CHRISTIAN JACQ LA REINA LIBERTAD

CHRISTIAN JACQ

LA REINA LIBERTAD

1. EL IMPERIO DE LAS TINIEBLAS


Contraportada:

Estamos en el año 1690 antes de Jesucristo y la esplendorosa civilización egipcia ha sido prácticamente reducida a las cenizas. Los hicsos, un conjunto de pueblos bárbaros llegados de Asia, se sirven de la violencia y la fuerza bruta para someter a un pueblo empobrecido y agotado que ya no tiene fuerzas para enfrentarse al invasor. Solo en la ciudad de Tebas subsiste un reducto hasta cierto punto libre. La ruinosa corte de Titi la Pequeña es un débil reflejo de la antaño gloriosa época de los antiguos faraones; pero eso no basta para hacer retroceder a los hicsos y restaurar la civilización del Antiguo Egipto. Sin embargo, la hija de Titi la Pequeña, la hermosa princesa Ahotep, no se resigna a que el trono del faraón permanezca vacío. Con el ímpetu de la juventud, esta muchacha fuerte y testaruda iniciará una revolución callada, irrisoria al principio, que, contra todos los pronósticos, conseguirá movilizar a un vasto territorio. El valor, la fe y también la desesperación son las mejores armas de la joven Ahotep, ejemplo viviente de hasta dónde puede llegar quien no tiene nada que perder. Arriesgando su vida a cada paso, en un tiempo oscuro en que la mínima excusa basta para acabar con la vida de un ser humano, la princesa asumirá la titánica responsabilidad de devolver toda una civilización a la vida. Para lograrlo, será imprescindible la ayuda de los dioses, pero también una aguda astucia que le permita dilucidar quién es el aliado y quién el traidor.

Christian Jacq

Nació en París en 1947. Doctorado en Egiptología por la Universidad de la Sorbona, ha dedicado casi toda su vida al estudio de la civilización del Antiguo Egipto. Fundador del Instituto Ramsés, es autor de diversos ensayos, textos de divulgación histórica, así como de novelas. Entre sus obras cabe señalar: El Egipto de los grandes faraones; La Reíne Soleil, premio Jean d’Heurs de Novela Histórica 1989; L’Affaire Touttankhamon, Prix des Maisons de la Presse 1992; Las egipcias, El egiptólogo, El faraón negro y la trilogía «El juez de Egipto». Pero es con su pentalogía sobre el faraón Ramsés II (El hijo de la luz, El templo de millones de años, La batalla de Kadesh, Bajo la acacia de Occidente y La dama de Abu Simbel), y la tetralogía «La Piedra de Luz» (Nefer el Silencioso, La mujer sabia, Paneb el Ardiente y Lugar de Verdad) con las que Christian Jacq se ha convertido definitivamente en uno de los mayores fenómenos literarios europeos. El imperio de las tinieblas marca el inicio de una nueva serie compuesta por tres volúmenes,


«La Reina Libertad».


Dedico este libro a todos los que consagraron su vida a la libertad luchando contra las ocupaciones, los totalitarismos y las inquisiciones de cualquier clase

Dios hizo soplar sobre nosotros un viento contrario, y súbitamente, procedentes de las regiones del Este, invasores de una raza indefinida avanzaron con decisión contra nuestro país y, fácilmente, sin combate, se apoderaron de él por la fuerza; destituyeron a quienes lo gobernaban, incendiaron luego sin compasión las ciudades, destruyeron los templos de las divinidades y maltrataron a la población con extremada crueldad, matando a los hombres y llevándose a sus mujeres y sus hijos como esclavos.

Texto de Manetón sobre la invasión de los hicsos, citado por Flavio Josefo, Contra Apion, 1, 14, 75 y ss.

Manetón era un sacerdote egipcio que vivió en el siglo III a.C. Su obra más importante, las Aegyptiaca, relataba la historia de las dinastías egipcias. Por desgracia, se ha perdido y solo conocemos de ella los extractos citados por los autores antiguos.


Tebas última zona libre del territorio egipcio, 1690 antes de Jesucristo

Inmóvil desde hacía más de media hora, Ahotep vio al último guardia que pasaba ante la puerta principal de palacio. Aprovechando los escasos minutos de intervalo antes del relevo, la hermosa muchacha morena, de dieciocho años, saltó a un bosquecillo de tamariscos, donde se ocultó hasta el anochecer.

Hija de la reina Teti la Pequeña, Ahotep había recibido un extraño nombre, cuyo significado era múltiple: «la luna está en plenitud», «la luna se ha apaciguado» o también «guerra y paz», pues, según los sabios, la luna era un dios guerrero que llevaba en sí el misterio de la muerte y de la resurrección.

La guerra… No había otra solución para librarse de los invasores hicsos que controlaban el país, a excepción de Tebas, la ciudad santa del dios Amón. Gracias a su protección, el templo de Karnak y la ciudad próxima habían sido respetados por los bárbaros, pero ¿por cuánto tiempo?

Los hicsos, más numerosos que una nube de langostas, habían llegado por el Delta hacía cuarenta años. Asiáticos, árabes, cananeos, sirios, caucásicos, minoicos, chipriotas, iraníes, anatolios, entre otros, llevaban el cuerpo acorazado. Utilizaban extrañas criaturas de cuatro patas con una gran cabeza, más altas y rápidas que los asnos. Los caballos tiraban de cajas montadas en ruedas, que avanzaban a una increíble velocidad y habían permitido a los agresores exterminar a los soldados del faraón.

Ahotep maldecía la blandura y la cobardía del pobre ejército tebano. Ciertamente, era incapaz de medirse con las poderosas y numerosas tropas del ocupante, provistas de armas nuevas y terribles. Pero la inacción conducía directamente al aniquilamiento.

Cuando Apofis, el jefe supremo de los hicsos, decidiera arrasar Tebas, los soldados egipcios huirían y la población sería aniquilada, a excepción de las hermosas mujeres, ofrecidas al placer de los soldados, y de los niños robustos, sometidos a la esclavitud. Los últimos hombres libres de la tierra de los faraones agachaban la cabeza, incapaces de reaccionar.

¿Qué quedaba del maravilloso reino de los constructores de pirámides? Una provincia atrapada en una tenaza, entre el ocupante del Norte y sus aliados nubios del Sur; un templo levantado por Sesostris I y abandonado, y un palacio que ya nada tenía de real.

Sin la obstinación de Teti la Pequeña, habrían suprimido incluso la Casa de la Reina, y los tebanos, como los demás egipcios, se habrían convertido en servidores de los hicsos.

Aislada en exceso, la madre de Ahotep comenzaba a debilitarse, mientras los partidarios de la independencia de Tebas veían cómo su número se reducía día tras día.

Si solo quedara una persona resistiendo, esa sería Ahotep.

La muchacha no temía el combate, ni el sufrimiento, ni la muerte. Incluso con un puñal en la garganta, se seguiría negando a doblegarse bajo el yugo de los hicsos. Los cortesanos se burlaban de ella y la trataban como a una loca, más divertida que peligrosa.

Hacían mal.

Ese día comenzaba la guerra de la liberación, con una insurrecta de dieciocho años como único soldado y un cuchillo de sílex bien afilado como única arma.

El relevo de la guardia se había efectuado; Tebas se dormía. Hacía ya mucho tiempo que no se organizaban banquetes en la sala de recepción de ajadas pinturas, que nadie tocaba música, y que ningún faraón subía a un trono desesperadamente vacío.

Ahotep quiso olvidar esa visión que le desgarraba el corazón y corrió hacia el embarcadero.

En el muelle había un inutilizable carguero, una barcaza que antaño había servido para transportar bloques procedentes de las canteras de gres, cerradas por el ocupante, y varios esquifes pequeños. Entre estos, había una barca en buen estado, el medio de transporte que Ahotep pensaba utilizar para salir del reducto tebano.

Con agilidad, la muchacha bajó a la barca y tomó los remos.

Puesto que navegaría hacia el Norte, la fuerza de la corriente le sería favorable.

Nadie surcaba el río por la noche, pues escondía numerosos peligros: hipopótamos, cocodrilos, remolinos… Ahotep no tenía otra opción. «Y cuando no se tiene otra opción -solía proclamar en voz alta y fuerte-, ¡se es libre!»

Con decisión, la princesa comenzó a remar.

Dado que nadie había sido capaz de indicarle con precisión dónde terminaba la zona libre y dónde comenzaba el territorio ocupado, lo descubriría por sí misma. Los consejeros más pesimistas suponían que los hicsos habían avanzado mucho desde la reciente toma del poder por parte de Apofis, cuya cruel reputación superaba la de sus predecesores, e instaban a Teti la Pequeña a abandonar Tebas sin más tardanza.

Pero ¿dónde podrían vivir seguros?

Según Ahotep, el único refugio era el ataque. La primera escaramuza se produciría en la línea de demarcación y, si era necesario, sería la propia princesa quien mandara los jirones de los regimientos egipcios.

En los últimos cuarenta años, miles de sus compatriotas habían sido aniquilados. Los hicsos creían que podían actuar con toda impunidad y seguir haciendo que reinara el terror en las Dos Tierras,. Muy pronto, Ahotep iba a demostrarles lo contrario.

Nunca una princesa egipcia, acostumbrada al lujo de la corte, se había visto obligada a.manejar unos pesados remos, a riesgo de estropearse las manos. Pero la supervivencia del país estaba en juego y la hermosa morena solo pensaba en el objetivo que debía alcanzar.

Algo golpeó la barca y estuvo a punto de hacer que zozobrara; afortunadamente, el equilibrio se restableció por sí solo. Ahotep descubrió una masa oscura que se alejaba golpeando el agua con un feroz coletazo.

Un cocodrilo importunado.

Rechazando el miedo, Ahotep prosiguió. Gracias a su excelente vista y a la luz dispensada por la luna llena, evitó los restos de un barco y un islote herboso, en el que dormían unos pelícanos.

En las riberas, se veían casas abandonadas. Temiendo la llegada de los invasores, los campesinos se habían refugiado en Tebas. A lo lejos divisó una humareda.

Ahotep redujo la velocidad, se dirigió hacia la orilla y ocultó la barca en una espesura de papiros, de la que salieron unas zaidas cuyo sueño había sido turbado.

Temiendo que sus gritos dieran la alarma, esperó. Después escaló el talud y se encontró en medio de un trigal abandonado. ¿La humareda procedía de una granja incendiada o de un vivaque hicso? En cualquiera de los dos casos, el enemigo estaba muy cerca.

-Dime, niña -preguntó una voz agresiva-, ¿qué estás haciendo aquí?

Sin vacilación alguna, Ahotep se volvió y, blandiendo el cuchillo de sílex en la mano derecha, se arrojó sobre el adversario.

M

atadlo -ordenó Apofis, el jefe supremo de los hicsos. El joven rucio vio llegar su muerte.

Sus grandes y dulces ojos reflejaban una total incomprensión. ¿Por qué matarlo a él, que, desde que tenía seis meses, nunca dejó de llevar cargas tan pesadas que le habían combado el espinazo? ¿Por qué a él, que había guiado por los senderos a sus compañeros de infortunio sin equivocarse nunca? ¿Por qué a él, que siempre había obedecido las órdenes sin rechistar?

Pero su patrón era un mercader de la península arábiga al servicio de los hicsos que acababa de fallecer a consecuencia de una embolia. Entre los ocupantes, era costumbre sacrificar los mejores asnos de un caravanero para arrojar sus despojos a una escueta tumba.

Indiferente a la matanza, Apofis subió lentamente los peldaños que llevaban a su palacio fortificado, en el corazón de la ciudadela que dominaba su capital, Avans, fundada en una zona fértil del nordeste del Delta.

Alto, con el rostro castigado por una prominente nariz, las mejillas blandas, hinchado el vientre y pesadas las piernas, Apofis era un gélido quincua enano de voz ronca, cuya mera visión daba miedo. Se olvidaba su fealdad cuando uno se concentraba en su indescifrable mirada, que abordaba al interlocutor por debajo y penetraba en él como la hoja de un puñal. Era imposible saber qué pensaba el señor de los hicsos, el tirano de Egipto desde hacía veinte años.

¡Qué acceso de orgullo cuando Apofis pensaba en la invasión de los hicsos! ¿Acaso no había terminado con trece siglos de independencia egipcia? Desconocidos por el ejército del faraón, los carros y los caballos procedentes de Asia habían sembrado el pánico, lo que había hecho fácil y rápida la conquista, tanto más cuanto que numerosos colaboradores, como los cananeos, no habían dudado en traicionar a los egipcios para ganarse la gracia de los vencedores.

Aunque bien pagados, los mercenarios habían vuelto sus armas contra la infantería egipcia, atacada así tanto desde el exterior como desde el interior. Y no eran los fortines del Delta, demasiado escasos, los que podían detener la oleada de los invasores.

-¡Hermosa jornada, señor! -exclamó el controlador general Khamudi, inclinándose.

Con el rostro lunar, unos cabellos muy negros pegados a su redondo cráneo, los ojos levemente rasgados, las manos y los pies gordezuelos, pesada la osamenta, Khamudi, pese a sus treinta años, parecía mayor. Ocultaba su carácter agresivo bajo una fingida untuosidad, pero todos sabían que no vacilaría en matar a quien se interpusiera en su camino.

-¿Han terminado los incidentes?

-¡Oh, sí, señor! -afirmó el controlador general con una gran sonrisa-. Ningún campesino se atreverá ya a rebelarse; no lo dudéis.

Apofis, en cambio, no sonreía nunca.

Su rostro solo se alegraba en una circunstancia: cuando asistía a la agonía de un adversario lo bastante insensato como para oponerse al dominio de los hicsos.

Precisamente, una aldea cercana a la nueva capital había protestado contra el insoportable peso de las tasas. Khamudi había soltado de inmediato a sus feroces perros, piratas chipriotas que los hicsos habían sacado de las cárceles egipcias.

Pese a las consignas, ni siquiera respetaron a los niños. Después de su paso, nada quedaba ya de la localidad atacada.

-¿Y las cosechas? Khamudi puso mala cara. -Según los primeros informes, no van muy bien… Una fría cólera animó los ojos de Apofis.

-¿Van a ser menos abundantes que las del año pasado?

-Eso me temo, señor.

-¡Los campesinos se burlan de nosotros!

-Haré incendiar algunas aldeas. Entonces comprenderán que…

-No, Khamudi, es inútil suprimir esclavos cuyos brazos van a sernos útiles. Busquemos otra solución.

-¡Creedme, quedarán aterrorizados!

.-Demasiado tal vez.

Khamudi se desconcertó.

El jefe supremo prosiguió el ascenso, seguido por el controlador general, un paso por detrás de su dueño.

-El miedo es buen consejero -prosiguió Apofis-, pero el terror puede paralizar. Y necesitamos más trigo y cebada para alimentar a nuestros funcionarios y nuestros soldados.

-¡Ni los unos ni los otros aceptarán trabajar en los campos!

-Es inútil que me lo recuerdes, Khamudi.

El alto dignatario se mordió los labios. Buen comedor, aficionado a los vinos fuertes y a las hembras bien desarrolladas, tendía a veces a hablar demasiado.

-Hemos conquistado Egipto -le recordó Apofis-, y ciertamente el miserable enclave tebano, poblado por cobardes y ancianos, no podrá amenazarnos de ningún modo.

-Precisamente iba a proponeros que lo destruyamos sin más tardanza.

-Error, amigo mío; grave error.

-No…, no lo comprendo.

Unos soldados armados con lanzas se inclinaron al paso de ambos hombres. Tomando un corredor bajo y estrecho, iluminado por antorchas, llegaron a una pequeña estancia que se abría en el centro de la fortaleza.

Allí, Apofis estaba seguro de que nadie iba a oírlos.

Se sentó en un sitial bajo, de madera de sicomoro, desprovisto de cualquier adorno. Khamudi permaneció de pie.

-No todos nuestros aliados son seguros. Cuento contigo, mi fiel y eficaz amigo, para poner orden en nuestra propia casa.

-¡Estad tranquilo, señor!

-Todos los medios serán buenos…, y he dicho: todos. Sean cuales sean las circunstancias, aprobaré y justificaré tu modo de actuar. Solo el resultado me importa no quiero volver a oír ni una sola voz discordante en la coalición de los hicsos.

A Khamudi se le hacía la boca agua. Quienes se habían atrevido a criticarle, aunque fuera solo de pensamiento, estaban condenados a muerte.

-Nos queda todavía mucho trabajo que hacer para borrar por completo los rastros del antiguo régimen de los faraones y afirmar la omnipotencia de la revolución de los hicsos, sin dejar esperanza alguna de marcha atrás -prosiguió Apofis.

-¡Tebas debe desaparecer, pues!

-Por supuesto, pero, antes, debe servir a mis planes sin advertirlo. La clave de la victoria total es la colaboración. Algunos traidores nos ayudaron a invadir Egipto; otros nos ayudarán a someterlo. Dejemos que los últimos patriotas crean que Tebas representa una esperanza real al mismo tiempo que introducimos el gusano en la fruta.

-Los campesinos…

-Si esperan una liberación, aunque sea lejana, trabajarán con recuperado ardor sin comprender que ni una sola espiga de trigo llegará a los resistentes. Muéstrate experto en el arte de la mentira y la desinformación, amigo mío; organiza falsas redes de opositores, detén a alguno de sus miembros para que no quede duda alguna y estimula el ardor de los patanes.

-Me veré obligado, pues, a suprimir algunos de nuestros propios oficiales…

-Elige, sobre todo, a los cananeos; son demasiado ruidosos para mi gusto.

-A vuestras órdenes, señor.

-Khamudi… -El tono del jefe supremo hizo temblar al controlador general-. Eres el único que conoce mis verdaderas intenciones. Sobre todo, no lo olvides.

-Es un inmenso privilegio del que sabré mostrarme digno, señor.

L

oca de preocupación, Teti la Pequeña tuvo que rendirse a la evidencia: definitivamente, su hija Ahotep había desaparecido. La pequeña salvaje no estaba en su habitación; ni en la biblioteca, donde pasaba horas y horas leyendo novelas escritas durante el glorioso período del Imperio Medio; ni en el jardín, donde le gustaba jugar con su enorme perro, una verdadera fiera, que solo obedecía a la joven. En su ausencia, los guardias habían atado al perrazo al tronco de un sicomoro.

-Pero tú, Qaris, por fuerza debes saber adónde ha ido.

Qaris era la amabilidad personificada. Entrado en carnes, con las mejillas redondas, conservaba la calma en cualquier circunstancia y asumía la difícil tarea, imposible incluso, de mantener una apariencia de comodidad en el palacio real de Tebas, condenado a una rápida ruina.

-No, majestad, lo siento.

-Estoy segura de que te lo confió y no quieres traicionarla.

-Realmente, no sé nada, majestad. La policía está avisada.

-La policía…, una pandilla de cobardes que morirán de miedo antes incluso de que larguen los hicsos.

El intendente no podía contradecir a la reina.

-También he avisado al ejército.

Teti la Pequeña suspiró.

-¿Es que todavía existe?

-Majestad…

-Ocúpate tú del almuerzo, Qaris; sigamos fingiendo que vivimos como una corte real.

Con los hombros hundidos, el intendente se entregó a sus ocupaciones. Hacía ya mucho tiempo que no intentaba consolar a la soberana con buenas palabras en las que ni él mismo creía.

Fatigada, la reina se dirigió a la sala del trono, que había sido dispuesta a toda prisa cuarenta años antes, cuando la corte había huido de la región de Menfis para refugiarse en la pequeña ciudad de Tebas, la Heliópolis del Sur, carente de importancia económica.

A la muerte de su marido, un faraón sin poder, Teti la Pequeña no había aceptado que la coronaran para sucederle. ¿De qué servía adornarse con rimbombantes títulos que, sin duda, habrían provocado la cólera de los hicsos, demasiado ocupados en sangrar el país por todas sus venas para aplastar la miserable provincia tebana?

La estrategia de la reina había resultado eficaz, puesto que los invasores habían olvidado la sagrada ciudad de Amón, convencidos de que solo unos viejos sacerdotes inofensivos celebraban allí los ancestrales cultos. Y ese era el mensaje que Teti la Pequeña quería transmitir a la nueva capital, Avaris, esperando que los hicsos dejaran morir en paz a los últimos egipcios libres.

¿Qué otra política podrían haber adoptado? El ejército tebano era solo un montón de inútiles con un armamento irrisorio. El entrenamiento de los soldados se reducía a grotescos desfiles que ni siquiera divertían ya a los niños. Los oficiales de carrera habían perdido toda esperanza y se limitaban a mantener en buen estado el cuartel donde residían.

Cuando los hicsos atacaran, soldados y policías depondrían sus armas e intentarían pasar por civiles, para escapar a la matanza. Y no sería el general en jefe, un anciano de vacilante salud, el que mantuviera una apariencia de cohesión entre sus tropas.

De vez en cuando, Teti la Pequeña reunía un fantasmal consejo, donde se hablaba, sin atisbo de sonrisa, de un reino tebano del que dependían, en teoría, algunas provincias arruinadas aún, provistas de un potentado local y de un heraldo encargado de anunciar los decretos del faraón. Pero nadie creía ya en esa mascarada. Al menor signo amenazador por parte del ocupante, los alcaldes afirmarían que en modo alguno apoyaban a Tebas y que su reina era una disidente merecedora de las peores sanciones.

Teti la Pequeña estaba rodeada solo por personajes anodinos, incompetentes o corruptos. Ni siquiera había nombrado visir, puesto que este habría carecido de cualquier línea de acción. Solo subsistían las funciones del ministro de Agricultura y las del de Economía, ocupadas por cortesanos de edad que dirigían, blandamente, una Administración descarnada.

La lealtad había desaparecido, y cada cual pensaba solo en sí mismo. Milagrosamente, los tebanos aceptaban mantener a la familia real, aunque reducida, es cierto, a lo más estricto; era como si se negaran a olvidar el pasado. Gracias al incansable Qans, Teti la Pequeña, su hija Ahotep y sus íntimos no pasaban hambre, aunque su comida cotidiana les habría parecido irrisoria a los monarcas de las épocas gloriosas.

La reina lloraba cada día.

Encerrada en su pobre palacio, que cada vez más se parecía a una cárcel, vivía de recuerdos y de sueños en los que el porvenir no tenía lugar alguno.

Teti la Pequeña se inclinó ante el trono vacío que ya no ocuparía ningún faraón. Horus, el halcón cósmico, se había alejado de la tierra y no bajaba ya de su paraíso celestial. Simbolizada por la unión de las plantas del Norte y del Sur, la felicidad de las Dos Tierras era solo un espejismo. Varias veces, la hermosa mujercita, siempre cuidadosamente maquillada a pesar de la escasez de los productos de belleza, había pensado en matarse. ¿De qué servía una reina sin corona, impotente ante una revolución bárbara?

Solo la contemplación de las estrellas le daba el valor de sobrevivir. En ellas brillaban las almas inmortales de los reyes resucitados, que trazaban para siempre el camino de la rectitud, más allá de las dudas y la desesperación. Así pues, Teti la Pequeña proseguía su oscura existencia como última reina de Egipto.

-Majestad…

-¿Qué ocurre, Qans?

La voz del intendente temblaba.

-La policía pregunta por vos.

-Encárgate tú.

-Su jefe solo quiere hablar con vos.

-Hazlo entrar en la sala de audiencias. Qaris miraba fijamente el trono vacío.

-Majestad…, testáis pensando en…? Teti la Pequeña sonrió tristemente.

-Claro que no.

-Si tuviéramos de nuevo un faraón…

-Ni lo pienses, Qans.

La reina cerró lentamente la puerta de la sala, condenada desde entonces al silencio.

-Si deseáis que limpie los suelos e intente reavivar las pinturas… -propuso el intendente.

-No será necesario.

La viuda pasó por su alcoba para mirarse en un espejo de bronce y tocarse con una fina diadema de oro que antes habían llevado otras grandes esposas reales. Cuando su última camarera intentó robarla, Teti la Pequeña se había limitado a despedirla.

La soberana del enclave tebano debía seguir velando por su elegancia. Afortunadamente, le quedaban algunos vestidos dignos de su rango, que ella cuidaba de manera esmerada; eligió el de lino rosa y se puso unas sandalias doradas.

Solo cierta actitud podía imponerse aún a las fuerzas de seguridad, a fin de que creyeran en la existencia de una autoridad, aunque estuviera limitada.

La reina imaginó por un instante que su provincia era un verdadero país y que iba a dirigirse a un auténtico representante del orden.

Sorprendido por la prestancia de Teti la Pequeña, el policía permaneció mudo unos segundos.

-Majestad…

-¿Qué quieres?

-Se trata de un asunto grave, majestad; muy grave.

-¿Está amenazada la seguridad de Tebas?

-Me temo que sí. Vuestra hija… La reina palideció.

-¿La has encontrado?

-Yo, no; un guardia fronterizo.

-¿Está… viva?

-Eso sí, majestad, ¡de lo más viva! El guardia, por su parte, fue herido en el brazo por el cuchillo que manejaba la princesa.

-Un cuchillo… ¡Estás divagando!

-El informe es indudable. La princesa Ahotep intentó matar a mi subordinado, que acababa de detenerla. Estaba tan enfurecida que el guardia tuvo que pedir refuerzos para dominarla.

Teti la Pequeña se angustió.

-¿Han molestado a Ahotep?

-No, majestad, porque se identificó enseguida. De buenas a primeras, los guardias no la creyeron, pero su vehemencia les hizo dudar. Por miedo a cometer un error, decidieron atarla y traérmela.

-Entonces, este ridículo asunto queda zanjado.

-Me temo que no, majestad.

-¿Qué quieres decir?

-Ese grave incidente no puede considerarse como un simple altercado.

-¿Por qué?

-Porque es evidente que vuestra hija abandonaba el territorio tebano para unirse a los hicsos.

-¿Te atreves a…?

-Los guardias y yo mismo acusamos a la princesa Ahotep de alta traición. Dado su rango, debe convocarse con urgencia un tribunal de excepción.

-¿Te das cuenta de que…?

-Será condenada a pena de muerte -prosiguió el jefe de policía, con mirada alegre-. Es lógico: si no diéramos ejemplo, sería la desbandada.

Teti la Pequeña desfalleció.

-No. Es imposible… ¡Sin duda te equivocas!

-Los hechos son los echos, majestad.

-Quiero ver a mi hija.

-El interrogatorio se ha efectuado correctamente; tranquilizaos.

-¿Ha confesado Ahotep?

-Pronto tendremos una confesión completa. Teti la Pequeña se irguió cuan alta era.

-¡Soy la reina de Tebas y exijo ver a mi hija de inmediato!

El contraste entre ambas mujeres era sorprendente.

Teti la Pequeña, moldeada como una preciosa estatuilla, era tan delgada que parecía que fuera a quebrarse; Ahotep, alta, majestuosa, tenía el pelo desordenado y los ojos de un verde luminoso y agresivo.

Tan hermosa la una como la otra, pero sin otro punto en común que su pertenencia a una familia real, eran observadas por las miradas divertidas y crueles del jefe de la policía y de cuatro de sus esbirros, que mantenían a la princesa atada y amordazada.

-¡Soltad a mi hija! -ordenó la reina.

-¡Es peligrosa, majestad! No corramos riesgo alguno.

Teti la Pequeña era consciente de estar librando un combate decisivo. Si lo perdía, los partidarios de la colaboración con los hicsos le arrebatarían sus últimas prerrogativas y entregarían la ciudad de Amón al ocupante.

-Acabo de dar una orden -recordó secamente la reina.

El jefe de la policía vaciló. Con un revés de su mano, podía barrer a aquella enclenque criatura, incapaz de defenderse, y apoderarse de las últimas riquezas de palacio. Pero un golpe de Estado chocaría con la hostilidad de los militares y los sacerdotes. Nadie saldría vencedor de aquel conflicto interno.

-Seamos prudentes, majestad, y limitémonos a quitarle la mordaza.

Dos policías desataron el pedazo de basto lino.

-¿Estás herida, Ahotep? -le preguntó su madre.

-¡Solo por la estupidez de estos inútiles! Cinco para dominarme… ¡Qué hazaña!

-Te acusan de intento de fuga y traición.

Todos aguardaban un estallido de cólera, pero la muchacha permaneció extrañamente tranquila.

Miró uno a uno a los policías, que, impresionados, retrocedieron un paso.

-¿Quién se atreve a mentir con tanta desvergüenza?

-No podéis negar vuestro intento de fuga -dijo el jefe de la policía.

-¿Son estos hombres guardias fronterizos?

-Sí, pero…

-¿Y fui detenida en la Colina de las Codornices?

-Ciertamente, pero…

-¿Tan cerca de Tebas está la frontera?

-¡Claro que no!

-Explícame, entonces, la presencia de tus guardias en ese lugar. ¿Y por qué habían encendido una hoguera?

Uno de los hombres implicados no supo morderse la lengua.

-Estábamos allí por órdenes del jefe… No somos responsables de nada.

-¿Y en qué consistía esa orden? -preguntó Ahotep, vehemente.

-¡Callaos, imbéciles! -exigió el jefe de la policía.

-Habéis pillado e incendiado una granja, ¿no es cierto? En vez de cumplir con vuestro deber y manteneros en los puestos avanzados, aprovecháis vuestro uniforme para despojar a los infelices que se han refugiado en zona libre.

Los guardias fronterizos se acercaron unos a otros, mientras su superior desenvainaba una corta espada.

-¡No tendréis miedo de dos mujeres!

-Tú eres el culpable de alta traición -decretó Ahotep-, y la reina te ordena que te inclines ante ella.

Teti la Pequeña lanzó una despectiva mirada al acusado..

-Envaina tu espada y olisquea el suelo ante mí.

El interpelado soltó una carcajada.

-No sois ya nada, majestad, y vuestra hija tiene las manos atadas. Agradecedme que os ofrezca una muerte rápida.

Un amenazador gruñido alertó al soldado, quien, al volverse, reconoció el perro de Ahotep. Levantó su arma, pero el ataque fue tan rápido que el gesto resultó inútil. El perro clavó sus colmillos en el antebrazo de su víctima, que aulló de dolor.

-Soltadme inmediatamente -ordenó Ahotep. Los guardias fronterizos obedecieron.

La princesa acarició a su perro, que la contemplaba con infinita dulzura y un gesto satisfecho; tan orgulloso estaba de su nueva hazaña.

-¿Cómo es posible que esta fiera se haya liberado? -gimió el herido.

-Se reunirá urgentemente un tribunal, en efecto -le anunció la princesa-, pero para juzgarte a ti, un traidor que se ha atrevido a levantar la mano a la reina y amenazarla de muerte.

El jefe de la policía sollozó.

-Tenéis que perdonarme… ¡No deseaba mal alguno a su majestad!

-Un traidor y también un cobarde… ¡Arrojad a ese canalla a un calabozo!

Muy contentos de salir tan airosos, los guardias fronterizos no se hicieron de rogar.

Con la lengua colgando, Risueño colocó delicadamente sus dos enormes patas en los hombros de la princesa.

-¡De modo que te habían atado y has conseguido escaparte! Puesto que el perro no solía mentir, Ahotep leyó en su mirada que había contado con una indispensable ayuda.

-Yo resolveré este enigma -prometió.

-Ahotep… -murmuró Teti la Pequeña.

Al ver que su madre estaba a punto de desfallecer, la princesa la ayudó a sentarse.

-Tanta violencia, aquí, en mi palacio… No tengo ya fuerzas para soportar semejantes horrores.

-¡Claro que sí! ¿Acaso no debes alegrarte?

-Alegrarme… ¿De qué?

-De los pasos en falso que ha dado el jefe de tu policía. Ese inútil te ha mostrado, por fin, de qué es capaz. ¡Sustitúyelo enseguida!

Teti la Pequeña estaba descubriendo a su hija.

Aunque fuese ya una mujer, y muy seductora, la reina la había considerado, hasta entonces, como una niña indisciplinada, que solo pensaba en divertirse para olvidar la agonía de su país.

-Ahotep…, estoy tan cansada.

-¡Majestad, no tenéis ni el derecho ni la oportunidad de estarlo! Egipto solo sobrevive por vuestra persona. Si renunciáis, el enemigo habrá obtenido la victoria sin ni siquiera combatir.

«Qué dulce sería cerrar definitivamente los ojos», pensó la reina. Pero su hija tenía razón.

-¿Realmente crees que tenemos aún posibilidades de enfrentarnos con un enemigo de la talla de los hicsos?

-¡Si queremos, podremos!

-¿Por qué te has aventurado tan lejos de palacio, Ahotep?

-Para saber dónde estaba exactamente la frontera de lo que nos atrevemos a llamar el «reino tebano». Como no lo he logrado, volveré a intentarlo.

-¡Es demasiado peligroso!

-Y sin embargo, es indispensable, majestad. Es imposible organizar la resistencia si no conocemos las posiciones del adversario. Teti la Pequeña se quitó la diadema y la puso en sus rodillas.

-La situación es desesperada, Ahotep. No tenemos faraón ni ejército, y nuestra única oportunidad de sobrevivir consiste en convencer a los hicsos de que Tebas es solo una aldea poblada por ancianos inofensivos que pasan su tiempo orando a unos dioses muertos.

-Excelente -consideró la muchacha-. Mientras el ocupante nos considere algo desdeñable, no nos atacará.

-¡Pero es que somos algo desdeñable! El cielo nos permitirá morir aquí, en nuestra tierra, en una ilusión de libertad.

-Me niego.

La reina miró a su hija con asombro.

-Me niego a aceptar una fatalidad que no es tal -prosiguió, con pasión, Ahotep-. Si Amón ha preservado la independencia de Tebas, ¿no lo ha hecho para confiarle una misión? Al encogernos y temblar de miedo, cerramos nuestros oídos y no dejamos de oír su voz.

-Ni un solo hombre tendrá el valor de luchar contra los hicsos -dijo Teti la Pequeña.

-¡Pues entonces, lo harán las mujeres!

-¿Has perdido la cabeza?

-¿Acaso tú, madre mía, no eres la representante de Maat en esta tierra?

La reina esbozó una pobre sonrisa.

Maat, la diosa de la armonía, de la rectitud y de la justicia;

Maat, encarnada por una mujer que lleva en su cabeza la timonera, la pluma que permitía a las aves orientarse; Maat, el pilar sobre el que los faraones habían fundado su civilización y sobre el que se levantaban las estatuas de los resucitados, cuyos ojos, boca y orejas abrían los ritualistas.

-Ni siquiera Tebas es ya lugar de acogida para Maat -deploró Teti la Pequeña.

-Claro que sí, puesto que tú eres la reina y Maat se encarna en la función que ejerces.

-Ya solo es un sueño, Ahotep; un sueño lejano, casi borrado…

-Maat no se alimenta de sueños, sino de realidad. Por eso debemos reconquistar nuestro territorio, para ofrecérselo.

La princesa se arrodilló ante la reina.

-Majestad, he tomado las armas. Solo dispongo de un cuchillo de sílex, pero no es tan mal comienzo. Bien manejado, resulta eficaz.

-¡Ahotep! ¿No estarás pensando en combatir?

-Acabo de hacerlo, majestad, y volveré a empezar.

-¡Eres una muchacha, no un soldado!

-¿Dónde están nuestros valerosos soldados? Si nadie los saca de su sopor, se dormirán para siempre. Nosotras debemos despertarlos.

Teti la Pequeña cerró los ojos.

-Es una insensatez, querida hija… Olvidemos todas esas locuras. La princesa se levantó.

-Son mi única razón para vivir.

-¿Es inquebrantable tu decisión?

-Es tan sólida como el granito. La reina suspiró.

-Siendo así, Ahotep, te ayudaré con todas mis fuerzas.

C

on el pelo largo, mal afeitados, vistiendo solo un taparrabos de juncos, una decena de campesinos avanzaba lentamente por unas marismas, no lejos de la nueva capital de los hicsos. Tiraban de cuatro grandes bueyes hacia un islote donde crecían unas muy melosas chufas.

-Ve más deprisa -gruñó su jefe, un bigotudo, dirigiéndose al que se retrasaba.

-Deja ya de jugar al cómitre.

-Mejor será que miréis hacia delante -recomendó un tercer tipo, cubierto de barro para protegerse de los mosquitos-. En un hermoso día como este, con el cielo despejado y esa brisa del Norte, ¿por qué enojarse?

-¡Porque los ocupantes han confiscado mi campo! -repuso el Bigotudo.

-Uno acaba acostumbrándose a todo. Encargarse de los bueyes no es tan desagradable.

-Sin libertad, nada es bueno.

El Bigotudo pensó en las largas horas consagradas a regar, cuidar las herramientas, sembrar, cosechar, discutir con los escribas del Tesoro para que rebajaran las tasas… ¡Cuántas preocupaciones, qué lucha constante con la naturaleza, implacable y generosa a la vez! Se había quejado sin cesar de su suerte, ignorando lo que le reservaba el porvenir.

No contentos con haberle despojado, los hicsos le obligaban a dirigir ese grupo de infelices, acostumbrados a llevar a pacer los bueyes a una zona que solía estar inundada. Las peleas eran frecuentes; la atmósfera, asfixiante.

-Comeremos pescado asado -anunció un mofletudo, lamiéndose los labios-. La captura es de antes del amanecer y no la declararemos al oficial.

Cada mañana y cada anochecer, los soldados hicsos controlaban a los boyeros. A cambio de su labor, solo tenían derecho a una torta de espelta, unas cebollas y, una vez por semana, pescado seco, incomible a menudo.

-¡Si descubren el humo, nos darán de palos!

-Nos hemos adentrado demasiado en las marismas como para que lo vean.

Pensando en el festín, se les hizo la boca agua.

-Atención, muchachos… ¡Hay alguien en el islote!

Con los cabellos cubiertos por un turbante, el rostro devorado por una negra barba, sentado en un bote de papiro, un extraño hombre estaba asando un coipo.

-¡Qué extraña jeta! -advirtió el Bigotudo.

-Un genio maligno de las marismas, no cabe duda… ¡Larguémonos!

-Mejor será aprovechar su fuego -recomendó el Mofletudo-. No podrá contra todos nosotros.

Los boyeros se acercaron.

El hombre se levantó lentamente y plantó cara a los recién llegados.

-Os digo que nos larguemos… ¡No es un ser humano!

El extranjero blandió una honda. En cuanto el campesino aterrorizado dio media vuelta, el arma giró a increíble velocidad y salió despedida una piedra que golpeó al fugitivo en la nuca.

El herido se derrumbó en el agua glauca. Si el Bigotudo no le hubiera agarrado del pelo, se habría ahogado.

-Acercaos a mí, amigos… No tenéis nada que temer. Muertos de miedo, los boyeros no podían creerlo.

El Mofletudo prefirió obedecer y sus compañeros le siguieron.

-No olvidéis vuestros bueyes -recomendó su anfitrión con una irónica sonrisa.

Fatigado, uno de los cuadrúpedos mugió y se negó a avanzar. Unos golpes de vara en el espinazo le hicieron cambiar de opinión.

Uno a uno, los campesinos subieron a la colina. Los animales se agitaron y, por fin, pudieron pastar.

-¿Quién es vuestro jefe? -preguntó el extranjero.

-¡El! -respondió el Mofletudo, señalando al Bigotudo-. ¿Y quién eres tú?

-Llámame afgano.

Los campesinos se consultaron con la mirada. Ninguno de ellos conocía esa palabra.

-¿Qué es un afgano?

El extranjero buscó en el bolsillo de su túnica parda y sacó una piedra azul, que parecía contener partículas de oro.

La maravilla deslumbró a los boyeros.

-¡Debe valer una fortuna! ¡Parece… lapislázuli!

-No hay piedra más bella -afirmó el afgano-. ¿Dónde has visto otra como esta?

-Mi primo era sacerdote del dios Ptah. Al morir, sus colegas le ofrecieron un escarabajo de corazón de lapislázuli, y se me autorizó a mirarlo antes de que fuera colocado en la momia. ¿Cómo podría haber olvidado semejante esplendor?

-El lapislázuli procede de mi país, Afganistán. Cuando un faraón reinaba en Egipto, mis compatriotas le proporcionaban grandes cantidades, cambiándolas por oro. Solo los templos estaban autorizados a trabajarlo. Hoy, todo ha cambiado. El ocupante hicso no se preocupa de los ritos ni de los símbolos, ni le interesa la compra de lapislázuli. ¡Habría que dárselo, como todo lo demás! Por su culpa, Afganistán se ve privado de su principal fuente de riqueza.

-Entonces, ¿eres un enemigo de los hicsos?

-Soy enemigo de cualquiera que me empobrezca. Mi familia es propietaria del principal yacimiento de lapislázuli. Vivía en una mansión suntuosa, tenía numerosos criados y poseía tantas cabezas de ganado que ya no las contaba. Desde que se interrumpió el comercio con Egipto, la pobreza se ha adueñado del país. El año pasado, mi madre murió de desesperación y juré vengarme de los responsables de su fallecimiento.

-¿Te refieres… a los hicsos?

-Me han arruinado y han condenado a los míos a la miseria. Pertenezco a un pueblo de guerreros que no soportan esas afrentas.

-Mejor harías regresando a casa -le aconsejó el Mofletudo-. El ejército del faraón ha sido aniquilado y ya no existe oposición alguna al ocupante.

-¿Te olvidas de Tebas? -se extrañó el Bigotudo.

-Tebas… es solo un espejismo.

-¿No es acaso la ciudad sagrada del dios Amón? -preguntó el afgano.

-En efecto, pero ya solo alberga a una reina sin poder y algunos sacerdotes almibarados por la devoción. Al menos, eso se dice.

-¿Y no es cierto?

-Eso espero.

-¿Existe una resistencia organizada?

-De ser así -interrumpió el Mofletudo-, se sabría. ¿Y por qué te apasiona tanto eso, extranjero?

-Sigues sin comprender, egipcio… Quiero vender mi lapislázuli, volver a ser rico y restaurar el prestigio de mi clan. Es mi único objetivo y a él consagraré mi existencia, sean cuales sean los riesgos. Si los hicsos hubieran sido comerciantes honestos, me habría puesto de acuerdo con ellos. Pero nunca firmarán un tratado comercial, pues son depredadores sin fe ni ley. Solo hay una solución: expulsarlos y favorecer el regreso de un faraón que no modifique a su guisa las reglas del juego.

El Mofletudo soltó una carcajada.

-¡Eres un cómico como no hay otro, afgano! En tu país, no debéis de aburriros.

-Mi padre proporcionó lapislázuli a Tebas y fue generosamente recompensado. He oído decir que Amón no era el único dios de la región y que su aliado era Mentu, encarnado en un vigoroso toro y capaz de acabar con cualquier adversario.

-Los dioses han abandonado las Dos Tierras -afirmó el Bigotudo.

-¿Y por qué no van a volver?

-Porque, muy pronto, no quedará ya nadie para acogerlos.

-¿Ni siquiera el príncipe de Tebas?

-Una reina controla la ciudad, pero nadie sabe si está todavía viva.

-Entonces, la insurrección nacerá aquí, en estas marismas.

-¿Con quién? -se inquietó el Mofletudo.

-Con aquellos de vosotros que acepten ayudarme.

-Pero… ¡estás absolutamente loco!

-Ningún enemigo es invencible, sobre todo cuando se cree omnipotente. ¿El aguijón de una pequeña avispa no produce un violento dolor al coloso a quien consigue picar?

El Bigotudo estaba intrigado.

-¿Cuáles son tus proyectos?

-Formar un enjambre. Pero sentaos y fumemos una planta de mi país que relaja el ánimo y da clarividencia.

Cediendo el coipo, demasiado asado, al Mofletudo, que lo devoró de un bocado ante la indignación de sus compañeros, el afgano encendió unos pequeños rollos de hachís y los distribuyó entre los campesinos.

-Aspirad lentamente; dejad que el humo salga por la nariz y la boca… Poco a poco, olvidaréis el miedo.

Todos comenzaron a toser, pero muy pronto adoptaron el ritmo adecuado.

-No estamos ya en una marisma, sino en un apacible jardín -afirmó el Mofletudo.

Varios boyeros asintieron. Solo el Bigotudo parecía reticente.

-Fumar esta planta no solo abre las puertas del sueño -indicó el afgano-, pues posee otra cualidad que nos será muy útil.

-¿Cuál? -preguntó el Mofletudo, cuyas pupilas se habían dilatado.

-Obliga a los traidores a descubrirse.

-¡Caramba! ¿Y cómo?

-Pierden el dominio sudan la gota gorda, mascullan unas explicaciones inconsistentes y acaban confesando…, confesando que espían a sus compañeros por cuenta de los hicsos; como tú, por ejemplo.

-¿Yo? Pero ¿cómo…? ¡Estás diciendo tonterías!

-Te vi ayer en compañía de un oficial. Me tomasteis por un mendigo y no desconfiasteis de mí. Le prometiste denunciar uno a uno a los boyeros, como si fueran resistentes, para cobrar una prima.

Unas coléricas miradas se clavaron en el Mofletudo.

-No, no es cierto… En fin, no del todo… Tenéis que comprenderme… Le mentí al oficial, es evidente… Nunca os habría vendido…

Unos puños vengativos le agarraron de la melena y lo zambulleron en la marisma. El Mofletudo se debatió unos instantes y su cadáver se hundió en el lodo.

-Ahora -declaró el afgano-, podemos hablar del porvenir con toda seguridad. Todos los aquí presentes nos convertiremos en resistentes y podemos ser, pues, detenidos, torturados y ejecutados. Pero, si vencemos, nos haremos muy ricos.

-

¡Yo soy el responsable! -declaró orgullosamente un joven, cerrando el paso a la reina y a la princesa Ahotep, que salían de palacio protegidas por Risueño.

Ante la sorpresa de su dueña, el perrazo no mostró los colmillos. -Me llamo Seqen, princesa. Yo desaté a vuestro perro para que os ayudara. Al verlo impotente comprendí que estabais en peligro. Entonces, actué.

Tímido y nervioso, Seqen había soltado precipitadamente su discurso. No parecía mucho mayor que Ahotep, era delgado y solo tenía a su favor la profundidad de su mirada, que hacía olvidar un rostro desagradable y una frente demasiado grande.

-Mis felicitaciones… Has salvado la vida de su majestad.

-¡Y también la vuestra, princesa!

-¿No deberías inclinarte ante la reina de Egipto? El joven lo hizo torpemente.

-Levántate -ordenó Teti la Pequeña-. Nunca te había visto en palacio, muchacho; ¿dónde resides?

-En el arrabal sur. Vine del campo para aprender a combatir.

-¿Has sido admitido en el cuartel? -preguntó fogosamente Ahotep.

-Por desgracia, no… No soy lo bastante fuerte, al parecer. Entonces, me empleé como ayudante de jardinero. Mi patrón me trata con dureza, y eso me encanta. Dentro de poco, tendré los músculos necesarios.

-¿Cómo sabías que se trataba de mi perro?

-Mi patrón me lo dijo. Me aconsejó que volviera a casa y olvidara que había visto cómo el jefe de la policía lo ataba a un árbol.

El perro puso una enorme pata en el pecho de Seqen y estuvo a punto de derribarlo. Estaba claro que Risueño no andaba flaco de memoria.

-No debes de estar muy bien alojado, supongo.

-No me quejo, princesa. La viuda que me alquila una pequeña habitación es una vieja dama encantadora, y me gusta escucharla cuando habla de los buenos tiempos.

-Si su majestad lo consiente -propuso Ahotep-, vivirás ahora en una dependencia de palacio y te encargarás de la pajarera, de los gatos, de los asnos reservados a la intendencia y, claro está, de mi perro.

Seqen pareció fulminado por un rayo.

-Princesa, yo…

-Aprobado -decidió Teti la Pequeña.

-Comienzas de inmediato -añadió Ahotep-. Risueño necesita un largo paseo.

Atónito aún, el joven apenas sintió una gruesa lengua, muy rosada, que le lamía dulcemente la mano.

-A Risueño no le gustan las correas -añadió la princesa-, pero toma una de todos modos, por si os encontráis con alguien desagradable. Es un perro bastante expansivo; no está acostumbrado a disimular sus sentimientos.

Ahotep vivía un momento de gracia.

La reina no solo no la había rechazado, sino que, además, estaba decidida a beneficiarla con su experiencia para reformar el gobierno tebano y preparar la reconquista de Egipto. ¡Qué razón había tenido la princesa al lanzarse a la aventura! Su sola actitud despertaba fuerzas adormecidas y reanimaba la voluntad de Teti la Pequeña.

-¿Por dónde empezamos, majestad?

-Por lo esencial.

-¿Vamos a nombrar, por fin, a un verdadero general en jefe?

-Te estoy hablando de lo esencial, Ahotep.

-¿Y qué hay más importante, hoy por hoy, que un buen jefe y un buen ejército?

-Hoy, como ayer y como mañana, lo más importante es el templo. Si persistes en emprender esa insensata lucha, debes penetrar en su corazón. Pero no carece de peligros.

-¡Estoy dispuesta a correr todos los riesgos!

-Los antiguos faraones construían moradas para los dioses y sabían dialogar con ellos. Comparadas con esos gigantes, somos más enclenques que unas enanas.

Ahotep contuvo su ardor. Presentía el carácter temible de la prueba evocada por la reina.

-Renunciar no sería una cobardía -estimó Teti la Pequeña.

-¿Cómo debo prepararme?

-Antaño, habrías tenido la posibilidad de hablar con los sabios… Pero hoy, no queda tiempo para ello.

Ahotep nunca había oído a su madre expresándose de un modo tan firme.

-Os sigo, majestad.

Desde la edad de oro de las grandes pirámides, Tebas se consideró un lugar sagrado; pero había sido preciso esperar al reinado del primero de los Sesostris, para que Karnak se convirtiera en un templo digno de este nombre, aunque mucho menos imponente que los edificios de Heliópolis, Menfis o Elefantina.

A causa de la invasión de los hicsos, el impulso de los constructores había cesado. Puesto que no reinaba ya ningún faraón, las obras se habían interrumpido. Como los demás santuarios, por muy grandiosos que fueran, el modesto Karnak se sumía en un sueño mortal.

Según las enseñanzas de los sabios, en efecto, todo edificio era contemplado como un ser vivo en perpetuo crecimiento; por eso, cada rey tenía que prolongar y ampliar la obra de sus predecesores y, también por eso, se consideraba que un santuario estaba terminado.

Pero el canto de las herramientas ya no resonaba y ni un solo cantero trabajaba. Solo vivían en Karnak cuatro «servidores del dios», cuatro ritualistas y diez «sacerdotes puros», encargados de efectuar las tareas materiales. Eran todos de edad avanzada y estaban tan poco preocupados por el mundo exterior que no habían cruzado, desde hacía varios años, el recinto de ladrillos crudos.

Nota: 1. Fueron faraones del Imperio Medio, los Mentuhotep, quienes fundaron Karnak o, más probablemente, desarrollaron un antiguo santuario erigido en el lugar. Amenemhat I (1991-1962 a.C.) construyó allí un templo; luego, Sesostris I (1962-1928 a.C.) creó notables monumentos, que vamos a mencionar. De ellos subsiste la célebre y magnífica Capilla Blanca, reconstruida gracias a los bloques encontrados en la tercera portalada de Karnak. Fin de la nota.

Teti se detuvo ante la puerta de cedro del Líbano.

-¡Hace tanto tiempo que no se ha abierto para dar paso a la estatua divina! ¡Y hace tanto tiempo que un faraón no celebra ya, al amanecer, el despertar de la energía divina…! Sin embargo, Amón sigue presente porque algunos fieles continúan venerándolo.

-¿Qué peligro podría amenazarme en este lugar de paz y meditación? -se extrañó Ahotep.

-¿Conoces el nombre de la esposa de Amón?

-La diosa Mut, la madre universal.

-Su nombre significa también «la muerte» -reveló la reina-, de modo que se la representa en forma de una leona de terroríficas cóleras. En su estatua se han concentrado fuerzas de destrucción que no hemos expurgado desde la invasión.

-¿Por qué no utilizarlas contra los invasores?

-Porque lo destruirían todo a su paso, incluida Tebas.

-¿Y, sin embargo, debo enfrentarme a Mut?

-Solo si lo deseas, Ahotep. ¿Qué otra potencia podría hacerte capaz de combatir a un enemigo al que no tienes posibilidad alguna de vencer? Lamentablemente, esa potencia es en exceso violenta para ser dominada.

Así pues, la reina había llevado a su hija hasta el umbral del templo para que se diera cuenta de la inanidad de sus proyectos.

-Querías darme una buena lección, ¿no es cierto?

-¿No serás lo bastante inteligente como para admitir que tu revuelta solo te llevaría a un sangriento fracaso?

Ahotep contempló largo rato el recinto del templo.

-¿Me está prohibido ver a la diosa Mut?

Teti la Pequeña frunció el ceño.

-En vano te pongo, pues, en guardia…

-¡Quiero combatir, majestad! Y puesto que una divinidad puede ayudarme, ¿por qué voy a rechazar su intervención?

-¡Estás loca, hija mía! Mut te aniquilará.

-¿No es un hermoso destino morir a manos de una diosa? Resignada, la reina condujo a Ahotep hasta una pequeña puerta custodiada por un sacerdote puro.

-Lleva a la princesa ante Mut -le ordenó la soberana.

-Majestad…, ¿estáis hablando en serio?

-Obedece.

-Pero bien sabéis que…

-Esa es la voluntad de la princesa Ahotep, y nadie le hará cambiar de opinión.

Atónito, el sacerdote puro pidió a la princesa que se descalzara. Luego, le lavó los pies y las manos con el agua tomada del lago sagrado.

-Debo avisar al superior. Esperadme aquí.

Ahotep estaba encantada de descubrir el interior del templo de Karnak, aunque el miedo de enfrentarse con Mut le ponía un nudo en la garganta.

-Adiós, hija mía -dijo Teti la Pequeña, desolada-. Al menos tú no conocerás la humillación de la última oleada de hicsos que caerá sobre Tebas.

-¿No me concedes realmente ninguna oportunidad?

-Adiós, Ahotep. Que la eternidad te sea dulce.

La madre besó con ternura a su hija.

Mientras la reina se alejaba, un anciano que caminaba con la ayuda de un bastón se acercó a la muchacha.

-¿Eres tú la princesa que se atreve a desafiar a la diosa de los ojos de fuego?

-No la desafio; le pido su fuerza.

-¿Has perdido la razón?

-¡Muy al contrario! No hay solución más sensata para que Tebas recupere la dignidad y el valor.

-Tú no careces de ello…. ¡a no ser que se trate de simple inconsciencia!

-¿Los sacerdotes son siempre tan charlatanes? El anciano apretó el pomo del bastón.

-Como quieras, princesa. Encuentra a la leona sanguinaria, puesto que esta es tu decisión. Antes, contempla el sol por última vez.

P

or unos instantes, Ahotep solo fue una muchacha atemorizada, que temía perder la vida en una aventura insensata. Pero en cuanto vio cómo se dibujaba una irónica sonrisa en los labios del viejo sacerdote, olvidó sus temores.

-¿No afirman los himnos que el sol se levanta cada mañana para los justos?

-¿Tienes acaso la pretensión de formar parte de ellos, princesa?

-¡Ciertamente, puesto que mi único deseo es liberar a mi país!

-Sígueme, entonces.

Golpeando el suelo con su bastón, el servidor del dios flanqueó una magnífica capilla calcárea, cuyos bajorrelieves, de una perfección que dejaba sin aliento, estaban consagrados a la fiesta de regeneración de Sesostris

Nota:. El faraón se comunicaba allí con las divinidades, que le daban el poder indispensable para transformar lo Uno en múltiple y crear así las provincias de Egipto, diversas e indisociables a la vez. Fin de la nota.

-Me gustaría detenerme aquí unos instantes.

-No hay tiempo, princesa.

A regañadientes, Ahotep siguió al sacerdote hasta un jardín que se abría ante el templo principal de Karnak, formado por dos pórticos construidos por Sesostris I, uno de pilares cuadrados, y el otro de pilares que servían de soporte a unos colosos de Osiris, con los brazos cruzados sobre el pecho y sujetando los cetros de resurrección.

Allí, antes de la invasión de los hicsos, el rey actuaba como maestro del cumplimiento de los ritos y, cuando amanecía, despertaba al dios oculto, Amón, que se unía a Ra, la luz creadora del origen.

-Contempla el Oriente eterno presente en esta tierra, princesa, la isla de la llama, donde, lejos de la presencia humana, Maat sigue venciendo la injusticia, el mal y el caos.

-¡Nada se ha perdido, pues!

-Ningún faraón ha sido coronado desde que las Dos Tierras están prisioneras de las tinieblas. Por eso, el templo funciona solo, como si no existiéramos. Nadie, hoy, sabe dominar la magia de las divinidades.

-¿Por qué no probarlo?

-Porque la diosa Mut ha levantado infranqueables barreras. Por culpa de nuestra cobardía e incapacidad, la que era nuestra madre se ha convertido en nuestra muerte.

-¿Y aceptáis sin reaccionar esta decadencia?

-Somos solo ritualistas, princesa; nos es imposible modificar el destino. Si te atreves a penetrar en este santuario, no saldrás de él. La cólera de Mut te abrasará y de ti solo quedarán cenizas.

Ahotep estaba fascinada por la nobleza de los colosos osíricos, prueba del triunfo de la vida sobre la nada. El propio poder divino había guiado la mano de los escultores.

La muchacha avanzó hacia la puerta axial de granito rosa.

-¡No sigas adelante, princesa! -suplicó el sacerdote.

-Mi madre me ha dicho adiós. Puesto que para ella estoy ya muerta, no temo nada.

Cuando Ahotep penetró en el templo, el anciano dio media vuelta y regresó a su morada oficial, junto al lago sagrado. Ver así sacrificadas juventud y belleza le ponía el corazón en un puño, pero no podía hacer nada para salvar a la princesa.

El silencio.

El verdadero silencio, sin un murmullo, sin un soplo. Oprimida, Ahotep exploraba un universo desconocido, donde reinaban lo calcáreo y el granito. Descubrir las escenas de coronación del faraón, cuyo nombre estaba inscrito en el árbol de la vida, la había alentado a proseguir su camino.

Ciertamente, las mesas de ofrenda estaban vacías; pero los alimentos grabados en la piedra seguían nutriendo lo invisible. Y la barca de oro, puesta en su soporte, bogaba por espacios inaccesibles a los humanos.

Sí, aquel templo vivía una intensa existencia, más allá de la desgracia y las bajezas. La vida se difundía en circuito cerrado y Ahotep tenía la impresión de ser una intrusa a la que el edificio no tardaría en rechazar con violencia.

Sin embargo, no se batió en retirada.

¿Acaso no rompía su mera presencia un tabú que condenaba a Tebas al inmovilismo?

Ahotep cruzó una nueva puerta de granito, que le dio acceso a una sala de columnas, parcialmente al aire libre. Reinaba allí una claridad difusa, casi irreal, propicia al recogimiento.

El lugar era tan apaciguador que a la muchacha se le quitaron las ganas de salir. ¿No se hallaba allí la felicidad, en el corazón de aquellas piedras tan vivas? Bastaba con sentarse, con olvidar la realidad exterior y dejar que el tiempo se aboliera por sí solo.

-¡La primera trampa!

Ahotep se levantó, furiosa contra su somnolencia. Tal vez un viejo sabio, en el anochecer de su vida, tenía el derecho a disfrutar de un momento semejante, ¡pero ella no!

Saliendo del sopor, la princesa empujó la puerta del templo cubierto, donde reinaba la oscuridad.

Consciente de abordar otro mundo cuyas leyes le eran desconocidas, se quedó inmóvil en el umbral.

Instintivamente, se inclinó ante lo invisible.

-¡Amón, padre mío, sé que nos has abandonado! Pero ¿por qué tu voz no se manifiesta con vigor?

Solo le respondió el silencio.

Sin embargo, no se trataba de un mutismo absoluto, pues Ahotep percibió una presencia semejante a la de un paisaje que captara el alma pronunciando palabras que solo podía percibir un corazón amante.

El santuario se acostumbraba a ella; no la expulsaba. Entonces, la princesa vaciló.

Ignoraba las palabras de poder que le habrían permitido abrir las puertas de las tres capillas y ver a las divinidades encarnadas en sus estatuas. Sin la celebración del ritual preciso, ¿no iba a comportarse como una profanadora?

Abrir esas últimas puertas era arriesgarse a producir un fuego destructor, que asolaría Tebas con mucha más cólera que cualquier invasión. Pero volver hacia atrás sería otra forma de derrota, más imperdonable aún, y de ese modo, Ahotep nunca sabría si las fuerzas divinas aceptaban convertirse en sus aliadas.

La capilla central… Debía estar reservada a Amón, que permanecería en el misterio mientras su ciudad no saliera victoriosa. La princesa eligió la puerta situada a la diestra del dios oculto. Rompió el sello colocado sobre el cerrojo y tiró lentamente. Ahotep vaciló.

¿No hablaban las leyendas de temibles guardianes con faz de cocodrilo o de serpiente, que cortaban la cabeza de los curiosos de una sola cuchillada?

En ese caso, no serían más crueles que los invasores… y, por lo menos, perecería en el corazón de un templo intacto, en un paraje no violado.

Ahotep empujó la puerta de la capilla.

Horrorizada, descubrió una leona dispuesta a devorarla. Pero los ojos de la gran fiera, esculpidos con increíble realismo, se limitaron a contemplarla con ferocidad.

-¡Vengo en paz, Mut! ¡Dame tu fuerza, para que Tebas pueda luchar, por fin, contra el imperio de las tinieblas!

Brotando de un tragaluz abierto en una de las losas del techo, un rayo de luz iluminaba la estatua de granito, mayor que la princesa. En el vestido de Mut, había estrellas de cinco puntas trazadas en el interior de un círculo. La diosa llevaba un cetro de oro, cuya cabeza era la del dios Set, mientras su extremidad inferior tenía la forma de una horca.

El cetro uas «poder»había dado nombre a la ciudad de Tebas: Uaset, la Poderosa.

Ahotep contemplaba el conjunto sagrado de la ciudad santa de Amón, que solo las divinidades eran capaces de gobernar. -Mut, ¿me permites utilizar este cetro?

Los ojos de la leona se enrojecieron.

-Haré buen uso de él. ¡Te lo juro!

Cuando Ahotep intentó retirar el emblema de la mano de Mut, una atroz quemadura la obligó a soltar su presa.

Y las fauces de la fiera se abrieron para devorar a la imprudente.

-Deberíais comer un poco, majestad -sugirió el intendente Qans.

-¡Mi hija se ha suicidado y pretendes que tenga hambre!

-Tal vez la diosa se apiade de su juventud y su belleza…

-¿Crees realmente que la llama de Mut tiene esa clase de sentimientos?

El intendente agachó la cabeza. Ahotep había sido la última sonrisa de una corte real que agonizaba. Sin ella, Teti la Pequeña no tardaría en dejar la diadema y los partidarios de los hicsos podrían, por fin, ofrecer Tebas al ocupante.

Incapaz de ayudar a la reina, Qaris prefirió eclipsarse.

Al salir de los aposentos de la soberana, se topó con Seqen, que montaba guardia con Risueño.

-Un sacerdote de Karnak desea ver a su majestad.

-Voy a avisarla.

Teti la Pequeña recibió enseguida al anciano de rostro huraño.

-¡Habla, pronto!

-Los dioses son los dioses, majestad, y nadie puede transgredir sus leyes.

-Mi hija…

-¿No conocía, acaso, los riesgos de su insensata acción?

La reina estuvo a punto de estallar en sollozos, pero se contuvo pensando en la necesaria dignidad de su función.

-Sea cual sea el estado de su cadáver, quiero verlo. Y yo misma dirigiré los funerales.

A

pofis podía estar orgulloso de Avaris, la capital del Imperio hicso. Desplegándose en más de doscientas cincuenta hectáreas, era la mayor ciudad de Egipto y del Oriente próximo. Dominada por una inexpugnable ciudadela, cuya sola visión habría aterrorizado a un eventual agresor, Avaris ocupaba una posición estratégica, que la convertía en la puerta nordeste del Delta. Edificada en la ribera oriental de las Aguas de Ra, el brazo pelusíaco del Nilo, se hallaba en el punto de unión de las rutas terrestres y marítimas que daban acceso al Mediterráneo oriental, a Siro-Palestina y el Bajo Egipto. Al norte, una abertura en el vasto sistema de drenaje, dispuesto por los antiguos en una sucesión de lagos, permitía llegar al Camino de Horus, que conducía al Sinaí.

Controlar Avaris era reinar sobre el Nilo.

En cuanto llegaron los hicsos, la colonia extranjera que residía en la población había colaborado con entusiasmo. Y los nuevos dueños del país habían ofrecido los monumentos y el barrio egipcio como pasto a los «merodeadores de las arenas», enemigos jurados del poder faraónico.

El nuevo templo principal estaba dedicado a Set, divinidad del rayo, expresión de la potencia absoluta a la que nadie podía vencer. Comprendiendo que la violencia era la mejor de las políticas, los hicsos habían aniquilado una civilización milenaria. Apofis obtenía del desenfreno setiano la capacidad de destrozar a cualquier enemigo.

Desde lo alto de la ciudadela, contemplaba las calles en ángulo recto. La rígida cuadrícula facilitaba la vigilancia de las manzanas de casas; de estas, las menos feas estaban reservadas a los militares de alto rango.

El puerto fluvial de Avaris, el más importante de Egipto, albergaba navíos de guerra y barcos mercantes, cuyos incesantes movimientos habían consagrado a la rumorosa ciudad como centro comercial del Imperio.

Para Apofis, nada era más hermoso que la formidable ciudadela, cuyos muros con contrafuertes medían, en su base, nueve metros de ancho. Le gustaba subir a lo alto de la torre de vigía que custodiaba el acceso norte de esa fortaleza construida en una plataforma y, desde arriba, extender la mirada por sus dominios. Él, el hijo de nadie, el asiático sin linaje y sin fortuna, se había convertido en dueño de Egipto y no dejaba de ampliar su zona de influencia.

Una pequeña sonrisa alegró su feo rostro de prominente nariz cuando sus ojos se clavaron en el jardín lleno de árboles dispuesto en el patio interior, al abrigo de las fortificaciones. Se trataba de un capricho de su esposa, una egipcia del Delta, colaboradora emérita que detestaba a sus compatriotas.

Muy pronto, Apofis recibiría a los embajadores extranjeros, procedentes de las cuatro esquinas del Imperio. Se prosternarían ante él, admitiendo así su supremacía y su fulgurante éxito. El feliz acontecimiento estaría acompañado por una espectacular decisión que llevaría al señor de los invasores hasta la cima de la fama.

Afortunadamente, la noche era oscura. Unas nubes ocultaban la luna naciente y había que conocer muy bien la zona de los silos para grano, cercana al puerto de Avaris, para no perderse en ella.

El jorobado había nacido allí, y recordaba los menores rincones del barrio donde se intercambiaban, de buena gana, mercancías a espaldas de los agentes del fisco. La Administración faraónica no era muy divertida, pero la de los hicsos resultaba francamente siniestra. Sangrando a los trabajadores por todas sus venas, los reducía a una miseria larvada.

Excelente negociante, el Jorobado había montado una red de trueque cuya existencia ignoraba el ocupante. Ignoraba también que tejidos, sandalias y ungüentos, en cantidad demasiado escasa, ciertamente, estaban destinados a la última ciudad libre: Tebas. Aunque su madre fuera siria, el Jorobado rendía culto a Egipto y odiaba a los invasores, una soldadesca que empobrecía al pueblo, cada día más, y solo pensaba en reforzar la dictadura militar. Vivir en Avaris se había vuelto una pesadilla; de modo que, cuando un habitante de Edfúl, fiel a la causa tebana, se había puesto en contacto con el jorobado con el fin de entregar cereales a la resistencia, este se había entusiasmado.

Y aquella noche iba a salir el primer cargamento en un viejo barco que, según los papiros contables, transportaba alfarería. La tripulación era segura, a excepción de un remero cananeo que sería eliminado durante la travesía.

Hacía muchos años que el jorobado no pasaba horas tan emocionantes. ¡Por fin, algunos egipcios levantaban la cabeza! Se trataba de una minoría irrisoria, en efecto, pero cuyos primeros éxitos suscitarían, sin duda, vocaciones.

Primera hazaña a la vista: abrir las puertas de varios silos anexos, tomar parte de las reservas de grano y mandarla a Tebas, que carecía de todo. Luego, la operación debería repetirse tan a menudo como fuera posible.

Graznó una lechuza.

O, más exactamente, alguien imitó el sonido del ave nocturna. El jorobado respondió del mismo modo, exagerando los agudos.

El otro respondió acentuando los graves.

El jorobado y su contacto se dirigieron el uno hacia el otro.

-¿Tienes las llaves adecuadas? -le preguntó el habitante de Edfú.

-Sí, y los papeles en regla para el transporte. El barco cruzará sin problemas las barreras militares y la gran aduana de Hermópolis.

Nota: I. Ciudad del Alto Egipto, al sur de Tebas. Fin de la nota

-La tripulación está lista para embarcar los cereales. No perdamos ni un instante.

Ambos hombres tomaron una calleja que llevaba al muelle.

-No comprendo -se extrañó el resistente-. El barco está allí, pero ¿dónde estarán los marineros?

-Tal vez se hayan quedado a bordo -sugirió el jorobado.

-¡Sin embargo, mis instrucciones eran muy precisas! Un hombre apareció en la pasarela y bajó a paso lento. El remero cananeo.

-¡Salud, amigos! Es muy tarde para merodear por aquí, ¿no? ¿Y dime, jorobado, para qué sirve este manojo de llaves? Petrificado, el interpelado permaneció mudo.

-¿No será, por casualidad, para abrir unos silos? Esto es un delito, ya sabes… Y tú, su cómplice, ¿no serás ese habitante de Edfú que intenta que unos pobres locos se unan a la causa tebana? ¡Ah, sí! ¡Os estaréis preguntando por los marineros de este cascarón! Todos han sido detenidos y serán ejecutados al amanecer, delante de la ciudadela.

El Jorobado y su aliado intentaron huir, pero unos cincuenta soldados hicsos les cerraron el paso.

Un oficial les puso las esposas de madera y, luego, escupió sobre sus rostros.

-¡Qué imbéciles! -exclamó el marino cananeo-. ¿Cómo es posible que hayáis supuesto ni un solo instante que escaparíais a la vigilancia de Apofis?

-Otros tomarán el relevo -repuso el jorobado.

-¡Desengáñate, tullido! Hemos identificado a todos los grupúsculos terroristas. Cuando el sol se levante, no quedará ni uno solo. Con evidente placer, el cananeo degolló al habitante de Edfú, un agitador especialmente hábil, que le había hecho correr desde hacía tres años.

-¡Mátame a mí también, pedazo de cobarde! -exigió el jorobado.

El marinero blandía de nuevo su daga cuando los soldados se apartaron para dejar paso a Khamudi, la mano derecha de Apofis. -Señor…, ¡qué agradable sorpresa! Como podéis comprobar, mi plan ha sido un éxito total.

-Detened a ese traidor -ordenó Khamudi.

-Pero ¿por qué…, señor?

-Porque eres cómplice de los resistentes. El cananeo protestó.

-¡Mezclándome con ellos para desenmascararlos, he respetado estrictamente las consignas!

-Has entablado amistad con esa gente y has traficado con ellos. Por eso acabas de apuñalar al que iba a denunciarte.

-¡Os equivocáis, señor!

-¿Equivocarme yo?

-No, quería decir que…

-Con tus insultos agravas tu situación -advirtió Khamudi.

-Os juro que soy fiel a nuestro gran rey Apofis, que he cumplido las órdenes, que…

-Llevaoslo.

Indiferentes a los gritos del marino, los hicsos lo ataron y le hicieron avanzar a patadas en los riñones.

-¡Qué hermosa noche! -comentó el controlador general, pasándose la mano por sus negros cabellos, brillantes de aceite de lino-. He hecho una excelente cena y me ofrezco, como postre, el exterminio de una organización protebana. ¿Tú no te alegras, jorobado?

-Esa basura de cananeo tenía razón: os equivocáis. Khamudi le abofeteó.

-¡No seas insolente tú también!

-Nunca renunciaremos a combatiros.

-La resistencia ha sido definitivamente decapitada; todos saben que tendrán que colaborar o desaparecer.

-Saben, sobre todo, que infiltráis espías en nuestras organizaciones, y la desconfianza será ahora regla. Pronto estaréis ciegos y sordos.

Khamudi habría destrozado, de buena gana, la cabeza del Jorobado, pero aquel tozudo merecía algo mejor.

-¿Realmente crees lo que estás diciendo?

-¡El soplo de Amón barrerá a los hicsos!

-Has combatido por nada y morirás por nada. Pero, antes, me darás el nombre de todos tus cómplices. Hay en palacio notables especialistas en la tortura, pero déjame darte un consejo: habla antes de que te entregue a ellos.

V

uestra hija está viva, majestad -reveló el médico de palacio-. La voz del corazón es profunda y regular. No distingo signo alguno de enfermedad grave.

-¿Por qué sigue, pues, inanimada? -se extrañó Teti la Pequeña.

-Soy incapaz de explicarlo.

-Por fuerza debe existir un remedio para despertarla.

-Consultaré los antiguos tratados.

-¡Apresúrate!

Ahotep estaba tendida en su cama, con los ojos abiertos y fijos. Un ritualista de Karnak la había descubierto yaciendo en el umbral de la capilla de Mut y los sacerdotes habían llevado su cuerpo hasta el puesto de guardia de la residencia real.

El sorprendente diagnóstico del médico no tranquilizó a Teti la Pequeña; si Ahotep no salía de aquella horrible letargia, ¿podría afirmarse que vivía?

Un ruido sordo la hizo sobresaltarse; luego, otro, y otro más, como golpes de ariete contra la puerta de la habitación.

La soberana abrió y solo tuvo tiempo de apartarse para dejar que entrara Risueño, que se agachó a los pies del lecho, gruñendo.

En adelante, ya nadie podría acercarse a la princesa.

En la explanada que precedía a la avenida que llevaba al templo de Set se habían dispuesto, en apretadas filas, varios centenares de soldados. Sus corazas y sus lanzas brillaban al sol. Orgullosos de simbolizar la potencia de los hicsos, contenían a la multitud, ávida del espectáculo prometido por los heraldos. Buena parte de la población de Avaris se había reunido allí para asistir a la ejecución de la última organización de resistentes.

Cuando apareció Apofis, vistiendo una túnica granate y seguido por su fiel Khamudi, brotaron las aclamaciones. De carácter taciturno y poco aficionado a los festejos, el dueño del Imperio no detestaba, de vez en cuando, ser objeto del fervor popular.

Dados sus grandes proyectos, aquella ceremonia le venía al pelo: ningún egipcio ignoraría ya que el poder supremo se ejercía con el más extremado rigor.

-¿A cuántos cananeos has detenido, Khamudi?

-A cuatro. Son buenos agentes de información, que nos han permitido identificar a un centenar de rebeldes.

-¿Y no soltarán algunos ladridos antes de morir?

-No hay peligro alguno, señor: les he hecho cortar la lengua. Apofis apreció la eficacia de su mano derecha, que sabía tomar iniciativas sin menoscabar el poder absoluto de su dueño.

-¿Ha hablado el Jorobado?

-Con media hora de tortura ha bastado.

-¿Alguna revelación interesante?

-Nada que no supiéramos ya… Solo confirmaciones.

-¿Ha sido erradicada la resistencia?

-Ya no existe ninguna red organizada, ni en Avaris ni en el Delta. Tal vez algunos individuos aislados intenten agruparse, pero las disposiciones que he tomado y la delación nos permitirán destruirlos.

Tanto Apofis como Khamudi detestaban el sol y el calor, que hacían que las piernas del primero se hincharan y palpitara el corazón del segundo, de modo que el discurso del dueño del Imperio fue muy breve.

-Pueblo de Avaris, unos infames criminales han intentado poner en peligro el orden de los hicsos. Van a ser ejecutados ante vuestros ojos, y la misma suerte se reservará a quienes sigan su funesto ejemplo. Obedecedme y no tendréis nada que temer.

A una señal de los oficiales, la muchedumbre aclamó de nuevo a Apofis, que se retiraba mientras una cohorte de verdugos acababa de afilar sus hachas.

Gritando el nombre de Tebas, el jorobado fue el primero en ser decapitado.

Los verdugos recogían cabezas y cadáveres para arrojarlos a los buitres. Ningún egipcio tenía derecho a una momificación, ni siquiera sumaria.

-Ya lo has visto -dijo el Bigotudo al borde de las lágrimas-. Los hicsos son más feroces que los monstruos del desierto. Nadie conseguirá vencerlos.

-No te dejes dominar por la desesperación -recomendó el afgano, que, con su pequeño grupo, había asistido a la matanza-. De momento, son los más fuertes; pero, sin duda, tienen puntos débiles.

-Sin embargo, ya has visto…

-Contemplar este horror era necesario. Debemos endurecernos y ser plenamente conscientes del peligro que nos acecha a cada instante.

-¡Yo no soy un guerrero, afgano!

-Yo sí. Y tú acabarás siéndolo. Yo quiero volver a ser rico; tú quieres vengar a los tuyos y expulsar a los invasores. Nuestros intereses convergen; es lo esencial.

Sin escrúpulos, los empleados del templo de Set lavaban con mucha agua el ensangrentado atrio.

La cara desazonada del médico bastó a Teti la Pequeña para comprender que no había encontrado remedio alguno.

-Lo siento, majestad, pero el caso de la princesa no es mi especialidad.

-¿Has consultado con los sacerdotes de Karnak?

-Son tajantes: vuestra hija fue muy imprudente.

-¿No existe fórmula alguna contra la maldición lanzada por la diosa Mut?

-No, que yo sepa.

-¡Si Ahotep no se alimenta, morirá!

-La constitución de la princesa es de excepcional robustez.

-¡Un hechicero podría romper esta letargia!

-No caigáis en manos de los charlatanes, majestad. Tenéis que rendiros a la evidencia: nuestra ciencia es incapaz de curar a la princesa.

-¡Fuera de aquí!

Ofendido, el terapeuta se inclinó con rigidez antes de desaparecer.

Risueño montaba guardia y rechazaba cualquier alimento; ni siquiera la reina podía acercarse a Ahotep.

-Vuestra habitación está dispuesta para que paséis la noche, majestad -anunció el intendente Qaris.

-Me quedo aquí.

-Majestad, debéis descansar.

-Ahotep puede necesitarme.

-¿Debo traeros un lecho?

-Bastará con un sillón.

-Majestad…

El intendente parecía trastornado.

-¿Qué pasa, Qaris?

-Según los rumores propagados por unos marineros, acaban de producirse en Avaris atroces acontecimientos. Pero tal vez no deseéis conocerlos…

-Habla.

Cuando la desesperación la dominaba, Teti la Pequeña se maquillaba. Si su hija desaparecía, no tendría ya razón alguna para proseguir una lucha perdida de antemano, como demostraban las revelaciones del intendente Qaris.

Obligándose a pensar en los escasos momentos de felicidad que había conocido, la reina sacó de una cestilla oval un peine de madera, una aguja de alabastro para el pelo, una esponja para maquillarse y una concha nacarada, en la que mezcló algunos ungüentos. No le quedaban ya demasiados productos de primera calidad; no hace mucho los laboratorios de los templos tardaban cuarenta días en fabricarlos.

A base de galena molida, el ungüento preferido de Teti la Pequeña, purificaba su piel y la protegía de las agresiones del sol; tenía también la ventaja de alejar los insectos, al mismo tiempo que subrayaba la finura de los rasgos de la soberana.

Antaño, una maquinadora, una peluquera, una manicura y una pedicura se habían encargado de ella con respeto y eficacia; pero ahora, Teti la Pequeña se ponía personalmente el ocre rojo en los labios.

-Majestad… ¡Venid pronto!

-¡Qaris! ¿Cómo te atreves…?

-Perdonad esta intrusión, pero la princesa… Teti la Pequeña dio un salto.

-Ahotep… ¡No, Ahotep no debe morir, no tan joven!

-¡La princesa acaba de despertar, majestad!

La reina se quedó inmóvil.

-No me mientas, Qaris. Sería demasiado cruel.

-Venid, os lo ruego.

Como una sonámbula, Teti la Pequeña siguió al intendente.

Sentada en la cama, Ahotep acariciaba la cabeza del perro, que se lamía concienzudamente las patas.

-¿Dónde está el cetro de la diosa? -preguntó con una voz de extraño timbre.

-Ahotep… ¡Estás viva!

La princesa miró a su madre con ojos asombrados.

-¡Claro que estoy viva! Tú, en cambio, pareces agotada.

-La diosa Mut…

-No ha tenido miramientos conmigo, pero he podido tocar el cetro uas.

-Según los sacerdotes de Karnak -dijo Qaris con voz calmada-, la diosa ha recuperado lo que es suyo, princesa. Es un verdadero milagro que hayáis salido de vuestro profundo coma.

-Necesitamos el cetro para combatir. ¡Estoy segura!

Ahotep se levantó y el intendente apartó la mirada. Teti la Pequeña cubrió con una túnica de lino el magnífico cuerpo de su hija y le dio de beber.

-¿No sufres vértigos?

-¡No sufro nada en absoluto, madre! Si la llama de la diosa Mut no me ha abrasado, si me ha mostrado el camino del verdadero poder, lo ha hecho para confiarme una misión.

-No seas tan entusiasta, Ahotep.

-¿Por qué no voy a serlo?

-Porque la situación no nos da esperanza alguna. Ahotep tomó a la reina de los hombros.

-Quiero saberlo todo.

-¿Estás segura?

-He arriesgado mi vida y volveré a arriesgarla. ¡No me ocultes nada!

-Como quieras. Puedes hablar, Qaris.

-Qaris… ¿Por qué él?

-Porque le encargué que recogiera informaciones procedentes de nuestros últimos partidarios en zona ocupada.

Ahotep se quedó estupefacta.

-¡Tú, Qaris, has corrido semejantes riesgos!

-Estoy al servicio de la reina y de nuestro país -dijo orgulloso el intendente.

-¡Entonces, también tú crees que la victoria es aún posible! La tristeza nubló la mirada de Qaris.

-Sé sincero -exigió Teti la Pequeña.

-Las palabras de los sabios han huido -lamentó el intendente-, y las divinidades ya no reconocen Egipto. Las barcas del día y de la noche no circulan; el curso del sol está perturbado y acabará alejándose para siempre. Maat ya no reina en las Dos Tierras; la desolación afecta todas las provincias; el mal impone su dictadura.

-¡Todo son palabras desoladoras -protestó Ahotep-. Solo importan los hechos.

-La economía tradicional no funciona, princesa. Ningún género llega a los templos y no se efectúa la redistribución. Quienes producen no ganan nada; solo se enriquecen los intermediarios a sueldo de los hicsos. Los talleres de tejido están cerrados; no se fabrican vestidos de lino, carecemos de pelucas e, incluso, de sandalias. La suciedad no se combate; los lavanderos se niegan a lavar la ropa, los panaderos a hacer pan y los cerveceros, cerveza. El ladrón se ha hecho rico y la injusticia triunfa.

-Es solo una desgracia pasajera… ¡Nos queda Tebas!

-¡Nuestra ciudad está tan aislada, princesa!

-¿Cómo puedes estar tan seguro de ello?

-Voy a mostrároslo.

Precediendo a la reina y a su hija, el intendente las condujo hasta una pequeña estancia contigua a su habitación, con el más modesto mobiliario. Corrió una cortina para mostrar una maqueta de madera puesta en una mesilla baja.

-¡Fabuloso! -exclamó Ahotep-. Esta flor de loto es el Delta, el Bajo Egipto… Y este tallo que serpentea es el valle del Nilo, el Alto Egipto… Al sur de Asuán, Nubla.

-Puede verse cada provincia, con su capital y sus templos -observó Teti la Pequeña-. Agrimensores y geógrafos han realizado un trabajo excelente. Gracias a nuestros informadores, hemos podido seguir el avance del enemigo.

-Tebas sigue libre. ¡Eso es lo esencial!

-Tebas ya solo es un islote de libertad -rectificó Qaris-. Los hicsos controlan la totalidad de las provincias del norte, ocupan Menfis, el principal centro económico del país, y han establecido una aduana en Hermópolis.

-¿La ciudad santa de Abydos ha caído en sus manos?

-Es probable, princesa. Y hay algo más grave: a cuarenta kilómetros al norte de Tebas, la ciudad de Coptos ya no es segura. En Gebelein, treinta kilómetros al sur, los hicsos han erigido una nueva fortaleza.

-Dicho de otro modo -comprobó Ahotep-; estamos rodeados. Pero ¿no tenemos un fiel aliado en Edfú, más al sur?

-El gobernador Emheb es un hombre de palabra, en efecto. Pero ¿está vivo aún? Por lo que a Elefantina se refiere, la capital de la primera provincia del Alto Egipto y la ciudad fronteriza con Nubia, sufre el yugo del enemigo.

-Los nubios son aliados incondicionales de los hicsos -añadió Teti la Pequeña-, y estos no dejan de extender su imperio. Ya no recibimos oro de Nubia, ni cedro y pino del Líbano; somos incapaces de organizar expediciones comerciales o de ir a las canteras, pues los medios y las vías de comunicación están bajo el control de los hicsos.

-¿No queda ninguna provincia fiel a Tebas? -preguntó Ahotep.

-Las provincias se han dividido en pequeños principados -explicó Qaris- y cada potentado local está a las órdenes de un oficial hicso que dirige una milicia. Apofis ha conseguido tejer una telaraña de la que no puede escapar comunidad alguna.

-Tebas está condenada a muerte -concluyó la reina-. Morirá asfixiada…, salvo si Apofis se decide a aplastarla bajo sus pies.

-¿Están indemnes nuestros recursos agrícolas?

-Su gestión se ha vuelto tan deplorable que pronto seremos víctimas del hambre, y nadie es capaz de interrumpir esta degradación.

-Hasta ahora, he luchado con una ínfima esperanza -reconoció Qaris-, pero nuestra última organización de resistentes acaba de ser aniquilada y no disponemos ya de información alguna. Sordos y ciegos, ¿cómo combatir?

-Es el fin -estimó Teti la Pequeña, a lo que su intendente asintió con la cabeza.

Ahotep dio vueltas lentamente en torno a la maqueta.

-Es el fin de nuestra pasividad -afirmó-. Corremos el riesgo de desaparecer por no haber intentado nada.

-La realidad, princesa…

-¡La realidad, Qans, no la conocemos! Al menos, no por completo. Las informaciones solo son parciales y no puedo creer que no exista ni una sola organización de resistentes; debemos intentar ponernos en contacto con ellos. Pero, ante todo, necesitamos el cetro uas.

Teti la Pequeña palideció.

-Ahotep…, no estarás pensando en desafiar a la diosa Mut por segunda vez.

-No tengo otra opción, madre.

-¡Nunca aceptará entregarte su cetro! Esta vez, su fuego te aniquilará. ¡Puedes estar segura de ello!

-Mejor será esa muerte que la cobardía.

-Tal vez exista otra solución -aventuró Qans. El rostro de Ahotep se iluminó.

-¿En qué estás pensando?

-Solo las divinidades son capaces de manejar el cetro uas… Pero hay una excepción: el agrimensor ciego que, después de la crecida, restablece el emplazamiento exacto de los mojones que delimitan las propiedades. Como se convierte en intérprete de la justicia divina y no puede favorecer a nadie, tiene derecho a manejar un bastón cuya forma es idéntica a la del cetro sagrado. Pero ¿posee sus mismas virtudes?

-¿Dónde está ese hombre?

-Lo ignoro, princesa. Hace varios años que no lleva a cabo su función. Por eso se multiplican los litigios: hoy, el fuerte prevalece sobre el débil y la mentira triunfa.

-¡Deja ya de lamentarte, Qans! ¿De qué servicio administrativo dependía?

-De la oficina del catastro.

-Vayamos ahora mismo.

No lejos del templo de Karnak, los edificios del catastro tenían un triste aspecto. Construidos con ladrillos crudos, encalados, la mayoría amenazaba ruina. No se veía ni rastro de un centinela, solo perros vagabundos que se dispersaron al acercarse Ahotep y Qans. -¿Hay alguien ahí? -preguntó Qans con voz fuerte.

Una ráfaga de viento le respondió, una ráfaga tan potente que dos ramas de un viejo tamarisco se quebraron con un crujido siniestro que hizo que el intendente se sobresaltara.

-Vámonos, princesa.

-Pero… ¿quién se encarga del catastro?

-Nadie, bien lo veis. Las denuncias se acumulan sin resultado.

-¿Por qué no interviene el ministro de Agricultura?

-Como sus colegas, solo piensa en salvaguardar sus últimos privilegios.

Ahotep apretó los puños.

-¡Que lo metan en la cárcel inmediatamente!

-Antes habría que juzgarlo -objetó Qaris- y dar pruebas de su incompetencia. Y como el ministro compraría a los jurados, eso ni siquiera sería suficiente.

De pronto, unos perros vagabundos empezaron a ladrar, formando un amenazador círculo alrededor de la princesa y el intendente. Cuando Qans intentó romperlo, uno de los canes le mostró los colmillos y le obligó a retroceder.

-¿Cómo nos defenderemos, si nos atacan?

-De momento, se limitan a mantenernos controlados -estimó Ahotep-. No nos movamos, sobre todo.

Saliendo con pasos muy lentos del edificio principal, un hombre de edad se dirigió hacia los intrusos.

De pelo escaso y rasgos angulosos, llevaba un largo taparrabos que, antaño, había sido una vestidura de lujo. Con su mano derecha sujetaba un nudoso bastón.

-¿Quiénes sois? -preguntó con voz grave.

-Soy la princesa Ahotep y vengo acompañada por el canciller Qaris.

-¿Ahotep? ¿La hija de la reina Teti?

-Así es. ¿Y tú quién eres?

-El dueño de los perros que custodian este lugar para impedir que los ladrones se apoderen de los documentos del catastro tebano. -¿Te atreves a considerarnos ladrones?

-Volved a vuestro palacio, princesa; este lugar solo contiene viejos archivos.

-Y sin embargo, arriesgas tu vida para protegerlos. El hombre sonrió.

-Mi vida no tiene ya valor alguno, princesa, puesto que no me es posible ejercer mi oficio.

Ahotep contempló con insistencia a su interlocutor.

-Pero… ¡eres ciego!

-Sí, de nacimiento.

-¿Y eres también… agrimensor?

-El último agrimensor ciego de Tebas, en efecto. Durante varios años, devolví a su lugar los mojones que la crecida había desplazado. Pero en aquellos tiempos reinaba la justicia… Hoy, ya no hay lugar para mí.

Ahotep pasó entre dos perros que se limitaron a gemir; luego, tocó las manos del ciego.

-¿Tienes todavía el temible cetro, la vara que solo tú eres capaz de manejar?

-Es mi bien más valioso.

-¿Aceptarías confiármelo?

-No puedo veros, princesa, pero sé que sois hermosa, muy hermosa. ¿Por qué correr el riesgo de destruiros?

-Porque quiero liberar Egipto.

-Liberar Egipto… Esperadme aquí.

Sin vacilar, el ciego se dirigió a un reducto cuyo techo estaba formado por tallos de papiro.

Cuando salió, minutos más tarde, blandía un extraño cetro de madera.

Al verlo, los perros se dispersaron.

-Sentémonos en el banco, allí -recomendó el agrimensor. El cetro fascinaba a Ahotep. -La cabeza de este bastón sagrado es la del dios Set, el de ojos de fuego -reveló el ciego-. Él ve el buen camino, lo libra de obstáculos y derrota la mentira. Pero Set se hace pagar muy caros sus servicios. El vanidoso que se creyera dueño de su fuerza sería fulminado por la cólera del dios. Nadie puede utilizar una divinidad en su beneficio, y a Set menos que a cualquier otra, pues él domina las potencias del cielo y de la tierra.

-Lo necesito -afirmó Ahotep-. Si su cetro guía a mi ejército, ¡saldrá victorioso!

-Set es imprevisible, princesa. Está acostumbrado a mi mano, no a la vuestra.

-Correré ese riesgo.

-¿No será una locura?

-La única locura es abdicar ante el invasor. El ciego se levantó. Ahotep le imitó.

-Volveos, princesa.

El anciano cubrió los ojos de la joven con una tela de lino, la tomó de la mano y la condujo hasta un campo dejado en barbecho. -El propietario de este terreno murió hace un mes. La crecida se llevó los mojones y los herederos no tardarán en destrozarse mutuamente. No pensaba intervenir, puesto que ningún funcionario de palacio habría registrado mi dictamen. Ahora es distinto, ya que estáis dispuesta a intentar la aventura y el testimonio del intendente Qaris tendrá valor oficial. Pero ¿estáis realmente decidida?

-¡Renunciad, princesa! -recomendó Qans-. El bastón de Set está cargado de una energía que podría destruiros.

-¿No estoy, gracias a esta venda, protegida de cualquier agresión procedente del exterior? Dame el cetro, agrimensor.

-Si os tolera, princesa, dejaos guiar por él.

Ahotep no temblaba.

Sus dedos se cerraron sobre el bastón, que resultó tan ardiente que le arrancó un grito de dolor.

Pero la princesa no soltó su presa y vio, de pronto, un cielo nocturno, donde una estrella brillaba más que las otras.

Ahotep se dirigió hacia ella y el fulgor se atenuó.

El mismo fenómeno se reprodujo tres veces. En cada ocasión, la joven se desplazó. El cielo y el fuego del bastón desaparecieron. La venda cayó por sí sola.

-La agrimensión terrenal se ha efectuado de acuerdo con las leyes celestiales -declaró el viejo ciego-. Los mojones de este campo se han implantado de nuevo, ajustadamente. Que la princesa Ahotep guarde el cetro de Set y mida con él todo Egipto.

P

or encima del templo de Set, en Avaris, el cielo era oscuro. Procedentes del Norte, las nubes se habían reunido en prietas hileras para amenazar a la capital de los hicsos.

Su santuario principal se encontraba muy lejos del esplendor de los edificios egipcios. Construido con ladrillos en lugar de piedras, estaba dedicado al dios del rayo y a Hadad, divinidad siria de la tempestad. Ante el templo, había un altar rectangular, rodeado de encinas y fosos llenos de huesos calcinados de animales sacrificados.

Allí se habían dado cita una decena de conjurados. El más eminente era un asiático, jefe de la guardia personal de Apofis. Tras largas y prudentes discusiones, había conseguido reunir a un general cananeo, algunos oficiales originarios de Anatolia y a Dama Abena, hija de un chipriota y una griega, a la que el tirano había encargado reducir a esclavitud a las egipcias acomodadas.

Todos ocupaban un puesto importante y se habían enriquecido sirviendo al nuevo dueño de Egipto, sin discutir nunca la menor de sus órdenes. Pero desde hacía unos meses, la situación estaba cambiando a consecuencia del ascenso de Khamudi, que se había convertido en el único confidente de Apofis. Los dignatarios de la corte perdían su influencia y la nueva mano derecha del déspota multiplicaba las iniciativas para reforzar su poder.

Ciertamente, Khamudi se había mostrado especialmente eficaz al destruir el último foco de resistencia; pero ¿no se murmuraba que lo había aprovechado para terminar con fieles partidarios de Apofis, considerados demasiado ambiciosos?

Así pues, el jefe de la guardia se había hecho una angustiosa pregunta: «¿Quién será el siguiente?». Y su interrogación había acabado despertando el interés de algunos: ¿no estarían preparando, Apofis y Khamudi, una operación de limpieza que los liberara de aliados molestos? ¿Los sustituirían por arribistas dispuestos a ejecutar las peores tareas?

El oficial anatolio encargado del entrenamiento de los arqueros comprobó que el lugar fuera seguro. Por la noche, los servidores del culto de Set se alojaban en cabañas alejadas del templo y vigiladas por un cuerpo de policía controlado por uno de los conspiradores. Realmente, no había mejor lugar para elaborar, con toda seguridad, un plan de acción.

-¿Y si entráramos en el templo? -propuso el general cananeo.

-Evitemos la mirada de Set -recomendó el asiático-. Sentémonos más bien junto al altar, al abrigo de los árboles.

Los conjurados formaron un círculo.

-Dispongo ahora de informaciones seguras -declaró el general cananeo-. Por orden de Apofis, Khamudi hizo asesinar a los agentes que se habían infiltrado en una organización de resistentes.

-¿Por qué razón? -se extrañó Dama Aberia, de impresionante estatura y manos más anchas que las de un hombre.

-Lo ignoro… Pero sé también que varios dignatarios han muerto de pronto en las últimas semanas y han sido reemplazados por algunos fieles a Khamudi, libios y piratas chipriotas y anatolios; dicho de otro modo, matones sin escrúpulos. E insisto: son hechos, no rumores.

Un consternado silencio recibió esa declaración.

-¿Seremos sus próximos blancos? -se preocupó Dama Aberia, visiblemente alarmada.

-Creo que sí -respondió el general cananeo-. Ninguno de nosotros es íntimo del controlador general y esta falta es imperdonable.

-¿Por qué no lo suprimimos? -sugirió un oficial.

-Tocar a Khamudi es cuestionar a Apofis.

-¡Acabemos con los dos, entonces!

-¡Ni lo sueñes! -objetó uno de sus colegas-. Informemos a nuestro jefe supremo de las maniobras de Khamudi, eso bastará.

-¿Olvidas que ejecuta las órdenes de Apofis? ¡La verdad es que estamos todos condenados a desaparecer!

-Apofis está fuera de alcance.

-¿Debo recordaros que soy el jefe de su guardia personal? -intervino el asiático-. Khamudi no me aprecia, pero Apofis aún confia en mí.

-¿Qué propones? -preguntó el general.

-Yo me encargaré de Apofis; tú, de Khamudi; los demás, de la policía, que, como de costumbre, se doblegará ante la voluntad del más fuerte. Es preciso actuar pronto y juntos. Nuestra coordinación debe ser perfecta y no dejar lugar alguno al azar.

-Si fracasamos… -dijo un oficial con voz estrangulada.

-Si no intentamos nada, seremos masacrados. Es necesario tomar la iniciativa.

-¿Quién sucederá a Apofis? -preguntó Dama Aberia.

La pregunta sembró la turbación. El asiático y el general cananeo intercambiaron unas suspicaces miradas.

-Ya veremos; hay tiempo -preconizó otro oficial.

-¡Ni hablar! -interrumpió el general-. Cualquier improvisación sería fatal. Por consiguiente, elijamos ahora mismo a nuestro jefe, que sucederá al tirano Apofis.

-Cuantos más riesgos se corran -dijo el asiático-, más hermosa debe ser la recompensa. Pues bien, como jefe de la guardia personal de Apofis, ¿no seré yo el que correré mayor peligro al intentar suprimirlo?

-Nadie negará tu hazaña -estimó el general-, pero gobernar el Imperio de los hicsos exige mayores cualidades, comenzando por el control del ejército

Varios oficiales asintieron con movimientos de cabeza. -Solo los soldados cananeos te obedecerán -objetó el asiático-, y son una minoría. ¿No podrá federarnos mejor el que haya suprimido a Apofis?

-¿Por qué elegir entre vosotros dos? -protestó un oficial anatolio-. Los guerreros de nuestras montañas no tienen igual, cualquiera de ellos obtendrá la confianza de nuestras tropas.

-¿Por qué no un pirata? -exclamó el general, furioso-. Si perdemos la cabeza antes incluso de haber comenzado la delicada operación, el fracaso está asegurado. Que cada cual haga lo que sepa hacer, y tendremos éxito.

-Tenéis razón -reconoció el asiático- y, sobre todo, no debemos dividirnos.

Un oficial anatolio se sobresaltó. -He oído un ruido…

Los conjurados se quedaron inmóviles.

-Ve a ver -ordenó el general, desenvainando el puñal.

La ausencia del soldado pareció interminable. Incluso al general cananeo se le hacía difícil respirar.

Por fin, regresó el explorador.

-Sin novedad.

El alivio de todos fue evidente.

-Si no conseguimos ponernos de acuerdo -prosiguió el general-, abandonemos.

-Ni hablar -consideró el asiático-. Hemos ido demasiado lejos. No sigamos discutiendo, pues. Yo mataré a Apofis, los oficiales anatolios se encargarán de Khamudi y el general se pondrá a la cabeza del ejército hicso. Luego, los altos dignatarios nos reuniremos y elegiremos a nuestro jefe.

-De acuerdo -aprobó el cananeo, imitado por los demás conjurados.

Iluminada por la luz de la luna que acababa de aparecer entre dos nubes, Dama Aberia se levantó y se acercó al general. -Felicidades -le dijo-. Nos habéis convencido de que intentemos esa loca aventura y habéis conseguido terminar con nuestras disensiones. Por eso, merecéis una recompensa.

Dama Aberia posó sus manos en los hombros del cananeo, que pensó que aquella escultórica mujer iba a besarle. Cuál no sería su sorpresa cuando los poderosos dedos de Dama Aberia se hundieron en la carne de su cuello.

-¡Muere, perro sarnoso!

El general intentó escapar de aquella furia, pero se debatió en vano.

Lo estaba estrangulando.

Empuñando la espada, el asiático se lanzó sobre Dama Aberia. Pero una nube de flechas se clavó en la espalda del jefe de la guardia personal de Apofis, mientras una veintena de piratas chipriotas salían de las tinieblas para arrojarse sobre los conjurados y matarlos a puñaladas. A pesar de su valor, los oficiales anatolios sucumbieron aplastados por el número.

Cuando el general cananeo agonizaba, apareció Khamudi.

-Buen trabajo -dijo con alegre aspecto-. Hemos ahogado la conspiración desde su inicio.

Dama Aberia escupió sobre el cadáver; luego, se frotó las manos.

-Nuestro gran rey Apofis estará satisfecho… y, para mí, ha sido un placer.

D

esde lo alto de la ciudadela, Apofis contemplaba el puerto de Avaris, hormigueante de embarcaciones que miles de marineros descargaban con ardor. Los almacenes rebosaban vinos, aceites, maderas preciosas, bronce y muchos otros productos que convertían la capital de los hicsos en una ciudad riquísima, donde todo podía venderse y comprarse. El negocio iba viento en popa y todos pensaban solo en enriquecerse, sin olvidarse de doblar el espinazo ante el nuevo dueño del país.

Basada en la redistribución y la solidaridad, la antigua economía de los faraones estaba aniquilada. Muy pronto circularían por todas las provincias de Egipto las jarras importadas de Chipre, reconocibles por su negro pulido adornado con incisiones blancas. Para asegurar la obligada propagación, por la que conseguía sustanciales beneficios, Apofis había hecho cerrar los talleres de alfarería tradicional y había entregado a los artesanos como esclavos para sus oficiales.

Khamudi se inclinó.

-Señor, se acerca la hora. He aquí los dos objetos que me habéis pedido.

Entregó a Apofis una daga y una cantimplora.

Fabricada por un artesano micénico, la daga tenía una empuñadura de oro, con flores de loto de plata incrustadas y una hoja de bronce triangular, de acerada punta.

En la panza de la cantimplora de cerámica azul, con dos pequeñas asas, había un mapa de Egipto. El miniaturista había llevado a cabo un trabajo excepcional, pues había conseguido indicar, incluso, el emplazamiento de la capital de cada provincia.

-Esta daga me hace invulnerable -dijo Apofis-. Tiene poderes que ningún adversario podría aniquilar. Recuérdalo, Khamudi, y haz que se sepa. Por lo que a la cantimplora se refiere…, ¿quieres saber de qué me sirve?

El interpelado tuvo miedo.

-Tal vez no sea necesario, señor…

-¿No eres acaso mi fiel servidor, el que nunca va a traicionarme? Mira, entonces…

Apofis tocó con el índice la palabra Avaris, que empezó a brillar con un inquietante fulgor rojizo.

Asustado, Khamudi retrocedió.

-No temas, buen amigo. Puedes ver que me basta con un dedo para controlar, a mi guisa, cada parte de este país que se creía protegido por los dioses. Ni una sola parcela de la tierra de los faraones podrá escapar de mí.

-¿Ni siquiera Tebas? Apofis sonrió.

-La locura de Tebas me distrae y me es útil…, de momento. Conozco todo lo que ocurre allí y ninguna de sus iniciativas, por lo demás irrisorias, puede tener éxito.

Khamudi comprendió que el emperador hicso no era un tirano como los demás. No solo disponía de un ejército numeroso y potente, sino también de poderes sobrenaturales contra los que el mejor de los guerreros estaba vencido de antemano.

-Hoy es un día tan importante como el de la invasión de Egipto -declaró Apofis, cuya voz ronca helaba la sangre-. Los egipcios van a comprender, por fin, que soy su rey y que deben someterse sin la menor esperanza de recobrar una libertad perdida para siempre. Y como cualquier otro pueblo de esclavos, acabarán idolatrándome. Comencemos recibiendo el homenaje de nuestros vasallos.

Vistiendo un largo manto rojo ceñido al talle por un cinturón adornado con motivos geométricos, Apofis entró lentamente en la sala de recepción de seis columnas, llena de embajadores procedentes de todos los territorios del Imperio hicso.

Cada uno de ellos era estrechamente vigilado por un esbirro de Khamudi, por lo que nadie podría esbozar un solo gesto amenazador sin ser abatido de inmediato.

Apofis se sentó en su trono, un modesto sitial de pino. Sencillez y austeridad: el emperador acreditaba así su reputación de administrador preocupado por el bien público.

Enseguida comenzó la procesión de los embajadores.

Uno tras otro, depositaron a los pies de Apofis riquezas características de sus países; se amontonaron piedras preciosas, botes de ungüentos, brazaletes de arqueros, escudos, puñales… Pero Apofis no manifestaba interés alguno, pues estaba impaciente por ver los regalos del embajador cretense. La gran isla había firmado un tratado de alianza con los hicsos, pero ¿cuánto valía su palabra? Solo la magnitud de sus presentes revelaría la realidad del compromiso. El diplomático avanzó, seguido por una decena de sus compatriotas, con el pelo negro y la nariz recta. Llevaban un taparrabos abierto, con un galón bordado y una decoración de rombos.

El embajador saludó.

-Que nuestro soberano reciba el homenaje de Creta. Ella lo reconoce como emperador del más vasto territorio que un monarca haya dominado nunca. Que Apofis pueda gobernarlo con grandeza.

Los cretenses ofrecieron lingotes y anillos de oro, espadas, copas y jarras de plata, algunas de las cuales tenían la forma de cabezas de león y de toro.

Admirados murmullos recorrieron la concurrencia. Era un tesoro fabuloso.

-Acepto este homenaje -declaró Apofis-. En adelante, Creta nada tendrá que temer del ejército hicso. Que se me entreguen regularmente tributos y seré el mejor defensor de mis vasallos cretenses.

Los faraones solo conservaban en la corte el diez por ciento de los tributos y reintroducían el resto en el circuito comercial. Apofis hacía exactamente lo contrario, para enriquecer a la casta dirigente y asegurarse su devoción. Naturalmente, ese secreto de Estado era uno de los mejor guardados, mientras que Khamudi no dejaba de alabar la generosidad de su dueño y su inquebrantable voluntad de poner a los más humildes al abrigo de las necesidades.

En aquel instante, Apofis no pensaba en las ganancias que le procuraba su posición, sino en el inmenso Imperio del que se convertía en poseedor.

Reinaba sobre Egipto, Nubia, Palestina, el Líbano, Siria, Chipre, las Cícladas, Creta, Anatolia y una parte de Asia. En todas estas regiones circulaban jarras ovoides de tipo cananeo, de un contenido medio de treinta litros, cuya presencia indicaba la supremacía comercial de los hicsos. Solo con verlas, se sabía que Apofis detentaba el poder y no toleraba insumisión alguna.

-Gobernaré sin Maat, la diosa de los vencidos -anunció-, e impondré en todas partes el poder de Set, que solo yo sé controlar. Los hicsos han derrotado a los egipcios, y yo, Apofis, soy el nuevo faraón, el fundador de un linaje que eclipsará a los precedentes. Mis nombres de coronación son «el amado por Set», «grande es el poder de Ra», «grande es su valor victorioso», pues incluso el sol responde a mis deseos. Me convierto así en rey del Alto y el Bajo Egipto, y cada vez que mi nombre sea escrito o pronunciado, será seguido de la triple invocación: «vida, florecimiento, coherencia».l

Nota: Ankh, udja, seneb, que a menudo se traduce, aproximadamente, por «vida, salud, fuerza». fin de la nota.

Cuidando de no levantar los ojos hacia su señor, Khamudi le presentó un amuleto ankh en forma de cruz egipcia, que Apofis colgó de la cadena de oro que llevaba al cuello.

-Este amuleto de lapislázuli me revela los secretos del cielo y de la tierra -afirmó el emperador-, y me confiere derecho de vida y muerte sobre mis súbditos.

La concurrencia estaba atónita.

¿Quién podría haber imaginado que Apofis iba a proclamarse faraón, adoptando nombres y títulos tradicionales e infligiendo, así, una última herida al alma egipcia?

Todos comprendieron que estaban en presencia de un implacable jefe de guerra, decidido a erradicar la antigua cultura tras haberla desvalijado. Evidentemente, más valía someterse que provocar su furor, tanto más cuanto que el ejército hicso no dejaba de reforzarse, tanto en hombres como en material.

Se iniciaba una era nueva durante la que prevalecería la fuerza, ya fuera militar o económica. Y como Apofis era el dueño absoluto, no había más opción que obedecerle.

Solo el viejo embajador nubio se atrevió a formular una reticencia.

-Para ser un auténtico faraón, majestad, no basta con elegir nombres de coronación. Es también necesario hacer que los dioses los reconozcan, inscribiéndolos en el árbol del conocimiento, en Heliópolis.

Khamudi le hubiera cortado, de buena gana, la lengua al insolente, pero los nubios se mostraban sombríos y a Apofis le interesaba, por algún tiempo aún, tratarlos con deferencia.

El emperador hicso mantuvo la calma.

-Tienes razón, amigo mío. Esa es, en efecto, la costumbre.

-Pero entonces, majestad…, ¿pensáis seguirla?

-Mi reino se iniciará con brillo y eclipsará a los que le precedieron, porque los dioses me protegen. Mañana mismo iré a Heliópolis, donde mi nombre será inmortalizado.

E

liminados los elementos dudosos, ahora era el propio Khamudi quien mandaba la impresionante guardia personal del faraón Apofis. Al abrigo, en su carro cubierto por un dosel, el soberano no podía ser alcanzado por una flecha ni por una piedra lanzada con honda.

A la entrada de la vieja ciudad santa de Heliópolis, el ejército hicso había reunido a centenares de campesinos egipcios, obligados a aclamar a su rey. Quienes no gritaran con bastante fuerza serían deportados a las minas de cobre del Sinaí.

Allí, en la ciudad del sol creador, se había elaborado la espiritualidad egipcia. Allí unos sabios habían redactado los textos grabados en el interior de las pirámides de Saqqara para asegurar la resurrección y las incesantes mutaciones del alma real.

Apofis no había hecho destruir la biblioteca de Heliópolis, pues pensaba sacar provecho del saber de los vencidos para mejor dominarlos y extender, cada día más, sus conquistas. Demasiado comprometidos en su búsqueda de la sabiduría y de la armonía social, los egipcios habían olvidado lo esencial: solo la fuerza da la victoria.

En el atrio del templo principal de Heliópolis, solo bajo el sol, se encontraba el sumo sacerdote. Con el cráneo afeitado, vistiendo una piel de pantera adornada con decenas de estrellas de oro, tenía en la mano derecha un cetro de consagración.

Apofis bajó del carro.

-¿Qué sabemos de este insolente? -le preguntó a Khamudi.

-Es un erudito vinculado a las antiguas creencias y considerado por sus pares como el custodio de la tradición.

-Que se incline ante mí.

Khamudi transmitió la orden, pero el viejo sacerdote permaneció erguido como una estatua del Imperio Antiguo. Dominando a duras penas su furor, Apofis avanzó.

-¿Ignoras el castigo al que te expones?

-Solo me inclino ante un faraón -respondió el sumo sacerdote.

-¡Pues bien, yo lo soy! Y vengo a inscribir, precisamente, mis nombres de reinado en el árbol del conocimiento.

-Si sois el que afirmáis ser, ese es, en efecto, vuestro deber. Seguidme.

-Mis hombres y yo os acompañamos -intervino Khamudi.

-Ni hablar -se negó el sumo sacerdote-. Solo el faraón puede acercarse al árbol sagrado.

-¿Cómo te atreves…?

-¡Déjalo, Khamudi! Yo, Apofis, me adecuaré a los usos.

-¡Es demasiado peligroso, señor!

-Si se perpetrara un atentado contra mi persona, el sumo sacerdote de Heliópolis sabe que todos los templos serían arrasados, y los ritualistas, ejecutados.

El anciano inclinó la cabeza.

-Te sigo, sumo sacerdote.

Apofis no sintió emoción alguna al penetrar en el grandioso santuario que había acogido en su seno a todos los emperadores del Imperio Antiguo y del Medio.

Por unos momentos, la atmósfera de recogimiento de aquel lugar donde se veneraba aún a Maat, diosa de la rectitud, le provocó una leve turbación; para disiparla, el emperador hicso evitó contemplar los bajorrelieves y las columnas de jeroglíficos, que, incluso al margen de la presencia humana, afirmaban la permanencia de los poderes creadores y celebraban el ritual.

El sumo sacerdote entró en un vasto patio al aire libre, en cuyo centro se levantaba una persea gigantesca de hojas lanceoladas. -Este árbol fue plantado a comienzos del reinado del faraón Zóser, el creador de la pirámide escalonada -explicó el sumo sacerdote-, y su longevidad desafia el tiempo. En las hojas de una de sus ramas maestras están inscritos los nombres de los faraones cuyo reinado ha sido aprobado por las divinidades.

-¡Basta de discursos! Dame algo para inscribir el mío.

-Se trata de un rito con exigencias precisas: debéis llevar el antiguo tocado, poner en vuestra frente un uraeus de oro, vestir un taparrabos corto, prosternaros y…

-¡Deja de divagar, viejo! El emperador hicso no se somete a vetustos ritos. Dame algo para escribir en las hojas; eso bastará.

-Para que el tallo de los millones de años siga creciendo, tenéis que utilizar el pincel del dios Thot. ¿Lo aceptáis?

Apofis se encogió de hombros.

El anciano sacerdote se alejó lentamente.

-¿Adónde vas?

-A tomar el pincel del tesoro del templo.

-No me hagas una jugarreta, o de lo contrario…

Apofis lamentó haberse privado de protección. En el lugar del sumo sacerdote, él habría improvisado una emboscada; pero los adeptos de los antiguos cultos desaprobaban el crimen. Se pudrían en su mundo irreal, donde la ilusión de Maat seguía haciéndoles soñar.

El anciano regresó llevando un cofre de acacia.

En su interior, se encontraba el material del escriba: una paleta con agujeros para las tintas roja y negra, unos cubiletes llenos de agua y un pincel.

-Diluid la pequeña pastilla de tinta negra con un poco de agua, mojad vuestro pincel y escribid.

-¡Lleva a cabo tú mismo esas mediocres tareas!

-Yo puedo preparar el pincel, pero vos debéis manejarlo. Apofis lo tomó e intentó escribir su primer nombre, «el amado por Set», en una hoja ancha y larga. Pero no se inscribió sino alguno.

-¡Tu tinta es de mala calidad!

-Os garantizo que no.

-Diluye la roja.

El sumo sacerdote lo hizo, pero el resultado fue idéntico.

-¡Te estás burlando de mí, anciano!

-Tenéis que rendiros a la evidencia: el árbol del conocimiento rechaza vuestros nombres, pues los dioses no os admiten en el linaje de los faraones.

-Ve a buscarme, inmediatamente, unas pastillas de tinta nuevas.

-Como queráis…

Apofis no esperó mucho tiempo. Comprobó que la nueva pastilla de tinta negra no había sido utilizada antes.

-¡No vuelvas a intentar engañarme con productos defectuosos, viejo! En este día de gloria para los hicsos, te perdono tu malevolencia, pero no cuentes más con que sea clemente contigo.

La nueva tentativa de inscripción en la hoja del árbol terminó en un reiterado fracaso.

-La tinta no es responsable -observó el sumo sacerdote-. No sois faraón y nunca lo seréis.

Apofis miró al egipcio con un odio glacial.

-Me estás echando un maleficio con tu cetro… ¡Eso es, eso es! El hicso lo arrancó de las manos del anciano y lo partió en dos. -¡Mira lo que hago con tu pobre magia! Ahora, el árbol me aceptará.

Pero el pincel se deslizó por la hoja sin dejar rastro alguno. Apofis lo aplastó con el talón.

-¿Quién está autorizado a entrar en este patio y leer los nombres de los faraones?

-Solo el sumo sacerdote de Heliópolis.

-¿Aceptas que figure mi nombre en los anales de este templo?

-Imposible.

-¿Acaso no aprecias la vida, viejo?

-Más vale morir rectamente que vivir en el perjurio.

-Tú eres el único testigo del rechazo del árbol… Debes desaparecer, pues.

Apofis desenvainó la daga y la clavó en el corazón del sumo sacerdote, que no esbozó ni un solo gesto de defensa.

-Comenzaba a preocuparme, señor… ¿Todo ha ido bien?

-De maravilla, Khamudi. Mi nombre está preservado para toda la eternidad en el árbol del conocimiento, y en letras mucho mayores que las de mis predecesores. Las divinidades se han prosternado ante mí, no tenemos nada que temer de los sortilegios egipcios. Que se organicen festejos para que el pueblo pueda aclamar a su nuevo faraón.

-Me encargaré de inmediato. ¿Nada más, señor?

-Haz desaparecer a todos los sacerdotes de este templo, cierra sus puertas y que nadie vuelva a entrar en él. Así, mis nombres de coronación estarán fuera del alcance de las miradas humanas.

Ahotep ciñó sus cabellos negros con una cinta verde de un tono idéntico al de sus ojos. Adornada con discretas flores de loto, se la había regalado su madre cuando había tenido la primera regla. Vestida como una campesina, se dirigió hacia el embarcadero.

-Princesa…

-¿Qué quieres, Seqen?

-Si salís de viaje, mejor será evitar el Nilo. Está encolerizado desde hace unos días. La mejor solución son los caminos de campo. Tengo, para llevar lo necesario, el mejor porteador de toda la región.

Seqen señaló un soberbio asno gris, con el hocico y el vientre blancos. Sus ollares eran anchos, sus orejas inmensas y sus ojos de viva inteligencia.

-Viento del Norte es un coloso. Pesa casi trescientos kilos, lleva un centenar sin fatigarse y vivirá unos cuarenta años. Sabe adivinar el mejor itinerario y detectar una presencia hostil. En las dos albardas, he puesto esteras, mantas, sandalias, pan, pescado seco, cebollas y unos odres de agua.

-¿Me prestas tu asno?

-Solo me obedece a mí princesa.

-Voy a Coptos y, luego, a Gebelein. Es peligroso, Seqen.

-Os he dicho que quería combatir y no he cambiado de opinión, muy al contrario. Pareceremos una pareja de campesinos y llamaremos mucho menos la atención que una mujer sola. Y si tenemos algún mal encuentro, os defenderé.

«¿Cómo podrá lograrlo este muchacho flaco y tímido?», se preguntó Ahotep.

Pero su argumento con respecto a la pareja tenía peso.

-Risueño protegerá a vuestra madre durante nuestra ausencia -añadió Segen-. Con su protección, no corre peligro alguno.

-En marcha -decidió Ahotep.

Las orejas de Viento del Norte se irguieron. El asno se quedó inmóvil.

A lo lejos, en la orilla derecha del Nilo, en el lugar donde el río describía una ancha curva hacia el Este, se extendía la ciudad de Coptos, que estaba bajo la protección del dios Min, garante de la fertilidad de la naturaleza y patrón de los exploradores del desierto.

Situada a doscientos kilómetros del mar Rojo, puerta del este africano y de la península arábiga, Coptos era la principal factoría de minerales del país. Allí se encontraban cuarzo, jaspe, esmeraldas, obsidianas, brecha, pórfiro, y se negociaba también con malaquita, aromas, resinas e, incluso, marfil.

-¿Por qué se niega a avanzar Viento del Norte? -preguntó Ahotep.

Seqen acarició la cabeza del asno, pero este siguió inmóvil.

-Hay un peligro muy cerca. Mejor será cambiar de dirección.

-Quiero saber si Coptos está en manos de los hicsos.

-Entonces, aguardadme aquí.

-¿No debemos comportarnos como una pareja, Seqen?

-Hablaré con Viento del Norte.

Tras un largo sermón, el asno aceptó avanzar, pero con paso muy lento.

Junto a un bosquecillo de tamariscos, había una decena de hombres armados. Eran policías egipcios.

-Aduana de Coptos -declaró un oficial-. Si deseáis ir hacia el Norte, todo el mundo debe pagar: los hombres, las mujeres, los niños y hasta los asnos. El paso solo es gratuito para los soldados del emperador.

-Solo queremos ir a la ciudad -dijo Seqen con voz humilde.

-¿Por qué motivo?

-Cambiar esteras por hortalizas.

-Si pensáis escapar de la aduana pasando por la ciudad, desengañaos: mis colegas están en todas las salidas, y la tarifa no es mejor.

-¿Cuál es el camino de Coptos?

-Volved hacia atrás y tomad el primer sendero a la derecha. Os llevará a la carretera principal, que llega a la gran entrada de la ciudad.

Sin precipitarse, la pareja se alejó ante la decepcionada mirada del oficial de aduanas, que con gusto habría registrado el cuerpo de la hermosa morena.

Ahotep esperaba una ciudad que hormigueara de comerciantes y buscadores de minerales, con mercados animados por las discusiones de negocios y el paso de las caravanas que partían hacia el desierto… Pero Coptos estaba prácticamente vacía y habían cerrado casi todas sus famosas tabernas.

En las callejas, los escasos viandantes andaban con rapidez y se negaban a entablar conversación.

Aquí y allá, se veían grupos de soldados egipcios, pero ni un solo hicso.

-Tengo un mal presentimiento, princesa. No nos quedemos aquí.

-¡Todavía no hemos averiguado nada! Bien debe de haber una posada abierta.

Al norte de Coptos se levantaba el gran templo de Min y de Isis, rodeado por un muro de ladrillos crudos, pero el barrio estaba tan somnoliento como los demás. Aunque una de las puertas laterales del edificio estaba abierta, no entraban ni salían sacerdotes ni artesanos.

-¡Allí! -dijo Ahotep-. Un mercader entregando jarras…

Era, en efecto, una cervecería, más bien sórdida, con muros mugrientos y techo ennegrecido por el humo. En una esquina, dos mozas poco atractivas tatuaban lagartos en los muslos.

Un hombre rechoncho; con mal aliento, se plantó ante la pareja.

-¿Qué queréis?

-Cerveza -respondió Seqen.

-¿Tenéis con qué pagar?

-Una estera nueva.

-Enséñala.

Seqen la sacó de una de las alforjas mientras acariciaba a Viento del Norte, que no apreciaba al mesonero.

-Parece de buena calidad, amigo… ¡Al igual que tu asno! Un hermoso animal… ¿No lo vendes?

-Me es demasiado útil.

-Lástima… Y esta guapa muchacha, ¿no le estarás buscando trabajo? Yo lo tendría, y puedo jurarte que haríamos fortuna, ella y nosotros. Si su cuerpo es tan soberbio como su rostro, tendrá la mejor clientela de Coptos.

-Solo deseamos beber cerveza.

-Como quieras…, pero piénsalo, de todos modos.

La pareja se instaló junto a la entrada. Las prostitutas lanzaron miradas de envidia a Ahotep, mientras el gordo llenaba dos copas con un líquido dudoso.

-No sabía yo que Coptos fuera una ciudad tan tranquila -dijo la princesa, sonriendo.

-Todo ha cambiado mucho por aquí. Antaño, había tanta gente que ni siquiera te oías hablar. Llegaban caravanas, salían caravanas, no tenías tiempo ni de tomar un día de reposo. Eran los buenos tiempos, cuando uno se ganaba bien la vida. Ahora, es el marasmo. Solo quedan tres tabernas y cada vez menos clientes. ¿De dónde salís vosotros dos?

-De la campiña tebana. El posadero se atragantó.

-No pronunciéis, sobre todo, la palabra Tebas -recomendó en voz baja-. ¡Hay espías hicsos por todas partes!

-¿Quién reina en esta ciudad? -preguntó Ahotep.

-El señor Titi.

-¿Está a sueldo de los hicsos?

El rostro del gordo se oscureció.

-¿Quiénes sois vosotros, que hacéis preguntas como esa? ¡Yo no sé nada y nada tengo que deciros! Sois resistentes tebanos, ¿no es eso? ¡Salid de mi casa enseguida! Nunca ha habido resistentes en mi taberna y nunca los habrá; decídselo bien alto. ¡Vamos, fuera!

Un poderoso rebuzno sobresaltó a Seqen.

-¡Viento del Norte!

Cuando brincaba para cruzar el umbral, el joven recibió un bastonazo en el estómago; perdiendo la respiración, se derrumbó. Al arrodillarse para socorrerle, Ahotep descubrió una decena de soldados bastante enojados.

-¿A quién pertenece este asno? -preguntó uno de ellos.

-A nosotros -respondió la princesa.

-¡Acaba de romper el brazo de un oficial de una coz! Seguidme hasta el puesto.

El posadero empujó a Ahotep y se inclinó marcadamente ante el miliciano.

-Son una pareja de resistentes tebanos que me han amenazado y que desean atentar contra la vida de nuestro señor Titi. Ahotep y Seqen se levantaron.

-Una hermosa presa -consideró el miliciano con feroz sonrisa-. Os llevaremos a palacio.

El mesonero retuvo al miliciano por la manga de la túnica. -¿Y mi recompensa?

De un bastonazo, el soldado dejó sin sentido al informador.

-¡Vendes demasiado cara tu infecta cerveza, cerdo!

D

os resistentes tebanos en mi ciudad… ¡Qué interesante! -dijo Titi, el alcalde de Coptos.

Barbudo y de redondeada panza, con la voz cargada de agresividad, se pasaba el tiempo maldiciendo a los soldados, policías y criados en el antiguo palacio real, convertido en cuartel.

Con las manos cruzadas a la espalda, dio vueltas alrededor de Ahotep y Seqen, a quienes los milicianos habían puesto unas esposas de madera.

-¿Quiénes sois…, en realidad?

-Campesinos -respondió Seqen.

-¡Tú, tal vez, pero ella de ningún modo! Con un rostro y unas manos tan cuidadas, es una hija de buena familia…, de muy buena familia.

-Aceptaré hablar -dijo Ahotep-, pero sola, y a condición de que no hagan daño alguno a mi compañero.

-Interesante… Una resistente que pone condiciones; muy interesante. Me diviertes, pequeña. Salid todos de aquí y arrojad a ese mocetón a un calabozo.

La sala de interrogatorio era siniestra: decrépitas paredes, camas de madera con manchas de sangre seca, látigos colgados de los muros… Pero Ahotep conseguía dominar su miedo. No se había enfrentado con la diosa Mut para acabar torturada en semejante lugar y ya estaba harta de ser prisionera en su propio país.

-¡Libérame inmediatamente!

El alcalde de Coptos se acarició la barbilla.

-¿Por qué razón voy a obedecerte, muchacha?

-Porque soy la princesa Ahotep, hija de la reina Teti la Pequeña, tu soberana.

Atónito, Titi observó largo rato a la magnífica muchacha.

-Si eres la que dices ser, debes ser capaz de describirme el palacio de Tebas y escribir el comienzo del Cuento de Sinuhé, que tu preceptor, sin duda, te hizo leer.

-Libérame y te satisfaré.

-Primero tengo que registrarte.

-¡Si te atreves a tocarme, te arrepentirás!

Subyugado por el aplomo de Ahotep, Titi se tomó en serio la advertencia.

-Descríbeme el palacio, entonces. La princesa lo hizo.

-¿Cómo se llama el intendente?

-Qaris.

El alcalde le quitó las esposas y, luego, le ofreció un pedazo de papiro y un pincel.

Con caligrafía fina, rápida y precisa, Ahotep dibujó los jeroglíficos que formaban el comienzo del célebre Sinuhé. La novela de aventuras contaba la huida de un dignatario que temía ser acusado, en falso, de participar en una conspiración contra su rey.

-Vayamos a un lugar más agradable -propuso Titi.

-Haz que liberen de inmediato a mi compañero.

-Mis policías le sacarán de la celda y le darán de comer.

El antiguo palacio real de Coptos estaba destartalado. Hacía mucho tiempo que un faraón no había permanecido en la ciudad y la mayor parte de los aposentos, desocupados, no había sido objeto de reparación alguna

El alcalde se conformaba con una pequeña sala de audiencias de dos columnas, un despacho y una alcoba cuyas ventanas daban al patio donde acampaba su guardia personal. El mobiliario, que databa de la feliz y próspera dinastía XII, era admirable: sillas y sillones de sobrias formas, elegantes mesas bajas, soportes para lámparas de rara finura…

-Me conmueve conocer a nuestra última princesa -declaró Titi, sirviendo cerveza fresca en dos copas-. A decir verdad, había oído pronunciar vuestro nombre, pero me preguntaba si existíais realmente. Perdonadme por la deplorable calidad de este brebaje, pero los mejores cerveceros de la ciudad han sido requisados por el emperador.

-¿Está Coptos ocupada por los hicsos?

-Se limitan a algunas giras de inspección, pues he conseguido hacerles creer que yo era un aliado seguro. Pero no son tontos hasta el punto de concederme una total confianza. Por eso, organizan ellos mismos las expediciones al desierto, sin darme derecho alguno sobre los minerales recogidos. Temo que Coptos, como la mayoría de las ciudades importantes del país, se convierta muy pronto en un centro de guarnición. Los mercados agonizan y los habitantes apenas sacian su hambre. Gracias a mis buenas relaciones con el Imperio, puedo obtener aún una cantidad suficiente de cereales, pero no sé por cuánto tiempo.

-¿Tienes una organización de resistentes?

-Imposible, princesa. Hay delatores por todas partes, incluso en este palacio. El mes pasado, diez campesinos sospechosos de ser protebanos fueron decapitados. Esa barbarie sembró el espanto y ya nadie tiene ganas de jugar al héroe. Todo lo que puedo hacer es fingir amistad con el ocupante para evitar a la población mayores desgracias. El año pasado aún conseguí celebrar la gran fiesta de Min, pero en secreto, en el interior del templo y con algunos sacerdotes capaces de guardar silencio. Esas cortas horas nos devolvieron la esperanza de florecer de nuevo nuestras tradiciones, aún en un lejano porvenir, pero pronto se disipó. La ocupación se vuelve cada vez más dura.

-Por eso no debemos permanecer pasivos -decretó Ahotep.

-¿Qué proponéis, princesa?

-Tebas se alzará y las demás ciudades la seguirán.

-Tebas… Pero ¿de qué medios militares dispone?

-Parecen irrisorios porque nuestras tropas no están animadas por ningún espíritu de grupo. Pero la situación cambiará, ¡te lo garantizo! Estoy convencida de que no faltan hombres valerosos y de que es preciso, sencillamente, insuflarles el deseo de combatir.

-¿Esa es la intención de la reina?

-Yo sabré convencerla.

-Es un proyecto audaz, princesa… Diría incluso que insensato. Las escasas fuerzas tebanas pronto serán aplastadas por el ejército hicso.

-¡No pienso en un choque frontal! Primero hay que hacer circular la información: Tebas no renuncia a luchar y la resistencia va a ampliarse. ¿Estás dispuesto a ayudarme, Titi?

-Os lo repito: es insensato. Pero ¿a quién no seduciría vuestro entusiasmo? Al escucharos, tengo la impresión de volver a ser joven.

¿No habría vencido la reticencia de los más escépticos una sonrisa de Ahotep?

-Sigue haciendo creer a los hicsos que eres su aliado -recomendó- y rodéate de patriotas dispuestos a dar su vida para liberar Egipto.

-No será fácil…

-Hasta que caiga el tirano, nada será fácil, pero hay que avanzar a toda costa. ¿Podrías unir a nuestra causa los pueblos que rodean Coptos?

-¡Es arriesgado, muy arriesgado!

-Cuando vuelva, reuniremos a nuestros partidarios en el templo y prepararemos un avance hacia el Norte.

-¡Que los dioses os escuchen, princesa! Titi pareció contrariado.

-Si vuestro servidor y vos salís libres de este palacio -prosiguió-, no faltará un delator hicso que avise a sus superiores. Estoy obligado, pues, a haceros expulsar de la ciudad por mis soldados, como mercaderes indeseables. Sobre todo, princesa…, ¡no tardéis en volver!

Eran cuatro.

Cuatro mocetones mal afeitados, armados con cortas espadas, rodeaban a Ahotep y Seqen, seguidos por Viento del Norte. A su paso, los habitantes de Coptos cerraban las puertas. Aterrorizados, una mujer y su hijo pusieron pies en polvorosa.

-¿Adónde nos lleváis? -preguntó Seqen.

-A la salida sur de la ciudad. Allí estamos seguros de que no habrá centinelas hicsos. Os pondremos en el camino de Tebas y volveréis tranquilamente a casa…, siempre que no tengáis un mal encuentro.

Sus tres acólitos soltaron una carcajada.

-Afortunadamente, vais acompañados, pues realmente el lugar no es seguro. Con todos esos cobardes egipcios que solo piensan en desvalijar a los viajeros…

Seqen se rebeló.

-¿Qué acabas de decir?

-¿No me has oído bien, amigo?

-¿De dónde eres tú, soldado?

El interpelado soltó una sonrisa irónica.

Bueno…, como mis camaradas, de un cuartel de Avaris, donde nos enseñaron que los egipcios buenos son los egipcios muertos.

Agachando la cabeza, Viento del Norte golpeó al miliciano hicso y le quebró la espalda. Luego, de una coz bien calculada, hundió el pecho de su vecino. Sorprendidos, los otros dos se volvieron hacia el asno, dando a Seqen tiempo para tomar un puñal y degollar al charlatán.

El último miliciano intentó huir, pero Seqen se arrojó sobre él. Pese a la diferencia de peso, consiguió derribarlo boca abajo y clavarle la hoja en la nuca.

Seqen se levantó, muy tranquilo. Ahotep le saltó al cuello.

-¡Has estado heroico!

-Sin la intervención de Viento del Norte habríamos sucumbido. La princesa se apartó y miró al muchacho con otros ojos.

-Es tu primera victoria, Seqen.

-No he tenido tiempo de sentir miedo, pues estaba loco de rabia contra ese canalla de Titi. Él nos ha vendido a los milicianos hicsos. Volvamos a Coptos y acabemos con él.

-¿Y si no fuera culpable?

-¡No neguéis lo evidente, princesa!

-Me ha parecido sincero y decidido a poner en marcha el plan que hemos concebido. ¿No habrá sido traicionado por sus propios hombres, a los que creía fieles? Los hicsos se han infiltrado en todas partes y el propio Titi me ha revelado que Coptos estaba lleno de delatores.

Seqen dudó.

-¿De modo que no ha sido él quien ha organizado esta emboscada?

-Tal vez no…

-¡De todos modos, os queda la duda!

-No tengo derecho a ser ingenua, Seqen.

Con gravedad, la princesa contempló los cuatro cadáveres.

-La primera batalla ganada al enemigo, ¿no es un momento extraordinario? Esos hicsos nos consideraban presas fáciles, condenadas al matadero, y ellos son los que yacen ahí, sin vida. ¡Que su maldito emperador cometa el mismo error!

-Nuestro ejército solo está compuesto, aún, por una princesa, un asno y un guerrero novato -recordó Seqen.

Ahotep puso dulcemente sus manos en los hombros del muchacho.

-¿No comprendes que la magia acaba de cambiar de bando? ¡Ya no soportamos, sino que luchamos y ganamos!

Una extraña turbación invadió a Seqen.

-Princesa, yo…

-¡Pero si estás temblando! La reacción después del combate… Pasará.

-Princesa, quería deciros que…

-No dejemos a la vista estos cuerpos, arrastrémoslos hasta las cañas, a orillas del Nilo. Buitres, cocodrilos y roedores se encargarán de hacer que desaparezcan.

Precedida por Viento del Norte, la pareja pasó por el este de Tebas, en el lindero del desierto y los cultivos. Luego, el trío se dirigió hacia el río, con la esperanza de tomar una barca que los llevara a Gebelein, unos treinta kilómetros al sur.

A Ahotep le extrañó ver tan pocos campesinos trabajando. La mayoría de los campos parecían abandonados y no se oía a ninguno de los flautistas que, antaño, acompasaban los trabajos agrícolas. Era evidente que los agricultores ya no ponían ardor en el trabajo y se limitaban al mínimo esfuerzo.

Los viajeros no encontraron militares ni policías. La región tebana estaba abandonada a sí misma, sin protección alguna. Cuando los hicsos decidieran atacar la ciudad del dios Amón, no encontrarían la menor resistencia.

Consternada y furiosa, Ahotep tomaba conciencia de la gravedad de la situación. La última provincia libre de Egipto había doblado el espinazo, vencida de antemano, aguardando la llegada de los invasores.

Viento del Norte salió de un sendero demasiado despejado para abrirse camino a través de los bosquecillos de papiros. Se detuvo a un paso largo del río, bien oculto por una cortina vegetal.

Ahotep y Seqen comprendieron muy pronto las razones de esa prudencia: por el centro del Nilo navegaba un navío de guerra hicso. A proa y a popa, varios vigías observaban las orillas.

Así pues, la Marina del ocupante circulaba sin oposición alguna hacia el gran sur y Nubla, y pasaba, burlona, ante una impotente Tebas.

-Tomemos una pista del desierto -propuso Segen-. En el río, nos descubrirían muy pronto.

De unos diez metros de alto, el algarrobo de denso follaje ofreció a ambos tebanos y al asno un abrigo ideal para observar la fortaleza de los hicsos de Gebelein.

Tendidos uno junto al otro, Ahotep y Seqen estaban pasmados. ¿Cómo imaginar semejante monstruosidad tan cerca de Tebas? Espesos muros, un camino de ronda, torres cuadradas, fosos… Ese era el aspecto del impresionante edificio de ladrillos ante el que unos asiáticos se ejercitaban en el manejo de la lanza. -Nunca Egipto había conocido tan macizas fortificaciones.

-Y solo es Gebelein -murmuró Seqen-. ¿Podéis imaginar Avaris, princesa?

-Al menos, sabemos con qué nos enfrentamos.

-Esta fortaleza es inexpugnable… ¿Y cuántas habrá por todo el país?

-Las destruiremos una a una.

Dos asiáticos dejaron de entrenarse y miraron hacia el algarrobo.

-¡Nos han descubierto!

-El follaje nos oculta perfectamente -objetó Ahotep-; sobre todo, no nos movamos.

Los dos hicsos se dirigieron hacia el árbol.

-Si intentamos huir -murmuró Seqen-, nos golpearán por la espalda. Y si nos quedamos aquí, nos atravesarán.

-Encárgate del mayor; yo me encargo del otro.

-El combate atraerá a sus compañeros. No tenemos posibilidad alguna. Pero os defenderé hasta el final, como he prometido, porque…, porque os amo.

Una mariposa de un amarillo anaranjado, con la cabeza negra sembrada de manchas blancas, se posó en la frente de Ahotep. Los asiáticos estaban solo a unos pasos.

Ahotep tomó tiernamente la mano de Seqen, que de pronto se vio transportado a un sueño. Olvidó el peligro, tan cercano sin embargo, y cerró los ojos para mejor degustar aquel inesperado instante.

Tras intercambiar algunas palabras, los dos hicsos dieron media vuelta.

-Esta mariposa se llama monarca -dijo Ahotep-. Los pájaros no la atacan ni se la comen. Al posarse sobre mí, me ha hecho indetectable.

Puesto que acababan de escapar de un gran peligro, los dos muchachos siguieron la costumbre y se besaron cuatro veces el dorso de la mano. Permanecieron uno junto al otro hasta que se puso el sol, cuando los soldados hicsos regresaron a la fortaleza.

-¿Eres consciente de lo que has dicho, Seqen?

Dando pruebas de un valor del que no se habría creído capaz, el joven tomó de nuevo la mano de la princesa.

-Lo que siento por vos se parece a todos los soles, un sentimiento exaltante como el del alba que devuelve la vida y, a la vez, ardiente como el sol de mediodía y dulce como el del amanecer. En cuanto tuve la suerte de veros, os amé.

-Amar… ¿Es posible amar aún cuando Egipto sufre mil muertes?

-Tendríamos, sin amor, la fuerza de luchar hasta la muerte? Combatiré por mi país, pero también por vos.

-Marchémonos de aquí -decidió la princesa.

Viento del Norte posó tan delicadamente sus cascos en el suelo que no hicieron ruido alguno. Aguzando todos los sentidos, Ahotep y Seqen temían topar con una patrulla de hicsos o con algunos campesinos egipcios, que, creyéndose amenazados, los atacaran sin preocuparse por su identidad. Y tenían que desconfiar, también, de las serpientes peligrosas.

Varias veces, el asno se detuvo para ventear el aire con los ollares.

Con los nervios de punta, Seqen se sentía capaz de derribar gigantes para salvar la vida de la princesa. Y se prometió que, si regresaba indemne a Tebas, se entrenaría con tanta intensidad y rigor que se convertiría en el mejor soldado de Egipto.

Finalmente, avistaron los arrabales de la ciudad de Amón.

A pesar del miedo, Seqen lamentaba que el viaje no durara siempre. Había vivido con ella, junto a ella, y la princesa no volvería a concederle semejante privilegio. ¡Qué insensato había sido él, un hombre del pueblo, al revelar así sus sentimientos a una princesa! Escandalizada por Su imprudencia, ella le expulsaría de palacio.

Bañada por la luz de la luna, Ahotep era de una belleza divina. Los guardias de la residencia real la saludaron.

-Alimenta a Viento del Norte y ve a descansar -le dijo a Seqen-. Yo necesito pensar.

E

l afgano y su mano derecha, el Bigotudo, echaron los racimos de uva en la cuba, y luego penetraron en ella para pisotearlos. El jugo comenzó a brotar por una abertura lateral, y un vendimiador, miembro de la organización, lo recogió en una jarra de terracota.

Los integrantes del pequeño grupo de resistencia habían abandonado Avaris, donde los controles de la policía eran tan intensos que no les permitían ya reunirse sin correr el peligro de ser denunciados y detenidos. El afgano había dejado, sin embargo, en cada barrio, algunos indicadores, con quienes se pondría en contacto a intervalos irregulares para no llamar la atención de la policía de los hicsos.

En la capital, controlada con mano de hierro por los esbirros de Khamudi, casi todos los egipcios, sometidos a la esclavitud, habían perdido la esperanza. Pero aún quedaban algunos, decididos a combatir hasta el fin.

En las campiñas del Delta, la crueldad de la ocupación no era menor, pero los campesinos resultaban más difíciles de organizar que los ciudadanos. Al afgano le había sorprendido su rechazo de la tiranía y su inquebrantable voluntad de librarse de ella. Por desgracia, no eran soldados y solo podrían formar un irrisorio ejército ante los regimientos hicsos.

Como repetía a menudo a los miembros de su organización, la única estrategia razonable era la paciencia, acompañada por una vigilancia sin cuartel. Era preciso convencer, poco a poco, a los alcaldes de los pueblos, a los pequeños patrones de las explotaciones agrícolas, sondear cada candidato a la resistencia para saber si tenía las disposiciones requeridas y si no era un espía hicso que intentaba infiltrarse.

Seguido por sus hombres, el afgano prefería un grupo pequeño, unido y seguro, a un gran número de partidarios incontrolables y fáciles de descubrir. Era esencial, prioritario, eliminar el máximo de informadores hicsos, para que el emperador fuera volviéndose, progresivamente, sordo y ciego.

-Será un buen vino -predijo el Bigotudo-. Lamentablemente, casi toda la producción se destina al ocupante y a la exportación. Los egipcios están condenados a trabajos forzados, obligados a producir cada día más, mientras revientan de hambre.

-No te lamentes, amigo.

-Apofis acaba de hacerse coronar faraón y nunca ha sido tan poderoso. Su imperio no deja de crecer, y su ejército, de reforzarse.

-Es cierto.

-¿Cómo puedes permanecer sólido como una roca?

-Si quiero recuperar mi fortuna y restablecer un comercio normal entre mi país y Egipto, la única solución es derrotar a los hicsos. Y soy más tozudo que un asno reticente.

-En el fondo de ti mismo, sabes que no tenemos la menor oportunidad.

-Es una pregunta que no me hago, y deberías imitarme. ¿Ha llegado nuestro hombre?

-Acaba de traer las sacas.

-Buen recluta en perspectiva, ¿no?

-¡Puedes estar seguro! Tiene tres barcos, doscientas vacas, un palmeral y da trabajo a más de ciento cincuenta campesinos, que le obedecen como un solo hombre. Nos ofrece un albergue seguro y una forja donde podemos fabricar armas.

El afgano y el Bigotudo salieron de la prensa. El egipcio no resistió el placer de beber zumo de uva mientras su compañero se lavaba.

Cerca, una cuba se destinaba a recoger el líquido que brotara de las sacas, en las que se prensaba el mosto según una técnica ancestral.

El futuro resistente era un sexagenario de pelo blanco y rostro autoritario.

-¿Tú eres el afgano?

-En efecto, soy yo.

-¡Y tú, un extranjero, se ha puesto a la cabeza de una organización de resistencia egipcia!

-¿Te disgusta eso?

-Lamento que ninguno de nosotros tenga ese valor… ¿Sabes a qué te arriesgas?

-Nada hay peor que la pobreza y el deshonor. En mi país, era un hombre rico y considerado, pero por culpa de los hicsos, lo he perdido todo. Me lo pagarán muy caro.

-¿No será un hueso demasiado difícil de roer?

-¡Bien se ve que no conoces a los afganos! Nadie los ha vencido nunca y nadie los vencerá. Pero dime…

-Deberíamos seguir trabajando. El lugar parece tranquilo, pero desconfio.

El Bigotudo miró una saca llena de mosto en los extremos de dos pértigas.

-¿Cómo se hace? -preguntó el afgano.

-Se disponen las pértigas en cruz y se hacen girar por encima de la cuba.

-Y hay que mantener entre ellas la separación adecuada -precisó el sexagenario-. Hace mucho tiempo que ya no me divierto con este tipo de ejercicio. ¡Así pareceremos tres perfectos vendimiadores!

Con agilidad, trepó a las pértigas que sujetaban ambos resistentes, las separó apoyando bien sus pies y mantuvo el equilibrio agarrándose a una de ellas.

-¡Hazlas girar ahora! La saca comenzará a prensarse y servirá de filtro para que brote el mosto.

Torpe al principio, el afgano imitó a su compañero.

-¿Y tú? -le preguntó al egipcio-, ¿eres consciente de los riesgos que corres? Eres un notable, el ocupante te tolera y, sin embargo, pretendes lanzarte a una aventura en la que tienes más posibilidades de perderlo todo que de triunfar.

-Hasta ahora, he andado con rodeos. Ya basta. He comprendido que la ocupación lleva a Egipto a la ruina y que tanto yo como los demás acabaremos aplastados bajo los pies de los hicsos. ¡Cuidado, no giréis demasiado deprisa! He estado a punto de perder el equilibrio…

-¿Estás realmente seguro de tus campesinos?

-Sus familias sirven a la mía desde hace varias generaciones, y todos odian a los hicsos. Los egipcios no son guerreros, lo admito, pero demasiados sufrimientos les darán la fuerza que les falta aún.

-Tu forja… ¿está a nuestra disposición?

-Habrá que andar con artimañas. La milicia de los hicsos que inspecciona mis tierras la utiliza para reparar sus armas pero, de todos modos, lograremos fabricar las nuestras.

-¿Tienes el metal necesario?

-Una pequeña provisión.

-¿Cómo la has obtenido? El egipcio vaciló.

-Si no nos lo decimos todo y no tenemos total confianza el uno en el otro -precisó el afgano-, no vale la pena que sigamos. Yo estoy dispuesto a cederte el mando de la organización, pero demuestra que eres capaz de asumirlo.

Ahora, las pértigas giraban con una hermosa regularidad y el mosto brotaba del mismo modo.

-Tenía un contacto en Avaris -reconoció el egipcio-, un primo que trabajaba en la gran forja de la capital y que había conseguido apoderarse de un poco de cobre. A consecuencia de un inesperado control, fue detenido.

-¿Cómo nos procuraremos la materia prima? -preguntó el Bigotudo.

-Ya encontraremos una solución -prometió su compatriota-; por ejemplo, falsificando los albaranes de entrega de los hicsos. El afgano se mostró incisivo.

-¿No habrás recibido la reciente visita de un dignatario?

-Sí… Pero ¿cómo lo sabes?

-Cuando nos disponemos a reclutar a un nuevo resistente, lo vigilamos. Cuestión de seguridad…

-Claro, comprendo…

-Yo comprendo menos tu entrevista con Khamudi -insistió el afgano-, el testaferro de Apofis.

-Es muy sencillo -protestó el egipcio-. Khamudi ha visitado todas las forjas de la región para controlar estrictamente la producción de armas.

-¡Falso! Solo visitó la tuya y habló largo rato contigo.

El afgano soltó de pronto la pértiga y el terrateniente cayó pesadamente al suelo.

-Mi nuca… -gimió-. Me he hecho daño, mucho daño… ¿Por qué…?

-Porque eres un traidor.

-Te equivocas… ¡Te juro que te equivocas!

-Claro que no -repuso el afgano, tomando de nuevo la pértiga para poner uno de sus extremos en la garganta del herido-. Te guardabas muy bien de mencionar tu amistad con Khamudi… Ahora bien, él te dio la orden de infiltrarte en mi organización, pues eres uno de los más fieles colaboradores del ocupante. Demasiado visible, canalla… ¡Tu patrón nos cree ingenuos y se equivoca!

-Te juro…

-¿Qué valor se debe conceder a la palabra de un traidor? Fue el Bigotudo quien, con todas sus fuerzas, hundió la pértiga en la garganta del espía hicso.

Con la laringe destrozada, murió en pocos instantes.

-La candidatura de ese tipo era demasiado hermosa para ser cierta -comentó el afgano-. Al menos, nuestro sistema de seguridad ha funcionado. No dejemos de reforzarlo.

L

a enorme lengua del perro lamió el rostro de Seqen, que dormía junto a su asno.

-¡Ah!, eres tú, Risueño…

El perro intentó sentarse sobre el vientre del muchacho. Temiendo que su peso lo aplastara, Seqen rodó hacia un lado y se levantó.

El sol estaba ya alto en el cielo.

Perdido, Seqen no sabía si debía dirigirse a palacio o abandonar la ciudad para escapar a la cólera de la familia real. Si imploraba el perdón de Ahotep, tal vez se lo concediera… Pero ¿por qué humillarse de ese modo? Por insensato que fuera, su amor nada tenía de culpable, y él no era hombre que huyera como un cobarde.

-Ven, Risueño, iremos a casa de tu dueña.

Apenas maquillada, vistiendo una larga túnica verde pálido, la princesa leía himnos compuestos por los sabios a la gloria de las coronas reales, considerad como seres vivos que proyectaban un fulgor capaz de vencer las fuerzas de las tinieblas.

-Os traigo a Risueño -declaró Seqen con aspecto huraño-. ¿Me autorizáis a permanecer en Tebas?

Ahotep no apartó los ojos de su papiro.

-¿Han cambiado tus sentimientos?

-Mis sentimientos…

-¿Tu larga noche te ha hecho olvidar tus absurdas declaraciones?

-¡No, claro que no!

-Deberías haber reflexionado y comprendido que eres víctima de un espejismo.

-Vos no sois un espejismo, sino la mujer a la que amo.

-¿Estás seguro?

-¡Lo juro por la vida del faraón!

-Ya no hay faraón, Seqen.

-Los que viven para siempre en el cielo son testigos de mi sinceridad.

Ahotep puso el papiro en una mesa baja y miró al joven a los ojos.

-Esta noche no he dormido porque he pensado sin cesar en ti -reconoció-. Te añoraba.

El corazón de Seqen se desbocó.

-Pero entonces…

-Es posible que te ame, pero el matrimonio es algo mucho más grave. ¿Has conocido ya mujer?

-No, Ahotep.

-Yo no he conocido a varón alguno. ¿Eres capaz de ofrecer la dote de la virgen a una princesa, es decir camas, sillas, cofres para el arreglo, cajas para joyas y maquillaje, brazaletes y anillos, vasos preciosos y tejidos de primera calidad, que, a su muerte, le sirvan de sudario?

Seqen estaba hundido.

-Bien sabéis que no.

-Peor para mí. Prescindiré de ellos. Mi madre protestará, pero sabré convencerla. Hablemos ahora de lo que exijo de mi futuro marido: que no sea ávido, ni vanidoso, ni estúpido, ni deshonesto, ni de mezquino espíritu; que no se mime y que no sea sordo a la voz de los dioses.

-Me comprometo a hacer lo que pueda, pero no sé si…

-Te comprometes; eso es lo esencial. vayamos a lo más importante: quiero dos hijos lo antes posible. La lucha contra los hicsos será larga y los educaré en el amor a su país y la voluntad de liberarlo. Si tú y yo desaparecemos, ellos proseguirán el combate. Seqen sonrió.

-Acepto todas esas condiciones. Sus labios se acercaron.

-No soy una mujer como las demás, Seqen, y me está prohibido serlo. Aunque seamos felices juntos, nuestra existencia será solo tumulto.

-Me habéis enseñado a no ser un hombre como los otros. Para vivir con vos, estoy dispuesto a cualquier sacrificio.

Se ofrecieron su primer beso; vacilante, primero, y ardiente, luego.

Las temblorosas manos de Seqen hicieron resbalar la túnica por el cuerpo perfecto de Ahotep, se atrevieron a tocar su piel perfumada y se aventuraron a una primera caricia que la hizo temblar con todo su ser.

Ella, la luchadora y la conquistadora, se abandonó en los brazos de aquel amante que reinventaba los gestos de la pasión.

Y se entregaron el uno al otro, olvidando todo lo que no fuera su deseo.

Aunque levemente enferma, Teti la Pequeña recibió a su hija ante el intendente Qans.

-Nunca has estado tan resplandeciente, Ahotep. ¿Traes buenas noticias de tu expedición?

-Por desgracia, no, majestad. En la ciudad de Gebelein han construido una fortaleza que parece inexpugnable; por el Nilo circulan a su guisa los barcos de guerra hicsos y la campiña tebana no goza de protección militar alguna.

-¿Habéis llegado a Coptos? -preguntó Qaris.

-Hablé con el alcalde de la ciudad.

-¿Titi?

-El mismo. Es un hombre curioso, más bien desengañado, al que espero haber devuelto el deseo de combatir.

-Es uno de nuestros más fieles aliados -declaró el intendente-, pero su organización de resistentes fue destruida y Titi solo escapó a la muerte afirmando que era vasallo del emperador.

-¿Crees que puede haber dado orden de que milicianos a sueldo de los hicsos me mataran?

-¡Eso es imposible, princesa!

-Coptos será muy pronto una ciudad muerta -predijo Ahotep-, y los hicsos construirán allí, probablemente, una fortaleza comparable a la de Gebelein. Titi solo dispone de una pequeña guardia personal y no puede celebrar la fiesta de Min si no es en secreto.

Qaris estaba abrumado.

-Como imaginaba, estamos rodeados. El reducto tebano no tardará en sucumbir.

-Estoy convencida de lo contrario: hay que suscitar interés, organizar la resistencia y abrir, poco a poco, el cerco.

-He tenido noticias de Avaris -reveló Qaris-. Apofis acaba de proclamarse faraón y sus nombres de coronación se han inscrito en el árbol sagrado de Heliópolis.

-No se habrá atrevido… -balbuceó Teti la Pequeña, herida en pleno corazón.

-Dentro de poco, majestad, tendremos que reconocer su soberanía y jurarle fidelidad. ¿No pertenece Tebas, como el resto de las Dos Tierras, al rey del Alto y el Bajo Egipto?

La reina estaba al borde de las lágrimas.

-Dejadme los dos.

-Ven conmigo, madre. Te probaré que subsiste la esperanza. Tomando el brazo de la reina, Ahotep la llevó hasta su habitación, cuya puerta abrió con estruendo.

Tendido en la cama, con los ojos en el cielo, Seqen quedó tan sorprendido que apenas tuvo tiempo de cubrirse. -¡Ahotep! No significará eso que…

-Sí, madre. Seqen y yo hemos hecho el amor por primera vez. En adelante, viviremos juntos bajo el mismo techo y somos, pues, marido y mujer. Mi esposo te contará personalmente cómo, con la ayuda de su asno, acabó con cuatro milicianos hicsos que querían ejecutarnos. ¡Nuestra primera victoria, majestad!

-Ahotep, tú…

-Seqen no pertenece a una gran familia, pero ¿qué importa? Las princesas egipcias se casan con aquel a quien aman, sea cual sea su origen. No tiene fortuna alguna y no puede, pues, ofrecerme la dote de la virgen… Sin embargo, ¿no estamos, acaso, en tiempos de guerra? Nuestras almas y nuestros cuerpos están en armonía y estamos decididos a combatir hasta la muerte. ¿No es eso lo esencial?

-¿Queréis…, queréis hijos?

-Tendremos dos hijos, y serán guerreros tan valientes como su padre.

-Bien, bien…

-¿Nos das tu aprobación, madre?

-Es decir que…

Con ardor, Ahotep besó a la reina en ambas mejillas.

Tany lanzó su espejo contra una pared con la esperanza de romperlo, pero el magnífico disco de cobre resistió el golpe y la esposa del emperador de los hicsos se empeñó en pisotearlo.

Nacida en el Delta, cerca de Avaris, Tany había tenido la suerte de gustar al emperador, cuya fealdad la fascinaba; no obstante, no soportaba que se hablara de su propia fealdad, o que se burlaran de ella por los corredores de palacio. Baja y gorda, lo había probado todo: remedios adelgazantes, productos de belleza, aplicaciones de barro…, una sucesión de fracasos, a cuál más doloroso.

Puesto que solo le gustaba la cocina grasa, los platos con salsa y los pasteles, Tany se negaba a renunciar a ellos y trataba de charlatanes a los médicos de palacio.

Demasiado ocupado por el gobierno, su poderoso esposo no se preocupaba en absoluto de las mujeres. La gélida sangre que corría por sus venas no le incitaba a los juegos del amor, y si de vez en cuando violaba a alguna noble joven egipcia reducida a la esclavitud, lo hacía solo para demostrar que ejercía un poder absoluto sobre sus súbditos.

De linaje modesto, Tany se complacía mucho martirizando a las grandes damas que estaban a su servicio y de las que habría sido, sin la invasión de los hicsos, una humilde sirvienta. No perdía ocasión de humillarlas y rebajarlas al máximo. Nadie podía desobedecerla y menos aún rebelarse, pues, tras una simple palabra de la esposa del emperador, la insolente era, primero, azotada y, luego, decapitada. No transcurría ni una sola semana sin que Tany se complaciera con el espectáculo de este tipo de ejecuciones.

La única sombra en el horizonte era la llegada a palacio de la esposa de Khamudi, una rubia opulenta que no dejaba de hacer arrumacos y mover la cabeza como una oca, sobre todo en presencia del emperador. Pero la maldita Yima sabía que su marido no soportaría la menor cana al aire. ¿No había estrangulado Khamudi, con sus propias manos, a su anterior esposa, a la que había hallado en brazos de un amante? Tany, a la que Apofis negaba los títulos de emperatriz y reina de Egipto, apreciaba a Khamudi. Era violento, ambicioso, implacable, calculador y mentiroso. En resumen, las cualidades indispensables para convertirse en un dignatario hicso. Ciertamente, nunca le llegaría al tobillo a su amo Apofis y le interesaba permanecer en segundo plano. De lo contrario, la propia Tany se encargaría de poner fin a su brillante carrera.

-Maquíllame correctamente -ordenó con sequedad a una de sus sirvientas, cuya familia había sido una de las más ricas de la ciudad de Sais.

Pese a la habilidad de la maquilladora, el resultado fue desastroso.

Deseando atenuar los desabridos rasgos y las características viriles del rostro, la infeliz solo había conseguido acentuarlos.

-¡Te estás burlando de mí! -gritó Tany, golpeándola con el espejo.

Herida, la sirvienta se derrumbó.

-Libradme de esto -exigió a las demás, mudas de horror- y lavadme la cara. Debo ver al emperador.

-¡Sé rápida y concisa, Tany! El gran consejo me aguarda.

-No me mezclo en política, pero tengo una información interesante.

-Muy bien, deja de murmurar y habla.

-Una de mis sirvientas lo ha confesado bajo tortura: los egipcios siguen haciéndose regalos sin declararlos al fisco. He hecho una lista de los culpables.

-Buen trabajo, Tany.

El emperador abandonó su despacho para sentarse en la silla de manos que le llevó al templo de Set, bajo la estrecha vigilancia de su guardia personal. Protegido por el dios de la tormenta, anunciaría a los altos funcionarios hicsos las directrices económicas que deberían aplicarse sin señal de debilidad.

Gracias a su esposa, comprobaba que las reglas de la vieja economía egipcia seguían vivas y que aún sería necesario algún tiempo para aniquilarlas. «Cuanto más rico se es, más se ofrece», afirmaban los faraones, aplicándose a sí mismos la ley. La generosidad era una obligación social, y el beneficio no podía ser un objetivo. Un grande desprovisto de generosidad destruía su reputación, abandonaba el dominio de Maat y se convertía fatalmente en un mediocre, condenado a perder lo que creía haber adquirido.

La calidad de un producto era considerada más importante que su valor mercantil, y verificarla correspondía a los templos, al mismo tiempo que aseguraban la buena circulación de las ofrendas para que se cumpliera uno de los primeros deberes del Estado faraónico: la coherencia social vinculada al bienestar de cada individuo.

Cada cual era libre de fabricar por sí mismo aquello que necesitaba, en función de sus aptitudes manuales, y se procuraba el excedente gracias al trueque que se extendía a los servicios. Por ejemplo, el escriba deseoso de que le construyeran una casa redactaba la correspondencia del albañil a cambio de las horas de trabajo del artesano.

Así, en la comunidad egipcia de las Dos Tierras, todo individuo era, a la vez, deudor y acreedor de varios otros actores de la economía. El faraón velaba por la reciprocidad de los dones y la buena circulación de la generosidad. El que recibía tenía que dar, aun en menor cantidad, aun con retraso. Y el rey, que tanto había recibido de los dioses, tenía que dar a su pueblo la prosperidad espiritual y material.

Apofis execraba esa ley de Maat, esa solidaridad que unía a los seres allí y en el más allá. Los hicsos habían comprendido que era un obstáculo para el pleno ejercicio del poder y el enriquecimiento de la casta dirigente.

En el atrio del templo de Set, Khamudi aguardaba a su amo.

-Señor, se han tomado todas las medidas de seguridad.

Un pesado silencio reinaba en el interior del edificio. Ni un general, ni un gobernador de provincia, ni un jefe de servicio administrativo faltaba. Encogidos y ansiosos, temían la suerte que el emperador les reservaba.

Este se tomó el tiempo de saborear el temor que inspiraba antes de revelar sus decisiones.

-La ley de Maat queda definitivamente abolida -declaró-. Por consiguiente, no necesitamos ya visir ni magistrados. Yo mismo impartiré justicia, con mis ministros, y el más importante llevará el título de gran tesorero del Bajo Egipto. Confio esta función principal a mi fiel Khamudi, que será también mi portavoz. Él hará que mis decretos se redacten sobre papiro y los difundirá por todo el Imperio, para que nadie los ignore.

Khamudi sonrió de satisfacción. Se convertía oficialmente en el segundo personaje del Estado e imaginaba ya los fabulosos beneficios que obtendría controlando la industria del papiro. ¿No era difundir por escrito las directrices de su dueño una exaltante tarea? En un futuro próximo, todos los súbditos del Imperio pensarían del modo adecuado, y los contestatarios no tendrían ya derecho a hablar.

-Nos hemos mostrado demasiado tolerantes con los vencidos -prosiguió el emperador-, y esta actitud condescendiente debe cesar. La nueva ley es simple: o colaboran, o serán condenados a la esclavitud y a trabajos forzados en las minas. Por lo que se refiere a los ricos terratenientes, a los artesanos y a los mercaderes, tendrán que declarar al gran tesorero todo lo que poseen, y he dicho todo, incluido el más modesto objeto o el menor jirón de tela. Entonces, les impondremos tasas sobre su fortuna y quienes hayan mentido serán severamente castigados. Las brigadas de Khamudi procederán a frecuentes y profundas comprobaciones. Naturalmente, los miembros del clan dirigente no tendrán que pagar este impuesto.

Cada uno de los dignatarios contuvo un suspiro de alivio.

-No quiero que la palabra libertad vuelva a pronunciarse en mi Imperio -decretó Apofis-. Se promulgarán leyes para regir cualquier comportamiento social e individual y cada cual tendrá que adaptarse a ese nuevo código, cuyos garantes seréis vosotros. Exijo informes detallados sobre cualquiera que ejerza una responsabilidad, para estar informado de inmediato de si alguien carece de lealtad hacia mí. Mientras me obedezcáis ciegamente, vosotros, los altos funcionarios del Imperio hicso, seréis ricos y poderosos.

Un cananeo pidió la palabra.

-Majestad, ¿podemos aumentar los impuestos en todas las provincias?

-Es indispensable, en efecto. Los fijo a un veinte por ciento de todas las ganancias.

-Perdonadme, majestad…, ¿no es eso desmesurado?

-Llegaremos mucho más lejos, créeme. Y el pueblo pagará, so pena de represalia. Sabed también que todo navío deberá a palacio el diez por ciento de su carga: ese es el precio del derecho a circular por el Nilo y por nuestros canales.

A Khamudi se le hacía la boca agua.

-¿Alguna pregunta más?

-Sí, majestad -intervino un general sirio-. ¿Qué queda de la resistencia?

-Está casi aniquilada. Aún subsisten, ciertamente, algunos insensatos, pero ya se han tomado las medidas oportunas.

-¿Por qué no arrasamos Tebas?

-Tebas está bajo control -afirmó Apofis-. Me sirvo de ella como una trampa para atraer a los últimos resistentes y dejar un falso brillo de esperanza a los egipcios. El esclavo desesperado es menos productivo que el que cree en un porvenir, por lejano que esté. Añadiré que la inmigración masiva y las bodas forzosas modificarán profundamente la población. Dentro de unos decenios, la antigua civilización se habrá extinguido y Egipto será definitivamente hicso.

E

l sumo sacerdote de Karnak no conseguía dormir, de modo que decidió levantarse, salir de su casita construida a orillas del lago sagrado y pasear por los dominios del dios Amón.

¡Cómo le habría gustado que se hubieran iniciado unas grandes obras! ¡Cómo hubiera deseado ver que el templo crecía y se embellecía! Pero Tebas estaba exangüe, y no había ya faraón. Karnak se sumía en un sueño mortal.

La noche era espléndida.

El decimocuarto día de luna creciente, el ojo izquierdo de Horus, concluía; de nuevo, Set había intentado en vano hacerlo pedazos. Thot, el dios del conocimiento, había pescado el ojo con su red en el océano de energía para que brillara de nuevo e hiciese florecer los minerales y las plantas. ¿No era la luna reconstituida la imagen del vigor vivificante y el símbolo del Egipto feliz, dotado de la totalidad de sus provincias?

El sumo sacerdote se frotó los ojos.

Lo que estaba viendo solo podía ser un espejismo. Sin embargo, estaba completamente despierto y no sufría ningún trastorno ocular.

Para estar seguro de que no se engañaba, contempló aquella luna llena durante largos minutos.

Seguro ya, se dirigió hacia palacio tan rápidamente como se lo permitían sus viejas piernas.

-Perdonad que os arranque del sueño, intendente, pero es demasiado importante.

-No estaba durmiendo, sumo sacerdote.

-Hay que avisar a su majestad.

-Está muy fatigada -indicó Qans- y necesita reposo.

-¡Mirad la luna! ¡Miradla bien!

Desde una de las ventanas de palacio, Qaris descubrió el increíble espectáculo.

Trastornado, corrió hasta la alcoba de la reina y la despertó con cuidado.

-¿Qué ocurre, Qans?

-Un acontecimiento extraordinario, majestad. El sumo sacerdote y yo somos testigos de ello, pero solo vos decidiréis si nuestros ojos no nos engañan. Os bastará con observar la luna llena. A su vez, Teti la Pequeña contempló el mensaje del cielo.

-¡Ahotep! -murmuró estupefacta-. ¡Es el rostro de Ahotep! La reina y el intendente se reunieron con el sumo sacerdote.

-El oráculo se ha expresado, majestad; que la princesa lo vea también, y sabremos cómo interpretarlo.

-Risueño guarda sus aposentos -recordó Qaris-. No dejará entrar a nadie.

-Es demasiado importante… Correré el riesgo. Quedaos detrás de mí.

En cuanto el sumo sacerdote se acercó, el enorme perro abrió los ojos y levantó su pesada cabeza que reposaba en un confortable cojín.

-El cielo ha hablado; es preciso que tu dueña oiga su voz. Risueño emitió una especie de lamento, que la princesa reconoció de inmediato. Tras besar tiernamente a Seqen en la frente, vistió una túnica y abrió la puerta de la habitación.

-Sumo sacerdote…, ¿qué estáis haciendo aquí?

-Mirad la luna llena, princesa.

-Es espléndida. El ojo se ha llenado de nuevo, y el sol de la noche disipa las tinieblas.

-¿Nada más?

-¿No es eso un signo de esperanza que debe incitarnos a proseguir la lucha?

Aparecieron Teti la Pequeña y Qans.

-Mira bien -insistió la reina.

-Pero ¿qué debo ver?

-El oráculo se ha expresado -repitió el sacerdote- y ahora conocemos la voluntad del cielo. Vos debéis sacar las consecuencias.

-Me niego -declaró Ahotep-. Eres la reina legítima y debes seguir siéndolo.

-Somos tres los que hemos visto tu rostro en la luna llena -precisó Teti la Pequeña-, y tú no te has reconocido. El significado de una señal tan extraordinaria es indudable: tu papel consiste en encarnar en la tierra su poder regenerador. Ha llegado el momento de que me retire, Ahotep; me siento vieja y cansada. Solo una joven reina, dotada de la magia de esta función, puede devolver a Tebas el vigor que le falta.

-¡No tengo ganas de ocupar tu lugar, madre!

-No se trata en absoluto de eso. Lo invisible se ha manifestado; el sumo sacerdote ha autenticado el oráculo. ¿Acaso te rebelas contra la palabra del cielo, donde viven las almas de los faraones a los que veneras?

-Quiero consultarlo a la diosa Mut.

Ojo de la luz divina, portadora de la doble corona, esposa del Príncipe, alimentada por Maat, varón y hembra al mismo tiempo, Mut se apareció a Ahotep en el lugar del silencio.

Ahotep se atrevió a mirar la estatua, débilmente iluminada por un rayo de luz que pasaba por una pequeña abertura practicada en el techo de la capilla.

-Me permitiste tocar tu cetro y me has hecho probar tu poder. Gracias a ti, llevé a cabo mis primeros combates y me siento dispuesta a proseguir la lucha, sean cuales sean los peligros. Pero el sol nocturno exige todavía más: que me convierta en reina de Egipto. No deseo esa carga. Me parece demasiado pesada para mis hombros. Pero desafiar el oráculo y rechazar la voluntad de los dioses agravarían más aún el desamparo de Tebas, y los resistentes perderían toda esperanza. En este instante, estoy perdida y te necesito para trazar mi camino; de modo que responde a mi pregunta: ¿debo aceptar la decisión de la luna llena?

Los ojos de la estatua se enrojecieron; la sonrisa de la leona se acentuó.

Y la cabeza de granito se inclinó de arriba abajo, muy lentamente, por tres veces.

Desde la terraza de palacio, Teti la Pequeña y Ahotep contemplaban la orilla oeste de Tebas, donde el sol no tardaría ya en ponerse para afrontar la prueba de la muerte y preparar su resurrección. Levantada ya, la luna brillaba con insólito fulgor.

-¿Qué es una reina de Egipto, hija mía? La soberana de las Dos Tierras con su hermoso rostro, lleno de gracia, la del dulce amor que apacigua a la divinidad, la que posee el encanto, dispone de una voz amante cuando canta los ritos, la de las manos puras cuando maneja los sistros, la hechicera que llena el palacio con su perfume y su rocío, y no pronuncia palabras inútiles… Única capaz de ver a Horus y a Set apaciguados, conoce los secretos del eterno combate que libran en el cosmos los dos hermanos. Cada uno de ellos vive de oír a la reina, pues logra conciliar los contrarios y hacer que reinen Maat y Hathor, la rectitud y el amor.

-¡Son tareas imposibles, madre!

-Son, sin embargo, las que los sabios del tiempo de las pirámides confiaban a una reina de Egipto. Muchas de las que me precedieron consiguieron cumplirlas; yo he fracasado. Tú, que vas a sucederme, no las pierdas nunca de vista. Cuanto más se sube en la jerarquía, más grandes son los deberes; tú ocuparás la cima, y no tendrás ya reposo ni excusa.

Ahotep tuvo miedo, un miedo más intenso y profundo que todos los que había sentido hasta aquel instante. La princesa habría preferido encontrarse frente a varios soldados hicsos antes que frente a aquella frágil mujer, cuya grandeza acababa de advertir.

-La Casa de la Reina agoniza, hija mía. Tendrás que reconstruirla, rodearte de personas competentes y fieles, dirigir sin enfrentamientos, hacer próspero lo que toques. Lamento que el cielo sea tan implacable contigo, atribuyéndote una función tan pesada cuando nuestro país parece a punto de desaparecer. Eres nuestra última oportunidad, Ahotep.

De pronto, la espléndida morena tuvo ganas de volver a ser niña, de prolongar su adolescencia, de gozar de su belleza, de aprovechar los placeres de la existencia antes de que las mortíferas tinieblas cubrieran Tebas.

-Demasiado tarde -dijo la reina, que leía los pensamientos de su hija-. El oráculo ha hablado, has obtenido la conformidad de la diosa Mut y tu destino se ha grabado en la piedra de su estatua. Solo un acontecimiento podría impedir que se cumpliera.

-¿Cuál, madre?

-Que no sobrevivieras a tu iniciación.

C

uando la princesa Ahotep se acercó al lago sagrado de Karnak, miles de golondrinas danzaron en el cielo azul; entre ellas, las almas de los resucitados, llegadas del otro lado de la vida para celebrar la iniciación de una reina de Egipto.

La muchacha estaba tan concentrada que cada palabra ritual se grababa en su corazón, y el sumo sacerdote tan conmovido que farfullaba. Nunca habría supuesto que los dioses decidieran confiar a aquella pequeña salvaje una función tan peligrosa. Pero la profundidad de la mirada de Ahotep le demostró que no se habían equivocado.

-Haced la ofrenda, princesa.

Ahotep se arrodilló ante el Oriente donde el sol acababa de librar un victorioso combate en la isla de la llama. De sus labios brotó la antigua plegaria del alba, himno al milagro de la vida, que, una vez más, acababa de vencer a la muerte y al dragón de las tinieblas.

-Que la purificación se lleve a cabo.

Dos cantoras de Amón despojaron a Ahotep de su túnica blanca. Desnuda, bajó lentamente la escalera en la esquina del lago sagrado y penetró en las aguas apacibles, imagen terrenal del Nun celeste, el océano de energía donde nacían todas las formas de vida.

-El mal y la destrucción se alejan de ti -dijo un ritualista-. El agua divina te purifica; te conviertes en hija de la luz y las estrellas.

A Ahotep le hubiera gustado que el tiempo se detuviese. Se sentía protegida, al abrigo de cualquier peligro, en perfecta comunión con la fuerza invisible que la hacía renacer.

-Tus miembros han sido purificados en el campo de las ofrendas -prosiguió el ritualista-; ninguno de ellos se halla en estado de carencia o de falta. Tu ser se ha rejuvenecido, tu alma puede volar por el cielo. Ahora, tienes que penetrar en la sala de Maat y hacer que tu corazón sea reconocido como justo.

A regañadientes, la muchacha salió del lago sagrado. Cuando el sol hubo secado su piel, las cantoras de Amón le pusieron una túnica de antiguo lino, de inmaculada blancura.

Vacilando, Ahotep siguió al ritualista, que le abrió la puerta de una capilla. ¿Cómo podía estar segura de no haber violado nunca la ley de Maat?

En una pared, había la representación del dios Osiris, el ser supremo. Frente a la princesa, la reina llevaba en la mano derecha una pluma de avestruz de oro, símbolo de la justicia celestial.

Ahotep sintió que no se dirigía a su madre, sino a la representación terrenal de la diosa de la rectitud.

-Tú que me juzgas -declaró- conoces mi corazón. Nunca he intentado cometer el mal y solo tengo un deseo: liberar a Egipto y a su pueblo para que Maat sea de nuevo nuestro timón.

-¿Estás dispuesta, Ahotep, a enfrentarte con la injusticia, la violencia, el odio, la mentira y la ingratitud sin llenar con ellos el vaso de tu corazón?

-Lo estoy.

-¿Sabes que en el día del juicio tu corazón será pesado y que tendrá que ser tan leve como la pluma de un avestruz?

-Lo sé.

-Que la piedra de Maat sea el pilar sobre el que edifiques tu reino. Nútrete de Maat, vive de ella y con ella. Cielo y tierra no te rechazarán. Las divinidades moldearán tu ser. Ve hacia la luz, Ahotep.

Aunque los gestos rituales se llevaran a cabo con lentitud, la princesa tuvo la sensación de que los episodios de su iniciación se sucedían a una velocidad casi sofocante. Atravesó la matriz estelar, bajó a las profundidades donde el artesano divino, Ptah, moldeó sus miembros, subió a la barca de Osiris, vio a Ra en su amanecer y a Atum en su crepúsculo, bebió el agua de la inundación y la leche de la vaca celestial.

Cuando la hubieron revestido con el vestido de ceremonia tejido por la diosa Tayt, Ahotep fue perfumada y adornada con un gran collar y unos brazaletes.

-Has cruzado el espacio como el viento -advirtió el sumo sacerdote- y te has unido a la luz en el horizonte. Que Horus, el protector de la realeza, y Thot, el dueño del conocimiento, te den vida como reina.

Ahotep fue instada a mantenerse de pie en una mesa de ofrendas. Dos sacerdotes, el uno con máscara de halcón y el otro de ibis, elevaron unos jarrones sobre su cabeza.

Dos rayos salieron de ellos y bañaron a la muchacha con una claridad irreal.

Su corazón se dilató y su mirada alcanzó muy lejos, como la de una rapaz.

Unas sacerdotisas le cubrieron la cabeza con una toca de tejido que imitaba los despojos de un buitre, símbolo de la madre cósmica, sobre la que pusieron la corona tradicional de las reinas de Egipto, formada por dos altas plumas.

Teti la Pequeña le entregó el cetro floral de flexible mango, insignia del poder femenino.

Qaris había organizado un modesto banquete en un patio del templo, al abrigo de las miradas.

-Perdonadme la falta de brillo de esta ceremonia, majestad -le dijo a Ahotep-, pero vuestra coronación debe permanecer secreta el mayor tiempo posible. En palacio hay demasiados oídos curiosos. Si los hicsos supieran que Tebas ha elegido una reina joven para gobernarla, su reacción podría ser violenta.

-También yo deploro. esta coronación clandestina -insistió Teti la Pequeña-, pero estos en la resistencia y era indispensable que así fuera.

Portando un arco y cuatro flechas, el sumo sacerdote avanzó hacia Ahotep.

-Nos encontramos en un lugar de paz, majestad, pero nuestro país está sometido y solo vos representáis, en adelante, la esperanza de una liberación. Ofreciéndoos estas armas, os ruego que encarnéis a la diosa de la ciudad de Tebas, para que reemprenda, por fin, la lucha.

Ahotep nunca había manejado el gran arco. Sin embargo, la fe que la habitaba le permitió hallar espontáneamente los gestos adecuados. Y disparó la primera flecha al norte, la segunda al sur, la tercera al este y la cuarta al oeste.

-Que hayáis conquistado los cuatro puntos cardinales, majestad; ellos saben quiénes sois y lo que deseáis. Que el espacio atravesado por la luna, vuestra protectora, inspire vuestras acciones.

Sensibles a la gravedad del momento, los escasos invitados no sentían muchas ganas de probar los platos preparados por la cocinera del sumo sacerdote.

Acompañado por Risueño, Seqen fue autorizado a sentarse junto a su esposa. El perro, por su parte, hizo honor a los pichones asados y a la perca del Nilo.

-¿Nada anormal en palacio? -preguntó Teti la Pequeña.

-Todo está tranquilo. El rumor afirma que vuestra hija y vos suplicáis al dios Amón que proteja la ciudad del furor de los hicsos. El ayudante del sumo sacerdote llevó una jarra de vino.

-He aquí un buen caldo, que data del año precedente a la invasión -indicó-. Tiene aún el sabor de la libertad. Pero, antes de beberlo, me gustaría cantaros una antigua poesía, acompañándome con el arpa.

La voz se elevó casi quebrada, pero precisa en sus entonaciones:

Cuando una forma se encarna, está condenada a desaparecer. Los espíritus luminosos harán que tu nombre perviva y tendrás un hermoso lugar en el Occidente. Pero la corriente del río nunca se interrumpe y cada cual se va a su hora. Las tumbas de los nobles han desaparecido; sus muros se han derrumbado como si nunca hubieran existido. Que tengas un día feliz, reina de Egipto; alégrate de este momento, sigue a tu corazón mientras dure tu existencia, perfúmate, adorna tu cuello con guirnaldas de loto, olvida la tristeza mientras aquellos a quienes amas están sentados a tu lado. Recuerda esa felicidad hasta el momento en que abordes el país del silencio eterno.

Todos quedaron afligidos por el sombrío carácter de esas palabras, que privó de cualquier alegría los pobres festejos. El vino se escanció, sin embargo, en las copas, y Seqen esperó que el brebaje disipara la melancolía ambiental.

Risueño se irguió cuan alto era y, con un golpe de la pata, derramó la copa que Ahotep se llevaba a los labios. Luego, se volvió hacia el arpista, gruñendo.

Sin prestar atención al incidente, este bebió con ostentación. La joven reina se levantó.

-Has envenenado este vino, ¿no es cierto?

-Sí, majestad.

-¿Estás al servicio de los hicsos?

-No, majestad. Simplemente, considero insensata vuestra empresa, pues estoy convencido de que solo va a provocar desgracias y destrucciones. Por eso deseaba que muriéramos juntos, al finalizar este banquete, para evitar al país nuevos sufrimientos. Pero vuestro perro ha decidido otra cosa…

Los labios del arpista palidecieron , le faltó la respiración, sus ojos se volvieron fijos y su cabeza cayó hacia un lado.

Ahotep miró hacia el cielo.

-Observad la luna… Su nombre, ¡ah, es masculino porque el genio que la habita es el dios del combate. En adelante, el disco de plata en su barca será el signo de unión de los resistentes.

En la palma de la mano izquierda, la reina dibujó a la vez el comienzo de su nombre y su programa de reinado:

R

econocible por su toca en forma de seta, que le envolvía la puntiaguda cabeza y su rizada cabellera, al asiático Jannas no le disgustaba regresar a Avaris en su navío almirante. Nombrado jefe de la Marina de Guerra de los hicsos, mandaba con mano de hierro a los piratas anatolios, fenicios y chipriotas, cuya reputación de valor y crueldad no era infundada.

Quien conocía a Jannas por primera vez, no sentía el menor temor, muy al contrario. De estatura media, más bien flaco, con la palabra y el gesto lentos, daba la imagen de un hombre apacible, en quien podía confiarse.

Quienes habían creído en esa engañosa apariencia habían muerto. Dotado de una agresividad tanto más temible cuanto que no solo se expresaba en el combate, Jannas era considerado como el mayor héroe de los hicsos. Había triunfado en las cuatro esquinas del Imperio y había subido los peldaños de la jerarquía militar antes de ser puesto por Apofis a la cabeza de la flota, cuya constante mejoría era su obsesión. Conocía a cada marino, inspeccionaba personalmente cada barco, exigía cotidianas maniobras y no toleraba la menor relajación de la disciplina.

Convencido de que el Imperio seguiría creciendo porque se basaba en el ejército, el único valor que merecía ser predicado, Jannas se mostraba de una fidelidad absoluta para con Apofis. ¿Acaso este no había transformado la capital en un gigantesco cuartel donde era agradable vivir?

El almirante pocas veces descansaba, pues se desplazaba personalmente a la menor alarma, fuera cual fuese el lugar donde sus informadores le indicaban un intento de sedición, por mínimo que fuera. La aparición de la Marina de Guerra de los hicsos bastaba para extinguir el fuego, cada vez más vacilante, de las revueltas. Con la sumisión de Creta, Apofis había obtenido una victoria decisiva, preludio de otras conquistas, cuya punta de lanza sería Jannas. Durante una semana, salvo si se producía un incidente imprevisible, el almirante disfrutaría de la tranquilidad de su villa oficial y aprovecharía para que le dieran masajes. Pero pronto se aburriría y no dejaría de acudir diariamente al puerto.

-Almirante -le dijo un capitán chipriota cuando Jannas puso el pie en el muelle-, ocurre algo extraño.

-¿Dónde?

-En nuestro almacén abandonado. Gritos agudos, como si torturaran a unas mujeres… He puesto un cordón de seguridad y aguardamos vuestras órdenes.

«Algunos resistentes que habrán capturado a unos hicsos y les infligen sevicias», supuso Jannas, encantado con la idea de detenerlos personalmente y hacer que pagaran de inmediato el crimen.

Al acercarse al almacén, distinguió un olor a carne asada. -Derribad la puerta -ordenó el almirante.

Un solo golpe de diez marineros manejando una viga bastó. El espectáculo que Jannas descubrió lo dejó boquiabierto. Cuatro muchachas, desnudas y atadas, estaban tendidas en el suelo. Sentada en una caja, una mujer rubia y gorda soltaba esporádicas carcajadas mientras un hombre marcaba a sus víctimas con bronces enrojecidos al fuego, lo que le proporcionaba un evidente placer.

Y aquel hombre no era un cualquiera.

-¿Sois… el gran tesorero?

Khamudi no pareció turbado en absoluto.

-En persona. Y os presento a mi esposa, Yima.

La rubia movió la cabeza y sonrió al almirante como si intentara seducirle.

-Supongo que estaréis interrogando a unas sospechosas.

-¿Sospechosas? ¡En absoluto, almirante! Mi mujer y yo nos estamos divirtiendo con estas esclavas llegadas del campo. Mi intendente ha encontrado unos viejos marcadores de bronce, en forma de oca, el animal sagrado del dios Amón, o de cabeza de leona. He querido ver si seguían siendo eficaces y los imprimo en la piel de esas jóvenes idiotas. Gritan mucho, pero eso da más interés al juego.

-¿Está el emperador al corriente de estas prácticas?

-Haced salir a vuestros hombres.

Tras un ademán de Jannas, se esfumaron.

-Nuestro querido Apofis no ignora nada de lo que hago -advirtió, colérico, Khamudi.

-La tortura es indispensable para que hablen los resistentes -reconoció el almirante-, pero vos mismo habéis dicho que estas muchachas…

-Obtengo mi placer como quiero, Jannas. ¿Queda claro?

-Muy claro, gran tesorero.

-Os escandalice o no, me importa un comino. Sobre todo, no intentéis utilizar contra mí esta situación; os pillaríais los dedos. ¿Sigo siendo claro?

Jannas asintió con un movimiento de cabeza.

-Sigue divirtiéndote, querida -dijo Khamudi a su esposa-. Yo debo oír el informe del almirante.

Yima imprimió la marca en forma de cabeza de leona en las nalgas de la campesina más joven, cuyos aullidos desgarraron los tímpanos de Jannas.

-Vamos al muelle -propuso. Khamudi se vistió sin prisa.

-¿Qué ocurre con nuestra base emplazada en Palestina, almirante?

-La ciudad de Sharuhen está perfectamente fortificada. Situada en la desembocadura de los ríos y los ueds, controla la región, cuya sumisión al emperador es total. La guarnición está compuesta por soldados de élite y he hecho disponer un gran puerto para nuestros navíos de guerra, que ahora pueden intervenir en cualquier momento. Si me dais autorización, los astilleros navales que me dispongo a organizar construirán otros nuevos.

-La tenéis. ¿Son buenas vuestras relaciones con el jefe de la guarnición?

-Excelentes. Es un cananeo cuya competencia y fidelidad no pueden ponerse en duda.

-¿A quién habéis nombrado responsable de la flota local?

-A uno de mis lugartenientes, que no iniciará nada sin una orden formal por mi parte…, y por la vuestra, por tanto.

-¿Garantizáis la solidez de Sharuhen?

-La ciudad es uno de los pilares indestructibles del Imperio -aseguró Jannas.

-Pasemos a Menfis.

-Por lo que se refiere a la antigua capital de los faraones, me muestro mucho más reservado.

-¿Por qué razones?

-Sharuhen es una ciudad que nosotros moldeamos, y los cananeos son enemigos ancestrales de los egipcios. El caso de Menfis es muy distinto.

-¿Criticáis, acaso, las medidas que tomé?

-Claro que no, gran tesorero, puesto que son eficaces. La Administración funciona bien, la policía peina todos los barrios, el arsenal produce armas de primera calidad y la Marina controla los movimientos del más pequeño barco.

-¿Qué más se puede pedir?

-Lo que más me preocupa son los resultados obtenidos por nuestros informadores. No pasa día sin que detengamos a uno o varios rebeldes.

-¿Resistentes? -preguntó Khamudi.

-No, gente sencilla, pero que se niega a reconocer el hecho consumado y se atreve aún a protestar contra lo que denomina ocupación.

-¿Por qué se niegan a comprender esos imbéciles?

-Nada puede convencerlos de que su Egipto ha muerto y de que ahora son súbditos del faraón Apofis.

-Espero que los hagáis ejecutar.

-Las ejecuciones tienen lugar en público, y el ejército obliga a los menfitas a asistir ellas. Por desgracia, el fuego no se extingue.

Khamudi se tomó muy en serio el informe del almirante Jannas. Por haber hablado de ello en muchas ocasiones con el emperador, aquello no le extrañaba. La capacidad de resistencia de Menfis resultaba más vivaz de lo previsto y sería necesario, como había presentido, recurrir a un tipo de acción más radical.

-Esta situación es inadmisible, almirante. En su prudencia, el emperador había pensado que algunos egipcios serían lo bastante locos como para creer aún en su gloria pasada; de modo que volveréis de inmediato a Menfis con las siguientes instrucciones.

Al escuchar sus órdenes, Jannas no demostró emoción alguna. Sin embargo, lo que el gran tesorero exigía tenía un carácter monstruoso. Pero un hicso, y almirante por añadidura, no debía tomar en cuenta ese tipo de consideraciones.

Alegre, Khamudi regresó al almacén del que brotaban aún los aullidos. Estaba seguro de que su tierna Yima le había reservado un marcado al fuego, para que él mismo concluyera el trabajo.

Estoy encinta -declaró Ahotep.

-¡Ya! Pero ¿cómo puedes estar segura? -preguntó Teti la Pequeña-. Debes hacer las pruebas y…

-Las pruebas lo confirmarán: estoy encinta, y es un varón.

-Bien, bien… Tienes que comer carne roja y descansar mucho; tienes que…

-De acuerdo con lo de la carne roja, pero no con el descanso. Me espera un enorme trabajo, bien lo sabes, y mi hijo debe acostumbrarse al esfuerzo. Reconstituir la Casa de la Reina, como me pediste, no se presenta fácil… ¡Y menos, si debemos actuar en secreto!

-No seas tan exaltada, Ahotep; no …

-¿Soy o no soy la reina de Egipto?

Teti la Pequeña vio un brillo nuevo llameando en los ojos de su hija.

-Mi primera decisión consiste en reanudar la tradición de nuestros antepasados; en ejercer, pues, de lleno mi función, cumpliendo el primer deber que me incumbe.

La reina madre creyó haber entendido mal.

-¿No querrás decir, de todos modos, que…?

-Claro que sí: es exactamente lo que piensas.

Ante la plácida mirada de su asno, Seqen se entregaba a todos los ejercicios militares que, en pocas semanas, iban a convertirlo en un aceptable soldado.

Mediocre arquero a causa de un excesivo nerviosismo, que su instructor le enseñaba progresivamente a dominar, tenía, en cambio, un sentido innato del manejo del hacha ligera y de la maza. Muy ágil, esquivaba los ataques más retorcidos y sorprendía a sus adversarios por la celeridad de las respuestas.

La musculatura del flaco muchacho se desarrollaba a ojos vista. Levantar pesos, correr, nadar… Nada asustaba a Seqen, que disfrutaba cada vez más el divino momento en que Ahotep le untaba el cuerpo con un ungüento de mágicas virtudes. No solo hacía desaparecer cualquier rastro de fatiga, sino que, además, le devolvía el ardor necesario para lanzarse a nuevas justas amorosas, en las que no había vencedor ni vencido. Locamente enamorado de la joven reina, Seqen daba gracias a los dioses, cada mañana, por la felicidad que le ofrecían.

-¿Podrías fabricarme un arma exclusiva? -le preguntó a su instructor.

-Descríbemela.

-Una maza de cabeza oval, más larga que la media. En el mango se fijaría, sólidamente, la hoja de un cuchillo.

-Podrías romper cabezas y atravesar gargantas… No es una tontería. Te prepararé un modelo de madera y lo probarás con un campesino que quiere enrolarse en la milicia tebana. Sobre todo, no lo estropees demasiado. Los reclutas son cada vez más escasos.

El modelo complació a Seqen.

Frente a él, en el pequeño patio del cuartel, había un robusto mocetón de anchos hombros y frente baja.

-¡Salud, amigo! ¿Quieres aprender a combatir? -Eso es. ¿Eres tú el príncipe Seqen?

-Sí, yo soy.

-Parece que quieres combatir a los hicsos.

-¿Y tú no?

-No exactamente, príncipe.

El hombre blandió una corta espada.

-Durante el ejercicio -recordó Seqen-, debes utilizar una arma de madera.

-No es un ejercicio, príncipe, sino tu primer y último combate.

Seqen se volvió para pedir ayuda a su instructor, pero este había desaparecido.

Huir exigía escalar un muro. Seqen no tendría tiempo de hacerlo.

-¿Tienes miedo, príncipe? Es normal… No resulta divertido morir tan joven.

El asesino se acercaba lentamente. Seqen retrocedía.

-¿Quién eres?

-Un buen soldado, al que han pagado para que te elimine.

-Si me dices el nombre del que te paga y me respetas, te haré rico.

-Los hicsos no me darían tiempo para gozar de esa fortuna…, ¡que tú eres incapaz de ofrecerme! Deberías haber seguido siendo un campesino, príncipe, y no mezclarte en lo que no te concernía.

Seqen dejó de retroceder.

-Arrodíllate ante tu superior, soldado. El agresor quedó pasmado.

-¿Has perdido la cabeza, príncipe?

-Puesto que perteneces al ejército tebano, del que tomo el mando, me debes respeto y obediencia. Aceptaré olvidar esta insumisión, siempre que me entregues el arma de inmediato.

-¡Te clavaré esta espada en el vientre! El agresor se lanzó y Seqen lo esquivó.

De paso, le golpeó la nuca con la maza de madera. Apenas el soldado se había vuelto cuando el muchacho, rabioso, le rompió la nariz de un preciso puñetazo antes de degollarlo con el cuchillo fijado en el mango.

-Deberías haber escuchado a tu príncipe, inútil.

Más rápido que el fugitivo Seqen había conseguido alcanzar al instructor, cuya pista le había sido indicada por unos ociosos, sorprendidos al ver a un hombre que salía a toda prisa del cuartel. De un mandoble, le había atravesado el muslo, clavándolo así en el suelo.

Ante el furor de quien le amenazaba con matarlo, el instructor habló sin cesar: sí, había pagado a un soldado para acabar con él; no, no era un agente de los hicsos, sino de varios nobles tebanos que predicaban la colaboración con el ocupante y se encargaban de ahogar enseguida cualquier veleidad de resistencia. Con la conformidad de la reina, el propio Seqen detuvo a aquellos traidores, que una escuadra de soldados fieles a la familia real llevó al desierto del Oeste, al anochecer. Sin armas y sin provisiones, los miserables iban a ser una presa ideal para los monstruos ávidos de sangre que poblaban aquellos temibles parajes.

-¡Tu segunda victoria! -dijo Ahotep-. Y estabas solo…

-Tebas está gangrenada. Antes de emprender cualquier acción, es preciso estar seguros de nuestro entorno y de quiénes quieren combatir a nuestro lado.

-Esa será, en efecto, nuestra segunda decisión.

-¿Y… la primera?

-Vayamos al templo.

-¿Al templo? Quieres explicarme…

-No es ya hora de explicaciones. Intrigado, Seqen siguió a la reina hasta Karnak.

En la capilla de Mut, solo estaban presentes Teti la Pequeña y el sumo sacerdote de Amón. Una lámpara iluminaba el santuario.

-Como soberana de las Dos Tierras -declaró Ahotep-, veo a Horus y Set reunidos en el mismo ser. Para que la reconciliación se culmine, es preciso que este ser se encarne en la persona del faraón. Por eso, te reconozco como tal, a ti, Segen-en-Ra, «el valeroso de la luz divina». Tu segundo nombre será «el gran pan», sinónimo de «la gran tierra», para que nos proporciones lo uno y lo otro. Te conviertes, a la vez, en «el de la abeja», que conoce los misterios del fuego y del aire, y en «el de la caña», que conoce los del agua y de la tierra.

Ahotep coronó a su esposo con el tocado-nemes, uno de los más antiguos atavíos reales que permitía al pensamiento del faraón atravesar el cielo y realizar la unión entre la vida y la muerte, entre la luz del día y de la noche, entre Ra y Osiris.

Seqen estaba tan atónito que ninguna protesta cruzó la barrera de sus labios. Estaba claro que no era él quien se hallaba en aquella capilla, y muy pronto iba a salir de aquel sueño increíble.

-Esta ceremonia se ha reducido al mínimo, y tu coronación permanecerá secreta tanto tiempo como sea necesario; pero eso no modifica la magnitud de tu función, rey del Alto y el Bajo Egipto. Sé a la vez el arquitecto, el legislador, el guerrero y el que hace fértil la tierra. Distribuye el fuego creador, gracias al que vivimos, y el fuego destructor contra nuestros enemigos. Sé el dique y la muralla protectora; la sala fresca en verano, cálida en invierno. Haz que reine Maat; rechaza la injusticia y la tiranía.

El sumo sacerdote desenrolló el papiro, que, de acuerdo con los escritos del dios Thot, anunciaba un nuevo reinado.

Teti la Pequeña y Ahotep magnetizaron al joven faraón, pronunciando las fórmulas mágicas que le insuflaban la energía indispensable para llevar a cabo el programa de gobierno contenido en el nombre de Seqen: valor y capacidad de vencer.

-El faraón ha resucitado -declaró Teti la Pequeña-, pero el secreto debe seguir bien guardado hasta que Tebas vuelva a ser segura.

-Todo ha cambiado -advirtió el gran sacerdote, conmovido hasta las lágrimas-. Todo ha cambiado, puesto que Egipto dispone otra vez de una pareja real. Ella nos dará la fuerza para levantar, por fin, la cabeza.

C

iertamente no Era para presumir, pero los resultados de las últimas semanas devolvían la moral a los más despechados. En Avaris, ningún resistente había sido detenido. Quienes permanecían en la capital para obtener informaciones debían transmitirlas con infinita precaución, pero la red de comunicaciones puesta en marcha por el Bigotudo, más desconfiado que un felino, funcionaba bien. Eliminados los elementos sospechosos, las consignas y los códigos cambiaban con frecuencia.

En Menfis, las perspectivas mejoraban. Tras haber sido identificados varios delatores hicsos, las pequeñas células de resistencia resultaban, por fin, impenetrables. Carecían de armas, de estrategia y de jefe, pero hablaban de porvenir y se convencían de que la libertad no estaba del todo muerta.

El afgano seguía aplicando su método: privar al emperador del mayor número de ojos y oídos. En cuanto un informador hicso era descubierto, el resistente organizaba una emboscada con dos o tres camaradas y extirpaba el chancro. Prudente, se tomaba el tiempo necesario y no vacilaba en modificar una operación en caso de duda, aunque fuera mínima; meticuloso, no dejaba tras él huella alguna. Impaciente al principio, el Bigotudo había acabado reconociendo la eficacia de aquel trabajo de hormigas. Gracias a los progresos realizados, había sido posible que la cabeza de la organización se instalase en plena ciudad, junto al gran templo de Ptah. El afgano, el Bigotudo y sus lugartenientes vivían en una vieja casa de dos pisos, rodeada por talleres de carpinteros.

Cuando la policía de los hicsos inspeccionaba el barrio, los resistentes eran avisados enseguida por un centinela, instalado en la terraza de la casa, en la esquina de la calleja, o por un anciano, sentado enfrente, que levantaba su bastón. Como última medida de seguridad, había un perro que ladraba de un modo especial. A pesar de la vigilancia, la resistencia conseguía tejer su telaraña. Cada vez más oprimida, la población de Menfis odiaba a los hicsos. La mayoría tenía demasiado miedo como para rebelarse, pero cada cual estaba dispuesto a ayudar a quienes se habían decidido a reconquistar la libertad. Tanto entre los viejos como entre los jóvenes se manifestaba algún interés; pero ¿cuántos eran los realmente implicados?

-Un sacerdote de Ptah desea vernos -dijo el Bigotudo.

-¿Quién le recomienda?

-Un panadero del templo, un contacto muy seguro.

-¿Has hecho seguir al sacerdote?

-Por supuesto.

-Que el panadero le cite en la primera calleja al norte del templo. Yo iré a verle; tú te ocultarás con dos de nuestros hombres. Al menor incidente, mata al sacerdote. Si los hicsos son demasiado numerosos, lárgate.

-No voy a abandonarte.

-Si es una emboscada, tendrás que hacerlo.

Aunque no advirtió nada anormal, el afgano seguía ojo avizor. Regresó sobre sus pasos, hizo ademán de alejarse y luego volvió hacia el hombre que estaba sentado en un taburete, con los ojos cerrados.

-¿Eres tú el sacerdote?

-Tres son todos los dioses. ¿Conoces el desierto?

-Solo me gusta la tierra negra.

Las fórmulas de identificación se habían dicho correctamente. El afgano se sentó a la izquierda del egipcio, que le ofreció unas cebollas.

-¿Qué quieres proponernos, sacerdote?

-El levantamiento del barrio norte de Menfis y de la mayoría de los descargadores del puerto. Penetraremos en el arsenal, tomaremos gran cantidad de armas y nos apoderaremos, luego, de varios barcos hicsos.

-Es muy peligroso… Aun en caso de éxito, será un baño de sangre.

-Soy consciente de ello.

-¿Quién mandará?

-El sumo sacerdote de Ptah en persona. Necesita tu organización para eliminar a los centinelas hicsos que vigilan el arsenal y provocar disturbios en el barrio sur. La policía se desplazará en masa hacia allí mientras nosotros atacamos el puerto.

-Corremos el riesgo de ser exterminados.

-De todos modos, lo seremos un día u otro… Aunque solo tengamos una oportunidad sobre mil de recuperar Menfis, vale la pena intentarlo.

-Tienes razón, sacerdote. ¿Fecha de la operación?

-Dentro de tres días, al anochecer.

-Esta misma noche reuniré a los principales miembros de la organización. Volveremos a vernos aquí, mañana al amanecer, y te daré detalles de nuestro plan.

En la casa de los resistentes, la noche había sido larga y entusiasta. Pese a las advertencias del afgano y el Bigotudo, sus camaradas estaban impacientes por vérselas con los hicsos e infligirles una humillante derrota. La decisión del sumo sacerdote de Ptah era de capital importancia: los demás servidores de los dioses le imitarían y la revuelta se extendería, muy pronto, por todo el país.

Intentando mantener la cabeza fría, el Bigotudo había puesto a punto minuciosamente las maniobras de distracción y de eliminación de los centinelas. Había tenido que calmar a algunos exaltados, que ya se veían derribando al propio Apofis. Todos habían acabado aceptando las órdenes estrictas y se habían dispersado con la esperanza en el corazón.

-Vayamos a tomar el aire en la terraza -propuso el afgano. El Este se enrojecía; algunas nubes retrasaban el nuevo triunfo del sol resucitado.

-El centinela de la esquina no está en su puesto -advirtió el afgano.

El Bigotudo se asomó.

-Tampoco el viejo… Se han ido a dormir.

-¿Los dos juntos? ¡Va contra las consignas de seguridad! Unos ladridos turbaron el silencio.

Les sucedieron, de inmediato, los gemidos de dolor de un perro golpeado hasta morir.

-Han matado al perro y a los centinelas… Larguémonos de aquí, Bigotudo. ¡Nos han vendido! No, no por la calleja… Solo nos quedan los tejados.

El almirante Jannas había decidido atacar al alba, cuando los sacerdotes celebraban los primeros ritos invocando a un faraón al que no asimilaban con Apofis. Puesto que el clero se sumía en esa disidencia espiritual y proporcionaba ayuda material a los terroristas, la mejor solución consistía en quebrantarlo por completo.

Jannas consideraba que algunos arrestos y el cierre de los templos bastarían, pero Khamudi, portavoz del emperador, había exigido mucho más: la ejecución de los religiosos y la destrucción de los edificios sagrados de la vieja capital.

Sin comprender por qué, la orden había escandalizado al almirante. Sin embargo, él, un guerrero hicso, estaba acostumbrado a sembrar el terror y la desolación. Tal vez unas victorias demasiado fáciles y la acomodada vida egipcia lo habían ablandado. Tampoco debería haberse extrañado ante el comportamiento de Khamudi con las esclavas.

Meter en vereda a la orgullosa Menfis disiparía esas vacilaciones.

-Almirante, ¿cómo distinguir a los sumos sacerdotes de sus subordinados? -le preguntó un oficial.

-No se distinguen. Matad a todos los que encontréis en los templos y quemad sus cadáveres.

-¿Está autorizado el pillaje?

-Por supuesto. No quiero que quede en pie ninguno de los templos de Menfis.

-¿Y… las mujeres?

-Que los soldados las utilicen. Cuando se ponga el sol, que todos los oficiales informen.

Sudoroso, al Bigotudo le costaba recuperar el aliento. Descubiertos por unos policías hicsos, el afgano y el egipcio habían tenido que saltar de tejado en tejado, a riesgo de romperse la cabeza. Una flecha había rozado, incluso, la sien del Bigotudo, pero los dos resistentes se habían mostrado más ágiles que sus perseguidores y habían conseguido despistarlos.

-¡Allí, afgano, mira allí! ¡Unas llamas, unas llamas gigantescas!

-Es el gran templo de Ptah que arde. El egipcio sollozó.

-El gran templo de Ptah… ¡No es posible! ¡No se habrán atrevido!

-Muchos egipcios van a morir hoy, y Menfis quedará aniquilada. Tenemos que encontrar otra base después de recuperar a los que hayan podido escapar de la matanza.

-Faltaban tres días… ¿Cómo ha sabido ese demonio de Apofis que era preciso lanzar ese ataque preventivo?

-Precisamente, porque es un demonio.

-Entonces, es inútil proseguir.

-Incluso los demonios tienen sus debilidades, amigo. En mis montañas, estamos acostumbrados a combatirlos. Créeme, no siempre salen vencedores.

B

ien protegidos del sol en un quiosco cuyo techo era sostenido por dos columnas en forma de loto, el faraón Apofis y el gran tesorero Khamudi degustaban unos platos preparados por el cocinero personal del emperador, un egipcio obligado a probar en su presencia cada uno de los manjares. Apofis había exigido antílope en salsa con lentejas y garbanzos.

Tres esclavos manejaban unos abanicos compuestos por un mango de acacia y plumas de avestruz, para que el soberano y su huésped no fueran molestados por el calor ni por las moscas.

-Este vino tinto es excelente -dijo Apofis, que espolvoreaba la comida con comino para digerirla bien.

Khamudi, en cambio, prefería el enebro, estimulante, laxante y diurético.

-Esta jarra procede de la bodega del sumo sacerdote de Ptah, majestad; sus caldos están ahora en la vuestra.

-Una expedición satisfactoria, según creo.

-¡Un éxito total! -afirmó Khamudi-. Menfis está definitivamente de rodillas. Los templos han sido incendiados y desmantelados, y los sacerdotes y sus cómplices, ejecutados. Todos saben ya que el castigo cae sobre los rebeldes.

-El almirante Jannas ha hecho un buen trabajo. Haz que transporten los bloques de los templos a Avaris; nos servirán para construir muelles. Quiero que Menfis sea una ciudad muerta y que su actividad económica se transfiera a mi capital.

El cocinero sirvió el postre, una compota de dátiles con miel.

-Pruébalo -ordenó el emperador.

El egipcio pareció encontrarse mal.

-¿Está ácido el puré? -ironizó Apofis.

-En absoluto, señor… He dormido mal y estoy cansado. El puré es excelente; os lo aseguro.

El cocinero recuperaba los colores.

-El emperador no debe correr riesgo alguno. Haz que ejecuten a este inútil, Khamudi, y sustitúyelo.

Tras una señal del gran tesorero, unos piratas chipriotas se llevaron al infeliz, indiferentes a sus protestas.

-Qué llorones son esos egipcios -comentó el emperador-. Por eso son incapaces de combatir. ¿Dónde está nuestro nuevo Ministerio de Información?

Khamudi se pasó la mano por su pelo negro, engrasado con aceite de ricino y de monnga.

-He avanzado mucho, majestad. Los medios de correspondencia clásica están, obviamente, bajo control, pero he inventado otro que va a gustaros. Antes de describirlo, permitidme que os haga este presente.

Khamudi ofreció a Apofis un magnífico escarabeo de amatista, montado en un anillo de oro. El emperador se lo puso en el dedo meñique de la mano izquierda.

-Hermosa pieza… Explícate.

-Para los egipcios, este escarabeo es un símbolo de felicidad. Encarna las incesantes metamorfosis, tanto en la tierra como en el más allá. Es también un jeroglífico que significa «nacer, devenir, transformarse». Y el que vos lleváis pertenecía a un ilustre faraón, cuya gloria, sin embargo, es solo ilusión comparada con la vuestra. Gracias a esta joya, os afirmáis como el soberano que proporciona la felicidad a sus súbditos. Solo con ver este símbolo, muchos notables egipcios estarán convencidos de que encarnáis el porvenir. Y he aquí, pues, mi idea: produzcamos miles de escarabeos y reutilicemos los antiguos como soporte para nuestros mensajes oficiales.

De una bolsa, Khamudi sacó cinco escarabeos de distintos tamaños. Estaban fabricados con materiales diversos, desde la piedra calcárea hasta la loza.

-En la parte plana -prosiguió el gran tesorero-, mis escribas inscribirán los textos que yo les dicte. Fáciles de transportar, estos pequeños objetos inundarán muy pronto el Imperio con las informaciones que queramos dar. Y los egipcios considerarán los mensajes de los escarabeos como signos de felicidad.

-Brillante, Khamudi, muy brillante… Pero quiero leer todos esos mensajes. Ninguno se emitirá sin mi explícito acuerdo.

-Así lo pensaba, majestad.

-La propaganda es una arma tan decisiva como un carro de guerra, amigo. Con este, se matan cuerpos; con aquella, almas. Haz que sustituyan a los que manejan los abanicos… Esos holgazanes se fatigan, me falta el aire.

Felices por haber salvado la vida, los esclavos cedieron su lugar a un nuevo equipo.

Apofis acarició su cantimplora, en la que había dibujado un mapa de Egipto.

-Pese a la destrucción de los templos de Menfis, siguen existiendo pequeños grupos de resistentes, tanto más peligrosos cuanto que son muy móviles. Caídos en la desesperación, podrían cometer actos terroristas que me irritarían en grado sumo. Como esos individuos no van a rendirse y son muy difíciles de identificar, hay que obligarlos a salir de sus madrigueras y a agruparse.

-¿De qué modo, majestad?

-Desinformándolos, Khamudi. Les haremos creer que Tebas representa una esperanza real y que deben dirigirse cuanto antes a la ciudad del dios Amón. Redactarás, pues, una carta en este sentido y la entregarás a un correo especial, que irá de taberna en taberna proclamando, presa de la embriaguez, que lleva un mensaje muy importante a la fortaleza de Gebelein.

-¿Por qué región comenzamos?

Apofis miró con intensidad la cantimplora.

-Por el sur de Menfis. ¡Allí se ocultan! Y un poco más abajo, a la altura de la vieja ciudad de Heracleópolis, los soldados de élite aguardarán a los resistentes que se dirijan a Tebas. presiento que entre ellos hay algunos que son peligrosos.

Khamudi se extrañó.

-¡Nadie es ya capaz de vencernos!

-Debes saber que un individuo se muestra a veces más temible que un ejército. Ese hombre tiene que ser suprimido enseguida.

Seqen había quedado tan impresionado durante la coronación, a la que debía sumarse el anuncio de su futura paternidad, que Ahotep le había concedido algunas horas de descanso en la campiña tebana. Bajo la protección de Risueño, ambos jóvenes se habían permitido un largo paseo por los campos hasta alcanzar un canal rodeado de grandes sauces.

-No tenías que hacerlo, Ahotep, no tenías…

-¡Claro que sí! ¿Cómo iba a pasarme la vida con un mediocre? El primer deber de una reina es dar nacimiento a un faraón. Lo he hecho, pues. Y será el padre de mi hijo.

-Pero bien sabes que…

-Si no fueras capaz de asumir estas responsabilidades, habría renunciado. ¡Pero lo eres, Seqen! Necesitas, es cierto, algún tiempo para desarrollar todas tus capacidades de acción, y no vamos a quemar etapas; bueno, no demasiadas.

Ella le besó con pasión y su deseo se inflamó.

-Tendámonos a la sombra de los sauces -propuso.

Aquel rincón tranquilo era un pequeño paraíso, propicio a los juegos del amor. Seqen se quitó el taparrabos y se tendió en la ribera. El improvisado lecho complació a la muchacha, que recibió con delicia el cuerpo de un amante feliz. Como ella, Seqen era un ser entusiasta que ignoraba la tibieza. Y aquel ser poseía las cualidades de un rey.

-¿Y si pescaras? -propuso ella.

Seqen confeccionó una rudimentaria caña de pescar con un tallo leñoso y utilizó una gorda lombriz como cebo.

-Según mi madre, el último hombre fuerte de Tebas es el ministro de Agricultura. Descendiente de una vieja y rica familia, tiene numerosas tierras y un solo ideal: preservar su fortuna. Por eso, ordena a los campesinos que no se enrolen en el ejército y sigan trabajando para él. Mi madre ha intentado convencerlo en varias ocasiones de que ese inmovilismo condenaba a Tebas a desaparecer, y también a él. Pero no cree ni una palabra y mantiene su posición. Como todos los nobles le escuchan, nada cambia y nos comportamos como fieles súbditos del emperador.

-¿Qué piensas hacer, Ahotep?

-O me obedece, o le destituyo de sus funciones.

-El tipo es tan pretencioso como tozudo, según parece… ¡Nunca se someterá a una mujer!

-Es indispensable acabar con este obstáculo. Mientras ese ministro siga en su puesto, seremos impotentes.

Risueño parecía profundamente dormido, con la cabeza apoyada en las patas cruzadas; en un instante, sin embargo, movilizó todas sus energías y saltó sobre Seqen.

A causa del impacto, el muchacho fue arrojado lejos del lugar donde estaba un segundo antes. Y sobre el vacío se cerraron las fauces de un cocodrilo, que, sin la intervención del perro, habría destrozado las piernas del rey.

Despechado, el cocodrilo pensó en atacar, pero los ladridos del perro y las piedras que le arrojó Ahotep lo disuadieron de ello.

-Habías pescado el mayor de los peces -advirtió Ahotep. -Los encargados de los canales no hacen ya su trabajo -se lamentó Seqen-. Antaño, ningún cocodrilo podría haberse aventurado por aquí.

-Hay algo más grave, mucho más grave… La agresión de ese monstruo prueba que ha caído sobre nosotros el mal de ojo. Debemos conjurarlo sin tardanza.

T

ienes razón, Ahotep -afirmó Teti la Pequeña-. El mal de ojo ha caído sobre nosotros y, especialmente, sobre nuestro nuevo rey.

-¿Cómo librarle de él?

-Es preciso que ambos poseáis el heka, ese poder mágico que desvía los efectos perniciosos de los acontecimientos. Sin él, ningún éxito es posible. El mal de ojo os impide el acceso… Afortunadamente, el modo en que se ha manifestado revela su origen. El sauce es el árbol sagrado del templo de Dendera. Sin duda, ha sufrido graves daños, de los que los dioses hacen responsable al faraón.

-Reparémoslos -decidió la reina.

-¡Dendera está en zona ocupada, Ahotep!

-Una pareja de campesinos y su asno no despertarán la desconfianza de los hicsos.

¡La pareja real, sin defensa, por los caminos controlados por el ocupante! Era una locura a la que Teti la Pequeña no tenía poder para oponerse.

Al acercarse a la aduana de Coptos, Viento del Norte no redujo su paso. Aquello significaba que los aduaneros no crearían dificultad alguna a los viajeros.

De hecho, apáticos bajo el sol de mediodía, se limitaron a inspeccionar con rapidez los sacos que llevaba el asno y tomar dos pares de sandalias nuevas como pago del peaje.

Construido en tiempos de las pirámides y perdido en una alejada campiña, el templo de Dendera estaba dedicado a la diosa Hathor. El abandono de los jardines que precedían el edificio demostraba que no había ya sacerdotes ni empleados suficientes para cuidarlo correctamente.

Viento del Norte se quedó inmóvil y olisqueó largo rato la atmósfera. Apaciguado, se puso de nuevo en marcha.

-No hay hicsos por los alrededores -concluyó Ahotep. Una mujer de edad salió al atrio.

-Soy la gran sacerdotisa de este templo -declaró-. Hoy es demasiado pobre para acoger y nutrir a los viajeros. Os ruego, pues, que prosigáis vuestro camino.

-No pedimos nada -respondió Ahotep-. Venimos a ver el sauce.

-Nuestro árbol sagrado está muriéndose, como el país entero. Ni vosotros ni yo podemos remediarlo.

-No opino así, gran sacerdotisa.

-Pero ¿quién sois vos?

-Ahotep, soberana de las Dos Tierras.

-¿Ha muerto, acaso, Teti la Pequeña?

-Mi madre está viva, pero me legó el poder.

-El poder, majestad… ¿Qué poder?

-Tal vez el de regenerar el sauce de Dendera.

-¡Es imposible, ay! Ni siquiera podréis acercaros.

-Insisto, gran sacerdotisa.

Con paso cansado, la anciana condujo a los dos visitantes hasta la parte trasera del templo.

En medio de un estanque, un gran sauce de hojas marchitas estaba tan inclinado que no tardaría ya en derrumbarse. Cuando Ahotep pasaba por encima del murete para ver de más cerca el árbol, el agua comenzó a hervir y las fauces de un cocodrilo amenazaron a la intrusa, que se batió en retirada.

-Nuestro genio protector se ha vuelto contra nosotros -reveló la gran sacerdotisa-. Cuando el sauce caiga, el mal de, ojo habrá triunfado.

-Lo enderezaré -dijo Seqen, movido por una imperiosa fuerza.

-No arriesguéis vuestra vida -recomendó la gran sacerdotisa.

-¿Conocéis aún las fórmulas de la erección del sauce? -le preguntó Ahotep.

-Sí; pero se trata de un rito real, que no se ha practicado desde hace mucho tiempo.

-Recitadlas. Yo magnetizo a Seqen.

Ahotep adoptó la postura de las diosas, cuyas manos emitían ondas vivificantes para sus protegidos, mientras la gran sacerdotisa hacía vibrar los sones de los antiguos textos. Celebraban el momento en que, por efecto del sol en su cenit, el árbol sagrado se erigía hacia el cielo en toda su altura.

Rechazando el miedo, Seqen penetró en el estanque. Si el cocodrilo lo atacaba, Ahotep acudiría en su ayuda. Pero el reptil, retrocedió. Furiosa, su cola azotó el agua; luego, los sobresaltos se calmaron y Seqen llegó al pie del árbol. Se inclinó, hundió una mano y sacó del estanque un pequeño cocodrilo de madera.

-¡He aquí el monstruo dominado!

-¡Mirad el árbol! -exclamó la gran sacerdotisa.

El sauce se levantó lentamente y las hojas se volvieron para ofrecer a la luz las caras interiores, de un hermoso color plateado. -El mal de ojo ha sido vencido -advirtió Ahotep.

-¿Cómo es posible? -se extrañó la gran sacerdotisa-. ¡Solo un faraón legítimo puede llevar a cabo esta hazaña!

Silenciosos y recogidos, Ahotep y Seqen la contemplaron.

-Vos, la reina de Egipto… Y vos, su esposo, el rey… Es cierto, ¿verdad? ¡Pero no lleváis escolta ni servidores, y parecéis dos campesinos!

-De lo contrario sería imposible desplazarnos por zona ocupada -dijo Ahotep-. Puesto que el maleficio se ha roto, dadnos el heka.

-Debéis dirigiros a Heliópolis para obtener el más poderoso.

-Esa ciudad santa está muy cerca de la capital de los hicsos -objetó Ahotep-. Seríamos detenidos antes de llegar. -Entonces, majestad, el heka de la diosa Hathor tendrá que bastaros. Debido al mal de ojo y a la debilidad del sauce, esa energía ni siquiera llega ya al templo. Esperemos que el enderezamiento del árbol haya restablecido la armonía.

La pareja siguió a la gran sacerdotisa hacia el interior del santuario, hasta la capilla del oriente, que albergaba una naos de granito rosa. En cuanto abrió las puertas, una suave luz brotó de la estatua de oro de la vaca Hathor.

-Dejad que el heka os bañe -aconsejó la gran sacerdotisa-. Es el poder de la luz que el Principio creó cuando puso en orden el universo. Gracias a esta fuerza, llevaréis a cabo acciones útiles y detendréis los ataques del destino.

Dándose la mano, Ahotep y Seqen olvidaron el tiempo y vivieron el amor de la diosa.

El afgano, el Bigotudo y una decena de resistentes comían pescado seco y pan duro en su madriguera campesina, al sur de Menfis. No había sido detectado ningún movimiento del ejército hicso desde la devastadora expedición del almirante Jannas.

-Un centinela anuncia la llegada de un amigo -dijo el Bigotudo.

Todos tomaron las armas.

-Es el hijo del posadero. El mozo estaba algo alegre.

-Hay un individuo extraño que bebe cerveza en casa -declaró-. Afirma ser correo y estar al cargo de un despacho especial.

-Nos encargaremos de él, muchacho.

Los resistentes aguardaron a que el correo saliera de la posada y se alejara lo bastante como para averiguar si gozaba de una protección a distancia.

El mensajero parecía estar solo.

Cuando tomaba un camino que conducía a la aldea próxima, el Bigotudo se lanzó sobré él y lo dejó sin sentido de un solo puñetazo.

Le registraron con rapidez.

-¡Una carta, sellada, de Avaris!

El egipcio rompió el sello y desenrolló el papiro. -Apasionante -afirmó el Bigotudo-, un mensaje de Khamudi para el comandante de la fortaleza de Gebelein. Dice que Tebas sigue libre y que está congregando a los rebeldes. ¡Fabuloso! Ahora sabemos lo que tenemos que hacer. Reunamos a los resistentes y vayamos a la ciudad de Amón. Juntos seremos más fuertes!

-No nos moveremos de aquí -decretó el afgano.

-Pero… ¿no me has oído?

-Muy al contrario, y con la mayor atención.

-¿Por qué vacilar, pues?

-Porque es una trampa. ¿No te sorprende que un correo hicso viaje solo, llame la atención en una taberna y no goce de protección militar alguna?

-Visto de ese modo…

-No tenemos noticia alguna de Tebas, que, probablemente, ha sufrido la misma suerte que Menfis. El emperador quiere atraernos allí para eliminar a los últimos resistentes, que caerán en una emboscada en el camino que lleva a la ciudad de Amón. Rabioso, el Bigotudo desgarró el papiro en mil pedazos.

E

1 médico examinó el color de los ojos de Ahotep, luego su piel y, por fin, se aseguró de que los conductos de su pecho estuvieran firmes y no flojos.

-El embarazo va de maravilla -concluyó-, y el parto no se adelantará ni se retrasará. Sobre todo, que sigan dándoos masajes diariamente.

-¿Y… el resultado de las pruebas? -preguntó la reina.

-Vuestra orina ha hecho germinar la cebada antes que el trigo, y el trigo antes que la espelta. No hay duda, pues: tendréis un varón.

Ahotep salió de la habitación para arrojarse en los brazos de Seqen.

-Un hijo… ¡Un hijo que combatirá a tu lado!

-Yo hubiera preferido una chica tan hermosa como su madre.

-Decidí que tuviéramos dos hijos, recuérdalo; de momento, Tebas necesita guerreros y jefes. Vuelve al cuartel; yo iré al mercado.

-¿No deberías descansar más, Ahotep? Tu estado…

-Yo soy quien hace niño, y será vigoroso, créeme. Ve enseguida a entrenar a nuestros hombres.

En el mercado de Tebas, que parecía el de un pueblo de provincias, las alegres discusiones habían desaparecido desde hacía tiempo. Seguían regateándose los precios por costumbre, pero preocupaban sobre todo los rumores que anunciaban un ataque de los hicsos. Algunos afirmaban que Menfis había sido arrasada y que la misma suerte correría muy pronto la ciudad de Amón.

Solo algunos vendedores de sacos de trigo y de hortalizas mostraban una sonrisa satisfecha. Disponían de abundante mercancía y, antes o después, la clientela compraría sus productos, los más caros del mercado.

Los pesaban contraponiendo una serie de pesas calcáreas, en forma de tronco cónico, que iban desde unos cincuenta gramos a varios kilos.

Sintiéndose observado por Ahotep, uno de ellos, de rostro rubicundo, acabó interpelándola.

-¡Acércate, muchacha! ¿Qué deseas?

-Verificar vuestros pesos.

El rubicundo estuvo a punto de atragantarse.

-Pero ¡caramba…!, ¿por quién me tomas?

-Tú y tus colegas trabajáis todos para el ministro de Agricultura, ¿no?

-¿Te molesta eso?

-Tengo varios patrones de medida; cada uno pesa noventa gramos, y voy a controlar vuestros pesos.

-¡Lárgate inmediatamente, chiquilla!

Abriéndose paso entre la muchedumbre de ociosos que se agrupaban ya, Risueño llegó a la altura de su dueña. Con los belfos levantados, mostró los colmillos y emitió un gruñido que heló la sangre al rubicundo.

-¡Oye, nada de tonterías! ¡No dejes que ese monstruo me ataque!

Con rapidez, Ahotep colocó tres lingotes de cobre en un platillo de la balanza y, en el otro, una pesa señalada como de 270 gramos.

Ante la general estupefacción, los platillos no se equilibraron.

-Tu peso está trucado -advirtió Ahotep-. Vendes una cantidad inferior a la anunciada y, por lo tanto, robas a cada comprador. Verifiquemos las demás pesas.

Los mercaderes quisieron oponerse, pero la exigencia de una multitud encolerizada los obligó a doblegarse.

Todas las pesas estaban trucadas.

-La reconozco; es la princesa Ahotep, ¡la hija de la reina Teti la Pequeña! -exclamó un empleado de palacio-. ¡Gracias a ella no seguirán robándonos!

La muchacha fue aclamada.

-Tú serás la que controle las pesas que se utilicen en este mercado -le dijo a una anciana campesina que vendía puerros-. El que intente hacer trampas tendrá que ofrecer gratuitamente sus productos durante un mes; en caso de reincidencia, se le excluirá del círculo de mercaderes.

Incluso Heray pensaba en renunciar. Sin embargo, considerado el mejor panadero tebano, le gustaba tanto su oficio que había conseguido, hasta el momento, obtener una aceptable calidad de panes y pasteles, a pesar de la falta de mano de obra y de los pagos cada vez más irregulares.

Pero, aquella mañana, había recibido el golpe de gracia.

El Ministerio de Agricultura le había entregado una harina tan mediocre que Heray no podía utilizarla.

Como último recurso, había avisado al intendente de palacio. Le responderían, como de costumbre, que la situación era la situación y que el ministro tenía plenos poderes en su dominio.

Heray dejó caer sus cien kilos en un taburete tan fatigado como él.

Ese día no encendería el horno.

De la calle llegaron unos ruidos insólitos. El panadero salió y topó con un asno colosal.

-¿Eres tú Heray? -le preguntó una espléndida muchacha morena.

-¡Princesa Ahotep! Sí, soy yo.

-He aquí la respuesta de palacio: Viento del Norte te trae harina de primera calidad.

-¿De dónde…? ¿De Ande sale?

-De los graneros del ministro de Agricultura. Pronto llegarán otros asnos; tendrás la cantidad necesaria para el palacio y el cuartel. Contrata ya a otros panaderos y prepáralos para que te sustituyan.

-¿Por qué sustituirme?

-Porque has sido nombrado superior de los graneros.

En una gran cuba, los cerveceros mezclaban panes de cebada, licor de dátiles y agua para obtener una papilla y dejar que descansara hasta la fermentación. Luego, la filtraban y la vertían en jarras cuyas paredes interiores estaban untadas de arcilla, para garantizar la conservación de la cerveza.

Pero los cerveceros no dejaban de clamar su descontento. ¿Cómo podrían producir buena cerveza con una cebada mediocre? Además, casi todas las jarras debían ser ya renovadas. Y dadas las circunstancias, a nadie le gustaba fabricar una cerveza imbebible. Una patada en las costillas despertó al maestro cervecero.

-Pero ¡qué pasa aquí! ¿Qué significa esto?… Una mujer…

-Soy la princesa Ahotep.

Impresionado, el artesano se levantó.

-Perdonadme. Estaba descansando un poco. Yo…

-Tienes mucho trabajo en perspectiva y tendrás que doblar tus equipos. El nuevo superior de los graneros, Heray, hará que te entreguen cebada de excelente calidad, y mañana mismo recibirás unas nuevas jarras, que el Ministerio de Agricultura pone a tu disposición. El palacio exige una cerveza excelente.

-¡Con mucho gusto, princesa!

El ministro de Agricultura tenía una cabeza en forma de huevo de pato. Por la mañana, prolongaba su noche bajo una sombrilla, junto al estanque de los lotos. Por la tarde, escuchaba los informes de sus intendentes. Encantado, día tras día comprobaba que nada cambiaba y que seguía siendo el notable más rico de Tebas.

Puesto que su cocinero lo mimaba, tendía a engordarse. En el futuro, solo comería un plato con salsa al anochecer.

Desde su nombramiento, su política no había variado: consistía en conservar las ventajas adquiridas. Gracias a la debilidad de la reina, no le costaba en absoluto conseguirlo.

Su secretario particular solicitaba verlo antes del almuerzo; se trataba de un hecho insólito, sin duda.

-Debo comunicaros unos incidentes de extremada gravedad.

-¡No nos precipitemos y mantengamos la calma!

-El panadero Heray acaba de ser nombrado superior de los graneros.

-¿Y qué importa eso? Bien hay que distribuir títulos honoríficos de vez en cuando.

-No me habéis comprendido… ¡Se convierte en superior de todos los graneros, incluidos los vuestros!

-Estás bromeando, espero…

-Por desgracia, no. Por orden de palacio, han sido tomadas de vuestras existencias grandes cantidades de cebada, que se han entregado a la panadería y a la cervecería principales.

El ministro de Agricultura no tenía ya el menor deseo de dormitar.

-¡Teti la Pequeña se atreve a desafiarme!

-No, se trata de su hija, la princesa Ahotep.

-Heray es un hombre honesto. Para sostener el esfuerzo de guerra, tus tierras y tus bienes quedan requisados. Te dejo una sola villa, la más modesta, donde criarás aves para nuestros soldados. E intenta poner interés en tu tarea si no quieres bajar más aún.

-Majestad…

-La audiencia ha terminado.

El ex ministro había reunido a sus amigos para preparar una vigorosa respuesta, pero ninguno deseaba acompañarlo.

-¿Por qué ese pánico? -se encolerizó el alto dignatario-. ¡Ahotep está sola y es inofensiva!

-No tanto -objetó su secretario particular-. Ahotep tiene el apoyo incondicional de Teti la Pequeña, a la que todos los tebanos veneran, y está revitalizando el cuartel, en el que acaban de enrolarse numerosos campesinos que ayer trabajaban por cuenta vuestra. Solo es un ejército de miserables, ciertamente, pero están mejor pagados que en vuestras tierras y la obedecen.

-Siento abandonaros tan pronto -lamentó el ministro de Economía-, pero me han citado en palacio a última hora de la mañana, y a Ahotep no le gusta esperar.

Los demás funcionarios lo imitaron, alegando todos ellos una tarea urgente.

-¡Qué pandilla de cobardes! Por fortuna, tú, mi secretario particular, sigues siéndome fiel. Juntos pondremos en marcha una contraofensiva.

-Lo lamento, pero soy escriba y no tengo afición alguna por la cría de aves. Heray me ha ofrecido un puesto más acorde con mi competencia.

-¡Fuera de aquí, canalla!

Al borde del ataque de nervios, el ministro vació la mitad de una pequeña jarra de licor de dátiles.

¿Cómo había conseguido aquella chiquilla destruir su feudo tan deprisa e inclinar a su favor a hombres de experiencia cuya carrera él había forjado?

Recuperando el ánimo, llegó a una conclusión inquietante: la joven reina era realmente peligrosa y, por lo tanto, capaz de otras hazañas.

H

astiado, el ministro de Agricultura iba de un lado a otro ante la puerta de la sala de audiencias de la reina. Teti la Pequeña iba a pagarle muy cara la nueva afrenta. No solo le devolvería sus bienes, sino que, además, la obligaría a entregarle algunas tierras cultivables a guisa de indemnización. Que su hija se hubiera vuelto loca no era cosa suya; la soberana oficial de Tebas tenía que encargarse mejor de su progenie.

-Su majestad os aguarda -anunció el intendente Qaris, muy tranquilo.

-¡Ya era hora!

El ministro advirtió que la pequeña sala había sido pintada de nuevo.

Sentada en un trono de madera dorada, cuyos pies imitaban unas pezuñas de toro, se encontraba la princesa Ahotep vestida con una túnica blanca. En sus muñecas, lucía brazaletes de oro.

-¡No quiero veros a vos, sino a la reina!

-Estás viéndola.

-¿Qué significa eso?

-Inclínate ante la soberana de las Dos Tierras.

-La soberana…

-¡Inclínate, o te haré detener por injuria a la función real!

El tono de la joven era tan imperioso que el ministro tuvo miedo.

-Lo ignoraba, majestad. Yo…

-Ahora lo sabes. He aquí mis primeras decisiones: suprimo varios puestos que se han vuelto inútiles en tiempos de guerra. Heray, el superior de los graneros, se encargará de la agricultura.

-¿Queréis decir… que ya no soy ministro?

-Me has entendido muy bien.

-El tal Heray no es nadie, majestad; es un simple panadero, incapaz de administrar las riquezas de nuestra provincia.

Por eso, tenía que informar enseguida a sus amigos hicsos, a quienes les comunicaba desde hacía mucho tiempo todo lo que ocurría en Tebas.

Tebas no era ya su patria y vería su destrucción con el mayor placer.

Con evidente alivio, el ministro de Economía recibió la noticia de la supresión de su puesto. El anciano solo aspiraba a un apacible retiro y agradeció a la reina que se lo concediera.

En menos de una semana, Ahotep había conseguido desmantelar un gobierno fantoche para concentrar todos los poderes en el estrecho círculo compuesto por su madre, su esposo, el intendente Qaris y el superior de los graneros Heray. No había elegido por azar a este último: protestaba desde siempre contra la ocupación de los hicsos, y Qaris lo había distinguido como segundo.

Quedaba por resolver el problema planteado por el general en jefe del ejército tebano, tan fantasmagórico como las capas otoñales de bruma matinal, pronto disipadas por el sol.

Aunque era el de más edad de todos los dignatarios, el oficial superior aún tenía buen aspecto.

-Estoy a vuestras órdenes, majestad. -¿De cuántos hombres disponemos?

-En teoría, de quinientos; en realidad, de no más de cuarenta soldados de verdad. ¿Por qué iba a reclutar otros si Tebas no piensa resistirse a los hicsos?

-Ya no es así -rectificó Ahotep.

-¡Mucho mejor, majestad! ¿Puedo daros un consejo?

-Te escucho.

-Dejad a la vista una pandilla de inútiles que se muestren como el ejército oficial. Esa añagaza seguirá haciendo sonreír a los hicsos. Cread una unidad secreta donde se formen verdaderos guerreros, aptos para manejar todo tipo de armas. Será un proceso largo, pero eficaz. Y no veo otro medio de instruir un verdadero ejército de liberación.

-¿Quieres encargarte de esa tarea?

-No tengo fuerzas para ello, majestad. La enfermedad me corroe y me resistía a ella con la loca esperanza de que alguien devolviera a Tebas el orgullo perdido. Puesto que estáis ya aquí, puedo morir tranquilo.

Aquella misma noche, el viejo general entregó su alma y Seqen fue nombrado jefe del ejército.

Tras vacilar largo tiempo, el ex ministro de Agricultura había tomado la única decisión que se imponía: acudir personalmente a Avaris para informar al emperador. La irrisoria revolución tebana no iría muy lejos, claro estaba, pero Apofis le agradecería su plena y total fidelidad.

Desde su destitución, el ex ministro había sido abandonado por todos y no tenía ya confianza en nadie. Entregar un mensaje a un correo, incluso muy bien pagado, habría sido en exceso peligroso. Abandonar Tebas, sus tierras y sus bienes, lo exasperaba, pero pronto regresaría con el ejército hicso e iba a vengarse con una crueldad que la orgullosa Ahotep ni siquiera imaginaba.

-Puesto de control a la vista -anunció uno de los porteadores.

-Deteneos -ordenó el ex ministro, bajando de su silla y dirigiéndose hacia los soldados.

Estando tan cerca de Ciptos, debía de tratarse de elementos prohicsos; en caso contrario, el fugitivo daría media vuelta y pasaría por otro camino.

-Milicia del emperador -declaró un fortachón armado con una jabalina.

-Soy el ministro tebano de Agricultura y debo dirigirme sin tregua a Avaris para entrevistarme con nuestro soberano.

-¿Tú, un tebano, reconoces la autoridad de Apofis?

-¡Trabajo para él desde hace mucho tiempo! Soy sus ojos y sus oídos en Tebas. Si me escoltáis hasta la capital, recibiréis una hermosa recompensa.

-De modo que Ahotep tenía razón -dijo la grave voz de Seqen, que apareció detrás del ex ministro-: eres, en efecto, un traidor.

El ex ministro estuvo a punto de desfallecer.

-No somos milicianos hicsos -precisó Seqen-, sino fieles servidores de la reina. Te hemos seguido desde tu partida para saber adónde ibas e interceptarte antes de que te pasaras al enemigo. El traidor se arrodilló.

-¡No me hagas daño, te lo suplico! Lo siento, lo siento tanto…

-Dame los nombres de tus cómplices.

-¡No…, no los tengo!

-¡Te atreves a mentir!

-No, te lo juro… Yo y solo yo informaba al emperador, aunque únicamente de pequeñas cosas, muy pequeñas, y en interés de Tebas.

Seqen y sus hombres arrastraron al ex ministro hasta orillas del Nilo.

El faraón arrojó al río un cocodrilo de cera.

Menos de un minuto más tarde, el agua hirvió y aparecieron las abiertas fauces de un enorme reptil.

-Si no hablas, este será tu verdugo.

Temblando de miedo, el traidor denunció a todos sus cómplices, entre los que figuraban un lavandero de palacio y un oficial que le servía de correo.

-Que el dios Sobek decida tu suerte.

Los tebanos tomaron al traidor por los tobillos y lo arrojaron al río, que, muy pronto, se enrojeció con su sangre.

Seqen tomó a Ahotep en sus brazos.

-No te habías engañado. Los miembros de la red que trabajaba en Tebas para los hicsos han sido detenidos y ejecutados. El emperador se ha quedado, ya, sordo y ciego.

-Con una condición: que crea que el ministro sigue vivo y activo. Le haremos llegar regularmente mensajes informándole de que Tebas sigue muriendo a fuego lento, sin ninguna voluntad de resistirse a él.

Teti la Pequeña los interrumpió.

-Una carta oficial de Avaris: Apofis exige que Tebas le envíe una estela afirmando que la ciudad del dios Amón le reconoce como faraón del Alto y el Bajo Egipto.

-¡Nunca! -exclamó Seqen-. ¡Vamos a enviarle una declaración de guerra!

-Estamos muy lejos de estar preparados -lamentó Ahotep-. Puesto que quiere una estela, la tendrá. Pero el escultor modificará la mayoría de los jeroglíficos con tanta habilidad que solo un ojo avezado lo percibirá. Quebrará el ala de los pájaros, clavará las serpientes en el suelo e impedirá que los soles brillen. Nadie de esa estela abrirá la boca; nadie le dará vida. El emperador recibirá una piedra muerta.

Apofis contempló la estela con una mueca de desdén.

-El arte de los Sesostris se ha extinguido, en efecto… Los escultores de Tebas no tienen ya talento alguno. ¿Qué te parece, Tany? La esposa del emperador masticaba un pastel empalagoso y grasiento.

-¡Yo detesto el arte egipcio en todas sus formas! Es el de un pueblo de esclavos.

-Y sin embargo, naciste en él -recordó Ventosa, la soberbia hermana menor de Apofis.

Alta, muy delgada, de tipo euroasiático, Ventosa se encargaba de amueblar el palacio de Avaris con obras maestras procedentes de las ciudades del Delta: copas de cerámica azul decoradas con flores de loto, incensarios, lámparas en forma de lis, lechos adornados con divinidades protectoras del sueño, sitiales de sicomoro de una elegancia sin igual… Aunque indiferente a estas maravillas, Apofis podía considerarse como un verdadero faraón.

-¡Ahora soy una hicso! -protestó Tany-. Gracias a mí, las egipcias ricas y arrogantes ya solo son esclavas. Esas pretenciosas se prosternan ante mí.

Ventosa se encogió de hombros. Solo sentía desprecio por la horrenda esposa de Apofis.

-Las egipcias estaban pervertidas por la libertad -recordó el emperador-. Nuestra ley exige que toda hembra esté sometida a un macho, el único capaz de tomar decisiones.

-¿Acaso no caza la leona para obtener comida?

-No me desafies, querida hermana. ¿Vas a encabezar la defensa de nuestras esclavas?

-La política no me interesa. Solo me preocupo de la belleza.

-Perfecto. Sigue así.

Lanzando una desdeñosa mirada a la gorda esposa de Apofis, Ventosa se esfumó y dejó tras ella un perfume de loto.

-Tu hermana me detesta -se quejó Tany-. Deberías devolverla a Asia.

-Me presta servicios -reveló el emperador.

-¡Ah! ¿De qué modo?

-A Ventosa le gusta el amor, y ningún hombre se le resiste. Puesto que se complace en Egipto, le he impuesto mis condiciones para que pueda seguir aquí: acostarse con los principales dignatarios del Imperio y obtener en el lecho sus confidencias. Así conozco todos sus vicios y todas sus ambiciones. Si uno de ellos me critica, acaba desapareciendo.

-Entonces, ¿se quedará mucho tiempo en Avaris?

-Tanto tiempo como siga satisfaciéndome.

-¡Mi propio trabajo no es menos eficaz!

-Lo sé, Tany; lo sé. Sobre todo, no desfallezcas en tus esfuerzos. La esposa del emperador esbozó una feroz sonrisa.

-Ayer, mi gran amiga Dama Aberia detuvo a la viuda del alcalde de Sais, que se ocultaba bajo los oropeles de una sierva. Hacía meses que la buscábamos, después de que fuera denunciada por una de sus antiguas criadas.

-¿Pertenecía a una organización de resistentes?

-No. Dama Aberia la torturó con sus propias manos antes de estrangularla y esa zorra no le ocultó nada, no lo dudes. Dispongo de una lista de nobles egipcios que siguen escondiéndose con la insensata esperanza de escapar de nosotros, pero Dama Aberia los encontrará.

La estela procedente de Tebas fue expuesta en el templo de Set, donde se reunía el gran consejo. Todos los miembros eran portadores de excelentes noticias. La expansión del Imperio hicso proseguía sin que sus ejércitos tuvieran siquiera que combatir; las nuevas prácticas comerciales enriquecían a los avariciosos y mantenían al pueblo en un estado de sumisión del que ya no saldría; el ministro de Información producía impresionantes cantidades de escarabeos que hacían llegar la voluntad del emperador hasta las más pequeñas localidades.

El mundo se hacía hicso.

Los conquistadores debían ese triunfo a Apofis, que inspiraba a todos sus interlocutores un miedo visceral. Quien le disgustaba veía su carrera interrumpida y, a veces, también su vida. Los más valerosos eran incapaces de no temblar al oír la voz ronca del emperador anunciando unas decisiones que nadie pensaba contestar. Khamudi, en cambio, bebía las palabras de su dueño y se apresuraba a convertir sus deseos en actos. Cada vez más rico gracias a la industria del papiro y del escarabeo, el testaferro del emperador comprobaba con alegría el poder de la fortuna, pues compraba a quien quería cuando quería.

-¿Cuáles son los resultados de nuestra emboscada? -le preguntó Apofis.

-Varios resistentes han sido interceptados y decapitados en Heracleópolis, majestad. Intentaban, efectivamente, llegar a Tebas.

-Dejad la trampa en su lugar -ordenó el emperador-. No estoy seguro de que el hombre mas peligroso haya caído en el saco.

-La estela enviada por Tebas demuestra que toda veleidad de insumisión ha desaparecido -se alegró Khamudi-. La última carta del ministro de Agricultura confirma, además, que Teti la Pequeña es incapaz de actuar.

-Vayamos, pues, a controlar los ingresos fiscales, gran tesorero; tengo la sensación de que algunas provincias se retrasan.

E

l afgano y el Bigotudo habían necesitado largas semanas para reagrupar a los resistentes que habían escapado a la matanza de Menfis. Todos estaban desmoralizados; la mayoría quería regresar a casa y someterse al ocupante. El Bigotudo había conseguido convencerlos de que, de ese modo, iban a firmar también su sentencia de muerte y de que solo los ejecutarían tras largas torturas. Poco a poco, había reaparecido el espíritu de grupo. El afgano no dejaba descansar a nadie y sometía a sus hombres a un intenso entrenamiento físico, en el que la lucha con las manos desnudas ocupaba el primer puesto. Durante el esfuerzo, solo se pensaba en la realización del gesto adecuado, evitando heridas y golpes bajos.

Los resistentes no pasaban más de una semana en la misma granja. Explotados y maltratados por el ocupante, los campesinos acogían calurosamente a quienes creían aún en la libertad. Así pues, el afgano volvía a tejer la telaraña desgarrada en Menfis, buscando lugares seguros para comer y descansar. Insistía en la diferencia esencial entre simpatizantes y miembros efectivos de la organización. Los primeros parecían cada vez más numerosos, pero era ilusorio contar con ellos en caso de conflicto. Y para formar a los segundos serían necesarios varios meses.

Tan desconfiado como el afgano, el Bigotudo sometía a los postulantes a múltiples pruebas antes de aceptarlos en el grupo. Cuidaba también de compartimentar la organización, para evitar su aniquilamiento en caso de que algún espía de Apofis acabara introduciéndose en ella. Y les llegó la información: los hicsos habían organizado, en efecto, una emboscada a la altura de Heracleópolis. Todos los que intentaban ir a Tebas eran detenidos.

-¡Y nosotros -se quejó el Bigotudo- estamos atrapados entre hicsos al Norte e hicsos al Sur! Reventaremos como bestias salvajes en el fondo de su madriguera.

-De ningún modo, amigo mío. Estamos ampliando la madriguera. Y si morimos, será combatiendo.

-Lo crees aún…

-Y tú también, en lo más profundo de tu ser. Hoy, el adversario es mil veces más poderoso que nosotros, y sería una locura afrontarlo a cara descubierta. Pero no siempre será así… Aprende a tener paciencia; es la única virtud que te falta.

Uno de los lugartenientes del Bigotudo los interrumpió.

-Pasan cosas raras en la aldea próxima: unos policías hicsos han echado mano a un viajero y se disponen a torturarlo en la forja. Tal vez deberíamos intervenir…

-Demasiado arriesgado -estimó el afgano.

-¿Y si el infeliz perteneciera a una organización que intenta ponerse en contacto con nosotros?

-Tienes razón -dijo el Bigotudo-. Yo voy.

-No sin mí -repuso el afgano.

Los seis policías hicsos eran especialistas en interrogatorios. Destinados a la vigilancia del camino que bordeaba el desierto, habían echado mano al extraño viajero cuando procedía del Sur.

De apariencia más bien enclenque, el mocetón había resultado más duro de pelar de lo previsto. Ni las granizadas de golpes ni las profundas heridas infligidas por el látigo habían conseguido hacer que hablara. Sin embargo, el jefe del destacamento conocía un método que convertiria a un mudo en un charlatán.

-¿Ves el hogar de esta forja, sucio espía? Hay aquí hermosas ascuas… ¡Si sigues callando, las probarás! Luego, no te quedará ya rostro.

El prisionero levantó hacia su verdugo unos ojos enloquecidos.

-¡No sé nada, nada en absoluto!

-Peor para ti.

El olor de carne abrasada fue acompañado por unos aullidos tan insoportables que un hicso destrozó el cráneo del torturado con una piedra.

-¡Lo has matado, imbécil! -protestó su jefe-. ¿Cómo quieres que hable ahora?

El torturador no tuvo tiempo de responder, pues una flecha se clavó en su pecho.

Por sí solo, el afgano derribó a dos hicsos más mientras el Bigotudo clavaba la jabalina en los riñones del cuarto, antes de estrangular al quinto liberando su rabia.

Como único superviviente, el jefe se encontró ante el afgano, cuya mirada le aterrorizó.

-Soy un policía del emperador… ¡Si me tocas, serás condenado!

-Déjamelo a mí -exigió el Bigotudo.

El policía intentó huir, pero el egipcio era mucho más rápido que él. Lo alcanzó y lo arrastró del pelo hasta la forja.

-Te toca a ti probar el fuego.

El jefe del destacamento hicso se debatió en vano. Con el rostro pegado a las brasas, se abrasó la lengua cuando abrió la boca para aullar.

Indiferente ante su horrible agonía, el afgano examinaba el cadáver del egipcio.

-Acércate, Bigotudo… Le cosieron un pedazo de lino en el interior de la túnica. Y han dibujado un signo extraño con tinta roja.

-Diríase el disco de la luna en su barca.

-Un mensaje, sin duda… Pero este infeliz no puede ya revelarnos su sentido. En todo caso, aceptó correr el máximo riesgo para transmitirlo.

-¿Quién era el destinatario?

-Sin duda, los hicsos no.

-¡Entonces, buscaba a algunos resistentes! -dijo el Bigotudo-. Imagina que se trate de un enviado de Tebas.

-No seas demasiado optimista, pero guardemos este signo en la memoria.

El afgano desgarró el pedazo de lino y lo quemó. Si, por casualidad, se trataba de algún código, tenía que permanecer secreto el mayor tiempo posible.

-¿Habrá otro mensajero? -se preocupó el Bigotudo-. Tal vez la ciudad de Amón esté lanzando su última llamada de socorro.

-¿Acaso la luna es su símbolo?

-No, que yo sepa.

-olvidemos Tebas y pensemos, más bien, en un pequeño grupo de insumisos que intenta darse a conocer.

-¿Cómo reunirnos con ellos?

-Solo hay una solución: ir más al Sur.

-¡Daremos con las patrullas de los hicsos!

-Así sabremos dónde se encuentran.

Pese a un vientre que se redondeaba cada día más, Ahotep permanecía igualmente activa. Reavivando los circuitos económicos tradicionales en el enclave tebano y castigando a los fraudulentos, había restablecido la confianza. Los tebanos ya no se pasaban el tiempo espiándose o encogiéndose, llenos de miedo por el mañana; se recuperaban vínculos de amistad y se alababan los méritos de Ahotep, que visitaba a los enfermos y procuraba alimento a los más desfavorecidos. Consciente de que no era hora de grandes discursos, la joven reina se preocupaba primero de lo cotidiano.

-¿Tienes noticias de nuestros mensajeros? -le preguntó a Qans.

El rostro del intendente se ensombreció.

-Por desgracia ninguna, majestad. Es seguro que ninguno ha sobrevivido. Temo que sea imposible cruzar las sucesivas barreras colocadas por los hicsos. Y probablemente, ya no exista ningún resistente al norte de Coptos.

-¡Estoy convencida de lo contrario, Qans! Te concedo que los cobardes, los miedosos y los colaboracionistas sean mayoría; pero algunos, aunque oprimidos, aunque perseguidos, nunca se doblegarán. Con estos debemos ponernos en contacto.

-Mandar a más hombres hacia una muerte segura me parece inaceptable, majestad.

-Hay que romper nuestro aislamiento y saber con quién contamos. Sin comunicación con el exterior, Tebas va a extinguirse.

Qaris vaciló.

-Tal vez uno de nuestros últimos aliados, si está todavía en este mundo, pueda ayudarnos… Pero no quisiera daros demasiadas esperanzas.

-¿En quién estás pensando?

-En Babay, el viejo sabio de Elkab, que disponía, antaño, de excelentes mensajeros. Si son todavía aptos para llevar a cabo misiones, nos serían muy útiles.

-Voy inmediatamente a Elkab.

-Majestad, en vuestro estado…

-Solo me preocupa un estado, Qaris: el de mi país.

A

hotep y Seqen habían tomado el sendero que flanqueaba los cultivos para dirigirse a Elkab. Los escoltaban diez jóvenes soldados dispuestos a dar su vida para salvar la de la reina, que, cuando la fatiga la dominaba, aceptaba sentarse en una silla de manos de madera de sicomoro.

Durante el viaje, a marchas forzadas, el pequeño grupo no fue víctima de ninguna sorpresa desagradable. Solo se cruzó con algunos campesinos amedrentados, que se guardaban mucho de hacer la menor pregunta y se refugiaban en sus miserables cabañas de adobe.

Era evidente que la provincia había sido casi por completo abandonada y que los hicsos la desdeñaban hasta el punto de no dejar allí ninguna unidad de ocupación.

Los alrededores de la vieja ciudad de Elkab nada tenían de agradables: árboles derribados, pastos abandonados, cadáveres de vacas… Parecía que la felicidad se había olvidado definitivamente del lugar.

-Demos media vuelta -recomendó Seqen-. La ciudad debe de estar en ruinas.

-Asegurémonos -exigió Ahotep.

-Tal vez los bandoleros ocupen el lugar y somos poco numerosos.

-Quiero saber si Babay sigue vivo.

Seqen fue el primero que cruzó la gran puerta que se abría en la muralla. Los batientes habían sido arrancados; el puesto de guardia, devastado.

En plena calle principal, había un perro muerto.

-Dos exploradores -ordenó Seqen-: uno, por la izquierda, y el otro, por la derecha.

Allí y allá, se veían casas incendiadas y, por todas partes, restos de alfarería, fragmentos de muebles rotos a hachazos y jirones de ropa; pero ni un alma viviente.

El antiquísimo templo de la diosa Nekhbet, la madre del faraón, no había sido respetado. Estatuas rotas y columnas degradadas atestiguaban sus sufrimientos.

-¡Allí hay alguien! -gritó un explorador.

Sentado en el umbral del templo cubierto, un hombre muy anciano leía un papiro.

Cuando se acercaron los visitantes, ni siquiera levantó la cabeza, indiferente a la suerte que le aguardaba.

-¿Eres Babay, el sabio? -preguntó Ahotep.

El viejo no respondió.

-Alejaos -ordenó a los soldados.

Cuando estuvieron a buena distancia, la muchacha utilizó su argumento principal.

-El faraón Seqen y la reina Ahotep necesitan tu ayuda para salvar a Egipto.

Con una lentitud casi insoportable, el anciano comenzó a enrollar el papiro.

-La luz divina colocó al faraón en la tierra para instaurar la armonía en lugar del desorden, hacer que los dioses fueran favorables, cumplir la justicia y rechazar la injusticia -recordó Babay-. No está por encima de Maat, sino que debe ser su servidor y proteger a quienes la veneran. Así era antes de la invasión. Hoy, ya no hay faraón en la tierra de Egipto.

-Te equivocas -objetó Ahotep-. Seqen fue coronado en Karnak.

El anciano sabio dirigió una mirada dubitativa a la joven pareja.

-Los hicsos han destruido Karnak.

-¡Te aseguro que no, Babay! Mi madre, Teti la Pequeña, ha preservado la independencia de Tebas, cuyo templo está intacto. Los hicsos nos creen sumisos e inofensivos; mientras, actuamos en la sombra para preparar la reconquista.

-La reina Ahotep… El dios luna te proteja y te dé el sentido del combate. Sois, pues, la nueva pareja real, sin ejército ni país.

-Formaremos uno a uno a nuestros soldados -prometió Seqen. El anciano rompió el papiro.

-Ayudadme a levantarme.

Pese a su avanzada edad, Babay era robusto y pesado.

-El faraón Seqen y la reina Ahotep… ¡Antes de desaparecer habré visto cumplido el más hermoso de los sueños!

-¿Qué ha ocurrido en Elkab? -preguntó Ahotep.

-Tres barcos de guerra hicsos atracaron hace dos meses. Los invasores asolaron la campiña y la ciudad, mataron a los escasos resistentes y se llevaron la población hacia el Norte, donde será reducida a la esclavitud. Me respetaron para que escribiera el relato del castigo infligido a quien intente levantarse contra el emperador. Acabo de destruir ese relato. Vayamos a mi casa.

Babay condujo a la pareja real hasta su morada, un pequeño edificio de dos plantas situado cerca del templo.

Antes de entrar, el anciano contempló la devastada ciudad. -Si sois realmente un rey y una reina, no negociéis nunca con los bárbaros que destruyeron esta ciudad y martirizaron a sus habitantes.

Los desvalijadores solo habían dejado una estera y una paleta de escriba usada.

Babay se sentó.

-Estoy cansado…, demasiado cansado para tomar las armas.

-Qans, nuestro intendente, está convencido de que podéis ayudarnos -dijo Ahotep-. Según él, disponéis de excelentes mensajeros.

Babay sonrió.

-Excelentes y eficaces, es cierto… Pero probablemente fueron abatidos.

-¿No estáis seguro?

-No he recurrido a ellos desde hace mucho tiempo. Subamos a la terraza; llamaré a su jefe.

El anciano silbó una rítmica melodía, con unos graves y unos agudos muy marcados.

Pronto apareció un magnífico pichón blanco y pardo, que se posó a los pies de Babay.

-¡Todavía estás vivo, Bribón! Tráeme a los demás.

El ave tomó de nuevo el camino del cielo. Poco tiempo después, regresó con otras seis palomas mensajeras.

-¡Indemnes todos! -exclamó Babay, conmovido-. Los dioses no nos han abandonado, pues. Tardé más de un año en adiestrarlos y tengo que enseñaros a darles directrices concretas. Cuando vuestro espíritu se comunique con el suyo, irán a donde les digáis y volverán a su punto de partida.

Ya tras las primeras experiencias, Ahotep advirtió que la inteligencia de aquellas aves era excepcional. Comprendieron muy pronto que la reina reemplazaba a Babay y que, en adelante, tendrían que ejecutar sus órdenes.

-Concededme una semana, majestad, y estos pichones se habrán convertido en fieles mensajeros que nunca os traicionarán. Capaces de recorrer mil doscientos kilómetros de un tirón, los alumnos de Babay se desplazaban a una velocidad de ochenta kilómetros por hora sin perder el norte gracias a su innata capacidad de orientación, en función del magnetismo terrestre. Su escaso número era solo una dificultad pasajera, pues una hembra ponía dos huevos diez días después de la cópula, y solo se necesitaba un mes después de salir del cascarón para que el aprendiz de paloma comenzara a trabajar.

-¡Qué formidables reclutas! -se entusiasmó Seqen-. Gracias a ellos, el bloqueo de los hicsos será inútil.

-No debéis permanecer aquí -le dijo Ahotep al anciano-. Os llevaremos a Tebas.

-Ni hablar, majestad. Nací aquí y aquí he pasado toda mi existencia. Para mí no hay lugar más hermoso. Algún día, si respetáis la ley de Maat y sois lo bastante fuerte como para superar los obstáculos, las derrotas y las traiciones, regresaréis a Elkab y le devolveréis su pasado esplendor.

-No podemos abandonaros -insistió Seqen.

-Dadme un poco de vino, majestad.

El anciano bebió directamente del ánfora, la dejó y apoyó la cabeza en unos almohadones.

Sereno, Babay acababa de entregar su alma.

E

l Gordo, el Flaco, el Barbudo, el Sanguíneo, el Impaciente y sus colegas tenían un punto en común: todos maldecían a Ahotep, que los había arrancado de su rutina para atribuirles puestos de lavanderos. Tenían que sumergir ropas, trapos y tejidos diversos en grandes calderos, aclarar con agua, escurrir la ropa, golpearla con unas palas de madera, tenderla para que se secara, doblarla de un modo impecable y, a veces, también perfumarla. Las amas de casa tebanas habían recuperado su afición por la limpieza y toda la ciudad volvía a verse, poco a poco, rozagante, incluidos los barrios populares.

La tarea era tan penosa que los lavanderos olvidaban la amenaza de los hicsos y solo pensaban ya en sus condiciones de trabajo, que pretendían mejorar quejándose a su contramaestre.

-Detengámonos -decidió el Sanguíneo.

-Yo no correré ese tipo de riesgos -declaró el Flaco-. La princesa es capaz de mandarnos la policía.

-Nos detendremos porque falta jabón. Es imposible, pues, lavar correctamente.t

-No se equivoca -lo apoyó el Gordo.

El Impaciente abandonó su montón de lienzos femeninos manchados. Como delegado del personal, emitió vivas protestas, que el contramaestre, encargado de los frágiles vestidos de lino, escuchó con atención.

-Estaba previsto -reveló.

-¿Qué es lo que estaba previsto…? ¿Nuestra legítima protesta?

-¡Claro está que no! ¡La falta de jabón!

-Siendo así, no reanudaremos el trabajo.

-Podéis descansar hasta la entrega. ¡Ah, aquí llega!

Con paso tranquilo, Viento del Norte llevaba a los lavanderos una buena cantidad de jabón a base de material calcáreo y grasas vegetales.

El asno no estaba solo. Justo detrás, llegaba una resplandeciente Ahotep, cuyo vestido era de un amarillo pálido.

Al verla, incluso el Impaciente quedó sin aliento.

-¡Por todos los dioses, qué hermosa es! -murmuró el Sanguíneo.

De uno de los sacos que llevaba el asno, Ahotep sacó una jarra. -Aquí tenéis buena cerveza para vuestro almuerzo. Como el palacio está satisfecho de vuestros resultados, se os aumentará a todos el salario. Además, el contramaestre está autorizado a contratar aprendices, de modo que la carga siga siendo soportable.

Ya nadie sentía deseos de protestar.

-¡Beberemos a vuestra salud, majestad -prometió el Gordo-, y a la del niño que lleváis!

Ahotep había restablecido estrictas reglas de higiene. Desde su punto de vista, eran la base de la lucha armada. Cuando la suciedad prevalecía, la moral se desmenuzaba y el miedo y la pereza invadían las almas. Día tras día, cada tebano tenía que reconquistar su dignidad, y esta dependía de la limpieza de su cuerpo, de sus ropas y de su morada. Equipos de limpieza de calles y callejas completaban los esfuerzos de los particulares, por lo que la transformación resultó rápidamente perceptible. Los tebanos residían, de nuevo, en una ciudad coqueta.

Esa modesta victoria sobre la desesperación daba un nuevo sentido a su existencia; en vez de hacerse mala sangre, volvían a hablarse y a ayudarse mutuamente.

-Las mujeres han vuelto a maquillarse y empolvarse -dijo Teti la Pequeña.

-¡Mejor así! -estimó Ahotep-. También su belleza servirá para reconstruir nuestra voluntad de ser libres.

-Por desgracia, pronto nos faltarán cosméticos. Las reservas de palacio están casi agotadas y los fabricantes cambiaron Tebas por Edfú.

Edfú, a un centenar de kilómetros al Sur, estaba ahora en zona ocupada…

-El gobernador Emheb era uno de nuestros más fieles colaboradores -indicó Qaris-. ¿Cómo saber si sigue vivo? Y suponiendo que lo esté, ¿de qué autonomía dispone? Es imposible utilizar las palomas sin contacto previo.

-Solo hay una solución: ir a verlo.

-¡Tú no, Ahotep! -protestó Teti la Pequeña.

-¿Quién va a desconfiar de un pobre pescador y de su mujer preñada?

La barca era modesta, la vela estaba remendada, los remos se veían muy gastados, pero el viento del Norte soplaba con regularidad y permitía a Seqen y a Ahotep avanzar a buena velocidad hacia Edfú. El joven faraón había cambiado mucho.

A fuerza de entrenamiento y de ejercicios intensivos, el flaco muchacho había conseguido un aspecto de atleta.

-¿Te sientes dispuesto a convertirte en padre?

-Gracias a ti, me siento dispuesto a vencer en todos los combates.

La joven pareja pasó una encantadora noche en la incómoda barca, oculta en un bosquecillo de papiros. Solos en el mundo durante unas horas, sabían que su amor, violento como la tempestad y tierno como la luz otoñal, les daba una fuerza que ninguna prueba desgastaría.

Al alba, partieron de nuevo.

Ya cerca de Edfú, un barco de guerra hicso les dio orden de detenerse. Seqen arrió la vela y dobló el espinazo, como un esclavo sumiso.

-¿Quién eres y de dónde vienes? -preguntó un oficial con los ojos rasgados.

-Soy un pescador de Edfú y regreso a casa.

-¿Esta es tu mujer?

-Sí, señor, y espera a nuestro hijo.

-Muéstrame lo que has pescado.

Seqen abrió un cesto de mimbre en el que había tres percas de tamaño medio.

-Debes pagar el precio del peaje.

-Pero señor…

-No discutas y dame esos pescados.

-Voy a tener un hijo y necesito venderlos…

-¡Te he dicho que no discutas! En el futuro, no te alejes tanto de la ciudad.

La pequeña barca atracó entre dos esquifes sujetos por cuerdas de papiro, enrolladas en torno a unas estacas clavadas en la ribera. Seqen ayudó a Ahotep a poner los pies en tierra firme.

Un tipo hirsuto se dirigió a ellos.

-¿Quiénes sois vosotros?

-Pescadores.

-¡Me extraña! Yo soy uno de ellos y conozco a todos los de la zona. Vosotros no sois de aquí.

Lo que Ahotep leyó en los ojos de su interlocutor le incitó a revelar parte de la verdad.

-Venimos de Tebas.

-Tebas… ¡Pero si la ciudad de Amón ha sido destruida!

-Los hicsos mienten. Tebas está intacta y rechaza la opresión.

-Intacta… ¡Entonces, la vida continúa!

-¿Está ocupada Edfú?

-El ejército de Jannas acabó con la milicia local y pilló nuestras riquezas; luego, partió de nuevo hacia el Norte. El almirante solo dejó aquí algunos policías. Hace más de tres meses que no me he atrevido a ir a la ciudad, por miedo a ser detenido.

-¿Ha sido respetado el gobernador Emheb?

-Lo ignoro. Sobre todo, no intentéis entrar en Edfú. Nunca volveríais a salir.

-¿Cuál es el acceso menos vigilado?

-La puerta del Este. ¡Pero no cometáis esa locura!

-¿Aceptas ayudarnos?

-No. Mi existencia no es alegre, pero siento afecto por ella. Tal vez mi hermano consienta en acompañaros, como si fuerais pescadores que van a vender sus pescados en el mercado. Él paga a la policía para que le permita trabajar.

El hermano aceptó.

Viendo a la pareja que se alejaba con él hacia la ciudad, el hirsuto hizo una mueca de incomprensión. ¿Por qué aquel joven mocetón y su hermosa esposa preñada se arrojaban así a las fauces de un monstruo?

L

os arrabales de Edfú estaban casi silenciosos. Allí se intercambiaban mercancías, aunque reduciendo al máximo el procedimiento de trueque, y se mantenía siempre un ojo clavado en los policías hicsos, que recorrían sin cesar callejas y plazas. Detenían a cualquiera con cualquier pretexto, y nadie salía indemne de sus interrogatorios. En el mejor de los casos, el sospechoso quedaba con los miembros rotos; en el peor, era deportado a una mina de cobre.

El hermano del pescador había abandonado a Ahotep y a Seqen junto al templo de Horus. Unos travesaños de madera impedían la entrada, pues el emperador había prohibido que se celebrara el culto del halcón divino, protector del faraón. Entonces, solo Set, de Avaris, debía ser considerado como tal.

Un comerciante de amuletos, tan feos como ineficaces, se acercó a la pareja.

-No son caros y protegerán a vuestro hijo. Os daré cuatro por el precio de dos.

-Buscamos al gobernador Emheb -dijo Seqen. El mercader se alejó apresuradamente.

-¿Por qué se niegan todos a hablar del gobernador? -preguntó Ahotep-. ¿Se habrá vendido a los hicsos?

-Ya tenemos la respuesta que habíamos venido a buscar -concluyó Seqen-. Larguémonos.

La pareja pasó ante el muro sur del templo y, luego, se dirigió a los arrabales.

Pero esa vez, en la puerta del este, se hallaban dos policías hicsos armados con espadas y garrotes. Cualquier tentativa de fuga estaba condenada al fracaso.

Unos campesinos salieron de la ciudad sin haber sido interrogados. Seqen y Ahotep les siguieron los pasos.

-¡Eh!, vosotros dos -dijo un policía-. ¿Adónde vais?

-A nuestra barca -respondió Segen-. Somos pescadores.

-Parece que estáis haciendo preguntas sobre el gobernador…

-Nos hubiera gustado verle -reconoció Ahotep.

-¿Por qué razón?

-Para suplicarle que nos regalara una barca nueva. La nuestra está podrida.

-Vuestra historia no se tiene en pie. Seguidme.

Tal vez Seqen podría haberse librado de los tres policías que les llevaban hacia el centro de Edfú, pero temía que Ahotep resultara herida durante la escaramuza, de modo que había adoptado otra estrategia: cuando estuviera en presencia de Emheb, lo tomaría como rehén. El rey se había jurado que la reina y él saldrían indemnes de aquella ciudad.

El palacio del gobernador parecía el de Titi, en Coptos. Unos escribas llenaban papiros en sus vetustos despachos, unos policías limpiaban blandamente sus armas y los gatos vagabundos acechaban la menor pizca de alimento.

-Entrad ahí.

Era un reducto oscuro y sucio.

-¿Cuándo veremos al gobernador? -preguntó Seqen.

-¡Qué tozudo eres! Tranquilízate; le verás.

La puerta se cerró.

Amontonados en el suelo de tierra batida, había sandalias usadas y harapos sucios.

Seqen examinó el local y descubrió un agujero en el muro del fondo.

-Puedo ampliarlo. ¡Huiremos por ahí!

-Ni hablar -repuso Ahotep-. Tenemos que ver a ese Emheb.

-¿Y si solo nos sacan de aquí para ejecutarnos?

-El gobernador nos recibirá, estoy segura. Me arrodillaré ante él, tomaré su arma y le amenazaré con degollarle si no nos concede un barco que nos lleve, a los tres, a Tebas. Ese traidor no lo sabe aún, pero ya es nuestro prisionero.

Seqen estrechó a su esposa en sus brazos. La dulzura de su piel perfumada le hizo olvidar la hedionda prisión.

Cuando la puerta se abrió, seguían abrazados.

-¡Seguidme, tortolitos! -ordenó un policía.

-¿Veremos, por fin, al gobernador? -preguntó Seqen con una vocecita temerosa.

-¡Andad, y deprisa!

En el centro del patio había un tronco en el que estaba clavada un hacha. ¿Tendría tiempo Seqen de apoderarse de ella para derribar al verdugo?

-¡Por aquí!

Se alejaron del lugar del suplicio y fueron conducidos a una sala de audiencias con cuatro columnas, cuyas pinturas estaban muy ajadas.

Un hombre de sorprendente corpulencia se plantó ante los prisioneros. En él, todo era ancho: los ojos, la nariz, los hombros e, incluso, las orejas. Con la panza hinchada, tenía el aspecto de un vividor, pero su dura mirada desmentía aquella apariencia.

-¿Me buscáis a mí, jóvenes?

-¡Si sois el gobernador Emheb, sí! -respondió Seqen.

-Tú, moza, muéstrame tus manos.

Ahotep lo hizo.

-Son finas, hermosas y no huelen a pescado.

-Es mi marido el que pesca.

Con una rapidez sorprendente en un hombre tan gordo, Emheb desgarró la parte superior de la túnica de Seqen. -¡Tampoco eso huele a pescado! ¿Quiénes sois, en realidad? El gobernador no llevaba armas y los policías estaban demasiado lejos de Seqen para que pudiera tomar las suyas sin librar combate. Tendrían tiempo de avisar a sus colegas y el rey sucumbiría víctima del número. Y viendo el cuello de Emheb, era imposible estrangularlo.

-¿Por qué has traicionado a tu país? -preguntó Ahotep con gravedad.

La intensidad de su mirada turbó al gobernador.

-Sois tebanos, ¿no es cierto?

-Es tu día de gloria, Emheb. Tú y tus hicsos vais a asesinar a Ahotep, soberana de las Dos Tierras. Solo solicito un favor: respeta al campesino que se ha visto obligado a acompañarme.

Ahotep esperaba salvar a Seqen; sin embargo, Seqen no dejaría que los soldados hicsos pusieran las manos sobre su esposa.

El gobernador de Edfú se arrodilló.

-Soy vuestro servidor, majestad. Mandad y obedeceré. Los policías imitaron a Emheb.

-No son hicsos -explicó-, sino egipcios. Uno a uno, he hecho eliminar a los esbirros del ocupante para sustituirlos por mis hombres; he hecho creer al emperador que la ciudad le estaba por completo sometida. Puesto que me he afirmado como su aliado, me ha atribuido la tarea de meter en cintura a la región y pagarle impuestos cada vez más pesados. Mi única esperanza consistía en lanzar una ofensiva, condenada al fracaso, es cierto, pero que nos permitiera morir con dignidad.

-Levántate, gobernador.

La emoción de Emheb era perceptible.

-¿Debo comprender, majestad, que Tebas está intacta y dispuesta a combatir?

-Olvida tu ataque suicida. Para formar un verdadero ejército necesitaremos paciencia y respetar el secreto.

-¡Soy vuestro hombre, majestad!

-No solo el mío, Emheb. Estás en presencia de mi esposo, el faraón Seqen.

Ahotep creyó que el corpulento gobernador iba a desfallecer.

-¡Un rey…! ¡Tenemos un rey! ¡Majestad, sois portadora de verdaderos milagros!

-De momento, necesitamos ungüentos, afeites y técnicos capaces de producirlos.

Una ancha sonrisa animó el alegre rostro de Emheb.

-Pese a sus investigaciones, los hicsos nunca encontraron mis escondrijos de incienso y estoraque. Dispongo también de una buena cantidad de ungüentos de distintas calidades y podréis proveer tanto al templo como a los particulares. Por lo que se refiere a los fabricantes, los mejores de Egipto residen en Edfú. Varios partirán con vos hacia Tebas. Venid a ver mis tesoros… ¡Solo esperaban una nueva pareja real!

Con un entusiasmo comunicativo, el gobernador hizo descubrir a sus huéspedes las criptas del santuario, donde se habían guardado incensarios, jarrones y botes de ungüento.

-No modifiquemos nada -decidió Ahotep-. Los hicsos deben seguir creyendo que Elkab ha muerto y que Edfú agoniza.

Seqen paseaba ante el pabellón de partos.

-¿Son realmente competentes las comadronas? -le preguntaba a Qans, casi tan nervioso como él.

-Son las mejores de Tebas, majestad; no os angustiéis. -¡Ahotep sufría mucho! Estas últimas semanas debería haber descansado. El viaje a Edfú la agotó.

-Con todos los respetos, majestad: se vio coronado por tal éxito que el porvenir se ha aclarado.

-Lo sé, Qans; lo sé… Pero la reina tendría que cuidarse más.

-Una reina de Egipto es una reina de Egipto -recordó Qaris, fatalista-. Y cuando se llama Ahotep…

-¡Un parto no dura tanto!

-Nuestros especialistas saben enfrentarse con las situaciones más difíciles.

-En tiempos de las pirámides, sin duda, pero en la Tebas de hoy ni hablar. En caso de incidente grave, ni Ahotep ni nuestro hijo sobrevivirían.

El intendente no tuvo el valor de desmentirlo. Seqen reanudó sus paseo.

Cuando el sol llegaba a lo más alto del cielo, Teti la Pequeña salió de la sala de partos con un niño en los brazos.

-¡Es un varón magnífico! Seqen no se atrevió a tocarlo.

-¿Y Ahotep?

-Está radiante de felicidad.

Eran tres -una morena, una pelirroja y una castaña-, tres viudas cuyos maridos, propietarios de grandes dominios en el Delta, habían sido deportados por los hicsos. Como tantas otras, podrían haberse sumido en la pesadumbre, pero, para honrar la memoria de los desaparecidos, habían decidido comportarse como auténticas egipcias.

Primero, habían asumido personalmente la función de sacerdotisas fúnebres, para que el ka de sus esposos siguiera viviendo. Luego, se habían ocupado de la administración de sus bienes, uniendo sus respectivas competencias. pese al aumento de los impuestos, las tres mujeres conseguían mantener el conjunto de su personal y asegurarle una existencia decente. En todo el Bajo Egipto, su reputación había crecido hasta el punto de llegar a oídos de la esposa del emperador.

Cuando la escultural Dama Aberia, de manos más anchas que las de un robusto campesino, se presentó en la puerta de la gran villa donde las tres viudas vivían, el portero quedó impresionado.

-¿Están aquí tus patronas?

-Claro. ¿Buscas un empleo?

-Tú ya no lo tienes.

Las manos de Dama Aberia agarraron el cuello del portero y le quebraron la laringe. Tras abandonar el cadáver como a un títere, topó con unos apareceros.

-¡Lo hemos visto todo! ¡Eres una criminal!

Unos cincuenta soldados hicsos habían invadido la propiedad. Mataron a quienes intentaban huir y azotaron a todos los demás. Relajada, Dama Aberia había entrado en el despacho donde las tres viudas, aterrorizadas, mantenían apretados contra su pecho los papiros contables.

-¿De modo que vosotras sois las últimas mujeres de negocios del país de los vencidos? ¿Ignoráis que vuestras prácticas son contrarias a nuestras leyes? Las hembras como vosotras deben estar sometidas a un hombre y no tomar iniciativa alguna. A partir de este instante, vuestras tierras y vuestros bienes quedan requisados.

-Pagamos regularmente las tasas -protestó la pelirroja- y… Dama Aberia la abofeteó con tanta violencia que cayó, casi sin sentido.

-Recoged a esa zorra -ordenó a las otras dos viudas- y seguid a los soldados. El emperador os ha atribuido otro trabajo.

La idea de su esposa había divertido mucho a Apofis: reunir en Avaris a hermosas egipcias, ricas antaño, encerrarlas en una cárcel compuesta por habitaciones de comodidad muy sumaria y ofrecérselas a los dignatarios que desearan gozar de una hembra por un minuto o una jornada.

Tener entrada en el harén imperial sería, en adelante, uno de los más ansiados favores.

Tany había hecho personalmente la selección, eliminando a las de mayor edad, a quienes Dama Aberia disfrutaba estrangulando antes de quemar sus cadáveres.

Las reglas del harén eran simples: las aristócratas egipcias debían satisfacer todos los deseos de la casta dirigente. La que lloriqueaba, protestaba o caía enferma terminaba en manos de Dama Aberia.

Y la esposa del emperador, siempre en busca de un maquillaje que atenuara su fealdad, se complacía mucho viendo así envilecidas la juventud y la belleza de esas mujeres, de las que debería haber sido sirvienta.

Apofis sufría del hígado y sus gruesos tobillos tendían a hincharse. Esos sinsabores eran consecuencia de una fuerte contrariedad, debida al informe de Khamudi sobre Nubia. El pueblo de guerreros negros era vasallo, ciertamente, y se alegraba de la caída de un Egipto al que detestaba. Pero las tribus acababan de elegir a un joven rey, Nedjeh, cuya reputación de valor y de crueldad había llegado hasta Avaris.

Tomando en serio esos desagradables ecos, el emperador había convocado a su embajador, que le enviaba regularmente informaciones sobre la evolución de sus aliados negros. El diplomático era un espía de primera magnitud y nada ignoraba de lo que ocurría en el lejano sur. Ex general de infantería, tenía tanta sangre en las manos que no le asustaba acción brutal alguna.

No era un enemigo el que le había dejado tuerto, sino una pequeña peste, una chiquilla brutalmente apaleada porque no le daba placer bastante. La nubia había tenido fuerzas para clavarle un alfiler de hueso en el ojo izquierdo antes de fallecer.

-¡Una idea fabulosa ese harén! -exclamó el Tuerto cuando el emperador entró en la sala de recepción donde el embajador vaciaba su segunda jarra de vino blanco-. No he salido de él durante tres días, y he poseído a no sé ya cuántas soberbias egipcias, tan refinadas que creía soñar… ¡Realmente ha sido un cambio! Majestad, sois un genio.

El halago no disgustaba a Apofis, pero estaba demasiado preocupado para apreciarlo.

-¿No es demasiado pesimista el informe de Khamudi?

-Solo repite mis palabras. Vuestra mano derecha es eficaz e implacable. Nos entendemos a las mil maravillas.

-Mucho mejor, Tuerto; mucho mejor… Pero te mostrabas menos temeroso ante las tribus negras.

-Tengo una máxima: no atacar nunca cuando no estoy seguro de ganar. Para exterminar a esas bestias salvajes necesitaría tropas más numerosas y aguerridas que las del adversario. Hoy por hoy, no es así.

-¿Acaso te has dejado desbordar?

-En cierto modo, sí, majestad. No he visto el ascenso del tal Nedjeh, a quien mis agentes no atribuían porvenir alguno. Yo mismo empalé a uno de ellos ante sus colegas, para mostrarles que estaba especialmente disgustado. Al presentarme ante vos, sé que me condenaréis a muerte con razón. Por eso, he aprovechado el harén hasta agotarme.

Apofis reflexionó.

Ciertamente, sus subordinados no tenían derecho al fracaso, pero no sería fácil sustituir al Tuerto. Además, se cuidaría mucho de no cometer otra falta. Así pues, la versión oficial sería una adaptación de la realidad: Nedjeh había sido nombrado jefe de los nubios con las bendiciones del emperador.

-Te marcharás vivo de aquí -anunció Apofis-. Como embajador hicso, felicitarás de mi parte al hombre que ha federado a los clanes.

El Tuerto no creía lo que estaba oyendo.

-¿Me enviaréis un ejército para aniquilarlo, majestad? -Combatir a los nubios en su terreno presenta numerosas dificultades; lo sabes mejor que yo. Y no tengo aún razón alguna para declarar la guerra a mis súbditos del gran sur.

-Al norte de su territorio, Nedjeh solo controla Elefantina, pero no se detendrá ahí.

-¿Es un imbécil?

-No lo creo.

-Entonces, Tuerto, debe saber que provocar la cólera de los hicsos sería un error fatal. Sin duda, intentará reforzar su poder en Nubia. Algún día, utilizaremos su talento. Si resulta molesto, intervendremos. Regresa allí, acaríciale un poco el pelaje e infórmame de sus menores hechos y gestos. Y esta vez, no des ningún paso en falso.

Sorprendido de salir tan bien librado, el embajador se prometió una noche en el harén antes de partir en su barco.

El faraón Seqen estaba hundido.

Los impuestos que exigían los hicsos eran mayores aún que el año anterior. El emperador no se quedaría satisfecho con una nueva estela a su gloria, y sus controladores fiscales verificarían cada saco de grano con el placer sádico de condenar a los tebanos al hambre. Quienes pensaban en celebrar el nuevo año tendrían que renunciar a los festejos.

Ciertamente, gracias a la reorganización de la agricultura tebana, a la que dedicaba todo su tiempo, Seqen lograba responder a las exigencias del ocupante. Pero esos considerables esfuerzos solo podían conducir al desastre, pues la población del último enclave libre comenzaba a perder la esperanza.

Hacía más de dos años que la reina Ahotep estaba muriéndose lentamente de una enfermedad que los médicos tebanos eran incapaces de curar. La muchacha dormía unas quince horas, intentaba levantarse, vacilaba y se veía obligada a acostarse de nuevo. Sus ideas se nublaban al cabo de unos minutos y caía en una letargia de la que salía cada vez más agotada.

Solo la deslumbrante alegría del pequeño Kamosis ofrecía aún cierto júbilo a un palacio que se hundía en la desesperación. Ahotep había tenido razón eligiéndole ese nombre, que significaba «el que ha nacido del poder vital». El chiquillo, sin duda alguna, se fortalecía a ojos vista.

Seqen pensaba a veces que la salud de su esposa había pasado al cuerpo de su hijo, pero ¿cómo reprochárselo? ¡Les había dado tanta felicidad aquel nacimiento, sinónimo de porvenir! En compañía de Qaris, Seqen contemplaba la maqueta. Casi todo Egipto se había vuelto hicso, y la existencia de pequeños grupos de resistentes en el Norte seguía siendo una ilusión.

-Probablemente, mi hijo no celebrará su próximo aniversario en este palacio… Pero ¿adónde iremos? Al Norte no, ni tampoco al Sur. Según las informaciones proporcionadas por el gobernador Emheb, los nubios torturan y ejecutan a los egipcios que se niegan a colaborar. Se han hecho dueños de nuestras antiguas fortalezas y su rey, Nedjeh, está pensando ya en extender su territorio.

-¡Apofis se lo impedirá!

-Hoy comprendo por qué no arrasa nuestra ciudad: es la trampa que le tiende a Nedjeh. Si el nubio ataca Tebas, el ejército hicso le aniquilará.

Teti la Pequeña interrumpió a los dos hombres. -Ven enseguida, Seqen. Ahotep te llama. Pálido, el faraón corrió a la alcoba de su esposa. Ahotep expiraba.

Él le apretó con tanta fuerza la mano que algo de luz regresó a sus ojos.

-Es ese demonio que me roba la vida… Apofis, el emperador de las tinieblas.

-¡Atacaré Avaris y lo mataré!

-Llévame a Karnak… Mañana es el nuevo año, ¿no es cierto?

-Sí, pero…

-Dibújame el signo de la luna sobre el corazón y confiame a quien puede salvarme.

El Nilo hervía; la crecida ascendía a una velocidad inquietante y la violencia del sol de julio obligaba a bestias y hombres a protegerse. A mediodía, llevando a su esposa en los brazos, Seqen trepó lentamente la escalera que llevaba a lo alto del templo de Osiris, señor de la muerte y de la resurrección. Puso en las losas el cuerpo desnudo de la reina de Egipto, exponiéndolo así a los rayos de Ra, el único capaz de vencer las tinieblas.

Ahotep había dado tanto de sí misma que los canales de su organismo se habían vaciado de energía. Como los objetos rituales que los sacerdotes recargaban en el año nuevo, tras doce meses de utilización, la reina esperaba ser regenerada. Ella, hija de la luna, imploraba al sol que llevara a cabo la imposible boda, de la que surgiera una nueva vida.

¿No era insensato entregar a su esposa a la violencia de una irradiación tan intensa? Rey sin corona, Seqen sería incapaz de proseguir la lucha sin Ahotep. El alma del combate era ella.

Completamente habitado por la presencia del sol, el cuerpo de la reina se hizo luz.

Temiendo que sus ojos quedaran abrasados, Seqen se volvió. Indignado por su propia cobardía, corrió hacia ella para que aquel suplicio cesara.

La piel de Ahotep estaba ardiendo.

-No debes quedarte aquí -le dijo.

-Ten confianza, Seqen.

Implacable, el sol siguió brillando, hasta que los canales de la muchacha estuvieron llenos de su savia.

Por fin, Ahotep se levantó.

-El emperador de las tinieblas no me ha matado. Es la primera herida que le inflijo.

Apofis lanzó un pequeño grito de dolor.

Su barbero acababa de cortarle mientras lo afeitaba. Aterrorizado, se arrodilló.

-Mil perdones, majestad… ¡No es grave! ¡Os lo aseguro!

-Trabajar en palacio exige la excelencia.

-¡Este incidente no se repetirá nunca más! ¡Os lo juro!

-Los juramentos solo son mentiras -afirmó el emperador-. Un perro que ha mordido seguirá mordiendo; un inútil seguirá siendo un inútil. Mis minas de cobre son grandes consumidoras de personal… Acabarás allí tus días.

Dos guardias se apoderaron del barbero, cuyos lloriqueos exasperaban a Apofis. El ayudante del infeliz limpió la leve herida con lino y la cubrió con una compresa de miel.

-La cicatrización será rápida, majestad.

-Encuéntrame pronto un nuevo barbero.

El día empezaba mal. Irritado, el emperador esperaba noticias del cuerpo expedicionario que había mandado a Siria para incendiar una aldea que había tenido la imprudencia de protestar contra sus excesivos impuestos. En cuanto a su Marina de Guerra, perseguía a los piratas chipriotas, lo bastante locos como para atacar embarcaciones mercantes de los hicsos.

Un alegre Khamudi pidió audiencia.

-¡Triunfo total, majestad! Los sirios rebeldes y los piratas chipasotas han sido exterminados. Una vez más, el almirante Jannas ha demostrado su eficacia. He ordenado que los cadáveres de los sirios sean expuestos en las aldeas vecinas para evitar otros desórdenes.

El emperador estaba satisfecho de su mano derecha. Rico, depravado y odiado, Khamudi veneraba a su omnipotente amo y le obedecía sin rechistar. Mientras se mantuviera en su lugar, Apofis cubriría sus peores fechorías.

El Imperio seguía extendiéndose, lo que exigía la más extremada vigilancia. Allí o allá, algunos insensatos iniciaban movimientos de revuelta, que Khamudi reprimía con la mayor crueldad. En todos los territorios controlados por Apofis se elevaban piras compuestas por cuerpos de hombres, mujeres, niños y animales. Incluso cuando una provincia parecía pacificada, Khamudi organizaba una expedición preventiva. Ver cómo torturaban a los notables locales y cómo desaparecía un pueblo entre las llamas calmaba el ardor de eventuales disidentes.

-No olvidemos vigilar a los cretenses, majestad. No tengo pruebas, pero tal vez ellos encargaron la agresión contra nuestros barcos. Todos mis informadores están alerta.

-Que la flota de Jannas esté dispuesta para zarpar.

Goloso, Khamudi imaginaba ya la destrucción de la gran isla.

-¿Has recibido un informe del Tuerto?

-Según nuestro embajador en Nubia, majestad, el reyezuelo negro parece mantenerse tranquilo. Pero sigo convencido de que acabará lanzándose sobre Tebas. La presa es en exceso tentadora.

-Tendrá que eliminar, primero, a los policías que controlan Edfú.

-Esa es la razón por la que no les mando refuerzos -precisó Khamudi-. Edfú es el último cerrojo antes de Tebas. Si lo hace saltar, Nedjeh se creerá más fuerte que los hicsos, a los que, de ese modo, habrá declarado la guerra. Le aniquilaremos en la batalla de Tebas, que será barrida del mapa, y colonizaremos Nubia a nuestro antojo.

Tengo miedo -reconoció Cara de Ratón.

-También yo -confesó Nariz de Través-, pero no hay peligro alguno. Sabes muy bien que, en las alturas, nos cubren. La reina Teti envejece, su hija se está muriendo y Tebas agoniza. Nosotros nos enriquecemos y nos largamos. Realmente, no hay nada que temer.

-De acuerdo, pero de todos modos… Desvalijar una tumba… ¡Tengo miedo!

-¡Te digo que no corremos riesgo alguno! Aquí, en la orilla oeste de Tebas, ya solo quedan algunos campesinos que revientan de hambre y tumbas bien ocultas que contienen tesoros. ¿Imaginas lo que podremos permitirnos?

-¿Y si nos detienen?

-¡Imposible! Ven; no perdamos tiempo.

El indicador les aguardaba al pie de una colina.

-La mejor tumba está por ahí -indicó con brazo vacilante-. ¿Tenéis lo necesario?

-No te preocupes y enséñanosla.

Los primeros peldaños de la escalera que llevaba a la sepultura de un noble estaban a la vista.

-Yo los he desenterrado -explicó el indicador-. Mi padre conocía su emplazamiento y había prometido al difunto no revelárselo a nadie. Pero los tiempos son tan duros…

-Los tiempos son como son. Vamos allá.

Con palanquetas de cobre, Cara de Ratón y Nariz de Través demolieron un murete protector, se metieron en un corredor y encendieron una antorcha. La puerta de la tumba no resistió mucho tiempo y penetraron en la cámara funeraria.

Junto al sarcófago, sitiales y cofres contenían joyas, vestidos, sandalias y utensilios de aseo, que Nariz de Través metió en unos sacos.

-Marchémonos enseguida -recomendó Cara de Ratón-. Estoy seguro de que el alma del muerto nos observa.

-Queda lo más importante: ¡el sarcófago!

-¡No, eso no!

-Por fuerza tiene que haber ahí un collar de oro y hermosos amuletos… ¡Seremos ricos!

Nariz de Través rompió la tapa del sarcófago.

La momia se hallaba en perfecto estado de conservación. Sobre su pecho había un collar de flores secas.

Nariz de Través la emprendió con las vendas.

Horrorizado, su cómplice volvió al pasillo para no asistir a aquella profanación. Cuando escuchó las alegres exclamaciones, sus remordimientos se esfumaron.

-¡Amuletos de oro, un gran escarabeo de lapislázuli y anillos! Ayúdame a llenar los sacos.

Sin atreverse a mirar a la martirizada momia, Cara de Ratón echó de todos modos una mano.

Al salir de la tumba, tuvo un sobresalto.

-¡Por fin, estáis aquí! ¿Buen botín? -preguntó el indicador.

-¡Fabuloso! ¿Lo repartimos enseguida?

-Claro.

Mientras Nariz de Través exhibía un amuleto en forma de pierna, el indicador le clavó un puñal en el vientre e intentó hacer lo mismo con su compañero. Pero Cara de Ratón tuvo un reflejo que le salvó y solo quedó herido en la cadera.

Aunque perdía mucha sangre, consiguió huir, esperando que su agresor no le alcanzara.

-El hombre ha muerto -dijo el intendente Qaris-. Se llamaba Cara de Ratón y, a pesar de la gravedad de su herida, consiguió atravesar el Nilo y llegar a palacio para contárnoslo todo.

-¡Desvalijadores de tumbas! -se extrañó Ahotep-. ¿Cómo se puede ser tan vil? ¿Ignoran esos criminales que el alma del muerto los castigará?

-El afán de lucro es tan fuerte que nada los detiene. Y no es eso todo…

-La reina está débil aún -recordó Segen-. Evitémosle una nueva impresión.

-No me ocultéis nada -ordenó la muchacha.

-Entonces, exponértelo es cosa mía: Cara de Ratón ha revelado la identidad del hombre que les garantizó la impunidad. El criminal no es otro que el responsable del cuartel, en quien tenía entera confianza.

La información dejó consternada a la reina.

-Más grave aún -añadió Qans-: el partido de los colaboracionistas no cesa. La certidumbre de vuestra muerte lo ha fortalecido todavía más.

-Dicho de otro modo -concluyó Seqen-, todos mis esfuerzos para crear un verdadero ejército tebano se ven reducidos a la nada. Nunca podremos luchar contra el emperador.

-¡Claro que sí! -protestó Ahotep-. Solo tenemos que cambiar de estrategia. El anciano general, hoy desaparecido, nos dio la solución: crear una base secreta.

-En el enclave tebano, sin duda, habrá unos ojos que lo descubran.

-Puesto que la energía circula de nuevo por mis venas -declaró Ahotep-, yo me ocuparé ostensiblemente del bienestar de los tebanos. El cuartel seguirá siendo lo que es y solo albergará a policías que aseguren el orden. Los partidarios de la colaboración quedarán así convencidos de que nuestras ambiciones, muy limitadas, no los amenazan. Y tú, Seqen, tendrás las manos libres para reclutar a nuestros futuros soldados y formarlos.

-Pero… ¿dónde?

-¡En la orilla oeste, claro está! Haremos saber a la población que unos ladrones han intentado desvalijar las tumbas de nuestros antepasados. Por consiguiente, desplegaremos fuerzas de seguridad alrededor de la necrópolis y prohibiremos cualquier presencia. Solo las almas de los muertos, mágicamente protegidas, tendrán derecho a estar allí.

La reina se inclinó sobre la maqueta de Qaris.

-Por prudencia, estableceremos nuestra base secreta aquí, en el desierto, al norte de Tebas(1). En caso de que algunos curiosos consiguieran aventurarse por esos parajes, nuestros centinelas los eliminarían.

(1) Se trata de Deir el-Ballas.

-Majestad -objetó Qans-, va a ser una empresa ardua y que requerirá un gran esfuerzo.

-Requerirá varios años, soy consciente de ello; pero si lo conseguimos, combatir ya no será imposible.

Media jornada más tarde, la caravana procedente del oasis de Bahanya saldría del desierto y llegaría a las verdeantes tierras del oasis del Fayum, un pequeño paraíso donde hombres y animales descansarían antes de retomar el camino hacia Avaris.

El jefe de los caravaneros, Adafi el Ladrón, había estado siempre a sueldo de los hicsos. Enemigo jurado de los egipcios, que habían humillado a su pueblo desde la noche de los tiempos, se alegraba cada día más de los beneficios de la ocupación. Poco a poco, la tierra de los faraones iba perdiendo su sangre para convertirse en una de las provincias del emperador.

Adafi el Ladrón admiraba a Apofis. Como él, solo creía en el uso de la fuerza. ¿Acaso no había asesinado a otros tres caravaneros para hacerse con sus asnos y aparecer, así, como uno de los comerciantes más ricos de Libia?

Como un placer suplementario, recientemente había capturado a un egipcio procedente del Sur, al que le había cortado personalmente las orejas y la lengua. Como un noble, le hacía llevar sus sandalias y su abanico, que el esclavo debía agitar sin cesar para ofrecer aire fresco su dueño.

Adafi entregaba en Avaris jarras de buen vino, sal y dátiles de una excepcional calidad. Todo estaba destinado al gran tesorero Khamudi, que no pagaba nada pero autorizaba al libio a tomar para sí parte de la producción de los oasis.

Pese a lo matinal de la hora, el calor se hacía ya abrumador.

-¡Más aire, perezoso!

El esclavo egipcio se acercó al asno en el que viajaba su dueño para abanicarle mejor. Estaba sumido en la pesadumbre, con la esperanza de que su corazón cediera enseguida y la muerte pusiera fin a su suplicio.

De pronto, la caravana se detuvo.

Adafi el Ladrón puso pie en tierra. Su segundo no tardó en reunirse con él.

-El asno que va en cabeza se ha detenido -explicó-. Hay un cadáver atravesado en el camino.

-¿Qué importa eso? ¡Que lo pisoteen y sigan!

-Sobre el cadáver hay un collar y algunos brazaletes. Además, el taparrabos y las sandalias parecen de buena calidad.

-Me encargaré de eso.

Seguido por el portador del abanico, el libio remontó la columna. Con el botín no se bromeaba: el jefe se servía primero. Tendido de espaldas, el muerto parecía joven. Lucía un espléndido bigote y, sobre todo, hermosas joyas.

Haciéndosele la boca agua, Adafi el Ladrón se inclinó para arrancar el collar.

Brutalmente resucitado, el Bigotudo tomó un puñal oculto en la arena y degolló al ladrón de cadáveres.

-¡Al ataque! -gritó levantándose.

De acuerdo con las órdenes, los resistentes no habían dado cuartel. Desde hacía más de dos años, atacaban las pequeñas caravanas, unas veces en el desierto del oeste, otras en el del este. Las operaciones no eran fáciles de organizar, pues debían obtener informaciones seguras y correr los mínimos riesgos. Cuando el convoy resultaba demasiado importante o iba protegido por soldados hicsos, el afgano y el Bigotudo preferían renunciar.

Sin embargo, habían inscrito algunas hermosas piezas en su cuaderno de caza, habían amasado reservas de alimentos y, también, ropas y objetos diversos, que cambiaban en caso de necesidad. Aquella caravana era su presa más grande.

-¡La resistencia se enriquece! -afirmó el Bigotudo-. ¿Por qué pones esa cara, afgano?

-Porque hemos golpeado demasiado fuerte. En el cadáver del desvalijador que tú has matado, he encontrado un escarabeo firmado por Khamudi. Esta caravana era para él y pondrá en marcha una investigación.

La alegría del Bigotudo se esfumó.

-Sobre todo, no debe conocer nuestra existencia… ¡Tal vez piense en una expedición de beduinos!

-Los merodeadores de las arenas son aliados de los hicsos, y nunca se atreverían a emprenderla con una caravana oficial. En caso de error, su primer reflejo sería llevar el botín a Avaris, para implorar el perdón de las autoridades.

-¡Pues hemos metido la pata!

-Solo queda una solución -decidió el afgano-: hacer que crean que los comerciantes se han matado entre sí. Dejaremos aquí, pues, el máximo de género y solo nos llevaremos algunos asnos.

Los resistentes dispusieron los cuerpos para que pareciera evidente una pelea generalizada.

-Pero mira este -dijo el Bigotudo al afgano-. Le cortaron las orejas y la lengua. Y hay algo más interesante: está circuncidado a la egipcia y, en el sobaco izquierdo, lleva tatuado el signo de la luna en la barca.

-Se trata de una señal de reconocimiento. El pobre tipo fue hecho prisionero; deberíamos haberlo respetado.

-¿Cómo podíamos saberlo?

-Por fuerza hay otra organización de resistencia en alguna parte -dijo el afgano.

-Tebas agoniza, Edfú está en manos de los hicsos y Elefantina bajo el yugo nubio. Nos guste o no, somos los únicos.

-Pero este signo de reconocimiento existe, y es la segunda vez que lo vemos.

El Bigotudo vaciló.

-¿Quieres ir hacia el sur tras romper la barrera de Heracleópolis?

-No estamos en condiciones aún, aunque nuestro balance no sea tan malo. Nuestra organización se fortalece mes tras mes, tenemos varias bases seguras, los campesinos nos apoyan y nos informan, disponemos de una forja para fabricar armas y de comida para saciarnos. Nuestro dominio es pequeño, ciertamente, pero en él nos encontramos seguros. Cuando estemos listos, no lo dudes, ocuparemos Heracleópolis.

-Ven a mi lado, querido -suplicó Yima, que había decolorado sus cabellos para parecer más rubia aún.

Con los pechos desnudos, apenas cubierta con un chal, hacía arrumacos en la cama.

Khamudi la abofeteó.

-Eres solo una perra en celo… El emperador me aguarda. Yima lloriqueó. Sabía muy bien que sus hechizos cautivaban a su hombre y que no podría prescindir mucho tiempo de ella. La próxima noche, ella le ofrecería una joven cananea que, tras haber conocido el éxtasis, serviría de alimento a los cocodrilos. Yima se prestaba a cualquier diversión, siempre que la organizara ella.

Khamudi se dirigió con pesados pasos hacia la pequeña estancia de la fortaleza, donde podía hablar con Apofis sin que nadie los oyera. No le contrariaba aquella ridícula historia de la caravana; aquellos ladrones imbéciles se habían matado mutuamente, sin duda a causa de la rapacidad de Adafi, pero las mercancías habían acabado llegando hasta él. Mucho más seria era la situación ante las costas de Creta.

Según uno de sus espías, los cretenses eran, en efecto, quienes habían contratado a los piratas chipriotas con la firme intención de apoderarse de varios barcos hicsos de mercancías. Faltaba una prueba formal, era cierto, pero ¿no debía Apofis reaccionar enseguida? La flota de guerra del almirante Jannas estaba fondeada ante la gran isla, dispuesta a atacar. Algunos transportes de tropas se unirían a ella antes del asalto.

Khamudi detestaba a los cretenses. Altivos, imbuidos de su pasado y de su cultura, no se comportaban como verdaderos vasallos. Durante algún tiempo, había pensado organizar un falso atentado contra Jannas y atribuir su autoría a los cretenses; pero aquel montaje exigía demasiadas complicidades y el gran tesorero no podía permitirse el menor error.

¡Y aquel error había sido cometido por los propios cretenses! Conociendo a Apofis, Khamudi sabía que su fría cólera sería terrible y que solo se calmaría con la destrucción de la isla.

El emperador se hacía afeitar por un nuevo barbero, que apenas podía contener un ligero temblor cuando hacía resbalar el filo de la navaja por las mejillas del dueño del mundo.

-¿Buenas noticias, Khamudi?

-La situación es delicada, majestad.

-Apresúrate a terminar, barbero.

Nervioso, el hombre se dio prisa, temiendo cometer alguna falta. Por fortuna, afeitó perfectamente al emperador, sin herirlo, y se esfumó con su material.

-El almirante Jannas debe atacar Creta -dijo Khamudi-. Esta orgullosa isla merece ser castigada.

-Estás, pues, seguro de que los cretenses amenazan nuestra flota comercial.

-No hay duda, en efecto.

-Entonces, actuar es indispensable.

-Transmitiré inmediatamente vuestras órdenes al almirante Jannas.

-Primero espera a conocerlas… Los cretenses son avezados guerreros y no nos será fácil vencerlos.

Khamudi se extrañó.

-¡Serán vencidos por el número!

-Claro, y lo saben. Por esa razón, estarán interesados en satisfacer mis exigencias. Que se doblen los impuestos, que me manden dos mil mercenarios y cincuenta barcos y que sus mejores pintores vengan a Avaris para decorar mi palacio. Si una sola de estas condiciones no se cumple, me sentiré ofendido y Jannas intervendrá.

Khamudi estaba encantado.

Los cretenses no aceptarían nunca semejante humillación.

Afable y simpático, Heray, el superior de los graneros, conocía a todos los tebanos y, de acuerdo con las instrucciones de Ahotep, proporcionaba gratuitamente pan y cerveza a las familias más pobres. Gracias a su cuidado, nadie pasaba hambre. Y como era amado por sus subordinados, a los que trataba con respeto, estos llevaban a cabo sus tareas sin desfallecer. Nunca los graneros tebanos habían estado mejor administrados.

¿Quién habría desconfiado de Heray? Apaciguaba las angustias, deshacía los conflictos y no se mostraba avaro a la hora de contar historias divertidas que entretenían a los más espíritus más apesadumbrados. Las familias acomodadas se sentían honradas recibiéndole y se ponían de buena gana en sus manos. Se había ganado, pues, la confianza de hombres y mujeres, de jóvenes y viejos, de crédulos y escépticos.

-Tengo la sensación de que la ciudad no tiene ya secretos para ti -dijo Ahotep mientras paseaba en su compañía por el jardín de palacio, bajo la atenta vigilancia de Risueño.

-Majestad, he identificado a los principales partidarios de colaborar con los hicsos. Son blandos, es cierto, pero confieso mi decepción y mi inquietud, porque son mucho más numerosos de lo que suponía. Tebas está minada por el miedo, el egoísmo y la cobardía.

-Lo contrario me habría sorprendido. Ahora sabemos con certeza que solo la base secreta nos permitirá preparar un ejército. Cuento contigo para conseguir que los colaboradores crean que hemos renunciado a cualquier iniciativa peligrosa. Explícales bien que mi única ambición consiste en tener un segundo hijo y vivir tranquilamente en palacio, aprovechándome de mis últimos privilegios.

-Sabré adormecerlos, majestad. Risueño olisqueó el aire.

Ojo avizor primero, se tumbó en el suelo, con las patas delanteras bien estiradas, dispuesto a jugar. Y emitió unos gruñidos de alegría cuando el pequeño Kamosis corrió hacia él.

El perro le lamió la frente y el chiquillo soltó una carcajada; luego, fingió estar asustado.

-¡Mamá, mamá! ¡Sálvame!

Ahotep tomó al niño en sus brazos y lo levantó por encima de su cabeza.

-Algún día, hijo mío, seremos libres.

A

l salir del establo donde acababa de nacer un ternero cuya madre se apresuró a lamer, Ahotep inspeccionó unos terrenos abandonados desde hacía varios años por sus propietarios. Por impulso de la reina, cuyas iniciativas eran seguidas por Heray, la ganadería se desarrollaba, mientras que los aguadores acudían regularmente a irrigar los huertos. Gracias al limo depositado por el Nilo en su crecida, los campesinos fertilizaban los suelos y obtenían soberbias cosechas.

Ahotep velaba también por el mantenimiento de los diques y la puesta en servicio de nuevas albercas de retención, de modo que la provincia tebana, incluso durante la estación seca, no careciera nunca de agua.

-Todo está dispuesto, majestad -le anunció Heray.

Puesto que los vendimiadores habían trabajado bien y la calidad de los caldos se anunciaba excelente, Ahotep había decidido celebrar una fiesta en plena campiña y en presencia de los notables. Aunque la amenaza de los hicsos fuera lacerante, todos apreciaron aquel momento arrancado a la angustia y degustaron sin contención el vino nuevo. ¡Qué exaltante era dar gracias al dios de la prensa, mantener conversaciones banales y creer en el porvenir, aunque solo fuera por un instante!

El intendente Qaris pidió silencio.

-Muchos se extrañan de no ver aquí a su majestad Teti la Pequeña. Nuestra soberana está con nosotros de corazón, pero su delicada salud no le permite salir de palacio. Me ha encargado deciros que renunciaba oficialmente a su tarea y que su hija Ahotep asumía, ahora, la totalidad de los deberes de una reina de Egipto. Las aclamaciones saludaron aquella noticia.

Un notable tomó la palabra.

-Nos felicitamos por esta elección, pero ¿qué pensará de ella el faraón Apofis?

-En la carta oficial que acaba de dirigírsele, su muy respetuosa sierva Ahotep solicita su aprobación y le ruega que siga protegiendo su buena ciudad de Tebas.

Miembro del partido de los colaboracionistas, el notable sonrió satisfecho.

Numerosos campesinos, en cambio, deploraron esa actitud. La joven sufría por no poder decir la verdad, pero era preciso que la población tebana estuviera convencida de que su nueva reina había renunciado, definitivamente, a combatir a los hicsos. Por lo que se refería a los que se rebelaban, Heray y sus agentes se ponían en contacto con ellos. Tras un período de prueba, se les sugería que anunciaran, en voz alta y fuerte, que abandonaban la miserable Tebas para buscar fortuna en otra parte. Y se dirigían a la base secreta de la orilla oeste, donde un implacable entrenamiento los sometía a dura prueba.

Los asistentes a la fiesta se dispersaron con tristeza.

-Paciencia, majestad -le sugirió Qaris a la reina, cuya frustración percibía.

-¿Ha salido la otra carta?

-Ha sido entregada en la aduana de Coptos, que la hará llegar al emperador. Como de costumbre, he imitado la caligrafía del difunto ministro de Agricultura y he puesto su sello. El traidor informa a Apofis que, como vuestra madre, sois una reina de pacotilla y una supervivencia folclórica que divierte al pueblo. Dada vuestra juventud, vuestra inexperiencia, vuestro amor por los niños y vuestra falta de interés por los asuntos públicos, no hay estrictamente nada que temer de vos.

Si Apofis hubiera sabido reír, no se habría privado de ello. Una mujer… Tebas había elegido una mujer, una chiquilla, para gobernarla. Pero ¿qué había que gobernar? Un montón de piojosos muertos de miedo ante la idea de que apareciera el ejército hicso. ¡Qué sorprendidos quedarían cuando cayeran sobre ellos los guerreros nubios!

De momento, a Apofis le importaba un comino la ridícula ciudad de Tebas. Solo el eventual enfrentamiento con Creta ocupaba sus pensamientos. Si golpeaba, la acción debía ser decisiva. Demostraría a todos sus súbditos, presentes y futuros, que nadie podría discutir su autoridad. Había hecho disponer, pues, tres líneas de embarcaciones ante las costas de la gran isla: primero, aquellas en las que iban los arqueros de élite y gigantescas hondas; luego, los transportes de infantes; finalmente, los cargueros de la intendencia. Según las estimaciones de Jannas, los soldados hicsos eran cinco veces más numerosos que los cretenses.

Sin embargo, el emperador se mostraba menos optimista que Khamudi. La batalla sería feroz y, después del desembarco, deberían apoderarse de una capital cretense bien fortificada, de modo que Apofis preparaba ya una segunda oleada de asalto, que él dirigiría personalmente.

De la isla de los rebeldes, no quedaría nada: ni un ser humano, ni un animal, ni un árbol.

-¡Aquí estás, por fin, Khamudi! ¿Qué pasa?

-El almirante Jannas ha transmitido a los cretenses vuestras exigencias. Han pedido negociar; naturalmente, él se ha negado y les ha concedido veinticuatro horas para responder.

Jannas es, a veces, demasiado conciliador -estimó el emperador-. ¿Está dispuesta a partir la segunda oleada de asalto?

-Está a vuestras órdenes, majestad.

El afgano seguía mostrándose escéptico.

-Según un mensaje llegado de Avaris, la casi totalidad de los barcos de guerra se dispone a abandonar el puerto.

-¿Hacia qué destino? -preguntó el Bigotudo, intrigado.

-Según el rumor, los hicsos tienen la intención de invadir Creta.

-¡Eso no me lo creo! La gran isla es su aliada.

-Nuestro informador precisa que el propio emperador se pondría a la cabeza de la expedición.

-¿Está seguro ese hombre?

-Lo conoces mejor que yo: es uno de los almaceneros del arsenal de Avaris, que tú mismo reclutaste. Arriesga su vida y la de su mensajero al comunicarme este tipo de información.

El Bigotudo mordió una cebolla fresca.

-¿Quién reinará en Egipto durante la ausencia del emperador?

-Probablemente, su fiel Khamudi.

-¿Y si intentáramos suprimirlo? Si desapareciera, provocaríamos un levantamiento del campesinado del Delta.

-Hermosa perspectiva, lo acepto…, pero demasiado hermosa para ser cierta, ¿no crees? Suponiendo que el emperador esté realmente ausente, no habrá dejado la capital sin protección. Una trampa soberbia, ¿no?

El Bigotudo tenía ganas de llorar, pero debía rendirse a la evidencia. Un puñado de resistentes no podía apoderarse de Avaris.

Apoyada en el brazo de su hija, Teti la Pequeña estaba encantada visitando su ciudad. Le sorprendió la limpieza de las calles y la gran cantidad de hermosas hortalizas expuestas en el mercado. Todos fueron felices al ver a la reina madre, que se complació mucho conversando con unos y otros antes de admirar los utensilios de cocina que fabricaban unos talleres que acababan de abrirse otra vez. Tras haber amasado arcilla humedecida con agua, los artesanos dejaban secar la pasta al sol y la cocían a baja temperatura. Moldeaban escudillas, jarras y copas, recubriéndolas con un enlucido que las hacía impermeables.

La anciana dama se interesó también por los sencillos cestos trenzados con juncos flexibles, que se prestaban a ser curvados, teñidos de rojo, de azul o de amarillo. Los destinados a contener objetos pesados tenían el fondo reforzado con dos barras de madera dispuestas en cruz.

-Si os gusta este cesto rojo, majestad -le dijo uno de los artesanos a la reina madre-, permitidme que os lo ofrezca.

-A cambio, recibirás un bote de ungüento.

Teti la Pequeña no abrió su regalo hasta llegar a palacio.

Por fortuna, el cesto estaba vacío. Según el código establecido con Seqen y Heray, aquello significaba que la seguridad de la base secreta era perfecta y que ningún colaborador representaba un peligro inmediato. En caso contrario, un pequeño papiro habría informado a la reina madre y a Ahotep de las disposiciones que debían tomarse.

-A mediodía -declaró Teti la Pequeña-, beberé un poco de vino blanco. El paseo me ha fortalecido.

D

esde lo alto de la ciudadela, Apofis vio llegar a puerto el navío almirante, seguido de las demás embarcaciones de la flota de guerra y de un barco comercial muy cargado.

En los muelles, la policía impedía cualquier manifestación popular. El emperador había prohibido el regocijo que, antaño, acompañaba el regreso de los marinos. En cualquier circunstancia, los soldados hicsos debían mostrarse disciplinados y dispuestos a combatir.

Apofis recibió a Jannas en la gran sala de audiencias del palacio, en presencia de un Khamudi huraño y de los dignatarios del régimen.

-¿Se han mostrado razonables los cretenses, almirante?

-Para mejor satisfaceros, han triplicado sus tributos y os mandarán, en las próximas semanas, los barcos y los mercenarios que habéis exigido. El rey de la gran isla os presenta sus excusas y os promete que el lamentable incidente que ha provocado nuestra intervención no se repetirá. Lamenta haber sido engañado por algunos consejeros mediocres, que han sido arrojados ya a las fieras.

-¿Y los artistas?

-Los mejores pintores cretenses están a vuestra disposición. Han viajado en el barco mercante, primer regalo de Creta, decidida a sellar su estatuto de vasallo fiel y solícito.

-Hazlos entrar.

Eran una decena, de cabello rizado y túnicas coloreadas. El de más edad tenía cuarenta años; el más joven, veinticinco.

-Arrodillaos ante el emperador y bajad la mirada -ordenó Khamudi.

Gracias a esos hombres, Apofis borraría de Avaris cualquier rastro de la cultura egipcia.

-Decoraréis mi palacio al estilo cretense. Quiero que sea más hermoso que el de Cnosos y que cada pintura resulte resplandeciente. Si lo conseguís, salvaréis vuestra vida. De lo contrario, consideraré vuestro fracaso como un insulto a mi persona.

-Es solo, aún, un embrión de ejército -dijo Seqen a Ahotep-, pero cada uno de mis primeros soldados se convierte poco a poco en un verdadero guerrero, capaz de vencer a cualquier adversario en un cuerpo a cuerpo. Las condiciones de vida son muy duras, pero así está bien, pues lo que les aguarda es más duro aún.

Desnudos a la sombra de un sicomoro cuyo follaje dispensaba un suave frescor, los dos jóvenes habían hecho el amor con pasión. Sin embargo, una sombra de tristeza velaba la mirada de la reina.

-No lo comprendo -confesó-. Aunque mi madre me regaló una concha contra la esterilidad y el mal de ojo, no consigo quedar encinta. ¿Ya comes bastante apio?

Seqen sonrió.

-¿Crees que lo necesito para demostrarte mi deseo? ¡Una sola jornada lejos de ti y me desespero!

-Quiero un segundo varón.

-Sería una gran felicidad, pero ¿no debemos aceptar la decisión de los dioses?

-Kamosis tendrá un hermano; ¡lo sé!

Seqen no se atrevió a formular la menor objeción. Las caricias de su esposa le hicieron olvidar todo lo que no fuera aquel cuerpo perfecto, tan dotado para el amor.

Al pequeño Kamosis le gustaba aprender rudimentos de lucha con su padre, pasear con Risueño y dejarse mimar por su madre, mientras escuchaba hermosas historias donde triunfaba la justicia. Pero lo que prefería era jugar con su abuela. Cuando hacía alguna travesura, Teti la Pequeña no lo reñía; intentaba ponerle a su vez una trampa, y la batalla de bromas terminaba en un concierto de carcajadas, acompañadas de dulces que la propia reina madre preparaba con inigualable talento.

En contacto con aquel bribón de sorprendente vitalidad, Teti la Pequeña recuperaba una nueva juventud. Su apetito sorprendía al cocinero de palacio, un agente de Heray, tanto más cuanto que ella no engordaba ni un gramo.

Siempre tan orgullosa y elegante, la reina madre no dejaba de aparecer en el mercado una vez al mes, para gran alegría de la población, que acabó pensando que su ciudad escaparía a la destrucción. Los cestos y los cuévanos regalados a Teti la Pequeña seguían vacíos.

La organización de vigilancia de Heray no solo se revelaba muy eficaz en la propia Tebas, sino que, además, la reina madre cuidaba de recordar, regularmente, el necesario respeto por el alma de los difuntos que reposaban en la necrópolis de la orilla oeste. Qaris y ella hacían correr terroríficas historias de aparecidos y demonios, que devoraban a los imprudentes lo bastante locos como para aventurarse por los dominios de los muertos.

Las frecuentes ausencias de Seqen solo eran conocidas por el personal de palacio, afecto por entero a la resistencia. Unos rumores que Teti la Pequeña y su intendente mantenían habían forjado la reputación de cazador y pescador de un joven descerebrado que no podía estarse quieto.

Por parte de los colaboracionistas, había un hecho innegable: la familia reinante no albergaba mas de la guerra alguno y aceptaba, sin inmutarse, el orden de los hicsos. Más aún, desde la subida al trono de Ahotep, había conseguido mejorar el nivel de vida de los tebanos, algo de lo que nadie se quejaba.

Sin embargo, el mercader de jarras Chomu seguía insatisfecho. Nacido de padre egipcio y madre cananea, había tenido muchas dificultades para obtener la consideración de sus conciudadanos, bastante desconfiados y reservados por lo que a él se refería. La desaparición de su enemigo más influyente, el ministro de Agricultura, había permitido a Chomu entablar contactos con otros comerciantes que compartían sus ideas: la dinastía tebana no tenía porvenir alguno y las provincias del Sur debían regresar, de modo mucho más claro, al regazo del emperador. ¿Quién sino Apofis, en efecto, podía hacer de nuevo próspera la ciudad de Amón?

El comportamiento de Ahotep había sorprendido a Chomu y sus amigos. Este estaba convencido de que aquella loca iba a atraer sobre ellos la cólera del emperador, pero los hechos lo habían desmentido. Al fundar una familia, la muchacha parecía degustar las virtudes de la sumisión.

Así pues, los insurrectos contra la omnipotencia de los hicsos preferían abandonar Tebas, donde ningún partidario de la colaboración había sido castigado por sus palabras. Y ni la vieja reina madre ni el escurridizo Seqen podrían lanzar a los tebanos al combate.

Ningún indicio permitía suponer que, bajo las cenizas, se incubaba una hoguera. Sin embargo, Chomu se sentía incómodo. Ciertamente, gracias a la pequeña recuperación de la actividad económica, vivía mejor; pero ¿por qué el emperador no había expulsado a Teti la Pequeña y a su hija? Sus amigos le respondían que estaban administrando correctamente el enclave y que sus resultados satisfacían al nuevo faraón. A fin de cuentas, Tebas ya solo era un burgo de provincias, lejos de Avaris, y no formaba parte de los centros de interés del emperador.

Puesto que cada cual comía convenientemente, ¿por qué no satisfacerse con la benevolencia de los hicsos que, como era evidente, habían olvidado la pequeña ciudad en agonía?

Chomu se mesó su barba rojiza.

El emperador tenía que conocer la existencia de un hombre como él y confiarle responsabilidades a la altura de su fidelidad. Pero ¿cómo entrar en contacto con Apofis? Salir del enclave tebano era muy arriesgado y a Chomu no le gustaba el peligro.

De momento, le tocaba convencer a más tebanos para que se adhirieran al partido de los colaboracionistas.

-¿Está seguro, absolutamente seguro? -preguntó Emheb al centinela.

-Absolutamente seguro. Se trataba de dos guerreros nubios. Han cambiado varias veces de puesto de observación para estudiar nuestra ciudad desde distintos ángulos.

Así pues, lo que tanto temía el gobernador de Edfú estaba a punto de suceder. Los nubios habían decidido extender su territorio más allá de Elefantina, avanzando hacia el Norte.

Edfú, Elkab, Tebas… Otras tantas presas fáciles. Fáciles, pero envenenadas.

Invadir Edfú suponía atacar a los hicsos. En cuanto se enteraran de la caída de la ciudad, mandarían al almirante Jannas con la orden de aplastar a los nubios y devastar el Sur.

Para impedir que los nubios atacaran, era pues necesario pedir socorro al emperador y provocar la intervención del mismo Jannas. Este desenmascararía a Emheb y a los resistentes, acabaría con los habitantes de Edfú y pasaría la región a sangre y fuego, incluida Tebas.

Ser aniquilados por los nubios o por los hicsos… No había otra elección.

¡

mira, mamá! ¡Mira! ¡Es Bribón!

El pequeño Kamosis se había hecho amigo de la paloma mensajera que efectuaba frecuentes vuelos entre Edfú y Tebas. Se posaba en el jardín de palacio y, orgullosa de haber llevado a cabo su misión, se dejaba acariciar por el chiquillo.

Kamosis había aprendido a desatar el cordón que ataba un rollo de papiro a la pata derecha del pichón. Si hubiera sido la pata izquierda, Ahotep habría sabido de inmediato que el autor del mensaje no era el gobernador Emheb.

Naturalmente, el texto estaba redactado en escritura cifrada e incluía, por tres veces y en medio de palabras desprovistas de sentido, el signo de reconocimiento de los resistentes.

Lo que leyó dejó a la reina petrificada.

El faraón Seqen, la reina madre Teti la Pequeña, el intendente Qaris y el superior de los graneros Heray escucharon con atención el desastroso mensaje del gobernador Emheb, que les transmitió la reina Ahotep con voz ahogada.

-No íbamos desencaminados -observó el rey-. El emperador solo respetaba Tebas para utilizarla como una trampa.

-¿Somos capaces de resistir a los nubios? -preguntó Heray sin gran esperanza.

-Solo dispongo de un centenar de soldados instruidos. Aunque se unan a los hombres de Emheb, seremos aplastados al primer asalto.

-Y los nubios merecen muy bien su fama de crueles -confirmó Qaris-. Hay que preparar la huida de la familia real.

-¿Y la población tebana? -se indignó Ahotep.

-Aunque intentáramos desplazarla, pronto sería descubierta y exterminada, por los hicsos, por los nubios o por ambos.

-Entonces, que tome las armas y combata bajo nuestro mando.

-Los civiles serán incapaces de hacerlo -objetó Heray-. No olvidéis, majestad, que los partidarios de la colaboración rechazarán el enfrentamiento e intentarán convencer a sus conciudadanos de que los imiten, prometiéndoles que se respetará su vida.

-Qaris tiene razón -reconoció el faraón Seqen-. Ahotep, su madre y nuestro hijo deben abandonar Tebas. Mis soldados y yo nos dirigiremos a Edfú y combatiré junto a Emheb.

-Soy demasiado vieja y estoy demasiado cansada para abandonar mi ciudad natal -afirmó Teti la Pequeña-. Y además, intentaré negociar con el ocupante.

-No abandonaré a mi marido -decidió Ahotep.

-Kamosis y tú representáis el futuro. Con una escolta, os esconderéis en el desierto y…

-Reventaremos como cobardes lejos de aquellos a quienes amamos… ¡Nunca! Regresa a la base secreta, Seqen, y prepara a tus soldados para que mueran como guerreros. Responderé al gobernador Emheb que nos uniremos a él cuando sea necesario.

La bella Ventosa se había encaprichado de uno de los pintores cretenses con más talento. Además, el seductor joven era el jefe del pequeño clan de artistas obligados a decorar al palacio de Apofis.

-¿Puedo ver cómo trabajas, Minos?

-Eso me horroriza.

La alta y esbelta euroasiática se pasó un refinado dedo por sus sensuales labios.

-Sabes muy bien que estás obligado a obedecer al emperador y que el emperador es mi hermano. No me negará nada, ni siquiera la cabeza de un pintor cretense.

-Sin mí, este palacio seguirá siendo lo que es: una horrible prisión.

-¿Te crees insustituible, Minos?

-Lo soy. Y en cuanto haya terminado, regresaré a mi tierra, con mis compañeros.

-¡Qué ingenuo eres!

El artista se volvió para descubrir a la magnífica princesa de voz incitadora.

-¿Por qué lo dices?

-Porque nunca volverás a Creta. ¿No comprendes que te has convertido en propiedad del emperador?

Minos soltó el pincel.

Ventosa pasó tiernamente la mano por los rizados cabellos del pintor y le besó en el cuello.

-No es tan terrible si sabes hacerlo. Egipto es un país agradable y solo de ti depende que este palacio sea más atractivo. Además, no tienes derecho a fracasar; recuérdalo.

Minos permanecía inmóvil.

-Espero que no seas un aficionado a los muchachos -se preocupó Ventosa, desatando el taparrabos del cretense. Viendo el efecto de sus caricias, se tranquilizó.

Sin que pudiera soportarlo más, Minos la tomó febrilmente en sus brazos y se tendieron en el enlosado.

-Hay lugares más cómodos para que nos conozcamos -sugirió ella.

-Puesto que dudas de mis dotes como amante, quiero demostrártelos sin más tardanza.

La ceremonia de los tributos consagraba, de nuevo, la omnipotencia del emperador y faraón Apofis, ante quien sus vasallos se habían inclinado, tras haberle ofrecido en mayor cantidad que el año anterior, las riquezas de sus respectivas regiones.

Particularmente notable fue la intervención del embajador de Creta, que, en términos muy estudiados, había alabado la grandeza de Apofis y había insistido en el orgullo que la gran isla al ver cómo sus mejores artistas decoraban el palacio de Avaris, considerado entonces el centro del mundo.

El almirante Jannas, por su parte, había sido invitado a evocar las fuerzas armadas de los hicsos, tanto terrestres como marítimas, para que los eventuales rebeldes comprendieran que corrían hacia una muerte segura. Durante el discurso de Jannas, el emperador observaba al embajador de Nubia, cuyo rostro había permanecido imperturbable.

Finalmente, el gran tesorero Khamudi había anunciado, como cada año, un aumento de los impuestos y las tasas, indispensable para que los distintos servicios del estado hicso pudieran encargarse del bienestar y la seguridad de sus súbditos. Cualquier retraso o cualquier intento de hacer trampas acarrearían pesadas penas. Si un vasallo faltaba a sus deberes, el ejército intervendría enseguida para recordárselo.

A ningún diplomático le gustaba permanecer largo tiempo en Avaris, donde la omnipresencia de la policía hacía la atmósfera asfixiante. Y todos sabían que el emperador podía hacer desaparecer a cualquiera si eso le complacía.

El más aliviado fue el embajador de Creta, que, a pesar de la total sumisión de su país, temía, sin embargo, represalias. Conociendo a Apofis, Khamudi y Jannas, había convencido a su rey de que no intentara nunca más nada contra los hicsos y se contentara con las condiciones de vida que el emperador concedía a la gran isla.

Cuando su barco abandonaba el puerto de Avaris, dirigió un conmovido pensamiento a su colega nubio, que acababa de ser convocado por Apofis.

Sin duda, no volvería a verle.

-Has permanecido muy silencioso -dijo Apofis al embajador de Nubia, que, a pesar de toda su experiencia, tenía un nudo en la garganta y el vientre sacudido por los espasmos.

-La ceremonia ha sido estupenda, majestad, y todo ha sido expuesto con diáfana claridad.

-Puesto que el Imperio está en paz, he decidido ocuparme un poco más de Egipto y de Nubia. Por eso, confío una nueva misión al almirante Jannas y al gran tesorero Khamudi.

El embajador se estremeció. ¿La voz ronca del emperador acababa de anunciar el exterminio del pueblo nubio?

-No te confundas sobre mis intenciones -prosiguió Apofis-. Puesto que mi amigo y fiel súbdito Nedjeh se comporta lealmente y no ha cometido falta grave alguna, ¿por qué voy a castigarlo? El embajador sudaba la gota gorda.

Nedjeh tenía la intención, en menos de un mes, de atacar Edfú, apoderarse luego de Tebas y colocar al emperador ante el hecho consumado. Para él, el Norte; para los nubios, el Sur.

-Las finanzas públicas son un arte difícil -prosiguió Apofis-. Pese a la buena voluntad de las autoridades locales, siempre existen imprecisiones, incluso enojosos olvidos. Khamudi es tan fiel a la causa del Estado que no soporta ya estas imperfecciones, de modo que se ha hecho indispensable un censo.

-Un censo… -farfulló el embajador.

-Las tropas del almirante Jannas partirán mañana hacia Elefantina, donde censarán a hombres y animales, cabeza por cabeza. Efectuarán luego el mismo trabajo en Nubia, mientras otros soldados se encargarán de las provincias del Sur. Naturalmente, cuento con la completa y activa colaboración de mi servidor Nedjeh.

-Naturalmente -repitió el embajador.

Un barco hicso, gobernador.

-¿Solo uno? -se extrañó Emheb.

-Sí, y no muy grande. Un oficial y una docena de hombres han desembarcado. Se dirigen hacia nosotros. ¿Cuándo los matamos?

-No los tocaremos antes de saber qué quieren. Si se le informa de la falta de un barco, Jannas reaccionará de modo violento. El gobernador Emheb estaba perplejo.

Era evidente que los hicsos habían sido advertidos de las intenciones de los nubios. ¿Por qué enviaban solo tan modestos refuerzos?

Probablemente, se trataba de una simple vanguardia.

Emheb tal vez lograría engañar a los recién llegados, garantizándoles que Edfú estaba bajo control y que serviría de base a los hicsos para cerrarles el paso a los nubios; pero solo sería un aplazamiento. Los emisarios anunciaban, sin duda, la llegada de Jannas. -El oficial aguarda, gobernador.

-Traédmelo.

Más de veinte navíos de guerra cargados de hicsos habían pasado ante Tebas subiendo por el Nilo.

Las calles de la ciudad estaban desiertas.

En palacio, nadie podía ocultar su angustia.

Teti la Pequeña jugaba todavía con Kamosis, aunque sin su ardor habitual. Incluso Risueño estaba nervioso.

-El emperador lleva siempre un movimiento de adelanto -comprobó Qans-. Los nubios han hecho mal desafiándolo. -¡Y Tebas pagará su atrevimiento! -protestó Ahotep. -Poneos al abrigo, majestad -suplicó el intendente-. Reuníos con el rey en la orilla oeste.

-En cuanto Seqen y sus hombres puedan cruzar el Nilo, vendrán a defendernos.

Un Heray jadeante irrumpió en la sala de audiencias.

-Los hicsos desembarcan… ¡Pronto estarán aquí!

-Yo los recibiré -anunció Teti la Pequeña, que llevaba a Kamosis en sus brazos-. No se atreverán a tocar a una abuela y a su nieto.

-No, madre. Yo me enfrentaré con ellos.

La joven reina salió de palacio para acercarse al destacamento hicso.

Le preguntaría a su jefe si respetarían Tebas. ¿Qué podía ofrecer a cambio, salvo a ella misma? Sin duda, al emperador le encantaría reducirla a la esclavitud. Cuando estuviera en su presencia, ella encontraría las palabras justas para decirle qué monstruo y qué cobarde era.

Sería su último combate.

Los soldados avanzaban inexorablemente. Inmóvil bajo el sol, Ahotep combatía su miedo. De pronto, se preguntó si sus ojos no la engañaban. ¡No, era él!

-¡Gobernador Emheb!

-No tenéis nada que temer, majestad -murmuró él-. Ni los nubios ni los hicsos van a atacar. El emperador ha decretado un censo general que se extiende a Nubia, y Jannas en persona ha sido encargado de llevarlo a cabo, a la cabeza de sus tropas. A Nedjeh le es imposible desobedecer. Permanece clavado en su capital y tendrá que comportarse como fiel súbdito del emperador. No puede ya apoderarse de Edfú y de Tebas; sus veleidades de conquista han sido aplastadas de entrada. Apofis conocerá el número exacto de guerreros negros e impondrá a su rey las consiguientes tasas. Por lo que a Tebas se refiere, población desprovista de importancia, yo, un perfecto colaborador, me encargaré de ello con la mayor severidad.

Ahotep se hubiera lanzado de buena gana al cuello de Emheb, pero decenas de ojos debían de observar la escena.

-¡Mi ciudad es independiente! -clamó-. ¿Cómo vos, un egipcio, podéis traicionar así a vuestro país, convirtiéndoos en un secuaz del emperador?

-Apofis es nuestro faraón, majestad, y todos le debemos obediencia -repuso el gobernador Emheb con voz fuerte-. Solo estoy aquí con algunos soldados, que procederán al censo de los habitantes de Tebas. Si no queréis cooperar, un regimiento realizará la tarea tras haber detenido y deportado a los elementos subversivos. Ahotep volvió la espalda al gobernador.

-La familia real comprende cuatro personas -declaró con desdén-: la reina madre Teti la Pequeña, mi marido Seqen, mi hijo Kamosis y yo misma. Para el personal de palacio, ved al intendente Qaris. Y para el resto de la población, arregláoslas.

Oculto tras una contraventana entornada, Chomu no se había perdido el altercado. En cuanto la reina hubo desaparecido, corrió hacia el gobernador.

-¡Bienvenidos, gloriosos hicsos! Mi nombre es Chomu; soy comerciante y represento a los numerosos tebanos que veneran al emperador. Estamos dispuestos a facilitar la tarea a vuestros soldados.

Dominando su asco, Emheb esbozó una sonrisa.

-Te nombro censador local. Te instalarás en un despacho con dos escribas hicsos; reunirás las declaraciones y las clasificarás. No dejes de señalarme a los que mientan.

-¡Sabréis el número exacto de habitantes, gobernador!

Con los labios brillando de excitación, Chomu se atrevió a hacer la pregunta decisiva.

-¿Me autorizáis a firmar el informe definitivo, insistiendo en mi fidelidad al emperador?

-Si estoy satisfecho de tu trabajo, ¿por qué no?

Nunca Chomu había gozado un momento de éxtasis semejante. ¡Era censador oficial por cuenta del emperador! Por fin había superado el primer peldaño de la escalera que llevaba a la alcaldía de Tebas, de donde expulsaría a la familia real para convertirla en una verdadera ciudad de los hicsos.

Los campesinos del Delta no reconocían ya su región. Por todas partes habían florecido acantonamientos militares que sustituían a las cabañas de los pastores, y proliferaba un animal desconocido hasta entonces: la oveja de lana. Los hicsos la consumían en grandes cantidades, rechazando la carne de cerdo tan apreciada por los egipcios y, al contrario que ellos, preferían los vestidos de lana a los de lino.

Día tras día, según advertía el Bigotudo, iba abriéndose una profunda sima entre el ocupante y el ocupado. Aunque el número de colaboracionistas aumentase, pocos de ellos eran sinceros y creían realmente en las virtudes del orden hicso. La mayoría intentaba salvar su vida fingiendo venerar a un tirano al que ninguna fuerza del mundo podría ya alcanzar.

En un clima de desesperación, no era fácil reclutar nuevos resistentes. En cambio, quienes deseaban combatir a Apofis estaban dispuestos a sacrificarse y no retrocederían ante el peligro.

Ese día, el Bigotudo había fracasado.

Tras haber trabajado durante un mes con unos criadores de cerdos sin pedirles más salario que un poco de alimento, se había descubierto con la esperanza de enrolar al menos a uno. Pero los cinco hombres, aun manifestándole su simpatía, no se sentían capaces de lanzarse a una aventura tan loca.

Cuando pasaba junto al reducto abandonado donde se ocultaba el afgano, que esperaba los resultados de la gestión de su amigo, uno de los porquerizos se detuvo en seco.

-¡Hicsos aquí!

De hecho, una decena de infantes con negras corazas salía de la granja donde vivían los criadores y sus familias.

El Bigotudo no podía huir ni avisar al afgano. Los soldados habían descubierto a los campesinos y se dirigían hacia ellos. Solo podía esperar que los porquerizos no lo vendieran.

-Operación de censo -aNunció el oficial, un robusto anatolio-. Vuestros nombres y el número exacto de vuestros animales. ¡Ah!, os advierto que el precio de venta de vuestros cerdos ha bajado a la mitad, y las tasas han aumentado otro tanto.

-¡Nos arruinaréis!

-Ese no es mi problema, amigo. Basta con que hagas como nosotros y no comas cerdo. Dime, ¿no habrás escondido alguno en aquel reducto, allí?

-No, está abandonado.

-De todos modos iremos a ver, solo para asegurarnos de que no mientes. En caso contrario, amigo, tendrás problemas graves.

-¡Defendeos, quieren mataros! -gritó el Bigotudo, rompiendo el cuello a uno de los soldados, al que le arrancó la espada para clavarla en el pecho de su compañero más cercano.

Rabioso, el anatolio clavó su lanza en el vientre de uno de los porquerizos que intentaba apaciguarle. Al disponer solo de sus puños, los campesinos fueron unos irrisorios adversarios para los hicsos. Pero les retrasaron lo bastante como para dar tiempo a que saliera del reducto una verdadera fiera con una horca.

El afgano la clavó en los riñones del anatolio.

Petrificados de estupor, sus soldados no pudieron reaccionar. Acostumbrados al combate cuerpo a cuerpo, los dos resistentes no les dejaron opción alguna.

Manchadas de sangre, las manos del Bigotudo temblaban. El afgano recuperaba el aliento.

Ni uno solo de los porquerizos había sobrevivido. El afgano remató a los hicsos heridos. Furioso, el Bigotudo pisoteó los cadáveres, hasta que ningún rostro fue reconocible.

Instalado en su lujoso barco de Avaris, donde le llegaban los informes de los censadores, el gran tesorero Khamudi había engordado mucho. Aquel a quien sus subordinados apodaban, en gran secreto, su suficiencia o agárralo todo, se Había vuelto riquísimo. Controlando la producción de escarabeos y papiros, y tomando por su cuenta personal parte de los ingresos fiscales con la conformidad de Apofis, daba libre curso a su avidez, acompañada por una sólida avaricia.

Tras tres años de esfuerzos, el censo concluía. De acuerdo con las instrucciones de Khamudi, los soldados hicsos habían explorado hasta el más mínimo rincón de Egipto y Nubia, regresando varias veces a los parajes más poblados, de modo que ni una cabeza humana ni una cabeza de ganado se les escapara. Y el resultado era notable: ni un solo ser humano se libraría de los múltiples impuestos decretados por el emperador.

Decepcionado por los inicios de la empresa, Khamudi había tenido una idea genial: confiar las primeras declaraciones a algunos escribas locales. En caso de error, al realizarse la verificación por oficiales hicsos, eran quemados vivos en la plaza pública. La medida había producido los efectos esperados: los letrados egipcios habían resultado excelentes colaboradores, persiguiendo hasta el último campesino que se escondía en su terruño, incluso en una provincia alejada.

Con legítimo orgullo, pues, podía Khamudi presentarse ante su dueño, ocupado en calcular la próxima plantilla de salarios para los soldados y funcionarios del Estado hicso. La cosa era tan sencilla como eficaz: incrementarlos tomando una mayor parte de las rentas de sus súbditos, puestos en la imposibilidad de protestar.

-¡Majestad, el censo es un verdadero éxito!

-¿En cuánto ha aumentado la recaudación?

-¡En más del treinta por ciento! Incluso los nubios han pasado por el aro. No digo que Nedjeh no oculte algunos tesoros familiares que se haya olvidado de declarar, pero ¿no vamos a perdonarle esa fruslería?

-A cambio, aumentarás el precio del trigo que le vendemos. ¿Algún incidente notable?

-Hemos perdido una patrulla que tuvo la imprudencia de bañarse en el Nilo, en un lugar infestado de cocodrilos. Solo encontramos jirones de carne pegados a los uniformes. Ningún otro incidente destacable. ¿Quién se atrevería a rebelarse contra nuestro ejército? Incluso los feroces nubios han comprendido que más les vale obedecer sin discusiones al almirante Jannas. Hay otro motivo de satisfacción: la extinción de cualquier movimiento de resistencia y el creciente número de colaboradores egipcios. El gobernador de Edfú, Emheb, ha sido un activo censador. La campiña tebana tenía el doble de animales de lo previsto, y ha descubierto incluso a los propietarios de un solo cerdo.

-¿No ha protegido a su propia ciudad?

-¡En absoluto, majestad! Ser investido con una misión oficial le ha dado unas alas de ave rapaz. Gracias a él, desangraremos a Edfú.

-Nómbrale inspector general de los impuestos de la provincia tebana, y que sus ingresos fiscales no dejen de crecer. Su actitud, sin duda, inspirará a otros notables egipcios, que acelerarán la putrefacción de su pueblo.

Incluso el afgano estaba agotado.

Desde el comienzo del censo, el grupito de resistentes se veía obligado a desplazarse sin cesar, con el temor de ser interceptados por una de las numerosas patrullas de hicsos que recorrían el Medio Egipto sin olvidar las más alejadas granjas.

Varias veces, el desierto les había proporcionado un refugio temporal, pero la falta de víveres los obligaba a volver a las campiñas, donde los campesinos se mostraban hostiles.

No se trataba ya de reclutar, sino solo de sobrevivir.

-No aguantaremos mucho tiempo -confesó el Bigotudo-. Nuestros hombres tienen los nervios de punta. A fuerza de servir de presa, están corroídos por el miedo. Algunos desean incluso volver a sus casas.

-Allí serán ejecutados.

-Prefieren eso a una continua fuga.

-Intentaré convencerlos. Y si no lo logro…

-¿Vas a acabar con los que ya no creen en ello?

-¿Tienes una solución mejor?

El afgano tenía razón. Pero ¿cómo aceptar semejantes extremos?

-Si les dejamos partir -prosiguió el afgano-, nos denunciarán. Todo lo que hemos sufrido durante varios años habrá sido en vano.

-¡Son nuestros compañeros! ¡No son nuestros enemigos!

-Si pierden pie, lo serán.

Uno de los resistentes les avisó.

-Viene un granjero.

-¿Conocido?

-Nos dio asilo alguna vez.

-Comprueba si le siguen los hicsos. El campesino iba solo.

Bajo la protección del afgano, oculto tras un tamarisco, el Bigotudo aceptó hablar con él.

-¿Qué quieres, granjero?

-¡Se ha terminado! ¡El censo ha terminado! Las patrullas especiales han regresado a Avaris y la flota de guerra también. Ya solo quedan las tropas de ocupación habituales. Esta misma noche podréis dormir en mi casa.

Tebas estaba exangüe.

Ahotep no lamentaba haber aprobado la estrategia preconizada por el gobernador Emheb, pero estaba arruinando a los habitantes de la pequeña ciudad. Las nuevas tasas sobre las cosechas apenas dejaban a los tebanos comida suficiente, y era necesaria toda la persuasión de Ahotep para mantener su deseo de vivir.

Teti la Pequeña la secundaba con eficacia. Iba a menudo al mercado, donde explicaba a las amas de casa que la familia real no comía más ni mejor que ellas. Y el pequeño Kamosis afirmaba, en voz alta y fuerte, que Tebas vencería a todos sus enemigos.

El mercader de jarras Chomu sufría una depresión nerviosa. Había esperado que los militares hicsos se quedaran en Tebas y le atribuyeran el puesto de alcalde, para agradecerle que hubiera denunciado a quienes poseían algunos bienes sin haberlos declarado al fisco. Aunque fue calurosamente felicitado, el gobernador Emheb había regresado a Edfú sin deponer de sus funciones a la reina Ahotep, que, ciertamente, había aceptado todas sus condiciones.

¿Cómo luchar contra la popularidad de la joven soberana y de la reina madre? Sumido en su decepción, a Chomu no le quedaban muchos argumentos para ofrecer a los partidarios de la colaboración, puesto que Ahotep satisfacía las exigencias del emperador.

El superior de los graneros Heray le había consolado un poco, prometiéndole que, en el porvenir, iba a desempeñar un papel decisivo. Su devoción por el nuevo dueño del país no pasaría desapercibida, tanto menos cuanto que el informe del gobernador Emheb había sido especialmente elogioso para con ese colaborador tan diligente.

En verdad, Emheb se había guardado mucho de evocar el caso de aquel roedor al que Heray vigilaba como a la leche en el fuego. Antes o después, Chomu saldría de su estado de abatimiento y recuperaría su capacidad de hacer daño.

En la región tebana, el censo no había concluido por completo. A riesgo de que sospecharan de él, Emheb había sido incapaz de impedir que un destacamento hicso fuera a la orilla oeste de Tebas para inspeccionar allí la necrópolis y sus alrededores, que se creían, sin embargo, vacíos de cualquier habitante.

Pero ni un rincón de tierra debía escapar a los censadores.

Y si llevaban a cabo correctamente su trabajo, darían con la base secreta.

Bribón se posó en el hombro de Seqen, que, tras acariciarlo, leyó el mensaje que la paloma le traía.

-Los hicsos inspeccionan la necrópolis -anunció a sus hombres-. Luego, ya solo les quedará por controlar la región desértica que se extiende hacia el Norte.

-Nos enfrentaremos a ellos y los mataremos -prometió un joven guerrero.

-Sería una victoria sin futuro -estimó Seqen-. La desaparición del destacamento sería comunicada al cuartel general, que nos mandaría todo un ejército contra el que seríamos impotentes.

-¡No vamos a dejar que nos maten sin reaccionar!

-Respetemos las consignas de urgencia y no nos demoremos.

A la entrada de la necrópolis, el jefe del destacamento hicso sintió deseos de retroceder. El gobernador Emheb le había confiado que ya ningún egipcio se aventuraba por aquel lugar habitado por monstruos con cabeza de buitre y patas de león. Atacaban a sus víctimas por detrás, les sacaban los ojos, les agujereaban el cráneo, bebían su sangre y devoraban su médula.

Antiguo pirata, el oficial había dado fin a los suficientes adversarios como para no temer ese tipo de animalejos. Pero sus soldados, bien armados sin embargo, no compartían su opinión.

No obstante, la austeridad del lugar y el pesado silencio que allí reinaban le incomodaron.

Cuando un perro ladró, el hicso dio un respingo.

Uno de los infantes disparó enseguida una flecha. Se aplastó contra una estela que maldecía a los profanadores y el último guardián del cementerio emprendió la huida.

-A fin de cuentas, no vamos a censar a los muertos -observó un infante.

-¿Y si desvalijáramos las tumbas? -sugirió uno de sus compañeros.

-Ve tú primero.

-¿Crees en todas esas historias de monstruos?

-¡Claro que no! Pero ve tú primero.

El jefe del destacamento tenía buen ojo: pequeñas sepulturas, abandonadas en su mayoría, despanzurradas algunas… Nada había que esperar allí.

-No hay nadie que censar por aquí -advirtió-. Vamos a explorar la última zona en blanco de mi mapa.

-¡Por ahí, jefe, está el desierto!

-¿Te da miedo?

-Algunos afirman que es peligroso, con todos esos monstruos merodeando.

-Ningún monstruo podría resistir a trescientos soldados hicsos. Adelante.

En la base secreta nada se veía ya. Seqen había hecho desaparecer todo rastro de campamento. Sus hombres se habían ocultado bien; unos, detrás de las colinas, muy en el interior del desierto; otros, en galerías subterráneas, excavadas junto al campo de entrenamiento. El rey y dos de sus mejores soldados se habían refugiado en una gruta natural, desde la que podían observar el enclave sin ser descubiertos.

Seqen vio llegar a los exploradores hicsos, seguidos muy de cerca por la vanguardia y, luego, por el grueso de las tropas. Iban a buen ritmo, como si tuvieran prisa por atravesar una región hostil.

De pronto, su jefe quedó inmóvil y miró el suelo.

-Siempre que no haya descubierto la entrada de una galería… -se preocupó uno de los soldados egipcios.

-Allí no la hay -le tranquilizó el rey.

El oficial recogió un objeto y lo blandió.

-Una de las espadas de madera que utilizamos durante los ejercicios -masculló Seqen, furioso contra una negligencia que podía costarles la vida.

-¡Es un juguete, jefe! -estimó un suboficial.

-Es posible… Ha sido muy utilizado.

-¡Esas son las únicas armas de las que disponen los egipcios para combatirnos! -exclamó un infante, lo que produjo la hilaridad general.

Girando lentamente sobre sí mismo, el jefe del destacamento examinó el lugar.

-Explorad todo esto -ordenó.

Durante más de tres horas, los hicsos buscaron otros objetos, prueba de que el lugar había estado habitado o lo estaba aún.

El resultado fue negativo. Era evidente que el juguete había llegado allí a consecuencia de una tempestad de arena, a menos que lo hubiera olvidado alguno de los retoños de una tribu nómada.

-Hemos llegado al final de la zona, jefe -observó un explorador-. No hay alma viviente.

-Queda esa gruta que me intriga. Echémosle una ojeada.

-¡Vienen hacia aquí, majestad!

-Mantén la sangre fría, soldado.

-¡Si entran en la gruta, estamos perdidos!

-Ten confianza.

-¡Deberíamos huir!

-Demasiado tarde. Vayamos hasta el fondo, peguémonos al suelo y ni una palabra.

En la entrada de la gruta, Seqen había dispuesto osamentas de animales, algunas provistas aún de jirones de carne.

-¡Hay un monstruo aquí dentro! -advirtió un hicso.

-Un monstruo no, pero sin duda un animal carnívoro -objetó el jefe.

-Si está en su madriguera, nos atacará.

-Disponemos de un sencillo medio de saberlo… Arqueros, ¡apuntad!

Una decena de flechas volaron hacia el fondo de la gruta. Cuando una de ellas se clavó en el brazo del soldado que tenía ante él, Seqen le puso de inmediato la mano derecha en la boca para impedir que gritara.

Las otras flechas habían pasado por encima de los tres egipcios y habían chocado contra la roca.

-La bestia no está en el nido -advirtió uno de los arqueros-. ¿Esperamos su regreso?

-Nos olería y no se acercaría… Además, no tenemos que censar los animales salvajes del desierto. Regresamos al campamento.

Aliviado, el destacamento hicso abandonó aquel inhóspito lugar, donde ni siquiera un empecinado rebelde habría aceptado vivir.

Cada día más enamorados el uno del otro, abrazados, Ahotep y Seqen contemplaban a los soldados del nuevo ejército egipcio, que levantaban sus tiendas y volvían a instalar su campamento.

La propia reina había curado al herido, mientras todos sus camaradas aclamaban a la muchacha, cuyo brevísimo discurso había alabado su valor, garantía de futuras victorias.

-El desierto nos da la fuerza de Set -dijo Ahotep-. No existía mejor lugar para acoger nuestra base secreta. Ahora, es preciso desarrollarla.

-¿De qué modo? -preguntó Seqen.

-Nuestros soldados merecen algo mejor que simples tiendas. Construiremos una fortaleza, un cuartel, casas e incluso un palacio.

-Ahotep, no…

-Ningún hicso explorará ya estas latitudes. Construyamos con una sola consigna: la liberación. En Tebas, hay demasiados colaboracionistas. Seguiremos fingiendo mientras no estemos listos. Luego los eliminaremos para asegurar nuestra coherencia. Seqen no tenía nada que añadir. Era, exactamente, el insensato plan que pensaba proponer a su esposa.

-¿Por qué has corrido el riesgo de ocultarte en esa gruta en vez de elegir una galería subterránea?

-Porque quería ver cómo llegaban y se marchaban los hicsos, para que mis hombres no corrieran peligro.

Ahotep arrastró a su marido hasta la gruta donde le había rozado la muerte.

-Te has convertido en un verdadero jefe, Seqen, y estoy orgullosa de ti.

La soberbia muchacha se quitó la túnica y se tendió en aquella improvisada yacija.

-Dame un segundo hijo, amor mío.

E

ran solo tres escribas y trabajaban sin descanso durante todo el día y buena parte de la noche. Instalados permanentemente en la base secreta de Deir el-Ballas, administraban la pequeña aglomeración, que ya tenía, entonces, un fortín, un cuartel, varias casas y un modesto palacio.

El entusiasmo que reinaba entre los resistentes multiplicaba sus fuerzas. Tenían plena confianza en la pareja real, cuya inquebrantable decisión era el mejor de los alientos para proseguir una tarea imposible.

Los ladrillos habían sido fabricados allí mismo. Los aguadores llevaban a cabo incesantes idas y venidas entre el río y el desierto, que los hortelanos de la base habían conseguido fertilizar junto a las moradas. Gracias a los pescadores, los soldados comían pescado fresco, mientras que la cervecería y la panadería proporcionaban los productos básicos. Las noches sin luna, un destacamento atravesaba el Nilo e iba a buscar, en la orilla oeste, un cargamento de carne seca.

Llenar la panza era insuficiente. Por eso, Ahotep había ordenado a los escribas que abrieran una escuela, donde los resistentes aprenderían a leer y a escribir. Más tarde, algunos ocuparían puestos de responsabilidad en un Egipto liberado.

La reina tenía un solo guardia personal: Risueño, que no hacía reír a nadie. A su impresionante masa muscular, el perro añadía una rapidez de intervención digna de un animal de caza. Juguetón, le gustaba acercarse sin hacer ruido a los carpinteros y ponerles, delicadamente, su enorme pata en el hombro. La mayoría sudaba con intensidad antes de que la afrutada voz de Ahotep los liberase.

Los artesanos desempeñaban un papel esencial en la preparación de la guerra. Mientras los soldados se entrenaban al mando de Seqen, fabricaban flechas, arcos, lanzas, espadas y escudos. Pero todo aquello sería inútil sin un medio de transporte: el barco.

Así pues, la reina había contratado, poco a poco, algunos carpinteros, sometidos al secreto, como todos los habitantes de la base. El gobernador Emheb le había mandado unos pocos especialistas de Edfú, que seguía siendo considerada por los hicsos como una ciudad muy segura, dirigida por un implacable colaborador devoto al emperador. Gran cobrador de impuestos, Emheb se rearmaba, también, e instalaba sus reclutas en el devastado paraje de Elkab, al que devolvía la vida.

Tebas, Edfú, Elkab: en la maqueta del intendente Qaris, había ahora tres ciudades egipcias que no estaban bajo el dominio hicso.

Ascendido a superior de los asnos, Viento del Norte asumía, a la cabeza de sus colegas, el transporte de los materiales destinados a los astilleros. Llevaban madera, papiro y herramientas, sin rechistar ante el esfuerzo, como si tuvieran conciencia de participar en una acción decisiva.

Todo iba con demasiada lentitud para el gusto de Ahotep, pero se armaba de paciencia. Y la inauguración del astillero naval le parecía una etapa crucial: cuando los resistentes dispusieran, por fin, de una flota de guerra, no estarían ya clavados en un lugar y podrían lanzar su primer ataque.

Los artesanos trabajaban al aire libre, al ritmo de canciones cuyas letras no podían adaptarse, en muchos casos, a cualquier oído. La reina no se preocupaba y prefería demorarse en la fabricación del primer barco, preñado de tanta esperanza.

Los troncos de acacias convertidos en pequeñas tablas, que los carpinteros ensamblaban como ladrillos para formar las paredes de la embarcación. Eran fijadas por largas clavijas o atadas con sólidas cuerdas, que pasaban por agujeros hechos con brocas. Con una hachuela, el maestro carpintero daba forma al codaste, pieza que servía de soporte al gobernalle, mientras sus asistentes se encargaban de la roda y de la quilla.

La reina examinó personalmente el casco, tanto el interior como el exterior.

El trabajo estaba lejos de haber terminado, pues habría que igualar las tablas ya colocadas y, luego, calafatear para hacerlas perfectamente impermeables.

-¿Estáis satisfecha, majestad?

-¿No podríais ir más deprisa?

-Hacemos todo lo posible. La precipitación estropearía el material y necesitamos barcos sólidos para transportar nuestras tropas. Por desgracia, carezco de técnicos experimentados y formar a los aprendices exige tiempo, mucho tiempo.

-Lo conseguiremos -prometió la soberana.

La sonrisa de Ahotep era la mejor recompensa para los carpinteros. Le bastaba con aparecer para que reinara la alegría de vivir y la voluntad de conseguirlo.

Uno de los artesanos, sin embargo, no compartía esos sentimientos. Cuando había sido reclutado, solo deseaba un salario mejor y no imaginaba que pudiera existir semejante base. Al crearla, Ahotep se había vuelto loca y llevaba a Tebas a su perdición. Antes o después, los hicsos descubrirían ese nido de rebeldes y las represalias serían terroríficas.

Aprendiz de carpintero, tenía solo veinte años y ningún deseo de ser víctima de un combate perdido de antemano. Durante algún tiempo, había intentado convencerse de que la utopía de Ahotep se extinguiría por sí misma. Pero la base secreta seguía funcionando, se fabricaban armas, se entrenaba a los soldados y se construía, incluso, un barco de guerra.

Era inútil hablar con sus superiores, completamente entregados a la causa de la reina. El aprendiz debía actuar solo y de modo radical, para evitar una catástrofe.

El alma de ese proyecto insensato era Ahotep. Si ella moría, aun con la ayuda de Seqen, cuya valía como jefe, sin embargo, no dejaba de afirmarse, quedaría truncado. Los rebeldes abandonarían su base, regresarían a Tebas y reconocerían la soberanía de los hicsos.

Tenía, pues, que suprimir a Ahotep.

-Majestad, ¿puedo mostraros algo sorprendente? Aquello intrigó a la reina.

-Está en el fondo del astillero… Creo que os asombrará. Ahotep lo siguió. Pasaron entre las hileras de tablas cuidadosamente amontonadas y penetraron en un estrecho espacio, delimitado por troncos no escuadrados.

-¿Qué tiene eso de sorprendente?

El aprendiz blandió un pesado mazo de madera y un cincel bien aguzado.

-¡Sois un peligro para todos los tebanos! Solo vuestra muerte evitará el caos.

En los ojos del artesano brilló la voluntad de matar.

-Te equivocas: luchar es nuestra única posibilidad de supervivencia.

-No se lucha contra los hicsos. ¡Todo el mundo lo sabe!

-¿Eres, acaso, un cobarde?

La mirada del aprendiz se endureció.

-No tenemos más opción que someternos al emperador. ¡Estáis buscando un poder ilusorio!

-Si lo deseamos realmente, recuperaremos nuestra libertad.

-¡Eso es falso!

-Tienes miedo, y lo comprendo. Pero, algún día, el miedo cambiará de bando.

-Los hicsos han triunfado. ¿Por qué os negáis a admitirlo?

-Porque el amor a la libertad debe ser más fuerte que cualquier otra cosa, sean cuales sean las circunstancias.

-Peor para vos, majestad. Moriréis con vuestras ilusiones.

El aprendiz iba a destrozar el cráneo de la reina con su mazo y le atravesaría el corazón con su cincel. Apenas tendría tiempo de sufrir. Luego, el asesino huiría y se dirigiría a Coptos, donde se alistaría en la milicia de los hicsos.

Cuando levantaba el brazo para golpear, una pesada pata se posó en su hombro.

El aprendiz se volvió.

Apostado sobre un montón de troncos, Risueño se hallaba por encima de él.

Furioso al ver amenazada a su dueña, el perro inclinó la cabeza hacia un lado y clavó sus colmillos en la carótida del agresor para levantarlo hasta él, sin preocuparse de unos aullidos que muy pronto se apagaron en un estertor de agonía.

A su alrededor a algunos partidarios tan decididos como nosotros. Olvidemos el ataque suicida y vayamos al Sur.

-¿Atravesar las líneas de los hicsos?… Imposible.

-Para el conjunto de nuestros hombres, sí. Para nosotros dos, no. Y si no me he equivocado, estableceremos contacto con nuestros aliados tebanos.

A una mala crecida, muy insuficiente, se añadía la incuria de la Administración de los hicsos, que no se preocupaba del mantenimiento de los estanques de reserva ni de llenar los silos de auxilio para alimentar a los habitantes del Alto Egipto.

Gracias a las medidas adoptadas por Ahotep, los tebanos conseguían escapar por los pelos del hambre; pero si el destino se encarnizaba con ellos y hacía que la próxima crecida fuera igualmente escasa, muchos morirían de inanición.

A mediados de julio, numerosos trigales se habían visto afectados por la pestilencia y estropeados por una anormal humedad. Solo las plantaciones efectuadas a finales de noviembre habían sido respetadas por la nueva desgracia. Por orden de la reina, los soldados y los artesanos de la base secreta eran los mejor alimentados, para que pudieran seguir entrenándose y trabajando casi con normalidad.

Recuperado de su depresión, el mercader Chomu se presentó en palacio, donde fue recibido por Heray, el superior de los graneros.

-¡Has vuelto a exigir que te entregue una vaca lechera! Pronto estaré arruinado.

-No soy responsable de ello, Chomu. Esas son las exigencias del gobernador Emheb, que toma de cada uno de nosotros los impuestos hicsos. Todos vamos en el mismo barco, incluida la familia real.

-¡El emperador no desea nuestra perdición, sino nuestra prosperidad!

-Sin duda, pero la ley es la ley. Tebas no puede sustraerse a ella.

-¡Hay que escribir a Apofis y explicarle nuestra situación!

-La reina se encarga de eso; tranquilízate. Lo esencial es obedecer las órdenes de nuestro soberano.

E

l informe de la pequeña organización de resistentes de Avaris, cuya función se reducía a comunicar algunas noticias a riesgo de su vida, nada tenía de satisfactorio. El poder del emperador era absoluto. En todo el territorio reinaba el orden hicso y la menor tentativa de sedición era reprimida con la mayor ferocidad. La capital parecía un gigantesco cuartel; el Egipto de los dioses y de los faraones agonizaba.

Gracias al censo, Khamudi había conseguido que hasta el más pobre de los campesinos pagara impuestos, mientras la casta de los dirigentes seguía enriqueciéndose, sin olvidarse de aumentar el número de sus esclavos egipcios.

-Ya solo nos queda atacar la guarnición de Heracleópolis y morir con dignidad tras haber matado al máximo de hicsos -consideró el Bigotudo.

-Lee, al menos, el mensaje hasta el fin -recomendó el afgano-. Habla de Tebas.

-Tebas ya no existe.

-Claro que sí, puesto que la reina Ahotep ha sucedido a su madre, con el acuerdo de los hicsos y bajo su control.

-¿Qué importancia tiene eso? ¡Es solo una dinastía de pacotilla! Voy a hablar con nuestros hombres.

De pronto, una loca idea atravesó el espíritu del Bigotudo.

-¿Has dicho… Ahotep?

-Ese es el nombre, en efecto -confirmó el afgano.

-Ahotep… significa «la luna está en plenitud», y la luna es el signo de reconocimiento que intentamos comprender desde hace tanto tiempo.

-¿Supones que la tal Ahotep está a la cabeza de una organización de resistentes tebanos? Solo es una mujer, amigo mío. ¿Cómo puede siquiera pretender luchar contra el poder militar hicso?

-Tal vez Tebas no esté muerta. Tal vez Ahotep haya reunido un ejército.

¿Cómo no aprobar las palabras de Heray? Desarmado, Chomi no conseguía comprender por qué el emperador sumía en la miseria a sus fieles súbditos tebanos.

-Espero que la reina no esté propagando palabras insolentes…

-¡Muy al contrario, Chomu; muy al contrario! Hace ya mucho tiempo que nuestra soberana renunció a ese tipo de actitud, tan vana como pueril. Estamos viviendo malos tiempos, sin duda porque somos una provincia apartada, demasiado alejada de Avaris y del centro del Imperio. Pero estoy convencido de que nuestra sumisión acabará viéndose recompensada.

-También yo, Heray; también yo… No se ve mucho a Seqen estos últimos tiempos.

-El marido de Ahotep pasa el día cazando y corriendo por la campiña. Es un sanguíneo, que no puede estarse quieto. En palacio, nadie se queja de ello porque nos trae alguna presa. ¿Y lo de tu vaca?

-Me satisface pagar mis impuestos al emperador y contribuir a la grandeza de los hicsos -declaró Chomu con orgullo-. Es un sacrificio, pero resulta necesario.

Heray posó su mano en el hombro del cananeo.

-Eres un ejemplo para los tebanos.

El comerciante se ruborizó.

Al alejarse, siguió pensando en el comportamiento de Seqen. Ciertamente, las explicaciones de Heray eran plausibles, pero de todos modos… Si se presentaba la ocasión, haría que siguieran al revoltoso personaje para asegurarse de que no fomentaba una irrisoria conspiración con algunos campesinos.

-Tengo la sensación de que Chomu vuelve a ser peligroso -le dijo Heray a la reina Ahotep.

-¿Por algo en concreto?

-No, pero parece curado y decidido de nuevo a dañaros.

-Haz que le vigilen día y noche.

-La vigilancia no ha cesado nunca, majestad. Todos los partidarios de la colaboración con el enemigo han sido identificados. Llegado el momento, serán detenidos en pocos minutos.

-¿Seguimos sin noticia alguna del Norte? -preguntó Ahotep a Qaris.

-Ninguna, majestad. Probablemente, no queda la menor organización de resistentes.

-Puesto que estamos solos, combatiremos solos. El encarnizado trabajo del faraón Seqen comienza a dar fruto: disponemos ahora de un pequeño ejército, cuyos soldados son capaces de vencer a cualquier adversario.

-¿Y los barcos? -preguntó el intendente.

-El primero acaba de salir de los astilleros y comienza la construcción del segundo. El equipo de los carpinteros se hace más experto también y trabajará más deprisa.

-Según el último mensaje del gobernador Emheb, majestad, los resistentes reunidos en Edfú y en Elkab forman una tropa nada desdeñable. Nada hay que temer ya por parte de los nubios, que se limitan a los territorios concedidos por el emperador y no tienen deseo alguno de ver cómo llegan los regimientos del almirante Jannas. Y Emheb sigue siendo considerado como el perfecto colaboracionista, que llena las cajas del ocupante desangrando a fondo la región.

Teti la Pequeña irrumpió en la sala de la maqueta donde se celebraba el consejo secreto.

-¡Ven pronto, Ahotep! Kamosis está herido.

De hecho, el chiquillo se había cortado profundamente la mano derecha con el filo de una navaja, que había tomado del cuarto de aseo de su padre.

Sus gritos debían de oírse por toda la ciudad, pero había algo más serio.

-Esta herida es anormal -dijo Ahotep, intentando calmar a su hijo.

-¡El mal de ojo! -concluyó Teti la Pequeña-. Existe un medio de conjurarlo: el alumbre.

-Siempre que quede en la farmacia de palacio…

Mientras la reina madre fue a buscar el valioso producto, Ahotep se dirigió con dulzura y firmeza a Kamosis.

-Sufres mucho y expresas tu dolor; eso es normal. Pero debes también luchar contra él, con la intención de retorcerle el cuello. De lo contrario, nunca serás un hombre.

Kamosis se tragó las lágrimas y se atrevió a mirar su mano.

-Tú y yo -prosiguió la reina- detestamos al genio malvado que te ha hecho daño. Vamos a dejarle sin voz. Gracias al remedio que nos traerá tu abuela, lo haremos salir de tu carne; la sangre dejará de manar y tu mano será más fuerte que antes.

Desde la plenitud de sus nueve años, Kamosis trazó su porvenir: el de un ser orgulloso, decidido a combatir y a vencer. El alumbre que Teti la Pequeña aplicó en la herida fue de notable eficacia: rechazó el mal de ojo y provocó la rápida cicatrización de la primera herida del hijo del faraón.

H

asta Coptos, todo había ido bien.

A costa de interminables rodeos, el afgano y el Bigotudo habían evitado las fortalezas y las patrullas de los hicsos. Bebiendo en los canales, alimentándose con caza menor, habían avanzado con la lentitud de una tortuga, pero sin el menor incidente.

Alojarse en una granja era demasiado peligroso. En aquella región no podían confiar en nadie.

En todos los caminos había aduaneros y policías. Incluso las pistas del desierto estaban controladas.

-No pasaremos -deploró el Bigotudo.

-Queda el Nilo.

-¡Solo circulan barcos hicsos! Si robamos una barca, nos interceptarán.

-He visto pasar transportes de mercancías -recordó el afgano.

-Trigo para los aliados nubios del emperador.

-Nos ocultaremos en un cargamento y desembarcaremos a la altura de Tebas.

-¿Y si la tripulación nos descubre?

-Peor para ella.

«Tenemos una posibilidad sobre diez», pensó el Bigotudo. Era mucho mejor que nada.

La mañana era de excepcional suavidad y el cielo de una claridad incomparable. Kamosis jugaba a pelota con sus compañeros. Teti la Pequeña preparaba golosinas. Tebas seguía viviendo al tranquilizador ritmo de los trabajos y los días como si, gracias a la presencia de un resplandeciente sol, la amenaza de destrucción hubiera quedado en suspenso.

Ahotep puso en una cuchara de maquillaje la estatuilla de mujer que le había fabricado su madre, aplicando una vieja fórmula de magia. Desprovista de brazos y piernas, ofrecía un amplio triángulo púbico, marcado con orificios de alfiler. La cuchara representaba a una nadadora desnuda que empujaba ante sí un pato. La nadadora era la diosa del cielo, Nut, sumergida en el océano de los orígenes. Levantaba al dios de la tierra, Geb, encarnado en el pato. Así, la pareja primordial daba nacimiento a múltiples formas de vida. ¿Asociar ambos objetos no garantizaba la fecundidad?

Ahotep salió de palacio y se dirigió hacia un calotropo, un árbol de flores rosas de cinco pétalos bajo el que Seqen se había dormido. A causa de sus frutos, en forma de testículo, el imponente vegetal era conocido por sus virtudes afrodisíacas.

La reina se arrodilló y acarició dulcemente la frente del hombre al que amaba cada día más.

-Ahotep… ¡Estás radiante!

-A veces pienso en el chiquillo tímido que no se atrevía a hablar conmigo… Te has convertido en un verdadero guerrero, capaz de llevar a sus hombres al combate.

-La realidad no es tan halagüeña. Muy pronto se cumplirán diez años de esfuerzo, y aún no tenemos más que un minúsculo ejército.

-¡Lo que cuenta es su deseo de vencer! ¿No sientes tú el mío?

Seqen se incorporó para tomar a Ahotep en sus brazos. Abrazados, se tendieron para convertirse en un solo ser.

-Por fin, estoy de nuevo encinta -le dijo ella.

El gran tesorero Khamudi había engordado más aún y tenía muchas dificultades para ponerse sus viejas ropas. Hostil al despilfarro, aguantaría hasta el último límite antes de pedir que le hiciera otras nuevas al mejor tejedor de la capital, que haría muy bien no divulgando las verdaderas medidas de su ilustre cliente.

De todos modos, Khamudi se zampó un buñuelo de comino, pues era día de fiesta para la casta dirigente de Avaris. El emperador había prometido celebrar una fiesta inédita, el ejército lo aclamaría y Khamudi solo tenía excelentes noticias que anunciarle. Nubia y Egipto se prosternaban ante su soberano y cualquier forma de resistencia había sido erradicada. Como confirmaba regularmente el ministro de Agricultura de Tebas, la pequeña ciudad agonizante solo tenía ya una única y loable ambición: pagar sus impuestos y sus tasas a Apofis.

Quedaba solo un problema menor, aunque difícil de resolver: los ataques a las caravanas por pandillas de malhechores, poco numerosos y muy móviles. En la pista del Ued Tumilad, entre el Delta oriental y el mar Rojo, Khamudi acababa de obtener un excelente resultado: había atrapado a una veintena de beduinos, que los hicsos habían empalado con especial cuidado. Su suplicio serviría de ejemplo.

-Deja tus expedientes -le advirtió su esposa, Yima-. El emperador está listo.

Abandonando todos los demás asuntos, sin preocuparse en absoluto de su gorda mitad, el gran tesorero se apresuró a reunirse con su amo, protegido por una guardia especial.

Por medidas de seguridad, y al mismo tiempo porque detestaba al populacho, el emperador salía pocas veces de la ciudadela, de modo que aquella aparición en las calles de Avaris provocó el entusiasmo de una multitud llena de regocijo, cuidadosamente organizada por Khamudi. Quien fuera sorprendido sin aclamar el nombre del faraón Apofis sería deportado a las minas de cobre.

El emperador se detuvo ante el jardín de un egipcio colaboracionista, un verdadero encanto lleno de acianos, iris, malvas, crisantemos y espuelas de caballero.

-Destruye todo eso -ordenó a su mano derecha.

-¿Ahora, majestad?

-No me gusta repetirlo, amigo mío.

El gran tesorero recurrió a los hombres de su propio séquito, que pisotearon las flores y arrancaron los brotes jóvenes.

-No quiero ver un solo jardín en mi capital -decretó Apofis-, a excepción del de la ciudadela, por un favor especial concedido a la esposa del emperador. La visión de las flores ablanda.

-Si vuestra majestad quiere tomarse el trabajo de entrar…

Yima, con la aprobación de la emperatriz Tany, había preparado una recepción en el harén en honor de Apofis. Aunque detestase a aquella arpía -gorda, fea y vulgar-, Yima no dejaba de halagarla para evitar sus rayos. Sin solicitar la autorización de su esposo, Tany no vacilaba en suprimir a quien le disgustara por medio de Dama Aberia, encantada siempre de estrangular a sus víctimas.

Afortunadamente, el entendimiento entre su marido y el emperador seguía sin una nube, y Yima se sentía protegida. Sin embargo, no se olvidaba de felicitar a la horrible Tany por la menor nadería, para seguir gozando de sus gracias.

Yima y Khamudi seguían entregándose a las más viles perversiones, sabiendo que Apofis no se lo reprochaba, tanto menos cuanto que la pareja se divertía de buena gana con egipcias, que no salían vivas de sus sádicos juegos.

Apofis contempló la gran sala de recepción, con su estanque interior y sus confortables sitiales.

-Este es un hermoso harén, Yima.

-¡Todo el mérito corresponde a vuestra esposa, majestad!

-¿Qué es eso tan excepcional que queréis mostrarme?

-Una danza, majestad. Una danza lasciva, que ejecutaban antaño las mujeres de mala vida en las casas de cerveza. Hoy, para vos y solo para vos, la ejecutará la última heredera de la más rica familia de Menfis. Si no os satisface su actuación, Dama Aberia la estrangulará.

-Divertido, en efecto… ¡Que baile! Tenía dieciocho años y era soberbia.

Dama Aberia le arrancó el velo de lino y la empujó, desnuda, hacia el centro de la sala.

-Muéstranos lo que sabes hacer -ordenó Yima-. De lo contrario…

Sin ocultar su sexo ni sus pechos, la muchacha se mantuvo erguida como una estatua de diosa.

-¡Baila! -eructó Yima, histérica.

Cuando intentó agarrar del brazo a la egipcia para sacudirla, esta la abofeteó.

-Nadie es más miserable que vos -declaró la prisionera con impresionante tranquilidad-. En el juicio del otro mundo, la Devoradora se dará un banquete con vuestras podridas almas.

-La altivez de este pueblo vencido me exaspera -dijo el emperador-. Que esta rebelde sea ejecutada.

P

ese a los cotidianos mensajes y a unas preparaciones medicinales destinadas a evitar la hemorragia, el médico de palacio seguía muy inquieto. Los pronósticos de nacimiento seguían difusos y la evolución del embarazo era preocupante. Ahotep debería haber permanecido acostada, pero siempre respondía lo mismo a las recomendaciones del facultativo: «Todo irá bien porque todo debe ir bien. Y tendré un segundo hijo».

Ni siquiera Teti la Pequeña podía convencer a su hija, que había emprendido la pesada tarea de hacer que funcionaran de nuevo los talleres de tejido, adormecidos desde hacía mucho tiempo. Oficialmente, la joven reina no soportaba ya ver a las tebanas mal ataviadas. En realidad, eran necesarias ropas para el ejército de liberación.

El incremento de la actividad había llamado la atención de Chomu. Las tejedoras proporcionaban vestidos, ropa interior y chales a la vista de todo el mundo, mientras que, por la noche, túnicas y taparrabos salían hacia la base secreta. La necesidad de dar el pego demoraba, a la vez, la producción y la entrega, pero se imponía la más extremada prudencia.

Ahotep había reclutado personalmente a cuatro experimentadas tejedoras que no dejaban de soñar con ver aniquilados a los hicsos. Solo ellas lo sabían, mientras sus aprendizas se encargaban de vestir de nuevo a la población. Chomu se había visto, incluso, beneficiado, alquilando a buen precio un local vacío. Mientras la reina lo visitaba para asegurarse de que la ventilación era adecuada y las obreras disponían de un buen material, intervino Heray.

-Majestad, vuestra presencia es requerida en palacio.

-¿Tan urgente es?

-Eso creo.

El Bigotudo estaba al borde de las lágrimas.

-Tebas… ¡Estamos en Tebas! ¿Te das cuenta, afgano? ¡Lo hemos logrado!

-Es mucho más pequeña que Menfis.

-Esta ciudad crecerá; puedes estar seguro de ello. Nada es más nutritivo que la libertad.

-Siempre que siga existiendo… Te recuerdo que la región está bajo el dominio de los hicsos.

-¡Y yo te recuerdo que el signo de Ahotep proclama lo contrario!

-No corras tanto, camarada. Hemos escapado al ejército, a la policía y a los cocodrilos… Sigamos alerta.

-Vayamos a palacio y revelemos nuestra identidad. -¿Y si la reina Ahotep está de parte de los hicsos? Embriagado por la aventura, el Bigotudo no quería creerlo, pero excluir esa eventualidad habría sido pueril.

-Yo iré a palacio -decidió el afgano-. Me expresaré como un extranjero torpe. Si todo va bien, saldré en libertad y vendré a buscarte. En caso contrario, emprende la huida y reúnete con nuestros hombres.

-¡No puedo dejar que corras semejante riesgo!

El Bigotudo no tuvo tiempo de desarrollar sus argumentos. Brotando de las cañas, una decena de robustos mocetones armados con lanzas los rodearon.

En su fuero interno, el afgano apreció la habilidad de la maniobra. A pesar de estar acostumbrado al peligro, no había descubierto su presencia y habían actuado con una rapidez digna de soldados profesionales.

El Bigotudo estaba haciéndose las mismas reflexiones. Era inútil luchar.

-¿Quiénes sois? -preguntó uno de los tebanos.

-Deseamos ver a la reina Ahotep…, a causa de este signo.

El Bigotudo mostró el jeroglífico de la luna dibujado en la palma de su mano. El soldado siguió mostrándose escéptico.

-¿Por qué razón deseáis hablar con nuestra soberana?

-Tenemos importantes informaciones que comunicarle.

-Os ataremos las manos y nos seguiréis. Al menor gesto sospechoso, acabaremos con vosotros.

Era la mujer más hermosa que el afgano había visto nunca. En su mirada de fuego, capaz de conquistar en un instante a cualquier hombre, se aliaban el poder, la ternura y la inteligencia.

-Procedo de Afganistán; el Bigotudo es egipcio. Somos los jefes de una organización de resistencia con base en el Medio Egipto y tenemos contactos con algunos habitantes de Avaris.

Teti la Pequeña y Qaris quedaron sin aliento, y Heray, pasmado. Ahotep ni se inmutó.

-Dadnos buenas razones para creer que no sois espías hicsos. -Estamos dispuestos a revelaros los nombres de nuestros hombres, los lugares donde se ocultan y a indicaros el emplazamiento de las fortalezas y las guarniciones de los hicsos. Hemos formado combatientes, hemos fabricado armas, hemos tejido una red de simpatizantes, pero somos incapaces de lanzarnos a un enfrentamiento frontal -reconoció el Bigotudo-. Sin embargo, asaltamos las caravanas y suprimimos, uno a uno, a los delatores del emperador, que se cree mejor informado de lo que realmente está.

El afgano y el Bigotudo hablaron, y Qaris anotó. A partir de aquellas inestimables informaciones completó su maqueta y estaba ya pensando en un plan de ataque contra puntos concretos del territorio.

-¿Y si todo eso solo fuera una mentira? -preguntó Ahotep.

-No tenemos ningún otro medio de convenceros, majestad.

-En ese caso, voy a entregaros a los soldados del emperador.

-¡No estáis a su lado! -exclamó el Bigotudo-. No; vos, no. Es imposible… Por el nombre del Faraón, aunque no haya ya ningún ser humano que asuma esta función, os juro que decimos la verdad. Que mi alma quede destruida si miento.

Ahotep y Seqen admiraban una de esas puestas de sol cuyo secreto poseía la montaña tebana. Antes del aparente triunfo de la noche, el cielo se teñía de rosa y anaranjado, mientras el río se cubría de una fulgurante plata.

-¿Cuándo aceptarás descansar de una vez?

-Al día siguiente del parto, si es necesario.

-El médico no se muestra tranquilizador, lo sabes.

-Deja que diga, Seqen; yo conflo en los dioses. ¿Avanza la construcción de los barcos?

-¡Con mucha lentitud, con demasiada lentitud! Nuestros carpinteros topan con graves dificultades dada la mala calidad de la madera. Hay algunos momentos en que…

Ahotep posó su índice en los labios de su marido.

-Varias palabras inútiles han sido tachadas de nuestro vocabulario, como duda o desaliento, pues traducen lujosos sentimientos que solo pueden permitirse los pueblos libres. Sigue reforzando nuestra base secreta y no te hagas preguntas inútiles. Seqen besó con ardor a Ahotep.

-Durante algún tiempo -dijo ella, sonriente- tendrás que moderar tus impulsos. Pero cuando veas a nuestro hijo, no lamentarás el sacrificio.

Seqen acarició los negros cabellos de su esposa.

-¿Realmente crees en la sinceridad del Bigotudo y el afgano?

-Pongámoslos a prueba. Si son espías, por fuerza darán un paso en falso. En cambio, si efectivamente existe una organización de resistentes en el Norte, nos será muy útil cuando emprendamos la reconquista.

-Los vestidos nos llegan con cuentagotas, y nos faltan armas.

-Me encargaré de eso -prometió Ahotep-. Nuestros nuevos huéspedes serán, eso espero, eficaces aliados.

El proyecto de la reina satisfizo al faraón. De pronto, su rostro se ensombreció.

-Últimamente, me han seguido. He conseguido despistarle en el desierto, pero estoy convencido de que al partido de los colaboracionistas empiezan a parecerle extraños mis manejos.

-Identificaré al que te seguía -aseguró Ahotep-. Si se acerca demasiado a la base, se aplicarán las medidas de seguridad.

C

omo su compañero, el afgano recogía sílex; unas veces claro y otras oscuro, su dureza superaba la del metal. Sin refunfuñar por la tarea, las jornadas les parecían algo largas.

-Nos han condenado a trabajos forzados -afirmó.

-No lo creas -objetó el Bigotudo-. Muy al contrario, nos conceden la máxima confianza.

Con las manos en las caderas, el afgano contempló a su camarada con circunspección.

-¿Puedes explicarme eso?

-Aquí utilizamos el sílex para las navajas y los instrumentos de cirugía… ¡Y también para las armas! Puntas de flecha y de lanza, puñales, hachas… Es arcaico, pero barato y eficaz. Todos deben pensar que estamos recogiendo guijarros cuando, en realidad, preparamos la fuerza del futuro ejército tebano.

-¿Por qué no nos lo ha dicho la reina Ahotep?

-Porque desea saber si somos lo bastante inteligentes como para comprenderlo.

Chomu bebió una copa de leche de cabra. La encontró agria y, la escupió. Desde hacía algún tiempo, sufría del estómago, dormía mal y se hacía sin cesar la misma pregunta: ¿por qué el emperador olvidaba a sus fieles súbditos tebanos? Sin embargo, cumplían sus deberes con puntualidad y el gobernador Emheb nada tenía que reprocharles.

La reina Ahotep parecía inofensiva. En cambio, Seqen le intrigaba. Por esa razón, Chomu había ordenado a uno de sus primos, partidario como él de una total colaboración con los hicsos, que siguiera al marido de la reina.

-¿Y qué? -le preguntó, irritado.

-Segen caza y pesca -reveló el primo-. Para evitar que me descubra, no lo sigo a todas partes. Y los dioses son testigos de que su energía parece inagotable.

-Dicho de otro modo, te despista…

-No hay que exagerar…, pero conoce bien el desierto. «¡Qué imbécil! -pensó Chomu-. Es incapaz de cumplir correctamente una misión.»

-Debes seguir, primo. Quiero saber más.

-Es muy cansado…

-Te lo pagaré mejor.

-En tales condiciones…

El primo seguía solo un señuelo muy visible. Otro espía, más hábil, tomaría el relevo cuando Seqen se creyera seguro.

-¿No os habéis cansado de recoger sílex? -preguntó Seqen. -Recogeremos el que haga falta -respondió el Bigotudo-. Y por tanto tiempo como sea necesario. ¿No es la preparación de las armas una tarea esencial?

El afgano asintió con la cabeza.

El faraón evaluaba a ambos hombres: el Bigotudo, entusiasta, voluntario, capaz de llegar al final; el afgano, frío, decidido, salvaje. Formaban un temible dúo, manifiestamente dotado de una larga experiencia de varios años, y se advertía que su complicidad les hacía inigualables en la acción.

-¿Sois buenos cazadores?

-Cuando se tiene la intención de sobrevivir en territorio ocupado, es preferible así -respondió el afgano.

-Entonces, venid conmigo.

A buena distancia del trío que se adentró en el desierto del este, una decena de arqueros estaban dispuestos a intervenir si el afgano y el Bigotudo la emprendían con Seqen.

Desde hacía algún tiempo, no dejaban de hacerle preguntas al marido de Ahotep, como si sospecharan que era algo más que un descerebrado, preocupado solo por pescar grandes peces y llevar caza a palacio.

Seqen les llevó hasta una cabaña de cañas levantada en el lindero del desierto.

-Entrad y mirad.

Desconfiados, los dos hombres vacilaron.

-¿Qué hay aquí dentro? -preguntó el Bigotudo.

-La respuesta a vuestras preguntas.

-Detestamos las sorpresas -declaró el afgano-. Por regla general, no reservan nada bueno a gente como nosotros.

-Sin embargo, vuestra curiosidad merece ser satisfecha.

Con mirada suspicaz, el Bigotudo penetró en la cabaña dispuesto a defenderse contra un eventual agresor. En cuanto al afgano, no vacilaría en lanzarse sobre Seqen, aunque este fuera, a la vez, más alto y más fuerte.

Tripas.

-Decenas de tripas de tamaño y dimensiones variados.

-He aquí el principal producto de la caza -dijo Segen-. Supongo que comprendéis por qué.

Las miradas del faraón y del afgano se desafiaron.

-¿Para qué sirven las tripas? -preguntó el extranjero-. Para convertirse en cuerdas para instrumentos de música o… para los arcos. Sílex, tripas… Tebas vuelve a armarse, ¿no es cierto? Y vos sois el general en jefe.

El afgano estaba frente a Seqen; el Bigotudo se mantenía a sus espaldas. Si le atacaban al mismo tiempo, el rey tendría que mostrarse muy rápido para salir indemne del asalto. Había repetido cien veces aquel ejercicio.

El Bigotudo puso una rodilla en tierra. El afgano le imitó.

-Estamos a vuestras órdenes.

Seqen no prestaba atención alguna al esplendor de las estrellas que brillaban en un cielo de lapislázuli. Loco de preocupación, recorría el pasillo de palacio que llevaba a la alcoba donde Ahotep intentaba dar a luz a su segundo hijo.

El médico no había ocultado su pesimismo. Y las tres comadronas, experimentadas sin embargo, se mostraban nerviosas. «Será la madre o el hijo», había predicho una de ellas.

Ante la idea de perder a Ahotep, la desesperación apretaba la garganta del rey. Sin ella, sería incapaz de proseguir la lucha. La reina era el alma del combate, pues encarnaba la alianza de la magia y la voluntad. Con ella, nada era imposible.

Su amor era el fuego que le animaba, el aire que le daba aliento, el agua que le permitía sobrevivir, la tierra sobre la que construía.

Y si el niño moría, ella quedaría rota.

Qaris se abismaba en la contemplación de su maqueta; Heray bebía cerveza sin tener sed; Teti la Pequeña velaba el sueño del pequeño Kamosis. Cada uno de ellos sabía que la suerte del país se decidía en aquella alcoba, donde el dios del destino hacía juegos malabares con la vida y la muerte.

Seqen no solo estaba cada vez más enamorado de Ahotep, sino que cada día la admiraba más. En ella había sobrevivido el orgullo de la reina de la edad de oro, como si la grandeza de Egipto, ocupado y pisoteado, se negara a extinguirse.

Ahotep tenía la fuerza de acabar con la desgracia, la desgracia que, como un dragón, había advertido el peligro e intentaba ahogar a su adversario. Y Seqen no podía prestar ayuda alguna a la esposa que amaba y veneraba.

El joven tenía deseos de aullar, de gritar su indignación contra aquella injusticia, de apelar a los dioses para que no abandonaran a aquella que percibía sus voces e intentaba, a riesgo de su existencia, transmitir sus palabras.

Frágil, inquieta, Teti la Pequeña se acercó a su dueño. -Suceda lo que suceda -le prometió-, atacaré. Tebas morirá, por lo menos, dignamente.

La puerta de la alcoba se abrió.

Apareció una de las comadronas, con el rostro marcado por la fatiga.

Seqen la tomó de los hombros.

-¡No me ocultes nada! -exigió.

-Tenéis un segundo hijo. La reina está viva, pero muy débil.

L

a estatua calcárea representaba al primero de los Sesostris sentado en su trono, con la mirada levantada hacia el cielo. -¡Ahora! -ordenó el emperador con su voz ronca.

De un mazazo dado con la máxima potencia, Khamudi decapitó la obra maestra que exasperaba a su jefe.

Era la décima estatua antigua que destruía en el atrio del templo de Set, ante los dignatarios hicsos, encantados al ver cómo desaparecían aquellos testimonios de una cultura ancestral.

Apofis se acercó a una esfinge cuyo rostro era el del tercero de los Amenemhat.

-Que un escultor sustituya por el mío el nombre de este monarca depuesto -decidió-. Y así será con los escasos monumentos que yo acepte conservar y que, en adelante, proclamarán mi gloria.

Muy pocos servidores de Apofis tendrían derecho a una tosca estatua, con la piel pintada de amarillo, modelada por un escultor ignorante de los antiguos ritos.

-¿Por qué esa desdeñosa sonrisa? -preguntó el emperador a su hermana menor, Ventosa

-Porque dos altos funcionarios, por lo menos, de los que acaban de prosternarse ante ti son hipócritas redomados. En público, te adulan. Según sus confidencias en el lecho, te detestan.

-Trabajas muy bien, hermanita. Da sus nombres a Khamudi.

-No, a él no. Me disgusta demasiado.

-A mí, entonces.

-A ti no puedo negarte nada.

Sin vacilar, Ventosa mandó al suplicio a los dos hombres a los que ella había seducido para conocer sus más secretos pensamientos.

-Al parecer te has enamorado de Minos, mi pintor cretense.

-Es un amante inventivo y lleno de ardor.

-¿Formula críticas contra mí?

-Solo piensa en su arte… y en mi cuerpo.

-Que esta noche se presente ante mí.

-Espero que no pienses privarme de mi juguete preferido.

-Todavía, no; tranquilízate.

Al emperador no le disgustaba la nueva decoración de su palacio. Nada de egipcio tenía ya y reproducía fielmente los principales temas de la residencia real de Cnosos, en Creta. Uno de ellos le complacía especialmente: el salto que efectuaba un acróbata para evitar la carga de un toro de combate. El hombre saltaba por encima de la cabeza del animal, se apoyaba en su cuello, con los brazos y las piernas tendidos, y caía detrás de la cola… si el peligroso salto tenía éxito.

Un detalle le intrigaba. La estilización del pintor no le permitía identificarlo con certeza y era por lo que había convocado al cretense.

Minos temblaba de miedo.

-¿Estás satisfecho de tu estancia entre nosotros?

-¡Por supuesto, majestad!

-¿Tus compañeros también?

-Ya nadie desea regresar a Creta.

-Mejor así, pues ese es mi propósito. Vuestro trabajo aquí está muy lejos de haber terminado y, luego, decoraréis mis palacios en las principales ciudades del Delta.

Minos se inclinó.

-Es demasiado honor, majestad.

-Naturalmente, no debéis decepcionarme. Dime, ¿cuál es la función de ese extraño jardín, bajo el toro?

-Es el laberinto, majestad. Solo existe una entrada y una salida. El lugar servía de cubil a un monstruo con cabeza de toro. En su interior hay tantos meandros que el visitante imprudente se extravía hasta el punto de perder la razón, a menos que sucumba por los golpes de la bestia. Solo el héroe que lleva el hilo de Ariadna tiene una posibilidad de salir vivo.

-Curioso… Quiero un dibujo más detallado.

-Como os guste, majestad.

Seqen abrazó a Ahotep con una fuerza tan desmesurada que ella creyó asfixiarse.

-¡Estás fuera de peligro, amor mío! Pero no podrás volver a tener hijos.

-Quería dos hijos, y los tengo. ¿Qué te parece el segundo? El padre dirigió una maravillada mirada al bebé mofletudo que dormía en su cuna.

-¡Es magnífico!

-Se llamará Amosis, «el que nació del dios luna», puesto que vio la luz cuando la luna llena llegaba a su apogeo. Como su padre y su hermano mayor, no tendrá más objetivo que la libertad y la soberanía de Egipto.

La joven madre se abandonó en brazos de Seqen.

-Creí que perecía al darle a luz y no dejé de pensar en ti… Habrías seguido combatiendo, ¿no es cierto?

-Sin ti, ¿qué posibilidades habríamos tenido de vencer? Mando a unos soldados valerosos y dispuestos a morir por su país, porque tú eres su alma y su magia.

-Vuelve al refugio, Seqen. ¡Hay tanto que hacer aún!

-Solo con una condición: que descanses lo que sea necesario. -Mi madre velará por mí.

-¡Es incapaz de imponerte su voluntad! Exijo tu palabra, reina de Egipto. De lo contrario, no saldré de esta habitación.

-La tienes… ¡Pero es solo la palabra de un rehén!

Los tebanos se alegraban ante la feliz noticia: la madre y el hijo estaban bien. Una abuela cuidadosa, una reina cuyos partos no habían alterado su belleza, dos soberbios muchachos y un padre siempre tan enamorado de su esposa: esa era la apacible imagen que la familia real ofrecía a la pequeña ciudad de Tebas.

Sin embargo, la estampa no tranquilizaba al mercader Chomu, pues el comportamiento de Seqen no dejaba de intrigarle. Uno podía aficionarse a la caza y la pesca, pero ¡salir, de todos modos, al día siguiente del difícil nacimiento de su hijo, muy pronto por la mañana, para atravesar el Nilo, perderse en las soledades de la orilla oeste y correr tantos riesgos para regresar con una infeliz liebre…!

Esa vez, Chomu estaba seguro: Seqen tenía inconfesables actividades.

Era preciso que el seguimiento fuera eficaz, y por fin le revelara la verdad.

Tras haber descubierto al primo de Chomu, utilizado como señuelo, Seqen había fingido aventurarse por un ued. Luego, había vuelto sobre sus pasos y había tomado la dirección de la base secreta.

Muy bien pagado por el mercader, el cananeo que seguía a Seqen sabía hacerse casi invisible. El marido de Ahotep tomaba múltiples precauciones: se detenía a menudo, se volvía, miraba en todas direcciones, borraba la huella de sus pasos… Pero el que lo seguía no caía en la trampa, pues lograba agacharse o echarse al suelo en el momento adecuado, de modo que el seguimiento proseguía.

Boca abajo en la cima de un montículo, el cananeo descubrió el objetivo del viaje de Seqen: ¡un campamento poblado por militares ejercitándose! Y no era una instalación improvisada, puesto que había un fortín, un cuartel, casas e incluso un pequeño palacio.

Así pues, Ahotep y Seqen estaban construyendo una base secreta, donde preparaban un ejército que antes o después cometería la locura de atacar a los hicsos. ¡Tenía que avisar enseguida a Chomu!

Cuando se levantaba, el cananeo tuvo la impresión de tener un peso en la nuca, un peso que de pronto se hizo opresivo y le hundió el rostro en la arena, ahogando así sus gritos de espanto.

Tras haber pegado al suelo, con su pata, al espía, Risueño le clavó los colmillos en la nuca. Las consignas de seguridad eran las consignas de seguridad, y el perro las aplicaba con rigor y competencia.

E

specialista en expediciones y ejecuciones sumarias, el iraní estaba harto. Desde hacía más de cinco años, el muy cerdo de Khamudi bloqueaba su ascenso y se atribuía, ante el emperador, los méritos de las sangrientas operaciones que quebraban cualquier veleidad de rebelión en territorio de los hicsos.

El sistema puesto en marcha por Khamudi era de notable eficacia: quien deseara ver preservado su renombre, debía pasar por él y pagar sus servicios. Además, se asociaba a toda iniciativa comercial de la que afirmaba ser el autor y, por esa razón, percibía derechos de duración ilimitada.

Quien se atrevía a protestar podía ver cómo su empresa decaía y, si seguía protestando, era víctima de un accidente.

Con la ayuda de unos treinta oficiales de su país, el iraní había decidido librarse de Khamudi, a condición de que el emperador no sospechara de ninguno de ellos. En sus conciliábulos había nacido un plan infalible: utilizar a una de las egipcias del harén en cuanto se presentara la ocasión.

Y eso acababa, precisamente, de producirse.

Con el fin de humillar más aún a una hija de notables a quienes él mismo había decapitado, Khamudi la había sacado del harén para convertirla en su pedicura. Muy orgulloso de sus pies pequeños y gordezuelos, el gran tesorero obligaba a su esclava a tratarle con suavidad y deferencia, antes de forzarla a satisfacer sus más depravados caprichos.

El iraní no había tenido dificultad alguna en transformar a la joven egipcia en un instrumento del destino. Consciente de que no saldría viva de la villa de Khamudi, había aceptado, sin embargo, cumplir una misión que devolvería el sentido a su horrible existencia.

La lectura del papiro contable ponía al gran tesorero al borde del éxtasis. En menos de un año su fortuna se había doblado y no tenía la intención de detenerse ahí. Puesto que ninguna transacción importante se efectuaba sin su control, aumentaría las deducciones obligatorias que el emperador y él mismo se repartían.

-Vuestra pedicura ha llegado -le avisó el intendente.

-Que entre.

La joven se prosternó ante el dueño de la casa.

-Desnúdate, pequeña, y lámeme los pies. Destrozada, la esclava lo hizo dócilmente.

-Ahora, córtame las uñas. Si me haces daño, serás azotada. A Khamudi le complacía casi tanto que lo obedecieran como martirizar a unas chiquillas que, tras haberle conocido, nunca más podrían amar a un hombre.

La joven egipcia abrió la caja de madera en la que llevaba su material. Tomó de ella el cuchillo de sílex que le había dado el iraní y pensó en sus padres, a los que iba a vengar. Una puñalada en el corazón, y la existencia del torturador acabaría. Con el oficial iraní, había repetido cien veces el gesto adecuado para estar segura de no fracasar.

-Apresúrate, pequeña; me horroriza esperar.

No, en el corazón no. Golpearía más abajo, mucho más abajo. Antes de morir, su verdugo perdería la virilidad.

La joven egipcia se arrodilló y levantó los ojos para grabar en su memoria la mirada del monstruo a quien se disponía a castrar. Ese fue su error.

Nunca el gran tesorero había visto tanto odio brillando en los ojos de su esclava.

Cuando el brazo armado con el cuchillo se dirigió hacia el sexo, tuvo tiempo de detener el golpe y solo sintió una quemadura en el muslo derecho, que el arma había sajado.

Golpeó el rostro de la muchacha con un violento puñetazo. Medio aturdida, con la nariz sangrando, ella soltó el arma. Khamudi la agarró del pelo.

-¡Has querido matarme, a mí, a Khamudi! No actúas sola; de eso estoy seguro… Yo mismo voy a torturarte y me darás el nombre de tus cómplices, de todos tus cómplices.

El cadáver destrozado del cananeo estaba expuesto ante el palacio de Tebas. Buena parte de la población se había reunido para contemplar sus espantosas heridas.

Seqen tomó la palabra.

-Lo he encontrado en el desierto -explicó-. ¿Alguien le reconoce, a pesar de su estado?

Aunque una gran peca sobre lo que quedaba de la cadera izquierda le permitió identificar al hombre al que había contratado, Chomu se guardó mucho de contestar.

-¿Qué le ha sucedido? -preguntó el intendente Qans.

-Sin duda, se adentró demasiado y sufrió la suerte reservada a los imprudentes: unos monstruos le asaltaron y comenzaron a devorarlo.

aterrorizados e impresionados, numerosos tebanos regresaron a su casa.

-No vuelvas a pedirme que siga a Seqen mientras caza -murmuró el primo de Chomu a oídos del comerciante-. No tengo ganas de ser presa de las criaturas del desierto.

El jefe del partido de los colaboracionistas estaba trastornado. Era evidente que el infeliz había sido, en efecto, víctima de los grifos y dragones que poblaban las inhóspitas soledades que flanqueaban el valle del Nilo.

Un día u otro, le llegaría el turno a Seqen.

Las enormes manos de Dama Aberia se cerraron alrededor del cuello del oficial culpable del complot contra Khamudi. Era su decimoquinta víctima del día, y había sabido hacer que sufriera mucho antes de concederle la muerte.

La represión organizada por el gran tesorero, con la autorización del emperador, era terrible. Todos los conjurados, sus mujeres, sus hijos y sus animales habían sido ejecutados en el atrio del templo de Set: unos, quemados vivos; otros, decapitados, y otros, lapidados y empalados.

Gimiendo por su herida, Khamudi gozaba de un nuevo favor de Apofis, que quería reservar un tratamiento especial a los dos principales culpables, el oficial iraní y la pedicura egipcia.

-Comencemos por esa depravada joven -decretó el emperador-. Ven, mi fiel amigo, a admirar mis nuevas creaciones al pie de la fortaleza. Te harán olvidar tu dolor.

Khamudi descubrió una arena y una construcción circular de madera, desprovista de techo.

-Traed a la criminal -ordenó el emperador.

La egipcia había sido torturada con tanto salvajismo que era casi incapaz de andar. Apoyándose en una de las paredes de la arena, tuvo sin embargo la fuerza de dirigir una mirada de odio a sus verdugos, instalados en un estrado para no perderse nada del espectáculo. Apofis chasqueó los dedos.

Un toro de combate irrumpió en el recinto con los ollares humeantes y los cascos furiosos.

-Salta por encima de sus cuernos -recomendó el emperador con su voz ronca-. Si lo consigues, te concederé la vida.

El monstruo arrancó.

Agotada, la muchacha solo fue capaz de cerrar los ojos.

El oficial iraní no comprendía. ¿Por qué le habían arrojado a ese edificio circular en cuyo interior había sido dibujado un tortuoso camino, interrumpido por empalizadas que formaban barreras?

-Avanza por mi laberinto -exigió el emperador desde lo alto del estrado- e intenta encontrar la salida. Es tu única posibilidad de obtener mi perdón.

Del suplicio, durante el que había revelado uno a uno los nombres de sus cómplices, el iraní había salido desfigurado y casi impotente. Le habían ofrecido, pues, una muleta, para que pudiera avanzar apoyándose en su pierna izquierda, casi intacta. Dio algunos pasos.

Del suelo brotó una hacha que le cortó tres dedos de los pies. Aullando de dolor, el iraní topó contra una empalizada e intentó rodearla, pero su paso produjo la salida simultánea de dos hojas. La primera le atravesó el flanco; la segunda, el cuello.

El hombre que había querido suprimir a Khamudi perdió su sangre ante los ojos del emperador y de su fiel tesorero.

-Estos dos inútiles estaban demasiado estropeados para que nuestro placer durara -advirtió Apofis-. A los próximos los tomaremos en buen estado y el espectáculo resultará más atractivo.

L

a crecida había sido tan débil que no habría limo bastante para todos los cultivos de la provincia tebana. Además, desde el comienzo de la primavera siguiente, los estanques de retención estarían agotados.

Era inútil contar con la clemencia del emperador, que, fueran cuales fuesen las circunstancias climáticas, no reduciría sus impuestos.

El único consuelo era que la cosecha de pepino había sido abundante; pero sería necesario entregar la mayor parte al gobernador Emheb, que la haría llegar a Avaris.

Aquella noche, Seqen estaba abatido.

-Plantaremos cara -le prometió Ahotep-. Gracias a la excelente gestión de Heray, tenemos buenas reservas de alimentos. Racionándonos, pasaremos este año difícil.

-No bastará.

-¿Qué ha sucedido en la base?

-Los soldados quieren un aumento de sueldo. Si no lo obtienen, depondrán las armas y regresarán a Tebas.

-¿No tienen ya deseos de combatir?

-Han pasado demasiados años, Ahotep. Están convencidos de que nunca nos atreveremos a atacar a los hicsos. Puestos a entrenarse con dureza, exigen ser mejor pagados.

-¿Has intentado convencerlos?

-Por lo general, lo logro. Esta vez, he fracasado.

-¿No comprenden que sus esfuerzos serán muy pronto coronados por el éxito?

-Qaris acaba de decirme que las guarniciones de Edfú y de Elkab han formulado las mismas protestas. Se ha terminado, Ahotep. No tenemos ya medios para proseguir la resistencia. Dentro de unos días abandonaremos la base secreta.

Ahotep salió de palacio en plena noche. Despistando la vigilancia de sus propios guardias, atravesó la ciudad dormida y apretó el paso hasta el límite de los cultivos.

Allí comenzaba el reino del desierto. Vaciló.

Set reinaba allí como dueño, y en cualquier instante podía desencadenar fuerzas de tal salvajismo que ningún humano podía resistirlas. Los monstruos existían, en efecto, y ningún egipcio sensato se habría arriesgado por esos parajes hostiles sin la protección del sol, el único capaz de rechazar las criaturas maléficas. Pero Egipto estaba dominado por el imperio de las tinieblas, y Ahotep tenía que afrontarlas para conocerlas bien y arrebatarles parte de su poder.

La joven reina abandonó el mundo de los humanos y penetró en el desierto, recordando las palabras de los sabios. Sí, era el lugar de todos los peligros, pero también el de las montañas, cuyo vientre albergaba el oro y las piedras preciosas. ¿No había, en el corazón de cada desgracia, una felicidad oculta?

Ahotep tomó el lecho de un torrente seco y adoptó el ritmo adecuado para economizar su aliento. Sus sandalias de cuero le impedían lastimarse los pies, y gracias a la luz de la luna distinguía los accidentes del paisaje.

A su alrededor, se producían crujidos y silbidos. Una roca se quebró y los pedazos cayeron por la ladera de una colina. La risa de las hienas fue acompañada por el ulular de las lechuzas, mientras una larga serpiente cruzaba, zigzagueando, el camino de la intrusa. Ahotep seguía su instinto, que le ordenaba avanzar y seguir avanzando. Sus pasos se hacían aéreos; la fatiga desaparecía. Llegó a la entrada de un estrecho valle flanqueado por amenazadores graderíos de piedra. Tal vez, cruzar aquel gollete la aislaría para siempre.

La reina lo cruzó.

Esa vez, se hundía profundamente en las tinieblas, pues la dulce luz de su astro protector no alcanzaba el fondo de aquel barranco.

Apareció un hombre alto, de feo rostro y marcado por una nariz protuberante. Estaba muy rojo. Iba armado con una daga amarilla que brillaba con maligno fulgor y, con actitud agresiva, se dirigía hacia ella.

El emperador Apofis… Sí, era él, el cobarde que perseguía al pueblo egipcio, el tirano contra el que Ahotep había jurado combatir.

No retrocedió. Aunque desarmada, lucharía.

Tomando una piedra, la arrojó contra el enemigo y creyó haber fallado.

Lo repitió dos veces más.

Estaba segura de haber dado en el blanco, pero eso no impedía, sin embargo, que el emperador avanzara y ni siquiera le arrancaba un grito.

Un espectro… ¡Era solo un espectro brotado del imperio de las tinieblas para devorarla!

Huir era imposible.

Puesto que las piedras lo habían atravesado, también la reina lo atravesaría.

Cuando el espectro estuvo solo a un metro, Ahotep cargó contra él con la cabeza gacha.

Tuvo la sensación de penetrar en un brasero cuyas llamas mordían con crueldad su carne. A punto de desvanecerse, divisó un fulgor sobre el que concentró toda su voluntad.

El fulgor aumentó. Paulatinamente, el dolor se atenuaba. Se formó una bola anaranjada y creció tan deprisa que la noche fue vencida. Acababa de nacer un nuevo día; el alba iluminaba centenares de árboles con largas y delgadas ramas, adornadas con florecillas verdes de refrescante perfume.

Balanites… Un verdadero tesoro que ofrecía madera para fabricar herramientas, aceite e incluso una sustancia que purificaba el agua. Ahotep comió algunos frutos amarillos, sabrosos y azucarados.

Al salir de aquel bosque plantado en pleno desierto, el sol cambiaba de naturaleza. En ciertos lugares parecían fluir corrientes de agua.

La joven se arrodilló para tocar aquel nuevo milagro: ¡un yacimiento de plata compuesto por varios filones! Había nacido de los esponsales del dios luna y la diosa del desierto, bajo la protección de Set el Ardiente, cuyo fuego lo había hecho crecer en el seno de la roca.

¡Segen podría pagar a sus soldados! ¡La resistencia era rica!

Ebria de gozo, Ahotep regresó, grabando en su memoria cada uno de los detalles de su itinerario.

Al salir del valle desértico, un leopardo miraba fijamente a su presa.

Ahotep no tenía dónde refugiarse.

De pronto, apareció una gacela con los cuernos en forma de lira. Ante la gran sorpresa de la reina, la fiera no se interesó por ella. Tampoco concedió mayor interés a un soberbio íbice, que, en lengua jeroglífica, servía para escribir la noción de dignidad. Avanzando con mucha lentitud, Ahotep advirtió que otros animales se habían reunido allí: un ónix blanco, un avestruz, una liebre de grandes orejas, un zorro, un chacal, un tejón, un erizo y una comadreja. En las rocas se habían posado un halcón y un buitre.

Los habitantes del desierto contemplaban a la soberana. Pero ¿qué estaban esperando? Supo que, si no les daba satisfacción, no la dejarían pasar.

Ahotep se recogió y comprendió que debía dar pruebas de su magia. Al enfrentarse con las tinieblas donde se escondía el espectro del emperador, había tocado el mal. En plena claridad, debía demostrar que su alma estaba intacta y que seguía siendo, según la expresión tradicional, «justa de voz».

Entonces, cantó.

Entonó un himno al renacimiento de la luz, a la emergencia del escarabeo fuera de la muerte, a la misteriosa forma del primer sol.

Del más feroz al más tierno, los animales esbozaron unos pasos de danza y, luego, formaron un círculo alrededor de la Reina Libertad.

Estaban encantados con su voz de oro y ella se nutría con sus fuerzas directamente brotadas del gran dios. A diferencia del hombre, jamás un animal había traicionado su origen celeste.

Para cantar mejor las palabras de poder, Ahotep había cerrado los ojos. Cuando volvió a abrirlos, los habitantes del desierto habían desaparecido; pero huellas de patas en la arena le indicaron a la muchacha que no había soñado.

Y sus pensamientos volaron hacia la luz divina, llenos de gratitud y de veneración.

C

uando el correo de palacio pasó ante un campo perteneciente a Chomu, varios empleados del mercader cananeo le cerraron el paso.

Tras ellos, su patrón.

-¿Adónde vas, amigo?

-Pues… Como de costumbre, a entregar la correspondencia oficial a la patrulla del gobernador Emheb, que la enviará a Avaris. -Quiero ver esa correspondencia.

El correo se indignó.

-Es imposible…, completamente imposible.

-Dámela inmediatamente, o te romperemos los huesos. Chomu no parecía estar bromeando. Desesperado, el correo se vio obligado a obedecer.

Había una sola carta.

El mercader rompió el sello real y leyó la misiva. Se componía de una larga alabanza de los infinitos méritos de Apofis, seguido de un párrafo en el que el redactor afirmaba que Tebas iba hundiéndose en una letargia cada vez más profunda.

La firma dio un sobresalto a Chomu.

¡Era la del ministro de agricultura, destituido y muerto desde hacía varios años!

Así pues, el palacio no había dejado de conspirar y mentir… Con una prueba semejante, al cananeo no le costaría mucho lograr que los partidarios de la colaboración se levantaran.

-¿Dónde está Seqen?

-Ha ido a cazar al desierto -respondió uno de los empleados.

-¿Y Ahotep?

-En el templo de Karnak -dijo otro.

-Perfecto… Sé lo que debemos hacer.

-¿Y el correo?

-Sin duda, está comprometido con los resistentes. Matadlo.

Alentado por los extraordinarios descubrimientos de Ahotep, Seqen había regresado a la base secreta para anunciar excelentes noticias a los soldados.

Por lo que a la reina se refería, debía llevar a cabo un importante acto, que protegería al futuro ejército de liberación.

Por eso, se había dirigido al templo de Karnak, donde había ordenado a los sacerdotes que cubrieran de flores todos los altares.

-Vamos a honrar la memoria de nuestros antepasados -declaró- y, especialmente, la de los faraones.

-Majestad…, ¡el ocupante lo ha prohibido en todo el territorio! -se extrañó un sacerdote puro.

-Si te da miedo cumplir tu función, abandona inmediatamente el santuario. De lo contrario, obedece.

El ritualista se inclinó.

-Sacad de las criptas las antiguas mesas de ofrendas.

Los oficiantes sacaron a la luz unas obras maestras de diorita, granito y alabastro. En la piedra, los escultores habían grabado distintas clases de panes, costillas y patas de buey, ocas troceadas, cebollas, pepinos, coles, granadas, dátiles, uva, higos, pasteles, vasos de vino y de leche. Así se representaba el eterno banquete, cuyos inmateriales sabores ascenderían hasta las almas de los difuntos.

Cada una de aquellas figuras era un jeroglífico que se leía y se pronunciaba. Los sacerdotes debían hacer que vivieran para que siguieran animándose por sí mismas y las fórmulas mágicas permanecieran eternamente eficaces.

-Majestad, allí, una humareda… ¡Arde un edificio! Aquello era el centro de la ciudad.

El Bigotudo debía recuperar tantas horas de sueño que dormía buena parte del día. El afgano, en cambio, prefería inventar combinaciones de senet, el juego de estrategia preferido por los egipcios.

Cuando no cazaban, los dos hombres vivían en una casita, no lejos de palacio. Tras tantas noches pasadas al raso, apreciaban la comodidad de una cama y los platos que les preparaba una vecina.

En el fondo, como observaba el Bigotudo, la rutina no tenía solo cosas malas.

-Tengo sed, afgano.

-Bebes demasiada cerveza.

-Me hace creer que la libertad no es una ilusión. A fuerza de fabricar armas, acabaremos utilizándolas, ¿no?

-Ni Ahotep ni su marido son veleidosos -reconoció el afgano-, pero solo con la guardia de palacio no podremos atacar a los hicsos.

-Es curioso, me he hecho varias veces la misma reflexión. Por lo tanto…

-Por lo tanto, la reina de Tebas no nos dice toda la verdad porque solo nos concede una confianza relativa.

-En su lugar, yo actuaría del mismo modo -estimó el Bigotudo.

-¡Y yo también! Ahotep es tan inteligente como hermosa. A una mujer de ese temple, en cambio, debemos concederle una total confianza. Ni siquiera en mi país he conocido a nadie que se le parezca.

-No olvides que está casada… Evita enamorarte.

De pronto, el afgano se levantó como una fiera al acecho. Acostumbrado a las reacciones de su compañero de lucha, el Bigotudo salió de su sopor.

-¿Qué ocurre?

-Ese grupo de tipos muy apresurados, en la calleja… Preparan alguna jugarreta.

-La policía local se encargará de eso.

-Tal vez, no. ¿No te apetece desentumecer las piernas?

-¡No nos irá mal!

El grupo se unió con otro y, luego, con un tercero, a cuya cabeza iba el mercader Chomu, y todos se dirigieron hacia palacio.

-No son bandidos -concluyó el Bigotudo-. No van a…

-¡Sí…, ya lo creo que sí!

A toda prisa, el afgano y el Bigotudo tomaron un atajo que les permitió llegar a los alrededores de palacio antes que los partidarios de colaborar con los hicsos.

Sentado en el umbral, un anciano centinela dormitaba con la lanza a su lado.

-¡A las armas! -aulló el Bigotudo-. ¡Atacan el palacio!

Chomu había incendiado la morada oficial de Heray, si bien lamentaba la ausencia de su propietario.

Estupefactos, los vecinos no se habían atrevido a intervenir. Cuando Ahotep llegó al lugar del siniestro, seguían petrificados.

-¿Está indemne Heray? -se preocupó.

-Sí -respondió una viuda, temblorosa-. El mercader de jarras ha incendiado su morada.

-¿Y qué ha hecho luego?

-Él y sus amigos han prometido destruir el palacio.

Sus dos hijos, su madre, el intendente Qaris… Ahotep estuvo a punto de desfallecer, pero se sobrepuso muy pronto.

-¡Son unos traidores! ¡Venid todos conmigo! ¡Hay que detenerlos!

A la cabeza de un pobre grupo compuesto por ancianos, mujeres y niños, la reina se apresuró. Si no conseguía salvar a los suyos, Ahotep mataría a Chomu con sus propias manos.

Ante el palacio había una furiosa confusión.

Impulsados por el afgano y el Bigotudo, los guardias habían conseguido contener el asalto. Acudiendo en su ayuda, Heray y algunos campesinos equilibrarían las fuerzas.

-¡La reina! -aulló uno de los colaboradores-. ¡Dispersémonos! Unos instantes de vacilación resultaron fatales para los partidarios de Chomu. Heray y el Bigotudo lo aprovecharon para eliminar a los principales cabecillas, mientras el afgano arrojaba a Chomu al suelo.

-¡No me toquéis! -gimió, viendo consumada su derrota.

La mirada de Ahotep le asustó mucho más que la espada de Heray, cuya punta se hundía en su pecho.

-Has matado a tebanos -advirtió la reina con gravedad- y querías aniquilar a la familia real. ¿Existe crimen más grave?

-Sois unos rebeldes que se niegan a reconocer la autoridad del emperador… ¡Este es el mayor crimen! -exclamó Chomu-.

Si os sometéis finalmente, defenderé vuestra causa ante nuestro único soberano, suplicándole que respete Tebas.

-Serás juzgado por alta traición, Chomu, y como enemigo de la patria que te había adoptado.

-¡No comprendéis, pues, que vos y los resistentes estáis condenados! He hecho llegar un mensaje al emperador. Pronto estará aquí y reconocerá mis méritos.

-Antes tenemos que llevar a cabo una tarea esencial. ¿Quieres encargarte tú, madre?

-¡Con mucho gusto, hija mía! Será uno de los más hermosos días de mi vida.

-¡Esos tipos son verdaderos soldados! -estimó el Bigotudo, observando a los hombres de Seqen, agrupados ante palacio.

-Exacto -aprobó el afgano-. Entrenados y disciplinados… Eso era lo que nos ocultaban: una milicia correctamente preparada para luchar contra los hicsos. Es la mejor noticia desde hace mucho tiempo.

Heray se dirigió hacia los dos hombres.

-Su majestad desea veros.

Intimidado, el Bigotudo precedió al afgano. Ni el uno ni el otro se atrevieron a levantar los ojos hacia la reina, que se había puesto una túnica de ceremonia.

-Quería agradeceros y felicitaros por vuestro valor. Tanto el uno como el otro sois nombrados oficiales del ejército de liberación.

Sorprendidos, ambos resistentes se miraron.

-Hoy -anunció la reina- sabréis algo más.

La población tebana se había agrupado ante la entrada principal del templo de Karnak. Repetida por los heraldos, para que nadie lo ignorara, se elevó la voz de Teti la Pequeña, cuya seguridad sorprendió a más de uno.

-Gracias a los dioses, Tebas está gobernada de nuevo por un faraón y una gran esposa real. A vosotros, los aquí reunidos, os revelo que Seqen ha sido ritualmente coronado como rey del Alto y el Bajo Egipto, y que ha sido reconocido como tal por la reina Ahotep. De este modo, la continuidad de las dinastías se ha preservado, y también la propia legitimidad del poder queda asegurada.

Pasado el momento de sorpresa, los tebanos aclamaron a sus soberanos, cuyos nombres fueron grabados en una estela que sería depositada en el templo, bajo la protección de Amón.

A

hotep estrechó largo rato a Kamosis en sus brazos antes de ofrecer mil mimos al pequeño Amosis, que no había tenido tiempo de asustarse. Si los amotinados hubieran tenido tiempo de penetrar en palacio, el intendente Qaris habría huido con ambos niños, mientras Teti la Pequeña, a la cabeza de sus últimos fieles, habría retrasado al agresor.

-No muestres debilidad alguna -le recomendó a Ahotep-. Esta vez, Chomu y sus partidarios han ido demasiado lejos. -Mucho más de lo que crees: han avisado al emperador.

La reina madre palideció.

-Entonces, no tardarán en llegar los hicsos. ¿Está dispuesto nuestro ejército?

-Lo estará.

Unos gritos sobresaltaron a las dos mujeres. ¿Se trataba de otros colaboracionistas que lanzaban un nuevo ataque?

-Es el rey -les tranquilizó Qans.

Avisado por una paloma mensajera, Seqen había abandonado enseguida la base secreta con un centenar de hombres. Asustados al principio, los tebanos se habían entusiasmado rápidamente al reconocer al marido de Ahotep y a algunos compatriotas a quienes creían en el Norte desde hacía mucho tiempo.

El faraón penetró en palacio como una tromba.

-¡Ahotep!

Se dieron un gran abrazo.

-Tranquilízate; nuestra familia está sana y salva. Pero varios guardias han muerto… Y sin la intervención del Bigotudo y el afgano, los partidarios de Apofis habrían triunfado.

-¿No pueden hacer daño ya?

-Heray se encarga de eso. Pero Chomu ha enviado un mensaje al emperador.

-Prepararé de inmediato unas líneas defensivas para romper la primera ofensiva de los hicsos. Luego, contraatacaremos.

Cuando se acallaron los clamores, le tocó al faraón Seqen tomar la palabra.

-Los partidarios de colaborar con el enemigo han sido detenidos y serán juzgados y condenados. Ahora debemos afrontar la temible prueba de la guerra. Nuestro ejército está listo para combatir, pero es indispensable la colaboración de todos vosotros. Sangre, lágrimas, encarnizados enfrentamientos, ¡eso es lo que os prometo! Es el único camino que se nos ofrece: o vencemos o seremos aniquilados. Y el triunfo descansa sobre una exigencia: que Tebas palpite con un solo corazón.

Un largo silencio acogió esa declaración.

Cada cual comprendía que el largo período de falsa tranquilidad terminaba y que un terrible conflicto estaba a punto de comenzar.

Heray se golpeó el pecho con su firme puño.

-Hasta la muerte, me comprometo a servir al faraón, a mi país y a mi pueblo.

Unánimemente, los tebanos repitieron la fórmula del juramento.

El corazón de Ahotep se dilató.

Por fin, nacía la verdadera esperanza.

El nuevo juego del emperador le distraía en gran modo. En adelante, resultaba un gran favor ser invitado a sentarse a su lado en el estrado que dominaba la arena y el laberinto, donde los infelices elegidos sucumbían uno tras otro. Asistir a su agonía era un inagotable placer.

Afortunadamente, no faltaban los cobayas. Existían ambiciosos que untaban al emperador, amantes de Ventosa que cometían un error fatal criticando al emperador en el lecho, imprudentes que se negaban a ser estafados por Khamudi, mujeres demasiado hermosas a quienes Tany no podía ver e, incluso, algunos inocentes, robustos y de buena salud, tomados al azar de la población egipcia.

Apofis era consciente de que pronto habría que restablecer su proceso de conquista, en especial colonizando Creta y las islas circundantes de modo más radical; luego, destruyendo una retahíla de pequeños reinos de Asia, incapaces de federarse. Las tropas del general Jannas necesitaban ejercicio, y la fama del emperador no debía dejar de extenderse.

Ahora, la ciudad de Avaris correspondía a su sueño: se había convertido en una inmensa base militar, un paraíso para soldados, servido por esclavos egipcios. Y lo mismo ocurría con las principales ciudades del Delta y de Siro-Palestina, donde reinaba el orden hicso.

Él, Apofis, había logrado meter en cintura a la civilización que había construido las pirámides. Cierto día, las demolería piedra a piedra y haría que construyeran un monumento a su gloria, más grandioso que los de los faraones.

Cuando Khamudi entró en su despacho, el emperador advirtió enseguida la tez verdosa del gran tesorero.

-¿Te duele algo?

-Mi mujer y yo nos divertimos, anoche, con algunas libanesas y cometimos el error de probar un licor de su país.

-¿Un intento de envenenamiento?

-No lo creo, pero las libanesas serán hermosas víctimas para el toro. Majestad, tengo que comunicaros un incidente grave. Apofis frunció el ceño.

-¿Grave?… ¿No será una palabra excesiva?

Juzgadlo vos mismo. Acabo de recibir un mensaje de Tebas con estas simples palabras: «Los hipopótamos impiden dormir al emperador. El ruido que hacen destroza los oídos de los habitantes de Avaris».

-¿Qué significa esa jerigonza?

-Es un código que utilizamos con nuestro informador, el ministro de Agricultura. Significa que se han producido disturbios. -Una insurrección en Tebas… ¿No es inverosímil?

-A priori , sí. Pero el mensaje es indudable.

-¿No intentará ese mediocre ministro que nos fijemos en él?

-No es imposible, majestad, pero supongamos que tenga razón… ¿No ha llegado el momento de aplastar Tebas de una vez por todas?

-¡Había olvidado por completo ese poblacho agonizante! Es probable que una decena de harapientos haya intentado robar trigo y que tu pequeño ministro quiera ganarse nuestra gracia denunciándolos. Pero tienes razón; mejor será comprobarlo.

-¿Mando a Jannas?

El emperador se untó de pomada su granujienta nariz y sus tobillos que, desde hacía algunos días, tendían a hincharse.

-Procedamos de modo más sutil: mandemos a un embajador. Si existe un comienzo de rebelión, los tebanos lo matarán. Nuestra respuesta será inmediata y definitiva. En caso contrario, sabremos que tu informador fabulaba y elegiremos a otro. Es inútil fatigar por nada a nuestros mejores soldados cuando otras conquistas los aguardan.

¿

Un único barco? -se extrañó Seqen-. ¡Forzosamente es una trampa!

-No lo parece, majestad -dijo Heray-. Según los centinelas, es una embarcación civil y sin escolta.

-¡Si atraca, lo destruiremos!

-¿Puedo recomendaros paciencia? Aunque se oculten a bordo algunos hicsos, solo pueden ser un pequeño grupo y acabaremos con ellos fácilmente.

-Pero ¿por qué va a ser tan moderada la reacción del emperador?

-Tal vez nos mande un ultimátum -supuso Ahotep.

-¿Exigiendo que nosotros mismos destruyamos Tebas y nos rindamos luego?

-¡Claro! ¡Tienes razón!

-Hay un medio muy sencillo de averiguarlo, majestad: subir a bordo -propuso el Bigotudo.

-¿Por qué vas a arriesgar tu vida?

-Con el afgano y unos cincuenta hombres a mis espaldas, me sentiré seguro.

El embajador era el más importante comerciante de vinos de Avaris. Khamudi le había confiado la misión con la esperanza de que no saliera vivo de ella. Y si reaparecía, su suerte no sería muy envidiable. Durante su ausencia, en efecto, el gran tesorero se apoderaría de su contabilidad y la llenaría de malversaciones que llevarían al defraudador al laberinto. Y su empresa caería en el regazo de Khamudi.

Sexagenario, el negociante odiaba los viajes, sobre todo en barco. Pero nadie rechazaba una misión impuesta por el emperador. Mareado durante toda la travesía por el Nilo y acostado en su cabina, el nuevo embajador en absoluto había apreciado la belleza de los paisajes.

Saberse en Tebas, pueblo perdido de una apartada provincia, no le procuraba más satisfacción que la de haber llegado a su destino. Consiguió levantarse, bebió un poco de agua y subió a cubierta.

-Un emisario de la reina de Tebas desea veros -le advirtió el capitán.

-Que entre.

-¿Debo registrarlo?

-Es inútil… Nadie se atrevería a atacar a un embajador de los hicsos.

Al trepar a bordo, el Bigotudo advirtió que no se ocultaba allí comando alguno.

Viendo la tez del diplomático, diríase que no iba a sobrevivir a un nuevo viaje.

-Soy el embajador del emperador y faraón Apofis, nuestro omnipotente soberano, y vengo a traer a vuestra reina un mensaje de su parte. Llevadme de inmediato a palacio.

El hicso lanzó una asombrada mirada a la escuadra dispuesta al pie de la pasarela.

-Servicio de seguridad -explicó el afgano.

-¿Acaso hay disturbios por aquí?

-Ninguno, pero nunca se es demasiado prudente.

El embajador no podía encontrarse con colaboracionista alguno, pues Chomu y sus secuaces habían sido ejecutados por los arqueros dos días antes, tras un proceso que no había encontrado circunstancia atenuante alguna.

Tebas le pareció pobre, pero limpia: ningún soldado por las calles, ancianos sentados en el umbral de sus moradas, niños que jugaban, mujeres que regresaban del mercado, perros que se disputaban un trapo ante la mirada de un gato prudentemente encaramado en un tejado… Era evidente que la modesta ciudad no constituía una amenaza para el emperador.

Descubrir un destartalado palacio reforzó la convicción del embajador. Por lo que se refería a los dos ancianos guardias que se inclinaron a su paso, solo iban provistos de una lanza tan gastada que se habría roto al primer choque.

Llevando de la mano a sus dos hijos, Ahotep recibió al diplomático a la puerta de la modesta sala de audiencias. -Bienvenido a Tebas. Vuestra visita es un gran honor para nosotros; jamás nos hubiéramos atrevido a esperarla. Por desgracia, contamos con pocas comodidades que ofreceros, pero tened la seguridad de que mi esposo y yo misma desplegaremos todos nuestros esfuerzos para satisfaceros.

Ahotep parecía tan frágil que el embajador se conmovió. Olvidando el viril discurso que todo buen hicso debía dirigir a una egipcia vencida, farfulló algunos agradecimientos.

-¿Cuánto tiempo pensáis permanecer entre nosotros?

-Solo lo necesario para entregaros el mensaje del emperador. -Mi esposo, el príncipe Seqen, estará encantado de oírlo. Hijos, id con vuestra abuela. Me debo a nuestro huésped. Vistiendo una túnica que había conocido días mejores, Seqen tuvo las mayores dificultades para saludar a un enemigo al que habría preferido estrangular. Pero se sometió a las recomendaciones de Ahotep, decidida a fingir para ganar algo más de tiempo. Al embajador, la sala de audiencias del irrisorio palacio tebano le pareció decrépita.

-No perdamos tiempo y seamos precisos: al emperador le molesta el ruido que hacen vuestros hipopótamos. Supongo que me comprendéis.

Ahotep advirtió que Chomu había tenido la prudencia de enviar un mensaje en código, cuyo sentido no era difícil de adivinar.

-Al este de Tebas hay, en efecto, un estanque donde los hipopótamos suelen jugar… Pero ¿cómo pueden sus gritos llegar a Avaris?

-¡No nos andemos por las ramas, princesa! Hay rebeldes en Tebas, ¿no es cierto?

La reina adoptó un aire consternado; Seqen la imitó.

-Los había, es cierto. Un pequeño grupo de sediciosos dirigidos por un mercader de jarras llamado Chomu.

-Os ordeno que me entreguéis a esos rebeldes.

-Los hemos ejecutado por recomendación de nuestro ministro de Agricultura.

-¡Ah, muy bien! ¿Podría felicitarlo?

-El infeliz acaba de morir y será muy difícil sustituirle. Su fidelidad para con el emperador era un ejemplo para todos los tebanos.

-Bueno, bueno… ¿Estáis segura de que ningún resistente actúa ya en esta región?

-Las ejecuciones públicas habrán servido de lección -afirmó Seqen.

-Nuestro cocinero os ha preparado una suculenta comida, con carne y pasteles -reveló Ahotep, sonriente-. Esperamos que hagáis los honores.

-Sin duda, sin duda… ¿Habrá vino?

-Os hemos reservado el mejor.

Tener un hicso a mano y dejar que partiera indemne… Seqen estaba rabioso, pero debía admitir que la estrategia de Ahotep era la adecuada. Convencido del carácter inofensivo de los tebanos, el embajador no recomendaría al emperador una intervención inmediata, de modo que los carpinteros tendrían tiempo de terminar el último barco que estaba construyéndose.

-El embajador está lejos, majestad -anunció Qaris-. Parecía encantado de su breve estancia entre nosotros.

-¿Ningún incidente en la ciudad, Heray?

-Ninguno, majestad. Nadie ha intentado acercarse al hicso, toda la población está con nosotros.

Los dos nuevos oficiales del ejército tebano se reunieron con el faraón a orillas del Nilo.

-Habéis salvado a mis hijos -les dijo- y os estaré siempre agradecido. Durante la guerra, muchos hombres morirán. ¿Deseáis partir hacia el combate o permanecer en Tebas y dirigir la guardia de palacio?

El Bigotudo se rascó la oreja.

-Hemos descansado muy bien aquí, pero yo nací en el Norte y me gustaría regresar.

-Yo -recordó el afgano- soy un extranjero que desea volver a su hogar tras haber vencido a los hicsos.

-De acuerdo… Cada uno mandará un batallón de asalto. El Bigotudo pareció molesto.

-Aun sumando los guardias de palacio y los verdaderos soldados que habéis traído a Tebas, eso no forma un ejército. Ni siquiera añadiendo a los resistentes del Norte, cuyo número no ha aumentado mucho según las informaciones recibidas, no dispondremos de fuerzas bastantes para atravesar la coraza de los hicsos.

-Todavía no lo habéis visto todo.

Una base secreta, con instalaciones bien construidas y un verdadero ejército, formado por hombres entrenados e impacientes por combatir… El afgano y el Bigotudo no ocultaron su asombro ni su satisfacción.

-Fabuloso -murmuró el Bigotudo-. ¡Así pues, no recogimos sílex en vano!

-Voy a presentaros a los demás oficiales -decidió Seqen-. Es preciso que nos una un perfecto espíritu de grupo.

-Antes, majestad, el afgano y yo solicitamos un favor: entrenarnos con vuestros infantes para enseñarles algunos golpes bajos en el combate cuerpo a cuerpo.

D

ominada por unas nubes grises procedentes del mar, la fortaleza de Avaris se alzaba aún más siniestra que de costumbre. Con náuseas y oprimido por la idea de comparecer ante Apofis, el embajador ni siquiera levantó los ojos al cielo.

-¿Fuiste bien recibido? -le preguntó el emperador.

-¡Del mejor modo, majestad! Tebas es una ciudad pobre y desarmada, que no representa peligro alguno. La princesa Ahotep y el príncipe Seqen solo se preocupan por su familia, y no tienen la menor voluntad de perjudicarnos.

-¿Has hablado con el ministro de Agricultura?

-Acaba de fallecer. Pero tranquilizaos: el ruido de los hipopótamos no os molestará más. La región está en perfecta calma. Apofis acarició su cantimplora de loza azul en la que había dibujado el mapa de Egipto. Cuando la sintió ya caliente, su índice se posó en la provincia tebana, que brilló con una tranquilizadora luz roja, prueba de su sumisión. Movido por una inquietud que no le era familiar, el emperador insistió.

Y el fulgor vaciló.

-¡Imbécil, te has dejado engañar!

-Majestad, os aseguro que…

-Dada tu edad, la prueba del toro no sería en absoluto divertida. Será, pues, el laberinto.

El gran tesorero Khamudi y el almirante Jannas habían sido urgentemente convocados en la estancia secreta de la ciudadela, donde ningún oído indiscreto podría escuchar la entrevista.

-Ocurre algo anormal en Tebas -declaró el emperador-. Nuestro embajador no observó nada, pero estoy convencido de que algunos sediciosos trabajan en las sombras.

-Mis informadores no me han comunicado nada, majestad -observó Jannas-. La provincia tebana es una de las más ricas de Egipto, pero nos entregan la mayor parte de su producción. Tal vez se prepare una revolución de palacio. ¿Tiene alguna importancia que la reina Ahotep sea sustituida por otra tebana?

-Esta incertidumbre me exaspera; Tebas me exaspera. En ninguna parte, y especialmente en Egipto, puede ser discutida la soberanía de los hicsos.

-¿Deseáis que mis tropas ocupen la ciudad? -sugirió Jannas.

-Tebas debe ser destruida -decidió Apofis-. Y tenemos muy cerca al hombre que necesitamos. Dale al gobernador Emheb la orden de arrasar esa deleznable ciudad.

-Imposible, majestad -decretó el sumo sacerdote de Karnak.

-¿Por qué razón? -se rebeló Ahotep.

-Porque los cuatro orientes están cerrados. Mientras no se abran, cualquier ataque estaría condenado a un fracaso total.

La reina no podía desdeñar las advertencias de los dioses.

-¿Cómo provocar su apertura?

-Según la tradición, la pareja real no reina verdaderamente hasta haber cruzado la gran espesura de papiro, al norte de Tebas. Pero debe de estar infestada de serpientes y cocodrilos. Aventurarse por allí es arriesgarse a la muerte.

-Así pues, hay que cumplir la voluntad de los dioses.

Pese a la formal oposición de Teti la Pequeña, a la que Ahotep confió sus dos hijos, la reina y el faraón partieron solos y sin armas hacia el lugar más peligroso de la provincia, que evitaban incluso los cazadores más expertos.

Seqen no había vacilado ni un solo instante. Con los nervios de punta, sus soldados soportaban cada vez peor una espera que corroía sus fuerzas.

La ligera barca se acercó lentamente a la enorme espesura de papiro, de donde emprendieron el vuelo decenas de pájaros, los compañeros de Set.

Ahotep reunió varios tallos de papiro y los arrugó. Los sonidos que fecundaron el pesado silencio apaciguaron las potencias hostiles, dispuestas a devorar la vida de los intrusos.

La pareja entró en la espesura, donde en pleno día reinaba la oscuridad. Unos estremecimientos de otro mundo sembraron el miedo en su vientre.

Y de pronto, brotó, inmensa, llameante.

Era una cobra real hembra, aquella a la que los textos llamaban «la mortífera», «la diosa de la estabilidad», «la que emana luz», «la primera madre que existió en el comienzo y conoce las fronteras del universo».

Ahotep sostuvo la mirada de la serpiente.

-Puedes matarme, pero no te temo porque eres la dama del florecimiento del corazón. Dame tu llama, para que destruya creando.

La cobra se balanceó hacia delante y hacia atrás, de izquierda a derecha, y luego tomó un tallo de papiro antes de desaparecer. Ahotep advirtió que estaba sola a bordo de la barca. -Seqen, ¿dónde estás? ¡Respóndeme!

La frágil embarcación había chocado con un islote en plena espesura.

Creyendo que podría hallar refugio en tierra firme, el faraón veía avanzar hacia él dos enormes cocodrilos que no le dejaban posibilidad alguna de escapar.

-¡Tiéndete, Seqen, y no te muevas!

El rey siguió el consejo de su esposa, pero los dos reptiles no interrumpieron su avance.

Seguro de ser devorado, Seqen miró el rostro de Ahotep y cerró los ojos.

Los dos monstruos flanquearon al monarca, con las grandes fauces pegadas a su cabeza. Le pusieron las patas delanteras en los hombros y las enormes patas traseras en las muñecas, reconociendo así al rey de Egipto como uno de los suyos, capaz de surgir de las profundidades en un instante y cerrar sus fauces sobre el adversario.

-Tres de los cuatro orientes están abiertos -advirtió el sumo sacerdote de Karnak-: este, oeste y sur. Pero el norte sigue cerrado.

-¿Qué nueva prueba nos impones? -preguntó Ahotep.

-Los textos son mudos, majestad. La decisión solo os atañe a vos.

-¡Hay que atacar! -afirmó Seqen.

-Nuestro ejército se dirigirá hacia el norte -objetó Ahotep-, pero este nos niega sus favores.

-¿Qué mas exigen los dioses, pues?

-Nosotros debemos percibirlo, Seqen. Mientras sigamos sordos y ciegos, ¿cómo podemos esperar la victoria?

-Mis hombres se impacientan. Si tensamos demasiado la cuerda, se romperá.

En palacio les aguardaba el gobernador Emheb, quien, tan tranquilo por lo común, era presa de la agitación.

-Acabo de recibir una orden del almirante Jannas, majestad: Tebas debe ser arrasada.

-De modo que Apofis no ha creído a su embajador… ¿Están vuestras tropas listas para el combate?

-Se están impacientando. Heray interrumpió la entrevista.

-¡Venid a ver, pronto!

El tono del superior de los graneros era tan imperioso que la pareja real y el gobernador Emheb le siguieron hasta el Nilo.

-Mirad esos huevos.

-Las cercetas han puesto ya -advirtió Emheb-. ¡Al menos con tres semanas de adelanto! Eso significa que la crecida comenzará antes que de costumbre y que no podremos lanzar nuestros barcos al río antes de que su furia se haya calmado.

-Dicho de otro modo -deploró Seqen-, es imposible atacar inmediatamente.

-Aprovechemos estas excepcionales circunstancias -preconizó Ahotep-. Es indispensable descubrir por qué el Norte sigue siéndonos hostil. Tú, Emheb, redacta un informe para el emperador y afirma que has cumplido con celo tu misión. Tebas ha sido destruida; su príncipe y su princesa han muerto.

-¿Va a creerme?

-Sí, si le mandas una diadema, mi vestido y la túnica de Seqen manchados de sangre.

U

na diadema mediocre, un vestido de mendiga, una túnica de descreído… Las reliquias de la difunta Tebas no merecen ser conservadas -afirmó el emperador.

-El informe del gobernador Emheb es muy satisfactorio -añadió Khamudi-. Los soldados incendiaron una ciudad de cobardes que ni siquiera se atrevieron a combatir. Todo ardió, incluidos los cadáveres. En el emplazamiento de la ciudad de Amón, Emheb propone construir un cuartel.

-Excelente iniciativa. Envía, de todos modos, un observador para que nos confirme el informe. Y que regrese acompañado por el tal Emheb. Deseo conocerlo y felicitarle.

-Necesitaremos algo de paciencia, majestad. La crecida es particularmente fuerte este año y la navegación será inviable por algún tiempo.

-Tengo un nuevo candidato para el laberinto -susurró Apofis con una sonrisa glauca.

La consulta a su cantimplora de loza azul había tranquilizado al emperador: la lamentable Tebas había sido, en efecto, víctima de un incendio.

Ante los atónitos ojos de los tebanos, el palacio real y varias casas ardían.

-¿Por qué esta decisión? -se extrañó Seqen.

-Porque un adversario tan temible como Apofis dispone de percepciones más intensas que las del común de los mortales -respondió Ahotep-. Necesitaba una prueba, aun a distancia, de que nuestra ciudad ha sido destruida.

Aquella misma mañana, Teti la Pequeña, Kamosis y Amosis habían partido hacia la base secreta, donde, en adelante, residirían. Ahotep y Seqen acudieron al templo de Karnak, donde los recibió el sumo sacerdote.

-He contemplado de nuevo los ángulos del cielo. Tres de los cuatro orientes están abiertos y son favorables. Pero el Norte permanece obstinadamente cerrado, y ninguna letanía consigue abrirlo.

-¿No existe en este templo una capilla inaccesible? -preguntó la reina.

-Sí, la capilla central de Amón. Pero bien sabéis que solo se abrirá el día en que Egipto haya recuperado la libertad.

-Amón es el dios del viento vivificante, del viento del Norte. Él es quien exige que rompamos ese tabú.

-¡No actuéis así, majestad! Sería ofender al destino.

-Estoy convencida de lo contrario. Permaneciendo pasivos, mantenemos Egipto en la esclavitud. Solo Amón puede abrirme la ruta del Norte.

-¡El amo de Karnak nos fulminará!

-No soy su enemiga.

Ahotep se recogió ante la puerta cerrada.

Luego, corrió el cerrojo de madera dorada, mientras imploraba a Amón, el Oculto y el Estable, sobre quien reposaba la creación, que acudiera en su ayuda.

Entreabierta la puerta, la reina se deslizó hacia el interior de la pequeña capilla, donde solo penetró un rayo de luz, suficiente para permitir que divisara la estatua del dios, sentado en su trono.

En la mano derecha, Amón tenía una espada curva, de bronce y cubierta de plata, con incrustaciones de ámbar. En su extremo superior, había un loto de oro.

-Necesitamos tu espada, señor. Ella nos dará la capacidad de vencer al emperador de las tinieblas.

Ahotep posó su mano en la mano de piedra, a riesgo de no poder ya retirarla.

El granito no estaba frío. energía.

Cuando el dios aceptó entregar el arma a la reina, la espada produjo un intenso fulgor, que iluminó la capilla.

Ahotep se retiró andando de espaldas y con la cabeza gacha. Cuando blandió la espada de luz, tan deslumbrante como el sol de mediodía, Seqen y los sacerdotes se cubrieron el rostro.

-La puerta de la capilla de Amón permanecerá cerrada hasta la victoria total -anunció Ahotep-. Tu brazo está ahora armado, faraón, y la ruta del Norte abierta.

Ante el pequeño palacio de la base secreta se había dispuesto un jardín que comenzaba a resultar seductor. En torno al cenador, crecían tamariscos y palmeras.

Al abrigo de los árboles, olvidando la agitación que reinaba en el entorno, Ahotep y Seqen compartían un momento de felicidad, tanto más intensa cuanto que pronto iban a separarse.

Uno y otro eran conscientes, a la vez, del envite y de los riesgos que implicaba. Pero un faraón debía llevar sus tropas al combate, y la reina, gobernar Tebas en su ausencia.

-Tengo tantas ganas de vivir -reconoció él, acariciando su cuerpo espléndido-; tengo tantas ganas de amarte hasta que la edad se nos lleve hacia la otra orilla, tan unidos que ni siquiera la muerte conseguirá separarnos.

-Ninguna muerte nos separará -le prometió ella-. Si desapareces luchando contra las tinieblas, mi brazo tomará tu espada y tu fuerza me habitará. Serás el único hombre de mi vida, Seqen. Te lo juro en nombre del faraón.

Abrazados, contemplaron el inmenso cielo en el que se perdían sus miradas. ¿Por qué los dioses les habían elegido a ellos para llevar a cabo una tarea sobrehumana?

En el campamento discutían. Los jefezuelos intentaban imponerse.

-Creo que me necesitan -advirtió Seqen.

-¿Puedo presentaros a mi hijo menor, majestad? -preguntó el capitán Baba, a quien el rey había puesto a la cabeza de las tropas llegadas de Elkab, mientras el gobernador Emheb mandaba las de Edfú.

-Me llamo Ahmosis, hijo de Abana -declaró altivamente el muchacho- y mataré muchos hicsos.

-¿No eres demasiado joven?

-Sé manejar todas las armas, majestad, y no tengo miedo de combatir en primera línea.

-Egipto necesita hombres como tú, Ahmosis, hijo de Abana. Seqen se tomó el tiempo necesario para decir unas palabras a cada soldado. Los rostros eran graves, a menudo angustiados. Nadie ignoraba el valor de los hicsos, que, además, tenían la ventaja del número. Quien reflexionara un poco llegaría a la conclusión de que el pequeño ejército egipcio sería exterminado. Pero la presencia de la reina había disipado muchos temores y había evitado cualquier deserción.

Una pequeña mano se introdujo en la del faraón.

-También yo quiero ir a la guerra.

-¡Amosis!

Seqen levantó del suelo a su hijo de cuatro años.

-Tiene razón -corroboró Kamosis con la seguridad de sus catorce años-. Desde que llegamos aquí, nos entrenamos cada día con los soldados.

El rey dejó al chiquillo y abrazó a sus dos hijos.

-Dos cocodrilos me comunicaron así su poder… Yo os doy el mío. Si no regresara del frente, tendríais que proseguir la lucha bajo la autoridad de la reina. ¿Lo juráis?

Kamosis y Amosis prestaron juramento con solemnidad.

-Pero volverás pronto, ¿verdad? -preguntó el más joven.

Khamudi fue arrancado de una noche deliciosa por el propio Jannas. El almirante había forzado la puerta de la villa donde el gran tesorero y su mujer enseñaban algunos juegos perversos a unas adolescentes aterrorizadas.

Asqueado, Jannas prefirió no ver nada, puesto que no toleraba esas innobles prácticas.

Chorreando sudor, Khamudi ordenó que a una sirvienta le secara.

-¿Qué es eso tan urgente, almirante?

-Nuestros navíos de comercio han sido atacados por piratas, cuya base se halla en el archipiélago de Thera.

-¿En la parte meridional de las Cícladas?

-Eso es.

-¡Hace ya mucho tiempo que deberíamos haber limpiado la zona!

-He pensado que sería inoportuno despertar al emperador a horas tan avanzadas, pero he considerado un deber advertiros sin demora.

-Habéis hecho bien. Creía que esos malditos piratas se habían tranquilizado, ¡pero el afán de lucro ha sido más fuerte! No sobrevivirán a este error. Y si los cretenses los han ayudado de un modo u otro, lo pagarán muy caro. Antes de ir a palacio a primera hora, ¿no deseáis degustar una de esas beldades?

-De ningún modo, Khamudi.

Y sin embargo, están suculentas… ¡No sabéis lo que os perdéis, Jannas!

La fría cólera del emperador heló la sangre del almirante.

Este recibió la orden de abandonar inmediatamente Avaris con varios navíos de guerra y exterminar, hasta el último, a los piratas.

Por lo que a Khamudi se refería, le encargó enviar tropas a Siro-Palestina y a Asia, para demostrar que nadie podía atacar el orden de los hicsos.

B

ribón y su equipo de palomas mensajeras partieron hacia el Norte, con instrucciones destinadas a los resistentes, con quienes el ejército de Seqen deseaba establecer una conexión. A bordo de las embarcaciones, los soldados vieron cómo tomaban la dirección del Bajo Egipto, esa tierra tan cercana y tan lejana al mismo tiempo que solo el sacrificio de numerosas vidas permitiría reconquistar.

En las profundidades de palacio, Ahotep había hecho tocar a Seqen el cetro con el que esperaba, algún día, medir su país; pero fue en el navío almirante, en presencia de todos sus oficiales, donde le había coronado con una diadema que servía de soporte a un uraeus de oro. La cobra hembra escupiría el fuego que iluminaría el camino del faraón, abrasando a sus enemigos.

Solo era, ciertamente, un mediocre sustituto en comparación con las coronas tradicionales, la roja del Bajo Egipto y la blanca del Alto Egipto, que el emperador había hurtado y, posiblemente, destruido.

Qaris y Heray colocaron la maqueta en la cabina del rey, con la esperanza de que se extendiera, día tras día, los límites del territorio liberado.

Y fue el instante del último beso y del último abrazo. Ahotep habría querido ser solo una esposa enamorada, la madre de dos soberbios muchachos y una simple tebana, pero el imperio de las tinieblas había decidido otra cosa.

-Ve hacia el Norte, faraón; derriba la barrera de Coptos y avanza tanto como puedas. Con el anuncio de tus victorias, la esperanza renacerá en todo el país.

-Embarcaciones -le dijo el aduanero hicso a su colega, que dormía la siesta a la sombra de una palmera.

-Debe de ser una flota mercante procedente del Norte… No nos han avisado.

-No, vienen del Sur.

-Has bebido demasiado licor de dátiles.

-Levántate y mira… ¡Hay varias!

El aduanero salió de su sopor y quedó boquiabierto ante el increíble espectáculo.

-¡Pronto, a las barcas!

Los aduaneros de Coptos establecieron a toda prisa una barrera flotante, cuya mera presencia tenía que disuadir a los contraventores, probablemente nubios, de seguir avanzando. Pues solo podía tratarse de comerciantes del gran sur que intentaban escapar de las tasas.

-¡Alto en nombre del emperador Apofis! -vociferó el jefe aduanero.

Fueron sus últimas palabras, justo antes de que la flecha de Seqen le atravesara la garganta. El faraón quería suprimir personalmente al primero de los hicsos que intentara cerrarle el paso.

En pocos minutos, los arqueros egipcios exterminaron a sus adversarios; luego, atravesaron fácilmente la frágil barrera.

-¿No nos detenemos en Coptos? -preguntó el gobernador Emheb.

-Nuestra confianza en Titi, el alcalde de la ciudad, es limitada, pero se pondrá de lado del más fuerte.

En Dendera, la flota del faraón topó con dos navíos de guerra hicsos. Cogidos desprevenidos por ese ataque sorpresa, sus tripulaciones no tuvieron tiempo de organizarse y opusieron una débil resistencia.

-¡Nuestra segunda victoria, majestad! -afirmó el capitán Baba. A la altura de Abydos, había cinco embarcaciones de los hicsos.

Una de ellas se sacrificó para retrasar la vanguardia egipcia, mientras las demás se colocaban de través.

Esa vez, la escaramuza puso a prueba al ejército de liberación. En exceso seguros de su superioridad, los hicsos cometieron el error de disparar sus flechas al descubierto, mientras los egipcios se protegían con escudos.

El navío de Emheb golpeó el flanco de una embarcación enemiga, y los soldados de Edfú se lanzaron al abordaje, mientras que los de Elkab se apoderaban del capitán hicso. Esa captura desmoralizó a sus marineros, privados repentinamente de órdenes claras.

-¡Sin cuartel! -gritó Baba, atravesando con su lanza a un oficial asiático que intentaba animar a sus subordinados.

Desde entonces, el final del enfrentamiento estaba decidido. Los soldados formados por Seqen aplastaron al adversario.

-Cuatro barcos más para nuestra flota y una buena cantidad de armas -advirtió el afgano, limpiándose el brazo cubierto de sangre enemiga-. Nos estamos convirtiendo en un ejército de verdad.

Bribón se posó en el hombro del intendente Qans.

-¡Un mensaje del faraón Seqen, majestad!

-Léelo primero -exigió Ahotep-. Y comunícame solo las buenas noticias.

Con un nudo en la garganta, Qaris descifró el texto cifrado por el propio Seqen.

-¡Nuestro ejército ha dejado atrás Abydos! Es la tercera victoria, después de Coptos y Dendera. La batalla ha sido dura, pero nuestros soldados se han portado admirablemente.

-¿Bajas? -se preocupó Ahotep.

-Mínimas. Un barco está repatriando a los heridos.

-Que todo esté dispuesto para cuidarlos.

-Podéis contar conmigo, majestad.

Ahotep mandaba personalmente a los soldados que permanecían en la base secreta. Tras sentirse rabiosos por no haber partido con sus camaradas, ya no lamentaban su suerte. ¿No era un noble deber obedecer a la reina y asegurar la protección de la familia real?

Sin perder un ápice de su gracia y de su feminidad, Ahotep demostraba su talento manejando la espada y disparando el arco. Numerosos fortachones, convencidos de que la vencerían fácilmente en la lucha, habían mordido el polvo sin comprender lo que les había sucedido; tan hábil se revelaba Ahotep en el arte de esquivar y en el de hacer unas inesperadas presas.

Convertido en un muchacho, Kamosis participaba en los ejercicios con tal ardor que ya se había herido varias veces. Se mostraba duro con el dolor, ante la mirada a veces asustada del pequeño Amosis, a quien su abuela desaconsejaba, en vano, aquel tipo de espectáculo.

-Eso no es una buena educación -le reprochaba a Ahotep.

-¿Tienes alguna mejor para tiempos de guerra? -le preguntaba su hija.

-Claro está que no; pero de todos modos no es una buena educación. Los hijos del rey deben conocer los grandes textos clásicos y tener una sólida cultura general. Pero Kamosis está retrasado con la lectura. Por consiguiente, deseo que trabaje conmigo, por lo menos una hora, cada tarde.

-Concedido, majestad.

Khamudi estaba enfermo.

Su piel se había cubierto de urticaria y sus intestinos le torturaban, pero no podía retrasar más el momento de revelar a Apofis el contenido de los mensajes que le había hecho llegar su nuevo informador tebano, el sustituto del ministro de Agricultura.

Primero, había creído que era una fabulación que nacía de un trivial incidente en la frontera de Coptos y del deseo del espía de que le tomaran en consideración. Pero, según este, unas tripulaciones de hicsos habían sido exterminadas en Dendera y en Abydos.

¿Cómo anunciarle al emperador semejante noticia? Y sin embargo, había que tomar medidas urgentes para detener la rebelión.

Lamentablemente, el almirante Jannas perseguía a unos piratas por las Cícladas y las mejores tropas sembraban el terror en Siro-Palestina. Quedaban en Egipto, sin embargo, regimientos suficientes para aplastar a la purria que se atrevía a arañar el Imperio.

Un sol ardiente abrumaba la ciudadela y el calor agravaba los síntomas que sufría el gran tesorero. Pese a lo matinal de la hora, le parecía ya insoportable.

Subir los peldaños fue todo un suplicio.

Cuando el emperador le recibió, Khamudi tragó saliva varias veces.

-No hay nada más detestable que el verano -dijo Apofis-. Afortunadamente, esos gruesos muros preservan un poco de frescura. Tendrías que cuidarte, amigo mío. Por tu aspecto, diría que debes de pasar unas noches agitadas..

Khamudi se tiró al agua.

-Hemos sido atacados en el Alto Egipto.

El rostro del emperador se transformó en piedra.

-¿Dónde, exactamente?

-En Coptos, en Dendera y en Abydos.

-¿Quién es el agresor?

-Los tebanos.

-¿Quién los manda?

-Seqen, el esposo de la reina Ahotep. Afirma ser… faraón.

-¿Prosigue su avance hacia el Norte?

-Lo ignoro aún, pero es probable.

-Que aplasten esa rebelión y que me traigan al tal Seqen, vivo o muerto.

D

esde Abydos, el ejército de liberación había recorrido casi doscientos kilómetros sin encontrar resistencia, como si los hicsos se hubieran batido en retirada al conocer las primeras victorias obtenidas por los tebanos.

-Esto no me gusta -dijo el gobernador Emheb.

-La sorpresa ha sido tal que el enemigo está desorganizado -supuso el capitán Baba.

-Más que oponernos pequeñas unidades, que bastaban para que reinara el orden en las provincias, están reuniendo sus tropas en un lugar preciso a fin de detener nuestro avance.

Tan súbita como brutal, estalló una tempestad. Un furioso viento rompió las ramas de árboles, las palmeras se doblaron, la arena del desierto cubrió los cultivos y las olas hicieron hostil el Nilo.

-Atraquemos -ordenó el rey.

La tempestad duró varias horas, durante las que los soldados se protegieron como pudieron, con la cabeza entre las rodillas. ¿La cólera del dios Set, protector de Apofis, les prometía de ese modo una suerte funesta?

En cuanto el cielo y el río comenzaron a apaciguarse, el Bigotudo se aventuró por la cubierta de su embarcación para comprobar que esta no había sufrido desperfectos.

Y entonces los vio.

Había una veintena de barcos de guerra hicsos a la altura de la ciudad de Cusae.

-Esta vez -dijo el afgano que acababa de reunirse con él- lo pasaremos mal. A estos no les cogeremos por sorpresa. -Depende, amigo mío. Sin duda, esperan que nos lancemos sobre ellos. Aconsejemos al rey, pues, cambiar de táctica.

Los mejores arqueros egipcios, entre los que figuraba el joven Ahmosis, hijo de Abana, dispararon centenares de flechas incendiarias, a un ritmo que solo podían mantener unos hombres bien entrenados. La mayoría de las saetas alcanzaron su objetivo: las velas que los hicsos no habían arriado. Con la ayuda del viento, se inflamaron rápidamente y el fuego se comunicó a los mástiles, a pesar de los esfuerzos de los marineros para apagar el incendio. Como los navíos estaban acoplados, ninguno escaparía a la destrucción.

-¡Saltan a la orilla y huyen! -advirtió el capitán Baba-. ¡Persigámosles y matémosles!

Seqen estuvo de acuerdo y los egipcios desembarcaron. Era una ocasión para reducir a la nada parte del ejército de Apofis. Con hachas, lanzas y espadas, derribaron un buen número de marinos. Conducidos por Baba, los tebanos respiraban a pleno pulmón el aire de la victoria.

De pronto, se detuvieron y sus gritos de triunfo se helaron en sus gargantas.

-¿Qué ocurre? -preguntó Seqen, que se dirigía rápidamente hacia la vanguardia.

-Hemos caído en una trampa -dijo el gobernador Emheb. Frente a los liberadores, un ejército muy distinto los desafiaba.

-Nunca había visto algo así -reconoció el capitán Baba-.

Nunca había visto artilugios como esos y esa clase de animales… Eran carros tirados por caballos, espadas de bronce más sólidas que las de los egipcios, arcos más potentes, armaduras y cascos… En todos los terrenos, el regimiento hicso era superior.

-Mal momento para morir -dijo el Bigotudo.

-Así, añoraremos menos esta vieja tierra -añadió el afgano. Los soldados de Seqen estaban aterrorizados.

-Batámonos en retirada, majestad -recomendó Emheb.

-Seríamos exterminados como cobardes.

El faraón se volvió hacia sus hombres.

-Hace varios años que estamos esperando este enfrentamiento. Apofis es quien tiene miedo: cree que vamos a dispersarnos como gorriones, pues nadie, hasta ahora, se ha atrevido a enfrentarse con sus tropas de élite. Seremos los primeros y demostraremos que los hicsos no son invencibles.

Todos los soldados del ejército de liberación blandieron sus armas en señal de aprobación.

-¡Al ataque! -ordenó Seqen, dirigiendo la espada de Amón hacia los carros hicsos, que se pusieron en marcha entre un estruendo de ruedas y cascos de caballos golpeando el pedregoso suelo.

La primera fila egipcia fue aplastada. Los arqueros y los lanzadores de jabalina asiáticos diezmaron la segunda línea y fue necesaria la energía de la desesperación para que Seqen evitase la desbandada.

Tras haber cortado el brazo de un conductor y degollado al arquero que estaba a su lado, el faraón consiguió volcar un carro. Aquel inesperado éxito inspiró a Baba y a los soldados de Elkab, que, a costa de grandes pérdidas, consiguieron inmovilizar muchos más.

Viendo las corazas de los hicsos manchadas de sangre, los egipcios comprendieron que no eran invulnerables. Y el combate comenzó a equilibrarse.

-¡Hacia el flanco derecho del enemigo! -gritó el Bigotudo, despanzurrando a un iraní-. ¡Son nuestros hombres! Movilizados por las instrucciones de las palomas mensajeras, los resistentes iniciaron una ofensiva que sorprendió a los hicsos y detuvo su impulso.

-¡El rey! -aulló el gobernador Emheb, que acababa de derribar a dos anatolios-. ¡El rey está solo!

Seqen había actuado con tanto ardor que su guardia personal había sido incapaz de seguirlo. Encerrado en un círculo formado por carros e infantes, el faraón intentaba detener ataques que llegaban de todas partes.

Deslizándose bajo su guardia, un cananeo de pequeño tamaño le asestó un hachazo por debajo del ojo izquierdo. Ignorando el dolor, Seqen hundió su espada en el pecho de su adversario. Pero otro cananeo clavó su puñal en la frente del monarca. Con el rostro ensangrentado, privado de visión, el rey golpeaba en el vacío.

El capitán Baba acabó rompiendo el cerco, mató al segundo cananeo y, por unos instantes, creyó que conseguiría liberar a Seqen. Pero una lanza le atravesó la espalda mientras un oficial asiático abatía el filo de su pesada hacha sobre la cabeza del rey. Moribundo, el faraón cayó sobre su costado derecho. Un sirio le aplastó la nariz de un mazazo y le remató de un golpe en la base del cráneo.

Enfurecido por la muerte de su padre y la de su rey, el joven Ahmosis, hijo de Abana, disparaba flecha tras flecha. Mató a uno de los asesinos mientras el afgano y el Bigotudo, tras un furioso asalto, conseguían acercarse al cadáver de Seqen.

Examinando el cielo en vano, Ahotep no se atrevía ya a contar cuántos días habían pasado desde que las palomas no aportaban noticias del frente.

Cada noche, tras haber tranquilizado a su madre, a sus hijos y a los soldados de la base fortificada, la reina se sentía agotada. Aquel silencio le corroía el alma y solo podía contar consigo misma para afrontarlo.

El sol brillaba y, pese al calor, los soldados se dedicaban a sus ocupaciones habituales. Kamosis enseñaba a su hermano menor el manejo de una espada de madera; Teti la Pequeña leía plegarias a Amón; Qaris velaba por los heridos, a quienes la reina visitaba mañana y tarde.

-Una embarcación, majestad -la avisó Heray-. Voy a informarme.

-¡No, quiero ser la primera en saberlo! La maniobra de atraque fue interminable.

El primero que recorrió la pasarela fue el gobernador Emheb, que había envejecido diez años.

Con el rostro demacrado, llevaba la espada de Amón y la diadema real manchadas de sangre.

La reina avanzó hacia él.

-Alcanzamos la ciudad de Cusae, majestad, y nos enfrentamos con un regimiento de élite hicso. Gracias al valor del faraón, no fuimos vencidos.

-Seqen…

-El faraón ha muerto, majestad. Hemos traído su cuerpo para que sea momificado. (1) Las heridas son tales que más valdría que…

(1) La momia del faraón Segen-en-Ra ha sido preservada. Hoy se expone en el Museo de El Cairo.

-Quiero verlo. Y los momificadores dejarán que se vean sus heridas, para que la posteridad sepa cómo murió el héroe que libró las primeras batallas de la guerra de liberación. Que su nombre sea honrado para siempre como el de un auténtico faraón.

Los soldados de la base fortificada se habían reunido tras la joven reina, que tendría que explicar a sus dos hijos por qué no volverían a ver a su padre.

-Perdonad el inmisericorde carácter de esta pregunta, majestad -dijo Emheb con un nudo en la garganta-, pero miles de hombres aguardan vuestra respuesta: ¿debemos comunicar nuestra rendición al emperador, o decidís proseguir la lucha, poniéndoos a la cabeza de nuestro ejército?

Ahotep subió a bordo del navío y contempló, largo rato, el cadáver martirizado del hombre al que tanto había amado y al que amaría más allá de la muerte.

Lo besó en la frente y, luego, se dirigió a la proa de la embarcación, hacia la que convergieron todas las miradas.

-Dame la espada de Amón y la diadema del rey -ordenó a Emheb.

Ahotep se puso la diadema manchada de sangre y dirigió la espada hacia el Norte.

-En cuanto sea posible, Kamosis sucederá a su padre y se convertirá en nuestro nuevo faraón. De momento, yo asumiré la regencia y proseguiremos el combate contra el imperio de las tinieblas. Que el alma de Seqen brille entre las estrellas y que nos guíe por el camino de la luz.

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