Thomas Merton El camino de Chuang Tzu


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Thomas Merton

El camino de

Chuang Tzu


Contratapa

Chuang Tzu (siglo II a. C.) es posiblemente el más espiritual de los filósofos chinos. Incluso se lo considera el mayor representante del taoísmo, ya que divulgo los escritos de Lao Tzu, figura legendaria de esa doctrina.

Thomas Merton recoge en este libro una colección de fragmentos representativos y brillantes del gran pensador, recreándolos y dándonos su versión personal y a la vez respetuosa. Mediante poemas, aforismos y cuentos satíricos, logra dar una visión completa de su pensamiento, propio de su época pero también plenamente vigente par el conflictuado hombre contemporáneo.

Thomas Merton (1915-1968), el profeta ermitaño y público al mismo tiempo, es uno de los pensadores espirituales más original e influyente del siglo XX.

Para John C. H. Wu, sin cuyo apoyo jamás hubiera osado hacer esto.

Una nota para el lector

La naturaleza un tanto especial de este libro requiere ciertas explicaciones. Los textos de Chuang Tzu aquí reunidos son el resultado de cinco años de lectura, estudio, anotaciones y meditación. Las notas, al cabo del tiempo, han adquirido una forma propia y se han transformado, por así decirlo, en “imitaciones” de Chuang Tzu o, más bien, en lecturas interpretativas libres de pasajes característicos que me han atraído particularmente.

Estas “lecturas” propias surgieron de la comparación de cuatro de las mejores traducciones de Chuang Tzu a las lenguas occidentales: dos al inglés, una al francés y una al alemán. Al leer estas traducciones, encontré marcadas diferencias y me di cuenta de que todos los que han traducido a Chuang Tzu se han visto obligados a ejercitar enormemente la imaginación. Sus ideas reflejan no sólo su grado de academicismo chino, sino también su propia captación del misterioso “camino” descrito por un maestro que escribió en Asia hace casi dos mil quinientos años.

Dado que tan sólo conozco unos cuantos caracteres chinos, obviamente no soy un traductor. Estas “lecturas” no son, pues, un intento de reproducción fiel, sino una aventura en el terreno de la interpretación personal y espiritual. Inevitablemente, cualquier versión de Chuang Tzu ha de ser muy personal. Aunque desde el punto de vista académico no soy ni tan siquiera un enano sentado sobre los hombros de estos gigantes, y aunque muchas de mis versiones no puedan ni siquiera ser calificadas de “poesía”, creo que un cierto tipo de lector disfrutará de mi forma intuitiva de abordar a un pensador que es sutil, gracioso, provocativo y no fácil de abordar. Esto no lo creo con fe ciega, sino porque aquellos que han visto los materiales manuscritos han dado pruebas de que les gustaban y me han animado a convertirlos en un libro.

Así, aunque no creo que este libro merezca ataques, si alguien quiere tomárselo a la tremenda puede echarnos la culpa a mí y a mis amigos y, especialmente, al doctor John wu, que es mi principal animador y cómplice, y me ha sido de gran ayuda en muchos aspectos. Estamos juntos en esto. Y no estaría de más añadir que he disfrutado escribiendo este libro más que con cualquier otro que pueda recordar. De modo que me declaro tozudamente impenitente. Mis relaciones con Chuang Tzu han sido de lo más gratificadoras.

John tiene la teoría de que en “alguna vida anterior” yo fui un monje chino. No sabría qué decir y, por supuesto, me apresuro a asegurar a todo el mundo que yo no creo en la reencarnación (ni él tampoco). Pero he sido monje cristiano durante casi veinticinco años y finalmente uno llega a ver la vida desde un punto de vista común a todos los solitarios y ermitaños de todas las épocas y culturas. Uno puede discutir la tesis de que todo monaquismo, cristiano o no cristiano, es esencialmente lo mismo. Yo opino que el monaquismo cristiano tiene, obviamente, características propias. No obstante, existe una perspectiva monástica que es común a todos aquellos que han decidido poner en cuestión el valor de una vida sometida por completo a presupuestos seculares arbitrarios, dictados por las convenciones sociales y dedicados a la consecución de satisfacciones temporales, que tal vez no sean más que un espejismo. Cualquiera que sea el valor de la “vida en el mundo”, ha habido en todas las culturas hombres que afirmaban encontrar en la soledad algo que preferían.

San Agustín hizo una vez una afirmación un tanto fuerte (que posteriormente matizó), diciendo: “Aquello que se llama religión cristiana existe desde el principio de la raza humana hasta la encarnación del Cristo (De vera religione, 10). Sería, sin duda, una exageración llamar a Chuang Tzu “cristiano”, y no es mi intención perder el tiempo especulando en torno a los posibles rudimentos de teología que se podrían descubrir en sus misteriosas afirmaciones acerca del Tao.

Este libro no pretende probar nada ni convencer a nadie de nada que no le interese oir de entrada. En otras palabras, no es una nueva sutileza apologética (ni, desde luego, un trabajo de prestidigitación jesuítica en el que de repente aparecen, mágicamente, conejos cristianos del interior de un sombrero taoísta).

Simplemente, me gusta Chuang Tzu porque es lo que es, y no siento necesidad alguna de justificar este aprecio ni ante mí mismo ni ante nadie. Él es, con mucho, demasiado grande como para necesitar apologías mías. Si san Agustín podía leer a Plotino, si santo Tomás leía a Aristóteles y a Averroes (ambos, evidentemente, mucho más lejos de la cristiandad de lo que jamás estuviera Chuang Tzu) y si Teilhard de Chardin podía utilizar copiosamente a Marx y a Engels en su síntesis, creo que puedo ser perdonado por relacionarme con un ermitaño chino que comparte el clima y la paz de mi propio tipo de soledad y que es el mismo tipo de persona que yo.

Su temperamento filosófico es, creo, profundamente original y sensato. Por supuesto, puede ser malentendido. Pero es básicamente simple y directo. Busca, como lo hace todo gran pensador filosófico, llegar inmediatamente al corazón de las cosas.

A Chuang Tzu no le dicen nada las palabras y las fórmulas acerca de la realidad, sino la captación existencial directa de la realidad en sí misma. Tal captación es, por necesidad, oscura y no se presta al análisis abstractos. Puede ser presentada en forma de una parábola, de una fábula o de una historia graciosa acerca de una conversación entre dos filósofos. No todas las historias son necesariamente del propio Chuang Tzu. De hecho, algunas son sobre él. El libro de Chuang Tzu es una recopilación en la quee ciertos capítulos son, casi con seguridad, obra del propio maestro, pero muchos otros, especialmente los más tardíos, son obras de sus discípulos. La totalidad del libro de Chuang Tzu es una antología del pensamiento, el humor, los chismorreos y la ironía que eran corrientes en los círculos taoístas del mejor período, los siglos IV y III a. de C. Pero la totalidad de las enseñanzas, el “camino” contenido en estas anécdotas, poemas y meditaciones, son características de cierta mentalidad que aparece por doquier en el mundo, un cierto gusto por la simplicidad, por la humildad, la autodifuminación, el silencia y, en general, la negativa a tomar en serio la agresividad, la ambición, el empuje y la prepotencia que debe uno exhibir para funcionar dentro de la sociedad.

Este otro es un “camino” que prefiere no llegar a ninguna parte en el mundo, ni siquiera en el terreno de algún logro supuestamente espiritual. El libro de la Biblia que más evidentemente se parece a los clásicos taoístas es el Eclesiastés. Pero, al mismo tiempo, hay mucho en las enseñanzas de los Evangelios acerca de la simplicidad, el ser como los niños y la humildad, que responde a las más profundas aspiraciones del libro de Chuang Tzu y el Tao Te ching. John Wu ha señalado ensto en su notable ensayo sobre Santa Teresa de Lisieux y el taoísmo, que será pronto reeditado en un libro junto con su estudio de Chuang Tzu. Ahora bien, el Eclesiastés es un libro de la Tierra, y la ética de los Evangelios es una ética de revelaciones hechas en la Tierra por un Dios encarnado. El “Pequeño Camino” de Teresita de Lisieux es una renuncia explícita a todas las espiritualidades exaltadas y descarnadas que vuelven al hombre contra sí mismo, poniéndolo mitad en el reino de los ángeles y otra mitad en un infierno en la Tierra.

Para Chuang Tzu, como para los Evangelios, perder la propia vida es salvarla, y perseguir salvarla para propio bien es perderla. Hay una reafirmación de que el mundo no es más que la ruina y la perdición. Hay una renuncia al mundo que encuentra y salva al hombre en su propia casa, que es el mundo de Dios. De cualquier manera, el “camino” de Chuang Tzu es misterioso, porque es tan sencillo que puede recorrerse aún sin que sea en absoluto un camino. Lo que desde luego no es, es una “salida”. Chuang Tzu hubiera estado de acuerdo con san Juan de la Cruz en que se entra en este tipo de camino cuando se abandonan todos los caminos y, en cierto modo, uno se pierde.


El árbol inútil

Hui tzu le dijo a Chuang:

“Tengo un árbol grande,

de los que llaman árboles apestosos.

El tronco está tán retorcido,

tan lleno de nudos,

que nadie podría obtener una tabla derecha

de su madera. Las ramas están tan retorcidas

que no se pueden cortar en forma alguna

que tenga sentido.

Ahí está junto al camino.

Ni un solo carpintero se dignaría siquiera

mirarlo.

Iguales son tus enseñanzas,

grandes e inútiles.”

Chuang Tzu replicó:

“Has observado alguna vez al gato salvaje?

Agazapado, vigilando a su presa,

salta en ésta y aquella dirección,

arriba y abajo, y finalmente

aterriza en la trampa.

Pero ¿has visto al yak?

Enorme como una nube de tormenta,

firme en su poderío.

¿Qué es grande? Desde luego.

¡No puede cazar ratones!

Igual ocurre con tu gran árbol.¿Inútil?

Entonces plántalo en las tierras áridas.

En solitario.

Pasea apaciblemente por debajo,

descansa bajo su sombra;

ningún hacha ni decreto preparan su fin.

Nadie lo cortará jamás.

¿Inútil? ¡Eres tú el que debería preocuparse!”


Un vendedor de sombreros y un gobernante capaz

Un hombre de Sung negociaba

con sombreros ceremoniales de seda.

Viajó con una carga de sombreros

hacia donde vivían los salvajes hombres del Sur.

Los hombres salvajes tenían las cabezas

afeitadas,

cuerpos cubiertos de tatuajes.

¿Para qué podían querer

sombreros ceremoniales

de seda?

Yao había gobernado sabiamente

toda China.

Había llevado al mundo entero

a un estado de sosiego.

Después de esto, fue a visitar

a los cuatro Hombres Perfectos

a las distintas montañas

de Ku Shih.

Cuando volvió,

al cruzar la frontera

y entrar en su propia ciudad,

su mirada perdida

no vio trono alguno.


El aliento de la Naturaleza

Cuando la gran Naturaleza suspira, oímos los

vientos

que, silenciosos por sí mismos,

despiertan voces de otros seres,

soplando sobre ellos.

Desde todas las aberturas

suenan fuertes voces. ¿No habéis oído nunca

este ajetreo de tonos?

Ahí está el bosque colgado

sobre la empinada montaña:

viejos árboles con agujeros y grietas

como muescas para vigas, como cuencos,

surcos en la madera, huecos llenos de agua;

se oyen mugidos y rugidos, silbidos,

voces de mando, gruñidos,

profundos zumbidos, tristes flautas.

Una llamada despierta a otra entablando un

diálogo.

Los vientos suaves cantan tímidamente,

los fuertes truenan sin restricción.

Entonces el viento se abate. Las aberturas

emiten su último sonido.

¿No habéis observado cómo entonces todo

tiembla

y se aquieta ?

Yu replicó: Comprendo.

La música de la Tierra canta a través de mil

orificios.

La música del hombre está interpretada con

flautas e instrumentos.

¿Qué es lo que interpreta la música de los

cielos?

El maestro Ki dijo:

Algo sopla sobre mil orificios diferentes.

Algún poder está detrás de todo esto y hace

que los sonidos se apaguen.

¿Qué es este poder?


El gran conocimiento

El gran conocimiento lo ve todo en uno.

El poco conocimiento se deshace en la

multiplicidad.

Cuando el cuerpo duerme, el alma está

envuelta en Uno.

Cuando el cuerpo despierta, las aberturas

empiazan a funcionar.

Resuenan con cada encuentro,

con todas las diversas labores de la vida, los

anhelos del corazón;

los hombres quedan bloqueados, perplejos,

perdidos en sus dudas.

Pequeños miedos corroen su paz de espíritu.

Los grandes miedos los devoran por

completo.

Flechas disparadas contra un blanco: acierto

o fallo, bien o mal.

Eso es a lo que los hombres llaman juicio,

decisión.

Sus pronunciamientos son tan definitivos

como los tratados entre emperadores.

¡Oh, dejan claro su punto de vista!

Pero sus argumentos caen cada vez más

rápida y débilmente

que las hojas muertas en otoño e invierno.

Sus palabras fluyen como la orina,

para jamás ser recuperadas.

Finalmete quedan bloqueados, amarrados

y amordazados.

Taponeados como viejas tuberías de desagüe.

La mente falla. Ya no volverá a ver la luz.

El placer y la ira,

la tristeza y la alegría,

las esperanzas y los arrepentimientos,

el cambio y la estabilidad,

la debilidad y la decisión,

la impaciencia y la haraganería:

son todos sonidos de la misma flauta,

todos hongos del miso moho húmedo.

¡El día y la noche persiguen y caen sobre

nosotros

sin que veamos cómo brotan!

¡Suficiente!¡Suficiente!

¡Tarde o temprano nos encontramos con

“aquello”

de lo que todos “estos” crecen!

Si no hubiera un “aquello”,

no habría un “esto”.

Si no hubiera un “esto”,

no habría instrumento para que tocaran todos

estos vientos.

Hasta aquí podemos llegar.

Pero¿cómo podemos comprender

qué es lo que lo produce?

Uno podría perfectamente suponer que el

Verdadero Gobernante

está detrás de todo esto. Que opere un Poder

tal es algo que

puedo creer. No puedo ver su forma.

Él actúa, pero no tiene forma.


El pivote

El Tao se ve oscurecido cuando los hombres comprenden tan sólo uno de un par de opuestos, o se concentran tan sólo en un aspecto parcial del ser. Entonces, la expresión clara se ve también enturbiada por meros juegos de palabras, al afirmar un aspecto cualquiera y negar todo el resto.

De aquí las disputas entre los confusianos y los mohístas; cada uno niega lo que el otro afirma, y afirma lo que el otro niega. ¿Qué utilidad tiene esta lucha por oponer el “No” al “Sí”, y el “Sí” al “No”? Es mejor abandonar tan desesperado esfuerzo y buscar la verdadera luz.

No hay nada que no pueda observarse desde el punto de vista del “No-Yo”. Y no hay nada que no pueda ser visto desde el punto de vista del “Yo”. Si comienzo observando cualquier cosa desde el punto de vista del “No-Yo”, entonces no la veo realmente, dado que es “No-Yo” el que la ve. Si empiezo a partir de donde estoy y la veo como yo la veo, entonces también puede ser posible que pueda llegar a verla como la ve otro.

De aquí la teoría de la inversión ,[i] de que los opuestos se producen el uno al otro, dependen el uno del otro y se complementan el uno al otro.

Sea como sea, la vida viene seguida de la muerte; la muerte viene seguida por la vida. Lo posible se convierte en imposible; lo imposible se convierte en posible. El bien se convierte en mal y el mal en bien; el flujo de la vida altera las circunstancias y, así, las propias cosas se ven alteradas a su vez. Pero los disputantes continúan afirmando y negando las mismas cosas que siempre han afirmado y negado, ignorando los nuevos aspectos de la realidad presentados por el cambio de las condiciones.

El hombre sabio, por tanto, en lugar de tratar de demostrar esto o aquello por medio de disputas lógicas, ve todas las cosas a la luz de la intuición. No se ve apresado por las limitaciones del “Yo”, dado que el punto de vista de la intuición directa es, a la vez, el del “Yo” y el del “No-Yo”. Por tanto, ve que a ambos lados de cada argumento existen tanto la verdad como el error. Ve también que al final son reducibles a la misma cosa, una vez que han sido relacionados entre sí por medio del pivote del Tao.

Cuando el hombre sabio se sustenta en este pivote, está en el centro del círculo y ahí se mantiene mientras el “Sí” y el “No” se persiguen en torno a la circunferencia.

El pivote del Tao pasa a través del centro, donde convergen todas las afirmaciones y negaciones. Aquel que abraza el pivote está en el punto fijo desde el cual todos los movimientos y oposiciones pueden ser vistos a la luz de su correcta relación. Por tanto, ve las ilimitadas posibilidades tanto del “Sí” como del “No”. Abandonando toda idea de imponer límites o de tomar partido, descansa en la intuición directa. Por esto dije: “¡Mejor será abandonar la disputa y buscar la verdadera luz!”


Las tres de la madrugada

Cuando desgastamos nuestras mentes, aferrándonos tozudamente a una visión parcial de las cosas, negándonos a ver un más profundo acuerdo entre éste y su opuesto complementario, sufrimos lo que se llama “las tres de la madrugada”.

¿Qué es esto de “las tres de la madrugada”?

Un domador de monos fue a ver a sus monos y les dijo:

“Con respecto a lo de vuestras castañas: vais a recibir tres medidas por la mañana y cuatro por la tarde.”

Ante esto, todos se enfadaron. De modo que dijo: “Está bien, en este caso os daré cuatro por la mañana y tres por la tarde”. En esta ocasión quedaron satisfechos.

Ambas solucioes eran lo mismo, en tanto en que el número de castañas no variaba. Pero, en un caso, los animales quedaban descontentos y en el otro satisfechos. El guarda estuvo dispuesto a cambiar sus planes para hacer frente a las condiciones objetivas. ¡No perdió nada al hacerlo!

El hombre verdaderamente sabio, considerando ambos lados de una cuestión sin parcialidad, ve ambos a la luz del Tao.

Esto se llama seguir dos cursos a la vez .[ii]


Destazando un buey

El cocinero del príncipe Wen Hui

estaba destazando un buey.

Extendió una mano,

bajó un hombro,

apoyó un pie,

presionó con una rodilla.

El buey quedó deshecho.

Con un susurro,

el brillante cuchillo de carnicero murmuraba

como un viento suave.

¡Ritmo! ¡Cronometración!

¡Como una danza sagrada,

como las antiguas armonías!

“¡Buen trabajo!”, exclamó el príncipe.

“¡Su método es impecable!”

“¿Método?”, dijo el cocinero

dejando a un lado su cuchilla.

“¡Lo que hago es seguir el Tao

más allá de todo método!

Cuando empecé a

destazar bueyes,

veía ante mí

al buey entero,

toda una masa única.

Después de tres años,

ya no veía aquella masa.

Veía sus distinciones.

Pero ahora ya no veo nada

con los ojos. Todo mi ser

aprehende.

Mis sentidos están ociosos. El espíritu,

libre para trabajar sin un plan concreto,

sigue su propio instinto

guiado por una línea natural.

Por la abertura secreta, el espacio oculto,

mi cuchilla no encuentra su propio camino.

No atravieso ninguna articulación,

no corto hueso alguno.

Un buen cocinero necesita cortador nuevo,

una vez al año. Corta.

Un mal cocinero necesita uno nuevo

todos los meses. ¡Él mutila!

Llevo utilizando esta misma hoja

diecinueve años.

Ha destazado

un millar de bueyes.

Su hoja sigue cortando

como si estuviera recién afilada.

Hay espacios entre las articulaciones;

la hoja es delgada y cortante:

cuando esta delgadez

encuentra aquel espacio,

¡hay todo el sitio que se pudiera desear!

¡Pasa como una brisa!

¡Por eso mantengo esta hoja desde hace

diecinueve años

como si estuviera recién afilada!

Cierto es, en ocasiones hay

articulaciones duras. Las siento venir,

entonces me detengo, observo con atención,

me contengo, casi no muevo la hoja,

y ¡whump! la parte se desprende

cayendo como un trozo de tierra.

Entonces retiro la hoja,

me quedo quieto,

y dejo que la alegría del trabajo

penetre en mí.

Limpio la hoja

y la guardo.”

El príncipe Wan Hui dijo:

“¡Eso es! ¡Mi cocinero me ha mostrado

como debiera vivir

mi propia vida!


El hombre con un solo pie y el faisán del pantano

Kung Wen Hsien vio a un oficial mutilado,

cuyo pie izquierdo le había sido amputado.

¡Una penalización del juego político!

“¿Qué clase de hombre”, exclamó, “es esa

extraña cosa con un solo pie?

¿Cómo ha llegado a esto? ¿Habremos de

decir que fue el hombre

el que hizo esto, o que fue el Cielo?”.

“El Cielo”, dijo, “esto viene del

Cielo, no del hombre.

Cuando el Cielo le dio vida a este hombre,

quiso

que se distinguiera de los demás

y lo introdujo en la política,

para que así se hiciera famoso.

¡Observen! ¡Un solo pie! ¡Este hombre es

diferente!

El pequeño faisán del pantano necesita dar diez saltos

para conseguir un bocado de grano.

Ha de correr cien pasos

antes de poder tomar un sorbo de agua.

Y a pesar de todo no pide

que se lo mantenga en un corral,

aunque así podría tener todo lo que pudiera

desear,

ante sus pies.

Antes prefiere correr

y buscarse su propia y pequeña subsistencia,

libre de jaulas”.


Ayuno del corazón

Yen Hui, el discípulo favorito de Confucio, apareció para despedirse de su Maestro.

“¿Dónde vas?”, preguntó Confusio.

“Voy a Wei.”

“¿Y para qué?”

“He oído que el príncipe de Wei es un individuo autoritario, sensual y totalmente egoísta. No se preocupa en absoluto de su gente y se niega a admitir cuaquier defecto en su persona. No presta la más mínima atención al hecho de que sus súbditos mueren por doquier. Todo el campo está lleno de cadáveres como heno en un prado. El pueblo está desesperado. Pero yo le he oído decir, Maestro, que se debe abandonar el estado bien gobernado e ir al que esté sumido en el desorden. A las puertas del médico hay abundantes enfermos. Deseo aprovechar esta oportunidad para poner en práctica lo que he aprendido de usted y ver si puedo lograr alguna mejora de las condiciones de aquel lugar.”

“¡Ay!”, dijo Confucio, “no te das cuenta de lo que haces. Atraerás el desastre sobre tu cabeza. El Tao no necesita de tus anhelos y sólo lograrás desperdiciar tus energías con tus mal encaminados esfuerzos. Al desperdiciar tus energías, te encontrarás confuso y después ansioso. Una vez que te invada la ansiedad, ya no serás capaz de ayudarte a ti mismo. Los antiguos sabios empezaban por buscar el Tao en ellos mismos, después miraban a ver si encontraban en los demás algo que se correspondiera al Tao, tal como ellos lo conocían. Pero si tú mismo no tienes el Tao,¿qué ganas tú desperdiciando el tiempo en vanos esfuerzos por llevar al camino correcto a unos políticos corruptos?…No obstante, supongo que has de tener alguna base para tus esperanzas de éxito.¿Cómo te propones conseguirlo?”

Yen Hui respondió: “Pretendo presentarme como un hombre humilde y desinteresado, que sólo busca hacer lo que está bien y nada más: un planteamiento sencillo y honesto. ¿Ganaré con esto su confianza”

“Por supuesto que no”, replicó Confucio. “Ese hombre está convencido de que sólo él está en lo cierto. Podrá fingir ante el público que se toma interés en un patrón objetivo de justica, pero no te dejes engañar por ello. Él no está acostumbrado a que nadie se le oponga. Su método es confirmarse a sí mismo que está en lo cierto pisotenanso al resto de la gente. Si esto lo hace con hombres mediocres, con más seguridad aún lo hará con alguien que representa una amenaza para él al afirmar qu es un hombre de grandes cualidades. Él se aferrará tozudamente a su método.

Podrá fingir que está interesado en tus palabras acerca de lo que es objetivamente bueno, pero en su interior no te oirá y no lograrás cambio albuno. No llegarás a ninguna parte de esta manera.”

Yen Hui dijo entonces: “Muy bien. En lugar de oponerme a él directamente, mantendré mis propios valores interiormente, pero exteriormente fingiré ceder. Apelaré a la autoridad de la tradición y a los ejemplos del pasado. Aquel que interiormente se niega a aceptar compromisos es tan hijo del Cielo como cualquier gobernante. No me apoyaré en ninguan enseñanza propia y, por tanto, no tendré preocupación alguna sobre si se aprueba mi conducta o no. Finalmente seré aceptado como una persona desinteresada y sincera. Todos llegarán a apreciar mi candor y así seré un instrumento del Cielo en medio de ellos.

De esta manera, cediendo obedientemente ante el príncipe como hacen otros hombres, inclinándome, arrodillándome, postrándome como cualquier sirviente debe hacer, seré aceptado como limpio de culpa. Así, otros tendrán confianza en mí y gradualmete empezarán a usarme, viendo que tan sólo deseo hacerme útil y trabajar para el bien de todos. Seré así un instrumento de los hombres.

Mientras tanto, todo lo que tenga que decir será expresado en términos de la antigua tradición. Trabajaré con la sagrada tradición de los sabios de la antigüedad. Aunque lo que diga pueda ser objetivamente una condena de la conducta del príncipe, no seré yo el que la pronuncie, sino la propia tradición. De esta forma, seré perfectamente honesto sin ser ofensivo. Así, seré un instrumento de la tradición. ¿Cree usted que es ésta la forma correcta de abordar la cuestión?”

“Desde luego que no”, dijo Confucio. “¡Tienes demasiados planes de acción, mientras que ni siquiera has conocido al príncipe u observado su carácter! En el mejor de los casos, tal vez puedas librarte y salvar tu pellejo, pero no conseguirás cambiar absolutamente nada. Tal vez él se adapte superficialmente a tus palabras, pero no existirá un cambio real en su actitud.”

Yen Hui dijo entonces:”Está bien, esto es todo lo que se me ocurre. ¿Querría usted, Maestro, decirme qué sugiere?”

“¡Debes ayunar!”, dijo Confucio. “¿Sabes a qué me refiero cuando hablo de ayunar? No es fácil. Pero los caminos fáciles no provienen de Dios.”

“¡Oh!”, dijo Yen Hui. “¡Estoy acostumbrado al ayuno! En casa éramos pobres. Pasábamos meses sin ver carne o vino. Eso es ayuno,¿no es así?”

“Bueno, puedes llamarlo ‘observar un ayuno’, si quieres”, dijo Confucio, “pero no es el ayuno del corazón.”

“Dígame”, dijo Yen Hui. “¿Qué es el ayuno de corazón?” Confucio respondió: “El objetivo del ayuno es la unidad interior. Esto significa oír, pero no con los oídos; oír, pero no con el entendimiento; oír con el espíritu, con tudo tu ser. Oír sólo con los oídos es una cosañ Oír con el entendimieto es otra. Pero oír con el espíritu no se ve limitado a una facultad u otra, al oído o a la mente. Por tanto, exige el vacío de todas las facultades. Y cuando las facultades quedan vacías, la totalidad del ser escucha. Se da entonces una captación directa de aquello que está frente a ti y que no puede ser escuchado con el oído o comprendido por la mente. El ayuno del corazón vacía las facultades, te libera de las limitaciones y de las preocupaciones. El ayuno del corazón da a luz la unidad y la libertad.”

“Ya veo”, dijo Yen Hui. “Lo que obstruía mi camino era mi propia conciencia de mí mismo. Si consigo empezar el ayuno del corazón, esta conciencia de mi mismo desaparecerá. ¡Entonces me veré libre de limitaciones y preocupaciones!¿Es eso lo que quiere decir?”

“Sí”, dijo Confucio, “¡eso es! Si eres capaz de hacerlo, quedarás capacitado para ir al mundo de los hombres sin afectarlos. No entrarás en conflicto con su propia imagen ideal de sí mismos. Si estan dispuestos a escuchar, cántales una canción. Si no, mantente en silencio. No intentes echar abajo sus puertas. No pruebes nuevas medicinas con ellos. Limítate a estar entre ellos, porque no tienes otra misión que ser uno de ellos.¡Entonces podrás tener éxito!

Es fácil mantenerse quieto y no dejar rastro, pero es difícil andar sin tocar la tierra. Si sigues los métodos humanos, podrás engañar y aun salir bien librado. En el camino del Tao, el engaño es imposible.

Sabes que se puede volar con alas; aún no has aprendido a volar sin ellas. Estás familiarizado con la sabiduría de aquellos que saben, pero aún no conoces la sabiduría de aquellos que no saben.

Observa esta ventana: no es más que un agujero en la pared, pero gracias a ella todo el cuarto está lleno de luz. Así, cuando las facultades están vacías, el corazón se llena de luz. Al estar lleno de luz, se convierte en una influencia por medio de la cual los demás se ven secretamente transformados.”


Tres amigos

Había tres amigos

discutiendo sobre la vida.

Uno dijo:

“¿Pueden los hombres vivir juntos

y no ser conscientes de ello?

¿Trabajar juntos

y no producir nada?

¿Pueden volar en el espacio

y olvidarse de que existe

el mundo sin fin?”

Los tres amigos se miraron

y rompieron a reír:

No sabían cómo explicarlo.

Así fueron mejores amigos que antes.

Entonces un amigo murió

Confucio

mandó a un discípulo para ayudar a

los otros dos

a cantar sus exequias.

El discípulo se encontró con que uno de los

amigos

había compuesto una canción.

Mientras el otro tocaba un laúd,

cantaron:

“¡Oye, Sung Hu!

¿Dónde te fuiste?

¡Oye, Sung Hu!

¿Dónde te fuiste?

Te has ido

adonde realmente estabas.

Y nosotros estamos aquí.

¡Maldición! ¡Nosotros estamos aquí!

Entonces el discípulo de Confucio los

interrumpió y

exclamó: “¿Puedo preguntarles dónde

han encontrado ustedes esto en las

rúbricas para las excequias,

este frívolo canturrear en presencia del que se

ha ido?”

Los dos amigos se miraron y se echaron a reír:

“Pobre tipo”, dijeron. “¡No conoce la nueva

liturgia!”


El velatorio de Lao Tzu

Lao Tan yacía muerto.

Chin Shih asistió al velatorio.

Lanzó tres alaridos

y se fue a casa.

Uno de los discípulos dijo:

“¿No era usted el amigo del Maestro?”

“Desde luego”, respondió.

“¿Entonces le parece suficiente

condolerse tan poco como usted?”

“Al principio”, dijo Chin Shih, “pensaba que era el más grande entre los hombres.

¡Ya no! Cuando vine a condolerme,

encontré viejos lamentándose por él como si

fuera su hijo,

hombres sollozando como si fuera su

madre.

¿Cómo los ató tanto a sí, sino

por medio de palabras que jamás debió decir

y de lágrimas que jamás debió derramar?

Debilitó su verdadero ser,

depositó carga sobre

carga de emociones, incrementó ese enorme cómputo;

olvidó el regalo que Dios le había confiado:

a esto los antiguos lo llamaban ‘el castigo

por descuidar el Verdadero Ser?.

El Maestro vino al mundo en su momento

oportuno.

Cuando se consumió su tiempo,

lo abandonó de nuevo.

Aquel que espera su hora, que se somete,

cuando su labor queda concluída,

no tiene lugar en sí

para el dolor o el regocijo.

Así es como los antiguos expresaban esto

en cuatro palabras: ‘Dios corta el hilo.’

Hemos visto consumirse

un fuego de ramas. El fuego

arde ahora en algún otro sitio.¿Dónde?

¿Quién sabe? Estos tizones

están ya consumidos.”


Confucio y el loco

Cuando Confucio estaba visitando el estado

de Chu

apareció Kien Yu,

el loco de Chu,

y cantó a la puerta del Maestro:

“Oh, Fénix, Fénix,

¿dónde ha ido a parar tu virtud?

¡No puede alcanzar el futuro

ni traer de vuelta el pasado!

Cuando el mundo tiene sentido,

los sabios tienen trabajo.

Sólo pueden esconderse

cuando el mundo está patas arriba.

Hoy en día, si consigues mantenerte

con vida,

afortunado eres:

¡Intenta sobrevivir!

La alegría es ligera como una pluma,

pero¿quién puede llevarla?

El dolor cae como un corrimiento de

tierras,

¿quién puede detenerlo?

Nunca, nunca

vuelvas a enseñar la virtud.

Caminas en peligro.

¡Cuidado!¡Cuidado!

Hasta los helechos pueden cortar tus

pies.

Cuando yo camino, loco,

camino bien;

pero ¿soy yo un hombre

para imitar?”

El árbol en lo alto de la montaña es su propio

enemigo.

La grasa que alimenta la luz se devora a sí

misma.

El árbol de la canela es comestible: ¡así que

Se lo derriba!

El árbol de la laca es rentable: lo mutilan.

Todo hombre sabe lo útil que es ser útil.

Nadie parece saber

lo útil que es ser inútil.


El hombre verdadero

Qué se quiere decir con “el hombre

verdadero”?

Los hombres verdaderos de antaño no tenían

miedo.

cuando se encontraban solos en sus puntos de

vista.

Nada de grandes logros. Nada de planes.

Si fracasaban, nada de dolor.

Nada de autocomplacencia en caso de éxito.

Escalaban farallones, siempre sin vértigo;

se sumergían en las aguas, jamás se mojaban,

caminaban a través del fuego y no se

quemaban.

Así su conocimiento llegaba

hasta el Tao.

Los hombres verdaderos de antaño

dormían sin sueños,

despertaban sin preocupaciones.

Su comida era sencilla.

Respiraban profundamente.

Los hombres verdaderos respiran desde sus

talones.

Otros respiran con sus gargantas,

medio estrangulados. En las disputas

arrojan argumentos

como si vomitaran.

Donde las fuentes de las pasiones

yacen profundas,

los arroyos celestiales

pronto se secan.

Los hombres verdaderos de antaño

no conocían la pasión por la vida,

ni el miedo a la muerte.

Su aparición carecía de alegría,

su salida, más allá,

se producía sin resistencia.

Fácil viene, fácil se va.

No olvidaban de dónde,

ni preguntaban a dónde,

ni caminaban inflexiblemente hacia adelante

luchando a todo lo largo de su vida.

Tomaban la vida como venía, sin

preocupación;

y se iban, allá.

¡Allá!

No tenían intención de combatir el Tao.

No intentaban, motu propio,

ayudar al Tao.

Ésos son los que llamamos hombres

verdaderos.

Mentes libres, pensamientos desaparecidos.

Frentes despejadas, rostros serenos.

¿Eran frescos? No más frescos que el otoño.

¿Eran cálidos? No más que la primavera.

Todo lo que salía de ellos

salía tranquilamente, como las cuatro

estaciones.


Metamorfosis

Cuatro hombres entablaron una discusión.

Cada uno decía:

“¿Quién sabe cómo

tener el Vacío por cabeza,

la Vida por espina dorsal

y la Muerte por rabo?

¡Quien sepa cómo será mi amigo!”

Con esto se miraron entre sí,

vieron que estaban de acuerdo,

se echaron a reír

y se hicieron amigos.

Entonces uno de ellos cayó enfermo,

y otro fue a verlo.

“¡Grande es el Creador”, dijo el enfermo,

“que me ha hecho como soy!

Estoy tan doblado

que mis tripas están por encima de mi

cabeza;

reposo la mejilla

sobre mi ombligo;

mis hombros sobresalen

por encima de mi cuello,

mi coronilla es una úlcera

que inspecciona el cielo;

mi cuerpo es un caos

pero mi mente está en orden.”

Se arrastró hasta el pozo,

vio su reflejo y declaró:

“¡Menuda porquería

ha hecho de mí!”

Su amigo le preguntó:

“¿Estás descorazonado?”

“¡En absoluto! ¿Por qué habría de estarlo?

Si Él me hace pedacitos,

y con mi hombro izquierdo

hace un gallo,

yo anunciaré el alba.

Si Él hace una ballesta

de mi hombro derecho,

suministraré pato asado.

Si mis nalgas se convierten en ruedas

y si mi espíritu es un caballo.

¡me pondré yo mismo los aparejos y

cabalgaré

en mi propio carro!

Hay un tiempo para unir

y otro para deshacer.

Aquel que entiende

esta sucesión de hechos

acepta cada nuevo estado

en su momento preciso

sin dolor ni regocijo.

Los antiguos dijeron: ‘El ahorcado

no puede descolgarse solo.’

Pero a la larga la Naturaleza es más fuerte

que todas sus cuerdas y ataduras.

Siempre fue así.

¿Qué razón hay

para descorazonarse?


El hombre nace en el Tao

Los peces nacen en el agua,

el hombre nace en el Tao.

Si los peces, nacidos en el agua,

buscan la sombra profunda

del estanque o la alberca,

todas sus necesidades

son satisfechas.

Si el hombre, nacido en el Tao,

se hunde en la profunda sombra

de la no-acción,

para olvidar la agresión y las preocupaciones,

no le falta nada,

su vida es segura.

Moraleja: “Todo lo que necesita el pez

es perderse en el agua.

Todo lo que necesita el hombre es perderse

en el Tao.”


Dos reyes y Sin-Forma

El Rey del Mar del Sur era Actúa-según-tu-

intuición.

El Rey del Mar del Norte era Actúa-como-el-

rayo.

El Rey del lugar que había en medio era

Sin-Forma.

Ahora bien, el Rey del Mar del Sur

y el Rey del Mar del Norte

solían ir juntos, a menudo,

a las tierras de Sin-Forma:

los trataba muy bien.

De modo que consultaron entre sí

y pensaron en algo bueno,

en una agradable sorpresa para Sin-Forma.

como prueba de aprecio.

“Los hombres”, dijeron, “tienen siete

aberturas

para ver, oír, comer, respirar

y demás. Pero Sin-Forma

no tiene abertura alguna. Hagámosle

unos cuantos agujeros.”

De modo que, sin pensarlo dos veces,

hicieron agujeros a Sin-Forma,

uno por día, durante siete días.

Y cuando terminaron el séptimo agujero,

su amigo yacía muerto.

Lao Tan dijo:”Organizar es destruir.”


Violentando cajas fuertes

Como garantía contra los ladrones que roban

bolsos, desvalijan equipajes y revientan

cajas fuertes,

uno debe asegurar todas las propiedaes con

cuerdas, cerrarlas con candados,

acerrojarlas con cerrojos.

Esto (para los propietarios) es del más

elemental sentido común.

Pero cuando aparece un ladrón fuerte, se

lleva todo,

se lo echa a la espalda y sigue su camino, con

un solo temor:

que cedan las cuerdas, candados y cerrojos.

Así, lo que el mundo llama buen negocio no

es más que una forma

de amasar un botín, empaquetarlo y

asegurarlo,

formando una carga cómoda para los

ladrones más audaces.

¿Quién hay, entre los llamados inteligentes,

que no desperdicie su tiempo amasando un

botín

para un ladrón mayor que él?

***

En la tierra de Khi, de pueblo a pueblo,

se podía oír el canto de los gallos, el ladrido

de los perros.

Los pescadores lanzaban sus redes,

los campesinos araban los anchos campos,

todo estaba pulcramente señalado

con líneas de demarcación. En quinientas

millas cuadradas

había templos para los antepasados, altares

para los dioses de los campos y espíritus del

grano.

Cada cantón, condado y distrito

era gobernado con arregl a las leyes y

estatutos…

Hasta que una mañana el fiscal general, Tien

Khang Tzu,

liquidó al rey y se apoderó de todo el Estado.

¿Quedó acaso conforme con robar la tierra?

No,

se apoderó también de las leyes y de los

estatutos,

y con ellos de todos los abogados, por no

mencionar a la policía.

Todos formaban parte del mismo paquete.

Por supuesto, la gente llamaba ladrón a

Khan Tzu,

pero lo dejaban tranquilo

viviendo tan feliz como los Patriarcas.

Ningún pequeño Estado levantaba la voz

contra él,

ningún gran Estado hizo el más mínimo

movimiento en su contra.

Así que durante doce generaciones el estado

de Khi

perteneció a su familia. Nadie interfirió

sus derechos inalienanles.

***

El invento

de los pesos y medidas

hace más fácil el robo.

La firma de contratos, la implantación de

sellos,

hacen más seguro el robo.

Enseñar amor y obligaciones

suministra un lenguaje adecuado

con el cual demostrar que el robo

es en realidad para el bien de todos.

Un hombre pobre ha de ser ahorcado,

por robar una hebilla de cinturón,

pero si un hombre rico roba todo un Estado

se aclamado

como el estadista del año.

De modo que, si queréis escuchar los mejores

discursos

sobre el amor, el deber, la justicia,etc.,

escuchad a los hombres de Estado.

Pero cuando el arroyo se seca,

nada crece en el valle.

Cuando el montículo se aplana,

el hueco junto a él se llena.

Y cuando los hombres de Estado y los

abogados

y los predicadores del deber desaparece,

no hay tampoco más robos

y el mundo queda en paz.

Moraleja: cuanto más acumules principios

éticos

y deberes y obligaciones,

paara meter en cintura a todo el mundo,

más botín acumulas

para los ladrones como Khang.

Por medio de argumentos éticos

y principios morales,

se demuestra finalmente que los mayores

crímenes

eran necesarios, y que de hecho

fueron un señalado beneficio

para la humanidad.


Dejar las cosas como están

Sé lo que es dejar el mundo tranquilo, no interferir. No sé nada acerca de cómo dirigir las cosas. Dejar las cosas como están ¡de manera que los hombres no hagan hincharse su naturaleza hasta que pierde su forma!¡No interferir, para que los hombres no se vean transformados en algo que no son! Cuando los hombres no se vean retorcidos y mutilados más allá de toda posibilidad de ser reconocidos, cuando se les permita vivir, habrá sido logrado el propósito del gobierno-

¿Demasiado placer? El Yang tiene demasiada influencia. ¿Demasiado sufrimiento? El Yin tiene demasiada influencia. Cuando uno de éstos se impone al otro, es como si las estaciones llegaran cuando no deben. El equilibrio entre el frío y el calor queda destruido, el cuerpo del hombre sufre.

Demasiada alegría, demasiada tristea, fuera de su momento preciso, y los hombres pierden el equilibrio.¿Qué harán después? El pensamiento divaga sin control. Empiezan a hacer de todo, no terminan nada. Aquí comienza la competencia, aquí nace la idea de la excelencia, y los ladrones surgen sobre la faz de la Tierra.

Ahora, ni el mundo entero es recompensa suficiente para los “buenos” ni hay castigo suficiente para los “malvados”. Desde ahora, el mundo entero no es suficientemente grande ni como premio ni como castigo. Desde los tiempos de las Tres Finastías, los hombres han estado corriendo en todas las direcciónes imaginables. ¿Cómo van a encontrar tiempo para ser humanos?

***

Entrenas tus ojos y tu visión anhela colores. Educas tus oídos y deseas sonidos deliciosos. Te deleitas en hacer el bien y tu bondad natural queda deformada. Te regocijas en ser justo y te vuelves más allá de toda razón. Te excedes en la liturgia y te conviertes en un comicastro. Excédete en tu amor por la música y sólo interpretarás basura. El amor a la sabiduría lleva a una sabiduría prefabricada. El amor al conocimieto lleva a la búsqueda de fallas. Si los hombres se mantuvieran como realmente son, tener o prescindir de estas ocho delicias no significaría nada para ellos. Pero si se niegan a permanecer en su estado correcto, las ocho delicias se desarrollan como tumores malignos. El mundo cae en la confusión. Ya que los hombres alaban estas delicias, y las anhelan, el mundo ha quedado ciego como una piedra.

Cuando el deleite haya pasado, aún se aferrarán a él: rodean su memoria de adoraciones rituales, caen de hinojos para hablar de él, tocan música y cantan, ayunan y se autodisciplinan en honor de las ocho delicias. Cuando las delicias se convierten en una religión, ¿cómo puede uno controlarlas?

***

El hombre sabio, entonces, cuando ha de gobernar, sabe cómo no hacer nada. Al dejar las cosas estar, descansa en su naturaleza original. Aquel que gobierne respetará al gobernado ni más ni menos que en la medida en que se respete a sí mismo. Si ama su propia persona lo suficiente como para dejarla descansar en su verdad original, gobernará a los demás sin hacerles daño. Dejadlo que evite que los profundos impulsos de sus entrañas entren en acción. Dejadlo estar tranquilo, sin mirar, sin oír. Dejadlo estar sentado como un cadáver, con el poder del dragón vivo en torno de sí. En completo silencio, su voz será como el trueno. Sus movimientos serán invisibles, como los de un espíritu, pero los poderes del Cielo irán con ellos. Inalterado, sin hacer nada, verá todas las cosas madurar a su alrededor. ¿De dónde sacará tiempo para gobernar?


El hombre soberano

Mi Maestro dijo:

“Aquello que actúa sobre todo y no interiere

con nada, es el cielo…

El hombre soberano se da cuenta de esto, lo

oculta en su corazón,

crece sin límite, con amplia mentalidad,

lo atrae todo a sí.

Y así deja que el oro yazca oculto en la

montaña,

deja la perla descansando en las

profundidades.

Los bienes y las propiedades no suponen

ganancia alguna ante sus ojos,

se mantiene alejado de la riqueza y los

honores.

Una larga vida no ees motivo de regocijo, ni

una muerte temprana de pena.

El éxito es algo de lo que no tiene por qué

enorgullecerse, el fracaso no es una vergüenza.

Si tuviera todo el poder del mundo, no lo

consideraría como propio;

si lo conquistara todo, no se lo apropiaría.

Su gloria está en saber que todas las cosas se

funden en Una,

y que la vida y la muerte son iguales.”


¡Qué profundo es el Tao!

Mi Maestro dijo: “¡Tao, qué profundo, qué quietud la de su escondrijo! ¡Tao, cuán puro! Sin esa quietud, el metal no reverberaría. El poder del sonido está en el metal y el Tao en todas las cosas. Cuando chocan, resuenan en el Tao y quedan de nuevo en silencio. ¿Quién podría entonces asignar a todas las cosas su lugar? El rey de la vida anda su camino libre, inactivo, desconocido. Se sonrojaría de intervenir. Él mantiene sus profundas raíces ancladas en el origen, abajo, en el arroyo. Su conocimiento está envuelto de espíritu y él se hace grande, grande, abre un gran corazón, un refugio para el mundo. Sin pensarlo previamente, sale en toda su majestad. Sin planes previos, sigue su camino y todas las cosas lo siguen. Éste es el hombre soberano, que cabalga por encima de la vida.

Éste ve en la oscuridad, oye donde no hay sonido alguno. En la profunda oscuridad, sólo él ve luz. Sumido en el silencio, sólo él percibe música. Puede ir a los lugares más profundos de las profundidades y encontrar gente. Puede alzarse hasta lo más alto de las alturas y ver significado. Él está en contacto con todos los seres. Aquello que no es sigue su camino. Aquello que se mueve es sobre lo que él se implanta. La grandeza es pequeñez para él, lo largo es corto para él, y todas las distancias son cercanas.”


La perla perdida

El Emperador Amarillo fue paseando

al norte de Agua Roja,

a la montaña de Kwan Lun. Miró a su

alrededor

desde el borde del mundo. Camino a casa,

perdió su perla del color de la noche.

Mandó a la Ciencia a buscar su perla, y no consiguió nada.

Mandó al Análisis a buscar su perla, no

consiguió nada.

Mandó a la Lógica a buscar su perla, y no

consiguió nada.

Entonces preguntó a la Nada,¡y la Nada la

tenía!

El emperador Amarillo dijo:

“¡Es en verdad extraño: la Nada,

que no fue mandada,

que no trabajó para encontrarla,

tenía la perla del color de la noche!”


En mi fin está mi principio

En el Principio de los Principios estaba el

Vacío de los Vacíos, lo Innominado.

Y en lo Innominado estaba el Uno, sin

cuerpo, sin forma.

Este Uno -este Ser en el cual todo encuentra

el poder de existir-

es lo viviente.

De lo viviente procede lo Sin-Forma, lo

Indiviso.

Del acto de este Sin-Forma proceden los

Existentes, todos con arreglo

a su principio interior. Eso es la Forma. Aquí

el cuerpo abraza y abriga al espíritu.

Ambos trabajan juntos como uno, aleándose

y manifestando

sus Caracteres. Y esto es la Naturaleza.

Pero aquel que obedece a la Naturaleza

vuelve a través de forma y Sin-Forma

a lo Viviente.

Y en lo Viviente,

se une al incomenzado Principio.

La unión es la Igualdad. La igualdad es el

Vacío. El Vacío es infinito.

El ave abre su pico y canta su nota

y entonces el ´pico se cierra de nuevo en el

Silencio.

Así la Naturaleza y lo Viviente se unen en el

Vacío.

Como el cerrarse del pico de un ave

después de su canción.

El cielo y la tierra se juntan en lo No

Iniciado.

¡Y todo es tontería, todo es desconocido, todo

es como

las luces de un idiota, todo carece de mente!

Obedecer es cerrar el pico y caer en el No

Inicio.


Cuando la vida era plena,

no había historia

En la era en que la vida sobre la Tierra era plena, nadie prestaba particular atención a los hombres valiosos, ni señalaba al hombre de habilidad. Los gobernantes eran simplemente las ramas más altas del árbol, y el pueblo era como los ciervos en los bosques. Eran honestos y justos, sin darse cuenta de que estaban “cumpliendo con su deber”. Se amaban los unos a los otros, y no sabían que esto significaba “amar al prójimo”. No engañaban a nadie y aun así no sabían que eran hombres de “fiar”. Eran íntegros y no sabían que aquello era “buena fe”. Vivían juntos libremente, dando y tomando, y no sabían que eran “generosos”. Por esta razón, sus hechos no han sido narrados. No hicieron historia.


Cuando un hombre feísimo…

Cuando un hombre feísimo se convierte en

padre,

y le nace un hijo,

en medio de la noche

tiembla y enciende una lámpara,

y corre angustiado a ver

en la cara del bebé

a quien se parece.


Los cincos enemigos

Con madera de un árbol de cien años de edad,

construyen vasos para el sacrificio,

cubiertos de diseños verdes y amarillos.

Las astillas cortadas

yacen si ser utilizables en la cuneta.

Si comparamos los vasos de sacrificio con la

madera de la cuneta,

vemos que difieren en apariencia:

uno es más bello que la otra;

pero aun así son iguales en esto: ambos han

perdido su naturaleza original.

De modo que, si comparamos al ladrón con el

ciudadano respetable,

vemos que uno es, desde luego, más

respetable que el otro;

y aun así coinciden en esto; ambos han

perdido

la simplicidad original del hombre.

¿Cómo la perdieron? He aquí las cinco

maneras:

El amor a los colores atonta el ojo

y ya no consigue ver correctamente.

El amor a las armonías hechiza el oído

y se pierde el verdadero oído.

El amor a los perfumes

llena la cabeza de vahídos.

El amor a los sabores

arruina el gusto.

Los deseos desazonan el corazón

hasta que la naturaleza original enloquece.

Estos cinco son los enemigos de la verdadera

vida.

Y aún así son aquello para lo que “hombres

de gran discernimiento” afirman que

viven.

No son aquello para lo que yo vivo:

¡si esto es la vida, entonces, los palomos

enjaulados

han encontrado la felicidad!


La acción y la no-acción

La no-acción del hombre sabio no es

inacción.

No es nada estudiado. No se ve alterada por

nada.

El sabio está tranquilo porque no se ve

movido,

no porque quiere estar tranquilo.

El agua tranquila es como el cristal.

Puedes mirarte en ella y ver la barba de tu

mentón.

Es un nivel perfecto;

podría usarlo el carpintero.

Si el agua es tan clara, tan nivelada,

¿cuánto más lo será el espíritu del hombre?

El corazón del hombre sabio es sereno.

Es el espejo del Cielo y la Tierra,

el cristal de todo.

Vaciedad, quietud, tranquilidad, insipidez.

Silencio, no-acción: éste es el nivel del Cielo

y la Tierra.

Esto es el Tao perfecto. Los hombres sabios

encuentran aquí

su lugar de reposo.

En reposo, están vacíos.

Del vacío viene lo no condicionado.

De esto, lo condicionado, las cosas

individuales.

De modo que, del vacío del sabio, surge la

quietud;

de la quietud, la acción. De la acción, el

logro.

De su quietud viene su no-acción, que es

también acción.

Y es, por tanto, su logro.

Porque la quietud es el goce. El goce

está libre de preocupación,

fructífero durante largos años.

El gozo vuelve despreocupadas todas las

cosas

porque el vacío, la quietud, la tranquilidad, la

insipidez,

el silencio y la no-acción

son la raíz de todas las cosas.


El duque Hwan y el carretero

El mundo valora los libros, y piensa que haciendo esto está valorando el Tao. Pero los libros no contienen más que palabras. Aún así, hay algo más que da valor a los libros. No sólo las palabras ni el pensamiento contenido en las palabras, sino algo más contenido en el pensamiento, inclinándolo en cierta dirección que las palabras no pueden aprehender. Pero son las palabras en sí mismas lo que valora el mundo cuando las introduce en los libros; y aunque el mundo las valore, estas palabras carecen de valor mientras aquello que se lo da no sea honrado.

Aquello que un hombre aprehende por medio de la observación no es más que la forma y el color exteriores, el nombre y el sonido, y cree que esto lo pondrá en poseción del Tao. Forma y color, nombre y sonido, no alcanzan a reflejar la realidad. Por eso: “Aquel que sabe no dice, aquel que dice no sabe.” [iii]

¿Cómo va el mundo a conocer, entonces, el Tao por medio de las palabras?

***

El duque Hwan de Khi,

el primero de su dinastía,

estaba sentado bajo su toldilla

leyendo filosofía,

y Phien el carretero

estaba en el patio

haciendo una rueda.

Phien dejó a un lado

el martillo y el cincel,

ascendió los escalones,

y dijo al duque Hwan:

“¿Puedo preguntarle, Señor,

qué es eso que usted está leyendo?”

El Duque dijo:

“A los expertos. Las autoridades.”

Y Phien preguntó:

“¿Vivos o muertos?”

“Muertos hace mucho tiempo.”

“Entones”, dijo el carretero,

“no está leyendo más

que la basura que dejaron atrás.”

Entonces el Duque replicó:

“¿Qué sabes tú de esto?

No eres más que un carretero.

Mas te vale darme una buena explicación

o moriras.”

El carretero dijo:

“Veamos el asunto

desde mi punto de vista.

Cuando yo hago ruedas,

si me lo tomo con calma, se deshacen;

si soy demasiado violento, no encajan;

si no soy ni demasiado calmoso ni demasiado

violento,

sale bien. El trabajo resulta

como yo deseo.

Esto no puede ser traducido a palabras:

simplemente hay que saber cómo es.

Ni siquiera puedo explicar a mi hijo cómo

hacerlo,

y mi propio hijo no puede aprenderlo de mí.

¡Así que aquí estoy, com mis setenta años,

haciendo ruedas todavía!

Los hombres de antaño

se llevaron todo lo que realmente sabían

con ellos a la tumba.

Y así, mi Señor, lo que está leyendo ahí

no es más que la basura que dejaron tras de

ellos.”


Inundaciones de otoño

Las inundaciones de otoño habian llegado. Miles de torrentes salvajes se vertían furiosamente en el río Amarillo. Éste engordó e inundó sus riberas hasta hacer imposible distinguir un buey de un caballo desde la otra orilla. Entonces el Dios del Río se echó a reir, deleitado con el pensamiento de que toda la belleza del mundo había caído bajo su tutela. De modo que giró corriente abajo hasta llegar al océano. Allí miró por encima de las olas hacia el vacío horizonte del este y quedó consternado. Oteando el horizonte, recuperó el sentido y murmuró al Dios del Océano: “Bien, el proverbio está en lo cierto. Aquel que se ha hecho con ideas piensa que sabe más que cualquier otra persona. Así he sido yo. ¡Sólo que ahora comprendo lo que quiere decir EXTENSIÓN!

***

El Dios del Océano replicó:

“¿Acaso puedes hablar del mar

a una rana en un pozo?

¿Puedes hablar del hielo

a una libélula?

¿Puedes hablar acerca del camino de la Vida

a un doctor en filosofía?

De todas las aguas del mundo,

el océano es la mayor.

Todos los ríos van a verterse en él

día y noche.

Jamás se llena,

devuelve sus aguas

día y noche;

jamás se vacía.

En épocas de sequía,

no baja el nivel.

En tiempos de inundaciones,

no aumenta.

¡Más grande que todas las demás aguas!

¡No existe medida para decir

cuánto más grande!

¿Pero estoy orgulloso de ello?

¿Qué soy yo bajo el Cielo?

¿Qué soy yo sin el Yang o el Yin?

Comparado con el cielo,

soy una roca diminuta,

un achaparrado roble

en la ladera de una montaña.

Debería acaso actuar

como si fuera algo?”

De todos los seres que existen (y hay millones), el hombre no es más que uno. De entre los millones de hombres que viven en la Tierra, la gente civilizada que vive del cultivo es tan sólo una pequeña proporción. Menores aún son los números de aquellos que, teniendo cargo o fortuna, viajan en carruaje o en barco. Y de todos estos, un hombre en su carruaje no es más que la punta de un pelo en el costado de un caballo, ¿Por qué, entonces, tanto alboroto en torno a los grandes hombres y los grandes cargos? ¿Por qué tantas disputas entre eclesiásticos? ¿Por qué tanta pugna entre políticos?

No hay límites fijos.

El tiempo no se detiene.

Nada perdura.

Nada es definitivo.

No se puede agarrar

el final o el principio.

El que es sabio ve que cerca o lejos

es lo mismo.

No desprecia lo pequeño

ni valora lo grande.

Donde difieren todos los parámetros,

¿cómo se puede comparar?

Con una mirada,

absorbe el pasado y el presente,

sin lástima por el pasado

ni impaciencia con el presente.

Todo está en movimiento.

Él tiene la experiencia

de la plenitud y el vacío.

No se regocija con el éxito,

ni se lamenta del fracaso.

El juego jamás se acaba.

El nacimiento y la muerte están empatados.

Los términos no son definitivos.


Grande y pequeño

Cuando observamos las cosas a la luz del

Tao,

nada es lo mejor, nada es lo peor.

Cada cosa, vista bajo su propia luz,

destaca a su manera.

Puede parecer “mejor”

de lo que se compara con ella

en sus propios términos.

Pero en términos de la totalidad,

nada destaca como “mejor”.

Si medimos las diferencias,

lo que es más grande que otra cosa es

“grande”.

Por tanto, no hay nada que no sea “grande”.

Lo que es más pequeño que otra cosa es

“pequeño”.

Por tanto, no hay nada que no sea “pequeño”.

Así que todo el cosmos es un grano de arroz,

y la punta de un cabello

es grande como una montaña…

Éste es el punto de vista relativo.

Se pueden derribar muros con arietes,

pero no se pueden tapar agujeros con ellos.

Todas las cosas tienen diferentes usos.

Los buenos caballos pueden hacer cien millas

al día,

pero no pueden cazar ratones.

Como los perritos o las comadrejas:

todas las criaturas tienen dones que les son

propios.

El búho de cuerno blanco puede cazar pulgas

a medianoche

y distinguir la punta de un cabello,

pero en pleno día se queda pasmado,

impotente,

y no puede ver ni siquiera una montaña.

Todas las cosas tienen distintas capacidades.

En consecuencia: aquel que desea el bien sin

el mal,

el orden sin el desorden,

no comprende los principios

del Cielo y la Tierra.

No sabe cómo

están vinculadas las cosas.

¿Puede un hombre aferrarse nada más que al

Cielo

y olvidarse de la Tierra?

Son correlativos: el conocer el uno

es conocer la otra.

El renegar de uno

es renegar de ambos.

¿Puede un hombre aferrarse a lo positivo

sin nada negativo

en contraste con lo cual se ve

que es positivo?

Si afirma poder hacerlo,

es un bellaco o un loco.

Los tronos pasan

de dinastía a dinastía,

ora hacia acá, ora hacia allá.

Aquel que llega al poder por la fuerza,

en contra de la corriente,

es llamado tirano y usurpador.

Aquel que se mueve con la corriente de los

acontecimientos,

es llamado sabio estadista.

Kui, el dragón de una sola pata,

tiene envidia del ciempiés.

El ciempiés tiene envidia de la serpiente.

La serpiente tiene envidia del ojo.

El ojo tiene envidia de la mente.

Kui le dijo al ciempiés:

“Controlo mi única pata con dificultad.

¿cómo puedes controlar tú un centenar?”

El ciempiés replicó:

“Yo no las controlo.

Caen por todas partes

como gotas de un escupitajo.”

El ciempiés dijo a la serpiene:

“A pesar de todos los pies que tengo, no

consigo moverme tan rápidamente

como tú lo haces sin tenerlos.

¿Cómo puede ser?”

La serpiente replicó:

“Tengo un deslizamiento natural

que no puede ser cambiado. ¿Para qué quiero

yo pies?”

La serpiente habló con el viento:

“Yo ondeo mi columna dorsal y me muevo

de una manera física. Tú, sin huesos,

sin músculos, sin método,

soplas desde el Mar del Norte hasta el Océano del Sur.

¿Cómo consigues llegar hasta allí

sin tener nada?”

El viento respondió:

“Cierto, surjo del Mar del Norte

y llego sin obstáculos hasta el

Océano del Sur.

Pero cada ojo que me observa,

cada ala que me utiliza,

es superior a mí, a pesar de que

yo pueda arrancar los más grandes árboles, o

derribar

grandes edificios.

El verdadero conquistador es aquel

que no es conquistado

por la multitud de lo pequeño.

Este conquistador es la mente…

Pero sólo la mente

del hombre sabio.”


El Hombre de Tao

El hombre en el cual el Tao

actúa sin impedimento

no daña a ningún otro ser

con sus actos,

y aun así no se considera

“bondadoso”, “manso”.

El hombre en que el Tao

actúa sin impedimento

no se preocupa por sus propios intereses

y no desprecia a aquellos

que sí lo hacen.

No lucha por ganar dinero

y no convierte en virtud la pobreza.

Sigue su camino

sin apoyarse en los demás

y no se enorgullece

de andar solo.

Mientras que no sigue a la muchedumbre,

no se queja de aquellos que lo hacen.

El rango y la recompensa

no lo atraen;

la desgracia y la vergüenza

no lo desaniman.

No está buscando constantemente

el bien y el mal,

decidiendo continuamente “Sí” o “No”.

Los antiguos decían, por tanto:

“El hombre del Tao

permanece en el anonimato.

La virtud perfecta

no produce nada.

‘No-ser’

es ‘Ser de verdad’,

y el más grande entre los hombres

es nadie.”


La tortuga

Chuang Tzu, con su caña de bambú,

pescaba en el río Pu.

El príncipe de Chu

mandó a dos vicecancilleres

con un documento oficial:

“Por la presente queda usted nombrado

primer ministro.”

Chuang Tzu cogió su caña de bambú.

Observando aún el río Pu,

dijo:

“Tengo entendido que hay una tortuga

sagrada,

ofrecida y canonizada

hace tres mil años.

que es venerada por el príncipe,

envuelta en sedas,

en un precioso relicario

sobre un altar,

en el Templo.

¿Qué creen ustedes:

es acaso mejor otorgar la propia vida

y dejar atrás una concha sagrada

como objeto de culto

qn una nube de incienso

durante tres mil años,

o será mejor vivir

como una tortuga vulgar

arrastrando su rabo por el cieno?”

“Para la tortuga”, dijo el vicecanciller,

“será mejor vivir

y arrastrar la cola por el cieno.”

“¡Váyanse a casa!”, dijo Chuang Tzu.

“¡Déjenme aquí

para arrastrar mi cola por el cieno!”


El búho y el fénix

Hui Tzu era el primer ministro de Liang. Estaba en poseción de información que creía de buena fuente, de que Chuang Tzu aspiraba a su puesto y estaba intrigando para suplantarlo. De hecho, cuando Chuang Tzu fue a visitar a Liang, el primer ministro mandó a la policía para prenderlo. La policía lo anduvo buscando tres días y tres noches, pero mientras tanto Chuang se presentó ante Hui Tzu por su propia cuenta y dijo:

¿Has oído hablar del ave

que vive en el sur,

el fénix que jamás envejece?

Este fénix inmortal

surge del Mar del Sur

y vuela hasta el Mar del Norte

sin posarse jamás,

excepto en ciertos árboles sagrados.

Jamás prueba bocado

salvo la más exquisita

fruta exótica.

Tan sólo bebe

de los más límpidos arroyos.

Una vez, un búho

que roía una rata muerta,

ya medio podrida,

vio al fénix volar sobre él,

miró hacia lo alto,

y chilló alarmado,

aferrándose a la rata

aterrado y sin esperanza.

¿Por qué te aferras tan frenéticamente

a tu minsterio

y me chillas

con tanta consternación?”


La alegría de los peces

Chuang Tzu y Hui Tzu

estaban cruzando el río Hao

junto a la presa.

Chuang dijo:

“Fíjate qué libremente

saltan y corren los peces.

Ésa es su felicidad.”

Hui replicó:

“Ya que tú no eres un pez,

¿cómo sabes

qué es lo que hace felices a los peces?”

Chuang dijo:

“Dado que tú no eres yo,

¿cómo es posible que puedas saber

que yo no sé

qué es lo que hace felices a los peces?”

Hui argumentó:

“Si yo, no siendo tú,

no puedo saber lo que tú sabes,

es evidente que tú,

no siendo pez,

no puedes saber lo que ellos saben.”

Chuang dijo:

“¡Espera un momento!

Volvamos

a la pregunta original.

Lo que tú me preguntaste fue

‘¿Cómo puedes tú saber

lo que hace felices a los peces?’

Por la forma en que planteaste la cuestión,

evidentemente sabes que sé

lo que hace felices a los peces.

Yo conozco la alegría de los peces

en el río

a través de mi propia alegría, mientras

camino

a lo largo del mismo río.”


El gozo perfecto

¿Existe sobre la Tierra una plenitud de gozo, o acaso no existe tal cosa?

¿Existe alguna manera de hacer que la vida sea realmente digna de vivirse, o es imposible? Si existe esa manera, ¿Cómo es posible encontrarla? ¿Qué debemos intentar hacer? ¿Qué debemos intentar evitar? ¿Cuál debería ser la meta en la que nuestra actividad llega a su fin? ¿Qué debemos aceptar? ¿Qué debemos negarnos a aceptar? ¿Qué debemos amar? ¿Qué debemos odiar?

Lo que el mundo valora es el dinero, la reputación, la larga vida, los logros. Lo que considera goce el la salud y el bienestar del cuerpo, la buena comida, la buena ropa, las cosas bellas de ver, la música agradable que escuchar.

Lo que condena es la falta de dinero, un rango social bajo, la reputación de no valer para nada y la muerte temprana.

Lo que considera desgracia es la incomodidad corporal y el trabajo. La falta de oportunidad de hartarse de buenas comidas, no tener ropas elegantes, no tener miedos para entretener o deleitar la vista ni música agradable para oír. Si la gente se encuentra privada de estas cosas, le entra el pánico o la desesperación. Está tan preocupada por su vida, que su ansiedad se la hace insoportable, incluso cuando tiene todo lo que cree desear. Su propia preocupación por divertirse la hace infeliz.

Los ricos hacen tolerable la vida, esforzándose por conseguir cada vez más dinero que, en realidad, no pueden usar. Al hacer esto, quedan alienados de sí mismos y se agotan a su propio servicio, como si fueran esclavos de alguna otra persona.

Los ambiciosos corren día y noche en persecución de honores, constantemente angustiados por el éxito de sus planes, temiendo el error de cálculo que lo puede echar todo a perder. Así, están alienados de sí mismos, agotando su vida real al servicio de una sombra creada por su insaciable esperanza.

El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su dolor.

Cuándo más tiempo vive, más estúpido se vuelve, porque su ansiedad por evitar la inevitable muerte se hace cada vez más aguda. ¡Qué amargura! ¡Vive para algo que está siempre fuera de su alcance! Su sed de supervivencia en el futuro lo hace incapaz de vivir en el presente.

¿Y qué hay de los líderes y los eruditos que tanto se sacrifican? Son honrados por el mundo, porque son hombres buenos, rectos y sacrificados.

Y aun así su buen carácter no los preserva de la infelicidad, ni siquiera de la ruina, la desgracia y la muerte.

¡Me pregunto, en este caso, si su “bondad” es realmente tan buena después de todo! ¿No será tal vez una fuente de infelicidad?

Supongamos que admitimos que son felices, ¿Pero es acaso algo alegre tener un carácter y una carrera que llevan finalmente a la propia destrucción? Por otra parte, ¿puede llamárselos “infelices”, si al sacrificarse salvan las vidas y fortunas de otros?

¡Tomemos el caso del ministro que, consciente y rectamente, se opone a una decisión injusta de su rey! Algunos dicen: “Di la verdad y, si el rey se niega a escuchar, déjalo que haga lo que quiera. Ya no tienes mayor compromiso.”

Por otra parte, Tzu Shu siguió oponiéndose a la injusta política de su soberano. Fue, por consiguiente, destruido. Pero si no se hubiera alzado por lo que consideraba correcto, su nombre no será honrado como lo es.

De forma que ésta es la cuestión: ¿Habrá de considerarse “bueno” el camino que siguió si, al mismo tiempo, le fue fatal?

No puedo decir si lo que las personas consideran “felicidad” es felicidad o no. Lo único que sé es que, cuando considero la manera en que buscan conseguirla, los veo arrastrados de cabeza, adustos y obsesionados por la marea general del rebaño humano, incapacies de detenerse o de cambiar de dirección. Continuamente afirman estar a punto de alcanzar la felicidad.

Por lo que a mí respecta, no puede aceptar sus parámetros, ya sean de felicidad o de infelicidad. Me pregunto si, después de todo, su concepto de la felicidad tiene realmente algún significado.

Mi opinión es que nunca se encuentra la felicidad hasta que se deja de buscarla. Mi mayor felicidad consiste precisamente en no hacer absolutamente nada pensado para obtener la felicidad; y éste, según el criterio de la mayor parte de la gente, es el peor de todos los caminos posibles.

Me remito al dicho de que: “El goce perfecto es carecer de él. La alabanza perfecta es carece de alabanzas.”

Si preguntáis “qué hacer” y “qué no debe hacerse” sobre la Tierra para obtener la felicidad, yo contesto que estas preguntas no tienen respuesta. No hay forma de determinar tales cosas.

Y aun así, al mismo tiempo, si dejo de buscar la felicidad, el “bien” y el “mal” resultan inmediatamente evidentes por sí mismos.

El contento y el bienestar se hacen posibles al instante en el momento en que se deja de actuar con ellos en la mente; y, si se practica el no-hacer (wu wei), se consigue tanto la felicidad como el bienestar.

He aquí cómo resumo todo esto:

El Cielo no hace nada: su no-hacer es su

serenidad.

La Tierra no hace nada: su no-hacer es su

reposo.

De la unión de estos dos no-haceres,

proceden todos los actos,

se componen todas las cosas.

¡Cuán vasto, qué invisible

este llegar-a-ser!

¡Todas las cosas vienen a ninguna parte!

¡Cuán vasto, qué invisible…

no hay forma de explicarlo!

Todos los seres en su perfección

nacen del no-hacer.

Es por esto por lo que se dice:

“El Cielo y la Tierra no hacen nada,

y aun así no hay nada que no hagan.”

¿Dónde estará el hombre capaz de alcanzar

este no-hacer?


Sinfonía para un ave marina

No se puede poner una carga grande en una

bolsa pequeña,

ni tampoco se puede, con una cuerda corta,

sacar agua de un pozo profundo.

No se puede hablar con un político poderoso

como si fuera un hombre sabio.

Si busca comprenderte,

si mira dentro de sí mismo

para buscar la verdad que le has dado,

no consigue encontrarla.

Al no encontrarla, duda.

Cuando un hombre duda,

matará.

¿No habéis oído contar cómo un ave marina

fue arrastrada tierra adentro por el viento y se

posó

afuera de la capital de Lu?

El Príncipe ordenó una recepción solemne.

Ofreció al ave marina vino en reducto

sagrado.

mandó llamar a los músicos

para que interpretaran las composiciones de

Shun.

Sacrificaron vacas para darle de comer.

Aturdida por las sinfonías, la infeliz ave

marina

murió de desesperación.

¿Cómo se debe tratar a un ave?

¿Cómo a uno mismo

o como a un ave?

¿Acaso no debería un ave anidar en los

bosques profundos,

o volar sobre los valles y las marismas?

¿Acaso no debe nadar en ríos y estanques.

alimentarse de anguilas y pescado,

volar en formación con otras aves marinas

y descansar en los cañaverales?

¡Bastante malo es para un ave marina

estar rodeada de hombres

y asustada por sus voces!

¡Pues no fue suficiente para ellos!

¡La mataron con música!

Tocad todas las sinfonías que queráis

en los pantanos de Thung-Ting.

Las aves escaparán

en todas las direcciones;

los animales se esconderán;

los peces bucearán hasta el fondo;

pero los hombres

se reunirán en torno para escuchar.

El agua es para los peces

y el aire para los hombres.

Las naturalezas difieren, y con ellas las

necesidades.

Por esto los sabios de antaño

no medían todo

por el mismo rasero.


Plenitud

“¿Cómo puede el verdadero hombre de Tao

atravesar paredes sin obstáculos,

mantenerse en medio del fuego sin

quemarse?”

No a causa de su astucia

o su audacia;

no porque haya aprendido

sino porque ha desaprendido.

Todo aquello que está limitado por medio de

la forma,

aspecto, color, sonido,

es llamado objeto.

De entre todos ellos, tan sólo el hombre

es más que un objeto.

Aunque, como los objetos, tiene forma y

aspecto,

no se ve limitado a la forma. Es más.

Puede lograr ser sin-forma.

Cuando está más allá de la forma y el aspecto,

más allá de “esto” y de “aquello”,

¿cómo se lo puede comparar con otros objetos?

¿Dónde está el conflicto?

¿Qué puede obstruir su camino?

Reposará en su lugar eterno,

que es el no-lugar.

Estará escondido

en su propio e insondable secreto.

Su naturaleza profundiza hasta la raíz

en el Uno.

Su vitalidad, su poder

se esconden en el Tao secreto.

Cuando es todo uno,

no hay falla en él

por la cual pueda entrar una cuña.

Igualmente un hombre borracho, al caer

de un carro,

queda contusionado pero no destruido.

Sus huesos son como los huesos de los demás

hombres,

pero su caída es diferente.

Su espíritu es completo. No es consciente

de haber subido a un carro,

ni de haberse caído de él.

La vida y la muerte no significan nada para él.

Desconoce la alarma, se encuentra con los

obstáculos

sin pensar, sin preocupaciones,

los enfrenta sin saber que están ahí.

Si existe tal seguridad en el vino,

cuánta más habrá en el Tao.

El hombre sabio está escondido en el Tao,

nada puede tocarlo.


La necesidad de vencer

Cuando un arquero dispara porque sí,

está en posesión de toda su habilidad.

Si está disparando por ganar una hebilla de

bronce,

ya está nervioso.

Si el premio es de oro,

se ciega

o ve dos blancos…

¡Ha perdido la cabeza!

Su habilidad no ha variado. Pero el premio

lo divide. Está preocupado.

Piensa más en vencer

que en disparar…

Y la necesidad de ganar

le quita poder.


El cerdo para el sacrificio

El Gran Augur, que sacrificaba cerdos y leía presagios en el sacrificio, apareció vestido con sus largas túnicas oscuras en la pocilga y se dirigió a los cerdos de la siguiente manera: “He aquí el consejo que os doy. No os quejéis por tener que morir. Dejad de lado vuestras objeciones, por favor. Tened en cuenta que yo os alimentaré con granos selectos durante tres meses. Yo mismo tendré que obserbar una estricta disciplina durante diez días y ayunar tres. Después extenderé alfombras de hierba y ofreceré vuestros jamones y vuestras paletillas sobre fuentes, delicadamente talladas, con gran ceremonia. ¿Qué más queréis?

Después, reflexionando, consideró la cuestión desde el punto de vista de los cerdos: “Por supuesto, supongo que preferiríais alimentaros de comida grosera y ordinaria, y que os dejaran en paz en vuestras pocilgas.”

Pero de nuevo, viéndolo desde su propio punto de vista, contestó: “¡No, definitivamente no existe un tipo más noble de existencia! Vivir honrado, recibir el mejor de los tratos, montar en carroza con magníficos ropajes, a pesar de que en cualquier momento uno pueda caer en desgracia y ser ejecutado; ése es el noble, aunque incierto, destino que he elegido.”

De modo que optó en contra del punto de vista de los cerdos y adoptó su propio punto de vista, tanto para él como para los cerdos.

¡Qué afortunados aquellos cerdos, cuya existencia fue así ennoblecida por aguien que era, a la vez, una autoridad del Estado y un ministro de la religión!


El gallo de pelea

Chi Hsing Tzu era un entrenador de gallos de

pelea

empleado por el rey Hsuan.

Estaba entrenando un ave magnífica.

El rey no hacía más que preguntar si el ave

estaba

preparada para combatir.

“Aún no”, dijo el entrenador.

“Está llena de fuego,

dispuesta a pelear

con cualquier otra ave. Es vanidosa y confía

en su propia fuerza.”

Diez días más tarde, contestó de nuevo:

“Aún no. Explota

en cuanto oye cantar a otra ave.”

Diez días más tarde:

“Aún no. Todavía se le pone

ese gesto iracundo

e hincha las plumas.”

De nuevo, diez días,

el entrenador dijo: “Ahora ya está casi listo.

Cuando canta otro gallo, sus ojos

ni siquieran parpadena.

Se mantiene inmóvil

como un gallo de madera-

Es un luchador maduro.

Las demás aves

lo mirarán una sola vez

y echarán correr.”


El tallador de madera

Ching, el maestro tallador, hizo un soporte de

campana

con maderas preciosas. Cuando lo hubo

terminado,

todos aquellos que lo veían quedaban

asombrados.

Decían que tenía que ser

trabajo de los espíritus.

El Príncipe de Lu preguntó al maestro

tallador:

“¿Cuál es tu secreto?”

Khing replicó: “Yo no soy más que un

trabajador:

carezco de secretos. Sólo hay esto:

cuando empecé a pensar en el trabajo que

usted ordenó,

conservé mi espíritu, no lo malgasté en

minucias que no tuvieran nada que ver con él.

Ayuné para dejar

sereno mi corazón.

Después de tres días de ayuno,

me había olvidado de las ganancias y el éxito.

A los cinco días,

había olvidado los halagos y las críticas.

Al cabo de siete días,

había olvidado mi cuerpo

con todas sus extremidades.

A estas alturas, todo pensamiento acerca de

su Alteza

y la corte se habían desvanecido.

Todo aquello que pudiera distraerme de mi

trabajo

había desaparecido.

Estaba concentrado en el único pensamiento

del soporte para la campana.

Entonces fui al bosque

para ver los árboles en su propio estado

natural.

Cuando ante mis ojos apareció el árbol

adecuado,

también apareció sobre él el soporte,

claramente, más allá de toda duda.

Todo lo que tuve que hacer fue alarga la mano

y empezar.

Si no me hubiera encontrado con este árbol

en particular,

no hubiera habido soporte para la campana.

¿Qué pasó?

Mi pensamiento concentrado

se encontró con el potencial oculto en la

madera.

De este encuentro vital surgió el trabajo,

que usted atribuye a los espíritus.”


Cuando el zapato se adapta

Ch’ui, el diseñador.

era capaz de trazar círculos más perfectos a

mano alzada

que con un compás.

Sus dedos hacían brotar

formas espontáneas de la nada. Su mente

estaba, mientras tanto, libre y sin

preocupaciones

acerca de lo que estaba haciendo.

No le era necesario aplicarse, pero

su mente era perfectamente simple

y desconocía obstáculo alguno.

Al igual que, cuando el zapato se adapta,

se olvida el pie;

cuando el cinturón se adapta,

se olvida el estómago;

cuando el corazón está bien,

el pro y el contra se olvidan.

Sin inclinaciones, sin compulsiones,

sin necesidades, sin atracciones:

entonces los asuntos de uno

están bajo su control

y uno se convierte en un hombre libre.

Tomárselo todo con calma es correcto,

Empieza correctamente

y estarás en calma.

Continúa con calma y estarás en lo

correcto.

La manera correcta de tomárselo todo con

calma

es olvidarse del camino correcto

y olvidarse de que seguirlo es fácil.


El bote vacío

Aquel que gobierna sobre los hombres vive

en la confusión.

Aquel que es gobernado por hombres vive en

el dolor.

Por tanto, Yao deseaba

no influir en los demás

ni ser influenciado por ellos.

El camino para apartarse de la confusión

y quedar libre del dolor

es vivr en el Tao,

en la tierra del gran Vacío.

Si un hombre está cruzando un río,

y un bote vacío choca con su esquife,

por muy mal genio que tenga

no se enfadará demasiado;

pero si ve en el bote a un hombre,

le gritará que se aparte.

Si sus gritos no son escuchados, volverá a

gritar,

una y otra vez, y empezará a maldecir.

Y todo porque hay alguien en el bote.

No obstante, si el bote estuviera vacío,

no estaría gritando, ni estaría irritado.

Si uno puede vaciar el propio bote,

que cruza el río del mundo,

nadie se le opondrá,

nadie intentará hacerle daño.

El árbol derecho es el primero en ser talado,

el arroyo de aguas claras es el primero en ser

agotado.

Si deseas engrandecer tu sabiduría

y avergonzar al ignorante,

cultivar tu carácter

y ser más brillante que los demás,

una luz brillará en torno a ti

como si te hubieras tragado el Sol y la Luna:

no podrás evitar las calamidades.

Un hombre sabio ha dicho:

“Aquel que está contento consigo mismo

ha realizado un trabajo carente de valor.

El éxito es el principio del fracaso.

La fama es el comienzo de la desgracia.”

¿Quién puede liberarse del éxito

y de la fama, descender y perderse

entre las masas de los hombres?

Fluirá como el Tao, sin ser visto,

se moverá con la propia Vida

sin nombre ni hogar.

Él es simple, sin distinciones.

según todas las apariencias, es un tonto.

Sus pasos no dejan huella. No tiene poder

alguno.

No logra nada, carece de reputación.

Cado que no juzga a nadie,

nadie lo juzga.

Así es el hombre perfecto:

su bote está vacío.


La Huida de Lin Hui

Lin Hui de Kia emprendió la huida.

Perseguido por enemigos,

tiró todos los preciosos símbolos

de jade de su rango

y se echó a la espalda a su hijo pequeño.

¿Por qué cogió al niño

abandonando el jade

que valía una pequeña fortuna,

mientras que el niño, de venderlo,

sólo le proporcionaría una suma miserable?

Lin Hui dijo:

“Mi atadura al símbolo de jade

y a mi cargo

era la atadura del egoísmo.

Mi atadura al niño

era la atadura del Tao.

Allí donde el egoísmo es la atadura,

se disuelve la amistad

cuando la calamidad llega.

Allí donde el Tao es la atadura,

la amistad se hace perfecta

por medio de la calamidad.

La amistad de los hombres sabios

es insípida como el agua.

La amistad de los tontos

es dulce como el vino.

Pero la insipidez de los sabios

trae consigo un afecto verdadero,

y el sabor de la compañía de los tontos

acaba convirtiéndose en odio.”


Cuando el Conocimiento fue al norte

El Conocimiento vagó hacia el norte

buscando al Tao, sobre el Mar Oscuro.

y en lo alto de la Montaña Invisible.

Allí en la montaña se encontró

con el No-Hacer, el Sin-Palabras.

Preguntó:

“Por favor, señor,¿me podría informar

bajo qué sistema de pensamiento

y qué técnica de meditación

Podría aprehender el Tao?

¿Por medio de qué renuncia

o qué solitario retiro

podría reposar en el Tao?

¿Dónde he de comenzar,

qué camino he de seguir

para alcanzar el Tao?

Tales fueron sus tres preguntas.

No-Hacer, el Sin-Palabras,

no respondió.

No sólo eso,

¡ni siquiera sabía

cómo responder!

El Conocimiento giró hacia el sur,

hacia el Mar Brillante,

y ascendió la Montaña Luminosa

llamada “Fin de la Duda”.

Allí se encontró con

“Actúa-según-tus-impulsos”, el Inspirado

Profeta,

y le hizo las mismas preguntas.

“Ah”, exclamó el Inspirado,

“¡Tengo las respuestas, y te las revelaré!”

Pero justo cuando estaba a punto de decirle

todo,

se le fue de la cabeza.

El Conocimiento no obtuvo respuesta alguna.

De modo que el Conocimiento fue por fin

al palacio del Emperador Ti,

y le hizo sus preguntas a Ti.

Ti replicó:

“Ejercitar el no-pensamiento

y seguir el no-camino de la meditación

es el primer paso para empezar a comprender

el Tao.

No vivir en ninguna parte

y no apoyarse en nada

es el primer paso para descansar en el Tao.

Empezar desde ninguna parte

y no seguir camino alguno

es el primer paso para alcanzar el Tao.”

El Conocimiento respondió: “Tu sabes esto

y ahora yo también lo sé. Pero los otros dos no lo sabían.

¿Qué te parece eso?

¿Quién está en lo cierto?”

Ti replicó:

“Sólo No-Hacer, el Sin-Palabras,

estaba absolutamente en lo cierto. Él no

sabía.

Actúa-según-tus-impulsos, el Profeta

Inspirado,

sólo parecía estar en lo cierto

porque se le había olvidado.

En cuanto a nosotros,

no estamos ni siquiera cerca de la verdad

dado que tenemos las respuestas.”

Porque aquel que sabe no habla.

Aquel que habla no sabe.[iv]

Y el Hombre Sabio instruye

sin utilizar las palabras,”[v]

Esta historia llegó a los oídos de Actúa-según-tus-impulsos,

que estuvo de acuerdo con la forma

de plantearlo de Ti.

Que se sepa.

No-Hacer jamás oyó hablar sobre el asunto

ni hizo comentario alguno.


La importancia de no tener dientes

Nieh Ch’ueh, que no tenía dientes,

fue a ver a P’i y le pidió una lección sobre el

Tao.

(¡Tal vez eso sí pudiera masticarlo!)

De modo que P’i comenzó:

“En primer lugar, logra el control del cuerpo

controla la mente. Alcanza

la idea fija. Entonces

la armonía de los Cielos

descenderá y morará en ti.

Reposarás en el Tao.

Tendrás el aspecto simple

de un ternero recién nacido.

Oh, afortunado de ti,

ni siquiera sabrás la causa

de tu estado…

Pero mucho antes de que P’i llegara a este punto de su sermón, el desdentado se había quedado dormido. Su mente era simplemente incapaz de masticar la sustancia de la doctrina. Pero P’i quedó satisfecho. Echó a andar cantando:

“Su cuerpo está enjuto y seco

como un hueso viejo;

su mente está muerta

como las cenizas consumidas.

¡Su conocimiento es sólido,

su sabiduría es cierta!

En una noche profunda y oscura,

vaga con libertad,

sin objetivos

y sin designios;

¿Quién puede compararse

con este hombre sin dientes?”


¿Dónde está el Tao?

El Maestro Tung le preguntó a Chuang:

“Muéstrame dónde se encuentra el ‘Tao’.”

Chuang Tzu replicó:

“No hay lugar alguno donde no se

encuentre.

El primero insistíó:

“Muestrame al menos algún lugar concreto

donde se encuentre el Tao.”

“Está en la hormiga”, dijo Chuang.

“Está en algún ser inferior?”

“Está en los hierbajos.”

“¿Puede seguir descendiendo en la escala de

las cosas?”

“Está en este trozo de baldosín.”

“Y aún más?”

“Está en este excremento.”

Ante esto, Tung Kwo no tuvo nada más que

decir.

Pero Chuang continuó: “Ninguna de tus

preguntas

es relevante. Son como las preguntas

de los inspectores del mercado

que comprueban el peso de los cerdos

palpándoles las partes más delgadas.

¿Por qué buscar el Tao bajando la “escala del

ser’

como si aquello que llamamos ‘ínfimo’

tuviera menos Tao?

El Tao es Grande en todas las cosas,

Completo en todas, Universal en todas,

Total en todas. Estos tres aspectos

son distintos, pero la Realidad es una.

Por tanto, ven conmigo

al palacio de Ninguna Parte

donde toda la multitud de cosas son Una;

donde por fin podamos hablar

de lo que no tiene limitación ni final.

Ven conmigo a la tierra del No-Hacer.

¿Qué debemos decir allí? ¿Qué el Tao

es simplicidad, quietud,

indiferencia, pureza,

armonía y serenidad?

Todos estos nombres me dejan

indiferente,

porque sus distinciones han desaparecido.

Mi voluntad carece de objetivo allí.

Si está en Ninguna Parte, ¡cómo iba a ser

consciente de ella?

Si se va y vuelve, no sé

dónde ha estado descansado. Si vaga

primero por aquí y luego por allá.

no sé dónde irá a parar

al final.

La mente queda indecisa en el gran Vacío.

Allí, el más alto conocimiento

queda liberado. Aquello que da a las cosas

su razón de ser no puede ser delimitado por

las cosas.

De modo que, cuando hablamos de ‘límites’,

permanecemos confinados

a cosas limitadas.

El límite de lo ilimitado se llama ‘plenitud’.

La carencia de límites de lo limitado se llama

‘vacío’.

El Tao es el origen de ambos. Pero él mismo

no es

ni la plenitud ni el vacío.

El Tao produce tanto la renovación como la

descomposición,

pero no es ni renovación ni descomposición.

Causa el ser y el no-ser,

pero no es ni ser ni no-ser.

Tao une y destruye,

pero no es ni la Totalidad ni el Vacío.”


La Luz de las Estrellas y el No-Ser

La Luz de las Estrellas le preguntó al No-Ser:

“Maestro, ¿es usted’ ¿O no es usted?

Como no recibió ninguna clase de respuestas, la Luz de las Estrellas se dispuso a observar al No-Ser. Esperó a ver si aparecía el No-Ser.

Mantuvo su mirada fija en el profundo vacío, con la esperanza de echar una mirada al No-Ser.

Todo el día estuvo a la expectativa, y no

vio nada. Escuchó, pero no oyó nada. Se extendió

para tocar, y no agarró nada.

Entonces, la Luz de las Estrellas exclamó al

fin: “¡ESTO es!

¡Es lo más distante que hay! ¿Quién podría alcanzarlo?

Puedo comprender la ausencia del Ser,

pero ¿quién puede comprender la ausencia de

la Nada?

Si ahora, encima de todo, el No-Ser Es,

¿quién puede comprenderlo?”


Keng San Chu

El Maestro Keng San Chu, discípulo de Lao Tzu, se hizo famoso por su sabiduría, y la gente de Wei-Lei comenzó a venerarlo como a un sabio. El esquivó sus homenajes y rechazó sus regalos. Se mantuvo escondido y no les permitía ir a verlo. Sus discípulos discutieron con él y dijeron que, desde los tiempos de Yao y Shun, era tradicional que los hombres sabios aceptaran la veneración, ejerciendo así una buena influencia.

El Maestro Keng replicó:

Venid aquí, hijos míos, escuchad esto.

Si una bestia lo suficientemente grande para

tragarse un carro

abandonara su bosque de la montaña,

jamás escaparía a la trampa del cazador.

Si un pez lo suficientemente grande como

para tragarse un bote

deja que la marea baja lo deje varado en la

arena,

entonces hasta las hormigas podrán

destruirlo.

Así que las aves vuelan por las alturas, las

bestias permanecen

sen soledades sin caminos,

se mantienen ocultas de la vista; y los peces

y las tortugas se sumergen

hasta el mismo fondo.

El hombre que tiene algo de respeto por su

persona

mantiene su carcasa alejada de la vista,

se esconde tan perfectamente como puede.

En cuanto a Yao y Shun: ¿Por qué alabar a

tales reyes?

¿Qué bien hizo su moralidad?

Hicieron un agujero en la pared

y lo dejaron llenarse de zarzas.

Numeraban los pelos de tu cabeza

antes de peinarlos.

Contaban cada grano de arroz

antes de cocinar su cena.

¿Qué bien le hicieron al mundo

con sus escrupulosas distinciones?

Si los virtuosos son honrados,

el mundo se llenará de envidias.

Si el hombre inteligente es premiado,

el mundo se llenará de ladrones.

No puede hacer buenos y honestos a los

hombres

alabando la virtud y el conocimiento.

Desde los días del piadoso Yao y el virtuoso

Shun,

todo el mundo ha estado intentando hacerse

rico:

un hijo es capaz de matar a su padre por

dinero;

un ministro, de matar a su soberano

para satisfacer su ambición.

A plena luz del día se roban los unos a los

otros,

a medianoche derriban paredes:

la semilla de todo esto fue plantada

en tiempos de Yao y Shun.

Sus ramas crecerán durante un millar de eras

y de aquí a mil eras

¡los hombres se estarán comiendo crudos los

unos a los otros!”


El discípulo de Keng

Un discípulo se quejó a Keng:

“Los ojos de todos los hombres parecen

iguales,

yo no detecto en ellos diferencia alguna:

y aún así algunos hombres son ciegos;

sus ojos no ven.

Los oídos de todos los hombres parecen ser

iguales,

yo no detecto en ellos diferencia alguna:

y aún así algunos hombres son sordos;

sus oídos no oyen.

Las mentes de los hombres tienen la misma

naturaleza.

No detecto diferencia alguna entre ellas;

pero los locos no pueden hacer suya

la mente de otro hombre.

Heme aquí, aparentemente como los demás

discípulos,

pero hay una diferencia:

ellos captan el significado de lo que usted

dice y lo ponen en práctica;

yo no puedo.

Usted me dice: ‘Mantén tu ser seguro y en

calma.

Mantén tu vida reunida en su propio centro.

No permitas que tus pensamientos

sean alterados.’

Pero, por mucho que lo intente,

el Tao no es más que una palabra para mis

oídos.

No hace resonar ninguna campana en mi

interior.”

Keng San replicó: “No tengo nada más

que decir.

Los gallos no empollan huevos de ganso,

aunque las aves de Lu sí pueden.

No es tanto una diferencia de naturaleza

como una diferencia de capacidad.

Mi capacidad es demasiado escasa

como para transformarte.

¿Por qué no vas al sur

a ver a Lao Tzu?”

El discípulo tomó algunas provisiones,

viajó durante siete días y siete noches

solo,

y llegó ante Lao Tzu,

Lao le preguntó: “¿Vienes de parte de Keng?”

“Sí”, replicó el estudiante.

“¿Quiénes son todas esas personas que has

traído contigo?”

El discípulo se volvió rápidamente para mirar.

No había nadie. ¡Pánico!

Lao dijo: “¿No comprendes?”

El discípulo agachó la cabeza. ¡Confusión!

Después un suspiro. “Ay de mí, he olvidado

mi respuesta.”

(¡Más confusión!) “También he olvidado mi

pregunta.”

Lao dijo: “¿Qué estás intentado decir?”

El discípulo: “Cuando no sé, la gente me trata

como a un tonto.

Cuando sé, el conocimiento me causa

problemas.

Cuando no logro hacer el bien, hago daño a

otros.

Cuando lo hago, me daño a mí mismo.

Si esquivo mis deberes, soy un negligente;

pero si los cumplo, me arruino.

¿Cómo puedo escapar de estas

contradicciones?

Esto es lo que vine a preguntarle.”

Lao Tzu replicó:

“Hace un momento,

observé tus ojos.

Vi que estabas agobiado

por las contradicciones. Tus palabras

confirman esto.

Tienes un miedo mortal,

como un niño que ha perdido

a su padre y a su madre.

Estás intentando sondear

el centro del océano

con una pértiga de dos metros.

Te has perdido, e intentas

encontrar el camino de vuelta

a tu verdadero ser.

No encuentras más

que señales ilegibles

que indican todas las direcciones.

Siento pena por ti.”

El discípulo solicitó ser admitido.

Tomó una celda y en ella

meditó,

intentando cultivar cualidades

que consideraba deseables,

y librarse de otras

que le desagradaban.

¡Diez días así!

¡Desesperación!

“¡Miserable!”, dijo Lao

¡Totalmente bloqueado!

¡Hecho un nudo! ¡Intenta

desatarte!

Si tus obstáculos

están en el exterior,

no intentes agarrarlos de uno en uno

y arrojarlos lejos de ti.

¡Imposible! Aprende

a ignorarlos.

Si están en ti mismo,

no puedes destruírlos,

pero puedes negarte

a dejar que te hagan efecto.

Si están tanto dentro como fuera,

no intentes

aferrarte al Tao.

¡Limítate a tener esperanza en que el Tao

te mantenga sujeto!”

El discípulo gimió:

“Cuando un granjero se pone enfermo

y los otros granjeros vienen a verlo,

si puede al menos decirles

qué es lo que pasa,

su enfermedad no es grave.

Pero yo, en mi búsqueda del Tao,

soy como un hombre enfermo que toma

medicinas

que le hacen sentirse diez veces peor.

¡Dígame tan sólo

los primeros elementos,

así quedaré satisfecho!

Lao Tzu replicó:

“¿Puedes abrazarte al Uno

y no perderlo?

¿Puedes predecir cosas buenas y malas

sin la concha de la tortuga

o los palillos?

¿Puedes descansar donde hay descanso?

¿Sabes cuándo detenerte?

¿Eres capaz de ocuparte de tus asuntos

sin preocupaciones, sin desear informes

acerca del progreso de los demás?

¿Eres capaz de mantenerte sobre tus propios

pies?

¿Puedes esquivar?

¿Puedes ser como un niño

que llora todo el día

sin quedarse afónico,

o crispa el puño todo el día

sin que le duela la mano,

o que mira todo el día

sin que se canse la vista?

¿Quieres los primeros elementos?

El niño los posee.

Libre de preocupaciónes, inconsciente de sí

mismo,

actúa sin reflexión.

Se queda donde lo ponen, no sabe por qué,

no se explica las cosas,

se limita a dejarse llevar,

es parte de la corriente.

¡Éstos son los primeros elementos!”

El discípulo preguntó:

“¿Es esto la perfección?”

Lao replicó: “En absoluto.

No es más que el principio.

Esto es lo que rompe el hielo.

Esto te capacita

para desaprender,

de forma que puedas ser guiado por el Tao,

ser un niño del Tao.

Si persistes en intentar

alcanzar lo que jamás se alcanza,

(es el regalo del Tao);

si insistes en esforzarte

por obtener lo que ningún esfuerzo puede

lograr;

si insistes en razonar

acerca de lo que no puede ser comprendido,

serás destruido

por aquello que buscas.

Saber cuándo detenerse,

saber cuándo no puedes llegar más allá

por tus propios medios,

¡ésta es la forma correcta de empezar!


La torre del Espíritu

El Espíritu tiene una torre inexpugnable

a la cual no puede alterar peligro alguno,

siempre y cuando la torre esté guardada

por el invisible Protector

que actúa inconscientemente, y cuyos actos

se desvían cuando se hacen deliberados,

reflexivos e intencionales.

La inconciencia

y total sinceridad del Tao

se ven alteradas por cualquier esfuerzo

de demostración de autoconciencia.

Todas esas demostraciones

son mentiras.

Cuando uno se exhibe

de tan ambigua manera,

el mundo exterior entra en tromba

y lo aprisiona.

Ya no está protegido

por la sinceridad del Tao.

Cada nuevo acto

es un nuevo fracaso.

Si sus actos son realizados en público,

a plena luz del día,

será castigados

por los espíritus.

¡Qué cada cual comprenda

el significado de la sinceridad

y se guarde de exhibirse!

Ése estará en paz

con los hombres y los espíritus,

y actuará correctamente, sin ser visto,

en su propia soledad,

en la torre de su espíritu.


La ley interior

Aquel cuya ley está dentro de sí mismo

camina oculto.

Sus actos no se ven influenciados

por aprobaciones y desaprobaciones.

Aquél cuya ley está fuera de sí mismo

dirige su voluntad hacia lo que está

más allá de su control

y busca

extender su poder

sobre los objetos.

Aquel que camina escondido

tene luz para guiarlo

en todos sus actos.

Aquel que busca extender su control

no es más que un operador.

Mientras cree que está

superando a los otros,

los otros lo ven tan sólo

esforzarse, estirarse,

para ponerse de puntillas.

Cuando intenta extender su poder

sobre los objetos,

esos objetos ganan control

sobre él.

Aquel que se ve controlado por objetos

pierde la posesión de su ser interior.

Si ya no se valora a sí mismo,

¿cómo puede valorar a otros?

Si ya no valora a otros.

queda abandonado.

¡No le queda nada!

¡No hay arma más mortífera que la voluntad!

¡Ni la mád afilada de las espadas

puede comparársele!

No hay ladrón más peligroso

que la Naturaleza (Yang y Yin).

Y aun así no es la Naturaleza

la causante del daño:

¡es la propia voluntad del hombre!


Disculpas

Si un hombre pisa a un desconocido

en el mercado,

ofrece cortésmente disculpas

y una explicación

(”¡Este lugar está tan enormemente

lleno!).

Si un hermano mayor

pisa a su hermano menor,

dice: “¡Lo siento mucho!”

y ahí queda eso.

Si un padre

pisa a un hijo suyo,

no se dice absolutamente nada.

La mayor educación

está libre de toda formalidad.

La conducta perfecta

está libre de preocupaciones.

La sabiduría perfecta

no está planificada.

El amor perfecto

no necesita demostraciones.

La sinceridad perfecta no ofrece

garantías.


Aconsejando al Príncipe

El ermitaño Hsu Su Kwei había ido a ver al

Príncipe Wu.

El Príncipe se alegró. “He estado deseando

verte”, dijo.

“durante mucho tiempo.

Dime si estoy en lo

correcto.

Quiero amar a mi pueblo y, a través del

ejercicio de la justicia,

poner fin a la guerra.

¿Es esto suficiente?”

“Ni mucho menos”, dijo el ermitaño.

“Su ‘amor’ hacia su pueblo

lo pone en un peligro mortal.

¡Su ejercicio de la justicia es la raíz

de una guerra tras otra!

¡Sus grandes intenciones

acabarán en el desastre!

Si se propone ‘lograr algo grande’,

sólo se está engañando a sí mismo.

Su amor y su justicia

son fraudulentos.

Son meros pretextos

para su autoafirmación, para la agresión.

Una acción traerá consigo otra

y, en la cadena de los acontecimientos,

sus ocultas intenciones

quedarán al descubierto.

Usted afirma practicar la justicia. En el caso

de que aparentemente tenga éxito,

ese éxito será portador de nuevos conflictos.

¿Por qué todos estos guardias

vigilan

las puertas del palacio, alrededor del altar del

templo,

por todas partes?

¡Está usted en guerra consigo mismo!

Usted no cree en la justicia,

sólo en el poder y el éxito.

Si derrota

a un enemigo, si se anexiona su país,

quedará un menos en paz

con usted mismo de lo que está ahora.

Tampoco le permitirán sus pasiones

quedarse quieto. ¡Luchará

continuamente por

un más perfecto ejercicio de la ‘justicia’!

Abandone su plan

de ser un ‘amante y equitativo gobernante’.

Intente responder

a las exigencias de la verdad interior.

¡Deje de humillarse a sí mismo y a su pueblo

con estas obsesiones!

Su pueblo respirará al fin tranquilo.

¡Vivirá,

y la guerra terminará por sí misma!”


Vida activa

Si un experto no tiene algún problema que lo

preocupe, no es feliz!

¡Si los enseñanzas de un filósofo nunca son

atacadas, languidece!

¡Si los críticos no tienen en quién verter su

despecho,

se sienten infelices!

Toda esta gente es prisionera del mundo de

los objetos.

El que busca seguidores persigue el poder

político.

El que busca reputación tiene un cargo.

El hombre fuerte busca pesos que levantar.

El hombre valiente busca alguna emergencia

en la que poder mostrar su bravura.

El espadachín desea una batalla en la que

pueda blandir su espada.

Los hombres maduros prefieren un retiro

digno

en el cual puedan aparentar ser profundos.

Los hombres experimentados en las leyes

buscan casos

difíciles en los que extender la aplicación de

las leyes.

Los litúrgicos y los músicos gustan de

festivales en los que exhiben sus

ceremoniosos talentosos.

Los benevolentes, los dedicados, siempre

andan a la búsqueda de oportunidades

para manifestar su virtud.

¿Donde estaría el jardinero si ya no hubiera

hierbajos?

¿Qué sería de los negocios si no hubiera un

mercado de tontos?

¿Dónde estarían las multitudes si no hubiera

pretexto para apelotonarse y hacer

ruido?

¿Qué sería del trabajo si no hubiera objetos

superfluos que hacer?

¡Producid! ¡Obtened resultados! ¡Ganad

dinero!

¡Haced amigos!¡Haced cambios!

¡O moriréis de desesperación!

Aquellos que se ven atrapados por la maquinaria del poder no disfrutan más que la actividad y el cambio, ¡el zumbido de la máquina! Siempre que se presenta una ocasión de actuar, se ven compelidos a acerlo; no pueden remediarlo. Se ven movidos inexorablemente, como la máquina de la que forman parte. ¡Prisioneros en el mundo de los objetos, no tienen más elección que someterse a las exigencias de la materia! Se ven presionados y aplastados por fuerzas externas, la moda, el mercado, los sucesos, la opinió pública. ¡Jamás, en el transcurso de su vida, consiguen recuperar el sano juicio! ¡La vida activa! ¡Qué lástima!


La montaña de los monos

El Príncipe de Wu tomó un bote hasta la Montaña de los monos. En cuanto éstos lo vieron, huyeron con gran pánico y se refugiaron en las copas de los árboles.

Un mono, no obstante, permaneció tranquilo,

completamente despreocupado, balanceándose de rama en rama: ¡una extraordinaria exhibición!

El Príncipe le disparó una flecha al mono, pero éste, con gran destreza, capturó la flecha en pleno vuelo.

Ante esto, el príncipe ordenó a sus acompañantes que hicieran un ataque conjunto.

En un momento, el mono quedó acribillado a flechazos y cayó muerto.

Entonces el Rey se volvió hacia su compañero Yen Pu’i: “¿Ves lo que ha pasado?”, dijo. “Este animal hacía pública su inteligencia. Confiaba en su propia habilidad. Pensaba que nadie podría tocarlo. ¡Recuerda eso! ¡No te apoyes en la distinción y el talento cuando trates con los hombres!”

Cuando volvieron a casa, Yen Pu’i se convirtió en el discípulo de un sabio para librarse de todo aquello que lo hacía destacarse. Renunció a todo placer. Aprendió a ocultar toda “distinción”.

Pronto nadie en todo el reino sabía qué pensar de él.

Por tanto, lo miraban con temerosa admiración.[vi]


La buena suerte

El Maestro Ki tenía ocho hijos.

Un día llamó a un fisonomista, puso en fila a

los muchachos y dijo:

“Estudie sus rostros. Dígame cuál es el

afortunado.”

Después de su examen, el experto dijo:

“Kwan es el afortunado.”

Ki quedó contento y sorprendido.

“¿De qué forma?”, inquirió.

El fisonomista replicó:

“Kwan comerá carne y beberá vino

por el resto de sus días

a cargo del gobierno.”

Ki se derrumbó y sollozó:

“¡Mi pobre hijo! ¡Mi pobre hijo!

¿Qué ha hecho para merecer tanta

desgracia?”

“¡Cómo!”, exclamó el fisonomista.

“¡Cuando uno comparte

las comidas de un príncipe,

las bendiciones alcanzan

a toda la familia,

especialmente al padre y a la madre!

¿Rechazaría usted

la buena suerte?”

Ki dijo: “¿Qué es lo que hace que esta suerte

sea ‘buena’?

La carne y el vino son para la boca y el

estómago.

¿Acaso la buena suerte está tan sólo en la

boca

y en el estómago?

Estas ‘comidas del príncipe’,

¿cómo ha de compartirlas él?

Yo no soy ningún pastor

y de repente nace en mi casa una oveja-

Yo no soy ningún guardián de caza

y nacen codornices en mi patio.

¡Son éstos terribles portentos!

No tengo más deseo

para mis hijos y para mí,

que vagar libremente

por la Tierra y los Cielos.

No busco gozo alguno

para ellos y para mí,

más que el goce del Cielo,

sencillos frutos de la Tierra.

No busco ventaja alguna, no hago planes,

no me introduzco en negocios.

Con mis muchachos, busco tan sólo el Tao.

¡Yo no he luchado contra la vida!

y ahora esta espeluznante promesa

de lo que nunca busqué:

¡Buena suerte!

Todo efecto extraño tiene alguna causa

extraña.

Mis hijos y yo no hemos hecho nada para

merecer esto.

Es un castigo inescrutable.

¡Por tanto, sollozo!”

Y así ocurrió, algún tiempo más tarde, que ki mandó de viaje a su hijo Kwan. El joven fue capturado por bandolers que decidieron venderlo como esclavo. Creyendo que no podrían venderlo tal como estaba, le cortaron los pies. Así, al no poder huir, resultaba un mejor negocio. Lo vendieron al gobierno de Chi, y fue puesto a cargo de una puerta de peaje en la carretera. Dispuso de vino y carne, durante el resto de sus días, a cargo del gobierno.

¡De este modo, Kwan resultó ser el afortunado!


Huida de la benevolencia

Hsu yu se encontró con un amigo al abandonar la capital, en la carretera principal, en dirección a la frontera más cercana.

“¿Dónde vas?”, le preguntó el amigo.

“Dejo al Rey Yao. Está tan obsesionado con la idea de la benevolencia, que temo que al final ocurra algo ridículo. En cualquier caso, sea divertido o no, este tipo de cosas terminan con las personas devorándose crudas las unas a las otras.

De momento, hay una gran oleada de solidaridad. El pueblo cree que es amado y responde con entusiasmo. Están todos apoyando al Rey, porque piensan que los está haciendo ricos. Las alabanzas no cuestan dinero, y están todos compitiendo a ver quié obtiene más favores. Pero pronto habrán de aceptar algo que no les guste y todo se vendrá abajo.

Cuando la justicia y la benevolencia flotan en el aire, unas cuantas personas están realmente preocupadas por el bienestar de los demás, pero la mayoría son conscientes de que es un buen momento, maduro para ser explotado. Sacan partido de la situación. Para ellos, la benevolencia y la justicia son trampas para cazar pájaros. Así, la benevolencia y la justicia quedan rápidamente asociadas al fraude y la hipocresía. Entonces todo el mundo empieza a dudar. Y es entonces cuando realmente empiezan los problemas.

El rey Yao sabe hasta qué punto benefician a la nación los funcionarios probos y rectos, pero no sabe el daño que proviene de su rectitud: son un frente tras el cual los sinvergüenzas operan con más seguridad. Pero hay que ver esta situación con objetividad para darse cuenta.

Hay tres clases de personas para considerarlos hombres del sí, los chupadores de sangre y los operadores.

Los hombres de sí adoptan la línea de algún líder político y repiten sus afirmaciones de memoria, imaginándose que saben algo, confiados en que van a alguna parte y completamente satisfechos del sonido de sus propias voces. Son unos completos estúpidos. Y, dado que son estúpidos, se someten de esta manera a la manera de hablar de otro hombre.

Los chupadores de sangre son como parásitos sobre una cerda. Se apelotonan allá donde las cerdas son escasas, y este lugar se convierte en parque y palacio. Se deleitan con las grietas, entre los dedos de las cerdas, en torno a las articulaciones y las ubres, o debajo del rabo. Allí se hacen fuertes y se imaginan que no podrán ser expulsafos por ningún poder del mundo. Pero no se dan cuenta de que un día llegará el carnicero con cuchillo y oscilante hoz. Recogerá paja seca y le pegará fuego para quemar las cerdas y abrazar a los parásitos. Tales parásitos aparecen al aparecer la cerda y desaparecen cuando la cerda es sacrificada.

Los operadores son hombres como Shun.

La carne de carnero no se siente atraída por las hormigas, pero las hormigas se sienten atraídas por la carne del carnero porque es maloliente y rancia. Así, Shun era un operador vigoroso y con éxito, y a la gente le gustaba por eso. Tres veces se desplazó de ciudad en ciudad, y cada vez su nueva casa se convertía en capital. Finalmente se mudó a la selva, y hubo cien mil familias que se mudaron con él para colonizar el lugar.

Finalmente, Yao propuso la idea de que Shun

debería irse al desierto a ver qué partido podía sacar de aquello. Aunque por aquel entonces Shun era ya un hombre viejo y su mente se iba debilitando, no podía negarse. No fue capaz de retirarse. Había olvidado cómo detener su carro. Era un operador, ¡y nada más!

El hombre de espíritu, por otra parte, detesta ver que la gente se reúne a su alrededor. Evita a la multitud. Porque allí donde hay muchos hombres, existen también muchas opiniones pocos acuerdos. No se puede ganar nada de un montón de medio idiotas que están condenados a acabar peleando el uno contra el otro.

El hombre de espíritu ni es muy íntimo de nadie ni demasiado distante. Se mantiene interiormente consciente, y conserva su equilibrio de tal forma que no está en conflicto con nadie. ¡Éste es tu hombre verdadero! Él deja que las hormigas sean listas. Él dea que el carnero apeste de actividad. Por su parte, imita al pez que nada indiferente, rodeado de un elemento amigo y ocupándose de sus asuntos.

El hombres de verdad ve lo que ve el ojo y no le añade nada que no esté ahí. Oye lo que oyen sus oídos y no detecta sobretonos imaginarios. Comprende las cosas en su interpretación obvia y no se ocupa de ocultos significados y misterios. Su camino es, por tanto, una línea recta. Y, no obstante, está capacitado para cambiar de dirección en cuanto las circunstancias así lo aconsejen.


Tao

Los gallos cantan.

Los perros ladran.

Esto lo saben todos los hombres.

Pero ni siquiera los más sabios

pueden explicar

de dónde provienen estas voces,

o explicar

por qué los perros ladran y los gallos cantan

cuando lo hacen.

Más allá de lo más pequeño entre lo pequeño,

no existe la medida.

Más allá de lo más grande entre lo grande,

tampoco hay medida.

Donde no hay medida,

no hay “cosas”

En este vacío,

¿hablas de “causa”

o de “azar”?

Hablas de “cosas”

donde hay “no-cosas”,

Dar un nombre

es delimitar una “cosa”.

Cuando miro más allá del principio,

no encuentro medida.

Cuando miro más allá del final,

tampoco encuentro medida.

Allá donde no hay medida,

no hay comienzo de ninguna “cosa”,

¿Hablas de “causa” o de “azar”?

Hablas de comienzo de alguna cosa.

¿Existe el Tao?

Es entonces “algo que existe”.

¿Puede “no-existir”?

¿Existe entonces “algo que existe”

que “no puede no-existir?

Nombrar al Tao

es nombrar una no-cosa.

Tao no es el nombre

de “un existente”.

“Causa” y “azar”

no tienen relación alguna con el Tao.

Tao es un nombre

que indica

sin definir.

Tao está más allá de las palabras

y más allá de las cosas.

No viene expresado

ni en palabras ni en silencios,

donde ya no existen palabras o silencio,

se aprehende el Tao.


Lo inútil

Hui Tzu dijo a Chuang Tzu:

“Todas tus enseñanzas están centradas en lo

que no tiene utilidad.”

Chuang replicó:

“Si no aprecias aquello que no tiene utilidad,

no puedes ni empezar a hablar acerca de

aquello que la tene.

La tierra, por ejemplo, es amplia y vasta, pero

de toda esta extensión el hombre no utiliza

más que las pocas pulgadas

sobre las que en un momento dado está.

Ahora, supónte que súbitamente haces

desaparecer

todo aquello que no está de hecho utilizado

de modo que, en torno a sus pies, se abre

un abismo, y queda en medio del Vacío,

con nada sólido en ninguna parte, excepto

justo debajo de cada pie…

¿durante cuánto tiempo podrá usar lo que esté

utilizando?

Hui Tzu dijo: “Dejaría de servir para nada.”

Chuang Tzu concluyó:

“Esto demuestra

la necesidad absoluta

de lo que “no tiene utilidad”.


Medios y fines

El portero de la capital de Sung se convirtió en un plañidero tan experto tras la muerte de su padre, y se consumió hasta tal punto con ayuno y austeridades, que fue promovido a un alto rango para que sirviera de modelo para la observación de los rituales.

Como resultado de esto, sus imitadores se mortificaron hasta tal punto que la mitad de ellos murió. Los restantes no fueron ascendidos.

El propósito de una trampa para peces es cazar peces y, cuando éstos han sido capturados, la trampa ha sido olvidada.

El propósito de un cepo para conejos es cazar conejos. Una vez capturados éstos, el cepo cae en el olvido.

El propósito de las palabras es transmitir ideas. Una vez captada la idea, las palabras quedan olvidadas.

¿Dónde podría yo encontrar a un hombre que haya olvidado las palabras? Es con él con quien me gustaría hablar.


Huida de la sombra

Había un hombre que se alteraba tanto al ver a su propia sombra y se disgustaba tanto con sus propios pasos, que tomó la determinación de librarse de ambos. El método que se le ocurrió fue huir deellos.

Así que se levantó y echó a correr. Pero cada vez que bajaba el pie había otro paso, mientras que su sombra se mantenía a su altura sin dificultad alguna.

Atribuyó su fracaso al hecho de que no estaba corriendo con la suficiente rapidez. De modo que empezó a correr más y más rápido, sin detenerse, hasta que finalmente cató muerto.

No se dio cuenta de que, si simplemente se hubiera puesto a la sombra, su sombra se habría desvanecido, y si se hubiera sentado y quedado quieto, no habría habido más pisadas.


El funeral de Chuang Tzu

Cuando Chuang Tzu estaba al borde de la muerte, sus discípulos empezaron a planear un espléndido funeral.

Pero él dijo: “Tendré como ataúd el Cielo y la Tierra; el Sol y la Luna serán los símbolos de jade que pendan junto a mí; los planetas y las constelaciones brillarán como joyas a mi alrededor, y todos los seres estarán presentes como comitiva fúnebre en mi velatorio. ¿Qué más me hace falta? ¡Todo está suficientemente dispuesto!”

Pero ellos dijeron: “Tememos que los cuervos y milanos devoren a nuestro Maestro.”

“Bien”, dijo Chuang Tzu, “sobre la tierra seré devorado por cuervos y milanos; debajo de ella, por hormigas y gusanos. En cualquier caso, seré devorado. ¿Por qué tanta parcialidad contra las aves?”


Un estudio de Chuang Tzu

El período clásico de la filosofía china abarca alrededor de trescientos años, del 550 al 250 a.C. Chuang Tzu, el más grande de los escritores taoístas cuya existencia puede ser verificada (no podemos asegurar la de Lao Tzu), floreció hacia finales de este período y, de hecho, el último capítulo del libro de Chuang Tzu (cap. 33) es una ingeniosa e informativa historia de la filosofía china hasta su época; el primer documento de este tipo, al menos en el Oriente.

El humor, la sofisticación, el genio literario y la visión filosófica de Chuang Tzu resultan evidentes para cualquiera que eche un vistazo a su trabajo. Pero antes de que podamos empezar a comprender incluso superficialmente su sutileza, debemos situarlo en su contexto histórico y cultural. Es decir, uno debe verlo contra el trasfondo del confucianismo, al que no dudó en ridiculizar, junto con otras tranquilas y aceptadas escuelas de pensamiento chinas, desde la de Mo Ti hasta la de su coetáneo, amigo y constante rival, el lógico Hui Tzu. Uno debe también observarlo en relación con lo que siguió, ya que sería un gran error confundir el taoísmo de Chuang Tzu con la amalgama popular y degradada de superstición, alquimia, magia y cultura de la salud, en la que posteriormente se convirtió el taoísmo.

Los verdaderos herederos del pensamiento y el espíritu de Chuang Tzu son los budistas zen chinos del período Tiang (siglos X al XII a. C.). Pero Chuang Tzu siguió ejerciendo influencia sobre todo el pensamiento culto chino, dado que nunca dejó de ser reconocido como uno de los grandes escritores y pensadores del período clásico. El sutil, sofisticado y místico taoísmo de Chuang Tzu y Lao Tzu ha dejado una marca permanente en toda la cultura china y en el propio carácter chino. Nunca han faltado autoridades, como Daisetz T. Suzuki, el académico zen, japonés, que declararan que Chuang Tzu es el más grande de los filósofos chinos. No hay dudad de que el tipo de pensamieto y cultura representado por Chuang Tzu fue lo que transformó el budismo indio, altamente especulativo, en el tipo budismo lleno de humor, iconoclasta y totalmente práctico que florecería en China y en Japón en las diversas escuelas de zen. El zen ilumina a Chuang Tzu y Chuang Tzu ilumina el zen.

No obstante, mantengámonos en guardia. Esta referencia al zen, que surge naturalmente en un momento en que el zen sigue siendo popular en el mundo occidenta, puede ser una pista, pero puede también ser un cliché que induzca a la confusión. Existen bastantes lectores occidentales que han oído hablar del zen de una forma o de otra e, incluso, que lo han saboreado con la punta de la lengua. Pero saborear es una cosa y tragar otra, en especial cuando, al no haber hecho más que probar, uno procede a identificar aquello que se ha probado con una cosa distinta a la que se parece.

La moda zen, en ciertos círculos occidentales, encaja en el esquema un tanto confuso de la revolución y renovación espiritual. Representa una cierta y comprendible insatisfacción con los esquemas espirituales convencionales y con el formalismo ético y religioso. Es un síntoma de la desesperada necesidad del hombre occidental de recobrar la espontaneidad y la profundidad en un mundo cuya capacidad tecnológica lo ha convertido en rígido, artificial y espiritualmente vacío. Pero en su asociación con la necesidad de recuperar una auténtica experiencia sensorial, el zen occidental ha quedado identificado con un espíritu de improvisación y experimentación, con una especie de anarquía moral que olvida cuánta y cuán dura es la disciplina y cuán severas son las costumbres más tradicionales que son presupuestas por el zen de China y en el Japón. Lo mismo ocurre con Chuang Tzu. Fácilmente se podría interpretar hoy en día como el predicador de un evangelio de licencia y descontrol. El propio Chuang Tzu sería el primero en afirmar que no se puede decir a la gente que haga lo que quiera, ¡cuando de entrada ni siquiera sabe lo que quiere! Además, también debemos darnos cuenta de que, si bien existe cierta cualidad escéptica y pedestre en la crítica de Chuang Tzu al confucianismo, la filosofía de Chuang es esencialmente religiosa y mística. Pertenece al contexto de una sociedad el la que todos los aspectos de la vida eran vistos en relación con lo sagrado.

No hay gran peligro de confundir a Chuang Tzu don Confucio o Mencio pero, tal vez, hay más dificultad en distinguirlo, a primera vista, de los sofistas y hedonistas de su propio tiempo. Por ejemplo, Yang Chu se asemeja a Chuang Tzu en su alabanza de la reclusión y su desprecio por la política. Él se basa en una filosofía de la evasión, de que, cuanto más grande más valioso sea el árbol, tanto más probable es que caiga víctima del huracán o del hacha del leñador.

Evitar la responsabilidad política era, por tanto, esencial para la idea de Yang de la felicidad personal, y llevó esto a tal extremo que Mencio dijo de él: “Aunque pudiera haber beneficiada al mundo entero tan sólo con arrancarse un cabello, no lo hubiera hecho.” No obstante, incluso en el hedonismo de Yang Chu podemos encontrar elementos que nos recuerdan nuestra preocupación actual por nuestra propia persona; por ejemplo, la idea de que la vida y la integridad de la persona tienen siempre mayor valor que cualquier objeto o función a la que la persona pueda verse llamada a ejercer, bajo el riesgo de la alienación. Pero un personalismo que no tiene nada que ofrecer más que evasión no será, en absoluto, un personalismo genuino, dado que destruye las relaciones, sin las cuales la persona no puede realmente desarrollarse. Después de todo, la idea de que uno pueda cultivar seriamente su libertad personal simplemente por el procedimiento de prescindir de sus inhibiciones y obligaciones, para vivir en una espontaneidad centrada en sí misma, tiene como resultado la descomposición total del verdadero yo y de su capacidad de ser libre. El personalismo y el individualismo no deben ser confundidos. El personalismo da prioridad a la persona y no al ser individual. Dar prioridad a la persona significa respetar el valor único e inalienable de la otra persona, al igual que el propio, ya que el respeto que se centra tan sólo en uno mismo, excluyendo a los demás, resulta fraudulento.

La filosofía Ju, clásica de Confucio y sus seguidores, puede ser calificada de personalismo tradicional, basado en las relaciones sociales básicas y en las obligacones esenciales para una vida humanitaria que, cuando se cumplen correctamente, desarrollan los potenciales humanos de cada persona en su relación con los demás. Al cumplir las exigencias de la naturaleza, según vienen manifestadas por la tradición, que son esencialmente las exigencias del amor, el hombre desarrolla su propio potencial interno para el amor, la comprensión, la reverencia y la sabiduría. Se convierte en un “hombre superior” u “hombre de mente noble”, en perfecta armonía con el Cielo, la Tierra, su soberano, sus padres e hijos, y sus compañeros humanos, por medio de su desobediencia al Tao.

El carácter del “hombre superior” u “hombre de mente noble”, según la filosofía Ju, se construye en torno a un mandala* de cuatro vertientes de virtudes básicas. La primera de éstas es el amor compasivo y devoto, repleto de profunda empatía y sinceridad, que capacita a la persona a identificarse con los problemas y las alegrías de los demás, como si fueran los propios. Esta compasión es llamada Jen y se traduce a veces como “humanidad de corazón”. La segunda de las virtudes básicas es ese sentido de la justicia, la responsabilidad, el deber y las obligaciones para con los demás, llamado Yi. Debemos observar que la filosofía Ju insiste en que tanto Jen como Yi son totalmente desinteresadas. La marca del “hombre de mente noble” es que no hace las cosas simplemente porque le resulten agradables o rentables, sino porque fluyen como un imperativo moral incondicional. Son cosas que considera correctas y buenas por sí mismas. Por tanto, todo aquel que se vea movido por una ganancia, aunque sea para bien de la sociedad a la que pertenecem no es capaz de vivir una vida genuinamente moral. Incluso, aunque sus actos no entren en conflicto con la ley moral, seguirán siendo inmorales, por estar motivados por el deseo de ganancia y no por el amor a hacer el bien.

Las otras dos virtudes básicas de Ju son necesarias para completar esta imagen de plenitud y humanidad. Li es algo más que una corrección exterior y ritual, es la habilidad de utilizar formas rituales para dar una expresión externa total de la obligaciones y el amor por el que uno se siente ligado a los demás. Li es la puesta en escena de la veneración y el amor sentidos no sólo hacia los padres, el soberano, el pueblo de uno, sino también hacia el “Cielo-y-la-Tierra”. Es una contemplación litúrgica de la estructura religiosa y metafísica de la persona, la familia, la sociedad y el propio cosmos. Los litúrgicos chinos antiguos “hacían observaciones de todos los movimientos bajo el cielo, dirigiendo su atención a las interpretaciones que en ellos tienen lugar, y esto, con el propósito de poner en práctica rituales correctos”.[vii]

El ser individual de uno debe perderse en la “disposición ritual”, de la cual se emerge como yn “yo litúrgico” más elevado, animado de la compasión y el respeto que tradicionalmente han informado las más profundas respuestas de la propia familia y pueblo en la presencia del “Cielo”, Tien. Por medio de Li, uno aprende a adoptar el propio papel en el cosmos y en la historia, con agradecimiento.

Finalmente, está la “sabiduría”, Chih, que abarca todas las demás virtudes en una comprensión madura y religiosa que las orienta a su realización en la vida. Esta perfecta comprensión del “camino del Cielo” capacita finalmente al hombre maduro y de gran experiencia para seguir todos los deseos interiores de su corazón, sin desobedecer al Cielo. Es el “¡Ama y haz lo que desees!” de San Agustín, pero Confucio no afirmó haber llegado a este punto hasta los setenta años de edad. En cualquier caso, el hombre que ha llegado a Chih, la sabiduría, ha asumido una obediencia interna espontánea al Cielo y no se ve ya gobernado meramente por parámetros externos. Pero sigue siendo absolutamente necesaria una larga y ardua disciplina previa con parámetros exteriores. Estos ideales, sensatos y humanitarios, admirables por sí mismos, fueron implementados socialmente por una estructura de deberes, ritos y observancias, que a nosotros nos parecería extraordinariamente compleja y artificial. Y cuando vemos a Chuang Tzu burlarse de la práctica confuciana de Li (por ejemplo, los ritos del luto), no debemos interpretarlo a la luz de nuestras costumbres extremadamente casuales, vacías de sentimiento simbólico e insensibles a la persuasión de la ceremonia.

Debemos recordar que nosotros mismos vivimos en una sociedad que es casi inimaginablemente distinta del Reino medio del 300 a.C. Tal vez pudiéramos hallar analogías con nuestra propia forma de vida en la Roma imperial, si no en Cartago, Nínive o Babilonia. Aunque la China del siglo IV no carecía de barbaridades, probablemente fuera más refinada, más compleja y más humanitaria que estas ciudades que el Apocalipsis de Juan retrataba como típicas de la brutalidad, la codicia y el poder mundanos. El clima de pensamiento chino se vio, desde luego, afectado por el hecho de que el ideal Ju fue tomado en serio y estava ya en cierta medida incorporado, por medio de la educación y la liturgia, a la estructura de la sociedad china. (No obstante, no debemos imaginarnos anacrónicamentte que en tiempos de Chuang Tzu la clase gobernante era educada sistemáticamente y en masa con arreglo a los principios confucianos, como ocurrió más adelante.)

Si Chuang Tzu reaccionó contra la doctrina Ju, no fue en nombre de algo inferior - la espontaneidad animal del individuo que no quiere verse atosigado por un montón de pesados deberes-, sino en nombre de algo muy superior. Éste es el hecho más importante para recordar cuando los occidentales nos enfrentamos al aparente antinomismo* de Chuang Tzu o de los maestros zen.

Chuang Tzu no exigís menos que el Jen y el Yi, sino más. Su queja fundamental contra el Ju era que se quedaba corto. Producía oficiales virtuosos y de buen comportamiento; por cierto, hombres cultivados. Pero los limitaba y aprisionaba en el seno de normas externas fijas y, en consecuencia, hacía imposible que actuaran libremente y de manera creativa en respuesta a las siempre cambiantes exigencias de situaciones imprevistas.

La filosofía Ju apelaba también al Tao, al igual que Chuang Tzu. De hecho, toda la filosofía y la cultura china tienden a ser “taoístas” en un sentido amplio, dado que la idea de Tao resulta, de una forma u otra, central dentro del pensamiento tradicional chino. Confucio podía hablar de “mi Tao”. Podía exigir que el discípulo “pusiera su corazón en el Tao”. Podía declarar que “si un hombre oye el Tao por la mañana y muere al atardecer, su vida no ha sido desperdiciada”. Y podía añadir que, si un hombre llega a la edad de cuarenta y cincuenta años sin jamás “haber oído el Tao”, no “hay en él nada merecedor de respeto”. Pero Chuang Tzu creía que el Tao, en el que puso su corazón Confucio, no era el “Gran Tao”, que es indivisible e incomprensible. Era un reflejo menor del Tao, tal y como se manifiesta en la vida humana. Era la sabiduría tradicional transmitida por los antiguos, la guía para la vida práctica, el camino de la virtud.

En el primer capítulo del Tao Te Ching, Lao Tzu distinguía entre el Eterno Tao, “que no puede ser nombrado”, que es la innominada e incognoscible fuente de todo ser, y el Tao, “que puede ser nombrado”, que es la “madre de todas las cosas”. Confucio puede haber tenido acceso a los aspectos manifiestos del Tao “que puede ser nombrado”, pero la base de toda la crítica de Chuang Tzu a la filosofía Ju es que jamás se acerca siquiera al Tao “que no puede ser nombrado” y que, de hecho, ni siquiera lo toma en cuenta.

Hasta llegar a trabajos relativamente tardíos, como la Doctrina de lo Malvado, que están influenciados por el taoísmo, Confucio se negó a preocuparse de un Tao más elevado que el del hombre, precisamente porque era ” incognoscible” y estaba más allá del alcance del discurso racional. Chuang Tzu sostenía que sólo cuando uno estaba en contacto con el misterioso Tao que está mas allá de todas las cosas existentes, que no puede ser transmitido por medio de las palabras ni el silencio y que es aprehendido sólo en un estado que no es ni de palabras ni de silencio (XXV. II), podía uno comprender cómo vivir. Vivir meramente de acuerdo con el “Tao del hombre” era descarriarse.

El Tao de la filosofía Ju es, en palabras de Confucio, “enlazar en uno los deseos del yo y los deseos del otro” o el “Tao del hombre”, la manifestación en actos de un principio de amor y justicia. Es identificable con la Regla de Oro: tratar a los demás como uno desearía ser tratado. Pero no es el “Tao del Cielo”. De hecho, al desarrollarse el confucianismo, continuó dividiendo y subdividiendo la idea del Tao hasta que se convirtió en un simple término que indicaba un principio abstracto universal en el terreno de la ética. Así oímos hablar del “Tao de ser esposa” y el “Tao de ser ministro”.

No obstate, cuando el pensamiento confuciano quedó profundamente influenciado por el taoísmo, estos diversos Taos humanos podían ser y se convirtieron en dedos que senalaban al invisible y divino Tao. Esto queda claro, por ejemplo, en El Tao de la Pintura: “A lo largo del curso de la pintura china, el propósito común ha sido el reafirmar el Tao tradicional (humano) y transmitir las ideas, principios y métodos que han sido probados y desarrollados por los maestros de cada período, como medio de expresar la armonía del Tao.”[viii]

Chuang Tzu observó secamente que la persecución del Tao ético se hacía ilusoria si uno buscaba para los demás lo que era bueno para uno mismo, sin saber realmente lo que es bueno para uno mismo. Aborda esta cuestión de lo que es bueno en la meditación que yo he llamado “El gozo perfecto”. En primer lugar, niega que la felicidad pueda ser alcanzada por el hedonismo o el utilitarismo (el “motivo de ganancia” de Mo Ti). La vida de riquezas, ambición, placer, es en realidad una servidumbre intolerable, en la cual uno “vive para aquello que siempre está fuera de su alcance”, sediento “de la supervivencia en el futuro” e “incapaz de vivir en el presente”.

El filósofo Ju no hallaría dificultad alguna para estar de acuerdo con que el motivo de lucro o placer es indigno de un hombre verdadero. Pero entonces Chuang Tzu se vuelve inmediatamente contra el Ju y critica al heroico y sacrificado funcionario civil, el “hombre superior” virtuoso, formado en la escuela de Confucio. Su análisis de la ambigüedad de una vida así tal vez puedan parecer sutiles para nosotros, viviendo, como vivimos, en un clima moral diferente. La preocupación de Chuang Tzu por el problema de que la misma bondad de lo bueno y la nobleza de los grandes pueda contener la semilla de la ruina, es análoga a la preocupación que Esquilo o Sófocles sintieron algo anteriormente en Occidente. Chuang Tzu llega a una conclusión diferente, en la cual hay menos misterio religioso.

Simplificándolo, el héroe de la virtud y el deber acaba aterrizando finalmente en las mismas ambigüedades que el hedonista o el utilitarista. ¿Por qué? Porque pretende alcanzar “lo bueno” como objeto. Se compromete en una campaña consciente y deliberada a “cumplir con su deber”, en la creencia de que esto es correcto y, por tanto, produce la felicidad. Ve “la felicidad” y “lo bueno” como “algo por alcanzar” y, por tanto, los ubica al exterior de sí mismo, dentro de un mundo de objetos. Al Hacer esto, queda implicado en una división de la que no hay escapatoria posible: entre el presente, en el que no está aún en posesión de lo que busca y el bien y el mal, la ausencia de lo que busca y el bien que espera hacer aparecer, por medio de sus esfuerzos por eliminar los males; entre su propia idea del bien y el mal y la idea contraria, sostenida por alguna otra escuela filosófica. Y así en adelante.

Chuang Tzu no se deja arrastrar a esta división, “tomando partido”. Por el contrario, siente que el problema no radica solamente en los medios que el filósofo Ju elige para alcanzar sus fines, sino en los fines en sí. Cree que la totalidad del concepto de “felicidad” e “infelicidad” es ambigua desde un principio, dado que está situada en el mundo de los objetos. Esto es igualmente cierto de otros conceptos más refinados, como virtud, justicia y otros semejantes. De hecho, se aplica particularmente al “bien y el mal” o a lo “bueno y lo malo”. Desde el momento en que sean tratados como “objetos por alcanzar”, estos valores llevan al autoengaño y la alienación. Por tanto, Chuang Tzu está de acuerdo con la paradoja de Lao Tzu: “Cuando todo el mundo reconoce el bien como tal, se transforma en mal”, porque se transforma en algo que uno no tiene y que debe perseguir constantemente hasta que, en efecto, se convierte en inalcanzable.

Cuanto más busca uno “el bien fuera de uno mismo” como algo por adquirir, más se enfrenta con la necesidad de discutir, estudiar, analizar, comprender la naturaleza de lo bueno. Por tanto, tanto más envuelto se ve en abstracciones y en la confusión de opiniones. Cuánto más se analice objetivamente “lo bueno”, tanto más se lo trata como algo para alcanzar por medio de técnicas virtuosas especiales, tanto menos real se vuelve. Al volverse menos real, se aleja aún más en las distancias de la abstracción, el futuro, la inalcanzabilidad. Por consiguiente, tanto más se concentra uno en los medios para alcanzarlo. Y al irse convirtiendo el fin en algo cada vez más remoto y difícil, los medios se hacen cada vez más elaborados y complejos, hasta que, finalmente, el mero estudio de los medios se convierte en algo tan arduo que uno debe concentrar todo su esfuerzo en él y, así, el fin queda olvidado. Por esto, la nobleza del estudioso Ju se convierte, en realidad, en una devoción a la inutilidad sistemática de poner en práctica unos medios que no llevan a ninguna parte. Esto no es, de hecho, más que una desesperación organizada: el “bien” pridicado y expuesto por el moralista se transforma así, finalmente, en un mal, y tanto más en cuanto lo distrae a uno del verdadero bien que uno ya poseey que ahora uno desprecia o ignora.

El camino del Tao es comenzar con el simple bien del que uno está dotado por el mero hecho de su existencia. En lugar de un cultivo consciente de este bien (que se desvanece cuando lo miramos y se hace intangible cuando intentamos agarrarlo), crecemos tranquilamente en la humildad de una vida simple y ordinaria; y este modo de vida es análogo (al menos psicológicamente) a la “vida en la fe” de los cristianos. Es más una cuestión de creer el bien que de verlo como fruto del propio esfuerzo.

El secreto del camino propuesto por Chuang Tzu no es, por tanto, la acumulación de virtudes y méritos que enseña el Ju, sino wu wei, el no-hacer, o la no-acción, que no está pendiente de resultados y no se preocupa de planes trazados conscientemente o de empresas deliberadamente organizadas: “Mi mayor felicidad consiste precisamente en no hacer nada calculado para obtener la felicidad…El gozo perfecto es carecer de él…Si preguntáis ‘qué hacerq y “qué no hacerq sobre la Tierra para producir felicidad, contesto que estas cuestiones no tienen una respuesta” (fija y predeterminada) para ajustarse a cada caso. Si uno está en armonía con el Tao -el Tao cósmico, el Gran Tao-, la respuesta quedará clara cuando llegue el momento de actuar, dado que entonces uno actuará con arreglo al modo divino y espontáneo de wu wei, que es el modo de acción del propio Tao y es, por tanto, la fuente de todo bien.

El otro camino, el camino de la lucha consciente, aunque pueda afirmarse que es un camino de virtud, es fundamentalmete un camino de autoengrandecimiento y, por consiguiente, entrará necesariamente en conflicto con el Tao. Por tanto, es autodestructivo, dado que “aquello que está contra el Tao dejará de ser”.[ix] Esto explica por qué el Tao Te Ching, criticando la filosofía Ju, dice que la mayor de las virtudes es no-virtuosa y “por tanto, posee virtud”. Pero “la baja virtud nunca se libra de la virtuosidad; por tanto, carece de virtud”.[x] Chuang Tzu no está en contra de la virtud (¿por qué habría de estarlo?), pero ve que la simple virtuosidad carece de significado y de efectos profundos, tanto en la vida del individuo como en la sociedad.

Una vez que esto queda claro, uno puede plantear una analogía razonable entre Chuang Tzu y San Pablo. Pero sus enseñanzas acerca de la libertad espiritual del wu wei y la relación entre la virtud y el Tao que nos inunda interiormente son análogas a las enseñanzas de Pablo sobre la fe y la gracia, contrastadas con las “obras de la antigua Ley”. La relación del libro de Chuang Tzu con los Anales de Confucio no es disimilar a la existente entre las Epístolas a los gálatas y romanos con respecto a la Torah.

Para Chuang Tzu, el hombre realmente grande no es, por tanto, el hombre que por medio de toda una vida de estudio y práctica ha acumulado un gran tesoro de virtud y mérito, sino el hombre en el que “Tao actúa sin impedimento”, el “hombre de Tao”. Varios de los textos de este libro nos describen al “hombre de Tao”. Otros nos dicen lo que no es. Uno de los más instructivos, en este aspecto, es la larga y deliciosa historia del discípulo angustiada y perfeccionista de Keng San Chu, al que mandan a Lao Tzu a aprender los “elementos”. Le es dicho que “si persistes en intentar alcanzar lo que jamás se alcanza…en razonar aquello que no puede ser comprendido, serás destruído”. Por otra parte, si consigues tan sólo “saber cuándo detenerse”, quedar satisfecho con esperar, escuchar y abandonar sus futiles intentonas, “esto fundirá el hielo”. Entonces empezará a crecer sin observar cómo crece y sin apetito alguno por la autosuperación.

Chuang Tzu, rodeado de ambiciosos y supuestos “hombres prácticos”, reflexionaba que estos “operadores” conocían el valor de lo “útil”, pero no el mayor valor de lo “inútil”. Como lo plantea John Wu:

“Para Chuang Tzu, el mundo debe haber semejado una terrible tragedia escrita por un gran comediógrafo. Vio a políticos conspiradores caer en las fosas que ellos mismos habían cavado para otros. Estados depredadores devorar a los más débiles, sólo para ser devorados a su vez por Estados aún más fuertes. Así, la tan cacareada utilidad de los talentos útiles demostró ser no sólo inútil, sino autodestructiva.”[xi]

El “hombre de Tao” preferirá la oscuridad y la soledad. No buscará cargos públicos, aunque pueda reconocer que el Tao que “forma interiormente al sabio forma exteriormente al rey”. En “La tortuga”, Chuang Tzu responde con una escueta y definitiva negativa a aquellos que vienen a tentarlo para que abandone la pesca en el río ofreciéndole un trabajo en la capital. Su respuesta es aún más brusca cuando su amigo Hui Tzu sospecha que el intrigaba para suplantarlo en su puesto oficial. (Véase “El búho y el fenix”).

Por otra parte, Chuang Tzu no es meramente un ermitaño profesional. El “hombre de Tao” no comete el error de abandonar la virtud consciente para sumergirse en unos recuerdos contemplativos aún más conscientes. No se puede calificar a Chuang Tzu de “contemplativo” en el sentido de aquel que adopta un programa sistémico de autopurificación espiritual para alcanzar ciertas experiencias interiores, ni siquiera de “cultivar la vida interior”. Chuang Tzu condenaría esto tan rotundamente como el “cultivo” de cualquier otra cosa sobre una base artificial. Todo aquel “autocultivo” sistemático o reflexivo, ya sea activo o contemplativo, personalista o políticamente comprometido, lo arranca a uno del misterioso pero indispensable contacto con el Tao, la “Madre” oculta de toda vida y verdad. Una de las cosas que hacen que el joven discípulo de Keng Sang Chu se vea tan totalmete frustrado es precisamente que se encierra en una celda y trata de cultivar cualidades que cree deseables y de desprenderse de otras que le desagradan.

Una vida contemplativa e interior que simplemente hiciera al sujeto más consciente de sí mismo y le permitiera obsesionarse con su propios esfuerzos imponer su idea del bien sobre aquellos que pudieran oponerse a ella, y que, por tanto, ante sus ojos, se convierten en “enemigos del bien”. La verdadera tranquilidad buscada por el “hombre de Tao” es Ying Ning, tranquilidad en la acción de la no-acción; en otras palabras, una tranquilidad que trasciende la división entre la actividad y la contemplación entrando en unión con el innominado e invisible Tao.

Chuang Tzu insiste por doquiera en que esto significa el abandono de “la necesidad de ganar” (véase “El gallo de pelea”). En “La montaña de los monos”, muestra el peligro de ser listo y virtuoso, y repite uno de sus temas familiares, que podríamos resumir de la siguiente manera: nadie está tan equivocado como el hombre que conoce todas las respuestas. Al igual que Lao Tzu, el Maestro Chuang predica una humildad esencial: no la humildad de la virtud y la humillación consciente, que al fin nunca queda totalmente libre de untuosidad de Uriah Heep,* sino la básica, podríamos decir, “ontológica” o “cósmica” del hombre que es totalmente consciente de su propia insignificancia y se olvida por completo de sí mismo, “como el tocón seco de un árbol…como cenizas muertas”.

Uno puede llamar “cósmica” a esta humildad, no sólo porque está enraizada en la verdadera naturaleza de las cosas, sino también porque está repleta de vida y concienca, respondiendo con vitalidad sin límites y con alegría de todos los seres vivos. Se manifiesta de continuo por medio de una simplicidad franciscana y connaturalmente con todas las criaturas vivientes. La mitad de los “personajes” que aparecen ante nosotros para explicarnos el pensamiento de Chuang Tzu son animales (aves, peces, ranas, etc.) El taoísmo de Chuang Tzu es nostálgico del clima primordial del paraíso en el que no había diferenciación, en el que el hombre era absolutamente simple, incosciente de sí mismo, viviendo en paz consigo mismo, con el Tao y con todas las demás criaturas. Pero para Chuang este paraíso no es algo irrevocablemente perdido por el pecado y que no pueda ser recuperado de no ser por medio de la redención. Es aún nuestro, pero no lo sabemos, dado que el efecto de la vida en sociedad es complicar y confundir nuestra existencia haciéndonos olvidar quiénes somos realmente mediante la obsesión con lo que no somos. Es esta conciencia de nosotros mismos, que intentamos incrementar y perfeccionar por todos los medios y prácticas, lo que es realmente un olvido de nuestras verdaderas raíces en el “desconocido Tao” y nuestra solidaridad en el “bloque sin tallar” en el que no hay aún distinciones.

La paradójica enseñanza de Chuang Tzu de que “nunca se encuentra la felididad hasta que no se deja de buscarla” no debe, por tanto, ser malinterpretada. Él no está predicando el retiro de una existencia humana plena y activa a un estado de inercia y quietismo. De hecho, lo que está diciendo es que la felicidad puede ser hallada, pero sólo por medio de la no-búsqueda y la no-acción. Puede ser hallada, pero no como resultado de un programa o un sistema. Un programa o un sistema tiene esta desventaja: tende a situar la felicidad solamente en un tipo de acción y a buscarla allí tan sólo. Pero la felicidad y la libertad que Chuang Tzu veía en el Tao se encuentran en todas partes (ya que el Tao está en todas partes) y hasta que uno consigue aprender a actuar con tal libertad de preocupaciones que toda acción es “gozo perfecto porque no hay gozo”, no puede ser verdaderamente feliz en nada. Como lo resume Fung Yi Lan en su Spitit of Chinese Philosophy (página 77), el sabio “acompañará todo y dará la bienvenida a cualquier cosa, ya que todo está en proceso de ser construido y en proceso de ser destruido. De aquí que no pueda obtener más que gozo en libertad, y su gozo es incondicional”.

El verdadero carácter de wu wei no es la mera inactividad, sino la actividad perfecta, porque es un acto sin actividad. En otras palabras, en una acción que no se lleva a cabo independientemente del Cielo y la Tierra y en conflicto con la dinámica de la totalidad, sino en perfecta armonía con la totalidad. No es simplemente pasividad, sino una acción que parece carente de esfuerzo y espontánea porque está realizada “correctamente”, en perfecto acuerdo con nuestra naturaleza y nuestro puesto en el esquema de las cosas. Es completamente libre porque no existe en ella fuerza ni violencia. No está “condicionada” o “limitada” por nuestras propias necesidades y deseos individuales, ni siquiera por nuestras propias teorías e ideas.

Es precisamente este carácter incondicional de wu wei lo que diferencia a

Chuang Tzu de otros grandes filósofos que construyeron sistemas por los cuales sus necesidades se veían necesariamente condicionadas. La teoría abstracta del “amor universal” predicada por Mo Ti fue astutamente vista por Chuang Tzu como falsa, precisamente a causa de la inhumanidad de sus consecuencias. En Teoría, Mo Ti mantenía que todos los hombres deb+ian ser amados con igual amor, que el individuo debía hallar su mayor bien propio amando el bien común de todos, que el amor universal se veía recompensado por la tranquilidad, la paz y el buen orden de todo, y la felicidad del individuo. Pero este “amor universal” resulta que, al ser sometido a examen (como la mayor parte de los demás proyectos utópicos), exige tanto a la naturaleza humana que no puede ser realizado y, de hecho, incluso si pudiera ser llevado a cabo, lo que haría sería distorcionar y constreñir al hombre, arruinando finalmente tanto a éste como a su sociedad. No porque el amor no sea bueno y natural al hombre, sino porque un sistema construido sobre un principio teórico y abstracto de amor ignora ciertas realidades fundamentales y misteriosas, de las cuales no podemos ser totalmente conscientes, y el precio que hay que pagar por este olvido es que nuestro “amor” se convierta de hecho en odio.

Por tanto, la sociedad del “amor universal” planeada por Mo Ti era sórdida, triste y adusta, ya que toda espontaneidad era vista con sospecha. Las satisfacciones humanas y ordenadas de la vida confuciana, como la amistad, los rituales, la música, etc., quedaban todas proscriptas por Mo Yi. Es importante recordar que, en este caso, Chuang Tzu defiende la “música” y los “rituales” aunque en otros lugares se mofa del exagerado amor hacia ellos. De Mo Ti dijo: “No aceptaría, si por él fuera, cantos en vida, nada de condolencias en la muerte…Con todo, aunque los hombres cantan, condena el cantar. Aunque los hombres se conduelan, aún así él lo condena. ¿Está esto realmente de acuerdo con la naturaleza humana? Durante la vida, trabajo; en la muerte, picajosidad: ¡su camino es un camino de dureza de corazón!”[xii]

De un pasaje como éste podemos deducir

como éste podemos deducir que la ironía de Chuang Tzu acerca de los funerales pomposos o elaborados ha de ser vista bajo su propia luz. La divertida y por supuesto totalmente ficticia descripción del “Velatorio de Lao Tzu” le da a Chuang una oportunidad de criticar no los velatorios como tales, ni siquiera la piedad hacia el propio maestro, sino las excrecencias artificiales formadas por un culto al maestro como maestro. El “Tao del discipulado” es para Chuang Tzu un producto de la imaginación, y no puede en forma alguna sustituir al “Gran Tao”, en el cual todas las relaciones encuentran su propio orden y expresión.

Que Chuang Tzu fuera capaz de tomar un lado de una cuestión en un lugar, y el otro en distinto contexto, nos pone sobre aviso de que en realidad está más allá de meras disputas partidistas. Aunque es un crítico social, su crítica nunca es amarga o áspera. La ironía y la parábola son sus instrumentos principales, y la totalidad del clima de su trabajo es de tolerante imparcialidad, que evita pontificar y reconoce la inutilidad de dogmatizar acerca de ideas oscuras que ni siquiera los filósofos estaban preparados para comprender. Aunque no seguía a otros hombres en sus locuras, no los juzgaba severamente -sabía que él tenía sus propias locuras-, y tenía el buen sentido de aceptar el hecho y disfrutar de él. De hecho, vio que una de las principales características del sabio es que reconoce ser como los demás hombres. No se aparta de los demás no se sitúa por encima de ellos. Y aún así hay una diferencia; él difiere “en su corazón” de los hombres, dado que está centrado en el Tao y no en sí mismo. Pero “no sabe de qué forma es diferente”. Es también consciente de su relación con los demás, su unión con ellos, pero no “comprende” esto tampoco. Se limita a vivirlo.[xiii]

La clave del pensamiento de Chuang Tzu es la complementariedad de los opuestos, y esto sólo puede apreciarse cuando uno capta el “pivote” central del Tao, que pasa exactamente a través del “Sí” y el “No”, el “Yo” y el “No-Yo”. La vida es un contino desarrollo. Todos los seres están en estado de flujo. Chuang Tzu hubiera estado de acuerdo con Heráclito. Lo que es imposible hoy puede de repente ser posible mañana. Lo que es bueno y agradable hoy puede ser malo y odioso. Lo que parece correcto desde un punto de vista puede resultar, desde otro punto de vista, completamente equivocado.

¿Qué debe hacer entonces el hombre sabio? ¿Debe acaso permanecer indiferente y tratar el bien y el mal, lo bueno y lo injusto, como si todo fuera lo mismo? Chuang Tzu sería el primero en negar que son lo mismo. Pero, al hacerlo, se negaría a aferrarse a uno o al otro como a un absoluto. Cuando una visión limitada y condicionada del “bien” es erigida en absoluto, inmediatamente se convierte en un mal, porque excluye ciertos elementos complementarios, que son necesarios si ha de ser completamente correcta. Aferrarse a una visión parcial, una opinión limitada y condicionada, considerar esto como la respuesta definitiva a todas las cuestiones, es simplemente “oscurecer el Tao” y convertirse uno mismo en un terco equivocado.

Aquel que capta el pivote central del Tao es capaz de observar el “Si” y el “No”, perseguir sus cursos alternantes alrededor de la circunstancia. Mantiene su perspectiva y su claridad de juicio, de modo que sabe que “Sí” es “Sí” a la luz del “No” que se le opone. Comprende que la felicidad, cuando se la lleva a los extremos, se convierte en calamidad. Que la belleza, si se exagera, se transforma en fealdad. Las nubes se transforman el lluvia y el vapor axciende de nuevo para formar nubes. Insistir en que la nube jamás debería convertirse en lluvia es resistir la dinámica del Tao.

Estas ideas son aplicadas por Chuang Tzu al trabajo del artista y el artesano, al igual que al del profesor de filosofía. En “El tallador de madera” vemos que el artesano experto no se limita a proceder de acuerdo con ciertas reglas preestablecidas y parámetros externos. Hacerlo es, por supuesto, perfectamente correcto para el artesano mediocre, pero el trabajo artístico superior procede de un principio oculto y espiritual que, con el ayuno, el olvido de los resultados, el desapego y el abandono de toda esperanza de ganancia, descubre precisamente el árbol que está esperando para que se talle en él ese preciso trabajo. En un caso tal, el artista trabaja como pasivamente, y es el Tao el que trabaja en y a través de él. Éste es un tema favorito de Chuang Tzu y vemos que se repite a menudo. La “manera correcta” de hacer las cosas está más allá de la reflexión consciente, porque “cuando el zapato ajusta bien, el pie se olvida”.

En la enseñanza de la filosofía, Chuang Tzu no está a favor de poner zapatos apretados que hagan que el discípulo sea intensamentw consciente del hecho de que tene pies ¡porque lo atormentan! Precisamente por esa razón, Chuang critica no sólo a los confucianos que están demasiado apegados al método y el sistema, sino también a los taoístas que intentan impartir conocimiento del innominable Tao cuando no puede ser impartido, y cuando el oyente no está ni siquiera preparado para recibir los primeros elementos de instrucción acerca de él: “Sinfonía para un ave marina” ha de ser leída bajo este prisma. No se aplica simplemente a la agonía de la espontaneidad por una insistencia artificial en la filosofía Ju, sino también a un mal comprendido e inoportuno celo por la comunicación del Tao. De hecho, el Tao no puede ser comunicado. Pero se comunica él mismo a su manera. Cuando llega el momento adecuado, incluso alquien que parece incapaz de recibir instrucción de cualquier tipo será misteriosamente consciente del Tao.[xiv]

Mientras tanto, aunque estaba firmemente en desacuerdo con su amigo, el dialéctico Hui Tzu, y aunque sus discípulos, que no carecían de la “necesidad de ganar”, siempre representaban a Chuang como vencedor de Hui en sus debates, Chuang Tzu usó, de hecho, muchas de las ideas metafísicas de Hui Tzu. Se daba cuenta de que, por el principio de complementariedad, su propio pensamiento no era completo por sí mismo sin la “oposición” de Hui Tzu.

Uno de los más famosos “principios” de Chuang Tzu es el llamado “tres de la madrugada”, que parte de la historia de los monos, cuyo guardián pretendía darles tres medidas de castañas por la mañana y cuatro por la tarde, pero que, cuando estos protestaron, les dió cuatro por la mañana y tres por la tarde. ¿Qué significa esta historia? ¿Simplemente que los monos eran estúpidos y que el guardián se limitó a tomarles el pelo cínicamente? Todo lo contrario. La cuestión es más bien que el guardián se dió cuenta de que los monos tenían razones irracionales para desear cuatro medidas de nueces por la mañana y no insistió tozudamente en su idea original. Él no era totalmente indiferente al asunto; aun así, se dio cuenta de que una diferencia accidental no afectaba la base de sus disposiciones. Tampoco perdió el tiempo exigiendo que los monos intentaran ser “más razonables” al respecto cuando, ya de entrada, no se puede esperar que los monos sean razonables. Cuando más firmemente insistimos en que todos los demás sean “razonables”, nos volvemos nosotros mismos

irrazonables. Chuang Tzu, firmemente centrado en el Tao, podía ver estas cosas en perspectiva. Sus enseñanzas siguen el principio de “tres de la madrugada”, y está a gusto en dos niveles: el del divino e indivisible Tao, que no tiene nombre, y en el de la existencia sencilla, normal y cotidiana.


Glosario

Chih: Una de las cuatro virtudes básicas de Ju. Es la sabiduría.

Ju: La filosofía ética y académica de los confucianos.

Jen: Una de las cuatro virtudes básicas de la ética confuciana. Es la compasión que capacita para identificarse con las alegrías y los problemas de los demás.

Li: Otra de las cuatro virtudes básicas de Ju. Es la comprensión correcta y práctica de ritos y ceremonias.

Tao: El Camino, el Absoluto, el Principio Último.

Tien: El Cielo.

Wu Wei: No-Acción, vida no-volitiva, obedeciendo al Tao.

Yi: Una de las cuatro virtudes básicas de Ju. Es el sentido de la justicia, la responsabilidad, el deber y las obligaciones ante los demás.

Ying Ning: Tranquilidad en la acción de la no-acción, un concepto de Chuang Tzu.

Zen o Ch’an: Una escuela de budismo mahayana que practica la intuición directa del fundamento del ser.


Índice

El árbol inútil……………………………………………………………………………………………………………….. 5

Un vendedor de sombreros y un gobernante capaz……………………………………………………………. 6

El aliento de la Naturaleza ………………………………………………………………………………………………7

El gran conocimiento ……………………………………………………………………………………………………..8

El pivote…………………………………………………………………………………………………………………….. 10

Las tres de la madrugada………………………………………………………………………………………………. 11

Destazando un buey ………………………………………………………………………………………………………12

El hombre con un solo pie y el faisán del pantano……………………………………………………………..14

Ayuno del corazón…………………………………………………………………………………………………………15

Tres amigos…………………………………………………………………………………………………………………..17

El velatorio de Lao Tzu…………………………………………………………………………………………………. 18

Confucio y el loco………………………………………………………………………………………………………… 19

El hombre verdadero…………………………………………………………………………………………………….. 20

Metamorfosis………………………………………………………………………………………………………………. 22

El hombre nace en el Tao……………………………………………………………………………………………… 24

Dos reyes y Sin-Forma ………………………………………………………………………………………………….25

Violentando cajas fuertes ………………………………………………………………………………………………26

Dejar las cosas como están……………………………………………………………………………………………. 28

El hombre soberano……………………………………………………………………………………………………… 29

¡Qué profundo es el Tao!………………………………………………………………………………………………..30

La perla perdida ……………………………………………………………………………………………………………31

En mi fin está mi principio …………………………………………………………………………………………….32

Cuando la vida era plena, no había historia……………………………………………………………………… 33

Cuando un hombre feísimo…………………………………………………………………………………………….34

Los cincos enemigos……………………………………………………………………………………………………..35

La acción y la no-acción………………………………………………………………………………………………..36

El duque Hwan y el carretero ………………………………………………………………………………………..37

Inundaciones de otoño…………………………………………………………………………………………………. 39

Grande y pequeño……………………………………………………………………………………………………….. 41

El Hombre de Tao ……………………………………………………………………………………………………….44

La tortuga………………………………………………………………………………………………………………….. 45

El búho y el fénix……………………………………………………………………………………………………….. 46

La alegría de los peces………………………………………………………………………………………………… 47

El gozo perfecto ………………………………………………………………………………………………………….48

Sinfonía para un ave marina …………………………………………………………………………………………50

Plenitud ……………………………………………………………………………………………………………………..52

La necesidad de vencer……………………………………………………………………………………………….. 54

El cerdo para el sacrificio……………………………………………………………………………………………..55

El gallo de pelea………………………………………………………………………………………………………… 56

El tallador de madera…………………………………………………………………………………………………..57

Cuando el zapato se adapta…………………………………………………………………………………………..59

El bote vacío…………………………………………………………………………………………………………….. 60

La Huida de Lin Hui ………………………………………………………………………………………………….62

Cuando el Conocimiento fue al norte…………………………………………………………………………….63

La importancia de no tener dientes ……………………………………………………………………………….65

¿Dónde está el Tao?…………………………………………………………………………………………………… 66

La Luz de las Estrellas y el No-Ser ………………………………………………………………………………68

Keng San Chu ……………………………………………………………………………………………………………69

El discípulo de Keng………………………………………………………………………………………………….. 71

La torre del Espíritu…………………………………………………………………………………………………… 75

La ley interior…………………………………………………………………………………………………………….76

Disculpas…………………………………………………………………………………………………………………. 77

Aconsejando al Príncipe…………………………………………………………………………………………….. 78

Vida activa ………………………………………………………………………………………………………………..80

La montaña de los monos…………………………………………………………………………………………… 81

La buena suerte…………………………………………………………………………………………………………. 82

Huida de la benevolencia……………………………………………………………………………………………. 84

Tao …………………………………………………………………………………………………………………………..86

Lo inútil …………………………………………………………………………………………………………………….88

Medios y fines…………………………………………………………………………………………………………… 89

Huida de la sombra …………………………………………………………………………………………………….90

El funeral de Chuang Tzu ……………………………………………………………………………………………91

Un estudio de Chuang Tzu…………………………………………………………………………………………..92

Glosario…………………………………………………………………………………………………………………..100

Notas………………………………………………………………………………………………………………………103


Notas


* Antinomismo: doctrina en que predomina una desobediencia a la ley. (N. del E.)

* Uriah Heep: personaje de David Copperfield, de Charles Dickens, arquetipo de la mezquindad y el egoísmo.


[i] Enseñada por Hui Tzu. Pero véase también el Tao Te King.

[ii] Los “dos cursos” son, a un nivel, el camino superior del Tao, el camino “divino”, y en el otro, el camino humano ordinario manifestado en las simples condiciones de la vida cotidiana.

[iii] Tao Te King, cap. 56.

[iv] Idíd., cap. 2

[v] Idíd., cap. 56.

[vi] Esto ilustra la “vía intermedia” de Chuang Tzu, entre no tener cualidades evidentes y aun así no carecer de cualidades. La cuestión es tenerlas como si no se tuvieran, ser excelente con una excelencia que no sea propia, sino que pertenece al Tao. Así, uno no es admirado, ni incluso estrictamente “reconocido”, y aun así uno es una oscura fuerza en la sociedad.

[vii] De las ampliaciones del Yi ching, citado por Fung Yu Lang, The Spirit of Chinese Philosophy, p. 89.

[viii] Mai-Mai Sze, The Tao of Painting, vol. 1, p.4.

[ix] Tao Te King, cap. 30.

[x] Idíd., cap. 1-2.

[xi] John C. H. Wu, The Wisdow of Chuang Tzu: A New Appraisal, p. 8.

[xii] The Chuang Tzu Book, xxxiii. 2.

[xiii] Idíd., cap. 1-2.

[xiv] Véase “La importanica de no tener dientes” y “Cuando el conocimiento fue al norte”.