Adonay Novela Iniciática Del Colegio De Magos Jorge Adoum

Novela Iniciática Del Colegio De Magos

Jorge Adoum

 

ÍNDICE:

 

LOS EDITORES

 

PARTE PRIMERA

 

Capítulo I LIBANO

Capítulo II COSTUMBRES LIBANESAS

Capítulo III COSAS DE TODOS LOS DIAS

Capítulo IV EXTREMOS CONTRARIOS

Capítulo V CASUALIDADES

Capítulo VI CASO PREMEDITADO

Capítulo VII RESULTADO DE UN ENCUENTRO

Capítulo VIII CRONICAS

Capítulo IX EL ESPIRITU REBELDE

Capítulo X TRAS UNA NOCHE DE CALMA RUGE UNA MAÑANA TEMPESTUOSA

 

PARTE SEGUNDA

 

Capítulo I PROSCRITO

Capítulo II RECUERDOS

Capítulo III ADOLESCENCIA

Capítulo IV EL AMOR

Capítulo V CONSPIRACION

Capítulo VI DESPEDIDA DOLOROSA Y HUIDA FANTASTICA

Capítulo VII ENTRE LOS DRUSOS

Capítulo VIII SUEÑO REALIZADO

Capítulo IX MAESTRO Y DISCIPULO

Capítulo X PRIMERA LECCION DE SABIDURIA

Capítulo XI EL CATECISMO DE LA RELIGION DRUSA

Capítulo XII REVELACION

Capítulo XIII ¿PRUEBAS?

Capítulo XIV CARTA DE ARISTOTELES A ADONIS

Capítulo XV UNA VISION TERRIBLE

Capítulo XVI ADONIS ¡ENSÉÑAME A AMAR!

Capítulo XVII ADONIS, ABRE LA PUERTA

Capítulo XVIII AL BORDE DEL PRECIPICIO

Capítulo XIX DUDAS Y SUFRIMIENTOS

Capítulo XX PREPARACION

Capítulo XXI APETECIDO PERO PROHIBIDO

Capítulo XXII EL DOLOR DE VIVIR

Capítulo XXIII INICIACION

Capítulo XXIV CEREMONIAS DE INICIACION

Capítulo XXV ¿DE DONDE VENIMOS? ¿DONDE ESTAMOS? ¿A DONDE VAMOS?

El saber

El poder de orar

El hacer y el callar

Capítulo XXVI DESFILE DE ACONTECIMIENTOS

 

PARTE TERCERA

 

Capítulo I DAMASCO

Capítulo II TRES PRINCIPES EN DAMASCO

Capítulo III ADONAY Y EL OBISPO

Capítulo IV COSAS INCREIBLES PERO CIERTAS

Capítulo V ENTRE LOS DERVICHES

Capítulo VI LA VIRTUD EGOISTA

Capítulo VII CONSEJOS

Capítulo VIII INTERROGATORIO

Capítulo IX UNA LLAMADA URGENTE

Capítulo X CON EL MAS ALLA

Capítulo XI EN LOS BURDELES

Capítulo XIII MARIA O MAGDALENA

Capítulo XIV UN DISCURSO PROFETICO

Capítulo XV ULTIMOS CONSEJOS Y ULTIMO ALIENTO

Capítulo XVI LA RECOMPENSA DE LA VERACIDAD EN LA POLITICA

Capítulo XVII ASI ES LA VIDA

EPILOGO

 

NOTA PRELIMINAR

 

Más de veinte años han transcurrido desde la primera edición de esta particularísima creación del doctor Jorge E. Adoum. Y a pesar de ese lapso puede afirmarse, con absoluta certeza, que su valor fundamental no ha disminuido y que las situaciones planteadas a lo largo de la trama mantienen una actualidad plenamente vigente.

La razón de la positiva trascendencia del trabajo del doctor Adoum radica, en sustancia, en que al escribir estas páginas no concentró toda su garra en la construcción de escenas hipotéticas. Su intención fue esbozar un enorme friso de la humanidad con su variada gama de dolor y dicha, placidez y guerra, enfrentamiento y concordia, salacidad y pureza.

Con esos elementos imprescriptibles en la raza humana trazó los rasgos cabales de ésta, su novela iniciática del Colegio de los Magos.

En el orden puramente literario muchas han sido las variantes producidas. Sin embargo, más allá de la forma superficial, ADONAY sigue siendo una novela del presente, sincera, objetiva, vitalizada por la espiritualidad de un autor que vivió sus convicciones y convirtió a la fe en una gimnasia diaria de experiencia consciente. El doctor Adoum estampó así su rúbrica de elevación y edificación sublimes…

Y es, precisamente, por esa limpidez de miras y sinceridad altamente moralizante, que la Editorial KIER se complace en reeditar el trabajo de un hombre que supo rendir su testimonio con calidad y virtud indiscutidas.

LOS EDITORES

 

 


PARTE PRIMERA

CAPÍTULO I

LIBANO

 

¿Qué es el Líbano?

Seguramente, querido lector, me contestarás que es un país montañoso del Asia Menor, famoso por sus cedros y limitado al Oeste por el Mediterráneo, al Sur por Palestina, al Este por Siria y al Norte por el territorio de los Alauitas. Se extiende sobre una superficie de 10.860 kilómetros cuadrados, que la ocupan 1.000.000 de habitantes. Capital, Beirut.

Pero, al magnífico y eterno Líbano no se lo define con un criterio geográfico. No son suficientes datos, sobre la situación y el terreno, para decir lo que es el punto más hermoso del mundo y el más elogiado por la Sagrada Escritura.

El Líbano, no desapareció, como creen algunos, con los profetas David y Salomón. No, el Líbano no es sólo el nombre de una montaña o de un país. Es una palabra poética que encierra un incógnito murmullo entre sus letras. Líbano es un sentimiento en el alma, un deseo en el corazón y un pensamiento en la mente. Su cielo límpido y el juguetear de sus aguas cristalinas son una alusión a la eternidad y una materialización del amor, la belleza y la inspiración. Sus cumbres ancianas y canosas inspiran un sentimiento de respeto. La verdura de sus campiñas —como la figura de un niño— produce placer y alegría. El cedro —emblema de lo eterno— es una decoración, un adorno colocado por la mano de los siglos en el pecho del Líbano. Llora el invierno y sus lágrimas son trocadas en perfumadas perlas con que se atavían los campos del Líbano.

La primavera, “aquel Dios invisible” —como la visualizó el maravilloso árabe Gibran Kalil Gibran— recorre el mundo con la velocidad de un viajero, y al llegar a Líbano se detiene para descansar y conversar con sus semejantes, los dioses que revolotean por aquel cielo. Se olvida de su viaje y permanece allí casi hasta el fin del verano. Pero cuando le acaricia el húmedo viento del otoño, despierta del suave letargo que le brindó el Líbano y vuelve a reanudar su interrumpido viaje y se aleja,, mirando hacia atrás de vez en cuando.

El verano del Líbano sacia los cuerpos hambrientos con sus frutos —únicos rezagos de la tierra prometida— y el otoño embriaga a las almas sedientas con el vino del amor.

En sus noches, las brisas resucitan los cantares de Salomón y el arrullo de la cítara de David al oído de los enamorados y poetas. Porque el Líbano es la patria del amor y la poesía.

Sonríe el día y se disipa del corazón toda amargura y hace de la vida una alegría eterna, como nos alegra la sonrisa de la mujer amada. Líbano y la mar son dos enamorados que juegan con sus caricias eternamente. Ella empuja desde el horizonte las olas para mezclar la plata de su espuma con el oro de las arenas de él, para unir la masa platinada de sus rizos con el cabello áureo de su enamorado como si se unieran en un beso. Ella, en el flujo, le abraza, y en el reflujo —dolorosa ausencia de quienes se aman—, le estrecha los pies como última caricia y como final protesta a la derrota.

Líbano es la inspiración de los poetas, de los músicos y de los pintores. Líbano es el Paraíso Perdido del mundo.

 

 

CAPÍTULO II

COSTUMBRES LIBANESAS

 

En este capítulo, no censuro ni apruebo. Es el lector el que después de leer este relato —escrito como por un imparcial historiador—, está llamado a censurar o aprobar.

No importa lo que se diga de mí, porque al escribir esta obra no he abrigado ningún anhelo de gloria literaria. Lo he hecho para saciar el deseo de relatar una historia de la que he sido testigo.

Así, pues, este capítulo es un segundo prólogo. Es la antesala de los hechos que vendrán después.

La vida de los libaneses es una copia de la de los patriarcas que desfilan por la Biblia.

La palabra del padre es una ley y se respeta la voluntad del primogénito.

Con el anuncio del nacimiento de un varón, llega al hombre de Líbano la alegría. Pero, al contrario, la tristeza se refleja en el rostro de todos los familiares con el nacimiento de una mujer. Tal vez es un resabio, una herencia grabada en lo profundo de su psicología y legada de los árabes antiguos que enterraban a sus hijas vivas, apenas sus ojos se abrían a la luz de la existencia, para evitar que la familia y la tribu se mancharan con su deshonra. Pero, aunque anhelan que el ser que se forma en el seno de la mujer sea varón, saben amarlo si es una mujer, también como herencia o recuerdo de la milenaria costumbre de amar a la mujer.

El libanés es inteligente y perspicaz. Su lengua está dotada de gran facilidad para aprender otros idiomas, en poco tiempo.

Ama a la mujer. La quiere no como a un ser débil sino como a un igual. Ambos ejecutan los mismos trabajos. Y ambos son generosos. Exceptuando las ciudades marítimas —las que conocen más viajeros y extraños— en Líbano no existen hoteles. Cada casa es un hogar para quien no lo tiene. Y este sentimiento de ayuda encierra el de privación: la madre y los hijos se abstienen de cualquier costoso manjar para ofrecérselo a sus huéspedes, que pueden vivir al amparo de la hospitalidad por varios días, sin pensar en el mañana.

En el Líbano no existe la mendicidad. Han desaparecido de su escenario los actores de la miseria. Los mendigos no pueden ser vistos en las calles del país. Y ante la vista de los libaneses han desaparecido los rostros hambrientos y los harapos deshechos. Ni angustia de hambre, ni quejido de frío turban la felicidad del país. Y si viene un mendigo de fuera, un hombre de otras regiones que vive de la caridad, es bien recibido como cualquier persona libanesa.

Preguntaron a Restom Baja, ex mutsarrif del Líbano: “¿Qué tal es el Líbano?” Y él respondió: “Si se extinguiera en el Líbano el clero y las cabras sería un paraíso”.

Porque a pesar de que el libanés adora su independencia, se ve allí también la eterna esclavitud de los hombres: el pobre es esclavo del rico; el poderoso está sujeto al gobernante y el gobernante es esclavo del sacerdote, que se dice el servidor de Dios en la tierra. ¡Que tedio debe sentir Dios con tales servidores y esclavos!

El libanés ordena o prohíbe el matrimonio de sus hijos. El padre elige la que será esposa del hijo y la hija se casa con el elegido de la familia. No obstante los casos de matrimonio, bastante numerosos, en los que la felicidad no fue la compañera, es raro el marido que traiciona a la esposa, y más rara aún es la infidelidad de la mujer. Si ésta ha perdido su honor, los castigos que caen sobre ella pueden tomar proporciones gigantescas, pudiendo culminar con la muerte. Porque si al habitante de Líbano se le abofetea u ofende, puede olvidar la ofensa y perdonar la bofetada. Pero si se trata de su nombre y su honor, ni el mismo rey puede escapar a su venganza. Su religión es la vendetta. Pero si llega a perdonar, ninguna ofensa queda archivada en su memoria.

Es el libanés muy imitador y se amolda fácilmente a las características del más fuerte. Cada uno se cree capaz de todo, aunque en realidad no sea capaz de nada. Es por esta pretensión, por este sentimiento de su valer, que nunca esta de acuerdo con su compañero. Siempre están en pugna sus ideales y caracteres, por lo que dijo un escritor: “Los libaneses convinieron en discrepar”.

Todo libanés tiene algo de poeta. Quizá la poesía del panorama o la de su género de vida se ha proyectado hacia lo interno del espíritu… El doctor Filip Hatti, decía: “Ante la cascada del Niágara, el hombre del Líbano piensa cómo atacar a la cascada con sus versos, mientras que el americano piensa cómo explotarla”.

Y a estas características de los habitantes de esa tierra, se amoldan o están amoldados los sirios en general.

CAPÍTULO III

COSAS DE TODOS LOS DIAS

 

Los hijos de la ciudad, de la metrópoli populosa, se han olvidado de aquella vida hermosa y sencilla del alejado pueblo. Ignoran la vida de aquellos centros diminutos, florecientes con las galas de la primavera, cargada en el verano, en el otoño brindando la policromía y el alboroto de las cosechas, y reposada en la calma nostálgica y nevada del invierno. No saben nada de la vida de los pueblos, vida en que la madre Naturaleza se presenta más pequeña, como se presenta en el infante la misma vida del adulto.

El hombre de la ciudad es más rico que el del pueblo. Pero éste es más digno que aquél. El primero es esclavo de la ambición y el segundo es hijo del desinterés. Aquél vive la vida mezclada con el temor y el tedio, y éste la bebe limpia y pura, con tranquilidad y alegría. Es quizá porque a los pueblos no se ha arrastrado la oruga del capitalismo maquinista, ni han llegado hacia ellos los agitadores políticos.

Llegó la calma de la noche.

Se apagaron los candiles de las casas de N…, un pueblo libanés de doscientos habitantes. Se engalanó el firmamento con el cortejo de la luna, reina de la noche, que dejó caer su manto argentado sobre los olivos y moreras. Y miró orgullosa a las nevadas montañas y los demás pueblos vecinos, que recostaban su cabeza en el seno de otras colinas más lejanas.

Era una noche de la primavera del año 1918. En aquella hora llena de calma hechicera, un individuo apareció junto al tronco de un olivo. Y luego comenzó a andar sigilosamente como si su presencia debiera ser ignorada. Como el ladrón o el asesino que ocultos en la sombra, se arrastran para consumar su delito.

Su rostro era una sombra completa. El ala de su sombrero lo hacía invisible.

Semejándose a un reptil se escurría entre los árboles. Y poco a poco, quedamente, fue acercándose a una casita, arrojó de su mano algo que, al dar contra el suelo, hirió débilmente el supremo silencio de la noche.

Ante la señal convenida —¡ah, la eterna y romántica señal, lenguaje de los amantes que no pueden conocer los profanos!— abrióse una ventana de la mansión, y entre sus hojas dejó ver la cabeza de un ser humano, que apenas se divisaba por la ausencia de la luz. Como un murmullo, más suave aún, como el quejido de la brisa nocturna ante el obstáculo de la enramada, se oyó una palabra.

—¡Querido!

Era una mujer. Su voz apagada se perdía en la inmensidad del silencio y de la noche.

—¡Amada!

Y el feliz amante que le esperaba, se arrojó a ella con la locura propia del corazón enamorado, y las sombras envolvieron a dos seres que mutuamente se encarcelaban en sus brazos, uniendo sus pechos palpitantes de emoción y amor.

¡Querido! ¡Amada!

¿Quién ha podido comprender el misterio que estas voces encierran?

Ni la sapiencia salomónica vertida en los Cantares pudo explicar el significado de estas palabras.

Querido y querida son dos personas sublimes que engendran una tercera más sublime aún: el amor.

¿Pero, qué es el amor? ¿Quién puede comprenderlo?

Conocemos del amor, como de la corriente eléctrica, sus efectos pero no su esencia. El amor cambia el sueño de la juventud en un perpetuo despertar. Pero es un despertar más agradable que la ilusión lejana y utópica de los sueños. El amor desata la lengua, abre los párpados y rasga la garganta. Es la luz que brota de nuestra alma para alumbrar mil mundos etéreos e inmateriales. Es un hálito que se agita en el espíritu, como la idea majestuosa en la mente del poeta y la armonía de la música en los labios del artista.

Amor es cielo de libertad a donde no llegan las mentiras convencionales de las leyes de la humanidad. Porque el amor es la sola ley.

El amor juega con el corazón de los hombres a su capricho: lo contrae reduciéndolo a la nada o lo dilata, elevándolo a lo infinito.

De las manos de Dios se desprendió la primera materia, la masa ígnea. De esta masa formó la tierra, la que engendró la vida. Y de esta vida nació un hombre al que Dios dijo: “¡Ámame!”; y se detuvo en su creación.

Y Dios se ocultó entonces en la inmensidad del caos.

Los amantes se abrazaron callados. Porque el amor habla en silencio con el idioma del beso. ¿Qué idioma hay en el mundo más vasto, más elocuente y más sublime que el del beso…? Los hombres ignoran el significado de este lenguaje, lo afean y lo prostituyen, como afea y prostituye la belleza de la música un profano.

Besa el sol a su hija, la tierra, y con su ósculo la vivifica. El beso de la madre es la ternura. El del hijo, gratitud. El de los esposos cariño.

Pero ésta no es la verdadera esencia del beso. En su simbolismo máximo, en su elevación suprema, se lo encuentra sólo en los labios de los amantes. Entonces es algo que se escapa, rebelde a las palabras. Y el beso puro, quintaesenciado, es aquél que no se puede definir. Es aquel cuya esencia es ignota, es incognoscible.

—¿Qué ha sucedido hoy, querida? —preguntó el joven a su enamorada.

—Oh, nada amor mío. Sólo que mi padre sigue con su testarudez.

El suspiró profundamente y dijo:

—Mi padre amenazó con echarme de la casa si volvía a oír hablar de lo que él llama “nuestra aventura”.

Y se hizo el silencio.

Habló después el joven, levantando su mirada nostálgica a la grandiosidad del firmamento:

—¡Dios mío! ¿Hasta cuándo? ¿Nuestro amor nos hace el blanco de todas las burlas y conduce todos nuestros honestos deseos a la reputación de una bajeza…? Dios mío, el corazón humano es la puerta de entrada al paraíso de la vida. ¿Por qué no creaste la igualdad entre estos corazones…? La eternidad es más digna del encuentro de los amantes, que este miserable mundo… Ven, muerte, amiga de los amantes…

Ella puso cariñosa mordaza con su mano, en los labios del joven.

—¡Calla, hombre de poca fe! —le reprochó—. ¿Ignoras que el que anhela la muerte para encontrar descanso en ella, no logra descansar después de muerto…? ¡Sublime valor el tuyo! ¡Se deshace con la primera tempestad y no es capaz de levantarse. La tela que tejen las arañas es más resistente que tu ánimo…! Olvidemos la muerte y ocupémonos de los sucesos de la vida… ¿Dime, has ido al sacerdote?

—Sí —contestó él, con voz saturada de blasfemia.

—¿Y qué te dijo?

—¿Qué me dijo?… ¿Qué podemos esperar, amada mía, de un sacerdote que es capaz de vender hasta su alma para comprar la amistad de los ricos y poderosos? ¿Ignoras que el clero y el capitalismo se alían contra los pobres y los humildes? Los cuerpos de los pobres construyen los palacios de los ricos, y las tumbas de los fieles sometidos, por su fanatismo, edifican los templos de los sacerdotes. El rico ata las manos del labrador y del campesino, y al mismo tiempo el sacerdote vacía los bolsillos del explotado… Y así, querida, entre el representante de la fuerza y el de la religión exprimen los cuerpos y las almas.

—Querido, todo esto está muy bien y muy hermoso…, pero no me has dicho aún qué es lo que le dijiste, ni qué es lo que te contestó.

—Pedí una audiencia secreta —refirió el amante—. Y una vez que le hice jurar que guardaría secreto sobre mis palabras, le dije: “Padre, quiero casarme”. El sonrió como sonríe un trabajador que va a recibir su salario. Mezcló a su indiferencia la ternura de un padre, y me dijo: “Muy bien pensado, hijo mío”. Y continuó: “¿Quién es esta feliz mujer elegida para esposa, por nuestro elocuente abogado e inspirado poeta…” Callé un momento. Y pensando cuidadosamente mis palabras, le dije: “Padre, quiero hacerle algunas preguntas. ¿Nuestro Señor Jesucristo prohibió el matrimonio de la rica con el pobre, y del noble con la humilde? ¿Acaso los abuelos de los ricos han sido hechos y formados con la plata, y los abuelos de los pobres y de los humildes con el limo de la tierra?… Padre, amo a María, hija de José Bey Harkuch. A vos, he venido para que bendigáis nuestra unión. Os suplico que nos unáis secretamente. Ella me ama y yo la amo. ¿Por qué los hombres impiden nuestra Unión…?” Espantado, como si el espectro de la muerte se presentara ante sus ojos, dio un salto, cual si huyera de una víbora. “¿Qué dices?”, gritó. “¡Dios mío! ¿Quieres casarte secretamente con María? ¿Y quieres que sea yo quien te case…? Pero hombre, tú deseas mi ruina, mi condenación, mi excomunión…” No le dejé terminar. “Sí, sí, —le dije—. Sí. Quiero derramar sobre vuestra cabeza la cólera del cielo y abriros, para que os traguen, las puertas del infierno.” Y así diciendo, salí dejando al sacerdote lamentándose y rabiando como un perro con fiebre…

Sin interrumpir la corriente de sus ideas, María dejó que hablara su enamorado. A veces sonreía y a veces su rostro se entristecía. Pero cuando él hubo terminado, ella tomó la palabra diciendo:

—Paciencia, amor mío. Ya te he dicho y te repetiré siempre: soy tuya hasta la muerte. Además, ¿qué nos importa el sacerdote?… Dios está leyendo en nuestros corazones; no puede echarnos del paraíso del amor… Detengámonos ante la tempestad para que no nos separe este océano revuelto. Tú no ignoras que la vida y sus placeres no nos son dados gratuitamente. En verdad te digo, que si desde el principio hubiéramos obtenido el consentimiento de nuestros padres, nuestro amor se habría enfriado: porque lo prohibido es anhelado y precisamente, porque es la lucha la que nos obliga a estar unidos; y unidos seguiremos hasta vencer. Ante tal optimismo, sonrió el joven y preguntó:

—¿Estás segura de vencer?

—Sí. Estoy segura de la victoria, porque estoy segura de mi misma. Quisiera que el cura Juan conozca lo que es amor, porque el hombre que no ama no puede aliviar las desgracias de los infelices. Pero nada debemos reprocharle, pues es imposible pedir sabiduría al ignorante, del mismo modo que no puede pedirse la claridad del día en la lobreguez de la noche.

En tanto, la luz de la aurora había venido a ocupar el lugar que la noche dejara vacío. Era la aurora que cruelmente obliga a los enamorados a despedirse. Era la aurora que traía consigo el beso de la separación.

—Amor mío —murmuró él—. Ya llega la aurora.

—Sí —respondió María—. Pero si la aurora nos separa, la noche nos unirá.

Y una tenue claridad presenció el beso de dos almas enamoradas.

 

 

CAPÍTULO IV

EXTREMOS CONTRARIOS

 

La aurora de la primavera en Siria, es sinónimo de alegría, de esplendor y de luz. Es ilusión de poetas y ambición de pintores. No se puede hablar de una aurora bella sin conocer antes la aurora del Líbano. Se separaron los amantes con un beso. María se quedó contemplando la luz de la mañana que venía saltando sobre los montes. Aspiró el aroma de las brisas y contemplando la hermosura de la naturaleza, sintió empaparse su alma de nueva esperanza y de nuevos anhelos.

Al contemplar a María en aquel momento, encerrada en el marco de la ventana, se diría repitiendo las palabras del poeta turco; “Es un sol que se asoma en su prisión o una rosa brotada en la hendidura de la roca”. Y a la luz del nuevo día, el rostro de la joven era un nuevo presente de la mañana: su rostro se destacaba con la belleza y la dulzura de quien ha visto pasar por su mirada veinte primaveras. En sus ojos se retrataba alguna indefinible melancolía, un encanto que atrae, que fascina. Hablaban sus facciones: su mirada decía sencillez, su boca fragancia y exotismo, su sonrisa era la metáfora del pudor. Y si callaba, su silencio era el de la elocuencia y contemplación. Era María la encarnación de la belleza en la mujer del Líbano.

Los pensamientos y anhelos de la muchacha, se dirigían a un solo blanco: la libertad. Pensaba en su independencia, aquella diosa que había escrito en las paredes de su alma, con letras de fuego, la palabra mágica, el grito de rebelión contra las costumbres milenarias. Y María se sentía poseída de la capacidad necesaria, para ser el caudillo que lucharía por la libertad de sus hermanas.

En tanto, las aves tomaron en las copas de los árboles su asiento para comenzar su himno de alabanza a la vida. Y a lo lejos sonaba la voz metálica de una campana llamando a la oración.

Y extasiada María esperaba los dorados rayos del sol, que bañaban las ancianas nieves de la vieja montaña de Sannin.

El viento comenzó a jugar con las flores, y una brisa indiscreta acarició, con su helada mano, los senos de la joven. María sintió como si se despertara de su sueño, y recorriendo con la mirada aquel concierto de la mañana, exclamó:

—¡Bendita seas, oh aurora! ¡Cuan felices son los ebrios de tu belleza y tranquilidad, y qué hermosa y divina sería la existencia, si fuera una alborada sin fin…!

Y levantando la mirada, oró silenciosamente: “Dios mío: Tú has sembrado en nuestros pechos la simiente de los anhelos. Estas simientes han crecido y se han desarrollado, y viven ahora en nuestras almas el amor y la libertad… Pero quieren librarse de su prisión. ¡No nos castigues, Señor, si rompemos nuestras cadenas! Y pensando luego en su situación, y en la de todas las mujeres de su patria, añadió: “¡Oh, libertad…!”

“¡Qué desgraciada es la mujer oriental, que apenas despierta de la niñez se ve obligada a soportar la esclavitud de un hombre a quien no ama, y que en lugar de beber el vino del amor que Dios derramó en cada alma, tiene que beber, el llanto de sus propios ojos!” Y encarándose con la realidad del día, acudió a vestirse.

Hay en la vida una mano, divina o satánica, que ata y desata a los hombres. Une a los adversarios y en sus corazones aparece el amor. Y cuando por ese mismo amor dos seres se han fundido en uno solo, esa mano brutal de la naturaleza los separa.

Y corazones bajos vemos aliados con corazones nobles, y seres grandes unidos con seres pequeños y despreciables.

Entre José Bey Harkuch y su hija María, había puesto la naturaleza caracteres opuestos, diferencias de inmensa proporción. Pero cuando estos dos seres se encontraban, la contradicción se disipaba. Porque los defectos del uno, tomaban un matiz halagüeño para el otro. Siempre el hombre se alegra al encontrar en otro hombre su defecto. Sólo en esto no es egoísta. El ermitaño que ha sentido desgarrarse su vientre por el hambre, y el pecador que siente despedazarse su alma por sus pecados, se unen. Y la causa de esa unión es el mismo hambre. José Bey Harkuch, tenía bajo su piel una constitución de acero, que desmentía a sus 65 años. Orgulloso en su ignorancia. El labio inferior caído daba la noticia de la dureza de su corazón. Y a esto se añadía la protesta de su cuerpo para aumentar su talla. Era ley su palabra, y esta ley se unificaba en sus anhelos, ideas y actos.

Adoraba a María. Ya su vida jugaba a las escondidas con los años, y el amor a su hija —única a quien la muerte no arrebató como a sus otros hijos— le vivificaba y rejuvenecía. Y como depositaba en María todas sus ilusiones de viejo, buscaba para ella un joven noble y rico.

Un día. el Emir Said Mahni, habló así al padre de María: —José Bey. ¿Quieres darme tu potranca para mi potro? El Bey respondió:

—La potranca y el padre están a la disposición de su Alteza. Y soñaba desde entonces en ese matrimonio.

El “potro” del Emir conoció a la hija de José Bey, y la encontró provocativa y exquisita. Pero María sólo vio en él al holgazán que hace alarde de sus abuelos, su nobleza y su fortuna. Su mejor cualidad era la de rizarse los bigotes.

María, ante él, se consideraba como una flor ante un fangal.

José Bey Harkuch. adoraba a Dios en todo cuanto significaba oro. Como dijo el Evangelio: “No adorarás al Señor y al dinero”, se decidió por lo último. (Si el Emir Said no hubiera sido rico, sino por el contrario un hombre aliado de la pobreza, no hubiera pensado en dar a María para el “potro del Emir”.)

Ante los ojos de María, no significaba nada el dinero, porque no era adepta a la religión del oro. Para ella, no había otra ley válida que los dictados de su corazón, y a ella obedecía, aunque se opusieran o no los ricos.

Por eso no consentía en atar su cuerpo puro a un cadáver putrefacto. Ella no consentía en entregar su alma celestial, por medio de la injusta ley de un matrimonio impuesto a un ser terrenal. Sólo obedecía a su conciencia, y su corazón era la guía única en los senderos en los que faltaba la luz.

Juan Bakal, el amante de María, oyó de labios de su padre las siguientes palabras:

—Hijo mío: ya la vida no me cuenta entre sus hijos, pues yo pertenezco más a la muerte. He trabajado durante todos mis días para dejarte una herencia cuantiosa. Pero la suerte no fue mi amiga. Hoy he meditado largamente sobre el porvenir tuyo, con el que tendrás que estar en constante lidia. Y he comprendido que la riqueza no hará tu felicidad. Millones y millones se pierden en un segundo: fortunas inmensas se deshacen como los castillos de arena que levantan los niños en la playa. Y así, la mejor herencia que yo puedo legarte es la ciencia. La riqueza intelectual, hijo mío, es un tesoro que no se agota jamás. Con ella, si llegas a gobernar, tendrás en ti mismo la clave para gobernar rectamente a tus súbditos. Y con ella, si eres pobres, sabrás vivir y desafiar a los embates del destino, sin que logren esclavizarte los fanáticos por la religión o el dinero… Irás este año a la Universidad Jesuita de Beirut. Allí tienes que consagrarte al estudio, hasta obtener el título que certifique tu capacidad para médico, abogado o ingeniero. No te preocupe el dinero. Yo sabré conseguirlo de cualquier manera, y si es necesario, invertiré en tus estudios la herencia que me han trasmitido mis antepasados…

Juan Bakal ingresó en la Universidad de San José. A los cuatro años, regresó a su hogar, doctorado en derecho. Y al entregarle el diploma que autorizaba el empleo de su ciencia, dijo a su padre:

—Padre: quiera Dios alargar tu vida, para poder pagarte mi deuda. He aquí mi diploma, como prueba de que no has sembrado en terreno estéril.

El padre colocó sus manos sobre la cabeza de su hijo, y exclamó: —Bendito seas, hijo mío, y benditos sean tus actos porque alegran los momentos de mi vejez. Ahora sí, levanta tu frente con orgullo como la levantarás ante los ignorantes y ante los que quieran humillarte por su poder… Ahora siéntate y escucha los consejos que te da tu padre, al arrastrarse hacia la tumba. Besó la frente de Juan, y después de corto silencio dijo:

—Una ciencia es como un árbol sin cultivo. Has aprendido, hijo mío, y ahora tienes que cultivar tu ciencia para que produzca sus frutos, en bien de la humanidad y en bien tuyo. ¿Has entendido?

Primero para el bien de la humanidad… En nuestro país, llaman al abogado ladrón. Yo quiero que seas el defensor de lo justo y del débil. No quiero que sólo cuides de tu riqueza y robes al que te busca para que defiendas lo suyo. Con estos actos podrás pagar tu deuda hacia mi, aunque Dios no me conceda larga vida. Nunca me pagarás con dinero, porque sabes que para mi nada significa la materia; pero sí, el buen nombre. Te has graduado en Derecho y conoces lo injusto y lo justo, lo lícito y lo ilícito. Defiende todo juicio honrado, sin preocuparte de tu ganancia económica, pero cuídate de defender la injusticia, porque mancharás con tu mismo acto mi nombre y mi vejez, y hasta me obligarías a negar que soy tu padre. Yo no he tenido un solo enemigo en mi larga existencia. No lo seas tú, hijo mío… Tu madre, que era el ejemplo de la virtud, la pureza y de la esposa fiel, murió cuando tú tenías cuatro años. Tu presencia me traía su recuerdo, porque tus facciones son el reflejo de las de ella. Te veía crecer como un arbusto, y me dediqué a educarte y conservar así la reliquia que me dejó tu madre. Hice lo posible para grabar en tu alma lo poco de bueno que tengo, y ocultarte lo malo que soy… Creo que Dios escuchó mi oración, porque hizo de ti un hijo bueno.

Juan no pudo reprimir una lágrima, al evocar a su madre desconocida. ¡La madre! ¿Qué cosa puede igualar a su amor?

El hombre puede tener muchas esposas, amigos e hijos, pero no tiene sino una sola madre. Y no debe despreciarla. Al ver a Juan llorando, lo abrazó diciendo: —Tienes un corazón sensible… Llora, hijo mío. Las lágrimas en el hombre, son como el aroma en la flor. El hombre que no sabe llorar es una nube sin agua, un desierto sin oasis. La risa y el llanto son dos remedios que nos ayudan a vivir. Y siguió la voz del anciano prodigando consejos:

—Haz bien y evita el mal… Todos los del pueblo, no obstante nuestra pobreza, nos quieren y estiman. Sé bueno con ellos. Tu título de doctor no te autoriza a ser orgulloso, a creer que eres superior a los demás. Considera al anciano como a tu padre, y al joven como a tu hermano… El Emir Said y José Bey Harkuch, son los hombres de mayor importancia en el pueblo. Son amigos del Obispo, y con él se asemejan a aquel árbol adorado por los indios, que exprime a los seres, absorbe su sangre, y después sus hojas decaen hipócritamente como si no hicieran mal alguno. No te enemistes con ellos, porque nuestro país es aristócrata y religioso… No desoigas mis consejos, hijo mío.

—Te prometo, padre mío —respondió Juan abrazando al anciano—, que jamás seré amigo de los nobles ni de los religiosos, y tampoco me enemistaré con ellos. Pero he de aplastarlos como a insectos, si les sorprendo abusando de los débiles y de los pobres.

—Así hizo tu padre, hijo mío. y por eso toda la vida fue víctima de la miseria.

—Y yo seguiré las pisadas del autor de mis días.

—Ya la vida te enseñará, hijo mío. la verdad de mis palabras… Ahora, toma esta escopeta que he comprado para ti, y vete a descansar, porque lo mereces, después de tantos años de trabajo. Yo ya no puedo salir al campo y quiero que repares mi falta. Sal a cazar todos los días, ama la naturaleza, ama la luz del sol, ama la vida en todas sus fases. Porque la vida no nos pertenece: es una cosa consignada que tarde o temprano tenemos que devolverla. Por eso hay que aprovecharla y aprovisionarse. Puedes salir por la mañana al campo y volver por la tarde, porque quiero retenerte a mi lado el mayor tiempo posible, antes de que vayas a encararte con la vida y a arrostrar el porvenir. Quiero alegrar mis ojos, mirándote antes de que se cieguen por la muerte. Y cambiando de tono su voz, el anciano gritó:

—¡Adela! Sirve la comida para nuestro huésped. Y a sus palabras acompañó el ruido de dos palmadas.

 

 

CAPÍTULO V

CASUALIDADES

 

Cierta calurosa tarde de agosto, Juan Bakal, después de haber buscado todo el día la manera de cazar, sin conseguirlo, se sentó cerca de la fuente del pueblo, bajo la sombra de los sauces y moreras.

Recostado, dejó libre curso a sus pensamientos. Volvían a su mente las escenas de sus días infantiles, pasados entre serpentear de arroyos, entre enlazamientos de plantas —como un abrazo—, y entre el ballet de las flores. Luego recordó los días de su juventud, las horas de camaradería y amistad con Adonis, uno de sus compañeros de estudio, y por último pensó en su anciano padre. Sonrió tristemente, como queriendo decir: “¡Pobre padre mío, hoy no probarás el fruto de mi cacería!” Rendido por la fatiga, puso su pañuelo sobre una piedra, y se recostó como para dormir.

Un ruido de pasos, acompañado de sonoras y cristalinas voces se escuchó al momento. Aparecieron después cuatro hermosas, jóvenes, en cuyos rostros se advertían la alegría y la frescura de la juventud.

Calláronse al ver a Juan dormido con el arma de caza a su lado. Las muchachas se miraron como queriendo encontrar, en las pupilas de las demás, la solución para la situación actual. Eran las chiquillas: María Harkuch, dos de sus amigas y su sirvienta.

Una de ellas, de nombre Juana, dijo al ver a Juan Bakal dormido:

—¡Inútil viaje…! Tenemos que volver a casa. —¿Volver a casa sin bañarnos…? ¡Imposible! —respondió la hija del Bey. Y confiada en su nombre y posición se acercó al abogado y le gritó:

—¡Ea, joven!

Juan levantó la cabeza y miró extrañado a María. Luego con dulzura y casi sonriendo preguntó: —¿En qué puedo ser útil a la señorita?

María, que no esperaba tal actitud, quedóse enmudecida, sin poder responder a la pregunta que le había sido dirigida.

Las demás jóvenes que la acompañaban, reconocieron al abogado y corriendo hacia él exclamaron: —¿Doctor Juan, cómo está usted?

—Bien, muchas gracias. ¿Y ustedes? —preguntó Juan a su vez, al mismo tiempo que estrechaba la mano de cada una de ellas, exceptuando la de María.

La joven sintió profundo disgusto al ver que no era saludada. Ella, la hija del Bey, acostumbrada a los honores y al dominio. Y adoptando un aire de seriedad y dignidad, se dirigió a Juan con estas palabras:

—Señor: hemos venido a suplicarle que se retire de la fuente, porque queremos bañarnos.

Sonrió el interpelado, y con una voz de tono burlón exclamó: —¿He sido acaso un intruso, señorita?

—No. Pero si usted conoce las leyes de la urbanidad, sabrá que es la mujer la que debe ser siempre preferida.

—Tiene razón, señorita. Esa ley de urbanidad es la primera que debe cumplir un caballero; pero siempre que la mujer conserve su carácter de mujer, y no cuando se enfrenta desafiante al hombre, para robarle su derecho y perjudicar su tranquilidad.

—¿Y usted se cree perjudicado por haberle pedido que se retire de la fuente? —increpó María disgustada.

—¿Y usted señorita, cree haber cumplido con las normas de la educación al gritarme “Ea, joven” y despertarme de mi sueño?

María se dirigió a sus acompañantes, y con tono burlón y sarcástico, como si quisiera herir la dignidad y el orgullo de Juan, les dijo:

—Volvamos a casa, porque este señor no quiere dejar la fuente libre.

Juana, que habló al principio, respondió:

María: el doctor tiene razón. Nosotras hemos llegado después que él y le hemos perturbado.

María, al oír la palabra “doctor”, sintió agolpársele toda la sangre de sus venas en las sonrojadas mejillas, y hasta casi sintió arrepentimiento de haberse comportado de tal modo con Juan. Lo conocía ligeramente de vista y sabía que estudiaba Derecho Político, pero nunca sintió mayor interés por él.

Juan, al oír las palabras de la amiga de María, se descubrió la cabeza e inclinándose, sonrió a las jóvenes diciendo:

—Señoritas: perdonen ustedes mi atrevimiento. Yo he sido la causa de que se retrasen en tomar su baño, pero quise conversar con ustedes, y olvidé por completo mi falta. Tomó su escopeta, y se dirigió por el camino del pueblo.

Era aquella la primera vez que María se encontraba con una persona que hubiera podido resistir a su voluntad. La belleza de su persona, la elocuencia de sus palabras y la posición social, que su padre y su familia ocupaban en N…, eran armas poderosas para dominar a quien se dispusiera a hablar con ella, y siempre supo obligarle a inclinarse ante su deseo.

Ya desde el Colegio —un colegio de monjas en Beirut— supo dominar a los demás. Sus compañeras la querían, con el amor propio de las mujeres que viven y se educan juntas: que juntas sufren y juntas también gozan. Pero a esto se añadía la posición de María. Las monjas por su parte la querían y sabían disculpar todas sus travesuras, en atención a su situación y a los frecuentes regalos que su padre sabía llevar a sus profesoras, a más de la pensión que cobraban por su educación. Desde entonces se acostumbró a ser estimada y obedecida… Y ahora, su voluntad encontraba obstáculo ante la del hijo de un campesino. Y a la vez que sentía el dolor de la ofensa a su poder, sentía también cierta admiración hacia Juan que tuvo para ellas palabras de disculpas, después de haber defendido lo que llamaba él “su derecho”.

Las jóvenes miraron al abogado hasta que se perdió de vista en el recodo del camino. Juana habló entonces, dirigiéndose a María:

—Lo has maltratado querida.

María la miró fijamente, pero no contestó. Josefina, que hasta aquel momento nada había dicho, comenzó a hablar de Juan Bakal entre sonrisas y miradas, como de evocación:

—A decir verdad, no conozco en nuestro pueblo hombre más educado e inteligente que el doctor Juan… Ante todos declaró el domingo pasado, que estaba dispuesto a defender el derecho y la justicia de los que habitan esta región. Y sobre todo a los débiles y pobres de los abusos, sin preocuparse de su ganancia económica personal.

—Es verdad —le contestó Juana—. Pero no ha visitado al Obispo, ni al Emir. ¿Qué te parece todo esto? —y dirigiéndose a María añadió—: ¿Ha visitado a tu familia, María?

María no escuchaba las palabras de sus compañeras, como si estuviese ausente, como si otro tropel de ideas y preocupaciones invadiera su mente, sin dejar lugar a que pudiera guardar el significado de la conversación que se desarrollaba en ese momento.

Pero al oír nombrar al Emir y al Obispo, alejó de su mente toda distracción y enfocó su atención en las palabras de Juana. A la pregunta de ésta, de si le había visitado o no, respondió tranquilamente:

—Es la primera vez que veo de cerca a este señor.

Pero esta vez, las palabras de María ya no encerraban ese matiz de sátira y desprecio. Ya no fueron pronunciadas para herir la dignidad de un hombre, ni para hacer resaltar su propio poder.

Y Juana, que había notado la heterogeneidad de la voz, dijo a María burlonamente:

—María, ¡qué diferencia hay en el tono de las palabras que acabas de pronunciar, y el de las que pronunciaste cuando él estaba presente! —y sonriendo con picardía, continuó—: El doctor Juan ha conquistado la simpatía de muchas muchachas del pueblo —y bajando la mirada, mientras un tinte de rubor invadía su faz, añadió—: y yo soy una de ellas… Hace un momento, al mirarlos juntos los vi de una manera tan semejante, que sin quererlo coloqué al doctor Juan Bakal junto al hijo del Emir… ¡Qué diferencia! Este hombre formaría contigo una pareja dichosa y bella. Él te haría feliz, porque el ha nacido para ti… Pero cuando te veía con el hijo del Emir, recordaba aquellos versos de “La Huérfana” que dicen:

Hermoso es ver opuestas a las cosas

que en lo opuesto resalta la hermosura.

—Juanita querida —contestó María—, estás hablando tonterías… Cuando él estaba presente tuve que adoptar un tono serio. Pero ahora, ¿por qué seguir con mi seriedad…? —Tienes razón, María. Solamente estuve bromeando.

—¡Patrona! —llamó la sirvienta—, ¿cuándo se bañan ustedes…? Ya va a ser tarde.

Volviendo a la realidad, María dijo a sus compañeras;

—¡Es verdad! Vamos.

Y ella, adelantándose, se dirigió a la fuente, mas sin ningún deseo de bañarse ya.

Desde que tuvo su nacimiento el pensamiento humano, y desde que el hombre comenzó a lanzar al mundo la cristalización de los mismos en forma de libros, se ha estudiado a la mujer: unos la colocaban bajo el microscopio de los deseos, y no veían en ella sino las formas voluptuosas de su cuerpo. Otros la contemplaban a distancia, y no veían en ella sino la debilidad y la sumisión. Pero existen en la mujer secretos que el hombre jamás ha podido descifrar. El que más cerca conoció a la mujer, es el poeta árabe que ha dicho:

“.Si la corrompes será el demonio;

si la corriges tu ángel será.”

Prácticamente, la mujer como un ser débil, por su misma debilidad no acepta la sumisión del hombre, pero sí la seducen su fortaleza y heroicidad.

Preguntaron a cien jóvenes qué cualidades debía tener el hombre que ellas quisieran por marido. Ochenta situaron en primer lugar a la fortaleza.

¿Amó María Harkuch al hijo del labrador…? Es imposible saberlo. Pero el choque de sus voluntades la confundió.

Juan siguió su camino hacia el pueblo. Por su mente se devanaba toda una madeja de reflexiones.

“¡Cuan semejante es la humanidad a las ranas! —pensaba— Las ranas de la humanidad son de diversas especies y familias, pero las que hacen más bulla son las ranas aristocráticas, sin duda por tener la garganta más ancha…

“Tales batracios no se distinguen entre sí, ni por sus conocimientos, ni por sus caracteres, ni por su constitución, sino por la estrechez o por la anchura de su garganta… Yo las he visto tanto en Oriente como en Occidente, desde que el hombre eligió un jefe para dirigir los asuntos de todas ellas.

“Tienen una sola ley: defender hasta la muerte el charco en el que se agitan y viven. Si ven a alguien que les da una gota de agua limpia en el fango en el que nadan, abren sus laringes y prorrumpen en aquel monótono croar que atruena el espacio, como si las estrellas chocaran, y reinan el caos y la hecatombe de cuando Dios se lamenta: ‘¡Qué desgracia! Ya se destruye todo lo que mis manos construyeron para halagar mi vista’.

“Sin duda, el día en que fue pronunciada la palabra ‘Democracia’, fue un día negro y fúnebre para las ranas aristocráticas. Entonces se levantaría el jefe, gritando: ‘Cloac, cloac’, un lenguaje que traducido, significa: Muerte al revolucionario, muerte a todo lo que significa renovación y herejía. Muerte a todos los que quieren robarnos nuestro poder y nobleza que recibimos de nuestros abuelos y antepasados.

“Es muy divertido el observar al mundo. Mi abuelo era un gigante y un famoso boxeador. Yo nací un enano y en extremo débil. Pero los hombres deben considerarme un destacado gladiador, porque soy el nieto de mi abuelo, y esa es razón suficiente. Tal es la vida de las ranas aristócratas.

“¡Qué extraños son los ricos y poderosos que maman el orgullo mezclado con la leche…! ¿Cuándo comprenderán que proceden de la misma masa que los pobres…? ¡Cuan hermosa serías, oh María, si tuvieras, por manto, la humildad y el espíritu de los pobres! ¿Por qué los ricos y hasta cuándo, desfiguran las cualidades de los que no lo son? Si es humilde lo llaman cobarde. Si es valiente lo llaman atrevido. Si es generoso ante ellos es un pródigo, y si es ahorrativo lo ven como un avaro.

“Pero ¿será esta joven, con su mirar tan dulce y con su seductora voz, igual que su padre? ¿Aquel rostro tan transparente será capaz de ocultar un corazón tan oscuro…? ¿Será ésta la copia de José Bey Harkuch, escondida en el cuerpo de un ave tan hermosa…? Sí, ella es. Su voz orgullosa la denuncia. Esa voz que aún suena en mis oídos.”

Y así contemplaba espiritualmente a María. ¿Debía creer a sus ojos que le presentaron a una mujer bella y dulce, o a sus oídos que le enseñaron una mujer orgullosa, y digna hija de su padre?

Encontró en el camino una casa retirada del pueblo. En ella había construido su morada la vejez. Sus dueños eran un anciano llamado Pedro Farrán, y su esposa más añosa aún, Sara.

Ambos eran amigos del padre de Juan, y amaban a éste, con el amor de quien ha soñado con un hijo y nunca llegó a tenerlo. Aquellos ancianos se jactaban de haberle visto nacer y crecer, como la luna en el firmamento.

Encontró abierta la puerta. Llamó y entró.

—¡Bienvenido, Juan!

El grito fue simultáneo y encerraba todo el frenesí de la alegría de los ancianos que le aprisionaron entre sus brazos desmayantes.

El joven los estrechó también contra su seno. Y al recibir en sus brazos a Sara, sintió en su mejilla la tibieza del beso y la humedad del llanto.

Experimentó una fúnebre tristeza en su corazón, y preguntó:

—Tía ¿por qué lloras…?

Las lágrimas en los ojos del joven, son como el desbordamiento de una copa llena. Pero el llanto del viejo es sangre que brota por heridas hondas y profundas.

—No te preocupes hijo —exclamó Pedro—. Hace un momento decía a tu tía que estamos en el ocaso de la vida, y Dios no nos ha dado ni un solo hijo para consolarnos en nuestros últimos días. Es por eso que lloramos.

Muchos temen quejarse en presencia de una persona, por no aburrirla. Mientras tanto, el cáncer de su tristeza roe su corazón en el silencio y el secreto de su dolor. ¡Bienaventurados los que saben consolarlos…! El hombre noble sólo se queja a Dios de sus cuitas, porque le es mil veces preferible morir con el silencio, antes que quejarse a quienes lo rodean. Porque en el mundo en que se desliza nuestra existencia, no encontramos medicina a nuestra enfermedad. Si nos quejamos, nos dicen los amigos: “¡Pobre hombre! No hay más remedio que tener paciencia”. Y si tenemos a nuestro derredor enemigos, con admirable maestría de artistas de teatro, representarán una falsa tristeza, mientras en lo interior, allá en el más oscuro rincón de su corazón, dominará la alegría… Todos nos dan anestésicos y calmantes, pero nadie busca el remedio para nuestras dolencias.

Juan Bakal no cayó en el engaño de las palabras del anciano.

—Me llaman hijo querido —dijo—, pero sus corazones no sienten la ternura de esta palabra. No soy digno de la confianza de ustedes. Y por tanto, adiós. Los esposos Farrán gritaron:

—¡No, hijo querido! Ven, ven. No te vayas. ¡Estás equivocado!

—Siéntate —habló la anciana—. Quiero contarte nuestro pesar, aunque es un mal que no tiene remedio.

—¿Será la muerte…? Eso es lo único que no tiene remedio. Pausada y melancólicamente, comenzó a hablar el anciano:

—Tú sabes, hijo mío, que nuestra propiedad linda con la de José Bey Harkuch.., Fui ayer a podar algunos árboles, y encontré, en una parte del terreno que me pertenece, a los peones del Bey, trabajando en ella. “Amigos —les dije— están equivocados, porque el terreno del señor José Bey, tiene sus linderos a unos cincuenta metros de aquí.” ¿Sabes lo que me contestó el que dirigía las obras? “¡Vete de aquí, viejo caduco! El Bey Harkuch conoce mejor que tú los límites de sus propiedades y él nos ha mandado a trabajar en este lugar”… Yo guardé silencio. Hoy fui a hablar con José Bey Harkuch, pero se negó a recibirme… No me quedó más que venir a llorar aquí, junto con mi vieja…

Se ensombreció la voz del anciano, y luego continuó dolientemente:

—¿Qué puedo yo contra el Bey? Él es rico y yo soy pobre. Y el ojo que choca contra la lezna, tiene que reventarse… Antes de que tú entraras, tu tía me decía: ¿Acaso porque no nos ha dado Dios un heredero que hiciese respetar lo nuestro, le es lícito a este señor abusar de nuestra debilidad y ambicionar nuestros bienes…? Es por eso que llorábamos.

Juan había fruncido el entrecejo, y sus ojos presagiaban la tormenta.

Cuando terminó el anciano, dijo el joven abogado:

—¿Y, es este el mal que no tiene remedio? —preguntó.

—¿Qué remedio tenemos, hijo mío? ¿Qué arma podemos esgrimir contra ese malvado…? Si yo fuera joven, le enseñaría cómo se tuerce el cuello al ladrón. Pero nosotros los viejos, somos tan importantes como los perros que ladran a la luna en su afán de morderla.

—¿Conservan los documentos que atestiguan la pertenencia de sus tierras?

—Sí.

—Muéstrenmelos.

Se apresuró la anciana a traérselos, mientras Pedro decía:

—¿Para qué sirven los documentos…? ¿Para qué, si no tengo dinero para demandarle?

Cuando Sara hubo traído los amarillentos papeles, Juan los examinó, para decir, luego, al anciano:

—Mañana tiene que acompañarme en un viaje corto. Tenemos que marcharnos de aquí a las cinco para volver temprano. ¿Entiende usted, tío?

—¿Viaje? ¿Marcharnos…? —preguntó admirado el anciano—. Pero, ¿a dónde?

—No le importa saber a dónde. Lo necesario es obedecerme. Y a continuación, guardándose los papeles en el bolsillo, se despidió de los ancianos y salió.

Cuando llegó a su casa, encontró a su padre esperándolo.

—Papá —dijo Juan al entrar—, hoy he seguido un consejo de los tuyos, pero al mismo tiempo he desobedecido otro.

Le contempló el anciano un momento y luego dijo:

—A ver, hijo. Cuéntame. ¿Cómo es eso?

—Me he comprometido a defender un juicio en favor de un pobre, y procesaré mañana a un noble: José Bey Harkuch.

 

 

CAPÍTULO VI

CASO PREMEDITADO

 

La felicidad, en el mundo, es buscada por el hombre con afán y con locura, como se busca a la mujer a quien se ha de amar. La felicidad es la querida del hombre. Pero esta querida tiene una temible rival, que comparte con ella el mismo amor del hombre. Y se llama materia.

La materia acecha todos los pasos del hombre y hace lo posible por conquistarle y seducirle, y el hombre es un juguete en manos de sus dos queridas: la felicidad le llama a la soledad, a la sabiduría, al campo de la conformidad, y la materia le engaña llevándole a las reuniones, a las cuevas de la ambición y de la embriaguez.

La felicidad visita a su amado por la mañana, y le encuentra corriendo tras la materia. Le visita por la noche y le halla pensando en su otra amada: la materia.

Sin embargo, el hombre se queja y dice que no es posible hallar la felicidad en este mundo. El hombre busca la felicidad en sus hechos, y ella se encuentra en los hechos de Dios. Quiere el hombre llegar hasta ella, escalando sobre los cráneos de los débiles, quiere encontrarla entre la plata y el oro, empleando la astucia como un medio eficaz para poseerla. Mas la felicidad es espíritu puro que desecha los medios materiales y cuya única escala es el bien.

El hombre no ha tenido en toda su existencia un día de felicidad. Esto no obstante, exclama con frecuencia: “¡Qué días tan felices fueron aquellos…!” La felicidad mora en todas partes y en todos los tiempos, pero son muy raros los hombres que comprenden su dialecto, porque es demasiado sencillo, mientras que al hombre le seduce lo compuesto… El principio de la sabiduría es el temor de Dios, y el principio de la felicidad es el amor al prójimo.

Haz el bien y serás feliz; alivia el dolor ajeno y encontrarás la felicidad. Adora el oro y serás desgraciado; esclavízalo y serás feliz. La conformidad es la puerta de la dicha; la ambición, la de la desgracia.

Al día siguiente, el doctor Juan Bakal condujo a Pedro Farrán ante un escribano. Firmó allí un poder general para demandar a José Harkuch, por haber echado mano sobre un bien ajeno.

Mientras volvía al pueblo, lleno de alegría por ser su primer proceso en favor del débil, repetía durante todo el trayecto la siguiente plegaria:

—Acepta, Dios mío, este trabajo como el holocausto de Abel aunque encuentre la muerte en manos de Caín. Al separarse del anciano, le despidió diciendo:

—Vaya usted con Dios, tío… Su derecho es tan justo y tan claro, como lo es este sol que nos alumbra… Ahora, deme su bendición.

El anciano abrazó a Juan, y en el silencio de sus labios, sólo sus lágrimas escaparon de sus ojos, humedeciendo las manos del joven, lágrimas más elocuentes que cualquier bendición. Eran las diez de la mañana cuando regresó a su casa. En breves palabras refirió al anciano padre los sucesos del día, y al final concluyó:

—Estoy muy alegre y muy feliz, padre mío. Veo que la naturaleza me sonríe y quiero salir de caza, según costumbre ya arraigada en mí. ¿Qué te parece, viejecito mío…?

—Hijo de mi alma: aprovisiónate con tiempo de la naturaleza, del sol, mientras estés en la primavera de tu vida. Que no llegue el invierno estando desprevenido, porque entonces no te queda más que el recuerdo doloroso de los días que pasaron.

Salió Juan con su escopeta. Atravesó el pueblo y repentinamente se detuvo a la sombra de un olivo… Luego, encendió un cigarrillo, mientras por su mente viajaba la cabalgata del pensamiento. Aquella fuerza ingenie del hombre que destrona a los reyes, que despedaza los reinos, y que crea todo lo sublime y grande. Los inventos y la altura formidable de la ciencia, que ahora nos pasman de emoción, tuvieron su cuna en el pensamiento del hombre o en el sentimiento de una mujer. El cerebro y el corazón son los progenitores sagrados de cuanto existe… Las guerras y los dogmas que han cambiado las fases de la historia, han sido causados por un pensamiento. La gloria o la locura, la riqueza o el infortunio, no reconocen más causa que la del pensamiento. Con una idea Colón descubrió un mundo nuevo, y con una idea se formaron las terribles hecatombes de la guerra. Nacimiento y masacre, vida y destrucción nacen del cerebro.

Un pensamiento detuvo a Juan en su camino. Luego, el joven abogado regresó con pasos indecisos al pueblo. Se detuvo ante la casa de Juana, aquella amiga de María, con quienes se encontró un día antes.

Meditó un momento como consultándose a si mismo. Pero no tuvo tiempo de reflexionar detenidamente, pues Juana salió a su encuentro diciéndole:

—Bienvenido sea usted, doctor… ¿Qué bendito viento le trajo hasta nuestra casa?

—Buenos días, Juanita… ¿Cómo está su familia?

—Bien, a Dios gracias. Sírvase pasar.

—Muchas gracias, Juanita; deseo seguir mi paseo. Vine sólo para preguntarle si va usted hoy con sus compañeras a la fuente.

—¡Oh, doctor…! Créame usted que siento mucho lo sucedido ayer entre María y usted… Todos saben que ella es una joven excelente y educada.

—¿Y quién lo duda? —preguntó sonriendo Juan. —Yo me admiré cuando le oí dirigirle aquellas palabras… Llevo ya diez anos en su compañía y nunca he oído una palabra grosera en sus labios… Le aseguro, estimado doctor, que ayer me causó admiración el proceder de María.

—Yo también fui grosero con ella. Pero ahora, dígame: ¿irán ustedes hoy?

—¿Y por qué pregunta usted eso, doctor? ¿Acaso para abstenerse de ir a la fuente si nosotros vamos…?

—Al contrario, Juanita. Es porque tengo que hablar con la señorita María, sobre algo que tiene para ella mucha importancia.

Juana calló un instante. En tanto por su mente las cavilaciones y dudas lucharían hasta deshacerse unas y otras, prevaleciendo una sola, que fue tal vez la que le obligó a decir:

—¿Si es tan importante el asunto del que tiene que hablarle usted, por qué no le pide una entrevista?

—Usted misma juzgará la importancia de nuestra conversación, puesto que he de hablar a la señorita María en presencia suya. Ahora, por favor, dígame ¿irá o no, hoy día?

—Sí, doctor. Hemos convenido en ir a bañarnos, hoy también.

—Entonces —concluyó Juan—, llegaré a la fuente en momento oportuno, y me hará el favor de presentar a la señorita María mi petición, para así tener el honor de ser escuchado. —Después de sonreír, el abogado prosiguió—: Creo innecesario que la señorita María sepa sobre esta conversación.

—Soy de la misma opinión.

—Hasta la vista, Juanita —dijo Juan acariciando la barbilla de la joven.

Se alejó luego, y por tres veces se volvió para mirarla cariñosamente, hasta que una casa le ocultó de la vista de Juanita.

Y mientras se alejaba iba murmurando: “¡Es un crimen obtener una cosa por las malas, pudiendo obtenerla buenamente!”

Mientras tanto, la joven amiga de María, se decía para sí: “Juan, dichosa la mujer que se casa contigo”.

Muchos son los jóvenes que aman sin esperanza, y que viven de esa esperanza.

Víctor Hugo, amó por muchos años a una mujer, y nunca le confesó su amor, por ser la esposa de un amigo suyo. Pero eternizó esa pasión, en una obra de arte, un poema titulado: “En el alma hay un secreto.”

Se dice que Leonardo de Vinci, durante toda su vida amó a Monna Lissa, pero ella jamás sospechó la pasión de Leonardo, y el célebre pintor hizo eterno su amor y su amada, con “La Gioconda”, lo cual prueba que las maravillas del arte y las obras de genio tienen por único autor el amor.

Juanita amaba a Juan, con la dolorosa pasión de quien ama en secreto. Nunca se atrevió a divulgar su amor callado, y así, nadie lo supo jamás.

 

 

CAPÍTULO VII

RESULTADO DE UN ENCUENTRO

 

El baño de la mujer ha sido a través de la historia, el espectáculo más atractivo y seductor. David se enamoró de Bethsabé al verla en el baño. Susana desnuda mientras se bañaba, sedujo a dos ancianos. Imrou el kais, el padre de la poesía árabe, dejó a su tribu y siguió a su prima, desde que la vio en el baño. Y Friné, que iba a ser condenada a muerte, cuando la desnudaron ante sus jueces, recibió en cambio la condena de vivir.

En Europa, el desnudo es cosa muy natural, y por eso ha podido llegar a ser un implemento del arte. Pero en Oriente es imposible.

Hay en Siria y Líbano, escritores y poetas que son perlas preciosas en la corona de la literatura; músicos que adornaron como brillantes el cuello de la patria. Pero sirios y libaneses, hasta la época de este relato, no han podido vanagloriarse con un solo pintor. Porque la hermosura en el arte pictórico, consiste en la hermosura del desnudo, y según las costumbres de los países de Oriente, el desnudo es inconcebible.

La mujer de Europa y de América, pide tener los mismos derechos que el hombre. La mujer de Asia pide un poco de aire libre. (Yo no sé cuál es más digna de compasión.) Las europeas están a la vista de los hombres, casi desnudas, y las orientales velan su cuerpo, y las mahometanas hasta el rostro… La moda de exhibir los senos y la espalda, por el escote del vestido, se ha esparcido por todo el mundo, mas no en el Oriente.

El desnudo es necesario para la belleza del arte. Por eso han sido maestros los egipcios y los griegos, ya que pudieron inspirarse en un natural nudismo. Con todo, nosotros, los escritores y los lectores, podemos entrar donde no entra el vulgo y podemos ver lo oculto.

—¡María —preguntó Juana—. ¿Qué es lo que tienes…? Desde que estamos en el agua, no has pronunciado una sola palabra.

—No sé por qué me siento triste, desde que llegamos.

—¿Será tal vez el recuerdo de lo que sucedió ayer?

—Puede ser —dijo María, y volvió a ocultarse bajo la superficie del agua.

El baño de la fuente era un cuarto, cerrado por los tres lados, mientras que el cuarto permanecía abierto a una altura de un metro. No había por tanto el temor de ahogarse.

Mientras las jóvenes reían y jugueteaban en el agua. Juana asomó la cabeza y vio al abogado sentado a la sombra de un sauce. Dijo entonces a sus compañeras: —Me parece que es hora de salir del agua. Y ella, antes que las demás, comenzó a secar su cuerpo para poder vestirse. Y mientras sus amigas salían del baño, corrió ella a reunirse con Juan Bakal.

—¿Que sugiere usted que diga a la señorita María? —preguntó sonriente, por el placer de hablar con el hombre a quien amaba.

—Algo muy sencillo, Juanita. Dígale: “Juan Bakal desea hablarle, sobre un asunto muy importante.” Luego, venga usted con ella.

—¿No estaré de más entre ustedes? —preguntó tímidamente Juanita.

—No —respondió Juan, sonriendo— su presencia es necesaria.

La joven regresó al lugar en donde se hallaban sus compañeras, y acercándose a María le dijo:

—Vengo ante ti como mensajera, y debo cumplir mi cometido.

—¿Qué quieres decir, querida Juanita? —preguntó María asombrada.

—Quiero decir, que el doctor Juan Bakal, que se halla sentado a pocos pasos de aquí, me encargó pedirte una entrevista en su nombre, pues necesita hablarte sobre algo de mucha importancia.

María arrugó el entrecejo, y fijó sus miradas en Juana, como queriendo investigar la verdad o la solución a su curiosidad, en el corazón de la muchacha.

—¿Qué es lo que desea de mí ese atrevido? —preguntó casi colérica—. ¡No quiero verlo!

—Perdona María, pero eres muy injusta al llamarle así… No sé yo el motivo de la entrevista que él pide, y además, eres libre de ir o no, si te place… Pero puedo asegurarte que el asunto es importante, pues el doctor lo dijo así, y él no puede mentir.

—¡Oh, sí! Sus palabras son infalibles.

—Puedes burlarte cuanto quieras, pero yo estoy convencida de su lealtad.

María sonrió, y al cabo de un instante preguntó: —¿Ha pedido una audiencia secreta?

—Yo quise que fuera secreta, pero él no quiso así. “Puesto que ustedes son amigas de ella, pueden presenciar y escuchar nuestra conversación”, dijo.

—Puede ser que tengas razón, Juanita —contestó María—. Vamos, vamos a ver a ese señor.

Las jóvenes se dirigieron al lugar en donde Juan esperaba sentado.

Al verlas llegar se puso de pie, y con seriedad y respeto, se inclinó diciendo:

—Señoritas: no puedo ofrecerles más asientos que los de la naturaleza. Sentémonos.

Tomaron asiento, menos Juan, quien después de mirar a María detenidamente, dijo sin levantar de la hija del Bey sus ojos fijos:

—Sabe Dios, señorita, que nunca tuve intención de molestarla con una entrevista, sobre todo después de lo sucedido ayer. Pero ayer, precisamente, tuvo lugar un acontecimiento, el que sólo usted puede remediarlo. Nosotros todos sabemos que el hombre es un juguete entre las manos del destino, y el destino nunca le deja en libertad ni albedrío para consumar sus hechos, sino que los hechos del hombre los dirige el mismo destino, a su antojo. Pero antes de llegar al punto esencial para el cual he solicitado esta entrevista, me es necesario comenzar con un prólogo que para usted puede ser cansador, pero que es indispensable para llegar al fin. Yo, señorita, soy uno de aquellos que creen en el buen juicio, acompañado de la pasión y la devoción, unida al anhelo. Esto es raro, y lo raro es la medida de los poetas; los hombres no pueden comprender cómo la justicia se une al anhelo y por eso se desvían del recto camino y la mano de la perplejidad comienza a turbar sus deseos, sus costumbres y hasta su voluntad… Con este principio, he contradicho a los demás, pues en todo soy diferente de ellos: no comparto sus mismos ideales y ensueños. Yo amo lo que los otros odian y odio lo que los demás aman… Ahora bien, a quien tiene esta creencia, no se le debe reprender la grosería de su carácter… Intencionalmente he mentado la palabra “grosería”, para así pedir a usted mil perdones por el disgusto que le he causado ayer.

María había escuchado las palabras de Juan con arrebato. Se dilató su espíritu y alejándose del cuerpo, siguió con las palabras del abogado, a las regiones de la poesía y de la filosofía.

Mas cuando oyó a Juan pedirle perdón por el suceso de la víspera, sintió de nuevo que su espíritu regresaba a su cuerpo y dueña ya de sí misma, respondió:

—Lo que pasó, pasado está, doctor… Le suplico continuar su conversación.

Prosiguió Juan su exposición, después de una sonrisa:

—Un compañero de Universidad, me decía que para ser feliz, el hombre debe vivir como ermitaño en medio de los hombres, pero ¡cuan difícil es serlo entre ellos! Y esta es la verdad. He pensado mucho en la desgracia de la humanidad y vi que su enfermedad no tiene remedio. Los occidentales se burlan de nosotros, mientras que son ellos más dignos de compasión, porque llaman civilización a un espejismo en el desierto de su vida, y progreso a un fantasma que constantemente se les aparece en sus noches. Llaman civilización a las construcciones altas, a los templos suntuosos y a las anchas avenidas, y llaman progreso al viajar en aeroplano, al explotar la tierra y al construir cañones, por cuya boca se vomitará la muerte.

—Entonces, ¿niega usted el provecho de la civilización moderna? —preguntó María, admirada por el discurso de Juan.

—Yo no sé señorita, si se debe llamarla civilización o salvajismo refinado: La civilización consiste en el adelanto espiritual y moral, en la fraternidad, en la igualdad y en la libertad… ¿Acaso la moderna civilización ha traído con ella la libertad y más dones celestiales…? ¿Dónde está el progreso espiritual…? Ayer, después de separarme de ustedes, tomé el camino del pueblo. Entré en casa de Pedro Farrán, para visitarle, y al entrar vi al anciano que, en unión de su esposa, lloraban… ¿Usted comprende señorita, lo que significa el llanto de un viejo…? Sin duda, porque las mujeres han sido dotadas de un corazón más compasivo que el de loa hombres. Al verlos en tal estado de desconsuelo, corrí a abrazarlos y quise hacer lo posible por consolarlos, porque los quiero, porque me duele ver sufrir a aquellos que mecieron mi cuna cuando niño, que satisfacían mis deseos cuando muchacho —y añadió, quebrándosele la voz—, y que supieron, sobre toda la anciana Sara, reparar en algo la falta del amor materno cuando perdí a mi madre.

Y Juan hizo un movimiento brusco para alejar de sí la tristeza que le causaba el recuerdo de aquella tragedia, sucedida en los albores de su existencia.

—No querían decirme la causa de su llanto —prosiguió el abogado—. Pero les amenacé con irme de su casa disgustado. Entonces me contuvieron diciendo: “Hijo querido, ¿acaso no es suficiente nuestro infortunio, para que tú vengas a entristecer más nuestras vidas, disgustándote con nosotros?” Yo les dije: “Si me consideran como un hijo, como tal debo compartir con ustedes las alegrías y los dolores.” “Nuestra enfermedad no tiene remedio —me dijo Pedro— y ya que nos obligas a contarte nuestros dolores, sea: lloramos porque somos débiles, porque no tenemos quien nos proteja, porque abusando de nuestra debilidad de ancianos nos quieren arrebatar la herencia de mis padres y abuelos, que yo regué con mi sudor y con mi llanto.” —”Déjese de hablar tanto, tío —le dije— y dígame, ¿quién le arrebata su herencia y su propiedad?” Y él me respondió: José Bey Harkuch.

Llena de estupor, María, confundida y asombrada, se levantó y se acercó a Juan Bakal.

—¿Mi padre?

—Su padre, señorita.

—¿Mi padre?

—El mismo —respondió el abogado.

María retrocedió, como retrocede la víctima al ver brillar en mano del asesino el puñal que ha de clavarse en su pecho.

Con lentitud volvió a sentarse, y ocultó su rostro entre las manos, como si llorara o cavilara profundamente.

Se le acercaron sus jóvenes amigas, pero la hija del Bey las apartó con la mano, expresando así su deseo de que la dejasen sola.

Juan Bakal permanecía de pie frente a María. Luchaban en su pecho dos deseos opuestos: el de verla sufrir y llorar desconsolada y el de acercarse a consolarla. Venciendo este último, corrió a sus plantas diciendo:

—Señorita, yo sacrificaría una parte de mi ser por no verla sufrir, sea usted amiga o enemiga mía. Así pues, no puedo verla en este estado, sobre todo sabiendo que soy la causa de su aflicción.

—No, doctor, no es usted la causa, sino lo son los míos.

—No se aflija usted así. No es necesario… Para todo hay remedio.

María fue recobrando su serenidad poco a poco. Luego se irguió repentinamente y preguntó:

—¿Y qué ha hecho usted después? —En este asunto, lo importante es lo que ya le he contado a usted. El resto no merece ser mencionado. María Harkuch se volvió a sus amigas y pidió:

—Les suplico que me dejen a solas con el doctor.

Cuando las chiquillas hubieron desaparecido, se volvió a Juan y le dijo:

—Doctor, le ruego que me diga la actitud que usted ha tomado en este asunto.

—Conduje hoy al anciano Farrán ante el escribano, y allí le obligué a otorgarme un poder general.

—¿Y después?

—Después quise presentar la denuncia al Tribunal, pero antes de entrar a la sala de justicia me dije: “Es un crimen obtener una cosa por las malas, pudiendo obtenerla buenamente.” Entonces volví a casa, pensando en la ayuda que usted podría prestarme en este asunto. El corazón de la mujer es una fuente de caridad. Por eso acudo a este medio.

—¿Y no ha temido usted la cólera de mi padre y la de sus amigos, el Emir y el Obispo? —preguntó María.

—Señorita, la mejor respuesta a su pregunta es decirle lo que pensaba yo al regresar a casa.

—¿Qué es lo que pensaba?

—Mientras caminaba, dirigía mis miradas hacia el cielo, y clamaba. “Aceptad mi obra, Dios mío, como el holocausto de Abel, aunque me mate mi hermano Caín.”

Aquellas palabras impresionaron a María, como un hálito fúnebre que anunciara la muerte de un ser querido. Después dijo:

—Doctor, soy muy desgraciada con mi padre, y es imposible poder convencerle de sus errores. Por eso le digo desde ahora, que la esperanza que usted ha puesto en mí para ayudarle, quedará frustrada. Con todo placer derramaría mi sangre para que mi padre cambie de ideas y costumbres. Desearía hasta ser un Dios para impedir sus actos que van contra la justicia… Mas no por esto vaya a creer, estimado doctor, que no haré algo por el pobre Pedro Farrán. Esta misma noche reprocharé a mi padre su proceder, aunque tengo la seguridad de ser derrotada. Pero es la obligación del hombre intentar la consecución de un fin laudable.

—Yo, señorita —explicó Juan— la considero como un ángel celestial, sea quien fuere su padre, y anticipadamente le agradezco su intervención en el asunto de Farrán. Porque dice el Evangelio: “Según sus intenciones serán recompensados.”

—Doctor —dijo María, sonriendo— ¿quiere estrechar mi mano, después de lo sucedido ayer?

—Me considero dichoso, señorita. Y más lo estaría si me concediera besarla, pero…

—Hable sin recelos, doctor. ¿Qué significa ese “pero”…? O bien quería significar con el adagio: “¿Besar la mano es burlarse de la barba…?”

—¡Oh, perdón, señorita! No era esa mi intención, sino que iba a decir que no me es lícito besar una mano que pertenece a otro.

María frunció el ceño, y Juan creyó que otra vez iba a desencadenarse la tormenta. Pero ella, lejos de disgustarse, sonrió preguntando:

—¿A quien pertenece mi mano?

—Al Emir Shafik.

—Le juro, doctor, que mi mano no será para él mientras viva.

Juan guardó silencio, pero sonreía.

—¿Qué tiene usted, doctor? —preguntó María.

—No sé, señorita, si tengo derecho a preguntar más.

—Le autorizo a que hable con franqueza.

—Ya que me autoriza a preguntar lo que quiera, dígame ¿quién es aquel feliz que la pretende?

—¿Y usted llama feliz a la persona que pretende mi mano?

—Al que la pretende, no, pero sí al que la obtiene —dijo Juan, mientras estrechaba en sus dedos una mano de María. Luego añadió solemnemente—: Sí, se lo juro.

—Si usted cree que la felicidad consiste en obtener mi mano, puede quedarse con ella.

Como al contacto de una poderosa corriente eléctrica, Juan se incorporó de un salto. Se dilataron sus pupilas como en una expresión de terror.

—¿Qué ha dicho usted, señorita? —preguntó sin dar crédito a lo que oía.

—No acostumbro repetir ni cambiar mis palabras.

—¡Señorita!

—Suprima el “señorita”.

Juan comenzó a desgranar en la mano de María que tenía presa entre las suyas, una interminable sucesión de besos. Y ella no oponía resistencia a las amorosas caricias del abogado.

Al cabo de un momento preguntó:

—¿Y ahora, todavía piensa en demandar a mi padre?

Con tono severo y admirativo dijo Juan:

—¿Qué quiere decir con esa pregunta?

—Quiero decir —explicó la hija del Bey— que le ofrendo mi amor a condición de no acusar a mi padre.

Juan contempló largamente a María. En sus ojos se retrataba la tristeza del viajero situado en el comienzo de dos caminos igualmente desconocidos o peligrosos… Luego, levantando su mirada, exclamó:

—¡Dios mío! ¿Qué culpa he cometido para que me castigues de esta manera? ¿Seré acaso un juguete en las manos del destino, para que todos se burlen de mí?…

Después, fijó su mirada en María, diciendo:

—María Harkuch, usted está muy equivocada al creer que Juan Bakal es una mercancía como cualquiera y que puede ser comprada o vendida, cuando uno le viene en gana… Es verdad que he sido un necio al pensar que la hija de José Bey Harkuch se rebaje a amar a un campesino, desinteresadamente. Pero, a Dios gracias, me despierto a tiempo de mi embriaguez… Y ahora oiga mis últimas palabras: No necesito más reconciliación. ¡Mañana mismo acusaré a su padre de usurpar los terrenos ajenos!

Dijo esto, e hizo una inclinación a María en señal de despedida.

—Espere usted —exclamó a su vez ella—. Ha dicho usted sus últimas palabras y yo también diré las mías. —Y volviéndose a las jóvenes—: ¡Juana! ¡Josefina! Vengan acá.

Extrañado Juan del proceder de la joven, se preguntaba: “¿Qué insulto o qué ofensa me estará reservando?”

En aquel momento llegaban las compañeras de María, y ésta dijo:

—Hace un momento me he enemistado con este señor, porque le ofrecí mi cariño y mi amistad a cambio de su silencio. Quise librarlo de la enemistad de mi padre, del Obispo y del Emir, y él no ha aceptado, y devolviéndome el mal por el bien, ha contestado a mis palabras con insultos. Por eso…

Calló la joven, y acercándose a Juan le tomó por el brazo, continuando :

—Tendrá usted su castigo… Juan Bakal, si hubiera usted consentido en no demandar a mi padre, si usted me hubiera obedecido —y ocultaba María una sonrisa—, le hubiera menospreciado y detestado.

Juan escuchaba estupefacto esas palabras. La hija de José Bey Harkuch, continuaba:

—Juan, eres el hombre más grande que he conocido en Líbano. Antes de conocerte eras el blanco al que iban dirigidas mis ideas. Eras el héroe de mis sueños antes de despertar… Hace un momento, cuando Juana me dijo que querías hablarme, me estremecí, como si presintiera que en este minuto todo el sueño de mi vida se trocaría en un hermoso despertar… Bendito sea el disgusto de ayer, el encuentro de hoy, y sean benditos el anciano Pedro y su mujer, porque son los lazos que nos han unido. Diles, en mi nombre, que he de darles todo lo que he heredado de mi madre… Hace unos instantes me besabas secretamente la mano. Ahora yo te devuelvo tus besos públicamente. Ante Dios, y ante estas dos mujeres, te juro que seré tu amiga, tu hermana, si lo quieres, hasta la muerte.

Y sin dejarle tiempo a contestar, cubrió de besos todo el rostro de Juan que, sumiso y callado, semejaba a un niño que se deja acariciar por su madre. Y cuando María se cansó de exprimir sus besos, dijo a sus compañeras, mientras las abrazaba:

—¡Pueden felicitarme! Pero no me envidien.

Gozosas ellas la abrazaron, colmándola de besos también.

Sólo en los ojos de Juanita pareció temblar una lágrima.

Dicen que el amor nace de una larga compañía. Puede ser verdad. Pero a esto no se debe llamar amor, simplemente, sino amor de costumbre o amor obligatorio.

Dos jóvenes se casan por conveniencia. Al principio de su vida matrimonial se golpean hasta cansarse, para llorar entonces y lamentarse. Pero es el matrimonio una cadena dura, que no puede ser limada ni despedazada. Entonces, para echar un poco de miel en la acidez de la vida, comienzan a soportarse mutuamente. Pero esto es un amor de costumbre u obligatorio. El verdadero amor es el producido por una mirada. Y si una mirada no lo produce, no lo producirán tampoco cien años de compañía.

Un poeta árabe ha construido la siguiente escalinata para el amor:

“Mirada, sonrisa, saludo, conversación, cita y encuentro.”

Otro poeta, necesita de más, y para llegar al amor verdadero, tiene necesidad de mayor número de escalones. Ellos son:

“Seis miradas dan una sonrisa; seis sonrisas, un saludo; seis saludos, un beso y seis besos con intereses conducen al matrimonio.”

Juan y María se miraron y sus corazones palpitaron al influjo de sus miradas. Sonrieron, se saludaron y al fin, hablaron.

“¡Hágase!” —dijo Dios, y el mundo se hizo. Una sola palabra incrustó en la vía láctea millones de soles; en el espacio, millones de mundos, y en cada mundo, millones de cosas. Y así cada cosa es un mundo en sí misma.

Una palabra que parte de la boca del hombre puede conducirle a la muerte o la inmortalidad. Una sola sílaba pronunciada por un rey, conduce a los pueblos a la gloria o a la derrota… La herida de la espada puede ser curada, pero no tiene curación la herida de la palabra.

La palabra es la esencia de la divinidad en la tierra. Se puede derramar sangre, quemar los cuerpos, encadenar las manos y los pies, pero una palabra escapada, no puede ser recogida, porque, como el aire, reina en el espacio y nadie tiene poder para aprisionarla.

Se crucificó a Jesús, pero sus palabras viven y vivirán hasta el fin de los siglos. Se envenenó a Sócrates, pero aún escuchamos su doctrina. Y así, ni los judíos pudieron matar a Jesús ni los atenienses pudieron hacer callar a Sócrates.

María pronunció su palabra y con ella hizo cambiar la faz de su vida y la de Juan. Les hizo viajar de la novela a la historia y de la sombra a la verdad.

—Nos veremos en mi ventana —dijo María a su amante. Y dirigiéndose a las jóvenes que estaban aún con ella, les dijo: Ustedes son sordomudas.

Juntos hicieron el viaje de regreso al pueblo, y al llegar a él, María habló así al joven:

—Es hora de separarnos. Seremos siempre enemigos en apariencia.

—¿De quién tienes miedo?

—A nadie temo yo. Pero sí tiemblo por ti, por mi felicidad. Temo que la víbora muerda tu pie, y no puedas acompañarme hasta la cumbre de la dicha.

 

 

CAPÍTULO VIII

CRONICAS

 

Nos lleva el tiempo de un lugar a otro y nos cambia de estado a cada momento. La suerte nos lleva de la mano a todos los ambientes, y nosotros con tanto cambio, no vemos sino lo que ha sido un tropiezo en nuestro camino. Se transfigura ante nuestros ojos la verdad desnuda, y en nombre del deseo nos acercamos a ella para arrebatarle su corona de pureza.

La sabiduría nos llama a la vuelta de cada esquina para cargarnos con su yugo liviano, y nosotros echamos a correr sin escucharla, creyendo que es una bestia feroz. La libertad nos invita para darnos su licor celestial, y nosotros nos embriagamos en la orgía hasta quedarnos embrutecidos. Nuestra madre Naturaleza nos llama para deleitarnos con la contemplación muda de su belleza y nosotros tememos su silencio, creyéndolo silencio de sepulcro.

Entonces en desenfrenada carrera, huimos a la ciudad y nos echamos los unos sobre los otros. Y las almas más oprimidas por el peso de las demás, gritan pidiendo socorro. Y nosotros decimos que están locas.

Así cabalgan en el tiempo los días y los años, en los cuales el hombre está tras las rejas de sus deseos y pasiones. No siente la suavidad de la brisa, ni la fuerza del temporal. Y si un penado feliz, logra escapar de su cárcel y habla del céfiro y del huracán, todos le miran con compasión, porque le creen loco. Y él se retira entristecido, lamentándose; He gritado y nadie me ha oído. Puesto que ellos temen al aire puro, dejémosles ahogarse en su prisión putrefacta y nauseabunda.

Hizo María cuanto le fue posible para convencer a su padre de la injusticia que cometía con Pedro Farrán, pero sus palabras tenían el mismo valor de las de quien pronuncia un discurso en el desierto.

Juan inició el juicio contra el Bey, y éste lo acogió con una carcajada, tal como rió Goliat al ver a David dispuesto a luchar con una honda.

Y los días y los meses del calendario iban cayendo y eran arrastrados por el viento otoñal del tiempo. Y ya el juicio llegaba a su fin.

Mas, como viera el Bey que su contrario no era tan débil como lo supuso, y que la justicia seguía su camino, gruñó como un perro en la lucha, enseñando los pocos amarillentos y carcomidos dientes que le quedaban. Intervino el Obispo, valiéndose de su influencia. Pero no consiguieron hacer tropezar a la justicia en su derrotero, ni hacerla variar de dirección.

¿Por qué? ¿Por la elocuencia de Juan Bakal? ¿Por la probidad de los jueces? Por ninguna de las dos razones. Era porque la verdad y el derecho en sí mismos se imponían. Aunque esto tiene caracteres de milagro.

La justicia, entre los hombres, es el yugo de los fuertes sobre las espaldas de los débiles. La ley es el látigo para el obediente, y la risa para el rebelde. Quien roba un pan es un ladrón y la justicia lo condena. Pero quien roba y desfalca miles y millones, es un gran financista, un héroe, y el pueblo le aplaude. El que asesina el cuerpo es ejecutado; para eso existen tantas horcas y guillotinas. Pero quien asesina el alma, con sus enseñanzas y prédicas, ese será libre. El rico devora al pobre y el fuerte consume al débil. Y la ley los ve y calla. ¿Por qué? ¿Por qué?

Porque las leyes morales y sociales son dictadas por los fuertes según sus propios intereses. Nunca un débil o un desheredado ha creado ley alguna. Nunca un poderoso ha formado una legislación, que no sirviera a sus propias ambiciones. Y éstas son las leyes que los hombres han legislado para los hombres, y cuya reunión sarcásticamente se llama Justicia.

Entonces, ¿de qué manera pudo Juan Bakal triunfar sobre el Bey?

Triunfó Juan en el proceso contra José Bey Harkuch, por la razón sencilla de que el círculo no puede ser triángulo, ni el oro puede ser cobre. Ganó el pleito, porque el derecho que le asistía fue ya claro como la luz del sol.

Cuantas veces buscaron los abogados y jueces en sus viejos volúmenes y cuantas veces consultaron la escritura, para ver si tenían un punto del cual asirse y derrotar a Juan, tantas veces vieron defraudadas sus esperanzas. Y se vieron obligados a fallar con justicia.

Entonces aconsejaron al Bey hacer una transacción con Juan Bakal.

La víbora que no puede atacar de frente a su adversario, acecha su talón entre las hierbas. El cobarde cava un foso para su adversario, puesto que no se atreve a enfrentarse con él. El que carece de amor propio, cuando no puede adquirir su intento por medio de la fuerza, trata de adquirirlo por la humillación.

La astucia es el emblema de la humanidad y la hipocresía es su guía. El hombre es hipócrita con su prójimo, con su amigo, consigo mismo y hasta con Dios.

Eran las ocho de la noche, cuando la sirvienta de los Bakal entró en el comedor en el que se hallaban Juan y su padre.

—Doctor —dijo—, el lacayo del Obispo está en la sala y desea hablarle.

—¿No ha dicho qué es lo que quiere?

—No, doctor.

Juan interrumpió su comida, pasó la servilleta por su boca, y salió.

Esta es la costumbre de la que los libaneses pueden vanagloriarse. Allí no dicen al huésped: “El señor no puede recibirle ahora porque está ocupado, comiendo o dormido”… O “Vuelva después”… Allí el médico se levanta de la mesa para atender al enfermo, el sacerdote deja su lecho a media noche para escuchar la confesión de un moribundo.

A ricos y pobres abarca esta costumbre. Ricos y pobres dejan su trabajo para atender a quien los busca.

Entró Juan sonriente al salón, saludando al lacayo.

—Doctor —dijo éste— Monseñor le suplica que se acerque usted a su casa. Necesita hablarle.

—¿Será algo muy importante, para ir en seguida?

—No doctor. Usted debe terminar su comida, y yo iré delante para anunciar su llegada.

—Muy bien. Entonces iré después de comer.

—Buenas noches, doctor.

—Buenas noches.

Salió el lacayo, y Juan, sonriendo, volvió a la mesa, en donde le preguntó su padre;

—¿Qué desea Monseñor?

—Desea hablarme, pero en su casa.

—¿Has podido adivinar el motivo?

—Creo que quiere intervenir en la transacción. Vio que el Bey perdía públicamente y ahora quiere remediar la cosa en secreto.

—Ten cuidado, hijo mío —suplicó temeroso el anciano—. Si no llegan a un acuerdo, pueden perderte.

–No te preocupes, viejito. Estoy seguro de la paz —respondió Juan, riendo significativamente.

Media hora después, Juan se despidió de su padre. Antes de ir a la casa del Obispo, se dirigió a la del Bey Harkuch para ver a su idolatrada. María le esperaba, y después de abrazarla, el abogado dijo:

—El Obispo me mandó llamar.

–Yo sospeché algo, porque mi padre ha pasado en su casa todo el día, y ahora ha retornado otra vez… Creo que te llama por el asunto del pleito… Me gusta la paz, pero también la justicia. Ten cuidado de pedir un honorario elevado.

—¿Honorario?…

—Sin duda. Mi padre es un adorador del oro, es rico, y no le empobrecerán unas cincuenta libras.

—¿Pero de veras, hablas en serio?

—Yo nunca hablo en broma de estas cosas. Debes exigir tu honorario, pues de lo contrario dirán que tienes miedo.

—Tienes razón… Pero dejémonos ahora del Obispo y los honorarios…

—¡Qué hermosa estas esta noche!

—¿Estás hablando de veras?

Juan se rió y comenzó a besarla, a la par que exclamaba:

—¡Cuan rápidas son tus contestaciones y qué exquisita es tu conversación!

En aquel momento llegó hasta ellos el lejano tañir de una campana, que anunciaba las nueve de la noche,

—¡Qué corto es el tiempo cuando estás cerca!… Ahora vete y vuelve, vuelve más tarde.

—Hasta luego, amor mío. Y Juan tomó el camino de la casa del Obispo.

Todo lo oculto tiene que divulgarse. Todo lo que hace el hombre en la oscuridad de la noche, el hombre lo divulga a la luz del día.

Dos noticias se propagaron al día siguiente en el pueblo: la primera, que José Bey Harkuch devolvió los terrenos usurpados al anciano Pedro Farrán, y que éste abandonó el juicio.

Todos los del pueblo acudieron a felicitar a Juan Bakal, y a desearle una larga vida llena de prosperidad.

Esta es una costumbre que se ha esparcido por todo el mundo. Se rebela un hombre patriota contra su gobierno o contra el yugo de la opresión, y se le llama revolucionario, bandido o ladrón, si ha fracasado en su intento. Pero si triunfa, es llamado libertador, conquistador, o padre de la Patria.

La segunda noticia que era del dominio público, causó mayor expectación en el pueblo, y era la de que el doctor Juan Bakal estaba enamorado de María Harkuch.

Unos aseguraban la veracidad de este suceso y otros la desmentían.

Pero de cualquier manera, era el único tema de conversación en el pueblo.

¿De qué se va a ocupar la mujer que no tiene ninguna ocupación, y los vecinos, por la noche, si no es de las habladurías y noticias del pueblo?…

Uno lleva su barba en su rostro, y los otros se sienten molestados por ella.

Pero ¿quién divulgó el secreto de los amantes, oculto tanto tiempo?

A esta pregunta basta responder con el proverbio de que “un secreto que pasa de dos, ya no es secreto”.

Lo supieron los padres de los jóvenes, y ante la contestación afirmativa de éstos, José Bey estalló en cólera y el anciano Bakal frunció las cejas.

En aquel año lleno de acontecimientos, Líbano sufría el flagelo de la Guerra Europea.

No me pertenece a mí hacer una historia de la Gran Guerra, puesto que son muchos los historiadores que lo han hecho. Pero sí me es necesario relatar las desgracias y la ruina que la barbarie mundial envió a Líbano.

Desde que Turquía conquistó el Asia Menor, siempre tenía que vigilar aquel pequeño punto llamado Líbano. El Emir Fajre Eddin y el Emir Bechir Chehab, han escrito con letras de sangre, sobre la frente de Turquía, las fechas de aquellas batallas que le costaron vidas y dinero. Desde aquel tiempo Turquía miraba al Líbano como a un enemigo acérrimo, y Líbano miraba a Turquía como a una fiera ahíta de sangre.

El sultán Abud—ul—Amid, dijo, sintetizando en sus palabras el sentir de su pueblo: “Líbano es un piojo en mi cabeza”.

El degollamiento del año 1860 entre drusos y cristianos, no fue sino una conspiración. Turquía fue la más perjudicada porque las potencias europeas la obligaron a dar la independencia a Líbano y a pagar anualmente 500 sacos, medida equivalente a cinco libras esterlinas cada uno, al Fisco libanés. Y la única relación que tenía Turquía con Líbano, fue la de nombrar un Mutsarrif para este país, y las potencias europeas le confirmaban o no, según su propia conveniencia. Y Líbano gozó de su independencia hasta el año fatal de 1914.

Turquía manifestó entonces su enemistad con los aliados, uniéndose a Alemania. Ambicionó nuevamente apoderarse de Líbano, y entró en ese país con su política de zorro, ayudada por Austria y Alemania. Pero no entró con la cabeza en alto como una conquistadora, sino hipócritamente como una madre que quisiera devolver a sus hijos el cariño perdido hace tiempo.

Y como si el tiempo quisiera ayudarla en su plan de extinción del Líbano, la langosta, una de las plagas de Egipto, fue visitante en la región dominada, y se llevó todo el verdor de los campos. Dos aliados dignos, el ejército invasor de Turquía y el de las langostas, luchaban contra los libaneses. Los turcos impedían la entrada de provisiones, y las langostas consumían lo poco que había dentro. Y así, con este plan combinado, murieron de hambre más de cien mil libaneses.

¡Hambre!

¿Habrá quién sepa lo que encierra esta palabra, nada más que en su pequeñez de seis letras?…

Quien haya sentido despedazarse sus entrañas por la zarpa del hambre, comprenderá lo que significa esta palabra mortal. Es un vocablo, que se encuentra en la historia y en los diccionarios. Y como no pesa mucho en los libros, no pesa en la memoria de los hombres.

Si preguntamos a alguien: ¿Ha sentido usted hambre alguna vez?…, de seguro responderá afirmativamente, queriendo significar el deseo de comer, cuando se le pasa la hora de hacerlo.

Pero esto no es hambre. Sentir hambre es tener la tez del mismo color que el de la tierra; ser un cadáver ambulante con los ojos hundidos, como cobijándose al amparo de las ojeras; tener los pómulos salientes, la boca entreabierta, como si esperara una migaja de pan, y haber perdido todo poder para moverse. Eso es haber tenido hambre.

¡Hambre!

Hambre es la desgracia milenaria, la maldición bíblica, que paraliza la lengua y ata las manos. Hambre es el arma más formidable que poseen los tiranos y verdugos para someter a quienes quieren ser libres y felices. Hambre es el espectáculo de diversión para los explotadores. Hambre es una palabra que no la conocieron las autoridades, pues de lo contrario, no serían lo que son.

Tal fue la desgracia de Líbano en los dos últimos anos de la guerra. Un crimen concebido por cerebros de panteras o reptiles. Una tragedia heroica sin escenas y sin canto. Murieron los libaneses en el país de la leche y de la miel. Murieron con el suplicio de Tántalo entre campiñas que ellos vieron producir.

La moneda que pones en la mano tendida hacia ti, ¡oh rico!, es el eslabón de oro que une lo que tienes de humanidad con lo sobrehumano. Y aquel que da algo de su vida a quien casi no tiene vida ya, es el único digno de luz y de calma en sus noches.

Los azotes que sufrió Líbano en la guerra, llenarían volúmenes enteros. Pero, detente pluma, que casi abres una herida que está cicatrizándose. Detente pluma, que casi enciendes fuego en donde ya sólo hay cenizas. Calla, débil corazón, porque es prudente callar cuando hablan las fuerzas ocultas del Universo, y cuando hablan los amos de la opresión.

Calla, débil corazón, que aquellas fuerzas contra las que tú gritas, no entienden otro lenguaje que el de los cañones, ni más súplicas que las que pronuncian los proyectiles.

Detente pluma, porque no es lo mismo escribir con sangre que con tinta.

 

 

CAPÍTULO IX

EL ESPIRITU REBELDE

 

El cuerpo es una fuerza ciega que se rebela en la locura y el alma es una fuerza dotada de vista que apaga las pasiones. El alma es una luz y el cuerpo es el velo que la opaca. Pero si el velo es transparente, el hombre puede alumbrarse y alumbrar a los demás. Mas si es tupido, vivirá en la oscuridad en medio de millones de soles y estrellas.

El alma y el cuerpo son una sola fuerza unidos. Pero el cuerpo y ella crean otra fuerza. Y estas dos están en lucha perpetua.

El alma escala la montaña de la felicidad, y el cuerpo desciende al abismo de la desdicha. Y la atracción es eterna entre los dos.

El alma corre hacia la eternidad, y el cuerpo se arrastra con pasos lentos a la descomposición.

El alma es rica con la sabiduría, y el cuerpo es pobre por el instinto. Ni ella pretende enseñarle ni él aspira a aprender. He allí la desdicha.

El fin de esta guerra constante es el predominio del más fuerte, con la caída del más débil a sus pies.

Primavera de 1918, como se ha dicho.

El tiempo ha transcurrido desde que Juan Bakal sintió latir su corazón por el amor a María Harkuch.

Al comienzo de esta historia, que se devana por sí misma como una madeja de hilo con la que juega un gato, hemos oído en boca de la hija del Bey estas palabras:

—Si la aurora nos separa, la noche nos unirá.

Pero más que la aurora, fueron los padres de ambos amantes los que hicieron todo esfuerzo para separarlos. Sin embargo, todo fue en vano.

Y aliados a la oposición paterna, estaban el Obispo y el sacerdote. La autoridad religiosa y social, luchando contra un amor.

Aquella mañana, José Harkuch llamó a su hija a sus habitaciones.

María acudió a su llamada, saludó a su padre y éste le dijo:

—Siéntate.

Su corazón le anunciaba una tormenta próxima. Y el rostro serio de su padre le hizo temer. Sintió María profunda tristeza. Tras una larga pausa, habló el Bey:

—María; esta broma se acabó. He sido hasta ahora muy débil contigo; hoy quiero recuperar mi autoridad paternal sobre ti. Te he dado amplias libertades durante todo este tiempo, creyendo que tarde o temprano volverías en ti, y que distinguirías tu bien de tu mal… Pero las cosas han sucedido al contrario de lo que yo pensaba: te has vuelto más ignorante de lo que eras. Y solemnemente añadió:

—Te he llamado ahora para decirte que, definitivamente, hemos convenido con el Emir en casarte con su hijo, a fines de julio…

Puedes decirme cuáles son tus necesidades. María levantó su cabeza, y aparentando calma en su voz, dijo:

—¿Estás hablando de veras, papá?

—Te dije al principio que no chanceo, que esta broma terminó ya.

—¿Y si Yo no quiero casarme con el hijo del Emir?

—¡Te casarás a pesar tuyo! —exclamó bruscamente el padre, levantándose violentamente como para abofetear a María—. ¿Con que no quieres?… ¡Yo soy el único que en esta casa puede decir “quiero y no quiero”!… ¡Desgraciada de ti si quieres desobedecerme! ¿O crees que voy a permitir que te cases con aquel perro. de Juan Bakal?… ¡Antes de verte esposa suya, prefiero verte muerta!… ¡Ja, ja, ja! ¿Quieres casarte con él secretamente, no es así?

María ahogó un grito de sorpresa. Serenándose luego, preguntó:

—¿Quién te lo contó?

—¿Quién me lo contó?… La hermana del cura que desde un cuarto vecino, escuchó todo lo que le dijo tu querido al sacerdote.

Y con una risa de triunfo añadió:

—Ya ves que conozco todas tus fechorías … Y ya que tu cabeza te conduce hasta este extremo de locura, no me queda otro remedio que casarte con el Emir Shafik… Esta es mi última palabra.

Mecánicamente, María se arrodilló a las plantas del Bey, y suplicó mientras abrazaba sus piernas:

—¡Papá, por Dios!… Yo soy tu hija única. ¡No me apuñales el corazón! Soy una parte de tu alma y de tu cuerpo, ¡no me arrojes a los puercos! Soy la esencia de tu espíritu, ¡no me eches a ese cadáver putrefacto!… Te juro, papá, que el Emir no me quiere. Lo que quiere es mi fortuna… Sin tu voluntad, no me casaré con Juan Bakal, pero, ¡no me obligues a ser la esposa del Emir!… Con ese matrimonio me envías a la tumba, me envenenas, porque no hay poder suficiente en el mundo que me haga amar a ese hombre. Yo no quiero al hombre que me desea con mentira y que casándose conmigo, sólo se casa con mi dinero… Pero si me obligas a ser esposa suya, sólo de dos maneras arreglaré mi situación: o te dejo mi corona de azahares pisoteada, y huyo al fin del mundo, escupiendo en las leyes tejidas por la costumbre, o pongo fin a mi vida.

José Harkuch era cobarde. Y al oír las palabras cálidas y entrecortadas de su hija, sonreía con la sonrisa del pusilánime que ve al león muerto. El, en su cobardía, temía a la muerte, y no podía pensar en un fallecimiento natural. ¿Cómo iba a creer que María se suicidara?…

Y cuando terminó de hablar ella, él contestó:

—Me arrepiento haber alargado tanto el plazo del matrimonio… Pero mañana mismo hablaré con el Emir para adelantarlo.

María se levantó del suelo. Y con un tono saturado de orgullo y venganza, dijo al Bey:

—Está bien… Quise convencerte con pruebas y razones justas, pero tú no quisiste escucharlas… Ahora bien, oye lo que voy a decirte: Mi cuerpo te pertenece, mi alma pertenece a Dios… Pero, ¡sólo yo soy dueña de mi voluntad! Mi última palabra…

María no pudo terminar. La mano brutal de José Bey, cayó sobre su rostro, obligándola a caer desvanecida.

La contempló un momento, y cuando la ternura iba a llamar a la puerta de su corazón, la brutalidad se negó a abrirla.

—¡Ah, mujeres! —exclamó— conozco muy bien vuestra astucia… Puedes morir, pero antes te casarás con el Emir.

En este momento, la puerta giró sobre su eje, dejando entrar a la sirvienta que al oír un ruido en el cuarto de su señor, acudió a ver de qué se trataba.

Vio a María tendida en el suelo, cuyo conocimiento había escapado de su dominio, y comenzó a reanimarla con caricias y palabras sentidas.

José Bey Harkuch abandonó la estancia.

Antes de que se despierte el hombre o la mujer del sueño de la niñez; antes de que los dioses prendan el fuego del amor en el corazón; antes de que germinen las semillas del cariño, los padres procuran casar a sus hijos. Durante aquel sueño, la joven cree que el colmo de la felicidad consiste en un vestido que adorne su talle, en un coche que la conduzca a un lugar de diversión o en un ajuar completo y lujoso que la rodee. Pero cuando se despierta, cuando la luz abre sus párpados y siente que lenguas de un fuego sagrado calcinan su corazón, cuando sus alas se mueven para levantarse al cielo del amor, se encuentra sujeta con las cadenas de las leyes antes de comprender qué es la ley; entonces siente que la felicidad no consiste, para la mujer, en joyas o vestidos, sino en el amor que une su alma a la del hombre y que lo hace derramar sus sentimientos en el corazón de él, formando de los dos, un solo miembro en el cuerpo de la vida y una sola palabra en la boca de Dios.

María despertó del sueño juvenil y vio una luz suave que manaba de los ojos de Juan. ¿Cerraría sus ojos para no verla? Escuchó una armonía celestial que invadió todo su ser… ¿Cerraría su oído para no oírla?…

Aunque cierre sus oídos y clausure sus ojos, siempre tendría que ver y oír. Pero, ¿cómo abandonar a un hombre que le adora y seguir a otro a quien odia, sólo por obedecer a las leyes de la tierra?… María quiere hacer la voluntad de su alma, quiere escuchar el grito de su corazón y los cantos de los ángeles. María no quiere casarse con un capitalista que heredó su fortuna de un padre avaro y que adquirió la educación de los que vagan por las calles. Porque una vez terminada la luna de miel —luna que tendrá un eclipse—, él la abandonará en su palacio, como abandona el ebrio la botella que ha vaciado; la abandonará para volver a las hijas perdidas. Entonces no le quedará más que buscar a un joven hermoso, de palabra suave, para derramar en su espíritu los sentimientos y llenarle los bolsillos con el tesoro de su esposo…

María es una joven instruida y pide por esposo a un hombre más instruido que ella. No quiere un marido, sino un dueño cariñoso, un hombre que juegue con ella como si fuera una niña. María no quiere, ni puede querer a un hombre que más pertenece a la escala zoológica que a la humana. María no podía pensar como la esposa de Rousseau, diciendo: “¡Qué desgracia es tener un sabio por marido!”

Todo ser en la tierra vive por la ley de su naturaleza y de la naturaleza de su ley le vienen la gloria y los goces de la libertad. ¿Será el hombre el único ser privado de dicha libertad, porque crea para su alma divina, una ley humana, muy limitada?…

Esa misma noche, y casi a la misma hora, llegó Juan a la ventana en donde le esperaba su querida.

Tras el acostumbrado abrazo, María le dijo:

—¿Por qué has tardado?…

—¿Llamas tú tardanza llegar diez minutos antes de la hora acostumbrada?

—¡Dios mío! ¡Qué día tan largo he pasado!

—¿Por qué, amada?… ¿Qué te pasa?

María no pudo hablar. Inclinándose en el hombro de Juan, rompió a llorar.

El hombre enamorado puede soportar fácilmente el dolor, y hasta la muerte, pero no así el ver llorar a su amada.

Juan, que durante dos años no había podido ver a María, ni un sólo día, triste, ahora la encuentra sumida en pena y llanto. El dolor apresuró desenfrenadamente los latidos de su corazón. Hizo un esfuerzo para no caer mientras preguntaba:

—María, mi adorada María, ¿qué tienes?

La joven quiso hablar, pero la voz, aterrada de asomarse a la ventana de su boca, se escondió. Juan esperó un minuto muy angustioso, durante el cual mil fúnebres pensamientos perforaban su mente.

Al fin, María enjugó sus lágrimas, abrazó a Juan y puso en sus besos la locura y el frenesí que trae el temor de perder al ser querido. Lo besaba como si quisiera derramar todo su espíritu, hasta la última gota, en el espíritu de Juan.

Largo tiempo los besos de María sellaban los labios de su amante, hasta que éste le tomó la cabeza en las manos, diciendo:

—¡Cálmate, María! Si no quieres que muera de angustia y de incertidumbre, dime ¿qué sucede?…

—¡Vida mía! ¡Quieren separarnos, quieren separar mi alma de mi cuerpo, creyendo que yo puedo sobrevivir a esta separación! Mi padre me obliga a casarme con el Emir Shafik.

Juan expresó decepción y angustia al escucharla. Pero antes de que él pudiera decirle nada, María insinuó.

—Pero ven, sube… Entra a mi cuarto. Es la primera vez que te permito entrar en él, y aquí te lo contaré todo.

—¡María!… ¿Qué estás diciendo?… Yo, pecador, no puedo entrar en tu santuario… ¡Válgame Dios!

—Ven, te digo que subas. Desde esta noche serás el sacerdote de mi santuario… Recuerda que el inocente que puede derribar la puerta de mi prisión y no lo hace es un cobarde y quien pudiendo adquirir su derecho por la razón, lo adquiere mediante la fuerza, comete el crimen del que pudiendo obtener una cosa, la obtiene sólo robándola.

Juan vaciló. Hervía en su sangre el fuego de las leyes y costumbres milenarias. Recordó la venganza de los hombres, emprendida por causa del honor. Pero recordó también su pasión por María, por aquella dulce y angelical María que hoy la arrebataban de sus brazos.

Escaló la ventana y entró en el santuario de su amada.

Un solo minuto que pasa entre los efectos de la belleza y los sueños del amor, es mucho más sublime y más grande que un siglo lleno de gloria. Porque en aquel minuto nace la divinidad del hombre, y en aquel siglo duerme con un sueño turbado e interrumpido.

Un minuto libra al alma de las contradicciones y convencionales costumbres humanas, y un siglo la sujeta con las pesadas cadenas de la tiranía.

Un minuto que llena el corazón de fuego y de luz, es preferible a un siglo que le cubre de tinieblas y le sepulta en su ignorancia. Pero en aquel minuto, el humo de la juventud causa la ceguera del hombre, y le hace caminar a tientas, pisoteando las leyes sociales, olvidando que quien pisa la cola de la víbora, sentirá su mordedura…

 

 

CAPÍTULO X

TRAS UNA NOCHE DE CALMA RUGE UNA MAÑANA TEMPESTUOSA

 

El profesor preguntó a sus discípulos:

—¿Qué es la vida?

El zorro contestó:

—Es una gallina vieja.

El gato respondió:

—Es una gran rata.

Y el ratón dijo:

—Es un pedazo de carne hediondo, una ratonera dañada y un gato saciado.

—Así son también los hombres —meditó el profesor—, Cada cual contempla la vida según sus intereses, para formar sus pequeños conceptos limitados. Pero la verdad es que la vida no puede tener definición.

La vida es una tragedia representada cada noche en el teatro del tiempo, con cánticos y lamentos, y al final, la eternidad la guarda como una joya.

La vida es un depósito en poder del hombre, el cual debe ser devuelto. ¿Cuándo, cómo y dónde?… Nunca lo sabremos.

El hombre es un arbusto y como él, nace, crece, florece, fructifica y envejece para descomponerse después. Pero el arbusto está expuesto a secarse, cada minuto.

La vida es una flor que el sol vivifica con su calor, pero que también con su mismo calor, marchita. Es una palabra escrita por las leyes siderales que pueden borrarla cuando a ellas les place. Es una perla arrojada a nuestras playas por el flujo, pero que se nos arrebata muy pronto, cuando decrece la marea. Es una cima que debemos ascender: el trecho que recorrimos se oculta tras la neblina de los suspiros y de los recuerdos, y el trecho que debemos recorrer, lo contemplamos a través de los sueños e ilusiones.

Cuando el dolor fija su residencia en nuestro corazón, cuando las lágrimas humedecen nuestros párpados, cuando los pesares oprimen nuestra alma, maldecimos nuestra vida, como el niño hambriento que llora sin compadecerse de la miseria de su madre.

Cuando el corazón, repleto de alegría, parece querer salírsenos del pecho, cuando todo lo que soñamos se troca en realidad, sólo bendiciones prodigamos a nuestra vida.

Pero cuando el corazón queda vacío, sin alegría y sin dolores, cuando lo sentimos como un erial estéril en donde no fructificó semilla alguna, entonces sí pensamos en la vida.

Y el hombre atraviesa por estas tres etapas: la maldición, la bendición y la reflexión sobre su existencia.

Juan y María, bendijeron a la vida, cuando se sentían embriagados de felicidad. La maldijeron también,.. Y ahora, ha sonado la hora de pensar en ella.

—Juan .. . Voy a ser madre.

Esta confesión sencilla y sin preámbulos, tuvo para Juan caracteres de tragedia y de desgracia… Sintió frío en la sangre, y con un mirar fúnebre clavó en María sus ojos vidriosos. La contemplaba enmudecido.

—¿Qué tienes?… ¿Qué te pasa?… ¡No contestas ni una palabra!…

—María, dice: ¿estoy soñando o despierto?…

—No querido. Ya pasó, hace tiempo, la época de soñar. Ahora estamos en el horrible despertar… Mucho tiempo he dudado, pero hoy siento que el fruto de nuestro amor vive en mi seno… Oye lo que voy a decirte, Juan. No me arrepiento de lo que he hecho; no lo considero “un desliz”, aunque sé que esto me acarreará la muerte. Pero, ¡nada me importa, con tal que no me case con el Emir!… Hoy, mi padre y el Emir prorrogaron el matrimonio hasta después de las cosechas, porque cada uno, sólo esta ocupado en llenar sus graneros. Así, pues, todavía tenemos cuatro o cinco meses para arreglar nuestra situación … Ya te dije que no me importaba la muerte. Pero, si estoy condenada a vivir, ¡no quiero ser un borrón de deshonra en la frente de mi familia, ni en la de la tuya!

—¡Querida de mi corazón! —exclamó Juan abrazándola—. Ten confianza en Dios y en mi. Ya desde mañana comenzaré a liquidar mis asuntos y a terminar los juicios que tengo a mi cargo. Es verdad que en esto me demoraré cerca de dos meses, pero también en verdad que no tenemos otro remedio. El derecho ajeno, el derecho de cuantos confiaron en mí, pende de mis manos… Tenemos tiempo suficiente. No te preocupes. Huiré contigo a Damasco y allí nos casaremos. Y si la Iglesia Católica no quiere bendecir nuestra unión, lo hará la Mezquita mahometana.

—¡Ven a mis brazos, querido! —invitó María—. No debe inquietarse la mujer que tenga un marido como tú.

Y dejándose llevar por la idea de ser madre, comenzó a tejer toda una ilusión, respecto al ser que iba a nacer.

—Nuestro hijo será hermoso, ¡y cuánto anhelo que sea varón!

—Yo, en cambio —arguyó él— quiero que sea mujer, que herede tu hermosura y tus cualidades.

—No. Quiera Dios no satisfacer tu deseo. ¡Que no nazca mujer!… Bien sabes tú cuan desgraciada es la mujer oriental.

Y así los amantes permanecieron juntos, en el vaivén de tan halagüeña conversación, hasta la madrugada. No sabían lo que les guardaba el tiempo.

Setiembre llegó a la tumba, envejeció octubre y ahora nos hallamos en la juventud de noviembre de 1918.

Juan desplegó todo su ingenio y habilidad para terminar, cuanto antes, más de cuarenta juicios confiados a su defensa.

Una noche, estando con María, le dijo así:

—Yo estoy listo ya. ¿Te bastan cuatro días para prepararte?

—Cuando gustes estaré lista para marchar contigo —respondió ella.

—Entonces, pasado mañana… —y Juan se interrumpió, llevando su mano a la frente. Luego, con voz adolorida, exclamó—:

Pero, ¿qué me pasa?…

—¿Qué tienes, amor mío?

—No te inquietes, linda. No es nada. He sentido un dolor muy fuerte, pero ya se me pasa.

—Querido, vete a casa a descansar. Mañana estarás sano y bueno.

Y tomándolo del brazo, añadió:

—Ven. Yo te acompañaré hasta la mitad del camino.

—Tienes razón, María. Estoy muy cansado y creo que necesito reposo para poder emprender nuestro viaje… No te molestes, querida, iré solo a casa.

—Juan, ¡estás con fiebre! —dijo María, preocupada—. ¿Quieres quedarte aquí?

—No, no —contestó Juan, y bajó por la ventana. María le siguió durante gran trecho del camino, hasta que Juan le dijo:

—Ahora ya puedes regresar.

Se despidieron con un beso. María regresó a su casa, y Juan siguió solo el camino a la suya.

Pero ambos sintieron una opresión en el corazón, como si una mano férrea los oprimiera. Era el presentimiento trágico del último encuentro.

Pasaron ocho días.

Juan se sintió atacado por la fiebre y por fuertes dolores de cabeza. Llamado el médico, diagnosticó fatalmente, la presencia de una tifoidea de cuidado.

En tanto, la hija del Bey, enloquecida por la incertidumbre, dirigía sus ruegos y esperanzas a Dios. Mas al fin, ante la incertidumbre de no ver a su Juan durante una semana, corrió a su lado.

Pero, ¡ay!, ni la intensidad de su amor, ni el caudal de su llanto, ni el adelanto de la medicina, fueron fuerza suficiente para forcejear con la mano de la muerte, y arrebatarle su presa.

Hemos dicho que la vida es un depósito, y Juan tuvo que devolverlo. Las leyes eternas borraron la palabra “vida” de la página de Juan Bakal. La perla traída por el flujo, fue arrebatada por el reflujo.

Después de dos semanas, Juan dejó de existir. Quizás en la hora que le visitó la vieja de la guadaña, cuando toda la existencia desfila por su mente con rapidez inverosímil, quizás entonces, Juan recordó a su antiguo amigo Adonis. Una hora después de su muerte, murió su anciano padre, como si ya no viera objeto en la absurda existencia, como si quisiera acompañar a su hijo hasta en las regiones celestiales.

A raíz de la desgracia, María se encerró en su habitación, se aprisionó entre las paredes de su cuarto sin abandonarlo un solo instante.

José Bey Harkuch, creyendo enferma a su hija, medio loco, decía al médico: “¡Cure a mi hija, sálvela y suya será toda mi fortuna!…”

Los amigos insinuaban a María que tomase algún remedio, o al menos algún alimento.

Pero María no consentía en ser examinada y se negaba a ingerir medicina alguna, afirmando que estaba sana y buena.

Volvió el padre a sonreír a la hija. Pero ésta le contestaba siempre con una sonrisa desgarradora que le obligaba a huir.

María no se levantaba de su lecho, temiendo que otra vista que no fuera la de ella, penetrara el secreto que escondía en su vientre. Al mes noveno, comenzó a hacer los preparativos de viaje.

Cuando el hombre pierde un amigo, busca a su alrededor, y encuentra muchos. Entonces se consuela… Cuando pierde su dinero, comprende que el trabajo que lo ganó, puede ganar otro y reponerlo… Tiende la muerte su mano y abofetea al hombre con dureza, pero después de poco tiempo el hombre siente la caricia de los dedos de la vida… El tiempo se encoleriza y comienza a pisotearlo con sus pies de hierro. Pero vuelve también arrepentido y le presta sus manos para levantarlo.

En la oscuridad de la noche se suceden varias desgracias, y huyen a la luz del día… Todo pasa. La alegría, como pompas de jabón, es efímera, pero el dolor lo es también.

Un rey de Oriente, congregó a los sabios y filósofos de su nación, y les pidió una frase que pudiera aplicarse a todos los momentos de la vida. Y ellos contestaron a la pregunta real con esta frase: “Esto también pasará”.

Pero cuando el hombre pierde la tranquilidad de su corazón, ¿con qué puede repararla?… Si la virgen pierde su pureza y su virginidad, ¿puede decir, esto también pasará? ¿En qué pueden esperar los que perdieron aquello que no se recupera?

Aunque vuelva Cristo a decir otra vez: “Vete mujer. Ni yo te condeno”, los hombres tendrían siempre el mismo concepto de la mujer caída.

Se arrepiente el ladrón de sus delitos, el asesino y el adúltero de sus faltas, y su arrepentimiento, como el agua bautismal, los lava de sus culpas… Pero el arrepentimiento de la adúltera, de nada sirve. Los hombres no lo aceptan y ella es la eterna perseguida.

Desgraciada es la mujer oriental que ha perdido su pureza, cuando soltera. Ella esta destinada a ser un proscrito, a vivir fuera de la sociedad, como si llevara marcada en su frente el estigma de la maldición.

María perdió la tranquilidad de su alma, perdió la pureza de su cuerpo y con ella su derecho a la sociedad, y no tenía otro camino que seguir en su vida, más que la fuga.

Una noche de diciembre, María se sentó ante su escritorio, y comenzó a escribir. Escribió largamente, durante una hora, una carta en la que se mezclaban la tinta con las lágrimas. Y cuando la hubo terminado, la aprisionó dentro de un sobre, en cuya cubierta con letras grandes y claras escribió estas palabras “Para mi querido padre”.

Acto continuo, fijó en su despertador la hora en que debía sacarla del sueño con sus voces metálicas, y se acostó en el lecho para buscar el sueño.

Pero éste no se acercó. A las tres de la mañana, se levantó. Tomó su atado de ropas, abrió la ventana —aquella ventana que tantos recuerdos le traía— y en medio de las lágrimas besó el vidrio y el marco inanimados y fríos.

Puso sobre sus hombros un abrigo, y saltó fuera de su cuarto. Juntó sus dedos, y envió con el viento un beso a la casa en la que había pasado casi todos los días de su vida, la casa en la que probó la dulzura de la felicidad y la amargura del dolor. Luego encaminó sus pasos al cementerio.

Sobre la tumba de Juan, se arrodilló: rezando en aquella tierra hecha para el frío de la muerte caían sus lágrimas, símbolo máximo de la vida.

Se levantó, y como si los oídos de Juan le escucharan, dijo:

—Adiós, querido Juan. Has muerto abandonándome. Si no fuera por este hijo que en mis entrañas palpita, no te hubiera dejado marchar solo, sino que juntos habríamos hecho ese viaje a la Eternidad. A esa Eternidad en donde no se encuentran angustias y decepciones… Tú has muerto para los hombres, pero para mí existes todavía… ¿Juan, me oyes?… dejo mi hogar, mi padre, por tu amor, por tu hijo, por nuestro hijo. No me importaría la muerte, si no quisiera inmortalizar tu memoria en la persona de ese ser que nacerá muy pronto… Yo, sola. soy un naufrago en este mundo. ¡venga a mí la barca de tu espíritu que me guíe a una orilla de paz!… ¡Se para mí una columna de luz para poder llegar sin tropiezos a la meta!… Convenimos en no separarnos. ¿Recuerdas?… ¿Entonces por qué me has dejado?… ¿Cómo consiente tu noble corazón en dejar sola a tu infeliz enamorada?… Tú estas ahora ante Dios. ¿No puedes rogarle que me lleve a tu lado?… ¿O es que Dios tampoco, ¡tampoco El!, quiere escuchar el ruego de una pecadora, que es como me tratarán los hombres?…

Y en el silencio de la noche, con el gemir del viento invernal entre matorrales, se oyó el gemir de María, y luego como un susurro, las palabras: “¡Adiós, Juan, adiós!”…

 

 

PARTE SEGUNDA

CAPÍTULO I

PROSCRITO

 

A principios del año 1916, en una noche fría y húmeda, un joven salía de su casa, situada en un casería de Líbano, llamado Edair.

Su madre, prendida de su brazo, como si no consintiera en separarse del hijo más querido, le acompañaba durante un trecho del camino.

Y despedazando el silencio y la quietud de las sombras, al fin, clavando en él su mirada, le dijo:

—Adonis, hijo mío, ¿qué será de mí durante tu ausencia? ¿Cómo podré acostumbrarme a vivir sin ti?… Hijo de mi alma, ¿cuando volveré a verte?…. Nunca, yo sé que nunca. Me lo dice el corazón y el corazón de madre no engaña. Presiento que es ésta la última vez que te miro, puesto que ya voy a morir.

—Madre —murmuró el joven, al ver a aquella santa mujer caminando a su lado como un espectro—. Madre de mi alma, no debes afligirte tanto. Quedan a tu lado mi padre y mis hermanos. Yo soy ya un hombre y no debes inquietarte por mi suerte… Te aseguro que volveré sano y bueno y que todo lo encontraré en la paz con que lo dejo. Ahora, dime: ¿Prefieres que me quede para ser ahorcado por los turcos?… Ya te leí la carta de mis amigos en la que me dicen que vaya pronto; han comprado un barco de vela para huir todos de Beirut a Chipre, mañana por la noche.

—No, hijo querido. Comprendo el peligro a que te expones quedándote. Yo no te detengo, vete. Pero, ¿qué quieres?, es éste, el corazón de madre que nunca me ha mentido, quien me dice que yo no viviré hasta tu regreso.

—No, madrecita. No seas supersticiosa. Dios es grande y hará que algún día vuelva para abrazarte. Y entonces nunca me separaré de ti.

—¿Y qué diré a tu padre, cuando me pregunte por ti? ¡Ay; Adonis! Has hecho muy mal en ocultarle a tu padre tu historia, yéndote sin que el lo sepa… Creo que nunca me perdonará por no haberle contado lo sucedido.

—Mamacita, yo no me atreví a decir nada a mi padre porque desobedecí sus órdenes. Varias veces, como a ti te consta, me ha prohibido meterme en los hilos de la política. Tú recuerdas que me decía: “En la lucha de los elementos tenemos que evadirnos de los vientos”… Pero nosotros, los jóvenes del siglo veinte somos presumidos y estúpidos. Creemos que porque hemos cursado colegios y universidades, ya somos sabios y que nuestros padres son ignorantes… Más, ya nada se puede hacer. La civilización europea nos ha contaminado con su orgullo. Queremos imitar sus pasos, porque nosotros, los libaneses, somos monos en el arte de imitar a los demás y para desgracia nuestra, nos ha sucedido lo que al cuervo que quiso imitar la marcha de la perdiz: no pudo hacerlo y olvidó la suya.

—Bueno, bueno. Pero dime, ¿es cierto que Jamel Pachá ha ordenado ahorcar a los jefes y que ha puesto precio a las cabezas de los fugitivos?

—Es cierto, madre. Hoy supe que han “capturado a Shukri el Asali y Mohamed el Uraisi, cuando huían a la Meca y fueron ejecutados sin juicio previo.

La afligida madre calló un momento. Luego, se lamentó:

—¡Dios mío, qué desgracia! ¡Pobre país, pobres libaneses y pobre hijo mío!

Y como llevada por la corriente de su lamentación, miró profundamente a Adonis, diciendo:

—¿No quieres visitar a San Jorge, antes de partir?

La madre condujo del brazo a su hijo al templo de San Jorge, patrón del pueblo. Era éste un templo construido en aquel pueblo en el siglo XVI. Estaba situado a menos de sesenta metros del lugar en el que se hallaban el joven fugitivo y la mujer. Ella buscó la llave en un hueco de la pared, y abrió la puerta, que les dio paso.

El templo se hallaba iluminado apenas por la luz mortecina de un candil. Y esa luz fue mantenida durante 18 años por la madre.

Esa lengua diminuta que esparcía claridad en el templo, tenía una historia. Cuando la madre se hallaba encinta, hizo a San Jorge la promesa de mantenerla viva, mientras dure su existencia, si concibe un varón.

Concibió un varón, y ella cumplió su voto.

Se arrodillaron ambos ante el altar.

Mientras en voz alta la madre elevaba sus oraciones al Santo, para que le preserve de todo mal, Adonis ni siquiera escuchaba sus palabras. Estaba abstraído en la contemplación de sus propios pensamientos y sólo volvió a la realidad de la hora, cuando sintió el abrazo de su madre que le decía:

—Hijo, Dios no rechaza el ruego de una madre afligida. Por esta aflicción pido a Dios que te conserve libre de todo mal… Tal vez el designio de su voluntad es que yo no te vea a tu regreso, porque yo estaré entonces en la otra ribera de la vida. Pero, ten por seguro que si el alma es inmortal, como creemos los cristianos, mi alma, desde el otro mundo, te vigilará para que no tropieces en el camino de tu vida.

Y diciendo esto, dio rienda suelta al galope de su llanto. Adonis trató de tragar sus lágrimas. Pero éstas, más poderosas que su voluntad, vencieron al fin, y de su pecho se escapó un quejido, para hacer coro a los sollozos de la autora de sus días.

Pasado algún momento, condujo a su madre fuera del templo, cerró su puerta, le entregó la llave y dijo:

—Sé fuerte, madrecita. Debo partir.

—Adonis, ¿me escribirás?

—Nunca madre, nunca seré la causa de la desgracia de la familia. ¿Recuerdas tú, lo sucedido al cura Gabriel, que recibió una carta de un sobrino suyo residente en el Brasil, la cual fue abierta por la censura y por un párrafo que atacaba el proceder de Turquía, fue condenado a prisión por el Consejo de Guerra de Alay?… Por eso madre, si alguien te pregunta por mí, debes negar que soy tu hijo, como si fuera un mal agradecido, un ladrón o un asesino, y que nunca tú quieres saber de mí. Así, tal vez, te libres tú, y se libre mi anciano padre de las horribles torturas de los turcos.

Y al decir estas palabras, dio a su madre un beso rápido, como si fuera robado, y saltó dos metros hacia atrás.

—¡Adiós, mamá!

La mujer extendió sus brazos temblorosos hacia el hijo.

—Déjame besarte otra vez. Adonis —suplicó.

—¡Adiós, madrecita!

—¡Adonis, un solo beso!

Y una voz lejana, como el eco que se pierde en la inmensidad del silencio de la noche, repitió:

—¡Adiós!

 

 

CAPÍTULO II

RECUERDOS

 

Adonis el Kadmus, dejando a su madre, se ocultó tras el cortinaje de las sombras nocturnas.

Caminaba a ciegas, como si en aquella oscuridad sus ojos hubieran sido arrancados. Mas, a semejanza del viajero constante que conoce el camino palmo a palmo, sus pasos eran firmes y seguros, no obstante las escabrosidades del terreno irregular de la montaña.

Y en realidad, Adonis había recorrido ese camino durante dos años, y lo conocía tan bien, que en las heladas noches de enero, se cubría el rostro, inclusive los ojos, y así caminaba seis kilómetros para llegar a la casa de su novia. Y como el amor hacia ella, ese camino se había grabado en su subconsciente en tal forma, que nunca sufrió el dolor de una caída ni la molestia de un tropiezo.

—Tuve fuerzas para despedirme de mi madre, fuerzas para separarme de sus brazos, pero ¿podré ahora desprenderme de los brazos de Eva? Y mientras corría a la aventura, rememoraba su vida.

Adonis había nacido en un hogar en el que si no vivía la riqueza, tampoco anidaba la pobreza.

Vino al mundo con el alma vieja y el corazón enfermo de melancolía. Ya en su niñez conoció el dolor de la tristeza, y nunca rió con los juegos infantiles. (Diría un psicoanalista que era un muchacho que adolecía del complejo de inferioridad.)

Cuando habían pasado seis años desde su nacimiento, su padre le condujo a la escuela del pueblo. Pero no bien hubo transcurrido un mes entre las paredes del establecimiento, Adonis se quejó de que iba muy lentamente hacia el saber y que el necesitaba estudios superiores a los de la escuela.

Admirado, su padre le dijo:

—Hijito, debes aprender primero a leer y escribir para poder cursar estudios superiores.

—¿Y quién te ha dicho que no sé leer y escribir? Benévolo, el autor de su vida, replicó:

—¿Cierto?… ¿Ya has aprendido eso en un mes de escuela?… Y tomando la Biblia que se hallaba a la mano, la abrió en el libro de los salmos, diciéndole;

—Vamos a ver, ¿puedes leer en este libro?

El niño leyó los versículos con toda corrección, y daba a sus palabras la entonación y la retórica que había observado en su padre y en las pláticas del sacerdote del pueblo.

Al observar la capacidad intelectual de Adonis, con la felicidad propia del padre que ve en su hijo un muchacho de promesas para el mañana, lo levantó a sus rodillas, y exclamó:

—¡Bravo, hombre! Me gustas, pero ¿sabes escribir?

—Cómo no. Dame la pluma.

Y con la paciencia del aprendiz de dibujante o del copista de otros tiempos, comenzó a trazar caracteres de imprenta tan nítidos y perfectos, que al padre le parecieron mejor que los originales.

—¡Ah! Pero apostemos que no sabes escribir sin mirar en el libro.

—Tardo un poco, pero escribo.

Y trazó en la blancura del papel, las frases que le dictaba su padre, aunque con defectos ortográficos.

Y éste, recordando la solicitud de su hijo, le habló así:

—Mira, Adonis. Yo te prometo que después de dos meses más en la escuela, cuando sea mejor tu ortografía, te traeré un maestro a la casa para que te enseñe las ciencias que más te gusten… Tuvo un maestro.

Después de cuatro meses, éste se presentó al padre, quejándose: —Su hijo es un genio, señor. Pero me aniquila a mí y se aniquila a si mismo. Y le leo la lección diaria, y él la repite al momento y me exige más, pretendiendo que cuando tenga diez años debe poseer todas las ciencias del mundo.

Pero el niño creció triste y pensativo.

Un día, el maestro le preguntó en presencia del padre de Adonis:

—Niño, ¿por qué estas triste?

Adonis levantó su dulce mirada infantil hacia ellos. Era una mirada penetrante, pero sus labios no se separaron.

Su madre, que de cerca se enteraba de la escena, al ver a su hijo mirarlos de esa manera, se lanzó a él. Le abrazó y le dijo:

—Vida mía, ¿qué tienes?… ¿Qué quieres?… Dímelo a mí.

Sonrió enigmáticamente el muchacho, y respondió:

—Mama. Lo que tengo no tiene remedio y lo que quiero no me lo puede dar nadie. Aquí dentro —explicó señalando el pecho— hay algo. Algo que me oprime sin que yo sepa lo que es… Ignoro el motivo, pero sé que esta tristeza no tiene cura. ¡Me encuentro tan pequeño en este mundo tan grande e inmenso!… Mira papá, quiero ser médico, abogado, ingeniero, poeta, músico, orador. ¡Quiero serlo todo! ¡Quiero poseer todo saber!

El padre rió al momento. El maestro quedóse pensativo y la madre, llorando, se dirigió a su esposo diciéndole:

—¡Mi hijo está enfermo! ¡No debe estudiar más!

Adonis se apresuró a contestar:

—No, madre. Estoy muy sano de cuerpo… Ya ves, yo dije que no habrías de comprenderme.

Y la besó con ternura.

Estuvo en el Colegio de Dgebeil. Pero llegó a odiar, el colegio, y según decía él, los profesores no sabían comprenderle y le tomaban por un loco después de los sucesos que se relatan a continuación.

Oyó en cierta ocasión hablar francés a dos frailes. Los miró con detenimiento y les dijo:

—Yo sabía este idioma. ¿Por qué lo he olvidado hoy?

Los frailes le miraron con una mezcla de estupefacción y lástima. Rieron estrepitosamente, y siguieron su camino.

En una clase de geografía, en que el maestro dictaba su lección sobre España y América, Adonis se levantó diciendo:

—Yo he conocido España pero no se cuándo, ni cómo.

Le miraron sorprendidos sus compañeros y después estallaron en risa.

Al día siguiente, Adonis se iniciaba en la carrera del hazmerreír del Colegio.

En clase de apologética, en una ocasión, explicaba el sacerdote sobre la existencia de Dios y del Infierno.

Adonis se puso de pie, y como si estuviera extasiado, exclamó:

—Tal infierno es para tal Dios. Yo no puedo creer en él.

Esto era el colmo. Adonis era ateo y loco.

Cuando el Superior del Colegio se enteró de estos sucesos, el muchacho fue golpeado y castigado severamente durante dos meses.

El sacerdote le reprendió. Fue examinado varias veces por el médico. Y por fin, sus compañeros se retiraron de él, bautizándole con el nombre de “El chiflado”.

Desde entonces, Adonis creció hosco y huraño. Con nadie hablaba y huía de la compañía de todos.

Durante los recreos, siempre sólo, miraba fijamente el firmamento, como si quisiera con su mirada penetrar la muralla de misterios que habían levantado la vida y los siglos.

“El chiflado”, recitaba sus lecciones de clases, sin omitir nada. Pero, tampoco añadía ni comentaba nada.

Un sacerdote, profesor de literatura, le preguntó:

—¿Por qué no haces como antes, comentarios a la lección?

—Reverendo Padre —contestó Adonis—, quien ha sido despojado de la voluntad, del pensamiento, del anhelo y de todo lo que pertenece al alma, no puede emitir opiniones.

Dijo esto y tomó asiento, dejando en el ambiente una atmósfera de perplejidad y hasta de rabia.

La mayoría de los hombres recuerdan la aurora de la juventud con alegría y placer, y por su similitud con la naturaleza, llaman a aquella época, la primavera de la vida. Es entonces, cuando se produce el vacío en el cerebro, que incita a que el adolescente se burle de los dolores y solo tenga una mueca de mofa para los pesares de la vida, dándole alas para volar por encima de la tristeza y para llegar en viaje directo a los jardines floridos del juego y la alegría.

Pero existen seres que nacen con el alma enferma y achacosa y es ella quien llena sus corazones de la amargura y del dolor de la meditación.

Existen seres que nacen despiertos en la noche de la ignorancia y estos seres encuentran la vida más temible y negra que el abismo y más amarga que la muerte.

La tristeza es la procreadora de la soledad. La soledad es la hermana de todo movimiento espiritual.

El alma de Adonis semejaba un gigante preso en la cárcel de la vida, en el cual la naturaleza no ofrecía más panorama que el formado por alacranes y serpientes.

Los profesores le cortaron las alas, impidiendo su vuelo. Sus compañeros lo aislaron y alejaron de toda alegría. Y de esta manera, Adonis era un lago encerrado por montañas: todo lo absorbía, reflejaba todo, pero no podía abrirse paso hacia el mar.

Su corazón vacío de afectos, pedía amor y clamaba cariño. Pero al no encontrar ni el uno ni el otro, ese recipiente vacío comenzó a llenarse de sus propios pensamientos, emociones y anhelos, todos ellos silenciosos y secretos. Y éstos, a veces, se manifestaban en una depresión de ánimo y otras en un sentimiento de repugnancia hacia la humanidad. Pero hubo también ocasiones en que su corazón lacerado ardía en amor hacia los que padecían necesidad.

Muchas veces cerraba sus párpados y buceaba en lo profundo de su ser, en zambullidas de meditación. Y hubo ocasiones en que era necesario sacudirle para hacerle despertar de su letargo.

Preguntó un día a un sacerdote;

—¿Cuál es el maestro que posee todas las ciencias?

El interrogado le miró un instante para responder luego:

—La Enciclopedia.

 

 

CAPÍTULO III

ADOLESCENCIA

 

Hay en Líbano libertad completa para estudiar. No se han dictado allí leyes por las que sólo los niños de determinada edad pueden ingresar en un colegio, ni es necesario el certificado comprobante de sus estudios anteriores. Según el aprovechamiento de los estudiantes, pueden continuar sus estudios sin ceñirse a un orden estricto ascendente.

Para el ingreso en la Universidad, aun se puede estudiar particularmente. No hay pues trabas, ni obstáculos, para el saber.

Creció Adonis en cuerpo y en espíritu.

Fue amigo predilecto de los enciclopedistas, y no obstante su corta edad, fue sabio, filósofo, poeta y enamorado.

Era la Enciclopedia ambulante. Había meditado mucho sobre todos los misterios y problemas. Tenía un delicado sentir y encontró al fin un corazón que le recogía en su peregrinación continua en busca de amor. Sin embargo, vivía en constante sufrimiento, por aquellas alucinaciones que le atormentaban siempre.

A veces contemplaba una planta cualquiera y creía ver en ella la aparición de espectros y fantasmas de diversa apariencia.

Otras veces contemplaba el firmamento límpido y en seguida dibujaba sobre un papel una mezcla caprichosa de círculos, flores y rayas.

Con el tiempo, su mirada adquirió cierta dulzura y un poder atrayente y fascinante.

Pero el tormento de su vida tomaba caracteres alarmantes durante la noche.

Cuando se acostaba para dormir, en aquel estado en que se suspende el hombre entre la vigilia y el sueño, sentía que se separaba de su cuerpo, que era independiente, como si se separase dos componentes químicos de un elemento, y uno de ellos se confundiera en el aire.

La primera vez que padeció aquel fenómeno tan extraño, sintió temor. Creyó, que era la muerte, que eran esos los anuncios de su agonía, y se lanzó como queriendo aprisionar a su cuerpo que se le escapaba. Experimentó un dolor horrible y se dio cuenta que había caído de la cama. Esa noche, no pudo dormir.

Cuando se repitió este sentimiento de disgregación corpórea, vio junto a sí a un anciano que vestía una larga túnica rosada, y que cubría su cabeza con un gorro blanco, como lo usan negro los sacerdotes maronitas.

—No tengas miedo —le decía—. Esto es lo natural.

—¡Lo natural! ¡Lo natural! —repetía al día siguiente—. Lo natural es que estoy loco… Pero, ¿qué loco puede escribir, pensar y sentir? Y añadía casi infeliz:

—No. No estoy loco… Estaré endemoniado…

Tampoco lograba convencerle este argumento.

La proyección de los recuerdos en la pantalla de su memoria, continuaba.

Durante aquellos viajes nocturnos, sentía que volaba. Y conocía entonces seres que le parecieron muy atractivos y simpáticos. Veía mundos desconocidos hasta entonces, y escudriñaba misterios ignorados.

Cierta noche, enfermo a causa de una insolación, vio a un ser que le era extraño acercarse a él. Pero esta conciencia de su persona, no se refería a su cuerpo. El visitante tenía figura de mujer, más que de hombre.

De su frente brotaban siete rayos de luz, y en el pecho, en el lugar ocupado por el corazón, brillaba un sol. Todo su cuerpo estaba cubierto por una larga cabellera luminosa.

Y Adonis vio que ella le cubría con aquella cabellera fulgurante, mientras con voz que parecía un arrullo murmuraba.

—Sano.

Se despertó Adonis lleno de admiración. Y ésta se elevó al cuadrado al sentirse sano y sin fiebre.

—Indudablemente —se dijo— esto debe ser un ángel. Pero un ángel diferente a los que nos pintan las religiones.

A los 16 años. Adonis se consagró al estudio de leyes. A esa edad era un hombre formado.

Entre sus compañeros de estudios, sólo catalogó como a amigo a un joven humilde e inteligente: Juan Bakal.

Juan era mayor que Adonis. Sin embargo, no era el suyo un cariño fraternal, sino que Adonis era estimado como un padre, con respeto y veneración. Juan se creía en la obligación de obedecer y seguir los consejos que Adonis se creía en la obligación de dictarle.

Muchas veces sus palabras tejían una discusión sobre diferentes aspectos y fases de la vida. Y Juan Bakal siempre encontraba la razón en los argumentos de Adonis.

Estudiaban juntos, y una noche Juan dijo a su compañero:

—Adonis, ya llegan las vacaciones. ¿No quieres ir a pasar una temporada en mi pueblo?

—Tal vez sí y tal vez no, Juan. Pero óyeme: presiento que este año algún suceso importante acaecerá en mi vida.

—¿Qué será?

—Tú, amigo mío, no conoces de Adonis sino su personalidad externa. Pero la que se halla interiormente es todavía un secreto y un misterio para todos. Nunca he revelado a nadie esto que voy a decirte, porque durante tres años me llamaron “El chiflado”… Juan, no sé yo mismo qué es lo que me pasa, ni puedo explicarlo a nadie. Todo lo que puedo decirte es que a veces rasgo el velo y veo. He querido convencerme de mi locura pero no puedo; no puedo creer que soy un loco.

Una vez consulté a un médico, y me dijo que era un desequilibrio mental. Yo nada puedo asegurarte de mi parte, no puedo decir qué es lo que me pasa, pero sí te juro, que tengo dos vidas, o para que comprendas mejor, vivo en dos mundos distintos.

Juan, tengo miedo de mí mismo… A veces veo las cosas antes de que sucedan. Yo no soy un profeta, porque el profeta debe ser un hombre superior, superior en su santidad. Al menos, eso hemos aprendido.

Tú no lo podrás creer puesto que ni yo mismo creo, pero hay veces en que cierro los ojos y medito un momento en mi corazón y veo entonces un sol más fulgurante que el que nos ilumina… Oigo también una voz, pero una voz silenciosa que me da consejos más sabios que los del Evangelio. He visto en mi corazón un mundo completo, habitado, pero habitado por seres diferentes de los que vemos… Fijo la mirada en un árbol y veo al ser del árbol. ¿Tendrán alma los árboles, al igual que nosotros?… En este momento te miro, y veo que todo un haz de luz se desprende de ti. ¿Será una alucinación? Tal vez. Pero lo cierto es que yo veo. Mis sueños son raros y extravagantes… Soñé una vez, son sueños dulces y placenteros, soñé… ¿Pero a qué referirte estas tonterías?

—Por Dios, Adonis, sigue. Esto es muy interesante y hasta poético.

—También a mí me ha parecido así. ¿Has notado mi estilo en la poesía?

—Sí —respondió Juan— y tu crítico dijo: “Es la primera vez que un poeta une la filosofía con la poesía.”

—Pues bien. No voy a contarte las cosas triviales de mis sueños, como por ejemplo ver ciudades, mundos, etc., porque esto puede ser un sueño como otro cualquiera. Voy a contarte las cosa; que veo en sueños y que se realizan… Ante todo, yo sé que estoy soñando, me doy cuenta de eso. Soñé que mi primo Fahim se había enamorado de una chiquilla, hija de un amigo de mi padre. Ella es buena, muy buena, pero carecía de hermosura… Yo oí a mi primo decirle: Mi padre, también, consiente en este matrimonio. Pero no debemos divulgar este secreto hasta tener todo preparado… El la besó y ella se puso a llorar.

Escribí a mí primo contándole esta primera parte, y me contestó: “Debes acudir al Obispo para exorcizar al demonio que habita en ti.”

—¿Qué te parece, Juan?

—¿Y cuál es la segunda parte? —preguntó, con avidez, Bakal. —La segunda parte no me atrevo a decírtela, porque es una cosa futura y creo que es hasta tonta.

—No importa. Cuéntamela para olvidarla después.

—Vi a mi primo, después de casado, tísico y muerto. Su mujer había enviudado.

—Esto es terrible. Adonis.

—Yo digo lo mismo. ¿Pero qué quieres que haga?

Los dos compañeros quedaron en silencio.

—Bueno —habló Juan—. ¿Por qué dijiste que presientes que este año iba a suceder algo en tu vida?

—Porque hace algún tiempo me encuentro en sueños con una mujer que tiene el cabello tan largo, que le llega a los tobillos… Ella viene y se coloca junto a mí. Me besa y yo la beso también. Siento que yo la amo. Luego me pongo a llorar. Ella quiere llorar también, pero no lo hace, como si no se atreviera, o como si temiera hacerlo.

—¿Y no has averiguado el por qué de este llanto?

—No Juan, y este es otro misterio en mí: nunca pude descifrar mis problemas personales. He alcanzado a saber muchas cosas, leo en libros muy ocultos y profundos y hasta en idiomas extraños, pero tratar de conocer mi futuro es imposible.

—¿No conoces tú a la muchacha que se te aparece en sueños?

—En mi vida la he visto.

Nuevamente los envolvió el silencio.

Después de unos minutos de mutismo, Juan reanudó la conversación:

—Francamente que esto es muy raro, Adonis. ¿No crees que será clarividencia?

—¡Clarividencia! He visto en la Enciclopedia el significado de esta palabra y la define diciendo: Ver las cosas con claridad. ¿Acaso yo veo las cosas?… No Juan, yo sueño lo que no existe, pero nunca las cosas en sí.

—Adonis, ¿si yo te suplico que veas cómo será mi futuro, lo harías?

Rió Adonis al punto de contestar:

—¿Acaso soy adivino?… No, Juan, yo nunca podría hacerlo, y aun así, nunca lo haría. ¿Sabes por qué?… Porque te quiero mucho.

—Con mayor razón, entonces.

—Es que tu no comprendes. Supongamos que el destino té reserva la misma suerte que a mi primo y…

Calló Adonis pensativo y sombrío.

—¿Que tienes? —preguntó desesperado Juan Bakal—. Continúa por Dios—. ¿Es este mi destino?

Adonis ocultaba sus lagrimas, y miraba profundamente hacia la ventana, como si quisiera penetrar en el misterio de la noche.

Conmovió su silencio a Juan, y levantándose de su asiento, abrazó a Adonis, diciéndole:

—¡Adonis! Eres un superhombre en todo. Me considero feliz al llamarme amigo tuyo y al estrechar tu mano… No te obligues, ni te aflijas por mí. Dios sabrá lo que hace.

 

 

CAPÍTULO IV

EL AMOR

 

Llegó la estación de las cosechas.

Todos los libaneses en el verano encuentran nuevamente a la Madre Naturaleza: duermen a la intemperie, se alimentan de los frutos de la tierra y reanudan las relaciones de amistad interrumpidas por la crueldad del invierno y el trabajo de la primavera.

El verano encierra en sí la alegría del vivir, y los hombres hacen motivo de fiesta en cualquier circunstancia. Y esperan así las cosechas.

Además, es fácil la vida no obstante el abandono. Los turistas egipcios y europeos visitan el Líbano por esta época a más de las otras. Porque ¿qué enfermo no halla la salud en Líbano? ¿Qué sitio del mundo le iguala en belleza? ¿Qué país es como él, pintoresco y saludable?

La pureza de su cielo es el corazón de una virgen; y sus aguas cristalinas semejan la mirada de la misma.

Adonis volvió a su hogar.

Los habitantes de las cercanías acudieron a saludar al futuro doctor en Leyes, y movidos por la costumbre le obsequiaban, en señal de aprecio y cariño, gallinas, huevos, quesos, terneras, etcétera.

El agasajado les retribuye con una comida: se brinda anisado del más refinado, y se degüella un carnero o una ternera, para delicia de los paladares.

Después de la comida, cerrada con el café, se escuchan las melodías del Unaik —flauta hecha con doble caña— tocada por un experto; que sabe arrancar del instrumento las voces más melodiosas y adecuadas al canto montañés. Y a su sonido, hombres y mujeres, formando un semicírculo, tomados de las manos, comienzan a ejecutar una danza rítmica, bajo la dirección de un jefe, que es quien canta y compone sus versos. Los demás repiten como estribillo la primera estrofa. Esto es “Eddapke”.

Terminada la danza, cada uno tomaba asiento y comenzaba una nueva diversión que pone de manifiesto la inteligencia de los libaneses. Consiste en una polémica, hecha en poesía popular. Los presentes deben componer una estrofa con versos que encierran una anécdota chispeante, pero siempre con el mismo ritmo y la misma rima final.

Y cuando la noche está entrada, luego de una tacita de café, se despiden los visitantes.

Entre los visitantes estaba un sacerdote joven, amigo de la casa. Al despedirse dijo:

—Como ustedes saben, el sábado es el día de fiesta de San Nuhra, y espero tener el placer de verlos a todos en mi pueblo, tanto la víspera como el día de la fiesta.

Agradecieron todos la invitación, y como ésta era una nueva ocasión, un motivo más para alegrarse y divertirse, aceptaron.

El cura se acercó a Adonis.

—Tú no debes faltar —dijo.

—¿Por qué “abuna” padre?

—Porque es un placer para mí verte y recibirte en mi casa, porque asistirá a celebrar la misa el obispo Kirus. Y sobre todo, porque viene con él su sobrina Eva… ¿No conoces a Eva?

—Nunca la he visto —respondió Adonis sonriendo.

El cura guiñó un ojo mientras decía:

—Es muy simpática. Y añadió luego de un momento:

—Oye, Adonis, se me ocurre una idea: Vengo el viernes, pernocto aquí, celebro la misa en el templo San Jorge el sábado por la mañana, y por la tarde nos vamos juntos a mi pueblo. ¿Qué te parece mi idea?

—La idea indudablemente es magnífica, y me gusta distraerme así en mis vacaciones. Pero antes de que llegue el viernes, puedes dormir aquí, sin necesidad de que regreses a tu pueblo esta noche.

—Encantado —contestó el sacerdote—. Entonces, vamos a dormir, porque ya es tarde.

Adonis llamó a su madre para que arreglara un colchón, junto al suyo, en la azotea.

Durante la vigilia, el cura relataba a Adonis todo lo que sabía y lo que no sabía sobre las cualidades de Eva, la sobrina del Obispo, y a cada explicación añadía un consejo que era combustible que se amontonaba para prender una hoguera en un corazón enamorado.

Pero como el corazón de Adonis estaba vacío, prefirió dormir a escuchar al sacerdote. Y así dormía el sueño de los justos, o soñaba tal vez con aquella hada cuya cabellera llegaba hasta los pies.

El sábado por la tarde, Adonis llegaba en compañía del cura a Dimal. Dimal es un pueblo que goza de una posición maravillosa.

Al occidente, el Mediterráneo, como un inmenso desierto azul, reflejaba las traviesas nubes del firmamento, como si se hubiera colocado un espejo gigantesco para vigilar el itinerario de las mismas.

A simple vista se distinguía a Beirut, no obstante estar separado por una distancia de 200 kilómetros.

El sol era fuerte. Era el sol calcinante del verano que agotaría a los viajeros, a no contar con el refrescante abanico de las brisas marinas: el aliento fresco del mar.

Desde las cuatro de la tarde, desafiando los rayos del sol y el calor que engendraban, los fieles acudían con el pretexto de la romería del santo. Visitaban el templo, que estaba saturado de una atmósfera de piedad, como todos los templos en los días de fiesta, observaban las imágenes y adornos, oraban, y luego salían a preparar los puestos para las alegres reuniones de la noche. Era otra modalidad de la alegría del verano. Se notaba gran movimiento y agitación. Extraños que venían de otros pueblos, nativos del lugar, todos, con su ir y venir, con sus trajes y vestidos de fiesta, abigarrados, ponían varias notas de colorido en el paisaje del pueblo.

Cerca de las seis llegó el Obispo.

Todos acudían a saludarle y besarle la mano, y a pedirle tácitamente la bendición.

Después de los saludos de costumbre, el Cura presentó a Adonis ante el Obispo.

Este le miró fijamente. Al cabo de un momento preguntó;

—¿Cómo están tu papá, mamá y hermanos?

A lo que el joven estudiante respondió con la frase acostumbrada de:

—Todos bien, gracias Monseñor. “Le besan las manos.”

Acto seguido se sentaron a la sombra del gran árbol que se hallaba cerca del templo, en donde preguntó el cura:

—¿Monseñor, por qué no han venido su señora cuñada y sus sobrinos?

—Sabe padre, que por esta noche les ha sido imposible venir, pero mañana estarán aquí a primera hora.

Adonis observaba el disgusto reflejado en las facciones del sacerdote.

Hay en el mundo muchos seres despreciables que se alegran con la desgracia ajena. Pero para poner una nota de belleza entre esos hombres, que decoloran el mundo de los sentimientos, hay también otros seres que gozan con la alegría de los demás.

Cuando un hombre llega a encariñarse con algunos seres, que llama amigos, siente el imperioso deseo de unirlos a todos, y que entre ellos haya gran comprensión y cariño.

El joven sacerdote José Melem, era un excelente hombre.

Se encariñó con Adonis y con Eva, aisladamente. Y ahora sentía el deseo de que ellos se unieran, con un fuerte e indivisible cariño, como si con ello aumentara el cariño de los jóvenes para consigo mismo.

Y en el fondo de su mente se agitaba el deseo de casarlos, aun antes de consultar con los que podían ser interesados en ello.

Noche de luna en el Líbano. Ambiente propicio para que fructifiquen los poetas, cantores y enamorados románticos.

La noche de luna en verano, en el Líbano, es una noche de encanto.

El rocío vivifica, y el pecho se expande al recibir el aliento fresco de la Naturaleza llamado céfiro.

El dulce vaivén de la música, la melodía del canto, el perfume de las mujeres remueven en los ancianos los empolvados recuerdos de su juventud y elevan a los jóvenes a un mundo de ensoñación y de misterio, exento de preocupaciones y dolores.

Y hasta Adonis, el severo, el sufrido, el ilusionado, tuvo momentos de placer y de alegría. Momentos, porque sentía que aquella calma era el augurio de una tormenta interna, psicológica.

A las tres de la madrugada, dos horas antes de que salga el sol de su escondite montañoso, buscó un rincón tranquilo y apartado en el que durmió soñando quién sabe en qué cosas.

A las cinco y media, le despertó el sol.

Se levantó, sacudió el polvo de sus vestidos y peinó su cabello.

El cura, acompañado de algunos más, le buscaba, preocupado por su desaparición.

—¿Qué significa esto, Adonis? —le preguntó. ¿Por qué no fuiste a dormir en tu cama?

—¿Qué mejor cama puede haber, que la naturaleza misma, y qué mejor cobija que el cielo?

En aquel momento, la llamada de la campana arrastró a misa a todos los fieles.

El Obispo celebró, la misa a las nueve, y a las diez los habitantes del pueblo comenzaron a esparcir invitaciones para el almuerzo. La generosidad libanesa sólo se encuentra satisfecha cuando se ha conseguido el honor de tener más asistentes a la mesa.

Adonis rechazó muchas invitaciones generosas. Había aceptado anteriormente la invitación del cura, y debía comer en compañía del Obispo y su familia.

Mientras el Obispo recibía los saludos de los asistentes en la puerta del templo, y mientras charlaba con los conocidos, antes de ir al almuerzo, el cura se excusó para retirarse a su casa que distaba unos 60 metros para dar el retoque final a la mesa.

La casa del cura parecía invadida. Mujeres del pueblo y de las invitadas, trabajaban febrilmente con la presteza y la diligencia que preceden a toda fiesta. Unas ayudaban en la cocina, otras en el comedor, y el resto prestaba sus servicios en diferentes ocupaciones destinadas a preparar el suculento almuerzo.

Adonis saludaba a todas con una inclinación de cabeza. A veces se estacionaba, contemplando la frescura y la belleza de esos rostros femeninos que no carecían de atractivo. Pero el cura con empujones suaves y golpes de codo le hacía volver en sí.

La casa del sacerdote Melem era como cualquier otra del pueblo: de un solo piso, con algunas divisiones. Pero muy grande.

La mirada del dueño de la casa, buscaba a alguien, según se podía observar, porque sus ojos iban de uno a otro rostro y de uno a otro rincón. Al fin se detuvo sobre una joven que después de secar un plato lo colocó sobre la mesa.

Al verlo, ella corrió a saludarlo.

—Eva —le dijo el sacerdote—, le presento a mi más querido amigo, Adonis el Kadmus. —Y volviendo la cabeza a éste, añadió—: Adonis, esta es la señorita Eva Kiruz, sobrina de Monseñor. Los dos jóvenes se miraron.

Eva pronunció una frase incoherente, mientras su rostro se decoraba de un tinte encarnado.

Adonis, con los ojos desmesuradamente abiertos, comenzó a viajar con su mirada por todo el cuerpo de Eva, desde la cabeza hasta los pies, en un mudo silencio.

Admirado el cura de aquella actitud, llamó la atención a los dos.

—¿Qué les pasa? —preguntó—. ¿Adonis, qué tienes?

Sin contestar al sacerdote, Adonis se dirigió a la sobrina del Obispo, preguntándole:

—Perdone, señorita. Dígame, ¿tiene usted la cabellera tan larga que pueda llegarle hasta los pies?

Esta pregunta produjo desagradable efecto en el cura y sorpresa y admiración en la muchacha.

Mientras tanto, Adonis repetía, como quien habla consigo mismo:

—Sí. No hay duda. Es ella… es ella… es ella.

Y sus ojos observaban el menor detalle de la mujer que tenía delante.

Eva, como si se hubiera anudado su lengua, callaba, inmóvil en su puesto. Y sus pupilas de virgen se desplegaron ante la penetrante mirada de Adonis.

El cura indignado por el proceder de Adonis, lo tomó del brazo, diciéndole;

—¿Qué es esto, Adonis?… ¿Cómo puedes explicar tu comportamiento?

Adonis miró a su compañero y después a Eva, con una mirada de incomprensión, como si despertara de un sueño. Luego exclamó:

—Por Dios, no conocen ustedes los antecedentes. Humildemente les pido perdón per mi actitud. Y usted, linda Eva, tranquilíceme. ¿No es cierto aquello que le dije de su cabello?

Repuesta de su sorpresa, Eva miró a Adonis con visible disgusto, y volviéndose al sacerdote dijo:

—Hasta luego, padre José.

—Algún día ha de saber el motivo de mi proceder. Y ojalá que sea pronto— dijo Adonis.

Pero la sobrina del Obispo fue a reunirse con sus compañeras. El sacerdote no sabía qué decir al joven.

El, en tanto, sentía que su corazón estallaba dentro del pecho. Quería llorar para aliviar su pena, quería llorar su desgracia.

¿Por qué era un visionario?… En sus sueños él abrazaba y besaba a aquella mujer, para llorar después. Pero ahora lloraba aun antes de recibir una respuesta.

El amó a Eva en sus sueños y ahora la perdía en su vigilia.

Sintió que su cabeza enloquecida giraba y daba vueltas. Tuvo miedo de caer… Sintió que había dado un salto en el camino de la vida y que se despertaba repentinamente a la juventud.

Buscó a Eva, no la encontró.

Después. miró al sacerdote. El ansia brotaba de su mirada, y en su voz se habían reunido el disgusto con la tristeza, a más de la desesperación.

—Salgamos.

Salieron juntos y Adonis dijo al sacerdote:

—Te agradezco, padre, todas tus finezas para conmigo. Al mismo tiempo te pido perdón y permiso para retirarme.

En sus palabras, dichas con una calma terrible, había algo que asustaba.

—No. Adonis. ¡Cuidado!… No me dejes en ridículo ante ella. Todos saben que estás invitado a mi casa. ¿Qué voy a decirles si me preguntan por ti? Yo te pido por nuestro cariño, que “olvides el incidente, y hagas de cuenta que ella no te fue presentada. Yo creía hacer un bien, mas no podía adivinar lo que iba a suceder… Pero aquí, hablando entre nos, dime: ¿quién tuvo la culpa?

Largo rato guardaron silencio; Adonis clavaba sus ojos en el suelo, mientras luchaban en su cerebro miles de ideas, al mismo tiempo que los sentimientos se debatían en el corazón.

Después dijo:

—Tienes razón, padre. Reconozco mi error. Vete a atender a tus huéspedes. Te seguiré después… Perdóname. Ya estoy calmado.

El sacerdote regresó a la casa.

Adonis seguía meditando y murmurando consigo.

—¿Has perdido el juicio, Adonis?… Y por qué ¿por un sueño?… Pero, ¿por qué veo que el horizonte de mi niñez desaparece ante mis ojos? ¿Una mirada, un segundo, tiene el poder de transformar años y vidas?… ¿Qué es lo que hay en mí, un demonio o un ángel? ¿Por qué a veces veo luces y otras veces tinieblas? ¿Por qué se me nubla la vista al querer fijarla en algún objeto, y se me aclara cuando cierro los ojos?… ¡Dios mío! las tinieblas están en torno mío y la luz dentro de mí… Yo amo, pero estoy amando tinieblas. Mi sueño es alegría, pero mi despertar es dolor. La tristeza y el placer se mezclan en mi vida y el peso de mis días arrastra mi corazón a la infinidad ignota… Yo no soy un loco. En mí debe haber una facultad desconocida. Mis sueños deben ser proféticos. Sí, es ella quien se me aparece en sueños. Pero, ¿acaso ella me ha soñado y me ha visto en ese otro mundo? ¿De qué me sirve tener teléfono si los otros no lo tienen? ¿De qué me sirve que yo sueñe con ella, si ella no puede soñar conmigo?…

Pero, pueden ser sueños fatuos, y el hombre es fatuo en proporción directa a su ignorancia y a su tendencia natural: el egoísmo.

¿Qué derecho tenía yo para tratarla de este modo, para dejar a mi amigo en ridículo?… ¡Qué egoísta e ignorante eres, Adonis!

Al llegar a este punto sintió un profundo despecho hacia sí mismo.

Y poco a poco, este disgusto le comunicó una decepción de todo el mundo. No era odio, sino asco o repugnancia. Y si en aquel mismo momento hubiera Eva acudido a arrodillarse a sus pies, le habría dado un puntapié.

Después, en alta voz, dijo:

—No. No. Ya está todo terminado para mí. Nada quiero, ni pido nada. Aunque volviera ella a mí, la rechazaría con desprecio y hasta con odio.

Hay en la naturaleza humana ciertos caracteres raros.

Comete el hombre una acción tonta, y en lugar de reprocharse y castigarse a sí mismo, dirige sus reproches y castigos contra los demás.

En este momento. Adonis deseaba ser un ente importante, ser alguien en la vida para atraer a Eva, para que ella fijara en él su atención, para luego humillarla y rebajarla, creyendo que ella lo había humillado a él. Pero luego, impaciente, ya no quiso esperar hasta llegar a ser un hombre superior sino que quería serlo ahora, o aunque no lo fuera, humillarla en seguida. Pero ¿de qué manera?

Después meditó un momento.

¿Qué culpa había cometido ella?… Y al verla libre de toda culpa, pensó nuevamente en pedirle perdón.

Pero no. Ella podía contestar a su pregunta con suavidad, diciendo:

No, amigo —o por lo contrario—: Sí, amigo, mi cabello es corto o mi cabello es largo.

Basta que se enamore el corazón para crear en seguida culpas y disculpas en donde no existen.

El enamorado no tiene mente, porque el corazón lo ocupa todo. Por un lado quiere castigar y por otro quiere amar.

Al fin, Adonis decidió mostrarse indiferente, hasta que llegara la ocasión de demostrarle odio, o desprecio y la ocasión se presentó pronto.

Se levantó de su puesto algo tranquilizado después de aquella lucha, y se dirigió a la casa del cura.

Al querer traspasar el umbral, se encontró con éste, a quien acompañaban Eva y otra mujer.

—Hola Adonis —le dijo su amigo—. Te presento a la señora María de Kiruz… Señora, Adonis el Kadmus.

—Tanto gusto —respondió él.

—Mi hija Eva —presentó a su vez María.

Adonis le tendió la mano y apenas tocó la de ella. Luego concentró toda su atención en la madre. Era el primer paso en el desarrollo de su plan de venganza.

Mientras tanto la señora, amiga de los padres de Adonis, preguntaba por ellos.

Juntos caminaron hasta llegar a la sombra de un árbol cercano, bajo el cual tomaron asiento, esperando la hora de almorzar. La madre de Eva conversaba:

—Muchos son los que nos han hablado de usted. Adonis. Y hemos tenido muchos deseos de conocerle… Mi cuñado, el Obispo, nos decía al leer sus artículos y poesías, que este muchacho vive siempre en el más allá; porque tiene conceptos de luz diáfana, aunque al materializarlos se convierten en fuego que quema y deja un olor a blasfemia.

Adonis estaba sorprendido y halagado.

La juventud, al igual que las mariposas, es un ser de luz, que le gusta acercarse mucho a la llama de la gloria, aunque se le quemen las alas… Mientras invadía a Adonis una interna alegría, y mientras su corazón palpitaba arrítmicamente, dando golpes fuertes en su pecho, contestó aparentando calma, después de mirar furtivamente a Eva:

—Si mis conceptos son luz diáfana ¿por qué se esfuerzan los hombres en convertirla en fuego que queme? ¿No le parece a usted, señora? ¿Acaso no tenemos fuego suficiente, fuego material, para asar carneros y pollos, como en el almuerzo del padre José?

Fue espontánea y unánime la risa. La señora dijo:

—Buena es. Eso quiere decir que los hombres, y entre ellos los Obispos, lo convierten todo en materia. ¿Qué diría mi cuñado si supiera esto?

—Si es franco y sincero consigo mismo, diría que es verdad. De lo contrario, ¿qué significa ese disgusto sin fin que media entre él y mi padre? ¿No fue porque él ha materializado una palabra y mi padre otra?

El giro que tomaba la conversación, impresionó mucho a los tres que la escuchaban. Adonis prosiguió:

—Ayer mi padre me decía: “Monseñor y yo fuimos amigos de la infancia, y nunca tuvimos un disgusto. Pero parece que ahora ya somos decrépitos. No podemos ni soportar una palabra.”

La palabra decrépitos, trajo consigo una risa incontenible y continuada.

—¿De qué se ríen ustedes? —preguntó una voz extraña al grupo.

Miraron todos y vieron al Obispo que con toda sencillez y familiaridad, tomó asiento junto a los demás. Los que habían acompañado a Monseñor se retiraron al verle sentar.

La cuñada de él, mezclando las palabras con la risa, repitió al Obispo las palabras de Adonis.

El Obispo rió también, y después de mirar al joven sentado frente a él, le dijo:

—Oye, dile a tu papá que él tiene razón… Pero no. Esta tarde tú vas conmigo y mañana iremos juntos a tu casa, para decírselo yo, personalmente.

—¡El almuerzo está servido! —gritó el padre del cura.

Todos se levantaron, abandonando sus asientos.

Como las nubecillas que barre el viento de la primavera, se disiparon las penas del corazón de Adonis. Pues el corazón de los jóvenes se alegra y se entristece, sin motivo aparente, muchas veces.

El almuerzo, suculento y excelente, fue servido con esmero. No faltó alegría en la mesa. Las anécdotas que relataba Adonis excitaban el apetito y la risa, hasta que con familiaridad le dijo el Obispo:

—¡Déjanos comer, hombre! A lo que Adonis respondió:

—No sólo de pan vive el hombre.

Y continuaba la risa y la alegría de todos los presentes.

El sacerdote miraba a Eva, sentada frente a él, y sus miradas eran elocuentes.

Ella miraba a Adonis, de vez en cuando, reía a sus palabras con aquella risa alegre y franca de los jóvenes, pero nunca le dirigió la palabra.

Eva era bella, pero de una belleza poco común. Libre la cabeza del cautiverio del sombrero, lucía una abundante cabellera que cubría como una corona, un rostro blanco. Pero lo que atraía las miradas especialmente eran sus ojos negros y grandes, tiernos y encantadores, en los que reflejaba a veces la tristeza y otras una dulce alegría… Cambiaba su fisonomía según la ilación y el significado de las palabras del que hablaba.

Había estudiado poco, pero sentía mucho … Podía contar dieciséis años. Su alma era una página en blanco, en la que se podía escribir todo un poema de amor. Su imaginación, como la cera plástica, estaba lista para recibir la forma proyectada por un artista.

Cuando contaba diez años, murió su padre. Y ella con su madre y con sus tres hermanitos, quedó al amparo de su tío el Obispo, quien se interesó por ella, y la internó en los mejores colegios.

Era inteligente y tenía gran poder de captación. Pero, ser sobrina del Obispo significa mucho en Líbano. La sobrina del Obispo está predestinada a contraer enlace con un hombre seleccionado de lo más rico y noble del país. Y por esto, por este porvenir brillante y espléndido que le otorgaba su cuna, descuidaba mucho sus estudios.

—”Caramba —pensaba Adonis—. La sobrina del Obispo tiene la misma nobleza intrínseca que la hija del Emir. Quizá más. ¿Quién es el Emir ante un jefe de la religión?: Un súbdito.”

Y al meditar en esto Adonis, que no era ni Cheik, ni Emir, ni rico, sintió una profunda repugnancia interna, que se manifestaba a veces por el gesto despectivo de sus labios. Y por esto, tenía el intimo deseo de vengarse del Obispo en la persona de su sobrina. ¿Pero de qué manera?

No lo podía saber, y creyó por el momento que era la indiferencia el mejor camino.

El corazón de la mujer, como dice un poeta árabe, es una caja cerrada herméticamente, y nunca podrán las manifestaciones externas revelar su contenido.

Eva, formada y moldeada al calor de los mimos y de las galanterías, sufrió al chocar con el orgullo y el desprecio de Adonis.

El hombre puede postrarse a las plantas de una mujer para adorarla, en tanto el corazón de ella vuela y revolotea alrededor de vanidades y tonterías; pero si se le trata con indiferencia, entonces su corazón está alerta, despertando su odio, y entre el odio y el amor no hay sino la distancia de un paso.

Conoce por instinto, la mujer que sufre la humillación de un hombre, que su venganza no estará satisfecha si no lo humilla. Pero, como sabe que al hombre no se le puede vencer por la fuerza, recurre a otro medio mucho más temible: la suavidad y la dulzura. Mas, inconscientemente, este método acarrea a los dos a las profundidades ignotas del abismo del amor.

El sexto sentido de Adonis presentía todo esto, pero la juventud cree que siempre está triunfando.

El Obispo y su familia regresaron a casa aquella tarde acompañados del cura José y de Adonis.

Algunos pueblerinos vinieron, como de costumbre, a jugar con el Obispo algunas partidas de naipe, y a las diez de la noche se retiraron a sus hogares.

—María —ordenó el Obispo— prepara, para Adonis, el cuarto que da a la azotea grande, y para el cura José, el cuarto contiguo al mío.

—Monseñor —explicó el sacerdote— el cuarto que da a la azotea tiene dos camas y ambos podemos dormir en él.

—Si así os agrada, está bien —dijo el Obispo, entrando en su dormitorio.

Cuando los dos amigos estuvieron juntos a solas, el cura preguntó a Adonis.

—¿Qué tal te ha parecido Eva?

—Encantadora.

—Parece que la madre notó tu indiferencia para con la hija y me preguntó el motivo.

—¿Y qué le respondiste tú?

—Tuve que contarle el incidente… Pero dime, Adonis, ¿dónde conociste a Eva? ¿Quién te contó que tenía el cabello largo? El joven meditó un momento y luego replicó:

—Yo no la he visto con estos ojos, ni en este mundo. Pero dejémonos de esto. ¿Qué te dijo la madre?

—Se admiró mucho y respondió que en realidad Eva tiene el cabello muy largo.

Adonis guardó silencio y después de un rato, el cura continuó:

—Oye Adonis, la madre te aprecia mucho y creo que la hija también… Créeme Adonis, yo te profeso mucho cariño, el cariño de un hermano, pues no olvidaré nunca el favor que me hicieron tus padres… Yo era pobre, y para poder continuar mis estudios ellos me ayudaron y hasta me alojaron en su casa. Tu eras entonces muy pequeño y muy inteligente. Te cargaba en mis hombros. Tú quizá no lo recuerdas, pero yo lo recuerdo muy bien. Terminados mis estudios, tu padre intervino ante el Patriarca y obtuvo de él que yo ingresara en el Seminario San Juan Marún. Y aquí me tienes hecho un sacerdote… Ahora bien. quiero demostrar mi agradecimiento al padre en la persona del hijo. Sé que estás estudiando leyes y lo que te falta, para triunfar, es el apoyo de los jefes de la religión, sobre todo en nuestro país, en donde todo está en sus manos. ¿No te parece así, Adonis? Por otro lado Eva es una chiquilla muy simpática, hermosa, rica y sobre todo es sobrina del Obispo, un gran político y jefe de todos los movimientos del Gobierno. Es hasta amigo del Sultán.

Adonis escuchaba el discurso del sacerdote y en su corazón se despertaban la alegría y la repugnancia, el amor y el desprecio. Después dijo:

—Agradezco tu afán de gratitud. Mi padre al ayudarte cumplió con su deber y tú sabes que en casa todos te aprecian mucho, te consideran como un miembro de la familia… Respecto a Eva, yo la amé y ella me ama hace más de un año. Pero hoy al encontrarnos por primera vez, he visto que hay entre los dos un abismo infranqueable; ni ya puedo llegar a ella, ni ella puede venir hacia mi. Esto es todo.

—Adonis. ¿Qué misterio encierra esa cabeza tuya? ¿Cómo dices que la amas, y que te ama desde hace un año, y que hoy se han encontrada por primera vez? ¿Qué debo deducir de tus palabras apocalípticas?… Pero dime ahora ¿no puedo ser yo un puente sobre el abismo que has señalado?

—¿De qué manera? —preguntó Adonis evadiendo las primeras preguntas.

—Hablando yo con la madre.

—¿Y si contesta negativamente?

El cura calló. Una negativa de la madre, de la hija o del Obispo, significa mucho. ¿Adonis rechazado?… Esto sería una herida para el corazón de cualquier libanés, y un golpe al orgullo de la familia.

Todos los padres creen que su hijo es digno de una reina, y que su hija es merecedora de un rey.

Los labios del hombre sellan todos sus actos con la palabra destino, pero cuando afrontan los hechos de la realidad, el destino es sólo un fuego fatuo.

Después de meditar ambos el resultado que traería la negativa, rompió el silencio el sacerdote diciendo:

—Yo trataré, el asunto disimuladamente, como algo personal mío y de lo cual tú nada sabes.

—No, no lo hagas; para mi la negativa es la misma. Yo he tomado cariño hacia la madre, porque me trató con delicadeza, y no quiero que este cariño se evapore como el humo, lo que sucedería con sus palabras si rechazan nuestro intento.

Y añadió:

—Ya es tarde, vamos a dormir… Hasta mañana. Mucho tardaron en dormir. Ambos meditaban en los sucesos recientes. Pero no volvieron a hablar.

Adonis soñó aquella noche que estaba al lado de Eva. Ella se había caído de un lugar elevado, y Adonis se precipitó tras ella para salvarla.

La encontró desvanecida y con heridas en todo el cuerpo. Cargándola en sus brazos, sintió que ella le abrazaba con fuerza y le besaba locamente, no obstante su desvanecimiento. El, consciente de su estado, ardía por el deseo y quería devolverle con igual furia sus besos. Pero se contuvo. Eva, al fin, rompió a llorar, y Adonis no pudiendo resistir más, la besó con frenesí.

Al siguiente día, se levantó el cura a las seis, y quedamente se vistió para ir a celebrar misa con el Obispo.

Adonis se despertó sobresaltado, preguntando al cura:

—¿Qué le pasó a Eva?

—Ah, ja, ja. ¿Estabas soñando con Eva?

—¡Oh, qué horrible y qué agradable fue esto!

Y relató al sacerdote lo que había soñado. Este respondió:

—Es un sueño que tiene una parte tonta y otra racional… Monseñor me estará esperando. Voy a misa.

Adonis se sentó, y dirigió sus ojos a la azotea. El sol comenzaba a dar su baño diario a las cumbres. Hubiera sido un delito quedarse acostado en tan hermosa mañana. Se vistió rápidamente para salir a respirar el aire fresco. Al querer abrir la puerta, se detuvo como petrificado, con los ojos clavados en el cristal de la ventana.

Allí en la azotea vio un aparecido, vio un ser que ya conocía, vio a una mujer cubierta con una cabellera negra que le llegaba casi hasta el suelo.

Era Eva. Estaba regando las macetas colocadas al borde de la azotea y otras que colgaban de las columnas que sostenían la cubierta.

Adonis perdió la noción del tiempo. Su mirada fija se detenía observando todos los movimientos de su hada, y al sentir su corazón palpitando fuertemente, más de una vez lo oprimió con las manos.

Y sólo el dolor que se causaba a sí mismo, lo hizo volver en sí. Eva continuaba su tarea, ajena de cuanto pasaba a su rededor, y Adonis la observaba con aquella avidez que nos hace olvidarnos de nuestro propio ser.

Una maceta estaba colocada en la columna misma, pero a una altura tal, que la joven tuvo que subirse a una silleta de madera para alcanzarla. Al hacerlo, con el brazo izquierdo se sostenía de la columna y con la mano derecha regaba la florecida planta. En ese momento, dos ayes desgarradores, rompieron el silencio en que se hallaba envuelta la casa. El uno, el de Eva que se precipitó al suelo, y el otro, el de Adonis al verla caer.

Gritar, abrir la puerta y lanzarse sobre ella, todo fue hecho casi en un sólo segundo.

La sangre corría por el pavimento, escapándose de la herida cabeza de Eva.

En la casa, sólo dormían los niños. Los mayores habían acudido a la primera misa.

Adonis levantó la cabeza desvanecida de Eva, y sin darse cuenta de la realidad le decía:

—Amor mío, vida mía. ¿Qué te pasó? Vuelve en ti.

Y le daba su aliento, haciéndolo penetrar por la boca entreabierta, soplándole en los ojos y en todo el rostro.

Eva seguía inerte y pálida. Desesperado, Adonis, tuvo la repentina idea de juntar sus labios a los de ella y con toda la fuerza de sus pulmones vertió en la boca de Eva todo su aliento contenido, saturado y repleto de pasión y ansia.

Ella respiró. Adonis repitió la operación por tres veces, y a la última Eva quiso abrir los ojos.

El sopló suavemente en los ojos de la muchacha. Estos se abrieron con una mirada de dolor y de tristeza. Adonis exclamó:

—No es nada señorita. Un pequeño rasguño, nada más… Voy a llevarla a su cama.

Tomó la mano de la paciente e hizo que su brazo rodeara su cuello. En tanto él sostenía en su mano derecha la cabeza de la herida, y con el brazo izquierdo sostenía su cuerpo.

Y alzándola con suavidad, llevó la preciosa carga al lecho de ella. Una toalla empapada en agua fría, fue colocada en la herida, que era leve en realidad.

Después de lavada, puso sobre ella un poco de café tostado y molido, traído de la cocina y al aplicarlo, le decía:

—Ahora tranquilícese.

—Adonis —dijo ella— ¿puedo agradecerle?

El la miró dulcemente, un instante, y respondió: —¿Agradecerme? ¿Para qué? ¿Acaso no tengo yo la recompensa de mi obra?

Eva comenzó a llorar. Pedazos de su corazón se escapaban por sus ojos en forma de perlas líquidas. Adonis lo atribuyó al dolor y al susto. Exclamó:

—No se ponga así. Es una herida insignificante…

¿Quiere que vaya a llamar a su madre?

—No. Ya estoy bien. No siento nada.

—¿Por qué llora, entonces?

—No sé.

—Debe ser por la emoción de la caída. Ya le pasará.

Ella no habló. Con el dorso de la mano secó sus lágrimas y cerró los ojos.

—Duerma —ordenó Adonis.

—No me deje sola. Siéntese a mi lado —dijo Eva con tono de súplica.

—No iba a dejarla sola, señorita. Me levanté para que pueda dormir.

—No quiero dormir, pero sí desearía desvanecerme otra vez.

—Pues sepa que no fue poco el trabajo que me costó hacerla volver en sí.

—Ya sé.

—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó él intrigado.

—Porque no estaba desvanecida sino mareada, como atontada por el golpe. Pero oía y sentía.

Calló Adonis, mientras sentía que toda la sangre de sus venas se le agolpaba en el rostro.

—¿Por qué no habla? —interrogó Eva.

Y Adonis tartamudeando, como si fuera un niño sorprendido por su madre en una falta, contestó:

—No tengo nada que decir.

—Oiga, Adonis, usted es noble y bueno, pero teme demostrar su nobleza y su bondad, al revés de otros que se vanaglorian por sus fechorías. ¿Puede decirme el motivo de este temor?

—¿Yo, noble y bueno? —preguntó Adonis con voz de admiración—. Está usted equivocada. Tal vez trato de serlo, pero no lo soy aún.

Y evadía encontrarse con la mirada de Eva que lo buscaba.

—¿Si le dirijo una pregunta, me responderá con franqueza? —preguntó ella.

—Sí, pero si no le contesto es porque no puedo.

—Dígame, ¿cómo supo que yo tengo una cabellera larga —y sin esperar contestación añadió: —¿Alguien le había hablado de mi?

—No, señorita. Yo ignoraba que existía una joven llamada Eva Kiruz.

—Entonces, ¿cómo pudo adivinarlo?

—Porque la vi.

—¿A mí? ¿Cuándo y cómo?

—Mire, señorita, no quiero recibir hoy día más desprecio del que recibí ayer.

—Ahora que habla usted de ayer, ¿puede decirme cómo puedo interpretar yo su actitud?

Calló Adonis, meditando la respuesta. Habló después:

—¿Y a mí, quién me garantiza que usted puede comprender la contestación que yo dé a su pregunta?

—Los hechos.

—¿Cuáles son los hechos?

Sonrío Eva y miró a Adonis.

—¿Por qué se ríe usted? —preguntó el joven.

—¿Ha amado usted alguna vez?

Adonis pensó un instante y replicó:

—Si quiere que yo le diga la verdad…

—Sí, sí. Toda la verdad.

—Pues, si y no.

—¿Si y no? No le entiendo.

—Pues es la verdad —explicó Adonis—. Yo he amado en sueños, pero no despierto.

—¿Y se puedo acaso amar en sueños?

—Quien no ama en sueños nunca llega a la realidad del amor.

—Francamente, no le entiendo. Sé que usted es poeta y filósofo, y por más que pretenda penetrar en su corazón no lo consigo.

Adonis, arrugando el entrecejo le dijo:

—Tal vez no sabe usted el camino.

Después de guardar silencio, insinuó Eva:

—Hasta ahora no me contestó a la pregunta anterior.

—Y usted no me explicó los hechos.

—Usted me está mortificando desde ayer —acusó la joven.

—Y usted a mí, desde hace un año.

Airada y para replicar, se incorporó ella en el lecho, pero Adonis la volvió a acostar suavemente, mientras le decía:

—Nada de imprudencias. Escúcheme: tiene razón, usted. Desde ayer estoy algo fuera de mí. Pero le prometo que de hoy en adelante evitaré el encontrarme con usted… Pronto llegan de misa. Creo que su tío no ha de poder acompañarme hoy. Parto después del desayuno. Le pido perdón y le ruego que olvide todo lo sucedido, no quiero disgustarla más, perdóneme y, adiós.

—¿Esa es su voluntad?

—¡Mi voluntad! —exclamó Adonis con lastimero sarcasmo—.

¿Acaso podemos tener voluntad y obrar de acuerdo con ella? No, señorita. Dice el verso árabe:

… las circunstancias para el hombre, son

como el viento que sopla entre las velas.

Dijo esto, y se levantó a contemplar el paisaje que se desperezaba, mirándolo a través de la ventana.

Eva callaba triste. Luego le lanzó estas palabras:

—¡Adonis, usted me ama!

Bruscamente retornó Adonis hacia la muchacha, preguntando:

—¿Yo?

—Si. desde ayer.

La contempló él un instante como para leer en su corazón; pero como estaba ofuscado por la respuesta, nada pudo descifrar, a más de una sonrisa que él interpretó de burla, en los labios de Eva.

Trató de contener su cólera, y aparentemente calmando su voz, dijo:

—¡Desde ayer! Usted está equivocada… ¡Desde ayer!

—Adonis, el hombre es más fuerte, pero la mujer es más sensible, y nuestra sensibilidad está aquí, en nuestro corazón. Y con la mano derecha señalaba el pecho. Continuó:

—Los hombres quieren experimentar todos los fenómenos por medio del cerebro y de esta manera alejan y acallan el verdadero sentir del corazón y se vuelven cobardes… Venga acá, siéntese a mi lado. Vamos a suponer que soy su amiga, y que es usted mi amigo. Yo le dirijo esta pregunta: “¿Adonis, amas tú a Eva?”

Sintió Adonis en su cerebro el martilleo de la sangre. Sus oídos escuchaban un rumor extraño. Comprendió que había caído entre los hilos de una red de la que no podía escapar.

No quería mentir, pero temió decir la verdad. Y contestó:

—Ya le dije que si no respondo a una pregunta es porque no puedo hacerlo.

Eva le tomó de la mano, y mientras la apretaba suavemente, le invitó:

—Tutéame como yo lo hago. —Calló luego, para proseguir—: Supongamos que yo estoy ausente. ¿Qué contestarías a la pregunta de tu amiga?

Adonis estaba lívido. Sentía en su interior el fuego de la pasión, y varias veces quiso devorar a Eva con sus besos. Pero se detuvo, y haciendo un esfuerzo supremo respondió:

—Eva, yo sé que de mis palabras dependen, si no mi vida entera, algunos años de ella. Pero no importa. Tú eres la responsable, al exigirme una contestación… Cuando te dije que estabas equivocada, hablaba de verdad, porque mi amor no data solamente de ayer, sino de más de un año. Desde que te vi en mis sueños, desde entonces te adoré y te besé antes de conocerte.

Le faltaba la respiración. Y ella le escuchaba, mirándole con aquellos ojos negros, grandes y dulces.

—¿Tú me besabas a mí, en sueños? —preguntó.

—Y tú también a mí.

Y ambos, sin tener conciencia de ellos, se despertaron en un beso, cautivos mutuamente en sus brazos. ¿Cuánto tiempo transcurrió? ¿Pero, se puede acaso medir el tiempo del beso de dos amantes?

—Adonis —dijo ella extasiada—, bendita sea mi caída, porque sin ella no hubiera tenido esta felicidad.

—Bendita seas tú, Eva, porque hoy me siento un nuevo ser.

—Sabes Adonis, intencionalmente salí a la azotea con mi pelo suelto, para que tú vieras que tenías razón.

—Entonces, tú me amabas.

—Desde el momento que tuve sentido de razón sentí un vacío en mi corazón y no sabía cómo llenarlo… Cuando mi tío leía tus versos y te criticaba, yo sentía a veces una mortificación inexplicable y hasta disgusto contra mi tío. Yo no entendía todos tus versos. Pero me imaginaba que eras un ser superior exento de toda crítica… Necesitaba adorar a alguien, pero no sabía a quién. Adonis, yo creo que el sentir interno nace como el arte en la mujer, pero en el hombre debe ser adquirido… ¡No me abandones. Adonis! ¡Se mío para toda la vida y hasta la eternidad mío! ¡Mío siempre! …¡Oh, Adonis, ámame mucho, mucho, mucho!… Cuando me hablabas, estando yo semidesvanecida, quería volver en mí para besarte, pero no podía. Cuando soplabas en mi boca, mentalmente vi un ser, semihombre y semimujer, cuya frente brillaba como un sol. Su cuerpo despedía una luz violácea. Eras tú, amado mío. Tú que derramabas en mí todo tu ser, y me hacías sentir fuerte y sana.

Adonis escuchaba extasiado; tomó un lápiz, y sobre una hoja de papel dibujó a grandes rasgos una figura. Se la enseñó a la joven enamorada, quien al verla gritó, exclamando:

—¡Idéntico! ¿Cómo pudiste saber que tenía siete rayos en la frente?

Calló Adonis un momento, y después exclamó:

—¿Misterios de mi vida, cuándo llegaré a descifraros?

—¿Qué dices. Adonis?

—Nada, Eva. Después te lo explicaré todo. Se oyeron voces en la casa. Adonis se levantó diciendo:

—Cuidado. Por ahora nuestro amor debe ser oculto. Cuando se supo lo ocurrido, el Obispo y la madre de Eva corrieron a su cuarto, mientras que el cura José miraba a Adonis, estupefacto y mudo.

 

 

CAPÍTULO V

CONSPIRACION

 

Carta de Adonis a Eva.

Beirut, diciembre …

Amada mía;

Nos separa la distancia. Es verdad… Yo creo que la separación es una cuerda anudada, que mientras más se alejan los extremos, más fuerte se hace el nudo.

Me hace sufrir tu recuerdo. Cuando quiero estudiar, tu imagen alegre y sonriente se dibuja en las páginas del libro. Empleaba antes media hora para retener de memoria todas las lecciones, y ahora en mucho más tiempo nada aprendo. Porque no puedo dividir mi atención entre tu recuerdo y la aridez de la ciencia. Te veo en todas partes y tu faz me hace olvidarme hasta de mí mismo.

Eva, he llegado a comprender que todo cuanto ha existido, existe y existirá, todo lo que nos rodea, todo cuanto forma la vida y la muerte, todo es amor. Porque Dios es amor en sí mismo…

Muchas veces me pregunto: ¿Por qué sufre la humanidad teniendo el amor al alcance de su mano? No puedo creer que exista o pueda existir un sólo ser que no tenga amor. Y siendo así, ¿por qué sufren los seres?

Desde el momento en que me acuesto en mi lecho, me traslado al tuyo. Pero tú estás despierta y entonces me haces sufrir. Te beso, te abrazo, pero estás fría. indiferente. Piensas en mí, mas no correspondes a mi cariño. Y debo esperar mucho, mucho tiempo, para poder volver a mi alegría. Porque tú me abrazas, me besas, contestas a mis palabras, cuando has entrado en el sueño.

Insisto en que recuerdes mis palabras, pero tú te acuerdas de ellas como de un sueno lejano, o de un eco que se pierde en la distancia. Aun no he podido comprender este olvido tuyo de cosas tan reales y palpitantes. No me gusta que duermas junto a esa chiquilla morena, te lo he dicho ya, porque ambos hemos visto esa bruma que se desprende de su cuerpo. Y a pesar de habértelo dicho, anoche te vi dormida a su lado.

Eva mía, yo no sé qué hacer para enseñarte el recuerdo de los sueños.

La noche anterior me pediste un dedal de plata para tu costura y te lo envió en este mismo correo, junto con esta carta… ¿Ya ves que no olvido lo que me dices en sueños?…

¿Cuál será el misterio de mis noches?… ¿Qué secreto existe en mí?… ¿Por qué no serán así los demás?

Entre mis compañeros, hay uno que me quiere hasta llegar a la adoración. Es Juan Bakal, de quien te he hablado ya, y al que espero presentártelo algún día. Hemos resuelto este año, alquilar un cuarto entre los dos, para vivir en él, como hermanos. Todas las mañanas al despertarnos, me saluda diciendo:

—”Os saludo profeta, ¿qué has hecho durante la noche?”

Porque según él mis noches son un trabajo continuo.

Recibió hace algunos días una carta procedente de su pueblo, en la que le notificaban que su padre se hallaba muy enfermo…

Al llegar la noche, me dijo en un tono de ruego:

—”Adonis, ¿puedes darme noticias de mi padre?”

—”No le conozco —le contesté.

Entonces, sacó de su cartera una fotografía suya, diciéndome:

—”Este es.”

—”Veré si puedo.”

Dormí, y al instante estuve a su lado.

Le vi fatigado y asfixiándose. El viejito sufría de pulmonía doble. Tuve para él mucha pena y cariño. Porque estaba enfermo y porque es el padre de mi mejor amigo.

Invoqué con gran ardor a nuestro ángel (no se cómo llamarlo), al que me curó a mi y a ti, el día en que sufriste la caída, para que le curara. Y antes de formular mi deseo, le vi a mi lado, y me dijo:

—”Sé tú mi canal.”

Yo le comprendí en seguida. Y sentí que se desprendía de mi aquella cabellera de luz, la que quise dirigirla al enfermo, al padre de Juan. Entonces, me dijo el ángel:

—”No aquí, sino allí.”

Y me señalo otro ser, bastante confuso, pero muy semejante al enfermo. Le dirigí la luz que se desprendía de mí, y grande fue mi sorpresa cuando le vi entrar en el cuerpo del enfermo, el que sentándose con gran facilidad, llamó.

Y antes de abandonarme, el ángel me dijo:

—”Siempre que quieras curar a un enfermo, por amor y bondad, estaré a tu lado.”

¿Qué te parece todo esto, amada mía?

Al día siguiente dije a Juan que su padre se encontraba bien y la tarde de ese día, recibimos una carta del enfermo en la que decía: “El médico, aseguraba que tenía pulmonía. Pero viendo que hoy día me desperté muy mejor, no supo qué decir y se fue disgustado de su ignorancia.”

Juan quiso que le contara los pormenores, pero no satisfice sus deseos.

Eva mía, veo que has descuidado tus estudios, porque vives solamente por el amor. Es bueno amar y a la vez estudiar. Porque quiero que mi futura esposa sea mi ayudante hasta en el saber… ¡Qué desgraciado es el hombre que ata su vida a la de una mujer que no sabe nada, a más de comer y dormir!

Vi ayer a tu tío, aquí en Beirut, por quien sé que todos se encuentran bien de salud. En otra carta te contaré más cosas. Hasta pronto amada mía.

ADONIS.

Carta de Eva a Adonis.

Ibrin…

Amado Adonis:

Cada vez que recibo y leo tus cartas, tiemblo Adonis. ¿Sabes por qué? Pues porque no me considero digna de ti. Tu futura esposa debe ser una mujer superior… Esta idea me atormenta pero… ¿qué quieres que haga?, no puedo dejar de pensar en ello.

Adonis, no puedo estudiar. Las monjas me reprenden por la falta de cumplimiento de mis deberes.

Junto con tu carta recibí el dedal de plata, y sentí miedo, miedo de ti, amado mío. Es cierto que quería uno y te lo iba a pedir. Pero no lo hice, teniendo en cuenta tus múltiples ocupaciones. Imagínate mi sorpresa al ponérmelo después de recibido.

Dime Adonis, ¿quién eres tú? ¿Eres un ángel o un hombre cualquiera? ¿Es verdad que yo en sueños te abrazo y te beso?… Si es así, quisiera pasar toda mi existencia en un eterno dormir.

Adonis, quiero estudiar cada vez más, sobre todo siendo éste mi último año de estudios. Cuando obtenga mi diploma te lo daré como el fruto de algunos años de trabajo. Cada vez que recibo una carta tuya, me siento muy pequeña ante ti, palpo mi inferioridad y me siento muy desgraciada. ¿Cómo podré llegar al nivel tuyo, Adonis? ¿No puedes ayudarme?

El otro día, enseñé tu retrato a una amiga. ¿Sabes qué fue lo que me dijo? “Estos ojos fascinan con dulzura.” Fue tal la alegría que me causaron sus palabras, que la abracé y la besé.

Nada recuerdo de mis sueños. Y obedeciendo a lo que deseas, pedí y obtuve permiso de la madre para trasladar mi cama a otro lugar. ¿Estás contento, amado mío?

La curación hecha al padre de tu amigo es maravillosa. Más no puedo decir. Te abraza:

EVA.

Carta de Adonis a Eva.

Beirut…

Amada mía:

Ahora ya estoy seguro de que las palabras “voluntad” y “libre albedrío”, son hasta hoy muy relativas. No podemos, muchas veces, obrar de acuerdo con nuestra voluntad, y nos vemos arrastrados a fines desconocidos.

No se cómo empezar mi revelación, ni se tampoco cómo, abrirte mi corazón. ¿Quieres creer, amada mía, que yo, Adonis, el que odiaba tanto la política estoy ahora convertido en político? Feliz tú que no entiendes nada de esas infernales maquinaciones hipócritas e inicuas.

Pues, sí amada. Es algo increíble que esté yo envuelto en estas redes.

Voy a contarte algo de mi actual situación: Tú sabes, Eva, que después del año 1860, año aciago para todos los libaneses, en el que los turcos dividieron a nuestro país en dos bandos religiosos y atizaban el odio entre ellos, y en el que los drusos degollaron a los cristianos en Dair el Kamar, con el consentimiento del mismo Sultán; las potencias europeas, con el pretexto de defender a los cristianos (puede ser que sus intenciones hayan sido buenas, aunque lo dudo), intervinieron eficazmente y el resultado de su intervención fue el siguiente:

1°) La independencia de Monte Líbano, bajo la vigilancia y protección de las siete potencias europeas;

2°) Que el Sultán está obligado a pagar al gobierno libanés, 500 sacos anualmente;

3°) Que el Sultán tiene poder para nombrar un Mutsarrif, el cual confirman y aprueban las potencias de Europa;

4°) Que Líbano tendrá por bandera la turca.

Hasta hoy hemos vivido con mucha paz y abundancia. Pero últimamente esta paz comenzó a turbarse, sin que yo sepa el motivo. Tal vez Europa tiene interés en nuestro país, o tal vez el Sultán está arrepentido de firmar tal tratado. Lo cierto es que actualmente estamos en una época de gran inquietud.

Hace ocho días fui invitado por un amigo mío a una reunión de intelectuales. Acudí gustoso y encontré en ella a algunos amigos que se habían distinguido por su inteligencia. Pero grande fue mi sorpresa al ver que no se trataba de literatura, ni de ningún problema intelectual, sino sólo de política. Nosotros los libaneses, somos muy diestros en el arte de la oratoria.

Hablaron muchos con bastante elocuencia; y lo que se pedía fue la independencia total y absoluta de nuestro país.

Mientras yo pensaba en la manera de huir de aquel antro político, el portero anunció a su Excelencia Jorge Picó, Cónsul de Francia.

Entró el Cónsul y estrechó la mano de todos. Después de descansar un momento, habló elocuentemente, sobre Francia, madre de la libertad, sobre el Líbano, sobre los maronitas, hijos predilectos de Francia, que fue la primera en enviar en l860 su escuadra a Líbano, mientras las otras potencias seguían tratando la situación de nuestro país. Luego dijo que los libaneses con su historia, su inteligencia, y su raza, pueden escalar tan alto, que podrían nivelar a cualquiera de las razas del mundo.

Este fue el sentido de su alocución, interrumpida por los gritos de: “¡Viva Picó!”

Supe después que Jorge Picó es el resorte oculto de todo el movimiento.

Eva mía. yo te confieso que he sido un cobarde, porque no tuve valor para decir una sola palabra: Al contrario, me adherí a la causa. Y aquí me tienes hecho un político a la fuerza.

Por la noche, conversé sobre esto con Juan Bakal. Se entusiasmó tanto, y me dijo que mañana mismo buscaría al secretario de la asociación, para adherirse al movimiento revolucionario.

Tuve que recurrir hasta al insulto para persuadirle de que yo había cometido una estupidez. Como me quiere tanto, cambió de proyecto.

No pude dormir aquella noche, hasta la madrugada.

¡Ay! ¡Yo que buscaba el sueño para alegrar mi espíritu contigo, ahora prefiero la tortura del insomnio!

Todas las noches veo patíbulos y ahorcados. Veo a mis compañeros que colgados y meciéndose en el aire, me miran con ojos vidriosos ya. Hay otros que hasta me llaman… Despierto bruscamente, e instintivamente llevo mi mano a la garganta.

Eva, ya estoy enjaulado y no puedo escapar. Sufro, Eva mía. No puedo renunciar, porque si aparece un Judas, no quiero que nadie sospeche de mí.

Perdóname esta carta árida, tan desprovista de sentimientos amorosos. He perdido la dulzura de la palabra.

Eva mía, ¿no podrás aliviar con un poco de cariño a tu sufrido amado?

ADONIS.

P. D. Quema esta carta, porque es comprometedora.

 

Eva contesta a Adonis.

Amor mío:

No sé qué puedo contestarte. Amado de mi alma, al leer tu última carta he llorado mucho. Es lo único que sabemos las mujeres. Y nosotras en estas circunstancias ¿qué más podemos hacer sino es duplicar nuestro cariño?…

Yo también tengo miedo, Adonis. Esto es algo grave. Pero si Francia interviene efectivamente en esto, no creo que haya mayor peligro.

Dice el Evangelio: “No hay mal que por bien no venga.” Puede ser que esta situación sea para bien nuestro. Tú sabes que Francia lo es todo en nuestro país y tal vez algún día tú puedas escalar grandes posiciones en el gobierno.

Sin embargo, te conjuro a que no te hundas demasiado.

Estamos en exámenes, querido mío, y por tanto, no puedo dedicarte más tiempo. Pero en las vacaciones se consagrará completamente a ti, tu futura esposa.

Vacaciones de Navidad.

El amor estrecha más y más a los dos enamorados. Han construido muchos castillos ilusorios. Pero la mano de la tristeza agarra fuertemente el corazón de Adonis, y sólo puede sentirse feliz junto a Eva.

El Obispo comenzó a sospechar algo. Ya no recibía a Adonis con el agrado de antes. Llegó un día en que amonestó a Eva, su sobrina.

Supo Adonis lo sucedido. Y cambió sus visitas diurnas por las nocturnas.

La noche le protegía mientras dormía el Obispo.

Aunque los críticos decían que la guerra sería cosa de un mes o dos a lo máximo. Adonis no compartía su opinión. Las potencias de Europa se desangraban hacía ya tiempo.

Como todas las vacaciones, las de Adonis tuvieron su fin. Volvió a continuar sus estudios y continuar con sus inquietudes.

Un desfile de cartas a Eva se sucedía constantemente. La primera llevaba como fecha la de principios del año 1915.

 

Primera carta:

Beirut…

Amada Eva:

He perdido la serenidad. Mis sueños, horribles visiones de tormenta, son más frecuentes. Se habla ya de la ruptura de relaciones entre Francia y Turquía. Esto, en otras palabras, significa guerra.

Jorge Picó reunió a los jefes del partido opuesto a Turquía y aseguró que Francia no abandonará a Líbano.

Raras veces asisto a las reuniones secretas del partido de la oposición.

Estoy engolfado en mis estudios, pues quiero terminarlos en este año para ir a rendir mi examen en Bahabda.

Las circunstancias difíciles nublan mi vista. No me quejo, aunque veo que me rodea una densa neblina.

No me atrevo a contarte mis sueños, porque son fatídicos y no tengo derecho a envenenar tu vida.

Pero debes estar segura siempre, de que te amo y te amaré hasta la muerte.

 

Segunda carta:

Perdóname amada, el haber demorado en contestar tu cariñosa misiva.

Ayer por la noche, nuevamente estuve a tu lado, lo que me alivió mucho. Pero siempre lloro el final, y tú te entristeces sin poder llorar.

Se dice que Jorge Picó abandona el país.

También se sabe por la prensa, que el Sultán M. Rached, en Constantinopla, por la influencia del Anuar Pacha, pretende declarar la guerra a los aliados… Parece que Turquía no puede conservar su neutralidad.

Te amo.

 

Tercera carta:

Mañana vamos a Bahabda para rendir nuestro examen final de grado. Ruega para que la iluminación divina penetre en la mente de tu

ADONIS.

Turquía declaró la guerra a los aliados.

Jamel Pacha entró con su ejército en Siria y Líbano.

Se fue Jorge Picó y como el cuervo de Noé, no regresó.

Judas vendió a Jesús por 30 monedas de plata. Felipe Zalzei vendió a sus hermanos de la oposición por 2000 quintales de trigo. (Fue más inteligente que el Iscariote.)

Se descubrieron los documentos comprometedores en el Consulado francés.

La langosta invadió el país.

Jamel Pacha arrestó a muchos miembros del bando de la oposición. El Consejo de Guerra los declaró culpables y fueron ahorcados en Beirut.

Los demás conspirados, huyeron por mar y por tierra. Entre los proscritos, estuvo Adonis a quien hemos visto al comienzo de este relato, despidiéndose de su madre y de su pueblo, para huir de las garras de la muerte.

 

 

CAPÍTULO VI

DESPEDIDA DOLOROSA Y HUIDA FANTASTICA

 

Llegó Adonis a casa de su novia, que le esperaba con ansia e impaciencia. Ambos sentían llorar sus corazones, pero la fría máscara exterior demostraba indiferencia.

La madre de Eva acudió al cuarto apartado de la casa para informarse.

—Y ahora, Adonis, ¿qué piensas hacer? —preguntó la señora.

—Vea, madre mía —respondió el joven, dando a la madre de Eva este nombramiento, según costumbre adquirida desde que ella manifestó su cariño por Adonis—. Por el momento nada pienso hacer, quiero pasar estos últimos instantes con usted y con mi amada Eva.

Eva preguntó:

—¿Es cierto. Adonis que ya son diez los ahorcados en Beirut?

—Diez o veinte, da lo mismo. —Y suplicante pidió—: ¡No me olvides, Eva!

La muchacha miró a su enamorado con los ojos envueltos en lágrimas y no respondió.

—No llores, amor mío —le consoló Adonis—, fue sólo una broma. Pero voy a decirte una cosa.

—Ojalá que no sea de las de tus sueños.

—Precisamente me refiero a eso. Las últimas noches te he visto abrazada a otro hombre.

—¡Adonis! —dijo ella, con tono a la vez imperioso y tierno—, ¿por qué quieres mortificarme?

—No, amada de mi alma, no quiero mortificarte. Ni yo mismo creo en este sueño, porque muchos anteriores no se realizaron.

Un momento calló pensativo el joven, y continuó:

—¿Te conté aquel sueño del anciano que me decía: Esto es natural? ¿Si? Pues bien. Ayer le vi de nuevo y me dijo: Ven pronto, te estoy esperando; voy a morir, pero antes debo dejarte el secreto. Te espero… Ya ves que en mis visiones hay algo de alucinación… ¿Qué secreto será éste?… Yo creo que este hombre raro no existe.

—Dime, Adonis —interrumpió Eva—, ¿tienes dinero suficiente para el viaje?

—¿Dinero? ¿De dónde voy a tenerlo en esta época en que todos se mueren de hambre? Con todo, esto no me preocupa. Al llegar a Chipre puedo emplearme con los ingleses o con los franceses. Lo principal es salir del país para conservar mi cabeza.

Salió Eva seguida por su madre.

Adonis en tanto, meditaba en su pasado, en el presente que debía arrostrar y en el desconocido futuro que le esperaba.

Pasados cinco minutos, volvió Eva sola, con un pañuelo de bolsillo en el que había algo abultado.

—Adonis, ¿me quieres? —preguntó, besándole tiernamente en la mejilla.

—¿A qué viene esta pregunta?

—Contéstame —insistió ella, tratando de contener sus lágrimas—; ¿me amas?

—¿Eva, te has vuelto loca? ¿Acaso las palabras querer y amar pueden expresar lo que siento en el corazón? —Entonces, dame una prueba de tu sentir.

—¿Qué es lo que quieres como prueba? ¿Mi sangre?… Dime, ¿qué quieres?

—¿No rechazarás mi petición?… Contesta categóricamente.

Adonis la miró extrañado de su proceder. Después contestó con énfasis:

—Te juro, Eva mía, que aceptaré todo lo que venga de ti, aunque sea la muerte. ¿Qué me pides?

—Acuérdate que lo has jurado.

—No lo olvidaré.

—Entonces, acepta esto.

Y le puso en el bolsillo el pañuelo atado. Lo sacó Adonis y oyó un ruido metálico. Al abrirlo a la luz, vio el resplandor de las alhajas de Eva y de su madre.

Meditaba silenciosamente. Madre e hija se desprendían de sus joyas para dárselas a él. Se sintió ofendido. ¿Iba a aceptar esta caridad y de su futura esposa?

Sentía hervir su sangre. En los oídos escuchaba mil sonidos atronadores y se le nublaron los ojos.

Para el hombre occidental, este proceder de las mujeres puede ser muy natural. Pero ante el criterio de los orientales esto significa una ofensa y una ignominia.

Adonis quiso atenuar el dolor, evocando el amor y el cariño de Eva y de su madre. Quizás esto era sólo el fruto del amor verdadero y del sacrificio… Quiso hablar pero no supo qué decir.

Eva adivinaba, al contemplarlo, la lucha que se libraba en su interior.

—Adonis —murmuró—, escúchame. Te libro del juramento, sin obligarte a ser perjuro ni a cumplirlo sin voluntad. Pero préstame atención. ¿Si yo te he dado mi alma y mi corazón y si pronto te daré también mi cuerpo, por qué sufres y me haces sufrir por algo imaginario? ¿Cuántas veces me hiciste muchos obsequios y yo no objeté? ¿Por qué rehúsas ahora esta insignificancia, que a mí me estorba a veces y que son ya pasadas de moda? Tu cabeza tiene precio y eres un fugitivo. ¿Cómo puedes huir sin tener el suficiente dinero?… No, Adonis. Tu orgullo me hiere el corazón, pero eres libre de hacer lo que quieras.

—Eva, diosa mía, no llores. Perdóname mi carácter. Y para complacerte voy a aceptarte esto… —y comenzó a rebuscar entre el montón de joyas— solamente esto.

Y tomó un pequeño anillo de oro, en el que se habían montado doce perlas pequeñas que rodeaban a un brillante. Se lo colocó en el dedo anular de la mano derecha, y continuó diciendo:

—No llores más. Tú me has librado de mi juramento, y ahora te complazco. Y sombríamente dijo:

—¡Es hora de partir! ¡Ven a mis brazos!

—No, es temprano todavía —objetó ella, con la esperanza de los que saben que es otra la realidad.

—No, amada. Debo llegar a Beirut antes de la aurora, para no ser descubierto durante el día.

Entró en el recinto la madre de Eva. Y se tejió entre los tres un silencio doloroso, imposible de ser descrito.

Lloraban las mujeres. Adonis callaba, porque el silencio es la cualidad del hombre que iguala a las lágrimas femeninas.

Por fin. Adonis se desprendió de los brazos de las mujeres, y comenzó a correr a saltos, como si huyera de un lugar comprometedor. No quiso volver la cabeza; no quiso mirar atrás; no quiso detenerse ni un momento, como el niño que corre saliendo de un cementerio.

Más de una hora llevaba en su huida. Y sentía el sudor empapar su rostro no obstante la frescura de la noche.

Llevó al bolsillo su mano para sacar su pañuelo y enjugar el sudor, v se encontró con un cuerpo pesado. Era el pañuelo de Eva con todas sus alhajas, que mientras Adonis abrazaba, ella imperceptiblemente lo había dejado caer en el bolsillo de su amado.

—Ya es tarde —musitó Adonis con lágrimas en sus ojos.

Y prosiguió su carrera.

Eran las cuatro de la mañana.

En los suburbios de Beirut, un hombre golpeaba a una puerta. Entre uno y otro segundo, dirigía temeroso las miradas a todas direcciones.

—¿Quién es? —preguntó una voz desde el interior.

—Yo, Adela. Abre.

Giró la llave en la cerradura y el fugitivo se lanzó al interior.

—¿Tú, Adonis? —preguntó estupefacta la llamada Adela—. ¿Todavía estás aquí?

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir? ¿Dónde está tu hermano? —¡Ay, Dios mío!… Yo te creía con los demás.

—¿Qué sucede? ¡Contesta!

—Pues ayer capturaron a José el Heni, y los demás tuvieron que adelantar el día de la huida. Desde las doce, esta noche, están en alta mar, rumbo a Chipre. Adonis, mudo y pálido, no podía hablar.

—¿Qué debes hacer ahora?… Pero, oye, ¿cómo has podido llegar hasta aquí? La casa está vigilada.

Adonis sintió un frío recorrer todo su cuerpo. Tembló… Su mente le hizo ver una celada: los gendarmes le dejarían entrar para atraparle a la salida.

Quiso salir. Escuchó atentamente tras la puerta, y no oyó nada. Pero luego, pensó en otro problema. Si la casa está vigilada, mañana los turcos capturarían a Adela por haber recibido a un prófugo de la ley. Debía salir cuanto antes. Y con afectada calma, dijo a la mujer:

—Adiós, Adela. Ruega por mí.

Abrió la puerta. Aguzó el oído, y se lanzó a la inmensidad de las tinieblas.

Minutos después se hallaba atravesando un callejón oscuro al que apenas llegaba la luz de un foco eléctrico, muy lejano. Desembocó en otro corredor, al fin del cual vivía una pariente lejana.

Pensaba Adonis llegar hasta ella, y pasar el resto de la noche allí. Pero al torcer precipitadamente para entrar en el anhelado callejón, golpeóse de lleno con un gendarme que, retrocediendo, gritó:

—”¿Narda Uacica?” ¿Tu cédula de identidad?…

En idioma turco, “Narda Uacica” es el espanto de la juventud, es la espada de la maldición suspendida constantemente sobre las cabezas.

¿Qué cédula puede presentar el que se halla perseguido por los lobos?

Adonis sintió paralizarse los latidos de su corazón. Nada pudo contestar. Pero instantáneamente, retrocedió un poco, y al impulso de un puntapié de desesperado, hizo rodar algunos metros al gendarme, que estaba de pie en la parte inclinada de la calle.

Con las alas que brindan el temor y el instinto, Adonis desanduvo el camino recorrido. Se internó en otro callejón, luego en otro y en otro, perdiéndose en el vericueto de los oscuros senderos, en el laberinto de la noche. Corría huyendo de la muerte.

Llegó a una calle de los suburbios un poco más alumbrada. Encontró entornada una puerta y entró. Era un burdel.

En el salón, recostada en un sillón dormitaba una joven, quizá cansada de esperar una presa. Al ver entrar a un hombre, levantóse rápidamente, restregó sus ojos y le dio un saludo de bienvenida. Sereno un tanto, Adonis le dijo:

—Vamos al cuarto.

Una vez en él, se acostó en el lecho, diciendo:

—Ahora a dormir. Hablaremos después.

Quiso objetar la mujer. Adonis le cerró la boca con una libra turca.

Hay en árabe un dicho que enuncia: “Tres son los que no pueden dormir: el miedoso, el hambriento y el friolento.”

Por eso, mientras Adonis no pudo cerrar sus ojos, la mujer dormía junto a él tranquilamente.

Entrando el día, Adonis no se atrevió a salir. Era muy conocido en Beirut. A la vez, despertó a su compañera, diciéndole tras una pausa:

—Oye, linda, ¿cómo te llamas?

—Josefina, para servirte.

—Gracias, Finita. Hoy me perteneces todo el día… Toma esta libra más para ti, y aquí tienes otra para conseguir algo de comer.

—En seguida —respondió la mujer muy alegre.

Llamó a su sirviente y le ordenó que sirviera desayuno para dos.

Nunca Adonis había conocido un burdel. Su sólo nombre y el de prostituta le producían una repugnancia interna, que le causaba a veces sacudimientos de terror, sin conocer la causa. Pero aquel día bendijo todas los burdeles y todas las prostitutas del mundo. ¿Qué mejor refugio para un prófugo que un burdel? Allí nadie iría a buscarlo. Y hasta la noche, podría resolver su situación.

Admirada la mujer por la generosidad de Adonis, respetaba su silencio y su meditación. Solamente hablaba al ser interrogada.

Adonis se desesperaba. Las horas del día se le alargaban horriblemente.

—¿De dónde eres, Finita?

—De Saida (Sidón), señor.

—¡De Saida!

Se iluminó el rostro de Adonis. Acababa de concebir una idea salvadora. Iría a Saida. Nadie le conocía allí.

Aquella noche, un carruaje cerrado conducía al joven a Saida. Pasada allí una noche, siguió al día siguiente el camino de Nabatíe. Después se unió a una caravana que viajaba a Hurán.

El anhelo de Adonis era llegar al territorio de los drusos, porque una vez con ellos, no podía alcanzarle la mano turca.

 

 

CAPÍTULO VII

ENTRE LOS DRUSOS

 

Los drusos son un pueblo que habitan juntamente con los maronitas y los Chiitas en Líbano, Ante—Líbano y el Djabel de Hurán, la parte Sur de Siria.

No hay documento alguno sobre el origen preciso de los drusos. Unos creen que son originarios de Jarzen, y otros por el contrario, afirman que son de raza árabe.

Su religión fue enseñada en el siglo XI, por Mohammed ben Ismail Eddarazi enviado por Hamsa, visir del Kalifa Fatimita El—Hakem—Biamrillah (996—1021).

Esta religión enseña la reencarnación y la divinidad del Kalifa, El—Hakem.

Eddarazi fue desaprobado por Hamsa, y le sustituyó por el Mektana Beha Edin, pero éste no pudo destruir la obra edificada por su antecesor.

Los drusos, gracias a su heroísmo y a su inexpugnabilidad legada por sus montañas, conservaron su fe y su autonomía hasta después de la conquista de Siria por los turcos.

Continuaron independientes, elegían a sus jefes que los gobernaban según sus antiguas costumbres, manteniendo su organización feudal.

La dinastía Maan y después la dinastía Chehab, ejercieron su autoridad en Líbano.

Hasta 1813, la estrecha alianza que unía a los maronitas con los drusos aseguraba la libertad de las poblaciones libanesas; pero en esta época nacieron los primeros gérmenes de rivalidad.

Desde. 1840, cuando Mohamed–Alí evacuó la Siria, se acentuó la lucha entre los maronitas (católicos de rito oriental) y los drusos. Los turcos, con el deseo de dominar esta parte de Siria, que siempre se mostró rebelde, excitaron a los drusos contra los maronitas.

Después de sangrientas luchas, vino la masacre de 1860, año en el que Francia desembarcó un cuerpo de su armada para establecer el orden.

A pesar de las medidas tomadas por la comisión europea en 1861, y de la declaración de la independencia de Líbano, Turquía aspiraba siempre a la conquista de los libaneses, y esperaba la ocasión que se presentó en 1914.

Dominó al Líbano por el hambre y el terror; pero no lo consiguió con los drusos del Djabel, al sur de Siria. Por esto, este lugar fue siempre refugio de los hambrientos y de los perseguidos por los turcos.

La religión de los drusos es una mezcla de varias creencias. Admiten la existencia de un Dios único, que ya se presentó diez veces a los hombres bajo la forma humana. Pero ellos esperan la undécima y ultima vez. El Kalifa El—Hakem fue la décima encarnación de la divinidad, bajo el nombre de Albar.

En su religión, Dios tiene bajo sus órdenes a ocho ministros que son emanaciones directas y que desempeñan el papel de los buenos Genios. Están encarnados bajo nombres diversos y vinieron al mundo en diferentes épocas. Uno de ellos, Hamsa, es el principal ministro y representa exactamente al ángel San Gabriel quien trajo a la tierra el islamismo y el cristianismo, apareciendo a Cristo con el nombre de Eleazar (Lázaro) y a Mahoma bajo el nombre de Selman el Faresi (el persa).

Al lado de los buenos Genios, existen los Genios malos que corrompen a los hombres, pero apenas llegan, acuden los buenos Genios para restablecer la verdadera fe. Siete revoluciones de este género fueron acontecidas.

Para los drusos, no existe ni el paraíso ni el infierno. Tampoco creen en el pecado original ni en la redención… El hombre que muere, vuelve a la vida bajo una forma nueva, en la que encuentra la recompensa a sus virtudes de la vida anterior, obteniendo así una condición espiritual más elevada a la que le precedió, hasta que por sus reencarnaciones o peregrinaciones, el alma llega a un estado de perfección tal, que le permite confundirse con el Ser Supremo, en la morada de la luz, y no volverá a reencarnarse hasta la undécima encarnación de la divinidad.

Las almas depuradas vuelven a habitar la tierra y gozarán de todos los bienes terrestres, mientras que los infieles están condenados a servirlas.

Antes de llegar al estado de perfección, el simple fiel o neófito debe llegar a ser Cheik el Aqqel, maestro, por medio de muchas privaciones o continencias.

No practican los drusos la circuncisión. Como los cristianos, comen de todo y beben vino.

Son monógamos, pero fácilmente pueden practicar el divorcio, tal como practican el matrimonio que no es sino una alianza pasajera. Pero no pueden volver nuevamente a la mujer que fue repudiada antes.

Sus mujeres tienen mucha libertad. Se presentan en público con un velo que apenas les cubre el rostro.

Son los drusos muy valientes y generosos. Su extremada susceptibilidad les hace andar armados siempre. Son constantes sus luchas con los beduinos.

Respecto a la religión drusa, esto es todo lo que el vulgo y los historiadores conocen. A su debido tiempo volveremos a hablar de esta religión, en la parte que nadie ha penetrado, ni aun soñado.

El pueblo druso tiene costumbres muy diferentes del resto de Siria y Líbano.

Como en Hurán escasean las fuentes y los ríos, este pueblo carece de una limpieza notoria. Cada aldea ha formado un tanque grande o una laguna artificial en los que se recoge el agua de la lluvia. Con esto tienen suficiente para todo el año, y beben de ella animales y hombres. Las mujeres se asean cerca de ella.

El pueblo bebe el agua filtrada por una urna grande trabajada especialmente para éste objeto. Pero para evitar las enfermedades, mezclan el agua con alquitrán.

Los drusos son llamados también “Bani Mahruf”. lo que significa “hijos de la generosidad”. Para ellos, el huésped es un ser sagrado, y puede permanecer indefinidamente en el “madafe”, salón de huéspedes, comer, y dormir, sin que nadie le moleste en absoluto, y sin que nadie se entere de dónde vino ni a dónde va. Estas preguntas en su criterio, tienen olor a avaricia y denigran su generosidad.

Por aquella época eran analfabetos. Creían denigrante el estudio para un hombre rico. Los únicos obligados a saber leer y escribir eran los Maestros.

Cuando un huésped penetra en el salón general, el primer honor que le ofrecen es una taza de café árabe amargo. Este café es preparado en el momento y lo sirven en una taza sin asa. Nunca se llena, sino por el contrario, debe contener un sólo sorbo. El huésped, según su categoría, debe servirse tres o siete sorbos seguidos, y después de él, todos los presentes un sorbo. Luego se repite el turno, excepto el recién llegado. La generosidad de los drusos toma caracteres de proporción a la hora del almuerzo. Para cada huésped se degüellan dos o tres carneros, según las circunstancias. Estos carneros son cocinados en un recipiente grande y en el caldo echan una cantidad de arroz, suficiente para la comida de los presentes. Cuando éste se ha cocinado, lo vacían en el “mansef”, un recipiente enorme de metal, y sobre el arroz colocan el carnero en pedazos. Por último, sobre ambos, vierten mantequilla derretida.

En cuclillas, se reúnen todos o la mayoría de los habitantes de la aldea, acompañando al huésped en su almuerzo o comida. En estas comidas, no intervienen ninguno de los cubiertos conocidos, tales como cucharas, tenedores y cuchillos. La comida la toman con los dedos, pero con tal maestría, que nunca manchan sus vestidos.

El que escribe este relato, presenció, en una ocasión, en casa del Jefe General de los drusos, una comida durante la cual, el jefe, subido a una silleta, clavó una lanza de hierro en el arroz servido. Todos los presentes comieron, y la lanza permaneció clavada. Esto puede dar una idea del tamaño del recipiente y de la cantidad de arroz preparado… Cuando pregunté a un compañero qué significaba esta actitud, me respondió que era el símbolo de la generosidad y de la abundancia.

La mayor afrenta para un druso es la cobardía, y el morir en su propio lecho, por la edad, es una muerte mal vista. Como guerrero que es, debe morir en el campo de combate.

Su mayor diversión es la carrera de caballos y el romper lanzas. Varios días de la semana se reúnen en sus caballos árabes de pura sangre, para intervenir en estas carreras.

Por la noche, su diversión consiste en escuchar los cantos heroicos que hacen alusión a sus antepasados y a sus campañas bélicas.

Muchas veces llega un beduino trovador con su “rababa” (guzla), y canta ante el Cheik, elogiándolo. Este le gratifica con “el puñado”, que es la cantidad de monedas que caben en un puño cerrado, sin contarlas.

La mujer drusa es muy hermosa. Como esposa es por naturaleza obediente y fiel a su esposo. Recibe de él el maltrato sin disgustarse y hasta con placer. Mas, con el extraño es muy altiva y a veces cruel.

Tal vez la ciega obediencia que guarda al marido, le induce a ser altanera con los sirvientes. Pero en el fondo es muy generosa.

Se han dado casos en los que drusos y cristianos han contraído matrimonio entre ellos.

Visten los drusos al estilo de los beduinos. Algunos se dejan crecer los cabellos y algunos, la barba.

Los drusos y beduinos se hallan en constante pugna: aquéllos los atacan para proveerse de caballos y ganado lanar, y éstos atacan durante la cosecha de trigo para obtener así comestibles y alimentos.

En aquel bendito pueblo no existen jueces, ni abogados, ni médicos. Por eso viven sanos y felices. Cuando se produce algún altercado o una desavenencia entre dos personas, es el Cheik quien se encarga de resolverlo, es el único juez. Pero como él es cual padre de todos los de la aldea, los juzga con benevolencia y con amor. A veces gasta de su propio bolsillo para contener a los contendores. Y el altercado termina cuando aquéllos se dan las manos.

Turquía creó un tribunal de justicia en la montaña de los drusos, pero a los seis meses tuvo que deshacerlo, pues en ese tiempo no tuvo un sólo juicio que arreglar.

La familia más noble es la de “El Atrash”, y ellos son los gobernantes de la montaña. Cada miembro reside en una aldea y es el más rico y el jefe de la misma. Esta familia se dice descendiente del rey árabe el Munzer—ibn—Ennamán.

Los drusos obedecen ciegamente a sus jefes que los tratan con cariño y justicia.

 

 

CAPÍTULO VIII

SUEÑO REALIZADO

 

A mediados del mes de mayo, un joven, extenuado por la fatiga, viaja de un pueblo a otro, en la Montaña de los drusos, sin rumbo fijo: era Adonis. Quien le conoció tres meses antes, no podría encontrar a Adonis en ese hombre con el pelo y la barba enormemente crecidos, y el rostro tostado por el sol.

Aquel Adonis vivió muchos años durante esos tres meses de sufrimiento. Había apurado la copa de su juventud hasta la última gota. Ahora esta convertido en un hombre maduro, que carga el peso como de cuarenta años sobre sus hombros.

Su dignidad no le permitió vivir mas de dos o tres días como huésped en un hogar druso. Quería encontrar trabajo para vivir dignamente.

Algunos jefes de los pueblos, quisieron que fuera maestro de lectura para sus hijos. Pero al saber que era cristiano, desecharon su intento, pues la ley coránica dice terminantemente: “El infiel no puede poseer el Libro” y el Libro es el Corán.

Quiso emplearse en las labores del campo, y no le fue posible, porque era un huésped y un “jatib”, o maestro, para quien no estaba permitido este duro trabajo.

Sin embargo, todos le ofrecían con sumo placer lo que necesitaba para la satisfacción de sus menesteres… Hasta la ciencia fue un obstáculo para Adonis, por lo que estaba convertido en el moderno judío errante.

A mediados de mayo, llegó después del mediodía a un pueblo llamado Saljad.

Buscaba la casa del jefe de la aldea para hospedarse en ella, según la costumbre, y en su búsqueda se encontró con una mansión elegante y espaciosa. “Esta debe ser”, se dijo; se dirigió hacia el edificio, atravesó el patio, llegó a la puerta y llamó, —Adelante —contestó una voz. Entró Adonis, exclamando el saludo acostumbrado: —Alaicom essalam (La paz sea con vosotros).

—Y también contigo.

Al principio, Adonis no pudo distinguir a la persona que le hablaba, pues al pasar bruscamente del sol a la sombra del cuarto, sus pupilas aun no se acostumbraban a ella, para poder divisar los objetos.

Admirado el viajero del cariño puesto en la voz, hizo lo posible para ver quién era. Cerró y abrió sucesivamente los ojos, hasta que se encontró con un hombre sentado a la mesa, como quien espera a un compañero para la comida. Vestía una túnica rosada. El cabello lo llevaba suelto y era blanca su barba. Era imposible calcular su edad: podía tener 40, como también 100 años… Miraban sus ojos profundamente a Adonis y parecían penetrar al fondo de su corazón.

El rostro del hombre, libre ya de las sombras, parecía el de un dios esculpido. Su frente serena sería envidiada por cualquier joven hermosa de nuestra sociedad y nuestra época.

Pero al encontrarse con sus ojos, al observar su mirada, es imposible tratar de describirlo. En ella había una amalgama de piedad y de ternura.

Adonis se detuvo ante tal mirada, y se preguntaba estupefacto: “¿En dónde he visto antes este rostro angelical?”

El hombre habló:

—Siéntate, hijo mío. ¿No ves que te estoy esperando?

—¿A mi, señor? —preguntó Adonis con sorpresa.

—Sí, a ti, a ti… Debes tener mucho hambre. A comer.

Tomó asiento el recién llegado, pero no podía retirar su mirada de aquel ser.

Adonis sentía una hambre devoradora y acumulada.

Comenzaron el almuerzo que se componía de platos sencillos. Pasados cinco minutos, el joven cesó de comer.

—¿Por qué no comes, hijo?

—¡Cosa rara! Tenía mucho hambre, pero ahora me siento satisfecho.

Sonrió el dueño de la estancia, diciendo: —Tienes razón. Has absorbido el alma del alimento.

Adonis no se atrevió a investigar el significado de esas palabras.

El joven—anciano continuaba mirándolo dulcemente, con sus ojos saturados de paz. Luego con voz suave dijo:

—Estás muy cansado y tu mente no puede retener nada. Ven, voy a conducirte a tu cama; hablaremos mañana.

En realidad, los ojos de Adonis se cerraban por el sueño… El desconocido le tomó el brazo y le condujo a un cuarto apartado.

Descorrió las colchas del lecho, hizo sentar a Adonis y se inclinó para desabrocharle los zapatos.

El joven fugitivo quiso protestar, pero no pudo articular una sola palabra. Sintió luego que dos brazos lo alzaron, y recostándolo en el lecho bien preparado, le cubrieron con cariño.

Después, entraba en el desconocido mundo de los sueños.

Al siguiente día, Adonis despertó y con indecible sorpresa vio a su huésped sentado a su cabecera, preguntándole:

—¿Cómo has amanecido, hijo mío?

Pasaron algunos instantes para que pudiera reponerse de su sorpresa y contestar:

—Bien. Yo estoy muy bien, señor, y os pido perdón por la molestia que os he ocasionado.

—¿Llamas molestia al cumplimiento del deber? No, hijito, es éste el gran placer de servir y ayudar… Levántate ahora, porque necesitas un baño.

Se levantó Adonis y fue conducido a otro cuarto en el que había una tina grande de agua. Su bienhechor le dijo:

—Báñate bien. Después debes vestirte con esta ropa, porque la tuya no sirve. Hay que quemarla. Dijo esto, y salió cerrando la puerta.

Antes de desvestirse, Adonis contempló su ropa nueva. Se componía de una túnica blanca, de seda y con mangas largas; un calzón bien ancho; un manto, semejante al albornoz, de lana de camello, y por último, un par de sandalias, cuya suela era de una materia como de lona, pero muy gruesa, y que se anudaban con cintas de seda.

Rememorando todas sus gratas impresiones desde el día anterior, Adonis entró en la tina. Después de jabonarse varias veces, salió de aquel rústico y posiblemente recién improvisado baño, y con agua pura de otro recipiente mojó su cuerpo, echándola desde la cabeza.

Después de secarse con una toalla de hilo, vistió su nueva ropa. Puso en los bolsillos los papeles y documentos que guardaba en los de su antigua vestimenta, tales como tarjetas con su nombre, cartas de Eva y algunos poemas compuestos por él.

Cuando se disponía a salir, entró nuevamente el dueño de la mansión con un sirviente, a quien ordenó:

—Lleva esta ropa y quémala.

El sirviente que era un hombre maduro, de barba negra y tez morena, se inclinó, arrolló la ropa y salió silencioso. Entonces el amo dijo a Adonis:

—Vamos, que el desayuno nos espera.

Quiso agradecer a su benefactor por los vestidos que le donaba, pero no encontró las palabras adecuadas. Mas, al llegar al comedor, levantó hacia él su mirada, diciéndole:

—Señor, hasta ahora no conozco vuestro nombre para bendecirlo.

—Por el momento, llámame Aristóteles.

—Y yo me llamo…

Calló sin saber qué decir. Dudaba entre darle su verdadero nombre o el nombre supuesto para despistar a los agentes turcos. Pero ante este hombre no quería mentir.

El, observándole y quizás adivinando la lucha interna, le dijo bondadosamente:

—No he preguntado por tu nombre, joven.

—Me llamo Adonis, señor, y os agradezco por esta ropa.

—Soy yo quien debo agradecerte. Ahora, a desayunar porque debes tener hambre.

—A decir verdad, no tengo mucho apetito.

—No importa. Come, pues debes recuperar tus fuerzas, porque te espera un trabajo largo.

Alegre, Adonis preguntó:

—¿Puedo trabajar aquí, señor?

—Mucho, mucho… Ahora después del desayuno te conduciré ante el jefe y te colocaré como contador, en su casa. Allí aparentemente debes trabajar; pero el verdadero trabajo es conmigo, mientras yo me encuentre aquí.

En seguida tendió ambas manos sobre los alimentos servidos, y tras unos segundos en esta actitud, ofreció a Adonis una taza de leche.

 

 

CAPÍTULO IX

MAESTRO Y DISCIPULO

 

La familia de Aristóteles se componía de un sirviente a quien vimos en el capítulo anterior, y de una gata blanca.

Las habitaciones que ocupaba eran decentes, limpias y amplias. Su dormitorio comunicaba con la terraza o mirador, que ofrecía una vista agradable.

Durante muchos días, Adonis cumplió con su deber de contador en casa de Jadallah Bey el Atrash, por pocos minutos, y luego iba a la casa de su bienhechor en donde pasaba el resto del día.

Desde los primeros instantes transcurridos en esa morada, sintió Adonis un bienestar indefinible. Solamente una idea torturaba al joven. Era la pregunta que se repetía constantemente: ¿En dónde he visto, antes, a ese hombre?

Un día, Aristóteles le dijo:

—Ven, hijo mío, ya es hora de trabajar. “Siéntate, escucha, mírame a los ojos y retén lo que te voy a decir:

“Ante todo, esta no es la primera vez que nos encontramos en el Infinito, ni será la última.

“Hijo mío, mis días están contados, pero son suficientes para poder iniciarte en la Ciencia de las ciencias y para entregarte la llave misteriosa del Amor y del Poder. No tengo tiempo para enseñarte la teoría, sino sólo el necesario para iniciarte en la práctica… Algún día comprenderá tu mente carnal todo el misterio. Ese día, seguramente no será mañana ni pasado mañana, pero llegará… Sé que por el momento no has de comprender mis palabras. Pero creerás en ellas cuando veas.

“Los hombres son eslabones en la cadena de la Divinidad. Cada eslabón sostiene y está sostenido por otro, y parece que nuestros dos eslabones estaban unidos desde hace millones de años y por tal motivo tenemos que encontrarnos en las vidas.

“Ante todo, debo hacerte comprender a Dios, Dios, no existe; Dios es… Quisiera borrar de tu mente la palabra Dios que designa un ser personal, y sustituirla con algo universal como Energía Divina, Vida Creadora o alguna otra denominación por el estilo.

“Esa Fuerza—Vida es el todo. Esa Energía—Ley no se enfada ni se encoleriza, porque es como el Sol. En todas las religiones se habla de pecadores contra Dios, y esto es falso, hijo mío. El pecador peca contra sí mismo y se ofende a sí mismo. Es como el hombre que escupe al sol: lejos de manchar al Astro Rey, se ensucia a sí mismo con su propia saliva. Por tanto, el hombre no debe pecar, ni escupir al sol, para no mancharse. Tal es la ley de los profetas.

“El eslabón anterior de la cadena de que te he hablado, me comunicó a mí el poder; yo debo comunicártelo antes de mi viaje, y tú a tu vez, debe comunicarlo a quien te suceda. Esta es la ley infalible: dar para recibir y recibir para dar.

“El cuerpo de Dios es el Cosmos. En este cuerpo rige la misma ley que en el cuerpo humano… El hombre para vivir necesita de su estómago, de sus pulmones, de su cerebro, etc. Las células del cerebro, indudablemente son más nobles que las del estómago. Pero ¿qué sería de las células cerebrales, si las estomacales no funcionaran perfectamente? ¿Qué sería del corazón si los riñones no cumplieran con su tarea de purificar la sangre?

“Ante la divinidad, dentro y fuera del hombre, la obra de una célula renal o estomacal es tan importante como la de una célula cerebral o cardíaca. Así, ante Dios, vale tanto el hombre bueno como el malo, la santa como la prostituta, lo grande como lo pequeño.

“La diferencia entre el hombre evolucionado y el involucionado, es relativa en la cadena de la humanidad: el primero trata de limpiar y pulir su eslabón y el de los demás para que nada feo se vea en la cadena, mientras que en el caso del segundo, lo feo permanece como un eslabón de la cadena gigantesca, sin que él contribuya en nada.

“Todo hombre que trata de comunicar a los demás lo que él mismo sabe, es un hombre egoísta. El verdadero altruista es el que despierta en los demás lo que está dormido en ellos, y esto no se consigue obligándoles a pensar y obrar como él piensa y obra. Porque si las células cerebrales tratan de convencer a las estomacales que deben dejar de digerir para dedicarse a pensar ¿qué sería del organismo humano?

“No, hijo mío. La verdadera sabiduría consiste en ayudar a la Suprema Inteligencia y no en ir contra Ella… Tú naciste cristiano y yo druso. Ambos somos células: tú de un órgano y yo de otro. Ambos debemos trabajar por el conjunto, para hacer de él un conjunto mejor. Ambos debemos llenar nuestras funciones y cumplir con la misión que nos está destinada, y de la mejor manera posible.”

Al llegar aquí, Aristóteles se levantó y acercándose a Adonis, le colocó tres dedos de su mano derecha en una de las vértebras del joven, diciendo:

—Ya te dije que sólo tengo tiempo para enseñarte la práctica. Ahora préstame tu pensamiento, vamos juntos a tu Centro Divino y contempla conmigo la Verdad.

Adonis obedecía. Sintió una profunda languidez y luego sin perder el conocimiento, se creyó ser un punto luminoso del que irradiaban miles y miles de millones de rayos, y que cada rayo era la vida de un ser, de un átomo, de un ángel y que todos trabajan y vibran con una armonía prodigiosa. Vio (permítasenos usar esta expresión), que él era todo, que la Unidad de todos los seres era en él. Vio que unas células destruían a las otras, que unos hombres destruían a otros hombres; pero esa destrucción era una obra que tendía a mantener y construir en vez de destruir… Vio también que esta ley es universal, y comprendió que en donde no hay lucha no hay vida, que en donde no hay vida no hay conciencia y que en donde no hay conciencia, no hay evolución.

Entonces comprendió que el ser evolucionado, que el verdadero Santo aunque no se mezcle en luchas políticas, sociales o religiosas, es el centro de todas ellas. Vio, sintió y comprobó muchas cosas que nunca se había imaginado que estarían en él.

Aristóteles después de dejarle libre, volvió a su puesto. Y continuó:

—”Has visto, hijo mío, lo que otros no pueden ver. Pero llegará el día en que todos lo verán. ¡Debes ser la Ley desde hoy mismo! ¡Debes vivirla, pero no dictarla!

“Nosotros no podremos mejorar a la humanidad dictando leyes, pero sí viviéndolas en nuestras pensamientos. ¿No es acaso el acto un reflejo del pensamiento que está tras él? ¿No sería ir contra la ley el obligar a tu célula cerebral a desempeñar el papel destinado a la renal? ¿No sería una hecatombe el obligar a un ladrón que no robe, si la ley le priva de los medios necesarios para la satisfacción de sus necesidades? ¿Acaso la cárcel puede evitar el que un hombre sea malo?

“Dictar una ley, sin cumplirla, es como ordenar a un león hambriento que no devore al carnero… Enseña al hombre a ser bueno con tu pensamiento y con tu conducta, y las leyes de nada servirán entonces.

“Todos somos eslabones en la cadena. Buscar en todo la Unidad, es llegar a la Vida, es llegar a la suprema Verdad.

“Esta noche puedes repetir el experimento antes de dormir, y mañana estarás bien empapado de estas nuevas enseñanzas… Medita en todo lo que te he dicho y mañana tendrás otra lección.”

Adonis permanecía callado y meditabundo ante aquel sabio poderoso.

No pudo comprender al principio, el fenómeno desarrollado en él, pero luego sintió que eso era algo natural en él, como si se acordara de algo sucedido en tiempos remotos.

 

 

CAPÍTULO X

PRIMERA LECCION DE SABIDURIA

 

Al día siguiente, a la misma hora y en la misma habitación, se hallaban sentados Aristóteles y Adonis.

El primero preguntó a su discípulo:

—¿Qué tal resultó tu experimento anoche?

Conmovido, Adonis respondió:

—Señor, no tengo palabras para agradeceros, ni para expresar lo que sucede en mí.

—Ya lo has expresado muy bien, hijo mío. El idioma de los hombres es incapaz de materializar un sentimiento. Tenlo por seguro… El sentir interno es el idioma de los dioses.

“Antes de comenzar tu Iniciación Interna, debo aclararte un hecho importante: nada en la vida es casual. Tú has venido a mi, porque yo te esperaba. Demos una ojeada al pasado inmediato de tu vida actual. Entonces veremos la ley de consecuencia. Después de la iniciación interna has de ver el pasado mediato”.

“No es casualidad el haber nacido de tus padres actuales: tu merecimiento te condujo a un padre fanático en materia de estudios y te legó una parte de sus vibraciones, mientras que tu bondadosa madre te dio por herencia su dulzura y su bondad. Pero hijo mío, también el saber unido a la bondad engendra sufrimiento en el mundo actual. Sin embargo, a nadie debes culpar porque tú has escogido este camino y nadie te obligó a tomarlo y seguirlo.

“Acuérdate que fuiste incomprendido por tus compañeros, por tus maestros y hasta por tus mismos parientes; pero este sufrimiento tiene su objeto. Porque cuando el hombre sufre busca un remedio para su sufrimiento. Tú estás destinado en la vida a buscar alivio para el dolor, porque has sentido el mismo dolor y seguirás sintiéndolo.

“Hasta ahora no me has reconocido y sigues preguntándote ¿dónde me has visto, no es así?… Pues me has visto desde tu niñez en sueños. Recuerda aquella ocasión en que te dije: ‘Esto es muy natural.’”

Adonis, como quien despierta de su sueño recordó todo. Y el Maestro, tras de una pausa continuó:

—Ahora que ya lo recuerdas puedes comprender por comparación, que así como en esta vida podemos olvidar y olvidamos muchas cosas, también podemos olvidar nuestras pasadas vidas y necesitamos de un medio para recordarlas… Yo te haré recordar después. Por ahora debo continuar con mi explicación.

“Debes convencerte de que nada es casual. Puedes entrar a una biblioteca que contiene miles de volúmenes, pero no leerás sino el libro que mereces leer. De la misma manera, estás viviendo entre millones de seres que forman la humanidad, pero sólo llegan a ti aquellos con quienes has tenido una relación: con tus padres, hijos, amantes, amigos; esposa… Todos están sujetos a esta ley.” Calló nuevamente Aristóteles.

Adonis pensaba en Eva, pero no se atrevió a preguntar nada. El sabio continuó, como si leyera en el pensamiento de su discípulo:

—¿Tu amor?… Tiene dos objetos: sufrir y obrar. El sufrir porque tu sueño no se realizará, y el día en que llegues a perder esos papeles que guardas en tu bolsillo, tenlo por perdido. Pero no. Nada se pierde en el Cosmos. Al contrario, por este amor que ocupa tu corazón tú te abrirás camino hacia el arte y el saber. Tu amor actual para una sola persona, germinará como la semilla del trigo y dará treinta, setenta y cien para los hombres privados de amor… Ya veo desde ahora que tú estás llorando, hijo mío, pero tus lágrimas caerán como el rocío para las marchitas flores y la sangre que mana de tu corazón será para la vida de los demás. Por el momento, el golpe es fuerte y duro para tu sensibilidad, pero el fuego del dolor acrisola tu metal inferior transmutándolo en oro puro.

“Aprender a sufrir es aprender a triunfar. Tu vida es una cadena de sufrimientos y de triunfos. La semilla que no rompe su vestidura con el dolor no es digna de percibir el beso del sol.

“La necesidad del dinero obliga al hombre a obrar y en la obra cumple su deber. Coda vez que tengas necesidad de dinero, piensa que otros te necesitan. Porque rara vez el hombre acaudalado cumple con su deber.

“Cada vez, que quieras preguntar: ¿Y qué provecho he de obtener yo? dirígete a tí mismo esta otra pregunta: ¿Qué sería de mi cuerpo si una sola célula dejara de funcionar?… Entonces comprenderás tu misión en la tierra.

“Por otra parte, ¿qué te pide el sol por la luz, el calor y la vida que te da? ¿Que te pide en recompensa de todo lo que obtienes, la tierra? ¿Qué te pide el manzano por sus frutos? ¿Qué la vaca por su leche? ¿O la gallina por sus huevos?… Pues te aseguro que a veces la gallina tiene más méritos que muchos hombres.

“Hay otro punto más importante aún que debes comprender. Ninguna religión es mejor que otra, porque todas tienen el mismo espíritu. Tratar de adquirir prosélitos para una religión, es como tratar de obligar al estómago que piense como la cabeza. No todo cristiano que leyó el Evangelio ha llegado a comprender el espíritu de la religión cristiana. Ni todo druso que conoce el catecismo, ha llegado al espíritu de la religión drusa…

“Aquí tienes nuestro catecismo druso —dijo entregándole un manuscrito. Y prosiguió:

—Leerás detenidamente las estupideces escritas en él, pero estas estupideces explicadas a la luz del espíritu de la religión, te confundirán al final ¿el manuscrito sobre si son budistas, mahometanas, cristianas o judías. Por ahora es suficiente… Ahora, a estudiar.”

 

 

CAPÍTULO XI

EL CATECISMO DE LA RELIGION DRUSA

 

La primera parte del Código de la religión drusa arrancó algunas carcajadas a Adonis, pues estaba escrita en forma de preguntas y respuestas “estúpidas”, como las calificó Aristóteles.

El espacio de esta obra no permite traducirlas totalmente, y sólo citaremos algunas:

P.—¿Eres druso?

R.—Sí por la gracia de Dios.

P.—¿Quién es Dios?

R.—Es el Hakem Biamrillah.

P.—¿Cómo puedes probar que eres druso?

R.—Haciendo el bien y evitando el mal.

Se suceden luego varias preguntas sobre el Hakem: cuándo nació, cómo declaró su divinidad, cuándo desapareció y cómo y cuándo volverá a castigar a todo el mundo, mientras que los buenos drusos serán reyes de los demás.

P.—¿Por qué ocultamos nuestra propia religión a los demás?

R.—Porque es necesario engañar a todo el mundo y por eso nos apoyamos sobre la falsa religión de Mahoma.

P.—¿Y qué dices sobre la gloria sustentada por los cristianos y los mahometanos que dicen poseer la verdadera religión?

R.—Basta que Hamsa lo niegue para que sea falsa, y hay que cuidarse de dudar de las palabras de Hamsa, y debemos alejar de nosotros todo lo que dicen los cristianos, mahometanos y judíos.

P.—¿Y cómo sabemos la autenticidad de las palabras de Hamsa?

R.—Por lo que dijo de sí mismo en la epístola de la prevención: “Yo soy la más hermosa de las criaturas de Dios, yo conozco a Dios; yo soy su libro y su ley; yo resucito y soplo en todos los pechos: yo anulo las leyes; yo soy fuego que brilla en todos los corazones.”

P.—¿Cuál es la religión de los unitarios?

R.—Negar y rechazar todo lo que creen los demás.

P.—¿Y si algún extraño quiere practicar nuestra religión, tendrá salvación?

R.—No. No tiene salvación porque se cerró la puerta, y aquellos que quedaron fuera no podrán entrar ya y cuando mueran volverán a su propia religión.

P.—¿Cuándo fueron creadas las almas?

R.—Después del engendramiento de la razón que es Hamsa, de cuyo brillo nacieron las almas que no aumentan ni disminuyen jamás.

P.—¿Es permitido iniciar a las mujeres?

R.—Sí, porque ellas acudieron al llamado de El Hakem Biamrillah, como está escrito en la epístola de las mujeres.

P.—¿Qué dices de las gentes que pretenden adorar al Dios creador del cielo y de la tierra?

R.—Aunque lo digan no debes creerlo, porque la adoración sin conocimiento no sirve. Si ellos dicen que adoran a Dios y no saben que Dios es Hakem, la adoración no es auténtica.

P.—¿Quiénes son los iluminados que han definido la sabiduría de Nuestro Señor, que es la base de nuestra religión?

R.—Son tres: Hamsa, Ismael y Baha—Edin.

P.—¿En cuántas partes se divide la ciencia?

R.—En cinco partes, que se subdividen en otras muchas: dos de ellas tratan de las religiones, otras dos reúnen todas las ciencias naturales, pero la quinta que es indivisible y que es la mayor, trata de la sabiduría de Nuestro Señor Hamsa, que es nuestra religión.

P.—¿Como podemos conocer a un hermano que dice ser uno de nosotros?

R.—Después de la conversación y el saludo le preguntamos: “¿Hay en vuestro país labradores que cultivan el mirobalano?” Si responde: “Sí, lo siembran en los corazones de los fieles”, le preguntamos sobre los iluminados limitadores, y si responde, es un hermano. Si no, un extraño.

P.—¿Quiénes son los iluminados limitadores?

R.—Son les cinco hijos o emanaciones de El Hakem Biamrillah: 1° Hamsa, 2° Ismael, 3° Mahoma el verbo, 4° Baha Edin y 5° Abu Eljair.

P.—¿Y los drusos profanos tienen alguna salvación o rango ante El Hakem?

R.—No. Ellos serán como los demás si no llegan a ser maestros.

P.—¿Cuál es el centro del compás?

R.—Es Hamsa Ben Alí.

P.—¿Qué es el sendero recto?

R.—Es Hamsa, causa de las causas.

P.—¿Qué es principio y qué es fin (eternidad)?

R.—El principio es Hamsa y el fin es su hermano Ismael (eternidad).

P.—¿Cuáles son los hombres de la predicación?

R.—Son los tres votos: Juan, Marcos y Mateo.

P.—¿Cuánto tiempo duró la predicación?

R.—Veintiún años: cada uno siete años.

P.—¿Cómo predicaban?

R.—Evangelizaban al mundo enseñando la eternidad del verdadero Cristo.

P.—¿Cuántas son las letras de la lealtad?

R.—Son 164 que componen a los profetas.

P.—¿Cuántas son las letras de la mentira?

R.—Son 26, que designan a los falsos profetas como Mahoma, Alí y otros.

P.—¿Cuáles son los tres sellos limitadores que no se abren desde la eternidad sino a Hamsa?

R.—Son el poder, la voluntad y la palabra. En tiempo del Cristo son Juan, Marcos y Mateo… Son también Almekdad, Sa—nún iben Yacha y Yared el Inadi.., Y en tiempo de Hamsa son: Ismael, Mahoma la palabra y Baha Edin.

P.—¿Qué significa que Nuestro Señor montaba el burro sin montura?

R.—Significa la derogación de la ley externa o exotérica de los profetas.

P.—¿Por qué Nuestro Señor vestía de lana negra, y qué significa?

R.—No significa tristeza, sino la igualdad entre los fieles.

P.—¿Quién construyó la pirámide del holocausto?

R.—Es Nuestro Señor el Hakem Biamrillah quien la construyó según su sabiduría.

P.—¿Qué sabiduría hay en ella?

R.—La promesa y el punto de peregrinación hasta la segunda venida.

P.—¿Qué nos dejó nuestro Señor antes de irse?

R.—Escribió un texto y lo colgó en la puerta de la mezquita, llamándole “el archivo colgado”.

P.—¿Cómo decimos que Mahoma es el Hijo de Nuestro Señor?

R.—No lo decimos de Mahoma, el hijo de Abdullah, que es ilegítimo, sino de Mahoma el hijo del Hakem que es el verdadero.

P.—¿Qué significan las hadas, los ángeles y los demonios?

R.—Son espíritus de los que unos han acudido a la llamada del Hakem, y otros no.

P.—¿Cuáiss son los ciclos?

R.—Son las leyes de los primeros profetas como Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesús, Mahoma y Sahid, y todos son reencarnaciones de Adán, que fue alejado del paraíso o de los unitarios.

P.—¿Quién fue Iblís?

R.—Iblís o demonia, era un mal sirviente de Nuestro Señor, pero, cuando desobedeció a Hamsa, Dios le maldijo y le expulsó de la Unidad.

P.—¿Cuáles son los arcángeles que sostienen el trono de Dios?

R.—Son las cinco libertadores: Hamsa, Israfil, Ismael, Mita Toun y Baba Edin.

P.—¿Qué dices del Evangelio Cristiano?

R.—El verdadero Evangelio es la palabra de Cristo, que es Hamsa, y no del pseudo Cristo que nació de María y José. Y siguen varias otras preguntas sobre Jesús.

P.—¿Quién resucitó de la tumba y entró en donde estaban los discípulos, por las puertas cerradas?

R.—Es el verdadero Cristo, Hamsa, el Servidor de Nuestro Señor y su ángel.

P.—¿Quiénes predicaron el Evangelio?

R.—Mateo. Marcos, Lucas y Juan.

P.—¿Y por qué no creyeron en el Evangelio?

R.—Ya dijo el Corán: “Conoció a algunos y apartó a otros.”

Hasta este lugar de su lectura. Adonis encontró ciertos signos sobre las preguntas y respuestas, que le notificaban con estas palabras: “Prohibida la divulgación”.

El segundo capítulo del Código religioso druso, contiene el juramento de los unitarios que es verdaderamente tremendo y abarca varias páginas.

El tercer capítulo encierra la epístola a los neófitos y sus obligaciones para obtener la iniciación, y termina en muchas preguntas y respuestas.

Todo lo que se puede decir de este capítulo, que es el tiempo del probacionista, es que es muy riguroso. ¡Cuántas privaciones, cuánto sigilo y cuánto sufrimiento!

El cuarto capítulo encierra la enseñanza de la vida del iniciado después de la Iniciación, en la estrictez de su conducta, del pensamiento y de la palabra.

 

 

CAPÍTULO XII

REVELACION

 

A la misma hora del día siguiente, Aristóteles preguntó a Adonis:

—¿Qué te pareció el código de los unitarios?

—Señor, si me permitís hablar con franqueza, os diré que no está mal.

—¿Cómo? —preguntó el sabio, clavando la mirada en su interlocutor.

—Vos mismo me habéis enseñado a buscar el espíritu en cada religión y es lo que he hecho… Al principio me reí bastante, pero después comprendí muchas cosas.

“El espíritu de la religión drusa está intencionalmente tergiversado y me refiero sobre todo a los siete artículos verdaderos del Código, que están en la última páginas y son estos:

Y abriendo el manuscrito Adonis continuó:

—Aquí dice: Primero: Unidad de Dios, pero aquí han tergiversado y alterado el orden sucesivo… El segundo artículo dice: Excelencia esencial de la verdad, y al frente dice: Veracidad en las palabras: Pero es lícito mentir a los hombres de las demás religiones respecto a la verdadera religión… El tercero dice: Tolerancia. Libertad de exponer libremente las opiniones religiosas y analizarlas con arreglo a la razón. Mientras que un poco más abajo dice: Repudiar todas las religiones extrañas.

“El cuarto refiere: Respeto a todos los hombres según su carácter y su conducta. Y luego continúa: Apartarse del corazón de los infieles de todo linaje… El quinto, el sexto y el séptimo capítulo también están alterados pero no es tan mala la alteración. De manera que esta tergiversación es intencional y la comunidad o religión drusa debe volver a su primitivo brillo y valor”.

Aristóteles se levantó con quietud y colocando sus manos en la cabeza de Adonis, al tiempo que levantaba al cielo sus ojos, exclamó:

—Yo os bendigo Amor Universal, y al mismo tiempo, voluntariamente, me constituyo en un canal vuestro para que podáis derramar vuestros dones sobre este hermano.

Al principio, el discípulo no pudo articular una palabra: sentía que su sangre hervía dentro de sus venas, como si en su corazón se hubiera encendido una hoguera cuyas llamas quemaban su sangre y su cabeza. Pero reemplazando a su involuntario mutismo, abrazó con amor filial al hombre que tenía delante… Y ambos quedaron abrazados durante algunos segundos.

Después de un momento, el hierofante druso tomó asiento frente a Adonis, y le dijo:

—Hermano mío: ya he impenetrado el flujo del Cosmos sobre ti. Así como me iniciaron y yo te inicié, pero no vayas a creer que aquí termina nuestro temible y arduo trabajo. Yo soy el sol que muere y tú eres el sol que nace. Ante tí está el mundo con todos sus halagos y dentro de tí está tu demonio con todas sus tentaciones y engaños… De antemano veo que vas a sucumbir, pero veo también que en la mitad de tu vida vas a levantarte. Tus caídas son necesarias todavía, para que puedas saborear el dolor del error y la dulzura del triunfo. El mundo está ante tí y el demonio está dentro de tí. Debes derrocar a ambos… Sé fuerte hermano mío.

“Ya has comprendido intuitivamente que todas las religiones tienen un solo espíritu, pero debes obrar de acuerdo con el espíritu de todas las religiones… Pronto se efectuará tu verdadera Iniciación, pero antes debes pasar por el período de la probación que será muy doloroso; mientras más lo soportes, menor será su duración… Por lo pronto, no puedo decirte más. Sólo te advierto que la lucha será tremenda… Sé fuerte, hermano. Sé fuerte.

“Desde hoy tienes que alejarte de mí, y has de pasar tu vida leyendo, en casa de Jadallah. Allí tienes que dedicarte al estudio y al sufrimiento; debes soportar con valor y en silencio todo lo que te suceda. Debes leer lo más importante de esta biblioteca. Todas las obras son manuscritas. Sé que tienes una memoria prodigiosa y podrás por tanto, retener fácilmente lo que lees. Así tu despertar será rápido y se acortará el tiempo de la prueba”. Y pasado un rato, llamando al sirviente, dijo:

—Traslada esta sección al cuarto de tu señor Adonis, en la casa del Bey.

El sirviente se inclinó silencioso y comenzó su tarea. Cuando hubo salido, Aristóteles continuó:

—Los drusos, hermano, no forman una secta ni tienen una religión especial. Según has comprendido, tratan de poseer lo más elevado de cada religión. Sus hierofantes son estudiantes ardorosos que rara vez salen de su mutismo para hablar con un profano, y entre nosotros los hay de todas las nacionalidades. Nuestros hierofantes pertenecen al verdadero Colegio de los Magos, cuyo sigilo estuvo atacado siempre por las persecuciones religiosas, hasta el punto de que, en la actualidad, estamos obligados a dar a la humanidad ciertas frases de religión absurda, para agradar al materialismo que reina en el mundo.

“El Colegio de los Santos Magos tiene sus raíces en todas partes del mundo: en Egipto, en la India, en América, etc., y en cada lugar tiene un nombre propio como Nazarenos, Rosacruces, Yogas, Sufíes, Martinistas, etc. Muchos quisieron levantar el velo de nuestro Colegio, y quisieron penetrar el misterio en el mundo físico, pero fracasaron. La ciencia de la Magia no se la puede poseer con el estudio sin práctica.

“La iniciación en nuestro Colegio, no se la realiza en el mundo físico sino en el espiritual, en el éxtasis.

“Debes considerar que el Colegio de los Magos tiene varias ramas, y cada una de las cuales un nombre propio. Todas ellas son buenas, cuando el objeto de las mismas es conducir al discípulo al mundo interno, al silencio y a la obra subjetiva.

“Nosotros, los drusos, somos los continuadores de los nazarenos. Adoramos a Dios, pero no en una forma humana… Nadie sospecha que la Hermandad de Luxor, en Norteamérica, es puramente drusa… Nunca buscamos prosélitos, eludimos la fama y mantenemos trato con todas las religiones, aunque no creemos en ningún dogma exotérico.

“Los misioneros trataron en vano de penetrar nuestros misterios, con dádivas y amenazas, pero ninguno de los profanos ha vislumbrado algo de nuestra secta, ni nadie ha podido ver siquiera nuestros libros sagrados… Y todo lo que dicen de nosotros, los libros y enciclopedias es mentira y falsedad.

“Tenemos nuestra jerarquía sacerdotal y tenemos nuestros signos, y éstos pueden ser divulgados como sucedió con los de la masonería y otras escuelas. Pero el Signo de los Signos y el Misterio de los Misterios están en el hombre, y nadie puede alcanzarlos sino el verdadero Mago. Por eso no nos equivocamos al escoger a nuestros discípulos.

“¿En qué consiste este signo? Eso lo tienes que ver tú mismo, después. Porque ni yo, ni nadie, puede definir con palabras humanas lo que es abstracto. Ni el mismo San Juan, en su revelación, pudo hacerlo comprender.

“Hamsa, para los esotéricos drusos, es el verdadero Mesías y la personificación de la Sabiduría Universal. Ciento sesenta y cuatro discípulos tiene el Mesías y los drusos los llaman las letras de la lealtad.

“La décima manifestación del Mesías es llamado Hakem Biamrillah, que como comprendes, significa: “el que gobierna por orden de Dios”. ¿No es acaso el Cristo que gobierna hoy por orden de Dios? El nombre del Kalifa no es más que símbolo y tergiversación de la verdad.

“Para llegar a Mago, el Iniciado debe sufrir cinco pruebas muy dolorosas que corresponden a los cinco grados de la iniciación. Las tres primeras simbolizadas por los tres pies del candelabro del santuario interno, que sostiene la luz de los cinco elementos correspondientes a los cinco grados. Las dos últimas son las más terroríficas, por corresponder al orden superior de la iniciación.

“El día que venzas a tu rival, que es tu cuerpo y el cual es ministro del mal personificado, las escuelas esotéricas te inician con agua, fuego, aire y tierra, elementos que simbolizan la naturaleza del hombre. Los magos lejos de acudir al símbolo, van directamente a la realidad. Por eso te digo que te esperan muchos sufrimientos… Pronto serás probado por la sangre, por el fuego de la pasión, por tu animalidad terrestre y por tu aire mental.

“Para los magos, la reencarnación es la piedra fundamental de todas las ciencias. Tú puedes dudar, pero antes de que te convenzas por ti mismo, cuando llegues a la cuarta y quinta fase de la iniciación, yo te pregunto ahora:

“¿Por qué no has alcanzado a huir con tus compañeros?

“¿Por qué te has mezclado en la política de tu país, siendo así que tú la odiabas?

“¿Por qué te enamoraste y por qué las circunstancias te obligaron a abandonar tu amor para siempre?

Adonis no pudo contenerse y preguntó anhelante:

—Maestro ¿cómo para siempre? ¿Acaso no la volverá a encontrar?

—Sí, hijo mío, has de encontrarla, pero en brazos de otro hombre… Tu amor hacia ella no fue sino un despertar al sentido de la Vida Universal. No es más que tu primer despertar hacia tu Dios. Este amor será la llama permanente en tu corazón y porque amas mucho, mucho te será dado. La ley hizo que fracase tu amor para que la llama, en vez de ser dirigida a un solo ser, abrase a un mundo entero y a todos los seres. Lo que llaman los mahometanos El Kadar, y los cristianos el destino, no es sino la ley de causa y efecto de la reencarnación… Yo puedo asegurarte que muchas veces esta ley impide el matrimonio de los iniciados. El iniciado debe tratar de elevar a su nivel a otro ser. El Cristo no vino para los sanos, sino para los enfermos que necesitan de médico.

“Debes saber que tu obra no está en este país, sino en otro. Y las fuerzas superiores te están preparando el terreno, para que eches tú las semillas.

“Yo te explico esto para convencerte de que la ley de causa y efecto la arrastramos de vidas antiguas… Ojalá que Hamsa, (Cristo) que está en ti, te ilumine.

“En los manuscritos que vas a leer encontrarás muchas cosas nuevas; pero, sobre todo, debes practicar las virtudes teologales de los drusos, que son: caridad, justicia, mansedumbre, misericordia, aparte de otras que están indicadas para la iniciación.

“Sé como la flor que perfuma el pie de quien la pisotea, y algún día serás el compañero de los mejores sentidos, y serás el digno canal de la Divinidad.

“El período de tu prueba es largo y riguroso. Pero haré para ti cierta excepción, no por favoritismo sino por merecimientos.

“Antes de terminar te doy cuatro consejos, grábalos en tu mente, en tu corazón y en tu vida misma:

“1° Estudia y practica.

“2° En cada momento considérate que eres Jesús el Cristo en amor y mansedumbre.

“3° En tus pruebas, no dejes que la naturaleza prevalezca contra tu voluntad.

4° No acudas con tus quejas a nadie, sino a tu corazón. “Ahora, adiós, hijo mío… Ten cuidado que muchos ojos te atisban. Y hasta volvernos a encontrar …”

 

 

CAPÍTULO XIII

¿PRUEBAS?

La casa de Jadallah Bey El Atrash, está de fiesta. Se prepara el festejo más solemne.

Docenas y docenas de carneros se han sacrificado. Cuarenta mujeres preparan y elaboran el pan.

Se ha extendido una invitación general a todos los parientes y amigos, esparcidos en la Montaña de los drusos.

Los guerreros se reunieron desde muy temprano, a caballo y con sus modernos rifles automáticos, para acudir a la invitación.

Y Jadallah, como rico y como druso generoso, ha abierto de par en par su casa, su caja de caudales y su corazón para recibir a sus huéspedes.

El objeto de aquella reunión no era el festejar un matrimonio ni celebrar un cumpleaños. Era simplemente el ir a Darha para encontrar a Ashtaruth El Atrash, hija única de Jadallah Bey, que regresaba de Damasco, en donde pasó algunos años, estudiando en un colegio de monjas.

Era la primera mujer drusa que cruzó por los muros de un colegio y que por lo tanto sabía leer, escribir y hasta conocía el francés.

¿Por qué Jadallah Bey abandonó toda tradición y permitió que su hija estudiara?

Era porque Jadallah vivió algún tiempo en Constantinopla, en tiempo de Abul—Amid, luego en Líbano, y allí vio que sus correligionarios, hombres y mujeres, cultivan las ciencias.

Un día consultó también a Aristóteles sobre el particular, y éste le contestó: “Es un deber de los padres educar a los hijos.”

Entonces Ashtaruth ingresó en el colegio, y también los drusos comenzaron a buscar maestros libaneses para sus hijos e hijas.

A las siete de la mañana, dos mil jinetes envueltos en un manto de polvo, entre el canto guerrero y las detonaciones de fusiles y revólveres, se encaminaban a Darha, que dista más o menos veinte kilómetros del lugar.

A las doce estaban ya de vuelta. A la una, los jinetes almorzaban en la vasta plazoleta, frente a la casa principal, y los caballos comían también en las áreas de trigo. Era un día pleno de humor y alegría.

Dos días después, Ashtaruth dijo a su padre:

—Papá, ¿me dijiste que tienes un “jatib”, un maestro, que maneja tus cuentan y que se encarga de la correspondencia?

—Sí, hijita. Te saludó el día de tu llegada.

—No lo recuerdo, pero quiero conocerlo.

—Ahora te lo mando.

Tras cinco minutos, Adonis estaba en presencia de la hija del Bey. Ella tenía una deslumbrante belleza, y vestía a la moderna. Su orgullo racial, en vez de ser amordazado por la vida de colegio, aumentó de una manera refinada. Su nobleza, su riqueza y su educación, hicieron, de ella una mujer tirana, aunque su corazón no era malo ni estaba pervertido. En su casa y en el colegio, había sido mimada y temida hasta la devoción, lo que engendró en ella un anhelo de poderío y de mando. Era capaz de pedir a su interlocutor que le alcanzara la luna, y desgraciado de él, si no satisfacía sus caprichos.

Tenía 17 años. Montaba a caballo como el mejor jinete. Clavaba todos sus disparos en el blanco de su voluntad, y clavaba también la mirada en todos los corazones para conquistarlos y convertirlos en súbditos y vasallos.

Se complacía mortificando a todos, para reírse después a carcajadas. Pero cuando veía temblar una lágrima en las pupilas de su víctima, se arrodillaba a su lado, lloraba con ella, limpiaba su llanto y le gratificaba con generosidad. ¡Caprichos de naturaleza femenina!

Desde que la conoció. Adonis sintió agrado y desagrado, mezclados en su primera impresión. Cuando la veía competir a caballo con cualquier jinete guerrero, veía en ella a la mujer que ha alcanzado su independencia y libertad. Pero cuando la oía reprender a sus sirvientes con dureza, le dolía mucho el trato de que hacía uso la mujer libre y se preguntaba: “¿Es ésta la mujer libre? ¿No sería una maldición para la humanidad el que la mujer alcance este estado?”… Pero luego se contradecía, diciéndose a sí mismo: “No. Una vez que se la eduque bien, y cuando esté inspirada por su corazón, la mujer será la bendición de los hombres”.

Cuando el Bey le ordenó que compareciera ante su hija, sintió Adonis temor y disgusto. Pero estaba obligado a obedecer: ella era su ama.

Ante Ashtaruth, saludó con una inclinación de cabeza, diciendo:

—Señorita, vuestro padre me envió a vos.

—¿Quién eres tú? —preguntó ella con altivez.

—Soy vuestro humilde servidor, Adonis, el secretario de vuestro padre.

Ashtaruth ejecutó con la boca una mueca de visible decepción. Mientras tanto. Adonis observaba detenidamente todos sus movimientos.

—¿De dónde eres?

—Del Líbano, señorita.

—¿Eres druso?

—No, cristiano.

—¿A qué has venido a nuestro país, “jatib”?

—La pobreza, señorita, obliga al hombre a hacer aún lo que no desea.

La hija del Bey, orgullosa y altiva, miró un momento a Adonis y le dijo:

—¿Por qué no trabajaste para ganarte la vida?

Adonis calló. Pero sentía la rebelión de su sangre y el grito de su corazón que se volcaba.

—¿Por qué no contestas?

—No sé, señorita, qué es lo que queréis significar con la palabra trabajo. Creo que estoy trabajando.

—¿Tú, trabajando? —exclamó ella riéndose sarcásticamente— ¡Ja, ja! Esto sí que está gracioso… ¿Tú llamas trabajar al escribir una o dos cartas a la semana y apuntar unos números en un cuaderno, durante un cuarto de hora cada día?

Nuevamente guardó silencio Adonis. El también se creía un parásito en esa casa. Era verdad cuanto ella le decía. Pero nunca había esperado recibir de alguien aquella herida… Y sintió que la sangre de aquella herida iba a brotar de sus ojos, transformada en lagrimas.

—Qué, vuelves a callar? —gritó Ashtaruth.

—Si… señorita, porque veo que tenéis razón.

—Pero el que yo tenga razón no es suficiente. En esta casa no queremos holgazanes.

—¿Podéis, señorita, designarme algún otro trabajo? —preguntó lentamente Adonis, esforzándose para retener sus lágrimas.

—¿Por qué no? Puedes ir desde mañana a cortar cebada con los trabajadores.

—Lo pensaré, señorita… ¿Deseáis algo más de mí? Sin contestar a su pregunta, le dijo:

—¿En qué sabes trabajar?

—En casi nada, señorita, porque he salido recientemente de un colegio.

—¿Un colegio? ¿Y cómo dices que eres pobre? ¿O es que hay colegios de caridad en Líbano?

—No, señorita. Pero antes sí tenía para poder estudiar.

—Si, sí —afirmó ella—. El Líbano tiene una manía: el labrador vende su yunta de bueyes para educar a su hijo en un colegio. ¿Y para qué? ¡Para hacer de él un holgazán!

Esta otra verdad fue dirigida directamente al corazón del joven. Ashtaruth, viendo la sumisión y el silencio del desgraciado, buscaba otra arma para herirle.

—¿Cómo me dijiste que te llamabas? —Adonis, para serviros.

—¡Adonis! ¡Ja, ja, ja! —y estalló en una risa histérica — Adonis era el amante de Ashtaruth. ¡Qué barbaridad!… Oye, debes cambiarte de nombre ahora mismo… —Y añadió lamentándose—. ¡Qué desgracia! Yo, Ashtaruth. tengo a mi lado a Adonis. ¡Esto es el colmo! Debes cambiar desde ahora tu nombre.

Adonis sentía que se le escapaba el aire. No podía respirar… Quería huir lejos de aquella bárbara mujer, huir después de abofetearla. Sentía el horrible deseo de hacerlo, aunque eso le costara la vida, pero recordó el juramento hecho a su maestro y callado se serenaba.

—¿Qué te parece el nombre de “holgazán”?

—No es malo, señorita. En la escuela me llamaban “chiflado”.

Esta respuesta de Adonis, arrancó nuevamente la carcajada de su ama, que dijo:

—¡Qué gracioso…! ¿Y por qué cambiaste de nombre?

—Son ellos mismos quienes me devolvieron el original.

—Pues mientras vivas en esta casa, no te devolveré tu nombre. Te llamarás Holgazán.

Calló Adonis meditando, para decir luego:

—¿Y si me voy de la casa?

—¿Cómo? ¡Tú no puedes salir de aquí sin mi orden y la de mi padre!… Salvo el caso que prefieras ser tratado a palos, como a los demás sirvientes.

(Cabe aquí anotar, que el jefe druso es amo y dueño, de la vida y de la muerte, de los de su pueblo.)

—¿Y usted señorita, cree que sus palabras son menos duras que el palo?

Esta pregunta salió de los labios del joven, saturada de veneno. Al oírla, Ashtaruth, no supo qué hacer ni qué decir. Y tomando de su pie el zapato, se lanzó contra Adonis. Este, al verla como una leona herida, tomó la resolución de no moverse de su puesto, y de no hablar ni una sola palabra.

Cruzó los brazos en serena actitud, levantó la cabeza, y clavó en ella una mirada desafiante. Su postura semejaba la de un rey.

Al verle en aquella “pose”, Ashtaruth bajó su mano que se hallaba a la altura del rostro de Adonis, le miró con desprecio, y volvió a recostarse sobre su lujoso diván oriental. Ella meditaba y su siervo la contemplaba. Pasados dos minutos, la hija del Bey rompió el silencio, diciendo:

—¡Vete, Holgazán! Ya meditaré tu castigo. Se inclinó Adonis con respeto, y salió.

Llegó a su cuarto, corrió el cerrojo de la puerta, y lanzándose sobre el lecho, murmuró:

—¡Aristóteles! ¡Aristóteles! Tú me aniquilas…

Pasaron dos días sin que ningún suceso rompiera la rutina. Adonis los pasaba entregado a sus libros y a sus meditaciones.

Quería abandonar esa casa, pero no podía faltar a la palabra dada a su Maestro. Quiso relatar a Aristóteles todo lo sucedido pero le dijeron que estaba ausente por un tiempo indefinido.

Al fin, trató de olvidarlo todo, diciéndose que él era secretario y contador del padre, y que la hija nada tenía que ver con él.

Al tercer día, fuera de toda costumbre, el muchacho que le servía no le llevó su desayuno. Adonis lo atribuyó a un olvido, pero tampoco le enviaron el almuerzo ni la comida.

Por la noche, al salir del salón de huéspedes, se encontró con el sirviente y le interrogó:

—Oiga, joven, ¿por qué no me llevó hoy comida? Y el sirviente, mirándole con insolencia, le respondió:

—Vete a trabajar, Holgazán, para merecer alimento.

Comprendió Adonis de dónde le venía el golpe.

El dolor y la desesperación de que fue presa, le sumieron en horribles convulsiones espirituales, y la incertidumbre de su situación le arrancaba quejidos de despecho. Se inclinó tristemente y se refugió en su cuarto. ¿Qué debía hacer? ¿Abandonar la casa…? Ya varias veces le había dicho Aristóteles:

—”Nunca debes salir de aquí”.

¿Presentaría sus quejas al padre? ¿Y acaso el padre iba a aceptar quejas contra su adorada hija…? Y su maestro también le había dicho:

—”Tus sufrimientos serán tremendos, pero no debes quejarte a nadie, sino a tu corazón. Esta es tu prueba”. ¿Abandonaría la iniciación? Eso era indigno. Después de largo cavilar se dijo:

—”Tantas veces he sufrido el hambre, que no me importan unos días más”. Y se dedicó de lleno a sus estudios.

Los manuscritos que le había dado Aristóteles, eran escritos por él y poseían ciencias y secretos filosóficos muy raros.

Entre las obras, había algunas que llevaban estos títulos: “Antes del nacimiento”, “El misterio fundamental de las religiones”, “El deber del Mago y el derecho del hombre”, “La salud por el espíritu y la mente”, “La voluntad como arma”, “El poder en la dulzura”, “El dominio que el Mago debe evitar”, “Dios y el hombre”, “Magia”.

Después de cada capítulo de las obras citadas, se encontraban siempre dos palabras escritas con tinta roja y encerradas entre paréntesis, así: “(Medita y practica)”.

Ante cada sufrimiento. Adonis acudía al libro que necesitaba y buscaba un capítulo especial, lo leía, lo meditaba, y seguía sus consejos. Después de la práctica de los consejos que encontraba en los manuscritos sentía un alivio innegable, y comprendía cada vez más la intención de Aristóteles y el por qué de los sufrimientos. Y aquella noche, se dijo:

—”Aunque el mundo entero se convierta en Ashtaruth El Atrash, no podría influir en mi ánimo. Continuaré aquí, aunque sea sin comer”.

Al día siguiente, salió temprano de la casa, en busca de algún alimento. Pasó en la calle, cerca de la casa de Feres Eziban, hombre acaudalado y que no estaba en buenas relaciones con el Jefe Jadallah, por razón de un disgusto antiguo.

Por casualidad, en el momento en que Adonis cruzaba por allí, entraba Feres a su casa, y viéndole le llamó la atención:

—¿A dónde vas, jatib?

—Sin rumbo fijo, señor.

—Ven un rato. Charlaremos un poco… ¿Has desayunado?

—No, todavía.

—Entonces entra a desayunar conmigo.

Entraron juntos.

Y mientras el dueño ordenaba que se preparase un buen desayuno, Adonis esperaba impaciente, y el olor de los huevos fritos en aceite que se escapaba de la cocina, aumentaba y excitaba su apetito.

Tras un momento de espera, ambos desayunaban, y el dueño de casa atendía a su huésped.

Cuando se hallaban satisfechos, Feres preguntó a Adonis:

—¿Estás contento en la casa de Jadallah?

—No me quejo —respondió el jatib, evasivamente.

—Oye, jatib, —propuso Feres— yo tengo un hijo de doce años de edad y quisiera enseñarle a leer. ¿Quieres tú ser su maestro?

—No hay inconveniente… ¿Cuánto me paga?

—Dos libras mensuales y la comida.

—Es muy poco, excelencia.

Al oír este nombramiento, se sintió halagado el dueño de la casa y dijo sonriendo:

—Te daré tres libras.

—Que sean cuatro, las que me pague, y el trato está hecho.

—Aceptado, jatib.

—Pero con una condición —propuso Adonis.

—¿Cuál?

—Dos horas por la mañana y una hora por la tarde. —Está bien. Y si quieres venir a la casa, te preparo una habitación cómoda.

—No, gracias. No puedo salir de la casa del Bey. Y al llamado de Feres, acudió su hijo, que comenzó a intimar con Adonis, poniendo así el primer hilo en la urdimbre del cariño.

Cerca de las tres de la tarde, Adonis volvió a la casa. Encontró en el patio a Ashtaruth, en compañía de seis muchachas, primas y amigas. Al verlas, saludó sin detenerse y continuó su camino.

—¡Hola, joven! Ven acá —ordenó imperiosamente, Ashtaruth.

Se acercó Adonis y saludó con la cabeza, sin despegar los labios.

—¿Qué, has perdido la facultad de hablar?

—El silencio es oro, señorita.

—Entonces —habló sarcásticamente ella— véndenos un poco de tu silencio, señor Holgazán.

Una carcajada juvenil y femenina resonó en los muros del patio. Adonis callaba pero su rostro se tornó lívido. Ashtaruth se mordió los labios, y con tono autoritario, exclamó, dirigiéndose a una habitación:

—Entremos.

Entraron todas las mujeres, y Adonis permaneció en su puesto, como si sus pies se hubieran clavado en el lugar que ocupaba.

—¡Ven acá! —ordenó la hija del Bey.

Con pasos lentos, se encaminó Adonis a la habitación en la que estaban reunidas las mujeres.

—Siéntate.

—¿Qué nuevo martirio me está preparando, señorita?

Las palabras del jatib, el tono doloroso y humilde con que las había pronunciado, parece que despertaban en ella la voz de la conciencia. Se ensombreció su semblante, pero en seguida recobró su lucidez. El orgullo amordazaba la voz que nacía. Se volvió a sus compañeras, diciendo:

—Yo, Ashtaruth, os presento a mi adorado Adonis. Y pronunció estas palabras, con gracia del comediante satírico, lo que causó la risa de todas las chiquillas.

—Ven, —continuó hablando a Adonis, con ridícula ternura—, siéntate, amor mío… ¿No tienes hambre?

—No, señorita. El holgazán no merece comer.

—Recuerda que te dije que sabría castigarte.

—Y yo le digo, señorita, que este holgazán está en su casa por su propia voluntad, sirve aquí porque él lo quiere, sin que nadie le obligue… Tal vez mañana o pasado me iré para siempre.

—¡Ah! ¿Ya te nombraron ministro? ¿O sin duda te llama a su lado el Emir Faisal?

Al oír este nombre. Adonis sintió un despertar interno y se quedó pensativo, sin escuchar siquiera las manifestaciones de alegría de que hacían derroche las amigas y primas de su ama.

—¿No te gusta vivir con nosotros? ¿Qué te hace falta…? Vives comiendo, bebiendo y durmiendo sin hacer nada.

—Pues, de hoy en adelante no comeré ni beberé en su casa, señorita.

—¿Vas a ayunar?

—No, señorita. Trabajaré, en donde aprecien mi trabajo. Ashtaruth quedó un momento pensativa. Y dijo luego:

—¿Y en dónde dormirás?

—Me basta una orden suya, y desocuparé el cuarto. La hija del Jefe Jadallah, tentada estuvo a decir la palabra que esperaba Adonis. Pero la retuvo.

Una de las muchachas, compañera de Ashtaruth, se acercó y le dijo:

—Déjale, Ashtaruth. ¡Pobre joven!

Y así interrumpió esa conversación, que se tornaba sombría. Adonis la miró con gratitud, mientras su ama le ordenaba:

—Vete. Y cuidado con salir de esta casa.

Al día siguiente, por la mañana, el sirviente llevó a Adonis su desayuno.

Pero al verlo, recordó el jatib el insulto recibido el día anterior y la promesa hecha a Ashtaruth, y le dijo:

—Llévatelo. Y vete a decir a la señorita que le agradezco su limosna, pero que ya no me es necesaria.

Ocho días transcurrieron.

Adonis se convirtió en el maestro de un muchacho inteligente, pero demasiado inquieto.

Supo Jalladah Bey, de labios de su hija, el nuevo estado de su jatib. Y enfurecido lo mandó llamar.

Se presentó Adonis y lo encontró paseándose a todo lo largo del aposento, mientras su hija estaba sentada, en actitud pensativa.

—¿De dónde vienes?

—Señor, vengo de dar una lección de lectura al hijo de Feres Bey.

—¿De Feres Bey? ¿Cómo? ¿No sabes que somos enemigos…? ¡Mi propio secretario, sirviendo en casa de mi enemigo!… No faltaba más.

—Perdón señor. Yo no sabía este particular. Con todo aún así, yo no veo el mal en enseñar a leer a un niño inocente.

—Pues señor jatib, debes saber que aquí no consentimos esto.

—Perdón, señor —dijo Adonis mirando a Ashtaruth— como aquí soy holgazán, quise ocuparme en algo.

—No, eso no lo permito. Si necesitas dinero o cualquier otra cosa ¿por qué no me pides?

—Yo no pido nada, señor, porque nada necesito.

—¿Cómo que no necesitas? Desde que estás aquí no te he pagado nada.

—Nada me faltó, Bey, —contestó Adonis calmadamente— por eso no le pedí.

Jadallah Bey se disgustó contra si mismo. Y como si hablara solo, sin que nadie le oyera, murmuró:

—Tanto tiempo sin recibir un solo centavo. ¡Qué calamidad!

—Su bondad para conmigo —dijo Adonis con sinceridad— vale más que todo el dinero del mundo.

—Basta ya. Vete ahora mismo a decir a Feres Eziban que no puedes continuar dando clases a su hijo.

—Está bien, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que iré, durante el día, a cortar cebada y trigo con los trabajadores.

El Bey lo miró estupefacto. Movió su cabeza y exclamó:

—Se ha vuelto loco este hombre. Y salió para asistir a un entierro en un pueblo algo distante, dejando completamente solos al jatib y a su hija.

Ashtaruth se levantó de su asiento y ?e dirigió a Adonis. Este quiso salir, abandonar el recinto, pero ella le detuvo diciéndole:

—¿Estás vendiéndonos al enemigo, eh?

Adonis sintió que la sangre se le agolpaba en la cabeza. Experimentó un terrible martilleo en las sienes, y en sus ojos amenazaban las lágrimas por salir… Se mantuvo callado, mientras Ashtaruth proseguía:

—Ahora que ya no puedes cobrar el valor de tu traición ¿qué esperas hacer?

—Pues, para no verte, iré a trabajar al campo con los trabajadores.

Ashtaruth tembló de indignación. Su orgullo y su poderío estaban heridos y sangrantes ante estas palabras de Adonis. ¿El, un sirviente, tratándola de “tu”? ¿él, un miserable holgazán, injuriándola? Íntimamente deseaba que la tierra abriera sus fauces para tragar al monstruo que tenía delante.

Ante la culminación de su cólera, en el supremo espasmo de la indignación, no sabía qué actitud tomar. Ni siquiera buscaba en su mente el medio con que se vengaría, quizá con la idea subconsciente de que nada sería lo suficientemente duro y grave para castigar al desgraciado.

Mientras, por la ventana más próxima veía a su padre alejarse en compañía de su séquito. Ella, que siempre fue libre de hacer lo que le placía, ella que siempre dominó y que dejaba obrar a sus impulsos, era más libre ahora, ahora podía dominar más aún.

Afiebrada y enloquecida, vio entrar, en ese preciso momento, a un labrador fornido y musculoso, como una estatua de bronce, y que preguntaba por el Bey. Llevaba en la mano una cadena de hierro para los caballos.

Cuando lo vio Ashtaruth, corrió a él, y le dijo en un grito:

—¡José, este hombre me insultó!

Y antes de que ella terminara sus palabras, el esclavo levantó su mano poderosa y golpeó con la cadena a Adonis, quien perdiendo el conocimiento, rodó por los suelos, dejando a su paso una ruta de sangre que manaba de su cabeza…

En aquel instante, la figura venerable e imponente de Aristóteles, ocupó el hueco de la puerta.

Se acercó al herido, y clavando su mirada en la joven, dijo:

—¡Mujer cruel! Muy caro has de pagar por lo que has hecho. Levantó en sus brazos a su discípulo, y lo llevó a su cuarto. Hizo un vendaje en su cabeza y ordenó al desvanecido:

—Duerme hasta que tu herida se cicatrice por completo. Y dirigiéndose al gigante trabajador y a Ashtaruth, habló:

—Nadie debe saber que yo he estado aquí.

—Sí, señor —respondieron a coro.

—Nadie debe molestar al herido.

—Sí, señor.

—Ahora, cada cual a sus ocupaciones. —Dijo esto Aristóteles y salió.

Ashtaruth, atontada se preguntaba:

—¡El gran Hierofante Aristóteles! ¿Qué relación tiene con Adonis…? ¡Dios mío, líbrame de la maldición del Hierofante!

Por asuntos personales, ocho días tardó el Bey en regresar. Adonis continuaba en cama con alta temperatura, y desvariaba en sus delirios. Recriminaba a Ashtaruth y otras veces a Eva. A esta última trataba de traidora por haberse casado con otro hombre. Cantaba versos, y luego hablaba:

—No, no Maestro: no soy digno de tu iniciación, porque no puedo soportar más.

Ashtaruth, lloraba arrepentida, al palpar su impotencia para aliviar al herido. Le oía quejarse, y trataba de distraerse leyendo las cartas del jatib. sus poemas y otras veces, los manuscritos que descansaban en la mesa.

Al tercer día, mejoró Adonis. Abrió extrañado sus ojos, y cuando vio a la mujer a su lado ocultó su rostro y lloró.

La primera noticia que dieron al Jefe Jadallah, a su regreso, fue la del suceso ocurrido al instante de su partida.

Y aquel bondadoso hombre, se trocó en una bestia. Quería ordenar que viniera el jatib, el trabajador, la hija; pero tartamudeaba de cólera y no atinaba a pronunciar uno solo de los nombres.

¿Maltratar al huésped de un druso en su propia casa? ¡Dio? mío, eso nunca se había presentado en la historia de su pueblo!

El, un druso, un Jefe de los drusos, que se creía descendiente del Rey Munzer ibn Ennamán; que se creía heredero de toda la gloria de los árabes. No podía soportar este golpe. ¿Cuantas veces la historia y la tradición de su pueblo atestiguaban el hecho de que un asesino se refugiaba en casa del padre de la víctima, y era tratado con respeto y hasta defendido de la justicia? ¿Y ahora, bajo su propio techo, un huésped, un jatib, se quejaba y lloraba, herido por un sirviente, por un trabajador del campo?

Pasado el primer ataque de cólera, el primero que por su orden fue arrastrado al salón era el labrador. El pobre hombre tenía el rostro descompuesto y cadavérico.

El Bey ordenó a sus hombres que le desnudaran la espalda. El infeliz debía ser azotado. Y en esta clase de castigo, rara vez salía la víctima con vida.

Adonis ya estaba curado de la herida de su cabeza. Pero la que le habían causado en el corazón, manaba sangre aún.

Estaba envolviendo los manuscritos para devolverlos a Aristóteles pensando y hablando consigo mismo, cuando entró su sirviente, diciendo:

—El Bey le llama, señor.

Mucho le asombró la llamada del Jefe, quien hacía apenas media hora que acababa de llegar.

Se disponía a salir de su habitación, cuando le detuvo el sirviente, arrodillado y abrazándole las piernas. Suplicaba:

—Señor ¡sea usted indulgente conmigo! ¡No cuente al Bey lo que le dije el otro día! ¡Perdóneme…! El Bey me matará como está matando al desgraciado que le hirió.

Tembló Adonis. De un salto atravesó el patio y se lanzó a la carrera hacia el salón general.

Al entrar, escuchó en la puerta el primer grito del labrador, que recibía el primer azote. Adonis sintió como que el látigo caía sobre su propia espalda, y más aún, sobre su corazón herido todavía.

Se abrió paso entre los que estaban presentes, y corrió a arrodillarse a los pies del jefe druso, diciéndole suplicante:

—¡Por Hamsa, Jadallah Bey, por Hamsa, por el Muktana, escúcheme usted!

El nombre de Hamsa pronunciado por un cristiano, petrificó a los que se hallaban presentes.

Al oír aquel conjuro, el Bey retrocedió dos pasos, y al ver el cuadro que se presentaba a su vista, dijo conmovido:

—¡Por Hamsa y el Muktana, pídeme lo que quieras, jatib!

—¡Primero, que suelte a este inocente, y luego que me escuche usted!

Los asistentes a la escena, miraban sorprendidos y estupefactos. —¿Inocente? —preguntó el Bey, con marcada duda. —Si, señor. Es inocente; sólo yo soy el culpable.

Esta segunda frase de Adonis causó mayor efecto aun entre los concurrentes.

—¿Qué dices, hombre?

La verdad, señor. Y si alguien merece ese castigo y esos golpes, soy yo quien lo merece.

Estas palabras llegaron a la culminación de la sorpresa general. Jadallah no supo que decir… ¿Cuando y en dónde se había visto que un hombre confiese su culpa y su delito para salvar a otro hombre, a un miserable labrador?

Jadallah dijo:

—Jatib, tú sabes que el castigo no llega al huésped. Pero tú has abusado de tu privilegio.

—No niego, señor, mi culpa. He abusado. Y recuerde su juramento; por Hamsa, la Luz.

—Bueno, pero dime, ¿qué ha pasado?

—Yo fui grosero y falte el respeto a su digna hija, y este hombre castigó mi falta.

Adonis, con sus palabras, jugaba con la emoción de los asistentes que pasaban de una sorpresa a otra.

—¿Que tú has faltado el respeto a mi hija? ¿Que te ha hecho ella?

—Nada, señor. Solamente me reprochaba por una falta cometida y yo no pude soportar el reproche.

—¡Por Hamsa!… No sé qué hacer.

—Cumplir con el juramento —respondió Adonis.

El Bey ordenó, con un gesto de su mano, desatar al infeliz labrador que escuchaba todo, tonto, y con las pupilas desorbitadas, y sin creer que se salvaba de aquella situación.

—Ahora, señor —murmuró Adonis —, reciba usted mis eternos agradecimientos y al mismo tiempo, sírvase otorgarme su permiso para dimitir mi cargo en su honorable casa.

—Poco a poco, señor —interrumpió Jadallah—; todavía tengo que consultar con mi hija… Señores —añadió—, cada cual a su trabajo.

Y salió por una puerta lateral que conducía a sus habitaciones.

Los asistentes admirados y silenciosos ante los sucesos que acababan de presenciar, salieron enmudecidos.

Adonis se dirigió a su cuarto, pálido y debilitado. A la puerta oyó una voz que le decía:

—Señor, gracias. Yo le debo la vida.

Volvió el jatib su mirada, y vio arrodillado y llorando a la víctima. Le miró un momento, y le dijo:

—Levántate, hombre, no me debes nada. Pero, para otra vez, que tus golpes no sean tan mortales.

No cabe duda que el hombre es bueno por naturaleza. El mal en el, es accidental.

Ashtaruth durante aquellos ocho días se transformó por completo. Diríase que nació de nuevo. Durante la gravedad de la herida de Adonis, no le abandonaba sino por muy pocos minutos. y hasta en la noche velaba a su lado, varias horas.

Adonis, en su desvarío, la recriminaba siempre y divulgaba ciertos secretos de su vida que podían serle comprometedores. Hablaba de conspiraciones, de horcas, de huidas, de amor, de poesía.

Su enferma imaginación era un cuerpo duro que le devolvía el eco del pasado.

Hablaba del Hierofante Aristóteles, y le llamaba maestro unas veces y otras, padre.

Ashtaruth quería ocultar lo sucedido y si le fuera posible, borrarlo de su mente. Mientras lo veía en el lecho, calenturiento, prometía a Dios, que si se mejoraba pronto, cambiaría su conducta y su proceder, no sólo con Adonis, sino hasta con los gatos y gallinas.

Cuando comenzó su convalecencia, le abandonó, pues no podía soportar su mirada y designó a un hombre con su esposa, para que lo cuidaran día y noche.

Cicatrizó la herida y Adonis abandonó el lecho. Pero todos los sirvientes de la casa estaban al tanto de lo sucedido.

Cuando regresó su padre, ella estaba ausente. Había ido a visitar a una prima suya en Zibin, pueblo que distaba algunos kilómetros. De modo que los últimos sucesos se habían desarrollado en su ausencia.

Cuando regresó por la tarde, oyó de boca de los sirvientes todo el relato de lo sucedido; ellos lo contaban sin omitir detalle alguno, con exclamaciones y observaciones propias de ellos. Los comentarios eran siempre favorables a Adonis.

Cuando preguntó por su padre y le dijeron que se hallaba en sus habitaciones, entonces se encamino a verlo.

No se pudo saber lo que hablaron aquella tarde padre e hija.

A la hora de comer, se presentó el sirviente a Adonis diciéndole:

—El Bey le espera en el comedor particular.

Ignorando el objeto de la llamada, el joven se dirigió al comedor.

Al entrar, encontró al Bey y a su hija sentados a la mesa. Ashtaruth continuaba vestida con su ropa de montar.

—Siéntate a comer con nosotros, jatib —invitó el padre.

—Gracias, señor.

—Mi hija me ha contado todo lo sucedido, y es ella quien tuvo la culpa. Por poco he cometido una injusticia, le agradezco que hayas detenido mi brazo.

Y metiendo la mano al bolsillo, tomó un puñado de libras esterlinas que colocó en la mesa delante de Adonis, diciéndole:

—Materialmente, esto es una prueba de mi gratitud y no una recompensa. Tu resignación y tu proceder de esta tarde nos dejaron consternados a todos… Aristóteles jamás se equivoca: basta que él te recomiende para que seas digno de su confianza y de la nuestra.

—Estoy muy reconocido, Bey, pero yo no merezco tanto oro.

—¡Cuidado! Conoces nuestras costumbres y ya sabes que un regalo rechazado es una doble ofensa.

—Entonces —dijo Adonis— acepto, señor, y quedo muy reconocido.

—De hoy en adelante, se ha comprometido mi hija a tratarte como a un miembro de familia.

—Os agradezco infinitamente, pero he resuelto partir, señor. Ya es tiempo.

—Oye, jatib. No agotes mi paciencia… Tú no puedes salir, porque estás condenado a la horca. Además tengo que dar cuenta de ti al Hierofante. De manera que se razonable: quédate aquí y viviremos todos en paz.

—¿Sabe usted en dónde esta Aristóteles?

—Nadie sabe a dónde va, ni cuando viene. El es el único ser que tiene derecho de averiguar a los demás lo que le plazca, pero nadie tiene el de averiguarlo a él.

Volvió a ocupar la alegría el corazón de Adonis.

A insinuación del jefe druso, le relató la huida de Líbano. sus aventuras y cómo logró escapar a la justicia, cómo fue desnudado varias veces por los beduinos, etc. Todas estas anécdotas arrancaron muchas carcajadas al Rey y a su hija.

Cuando se retiraron a dormir, había sonado ya la una de la madrugada.

 

 

CAPÍTULO XIV

CARTA DE ARISTOTELES A ADONIS

 

“Te felicito y me alegro por tu triunfo. Los últimos acontecimientos han reducido el tiempo de tus pruebas a la mitad. Pero tienen que venir luego las pruebas de la dulzura que son más peligrosas que las del dolor que acabas de soportar.

“Debes saber que tu último proceder para con aquel hombre, te ha elevado a la dignidad de un Dios. En todo el pueblo no se habla sino de ti. Jadallah te quiere como a un hijo y Ashtaruth te adora.

“Tienes actualmente alrededor tuyo un aura de atracción formidable, y si no llegas a neutralizarla, todo estará perdido.

“El hombre en su dolor, trata de buscar y encontrar a Dios; pero en el placer, de todo se olvida menos de su alegría. Pues mientras más ignorante es el hombre, más fatuo y arrogante es, por su egoísmo.

“El aspirante a Mago, no puede dar un sólo paso en el sendero de la Magia si no tiene a su corazón propio como guía. Día y noche debes escuchar aquella voz silenciosa y seguir sus mandatos.

“En las pruebas del dolor, a veces, hasta el miedo y el instinto de conservación pueden intervenir para salvar a un hombre. Pero en las pruebas del placer, la misma pasión conduce al hombre a su propio aniquilamiento, con alegría y gozo, a semejanza del gato que lamía una lima de hierro, y bebía contento su propia sangre.

“Cuanto más elevada se encuentra una cosa, tanto más formidable es su caída. La energía vital que está en ti actualmente, te está impulsando al amor que comienza a embargar tu cuerpo, hermoseando tu rostro, y ennobleciendo tu carácter. Debes seguir tú el sendero del amor espiritual que no tiene nada de impuro, en su fervor ideal, y evitar la degradación del amor.

“La fuerza vital y creadora es el camino de la iniciación interna de un aspirante. En su jornada, desde su origen espiritual, es una idea, que se convierte luego en un sentimiento emocional y por último en una sensación de los órganos sexuales. Si quieres ser un filósofo, mantenía en su primera fase; si quieres ser artista, en la segunda; pero si quieres llegar a ser un Dios, debes manejarla en su tercer período.

“Toda energía es Una y si empleas una gran cantidad de ella en una sola dirección, poco te quedará para utilizarla en otra. Si la mayor parte de esta energía se emplea para la satisfacción personal, sólo puede hacerse a expensas del Yo Superior Impersonal.

“La fuerza creadora pertenece al Cosmos y no al individuo; a la raza y no a la persona; es al Cosmos y a la raza a quienes debe ser devuelta.

“No debes materializar tus pensamientos divinos si quieres evitar la caída, sino que por el contrario, debes espiritualizar toda sensación para poder entrar nuevamente en el Edén.

“No debes vender toda tu vida por un minuto, ni tu primogenitura por un plato de lentejas.

“Por los manuscritos que están en tu poder, ya sabes cuáles son las pruebas que debe sufrir un aspirante. Ya has pasado por tres y te resta la cuarta que es más difícil.

“Con todo, debes entregarte al fuego, pero no jugar con él. Para rasgar el velo es preciso que tu alma se excite por el fuego, este fuego debe quemar todo lo innoble e indeseable para llegar a ver a Dios cara a cara.

“La castidad es la puerta de la iniciación por la que puede el hombre pasar a su mundo interno, en el que estará en comunicación permanente con las inteligencias angelicales poseedoras de la memoria de la naturaleza.

“Cuando la energía creadora por medio de la castidad invade la médula espinal, sintoniza todos los centros del hombre para abrir camino hacia el Reino de la Realidad.

“El Cristo en ti tiene que ir al Padre para abrirte el camino. “Para acortar el tiempo de duración de tus pruebas, tenemos que colocarte al borde de un precipicio… Tenemos que valernos de alguien para que encienda en ti el fuego del altar; este fuego produce humo y luz, y eres tú quien debe escoger entre lo uno y lo otro. “Este fuego encendido en tu sangre gaseosa te pone en contacto con el alma del mundo y es en este estado en el que debes recibir la iniciación.

“Todo depende de tu imaginación y de tu fuerza de voluntad. Actualmente eres el Hijo del Hombre; por el fuego serás el Hijo de Dios y un sacerdote a manera de Melquisedek.

“Tú necesitas de la mujer para divinizarte, pero cuídate de la mujer. Busca a la mujer para que encienda en ti ese fuego sagrado pero cuídate de la mujer, que tiene el poder de apagártelo.

“Ámala sin deseos y adórala sin profanación, y entonces serás digno de la Gran Iniciación.

“La mujer te conduce hasta el Cristo (Hamsa) que está en ti, pero también puede conducirte al demonio y al infierno que están en ti.

“El fuego encendido por la mujer consume toda traba que se halla entre ti y tu Salvador, pero el humo puede cegarte… Ese fuego debe ascender a tu cráneo, mas nunca debe salir de tu órgano sexual.

“Hijo mío, tienes que encender en ti la zarza de Horeb para poder hablar con Dios…

“A la luz de este fuego puedes aprender los misterios de la Naturaleza que no se hallan en los libros. Y todos estos misterios se encuentran en la mujer misma.

“Ámala y protégela de ti mismo.

“En el vientre de la mujer se halla oculta la máxima sabiduría. Pero esta sabiduría se encuentra al fondo de un abismo oscuro y peligroso. Tienes que bajar con luz, pues si no, el humo te hace perder la razón y puedes estrellarte.

“Serás bendito si ves siempre a Dios en el vientre de la mujer.

“Los ángeles te bajan de tu cielo el polen del árbol de la vida.

Esta semilla no es, ni debe ser, masculina o femenina.

Para volver a la divinidad debes tener una mujer en ti y no una mujer para ti.”

 

CAPÍTULO XV

UNA VISION TERRIBLE

 

Tengo un primo mío, sabio sacerdote, y santo a la vez. Un día me relató esta historia:

“Estando en el confesionario, se arrodilló delante de mí una joven. Hizo la señal de la cruz y se quedó callada.

“Después de un minuto de silencio, le dije:

“Confiesa, hija, tu pecado.

“Me miró sorprendida y me preguntó:

“—¿Qué es pecado, padre?

“Esta interrogación me dejó mudo; pero luego le dije:

“—¿No sabes qué es pecado?

“—No.

“—Pues pecado —le dije— es hacer una tontería a tu edad, como por ejemplo, comer paja.

“—Padre, yo nunca he comido paja.

“—Entonces vete, hija mía. Tú no has pecado.

“Pero al tercer día, con sorpresa vi a la misma joven arrodillada nuevamente en el confesionario, y me dijo:

“—Perdóname, padre. He comido paja.

“—¿Y qué tal te pareció el pecar?

“—Es tal como usted me dijo —me respondió—, una tontería.

“—Pues bien, hija: de hoy en adelante, cada vez que quieras cometer un pecado acuérdate de esto, y piensa en tu corazón diciendo: ‘Esto es otra tontería como comer paja’… Ahora, vete a rezar como penitencia, un Padrenuestro.”

La carta de Aristóteles, despertó en Adonis muchas ideas nuevas y una gran sorpresa.

¿En dónde iba a buscar aquella mujer y para qué? El amaba con toda la fidelidad de su corazón a Eva.

¿Cómo podía llegar hasta ella para amarla sin deseo y adorarla sin profanación? ¿Puede acaso haber un amor sin deseo? ¿Cómo podía entregarse al fuego sin jugar con él?

“¡Ashtaruth me adora! —meditaba—. No tengo la menor duda. Con mi propia sangre ha sellado su adoración hacia mí.”

Sin embargo, a pesar de todas estas objeciones que surgían en él, se despertó también el deseo de hacer una tontería, la de comer paja, o sea amar sin deseo.

¿Pero, a quién iba a amar? ¿Y un amor como éste no era una traición a Eva?

¡Eva, el blanco de sus pensamientos! Hacía algún tiempo que no la veía en sueños como antes. ¿Qué sería de ella? ¿Por qué no había vuelto a verla?

Seguramente, sus sufrimientos recientes ocuparon todos sus pensamientos y sueños.

Sintió deseo de verla. Pero no. No era sólo un deseo: era ansia, era ardor, era un fuego que calcinaba su corazón.

Este fuego le sofocaba. Suspiró fuertemente. Dejó la carta en el cajón de la mesa y salió para desahogarse en la frescura de la tarde.

Meditabundo, caminaba sin rumbo fijo.

Llego hasta un pozo artificial fuera del pueblo, y por curiosidad se inclinó sobre la piedra, en forma de argolla, que tapaba el pozo.

Contemplaba su figura reflejada en el agua profunda. Pero mientras se hallaba distraído, viendo su rostro en esta posición, del ancho bolsillo del gabán caían todos sus papeles: cartas y retratos de Eva, tarjetas, apuntes, versos.

—¡Ay! —gritó.

¡Qué dolor y qué tristeza! Y mientras reflejaba la angustia por su rostro, recordó, como si un eco lejano le trajera el recuerdo, las palabras de Aristóteles: “Cuando pierdas estos papeles que están en tu bolsillo, perderás tu amor.”

—¡Dios mío! —gritó enloquecido—. ¿Será verdad? ¿Qué mano me guió hasta este pozo fatal?

Y tomó el camino del pueblo, entristecido, mientras a la luz mortecina del crepúsculo, las lágrimas brillaban en sus mejillas.

Oyó, a sus espaldas, el galope de un caballo. Seguía, con el oído su marcha, pero sin regresar a mirar.

De pronto oyó una voz que le llamaba:

—Adonis, ¿qué te pasa?

Era Ashtaruth que regresaba de su paseo diario. Trató de serenarse el jatib, y contestó sin mirarla:

—Nada, señorita.

Ella se desmontó de su cabalgadura, y colocándose a su lado le dijo:

—Oye, Adonis: yo sé que me odias y tienes razón. Pero ahora, yo estoy bastante arrepentida de mis actos… Varias veces quise ir a tu cuarto para pedirte que me perdones, mas mis pies se negaban a obedecerme… No niego que soy orgullosa. Pero esa es la educación del hombre, de mi padre… Nunca conocí a mi madre… ella murió mientras yo nacía… Es por eso que he crecido y me he formado altanera y grosera… desde que sucedieron los últimos acontecimientos, he despertado a una nueva vida. Estoy tratando de enmendar mi carácter… Si conservas algún rencor en tu corazón para mí, yo Ashtaruth El Atrash te pido perdón. ¿Estás satisfecho ahora?

Las palabras de la hija del jefe druso, consolaron un tanto a Adonis, quien respondió:

—Créame señorita, que nunca me inspiró rencor. Pero si usted quiere que le hable con franqueza, confieso que… Y Adonis calló.

—¿Qué? —preguntó Ashtaruth anhelante y curiosa.

—¿No se enojará usted?

—Te lo juro por mi honor.

—Pues, confieso que sentía por usted lástima y compasión.

—¿Qué? ¿Tú, me compadecías a mi?

—¿Ya ve —dijo Adonis sonriendo apenas—, que está enojada?

Ella sonrió también diciendo:

—No, Adonis. No estoy enojada… Continúa ¿por qué me compadecías?

—Porque es usted una mujer que trata de robar el derecho del hombre. La mujer, señorita, debe ser una rosa y no una espina, un perfume que embriague el corazón y no una espina, que lo haga sangrar… Dios le ha dotado a usted de una belleza angelical, de una nobleza indiscutible y de una fortuna fabulosa: tres dones que rarísimas veces se los encuentra juntos en una sola persona. Pero desgraciadamente, hay dentro de su pecho un corazón duro, por no decir pervertido. Con esos tres dones, usted podría conquistar al mundo sin necesidad del grito y del látigo. Porque la mujer, señorita Ashtaruth, nació para ser amada y no para ser temida. Todos los sirvientes de la casa la temen, sí, pero no la aman… Cada vez que la veía a caballo, me decía: “¡Qué desgracia! Esta mujer puede dominar sobre cuerpos, corazones y almas, con la dulzura y el cariño, y ella está buscando el odio de todo el mundo”… Varias veces quise arrojarme a sus pies para que cambie su proceder. Pero sabía de antemano que todo era inútil, si Dios no tocara su corazón con un milagro o algo sobrenatural… Hasta que una vez me dije: “Para cambiar el carácter de esta mujer sería capaz de dar una parte de mi sangre…”

Al decir esto, calló Adonis como si recordara una promesa hecha a sí mismo, mientras que sorprendida Ashtaruth abrió los ojos como si viera todavía la sangre en la cabeza de su sirviente. Luego ella preguntó:

—¿Tú has pedido esto, Adonis? ¿Y por qué?

—Porque el hombre, señorita, tiene cinco sentidos, y todos piden armonía. ¿No ha experimentado usted una molestia profunda, una repugnancia, cuando ha oído una mala voz que desafina y desentona una canción? Pues eso sentía yo cuando veía que desafinaba su hermosura. Sentía la molestia de esa desarmonía. Este era el motivo.

—Adonis, eres un filósofo y un ser digno de respeto —alabó ella—. Pero dime, ¿cómo se llega a esa armonía que tú me dices?

—Con el amor, señorita. Con el amor.

—¿Con el amor? ¿Acaso puedo yo amar a un hombre?

—¿Usted no puede amar? Entonces la compadezco… ¿No puede amar a su padre, a un gato o un perro? ¿No puede amar a un ideal?

—No se qué responderte, Adonis… Esta noche pensaré en tus palabras. Mientras tanto, habían llegado a la casa.

Adonis no comió aquella noche.

Se encerró en su cuarto entristecido por la pérdida de las cartas, pérdida que para él significaba otra de más valor.

No podía dormir. Todos sus pensamientos concluían en un vértice, que era Eva. ¿Qué le habría sucedido?

Y con la imaginación hacia resucitar los momentos pasados, visualizaba todos los sucesos, trataba de ver con su espíritu, teniendo cerrados los ojos, quería romper el velo del tiempo y hacer pedazos la distancia.

De pronto, Adonis sintió temblar todo su cuerpo. Se demudó su semblante. ¿Qué era eso? ¿Lo veía o solamente su exaltada imaginación fabricaba figuras? ¿Era verdadero lo que veía, o era sólo una falsa y engañosa ilusión?

No. No podía ser… No se hallaba dormido, conservaba todo el dominio de sí mismo y sin embargo, despierto lo veía todo.

Eva dormía cerca de un hombre, conocido por él.

—¡No! ¡No puede ser! —gritó mentalmente—. Es una pesadilla.

Y allí estaba él, testigo mudo de aquella escena. El hombre que estaba junto a Eva, besaba su larga cabellera mientras ella continuaba dormida. Sus cabellos atados a la nuca por una cinta blanca, descendían por su espalda en una trenza espesa.

Después, oyó una voz que le llamaba, con una voz delicada, casi imperceptible: —Adonis.

El joven vagó la mirada a su alrededor. No vio a nadie… Pero luego contempló al alma de Eva desprendiéndose del estómago de la mujer dormida.

—Adonis, ¿en dónde estabas?

—Eva, ¿en dónde estás?

Ella miró. Vio a su lado a un hombre, en su mismo lecho, que la besaba. Sintió en su cuerpo un temblor frío, y murmuró doliente:

—¡Oh, qué horror!… Ahora recuerdo…

Adonis continuaba callado, contemplando.

—Me aseguraron que habías muerto. Obligada y dominada por la desesperación, me casé.

—¿Qué dices, Eva? ¿Estás casada?

Ella no pudo hablar y se lanzó desesperada sobre Adonis. Ambos lloraban. Al cabo de un momento de silencio interrumpido apenas por los sollozos, Eva murmuró:

—¿Qué hacemos ahora?

—¿Qué podemos hacer, Eva? —preguntó Adonis a su vez, sintiendo como si su corazón manase sangre—. Yo no puedo amar a la mujer del prójimo.

Con sorpresa, la voz de ella interrogó:

—Dime, Adonis, ¿es verdad que sigues viviendo?

—Sí, es verdad, para mi desgracia.

—¿En dónde estás ahora?

—Aquí estoy.

—No, pregunto por tu cuerpo.

—Aquí esta también.

En ese momento, desapareció de la visión el cuarto nupcial, y en su lugar apareció la alcoba de Adonis, en cuyo lecho se hallaba él humedeciendo la almohada con sus lágrimas.

—Amor mío, ¡cuánto sufres!

—¡Calla, por Dios, mujer! Has hecho de mí el ser más desgraciado en la vida. Pero, ya no hay remedio: éste ha sido mi destino.

—¿Por qué no nos quedamos en este estado? —preguntó Eva. Y luego añadió categóricamente—: No hay necesidad de volver al estado de antes.

—Creo que todavía el hombre no ha llegado a obtener tal poder —respondió Adonis.

Ante aquellas palabras, la mujer se desesperó, y acto continuo los dos hombres. Adonis y el esposo de Eva, se hallaban ante el cuerpo que comenzó a agitarse. El marido trató de despertarla.

—Calla, Eva, por favor —suplicó Adonis—. Una vez que te despiertes ya está todo perdido… Déjame verte por última vez… Cuando estás despierta no te acuerdas de nada.

—¿Cómo por última vez? ¿Acaso piensas abandonarme? —y con voz de ultratumba dijo—: ¡Yo pondré fin a mi vida!

—Tú no puedes suicidarte. No puedes hacer desgraciado a este pobre hombre que te quiere. Debemos resignarnos a la implacable mano del destino.

—Tú puedes resignarte, porque no me amas. Porque nunca me has amado. Pero yo no puedo olvidar. ¿Para qué sirve ya mi vida?… Tú fuiste todo para mí, y debes seguir conmigo. —Y como si estas palabras la hubiesen convencido de su afirmación, repitió—: ¡No, tú no me amas!

Adonis sintió que en su pecho se representaban los horribles suplicios del infierno. Y desfallecido, con voz debilitada por la angustia, respondió:

—Óyeme, Eva. Todos tus sufrimientos no son sino escasas gotas en el mar de mi dolor. Eso es la proporción… Yo soy de aquellos seres que aman una sola vez en la vida. Podré tener luego docenas de mujeres, podré tener mi harén en mi propia casa, pero el verdadero amor ya no renacerá en mí, porque tú lo has arrancado de raíz.

“Tú me has hecho nacer de nuevo, has causado mi segundo nacimiento, y en la página blanca y vacía de mi vida has escrito la Palabra.

“Me has hecho ver los ángeles del cielo jugar alegremente en tus pupilas, y has hecho brotar en mi corazón las fuentes del saber.

“Mi alma sin ti, era como el espíritu de Dios que revoloteaba sobre las aguas, pero contigo abarcó todo el universo.

“Dios derramó en ti la hermosura del alma y del cuerpo y fuiste para mí una verdad oculta que descubrí por el amor y por la pureza.

“Fuiste, eres y serás para mí, como el canto del ruiseñor, el murmullo de la rosa y el suspiro de la aurora.

“Eres para mí el maná que Dios ha enviado en el desierto de mi vida.

“Tú serás para mí el recuerdo del espíritu de su lejano mundo divino.

“Tu hermosura pondrá en mis manos el pincel milagroso para trazar las hermosuras de la revelación y del ensueño. Tu voz colocará entre mis brazos el laúd para interpretar la armoniosa lengua de los dioses.

“Tu recuerdo será para mí el camino hacia la genialidad y tu amor será la escala que me conduzca hacia la Divinidad para dominar a los dioses.

“Tus besos se traducirán en el porvenir, bajo mi pluma, en poemas elevados, en pinturas y cantos eternos.

“Tú eras y serás el espejo en el que se reflejan mis ideas y mis ensueños; en tus ojos he de ver siempre las sombras de mis pensamientos y de mis anhelos.

“En mis sueños, lloré siempre a tu lado, y ahora comprendo recién, por qué tú no podías llorar.

“Estoy condenado por la tristeza a vestirme de seriedad, y nadie podrá ver a través de mi rostro lo que puede sentir mi corazón. Pero el amor que se baña en las lágrimas del corazón, permanecerá hermoso, puro y eterno.

“¿Comprendes ya, Eva, la intensidad de mi amor?”

—Sí, Adonis mío…

—Pues, de hoy en adelante —continuó él—, mis ojos ya no contemplarán la hermosura de las primaveras, sino sólo el furor de los huracanes y tormentas; mis oídos ya no escucharán el canto de la juventud, sino sólo el lamento de la vejez. Mi alma ya no volverá a sentir jamás la gloria de la humanidad, sino solamente el dolor de las caídas y la miseria de los pobres… Eva, yo no te culpo, pero debías guardar luto, siquiera por un año, dada mi supuesta muerte.

Eva lloraba y no respondía a las palabras de Adonis, quien continuó:

—Con todo, hay un remedio —propuso él para tentarla—. ¿Puedes esperar mi regreso para llevarte a un lugar lejano, en donde no nos conozcan y poder vivir tranquilos nuestra vida, envuelta en el amor y coronada por el cariño? Entonces, Eva levantó la cabeza diciendo:

—Adonis, yo no te merezco ni te he merecido nunca. Tú quieres y has querido siempre conducirme a las cimas del saber y de la gloria, y yo te arrastro y te ato a la tierra. No, Adonis: yo, que prefiero el suicidio a perderte, no cortaré tus alas. Porque la mujer debe ser un par de alas para su esposo, y no estorbo en su camino de ascensión. Algún día encontrarás otra mujer más hermosa, más inteligente, más digna que yo, pero nunca podrá igualarme en cariño… Y ahora que mi desgracia no tiene remedio, quiero que mi amor hacia ti sea una coraza que te defienda contra la desdicha, quiero que mi amor eterno descienda sobre ti como rocío de la noche para vivificar la marchitez de tus días. Aunque no recuerdo al despertar, mis encuentros contigo, te juro que mi espíritu te perseguirá todas las noches mientras duren las horas de mi vida, para consolarte en tus penas y aliviar tus dolores. Mi existencia la dividiré en dos partes: el día para llorar mi desgracia, y la noche para aliviar la tuya.

Y diciendo esto, Eva se desplomó sobre el joven. Abrazó su cuello con todo el amor de su alma, y le besó, con un ósculo distinto a cuantos le había dado, con un beso largo, apasionado y ardiente, que despertó en Adonis la vida en su cuerpo y el fuego en su corazón.

En tal actitud, sintió que su naturaleza de hombre le iba a vencer, y de un salto se libró de los brazos de la mujer amada.

El alma de ella, penetró en su cuerpo, se sentó en el lecho, que compartía con su esposo, quien viéndola deshecha en llanto, asustado le decía:

—Amor mío, ¿qué te pasa?

Adonis abrió los ojos, y se vio de pie al lado de su lecho, consciente de todo cuanto sucedía. Luego, se arrojó a la cama gimiendo:

—¡Adiós felicidad!

 

 

CAPÍTULO XVI

ADONIS ¡ENSÉÑAME A AMAR!

 

Durante ocho días. Adonis evitaba el encontrarse con gente extraña a su dolor. Porque la desgracia, antípoda de la felicidad, tiende a ocultarse a los ojos de los hombres para roer en secreto un corazón.

También Ashtaruth durante ocho días evitaba el encontrarse con Adonis, pues sus últimas frases produjeron en ella una amalgama de inquietud, de disgusto y de un anhelo indefinido.

¿Amar? ¿Y a quién? Ella siempre se amó a sí misma, pero, ¿qué sensación produciría amar a otro?

Siempre le hablaba su padre, de un primo de ella como un esposo futuro, pero Ashtaruth no quería casarse.

¿Qué sentirá la mujer en el amor? ¿Y por qué se lo recomendó Adonis?

El sí amaba, y lo sabía, porque había leído las cartas de Eva. Pero, ¿por qué escribe una mujer estas palabras a un hombre: “Adorado mío”, “Vida de mi vida”, y más palabras huecas que no sonaban en su corazón?

¿Qué es lo que siente el enamorado?

Y esta pregunta clavó en ella la espina inquietante de la duda y tuvo curiosidad de arrancársela. Pero ¿cómo?

Al fin, se dijo que el amor era una ciencia como otra cualquiera, que debía aprenderse en una escuela.

Corazón egoísta, sentimientos duros. En ella, todo consistía en gastar su dinero para satisfacer sus absurdos caprichos. En la escuela y el Colegio nadie la quería por su orgullo, y ella sabía retribuir en la misma moneda, odiando a sus compañeras y profesoras.

Su padre soportaba, en ella, todo, con la esperanza de que el tiempo fuera mejor reformador que él.

—”El amor, señorita, el amor.”

Estas palabras de Adonis resonaban atronadoramente en sus oídos en todas las horas del día y de la noche.

Al noveno día de su paseo con Adonis amaneció enferma, con un decaimiento general de su cuerpo. Su padre estaba ausente y ella misma no sabía cuál era su dolencia.

Los sirvientes no sabían qué debían hacer para calmar su mal humor que era siempre el preludio de una tormenta.

Se levantó de la cama un momento y volvió a acostarse nuevamente.

—Vete a llamar al jatib —ordenó a uno de sus sirvientes.

A las diez de la mañana se presentó el jatib y la encontró en el lecho. Sus brazos contorneados se escapaban por sobre las colchas, su pecho lácteo se ofrecía semidesnudo y la cabellera negra y abundante sombreaba la almohada, con sus greñas deshechas y desparramadas.

Después de saludarla, tomó asiento en una silleta bastante retirada de la cama.

—Estoy enferma, jatib.

—¿Qué es lo que tiene usted, señorita?

—Para decirte la verdad, no lo se. Siento decaimiento como si me fastidiara todo el cuerpo, y la cabeza la siento horriblemente pesada. Creo que tengo fiebre.

—¿Me permite tomarle el pulso o tocar su frente?

—Si. Ven, acércate.

Se levantó Adonis, y una vez junto a ella, colocó su mano sobre la frente de la enferma, quien tembló imperceptiblemente. Después el jatib, tomándole del pulso por un momento, sentenció:

—No tiene fiebre.

—Es muy probable, pero no me siento bien.

—¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó al tiempo de levantarse para despedirse.

—Oye Adonis —exclamó ella—. ¿Por qué eres tan vengativo? ¿Por qué huyes de mí? Yo, Ashtaruth, nunca pedí perdón a mi padre y contigo lo he hecho… ¿Por qué has venido a esta casa?…

Tu comportamiento y tus palabras han perturbado la tranquilidad de mi vida. Dime Adonis, ¿quién eres?

—Yo, señorita, soy un pobre hombre a quien ha golpeado el destino y ha pisoteado la desgracia. Soy un humilde servidor, pero si mi presencia le fastidia…

Ella no le dejo terminar. Movió con disgusto la cabeza al tiempo que le decía:

—Eres insoportable. Te llamé para distraerme y tú vienes a aumentar mi malestar.

—Dios es testigo, señorita, de que con gusto derramaría mi sangre para evitarle un disgusto.

—¡Calla, hombre, calla! Eres un hipócrita que no tiene el valor suficiente para confesarme el odio que me profesas.

—Yo no miento, señorita —respondió Adonis disgustado—. Lo que encierra mi corazón esta en la palma de la mano.

—Basta, basta. Te creo. No te enojes. Hoy no tengo ganas de pelear.

Adonis se avergonzó de haberse mostrado tan impulsivo. Acercó su silleta a la cama de ella, y exclamó:

—Perdóneme, señorita Ashtaruth. Yo también he pasado horas y días muy negros, y estoy, espiritualmente, más enfermo que usted. No quiero causarle ningún disgusto; al contrario, repito que derramaría mi sangre para verla feliz. Y si no me cree, pídame una prueba.

Mientras él hablaba, la joven le miraba con detenimiento. Nunca había oído en labios de ninguna persona tales palabras, y sintió un placer indefinible.

—Gracias, Adonis —dijo—. Necesito algo, pero… no se qué es lo que necesito. ¿No te ha sucedido esto a ti?

—Tiene razón, señorita. Frecuentemente siento lo mismo, y yo lo atribuyo a una necesidad espiritual, interna.

—Bueno. Ahora dime, ¿por qué has pasado días tristes?

—¡Ay, señorita! No quisiera amargarle la vida con mis quejas.

—No importa. Quisiera saber el por qué de tus sufrimientos.

—He perdido mi felicidad, mi amor. ¡He perdido a la mujer que mi corazón adora!

—¿A Eva?

Adonis abrió desmesuradamente los ojos preguntando con ansia:

—¿Cómo lo sabe usted? ¿Cómo sabe que se llama Eva?

Sonrió Ashtaruth, maliciosamente, y contestó:

—Cuando estabas herido y con fiebre hablabas de muchas cosas, y entre esas nombrabas a Eva, llamándola amor mío, adorada mía, y otros nombres más. ¡Ay, Adonis! Varias veces has hecho que yo llore cuando te veía llorar… Después, mi curiosidad me indujo a leer tus papeles. Sabía que mi proceder era incorrecto, pero quería saberlo todo. Tal es mi carácter: soy curiosa y ante la satisfacción de mi curiosidad, soy capaz de todo.

Meditaba Adonis en aquella mujer. No era loca, ni era mala, ni tampoco era buena, pero no sabía cómo calificarla.

—¿Estás disgustado? —preguntó ella,

—¿Acaso le importa a usted mi disgusto?

—A veces creo que sí… Pero, dime ¿era Eva como aparece en los retratos?

Sonrió Adonis por la curiosidad de Ashtaruth, y respondió tristemente:

—Todos los retratos del mundo no podrán interpretar uno sólo de los rasgos de Eva.

Ashtaruth le escuchaba pensativo.

Se repetía el mismo fenómeno estudiado anteriormente por Adonis: El hombre puede pasar de rodillas, ante una mujer, diciéndole toda una vida: “Eres hermosa”, “Eres bella”, “¡Yo te amo!”, y la mujer no le presta ninguna atención. Pero basta decirle: “¡Qué hermosa es Fulana!”, para que le escuche y le enfoque toda concentración y todos sus sentidos a las palabras de él.

—¡Y sobre todo su bondad —continuó Adonis—, su cariño!… Era tan buena y tan dulce como un ángel.

Ashtaruth comenzaba a fastidiarse y preguntó bruscamente:

—¿Por qué no te casaste con ella?

—Porque no pude.

—¿Y cómo puede existir un amor sin matrimonio? Al menos, aquí se cree que el matrimonio es el amor.

—Esto es falso, señorita. El objeto del Amor, en verdad, es conducir al matrimonio; pero muchas veces no sucede así… ¿No ha leído usted alguna novela?

—No, apenas estudiaba mis lecciones, y eso, con dificultad… Ahora dime, ¿cómo puede suceder esto?… Aquí entre nosotros, el padre dice a la hija: “Tú tienes que casarte con tal joven”, y eso es todo. Adonis quedó callado, no sabiendo cómo responder a su interlocutora. Y mientras buscaba en su mente una respuesta, ella le preguntó :

—¿Y qué sucedió con Eva?

—Se casó.

—¿Se casó? ¿Cómo dices que era buena y que te amaba?

—También yo he dicho, señorita, que no todas las veces el amor termina en el matrimonio.

—Hasta ahora yo no comprendo nada.

—Mire, señorita. Varias veces la he visto regar una maceta que tiene un rosal. ¿Para qué lo hace?

—Para que florezca.

—Muy bien. ¿Y qué fruto le da la flor?

—Ninguno.

—Pues así es el amor. Es un jardín que contiene varios árboles y varias plantas: unas dan frutos y otras, solamente flores… ¿Me comprende ahora?

—Sí.

—Ahora, otra comparación. El amor, a veces, comienza en flor y termina en flor. Pero si un hombre toma la flor y la pone en alcohol, ¿no obtiene así la esencia aromática de esa flor, para aspirarla de vez en cuando?

—Así es.

—¿Mientras tanto, en dónde estará la flor?

—Ha de estar muerta.

—Eso es. Este es el verdadero amor, señorita Ashtaruth. Puede no dar frutos, pero puede dar esencia. Puede no llegar el matrimonio para dar hijos, pero da compasión en la desgracia y resignación en la pobreza. Ayuda al hombre a soportar sus penas, abre la inteligencia en el dolor y hace del hombre un verdadero Dios.

Ashtaruth meditaba. A veces, cerraba sus ojos lentamente y los volvía a abrir como si tuviera sueño.

Adonis se hallaba contento por haber podido expresar sus pensamientos.

Después de un momento, la hija de Jadallah Bey se levantó bruscamente y exclamó como si estuviera ordenando:

—Adonis, enséñame amor en flor.

El jatib se asustó al escuchar esta expresión de la joven, quien tenía en sus ojos un brillo nuevo, sorprendente.

—Pero, señorita, ¿se ha vuelto usted loca?

—Loca o cuerda quiero sentir amor. Quiero saborear ese amor, ese amor aromático que embriaga, que hace feliz, que da compasión en la desgracia, que hace del hombre un Dios.

—¡Señorita, lo que pide es imposible!

—¿Por qué?

—Porque nadie puede enseñar a amar. El amor nace en el corazón.

Ella calló desengañada. Pero luego preguntó:

—Entonces, ¿yo no puedo sentir el amor, porque no tengo corazón?

—No es eso. Usted tiene corazón, pero todavía no se ha despertado.

—Bueno —dijo Ashtaruth enojada y hasta con presagios de llantos—. Esperaré hasta que se despierte por sí mismo.

Y volvió a acostarse callada y pensativa.

Adonis se levantó de su asiento y comenzó a pasearse por el cuarto.

¿Qué debía hacer con aquella mujer? ¿Tendría él la misión, el derecho o el poder de despertar su corazón?

Súbitamente recordó la carta de Aristóteles: “Ashtaruth te adora.”

¿Será que aquella mujer le quiere y no sabe cómo manifestar su querer?

No quiso Adonis rechazar esta idea, sino que, por el contrario, sintió algo de placer en meditarla. Pero su corazón todavía, no podía amar: aun manaba sangre de su reciente herida.

Mas, para su tranquilidad y la de la joven inquieta, ¿no valía la pena hacer una tentativa? ¿Qué diría Jadallah Bey? Sería capaz de desollarlo vivo.

La idea de ser amado por Ashtaruth, aquella joven orgullosa, altiva y altanera, se apoderó de él y le complacía.

¿Qué diría Aristóteles si llegaba a saber esto?… ¿Por qué le diría el Maestro “que necesitaba de una mujer para divinizarse y que debía tener cuidado de la mujer?” ¿Por qué le diría “busca la mujer para que encienda en tí el fuego sagrado, pero cuídate de la mujer que tiene el poder de apagártelo”; “Ámala sin deseo y adórala sin profanación?” ¿Era con esa mujer con quien tenía que poner en práctica tales consejos y era ella quien debía someterlo a tantas pruebas preliminares a la Iniciación?

Y Adonis repetía mentalmente toda la carta de su maestro y siempre se detenía en las palabras de “Ashtaruth te adora”.

Dirigió a ella sus miradas y la vio triste con las lágrimas que se abrían paso entre sus párpados cerrados.

¿Qué hacer?… Se acercó nuevamente a ella, se sentó en la abandonada silleta, tomó entre las suyas una de las manos de Ashtaruth y le dijo:

—¿Por qué sufres Ashtaruth y me haces sufrir a mí? ¿No sabes que prefiero recibir cien bofetadas de tu mano antes que verte llorar?

Ella no respondió, no retiró su mano, ni se mostró disgustada al ser tuteada por Adonis. Este continuó:

—Tu padre sería capaz de matarme si llega a saber que yo te he seducido.

Sonrió la hija de Jadallah, pero continuó callada.

—Ashtaruth, voy a besarte pero no te disgustes. Has de decirme qué es lo que sientes.

Y Adonis colocó sus labios sobre la frente de ella. La besó tiernamente mientras ella abría, desmesuradamente, los ojos preñados de lágrimas.

—¿Qué sientes, mi linda?

Sonriendo, la muchacha contestó:

—Un calor extraño pero muy agradable.

Nuevamente la besó Adonis pero esta vez en el ojo derecho. Ella tembló y al dirigirle él la misma pregunta, respondió:

—Siento algo, pero no sé cómo definirlo.

Adonis, tomó con ambas manos la cabeza de ella y la besó apasionadamente en la boca. Ashtaruth tembló al principio, después se retorció su cuerpo bajo las frazadas del lecho, contuvo la respiración, luego fatigadamente, su pecho ejecutaba movimiento de flujo y reflujo con bastante violencia y rapidez. Y abandonándole, volvió Adonis al interrogatorio:

—Y ahora, ¿qué sientes?

Por toda respuesta, Ashtaruth clavó su mirada hipnotizadora en Adonis, paseó la lengua por sus labios, y como si estuvieran empapados en miel, los saboreó lentamente. Y de un modo súbito, como si la locura hiciera presa de ella, como si fuera una leona salvaje herida, aprisionó con sus brazos a Adonis, y clavó su boca en la de él, besándole con tal fiereza que el labio superior del jatib, quedó lastimado, por la presión de las dos dentaduras.

Y haciendo de su mano derecha una cuna colocada entre los dos rostros, pudo separarse un tanto de ella, para decir;

—¡Me lastimas el labio, Ashtaruth!

Ella no habló. Pero atrajo a Adonis a su pecho, como atrae a su regazo una madre al fruto de sus entrañas, y así comenzó a quemar la boca de Adonis con sus besos ardientes.

Por su parte, él la dejaba hacer, sin oponérsele, mientras en su mente se fijaba una pregunta: —¿Es ésta la iniciación que me espera?

Y entonces exclamó:

—Calma, Ashtaruth, calma y hablaremos.

—¿Para qué quieres hablar? ¿Acaso los besos no son palabras? Óyeme… —Y ella nuevamente buscaba con sus labios la boca de Adonis.

El sentía que esa mujer le fascinaba. Sentía que todo su cuerpo ardía en un fuego que seguramente ella nunca conoció; se daba cuenta de que sus fuerzas decaían e iba a quedar a su merced como el pájaro fascinado por los movimientos del gato. Pero en este momento, se acordó de las palabras de Aristóteles: “¡Cuídate de la mujer que puede apagar ese fuego!” Con un movimiento injerto de brusquedad y de suavidad, logró escaparse de los barrotes blancos y tibios, de los brazos de la mujer. Poniéndose de pie, recriminó:

—Casi me ahogas, tontita.

Ella en tanto, daba saltos en su cama, como el niño que recibe un regalo anhelado durante mucho tiempo.

—Adonis ¡tú eres mi Dios! Escúchame… pero ¿cómo debo comenzar para explicarte mi felicidad? He sido muy desgraciada por haber vivido tantos años sin conocer el amor. ¿Cómo he podido vivir hasta ahora sin esta dicha, cómo he podido? No alcanzo a comprender… Mira, yo quisiera llamarte con una palabra especial inventada por mí. En sus cartas, Eva te decía: “Amado mío”, “Vida mía…” Pero yo no quiero usar las palabras que han usado otras. ¿Cómo te llamaré? ¡Oh, ahora no puedo pensar!… La buscaré en otro momento… ¡Ah, yo odio a Eva!… —y como si reflexionara, continuó—. No, no la odio: ella ya está casada y es de otro. Ya no puede volver a ti… Tú serás mío, sólo mío. ¡Serás para mí sola! Y tras una pausa continuó: —Ahora sé, sé muchas cosas. Ahora he recobrado la vista después de tantos años de ceguera… Eres mi Dios y no debes burlarte de mí… No me importa que te burles con tal que me ames… Dime, Adonis ¿me amas como yo te amo? ¡Ay, no! Dime ¿no se gasta el amor con el tiempo, y cuando un hombre o una mujer ama dos veces, no es el segundo amor menor que el primero?

Y sin dar tiempo a que Adonis contestara, suspiró y continuó diciendo:

—Antes quería dominar a todos, y ahora quiero ser tu sirvienta, tu esclava. ¡Ah, bandido! ¡Ah, mi Dios! Tú sabías esto y por eso me hablaste de amor para humillarme. Pero esa es mi felicidad: humillarme a tus pies… — Tomó aliento y continuó:

—Dime Adonis ¿qué quieres? ¿Dinero? ¿Qué puedo darte?… Yo tengo miles de libras y nunca me he sentido feliz. ¿Qué puedo darte para que tú sientas mi felicidad?

Y con un cambio brusco en la tonalidad de su voz, en la expresión de su rostro, casi gritó:

—¡Ah, ya sé que tú no puedes amarme, porque yo te maltraté, te insulté, yo derramé tu sangre, yo, yo la desgraciada, yo!…

Y abandonando la mano del joven, ocultó su rostro bajo las sábanas y estalló en llanto. Por sobre las colchas se veía su cuerpo agitado por las marejadas de los sollozos.

Adonis había escuchado el discurso de Ashtaruth estupefacto. El, con un beso, había amansado a aquella fiera. Luego, no era de mal corazón, sino que le había faltado amor, cariño, para ser como él la dejaba convertida. Ella no había tenido madre, y Jadallah la amansaba a su manera.

Al principio, sintió entristecerse por lo que había hecho, al acordarse de su iniciación, pero luego se consoló al contemplar su obra y se dijo: “Me basta el mérito de haber hecho un ángel de esta mujer.” Pero, ¿cómo era posible que aquella muchacha después de pocos años de estudio hablara con tal elocuencia? ¿Era el mismo amor quien abría de tal manera la inteligencia de la joven? ¡Bendito sea el amor que es la manifestación más acabada y perfecta de la divinidad!

Cuando la vio llorar, presa de dolor tan profundo, se acercó y sentándose al lado de ella, le dijo:

—¡Basta ya de tonterías! Me había olvidado de tu proceder para conmigo. ¿Por qué me lo recuerdas? ¿Para hacerme sufrir acaso?

—Adonis mío: si me prometes olvidar y perdonarme, te juro que seré tan obediente como una oveja, como un perro.

—¡Calla! Otra vez no repitas estas palabras. Di más bien, obediente como una amante.

—Sí, sí Adonis, como tu amante. Ordéname ¿qué debo hacer?

—Vamos, cosa por cosa. ¿Cómo te sientes, ahora?

—¡Cierto! —exclamó extrañada—. ¿Cómo desapareció mi malestar?

Y comenzó a palparse la cabeza y las manos. Mientras tanto, Adonis se reía diciéndole:

—Quiero por amante una mujer suave, dulce, delicada con todo el mundo, para que la amen sin temerla.

—En todo te obedezco.

Dijo esto, y volvió a besarle. Y alejándose de él, preguntó:

—Adonis, ¿por qué no satisface el beso?

Asombrado él de este despertar psicológico tan brusco, meditó un momento y contestó:

—Yo comparo el beso con la llama de un fósforo, que puede prender fuego, pero que por sí mismo no puede cocinar una vianda… El beso, para mí, es el ansia de perfección infinita: tiene principio, pero no tiene fin. El beso es el camino hacia la Divinidad, pero no es la Divinidad misma. Es la puerta de la dicha.

—Entonces, ¿la dicha existe más allá del beso?

Esta nueva pregunta enmudeció momentáneamente a Adonis, para responder luego:

—Esto depende de lo que comprendamos por dicha. Si la dicha consiste en hacer el bien a los demás, está bien; de lo contrario, no podemos llamarla así sino desgracia. Ella quedó pensativa, y dijo a Adonis:

—Esta es la primera vez que no quieres explicarme claramente tus ideas.

—Tienes que contentarte con esto, por ahora. Quizá con el tiempo merezcas una mejor explicación.

—Me conformo, pero dime ¿tú no me abandonarás, verdad? Suspiró Adonis antes de contestar:

—Mira Ashtaruth: yo soy un hombre que tiene muchos deberes que cumplir. Tengo mis padres, mis hermanos, mis…

Ella amordazó la boca de su amante con una mano, interrumpiéndole:

—¡Calla, calla si quieres que viva! Tus padres y hermanos vendrán aquí y serán los míos… Tengo oro, demasiado oro, y no se qué hacer con él. Esta a tus plantas y a tu disposición, pero ¡cuidado con pensar en dejarme!

En esto, se oyeron golpes en la puerta.

Adonis, de un salto, ganó la silleta distante de la cama de Ashtaruth, mientras ella decía en voz alta:

—Adelante.

Entró su ama de llaves.

—¿Esma? —preguntó la hija de Jadallah—. ¿Qué quieres, hija?

—El almuerzo está listo, señorita.

—Oye, ¿quieres hacerme un favor, Esma?

La mujer, que nunca había escuchado ese tono en labios de su ama, la miró estupefacta repitiendo mecánicamente:

—Mande, señorita.

—Haz que manden el almuerzo para dos: para mi y para el jatib que comerá conmigo.

—En seguida, señorita… ¿Y sigue enferma?

—No, Esma. Ya estoy mejor. Gracias.

Solos en el almuerzo, dijo ella:

—Adonis, no tengo apetito. Acércate y yo te daré de comer.

—Yo tampoco tengo deseos de comer.

Frunciendo ella el entrecejo, permaneció pensativa y triste.

—¿Qué tienes, Ashtaruth?

—¡Dios mío! ¡Qué sufrimiento!

—¿Por qué? ¿Qué te pasa?

—Adonis, yo soy indigna de ti. ¡No debes amarme!

Estas palabras fueron para Adonis como el presagio de la fatalidad. Eran las mismas palabras que tiempo atrás había escuchado de labios de Eva. Sintió como si la muerte aleteara sobre ellos… Era verdad que él no amaba a esa chiquilla como amó a la otra, a la primera, pero tampoco su corazón era indiferente a ésta. ¿Por qué sufría ahora como había sufrido tiempo atrás con Eva?

—¿Qué quieres decir con esto —articuló con voz casi imperceptible.

—Adonis, yo soy mala. Te he privado de la comida, ordenando al sirviente que te dijera aquellas palabras… ¡Ay, Adonis! Por mi culpa has padecido hambre en mi casa y has ido a mendigar alimento a una casa ajena. ¡Dios mío, yo no debiera existir!

Al recuerdo de estos días, sintió Adonis tristeza e indignación. Pero apartó de su mente aquel recuerdo, se acercó a ella y le dijo tiernamente:

—¡Buen aperitivo para el almuerzo me estás sirviendo! ¿No recuerdas tú que, en los días siguientes, comía como un camello para rumiar después?

La broma hecha por Adonis no produjo efecto halagüeño en ella. Su dolor, demasiado intenso, no admitía chistes. El, para cambiar el curso de la conversación, dijo:

–Un beso de tus labios me abrirá el apetito. Ella se lanzó ávidamente a su boca.

A la tarde ella propuso:

—Adonis, quiero enseñarte equitación y hacer de ti un gran jinete.

Obedeció el jatib, diciéndose para sus adentros: “Un día y pasará.”

Ambos, cabalgando, salieron del pueblo. No era Adonis un gran jinete aunque montaba corrientemente.

Avanzaban los dos corceles, primero al trote y luego galopando.

—Amado mío —exclamó Ashtaruth— sabes montar muy bien.

—Regular, nada más.

—Lo que te falta es enderezar el busto cuando vas al trote… Eso es, así, muy bien… De hoy en adelante, saldremos todas las tardes para este ejercicio. Mañana traeremos las lanzas para enseñarte un juego muy divertido. ¿Sabes que una vez casi mato a un primo mío?… Ahora vamos a apearnos para descansar un momento… ¿Sabes disparar al blanco con el revólver?

—No. Solamente con escopeta de cacería.

—¿Sí? ¿Manejas tú la escopeta? Pues cuando, venga mi padre iremos a cazar perdices.

Y tomando Ashtaruth el revólver, empezó a dar lecciones a su compañero diciéndole:

—Es muy sencillo. Tomas el revólver con pulso firme y apuntas bien. Así…

Y el arma sostenida por su mano, vomitó cinco tiros continuos, que luego de producir un estruendo monótono, fueron a clavarse en el blanco.

Adonis erró los tres primeros disparos pero acertó en los últimos.

Ashtaruth, llena de alegría, le besó diciéndole:

—Tú naciste maestro en todo. Repítelo.

Esta vez, acertó mayor número de veces.

—Mañana te daré mi otro revólver… Ahora, dame un beso y vámonos.

Otra vez sobre sus cabalgaduras, la hija del Bey le dijo:

—Te apuesto que yo puedo hacer algo que tú no puedes imitarlo.

—¿Qué es?

—A todo correr de mi caballo te besaré.

—No, por Dios —protestó—. Es muy peligroso. No lo hagas. No, no.

—¿Peligroso? —repitió su amada con sorna.

Y con toda la furia de su sangre, gritó a su caballo árabe, que salió devorando velozmente la distancia hasta cierto punto determinado desde el cual regresó a la misma velocidad, como si fuera una flecha disparada por un arco gigantesco e invisible.

Al llegar a Adonis, que avanzaba a caballo a paso lento, ella se estiró sobre su montura, con una elasticidad asombrosa, y dejó sobre su mejilla un beso fugitivo, mientras le decía:

—Esto, por ahora, no has de poder hacerlo.

Adonis comprendió entonces la gravedad de su propio acto. Esa mujer, gracias a él, se había despertado a la vida por el amor y sólo viviría para amar y amaría para vivir. Y Adonis, temeroso y preocupado, se preguntó:

—”¿Qué será de ella cuando el amor le falte?”

Pero Ashtaruth había regresado ya, para cortarle la corriente de sus funestos pensamientos.

 

 

CAPÍTULO XVII

ADONIS, ABRE LA PUERTA

 

Los recuerdos del día son los tormentos de la noche. Muchos de los actos del hombre son ejecutados como si fueran de un borracho. Pero la almohada es el peor despertar.

—”¿Por qué he hecho esto? —se preguntaba Adonis—. Ahora ¿qué partido debo tomar?

“Esta chiquilla, ha despertado bruscamente al amor y a su edad es peligroso. Mañana o pasado, ebria de dicha, divulgará su amor. ¿Y cuál será el resultado?

“¿Por qué me colocó Aristóteles en esta casa y me ordenó no abandonarla? Debe tener su fin.”

Y tomó la carta del Hierofante leyéndola detenidamente, frase por frase, con el detenimiento del químico que pesa las sustancias explosivas. Luego dedujo:

—”Aristóteles me está tentando con esta joven.”

¡Qué gran diferencia había entre ella y Eva!

Ashtaruth ponía toda su alma en un beso, y Eva al besar, absorbía el alma de quien besaba.

Ashtaruth lo daba todo, mientras Eva, todo lo absorbía.

Ashtaruth sin amor, se suicidaba. Eva, se consumía y se evaporaba.

Las venas de Ashtaruth tenían más sangre árabe, por lo tanto más fugacidad. Pero Eva tenía en su corazón un lago de aguas profundas y tranquilas que lo reflejaban todo, con infinita dulzura.

“Pero ¿qué haré yo ahora? —se torturaba Adonis—. Yo no puedo amarla, y aun suponiendo que lo pudiese, ¿de qué me sirve lo que he hecho hoy?… Poder llegar hasta ella, es como ansiar tomar la luna con la mano.

“¡Adonis! ¡Adonis! Eres un necio.

“Mas ¿por qué me preocupo tanto si apenas la toqué con unos besos? Esos besos eran puros.

“Sin embargo, esto no debe volver a suceder. Estoy abusando de la hospitalidad que me ha brindado su padre.

“¿Qué le diré mañana? ¿Cómo la convenceré de que esto es incorrecto? ¿Acaso tiene el amor ojos para distinguir y oídos para escuchar?”

Y así entre preguntas y respuestas, entre recriminaciones y disculpas silenciosas, resbalaban las horas de la noche sin que pudiera aprisionar el sueño.

En su lecho, tampoco Ashtaruth dormía, y despedazaba su cerebro pensando cómo agradar a Adonis.

—”Seré buena y dulce como él —se decía—. Aprenderé sus modales y sus palabras, ¡Qué suavidad y qué arrogancia encierra su hablar!

“Le daré dinero… pero él nunca pide nada. Eso no importa. Pobre amor mío. ¡Ni siquiera tiene ropa suficiente!…

“¡Qué hombre tan extraño y tan dulce!… ¿Acaso él me ama? ¿Por qué no me besa como yo le beso?… Es Eva quien tiene la culpa… ¡Oh, yo la odio!… Ella produjo un desgaste en su amor.

“Por eso vive él sufrido. Por eso… Su risa parece llanto… Y si él ama a Eva como yo le amo a él ¿cómo podría vivir?… Yo no puedo vivir sin él… ¡Dios mío! Seré como tu quieras, pero no le separes de mí.”

Y en su delirio, Ashtaruth veía que Adonis se iba lejos, tal vez dentro de un mes, de una semana, tal vez mañana…

—¡No! —gritó lanzándose fuera de su cama. Pero se detuvo un momento… Volvió a acostarse y se preguntó:

—”¿Es esto el amor?… No. Esta es la vida, es la existencia, es la locura… Con razón llamaban a Kais: ‘El loco de Leila’… El murió extenuado por su amor, y ella le siguió a la tumba, impotente ante su dolor. Los sepultaron en la misma cripta.

“¡Oh, Adonis, tú serás la causa de mi muerte!… No, eso sí que no. Antes de que yo muera te mataré. Después…

“¿Pero qué estoy diciendo?… Casi le mato una vez y tuve que sufrir dos días a su cabecera… ¡Pobre amor mío! ¡Cuanto ha sufrido y cuánto se ha quejado por el dolor!… No. No caerá ni un cabello de su cabeza mientras yo viva.

“Me ahogo, con este calor… No puedo vivir sin él. Está visto… ¿Qué haré para que no me abandone?… ¡Ah, ya está! Me casaré con él.

“Es la única solución —continuó, mientras un leve temblor agitaba su cuerpo—. Pero, ¿y mi padre?… ‘Si tu padre sabe que yo te he seducido, es capaz de desollarme vivo’… Sí. Esto dijo él… ¿Qué hago?… Quiero resolver este problema, pero no puedo… ¡Oh, Dios mío!… No puedo llegar a un desenlace. Adonis debe encontrarlo… El es sabio e inteligente…

“¡Cierto! ¡Aristóteles!… Es el hierofante. Mi padre le obedece como un niño… Iré, me arrojaré a sus plantas, rogándole que convenza a mi padre… ¿Accederá?… ¡Ay, Dios mío!… ¿Qué quiso decirme?… ‘Mujer cruel, caro pagarás por lo que has hecho’… ¿Separará a Adonis de mi lado?”

Se levantó nuevamente del lecho… Este último pensamiento tomó cuerpo en su mente. Vio imaginariamente, que Adonis se levantaba, se vestía y abría ya la puerta para huir de ella.

No pudo esperar más. La tortura de este temor la impulsó y en camisa de dormir, descalza, abrió la puerta de su habitación, descendió las gradas, atravesó corriendo el patio, ascendió otra escalera que le comunicaba al cuarto de Adonis, y a través de una pequeña ventana vio la luz del candil.

Crecieron sus temores creyendo ver en esa luz mortecina la justificación de los mismos.

Y era que Adonis, no pudiendo dormir, encendió su candil y reposaba acostado.

Ashtaruth desesperada trató de abrir la puerta empujándola. Pero al encontrarla cerrada llamó insistentemente.

—¿Quién es? —preguntó Adonis perplejo.

—Adonis, abre la puerta.

El joven se asustó. ¿Qué iba a hacer a aquella hora, a su cuarto, la hija de Jadallah Bey?

—¿Qué sucede? ¿Qué hay?

—Abre, Adonis.

La voz que provenía del exterior era suplicante.

Cubrió él su cuerpo con una gran manta, y abrió la puerta. Ella se lanzó al interior como si estuviera enloquecida, y no daba crédito a sus ojos, pues a pesar de haber oído la voz de su amado no creyó encontrarle.

Y luego de abrazarlo y besarlo, le condujo en silencio a la cama.

Se sentaron ambos a sus orillas.

—¿Qué te pasa, Ashtaruth?

Ella quedó callada. Solamente corrían por sus mejillas gruesas lágrimas.

El tomó su cabeza entre las manos, y la levantó suavemente. Estaba horriblemente pálida,

—Estás enferma, hija mía —afirmó él, asustado. Ella, no pudiendo soportar por más tiempo su angustia, lloró profiriendo gritos lastimosos.

Y Adonis preguntaba la causa de su llanto, sin poder obtener respuesta alguna a más de los quejidos de Ashtaruth.

El se torturaba pensando: “¿Y si alguien viene en este momento?… ¿Y si alguien espía por fuera?…”

La dejó por un momento, abrió con cautela la puerta y escuchó. Todo estaba en silencio.

Y volviendo a cerrar corrió al lado de la joven afligida.

Nuevamente intentó que ella le contara la causa de sus lágrimas. Y recurrió al único medio, que él, momentos antes, creía que no volvería a suceder: el beso.

Ella al sentir en su boca el contacto de los labios del joven, se reanimó y con férreas manos lo estrechó contra su pecho.

Mientras tanto, Adonis sentía que su corazón lloraba, quizá lágrimas de sangre, y se decía: “Esta es tu obra, Adonis. Puedes estar satisfecho.” Recién notó que Ashtaruh vestía sólo una camisa de dormir, la que dejaba desnuda sus piernas torneadas y sus pies descalzos.’

Sintió un estremecimiento en todo el cuerpo y un rayo de fuego que viajaba a lo largo de su columna dorsal.

Temía por su estado, le temblaron los pies, mientras que la infeliz criatura permanecía prendida a él, como si los dos no formasen sino un sólo cuerpo.

Desfallecía su voluntad. En sus oídos, una amalgama de sonidos sordos se sucedían y se creyó al borde del vértigo. Latía con tal fuerza su corazón que podía escuchar el sonido de sus latidos.

Sin embargo, conservaba el dominio de sus sentidos y meditaba.

En este estado, y sólo durante el fugaz lapso de veinte segundos, sintió y rememoró todo el saber y la carrera de los siglos…

Y escuchó entonces una voz clara que le decía:

—Ámala sin deseos y adórala sin profanación.

Desconcertado por esa voz, se desprendió bruscamente de los brazos de la joven, y con el rostro descompuesto preguntó:

—¿Has oído?

—¿Qué?

—La voz.

—No, amor mío. No he oído nada.

Ashtaruth calmada por el eficaz calmante del beso, comenzó a cubrir de besos sus pies, mientras resbalaban hasta los mismos, algunas lágrimas rezagadas. Adonis la levantó con ternura y la hizo sentar de nuevo, junto a él, preguntándole:

—¿Ashtaruth, puedes oírme?

—Sí, ya estoy tranquila.

—¿Por qué has venido a mi cuarto a esta hora?

—He pasado aquí muchas otras horas, durante tu enfermedad.

—Ahora estoy sano.

—Sí. Y por eso tengo miedo.

—¿Miedo? ¿De qué?

—De que me abandones, estando yo dormida.

—Tú vas a perderme, Ashtaruth.

—¿Y yo? Ya estoy perdida por ti.

—¿Qué dices, mujer?

—Lo que me oyes… Yo hasta ni una noche puedo, ni podré dormir sin ti.

—Estás loca.

—Puede ser. Pero la verdad es que cuando estoy lejos de ti, me falta la respiración y me ahogo… ¿Te ha faltado alguna vez la respiración?

Adonis evocaba entonces los tiempos, remotos ya, en que sentía lo mismo cuando se separaba de Eva.

—Adonis —continuó la joven— te pido un favor muy pequeño. ¿Me lo concederás?

—¿Cuál es?

—Que cuando quieras dejarme me avises un día antes.

—¿Para qué me pides esto?

—Para que asistas a mi entierro antes de que partas. Sufrió con esas palabras horriblemente, Adonis. Ella hablaba con calma pero con seguridad en las palabras.

El, sintiendo como si les rodease un hálito fúnebre, le dijo:

—Adorada mujer, ángel mío: yo no merezco este cariño. Pero tengo la esperanza de que con el tiempo, este amor hará de tí lo que ha hecho de mí.

—Óyeme, mi Dios —dijo ella—. Tengo dos caminos que escoger: Adonis o la muerte.

—Por favor, Ashtaruth, no me llames así, y no me repitas la palabra muerte.

—¿Tienes miedo a la muerte. Adonis?… Yo no.

—Esto no es un remedio.

—Si no es un remedio, es un descanso. ¿Acaso un hombre o una mujer pueden vivir sin el amor y sin la persona amada?

—¿Qué sabes tú de amor? ¿Cuándo has amado?

—Para morir, basta una balita pequeña y para amar basta un beso.

—Vuelves a nombrarme la muerte, Ashtaruth…

—Es el fin.

—Linda, algún día te enamorarás de otro, más noble, más acaudalado, más…

Ella le tapó la boca diciéndole:

—No me mates todavía. Quiero vivir un tiempo más a tu lado.

Meditó Adonis en tales palabras y reflexionó:

“¡Cuan pequeño soy ante esta inmensidad de amor!” Y en voz alta:

—¿Que piensas hacer cuando vuelva tu padre?

—No lo sé todavía ni quiero saberlo. ¿Para qué pensar en la desgracia antes de tiempo?… Por ahora me basta con estar a tu lado, para ser feliz.

Adonis hacía lo posible para hacer que la conversación recayera en otra materia, que no fuera el amor. Pero ella se obstinaba en ese tema, y decía inquieta:

—Quisiera saber una cosa: ¿Cuando se casan dos amantes, siguen siendo felices?

—No sé. Como yo no me he casado, no puedo darte razón.

—Aquí, entre nosotros, los drusos, la mujer sufre mucho (esto creo yo), pero calla.. El otro día, mi tío abofeteó a su esposa delante de cuarenta huéspedes, y ella no dijo nada, como si fuera algo muy natural.

—¿Es eso lo que temes tú, Ashtaruth?

—Yo no temo nada porque no me casaré con un druso. Mi marido será cristiano. —Y abrazó a Adonis tiernamente.

Después, ella dio un salto como quien se acuerda de una idea buscada durante mucho tiempo, diciendo: —;No sucedió nunca que una drusa se case con un cristiano?

—En Líbano, si, pero aquí, en Hurán… creo que nunca —respondió Adonis moviendo negativamente la cabeza.

—Entonces iremos a Líbano.

—No. Ashtaruth, no puedo regresar allá.

—¿Por qué, mi Dios?… ¡Ah, ya recuerdo! Oí a mi padre hablar de esto; estás condenado a la horca… ¿Por político?

Adonis respondió con un movimiento afirmativo de la cabeza.

Ella meditó un momento. Luego, gozosa, comenzó a saltar como una niña. Adonis no comprendió el por qué de ese arrebato de alegría, pero ella le sacó de dudas diciendo:

—¡Gracias Dios mío! Ahora se que no puedes abandonarme. Y se echó sobre él para besarle.

Adonis, sabiendo lo inútil de la protesta, la dejaba hacer.

Cuando se restableció la calma, ella quedó pensativa.

—¿En qué piensas Ashtaruth?

—Tanta felicidad, me da miedo, Adonis.

—¿De qué tienes miedo?

—No sé… Yo no le temo a la muerte, pero una voz interna me dice: “Aprovéchate de la vida porque sólo es una cosa prestada.”

—No seas pesimista.

—Tienes razón… Pensemos en otra cosa. ¡Ah! Me dijiste hoy día que el beso es la puerta de la dicha… ¿Cómo será la dicha después del beso?

El joven trató de recordar sus palabras, y cuando las hubo traído a su mente, esquivó la contestación, diciendo:

—Ashtaruth, eso no te lo dije hoy día, sino ayer. ¿No oyes el gorjeo de las aves que anuncian la salida del sol?… Ni has dormido ni me has dejado dormir.

—Cierto, mi Dios. Pero dime, cuando amabas a Eva ¿podías dormir?

—Seguramente que sí.

—Entonces, o tú no amabas o el amor no producía en tí el mismo efecto que en mí.

—¿Qué te produjo el amor, loquita?

—Quisiera poder expresar lo que tengo aquí, dentro de mi pecho, pero no puedo. Lo único que sé decirte es que yo no soy yo… o no sé como… no me sale lo que quiero decir… no puedo hacerte entender. Por Dios, Adonis, trata de ver, de oír, allá adentro, trata de sentir lo que siento yo. ¡Qué tortura!… ¿Cómo te haré sentir lo que yo siento? Pero, si es cierto que me amas, ¿cómo no sientes lo mismo?… Oye, cuando te abrazo, quisiera confundirme contigo, para no separarme jamás. Y cuando me separo, veo que la pequeña distancia entre tu boca y la mía es la causa de todo tormento… Dime ¿me comprendes?

Mientras ella hablaba así. Adonis extasiado se decía: “Venid filósofos del mundo y oíd por esa boca ignorante, la más sublime definición del amor… Pero ¿es esa Ashtaruth? Y en voz alta y sonriendo, contestó:

—Sí, te comprendo algo.

—Te ríes de mí, porque no sé hablar bien. No importa, puedes reírte pero algún día sabré expresarme mejor.

—Mujer angelical ¿en dónde estabas oculta?

—Estaba dormida y tú me despertaste… Pero dime ¿me has entendido?

—Sí, Ashtaruth, sí, todo. Todo.

—Entonces, tú me amas.

—Seguro.

—Bueno, es ésta mi última pregunta —y se interrumpió para exclamar—: ¡Qué noche tan corta! Bueno dime ¿no habrá para los que se aman, un estado más allá y exento del ansia y del tormento?

Adonis le miraba con sumo interés. Y respondió a su pregunta:

—No, Ashtaruth, porque cuando los amantes están exentos del tormento y del ansia, se desvanece para ellos el amor.

—Entonces aquí me quedo.

Al oír estas palabras últimas el jatib le dijo burlonamente:

—Aquí no puedes quedarte. Mira la luz del día…

—Cierto… Hasta luego. Dame un beso… Hasta luego.

Y desapareció como una sombra ante la venida de la aurora.

 

 

CAPÍTULO XVIII

AL BORDE DEL PRECIPICIO

 

Adonis pasó aquella mañana amodorrado y con malestar por la falta de sueño. Estaba pensativo tratando de hallar una solución para el problema que se le presentaba.

Ashtaruth en tanto, desde las siete de la mañana, montada en un caballo árabe, dirigía los trabajos, por la ausencia de su padre.

Almorzaron juntos los dos. Ella alegre y él pensativo.

Después del almuerzo, Ashtaruth le dijo:

—Quisiera dormir un rato. ¿Quieres guardar mi sueño?

—Yo estoy también que no puedo sostenerme en pie por el sueño.

—Entonces, vete a dormir para poder velar de noche.

—¿Cómo? ¿También vas esta noche? —preguntó él en un tono de seriedad—: Ten cuidado que no te abriré la puerta.

Rió ella para decir luego:

—Yo sabré arreglar esto.

—Por Dios, Ashtaruth, vuelve en ti, no seas loca. Esto es ya demasiado riesgo.

—No te asustes —respondió ella besándole la mano—. Ahora déjame dormir.

El abandonó la habitación.

A las siete de la noche, ambos comieron en el comedor particular y pasaron luego al salón privado de la familia.

El quiso sentarse en un sillón, pero ella le condujo a un diván, un sofá oriental ancho y largo.

Sentado él, sostenía en su regazo la cabeza de Ashtaruth que descansaba todo su cuerpo, echada en el diván.

—Este será mi colchón, por esta noche —dijo sonriendo.

—Y yo pasaré en vela. ¿No es así?

—¿Quién te ha dicho que voy a dormir?

Y con los modales propios de la mujer, comenzó a hacerle preguntas triviales y a veces tontas. Otras veces le hablaba de angustias y de dolores y acudía, para calmarlos, al abrazo y al beso. Y así preguntó:

—Adonis, ¿qué tiene tu aliento?

—¿Mi aliento? No se qué quieres decir.

Juntó ella su boca a la de él, y dejó pasar un momento en este estado, aspirando con placer y con toda la fuerza de sus pulmones.

El en tanto, vaciaba todo el contenido de su pecho en la nariz y en la boca de ella.

—Es algo sorprendente —exclamó Ashtaruth—. Varias veces, por casualidad, he aspirado el aliento de algunas personas, como mi padre, mis primas, mi primo, que aspira a ser mi esposo, y alguien más, y he sentido repugnancia. Hasta hacía lo posible para retener mi aspiración y no aspirar la de ellos. Contigo sucede precisamente lo contrario: aspiro tu aliento con todas mis fuerzas y nunca quedo satisfecha… Quisiera explicarte lo que siento: me produce un dulce hormigueo en la espina dorsal que desciende desde la nuca hasta las puntas de los pies, como un estremecimiento o una cosquilla, que me obliga a enderezar involuntariamente el busto, como quien trata de esquivar algo molesto para adherirme a algo agradable que no se encuentra. Es algo esperado intuitivamente y al no hallarlo, vuelve el cuerpo a su estado primitivo como esperando otra carga… Por eso te pregunto ¿qué es lo que tiene tu aliento?

Adonis que experimentaba siempre aquella sensación, nunca había pensado en dar una definición tan clara y tan precisa como la que acababa de oír.

Y ahora más que nunca vio la cercanía del peligro. Sintió que su sangre hervía dentro de sus venas, y que una oleada de calor invadía todo su cuerpo… Quiso morder las sonrosadas mejillas de ella y absorber esos labios provocativos… Ardía en el deseo de estrangular entre sus brazos aquel cuerpo delicado. Castañeteaban sus dientes como en un acceso de paludismo. Se tornó larga y fatigada su respiración. Sus ojos, desorbitadamente, estaban clavados en los de ella, y la miraban como dos centellas o brasas ardientes.

Nunca en su vida se había sentido tan atraído hacia una mujer como en aquella ocasión.

Y mientras se debatía en esa lucha interna, Ashtaruth le miraba detenidamente.

Los labios de Adonis temblaban, pidiendo en el lenguaje de la pasión otros labios. Y por primera vez en su vida iban a dar el verdadero beso, el beso que aniquila, el beso que derrite el corazón, el beso que con letras de fuego traza en las frentes el drama y la tragedia eternos.

Sintió Adonis que estaba al borde de un precipicio y que miles de manos lo empujaban al fondo.

Mientras tanto, una voz le decía: “Acércate un paso, nada más que un sólo paso, y tuya es la vida, tuyo es el mundo, tuyo es el placer.”

Se le crisparon los dedos, inclinó lentamente la cabeza para dar aquel beso que abre la puerta del paraíso a todo hombre que viste un cuerpo de carne. Pero… el hombre nunca está abandonado. Se dejó oír una voz interna que le decía: “¡Cuidado! ¡Retrocede!”

A tiempo retrocedió Adonis. Y se le escapó al placer su presa. El demonio perdió la partida.

Hay todavía personas que creen que el demonio es astuto. Puede ser. Pero en esta ocasión el demonio se portó como un estúpido y un tonto.

Si durante la lucha que libraba Adonis, hubiera insinuado, a Ashtaruth que le ofreciera uno de aquellos besos, hasta ahora seguiría tronando su carcajada en nuestros oídos. Pero esta vez, olvidó el demonio la estrategia: atacó por el flanco derecho, descuidando el izquierdo.

Y gracias a la estupidez suya, Adonis reaccionó y retrocedió a tiempo. Triunfó sobre su deseo, pero no sobre su excitación. Sintió el ardor de la hoguera, pero no se precipitó en ella.

Con suavidad obligó a Ashtaruth a que tomara asiento junto a él, diciéndole:

—Siéntate linda, un momento.

—¿Qué tienes? —preguntó ella al ver la frente de su amado bañada en sudor.

—No es nada de importancia. Déjame descansar un rato. Ella obedeció con la docilidad de un niño, mientras él meditaba en el peligro que acababa de evitar.

En el silencio completo que reinaba, pasados cinco minutos, la calma regresó al agitado cuerpo de Adonis.

Se enderezó e iba a hablar algo a su compañera, pero sintió que algo le desgarraba la médula espinal. Dio un grito sordo, y se desplomó sobre la alfombra del suelo, presa de atroces dolores. Ashtaruth se lanzó sobre él, solícita y asustada. El, se retorcía de dolor, como si sintiera ya la visita de la muerte. Y la llamaba y la deseaba a cada segundo, o quizá miles de veces en cada uno. Ashtaruth lloraba. Le abrazaba, le besaba, le llamaba angustiosamente. Pero él, a pesar de escucharlo y oírlo todo, nada pudo contestar.

¿Cuánto tiempo pasó en este estado? … Para los dos amantes fue toda una eternidad.

Cesó la sensación que había sentido del desgarramiento pero en su lugar tuvo la impresión de que se introducía un hierro candente en su médula espinal, fuego que pasaba de una a otra vértebra.

El sudor bañaba todo su cuerpo, miraba a su desesperada compañera, y no obstante la intensidad del dolor, tenía perfecto conocimiento del lugar en que se hallaba.

Comprendió que constituía una horrible situación la suya, si era sorprendido a solas con ella.

Hizo un esfuerzo para sentarse, ayudado por ella. Cruzó las piernas, y por el dolor, enderezó la espalda.

Tuvo la sensación de que el fuego que poco antes torturaba sus vértebras, se desvanecía por su cabeza. Continuaba, pero con menos intensidad.

Ashtaruth ostentaba en su faz una palidez de muerte. Y Adonis, para calmarla, la besó con todo el cariño de su alma en la frente.

Ella se tranquilizó un instante, y luego le acosó con preguntas que le dictaba su angustia.

—Oye —le dijo Adonis— no puedo explicarte lo que me pasó. Es la primera vez que en mi vida he sentido esto… Pero creo que por el bien de ambos no debes acercarte mucho a mí.

—¿He sido yo la causa? —preguntó ella, triste.

—No. No has sido tú la causa. La causa está en mi.

Calló Ashtaruth, sin haber comprendido nada. Y fue la primera vez que no se atrevió a satisfacer su curiosidad o su incertidumbre con una pregunta.

Cinco días se sucedieron.

El amor de la muchacha aumentaba con las horas que pasaban. Pero ya no era el mismo amor de antes. ya no formulaba esas preguntas cariñosas. Ahora su cariño estaba empapado por una bruma de tristeza. Amaba, pero callaba.

Adonis le interrogó varias veces sobre la causa de su pesar. Ella sonreía con una mueca de tristeza, y levantaba los hombros como diciendo: “No sé.”

Pero esa tristeza trocó al demonio en ángel… Desde el primer beso que recibió Ashtaruth, la mujer altanera y orgullosa, la caprichosa e impetuosa, se transformó en la dulzura hecha carne.

Un día, le dijo a Adonis:

—Ahora te presentas a mis ojos en todos y en todo… Ayer iba a castigar a un labrador por una falta que había cometido, y al levantar el brazo, sentí que iba a darte la bofetada en la cara. Y me detuve.

Los sirvientes de la casa no sabían a qué atribuir el cambio tan rotundo en el carácter de su ama, y ya en sus corazones se presentía la alborada de un cariño hacia ella.

La víspera del regreso de Jadallah Bey, Ashtaruth no quiso separarse de Adonis ni un sólo instante, como si presintiera algún suceso funesto.

Aquel día, preguntaba muchas cosas como estas:

—Adonis, ¿crees tú en la reencarnación?

—Sí.

—Entonces, otra vez no quiero nacer drusa.

Comprendió el jatib la causa de la reflexión de su amada y le dijo:

—El mal no está en nacer druso o cristiano, sino en no comprender la única Ley Natural.

—¿Qué es la Ley Natural, Adonis?

—Es la ley del corazón.

—Es verdad—. —Y calló ella, para añadir luego, como hablando consigo misma:

—Y toda ley que no nace del corazón debe ser falsa.

Sufría Ashtaruth.

Adonis comenzó a sentir por ella un amor diferente a cuantos había sentido o podría sentir. La amaba como el pintor a su obra maestra y el poeta a su mejor composición. Porque él la sentía como una obra suya.

—Mañana llega mi padre. ¿Cómo podré vivir sin ti?

—Esto me preocupa a mí también. Hasta me siento culpable ante él.

—No digas tonterías. —atajó ella— ¿Culpable tú? ¿Culpable de qué?… Con todo, dejémonos ahora de culpabilidades y pensemos en algún medio para poder verte con la frecuencia de antes.

El calló. Como si no tuviera deseos de verse con ella, o más bien. como si no se le ocurriera medio alguno.

—Yo idearé algún plan. Le diré que quiero perfeccionarme en el francés y que tu podrías desempeñar el cargo de maestro mío.

A veces, Ashtaruth se levantaba bruscamente y acudía a la ventana, como si necesitara del aire, que aspiraba profundamente, para deshacer una opresión al pecho. Volvía luego al lado de su amante… Y se lamentaba:

—¡Maldita sea esta guerra que me corta las alas!… Allá, tras del horizonte se puede vivir sin leyes.

Entonces Adonis la calmaba, ora con una sonrisa, ora con un beso… Mas todo esfuerzo era vano.

—¡No me abandonarás, Adonis!… Ten compasión de mí. Escuchando estas palabras, sentía el jatib que las lágrimas acudían a sus ojos. Entonces murmuró.

—Si todo depende de mi voluntad, no te dejaré. Ashtaruth. Pero hay ocasiones en que ciertas circunstancias…

—Déjame arreglar este asunto. Y yo te prometo que al no encontrar la solución, yo misma te diré: “Vete”… si hasta entonces estoy viva.

—¡Tú te has propuesto hacerme sufrir!

—¡Sufrir! ¡Sufrir!… ¿Qué es el sufrimiento ante la misma aniquilación?

—Oye —exclamó Adonis—. ¿No me dijiste una vez que no había para qué pensar en la desgracia antes de tiempo?

—¿Quién te ha dicho que estoy pensando en la desgracia? Ni siquiera me inquieta.

—¿En qué estás pensando, entonces?

—Adonis o la liberación.

Al conjuro de estas palabras, un frío de muerte invadió a Adonis.

—Esta noche iré a tu cuarto —avisó ella.

Adonis no pudo contestar. Su dolor y su admiración, ataban su lengua.

—Hasta luego, mi Dios.

Y en despedida un beso sostenido y profundo, unió sus labios ardientes.

Aquella noche hubo muchas palabras de amor y muchas lágrimas, que unían a los enamorados.

A las cuatro de la mañana ella abandonó a Adonis, quien apenas se vio solo, volvió a sentir esos ya conocidos dolores en la espina dorsal. No tenían la agudeza o intensidad de los anteriores, pero le obligaron a guardar cama hasta el mediodía cuando escuchó el relinchar de los caballos en el patio. Era Jadallah El Atrash que regresaba de su viaje.

 

 

CAPÍTULO XIX

DUDAS Y SUFRIMIENTOS

 

Hacía quince días que el Bey estaba en casa. Miles de medios, que le dictaban su imaginación enamorada, puso en práctica para poder ver a Adonis… Ashtaruth sufría intensamente. Varias veces quiso confesar a su padre la pasión que la consumía, pero temía que el autor de sus días, disgustado, despidiera a Adonis. Y ella se repetía que era imposible la vida lejos de él.

Adonis en tanto, se veía acosado por sus dolores, aunque cada día decrecían en fuerza. Muchos le dijeron que era reumatismo y que debía abstenerse de la carne. Y se abstuvo de comerla.

Todos los de la casa, y luego todos los habitantes del pueblo, notaban el cambio operado en Ashtaruth, y crecía la incertidumbre sobre la causa que lo había motivado.

Ella había sido una mujer preñada de orgullo, que muchas veces ni siquiera contestaba el saludo, y ahora, entre otras cosas, saludaba ella primero y a la persona saludada, la llamaba con su nombre de pila.

Un día asistió con su padre a la celebración de un matrimonio pobre. Este caso llamó la atención a todos.

El mismo padre, feliz y contento, observaba a su “nueva hija”, la contemplaba admirado. Pero debido a su superstición, nunca le preguntó la causa de su regeneración, temiendo que una pregunta de tal índole hiciera desvanecerse el encanto.

Ashtaruth encontró en cierta ocasión a una pobre viuda que lloraba la reciente muerte de su esposo. Ella la consoló un momento, y luego le tendió su mano con diez o doce libras oro, que constituían una fortuna. Aquella pobre mujer, fue la prensa del pueblo que regaba la noticia, y llevada por su emoción y agradecimiento, exageraba los hechos.

Poco después, todos saludaban a la hija del Bey, ostentando en sus labios una sonrisa de cariño.

Adonis —preguntó un día Ashtaruth—, ¿cuál es la mayor felicidad del hombre en esta vida?

—Pues, hacer felices a los demás.

—Es verdad. —Y calló Ashtaruth. Mas, con un tono de profundo dolor, preguntó—: ¿Habrá alguien que pueda hacerme feliz a mí?

Adonis sonrió, y mientras asomaba a sus facciones la malicia, le respondió:

—Algún día llegará aquel hombre.

—Oye, cuando tergiversas el sentido de mis palabras, tengo ganas de morderte esos labios. Y como Adonis riera, le mordió la mejilla. Luego corrió a la cocina.

Pero el primer golpe dado a su felicidad, lo recibió de su padre, quien le dijo:

—Ashtaruth, tú estás dando demasiada confianza al jatib. Te veo siempre a su lado.

—¿Qué mal hay en esto, padre?

—Ninguno. Pero tu primo, tu novio, no tomará a bien esto.

—Padre —suplicó ella con voz desfalleciente—, si quieres que yo viva unos días más, no me hables de matrimonio con mi primo.

Plena de sorpresa, sonó la voz del Bey:

—¿Por qué, hijita?

—Padre, ¿para qué voy a darte razones? Nuestras leyes y costumbres no las aceptarían. Entonces, ¿por qué voy a amargarte y amargar mi vida, explicándote los síntomas de mi enfermedad que no tiene remedio por ahora?

—Eso quiere decir que lo tendrá algún día.

—¡Tal vez! —se limitó a contestar su hija.

—Desde mi vuelta, Ashtaruth, te noto muy cambiada. ¡Por Hamsa que tu cambio me alegró mucho! Ahora todo el pueblo habla de ti como de una “ualie”, una santa. Todos nuestros sirvientes y trabajadores se desviven por contentarte… Fui ayer a vigilar a los cosechadores y fue incalculable mi sorpresa al ver que habían cosechado todos aquellos trigales en un día, mientras que el año pasado duró la cosecha dos días y medio. Y cuando les pregunté cómo se había operado tal milagro, me respondieron: ‘Por el cariño que profesamos a nuestra ama, juramos por la mañana no tomar ningún alimento hasta terminar nuestra faena… ¡Ah Bey! A cada cinco minutos gritábamos: ‘¡Por Ashtaruth!’, y desaparecía nuestro cansancio.”

Ashtaruth seguía atenta al relato, y manaba de sus ojos un torrente de lágrimas.

Al ver llorar a su hija, el Cheik saltó de su asiento admirado y dolorido a la vez, diciendo:

—Por Allah, Ashtaruth, ¿qué tienes? ¿Tú, tú sabes llorar?… Esto debe ser algo grave… Hijita, dime qué necesitas y te lo obtendré para ti, aunque se encuentre en el infierno. Dime Ashtaruth mía, dime…

Ashtaruth al ver preocupado a su padre, al verle desesperado como un niño, él, que toda su vida la había pasado en el lomo de su caballo y en el fragor de las batallas, él, que se había criado entre el fuego de las armas y el relucir de la espada, estuvo tentada a decirle su secreto. Tuvo la idea de confesarlo todo. Y ya iba a lanzar sus palabras cuando creyó ver a su padre con el revólver en la mano, arrojando sus cinco proyectiles en el pecho de Adonis.

Dio un grito desgarrador y ocultó la cabeza entre las manos.

El Bey movió sus hombros y quedó silencioso.

Pasado un momento, reaccionó su hija y le dijo:

—Perdóname, papá. Soy una tonta que te hago sufrir sin motivo. Nada hay que justifique este sufrimiento. Sólo que por ahora no quiero casarme. A mas de eso, nada necesito.

—Bien. Si es eso. no volveré a mencionar lo de tu matrimonio, por ahora. Tenemos muchos años por delante, eres joven todavía… ¿Estás contenta?

—Si, papá, gracias…

Mientras que en su interior, se decía:

“—Algo he conseguido.”

Por la tarde, sentada a los pies de Adonis, le relataba toda la conversación.

Al día siguiente, Jadallah Bey preguntaba a su secretario:

—¿Qué le pasa a mi hijita, jatib?

Le miró calmadamente Adonis y le dijo:

—¿Acaso debo saber yo lo que tiene la señorita?

—No, no es eso. Te preguntaba porque noto que cuando está a tu lado se encuentra más tranquila.

—No, señor. Tampoco está tranquila junto a mi.

—Pero, ¿de qué conversan entre los dos?

—De muchas cosas. De poesía, de literatura, de viajes …

—¿Y de amores?

Adonis quiso penetrar el significado del gesto que ejecutaba su rostro, y riendo forzadamente, respondió:

—Todavía tengo necesidad de mi vida, señor… Ustedes los drusos, no quieren cambiar sus leyes ni sus costumbres, ni tampoco he venido para hacerlo… De manera que usted puede estar tranquilo, porque su “jatib” no abusará de la confianza que le ha brindado, y sabe hasta donde llegan sus límites.

Jadallah le proporcionó una mirada de cariño mientras le hablaba:

—Oye, jatib: lástima que no seas druso. Yo te quiero y te aprecio. Primero, fuiste tú la admiración del pueblo y ahora lo es mi hijita… Aristóteles me habló de ti en muy buenos términos, quizá porque eres un sabio, como lo es él… aunque nadie es como el Hierofante… Pero, ¿no puedes tú decirme a qué se debe el cambio de mi hija?… La dejé una leona y la encuentro una oveja. ¿Qué significa esto?

—Antes de contestarle ¿puedo preguntarle si sabe usted algo de Aristóteles?

—Creo que ahora está en Líbano, pero no sé cuándo vuelve… Ahora contesta a mi pregunta.

Adonis dejó a un lado su libro de cuentas y volviéndose a su amo, dijo:

—Dice usted que me aprecia ¿no es así?

—Sí, así es.

—¿Por qué es eso?

—Hombre, no sé. Quizá por tu proceder con ese pobre labrador… Quizá porque eres correcto en tu comportamiento, o… por simpatía.

—Bueno. Y si le digo: “Jadallah Bey, hágame el favor de prestarme una libra o de regalármela”, ¿qué respondería?

—Que este es un favor insignificante para negártelo.

—Gracias… Ahora supongamos que la señorita Ashtaruth después de tratarme mal, después de atentar contra mi vida, después de ver que yo nunca le dirigí una queja, ni un reproche a pesar de sus insultos, llega a apreciarme algo así, como a un pariente. Después voy yo y le digo: “Oiga, señorita Ashtaruth: yo la estimo y por esa estimación me duele mucho el verla como un objeto de odio por parte de toda la servidumbre y de burla por parte del pueblo… La mujer debe ser una flor que perfume al ambiente en el que vive y que aromatice a todo transeúnte… El dominio de la mujer debe ser a base de dulzura y no de despotismo…” Luego trato de despertar en ella los sentimientos dormidos de su noble corazón, y le digo muchas cosas más…

Calló Adonis. Pero el jefe que le miraba con atención y escuchaba con avidez, le dijo:

—Continúa, por favor.

—Bien. Si usted que es un hombre que ha pasado toda su vida a caballo y combatiendo, un hombre cuyo corazón —perdóneme la expresión— están encallecido por las circunstancias y el ambiente, estima a su secretario hasta el punto de darle una suma fuerte de dinero, si él se lo pidiera, ¿por qué no podemos creer que la señorita Ashtaruth, que posee un corazón sensible por el hecho de ser mujer, para complacer a una persona que la estima, trata de cambiar su carácter y ser lo que debe ser?

—Pero jatib ¡es un milagro el que has hecho con mi hija!… Cuántas veces traté yo de cambiar su carácter y todo fue en vano.

—Es porque no ha sabido encontrar usted el camino de su corazón.

—¡Magnífico! ¡Soberbio! En este caso, voy a pedirte un favor, y pide lo que quieras por él.

—Señor, estoy obligado a vender mi trabajo, pero no mis favores… ¿Qué desea?

—Ve, si puedes convencerla de que se case con su primo Abdullah.

—Esto sí que no es posible, señor.

—¿Por qué?

—Porque para mi desgracia, su hija está enamorada de mí.

El Bey, creyó haber entendido mal, y preguntó:

—¿Cómo?… ¿Qué dices?

—No se asuste, señor. Está enamorada de mí, del jatib.

Saltó Jadallah empuñando el revólver, y gritando:

—¿De ti, perro cristiano?

Pero al terminar su frase, se disipó su furia. Movió la cabeza con el dolor del arrepentimiento.

—Escúchame con calma, señor.

—Perdóname, jatib. Eres mi huésped, y por lo tanto, sagrado.

—No, excelencia. Eso no importa, pero oiga lo que le voy a decir. Cuando Hamsa, la Luz, creó a los drusos, por su sabiduría infinita creó a los cristianos, y si los drusos van contra los cristianos es porque ellos tratan de ir contra los designios de Hamsa que los creó. De esta manera, no debe pedirme perdón a mí, su huésped, sino a Hamsa, mi creador. ¿Qué culpa tengo yo si Hamsa me creó cristiano para venir a servir a usted y a su hija? Si soy culpable en algo, no trato de evadir el castigo. Además, yo he sufrido mucho en esta casa, y nunca me quejé ni a usted, ni al mismo Dios. Esto le digo para demostrarle que no estoy aquí por mi deseo, y por mi propia voluntad, sino obedeciendo a una voluntad superior, a la voluntad de Aristóteles… Pero basta una palabra suya para abandonar su casa en este momento.

Jadallah Bey, arrepentido y admirado por la franqueza y erudición de su secretario, quiso decirle muchas cosas, pero sólo preguntó:

—¿Cómo sabes tú tanto de nuestra religión que ordena matar a todo infiel que la descubre?

—No es verdad, señor. Su religión es como todas las otras: nunca ordena un mal.

No sabiendo qué contestar calló el Bey para que Adonis continuara:

—Por otro lado, no hemos terminado de hablar sobre su hija, de quien le dije que está enamorada de mí, pero a quien yo no puedo amar.

—¿Cómo, que no puedes amar a mi adorada Ashtaruth? ¿Quién eres tú para no poder amar a mi hija?

Dijo esto el Bey, haciendo un esfuerzo para contenerse, pues las palabras de Adonis herían su dignidad y orgullo de padre y jefe.

—Siempre cambia usted el sentido de mis palabras y por eso se encoleriza.

—Entonces ¿qué quieres decir?

—Lo siguiente: Primera razón: Su hija es drusa y yo soy un perro cristiano.

Nuevamente se levantó de su puesto el jefe druso. Pero Adonis le detuvo el brazo diciéndole:

—No me refiero al insulto, señor, sino a la creencia general de su raza, que un perro cristiano no puede casarse con una drusa, aunque en Líbano esto sucede según le consta a usted mismo.

Se sentó el Bey diciendo:

—Sí. Es cierto.

—Segunda razón —continuó Adonis—: Yo estoy en su casa en calidad de sirviente, y un sirviente nunca puede levantar los ojos hasta su ama.

—Tercera: yo soy un joven pobre y la señorita es millonaria.

—Cuarta: yo no quiero morir todavía, sobre todo sabiendo que mi muerte no beneficiaría a nadie, pues sé que si trato de seducir a su hija, usted me mataría sin miramientos.

—Quinta razón: yo no soy un traidor para abusar de la confianza y bondad que he hallado en su casa, en calidad de huésped.

—¿Ya comprende mis razones por las que no puedo amar a su hija?

El Bey se hallaba conmovido por las palabras de su secretario. Y parecía su voz como ahogada por llanto:

—¡Qué irónico es el destino! —exclamó—. Cada vez que el hombre se convence de algo, el Kadar, las circunstancias, vienen en su contra.

Adonis creyó que el Bey aludía al casamiento de la hija con su sobrino y trató de consolarlo:

—No se preocupe, Bey, todo saldrá bien a su debido tiempo. Su hija se casará a su voluntad.

—Oye, jatib, ¿hay muchos cristianos que te igualen en nobleza? Eludió Adonis la contestación diciendo:

—Aun no hemos llegado a la solución del problema… ¿Ha amado usted alguna vez?

Cerró el jefe los ojos tristemente y con una amarga sonrisa en los labios respondió:

—Sí, Adonis —era esta la primera vez que llamaba a su secretario por su nombre, y lo hacia con cariño—. Amé y por mi amor fui desgraciado toda mi vida.

—Perdone. No sabia que mi pregunta pudiera causarle tristeza.

—No importa. Siempre hay algo de grato en esta tristeza. Joven era todavía cuando el Sultán Abdul Amid, después de nuestra guerra con Turquía, invitó a mi padre a que fuese a Constantinopla.

—Allí me enamoré de una joven, que se apoderó de todas mis facultades y sentidos. Era una joven pura y la amé locamente.

—Llegó a saberlo mi padre y él…

Al decir esto, el Bey levantó la mano a la altura de los labios y sopló sus dedos. Continuó:

—De la noche a la mañana, ella desapareció con sus padres y hasta con los muebles de su casa.

El recuerdo de hacía treinta años causaba sufrimiento a aquel férreo druso.

Adonis le contemplaba detenidamente, y le preguntó:

—¿Qué hizo usted después?

—Calla, hombre. Casi me suicido… Pero dejemos este recuerdo, que es como fuego bajo las cenizas.

—No, señor. Estoy obligado a avivar este fuego por el bien de su hija y de usted.

—Ah, cierto. Estábamos hablando de ella, de Ashtaruth.

—Si. Su hija no debe saber nada de lo que hemos hablado, pues si llega a perder su ilusión de amor, es capaz de matarse.

—Por Dios, jatib ¡tú me matas!

—Efectivamente, es dura la realidad. Pero ante las contrariedades debemos ser hombres. Yo quise convencerla con razones lógicas de que ella está en un error y de que yo nunca puedo ser su esposo. Pero ella no quiso entender razones y vive solamente por la esperanza. Ahora, si usted quiere ahorcar esa esperanza, yo no puedo afrontar la responsabilidad de las consecuencias.

—¿Qué debemos hacer?

—Yo he pensado lo siguiente: tal vez el Hierofante Aristóteles no retorne pronto, y en vista de lo sucedido yo no puedo esperarle por más tiempo. Usted ha de contarle los sucesos y yo le escribiré pidiéndole perdón por no cumplir mi promesa… y me voy.

—¿A dónde?

—Al Emir Faisal, pues sé que está pidiendo voluntarios.

—Estás loco, jatib, y tu idea es descabellada. Primero: tengo que dar cuenta al Hierofante sobre tu persona y devolverte a él sano… Segundo: Tú, con tu cuerpo tan delicado, no podrías hacer un viaje por el desierto. Y suponiendo lo contrario, no sirves para soldado.

—Pero puedo servir de sirviente o de escribiente.

—Tercero: no puedo permitir que suceda algo a mi hija. Debes quedarte aquí hasta curarla de su locura.

—¿Y si no lo consigo?

—Ya veremos lo que puede suceder después.

—Bien. Y ahora que ya conoce usted nuestro secreto ¿puede decirme cuál debe ser mi proceder para con ella?

—Debes continuar tal como te has comportado hasta ahora. —Bueno. Pero por lo que pueda suceder, quisiera enviar una carta al Emir Faisal.

—¿Te conoce personalmente?

—No, pero mi carta sería mi recomendación.

—Escribe la carta y yo me encargo de enviarla con la caravana que parte dentro de ocho días.

—Gracias.

—Pero te ruego —suplicó el padre— trata bien a mi hija y no la hagas sufrir.

 

 

CAPÍTULO XX

PREPARACION

 

Vanos fueron los esfuerzos de Adonis. Ashtaruth no se convencía o no quería convencerse por ninguna razón.

Pasaban los días, aumentaba su pasión y su cuerpo se iba aniquilando lentamente.

El Bey contemplaba en silencio aquella escena trágica, y veía cómo su hija se consumía en silencio. Veía cómo su cuerpo delicado demostraba el sufrimiento de su espíritu. Y era visible también el dolor de Adonis.

El jatib, indeciso en lo que debía hacer, tuvo al fin este pensamiento:

—”¿Por qué hago sufrir a esta muchacha? ¿No sería mejor alentar en ella la esperanza, en vez de matarla como lo estoy haciendo?”

Ashtaruth por su parte, comenzaba a construir castillos de naipes en su imaginación y los ofrecía a su amado. El mayor de ellos era el de huir al exterior, después de terminada la guerra, para poder casarse y vivir felices lejos de las tradiciones drusas.

Con esa esperanza, la hija del Bey volvió a reanimarse, como la rosa que se marchita con el calor y recibe el rocío de la noche.

Mientras Adonis estaba dedicado a estudiar y amar, llegó Aristóteles.

El jatib se alegró mucho por su tanto tiempo esperado retorno, y a la vez, temía por su iniciación.

Cuando se presentó el Hierofante, éste le acogió con ternura, diciéndole:

—Mucho me ha alegrado tu triunfo.

—¿Qué triunfo, Maestro?

—El triunfo sobre ti mismo y sobre los demás. Debes saber, Adonis, que, una sola persona puede cambiar la situación del mundo, sea en bien o en mal.

“¿Te das cuenta de lo que has hecho? Primero, los fanáticos drusos, habitantes de este pueblo, creían que el “perro cristiano” no puede poseer ningún mérito, por lo que odiaban a todo el que no era druso. Yo hice mucho al respecto, pero inútilmente, pues se necesitaba el sacrificio y tú fuiste la víctima. Las fuerzas superiores te habían designado a ti.

“Has sembrado en este pueblo la semilla del sacrificio y del amor. Pronto esta semilla será regada entre todos, y llegará el día en que drusos y cristianos comprendan que son hermanos.

“Por otra parte, tu sacrificio era necesario para redimir a Ashtaruth, aquel ángel que se hallaba preso entre las rejas de la ignorancia y del odio. Hoy ha vuelto a su prístino origen y tú has sido el joyero que ha devuelto el brillo a ese metal puro. A ella también le corresponde otro sacrificio, y muy grande por cierto, cuyo objeto es devolver a los drusos y cristianos la fraternidad. Y está cercano el día, en que estando tú lejos de aquí, la mujer drusa sea esposa del druso.

—Entonces —preguntó Adonis anhelante—, ¿debo yo casarme con Ashtaruth?

—No, hijo mío, esto no sería ningún sacrificio. Ashtaruth debe morir por su amor, para que los padres drusos comprendan su error. Debe sacrificarse por sus hermanas de raza.

—Por Dios, Maestro, ¿no puedo yo sacrificarme en lugar de ella?

—El sacrificio puede ser por medio de la muerte o por medio de la vida. A ella le corresponde el primero y a ti el segundo. Ya te dije desde el principio que tu vida será una cadena de sacrificios. Este es nuestro deber, hijo mío, y tenemos que cumplirlo.

“Ya te falta muy poco para la iniciación, pues el Fuego Creador, rasgó tu médula espinal y abrió el tubo necesario para ascender al Padre.

“Tus dolores han sido tremendos; pero tú has podido soportarlos. Mas, en lo sucesivo deberás soportar otros que son necesarios para llegar a la meta.

“Mira: un mago debe colocarse siempre en el medio, para poder conservar el equilibrio de las cosas. En política, en religión y en ciencias, el hombre profano nunca tiene el término medio. Porque todo hombre es el platillo de una balanza, excepto el mago que debe ser el juez que pese las cosas según la ley.

“Después de la iniciación has de tener muchos errores también, porque tu cuerpo no puede responder todavía al llamado de tu Yo Soy interno. Pero cuando llegues a la Edad de la Religión del Padre, entonces se despertarán en ti los efectos de la Iniciación Interna.

“Óyeme, Adonis, y déjate de pensar en Eva y Ashtaruth…”

—Perdón, Maestro —se disculpó el discípulo con lágrimas en los ojos.

—Todavía hay una tercera mujer que tiene que ocupar otra parte de tu vida. La primera te inducirá al amor y al arte. La segunda te vigilará desde el otro mundo dándote saber y poder. Y la tercera, equilibrará con su oración, el saber y el poder en tí. Las tres son necesarias y te servirán de escalones para ascender a tu trono interno.

“En la actual condición del mundo el dolor debe prevalecer al gozo. Por estas razones nadie puede llegar a la verdadera iniciación sino por medio del dolor y del sacrificio que purifican las pasiones y elevan el deseo. De modo que el dolor de ellas por ti, te conducirá por el sendero y tu dolor por ellas será como la luz para guiarlas.

“Una vez librado completamente de tus cadenas, comenzaremos tu iniciación que será por medio del sueño.

“Todo conocimiento viene al hombre en estado de éxtasis o de desligamiento de sus propios sentidos. Es por medio de esta libertad que el Yo Soy comienza a obrar por sí mismo en su vehículo, libre de su prisión, el cuerpo, y de sus cadenas, los sentidos.

“Son tres los misterios de la Iniciación:

“1°) De dónde hemos venido;

“2°) En dónde estamos; y

“3°) A dónde vamos.

“Explicarte estos tres misterios con palabras sería perder el tiempo.

“Tú debes ver y explorar por ti mismo. No debemos adelantar las cosas: a su debido tiempo lo comprenderás todo.

“Tienes treinta días de preparación, a partir de hoy. Todos tus esfuerzos debes dedicarlos a la obra. Tu preparación consiste en tres cosas:

“Trabajar.

“Meditar.

“Encender en ti más y más el fuego sagrado para quemar todos los deshechos.”

Después Aristóteles siguió prodigando sus consejos a Adonis, por espacio de una hora. Por último le entregó ciertos trabajos para treinta días, despidiéndose con estas frases:

—Hay ciertas escuelas que aconsejan matar las pasiones y amortiguar la carne. Tu camino será distinto, hijo mío. Debes despertar en ti las pasiones, escucharlas y refutarlas con sabiduría. Tú debes ser tentado varias veces, y nunca debes huir de la tentación. “Espero encontrarte preparado a mi vuelta.”

—Ámala… Adiós, hasta la vuelta.

 

 


CAPÍTULO XXI

APETECIDO PERO PROHIBIDO

 

El primer amor, es como una semilla: una vez sembrada, nace, crece, y con el tiempo se transforma en un árbol frondoso en el que anidan las aves del cielo.

El verdadero amor es uno. Pero de la unidad nacen todos los demás números.

Adonis amó a Eva, como ama el poeta a su poesía en formación, o el pintor a cuadro en creación. Hoy comenzó a sentir para Ashtaruth, un cariño, como el del sabio para su teoría sentida por él, e incomprensible para los demás.

Pero lo más sorprendente fue que no encontraba diversidad entre estos dos amores.

Amó a Eva como el idealista a su ideal, y amó a Ashtaruth como el escultor a la obra de sus manos.

Eva tenía del amor la dulzura, y Ashtaruth poseía su tempestad y su furor.

Eva sufría callada, y Ashtaruth hablaba para sufrir. La una sufría con resignación, la otra sufría con rebelión. La primera quería que la voluntad de Dios se cumpla en ella, y la segunda quería cumplir la voluntad de Dios en los hombres.

En aquellos días, Jamel Bajá invitó a Damasco a todos los jefes drusos para tratar sobre algunos puntos importantes de política interna. Quería ganarlos a su causa, por temor al Emir Faisal, que a manera del simún del desierto, en donde combatía, desplazaba a los turcos y alemanes, como sucedía con las dunas y colinas de arena.

Ya hemos dicho que Turquía temía sobremanera al león druso. Aquella invitación duró veinte días y los jefes drusos regresaron con altas condecoraciones turcas.

Jadallah Bey, como Jefe General de las Montañas, obtuvo el más alto galardón turco. Ya no era Jadallah Bey, sino Jadallah Bajá, o Pachá: con la condecoración de Majide primero.

Pero, ¿qué sucedió durante su ausencia?

Ashtaruth dio rienda suelta a su amor. Adonis sentía crecer un cariño puro hacia aquella mujer, hechura de sus manos.

Ella ya no podía dormir sola, y como Adonis no le complacía yendo a su aposento, ella se ideaba mil pretextos y maneras para ir al cuarto de él.

Con todo, aquella joven que se consumía de amor, nunca había maliciado los desengaños y bajezas del mismo.

Adonis la estudiaba en todos sus ademanes y palabras, como si fuera una nueva lección impuesta por un maestro. Y cada vez que descubría en ella una nueva manifestación de amor, sentía como si en sus entrañas una zarpa dolorosa se le clavara. Entonces se decía:

—”¿Cómo puedo sacrificar yo a este ángel que me adora? ¿Cómo puedo yo salvarla del implacable destino?”

Y al pensar en esto, su rostro se cubría con un velo de tristeza, que hacia que Ashtaruth se arrodillase a sus pies, besándolos y diciendo:

—¿Soy yo la causa de tu tristeza? Adonis ¿en qué te ofendo?… Adonis, mi Dios, son pocos los días de mi verdadero amor. Ten paciencia un tiempo más y llegaré a descifrar todos tus enigmas y secretos, y adivinaré tus deseos para complacerte hasta en el más mínimo de ellos… Ahora, mi Dios, dime ¿ya estás satisfecho de mis esfuerzos?

Adonis lloraba sangre interiormente. Y cuando la veía tan amante y tan pura se deshacía en cavilaciones y dolor, diciéndose:

—¡Ay de mí!… Soy un ingrato.

El le hablaba rara vez, debatiéndose con el pensamiento en el futuro de Ashtaruth. Era ella quien manejaba la conversación.

Una noche en que ella acostada al lado de él en la misma cama, había guardado silencio, se levantó bruscamente, diciendo:

—Adonis ¿no me dijiste tú que Dios el Ser Supremo Creador del Universo era la suma bondad?

—Si, lo dije, Ashtaruth.

—Entonces, ¿por qué ha creado drusos, cristianos, mahometanos, etc., y cada secta va contra la otra?

Adonis comprendió a dónde iba a llegar con tal pregunta, y le respondió:

—¿Has contemplado alguna vez un árbol? Pues así es la humanidad: cada raza es una rama y cada religión una hoja. Todas estas ramas debían trabajar para dar el mismo fruto y las religiones deberían ser hojas de la Religión Universal. Pero desgraciadamente, los hombres egoístas no quieren pensar en esto y tratan de dañar el fruto con sus leyes, sus costumbres y su egoísmo. Y así, Dios es bueno y los hombres son malos.

Ashtaruth meditó un momento para exclamar luego, llena de alegría:

—Amor mío: tú y yo hemos de practicar la única religión y hemos de enseñarla a los demás. Entonces no habrá para los hombres sino una sola religión que es el amor. Y así borraremos las palabras drusos y cristianos.

Adonis se sorprendió al escuchar estas deducciones. Meditó un momento y objetó:

—¿Y si todo el árbol está carcomido?

Ella calló ante el peso de la pregunta. Luego solucionó:

—Podemos sembrar otro.

—¿En dónde está la semilla?

—Tú y yo seremos la semilla.

Adonis recordó entonces las palabras del evangelio y del Hierofante, y suspiró.

—¿Qué tienes, amor mío? ¿Por qué suspiras?

El, por toda respuesta, le dijo tristemente:

—La semilla debe morir primero, antes de dar sus frutos.

Ashtaruth enmudeció. No podía su mente comprender el alcance de tales palabras. Recostó su cabeza en el pecho de Adonis, y ambos guardaron un profundo silencio.

—Adonis, ¿me amas de veras?

—¿Por qué dudas de mi amor?

—No sé, hasta ahora no tengo ningún motivo. Pero tus relaciones con Aristóteles me aterran. Aristóteles es el único ser a quien respeto con miedo. Cada vez que pienso que tú eres amigo de él, me veo en el fondo de un valle y a ti en la cumbre de una montaña: ni tú puedes bajar hasta mí, ni yo puedo subir hasta ti.

Meditó Adonis en el poder intuitivo de la joven, y sintió por ella una pena profunda y un crecimiento en su cariño. La abrazó fuertemente como si quisiera defenderla de algún peligro.

Ella, como si se hubiera sentido invadida por el mismo temor, puso toda su alma en un beso, miró bruscamente a su alrededor diciendo:

—¡Qué horrible sensación! Sentí como un frío extraño en mi espalda, y tengo miedo.

Adonis nada dijo. La besó triste y pensativo. Ella le dijo:

—Este beso tuyo es distinto, Adonis. Es un beso de tristeza y de dolor. ¿Te molesto, mi Dios?

—¡Nunca, nunca Diosa mía! Ella se tranquilizó.

—Adonis, tengo una idea.

—¿Cuál es?

—Ahora que mi padre está ausente, podemos huir a Palestina. Llenaré de libras una alforja, y con seis caballos de relevo, estaremos allí en cuatro días. Sonrió Adonis diciendo:

—¿Tanto dinero tienes?

—Vaya una pregunta. Tenemos dieciocho tarros de kerosene llenos y repletos de libras.

—Eres loquita, Ashtaruth. ¿Vas a robar por mí?

—¿Robar? ¿Por qué? La mitad es mía y sólo tomaré una parte.

—¿Y olvidas que con esta huida me haces un traidor que defrauda la confianza que tu padre depositó en mi? No, Ashtaruth. Después de esto me odiarás, porque supongo que tú no querrás casarte con un cobarde.

Aquella contestación despertó a la joven a la dolorosa realidad, después de haber soñado tanto.

Caviló mucho antes de llegar a la siguiente conclusión: si el huir es una traición que el amante no quiere cometer, y si quedándose, su padre no consiente en su enlace con Adonis, entonces su felicidad con él es imposible, ya que la fuga es irrealizable. Al llegar a esta deducción final gritó llena de un dolor profundo:

—¡Ay, Dios mío! Entonces estoy sentenciada a morir. Y luego cayó como si sus propias palabras la hubieran fulminado.

Asustado Adonis sin conocer la causa de su desmayo, corrió a abrazarla.

Tras los besos y abrazos, los mimos y las palabras amantes, Ashtaruth volvió en sí.

Pero despertó presa de los dolores, uno psíquico y otro físico, alojados en el corazón.

—Adonis —dijo señalando el pecho—, siento como si algo se me arrancara aquí…

—No, mi linda, no es nada… Me haces sufrir, Ashtaruth… Ten piedad de ti y de mí. Me asustó tu desmayo. ¿Qué te ha pasado?

—He visto la realidad, amor mío. ¿Cómo no he pensado en esto antes? Ahora sí que está dictada mi sentencia de muerte. Porque tú no quieres huir conmigo y mi padre no aceptará nuestra unión.

—Oye, ¿no me dijiste tú misma que no debemos pensar en la desgracia antes de tiempo?

—Sí, Adonis, pero la desgracia es la pérdida de la ilusión. Y queriendo su amante aliviar su dolorido espíritu, sentenció:

—Mientras el hombre vive, debe esperar.

—Sí, mientras el hombre vive. Pero, ¿y el que tiene la mitad de su vida en la tumba?

—No digas más tonterías. No lo puedo soportar.

Y las lágrimas contenidas ahogaban su voz.

Viendo cómo sus palabras torturaban a Adonis, Ashtaruth se reanimó un poco para decirle:

—Amor mío, mi primer y último amor. Agradezco tu ternura, y perdóname… ¡ Ay… el corazón!

—Debo llevarte a tu cuarto, Ashtaruth.

—Sí, Adonis, pero ¿no me dejarás sola, verdad?

—No, amor mío.

La condujo a su cuarto y la acostó en la cama. Ella tomó una de sus manos y le dijo:

—Déjame dormir un rato.

Ella durmió, y Adonis le custodió el sueño, sin atreverse a producir el más leve ruido. Su sueño era intranquilo y fatigado.

Cuatro horas de sueño aliviaron a la joven. Pero cuatro horas de vigilia a más de la noche en vela, aniquilaron a Adonis.

 

 

CAPÍTULO XXII

EL DOLOR DE VIVIR

 

Desde aquella noche, Ashtaruth sintió íntimamente que la muerte aleteaba en torno de ella.

Todos los esfuerzos de Adonis para distraer su mente de tan funestos pensamientos, fueron inútiles. Ashtaruth era uno de aquellos seres que no aman sino una sola vez y que viven por el amor y para él.

Aquella mañana se levantó tranquila pero bastante extenuada. Después del desayuno dijo a su jatib:

—Adonis, quiero pedirte dos favores: el uno que no te separes de mí un sólo instante y el otro que recibas mi último aliento.

—Creo, querida Ashtaruth, que tú te has empeñado en mortificarme y matarme.

—No importa, amado mío. Será por poco tiempo.

—Calla, mujer.

—Oye Adonis, tú me conoces muy bien. Yo no le temo a nada, ni a nadie. Pero hoy temo a la vida, y nada más. Tú has evitado en lo posible mi presencia porque sabías que nuestro matrimonio era imposible. Pero yo, loca de amor y obsesionada por el mismo, construía castillos en el aire, confiando demasiado en su solidez… Ahora ya se han desvanecido como si hubieran sido hechos de humo. Ahora estoy ante la desnuda realidad. Pero aunque la realidad acarree mi muerte, sea bendita, pues así podré tomar mis medidas.

“Ahora comprendo el por qué del adelanto europeo. En Europa no hay diferencias de religiones, ni distinción de razas. En cambio, en nuestro país cada familia tiene diversidad de costumbres y hasta de religiones Nuestro país nunca adelantará.

“Pero añora, quiero olvidarme de todo esto para dedicarme solamente a nuestro amor.

“Mi amor para ti, es como mi aliento sin el cual no puedo vivir… Tu amor es como el aire que aspiro y mi vida es como el que espiro. Necesito de ambos, pues, con uno sólo no puedo vivir… Mi padre me obliga a casarme con mi primo. Siento que este matrimonio será como el aire artificial que se introduce en los pulmones cerrados: quizás alargue por unos minutos la existencia, pero será para mí, la completa asfixia.

“Tú eres el único, eres mi aire y mi vida. Tu aliento, al penetrar en mis pulmones, me da el movimiento para continuar viviendo.

“Hasta ahora no sabes tú lo agradecida que te estoy por proporcionarme, aunque por poco tiempo, la pura felicidad. Muchas veces me pregunté: ¿Cómo puedo recompensar a mi Adonis?, pero nunca se me ocurrió algo. ¿El dinero, el dios del mundo? Eso está muy por debajo de ti.

“Después pensé en el amor, y creí que con eso podía recompensarte. Traté desde entonces de vivir tus palabras y de adivinar tus deseos. Por eso mi cambio de carácter fue radical. Pero desgraciadamente, comprendo, sólo ahora, que nuestras razas, religiones y costumbres, se levantan ante nosotros como un muro de tal altura que impide a nuestro amor el paso libre.

“Llegados nosotros hasta este punto, me he preguntado: Ashtaruth, ¿qué te queda en la vida? —¡Nada! … Entonces he resuelto darte mi vida.

“No me interrumpas, te lo ruego. Quiero continuar, porque tal vez mañana o pasado ya no tenga ni tiempo, ni ocasión de hablar.

“Así pues, tengo que darte mi vida, que es la más preciosa cuando estoy a tu lado, y la más insignificante cuando me alejo de ti.

“Ahora bien; si mi vida lejos de ti nada vale, no voy a ser tan estúpida de dártela cuando tú estés ausente y sin tener siquiera la esperanza de que vuelvas. Por eso te he pedido al principio que recojas mi último aliento. ¿Me comprendes ahora?”

Adonis se sentía desfallecer de dolor. En su mente se produjo una especie de vacío completo que le impedía hablar y pensar.

Contuvo su llanto, pero luego se entregó por completo a la desesperación. Lloraba y hablaba:

—¡No, no! Por Dios, Ashtaruth, por mí… ¡No puedo soportar más!… No quiero nada… No quiero la vida si a ti te pasa algo…

Admirada ella de verle llorar, le decía:

—Amor mío, ahora sé que me amas de veras.

Luego, Adonis continuó:

—Vamos ahora mismo a donde tu quieras, pero quiero verte feliz y sana. ¿Me oyes? No quiero volver a escuchar de tus labios la palabra muerte.

Tras de callar un instante, ella dijo:

—Bien, quemaré el último cartucho… Ahora vamos a pasear un rato.

Caminaban lentamente. Ashtaruth sintió fatigarse por lo que dijo a su acompañante:

—No sé qué me pasa ahora. Siempre me falta la respiración.

—Volvamos a casa.

—No. Mejor sentémonos aquí a descansar, mientras contemplamos a ese grupo de mujeres que lavan ropa.

Tomaron asiento contemplando a las lavanderas, y escuchando a una de ellas cantar una canción de amor.

—Oye, Adonis —propuso ella—. ¿Por qué no haces una composición sobre nuestro amor?

—¿Es ése tu deseo?

—¡Sí, sí! Y la quiero pronto.

—Bueno.

Se alegró ella. Luego indicó:

—La poesía debe ser muy sentimental pero de un estilo sencillo para que la comprendan todos.

—A tus órdenes —respondió Adonis, alegrándose al ver contenta a su amada.

Ella le miró dulcemente, y al tiempo que le enviaba un beso en el aire, le dijo:

—¿Cuando me la das?

—Ahora mismo.

—¿Cómo? ¿Ya está hecha?

—No, pero tú puedes escribirla. Toma lápiz y papel.

Ella, radiante de alegría, colocó el papel sobre sus rodillas, y dijo:

—Estoy esperando. Meditó Adonis unos segundos, y con melancolía comenzó:

“Del seno del amor,

como una flor de lis,

se desliza Ashtaruth…

Ella le interrumpió diciendo:

—…en busca de Adonis.’”

—¡Buena telepatía la tuya!

—Continúa, amor mío.

La voz de él sonaba triste:

“Un día en el camino,

se encontraron los dos

Sombríamente y llena de tristeza, Ashtaruth terminó la estrofa:

—…pero amargo destino

impuso al hombre. Dios.”

Y Adonis queriendo disipar la tristeza que embargaba a su amada, prosiguió:

“Confían en la suerte

con férrea voluntad

Y quiso continuar con estos versos:

derribando a la muerte,

en pos de libertad…

Pero Ashtaruth se le adelantó diciendo, como reflejando el sentir de su alma:

mas, nadie ante la muerte

posee libertad.”

Calló Adonis y protestó con dulzura:

—¡No puedo más, Ashtaruth! Me arrebataste la inspiración.

—En cambio, tú me la diste. Adonis.

Y al verle sumido en su tristeza, exclamó:

—No te aflijas, poeta mío. Algún día, lejos de mí, has de continuarla. Yo me quedo con estos… Ahora, vamos a la casa.

Al tercer día, todos los trovadores del pueblo y hasta los sirvientes de la casa, cantaban:

“Del seno del amor

como una flor de lis,

se desliza Ashtaruth

en busca de Adonis.

Un día en el camino

se encontraron los dos,

pero amargo destino

al hombre impuso Dios.

Confían en la suerte

con férrea voluntad,

mas, nadie ante la muerte

posee libertad.”

Adonis se sintió disgustado. Quiso recriminar a Ashtaruth, pero no se atrevió por lo delicado de su salud.

Ella comprendió su disgusto, y le dijo:

—¿No quieres mi felicidad? … Así estoy feliz.

 

 


CAPÍTULO XXIII

INICIACION

 

—¡Por Dios, maestro, salve a Ashtaruth!

—Hijo mío, nadie puede salvarla. Debe consumar su sacrificio.

—Pero, es que yo me siento responsable de ella ante mi conciencia y ante Dios.

—Dios sabe lo que hace… Con todo, después de tu iniciación has de comprender tu egoísmo de este momento. ¿Por que quieres impedir la felicidad de este ángel que vuelve al seno de la luz?… Es porque crees todavía en la muerte. Te he dicho varias veces que la muerte no existe. No te culpo, hijo mío, porque desde pequeño han sembrado este error en ti, mezclado con el horror por la muerte.

“Precisamente, en tu iniciación, debes morir en vida para comprender el misterio de la muerte. Entonces has de comprender que el hombre no debe temer a la muerte sino a la misma vida… La vida, joven, la vida es la que causa tantas desgracias.

“Ahora, tranquilízate y prepárate. Ya se acerca el momento… Desnúdate y vístete con esta túnica de lino.”

Y Aristóteles pasó su mano derecha a lo largo de la espina dorsal de su discípulo, mientras pronunciaba unas palabras en un idioma desconocido.

—Abre esta puerta —ordenó.

En la misma biblioteca, había una puerta oculta tras una cortina y condenada a estar clausurada por tres candados.

Al abrirla, nada pudo ver Adonis. Estaba sumida la habitación en las más profundas tinieblas.

El maestro le preguntó:

—¿Tienes miedo?

—No señor, estando vos conmigo.

—Yo no estaré contigo todo el tiempo… Entremos.

Después de un rato volvió a hablar:

—Esta es la puerta del corazón. De aquí tienes que descender al infierno.

Adonis sintió que dentro de su pecho, el corazón daba un salto. Pero no dijo una sola palabra.

Y se escuchó la armonía de cantos suaves, como si vinieran de un lugar muy lejano, como del centro de la tierra.

Y caminaban en el sótano oscuro, el maestro delante y, sostenido por las manos, el discípulo atrás. Adonis calculó el tiempo transcurrido, en tres minutos. Vio una luz débil y mortecina, luego, otra y otra, pero todas enfermizas y pálidas.

—Estas luces son las luces de tus conocimientos. Vamos a ver si pueden disipar tus tinieblas. Ahora debes descender sólo, a tu naturaleza, por esta escalera. Ten cuidado. Y diciendo esto, le soltó la mano.

Adonis, palpando en las tinieblas, encontró una balaustrada. Comenzó a descender con mucho cuidado, pero al llegar al último escalón, se apagaron todas las luces. Quiso continuar bajando en la oscuridad.

Alargó con mucha lentitud el pie derecho, para encontrar el próximo peldaño, y halló sólo el vacío.

Volvió a su puesto. Se asió bien a la balaustrada, y en cuclillas, extendió toda la pierna izquierda. Nada. Todo era vacío.

Se sentó en la grada superior y comenzó a meditar en las palabras de Aristóteles.

“Esta es la puerta de tu corazón. De aquí debes descender a tu infierno. Estas luces son las luces de tus conocimientos. Vamos a ver si pueden disipar tus tinieblas… Ahora tienes que descender sólo, a tu naturaleza por esta escalera. Ten cuidado.”

—¡Qué naturaleza tan oscura y profunda! —se dijo el joven: —¿Qué debo hacer ahora?

Pensó en regresar. Pero, ¿cómo, en esa oscuridad? —¡Qué infierno tan oscuro y silencioso!

Antes de terminar la coordinación de sus pensamientos, oyó un silbido igual que el del viento de enero cuando penetra por las hendiduras de una ventana.

Escuchaba atento y el silbido aumentaba. Comprendió entonces que pasaba el tiempo en veloz carrera.

Comenzó a llover. Sentía palpablemente las gotas de agua. Dedujo entonces que se hallaba, no bajo techo sino a la intemperie.

—No puede ser —pensó—: las luces estaban suspendidas, por tanto debía haber un techo del cual colgaban, y el viento y la lluvia debían ser artificiales… ¿A quien daría crédito, a su vista, a su oído o a su tacto?

—¿Qué debo hacer? Debe haber una solución a este problema. Subió seis escalones, pero al séptimo se halló con una pared. Algo de miedo penetró en su corazón y hasta abrigó una dosis de desconfianza para esta clase de iniciación.

Nuevamente descendió los escalones, y comenzó a rememorar todas las escenas desde su encuentro con Aristóteles. Nunca en su proceder hubo una mancha, de modo que su desconfianza era infundada.

Continuaba el viento con más furia y la lluvia con mayor intensidad.

Otra vez trató de sondear el abismo, pero su intento fue vano. No abrigaba miedo a la muerte, pero sí a la oscuridad. —De la puerta del corazón al infierno, a la naturaleza —pensó—. Entonces estoy en la naturaleza ahora, porque en el infierno debe haber fuego y aquí hay viento y lluvia.

En este instante retumbó un trueno formidable que hizo temblar a la escalera.

—Otro fenómeno más… Seguramente estoy a la intemperie y suspendido sobre un abismo… Debe ser ya tarde.

Sintió que se helaba su cuerpo por la llovizna que soportaba y por el viento helado que soplaba.

¿Esperar que llegara el día en ese estado?… Eso era demasiado largo. Quiso el arrepentimiento invadir su mente, pero al momento se dijo: “Ahora no es momento para arrepentirme.” Debo buscar una solución para librarme de esta enojosa situación.

La lluvia aumenta. Entumece el frío. El trueno ensordece. Se suceden lentas y grises las horas… Y al fin la paciencia se agota.

Más de treinta veces sondeó el abismo y otras tantas examinó la pared.

Al fin y al cabo ¿qué se está haciendo con él? ¿Por qué le hacen sufrir tanto? ¿Qué objeto tiene este tormento y, de qué le servirá esta iniciación?

Aumentó su temor. Ya el miedo y la desesperación habían invadido todo su ser. Quiso gritar llamando a alguien. Pero ¿a quién y con semejante tempestad?

Tal vez era un castigo preparado por Jadallah Bey en unión de Aristóteles… Pero ¿por qué? Tal vez por las relaciones que mantuvo con Ashtaruth.

Pobre Ashtaruth!… Ella creía morir pronto. Pero él iría antes que ella camino de la eternidad.

Y como naturaleza humana, reaccionó ante el peligro. Mentalmente dirigió una mirada retrospectiva a su pasado; desfilaban ante él, en momento actual, Aristóteles, Ashtaruth y sus padres…

—”¡Pobres ancianos! ¿Cómo estarán ahora?”

Y cada instante, cortando la corriente de sus pensamientos, se decía:

—¿Qué hacer?

Si era Aristóteles quien le castigaba, no podía compadecerse de él.

Mas esta idea era muy débil para poder convencerle. Aristóteles era incapaz de esta barbarie.

Y queriendo encontrar el motivo de tales tormentos, meditaba en su conducta de los tiempos últimos.

Mientras tanto, las horas corrían. Comenzó a desesperarse más aún. El hambre y la sed venían a aumentar su padecimiento.

Quiso recoger un poco de agua para refrescar su boca. Abrió los labios al encuentro de la lluvia. Sin embargo, ni una sola gota penetraba en su boca calcinada. Y en tanto, el agua le mojaba todo el resto del rostro… Absorbió desesperado el agua que había empapado su camisa. Pero esto aumentó su sed…

¿Hambre y sed?… Entonces deben haber pasado ya algunas horas en aquella prisión colgante. Y trató de imaginar y de visualizar su prisión.

Meditaba:

—Desde el cuarto de Aristóteles, hay un corredor hasta aquí. Debe haber aquí un pozo profundo. En la pared existe esta escalera de siete peldaños, en la que colocan al condenado hasta que se muera de hambre y de frío… Al morir, se precipita por sí mismo al fondo del pozo en el que permanece hasta el día de la resurrección …

—”¿Pozo?… Sí, debe ser.”

Y recordó que cuando niño, se inclinaba sobre el pozo del patio de su casa, y él respondía con el eco a los gritos que le divertían.

—”Probaremos.” Y vocalizó fuertemente:

—¡Eeeeeiiii!

Y otra vez, su voz le respondía, de igual manera. —”Ahora sí estoy convencido. Es un pozo,”

Pensaba:

—”La lluvia continúa y el hambre aumenta… Ya debe ser de día, y tal vez muy tarde… Pero la abertura del pozo debe estar herméticamente cerrada… Morir en la oscuridad debe ser terrible…”

Comenzó entonces a calcular el tiempo transcurrido. Para tener tanto hambre debían haber pasado dos días, o al menos, un día y una noche, como cuando Ashtaruth le privó de la comida.

—”¿Será capaz Aristóteles de matarme de hambre?… No, no puede ser. Aquel hombre tan bondadoso que se inclinó, para desatar la correa de mis zapatos, no puede tener un corazón tan cruel.”

Y cavilaba en la tortura de morir de hambre. Sintió que su cerebro ya no obedecía al pensamiento. Entonces temió desvanecerse, pues, por la pérdida de la conciencia, podía rodar a las profundidades del pozo… Se aferró fuertemente al pasamano de la escalera. Y meditaba.

Los truenos rugían con más fuerza. Aumentaba más y más la lluvia. Y sentía al hambre roer con sus garras de hierro sus entrañas… Crecía su debilidad.

Ahora ya no tenía duda. Su fin era inmediato… Ya debían haber pasado algunos días, mientras él estaba en tal estado de abandono… No había salvación posible para él.

Y volvió a recordar el pasado de su vida…

Relatar estos hechos con pocas frases, sería engañar al lector, pues cabe citar aquí un dicho árabe: “No es lo mismo recibir los azotes que contarlos.”

—”Pero, ¿puede durar tantos días una tempestad?” —se preguntaba.

—”No, no puede ser… Entonces ¿qué es esto?” Meditó tratando de resolver su dilema, y llegó a la conclusión de que no era una tempestad, sino una vertiente que se despeñaba en aquel abismo, pero que por su altura, al chocar con el aire, caía en forma de gruesas gotas.

Después de tantos días —lo menos cuatro, según él—, de sufrimiento, hambre, sed y torturas, después de aquellos días que parecían milenios, se acordó de Dios.

Entonces extrajo de su garganta una risa semejante a un quejido, mientras se decía:

—”¡Qué desgraciado es el hombre! Nunca piensa en Dios sino en los últimos momentos de su vida. ¿Cuántas veces he pensado en él, durante todos los años de mi perra vida?… Y después, la humanidad se queja de la muerte y de los peligros… Dios sabe cuántos días estoy aquí y recién ahora me acuerdo de él… Vamos a ver ahora con qué cara voy a presentarme ante Dios. ¿Y qué le diré después de tantos años de vida?… ¿Qué presente digno de él debo llevarle?… Yo no he sido muy malo, pero tampoco fui bueno. Mas, ¿cómo descargar a mi conciencia de sus culpas? Bueno… Yo perdono a Aristóteles por haberme encerrado aquí para matarme… Perdono a Ashtaruth por lo que ha hecho conmigo, y le pido perdón por mi proceder para con ella… Perdono a Turquía y a Jamel Racha por haberme condenado a la horca…”

Se detuvo aquí, pensando en lo preferible que hubiera sido morir ahorcado. ¿Qué son dos, tres, cuatro minutos de sufrimiento en comparación a los días de tortura a que estaba sometido?

—”Pero —reflexionaba— ¡qué cuerpo tan duro el mío! ¡Tantos días bajo esta lluvia y con este hambre torturante!… Diría que la muerte me tiene miedo.

“La muerte. ¿Qué habrá después de la muerte? ¿Es éste el mejor momento para pensar en la muerte?… ¿Qué querría decir Aristóteles? ‘La muerte no existe… debes morir en vida… nunca se debe temer a la muerte sino a la misma vida.’ ¿Acaso él ha muerto en vida y continúa viviendo?’

“¡Ay, Dios mío! Basta ya de recordar cosas pasadas. En estos últimos momentos debo pensar en Dios…”

A pesar de que las tinieblas habían hecho allí, como ya dijimos, su morada, cerró los ojos para no distraerse en su meditación. Y se acordó de una frase leída en unos de los manuscritos: “Dios está en todas partes, y por tanto, en el hombre.”

A pesar del frío y de la lluvia, inclinó su cabeza sobre su pecho y meditó en Dios dentro de su corazón.

Es imposible fijar el tiempo que duró aquella meditación. Sintió que iba a entrar en sueño. Creyó entonces que era la muerte, pero la muerte en vida… Estaba ya totalmente extenuado.

Como nunca, se dio cuenta entonces del acercamiento de la hora final. Ya no tuvo miedo, sino por el contrario, ansiaba desligarse de su cuerpo. Pensó precipitarse de una vez al abismo, para llegar cuanto antes a la muerte. Pero se detuvo. Y sacando fuerzas de su debilidad, gritó:

—¡Padre mío! En tus manos encomiendo mi espíritu.

Dijo esto, y como cae de la rama una fruta madura, el cuerpo de Adonis se inclinó y rodó al precipicio.

¿Qué sucedía? El continuaba pensando, viendo y oyendo.

—”¿Es ésta la muerte? —se preguntó—. ¿Es así como debe ser?… Pero ¿qué es esa luz?… ¿Estaré en el cielo o en el infierno?

“No he perdido el conocimiento ni por un segundo. Ya no siento frío ni hambre.”

Se dio cuenta entonces de que se hallaba en un lugar iluminado. Alzó la mirada y vio que estaba en un aposento de forma oval, como la cúpula de una iglesia.

Todo brillaba como el oro puro. Había allí un lujo oriental fantástico. No pudo distinguir la cubierta, porque se perdía en la lejanía de las alturas o en la oscuridad.

Sintió que se hallaba echado en un colchón muy blando, y se dijo:

—”Esto no debe ser ni el cielo ni el infierno. ¿Dónde estoy?”

Y luego añadió:

—”En fin ¿estoy vivo o estoy muerto?”

Al pronunciar en alta voz las últimas preguntas, vio salir de una pared a una mujer semidesnuda, pues cubría todo su cuerpo una túnica blanca muy transparente como si fuera una camisa de cristal.

Adonis la contempló con atención y perplejidad. Se parecía mucho a Ashtaruth, aquella mujer. Pero no era la misma.

Nuevamente llegó a su mente la idea de que se hallaba muerto, y que esa joven era la misma Ashtaruth, muerta también. La vestidura la atribuyó al estado de su alma en el mundo de los espíritus. Mecánicamente, sin darse cuenta de sus palabras, exclamó:

—¡Pobre Ashtaruth! ¿Tú también estás muerta?

La mujer que tenía delante, se le acercó exhibiendo en los labios una sonrisa de burla, mientras le decía:

—No seas tonto. Tú estás tan vivo como yo y como los demás.

—¿En dónde estoy?

—En mi casa.

Y se sentó a su lado, con muestras manifiestas de coquetería. Luego dijo:

—Ya sé que vas a dirigirme muchas preguntas y que yo tendré que satisfacer tu curiosidad… Óyeme bien: tú fuiste condenado a una muerte horrible por los drusos, no se por qué motivo. Yo he hecho todo lo posible para salvarte. No me preguntes cómo, porque sería largo de contar. Pero, yo te he salvado para que me hagas un favor grande, y te gratificaré con generosidad.

“Ante todo, debo explicarte el hecho: soy una mujer mahometana que me casé con un hombre que no me gustó mucho, pero en fin… ya está hecho. Hace algunos días nos disgustamos en el momento de salir a una visita, y estando él fuera de la puerta, muy enojado me juró en estos términos: ‘estás repudiada tres veces por las cuatro leyes, desde el momento en que yo vuelva a entrar por esta puerta’… ¿Te das cuenta de lo qué significa este juramento?”

—Sí señora —respondió Adonis—.

Ya no puede vivir con él.

—¿Eres mahometano?

—No señora, pero he estudiado vuestras leyes.

—Me alegro. Esto me evita el trabajo de la explicación. —Y continuó diciendo—:

—Después, mi marido se arrepintió del juramento hecho en un momento de cólera, pero el arrepentimiento ya no sirve. Aquí no tenemos el “Muftí”, juez religioso, para consultarlo. Mi marido ya no puede entrar en la casa. Para que no me repudie, y según la ley, tengo que casarme nuevamente, pero con otro hombre, para poder volver después a mi marido. ¿Me entiendes?

—Si, señora. Y usted me ha escogido a mí. ¿No es así?

—Me alegro, eres inteligente… Como condenado a muerte te salvé, y como forastero puedo gratificarte para que salgas del pueblo en seguida, después que me repudies delante de dos testigos.

Adonis pensaba en cosas muy lejanas a lo que oía. Pero cuando escuchó las últimas palabras, se echó a reír.

—¿Por qué te ries, estás loco?

Haciendo un esfuerzo para contenerse, contestó:

—Quisiera ser loco señora. ¡Ja, ja, ja! La mayor desgracia es la que nos hace reír… No señora, yo no puedo corresponder de esta manera a su favor. Devuélvame a mis verdugos.

—¿Y por qué, desgraciado?

—Porque, señora, yo no soy un esclavo de compra y venta, ni puedo venderme tampoco. Además, yo estaba con la muerte frente a frente hace unos… no sé cuánto tiempo, y por el momento no me siento con ganas de cometer ninguna necedad.

Entonces ella, le acarició el rostro con las manos y le dijo:

—¿Por qué? ¿Acaso no te gusto?

Y le dio un beso ardiente en la boca. Adonis no lo esquivó, pero no se hallaba a su agrado.

Para el triunfo de su anhelo, ella se levantó y comenzó a exhibir su cuerpo a la luz, mientras le invitaba:

—Mírame bien. No soy fea.

—No lo niego, señora. Su belleza me deslumbra y muchos hombres la desearían. Pero no puedo servirle a usted.

Fracasada su tentativa de conquista, volvió a sentarse junto a el. Hubo un silencio, que ella rompió preguntando:

—¿Cómo te llamas?

—Adonis, para servirla.

—¿Para servirme y te niegas a hacerme este pequeño servicio?

—¿Llama a esto, pequeño servicio? ¡Qué desgraciada es la humanidad y qué desgraciado soy yo! ¿Acaso el matrimonio, señora, es un juego de niños, para deshacerlo por una estúpida cólera y por unas cuantas palabras tontas? ¿Hasta cuándo viven ustedes tan ignorantes y no quieren comprender esta razón y esta ley? Sepa pues, señora, que si yo me caso con una mujer sea con las leyes mahometanas, cristianas o drusas, será para mi, el matrimonio, algo sagrado y mi mujer me acompañará hasta la muerte, sea buena o mala. Por esto es que no puedo servirle, porque si me caso con usted, no podré repudiarla nunca y tendrá que ser mía toda la vida…

La mujer le miraba como perpleja. La dignidad con la que hablaba Adonis le fascinaba. Al cabo de una pausa dijo:

—En ese caso, me quedaré contigo sin matrimonio.

—¿Acaso el matrimonio consiste en la bendición del Sheik o del sacerdote?

—¿En qué consiste, entonces?

—¿En qué? Pues en la Unión del hombre y de la mujer en el mismo lecho. Eso es el matrimonio y no las otras sandeces.

Meditó un momento la joven. Luego se lanzó sobre Adonis diciendo:

—Si es así, tú serás mío esta misma noche y para siempre. Quiso el discípulo de Aristóteles librarse de la prisión de sus brazos, pero fue inútil su esfuerzo.

Ella comenzó a murmurar en su oído palabras de dulce amor, palabras ardientes y fascinantes y a cada momento desgranaba sus besos en la boca de él, mientras le suplicaba que “le bendijera”. Y entonces, comenzó a desvestirlo de su túnica.

Adonis se sentía desfallecer por el esfuerzo mental que hacía para resistir a los pensamientos excitantes.

Tenía ante él a una mujer desnuda, hermosa e insinuante, en un aposento semioscuro: y todo esto junto a la juventud de él, se reunían para hacerle perder la cabeza como sucedería a cualquiera.

Pero hay siempre dentro del hombre una voz que en tales momentos le grita: “Cuidado.” Y lo importante es saber escuchar esa voz silenciosa.

Adonis hacía poderosos esfuerzos para resistir, y en tanto ella buscaba todos los medios eficaces para excitarle cada vez más.

—¡Soy tuya, tuya! Todo te daré. ¡Abrázame, bésame y te daré la alegría, la felicidad, la riqueza! Te lo daré todo, todo, todo…

Adonis respiraba con dificultad y comenzó a sudar. Resistía a la tentación, y defendía su túnica: no quería que se le desnudase. Oía la voz que le decía: “¡Cuidado!” y oía también otra voz que le incitaba: “No seas tonto. Aprovecha la ocasión.”

La mujer tentadora se le acercaba más y le estrechaba más aún. Se debilitaba la luz… El cerebro de Adonis representaba una escena confusa.

Pero su voz interna gritaba con más fuerza: “¡Cuidado! Cuidado con el abismo.”

Esta última palabra, oída interiormente, produjo en él un efecto mágico: ¡Abismo! El estaba al borde de uno. ¿Cómo se hallaba ahora aquí?

Y repentinamente tuvo miedo de aquel colchón blando, temió las sedas, temió el lujo fantástico mucho más que el abismo.

Tuvo miedo de si mismo más que de la muerte… Y de una manera brusca, casi salvaje, se desprendió de los brazos férreos de aquella mujer y dio un salto desesperado fuera del lecho.

Se extinguió la luz por completo, y Adonis otra vez fue sepultado en la oscuridad profunda.

Tuvo miedo y se preguntó:

—”¿Qué me espera ahora?”

Sintió que su naturaleza fue dominada. Pero en aquel instante, tuvo la misma sensación de que su espalda era atravesada por el hierro candente, como cuando, días atrás, le asaltó este dolor repentinamente, estando junto a Ashtaruth. Esta vez, según su propio sentir, era ese dolor mil veces más intenso.

Dio un alarido terrible, como el gato a quien han pisoteado la cola, buscó la cama para recostarse en ella, y no encontrándola rodó por el suelo gimiendo:

—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!

Y fue debilitándose su voz. Y al repetir de nuevo:

—¡Ay… Dios… mío!…

Casi no pudo escuchar él mismo sus palabras.

¿Cuánto tiempo permaneció en tal estado? ¿Hay alguien capaz de medir la duración de la desesperación y del dolor?

Después de pasado algún tiempo —segundos, minutos u horas—, comenzó a decrecer su dolor. Aliviado, pudo sentarse en el suelo. Pasó su mano para servirse del tacto, y se dio cuenta que estaba sobre una alfombra.

—¿Dios mío, cómo puede soportar tantos sufrimientos este cuerpo? —se dijo mentalmente—. Y luego en voz alta prorrumpió en esta invocación:

—¡Dios mío! Te encomendé mi espíritu y no quisiste recibirlo. Ahora te pido que me libres de este cuerpo y de esta vida.

Su voz producía eco en el aposento.

Se levantó para palpar a oscuras el cuarto en el que se hallaba. Pero en ese momento oyó la música de un canto coral, alrededor de él. Luego, comenzaron a encenderse muchas lámparas, como obedeciendo a una mano invisible.

Clavado en el mismo sitio, buscó con la mirada a los ejecutantes del canto. Las lámparas fueron aumentando en número y cantidad hasta dejar la habitación como a la luz del día.

¿Qué vio entonces?

Era la “cámara de visión”.

La parte inferior era la “sala gris”, pues estaba decorada con este color tétrico, mientras que la parte superior de la sala era de un blanco inmaculado.

Había adornos de gran riqueza y valiosas joyas artísticas. Cubría el suelo una rica alfombra persa.

Aquella sala, por su construcción, daba a la mente la idea de que los ojos veían el cuerpo humano, por su parte interna.

El perímetro del óvalo inferior, podía tener siete metros, y a medida que se elevaban las paredes, se reducía su dimensión hasta llegar a cinco metros. De allí se estrechaba notablemente hasta dejar un espacio en forma de garganta o cuello que conducía a una cúpula iluminada. Era, ni mas ni menos, el abdomen, la caja torácica, el cuello y la cabeza. Cinco cinturones de lámparas estaban colocadas a distancias uniformes, y cada uno de los cinturones de candiles daba una luz de diferente color. En la cúpula brillaban otros dos colores distintos.

Las lámparas no se encendían todas simultáneamente sino que un hilo de luz corría de una a otra y las dejaba iluminadas. Cuando se iluminó el cinturón inferior quedaba una luz roja, fue ascendiendo, y se encendían luces anaranjadas, verdes, amarillas, azules, a medida que avanzaba a la cúpula en donde brillaban dos tintes: el rosado y el violáceo. Todas las lámparas eran de espejos en la parte interna, de modo que impedían que la luz de las bombillas se esparciera, reflejándola íntegramente en la parte inferior de la sala.

De la pared nacía una escalera de siete peldaños, sujeta por dos pasamanos de hierro clavados en el muro. Las siete gradas se hallaban suspendidas en el aire; al final de las mismas, y debajo de ellas, había un lecho cómodo, sostenido por una red tendida y colgado por los cuatro extremos, por cuatro ganchos de hierro clavados en el suelo.

Del lecho al último escalón, había la distancia de un metro veinte, o metro cincuenta centímetros.

El coro, con dulces voces continuaba interpretando un salmo de David. Alrededor de la sala había trece tronos, frente a cada uno dé los cuales estaba en pie un hombre vestido con una túnica amarilla, excepto uno que vestía de blanco. Este último tenía su asiento sobre siete gradas mientras los otro doce, menos elevados, tenían sólo tres.

El de túnica blanca y de trono más elevado, era Aristóteles. Delante de su trono se hallaban sentadas siete mujeres vestidas con una tela vaporosa, semejante a la que vestía la mujer mahometana.

Adonis, estupefacto y desconcertado, miraba todo en silencio. Mientras todos los asistentes cantaban, el Hierofante contemplaba una esfera de cristal en la que se hallaba el mapa del globo terrestre.

Cesó el canto, y a una señal de la mano de Aristóteles, todos se sentaron y el Hierofante se puso en pie con una majestad casi sobrehumana.

Levantó la mano y trazó en el aire una figura, como signo de bendición, y Adonis creyó ver que de sus dedos se desprendían rayos de luz que iluminaban más aún el aposento.

Alzo Aristóteles los ojos y habló.

 

 

CAPÍTULO XXIV

CEREMONIAS DE INICIACION

 

—Os damos gracias ¡oh, Ser Supremo! por vuestra gloria triunfante en el corazón de vuestro hijo y nuestro hermano Adonis —dijo el Hierofante—. El coro respondió:

—Gloria al Todopoderoso en el corazón del hombre.

—Hermano Adonis —comenzó el Hierofante—, has descendido por la puerta de tu corazón hasta tu naturaleza. Fuiste guiado por tus sentidos y tus conocimientos terrenales. Pero una vez enfrentado con tu naturaleza, tus sentidos te engañaron como a cualquier hombre que pide ayuda a su egoísmo. Las luces de tus sentidos en vez de disipar tus tinieblas internas y externas, las aumentaron.

“Quisiste apoyarte en la materia, pero ésta no le sirvió de apoyo sino por pocos instantes que no pasan de minutos. Fue terrible tu desesperación: todos tus sentidos te engañaron, veías tinieblas, escuchabas huracanes, sentías lluvias y frió dentro de un aposento reducido y que se halla bajo la superficie de la tierra al que no pueden, por tanto llegar ni lluvias, ni vientos, ni tempestades.

“A cada instante buscabas la solución de tus problemas por medio del intelecto, porque fuiste hasta hace pocos minutos, como todos los hombres confiados, en sus investigaciones, a sus propios sentidos.

“Fuiste sometido a varias pruebas para ver si tu naturaleza podía prevalecer a tu voluntad. Esto demuestra el grado de evolución al que has llegado en esta vida… Has tenido tus dudas porque tu corazón de joven no está completamente libre de prejuicios. Mas con todo, has triunfado a la larga.

“Desde diez años atrás, no hemos tenido caso semejante, porque los neófitos se entregaban a sus dudas y eran aplazados para el año próximo. Tu has podido vencer la duda.

“El tiempo que te pareció una eternidad, era sólo unos pocos minutos. Como recuerdas, a las 11 en punto, fuiste introducido por la puerta secreta, y ahora son las 11.35 minutos. Esto te demuestra el engaño de los sentidos y el tormento de los que se creen en el infierno.”

Adonis no podía creer en las palabras del maestro, y llegó hasta a dudar si se hallaba él mismo en su sano juicio.

Aristóteles continuó:

—El agua, el viento y el trueno están en tu propia naturaleza. El fuego pasional existe en tu infierno. Todos estos elementos unidos a tu cuerpo—tierra, forman tu cuerpo oscuro.

“La luz brota de tu fuego, mantenido en tu cuerpo, altar de lo Eterno. Pero para que la luz brote, o como dice la Biblia, ‘para que la luz sea hecha’, el hombre debe eliminar, gracias a su férrea voluntad, el humo del fuego.

“El único ser que puede mantener el fuego del altar, es la vestal, la mujer. Era necesario ser tentado por la mujer, por estos motivos:

“1° Para que ella encienda en ti el fuego.

“2° Para que tu voluntad elimine el humo en ti.

“3° Para que la luz ascienda y te abra el camino a los mundos superiores en donde debes penetrar con conciencia.

“Tal vez puedes preguntar: ¿Para qué son todas estas preparaciones? —Y yo te respondo: para llegar a ser un mago, el hombre debe poseer la Magia. ¿Y qué es la magia? Es el saber para poder obrar.

“El marinero sin brújula no puede atravesar los mares, y el mago sin la conciencia perfecta, no puede penetrar en el inundo invisible.

“Los hombres creen que la Magia es poder sobrenatural. Ellos están equivocados y nosotros no podemos convencerles de lo contrario. La Magia es la ciencia de la Ley Natural. Todo hombre es mago. pero no todo mago es consciente de su Magia.

“Amar al prójimo es una Ley. Perdonar y amar al enemigo es Magia, porque el que perdona y ama es un Mago consciente de la Ley.

“La salud es la Ley, curar a un enfermo es Magia. Porque el sanador guía al paciente en el camino de la Ley.

‘Todo en la vida es magia. Y la magia es el saber obrar según las leyes cósmicas. De manera que para que tú puedas entrar en el mundo invisible, conscientemente, fue necesario eliminar primero las trabas que te separaban de él, como por ejemplo, tu naturaleza ignorante y tu humo sofocante. Entonces, el fuego consume los desechos internos, y la energía te abre el camino en tu propio sistema nervioso que es el puente tendido sobre el abismo que separa al hombre de su Dios íntimo.

“En tus pruebas, no te habías acordado de Dios sino en los últimos momentos, mientras que el Mago es aquel ser que principia y termina todos sus hechos pensando en Dios y guiado por El.

“Cada Mago debe ser el canal del Dios Interno, y por tanto, debe poseer un nombre cuyas letras vibren en armonía con el Ser interior.

“En el bautismo del agua fuiste llamado Adonis. Hoy con el bautismo del fuego serás ADONAY.

“La Ciencia Espiritual llamada Magia, es la práctica de la Ley que rige dentro del hombre. Pero para poder conocer y practicar esta Ley, es necesario penetrar en el mundo interno y aprender en sus Colegios y Universidades.

“Para poder entrar en el mundo interno o invisible es necesario abandonar el mundo externo, como dice el Cristo, hay que cerrar las puertas externas del aposento para poder ver al Padre.

“Todas las religiones tienen el mismo camino que es la meditación. Nosotros, en nuestro Colegio, tenemos ciertas llaves cuyo mecanismo es por cierto, algo distinto que el de las demás religiones. Pero son más fáciles y más prácticas. Estas llaves son, unas para cerrar el mundo exterior, y otras para abrir el mundo interior.

“Ahora, ya que el fuego creador ha abierto el corredor que comunica con las siete puertas de tu mundo interno, vamos a cerrar las externas, para abrir las internas.”

Cuando el Hierofante acabó de hablar, bajó de su dosel y se encaminó hacia Adonis que se hallaba en el centro de la sala. Le siguieron las siete mujeres, desfilando una a una. Una de ellas tendió a los pies de Adonis un manto blanco. Otra colocó una silla, sin espaldar, sobre el manto, y en su mitad exacta. Una tercera encendió fuego en un pebetero. La cuarta arrojó en el fuego una encina aromática. La quinta, la mujer mahometana que le había tentado, tomó al joven por un brazo y le hizo sentar en la silleta. Las dos últimas esperaron cerca del Hierofante.

Después de esa preparación, cada una colocó un ara a diferentes distancias del iniciado, y sobre cada ara, un candil encendido.

Cada luz tenía diferente color, dirigida solamente al joven, al estilo de la lámpara mágica.

Cada una de las mujeres tomó su asiento. El Hierofante permaneció en pie tras de Adonis.

Los doce iniciados se pusieron de pie… El humo fragante, emanado del pebetero, llenaba la estancia.

Los cinturones de luces, colocados en las paredes, se apagaron poco a poco. El aroma de la resina comenzó a producir su efecto en el cerebro de Adonis.

Posiblemente Aristóteles dio alguna señal, pues una vestal comenzó a cantar con una voz muy dulce, vocalizando solamente algunas sílabas. Después un iniciado, contestaba el canto con otras sílabas.

Mientras tanto, Aristóteles continuaba tras del nuevo iniciado, con las manos colocadas sobre su cabeza. El Hierofante invocaba en voz baja.

Adonis comenzó a sentir una modorra agradable. No dormía, ni se hallaba despierto: Era el suyo un estado muy semejante al lapso entre el sueño y la vigilia, o como le llaman los hipnotizadores, “el estado hipotáxico”. Continuó el canto durante unos instantes más. Entonces se oyó la voz del Maestro que decía:

—Hermano mío, desciende conmigo.

Y con una mano, rozó la columna vertebral del joven, desde el occipucio hasta el sacro. Allí se detuvieron sus dedos.

Luego oyóse la misma voz diciendo:

—Ahora sí, ya puedes ver

 

 

CAPÍTULO XXV

¿DE DONDE VENIMOS? ¿DONDE ESTAMOS? ¿A DONDE VAMOS

 

El saber

Adonis veía claramente aunque tenía cerrados los ojos. Se veía a sí mismo dentro de sí mismo.

Clara y conscientemente recordaba o leía, como quien sueña y está consciente de que está soñando. Se veía a sí mismo pero no era él mismo. Es imposible describir aquel estado con palabras. El único símil que se puede presentar, es como ver el reflejo de uno mismo y de las cosas en un gran espejo.

Todo estaba presente ante él aunque las cosas estaban lejanas. ¿Veía todo el conjunto en él o era él todo el conjunto?

No eran las cosas en sí lo que veía, sino las causas de las cosas. Lo adivinaba o lo intuía.

El sentía que era la Luz en la Luz, y la Luz en el sexo y el sexo era El Todo que contiene todo.

Comprendió que todas las religiones tienen el mismo origen y el origen de todo lo que existe está en la Luz y el fuego, y la Luz y el fuego están en el sexo.

Que Dios el creador, manifiesta por los órganos creadores, el fuego sagrado y la luz que crearon el Cosmos y todas las cosas visibles e invisibles.

Que esta luz es la inmortalización del alma. Que este misterio es la llave de la Iniciación Interna, y la de la puerta del cielo.

Que es la panacea de la salud, de la dicha y de la sanidad. Que el hombre y la mujer forman la divinidad una, binaria y triuna.

Que para ver a Dios y hablar con El, deben ser unidos por El y en El.

Que cuando se unen El y Ella por el pensamiento y la sensación se forma la creación.

Que el verdadero Dios reside en la luz del Fuego Sagrado y que la adoración a Dios debe ser en este Fuego.

Que todas las religiones no pudiendo conservar la Luz del Fuego, acudieron a simbolizarlo por medio de miles de símbolos e invenciones mentales.

Que la verdadera religión no está en lo que el hombre puede ver y oír, sino en lo que pueden sentir sus sentidos. Y aquél que quiere llegar a Dios debe buscar el camino de la sensación y no el de la oración.

Que el único ser que puede dar la sensación al hombre, es la mujer. Y a la mujer el hombre.

Que el hombre al adorar a Dios intuitivamente adora a la mujer, y la mujer al hombre. El hombre adora a la mujer para producir la sensación y la mujer adora al hombre para producir el pensamiento.

Que el sexo es la fuerza sensitiva que genera al mundo, al hombre y a la acción, para después por el pensamiento, regenerar al mundo, al hombre, inmortalizando su alma.

Que el Universo se sostiene y mantiene por el Fuego—Luz del sexo, así como puede ser destruido por él.

Que el sexo condena y salva, regenera y destruye, según el uso, sea para la salvación o la destrucción.

Que el salvador del hombre o del mundo es el sexo, así como también es el demonio de los dos. Y que el hombre tiene la elección entre la salvación y la condena.

Que todas las religiones al adorar a Dios, sin saber, ni siquiera intuyen que están adorándole en forma de sexo, que es el productor del fuego y de la luz, en ceremonias, ritos y símbolos. Y el propósito de todas ellas es mantener siempre encendido el fuego hasta obtener la luz, y que los símbolos externos con sus ceremonias, tenían el objeto de ayudar a la sensación y al pensamiento, ambos debilitados por los sentidos externos.

Que el instinto sexual es el impulso de la Divinidad Creadora. Sólo el pensamiento es el que modula la creación en armonía o desarmonía, en bien o en mal, en ángel o en demonio.

Que la mayor desgracia del hombre y del mundo está en la degeneración del impulso creador y divino, por el pensamiento. Por eso el hombre que se ha hecho Dios en el Edén, murió.

Que así como el sexo es el origen de todas las religiones, es la base de todo esfuerzo, afecto, amor, fe, caridad, compasión, santidad, arte, poesía, y de todo lo sublime que puede crear la mente humana.

Que todo reino, poder o dominio nacen en el impulso creador y por su ausencia se extinguen.

Que el cielo es la Luz del sexo; el infierno es su humo y la vida es su fuego.

Que el amor es una manifestación del sexo y que Dios es amor. Que sin sexo no hay amor, y sin amor Dios no existe, ni puede existir.

Que el sexo, en su fuente de manifestación, es puro como la luz; pero como gratificación baja es innoble, y la nobleza reside en el pensamiento. Que el sexo es la fuente de todo lo creado por el amor. Pero el amor no puede existir en la impotencia, ni la inmortalidad en la degeneración. Porque en la degeneración no hay aspiración, sin aspiración no hay generación y sin generación no hay regeneración.

Con la pureza del sexo, el hombre puede concebir el amor que le conduce a Dios, mientras que con la impureza del sexo, fabrica a un Dios que tiene los mismos deseos del hombre.

Loa dioses vengativos, los dioses que castigan por el pecado y por el mal, son dioses impotentes, hechura de los hombres que han llegado a la impotencia sexual. Porque quien llega a la impotencia no puede ver cara a cara la única realidad.

Que Cristo, Hamsa, Buda, Hermes, Zoroastro, no son más que individuos en los cuales se manifestó la luz Divina, y aquella Luz, en cada, uno de ellos, lo transformó en Salvador del Mundo,

Que estos Cristos tienen que venir por segunda vez, segunda venida. Esto es, que después del descenso al sexo o infierno o generación, elevan el principio de la generación a la regeneración. Entonces acaece el misterio de la transfiguración del Cristo en el Hombre.

Que todo Salvador debe nacer de una Virgen (la Luz Inefable), Madre pura y casta, antes y después de engendrar al hijo.

Que la adoración al Sol es la adoración al Dios Hombre como padre que hunde su fuego creador en la naturaleza de la mujer. Y la adoración a la luna es a la mujer, quien como la luna, influye en el crecimiento y en la generación de los seres vivientes.

Que los siete Ángeles del Señor son siete entidades celestiales emanadas del Fuego interno, y residen ante el Trono del Inefable en el cuerpo humano.

Que los doce signos son las doce facultades de la Luz que se encuentran en el hombre Salvador del Mundo.

Que cada Salvador es la personificación de la Luz del Padre y que todo hombre para salvarse y ser Salvador, debe llegar a la estatura del Cristo, esto es, llegar a la fuente de la Luz.

Todos los elementos del mal se desataron contra los dioses hijos del hombre Dios: fuego, aire, tierra y por último, agua, el (Diluvio) se encuentran en el cuerpo, pero se salvó gracias al Arca de Noé (matriz de la mujer). Noé, lo primero que hizo al salir del arca, fue encender el fuego sobre un altar para dar las gracias a Dios (encendió el fuego sagrado en el altar de la mujer, para cumplir la misión de Dios).

Que el misterio de la Iniciación con todos sus símbolos, es el misterio del fuego y de la luz, que hace al hombre iluminado o identificado con el Sol, esto es, que ha recibido la luz y se convierte en Padre, como se titulan los sacerdotes, y puede así llamarse Padre Sagrado.

Que por el Fuego Sagrado todos los hombres son hijos de El y por consecuencia, hermanos.

Que el bautismo del agua es la inmersión del hombre en la mujer, para la generación, y el bautismo del Fuego es la retención del fuego en sí, para ascender con el fin de la regeneración, y la inmortalidad consciente, es la iluminación del Espíritu Santo.

Que el pan para consagrar es el símbolo del Sol o el Fuego Luz del hombre: y el vino en el cáliz es la mujer madre. Que el primero desciende de la espina dorsal y el segundo se halla en la matriz sagrada. Y cuando el Iniciado toma el vino y el pan con sus discípulos internos, el Fuego del Espíritu Santo invade todo el cuerpo y el hijo asciende al Padre, origen de la Luz.

Que la invocación u oración dirigida al Dios o al ángel, es la vibración de un pensamiento que produce cierto despertar avivando la Luz interna, y que cada día de la semana, por la Ley armónica, produce un avivamiento del fuego en un centro particular de los siete que se hallan en el cuerpo.

Que el nombre de Jesús significa el sol y el nacer en la gruta dignifica la matriz de la mujer.

Que el nombre de Jesús significa el sol y el nacer en la gruta significa la matriz de la mujer.

Que el caos de donde nació Osiris es la misma matriz femenina o caverna del útero y que la misma historia de Jesús es la de Osiris.

Que Isis y María son cada una de las mujeres que dice: “Yo soy la diosa de la que ningún mortal se ha atrevido a levantar el velo”, porque bajo mi velo se hallan todos los misterios.

Que José y María, Isis y Osiris, Adán y Eva, son los símbolos de la Divinidad y padres de todos los dioses, porque los dos producen al Hijo, símbolo de la Luz.

Que Venus, Ceres, Vesta, Assi, María, etc. simbolizan todas a la mujer, la luna y el agua que recibe la luz del Padre para germinar después al Hijo, que forman todas las Trinidades.

Que el fuego usado en todas las religiones antiguas y modernas es el símbolo del Sol y el Sol es el símbolo del Fuego Creador en el hombre.

Que la cruz es el símbolo de la unión del hombre con la mujer, acto de salvación.

Que el culto a la Virgen María es la adoración al aspecto femenino de Dios, que está sintetizado en la mujer. El parto es la creación: el misterio incomprensible que era atribuido directamente al Hombre—Dios, y María madre de Jesús es la figura de Venus, Diana, Maya, Proserpina, Ceres, Isis, etcétera.

Que el lirio en manos de José y a veces de María es el símbolo del hijo que brota del seno de la madre como brota la flor de la tierra y el loto del agua.

Que la vara de Aarón o de José es el símbolo del Poder Creador. Que, Isis, Venus, María, etc. tienen el título de reinas del Cielo, como la luna que regenera.

Que la Virgen debe al fin pisar la luna (elevar y dignificar el poder creador), para ser coronada con doce estrellas (las doce facultades del Espíritu).

Que los obeliscos y capiteles de los templos son emblemas del falo.

Que el Salvador en cada religión es el que simboliza el fuego creador, que crea un cuerpo para ser habitado por un alma y luego regenerarla, porque tal alma tiene la oportunidad de salvarse por sí misma