida. El hombre santo cabeceó en su dirección. Sabía que era muy duro para alguien tan joven y sensible haber presenciado aquella escena. Pero su respuesta era importante.

—Vi lo que hizo. Creo que nunca lo olvidaré, ni olvidaré jamás su carcajada cuando sucedió.

El enigmático sabio compuso una expresión de enorme tristeza antes de continuar.

—No, Matilda. No deberías olvidarlo, pues has sido bendecida con una visión divina. Toda parte de ella es sagrada y deberías atesorarla, Incluso esos momentos tan difíciles de soportar. Continúa, hija mía. ¿Qué más viste?

Se le hizo un nudo en la garganta cuando intentó contar la visión de Jesús en la cruz.

—Era… muy hermoso. Y bondadoso. Yo sólo podía pensar en lo mucho que se parecían su bonito pelo y sus ojos oscuros a los del Volto Santo. En verdad, es la Santa Faz, porque es su cara.

Los cuatro hablaron del sueño durante un rato. Patricio hizo muchas preguntas sobre todos los personajes que aparecieron en él. Para el chico, esto significaba una gran aventura, una visión del pasado que lo dotaba de vida de una manera extraordinaria. Como miembro de la Orden que también estaba llegando a la mayoría de edad, estaba muy interesado en obtener información sobre sus fundadores, José de Arimatea y Nicodemo. Matilda le contó todo lo que recordaba: la dignidad del hombre mayor y su apoyo al más joven en aquel momento de aflicción, y el hecho de que estaba completamente segura de que no había ningún hombre más presente.

Isobel pidió una descripción completa de María Magdalena. Y lloró con la muchacha cuando ésta contó el extraordinario valor y dolor que había presenciado ante tamaño horror.

—Matilda, tenemos un regalo para ti.

El Maestro abandonó la habitación un momento, y cuando regresó, lo hizo con una caja de madera en la que estaba esculpido el símbolo del rombo sobre la tapa provista de goznes.

—Habíamos pensado dártelo hoy como regalo de mayoría de edad, y ahora se nos antoja de lo más adecuado. Así que en el nombre de Nuestra Señora, María Magdalena, y en el nombre de la Orden del Santo Sepulcro, que fue creada por Nicodemo, José de Arimatea y el bienaventurado Lucas para honrar su nombre y memoria, te obsequiamos esto con gran amor.

Matilda no había llorado tanto desde la muerte de Bonifacio, pero la dedicatoria del Maestro valía más para ella que el regalo material, y se sintió muy conmovida. Abrió la caja y sacó el anillo. Era idéntico en forma y tamaño al de Isobel: el dibujo circular de estrellas que bailaban alrededor del único círculo del centro. Era el sello oficia! de María Magdalena, tal como se conservaba en el Libro Rosso. Pero mientras el de Isobel era de bronce, el de Matilda estaba hecho de oro. Era un hermoso regalo, digno de una condesa toscana.

Lo deslizó en el cuarto dedo de la mano derecha, el que se creía comunicado directamente con el corazón, al que se adaptó a la perfección.

—Nunca me lo quitaré. Nunca.

Les dio profusamente las gracias y pasó el resto del día llorando durante sus clases. Era sin duda la mujer más bienaventurada de Toscana por tener semejantes amigos. Como broche de la tarde, pidió que los cuatro entraran juntos en el laberinto y se reunieran en el centro para rezar el Pater Noster, de la manera especial sagrada para la Orden, en el interior de cada uno de los seis pétalos. Una vez dentro del centro, también reafirmó su promesa de construir un gran templo para la Santa Faz, esta vez en acción de gracias por la divina visión que le había sido concedida.

Fue sin duda uno de los días más hermosos de su memorable vida.

Y fue así que, en el día más oscuro del sacrificio de Nuestro Señor en la que, fue atormentado en su hora final por un centurión romano conocido como Longinos Gayo. El hombre había azotado a Nuestro Señor Jesucristo obedeciendo órdenes de Poncio Pilatos, y había disfrutado infligiendo dolor al Hijo de Dios. Por si todo ello no fuera ya crimen suficiente, fue este mismo centurión el que atravesó el costado de Nuestro Señor con su lanza en la hora de su muerte.

El cielo se tiñó de negro en el momento en que pasó de nuestro mundo al siguiente, y se dice que al cabo de un momento el Padre que está en los cielos habló así al centurión:

—Longinos Gayo, me has ofendido a mí a y a toda la gente de buen corazón con tus viles acciones de hoy. Tu castigo será el de la condenación eterna, pero será una condenación terrenal. Vagarás por la tierra sin el beneficio de la muerte, para que cada noche, cuando te dispongas a dormir, tus sueños se vean atormentados por los horrores de tus actos y el dolor que han causado. Has de saber que experimentaras este tormento hasta el fin de los tiempos, o hasta que hagas una penitencia adecuada para redimir tu alma manchada en nombre de mi hijo Jesucristo.

Longinos estaba ciego a la verdad en aquel momento de su vida un hombre de crueldad sádica sin esperanza de redención, o eso parecía Pero sucedió que enloqueció a causa de esta sentencia eterna de vagar por un infierno terrenal. En consecuencia, fue a ver a María Magdalena a la Galia para pedirle perdón por sus fechorías. En su bondad y compasión ilimitadas, ella le perdonó e instruyó en las enseñanzas del Camino, como a cualquier seguidor, y sin juzgar.

No se sabe bien qué fue de Longinos. Desapareció de los escritos de Roma y de los pertenecientes a los primeros Seguidores. No se sabe si en verdad se arrepintió y fue liberado de su sentencia por un Dios justo, o si todavía vaga por la tierra, perdido en su condena eterna.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La leyenda del centurión Longinos,

tal como se conserva en el Libro Rosso



8

Ciudad del Vaticano

En la actualidad

Maureen aferró con fuerza el brazo de Peter cuando entraron por una de las enormes puertas de la basílica de San Pedro. Hubo un momento de su vida en que no habría sido capaz de obligarse a entrar en semejante lugar, tan profundo era su resentimiento contra los fanáticos aspectos dogmáticos del catolicismo. Pero el descubrimiento del Evangelio de María había cambiado eso, la había cambiado a ella. Si bien Maureen todavía guardaba graves reservas sobre la política de la Iglesia, tanto en el pasado como el presente, intentaba vivir de acuerdo con la doctrina del perdón predicada por la mujer que era un símbolo de imparcialidad y compasión.

Y, no obstante, la basílica de San Pedro, como sede del obispo de Roma, era por definición y propósito monumental y amedrentadora. Maureen respiró hondo y entró, y dejó que su primo la desviara hacia la derecha del templo nada más entrar.

Había ido al Vaticano a ver al padre Girolamo de Pazzi, después de que éste solicitara una entrevista con ella. Peter había decidido estar presente en los preliminares para ayudar a su prima a salvar las impresionantes medidas de seguridad de la nación más pequeña e insular del mundo: Ciudad del Vaticano. Antes; del encuentro, habían decidido ir en busca de la condesa toscana.

—Primero, has de ver al genio.

Peter la guió hasta el primer nicho de la derecha, donde flashes y turistas eran señal segura de una obra de arte expuesta al público. Cuando se acercaron, Maureen lanzó una exclamación ahogada al ver la absoluta belleza que tenía delante. La obra escultórica suprema de Miguel Ángel, la Pietà, parecía brillar desde dentro. La serena majestuosidad del rostro de la Virgen María, mientras sostenía el cuerpo de su hijo, era sublime e imponente al mismo tiempo. Maureen esperó a que la multitud se dispersara antes de acercarse más para examinar la escultura, que estaba protegida por un panel de cristal a prueba de balas desde la década de 1970, cuando un perturbado había intentado destruirla con un martillo.

—Parece muy joven, ¿no? —comentó Maureen a Peter—. Es extraño que María parezca más joven que el hombre apoyado sobre su regazo, que en teoría es su hijo. ¿Crees posible que sea otra María? ¿Nuestra María?

Peter sonrió y sacudió la cabeza.

—No. Aquí no hay conspiraciones, Maureen. El propio Miguel Ángel lo explicó en vida: era tal la pureza de la Virgen que siempre parecería joven.

Maureen aceptó la explicación con un cabeceo, aunque no la había convencido demasiado. Fuera cual fuera la María plasmada, su belleza era asombrosa.

—¿Qué me dices del pergamino que recibió Bérenger, el del árbol genealógico que termina con Miguel Ángel? La tarjeta que lo acompañaba rezaba: «El arte salvará el mundo». La misma persona que me envió el pergamino envió la tarjeta a Bérenger. Los dos envíos están relacionados.

—Y el que te mandó el pergamino también te robó a punta de pistola.

—No lo sabemos con seguridad.

—Entonces, ¿quién fue? Vamos. —Peter instó a su prima a que avanzara unos pocos pasos por el pasillo—. Voy a presentarte a la enigmática condesa de Canossa.

Maureen se paró en seco, estupefacta ante el enorme monumento de mármol que tenía delante.

—¿Aquí? ¿En un lugar tan destacado? Y perdona que me haya dado cuenta, pero ¿tan cerca de Miguel Ángel? ¿Es posible que sea casual?

La tumba de Matilda estaba en el segundo nicho de la nave, justo debajo de la obra maestra de Miguel Ángel. La majestuosa escultura de Bernini que adornaba el lugar de descanso de la condesa era una imagen impresionante de una mujer extraordinaria. Estaba plasmada como una diosa guerrera al estilo clásico, con toga y todo, y un bastón en la mano derecha para simbolizar sus logros como soldado y estratega. Aferraba la tiara papal con la izquierda, la misma mano que asía con firmeza la llave de San Pedro.

—Es muy extraño que hayan plasmado así a una mujer en el Vaticano, sujetando la mismísima llave de la Iglesia —pensó en voz alta Maureen antes de volverse hacia Peter—. ¿Qué deduces de ello?

En respuesta, su primo tradujo la inscripción que había sobre la tumba de Matilda.

—«El Santo Pontífice Urbano VIII mandó trasladar los huesos desde el monasterio de San Benedetto, en Mantua, de la condesa Matilda, una mujer de noble alma y campeona de la Sede Apostólica, conocida por su piedad, celebrada por su generosidad. Con eterna gratitud y merecida alabanza en el año 1635.»

—Fascinante, pero eso no explica por qué sujeta el símbolo del papado en sus manos.

—No, desde luego que no.

Su primo le dedicó una sonrisa astuta.

—Pero tú sabes algo que no piensas decirme, ¿verdad?

—Chisss. —Peter paseó la vista a su alrededor. En aquel lugar, era cierto que las paredes tenían oídos—. Sí, anoche terminé un fragmento largo de la traducción. Esta tarde hablaremos de ello.

—Me tienes en ascuas.

—Lo sé, pero no hay más remedio. Ahora déjame enseñarte otras esculturas de Bernini. Son magníficas, y la amante del arte que hay en ti las apreciará en todo su valor.

Guió a Maureen hasta el punto focal de la basílica, el extravagante baldaquino de Bernini, la enorme pieza de bronce situada bajo la cúpula que era un intento de fusionar arte, arquitectura, escultura y espiritualidad. Creó un enorme palio forjado en bronce, sustentado por columnas entorchadas muy trabajadas que, según él, las había diseñado el mismísimo Salomón para su Templo. El baldaquino fue creado para señalar la tumba de san Pedro en el centro de la basílica encargado por el ahora enigmático papa Urbano VIII.

En los nichos que rodeaban el baldaquino había figuras impresionantes de figuras del siglo i. Maureen reconoció al instante a santa Verónica con su velo, pero relegada a un segundo plano por la enorme figura que parecía ser un centurión romano con su lanza.

—¿Quién es?

—Longinos Gayo. El centurión que atravesó el costado de Jesús en la crucifixión.

Maureen se estremeció. El personaje de Longinos estaba muy bien descrito en el relato del Viernes Santo del Evangelio de María Magdalena. Era un hombre encallecido y cruel, de triste fama por haber exacerbado los sufrimientos de Jesucristo en la cruz. ¿No era extraño que Bernini hubiera creado una imagen tan hermosa y majestuosa de él en el corazón del Vaticano?

Peter contestó a la pregunta de su prima.

—Se cree que Bernini cinceló estatuas que corresponden a las santas reliquias alojadas aquí. Por lo visto, Urbano VIII era un cazador de reliquias. Por ejemplo, el velo de Verónica iba a guardarse debajo de su escultura. La Lanza del Destino, como se llamaba el arma de Longinos, iba a conservarse con él. Sin embargo, el Vaticano dice que sólo posee un fragmento de la lanza. Un museo de Austria afirma que tiene otro fragmento, y el resto desapareció hace siglos. Al igual que el Arca de la Alianza, se decía que tiene poderes mágicos, y es una de las reliquias más codiciadas de la historia.

—¿La Lanza del Destino? —inquirió Maureen.

Peter asintió, consultó su reloj y dio por finalizada la visita a la basílica. Era la hora de la cita de la escritora en las oficinas de la confraternidad.

Maureen no estaba segura de lo que esperaba, pero no era esto. El padre Girolamo era de una agudeza y vitalidad increíbles para su avanzada edad, pero eso no era lo sorprendente. La sorpresa consistía en que era encantador, cariñoso y, al parecer, estaba muy interesado en que se sintiera a gusto. Ordenó que llevaran té a su despacho, y ella lo bebió, agradecida de que fuera el fuerte brebaje irlandés que más le gustaba, e intrigada por saber por qué un sacerdote toscano tenía té que se bebía en el condado de Cork en su despensa.

Peter les había dejado solos para que pudieran hablar en privado. Había preparado a su prima para la entrevista, informándola sobre la especialidad del sacerdote, pero también sobre sus advertencias. El padre Girolamo de Pazzi estaba en lo cierto. Alguien estaba utilizando a Maureen, y necesitaban averiguar quién podía ser.

—¿Cree que quien nos envió los pergaminos a mis amigos y a mí, y los pistoleros que nos robaron, son las mismas personas? —preguntó ésta.

El sacerdote asintió.

—Sí. Si no le importa, haga el favor de describir lo que se llevaron.

Maureen le explicó que una niña les había dado el libro rojo, que después se había llevado el pistolero. No dio más explicaciones. Maureen y Peter no habían hablado con nadie del Vaticano de la autobiografía de Matilda. Habían aprendido la lección de las consecuencias de entregar documentos originales, y éste lo mantenían en secreto.

El anciano sacerdote continuó su interrogatorio.

—¿No vio el contenido del libro?

—No. Estaba cerrado, y uno de los pistoleros se apoderó de él antes de poder echarle un vistazo.

—¿Qué cree que era?

—La verdad es que no lo sé. Lo siento. Todo sucedió muy deprisa.

El padre Girolamo cambió de tema.

—¿Desea hablar conmigo de sus sueños y visiones? Se lo pregunto por la pasión que siento por el tema. Pero si me permite darle un consejo, lo haré con mucho gusto. Es importante para usted saber que puede confiar en mí. Sobre todo, quiero protegerla de quien está intentando utilizarla para sus propios fines.

Maureen pensó que debía decirle algo, teniendo en cuenta que había sido tan vaga, a propósito, en relación con el libro rojo.

—Por supuesto. ¿Qué le gustaría saber?

—Tiene visiones de María. Tanto despierta como dormida.

—Sí. Pero no es su María.

—¿No ha visto nunca a la Madre del Señor? ¿Nunca se le ha aparecido?

—No.

Maureen no le estaba dando largas a propósito, pero se sentía incómoda con los hombres de la Iglesia en el mejor de los casos, y no tenía ganas de revelar demasiadas cosas. Es difícil deshacerse de los viejos hábitos, y el hombre aún no le había dado suficientes motivos para confiar en él. Girolamo continuó sondeándola con delicadeza.

—Su primo me ha dicho que usted tiene visiones en las que el Señor le habla.

En un intento de ser diplomática, Maureen aportó una descripción abreviada de sus recientes sueños repetitivos, en los que aparecían Jesús y el Libro del Amor.

—Y en este libro que, al parecer, está escribiendo —la interrumpió el sacerdote, animado por algo que ella había dicho—, ¿estaban las páginas rodeadas de una luz azul?

Maureen estuvo a punto de escupir el té.

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—Porque no es la primera vez que lo oigo.

—¿Quién se lo dijo?

El hombre negó con la cabeza.

—Fue una confidencia, querida mía, de modo que no puedo revelar la fuente. Del mismo modo que no contaré a nadie lo que usted revele aquí. ¿Sabe por qué las páginas están iluminadas por un resplandor azul?

Como Maureen no dijo nada, continuó con sus explicaciones.

—Porque todos los evangelios están escritos para aquellos que tienen ojos para ver y oídos para oír. Hasta el canon, tal como lo conocemos hoy, posee capas internas que no todo el mundo sabe leer o interpretar correctamente. Si Nuestro Señor escribió un evangelio de su puño y letra, es posible que lo haya escrito de tal forma que no todas las enseñanzas estén al alcance de cualquiera que intente leerlo.

—Pero ¿por qué Jesús escribió un libro que no todo el mundo puede leer?

—Porque no lo escribió en una época en que hubiera imprentas y distribución masiva, con la idea de que miles de millones de personas podrían algún día leer sus palabras. Ésa no habría sido su intención. Lo escribió en una época en que era una herramienta de enseñanza en manos de apóstoles capacitados, gente que sabía interpretar lo que Él quería que supiéramos de una forma muy concreta.

Maureen asintió.

—Tal vez era una precaución, por si el libro no terminaba en las manos adecuadas y le acusaban a él o a sus discípulos de blasfemos.

—Es muy posible. No lo sabemos con certeza. Pero ¿se ha dado cuenta? He sido capaz de arrojar cierta luz sobre sus sueños, aunque se mostraba reticente a venir. No encontrará a nadie en el mundo con más experiencia que yo en la interpretación de las visiones. Espero que acuda a mí con toda libertad si desea seguir hablando de esto. Y, por favor, infórmenos de inmediato si recibe más contactos de cualquier fuente externa, se lo ruego.

Maureen le dio las gracias por el té y la conversación, y aceptó la invitación de asistir a la siguiente conferencia de la confraternidad sobre la aparición de Nuestra Señora en Knock. Sabía que sería muy importante para Peter el que intentara no pensar mal de todos los eclesiásticos. ¿No había demostrado ser Tomas DeCaro una joya durante su investigación de María Magdalena? Y el padre Girolamo se había mostrado de lo más encantador. Tal vez existía alguna esperanza real de que estos hombres de la Iglesia permitieran que la verdad entrara en sus corazones. Era un deseo secreto que alentaba, mientras cruzaba el Tíber en dirección a su hotel.


Percibió el aroma de los lirios incluso antes de abrir la puerta. La habitación estaba repleta de flores. Sonrió, segura esta vez de saber quién era el responsable del detalle. Si bien Bérenger Sinclair había sido insistente en sus llamadas telefónicas desde el incidente de Orval, Maureen no había encontrado oportunidad de hablar con él. Habían intercambiado unos cuantos mensajes, pero aún no se habían puesto en contacto. Sabía que estaba preocupado por ella, y anhelaba el consuelo y la tranquilidad que sentía en su presencia. No le gustaba la idea de tener que pactar una tregua entre Bérenger y Peter, pero estaba claro que ya no podía pasar por alto su distanciamiento.

Bérenger no era un hombre que tolerara la indiferencia o el rechazo. La tarjeta que acompañaba las flores rezaba:

Estoy en la suite de arriba, cuarta planta. ¿Cena a las ocho?

Maureen rió. Bien, al menos la avisaba con cierta antelación. Tenía tres horas para ducharse y vestirse.

Se acercó a la ventana de la suite y la abrió para absorber la magia de la piazza. La fuente gorgoteaba alrededor del obelisco de granito, mientras los turistas se sentaban en los escalones de mármol, tomaban fotos y comían panini. Uno de los turistas llamó la atención de Maureen y provocó que contuviera la respiración. Sentado en la escalera al lado de la fuente, con la vista clavada en su habitación, había un hombre al que había visto antes, un hombre con una sudadera de capucha oscura y gafas de sol grandes.

Roma

En la actualidad

Inútil.

La improductiva reunión había finalizado y el líder de los hombres encapuchados se quedó solo para trazar estrategias en silencio. Se quitó la capucha de la cabeza y la arrojó asqueado. Los reclutas más jóvenes eran fervorosos, pero carecían de sentido común. Les gustaba portar armas y jugar a espías, pero no sabían pensar. Y se estaba haciendo demasiado viejo para cargar con aquel peso sin ayuda competente. Hasta el breve viaje a Bélgica le había dejado sin fuerzas.

Aquel idiota había permitido que le vieran hoy en la piazza. Ahora tendría que ordenar a otro que siguiera a la Paschal. Era agotador.

No le sorprendía que hasta el momento no hubieran conseguido localizar a Destino. Era muy escurridizo, como siempre. Como siempre.

Destino, con muchos escondrijos a lo largo y ancho del continente, podía estar en cualquier parte. Probablemente en Italia o Francia, pero sabían que se había refugiado en Suiza, Bélgica y Holanda. Y tenía numerosos alias, se le había conocido por muchos nombres a lo largo de muchos años, y era imposible localizarle cuando no quería que le encontraran.

Y estaba claro que, de momento, Destino no quería que le encontraran.

Tres promesas se hicieron en el alba de los tiempos, todas y cada una sagradas.

La Primera Promesa es a Dios, tu Padre y Madre que está en los Cielos. Representa tu misión más divina, lo que has logrado realizar a imagen y semejanza de tus Creadores. Es el motivo de la encarnación, la intención más pura de tu alma.

La Segunda Promesa es a la Familia Espiritual en cuyo seno fuiste creado y a la que pertenecerás durante toda la eternidad. Representa tu relación con cada una de las almas de tu familia, y también que has accedido a ayudarlas en su misión y ellas en la tuya.

La Tercera Promesa es a ti. Representa tu deseo de aprender, crecer y amar en el contexto de la encarnación.

Cumple estas promesas, porque son sagradas sobre todas las cosas. Recuérdalas y atesóralas, y conocerás el mayor goce permitido a la humanidad. No hagas nada contrario a tus sagradas promesas, pues eso es la definición de pecado.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

Del Libro del Amor,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Florencia,

Primavera de 1062

Matilda no cabía en sí de dicha, aunque se sentía agotada. El peaje emocional del sueño profético de la noche anterior y su emocionante día con la Orden la estaban afectando. De todos modos, el día de su decimosexto cumpleaños todavía no había terminado, pues Beatriz y Godofredo habían preparado un suculento banquete en su honor. Paseó la vista alrededor del comedor y rezó una rápida oración de gracias a su Señor. Era una bendición estar rodeada de tanta gente que la quería, una vez más. El Libro del Amor hacía hincapié en la gratitud como una práctica diaria, y esta noche se sentía de lo más agradecida.

Tras el postre de tarta de castañas, su padrastro se levantó de su asiento para anunciar algo.

—Mi queridísima Matilda, en honor a tu mayoría de edad te hemos encargado un regalo especial.

Conn avanzó cargado con una caja grande de madera. Iba ataviado y peinado para la ocasión, y Matilda se dio cuenta de que nunca le había visto de tal guisa. Con su espeso pelo rojizo liso y limpio, y vestido con las galas de un caballero, era un hombre de una belleza impresionante. Más tarde se fijaría en que muchas mujeres de la sala estaban prestando grandísima atención al viril celta. Sin duda podría elegir a la soltera que le apeteciera para compartir su lecho aquella noche, y tal vez algunas casadas, si era discreto, teniendo en cuenta que le miraban como lobas hambrientas. Pero en aquel momento sólo estaba concentrado en Matilda.

—Para ti, hermanita.

Levantó la tapa con un elegante ademán. La festejada introdujo la mano en la caja y lanzó una exclamación ahogada. Un mar de cobre y bronce, que centelleaba a la luz de las gruesas velas de cera, ondulaba dentro de la caja. Lo levantó y se quedó asombrada de lo que pesaban las cadenas sinuosas. Conn la ayudó, pues Matilda sujetaba una armadura completa, fabricada a mano con eslabones individuales de cota de malla. Pero no era la tosca malla de un soldado normal. La malla había sido bañada en cobre y pulida hasta alcanzar un brillo notable, de manera que constituía el complemento perfecto para el pelo de la muchacha. El pesado cuello de bronce estaba hecho para proteger su delicada garganta, pero rivalizaba en belleza con el de Cleopatra, pues estaba incrustado de aguamarinas, como el color de los ojos de su dueña.

Matilda se quedó abrumada por la belleza y consideración del regalo, Descubriría más tarde que, si bien Godofredo y Beatriz habían encargado la armadura y pagado el precio del costoso regalo, Conn había supervisado la fabricación, cada detalle del diseño y modelado. Y también procuró que sirviera para protegerla al máximo, pero hizo asimismo hincapié en que debía ser un atavío que inspirara al pueblo de Toscana a la hora de acudir en su apoyo cuando cabalgara al frente de las tropas. El narrador celta había exigido, nada más y nada menos, una armadura digna de una legendaria reina guerrera, que seguiría los pasos de Boudica.

Lo que Matilda también descubriría, muchos años después, era que durante la fabricación de la prenda Conn había rezado ante ella cada día. Había vertido agua bendita sobre la armadura, un agua bendita especial que procedía del antiguo pozo de Chartres. Invocaba a Dios y a los ángeles para lograr la divina protección de su hermana pequeña en espíritu, la condesa guerrera mágica a la que había jurado proteger. Era una promesa que había hecho mucho tiempo atrás, una promesa a Dios, y tenía la intención de cumplirla a toda costa.


La prosperidad del papado crecía y decrecía, y las grandes casas de Europa libraban una prolongada y sangrienta batalla por el alma de Roma, la ciudad que vería ir y venir casi veinte papas en vida de Matilda, Fue en este clima que un joven archidiácono de una influyente familia romana, Ildebrando Pierleoni, llegó a Florencia para reunirse con el duque de Lorena y sus consejeros.

Conocido como Brando por sus amigos íntimos, este político romano de la familia más rica de la región era más sabio y versado en política que cualquier persona de su edad. Era un hombre apuesto y dinámico, de facciones cinceladas y ojos inteligentes de un gris claro peculiar, muy poco común en un romano. Pero no eran sólo sus ojos los que le diferenciaban. Brando Pierleoni poseía un raro carisma que irradiaba de su persona cuando entró en el salón de reuniones del palacio florentino del duque.

Godofredo de Lorena le recibió con cordialidad.

—Vuestra compañía nos honra, y os ofrecemos nuestras condolencias por la pérdida de vuestro amigo y nuestro muy amado Santo Padre.

Brando aceptó el recibimiento con idéntica cordialidad. Había una sincera tristeza en su expresión cuando habló del papa Nicolás recientemente fallecido.

—Era un gran hombre, y le echaré de menos el resto de mi vida. Fue uno de mis mejores profesores.

—Y habéis gozado de excelentes mentores. —Godofredo quería que Brando supiera que estaba muy bien informado sobre la ilustre historia del joven en política papal—. Vuestro tío también fue un gran hombre.

Brando Pierleoni era sobrino del difunto papa Gregorio VI, un pontífice que había sido enviado al exilio por Enrique III, el mismo perverso emperador que había encarcelado a Beatriz y Matilda y confiscado sus tierras. El diplomático Brando había acompañado a Alemania a su acosado tío, actuado de enlace con su familia durante el difícil período de exilio y alcanzado reputación de consejero inteligente y valioso en temas de política romana.

Aprovechó al máximo sus días en Alemania, que se tomó como una misión para reunir información sobre los motivos del rey y proseguir su educación en las notables instituciones de Colonia. Sobre todo, desarrolló un sentido exacerbado de la justicia, y llegó a la conclusión de que las intromisiones de un monarca laico (sobre todo uno tan codicioso y cruel) en los asuntos de la Iglesia eran sencillamente inaceptables. En secreto, en aquellos días oscuros y largas noches del invierno alemán, juró dedicarse a reformar las leyes eclesiásticas, para que fuera inmune a la influencia laica y ningún rey pudiera controlar la elección del Papa. Brando despreciaba la hipocresía que veía a su alrededor, y juró trabajar en el logro de un entorno en que se reconociera a todos los eclesiásticos los mismos niveles de integridad. Exigió que todos los sacerdotes y obispos defendieran algo más que la seguridad de su posición y la riqueza que habían amasado para ellos y sus familias. Sería lo bastante audaz para realinear la estructura de poder en Europa si necesario fuera, con el fin de asegurar que los asuntos espirituales fueran administrados únicamente por el papado a perpetuidad. Sólo entonces sería Roma lo bastante fuerte y digna del apóstol Pedro para defender lo que debía. Éste era el juramento que había hecho, y lo repetía cada día con absoluto fervor.

Cuando Nicolás II ascendió al trono de San Pedro, su primera acción fue declarar archidiácono al inteligente Brando Pierleoni, a cargo de las operaciones fiscales, pese al hecho de que Brando no era sacerdote. Siguió siendo un político laico, si bien se sabía que poseía una profunda espiritualidad y extraordinaria compasión. De todos modos, nadie había llegado jamás tan alto en la jerarquía de la Iglesia sin tomar los votos. Era sólo un principio de lo que llegaría a conocerse como la infame osadía de Pierleoni.

Al cabo de escasos meses, Brando había redactado un audaz decreto de elecciones que asombró a Europa. Este decreto declaraba que las familias romanas y el rey de Alemania ya no podrían influir en las elecciones papales. Un selecto grupo de cardenales, llamado Colegio Cardenalicio, decidiría el papado a partir de aquel momento. Pierleoni no dejaba nada al azar. Estaba instando un proceso mediante el cual ni la familia real alemana ni la aristocracia romana podrían nombrar a un Papa títere para lograr sus propósitos.

Fue este decreto de elecciones lo que condujo a Brando a Florencia para reunirse con el duque de Lorena y su facción. Con la muerte de su mentor, el papa Nicolás, sería elegido un nuevo Papa utilizando por primera vez la invención de Pierleoni, el Colegio Cardenalicio.

—Brando, hablaré sin rodeos con vos. Nos gustaría proponer al obispo de Lucca, Anselmo di Baggio, como sucesor del Santo Padre. Como ya sabéis, es un enérgico reformador como vos. También se opone a la intrusión de Alemania en los asuntos de Roma, una causa que sé que apoyáis.

Brando asintió. Godofredo se maravilló de la seguridad del joven mientras meditaba sobre la propuesta. Si bien el archidiácono era muy educado, no cabía duda de que mantenía el control de la situación. También su inteligencia era maravillosa. Godofredo le vio calcular, analizar y pensar durante todo el encuentro. Cuando contestó, lo hizo con una aguda comprensión de las actuales circunstancias y la historia que conducía a ellas.

—Anselmo es un buen hombre y una prudente elección por muchos motivos, pero también es una carga. En una ocasión lideró una rebelión abierta contra Enrique III, de modo que será considerado un acto de agresión contra Alemania instalarle en el trono papal.

—Sí —contestó Godofredo—, pero los alemanes considerarán cualquier elección del llamado Colegio Cardenalicio que habéis creado un acto de agresión. Es mejor tener un Papa que se enfrente con firmeza a todas las amenazas, tanto al papado como a nuestros señores italianos.

Los dos hombres hablaron de los méritos del obispo de Lucca hasta bien entrada la tarde, y finalmente llegaron a un acuerdo que forjó un nuevo y poderoso vínculo entre la casa de Toscana y Brando Pierleoni, un vínculo que haría historia.


Al cabo de dos semanas, Anselmo di Baggio, ex obispo de Lucca, se convirtió en el papa Alejandro II como resultado de la primera elección legal bajo el nuevo decreto. La institución que elegiría al Papa durante mil años más, el Colegio Cardenalicio, había sido inaugurada.

Los obispos alemanes y la aristocracia del norte se enfurecieron por la elección de un hombre de abiertos sentimientos antigermánicos. Exigieron a la reina regente, Agnes de Aquitania, que se opusiera a este Papa en nombre del joven rey Enrique IV. Agnes no estaba preparada para el deporte sangriento de la política papal, y se encontró desbordada por las muchas tareas que se le encomendaban. Cuando guardó silencio y no tomó ninguna acción, el obispo de Colonia, un hombre ambicioso llamado Anno, instigó una conspiración diabólica. Anno raptó a su propio soberano y mantuvo como prisionero al joven Enrique en su velero, fuera del alcance de todo el mundo. El obispo exigió a Agnes que renunciara a su regencia, regresara a Francia y dejara al muchacho en manos de los obispos, que le educarían como verdadero rey del pueblo alemán.

A los once años de edad, Enrique IV había fortalecido su personalidad arrogante, imperiosa e irritable. Regañó a sus secuestradores por haberle alejado del cobijo de su madre, causándole traumas indecibles. A cambio, sus raptores, los funcionarios de la Iglesia de mayor categoría en Alemania, le consintieron todo en un esfuerzo por mitigar su culpa. Le mimaron con más eficacia y corrupción de lo que jamás habría consentido su torpe madre, hasta convertirlo en el ser más lascivo. Crearon un monstruo. Cuando alcanzó la edad legal para gobernar, los quince años, Enrique IV era proclive a la extravagancia y a excesos sexuales que abarcaban prostitutas, orgías y perversiones legendarias. Según muchas fuentes, los obispos que procuraban los medios a Enrique de refocilarse en sus pecados participaban con igual entusiasmo.

La madre de Enrique, que había regresado a Aquitania, se convirtió en su amarga enemiga. Al enterarse de la depravación de su hijo, la piadosa noble le desheredó y se alineó con su pueblo contra la Corona alemana. La deserción final de su madre provocó que el perturbado Enrique enloqueciera sin posibilidad de redención. La falta absoluta de influencia femenina, después de los once años, distorsionó todavía más su psique, y el joven monarca se transformó en un feroz y sádico misógino. Si no hubiera sido rey, se habría descubierto antes que era un peligroso psicópata. Corrían horribles rumores acerca de los cuerpos de muchachas que habían desaparecido después de que Enrique se entregara a sus periódicos ataques de lujuria. Sin duda, los corruptos sacerdotes que le rodeaban alimentaban su perspectiva de que las mujeres sólo existían para satisfacer sus más bajos instintos, y para nada más. Por supuesto, la traición y debilidad de su madre había demostrado que las mujeres no servían para nada desde un punto de vista político, y era imposible confiar en ellas. De hecho, merecían el destino que él les deparaba.

Los mismos obispos del norte que controlaban el poder y la fortuna de Enrique tomaron la decisión militar de enviar un ejército de mercenarios a Roma, con el fin de imponer por la fuerza a su hombre en el trono papal. Cuando se decidió que una tropa partiría de Toscana hacia Roma para defender al papa Alejandro, Matilda, de dieciocho años, insistió en unirse al cortejo. Para ella, no había postura más importante que adoptar. Alejandro era su Papa, un orgulloso y enérgico ciudadano de Lucca y defensor secreto de la Orden. Lucharía por él hasta la muerte si era preciso.

Matilda entró en Roma al lado de Conn, al mando de un impresionante grupo de guerreros toscanos y exhibiendo su brillante armadura, que centelleaba bajo la luz del sol. El pueblo de Roma estaba escandalizado y emocionado al mismo tiempo por esta joven condesa guerrera que acudía en defensa de su pontífice.

Conn procuró mantener alejada a Matilda del fragor de la batalla, pero al final del día tuvo que admitir que había peleado con valor y prudencia. No obstante, el resultado desafortunado para los toscanos fue una sangrienta batalla con enormes pérdidas en ambos bandos, sin que nadie pudiera proclamar victoria. Brando Pierleoni acompañó a su nuevo Papa, Alejandro II, hasta la seguridad de Lucca, bajo la protección de la guardia toscana. La condesa se adelantó con Conn para informar a Florencia, pero no antes de que Brando gozara de un vislumbre de la extraordinaria joven que ya se estaba convirtiendo en materia de leyenda. La vio por última vez desde lejos, una visión de luz cobriza que recibía los reflejos del sol sobre el Tíber. Entonces, de repente, un rayo de sol cayó sobre el río de tal forma que le cegó por un momento debido a su intensidad.

En aquel fugaz momento de clarividencia, el archidiácono supo que sus caminos volverían a cruzarse.

Enrique IV también estaba presente en Roma cuando Matilda entró en la ciudad rodeada de un halo de gloria. Fue una visión que abrasó sus ojos y reafirmó su psicosis. Ahora la puta de su prima le estaba causando problemas con su abierta rebelión, exhibiendo su riqueza y sus costumbres heréticas. El pueblo de Toscana pagaría por apoyar algo tan pervertido como una mujer caudillo. Él se encargaría de eso. Y, por fin, se haría cargo de ella de una manera muy personal. Enrique todavía soñaba con Matilda por las noches, soñaba con el tacto de su impío pelo rojo desde hacía muchos años. Aún guardaba un mechón que le había cortado mientras dormía. Llegaría el día en que la sometería, y no acababa de imaginar los delicados tormentos que le infligiría cuando llegara el momento. La próxima vez, su período de cautiverio en Bodsfeld se le antojaría muy diferente. ¿Acaso no se había despertado en plena noche durante años, imaginando tales cosas de la forma más gráfica y detallada? Era una de las obsesiones más enraizadas de una mente retorcida, pletórica de fijaciones enfermizas.

Al final, los alemanes se vieron obligados, gracias a la fuerza y astucia toscanas, a entregar el papado al reformador de Lucca, quien fue proclamado oficialmente Papa con el nombre de Alejandro II. Enrique culpó a Matilda de aquel gran fracaso. Su odio hacia ella se encontraba en plena ebullición.

Para la Orden del Santo Sepulcro, el nombramiento de un Papa de Lucca fue la culminación de un sueño. Era acaso la primera vez que un hereje de un linaje antiguo era Sumo Pontífice, pero no sería la última.

La noticia de la confirmación de Alejandro fue muy celebrada por Matilda. Ahora, con la ayuda del Papa y de su sobrino Anselmo, que sería nombrado obispo de Lucca en su lugar, podría cumplir por fin la promesa hecha en su niñez. Ordenaría que se construyera una iglesia para alojar el Volto Santo. La antigua y ruinosa iglesia de San Martín se transformó en una catedral, reconstruida a partir de los antiguos cimientos bajo su entusiasta patronazgo. Matilda, como condesa de Canossa, asistió a la ceremonia de consagración, junto con la facción de Lucca, al lado de su Santo Padre, el papa Alejandro II.

La Santa Faz descansaba ahora en una gran iglesia, digna de Nicodemo y su obra maestra. Matilda había hecho algo por fin que consideraba merecedor de la satisfacción de su Señor.

Sólo era el principio.

Florencia

1069

Siéntate, Matilda.

Beatriz gruñó exasperada. Experimentaba la sensación de haber pasado la mitad de su vida dirigiendo esa frase a una hija inquieta que pocas veces dejaba de moverse. La hija, que contaba ahora veintitrés años, era de una belleza extraordinaria y muy segura de sí misma, era una poderosa fuerza política en Toscana y más allá. Gobernarla con cualquier tipo de autoridad materna se había convertido en una perspectiva cada vez más difícil para la matriarcal Beatriz.

Con Conn a su lado, Matilda había liderado ejércitos desde los Apeninos a los Alpes para proteger a su amado papa Alejandro de las fuerzas cismáticas que habían sido sobornadas para apoyar al antipapa de Enrique IV. En 1066, se convirtió en el brazo derecho de su padrastro en la batalla final que diezmó a los restantes partidarios del antipapa, y cuando todo acabó, fue jaleada como vencedora, rodeada de hombres que lanzaban el grito de batalla que la seguiría durante toda su carrera militar: «¡Por Matilda y san Pedro!»

Según se decía, la condesa luchaba con la misma ferocidad y valor que un varón. Además, sus hombres la adoraban y marchaban tras ella sin quejas ni lamentos. Conn había observado con mucho asombro, al principio, que su fervor no se encendía a pesar de que fuera mujer, sino porque era una mujer. En parte, se lo debía a él, pues la admiraba sin ambages y alababa su valía como líder militar. El gigantesco celta, quien comprendía el poder de la mitificación y de la propaganda, echaba leña al fuego de los sentimientos de sus hombres al comparar con frecuencia a Matilda con mujeres legendarias de la historia. Los soldados escuchaban con atención cuando Conn hilaba sus historias mágicas alrededor del fuego del campamento, historias sobre la reina amazona Pentesilea, que se cortó un pecho porque le impedía manejar bien el arco cuando luchaba contra los griegos en defensa de Troya; sobre la egipcia Cleopatra, que desafió el poderío de Roma, o sobre la asiria Zenobia, quien gobernó el reino más extenso del mundo antiguo, siempre comparándolas con Matilda y subrayando su superioridad. Les susurraba la profecía de la Esperada cuando la condesa no le oía, y explicaba que Dios la había elegido para guiarles. Los soldados se consideraban integrados en una nueva mitología, los hombres que formarían una gran banda de guerreros alrededor de una mujer que sería recordada eternamente por haber cumplido su destino extraordinario. Todos se convertirían en materia de leyenda. Y ser recordado por la historia, remachaba Conn, era un tipo especial de inmortalidad.

Pero los hombres no seguían a ciegas esta astuta estrategia. Las tropas reconocían y seguían a la grandeza, que veían tanto en la energía y talento para la estrategia de Conn, como en el espíritu de Matilda. También seguían a la nobleza, un rasgo nato de la diminuta condesa guerrera, como lo era su pelo legendario. Su naturaleza les inspiraba hazañas de gran valentía.

Y fue gracias a esta combinación de coraje y valor, de corazón, espíritu y poderosa mitología, que Matilda de Canossa se había convertido en una leyenda de proporciones épicas en Italia cuando contaba veintitrés años. La gente que salía de los pueblos para verla pasar con su malla cobriza la llamaba la Doncella Matilda, y la vitoreaba así: «¡Por Matilda y san Pedro!»

En aquel momento, la leyenda encarnada estaba paseando de un lado a otro de la habitación de su madre, muy agitada.

—No deseo sentarme, madre —replicó con brusquedad.

—Como quieras. Escucharás la noticia sentada o de pie, a mí me da igual. Pero la escucharás, Matilda. Has logrado escapar durante siete años a las condiciones de tu compromiso matrimonial. Godofredo lo ha permitido y yo también, cada uno por motivos diferentes. Cabe reconocer que tu padrastro no cree que vayas a encontrar mucho amor en su hijo, y te ahorraría ese destino si pudiera.

El único hijo de Godofredo, fruto de su primer matrimonio, era heredero de la fortuna de Lorena, y Matilda le había sido prometida en matrimonio porque la muerte de su padre hizo necesario ese vínculo legal. Que el joven duque fuera conocido como Godofredo el Jorobado no le convertía en el marido más deseado para una joven sensual que había sido educada en una visión exaltada del amor. Un hombre más famoso por su deformidad física que por cualquier otra característica no resultaba de lo más apetecible para una mujer que había estudiado la santidad de la cámara nupcial y soñado con la sagrada unión de los amantes en su forma más romántica. Fantaseaba con encontrar la pasión exaltada de Salomón y la reina de Saba, de Verónica y Pretorio, tal como se la habían desvelado en la Orden. Esto no parecía probable, dadas las circunstancias que el destino estaba intentando imponerle mediante la figura intratable de su madre. Además, su padrastro apenas hablaba de su hijo, lo cual debía ser una indicación más de su carácter desagradable.

—Nunca volveré a Alemania, y tú deberías comprenderlo mejor que nadie. No puedes pedirme que abandone la Toscana. Está enraizada en mi alma. Mi sangre corre por este lugar, y moriré si me obligas por la fuerza. Mi padre nunca me habría hecho eso.

Beatriz suspiró y se removió en el asiento. Ya se lo esperaba, y lo temía.

—Es a Lorena adonde irás, y Lorena es parte de tu herencia. Es mi herencia, Matilda, y el legado de Carlomagno, lo cual es lo bastante bueno incluso para ti. Es hora de que recuperes esa parte de ti y descubras que es honorable. Y a propósito, el palacio de Verdún es muy majestuoso y elegante. Casi todo el mundo se creería en el cielo si viviera en un lugar semejante.

—En tal caso, será una cárcel majestuosa y elegante, pero una cárcel que yo no veré. Porque no iré, y no me casaré con el jorobado.

—Matilda, hay algo que no sabes.

—Nada que me digas cambiará mi decisión.

—Tu padrastro se está muriendo.

Matilda se volvió poco a poco hacia su madre, la cual comprendió que su flecha verbal había dado en el blanco. La joven quería a Godofredo. Había sido muy bondadoso con ellas, y habían formado una auténtica familia durante casi quince años de vida en común. Había sido un verdadero padre para ella, y más. El duque había sido un mentor paciente y prudente, le había enseñado a administrar y defender las propiedades de la Toscana. Matilda le debía mucho. Ahora, corría el riesgo de perderle, de sufrir la pérdida casi insoportable de otro padre.

—¿Cómo lo sabes?

Tragó saliva. En el fondo de su corazón, sabía que Godofredo había iniciado un proceso de deterioro. Durante los dos o tres años siguientes a las guerras cismáticas, había visto disminuir su vitalidad. Ya no podía montar a caballo y se veía obligado a descansar largos períodos en su habitación. Durante los últimos años, era ella la que asistía a los consejos locales, la que iba a Mantua y Canossa para encontrarse con sus vasallos y mediar en las disputas cívicas. A Matilda le había gustado tanto asumir este poder que no se había permitido meditar sobre los motivos. Intentaba convencerse de que Godofredo sólo estaba permitiendo que se hiciera cargo de su herencia, en lugar de aceptar que ya no era capaz de administrar la Toscana.

—Este año te has ausentado muchas veces, y no le has visto como yo. La gota le está consumiendo. Él lo sabe, yo lo sé. Atravesar los Alpes será difícil, y de hecho puede acelerar su muerte, pero desea morir en Lorena. Además, desea verte casada con su hijo antes de que nos abandone. Es necesario, hija mía. El poder de Lorena defenderá tu herencia, tanto como los medios legales, y todo el mundo tendrá que aceptarlo. ¿Acaso no sabes que tu malvado primo intentará apoderarse de tus propiedades el mismo día que Godofredo muera, si no legítimas tus títulos mediante el matrimonio?

Matilda agitó la cabeza con desdén al oír mencionar a Enrique IV. En su mente, era todavía el ser que la atormentaba cuando era niña, y se le antojaba absurdo pensar que era rey.

—Nunca más volverá a robarme nada. Yo misma dirigiré nuestros ejércitos contra él. Que intente robar lo que nos pertenece por derecho.

—No, Matilda. Yo no le permitiré que nos robe lo que nos pertenece por derecho, al menos mientras me quede un hálito de aliento. Además, es el deseo de tu padrastro moribundo verte casada. Partiremos hacia Verdún de inmediato, pues Godofredo ha de cruzar los Alpes antes del invierno, y queremos que te hayas casado por Navidad. Lo siento, hija. Si hubiera otra forma, la apoyaría. Pero no la hay.

La joven condesa sintió que la energía empezaba a abandonar su corazón y su voluntad. Por fin, se dejó caer en una de las sillas talladas a mano, pintadas con el escudo rojo y blanco de la flor de lis de Lorena. Se le antojó un gesto simbólico de rendición.

—He de avisar a Isobel para que haga los preparativos.

Beatriz se puso en pie. Sabía que lo que iba a decir no sería bien recibido por su testaruda y emocional hija. Sería más duro para ella que la orden anterior de partir hacia Lorena para preparar su boda.

—Isobel no puede acompañarte a Verdún, hija mía. Ahora eres una mujer adulta, que se desposará con un marido noble, y que por tanto ya no necesita niñera. No sería decoroso.

Ya estaba todo dicho. Tanto Beatriz como Godofredo sabían que, mientras la facción de Lucca siguiera afecta a Matilda, ella jamás aceptaría su destino de duquesa de Lorena y esposa de Godofredo el Jorobado. Tenían que separarla por la fuerza de su influencia. Y si bien Beatriz detestaba admitir sus celos de la fidelidad inquebrantable de Isobel a Matilda, era un factor decisivo en su determinación.

Era incapaz de mirar a su hija. Había dolido sobremanera a su alma materna herir a Matilda de aquella manera, la hija a la que había llegado a querer más que a nada en el mundo, pero era por su propio bien. La joven condesa había vivido durante demasiado tiempo en un extraño mundo de fantasías, convencida de que podía ser la dueña de su destino. Había llegado el momento de que afrontara la realidad de que las mujeres no controlaban sus destinos en este mundo, ni siquiera una mujer que ya se había convertido en algo similar a una leyenda. Era una dura lección que Beatriz habría preferido evitarle a su hija, pero necesaria.

Se acercó a la ventana para mirar la luz desfalleciente del verano toscano, mientras esperaba en el pesado silencio que siguió. La explosión que Beatriz aguardaba no se produjo.

—Iré con vosotros a Verdún —dijo por fin Matilda con voz queda—, aunque sólo sea para concederle a Godofredo un poco de paz al final de su vida. Le quiero, estoy en deuda con él y le concederé eso. Nuestro Señor dijo: «Honrarás a tu padre y a tu madre», y yo lo haré.

Se levantó con brusquedad y caminó hacia la puerta, impaciente por salir de aquella habitación en busca de lo que quedaba del sol florentino, un sol que se vería obligada a abandonar muy pronto. Pronunció sus últimas palabras sin volverse.

—De momento, habéis ganado. Pero te lo prometo… sólo de momento.

Matilda esperó a sentirse segura ante la presencia de Isobel, en Santa Trinità, para demostrar la enormidad de su desesperación.

—¿Cómo lo soportaré, Issy? ¿Cómo permitiré que ese hombre horrible me toque? ¿Cómo viviré sin ti, sin el Maestro y sin Conn…, y lejos de Toscana?

Isobel abrazó a la condesa, y le acarició el pelo y dejó que llorara un rato hasta que le habló de la forma dulce pero firme que siempre había calmado a su pupila.

—Hay cosas en la vida que deben soportarse, Matilda. Y cuando eso ocurre, hemos de rendirnos a la voluntad de Dios. Nuestra oración dice «hágase tu voluntad», no «hágase nuestra voluntad», por un motivo. ¿Qué te he enseñado al respecto?

La joven se secó las lágrimas con las manos. Su espiritualidad se veía desafiada por la necesidad de encontrar un sentido a lo que estaba sucediendo.

—Que llegará el día en que comprenda la sabiduría del plan de Dios, aunque no pueda ni soñar en comprenderlo hoy.

Isobel asintió.

—Exacto. Pues cuando aceptes que estás aquí con el único propósito de cumplir el plan de Dios, jamás conocerás ni un día de dolor. Entrégate a él, Matilda. Es el gran arquitecto. Nosotros sólo somos los constructores que ejecutamos sus designios, y hemos de hacerlo colocando las piedras de una en una, tal como él nos ordena. Cuando lo hagamos, nos daremos cuenta de que estamos construyendo algo hermoso y perdurable, como hizo el maestro arquitecto de Lucca al reconstruir San Martín. Está claro que Dios quiere que vayas a Lorena para cumplir tu destino. ¿Quién sabe qué encontrarás allí?

—No será la sagrada unión de los amantes con un jorobado, de eso estoy segura.

—Lo sé, Tilda. Y lamento mucho que tu primera experiencia con un hombre no sea de verdadero amor. Pero te prometo que un día encontrarás esa clase de amor, y será todo cuanto has soñado, y sabrás que la espera ha valido la pena.

—¿Cómo lo sabes, Issy? ¿Qué esperanza me queda, cuando a los veintitrés años estaré casada con un jorobado? Cuando me libre de él, seré una vieja. Que Dios me perdone.

—Te lo puedo prometer porque la profecía lo dice. —Isobel se puso seria—. O crees en las profecías, o no. Tienes que elegir, Matilda. O eres la Esperada, o no lo eres. Y si lo eres, cumplirás tu destino de acuerdo con las palabras de nuestra profetisa: construirás templos importantes para el Camino que protejan nuestro legado, y conocerás un gran amor. Consuélate con eso y recobra la fe, hija. Te salvará en los momentos sombríos.

»Pero de momento has de aceptar la prueba, al igual que nuestro Señor aceptó la suya. En comparación, pedirte que te cases con un duque y vivas rodeada de lujos no puede ser tan horrible.

Visto así, costaba desesperar por el destino impuesto y no sentirse terriblemente egoísta. Al Maestro le gustaba preguntar a Matilda, cuando se autocompadecía por el motivo que fuera: «¿Acaso se ha acercado alguien a ti o a tus seres queridos con una cruz grande y unos clavos de hierro? Porque si no es ése el caso, no tienes motivos de queja».

El Maestro la había sermoneado con frecuencia sobre los sacrificios, no sólo del Señor, sino de su madre y su esposa, quienes tuvieron que soportar el dolor de presenciar su agonía final. Habían discutido hasta bien entrada la noche, más de una vez, sobre cuál de aquellos destinos era el más noble: el destino del Cordero de Dios, o el de tener que legar al futuro el recuerdo de su pasión y muerte. Era una pregunta que carecía de respuesta, pero siempre conseguía inspirar discusiones valiosas entre gentes de espíritu.

Isobel tuvo una idea.

—Ve mañana por la mañana, nada más amanecer, al Oltrarno. Me encargaré de que el Maestro te esté esperando, y hablaremos de esto.

Al otro lado del río, en el barrio llamado Oltrarno, la Orden poseía una propiedad en una zona más apartada, que por suerte no se hallaba bajo el escrutinio de todos los ojos de Florencia. Alguien tan popular como Matilda no podía pasear por una ciudad como ésta sin ser reconocido. Guando estaban dentro de los muros de la propiedad de Santa Trinità, gozaban de privacidad. Pero para lo demás tenían que salir de la ciudad.

Y así fue que la Orden construyó un laberinto de piedra y ladrillo al otro lado del río, que el Maestro había utilizado durante años para la educación de Matilda. Se había convertido en su refugio más amado.

—Has de recorrer el laberinto, Tilda. Solvitur ambulando.

Matilda asintió. Solvitur ambulando significaba «se soluciona caminando», y era parte esencial de las enseñanzas del laberinto. Pues le habían enseñado que el laberinto era un artefacto construido a la perfección. Fue creado mediante la sabiduría combinada de Salomón y la reina de Saba, una sublime indicación de cómo los amantes pueden manifestar grandes milagros gracias al espíritu compartido. Fue donado al hombre como medio de acceder a Dios de manera directa gracias a su oído interior. Pasear por el laberinto concedía a la persona piadosa oídos para oír, de manera que tras llegar al centro, los mensajes de Dios se oían y comprendían mejor. Era una oración andante, un baile de meditación que unificaba mente, cuerpo y espíritu en una conciencia de poderío singular. Fue gracias al laberinto que Salomón obtuvo su legendaria sabiduría.

Tal vez Matilda encontraría fuerzas por la mañana, cuando escuchara a Dios en el centro del laberinto. Nunca le había fallado. La flor de seis pétalos en el centro del laberinto era su lugar favorito de la tierra, el más seguro, el lugar más dulce jamás creado. Mañana iría allí en busca de sí misma, su futuro y la voluntad misteriosa de Dios.

El amanecer de verano sobre el Arno era un dulce juego de luz dorada. La condesa se detuvo para admirarlo y absorber la belleza de su amada Toscana, y para permitir que las lágrimas rodaran sobre sus mejillas. Los ríos de esta región (el Arno, el Po, el Serchio) corrían en verdad por sus venas. Privarse de ellos durante cualquier período de tiempo, y sobre todo los años que, sin duda, debería vivir en Lorena, era una sentencia infernal. Tal vez peor aún que casarse por la fuerza con un jorobado. Casi podría soportar aquel horror en particular si viviera en la Toscana.

Pero no podía ser. Por los motivos que fueran, Dios había decretado que Matilda se casaría con el jorobado y se iría de su tierra natal. Ahora intentaría comprender por qué y, una vez que lo hubiera comprendido, se rendiría a Su voluntad.

Isobel la estaba esperando en la puerta de la propiedad de la Orden. Un bosquecillo protegía todavía más el lugar sagrado de los ojos curiosos, y recorrieron el sendero, que Matilda podía seguir con los ojos cerrados, de tan bien que lo conocía y lo mucho que lo amaba. El sendero terminaba en un claro, donde se había construido el enorme laberinto siguiendo los principios de Salomón y la reina de Saba, con piedra y ladrillo incrustados en la tierra para crear los once senderos circulares que conducían al centro, Aunque el laberinto de Salomón tenía un centro perfectamente redondo, la culminación de esta versión era una rosa de seis pétalos, el símbolo del Libro del Amor tal como lo había diseñado el propio Mesías. El laberinto era ahora un milagroso híbrido de las enseñanzas de Salomón el Grande combinadas con la oración fundamental de su descendiente, Jesucristo.

El Maestro estaba en el centro cuando Matilda llegó, de rodillas y abismado en sus oraciones. Fra Patricio, su joven protegido calabrés, sonrió a la condesa desde la entrada. Ella le saludó en silencio, pues no quería perturbar la meditación del Maestro, pero contenta de ver a Patricio. Se habían educado juntos en los secretos de la Orden, sentados codo con codo a los pies del enigmático sabio. Se habían interrogado mutuamente y estudiado juntos, y habían practicado códigos mnemotécnicos que les permitían aprender el Libro del Amor y las profecías del Libro Rosso de memoria. Habían estudiado los complejos dibujos arquitectónicos de Salomón, inspirados por Dios, que creaban espacios en el templo y se habían incluido en el Libro del Amor. Eran las lecciones más complejas y difíciles, y estudiar con un compañero facilitó la tarea de procesar la información. Ambos niños se mostraron tan hábiles con los dibujos del templo que el Maestro comentó en numerosas ocasiones que cualquiera de los dos podría llegar a ser un arquitecto memorable.

Competían con cordialidad por la atención y las alabanzas del Maestro, y a veces sin tanta cordialidad, al tiempo que aprendían a someter su ego al aprendizaje. Patricio se había convertido en el hermano que Matilda había perdido cuando era un bebé. El sabio decía en broma que eran dos mitades de la misma mente. Abandonar a Patricio sería desgarrador.

El Maestro recorrió los once círculos hasta la salida y dedicó una profunda reverencia al laberinto cuando llegó a la salida-entrada. Recorrió los pocos pasos que le separaban de ellos y se arrodilló para tocar la anilla de hierro clavada en la tierra. Con los ojos cerrados, dio las gracias a la Señora del Laberinto por sus dones y se levantó para abrazar a Matilda.

Bienvenida, hija mía. —La besó en ambas mejillas—. Ésta es en verdad una gloriosa mañana, pues la voluntad de Dios se nos da a conocer. Callaré mis interpretaciones hasta que hayas elaborado las tuyas. Solvitur ambulando, hija. Ve a hablar con tu Creador.

Hizo un ademán en dirección al laberinto. Isobel, Patricio y el Maestro se alejaron a una distancia prudencial para permitir a Matilda el uso exclusivo del espacio. Había momentos en que paseaban juntos, un hermoso baile de camaradería y comunidad. Pero esta mañana era para ella sola. Les dio las gracias y se acercó a la anilla de hierro del suelo. Se postró de hinojos para dar gracias a la Señora del Laberinto. La Señora había adoptado muchas apariencias a través de los tiempos, pues era el eterno femenino, la esencia del amor y la compasión, la mujer amada que completa al varón mediante su unión de amor y espíritu, confianza y conciencia. Era Ariadna, era la reina de Saba, era Magdalena, era Asherah.

En honor de Ariadna, Matilda se arrancó un mechón de pelo cobrizo y lo ató con el nudo conyugal en la anilla de hierro, a imitación del hilo que salvó a Teseo.

Cuando se acercó a la entrada del enorme espacio, recordó lo que el Maestro le había dicho hacía muchos años, cuando entró por primera vez: «No hay camino correcto para entrar en un laberinto, ni camino incorrecto. Sólo hay un camino. Sigue el ritmo que te dicte tu alma y no te apartes de tu camino».

Respiró hondo varias veces para despejar su mente y entró en el laberinto. Hoy caminó con parsimonia, contemplando sus pies mientras recorrían los círculos, con el deseo de liberar su cerebro del ruido procedente del mundo consciente. Para ella, los aspectos más cinéticos del laberinto constituían el mayor bálsamo para la mente. No le gustaba quedarse sentada, rezando o meditando, durante largos períodos de tiempo. Era un alma demasiado inquieta para tanta calma. Como casi todos los humanos. Pero en el laberinto podía moverse, pensar y sentir al mismo tiempo. Era la forma de rezar más gloriosa que cabía imaginar.

Respirar, depurar, caminar, seguir los senderos sinuosos. Desprenderse de toda la escoria, decir a Dios que sólo deseaba oír su voz con claridad y conocer su voluntad para poder seguirla. Cuando llegó al centro santo, lo más sagrado de lo más sagrado, el lugar del templo y el tabernáculo, se postró de rodillas y pidió a Dios que le hablara. Había días en que iba allí para trabajar en el Pater Noster y en las seis enseñanzas primordiales del padrenuestro, en cada uno de sus pétalos. Pero no lo hizo esta mañana. Había decidido caminar con un propósito, y tal propósito era comprender su destino.

Dios no la hizo esperar mucho. Una visión la aguardaba en el centro del laberinto.

Matilda estaba cabalgando a través de un bosque verde y exuberante. Pese a todo, debía reconocer la belleza del lugar. Patricio iba a su lado, siempre la acompañaba cuando necesitaba alejarse de Verdún. Habían cabalgado a buen ritmo, pues la grupa de un caballo era uno de los escasos lugares donde ella podía encontrar refugio. Como no tenía a mano un laberinto, montar a caballo era su único medio de escape, una oportunidad de moverse y pensar al mismo tiempo.

Se detuvieron al llegar junto a un pequeño estanque en el que desembocaba un riachuelo, para que los caballos bebieran y comer el pan y el queso que Matilda había traído. Patricio condujo los caballos hasta el río. Algo impulsó a la condesa a continuar anclando, en dirección a lo que parecía un claro. Algo inexplicable la atraía hacia allí. Y entonces la oyó: la voz de una muchacha. No logró entender las palabras, pero sabía que era una niña. ¿Le estaba hablando? ¿La estaba llamando? Oyó la risa cuando se acercó más al claro.

Rayos del sol de la tarde centelleaban entre los árboles, y se reflejaban en lo que parecía ser un charco de agua. Fascinada, avanzó hacia él. Era un pozo, o una cisterna, lo bastante ancha para que varios hombres se bañaran al mismo tiempo. Se inclinó para mirar el agua y se quedó impresionada por la sensación de profundidad sin límites, de que este pozo era sagrado y se internaba en las profundidades de la tierra.

El agua estaba inmóvil, y entonces una ínfima ola onduló la superficie. Una oleada de luz dorada empezó a invadir el pozo y la zona circundante. Cuando clavó la vista en el agua, una imagen comenzó a formarse. La escena era un hermoso valle, verde y exuberante, con árboles y flores. Lo veía como si estuviera mirando un espejo, mientras una lluvia de gotas doradas caía del cielo y lo teñía todo del mismo color. Ríos de oro no tardaron en atravesar el valle, y los árboles estaban cubiertos del refulgente elemento. Todo brillaba a su alrededor con el resplandor luminoso del mineral líquido.

A lo lejos oyó la voz infantil, la que la había atraído hasta este lugar.

—Bienvenida al Valle de Oro.

Matilda lanzó una exclamación ahogada. La profecía hablaba del Valle del Oro. Su profecía. Y como para confirmar que estaba en lo cierto, la voz infantil resonó en el bosque dulce y clara, recitando las palabras de su joven profetisa, pronunciadas hacía mil años:

—La verdad ha de ser conservada, construida en piedra y pergamino en el Valle de Oro. La nueva Pastora, la Esperada, se encargará de su perfección y de encerrar la Palabra del Padre y de la Madre, así como de sus hijos, en los lugares sagrados. Éste será su legado. Éste, y conocer un gran amor.


Matilda se levantó del centro del laberinto, todavía aturdida a causa de la visión, convencida de que la pequeña profetisa se la había concedido. Cuando empezó a salir de los once círculos, repasó la visión y sus imágenes. No le cabía la menor duda de que el Valle del Oro estaba en Lorena. Por eso Dios la enviaba allí, para construir un templo al Camino del Amor en esa región. No estaba segura de la forma que adoptaría, pero sí de que el Maestro sabría qué debía hacer. ¿Acaso no había dicho que Dios la informaría de su voluntad aquella mañana?

Pero el verdadero goce procedía de la visión de Patricio en el laberinto. Dios quería que tuviera un amigo en Lorena, un amigo que la comprendería de verdad en un mundo de costumbres extrañas y un marido no deseado. Tal vez encontraría las fuerzas para soportarlo todo con elegancia.

Hágase tu voluntad, se repitió varias veces mientras salía de los sagrados senderos. Cuando llegó a la salida, inclinó la rodilla ante la anilla de hierro y dio las gracias a la Señora del Laberinto, esta vez en la guisa de Sarah-Tamar.


El Maestro no había visto la visión de Matilda. Era para ella sola, un regalo de la profetisa para que no perdiera la fe. Pero sí la había visto en su visión erigir un gran edificio en Lorena, que se convertiría en el receptáculo no sólo de sus enseñanzas, sino de la historia de su pueblo y de las familias sagradas. A la condesa se le había encomendado la misión de construir una biblioteca y una escuela para proteger todo lo que era sagrado para la Orden del Santo Sepulcro, y lo haría en forma de monasterio. Una vez que se encontrara el emplazamiento, este Valle de Oro que había visto en su visión, trabajaría con Patricio en la construcción del edificio. El Maestro seleccionaría monjes de Calabria, que hubieran demostrado su dedicación como historiadores y escribas, para iniciar la tarea de construir la biblioteca. Patricio sería nombrado abad.

Esta tarea constituiría el honor más grande para Matilda y Patricio. Pues el Maestro había visto otro elemento muy importante en la visión. Había visto que el Libro Rosso atravesaba los Alpes en su arca de oro, transportado con sumo cuidado por Patricio en un carro tirado por bueyes, tal como había ocurrido con el Volto Santo tres siglos antes. Matilda debía llevarse el Libro Rosso, para que el contenido fuera copiado con exactitud e instalado con todos los honores en el nuevo monasterio del Valle de Oro. Una vez concluida la tarea, devolverían el Libro Rosso a Toscana, donde residiría a perpetuidad.

Las enseñanzas del Camino del Amor encontrarían un nuevo hogar en Lorena, devueltas al país de Carlomagno. Era el destino de Matilda responsabilizarse de que así sucediera. Pese a la agitación provocada por su inminente matrimonio, esta promesa le proporcionaba una gran tarea en la que concentrarse, algo positivo en su futuro, que era de tremenda importancia. Cumpliría este deber con honor y elegancia.

Estaría a la altura de su destino y obligaciones de Esperada, y se esforzaría por no quejarse de estar casada con un jorobado y vivir en un palacio.


Y fue así que la hermosa muchacha nazarena a quien se le dio el nombre de Berenice al nacer fue conocida más tarde como Verónica. Era amiga de Magdalena en la infancia y estudió el Camino, y fue educada como sacerdotisa a los pies de Nuestro Señor, del mismo modo que sus hermanas nazarenas. Verónica era más joven, y en el momento de la pasión de Nuestro Señor todavía no era una María. Aún no llevaba el velo rojo. El suyo era blanco.

Se habla del valiente acto de la adorable Verónica el Día de los Dolores, pues cuando el Salvador arrastraba su carga hasta la colina el Día Negro de la Calavera, la sangre y mugre que resbalaba desde las heridas producidas por la corona de espinas se metió en sus ojos y nubló su visión, así que Verónica se abrió paso con valentía entre la muchedumbre que rodeaba a su maestro y se quitó el velo blanco de la cabeza. Se lo acercó para que pudiera secar su cara y volver a ver.

Y de ese modo, la imagen del rostro de Nuestro Señor quedó impresa en el velo blanco por toda la eternidad.

Verónica ayudó a Magdalena y las demás Marías al pie de la cruz, una hermana en el amor y el dolor. Las protegía el soldado romano de ojos azules llamado Pretorio, quien había estado al servicio particular de Poncio Pilatos. Jesús había curado la mano rota a este centurión, y estaba encontrando la luz de la conversión durante la Semana Santa, cuando ocurrían cosas de una terrible grandeza.

Pretorio se convertiría en otra clase de soldado tras la pasión de Nuestro Señor. Estaba destinado a convertirse en soldado del Camino, uno de los primeros conversos de nuestra comunidad, y uno de los más fervorosos.

El día de la resurrección de Nuestro Señor, el centurión corrió al sepulcro después de enterarse del milagro. Fue allí donde habló por primera vez con nuestra hermana nazarena Verónica. Ella le habló de las enseñanzas de Nuestro Señor, del Camino del Amor, y de que éste cambiaría el mundo si permitíamos que su verdad entrara en nuestros corazones.

Desde aquel día de la Santa Pascua, Verónica y Pretorio no volvieron a separarse. Un amor descubierto a la sombra del Santo Sepulcro sólo podía ser bendecido por Dios para toda la eternidad. Verónica empezó a guiarle mediante las enseñanzas nazarenas. Y cuando Nuestra Señora fue a la Galia para iniciar su misión, ellos la siguieron y continuaron su adoctrinamiento bajo su guía, directamente del Libro del Amor, escrito por Nuestro Señor.

De esta forma se convirtieron en la primera pareja que enseñó la sagrada unión de los amantes en suelo europeo, y aquellas tradiciones florecieron como tributo a la santidad de su amor. Donde arraigan estas enseñanzas, no puede existir oscuridad.

El amor lo conquista todo.

Cuando el tiempo vuelva, Verónica y Pretorio se encontrarán de nuevo y volverán a predicar. Pues éste es su destino eterno, y el modelo de incontables otros que han hecho la misma promesa desde el alba de los tiempos, encontrarse y vivir y predicar el Camino del Amor.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La leyenda de Verónica y Pretorio

y las enseñanzas del amor y la unión sagrada,

tal como se conservan en el Libro Rosso

Roma

En la actualidad

El padre Peter Healy paseaba de un lado a otro de su despacho, con las palmas de las manos sudorosas. Esto era de lo más inesperado y algo inoportuno, pero no había forma de eludirlo. Bérenger Sinclair venía de camino para verle. Maggie le había ayudado a sortear la seguridad vaticana. Peter apenas tenía unos minutos para ordenar sus pensamientos, pero poco podía hacer para prepararse. Todo dependería del propósito de la visita de Sinclair, y qué enfoque utilizaría. Peter se sentía perdido, pues Maureen se negaba a hablar con él de sus amigos de Pommes Bleues. Evitaba el tema a toda costa, lo cual podía significar cualquier cosa.

La puerta se abrió y Maggie invitó a Bérenger Sinclair a entrar en el despacho de Peter, que se mostró sorprendido cuando el aristocrático escocés rechazó cualquier tipo de bebida. Bérenger esperó a que el ama de llaves cerrara la puerta para acercarse a Peter con la mano extendida.

—Padre Healy. Gracias por recibirme con tan poca antelación.

Peter estrechó la mano que le ofrecían, aliviado de que el acercamiento inicial fuera cordial.

—Por supuesto, lord Sinclair. Es un placer. ¿Qué le trae a Roma?

Le indicó la butaca que había frente al escritorio. Sinclair tomó asiento.

—Maureen —se limitó a contestar.

Peter asintió.

—Ya me lo imaginaba. ¿Sabe que ha venido?

—Sí, pero todavía no la he visto. Quería verle a usted antes.

—¿Por qué?

Sinclair se acomodó y removió su cuerpo larguirucho en la butaca.

—Porque sé que ella está preocupada por cómo se siente usted, de modo que esperaba ocuparme de eso de entrada, para que tenga algo menos de qué preocuparse.

Peter guardó silencio, cauteloso. No se había producido contacto personal entre él y Bérenger Sinclair desde que se había marchado del castillo aquella noche con el Evangelio de Arques, pero estaba bastante bien enterado de lo que opinaba de él y de sus actos.

—Peter, he tenido mucho tiempo para pensar en los acontecimientos de los dos últimos años, y debo decirle que me he dado cuenta de que he sido injusto y severo con usted. Sepa que no le guardo rencor por lo sucedido aquella noche. Y lo digo en serio. Comprendo lo que hizo y por qué. A un extraño nivel metafísico que todavía no entiendo del todo, creo que hizo lo que debía. Cumplió su papel en este gran drama en que todos participamos.

La respuesta de Peter fue irónica.

—¿Cómo Judas?

Sinclair se encogió de hombros.

—Tal vez. Pero como sabrá bien, el Evangelio de Arques dice que Judas fue noble y leal. No traicionó a Jesús, sino que le obedeció. Hizo lo que era necesario para que todos cumplieran su destino. De modo que en ese aspecto, sí, yo diría que las similitudes son grandes, y le recuerdo que nuestra Magdalena se refería a Judas como el más afligido de todos, salvo uno.

Peter asintió. Que Judas era uno de los apóstoles más leales y dignos de confianza era una de las revelaciones más explosivas del Evangelio de María Magdalena. Alteraba por completo la percepción de este personaje tan vilipendiado en el siglo i. La revelación dispensó cierto consuelo a Peter.

—Gracias. Me alegro de que haya venido, más de lo que se imagina. Dígame, si no le molesta mi pregunta, ¿cómo fue su reunión con Maureen? Temo que ella no me habla de esas cosas, teniendo en cuenta nuestra historia común.

Bérenger sonrió en respuesta.

—Sostener una relación con Maureen es como despertar y descubrir que hay un unicornio en tu jardín.

—Vaya, eso sí que es poético —respondió Peter—. Pero ¿qué significa?

Bérenger ordenó sus pensamientos un momento antes de contestar.

—Es una circunstancia única e impresionante. Nunca has experimentado nada semejante. De pronto, en mitad de tu vida aparece algo que demuestra la presencia de la magia en el universo. Siempre habías creído que la magia era real, pero ahora la puedes ver, casi la puedes tocar. Casi, pero no del todo. Porque primero has de acercarte, pero ¿cómo abordar a un ser tan receloso y exótico? ¿Te atreverás? ¿Eres digno de él? No existe marco de referencia para tal encuentro, nadie puede decirte cuál ha de ser tu comportamiento.

»Después está el asunto de ese cuerno tan afilado. Por dulce y adorable que parezca el unicornio, presientes que también sería capaz de infligir heridas muy graves, incluso mortales, de manera intencionada o no. La magia funciona en ambos sentidos. Si bien es hermoso y encantador, y sabes que has sido bendecido por su presencia en tu jardín, es más que peligroso, y también muy desconcertante para el común de los mortales. Y así me siento yo.

Peter se sumó a la alegoría.

—Y debes ganarte su confianza; para que ese unicornio se quede en tu jardín, necesitas tener mucha paciencia. Y un alto grado de valentía.

Sinclair asintió para mostrar su acuerdo.

—Sí, y además sabes que si lo asustas, se le partirá el corazón y la magia desaparecerá de tu vida, para no regresar jamás. Entonces tu paisaje se te antojará muy vacío a causa de la pérdida. El mundo ya no volverá a ser igual. Pues si bien es posible que encuentres otras cosas bellas a lo largo de tu vida, sólo existe un único unicornio, ¿verdad?

Peter se reclinó en su butaca y sonrió a Bérenger, una sonrisa sincera y cálida. Hubo un tiempo en el que este hombre había albergado graves sospechas sobre él, pero ahora veía que aquellos días pertenecían al pasado. Aprendería a apreciarle y a comprender que poseía una integridad específica. Sobre todo, creía que el escocés amaba de verdad a Maureen y la comprendía de una forma que pocos podían. Además, Peter estaba seguro de que haría lo imposible por protegerla.

—Creo que ha llegado en el momento adecuado. Maureen lo necesita. El ataque de Orval la asustó. Nos asustó a todos. Tiene la oportunidad de abordarla con delicadeza, con la comprensión que necesita. ¿Recuerda el final de la leyenda del unicornio? A la larga, lo único que lo domestica y mantiene en el jardín es el amor incondicional.

—Estoy preparado para dárselo, si me permite acercarme hasta ese extremo.

—Le creo. ¿Cómo puedo ayudarle, Bérenger?

Sinclair meneó la cabeza.

—Ojalá fuera así de fácil. He de conquistar a ese unicornio con mis propios méritos. Aunque para ayudarme bastará con que no se oponga a mi presencia. Si Maureen cree que usted apoya mi papel en su vida, será más que suficiente.

—Tiene mi palabra. Y sepa que le apoyo. Cuando llegó la hora de la verdad…, usted significó más para ella que yo. Nunca me perdonaré por lo sucedido aquella noche, y mi papel en esta historia. Lo siento. Lo siento de verdad, y espero que así se lo comunique a Tammy y Roland. Se merecían mucho más.

Peter se quedó sin habla al final de su parlamento. La profundidad de sus emociones le pilló por sorpresa, pero no intentó reprimirse.

La respuesta de Sinclair fue amable.

—Ya no hay nada que hacer, Peter. Todos hemos aprendido la lección y maduraremos en consecuencia. El perdón es el Camino del Amor, y todos nos esforzamos en practicar lo que ella predicaba. Lo que ellos predicaban. Ahora nos espera una tarea que tal vez sea más grande que la última. En esto hemos de concentrarnos, por encima de cualquier otra cosa.

Hablaron sobre los acontecimientos más recientes y las extrañas pistas, teorizaron sobre lo que podía agazaparse detrás de las hostilidades y cuáles serían sus siguientes pasos. Peter propuso que se reunieran los tres, después de que Bérenger hubiera gozado de la oportunidad de ver a Maureen a solas. Juraron trabajar juntos por un propósito más elevado. Ya era hora de hacerlo. Al final de su encuentro, se abrazaron con cordialidad, y los dos se sintieron aliviados y extrañamente optimistas después de la conversación. No hay mejor cura que la dispensada por el perdón y la reconciliación.

Cuando Sinclair se disponía a marcharse, Peter le llamó.

—Bérenger, sepa que una cosa es cierta: yo he elegido a mi maestro. Y puede estar seguro de que esta vez he elegido con sabiduría.

Dio un puñetazo en el escritorio para subrayar sus palabras.

—Pase lo que pase, nunca volveré a equivocarme de bando.



9

Palacio de Verdún, ciudad de Stenay

Región de Lorena

Octubre de 1069

No cabía duda de que carecía de atractivos y era deforme, pero no tan monstruoso como había supuesto.

Hasta que abrió la boca.

Matilda miraba al hombre con el que iba a casarse desde el otro extremo de la mesa del enorme y adornado comedor de Verdún. Se había ataviado con sumo cuidado, esforzándose por parecer femenina y toda una duquesa. Su vestido era de una exquisita seda color espuma de mar veteada de hilo de oro, con adornos del mismo metal precioso que le había regalado su padrastro. Llevaba suelto su glorioso pelo, que le caía hasta la cintura con exquisitas cadenas doradas trenzadas en los mechones de las sienes.

Les habían dejado a solas para que cenaran e iniciaran el proceso de conocerse. El joven Godofredo se parecía lo bastante a su padre para que, si la condesa bizqueaba un poco, casi pudiera tolerar su visión. Si bien el padre era alto y delgado, el joven era grande y gordo. No obeso, pero sin duda su deformidad le impedía entregarse al ejercicio. También era una desgracia que la inteligencia e ingenio que distinguían el rostro del mayor no existieran en el del hijo. Las facciones de este hombre estaban fijas en un fruncimiento de ceño perpetuo. Matilda aún no estaba segura de si era una característica de su legendaria deformidad, o si los años de amargura habían afectado a su cara.

La joroba de la que se derivaba su mote era un defecto congénito. Su padrastro le había explicado que el niño había nacido con una infortunada invalidez que le había dejado encorvado de forma bastante severa. Las inseguridades resultantes que le había creado de pequeño se habían exacerbado por culpa de las crueldades infligidas como resultado de su apariencia. Le habían transformado en un ser humano pendenciero y difícil. Además, debido a que tenía poco control sobre su cuerpo, se había obsesionado con todo lo que podía controlar, incluidas sus posesiones de Lorena, que ahora saboreaba del mismo modo que sus futuras posesiones de Toscana, y su prometida. De todos modos, su padrastro le había asegurado a Matilda que el joven Godofredo no era un hombre cruel, aunque tampoco el más agradable, y que ella era lo bastante inteligente como para llegar a manejarle de tal forma que, a la larga, él aprendería a tratarla con benévolo respeto.

En aquel momento, el hombre no se sentía nada benévolo. Se lanzó de inmediato a una letanía de todas las cosas que no pensaba tolerarle.

—Me han dicho que sois testaruda y os comportáis a menudo de una forma impropia para una mujer. Si bien ese comportamiento tal vez sea aceptable en las tierras salvajes de Toscana, es de lo más inapropiado en un lugar tan civilizado como Lorena. En mis tierras no, y en mi mujer tampoco. No abandonaréis esta casa a menos que vayáis vestida de manera decorosa, con una toca que cubra vuestro cabello en todo momento. No quiero que los hombres os miren con lascivia debido a vuestra apariencia disipada. Por estos pagos se cree que las mujeres con un pelo tan rojo están poseídas por la moral más disoluta y su sitio son los burdeles. Se cree que son consortes del demonio. Por consiguiente, ningún hombre decente de Lorena toma como esposa a una pelirroja, y me alarma que vuestro cabello sea tan… chillón. Si bien me advirtieron acerca de vuestra presencia, no os describieron en términos tan vívidos. Deberíais saber que muchas mujeres han perdido la vida aquí sólo por tener el aspecto que presentáis en este momento. La toca es por vuestro propio bien, así como para protegerme de cualquier proclividad que demostréis hacia dicho comportamiento disoluto. Si me desobedecéis en esto, ordenaré que os afeiten la cabeza y la ocultéis bajo un velo.

»Además, debéis entender que yo seré el nuevo duque de Toscana en cuanto nos casemos, y me encargaré de la administración de aquellas tierras. Que mi padre os lo haya permitido hacer es una desgracia, una prueba de su deterioro y debilidad. Está claro que ése es el motivo de que no os enviara a mí cuando teníais dieciséis años, tal como había prometido. De haber sospechado esta debilidad, habría ido a Toscana hace años a enderezar la situación.

La afirmación del jorobado de que administraría Toscana (su Toscana) se le había atragantado a Matilda, que era incapaz de tocar la comida de su plato. Tenía ganas de arrojarle el cuchillo, pero consiguió mantener las manos quietas sobre el regazo. La condesa guardó silencio por temor a abrir la boca, pues ignoraba qué podría salir de ella. Sin embargo, su prometido no había terminado de recitar su lista de exigencias.

—Me han dicho que os habéis traído un confesor, un tal fra Patricio, de Lucca. Quiero hablar con él para estar seguro de que es digno de mi casa, pues tengo entendido que estáis relacionada con herejías indecorosas procedentes de Toscana. En mi casa os comportaréis como una verdadera católica en todo momento, ¿lo habéis entendido?

Lo que ella no acababa de entender era qué se le antojaba más ofensivo: que le diera órdenes, que estuviera tremendamente mal informado o que le hablara como si fuera la tonta del pueblo. Matilda echaba chispas, pero no iba a permitir que él se diera cuenta. Era más lista que él. Infinitamente más lista. Consideraría todo este encuentro como un juego de estrategia. Esto era la guerra, y estaría plagada de batallas que debía ganar con el fin de conservar su libertad y sus propiedades. Sólo que en este caso el campo de batalla sería el comedor y el dormitorio.

Fijó sus ojos de color aguamarina en el jorobado y explicó con grave inocencia:

—Pero, señor, mi confesor no es de Lucca. Procede de las piadosas tierras de Calabria, al sur, y no está relacionado con ninguna herejía de Toscana. Sabréis al punto por su acento y su piel morena que es calabrés. De hecho, fue elegido para convertirme en una buena y ferviente esposa católica para vos.

Godofredo la miró un momento antes de rezongar lo que parecía ser su aprobación, y atacó su pollo con glotonería. Sus modales en la mesa eran repugnantes, pero al menos, cuando tenía la boca llena, no hablaba.

El resto de la comida transcurrió en relativo silencio, aparte de los sonidos del jorobado al devorar los alimentos. Las últimas palabras que le dirigió antes de excusarse fueron todavía más encantadoras que sus frases preliminares.

—Quiero tener muchos hijos, y confío en dejaros encinta de inmediato. Sólo espero que a los veintitrés años no seáis demasiado vieja para darme lo que quiero. Si me hubierais sido entregada a los dieciséis años, ahora tendríamos la casa llena de niños. Si resulta que sois demasiado vieja, tomaré una esposa más joven. Y me quedaré con vuestras posesiones. Con independencia de lo que se considere tradicional en las tierras bárbaras de Toscana, es el derecho que corresponde a un caballero de Lorena.

La condesa se mordió la lengua hasta que sangró. Si esto era un caballero de Lorena, sería un placer autodenominarse bárbara.


Matilda había rezado durante la travesía de los Alpes, trabajando con Patricio para afrontar su destino en el Camino del Amor, que encuentra bondad en todos los hijos de Dios. Había jurado vivir a tenor de esos principios y albergaba la intención de cumplir ese juramento lo mejor que pudiera, sin olvidar en ningún momento que no era una santa y no pensaba llegar a serlo. Dios bendijera la paciencia de Patricio, que ella sin duda había puesto a prueba durante el largo viaje desde Toscana. Cuando llegaron a Verdún, ya estaba preparada para abordar al jorobado con talante afectuoso. Había confiado con sinceridad en que tal vez encontrarían alguna manera de trabar un vínculo de amistad. Y si el joven Godofredo hubiera sido un buen hombre, un buen conversador y un contrincante de ajedrez decente, tal vez habría aprendido incluso a quererle. Por desgracia, no era éste el caso. Aunque todavía no se había enfrentado a él en un tablero, estaba convencida de que no poseía ninguna de las dos primeras cualidades.

En esencia, lo que estaba haciendo el jorobado no era mejor que lo que Enrique intentaría si ella no estuviera casada, o sea, reclamar sus propiedades y considerarla suya, al tiempo que la despojaba de todos sus derechos y la encarcelaba en el frígido norte. ¿Existía alguna diferencia real? Ella creía que no. Al menos, no tendría que acostarse con Enrique. Ni comer con él. ¿Acaso era mejor su situación actual?

Convocó a su madre y su padrastro para plantearles estas preguntas. Aunque la salud de Godofredo se estaba deteriorando a marchas forzadas, todavía era el duque de Lorena, un hombre que había pactado papados y gobernado reinos. Y quería mucho a su hijastra, y estaba preocupado por su seguridad y felicidad.

Matilda expuso su caso con lógica suficiente para que ni su madre ni Godofredo pudieran aportar de inmediato sólidos motivos de que se viera obligada a padecer aquel matrimonio. La situación estaba dando paso a una crisis, la cual no dejaba de hacer mella en su alicaído padrastro. Godofredo pidió a Matilda que le concediera unos días para encontrar una solución y hablar en serio con su hijo.

La condesa planteó un interrogante más.

—¿Por qué los criados me miran como si tuviera dos cabezas? ¿Es el color de mi pelo lo que tanto los aterroriza?

Godofredo explicó a Matilda que, en teoría, sólo las mujeres del linaje poseían sus características físicas, y por tanto todas las mujeres pelirrojas eran herejes. En anteriores generaciones, la acusación de herejía daba paso a la de brujería, un delito castigado con la muerte.

—Cuando era pequeño, cierto número de mujeres, culpables tan sólo de tener el pelo rojo, fueron torturadas, mutiladas y quemadas en la plaza de la ciudad, después de sufrir la humillación de «desfilar», un espectáculo que, gracias a Dios, ha sido desterrado desde entonces de la civilizada Lorena.

Matilda no estaba segura de querer saber más, pero no obstante insistió en sus preguntas.

—¿Desfilar?

Godofredo abundó en el tema.

—Una pelirroja era encadenada de muñecas, pies y cuello, y obligada a caminar desnuda, mientras los aldeanos le arrojaban piedras y verduras podridas. Todo el mundo podía ver entonces que dicho color estaba presente en las partes más privadas y pudendas. Esto era considerado prueba de brujería, pues se había decretado que la única causa de una característica física tan antinatural era… tener trato carnal con el mismísimo demonio.

Tal ignorancia estremeció a Matilda. Lo que era una disposición genética indicativa de que una mujer descendía del linaje de Jesús y Magdalena se había convertido en una peligrosa maldición. Se había degradado desde la marca sagrada de una sanadora y profetisa a la marca condenatoria de una bruja.

—Por desgracia, los campesinos son muy supersticiosos, y por lo tanto los criados sienten una gran curiosidad por ti, además de un miedo cerval. Tal vez tendría que haberte advertido, pero he estado ausente de mi hogar mucho tiempo, y confiaba en ver más progresos.

Godofredo suspiró, pero después tomó el control de la situación y cambió de tema con celeridad.

—Hablaré con mi hijo y solucionaré este problema.

A continuación, animó a Matilda a explorar las verdes tierras de Lorena antes de que llegara el invierno e hiciera demasiado frío para montar a caballo, consciente de que salir a cabalgar mejoraría su humor. Y si bien no era Toscana, quizá descubriría que había mucha belleza en esta parte del mundo.

La condesa fue en busca de Patricio. Le dijo que estuviera preparado por la mañana, pues iban a ir a ir en busca del Valle de Oro. Al fin y al cabo, para eso había venido, ¿no?

Matilda era feliz a la grupa de su caballo. Atravesaba al galope un exuberante bosque, su pelo aleteaba detrás sin la restricción de la espantosa toca que se había quitado sin más ceremonias en cuanto Verdún se perdió de vista. Pese a todo, tenía que reconocer la belleza del lugar. Hacía frío, sin duda, y no era la Toscana, pero poseía su propia magia natural. Patricio cabalgaba a su lado, la retaba y perdía. Era imposible vencer a Matilda cuando montaba a caballo. Era intrépida hasta el punto de la imprudencia, pero también muy avezada. Lo único que se podía decir en favor del jorobado era que tenía buen gusto para los caballos. Sus monturas eran hermosas y fogosas, con un aguante tremendo. Habían cabalgado durante mucho rato, decididos a explorar la mayor parte del bosque en busca del Valle de Oro, el lugar que Matilda había visto en su visión. Hasta el momento, el paisaje verde predominaba, pero no habían encontrado ningún curso de agua.

Por la tarde, Matilda empezó a experimentar temblores. Era una sensación extraña, casi indescriptible, de modo que aminoró el paso de su montura y disfrutó de la experiencia. Era como si hubiera llegado a una encrucijada temporal. Experimentaba una sensación irreal del pasado, el presente y el futuro, todo mezclado. La aturdía un poco, pero también era embriagador.

Cuando la sensación se desvaneció, azuzó a su caballo de nuevo. Patricio la siguió, y cuando doblaron un recodo del bosque, apareció a la vista un pequeño estanque.

Era tal como lo había visto en la visión. Un estanque en el que desembocaba un riachuelo, donde los caballos beberían. Desmontaron y Patricio se ofreció a conducir los caballos al río, tras ponerse de acuerdo en que Matilda tenía que caminar sola hasta el claro que se abría más adelante. Hasta aquel momento, todo era igual que en la visión. Pasó nadando un único cisne blanco, que miró hacia atrás como diciendo: «Sígueme». Y entonces la condesa lo oyó: el sonido de la voz de la niña en la distancia. Oyó su risa cuando se acercó más al claro.

Los rayos del sol de la tarde brillaban entre los árboles y se reflejaban en la superficie del agua. Matilda avanzó, pues ya sabía que se trataba de un pozo. Se inclinó para mirar el agua y se quedó convencida de que no tenía fondo, de que era sagrado y llegaba hasta las entrañas de la tierra. Aquel lugar poseía cierta magia. El bosque era antiguo, primordial, pletórico de poder. Sería un emplazamiento estupendo para construir su monumento al amor y la sabiduría.

Hundió las manos en el agua fría y oscura, y no notó que su querido anillo de oro, el sello de María Magdalena, se le salía. Se desprendió de su dedo con tal rapidez que sólo pudo mirar aterrorizada cuando su tesoro se hundió en las profundidades del estanque.

Matilda chilló.

Se arrodilló ante el borde de piedra del pozo y escudriñó las aguas, con el fin de distinguir el anillo, pero era inútil. Se puso en pie poco a poco, resignada, y vislumbró un repentino brillo en el agua. Un enorme pez, una especie de trucha con escamas doradas, saltó del agua y volvió a zambullirse. Se quedó mirando con la esperanza de ver aparecer de nuevo a aquel sorprendente pez. Otro chapoteó hendió el agua, y la trucha volvió a saltar en el aire, y esta vez dio la impresión de que se movía a cámara lenta. De su boca sobresalía el preciado anillo.

La condesa lanzó una exclamación ahogada cuando el pez soltó el anillo y lo lanzó hacia ella. Extendió la mano y el anillo se depositó en su palma. Cerró la mano con fuerza a su alrededor y la apretó contra su corazón, agradecida al pez mágico, que a continuación desapareció en las profundidades del pozo. El agua volvió a quedar inmóvil. La magia se había desvanecido.

Matilda devolvió el anillo a su mano derecha y escudriñó el pozo por última vez, para ver si se producían más milagros en aquel lugar extraordinario. Las aguas seguían tranquilas, y después una ínfima ola alteró la superficie. Una oleada de luz dorada empezó a invadir el pozo y la zona circundante. Dio la impresión de que la luz del sol fluía como oro líquido vertido del cielo, y teñía de oro todo cuanto veía. Ríos de oro no tardaron en atravesar el valle, y los árboles se cubrieron del preciado metal. Todo brillaba a su alrededor con la luz cálida del oro.

A lo lejos oyó la voz infantil, la que sabía perteneciente a su pequeña profetisa, Sarah-Tamar.

—Bienvenida al Valle de Oro.

Matilda oyó una exclamación ahogada a su espalda. Se volvió y vio a Patricio, embelesado por la misma visión de un valle dorado mágico. Duró lo que duran las visiones. ¿Segundos? ¿Minutos? Era imposible saberlo. Pero la luz dorada se desvaneció por fin, y los dos se quedaron solos en el gran bosque verde una vez más.

Consolaba compartir tal visión con un amigo de confianza. Ahora, Patricio también estaba incluido en la profecía. Se fundieron en un abrazo fraternal, el intercambio inocente y cariñoso que tiene lugar entre dos personas que se quieren de la forma más sencilla. En verdad, habrían podido ser hermanos de sangre. Ambos juraron construir la mayor abadía de Europa en este lugar: un templo, una biblioteca y una escuela, los tres dedicados al Camino del Amor. En ella instalarían el tesoro más preciado de la humanidad.

Y lo llamarían Orval. Porque en verdad se había convertido en un Valle de Oro.

Matilda regresó a Verdún por la noche, jubilosa. Hasta recordó volverse a poner la odiada toca en la cabeza para cubrir su pelo, más escandaloso que de costumbre debido al largo rato de montar a caballo. La esperaba un aviso urgente de su madre y su padrastro. Debía acudir a sus aposentos nada más llegar. Su corazón dio un vuelco. Rezó para que la salud de Godofredo no hubiera declinado durante su ausencia. Después de deshacerse del olor a caballo y ponerse un atuendo más adecuado, corrió por el largo pasillo hasta los aposentos de su padrastro.

—Entra, querida, entra.

Exhaló de inmediato un suspiro de alivio. Aunque Godofredo estaba pálido y demacrado, lo encontró sentado a su escritorio. Hacía semanas que no tenía un aspecto tan bueno. Tal vez los dos últimos días de negociaciones con su hijo le habían devuelto parte de su espíritu de político.

Beatriz habló a continuación.

—Tu padrastro ha estado trabajando de firme para llegar a un acuerdo que beneficie a todos los implicados. Salvará Toscana para ti y salvará la cara de su hijo Godofredo. También te protegerá de las consecuencias más descabelladas e ilegales con las que Godofredo te ha amenazado.

El padre de su futuro marido continuó.

—Mi hijo ha accedido a firmar un documento por el que se le reconocen derechos sobre Toscana sólo mientras esté casado contigo. Si decide repudiarte por el motivo que sea, perderá todos esos derechos. Además, tienes derecho a abandonarle y regresar a Toscana si te maltrata físicamente o de cualquier otra manera, y por razones legales concretas que quedarán plasmadas en detalle en el documento. También conservas el derecho de visitar una vez al año Toscana, con el fin de administrar tus tierras.

Matilda se quedó estupefacta. Jamás había oído hablar de un acuerdo semejante, pero Godofredo conocía bien la ley y sin duda habría investigado a fondo la letra pequeña. Era una opción mejor que ir a la guerra contra Enrique y el jorobado para conservar su herencia.

—¿Te parece aceptable, hija?

Matilda asintió poco a poco, mientras meditaba sobre su posición estratégica. Era bastante fuerte. Decidió tentar su suerte un poco más.

—Hoy he tenido una visión en el bosque. Deseo construir una gran abadía dedicada a la gloria de Nuestra Señora, la madre de Dios, cuyo abad será Patricio. Pido que el joven Godofredo aporte los recursos económicos para la construcción de ese monumento como regalo de boda.

Como ni Godofredo ni Beatriz se engañaron ni por un instante acerca de a quién estaría dedicada en verdad la abadía, ni cuál sería su propósito final, desecharon entrar en discusiones. Si construir una abadía en el bosque para la Orden contribuía a que Matilda se resignara a su destino de casarse con un jorobado y quedarse en Lorena, alabado fuera el Señor. Tal vez convertirse en la mecenas de una gran abadía serviría también para mejorar su reputación en la región. Ya corrían rumores venenosos sobre ella, pero una duquesa tan devota del Señor y su Santa Madre, que dedicaba su tiempo a construirles un monumento, no podía ser una bruja.

Su padrastro sonrió, con una pizca de su antigua vitalidad.

—Estoy seguro de que mi hijo estará más que dispuesto a aportar los fondos necesarios para un proyecto tan digno de encomio, e igualmente regocijado de que su esposa sea una mujer tan piadosa y una ferviente católica.

Matilda maldijo para sus adentros, agradeció a sus padres su generosidad y salió de sus aposentos. No era la mejor perspectiva, pero aprendería a vivir con ella. Y sobre todo se encontraba en condiciones de iniciar de inmediato la construcción de una comunidad a la que llamaría abadía de Nuestra Señora de Orval. Cumpliría con sus obligaciones de Esperada, tal como había cumplido su promesa a la Santa Faz. Nada era más importante que eso.

—Hágase tu voluntad —susurró mientras recorría los fríos corredores de Verdún, con los ojos alzados al cielo. Iba en busca de Patricio, para comunicarle la buena nueva de que iba a ser nombrado abad de Orval.


Patricio supervisó el diseño inicial y la construcción de la abadía, con la ayuda de los consejeros benedictinos del padrastro de la condesa, a la que consultaban sobre todos los asuntos importantes. Se enviaron mensajeros a la Orden en Lucca para avisar a Isobel y el Maestro de que habían encontrado el Valle de Oro, y de que los monjes de Calabria que empezarían la tarea de transcribir el Libro Rosso y las demás narraciones debían estar preparados para ir al norte en el verano de 1070.

Matilda guardaba un cofre de marfil tallado en sus aposentos. Era un regalo que su madre le había dado el día que cumplió seis años. Era su posesión más preciada, y llevaba incrustado el emblema de la rama de Lucca de la familia, el emblema de Sigfrido, en piedras semipreciosas. Dentro del cofre guardaba otro de sus objetos personales más queridos. Era el rollo de pergamino atado con una cinta de raso rojo que contenía el dibujo de la rosa de seis pétalos, ejecutado por el Maestro. Matilda extrajo el rollo del cofre y lo llevó a la sala de reuniones, donde Patricio estaba conversando con los arquitectos.

—Deseo crear una ventana con este dibujo —anunció, al tiempo que desenrollaba el pergamino para mostrar el símbolo—. Quiero que la luz del día brille a través de los pétalos de rosa e ilumine el suelo, en el que habrá un laberinto. Patricio tiene el diseño.

El dibujo del laberinto de Salomón, además de las instrucciones para construir sus once senderos circulares en dirección al centro, se conservaba en el Libro Rosso. Significaría un gran desafío para los albañiles, pues quería un laberinto tanto dentro de los muros como en el jardín. Pero Matilda aún no había terminado de encomendarles tareas difíciles.

—He soñado con el aspecto de la nave. Será el edificio más glorioso de Lorena, digno del tesoro que contendrá. Aunque no soy una artista muy experta, la he visto en mi visión y trataré de dibujarla.

La condesa tomó la pluma del arquitecto principal y empezó a dibujar, mientras Patricio sonreía debido a su falsa modestia. Matilda era brillante en dibujo arquitectónico, y había terminado sus lecciones sobre el Templo de Salomón más deprisa y con mayor atención al detalle que él.

—Quiero estos arcos grandes puntiagudos —explicó al arquitecto—, tan altos como sea posible, sostenidos por columnas hechas de mármol dorado. Habrá una nave larga, con muchas columnas y muchos arcos. Será un monumento a la gloria de Dios y a lo que puede crearse en nombre del amor. Ha de ser majestuoso, por consiguiente.

El arquitecto asintió con algo más que admiración. La pericia de esta mujer en el dibujo era asombrosa, y extensos sus conocimientos de los principios arquitectónicos. Lo que estaba proponiendo era un desafío enorme, pero no cabía duda de que lo había estudiado a fondo. Cuando Matilda hubo terminado, el arquitecto estaba convencido de que comprendía su visión, su carísima visión: construir la abadía más grande del norte de Europa.

Había prolongado lo inevitable lo máximo posible. Su padrastro estaba en las últimas, y sería necesario que Matilda contrajera matrimonio con el abominable jorobado dentro de tres días. Encontró a Patricio en la capilla.

—Ayúdame, Patricio. Sé que debo hacerlo, pero me aterroriza que me toque. ¿Qué haré?

El joven había recibido la misma educación que la condesa, y era muy consciente de la santidad de la cámara nupcial. También era consciente de que Matilda no encontraría la sagrada unión de sus escrituras en este matrimonio con un hombre odioso al que despreciaba. Pero su experiencia práctica era nula. Si bien ella bromeaba con él a menudo, diciendo que le estaba buscando una abadesa adecuada entre las beldades germanas rubias de su casa, Patricio aún no había encontrado la oportunidad. Se sentía algo desorientado.

—¿Qué consejo te dio Isobel? —preguntó.

Matilda respiró hondo e intentó recordar su última conversación con Issy.

—Me dijo que no le besara.

Patricio asintió. Era un consejo muy comprensible. El Libro del Amor y el Cantar de los Cantares hablaban del beso como algo sagrado. Era mediante el beso que las almas se fundían, que dos espíritus se unían en el aliento compartido. Esto, tanto como la intimidad definitiva de la cópula, o quizá más, se consideraba parte esencial de la divina unión.

«Como marido tiene derecho a engendrar hijos, Tilda —había dicho Isobel—. Tendrás que entregarle tu cuerpo, desde las caderas hacia abajo siempre que lo desee. Pero no has de someter tu alma. Desde el corazón hacia arriba, todo te pertenece. Consiéntele sus deberes legales como marido, pero reserva los tuyos. No permitas que te bese si le consideras abyecto. Es un tesoro que no debes entregar a nadie más que a tu bien amado.»

A continuación, Issy dio motivos a Matilda para sonrojarse, cuando le enseñó una serie de distracciones escandalosas que ayudarían a su marido a olvidarse de los besos. Enseguida. Había escuchado con suma atención, algo anonadada, y tomado notas mentales. Ahora, cuando el ominoso acontecimiento se aproximaba, se alegró de haber prestado tanta atención.

Matilda era una gran estudiante. Cuando se pronunciaron los votos tres días más tarde, en la capilla de Verdún, temblaba tanto de frío como de miedo por la noche nupcial. Pero había decidido acercarse al lecho matrimonial con una estrategia, como si fuera otra batalla que debiera librar para proteger lo que le correspondía por derecho. En este caso, estaba protegiendo su alma.

Cuando el jorobado se acercó a ella en la cámara nupcial, Matilda le escandalizó al interpretar el papel de mujer libertina con la máxima convicción. Le recibió con toda la gloria de su absoluta desnudez, una visión de pelo suelto cobrizo y púrpura, en contraste con la piel de alabastro inmaculada. Que el legendario y perverso pelo rojo no se terminara en la cabeza, sino que cubriera su zona más íntima era atrayente y escandaloso al mismo tiempo, y sin duda demasiado insoportable para cualquier cristiano. Godofredo estaba convencido ahora de que aquel ser antinatural era todo cuanto se decía de ella. Aquí estaba la serpiente Lilith, la tentadora diabólica, la consorte del demonio. Pero en aquel momento estaba decidido a poner en peligro su alma inmortal, incluso si tal era el caso. El diablo había vencido.

Godofredo estaba hipnotizado por su esposa, y al mismo tiempo horrorizado. Por su parte, Matilda aprovechó la ventaja que le ofrecía su estupor. Utilizó los trucos de ramera que Isobel le había enseñado, y se encargó de que su marido no sintiera deseos de besarla. Todo terminó muy deprisa, cosa poco sorprendente. Godofredo el Jorobado se dio la vuelta casi de inmediato y empezó a roncar, dejando el cuerpo de su esposa mancillado, pero su alma intacta.

Al día siguiente, cuando una comitiva de sus hombres le preguntó cómo había ido la noche nupcial, el jorobado rezongó:

—Todo es cierto, lo que dicen de las pelirrojas.

Las carcajadas lascivas que siguieron al comentario fueron una clara indicación de que todo el mundo en Lorena sabía muy bien lo que el pelo rojo provocaba tras las puertas cerradas del dormitorio.


Godofredo, duque de Lorena, cayó en un coma profundo al día siguiente. Murió tres días después, la víspera de Navidad de 1069. Matilda le lloró con el honor y la sinceridad que habría sentido por su padre natural, más de lo que podía decirse de su esposo, que había estado al acecho como un buitre, a la espera de que su padre muriera para heredar la totalidad de sus propiedades, combinadas con las de su esposa.

Lo único positivo de la codicia del jorobado fue que ahora estaba demasiado ocupado para acordarse de ella. Matilda hacía lo que le venía en gana, o sea, pasar todo el tiempo con Patricio en la supervisión de Orval. Los trabajos de construcción no se iniciarían plenamente hasta la primavera, pero los preparativos eran numerosos. El Arca de la Nueva Alianza que contenía el Libro Rosso se guardaba en una capilla privada a la que sólo tenían acceso Matilda y Patricio, tal como había dejado claro en sus exigencias prematrimoniales, hasta que concluyera la construcción de Orval y el libro pudiera ser trasladado para los trabajos de copiado. Por supuesto, había mentido al jorobado acerca del contenido del arca, pero su marido no era lo bastante observador como para darse cuenta. Patricio pasaba casi todo el tiempo en la capilla privada, intentando recrear el esbozo del Laberinto de Salomón que contenía el Libro del Amor. Necesitarían un plano para entregarlo al jefe de los albañiles.

Matilda también pasaba con su madre varias horas del día. Había enviudado por segunda vez, y en ambas ocasiones había perdido a hombres a los que amaba de verdad. Beatriz llevaba su dolor con la misma elegancia y dignidad con las que había vivido el resto de su vida, pero su hija vio que se había cobrado su tributo. Una gruesa franja plateada destacaba en su prístino cabello negro, y su legendaria belleza estaba empezando a desvanecerse con la edad y las tensiones.

—Cuando deje de nevar, volveré a Mantua —anunció de forma inesperada Beatriz una noche, mientras cenaban.

Matilda se quedó estupefacta. Como su madre era de Lorena, siempre había creído que era feliz en su tierra natal.

—Toscana se convirtió en mi hogar durante los años que pasamos allí —explicó—. Me siento mucho más en casa en aquellas tierras que en Lorena. Pero además no confío en tu marido tanto como confiaba en el mío. Estará ocupado aquí, con los asuntos de Lorena, y yo volveré a nuestras tierras para ocuparme de su administración. Es por tu protección tanto como por la mía.

—Ojalá pudiera ir contigo —suspiró Matilda.

Beatriz palmeó el brazo de su hija.

—Algún día, querida mía, algún día. Eres joven, y volverás a ver Toscana.

De pronto, Matilda hizo algo que pocas veces se permitía. Lloró. Apoyó la cabeza en sus manos y lloró: por su tierra natal perdida, por sus padres muertos, por los amigos que estaban demasiado lejos, por su repugnante matrimonio, por sus responsabilidades espirituales, y ahora porque su madre se marchaba. Beatriz, por su parte, dejó que su hija llorara hasta el agotamiento, al tiempo que acariciaba su pelo en una rara demostración de afecto maternal.

Reza de la manera que te he enseñado, utilizando la rosa como modelo del Espíritu Santo.

Y avanzando siempre de izquierda a derecha, abraza el primer pétalo de la santa rosa, es decir, el pétalo de la FE, y reza:

Padre nuestro bondadoso que reinas en el cielo,

santificados sean tus nombres.

Medita sobre tu fe en el Señor tu Dios y la gracia del Espíritu Santo, al tiempo que agradeces la presencia de ambos en tu vida y en la tierra.

Abraza el segundo pétalo, es decir el pétalo de la RENDICIÓN, y reza:

Venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad.

Escucha la voz de tu Padre, para conocer su voluntad y cumplirla sin miedo ni falta. Quédate en este pétalo el tiempo que necesites para sumergirte y encontrar la bienaventurada liberación de la entrega a su voluntad, antes que a la tuya.

Abraza el tercer pétalo, o sea, el pétalo del SERVICIO, y reza:

Así en la tierra como en el cielo.

Aquí reafirmarás tu promesa, a Dios y a ti mismo, si eres anthropos por completo y lo has recordado. Si aún no has alcanzado el estado de realización, confirmarás tu compromiso de crear el cielo en la tierra actuando de acuerdo con el Camino del Amor, amando al Señor tu Dios por encima de todas las cosas, y amando a tus hermanos y hermanas en la tierra como a ti mismo, pues son parte de ti. Rezarás por su iluminación, y mediante la gnosis recordarás la naturaleza de tu promesa eterna.

Abraza el cuarto pétalo, el pétalo de la ABUNDANCIA, y reza:

El pan nuestro de cada día, el maná, dánoslo hoy.

Da gracias al Señor por todo lo que te ha concedido, y que sepas que, cuando vivas en armonía con su voluntad y honres tu promesa de servirle, conocerás la munificencia de la abundancia y jamás vivirás un día de necesidad. No hay nada que necesites o desees que no te sea dado cuando vives en el flujo de la gracia de Dios, y cuando te has alineado con la voluntad de Dios.

Abraza el quinto pétalo, o sea, el pétalo del PERDÓN, y reza:

Perdona nuestras ofensas y errores,

como nos perdonamos a nosotros mismos y a los demás.

Aquí has de hacer la lista de aquellos que te han perjudicado, que han testificado en tu contra o te han causado dolor. Y debes perdonarles, al tiempo que rezas para que algún día sean anthropos por completo, tomen conciencia de su relación con Dios y recuerden su promesa. Has de pedir que cualquiera a quien hayas ofendido te perdone del mismo modo, y sobre todo has de perdonarte a ti mismo por todos los actos y pensamientos que te han avergonzado por tu debilidad humana. Pues si bien el perdón es el bálsamo de nuestra compasiva madre, perdonarse a uno mismo es lo más necesario de todo.

Abraza el sexto pétalo, o sea, el pétalo de la FUERZA, y reza:

Dirígeme por el camino del bien y

líbrame de las tentaciones del mal.

Pues la tentación es lo que nos impide convertirnos en seres realizados. Impide que cumplamos nuestra promesa a Dios, a nosotros mismos y a los demás, y se encuentra mediante las tentaciones de la avaricia, el orgullo, la pereza, la lujuria, la ira, la glotonería y, sobre todo, la envidia. Medita sobre estos pecados y reza por tu liberación de cualquier tentación que quiera desviarte del camino del anthropos.

Reza de esta manera que yo te he dado, y enseña a tus hermanos y hermanas en espíritu a hacer lo mismo. Gracias a vivir esta oración, hombres y mujeres crearán el cielo en la tierra. Gracias a esta oración, vivirán tal como expresa el amor.

El amor lo Conquista Todo.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La oración de los seis pétalos de rosa, del Libro

del Amor, tal como se conserva en el Libro Rosso

Palacio de Verdún

Primavera de 1071

Matilda estaba embarazada.

Estaba segura. Habían transcurrido dos ciclos lunares completos desde la última vez que había sangrado, y los retortijones que sufría en el estómago cada mañana le impedían comer hasta el pan más sencillo.

Se le planteaba un dilema. Si admitía su embarazo de inmediato, podría insistir en que el jorobado no la tocara por temor a perjudicar al feto. Sería una bienvenida liberación de sus gruñidos y embestidas, que detestaba como si fueran veneno. Tal vez podría insistir incluso en retirarse a sus aposentos privados durante el resto del embarazo. Por desgracia, a su marido le había excitado sobremanera su despliegue de lascivia durante la noche de bodas, cosa que ella no había previsto. Su deseo de ella se había convertido en una obsesión instantánea, una impía adicción a su exótica esposa y su cuerpo antinatural. Ahora acudía en su busca con excesiva regularidad, desesperado y exigente.

Las sesiones de alcoba asqueaban a Matilda, pero hasta el momento había conseguido evitar que su marido la besara. Que mostrara escaso interés por ello, tan obsesionado estaba por los demás placeres de su feminidad, era lo único que conseguía conservar intacta su cordura después de que el sol se ponía.

Por otra parte, si le decía que estaba encinta, insistiría en que dejara de montar a caballo. Esto significaría que no podría continuar supervisando la construcción de Orval, que era el único y verdadero placer de su vida. Que le privaran de él sería insoportable. Ella misma había colocado la primera piedra en el equinoccio de invierno de 1070, hacia casi un año, y había participado en todas las decisiones acerca del edificio. Además, desde la Orden había llegado la noticia de que los monjes calabreses de Patricio que copiarían el Libro Rosso ya se habían puesto en marcha hacia el norte. Aunque al principio podría alojarlos en el palacio, cuando empezaran a trabajar de firme en las traducciones tendría que alejarlos de Verdún, para evitarles los interrogatorios diarios de Godofredo. No quería perder la libertad de ir al edificio antes de lo necesario.

Matilda se vio obligada a tomar una decisión pocas noches después de haber descubierto su estado. El jorobado solía llegar tarde, pues sus posesiones se extendían hasta más allá de Stenay. En circunstancias normales, cuando se trasladaba hasta la periferia de sus territorios, no regresaba a Verdún hasta el día siguiente, para alivio de la condesa. Aquella noche en particular ya se había acostado, agotada a causa de sus obligaciones diarias, la construcción de la abadía más grande de Europa y la nueva vida que crecía en sus entrañas. Como era tarde, estaba segura de que su marido pernoctaría en otro lugar.

Estaba equivocada.

Matilda le oyó antes de verle. Y le olió antes de que entrara en la cámara.

—¿Dónde está mi mujer?

Entró en la habitación dando tumbos, hediendo a cerveza y algo peor, que Matilda no consiguió identificar hasta que se acercó más. Vómitos. Estaba sucio y asqueroso, como si se hubiera revolcado en una de las cervecerías más abyectas durante muchas horas. El jorobado consolaba periódicamente su desdicha de tal manera. Pese a todos sus defectos físicos, era un hombre sano, y antes de su matrimonio había buscado solaz con regularidad en burdeles y cervecerías. Desde que había contraído matrimonio con la bruja pelirroja, descubrió que necesitaba escapar más que nunca a la segura familiaridad de las muchachas alemanas de pelo pajizo, con la esperanza de romper el hechizo que su perversa esposa le había arrojado. Acrecentaba su tormento el hecho de que a ella le inspiraba odio y repugnancia, y él lo sabía.

Antes, cuando Godofredo había buscado alivio en excesiva cerveza y prolongados ratos en los burdeles, perdía el conocimiento mucho antes de poder tocar a su esposa. Esta noche, Matilda no tendría esa suerte. En su mente enfebrecida, las insulsas matronas de la cervecería no habían podido resistir la comparación con su mujer. Incluso con dos de las muchachas más pechugonas a la vez en la trastienda, no había sido capaz de borrar la visión del tizón que le aguardaba en la cama. Cuando regresó a palacio, era un hombre poseído tanto por la lujuria como por sus demonios interiores.

—Ven con tu hombre y marido, puta lasciva —dijo arrastrando las palabras mientras se acercaba a ella, al tiempo que se bajaba los pantalones.

Matilda estaba medio dormida cuando el jorobado entró en su habitación, y ahora estaba intentando despejarse para afrontar aquella llegada inesperada. Sus reflejos, por lo general veloces, estaban embotados por el sueño y su estado. La velocidad inesperada con que Godofredo se encaramó sobre ella apenas le concedió tiempo para volver la cabeza, cuando él intentó apoyar su boca apestosa sobre la suavidad de sus sensuales labios. Sólo pudo abatirse sobre su mejilla con un gruñido, y sus dientes dejaron huella en la cara de la condesa. Ella intentó distraerle con sus manos expertas, pero esta noche la estrategia, por lo general eficaz, no iba a funcionar.

Godofredo la abofeteó con el dorso de la mano.

—Vuelve la cabeza hacia mí, mujer.

No esperó a que ella obedeciera. La sujetó del pelo con ambas manos y la obligó a acercar los labios a los de él. Matilda se esforzó por mantener los dientes apretados, pero el jorobado se impuso por la fuerza e introdujo su lengua resbaladiza en su boca. Desesperada por quitárselo de encima, ella utilizó una técnica de combate que Conn le había enseñado: apoyó la rodilla contra su pecho y se zafó de su presa con un rápido y doloroso movimiento.

El jorobado cayó al suelo con un golpe sordo y un gruñido. Se quedó un momento inmóvil, mientras recuperaba el aliento. Después empezó a levantarse poco a poco con expresión amenazadora. Sus manos se convirtieron en puños cuando se acercó a ella.

—Ejerceré mis derechos de marido contigo, cuándo y cómo a mí me dé la gana. Tu precioso documento legal no te exime de eso.

—Detente, Godofredo —barbotó Matilda, antes de que él diera otro paso—. Estoy encinta.

El jorobado parpadeó, como si no la hubiera oído bien, cosa normal teniendo en cuenta su embriaguez.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que estoy encinta de ti. Y la comadrona ha dicho que, teniendo en cuenta la delgadez de mis huesos, corro gran peligro de perder el niño.

Mentía, por supuesto, pero él era demasiado ignorante para saber de esas cosas, incluso cuando estaba sobrio.

Godofredo avanzó otro paso hacia ella, saltó con sorprendente agilidad, sujetó un mechón de su pelo y la arrastró hacia él.

—¿Por qué debería creer a una bruja como tú?

Su lascivia y embriaguez constituían una combinación peligrosa e irracional. Además, el jorobado era un hombretón. Tenía que obligarle a comprender. Y deprisa.

—Porque has estado esperando todos estos años a tener un heredero, y si me tocas, puede que nunca más consigas uno.

Godofredo aflojó su presa, pero no la soltó. Matilda estaba exasperada. Lanzó la siguiente frase con su antigua actitud belicosa.

—En esta casa hay suficientes criadas, que se sentirán muy contentas de aliviarte a cambio de una baratija. ¿Has de poner en peligro a tu hijo, el futuro duque de Lorena, por culpa de tu lascivia de borracho?

Tuvo éxito. Por ebrio que estuviera, de cerveza y de ella, la condesa consiguió hacer mella en la parte de su cerebro que albergaba su ambición más profunda. El jorobado masculló algo acerca de comentar el tema con ella al día siguiente, y salió dando tumbos de la habitación sin mirar atrás.

Matilda sintió pena, y más que algo de culpa, por la pobre criada que esta noche se vería obligada a aplacar el inflamado estado de su amo. Más tarde descubriría cuál había padecido la afrenta y le doblaría el sueldo. Era lo menos que podía hacer.

Pero en secreto sentía un alivio infinito al saber que podría excusarse del placer masculino del duque durante los siguientes siete meses, como mínimo.

Matilda vivía prisionera en el palacio. Tal como ella temía, Godofredo le había entregado una lista de lo que podía y no podía hacer. Montar a caballo estaba en lo más alto de la lista de actividades prohibidas. Siempre se hallaba bajo la vigilancia de algún empleado del jorobado: sacerdotes, médicos, comadronas, que no paraban de interrogarla y atormentarla. Hasta la cocinera inspeccionaba cada bocado de comida que se llevaba a la boca, además de apostar criados en el comedor para asegurarse de que comía lo que le habían preparado.

Por suerte, su marido la había evitado como a la peste desde la noche de su humillación en el dormitorio. Matilda estaba segura de que no confiaba en ella, y de que estaba convencido de que intentaría atentar contra su hijo, y ése era el motivo del continuado espionaje al que la sometían sus criados. Era horrible saber que toda aquella gente la creía capaz de algo tan espantoso. Pero también era horrible sentir aquella vida en sus entrañas y saber que no había sido concebida de manera inmaculada, tal como enseñaba la Orden. Aquel pobre feto no había sido creado en un entorno santo. El Libro del Amor enseñaba que todos los niños nacidos de la unión de los verdaderos amantes son concebidos de manera inmaculada a los ojos de Dios, pero cuando un niño es concebido al margen del amor, escasa bendición recibe al nacer. Esto no iba dirigido contra los pobres recién nacidos, que no podían elegir, sino que constituía una advertencia a los adultos para que no tuvieran hijos al margen del reino del amor.

Dios querido, ¿por qué me has apartado de Isobel y del Maestro en un momento como éste? Matilda necesitaba una guía espiritual, más que nunca. La ansiaba, y se sentía desdichada. Su único refugio era la capilla privada, el único lugar al que podía escapar y cerrar la puerta a todos los espías del jorobado. Entró, no sin antes tocar la estatua de Santa Modesta, que ahora descansaba sobre un altar dorado.

Como sorpresa de cumpleaños, Patricio había pintado una rosa de seis pétalos en el centro del suelo. Aunque no tendría laberinto en Lorena hasta que Orval estuviera terminado, podría procurarse un lugar sagrado para trabajar mediante su oración más santa. Tal vez esto le proporcionaría la energía espiritual que necesitaba para superar sus actuales tribulaciones.

A Matilda le gustaba mucho este lugar, y entró en la rosa para iniciar su oración. Empezó en el primer pétalo y expresó su gratitud a todas las personas amadas de su vida, antes de avanzar hacia el siguiente pétalo.

Hágase tu voluntad, susurraba una y otra vez. Dios querido, ¿por qué quieres que padezca esto? ¿Por qué me has apartado de todos mis seres queridos y del único lugar al que puedo llamar mi casa? ¿Cómo puedo comprender mejor tu voluntad?

A veces, oía Su voz con claridad, pero sobre todo en el laberinto. En otras ocasiones, sólo oía el sonido del silencio en sus oídos. Hoy le oyó con una fuerza que no había esperado.

«Cuando el Valle de Oro esté terminado, podrás volver a tu casa, donde encontrarás un gran amor como recompensa por haber obedecido a tu destino y cumplido tu promesa.»

Aquella respuesta contenía enigmas, por ejemplo, cómo podría volver a casa, pero lo que oyó la consoló. La voluntad de Dios era que construyera Orval, y eso era lo que estaba haciendo. La construcción marchaba a buen ritmo. Un invierno suave había permitido que los obreros trabajaran pasada la estación normal. Y los calabreses ya habían llegado y estaban enfrascados en la copia del Libro Rosso. Todo iba según lo planificado.

Terminó su oración de los seis pétalos, pero se demoró mucho tiempo en el quinto, el pétalo del perdón. Rezó para encontrar fuerzas y perdonar a Godofredo por la desdicha que le infligía, al compadecerse de su deformidad y el dolor que le causaba. Matilda pidió a Dios que la perdonara por despreciar a su esposo, y tal vez por no demostrarle más cariño. Cuando hubo terminado, sintió una paz que, hasta el momento, la había rehuido. Y Dios la premió por su piedad, porque Patricio llegó inesperadamente de Orval aquella misma tarde.

Llegó para informarla de los rápidos progresos de su hermosa abadía, y para enseñarle esbozos de los edificios erigidos que testimoniaban su belleza y majestad. Nada deseaba más Matilda que ver la ventana de los seis pétalos ya construida. Su contorno era visible desde el laberinto del jardín, cuya construcción acababa de empezar. Patricio estaba entusiasmado por la grandeza de conjunto del edificio, e intentaba transmitir su pasión, procurando al mismo tiempo que no se sintiera desesperada por no poder ir a montar con él. Leyó aquel anhelo en su rostro.

—Oh, Patricio, ojalá pudiera estar contigo.

—El tiempo vuela. Volverás antes de que te des cuenta. Y cuando ya puedas desplazarte, casi habremos terminado los primeros edificios y habremos construido un laberinto perfecto para ti en el jardín.

—Lo deseo más de lo que puedas imaginar.


Fue a principios de otoño, una mañana, cuando Patricio regresó a Verdún para ver a Matilda y comunicarle la noticia de que el laberinto estaba terminado. Su entusiasmo era tal que la noche anterior había sido el primero en entrar y salir de los once círculos. Quería compartir con ella su éxito. Juntos habían creado una magnífica biblioteca, así como un centro de formación donde impartir las enseñanzas del Camino de Amor, algo que era preciso celebrar.

La Matilda que le recibió no estaba de humor para celebraciones. Se encontraba ya en el séptimo mes de confinamiento, y se notaba que estaba embarazada. Cuando se encaminaron hacia los establos, lanzó una mirada anhelante a los caballos.

—Daría cualquier cosa por dar un paseo por el laberinto. Dentro del laberinto se halla el único lugar donde encuentro la verdadera paz.

Se detuvo de repente y paseó la vista a su alrededor. No les habían seguido, al parecer. Patricio la conocía lo bastante bien como para saber en qué estaba pensando. Por eso el Maestro había dicho que compartían el mismo cerebro.

—No, Matilda. Ni se te ocurra. Es demasiado peligroso.

—Godofredo estará ausente tres días. Si nos vamos ahora, podremos volver antes de que haya oscurecido demasiado. Lo suficiente para ver cómo van las obras y pasear por mi laberinto una vez.

—¿Te has vuelto loca? No estás en condiciones de montar a caballo. Ni siquiera puedes montar con lo que llevas puesto.

—Escúchame: ¿alguna vez has visto a alguien que se sienta más a gusto sobre un caballo que yo? Es lo mismo que sentarse en una silla. Escogeré uno de los animales más viejos y apacibles. Tardaremos una hora más de ida y de vuelta. Además, en las caballerizas hay prendas de montar. Prendas masculinas, que me servirán para disfrazar mejor mi persona y mi estado.

—No me pidas que haga esto, Tilda. Te lo ruego.

—¿A quién más se lo puedo pedir, hermano?

Sus ojos verde mar se llenaron de lágrimas.

—Por favor, hace seis meses que no recibo ninguna alegría. Ver lo que hemos creado en Orval, celebrarlo como tú has dicho, me devolverá la vida de nuevo. Me ayudará a sobrellevar el resto de mi confinamiento.

—Que Dios me perdone si algo te pasa a ti o a ese niño —gimió Patricio, al tiempo que meneaba la cabeza—. Démonos prisa, antes de que alguien nos vea.

En cuanto llegaron al bosque, la condesa olvidó que estaba encinta. Azuzó al caballo y empezó a cabalgar a su velocidad habitual.

—¡Más despacio, Matilda!

Patricio estaba sudando, pese al frío de principios de otoño. Un mal presentimiento le había invadido desde el momento en que la vio en los establos. Aunque sabía que jamás haría daño a su hijo de manera intencionada, su comportamiento era de lo más imprudente.

La condesa tiró de las riendas y aminoró la velocidad.

—Lo siento. Es que me sienta tan bien volver a respirar aire puro…

Aspiró el aire perfumado de los grandes pinos que les rodeaban en las Ardenas. Ya estaban cerca, y se sentía cada vez más impaciente. Cuando pasaron junto al estanque donde se deslizaba el solitario cisne blanco, Matilda lanzó una exclamación ahogada.

Delante de ella vio los arcos puntiagudos de la nave, columnas de mármol dorado que centelleaban bajo la luz del sol. La vista era impresionante.

—Oh, Patricio, mira lo que hemos hecho.

Desmontó con la ayuda de su amigo y caminó hacia el magnífico edificio. Era todo cuanto había soñado, un grandioso monumento al Camino del Amor.

—Ven, has de ver esto.

Patricio estaba entusiasmado, ahora que habían llegado sanos y salvos, y Matilda no parecía afectada por el paseo. De hecho, parecía más viva que nunca. La ayudó a cruzar el umbral y entrar en la gran cámara que albergaba la ventana de la rosa de seis pétalos.

Al contemplarla, la condesa lloró. Cuando consiguió hablar, lo hizo en un suspiro.

—Es perfecta. Tal como la vi en mi sueño.

La guió hasta el scriptorium, donde los tres monjes de Calabria, dos maestros y un aprendiz, estaban trabajando en las traducciones del Libro Rosso. Matilda no les había visto desde los primeros días de su llegada a Lorena, y se sintió feliz de reunirse con ellos. Si bien los hermanos se sorprendieron al verla, la saludaron con cordialidad y la invitaron a descansar mientras preparaban una colación a base de pan, cerveza aguada y queso, todo lo cual se hacía en los terrenos de la abadía. Orval ya estaba camino de convertirse en una comunidad floreciente y autosuficiente. Los progresos no habrían podido hacer más feliz a Matilda.

Después de comer y ponerse al día sobre el estado de las traducciones, mucho más adelantadas de lo que había supuesto, Matilda estaba ansiosa por ver la pièce de résistance.

—Llévame a nuestro laberinto —pidió a Patricio, quien obedeció con docilidad.

Era magnífico. Patricio había trabajado con maestros albañiles durante más de un año, que habían fabricado cientos de baldosas iguales, fijadas con cuidado en la tierra una a una hasta crear los once círculos. En el centro había una rosa perfecta, perfilada con roca de un color más claro para que contrastara. Era una obra maestra de cantería.

—Mira esto.

Patricio la condujo hasta la entrada, encarada hacia el oeste, se alejó unos diez pasos y se arrodilló para enseñarle la anilla de hierro empotrada en el suelo.

—Para Nuestra Señora del Laberinto.

Matilda le sonrió y se arrancó varios cabellos para atarlos en la anilla con el nudo nupcial. Besó a Patricio en la mejilla y le dio las gracias, antes de adentrarse en su laberinto, donde Dios la esperaba en el centro.

El tiempo que pasó Matilda en el laberinto fue hermoso, aunque intrigante. Tuvo una visión de la Toscana con Conn, el obispo Anselmo e Isobel, y con alguien más, otro hombre, fuerte y atractivo, al que no reconoció. Se le antojó curioso que en la visión ella no parecía mayor que hoy. Si la Toscana estaba en su futuro, era un futuro más que lejano. Godofredo jamás permitiría que viajara después del nacimiento del niño. Otra visión de Lucca, y era Navidad. Se encontraba delante de la catedral de San Martín. Su catedral de la Santa Faz. Y era feliz en ambas visiones, de una manera casi insoportable. ¿Podía existir tal felicidad? ¿Qué momento de su futuro estaba vislumbrando? Tal vez sólo estaba viendo el sueño de su alma, en lugar de un destello de la realidad que la aguardaba. Resultaba desconcertante que en las visiones no apareciera su hijo, y no obstante sentía los movimientos del feto en su útero. Tal vez Dios no quería que viera al niño antes de nacer.

Patricio, que la esperaba fuera del laberinto, se estaba preocupando. Llevaba dentro mucho tiempo, y si no salía pronto no habría forma de regresar a Verdún antes del anochecer. Cerró los ojos y rezó para que saliera al instante. Pero esperó mucho rato antes de que emergiera, arrebatada a causa de las visiones.

—No hay tiempo, Tilda. Hemos de ir a buscar los caballos. Ya me lo contarás por el camino.

Ella asintió, miró el cielo y se dio cuenta nerviosa de que era mucho más tarde de lo que había imaginado. Patricio la ayudó a montar en su caballo y la siguió de inmediato en dirección a Verdún.

Estaban en pleno otoño, y los días se estaban acortando. Matilda tenía que tomar una decisión: galopar más deprisa y aprovechar lo que quedaba de luz diurna, o andar a paso mesurado y correr el riesgo de que anocheciera. Eligió la primera opción y espoleó a su caballo.

—Que Dios nos ayude —murmuró Patricio, mientras intentaba mantener su ritmo.

Matilda jamás sabría si estaba escrito en su destino o si fue obra de su libre albedrío. Pero la escasa luz y la velocidad forzada se convirtieron en una combinación mortífera para el viejo caballo. La montura perdió pie y tropezó a medio galope. Una condesa en mayor posesión de su equilibrio habría rodado por el suelo sin más daños que unas cuantas contusiones, pero en las etapas finales de su embarazo, y con la torpeza propia de un cuerpo deformado, salió arrojada del caballo y cayó de costado.

Patricio lanzó un aullido de miedo y angustia. Saltó de su montura y corrió hacia Matilda, tranquilizado al ver que todavía respiraba, aunque estaba inconsciente. Miró si había sangre, pero no detectó señales de heridas externas que pudieran poner en peligro su vida. Bajó de su caballo la pesada manta de lana, tapó con ella a su mejor amiga y rezó la oración más fervorosa de su vida. Saltó a pelo sobre su montura y cabalgó hacia el palacio de Verdún en busca de ayuda, cabalgó como si el mismísimo demonio le estuviera persiguiendo.

El dolor que laceraba su abdomen era como diez espadas al rojo vivo hundidas en su cuerpo. Estaba recobrando la conciencia, pero si esto era lo que sentía, prefería el delirio. Otro dolor indescriptible, y después un chorro de líquido tibio cubrió sus muslos. Tenía los ojos abiertos y vio que estaba en su dormitorio, con dos espías de Godofredo a cada lado de la cama. Comadronas. La más joven no era tan mala. Se llamaba Greta, y era el único miembro de la servidumbre de Godofredo que había hecho algún esfuerzo por mostrarse cordial con la nueva duquesa. Secó la cara de Matilda con un paño frío y le dijo en alemán que no pasaba nada, que estaba en casa.

La mujer mayor era una virago. Daba órdenes con brusquedad a los demás presentes en la habitación, mientras exploraba el útero de Matilda.

—Empujad —ordenó en tono cortante—. Este niño ha de salir, si es que existe alguna esperanza de salvarlo…

La duquesa de Lorena sólo pudo imaginar el resto de la frase, mascullada de manera inaudible por la encolerizada comadrona alemana. Sin duda era una maldición contra ella por poner en peligro al hijo del duque.

Ella empujó. No tenía otra alternativa. La presión sobre su abdomen era insufrible, y con un extraño chasquido y otro dolor lacerante, sintió que el niño avanzaba por el canal del parto hacia las manos de la comadrona.

Era demasiado pronto, y todos lo sabían. El desenlace no podía ser feliz. Matilda se encontraba en estado de choque y agotada de miedo y dolor, pero estaba lo bastante consciente para sentirse preocupada. Esperó en silencio, mientras la comadrona mayor secaba la sangre del bebé.

—Una niña.

El anuncio carecía de emoción. Y después, de repente, se oyó un levísimo sonido. La duquesa contuvo el aliento. ¿Era posible? ¿Vivía el bebé? Intentó incorporarse, pero la comadrona joven se lo impidió con delicadeza.

La mayor, pese a su brusquedad con Matilda, se mostró sorprendentemente tierna y cariñosa con la recién nacida, a la que masajeaba con dulzura y susurraba todo el rato.

—Ve a buscar al cura —dijo a la más joven.

Depositó al bebé sobre una manta de lana virgen limpia y lo dejó al lado de su madre en la cama.

—Vive —dijo la mujer, desaparecida de nuevo toda emoción de sus palabras y comportamiento—, pero no durará mucho. Es demasiado pequeña y respira con demasiada dificultad. Morirá antes de que acabe la noche. Antes de que su padre la vea viva. —Dijo esto en tono acusador—. Debéis darle un nombre para que el sacerdote pueda bautizarla y salvar su alma. Un nombre cristiano.

El énfasis en «cristiano» no llamaba a engaño. La comadrona no permitiría que esta bruja perjudicara todavía más a la hija del duque.

Matilda necesitó todas sus fuerzas, pero se incorporó y levantó el pequeño bulto en brazos. El bebé era muy pequeño, tanto que no parecía real. Era perfecta, incluso en miniatura. No había rastro de la deformidad congénita de su padre. De hecho, un rasgo que reconoció Matilda fue el hoyuelo que ostentaba la barbilla de su madre. Y aunque apenas se veía pelo en su cabeza, no cabía duda de que era de un rojo intenso.

Durante un momento eterno, sus miradas se encontraron, y a la duquesa no le cupo ninguna duda de que el bebé la estaba viendo. Fue un instante breve de inteligencia y reconocimiento, un vislumbre del alma de esta niña que había de permanecer en la tierra un brevísimo espacio de tiempo. En aquel doloroso momento, madre e hija estuvieron conectadas, y Matilda pensó que se le iba a partir el corazón. Ella había sido la causante de esta tragedia, infligida a su inocente hija. Que Dios la perdonara.

El sacerdote llegó enseguida. Se trataba del adusto confesor de Godofredo, que reprobaba a la duquesa en todo momento. Esparció agua bendita sobre la niña a toda prisa, como si estuviera seguro de que iba a morir de un momento a otro.

—¿Le habéis dado un nombre cristiano?

Matilda pasó un dedo sobre la barbilla de la niña. Asintió.

—Sí. La llamaré Beatriz Magdalena.

El sacerdote compuso una expresión desaprobadora, pero no dijo nada. Bautizó al bebé y a continuación le dio la extremaunción, un extraño sacramento de vida y muerte al mismo tiempo. Después salió de la habitación sin mirar a Matilda.

La duquesa acercó la niña a su pecho y la meció durante su breve vida. No sabía canciones de cuna, de modo que la pequeña exhaló su último suspiro escuchando llorar a su madre, entre verso y verso de la única canción que siempre la había consolado. La que estaba escrita en francés y hablaba de amor.


Matilda se estaba ahogando. Tenía algo sobre la cara que no la dejaba respirar. Se revolvió para liberarse de la opresión, pero sin éxito. Su atacante era más fuerte que ella, sobre todo en su actual estado de debilidad. Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, oyó la voz alarmada de un hombre. Se produjo un forcejeo en la cámara y oyó gritos en alemán. Entonces apartaron la almohada de su cara.

La duquesa jadeó en busca de aire y trató de ver qué sucedía en la habitación, aturdida y con la visión borrosa. El jorobado se cernía sobre ella con una almohada en las manos, el presunto instrumento de su ejecución. Pero no era su atacante. Contra todo pronóstico, Godofredo era su rescatador. El intento de asesinato lo había perpetrado la comadrona mayor, quien miraba con odio a Matilda.

—Demonio —le espetó—. Bruja asesina. Mataste a esa niña igual que si la hubieras degollado.

—¡Basta!

Godofredo ya se ocuparía de la comadrona más tarde. No podía consentir un asesinato en su propio dormitorio, aunque se considerara justificado y la inmensa mayoría de sirvientes le dieran la razón. Cuando la mujer salió de la habitación hecha una furia, el duque se acercó a la cama de su esposa. Matilda intentó hablar, pero las palabras no salieron de su boca.

Él la miró con ojos llenos de odio.

—No me des las gracias por salvarte, mujer. No ha sido por tu carne detestable que lo he hecho. No deseo poner en peligro mi alma inmortal por permitir un asesinato en mi casa.

»Pero has de saber que si el bebé hubiera sido varón…, habría dejado que la comadrona te matara.


Tenía que marcharse de allí de inmediato. Matilda estaba segura de que, mientras se quedara en Verdún, su vida correría peligro. Todos los sirvientes eran leales al jorobado, y todos creían que era una bruja asesina que había matado a su hija a propósito. Había descubierto que Greta, la comadrona joven, era algo similar a una aliada, pues la muchacha fue a ver cómo se encontraba y le llevó un poco de pan mojado en vino aguado. La duquesa obligó a la chica a hablar, sobornándola.

Greta informó a su señora de que corrían rumores por la casa de que era mejor que la niña hubiera muerto, pues tenía el mismo pelo rojo blasfemo que su madre. Sin duda habría sido también una bruja y una maldición para el buen duque. El peligro para la duquesa era inminente. Se había dicho más de una vez que, si Matilda moría en el curso de los siguientes días, no costaría nada aducir que había sido a causa de las complicaciones del parto. Nadie del castillo rebatiría esa argumentación, y Godofredo heredaría todas sus propiedades, además de gozar de libertad para tomar una esposa más joven y empezar una nueva vida.

Matilda ofreció a Greta una parte de su joyero si le preparaba un caballo. Por azares del destino, el hermano de la joven era mozo de cuadra, y un collar de rubíes digno de una reina le pareció suficiente pago para preparar un caballo.

La duquesa abandonó el palacio en plena noche por la salida de servicio trasera, sin más ropa que lo puesto, y esperó en el establo a que el chico llegara. Una vez preparado el caballo, rezó para que la luna brillara lo bastante para iluminar su camino, tomando todas las precauciones necesarias para no repetir la infausta caída.


—He de quedarme aquí, Matilda. Todo cuanto hemos construido corre peligro. El jorobado no me hará daño. No se atreverá. Soy un monje, y esto es una casa de Dios. Recuerda que no tiene ni idea de lo que estás creando aquí, ni él, ni nadie. Para el resto de Lorena, sólo estamos construyendo el monasterio más bello del norte de Europa. Godofredo reclamará todo el mérito para él.

Matilda asintió, rezando para que fuera cierto. Quería que Patricio se quedara en Orval para terminar la tarea, la construcción de su gran visión, que estaba cobrando vida de una forma magnífica. Hacía mucho tiempo que había transferido todos los fondos a los cofres de la abadía, que Patricio controlaba, para que Godofredo no pudiera impedir el flujo de dinero. Pero le preocupaba que su marido intentara perjudicar a su amigo de alguna otra forma, en desquite por lo que creía su complicidad en la traición de Matilda.

—Mi mayor preocupación es qué ocurrirá ahora. Has de salir de Lorena cuanto antes, pero no puedes atravesar los Alpes a caballo sola.

—No, pero mi madre tiene parientes aquí, en las afueras de Stenay. Una prima. Iré a verla y le contaré lo sucedido. Desde allí enviaré un mensajero a Toscana para pedir que manden una guardia que me escolte hasta casa.

—¿Confías en esa pariente de tu madre?

—No la conozco, pero es duquesa y ha desafiado a Enrique en más de una ocasión. Tenemos mucho en común, por lo tanto. Pero la cuestión es que no me queda otra elección, ¿verdad?

—No. Date prisa, hermana, y ponte en contacto conmigo lo antes posible. A partir de este momento utilizaremos el código del Cuadrado Sator para nuestras comunicaciones.

El Maestro les había enseñado un código secreto para enviar mensajes cuando eran pequeños. El código existía desde los primeros días de la cristiandad en Roma, cuando una muerte violenta segura aguardaba a cualquiera que fuera descubierto practicando esa religión. Mediante ese código los primeros conversos podían comunicarse en secreto. Para los pequeños Matilda y Patricio había sido un juego estupendo, consistente en enviarse notas mutuamente con la extraña secuencia de letras y números codificados en el cuadrado mágico. Ahora lo utilizarían de nuevo en el serio asunto de preservar el verdadero cristianismo y lograr que Matilda saliera del país sana y salva.

—Dios cuida de los suyos.

El Maestro se lo había dicho en numerosas ocasiones, y ella había sabido toda la vida que era cierto. Cuando Matilda necesitaba más la ayuda divina, siempre le llegaba. Esta vez la voluntad divina se manifestó en la persona de la prima de su madre, Giselda, quien llevaba el nombre de la reina que había criado a Beatriz cuando se quedó huérfana. Daba la impresión de que la energía y la gracia seguían a este nombre en el seno de la familia. Una mujer excéntrica y culta, Giselda estaba asqueada e indignada por la reputación licenciosa y la naturaleza codiciosa de Enrique IV, que había invadido sus territorios hereditarios demasiadas veces. La mujer era descendiente directa de Carlomagno, y merecía un trato mejor del que estaba recibiendo a manos de este decadente advenedizo, fuera rey o no.

La llegada de Matilda a su puerta fue una bendición del cielo, y al poco las dos mujeres habían trabado un vínculo conspiratorio. Matilda juró el apoyo de Toscana siempre que fuera necesario proteger los territorios de Giselda, y ésta, a su vez, proporcionó un alojamiento lujoso, médicos competentes y agradable compañía. También envió a su mensajero más diligente a Toscana.

La comitiva toscana tardó semanas en llegar a Lorena, lo cual proporcionó tiempo a Matilda para recuperarse. Intentó, mediante la oración y la práctica espiritual, superar el dolor de su pérdida, la culpa mortificadora y el trauma del desenlace odioso y espeluznante de Verdún. El oído comprensivo de Giselda, así como la paz de la soledad, alimentaron su alma con una nueva energía, mientras médicos expertos ayudaban a su cuerpo a recomponerse, antes de que intentara atravesar los Alpes ahora que se acercaba el invierno.

Cuando avistaron a los toscanos, el sol se reflejó en el pelo rojizo del gigantesco jinete que había llegado para devolverla a su casa sana y salva, Matilda estaba preparada para el viaje.

Al día siguiente llegó una carta de Patricio, entregada por un mensajero del monasterio benedictino, mientras la condesa de Canossa y su escolta se preparaban para la partida. Escrito en clave, era un grito de desesperación que exigió una concienzuda descodificación. Matilda lo descifró, decidida a recordar cómo las letras se convertían en números, y éstos a su vez en letras, hasta conformar un mensaje coherente:

Mi querida hermana:

El jorobado ha invadido Orval y confiscado el Libro Rosso. Si bien las copias terminadas se hallan a salvo en el scriptorium, se ha llevado el original junto con el Arca de la Nueva Alianza. No sabe lo que son exactamente, pero entiende que son valiosos e importantes para ti, y se los quedará para forzar tu regreso. Yo estoy bien, al igual que los hermanos, pero me siento desesperado por la pérdida de nuestra más sagrada escritura. Creo que se encuentran en el palacio de Verdún. Te suplico que me aconsejes sobre qué pasos debo dar. No dudes que cumpliré tu voluntad al respecto, pues sé que estás en armonía con los deseos de Dios para nuestro pueblo. Rezo por ti sin cesar y deseo tan sólo tu seguridad y felicidad.

Un abrazo,

Hermano Patricio

Matilda echaba chispas. También estaba estupefacta. No se le había ocurrido que Godofredo querría que regresara después de lo ocurrido. Ni siquiera había sospechado este intento de chantajearla. Pidió pergamino y tinta a Giselda y empezó a redactar dos cartas, una para Patricio y otra para el jorobado. La ventaja de poseer una educación e intelecto ejemplares era que nunca tenía que esperar a un escriba. Escribía casi toda su correspondencia, lo cual le proporcionaba un gran placer, sobre todo cuando podía expresarse como hoy.

La primera carta aportó la catarsis. Inyectó su indignación en las palabras.

Al duque Godofredo de Lorena, de la condesa Matilda de Canossa:

En nombre del pueblo de Toscana y la noble familia de Canossa, exijo la inmediata devolución de nuestros objetos de culto más sagrados, que han sido confiscados ilegalmente por la Casa de Lorena. Más en concreto, el Libro Rosso, mi preciado libro rojo, ha de ser devuelto de inmediato a los santos hermanos de Orval, para que lo guarden en el santuario que fue construido para alojarlo.

Si el Libro Rosso no es devuelto de inmediato, la Casa de Toscana declarará una guerra santa y justa contra la Casa de Lorena. Yo misma me pondré al mando de todos los guerreros del norte de Italia para marchar sobre Stenay y reclamar nuestros sagrados objetos, por la fuerza si fuera necesario.

Firmó la carta con los trazos audaces de su firma más valiente: «Matilda, por la Gracia de Dios Que Es», engastada en una cruz y seguida de los glifos de Piscis y Aries, que se habían convertido en sus emblemas signatarios como hija cristiana de la profecía del equinoccio. Ya no estaba fingiendo una farsa para el jorobado, ni para nadie. Se alzaría en toda la gloria de su identidad y recuperaría lo que le correspondía por derecho y se encontraba bajo su protección. Desde aquel día, la condesa utilizaría la afirmación radical de su firma para indicar que tenía derecho a todo cuanto poseía por la gracia de Dios, como hija predilecta. No necesitaba más reconocimientos, ni de su marido ni del rey, para reclamar y conservar lo que se le había dado.

La segunda carta fue para Patricio, con el fin de informarle de que Conn iba a entregar en persona la carta a Godofredo y negociar las condiciones en nombre de ella. El fracaso estaba descartado en esta misión, y ni siquiera se le había pasado por la mente. Aseguró a Patricio que el arca y su más preciado contenido, el Libro Rosso, serían devueltos a su custodia de inmediato. Después ordenaría que se los entregaran para su travesía de los Alpes y así devolverlos al lugar donde debían estar: Lucca.

Godofredo de Lorena se sintió intimidado por el gigantesco celta que le amenazó con una guerra con la firma de Matilda, pero debe reconocerse que lo disimuló bien. Exigió el regreso de su esposa a cambio de los objetos confiscados en Orval.

Conn se le rió en la cara, y recordó al jorobado que su sirvienta, a la que había elegido personalmente, había intentado asesinar a una indefensa Matilda en su propia cama, después de haber sufrido la mayor tragedia posible, la pérdida de un hijo. Utilizó a propósito la palabra «asesinar» en lugar de «matar», pues las connotaciones políticas debilitaban la posición legal de Godofredo. El duque estaba atrapado en una treta de su propia invención, y lo sabía.

Conn recitó las restantes condiciones. Las exigencias de Matilda no eran irracionales, pues de momento deseaba alcanzar dos objetivos sobre todos los demás: la devolución a la Orden de sus más preciadas posesiones, y su salida sin problemas de Lorena. En cuanto estuviera de vuelta sana y salva en Toscana, con sus consejeros y su madre, se ocuparía de sus circunstancias matrimoniales. Confiaba en que Godofredo accedería de inmediato y con discreción a sus exigencias, pues no le proponía el divorcio, todavía no, en cualquier caso, teniendo en cuenta que el documento prenupcial le concedía motivos legales por crueldad. Él conservaría sus títulos de Toscana, siempre que no se entrometiera en la administración de sus tierras de algún modo que ella considerara ofensivo. Esto incluía apoyar a Enrique en la invasión de alguno de sus territorios. Hasta había dicho a Conn que insinuara al jorobado que, con tiempo para curar las heridas, tal vez consideraría la posibilidad de regresar a su lecho matrimonial si él mostraba buena fe en este momento crucial devolviéndole sus propiedades.

Se congelaría el infierno y los Alpes se derrumbarían antes de permitir que Godofredo volviera a tocarla, pero esperaba que fuera demasiado estúpido para saberlo. Su obsesión todavía era la moneda de trueque más valiosa en la guerra contra su esposo, y funcionaba. El duque accedió a devolverle sus posesiones, incluidos algunos objetos personales que se había dejado. El más valioso era el cofre de marfil que le había regalado Bonifacio y la estatua de santa Modesta. A cambio, concedería a Matilda seis meses para visitar sus tierras y a su madre, antes de exigir el retorno de su esposa. Conn aceptó las condiciones, a sabiendas de que su señora encontraría innumerables excusas para no volver con su esposo. Conservó la airada carta de Matilda. Era mejor no dejar nada acusador, como una amenaza de guerra, en manos del enemigo, para que no lo utilizaran contra ella más adelante. Además, estaba el problema de la firma herética. Devolvería la misiva a Matilda.

Tal vez, pensó distraído, esa carta podría utilizarse en el futuro.

Conn devolvió el arca y su sagrado contenido a Patricio para que los inspeccionara, y descansó una noche en Orval. Junto con los escribas calabreses, Patricio verificó que las copias estuvieran completas, incluidos los dibujos y diagramas, y que el original se encontrara ileso e intacto. Después de que cada hombre besara la cubierta dorada y enjoyada con reverencia, el Libro Rosso fue devuelto al arca y colocado bajo la custodia de Conn de las Cien Batallas, quien juró protegerlo con un fervor inesperado y extraordinario.

El gigante celta alabó a Patricio por el magnífico trabajo, mientras paseaba por los terrenos de Orval. En verdad había construido una abadía de oro, un lugar digno de albergar la escritura más sagrada, la verdadera palabra del Señor y las profecías de Su santa hija. Los arcos de la nave, tal como Matilda los había bosquejado, eran de una altura y majestuosidad como nunca había visto, y se elevaban hacia el cielo. La cantería era brillante y meticulosa desde un punto de vista artístico. Todo el edificio era una obra maestra construida gracias al poder del amor. Conn, impresionado por el enorme laberinto que atravesaba el jardín, pidió permiso para recorrerlo solo.

Tras pasar el día en compañía del guerrero, Patricio se quedó asombrado, y algo más que estupefacto, por los profundos conocimientos que Conn tenía sobre el Libro Rosso. Que él supiera, el celta nunca había sido miembro de la Orden, por lo que para él era un misterio cómo sabía tanto de sus tradiciones. Desde luego, estaba seguro de que Matilda no le había revelado nada, pues sabía que jamás violaría el juramento de guardar el secreto hablando con un no iniciado. Se preguntó también si la condesa sabría que Conn era capaz de citar párrafos completos del Libro del Amor, y que sabía exactamente cómo recorrer el laberinto, sin necesidad de que él le ayudara.

Era un misterio que valía la pena investigar, pero el hombre no había desvelado la menor pista de su historia. Patricio pensó en enviar una carta codificada con el Cuadrado de Sator a Matilda acerca del tema, pero no podía correr el riesgo de que el celta conociera también el código. Lo mejor sería no ofenderle. No cabía duda de que era un aliado que se consideraba un santo defensor de su preciada Esperada. Este hombre moriría por su señora sin vacilar ni un instante. El abad decidió que debía ser un enviado de Dios, y que no debía preocuparle lo que sabía ni cómo lo sabía. El tesoro de la Orden del Santo Sepulcro estaría a salvo viajando bajo la vigilancia de la espada de Conn, y la de Matilda. El Libro Rosso y el Arca de la Nueva Alianza volverían sanos y salvos a Italia, donde debían estar. De momento.


Exactamente seis meses después, Godofredo empezó a enviar mensajeros con cartas a Mantua, exigiendo que su esposa regresara a Verdún no más tarde de junio de 1072. Matilda ignoró sus exigencias. Sus cartas llegaron con más frecuencia y con un tono más moderado, pero tampoco hizo caso. A lo largo de ocho meses, Godofredo de Lorena estuvo suplicando a su esposa que, al menos, le recibiera para hablar del futuro de su matrimonio. Cuando ella se negó incluso a contestar a sus cartas, el jorobado viajó a Toscana para hacer valer sus derechos de duque y celebrar audiencia en Mantua. Una vez más, rogó a Matilda que se reuniera con él, se sentara a su lado como duquesa y gobernara con él Italia. Ella se limitó a trasladar su residencia a la fortaleza de Canossa con tal de evitarle.

Beatriz se quedó para aplicar bálsamo a las heridas del atormentado Godofredo, al cual imploró paciencia y perdón por la negativa de su hija a verle. El duque, aplacado era un hombre benévolo, y Beatriz estaba decidida a neutralizar todos los posibles peligros para la herencia de Matilda. Explicó entre susurros que su hija no era la misma desde que había perdido al bebé, y que su marido debía tener paciencia con ella. Esta táctica funcionó durante un tiempo, pero al final el ofendido y despreciado jorobado regresó a Lorena muy agitado. Poco después juró fidelidad a Enrique IV, quien se sintió muy complacido de apoyar la reclamación de Godofredo de ser el gobernante reconocido de Toscana… a cambio de la fidelidad y poderío militar de la provincia de Lorena. Enrique afirmó que Matilda había quebrantado la ley sálica, que no concedía a las mujeres ningún derecho de herencia, y la despojó de todo. Con el apoyo del rey, Godofredo dio un paso más para enfurecer a su esposa: nombró a su sobrino, Godofredo de Bouillon, único heredero de sus propiedades de Lorena. Y de Toscana.

Matilda también hizo caso omiso de todas estas maniobras. Sólo respondía ante Dios, y por la gracia de Dios conservaría sus tierras. Pensaba todavía menos en Enrique que en el jorobado, y estaba decidida a que ninguno de los dos le volviera a robar nada. En su opinión, la posesión determinaba la ley, y ella poseía Toscana: la tierra y la gente. Continuó recorriendo su reino en compañía de su madre, dictó sentencias y asistió a consejos, no sólo en sus principales territorios, sino también en las aldeas más pequeñas. Era la líder del pueblo, y todo el mundo la adoraba. Su reputación de justa y compasiva se extendió por toda Italia, mientras la gran Matilda continuaba llevando a la práctica programas que aportaban alivio a los necesitados, y reconstruía las ciudades y pueblos que habían sido reducidos a escombros durante los conflictos cismáticos. Financió proyectos arquitectónicos destinados a reconstruir y embellecer monasterios e iglesias, por la gloria de Dios y el beneficio espiritual de su grey. Desde los monasterios y conventos se administraban programas caritativos, donde cada día se proporcionaba alimento a los pobres.

Llamaban a su cuartel general de Canossa la «Nueva Roma», y floreció como centro de comercio y enseñanza. Fortificó y restauró el monasterio de San Benedetto de Po, en las afueras de Mantua, construido por su abuelo en memoria de su bienaventurada abuela. Había desarrollado un verdadero amor por la arquitectura inspiradora, que se había iniciado con la reconstrucción de San Martín de Lucca y había llegado a su cumbre en Orval. Echaba muchísimo de menos Orval, y también a Patricio, y todo cuanto habían creado allí. Era lo único que lamentaba de haber dejado atrás la pesadilla del norte. Como resultado, se propuso convertir San Benedetto en el Orval de Italia, y mandó llamar a miembros de la Orden para proseguir sus estudios del Libro Rosso. El Maestro se había instalado en el cuartel general de Lucca y no se sentía inclinado a viajar, de manera que Matilda no le veía con tanta frecuencia como quería. Sin embargo, Anselmo la visitaba a menudo. Durante esos días, el obispo de Lucca estudiaba con ella, y pasaba las noches con su amada Isobel.

Toscana florecía bajo su reinado, al igual que en los días de su padre. Un joven general, astuto y carismático, procedente de una noble familia toscana vinculada a la Orden, Arduino della Paluda, estaba al mando de sus guarniciones y llevó a la práctica una serie de estrategias que erradicaron la piratería y pusieron demasiado alto el precio del robo para que nadie cometiera semejantes delitos en las tierras de Matilda. Se ocupó de que los mercaderes extranjeros pagaran impuestos a cambio de la paz restaurada y la seguridad de las rutas comerciales. Se construyeron puentes para facilitar los desplazamientos, algunos diseñados y dibujados por la propia Matilda, y el comercio cobró más vida que en época de Bonifacio.

La paz y la prosperidad regresaron a Toscana bajo el gobierno de la condesa, quien se sentaba a la mesa con los más pobres de sus vasallos y compartía el pan con cualquiera que la invitara. Era su pueblo, lo amaba, y él le correspondía. Pues ésas eran las enseñanzas de su Señor más hermoso, de ambas escrituras canónicas, Mateo, 22, y el Libro del Amor: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y Matilda sabía que todos sus vasallos eran sus prójimos, y predicaba este mandamiento mediante el ejemplo. Ningún líder feudal se había comportado como ella.

Al madurar, la condesa había desarrollado su propia estrategia, digna de su tradición espiritual. No sólo eligió consejeros leales, enérgicos e inteligentes, sino que procuró rodearse de un círculo íntimo de personas a las que amaba. Se rodeó de aquellas almas que constituían su «familia espiritual», tal como estaba definida en el Libro del Amor. Hacía mucho tiempo que se habían prometido mutuamente, a ellos mismos y a Dios, estar en este lugar en este momento. El tiempo vuelve. Su amigo Arduino capitaneaba los ejércitos que protegían al pueblo toscano, mientras Conn, más cercano a ella que un hermano de sangre, conservaba el control de su guardia personal. El obispo Anselmo de Lucca mantenía viva el alma de Toscana y apoyaba todas las reformas de su tío, el papa Alejandro II, al tiempo que protegía en secreto la Orden y sus objetivos. Isobel, su confidente de más confianza, seguía siendo la administradora de la casa, y Beatriz era su mentora social y política en asuntos de importancia pública.

La mayor preocupación de esta numerosa familia feudal era mantener a raya a Enrique y a Godofredo. Se habían convertido en un gobierno toscano de facto, que controlaba en esencia los territorios que se extendían desde los Alpes hasta casi llegar a Roma. Entonces, en abril de 1073, su amado líder y aliado, el papa Alejandro II, murió de repente.



10

Ciudad del Vaticano

En la actualidad

EL padre Peter Healy atravesaba la plaza de San Pedro, asombrado por la belleza de la obra maestra de diseño arquitectónico de Gianlorenzo Bernini. Pensaba que jamás sería inmune a la magnificencia de este lugar. Aunque sus ojos se habían abierto hacía poco a la política despiadada de la Iglesia a la que había dedicado su vida, seguía comprometido en cuerpo y alma a la vocación que le había impulsado a tomar los votos. Para él, San Pedro era todavía un lugar santo, la sede del primer apóstol y sus sucesores.

El sol de la primavera calentaba su pelo oscuro, que empezaba a teñirse de gris en las sienes. Era curioso que no hubiera encanecido hasta que se trasladó al Vaticano. Introdujo la mano en el bolsillo y sacó las credenciales que serían necesarias para sortear a la Guardia Suiza y acceder al despacho del cardenal DeCaro. Hoy iba vestido con sotana y sorteó las medidas de seguridad con celeridad y sin incidentes.

Había una reunión del comité del Evangelio de Arques a finales de la semana. Peter había ido al Vaticano para comentar con su mentor el enfoque que deberían adoptar en lo que prometía ser una experiencia terrible.

Detestaba el comité. Era la cruz de su existencia, pero también su razón de ser. De tal forma, su actual vida en el Vaticano parecía el séptimo círculo del infierno. El comité se había creado no sólo para autentificar el Evangelio de Arques de María Magdalena, descubierto por Maureen en el sur de Francia, sino también para situar los temas controvertidos que aportaba dentro de una perspectiva católica que pudiera ser asimilada con facilidad por los fieles. De momento, se trataba de una tarea imposible.

El comité de doce miembros se había convertido en un entorno difícil y combativo, en el que abundaban sacerdotes viejos y conservadores. Peter y el cardenal DeCaro eran los únicos que defendían la verdad a toda costa. Algunos miembros parecían indecisos y se enzarzaban en batallas intestinas sobre los problemas, pero los demás estaban claramente a favor de ocultar el material al público para siempre. Habían cuestionado cierto número de puntos importantes de la traducción de Peter, que iba a defender en la reunión de esta semana. En preparación para esta batalla concreta, había empezado a tomar notas sobre los principales puntos controvertidos descubiertos en el Evangelio de María Magdalena.

Peter tendría que valerse de argumentos enérgicos y convincentes para demostrar que todos estos puntos no eran contradictorios con las actuales tradiciones del catolicismo. Por desgracia, daba igual que esto fuera cierto o no. Durante los dos últimos años, había descubierto que la verdad era muy subjetiva en todas partes, pero en ningún lugar esto era más cierto que en Roma. Y la verdad importaba mucho menos que proteger el status quo. Peter pensaba con frecuencia, mientras paseaba por el Vaticano, que deberían colgar pancartas de los pórticos que rezaran: «Antes la tradición que la verdad». Estaba convencido de que algunos de los sacerdotes más ancianos del comité llevaban este lema tatuado en el corazón.

Iba a ser una batalla desigual, pero debería librarla con todo el vigor y la entrega que pudiera reunir. Él había provocado este terrible dilema, y ahora tendría que vivirlo. Al menos, no estaba solo.

—Entra, hijo mío.

El cardenal Tomas Borgia DeCaro le dio la bienvenida en su despacho, tan elegante e italiano como él mismo. Tal como insinuaba su apellido, el cardenal DeCaro estaba emparentado con una de las familias más acaudaladas y aristocráticas de Roma. Se movía con la gracia de los privilegiados. Era precisamente esa poderosa herencia italiana la que le permitía ocupar una posición tan destacada en Roma, pese al hecho de que su teología era considerada radical por la actual jerarquía conservadora.

—Gracias, Tomas.

DeCaro era el protector y amigo más íntimo de Peter, en un mundo donde los amigos eran tan escasos como importantes. Si bien le tuteaba en privado, nunca le habría llamado Tomas de no saber que estaban solos. Peter se sobresaltó al darse cuenta de que había alguien más en la habitación, cuando el cardenal Marcelo Barberini dobló la esquina desde la antecámara.

—Padre Healy, es un placer verle.

El cardenal Barberini extendió la mano, que Peter estrechó con cordialidad. Barberini era un líder del comité, uno de los que guardaban silencio casi siempre, un oyente que daba la impresión de forcejear con algunos de los temas más candentes. También era un miembro de alto rango del círculo íntimo del Papa. Peter se puso nervioso de repente.

—Sentaos, amigos míos, sentaos. —DeCaro cerró las puertas de los dos lados de la habitación para procurarles privacidad, y después se reunió con ellos en las mullidas butacas de piel que conformaban el espacio de reuniones—. Peter, lo que vamos a hablar aquí es absolutamente confidencial, de momento. He pedido a Marcelo que viniera a hablar contigo sobre las recientes actividades relacionadas con el caso Arques.

DeCaro había trabajado en el caso del Evangelio de Arques desde el principio, e incluso había ido al castillo después del descubrimiento para conocer a Maureen y aportarle consejo y apoyo. Estaba convencido de la autenticidad del Evangelio de Magdalena. Más que nadie, Tomas DeCaro tenía motivos para comprender la importancia de estos documentos. Con la autoridad de su rango, tenía acceso a materiales del Vaticano que casi nadie en el mundo podía imaginar.

—Como sabes más que de sobra —continuó DeCaro—, hay miembros del comité a quienes disgusta la idea de que ese evangelio sea auténtico, pese a las pruebas en su favor. Si bien tus explicaciones han sido excelentes y rigurosas, en muchos sentidos sólo han servido para recordar a los miembros más conservadores de nuestro comité lo controvertida y peligrosa en potencia que puede llegar a ser esta versión de los acontecimientos.

Peter asintió, pero no hizo comentarios. Mejor era esperar a saber qué se proponía DeCaro antes de hablar delante de Barberini, quien seguía siendo una incógnita.

Barberini, un hombrecillo gordinflón de cara agradable y rubicunda, se inclinó hacia delante en su asiento.

—Padre Healy, estoy muy disgustado por el giro que están tomando los acontecimientos. El comité está más concentrado en decidir cuál es la mejor forma de proteger este material del mundo exterior que en autentificarlo.

Peter habló con cautela.

—Cuando dice «proteger», ¿se refiere a…?

DeCaro intervino.

—Puedes hablar con libertad, hijo. Marcelo es… uno de los nuestros.

Peter agradeció la confirmación y prosiguió el hilo de sus pensamientos.

—¿Quiere decir que quieren enterrarlo?

Barberini asintió.

—Temo que eso sea cierto. Me preocupa muchísimo que este importante documento no vea jamás la luz del día. Peor todavía, creo que algunas personas desean destruirlo por completo y afirmar que jamás existió.

Peter se pasó las manos por la cara, exasperado. Su mayor temor se estaba convirtiendo en realidad.

—No desespere todavía, padre. Esto no ha terminado —dijo Barberini.

DeCaro continuó.

—Pero los tres hemos de decidir, ahora y aquí, quién es nuestro amo. ¿Servimos a un consejo de seres humanos falibles, que permiten que sus preocupaciones terrenales dominen sus decisiones, o servimos a Nuestro Señor Jesucristo? Y si servimos a Nuestro Señor Jesucristo, y a su verdad, ¿no tenemos acaso la obligación de luchar por la verdad, pese a quien pese, sea como sea?

El cardenal Barberini sorprendió a Peter con su parrafada más que apasionada.

—Estos hombres a los que llamamos hermanos me hacen llorar por ellos. Portan las prendas de su poder y representan la autoridad espiritual. Pero en algún momento, pese a que son buenos hombres, se extraviaron. Afirman que son santos, pero no encarnan el amor, ni la comprensión. A veces, cuando estamos en el comité, pienso: «¿Qué diría Nuestro Señor a estos hombres si ahora estuviera en la sala con nosotros?» Y no encuentro respuesta. Sólo pesar.

Los tres meditaron en silencio un momento. Cada uno había experimentado la misma sensación de tristeza a lo largo del último año. Peter rompió el silencio para formular una pregunta que asediaba su mente desde la reunión con la Confraternidad de la Santa Aparición.

—¿Qué lugar ocupa Girolamo de Pazzi en todo esto?

—Bien, como sabes, no forma parte del comité, no quiso serlo. Es un anciano, Peter, con una vocación muy concreta: celebrar las apariciones de Nuestra Señora. No puede perder el tiempo con las reuniones del comité, aunque creo que está interesado en Maureen a causa de sus visiones. Es su pasión, la parcela que más domina.

—Ésta puede ser la prueba definitiva a que se verá sometida nuestra fe —dijo en voz baja Barberini—. Tendremos que ser muy cautelosos y astutos en lo tocante a los pasos que demos para proteger el Evangelio de Arques. Tal vez nos exija adoptar… tácticas guerrilleras.

Peter se quedó estupefacto al oír tal invitación a la insurgencia en labios de aquel hombrecillo de dulce rostro, al que siempre había considerado callado y sencillo. No dijo nada, pero miró a DeCaro.

—Puede que nos veamos obligados a sacar los documentos del Vaticano —comentó el cardenal—. Y si lo hacemos, no seremos bienvenidos aquí.

—Para Tomas y para mí —manifestó Barberini con un suspiro—, ésta es la única vida que hemos conocido.

—Y, no obstante —añadió DeCaro—, siempre hemos sabido que este día llegaría. Nos hemos estado preparando para esto desde que éramos jóvenes. No sabíamos qué curso tomarían las cosas. Pero todos elegimos nuestro destino, hace mucho tiempo, cuando prometimos servir a Dios. Ahora ha llegado el momento de que todos lo recordemos.


En Alejandría, José acomodó a la sagrada familia en casa de un gran hombre, un romano llamado Maximino. Hacía muchos años que José le conocía, pues también comerciaba en estaño, y confiaba en él. Maximino era un exiliado de Roma, un refugiado a su manera. Conocía demasiado bien los peligros de la persecución romana, y sentía gran compasión por aquellos que la habían padecido.

Magdalena y sus hijos llegaron a su casa agotados por el viaje y casi abrumados por el dolor. Él les dio la bienvenida con simpatía y les aseguró que la gran señora sólo conocería la comodidad durante sus días de confinamiento.

Maximino había aprendido mucho de las misteriosas escuelas de Egipto, y era un hombre ávido de aprender, de sabiduría y de verdad. Durante este tiempo se forjó una profunda amistad y comprensión entre él y Nuestra Señora, pues el Camino del Amor nazareno poseía muchas tradiciones procedentes de esta rica tierra. Tenían mucho que hablar y aprender mutuamente, y el lazo que se forjó entre Magdalena y Maximino fue único y duradero.

Él había padecido grandes tragedias y sufrimientos en su vida, pues su esposa e hija habían perecido de sepsis puerperal cuando se vieron obligados a huir de Roma y vivir en el exilio. Por ello procuró que la mejor comadrona de Alejandría se ocupara de Magdalena cuando llegó la hora del parto. Sarai, la sacerdotisa egipcia, asistió en el parto del niño, que sería conocido como Yeshua-David por la gracia de Dios.

Tanto José de Arimatea como el romano Maximino cuidaron de este niño, así como de los demás hijos santos. Durante la época que permanecieron en Alejandría, María Magdalena empezó a instruir a Maximino en el Libro del Amor, y el romano se convirtió en el converso más devoto a las enseñanzas del Camino.

Cuando llegó el momento de que la familia abandonara Alejandría con destino a la Galia, Maximino insistió en acompañarles. Así lo hizo, y jamás los abandonó. Durante el resto de la larga vida de Magdalena, fue su protector y acompañante, un hombre de devoción extraordinaria, ejemplo de amor paterno para sus hijos. Se dice que el amor de Maximino no conocía límites, pero era puramente espiritual por necesidad.

Maximino escribió poemas en alabanza a la extraordinaria gracia del Libro del Amor, y celebró su amor por Magdalena de forma casta y honorable. Los grandes poetas de Francia llamados trobadours son los herederos de su tradición, y cantan sus canciones de amor cortés a las mujeres santas que no pueden tocar, porque están prometidas en hieros-gamos a otro. Pero el amor por una mujer tan perfecta perdura hasta la muerte y más allá. Fue así como María Magdalena se convirtió en la mayor musa artística, y Maximino en el primer poeta troubadour.

Pues en francés la palabra troubadour significa «encontrar el oro perdido». Es mediante la comprensión de los misterios legados por las enseñanzas del Libro del Amor que encontraremos este bienaventurado tesoro.

Su mejor poema perduró entre la gente, conservado en francés por estos troubadours, pues contenía una de las verdades más preciadas de nuestras enseñanzas, la verdad sobre el retorno del amor, que es un don de Dios:

Je t’aimé dans le passé,

je t’aime aujourd’hui,

t’aimerais encore dans l’avenir.

Le temps revient

Te he amado en el pasado,

te amo hoy,

y te volveré a amar.

El tiempo vuelve.

Maximino se convirtió en un gran líder del Camino y dio la extremaunción a Magdalena cuando llegó la hora de su muerte terrenal. Pidió ser enterrado a sus pies cuando llegara el momento, y así lo hicieron. Descansaron juntos durante muchos años en la región que recibe ahora el nombre de este gran hombre santo, San Maximino.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La historia de Maximino el romano y cómo

se convirtió en el bienaventurado san Maximino,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Roma

Abril de 1073

De las siete legendarias colinas de Roma, la Esquilina era la más alta. Al pie de la ladera oeste había sórdidos barrios densamente poblados. Al este estaban las villas de ciudadanos importantes, consejeros de los césares. Había casas en medio que pertenecían a nobles y políticos romanos de medio pelo. Fue en estas casas particulares donde floreció en secreto el cristianismo durante el siglo i, cuando ciudadanos prominentes fueron convertidos por el mismísimo san Pedro. En tiempos de Matilda, estos primitivos centros de cristianismo secreto fueron reconocidos como las iglesias más antiguas de Roma.

La iglesia de San Pietro in Vincola, San Pedro de las Cadenas, era una de estas casas. Se hallaba en lo alto de una colina empinada, un monumento sagrado para los cristianos en el centro de la Ciudad Eterna. Recibió su nombre por otra reliquia de gran importancia para los primitivos cristianos, la cual fue inmortalizada en los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles. En los Hechos, capítulo doce, Lucas narró que Herodes encarceló a Pedro en el Mamartine, tras la ejecución del apóstol Santiago el Menor. Pedro fue encadenado y sujeto a la pared de una húmeda mazmorra hasta que ocurrió un milagro, tal como especifica el versículo siete:

De pronto se presentó el Ángel del Señor y la celda se llenó

de luz. Le dio el ángel a Pedro en el costado, le despertó y le

dijo: «Levántate aprisa». Y cayeron las cadenas de sus manos.

El ángel que soltó las cadenas sacó a Pedro de la cárcel y le concedió la libertad para rematar el milagro. Las cadenas que habían mantenido cautivo a Pedro fueron enviadas a Constantinopla para guardarlas como sagradas reliquias y prueba del milagro, donde permanecieron hasta el siglo v. Fue entonces cuando la emperatriz Eudoxia envió la mitad a su hija, en Roma, y la otra mitad al papa León I. El pontífice escogió este lugar de una antigua residencia cristiana, donde se sabía que Pedro había llevado a cabo muchos bautismos en secreto, como cimientos de la gran iglesia que construyó para dar cobijo a las cadenas.

Parecía un lugar ideal para que sucedieran milagros.

Fue aquí donde se celebró el funeral masivo por el llorado papa Alejandro II, y donde sucedió el extraordinario incidente, aquel mismo día: la elección espontánea de un nuevo líder de la Iglesia a cargo de una turba impulsiva de eclesiásticos y clérigos, un hombre que ni siquiera había sido ordenado sacerdote el día que fue elegido para ocupar el cargo más elevado y santo de toda la cristiandad.

Empezó en silencio y con discreción, cuando los obispos que habían ido a llorar a su pontífice empezaron a murmurar entre ellos. Exigieron fortaleza bajo la tiara papal, un reformador enérgico que pudiera continuar la rebelión contra la tiranía del rey alemán. Entre otros ultrajes, Enrique continuaba practicando la simonía, y había comprado diversos obispados para sus partidarios más próximos, pese a las tajantes leyes dictadas contra esta corrupción. Convertir de nuevo la Iglesia en una entidad espiritual, sin vínculos con ningún monarca temporal, iba a requerir un líder de gran sabiduría, experiencia y energía. Era preciso alguien audaz e intrépido hasta el punto de lo estrambótico. Todos los obispos llegaron a la conclusión de que sólo un hombre entre ellos contaba con tal singular potencial para cumplir su destino: Ildebrando Pierleoni. A punto de cumplir cincuenta años, Brando era muchísimo más joven que muchos de los papas anteriores, lo cual le confería más ventaja, además de su personalidad viril y masculina. Hasta su apariencia física le identificaba como un líder fuerte y capaz.

Uno de los obispos romanos fue el primero en levantarse y pronunciar un discurso breve pero apasionado, en relación con la necesidad de apoyar a Brando como nuevo pontífice. La marea se propagó a toda prisa, y al cabo de pocos minutos todos los obispos estaban coreando su nombre e insistían en que aceptara la elección al papado en aquel mismo momento y sin más dilación. Un cántico de «Dios ha proclamado al nuevo Papa» empezó a elevarse, primero desde el interior de la iglesia, para luego propagarse por las calles de Roma. Brando, cuya popularidad era inmensa en la ciudad, fue confirmado de manera abrumadora, tanto por los obispos como por el populacho, como único heredero aceptable de las llaves de San Pedro.

Nadie pareció recordar que Ildebrando Pierleoni nunca había tomado los votos, ni que había sido elegido Papa mediante un proceso ilegal y anticuado, en violación del mismo decreto de elección que él había redactado y llevado a la práctica bajo el papa Nicolás II.

Todos los papas desde Pedro habían tomado un nombre nuevo con motivo de su ascensión al trono papal. Ildebrando Pierleoni supo de inmediato cuál sería ese nombre. En honor a su tío, el depuesto papa Gregorio VI, quien había sido su protector y gran maestro, adoptó el mismo nombre, el nombre que significaba «el que cuida de su rebaño». Los políticos veteranos comprendieron el significado: una enérgica declaración y una elección provocadora, la cual enviaba un mensaje a Enrique IV y alertaba a todos los demás de que la batalla entre la Corona alemana y el poder de Roma distaba mucho de haber concluido.

Durante los últimos días de junio de 1073, se celebraron las ceremonias para ordenar sacerdote al recién elegido Brando, y para investirle en el trono de San Pedro bajo el nombre de Gregorio VII.

Matilda y Beatriz llegaron a Roma con toda su comitiva para presenciar la investidura del nuevo Papa, y para mostrar su apoyo al hombre que había sido leal a su pueblo de Lucca y a Godofredo el Mayor en vida. Mientras Isobel adornaba el pelo de Matilda en preparación para la ceremonia, Beatriz informó a su hija sobre el comportamiento y protocolo que exigiría el día.

—No cabe duda de que hoy estaremos en un puesto muy visible, por eso debes tener mucho cuidado con tu apariencia. Con nosotras, transmitimos el apoyo de casi la mitad de los territorios italianos. Como resultado, espero que nos sienten en un lugar de honor.

Matilda alisó la exquisita y costosa seda de sus faldas y rió. Isobel sonrió cuando vio el brillo travieso de los ojos de la condesa.

—Los romanos siempre han mirado por encima del hombro a los toscanos. Siempre se han considerado superiores —dijo la joven—. Y lo que es peor, no han consentido que las mujeres ocuparan puestos de responsabilidad, de modo que será un gran placer para mí enseñarles el aspecto de una condesa toscana. Espero que nos coloquen en primera fila, para que podamos pasar por delante de los aristócratas romanos y escandalizarlos a todos.

Matilda de Toscana contaba ahora veintisiete años de edad, y era muy rica y poderosa. Disfrutaba con la idea de provocar un escándalo en la conservadora Roma, añadiendo un toque de color toscano a la ceremonia, al tiempo que recordaba a la aburrida nobleza romana que era una de las dirigentes más ricas y poderosas de Europa. Cualquier cosa que elevara a Toscana a los ojos de los romanos (y del Papa) sería beneficioso para ella y para su pueblo.

Pero bajo su estilo suntuoso había un gran fundamento. Matilda controlaba a decenas de miles de soldados, que podían ser movilizados en cualquier momento bajo su experto mando estratégico. El apoyo militar de la condesa, combinado con el control del paso de los Apeninos, sería un factor determinante en la guerra contra Alemania.

Beatriz, a quien no divertían tanto como a Isobel las extravagancias de Matilda, retomó el tema de su influencia política.

—Para el nuevo Papa, tu poderío militar es lo que va a resultarle más interesante. De modo que, si bien alardear de tu riqueza es importante, has de recordar lo que está en juego y no dejarte arrastrar por la frivolidad.

—Sí, madre, por supuesto.

Beatriz todavía trataba a su hija como si fuera una niña, pese a que gobernaba la mitad de Italia y conducía sus tropas al combate. Matilda había aprendido hacía mucho tiempo a asentir con obediencia en presencia de su madre, para después hacer lo que le daba la gana.

Pero en este caso, pensó que Beatriz tal vez tenía razón. Este Papa, al fin y al cabo, era un noble romano. Cabía la posibilidad de que fuera tan conservador y aburrido como sus compatriotas.


El papa Gregorio estaba recibiendo un informe similar en sus aposentos, antes de la ceremonia oficial de investidura. Sus consejeros repasaban la lista de los invitados influyentes y aportaban detalles sobre cada uno de ellos.

—A continuación, Matilda, condesa de Toscana. Sin duda habréis oído hablar de ella, su Ilustrísima. Es… controvertida.

Gregorio sentía mucha curiosidad acerca de esta mujer que era una leyenda en los territorios del norte. Su aureola era mítica; su riqueza, su poder, su apariencia y su comportamiento eran decididamente escandalosos en cualquier señor feudal, pero inimaginables en una mujer.

—No puedo preocuparme por sus costumbres escandalosas. Lo que sí me preocupa es su poderío militar. Y sus territorios, fundamentales desde un punto de vista estratégico. Aseguraos de que ocupe un puesto de honor. Necesitamos que se sienta bien dispuesta hacia nosotros.

La había visto en una ocasión, años atrás, cuando era poco más que una niña. Ahora era una mujer casada, aunque según todas las informaciones recibidas una esposa rebelde, que no reconocía la influencia de su marido, el duque de Lorena. Éste era uno de los temas que deseaba discutir con ella.

—Godofredo de Lorena es el perro faldero de Enrique, y por tanto peligroso —murmuró Gregorio en voz alta—. He de conocer la postura de la condesa en relación con su marido, y he de saberlo hoy. Su apoyo podría significarlo todo en caso de guerra.

Gregorio se había opuesto al rey alemán desde la coronación de Enrique a los catorce años de edad. Las tensiones entre el trono sagrado y el trono temporal, la Iglesia contra la Corona alemana, estaban alcanzando proporciones épicas. El nuevo Papa estaba decidido a aumentar la separación entre el papado y la influencia monárquica, mientras Enrique se encontraba decidido a unificar ambos proclamándose emperador del Sacro Imperio Romano. No habrían medias tintas, ni posibilidad de compromiso, para ninguno de los dos.

—En este caso, podría beneficiarnos que la condesa Matilda no se comportara como una buena esposa cristiana. Si sus actos nos permiten salvar a la Iglesia de las garras de Enrique, estoy seguro de que Dios la perdonará de las transgresiones de que sea culpable. Ese glorioso fin justificará sin duda cualquier medio de lograrlo.

Cuando Gregorio VII subió al altar para tomar asiento, se volvió a mirar a los obispos, nobles y partidarios que asistían a la ceremonia. Irradiaba energía y confianza en el día más importante de su carrera política. Aquí estaba la culminación de todos sus esfuerzos, la recompensa de años de exilio y penalidades en defensa del papado. Opinaba que no existía nada en el mundo comparable a la sensación de subir estos peldaños, camino de convertirse en el líder espiritual más importante del mundo.

Y entonces bajó la vista.

En la primera fila, en un lugar de honor, estaba la visión más fascinante que había visto jamás. Matilda de Toscana estaba sentada con su madre, una visión de seda azul celeste. Ristras de perlas estaban hilvanadas en su extraordinario pelo, cubierto a medias por un velo de gasa. Su peinado estaba sujeto por una corona de oro y joyas de flores de lis, un recordatorio a todos los presentes de que Matilda y su madre eran descendientes directas del santo emperador Carlos, Sobre su esbelta garganta resbalaba una fortuna en joyas. Era impresionante hasta el punto de que distrajo su atención. Tan desconcertado estaba que, mientras aceptaba la llave de San Pedro como símbolo de su nuevo cargo, Gregorio VII tuvo que desviar la vista de la muchedumbre con el fin de mantener la concentración.

El nuevo Papa no era el único espíritu desconcertado que se hallaba presente aquel día. La condesa de Canossa, duquesa de Toscana y Lorena, estuvo sentada muy quieta y callada durante toda la ceremonia. No podía apartar los ojos del hombre poderoso y carismático que estaba heredando la tiara papal. Si bien era una presencia llamativa y un hombre de una apostura asombrosa, Matilda se encontraba estupefacta por la certeza de que le había visto antes. Le había visto en una visión, en el centro del laberinto, justo antes de partir de Orval aquel terrible día.

Beatriz de Lorena era una mujer sabia y avezada. También tenía ojos. No había pasado por alto el intercambio tórrido, aunque silencioso, entre su hija y el nuevo Papa durante la ceremonia de investidura. Una relación que debía cultivarse, de eso no cabía duda. La alianza de la Iglesia católica con el poderío y riqueza de Toscana podía llegar a constituir una fuerza imparable. Aquella tarde, cuando llegara el momento de asistir a la audiencia papal con su hija, alegaría agotamiento e insistiría en que Matilda fuera sola. Era una mujer casada y condesa. No necesitaría una carabina en presencia del Santo Padre.

Acompañaron a Matilda al salón de audiencias, donde sólo esperó un momento antes de que la puerta se abriera para dejar entrar a Gregorio. Rezó para que no oyera el retumbar de su corazón en el pecho, porque a sus oídos parecían tambores de guerra. Él extendió la mano hacia ella y la condesa besó el anillo papal, al tiempo que hacía una profunda reverencia. Controló su voz cuando le miró con expresión acerada con sus ojos color verde mar.

—He venido a proclamar la lealtad de Toscana a la causa de San Pedro. Podéis contar con mi apoyo y el de mi pueblo en todo aquello que sirva para proteger y conservar las enseñanzas de Nuestro Señor, como punto focal de nuestras comunidades, y para apoyar vuestra elección como apóstol elegido de Dios al frente de la Iglesia.

Gregorio le dio las gracias por su lealtad, impresionado por sus enérgicas palabras, e indicó que tomara asiento. Tras intercambiar algunos cumplidos, como interesarse por la salud de su madre y dar recuerdos al obispo Anselmo, el Papa asombró a Matilda con una pregunta escandalosa.

—Tengo entendido que habéis sido adoctrinada en las antiguas herejías a las que todavía se rinde culto en Lucca. ¿Qué debo deducir de eso?

Matilda se quedó inmóvil, acorralada. Creía que aquel hombre era un aliado debido a su apoyo a Alejandro, pero tal vez había errado en sus cálculos. Intentó pensar a toda prisa, con la intención de encontrar una respuesta inocua y ganar tiempo. No fue necesario. El Papa continuó casi de inmediato.

—No es mi intención incomodaros con la pregunta. Antes bien, quiero que sepáis desde el inicio de nuestra relación que sé quién sois y de dónde venís. Soy el Papa, elegido por el clero y el pueblo, porque soy versado en los temas a los que se enfrenta mi Iglesia. No puede sorprenderos que esté enterado de los susurros de herejía que llegan desde Toscana.

La condesa asintió en silencio, pero continuó sin decir nada. Gregorio le dedicó una amplia sonrisa, con el fin de atajar sus evidentes preocupaciones.

—No debéis temer nada de mí, Matilda de Canossa. No nací en el sacerdocio y no albergo los prejuicios propios de la estrechez de miras de algunos de mis predecesores. Me gusta considerarme un estudioso, un hombre que aprenderá a ser un cristiano, no abundando en las enseñanzas populares, sino estudiando todos los documentos y tradiciones que estén a mi alcance. Y mi abuelo era judío, lo cual amplía mi perspectiva religiosa y mi deseo de aprender todavía más. Algunos me aplaudirán por ello, otros me despreciarán. Me han dicho que las tradiciones de Toscana, aunque escandalosas para muchos, encierran profundos secretos y se remontan a los primeros cristianos. Incluso a aquellos contemporáneos de Nuestro Señor Jesucristo, incluida mi propia familia. ¿Qué clase de líder espiritual sería yo si no examinara esas tradiciones y enseñanzas en profundidad? He pasado bastante tiempo en Lucca, con los dos Anselmos, el mayor y el joven, y he comprendido que la forma en que se expresa el cristianismo allí tiene muchas capas. Para los que tengan ojos para ver y oídos para oír, ¿no? Por tanto, Matilda, tenemos mucho de qué hablar. Si os sentís inclinada a ello.

La condesa se esforzó por encontrar la voz.

—¿Me estáis pidiendo que os instruya en las enseñanzas de la Orden? —preguntó vacilante.

—Si así os sentís inclinada.

Ella asintió, asombrada por la peculiar situación en la que se encontraba. ¿Era posible que el mismísimo Papa le estuviera pidiendo que le instruyera en las enseñanzas de la herejía?

El camarlengo entró en la sala para avisarles de que la siguiente cita estaba esperando y su audiencia debía concluir. Cuando el sacerdote salió, Gregorio extendió la mano a Matilda, pero esta vez tomó la de ella y se la llevó a los labios. Cuando lo hizo se fijó en su anillo, y lo utilizó como excusa para retener su mano más de lo necesario.

—¿Qué simboliza esto?

La condesa le sonrió con timidez, y notó que recuperaba el control por primera vez en aquel largo y difícil día.

—Todavía no os lo puedo decir, pero será parte de vuestra… instrucción.

—Ah, entiendo. Bien, pues, esperaré con ansia a empezar cuanto antes. ¿Mañana?

—Mañana.

Matilda abandonó la sala con una reverencia final y un femenino frufrú de seda elegante. Él la siguió con la mirada, sorprendido en grado extremo por su reacción ante ella. El hombre que el mundo conocía ahora como el papa Gregorio VII, el pontífice que instituiría las leyes del celibato clerical como reforma fundamental, acababa de perder el corazón (y tal vez en parte la cabeza) por la extraordinaria y atractiva condesa de Toscana.


No era propio de Matilda hablar con entusiasmo de alguien.

Isobel de Lucca estaba fascinada y algo alarmada por el torrente de palabras que salía de la boca de Su pupila, tras su segundo encuentro con Gregorio VII. El nuevo Papa, de forma impulsiva e inesperada, había convocado a la condesa a una reunión del consejo después del banquete de investidura, con el fin de discutir estrategias sobre el grave asunto heredado del papa Alejandro II. El anterior pontífice, poco antes de morir, había excomulgado a cinco obispos de Enrique y censurado al rey por venderles los cargos. El propio Enrique corría el riesgo de ser excomulgado si no obedecía el decreto papal, reconocía la censura y destituía a sus obispos de inmediato. Era un acto de guerra abierta que Gregorio pretendía confirmar. Necesitaba la seguridad de que Matilda le apoyaría desde las tierras de Toscana en caso necesario.

Su encuentro había sido un intenso y estimulante juego de ingenio y humor, cargado de segundas intenciones por las dos partes. Era un tributo a la agudeza de ambos intelectos, capaces de una conversación política productiva sobre el telón de fondo de su sobrenatural atracción mutua. Ambos habían aprovechado y concedido la oportunidad de evaluar los procesos mentales y enfoques estratégicos del otro, y habían descubierto que eran compatibles en todas las parcelas, casi de manera inexplicable. Había sido una reunión triunfal y jubilosa de dos grandes espíritus. Cuando estaban en la misma habitación, se producía una indudable fusión de inmensas fuerzas de la naturaleza, estrellas que colisionaban y creaban un estallido de luz extremo.

Gregorio había terminado la reunión recordando a Matilda que había prometido iniciar su educación en el Camino, tal como había sido enseñado ininterrumpidamente en el seno de la Orden desde el siglo i, a la mañana siguiente. Éste era el motivo de la consternación y el vértigo que experimentaba la condesa, tan poco habituales en ella.

—Oh, Isobel, es sabio como Salomón, e igual de magnífico. En su presencia me sentí como Makeda, la reina de Saba. Fue tal como tú me habías enseñado, aunque nunca pensé que lo sentiría en mi corazón. ¿Qué debo hacer? Lo que está pidiendo es escandaloso, pero también maravilloso. ¿Puedo enseñarle esas cosas? ¿Me atreveré a enseñarle esas cosas?

—¿Qué te dice tu corazón, hija? ¿Y tu espíritu?

—Me dicen que debo confiar en este hombre, y más.

—¿Y más?

—No puedo explicarlo, Issy. Pero cuando le vi por primera vez, le reconocí. Ya le había visto antes, en mi visión, pero fue más que eso. Conocí un momento de dicha extrema. Y cuando me miró… Fue como si me hubieran atravesado el corazón con un cuchillo. Por un segundo, ante toda la corte y el concilio de Letrán, experimenté la sensación de que sólo estábamos él y yo en la sala. ¿Cómo es eso posible? Pero en aquel momento, le reconocí. Y supe…

Hizo una pausa, pérdida en el momento y sin aliento a causa del enamoramiento abrumador que lo acompañaba. Aquel sentimiento era como una locura. Nunca había experimentado nada semejante. Era terrible, maravilloso y paralizante. Isobel tuvo que animarla a continuar.

—Sigue, Tilda.

—Supe que… le había amado antes. En aquel solo momento comprendí las enseñanzas de nuestra profetisa, así como el poema de Maximino, de otra forma: «Te he amado antes, te amo hoy, y volveré a amarte». Era algo muy extraño, y sin embargo eterno. Y creo que él siente lo mismo. Lo vi en su forma de mirarme. Lo sabe, al igual que yo lo sé. Que es obra del destino. Y creo que no tiene miedo. Pero yo sí.

Matilda se levantó de su asiento y se puso a pasear por la habitación mientras hablaba. En los mejores momentos era incapaz de estar sentada, y mucho menos cuando estaba agitada como ahora. Se tiró de las faldas mientras continuaba.

—Porque es aterrador, ¿no? Este sentimiento. No se puede controlar. He estado en la batalla y afrontado a los hombres más feroces, con las espadas más afiladas y las peores intenciones, pero jamás experimenté el miedo que me corroe ahora. No puedo respirar, Isobel. Ayúdame.

La dama exhaló un profundo suspiro y tomó la mano de Matilda entre las suyas.

—Oh, cariño mío. No puedo ayudarte, salvo decirte que lo que sientes, por duro, poderoso y sobrecogedor que sea, es un regalo de Dios para nosotros. Siempre supe que, cuando te sucedería, poseería un profundo significado, sería tal vez incluso una relación capaz de cambiar el mundo, al estilo de Verónica y Pretorio, o tan sublime como la de Salomón y la reina de Saba. Pero no imaginé…

—¿Qué?

—Que el hombre al que estabas destinada a amar, el «gran amor» pronosticado por la profecía, sería el Papa en persona.

Isobel hizo una pausa y pensó en cuál podía ser el mejor consejo para su querida hija en aquel momento crítico de su vida.

—Tilda, has de ser terriblemente cautelosa. Los dos tenéis demasiado que perder si se produce una indiscreción. Pero creo que tú tienes todavía más que perder si no perseveras en esta relación para ver adónde conduce, pues da la impresión de que Dios la ha ordenado. No hace falta ser profeta para saber que vivirás grandes desafíos y momentos duros como resultado de este amor, un amor que por su propia naturaleza ha de ser secreto en todo momento. Nadie puede saberlo, y no se te puede escapar jamás que habéis compartido alguna intimidad. Nunca.

—Pero no lo hemos hecho.

—Todavía no, Tilda. Pero hay cosas que son inevitables, y da la impresión de que ésta es una de ellas. Recuerda que la intimidad entre ambos será juzgada como equivocada, incluso como criminal, si os descubren. Tienes poderosos enemigos que aprovecharían tal delito para destruiros a los dos. Hagas lo que hagas, haz lo que debas, pero mantén la discreción a toda costa. Él es el Papa y tú una mujer casada. Son hechos innegables e inmutables.

—Puedo divorciarme de Godofredo.

—¿De veras? Legalmente, quizá, pero la Iglesia se opone al divorcio, y no puedes esperar que el Papa apoye esa decisión, y menos este Papa, pues fue elegido por su decisión de defender reformas estrictas. Tal acto no haría más que llamar la atención sobre vuestra relación. Ambos habéis caído en vuestra propia trampa, cariño mío. Pero no me cabe duda de que encontraréis alguna manera de superar los obstáculos, si en verdad es el gran amor de la profecía. El amor siempre encuentra la forma, Matilda. Se salta las leyes de los hombres porque es una ley de Dios. El rito de la unión sagrada, el hieros-gamos entre los verdaderos amantes del alma, es la ley más importante, que trasciende a todas las demás. Y eso es todo cuanto necesitas saber, ¿verdad? Sólo hay una cosa a la que has de aferrarte en los días venideros, y es la enseñanza más sencilla de nuestro Camino: «El amor lo conquista todo».



11

Mantua

Octubre de 1073

Matilda se sentía desdichada. No podía concentrarse en ninguno de los asuntos y actividades que solían absorber su intelecto tanto como su corazón. Hacía semanas que no comía ni dormía bien, y no tenía a nadie con quien compartir su tormento. Isobel estaba en Lucca por asuntos relacionados con la Orden, y para ver a Anselmo y al Maestro. Si bien Beatriz era una consejera y estratega política brillante, no servía para hablar de problemas sentimentales con su hija.

Fue en ese estado que Conn descubrió a la condesa, mientras paseaba sola por la linde del bosque. Pegó un brinco cuando se le acercó por detrás.

—Deberías ir armada si vas a pasear sin escolta por el bosque.

—Si fuera armada, estarías herido y los dos empapados en sangre.

—Y me sentiría complacido de haber hecho tan bien mi trabajo. ¿Por qué estás aquí sola y malhumorada?

—No estoy malhumorada.

—Me parece que sí.

Matilda exhaló un suspiro melodramático. Mentir a Conn era tan inútil como mentir a Isobel. Ambos conocían su mente y su corazón mejor que ella.

—Hace seis meses que no sé nada del Santo Padre.

—Ni de Gregorio.

—¿Qué quieres decir?

—No es al Papa a quien echas de menos, sino al hombre.

—Ahora sí que has dejado clara la cuestión. Soy patética.

—No eres patética. Estás enamorada. La última vez que lo consulté, era un sacramento para la Orden.

—Se ha olvidado de mí por completo, Conn. Me está matando. ¿Hay una sensación peor que ésta? ¿Cómo puede algo tan bello ser tan horrible?

—¿De veras crees que te ha olvidado? ¿O eres tú la que tiene mala memoria? Es el Papa, Tilda. El líder espiritual del mundo.

—Gracias por recordármelo —replicó ella—. Porque no estoy obsesionada con ese hecho cada minuto de cada día, por supuesto.

Él tuvo ganas de gruñir para mostrar su irritación, pero hizo acopio de paciencia.

—¿Te gustaría saber lo que pienso, o prefieres que te deje en paz para que puedas sentirte abatida y enferma de amor sin compañía?

—Como ya sé que no me dejarás en paz aunque te diga que lo hagas, te escucharé, suponiendo que vayas a contarme una historia que me haga sentir menos mal.

—Estás de suerte. Resulta que tengo la historia perfecta para ti. Vamos a sentarnos y te contaré la historia de la princesa Niamh del Cabello Dorado y del príncipe poeta conocido como Oisin.

Pronunció ambos nombres con marcado acento irlandés. El idioma celta sonaba a sus oídos exótico y hermoso. A veces, Conn recitaba poesía devota dedicada a Easa con sus líricas y mágicas sílabas.

—La princesa Niamh era la encantadora y dulce hija de Mannaman Mac Lir, el dios del mar, y vivía en la más hermosa isla occidental, llamada Tir n’Og, que significa País de los Jóvenes. La madre de Niamh era la reina de un mundo de hadas, y como hija de dos inmortales, Niamh no llevaba ni una gota de sangre humana en sus venas. Por eso su padre la retenía en la isla y no le permitía acceder al mundo de los mortales, pues si Niamh se enamoraba de un humano, las consecuencias serían terribles.

»Pero la bella Niamh había oído tantos relatos de héroes y poetas legendarios de Irlanda que estaba desesperada por verlos con sus propios ojos. Había oído las historias de los Fianna, la banda de guerreros que defendían a los inocentes y protegían a los débiles. Y sabía que había un príncipe entre los Fianna, un joven llamado Oisin, legendario por su caballerosidad, sus proezas en el campo de batalla y la maestría de su poesía y su música. Niamh jamás había visto un ser semejante en la isla, y estaba fascinada por la idea de varones humanos expertos tanto en el amor como en la guerra. Algo así era desconocido en los reinos mágicos, donde no existía la guerra ni, por tanto, guerreros. Y fue de esta forma que tras mucho insistir, pues ya sabemos cómo son las jóvenes cuando quieren conseguir algo, ¿verdad?, el dios del mar cedió ante su preciosa hija. Permitió que Niamh tomara su caballo blanco mágico, un animal capaz de cabalgar sobre las olas y llegar hasta el continente, si bien le aconsejó que se mantuviera fuera de la vista de los humanos y que evitara el contacto con ellos. Ella accedió y su viaje sobre las aguas comenzó.

»Niamh era una buena chica y no se lanzó a la aventura para desobedecer a su padre, pero mientras atravesaba al galope el bosque de avellanos, se topó con una partida de hombres. Eran jóvenes, fuertes y vitales, pues estos hombres eran los guerreros legendarios conocidos como Fianna. Niamh les observó con sigilo oculta entre los árboles, y escuchó mientras hablaban de su victoria en una batalla por salvar a un pueblo de las garras de un tirano que estaba aterrorizando a las mujeres. Todos los hombres eran ejemplares, pero uno destacaba por encima de los demás. Era de una belleza casi sobrenatural, con rizos color castaño y ojos color zafiro, y Niamh se quedó prendada de él al punto. El joven portaba un arpa de roble, y cuando los hombres callaron, empezó a tocar. Al igual que Orfeo, este bardo insuflaba magia en la música y la poesía, y la muchacha se dio cuenta de que estaba contemplando al legendario Oisin. Tan embelesada estaba por su interpretación que osciló y se cayó del caballo. Esto sobresaltó a los hombres, y como eran guerreros, corrieron hacia ella con las espadas desenvainadas. Pero fue el príncipe poeta el primero en llegar. Fue Oisin quien la rescató, pues tal era su destino.

»Debes recordar que Niamh no sólo era dolorosamente bella, con el pelo dorado destellando bajo la luz del sol y los ojos del color del mar, sino que era inmortal y, por tanto, estaba henchida de magia. Poseía un encanto, un poder, que ningún mortal podía resistir una vez quedaba expuesto a él. Y así, cuando los ojos de Oisin se encontraron con los de Niamh, se produjo un vínculo instantáneo e irrompible entre ellos. Uno jamás olvidaría al otro, desde aquel día y por toda la eternidad. Pero, ay, eran de mundos diferentes, ¿no? Oisin le suplicó que se quedara con él, pero Niamh no podía decepcionar a su padre de tal forma, ni renunciar a las responsabilidades para con su reino, como princesa favorita. Le dijo entristecida: “Tu mundo no es el mío, y el mío no es el tuyo”, y se encaminó hacia el caballo blanco que la devolvería a casa.

»”Llévame contigo”, suplicó Oisin, pues no quería que aquel ser mágico le abandonara. Pero Niamh no podía hacerlo, pues le amaba demasiado. Si él se iba con ella, jamás podría regresar al mundo de los mortales. Cuando un mortal se aventura en los lugares más profundos de magia e inmortalidad, ya no puede volver a la vida humana, sobre todo cuando besa a una mujer de los reinos mágicos.

»Y así Niamh le abandonó en el bosque con los Fianna y su música. Tenía el corazón entristecido, pero no podía pedirle que abandonara su vida ejemplar por ella, ni viceversa. Pero al año siguiente Oisin seguía suspirando por la princesa y el vislumbre de magia que había entrevisto. Soñaba con ella cada noche y preguntaba a sus compañeros qué habrían hecho en su lugar. Todos, como un solo hombre, le dijeron que consideraban irresistible a la dorada Niamh, y le aconsejaron que fuera en su busca.

»”Pero no puedo —les dijo—. Si voy en busca de esta mujer, sé que nunca podré regresar aquí, a esta tierra que conozco tan bien, donde todo me resulta familiar y soy considerado el mejor poeta y príncipe de mi pueblo. Jamás renunciaré a esto. Pondría en peligro demasiadas cosas.”

»Durante un año, Oisin intentó olvidar a su amada, sin éxito. Ella atormentaba sus sueños y su recuerdo hasta extremos insoportables para un humano. De modo que el día del aniversario de su encuentro fue a la orilla del mar y escribió una canción para convocar al gran dios Mannaman Mac Lir. Cuando el señor de los mares contestó, Oisin le informó de que deseaba desposar a su hija, y solicitó humildemente permiso. Mannaman le preguntó si sabía qué sacrificios debería llevar a cabo para casarse con Niamh, y le explicó que si efectuaba el viaje a lomos del caballo blanco sobre las olas hasta llegar a Tir n’Og, jamás volvería a ver a sus familiares y amigos. Debía renunciar a sus antiguas costumbres para abrazar las nuevas. Por supuesto, le tranquilizó Mannaman, la vida en la isla era dichosa, plácida y colmada de música y luz. Era una existencia sin igual, todo magia y felicidad, y sobre todo amor.

»Pero los humanos tienden a aferrarse al pasado y a lo que más conocen, ¿no es cierto? ¿Sería capaz Oisin de renunciar a ello y vivir feliz con su amada inmortal? Pues él también se convertiría en inmortal al contraer matrimonio con ella y consumar la unión física.

Conn interrumpió la historia para que Matilda hiciera comparaciones.

—Me halaga que me consideres tan seductora como la legendaria Niamh —comentó con una sonrisa irónica.

—No te engañes, hermanita. Eres tan encantadora como peligrosa. Sobre todo para un hombre que tiene tanto que perder como el pontífice. En este momento, Gregorio se enfrenta a la certeza de que, si se embarca en este fatídico viaje a lomos del caballo blanco, si experimenta el beso místico e inmortal de una mujer como tú…, será incapaz de volver al mundo humano. Por eso no has recibido noticias de él, Matilda. Porque está luchando con un poderoso demonio, el de su mortalidad, y todo lo que acarrea.

La condesa meditó unos momentos, y cayó en la cuenta de que se sentía mejor. Las historias de Conn siempre obraban ese efecto en ella.

—¿Cómo acaba la historia? —preguntó por fin.

Conn sonrió.

—Oisin cabalga hasta Tir n’Og, se casa con Niamh y descubre que el mundo mágico es inimaginablemente maravilloso, y que esta mujer inmortal es un arca repleta de amor y de sorpresas deliciosas que nunca le aburren. Niamh y él tienen un hijo, llamado Oscar, que es la dicha de sus vidas. Porque Oscar es humano e inmortal al mismo tiempo, viaja entre ambos mundos y aprovecha lo mejor de los dos. Y sus padres se regocijan en esto. De modo que hay final feliz, hermanita.

Conn calló que la leyenda de Niamh y Oisin tenía dos finales, según quien la contaba. El segundo final no era tan dichoso, pero prefirió revelar únicamente el desenlace más glorioso para elevar los ánimos de la joven. La responsabilidad del narrador requiere de tales decisiones.

—Un final feliz te está esperando, si tienes la paciencia de Niamh (y me atrevería a decir, su carencia de egoísmo), que dejó a Oisin tomar su decisión. Porque estoy dispuesto a jugarme todo cuanto he poseído a que llegará el momento en que él ansíe tu presencia hasta extremos irracionales y ensille el caballo blanco para cabalgar sobre las olas e ir en tu busca.

En el hieros-gamos, la unión sagrada de los amantes, Dios se halla presente en la cámara nupcial. Para que una unión sea bendecida por Dios, tanto la verdad como la conciencia han de expresarse en el abrazo.

Cuando los amantes se unen, celebran su amor en la carne: ya no son dos, sino uno. Fuera de la cámara, vivirán tal como se expresa el amor en el espíritu.

En su forma santificada, el amor está presente en seis aspectos de expresión:

Ágape: un amor henchido de goce mutuo y por el mundo, una de las formas más puras de expresión espiritual. En él se encuentra el abrazo sagrado que contiene la conciencia.

Filia: un amor que es antes que nada amistad, henchido de respeto. Es el de la hermana-esposa y el hermano-esposo, pero también el de los hermanos de sangre y los verdaderos compañeros. En él se encuentra el abrazo sagrado que contiene la verdad.

Charis: un amor definido por la gracia, la devoción y el agradecimiento por la presencia de Dios en los aposentos. En él se encuentra el amor de nuestros padres, en la tierra y en el cielo.

Eunoia: un amor que inspira profunda compasión y un compromiso con el servicio al mundo y a todo el pueblo de Dios. En él reside nuestro amor por la caridad y la congregación.

Storge: un amor puro henchido de ternura, afecto y empatía. En él se encuentra el amor de los niños.

Eros: un amor que es una profunda celebración física en el que las almas se funden en la unión de los cuerpos. Es la expresión suprema de los amantes, que encuentra su forma más santificada en el hieros-gamos.

No hay oscuridad que no pueda ser derrotada por la luz del amor en una de estas expresiones. Cuando todas están presentes en armonía sobre la tierra, la oscuridad no puede existir.

El Amor lo Conquista Todo.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

Del Libro del Amor,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Fiano, norte de Roma

Junio de 1074

Conn pocas veces se equivocaba en lo tocante a Matilda.

Transcurrió un año entero hasta que la condesa tuvo la oportunidad de iniciar a Gregorio en las enseñanzas del Camino del Amor. El clima político antagónico en el que se habían encontrado poco después de la investidura del Papa exigía a ambos su concentración como líderes y políticos, y no dejaba tiempo para nada que les distrajera de la protección del papado. El rey alemán Enrique IV se negaba a censurar a sus obispos y reconocer su excomunión, tal como había ordenado el Santo Padre, lo cual provocó que aumentaran las tensiones entre Alemania y Roma. Matilda demostró absoluta fidelidad al Papa en nombre de sus posesiones, lo cual enfureció todavía más a su esposo. Godofredo continuaba reclamando sus derechos como duque de Toscana, al tiempo que servía a Enrique IV, y la batalla entre marido y mujer era la más mortífera que se estaba gestando en Europa. Sin embargo, Matilda estaba en Toscana y Godofredo no. La condesa se hallaba al frente del pueblo de los Apeninos, de sus corazones y espadas, y Godofredo no. Como siempre, a ella le era indiferente lo que dijera o hiciera su marido, y hacía caso omiso de su existencia en todo momento. El Papa apoyaba su postura, se negaba a considerarla una mujer casada y la reconocía como corregente de Toscana con su serenísima madre. Para Gregorio VII, era como si Godofredo no existiera fuera de Lorena.

Al final, la naturaleza sangrienta de la rebelión sajona en los propios territorios de Enrique obligó a Alemania a solicitar una reconciliación humillante con Roma. Los recursos del monarca estaban agotados, y había abusado de sus nobles leales, incluido Godofredo, hasta el límite. En noviembre de 1073, el soberano juró lealtad al papa Gregorio VII en la ciudad de Núremberg, ante un público que incluía delegados papales. Pidió perdón por su desobediencia y juró participar en las reformas de la Iglesia dictadas por el Sumo Pontífice a partir de aquel momento. Aunque Gregorio confiaba en que la tregua se cumpliría, conocía demasiado bien el carácter de Enrique para saber que era un juramento forzado, de boquilla, pero al haber sido hecho en público, significaría que la sumisión del rey se prolongaría cierto tiempo, aunque sólo fuera para quedar bien. Como resultado de la nueva lealtad del monarca al Papa, Godofredo también se vio obligado a minimizar sus agresiones. Dejó en paz a Matilda y se concentró en sus tierras de Lorena y el norte.

Tras meses de silencio, el Papa empezó a escribir a Matilda de repente y sin tregua. La condesa toscana y el pontífice Gregorio VII mantuvieron una correspondencia frecuente durante los siguientes seis meses. Su afecto mutuo iba en aumento, y se hizo más profundo a pesar de la distancia que les separaba, o tal vez a causa de ella. Y como tales cartas eran por su propia naturaleza públicas, las escribían con un lenguaje muy cuidado, aunque todas contenían efusivos sentimientos de adoración. Matilda se refería con frecuencia a su «gran y eterno amor por san Pedro», y Gregorio expresaba sus sentimientos hacia ella con términos todavía más categóricos. La llamaba «mi hija en Cristo», pero sus expresiones escritas, con frases como «debéis saber el amor que siento por vos», traspasaban los límites de lo filial. Al final, casi le suplicó que volviera con él a Roma en una carta que rezaba:

Me siento extremadamente ansioso por celebrar más entrevistas con vos, pues deseo que me aconsejéis sobre mis asuntos como bija y hermana de san Pedro. Os ruego que no me hagáis esperar más.

En respuesta a su súplica, Matilda se desplazó hasta una villa particular de Fiano, situada en las afueras de Roma. Estaba ansiosa por «celebrar más entrevistas». Beatriz la acompañó, al igual que Isobel, para interpretar el papel de carabinas ante los ojos de cualquiera que considerara inapropiado un lugar de encuentro tan privado, alejado del intenso escrutinio de la corte papal de Roma, alejado de todos, salvo de los miembros de más confianza de sus mutuos círculos íntimos.

Los aposentos que Gregorio había preparado para sus entrevistas eran magníficos. Amueblados con opulencia y adornados con ricas telas de Oriente, las habitaciones eran dignas de la reunión del rey Salomón y la reina de Saba. Constituían un intento de seducción inteligente y deliberado. Pues si bien el Papa desconocía las costumbres de la amada Orden de Matilda, sabía muy bien que sus seguidores creían que todas las enseñanzas empezaban con los exóticos rey y reina de las Escrituras y su legendaria unión.

La condesa estaba igualmente preparada para su papel en el gran espectáculo. Isobel, quien todavía era una maestra en tales asuntos, dedicó horas a vestirla hasta transformarla en una visión de atrayente misterio femenino. Su señora llegó a los aposentos privados del Papa, cubierta de capas de seda azul turquesa sobre un canesú muy escotado e incrustado de joyas de damasco turco. Velos de gasa cubrían tanto el escote como el pelo, lo cual aportaba una sensación de decoro, pero el material era tan fino que parecía inexistente. Sus abundantes trenzas cobrizas habían sido cepilladas de tal forma que brillaban bajo el velo diáfano, y estaban sueltas por completo, lo cual habría resultado escandaloso en público. Aguamarinas y perlas estaban entretejidas en ristras en los suaves rizos, mientras joyas a juego colgaban de sus orejas. Por primera vez en su vida, Matilda se había perfumado y aplicado a todo el cuerpo aceite esencial de rosas mezclado con incienso, mirra y nardo de Tierra Santa. Esta costosa y sagrada preparación se había utilizado en los tiempos antiguos siguiendo el ejemplo del Cantar de los Cantares, con el fin de ungir a la novia en vistas al hieros-gamos, el sagrado matrimonio de los verdaderos amantes.

Gregorio se quedó sin habla cuando entró. Su recuerdo de la mujer le había arrastrado a la distracción durante todo el año, pero al verla de nuevo se dio cuenta de que su mente no le había hecho justicia. Besó su mano, y ella su anillo, pero por lo demás mantuvieron la distancia de rigor cuando se sentaron en bancos acolchados, uno delante del otro.

Ella empezó, tal como él sabía que haría, con la leyenda de Salomón y la reina de Saba. No había mejor lugar, pues éste era el inicio de las enseñanzas relacionadas con la unión sagrada.

Gregorio conocía bien los pasajes del Primer Libro de los Reyes, capítulo diez, que describía la llegada de la reina de Saba a Jerusalén. Pero la versión ampliada que enseñaba la Orden le asombró y fascinó. Era imposible pasar por alto las similitudes con la situación en la que se encontraban: dos grandes líderes de sexo opuesto se reúnen en una comunión de mentes y espíritus.

Decidió ponerla a prueba de inmediato, para ver cómo defendía la piedra angular de sus enseñanzas.

—¿De dónde sale esta versión de la historia? Nada en las Escrituras indica que Salomón y la reina de Saba mantuvieran relación semejante.

Matilda había estudiado el material durante toda su vida, creía firmemente en él y lo conocía tan bien como cualquier profesor oficial de la Orden. Su respuesta fue instantánea.

—Primer Libro de los Reyes, capítulo diez, versículos dos y tres:

«Llegada que fue donde Salomón, le dijo todo cuanto tenía en su corazón. Salomón resolvió todas sus preguntas. No hubo ninguna proposición oscura que el rey no le pudiese resolver». Se pone énfasis en la palabra «ninguna». Eso indica que Salomón, pese al hecho de que es el rey más importante y sabio del mundo, no oculta nada a esa mujer. Es una indicación de profunda intimidad, como cuando afirma que «le dijo todo cuanto tenía en su corazón». Ninguna reina en misión política oficial abre su corazón a un hombre tan poderoso. Una vez más, implica una profunda intimidad y, creo yo, pasión.

Las similitudes flotaban en el aire, pero ambos estaban disfrutando demasiado de la naturaleza excitante del juego para abordarlo de una manera más directa, todavía.

—Tal vez, pero no nos aporta una biografía tan completa como vos parecéis creer.

—La historia se conserva así en el Libro Rosso, pues las tradiciones de nuestro pueblo fueron transmitidas y escritas de generación en generación. Pero también existen referencias de la unión de Salomón y la reina de Saba en el Libro del Amor, escritas de puño y letra del apóstol Felipe.

—Pero eso no es una prueba.

—No osaría dar lecciones al mismísimo pontífice en materia de fe, pero diré que, en todos los asuntos del espíritu, la única prueba existe en nuestros corazones. Ni tinta ni papel pueden aportar la verdad. Sólo nuestros corazones pueden decirnos si lo que hay en determinada página, sea de la Biblia o de mi Libro, es la verdad. Cada hombre o mujer ha de alcanzar esa decisión según su fe.

Él admiró su elocuencia.

—Ardo en deseos de ver este libro sagrado, y tal vez alcanzar una mayor comprensión de cómo os ha concedido una fe tan extraordinaria.

—Y yo ardo en deseos de enseñároslo. En un futuro no muy lejano debéis ir a Lucca, cuando vuestros compromisos os lo permitan, y tal vez tendremos la oportunidad de explorar juntos el Libro Rosso.

A continuación, Matilda le habló de la versión del Antiguo Testamento del Cantar de los Cantares, y de nuevo aportó una nueva interpretación (que era en esencia la antigua interpretación) a través de los ojos de la Orden, por mediación de su libro sagrado. Que un poema tan abiertamente erótico fuera un fragmento de las Escrituras tan aceptado y venerado era algo que los estudios bíblicos solían pasar por alto, incluso teniendo en cuenta la concienzuda educación de Gregorio. Los líderes de la Iglesia hacían hincapié en la idea de que el Cantar de los Cantares, escrito presuntamente por Salomón, y transcrito de nuevo a finales del siglo v, era una alegoría del amor de Dios por su pueblo y su Iglesia. Matilda afirmaba que era la prueba definitiva de que Salomón y la reina de Saba eran los amantes prototípicos de la unión sagrada, y como poema épico contenía los mayores misterios del amor, escritos por Salomón con la reina de Saba como musa. De hecho, señaló, la primera línea completa de este fragmento de la Biblia reza: «Cantar de los Cantares, de Salomón».

Gregorio aportó las argumentaciones tradicionales contra el Cantar de los Cantares como una alabanza al amor erótico, e insistió en que la Iglesia sólo podía adoptar la postura de que se trataba de un poema sacro sobre el amor de Dios por la Iglesia y sus hijos, y sólo el amor de Dios. Matilda contraatacó, con tanta destreza como cualquier sacerdote versado que él hubiera conocido.

—¿Por qué ha de ser uno u otro? El problema de muchas interpretaciones de las Escrituras aceptadas por la Iglesia es que son exclusivas. O el Cantar de los Cantares versa sobre el amor de Dios y el amor a la Iglesia, que es divino, o trata del amor humano, y por tanto es profano. Pero eso no es lo que Jesús nos dice en el Libro del Amor. Nos dice que ambos son verdaderos, y así ha de ser. Es mediante nuestro amor de humanos que encontramos a Dios. Él está presente en la cámara nupcial cuando los verdaderos amantes se unen. Esta esencia es la que se encuentra ya en el primer verso: «Con qué razón eres amado». Es lo que dicen los amantes cuando encuentran a Dios durante su unión. ¿Por qué no puede ser cierto, cuando es tan hermoso?

—Decidme, pues, Matilda: ¿encontrasteis a Dios en la cámara nupcial?

Ella se quedó estupefacta un momento, pues Gregorio había desviado el interrogatorio hacia temas mucho más personales. Nunca se había adentrado en ese territorio. Ella respondió de la única forma que sabía. Con sinceridad.

—Me obligaron a contraer matrimonio con un hombre que no era y no podía ser mi amado. Ni siquiera podía ser mi amigo. Ésa es la cruz de muchas mujeres, no conocer jamás el verdadero amor, de manera que se les niega este sendero particular de sentir y comprender a Dios. Creo que tales matrimonios forzados constituyen un crimen contra las enseñanzas del amor. No hubo jamás, en ningún momento, verdad o conciencia en mi lecho conyugal. Y las enseñanzas insisten en que ambos han de estar presentes para que una unión sea sagrada. Así que la respuesta a vuestra pregunta es no, no encontré a Dios en la cámara nupcial.

Él la estaba observando con suma atención, pues la estaba poniendo a prueba, y ella lo sabía.

—En consecuencia, os encontráis ante un dilema, ¿no? No habéis conocido nunca tal unión, pero es el mayor sacramento de vuestro pueblo. No estaréis completa desde un punto de vista espiritual sin el conocimiento de esta unión, ¿verdad? Pero buscar esa experiencia fuera del matrimonio es adulterio, y un pecado mortal. ¿Cómo reconciliáis eso con vuestro bienestar espiritual?

Matilda estaba preparada para la pregunta, pues había meditado sobre este concepto muchísimas veces.

—El adulterio, tal como lo definís, es un pecado mortal para la Iglesia católica, eso es cierto. Pero el Libro del Amor define el adulterio de una forma muy diferente. Nuestra escritura afirma que cualquier abrazo contrario a la voluntad del otro, o que viola el espíritu de confianza y conciencia, es adúltero. Por lo tanto, casi todos los matrimonios de conveniencia, en que las mujeres se ven obligadas a entregar sus cuerpos contra su voluntad, constituyen verdadero adulterio. No obstante, están consentidos por la Iglesia, así como por las leyes humanas.

»¿Cómo puede ser el verdadero amor adulterio, si el amor es el mayor don que nos ha concedido nuestro bondadoso Padre que está en los cielos? Salomón y la reina de Saba no estaban casados, de hecho estaban casados con otros, y no obstante jamás se les llamó adúlteros. Eso es debido a que su amor se regía por una ley superior. ¿Cómo es posible que dos almas, unidas por Dios en el cielo en el alba de la eternidad, puedan cometer pecado al reunirse en la carne sobre la tierra? Recordad esto: lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. Yo os digo que la ley del amor siempre desafiará a las leyes de los hombres cuando deba hacerlo. Y que cada vez que Godofredo me tocaba era adulterio, pese a las leyes de los hombres y de la Iglesia, que le convierten en mi marido.

»Pero abrazar a la otra parte de mi alma, fundirme con ella por completo mediante la unión de nuestros cuerpos, como expresión de la unión más pura… es un sacramento libre de pecado, y así lo defenderé ante Dios el día del juicio.

Sostuvo la mirada del Papa. Como ninguno de ambos fue capaz de encontrar la voz después de tal discurso, fue Matilda quien continuó, pues descubrió cierta seguridad, al menos de momento, en seguir discutiendo acerca de las Escrituras.

—El Cantar de los Cantares contiene las enseñanzas de los seis aspectos de expresar el amor, que Jesús subraya más adelante de manera individual en su evangelio, nuestra escritura más sagrada. —Alzó la barbilla con un toque de altivez cuando utilizó el pronombre posesivo—. Y uno de estos aspectos es Eros, que es una expresión física intensa y hermosa. La unión sagrada.

Gregorio respondió al desafío mental con cierto grado de alivio, de nuevo en terreno seguro.

—Pero estáis dando por sentado de nuevo que los versos poseen connotaciones físicas íntimas. Las interpretaciones de los eruditos no dicen eso. Insisten en que esta canción no trata del amor erótico.

Matilda se dispuso a replicar, pero aguardó un momento. Cuando lo hizo, se inclinó hacia delante, lo cual causó que ondas de cabello cobrizo cayeran sobre su piel de porcelana. Sus ojos verde mar destellaron cuando empezó a recitar el Cantar de los Cantares, sin romper en ningún momento el contacto visual mientras lo entonaba con un susurro ronco:

¡Qué sabrosos tus amores! ¡Más que el vino! Miel virgen destilan tus labios, novia mía. Hay miel y leche debajo de tu lengua.

Con el movimiento más atrevido de una vida definida por la osadía, se levantó del banco y anuló la distancia que les separaba. Se arrodilló a los pies del Papa y continuó recitando, lenta y tortuosamente, mientras le miraba. Se quitó los velos que cubrían su pelo con dedos lentos y cautelosos, mientras continuaba sosteniendo su mirada.

He comido mi miel con mi panal, he bebido mi vino con mi leche. Yo dormía, pero mi corazón velaba. ¡La voz de mi amado que llama!: “¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta!”

Se quitó los siguientes velos, lenta y graciosamente, los que cubrían sus rotundos pechos. Flotaron hasta el suelo, abandonaron su piel cremosa y expusieron a la mirada del Papa los pezones rosados. Gregorio la miraba paralizado, mientras la poesía brotaba de sus labios y ella se inclinaba hacia delante para rozarle los muslos con las yemas de los dedos.

En mi lecho, por las noches, he buscado al amor de mi

alma. Mi amado metió la mano por la hendedura; y por él se

estremecieron mis entrañas. Me levanté para abrir a mi amado.

Se acercó más a él, que continuaba en pie, apoyó la mejilla sobre un muslo, mientras sus dedos trepaban sobre el otro. Terminó la canción, respirando contra su erección mientras cantaba.

Y mis manos destilaron mirra, mirra fluida mis dedos, y abrí a mi amado.

Matilda recitó el último verso con delicada lentitud. Había algo más que un toque de triunfo en sus rasgados ojos color verde mar cuando tomó conciencia de su desasosiego, su fascinación, su pasión. Nunca la Escritura había sido tan seductora.

—Y yo te pregunto —susurró, mientras se erguía sobre sus rodillas para mirarle a los ojos, al tiempo que aumentaba la presión sobre sus muslos con las yemas de los dedos—, ¿te parece una canción sobre la castidad de la Iglesia?

—Lo reconozco —susurró él con voz ronca, su boca sobre la de ella. Se quedaron así un rato, respirando juntos y viviendo el momento de la intimidad prohibida. Ambos llegarían a saborear cada segundo de intimidad para tocarse así, pues la espera constituía una exquisita tortura. Cuando sus labios se encontraron por fin sin trabas, fue un preludio sensual y exquisito a la prolongada fusión de sus cuerpos. Pasaron las siguientes horas entrelazados, unidos en la magia alquímica que tiene lugar cuando la virilidad tumefacta penetra en la rendida suavidad femenina.

De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.

La suya fue una unión de confianza y conciencia, una expresión perfecta del hieros-gamos. Los amantes de las Escrituras se habían reencontrado una vez más.


Como émulos de Salomón y la reina de Saba, permanecieron juntos, casi sin interrupciones, durante la mayor parte de la semana. En la santidad de la cámara, Matilda introdujo a su amado en los secretos más íntimos del hieros-gamos, tal como se conserva en la Orden. Eran enseñanzas muy protegidas y sagradas, transmitidas de mujer a mujer durante mil años, con el fin de proporcionar éxtasis de una forma sólo imaginable para los iniciados. Era un enfoque que ponía énfasis en la adoración del cuerpo del amado, en el conocimiento de que era el receptáculo sagrado del alma. Aunque la condesa había aprendido estas lecciones durante su instrucción, jamás había imaginado qué se sentía al llevarlas a la práctica. Una vez experimentadas, alteraban la existencia de manera indeleble. Esto era cierto tanto para los hombres como para las mujeres.

Isobel había reído cuando había transmitido la información a Matilda, y dijo que sentía compasión por aquellos que jamás conocerían la unión divina.

—¿Sabes, querida hija, que ningún hombre en la historia de la Orden se ha separado jamás de su amada? —explicó—. Esto se debe a que, cuando el hieros-gamos se consuma según las enseñanzas secretas, no tienen otro lugar adonde ir. Nunca desearán copular con otra mujer, conscientes de que jamás podrán alcanzar con otra los mismos niveles de éxtasis. Es un éxtasis que roza la divinidad. El deseo de su amada compañera es tan singular e intenso que su compromiso con ella es eterno, y su fidelidad segura. Es un gran don de Dios.

Isobel se puso seria e indicó que era una tragedia que el conocimiento del placer se hubiera perdido para la mayoría. Este camino específico de encontrar a Dios mediante la unión sagrada sólo era conocido por unos pocos, y los tiempos cambiantes continuarían significando una amenaza para estos secretos, hasta que fueran eliminados casi por completo. Incluso la interpretación de las enseñanzas públicas, como las del Evangelio de Mateo, capítulo diecinueve: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre», se había edulcorado para erradicar la verdadera naturaleza sensual del hermoso don que Jesucristo había querido repartir.

El papa Gregorio VII no era un hombre superficial. Su atracción hacia Matilda no se limitaba a su belleza, poder y todo cuanto podía ofrecerle mediante la combinación de ambas cosas. Estaba profundamente enamorado de una mujer a la que consideraba creada por Dios en su honor. Había llegado a comprender la naturaleza del hieros-gamos como una experiencia religiosa, durante los días y noches pasados con su gloriosa condesa. Había encontrado a Dios con esta mujer de una forma que jamás había creído posible gracias a sus estudios. Además, estaba más fascinado que nunca, hasta el punto de la obsesión, por las enseñanzas de los primitivos cristianos. Había sido electo Papa como reformador, decidido a que la Iglesia recuperara su papel sagrado y espiritual, centrado en las enseñanzas de Cristo. Que Matilda representara un desafío tan inmenso a su posible significado real era importante e intrigante al mismo tiempo, casi inconmensurable.

—No me eligieron Papa por ser un hombre santo, Tilda —confesó mientras cenaban la última noche en Fiano—. Fui electo porque soy un hombre pragmático y un político avezado, preocupado por la suerte de Roma y de su Iglesia. Pero hablo en serio cuando digo que espero convertirme en un hombre santo mientras ocupe este puesto. ¿Y qué me convertirá en un hombre santo, mientras ocupe el trono del apóstol Pedro? Seré santo emulando a Jesucristo. Y cuanto más leo y estudio, y más aprendo de ti, más empiezo a cuestionarme qué significa emular a Cristo.

»¿Es posible, me pregunto, mantener una Iglesia con poder y estructura suficientes para influir en un rebaño que abarca toda Europa y más, pero basada en tus ideas sobre el amor? Es un gran dilema porque no lo creo posible. El amor no conoce razón, Matilda. No conoce lógica, estrategia ni ley que no sea la suya. Es imposible obtener impuestos o beneficios de él. No es algo que pueda ser controlado, administrado o legislado. De hecho, he aprobado leyes que prohíben el amor a mi clero. He prohibido casarse a los curas y reforzado las leyes sobre el celibato. Y, no obstante, estas mismas leyes protegen elementos de la Iglesia que exigen ser conservados, la protegen como institución, cosa que he jurado hacer. Debo defender las leyes necesarias para alcanzar un bien superior.

»Pero ¿qué significa si este bien superior que estoy protegiendo es contrario a la naturaleza de lo que Nuestro Señor quería que comprendiéramos? Ésas son las pruebas a las que nos enfrentamos, pruebas de fe y libre albedrío. Te necesitaré a mi lado, lo más a menudo posible, para que me ayudes a navegar por estas aguas desconocidas. Dios nos ha puesto a los dos en este lugar, y nos ha puesto juntos. Tenemos la oportunidad de cambiar la historia, de conseguir que la Iglesia siga siendo fuerte y de que nuestro pueblo conserve a Cristo en el centro de su vida. Puede que no adopte la forma que tú imaginas, tal vez no sea posible introducir este Camino tuyo en el mundo tal como lo conocemos. Pero haremos lo posible por proteger el Camino tal como existe. Y mientras tanto exploraremos esta idea del amor.

Matilda le desafió, como sucedería cada día de su vida en común.

—Me atrevería a decir que, a medida que te vayas familiarizando más con el sencillo y asombroso poder que constituye el Camino del Amor, pensarás de manera diferente. El Camino es para todos, Gregorio, al igual que el Reino de Dios es para todos. Ricos y pobres, hombres y mujeres, humildes y nobles. Es lo bastante fuerte para resistirlo todo. Lo bastante fuerte para llevar la paz al mundo.

Él meditó sobre esta idea, mientras el político pragmático forcejeaba con el poeta que se había despertado en su interior.

—Amor. Es muy complicado, sobre todo en asuntos de Estado. Es preocupante. Es hermoso. Pero sobre todo es algo cuyos precedentes desconozco.

»Y por eso debo preguntarte antes de que regreses a Toscana mañana por la mañana: Matilda, ¿juras estar siempre a mi lado? ¿Ayudarme a comprender cómo vamos a proteger a la Iglesia, de forma que no se debilite debido a las grandes amenazas que afrontamos cada día, y no obstante proteger estas tradiciones que tú sabes verdaderas lo mejor que podamos?

Ella tomó sus manos y las retuvo entre las suyas, mientras contestaba con el juramento que jamás quebrantaría.

—Semper. Siempre.

Roma

En la actualidad

Maureen y Bérenger recorrían sin prisas la iglesia de San Pietro in Vincola, cogidos de la mano. La llegada de Bérenger a Roma la había sorprendido, pero en cuanto se enteró de que primero había ido a reconciliarse con Peter, antes incluso de informarla de su llegada, experimentó un inmenso alivio. Era la forma de actuar de un hombre de verdad, que revelaba su humildad y su sentido de la responsabilidad.

Había cenado con él la noche anterior, y en el espacio de dos horas le había informado de todo lo que había descubierto sobre Matilda hasta el momento, a partir de sus documentos autobiográficos. También le había hablado del hombre de la sudadera con capucha que había visto desde su ventana.

—Subí corriendo a tu habitación, pero no estabas. Cuando volví a la mía, ya se había ido.

Bérenger la escuchaba con atención, preocupado.

—Bien, no volverás a ir a ningún sitio de Roma sin que uno de nosotros te acompañe.

Durante el curso de la cena, Maureen se permitió recordar todos los motivos por los que lo adoraba. Hablar con él era como volver a casa. La comprendía, era igual que ella, conseguía que se sintiera a gusto. Y ahora se había autoproclamado su cancerbero oficial durante su estancia en Roma. Siempre que ella deseaba visitar lugares importantes en la historia de Matilda, Bérenger insistía en acompañarla. Ella disfrutaba inmensamente de su compañía.

Mientras recorrían la iglesia de San Pedro de las Cadenas, Maureen repitió la historia del primer encuentro de Matilda y Gregorio.

—Fue amor a primera vista, por ambas partes y según todas las referencias.

Bérenger asintió.

—¿Lo fue? ¿Cuál es la causa del amor a primera vista? ¿Sería más preciso decir que es amor… por reconocimiento? ¿Nos enamoramos de alguien tan deprisa y con tanta pasión porque reconocemos a esa persona como alguien a quien amamos antes, y estamos destinados a amar de nuevo? ¿Sentimos atracción o conexión instantánea con alguien porque, de alguna manera, sabemos que representa otro fragmento de nuestra alma?

Maureen meditó al respecto mientras paseaban por la iglesia, que estaba abarrotada de turistas, la mayoría congregados alrededor de la estatua de Moisés obra de Miguel Ángel. Dejaron caer monedas de euro en la caja de la luz con un sonoro tintineo, para que la obra de arte quedara iluminada unos minutos. El edificio había cambiado mucho desde la elección de Gregorio como Papa, pues había sido remozado durante el Renacimiento y había sufrido otras transformaciones a lo largo de los siglos.

—Tal vez. Quizá sea otro aspecto de «El tiempo vuelve».

—Continúa.

—Bien, las parejas de las que habla la Orden. ¿Verónica y Pretorio están regresando como el modelo de otras grandes parejas que fueron maestros? ¿Easa y Magdalena significan el retorno de Salomón y la reina de Saba? Por lo visto, Matilda creía que Gregorio y ella lo eran. ¿Era literal, o estaban reviviendo un arquetipo, un arquetipo al alcance de todos los que tienen la suerte de encontrar este tipo de relación con otra persona? No lo sé. Estoy luchando con esta idea. Con todas estas ideas.

Bérenger la miró un momento. Era interesante que muchos seres humanos consideraran inimaginable esta idea del amor eterno, pero a él se le antojaba natural y sencilla. Y de una belleza indecible. No dijo nada, y reservó sus pensamientos más profundos para el momento en que ella estuviera preparada. La paciencia era la virtud que debía cultivar para conservar a este unicornio en el jardín de su libre albedrío.

Hicieron una breve cola para ver las reliquias de las que la iglesia recibía el nombre: las gruesas cadenas que se conservaban en un relicario de oro y cristal. Nadie sabía si eran las auténticas cadenas que habían inmovilizado a san Pedro, pero poseían un aura extraña, una pátina mística que sólo puede materializarse en un objeto que ha sido venerado durante siglos.

Salieron del templo unos minutos después al encuentro de la luz del sol ámbar del atardecer romano. Mientras bajaban poco a poco los escalones de mármol hacia la calle, fue Maureen quien decidió volver a abundar en el tema.

—¿Qué pasa cuando sólo le sucede a uno?

—¿Qué quieres decir?

—Bien, en este caso, vemos que Matilda y Gregorio reconocieron al instante la conexión, ambos lo supieron al momento. ¿Ocurre siempre así, en estos casos de amor predestinado? ¿O a veces se da cuenta sólo uno de los miembros de la futura pareja?

Bérenger no necesitó tiempo para pensar en su respuesta.

—Creo que sucede así con frecuencia: una persona se da cuenta de la conexión antes que la otra, incluso mucho tiempo antes. Creo que es una cuestión de paciencia, tal vez incluso la mayor prueba que afronta ese amor.

Pasearon con parsimonia por las estrechas calles del centro storico, absortos en su conversación y todo cuanto significaba para ellos.

—Debe de ser muy difícil para el miembro de la pareja que se da cuenta antes, mientras el otro sigue en la inopia. Es como si uno estuviera despierto y el otro dormido.

—Sin duda. Dicen que la ignorancia es una bendición. Y es verdad, si lo piensas. Cuando somos ignorantes, podemos ir por la vida convencidos de que controlamos nuestro destino. Pero cuando alcanzamos el conocimiento, cuando comprendemos que nuestro destino es entregarnos a la voluntad de Dios, bien… No siempre es tan venturoso, ¿verdad? Y tal vez la voluntad de Dios estriba en que tengamos una paciencia terrible con nuestro amado dormido, para que podamos despertarlo con delicadeza.

Maureen se detuvo.

—¿Qué pasa?

Bérenger pensó que se había excedido, que había formulado una alusión demasiado personal. Pero no era eso lo que había impelido a Maureen a detenerse. Él exhaló un suspiro de alivio cuando ella empezó a hablar de aquella forma entusiasta que adoptaba cuando los elementos de un rompecabezas empezaban a encajar.

—Lo que acabas de decir. «Despertarlo con delicadeza.» Es como en los cuentos de hadas, ¿verdad? La Bella Durmiente se despierta. Blancanieves se despierta. Las dos se despiertan de algo llamado la «muerte dormida». Representa el alma antes de ser iluminada.

—Por un beso.

—El beso del amor verdadero. Queda muy claro en las versiones más antiguas de estas leyendas: el beso del amor verdadero despierta a la princesa. No cualquier beso. Ha de ser sagrado. Tal vez el beso que funde las fuerzas vitales de los amantes, el que representa la unión de las almas. La «muerte dormida» simboliza el alma antes de la iluminación.

Bérenger también estaba entusiasmado por aquel enfoque y la secundó.

—Una alegoría, por lo tanto. Una enseñanza sagrada que ha de estar oculta a la vista de todos, pero que debe ser cuidadosamente transmitida para que nunca se pierda.

Maureen asintió, y meditó antes de continuar.

—Sí, y ha de ser transmitida de tal manera que el concepto fundamental pueda ser enseñado a los niños. ¿Lo crees posible? Tú me enseñaste que las conexiones no cesan nunca, que son infinitos los lugares donde encontraremos la verdad escondida a la vista de todo el mundo, con sólo abrir los ojos. ¿Cabe la posibilidad de que los cuentos infantiles más queridos fueran creados para transmitir los secretos del Libro del Amor? ¿Que cada vez que contamos uno de esos cuentos estemos rindiendo homenaje a las enseñanzas originales de Jesús, y que quizá se remonten a miles de años de antigüedad, cuando Salomón y la reina de Saba se unieron?

—Eres un genio, querida mía. Es una idea que nunca me había pasado por la cabeza. No obstante, sabemos que las culturas cátaras empezaron impartiendo las enseñanzas a sus hijos desde que eran muy pequeños. Hemos visto que Isobel enseñó a Matilda conceptos importantes de esta forma. Tal vez éste era el propósito original de los cuentos infantiles. Educar a nuestros hijos tanto como inspirar su imaginación. Asimilan los cuentos mientras duermen, el inconsciente los procesa en el sueño. Es una idea fantástica.

Maureen aún no había terminado.

—También hay versiones masculinas de la leyenda. Como el Príncipe Rana. La princesa cree que es su amado, pese al hecho de que parece un sapo lleno de verrugas. Ve más allá de la apariencia física, le reconoce, y a continuación le transforma en el príncipe que estaba destinado a ser. Le transforma en un príncipe de verdad, con un beso de amor verdadero. En la Bella y la Bestia, la Bella reconoce al príncipe que hay bajo la apariencia del monstruo, y le salva la vida cuando agoniza de amor… con su beso, por supuesto.

—Por supuesto.

Bérenger ardía en deseos de contarle uno de los grandes secretos que ella todavía no había descubierto. Que existía un motivo que justificaba que el amado siempre fuera un príncipe en estos cuentos. Pero aún no estaba preparada para saberlo todo. No iba a meterle prisa. Decidió preparar el terreno para futuras incursiones.

—Creo que has descubierto algo interesante.

—¿Qué?

—Que existe una versión masculina del cuento, al igual que existe la versión femenina. Siempre hay equilibrio donde se encuentra la verdad. Si hay una leyenda o profecía sobre una mujer, hay una leyenda o profecía equivalente de un hombre. Eso se llama alquimia. También física. La unión de los contrarios. Para cada acción existe una reacción igual y opuesta. Es tanto Isaac Newton como María Magdalena. Cerebral y emocional, tierra y agua, masculino y femenino, consciente e inconsciente.

—Príncipe y rana.

Maureen sonrió de una forma que Bérenger había visto pocas veces, con felicidad y luminosidad, sin disimulos, y quizás con algo más. Estaba desesperado por besarla en aquel mismo instante, pero se contuvo. Estaban llegando a un nuevo conocimiento concerniente a la santidad de lo que habían considerado un simple acto, un encuentro reflejo de los labios. Para ellos, ya no existía algo similar a un beso mecánico. Esperaría hasta el momento perfecto, hasta que ambos estuvieran comprometidos con lo que significaba en realidad encontrar la unión al compartir la fuerza vital y el aliento.

Hasta entonces, disfrutaría del tiempo que pasara en su compañía. Se dio cuenta de que, pese a los desafíos emocionales que les aguardaban en el futuro, eran muchísimo más afortunados que otras parejas predestinadas que les habían precedido en la historia.

Al menos, él no era Papa. Y ella no estaba casada con un jorobado traicionero. En comparación, era un buen comienzo.

Ciudad del Vaticano

En la actualidad

El padre Girolamo repasó la lista. Estaba incompleta. Le faltaban algunas mujeres que encajaban con los criterios, y tendría que volver a echar un vistazo a sus notas. Pero debía admitir que su memoria estaba empezando a fallarle. En otro tiempo, la habría recitado de carrerilla, pero cada día era más difícil repetir esa hazaña. Daba igual. Constarían en los registros con los detalles necesarios, incluidas sus fechas de nacimiento verdaderas y la forma, en ocasiones trágica, en que estas mujeres, muchas de ellas celebradas santas y mártires, habían encontrado la muerte.

Había llegado a un callejón sin salida en su trabajo y se sentía muy frustrado. Confeccionó la lista de memoria, confiado en que le ayudaría a decidir el siguiente paso que debía dar. El listado seguía un orden cronológico:

Sarah-Tamar: siglo i, año de nacimiento y fallecimiento desconocidos (causa de la muerte desconocida).

Margarita de Antioquía: año de nacimiento desconocido, fallecida en 304 (torturada y decapitada).

Lucía: nacida en 284, fallecida en 304 (mancillada en un burdel, cegada y decapitada).

Catalina de Alejandría: nacida en 287, fallecida en 305 (torturada y decapitada).

Modesta: siglo iv (decapitada, y después arrojada a un pozo en Chartres).

Bárbara: nacida y fallecida en el siglo iv (decapitada). ¿Apócrifa?

Úrsula: nacida y fallecida en el siglo iv. Masacrada junto con un millar de vírgenes. ¿Apócrifa?

Godelina de Flandes: ¿nacida en 1046? fallecida en 1070 (estrangulada, y después lanzada a un pozo).

Matilda de Toscana: nacida en 1046, fallecida en 1115 (complicaciones de gota).

Catalina de Siena: nacida en 1347, fallecida en 1380 (de una apoplejía a la edad de 33 años).

Juana de Arco: nacida en 1412, fallecida en 1431 (violada y quemada viva).

Lucrezia Donati: ¿nacida en 1455? ¿fallecimiento? (por causas naturales).

Giovanna Albizzi: ¿nacida en 1465?, ¿fallecida en 1489? (de complicaciones de parto).

Teresa de Ávila: nacida en 1515, fallecida en 1582 (de enfermedad desconocida).

Germaine de Pibrac: nacida en 1579, fallecida en 1601 (envenenada).

Margherita Luti (La Fornarina): siglo xvi, fechas exactas desconocidas (¿ envenenada ?).

Lucía Santos: nacida en 1907, fallecida en 2005 (por causas naturales).

Satisfecho de haber encontrado un punto de inicio, añadió el nombre final. Esta mujer más reciente era especial, en el sentido de que había logrado lo que las demás no, y confiaba en comprender cómo y por qué.

Maureen Paschal.

Tal vez el pasado no era la clave, al fin y al cabo. Tal vez todo cuanto necesitaba se encontraba en Roma, en ese preciso momento.



12

Roma

Marzo de 1075

Matilda había regresado a Roma, más feliz que nunca por reunirse con su amado. Habían concluido con éxito el segundo sínodo del papado de Gregorio, donde fueron presentados al mundo sus Dictatus Papae. Los dictados fueron el resultado de sus días y noches juntos, un proyecto apasionado de dos almas decididas a reformar la Iglesia y a proteger tanto su estructura como su espíritu de sus enemigos más peligrosos.

El documento no se parecía a nada que hubiera emanado hasta el momento del trono de San Pedro. Era radical, atrevido y elaborado con brillantez. En esencia, el papa Gregorio VII osaba liberar a la Iglesia y a sus fieles de la fidelidad a cualquier monarca o líder laico del mundo cristiano. Se proclamaba a la Iglesia único árbitro de justicia sobre la tierra, y dentro de esa justicia todas las personas habían sido creadas iguales por Dios. Los dictados especificaban que esta ley de igualdad, aplicada a todo el mundo tal como afirmaba Jesucristo, incluía a mujeres y esclavos, incluso al rey. Ninguna persona era mejor ni peor que otra. Ninguna persona poseía más o menos valor a los ojos de Dios. Era el primer documento de su clase que expresaba la igualdad humana más allá de las fronteras de género y económicas. Era absolutamente revolucionario.

La influencia de Matilda en los dictados era evidente, para aquellos que tuvieran ojos para ver.

En este nuevo mundo de igualdad bajo la ley de Dios, el feudalismo, la estructura económica y social de todo el continente europeo, había muerto. El Papa era ahora la única autoridad justiciera en el mundo. Y para fortalecer la autoridad de la Iglesia bajo su defensor elegido por Dios, los dictados declaraban que el pontífice era infalible. Roma era el centro del mundo civilizado y el Papa su único gobernante. En nombre de Dios, administraría toda la justicia, así como la dispensación de poder y riqueza que emanaba de la Iglesia.

Era escandaloso. Los Dictatus Papae constituían una revolución jamás presenciada en la historia. Separaba a Roma, como única representante de la voluntad de Dios, de toda influencia seglar, e intentaba socavar el poder de la mayoría de monarcas temporales de Europa, cuyo máximo representante era Enrique. Colocaba a Roma y al papado en el centro del universo y los declaraba omnipotentes.

Pero Gregorio, quien daba la impresión de crecerse en la controversia, aún no había terminado. Corrían rumores sobre su relación con la exquisita condesa de Canossa, y las grandes familias de Roma la detestaban, pues la consideraban una intrusa de peligrosa influencia. Los partidarios de Gregorio y Matilda condenaban los rumores como chantaje político y celos, y por el momento el pueblo romano aceptaba esta versión de los hechos, pues aún se sentía inclinado a apoyar al carismático Gregorio. Sin embargo, el Papa estaba decidido a disipar estas murmuraciones antes de que se transformaran en algo más peligroso para él y su amada. Utilizando la astuta perspectiva política de que el ataque es la mejor defensa, Gregorio promulgó diversos dictados concernientes a la sexualidad de los sacerdotes, como complemento de las leyes originales que Nicolás II había impuesto. Exigía que cualquier sacerdote que violara las leyes del celibato fuera relevado de sus tareas de inmediato, y ordenaba a sus obispos que predicaran la necesidad del celibato, así como de un cuerpo y alma sin mácula para todos los miembros del clero. Además, endureció las leyes que prohibían a los sacerdotes quedarse a solas con una mujer.

La cuestión del comportamiento inmaculado de los sacerdotes se subrayaba con tal fuerza que resultaba imposible pensar que el Papa podía ser otra cosa que célibe. Ningún hombre sería tan audaz de hacer hincapié en una ley tan estricta, para después violarla. Todos los susurros de conducta inapropiada con Matilda cesaron bajo tales dictados. Tal cosa no era posible.

Pero lo que el pueblo europeo olvidó debido a tales leyes era que Gregorio VII no era sólo un hombre. Ni sólo un sacerdote. Era el Sumo Pontífice. Y como tal, no estaba sujeto a ninguna ley, salvo a las de Dios. Era, según sus propios dictados (y los de la mujer a la que amaba y que compartía su lecho), infalible.


—¡Los juramentos de Enrique no valen nada! Es un rey sin honor, lo cual significa que no es rey.

Matilda estaba paseando por los pasillos de la Isola Tiberina, la casa y torre de vigilancia fortificada situada a orillas del Tíber que se había convertido en su cuartel general cuando visitaba a Gregorio durante períodos prolongados en Roma. Su diatriba era en respuesta a la noticia de que Enrique había traicionado su lealtad al papa Gregorio. Él y sus tropas alemanas, con no poca ayuda de Lorena, habían derrotado a los sajones el 9 de junio de 1075 en la batalla de Hohenberg, tras varios años de guerra. La victoria decisiva y el posterior apoyo que el rey estaba recibiendo en los territorios del norte exacerbaron su orgullo y ambición, y Enrique tomó acciones decisivas contra Gregorio. Había echado chispas durante tres meses después de los dictados papales, como sus obispos de Alemania y Lombardía. Para ellos, este Papa era un advenedizo y un hombre peligroso. ¿Cómo osaba declararse superior al propio rey?

Enrique se había visto obligado a esperar el momento oportuno, pero los vientos del poder soplaban en la dirección de Alemania. Para dejarlo más claro, restituyó a su puesto a los obispos excomulgados, quienes le pagaron un enorme tributo por ello. El obispo Teobaldo, el más opuesto a las reformas de Gregorio, estaba instalado ahora en el arzobispado de Milán, y había logrado que Lombardía se opusiera frontalmente al papado. Éstos eran delitos flagrantes de Enrique, tanto de simonía como de investidura seglar, violaciones intencionadas de todo cuanto Gregorio defendía. La guerra se había declarado de manera oficial.

Conn observaba a la condesa. Tendrían que regresar a Toscana de inmediato debido a esta nueva amenaza. Era preciso que ella se diera cuenta. Abandonar Roma y a Gregorio nunca le resultaba fácil, pero era necesario.

—Matilda, Enrique no es nuestro problema. Godofredo ha enviado otra carta, exigiendo sus derechos como duque de Toscana, no sólo sus tierras, sino también sus derechos conyugales como marido tuyo. Enrique se ha ofrecido a apoyarle con fuerzas militares en caso necesario, para apoderarse de ti y de Toscana. Tus acciones recientes en Montecatini han sido el colmo para el jorobado. Además de todo lo habitual.

Durante el mes anterior, la condesa había hecho donación de su amada propiedad de Montecatini al obispo Anselmo de Lucca, como regalo para la Orden. Eran sus tierras, heredadas de Bonifacio, y por lo que a ella concernía, podía hacer con ellas lo que le viniera en gana. Sin embargo, a los ojos de las leyes aplicadas por el rey germano, Godofredo gozaba del derecho de administrar en solitario la región de Toscana. El Papa, por supuesto, había apoyado el derecho de su amante a regalar sus tierras si le apetecía, y rechazado las protestas de Godofredo.

El duque de Lorena no era del todo estúpido, pese a sus odiosos defectos. Conocía muy bien los rumores que rodeaban la muy íntima relación de su esposa con Gregorio, cosa que le atormentaba sobremanera. De hecho, durante la campaña contra los sajones, hasta el rey deslizó comentarios lascivos sobre la tentadora pelirroja que había corrompido, nada más y nada menos, que al Papa en persona. El reciente agravio de Montecatini provocó que la cordura de Godofredo, siempre en la cuerda floja en lo tocante a su cónyuge, saltara por los aires.

—No le tengo miedo, Conn. Le enseñaré la carta esta noche a Gregorio y le pediré consejo acerca de cómo manejarle.

El gigante celta estaba exasperado.

—No hay tiempo. Hemos de partir hoy. Ahora. Si el jorobado llega a Toscana y tú no estás allí para defenderla, nadie sabe qué podría ocurrir.

—Está Arduino, y también mi madre.

—No son toscanos. Tú sí. Tu pueblo necesita verte entre ellos ahora que esos rumores comienzan a propagarse.

—¿Qué rumores? ¿Los de siempre? Ya nadie los cree. Gregorio les puso fin.

El hombretón se levantó y respiró hondo.

—Matilda, Godofredo y ese rey mal nacido quieren destruirte. Has de saberlo y entenderlo. Han iniciado una campaña contra ti y tu reputación. Me gustaría ahorrarte esto, porque te conozco bien, y sé que, pese a tu aparente fortaleza, esas cosas te llegan a lo más hondo.

La condesa dejó de pasear y se preparó para el resto.

—Continúa.

—Corre el rumor por Lorena de que asesinaste a tu hija. Y se dicen más cosas, en realidad, pues ya sabes lo que ocurre cuando los rumores se propagan. Todas son murmuraciones ridículas, por supuesto… Chácharas supersticiosas de los ignorantes. Pero también son peligrosas. Se dice asimismo que la sacrificaste ante un altar al demonio con el fin de adquirir tanto poder y riqueza. No se acaba ahí, pero baste decir que se habla de una relación indecente entre tú y el demonio, gráficamente detallada. Y corre otro rumor de que asfixiaste a tu hija al nacer delante de tu marido para asustarle y conseguir su sumisión, también con la ayuda del diablo. Creo que es el que utiliza Godofredo para ganarse las simpatías del populacho. El pueblo de Lorena pide tu sangre de bruja.

Ella se sentó poco a poco, asqueada por lo que acababa de oír. Conn estaba en lo cierto. Esos rumores odiosos la afectaban en lo más íntimo. Sabía lo que eran, pero aun así la herían. ¿Por qué Dios le había concedido tal responsabilidad, incluso tal pericia como soldado, pero tan poca resistencia al dolor emocional? Sufriría en silencio por estas cosas toda su vida, durante aquellas noches oscuras en que el sueño casi siempre la esquivaba.

Conn hablaba con toda su pasión celta, pues sabía levantarle el ánimo cuando se sentía derrotada, desviando el centro de atención de sus circunstancias personales y logrando que abrazara una causa justa de mayores alcances.

—Es una guerra de propaganda, Matilda. Y mancillar el nombre de una mujer con el fin de rebajarla ha sido el azote de la humanidad durante demasiado tiempo. Es una guerra sucia. Las mujeres poderosas siempre han supuesto una amenaza para los hombres de voluntad débil. Has de enfrentarte a esto como hizo Boudica. Has de adoptar su grito de guerra.

Matilda le miró, desposeída de momento de su habitual energía y naturaleza intrépida, pero esforzándose por hacer lo que debía. Se levantó para reunirse con él y le extendió la mano.

—¿La verdad contra el mundo?

Conn tomó su mano y la abrazó.

—Ésta es mi chica. La verdad contra el mundo. Vamos, hermanita, hemos de marcharnos a la Toscana para cazar jorobados y víboras alemanas.


El 8 de diciembre de 1075, el papa Gregorio VII disparó una salva contra el rey Enrique IV. En honor a la festividad de la Inmaculada Concepción, denunció las mentiras y crímenes de Enrique y exigió que enmendara su comportamiento mediante la disculpa y el arrepentimiento, de lo contrario sería excomulgado de inmediato. Ningún Papa había excomulgado jamás a un monarca, y era una amenaza sin precedentes en la política europea.

Enrique respondió como mejor sabía: con la violencia. Se granjeó la ayuda de la familia Cenci de Roma, antiguos rivales de los Pierleoni, quienes se dejaron convencer fácilmente por el oro alemán. Contrataron mercenarios para infiltrarse en la misa del gallo de Nochebuena en Santa María la Mayor de Roma. Cuando se acercaron para recibir la comunión de manos del pontífice, los mercenarios rompieron filas y la emprendieron a garrotazos contra el Papa. Sacaron a rastras a un ensangrentado e inconsciente Gregorio de la catedral y le encerraron en un torreón perteneciente a los Cenci.

Nadie sabría jamás por qué no asesinaron de inmediato a Gregorio. Se cree que, en sus prisas por perpetrar tan diabólico secuestro, las órdenes exactas (qué hacer después de retener al Papa como rehén) no se habían explicado bien. Y nadie quería mancharse las manos con la sangre del Santo Padre sin órdenes expresas del rey. Como resultado, le retuvieron toda la noche a la espera de que se tomara una decisión.

El pueblo estaba indignado. El derramamiento de sangre de un Papa en el altar, un pontífice que todavía contaba con las simpatías del pueblo romano, provocó graves disturbios la mañana de Navidad. Las turbas, al mando de la familia Pierleoni, asaltaron el palacio de los Cenci, y Gregorio fue liberado mientras expulsaban a los Cenci de la ciudad.

El papa Gregorio VII regresó a su hogar del palacio de Letrán. Después de que le curaran las heridas de la cabeza, pidió papel y tinta, y escribió al punto a su amada para que no se preocupara sin necesidad.

Matilda cabalgaba velozmente acompañada por Conn en dirección a Pisa. Su madre había enfermado de gravedad mientras se ocupaba de asuntos administrativos en esa ciudad, y la condesa estaba desesperada por llegar a su lado. Rezó para que su progenitora estuviera viva y consciente cuando llegara. No podía soportar la idea de perder a Beatriz, pero perderla sin haber tenido la oportunidad de verla y hablar con ella de nuevo sería más que insufrible.

Se tranquilizó al encontrar viva a su madre, aunque inconsciente. Le dijeron que, según los altibajos de la fiebre, recuperaba y perdía el conocimiento. En aquel momento, estaba profundamente dormida, lo cual concedió a la condesa tiempo para reflexionar sobre otros asuntos que pesaban como un lastre sobre su corazón.

Recibió el mensaje de Gregorio cuando partía hacia Pisa, en el que la tranquilizaba sobre su estado de salud, pero describía con cierto detalle su violento secuestro. Matilda deseaba con desesperación estar con él. Necesitaba verle y tocarle, comprobar que todo iba bien. Pero no era posible con su madre en tal estado. Le escribió una carta, de la forma cautelosa habitual, expresando su amor hacia él con palabras que no la condenarían si la leían los delegados papales, peor todavía, si la interceptaban sus enemigos.

Mi muy amado Santo Padre:

Me he sentido consternada al saber del dolor que os han infligido, pero doy gracias a Dios por haber salvado la vida de su verdadero Apóstol electo.

Sabed que haría cualquier cosa por atender a vuestras necesidades en Roma, como vuestra hija y sierva amada, pero debo quedarme al lado de mi postrada madre. Os ruego que intercedáis ante Dios por ella en vuestras plegarias.

Aunque la distancia me separa de vos, sabed lo siguiente: ni tribulaciones ni angustias, hambre, peligros o persecuciones, ni espadas ni muerte ni vida, ni principados ni virtudes, ni nada relacionado con el presente me separarán jamás de mi amor por San Pedro.

Eternamente vuestra.

Gregorio sabría leer entre líneas, pues había escrito la carta con su código personal. Se refería a ella como a su amada, y a él como el de ella, pero con las cautas palabras que despojaban a las frases de todo peligro. De modo que, al citar un verso del Cantar de los Cantares, «Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado», la frase no se le antojaría inapropiada a un intruso, que sólo vería a una amante hija de la Iglesia enviar su devoción al Santo Padre. Su ferviente declaración final de no separarse jamás de su amor a «San Pedro» bajo ninguna circunstancia se refería a una enseñanza clave del Libro del Amor: nada separa jamás a los verdaderos amantes, porque sus almas están unidas en la eternidad.

Tras recibir la apasionada carta de Matilda, un taciturno y atormentado Gregorio le envió otra. Tal vez la reciente herida en la cabeza había provocado que fuera descuidado, o quizá se había cansado de fingimientos, pero cuando escribió a su amada se permitió olvidar que él era el Papa y que ella estaba casada con el duque de Lorena. Escribió una carta hermosa y apasionada, en la que expresaba el deseo de que ambos pudieran abandonar sus actuales responsabilidades y huir juntos a un lugar donde nadie les conociera. Terminó la carta con los versos del Cantar que les atormentarían durante el año siguiente, palabras que, al caer en manos malévolas, los condenarían a ambos:

Esperaré contrito hasta verte en carne, perfecta mía, paloma mía, hasta que te abras a mí de nuevo, sabedora de que todo es fugaz. Hasta que podamos estar juntos en la eternidad, donde estarás por siempre a mi lado ante los ojos de muestro Señor, te espero.

El papa Gregorio VII escogía con cuidado a sus mensajeros, sobre todo al que llevaba su correspondencia a Toscana. Lo que no podía saber era que su mensajero de mayor confianza caería en una trampa tendida por el duque de Lorena, y su inocente garganta sería rebanada por el precio de una simple hoja de papel.

La apasionada carta del Papa a su amor eterno jamás llegaría a las manos de Matilda. Sin embargo, sí llegaría a las de su esposo.


Conn estaba seguro, y Matilda le dio la razón, de que Godofredo había desempeñado un papel decisivo en el intento de asesinato del Papa, si no era el cerebro del plan.

—Pues claro que ha sido Godofredo. Fue un fracaso, ¿no? —La condesa escupió su rabia y frustración—. Pero gracias a Dios que fue un fracaso, Conn. ¿Qué habría hecho yo? ¿Perder a Gregorio y a mi madre al mismo tiempo? No habría sobrevivido a semejante desdicha.

—Pero no ha sucedido así, Matilda. Gregorio está bien. Dios se preocupa de los suyos.

Ella asintió, demasiado abrumada por las actuales circunstancias para darse cuenta de que Conn acababa de citar las enseñanzas de la Orden. Porque pese al rescate de Gregorio y las pistas evidentes que apuntaban al rey y al duque, Enrique no se había echado atrás. No se sentía lo bastante avergonzado para pedir perdón por el intento de asesinato. En cambio, anunció que la corte real alemana tenía la intención de juzgar al Papa y demostrar a los gobernantes de Europa que Gregorio debía ser depuesto por criminal. Se fijó la fecha del juicio, el 24 de enero de 1076, y nobles de toda Europa fueron invitados a acudir a la ciudad germana de Worms, donde se vengarían del pontífice advenedizo que se autoproclamaba único gobernante del mundo.

El Sínodo de Worms

Alemania

24 de enero de 1076

Los obispos de Alemania habían hablado.

Gregorio VII fue acusado de múltiples crímenes contra el pueblo de Europa y su legítimo rey, y se habían solicitado y firmado a toda prisa peticiones que aportaran apoyo legal a su culpabilidad. Utilizaron la propia ley de Gregorio como prueba fundamental contra él. Había robado el trono de San Pedro en una elección ilegal. No había sido elegido por el Colegio Cardenalicio y había violado su propio decreto de elecciones. Fue condenado por su arrogancia, en un intento de despojar a los obispos de sus derechos e influencia, y con el fin de consagrarse como único detentador de todo el poder sagrado.

En una acalorada presentación de pruebas ante el rey, un jorobado y congestionado Godofredo, duque de Lorena, entró como una tromba en la sala, al tiempo que agitaba un documento en su puño cerrado.

—Deseo añadir otro cargo contra este demonio que engañó a toda Europa y se autoproclamó Papa.

Enrique IV estaba sentado en su trono y se sentía muy complacido consigo mismo. Le gustaban este tipo de espectáculos caóticos y dramáticos, y sabía que el documento de Godofredo iba a ser la prueba más dulce y suculenta que habían conseguido hasta el momento.

—Adelante, mi buen duque. Me han dicho que tenéis una queja personal contra el usurpador papal.

—Sí, excelencia.

—Os ruego que expliquéis vuestra acusación ante este consejo.

—Deseo acusar a ese hombre de adulterio. —La voz indignada del jorobado se elevó en la sala y resonó en las paredes de piedra. Llegó a un crescendo con su última y categórica aseveración—. Con mi esposa.

El caos se apoderó al punto de la sala del consejo. Si bien los rumores de la relación de Gregorio con Matilda eran conocidos por todos los presentes, nadie había sospechado que el propio marido de la mujer iba a presentar una acusación de adulterio.

—¿Qué pruebas obran en vuestro poder de esta terrible injusticia cometida contra vos, Godofredo?

El duque extendió el documento con un gesto brusco.

—Esta carta, escrita de puño y letra del falso Papa, y enviada a mi esposa el día de San Esteban. Está escrita con el lenguaje más depravado y confirma su perversa y lasciva alianza.

Enrique se humedeció los labios, impaciente, antes de dar la orden.

—Leedla.

Godofredo se removió inquieto. Una cosa era admitir que le ponían los cuernos delante de sus iguales, y otra muy distinta completar la humillación leyendo en voz alta a la corte la correspondencia del amante de su esposa.

—Preferiría presentarla como prueba para que los miembros del consejo la lean cuando sea procedente.

El rey extendió la mano y arrebató la carta al jorobado.

—En tal caso, la leeré yo.

Enrique se refociló en la lectura de la correspondencia privada de Gregorio y Matilda. Se detuvo justo antes de una frase, que saboreó un momento para luego leerla con el tono más rijoso.

—«Esperaré contrito hasta verte en carne, perfecta mía, paloma mía, hasta que te abras a mí de nuevo.»

Se hizo el silencio en la cámara, hasta que el rey lo rompió.

—Bien, mi señor Godofredo. Siento que hayáis tenido que afrontar la infortunada verdad de que vuestra esposa es una ramera, pero os agradecemos que nos hayáis entregado esta prueba por el bien de toda Europa. Todos los aquí presentes estamos de acuerdo en que esta carta, combinada con las numerosas informaciones que muchos de nosotros hemos aportado sobre la impía relación sexual entre el falso Papa y la esposa meretriz de este hombre, proporciona abundantes pruebas de comportamiento criminal. Si nadie se opone, voy a emitir un decreto oficial acusando de adulterio al papa Gregorio VII y a Matilda, condesa de Canossa.

El decreto oficial entregado a Gregorio rezaba:

Vos habéis impregnado la Iglesia del hedor de la acusación más grave, la de convivencia con una mujer, esposa de otro hombre.

Enrique no paraba ahí. Tenía varias cuentas que saldar, y concluyó su argumentación misógina con la condenación de la estima de Gregorio hacia las mujeres en general.

Sabemos, y nos avergonzamos por vos y la Iglesia, que todos vuestros decretos han sido inspirados por mujeres, de manera que ahora toda la Iglesia está administrada por féminas.

El hecho de que Gregorio hubiera celebrado reuniones no sólo con Matilda sino también con su sabia y experta madre había sido motivo de ira para cierto número de sacerdotes convencidos de que el apóstol Pablo nunca había estado más inspirado por la divinidad que cuando escribió su primera epístola a Timoteo, la que reza: «No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio». La madre de Enrique, ahora su peor enemiga, también se había convertido en consejera y aliada de Gregorio. Enrique se refería a estas mujeres como «la blasfema trinidad de Gregorio», y fue en última instancia la presentación de esta prueba, que el Papa estuviera influido siempre por los consejos de mujeres, lo que animó a los demás obispos a firmar el decreto de deposición. Que las mujeres dieran consejos en asuntos de Estado se consideraba mucho más escandaloso e imperdonable que el adulterio.

Enrique firmó todas las acusaciones, así como la declaración de que Gregorio había sido depuesto y debía dimitir, con una rúbrica infame:

Yo, Enrique, rey no por usurpación, sino por la benévola ordenación de Dios, a Ildebrando Pierleoni, que ya no es Papa, sino un falso monje. Yo, Enrique, rey por la gracia de Dios, y con todos mis obispos, os digo, dimitid, dimitid, y maldito seáis por toda la eternidad.


Ildebrando Pierleoni no se había convertido en el Papa más poderoso de la historia hasta aquel momento a base de sucumbir a la voluntad de hombres como aquéllos. Sabía lo que se estaba cociendo en Worms, pero prefirió hacer caso omiso hasta que los obispos alemanes presentaron oficialmente las acusaciones. Se decantaron por hacerlo en el tercer sínodo del papado, en febrero de 1076, al que asistieron doscientos obispos y nobles escogidos de toda Francia e Italia. Ninguno de los obispos alemanes tuvo el valor o la audacia de asistir y presentar tales acusaciones en persona. La responsabilidad recayó sobre los hombros de un sacerdote mal preparado, al que probablemente le había tocado la pajita más corta.

—¡El rey y los obispos os ordenan abandonar ese trono, del cual no sois digno! —informó con voz ronca.

Gregorio, tan ducho en el teatro del papado, expresó su compasión por el pobre hombre, quien sin duda estaba muy mal informado y había recibido el malhadado encargo de lanzar aquella ridícula declaración contra el Papa. Tras las acusaciones, Gregorio contraatacó con una elocuente disertación y una elegante lectura de las Escrituras. Dejó bien claro a todos los presentes que era el gran líder que siempre le habían considerado. Al final de su excelente representación, el mensajero quedó reducido a una masa temblorosa de miedo, debido a la indignación que había despertado en los obispos presentes, quienes apoyaban al pontífice al cien por cien. Se decidió por unanimidad que la única opción era excomulgar a Enrique IV, rey de Alemania.

El Papa esperó al 22 de febrero de 1076, con el fin de aprovechar todo el peso de la fecha (la festividad de San Pedro), para proclamar su resolución:

Depongo al rey Enrique, hijo del emperador Enrique, quien se ha rebelado contra la Iglesia con audacia indecible, del gobierno de los reinos de Alemania e Italia, y libero a todos los cristianos de la lealtad que puedan haberle jurado, y prohíbo además que le sirvan como rey.

Por primera vez en la historia, una sentencia oficial de anatema había sido pronunciada contra un monarca reinante y legalmente entronizado. Sacudió como un terremoto todo el mundo cristiano. Ahora sólo cabía esperar a ver quién detentaba el mayor poder: el rey que había depuesto al Papa, o el vicario de Cristo que había excomulgado al monarca. Y la decisión del resultado dependería de un factor interesante y fundamental: el país y los territorios que separaban a estos dos empecinados enemigos, y que decantarían la victoria militar estratégica, aunque pertenecían técnicamente al duque Godofredo de Lorena, estaban controlados en su totalidad por Matilda de Toscana.

Pisa

Febrero de 1076

Al igual que con las demás atrocidades que Godofredo el Jorobado le había infligido, Matilda hizo caso omiso de las acusaciones de adulterio emanadas del Sínodo de Worms. Sabía que Gregorio, en su infinita sabiduría, había montado un espectáculo tan elaborado y dramático como la excomunión de Enrique por diversos motivos, siendo el principal distraer la atención de las acusaciones de adulterio lanzadas contra ella. De momento, le estaba comprando tiempo, que ella necesitaba para su madre agonizante. La condesa también estaba concentrada en mantener intactos sus ejércitos, por si Enrique intentaba cruzar los Alpes y entrar en Italia para llegar hasta Roma, Jamás permitiría que eso sucediera, pero el ejército alemán se sentía crecido y sería difícil derrotarlo si atacaba con todo su poderío. Había enviado mensajeros a Arduino, su comandante en jefe, quien estaba en Canossa, pero confiaba en que controlaría la situación como siempre.

Pese a su bravuconería y confianza en sí misma, Matilda se sentía preocupada y estuvo hablando de estrategia con Conn hasta bien avanzada la noche. Se rumoreaba que Godofredo volvía a Lorena para reunir a sus tropas y marchar sobre Toscana, con la intención de reclamar sus derechos y vengarse. Como Matilda afrontaba ahora una acusación de adulterio oficial y demostrada, lanzada por el propio rey, su marido tenía derecho a encerrarla en un convento cuando le diera la gana. Eliminaría su influencia al tiempo que concedería libre acceso a las tropas de Enrique a los pasos de los Apeninos, cuando se dirigiera hacia Roma con el fin de conquistarla e instalar a uno de sus hombres en el trono de San Pedro.

La condesa salió a pasear, con la esperanza de despejar su cabeza con el frío aire de invierno, después de pasar las primeras horas de la madrugada en compañía de su madre. Había dado a Beatriz unos sorbos de caldo y secado su frente con un paño suave, durante uno de aquellos escasos momentos en que hacía gala de cierta energía. Pero los esfuerzos, pese a su levedad, agotaron a Beatriz, y se había vuelto a dormir.

Matilda se detuvo cuando vio a Conn atando un fardo a su caballo, rodeado de un pequeño grupo de hombres. No eran unos hombres cualesquiera. Se les llamaba los Incorregibles, y eran los más duros de la guardia. Matilda se sentía incómoda en su compañía. Había decretado firmes códigos de conducta para sus tropas, y los defendía a rajatabla. No toleraba el pillaje o la matanza en ninguna batalla, y las reglas de la guerra debían ser observadas en todo momento. Había censurado, e incluso amenazado con la expulsión, a los hombres que rodeaban a Conn en aquel momento debido a su comportamiento violento en exceso, pero el gigante celta se lo había impedido antes de que pudiera enemistarse con ellos. Pese a todos sus defectos, le eran leales, al igual que sus padres habían sido leales a Bonifacio. Y a veces, le explicaba Conn a Matilda con paciencia, era necesario contar con hombres tan duros en un ejército. Todo comandante necesitaba algunos incorregibles. Conn prometió que se haría responsable de su conducta, y le aseguró que jamás se dedicarían al pillaje ni a la matanza de inocentes bajo ninguna circunstancia. Matilda había accedido a regañadientes. Pero también sabía que debía conceder rienda suelta a su amigo para cumplir su deber y reforzar la confianza absoluta depositada en su buen juicio.

Cuando ya no pudo aguantar más, se acercó a él.

—¿Adónde vais?

La respuesta de Conn fue brusca, mientras sujetaba un hacha de doble filo a su caballo favorito. Estaba claro que no iban a portar ningún mensaje.

—He de ocuparme de unos asuntos.

—¿Qué clase de asuntos?

—Mis asuntos.

No cedió. Ella tampoco. Por fin, el guerrero rompió las tablas.

—¿Cómo se encuentra tu buena madre esta mañana?

Ella le dedicó una reverencia irónica.

—Igual, pero muchas gracias por vuestra amabilidad al interesaros por el bienestar de mi madre, buen señor. No cambies de tema —le espetó—. Necesito saberlo, Conn.

—No. Y no me lo vuelvas a preguntar, por favor. Si no me lo preguntas, no te lo digo. Si no te lo digo, no lo sabes. ¿Comprendido?

—Comprendo la calaña de los hombres que te llevas.

—Me llevo a hombres leales que no tienen nada que perder y no saben qué es el miedo.

Matilda estaba exasperada, de modo que decidió apelar a la naturaleza protectora de su amigo.

—Me estás asustando.

No le engañó.

—Nada te asusta.

—Tú sí, en este momento.

Conn se volvió hacia ella y apoyó las manos sobre sus hombros.

—Tilda, soy la única persona de la tierra a la que no has de temer. Mi única misión, encomendada por Dios, es protegerte de todas las amenazas y de todo mal. ¿Confías en mí para eso?

Ella asintió con solemnidad.

—Por supuesto.

—En tal caso, reza para que regrese sano y salvo, hermanita. Y mantente alejada de los problemas hasta que vuelva contigo.

La besó en la cabeza y removió su pelo, como siempre había hecho desde que era adolescente.

Matilda le vio partir, seguido por la chusma de los Incorregibles. Todos ellos llevaban múltiples armas colgando de sus monturas. Aquellos hombres eran capaces de todo.

Amberes, Bélgica

26 de febrero de 1076

Los hombres de Conn atravesaron los Alpes, galopando hacia el norte para llegar a Flandes a tiempo de interceptar a los soldados de Lorena. Godofredo y sus tropas estaban regresando al palacio de Verdún tras la victoriosa acusación de adulterio en Worms. Los Incorregibles les pisaban los talones, y se habían adentrado en el bosque para que el séquito de Godofredo no les viera. Cuando el grupo de Lorena acampó para pasar la noche, los guerreros de Conn les imitaron, cerca pero bien ocultos por la densidad de los árboles.

Habían planeado atacar con las primeras luces del alba de forma que pareciera que el duque había sido víctima de unos asaltantes de caminos. Tender una emboscada a soldados enemigos dormidos y desorientados no era una forma honorable de combatir, tuvo que admitir Conn, pero Toscana se jugaba mucho, y la seguridad de Matilda corría peligro, de modo que había descartado jugar limpio. Por eso no podía permitir que la condesa lo supiera. Nunca le habría permitido llevar a la práctica semejante plan. No era partidaria del asesinato. Pese a toda su energía, era más mística que guerrera. Sabía que la batalla la dejaba postrada durante los días posteriores y le provocaba pesadillas, aunque esto sólo lo sabía la gente de su círculo más íntimo. Luchaba en el campo de batalla porque era su deber, no porque le gustara.

Los soldados de Lorena les superaban en número, y además se encontraban en desventaja por su desconocimiento del territorio. La partida de Godofredo conocía bien la región, y los toscanos eran extranjeros. Además, era febrero y hacía un frío de mil demonios, que a los soldados italianos de sangre caliente les costaba soportar. El frío era para ellos pariente próximo del dolor, y no peleaban tan bien con los dedos congelados, mientras los alemanes estaban acostumbrados a este impío hielo. Conn necesitaba un plan que nivelara las fuerzas y redujera los riesgos. Esto era lo que había pensado, y rezaba para que saliera bien.

No había sido difícil convencer a los Incorregibles de que le acompañaran en esta misión, sobre todo después de contarles con cierto detalle (casi todo inventado para aumentar el efecto dramático) las horrendas y depravadas prácticas sexuales que el jorobado había infligido a su divina y perfecta condesa en contra de su voluntad. Los Incorregibles se habían quedado horrorizados de que Godofredo hubiera osado siquiera tocar a Matilda de aquella manera, y se mostraron de acuerdo al punto en ir a vengarse del monstruo.

Umberto, el mayor de la banda, que había empezado de mercenario cuando era un adolescente huérfano en la campaña de Bonifacio contra la piratería, vigilaba el campamento del duque por la noche. El carácter de Umberto no era de lo más agradable, pero a su manera sentía cierto afecto por la hija de Bonifacio y, como todos sus compañeros, tenía su peculiar código de honor. Odiaba al jorobado, como casi todos los hombres de Matilda, por la amenaza que representaba para la muchacha y porque el duque consideraba a los habitantes de Toscana como poco más que objetos, cuya existencia dependía de los caprichos del rey alemán. En aquel momento, le odiaba todavía más por vivir en aquel infierno glacial olvidado de Dios, que había helado los dedos de sus pies dentro de las botas.

Fue en aquel estado de agitación que Umberto distinguió movimientos en el campamento de Lorena. Asió su espada, larga y afilada de doble hoja, y se movió con el sigilo de un animal del bosque para echar una ojeada.

No dio crédito a sus ojos. El mismísimo Godofredo estaba avanzando hacia él. ¿Le habría visto el jorobado? No. El hombre iba desarmado, ¿Qué estaba…? Ah, claro. ¿Qué otro motivo podía tener un hombre para correr el riesgo de congelarse en pleno bosque, bajo una oscuridad impenetrable? La llamada de la naturaleza. Godofredo tenía que aliviarse.

Umberto hizo una pausa. Había aprendido muchas cosas del gran Bonifacio, y una era ésta: si estás en desventaja numérica, aprovecha cualquier ventaja que se cruce en tu camino. Coloca la supervivencia por encima de todo, y el fin justificará los medios casi siempre. También había aprendido algo más de Bonifacio: cualquiera que amenazara a aquella niña debía ser eliminado.

Espoleado por las historias de Conn acerca de la depravación del jorobado, Umberto decidió en aquel mismo momento que ese hombre no merecía un final noble. Susurró: «Por Bonifacio y Matilda» mientras cargaba contra el jorobado desde detrás y le hundía su espada de doble filo en las nalgas. La hoja desgarró los intestinos de Godofredo de Lorena, y no le concedió tiempo ni oportunidad de gritar. Umberto retiró su espada ensangrentada y volvió corriendo con Conn para indicar a sus hombres que levantaran el campo y huyeran. Más tarde explicaría lo que había hecho. No había sido bonito, pero había eliminado a su objetivo sin poner en peligro a ninguno de sus hombres en el combate.

El jorobado agonizó durante varios días, presa de espantosos dolores, antes de morir. Su horrible ejecución, no anticipada ni prevista, tuvo un interesante y beneficioso efecto colateral para la condesa. Envió un mensaje a toda Europa: cualquiera que amenazara a Matilda de Toscana sería eliminado utilizando todos los medios necesarios. Ni siquiera la protección del rey bastaría para salvar a los enemigos de la cólera de sus defensores. Los hombres de Italia respetaron aquella demostración de fuerza, y su apoyo a Matilda aumentó todavía más, visible en términos de poderío militar y los tributos enviados.

Para Enrique IV, esto era un presagio muy malo.

Alemania

Pascua de 1076

La sentencia de excomunión llegó a la puerta de Enrique IV a principios de la Semana Santa del año del Señor de 1076. No fue una sorpresa, y los alemanes ya habían pensado en la respuesta oficial al falso Papa. Ahora que se había declarado la guerra, ya no había marcha atrás. Sería necesario mantener el ataque continuado contra Gregorio basado en los hallazgos criminales del Sínodo de Worms por muchos motivos, siendo el principal mantener a los señores feudales alemanes alineados con la estrategia de Enrique. Muchos de ellos desconfiaban de su rey, así como de su naturaleza codiciosa y narcisista, por no hablar de los rumores que le seguían a todas partes en lo tocante a sus oscuras inclinaciones personales. Además, era por naturaleza un pueblo supersticioso, y deponer a un Papa al que Dios ya había salvado de una turba encolerizada era motivo de grave preocupación para muchos de ellos.

El «consejero espiritual» más cercano de Enrique, el obispo Guillermo, eligió lanzar la primera oleada defensiva desde su sede en la catedral de Utrecht, el domingo de Pascua. Tras el servicio religioso en el que se conmemoraba la resurrección de Cristo, Guillermo predicó una vitriólica condena del falsario que se autoproclamaba Papa. Subrayó que Dios había elegido a Enrique rey, y esto era lo que el pueblo necesitaba para aferrarse a su fe. Si Enrique era el soberano ungido de Dios, el Papa que se llamaba gobernante del mundo era un impostor al que había que expulsar.

Fue un sermón controvertido e inoportuno en un día tan sagrado como el Domingo de Pascua. Para muchos ciudadanos alemanes, tanto vitriolo en el día más santo era impensable. Escandalizados por el comportamiento de su obispo, los nobles de Utrecht acordaron reunirse en secreto al día siguiente para hablar de la situación. La reunión nunca se llevó a cabo. A la mañana siguiente, los ciudadanos de Utrecht despertaron y descubrieron que la catedral había ardido hasta los cimientos durante la noche más santa del año. Jamás se supo el origen del incendio. El acontecimiento fue considerado un portento, enviado por Dios al pueblo de Alemania para indicar que estaban siguiendo el camino equivocado al condenar al pontífice electo.

El obispo Guillermo siguió en sus trece. Continuó su invectiva contra el Papa, con el apoyo del rey. Culpó de la destrucción de la catedral a simpatizantes papistas que estaban intentando crear el tipo de miedo que empezaba a propagarse por Alemania. Tres semanas después del catastrófico incendio, el obispo pronunció otro apasionado discurso con el fin de lograr el apoyo de los demás eclesiásticos de Europa. Jamás llegó a conocer el impacto de su discurso. El obispo Guillermo, que gozaba de una salud perfecta cuando se acostó aquella noche, murió mientras dormía.

El rey Enrique IV se vio inmerso al punto en una grave crisis. La repentina muerte de su principal apoyo espiritual, al cabo de un mes de la destrucción de la catedral, fue demasiado para la mayoría de sus ciudadanos. Creían lo que el obispo Guillermo había dicho que Dios había hablado, pero había hablado contra su rey y a favor de su Papa.

Y este pontífice, Gregorio VII, era siempre el político astuto que aprovechaba todas las oportunidades. Sin perder ni un solo momento, lanzó una campaña contra la reputación del monarca. Matilda acudió entusiasmada en su ayuda. Rindió homenaje a su heroína, la reina Boudica, imitando la astuta estrategia propagandística de la soberana guerrera que la había ayudado a derrotar el poderío de Roma mil años antes. Hicieron circular panfletos sobre el carácter sórdido de Enrique por toda Italia y Alemania.

Los escritos del Papa referidos a Enrique eran vagos, e insinuaban tan sólo «siniestros hechos» y «perversión indecible», sin aportar pruebas concretas. Como los rumores sobre la depravación de Enrique se habían extendido por toda Alemania y el norte de Italia, la estrategia de Gregorio y Matilda alimentaba especulaciones descontroladas.

La ambigüedad era de una eficacia implacable.

Los inquietos señores y vasallos alemanes ya estaban tan asustados por los recientes acontecimientos, y nerviosos por la ingeniosa propaganda del Papa y la condesa de Canossa, que exigieron al rey que pidiera perdón al Sumo Pontífice. Al monarca excomulgado le habían concedido un año, a contar desde la fecha del anatema, para arrepentirse de sus maldades y jurar renovada fidelidad al Santo Padre. Enrique intentó sumar partidarios, pero la macabra y espeluznante muerte de Godofredo el Jorobado colgaba como una sombra sobre los señores feudales alemanes. Nadie más iba a correr el riesgo de padecer destino tan infausto, y mucho menos por un rey que tal vez era una monstruosidad enfrentada a Dios.

Pisa

Abril de 1076

—Nunca fui la madre que Isobel fue para ti.

Beatriz murmuró las palabras que se escaparon por sus labios agrietados. Estaba muriendo, lenta y dolorosamente, desde hacía meses. Pero estaba claro, tanto para la madre como para la hija, que el fin se aproximaba. Ambas tenían cosas que decir antes de lo inevitable.

—No digas eso, madre —la reprendió Matilda, al tiempo que secaba su frente con un paño mojado en agua fría—. Has sido mi mejor amiga y consejera. No podría haber hecho nada sin ti.

Estaba llorando. Había procurado reprimirse, pero ya no podía más.

—Sólo quiero que sepas… —A Beatriz le costaba hablar—. Te quiero mucho. Y… lamento las veces…, las veces que… tu desdichado matrimonio…

Matilda asintió. Sabía el precio que su madre había pagado por aquella decisión, no ignoraba que había vivido muchos años lamentando aquel horrible período de tiempo. Beatriz no estaba enterada de la reciente ejecución del jorobado. Había decidido que lo mejor era no decirle nada, para que no se preocupara por la culpa que pudieran arrojarles en cara.

Beatriz padeció períodos de delirio durante el resto del día. A veces parloteaba, en otras se mostraba lúcida. Avanzada la tarde, se sobresaltó y agarró la mano de su hija.

—Le veo, Matilda.

—¿A quién, madre?

—A tu padre. Le quise mucho, y todavía le quiero. —Hizo una pausa, perdida en su visión. Una lenta sonrisa cruzó su cara—. Está orgulloso de ti. De nuestra hija. Te ve desde el lugar que ocupa al lado de Dios. Y… ahora me voy con él. —Beatriz utilizó las últimas energías de su cuerpo para apretar la mano de Matilda—. Te quiere, hija. Y yo también. El amor…

La voz de Beatriz enmudeció con aquella sencilla palabra que definía lo más importante de su vida, sus sentimientos hacia su amado y hacia su hija, y lo que habían forjado como familia. Su sonrisa se ensanchó antes de cerrar los ojos por última vez. Beatriz de Lorena se había ido de este mundo, camino del siguiente, donde su verdadero amor la esperaba para darle la bienvenida en los brazos de Dios, donde estarían juntos por toda la eternidad.



13

Roma

Septiembre de 1076

Matilda paseaba de un lado a otro del dormitorio de la Isola Tiberina, la torre fortificada que era su refugio en Roma. Se acercó a la ventana para ver el sol, que se estaba alzando sobre el Tíber, el cual corría como una arteria a través de la ciudad y los territorios circundantes. Gregorio estaba dormido en la cama detrás de ella, o al menos eso creía Matilda, hasta que la sobresaltó con una observación.

—Estás muy nerviosa, querida mía.

La condesa dormía poco y mal, cosa que Gregorio estaba descubriendo durante las escasas y preciosas noches que pasaba con ella. Su naturaleza esencial no le permitía descansar, y esto sucedía desde que era pequeña. Tenía mucho que hacer, demasiadas cosas en qué pensar, y lo que con frecuencia se le antojaba una infinita responsabilidad para su pueblo y su país.

Matilda se volvió y sonrió, en su rostro se reflejó una expresión de una ternura y tristeza sorprendentes.

—Dios me ha concedido muchas bendiciones en esta vida. La paz no es una de ellas.

Gregorio asintió.

—¿Qué te tiene tan preocupada esta mañana?

—Godofredo. El sobrino y tocayo del jorobado, el de Bouillon. Me he enterado de que, desde la muerte de su tío, ha decidido proclamarse heredero de mis tierras ¿Es que estos hombres no se cansarán nunca de intentar robarme?

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque hace meses que no te veo, y no quise echar a perder nuestra primera noche juntos con discusiones sobre estrategia, cuando teníamos cosas mucho más importantes que hacer.

Gregorio se irguió sobre un codo y la examinó desde la cama. Habían pasado una magnífica noche juntos, y no se sentía inclinado a darla por concluida todavía. No debía volver a Letrán hasta que anocheciera.

—No te preocupes ni un segundo más por eso, amor mío. Enrique está atrapado, y lo sabe. Sus duques y obispos están exigiendo que haga las paces conmigo. Godofredo no se atreverá a presentar tal reclamación sin el apoyo del rey y los obispos, cosa que no sucederá. Enviaré hoy mismo un mensaje al obispo de Verdún para que tome el control de tus asuntos y proteja tu herencia de Lorena. Dalo por hecho.

Enrique estaba en una posición política muy debilitada tras la reunión celebrada en Tribur, donde la nobleza alemana había decidido apoyar de nuevo la sentencia de deposición dictada contra él y elegir un sucesor al trono. Los hombres reunidos habían sido incapaces de llegar a un acuerdo sobre el nuevo rey, y Enrique reinó un día más. Sin embargo, el contingente de Tribur había insistido en que el rey hiciera las paces con el Papa de inmediato y le jurara obediencia absoluta. Los duques y obispos de Enrique proclamaron que debía abandonar el trono si no lo hacía antes del 22 de febrero, el aniversario de su sentencia de excomunión.

Gregorio tenía razón. De momento, su condesa no debía temer nada.

El sol de Roma brillaba a través de la ventana y realzaba el pelo suelto de Matilda. Gregorio pensó, como le sucedía a menudo, que era una visión deslumbrante. Alzó el cubrecama y la invitó a volver al lecho.

—Ven, paloma mía. Me encargaré de proporcionarte el sosiego que tanto anhelas.

Ella se reunió con él y dejó que la envolviera en el calor de su amor durante el resto de la mañana, hasta bien entrada la tarde.

Cuando llegó el momento de partir hacia Roma, Matilda estaba menos tensa que de costumbre. Gregorio había llegado a un acuerdo con ella que la había conmovido hasta lo más hondo, una perspectiva de futuro hermosa y anhelada: había accedido a pasar la Navidad con ella. En su amada Lucca.

Lucca

Nochebuena de 1076

La antigua capilla subterránea que había servido de centro de la Orden durante mil años brillaba con la luz de varias docenas de velas de cera. Ramas de pino y flores de invierno adornaban las paredes, colgadas de los candelabros y atadas con cintas. Anselmo, el querido obispo de Lucca, asistía a la ceremonia. Enlazó la mano de Isobel cuando ocuparon su lugar a un lado del altar. Gregorio y Matilda permanecieron en el espacio central encarados, unidos con sus manos extendidas, mientras el Maestro se alzaba detrás del altar, con el Libro Rosso abierto por una página del Libro del Amor. La leyó, aunque no era necesario, pues se sabía las palabras de memoria desde hacía muchísimos años.

El Papa había pasado la semana estudiando con el Maestro. A veces, habían estado solos. En otras ocasiones, Matilda se había sumado para preparar el acontecimiento de hoy. Gregorio había devorado las enseñanzas del Libro Rosso, ávido de saber todo acerca del extraordinario libro rojo y su historia. Había estudiado para aprender y comprender el mensaje concreto que le habían entregado en preparación para este día. Repitió el poema de Maximino con convicción y pasión, al tiempo que miraba a su amada a los ojos.

Te he amado antes,

te amo hoy,

y volveré a amarte.

El tiempo vuelve.

Rodaron lágrimas por las mejillas de la condesa cuando repitió estas mismas palabras a Gregorio con voz estrangulada. El poema era especial y sagrado para ella. Lo había recitado desde el momento en que supo hablar: con Isobel, con sus amigos de la Orden, e incluso con Bonifacio. Pues se refería a todo tipo de amor: paternal, familiar, fraternal y romántico. Pero cuando el poema se decía al amado, adquiría un significado excepcional por su impacto, en este caso abrumador.

Una vez finalizados los votos, el Maestro avanzó con una cuerda de seda trenzada llamada cordelière, rematada en cada extremo por elegantes borlas. Rodeó con ella las muñecas de los amantes y la ató con suavidad para simbolizar la unión de la pareja tal como Dios había ordenado en el alba de los tiempos. Cuando el Maestro pasó las manos sobre la pareja para bendecirla, Isobel empezó a cantar con su dulce y melódica voz la canción francesa sobre el amor que Matilda reverenciaba.

Te he amado durante mucho tiempo,

nunca te olvidaré…

Cuando Isobel cantó la estrofa final, el Maestro desató la cordelière. Después invitó a los dos a intercambiar los regalos nupciales tradicionales, pequeños espejos dorados, mientras recitaba una de las enseñanzas sagradas.

—En tu reflejo, encontrarás lo que buscas. Cuando los dos os convirtáis en Uno, encontraréis a Dios reflejado en los ojos de vuestro amado, y a vuestro amado reflejado en vuestros propios ojos.

El Maestro concluyó la ceremonia con las hermosas palabras del Libro del Amor, incluidas también en el Evangelio de Mateo:

—De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.

Se volvió hacia Gregorio.

—El novio puede besar ahora a la novia con el nashakh, el beso sagrado que funde los espíritus en la unión.

Gregorio salvó la distancia que le separaba de su amada, tomó a Matilda en sus brazos y la apretó contra sí. Había lágrimas en sus ojos. En el espacio sagrado y oculto de esta antigua cámara, donde se habían protegido y venerado las verdaderas palabras del Señor desde su llegada a las costas italianas, el Papa acababa de unirse en santo y secreto matrimonio con la mujer a la que amaba.

La mujer más poderosa de Europa, y tal vez del mundo, era ahora la esposa del pontífice, un secreto que sólo sabrían los presentes en la cámara: Anselmo, Isobel, el Maestro, la pareja, y el hijo que Matilda llevaba en el vientre, concebido en la confianza y la conciencia cuando sus padres habían yacido en Roma tres meses antes.


Matilda recordaría aquella época como la más feliz de su vida. Durante aquellas dos semanas en Lucca, Gregorio y ella habían vivido como marido y mujer en la intimidad de los terrenos de la Orden. Era la primera vez que estaban juntos sin la sombra constante del fingimiento y el decoro. Aquí estaban protegidos por completo del mundo exterior y podían celebrar la dicha del nacimiento de Jesús en compañía de sus hermanos y hermanas en el Camino. Aquí podían fingir, siquiera durante unas breves semanas, que eran una pareja normal de recién casados que vivían en un mundo de libertad.

Gregorio continuaba estudiando, fascinado y embelesado por las enseñanzas del amor que, según la Orden, emanaban directamente del Señor. Como hombre espiritual, era capaz de asimilarlas en su totalidad. Como erudito, pensaba que constituían un desafío, aunque las consideraba lógicas y aceptables. Era difícil calificarlas de heréticas cuando se las comparaba con los Evangelios canónicos. En verdad, la «herejía» de estas enseñanzas originales no tenía nada que ver con las Escrituras y todo con las tradiciones artificiales de los últimos mil años, incluidas las reforzadas hacía poco por obra de sus propias acciones. Como Papa, afrontaba ahora la realidad de que gran parte de lo que defendía la Iglesia era contrario a las primitivas enseñanzas del cristianismo. Estaba atemorizado por lo que aquello podía significar para su legado. Sobre todo, no sabía muy bien si las enseñanzas del amor resultarían válidas en una estructura capaz de gobernar el mundo desde un punto de vista tanto económico como político. No estaba seguro de que tal cosa fuera posible. Y no obstante, los días pasados con Matilda habían renovado su espíritu, le habían impulsado a creer en el amor. ¿Sería capaz de desmantelar la estructura actual de la Iglesia, borrar de un plumazo los años de política y tradiciones, y crear un nuevo modelo regido por el amor? Tal idea se le antojaba imposible, aunque hermosa.

Matilda, en cambio, no abrigaba el menor temor, y trabajaba con él a diario. «Solvitur ambulando», le decía, y le enseñaba la poderosa tradición de alinearse con la voluntad de Dios al encontrarse con lo divino en el centro del laberinto. Le leía la leyenda del Minotauro, según el Libro Rosso, y discutían a fondo las aplicaciones alegóricas de esa historia a la de ellos.

Después de una de estas sesiones de trabajo en que Gregorio se mostró particularmente inspirado, pidió a Matilda que le llevara a ver el Volto Santo. Anselmo cerró al público la catedral de San Martín para que nadie les molestara.

El Papa se arrodilló ante la elegante imagen esculpida por la mano de Nicodemo y juró proteger a la Iglesia de forma que guardara armonía con las verdaderas enseñanzas del Camino. Sabía que sería un desafío, pero estaba decidido a hacerlo, por su amor y por su Señor. Entendía que había sido colocado en tal posición de poder inigualable con aquel propósito, y encontraría una forma de lograrlo. Serían tiempos difíciles y surgirían enemigos a cada paso, pero su amada le renovó la promesa de que estaría a su lado en cada trecho del camino, con el fin de inspirarle, de combatir a su lado y de amarle en todo momento. Semper. Siempre.

Matilda había tomado su primer voto en este lugar, a la edad de seis años. Lo había cumplido de manera espectacular, al igual que cumplía todas sus promesas.


Al amanecer del día de San Esteban, Matilda y Gregorio fueron escoltados por Anselmo, Isobel y el Maestro hasta el pórtico de la catedral de San Martín. Allí, los recién casados se llevaron una sorpresa al ver el regalo de los miembros de la Orden. En la columna occidental de la fachada habían pintado un perfecto laberinto de once círculos de color púrpura intenso. En letras verticales, habían escrito el siguiente edicto junto al símbolo sagrado:

aquí está el laberinto construido por dédalo

el cretense y del que nadie puede salir una vez dentro.

sólo teseo fue capaz de hacerlo gracias al hilo

de ariadna.

En el centro redondo del laberinto estaban las palabras finales de la fábula:

y todo por amor.

Anselmo explicó que había creado el diseño y el lema, con la ayuda del Maestro y de Isobel, con el fin de conmemorar los votos de Gregorio a Matilda y a la Orden durante esta fiesta tan señalada, en presencia de Dios y de los demás. Era un monumento para recordar a Gregorio que debía alinearse con las promesas que había hecho en el cielo: a él mismo, a los demás y a Dios. Utilizaban la alegoría de Teseo y Ariadna, ocultando la verdad en un lugar reservado para los que tenían ojos para ver y oídos para oír. Pues aquí el Papa era Teseo, el héroe que escaparía del laberinto oscuro de la corrupción de la Iglesia y la política, creado para atrapar a los inocentes en una intrincada red de dogmas y mentiras. Con la ayuda del hilo salvador de la verdad, proporcionado por Matilda/Ariadna, este Teseo renacido encontraría la luz y salvaría a este pueblo, demostrando una vez más que el tiempo vuelve.

Justo un siglo después, en el año 1200, un escultor de Lucca transformaría la pintura descolorida de la fachada de San Martín en un monumento permanente a la boda secreta del Papa y la condesa, donde permanecería por los siglos de los siglos.

Y todo por amor.


La idílica luna de miel de Matilda y Gregorio fue interrumpida cuando un mensajero llegó a Lucca. Enrique IV estaba cruzando los Alpes en dirección a Toscana. Estaba dispuesto a pedir perdón al Santo Padre, y a jurar lealtad y obediencia al trono de San Pedro.

Se tomó la decisión de que la fortaleza de Matilda en Canossa, debido a su posición inexpugnable y protegida, sería el lugar ideal para que Gregorio recibiera a Enrique. Atravesaron Florencia, donde una formidable escolta toscana se reunió con ellos a instancias de Conn. Los toscanos estaban decididos a proteger tanto al Papa como a su condesa, y no querían correr ningún riesgo de que cayeran en una emboscada.

Si bien era improbable, dada la debilitada posición de Enrique, que intentara traicionarles, siempre era mejor tomar precauciones con el voluble primo de Matilda.

Canossa

Enero de 1077

Si Enrique IV llegó a los territorios de Matilda esperando que le trataran como a un rey, para ser conducido de inmediato ante la presencia del pontífice, se llevó una amarga decepción. Gregorio VII estaba empecinado en prolongar el juego de poderes y subrayar su posición de autoridad absoluta. Se negó en redondo a recibir en audiencia a Enrique y no dejó traslucir la menor indicación de cuándo, si se producía esa eventualidad, cambiaría de opinión. El rey había llegado con una comitiva de miembros de la realeza y obispos que confiaban en reconquistar el favor del Papa, a cambio de suplicar perdón por sus transgresiones contra él en el Sínodo de Worms. Gregorio conocía a todos los hombres que se habían levantado contra él (y contra su Matilda), y se la tenía jurada. No pensaba comportarse con generosidad.

Enrique llegó con un formidable aliado, quien se negó a ser ninguneado. Hugo, abad de Cluny, era el líder del séquito alemán, y había sido nombrado padrino de Enrique cuando el rey era un bebé. Tal demostración de fortaleza dejó indiferente a Gregorio. Al fin y al cabo, él era el Papa, y pese al hecho de que Hugo detentaba la autoridad del influyente monasterio de Cluny, no era más que un abad. Fue Matilda quien se ofreció para desbloquear la situación, y quien se prestó voluntaria para presidir la reunión inicial con su primo y el abad Hugo. Se entablaron negociaciones para que ese primer encuentro se celebrara en su fortaleza de Bianello, en las afueras de Canossa.

La condesa de Toscana era una mujer brillante, audaz y avezada. También había acumulado suficiente experiencia con su primo para saber que no debían confiar en él. No obstante, cuando se presentó ante ella como «su más afectuoso y generoso primo», y suplicó que intercediera por él ante Gregorio, se ablandó. Pese a toda su experiencia y genio militar, Matilda era una estudiante del Camino del Amor y creía en el poder de sus enseñanzas, incluido el perdón. Fue esta fe la que provocó su primera discusión grave con Gregorio.

—No puedo creer que te dejes engañar por esas falsas súplicas.

El Papa estaba mirando por la ventana de su dormitorio de Canossa las montañas recortadas con picos y cubiertas de nieve. Procuraba controlar su ira, pero no entendía cómo podían engañar con tanta facilidad a una mujer de su inteligencia.

Matilda, que paseaba de un lado a otro de la estancia, también estaba muy nerviosa.

—No soy idiota, Gregorio. Nadie sabe mejor que yo quién y qué es Enrique.

—En ese caso, es posible que tu estado esté afectando a tu inteligencia —replicó Gregorio—. Quizá sea ése el motivo de que las mujeres no gobiernen.

La condesa se quedó petrificada. A los tres meses de embarazo, su estado era todavía un secreto oculto por las voluminosas faldas de moda, pero Gregorio sí era consciente de que estaba encinta, una constante fuente de preocupaciones para él. Como Papa, como líder y como hombre recaían sobre sus hombros enormes responsabilidades. El impacto le estaba pasando factura. Cuando vio que Matilda palidecía, se arrepintió al punto de su estallido. Se acercó a ella y tomó sus manos.

—Lo siento, Tilda, Eso ha sido injusto. Y falso.

Ella no le apartó, pero tampoco aceptó su abrazo. Se estaban acumulando lágrimas en sus ojos, pero las reprimió. Dijo lo que debía con una calma que no sentía.

—Tal vez si las mujeres gobernaran, habría menos guerras, menos muertes, menos destrucción. ¿No lo dedujiste de nuestras enseñanzas mientras estuviste en Lucca? ¿Que es la pérdida del principio femenino en el liderazgo, y en la espiritualidad, lo que ha causado tanta devastación a nuestro alrededor? El equilibrio quedó destruido con la Caída del Hombre, cuando las mujeres fueron desheredadas y despojadas de poder. Cuando toda la pureza y el poder de la sabiduría femenina fueron enviados al exilio, de modo que la humanidad quedó esclavizada por el ansia de poder, sin nada que la paliara. Hasta hombres como tú, por más grande de corazón y espíritu que seas, son incapaces en muchas ocasiones de imponerse a su naturaleza. Y la naturaleza masculina desea el poder y declarar la guerra cuando se siente amenazada o atacada. La naturaleza de las mujeres es diferente. Tendemos a colaborar y a mediar, a desear la paz sobre la muerte. Y en efecto, aquí ante ti, con nuestro hijo que crece en mi vientre, quiero que nazca en un mundo, sea cual sea su sexo, en que reinen la paz y la prosperidad. Y si eso me convierte en débil, así sea. La voluntad de Dios ha decretado que me encuentre en este estado en este tiempo y lugar. Y me impele a desear ver el fin de sufrimientos absurdos.

Gregorio estaba demasiado nervioso para escuchar con atención lo que se le antojaba una reprimenda.

—Estoy intentando protegerte a ti y a nuestro hijo, y tal vez a toda Italia, de Enrique. Y después de lo que te ha hecho durante toda tu vida, no puedo creer que le perdones con tal facilidad.

Matilda había perdido por completo la calma.

—Me niego a ser hipócrita, Gregorio. Jesús nos enseña el perdón, y ése es el sendero del Camino tal como me lo han enseñado, y tal como yo lo sigo. Por lo tanto, si un hombre manifiesta arrepentimiento y suplica perdón, ¿quién soy yo para juzgar si es sincero o no? Eso sólo Dios puede hacerlo.

—Yo soy el Papa —replicó Gregorio—. Es mi obligación actuar como intermediario de Dios en la tierra. Como tal, he decidido que las disculpas de Enrique son falsas e inaceptables. Dile que vuelva a Alemania y que su pueblo haga con él lo que le parezca. Tengo entendido que Rodolfo de Suabia está dispuesto a aceptar el trono si yo le niego el perdón. Y así será.

Matilda estaba desgarrada. La parte fogosa de su naturaleza deseaba salir como una tromba de la habitación y abandonarle a su arrogancia. Pero le amaba por encima de todo, y sabía que parte de su misión como compañera era ayudarle a superar aquellos retos espirituales. ¿Acaso no acababa de dejar claro que las regentes femeninas eran las más capacitadas para la diplomacia y la mediación en tiempos de guerra? Respiró hondo y le habló con serena energía.

—¿Qué quieres que haga, amor mío? He de dar una respuesta al abad Hugo, y no pienso decirle que envíe a Enrique de vuelta a Alemania. ¿Qué quieres que haga el rey para demostrar su arrepentimiento?

Gregorio meditó un momento. Lo primero que le vino a la cabeza fue contestarle que Enrique no podía hacer nada, y que su decisión era definitiva. Pero se ablandó un poco cuando la miró. Tenía ojeras oscuras, que contrastaban con su piel de alabastro. Su aspecto era de una fragilidad terrible. Esto también le estaba pasando factura.

—Dile al abad Hugo que quiero ver a Enrique manifestar en público su arrepentimiento, para que sea presenciado por todos los ciudadanos de Canossa. Quiero verle arrodillarse en la nieve con el cilicio ante las puertas, abandonando todo fingimiento de realeza, y suplicando ser admitido a mi presencia como el más humilde peregrino. Dile que se presente de esta guisa mañana a las puertas de Canossa, y me pensaré si acepto su petición.

Matilda aceptó esta concesión. No era ideal, ni mucho menos, pero al menos no se había negado de plano. Dejó a Gregorio en sus aposentos y fue en busca de un mensajero que comunicara las condiciones dictadas por el Papa. Aquella noche no volvió con él, sino que prefirió dormir con Isobel.


El día siguiente amaneció gris y frío. Sobre un fondo de cielos amenazadores y vientos frígidos, Enrique IV se acercó a las formidables puertas de Canossa junto con su comitiva de penitentes. Al frente iba el abad Hugo de Cluny, quien llamó, solicitando que el rey y sus seguidores recibieran permiso para entrar.

Hugo, que portaba un báculo y entonaba oraciones de penitencia, guiaba la procesión subiendo el largo y tortuoso sendero montañoso que conducía a la fortaleza de Matilda. Tras él marchaba el humillado rey, vestido con el cilicium, el hábito de penitente hecho de tela áspera y pelo de cabra. Su propósito era irritar la piel, desgarrarla y causar terribles picores, a modo de mortificación de la carne. Para demostrar todavía más el alcance de su arrepentimiento, Enrique caminaba descalzo sobre el rocoso y helado sendero. Un grupo de obispos y nobles, todos los cuales habían atacado a Gregorio en el Sínodo de Worms y exigido su renuncia, seguían al rey en similar guisa de penitentes.

Los habitantes de Canossa y de las zonas circundantes que habían acudido para presenciar el espectáculo flanqueaban el camino a la fortaleza. Algunos abucheaban al tirano que se autoproclamaba su soberano y le lanzaban verduras podridas. Otros miraban en silencio, tal vez conscientes de que un hecho histórico estaba teniendo lugar en aquel momento, o quizá sólo admirados del drama representado entre un Papa y un rey.

Tras llegar a las puertas, el monarca avanzó para llamar y solicitar permiso para entrar. Su discurso ensayado resonó en el aire helado.

—Solicito audiencia con el Santo Padre. He venido como penitente, para proclamar el arrepentimiento de mis pecados contra él y la Iglesia que representa. Acudo con humildad. Vengo como hombre y como rey en busca de su bendición y perdón.

Un legado papal contestó desde la torre que daba a la fachada de la fortaleza.

—El Santo Padre ha rechazado vuestra petición. No cree que hayáis demostrado todavía que vuestro arrepentimiento es sincero.

Siguió un silencio estupefacto. ¿Era posible que, aun después de semejante humillación, el Papa no recibiera al rey? Enrique se volvió hacía su abad en busca de apoyo. El obispo de Cluny contestó:

—El rey se ha humillado ante Dios y su bienaventurado mensajero aquí en la tierra. ¿No veis cómo sangra para demostrar su arrepentimiento? ¿Acaso el Santo Padre no encuentra en su corazón el deseo de escuchar su súplica de perdón y el juramento de obediencia?

Enrique tenía cortes en los pies debido al sendero rocoso, e hilillos de sangre corrían por el sarpullido que cubría sus brazos debido al terrible cilicio. Su aspecto consternaba. No cabía duda de que había sufrido durante la travesía, pero el legado se limitó a repetir el anuncio de antes y desapareció en el interior; dejando al rey y al abad más poderosos de Europa ante las puertas cerradas, mientras la nieve empezaba a caer de nuevo.


Matilda estaba enferma de frustración. No podía creer que Gregorio fuera tan obstinado. Enrique, pese a su comportamiento odioso, había llevado a cabo una demostración pública de penitencia muy dramática. Se había humillado como ningún rey lo había hecho en el curso de la historia, y no obstante su amado se negaba a recibirle. El Papa no escuchaba a nadie, ni siquiera a su amada. Ella había dejado de dirigirle la palabra, pues sólo provocaba discusiones.

Aunque la condesa había pedido consejo a Isobel sobre este conflicto, de mujer a mujer, decidió que necesitaba una perspectiva masculina y fue en busca de Conn. Le encontró en los establos, y él no pareció complacido de verla.

—¿Qué te trae por aquí? Hace un frío horrible.

—Te necesito.

—Entra, pues, hermanita. Ya sé de qué quieres hablar, y te contaré una historia que puede interesarte.

Entraron en busca del calor del castillo en una antecámara cercana a la cocina. La estancia estaba al lado de los fogones de la cocina y contaba con chimenea propia. El padre de Matilda la había construido con el fin de celebrar reuniones en invierno, y así combatir el frío de las montañas. La condesa se calentó las manos en el fuego y se sentó en un banco acolchado, con la espalda contra la pared. Exhaló un profundo suspiro cuando se apoyó contra la dura piedra.

—Oh, Conn, ¿qué voy a hacer con él? Se está comportando como un tirano.

El gigante celta se encogió de hombros.

—¿Tú crees?

Matilda se quedó sorprendida. Había esperado que Conn le diera la razón.

—Pues claro que sí. Después de la demostración de arrepentimiento de Enrique, se empeña en no recibirle. Es indignante.

—No. Es una demostración de fuerza. Respétale y déjale en paz.

—No hablas en serio.

—Hablo en serio.

—Pero…

—No hay pero que valga. Gregorio sabe muy bien qué clase de persona es Enrique. Y lo será siempre. Matilda, ese hombre es un monstruo coronado. No le subestimes. Ahora te lo suplico: no sé por qué te has compadecido de tu malvado primo, pero no olvides lo que sabes de su pasado y de sus actos. Es un hombre muy peligroso, y un rey todavía más peligroso. Corres más peligro con él que con nadie. ¿No te das cuenta? Créeme, por más enfadada que estés con Gregorio, con lo que hace te está protegiendo más a ti que a él.

La condesa reflexionó un momento sobre estas palabras. Aunque le daba la razón, también quería creer que existía auténtica sinceridad en la exhibición de arrepentimiento de Enrique.

—¿No crees que un hombre malvado pueda cambiar sus hábitos?

—No creo que este hombre malvado en particular pueda cambiar sus hábitos. Lo cual me conduce a la historia que quería contarte.

Matilda asintió y se dispuso a escuchar al gran guerrero celta hilvanar su historia gracias a su magia heredada.

—Cuando estudiaba en la escuela de Chartres…

—¿Chartres?

La condesa se sobresaltó cuando oyó el nombre de la ciudad santa, de la cual Conn siempre se negaba a hablar. El gigante la miró ceñudo.

—Después. No me interrumpas. La escuela de Chartres atraía a hombres eruditos de toda Europa, y en una ocasión tuve la suerte de pasar cierto tiempo en presencia de un hombre de Oriente. Un maestro sufí. Me contó la historia que te voy a contar. Es la historia del escorpión y el sapo.

»El sapo era un animal dulce y amable que nadaba felizmente en su estanque y tenía muchos amigos, pues caía bien a todo el mundo. Un día se estaba bañando, cuando oyó una voz que le llamaba desde el borde del estanque. “Eh, sapito —dijo la voz—. Ven aquí.”

»Y el sapo nadó hasta la orilla, y allí vio que era el escorpión el que le llamaba. Recuerda que el sapo era por naturaleza un ser confiado y bondadoso, pero no estúpido. Sabía que el escorpión era peligroso y famoso por su aguijón venenoso, y que podía atacar en cualquier momento, casi siempre sin motivo. “¿Qué puedo hacer por ti, hermano escorpión?”

»”He de cruzar el estanque —le dijo éste—. Pero andando tardaría muchos días. Si me cargaras a la espalda y me cruzaras a nado, sería cuestión de poco rato. Me han dicho que eres amable y generoso, y si me hicieras este gran favor, me sería de gran ayuda y me sentiría muy agradecido. “

»El sapo se enfrentaba a un dilema. Por naturaleza deseaba ayudar, pero tenía miedo de la mala fama del escorpión. Decidió ser sincero. “Hermano escorpión, me gustaría ayudarte, pero eres famoso por tu naturaleza voluble y tu picadura mortal. Si te acomodo sobre mi espalda y nado en el estanque, ¿qué pasará si decides picarme? Moriré, y no deseo morir.”

»El escorpión rió. “¡Ridículo! Hermano sapo, piensa en lo que acabas de decir. Si te picara mientras nadas, te hundirías y ambos nos ahogaríamos. No albergo el menor deseo de destruirte, ni mucho menos de destruirme a mí mismo, de modo que ¿cómo iba a hacer semejante cosa? Sólo necesito cruzar el estanque, y necesito tu ayuda para ello. Por favor, hermano.”

»Y así, el confiado sapo permitió que el escorpión trepara sobre su espalda y empezó a nadar. Cuando estaban a mitad del estanque, el sapo notó un agudo y horrible dolor. “¡Ay! ¿Qué ha sido eso?”, gritó. A lo cual contestó el escorpión: “Oh, te he picado. Lo siento”. El sapo no daba crédito a sus oídos, y mientras el veneno invadía su cuerpo y empezaba a hundirse, preguntó al escorpión: “Pero ¿por qué, hermano? ¿Por qué me has picado, si vamos a perecer los dos?”

»El escorpión suspiró, se hundió con el sapo y explicó con suma sencillez, mientras ambos se preparaban para morir: “No pude evitarlo. Está en mi naturaleza”.

Conn dejó la moraleja flotar en el aire durante unos momentos antes de continuar.

—Como ves, Matilda, lo que es igual de importante como colofón de esta fábula es otra idea: cuando el escorpión dijo al sapo que no quería hacerle daño, lo dijo con sinceridad porque así lo sentía… en aquel momento. No quería picarle y no quería exponer su propia vida. Pero su naturaleza le dominó, como siempre había sido, y no pudo contenerse.

La condesa suspiró al comprender la verdad de sus palabras.

—Enrique es un escorpión.

—Sí. Aunque él crea que se ha arrepentido, no pienses ni por un momento que ha domeñado a su naturaleza. Además, Matilda…

—¿Sí?

—La lección final es que el sapo es tan culpable de su muerte como el escorpión. Conocía la naturaleza de éste, y su instinto le decía que no confiara en él. Pero no le hizo caso.

—¿Qué me estás diciendo, exactamente?

—No seas sapo, hermanita. No seas sapo.

El contingente alemán acampó en la base de la colina, ante la fortaleza. Se repitió el espectáculo de la penitencia de Enrique, acompañado de su noble cortejo, durante tres días. Al alba del cuarto día, el legado papal anunció que el arrepentimiento de Enrique había sido aceptado y sería conducido a presencia del Santo Padre.

Lo que Enrique, y la historia, jamás sabría fue lo fundamental que fue Matilda en la aceptación del arrepentimiento del rey por el papa Gregorio VII. La condesa de Canossa, si bien no deseaba cometer la trágica equivocación del sapo en la fábula de Conn, tenía miedo de que su primo muriera congelado ante las puertas de su fortaleza. No podía permitir que tal cosa ocurriera. Era inhumano y violaba todo cuanto defendía. Además, no serviría a los propósitos de Gregorio de fortalecer la Iglesia, y mucho menos una Iglesia dedicada al amor y la compasión. Temía que los actos de su amado fueran considerados propios de un tirano, severos e imperdonables. Hasta su pueblo de Canossa, tan leal como siempre, empezaba a agitarse inquieto. Contemplaban el espectáculo diario de un rey al que el frío y el ayuno estaban minando. El avergonzado monarca suplicaba ser admitido ante la presencia del Papa, con el fin de continuar sus ruegos y abundar en su humillación. La determinación de Gregorio bordeaba la crueldad. Y eso no podía ser.

Antes de retirarse a la cama la tercera noche, Matilda dio un ultimátum a Gregorio, el cual representaba la elección más difícil de su vida. Si bien le amaba de una forma irracional, su supremo deber consistía en cumplir su obligación y la promesa hecha a Dios, la promesa de vivir según las enseñanzas de un hombre al que llamaban Príncipe de la Paz. A la luz de esto, la condesa ya no podía soportar ni permitir que el espectáculo de la humillación continuara. O Gregorio recibía a Enrique, o ella abandonaba Canossa. No quería participar en ningún acto que considerara contrario a la voluntad de Dios o a las enseñanzas de su Hijo.

El Papa se quedó estupefacto ante la postura radical de su amada, pero al principio no quiso plegarse a su ultimátum. No fue hasta que la oyó dar órdenes para preparar su partida que comprendió su determinación. Gregorio llegó a la conclusión de que necesitaba relajar su postura con el fin de salvar todo cuanto más amaba.

La misma pasión e intensidad extraordinarias que unieron a Matilda y Gregorio sirvió también para retarles en esta encrucijada crítica de su relación. Dos mentes y espíritus de tal energía no pueden esperar vivir en el mismo lugar en completa armonía en todo momento. Era una lección que ambos necesitaban aprender. Fue una de las muchas que vieron la luz en Canossa durante el invierno de 1077.

El rey Enrique IV fue admitido a presencia del papa Gregorio II, con Matilda de pie a su lado, al atardecer del 28 de enero. Era una figura patética, con la carne agrietada y desgarrada. Verle postrarse, próximo a las lágrimas, ante el Papa significó ver a un hombre destrozado y rendido por completo. La condesa sintió pena. Enrique era en verdad una víctima de su propia naturaleza. Sus vicios eran la causa de que estuviera en aquel lugar, medio muerto y completamente desmoralizado, con la cara apoyada contra el frío suelo de piedra suplicando perdón a un hombre al que odiaba.

Gregorio accedió a perdonarle, como hombre aunque no como rey. Se levantó la sentencia de excomunión, y Enrique pudo tomar la comunión en la pequeña capilla de la fortaleza. Después fue recibido en Canossa, donde le dieron de comer y lo alojaron en cómodos aposentos para que se recuperara de su odisea.

Enrique se quedó lo suficiente para observar a su prima y el estilo conque gobernaba sus dominios. Conversaba con ella durante horas a diario. Aunque Matilda no confiaba en él, era generosa con su tiempo, pues anhelaba la paz y la reconciliación. Su primo, quien parecía desear convertirse por fin en un gran rey, le pedía consejo para gobernar Europa con justicia. El pueblo del norte de Italia adoraba a Matilda, y Enrique explicó que imitaría sus acciones en el futuro, en un esfuerzo por ganarse a sus súbditos. Tal vez, insinuó, podrían olvidar sus diferencias y trabajar juntos en armonía como grandes gobernantes.

Y tal vez el escorpión dejaría que el sapo le condujera al otro lado del estanque.

La temporada que Enrique pasó en Canossa significó un paso decisivo para su envenenada psique imperial, pero no como Matilda esperaba. La humillación que había padecido a manos de Gregorio le quemaba por dentro. Era una conflagración que destruyó cualquier semblanza de humanidad que pudiera haber existido en su retorcida mente. Lo peor de todo fue que llegó a la conclusión de que la puta de su prima estaba detrás de todo. No cabía duda de que controlaba al Papa. Era evidente que bruja semejante era capaz de manipular a cualquier hombre, utilizando sus diabólicos encantos femeninos. Sólo podía haber sido Matilda la responsable de que Enrique se quedara abandonado en la nieve durante tres días con sus noches. Pagaría por lo que le había hecho, al igual que el falso Papa. Pero a ella se lo haría pagar en persona.

Nada dolería más a su prima que la destrucción de su preciosa Toscana, para luego demostrar al pueblo toscano lo que la lealtad a un demonio tan anormal le iba a costar. Empezaría, quizá, con Lucca. O con Mantua, donde había vivido de pequeña. Eran los lugares que más amaba, lugares que sufrirían.

Cuando Enrique IV regresó a sus tierras a través de los Alpes, examinó con suma atención las regiones que atravesaba y empezó a planear su venganza, la destrucción de la amada Toscana de Matilda. Se detuvo en Lombardía para reunirse con los nobles cismáticos que se oponían a Gregorio. Al cabo de unos días de haber recibido el perdón, Enrique se había declarado de nuevo enemigo del Papa, y némesis de la condesa toscana.

Al fin y al cabo, era propio de su naturaleza.

Salve, María:

Es un nombre de gran santidad. Procede de muchas fuentes y tradiciones, y en todas es sagrado, pues cada una contiene la semilla del conocimiento y la verdad. Se conoce de muchas formas en todo el mundo, ya sea Mary, María, Miriam, Maura o Miriamne.

De Egipto procede Meryam, el nombre de la hermana de Moisés y Aarón. Procede de la raíz de la palabra mer, «amor», que se convierte en el nombre Mery, o sea, querida. O amada. Se lo ponían a las hijas destinadas a ser especiales, elegidas por los dioses para un destino divino por lo que se refería a la cuna, la familia o las profecías referidas a ellas.

Se ha dicho que la forma Miryam combina varias palabras para crear el significado «mirra del mar», y algunas variaciones poseen el significado de «señora del mar».

Pero existe otro gran secreto de este nombre femenino perfecto. Se forma de las tradiciones hebrea y egipcia que contiene: la palabra egipcia mer, «amor», y la hebrea «Yam», una abreviación sagrada de Yahvé. De esta forma, el nombre, cuando se combinan las tradiciones, significa «la que es amada de Yahvé».

Durante la vida de Nuestro Señor y después, el nombre se ponía con frecuencia después de la mayoría de edad, como un título conseguido por una muchacha que había demostrado su valía y naturaleza especiales.

Convertirse en una María es algo santo.

La historia del nombre sagrado,

tal como se conserva en el Libro Rosso



14

Confraternidad de la Santa Aparición

Ciudad del Vaticano, Roma

En la actualidad

Peter acompañó a Maureen y Bérenger a la sala del Vaticano donde cada mes se celebraba la asamblea de la Confraternidad de la Santa Aparición.

Peter había ido aquella noche para mostrar su apoyo al padre Girolamo y a su ama de llaves, Maggie Cusack. Maggie era el miembro más dedicado de la confraternidad, y reservaba la mayor parte de su tiempo libre a la celebración y conmemoración de las apariciones milagrosas de Nuestra Señora en toda Europa: Fátima, La Salette, Medjugorje, París, Lourdes, así como las apariciones belgas de Beauraing y Banneaux. Estas asambleas, abiertas al público, tenían como aliciente principal la exposición de algún incidente específico de una aparición. Esta noche, la exposición giraba en torno a Nuestra Señora del Silencio, la aparición que tuvo lugar en Irlanda en el siglo xix, en el pueblo de Knock. Maggie iba a encargarse de la exposición, que había estado preparando durante semanas, y a menudo había preguntado al padre Healy su opinión y perspectiva sobre la historia. La familia del sacerdote era de un condado vecino, y era fácil visitar Knock desde su casa de Galway. Maureen y él habían peregrinado a Knock con su madre varias veces cuando eran pequeños, y conocían bien el pueblo y su historia.

Bérenger Sinclair estaba fascinado por la idea de la confraternidad, y quería conocerla de cerca. No obstante, si confiaba en advertir algún parecido con las actividades de una sociedad secreta, que habían predominado en las confraternidades durante la Edad Media y el Renacimiento, iba a llevarse una decepción. La versión del siglo xxi estaba compuesta sobre todo por matronas católicas que horneaban deliciosos cantuccini, servían café a los recién llegados y entregaban folletos con información sobre la confraternidad, así como una oración a Nuestra Señora de Fátima. Reinaba un ambiente cordial y abierto. No tenía nada de misterioso o secreto. De vez en cuando entraba algún sacerdote, así como algunas familias de la ciudad que sin duda conocían a las cocineras de cantuccini. Peter observó con algo más que sorpresa que Marcelo Barberini, el cardenal que trabajaba con él en el comité, entraba con discreción y se quedaba de pie al fondo de la sala. Todo el mundo tomó asiento cuando el padre Girolamo se acercó al estrado situado en la parte delantera y les dio la bienvenida a la asamblea. Dio las gracias a Maggie Cusack por su esforzado trabajo y la presentó al grupo, que aplaudió con cortesía cuando la mujer subió al estrado y empezó a contar la historia del milagro de Knock.

Knock, condado de Mayo, Irlanda

21 de agosto de 1879

Era un lugar diminuto, carente de toda importancia, como la mayoría de pueblos pequeños, situado en el sudeste del condado de Mayo. Incluso su nombre carecía de imaginación. Cnoc. La palabra irlandesa que significa «colina», en honor del lugar barrido por los vientos sobre el cual se asentaba el pueblo. Ni siquiera era una colina, la verdad sea dicha. Por qué Nuestra Señora eligió este lugar para bendecirlo constituye todavía un gran misterio.

La única indicación de gracia en su historia había tenido lugar unos mil trescientos años antes de la aparición. El mismísimo san Patricio había tenido una visión allí y bendecido el lugar. Anunció que un día se convertiría en un centro de culto y devoción, que acudirían peregrinos de todas partes del mundo para venerar la santidad del lugar. La «colina» era ahora santa.

En 1859, la iglesia recién finalizada, pero carente de rasgos interesantes, de Knock fue consagrada a san Juan Bautista. Eran tiempos difíciles para los habitantes de Mayo, que todavía se estaban recuperando de la terrible hambruna que había devastado Irlanda y matado a un tercio de la población. Los terratenientes ingleses continuaban aprovechando la pobreza forzada por la hambruna para desalojar a los campesinos indigentes y confiscar sus propiedades, tierra que había estado al cuidado de los agricultores irlandeses desde el alba de los celtas. Muchas familias del condado de Mayo que no podían pagar el alquiler habían sido reducidas a la mendicidad por los ricos nobles ingleses, a quienes importaba un comino dejarles expuestos a los elementos, abandonados a un destino de pobreza extrema y muerte.

En 1867, durante este sombrío período, un hombre santo llamado padre Cavanaugh llegó a Knock. Durante los peores días de la Gran Hambruna, había trabajado sin descanso para aliviar a los pobres. Vendió todas sus posesiones, incluidos un excelente caballo y un reloj que le había regalado su padre, con el fin de recaudar dinero para dar de comer a los niños de su parroquia. Logró convencer a sus feligreses de que no serían pobres mientras conservaran la fe. El padre Cavanaugh se convirtió en el corazón y el alma de Knock, y era muy querido por los habitantes de su pueblo, y también de las parroquias cercanas.

A principios de agosto de 1879, una terrible tormenta de verano dañó la iglesia, abrió un agujero en el tejado y destruyó las dos estatuas del interior, una de la Virgen María y otra de san José. El padre Cavanaugh, con su paciencia y meticulosidad habituales, reparó el tejado y encargó que sustituyeran las estatuas. Pero debido a un estrambótico accidente, las dos nuevas esculturas quedaron destrozadas sin posibilidad de reparación mientras viajaban a Knock desde Dublin. El sacerdote, convencido de que, por algún motivo, las fuerzas del mal se estaban vengando en su pequeña parroquia, juró que no le derrotarían y rezó con más fervor que nunca por la liberación de Knock. Encargó dos estatuas más, que llegaron intactas y fueron instaladas en la iglesia.

A la noche siguiente se produjo otra gran tormenta. El ama de llaves del padre Cavanaugh, la señorita Mary McLoughlin, dejó al sacerdote en la casa parroquial para ir a ver a unos amigos, la familia Byrne, que vivían al otro lado del pueblo. Cuando pasó delante de la iglesia, observó tres extrañas estatuas en el exterior que parecían iluminadas a través de la lluvia. Se detuvo un momento a examinarlas, confusa. ¿Habría el buen padre encargado más esculturas para sustituir a las estropeadas? Era raro que no lo hubiera comentado, pues se lo contaba todo. Casi no habían hablado de otra cosa que de la maldición de las estatuas desde que las primeras habían sido destruidas. Y ella le había ayudado ayer a instalar las nuevas. ¿Cuáles eran éstas, y por qué estaban fuera, expuestas a la lluvia?

La familia Byrne estaba compuesta por devotos feligreses que se enorgullecían de su ocupación de porteros de la iglesia. Cuando el ama de llaves del sacerdote llegó a casa de los Byrne, la condujeron a la sala de estar para tomar un té bien caliente. La hija adolescente de la familia, Margaret, contó a Mary que acababa de cerrar la iglesia y que había observado una extraña luz blanca cerca del gablete sur. Era extraño, pero podía ser una ilusión óptica causada por la lluvia. Volvió a fijarse en ella al salir y se detuvo a mirar un momento, antes de volver a casa algo perpleja.

Otra feligresa, la señora Carty, llegó poco después a casa de los Byrne. Ella también había visto las estatuas y la luz, y se preguntó por qué el padre Cavanaugh estaba aumentando la nueva colección de la iglesia. ¿No era una exageración? Teniendo en cuenta las penurias que tantos estaban sufriendo en la zona circundante del pueblo, los fondos podrían utilizarse de mejor manera. Añadir esculturas al exterior de la iglesia, tan poco tiempo después de la hambruna y los desahucios, se le antojaba frívolo e irresponsable. Tampoco parecía muy propio del carácter humanitario del sacerdote, que tanto entregaba a su rebaño. El ama de llaves le aseguró que el padre Cavanaugh nunca se portaría así.

Intrigadas por el hecho de que las tres hubieran sido testigos de extraños acontecimientos en tan breve plazo, las dos mujeres mayores decidieron ir a investigar. Caminaron juntas bajo el tiempo inclemente, y aminoraron el paso cuando se acercaron a la iglesia y pudieron ver las estatuas bajo la lluvia.

—¿Cuándo ha colocado el padre Cavanaugh esas estatuas? —preguntó la señora Carty.

—No lo ha hecho —contestó Mary McLoughlin—. Estoy segura. Eso es lo que no entiendo.

Continuaron mirando, y forzaron la vista a través de la lluvia para ver si podían distinguir a qué santos correspondían las esculturas.

Margaret Byrne lanzó un chillido.

—¡Se están moviendo! No son estatuas. ¡Mira!

Observaron en silencio y se dieron cuenta de que en efecto no eran estatuas. A la izquierda había un hombre mayor con barba gris, a la derecha un joven de pelo largo, y en el centro una mujer luminosa. La figura femenina estaba flotando sobre la hierba, rodeada de una luz blanca incandescente. Ambas mujeres la identificaron al punto como la Virgen María, y más tarde informaron de que estaban muy seguras de que las demás figuras eran san José y san Juan Evangelista. Cuando las interrogaron, ninguna supo explicar por qué o cómo habían identificado a las figuras, aparte de la edad de los hombres.

Margaret Byrne corrió a casa e informó a su familia, falta de aliento, de que estaba teniendo lugar un milagro en la iglesia. Todos la siguieron para presenciar la aparición de las tres figuras santas bajo la lluvia. En las posteriores investigaciones oficiales de la iglesia, catorce personas testificaron acerca de la visión: seis mujeres, tres hombres y cinco chicos, tres de los cuales eran muchachas adolescentes.

Todos hablaron de la luz mágica, dorada al principio, pero que luego viró a un blanco brillante que iluminaba toda la pared de la iglesia. Cada testigo vio tres figuras, pero los detalles variaban. Una mujer afirmaba que había visto un cordero sobre el altar, e insistió en que el cordero miraba hacia el oeste, y era importante subrayar que miraba hacia el oeste. Lo llamó el Cordero Pascual. Varios testigos más afirmaron haber visto ángeles, que volaban y flotaban sobre la iglesia, o sobre un cordero y una cruz grandes.

Nuestra Señora iba vestida con un manto blanco resplandeciente que parecía hecho de plata líquida. Sobre su cabeza llevaba una corona centelleante, y en el centro una rosa rojo sangre. Extendía las manos, y los testigos dijeron: «Estaba en la misma postura que un cura cuando dice misa». Miraba a los cielos, como si estuviera rezando, mientras otros llegaron a afirmar que estaba predicando. Pero al contrario que en otras apariciones marianas, Nuestra Señora no interactuó con los ciudadanos de Knock. No les habló ni reveló secretos.

Todos los testigos describieron a una figura masculina como san José, debido a su barba gris, tal vez debido a que las estatuas de Knock eran de María y José. Éste aparecía a la izquierda, y la figura joven identificada como san Juan Evangelista estaba a la derecha. Cosa extraña, el joven de pelo largo llevaba mitra y ropaje de obispo, en contraste con la indumentaria del siglo i de Nuestra Señora y san José. «Juan» sostenía un libro muy grande en la mano izquierda y gesticulaba como si predicara con la derecha. Uno de los niños también hizo hincapié en que Juan estaba predicando, y que esto era importante, pero no oyó sus palabras. Algunos testigos más hicieron hincapié en el significado del libro, y en su tamaño extraordinario.

Mary McLoughlin volvió corriendo bajo la lluvia para contárselo al padre Cavanaugh, pero éste ni se inmutó y le dijo que debía ser el reflejo de la vidriera en la lluvia. Se arrepentiría durante el resto de su vida de esta reacción y de su decisión de no ir a ver las imágenes. Knock se convirtió en un centro legendario de apariciones marianas.

Y Patricio estaba en lo cierto, como todos los santos. Su visión fue infalible. Peregrinos de todo el mundo acudieron a Knock, pues fue una de las últimas apariciones marianas que fueron reconocidas como auténticas. El papa Juan Pablo II visitó Knock en 1979, el centenario de la aparición, y regaló al pueblo una rosa de oro en conmemoración de la sagrada aparición. La ciudad construyó un aeropuerto internacional para albergar al enorme número de peregrinos que acuden a este lugar en honor de la aparición de Nuestra Señora.

Más de un millón de personas visitan cada año Knock en celebración de su más Sagrada Aparición.

Tras la exposición, Maureen guardó un silencio poco habitual, mientras Bérenger, Peter y ella atravesaban las calles que se alejaban de San Pedro. Bérenger se dio cuenta.

—¿En qué estás pensando?

Ella se encogió de hombros. Maggie había sido muy sincera y entregada en su exposición, pero la historia que había contado no acababa de convencerla. De hecho, incluso cuando iba a Knock de pequeña, la población se le había antojado preocupante. Era un lugar entregado al comercio, lleno de tiendas de recuerdos y botellas de plástico de agua bendita. Siempre había considerado este aspecto antiespiritual, pero algo más la molestaba ahora.

—Bien… Hay muchas suposiciones, ¿no? Quiero decir, las apariciones no se identificaron. Ella no dijo: «Hola, soy la Virgen María, y éstos son mi amigo Juan Evangelista y mi marido José». Yo he tenido bastantes visiones, y eso no ocurre. Haces suposiciones basándote en lo que sabes con certeza. La gente de Knock, que eran católicos muy conservadores y tradicionales de la Irlanda rural del siglo xix, supusieron que estaban viendo aquello basándose en su marco de referencia.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Peter.

Maureen meditó otro momento antes de continuar.

—¿Es posible que vieran otra cosa? ¿Y si todas estas apariciones de toda Europa, en que una hermosa mujer se aparece a unos niños y les cuenta secretos, no tienen nada que ver con lo que se ha dado por sentado siempre? ¿Una María diferente, tal vez? Algunos testigos de Knock dicen que parecía estar predicando, algo que es propio del legado de María Magdalena, pero no del legado de la Virgen María. Y la figura de Juan es fundamental, sobre todo porque sostiene un enorme libro, desproporcionado en relación con todo lo demás, cuyo contenido predica. Sí, lo sé, es su Evangelio, por eso a él se le llama Evangelista. Pero ¿de veras es Juan Evangelista? Entonces, ¿por qué va vestido de obispo y no concuerda con el resto de su iconografía? ¿Podría ser porque es otra persona, o representa una tradición diferente? ¿Son esas tres figuras algo muy distinto de lo que se ha asumido?

—¿Adónde quieres ir a parar? —preguntó Peter.

—Todavía no lo sé. Pero lo que sí sé es que existe una verdad sobre los orígenes del cristianismo y sus auténticas enseñanzas que ha sido ocultada a propósito. Por lo tanto, debo preguntarme si quizá Dios ha estado haciendo milagros durante todo este tiempo para dirigir nuestra atención hacia la verdad. O puede que yo haya estado inmersa en todo esto demasiado tiempo. Tengo la impresión de que no paro de ver conspiraciones por todas partes. Supongo que me estoy formulando la pregunta: ¿y si todas estas apariciones marianas no son lo que nos han dicho?

Peter guardó silencio mientras reflexionaba sobre la pregunta. Bérenger contestó.

—Una idea fascinante, pero que me conduce a pensar en esa idea tuya de que las apariciones tuvieron lugar en una Irlanda asolada por la hambruna, a finales del siglo diecinueve, cuando nadie contaba con el marco de referencia del panorama que acabas de exponer.

—¿Para qué molestarse? —continuó Peter—. Si nos basamos en tu teoría herética, ¿por qué las apariciones se materializan ante gente que ni siquiera podía empezar a comprender lo que intentaban comunicarle?

Maureen se detuvo en seco cuando se le ocurrió algo.

—Porque el mensaje no iba dirigido a ellos.

—¿Qué quieres decir?

Peter se sentía desorientado.

—Que tal vez… nos estaban transmitiendo el mensaje a nosotros. Al futuro. A una época en que pudiera reinterpretarse.

Fue el turno de Bérenger de preguntar.

—Pero ¿por qué?

—¿No crees que es un poco arrogante afirmar que esos acontecimientos tuvieron lugar para llamar nuestra atención? —preguntó Peter.

—No estoy diciendo que fuera para nosotros en concreto. Estoy diciendo que ocurrieron con el fin de dejar pistas para quien estuviera motivado para encontrarlas e inspirado para seguirlas. Nuestra obligación es no permitir que estas pistas se pierdan.

—Para quienes tuvieran oídos para oír y ojos para ver —musitó Peter.

Bérenger tuvo una idea.

—Maggie habló de san Patricio en la exposición, y dijo que había declarado a Knock lugar sagrado. Piénsalo bien. ¿Qué sabemos de tu santo patrón?

El sacerdote fue el primero en contestar. Era un apasionado del legado de Patricio en Irlanda.

—El milagro de Patricio es que no derramó ni una gota de sangre en la conversión de los irlandeses paganos al cristianismo. Los convirtió mediante la comprensión y la integración.

—¿Y dónde crees que aprendió esta estrategia?

Maureen no estaba segura de adónde quería ir a parar y escuchó a Bérenger cuando continuó.

—Del Príncipe de la Paz, que era su antepasado. San Patricio era el sobrino de san Martín de Tours, el santo francés que aparece en toda la historia del linaje. He seguido el rastro de su linaje y puedo demostrar, casi de manera definitiva, que es descendiente directo de Sarah-Tamar.

—¡San Martín! —Maureen estaba entusiasmada por las implicaciones de esta relación—. La iglesia de la Santa Faz de Lucca que Matilda mandó construir recibió su nombre por san Martín de Tours.

Peter también había caído en la cuenta.

—Y fue construida por san Finnian, irlandés, inspirado por Patricio.

Peter sacudía la cabeza, estupefacto.

—¿Recordáis quién fue el verdadero sucesor de san Patricio? Santa Brígida. Una mujer. Una mujer muy poderosa. Una de las grandes líderes de la Iglesia de los primeros tiempos.

Maureen se puso a hablar a toda prisa, mientras encajaba las piezas del rompecabezas.

—De modo que Patricio es descendiente directo de Jesús y María Magdalena, y afirma que Knock será un lugar sagrado después de tener su visión. Su sucesor es una mujer poderosa, y también profetisa. ¿Estamos diciendo que la primitiva Iglesia celta fue fundada por nuestro pueblo? ¿Por herejes?

Bérenger asintió.

—Creo que vale la pena investigarlo. Tal vez otras personas de Knock presenciaron las apariciones aquella noche, pero vieron algo diferente, algo que la Iglesia no quiso documentar, después de escuchar a los testigos, por motivos evidentes.

—¿Una visión para quienes tengan ojos para ver? —preguntó Peter—. ¿Crees que vivían herejes en el condado de Mayo en el siglo diecinueve?

—Creo que no podemos descartarlo —dijo Bérenger.

Maureen asintió para mostrar su acuerdo, mientras barajaba diversas posibilidades en su mente. Cruzaron el Tíber por el puente monumental que comunica la periferia de la Ciudad del Vaticano con el resto de Roma. Las majestuosas esculturas de ángeles de Bernini brillaban bajo la luz de la luna cuando pasaron.

—Algo que siempre me ha fascinado de estas visiones de María es que muchas les ocurren a niños. —Maureen dirigió su siguiente pregunta a Peter—. Se aparece a los muy inocentes, los muy jóvenes y los muy pobres. Y les cuenta secretos, ¿verdad?

Él asintió.

—Por lo general, sí. También tiende a aparecer en épocas de grandes tensiones. La aparición de Knock ocurre cuando Irlanda se está recuperando de la hambruna, la visión de La Salette cuando Francia está curando las heridas de la Revolución, y Fátima tiene el telón de fondo de la Primera Guerra Mundial. En medio de toda esta confusión, la Santa Madre revela secretos de fe a niños. Esto ocurre en todas las apariciones. Knock es único en el sentido de que se trata de una de las escasas apariciones marianas en que no existen secretos ni se produce contacto, tal vez porque la ven tanto adultos como niños. Por eso se llama Nuestra Señora del Silencio.

—Pero Knock también es único, y corrígeme si me equivoco, en que María no está sola. Va acompañada por personajes tan importantes como ella.

Peter asintió.

—Eso es cierto.

—¿Qué sabemos de los secretos que María confía a los niños en sus demás apariciones? —preguntó Maureen—. ¿Son revelados?

—A veces, como en Fátima, algunos secretos son revelados con el paso de los años —explicó Peter—, pero otros se los llevaron los niños a la tumba, porque se negaron a contarlos.

—¿Cuál crees que es el motivo? ¿Porque María les dijo algo que les asustó demasiado para revelarlo? ¿Algo que podría considerarse… herético?

Bérenger descubrió que, cuanto más tiempo pasaba con Maureen, más se parecían los procesos mentales de ambos.

—¿Crees que la Virgen María se aparece a niños para decirles: «No se están honrando las verdaderas enseñanzas de mi hijo?»

—Eso he deducido yo.

Peter sacudió la cabeza.

—No tenemos forma de saberlo, ¿verdad? Debo confesar que nunca lo había considerado desde este punto de vista, y creo que ahora tampoco puedo. Creo que se trata de hermosas experiencias religiosas experimentadas por creyentes puros, durante épocas en que el fortalecimiento de la fe era vital para sus comunidades. Los niños pueden ver a Nuestra Señora porque son puros como ella. Creo que es inútil buscar más.

Maureen estaba cansada, y ni siquiera estaba segura de querer defender que las apariciones marianas eran otra cosa. Sólo necesitaba verbalizar aquellas preguntas. Era interesante para ella que Knock se hubiera convertido en un punto focal del movimiento católico conservador de Irlanda. Programas críticos contra la anticoncepción, el divorcio y la homosexualidad nacían y se alimentaban alrededor de Knock. ¿No sería irónico que estas apariciones se utilizaran como telón de fondo de la intolerancia, cuando en realidad eran de naturaleza herética? Había que pensarlo, pero era una más de tantas cosas que Maureen debía meditar, mientras el tortuoso sendero de la historia continuaba conduciéndola en un viaje impredecible por completo.

Los tres cenaron tarde en la plaza de la Rotonda, pero Maureen participó poco en la conversación. Por fin, admitió que deseaba estar sola durante unas horas para reflexionar sobre todo lo que le estaba dando vueltas en la cabeza. Algo la estaba atormentando, y debía ceder para saber adónde la conduciría.

De vuelta en su habitación, encendió el ordenador portátil y empezó a navegar para descubrir algo más sobre las apariciones marianas. No estaba segura de qué estaba buscando, ni de por qué se sentía tan interesada de repente en el tema, pero había aprendido a hacer caso de su instinto en relación con esos asuntos. Tal vez algo la ayudaría a comprender por qué se le antojaba de repente tan importante.

Peter tenía razón. Con la excepción de Knock, todas las apariciones que Maureen encontraba poseían similares características: eran presenciadas por niños muy pobres, que también eran analfabetos. A todos estos niños les contaban «secretos». Algunos los guardaban a perpetuidad, otros los revelaban al mundo en determinados momentos. ¿Censuraba la Iglesia esos secretos? ¿Los inventaba? Algunos de los relatos de los testigos estaban escritos en un lenguaje recargado y florido, con frases que jamás habrían podido salir de la boca de niños analfabetos.

Una de las jóvenes visionarias de un pueblo francés cercano a la frontera suiza, La Salette, era una pastora de quince años, Mélanie Calvat, tan pobre que sus padres la habían enviado a mendigar por las calles cuando sólo contaba tres años de edad. Pese a su falta de cultura, había proporcionado este testimonio verbal de su visión a la Iglesia:

Las ropas de la Virgen María eran de un blanco plateado y muy brillantes. Eran casi intangibles. Estaban hechas de luz y gloria, centelleantes y deslumbrantes. No existe expresión ni comparación posibles en la tierra [...] Llevaba un mandil más brillante que varios soles juntos. Estaba compuesto de gloria, y la gloria destellaba y era de una belleza sobrecogedora. La corona de flores que llevaba sobre la cabeza era tan hermosa, tan brillante, que desafiaba a la imaginación. La Virgen María era alta y bien proporcionada. Parecía tan ligera que una mera brisa podría haberla movido, pero estaba inmóvil y mantenía un equilibrio perfecto. Su rostro era majestuoso, impresionante. La voz de la Hermosa Señora era suave. Era encantadora, bellísima, dulce a los oídos.

Maureen meditó unos momentos. No conocía a ninguna chica del siglo xxi que utilizara palabras como «centelleante» o «intangible», y mucho menos que hablara con este tipo de prosa. Parecía imposible que estas palabras hubieran sido pronunciadas por una niña inculta y aterrorizada de 1851. Era el equivalente de una nota de prensa del Vaticano; una descarada herramienta de marketing.

Se fijó en una interesante frase del testimonio de Mélanie Calvat, que invitaba a analizarla en profundidad. Era la frase referente al «segundo secreto»:

Entonces la Virgen Santa me dio la regla de una nueva orden religiosa. Después de darme la regla de esta nueva orden religiosa, la Virgen Santa continuó hablando de la misma manera.

Mientras Maureen buscaba más documentos sobre el testimonio de Mélanie Calvat, no encontró más información sobre esta «nueva orden religiosa», ni daba la impresión de que el Vaticano hubiera aportado más detalles. ¿Podría haberse referido la Virgen a la Orden del Santo Sepulcro? ¿Era la «nueva» orden religiosa una referencia a la restauración de las verdaderas enseñanzas de su Hijo… y de su esposa?

Un elemento más importante que Maureen observó: prácticamente todos los informes acerca de un secreto revelado durante una aparición presentaban algunas discrepancias u objeciones. O el niño se retractaba después, o afirmaba que le habían malinterpretado. Algunos hasta se negaban a hablar de las revelaciones que les había confiado María.

Y a otros no se les dejaba hablar.

La más famosa de las videntes era Lucía Santos, la niña de mayor edad que presenció las múltiples apariciones en la aldea portuguesa de Fátima. Lucía era una niña especial, de temperamento alegre, y según decían sus parientes tenía algo «mágico». Hizo la primera comunión a los seis años, antes de lo acostumbrado, porque era tal su naturaleza espiritual que daba lecciones a otros niños sobre la naturaleza de Dios. A la edad de diez años, la pequeña pastora, junto con sus dos primos, Jacinta y Francisco, presenció una aparición de Nuestra Señora mientras atravesaban los campos cercanos a su casa. La fecha fue el 13 de mayo de 1917. Lucía describiría más tarde su visión con palabras similares a la aparición del Apocalipsis, capítulo doce: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida del sol». La aparición se identificó como Nuestra Señora del Rosario y subrayó la importancia de rezar el rosario a diario. La Señora explicó a los niños que era la clave de la salvación personal, pero también de la paz en el mundo. Desde mayo a octubre de 1917, la Señora apareció el día 13 de cada mes a la misma hora.

Más de setenta mil personas presenciaron la última aparición el 13 de octubre de 1917. Aunque el día amaneció oscuro y lluvioso, cuando la Señora apareció, el sol se había abierto paso en el cielo en un espectáculo de luz y color, y dio la impresión de que se movía de un lado a otro del cielo. Este asombroso acontecimiento astronómico fue conocido en Portugal como el Milagro del Sol, y aquel día convirtió a muchos escépticos en creyentes. De todas las apariciones marianas, Fátima llegó a ser la más famosa debido a que este milagro, en que dicen que el sol bailó, fue presenciado por muchos testigos.

Lo más importante de las apariciones de Fátima fueron los tres secretos que la Señora contó a los niños. No fueron revelados de inmediato al público. En realidad, fueron conservados en secreto entre los niños y sus consejeros espirituales durante muchos años después de las apariciones. Por desgracia, los dos primos de Lucía, Jacinta y Francisco, murieron poco después de los sucesos de Fátima. Se cree que fueron dos de los numerosos niños que murieron a causa de una epidemia de gripe que asoló la Península Ibérica en aquel tiempo.

Lucía Santos fue la única niña superviviente que conocía los secretos de la Señora. Fue enviada a una serie de conventos durante su larga vida, y tomó los votos de silencio como monja carmelita. La profunda espiritualidad de Lucía indicaba que sus votos fueron voluntarios, impulsada por su vocación. Sin embargo, Maureen se sentía intrigada por los votos de silencio, algo que se le antojaba muy radical. Lucía no sólo cumplió el voto de silencio monástico tradicional, sino que el Vaticano le prohibió hablar de las apariciones con nadie sin la expresa aprobación de la Santa Sede. Cuando se hizo mayor, estas restricciones se reforzaron hasta el punto de la asfixia, pues prohibieron a Lucía que recibiera visitantes que no fueran considerados aceptables por la Iglesia. Hasta a su confesor personal durante veinte años se le negó el derecho a visitarla. En los últimos años de su vida, nadie, excepto el papa Juan Pablo II y el cardenal Joseph Ratzinger, podía tener acceso a Lucía Santos, quien vivía en un confinamiento solitario impuesto. Pese a que la Iglesia afirma que Lucía era un miembro querido y venerado de su comunidad, murió en 2005 a causa de complicaciones de una infección respiratoria de las vías superiores, porque la celda en la que vivía era húmeda y mohosa, y su cuerpo envejecido no pudo recuperarse de las múltiples y prolongadas infecciones que padeció.

Nada más morir, el cardenal Ratzinger, responsable de la Inquisición (ahora conocida con los términos políticamente correctos de Congregación para la Doctrina de la Fe), promulgó un edicto. Ordenaba que la celda de Lucía fuera cerrada a cal y canto, como si fuera la escena de un crimen. Se había informado en vida de Lucía que nunca había dejado de tener visiones, y tal vez había escrito sobre ellas. Por lo visto, la Iglesia no quería correr el riesgo de que esta visionaria hubiera escondido informes escritos de sus experiencias en algún lugar de la celda. Nadie sabe lo que encontraron, salvo el Papa, su congregación general y el selecto consejo de eclesiásticos responsables de la conservación de las sagradas apariciones. Si bien durante el curso de su vida se publicaron algunos libros que afirmaban ser las memorias personales de Lucía, salían a la luz bajo el control de la Iglesia. Como Lucía tenía prohibido hablar de cualquier aspecto de las apariciones, era imposible saber si estas biografías aprobadas por el Vaticano representaban sus visiones y experiencias, pese al hecho de que su nombre figuraba en la portada. No es de extrañar que los misterios de Fátima, cuando fueron revelados por fin, se concentraran en la conversión del mundo al catolicismo, empezando por Rusia, y otros temas muy concretos de los católicos y la conservación de la fe en su forma tradicional y establecida.

La pantalla del ordenador portátil de Maureen se nubló cuando las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. La historia de la muchacha la había conmovido hasta lo más hondo. Algo terrible había sucedido, una injusticia que pedía a gritos ser examinada. Lucía Santos, que había presenciado uno de los milagros más famosos y aceptados de la historia, era considerada una mística y visionaria excepcional, tal vez la más grande de su época. No obstante, había estado encarcelada durante ochenta y ocho años con orden de guardar silencio, a menudo en terribles condiciones, por la misma institución que afirmaba venerarla. En su vejez, asediada por la enfermedad, no se le permitió ni siquiera el consuelo de un lugar protegido y seco donde dormir.

Maureen tenía ganas de lanzar el grito de Boudica: la verdad contra el mundo. Sólo podía existir un motivo para impedir hablar a esa mujer, un motivo para negarle el consuelo de amigos y familiares, incluso de su confesor personal, al final de su vida: alguien tenía miedo de lo que pudiera decir. Ese alguien era la jerarquía de la Iglesia católica. ¿De qué tenía tanto miedo la Iglesia, que sus carceleros eran nada más y nada menos que el Papa y su mano derecha, el hombre que sucedió a Juan Pablo II y se convirtió en el papa Benedicto XVI? ¿Contradecía su verdad la historia ficticia de las visiones de Fátima? ¿O se trataba de algo más importante, algo verdaderamente escandaloso y peligroso para la Iglesia, que había sido revelado a aquella niña tan especial?

¿Era cierto que Lucía jamás había dejado de tener visiones?

El mundo nunca lo sabría. Lucía Santos había sido silenciada con éxito, y todo cuanto quedaba de su historia era la versión aséptica oficial, la versión inventada por sus carceleros. La Iglesia controlaba por completo los acontecimientos documentados para el cumplimiento de sus propósitos. No permitiría que la verdad se interpusiera en el camino de su política, poder y economía. Nunca lo había permitido. Tal vez no lo permitiría jamás, reflexionó Maureen.

Mientras se preparaba para terminar su investigación, un detalle final saltó de la página, algo sobre la vida de Lucía en que no se había fijado antes. Contuvo el aliento cuando vio aquel dato estremecedor de la biografía de la muchacha.

Ahora comprendía por qué la Iglesia había tratado como a un peligro a la bienaventurada Lucía Santos.

Según los documentos portugueses, la fecha de nacimiento documentada de Lucía Santos era el 22 de marzo de 1907.

Lucía Santos era una Esperada.

Confraternidad de la Santa Aparición

Ciudad del Vaticano

En la actualidad

—He de saber algo más sobre Lucía Santos. Por favor.

El padre Girolamo se había llevado una agradable sorpresa cuando recibió la llamada telefónica a primera hora de la mañana, avisándole de que Maureen Paschal estaba ansiosa por verle de inmediato. Peter se encargó de concertar la cita.

—Ah, veo que nuestra exposición sobre Knock le ha despertado interés por las apariciones de Nuestra Señora. Pero ¿por qué se interesa en concreto por Lucía Santos?

Maureen sostuvo su mirada sin pestañear.

—Dígamelo usted.

El sacerdote sonrió.

—Ha hecho bien los deberes en un breve período de tiempo, querida mía. Veo que no hará falta fingir, de modo que no nos andemos con rodeos. Yo conocí a Lucía Santos.

Maureen se quedó estupefacta. Aunque sabía que el padre Girolamo era considerado un experto en apariciones, no había supuesto que pudiera haber conocido en persona a la famosa testigo de Fátima.

—¿Recuerda cuando hablamos de su sueño? Supe, antes de que me lo dijera, que el Libro que Nuestro Señor parecía estar escribiendo proyectaba una luz azul, y usted me preguntó cómo lo sabía.

Maureen asintió, pero no dijo nada, esperando a ver dónde conducía esto.

—Lo supe porque Lucía tenía los mismos sueños.

Maureen lanzó una exclamación ahogada, y luego se serenó.

—De modo que estamos… relacionadas. Aparte de la fecha de nacimiento.

—Sí, en efecto. Lucía Santos fue una de las visionarias más extraordinarias de todos los tiempos. Debería sentirse honrada de hacerle compañía.

—Entonces, ¿por qué? —preguntó Maureen cuando encontró la voz—. Si cree que fue una visionaria tan grande…, ¿por qué fue silenciada durante tanto tiempo? ¿Y tratada con tal bajeza?

—No fue tan duro como usted cree. Lucía no era como usted, aparte de las visiones. Usted, de hecho, es un caso raro, ¿no se da cuenta? La mayoría de mujeres que vivieron estas experiencias eran incapaces de funcionar en la vida cotidiana como usted. Entraron en conventos por voluntad propia, y para estar protegidas. Muchas de ellas eran incapaces de vivir al margen de sus experiencias visionarias, y había que cuidarlas. Lucía fue una de éstas. Casi nunca vivía en nuestro mundo, y necesitaba soledad. Así lo exigió. Le aseguro que todos cuantos la rodeaban la trataron muy bien.

Maureen tenía un millón de preguntas, pero sabía que debía meditar la siguiente con cuidado.

—Los secretos. ¿Giraba alguno de ellos en torno al Libro del Amor?

La contestación del anciano sacerdote fue firme, pero no áspera.

—Se adentra en un terreno del que no puedo hablar con nadie. De momento, le debe bastar con saber que Lucía tenía el mismo sueño de Nuestro Señor que usted. Tal vez debería rezar por ello. Tiene mucho en común con Lucía Santos, y ella constituyó una gran ayuda para la Iglesia. Inspiró a muchos fieles, y todavía lo hace. Tal vez debería cambiar su centro de atención, desviarlo hacia todo lo bueno que nos ha dado su legado, y dejar de intentar descubrir lo malo. Eso es lo que Lucía le pediría si estuviera aquí hoy. De eso estoy seguro.


Mientras Peter regresaba con Maureen al hotel, hablaron de la revelación del padre Girolamo. Iban a encontrarse con Bérenger en su suite para acabar de leer las últimas páginas de la autobiografía de Matilda.

Maureen necesitaba volver a su habitación para recoger el ordenador portátil y la libreta en vistas a su encuentro. Abrió el pequeño armario para recuperar la maleta con ruedas de piel donde guardaba los útiles de escribir.

La maleta había desaparecido, al igual que el ordenador y la libreta.

Fue la gota que desbordó el vaso de los nervios de Maureen, tensos como cuerdas de violín durante las últimas semanas.

—¿Qué será lo siguiente? —Miró a Peter, sentado en el borde de la cama—. No estoy segura de si podré aguantar mucho más.

Él apoyó una mano sobre su hombro.

—Respira, Maureen, respira. Es terrible, pero no es lo peor que te ha pasado. Y lo has superado todo.

Ella asintió.

—Lo estoy intentando, Pete, pero cada vez es más difícil. Lo que ocurrió en Orval me asustó mucho. Y ahora, esto. Estoy empezando a sentirme en peligro constante. Me disgusta la sensación de no poseer el menor control sobre mi vida.

—Eso no es cierto. Gozas de libre albedrío.

—No estoy seguro de que eso sea cierto.

—Pues claro que sí. Ahora estás aquí, en Roma, buscando pistas y tratando de descubrir la verdad sobre el Libro del Amor, y creo que eso es exactamente lo que Dios quiere que hagas. Pero tú eliges. Tu libre albedrío. Puedes decirle a Dios ahora mismo que se busque otra novelista, coge tu pasaporte y sube al siguiente vuelo a Los Ángeles. Puedes renunciar a todo el proceso en cualquier momento que quieras. Eso significa libre albedrío.

Maureen se revolvió contra sus palabras, agotada.

—Pero ¿qué haremos con «el tiempo vuelve»? Si ésa es mi misión, hacer este trabajo, no puedo abandonarlo, por más que lo desee.

Ahora fue Peter quien alzó la voz. Notó que la rabia y la frustración se agitaban en su interior. Esas emociones se habían ido gestando a lo largo de casi dos años, y ahora estaban empezando a encontrar la forma de expresarse.

—¿Por qué crees que es necesario decir «el tiempo vuelve»? Porque los humanos son incapaces de cumplir su misión. Si hiciéramos aquello para lo que fuimos creados, el tiempo no tendría que volver. Pero no podemos conseguirlo. No podemos ser obedientes y seguir el plan de Dios, por sencillo que sea, porque toda nuestra basura humana se interpone en los momentos difíciles: nuestro ego, nuestra rabia, nuestra envidia, nuestra codicia. Eso es lo que Jesús nos está intentando decir. Éste era su verdadero mensaje; que todo es muy sencillo. Es una cuestión de amor, fe y comunión. Y punto. ¿Sabes lo que considero más importante de todo cuanto he aprendido durante mis años de sacerdocio? ¿La única certeza espiritual que cuenta de verdad? Que puedes desprenderte de la Biblia entera si cumples lo que Jesús nos dice en Mateo veintidós, en los versos que van del treinta y siete al cuarenta: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». Punto final. Finito. Es lo único que necesitas saber. Y me expulsarían del Vaticano por decir esto, pero podemos hacer cursos sobre la Biblia de tres minutos de duración, porque todas las enseñanzas están resumidas ahí. Todo lo demás se interpone y enmaraña el mensaje.

Respiró hondo, pero estaba lejos de haber terminado.

—Es fácil, ¿verdad? Debería serlo. Fue creado con este propósito. Pero la raza humana se ha hecho un lío durante dos mil años, ha causado estragos y la destrucción más horrible en nombre de Nuestro Señor, porque somos incapaces de vivir según esos dos mandamientos, los más básicos. Por lo tanto, Dios ha de seguir enviando almas a la tierra, las que Él considera adecuadas para la tarea de recordarnos la forma de vivir en ese sencillo amor. Pero el factor libre albedrío nos puede en cada ocasión. En cada ocasión. Y somos incapaces de crear el cielo en la tierra con tan sólo unas cuantas personas que alberguen esa intención. Hemos de subir a bordo a todo el mundo con estas sencillas interpretaciones. Es una tarea ridícula, desalentadora y demencial, pero no cabe duda de que Dios la considera factible, por eso hemos de continuar insistiendo. Por eso hemos de continuar investigando, y por eso tú has de continuar escribiendo, pase lo que pase. Es tu trabajo y tu misión, y por lo visto tu promesa. Pero aún gozas de libertad para hacerlo o no.

Ella le estaba escuchando, como siempre, y tenía razón, pero estaba muy cansada y alterada. Lo que necesitaba en ese momento era alguien como Tammy, una amiga que la dejara llorar y le dijera que su trabajo no consistía en salvar al mundo. Porque no estaba a la altura de la tarea. Esta noche no.

—A veces, me siento muy… utilizada.

—¿De veras? Qué tragedia. Dios te ha elegido para una tarea tan especial, que hasta su propio Hijo te habla en sueños, y tú te sientes utilizada. No paran de suceder milagros a tu alrededor, caen cosas literalmente del cielo para proporcionarte lo que necesitas, y tú te sientes utilizada. Tu trabajo cambia vidas, tal vez incluso salva vidas, y tú no puedes tomarte la molestia de pensar que es algo bueno porque estás demasiado ocupada inmersa en la autoconmiseración. Olvídalo, Maureen. Siento mucho que esto te esté preocupando, pero has de sacudírtelo de encima. Tenemos trabajo que hacer.

Peter esperó en el silencio que siguió. Su última parrafada había sido un riesgo calculado. A veces, ese enfoque funcionaba con ella. A veces, Maureen se limitaba a llorar con más sentimiento. En otras ocasiones, le tiraba cosas a la cabeza y no le dirigía la palabra durante semanas.

Contuvo el aliento, pero no tuvo que agacharse.

—De acuerdo. —Maureen se enderezó en su asiento y se pasó las manos por el pelo, mientras recobraba la serenidad y se concentraba en el trabajo que les esperaba—. Digamos que el tiempo está volviendo y algunos de nosotros estamos aquí para cumplir una promesa. Así que… ¿cuándo hicimos esa promesa? Easa habló de esa promesa en mi sueño. Dijo: «Sigue el camino que te ha sido trazado y encontrarás lo que buscas. Cuando lo hayas encontrado, has de compartirlo con el mundo y cumplir la promesa que has hecho». ¿Es una promesa que hicimos en el cielo? ¿Es una promesa a Dios? ¿Una promesa mutua? ¿A nosotros mismos? ¿Nos sentamos todos juntos en una gran sala de conferencias del cielo, planeamos esto y decimos: «Bien, te veré allí abajo, no tardes»? No lo entiendo.

—No puedo contestarte a eso, Maureen. En este momento, es una cuestión de fe, de creer en algo que no vemos y no comprendemos. Tal vez necesitemos encontrar el Libro del Amor para comprender a la perfección lo que deba ser comprendido.

La miró un momento con fijeza, y empezó a sentirse culpable por haberla reprendido. Su prima estaba ojerosa y tenía un aspecto de suma fragilidad. Era un peso muy grande para cualquiera, y la mayoría se habría venido abajo debido a esa presión mucho tiempo antes. Tal vez había ido demasiado lejos.

—¿Desde cuándo no duermes bien?

Maureen se detuvo a pensar y se encogió de hombros.

—Define «dormir».

—Bien, te conozco lo bastante como para no decir toda la noche, pero sí unas cuantas horas seguidas.

Ella sacudió la cabeza.

—No me acuerdo. Hace mucho.

—Tu cerebro necesita descansar y procesar toda la información almacenada, y nunca goza de la oportunidad de hacerlo. Has de dormir un poco.

Maureen asintió.

—Detesto tomar somníferos. Me dejan aturdida y hecha un guiñapo. Entumecen mi cerebro, y no me lo puedo permitir.

—¿Has probado a rezar?

Ella le dedicó un amago de sonrisa.

—¿Por qué no se me había ocurrido?

—Teniendo en cuenta que tienes línea directa con los que tienen oídos para oír, creo que deberías intentarlo. Pedid y se os dará. Entretanto, me voy a casa. Y no volveré mañana a menos que me digas que has intentado dormir un poco y te has aclarado con el Señor tu Dios. ¿Te parece una buena motivación?

—No es motivación, es chantaje, pero estoy demasiado cansada para discutir contigo. Sí, lo prometo.


Fiel a su palabra, Maureen se arrodilló al lado de la cama, como había hecho de niña. Pidió a Easa que la ayudara, que le concediera un poco de descanso y consuelo. Sabía que estaba actuando de una forma ingrata, debido a toda la gracia que le había sido concedida, y lo sentía de todo corazón. Pero a veces era difícil. La responsabilidad era demasiado grande. Necesitaba dormir un poco mejor y sentirse más protegida en todo este proceso.

Después hizo algo que no había hecho en años. Recitó el padrenuestro y trató de recordar cómo encajaba en una rosa de seis pétalos.

—Hágase tu voluntad —susurró—. Lo digo en serio. Y lo siento.

Se acostó y se permitió la liberación que sólo proporciona llorar a solas, tanto rato y con tantas ganas como sea necesario. Esta noche, fue durante mucho rato. Había una letanía en su alma que debía sobrellevar: el dolor, la inseguridad, el peligro, todo cuanto acompañaba las experiencias sobrenaturales que se estaban convirtiendo en algo cotidiano de su vida. Todos los sentimientos y miedos que no podía mostrar al mundo, ni siquiera a sus íntimos. Tal vez, en especial, a sus seres más queridos. Todos necesitaban que fuera fuerte, dependían de ello. Al igual que Matilda, ella era la Esperada, y no tenía derecho a dudarlo ni un momento, ni a ser menos que eso.

Lo peor de todo era la soledad. Parecía de locos decir que estaba sola cuando tanta gente se preocupaba por ella. No sufría de carencia de amor, por lo cual estaba agradecida. Pero la soledad nacía de algo que no podía controlar, la sensación de que nadie podía comprender lo que estaba padeciendo. Era imposible. ¿Cómo podía saber alguien lo que significaba estar en su lugar, cargar con su responsabilidad y no sentirse afectada por ello, sin dejarse atrapar y quedar paralizada? Porque casi nunca podía permitirse el lujo de pensar en la gravedad de lo que estaba intentando conseguir, o por qué se le había encomendado esta misión, para empezar. Tenía que vivir al día y hacer el trabajo recibido, y ser lo bastante fuerte para apechugar con lo que se le cruzaba en el camino.

Y ése era el verdadero dilema, tanto emocional como mental: la paradoja de su vida consistía en que debía ser sensible y vulnerable, abierta desde un punto de vista emocional con el fin de experimentar visiones, escucharlas, creer en ellas. Pero actuar de acuerdo con ellas en el mundo del siglo xxi, duro y cínico, y que había renunciado desde hacía mucho tiempo al misticismo y la fe, exigía una energía tremenda.

No era que sintiera pena de sí misma. Deseaba que al menos una persona en el mundo comprendiera la carga que pesaba sobre sus hombros, para así hablar con ella. Tal vez por eso se estaba sintiendo tan cerca de Matilda, otro ser humano que había experimentado este extraño destino que tenía el poder de ser milagroso y maligno. Eran hermanas separadas por el tiempo y el espacio. Por desgracia, Matilda llevaba muerta mil años y no le servía de gran ayuda. Maureen confiaba en seguir desvelando la vida de la condesa, para así encontrar más consuelo que preguntas.

Cuando se quedó agotada debido a la introspección y más lágrimas de las que había derramado en mucho tiempo, se sintió mejor. Y cansada. Se puso de costado y, por primera vez en años, durmió plácidamente, sin soñar, hasta que el alba rompió sobre Roma y los primeros rayos del sol se reflejaron en el mármol del Panteón.


El padre Girolamo se sintió desconcertado cuando Maureen salió de su despacho. No había previsto esa entrevista con ella ni había esperado que llegara a aquellas conclusiones, y mucho menos tan pronto. O era la visionaria más dotada de todas las mujeres que había estudiado, o estaba recibiendo una extraordinaria guía divina a lo largo de su viaje. Ambas posibilidades despertaban en él un interés tremendo.

Tomó la llave que llevaba colgada alrededor del cuello y abrió el cajón del escritorio. Extrajo los manuscritos proféticos y empezó a pasar las páginas una vez más, sin soltar su precioso relicario.

Canossa

Enero de 1077

Gregorio y Matilda necesitaban tiempo para reencontrar su amor y curar las heridas, después de la penosa exhibición de arrepentimiento de Enrique. Dios les concedió tal gracia, pues el invierno que se acercaba era demasiado severo para permitir el regreso del Papa a Roma. De hecho, Gregorio VII encontró la forma de prolongar su visita hasta un período de seis meses de descanso en Toscana al lado de su amada, que estaba embarazada.

El monje benedictino Donizone escribió más tarde acerca de la temporada que Matilda y Gregorio pasaron en Canossa: «Al igual que Marta sirvió a Jesús, y María se sentó a los pies de Jesús, Matilda escuchaba todas y cada una de las palabras pronunciadas por el Papa».

Vivieron juntos como marido y mujer en Canossa, pues la servidumbre de la fortaleza estaba compuesta por los empleados más fieles, todos los cuales eran miembros de la Orden y habían jurado guardar el secreto de la esposa e hijo del Papa. El día que Matilda dio a luz, se hallaba rodeada de quienes más la amaban.

Al contrario que en su primer parto, se sintió a gusto y bien. Sobre todo, estaba enamorada del padre de su hijo, un bebé concebido de manera «inmaculada», tal como lo definía el Libro del Amor, creado mediante la unión de la confianza y la conciencia. Y como Isobel ofició de comadrona, Matilda supo que el niño y ella estarían cuidados a la perfección. Gregorio se quedó en la capilla, donde Conn le visitaba con frecuencia, y rezó por el final feliz del parto de su amada.

El bebé nació sin grandes esfuerzos por parte de la madre. Era pequeño, pero bien proporcionado. Su llanto vigoroso indicaba pulmones fuertes y buena salud en general. Matilda lloró de alivio cuando apoyó al recién nacido contra su pecho. Sentía una gratitud infinita hacia Dios por aquel hijo, aunque en aquel momento de dicha no podía permitirse pensar en el futuro. No podía pensar en la triste realidad de que jamás podría reconocer en público que aquel preciado ser era su hijo. El mundo no debía saber que Matilda de Canossa había dado a luz a este niño. El mundo no debía saber que este niño era hijo del papa Gregorio VII.

La condesa acercó el niño a su cara, y él la miró con ojos de una sabiduría impropia de un recién nacido. La madre lanzó una exclamación ahogada, al darse cuenta de que ya había establecido contacto visual con este mismo ser en otra ocasión. Le estaban mirando los ojos de su primera hija, la pequeña marcada por la tragedia a la que había puesto el nombre de Beatriz Magdalena pocos minutos antes de que pasara a mejor vida.

¿Era posible que fuera el mismo espíritu, el mismo niño que regresaba en una forma diferente? Matilda estaba segura de que los ojos que estaba mirando eran los mimos que se habían puesto en contacto con ella un brevísimo momento, tiempo atrás. Los ojos eran en verdad las ventanas del alma, y ella sabía que ésas ya las había escudriñado. Su bebé había vuelto con ella en un tiempo y lugar donde su espíritu estaría a salvo.

El tiempo vuelve.

El bebé, a quien ella y Gregorio llamaron Guidone, se quedó con sus padres hasta que el Papa regresó a Roma. Matilda lo conservó a su lado hasta el final del verano, cuando tuvo que ir a reunirse con el pontífice en el palacio de Letrán con el fin de llevar a la práctica el complicado plan que habían trazado durante su confinamiento. El día antes de partir hacia Roma, la condesa confió a su hijo al cuidado de los hermanos de San Benedetto de Po, hermanos de la Orden que le educarían en las tradiciones sagradas de su pueblo. Si Matilda no podía reconocer al niño como propio, al menos le consagraría a Dios.



15

Roma

Octubre de 1077

El rey Enrique IV esperó en Lombardía durante meses en un esfuerzo por evaluar la postura de Gregorio. Ya tenía bastante con sus problemas, pues los duques que habían exigido su rendición al Papa estaban consternados por la habilidad de Enrique para cambiar de chaqueta con tal celeridad. Al darse cuenta sin la menor duda de que el soberano carecía de todo honor, los duques rebeldes de Germania eligieron a Rodolfo de Suabia como nuevo monarca. La mitad de los territorios germanos apoyó esa elección, mientras la otra mantenía la lealtad a Enrique. Una guerra civil sangrienta se estaba gestando. Sin embargo, eso no impidió que Enrique continuara sus ataques contra Gregorio y Matilda.

En Canossa, la pareja había pasado meses juntos trazando una estrategia que protegería los territorios de la condesa, en el probable caso de que Enrique decidiera utilizarla ley sálica para desposeerla de ellos. Como su padre antes que él, el rey germano tal vez intentaría confiscar toda Toscana, pues se hallaba dentro de sus territorios feudales. También podía optar por cederlos a Godofredo de Bouillon, el heredero legal del jorobado, a cambio del juramento de lealtad y una buena parte de los tributos que exigirían al pueblo toscano. Cualquiera de esas posibilidades podía empujar a Italia y Alemania a la guerra. Cualquiera de esas posibilidades sería catastrófica para Matilda y el Papa.

Mientras la condesa y su séquito se acercaban a Roma, Conn se colocó a su lado. Al no estar seguro de cómo la iba a recibir el pueblo de Roma, su intención era estar cerca de ella por si se producía alguna reacción hostil. La posición de Gregorio en Roma era algo delicada debido a su prolongada ausencia, que no había sido del agrado de los cardenales y familias nobles que le prestaban su apoyo. Todos culpaban a Matilda, y Conn estaba preocupado por las represalias.

—De momento, tranquilidad —comentó.

Ella asintió.

—Gracias a Dios. —Cabalgaron en silencio unos momentos, y Matilda volvió a hablar—. Conn, superaremos esta situación. Con la declaración que voy a hacer, creo que volveremos a ganarnos el favor de los romanos.

El gigante celta reflexionó unos momentos.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? Es muy… peligroso, Tilda.

La condesa tragó saliva. Estaba nerviosa por la decisión que había tomado y el anuncio que haría en Roma al día siguiente. Pero también estaba determinada a seguir adelante.

—Es un peligro que estoy dispuesta a asumir, y creo que salvará a Gregorio. Por tanto, es la única medida que puedo tomar. Él significa más para mí que la vida, más incluso que Toscana. No hay ningún peligro que no arrostraría por él.

Fue con este telón de fondo que la condesa de Toscana entró en Roma, decidida a salvar su herencia, fortalecer la posición de Gregorio y la de la Iglesia que pretendían reformar, y frustrar al malvado Enrique de una vez por todas.

Matilda de Canossa se dirigió al palacio de Letrán, vestida para la ocasión con un manto de terciopelo rojo ribeteado de armiño, y tocada con la corona dorada de flores de lis sobre su pesada toca de seda. Su aspecto era tan majestuoso y rico como el de cualquier emperatriz que hubiera reinado jamás. Su apariencia de aquel día sería comentada y documentada para la posteridad por escribas y artistas. Con todas las familias nobles romanas presentes, dispuestas a escuchar su histórico decreto, se irguió en toda su estatura y leyó en voz alta la siguiente declaración:

Yo, Matilda, que soy por la gracia de Dios condesa de Toscana, cedo por el bien de mi alma a San Pedro, por mediación del papa Gregorio VII, todos mis bienes y propiedades, así como todo cuanto poseo por herencia o por derecho. Dono todo lo que me perteneció a la Santa Sede en nombre de mi Señor Jesucristo.

Se hizo un silencio absoluto tras el anuncio de Matilda, mientras los presentes se esforzaban por asimilar lo que acababan de escuchar. ¿Era posible? ¿La condesa de Toscana, la mujer más poderosa de Europa, entregaba todas sus posesiones terrenales a la Iglesia? ¿Acababa de anunciar que todas sus propiedades, que abarcaban casi una tercera parte de Italia, y eran los territorios más ricos y estratégicos, se hallaban ahora bajo el control absoluto de Gregorio VII?

Fue una sorpresa carente de precedentes, y brillante. De un solo golpe, Matilda había protegido Toscana, fortalecido el papado y toda Roma, al tiempo que borraba de un plumazo las pretensiones de Enrique sobre los territorios italianos. Las familias romanas y los cardenales se quedaron estupefactos por aquella tremenda exhibición de lealtad y generosidad, de la que jamás habían sido testigos. Gregorio debía ser un hombre bienaventurado y honorable, más que digno de la tiara papal, si había logrado tan enorme y sin par donación a la Iglesia. Matilda fue proclamada de inmediato salvadora de Roma, mientras un grito se elevaba en Letrán:

—¡Dios bendiga a la condesa Matilda! ¡Que tenga larga vida!


Matilda se trasladó a su casa de Roma para pasar los tres años siguientes con su amado Gregorio, y para organizar en beneficio de la Iglesia la administración de sus territorios. Presentó condiciones especiales para el monasterio de San Benedetto de Po, con el fin de que gozara de la protección del Papa a perpetuidad, pues ahora era un puesto de avanzada importante de la Orden, además de la residencia de su hijo. La condesa y el Papa fueron inseparables durante el tiempo que pasaron juntos en Roma, pero debido a su generosidad para con la Iglesia nadie se atrevía a murmurar al respecto. Su presencia fue aceptada, aunque no siempre venerada, como resultado de su extraordinaria donación. Era la prueba de su inmarchitable amor por San Pedro.

Donizone, quien escribió más tarde sobre los días de Matilda y Gregorio en Roma, dijo: «La sabia condesa conservó las palabras de su santo hombre en el corazón, al igual que la reina de Saba conservó las palabras sagradas de Salomón».

Para Matilda, el anuncio de que donaba sus propiedades al Papa no había sido doloroso. Al fin y al cabo, era su marido.

La respuesta de Enrique al extravagante plan de Matilda y Gregorio de ceder Toscana al trono de San Pedro (su Toscana) fue solicitar de nuevo la dimisión del Papa. Esta vez, el rey fue todavía más lejos, y nombró a un antipapa en lugar de Gregorio. Guiberto, el arzobispo de Rávena que había servido al padre de Enrique antes de él, fue elegido Papa por los obispos alemanes cismáticos.

Gregorio reaccionó excomulgando a Enrique por segunda vez, y también excomulgó al antipapa Guiberto por segunda vez. Las líneas de batalla se habían trazado, y el monarca alemán se encontraba dispuesto a ir a la guerra. Pero ahora se trataba de un conflicto personal, y el rey decidió hundir un poco más el cuchillo en la espalda de su prima, al desposeerla del lugar más venerado de su pueblo: Lucca. Enrique se apoderó de la ciudad y sembró la discordia contra la condesa y d Papa, expulsó al obispo Anselmo y confiscó propiedades pertenecientes a la Orden. Por suerte, habían puesto a buen recaudo el Libro Rosso, al igual que al Maestro y a los demás ancianos de la Orden, quienes se habían trasladado a San Benedetto de Po, bajo escolta armada de Conn. Pero Lucca se separó del ducado de Toscana, exigió la independencia de Matilda y aceptó al antipapa, en connivencia con los señores lombardos cismáticos leales a Enrique. Matilda se sintió contrita por esta pérdida, pero no tuvo tiempo para lamentarse porque el monarca alemán continuó lanzando ataques más despiadados contra Toscana y el papado.

La condesa tenía motivos para alarmarse. Su espectacular donación a la Iglesia la protegía de Enrique…, pero sólo mientras el Papa reinante le fuera leal y le concediera rienda suelta para administrar los territorios a su voluntad. Si Gregorio perdía su respaldo y era sustituido por el antipapa de su primo, Matilda corría el riesgo de perder todo aquello por lo que su familia había luchado por construir y proteger. Y Enrique estaba ganando partidarios, pues los duques del norte de Italia, muchos de los cuales se habían alineado con los contingentes cismáticos desde los primeros días de la investidura de Gregorio, se habían unido para apoyar al antipapa, con la esperanza de evitar la invasión de fuerzas alemanas.

El equinoccio de invierno de 1081 no trajo la celebración habitual de cumpleaños de Matilda, sino noticias peligrosas y preocupantes. Enrique IV había cruzado los Alpes y se dirigía hacia los Apeninos al frente de un ejército invasor. Se disponía a reclamar sus derechos sobre Toscana.

Matilda y Gregorio pasaron la noche en la torre de la Isola Tiberina, barajando posibilidades. La única alternativa de la condesa consistía en regresar a Toscana de inmediato y defender sus territorios. Eran tiempos duros y tristes, mientras reflexionaban sobre la naturaleza alarmante de las circunstancias. El rey alemán invadía con un gran ejército, y Matilda necesitaría a todas sus fuerzas para hacerle frente, fuerzas que Enrique había diezmado de manera sistemática a lo largo de los últimos cuatro años.

—No sé cuándo volveré a verte, paloma mía —le dijo Gregorio, mientras la atraía hacia sus brazos y la besaba con dulzura. Le acarició la mejilla con sus largos dedos y jugó distraído con los mechones de pelo que rodeaban su cara. Daba la impresión de que estaba grabando en su mente las facciones de su amada—. Esta guerra va a más. Dios te envía a Toscana, pero me exige permanecer aquí y defender mi cargo en Roma. Hemos de obedecer su voluntad, por supuesto, pero no puedo decir que la comprenda.

Las lágrimas se agolparon en los ojos de Matilda cuando enlazó sus manos con las de Gregorio.

—Hay que obedecer la voluntad de Dios, querido mío, como siempre. Algún día la comprenderemos, aunque ese momento no sea hoy. Tal vez es la gran prueba que hemos de superar como amantes: la prueba de Salomón y la reina de Saba, saber que hemos de separarnos debido a las exigencias del deber, aún sabiendo que, en realidad, no estamos separados. Porque estamos comunicados en corazones y almas, como ha sido desde el alba de la eternidad. Y lo que Dios ha unido…

Gregorio terminó la frase.

—No lo separe el hombre.

La tomó en sus brazos y en su más profunda fusión de confianza y conciencia, donde sus espíritus se entrelazaron de una vez por todas en la unión apasionada de los cuerpos.


Cuando Matilda regresó a Toscana, dispuso la creación de una obra de arte como regalo para Gregorio. Ordenó que mandaran a su hijo a Canossa. Guidone era ahora un muchacho toscano de cinco años, listo y floreciente, de rizos oscuros y ojos grises, la viva imagen de su padre. La condesa se sentaba con él sobre el regazo, cuando podía impedir que se moviera, mientras un monje de San Benedetto, un iluminador de gran talento, pintaba su retrato. Como era preciso entregar el retrato al Papa en estos tiempos tan convulsos, adoptó la guisa de la típica virgen con el niño. Matilda vestía las suntuosas sedas azul celeste que siempre llevaba en público, y se cubría el pelo con la toca y el velo tradicionales, bajo la corona que la identificaba como descendiente de Carlomagno. La tiara dorada estaba cubierta de flores de lis, y la corona tachonada con las mismas cinco joyas que aparecían en la portada del Libro Rosso. La fortaleza de Canossa estaba pintada en la parte superior del pergamino, y la paloma de su tradición flotaba sobre la imagen de madre e hijo.

A los ojos de un observador cualquiera, se trataba de un retrato piadoso de una virgen y su hijo. Para el papa Gregorio VII, era la amada imagen de su esposa y su hijo.

El destino es la búsqueda. El destino es el encuentro.

El que busca ha de continuar la búsqueda hasta encontrar, pues buscar es la sagrada tarea que impulsa a todos los hombres y mujeres que desean realizarse por completo. ¿Y si todos dejáramos de buscar a Dios? El mundo se oscurecería, pues careceríamos de medios para comprender la luz.

Pero los que saben que deben buscar ya han encontrado a Dios.

En el encuentro se produce un trastorno, la certeza de que todo cuanto creíamos ajeno al amor de Dios es una fantasía.

Y, por fin, hay asombro. Asombro de que el mundo creado por la Divina Voluntad es más perfecto y hermoso de lo que habíamos imaginado.

Del Libro del Amor,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Roma,

En la actualidad

Guidone.

Maureen fue la primera en comentar el nombre del hijo de Matilda, pero Bérenger ya había llegado a la misma página.

Recuperó las copias del documento que habían enviado al château, el árbol genealógico que empezaba con un niño llamado Guidone, nacido en Mantua en 1077. Se las enseñó a Peter y Maureen.

—Ahora lo entiendo —explicó—. Cuando recibí este documento, investigué la posible relación de Miguel Ángel con todo esto. Encontré diversas referencias al hecho de que, en vida, afirmaba ser descendiente de Matilda de Toscana. Le ridiculizaron por esta afirmación, pues toda la historia documentada sobre la condesa concluye que sólo tuvo una hija, Beatriz, muerta el día de su nacimiento. Miguel Ángel se negó a dar más explicaciones, aparte de insistir en que sabía quién era, y en que era descendiente de Matilda.

—De modo que lo sabía —intervino Maureen—. Sabía lo de Matilda y Gregorio, y sabía lo de Guidone, porque descendía de su estirpe.

Bérenger asintió.

—¿El arte salvará el mundo? Esto abre toda una nueva investigación sobre las obras de arte que ese genio creó, ¿verdad?

Maureen dio un codazo a Peter, sentado a su lado, en las costillas.

—Como la fascinante y joven Pietà, que no es una madre sosteniendo a su hijo.

Peter asintió.

—Tal vez deba reconocer que existe cierta base en todo esto. Te das cuenta de que esto nos plantea más preguntas que respuestas, ¿no?

Maureen rió.

—¿No ocurre siempre?

Pero las preguntas sobre la contribución de Miguel Ángel a la protección de la verdad tendrían que esperar a posteriores investigaciones. La policía romana había llegado para tomar declaración a Maureen sobre el robo en su habitación. Si bien lo consideraban un hurto rutinario, Bérenger y Peter estaban convencidos de que el ladrón del ordenador y las libretas buscaba las anotaciones del diario de la escritora.

Maureen no sabía muy bien qué pensar, aparte de que se sentía muy frustrada por la pérdida, y ahora carecía de medios para seguir la pista de sus pensamientos o sueños. Tal vez esa noche dormiría sin tener sueños.


Agotada por los acontecimientos del día, Maureen decidió acostarse pronto. Mientras se zambullía en el sueño, su último pensamiento fue la sorprendente conclusión de que Lucía Santos y ella eran hermanas de espíritu. Menos mal que no iba a soñar. La visión que tuvo fue más vívida que nunca.

Avanzaba a través de la niebla, la pesada cortina gris plateada típica de la campiña irlandesa, muy cerca de la costa occidental. Era medianoche y las calles de Knock estaban desiertas. Las tiendas de recuerdos, con sus rosarios de mármol de Connemara y las postales lenticulares hacía mucho rato que habían cerrado sus puertas a los peregrinos. Maureen paseaba sola, en dirección a la iglesia dedicada a san Juan Bautista, con su aguja que apuntaba al cielo. El templo brillaba a la luz de la luna entre la niebla, y cuando se acercó más al ahora famoso gablete sur, un brillo iridiscente surgió del lado izquierdo de la pared.

Las figuras aparecieron de una en una, empezando por la izquierda. El hombre de más edad fue el primero en surgir de la luz remolineante plateada casi tangible. Era como los aldeanos lo habían descrito ciento cincuenta años antes: pelo y barba gris. No obstante, su presencia era impresionante. Comunicaba una energía más paternal que patriarcal. Indicó con un ademán de las dos manos el otro lado de la pared, como si creara una nueva imagen a partir del resplandor. Esta figura apareció a la derecha de Maureen, mientras la luz aumentaba y aparecía el segundo personaje. Era el hombre más joven, el que los aldeanos habían identificado como Juan Evangelista. Era muy joven, plasmado con el mismo pelo largo que los artistas del medioevo y el Renacimiento utilizaban para representar a un hombre joven. Su presencia también era impresionante, pero con un aura muy diferente del otro. Iba ataviado con vestiduras y estaba predicando. Maureen no oía sus palabras, pero eran fuertes y sinceras, y henchidas de amor. Este joven poseía una gracia que derritió su corazón mientras le miraba. El libro que sostenía se veía con claridad a través de la luz centelleante: era enorme, pero el joven lo mantenía en equilibrio sobre una sola mano, sin el menor esfuerzo aparente, mientras lo leía. El libro estaba forrado de lo que semejaba piel de un rojo intenso, con tapas de oro. Cinco adornos dorados embellecían la cubierta, formando una equis. Mientras Maureen intentaba examinar la apariencia del libro, un intenso estallido de luz que se produjo en el centro de la pared la distrajo.

Ambos hombres, el mayor y el más joven, se volvieron hacia el centro y señalaron la aparición que estaba surgiendo de la luz con gracia infinita. Era la mujer más hermosa que Maureen había visto en su vida, sublime, elegante, airosa. Su vestido era plata líquida, y estaba coronada con un halo de estrellas centelleantes. Lirios blancos y rosas rojas estaban entretejidos en sus prendas. Flotaba sobre las demás figuras, etérea y angelical. Al igual que el joven, daba la impresión de que la mujer también predicaba. Su postura comunicaba una autoridad absoluta, la convertía en la figura central del cuadro, que trasmitía un mensaje silencioso con gran intensidad. Maureen contemplaba la escena como hipnotizada, hasta que la mujer la miró de repente. Dirigió a Maureen una frase claramente audible.

No soy quien crees.

Sonrió, con una expresión bañada por la luz de la luna y las estrellas, y miró primero a Maureen, después al joven y, por fin, al mayor. La mujer extendió las manos hacia cada uno. Cuando los hombres se acercaron a ella, la luz aumentó de intensidad y las tres figuras se fundieron a la perfección en un brillante estallido de luz eterno.


Todavía era plena noche en Roma, y los focos del Panteón se habían apagado hacía mucho. Maureen despertó en una habitación a oscuras, en agudo contraste con las visiones luminosas que habían predominado en su sueño.

El sueño sobre Knock. El sueño sobre las apariciones. El sueño sobre una forma femenina de asombrosa belleza que sólo le había dicho una cosa.

Encendió la lámpara de la mesita de noche y se sentó, mientras se frotaba los ojos para despejarse. Buscó su libreta guiada por el instinto, hasta recordar que se la habían robado. Fue al minibar y sacó una botella de agua de San Pellegrino. Luego se acercó al escritorio donde reposaba el bloc de notas del hotel. Garabateó:

No soy quien crees.

Pues… ¿quién era?

Maureen cruzó la habitación y abrió la ventana que daba a la plaza de la Rotonda. La luna estaba casi llena, de color cera, y arrojaba la única luz que bañaba la plaza. La encantadora fuente gorgoteaba todas las horas del día y de la noche, y era este sonido relajante lo que estaba escuchando Maureen cuando su mirada se posó sobre el obelisco, un monumento transportado desde Egipto a Roma a costa de grandes dispendios y esfuerzos, en principio un templo dedicado a Isis. Isis, quien para los egipcios era la gran señora de los misterios. Isis, la madre de los dioses. Isis, a la que tanto romanos como egipcios llamaban la Reina de los Cielos.

La Reina de los Cielos. Este término había sido utilizado para definir cierto número de grandes entidades femeninas espirituales: Isis, la Virgen María, numerosas diosas de casi todas las culturas de Oriente Próximo, como la sumeria Inanna y la mesopotámica Ishtar, la hebrea Asherah, y hasta María Magdalena, llamada así por sus seguidores herejes franceses.

Si existía una reina de los cielos, ¿no implicaba esto que había un rey? ¿Estarían casados? ¿Reinaría la igualdad entre ellos?

Maureen pensó con detenimiento en el sueño del que acababa de despertar y repasó cada detalle de las apariciones. El orden en el que habían aparecido las figuras debía ser importante. El primero que se materializaba en el sueño era el hombre mayor.

El Padre.

El siguiente en aparecer era el joven.

El Hijo.

Y la aparición final, el ser femenino etéreo, de tanta luz y resplandor, cuyos pies ni siquiera en el sueño podían tocar el suelo.

El Espíritu Santo.

Maureen sabía que los aldeanos de Irlanda habían presenciado una visión santa y bienaventurada. Pero no habían visto a la Virgen María, su marido y Juan Evangelista. La aparición de Knock representaba la Santísima Trinidad.

Y dentro de dicha trinidad, el Espíritu Santo era fundamental. Y femenino.

Llamó a su primo cuando consideró que era una hora civilizada. Por suerte, estaba levantado. Y su sueño le fascinó.

—Peter, ¿alguna vez se ha considerado femenino el Espíritu Santo? Para nosotros siempre ha sido masculino, pero ¿se produjo una evolución posterior?

Su primo le explicó que existían tradiciones convencidas de que el Espíritu Santo era femenino, pero se consideraban «elementos marginales», y por tanto heréticos. O cosa de chiflados.

—En Grecia, la palabra más utilizada para espíritu es pneuma, de género neutro. Se da por supuesto que es masculino, claro está. Pero hay quienes defienden que el género es diferente en otros idiomas, en concreto en el hebreo y el arameo, y creo que en el sirio.

—¿Y la paloma? —preguntó Maureen—. En el arte se suele representar así al Espíritu Santo. Y la paloma es femenina, ¿verdad?

—Bien, la paloma representa al Espíritu Santo porque aparece en el bautismo de Jesús en el Jordán. Pero tienes razón, adopta un simbolismo femenino en otras ocasiones. Los gnósticos creían que el Espíritu Santo era femenino, bajo la guisa de Sofía, que es la entidad que representa la sabiduría divina femenina, una especie de diosa, pero más eminente. A veces, también la representan como una paloma.

Maureen estaba pensando en la autobiografía de Matilda.

—¿Como en el Cantar de los Cantares? ¿Paloma mía? ¿Mi perfecta? ¿Podría existir una relación? ¿Habla el Cantar de la unión de Dios con su equivalente, la llamaremos esposa a falta de una palabra mejor, como en el caso de Salomón y la reina de Saba?

La cabeza de Peter daba vueltas, y sólo eran las nueve y media de la mañana.

—Concédeme unas cuantas horas para terminar algunas traducciones, y nos veremos a la hora de comer.

Fiel a su palabra, Peter se presentó a mediodía en la habitación de Maureen con varias carpetas en las manos. Utilizaron el escritorio de la suite, así como la cama, para esparcir los papeles que el sacerdote había reunido para examinarlos. Antes de zambullirse en el trabajo, Maureen le preguntó a su primo sobre la oración conocida vulgarmente como el avemaría.

—No debo recordarte el origen de la oración, pues fuiste tú quien me lo enseñó.

—Lucas, capítulo uno.

—Ajá. Es canónica, como el padrenuestro. Pero sólo en parte. Porque ¿qué más me enseñaste sobre Lucas, capítulo uno? ¿Y qué más sabemos de nuestro Lucas?

—Lucas fundó la Orden del Santo Sepulcro, de modo que estamos buscando cuál pudo ser su motivación, ¿de acuerdo? Bien, sé adónde nos conduce esto. En el Nuevo Testamento, el nombre de María no se utiliza. Fue añadido con posterioridad. La oración, tal como la recita el ángel Gabriel, era: «Salve, llena eres de Gracia. El Señor sea contigo, bendita seas entre todas las mujeres».

Maureen volvió a asentir.

—En este contexto, la oración habla de la Madre de Jesús, pero lo que estoy diciendo es esto: ¿y si no hablaba sólo de ella? ¿Y si es una de las muchas mujeres elegidas para encarnar este aspecto de Dios? Este aspecto creativo, fértil, maternal, que da a luz una nueva vida. ¿Y si su nombre no se utilizaba en el saludo original, porque Lucas nos estaba enseñando que este saludo está dedicado a todas las mujeres de gran fe y amor, que conciben, como nos cuenta Matilda, con confianza y conciencia? Es decir, según el Libro del Amor y el Evangelio de Felipe, la definición de una concepción inmaculada.

Peter necesitaba asimilar la idea, y decidió que el mejor enfoque era repasar las notas que había tomado antes y ver si corroboraban la nueva teoría de Maureen.

—Empecemos con el canon tradicional, porque creo que es el que posee el impacto más inmediato y poderoso. He traído algunos ejemplos críticos de interpretación. La interpretación es fundamental —dijo al tiempo que sacaba dos hojas de papel—. En primer lugar, quiero enseñarte un versículo del Evangelio de Juan que ilustra esto a la perfección. Ésta es la traducción del griego al inglés universalmente aceptada, la versión del Rey Jaime. Es Juan catorce, versículo veintiséis. Dice así: «Pero el Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».

Peter extendió una hoja de papel en la que había impreso sólo ese versículo. Después le entregó la otra, con el mismo versículo en una traducción diferente.

—Ahora, echa un vistazo a esto. Es la traducción del arameo, y coincide con otra en sirio que fue tomada de los pergaminos encontrados en el monasterio de Santa Catalina de Alejandría, en el monte Sinaí, pergaminos anteriores a los textos griegos. A ver qué opinas.

Maureen leyó en voz alta la traducción más antigua.

—«Pero Ella, el Espíritu, el Paráclito, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.»

Se dejó caer sobre la cama.

—Caramba. Subraya el género femenino. —Reflexionó unos momentos—. ¿Cómo se traduce la palabra Paráclito?

—Suele traducirse como «consolador», o incluso «consejero». Pero creo que la traducción más precisa es «el que intercede». En «te caso, podríamos decir que el Paráclito intercede entre los humanos y su Padre que está en los cielos.

—Un papel muy femenino y maternal, ¿no?

—También está relacionado con un interesante concepto del Antiguo Testamento, el del «consolador». Fíjate en este pasaje, Isaías, capítulo sesenta y seis, en el que compara a Yahvé con una madre que consuela a sus hijos. Isaías abunda en referencias al hecho de que Dios se comporta como una madre: Dios es una mujer de parto, Dios es una madre que da a luz y protege a Israel. En hebreo, la palabra equivalente a Espíritu Santo es ruach, que puede ser masculina o femenina, según se use. Es parecida en arameo, en que la palabra es ruacha. Pero no cabe duda de que es femenina.

Peter levantó otra hoja con dos traducciones.

—Ya sé que no eres una gran admiradora de san Pablo, pero aquí hay una cita importante de Romanos, capítulo ocho, que nos da motivos para reflexionar. La Biblia del Rey Jaime dice: «El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios». Pero compárala con el arameo.

Le entregó una hoja a Maureen, quien leyó en voz alta.

—«Ella, la Ruacha, se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios.»

Peter extrajo los últimos documentos de su sesión de investigación matutina.

—Echa un vistazo a esto, del Evangelio de Felipe, que nos interesa mucho para nuestra búsqueda del Libro del Amor. Creo que este párrafo es la pista decisiva.

Maureen miró la copia del Evangelio Gnóstico de Felipe. En lo alto de la página, su primo había añadido la fotocopia del rollo original en copto, lo cual indicaba que aquellas líneas cruciales procedían de la página 57, plancha 103. La traducción al inglés de Peter estaba al lado. Rezaba:

Algunos dicen que María quedó encinta por la gracia del Espíritu Santo.

Pero no saben lo que dicen.

¿Cómo puede lo femenino fecundar a lo femenino?

Maureen y Peter se miraron un momento, y dejaron que el párrafo hablara por sí mismo con su poder sencillo y puro. Por fin, ella rompió el silencio.

—¿Todo esto gira en torno a algo muy diferente de lo que habíamos sospechado, Pete?

—¿Qué quieres decir?

—Bien, yo pensaba que íbamos a reivindicar la figura de María Magdalena, para que la gente comprendiera quién fue y el motivo de su importancia. Fue la esposa de Jesús, su mejor amiga y compañera, y su sucesora. Trajo el cristianismo a Europa, y ella y sus hijos arriesgaron todo con tal de que floreciera y perdurara. Eso, en sí mismo, es algo muy difícil de conseguir.

—Pero…

—Pero… ¿y si eso no es lo que cuenta? Sí, tiene su importancia por supuesto, pero tal vez no sea lo más fundamental.

—Continúa.

—Tal vez María Magdalena simboliza algo más trascendental. Más que la esposa de Jesús en su aspecto humano, puede que represente a la esposa de Jesús en su aspecto divino. Él es Dios y ella la amada de Dios. Su otra mitad. Así en la tierra como en el cielo.

—¿El aspecto femenino de la divinidad?

—Sí, pero no en la forma considerada pagana de una diosa o alguna deidad menor. Sino como un aspecto de Dios. La faceta femenina de Dios, si quieres. La mitad femenina que complementa la mitad masculina de Dios. En este caso, plasmado en la forma del Espíritu Santo.

Peter estaba meditando sobre esto último mientras repasaba las notas que había tomado por la mañana.

—Deja que te lea algo que considero muy interesante. «Se ha especulado que el nombre de Dios, Yahvé, tal vez haya evolucionado de Ya-hu, que significa “Paloma Eminente”, y era el nombre de una antigua diosa de la creación, esposa de Dios, a quien llamaban El. Los dos, El y Ya-hu, se fundieron en uno y se les llama por el singular Yahvé, que más adelante se convierte en una denominación puramente masculina.» Para ser justos, existen muchas teorías sobre el origen de Yahvé, y ésta es una más, que muchos estudiosos no aceptan.

Maureen rió.

—En los últimos tiempos he descubierto que prefiero las teorías no aceptadas por los estudiosos. El escritor esotérico francés Louis Charpentier dijo en una ocasión que cuando la historia y la tradición discrepan, ya puedes estar seguro de que la historia se equivoca. Yo le apoyo. Prefiero las tradiciones vivas que han perdurado en Francia e Italia durante miles de años que un conjunto de principios académicos destinados a apoyar las estructuras de poder por encima de la verdad.

Se acercó a la ventana, la abrió de par en par para dejar entrar el aire de finales de primavera, y miró el obelisco de Isis. A su derecha, a unos cientos de metros, se encontraban una piazza y una iglesia dedicada a María Magdalena. A su izquierda, a la misma distancia, había una iglesia dedicada a la Virgen María y construida sobre un templo erigido en honor de la diosa de la sabiduría, en este caso de los romanos, Minerva, pero conocida también como Sofía, la Señora de la Divina Sabiduría. Delante de ella tenía un obelisco en honor a Isis.

—Notre Dame —dijo de repente.

—¿Qué pasa con él?

La mente de Peter materializó de inmediato el monumento gótico de París.

—Él no, ella —corrigió Maureen—. Notre Dame. Nuestra Señora. Durante dos años he estado defendiendo que todas las iglesias de Francia dedicadas a Notre Dame estaban dedicadas a María Magdalena, ¿verdad?

Su primo asintió. Él la había ayudado en aquella investigación tan convincente. Estaba claro para los dos que las iglesias de Notre Dame, y las iglesias que contenían estatuas de «Vírgenes Negras», estaban relacionadas con la herejía de la Magdalena.

—Bien, lo están, estoy segura, y tú también. Pero ¿y si la cosa no acaba ahí? ¿Y si todas «Nuestras Señoras», sean la Magdalena, la Virgen, Isis, Minerva o Sofía, son lo mismo? ¿Y si nos están diciendo que Dios tiene un aspecto femenino, o que Dios tiene una esposa amada? ¿No podrían estos templos haber sido construidos para restaurar el equilibrio? Sabemos que todas las catedrales góticas, todas las llamadas Notre Dame, eran templos erigidos a la gloria de Dios. Pero ¿estaban dedicados a la gloria del aspecto femenino de Dios? Ella es Notre Dame. Nuestra Señora. En todas sus apariencias. Porque todas son importantes, con independencia de la personificación que adoptan en la tierra.

Peter tuvo una idea.

—¿El tiempo vuelve?

No tuvo tiempo para terminar su pensamiento, pues una llamada a la puerta les interrumpió. Era Lara, de recepción. Un correo había entregado un sobre para Maureen, y la mujer había pensado que tal vez estaba relacionado con la maleta y el ordenador robados.

La escritora le dio las gracias y entró de nuevo en la habitación. Reconoció de inmediato el tipo de tarjeta y el extraño monograma. Las pistas sobre «Salve, Ichthys» habían llegado en un tipo de papel idéntico. La nota era muy sencilla.

Génesis 1, 26

Génesis 3, 22

Amor vincit omnia,

Destino

Maureen fue la primera en hablar.

—Mira el número del segundo versículo: tres, veintidós.

Peter ya se le había adelantado. Era lo primero en que había reparado. Cuando su prima le había referido su sueño, se había fijado en la «coincidencia» de su fecha de nacimiento y la de Lucía Santos, ambas habían nacido el mismo día.

—Tu fecha de nacimiento.

Ella asintió.

—¿Conoces el versículo?

—Bien, no puedo citar el Génesis de memoria, pero el capítulo uno es la creación y el capítulo tres es la expulsión del jardín. Llevo encima mi Biblia de bolsillo para buscar referencias. Sólo está en inglés, pero más tarde buscaremos versiones anteriores y formas de expresión antiguas.

—Empieza con el primer versículo de la lista. Génesis uno, veintiséis.

Peter lo encontró enseguida.

—Creación: «Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y que mande en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra”».

Fue al tercer capítulo y localizó el versículo veintidós.

—Este versículo sigue al momento en que Adán y Eva comparten la fruta del jardín. «Y dijo Yahvé Dios: “¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del Árbol de la Vida y, comiendo de él, viva para siempre”.»

Maureen se puso a reír.

—Bien, no sé quién es Destino, pero quiero darle las gracias por hacerme el trabajo.

Peter estaba distraído.

—¿Qué quieres decir?

—Ambos pasajes se refieren a Dios en la forma plural. Hagamos al ser humano a nuestra imagen, he aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros. Tenía la intención de buscar todos los pasajes de las Escrituras en que Dios se refiere a sí mismo en plural, y ahora ya no tengo que buscar esa información.

Peter consideró la sincronicidad más inquietante que tranquilizadora, y aún no estaba convencido de que el cerebro de la trama no fuera el criminal de la pistola.

—Déjame ver otra vez la tarjeta.

Maureen leyó primero el lema en latín.

—También pone Amor Vincit Omnia. Hasta yo lo sé traducir. El amor lo conquista todo. Aparece en muchos fragmentos del Libro del Amor que Matilda cita en sus memorias. Pero ¿no es de Virgilio? ¿Hemos de creer que Jesús estaba citando poesía romana antigua? Porque hasta ahí no llego.

—No estoy seguro de que sea necesario —replicó Peter, lo cual sorprendió a Maureen—. Mira, se supone que debo ser la voz de la razón, pero es fascinante. Si Jesús tuvo una educación influida por la antigüedad clásica, tal vez leyó a Virgilio, que sólo le precedía en una generación. Además, Virgilio suele recibir el mérito de haber anticipado la llegada de Jesús en la misma obra, las Églogas, donde utiliza la frase El amor lo conquista todo. Se dice que la Égloga cuatro versa sobre la natividad. Por lo tanto, existe una fuerte relación, y tal vez un esfuerzo deliberado por relacionar otra profecía mesiánica con su legado. O puede que esta idea de El amor lo conquista todo sea completamente universal y arquetípica, y continúa volviendo y reciclándose en diferentes generaciones a lo largo y ancho del globo.

Maureen comprendió de inmediato.

—Lo cual constituye otro aspecto del posible significado de el tiempo vuelve.

Él asintió mientras echaba un vistazo a la firma de la tarjeta.

Destino.

Maureen hizo una pausa antes de formular una pregunta cuya respuesta ya sabía.

—Pete, ¿qué significa destino en italiano y español?

—¿Destino? Puede significar destino o destinación. O ambas cosas.

Antes de que pudiera pensar en la relación entre la revelación de Peter y su sueño de Easa, sonó el teléfono.

El padre Girolamo di Pazzi necesitaba ver a Maureen con urgencia.

Ciudad del Vaticano

En la actualidad

¿Sabe lo que es esto?

Maureen contempló las páginas amarillentas del manuscrito que descansaba sobre el escritorio del padre Girolamo, y negó con la cabeza en respuesta a la pregunta del anciano sacerdote. No sabía con exactitud qué era, y por lo tanto no estaba mintiendo.

—Mire con atención —dijo el hombre con voz ronca—. Esto, en concreto. —Le tendió una página y ella la aceptó—. A ver qué opina.

Maureen pegó un bote cuando el papel entró en contacto con sus manos. Aquellas páginas albergaban poder. Poder verdadero. Contempló los versos, con más curiosidad que cautela.

—Están en francés. Lo siento, no lo hablo muy bien.

—Da igual. No hace falta que traduzca estos versos con su mente. Los ha de traducir con el corazón. Pruebe.

Leyó la primera línea en francés. Le temps revient.

—El tiempo vuelve —dijo en voz baja.

El padre Girolamo asintió.

—Ya sabe lo que es.

Estaba convencida de que sostenía en sus manos un fragmento del Libro Rosso, o al menos una traducción antigua. Pero no podía admitirlo. Si lo hacía, revelaría que el manuscrito de Matilda estaba en su poder, y a estas alturas no estaba dispuesta a hacerlo. Habría demasiadas preguntas. Si bien Peter estaba seguro de que el padre Girolamo era de confianza, Maureen no confiaba en nadie dentro de los muros de Ciudad del Vaticano. Además, no habían permitido que Peter la acompañara, lo cual era sospechoso. El sacerdote insistió en que la reunión estaba limitada a ellos dos.

—¿Es… poesía? —preguntó Maureen sin convicción.

El anciano procuró disimular su creciente irritación y le habló con dulzura.

—Es una profecía. Escrita en cuartetos. ¿Puede continuar leyendo?

Maureen miró los versos, con manos temblorosas. ¡Sí!, tuvo ganas de gritar. Podía continuar leyendo, y sabía el significado de las palabras, y quién las había escrito. La página que sostenía en las manos resonaba en todo su cuerpo.

—Choisi... —murmuró. El francés parecía medieval, o quizá de principios del Renacimiento—. Algo acerca de ser elegido. Hay un montón de palabras sobre el amor… Es lo único que sé traducir, lo siento.

El padre Girolamo palmeó su mano con delicadeza.

—No se precipite, hija mía. Tómese su tiempo y relájese. No quería someterla a tal presión. —Sacó otra página. Parecía la primera del manuscrito—. A ver qué opina de esto.

Era una página de dedicatoria, y logró descifrar que su destinatario era el papa Urbano VIII. Se interrumpió cuando llegó a la línea siguiente.

Les Prophéties de Nostradamus.

—¿Nostradamus? —preguntó Maureen, confusa.

—Sí, sí. Se han atribuido a este famoso francés.

Era incapaz de negar con la cabeza o protestar, ni tampoco podía aceptar que sabía que no eran obra de un médico francés de Provenza del siglo xvi. Pero no tuvo que hacerlo.

—Pero como ya sabe usted —el padre Girolamo le guiñó el ojo con expresión de complicidad—, estas profecías no son obra del famoso francés. Dígame, ¿qué cree que podría significar Les Prophéties de Nostra Damus?

Separó las sílabas del nombre a propósito, lo cual consiguió que Maureen lanzara una exclamación ahogada.

Oculto a la vista de todos. Las Profecías de Nostra Damus.

—Las Profecías de… Nuestra Señora.

Maureen llamó a Tammy al móvil, mientras atravesaba la plaza de San Pedro en busca de su propio Pedro.

—Debemos una disculpa a Nostradamus —dijo cuando su amiga contestó desde el château de Arques.

Luego continuó explicando lo sucedido en el despacho del padre Girolamo.

—Nostradamus no era un plagiario. Estaba protegiendo las profecías. Las protegía e intentaba que su generación las comprendiera. No podía salir a la calle y decir: «Éstas son las profecías de la hija de Jesús», cuando la Inquisición estaba al acecho al otro lado de la frontera. Así que las escondió a la vista de todos, dentro de su nombre, el nombre que su familia había adoptado a propósito cuando se convirtió a una orden muy concreta del cristianismo. Una Orden con O mayúscula.

Cortó cuando vio que Peter se acercaba, y prometió a Tammy que la llamaría más tarde y le contaría los detalles de lo que estaba aconteciendo en Roma.

El padre Girolamo estaba muy complacido con la entrevista. Aunque sabía que Maureen estaba ocultando algo, también había visto su reacción a las páginas del manuscrito. Sería paciente y bondadoso con ella, y esperaría. Estaba muy seguro de que la curiosidad de esa mujer la impulsaría a volver para averiguar más cosas.

Salerno

1085

Gregorio VII se estaba muriendo.

Los últimos años de su vida habían puesto a prueba los límites de su fe. De haber gozado de la oportunidad de estar al lado de Matilda durante aquellas pruebas, habría aguantado lo que Dios le hubiera deparado, pero llevaban ocho años separados, desde aquella última noche en Roma. Era extraño, pero ambos habían sabido que era su última noche juntos. Cuando ella le envió el retrato nada más llegar a Toscana, fue su forma de reconocer que no estaban destinados a encontrarse de nuevo en su envoltura terrenal. Pese a su naturaleza de reina guerrera, la condesa era una mística muy dotada. Sabía que su separación iba a ser definitiva.

También sabía, al igual que él, que su separación sólo era física. Sus espíritus estaban unidos, sus corazones y sueños eran uno y el mismo. Matilda había demostrado una y otra vez que era la más leal y devota de las almas. Cuando Enrique IV marchó sobre Roma, ella envió a todos los hombres de Toscana que pudo reunir para defender a Gregorio. Cuando no quedaron suficientes hombres en Toscana, vendió todo lo que tenía y contrató a mercenarios de toda Europa. Hasta fundió sus joyas particulares, salvo el anillo que le habían dado el día que cumplió dieciséis años. Desvalijó sus propios monasterios e iglesias, liquidó todo cuanto pudiera ser utilizado para apoyar la causa del Papa. Durante los dos últimos años, Matilda de Toscana había dilapidado su fortuna personal para defender al hombre al que amaba y apoyar su causa mutua. Que eso no fuera suficiente, que fuera incapaz de salvarle, era su mayor congoja.

Después de una lucha larga y sangrienta, Enrique IV había logrado deponer a Gregorio VII e instalar un Papa títere en el trono de San Pedro. Roma era un caos. Gregorio se vio obligado a exiliarse a la ciudad costera de Salerno, donde su familia poseía grandes propiedades. Intentó reclutar el apoyo de los aliados normandos, pero el dominio de Enrique en Italia era absoluto. El papado de Gregorio había terminado, y con él su vida. En su exilio, no pudo escribir a su amada, ni salvar a Roma y a su Iglesia del tirano que se autoproclamaba rey. Había perdido la voluntad de continuar adelante, y la enfermedad le estaba minando.

Llamó a uno de sus hombres de confianza y le pidió que escribiera una última cara. Rezó para que pudiera llegar a su destino, a través de las llanuras asoladas por la guerra de Italia. Entregó al hombre uno de los escasos tesoros que le quedaban, un anillo de oro con la efigie de san Pedro tallada en una cornalina, y le hizo jurar que el paquete llegaría a su destino. Que el hombre fuera honrado e intrépido fue el regalo final de Dios a Gregorio VII antes de que abandonara la tierra para ascender a los cielos el 25 de mayo de 1085.

En sus últimas palabras, dictadas a un escriba, Gregorio VII susurró:

—He amado la justicia y odiado la iniquidad. Por consiguiente, muero en el exilio.

Canossa

Junio de 1085

Conn comunicó a Matilda la noticia de la muerte de Gregorio, aunque no la sorprendió. Sabía cuándo había sucedido, en qué minuto de qué día.

—No pierdes la otra mitad de tu alma sin sentirlo en todas las fibras de tu ser —dijo en voz baja—. Hace semanas que le lloro. Mucho antes de que la noticia llegara a Canossa.

El guerrero asintió. Había estado ausente en una crisis militar tras otra, y no había podido estar a su lado para consolarla tal como él habría deseado. Se la veía majestuosa en su dolor, como una reina que había perdido a su rey, pero sabía que tenía una obligación para con su pueblo.

—Tilda, un mensajero ha traído un paquete hoy. De Salerno.

Ella tragó saliva. No lo esperaba. Recibir un mensajero de Salerno en Toscana, con el clima actual de guerra generalizada, era casi imposible. Que hubiera llegado sano y salvo sólo podía deberse a la protección divina. Tomó el paquete de manos de Conn y lo abrió con cuidado, mientras musitaba una oración de gracias por la llegada de algo que tal vez le concedería un postrer momento con su amado.

El paquete contenía el retrato de ella y Guidone, la imagen en azul pintada como una virgen y el niño que había enviado a Gregorio cuatro años antes. Leyó la carta que lo acompañaba:

Mi amada, mi perfecta, mi dulce paloma:

Cómo te echo de menos, cómo te he anhelado en estos tiempos difíciles. Si bien Dios ha elegido abrumarnos con estas terribles pruebas, ninguna más dolorosa para mí que no poder decirte cuánto agradezco todo lo que has hecho, entregado y sacrificado por nuestra idea del amor y la igualdad. Sé los sufrimientos que te ha causado, a ti y a tu pueblo. Rezo muchas veces al día para que Dios te proteja y tu fe te traiga la paz.

Como mis días sobre la tierra se están acabando (lo más probable es que me haya reunido con nuestros padres en el cielo cuando recibas esta carta), quería devolverte este retrato. Pues es el único objeto que me ha conservado con vida durante el terrible período del exilio. Era esta imagen de tu fuerza, y de la promesa de Guidone, la que me dio esperanzas cuando no existían. Era el recordatorio de tu belleza, y de la naturaleza sagrada de nuestro amor, lo que me insufló energías. Este retrato es la posesión más valiosa de mi vida, y como voy a morir no quiero que se pierda. Por tanto, te lo devuelvo, para que sepas lo que ha significado para mi corazón y espíritu durante estos años que ha estado en mi posesión.

Mis últimas palabras para ti, amada mía, son éstas: no llores por mi desaparición. Celébrala. Pues ahora podré estar a tu lado cada día, y nada, ninguna fuerza humana o terrenal, me separará de ti. Lucharé a tu lado por la verdad y la justicia.

Semper. Siempre.

Conn, que estaba detrás de ella mientras leía, la dejó sola cuando vio que su cuerpo empezaba a estremecerse. Mientras avanzaba a toda prisa por el pasillo para concederle la privacidad que iba a necesitar, oyó la explosión de sollozos que resonaban en las antiguas piedras de Canossa. Nunca, en toda su vida, había oído algo más sobrecogedor que el dolor de Matilda.

Os digo que sólo hay dos mandamientos que deben importar a todos los hombres y mujeres en todo momento, y son:

Ama a Dios, tu creador en el cielo, con toda tu alma y corazón.

Ama a tu prójimo como a ti mismo, consciente de que todos los hombres y mujeres son tu prójimo, pues al amarlos, amas a Dios. Muchos buscan en la tierra sin darse cuenta de que están mirando el rostro de la divinidad cada día, pues la divinidad se encuentra en cada uno de nosotros.

Si toda la humanidad viviera a tenor de estos mandamientos en todo momento, no habría guerras, injusticias ni sufrimientos. No hay leyes de ayuno, práctica o sacrificio. Hay leyes de amor.

¡Cuán sencilla es la verdadera voluntad de Dios!

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

Del Libro del Amor,

tal como se conserva en el Libro Rosso



16

Mantua

1091

El hedor metálico a sangre invadió el olfato de Matilda, y tuvo que contener la respiración para no vomitar. Las tropas de Enrique habían asolado casi toda Toscana, saqueando, quemando y violando con una fiebre de venganza que los seres humanos decentes eran incapaces de concebir. El hogar donde Matilda había pasado la infancia estaba mancillado, irreconocible. La sangre formaba charcos en las calles, derramada por los cadáveres desmembrados de sus queridos ciudadanos toscanos. Familias enteras, desde abuelos a bebés, colgaban de las vigas externas de sus casas como emblemas de odio. Enrique había decidido convertir Mantua, la fortaleza más importante y valiosa de su prima, en la víctima suprema de su deslealtad al rey.

Si a Matilda le cabía alguna duda, se disipó después de ver el siguiente espectáculo.

Ella y Conn caminaban entre los restos humeantes con una comitiva de sus hombres más intrépidos, en busca de supervivientes. Se acercaron a una de las casas más grandes de las afueras, contigua a una buena extensión de excelente tierra de labranza. La condesa tenía el corazón en la garganta. Conocía esa casa. Pertenecía a una de sus primas lejanas de la rama de Lorena, una mujer llamada Margarethe. Matilda no había tenido tiempo de conocer bien a su prima, aunque tal había sido su intención, pues sus responsabilidades la obligaban a ausentarse con frecuencia. Ahora se arrepentía de no haber parado a visitar la casa en el pasado, para hablar con su pariente y conocer a su familia. Una de las lecciones más duras de la vida para la mayoría de la gente era no darse cuenta de cuántas oportunidades de conocer el amor y la amistad se pierden, hasta que ya es demasiado tarde.

Matilda sabía que Margarethe y su marido habían sido leales partidarios de ella desde hacía mucho tiempo, pues Beatriz se lo había comentado durante esos años. Cuando se acercó a la casa, la condesa casi pudo oír a su madre hablar de la preciada lealtad de los amigos. Era extraño que los soldados de Enrique no hubieran prendido fuego a la casa, como habían hecho con las demás. La puerta estaba derribada, y se veían señales de vandalismo y saqueo, pero el edificio permanecía intacto. Matilda se preguntó por qué habían respetado la casa y se dispuso a entrar, mientras rezaba para encontrar en el interior señales de vida o esperanza. Conn, siempre suspicaz y protector, insistió en adelantarse.

Era un hombre acostumbrado a los horrores de la guerra, pero incluso para él fue insoportable la visión que le aguardaba nada más entrar. Se dobló en dos para recuperar el aliento. Dos víctimas femeninas, en apariencia Margarethe y su hija, estaban atadas como ganado, desnudas y degolladas. Tanto la mujer como la muchacha, que no contaría más de diez u once años, presentaban profundos moratones en los muslos, silencioso y horrible testimonio de lo que había sucedido en la casa, a consecuencia de una guerra en que los hombres perdían su humanidad. El gigante celta se volvió para impedir entrar a su señora, pero ya era demasiado tarde. Se paró detrás de él, contempló el horror que tenía delante y lloró. Pese a la abrumadora angustia que experimentaba, o tal vez a causa de ella, no dejó de observar que ambas víctimas tenían el pelo rojo.

—Reza conmigo, Conn. Recemos por estas hermanas, para que sus almas estén juntas en el paraíso y no vuelvan a conocer jamás el dolor.

El fiel servidor asintió, pero la voz que contestó no fue la de él. Procedía de un rincón oscuro, ronca y suave.

—Yo rezaré con vosotros.

Matilda se sobresaltó, y la mano de Conn voló hacia su espada instintivamente, pero ambos esperaron inmóviles a ver qué pasaba.

Un hombre surgió de las sombras, encorvado y destrozado. En otro tiempo había sido un señor feudal alto y fuerte, pero la violencia infligida a él y a su familia había sido insoportable. Cuando Matilda vio sus ojos, comprendió que el espíritu del hombre estaba tan quebrantado como su cuerpo. En realidad, la condesa vio un solo ojo.

Un cuchillo alemán había arrancado el otro.


El hombre, que se llamaba Ugo Manfredi, fue transportado a Canossa sobre una litera, y envolvieron en un sudario de lino los cuerpos de su mujer y su hija, que luego depositaron sobre un carro para poder enterrarlos como merecían. Matilda cuidó de Ugo, concentrada en su espíritu tanto como en su cuerpo herido. Durante su rehabilitación, el hombre narró la pesadilla que había padecido a manos de las fuerzas de Enrique.

Los soldados habían rodeado la casa y derribado a patadas la puerta. Los había visto llegar, pero no con tiempo suficiente para poner a salvo a su familia. Aunque las mujeres se escondieron debajo de un colchón, al final fueron descubiertas, pues uno de los exploradores alemanes las había visto en los campos días antes. Se acordaba de ellas por el color poco habitual de su pelo. Las recordaba porque su comandante en jefe daba gratificaciones a los hombres que encontraban un botín de guerra tan exquisito y particular. Ugo recordó a Matilda que su esposa procedía de una familia noble de Bouillon, y que su padre había estado al servicio de Bonifacio cuando ella era pequeña. La condesa escuchó afligida el resto de la espantosa historia de Ugo.

Primero lo capturaron a él. Le pidieron que confesara su lealtad: ¿era para la puta de Toscana, o para el rey Enrique, nombrado por Dios? Ugo era toscano de sangre y espíritu, y no estaba dispuesto a jurar en falso, sobre todo para traicionar a una mujer que procuraba la paz y la prosperidad a esta tierra, como su padre había hecho antes que ella. Declaró su lealtad a Matilda, a sabiendas de que le aguardaba la muerte. Pero no le mataron. Le dieron una buena paliza, pero le dejaron vivir. Después de lo que se vio obligado a presenciar a continuación deseó que le hubieran concedido la bendición de la muerte. Ugo se detuvo varias veces durante su relato, pues los acontecimientos casi superaban su capacidad de narrarlos.

Cuando descubrieron a su mujer y a su hija, las desnudaron y ataron, mientras avisaban al comandante de las fuerzas para que fuera a inspeccionarlas. El líder, un hombre de cierta importancia, exigió que ambas mujeres juraran obediencia al rey, pero la esposa de Ugo se consideraba pariente de la condesa, a quien guardaba inquebrantable lealtad. Tampoco quiso negar su lealtad a Matilda, y el ojo de Ugo se inundó de lágrimas al recordar la valentía de su hija cuando afirmó que era toscana y pariente de la condesa.

El arrogante e imperioso líder de las tropas fue el primero en poseerlas, y después las arrojó a los restantes soldados, que eran quince. No todos los hombres quisieron violar a las mujeres, pero el líder insistió en ello, decidido a mancillarlas de la forma más violenta posible. No cabía duda de que los soldados estaban aterrorizados por su líder, y obedecieron sus órdenes. Mientras tanto, Ugo se vio obligado a presenciar el horror infligido a su esposa y a su hija.

Si Dios sintió alguna piedad de Ugo, consistió en que ambas mujeres ya estaban inconscientes cuando las degollaron. Lo más probable era que llevaran muertas un rato. Él estaba casi seguro de que su hija había muerto durante las palizas que acompañaban a las violaciones, porque el líder había considerado la posibilidad de llevarse a la muchacha con él para divertirse por la noche. Se negó tras una inspección detallada, porque estaba demasiado deteriorada para sus fines. Dio la orden de asesinarlas como cerdos en un matadero. Al mismo tiempo, ordenó «marcar» a Ugo de tal forma que mostrara al mundo lo que les ocurría a los insensatos que declaraban lealtad a Matilda y rechazaban a Enrique.

Lo último que Ugo recordaba, antes de que la hoja del cuchillo se acercara a su ojo, era al líder de las tropas, de pie ante él. El arrogante hombre escupió en su rostro antes de hablar.

—Te he permitido vivir para que puedas entregar un mensaje a la zorra de mi prima. Di a la puta de Toscana que profanaré todas las ciudades que reclame como suyas, y a todas las mujeres que le declaren lealtad, hasta que suplique perdón de rodillas ante mí. Éste es el único motivo por el que te dejo con lengua, traidor.

El líder imperial de las tropas, que había violado y asesinado a la familia Manfredi, dio la señal a un soldado de que pusiera fin a este capítulo y mutilara al señor de la casa. El rey Enrique IV salió en tromba de la vivienda, ansioso por inspeccionar los otros botines de guerra que le esperaban en Mantua.

Su siguiente objetivo era también personal, y esperaba saquearlo él mismo: el monasterio de San Benedetto de Po. Era el refugio espiritual de Matilda, su «Orval del sur», y un monumento a la familia de Bonifacio. Arrebatárselo sería maravilloso.


Más de mil años antes del nacimiento de Nuestro Señor, descansaba en Francia la talla de una mujer acunando a un niño sobre su rodilla. El pueblo pagano del lugar había recibido una gran profecía, una revelación de sus sacerdotes druidas: una joven perfecta daría a luz un Dios, y ese Dios llevaría la luz y la verdad al mundo. Estos paganos eran los carnutos, y dieron su nombre a la ciudad que un día crecería alrededor de este lugar: Chartres.

Se creía que la escultura de la señora perfecta y el niño poseía proporciones mágicas, pues estaba tallada en el tronco ahuecado de un peral, y posada sobre un montículo de tierra considerado sagrado. Pues esta loma cubría lo que los carnutos llamaban la wouivre, una poderosa y purificadora corriente de energía que atravesaba la tierra bajo su superficie y encontraba su cúspide en este preciso lugar. Los carnutos sabían que la wouivre era la arteria que contenía la sangre vital del planeta. De esta forma, el sagrado montículo que marcaba el pulso de la tierra se convirtió en un centro de iniciación espiritual para gentes de toda Europa, que viajaban hasta allí para sentir la corriente fluir por sus venas. La esencia de este flujo estimula la divinidad en todo hombre y mujer. Es algo inexplicable, pero una vez experimentado tampoco puede olvidarse. El espíritu se despierta allí, y es en este lugar donde los hombres llegan a ser anthropos por completo, o sea, realizados e integrados en su cuerpo, mente y espíritu.

Para santificar todavía más este extraño lugar había un pozo sagrado, una sima que se hundía en las profundidades de la tierra, llena de las aguas mágicas del útero de la Mujer Que Era la Tierra. La Santa Madre de Todos Nosotros era venerada en este lugar desde tiempos inmemoriales, y bajo muchos nombres. Para los carnutos era Belusama, y bajo esta apariencia nos entrega la historia que hemos venido a escuchar. Belusama era la esposa y compañera de Dios, a quienes los carnutos llamaban Belen. Era un nombre en armonía con el equinoccio de invierno, el momento en que el día y la noche alcanzan el equilibrio perfecto, de ahí el nombre equi-nox, que significa noche igual a día en longitud; oscuridad y luz viven en armonía.

Belen tenía a su lado a una, hermana-esposa, hermana porque era la otra mitad de su alma, y esposa porque era su amada. Era la gloriosa Belusama. Se sabía que Belen gobernaba el cielo y el aire, mientras que su esposa gobernaba la tierra y el mar. Porque el Dios masculino del cielo cubre al Dios femenino de la tierra en un evento natural de unión sagrada. Juntos eran uno solo. Se consagraron tierras en su nombre, muchas tierras, y para esta historia basta saber que la región donde se fundó Chartres, y donde la mágica wouivre serpenteaba a través de la tierra con su sagrada y sanadora corriente, llevaba desde hacía mucho tiempo el nombre de la esposa de Dios. En la noche de los tiempos, esta región se llamaba Belusama, y después la Belusa, y por fin, en la actual lengua francesa, evolucionó hasta recibir el nombre que conocemos hoy: la Beauce. Así, en la etimología antigua, Chartres es «la tierra sagrada de los pueblos carnutos que vivían en la región sagrada de la Madre de Todos Nosotros, la Beauce».

¿Era la talla del peral una representación de Belusama, la esposa perfecta de Dios que crearía una nueva vida en la forma de un niño humano? Lo era, y más. Era una representación del principio divino femenino en creación, y siempre lo será.

Es la faceta femenina de Dios.

La leyenda de la tierra sagrada De Chartres

y la Beauce, tal como se conserva en el Libro Rosso

Canossa

1091

El libro Rosso se hallaba a salvo en Canossa, y el Maestro también. Había ido de visita a San Benedetto de Po, dedicado a la enseñanza del hijo de Matilda, cuando Enrique se dirigió hacia Mantua. La Orden tuvo tiempo suficiente para poner a salvo lo que quedaba de sus preciados objetos, los que no se habían fundido o vendido en la postrer defensa de Gregorio VII. El hijo de la condesa, junto con varios hermanos, escapó a las colinas del sur de Florencia, donde décadas antes un monje santo llamado Giovanni Gualberto había fundado una nueva orden. Los miembros de la orden, llamada de los Vallambrosanos, eran benedictinos partidarios de las reformas más estrictas, reconocidos por el abad de Cluny como los hermanos de Dios más santos. Como tales, el rey Enrique IV no se atrevió a atacarles, y el monasterio de Vallambrosa fue declarado territorio neutral, y se convirtió en un refugio seguro para los hermanos de Matilda que prefirieron refugiarse en él.

Estos hermanos de la Orden se fusionaron al final con los benedictinos de Vallambrosa, y crearon una filosofía híbrida secreta de estricta regla monástica y principios heréticos que Matilda financió hasta su muerte. Fueron los vallambrosanos quienes heredaron las propiedades florentinas de Santa Trinità, donde la condesa había pasado sus años de adolescencia aprendiendo las enseñanzas de la Orden. Cuatrocientos años después, la importancia del apoyo económico de Matilda y la perdurabilidad de las enseñanzas más sagradas de la Orden saldrían a la luz cuando Santa Trinità se convirtió en el útero del cual nació el Renacimiento.

Matilda había dedicado la mañana a redactar un mandato de donación a Santa Trinità, un documento legal que aseguraría el apoyo económico continuado a la Orden desde Roma en caso de su muerte. Redactarlo había requerido todos sus conocimientos legales, y el ejercicio la había agotado mentalmente. No podía permitirse el lujo de dedicar tiempo al descanso, cuando sus tierras y su pueblo corrían tantísimo peligro, de modo que, en cuanto dejó la pluma para esperar a que la tinta se secara, fue en busca de Conn para hablar de la actual estrategia militar. Enrique IV había saqueado San Benedetto de Po, al igual que había saqueado y destruido los restos de Mantua. Canossa era su último refugio, y era necesario de todo punto velar por su seguridad.

Un hombre de Conn llegó para avisar a la condesa de que habían visto por última vez a su capitán cuando se dirigía a la capilla. Matilda reparó en que Conn pasaba mucho tiempo en ella desde las masacres de Mantua. Cuando la condesa llegó a la capilla, la puerta estaba entreabierta, y vio al guerrero rezando de rodillas, delante del Libro Rosso y al lado del Maestro. Observó la escena en silencio, y esperó a que los dos hombres se levantaran para entrar en la estancia.

El Maestro tenía que ser anciano a estas alturas de su larga vida, pero su aspecto no era muy diferente de cuando Matilda le conoció de niña. Parecía cansado, y tal vez un poco decrépito, pero estaba en una forma física excelente para un hombre de su edad. Nada había obrado efecto en su espíritu o su mente.

—Entra, querida hija, entra.

Matilda entró en la capilla y dobló la rodilla ante las hermosas estatuas de tamaño natural de Jesús y su más amada, María Magdalena, antes de dar un beso al Maestro en la mejilla surcada por la cicatriz. Miró a Conn, que exhibía una expresión tímida, como si le hubieran sorprendido haciendo algo impropio y vergonzoso.

—Mis dos hombres favoritos del mundo. —Matilda sonrió—. Pero ¿qué pueden estar haciendo juntos? —añadió, con una pizca de curiosidad. Sabía que estaban tramando algo, pero no estaba segura de qué era.

El Maestro miró a Conn, cuyo rostro se tiñó de un tono púrpura a juego con el pelo de su señora.

—Antes de confesarte la decisión que ha tomado el Maestro, y yo con él, he de contarte una historia, hermanita.

Era muy propio de Conn contar historias en los momentos más difíciles, de modo que su respuesta no sorprendió a Matilda, pero intuía que sería una historia muy diferente de las habituales. El Maestro se excusó y les dejó solos en la capilla.

Después de casi veinte años de secretismo, el hombre que llevaba el nombre de un antiguo guerrero celta, Conn de las Cien Batallas, contó a Matilda la historia de su largo viaje hasta llegar a una nueva vida en Toscana.

Conn, quien nació y fue bautizado Conchobar Padraic McMahon en la provincia de Connacht, abandonó el oeste de Irlanda cuando era un muchacho de quince primaveras, después de que una invasión de los hombres del norte arrasara su pueblo. Había ingresado por voluntad propia en un monasterio tres años antes, y se dedicaba al estudio del idioma y la religión. Le gustaba, vivía para ello, y como era uno más de siete hijos, su padre había aceptado de buen grado la vocación de monje de Conn, pues ahora tenía una boca menos que alimentar. Cuando los hombres del norte invadieron el pueblo, Conn había ido a un monasterio situado en Galway, río arriba, para recoger más pergamino y tinta para los manuscritos que los novicios aprendían a ilustrar. Estaba fuera de peligro, cuando la brutal tormenta sopló desde Escandinavia.

Aunque la mayor parte de los vikingos habían sido expulsados de Irlanda por el gran rey Brian Boru en 1014, todavía existían regiones dispersas a las que los violentos guerreros del norte atacaban. Solían cebarse en las comunidades más prósperas, situadas a la orilla de los ríos, pues no sólo les facilitaban enormes botines, sino que también proporcionaban rutas de escape más fáciles para los estrechos y veloces buques vikingos. Fue uno de estos ataques a la orilla del río Shannon el que arrasó el pueblo natal de Conn y condujo a la brutal muerte de casi todos los aldeanos, incluidos sus padres, hermanas y hermanos.

El monasterio donde vivía fue saqueado y reducido a cenizas. Los bondadosos y cultos hermanos que se habían convertido en su segunda familia fueron despedazados. Ahora sí que era un verdadero huérfano. Todavía peor, no podía soportar la visión de su pueblo profanado y el monasterio violado. Enterró a su familia y a sus hermanos monjes con sus propias manos durante los días siguientes, y después tomo la decisión de abandonar Irlanda. Ya no podía quedarse en un lugar donde tal violencia era una posibilidad cotidiana cuando sólo anhelaba soledad y conocimientos.

Al recordar los días más felices con sus hermanos, los pensamientos de Conn derivaron hacia un monje que les había visitado, procedente de la Galia. El monje era el hombre más culto que él había conocido. Era fascinante, y su sabiduría inmensa. También era muy bondadoso y afectuoso, cualidades poco frecuentes en un erudito. Conn amaba a todos los hermanos del monasterio, incluso al riguroso abad que le azotaba periódicamente cuando le sorprendía fisgoneando en las mitologías paganas celtas que se conservaban en la biblioteca. Pero el monje francés era el primer hombre verdaderamente santo que él creía haber conocido. El monje, quien dijo a Conn que carecía de nombre, hablaba de su educación en un lugar llamado Chartres, donde había una escuela del espíritu sin igual en la tierra. Cuando los monjes de mayor edad llevaban rato acostados, Conn se quedaba levantado y escuchaba al francés hablar en términos heréticos. Pero no le escandalizaba el punto de vista del extranjero. Estaba fascinado, y reconocía una extraña verdad en la sorprendente perspectiva, y cada revelación le dejaba hambriento de más información.

El visitante le habló de un hombre llamado Fulberto, quien era obispo de Chartres, así como de la fuerza que se hallaba detrás de la gran escuela relacionada con la catedral. Cuando un trágico incendio, tal vez intencionado, quemó parte de la catedral hasta los cimientos en 1020, fue Fulberto quien la reconstruyó, en un sólido y tradicional estilo románico. Procuró contratar a los mejores artesanos, que se concentraron en la sagrada cripta situada bajo la catedral La cripta cubría un pozo antiguo (del cual se decía que era el más santo del planeta) y la talla en madera de peral de Notre Dame, llamada Nuestra Señora del Subsuelo. Fulberto protegió y conservó todo esto con el máximo esmero.

El monje francés hablaba de las enseñanzas de los grandes griegos, en especial de Platón y Sócrates, y de un método de enseñanza llamado dialéctica, una de las artes liberales más prestigiosas. La dialéctica era el método de la discusión civilizada, y mediante esta disciplina los hombres se sentían impulsados a pensar y analizar en profundidad una proposición y una contraproposición. Fue mediante esta técnica que surgió el mejor estudiante de Fulberto, el hombre que la historia conocería como Berengario de Tours. Aunque Berengario heredaría con el tiempo el liderazgo de la escuela de Chartres al fallecer su protector, Fulberto, fue su virulenta batalla contra la Iglesia lo que le granjeó la fama. Berengario presentó fuerte oposición a la doctrina de la transubstanciación, la creencia de la Iglesia de que el pan y el vino del sacramento de la eucaristía se transforman físicamente en el cuerpo y sangre de Cristo, una vez consagrados. Afirmaba que se trataba de un concepto espiritual más que físico, y citaba a los primeros padres de la Iglesia, así como un «misterioso texto antiguo» que daba crédito a esta argumentación.

Era ese texto misterioso y secreto, que el monje llamaba el Libro del Amor, lo que obsesionaba al joven Conn mientras escuchaba las historias del francés. El hermano sólo hablaba entre susurros para los oídos de Conn acerca del gran libro escrito por el mismísimo Señor de su puño y letra, y trasladado a Francia por María Magdalena después de la crucifixión. Eran sus descendientes quienes habían protegido las enseñanzas durante un milenio. Pero el clima religioso de Francia estaba cambiando, era menos tolerante y más dogmático, y estas enseñanzas verdaderas secretas se hicieron de repente peligrosas. Los seguidores del Libro del Amor, los cristianos puros que serían conocidos como cátaros, se vieron obligados a pasar a la clandestinidad y encontraron formas secretas de transmitir sus enseñanzas. Mediante el neoplatonismo y el renovado interés en los filósofos y diálogos griegos, las enseñanzas heréticas sobrevivieron en la región de la Beauce. Muchos de los principios más controvertidos del cristianismo primitivo se disfrazaron de cultura griega para poder hablar de ellos sin caer en la herejía.

Fue en uno de estos diálogos que Berengario de Tours sacó por primera vez a colación el desafío a la transubstanciación. El monje explicó esto a Conn y le citó un fragmento del Libro del Amor:

¿Qué es mi carne? Mi carne es la Palabra, la Verdad del Logos.

¿Qué es mi sangre? Mi sangre es el Aliento, la exaltación del Espíritu que anima la carne.

Quien da la bienvenida a la Palabra y el Aliento ha recibido en verdad alimento y ropa.

Pues es comida, bebida y ropa.

Este pan es mi carne, y es la Palabra de la Verdad.

Este vino es mi sangre, y es el Aliento del Espíritu.

Conn se quedó anonadado. Si bien no cabía duda de que los versos eran heréticos, también eran hermosos. Y, sobre todo, se le antojó de lo más lógico que Jesús utilizara la carne y la sangre, el pan y el vino, como metáforas.

La Iglesia, no obstante, no consideraba nada hermosa su perspectiva. Las enérgicas protestas suscitadas en Francia, y más tarde en Roma, estuvieron a punto de destruir a Berengario, quien fue encarcelado por el rey francés acusado de hereje, y pasó el resto de su vida trabado en una lucha constante con las autoridades católicas.

Conn soñaba con el día en que conocería más hombres como aquel monje francés y sus extraordinarios profesores, quienes se enfrentaban a todo en nombre de la verdad y la sabiduría. Juró que un día vería aquella escuela con sus propios ojos, y decidió llevar a cabo su propósito después de la masacre vikinga. Tal vez encontraría la paz que anhelaba en la escuela de Chartres.

El joven Conn viajó al sur y vendió la tinta y el papel a un monasterio de las afueras de Tralee. Con el dinero compró un pasaje a bordo de un barco que viajaba a la tierra de los normandos, en la Galia. Desde allí se dirigió a Chartres a pie y a caballo. Rezó a Dios para que le perdonara por haber utilizado el dinero del monasterio para alimentarse, pero en aquel momento carecía de otros medios y juró hacer buenas obras a modo de penitencia. Llegó por fin a su destino, la puerta de la catedral de Fulberto, construida en fechas recientes sobre el edificio destruido del siglo ix, edificado a su vez sobre un solar considerado terreno sagrado desde hacía miles de años.

Conn estudió en Chartres durante casi diez años, y utilizó su veloz intelecto para convertirse en un experto en neoplatonismo, lengua y filosofía griega, y en todos los aspectos de la teoría y doctrina religiosas, así como en historia de Europa. Pero fue la herejía lo que enraizó en su espíritu. Fueron las enseñanzas del Libro del Amor las que se transformaron en su raison d’être. Estas enseñanzas no se impartían a todo el mundo. Eran exclusivas de la escuela mistérica que pertenecía a la escuela oficial de la catedral. Había que ganarse la admisión a la escuela mediante las buenas obras y la firme intención de alcanzar la sabiduría. Conn, un alumno asombroso, llegó a ser un maestro en tiempo récord.

Las enseñanzas complementarias del laberinto eran fundamentales en la escuela mistérica de Chartres, y él recorría once círculos cada día antes de empezar las clases. En aquel tiempo, no existía laberinto en la catedral. Había uno en el jardín, construido con piedras, pero igual de eficaz. Este laberinto estaba inspirado en el diseño de Salomón, con un centro redondo para que los iniciados rezaran cuando llegaran al corazón del círculo. Fue en el centro de este laberinto, a la sombra del edificio reconstruido por Fulberto, donde Conn recibió la visión que cambiaría el curso de su vida.

Empezó como una visión del arcángel Miguel, el mensajero de la luz que derrota a la oscuridad. Miguel portaba su espada flamígera de verdad y justicia, mientras flotaba sobre el laberinto y Conn. El ángel le recordó que su nombre, Micha-El, significaba «el que es como Dios». Entonces, Conn vio a una niña de unos nueve o diez años, de pelo rojizo y extraordinaria energía. Fuerzas invisibles la atacaban, y Miguel hizo remolinear su espada sobre la cabeza de la niña para disipar las tinieblas que amenazaban con cernerse sobre ella. Entonces se volvió y habló a Conn.

—He aquí tu promesa. Es proteger a esta niña, esta hija de Dios, por encima de todo lo demás y durante todo el tiempo que sea necesario. Te convertirás en su hermano y caballero protector, serás para ella lo que yo soy para ti, un ángel de luz que derrota a las tinieblas. Pero no te llames a engaño, se trata de una batalla del bien contra el mal, y serás convocado para luchar contra el demonio.

»Esta niña te espera en Toscana. Ve a la residencia del duque de Lorena en Florencia, y allí recibirás el mandato de protegerla.

Conn se quedó anonadado. Era una visión de tal claridad, transmitía un mensaje tan puro, que no cabía otra opción que obedecerla. Había dedicado una década de su vida a una preparación espiritual intensiva, con el fin de recibir tales mensajes con claridad. Pero no estaba destinado a una carrera de soldado, sin duda. Si bien era fuerte y atlético, no deseaba ser soldado. ¿Por qué Dios no le concedía la oportunidad de quedarse en Chartres y convertirse en profesor? ¿Por qué albergaba tales deseos, si no era su destino? Conn sufrió una crisis espiritual, porque el Libro del Amor enseña que nuestros sueños humanos no son accidentales, no son azarosos. Constituyen los medios que emplea nuestra alma para recordamos que hemos venido aquí con el fin de cumplir nuestra promesa a Dios. En tal caso ¿por qué anhelaba la paz y la soledad de la escuela, cuando le decían que estaba destinado a la guerra? ¿Por qué amaba Chartres por encima de todas las cosas, y no deseaba otra cosa que vivir y morir a la sombra de la bendita catedral y su escuela de sabiduría?

Conn tardaría muchos años en comprender en profundidad la respuesta, lo que significó en sí una lección de importancia capital. Pues es cierto que con frecuencia descubrimos el significado y el motivo de algunas cosas muchos años después de que hayan adquirido importancia para nosotros.

Había hecho una promesa a su Señor, y su intención era cumplirla. Pero antes de que fuera digno de defender a su pequeña princesa, tenía que desarrollar sus aptitudes de soldado. Y así fue que Conn se convirtió en mercenario, y se ofreció por toda Europa para obtener destreza y experiencia de los más grandes capitanes del continente. Fue después de ganarse el apodo de «Conn de las Cien Batallas» cuando decidió que ya estaba preparado para ir en busca de Matilda. Se puso a las órdenes del duque Godofredo y esperó, y un día éste le nombró maestro de armas de la pequeña condesa.

Las lágrimas rodaron por el rostro de Conn cuando le confesó a Matilda hasta qué punto la amaba, pues en verdad era su hermana en corazón y espíritu, y defenderla era la tarea más sagrada y honrosa que le habían pedido jamás. Y después le contó el resto, y ella comprendió el motivo de sus lágrimas.

Conn la abandonaba para iniciar la siguiente fase de su destino, y para llevar a la práctica su sueño más querido. Regresaba a Chartres con el Maestro. Juntos, trasladarían el Libro Rosso hasta un lugar donde estuviera protegido, a salvo de una vez por todas de las ansias destructoras de Enrique.


En honor a las tradiciones de Lucca relativas al Volto Santo, se construyó un carro para transportar el Libro Rosso del mismo modo que la Santa Faz había cruzado Italia. Matilda donó dos bueyes blancos como la nieve para tirar del carro sobre el cual se trasladaría la nueva Arca de la Alianza hasta su nuevo hogar. Los acompañantes deberían atravesar con mucha cautela la región asolada por la guerra del norte de Italia con su preciosa carga. El arca iba encerrada dentro de una sencilla envoltura de madera, con el fin de que la majestuosidad dorada y enjoyada del verdadero contenedor quedara oculta. Se instaló un doble fondo en el carro para esconder el Libro Rosso y se fabricó otra «reliquia». Un artista creó una copia del velo de Verónica, con la supuesta huella de la faz de Cristo, en un paño de seda blanco. Fue como un juego de palabras espiritual para la Orden, pues en ocasiones llamaban al rostro impreso en el velo de Verónica Volto Santo, como su tesoro sagrado de Lucca. Esta falsa reliquia fue depositada dentro del arca como medida de seguridad. Si las tropas alemanas les detenían, contarían la historia de que estaban sacando de Italia con destino a Francia aquel velo santo, a fin de protegerlo en la abadía de Cluny. Pese a la bárbara violencia de aquella guerra, era improbable que algún soldado alemán atacara a los monjes portadores de semejante reliquia. Además, abandonaban Italia, no entraban.

Por fin, para que Conn pareciera un monje de verdad, se afeitó la cabeza. Cuando Matilda le vio, se puso a llorar.

—Oh, Dios, es verdad que me abandonas.

Se arrojó a sus brazos y lloró como una niña. Él la estrujó y le acarició el pelo, al tiempo que le cantaba en su idioma celta por última vez.

—Sólo te dejo por un tiempo. Le temps revient, hermanita. Ya sabes que las familias de espíritu nunca se separan. Nos veremos pronto, cuando Dios lo decida. —Se soltó y levantó la barbilla de Matilda con su enorme mano—. Cuidarán de ti. Arduino es mucho mejor estratega que yo, el mejor líder militar de Italia. Si alguien puede ayudarte a recuperar tus tierras, ése es él. Y ya tienes un nuevo perro guardián, ¿no? Sabes que te protegerá contra viento y marea.

Se estaba refiriendo a Ugo Manfredi, el marido mutilado de la prima asesinada de Matilda. Durante el período de rehabilitación Ugo había pasado cierto tiempo en compañía de Conn. Si bien había sido agricultor durante casi toda su vida, ese trabajo le había convertido en un hombre fuerte y robusto. Además, era inteligente. La combinación le transformó en un guerrero eficaz, carente de todo miedo, pues no tenía nada que perder. En cuanto se recuperó, Ugo se convirtió en una fuerza física de confianza, dedicada en cuerpo y alma a la condesa toscana que había aplicado ungüentos curativos a la cuenca de su ojo con sus propias manos.

Matilda no lamentaba que Conn emprendiera su nueva misión. Se sentía agradecida de que el Libro Rosso y el Maestro contaran con la mejor protección de Europa. Entregó al guerrero un pequeño paquete como regalo final.

—Llévatelo contigo. Me ha acompañado desde que nací, y siempre he experimentado la sensación de que velaba por mí. Ahora velará por los dos.

Conn retiró el paño que cubría la descolorida pero todavía exquisita estatua de santa Modesta. Sus ojos se anegaron en lágrimas.

—Modesta. Los dos volvemos a casa.

Matilda aferró su mano libre con las de ella y empezó a recitar la oración que se aplica al amor en todos sus variedades, un sacramento que él conocía tan bien como ella.

Te he amado antes,

te amo hoy,

y volveré a amarte.

El tiempo vuelve.

La recitaron juntos con voz estrangulada y entrecortada a causa de las lágrimas, por última vez en esta vida.



17

Ciudad del Vaticano

En la actualidad

Maureen entró en San Pedro con un propósito muy diferente esta vez: rendir homenaje a la mujer a la que había ido a conocer, y a la que ahora creía conocer íntimamente: la milagrosa, inspiradora y extraordinaria condesa toscana, Matilda de Canossa.

La versión completa de la autobiografía de Matilda terminaba con la partida de Conn y el Maestro hacia Chartres. Era como si la condesa hubiera perdido interés por los detalles de su propia vida después de eso. Gregorio había muerto, y su consejero espiritual y mejor amigo había partido hacia Francia. Anselmo también había fallecido, e Isobel se hallaba al mando de la Orden en Lucca. Matilda continuaba luchando contra Enrique y por Toscana, y sobre todo para defender el trono de San Pedro de cualquier influencia seglar. Todo ello porque se lo había prometido a Dios, a ella misma y a su pueblo. Y no descansaría hasta haber cumplido esa promesa.

Había más páginas en la autobiografía de Matilda, pero eran anotaciones que destacaban acontecimientos importantes. Una en la que Peter reparó rezaba: «Carta de Patricio, que abandona Orval y se dirige a Chartres». No indicaba por qué Patricio abandonaba su querido Orval, pero Matilda estaría luchando por conservar sus territorios de Lorena, y era un lugar peligroso para mostrarse partidario de ella durante las guerras.

Peter estaba decidido a investigar la vida posterior de Matilda por si podía dar por concluida la historia, ya que Maureen estaba obsesionada con la condesa toscana. Ansiaba saber si ésta había saldado las cuentas con Enrique IV, y Peter tuvo el placer de confirmárselo Tardó muchos años, pero al final Matilda ganó la guerra contra el rey alemán. La esposa y el hijo del monarca acabaron desertando al campo de la condesa y buscaron refugio en Toscana del tiránico Enrique, quien había maltratado a su esposa con tal violencia que ella emprendió acciones legales contra él. Documentos históricos indicaban que la reina Adelaida, una antigua princesa rusa, suplicó refugio a Matilda y le confesó las espantosas inclinaciones sexuales del rey, incluidas orgías y misas negras.

Maureen se quedó estupefacta por este asombroso aspecto de la historia de Matilda. Era un icono de los derechos de la mujer, cientos de años antes de que esa expresión adquiriera popularidad. Fue tal vez la primera mujer que exigió un acuerdo prenupcial, y también la primera que acogió a víctimas de la violencia doméstica y las protegió de los perpetradores, incluso cuando se trataba de un rey.

Lenta y cuidadosamente, con la estrategia de un maestro del ajedrez, Matilda reconstruyó Toscana. Recuperó poco a poco su fuerza política y su riqueza, y cuando lo hizo, atacó las fortalezas de Enrique en Italia. En otoño de 1092, protegida con su legendaria armadura cobriza, la condesa lideró un ejército contra las tropas del soberano germano, que habían retenido la región circundante de Ganossa durante demasiado tiempo. Según todas las referencias históricas, fue uno de los más ingeniosos ejemplos de estrategia militar. Matilda, con Ugo Manfredi y Arduino della Paluda a su lado, aplastó a los alemanes. Recuperada su base de operaciones, los ejércitos toscanos eliminaron la presencia alemana de la gran mayoría de los territorios condales durante los tres años siguientes, y reinó sin oposición durante el resto de su larga vida.

Una vez recuperado el poder político, Matilda apoyó la causa de un nuevo Papa comprometido con la memoria de Gregorio y su determinación compartida de separar el papado de la influencia seglar. Era un firme partidario de la independencia de Roma, y un feroz enemigo de la interferencia real en los asuntos espirituales. La condesa mantuvo una estrecha relación con este nuevo papa, Pascual II, durante el resto de su vida.

Pascual. Maureen advirtió el parecido entre el nombre del Papa y su apellido. Las conexiones en esta historia nunca cesaban.

Se acercó a la tumba de mármol con una nueva certidumbre. La magnífica mujer aquí plasmada sostenía la tiara papal y las llaves de San Pedro porque había vivido y gobernado aquí con su amado. Juntos eran la manifestación de Salomón y la reina de Saba en su tiempo, e incluso quizá de Jesús y Magdalena, El y Asherah. Encarnaban el concepto sagrado: el tiempo vuelve.

Y Bernini, el gran maestro del Barroco que había heredado los diseños para San Pedro del descendiente de Magdalena, Miguel Ángel, lo sabía. Creó un diseño poderoso y elegante que conservaría la verdad en mármol para quienes tuvieran ojos para ver.

El arte salvará el mundo.

Maureen pasó la mano por el frío mármol, diseñado por un artista que sabía más de lo que decía, y examinó la plasmación de la escena de la vida de Matilda que adornaba el revestimiento de la tumba. Antes, no había significado nada para ella. Era la escena de Canossa en que Enrique, de rodillas, suplicaba perdón. El papa Gregorio VII constituía el motivo central sobre su trono. Matilda, por supuesto, se alzaba a su lado, como había sucedido literal y figuradamente durante sus años de convivencia.

La historia de la condesa toscana inspiraba a Maureen más que cualquiera de las que había investigado, con la posible excepción de su antepasada común, María Magdalena. Esa mujer, con su compromiso sin precedentes con la igualdad entre todos los hombres y mujeres bajo el gobierno de Dios, su pasión por la caridad y la mejora de la suerte de los pobres, había contribuido a la desaparición de la Edad Oscura al permitir una nueva era de luz. En muchos aspectos, era la primera mujer moderna.

Por encima de todo, Matilda cumplía sus promesas. Jamás dejó de luchar por las reformas que su amado había intentado llevar a la práctica. Mil años después, las reformas introducidas por Gregorio VII, con Matilda a su lado, fueron consideradas fundamentales para los cimientos de la Iglesia.

Matilda dedicó su vida al pueblo de Toscana y a su prosperidad, y construyó y restauró centros de estudios espirituales en toda Italia al tiempo que conseguía la canonización de su querido obispo Anselmo, recordado después como un santo. Diseñó puentes, edificios con hermosas obras de arte: pinturas, mosaicos y esculturas, y se convirtió así en la primera mecenas de las artes de Toscana. Sería la predecesora de los grandes mecenas artísticos de finales de la Edad Media y del Renacimiento, quienes alimentaron y apoyaron a diversos artistas. La condesa insistió en que sus artistas y escultores firmaran sus obras cuando tal cosa era inaudita, porque creía que la posteridad debía recordar los nombres de quienes creaban tal belleza.

Como regalo para su amada Lucca, diseñó y financió un magnífico puente sobre el Serchio, que facilitaría el comercio y el desplazamiento a su pueblo. Lo llamó puente de la Magdalena, y fue una obra de arte e ingeniería digna del nombre y el legado de la gran Señora. El puente fue construido en semicírculos que daban la impresión de alzarse del río. Vistas desde lejos, las formas reflejadas en el agua crean círculos geométricamente perfectos. En su reflejo, los círculos se completaban.

Matilda de Conessa continuó comprometida con la enseñanza del Camino del Amor durante todo su extraordinario reinado. Impulsó la igualdad y la tolerancia entre su pueblo en un momento de la historia en que no existían palabras para tales conceptos. Fue una mujer única, en vida épica y en legado.

Fue, simplemente, Matilda. Por la Gracia de Dios Que Es.

Cuando Adán, el primer hombre, suplicó al arcángel san Miguel que le visitara en su lecho de muerte, Micha-el, el ángel cuyo nombre significa El Que Es Como Dios, fue a verlo y se prestó a concederle su última voluntad. Adán pidió que le diera una semilla del Árbol de la Vida, el símbolo de la Santa Madre Asherah, para poseer toda su sabiduría y conocer las respuestas a los misterios de la existencia sobre la tierra antes de abandonar este lugar, pues tal vez, sólo tal vez, las propiedades vivificantes de su gran divinidad le salvarían.

Miguel le concedió su petición y depositó la semilla en la boca de Adán. Pero nada más ingerirla, el primer hombre exhaló su último suspiro. En lugar de salvarle, el Árbol de la Vida le causó la muerte. Demasiados conocimientos para que un solo hombre los contuviera. Adán fue enterrado, y a la siguiente primavera creció un arbolillo de la semilla de su boca, que hendió la tierra y se convirtió en un árbol poderoso. Floreció durante muchos siglos, antes de que hachas de hombres ignorantes, que no creían en su poder ni santidad, lo talaran. La leña del árbol sagrado fue utilizada para construir un puente que cruzaría las aguas y conduciría a Jerusalén.

Cuando Makeda, la reina de Saba, se presentó ante Salomón después de su largo viaje desde Saba, cruzó el puente el último día de su viaje. Se dice que, debido a su gracia, reconoció de inmediato que aquel puente estaba construido con una madera especial. La madera proclamó a gritos que antes era el Árbol de la Vida, antes de que hombres carentes de sabiduría lo destruyeran. La belleza de Asherah, en otro tiempo un elemento vital y vivo de la tierra, había sido hecha pedazos por ignorantes.

La reina de Saba cayó al suelo admirada y veneró la madera, al darse cuenta de que había recibido un regalo divino. Pero la tristeza por tan enorme pérdida partió su corazón, y lloró. Cuando las lágrimas cayeron sobre la madera, la sabiduría pisoteada durante tanto tiempo se liberó, y la reina de Saba tuvo una visión de Dios. Makeda vio que un nuevo orden, una nueva alianza y un nuevo mesías nacerían del linaje de David y Salomón para cambiar el mundo. Por desgracia, también vio tragedia en la visión. Este mesías de la luz sería asesinado a causa de sus hermosas creencias, asesinado por la misma madera sobre la que estaba arrodillada.

Durante su tiempo de comunión con el rey Salomón, la reina de Saba le contó su experiencia. La visión alarmó al soberano, y creyó que había sido concedida a su amada con el fin de tomar precauciones para salvar a este descendiente de la profecía. Ordenó destruir el puente, y que enterraran la madera en las afueras de Jerusalén. Guiado por su fe y sabiduría, Salomón confiaba en que al devolver la madera a la tierra, el Árbol de la Vida volvería a florecer. Si esto no era posible, tal vez eliminaría la posibilidad de que fuera utilizada para destruir a este hombre santo del futuro. Así se hizo, y la madera quedó enterrada durante catorce generaciones.

Durante el reinado de Poncio Pilatos, la madera fue descubierta por casualidad cuando un batallón de soldados romanos estaba cavando tumbas para enterrar a insurgentes judíos. La llevaron a Jerusalén, donde la utilizaron para fabricar los travesaños de la cruz en la que Nuestro Señor encontró su divino destino en lo alto del Gólgota.

Cuando el destino de un hombre está escrito en las estrellas, no puede huir de él.

También se dice que el lugar donde Salomón y la reina de Saba celebraron su primer encuentro predestinado se convirtió en el emplazamiento exacto del Santo Sepulcro. Por lo visto, hay zonas de la tierra que poseen su propio destino, elegidas por Dios como lugares de poder.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La leyenda de la Vera Cruz, primera parte,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Roma

En la actualidad

Bérenger y Maureen paseaban hacia la plaza de la Rotonda cogidos de la mano, de regreso al hotel. El Panteón centelleaba a la luz de los focos y la fuente gorgoteaba, todo en armonía con el bullicio que tenía lugar cada noche en la antigua plaza. Los vendedores ofrecían juguetes y recuerdos baratos a los turistas que todavía no se habían hartado de pagar demasiado por pasta mediocre en cafeterías situadas en lugares privilegiados. Maureen había aprendido a caminar deprisa para alejarse algunos pasos de los grandes espacios de Roma, y así descubrir una cocina mucho más apetitosa a precios que no incluían el alquiler de los monumentos históricos. Esta noche habían cenado en la pequeña plaza cercana dedicada a María Magdalena, donde un hermoso retrato de su Señora se conservaba en un marco con forma de medallón situado en una esquina de la plaza.

Maureen y Bérenger rodearon la bulliciosa plaza, tan pletórica de vida como el Trocadero de París o Times Square de Nueva York en una noche de primavera. Cuando entraron en el refugio del vestíbulo del hotel, el portero de noche reconoció a la escritora y le hizo un ademán.

—Han dejado algo para usted. Un momento.

Corrió a un cuarto interior y salió con un paquete del tamaño de una caja de zapatos, envuelto en papel marrón. El sencillo envoltorio despertó de inmediato las sospechas de Bérenger.

—¿Vio a la persona que lo trajo?

—Un correo. De un servicio local. Tuve que firmar el recibo.

Maureen le dio las gracias y tomó el paquete. Confió por un momento en que contuviera al menos sus cuadernos perdidos. Era demasiado pequeño para dar cobijo a su ordenador. Mientras esperaban el ascensor, los dos lo inspeccionaron. En la esquina superior izquierda, escrita a mano en el papel marrón, había garabateada una sola palabra: destino.

—Maldita sea, ¿quién es este tipo? —gruñó irritado Bérenger.

El misterio le estaba afectando, aunque no deseaba que Maureen se diera cuenta de su preocupación. Era un hombre acostumbrado a controlar la situación en todo momento, y estaba empezando a internarse en un juego en el que no controlaba ni a los jugadores ni las reglas.

—Sabe demasiado sobre nuestras idas y venidas. Conoce tu historia. Está claro que también sabe algo sobre mí. Y…

—Y sabe con qué sueño. ¿Cómo es posible?

Depositaron la caja sobre la cama y se sentaron a cada lado para abrirla juntos. Cuando Maureen dejó el papel marrón a un lado, lanzó un grito.

—¡Ay!

Se había cortado con el papel, un corte bastante profundo en el dedo medio, y empezó a sangrar. El dolor era desproporcionado, como suele suceder con los cortes producidos por un papel. Se levantó para lavarse las manos y enrolló una toalla alrededor del dedo herido durante un momento, hasta que dejó de sangrar. Después volvió con Bérenger para acabar de desenvolver el paquete. Él besó primero su dedo herido con delicadeza y lo inspeccionó para asegurarse de que el corte no era demasiado profundo.

Aunque el exterior del paquete iba dirigido sólo a Maureen, el interior contenía dos cajas más pequeñas, una para ella y otra para Bérenger.

—Tú primero —dijo ella, al tiempo que le entregaba la cajita con su nombre. Era del mismo tamaño de un estuche para una joya pequeña, y cuando él lo abrió descubrió que se trataba de algo raro y valioso, como una joya. El estuche contenía un pequeño relicario de plata ovalado, con una tapa que se deslizaba sobre la parte superior, como la de una caja diminuta. La tapa cubría el sello rojo de cera utilizado para proteger y autentificar objetos religiosos. En este caso, el sello era tan antiguo y estaba tan deteriorado que resultaba imposible determinar cuál era el aspecto original de la imagen, pero se veían diminutas estrellas formando un dibujo circular, incrustadas en la cera.

Aunque era más pequeño que la uña del pulgar de Maureen, el estuche era muy ornamentado y estaba bien conservado. Estampado en relieve, en la tapa plateada había un paso de la crucifixión en miniatura. Al pie de la cruz, una María Magdalena arrodillada y de pelo largo se aferraba a los pies de su amado agonizante. Parecía extraño, pero el segundo elemento, trabajado con gran destreza, era un templo con columnas posado sobre una colina, detrás de los personajes. El templo tenía aspecto griego y se parecía al de la Acrópolis de Atenas, construido en honor de la sabiduría y la energía femeninas.

Bérenger lo reconoció de inmediato.

—Es un templo que simboliza el elemento de Sofía en la espiritualidad —dijo—. El conocimiento divino femenino. Los artistas relacionados con el linaje lo utilizaban cuando pintaban a Magdalena para indicar que ella era la guardiana del conocimiento, como han hecho las sociedades secretas relacionadas con las tradiciones del linaje durante siglos. Los templos de Sofía son fáciles de identificar, pues tienen techos redondeados que representan las curvas femeninas.

Maureen contempló la imagen y asintió. En sus investigaciones sobre el arte de la Magdalena, había visto cierto número de retratos italianos de la crucifixión con configuraciones similares: su María al pie de la cruz, por lo general abrazada a la madera. En varios casos, había un edificio que semejaba un templo griego clásico al fondo. Algunos artistas plasmaban templos en ruinas, los cuales simbolizaban la pérdida de la sabiduría divina femenina en la espiritualidad contemporánea.

Bérenger dio la vuelta al estuche para ver la reliquia. Era minúscula, tan diminuta que resultaba casi invisible, pero allí estaba. Una astilla de madera pegada con una especie de resina en el centro de una flor dorada. Debajo de la reliquia había una hoja de papel, escrita a mano con letra casi ilegible: V. Croise.

Era una abreviatura que ambos entendieron, incluso en francés antiguo. Vraie Croise. Se miraron y dijeron al unísono:

—La Vera Cruz.

Hubo un tiempo, tan cercano como la semana anterior, en que Bérenger Sinclair habría rechazado indignado cualquier reliquia que afirmara ser un fragmento de la Vera Cruz, sobre todo si costaba determinar la procedencia del objeto. Pero teniendo en cuenta los acontecimientos recientes, así como la presencia de Maureen en Roma, sabía que no había lugar a escepticismos. El minúsculo tamaño de la diminuta astilla prestaba crédito a su autenticidad. Si un malvado deseaba sacarse de la manga una falsificación dirigida al mercado negro de venta de reliquias, ¿no fabricaría una astilla visible a simple vista?

Maureen pegó un bote de repente y lanzó un gritito.

—¿Qué pasa?

Había estado sosteniendo el relicario en la palma de la mano Cuando dio el salto, cayó sobre la cama. Él se inclinó para recogerlo.

—Tócalo —dijo Maureen.

Los ojos de Bérenger se abrieron de par en par cuando lo levantó.

—Quema.

Ella asintió. Cuando había sostenido el objeto en la mano, el metal había empezado a calentarse, y tuvo que dejarlo caer.

Ya se estaba enfriando, de modo que Bérenger lo devolvió a la caja.

—Mira. El corte del dedo… ha desaparecido…

Extendió la mano para enseñárselo. Había sostenido el relicario en la mano herida. El corte, de unos dos centímetros de longitud, que Bérenger y ella habían visto unos minutos antes, se había difuminado.

Él asintió en silencio, y después tomó la tarjeta con el extraño monograma que ya conocían, la A atada a la E invertida, y la leyó en voz alta a Maureen.

Esto perteneció al Príncipe Poeta, el más grande que ha

vivido. Has de asumir su responsabilidad. Hazlo con elegancia

y Dios te recompensará tal como promete la profecía.

Amor vincit omnia.

Destino

Por primera vez desde que lo conocía, Maureen vio que Bérenger Sinclair estaba desorientado. La sangre se había retirado de su rostro y parecía acongojado. Angustiado.

Ella tocó su mano con suavidad.

—¿Qué ocurre? ¿Qué significa?

Él besó su mano para suavizar el impacto de sus evasivas.

—Significa… que debo decirte algo. Pero todavía no. Vamos a ver los otros objetos de esta misteriosa caja de Pandora.

Maureen no quería cambiar de tema, pero de momento respetó sus deseos, pues también sentía curiosidad por lo que quedaba en el cofre del tesoro. Introdujo la mano en su paquete y extrajo otro estuche destinado a joyas, más grande que el de Bérenger. El de ella estaba forrado de exquisito raso añil, una rica tela de un tono entre el azul más profundo y el violeta. Sobre el raso descansaba un medallón de aspecto antiguo de cobre batido. Él lo reconoció al instante.

—El laberinto de la catedral de Chartres.

Escrito en el reverso, en francés moderno, estaban las palabras:

Marie a choisi la meilleure part, et personne ne la lui enlèvera.

Bérenger, que hablaba el francés a la perfección, tradujo en voz alta más deprisa de lo que Maureen habría conseguido, pero ambos reconocieron al párrafo al instante.

—María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.

—Lucas, diez, cuarenta y dos —contestó Maureen.

Todos los estudiantes devotos de María Magdalena se sabían de memoria este párrafo. Viene a continuación de las quejas de Marta por encargarse de todas las tareas domésticas, mientras María está sentada a los pies de Jesús y le escucha. Jesús sale en defensa de María con esa enigmática frase.

—¿Qué crees que significa? —Maureen fue la primera en hablar—. Porque ambos sabemos que no será una interpretación literal de la Escritura.

—Claro que no. Está en el reverso de la imagen del laberinto de Chartres, y en francés, de modo que ambos elementos tienen que estar relacionados. Lee la tarjeta.

Maureen sacó la tarjeta, sin molestarse en disimular su sorpresa cuando la leyó:

El Libro del Amor está en la catedral de Chartres. Éste es tu destino y destinación el 21 de junio. Ventana 10.

Si bien la primera línea obró efecto (¿era posible que el Libro del Amor estuviera en la catedral de Chartres?), las líneas siguientes la dejaron sin habla.

He aquí el Libro del Amor. Sigue el camino que te ha sido trazado y encontrarás lo que buscas. Cuando lo hayas encontrado, has de compartirlo con el mundo y cumplir la promesa que has hecho. Nuestra verdad ha permanecido en la penumbra durante demasiado tiempo.

Amor vincit omnia.

Destin

Las palabras eran idénticas a las pronunciadas por Jesús en sus sueños del Libro del Amor. El autor de esta misiva, Destino, ¿era un mensajero de la divina providencia? ¿O era el ladrón que había robado su ordenador portátil y el cuaderno, y se burlaba de Maureen con sus propias notas?

Tras el sacrificio de Nuestro Señor el Día Negro de la Calavera, el honorable José de Arimatea, en compañía de los bienaventurados Nicodemo y Lucas, recogió todos los objetos que habían intervenido en su destino. Los travesaños de la cruz, los clavos, las espinas y el cartel escrito por Poncio Pilatos fueron transportados a casa de Nicodemo, donde la Orden del Santo Sepulcro los ocultó en una cámara subterránea. Después de la resurrección, el santo sudario que había envuelto el cuerpo de Nuestro Señor fue transportado también por la Orden a este lugar secreto. Sellaron la cámara con enormes pedruscos, que exigieron la fuerza de muchos hombres para moverlos. Protegieron lo mejor posible estas sagradas reliquias, pues su poder se consideraba muy grande e intenso para que hombres o mujeres normales se expusieran a sus efectos.

Lo más sagrado de todo era la madera de la Vera Cruz, pues la madera contenía en su interior toda la historia de nuestro pueblo. Representaba el espíritu de Asherah atrapado y oprimido, y simbolizaba la persecución de todos los que deseaban recuperarla a ella y a la verdad, en la forma de Nuestro Señor, quien vino a enseñarnos el Camino del Amor, que es el Camino de El y Asherah.

El acceso a las reliquias sólo estaba permitido a los miembros más íntimos de la Orden, a la familia y, una vez al año, a los discípulos, con el fin de conmemorar el sacrificio de Nuestro Señor, que es desde el Viernes Santo hasta el día de su resurrección. En todos los demás momentos, las reliquias estaban ocultas.

Cuando el bienaventurado san Lucas fue a Italia, enseñó un detallado plano a los hermanos de la Orden del Santo Sepulcro de Calabria, una guía para acceder al emplazamiento exacto de las reliquias. Como reinaba un gran descontento en Jerusalén, Lucas tenía miedo de que éstas corrieran peligro, o tal vez fueran olvidadas por las futuras generaciones si los miembros supervivientes de la Orden se veían obligados a abandonar su tierra natal. Y sucedió que el malvado Tito destruyó el templo de Jerusalén y trató de aniquilar tanto a los judíos como a los primeros cristianos en el año 70, y las reliquias quedaron abandonadas cuando la gente huyó para salvar su vida o murió peleando.

Dos siglos y medio después, el plano dibujado por san Lucas fue confiado a la madre del emperador Constantino, como regalo por su generosidad y por proteger a la Orden. Santa Helena alistó a un noble grupo de guerreros y conversos para realizar un viaje sin precedentes a Tierra Santa, en una expedición dirigida a encontrar los tesoros de nuestro pueblo. Utilizando el plano dibujado por Lucas, los miembros de la tropa de Helena fueron capaces de identificar la caverna que albergaba el tesoro, gracias a la gran equis grabada en el exterior. La equis ha sido utilizada desde entonces para indicar el emplazamiento del tesoro que procede de la iluminación. Además de las reliquias de la Pasión, también recuperaron de la caverna la cuna que acogió al Señor y a su hija santa en su sueño cuando eran pequeños.

Estas reliquias de Nuestro Señor Jesucristo fueron transportadas a Roma y guardadas por la gran señora. Sin embargo, en honor de aquellos que las protegieron, astillas de la Vera Cruz fueron obsequiadas a los líderes de la Orden del Santo Sepulcro en Calabria, Roma y Lucca. Éstos son los objetos más santos y poderosos de la historia de la humanidad. Como tales, las reliquias de la Vera Cruz fueron divididas en diminutas astillas, con el fin de compartir su santidad con las numerosas familias italianas que conservaron las verdaderas enseñanzas del Camino. Estos fragmentos contienen la sabiduría de Asherah, el aliento de Adán, las lágrimas de la reina de Saba y la sangre de Nuestro Señor.

Aunque los no creyentes puedan desdeñar la validez de tales reliquias, cualquiera que haya sentido el goce de sostener incluso la pieza más diminuta de la Vera Cruz jamás olvidará la sagrada experiencia. Los poderes curativos son milagrosos, y sólo deberían caer en las manos de quienes sean dignas de ello.

Quienes tengan oídos para oír, que oigan.

La leyenda de la Vera Cruz, segunda parte,

tal como se conserva en el Libro Rosso



18

Ciudad, del Vaticano

En la actualidad

Peter dejó de trabajar cuando Maggie Cusack le interrumpió. Un correo había entregado un paquete para el padre Healy, con el mensaje de que era urgente y debía abrirlo de inmediato. Maggie dejó la caja, envuelta en papel marrón vulgar, sobre su escritorio. Salió de la habitación meneando la cabeza. No había dirección del remitente, salvo una palabra garabateada en la esquina superior izquierda: destino.

Peter la abrió, sin saber que Maureen y Bérenger estaban viviendo la misma experiencia al otro lado del Tíber. Su caja contenía una estatuilla de una Virgen con el Niño, tallada en madera muy oscura. Esta Virgen era un poco rústica, pero estaba sentada en un trono, coronada, y su aspecto proyectaba autoridad. En la mano derecha sostenía el globo del poder terrenal. El Niño hacía la señal de bendecir desde el regazo de su madre. En la parte delantera de la base de la estatuilla estaba escrito «Notre Dame de Montserrat». En la parte posterior de la base estaba grabado el lema Nigra sum sed formosa.

Peter reconoció el latín. Era un verso muy discutido del Cantar de los Cantares: «Negra soy, pero graciosa». Era un elemento importante del culto a las Vírgenes Negras de toda Europa.

Abrió la tarjeta adjunta para ver qué más pistas le esperaban. Contenía una sola línea.

¿POR QUÉ TE HICISTE JESUITA?

Meditó un momento sobre la pregunta. No era «¿Por qué te hiciste sacerdote?», sino algo más concreto: «¿Por qué te hiciste jesuita?» Y esta Virgen también era muy concreta. Era la Virgen de Montserrat, la patrona del místico monasterio situado en lo alto de las montañas del norte de Barcelona. Peter lo había visitado en diversas ocasiones. Como muchos de sus hermanos antes que él había subido en el funicular que ascendía la pendiente empinada hasta el monasterio. Era terreno sagrado para los miembros de la Compañía de Jesús. Sagrado por muchas razones, pero la principal era que su fundador, Ignacio de Loyola, había descubierto su fe en este monasterio, y en presencia de su Virgen Negra.

Soy negra, pero graciosa, oh, hijas de Jerusalén.

Así canta la mujer shulamita en el Cantar de los Cantares. Porque es la novia de primavera, la representante de la gracia de Asherah en forma humana. Comparte con las mujeres de Jerusalén sus secretos y les da la bienvenida a sus brazos. Las que entran se convierten en sacerdotisas de la tradición nazarena, o sea, la tradición oculta. Son conocidas con el sagrado nombre de María. La líder de estas mujeres, la que es perfecta en su sabiduría y gracia, es la pastora del ganado. Sólo una mujer recibirá el título de Magdalena, mientras todas las demás Marías servirán a su lado.

Negro es el color de su sabiduría, pues ha sido oscurecido y escondido tras el velo, de forma que sea inaccesible a los no iniciados.

Huerto eres cerrado, hermana mía, novia,

huerto cerrado, fuente sellada.

Mi amada es la Virgen Negra, la señora escondida. No obstante, ella ha elegido la mejor parte, es la encarnación de la compasión en la tierra, es la Consoladora. Mi esposa está atrapada en un huerto cerrado, su fuente de sabiduría sellada y condenada por las mentes clausuradas de los hombres que han alejado sus corazones del Espíritu Santo, la Paloma Sagrada. Hasta que no sea liberada, no habrá paz sobre la tierra.

Éste es el apocalipsis que se acerca, lo cual significa literalmente el desvelamiento de la Esposa. Para salvarnos, hemos de comprender la verdadera interpretación del apocalipsis. Y hemos de darle la bienvenida.

El velo ha de ser levantado, y revelado el rostro de la Esposa. Porque ella es Asherah, la amada de El, que regresa a través del tiempo en diversas guisas, para unirse con su Esposo. Ella es la reina de Saba, es María Magdalena, y es todas las mujeres que luchan por la armonía que concede la reunión: masculino y femenino, así en la tierra como en el cielo.

Paloma mía, en las grietas de la roca,

en escarpados escondrijos,

muéstrame tu semblante, déjame oír tu voz

porque tu voz es dulce, y gracioso tu semblante.

Es misión de todos los hombres que desean servir a Dios con todo su corazón, mente y alma levantar este velo. Depende de nosotros permitir que la Esposa muestre su adorable semblante y deje oír su voz, que es una melodía de unión. Hemos de despertar en este cuerpo, pues todo existe en él. Hemos de dejar que la Esposa se abra a nosotros, nos reciba y comparta su sabiduría perfecta mediante nuestra reunión.

Yo dormía, pero mi corazón velaba.

¡La voz de mi amado que llama!

¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta!

El Cantar de los Cantares, el regalo de Salomón y su amada reina de Saba, es la salvación de la humanidad. Contiene la gozosa reunión de nuestro Padre y nuestra Madre en los cielos, mediante sus queridos hijos de la tierra. Contiene las semillas definitivas de la sabiduría y el amor.

Mi amada es mía, y yo soy suyo.

Ella ha elegido la parte buena,

que no le será quitada.

La canción de Salomón y la reina de Saba del Libro del Amor,

tal como se conserva en el Libro Rosso

Roma

En la actualidad

Pasaba de la medianoche, y la plaza de la Rotonda estaba en silencio. Los vendedores habían guardado sus mercancías una hora antes, y los turistas habían vuelto a sus hoteles. De vez en cuando, algunas parejas jóvenes atravesaban la plaza camino de una cena tardía, pero en general reinaba el silencio, salvo por el eterno gorgoteo de la fuente central. Fue aquí donde Maureen y Bérenger se sentaron, solos bajo la luz de la luna. Se acomodaron en los peldaños de piedra, dando la espalda al obelisco y de cara a la majestuosidad del Panteón, Él empezó a hablar en voz baja y reverente.

—¿Qué es lo único que hemos aprendido siguiendo este sendero mágico, con la Magdalena de guía? Nos ha enseñado muchas cosas, pero nada más importante en mi opinión que las lecciones sobre equilibrio y armonía. Creo que eso es lo que él nos está enseñando también, ¿no?

Maureen asintió sin decir nada, pues no quería interrumpirle.

—Piensa en esto un momento. Hay una profecía que nos legó Sarah-Tamar, la hija perfecta de dos profetas perfectos. Conoces bien esa profecía, pues ha conformado tu vida. Es la profecía de las mujeres que vendrán en diversos momentos del tiempo y llevarán a cabo funciones espirituales importantes con el fin de lograr que la verdad de nuestro pueblo no muera. Es la leyenda de la Esperada, pero también incorpora la filosofía del regreso del tiempo, ¿verdad? Bien, recordando lo que sabemos sobre armonía, unión y equilibrio, deja que te pregunte algo. Si existe una profecía sobre una mujer que ha de venir a restaurar la armonía, ¿qué puede existir como contrapeso?

Maureen no tuvo que pensarlo dos veces. Ya había llegado a esta conclusión mientras estaban en su habitación. Sólo quería oírlo de labios de Bérenger, además de su propia explicación.

—Una profecía acerca de un hombre que hará lo mismo —contestó—, que complementará el trabajo de ella.

Él sonrió, nada sorprendido por la respuesta.

—Sí —contestó en voz baja—. Se llama la profecía del Príncipe Poeta, y también procede de Sarah-Tamar.

—¿Me la quieres recitar?

Bérenger asintió, tomó aliento y procedió al recitado, permitiendo que su acento escocés se deslizara sobre las palabras de la profecía. Maureen sintió que un escalofrío recorría su espina dorsal.

El Hijo del Hombre decidirá

cuándo vuelve el tiempo para el Príncipe Poeta.

Él, espíritu de la tierra y el agua nacido,

en el reino compuesto de la cabra marina

y el linaje de los bienaventurados.

Él, que amortiguará la influencia de Marte

y exaltará la influencia de Venus,

para encarnar la gracia por encima de la agresividad.

Él, que inspirará los corazones y mentes de la gente

para iluminar el camino de la disposición

y enseñarles el Camino.

Éste es su legado,

éste, y conocer un gran amor.

Miró a Maureen de manera intencionada cuando terminó el último verso de la profecía, y ambos recitaron al unísono la conclusión, que tan familiar había llegado a ser para ambos.

—Los que tengan oídos para oír que oigan.

Siguieron sentados en silencio un momento, hasta que Maureen preguntó:

—¿El reino de la cabra de mar?

—Capricornio —explicó Bérenger—. Los que saben poco de astrología imaginan Capricornio como la típica cabra de monte, pero en realidad es un ser mítico. Una cabra de mares un espíritu de la tierra y del agua.

—¿Como la versión masculina de una sirena? ¿Uno de los símbolos de Asherah, y más tarde el símbolo del linaje?

—Exacto. La profecía también habla de otros elementos astrológicos. Un predominio de planetas en signos de tierra y en signos de agua. Y amortiguar la influencia de Marte parece que se refiere a ese planeta en un signo de agua, en especial Piscis. Ya ves, al igual que la Esperada, el Príncipe Poeta ha de cumplir ciertos requisitos de nacimiento y sangre.

Maureen lo estaba asimilando todo, estupefacta por el impacto de esta revelación.

—Ciertos requisitos que tú posees —dijo en un susurro.

—Sí.

—¿Y debo asumir que, al igual que la Esperada, tienes cierto número de hermanos históricos que han cumplido esta profecía? La nota de Destino decía que tu reliquia de la Vera Cruz perteneció en otro tiempo al Príncipe Poeta más grande de todos.

—Sí, y estoy intentando imaginar a cuál se refiere. Supongo que se refiere a René de Anjou, pues fue rey de Nápoles y Jerusalén, y conde de Provenza. La historia le llama el Buen Rey René, porque era el típico príncipe de cuento de hadas, y también protector y benefactor de Juana de Arco. Fue padre de Margarita de Anjou, también una Esperada, y una mujer muy poderosa. Llegó a ser reina de Inglaterra y adalid de la facción de los Lancaster en la Guerra de las Rosas.

—¿De veras? ¿Quieres decir que existieron dos mujeres al mismo tiempo que cumplían los requisitos de la profecía de la Esperada, Juana y Margarita? El Buen rey René debía estar muy ocupado.

Bérenger rió.

—Ya lo creo. El otro aspecto que he observado es que cada uno de los hombres que cumplieron los requisitos de la profecía del Príncipe Poeta estaban rodeados de mujeres muy testarudas, pero también muy inspiradoras, mujeres que cambiaron su forma de pensar y su vida al tiempo que modelaban su destino.

—¿Así que… ¿la Esperada y el Príncipe Poeta siempre viven al mismo tiempo?

—A juzgar por todos los ejemplos que conozco, ése parece ser el caso. Pero sostienen relaciones diferentes. A veces, son padre e hija» a veces hermano y hermana, en otras ni siquiera son parientes, pero existe una relación de maestro y alumna. Por supuesto, los más legendarios suelen ser los amantes, pero no es el único tipo. Creo que Dios nos enseña de esa manera las múltiples formas que puede adoptar el amor. Son de la misma familia espiritual.

—Cualquier cosa con tal de llevar a cabo su misión, supongo. ¿Cumplir la promesa?

—Sí. En el siglo quince, había mucho que hacer. Fue un periodo de la historia muy poderoso, una era que encarnó el concepto de «el tiempo vuelve». Dios no quería correr ningún riesgo en ese siglo.

—¿Quién fue el otro Príncipe Poeta de ese período?

—Lorenzo de Médicí, el padrino del Renacimiento.

Maureen reflexionó.

—¿Era uno de los nuestros? ¿De veras? Nunca lo habría adivinado.

—Creo que debía serlo, si inspiró a hombres como Sandro Botticelli y Miguel Ángel. Pero confieso que sé mucho más sobre la rama francesa de la familia. Tal vez este tal Destino nos lo confirme, pues da la impresión de que vamos a conocerle, a él o a quien sea, en el solsticio de verano.

Habían hablado antes con Peter, y los tres habían llegado al acuerdo de que viajarían juntos a Chartres para encontrarse con Roland y Tammy. Si estaban juntos, las probabilidades de que ocurriera algo inquietante disminuían. Cuantos más fueran, menos peligros acecharían. Bérenger Sinclair no había dejado de fijarse en que Destino estaba imitando sus actos. Dos años antes, él había tentado a Maureen a conocerle de este mismo modo, solicitando su presencia en una iglesia de París el día del solsticio de verano. No cabía duda de que Destino, fuera quien fuera, conocía bien su historia compartida. Era tan intrigante como desconcertante.

Maureen continuaba obsesionada con la revelación de la última profecía.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque estaba esperando el momento oportuno. No obstante es evidente que Destino ha tomado la decisión por mí. Me alegro de que lo haya hecho. Me tranquiliza que estés informada. No me gusta ocultarte cosas.

Maureen tragó saliva, pero las palabras que iba a pronunciar no salieran de su boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y brillaron como esmeraldas a la luz de la luna que se reflejaba en el mármol del Panteón.

Él tomó sus manos con ternura y las acarició con las pulgares mientras hablaba.

—Así que, mi querida Esperada…, sólo quiero que sepas que comprendo todo lo que eres, y todo lo que has padecido. Al igual que también sé lo que significa vivir a la sombra, arrojada por una profecía tan potente.

—¿Desde cuándo sabes lo del Príncipe Poeta?

—Toda mi vida. Yo era el niño bonito. La posesión más preciada de mi abuelo. Por eso pasaba tanto tiempo en Francia, mientras mis hermanos vivían en Escocia. El viejo Alistair me vigiló con mucha atención hasta el día de su muerte, para ver si cumplía los requisitos de la profecía.

—Debía estar muy orgulloso de ti.

Bérenger se encogió de hombros.

—No lo sé. No logré nada en vida de él. Incluso hoy, aún he de determinar con exactitud qué se espera de mí. Cuando te conocí… Bien, ésa fue la primera vez que creí que sería capaz de cumplir mi destino.

Calló un momento para recuperar el aliento, abrumado de repente por el torrente de decepciones y deseos de los años anteriores. Se serenó y continuó enseguida.

—Maureen, ya sé que crees que te he metido prisas, y ahora espero que comprendas por qué. La verdad es que, en circunstancias normales, soy un hombre muy cauteloso y calculador en todos los aspectos de la vida. Pero contigo es imposible. Cuando te miro y veo lo que hay en tus ojos, descubro a la persona que he esperado. No sólo en esta vida, sino en otras. Tal vez durante cientos de años, o miles. Pero eras tú la persona que esperaba, y sólo tú. De eso estoy seguro.

Ella lloraba sin disimulos y a lágrima viva mientras le escuchaba.

—Lo siento muchísimo —respondió con voz entrecortada—. Te he hecho sufrir mucho, cuando tú has sido tan paciente conmigo. Y yo… Creo que he estado dormida durante mucho tiempo.

Él tomó su barbilla en la mano.

—Es hora de despertar, Bella Durmiente. Paloma mía.

Ambos se quedaron sin habla. La respuesta de Maureen fue inclinarse hacia adelante para aceptar el roce de los labios de Bérenger contra los suyos. En el centro de la piazza, mientras el agua de la fuente de Isis manaba detrás de ellos, estos amantes de la profecía y las escrituras compartieron la calidez del nashakh, el beso sagrado. Sus almas se fundieron mediante esta dulce fusión de su aliento. Ya no eran dos: eran Uno.

La Ciudad Eterna parecía un lugar singularmente apropiado para tan épica reunión.

A la mañana siguiente, Peter se levantó temprano para aprovechar el día. Sabía su objetivo, aunque no el motivo. Iría a la iglesia dedicada a san Ignacio, que estaba situada a unos centenares de metros del hotel de Maureen. Tenía la extraña sensación de que en ella encontraría algunas respuestas.

Había pasado la mayor parte de la noche investigando sobre Montserrat, y en concreto sobre la Virgen Negra. Lo que había descubierto era desconcertante. Reflexionó sobre lo interesante y, con frecuencia, asombroso que resulta poseer información que, tras años de conocerla, adquiere de repente un significado muy diferente basado en un cambio de perspectiva. Pues si bien recordaba algunos de estos detalles sobre Montserrat, en el pasado no le habían impresionado tanto como hoy.

Montserrat, al igual que Chartres, había sido un lugar de culto mucho antes del cristianismo, reconocido por los antiguos como una zona de extraordinario poder natural. Desde los primeros cristianos, había existido algún tipo de edificio religioso dedicado a María, y el actual monasterio se llamaba de Santa María. Lo que Peter consideraba desconcertante era que arraigadas leyendas locales indicaban que María había obrado milagros en el lugar. Al estudiar con atención la historia y el folclore primitivos cristianos, no había descubierto ninguna referencia a que la Madre de Jesús hubiera ido a España, pero en esta región abundaban las leyendas relacionadas con María Magdalena. Era la frontera sur de un país de herejes, y lo había sido durante dos mil años. Peter sólo pudo llegar a una conclusión: los milagros documentados en Montserrat eran obra de María Magdalena Éste era su lugar, su monasterio, y era su imagen la que estaba tallada en madera antigua.

Durante la Edad Media, el monasterio adquirió fama como foco de saber, así como de sofisticado centro cultural, y fue visitado por la realeza y la aristocracia. Familias de la nobleza de Francia e Italia enviaban a sus hijos a estudiar allí. Peter había encontrado documentos en sus archivos y revisado los apellidos de las familias, algo así como el «quién es quién» de la riqueza y los privilegios de Europa, pero también en términos de lazos familiares heréticos. Había aprendido a reconocer estos apellidos durante los años que había estudiado día y noche el tema.

Montserrat recibía el nombre de Montaña del Grial, y existían teorías acerca de que el castillo del Grial de la leyenda de Parsifal se alzó en un tiempo entre estos picos escarpados y desnudos. La relación con el Grial, y la idea de que el «recipiente que contenía la sangre de Cristo» era una alegoría de la esposa y los hijos del Señor, prestaba más crédito a la posibilidad de que Montserrat fuera un lugar sagrado para los descendientes de Magdalena y sus enseñanzas. Las enseñanzas de la sagrada familia. Por si eso no fuera suficiente, Montserrat era famosa por un libro rojo. En este caso, lo llamaban el Llibre Vermell, un libro de cánticos religiosos escrito en 1399 y encuadernado en terciopelo rojo algunos siglos antes para protegerlo. Pero, al igual que tantas leyendas, existía un libro anterior, secreto y misterioso, oculto en el monasterio y que sólo conocían los principales iniciados.

El mayor misterio de todos era la antigua escultura de la Virgen de Montserrat, Los lugareños la llamaban La Moreneta, que significaba la «Morenita». Si bien documentos oficiales afirmaban que fue tallada en el siglo xii, la leyenda de Cataluña indicaba que esta menuda pero poderosa imagen de Notre Dame había sido tallada en Jerusalén durante el siglo i ya fuera obra de san Lucas o de Nicodemo. La misma mitología indicaba que todo el monasterio fue construido alrededor de esta estatua cuando fue descubierta, pues resultó imposible moverla, por más hombres que unieron sus fuerzas para ello. Al igual que la estatua favorita de Matilda, el Volto Santo, la Virgen de Montserrat había elegido el lugar donde deseaba residir y se negó en rotundo a cambiar de emplazamiento.

Otra extraña similitud entre la Santa Faz de Lucca y la Virgen de Montserrat sorprendió a Peter. Estas dos obras de arte representaban una interesante pauta de la Iglesia que él estaba estudiando en secreto. Eran dos tallas de gran belleza artística y que poseían fuertes relaciones legendarias con el siglo i. Pero en ambos casos la Iglesia se empeñaba en que ninguna era original. Eran copias de la Edad Media. Algo fácil de entender en el caso de que fuera cierto. Lo que Peter consideraba fascinante era que existía más información en apoyo de la teoría de que eran originales del siglo i, que pruebas de que fueran copias. En su opinión, las probabilidades de que ambos objetos fueran originales eran muy numerosas. El Volto Santo, por ejemplo, se había considerado auténtico en los tiempos de Matilda. Si la escultura actual era una falsificación medieval, ¿que había sido de la original? ¿Y por qué no se habían producido protestas en Lucca cuando se la llevaron? ¿Por qué no existía el menor dato histórico de que la Santa Faz fuera trasladada del lugar que Dios eligió para que descansara por los siglos de los siglos? El motivo, en opinión de Peter, era que el original jamás se había movido de su sitio. El Volto Santo de Lucca de nuestros días era, de hecho, el original tallado por Nicodemo. Y estaba empezando a pensar que lo mismo podía decirse de la Virgen de Montserrat.

Pero ¿por qué? ¿Por qué la Iglesia no quería que los fieles supieran que ambos objetos eran auténticos? Este conocimiento sólo podía aumentar su valor, pero no obstante daba la impresión de que se había llevado a cabo un esfuerzo coordinado para convencer al público de que muchos de estos sagrados objetos del siglo i eran falsificaciones, y que los originales se habían perdido en el devenir de los siglos. Aún tenía que comprender el motivo, pero no cejaría en su empeño. ¿Podría decirse lo mismo también de la Sábana Santa de Turín? La Iglesia, por alguna razón que él ignoraba todavía, ¿quería hacernos creer que la Sábana Santa era una falsificación, aun sabiendo que era una reliquia verdadera de inmenso poder? ¿Hasta dónde llegaban las ramificaciones de esta conspiración?

Hacía poco que había visitado la iglesia de la Escalera Santa, cerca del palacio de Letrán. Recibía su nombre de la escalera que la emperatriz Helena llevó con ella a Roma, los veintiocho escalones de mármol que Jesús subió cuando fue juzgado por Poncio Pilatos. Peter subió la escalera de rodillas, como se exige a los fieles, con el fin de ver el tesoro que le esperaba en lo alto. En una cripta se guardaba un retrato legendario de Nuestro Señor, atribuido a san Lucas, pero al que solía llamarse acheiropoieton, que significa «no pintado por mano humana». Al igual que el Volto Santo, se creía que los ángeles habían guiado la mano del artista que había creado el rostro de Jesús para asegurar que fuera perfecto.

El último Papa que exhibió esta pintura en público, antes de su restauración moderna, fue León X, el hijo del padrino del Renacimiento Lorenzo de Médici. Después de la muerte del papa León, el cuadro desapareció durante varios siglos. Cuando volvió a aparecer en público, partes de la obra estaban cubiertas de forma permanente con plata y joyas, como para ocultar gran número de detalles del lienzo original. De hecho, la mayor parte de la pintura había sido escondida por estos adornos posteriores, y sólo quedaba visible el rostro de Jesús. ¿Había algún elemento de esta pintura original de Nuestro Señor que la Iglesia no quería que viéramos? Porque, si no, ¿para qué manipular un objeto tan sagrado? ¿Afirmaron que era una copia de un autor desconocido, de escaso valor, porque no querían que los fieles hicieran preguntas? Peter rechazaba esta idea. Por su experiencia como sacerdote, se había dado cuenta de que los fieles muy pocas veces formulaban preguntas a las autoridades eclesiásticas, incluso cuando eran desesperadamente necesarias. Si los feligreses hacían más preguntas, si exigían más respuestas verdaderas, cabía la posibilidad de que la Iglesia se viera inmersa en un escándalo en los albores del siglo xxi.

Esta pintura se exhibía en Roma, sometida a las medidas de seguridad más estrictas. Peter había estado en casi todas las iglesias de la ciudad, y jamás había visto tanta vigilancia alrededor de una obra de arte. Esta pintura estaba alejada de los visitantes unos tres metros, como mínimo, tras la protección de un cristal a prueba de balas y lo que parecía ser una red impenetrable de barrotes de hierro. No obstante, la Iglesia afirmaba que sólo era una copia del original, efectuada por un artista ignoto de la Edad Media.

¿De verdad? Y en tal caso, ¿para qué el abovedado revestido de hierro? El Diamante Hope[4] no contaba con una seguridad semejante. Ni ninguna de las reliquias de Roma con fama de auténticas y de valor incalculable.

Peter consideraba el asunto intrigante, pero cuando confeccionó la lista de las obras de arte que creía auténticas, pero que la Iglesia afirmaba falsas, encontró un hilo conductor importante que las relacionaba. Todas estaban relacionadas con alguno de los primeros miembros de la Orden del Santo Sepulcro, ya fuera Lucas, Nicodemo o ambos. ¿Podía deducirse, en consecuencia, que cada uno de estos objetos había estado en contacto con el Libro del Amor?

Cruzó el Tíber mientras reflexionaba sobre esta idea, en dirección a la zona de Roma que albergaba dos iglesias importantes para la orden de los jesuitas. La de Gesù, la más grande y famosa, había sido cuartel general de la orden durante cientos de años. Se decía que Miguel Ángel se quedó tan impresionado por el poder y la pureza de la conversión de Loyola que se ofreció a diseñar su iglesia, el Santo Nombre de Jesús, gratis. Ahora, como sabía de quién era descendiente Miguel Ángel, Peter se preguntó si no existía una relación más profunda entre el gran artista e Ignacio de Loyola, una relación que también implicaba al Libro del Amor.

Aunque los planos arquitectónicos de la iglesia de Gesù se concluyeron en vida tanto del santo como del escultor, la construcción empezó después de la muerte de ambos. Peter pasó por delante del Gesù e hincó la rodilla en señal de respeto, pero continuó hacia la iglesia más pequeña a la que se dirigía, San Ignacio. En su opinión, era la iglesia del jesuita trabajador, al igual que había sido el centro oficial de culto del Colegio Romano, también conocido como Pontificia Universidad Gregoriana. Ésta, una de las universidades más antiguas del mundo, se creía que había sido bautizada así en honor del papa Gregorio XIII, quien fue el principal impulsor de su construcción. Pero Peter se quedó sobrecogido por la idea que se le acababa de ocurrir. Un superior le había contado en una ocasión la historia de que la universidad se llamaba gregoriana en deferencia a Gregorio VII, un gran reformador de la Iglesia. El Gregorio de Matilda.

Entró en San Ignacio, sin saber muy bien qué estaba buscando, pero firme en la fe de que lo encontraría en ese lugar. Se detuvo cerca de uno de los detalles que convertían la iglesia en un sitio único: el círculo dorado situado en el suelo que señalaba el sitio perfecto para ver lo que parecía ser una cúpula abovedada cubierta de trabajados frescos. Pero la cúpula era una ilusión óptica. La había pintado un brillante artista del Barroco, el hermano jesuita Andrea Pozzo, utilizando una técnica perfecta de trompe l’oeuil. La leyenda afirmaba que los vecinos se negaron a permitir la construcción de una cúpula que impidiera el paso del sol de la tarde, y los hermanos se vieron obligados a crear una falsa cúpula. En lugar de irritarse por la prohibición, se lo tomaron como un desafío artístico y crearon algo memorable. Cuando alguien se paraba sobre el disco dorado, era casi imposible decidir si la cúpula era una ilusión óptica sin parangón.

—La iglesia está llena de grandes espejismos, ¿verdad?

Peter pegó un brinco al oír la voz a su espalda, y se volvió de inmediato para ver quién había hecho la misma observación que le había pasado por la cabeza durante los dos últimos años. Detrás de él se hallaba el cardenal Barberini, su hermano en el consejo de Arques. Barberini se llevó un dedo a los labios y le condujo hasta uno de los bancos.

—¿Es usted Destino? —preguntó Peter a bocajarro.

Barberini sonrió.

—No, no. Ni de lejos.

Peter reflexionó un momento antes de la siguiente pregunta.

—¿Destino es jesuita?

Barberini negó con la cabeza.

—Destino es muchas cosas. No encaja en ninguna categoría de la que tenga usted referencias. Todavía. Pero ya hablaremos de eso después. De momento, he venido a decirle por qué se hizo jesuita, aparte de los demás motivos que usted ya conozca.

Peter se encontraba en una posición incómoda. Estaba con un miembro importante de la jerarquía eclesiástica que, sin duda, le había seguido. Barberini poseía información interna sobre asuntos muy graves y secretos, pero continuaba siendo un enigma. El cardenal DeCaro, en quien él confiaba ciegamente, había presentado a Barberini como un aliado, pero su comportamiento clandestino era extraño. E innecesario. ¿O no? ¿Vigilaban a Peter? Siempre lo había sospechado, pero aquí tenía la confirmación. ¿Vigilaban también a DeCaro? Las facciones más conservadoras del Vaticano estaban en abierto conflicto con la postura progresista de Tomas, sobre todo en lo tocante al material de la Magdalena, pero ¿estaban ocurriendo cosas más graves?

Por lo visto, Barberini estaba leyendo los pensamientos de Peter, porque continuó.

—Tendrá que confiar en mí hasta que pueda contarle más, hijo mío. De momento, he venido a hablarle de nuestro fundador, el gran san Ignacio de Loyola.

La reacción instintiva de Peter a la pregunta de «¿Por qué te hiciste jesuita?» se resumía en una sola palabra: conocimiento. Los jesuitas siempre habían sido los más grandes educadores y alumnos, y su pasión personal era el estudio de la historia de la religión y la espiritualidad, y de la sabiduría y el lenguaje antiguos. Vivía para enseñar y echaba mucho de menos su verdadera vocación, desde que se había trasladado a Roma para engrosar el comité de la Magdalena. Ignacio de Loyola era el fundador de esta universidad, y un pilar de la educación, tanto religiosa como humanista. Por ese motivo, Peter conocía bien su biografía, como todos los buenos jesuitas. Loyola procedía de una familia vasca, y nació la Nochebuena de 1491, el menor de trece hijos. Era de la baja nobleza, pero no tanto como para no poder llevar una existencia ociosa. En su juventud, fue un tanto mujeriego y jugador, y le nombraron oficial del ejército a los treinta años.

En Pamplona, Ignacio fue herido por una bala de cañón en la batalla que salvó el territorio de la invasión francesa. Se rompió una pierna y en la otra resultó herido por la explosión. La pierna rota curó tan mal que tuvieron que romperla de nuevo para volver a encajarla, todo lo cual se realizó sin anestesia. Loyola se repuso, pero la pierna rota quedó más corta que la otra, y cojeó durante el resto de su vida. La minusvalía despertó su interés por los logros intelectuales como leer y adquirir más conocimientos que sus semejantes. Durante su rehabilitación, leyó todos los libros que encontró en el castillo de Loyola, todos de tema religioso.

Cierto misterio rodeó la vida de Ignacio durante esta temporada en Loyola. ¿Quién le facilitó los libros y qué leyó en concreto? Corrían rumores de que, durante este período, se enamoró de una misteriosa mujer, una mujer de pelo rojizo y sangre real que le cuidó con ternura e influyó grandemente en él durante su larga convalecencia. Cuando se recuperó lo suficiente como para poder andar y viajar, en marzo de 1522, era un hombre nuevo, espoleado por una febril intensidad espiritual.

Lo primero que hizo Ignacio después de su curación fue peregrinar al monasterio de Santa María de Montserrat, situado en las montañas del norte de Barcelona. Se decía que, obedeciendo a las reglas de la caballería relacionadas con Nuestra Señora, estuvo arrodillado toda la noche ante el altar de la Virgen Negra. Algunos dicen que lo hizo durante tres noches consecutivas en honor a la trinidad. Al final de su vigilia, depositó todas sus armas sobre el altar, delante de la Virgen, y juró que se convertiría en un nuevo guerrero del Camino.

Barberini interrumpió los pensamientos de Peter con una brusca pregunta.

—¿Cuándo fue Loyola a Montserrat?

—En marzo de 1522.

—Correcto. ¿Qué día de marzo?

—El día de la Anunciación, el veinticinco de marzo.

—Incorrecto.

Peter se quedó sorprendido. Todos los jesuitas conocían la fecha. Barberini continuó.

—Hizo el juramento a Notre Dame el veinticinco de marzo, eso es cierto. Pero fue después de tres días de oración y meditación. Llegó en una fecha concreta por una razón concreta.

Peter contestó, mientras intentaba que todo encajara en su mente.

—El veintidós de marzo.

Barberini asintió.

—Pero ¿por qué?

Peter comprendía, en teoría, que esta fecha poseía importancia herética en términos de nacimientos y proferías. Pero no estaba seguro de cuál era la relación específica en este caso. Barberini le dio la pista.

—¿Conoce la existencia de algo, tal vez de un documento controvertido y de valor incalculable, que haya podido acabar en el monasterio de Montserrat?

Fue como si hubieran golpeado a Peter en la nuca. Montserrat era la última morada conocida del manuscrito auténtico del Libro del Amor, el documento escrito de puño y letra por Nuestro Señor, y transportado a Europa por su esposa y amada, María Magdalena, quien estaba plasmada en la imagen de Montserrat sosteniendo a su hijo. Peter lo sabía, pero no había relacionado el Libro del Amor con Loyola hasta aquel momento. Había dado por sentado que la asociación doble con Montserrat era… pura coincidencia. Tendría que haberlo imaginado, pero ¿cómo era posible ubicar en el mismo lugar dos ideas enfrentadas en teoría?

Peter asintió, y Barberini continuó.

—La masacre final en la fortaleza cátara de Montségur ocurrió el dieciséis de marzo de 1244. Los cuatro supervivientes tardaron seis días en llegar a Montserrat. El veintidós de marzo es el aniversario de la llegada e instalación de la Palabra Sagrada de Jesucristo en el monasterio. La vigilia de Loyola, y su adoctrinamiento, empezaron aquella noche por un motivo concreto.

Peter formuló la siguiente pregunta con mucha cautela y lentitud.

—¿Qué me está diciendo? ¿Que Loyola era un hereje? ¿Que fundó nuestra orden por motivos muy diferentes de los que suponemos? ¿Que… tuvo acceso al Libro del Amor?

—Él la llamó la Compañía de Jesús, ¿verdad? Podía significar cualquier cosa, por supuesto, pero es muy poco imaginativo, ¿no? ¿Le parece Loyola un hombre capaz de crear una nueva orden religiosa revolucionaria, para después ponerle un nombre que no representara a la perfección lo que defendía? Pero si estaba trabajando a partir de enseñanzas que procedían directamente de Jesús y no de otras fuentes, bien… Eso lo explicaría, ¿no? Recuerde siempre las palabras que fueron inmortalizadas en los escritos de su mejor amigo, Luis González de Cámara. Dijo: «Ignacio siempre se sintió inclinado hacia el amor. Más todavía, daba la impresión de encarnar el amor, y por ello fue amado por todo el mundo. No había nadie en la Compañía que no le amara y no se considerara amado por él». Es extraño que la Iglesia no haya conservado este retrato de nuestro Loyola, ¿verdad?

Peter estaba estupefacto. La perspectiva tradicional sobre el carácter de Loyola consistía en que era un hombre severo, riguroso y taciturno. Puede que fuera inteligente y devoto, pero «cariñoso» no era el primer adjetivo que venía a la mente cuando leías su biografía. El hecho de que le hubieran recordado que la persona más íntima de Ignacio de Loyola quiso dejar constancia de su inclinación hacia el amor, de que «daba la impresión de encarnar el amor», era toda una revelación.

—¿Significa esto que Loyola se encontraba en posesión del Libro del Amor? ¿Que la obra estaba en Montserrat en 1522?

Se trataba de una valiosa información, teniendo en cuenta que todas las demás referencias al documento original desaparecían después de 1244.

Barberini se inclinó hacia adelante para palmear a Peter en el hombro, y después utilizó la muleta para levantarse.

—Me duelen los huesos después de cruzar el río, hijo mío. De momento, tendremos que dar por finalizada esta charla, pero me alegro mucho de que hayamos hablado. Ah, una cosa más…

Peter ayudó a Barberini a levantar su cuerpo envejecido y entrado en carnes del banco, mientras el anciano le asestaba el último golpe.

—El comité va a pronunciarse oficialmente sobre el material de Magdalena. Será la semana que viene. Pero entretanto ha de ir a Francia con su prima. Tomas y yo le mantendremos informado de lo que vaya sucediendo.

»Van a declarar auténtico el Evangelio de Arques y hacerlo público, o al menos eso me han dicho. Maureen será reivindicada si esto ocurre. Y usted también, hijo mío. Pero sobre todo… se contará por fin la historia de Nuestra Señora en toda su verdad e integridad. Dios lo quiera.

Mientras veía al anciano salir de la iglesia, Peter susurró como un eco las últimas palabras de Barberini.

—Dios lo quiera.



19

Chartres, Francia

En la actualidad

La catedral de Chartres puede verse desde más de treinta kilómetros de distancia, posada en lo alto de la colina sagrada, con las agujas desparejas a cada lado del pórtico occidental, y alzada sobre la llanura de la Beauce. Maureen, Peter y Bérenger comentaron su belleza cuando llegaron en el coche conducido por un chófer la mañana del 20 de junio. Bérenger había organizado que les recogieran al llegar al aeropuerto de Orly, en las afueras de París.

Maureen fue la primera en explayarse sobre el poder del lugar, pues lo sintió en los huesos cuando aún se encontraban a kilómetros de distancia. Ciertamente, irradiaba magia. Los dos hombres que la acompañaban habían estado ya allí, y no lo experimentaban desde la misma perspectiva inédita. Maureen se pasó las manos sobre los brazos cuando se le erizó el vello.

Después de registrarse en su encantador hotel, situado cerca de la plaza principal, se dispusieron a subir la colina en dirección a la catedral. Su objetivo consistía en hacerse una idea del trazado del terreno, determinar dónde se hallaba exactamente la vidriera diez y echar el primer vistazo al laberinto. Tammy y Roland vendrían en coche desde el Languedoc para reunirse con ellos.

Maureen contuvo el aliento cuando se detuvo ante la catedral por primera vez. Era el edificio más majestuoso que había visto en su vida. Insistió en dar la vuelta alrededor de él antes de entrar, con el fin de asimilar la enormidad del lugar y la exquisita decoración que cubría cada centímetro del exterior con trabajados bajorrelieves y estatuas. Era impresionante. Se trataba de un monumento de belleza inigualable, un testimonio del poder y la gracia del talento humano nacido del corazón y el espíritu. Bérenger Sinclair ejerció de guía improvisado, pues conocía bastante bien la naturaleza esotérica de Chartres gracias a sus estudios. Condujo a Maureen y Peter hacia la izquierda de la catedral, a la puerta norte, llamada de los Iniciados, y les enseñó algunas de las estatuas más famosas, las de los patriarcas. Pero no fueron las esculturas de Moisés, Abraham y David las que llamaron la atención de Maureen. Reparó de inmediato en que la iglesia estaba repleta de mujeres. Algunas eran famosas: aparecían Judith, la heroína del Antiguo Testamento que salva a su pueblo; la Virgen María en la Anunciación y, con su prima Elizabeth, en la Visitación, y una secuencia de la reina de Saba cuando acude ante la presencia de Salomón, cada una coronada con una trabajada representación del Templo original. Otras no eran tan fáciles de identificar, pero había secuencias de mujeres que cubrían gran parte de la fachada norte.

Bérenger les informo.

—Hay varios centenares de imágenes de mujeres en esta iglesia, y se cree que más de ciento setenta son de María la Mayor, la Virgen María. Ninguna otra iglesia del mundo acoge tantas representaciones de mujeres. Ninguna se le aproxima.

Maureen estaba fascinada por lo que veía, pero se detuvo admirada ante la magnífica escultura de una mujer, instalada en un pilar exterior de un arco situado a la derecha de la puerta. Era joven y hermosa, y portaba un libro en una mano, mientras la otra, aunque dañada por ochocientos años de intemperie y guerras, daba la impresión de estar alzada para bendecir.

Bérenger le sonrió.

—Sabía que te gustaría. A mí también. De las mil o más imágenes de esta catedral, ésta es la que me obsesionó desde el primer día que vine. Y ahora que conocemos bien la historia de Matilda, empiezo a comprender por qué esta señora en particular ha sido tan especial para mí. Maureen, te presento a Modesta. Es la patrona de este lugar.

De pronto, Maureen se sintió al borde de las lágrimas a causa de la mención de Matilda. Sabía que su corazón y su espíritu estarían siempre inextricablemente ligados a la condesa toscana.

—La historia de Modesta es trágica, pero importante —dijo Bérenger, al tiempo que señalaba a la santa.

—Por supuesto.

Maureen se paró bajo la estatua de Modesta, cuyos pies quedaban justo encima de su cabeza. La escala y tamaño de Chartres eran engañosos, debido al uso experto de la perspectiva. Era fácil olvidarse de lo enormes (y exquisitamente detalladas) que eran todas las obras de arte, a menos que se las examinara con mucha atención.

El rostro de Modesta era adorable y sereno. Su pelo largo caía suelto bajo un velo. Daba la impresión de que el libro que sostenía en la mano izquierda estaba bellamente encuadernado.

—Me he dado cuenta de que muchas de estas figuras sostienen libros —comentó Maureen.

—Suelen simbolizar la Palabra —explicó Peter—. Las Escrituras. Los Evangelios. Es habitual en el arte cristiano.

Ella procuraba no enfadarse con su primo cuando ofrecía sus explicaciones tópicas y típicas desde su perspectiva de sacerdote. Sabía cuál era el simbolismo tradicional del libro, por supuesto. También sabía que era necesario mirar todas aquellas obras de arte con nuevos ojos, teniendo en cuenta la información recién adquirida sobre ellas. ¿Podía existir otro motivo de que aquellos personajes, sobre todo tantas mujeres, sostuvieran libros? ¿Podía tratarse de un libro diferente, una referencia específica al Libro del Amor? Puso los ojos en blanco y se volvió hacia Bérenger.

—Dime lo que sabes de Modesta.

—La leyenda habitual de las guías afirma que era la hija virgen de un gobernador romano muy cruel e intolerante llamado Quirino, enviado a Chartres con la misión concreta de aplastar el creciente culto cristiano. Según todas las referencias, Modesta era una jovencita adorable que se sentía horrorizada por la persecución de los cristianos, de modo que empezó a ayudarlos. Por ejemplo, los avisaba cuando su padre iba a atacar sus lugares secretos de culto, uno de los cuales se hallaba en el emplazamiento de esta catedral. Se dice que, durante esta época Modesta se enamoró de un joven llamado Potenciano, quien la convirtió al cristianismo. Cuando el gobernador Quirino descubrió que su hija se había convertido y le estaba traicionando con sus hermanos cristianos, mandó que la torturaran en público para dar ejemplo de su política de tolerancia cero. Ni siquiera la propia hija del gobernador se encontraba a salvo del poder de Roma. Fue decapitada y su cuerpo arrojado a un profundo pozo que se halla en la cripta de la catedral, y por eso se la llama con frecuencia el espíritu guardián de este lugar. Se dice que puede oírse en la cripta, susurrando secretos desde las profundidades a quienes tengan oídos para oír.

Maureen se estremeció al escuchar la historia, y presintió de inmediato que en la biografía de Modesta se ocultaban más cosas de las que aparecían a simple vista.

Bérenger se dio cuenta.

—¿Qué pasa?

Ella alzó la vista hacia la escultura de la hermosa y serena mujer que aferraba el libro. Meneó la cabeza poco a poco.

—Hay algo más. Aunque la historia sea trágica e importante, no está completa. Lo sé.

La mención de la cripta, y del pozo, había llamado su atención. Tal vez, si pudiera entrar, Modesta le susurraría sus secretos.

—¿Podemos bajar a la cripta?

Bérenger negó con la cabeza.

—No, por desgracia. No está abierta al público, salvo una vez al día, una visita guiada en francés muy breve a las once de la mañana. Me he preguntado con frecuencia por qué la iglesia no permite que la gente acceda a la cripta. El pozo está bien tapado, de modo que no puede ser por motivos de seguridad. La Virgen Negra que se exhibe en la cripta, Nuestra Señora del Subsuelo, es una copia de la que fue quemada durante la Revolución, de manera que no es para proteger reliquias antiguas. Pero por algún motivo… el acceso a la cripta está prohibido al público en general.

Continuaron explorando el lugar, y Maureen perdió la cuenta de las figuras femeninas que adornaban el exterior de la iglesia, aunque te fijó en que santa Ana, la abuela de Jesús, aparecía también con cierta frecuencia. Lo más significativo era que ocupaba un lugar de poder en la gran puerta de los Iniciados. Cuando dieron la vuelta y siguieron hacia la entrada sur, donde las puertas estaban cerradas, descubrieron que la figura central era una hermosa estatua de Cristo del siglo xiii, una escultura conocida como Cristo el Profesor. En la mano izquierda sostenía un hermoso libro muy adornado. Maureen miró a Peter, pero no dijo nada. Era curioso que Cristo apareciera con libros tan a menudo, pero la Iglesia afirmaba que jamás había escrito.

Maureen estaba muy ocupada tomando notas mentales de los elementos que poseían significado esotérico. Los apóstoles estaban plasmados en estatuas, de pie sobre bellas columnas entorchadas. Había descubierto, gracias a leer todo lo que caía en sus manos sobre Salomón y la reina de Saba, que el rey sabio había creado las primeras columnas entorchadas para adornar su legendario templo, y esos detalles arquitectónicos constituían un homenaje a su genio. También en este lado de la catedral, en una arquivolta situada sobre el pórtico, estaban los signos del Zodíaco en orden. Maureen suspiró cuando los vio. Era frustrante intentar fijarse en todos los detalles de Chartres en tan poco tiempo. Tardaría años en ver y apreciar cada detalle del exterior de la catedral, tan inmensa era y tan majestuoso el arte que cubría el exterior.

—Creo posible que la galería de arte más grande del mundo esté a la vista de todos —dijo a nadie en particular—, y así ha sido durante ochocientos años.

Habían recorrido todo el círculo y llegado a la fachada de la catedral. Era la entrada occidental, conocida como Pórtico Real. En los peldaños había varios hombres que parecían mendigos. Pedían limosna con las veneras extendidas. Uno se hallaba en lo alto de la escalinata y cantaba en francés. Otro estaba acurrucado junto a la puerta, con aspecto desastrado. Bérenger dejó caer con discreción billetes de euros en ambas veneras cuando pasó a su lado. Maureen se dio cuenta y añadió su propia contribución. El hombre que cantaba sacó una flor silvestre del bolsillo y se la dio con un guiño.

Tanto Bérenger como Maureen se detuvieron, con Peter detrás, para examinar la estatua que les daba la bienvenida a la derecha de la puerta occidental. ¿Era una coincidencia que las puertas de entrada principales de la catedral de Chartres albergaran esculturas del rey Salomón y la reina de Saba? Daba la impresión de que los épicos amantes estaban bien representados en el edificio.

Los tres entraron en el nártex a través de las enormes puertas y se encaminaron de inmediato a la tienda de regalos para comprar un plano de la catedral, con el fin de identificar el vitral diez. La tienda estaba llena de libros y láminas de las esculturas y los vitrales, pero la superestrella de la catedral de Chartres era la Virgen Azul, la magistral vidriera del siglo xii conocida como Notre Dame de la Belle Verrière. Se vendía en carteles, tarjetas de felicitación y puntos de libro. Y pese a su omnipresencia en la tienda de regalos, no quedaba disminuida. Había algo intenso y poderoso en la imagen, algo en la pureza del arte que trascendía el mercantilismo.

Maureen no lamentaba la comercialización de la catedral. Que aquel monumento al amor de Dios estuviera disponible al público gratis cada día era un regalo al mundo. Si vender postales y carteles de obras de arte contribuía a su mantenimiento y conservación, tanto mejor. Los tres hicieron su contribución a las arcas, comprando guías y planos. Peter se dispuso a buscar el vitral diez, y dejó a Bérenger y Maureen solos en la entrada de uno de los templos más importantes de la historia de la humanidad.

Ella respiró hondo y entró en la nave de la catedral más grande del mundo. Su enormidad inspiraba admiración, pero no obstante deparaba una extraña y hermosa intimidad. Aunque la altísima bóveda y los cientos de toneladas de piedra tendrían que haber resultado abrumadores, la atmósfera general de Chartres era acogedora y cálida. Era… sagrada. Fue la única palabra que se le ocurrió cuando se dejó deslumbrar por los colores de las vidrieras que flanqueaban la nave en dos pisos, uno encima del otro. Leyó en la guía el famoso comentario de Napoleón, cuando entró en esta catedral por primera vez; «Chartres no es lugar para ateos».

Desde luego,

—Mira detrás de ti —dijo Bérenger—. Y hacia arriba.

Maureen suspiró debido a la belleza de la vista. El enorme rosetón occidental y las tres ventanas ojivales de debajo, instaladas en el siglo xii junto con la ubicua Virgen Azul, brillaban con el sol de la tarde. Eran las vidrieras más antiguas de Chartres, y muy especiales. Si bien el cristal era magnífico en general, estas vidrieras en concreto precedían a las demás en casi un siglo. Maureen no había visto jamás gracia y colorido semejantes en ninguna iglesia. Los rosetones de Notre Dame de París eran espléndidos, pero en Chartres sucedía algo excepcional. Las tres ventanas ojivales situadas bajo el rosetón irradiaban la misma esencia poderosa.

—Es el azul —explicó Bérenger en voz baja—. No existe uno igual en ninguna iglesia del mundo. Se llama azul Chartres porque sólo se encuentra en este lugar. Nadie ha sido capaz de determinar qué utilizaron los vidrieros cuando crearon estos vitrales. El otro vitral de esta época ha sido restaurado en fechas recientes. Es la Virgen Azul. Está allí…

Bérenger no terminó la frase, pues vio la expresión afligida de Maureen. Comprendió de inmediato y asintió con solemnidad. Mientras miraban las vidrieras que había encima de la puerta, habían caminado entre varias hileras de sillas plegables. Ella bajó la vista y cayó en la cuenta de que se encontraban en mitad del laberinto, el símbolo más sagrado creado por la combinación de la sabiduría y fe extraordinarias de Salomón y Jesús.

El símbolo sagrado que estaba oculto y dañado por las filas de sillas que lo cubrían.

Maureen se sentó enseguida, convencida de que iba a vomitar. De repente, se sentía muy mareada.

—¿Te encuentras bien?

Asintió, pero había lágrimas en sus ojos. El impacto de ver el laberinto sembrado de sillas era algo para lo que no estaba preparada. Conocía la verdad, pero carecía de marco de referencia para lo que iba a sentir, la ira, la indignación.

—¿Cómo han podido hacer esto? —se limitó a preguntar.

Bérenger no tenía respuestas. Había pasado la mayor parte de su azarosa vida formulándose las mismas preguntas una y otra vez.

Peter se acercó a ellos, al tiempo que agitaba la guía. Se detuvo cuando vio la cara de Maureen y cabeceó.

—Lo sé —dijo—. Aunque parezca extraño, yo siempre he sentido lo mismo por el hecho de que el laberinto estuviera tapado de esta manera, antes incluso de saber qué era y por qué me importaba tanto. En fin, como nota positiva, debo deciros que he localizado la vidriera diez.

Maureen se levantó para seguirle, contenta de alejarse de la tragedia del laberinto. El sacerdote les guió hasta el crucero sur y señaló el primer vitral de la derecha. Estaba dedicado a un santo italiano que fue el primer obispo de Rávena, san Apolinar.

—Fue discípulo de san Pedro, y se le atribuyen diversos milagros que están plasmados en el vitral. Pero creo que no es el santo que andamos buscando —explicó—. Lo que nos interesa es el agujero circular de la ventana.

Un círculo de luz blanca brillaba a través de los colores más oscuros de la vidriera, la luz pasaba por un agujero que parecía practicado a propósito en el borde derecho.

Peter señaló el suelo, a escasa distancia de donde se encontraban.

—¿Veis esa losa? ¿La que está situada en ángulo con respecto a las demás ?

Bérenger asintió.

—Es de un color diferente, más clara que las otras. Además, está colocada de forma distinta, con el fin de que destaque. —Se acuclilló para pasar la mano sobre la piedra y sonrió—. Y fijaos en esto, aquí hay un pincho de latón hincado en la piedra, y señalado con una equis.

—¿Qué significa?

Maureen no le había entendido del todo.

—¿Te acuerdas cuando nos encontramos por primera vez en Saint-Sulpice? —preguntó Bérenger.

Se trataba de una pregunta retórica. El día que se conocieron había cambiado sus vidas de manera indeleble y ninguno de los dos lo olvidaría. Pero aquel encuentro también había sido dispuesto de manera que tuviera lugar en el solsticio de verano, el 21 de junio, porque Bérenger quería demostrar a Maureen la precisión de los constructores de la iglesia de Saint-Sulpice. Aquellos arquitectos habían señalado el solsticio mediante una línea de latón incrustada en el suelo. A mediodía del solsticio, el sol brillaba a través de las ventanas e iluminaba el latón.

—Un acontecimiento similar ocurre aquí. Mañana al mediodía, el sol brillará por ese agujero de la ventana, con el fin de iluminar este pincho de latón en la losa oblicua, y así señalar el punto culminante del día más largo del año.

Maureen comprendió ahora.

—Lo cual significa la celebración de la luz, el momento de todo el calendario en que la luz del sol brilla con más fuerza.

—Iluminación —dijo en voz baja Peter, lo cual provocó que los dos se volvieran a mirarle. Aquella sencilla palabra contenía un significado muy profundo—. Es una celebración de la iluminación que puede tener lugar en este espacio sagrado.

Todos guardaron silencio un momento, mientras apreciaban la obra de los arquitectos, albañiles y astrónomos que habrían trabajado al unísono para crear tan extraordinaria anomalía, más de ochocientos años antes.

—La orquestación de tal efecto es fenomenal —comentó Maureen—. Cada aspecto de esta catedral tuvo que ser creado con absoluta intencionalidad. Aquí no se dejó nada al azar. Nada. Lo siento en lo más hondo. Nos lo están gritando desde cada centímetro de este lugar extraordinario.

Se sentaron en los bancos contiguos al vitral diez, de cara al rosetón norte y las ventanas ojivales de debajo. La figura central era una enorme imagen de santa Ana, plasmada al estilo de una Virgen Negra.

—Como eso. Es muy concreto. Santa Ana es una Virgen Negra, y se halla en el centro. La encontramos por toda la catedral, y en cada caso está representada en un lugar de autoridad. Eso no puede ser casual.

—No tengo una respuesta para explicar la presencia de santa Ana, pero sí puedo deciros esto —intervino Peter de nuevo—. El movimiento gótico empieza poco después de la muerte de Matilda, hacia 1130, y aparece de la nada. Pero en realidad no es gótico, ¿verdad? Proviene de los visigodos, que según todas las referencias eran un pueblo bárbaro y guerrero, poco propenso a las obras de arte delicadas construidas con piedra y cristal.

Bérenger se sumó a un tema del que poseía cierta información.

—Es porque la expresión «arte gótico» es un error de traducción. La palabra que originalmente se aplicaba a lo que llamamos catedrales góticas era argotique, no «arte gótico». Argotique es una palabra que significa «jerga», y se refiere a un dialecto concreto perdido. El gran alquimista Fulcanelli dijo que argotique era un «lenguaje peculiar de todos los que necesitaban comunicarse sin que los profanos los entendieran».

Peter asintió.

—O sea, estás diciendo que esta catedral no es el «arte de los godos», sino arte codificado con un idioma concreto y secreto.

—Dedicado a los que tienen oídos para oír —añadió Maureen.

—Exacto. También se llamaba argotique al lenguaje de los forajidos, lo cual describe a las culturas heréticas.

Peter continuó, todavía más animado.

—Todo encaja a la perfección. De repente, en el siglo doce, hay más de veinte catedrales góticas en construcción, y también de repente aparecen albañiles, matemáticos, arquitectos y vidrieros que saben con exactitud cómo ejecutar estas obras maestras de la arquitectura inéditas hasta el momento, y que, además, es arte codificado.

Maureen y Bérenger le habían escuchado con el máximo interés. Peter pocas veces disertaba así. Guando lo hacía, era necesario prestarle toda la atención. Era evidente que había estado reflexionando sobre el asunto durante sus recientes investigaciones.

—Este movimiento arquitectónico aparece de la noche a la mañana, y florece —continuó Peter—. Sin embargo, nadie sabe cómo o por qué. Del mismo modo, nadie sabe quién financió estas catedrales, en particular ésta. Aquí hay intencionalidad, como tú has indicado, Maureen. Hay voluntad, y fuerte. Pero ¿por qué, y por qué aquí? Chartres tiene algo privilegiado, más allá de lo que las guías y la Iglesia tradicional nos dicen.

—¿Cuál crees que es la respuesta, Peter?

El sacerdote se puso muy serio y se tomó un momento antes de dedicar una sonrisa a su prima y contestar con un solo nombre.

—Matilda.

Maureen se quedó anonadada por la inesperada respuesta.

—¿Matilda?

El padre Peter Healy asintió.

—Era una devota de la arquitectura. Piensa en lo mucho que le gustó construir Orval, en cómo retó a los arquitectos y constructores de su tiempo con el tamaño y la forma de los arcos. ¿Qué sabemos del Libro Rosso? Contenía dibujos arquitectónicos secretos. ¿De dónde procedían esos dibujos? De Jesús. ¿De dónde los sacó Jesús? Fueron transmitidos de generación en generación de su estirpe, del mismísimo Salomón, y puede que también de la reina de Saba.

Maureen pensó en voz alta.

—La versión escrita por Matilda de la leyenda de Salomón y la reina de Saba nos recuerda que los sabeos eran conocidos como el Pueblo de la Arquitectura, y que la reina fue fundadora de escuelas de escultores en piedra.

Peter asintió. Aquél era el punto preciso.

—Y hemos visto en el exterior que tanto Salomón como la reina de Saba están bien representados, pues hay dos esculturas de ellos de tamaño natural y elementos del templo original.

Bérenger fue el primero en captar la enormidad de la idea.

—Estamos diciendo que Chartres, y en esencia todo el movimiento gótico, fue iniciado por Matilda? ¿Y que se basaba en los dibujos originales del Templo de Salomón?

—Tal como se conservan en el Libro Rosso —añadió Maureen, entusiasmada por la idea—. Y… traídos a Chartres. ¿Por Conn y el Maestro? Dios mío…

Peter abundó en la idea y habló muy deprisa, lo cual demostró que había concebido esa teoría hacía cierto tiempo.

—Todo encaja. Recordad que Fulberto reconstruyó la catedral después del incendio de 1020. Pero se produce otro incendio, todavía más catastrófico, que destruye todo, salvo la cripta, en 1134. Quizá fue un accidente, quizá no. Pero la catedral fue reconstruida por completo con un nuevo modelo sin precedentes, y se convirtió en la obra maestra del arte y la arquitectura que sigue siendo hoy. La altura de esta bóveda jamás ha sido igualada en ninguna parte del mundo.

Maureen se sintió culpable al instante por haberse enfadado antes con Peter. Había recorrido un largo camino en dos años. Era una teoría asombrosa, y progresista.

Bérenger continuó desarrollando la idea.

—Han pasado unos treinta años desde 1100, que es más o menos cuando Conn y el Maestro llegan a Chartres, en 1134, momento en que empieza la reconstrucción. Sabemos que luego se les unió Patricio, quien era el cerebro arquitectónico, junto con Matilda, del magnífico Orval. Debieron tener tiempo suficiente para perfeccionar las técnicas, los planos y la geometría, para iniciar la construcción de un tipo de templo completamente nuevo. Y tal vez incluso para adiestrar a toda una generación en esos principios y técnicas. Después se produce otro incendio en el siglo siguiente, y entonces se crea una ornamentación todavía más trabajada para los nuevos elementos.

Maureen concluyó la idea.

—Porque ahora los residentes eran unos expertos en las modalidades arquitectónicas necesarias para crear este tipo de perfección.

Estaban paseando con parsimonia por la catedral mientras hablaban y pensaban, al tiempo que asimilaban la inmensidad del lugar y su historia. Bérenger los detuvo delante de la famosa vidriera de la girola sur.

—Aquí está la reina de Chartres —explicó, y señaló la adorable Virgen con el Niño que se alzaba sobre ellos—. Se llama Notre Dame de la Belle Verrière, y ya podéis comprender por qué. Es la vidriera más antigua superviviente, porque data de 1137.

La espléndida Virgen de la vidriera, que había sido calificada como «la más hermosa del mundo», presentaba un aspecto majestuoso con su corona de oro, incrustada de joyas y cubierta de flores de lis, ataviada con el azul más exquisito, el famoso azul de Chartres que no podía imitarse, destacado por un fondo rojo muy in