Aquí empieza el camino de las estrellas

ES TRADICIÓN PARA MUCHOS PEREGRINOS COMENZAR EN RONCESVALLES EL CAMINO DE SANTIAGO.

A lo largo de este recorrido de más de 700 Kilómetros podremos encontrarnos con gran cantidad de personas de distintos países y con un poco de suerte quizás nos conozcamos mejor a nosotros mismos.

Lo más importante es nuestra actitud hacia la empresa que vamos a emprender. Controlamos si hemos colocado en nuestro equipaje los instrumentos indispensables para que la peregrinación sea todo un éxito: mucho Amor, una buena dosis de Respeto y una pizca de Humildad.

No olvidemos que esta senda nos llevará al Sepulcro de uno de los discípulos más queridos por Cristo y que cada metro que avanzamos nos acerca más y más a la meta y aviva la chispa de luz divina que todos llevamos dentro. Damos gracias a Dios por concedernos vivir esta experiencia tan enriquecedora.

Y si algo falla en nuestro cuerpo y dificulta el avanzar ágil y suelto, en vez de lamentar nuestra minusvalía podemos recordar que demasiados seres en este Planeta han tenido un destino mucho más duro y triste que el nuestro. Es en los momentos en que nos sentimos especialmente infelices o desdichados cuando tenemos que acordarnos de la gran cantidad de seres humanos que se encuentran realmente peor que nosotros: por eso tenemos que dar gracias a Dios por permitirnos estar en la cumbre de los Pirineos disponiéndonos a emprender una de las experiencias espirituales más intensas que una peregrinación pueda ofrecer.

Antaño (es decir hasta hace poco más de un siglo, cuando se inventaron los motores) el Camino era, para todo peregrino, un itinerario de ida y vuelta que empezaba en la puerta de casa de cada uno y terminaba en la misma puerta donde, siempre andando, volvían. Si es que volvían.

Hay, a lo largo de la senda jacobea, unos sitios donde los peregrinos suelen practicar unos rituales: el primer ritual se cumple en Ibañeta, cerca del moderno monolito de 1965 que recuerda el paladín Roldán y de la capilla de San Salvador (donde una campana tocaba al atardecer para orientar a quien se había perdido).

Aquí los romeros solían fabricar una pequeña cruz utilizando trocitos de madera atados con hilos de hierba, la depositaban en la base del monumento y, mirando hacia el Oeste donde Santiago los esperaba, rezaban una breve oración pidiendo ser acompañados y protegidos en la Ruta.

El peregrino que está a punto de partir para recorrer el Camino que le llevará al Sepulcro del Apóstol Santiago, suele empezar su itinerario en Roncesvalles. Pero no todos saben por qué este punto de partida y este itinerario.

Repasamos a grandes líneas la historia de los orígenes del Camino: según las Actas de los Apóstoles, Santiago el Mayor, hermano de Juan Evangelista, fue decapitado en Jerusalén por orden de Herodes Agripa (Hech. 12, 1-2). La tradición quiere que sus restos fuesen milagrosamente trasladados a Galicia (donde supuestamente había predicado con éxito escaso) en una barca de piedra conducida por ángeles.

La Leyenda Dorada (siglo XIII) cuenta los detalles fantásticos de su llegada a España y de cómo su cuerpo fue enterrado en el lugar que ahora llamamos Compostela. Allí permaneció prácticamente olvidado por cerca de ocho siglos hasta que un ermitaño llamado Pelayo, guiado por luces y voces divinas lo encontró, dando así inicio a un imponente movimiento de peregrinación hacia estas tierras.

Un par de siglos después del descubrimiento de los restos por parte del ermitaño, cuando ya era imponente el número de fieles que se dirigían al sepulcro, sale la que podríamos llamar la primera guía “turística” de la historia, el denominado Codex Calixtinus (o Liber Sancti Iacobi), ideado por los monjes de Cluny y con el beneplácito del papa Calixto II, a quien se debe el nombre.

En el Codex Calixtinus se cuenta todo lo que hubiéramos querido saber sobre la peregrinación a Compostela: la liturgia en honor del Apóstol, sus milagros, el relato de su traslación y sobre todo, la parte denominada “guía del peregrino” que contiene una descripción pormenorizada del itinerario a recorrer, santos a venerar, pueblos y ríos a evitar, etc. con una abundancia de detalles que la hace precursora de nuestras modernas guías de viaje.

La redacción del Codex se atribuye a Ameryc Picaud, un clérigo francés de la región del Poitou, que anduvo recorriendo repetidamente los caminos a Compostela y peregrinó también a Roma y Jerusalén.

Picaud fija en Francia los puntos de inicio de cuatro caminos diferentes para peregrinar a Santiago: de Tours (la ciudad de San Martín), de Vezelay, de Le Puy en Velay y de Arles. Los tres primeros se funden en Ostabat en una única vía, que entra en territorio español por Roncesvalles, mientras el de Arles penetra en la península por el paso de Somport en Aragón, para hacerse uno solo a partir de Puente la Reina.

Respecto a la etimología de Roncesvalles hay diferentes opiniones: valle de las rosas si es que procede del castellano, valle de las espinas en caso de origen francés o podría proceder de Erronzábal o Ronsal-Valls, una fusión de los topónimos de dos valles cercanos: Erro y Zabal.

La niebla que suele envolver la Colegiata de Roncesvalles difumina también los confines entre tradición jacobea y carolingia, entre historia y leyenda, creando una atmósfera flotante, mezcla de fábula y realidad que además es típica de todo el Camino a Compostela.

Los escasos datos históricos nos confirman que hubo efectivamente una derrota de la retaguardia del ejercito de Carlomagno el 15 de agosto del 778, mientras los francos volvían de una incursión en Zaragoza y en aquella ocasión destruyeron también las murallas fortificadas de Pamplona. No está claro si los guerreros que ganaron el ataque fueran sarracenos o vascones.

Lo demás es leyenda y tradición: la fuerte impresión que la derrota causó en tierras galas dio origen al genero literario que tiene su base en la Chançón de Roland (atribuida al juglar Turoldo el Monje) y a toda la epopeya caballeresca. El mismo Codex Calixtinus, en el libro IV, que se atribuye al obispo Turpín, (por eso se denomina pseudo-Turpin) cuenta con abundancia de detalles todo lo que pasó: Carlomagno había enviado un mensajero, Ganelón, a parlamentar con el rey Marsilio en Zaragoza, para pedir su rendición y conversión al cristianismo. Ganelón, que era padrastro de Orlando y lo odiaba, trama una traición con el moro y, cuando vuelve al campo franco, miente sobre las intenciones de Marsilio causando la salida de las tropas mandadas por Roldán.

La batalla se libró entre cincuenta mil sarracenos y veinte mil cristianos víctimas de la emboscada. Todos perecieron a excepción de Roldán. Oliveros y Turpín que, testigo presencial, es quien lo relata todo. Desesperado Roldán intenta destruir su mágica espada Durandarte, en cuya empuñadura estaba engastado un diente de San Pedro, para que no cayese en mano de los infieles. La espada partió la roca pero no se quebró. Entonces el valiente Paladino pidió socorro atronando el espacio con los fuertes sonidos de su cuerno de marfil, el mítico Olifante.  Los Ángeles llevaron el sonido hasta Carlomagno que estaba en Valcarlos jugando al ajedrez con el infame Ganelón. Este tranquiliza con malvados consejos al emperador para que no marchase en socorro de los suyos y, émulo de Judas, saborea la muerte del odiado hijastro delante del tablero.

El arcángel Miguel lleva al cielo el alma de Roldán y, como en el epílogo de cada cuento que se respete los malos son castigados: Carlomagno venga a los mártires, con la ayuda de Dios que ralentiza el curso del sol para alargar el día y permitir la victoria del rey cristiano. El pérfido Ganelón será llevado a Francia, sometido al juicio de Dios y despedazado en Aix, y la esposa de Marsilio, Doña Branimonda, se convierte al cristianismo y recibe el bautismo cambiando su nombre por el de Juliana.

El ajedrez, un precioso relicario en esmalte, oro, plata y piedras preciosas, se conserva todavía en el Museo de la Colegiata de Roncesvalles y, según algunos autores podría ser el dibujo inspirador del escudo ajedrezado de la localidad. No importa si la partida se jugó en el siglo VIII y el tablero es del siglo XIV; por el cocktail de ilusión y verdad que el Camino nos sirve constantemente, delante de la exquisita pieza esmaltada todos podemos fácilmente imaginar a los dos jugadores sentados y alumbrados por una candela y captar la siniestra mirada del traidor…

Roldán y sus nobles compañeros, los doce Pares de Francia, están enterrados en el osario de peregrinos de Roncesvalles, la capilla funeraria de Sancti Spiritus o Silo de Carlomagno, que es el edificio más antiguo del conjunto arquitectónico.

Las analogías con la figura del Cristo son muy evidentes, sea en el simbolismo del número doce que en los episodios de la traición y de la última, desesperada invocación al protector antes de la muerte.

MONUMENTOS (Y MÁS LEYENDAS) EN RONCESVALLES


A los relatos caballerescos se juntaron después las leyendas relacionadas con la aparición de la Virgen, que es patrona de los Pirineos.

Dicen que alrededor del siglo X “al pie de un haya gigante, cuando las estrella brillaban en el firmamento, en el manto oscuro de la noche, a unos pastores del Pirineo les sobrecoge una escena maravillosa: un ciervo pasa veloz, pero se para y arrodilla, llenándose sus cuernos de luces y el ambiente de cantos celestiales. Los pastores huyen espantados, pero en las noches siguientes se repite la visión del ciervo con los cuernos encendidos, las luces y los cantos. Deciden entonces seguirlo y éste les llevó a un lugar donde, bajo un arco de piedra (posiblemente uno de los dólmenes que abundan en esta área) y junto a una fuente cristalina encontraron la preciosa imagen de la Virgen”.

Parece que en consecuencia de las correrías sarracenas el abad mandase esconder la talla para que no cayese en manos de los infieles y que los monjes que la ocultaron se escaparon a Aquitania por temor a los moros, llevándose el secreto del escondite en la tumba.

La talla que actualmente se exhibe en la Iglesia no es la original, sino una estupenda reproducción de principios del siglo XIV; es en madera de cedro revestida de plata, oro y fina pedrería y mide 90 centímetros.

La Reina de los Pirineos, cuya festividad se celebra el 8 de septiembre, goza de gran devoción por parte de todos los habitantes de estos montes que organizan espectaculares romerías en su honor. .

La Real Colegiata de Nuestra Señora de Roncesvalles, fue construida por canteros del norte de Francia (posiblemente los mismos que trabajaron en la Catedral de París) y financiada por Sancho VII el Fuerte (1154-1234). Consagrada hacia 1220, es uno de los primeros edificios del gótico francés de la península, pero desde su construcción ha sufrido numerosas e importantes restauraciones, a pesar de las cuales consigue mantener una cierta belleza. Alberga, como dijimos, la imagen de Nuestra Señora de Roncesvalles.

En la parroquia se celebra cotidianamente por la tarde la misa de bendición del Peregrino, siguiendo la antigua liturgia: el rito es especialmente entrañable y aconsejamos no perderlo.

En la Sala Capitular de la Colegiata, llamada “la Preciosa”, podemos admirar el espléndido mausoleo yacente del rey Sancho el Fuerte, al lado de su esposa Doña Clemencia de Toulouse: la peculiar escultura en piedra mantiene el tamaño natural del monarca, que medía nada menos que 2 metros y 25 centímetros.

La figura del gigantesco rey está rodeada de variadas leyendas que le relacionan con el califa árabe Miramamolín: cuentan que se fue a África para echarle una mano al califa en una campaña militar, pero que la verdadera razón de este viaje fue conocer a la hija del rey moro que se había enamorado de él “de oídas, que non de vistas“.

La leyenda no nos da a conocer el desenlace, pero la historia confirma que el valiente rey navarro fue el héroe ganador de la celebre batalla de Las Navas de Tolosa (Jaén, 16 de julio de 1212): en solitario, consiguió adentrarse en el campamento enemigo y romper con sus mazas las cadenas que protegían la tienda del musulmán, apoderándose de su tesoro, cuyo valor era tan enorme que modificó a la baja el precio del oro en Navarra y Champaña.

Otro objeto digno de admiración que se expone en la Colegiata es una gran esmeralda que el intrépido soberano arrancó del turbante de Miramamolín: la alhaja se considera como la piedra de este tipo más valiosa en España.

Frente al sepulcro se exhiben las cadenas que protegían la tienda del califa y una réplica de las armas que utilizó el rey Fuerte en la batalla; Otra tradición asevera que las mazas pertenecieron al mismísimo Roldán.

Estas cadenas, colocadas en aspa sobre fondo rojo, lucen todavía en el escudo de la Comunidad Foral.

La Colegiata cuenta además con un valioso Museo, en el que se conservan códices y pergaminos de los s. XII al XVI, así como numerosas piezas de orfebrería y el Evangeliario del siglo XII sobre el que juraban los abades de Roncesvalles y los reyes de Navarra.

Entre los objetos de orfebrería medieval destaca un relicario conocido como el ajedrez de Carlomagno, al que ya hicimos referencia: el tablero, de forma rectangular contiene treinta y dos cajetines cuadrados, llamados antiguamente “loculi”. Cada cajita lleva su etiqueta en pergamino donde se lee el nombre del santo o de la reliquia que contiene.

La capilla de Santiago o Capilla de los Peregrinos, ya fuera de las dependencias canonicales, ha sido levantada a principio del s. XIII y pertenece a la transición del románico al gótico ojival. En el vano de la espadaña se colocó la campana que desde el alto de Ibañeta, con su tañido, orientaba a los peregrinos en los frecuentes días de niebla y que sin duda salvó muchas vidas de los extraviados en los peligrosos caminos pirenaicos.

Ya hemos mencionado la capilla funeraria de Sancti Spiritus o Silo de Carlomagno, el edificio más antiguo del conjunto arquitectónico donde descansan (naturalmente según la leyenda) los vestigios de Roldán y los Doce Pares de Francia.

Saliendo de Roncesvalles se encuentra a izquierda el primer cruceiro del Camino, llamado cruz de los Peregrinos, que sustituye la Cruz vieja del siglo XIII, destruida en 1794 por el ejercito de la Convención.

A lo largo del Camino encontraremos numerosos cruceros, algunos son verdaderas obras de arte, que servían para orientar a los caminantes y recordarles que estaban en la vía correcta.

El primer pueblo que encontramos bajando de Roncesvalles es Burguete, una población de forma alargada, que creció como una calle en torno al Camino de Santiago.

Antaño la localidad se denominaba Burgo de Roncesvalles y aquí residían los monjes de Conques a principio del siglo XII.

Enseguida encontramos el lindo pueblo de Espinal (las espinas y las rosas nos acompañan en la toponimia) fundado por el rey Teobaldo II en 1269: El rey navarro, gran impulsor del Camino de Santiago, le puso este nombre por un maravilloso relicario con la Santa Espina que había recibido como regalo con motivo de sus nupcias con la hija de Luis IX de Francia.

Coronado el alto de Mezquiriz llegamos a Viscarret. Según el Codex Calixtinus aquí terminaba la primera de las etapas descritas, que empezaba en San Jean de Pied de Port, antes de que existiera el Hospital de Roncesvalles.

El pueblo se compone de pocas pero grandes casonas, la mayoría siglo XVIII, donde hace pocos años seguían conviviendo ganado y familias.

La iglesia parroquial, dedicada a San Pedro, es un edificio protogótico del siglo XIII que conserva una sencilla portada románica.

Superado Linzoaín, muy cerca de donde carretera y Camino se cruzan, podemos apreciar tres grandes piedras, seguramente unos antiguos menhires, en el suelo. La fantasía popular llama a estas losas “los pasos de Roldán“: la más grande marca la medida del paso del Paladín, la mediana la del paso de su mujer y la pequeña la del hijo.

Estos menhires se pueden relacionar con la leyenda del gigante Errolan, interesante figura de la mitología vasca, que tenía malas relaciones con los habitantes de los caseríos sobre los cuales lanzaba megalitos, pero siempre quedándose corto.

Las piedras parecen proceder de lugares muy distantes de este valle y esta incógnita sobre su origen las rodea de misterio, generando cuentos sugestivos sobre quién las trajo, cómo y porqué.

En la plaza principal de Urroz, una aldea cercana, se encuentra otra de estas piedras y los vecinos cuentan que nadie pudo moverla de ahí desde el lejano día en que Errolan la lanzó.

Una vez atravesado el alto de Erro, donde se contempla una panorámica espectacular del valle verde salpicado de caseríos, alcanzamos Zubiri (en vasco el pueblo del puente): cuentan que los animales que pasaban debajo del puente que cruza el río Arga y que caracteriza la localidad, se curaban de la rabia.

En efecto su nombre actual es “puente de la rabia”, mientras que en siglo XVI era señalado como “puente del Paraíso”. Domenico Laffi, celebre peregrino boloñés que nos dejó en su “Viaje a Ponente” una entrañable descripción del Camino, cuenta: “… llegamos al fin … al deseado puente del Paraíso, aunque más bien parece del infierno. … por su agua que, aunque transparente parece negrísima al mirarla …“.

Antiguamente Zubiri tuvo un hospital de peregrinos que fue dedicado a Santa María Magdalena, justo al lado del puente.

Cruzando estas tierras no podemos dejar de dar gracias a Dios por los dones que nos ofrece: el panorama fenomenal que se puede admirar, la frescura y los olores que se perciben en las diferentes estaciones pasando cerca de pinos, robles, abetos y hayas.

La naturaleza nos abraza a nuestro paso por los valles pirenaicos: cuanto más bajamos más aparecen encinas y carrascos, álamos y chopos, especialmente cerca de los humedales.

Larrasoaña, que Domenico Laffi llama Risoña y dice que “… es un lugar bello, rico y poblado, al que acuden muchos de otras tierras vecinas, el que es muy agradable a ver”, en la edad Media tuvo una cierta importancia, ya que aquí, en el monasterio de Santa María y San Agustín de Larrasoain, el abad Aznar García educó a la infanta Urraca, hija natural del rey Sancho él de Peñalen (1072).

La Iglesia de la localidad, dedicada a San Nicolás de Bari, se remonta al siglo XIII, pero evidencia manoseos barrocos.

En este pueblo se reunieron las Cortes en 1329 para determinar el juramento de los reyes Felipe de Evreux y su esposa doña Juana II, protectores de Roncesvalles y benefactores del Camino.

Larrasoaña tiene también en la actualidad su personaje: Santiago Zubiri, ex alcalde de la localidad lleva años acogiendo con simpatía y cordialidad a los peregrinos que paran en la villa, los entretiene con su amena conversación y, sobre todo, les enseña su colección de dibujos e imágenes que recoge en los libros de firmas del albergue, unas verdaderas joyas del Camino. Le encantan los diseños y si alguien quiere hacerlo feliz, solo tiene que pedirle los lápices …

Un enclave muy pintoresco es la Basílica de la Santísima Trinidad de Arre, poco antes de cruzar Villava, donde nació el celebre ciclista Miguel Indurain, y ya entramos en Pamplona por el puente de la Magdalena, situado en el barrio homónimo.

El río que acabamos de vadear es el Arga, que desde Zubiri discurre paralelo al Camino y que volveremos a traspasar en Puente la Reina. Cerca del puente, a la derecha, se puede admirar un crucero procedente de Galicia, regalo de la ciudad de Santiago a la capital navarra en ocasión del Año Santo de 1965.

Pamplona es la primera ciudad grande que se encuentra en el Camino jacobeo: su nombre se debe al general romano Cneo Pompeyo que la fundó en el 75 antes de Cristo. En vasco la ciudad se llama Iruña o Iruñea.

La villa, cuyas primeras murallas fueron derruidas por Carlomagno en el octavo siglo, fue sucesivamente ocupada por Luis el Piadoso y arrasada por el celebre Abd al Rahman III en el siglo X. Solo alrededor del año 1000 empieza a adquirir su configuración con el rey Sancho III el Mayor, gran vivificador del Camino de Santiago y esposo de Doña Munia o Mayor, (la que supuestamente hizo construir el magnifico puente de Puente la Reina).

Pamplona se fue configurando alrededor de tres barrios: el más antiguo, emplazado en la parte más alta, estaba habitado por navarros y judíos y se llama Navarrería; junto a ésto estaba el Burgo de San Cernin, que albergaba al asentamiento franco favorecido por los reyes navarros.

La afluencia de los francos, masiva e incesante, y el aumento de la población autóctona generaron un tercer barrio, el de San Nicolás, que se levantó cerca de la ciudadela.

Cada distrito tenía, y sigue mostrando, un trazado urbanístico diferente: la Navarrería refleja un desarrollo típico de la estructura romana sobre cardus y decumanus, San Cernin evidencia una singular forma hexagonal y el de San Nicolás un plano clásico rectangular, conforme al modelo aquitano.

Los tres barrios tenían también leyes distintas, mantenían pésimas relaciones entre ellos y eran separados por altos muros: los continuos enfrentamientos alcanzaron su peor momento en 1276, cuando la Navarrería fue atacada y saqueada por los burgos francos y toda la ciudad fue destruida. Como consecuencia de estos acontecimientos la Catedral se cerró al culto por treinta años.

En la raíz de las peleas estaban las envidias hacia los mercaderes y comerciantes francos o judíos: Quien consiguió poner fin a la lamentable situación fue el monarca Carlos III el Noble quien pacificó el conflicto en 1423, concediendo “a la muy noble y leal ciudad” el Privilegio de la Unión y juntando en un solo núcleo los tres barrios y sus Universidades.

En el siglo XV Pamplona alcanza su auge, pero en menos de cien años, el 24 de julio de 1512, sojuzgada por el duque de Alba, pasa a pertenecer a Castilla.

El camino entra en la capital cerca del río por lo que era el Portal del Abrevadero, luego denominado Puerta de Francia y ahora Portal de Zumalacárregui. Pasa por la calle del Carmen (antigua Rúa de los Peregrinos), en plena Navarrería, desde donde alcanza la Catedral y continua en la calle Mayor, cerca de la plaza de San Francisco donde hay una estatua que, en recuerdo del paso del Santo de Asís haciendo su peregrinación a Compostela, le representa hablando con el lobo.

Domenico Laffi recibe una buena impresión de la capital navarra, que describe así: “… Es ésta una ciudad verdaderamente fortificada y adornada de hermosos palacios y edificios soberbios, con bella plazas y grandes y hermosos conventos de toda suerte de religiosos, tanto Hermanos como Monjes.” Añade: “… Llegamos a la parte que se encuentra entre septentrión y levante. Allí estaba caído un trozo de muralla. Y han hecho otra, algo alejada de aquella hacía afuera. Preguntamos porque no le habían construido en el mismo sitio y nos contestaron que se había dejado de esa forma como recuerdo de un milagro de Santiago de Galicia, que sucedió en tiempos de Carlomagno …

La Catedral de Santa María, que se encuentra nada más pasar el Portal de Francia, lleva, sobre todo en la parte exterior, las cicatrices de las múltiples transformaciones que ha padecido: sobre la primitiva basílica románica del siglo XI, hundida en 1390, se implantó la actual, donde se mezclan con desenvoltura los estilos gótico y ojival.

El primer templo, impulsado por el obispo Pedro de Roda, se consagró en 1127 y sin duda era de una belleza espectacular: en él trabajaron canteros de Conques y sobre todo, el Maestro Esteban, el mismo que realizó en la Catedral de Compostela la fachada de las Platerías. Quien quiera admirar la sublime perfección de las esculturas del artista tiene que acercarse al Museo de Navarra, donde afortunadamente se conservan unos capiteles que se salvaron del hundimiento.

La reconstrucción del siglo XIV fue impulsada por Carlos III, el que pacificó los tres barrios, quien puso debajo de la primera piedra un florín de oro (27 de marzo de 1394).

No obstante, la fachada románica se conservó hasta 1783, cuando el arquitecto Ventura Rodríguez proyectó y llevó a cabo la cara neoclásica que hoy en día sigue estropeando la estética del monumento.

Es necesario superar el sentimiento de desdén que puede provocar la ridícula portada y aventurarse en el interior del templo, donde podremos disfrutar del claustro, la parte más primitiva y hermosa de la construcción (hay quien dice que es el mejor de Europa), que fue mandado construir a principio del s. XIV por el obispo Arnaldo de Barbanzán (1318 - 1355), que aquí tiene su propia capilla Barbanzana. Las galerías con sus ventanales a filigranados, el programa escultórico de los capiteles y la armoniosa distribución del espacio ofrecen una síntesis de la mejor expresión artística del gótico francés.

En las galerías destacan tres puertas: la Puerta Preciosa, sin duda el máximo atractivo artístico de la Catedral, que daba acceso a la sala donde se celebraban las Cortes y que relata la muerte de la Virgen según su Leyenda Aurea, la de la Dormición, con la espléndida talla policromada de la Virgen del Amparo y la del refectorio, cerca de la fuente.

Desde el claustro se pasaba a la célebre cocina de los peregrinos con una impresionante chimenea central (todavía se puede visitar), que tuvo fama de proporcionar comida óptima y abundante, incluido cuando, a principio del s. XVI, empezó una lenta e imparable decadencia de la peregrinación y de las infraestructuras que la sostenían.

El italiano Laffi confirma, que a finales del s. XVII, en Pamplona cuerpos y almas de los caminantes seguían recibiendo buenas atenciones: “Mientras se canta la misa mayor, dan de comer a doce peregrinos dentro de la misma puerta de la iglesia en una mesa preparada al efecto. Hacen pasar a todos los peregrinos por la puerta de la cocina y el cocinero da a cada uno una escudilla de caldo. Llegados a la mesa cada uno se pone en su sitio y uno se acerca con un cesto de pan y da a cada uno de los peregrinos, luego se acerca otro con un caldero de carne y da un trozo a cada uno y detrás de este, otro que lleva una tajada de carne de cerdo para cada uno, y finalmente uno que lleva el vino y da un cazo a cada uno y así termina esta ceremonia“.

Delante del altar mayor, que ostenta una agraciada Virgen del siglo XII recubierta en plata y llamada la Real porque presidía las coronaciones de los reyes navarros (el Niño ha sido sustituido en el s. XVII, y lo notaría hasta un observador poco atento), encontramos el sepulcro en mármol y alabastro de Carlos III el Noble, precioso ejemplo de gótico borgoñón, junto con él su esposa Leonor de Trastámara, con la particularidad de que sus caras se reproducen al natural.

El portal norte conserva su primitiva forma gótica y guarda en sus torres la María, la segunda campana más grande de España.

La Casa Consistorial ocupa el mismo lugar en que la colocó Carlos III cuando unificó los tres barrios: ha sido reconstruida en plena época barroca, estilo que caracteriza la cautivante e inconfundible fachada.

En recuerdo de esta unificación, en el pavimento al centro de la plaza, hay una placa colocada en junio de 1997, que reza: “En este lugar venían a confluir los tres burgos que formaron la ciudad hasta el Privilegio de la Unión. 8 - IX - 1423“.

Unas flechas indican la ubicación de los tres términos: Burgo de S. Cernín, Población de San Nicolás y Ciudad de Navarrería.

No se puede hablar de Pamplona sin nombrar los Sanfermines, los festejos populares que se consolidaron desde finales del s. XVI y que Hemingway hizo conocer al mundo entero con su “Fiesta”: Se celebran a partir del día 7 de julio (fecha de la traslación acontecida en 1717) al día 14, y son fiestas consagradas a San Fermín, copatrono de la ciudad, que no hay que confundir con San Cernin o San Saturnino de Tolosa, evangelizador de la ciudad.

San Fermín, originario de Pamplona donde nació en el siglo II, fue obispo de Amiens y murió martirizado durante las persecuciones de Diocleciano, siendo enterrado en Amiens. Su cuerpo desapareció misteriosamente por seiscientos años y cuentan que cuando se volvió a encontrar ocurrió un fenómeno insólito: aunque fuera invierno, los campos se volvieron verdes y los árboles cercanos a las reliquias se llenaron de tiernas hojas.

A pesar de la importancia que reviste en Pamplona, San Fermín no cuenta con ninguna iglesia a él dedicada: solo hay una talla que se encuentra en la Iglesia de San Lorenzo. La de San Saturnino se encuentra justo en el lugar donde, en el s. III, se dedicó a bautizar a los primeros cristianos.

Una hora duerme el gallo,
Dos el caballo,
Tres el santo,
Cuatro el que no es tanto,
Cinco el teatino,
Seis el peregrino,
Siete el escudero,
Ocho el caballero,
Nueve el mendicante,
Diez el estudiante,
Once el muchacho,
Doce el borracho.

(poesía popular española)

En la Edad Media, los romeros solían salir de la ciudad por la Puerta de la Taconera, (hoy se atraviesa el parque homónimo, con hermosos sauces llorones) y llegaban rápidamente a Cizur Menor, donde encontraban la encomienda Sanjuanista de San Miguel, hoy restaurada y utilizada para acoger peregrinos durante los veranos.

En Cizur no se puede dejar de visitar a otro de los personajes del Camino: Maribel Roncal que desde su infancia acoge a los peregrinos que de toda la vida han pasado delante de la puerta de su casa, mimándolos con su afabilidad y compartiendo con ellos su conocimiento del Camino.

Desde aquí los peregrinos ascendían la sierra del Perdón: cuentan que este ascenso era necesario para purgar los pecados que supuestamente habían cometido en Pamplona, primera capital que se encontraban después de muchos días duros superando los Pirineos, y donde parece que se dedicaban a la satisfacción de las muchas exigencias del cuerpo más que a las del espíritu.

Pero la fe de los peregrinos, aunque puedan haber tenido algún que otro desliz en la capital, era inquebrantable, como demuestra la leyenda de la fuente de la Reniega:

En tiempos remotos, un peregrino llegó cansado y sediento a la cima del monte y se afanó en buscar agua, sin encontrarla. Mientras, preocupado por su suerte seguía en la búsqueda, apareció un personaje, vestido de peregrino, que le aseguró que podía apagar su sed en la fuente más limpia y cristalina que nunca había visto, pero que aquello tenía un precio. El peregrino, a quien quedaban unas monedas en la escarcela, se dijo dispuesto a pagar, pero el otro, que resultó ser el mismísimo diablo disfrazado, le precisó que a cambio del agua no pedía dinero, sino la renuncia a seguir con la peregrinación, o sea su alma.

El peregrino rechazó con vehemencia renegar de sus propósitos y el diablo derrotado desapareció en la nada.

Sin agua y bajo el sol, el pobre santiaguero empezaba a perder los sentidos, cuando vio una figura luminosa que, con la concha que tenía en la mano tocó la roca a su lado y de esta brotó el manantial más fresco que se pueda soñar. Naturalmente fue el Apóstol Santiago quien obró el milagro, en honor a la abnegación del peregrino.

La Fuente Reniega perdura en la cima del Perdón y parece que bebiendo de su agua se pueda recuperar las fuerzas, a veces más mentales que físicas, que todos en algún momento perdemos en el Camino

Señor, cuántas veces:
Quiero la victoria sin haber luchado,
Quiero cosechar sin haber sembrado,
Quiero pescar sin haber echado las redes,
Quiero ganar sin haber arriesgado,
Quiero hablar sin haber escuchado,
Quiero ser persona sin haber amado,
Quiero el perdón sin haber perdonado,
Quiero conseguir la meta sin haberme esforzado,
Quiero …
¡Cuántas veces, Señor!

(Anónimo - Siglo XX)

El viento que siempre acompaña la subida al Perdón mueve las cimas de los pinos y mueve también las palas de los altos y modernos molinos de viento que ecológicamente y eólicamente producen energía a expensas del paisaje.

La empresa responsable de los molinos, quizás para que se le perdonase la atrevida modificación paisajística, en 1996 colaboró en colocar unas siluetas de peregrinos con la leyenda: “Donde se cruzan el camino del viento con el de las estrellas”.

Pasadas las pequeñas localidades de Uterga y Muruzabal, llegamos a Obanos, población que se hizo famosa por sus “Misterios” que se celebran cada año en el mes de agosto para conmemorar la historia de Santa Felicia y San Guillén.

Cuentan que los dos hermanos, hijos de reyes franceses, se encaminaron juntos a Compostela y que a la vuelta Felicia decidió quedarse cerca de la localidad de Arnotegui dedicándose a la oración y al servicio de los demás. Ni los padres ni el hermano de la princesa se resignaban a que la joven siguiera una vida tan diferente a la que su alto linaje le reservaba, mas la muchacha se encontraba feliz ayudando a los pobres de la aldea.

Durante una discusión en que Guillén intentó convencerla para que volviese a su palacio, frente a la firme negativa de Felicia montó en cólera y desenvainando su daga acabó con la vida de la mujer. Inmediatamente, horrorizado por su actuación, se arrepintió. Demasiado tarde: el cuerpo de la hermana fue enterrado en la ermita de Arnotegui, donde Guillén se instaló hasta su muerte, expiando su pecado.

En la actualidad, el cráneo de Guillén, guardado en un relicario de plata, es centro de una ceremonia de fertilidad de las viñas que se celebra cada año en la zona.

Un gran nido de cigüeñas encima de una altísima chimenea y una moderna escultura de un peregrino (colocada en el año Santo de 1965) nos dan la bienvenida a la entrada de Puente la Reina, donde todos los caminos a Santiago se hacen uno solo.

Esta villa, como la mayoría de las que jalonan la ruta, nace por y para el Camino y evidencia su función en su mismo trazado urbano, que se desarrolla alrededor de la larga y estrecha calle Mayor para desembocar en el célebre puente que le da el nombre y que fue anterior al nacimiento de la ciudad.

Como fácilmente se intuye por el nombre, el puente, obra del siglo XI, ha sido mandado construir por una reina. Se disputan el mérito de su realización dos soberanas: Doña Munia (llamada también Doña Mayor) esposa de Sancho III el Mayor y Doña Estefanía, su nuera y mujer de García el de Nájera.

En principio la localidad se llamaba Puente del Arga (el río que cruza) o Puente de la Runa, (nombre de un afluente del Arga citado también por el Codex Calixtinus): “El sano río que por muchos es llamado Runa y baña Pamplona. Por Puente la Reina pasa el Arga y también el Runa“.

Su poblamiento se fomentó en los siglos XI y XII, cuando Alfonso el Batallador, siguiendo el ejemplo de sus predecesores, impulsó un intenso proceso repoblador que atrajo desde el país limítrofe poblaciones de francos a quienes se otorgaron fueros y privilegios.

Su sucesor García Ramírez dona unos terrenos llamados Villa Vaetula a los Caballeros Templarios, hacia los cuales ya Alfonso había manifestado cierta predilección en su testamento.

El primer comendador del temple en la localidad se llamaba fray Grisón y fue quien mandó edificar las instalaciones para la acogida de los peregrinos, el convento y la Iglesia, que en la actualidad se unen por una arcada debajo de la cual pasa el Camino, (único ejemplo de este tipo junto al de Castrojeriz).

El halo de misterio que desde siempre rodea la historia de los Templarios, circunda también La Iglesia del Crucifijo, la primera de las tres que se encuentran en el recorrido lineal que atraviesa la ciudad.

Inicialmente la iglesia se llamaba de Nuestra Señora dels Orzs o de Santa María de los Huertos (apelativo que hace pensar, como ocurre en otras numerosas ocasiones, en la implantación de un culto mariano sobre un centro sagrado anterior), y efectivamente albergaba una imagen mariana que se perdió con la desamortización de Mendizabal (1836) y que por suerte volvió a aparecer en la Iglesia de San Pedro, confundida con una imagen de Santa Águeda.

Las dos naves adyacentes que forman el templo reflejan claramente la idiosincrasia templaria: la destinada a la Virgen (actualmente hay una talla de Nuestra Señora del Cruce procedente de un pueblo cercano) evidencia ábside y ventanas redondeados, características simbólicas consideradas femeninas y la otra, la del Cristo, mantiene una angulosidad más bien hombruna en las formas. La dualidad que se aprecia en el simbolismo arquitectónico de la construcción es muy frecuente en las obras atribuidas a los Caballeros del Temple, como veremos también más adelante.

Hoy en día son los Padres Reparadores quienes se ocupan de Iglesia y peregrinos.

El Crucifijo que podemos admirar en el interior es sin duda una de las imágenes más insólitas del Camino: la cruz es una rama de árbol ahorquillada en forma de Y griega y los brazos del Crucificado, se elevan paralelos a la rama destacándose notablemente de la iconografía clásica.

La forma resultante es la de la Pata de Oca, un símbolo muy denso de significados recónditos: la silueta de la viera de los peregrinos, la representación del hombre que levanta sus brazos para invocar a Dios, la huella del palmípedo que paso a paso como el romero recorre caminos, la marca de los canteros constructores de Catedrales, y mucho más podríamos seguir para la alegría de los esoteristas.

Inútil decir que la leyenda impregna también la impresionante imagen del Cristo, talla de la escuela alemana del siglo XIII muy similar a otra que encontraremos en Carrión de los Condes: hay quien afirma que la donó a la Iglesia un peregrino de Colonia como agradecimiento por la exquisita hospitalidad recibida, mientras otros achacan su origen a un grupo de germanos que la trajeron para dar gracias de la intervención del Apóstol al curar una epidemia de peste y allí la dejaron a su vuelta de Compostela.

Visto el tamaño de la figura parece bastante improbable que haya sido paseada por los caminos de la Europa medieval, pero lo más sorprendente es que entre los años 1280 y 1310 se hicieron obras para recibir el Crucifijo y se pintó en el muro de la capilla un fresco (actualmente tapado por el paño que hay detrás del Cristo), que reproducía exactamente la singular imagen, que llegó antes de 1328, fecha en que la Orden del Temple ya había sido disuelta, ignominiosamente traicionada por el rey Felipe el Hermoso de Francia.

Cuando ésta desaparece (1314), sus bienes en la ciudad pasan a los Sanjuanistas pero la Iglesia y el Crucifijo quedan al cuidado de una Cofradía que supuestamente estaba formada por los monjes templarios que permanecieron en el lugar bajo diferente denominación.

Siguiendo la calle Mayor, arteria de la localidad rebosante de blasones, encontramos a la derecha una segunda iglesia, la de Santiago, en cuya portada nos atrae un interesante arco polilobulado que emana influencias de la arquitectura morisca, así como los frisos, que se adornan de animales fabulosos decantados de la mitología clásica.

El edificio románico del s. XII ha sido ampliado en 1542, cuando los vecinos se quejaron de que “había mucha ocupación de pilares dentro della“, y del original se aprovechó la fachada.

En la parroquia lucen las preciosas tallas de dos apóstoles, Santiago y San Bartolomé, fechadas en el s. XIV: la imagen de Santiago peregrino, exquisitamente cincelada, es llamada el Beltza, (el negro) y se puede considerar uno de los símbolos más significativos del lugar, junto al incomparable puente y al Cristo de la Pata de Oca.

Las torres de las tres iglesias de la población están distribuidas una al principio de la rúa, otra en el medio y otra al final, así como estaban dispuestas las tres torres defensivas con que estuvo armado el Puente, dos a los extremos y una en el centro: en efecto, al terminar el recorrido en la calle Mayor encontramos la Iglesia de San Pedro, cuya estructura primitiva es del s. XII, aunque padeció numerosas y evidentes modificaciones.

En el interior, entre los retablos barrocos destacan el de San Babil, cuya fama de terapeuta en las afecciones reumáticas atrae las ofrendas de varios ex - votos de cera, y la estatua de Nuestra Señora del Puy.

La talla renacentista, en piedra policromada, se guardaba en la torre central y, junto a unas imágenes del Cristo, de la Magdalena y de San Juan fue trasladada en 1843, (fecha en que fueron derribadas la torre central y la oriental), a la iglesia de San Pedro, donde todavía se encuentra.

La Virgen se denomina también del Chori, debido a una leyenda que se le asocia: cuando la estatua seguía en la capilla de la torre, había un pajarito (chori en vasco) que se dedicaba a cuidar de la figura de la Virgen limpiándola del polvo o de las telarañas con sus plumas, yendo y viniendo del río donde mojaba el pico para limpiar mejor.

Su presencia está documentada en el siglo XIX durante la guerra carlista y parece que reírse del pajarito conllevaba mala suerte. Cuentan que el comandante de las tropas locales se burló del animalito y para asustarlo hizo disparar los cañones. En pocos días, el celebre general Zumalacárregui se apoderó de la ciudad aprisionando al impertinente comandante.

En los sellos antiguos de la ciudad se pueden ver todavía las tres torres que se erguían sobre el puente más hermoso de toda la Vía Jacobea: es cuando estamos a punto de salir de la ciudad cuando podemos disfrutar de la belleza de esta maravilla flotante, lazo entre lo humano y lo divino, una obra que parece mágica, perfectamente conservada casi sin restaurar a lo largo de un milenio.

Lo divino no es algo lejano y por encima de nosotros.
Está en el cielo, está en la tierra, está dentro de nosotros.

(Morihei Ueshiba - El arte de la paz)

A la salida de Puente la Reina el Camino flanquea el Convento de las Comendadoras y continua entre arbustos de romero que deleitan con su aroma hasta Mañeru, pequeña localidad con una iglesia de escaso interés artístico dedicada a San Pedro. Lo que sí es interesante es el crucero románico que señala que estamos en el buen camino y desde donde se divisa Cirauqui con su característico aspecto medieval encima de la colina.

La cuesta empinada que nos adentra en el pueblo, pasa por debajo del arco de la antigua muralla y a su lado se sitúa una interesante estela vasca, recién encontrada.

La villa, cuyo nombre en vasco significa nido de víboras, cuenta con dos iglesias: la de Santa Catalina de Alejandría, gótica del siglo XIII y la de San Román, que recuerda, por su hermoso portal con un arco polilobulado a la portada de la iglesia de Santiago en Puente la Reina y que volveremos a encontrar en San Pedro de la Rúa, de Estella.

Cuentan que en esta localidad sufrió martirio San Román, un excelente predicador y divulgador del Cristianismo en tiempos del Imperio. Durante una persecución fue apresado y parece que no dejó de hablar ni mientras le estaban torturando, al punto que los soldados romanos decidieron perforarle las mejillas y arrancarle la lengua. Ni así consiguieron callarle y decidieron entonces cortarle la cabeza. Aún así el santo, con la cabeza bajo el brazo, continuó predicando por algunos días.

La cabeza sigue en el pueblo donde es objeto de veneración y la incansable lengua, (en principio era el Verbo …) se la disputan entre Toledo y Zaragoza.

La salida de Cirauqui coincide con la antigua calzada romana que entre perfumados arbustos de romero llega a Lorca, cuyo nombre, que parece ser de origen árabe, significa batalla. Un puente románico se sobrepone a las aguas malas sobre las cuales Americ Picaud, pone en alerta a los peregrinos (menos mal que en estas tierras hay vino bueno): “Por el lugar llamado Lorca, en su parte oriental, pasa el río que se llama Salado. Allí guardate de beber ni tú ni tu caballo, pues el río es mortífero.”

Más adelante está Villatuerta, con su gran Iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, del s. XIII con numerosas añadiduras; el río Irantzu, con un precioso puente medieval, divide la localidad en dos partes.

En esta zona están actualmente en curso las obras para la construcción de la autovía Pamplona - Logroño y es fácil que se altere temporalmente el recorrido tradicional del Camino, marcado por las valiosas flechas amarillas, pequeñas señales de luz para orientar a los peregrinos.

Estos signos son un invento bastante reciente en la historia del Camino: a principios de los años ochenta, cuando por la ruta a Compostela circulaban solo pocos atolondrados, el párroco del Cebreiro, don Elías Valiña, fue impulsando una importante labor de revitalización del Camino de Santiago: no solo editó el primer Boletín del Camino (predecesor de la actual revista Peregrino), unos interesantes ensayos y una guía que sigue siendo de las mejores, sino que pateó incansablemente montañas y llanos señalando puntos especialmente destrozados por la maleza o ruinas a restaurar y, en su afán de ayudar a los peregrinos, ideó las dichosas flechas amarillas, que se han convertido en un símbolo jacobeo, solo comparable a la concha.

El dinámico sacerdote gallego ayudado por voluntarios, con una brocha y una lata de pintura fue pintando las marcas desde los Pirineos a Galicia, primeras en la historia del Camino. Los restos de don Elías, descansan en la cumbre de su querido Cebreiro.

Una anécdota: el amarillo fue elegido por ser un color muy luminoso y fácil de distinguir y la idea de señalizar los recorridos de peregrinación se ha extendido en el ámbito europeo: en Italia, por ejemplo, la vía llamada Francigena, itinerario de los romeros hacia la capital, está marcada con flechas blancas (color igualmente luminoso) en dirección a Roma y con flechas amarillas en dirección opuesta, recreando ¿a propósito? la bandera del Vaticano.

La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es belleza, admírala.
La vida es un sueño, hazlo realidad.
La vida es un reto, afróntalo.
La vida es un deber, cúmplelo.
La vida es juego, juégalo.
La vida es preciosa, cuídala.
La vida es riqueza, consérvala.
La vida es amor, gózala.
La vida es misterio, desvélalo.
La vida es tristeza, supérala.
La vida es un himno, cántalo.
La vida es un combate, acéptalo.
La vida es una tragedia, domínala.
La vida es una aventura, córrela.
La vida es felicidad, merécela.
La vida es la vida, defiéndela.

(Madre Teresa de Calcuta)

Por Estella pasa el Ega: su agua es dulce, sana y muy buena“. La ciudad “… Es fértil en buen pan, optimo vino, carne y pescado, y llena de toda suerte de felicidades“, ésta es la descripción que hace de Estella Americ Picaud.

La cosa sorprende bastante porque de Lorca a Logroño el Ega es el único río que salva y los navarros son el pueblo que peor retrata entre los que encuentra en todo el itinerario.

Consultar el Codex para descubrir hasta donde llega en su relato.

El nacimiento de la ciudad está, como no podría ser de otra manera, relacionada con luces divinas.

Narran que en 1085, cuando Lizarra (nombre del asentamiento autóctono que deriva tal vez del vasco elizar, iglesia o lizar, fresno, planta muy común en la zona) era todavía un pequeño conjunto de caseríos. Unos mozos que solían pastorear en la colina del Puy, vieron las clásicas luces de cada leyenda que se respete y que, superado el temor que el evento les producía, decidieron investigar el origen del fenómeno. Llegaron a la entrada de una gruta y, apartada la maleza, se encontraron con una preciosa estatua de la Virgen. Lo lógico hubiera sido llevar la imagen a la vecina parroquia de Abarzuza, cosa que se intentó por parte del párroco y vecinos ayudados por carros y bueyes, pero la Virgen se negó a moverse y hubo que levantar un templo en el mismo lugar donde se encontró.

Pronto, alrededor del santuario, prosperó un primer núcleo habitado que fue la semilla de la espléndida ciudad que hoy podemos admirar, apodada con razón, la Toledo del Norte.

Ya en 1090 el rey Sancho Ramírez concedió un fuero especial que atrajo pobladores francos y judíos. Su decisión de modificar el recorrido del Camino de Santiago, que anteriormente pasaba directamente de Villatuerta a Irache por la falda del Montejurra, determinó que los romeros atravesasen la nueva comunidad disfrutando de sus delicias y dejando un rastro de riqueza cultural, social y económica que determinó el desarrollo definitivo de la zona.

La Basílica de Nuestra Señora del Puy ocupa el mismo lugar de la modesta ermita que se levantó en el s. XII (y de la cual nada queda), y ha sido definitivamente reformada, sustituyendo a otra anterior de estilo barroco. La nueva iglesia, inaugurada en 1952, es muestra de estilo y materiales modernos: tiene una original planta estrellada, supuestamente para evocar el relato de la aparición de la Virgen, cuya estatua policromada y revestida en plata parece ser de finales del s. XIII. Aquí también, como en el caso del ajedrez de Carlomagno, podríamos preguntarnos cómo es que se descubrió dos siglos antes de ser tallada. ¡Pero estos son milagros y misterios del Camino!

La Iglesia del Santo Sepulcro, que se refleja en el río Ega es el primer monumento que emociona al peregrino que entra en Estella.

Su fachada gótica, impecablemente labrada, parece insistir sobre la idea de la Redención: la Crucifixión, con dos estrellas de ocho puntas al lado, muestra a Longinos cegado, a las tres Marías cerca del sepulcro vacío y preside una escena infrecuente, Cristo resucitado extrayendo a los patriarcas de la boca del infierno, simbolizado por un monstruo quimérico. Cincelada en el dintel, cierra el tímpano una Última Cena de singular belleza.

Destacan, al lado de la puerta, las imágenes de Santiago y de San Martín que parecen haberse adelantado a las demás para dar la bienvenida al peregrino.

El edificio nunca se ha completado y de las tres naves inicialmente proyectadas, solo se utilizó para el culto la del Evangelio; fue parroquia hasta 1881 y actualmente está cerrada al culto y a las visitas.

Detrás del Santo Sepulcro la impresionante mole del Convento de Santo Domingo y la Iglesia, hoy cerrada, de Santa María de Jus del Castillo, emplazada en la que era la antigua judería estellesa, en el espacio que ocupaba la primera sinagoga. Se convirtió en iglesia cristiana en 1145, por haberla donado el rey García Ramírez al obispo de Pamplona.

Los peregrinos entraban en la ciudad por el puente romano de un solo arco, que fue volado en 1873 durante la guerra carlista y reconstruido en el siglo XX, llamado de la cárcel. El puente es especialmente pintoresco y los amantes de la fotografía pueden sacarle una buena instantánea desde el puente sucesivo, el del azucarero.

Este otro puente, antiguamente denominado de San Martín, se apodó así porque era el lugar desde donde se tiraban todos los desperdicios y basuras y siempre desprendía un típico olor dulzón.

Cerca, al final de la antigua Rúa de las Tiendas, estaba el corazón y, entonces, centro económico de la villa, la plaza de San Martín, cuyo nombre se debe a la iglesia que construyeron los moradores francos en el siglo XII. El templo se derribó en el s. XVIII y ocupaba el lugar del que hoy es Palacio de Justicia.

Las características de ciudad mercantil siempre han marcado la existencia de Estella: ya en el siglo XII cada jueves se organizaba el mercado en la plaza de la Iglesia de San Miguel y había hasta dictados reales que establecían su funcionamiento. La tradición del mercado del jueves sigue todavía, pero ha cambiado la plaza, que ahora es la de los Fueros.

Hoy la plazuela de San Martín con sus albores, bancos de piedra y, sobre todo la característica fuente de los chorros del s. XVI, es un rincón fresco y placentero para hacer un alto en el camino y admirar dos de los más emblemáticos monumentos de la ciudad: la cercana Iglesia de San Pedro de la Rúa y el Palacio de los Reyes de Navarra.

Este bello edificio de la segunda mitad del siglo XII, también llamado Palacio de los Duque de Granada de Ega es uno de los rarísimos ejemplos de románico civil que pueden contemplarse en España. Actualmente es utilizado como museo y contiene la colección pictórica del artista Gustavo de Maeztu.

En la fachada principal destaca un precioso capitel que representa la lucha entre el Paladín Roldán y el gigante musulmán Ferragut.

La leyenda que describe la disputa aglutina elementos de una densa simbología, vinculados al esoterismo cristiano y a la epopeya carolingia.

Ferragut, gigante musulmán de Nájera, desafió a los doce pares de Francia en singular combate y ganó a once de ellos. Carlomagno, que no había querido comprometer en la pugna a Roldán, su paladín favorito y más valiente, tuvo que consentir su participación.

Ambos contendientes eran valientes y hábiles con las armas y el duelo se prolongó exageradamente sin que hubiese ningún triunfador. Fue necesario declarar una tregua, durante la cual Roldán y Ferragut simpatizaron y el gigante, posiblemente entre una copa y otra, reveló el secreto de su invulnerabilidad: su talón de Aquiles era el ombligo. El astuto paladín provocó entonces una encendida discusión religiosa que exasperó al musulmán causando el reanudarse del combate que ya asumía las características de juicio de Dios. Tardó muy poco la lanza de Roldán en clavarse en el punto débil del ingenuo coloso provocando su muerte y ganando el desafío.

El relato está representado con suma plasticidad en el capitel: a la derecha el Paladín franco bien recto sobre su corcel centra sin titubeos al adversario que no consiguió protegerse con el clásico escudo árabe de forma redonda que lleva en la mano izquierda y se tambalea antes de caerse.

La escultura está firmada: Martinus me fecit, de Logronnio (me hizo Martín de Logroño) y el autor se preocupó, por si acaso, de apuntar también los nombres de los dos protagonistas: Rollan y (Ph)eragus, Roldán y Ferragut.

Frente al Palacio se alza una escalinata que nos transporta hasta la singular portada norte del templo de San Pedro de la Rúa, monumento poseedor del título de iglesia mayor de la ciudad, calificativo otorgado en 1256.

Hasta el ojo menos atento reconocerá bajo el torrente de arquivoltas el arco polilobulado que ya se encontró en la Iglesia de Santiago de Puente la Reina y en San Román de Cirauqui.

El interior, en cruz latina de tres naves con tres ábsides, alberga dos imágenes (tal vez las más antiguas y mejor conservadas de Estella), de la Virgen: Nuestra Señora de la O, al lado izquierdo y flanqueada por una columna trenzada (¿son tres serpientes?) y Nuestra Señora de Belén.

La puerta al lado sur introduce al claustro que fue destruido casi totalmente por lo que hoy definiríamos como un “error humano”. En 1521, cuando el cardenal Cisneros ordenó demoler todos los castillos de Navarra para prevenir sublevaciones, el coronel de turno, un tal Villalba, se pasó con la cantidad de explosivo para volar el castillo real y un alud de escombros se abatió sobre la iglesia con consecuencias catastróficas.

A pesar de la desgracia el espacio, que ha sido reconstruido, sigue ofreciendo al visitante ejemplos sublimes del arte de los canteros medievales plasmada en los exquisitos capiteles: también atrae la atención una singular columna formada por cuatro torcidas, evocadora del “axis mundi” inclinado tras la ruptura del pacto entre Dios y el hombre que terminó con la Edad de Oro.

El claustro se utilizó durante años como cementerio de peregrinos y todavía hoy se puede admirar, al fondo, el sepulcro en piedra de un romero muy especial: el Obispo de Patrás, con quien está relacionada esta leyenda:

A finales del siglo XIII, parece que en 1270, llegó a Estella un anciano peregrino, sumamente afectado por las dificultades de su largo viaje. El hombre era el mismísimo Obispo de Patrás, que había decidido llevar a Compostela unas reliquias de San Andrés, cumpliendo la peregrinación sin séquito ni insignias, en el absoluto anonimato. Las malas condiciones físicas del hombre fueron rápidamente empeorando hasta que falleció y fue enterrado en claustro, con sus escasas pertenencias que nadie se preocupó de controlar.

Desde la noche siguiente al sepelio, los clérigos que cuidaban de las fosas vieron que desde la del peregrino recién sepultado salían unas luces impresionantes que iluminaban toda la ciudad.

Llamadas las autoridades se inhumó el cuerpo, que estaba totalmente incorrupto y, en una arqueta que llevaba descubrieron las señas de su identidad, el anillo, el báculo y los guantes bordados, pero lo más sorprendente fue un pergamino que acompañaba un omóplato certificando que se trataba nada menos que de una reliquia de San Andrés, martirizado en la ciudad griega.

La noticia causó el jubilo popular, se expusieron los santos restos a la veneración de los ciudadanos y el Obispo fue enterrado como convenía a su rango.

Muchos años después, un extraordinario fenómeno volvió a asombrar a los habitantes de la villa: el 2 de agosto de 1626. Justo cuando el Santo había sido proclamado patrono de la ciudad, aparecieron unas luces en forma de aspa enorme encima de la Iglesia de San Pedro, que un documento de 1710 describe: “Como una cruz de San Andrés de tamaño y grandor como de ochenta pies cada brazo y de color y visos de Arco Iris, las puntas derechas al cielo y bien abierta el aspa hacia la mano derecha de dicha iglesia, entre el medio y el poniente, y estuvo fija por el espacio de dos horas, despidiendo de sí muchos resplandores, con admiración de todos los vecinos que la vieron“.

Siempre en el claustro, un segundo sepulcro menos conocido conserva los restos del infante Teobaldico, muerto en 1272 a la edad de nueve meses, por precipitar de los muros de un castillo, habiéndose caído de los brazos de su aya. El niño, hijo de Enrique I el Obeso y sobrino de Teobaldo II, era prometido de la hija de Alfonso X el Sabio, Violante, que a la época en que se firmó el contrato matrimonial tenía seis años.

Un templo al que no podemos dejar de acercarnos aunque (como en la casi totalidad de las iglesias de Estella), hay que subir para llegar, pero merece la pena, es la Iglesia de San Miguel, parroquia del burgo homónimo.

Este impresionante conjunto arquitectónico de principio del s. XII (1145), nos fascina enseguida con su maravilloso pórtico románico tardío, actualmente resguardado con una inusual cubierta en vidrio.

En efecto, las condiciones del edificio necesitaron de una restauración, terminada en 1992, un año antes del célebre Xacobeo 93: con las obras ha sido eliminado el pórtico de ladrillo que protegía la fachada norte, sustituido con uno transparente, el que podemos apreciar hoy y que produce un contraste estridente con el resto pero, (siempre hay un lado positivo en todo) permite el paso de la luz y por lo tanto podemos valorar mejor las esculturas.

Atrae la atención el tímpano con el Pantocrator con el Libro en la mano, el tetramorfo rodeándole y un crismón en la clave y, en el dintel, escenas de la vida de Jesús, el arcángel Miguel que vence al dragón y pesa las almas, las tres Marías con el sepulcro vacío, la Virgen y San Juan.

En el interior de tres naves se aprecian las intervenciones de diferentes épocas: especialmente interesante es el retablo gótico en la cabecera de la nave del Evangelio con escenas de la vida de Santa Elena.

En el exterior, adosada a la cabecera del templo por un arco, está la capilla de San Jorge, una torre gótica del s. XIV que guarda una talla flamenca de madera que representa el Santo matando al dragón.

Pasada la puerta de Castilla o de San Nicolás, el Camino sale de Estella y la Iglesia de Nuestra Señora de Rocamador, situada a la izquierda, despide al peregrino.

La Virgen de Rocamador está relacionada con una bonita leyenda: erase una vez un peregrino que llegó a la ciudad del Ega durante las celebraciones de las fiestas de Santiago y, en la baraúnda de los festejos se encontró cerca del lugar donde había sido asesinado un hombre: los indicios apuntaban en contra del caminante, que fue arrestado y condenado a muerte. El desdichado gritó su inocencia con todas sus fuerzas pero no se le creyó y fue llevado al patíbulo. Aquí siguió defendiendo su honestidad e invocó a Nuestra Señora de Rocamador para que le ayudara. La estatua de la Virgen, en ese momento, asomó la cabeza desde su hornacina y para observar mejor lo que estaba pasando, desplazó el Niño que sostenía al otro brazo. El milagro persuadió a los verdugos y el peregrino fue liberado.

El Niño sigue en el brazo derecho de la Madre en lugar del izquierdo, como es común en la iconografía de Nuestra Señora en Majestad.

Las últimas casas de Estella se confunden con las primeras de Ayegui, y al otro lado del Camino se divisa la mole del antiguo Monasterio de Irache, cuyo topónimo de origen vasco parece significar o “lugar de helechos” o “duende, misterio”, derivando de iratxo.

En efecto, un cierto misterio rodea la figura de la Virgen que allí se venera: consta que fue donada en 958 a Santa María de Irach, sin explicar por quien ni por que; sorprende que no esté relacionada con ninguna leyenda de luces, pastores y elementos sobrenaturales y lo más extraño es que en aquella época, ni en España ni en Europa, había empezado la propagación del culto mariano que empieza a consolidarse en el s. XII.

Hay más: la estatua, forrada en plata, que actualmente parece encontrarse en la localidad de Dicastillo, (no está claro como ha llegado allí, quizás durante la alteración generada por las desamortizaciones) está fechada por los expertos en el s. XII. No sería el primer caso de desliz cronológico, pero esta vez es diferente porque su donación está documentada, como dijimos, a mediados del s. X.

Para seguir con las rarezas tenemos una escrita en latín sobre la estola: “Puer natus est nobis, venite adoremus. Ego sum alpha et omega, primus et novissimus dominus“. (Ha nacido un niño de nosotros, venid a adorarle. Yo soy el alfa y la omega, primer y original Señor).

¡Cuantos misterios en este mágico Camino!

El monasterio, quizás el más antiguo de España hay quien sostiene un origen visigodo, fue impulsado por García Sánchez III el de Nájera, que en 1052 fundó aquí un gran hospital de peregrinos, posiblemente el primero de Navarra y en los siglos de XVI a XIX llegó a ser centro de estudios con el rango de Universidad.

El italiano Laffi, que pasó en 1667, deja testimonio de su importancia: “…Hay un enorme y hermoso convento de San Benito, que posee gran riqueza y parece casi una ciudad, porque tiene un gran recinto amurallado y muy extenso. Entramos en este convento y llegamos a un claustro muy bello, rematado con esculturas, que creo que no he visto nada semejante en mi vida. Tienen aquí el estudio público y hay escolares en cantidad, de diversos países, para estudiar“.

Cerca del monasterio y patrocinada por las bodegas homónimas se encuentra la celebre fuente, única en el mundo que sepamos, donde el visitante puede elegir si apaciguar su sed con agua o con vino. ¡Realmente milagroso! Una placa colocada al lado de la fuente reza: “¡Peregrino!, si quieres llegar a Santiago con fuerza y vitalidad, de este gran vino echa un trago y brinda por la felicidad“.

El peñasco del Montejurra, que proyecta su sombra sobre el monasterio, es también meta de peregrinación de los nostálgicos carlistas que cada primer domingo de mayo allí se reúnen, recorren el Vía Crucis en las faldas del monte y celebran misa en un altar erigido en la cumbre.

Don Carlos había establecido su corte y centro operativo en Estella y durante la segunda guerra carlista (1872 - 1876) el Monasterio sirvió de hospital para los numerosos heridos.

Durante el siglo XII vivió en el monasterio San Veremundo, patrono del Camino navarro. Entró en el cenobio cuando era todavía un niño, siendo su tío Munio el abad de entonces. Enseguida manifestó su talante caritativo y le inspiraban especial compasión los pobres y haraposos que iban mendigando restos de comida en la puerta del convento, y con quien se relacionaba a menudo cuando fue nombrado portero.

Para aliviar el hambre de estos desamparados, Veremundo, además de los restos, empezó a substraer alimentos de la próspera despensa monacal y, escondiéndolos en el delantal, solía regalárselos. Dicen que en algunos días hubo más de un hermano obligado a un ayuno extraordinario.

Una mañana, cuando se aprestaba a llevar el habitual sustento a sus pobrecillos, se encontró al abad que preguntó al joven que llevaba en el bulto bajo el sayo. Veremundo contestó, con una piadosa mentira, que eran flores para la Virgen (hay una versión diferente de la narración que habla de astillas de leña para encender el fuego). Tal vez por una corazonada el prior insistió para que le enseñara estas flores y, cuando el generoso mozo un poco estremecido abrió su mandil, salieron de él grandes rosas recién cortadas que inundaron todo con su perfume.

Hay reiteradas versiones de esta leyenda y el mismo prodigio, con algunas variantes, se atribuye a Santa Casilda, en la provincia de Burgos, a Santa Rosa en Viterbo, (Italia) y a la misma Santa Felicia, la de Obanos.

Este es el primero de los milagros que se atribuyen a Veremundo, que operó muchos otros cuando se convirtió en abad.

Durante su larga vida (1020 - 1099) tuvo siempre óptimas relaciones con los reyes navarros de los cuales fue a menudo confesor y consejero: colaboró sobre todo con Sancho Ramírez, el fundador de Estella y parece que dedicó intensas y prolongadas oraciones a la Virgen para propiciar su aparición en el Puy de la vieja Lizarra.

Después de su muerte, que ocurrió el año de la primera cruzada, fue enterrado en el mismo Irache, donde permaneció hasta la celebre desamortización de Mendizabal, en 1835.

Cuando se inhumó, su cuerpo fue reclamado por los dos pueblos de Arellano y Villatuerta situados cerca de Irache, que también se disputan sus natales.

Como no hubo manera de llegar a un acuerdo entre las dos localidades, se adoptó la salomónica decisión de custodiar las reliquias alternadamente por cinco años en Arellano y cinco en Villatuerta, así que su urna relicario viaja de un pueblo a otro: el último traslado se efectuó el 8 de marzo de 2003, aniversario de su muerte y actualmente se encuentra en Villatuerta, donde se quedará hasta 2008.

Desde el 20 de febrero de 1969 es patrono oficial del camino de Santiago en Navarra y, como dicen los navarros: “Mientras el mundo sea mundo, el 8 de marzo San Veremundo“.

Siguiendo hacía Azqueta y dependiendo por donde sople el viento, nuestras narices serán agradablemente estimuladas por el perfume de lavanda que se desprende de los campos antes de un túnel cercano a la localidad, y severamente fastidiadas por los efluvios que llegan de una granja de cerdos, después.

En el pueblo, con un poco de suerte podremos encontrar otro personaje del Camino, que emana cariño por todos los poros, Pablito: ya son legendarias entre los peregrinos sus charlas tomando café, los palos de avellano o las conchas que suele donar y sobre todo, la mirada sabía de sus ojos azules que produce el efecto de una caricia en el alma.

Por encima de las suaves colinas que enmarcan el Camino atrae la atención el cerro de Monjardín con las ruinas del castillo de San Esteban de Deyo en la cumbre.

Este macizo se reveló de fundamental importancia estratégica en las luchas para la reconquista: Sancho Garcés el Libertador (905 - 925), el primero de la dinastía Jimena, lo arrebató a los Banu Qasi en 905 durante su dura lucha de reconquista contra los moros que consiguió echar de la comarca, extendiendo sus fronteras hasta más allá del Ebro. El rey Sancho fue enterrado en la iglesia del castillo, panteón de los monarcas navarros de la época.

Bajo la señera atalaya se asienta Villamayor de Monjardín (precedida por la singular Fuente de los Moros recién restaurada), que supuestamente debe su origen a la utilización de la zona al pié del monte como base operativa al servicio de la vida del castillo.

Varias casonas blasonadas rodean la Iglesia parroquial de la localidad, dedicada a San Andrés: el templo, románico, cuenta con una torre campanario añadida en el s. XVIII.

La portada se adorna con capiteles historiados donde destaca uno que representa a dos caballeros armados luchando, y sin lugar a dudas recuerda las figuras de Roldán y Ferragut representadas en el Palacio de los Reyes de Estella.

Aquí no queda clara la identidad de los personajes, pero la imagen da paso a unas consideraciones sobre la falta de una significativa presencia de la iconografía “matamoros” en Navarra.

De las tres diferentes maneras de representar al Apóstol (peregrino, de pie y con los atributos clásicos, caballero, con o sin moros bajo su corcel y maestro, sentado) hemos podido constatar que en este primer tramo del Camino prevalece más bien la imagen del Santiago peregrino, mientras que el caballero matamoros abundará en la iconografía riojana.

Es muy probable que el mensaje a trasmitir, finalizado a la eliminación del enemigo de la fe (hoy moro, mañana indio y más tarde rojo) asuma en este caso los atributos distintivos del ciclo carolingio y satisfaga de esta forma las exigencias de dignificar la lucha de Reconquista.

La misma Crónica de Turpín enmarca en este enclave la leyenda de los ciento cuarenta caballeros muertos sin combatir, subrayando la necesidad del sacrificio para alcanzar la victoria.

Transcribimos el texto integro de la narración para que el peregrino pueda disfrutar del estilo del cronista y captar el lazo constante entre las actuaciones humanas y la intervención divina en el desarrollo del conflicto entre cristianos (los buenos de la película que Dios ayuda) y moros, objetivo natural de las palizas divinas:

Al día siguiente, pues, se le anunció a Carlomagno que en Monjardín un príncipe de los navarros, llamado Furre, quería combatir contra él. Al llegar, pues, Carlomagno en Monjardín, el príncipe aquel se dispuso a lidiar contra él el día siguiente. En consecuencia, Carlomagno la víspera de la batalla pidió a Dios que le mostrase aquellos de los suyos que iban a morir en el combate. Al día siguiente, pues, armados ya los ejércitos de Carlomagno, apareció en los hombros de los que morirían, es decir, detrás, sobre la loriga, la silueta en rojo de la cruz del Señor. Y al verlos Carlomagno los escondió en su tienda para que no muriesen en la batalla. ¡Cuan incomprensibles son los juicios de Dios y cuan inescrutables sus caminos¡ ¿Pues, que más? Terminada la batalla y muerto Furre con tres mil navarros y sarracenos, encontró Carlomagno muertos a los que por precaución había escondido. Y casi eran ciento cincuenta. ¡Oh bienaventurada tropa de luchadores de Cristo!, aunque la espada del perseguidor no la segó, sin embargo no perdió la palma del martirio. Entonces Carlomagno tomó el castillo de Monjardín y toda la tierra navarra“.

En el interior de la Iglesia de San Andrés, se conserva una cruz procesional latina en plata de finales del s. XII, la más antigua y más grande de Navarra. La pieza, finamente cincelada, presenta un Cristo de tres clavos con corona real y la escrita Jesus Nazarenus Rex Judeorum y vincula su origen ¿cómo no? a una leyenda:

Cuentan que durante su lucha contra los musulmanes el rey Sancho Garcés tenía en sus manos este precioso objeto y se preocupaba sumamente de que no cayera en manos musulmanas. Decidió entonces esconderla enterrándola en un bosquecillo cercano a la fortificación de San Esteban.

La linda cruz allí quedó, protegida y olvidada durante muchos años hasta que un día un pastor de la zona vio que una de sus cabras estaba extrañamente inmóvil delante de unos arbustos y, pensando que lo que atraía la atención del animal fuese algún peligroso bicharraco, lanzó una piedra para alejarle.

Acercándose para controlar, se percató de que su pedrada había partido el brazo de una soberbia cruz; el pobre hombre se sintió tan culpable de haber involuntariamente causado semejante destrozo, que llegó a decir que: “Pluguiera a Dios, que antes de arrojar la piedra se me hubiera secado el brazo“. Acto seguido se quedó paralizado de la espalda a la mano y la cruz recuperó su integridad.

El extraordinario suceso atrajo al señor feudal y los sacerdotes de la región, que quisieron trasladar la joya a la cercana iglesia, pero no hubo manera: el crucifijo siempre volvía en el bosquecillo donde fue encontrada hasta que se decidió levantarle un templo para cobijarla.

Fue sólo entonces cuando el pastor recuperó el uso de su brazo.

El fracaso es la clave del éxito.
Cada error nos enseña algo.

(Morihei Ueshiba - El arte de la paz)

Superada Urbiola que Domenico Laffi llama Orihuela, con sus casas blasonadas nos adentramos en la parte más fértil de Navarra: es esta la tierra de los exquisitos pimientos rojos del piquillo (así llamados por su forma parecida a un pequeño pico), de los grandes espárragos blancos, (tan ricos que el rey Juan Carlos los bautizó como cojonudos), tierra de vides, olivos y endrinas, la baya con que se elabora el licor local, el pacharán, que delicia el paladar en las sobremesas.

Urancia, que dicitur Arcos“, así llama el Codex Calixtinus la localidad de Los Arcos, que nos acoge con su caprichosa torre cuadrada.

En 1175 el rey Sancho el Sabio concedió un fuero a la villa, impulsando su desarrollo favorecido también por su emplazamiento como cruce de caminos. Es en esta época cuando se emprenden las obras de la Iglesia de Santa María, su principal monumento, y del hospital de peregrinos sostenido sucesivamente por Teobaldo II, ya desaparecido.

La Iglesia, que se alza al lado del río Odrón, ha padecido numerosas restauraciones que han dejado en el edificio rastros de románico, gótico, renacentista, plateresco y barroco, sobre todo en el interior, decorado con interesantes retablos.

El altar mayor es presidido por una talla gótica de la Virgen, del s. XIV, posiblemente de procedencia o hechura francesa. También la sillería del coro merece una visita.

En la Iglesia, ocurre periódicamente un peculiar fenómeno astronómico: la estatua de la Virgen negra de rostro sonriente y ojos zarcos, colocada en la hornacina de la fachada plateresca, suele estar permanentemente en sombra y por esto es apodada por los vecinos La Morenica. Esta imagen, por un calculado capricho solar, recibe una vez al año, el 15 de agosto a las 20.37 de la tarde, los rayos del sol que la iluminan por unos minutos.

Volveremos a ver un fenómeno similar, todavía más relevante, en el Monasterio de San Juan de Ortega.

Tenemos descripciones de la ciudad por Hermann Künig von Vach, peregrino alemán del siglo XV:

… llegas a la ciudad de los judíos que se llama al lado de Romanen Arcus después de cuatro millas sigue Viana.”

y por Laffi, dos siglos después:

…Llegados, con la ayuda de Dios, a Arcos del Rey, … Este es un lugar ciertamente fortificado y bien cumplido. Allí hay abundancia en ropas, frutos y hierbas en la plaza, así como un buen pan“.

De la muralla fortificada que cita, quedan tres puertas: la del Estanco, la de Sta. María, esta última del siglo XVII, con sus tres llamativos escudos y la puerta de Castilla, por donde se sale de la ciudad.

Y más allá de Los Arcos, junto al primer hospital, es decir, entre Los Arcos y el mismo hospital, pasa una corriente mortífera para las bestias y hombres que beben sus aguas. Por el pueblo que se llama Torres, en Navarra, corre un río malsano para animales y hombres que en él beben“, Americ Picaud insiste en su alarmante descripción.

El hospital de peregrinos que cita debía encontrarse cerca del arroyo de San Pedro, muy próximo a Sansol.

Es este uno de los pocos pueblos cuyo nombre deriva de un santo, San Zoilo, mártir romano del siglo III; pero hay también una hipótesis que afirma que en el lugar se había desarrollado un culto solar pagano y que, favorecido por el óptimo emplazamiento, se erigía aquí una ara solis.

Desde la colina de Sansol se aprecia el pintoresco espectáculo de Torres del Río con su distribución urbanística irregular debida a la morfología caprichosa del emplazamiento.

Su origen es muy antiguo: junto a Los Arcos, Sansol, Armañanzas y el Busto, formaba parte del conjunto militar romano, llamado Cornonium.

Su nombre se debe a las cinco torres (ya desaparecidas) que jalonaban su muralla y que lucen todavía en su escudo y al río Linares que cruza el municipio.

En este pueblo se encuentra una de las joyas arquitectónicas del Camino, la pequeña iglesia románica del Santo Sepulcro, de la segunda mitad del s. XII, cuya construcción está estrictamente relacionada con la Orden del Temple.

Su emplazamiento, en el corazón del pueblo, casi escondida y protegida por las casas, hace descartar totalmente la función de “faro” que muchos autores le han atribuido: no cabe duda de que la imagen del peregrino perdido en la tormenta y envuelto en las nieblas peligrosas auxiliado por la luz del potente Faro que lo reconduce en el Camino correcto tiene un matiz romántico, pero si nos dejamos guiar por el faro de la lógica comprenderemos enseguida la absurdidad de esta atribución.

Sus características más singulares son la planta en forma de octógono perfecto, la torre opuesta al ábside, la bóveda califal muy parecida a la de la mezquita de Córdoba, y el estupendo Crucificado de principio del s. XIII que preside el altar. La talla, de influencia bizantina, es digna de admiración: el Cristo de cuatro clavos (típico del románico) lleva corona real.

Situados en el centro del templo, levantando la cabeza se aprecian entre los nervios de la cúpula, los nombres de los Apóstoles y un “Me fecit” (me hizo) debajo del nombre del arquitecto, ya borrado por el tiempo.

Al lado del altar, dos capiteles de exquisita hechura, un Descendimiento (el Cristo, siempre con corona real y con la escrita IHS, Jesús Hombre Salvador, en vez que el clásico INRI) y las tres Marías delante del sepulcro vacío, remarcan la sensación de armonía que desprende este pequeño templo.

El Camino que sale de Torres del Río atraviesa un bonito paisaje quebrado, rebosante de almendros, vides y olivos y roza la Ermita de la Virgen del Poyo del s. XVI, imposible de visitar porque solo abre el domingo siguiente al de San Isidro, en el mes de mayo, fecha de romería.

Aunque se encuentre a casi un kilómetro del Camino, pero nos gusta recordar el pueblo de Bargota y sobre todo la famosa leyenda del brujo Joanes.

Joanes, o Juan, fue párroco de Bargota durante la segunda mitad del siglo XVI y parece ser que era hijo de una bruja de la familia de los Mellado, que estudió en Salamanca y que participó a clases en la Cueva de San Cipriano, donde impartía asignaturas el mismísimo diablo.

El cura, como cada brujo que se respete, participaba en aquelarres (parece que en las charcas de Viana), pero su especialidad era la de aparecer y desaparecer en lugares que se encontraban a centenares de kilómetros de distancia.

Cuentan que se trasladaba de Roma, donde visitaba al papa y si hacía falta le sacaba de apuros, a Pamplona o Bargota en tiempos rapidísimos.

A pesar de conocer sus actividades, que él mismo había expuesto con abundancia de detalles, la Inquisición, que le apresó en 1599, se abstuvo de condenarle: quizás porque cada vez que conseguían encerrarlo en una mazmorra, desaparecía prodigiosamente y volvía a su parroquia de Bargota.

La última población del Camino navarro es Viana: el nombre posiblemente deriva de Diana, lo que no sería tan sorprendente habiendo existido en la zona campamentos romanos.

Fue creada en 1219 por Sancho VII el Fuerte (el rey que medía más de dos metros, ganador de las navas de Tolosa) que unificó unas pequeñas aldeas preexistentes.

El trazado urbano refleja la regularidad típica de un plano regulador, propio de las repoblaciones. La zona, fronteriza frente a Castilla y por lo tanto especialmente peligrosa, necesitaba un asentamiento estable: para repoblarla el monarca recurrió a reos de delitos que venían absueltos y sacados de la cárcel si aceptaban vivir en este lugar de frontera.

Aprovechó también de la posición estratégica para construir una potente muralla fortificada de la cual quedan restos, junto a algún portal.

La arquitectura de los templos que se fueron erigiendo obedece a la necesidad de satisfacer exigencias religiosas y defensivas: en el lado sur occidental, las ruinas de la iglesia gótica de San Pedro, destruida durante las guerras carlistas, confirman su papel de iglesia - fortaleza y siguen emanando el sabor de los antiguos esplendores.

Asimismo, la iglesia parroquial de Santa María de la Asunción, un impresionante edificio en estilo gótico de tres naves, con una sólida torre campanario de más de cincuenta metros de altura, era iglesia - fuerte y cubría el flanco norte de Viana, y por eso no tiene grandes ventanales.

Desde el s. XIII, (construye entre 1.250 y 1.312), la Basílica ha sido objeto de importantes reformas: entre los siglos XV y XVI se llevó a cabo la fachada meridional, plateresca, un monumental retablo en piedra con escenas de la crucifixión.

En el interior predomina el estilo barroco y, entre los retablos, el mayor, dedicado por completo a María es considerado como uno de los mejores del barroco navarro.

En el suelo delante de la entrada sur, la plateresca, una humilde lápida recuerda un personaje intensamente relacionado con la ciudad: el caudillo Cesar Borgia, muerto en el campo de la Verdad al sur de Viana, el 11 de marzo de 1507 en una escaramuza contra el conde de Lerín.

Carmen Pugliese