Posesión Historia real de un exorcismo THOMAS B. ALLEN


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THOMAS B. ALLEN

Posesión

Historia real de un exorcismo

Traducción de Carme Camps

grijalbo
grupo grijalbo-mondadori


Título original

POSSESSED

Traducido de la edición de Doubleday a División of Bantam Doubleday Dell Publishing Group, Inc., Nueva York, 1993

Diseño cubierta: Iborra & Asociados

© 1993, THOMAS B. ALLEN

© 1994, EDICIONES GRIJALBO, S. A.

Aragó, 385, Barcelona

Primera edición

ISBN: 84-253-2569-2

Depósito legal: B. 6. 379-1994

Impreso en Hurope, S. A., Recared, 2, Barcelona


A la memoria del padre William S. Bowdern, S. J.


AGRADECIMIENTOS

Deseo dar las gracias de manera especial al padre Walter Halloran, S. J., quien me proporcionó una ayuda extraordinaria en la investigación y redacción de este libro. También leyó el manuscrito, una experiencia desconcertante para mí puesto que era el primer escrito que sometía a un jesuita desde mi época de instituto. El hermano del padre Halloran, Jack, y su hermana Ann, monja de la comunidad dominica de Sinsinawa, me ofrecieron su amistad e información general.

La hermana Ann recordaba haber conocido a un sacerdote que trabajaba en una tesis acerca de la posesión. Esto me condujo hasta el padre John J. Nicola, cuya tesis sobre la posesión diabólica es una aportación única a un tema gravemente descuidado por los teólogos. El padre Nicola me proporcionó una gran ayuda y consejo. Estoy en deuda con él en especial por sus respuestas perspicaces a mis muchas preguntas referentes a su especialidad.

Realicé gran parte de mi investigación de la liturgia del exorcismo en la Woodstock Theological Library de la universidad de Georgetown, cuyo director, el padre Eugene Roone, S. J., y la servicial Nora O’Callaghan soportaron mi ignorancia y me condujeron a lo que necesitaba. En la biblioteca fue donde conocí a una leyenda de Georgetown y eminente historiador, el padre Joseph Durkin, S. J., quien me ayudó en gran manera, al igual que Jon Reynolds, el archivero de la universidad de Georgetown. El padre Alian Mitchell, S. J., teólogo de Georgetown, me acompañó por el recinto universitario y me dio mi lección inicial de la teología y psicología de la posesión. El padre Joseph M. Moffitt, S. J., fue otro teólogo de Georgetown que me ayudó. El padre Bernier, archivero de la archidiócesis de Washington, encontró viejos recortes que yo no pude encontrar en ninguna otra parte.

En la universidad de St. Louis, recibí ayuda y sugerencias, que fueron bien recibidas, por parte del padre Francis X. Cleary, S. J., teólogo que enseña acerca del mal, para que siguiera investigando. Jay Nils, del University News de la universidad de St. Louis, me proporcionó números atrasados que contenían un filón de información.

Lisa Feerick, escritora, compartió generosamente lo que sabía sobre la filmación de la película El exorcista, igual que el padre Thomas Bermingham, S. J. El doctor Richard Broughton, director de investigación del Institute of Parapsychology de Durham, Carolina del Norte, me introdujo al elemento parapsicología del caso y me proporcionó documentos que me ayudaron en gran manera a reconstruir el papel del reverendo Schulze. De manera similar, el padre Frank Bober me proporcionó información muy valiosa acerca de los dos exorcismos realizados en «Robbie». Judy Folkenberg me guió hasta fuentes psiquiátricas de las opiniones modernas acerca de la posesión.

Mi esposa, Scottie, que me ha ayudado con su amor y apoyo cada vez que he escrito un libro, se hizo investigadora por mí en éste y me proporcionó información y perspectivas indispensables.

Finalmente, doy las gracias a mis editores, Leslie Meredith y Tom Cahill, por ver lo que al principio yo no veía. Este libro no habría podido escribirse sin su fe. Fue tarea de Tom corregir el manuscrito inicial. Me hacía preguntas y buscaba la claridad como sólo un profesional sabe hacerlo. A partir de ahora, cuando alguien me pregunte qué hace un buen editor para ayudar a un autor y un libro, le hablaré de Tom Cahill.


1

¿ERES TÚ, TÍA HARRIET?

Robert Mannheim[1] nació en 1935 en el seno de una familia que luchaba por sobrevivir durante la Gran Depresión. Su padre, Karl Mannheim, igual que muchos de los padres que vivían en las afueras de Washington, trabajaba para el gobierno federal. El sueldo era bajo pero el empleo era fijo. A causa de la Depresión la vida era cada vez más dura, y pronto la abuela Wagner se trasladó a vivir con ellos. Los hogares con tres generaciones no eran inusuales, ya que, como a menudo decía la gente, cuando los tiempos eran difíciles, lo único con lo que se podía contar era la familia. Ésta sería una lección que Robbie oiría una y otra vez mientras crecía.

En enero de 1949, cuando aún faltaban unos meses para que Robbie cumpliera catorce años, la vida transcurría con absoluta normalidad. El muchacho se levantó de la cama, desayunó, fue a la escuela, regresó a casa, escuchó sus programas de radio favoritos, hizo los deberes, cenó y se acostó. Era un chico delgado, pesaba cuarenta y tres kilos y no sufría ningún problema mental o físico evidente. No era muy aficionado a los deportes, y prefería los juegos de mesa, que practicaba en la cocina.

Como era hijo único, tenía que contar con los adultos que había en casa como compañeros de juego. Uno de estos adultos era su tía Harriet, la hermana de Karl Mannheim, que vivía en St. Louis, pero que visitaba a los Mannheim con frecuencia. Cuando se alojaba en casa de Karl, Harriet respondía al interés de Robbie por los juegos de mesa y le presentó uno nuevo: el tablero Ouija.

Ella le enseñó a colocar los dedos rozando la placa, una fina plataforma de madera que se movía sobre pequeños rodillos por encima de la superficie de madera del tablero Ouija. Alrededor del tablero estaban las letras del alfabeto, los números del 0 al 9 y las palabras «Sí» y «No». Robbie estaba fascinado. Le gustaba el movimiento deslizante de la placa mientras iba de una letra a otra, deletreando las respuestas a las preguntas que él o tía Harriet formulaban.

El tablero Ouija —su nombre procede del francés oui y el alemán ja [sí]— era algo más que un juego. Como tía Harriet era espiritista, lo consideraba una manera de establecer contacto entre este mundo y el otro. La placa, explicó a Robbie, a veces se movía como respuesta a las contestaciones que daban los espíritus de los muertos. Se comunicaban penetrando en la consciencia de las personas que se hallaban ante el tablero. Los espíritus, dijo tía Harriet, producían impulsos que viajaban a través del médium a la placa, la cual se movía, obediente, para deletrear las palabras o señalar «Sí» o «No».

Tía Harriet parecía tratar a Robbie más como un amigo especial que como un sobrino. Poseía una cualidad exótica, en especial cuando hablaba de espiritismo. Entre visita y visita, Robbie a veces jugaba solo con el tablero Ouija. Estaba acostumbrado a encontrar diversiones solitarias.

Harriet dedicaba gran cantidad de tiempo y energía a intentar comunicarse con los espíritus de los muertos. Ella creía no sólo que la vida prosigue después de la muerte, sino que podía comunicarse con los espíritus de las personas que habían muerto. Durante años, la madre de Robbie, Phyllis, había oído hablar de espiritismo a su cuñada. Phyllis no se consideraba espiritista, pero creía en algo de lo que Harriet profesaba. El padre de Robbie no le daba ningún crédito. Y tampoco la abuela Wagner.

Tía Harriet dijo a Robbie y Phyllis que, a falta de un tablero Ouija, los espíritus podían intentar llegar a este mundo dando golpecitos en las paredes. Este fenómeno era muy conocido por los espiritistas, quienes podrían citar muchos casos en los que se había establecido contacto mediante golpecitos. Contando los golpes y respondiendo con el mismo número, una persona viva podía iniciar un sistema de comunicación y desarrollar un código. Los golpes eran un método más lento y menos eficaz que el tablero Ouija, pero al menos resultaban un medio para que los espíritus llegaran hasta ellos.

La mejor manera de comunicarse con el mundo de los espíritus, según creía tía Harriet, era mediante una sesión de espiritismo, en la que los creyentes se cogían de las manos con un médium para fundir así sus energías psíquicas. Si la sesión iba bien, un espíritu tomaba el cuerpo del médium en lugar de sólo los dedos y las manos. Las actividades de Harriet en Maryland no incluyen ninguna sesión de espiritismo. Pero, como demuestran los hechos que a continuación se narran, la familia conocía bien varios métodos para intentar ponerse en contacto con los muertos.

Grandes fuerzas empezaban a concentrarse en el hogar de los Mannheim, una casa de madera, de dos pisos, en Mount Rainier, Maryland, en las afueras de Washington, D. C. Se las podría denominar fuerzas psicológicas, aunque ésta es una designación insuficiente para el horror abrumador que se avecinaba. Otros puede que quieran llamarlo fuerzas diabólicas, sobrenaturales o paranormales. Fuera cual fuere el origen, algo poderoso estaba a punto de invadir la mente de Robbie y posiblemente su alma.

Un guardián de las fuerzas psicológicas en aquella época y en aquel lugar era tía Harriet. Para una espiritista como ella, los intentos de tratar con los muertos no eran ni paganos ni peligrosos. La mayoría de espiritistas se consideraban buenos cristianos, seguidores de Jesucristo, quien había demostrado, con Su resurrección, decían ellos, su afirmación de que hay vida después de la muerte. Sin embargo, los espiritistas no escuchaban las advertencias bíblicas contra el trato con espíritus. El Deuteronomio llama a esto «abominación para Señor» y el Levítico dice: «Todo hombre o mujer en el que resida un brujo o adivino, morirá: se le lapidará con piedras; su sangre caerá sobre ellos».

Las siniestras palabras bíblicas demuestran lo profundo que es para la psique humana el temor de los muertos. Sin embargo, en la historia bíblica de Saúl, incluso un rey, en otro tiempo bendecido por Dios, recurre al empleo de un médium. El rey Saúl, disfrazado, va a ver a «una mujer nigromántica», la pitonisa de Endor. Él le pide que haga aparecer al profeta Samuel, quien pregunta:

—¿Por qué me has turbado, haciéndome salir?

Samuel, que puede ver el sombrío futuro de Saúl, le dice que morirá en el campo de batalla, lo cual ocurre pronto.

Muchos, antes y después de este suceso, han buscado ese poder: la capacidad de ver el futuro. La visita de Saúl a la pitonisa demuestra la creencia de que los difuntos, que moran en algún lugar después de la muerte, pueden ver los acontecimientos futuros y predecir la conducta humana. Esta creencia ha persistido, al igual que el miedo a los intentos de comunicarse con los muertos. Pero a veces ha parecido que las gratificaciones —la clarividencia, el poder, el conocimiento— merecían correr ese riesgo.

Los intentos de comunicarse con los muertos tradicionalmente se han llevado a cabo a través de un médium. Él o ella invoca a un espíritu, que entonces se apodera del médium. Se trata de una forma de posesión. Los espiritistas como tía Harriet no consideraban que sus creencias significaran que se aceptaba la posesión. Pero tanto si se realizaba una sesión de espiritismo como si se utilizaba un tablero Ouija, los espiritistas penetraban en el mismo fenómeno que la Biblia condena con tanta vehemencia.

El sábado 15 de enero de 1949, Karl y Phyllis Mannheim salieron por la noche, dejando a Robbie y a la abuela Wagner solos en casa. Poco después de que Karl y Phyllis se marcharan, la abuela Wagner oyó un goteo. Ella y Robbie comprobaron todos los grifos de la limpia y bien cuidada casa. No encontraron el origen del ruido.

Entraron en cada habitación; se detenían y escuchaban, aguzando el oído para localizar el rítmico y persistente ruido. Por fin decidieron que el goteo procedía del dormitorio de la abuela Wagner, debajo del techo inclinado del segundo piso. Entraron y, mientras escuchaban el fuerte goteo, vieron que un cuadro en el que estaba representado Cristo empezaba a sacudirse, como si alguien estuviera golpeando la pared por detrás del cuadro.

Cuando Karl y Phyllis Mannheim regresaron a casa, el ruido de goteo había cesado. Pero había comenzado otro extraño sonido: unos arañazos, como si una garra rascara la madera. Los cuatro permanecieron de pie en el dormitorio de la abuela Wagner y escucharon. Karl se agachó y miró debajo de la cama. Los arañazos parecían proceder de allí. Karl sonrió y dijo que una rata o un ratón había decidido entrar para protegerse del frío del invierno y construir un nido debajo de la cama de la abuela. Por fin, los arañazos dejaron de oírse y todos se acostaron, maravillados o asustados en secreto.

Hacia las siete de la tarde siguiente, los arañazos volvieron a oírse debajo de la cama de la abuela Wagner. Karl volvió a culpar a una rata o un ratón. Llamó a un exterminador, quien levantó una tabla del suelo en busca de señales de algún roedor. No encontró ninguna, pero puso veneno por si el roedor había desaparecido sólo momentáneamente.

Durante las siguientes noches, los arañazos prosiguieron; comenzaban hacia las siete y dejaban de oírse hacia medianoche. Entre los miembros de la familia se hablaba poco de esos ruidos nocturnos. Exteriormente, todos estaban de acuerdo con Karl: una rata o un ratón hacía ese ruido y al final paraba. Los arañazos eran un fastidio, nada más. Aun así, la búsqueda de Karl era en cierto modo desesperada. Levantó más tablas del suelo y arrancó paneles de las paredes.

Según se supo más tarde, en aquella época nadie especulaba mucho acerca del origen de los arañazos. Pero Phyllis, al menos, estaba empezando a creer que el goteo y los arañazos de alguna manera estaban relacionados con tía Harriet y sus intentos de comunicarse con los espíritus.

El 26 de enero, once días después de oírse los primeros arañazos, tía Harriet murió en St. Louis, donde la familia Mannheim tenía muchos parientes. Robbie, que parecía desolado por la muerte, volvió a utilizar el tablero Ouija. Se pasaba horas con él. A sus padres y a su abuela no les interesaba saber qué preguntas hacía ni qué respuestas podía haber leído mientras la placa se movía sobre el tablero. Casi con total certeza empleaba el tablero Ouija para intentar llegar hasta tía Harriet. Fuera cual fuese el éxito obtenido, no cabía duda de que ella permanecía en la casa, al menos como recuerdo.

Hacia la época de la muerte de tía Harriet, los ruidos de arañazos en la habitación de la abuela cesaron. Karl proclamó que el ruidoso roedor había muerto o se había ido. Pero arriba, en la habitación de Robbie, comenzaron a oírse nuevos ruidos, ruidos que al principio sólo él podía oír. Él los describió como el rechinar de unos zapatos. «Era —dijo—, como si alguien caminara junto a mi cama, arriba y abajo, con unos zapatos que rechinaban. » A Robbie no parecía asustarle este ruido, que comenzaba cuando él se ponía el pijama y se metía en la cama.

Tras seis noches de oír el rechinar de zapatos, Phyllis y la abuela Wagner fueron a la habitación de Robbie y se acostaron con él en su cama. Los tres oyeron el ruido de unos pies que se movían, pero los pies parecían marchar al son de un tambor: arriba y abajo junto a la cama, arriba y abajo, arriba y abajo.

Phyllis no pudo soportarlo más:

—¿Eres tú, tía Harriet? —preguntó de pronto.

No obtuvo respuesta.

Phyllis esperó un momento y nuevamente dijo:

—Si eres Harriet, golpea tres veces.

Algo que parecía una ola de presión empujó a las tres personas que se hallaban en la cama. La presión pareció pasar a través de ellas y golpear el suelo, debajo de ellas. El ruido de un golpe reverberó desde el suelo. Otra ola. Otro golpe. Una tercera ola. Un tercer golpe.

Phyllis volvió a esperar y dijo:

—Si eres Harriet, confírmamelo dando cuatro golpes.

Una ola de presión y un golpe. Una ola. Un golpe. Una ola. Un golpe. Una ola y el cuarto golpe.

Ahora, debajo de ellos, dentro del colchón sobre el que se hallaban tumbados, oyeron lo que parecía el arañazo de una garra. No les tocó, pero percibieron el sonido que se onduló a través del colchón. Después, al comparar las reacciones, Phyllis y la abuela recordaron que, aterradas, cada una había fingido no haber oído el arañazo. En ese momento, se dieron cuenta las dos más tarde, el colchón empezó a sacudirse, primero suavemente y después con violencia.

Cuando cesaron las sacudidas, los bordes de la ropa de la cama, que estaban remetidos en el colchón, se elevaron. Como narraron posteriormente las mujeres, los bordes de las sábanas «se levantaron sobre la superficie de la cama y se enroscaron como si estuvieran almidonadas».

Sin decir palabra, Robbie, su madre y su abuela bajaron de la cama, que, de repente, se había quedado quieta, y tocaron la endurecida colcha. Sus lados cayeron y la cama recuperó su aspecto normal.

Pero los arañazos en el colchón no pararon aquella noche ni la siguiente. Los arañazos prosiguieron, noche tras noche, durante más de tres semanas.

Estos alarmantes fenómenos no se producían solamente en casa de los Mannheim. Los pupitres de la escuela de Robbie eran unidades de asiento y pupitre movibles, con un solo brazo que servía de superficie para escribir. En enero y febrero, varias veces el pupitre de Robbie dio una sacudida hacia el pasillo y empezó a ir de un lado a otro, golpeando los otros pupitres y provocando un gran alboroto en la clase. Aunque el profesor supuso, naturalmente, que Robbie impulsaba su pupitre con los pies, éste juró que no lo había hecho. Se había movido solo, dijo. Más tarde, al describir a su madre el movimiento del pupitre, Robbie dijo que el pupitre se deslizaba sobre el suelo como una placa de Ouija.

Existe una gran cantidad de literatura en todo el mundo que habla de sucesos como éstos: sucesos extraños e inexplicables que la gente experimenta e intenta describir. Las historias forman círculos concéntricos, con los asustados y balbuceantes testigos en el centro. Alrededor de éste, en el primer círculo apretado, se encuentran los asombrados parientes y amigos, que escuchan y se preguntan, confían pero no creen. En el segundo círculo, detrás de los primeros oyentes que conocen a los testigos, están los vecinos y los que gustan de hacer circular rumores, que cuentan lo que han oído o lo que han imaginado que oían, adornando el distante suceso con detalles erróneos sacados de otras historias o de su propia inspiración. De aquel débil y creciente círculo suele salir el relato que llega a las últimas páginas de los periódicos que será leído con sonrisas irónicas por los escépticos. Al final, los relatos se abrirán paso hasta las revistas y los libros de los auténticos creyentes, los fanáticos cuya fe en lo inexplicable no es equiparable a la demanda de hechos.

Pero algo diferente iba a ocurrir con los relatos de los sucesos ocurridos en la casa de los Mannheim. En el primer círculo no sólo se hallaban los parientes y amigos sino también ministros de la iglesia, psicólogos y sacerdotes que escribieron lo que oyeron y vieron. A través de su testimonio, los acontecimientos que experimentó Robbie quedarían registrados.

Sin embargo, durante los siguientes días, sólo existiría el centro. Ningún extraño se hallaba allí para vivir las noches que se iniciaban con temor. En la casa no se encontraba nadie salvo Robbie y su familia para oír y ver lo que ellos creían que oían y veían.

Robbie siempre se hallaba presente cuando sucedía algo misterioso. En una ocasión, un abrigo que estaba colgado salió volando de un armario y cruzó una habitación. En otra, una Biblia se elevó desde la librería y aterrizó a los pies de Robbie. Él se encontraba cerca cuando otros vieron una naranja y una pera cruzar volando la habitación. Un día, la mesa de la cocina se volcó. Otro día, la tabla del pan se deslizó por el mostrador de la cocina y cayó al suelo. Una mañana, Phyllis regañó a Robbie por esparcir su ropa por toda la cocina. Robbie juró que cuando se había acostado había dejado la ropa sobre una silla de su dormitorio.

Un domingo, recibieron la visita de unos parientes. Todos se hallaban en la sala de estar, cuando la gran silla tapizada donde se sentaba Robbie pareció elevarse ligeramente del suelo y luego volcarse. Robbie cayó al suelo. Asombrados, los miembros de la familia se reunieron en torno a la silla. El padre y el tío de Robbie se sentaron en la pesada silla e intentaron volcarla. No lo lograron.

Mientras los miembros de la familia seguían hablando de la silla que se había volcado, uno de ellos señaló una mesita. Un jarrón que había en ella se estaba elevando lentamente. Quedó suspendido en el aire un momento. Después, cruzó volando la habitación y se estrelló contra una pared.

La familia de Robbie al principio trató de seguir con su vida normal. Robbie incluso bromeaba acerca de las cosas divertidas que sucedían a su alrededor. Un día, los miembros de la familia subieron al coche de Karl Mannheim y partieron a visitar a unos amigos que vivían en una ciudad situada a unos 64 kilómetros de distancia. El viaje transcurrió sin incidentes. Los Mannheim, dando gracias por tener un respiro de los problemas que sufrían en casa, se reunieron con sus amigos en la sala de estar. Mientras los adultos charlaban, vieron algo que más tarde todos aceptaron haber visto: la mecedora en la que Robbie estaba sentado empezó a girar como una peonza. Los pies del muchacho no tocaban el suelo. Parecía imposible que la mecedora girara sobre su eje. Pero todos lo habían visto con sus propios ojos.

Algo le sucedía a Robbie. Pero ¿qué? Sus frenéticos padres intentaban explicar los fenómenos como travesuras, trucos que había aprendido de algún libro de magia. Una y otra vez, Robbie repetía: «¡Yo no lo he hecho! ¡Yo no lo he hecho!».[2]

Pero nadie en la escuela le había creído cuando lo dijo, y sucedió lo mismo en casa y en casa de esos amigos. Robbie manifestó que se sentía demasiado turbado para ir a clase. Sus padres le permitieron quedarse en casa mientras pensaban qué hacer a continuación.

Los incidentes de aquellas semanas penetraron en la memoria de los testigos no como una narración sino como piezas de un mosaico. Cuando más tarde comentaban los sucesos, los padres repetían: «Lo hemos intentado todo». La secuencia de sus movimientos no está documentada. Lo que se sabe es que estaban desesperados. Atrapados en un torbellino de acontecimientos terribles, acudieron a un médico, a un psicólogo, a un psiquiatra, a un médium y a un ministro de la iglesia.

El médico, el psiquiatra y el psicólogo no dejaron documentos escritos de sus hallazgos, excepto una observación del psiquiatra. Declaró que «no creía en los fenómenos». E informó que creía que Robbie era «normal». El médico también dijo que le parecía que a Robbie no le sucedía nada, aunque, en una notable descripción insuficiente del estado de Robbie en aquella época, añadió que Robbie parecía «algo tenso». El médium afirmó que no se podía hacer nada, dando a entender, quizá, que la ordalía tenía que terminar por sí misma.

El psicólogo ejercía en lo que se llamaba una clínica de reconocimiento de salud mental. En ella, en la típica secuencia del examen que se realizaba en la época, se habría clasificado el coeficiente de inteligencia de Robbie, se le habría probado la memoria visual y auditiva y se le habría hecho mover piezas de madera y poner tacos en agujeros mientras funcionaba un cronómetro en una prueba ideada para medir la exactitud y rapidez de los movimientos de su mano.

Probablemente también le calibraron la salud mental mediante otras dos pruebas básicas: asociación de palabras y respuestas a una serie de ilustraciones. Se le debió de pedir que construyera una corta historia para cada ilustración. Esta variación del test de Rorschach de la mancha de tinta estaba considerada como una manera segura de valorar la salud de la imaginación de una persona.

Una psiquiatra que ha estudiado las prácticas de aquella época especulaba sobre qué clase de reconocimiento se le habría hecho a Robbie.

«No se le habrían hecho preguntas específicas —dijo—. Es dudoso, por ejemplo, que un psicólogo de la clínica le hubiera preguntado cosas como: “¿Cuánto tiempo hace que te sientes así?” Los que ejercían la higiene mental en aquella época tendían a contentarse con la descripción que hacía el propio paciente. »

Ella suponía que Robbie no habría dicho muchas cosas de lo que le había estado sucediendo.

«Algunos pacientes —dijo— saben disfrazar los síntomas y guardan secretos ante los extraños, en especial cuando sospechan que serían internados en un hospital y separados de sus padres. »

El tratamiento psiquiátrico de la época era partidario del electroshock y la insulina para la formas graves de enfermedad mental, clasificadas como esquizofrenia o demencia precoz o lo que se describía vagamente como depresión. Eran corrientes las lobotomías frontales. Se llevaban a cabo en personas que actuaban con agresividad o mostraban síntomas de paranoia extrema.

Lo más probable es que Robbie no fuera sometido a tratamiento porque nadie podía imaginar lo que le estaba sucediendo. Pero el ministro luterano al que recurrieron los Mannheim pronto elaboró su propia teoría.

El reverendo Luther Miles Schulze, de la cercana Trinity Lutheran Church, habló con Robbie y sus padres y escuchó con cortesía lo que ellos le contaron que había estado sucediendo en su hogar. Phyllis y Karl Mannheim dijeron a Schulze que acudían a él porque estaban convencidos de que Robbie era víctima de un espíritu maligno. Phyllis se preguntaba si podía ser tía Harriet.

Durante varias visitas que realizó a la casa, Schulze vio muebles que se movían sin que aparentemente los empujara nadie. Vio platos que volaban y contempló sacudirse la cama de Robbie. Schulze guardó para sí la opinión de que Robbie de alguna manera causaba estos extraños sucesos. Se trataba de trucos hábiles, no fenómenos místicos, pensó Schulze. Pero eran lo bastante reales y aterradores como para amenazar el bienestar de una familia a la que él admiraba y había prometido ayudar. Así que llamó a otro ministro luterano y juntos planearon un enfoque religioso para resolver, o al menos tratar, el problema de la familia. También tenía algo más en mente, algo que no tenía nada que ver con la religión.


2

EN POS DE UN POLTERGEIST

Los documentos que existen acerca de los sucesos acaecidos en casa de Robbie Mannheim no constituyen una narración coherente y consistente. Los puntos de vista difieren. El propio Robbie, en esta etapa, sólo es una figura confusa, el centro desenfocado de unos acontecimientos que rápidamente pasaron de ser extraños a ser horripilantes. Los detalles a menudo resultan oscuros y proceden de unos padres frenéticos y una abuela aterrorizada. La llegada de Schulze añade un nuevo testimonio a los relatos de lo que estaba sucediendo en casa de los Mannheim. Schulze fue el primer extraño que fue partícipe de la penosa experiencia de la familia y dejó registrado lo que veía. Acudió en respuesta a una petición de ayuda, una petición inspirada por la creencia de que de alguna manera él utilizaría la religión como arma contra lo que fuera que estaba asediando el hogar de los Mannheim.

Al principio, dijeron a Schulze los padres de Robbie, habían creído que alguien había caminado dormido e inadvertidamente había producido los ruidos y movido los objetos. Otra posibilidad, dijeron, era que alguien causara los fenómenos como travesura. En cualquiera de los dos casos, Robbie era el sospechoso.

Pero ahora, dijeron, oían y veían cosas que Robbie no podía causar. Habían vivido una noche particularmente horripilante.

La casa estaba tranquila. Robbie dormía en su habitación. De repente, empezó a gritar. Sus padres y su abuela se precipitaron a su habitación. Mientras él gritaba tumbado en la cama, vieron una robusta cómoda deslizarse por la habitación hacia la puerta y bloquearles la salida. Entonces, uno a uno, los cajones llenos se abrieron y se cerraron.

Y, contaron a Schulze, el propio Robbie estaba cambiando. Se mostraba hosco y reservado. Una noche, mientras dormía, le oyeron maldecirles, diciendo obscenidades que no se atrevieron a repetir ante el ministro de la iglesia. Ni siquiera creían que Robbie supiera palabras como aquéllas.

Olvidaron todas sus ideas de sonambulismo y travesuras. Estaban convencidos, dijeron, de que algún espíritu —quizá tía Harriet— había entrado en su casa y podría estar intentando penetrar en Robbie. Según el relato de Schulze, en este punto los padres de Robbie empezaban a preguntarse si se trataba de posesión diabólica. A la sazón sólo poseían un conocimiento nebuloso de la posesión. Y el propio Schulze poco pudo añadir.

Como ministro luterano, sabía bien que Martin Lutero consideraba que todas las enfermedades mentales eran casos de posesión diabólica. Los ministros luteranos ilustrados como Schulze ya no lo creían, por supuesto. Una de sus primeras recomendaciones fue que la familia buscara ayuda psiquiátrica. Pero Schulze no pudo responder a los temores de la familia de si se trataba de posesión.

Teológicamente, la iglesia luterana no tenía medios para tratar la posesión diabólica. Lutero había eliminado muchos de los rituales seculares del catolicismo, incluido el exorcismo, la expulsión de los demonios. Él creía que el rito del exorcismo simplemente era una «exhibición» del diablo. Prefería enfrentarse a éste con «la oración y el desprecio».

Schulze parece que intelectual o espiritualmente no estaba convencido de la posibilidad de posesión. Así que siguió el camino trazado por Lutero. «Al principio probé con la oración —comentó posteriormente a un periodista—. Recé con los padres y el muchacho en su casa y con el muchacho en la mía. Y se rezaban oraciones por él en la iglesia. » También incitó a los Mannheim a que tomaran la Comunión cada domingo. Lo más próximo al exorcismo que Schulze estuvo, dijo, fue cuando «ordenó que fuera lo que fuese lo que le perturbara, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, saliera y dejara al chico en paz».

Según el relato de Schulze, la familia no siguió su consejo de que un psiquiatra examinara a Robbie. Pero la familia dijo a otras personas que habían consultado con un psiquiatra y que éste había diagnosticado que Robbie era normal.

Schulze, que trabajaba con otro ministro luterano, intentó ayudar a la familia organizando círculos de oración en la iglesia. Los círculos fueron probablemente una de las maneras en que las historias acerca de Robbie empezaron a difundirse por la comunidad. Su casa se convirtió en la casa encantada y él pasó a ser el chico encantado.

Mount Rainier se extiende a lo largo de la línea noreste del distrito de Columbia, a unos nueve o diez kilómetros de la Casa Blanca. Pero podía haber sido una pequeña ciudad a cientos de kilómetros de Washington. Sus casas de estructura pequeña y estuco están muy juntas, y en la mayoría de ellas el tejado se inclina sobre un porche, lo que da sombra a la puerta principal. Los patios traseros son pequeños y vallados. En las calles flanqueadas por árboles se tiene la sensación de que la gente quiere vivir con intimidad y tranquilidad. Mount Rainier era de esos lugares en que el alcalde conocía a todos los que hacía tiempo residían allí y a la mayoría de recién llegados y mantenía vigilados a los extraños. No pasó mucho tiempo sin que muchas personas supieran que algo extraño sucedía en la casa de los Mannheim, en el número 3210 de Bunker Hill Road.

Los ministros de la iglesia no contribuyeron a los rumores sobre la casa encantada. Tampoco estaban de acuerdo con las sospechas de los padres de que las experiencias de Robbie tenían algo que ver con el mal. Lo que los ministros veían era a un muchachito y a su familia atormentados. Rezaban para que Dios les aliviara ese tormento.

Schulze no se sentía cómodo con la idea de la posesión diabólica. Para él, la idea de posesión de una persona por Satanás habría sido una creencia de la iglesia católica romana. Desde la antigüedad, el pensamiento cristiano sostenía que el diablo, como caudillo de los ángeles caídos del paraíso, era un poderoso adversario. Entre sus astutos poderes, según la teología cristiana, se encontraba la capacidad de poseer a un ser humano.

Desde el punto de vista protestante de Schulze, la posesión tenía que ser una reliquia medieval, algo que se había dejado a los católicos cuando la reforma conducida por Lutero dividió al mundo cristiano. Pero existían otras dos reservas de creencias, conocidas ambas por Schulze. Algunos protestantes conservadores, incluidos los luteranos, creían en un diablo real, un ser que podía causar el mal. Schulze se apartaba de esa visión fundamentalista y se inclinaba hacia otra creencia, una amalgama del espiritismo practicado por tía Harriet y uno de los intereses de Schulze, la parapsicología.

El espiritismo en Estados Unidos se remonta a un caso de ruido de golpes en una granja de Hydesville, Nueva York, en 1848. Dos hermanas, Kate Fox, de doce años, y Margaretta Fox, de catorce, oyeron los golpes durante varias noches. De modo pueril, una noche, Kate chasqueó los dedos al oír el ruido y, según contó posteriormente, cada vez que chasqueaba los dedos se oía un golpe. La muchacha elaboró un código con quien producía los golpes, quien, dijo ella, se identificó como un hombre que había sido asesinado en la casa.

Las historias sensacionalistas que se contaban de las hermanas Fox y sus posteriores habilidades como médiums contribuyeron a que se renovara la creencia en la comunicación con los muertos, y esto inspiró la fundación de la iglesia espiritista en Estados Unidos. Como espiritista, según el Spiritualist Manual, tía Harriet había creído «en la comunicación entre este mundo y el de los espíritus a través de un médium». Esta utilización de un médium es una forma benigna de posesión.

Los espiritistas no creen en la posesión diabólica, pues no creen en los espíritus malvados. «Ningún ser es “malo” por naturaleza», indica el Manual. Pero existen espíritus que «han pasado por este mundo al Mundo del Espíritu ignorando por completo las leyes espirituales». Los espiritistas también creen que una persona que actúe como médium no puede sufrir ningún daño.

Así, si tía Harriet introdujo a Robbie en el espiritismo, y si él tuvo alguna experiencia como médium, ella actuó como mentora con buenas intenciones, como alguien que creía que podía estar ayudando al niño en su crecimiento intelectual y espiritual. «Como el maestro de música mejora el instrumento que toca —dice el Manual—, así un espíritu que controla a un organismo humano con el fin de expresar el pensamiento total imparte un mayor poder, tanto al cerebro como al espíritu del médium. »

El conocimiento que Schulze tenía del espiritismo no le venía directamente sino a través de la parapsicología, el estudio de sucesos que no parecen tener explicación en la ciencia convencional. Él compartía con los parapsicólogos la creencia de que la percepción extrasensorial ESP (en inglés) existía en las personas en grados diversos. Los experimentos de percepción extrasensorial, entonces al igual que ahora, se centraban en tres fenómenos: la telepatía, la capacidad de transmitir pensamientos de una mente a otra sin utilizar los sentidos normales; la clarividencia, la percepción de acontecimientos o cosas que se producen a grandes distancias o están ocultas a la vista; y la psicoquinesis, el movimiento o control de objetos empleando sólo el pensamiento, una manifestación de la mente sobre la materia.

La diferencia entre espiritismo y parapsicología es la diferencia percibida entre fe y ciencia. Los espiritistas aceptan intuitivamente los fenómenos de la percepción extrasensorial, junto con la idea de los médiums y la comunicación con los muertos; los parapsicólogos quieren demostrar la experiencia extrasensorial y encontrar una explicación científica a ella.

A Schulze le interesaba en particular la psicoquinesis: PK (en inglés) para los parapsicólogos. Durante sus primeros encuentros con los padres de Robbie, se enteró de los objetos que se movían, y tal vez vio algunos ejemplos de psicoquinesis con sus propios ojos. Pero, razonó Schulze, era la casa de Robbie. Él podía haber fabricado los fenómenos, de manera consciente o inconsciente.

Hacia principios de febrero, Karl y Phyllis Mannheim creían haber llegado al límite. Noche tras noche, Robbie se agitaba durante horas, medio dormido o completamente despierto. Cuando por fin se dormía, tenía pesadillas durante las cuales gritaba o murmuraba palabras y frases, como si hablara con alguien. Algo le torturaba. Sus padres dijeron a Schulze que si esta agonía sin nombre persistía, Robbie se volvería loco. ¿Schulze no podía ofrecerles algo más que oraciones?

Schulze vacilaba en decirles lo que pensaba. Había desarrollado una teoría. Sin decírselo a los Mannheim, había empezado a pensar en lo que sucedía en la casa como fenómenos que surgían del propio Robbie. Su teoría al parecer coincidía con la explicación que se daban vecinos y amigos de los Mannheim: los extraños sucesos eran travesuras de un muchacho que entraba en la adolescencia.

Esta explicación es conocida. Aparece repetidamente en los documentos de lo que se llaman poltergeists, palabra que procede del alemán y significa «fantasma ruidoso». La mayoría de los casos contienen dos elementos invariables: un adolescente y algún suceso ruidoso e inexplicable cerca del adolescente. Las noticias que se tienen de casos de poltergeist están repletos de referencias a ruidos —golpes fuertes, tamborileos, golpecitos suaves, arañazos, palmadas, golpes sordos— y el movimiento de objetos. En miles de casos registrados, remontándonos ocho siglos, los detalles de las historias son asombrosamente iguales: camas que se agitan, platos que vuelan, sillas que se mueven, ropa de cama que se sale de la cama. Los poltergeists, como escribió en una ocasión el poeta británico Robert Graves, «muestran una espantosa similitud de conducta; carecen de humor, son inútiles y no están coordinados».

Los ruidos que se oían en casa de los Mannheim se parecían a los producidos en otros hogares a los que, a falta de una explicación mejor, se calificaban de poltergeist. Muchos de estos sucesos se parecían misteriosamente a lo que ocurría alrededor de Robbie en enero de 1949. En 1862, por ejemplo, un abogado suizo empezó a oír, en una habitación de su hogar, «unos peculiares ruidos repetidos en una serie de 10-12 golpes, que hacia el final eran muy rápidos. (…) Busqué y averigüé, con la oreja pegada a la pared, la localización precisa de los ruidos, los cuales, sin embargo, con frecuencia cambiaban de lugar. Pensando que debía de tratarse de una criatura viva, como una rata, golpeé la pared para alejarla. En lugar de eso, en más de una ocasión volvió a oírse el mismo ruido, seguido a veces de uno o dos golpes más fuertes, como si fueran producidos por un puño».

Los documentos indican que en casa del abogado vivían tres adolescentes y un niño de once años. La familia salió huyendo de la casa, dejando atrás lo que les había estado hostigando. Eso, para Schulze, era una pauta conocida: la mayoría de los llamados poltergeists no acompañaban a sus víctimas de un lugar a otro. El fenómeno parecía tener su base en un lugar determinado ocupado por el adolescente, aunque Robbie había dicho que en la escuela se habían producido incidentes. Schulze probablemente pensaba que en un lugar desconocido por completo Robbie no podría realizar ningún truco que insinuara que algún poltergeist le estaba molestando.

Schulze sugirió que Robbie pasara una noche en su casa. Los padres de Robbie accedieron, aunque sólo fuera para que su hijo disfrutara de una noche completa de sueño. El jueves 17 de febrero, Karl Mannheim llevó a su hijo a casa de Schulze. Hablaron con cautela de lo que había estado sucediendo en casa de Robbie. «Vas a dormir bien toda la noche —dijo Schulze a Robbie—. En esta casa no sucederá nada. »

En cuanto Karl Mannheim se hubo ido, Schulze, un hombre amistoso y sensible, se sentó con Robbie. El ministro trató de entablar conversación, de incitar a Robbie a que contara con sus propias palabras lo que sus padres le habían contado. Como Robbie no demostró tener ganas de compartir ninguna confidencia con Schulze, el ministro tuvo la sensatez de abandonar el intento para no enfrentarse con el muchacho. Por fin, Schulze dijo que era hora de acostarse.

La señora Schulze se retiró a una habitación para invitados que se hallaba junto al dormitorio principal, donde iban a dormir el ministro de la iglesia y Robbie. Schulze y Robbie se pusieron el pijama, rezaron sus oraciones y se desearon buenas noches. Se metieron en sendas camas gemelas de columnas.

Hacia medianoche, un ruido despertó a Schulze. La cama de Robbie daba sacudidas. El ministro alargó el brazo y tocó la cama. Se agitaba, dijo posteriormente, «como una de esas camas vibratorias de motel, pero mucho más deprisa». Robbie estaba despierto e inmóvil. «Sus extremidades, su cabeza y su cuerpo estaban completamente quietos. »

Schulze quiso salir de la habitación inmediatamente y llevarse consigo a Robbie. Se levantó de la cama y, hablando con calma, dijo que los dos deberían levantarse e ir a tomar un poco de cacao. Preparó el cacao y lo llevó a su estudio. Robbie, educado, dio las gracias al ministro por el cacao pero dijo poco más. Permaneció callado y parecía tranquilo. Probablemente estaba tan acostumbrado a sucesos como que las camas y las cómodas se movieran, que ya no mostraba ninguna reacción exterior. Se terminaron el cacao y regresaron al dormitorio de Schulze.

Schulze mostró a Robbie un sillón y sugirió que intentara dormir en él en lugar de hacerlo en la cama. Decidió dejar una luz encendida. Robbie se sentó en el sillón. Al cabo de unos momentos, el sillón empezó a moverse. Cuando Schulze describió lo que había sucedido a continuación, dijo que Robbie «colocó sus rodillas debajo de la barbilla con los pies en el borde del sillón. El sillón retrocedió unos centímetros hacia la pared. Cuando no pudo moverse más en esa dirección, lentamente empezó a volcarse… ».

Schulze calculó que el sillón tardó más de un minuto en volcarse y dejar caer a Robbie suavemente al suelo. Robbie no abandonó el sillón durante el lento movimiento. Parecía hallarse en una especie de trance.

El ministro había estado de pie frente al sillón. Cuando Robbie se levantó despacio y se alejó, Schulze intentó levantar el sillón. El robusto mueble tenía «un centro de gravedad muy bajo». No pudo levantarlo.

Entonces Schulze decidió que el lugar más seguro para Robbie era el suelo. Colocó al muchacho entre dos mantas a los pies de una de las camas y él se metió en la suya. Dejó la luz encendida.

Hacia las tres de la madrugada, Schulze despertó y vio a Robbie y las mantas avanzar por la habitación. « El muchacho y las mantas se movían como una sola cosa, despacio, por debajo de las camas —recordó Schulze—. Los cuatro lados de las mantas, que no tenían pliegues, permanecían completamente estirados, sin arrugas. » Cansado y aturdido, Schulze no pudo soportarlo más.

—¡Basta ya! —gritó, bajando de un salto de la cama.

—¡Yo no lo hago! —replicó Robbie.

El muchacho y las mantas se deslizaron bajo una cama. Schulze se agachó y vio a Robbie saltando contra los muelles que sostenían el colchón. Rígido y aparentemente de nuevo en trance, Robbie ni siquiera pestañeaba mientras su cara golpeaba los muelles. Schulze le sacó de debajo de la cama tirando de él. Robbie tenía varios cortes en la cara.

Si Schulze había creído que Robbie fingía, o si había creído que el chico era víctima de un poltergeist, ahora tenía que considerar la posibilidad de que Robbie estuviera poseído, de que algo controlaba a aquel muchacho de trece años que parecía tan fríamente indiferente a su destino. El día siguiente, Schulze llevó a Robbie a su casa. No tenía ninguna explicación para lo que había visto.

En los archivos de casos de poltergeist, hay historias de incidentes mucho más siniestros que platos que vuelan y colchones que dan saltos. Cualquiera que fuera la razón de los furiosos ataques, las víctimas sufrían. Un caso bien documentado es el de Eleonora Zugun, una niña rumanesa de doce años que, en 1925, se quejó de que un demonio llamado Dracu la estaba molestando. Primero hubo los usuales golpecitos y objetos que se movían. Después, aparecieron arañazos y señales de mordiscos en su cara, brazos, cuello y pecho. Ella afirmaba que Dracu la pinchaba con agujas y la mordía.

Aparte de lo que sabía de parapsicología y las leyendas relativamente benignas de poltergeist, Schulze creía, después de aquella aterradora noche de febrero, que se había hallado en presencia de una fuerza colosal. No importaba si aquella fuerza era una alucinación, una explosión de poderes sobrenaturales, prueba de actividad parapsicológica o una erupción de alguna fisura psicológica muy en lo hondo de Robbie. Éste sufría una agonía inimaginable. Mudo y sordo, Robbie parecía sumergirse cada vez más en algo que Schulze no podía determinar.

Durante el día, Robbie parecía normal, aunque cansado y apático. Por la noche, no conocía la paz. Las pesadillas le despertaban. Los arañazos en el colchón proseguían, noche tras noche. Entonces, el sábado 26 de febrero empezaron a aparecer arañazos en el cuerpo de Robbie.

Los arañazos se parecían a los que producen los gatos, largos y poco profundos: señales de garras. Aparecieron en los brazos, las piernas y el pecho de Robbie. Algunos parecían formar letras del alfabeto, pero las letras no formaban palabras. Todavía no.

Schulze vio entonces que lo que había estado tratando de hacer no era lo bastante poderoso para detener la agonía de Robbie. Una fuerza había estado atormentando a Robbie desde el exterior. Ahora la fuerza parecía estar dentro de él, manifestarse surgiendo de su cuerpo en forma de líneas ensangrentadas. Parecía poseerle. Schulze aceptó la derrota. Como recordó el padre de Robbie, Schulze dijo con calma: «Tienen que ver a un sacerdote católico. Los católicos entienden de cosas así».


3

«MAS LÍBRANOS DEL MAL»

Al principio, Schulze creía que había visto las travesuras de un poltergeist. Pero los arañazos significaban algo más, algo que iba más allá de sus conocimientos o su experiencia. Su comentario de que los católicos entienden «de estas cosas» era una doble admisión. Como testigo del tormento de Robbie, sospechaba que un poder maligno se hallaba presente. Pero, como luterano moderno, tenía que aceptar una realidad teológica: Satanás no recibía mucha atención de la línea central de las iglesias protestantes. Sin embargo, la Iglesia católica romana creía que Satanás era una parte integral de la fe cristiana. De ahí derivaba la creencia de que la posesión diabólica es real y un exorcismo puede curarla.

La mayoría de ramas protestantes creían que la posesión y el exorcismo eran legados de la Edad Media y no tenían cabida en un mundo con cultura científica. Cuando los padres de Robbie sugirieron que su hijo tal vez estuviera poseído por un demonio, estaban pensando en algo más antiguo que la cristiandad y en lo que casi todo el mundo había dejado de creer. La posesión diabólica era una creencia primitiva. Los misioneros cristianos se enfrentaban con nociones así en las aldeas desde Malasia hasta África, de India y Nepal a Brasil y Trinidad. Pero la posesión diabólica no era algo que un ministro de la iglesia esperara encontrar a pocos kilómetros de Washington, D. C. en 1949.

Toda la cristiandad trató en otro tiempo a Satanás como un ser real y creía que podía penetrar en un ser humano. Toda la cristiandad en otro tiempo tenía un ritual para expulsar a Satanás de un ser humano. Este ritual era el exorcismo, que se practicó rigurosa y frecuentemente desde el nacimiento de la cristiandad hasta bien entrada la Edad Media. El origen de la creencia cristiana en el exorcismo eran los retratos que hacía el Nuevo Testamento de Satanás en su titánica lucha con Jesús. Una manera en que Satanás muestra su poder es poseyendo a las personas, y una manera en que Jesús muestra Su poder es exorcizando a Satanás.

Mateo, Marcos y Lucas describen exorcismos practicados por Jesús. La víctima de la historia bíblica de posesión más conocida es la de un hombre sin hogar y desnudo en el país de los proscritos. Encadenado por el violento demonio que habita en él, se arrastra hasta Jesús. Cuando éste pregunta al demonio cómo se llama, responde: «Me llamo Legión, porque somos muchos». Jesús ordena a los demonios que abandonen el cuerpo del hombre, y así lo hacen y se introducen en una piara de cerdos, que «descendieron violentamente por una pendiente y se arrojaron al mar, donde perecieron ahogados».

En otro exorcismo, Jesús, mientras enseña en una sinagoga de Cafarnaún, ve a un hombre poseído por un espíritu impuro, al cual ordena que salga del hombre. Dando fuertes voces, el espíritu desaparece. Los evangelios también cuentan que Jesús arrojó siete diablos fuera de María Magdalena y que expulsó a un demonio de la hija menor de una mujer griega. Expele un demonio de un muchacho joven que sacaba espuma por la boca y al que le rechinaban los dientes. Después del exorcismo, el muchacho parecía muerto. «Pero Jesús le tomó de la mano y le levantó; y el muchacho se levantó. » (Los médicos modernos creen que el muchacho sufría epilepsia.)

Los exorcismos efectuados por Jesús fueron pasados por alto o encubiertos por la mayor parte de protestantes, en particular los luteranos. La teología protestante los explicaba como actos que demostraban que Jesús aceptaba las creencias locales de la época. La gente en aquellos días, decían los teólogos modernos, creían en la posesión igual que creían que el sol giraba alrededor de la tierra. La misión de Jesús en la tierra no incluía corregir las creencias ancestrales o los conceptos erróneos referentes al mundo natural.

El catolicismo, aunque conservaba la creencia dogmática de la posesión, raras veces reconocía su existencia en el mundo moderno. En Roma y en otros lugares, algunos sacerdotes que fueron designados como exorcistas dedicaron gran parte de su vida a la oración y al estudio de la posesión diabólica. Y, en raras ocasiones, eran llamados por sus superiores eclesiásticos para consultas referentes a casos de posible posesión. Todos los sacerdotes católicos sabían, teóricamente, que un día serían convocados para medir su alma contra Satanás. Pero en los tiempos modernos, ningún sacerdote, en particular ningún joven párroco norteamericano, esperaba jamás ser exorcista.

A primeras horas de la noche a finales de febrero, poco después de que Schulze dijera que los católicos entendían de estas cosas, Karl Mannheim llamó por teléfono a la rectoría de St. James, una iglesia católica situada a cuatrocientos metros del hogar de los Mannheim. Dijo que quería hablar con un sacerdote. El ama de llaves hizo poner al padre E. Albert Hughes al teléfono. Hughes habló con Mannheim unos minutos y le dijo que se pasara por la rectoría la mañana siguiente.

En aquella época los protestantes no se reunían con frecuencia con sacerdotes católicos. Existía una larga tradición católica en la que ningún católico entraba en una iglesia protestante. Los católicos que llevaban la tradición a los extremos ni siquiera pisarían una iglesia protestante para asistir al funeral o a la boda de un amigo. Los matrimonios entre personas de distinta fe eran raros para los católicos, y los que se casaban con alguien que profesaba otra fe casi invariablemente recibían un gran rechazo por parte de sacerdotes y familia.

Mannheim era un hombre desesperado, un luterano que buscaba la ayuda de un sacerdote católico, un padre que intentaba salvar a su hijo de algo que podía describir pero no entender. A la mañana siguiente, llamó al timbre de la rectoría y esperó ansioso.

Hughes acompañó a Mannheim a un pequeño salón cerca de la puerta principal de la rectoría. Mannheim se sentía incómodo hablando con el padre Hughes, y éste compartía esa sensación. Hughes era un hombre tosco y apuesto de veintinueve años que no había conocido a muchos protestantes, y poseía pocos conocimientos sobre la posesión o el exorcismo. No era un intelectual. Él creía en su fe y con gran sentido del deber enseñaba y practicaba sus principios, pero no profundizaba demasiado en los asuntos. Muchos de los feligreses de Hughes, en particular los ancianos, le comparaban con el sacerdote despreocupado y bromista interpretado por Bing Crosby en la película Siguiendo mi camino. Una mujer de su parroquia diría posteriormente de él: «Era joven y malcriado; un auténtico irlandés, era muy lisonjero. No entendía a la gente corriente, de la vida real. Sin embargo, creía que lo sabía todo».

Hughes escuchó con paciencia a Mannheim pero le ofreció poco consuelo. La historia parecía una locura. Prometió rezar por Robbie y entregó a Mannheim una botella de agua bendita y velas bendecidas. Dijo a Mannheim que rociara el dormitorio de Robbie con el agua bendita y pusiera las velas en él y las encendiera cuando… cuando empezaran a suceder aquellas cosas, fueran lo que fuesen. El agua bendita es agua corriente, bendecida por un sacerdote. La oración para bendecir el agua, que data del siglo cuarto, exorciza todos los demonios que pudiera haber en el agua. Las velas, fabricadas con cera de abejas y nunca de sebo, procedían de un grupo que habían sido especialmente bendecidas y colocadas en el altar, donde se encendían para celebrar la misa y otras ceremonias.

Mannheim dio el agua y las velas a Phyllis. Aquella noche, ésta abrió la botella de agua bendita y roció con ella todas las habitaciones de la casa. Después, colocó la botella sobre una cómoda, encendió las velas y las dejó en la habitación de Robbie.

A la mañana siguiente, Phyllis llamó a Hughes. Algo cogió la botella y la rompió. Cuando encendí una de las velas, las llamas se elevaron hasta el techo y tuve que apagarlas por miedo a que se prendiera fuego en la casa.

Lo que ocurrió a continuación no está muy claro. Hughes al parecer le dijo que volviera a intentarlo. Ella volvió a llamarle. Él oyó un estrépito. La mesita del teléfono acababa de romperse en cien pedazos.

Hughes al parecer decidió ir a la casa y hablar con Robbie para intentar comprender lo que le sucedía al muchacho. La confusión respecto a la secuencia de los actos de Hughes puede muy bien tener su origen en la propia confusión inmediata del sacerdote. Lo que ocurrió a Hughes afectó tanto a su mente y a su memoria, que durante largo tiempo fue incapaz de efectuar un relato coherente de sus tratos con Robbie.

Según una versión, Hughes oyó a Robbie hablar en latín, aunque el muchacho jamás había aprendido esa lengua. De acuerdo con Hughes, Robbie dijo: «O sacerdos Christi, tu scis me esse diabolum. Cur me derogas [Oh sacerdote de Cristo, sabes que soy un demonio. ¿Por qué sigues molestándome?]».

Semejante latín tan fluido habría asombrado a Hughes y le hizo pensar en la posesión. En este punto, habría abierto su Rituale Romanum, el libro oficial de rituales católicos, conocido en inglés como The Roman Ritual (El ritual romano). Basado en rituales que se remontan al siglo primero, y publicado por primera vez en 1614, ha variado poco desde entonces. Todos los sacerdotes poseen uno, aunque raras veces tienen que cogerlo y consultar el apartado «Exorcismo de los poseídos». El libro dedica cincuenta y ocho páginas al exorcismo. Las páginas de esta sección, igual que en las otras del Ritual, están alternativamente en inglés y en latín. «Exorcismo de los poseídos» comienza con veintiuna instrucciones detalladas. La tercera instrucción dice:

En especial, no debe creer demasiado fácilmente que una persona está poseída por un espíritu maligno, sino que debe determinar las señales por las que una persona poseída puede distinguirse de otra que sufra melancolía u alguna otra enfermedad. Las señales de posesión son las siguientes: capacidad de hablar con cierta facilidad una lengua extranjera o de entenderla cuando la habla otro; la facultad de divulgar acontecimientos futuros y ocultos; exhibición de poderes que no corresponden a la edad y condiciones naturales del sujeto; y otras diversas indicaciones que, cuando se toman como un todo, forman la evidencia.

La capacidad de hablar en una lengua desconocida era, tradicionalmente, ese tipo de evidencia. Las reglas del Ritual indican que la evidencia hay que presentarla a lo que las instrucciones llaman «el Ordinario», término eclesiástico que designa a una persona que, por derecho propio y no por delegación, tiene jurisdicción inmediata en asuntos de la iglesia. El Ordinario considera la evidencia y decide si permite que se efectúe un exorcismo. También elige al exorcista. El Ordinario de Hughes era el arzobispo de Washington, el Reverendísimo Patrick A. O’Boyle.

O’Boyle era un protegido del prelado católico más poderoso de América, el cardenal Francis Spellman, arzobispo de Nueva York. O’Boyle, nacido en 1896 de padres inmigrantes de Irlanda, tenía diez años cuando su padre murió. Su madre cogió el empleo típico de las viudas católicas irlandesas: se hizo ama de llaves de un sacerdote. O’Boyle creció con el deseo de ser como ellos, e ingresó en el seminario en cuanto tuvo edad suficiente.

Cuando fue ordenado sacerdote, le destinaron a la archidiócesis de Nueva York y dio clases durante un tiempo en una institución de puericultura de Staten Island. Spellman, a la sazón obispo, vio que O’Boyle era un joven sacerdote lleno de energía. En 1939, cuando Spellman pasó a ser arzobispo de Nueva York —la archidiócesis más importante de la nación— se llevó a O’Boyle bajo su protección. Tras estallar la Segunda Guerra Mundial, Spellman fue nombrado vicario militar de EE. UU. por el papa. Spellman nombró a O’Boyle director del Catholic War Relief y le conservó como administrador.

En mayo de 1947, cuando el arzobispo de Baltimore y Washington murió, el Vaticano dividió la jurisdicción, creando la archidiócesis de Baltimore y la archidiócesis de Washington. O’Boyle, que se hallaba entonces en Nueva York como director ejecutivo de Catholic Charities, fue nombrado arzobispo de la nueva archidiócesis de Washington. Era la primera vez que un monseñor —el título eclesiástico que ostentaba O’Boyle— era designado arzobispo en Norteamérica sin haber sido obispo. El 14 de enero de 1948, Spellman consagró a O’Boyle como arzobispo en la catedral de San Patricio, de Nueva York, y unos días más tarde O’Boyle fue a Washington a hacerse cargo de su nuevo puesto.

Así, en febrero de 1949, cuando Hughes pensaba en ir a ver a O’Boyle para hablar de un posible exorcismo, el Ordinario era un arzobispo que no tenía experiencia pastoral ni ninguna formación teológica especializada, y que se había dedicado mucho más a la administración que a los asuntos arcanos como la posesión diabólica. Según el relato de Hughes, acudió primero a uno de los ayudantes de O’Boyle, el canciller de la archidiócesis, quien dijo a Hughes que fuera lentamente. El impetuoso Hughes respondió: He empleado dos semanas en ello, y no es lo suficientemente lento. El canciller cedió y fijó una cita para que Hughes visitara a O’Boyle.

Todo lo relacionado con cualquier entrevista de Hughes y O’Boyle se encuentra en los archivos secretos de la archidiócesis y sólo puede leerlo y distribuirlo el arzobispo del momento. Pero eclesiásticos en busca de información sobre exorcismos han podido enterarse de algunas cosas referentes al caso gracias a los archivos de O’Boyle. Éstos indican que el arzobispo se tomó poco interés por lo que Hughes le informó. O’Boyle en una ocasión vio a un sacerdote joven en mangas de camisa y ordenó inmediatamente que todos los sacerdotes de su archidiócesis debían vestir sombrero negro de fieltro con ala ancha, traje negro y cuello romano sin importar dónde se encontraran o qué estuvieran haciendo. No era un prelado que prestara mucha atención a la primera de las instrucciones de El ritual romano sobre exorcismo:

El sacerdote —que sea expresamente y con especial prudencia autorizado por el Ordinario—, cuando intenta realizar un exorcismo sobre personas atormentadas por el diablo, debe distinguirse adecuadamente por su piedad, su prudencia y vida íntegra. Debe cumplir su devoto cometido con constancia y humildad, ser completamente inmune a cualquier ansia de engrandecimiento personal y confiar no en su propio poder sino en el poder divino. Además, debería ser de edad madura y reverenciado no sólo por su cargo sino por sus cualidades morales.

El padre Hughes, joven, temerario y poco dado a proyectar un aura de santidad, era un candidato poco adecuado para ser exorcista. Tampoco existe indicación alguna de que él u O’Boyle cumplieran la siguiente instrucción:

Para ejercer correctamente su ministerio, debe recurrir a un estudio mucho más profundo del asunto (…) examinando a los autores aprobados y los casos producidos.

Un relato en tercera persona, no publicado, de la cita de Hughes dice simplemente: «El arzobispo (…) autorizó al padre [Hughes] a comenzar el exorcismo. El padre [Hughes] comprendió que debía hacerlo un hombre muy santo porque el diablo suele exponer los pecados del sacerdote; así, el padre fue a Baltimore e hizo una confesión general». No es inusual ir a otra jurisdicción a hacer una confesión general, la cual difiere de una confesión ordinaria. Hughes habría examinado en profundidad su vida y hallado sus debilidades y las habría confesado a un sacerdote nombrado para oír las confesiones de otros sacerdotes. Una confesión general antes de un exorcismo, como lo expresó un sacerdote, es como la vigilia que un caballero guardaba la víspera de la batalla.

Hughes sostenía una teoría teológica que decía que Satanás, durante un exorcismo, no podía explotar o ni siquiera citar pecados que hubieran sido perdonados por la confesión. Así, si Hughes hacía una confesión con éxito, al menos podía tener la seguridad de que Satanás no se mofaría de sus pecados pasados. Pero Hughes hizo poco más para prepararse para la dura experiencia del exorcismo.

Parece increíble que O’Boyle no le indicara que acudiera a uno de las docenas de teólogos que estaban disponibles en la Universidad Católica de Washington o el Trinity College. También podía haber recurrido a las facultades de teología o de psicología de la universidad de Georgetown, una institución jesuita.

Hughes sólo habría tenido un conocimiento superficial de la demonología, la rama formal de la teología católica referente a Satanás y sus demonios. No se prestaba demasiada atención a la demonología, tema normalmente vinculado con la angelogía en los cursos de teología. Se esperaba que los jóvenes seminaristas aprendieran a ser sacerdotes, no exorcistas. Se les preparaba para trabajar como curas o pastores ayudantes en las parroquias. Los cursos del seminario se centraban en los principios de la teología católica que los futuros sacerdotes más necesitaban aprender. Como sacerdotes, se ocuparían de problemas de fe y moral que les plantearían católicos corrientes. Los instructores del seminario creían, correctamente, que existían pocas probabilidades de que un sacerdote, en especial un nuevo sacerdote como Hughes, se enfrentara con la necesidad de realizar un exorcismo.

Pero ahí estaban Hugues, O’Boyle y Robbie. Una noche de invierno de 1949, los tres se vieron implicados en un exorcismo. O’Boyle, según se dice, indicó a Hughes que no anotara nada referente al exorcismo y que nunca hablara de ello. Al parecer, no dio ninguna otra instrucción al joven sacerdote.

Robbie empeoraba. Ya no iba al colegio ni hacía muchas cosas. Cada noche aparecían los arañazos. El poco rato que dormía lo hacía inquieto y retorciéndose, agotado. A menudo parecía hallarse en trance o hechizado, y a veces parecía necesitar tratamiento psiquiátrico.

Las reglas para el exorcismo indicaban: «Si puede hacerse con facilidad, la persona poseída debería ser conducida a la iglesia o a algún otro lugar sagrado y honrado, donde se celebrará el exorcismo, lejos de la multitud. Pero si la persona se encuentra enferma, o por cualquier otra razón válida, incapaz de moverse, el exorcismo puede celebrarse en una casa particular».

Hughes decidió que Robbie debía ingresar en un hospital, bajo control. Hughes debía de estar desesperado. No tenía a nadie en quien confiar, ningún sitio adonde acudir. Un miembro de la parroquia, a la sazón en la escuela graduada, recuerda «un sacerdote anciano delgado y con el pelo blanco» que paseaba por los alrededores de la parroquia. Pero Hughes, en su propio breve y evasivo relato, no menciona que consultara con otros sacerdotes.

El mismo joven feligrés, a la sazón monaguillo, recuerda otra cosa de Hughes: «Una mañana entró y tenía un aspecto horrible. Tenía la cara llena de manchas. Era como una colmena. Estaba agotado, despeinado. Parecía absorto en algo».

Robbie fue ingresado en el Georgetown Hospital, parte del complejo de la universidad de Georgetown-Facultad de Medicina de la Universidad de esta ciudad, en Washington, dirigido por jesuitas. Al parecer, Hughes lo hizo por iniciativa propia, en secreto y sin ningún médico. Un documento dice que un psiquiatra se ocupó del ingreso y, cuando Robbie se volvió conflictivo, llamó a Hughes. Otro documento dice que el hospital sabía que se realizaría un exorcismo. Esto parece más probable, puesto que se trataba de un hospital católico y tenía el ambiente propio de éstos. Había monjas, la mayoría de las cuales eran enfermeras, que recorrían los pasillos con hábitos blancos y cofias blancas. En las paredes colgaban crucifijos y se celebraba misa cada día en la capilla.

Un día entre el domingo 27 de febrero y el viernes 4 de marzo, Robbie fue trasladado al Georgetown Hospital e ingresado con nombre falso. La superiora de las monjas dio órdenes estrictas de que no se guardara ningún registro sobre el exorcismo. Siguiendo órdenes de Hughes, se pusieron correas a la cama y se pasaron por encima de las sábanas, cubriendo el frágil cuerpo de Robbie. (Las instrucciones para el exorcismo indican que al demoníaco se le pueden colocar «grilletes si existe algún peligro».) Robbie estaba tumbado boca arriba, con los ojos cerrados. Sobre este punto no existen más que documentos de segunda y de tercera mano. Uno dice que Hughes entró vestido con bata de médico sobre su sobrepelliz y sotana y que Robbie, con voz potente, ordenó a Hughes que se quitara la cruz que llevaba pero que no se veía. Otra historia —atribuida a un sacerdote que visitaba con frecuencia el hospital— dice que una monja entró en la habitación con una bandeja y que ésta se le escapó de las manos y se fue a estrellar contra una pared.

Un tercer relato, efectuado años más tarde, describe la escena con estas palabras: «Había crucifijos en la pared y las enfermeras eran monjas. Y la cama del hospital iba de un lado a otro de la habitación, sin que nadie la moviera. En el pecho del muchacho aparecieron de pronto marcas de arañazos mientras las monjas le miraban. No podían mantener la cama quieta». Otro informe, basado en uno de los relatos del propio Hughes, dice que Robbie empezó a proferir juramentos en una lengua extranjera que posteriormente se dijo que era arameo, una lengua semítica hablada en los tiempos bíblicos. (Un informe posterior, bien documentado, sobre el caso de Robbie no menciona que tuviera competencia en semejante lengua.)

Hughes, siguiendo las reglas, habría dicho misa aquel día y ofrecido oraciones especiales para tener éxito. Sobre su sotana negra llevaba un almidonado sobrepelliz blanco. En la cabeza, recto en lugar de inclinado como de costumbre, llevaba su birrete negro. Alrededor del cuello llevaba una estola de color púrpura cuyos anchos extremos le colgaban por encima de la sobrepelliz. Entró en la habitación con un reluciente aspersor de oro medio lleno de agua bendita. Empezó rociando la habitación con agua bendita. Colocó el aspersor sobre una mesa y se acercó a la cama. Robbie seguía tumbado con los ojos cerrados. Probablemente se encontraban en la habitación una monja y quizá un auxiliar clínico.

Hughes se arrodilló junto a la cama, con El ritual romano en las manos. Empezó a recitar la Letanía de los Santos —el Quién es Quién del Cielo, como solían denominarlo los chistosos piadosos como Hughes—: «Santa Madre de Dios (…) San Miguel, San Gabriel (…) Todos los santos ángeles y arcángeles. Todas las santas vírgenes y viudas, todos los hombres y mujeres santos, santos de Dios… ». Pidió a Dios que les librara «de todo mal, de todo pecado, de Tu ira, de la muerte repentina e inesperada, de las garras del diablo». Lo diría en latín, como habría dicho la oración que comenzaba con las palabras «Ne reminiscaris, Domine… Olvida, Oh Señor, nuestras ofensas, las de nuestros padres: no nos castigues por nuestros pecados… » Por fin, preparándose para las oraciones propiamente del exorcismo, Hughes empezó a rezar el Padrenuestro: «Pater Noster… ».

Las instrucciones indicaban que el exorcista rezara la oración «de modo inaudible» hasta llegar a la frase «Et ne nos inducas in tentationem [Y no nos dejes caer en la tentación]». En este punto, los demás presentes en la habitación —probablemente una enfermera y un auxiliar clínico— tenían que terminar la oración, audiblemente, con Hughes: «Sed libera nos a malo [Mas líbranos del mal]».

Uno de los brazos de Robbie se movió casi imperceptiblemente bajo la correa. Liberó una mano. Nadie se percató de que bajaba la mano por el lado de la cama y de algún modo aflojaba una pieza del somier…

Hughes gritó y se puso en pie con dificultad, el brazo izquierdo inerte. El sobrepelliz y la estola se mancharon de sangre. Robbie había rajado el brazo de Hughes desde el hombro hasta la muñeca. Para cerrar la herida fueron precisos más de cien puntos.

En su relato del exorcismo, Hughes no menciona este incidente. No prosiguió el exorcismo. Desapareció de St. James poco después de haber resultado herido y se cuenta que sufrió una crisis nerviosa. Largo tiempo después, algunos de sus antiguos feligreses le vieron predicando en iglesias católicas en otros lugares de la archidiócesis. En el altar, sólo podía levantar una mano cuando, durante el momento más sagrado de la misa, sostenía en alto la hostia consagrada. La gente que le veía decía que parecía obsesionado y encerrado en sí mismo, como si siempre estuviera mirando hacia su interior.


4

LOS ARAÑAZOS DECÍAN ST. LOUIS

Después de que Robbie hiriera al padre Hughes, el muchacho pronto fue dado de alta del hospital, el cual silenció tan bien el incidente, que pocos miembros del personal médico sabían nada de lo sucedido. En Mount Rainier, se comunicó a los feligreses de St. James que su sacerdote había sufrido un accidente y estaría fuera algún tiempo. Pero por la parroquia circularon rumores. ¡Ese chico de los Mannheim! ¡Apuñaló al padre Hughes! Dicen que salvó la vida por los pelos. La gente afirmaba que oían gritos de maníaco y veían luces que irradiaban de la casa. Robbie volvió a ser el centro de temores y tumultos. Los vecinos que al principio habían bromeado acerca de la casa encantada y su muchacho embrujado ahora evitaban a los Mannheim. La policía recibía llamadas anómimas pidiéndoles que investigaran lo que ocurría en casa de los Mannheim.

Los Mannheim se mudaron tranquilamente a una casa similar situada a unos ochocientos metros. Pero el cambio de dirección no significó el fin de la ordalía. Robbie pareció sumirse aún más en sus hechizos, como lo llamaban sus padres. Phyllis Mannheim estaba más convencida que nunca de que su hijo se hallaba en las garras de algo malo, algo que no pertenecía a este mundo. El reverendo Schulze al principio se había burlado de la idea de la posesión demoníaca. Pero se había convencido de ello lo suficiente para llamar a un sacerdote. Ahora había abandonado, y Phyllis pensaba en hacer lo mismo. «Estaban dispuestos a levantar la bandera blanca», recordó posteriormente una persona de confianza.

Pero Phyllis sólo tenía que mirar a su hijo para saber que tenía que ayudarle, fuera lo que fuese lo que le ocurría. Según habían dicho los médicos, era el único hijo que podría tener.

Ella y Karl hablaron de volver a mudarse, temporalmente. Phyllis era de St. Louis, Misuri, donde ella y Karl tenían familia. Llevarían a Robbie a casa de los parientes que vivían allí. Quizás en un nuevo lugar, lejos de Mount Rainier, Robbie podría deshacerse de lo que parecía tenerle en su poder.

Los padres de Robbie aún hablaban de ir a St. Louis cuando sucedió algo que les convenció de marcharse. Una noche, mientras Robbie se estaba preparando para acostarse, se miró en el espejo del cuarto de baño y se echó a gritar. Su madre se precipitó al cuarto de baño. Robbie tenía la chaqueta del pijama desabrochada. El chiquillo temblaba. Garabateada con sangre sobre su pecho había una sola palabra: Louis.

Phyllis Mannheim procuró mantener la calma. Cogió a Robbie en sus brazos, sintió su corazón latir con fuerza junto al suyo. Le acompañó a su dormitorio. Iremos a St. Louis —le dijo—. Iremos a St. Louis. Empezó a hablar muy deprisa, diciéndole que empezaría a trabajar en ello enseguida. Pero requeriría tiempo. Karl Mannheim tenía que cogerse tiempo libre del trabajo. Había que llamar a los parientes, comprar billetes de tren… Robbie se dobló de dolor y soltó un gemido. Se bajó los pantalones del pijama. En la cadera su madre vio brotarle sangre a través de la piel. Era como si le salieran arañazos, como si algo le estuviera clavando la garra desde dentro. Los arañazos formaron una palabra: Sábado.

Phyllis Mannheim estaba demasiado perpleja para percibir que el cuerpo de Robbie estaba actuando como un tablero Ouija. Preguntó: ¿Cuánto tiempo? Mientras él volvía a gritar y a hacer muecas, ella se dio cuenta, con gran horror, de que su pregunta le causaría daño al muchacho, pues le obligaría a dar otra respuesta escrita con sangre. Esta vez apareció en el pecho: arañazos que ella leyó entendiendo que permanecerían allí tres semanas y media.

Posteriormente, dijo que se sintió obligada a obedecer los mensajes. La razón indicaría que debería haberse resistido, puesto que al parecer los horribles mensajes ensangrentados los producía la fuerza que atormentaba a Robbie. Pero la lógica terrenal hacía tiempo que había desaparecido en esta familia. El cuerpo de Robbie les había dado señales, y ellos seguirían esas señales.

El sábado 5 de marzo, Robbie, Phyllis y Karl Mannheim fueron a la Union Station de Washington, donde subieron a un tren nocturno para St. Louis. Viendo pasar el paisaje, Phyllis Mannheim tuvo oportunidad de repasar mentalmente las siete turbulentas semanas anteriores y de intentar descifrar lo que había visto y experimentado.

Tía Harriet estaba viva el 15 de enero, cuando todo comenzó, cuando empezaron a oír los arañazos. Cuando murió, el 26 de enero, parecía haberse producido un cambio: era casi como si algo estuviera creciendo y acercándose a Robbie. Ahora estaba dentro de él. La madre de Robbie no podía describir lo que sentía: la presencia, el acecho. No había escrito nada de lo que estaba sucediendo. No tenía medios de comparar un día con el siguiente. Pero no cabía duda de que las cosas estaban cambiando. Los arañazos producidos en una pared en enero ahora aparecían en el cuerpo de su hijo.

¿Lo había estado imaginando todo? Phyllis empezó a contar cuántas personas de las que conocía habían visto lo que ella y Karl: parientes, amigos, ministros de la iglesia, un sacerdote, enfermeras, monjas. Y los profesores y niños del colegio. Y los vecinos. Aquellos amistosos vecinos que habían ofrecido su ayuda. Habían oído los rumores y habían insinuado que creían que Robbie hacía trucos. Se lo llevarían a su casa a pasar la noche y, ya verás, lo que ha sucedido en tu casa no sucederá en la nuestra.

Pálidos y balbuceantes, regresaban a primera hora de la mañana siguiente. En su casa habían volado objetos y se habían movido muebles. Lo habían visto. Phyllis terminó con ellos su recuento. Catorce. Catorce personas habían presenciado sucesos para los que no existía explicación terrena.

¿Qué ocurría en la mente de Robbie? ¿De dónde había sacado la fuerza —y la astucia— para deslizar su pequeña mano por el costado del somier y hacerse con una tosca arma? ¿Sentía rabia cuando hirió al padre Hughes? ¿Qué era lo que impulsaba a este frágil muchacho? ¿Y adonde era conducido?

Arraigada en la cultura popular se halla una vieja frase que pronunciamos sin darnos cuenta de lo que decimos: ¿Qué diantres le ha poseído para que hiciera eso? Posesión: la idea de que alguna fuerza pueda invadir un alma y dominarla. Tenemos enterrado ese temor primitivo bajo capas de lógica y de ciencia. En nuestro mundo, en el mundo de Phyllis Mannheim, la posesión es el relleno de las pesadillas. Para otras culturas, la posesión es una realidad cotidiana, una creencia compartida por toda la comunidad.

Phyllis y Karl Mannheim no tenían la creencia cultural de la posesión, y, con el violento final del intento realizado en el Georgetown Hospital, no tenían fe en el exorcismo. Eran unos padres que, aunque vivían en un mundo demasiado refinado para la posesión, veían, al otro lado del abismo, a un hijo que se retorcía en un extraño mundo en el que ésta existía. Cómo llegar hasta él, cómo salvarle se convirtió en su búsqueda. Era una búsqueda sin guías, pero no sin tradición.

Para hacer regresar a Robbie tendrían que aventurarse en los dominios de la superstición y de lo sobrenatural. Irían adonde pocos habían ido en los tiempos modernos.

La religión dividía a la familia Mannheim en St. Louis. Algunos eran católicos y otros eran luteranos. Todos los parientes adoraban a Robbie y apreciaban a los Mannheim. Todos ofrecieron su ayuda. Cuando llegaron a St. Louis, Phyllis y Karl se enfrentaron con una elección que reflejaba el conflicto entre los enfoques católico y no católico de la posesión. En la estela de la experiencia devastadora con el padre Hughes, decidieron acudir a un ministro luterano, y, de manera increíble, a una nueva forma de tablero Ouija.

El lunes 7 de marzo, en la casa de St. Louis de los parientes luteranos, los tíos de Robbie reunieron a otros dos o tres parientes alrededor de una mesa de cocina de porcelana. Uno de ellos escribió el alfabeto en una hoja de papel y sostuvo un lápiz por encima. Todos permanecían sentados en absoluto silencio, buscando lo que ellos llamaban un médium alfabético. La mesa se movió, y la persona que sostenía el lápiz subrayó una letra. Otra persona ante la mesa escribió la letra en otra hoja de papel. La mesa volvió a moverse, y de nuevo el que sostenía el lápiz subrayó una letra y la otra persona la anotó al lado de la primera.

Y así sucesivamente —movimiento de la mesa, letra subrayada… movimiento de la mesa, letra subrayada— hasta que los presentes captaron el mensaje. Era de tía Harriet: ella era el espíritu que causaba los fenómenos inexplicables. No era el diablo.

Los parientes fueron entonces a un dormitorio a ver cómo tía Harriet demostraba que se hallaba entre ellos. Mientras permanecían allí, una pesada cama se movió casi un metro. No había nadie cerca.

Robbie estaba en un rincón leyendo un libro de comics. De pronto, lanzó un grito y se dobló de dolor. Phyllis, que comprendió lo que había ocurrido, le desabrochó la camisa y vio los ya familiares arañazos que rezumaban sangre fresca. Como había sucedido tan inmediatamente después del mensaje recibido con la mesa, pensó que, con toda probabilidad, las palabras pertenecían a tía Harriet. En general, los que vieron los mensajes escritos con sangre informaron más tarde de la parte del cuerpo de Robbie donde aparecía el escrito y de cuáles eran las palabras. Pero no se dio ninguna información acerca de este mensaje concreto.

Robbie se acostó, y después de desearle buenas noches uno tras otro, sus parientes le dejaron solo. Pronto oyeron ruidos en el dormitorio y se precipitaron en él. La cama se agitaba con violencia. Robbie estaba tumbado inmóvil. Phyllis se acercó a la cama y se inclinó para escuchar. Oyó los arañazos, y vio moverse el colchón, como si alguna bestia estuviera dentro e intentara salir. Los parientes que se atrevieron se acercaron a la cama y se quedaron cerca de Phyllis. También ellos, informaron más tarde, oyeron los arañazos. Durante toda la noche, los parientes entraron en la habitación y vieron la cama sacudirse y escucharon los arañazos. Robbie durmió en intervalos, pero cuando estaba despierto, permanecía extrañamente calmado.

El día siguiente, martes 8 de marzo, los Mannheim se trasladaron a casa de otros parientes: al domicilio de tía Catherine, católica, que estaba casada con el hermano de Karl Mannheim, George. Al igual que Karl, George había sido educado en la religión católica pero no era practicante. Se había casado en una iglesia católica para complacer a la familia de su esposa. Como condición para este «matrimonio mixto», como lo denominaba la Iglesia católica, George había accedido a prometer que él y Catherine educarían a sus hijos como católicos. Tenían dos hijos y una hija. Billy era más joven que Robbie; Marty tenía la edad de Robbie. Elizabeth asistía a la universidad de St. Louis, una institución jesuita.

Al igual que todos los parientes de los Mannheim en St. Louis, George y Catherine habían oído todos los detalles de la penosa experiencia de Robbie. También sabían que la familia de Phyllis había llamado a un ministro luterano para que les ayudara. Su llegada y partida había sido mucho más rápida que la del reverendo Schulze. En una repetición de lo que había sucedido en Mount Rainier, el ministro luterano de St. Louis sospechó que se trataba de una posesión diabólica y recomendó que un sacerdote católico viera a Robbie. Después de esa recomendación, el ministro se apresuró a marcharse.

Karl y Phyllis —especialmente Phyllis— se resistían a la idea de llamar a otro sacerdote. Ella seguía creyendo —creencia verificada con la sesión de la mesa que se movía— que tía Harriet, por alguna razón desconocida, perseguía a Robbie. Phyllis prefería que el fantasma de una tía poseyera a su hijo a que lo hiciera un demonio coaligado con Satanás. Y la herida causada al padre Hughes la había asustado. Robbie podía gritar y retorcerse, las camas podían moverse y los jarrones podían volar, pero no se había producido ningún acto de violencia hasta que comenzó el exorcismo católico. Phyllis asociaba exorcismo y violencia.

Todo el martes Robbie pareció satisfecho. Cuando su primo Marty regresó de la escuela, jugaron juntos. La hora de la cena transcurrió sin incidentes. Más tarde, entre ellos, los cuatro adultos se felicitaban por haber librado a Robbie de lo que le había estado atormentando. Phyllis empezó a pensar en el mensaje de las tres semanas y media y decidió que Robbie, que había faltado tantos días a clase, debería matricularse en la escuela de Marty.

Llamó a Robbie y le habló de su decisión. Robbie la miró con frialdad, hizo una mueca y se desabrochó la camisa. Los arañazos decían: Nada de escuela. En otra ocasión, cuando ella mencionó la escuela, Robbie alzó las muñecas. Había un NO arañado en cada muñeca. Entonces se levantó las perneras de los pantalones. En cada pierna había una N grande. Phyllis se estremeció. Ése no era Robbie. Había algún nuevo poder en él. Dijo más tarde que le pareció que estaba leyendo una orden de alguien. Tuvo miedo. No se volvería a hablar de la escuela.

El martes por la noche, Robbie fue a acostarse con Marty. Los adultos entraron en el dormitorio para desearles buenas noches. Los muchachos parecían estar bien. Tenían el mismo aspecto que en otras visitas realizadas: dos primos que duermen juntos una noche, dispuestos a hacer el tonto en cuanto los padres se marcharan. Unos minutos más tarde, empezaron a oírse ruidos procedentes del dormitorio.

Para Phyllis y Karl, aquellos ruidos eran desesperadamente familiares. Para George y Catherine, eran espantosamente nuevos. Los cuatro se precipitaron al dormitorio. Los ruidos de arañazos parecían proceder de todas partes pero al parecer se originaban en el colchón. Mientras observaban, el colchón saltaba arriba y abajo con furia. Después empezó a avanzar, dirigiéndose hacia las columnas de los pies de la cama. Los dos muchachos estaban tumbados de espaldas, completamente inmóviles.

Ahora les tocó a los padres de Marty saber lo que era el miedo. Su hijo yacía en esa amenaza que vibraba y arañaba en el dormitorio. Su hogar había sido invadido. Había que hacer algo. Catherine sintió una profunda necesidad de un sacerdote.

Elizabeth Mannheim, cuando le contaron lo sucedido en el dormitorio de Marty, sugirió hablar con uno de sus profesores jesuitas de la universidad de St. Louis. Quizá él sabría qué hacer. Para los padres de Robbie, en especial para Phyllis, un sacerdote significaba más violencia, más locura. Pero no pudieron poner objeciones. No estaban en su casa. ¿Y si Catherine tenía razón? ¿Y si Marty se hallaba entonces en peligro? Acordaron que Elizabeth hablara con un jesuita.


5

UNA BENDICIÓN SACERDOTAL

Al día siguiente, Elizabeth se acercó a su profesor favorito, el padre Raymond J. Bishop, S. J., de cuarenta y tres años de edad, jefe del Departamento de Educación y magnífico profesor de futuros profesores. Bishop sabía escuchar, y siempre tenía tiempo para sus alumnos. También poseía una cualidad que compartía con otros muchos miembros de la Compañía de Jesús: era un sacerdote devoto pero no se hacía el piadoso.

Bishop vio que Elizabeth estaba preocupada e inmediatamente hizo juegos malabares con sus planes para hablar con ella. Igual que casi todos los jesuitas, el obispo había realizado su carrera enseñando a muchachos y a hombres. La universidad de St. Louis había sido una institución masculina hasta que después de la guerra empezó a admitir mujeres. La coeducación todavía era una novedad en el recinto universitario en 1949, igual que el dar consejo a las chicas sobre asuntos personales. Bishop se preparó para la entrevista.

Sintió alivio cuando ella empezó contándole que quería hablar de algo referente a su primo de fuera de la ciudad. Luego le contó lo ocurrido en los dos hogares de la zona de St. Louis que Robbie había visitado: los muebles que se movían, los arañazos en el cuerpo de Robbie, la sensación de amenaza. Sobre todo, le habló de lo que ella había visto en su propia casa y de cómo su hermano pequeño había sido atrapado en lo que al principio había asombrado y después aterrado a los miembros de las dos casas.

Bishop diría más adelante que había percibido desde el principio que Robbie estaba amenazado con la posesión. Pero no mencionó sus sospechas a Elizabeth. Guardó para sí su instinto sacerdotal, mientras pensaba en lo que era la posesión y hasta qué punto podía demostrarse. Si Robbie estaba poseído, había ciertas señales que debería ver por sí mismo. Necesitaba averiguar más cosas de Robbie. Pero antes de hacerlo, decidió que hablaría con otros jesuitas. Dijo a Elizabeth que volvería a hablar con ella lo antes posible.

Bishop buscó entonces al padre Laurence J. Kenny, S. J., un hombre famoso por su afabilidad y sabiduría. Kenny, que tenía más de noventa años, se acababa de retirar como profesor de historia. Era el confesor de muchos de los sacerdotes de la comunidad jesuita de la universidad. Había vivido suficiente tiempo para haber visto y oído una mayor cantidad de vicios y virtudes humanos que los demás miembros de la comunidad. (Posteriormente recordó haber conocido a un ministro luterano que acudió a la universidad de parte de Robbie. Como lo contó Bishop, Elizabeth había acudido primero a él. Es posible que sucedieran las dos cosas. La familia, con ramas católica y luterana, buscó alivio en ambas Iglesias.)

Después de oír lo que Elizabeth había contado a Bishop, también Kenny sospechó que se trataba de un caso de posesión. Recomendó reunirse con el padre Paul Reinert, S. J., presidente de la universidad.

Existe una similitud superficial en los jesuitas, vestidos con la sotana negra. Todos siguen el mismo largo y riguroso período de formación. La mayoría desarrollan su carrera en la misma provincia, en lo que se llama región administrativa jesuita. Los que tienen aproximadamente la misma edad han tenido los mismos profesores, han asistido a los mismos seminarios y universidades, han leído los mismos libros de texto, han oído las mismas historias, han contado los mismos chistes. Su disciplina crea un clima de igualdad. Están controlados por reglas y regulaciones estrictas como las de una organización militar, la cual, de hecho, sirvió de modelo para la Compañía de Jesús. Pero dentro de esa sociedad vestida de negro existen individuos tan diversos como los soldados de la Legión Extranjera. Un jesuita es un individuo, con opinión y lleno de peculiaridades adquiridas con orgullo.

Cada uno de los tres sacerdotes que conferenciaron sobre Robbie habló desde una experiencia diferente y desde una faceta distinta de la ética jesuita. Bishop, brillante y lógico, sabía que había dejado que su intuición eclipsara a su razón. Estaba permitiendo que la creencia medieval en la posesión apareciera en una universidad moderna. Pero percibía algo que profundamente estaba mal y necesitaba consejo. Kenny, anciano y sensato, creía que lo que hubiera poblado el mundo en la Edad Media todavía podía acechar en las sombras del siglo veinte. Y, por último, Reinert, que vivía unos momentos cruciales en su universidad, no necesitaba más cargas. Él era un estudioso con el arnés de un administrador renuente. «Hay algo insidioso —dijo en una ocasión— en el efecto de la administración sobre la mentalidad de un hombre. » Sin embargo, había hecho voto de obediencia, y como le habían ordenado ser presidente de una universidad, lo era.

Reinert estaba orgulloso de su universidad y estaba consagrado a ella. No quería que Bishop se lanzara de cabeza a lo que podía resultar un episodio embarazoso para la universidad de St. Louis. Él creía que la universidad, centro intelectual de la provincia de Misuri, tenía un importante papel en un esfuerzo por parte de muchos jesuitas norteamericanos para llevar la Compañía de Jesús —y el catolicismo norteamericano— a una nueva era. El recinto universitario de Reinert albergaba el controvertido Instituto de Orden Social, un centro de pensamiento liberal fundado por los jesuitas norteamericanos contra el consejo de los críticos de Roma y dentro de sus propias filas estadounidenses. Los jesuitas de la comunidad universitaria habían estado en las primeras líneas en la guerra por desagregar St. Louis.

El Instituto de Orden Social había promovido los esfuerzos de los jesuitas para acabar con la segregación en la ciudad; los jesuitas habían dirigido cuatro parroquias de negros, así como escuelas para negros, oficinas de empleo, campamentos de verano y una casa de retiro. Se habían desatado las pasiones sobre el tema, y el predecesor de Reinert había expulsado con gran enojo al jesuita más vociferante de la comunidad. Pero en 1944, la universidad se convirtió en la primera institución educativa de Misuri que llevó a cabo la integración. Tres años más tarde, el reverendísimo Joseph E. Ritter, arzobispo de St. Louis, desagregó la archidiócesis.

Los jesuitas están acostumbrados a operar fuera de la jerarquía católica de papa-obispo-pastor. La jerarquía jesuita está compuesta por jesuitas. Cada provincia opera bajo un Padre Provincial, que depende del Superior General que está en Roma; éste se halla bajo la autoridad del papa. Históricamente, los jesuitas con frecuencia han chocado con el Vaticano, y en esos conflictos, el poder del Superior General vestido de negro le valió el epíteto de «El papa negro».

En 1949, los jesuitas y el Vaticano estaban en paz. Pero, corno siempre, los jesuitas formaban un grupo aparte. Cuando se escribían uno a otro acerca de asuntos de los jesuitas, a menudo se referían a la compañía como Nosotros, como en, por ejemplo, una referencia histórica: «Cuando Nosotros fuimos por primera vez a St. Louis… ». Muchos sacerdotes jesuitas tenían más fe en sí mismos que en la autoridad central de Roma, más interés en este mundo que en cualquiera que pudiera existir más allá. Cuando un jesuita del Instituto escribía un artículo, el tema se refería con más frecuencia a la justicia social que a las devociones espirituales.

El catolicismo norteamericano está formado alrededor de la parroquia, un vecindario eclesiástico que con frecuencia coincide con el vecindario seglar. Cada pastor es supervisado por un obispo o, en las áreas metropolitanas, un arzobispo. Las comunidades jesuitas de instituciones como la universidad de St. Louis se hallan bajo un doble control. El Padre Provincial gobierna a los jesuitas y sus actividades en su provincia; el obispo o arzobispo gobierna algunas de las actividades espirituales de los sacerdotes jesuitas. Sin su permiso, no pueden decir misa, celebrar bodas, administrar la Sagrada Comunión o ni siquiera presidir el funeral y entierro de un católico perteneciente a su jurisdicción.

Esto planteaba a Reiner otro problema. Si la extraña historia del padre Bishop resultaba ser un posible caso de posesión diabólica, la universidad de Reinert tendría que tratar con la archidiócesis de Ritter sobre la cuestión de realizar un exorcismo. Al igual que el padre Hughes había tenido que obtener el permiso del arzobispo O’Boyle para efectuar un exorcismo, el padre Bishop tendría que obtener el consentimiento del arzobispo Ritter. Las relaciones entre la universidad y la archidiócesis eran buenas. Como Reinert, Ritter fomentaba el pensamiento religioso moderno y, evidententemente, estaban de acuerdo en la moralidad de la desagregación. Pero ¿cómo, pensó Reinert, podía presentar este enigma medieval a Ritter? ¿Qué efecto produciría un exorcismo en las relaciones de los jesuitas con Ritter? ¿Qué pensaría el público no católico de una universidad que había resucitado semejante superstición?

No mucho antes, la Compañía de Jesús había cambiado las tareas de los presidentes de las universidades jesuitas, que también habían sido rectores, responsables del bienestar espiritual de la universidad y de la comunidad jesuita. Ahora era rector otro jesuita, y Reinert no tenía responsabilidad directa para resolver lo que era esencialmente un problema espiritual. Pero habló con Bishop.

Bishop comentó más adelante que habló con Kenny y Reinert. No mencionó que hubiera hablado con el rector. Sin embargo, un hecho es cierto, en esa discusión inicial de la llamada de ayuda de Elizabeth, la comunidad jesuita decidió que los jesuitas estaban obligados a resolver el problema. El rector podía haber ordenado simplemente a Bishop que dijera a Elizabeth, católica practicante, que acudiera a un sacerdote de su parroquia. Pero si lo hubiera hecho, el rector habría desairado a Elizabeth y omitido las responsabilidades espirituales que sentían Bishop y Kenny. Y si Elizabeth buscaba el consejo de un párroco, éste tendría que acudir a Ritter para obtener permiso para realizar un exorcismo, y Ritter descubriría que los jesuitas de la universidad de St. Louis habían sido pusilánimes.

Cualquiera que haya aprendido latín con un profesor jesuita ha oído esa palabra. Los profesores jesuitas, que a menudo imparten etimología y ética simultáneamente, señalan que pusillus significa «muy pequeño» y animus significa «alma». La cobardía no es sólo un temor innoble; la cobardía encoge el alma. Éste no es el camino de los jesuitas.

Bishop no anotó exactamente lo que dijo Reinert. Pero evidentemente no quería sumergirse en nada a ciegas. Aconsejó a Bishop: Vaya a la casa, déle una bendición sacerdotal y vea por sí mismo lo que sucede. Después decidiremos qué hacer a continuación.

Elizabeth había elegido bien. Bishop era abierto y se tomó interés por ella, igual que hacía con todos sus estudiantes. «Era una persona muy amable —dijo un jesuita que le conocía bien—. Era un hombre sensible. » También era un hombre que había servido a los demás durante casi toda su vida. Nacido de inmigrantes alemanes en Glencoe, Minesota, asistió a una escuela parroquial en su ciudad natal, después acudió a un instituto seglar. Quería ser profesor, así que se matriculó en el Normal Training Department del instituto de Glencoe. Después de un año de formación, pasó un año enseñando en escuelas rurales de Minesota. Luego ingresó en la Universidad de Minesota para hacerse farmacéutico. Allí decidió cambiar de vida y se hizo jesuita.

Su formación, como la de todos los jesuitas, seguía las tradiciones que se remontan a la fundación de la Compañía de Jesús en 1540 por Ignacio de Loyola. Mientras estaba convaleciente de una herida de guerra, Ignacio leyó un libro sobre vidas de santos que le inspiró el dejar la espada y seguir una vida entregada a Dios. Fundó una orden religiosa diferente de todas las que habían existido hasta entonces. Los miembros de la Compañía de Jesús no eran monjes contemplativos. Tenían que ser soldados de Cristo, hombres «dispuestos a vivir en cualquier parte del mundo donde existiera la esperanza de la mayor gloria de Dios y el bien de las almas».

Bishop ingresó en la Compañía en 1927 y adoptó un sistema espiritual de disciplina y estudios —Ratio Studiorum— que poco había cambiado desde el siglo dieciséis. Después de unos meses de prueba, empezó un noviciado de dos años dedicado a la oración y la meditación, mezcladas con tareas secundarias humillantes. Moviéndose en silencio en el transcurso de un apretado día, las campanas le marcaban el paso. «Sonaban —escribió un jesuita de esa época—, campanas para levantarse, campanas para la meditación, campanas para la misa, campanas para el desayuno, campanas para las clases… » Al final del noviciado, hizo votos de obediencia, castidad y pobreza. Podía poner S. J. después de su nombre y tocarse la cabeza con birrete. Durante los siguientes once años fue conocido como escolástico.

Para Bishop, el silencio y los días medidos por las campanas prosiguieron en el seminario St. Stanislaus, en las tierras de labrantío de Florissant, Misuri, en las afueras de St. Louis. Allí estudió griego y latín durante dos años, y después tres años de filosofía. Todas las clases eran en latín, así como los debates preparados para probar el conocimiento escolástico y la capacidad de pensar y hablar en pie. Los escolásticos llevaban una vida de estudio, aislamiento y humillación. Recibían una lista de veinticinco culpas o faltas, entre las que se encontraban el «obedecer con renuencia», «falta de puntualidad» y «hablar a los demás con aspereza, autoritariamente o con sarcasmo». Quien sucumbiera a una falta tenía que admitirlo en público.

En su séptimo año, el escolástico recibe una misión que interrumpe sus estudios en el seminario. Normalmente, se le asigna enseñar en un instituto jesuita durante dos o tres años. Bishop fue destinado al instituto de la universidad de St. Louis.

Después vinieron cuatro años de teología. Al final del tercer año, el jesuita es ordenado sacerdote y ya no es escolástico. Al fin se dirigen a él con el nombre de padre y no señor. Cuando es ordenado, lleva trece años en la Compañía. Entonces comienza un año de «tercianidad», que significa el tercer período de prueba (el primero es el breve período de prueba y el segundo el noviciado). Al menos, parte de la tercianidad suele dedicarse a trabajo sacerdotal más que escolástico.

Todos estos catorce o quince años conforman lo que la Compañía llama la «formación de un jesuita». Cuando la formación de Bishop terminó, fue destinado al Richurst College de Kansas City, donde iba a convertirse en decano de la Facultad de Artes y Ciencias. Pero su carrera varió bruscamente debido a la repentina enfermedad del director del departamento de Educación de la universidad de St. Louis. Bishop recibió la orden de trasladarse a St. Louis para ayudar al director enfermo. Cuando éste murió, Bishop se hizo cargo del departamento. Llevaba siete años como jefe del departamento cuando Elizabeth le dijo que quería hablar con él acerca de Robbie.

Tras conferenciar con Reinert, Bishop llamó a Elizabeth y le dijo que le gustaría ver a Robbie lo antes posible. Aquella noche, el miércoles 9 de marzo, un miembro de la familia recogió a Bishop en la universidad y le llevó a casa. El coche se detuvo frente a una casa de ladrillos de dos pisos ubicada tras un patio delantero de césped en una tranquila calle de las afueras, a unos kilómetros al nordeste de St. Louis. Elizabeth presentó a Bishop a sus padres y después le acompañó a otra habitación para que conociera a los padres de Robbie. Al hallarse de nuevo frente a un sacerdote, Karl y Phyllis Mannheim al principio se mostraron tímidos y torpes. En lo que a ellos se refería, aquel amable padre Bishop de hablar suave no era más que otro sacerdote como el padre Hughes. No se dieron cuenta de que existía una profunda diferencia entre el padre Hughes, un joven párroco que estaba solo, y el padre Bishop, un sacerdote que podía hacer uso de los recursos de la Compañía de Jesús.

Los Mannheim pronto tomaron simpatía a Bishop y le contaron lo que les había estado sucediendo a ellos y a su hijo desde el 15 de enero. Bishop les interrogó con suavidad, sondeando incoherencias en sus historias, obteniendo detalles, tomando notas. ¿Dónde se encontraba Robbie cuando la fruta voló en la cocina? Respecto a ese incidente con el sillón, ¿usted mismo se sentó en él, señor Mannheim? ¿Y dice usted, señora Mannheim, que ha contado catorce testigos? ¿Y qué vio exactamente cada uno de ellos? Bishop intentaba mantener su entrevista de una manera no emocional y no religiosa. Era un ejercicio de lógica, de razón, una búsqueda de datos.

Los Mannheim le hablaron del tablero Ouija, la sesión de espiritismo en la mesa de la cocina, la muerte de tía Harriet. Dijeron que habían hablado con un psiquiatra de St. Louis, pero, como el psiquiatra de Maryland, no había resultado útil. Los padres, curiosamente, eran reticentes a hablar de su experiencia con el padre Hughes. Por alguna razón que sólo ellos conocían, dijeron a Bishop que Hughes no había conocido personalmente a Robbie. También dijeron que comprendían que Hughes había hecho gestiones para realizar un exorcismo pero no lo había realizado. Tal vez no deseaban contar a Bishop lo de la herida causada a Hughes en el Georgetown Hospital. Cualquiera que fuera la razón, Bishop no se enteró del intento de exorcismo en el hospital.

A continuación, Bishop habló con Robbie y le encontró como muchos de los alumnos de primer curso a los que Bishop, como escolástico, había dado clases en el instituto de la universidad de St. Louis: tranquilo, no muy atlético, los libros le aburrían pero estaba bien dispuesto para aprender. No era un muchacho que causara problemas a sus padres. Sin embargo, los Mannheim le habían dicho que Robbie se había vuelto rebelde, había amenazado con fugarse y parecía al borde de la violencia. Era como si algo estuviera intentando apoderarse de él, dijeron a Bishop. Ellos tenían pocos conocimientos referentes al fenómeno llamado posesión, pero lo que dijeron alertó a Bishop. Lo que estaba oyendo le perturbaba en gran manera, pero procuró no demostrarlo.

Fue de habitación en habitación, bendiciendo cada una de ellas con plegarias murmuradas en latín con voz suave y haciendo el signo de la cruz con la mano derecha levantada. Había llevado consigo agua bendita bendecida en nombre de san Ignacio, de quien se dice realizó un exorcismo. Bishop rociaba cada habitación con agua bendita. En el dormitorio que utilizaba Robbie, Bishop hizo lo que más tarde denominó «una bendición especial», que repitió sobre la cama de Robbie.

La «bendición especial» que Reinert había aconsejado era un exorcismo de bajo nivel contra lo que los teólogos llaman infestación, la forma más suave de actividad diabólica. El fenómeno que los Mannheim habían relatado a Bishop —arañazos en la pared y el suelo, ruidos, objetos que volaban— podía indicar que había demonios pululando por los lugares en los que Robbie se hallaba cerca. Semejante presencia diabólica, según la antigua creencia, podía ser contrarrestada con una forma suave de exorcismo, el exorcismo de un lugar.

Bishop, siguiendo esa antigua tradición cristiana, intentaba eliminar de un lugar los poderes no terrenales. «Los lugares —iglesias, casas, ciudades, aldeas— pueden estar sometidos a tensión e influidos por diversas causas, y con frecuencia por más de una al mismo tiempo», explica un tratado católico sobre exorcismos. Un lugar, dice el tratado, podía estar infestado por fantasmas; por magos interesados en lo oculto; por repetidas actividades pecaminosas (como en el lugar de antiguos ritos del culto a la fertilidad); por «recuerdos de lugares» de pecado o violencia; por poltergeists. Estas causas no son necesariamente demoníacas y no son objeto de exorcismo. Pero, por si existe alguna interferencia demoníaca, «un principio general sensato es realizar un exorcismo en general».

En 1599, un jesuita, Martín del Río, describió dieciocho clases de demonios o apariciones demoníacas. La decimosexta clase incluía «espectros que en ciertos momentos y lugares u hogares suelen ocasionar diversas conmociones y molestias», espíritus que podrían perturbar el sueño de quien duerme «con ruido de cacharros y lanzamiento de piedras, y, después de quitarle el colchón, le sacaron de la cama». Esta descripción, tan típica del comportamiento de un poltergeist, también incluye el tipo de molestias soportado por una aparente víctima durante la fase de infestación de la posesión.

Bishop sabía ya que no parecía importar dónde estuviera Robbie; era molestado adondequiera que fuera. Existía la posibilidad de que «el caso», como Bishop lo llamó posteriormente, ya hubiera pasado de la infestación a la siguiente fase: la obsesión. En esa fase, según una definición teológica publicada en 1906, «el demonio nunca le hace [a la víctima] perder el conocimiento pero no obstante le atormenta de tal modo que su acción [la del demonio] es manifiesta».

Los arañazos y golpes en la casa de Robbie, en Maryland, habrían sido señales de la fase de la infestación. Los arañazos en el cuerpo de Robbie, que Bishop todavía no había visto, indicaban obsesión. Lo que todavía no había aparecido eran indicios de la tercera fase: la posesión real, definida por la misma fuente de 1906 como un estado producido cuando un demonio hace que la víctima «pierda el conocimiento y entonces parece interpretar en su cuerpo la parte del alma: utiliza, al menos aparentemente, sus ojos para ver, sus oídos para oír, su boca para hablar… Es ella [la víctima] quien sufre como si tuviera una quemadura en la piel si se la toca con un objeto que ha sido bendecido».

Bishop también había llevado consigo una reliquia, que prendió con un alfiler, a una esquina de la almohada de la cama de Robbie. La bolsita de tela contenía un pedacito diminuto de material en un pequeño envase de cristal. El fragmento, demasiado viejo e infinitesimal para ser identificado fácilmente, era una reliquia de segunda clase de santa Margarita María. Una reliquia de segunda clase es un resto de algo que supuestamente ha sido tocado por un santo: un retal de una prenda, una astilla de madera. Una reliquia de primera clase procede del cuerpo del santo; normalmente, se trata de una astilla de hueso o un mechón de pelo.

Los jesuitas eran especialmente devotos de santa Margarita María Alacoque, monja francesa del siglo diecisiete, porque su consejero espiritual era un jesuita. Él la estimuló cuando, contra la oposición inicial en el seno de la Iglesia, ella empezó lo que se convirtió en devociones mundiales al Sagrado Corazón de Jesús. Al prender su reliquia en la almohada de Robbie, Bishop invocaba la intercesión de una mujer que había afirmado haber experimentado un momento de unión mística con Jesús. Ella decía que Jesús se le había aparecido, había colocado el corazón de ella dentro del suyo y «me hizo ver que el mío era como un diminuto átomo que se consumía en aquel ardiente horno. Después lo retiró como una llama en forma de corazón y volvió a colocarlo en el lugar de donde lo había sacado». Los inmigrantes católicos llevaron a Estados Unidos la práctica de reverenciar al Sagrado Corazón. La devoción se centró en una imagen que se encuentra en incontables iglesias y hogares católicos de EE. UU.: la imagen de Jesús en una pintura o litografía mostrando su corazón sangrante y llameante, con una corona de espinas. Sin duda alguna, Bishop había crecido viendo aquella imagen en su hogar.

Cuando fue hora de que Robbie se acostara, el muchacho subió al piso de arriba. Unos minutos más tarde, Bishop entró en el dormitorio de Robbie y le deseó buenas noches. Después, Bishop regresó al piso de abajo para hablar un poco más con los padres y tíos de Robbie antes de que le acompañaran a…

De pronto, todos oyeron algo. Dejaron de hablar y aguzaron el oído. Los ruidos —golpes secos y violentos— procedían del segundo piso. Entonces Robbie gritó y todos se precipitaron escaleras arriba.


6

LAS NOCHES DE LOS SACERDOTES

Ante la puerta del dormitorio de Robbie, todos se quedaron a un lado para que entrara el padre Bishop. Éste vio que el colchón de Robbie se movía hacia delante y hacia atrás. «El muchacho permanecía completamente inmóvil —informó posteriormente Bishop— y no realizaba ningún esfuerzo físico. El movimiento en una dirección no sobrepasaba los noventa centímetros, la acción era intermitente y cesó por completo después de unos quince minutos. »

Bishop sacó la botellita de agua bendecida en nombre de san Ignacio y roció la cama formando la señal de la cruz. «El movimiento cesó de repente —escribió Bishop con su imperturbable estilo en tercera persona— pero volvió a comenzar cuando el sacerdote salió de la habitación. »

Robbie gritaba; «Robbie parecía sentir un agudo dolor en el estómago», describió Bishop. La señora Mannheim se precipitó a la cama y apartó las sábanas. Levantó la chaqueta del pijama de Robbie lo suficiente para «mostrar unos arañazos en zigzag formados con líneas rojas sobre el abdomen del muchacho». Bishop anotó con precisión que «durante aquellos quince minutos el muchacho no estuvo fuera de la vista de los seis observadores»: el padre Bishop, los padres de Robbie, los tíos de éste y, presumiblemente, su prima Elizabeth.

El colchón pronto dejó de sacudirse y todos salieron de la habitación. Robbie parecía estar a punto de dormirse. Eran las once y cuarto.

El día siguiente, martes 10 de marzo, el padre Bishop habló con un amigo íntimo, el padre William S. Bowdern, S. J. Los gritos de Robbie aún resonaban en la mente de Bishop cuando le relató lo que había visto y oído. Bowdern, fumando un cigarrillo, escuchó con atención. No se trataba de una discusión jesuita sobre algún punto elevado de la teología agustina. Se trataba de un muchacho, un muchacho de trece años que tenía alguna clase de problema espiritual, y Bowdern se interesó de inmediato por el caso. Pasaba mucho más tiempo ocupándose de personas con problemas que de la teología.

A diferencia de la abrumadora mayoría de jesuitas de la comunidad, Bowdern no enseñaba. Era responsable de la iglesia de San Francisco Javier, llamada así por un jesuita del siglo dieciséis que era uno de los seis hombres que en torno a Ignacio de Loyola fundaron la Compañía de Jesús.

La iglesia de San Francisco Javier era conocida como la Iglesia de la Universidad o de Javier. Aunque construida principalmente para servir a los estudiantes y el profesorado de la universidad, también era una parroquia que servía a la numerosa comunidad católica de las cercanías de la universidad. La iglesia, hecha a imitación de una catedral de Irlanda, estaba construida con piedra caliza adornada con piedra de Bedford. Tenía un fuerte e imponente aire gótico con una gran nave con columnas y altísimas bóvedas. Los críticos de arquitectura lo habían llamado un buen ejemplo del neogótico inglés del siglo diecinueve.

Como pastor, Bowdern respondió al rector de la universidad y al arzobispo Ritter, quien, como Ordinario de la archidiócesis, era el superior de todos los sacerdotes de su jurisdicción. Pero en realidad Bowdern poseía gran autonomía. Aunque era miembro de la comunidad jesuita, no formaba parte del profesorado de la universidad sino que pertenecía más a los feligreses que a la comunidad jesuita. De él se decía que no había faltado a ninguna fiesta anual del santo patrón en St. Louis en los últimos diez años.

Aunque los jesuitas de la comunidad vivían en una casa comunal y hacían sus comidas en la mesa del refectorio, él vivía, como cualquier párroco, en una rectoría, una pequeña casa de madera entre la iglesia y una residencia de jesuitas llamada Verhagen Hall.

Bowdern era el administrador de una iglesia atareada, con un apretado programa de bautizos, bodas, llamadas de enfermos, funerales y fiestas del santo patrón. Era un hombre accesible a todo el que llamara a la puerta de la rectoría, y nunca parecía cansado de escuchar a los que acudían a él con sus miedos y malas acciones. Tenía asignados uno o dos sacerdotes jesuitas nuevos que actuaban como ayudantes, en general durante unos meses seguidos. Eran jóvenes, acababan de ser ordenados y se hallaban en su año de tercianidad, un respiro de servicio espiritual antes de recibir sus principales tareas académicas o escolásticas.

Bowdern, de cincuenta y dos años y natural de St. Louis, había ingresado en la Compañía de Jesús a la edad de diecisiete años, después de terminar el instituto en la St. Louis University Academy (posteriormente llamada St. Louis University High School). Era un hombre bajo y robusto, de pelo negro y de mandíbula cuadrada, con fama de actuar con frialdad y decisión. Fumaba cigarrillos sin parar.

Después de ser ordenado le nombraron director del instituto del St. Mary’s College de Kansas, donde enseñó durante sus años escolásticos. Se trasladó a la St. Louis University High School, donde se convirtió en director. Entonces fue nombrado rector de Campion Jesuit High en Prairie du Chien, Wisconsin. En 1942 inició una etapa de cuatro años como capellán militar, y sirvió en los escenarios europeos y de China-Birmania-India. Poco después de dejar el ejército, en 1946, fue nombrado párroco de la iglesia de la universidad.

Bowdern era jesuita profeso, distinción que no se entiende fácilmente fuera de la Compañía. El proceso comienza casi al final del período de formación filosófica, cuando los escolásticos jesuitas se someten a un duro y amplio examen oral en latín. Los que alcanzan una puntuación superior a seis sobre diez pasan a lo que se conoce como el curso largo. Los otros son destinados al curso corto.

Aunque ambos grupos de escolásticos estudian durante la misma cantidad de tiempo, el adjetivo «largo» o «corto» indica la intensidad y profundidad del estudio que se asigna a cada uno. El jesuita que pasa con éxito el primer examen oral y más tarde otro de teología es un jesuita profeso, siempre que su carácter moral también se considere que se distingue suficientemente. Entonces realiza un cuarto voto: obediencia al papa. En varias ocasiones en su historia, los jesuitas han tenido problemas con el Vaticano, y este cuarto voto es un gesto que subraya la aceptación de la autoridad papal por parte del jesuita.

Los jesuitas profesos están capacitados para puestos de autoridad, como, por ejemplo, Padre Provincial (el cabeza de una provincia) o presidente de una universidad. Normalmente, sólo los jesuitas profesos pueden enseñar filosofía y teología. Los jesuitas que no son profesos se conocen como «coadjutores». En la práctica cotidiana, los jesuitas no hacen distinción entre los profesos y los coadjutores. Pero la designación aparece en su historial personal y afecta a su carrera. Como lo explicó un jesuita: «En lugar de ser el vehículo para que la Compañía te acepte, haces voto de obediencia al papa y de no hacer jamás nada que rebaje a la Compañía. Aceptas la Compañía».

Así que Bowdern, como jesuita profeso, no tenía una categoría superior a su amigo Bishop, que no era profeso. Pero, como rector, había ido por un camino profesional diferente. Para muchos de los jesuitas más jóvenes de la comunidad, Bowdern era más mentor que colega. Aunque Bishop y Bowdern habían forjado una amistad en la comunidad jesuita de St. Louis, su relación aquel día de marzo era compleja. Bishop quería, y recibió, el consejo de Bowdern como amigo. También recibió el consejo de un hombre que, como le describió un jesuita, «carecía por completo de miedo».

Bishop no informó más tarde de su conversación con Bowdern, y es arriesgado especular sobre lo que hablaron. Los jesuitas, con su visión de la Compañía como «Nuestra», no resultan fáciles de percibir ni de analizar por alguien de fuera. Pero es razonable suponer que Bishop se veía a sí mismo como profesor que había sido arrastrado a algo que escapaba a sus conocimientos o a su experiencia. Sería sensato pasar «el caso», como él lo denominaba, a alguien que pudiera aportar más experiencia: Bowdern el pastor, Bowdern el capellán castrense. Dadas las complejidades que los jesuitas pueden tejer en torno a temas morales, tal vez existiera otra razón: Bishop consideraba a Bowdern un hombre santo. Para los jesuitas, hay una significativa distinción entre piadoso y santo. La piedad puede verse o ser expresada; la santidad es interna, espiritual y, si es necesario, firme.

Un jesuita que les conocía a ambos creía que, de los dos, Bishop era el más piadoso, una palabra que resulta penosa para la mayoría de jesuitas, que son notoriamente duros con su religión. Defienden con rigor su fe, confiando más en la razón que en la revelación. Bishop, con su reliquia de segunda clase y el agua bendita de san Ignacio, parecía haber actuado de manera piadosa, si la piedad es una sobreabundancia de fe. Sabía a credulidad, una ofensa intelectual para un jesuita.

Un jesuita menos piadoso habría hecho preguntas incisivas, investigado los antecedentes de la familia y vacilado antes de cruzar tan deprisa el umbral de la razón y penetrar en el reino del misterio. Y sin embargo, Bishop había presenciado algo que parecía traspasar la razón. Más adelante escribiría que había visto el colchón sacudirse, había visto los arañazos en zigzag aparecer en el cuerpo de Robbie. Bishop pronto empezó a hacer preguntas y a investigar los antecedentes del caso. Pero su instinto inicial había sido reaccionar de manera piadosa, y en consecuencia había cruzado el umbral.

Después de su primera entrada en el mundo de Robbie, Bishop quizá no quería confiar en su propio sentido de la piedad. Quizá quiso tener un testigo en quien pudiera confiar, un testigo sacerdotal. Y tenía a un buen candidato en su amigo Bowdern, un sacerdote leal y experto que había visto la cara de la guerra, un jesuita al que otros jesuitas llamaban un hombre santo.

Cuando los dos sacerdotes terminaron de hablar aquel jueves por la noche, Robbie se hallaba en la cama, después de un día sin incidentes. Poco después el colchón empezó a sacudirse otra vez. Los ruidos de arañazos llenaron la habitación y seguían un ritmo como de pies golpeando el suelo. Era como si algo marchara hacia Robbie. El imperdible clavado en la almohada se abrió solo y la reliquia cayó al suelo, como si alguien la hubiera arrojado allí.

El viernes, Elizabeth contó a Bishop lo que había sucedido la noche anterior. Bishop dijo que volvería a la casa aquella noche con el padre Bowdern. Elizabeth se ocupó de que su padre recogiera a Bishop y Bowdern, que no conducían, en la iglesia de la universidad a las diez.

Bowdern estaba finalizando una agotadora novena: nueve días de devociones especiales en la Iglesia de la Universidad. Cada día había servicios de plegarias a mediodía, por la tarde, a la hora de cenar y a las nueve de la noche. Bowdern las oficiaba y predicaba una homilía en cada servicio. No era un gran predicador. Tenía la tendencia a repetir las palabras para dar énfasis. Pero sus homilías, sacadas de la vida cotidiana, siempre eran bien recibidas. El servicio principal, completado con coro, era el viernes por la noche a las nueve. La iglesia estaba atestada de gente que asistía al final de la novena en honor del santo patrón de la iglesia, Francisco Javier.

Bowdern era un hombre devoto, y sus tres años de pastor en la iglesia de la universidad le había hecho consciente del valor de las reliquias, el agua bendita, las velas votivas y otros utensilios de fe. No eran el material de argumentos teológicos razonados sobre el bien y el mal; eran legados de los días de la iglesia medieval. Pero Bowdern sabía que las reliquias y el agua bendita a menudo ofrecían confort y conjuraban la calma e incluso la curación. Así, cuando partió para la casa donde vivía Robbie, se llevó dos reliquias. Una era una reliquia de primera clase de san Francisco Javier, un símbolo del catolicismo tradicional que desconcertaba a los jesuitas que querían que su religión se volviera más atractiva para los modernos católicos.

Javier, misionero en India y Japón, murió en 1552 en una isla desierta de Cantón (Guangzhou), China, y fue enterrado allí. Dos meses más tarde, su tumba y ataúd fueron abiertos. Los relatos de la época dicen que su cuerpo no se había descompuesto, afirmación conocida hecha acerca de los posibles candidatos a la santidad. El cuerpo fue llevado a Goa, la capital del enclave portugués en la India, y encerrado en una iglesia. El Superior General de los jesuitas ordenó que el brazo derecho del cuerpo fuera cortado por el codo y llevado a Roma, donde fue colocado en el altar de una iglesia.

Lo que el padre Bowdern se llevaba a la casa era un trozo de hueso del brazo derecho de Javier. La reliquia descansaba sobre terciopelo, bajo un cristal, en un relicario de oro que parecía una pequeña custodia. Bowdern también se llevó un crucifijo que había sido vaciado en dos sitios para alojar dos reliquias de primera clase. Una era de san Pedro Canisio, un teólogo jesuita del siglo dieciséis que fundó media docena de colegios y era un entusiasta escritor y predicador de la contrarreforma. La otra reliquia pertenecía a un grupo de santos conocidos como los Mártires Norteamericanos, seis jesuitas y dos ayudantes legos que resultaron muertos por los indios en la América francesa del siglo diecisiete.

Cuando los dos sacerdotes entraron en la casa, eran las diez. Bishop presentó a Bowdern, quien dijo a los padres de Robbie que también iba a efectuar una bendición sacerdotal. Al igual que Bishop, Bowdern también poseía años de experiencia en el trato con muchachos de la edad de Robbie. Charló con éste, sondeándole suavemente acerca de lo que había estado sucediendo. Luego Robbie subió al piso de arriba a acostarse. Ocupaba la habitación de su primo Marty. Éste dormía en otra habitación. Los padres de Robbie le desearon buenas noches hacia las once. Unos minutos más tarde, gritó pidiendo ayuda.

Los sacerdotes, los padres de Robbie, Elizabeth y sus padres se precipitaron escaleras arriba y entraron en la habitación de Robbie. El muchacho estaba incorporado, pálido. Las otras noches en que había sucedido algo, había estado pasivo y aparentemente no se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Aquella noche, tenía el aspecto de un niño asustado.

Robbie dijo que había sentido una especie de fuerza en la habitación. El imperdible que sujetaba la reliquia de santa Margarita María se había abierto y la reliquia se había elevado, había volado a través de la habitación y golpeado un espejo. «Parecía el golpe de una piedrecita», dijo. El espejo no se había roto.

Robbie levantó el brazo izquierdo. En la cara exterior del antebrazo tenía dos arañazos en forma de cruz. El padre Bishop se inclinó para examinar los arañazos y le preguntó si le dolían. «El dolor —escribió más adelante el padre Bishop— era similar al producido por el arañazo de una espina. La cruz permaneció a la vista durante alrededor de cuarenta y cinco minutos. »

El padre Bowdern dio un brinco interiormente ante lo que había visto, pero leyó con calma la oración de la novena de san Francisco Javier y bendijo a Robbie formando una cruz con el relicario de Javier sobre el muchacho. Sólo Bowdern y Bishop comprendieron que un fragmento de un hueso del antebrazo de un santo era utilizado para bendecir a un muchacho en cuyo propio antebrazo se había manifestado una cruz ensangrentada.

Bowdern sujetó el relicario del crucifijo debajo de la almohada de Robbie, al lado de la reliquia de santa Margarita María. Esta vez el colchón no se sacudió ni hubo arañazos ni golpes con los pies.

Todos volvieron a desear buenas noches a Robbie y bajaron al piso de abajo, donde Bishop empezó a recoger datos. Decidió confiar en lo que le habían enseñado: el pensamiento racional y el juicio. Decidió comenzar elaborando un informe sobre el muchacho y su familia. Lo tituló Estudio del caso y comenzaba con el nombre de Robbie, su dirección, año de nacimiento y religión. Proseguía:

Abuela materna: católica practicante hasta los catorce años. Abuelo paterno: bautizado católico pero no practicante. Padre: bautizado católico pero sin formación y no practicante. Madre: bautizada luterana.

En el piso de arriba, todo permanecía en silencio. Abajo, Bishop recogía esta información, junto con los relatos de los acontecimientos que se remontaban al mes de enero. Bowdern hacía alguna pregunta de vez en cuando, pero dejó que casi toda la entrevista la realizara Bishop. Los sacerdotes estaban a punto de marcharse cuando se oyó un fuerte estrépito procedente del piso de arriba.

De nuevo todos convergieron en la habitación de Robbie. Éste dijo que estaba adormilado cuando una botella de agua bendita que el padre Bishop había dejado allí el miércoles había salido volando de la mesa, que se hallaba a unos sesenta centímetros de la cama de Robbie, y había aterrizado a más de un metro de distancia, en un rincón de la habitación. Aunque cayó con fuerza al suelo, no se rompió.

Bowdern, sin decir una palabra, sacó su rosario del bolsillo y se lo puso a Robbie alrededor del cuello. Se quedó a un lado de la cama e hizo una seña a Bishop para que se colocara al otro lado. Juntos comenzaron a rezar el rosario, una de las plegarias que Robbie, como luterano, habría reconocido. «Padre nuestro, que estás en los cielos», comenzaron los sacerdotes. Pero terminaron la plegaria diciendo «líbranos del mal» y no añadieron la frase «pues Tuyo es el poder» empleada por los protestantes. El muchacho no advirtió, y, de hecho, casi nadie lo hacía, que la frase «líbranos del mal» del Padrenuestro es una forma suave de exorcismo.

Después, «Dios te salve, María, llena eres de gracia, bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Ruega por nosotros, pecadores… ». Para Robbie, eran palabras extrañas que procedían de aquellos extraños que vestían de negro y llevaban cuello blanco. Y repitieron una y otra vez esas palabras mientras los dedos del padre Bishop se movían sobre las negras cuentas iguales a las que Robbie llevaba al cuello. Robbie bajó la mirada y las tocó. Y se fue calmando a medida que proseguían las plegarias, hasta que el décimo Padrenuestro y la quincuagésima Ave María señalaron el final del rosario. Entonces, Bowdern, en una homilía espontánea, habló a Robbie de tres niños de su edad que habían visto algo que los demás no habían visto.

La historia de Bowdern era la de Nuestra Señora de Fátima, una visión que se apareció a tres niños cuando cuidaban ovejas cerca de Fátima, Portugal, en 1917. Bowdern contó a Robbie que la hermosa mujer de la visión era la madre de Jesús, la María de la oración llamada Ave María que los sacerdotes acababan de rezar. Ella dijo que se llamaba Nuestra Señora del Rosario y dijo a los niños que rezaran el rosario, que era lo que los sacerdotes acababan de hacer. Bowdern habló un poco de Nuestra Señora de Fátima. Las oraciones rezadas a ella, dijo, llegaban a Jesús, y éste respondía a las plegarias.

Sus palabras calmaron a Robbie, quien, adormilado, dijo buenas noches. Cada sacerdote bendijo a Robbie una vez más y luego, hacia las doce y media, los clérigos regresaron al recinto universitario. La larga noche por fin había terminado.

Pero, unos cinco minutos después de que el padre de Elizabeth se marchara con los sacerdotes, los agotados miembros de la familia que estaban en el piso de abajo —Elizabeth, su madre y los padres de Robbie— oyeron un fuerte ruido de raspaduras en la habitación de Robbie. Subieron pesadamente la escalera una vez más y fueron a la habitación del muchacho. Una pesada librería colocada contra la puerta impedía entrar en la habitación. El lugar habitual de la librería era el otro lado de la cama. Phyllis Mannheim asomó la cabeza por un costado del mueble. Su hijo seguía tumbado en la cama, con aspecto confuso y asustado. Un taburete que antes estaba ante un tocador ahora se hallaba cerca de los pies de la cama.

Phyllis se introdujo en la habitación y se echó sobre la cama, consolando a Robbie. La tía de Robbie y Elizabeth consiguieron retirar la librería hasta su lugar. Colocaron el taburete frente al tocador. Después, todos excepto Phyllis se marcharon. Ella permaneció en la cama con Robbie.

Todavía estaban intentando dormir cuando los dos, dijo más tarde Phyllis, percibieron una fuerza que penetraba en la habitación. El taburete del tocador se volcó. Robbie sintió que algo se agitaba debajo de su almohada, y después notó que el crucifijo que contenía las reliquias se movía lentamente a lo largo de su cuerpo hasta los pies de la cama. Fue a coger la reliquia de santa Margarita María. El imperdible estaba allí, pero no la reliquia. El muchacho no dijo nada. Su madre tampoco. Esperaron, sabiendo, antes de que sucediera, lo que oirían y sentirían a continuación.

Entonces llegó: los arañazos y las sacudidas del colchón, suaves al principio y cada vez más violentas. Los arañazos, cada vez más fuertes, los engulleron. El colchón temblaba con violencia y se movía a un ritmo frenético.

Por alguna razón, Phyllis, en aquel momento, pensó en tía Harriet.

Bajó de la cama, arrastrando a Robbie consigo. La habitación, a sus ojos y oídos, todavía era una confusión de arañazos y golpes. Los demás, en el piso de abajo, oían los ruidos pero esta vez no subieron la escalera. Esperaron, oyeron que se abría y se cerraba la puerta y que Phyllis y Robbie bajaban la escalera.

Jamás habían visto a Phyllis con aquel aspecto. Estaba tan inquieta que parecía al borde de la histeria. Hablaba no formando frases sino pronunciando palabras entre jadeos. No existe documentación de lo que dijo e hizo después. Son escasos los documentos sobre los sucesos posteriores de aquella larga y aterradora noche. «Las cinco personas de la casa —indica el diario del padre Bishop— decidieron entonces formular preguntas al espíritu. »

Phyllis se remontó al principio, a los intentos de ponerse en contacto con Harriet mediante golpecitos, a la sensación de que de alguna manera Harriet, un demonio no desconocido, nos estaba haciendo eso a nosotros.

Phyllis les reunió —a los católicos de la familia de su esposo— y les dijo. Detrás de todo esto está Harriet. Hemos de ponernos en contacto con ella. Es por el dinero.

Phyllis relató los últimos días de Harriet. Era una historia que todos conocían. Harriet se debatió entre la vida y la muerte algún tiempo. La noche del 25 de enero, dijo a su familia —su esposo John, sus hijos Danny y Mark y su hija Alice— que se acostaran y la dejaran morir mientras todos dormían. Murió entre las dos y las dos y media de la madrugada del 26 de enero.

¿No lo entendéis? El colchón, los arañazos. Escuchad. Ellos escucharon. Los ruidos del piso de arriba habían cesado. ¿No lo comprendéis? Mirad la hora. Justo antes de las tres. Phyllis intentó hacerles comprender por qué pensaba en tía Harriet. Ella sabía cuándo iba a morir. Y ha regresado para decirnos algo, y está intentando ponerse en contacto con nosotros a la hora exacta en que murió.

Empezaron a formular preguntas, dirigiendo Phyllis la improvisada sesión de espiritismo. La sesión anterior había sido el 7 de marzo alrededor de la mesa de la cocina de la casa de la rama luterana de la familia. Ésta, siguiendo las instrucciones de Phyllis, se celebraba, increíblemente, en el dormitorio, entre los arañazos y el colchón que daba golpes. Elizabeth y sus padres se quedaron atrás, pues, como católicos, creían que sus almas correrían peligro si intentaban convocar a los espíritus de los muertos. Aunque Robbie era, evidentemente, el centro o el blanco del torbellino producido en el dormitorio, no formó parte del interrogatorio de Harriet. Al parecer, Phyllis Mannheim protegía instintivamente a Robbie mientras iba tras Harriet.

El único relato de esta escena procede del diario del padre Bishop. Los detalles le fueron proporcionados en fragmentos mientras interrogaba a cada uno de los adultos, tratando de centrarse en Robbie y lo que le estaba ocurriendo al muchacho. Aquí, y en todo el diario, Bishop se despega y narra únicamente lo que vio y oyó o lo que los testigos con quienes habló vieron y oyeron. Él tiene una única misión: rescatar a Robbie de lo que sea que le acosa.

El relato de Bishop de cómo terminó esta larga noche es frustrante, pues plantea preguntas a las que no se tiene respuesta. Nadie relacionado con aquella noche habló del incidente relativo al dinero de Harriet. Y, en su diligencia por llegar a los hechos que afectaban a Robbie, el padre Bishop no llegó hasta el fin de este suceso fascinante aunque secundario.

«Las cinco personas de la casa decidieron entonces hacer algunas preguntas al espíritu», escribió Bishop. Imaginen al grupo reunido en el dormitorio. A un lado de la cama, donde se había rezado el rosario unas horas antes, se hallaba George, el hermano de Karl Mannheim, casado con Catherine, católica. A su lado se hallaba Elizabeth, la estudiante universitaria, pálida y perpleja por lo que ocurría en su casa y por el papel interpretado por ella al proporcionar un sacerdote. Allí estaba, de pie en el dormitorio de su hermano Marty, contemplando agitarse el colchón y oyendo comenzar de nuevo los arañazos. Marty había sido arrastrado a esta… a lo que fuera… la primera noche. Ahora el muchacho se encontraba en otra habitación, durmiendo plácidamente, esperaba ella. Elizabeth estaba atenta a todo lo que sucedía. Al cabo de unas horas, buscaría al padre Bishop para contarle lo que había ocurrido después de que él y el padre Bowdern se marcharan.

Al otro lado de la cama estaban Phyllis y Karl Mannheim, parte de la rama luterana. Habían conocido a Harriet la espiritista, la que creía en el tablero Ouija. Ahora, junto a la cama que se sacudía sin parar, volverían a dirigirse a Harriet.

Las preguntas formuladas en la tempestad reinante en el dormitorio se centraron en el dinero que tía Harriet había escondido en una caja de metal poco antes de morir. El relato de Bishop no menciona quiénes formularon las preguntas. Pero parece muy probable que lo hicieran Phyllis y Karl, en un intento por llegar a la hermana fallecida.

La entrevista con tía Harriet consistió en gritar una pregunta, como por ejemplo, ¿Dónde está el dinero? Como respuesta, la cama se sacudía y daba golpes. Alguien gritaba. «¡Harriet, basta!» Las sacudidas cesaban momentáneamente «como si [Harriet] escuchara la siguiente pregunta». Luego, se repetía la pregunta o se formulaba otra ¿Está en esta casa? y la cama se sacudía. Luego, alguien, probablemente Phyllis, interpretaba las sacudidas Dice que no y la cama dejaba de sacudirse si Harriet estaba de acuerdo con la interpretación o seguía sacudiéndose si estaba en desacuerdo. Mediante este extraño diálogo, creía Phyllis, ella y Karl pudieron enterarse de que tía Harriet había escondido un mapa en el desván de su casa, y sólo Karl podría encontrarlo. Este mapa le conduciría hasta la caja de metal que contenía el dinero, pero éste estaba destinado a la hija de Harriet, Alice.

¿Karl se marchó, encontró el mapa y después el dinero? Sólo la familia lo sabe, y nadie de ésta ha querido nunca hablar del legado oculto de tía Harriet. Los archivos del Tribunal de Testamentarías indican que no dejó testamento. Así que no existe registro público que indique siquiera si tenía alguna finca que dejar.

Para Robbie y su caso, la cuestión de la caja de metal de tía Harriet (y si se encontró o no) es importante sólo porque demuestra que ella siguió implicada en esta vida después de su muerte. Para Robbie y sus padres, ella se convirtió en un recuerdo terco y malévolo que se mostraba como una presencia que daba golpes y producía arañazos. La mente razonable quiere ver estos golpes y arañazos como alucinaciones. Pero para Robbie y su familia, lo que veían y oían era real. Creían a sus sentidos, aunque no comprendieran el motivo de lo que experimentaban. ¿Lo causaba tía Harriet? ¿Era ella un espíritu intranquilo del otro mundo? ¿Eso la convertía en una manifestación del mal? ¿Ocurrió algo entre ella y Robbie, algo tan oscuramente secreto que ahora acosaba al muchacho?

Aquel sábado, más tarde, Elizabeth contó a Bishop lo que había sucedido después de que él y Bowdern se marcharan. Las preguntas la atormentaban al igual que al resto de la familia. Ella estaba segura de que algo perseguía a Robbie, adondequiera que él fuera. Había empezado en Maryland, y ahora parecía que cada noche empeoraba. Bowdern, terminada ya la novena, podía ahora dedicar más tiempo al misterio que Bishop le había planteado.

Ambos hombres sabían que la posesión diabólica era una posibilidad a la que tenían que hacer frente. El informe de Bishop hace parecer probable que en este punto supieran muy poco, si es que sabían algo, del intento abortado de exorcismo realizado por el padre Hughes en febrero. Para ellos, el caso era nuevo. Empezaron a examinarlo con rigor. Si tenían que pedir permiso al arzobispo Ritter para realizar un exorcismo, necesitaban algo más que relatos de reliquias que volaban y estanterías que se movían.

Estuvieron de acuerdo en que Robbie podía haber causado todos los incidentes que se habían producido hasta entonces en St. Louis, incluido el traslado de la librería, la cual calcularon que pesaría unos veinticinco kilos, arrastrándola sobre el pulido suelo de madera. También estuvieron de acuerdo en que tenían que tratar como rumor los informes que daban los padres de lo sucedido en Maryland. La lista de Phyllis Mannheim de catorce testigos era interesante pero también era algo que conocían de oídas.

El propio Robbie era un enigma. Bowdern y Bishop le compararon con los adolescentes a los que daban clases. Él era en muchos aspectos un muchacho típico, no demasiado estudioso, aficionado a los libros de cómics más que a los clásicos. Cabía esperar que, como hijo único, estuviera quizá un poco mimado. Un buen chico, obediente, respetuoso con sus padres y las personas mayores. Pero era muy calmado, muy despegado. Parecía consciente de lo que le sucedía y al mismo tiempo ajeno a ello. Dado lo que había experimentado desde enero, podía muy bien estar mentalmente enfermo. O, si no gravemente enfermo, al borde de una crisis nerviosa causada por las noches de sueño fragmentado.

Bowdern y Bishop, igual que el padre Hughes había hecho en febrero, recurrieron al Ritual romano. La sección sobre el exorcismo tenía veintiuna reglas y observaciones acerca de la posesión y el exorcismo. Una regla incitaba a estudiar los casos de posesión y advertía que un posible exorcista «no debe creer demasiado fácilmente que una persona está poseída por un espíritu maligno», pues la víctima podría sufrir una enfermedad mental. Al igual que Hughes, comprobaron las señales de posesión diabólica. Ellos no le habían oído hablar en una lengua extranjera ni adivinar el futuro y sucesos ocultos ni exhibir ningún poder extraordinario.

¿Qué tenemos?, se preguntaron los jesuitas. Quizá no lo suficiente. Había una especie de «exhibición de poderes»: el movimiento aparentemente aleatorio de todo, desde fruta y sillas a reliquias y crucifijos. Pero esto podía no ser más que la exhibición de las travesuras conscientes o inconscientes de un muchacho. Ese tipo de fenómeno era una conducta clásica de poltergeist, que se centraba en torno al inevitable adolescente. ¿Inquietante? Si. ¿Desconcertante? Sí. ¿Diabólico?

Quizá. Los dos jesuitas, en especial Bowdern, iniciaron un curso acelerado de posesión. «Billy Bowdern fue directo a los libros», recordó un jesuita. Buscó en las obras de teología de la biblioteca de la universidad, siguiendo la evolución del dogma de la Iglesia sobre el mal, el diablo, el exorcismo y la posesión. Bowdern encontró los espectros del jesuita Del Río de que «suelen ocasionar diversas conmociones y molestias». Interesante, Del Río, sin darse cuenta, estaba fundiendo la tradición folclórica del poltergeist con la posesión diabólica. Estos modelos históricos de demonios mal definidos reforzó la idea de Bishop y Bowdern. Los relatos que la familia hacía del caso, tan cuidadosamente detallado por Bishop, demostraba una clásica progresión de la infestación, el asedio tipo poltergeist alrededor de Robbie en Maryland, hasta la obsesión, que amenazaba, arañaba pero aún no se había apoderado del niño. A continuación venía la posesión misma. Quizá podamos detenerlo ahí.

Bishop y Bowdern decidieron pedir al arzobispo Ritter que encontrara y nombrara a un exorcista para que efectuara el rito antes de que un demonio se introdujera en Robbie.


7

EL ARZOBISPO ACEPTA EL CASO

Ni el padre Bowdern ni el padre Bishop querían ser el exorcista de Robbie. En su apresurada investigación —entre el sábado 12 de marzo y el martes 15 de marzo—, se enteraron lo suficiente de los exorcistas para decidir que ninguno de los dos era el sacerdote adecuado para la tarea. Los dos casos, uno en el siglo diecisiete en Francia y otro en el siglo veinte en América, les habían convencido.

El caso francés comenzó como una epidemia de posesiones entre las monjas de un convento de ursulinas en Loudun, una ciudad del oeste de Francia, donde un sacerdote lascivo acababa de ser quemado en la pira por brujería. Durante el frenesí que acompañó a su juicio y ejecución, las historias de posesión florecieron en el convento. Al final, diecisiete monjas y algunas de sus estudiantes, la mayoría de ellas jóvenes mujeres de la nobleza, afirmaron estar poseídas. Los exorcistas afluyeron en Loudun. Luego, en diciembre de 1634, con gran renuencia, un provincial jesuita cedió a los deseos de los oficiales de la iglesia y envió a cuatro jesuitas a Loudun corno refuerzos.

Bowdern y Bishop sin duda habían oído hablar del caso de Loudun. Fue uno de los más famosos en los anales de los jesuitas, aunque poco conocido por el público en general. (El libro de gran éxito de Aldous Houxley, Los demonios de Loudun, aún no se había publicado.) Existía una amplia documentación acerca del tema que era fácilmente accesible a cualquier investigador serio.

Aunque la brujería y los demonios aún poblaban las mentes cristianas en la Francia del siglo diecisiete, Europa había salido de la Edad Media y se hallaba al borde de la Edad de la Ilustración. Muchos católicos se cuestionaban la probabilidad de la posesión, y los jesuitas se encontraban entre los primeros que dudaban, en especial acerca de la epidemia producida en Loudun.

Una razón de sus dudas era el fracaso de todos los demoníacos famosos en demostrar cualquiera de las señales tradicionales de posesión. Ninguna de las jóvenes mujeres demostró tener capacidad para hablar o comprender una lengua hasta entonces desconocida por ellas. Ninguna levitó ni exhibió fuerza sobrehumana, aunque podían realizar contorsiones prodigiosas. A veces «pasaban el pie izquierdo sobre el hombro hasta la mejilla. También se pasaban los pies sobre la cabeza hasta que el dedo gordo tocaba la nariz. Otras eran capaces de estirar las piernas tan a la izquierda y a la derecha que se sentaban en el suelo, sin que hubiera espacio visible entre sus cuerpos y el suelo».

Muchos jesuitas creían que las monjas que se retorcían, eructaban y soltaban bufidos no eran más que histéricas que fingían, consciente o inconscientemente, estar poseídas. Pero uno de los jesuitas enviados a Loudun, el padre Jean Joseph Surin, de treinta y cuatro años, lo creía. Se concentró en exorcizar lo que parecía ser el peor caso, la priora del convento, la hermana Jeanne des Anges. Antes de la llegada de Surin, había resistido a los extraordinarios intentos de expulsar los siete demonios que ella afirmaba habitaban en diversas partes de su cuerpo. (Dijo que el que tenía en el vientre había sido exorcizado con éxito con la ayuda de un enema de agua bendita.)

La priora fue observada de cerca por testigos creyentes y escépticos. Al igual que Robbie, exhibía arañazos que aparecían en su cuerpo. Una cruz ensangrentada apareció en su frente y permaneció allí tres semanas. Otro día, durante su sesión regular de exorcismo en la capilla del convento, se retorcía «como un volteador» cuando gritaba la palabra «Joseph». En aquel momento, según escribió un testigo, levantó su brazo izquierdo y «vi elevarse un color, un poco rojizo, que se movió unos tres centímetros a lo largo de la vena, y en él una gran cantidad de manchas rojas, que formaron una palabra que se veía con claridad; y era la misma palabra que ella pronunciaba: “Joseph”». El nombre apareció persistentemente incluso después de que la mujer se hubiera librado de sus demonios, y durante casi treinta años recorrió Francia exhibiendo esta marca de su posesión.

Su curación, según Surin, se produjo después de que él rogara que los demonios pasaran de la priora a él. Por noble que fuera el motivo de Surin, el hombre desconocía las advertencias teológicas de que no había que jugar con la posesión y el exorcismo. Sus experiencias, descritas con elocuencia en sus escritos, condujeron a teólogos posteriores a creer que Surin, un sacerdote algo místico, fue engañado para que rogara que los demonios pasaran a él. Los teólogos llegaron a la conclusión de que la víctima de posesión sólo era un señuelo; la víctima que Satán deseaba era el propio exorcista. Un teólogo jesuita moderno, al evaluar el destino de Surin, escribió que la posesión y la obsesión son «riesgos que no podemos controlar» y «jamás debemos desear».

Surin pronto se vio poseído, y su descripción de ese estado ha proporcionado a los modernos teólogos y psiquiatras una perspectiva de los efectos de la posesión. Para Bowdern y Bishop, las posesiones tan bien documentadas de Loudun habrían respondido a las preguntas: ¿Qué significaba estar poseído? ¿Cómo sería para Robbie? He aquí la respuesta de Surin, en una carta escrita a un amigo jesuita:

Me resulta casi imposible explicar qué me ocurre en esos momentos, cómo este espíritu extraño está unido al mío, sin privarme de la consciencia o de la libertad interior, y constituyendo, no obstante, un segundo «yo», como si tuviera dos almas. (…) Me siento como si hubiera sido traspasado por las punzadas de la desesperación en esa alma extraña que parece ser mía. (…) Incluso siento que los gritos que salen de mi boca surgen de ambas almas a la vez; y me resulta difícil determinar si son el producto de la alegría o del frenesí.

Se sentía convertirse en demonio. No podía soportar estar cerca de las hostias de la Sagrada Comunión. Cuando intentaba hacer la señal de la cruz, «la otra alma me vuelve la mano o me coge el dedo con los dientes y lo muerde salvajemente». Los demonios de Surin, tanto si pertenecían al infierno como si lo hacían de su mente torturada, le atormentaron durante veinticinco años. Sólo poco después de su muerte se sintió en paz. Otros dos exorcistas de Loudun murieron poco después de realizar su trabajo allí, y otros sacerdotes atribuyeron las muertes a la venganza de los demonios exorcizados.

Ni Bishop ni Bowdern creían que ninguno de los dos pudiera ser un Surin, no porque temieran un destino como el suyo o como el de otros exorcistas luteranos, sino porque eran hombres del siglo veinte, no del diecisiete. Ellos creían profundamente en su fe y en las enseñanzas de su Iglesia. Éstas incluían los exorcismos realizados por Jesús y las palabras de los Padres de la Iglesia y numerosos santos, que dieron fe de la posesión y el exorcismo. Pero, para un sacerdote de 1949, el exorcismo era un deber extraordinariamente raro, porque la posesión ya no era, como había sido en otro tiempo, un asunto de la experiencia cotidiana.

Desde los primeros siglos de la cristiandad, durante la Edad Media y hasta el siglo diecisiete, la posesión en Europa había sido tan corriente que la Iglesia necesitaba abundantes exorcistas, la mayoría de ellos legos. El papel del exorcista era reconocido como una orden menor que podía realizarla un no sacerdote. (Otras órdenes menores incluían a los acólitos, que ayudaban a los sacerdotes en los servicios eclesiásticos; los porteros, encargados de vigilar las entradas de la iglesia; y los lectores, que leían las Escrituras y otros pasajes durante el culto.) En el siglo veinte, los sacerdotes tenían monaguillos y conserjes, y los devotos sabían leer. Los acólitos, porteros, lectores —y los exorcistas— eran vestigios de otra era de la fe.

Aunque estaban autorizados para actuar como exorcistas, Bishop y Bowdern, como prácticamente todos los sacerdotes norteamericanos, nunca habían sido convocados para utilizar ese poder. Ahora habían llegado a ellos preguntas acerca del particular. Y este padre Hughes de Maryland. Sí, bueno, tal vez pidiera permiso. (…) Pero no sucedió nada. Por lo que Bishop y Bowdern sabían, el padre Hughes no había realizado realmente un exorcismo. Lo único que tenían para seguir adelante era lo que los padres de Robbie les habían dicho. Phyllis y Karl Mannheim quizá no sabían o no comprendían lo que había sucedido en el Georgetown Hospital en febrero. O, si lo sabían, no hicieron partícipes de ello a estos nuevos sacerdotes.

Bishop y Bowdern se enfrentaron con el problema. Robbie era un muchacho atormentado; quizá estaba a punto de ser poseído y sufrir como sufrió Surin. Pero ¿Robbie estaba mentalmente enfermo? ¿Dónde estaban las señales? ¿Era un joven norteamericano que necesitaba un exorcismo? ¿Cómo puede ser? Los exorcismos pertenecían al Viejo Mundo. Jamás en Norteamérica.

Entonces Bowdern encontró un panfleto que describía un exorcismo realizado en Earling, Iowa, en 1928. La mujer que estaba poseída, no identificada en el panfleto, fue conocida posteriormente sólo como Mary. Era una mujer del campo, de cuarenta años, que, desde su infancia en una granja de Iowa, se había visto atormentada de manera periódica por voces demoníacas. Los médicos y psiquiatras que la examinaron declararon que mental y físicamente se encontraba bien. La decisión de exorcizarla llegó despacio y con cierta renuencia. Las dubitativas autoridades eclesiásticas no estaban ansiosas por permitirlo, pero el pastor de Mary, el padre Joseph Steiger, presionó y por fin obtuvo permiso.

En agosto de 1928, Mary fue llevada en secreto a un convento. Un fraile franciscano de sesenta años, el padre Teófilo Riesinger, amigo de Steiger, fue designado como exorcista. El día en que tenía que comenzar el exorcismo, Riesinger ordenó que ataran a Mary a la cama y la sujetaran las monjas más robustas del convento. El sacerdote, que vestía una sobrepelliz sobre su hábito marrón ceñido con una cuerda, se pasó por el cuello una estola de color púrpura y se acercó a la cama de Mary. Cuando hizo la señal de la cruz sobre ella, según el panfleto:

con la velocidad del rayo, la posesa se desató de la cama y se deshizo de las manos que la sujetaban; y su cuerpo, transportado por el aire, aterrizó muy por encima de la puerta de la habitación y se pegó a la pared con una garra tenaz. Hubo que aplicar verdadera fuerza a sus pies para hacerla bajar de su posición en la pared.

Ella soltó un grito que pareció «una manada de bestias salvajes». De su boca, durante el largo exorcismo, salió espuma, baba y vómito «que habría llenado un jarro, sí, incluso un cubo lleno del hedor más repugnante… »

Su cuerpo, decía el panfleto:

quedó tan horriblemente desfigurado, que el contorno regular de su cuerpo desapareció. Su cabeza pálida como la muerte y demacrada… se volvió roja como las ascuas. Los ojos se le salían de sus órbitas, los labios se le hincharon alcanzando las proporciones de una mano, y su delgado cuerpo demacrado se hinchó hasta un tamaño tan enorme que el pastor y algunas de las hermanas se apartaron asustados, pensando que la mujer explotaría y se haría pedazos.

El exorcismo prosiguió, día tras día. Mary era alimentada intravenosamente gran parte del tiempo. Riesinger adoptó «la apariencia de un cadáver andante, una figura que en cualquier momento podía derrumbarse». Se dirigía a los demonios en inglés, alemán y latín y recibía respuestas en cada uno de estos idiomas. Un demonio se identificó como Judas Iscariote. Otra voz dijo que era el padre de Mary y que había invocado a los demonios maldiciéndola por negarse a someterse sexualmente a él.

Hacia las nueve del 23 de diciembre, «con un súbito estallido de la rapidez del rayo, la mujer poseída se deshizo de las garras de sus protectores y se irguió ante ellos. Sólo los talones tocaban la cama». Riesinger la bendijo y la rigidez de su cuerpo cedió y ella cayó, exhausta, sobre la cama. «Entonces, un sonido penetrante llenó la habitación, lo que hizo temblar con fuerza a todos. » Unas voces gritaban: «Belcebú. Judas. Infierno». En la habitación se percibía un hedor espantoso y Mary gritó: «¡Jesús mío, misericordia! ¡Alabado sea Jesucristo!».

El relato de la posesión y exorcismo de Mary era una lectura fascinante. Pero ¿una mujer se elevaba hasta el techo? ¿Un cubo lleno de vómito de una persona que es alimentada intravenosamente? El panfleto resultaba de un absurdo perturbador y estaba lleno de frases piadosas y afirmaciones crédulas.

Los jesuitas y los franciscanos han sido rivales durante mucho tiempo. (Un papa franciscano, Clemente XIV, disolvió la Compañía de Jesús en 1773. Ésta volvió a establecerse en 1814.) Ni Bishop ni Bowdern podían imaginarse a sí mismos en las sandalias de ese franciscano Riesinger, que estiraba el cuello para ver a una posesa elevarse hacia el techo. Riesinger había muerto, al parecer de causas naturales, en 1941. De haber estado vivo, Bowdern y Bishop probablemente no le habrían consultado. No necesitaban su tipo de testimonio tormentoso.

No existen documentos sobre la correspondencia y discusiones entre la comunidad jesuita y el arzobispo Ritter acerca del caso de Robbie. Lo que se sabe es que Bowdern obtuvo permiso de su superior para escribir una carta a Ritter para pedirle que se autorizara un exorcismo y se eligiera a un exorcista. Bowdern había decidido que él no estaba cualificado para ser exorcista, en especial dado que no se sentía un hombre santo. En cambio, presentaría el caso al arzobispo. Describió brevemente lo que Bishop y él habían visto y lo que les había contado la familia.

Mientras Bowdern y Bishop planeaban la presentación del caso, permanecieron lejos de la casa de Robbie. Los padres de éste dijeron a los sacerdotes que los arañazos y las sacudidas del colchón prosiguieron el domingo, el lunes y el martes. Un taburete, contaron los padres, había ido de un lado de la cama de Robbie al otro, y la reliquia de santa Margarita María había volado desde la almohada en la que la habían vuelto a sujetar. Bishop anotó esta información en su diario.

Anticipándose a la autorización de Ritter, Bowdern empezó a pensar en conseguir a un exorcista. Él creía que la persona debería ser un teólogo, preferiblemente jesuita. Realizó una discreta investigación entre los teólogos de la comunidad y la provincia. A dos se les pidió abiertamente. Ambos se negaron con cortesía. Bowdern nunca dijo por qué los teólogos no habían aceptado. Bishop no menciona en su diario el intento de reclutamiento por parte de Bowdern. Pero otro jesuita recordó: «Los que se negaron dijeron que no tenían suficiente fuerza. No fue un caso de escepticismo. Simplemente, no se sentían capaces».

Al parecer, Bowdern realizó la petición formal al arzobispo Ritter o el lunes 14 de marzo o el día siguiente. Ritter, según un sacerdote que ha examinado los archivos, no delegó la petición de los jesuitas en uno de sus monseñores. A diferencia de O’Boyle en Washington, Ritter efectuó su propia investigación y tomó una decisión sin ayuda. Su primera reacción fue negar el permiso. Era un prelado moderno que se estaba creando una reputación en el ala moderna de la Iglesia, y temía la reacción que podría derivarse de la publicidad de un exorcismo. Ello podría hacer retroceder a la Iglesia y ponerle a él en ridículo entre los demás prelados norteamericanos, quienes le veían como un líder que podía llevar la Iglesia a una nueva era ecuménica.

Ritter tenía cincuenta y cuatro años y era arzobispo de Indianápolis en 1947, cuando el papa Pío XII le nombró arzobispo de St. Louis. Un año más tarde ordenó la desagregación de todas las iglesias y escuelas de la archidiócesis. Cuando los intransigentes segregacionistas católicos amenazaron con desafiarle, Ritter dijo que excomulgaría a todo el que intentara impedírselo. Los sorprendidos oponentes se retiraron, y la segregación se produjo sin incidentes, igual que había sucedido en la universidad de St. Louis tres años antes. La rápida acción de Ritter contra la segregación tipificó su forma agresiva de tratar los problemas morales. Ya era un conocido eclesiástico de EE. UU. Le nombrarían cardenal en 1961, y en el Concilio Vaticano de 1962, capitaneó la facción progresista, que incluía a varios jesuitas.

A Ritter no le gustó lo que le llevó Bowdern. No se sentía cómodo exponiendo a su archidiócesis al ridículo que había producido el exorcismo en Iowa del año 1928. Él sabía que otros arzobispos u obispos de EE. UU. habían rechazado peticiones de exorcismos, obligando al presunto demoníaco a trasladarse a otra diócesis y volver a intentarlo, o acabar en un hospital mental. Él no podía hacerlo, pero no le gustaba escurrir el bulto. Cuando sustituyó al regio cardenal John J. Glennon como arzobispo de St. Louis, Ritter había sido comparado con Harry Truman, un misuriano que hablaba con franqueza y decía de su presidencia: «La responsabilidad acaba aquí». Ritter dirigía su archidiócesis como Truman dirigía su Casa Blanca.

Para Ritter, que contemplaba su reputación más allá de su archidiócesis; para Reiter, preocupado por su universidad; para Bishop y Bowdern, que buscaban un camino moderno que les llevara a un fenómeno antiguo; para todos los clérigos implicados en el caso de Robbie, el problema no era el exorcismo. Era el mal.

El trabajo fundamental de todos estos hombres era el avance del bien y la derrota del mal. Si éste acosaba a Robbie, siguiendo el camino clásico de la infestación-obsesión-posesión, estos hombres no podían elegir. No podían abandonar a Robbie, pues si lo hacían volverían la espalda al trabajo declarado de su vida.

La posesión es la esclavitud del mal. Las culturas primitivas y avanzadas de todas las épocas han creído en ella. Y todas las culturas que creían en la posesión habían hallado medios para eliminarla. Para los católicos, ese medio era el exorcismo. Ritter ahora tenía la llave de este exorcismo.

Como cuestión de fe, tenía que creer en la existencia del mal. Creer en el demonio, según algunos teólogos modernos, no era un dogma que los católicos tuvieran que aceptar. La Biblia, en particular el Nuevo Testamento, indica que el diablo existe. Es un actor en escenas bíblicas que proclaman su existencia en los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y en los escritos de Pablo. Como los católicos aceptan que la Biblia es una obra de inspiración divina, según la argumentación teológica tradicional, el diablo debe ser aceptado junto con las demás enseñanzas bíblicas. Los modernistas sostenían que el diablo era metafórico, y las metáforas no son artículos de fe.

Si Ritter no creía en la existencia del diablo, podía, en conciencia, rechazar la petición y sugerir que Robbie buscara su curación a través de la psiquiatría. Pero el arzobispo Ritter, como prelado católico, al menos tenía que profesar la creencia en la existencia del diablo. Lo que tenía que admitir en el caso de Robbie era otro asunto: la presencia del diablo.

Los teólogos llevan mucho tiempo reflexionando sobre la cuestión de la presencia del diablo dentro de un ser humano, comenzando con el supuesto de que Dios puso limitaciones al trabajo del diablo. «Si el diablo pudiera hacer todo lo que quisiera —escribió san Agustín—, no quedaría un solo ser humano vivo en la tierra. » Pero, aunque Dios limite al diablo, la Biblia dice que «ronda como un león rugiente en busca de alguien a quien devorar».

De ordinario, el diablo de las Escrituras no hace más que tentar, seduciendo a las personas para que cometan actos malvados. Se centra en el cuerpo débil mientras que el alma temerosa de Dios pelea para apartarle. Como escribió el apóstol Pablo en relación a esta creencia: «Yo me deleito en la ley de Dios en el hombre interior. Pero veo otra ley en mis miembros, que pelea contra la ley de mi mente y me hace cautivo de la ley del pecado que está en mis miembros. (…) Así, con la mente sirvo a la ley de Dios; pero con la carne, a la ley del pecado».

Esta visión dual de la condición humana —un cuerpo débilmente moral y una alma batalladora— enmarca el concepto de posesión diabólica, el asalto último del diablo al cuerpo. «La posesión —escribió un teólogo católico—, consiste en la presencia del diablo dentro del cuerpo humano, sobre el que el diablo posee total y despótico control. La víctima se convierte en un instrumento ciego del diablo. (…) [C]omo la persona poseída no es consciente de sus actos durante un ataque diabólico, y mucho menos es capaz de ejercer ningún control, la víctima de la posesión no es responsable de sus acciones, por atroces, malvadas o perversas que sean. »

Ritter no tenía ninguna manera conclusiva de demostrar que Robbie estaba poseído o en inminente peligro de ser poseído. El muchacho no mostraba ninguna de las señales tradicionales citadas en el Ritual romano. Así que Ritter se hallaba ante un dilema: si Robbie sufría una enfermedad mental y no posesión diabólica, no existía el mal. Un exorcismo no serviría de nada e incluso podría empeorar el estado del muchacho. Pero si se trataba de posesión diabólica, entonces el mal, una forma terrible del mal, se hallaba presente y Ritter tenía que ordenar que un sacerdote arriesgara su alma para salvar la de Robbie.

Si se reconocía el mal, Ritter no podía denegar la petición; su deber consistía en retar al mal y luchar contra él. Sin embargo, él lucharía como general; el exorcista lucharía en las trincheras.

Existe una hipótesis teológica básica referente al mal: no te acerques a él. A nivel de catecismo, los niños católicos reciben la advertencia de alejarse de «las ocasiones de pecar»; los adultos reciben complicadas versiones del mismo consejo.

El exorcista tiene que tocar el mal, respirarlo, centrarse en él. Un sacerdote se percibe a sí mismo vivo y trabajando del lado de Dios. Para trabajar contra el diablo, el exorcista penetra en las profundas sombras del mal. Cuando aparece, los demonios vuelven su mal contra él. El sacerdote exorcista, aunque se considera agente del bien ayudado por un Dios omnipotente, al mismo tiempo se ve como un simple ser humano enfrentado a un poderoso enemigo que posee larga experiencia en perpetrar el mal.

Si el exorcista vacila con dudas o temores cuando se aventura en las sombras del mal, se arriesga a su propia destrucción y quizá a la de la persona a la que intenta salvar. La razón no oficial sino promulgada dada al exorcismo fracasado del padre Hughes fue la de que había sufrido un momentáneo «lapso de concentración». Ritter tal vez se hubiera enterado de ello, a través de diversas investigaciones realizadas con los demás arzobispos de Washington. O quizá lo había percibido gracias a su experiencia con sacerdotes jóvenes. Si autorizaba un exorcismo, no quería que terminara con un sacerdote dañado física o espiritualmente. Él quería un exorcismo con éxito, y sabía que el éxito dependía del sacerdote al que eligiera. Al igual que Bowdern y Bishop, Ritter consultó lo que decía el Ritual romano acerca de las cualidades que debe poseer el exorcista:

Un sacerdote (…) cuando intenta realizar un exorcismo en personas atormentadas por el diablo, debe distinguirse por su piedad, prudencia y vida íntegra. Debe cumplir esta devota empresa con constancia y humildad, ser completamente inmune a todo afán de engrandecimiento humano y confiar no sólo en sí mismo sino en el poder divino. Además, debe ser de edad madura y reverenciado no sólo por su ministerio sino por sus cualidades morales.

Piedad, prudencia y vida íntegra. Ritter conocía a muchos sacerdotes que cumplían estos requisitos (y a algunos que no). Al igual que Bowdern, Ritter probablemente pensó primero en llamar a un teólogo. Podía acudir a cualquier seminario, fuera o no de los jesuitas o de la archidiócesis. Podía seleccionar a un sacerdote entre sus propios pupilos. Podía pedir a otro obispo o arzobispo que le proporcionara un exorcista. Sin embargo, Ritter eligió al padre Bowdern.

La tradición jesuita cuenta que cuando Ritter anunció a Bowdern que él iba a ser el exorcista, Bowdern exclamó: «¡Ni hablar!», y el arzobispo dijo: «Te ha tocado».


8

«YO TE EXPULSO»

El arzobispo Ritter dio una orden al padre Bowdern: debía prometer que jamás hablaría de este exorcismo con nadie. Bowdern accedió de inmediato. Pero, debido a que le había resultado «muy difícil encontrar literatura sobre casos de posesión», decidió por sí mismo que el padre Bishop realizara «un minucioso relato de los sucesos de cada día y noche anteriores, siendo una razón el que nuestro diario será de gran utilidad para todo el que se halle en una situación similar como exorcista en algún caso futuro».

A última hora de la tarde del miércoles 16 de marzo, Bowdern envió un mensaje a Walter Halloran, un escolástico de veintiséis años que estudiaba en la universidad de St. Louis para obtener su título de licenciado en historia. Era jesuita desde hacía ocho años y conocía a Bowdern desde que fue a Campion Jesuit High, donde Bowdern era rector. Con el transcurso de los años, cuatro hermanos Halloran habían asistido a Campion, un aislado internado en el que, como recordaba Walter Halloran: «Estábamos solos, los jesuitas y los niños. Billy Bowdern dirigía una buena escuela. Era muy profesional. Se limitaba a dar por sentado que estabas allí para aprender, y si no era así, pasabas apuros. Tenías que ser un caballero cristiano».

Bowdern había sido uno de los modelos que habían inspirado a Halloran para hacerse jesuita mientras asistía a Campion. Aunque Bowdern doblaba en edad a Halloran, habían desarrollado una camaradería que, tras la ordenación de Halloran cinco años después, se convirtió en amistad íntima.

«Walt —dijo Bowdern—, necesitaré que me acompañes en coche a un sitio esta noche. ¿Podrás hacerlo?»

Halloran con frecuencia había llevado en coche a Bowdern a hacer recados de la parroquia y a visitar enfermos y accedió a acompañarle aquella noche. Le gustaba conducir para Bowdern, y, además, se esperaba que un escolástico jesuita hiciera lo que le pedía un sacerdote jesuita.

Halloran dio la vuelta a la rectoría con el coche de la parroquia hacia las nueve. Bowdern le dio la dirección. Halloran consultó un mapa y se dirigió hacia el noroeste. Estaba concentrado en encontrar las señales de la calle y no prestó mucha atención a lo que hablaban Bishop y Bowdern en voz baja. Había observado que los dos sacerdotes llevaban sotana y sobrepelliz, y se preguntaba qué clase de enfermo necesitaba dos sacerdotes con sobrepelliz.

Cuando Halloran detuvo el coche frente a la casa, Bowdern se inclinó sobre el asiento delantero y dijo: «Ven con nosotros». Esta invitación sorprendió al joven escolástico. Antes de que pudiera preguntar, Bowdern, de pie en la acera ante el oscuro césped, dijo con calma a Halloran: «Voy a efectuar un exorcismo. Quiero que sujetes al muchacho en caso de que sea necesario». (Esto sugiere que Bowdern tal vez conocía el ataque sufrido por el padre Hughes, aunque nunca lo mencionó a nadie, posiblemente para evitar aprensiones.)

Halloran estaba perplejo. Sabía lo que era un exorcismo, pero sólo como abstracción teológica, algo que sucedía en la Biblia, no en un suburbio de St. Louis. Pero no era el momento de hacer preguntas. Bowdern y Bishop ya subían la escalera del porche delantero. Halloran les siguió, sorprendido pero no preocupado. Confiaba en Bowdern, pero se preguntaba qué había querido decir con lo de sujetar al muchacho. Si las cosas se ponían feas, bien, Halloran había jugado al fútbol y se encontraba en buena forma física.

Bowdern presentó a Halloran a Robbie, a sus padres, a sus tíos y a Elizabeth, a quien Halloran reconoció vagamente de haberla visto en el recinto universitario. Se reunieron en la sala de estar. Bowdern sonrió a Robbie y empezó a hablar, fácilmente, con confianza, a veces directamente a Robbie y a veces a los adultos. Dijo que iba a proporcionarle un nuevo tipo de ayuda. Pidió a los que le escuchaban que le preguntaran lo que quisieran pero pocos lo hicieron. Él les había calmado, preparado para algo de lo que no sabían nada. «Se trata de oraciones especiales, oraciones especiales para una situación como ésta —dijo al fin—. Y creo… creo que podríamos empezar. »

Robbie deseó buenas noches a todos, subió al piso de arriba y se preparó para acostarse. Su madre esperó unos minutos y después subió al dormitorio de Robbie. Cuando llegó al rellano de arriba, gritó a los de abajo: «Robbie está preparado».

Bowdern subió solo y paso un rato con Robbie. Como Bishop informó más tarde, Bowdern ayudó a Robbie «a examinar su conciencia y a hacer un acto de contrición». No existen testigos de este encuentro entre el sacerdote y el muchacho, pero puede imaginarse fácilmente. Robbie, sabes lo que es la conciencia, ¿no? Y entonces Robbie, con su actitud educada y vacilante, debió de examinar la palabra y decidir que no sabía su significado. Estaba adormilado. Es lo que está dentro de ti, la parte de ti que te dice lo que está bien y lo que está mal.

Bowdern aprovechó su experiencia como profesor y consejero de adolescentes para sondear el corazón de Robbie, para ver si en el fondo de todo aquello se hallaba algún truco consciente. Ahora, lo que me gustaría que hicieras, Robbie, es mirar esa conciencia y asegurarte de que no quieres decirme nada. Cualquier cosa que me digas, Robbie, quedará entre tú y yo. Prometí a Dios hace mucho tiempo que jamás contaría a nadie los secretos que me contaran a mí. Robbie tal vez mencionó un par de mentirijillas, algunas ocasiones en que había replicado a su madre. No dijo nada que hiciera pensar a Bowdern que se hallaba ante un muchacho con mala conciencia. Ahora voy a pedirte que repitas después de mí lo que los católicos llaman un acto de contrición. Lo que significa es que es una manera de decir a Dios que lamentas lo que has hecho y que no volverás a hacerlo.

Bowdern empezó el acto de contrición, haciendo una pausa entre frase y frase para que Robbie repitiera las palabras. «Perdóname, Padre, por haber pecado. » Bowdern estaba convencido de que trataba con un niño que estaba perturbado y no fingía esa perturbación. La tranquila sesión con Robbie no mostró a Bowdern ninguna indicación de que el muchacho se hallara poseído. Pero el sacerdote creía ahora que hacía bien realizando un exorcismo. Dijo a Robbie que regresaría y llevaría con él a sus amigos.

En el piso de abajo, Bowdern se enfundó su almidonado sobrepelliz. Bishop hizo lo mismo. Cada uno sacó una estola del bolsillo, la desenrolló, la besó y se la colocó alrededor del cuello. Cada uno se puso el birrete. Halloran llevaba el atuendo formal de los escolásticos: traje negro, cuello romano y chaleco negro como camisa. Bowdern y Bishop llevaban cada uno un Ritual romano, un libro de más de cuatrocientas páginas, con bordes dorados y encuadernado en negro. Bowdern también llevaba una pequeña botella de agua bendita.

Bowdern había estudiado con cuidado las veintiuna instrucciones específicas del Manual. Le parecían lógicas, aunque quizá sonrió al leer la advertencia de no «divagar con parloteo sin sentido». Esto no lo haría en ninguna circunstancia. Otra instrucción sugería que llevara a Robbie a una iglesia o a «algún lugar sagrado y respetable». Sin embargo, decidió no hacer caso de esta sugerencia, pues creía que Robbie se sentiría más cómodo en un ambiente conocido.

Bowdern aceptó el consejo de atenerse a las palabras del Ritual y no intentar efectuar afirmaciones propias improvisadas. Aquél no era lugar para homilías. Y no discutiría con los demonios ni intentaría regatear con ellos. «A menudo —decía el Ritual—, dan respuestas engañosas y se hace difícil entenderles, para que el exorcista se canse y abandone, o podría parecer que la persona afectada ya no está poseída por el diablo. »

El Manual contenía un ritual de exorcismo para el lugar y un ritual para las personas. Aunque el libro indicaba una secuencia específica de plegarías para cada uno de los ritos, el exorcista disfrutaba de cierta libertad. A diferencia de los sacramentos, para los que había fórmulas estrictas, las decisiones acerca del rito del exorcismo dependían del exorcista, ya que sólo él, en combate con los demonios, podía saber cuál era la mejor estrategia.

Las plegarias del exorcismo para las personas que estaban poseídas incluían sugerencias de la lectura de los evangelios, salmos y otras plegarias. Todas las lecturas eran en latín. Las tres principales plegarias del exorcismo eran identificadas con las palabras en latín con que comenzaban: «Praecipio [Yo ordeno]», una llamada al «espíritu impuro»; «Exorcizo te» [Yo te expulso]»; Adjuro te [Yo te conjuro]».

La Iglesia contemplaba el exorcismo como una confrontación directa entre Satanás y Cristo, a través del sacerdote, que convocaba el poder de Cristo mediante las plegarias. El padre Bowdern había celebrado misa, había hecho su confesión general con el padre Kenny y había pasado casi todo el día orando. También había comenzado a ayunar, cosa que recomendaba el Ritual. Bishop, como ayudante de Bowdern, probablemente hizo lo mismo que éste.

Bowdern se arregló la estola, hizo una seña con la cabeza a Bishop y Halloran y empezó a subir la escalera.

Entraron en la habitación, Bowdern el primero. Detrás de ellos entraron la madre de Robbie y sus tíos. Bowdern hizo la señal de la cruz y roció la cama con agua bendita. Después, se arrodilló a un lado de la cama. Bishop se arrodilló al otro lado. Los miembros de la familia se arrodillaron junto a los sacerdotes. Halloran no sabía qué hacer. Bowdern le hizo una seña para que se arrodillara a los pies de la cama. Los ojos de Halloran quedaban al nivel del colchón. Miraba a Robbie a través de los barrotes de metal.

Bowdern les guió en una serie de plegarias de fe, esperanza, amor y contrición. Robbie, tumbado en la cama, se unió a ellos. Luego, Bowdern comenzó la Letanía de los Santos: «Kyrie, eleison [Señor, ten piedad de nosotros]».

Bishop y Halloran respondieron: «Christe, eleison [Cristo, ten piedad de nosotros». Y comenzó el ritmo: invocación realizada por Bowdern, respuesta de Bishop y Halloran:

«Christe, audi nos [Cristo, óyenos]. »

«Christe, exaudi nos [Cristo, escúchanos]. »

«Sancta Maria, ora pro nobis [Santa María, ruega por nosotros]. »

«Ora pro nobis [Ruega por nosotros. ]»

«Sancta Virgo virginum [Santa Virgen de las vírgenes]. »

«Ora pro nobis. »

«Sancte Michael. »

«Ora pro nobis. »

«Sancte Gabriel. »

El colchón empezó a moverse. Halloran lo vio subir y bajar ante sus ojos. Volvió la cabeza, desviando su mirada desorbitada a Bowdern.

«No pasa nada, Walt —dijo Bowdern en voz baja—. Sigue rezando. » Y reanudó la letanía, invocando a los santos con voz cada vez más fuerte. Estaban agrupados por tipos. Primero iban Miguel, Gabriel, Rafael: los arcángeles, los únicos ángeles con nombre. Después, todos los santos inocentes y las vírgenes; luego las santas viudas y los mártires, los santos sacerdotes, los monjes y eremitas, los fundadores de órdenes religiosas: Antonio, Benedicto, Bernardo, Domingo, Francisco e Ignacio. La letanía producía una imagen de falanges de santos que acudían en ayuda del muchacho, quien, con los ojos cerrados, permanecía tumbado sobre el colchón que parecía moverse al ritmo de la letanía.

Luego, la letanía pasó de un recital de nombres a ruegos a Dios:

«Ab omni malo, libera nos, Domine [Líbranos, Señor, de todo mal]. »

«Ab omni peccato [De todo pecado]. »

Proseguía en latín. Robbie escuchaba el zumbido de las palabras que sonaban como si procedieran de otro mundo, otra época. Él no conocía el significado, pero percibía su consuelo y la manera en que le rodeaban, le envolvían en la habitación.

El latín prosiguió. Las extrañas palabras significaban:

«Líbranos, oh, Señor. »

«De Tu ira. »

«Líbranos, oh, Señor. »

«De la muerte repentina e inesperada. »

«Líbranos, oh, Señor. »

«De las garras del diablo. »

«Líbranos, oh, Señor. »

«De la ira, el odio y todo mal. »

«Líbranos, oh, Señor. »

«Del espíritu de la fornicación. »

«Líbranos, oh, Señor. »

«Del rayo y la tempestad. »

«Líbranos, oh, Señor. »

«De la furia de los terremotos. »

«Líbranos, oh, Señor. »

«De la peste, el hambre y la guerra. »

«Líbranos, oh, Señor. »

«De la muerte eterna. »

«Líbranos, oh, Señor. »

La letanía latina pasó entonces a los artículos de la fe católica, desde el misterio de la encarnación de Cristo hasta el día del juicio final. Robbie percibió un cambio en las palabras. El sacerdote que conducía esta larga plegaria ahora recitaba frases más largas. Y el otro sacerdote y el joven vestido de negro no decían siempre lo mismo.

«… Ut inimicos sanctae Ecclesiae humiliare digneris [Dígnate humillar a los enemigos de la Santa Iglesia. ]»

« Te rogamus, audi nos [Te rogamos que nos escuches]. »

«… Ut omnibus benefactoribus nostris sempiterna bona retribuas [Otorga bendiciones eternas a todos nuestros benefactores]. »

«Te rogamus, audi nos. »

«Ut animas nostras, fratrum propinquorum et benefactorum nostrorum ab aeterna damnatione eripias [Para que libres nuestras almas y las de nuestros hermanos benefactores y deudos de la muerte eterna]. »

Y entonces volvieron al principio, a las palabras que iniciaban la letanía:

«Kyrie, eleison. »

« Christe, eleison. »

«Kyrie, eleison. »

Bowdern hizo una pausa, volvió una página y entonó más latín. «Ne reminiscaris. » Decía: «Olvida, oh, Señor, nuestras ofensas y las de nuestros padres: no nos castigues por nuestros pecados». Luego, en susurrros, Bowdern empezó el Padre Nuestro. «Pater noster… » Alzó la voz casi al final:

Et ne nos inducas in tentationem [Y no nos dejes caer en la tentación]. »

Y Bishop y Halloran respondieron: «Sed libera nos a malo [Mas líbranos del mal]».

Aunque Robbie, su madre y sus tíos no conocían las palabras en latín, conocían el final del Padre Nuestro, y allí estaba, el punto principal de todo aquel asunto: líbranos del mal.

Bowdern hizo otra pausa y todos se movieron, arrodillados. Aquello se estaba haciendo terriblemente largo. El colchón seguía sacudiéndose. La noche anterior, recordó Phyllis Mannheim, las sacudidas se habían producido durante dos horas. Se preguntó por qué todas aquellas plegarias no habían hecho detener el colchón.

Bowdern comenzó el Salmo Cincuenta y tres, también en latín. Decía:

«Sálvame, oh Dios, por Tu nombre, y apoya mi causa por Tu poder. Oh, Dios, escucha mi plegaria; presta oídos a las palabras que pronuncia mi boca. Pues hombres orgullosos se han alzado contra mí, y hombres violentos han buscado mi vida. (…) De buena gana me sacrificaré a Ti. Alabaré Tu nombre, oh, Señor, pues es bueno. En toda necesidad Él me ha ayudado, y mis ojos han visto la confusión de mi enemigo. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como fue en el principio, es ahora y será por los siglos de los siglos. Amén. Protege a tu siervo… »

De pronto, la voz de Bishop intervino. «Deus meus, sperantem in te [Que confía en Ti, mi Señor]. »

El ritmo cambió y Bowdern y Bishop, que leían sendos ejemplares del Ritual, comenzaron a hablar alternativamente: «Esto ei, Domine, turris fortitudinis», dijo Bowdern. Bishop respondió en latín, y lo que decían era:

«Sé para él, oh Señor, una fortaleza de fuerza. »

«Frente al enemigo. »

«Que el enemigo no tenga poder sobre él. »

«Y el hijo del mal no haga nada para dañarle. »

«Envíale, Señor, ayuda desde las alturas. »

«Y desde Sión protégele. »

«Oh Señor, escucha mi plegaria. »

«Y permite que mi grito llegue a Ti. »

«El Señor sea contigo. »

«Y con tu espíritu. »

Bowdern volvió a hacer una pausa. Ahora hablaba despacio, y en sus palabras en latín se percibía una sensación de potencia y significado. En este preludio a las palabras reales del exorcismo, estableció dos puntos teológicos: la existencia de Satanás, el ángel caído, con su legión de seguidores; y la venida de Jesús, el Redentor e Hijo de Dios, para liberar al mundo de las garras de Satanás. Bowdern dijo en latín:

«Oh Señor, Cuya naturaleza muestra siempre misericordia y perdona, recibe nuestra petición, que éste Tu siervo, limitado por las trabas del pecado, pueda por Tu dulce misericordia ser perdonado.

»Oh Señor, Padre omnipotente, Dios eterno y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en otro tiempo arrojaste a ese fugitivo y tirano caído al fuego eterno del infierno, que enviaste a Tu único hijo al mundo para aplastar el espíritu del mal con sus bramidos, presta atención y apresúrate a arrebatar de la ruina y del demonio a un ser humano, creado a Tu imagen y semejanza.

»Produce terror, oh Señor, en la bestia que hace estéril Tu viña. Concede confianza a Tus siervos para luchar contra el réprobo dragón, para que no ose despreciar a quienes pusieron su confianza en Ti, y para que no diga como el faraón que una vez declaró: “No conozco a Dios, y tampoco dejaré marchar a Israel”.

»Permite que Tu poderosa mano derecha le induzca a salir de Tu siervo, Robert. —Aquí el padre Bowdern hizo la señal de la cruz sobre Robbie. El colchón había dejado de moverse. Robbie miraba fijamente la luz del techo. Aferraba con fuerza el cubrecama—. Para que no siga cautivo, él, que Te ha complacido hacerle a tu imagen y redimirlo a través de Tu Hijo. —Bowdern alzó la voz—. Tú que vives y reinas en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos.»

Bishop contestó con firmeza: «Amén».

Bowdern se puso en pie y se acercó a la cama.

«PRAECIPIO TIBI! —gritó—. YO TE LO ORDENO. »

Robbie gritó.

Bowdern prosiguió, en atronante latín: «Praecipio tibi, quicumque es, spiritus immunde, et omnibus sociis tuis. »

«Yo te ordeno, espíritu impuro, seas quien seas, junto con todos sus asociados que han tomado posesión de este siervo de Dios, que, por los misterios de la Encarnación, Pasión, Resurrección y Ascensión de nuestro Señor Jesucristo. »

Robbie volvió a gritar. Su madre se puso en pie, pero algo le sujetó la espalda. El grito era un grito de dolor, no de miedo. Robbie se agitó y apartó el cubrecama y las mantas. Llevaba la chaqueta del pijama desabrochada. Sobre el estómago tenía tres largos verdugones rojos.

«… por el descenso del Espíritu Santo, por la venida de nuestro Señor… »

Robbie se agitó y volvió a gritar. Ante la siguiente mención de Dominus aparecieron nuevos verdugones sobre su estómago, y la habitación se llenó de un nuevo ritmo: cada Dominus (Señor) o Deus (Dios) parecía producir nuevos verdugones y arañazos. Era como si algo en el fondo de Robbie intentara abrirse paso a cortes. El muchacho se quitó el pijama y siguieron apareciendo arañazos, guarneciendo su cuerpo con largas líneas ensangrentadas.

«… hacia el juicio, me dirás mediante alguna señal tu nombre y el día y la hora de tu partida. »

«Te ordeno, además, que me obedezcas al pie de la letra, a mí, que, aunque indigno, soy un ministro de Dios. »

Deus! Más arañazos. (Bishop los describió con precisión como «marcas levantadas sobre la superficie de la piel, similares a un grabado».)

«… tampoco te atreverás a dañar de ningún modo a esta criatura de Dios. »

Deus! Ahora, aparecieron pequeñas líneas de reluciente sangre en las piernas de Robbie, en sus muslos, estómago y espalda. El muchacho se retorció de dolor. Un arañazo le cruzó en zigzag la garganta. Brotaron señales rojas en su rostro, contraído por el dolor.

Bowdern apenas levantaba la vista de las páginas del Ritual. Volvió a comenzar la plegaria del exorcismo. «Praecipio tibi, quicumque es, spiritus immunde… »

Ahora algo se rizó en la pierna derecha de Robbie. Mientras Bowdern volvía a ordenar al demonio que se identificara, rojos verdugones formaron una imagen en la pierna. Era, dijeron los testigos posteriormente, una imagen del diablo. «Tenía los brazos sobre su cabeza —anotó Bishop— y parecían estar soldados, dando la espantosa impresión de ser un murciélago. »

Bowdern siguió leyendo:

«Yo, que soy un ministro de Dios. »

Deus! En el pecho de Robbie aparecieron las letras H E L L [infierno] con unas marcas que tenían el aspecto y el tacto de arañazos producidos por espinas. La palabra estaba dispuesta de tal modo que quedaba de cara a él, como una palabra escrita en una hoja de papel, cuando el muchacho, gritando, se miró el pecho. Había sangre suficiente para que Bishop la secara con su pañuelo.

«… dicas mihi nomen tuum, diem, et horam exitus tui, cum aliquo signo [Dime mediante alguna señal tu nombre y el día y la hora de tu partida]. »

En aquel momento llegó lo que pareció la señal: sobre el estómago de Robbie aparecieron las letras GO [marchar]. En la pierna derecha le salieron unas señales que parecían una X marcada con hierro candente. Bishop se preguntó si aquello significaba que el diablo se marcharía a las diez de la mañana siguiente. ¿O significaba que el diablo se quedaría otros diez días? GO se hallaba sobre la parte inferior del abdomen de Robbie, con lo que parecía una tercera letra directamente sobre su escaso vello púbico. Quizá eso significaba que el diablo se marcharía a través de la orina o los excrementos, pensó Bishop. Era una manera tradicional de salir, según los relatos medievales del exorcismo.

Robbie se relajó y pareció quedarse dormido. Bishop contó metódicamente las señales que había en el cuerpo del muchacho. Perdió la cuenta después de contar veinticinco porque algunas formaban grupos de arañazos y verdugones.

Bowdern podía elegir entre varias plegarias tranquilizantes entre el primer Praecipio, que había repetido, y la siguiente plegaria furiosa de exorcismo. Entre las plegarias que ahora leyó en voz alta se encontraba una a san Miguel el arcángel, reverenciado por los cristianos, desde al menos el siglo cuarto, como ángel guerrero que triunfó sobre Lucifer.

«Princeps gloriosissime caelestis militiae, sancte Michaele Archangele.

»Oh ilustrísimo príncipe de las hordas celestiales, san Miguel arcángel, desde tu trono celestial defiéndenos en la batalla contra los príncipes y poderes, contra los que gobiernan la oscuridad de este mundo. Ven en ayuda de la humanidad, a la que Dios ha creado a Su imagen y semejanza y a la que ha arrebatado a un gran precio de la tiranía de Satanás. (…) Intercede por nosotros ante el Dios de la paz, que Él aplaste a Satanás bajo nuestros pies. (…) Sujeta al dragón, la antigua serpiente, no otra cosa más que el demonio, Satanás, y arrójale al abismo para que nunca más pueda seducir al hombre.

»En el nombre de Jesucristo, Nuestro Señor y Dios… »

Robbie se agitó dormido. Tenía los ojos cerrados con fuerza y murmuraba algo; luego, empezó a dar puñetazos al cabezal de la cama. Agarró la almohada y la golpeó varias veces.

Phyllis Mannheim, hecha un ovillo en un rincón de la habitación, no podía dar crédito a sus ojos. Nunca antes, dijo más tarde a Bishop, había visto a Robbie volverse violento. Allí, al igual que en el Georgetown Hospital, el rito del exorcismo pareció desatar explosiones de furia por parte de Robbie.

Bowdern se inclinó sobre el violento cuerpo y lo roció con agua bendita. Robbie despertó sobresaltado. Bishop le tomó el pulso. Era normal. Los sacerdotes le preguntaron qué había soñado.

Dijo que estaba peleando con un enorme diablo rojo. Tenía un tacto viscoso y era extremadamente fuerte. El diablo peleaba para impedir que Robbie pasara a través de unas rejas de hierro situadas en lo alto de un foso de unos sesenta metros de profundidad y que estaba muy caliente. Había otros diablos inferiores a su alrededor. Pero el oponente de Robbie era un corpulento diablo rojo, y Robbie había empezado a sentirse tan fuerte que había creído que podría vencer al diablo.

Bowdern y Bishop se miraron. Aunque Robbie no podía haber comprendido las palabras en latín de la oración a Miguel, parecía que en su sueño había interpretado el mensaje. Bowdern decidió reanudar el exorcismo, iniciando ahora la plegaria más poderosa.

«Exorcizo te, immundissime spiritus, omnis incursio adversarii, omne phantasma, omnis legio [Yo te expulso, espíritu impuro, junto con la más mínima invasión del perverso enemigo y todos los fantasmas y legión diabólica].

«In nomine Domini nostri Jesu Christi [En el nombre de nuestro Señor Jesucristo]… »

Bowdern se inclinó tanto sobre Robbie que pudo verle los ojos que se movían bajo los párpados cerrados con fuerza. Hizo la señal de la cruz sobre Robbie, que respiraba profundamente. Sus brazos empezaron a moverse con rapidez. Parecía estar peleando otra vez en el borde del foso.

Sin dejar de inclinarse sobre el muchacho, Bowdern, con voz ronca pero autoritaria, dijo: «Eradicare, et effugare ab hoc plasmate Dei [Márchate y desaparece de esta criatura de Dios]». Bowdern volvió a hacer la señal de la cruz sobre Robbie y siguió hablando: «Ipse tibi imperat, qui te de supernis caelorum in inferiora terrae demergi praecepit [Pues es Él Quien te lo ordena, Él Quien te arrojó desde las alturas del cielo al más bajo de los fosos de la tierra]».

La plegaria prosiguió mientras Robbie seguía dando golpes a la cama.

«Él es Quien te lo ordena, el que en otro tiempo ordenó que el mar y el viento y la tormenta le obedecieran. ¡Así que, presta atención, Satanás, y tiembla, tú, enemigo de la fe, tú, enemigo de la raza humana! ¡Pues tú eres el que trae la muerte y roba la vida; tú eres el evasor de la justicia y la raíz de todo el mal, el que fomenta el vicio, el seductor de los hombres, el traidor de las naciones, el instigador de la envidia, la fuente de la avaricia, el origen de la discordia, el que excita las penas!

»¿Por qué esperas y resistes, cuando sabes que Cristo el Señor… » Al oír Christum Dominum, Robbie golpeó con más violencia. Bowdern hizo una seña a Halloran para que se acercara a la cama y sujetara a Robbie. Halloran, robusto atleta, no podía sujetar los cuarenta y tres kilos del muchacho. El tío de Robbie le agarraba un hombro mientras Halloran le sujetaba el otro. Robbie les gritó, exigiendo que le soltaran. Forcejeó con ellos.

Bowdern siguió el monótono rezo. «… Christum Dominum vias tuas perdere? [que Cristo el Señor hará malograr tus planes]?»

Más palabras, más forcejeo; luego, cuando Bowdern dijo: «Recede ergo in nomine Patris, movió el pulgar derecho sobre la frente de Robbie, formando la señal de la cruz tres veces: una para Dios Padre, otra para Dios Hijo, y otra para Dios Espíritu Santo. «Por tanto, vete en nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Deja paso a Dios Espíritu Santo a través de esta señal de la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo, que vivió y reinó con el Padre y el Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. »

Bishop, en un susurro, dijo: «Amén».

«Domine, exaudi orationem meam», entonó Bowdern en tono cansado. «Oh Señor, escucha mi plegaria. »

«Et clamor meus ad te veniat», respondió Bishop. «Y déjame clamar ante Ti. »

«Dominus vobiscum», dijo Bowdern. «El Señor esté contigo. »

«Et cum spiritu tuo», respondió Bishop. «Y con tu espíritu. »

Bowdern respiró hondo y prosiguió: «Oremus [Oremos]». Y comenzó otra plegaria. Siguió hablando en latín. Lo que decía era:

«Oh Dios, Creador y Defensor de la raza humana, que creaste al hombre a Tu imagen, mira con piedad a este Tu siervo, Robert, pues ha caído presa de la astucia de un espíritu perverso. El antiguo adversario, el archienemigo de la tierra, le envuelve con estremecedor miedo. Confunde sus facultades mentales; le tiene desconcertado haciéndole sentir miedo; le mantiene en un estado de perturbación y le produce terror en su interior. »

Bowdern levantó la vista del libro para mirar al muchacho, en él eran manifiestas las palabras de la plegaria. Robbie agitaba los brazos, giraba la cabeza y, con los ojos cerrados, escupió a Halloran en la cara, se volvió y escupió a la cara de su tío. Se liberó de un brazo —como había logrado hacer en el Georgetown Hospital— y golpeó a los hombres que intentaban sujetarle. Ellos volvieron a agarrarle el brazo y le inmovilizaron.

«Expulsa, oh Señor, el poder del diablo, y destierra sus artificios y fraudes. Permite que el perverso tentador marche lejos. Por la señal —Bowdern formó una cruz en la frente de Robbie y éste escupió al sacerdote en la cara— de Tu nombre permite que Tu siervo sea protegido en cuerpo y alma. »

Llevándose la mano izquierda a la cara a modo de escudo protector, Bowdern hizo tres cruces sobre la palabra H E L L que Robbie tenía escrita en el pecho mientras pronunciaba: «Protege su razón, gobierna sus emociones, trae alegría a su corazón».

Bowdern se puso en pie y retrocedió, prosiguiendo: «Que se desvanezcan de su alma las tentaciones del poderoso adversario. Oh Señor, invocamos Tu santo nombre para que concedas que el espíritu maligno, que hasta ahora nos ha aterrorizado, pueda ahora salir aterrorizado él y pueda partir vencido. Que este siervo Tuyo te ofrezca con el corazón firme y la mente sincera el mérito que mereces.

»A través de Jesucristo —más salivazos, más forcejeo— Tu Hijo, nuestro Señor, que vivió y reinó contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. »

Bishop murmuró: «Amén».

Era ya más de medianoche. Todos excepto Robbie estaban agotados. Bowdern en particular estaba exhausto. Pero su voz no vaciló. Había otras dos largas plegarias. Quizá si no vacilaba, quizá si presionaba, el demonio se marcharía. Quizá no sería como en Loudun, donde prosiguió durante días, durante semanas, durante meses.

Reunió fuerzas, casi de una manera bíblica. Estaba emergiendo de su fatiga, sintiendo un nuevo poder. Habló ahora en lo que creía era su voz más poderosa: «ADJURO TE!». Y lo que dijo fue:

«Yo te conjuro, antigua serpiente, por el Juez de los vivos y los muertos, por tu propio Creador, por el Creador del mundo, por Él que tiene el poder de arrojarte al infierno, a que partas raudo y tembloroso, junto con tus delirantes seguidores, de este siervo de Dios, Robert, que busca refugio en el seno de la Iglesia. Yo te conjuro una vez más —otra cruz en la frente— no por mi propia debilidad sino por el poder del Espíritu Santo, a que salgas de este siervo de Dios, Robert, a quien el Todopoderoso ha hecho a Su imagen.

»¡ Ríndete, por tanto, ríndete no a mí sino al ministro de Cristo! Pues es el poder de Cristo lo que te obliga, que te sometió a Su cruz. Tiembla ante Su brazo, pues es Él quien silenció los quejidos del infierno y dio luz a las almas. Teme al cuerpo del hombre —una cruz sobre la palabra H E L L del pecho de Robbie—, teme a la imagen de Dios —una cruz trazada sobre la frente—. No te resistas, ni aplaces tu salida de esta persona, pues ha complacido a Cristo morar en el hombre.

»No desprecies mi orden, porque reconoces en mí a un pobre pecador. Es el propio Dios quien te lo ordena. » Insertando una cruz (+) antes de una palabra en particular, el Ritual indicaba cada vez que el exorcista tenía que hacer la señal de la cruz. En la + (cruz) que había junto a «te», Bowdern deslizaba su mano firme en el aire. Los salivazos le resbalaban por la cara y le caían en la mano. Ahora, con cada evocación, hacía la señal de la cruz en el aire, entre los gritos, la respiración y el llanto de la madre de Robbie, y la saliva, cantidades increíbles de saliva.

Una y otra vez, la mano derecha de Bowdern cortaba el aire mientras recitaba en latín: «¡La majestad de Cristo + te ordena! ¡Dios el Padre + te ordena! ¡La fe de los santos apóstoles Pedro y Pablo y los otros santos + te ordena! ¡La sangre de los mártires + te ordena! ¡La constancia de los confesores + te ordena! ¡La devota intercesión de todos los hombres y mujeres santos + te ordena! ¡El poder de los misterios de la fe cristiana + te ordena!

«Sal, transgresor, sal, seductor lleno de mentira y perfidia, horrible criatura, deja paso, monstruo, deja paso a Cristo, en quien no has encontrado nada de tus obras. Pues él te ha despojado de tu poder y ha devastado tu reino; Él te ha vencido y te ha encadenado, y ha destrozado tus materiales de guerra. Él te ha arrojado a la oscuridad exterior, donde la perdición se está preparando para ti y tus cómplices.

»Pero ¿con qué propósito resistes en tu insolencia? ¿Con qué fin descaradamente te niegas? Eres culpable ante Dios Omnipotente, cuyas leyes has transgredido. Eres culpable ante Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, a quien quisiste tentar, a quien te atreviste a clavar en la cruz. Eres culpable ante la raza humana, pues mediante tus halagos le ofreciste la copa envenenada de la muerte.

»Yo te conjuro, por tanto, a ti, dragón libertino, en el nombre del inmaculado + Cordero, que caminó sobre el áspid y el basilisco y anduvo debajo del león y el dragón, sal de este hombre —Bowdern hizo una cruz en la frente de Robbie—, sal de la Iglesia de Dios —Bowdern se volvió y bendijo a los presentes en la habitación—. Estremécete y vete lejos, mientras invocamos el nombre del Señor, ante el cual el infierno tiembla, a quien están sometidas las celestiales Virtudes y los Poderes y las Dominaciones, a quien los Querubines y Serafines alaban con voz interminable mientras cantan: ¡Santo, santo, santo, Señor Dios de Sabaoth [nombre hebreo de "ejércitos" o "huestes"]! La Palabra hecha carne te + ordena. Él, que nació de una Virgen te + ordena. Jesús + de Nazaret te ordena.

»Pues cuando te burlaste de Sus discípulos, Él destruyó y humilló tu orgullo, y te ordenó que salieras de cierto hombre; y cuando Él te hubo expulsado, no te atreviste siquiera excepto con Su permiso a entrar en una piara de cerdos. Y ahora que yo te conjuro en Su + nombre, desaparece de este hombre a quien Él ha creado. Es difícil para ti resistirte. + Es difícil para ti luchar contra la provocación. + Pues cuanto más aplaces tu salida, más fuerte será el castigo para ti; porque no es a los hombres a quienes desprecias sino a Él, el que gobierna a los vivos y a los muertos, el que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos y al mundo con el fuego. » Bishop dijo: «Amén», y Robbie volvió a oír a los dos sacerdotes alternar el conocido epílogo en latín de la plegaria:

«Domine, exaudi orationem meam. »

«Et clamor meus ad te veniat. »

«Dominus vobiscum. »

«Et cum spiritu tuo. »

Bowdern volvió a decir: «Oremus» e inició otra plegaria:

«Oh Dios del cielo y Dios de la tierra, Dios de los ángeles y Dios de los arcángeles, Dios de los profetas y Dios de los apóstoles, Dios de los mártires y Dios de las vírgenes, Tú tienes el poder de conceder la vida después de la muerte y descansar después del trabajo; pues no hay Dios a Tu lado, ni podría haber un Dios verdadero aparte de Ti, el Creador del cielo de la tierra, que eres verdaderamente el Rey cuyo reinado no tendrá fin. Por eso imploro humildemente a Tu Sublime Majestad, que permitas a Tu siervo deshacerse de los espíritus impuros. Por Cristo nuestro Señor. »

«Amén», repitió Bishop.

Bowdern hizo una pausa y bajó la mirada; lo que vio era una pesadilla viva que se contorsionaba. En las arrugadas y empapadas sábanas, Robbie hacía muecas dormido, retorciéndose y escupiendo. Ahora era fuerte como antes. Halloran y el tío de Robbie seguían sujetando al muchacho pero empezaban a perder fuerzas. Tenían la cara y la ropa manchadas de sudor y escupitajos. Phyllis Mannheim y su cuñada estaban acurrucadas juntas cerca de la cabecera de la cama; a Phyllis le resultaba imposible llorar. Las dos mujeres estaban transfiguradas de terror y pesar. Bowdern miró a Bishop, cuyo rostro también brillaba de sudor y saliva. Tenía una mancha de sangre en su sobrepelliz, donde había tocado el cuerpo de Robbie. Bowdern captó la mirada de Bishop y le hizo una seña afirmativa. Sí, había más. La noche proseguiría.

Bowdern sostenía el Ritual en la mano izquierda, un dedo en su lugar, y con la mano derecha cogió la botella de agua bendita. Dio un paso al frente y vertió agua sobre la cabeza de Robbie. Éste despertó, sobresaltado, miró a su alrededor, se incorporó y volvió a caer sobre la húmeda almohada. Dijo que había estado en un lugar donde hacía muchísimo calor. Pidió agua con voz débil. Phyllis fue al cuarto de baño para traerle un vaso de agua. Cuando regresó, el muchacho volvía a estar dormido y, con extraña fuerza, volvía a forcejear.

Varias veces durante la noche, al finalizar alguna plegaria, Bowdern vertió agua bendita sobre Robbie. Bowdern y Bishop se habían dado cuenta de que mientras Robbie estaba despierto se encontraba más calmado. Un par de veces el agua no le despertó, y Bishop o Bowdern le abofetearon levemente en la cara para despejarle.

Por fin llegó la última plegaria del exorcismo.

«Yo os expulso —comenzó Bowdern—, espíritus impuros, fantasmas, invasión de Satanás, en el nombre de Jesucristo + de Nazaret, que, después de que Juan Le bautizara, fue conducido al desierto y te venció en tu ciudadela. Cesa de atacar al hombre, a quien Él ha hecho para Su honor y gloria con barro de la tierra. Tiembla ante el hombre desdichado, no en estado de fragilidad humana sino a semejanza de Dios todopoderoso. Ríndete a Dios, + pues Él es quien en el faraón y su ejército te ahogó a ti y a tu malicia a través de Su siervo, Moisés, en las profundidades del mal. Ríndete a Dios, + que con el canto de santos cánticos por parte de David, su leal siervo, te desterró del corazón del rey Saúl.

»Ríndete a Dios, + quien te condenó en el traidor, Judas Iscariote. Pues Él te amenaza con un azote divino +, ante cuyo rostro temblaste y gritaste, diciendo: “¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús, Hijo del Altísimo? ¿Has venido aquí antes de hora para torturarnos?” Él te amenaza con el fuego eterno, y al final de los tiempos dirá a los perversos: “Vete de aquí, maldito, al fuego eterno que ha sido preparado por el diablo y sus ángeles”.

»Para ti, oh maligno, y tus seguidores habrá gusanos que jamás perecen. Para ti y para tus ángeles se está preparando un fuego inextinguible, porque eres el príncipe del asesino maldito, el autor de la lascivia, el caudillo del sacrilegio, el modelo de vileza, el maestro de los herejes, el inventor de toda obscenidad. Sal, pues, + oh diablo, sal, + maldito, vete con toda tu falsedad, pues Dios ha deseado que el hombre sea Su templo. Pero ¿por qué permaneces aún aquí? Rinde honores a Dios el Padre + Todopoderoso, ante quien todos se arrodillan. Cede tu lugar al Señor Jesucristo +, que derramó para los hombres Su más preciada sangre. Cede tu lugar al Espíritu + Santo. »

De pronto Bowdern alzó la voz y gritó: «Discede ergo nunc [¡Vete, ahora!]». Levantó la mano una última vez, cortando el aire salvajemente en una gran señal final de la cruz. «¡Vete, seductor! Tu lugar está solitario, tu morada en la serpiente. ¡Humíllate y póstrate! Este asunto no permite más retraso. Pues el Señor, el Gobernante, viene rápido, y el fuego arderá ante Él, y proseguirá y quemará todo lo que rodee a Sus enemigos.

»Al hombre puedes traicionarle, pero a Dios no puedes burlarle. Él es el que te hace salir, de cuyos ojos nada se oculta. Por él eres expulsado, aquel a quien todas las cosas están sometidas. Por él eres expelido, el que ha preparado el infierno eterno para ti y tus ángeles, de Cuya boca saldrá una afilada espada, el que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos y al mundo por el fuego. »

Bishop dijo: «Amén».

La habitación se quedó repentinamente en calma. Robbie se hallaba en lo que parecía un sueño real, sin pesadillas. Bowdern se hincó de rodillas y rezó en silencio unos momentos, rozando con su cabeza la empapada sábana. Eran casi las 5 de la madrugada.

Entonces, con los ojos cerrados con fuerza, Robbie se incorporó y se puso a cantar. «Allá lejos, en el río Swanee, muy, muy lejos», cantó, con voz chillona y extraordinariamente fuerte. Extendía los brazos con gestos amplios, sin sincronía con la música. Parecía cacarear, las palabras se agolpaban y, sin dejar de agitar los brazos en un frenético intento por seguir el ritmo, pasó a cantar Ole Man River, dat Ole Man River. » Abrió los ojos varias veces durante el salvaje recital; parecía sonreír y reanudaba el canto, mutilando las palabras que gritaba.

Bowdern, aunque agotado, empezó a rezar de nuevo. El Ritual recomendaba varias plegarias: fragmentos de los evangelios, salmos, el Credo Atanasio, que añadía sus palabras de dogma a todas las demás palabras de fe y amenaza que se pronunciaron aquella larga noche hasta la mañana. Bishop, normalmente metódico pero perplejo y cansado aquella noche, no anotó las plegarias que se rezaron.

Terminó sus apuntes con esta nota: «Hacia las 7. 30 de la mañana, R. comenzó un sueño natural y siguió pacífico hasta la 1 de la tarde del día 17. Entonces, tomó una comida corriente y participó en una partida de Monopoly».

9

«¡SE VA! ¡SE VA!»

El padre Bowdern creía en el fondo de su alma que estaba luchando contra Satanás. Y, cuando aquella larga y terrible noche se alargó hasta la mañana, sintió el peso de una gran carga. Sus únicas armas eran su fe y el Ritual, con sus plegarias e instrucciones. Su única estrategia era luchar, haciendo una y otra vez lo que había hecho aquella noche hasta el amanecer y durante la mañana. Creía conocer sus límites y, como era un hombre honesto, no sabía si podría resistir todas las noches que este combate requeriría. Pero lo intentaría. No era un hombre que cediera fácilmente. Era, dijo un amigo, un hombre que nunca hacía nada para «facilitarse las cosas».

El Ritual decía que algunos tipos de espíritus malignos no pueden ser expulsados salvo por la plegaria y el ayuno. Bowdern creía profundamente en la oración. En cuanto al ayuno, dijo a Halloran: «Se supone que tenemos que ayunar. Pero tengo mucho trabajo. No creo que pueda hacerlo alimentándome sólo de pan y agua». Un ayuno típico para un sacerdote jesuita era un desayuno de un huevo pasado por agua y una tostada sola, un bocadillo de queso para almorzar y una cena corriente pero sin carne. El jesuita que ayunaba no podía comer entre las comidas, pero podía beber cuanto y lo que quisiera.

Así que lo que sostendría a Bowdern sería la oración y la fe. El Ritual aconsejaba al exorcista que tuviera en cuenta lo que Jesús dijo cuando los apóstoles no lograron exorcizar a un niño. Jesús tuvo éxito, dijo, porque creía y ellos no. «Pues en verdad os digo, si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a esta montaña: Desplázate a tu lugar; y se desplazará; y nada será imposible para vosotros. »

Bowdern dijo a Bishop y Halloran que no tenía idea de cuánto podría durar aquello. El exorcismo podía consumir sus días y noches indefinidamente, pero, al mismo tiempo, cada hombre tenía que realizar sus tareas de costumbre. Y, como debido a la petición del arzobispo Ritter de que se guardara secreto, ninguno de ellos podía utilizar el exorcismo como excusa por estar adormilado, estado en que se hallaban ese jueves, día de san Patricio y el segundo de exorcismo.

Halloran era el que tenía más problemas. Al igual que el de Bowdern y Bishop, el día de Halloran empezaba a las 5 de la madrugada. Pero, como escolástico, tenía mucha menos libertad que los dos sacerdotes y llevaba una vida más institucional. Entre sus superiores se hallaba un sacerdote, conocido como el Padre Ministro, que mantenía a raya a los escolásticos. Aunque Halloran disfrutaba de cierta independencia como estudiante, sus horas de no estudio estaban controladas rígidamente. No había manera de poder pasar la noche fuera sin un permiso extraordinario.

Sin embargo, de alguna manera, los dos sacerdotes le encubrían. Todos los jesuitas, escolásticos y sacerdotes, vivían en celdas individuales. Él lograba regresar a su celda, afeitarse, ducharse y asistir a las clases sin alertar al prefecto de disciplina. Bowdern tenía un día completo de trabajo pastoral que realizar, y Bishop tenía sus clases.

Bowdern telefoneó a la familia de Robbie durante el día, se enteró de que por la tarde había jugado al Monopoly y también de que el padre de Robbie regresaba de Maryland. Intentaba conservar su trabajo y había vuelto a casa. Phyllis contó a Karl lo sucedido el miércoles por la noche y él dijo que volaría hasta St. Louis y llegaría a tiempo para la sesión del jueves.

Hacia las nueve y media, Halloran detuvo el coche frente a la casa y entró detrás de los sacerdotes. Phyllis se reunió con ellos en la puerta. Karl y su hermano, dijo, se hallaban en el piso de arriba, sujetando a Robbie. Los jesuitas oyeron los ruidos procedentes del dormitorio.

Phyllis dijo que Robbie había pasado el día sin incidentes y no parecía afectado por lo sucedido por la noche y la mañana. Todos habían cenado y se había hablado de jugar otra partida de Monopoly. Luego, hacia las nueve, Robbie de pronto había sentido sueño. Le había entrado sueño tan deprisa, que se había adormilado mientras se desnudaba para acostarse. Apenas se había metido en la cama empezó a sacudirse violentamente y a gritar, dormido. Los horrores de la noche anterior habían comenzado de nuevo.

Bowdern y Bishop se pusieron la sobrepelliz y la estola y subieron al piso de arriba. Halloran les siguió. En el dormitorio, Karl y su hermano George se encontraban en la cabecera de la cama, inclinados sobre Robbie, quien forcejeaba para soltarse.

Bowdern salpicó agua bendita en el rostro de Robbie y le dio varias bofetadas. El muchacho se incorporó y miró a su alrededor, después volvió a quedarse dormido y empezó a retorcerse y a gritar. El Ritual advertía de esto. A veces, los demonios provocaban en el poseso un sueño no natural para impedir que la víctima fuera consciente del exorcismo.

Bowdern hizo una seña a Halloran para que ayudara a los otros dos hombres a sujetar a Robbie. No parecía posible que un muchacho tan poco robusto pudiera tener tanta fuerza. Era una señal de la posesión, pensaba Bowdern.

Éste abrió el Ritual y empezó a recitar la primera plegaria. Robbie reaccionó violentamente. Con los ojos cerrados, se volvió hacia su padre y le escupió en el rostro. Después escupió a su tío George y a Halloran. Bowdern se acercó, hablando con voz potente y autoritaria por encima de los gritos de Robbie. El muchacho, con los ojos fuertemente cerrados, logró deshacerse de los tres hombres que le sujetaban y, con un movimiento rápido, alargó el brazo, agarró la estola de Bowdern y la desgarró.

El padre Bishop, que acababa de rociar con agua bendita la cara de Robbie, recibió un salivazo en plena cara. Phyllis se acercó para acariciar la frente de Robbie con un trapo. Él volvió sus ojos cerrados hacia ella y, apartando el trapo, le escupió en la cara.

El muchacho torció la cabeza. Halloran se agachó, pero Robbie le alcanzó de lleno en la cara. «Era un tirador certero a una distancia de casi metro y medio —comentó más tarde Halloran, maravillado—. Tenía los ojos cerrados y te escupía en la cara. »

Bowdern no vacilaba ni un segundo. Seguía leyendo las oraciones y Bishop y Halloran respondían cuando debían. Tía Catherine empezó a recitar el rosario. Mientras iba pasando las cuentas, otros se unieron a ella. Dios te salve, María, llena eres de gracia… y Padre nuestro que estás en los cielos…

De vez en cuando, Robbie emergía de su pesadilla. Parecía asustado cuando sus padres le preguntaban por qué escupía y forcejeaba. Exhausto y despierto, no recordaba ninguna de sus acciones. Lo único que sabía era que había estado dormido. Durante estos momentos de confusa vigilia, Bishop comprobaba el pulso de Robbie. Era normal, igual que la noche anterior. Bishop también miró si Robbie tenía arañazos y verdugones. No tenía ninguno.

Entonces Robbie caía de nuevo en lo que Bishop apodaba «el profundo sueño de la rabieta» y volvía a escupir y a gritar. Unas cuantas veces Robbie amenazó a gritos a las personas que le sujetaban. Y, a las palabras Dominus y Deus, arqueaba su delgado cuerpo o pateaba salvajemente. De vez en cuando tarareaba alguna canción o elevaba la voz para cantar desafinando «Allá abajo en el río Swanee. »

Bowdern siguió leyendo y, cuando hubo terminado las plegarias del exorcismo, empezó el rosario y se quedó junto a la cama hasta que, hacia la una y media de la madrugada, Robbie cayó en lo que parecía un sueño normal. Cuando Bowdern estuvo seguro de que Robbie dormiría toda la noche, salió de la habitación y bajó al piso de abajo seguido de los demás.

Bishop fue haciendo preguntas a todos los que se hallaban en la habitación y anotando sus observaciones, junto con las propias. Luego, los sacerdotes y Halloran se despidieron y regresaron en coche a la universidad.

Bowdern, después de dormir unas horas, se despertó, celebró su misa diaria en Javier y, con aspecto ojeroso y preocupado, intentó concentrarse en la tarea de ser pastor durante el resto del día. Pero su mente estaba en su guerra con Satanás a través del muchacho que no parecía saber nada de esta guerra. Aquel viernes por la tarde tuvo noticias de los padres de Robbie. Éstos dijeron que Robbie había tenido lo que ellos llamaban un «hechizo» poco después de almorzar. Karl Mannheim sujetó a Robbie con fuerza en sus brazos mientras Phyllis la no católica y su cuñada católica rezaban el rosario. Robbie dejó de forcejear al cabo de una hora y pareció volver a la normalidad.

Bowdern, Bishop y Halloran volvieron a la casa a las siete de la tarde. Los tres charlaron y jugaron con Robbie. (Bishop no anotó a qué jugaron, y Halloran, al ser preguntado por ello cuarenta años más tarde, no lo recordaba.) Robbie parecía disfrutar con la compañía, pero poco después de las ocho dijo que empezaba a tener sueño. Subió la escalera y se preparó para acostarse. En cuanto se metió en la cama, los sacerdotes y Halloran se reunieron de nuevo en su habitación.

Bowdern dirigía el rosario y Robbie, vacilante, se unió al rezo. Cuando habían recitado la última de las cincuenta Avemarias y diez Padrenuestros, Bowdern mencionó a Nuestra Señora de Fátima, una historia que le había gustado a Robbie cuando Bowdern se la contó por primera vez. Luego, el sacerdote empezó a recitar una plegaria específicamente a Nuestra Señora de Fátima. Robbie parecía calmado y permaneció despierto.

Bowdern ocupó su lugar a un lado de la cama y Bishop se colocó al otro lado. Halloran se arrodilló de nuevo ante los barrotes de los pies de la cama. Bowdern abrió el Ritual en la sección del exorcismo y comenzó la primera plegaria prescrita, la Letanía de los Santos.

«Kyrie, eleison», dijo Bowdern.

Bishop y Halloran respondieron: «Christe, eleison». Y una vez más, el ritmo de la letanía resonó en el dormitorio; Bowdern recitaba una frase en latín, y Bishop y Halloran respondían.

«Christe, audi nos. »

«Christe, exaudi nos. »

«Sancta Maria, ora pro nobis. »

«Ora pro nobis. »

«Sancta Virgo virginum… »

«Ora pro nobis. »

«Sancte Michael… »

«Ora pro nobis. »

«Sancte Gabriel… »

El colchón empezó a dar sacudidas.

Bowdern interrumpió la letanía, señaló con el dedo el lugar donde estaba en el Ritual, cogió la botella de agua bendita de una mesa que había junto a la cama y roció ésta con agua. El colchón dejó de moverse.

Bowdern volvió a abrir el Ritual y los tres jesuitas reanudaron el sonsonete de la letanía:

«Sancte Raphael… »

«Ora pro nobis. »

«Omnes sancti Angelis et Archangeli… »

«Ora pro… »

Robbie eructó, agitando los brazos y las piernas. Tiraba de la manta y la sábana y daba puñetazos a la almohada. Halloran se acercó a la cabecera de la cama y agarró al muchacho. El padre y el tío de éste se precipitaron a ayudar a Halloran. Los tres hombres sujetaban a Robbie. Sin embargo, éste se retorcía y arqueaba el cuerpo. «Las contorsiones —anotó más tarde Bishop— revelaban una fuerza física que sobrepasaba la potencia natural de R. »

Robbie agitó la cabeza, se deshizo de las manos que le sujetaban y empezó a escupir. Aunque tenía los ojos cerrados, nunca fallaba. El padre Bishop se agachó —en vano— y le roció con agua bendita. Robbie se retorció bajo las gotitas, como si le dolieran. «Forcejeaba y gritaba de una manera diabólica, con voz muy aguda», dice el diario de Bishop.

Bowdern dejó de leer y, siguiendo una de las instrucciones del Ritual, intentó tocar a Robbie con una reliquia. Robbie escupió en ella y rápidamente se giró y escupió en la mano levantada de Bishop. A continuación, Bowdern metió la mano debajo de su sobrepelliz y extrajo de un bolsillo interior una cajita dorada llamada píxide. En su interior había una oblea redonda, una hostia consagrada. Esto era lo que los católicos adoraban como el Santísimo Sacramento, el cuerpo y la sangre de Cristo.

Robbie movía los pies rítmicamente, como si marchara hacia una nueva batalla en el borde del foso. Bowdern sostuvo el píxide cerca de la planta de un pie. Aquella pierna dejó de moverse mientras la otra seguía marchando en la pesadilla de Robbie.

De repente, Robbie recobró la consciencia. Dijo que le dolían los brazos, y miró a su padre, a su tío y a Halloran. Parecía saber que los brazos le dolían porque ellos se los habían estado sujetando con fuerza. Pero no dijo nada. Entonces, con la misma rapidez con que había despertado, cerró los ojos, se recostó en la almohada y empezó a revolcarse y gritar.

Bowdern prosiguió las plegarias. Entre gritos Robbie a veces intentaba repetir las palabras. Pareció calmarse y, por un instante, los hombres le soltaron. En aquel instante, dice el diario de Bishop, «R. se irguió en la cama y peleó con todos los que le rodeaban. Gritaba, saltaba y daba puñetazos. Tenía el rostro diabólico y le castañeteaban los dientes de furia. Intentó morder la mano del sacerdote que le bendecía y mordió a los que le sujetaban».

Apretado contra el colchón, Robbie reanudó su forcejeo y sus salivazos mientras proseguían las plegarias. Durante horas fluctuó entre el frenesí y la calma. Luego, hacia medianoche, durante un período de calma, los que le asían le soltaron, exhaustos.

En un instante Robbie se puso de pie en el medio de la cama. Se dejó caer de rodillas y empezó a hacer reverencias, doblando la cintura y tocando el colchón con la cabeza. Después de varias reverencias silenciosas, empezó a cantar «Oh Señora de Fátima, ruega por nosotros» y después pasó a rezar el Avemaría.

Mientras todos los presentes en la habitación se reunían alrededor de la cama, embelesados, Robbie puso la almohada frente a sus rodillas y empezó a golpearla con un ritmo que parecía el clop-clop-clop de unos caballos al trote. Bruscamente volvió a erguirse y, a los ojos de Bishop, «empezó su fuerte lucha para la expulsión del diablo —Bishop continúa—: Giraba en todas direcciones. Se quitó la parte superior de su ropa interior y sostuvo los brazos en alto en gesto suplicante. Después, hizo como si intentara vomitar. Sus gestos eran hacia arriba, cerca de su cuerpo. Parecía tratar de llevar al diablo desde el estómago a la garganta».

Robbie pidió que alguien abriera la ventana. El frío viento de la noche azotó el dormitorio.

«¡Se va! ¡Se va! —gritó Robbie con una voz dulce y victoriosa—. ¡Ya está!»

Cayó de espaldas sobre la cama, su cuerpo inerte, como si la extraña fuerza se hubiera agotado.

Todos los que se hallaban en la habitación se arrodillaron junto a la cama. Bowdern guió una plegaria de acción de gracias. Phyllis Mannheim lloraba de alegría. Robbie, con el rostro en actitud beatífica, les contó su triunfo. Dijo que había visto una enorme nube negra que le había oscurecido la visión. Sobre la nube había aparecido una figura encapuchada con una túnica negra. Y la figura se había alejado, haciéndose cada vez más pequeña hasta que desapareció.

Robbie bajó de la cama, se puso su albornoz y, sonriendo feliz, bajó la escalera con los tres jesuitas. Habló con ellos unos minutos y luego les despidió en la puerta. Era cerca de la 1. 30 de la madrugada.

A las tres y cuarto, sonó el teléfono de la rectoría de la iglesia de la universidad. Temiendo lo que iba a oír, el padre Bowdern cogió el teléfono. Es Robbie. El muchacho se apretaba el estómago en gesto de dolor y gritaba: «¡Está volviendo! ¡Está volviendo!».

Bowdern se vistió rápidamente y, procurando no despertar a nadie más, fue a buscar a Bishop y a Halloran. «Acababa de meterme en la cama —recuerda Halloran— y él entró y dijo: “Hemos de volver”. »

Las luces estaban encendidas en una casa de la oscura calle cuando Halloran detuvo el coche. Los tres jesuitas entraron en silencio en la casa, subieron la escalera y Bowdern comenzó de nuevo las plegarias del exorcismo. Era como si antes no hubiera ocurrido nada. Robbie se retorcía de nuevo en la cama. Su padre y su tío le sujetaban. Más plegarías, más gritos, más salivazos. Y, por fin, a las siete y media, Robbie se entregó a lo que parecía un sueño natural.

Bowdern, Bishop y Halloran regresaron al coche y realizaron el trayecto de regreso en silencio. Bowdern aferraba su Ritual. A veces, decían las instrucciones, los demonios «dejan el cuerpo prácticamente libre de molestias, de modo que la víctima cree que los ha expulsado por completo. Sin embargo, el exorcista no debe desistir hasta que vea señales de la expulsión». Pero ¿cuáles eran esas señales? Robbie había gritado: «¡Se va!», y después: «¡Ya está!». ¿Eso no eran señales? Por primera vez, Bowdern sintió desesperación, el pecado más terrible, pues despojaba al alma de esperanza.


10

LA SEÑAL DE LA CRUZ

El padre Bowdern, con los ojos hinchados por la falta de sueño, entró en la sacristía de la iglesia de San Francisco Javier y fue al lavabo, donde se lavó y secó las manos antes de vestirse para celebrar misa. Se acercó a la mesa donde estaban las vestiduras, que era un ancho armario de madera que llegaba hasta la cintura. Había comenzado la cuaresma, y por eso abrió el ancho cajón que contenía las vestiduras externas de color morado. Las colocó sobre la superficie plana y abrió otro cajón para sacar las demás prendas.

Besó el dobladillo del amito, una pieza rectangular de hilo blanco, se la puso sobre los hombros, se la cruzó sobre el pecho y se pasó las largas tiras de tela alrededor de la cintura de la sotana y las ató. Se puso el alba, una túnica blanca que le llegaba a los pies; luego, la ciñó con un largo cinto blanco que ató a su cintura. En el brazo izquierdo se colocó un manípulo morado con una cruz bordada a ambos lados. Alrededor del cuello se puso una estola morada más ancha y más larga que la utilizada durante el exorcismo. Finalmente, cogió la casulla, un manto sin mangas, bajó la cabeza y se colocó la última vestidura morada. Bordada en la parte de la casulla que le cubría la espalda había una gran cruz.

Completamente vestido, se puso el birrete. Un monaguillo que esperaba abrió la pesada puerta de madera que conducía al santuario y el padre Bowdern siguió al muchacho. La gente se agitó en los bancos situados tras la barandilla del altar. Los feligreses que formaban la pequeña congregación del sábado se pusieron en pie cuando Bowdern entregó su birrete al monaguillo, subió los escalones que conducían al altar, se inclinó para besar el frío altar de mármol y formó la señal de la cruz tocándose con el pulgar la frente y el pecho. Se volvió e hizo la señal de la cruz para bendecir a los feligreses.

El sacerdote sentía paz y fuerza en esta iglesia. La desesperación había desaparecido. Descendió los escalones y, volviéndose al tabernáculo, que contenía el Santísimo Sacramento, dijo: «Introito ad altare Dei [Iré al altar de Dios]».

El monaguillo respondió: «Ad Deum qui laetificat juventutem meam [Al Dios que da alegría a mi juventud]».

Y así siguió casi todo el tiempo. Latín en el silencio de una iglesia, la misa como el servicio que daba a la gente. Ser jesuita en la más profunda tradición espiritual, la tradición de Ignacio.

Las docenas de ventanas de vidrio de color alrededor de la iglesia revelan en gran manera la visión del mundo que tienen los jesuitas. Las ventanas de los cruceros retratan los tres órdenes sociales afectados por las enseñanzas de Cristo: el estado, la Iglesia y la familia. La relación humana con el mundo material la simbolizan imágenes de las tres ocupaciones humanas básicas: la labranza, el transporte y el comercio. Otra ventana muestra a los mártires jesuitas de Norteamérica, cuyas reliquias Bowdern había llevado a casa de Robbie. Cerca hay ventanas que exhiben escenas de la vida de santos jesuitas con escenas descaradamente paralelas con historias bíblicas.

En el gran ábside, unas ventanas ojivales llaman la atención hacia arriba desde el altar principal. Las ventanas retratan, con dorado esplendor, las tres personas de la Santísima Trinidad. A su alrededor se agrupan huestes de ángeles y un arco iris, el símbolo secular de la esperanza.

El sábado siguió las pautas de los otros días. Robbie, jugaba, leía libros de cómics, escuchaba la radio y actuaba como un muchacho normal de trece años. Con la oscuridad llegaba el ánimo sombrío, y con el sueño llegaba el horror. Bowdern decidió intentar adelantar el período oscuro, para ahorrar a Robbie, a su familia y a sus visitantes un asedio de toda la noche. Quizá si Robbie se acostaba hacia las ocho, la ordalía terminaría a las once o a medianoche en lugar de prolongarse hasta la mañana.

Bowdern, Bishop y Halloran llegaban a las siete de la tarde y pasaban casi una hora intentando tranquilizar a todos antes de la tormenta. A las ocho, Robbie se acostaba y al cabo de unos minutos Bowdern conducía a los demás a la habitación.

Bowdern se dio cuenta de que Robbie no había dado muestras de violencia hasta que había comenzado el exorcismo tres noches atrás. ¿Cada exorcismo provocaría violencia? Si el exorcismo hacía brotar su violencia, ¿qué acabaría con ella?

Bowdern sabía que la última presa que el demonio buscaba era él. Eso no le daba miedo. Lo que le desagradaba era despertar a la bestia que habitaba en Robbie y ver a éste atormentado. Bowdern estaba empezando a aceptar que el exorcismo de Robbie les torturaría a los dos, pero al final el bien prevalecería. Debía centrarse sólo en eso. No debía volver a desesperarse. No debía vacilar ante la furia que con sus oraciones desataba. Empezó.

Robbie gritó y se retorció para liberarse de Halloran, que le sujetaba. Bowdern percibió que aquella noche sería peor que la anterior. Siguió leyendo y Bishop respondiendo; Halloran respondía entre gruñidos.

Bowdern inició el Praecipio: «Yo te ordeno, espíritu impuro —y miraba por encima del Ritual a Robbie, al que le castañeteaban los dientes y que ladraba como un perro—, me dirás mediante alguna señal… ».

Bowdern hablaba en una lengua que Robbie no comprendía. Sin embargo, al oír esas palabras latinas que pedían una señal, Robbie la dio. Se orinó. La orina formó una mancha que se extendió por la manta que le cubría. El hedor era espantoso. Bowdern ordenó que el demonio diera su nombre. Y Robbie volvió a orinarse. Bowdern pidió la hora en que el demonio se marcharía. Y de nuevo Robbie se orinó.

El muchacho tenía el pijama y la cama empapados, y seguía orinándose. De pronto despertó, se dobló de dolor y gritó que la orina le quemaba. Mientras hablaba, casi se ahogó porque, logró decir, también le ardía la garganta. Sentía fuego en la garganta y el pene.

A veces, advertían las instrucciones del Ritual, «los espíritus malignos colocan todos los obstáculos que pueden en el camino, para que el paciente no pueda someterse al exorcismo». Bowdern estaba tentado de gritar y maldecir al demonio. Pero resistió, poniendo atención en la advertencia de llamar directamente al demonio.

Terminó el Praecipio y pasó a la introducción del Evangelio según san Juan: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Mientras rezaba, se adelantó unos pasos e hizo la señal de la cruz sobre la frente, los labios y el pecho de Robbie.

Cesó la orina y prosiguieron las oraciones. «Omnipotens Domine, Verbum Dei Patris, Christe Jesu, Deus et Dominus universae creature [Oh Dios omnipotente, Verbo de Dios Padre, Jesucristo, Dios y Señor de toda la creación]. » La plegaría proseguía: «… con temor y temblando, suplicante evoco Tu santo nombre: concédeme a mí, Tu más indigno siervo, el perdón de todos mis pecados; otórgame la fe firme y el poder para atacar a este cruel demonio con seguridad y sin temor, fortalecido por el poder de Tu santo brazo».

Bowdern había recitado esa plegaria otras noches, pero ahora podía sentir su fuerza. Volvió a hacer la señal de la cruz sobre Robbie y colocó un extremo de la estola en el cuello de éste. Con la mano derecha en la cabeza de Robbie, dijo: «Ecce Crucem Domini, fugite, partes adversad [Mira la cruz del Señor; ¡marchaos, poderes hostiles!]».

Bishop respondió: « Vincit leo de tribu Juda, radix David [El León de la tribu de Judá ha vencido, Él, que es el azote de David]».

Con su mano firme sobre la cabeza de Robbie, Bowdern continuó: «Domine, exaudi orationem meam [Oh Señor, escucha mi plegaria».

Bishop dijo: «Et clamor meus ad te veniat [Y que mi grito llegue a Ti]».

«Dominus vobiscum. »

«Et cum spiritu tuo. »

Robbie pareció calmarse bajo la mano de Bowdern. Por un momento, los gritos y los ladridos cesaron. Reinaba el silencio en la apestosa habitación. Entonces, de la boca de Robbie brotaron las notas de El Danubio azul: la la la la la, la la, la la, bellamente interpretadas, mientras hacía oscilar los brazos siguiendo el ritmo de la melodía. Su voz ya no era tosca ni sus gestos agitados. Tenía la voz de un angelical niño de coro, una voz aparentemente educada.

Bishop, que tenía mejor oído para la música que Bowdern, quedó particularmente asombrado con la actuación de Robbie. Después de los anteriores estallidos, Bishop, con cuidado y tomando notas, había preguntado por las habilidades musicales de Robbie. Su madre había dicho a Bishop que no cantaba bien y que, en realidad, no le gustaba cantar. Eso explicaba la actuación anterior, pero no ésta.

Luego Robbie pasó a cantar La vieja y tosca cruz, al parecer como respuesta burlona a la oración de Bowdern, que había comenzado con Ecce Crucem Domini. También esta música, a los oídos de Bishop, era de una calidad profesional.

El canto cesó tan de repente como había comenzado. Robbie despertó por unos momentos y Bishop le pidió con naturalidad que tarareara El Danubio azul. Robbie no pudo seguir la melodía y dijo que no se sabía la canción.

Cerró los ojos y cayó de nuevo en su sueño como un trance. Un poco más tarde, mientras Bowdern seguía las plegarias, Robbie llamó a uno de los sacerdotes por su nombre. (Bishop no anotó de qué sacerdote se trataba.) El sacerdote no respondió. Robbie volvió a llamarle, con voz aún agradable. Una vez más el sacerdote se negó a responder. Con voz áspera, Robbie volvió a llamar al sacerdote por su nombre y añadió: «¡Hueles mal!». Fue el primero de lo que serían ataques cada vez más vehementes hacia los sacerdotes y Halloran.

La furia de Robbie contra el sacerdote dio paso a una explosión violenta. Empezó a revolverse otra vez. Halloran hacía todo lo posible para inmovilizarle. Los gritos y las contorsiones siguieron hasta las 3 de la madrugada, cuando Robbie se entregó a un profundo sueño que Bowdern juzgó natural. Él, Bishop y Halloran esperaron y oraron junto a la cama durante media hora y después se marcharon. Entonces tuvo lugar otro ritual de cada noche: los Mannheim quitaron el pijama empapado a Robbie, que dormía profundamente, le lavaron, le pusieron un pijama limpio y cambiaron las manchadas sábanas.

El domingo, Bowdern volvió a iniciar la sesión a las ocho y al cabo de quince minutos Robbie mostraba señales de lo que sería la peor noche. Maldecía y se retorcía en la cama, amenazaba a Halloran, maldecía, gritaba. Le gustaba orinarse pródigamente y soltar fuertes ventosidades y eructos. Despertó por un momento, se quejó de que la orina le quemaba y cayó de nuevo en trance y siguió orinándose y soltando ventosidades. La habitación apestaba; los olores parecían permanecer en el aire como una hedionda niebla.

Por primera vez, Robbie se volvió contra los sacerdotes. «¡Alejaos de mí, imbéciles!», gritó. Su voz a veces era estridente y otras gutural. Lo que los testigos recordaban de la voz de Robbie variaba considerablemente. Algunos describieron su voz como no terrena, una voz profunda y amenazadora que no podía proceder de un muchachito. Otros recordaban una voz agudísima y extremadamente irritante que penetraba en sus mentes como un hacha. Otros no podían quitarse de la cabeza la risa demoníaca de Robbie.

«¡Id al infierno, sucios hijos de puta!», gritaba Robbie.

Halloran apretaba con más fuerza, temeroso de que el muchacho saltara e hiriera a Bowdern. Pero éste no perdió de vista su misión. Siguió rezando, hablando con voz alta y firme, como un oficial dirigiéndose a un enemigo oculto.

«¡Malditos seáis, hijos de puta! —gritó Robbie—. ¡Sucios imbéciles!»

Bishop anotó estas frases. Hubo otras, demasiado ofensivas para que el sacerdote las anotara. Lo único que dijo fue que Robbie también incluyó en sus maldiciones referencias a la Santísima Madre y frases tergiversadas de las oraciones a Nuestra Señora de Fátima.

Las maldiciones y el forcejeo terminaron por fin a las dos de la madrugada.

Los tíos de Robbie no podían soportarlo más. Nadie dormía. El día siguiente, lunes 21 de marzo, Phyllis Mannheim, agotada por el pesar, el miedo y la falta de sueño, acudió a un médico. Al parecer, no le dijo la causa de su estado.

Robbie permanecía aparentemente ajeno a sus frenéticas noches. Su amnesia diurna desconcertaba a todos. «Siempre me pareció que si hubiera recordado lo que había ocurrido, lo habría mencionado —dice Halloran—. Pero nunca dijo nada a ninguno de los implicados. Jamás aludía a nada que se hubiera dicho o hecho. Nunca tuve la sensación de que el chico actuara. No. Si estaba despierto cuando nos íbamos, decíamos “Adiós” y “Hasta pronto”, él respondía: “De acuerdo”. ».

La familia se reunió, protestantes y católicos, para decidir qué hacer a continuación. Entre los parientes se hallaban seguidores del espiritismo de tía Harriet y creyentes en la parapsicología. Presentaron alternativas al exorcismo. Phyllis y Karl Mannheim estaban dispuestos a probar cualquier cosa, pero por el momento decidieron rechazar las otras sugerencias y aceptar las recomendaciones de Bowdern y Bishop.

Los jesuitas sugirieron que ingresaran a Robbie en un hospital, al menos una noche, para que el resto de la familia pudiera dormir sin miedo a ser despertados por los gritos. No consultaron con Robbie. Sus padres accedieron y Bowdern se encargó de inmediato de que Robbie fuera llevado al Hospital de los Hermanos Alejianos, una institución muy conocida de St. Louis.

La orden de los Hermanos Alejianos, la congregación de celitas, había sido fundada por monjes que cuidaban de las víctimas de la Peste Negra, que barrió Europa en el siglo catorce. En Europa eran conocidos como los Hermanos Pobres o Hermanos del Pan, los monjes que socorrían a los moribundos y a los locos, los monjes que se quedaron a enterrar a los muertos cuando los demás huyeron de la peste. El nombre de su orden conmemoraba a su santo patrón, san Alejo, un hombre santo que dedicó su vida a ayudar a los pobres.

Los alejianos abrieron su primer hospital en Chicago en 1866, diciendo que estaban especializados en tratar a los «idiotas y lunáticos del sexo masculino». Los Hermanos continuaron esta especialidad cuando abrieron su hospital en St. Louis en 1870. En la segregada St. Louis añadieron la promesa de tratar a los hombres de cualquier «clase, nacionalidad, religión, raza o color». En 1873 erigieron un nuevo edificio. Una de sus dos alas de 36 metros de largo estaba reservada a los pacientes mentales. Las estrictas reglas prohibían el uso de cadenas, esposas o camisas de fuerza, pero podía encerrarse en una de las habitaciones de seguridad de la quinta planta a los pacientes violentos.

Recordando la petición de secreto que le había hecho el arzobispo Ritter, Bowdern sabía que podía confiar en los alejianos. Los Hermanos se hallaban entre los primeros practicantes de la medicina en Estados Unidos que reconocían el alcoholismo como una enfermedad. Desde los años veinte, habían tratado a alcohólicos y habían adoptado una misión especial, poco conocida fuera de sus muros: cuidaban a los sacerdotes alcohólicos y tenían la responsabilidad de decidir cuándo estaban curados y podían reanudar sus deberes religiosos.

A las diez de la noche del 21 de marzo, Robbie fue ingresado en el hospital e instalado en la cama de una habitación de seguridad. Había correas en la cama, barrotes en la ventana y la parte interior de la puerta carecía de tirador. Para salir de la habitación, se golpeaba la puerta hasta que un Hermano la abría. El hermano Bruno, que hacía tiempo se ocupaba del ala, poseía una aguda percepción de las necesidades de sus pacientes y la familia de éstos. Ordenó que trasladaran un diván a la habitación para el padre de Robbie, quien había llegado con el muchacho y los jesuitas.

Bowdern empezó a recitar la Letanía de los Santos como preludio a las plegarias del exorcismo. Se preparó para resistir otra noche de horror. No sucedió nada. Miró de cerca a Robbie. Éste tenía los ojos abiertos con expresión de miedo y giraba la cabeza de un lado a otro, mirando primero la ventana con barrotes y después las correas que le sujetaban. Parecía más asustado por lo que le rodeaba que por lo que Bowdern trataba de exorcizar.

Por primera vez, el exorcismo se realizó sin ningún estallido por parte de Robbie, quien permaneció despierto y temerosamente alerta. Cuando terminaron las plegarias, Bowdern dirigió el rosario con las personas que se hallaban en la habitación: Bishop, Halloran, Karl Mannheim y varios Hermanos.

Cuando terminó, Bowdern dio unos golpecitos a la puerta. Un Hermano de guardia abrió inmediatamente y Bowdern salió, haciendo una seña de que salieran todos excepto Karl. Cuando Bishop salió de la habitación, vio que Mannheim se inclinaba sobre su hijo y rezaba en voz alta para que se durmiera. A las once y media, Robbie se entregó a un profundo sueño normal y su padre se tumbó en el diván y, por primera vez en meses, durmió en paz. Robbie despertó a las seis y media y despertó a su padre. Regresaron a casa del hermano de Karl y pasaron el día allí.

Un día hacia esa época —el incidente no está registrado en el diario de Bishop—, Karl W. Bubb, Sr., un profesor de matemáticas y física de la universidad de Washington en St. Louis, de cincuenta y siete años, visitó la casa donde se alojaba Robbie. Bubb, distinguido científico, al parecer había sido invitado a la casa por un miembro de la familia que, a través del espiritismo de tía Harriet, conocía el interés que Bubb sentía por lo paranormal. La madre de Bubb había sido espiritista y a menudo había hecho participar a su hijo en las sesiones de espiritismo.

Bubb informó más adelante de que durante su visita al dormitorio de Robbie vio que una mesa se elevaba lentamente y permanecía en el aire cerca del techo. Una cómoda también se movió mientras Bubb se hallaba en la habitación. Tal como Halloran recordaba la visita (la cual no fue concertada por los jesuitas), el exorcismo perturbó en gran manera a Bubb, quien había ido a ver una manifestación de poltergeist. Según relató Halloran, Bubb tomó algunas notas «y se marchó, diciendo: “Éste no es mi territorio”».

Durante la Segunda Guerra Mundial, Bubb había trabajado en el secreto Proyecto Manhattan, el enorme esfuerzo científico que desarrolló la bomba atómica. En la universidad de Washington fue sucesivamente presidente del departamento de matemáticas aplicadas y del departamento de mecánica. Después de su muerte en 1961, sus ensayos sobre parapsicología —que presumiblemente incluían sus notas sobre la visita efectuada a Robbie— fueron destruidos para proteger su reputación científica.

Bowdern, alentado por las esperanzas de que Robbie se estaba recuperando, dijo que aquella noche en el hospital era suficiente. La siguiente noche, martes 22 de marzo, Robbie volvía a estar en casa de su tío. Hacia las nueve y media, poco después de que Robbie se acostara, la cama empezó a sacudirse y el muchacho volvió a quedar hechizado. Phyllis Mannheim llamó a Bishop. Con un píxide que contenía el Santísimo Sacramento, Bishop llegó con otros dos sacerdotes (a los que no identifica). Los tres sacerdotes se arrodillaron junto a la temblorosa cama y recitaron las oraciones del exorcismo, seguidas del rosario. Poco antes de medianoche, Robbie se entregó a un sueño natural.

Bowdern al parecer interpretó la conducta dócil de Robbie en dos noches sucesivas como una señal de que la posesión estaba cediendo. El sacerdote decidió entonces probar una nueva estrategia: la conversión de Robbie al catolicismo. Su motivo parece que era el deseo de alistar al muchacho en las filas de lo que Bowdern percibía como la fuerza más potente que podía ejercerse sobre los demonios cada vez más débiles. Quizá Bowdern para entonces había recitado tan a menudo las plegarias del exorcismo que una frase le movió a esta acción. «Yo te ordeno … que salgas rápidamente… de este siervo de Dios, Robert, que busca refugio en el seno de la Iglesia. »

Bowdern hizo instalar una habitación en su rectoría para acomodar a Robbie y a su padre. Karl Mannheim, nacido católico, autorizó a Bowdern a que empezara a instruir a Robbie en el catolicismo. El miércoles por la noche, Robbie y Karl se trasladaron a la rectoría. Bowdern pasó un tiempo hablando a Robbie del catolicismo y enseñándole las oraciones que los niños católicos aún más jóvenes que Robbie aprendían como iniciación a su religión. En estas cuatro cortas oraciones —los Actos de Fe, Esperanza, Amor y Contrición— se hallaban los puntos esenciales del catolicismo y lo que Bowdern creía que era nuevo armamento para un poseído.

El Acto de Fe atestiguaba que se creía absolutamente en lo que Bowdern iba a enseñar, los principios de la Iglesia Católica. El Acto de Esperanza pedía «el perdón de mis pecados, la ayuda de Tu gracia y la vida eterna; a través de los méritos de Jesucristo, mi Señor y Redentor». En el Acto de Amor Robbie decía a Dios: «Te amo sobre todas las cosas con todo mi corazón y con toda mi alma, porque Tú eres infinitamente digno de todo amor. También amo a mi prójimo como a mí mismo… perdono a todos los que me han hecho daño y pido perdón por todos a quienes yo he hecho daño». En el Acto de Contrición, Robbie decía: «Me arrepiento con todo mi corazón de haberte ofendido; detesto mis pecados por el amor que Te tengo; estoy firmemente decidido a no volver a ofenderte, y con la ayuda de Tu gracia a evitar toda ocasión de pecado».

Fe, esperanza y amor —y las repetidas referencias al pecado— repicaban en la mente de Robbie cuando se acostó a las nueve y media. Bowdern, Bishop, Halloran y Karl Mannheim se reunieron en torno a su cama, junto con un recién llegado, el padre William A. Van Roo, S. J., un sacerdote que se hallaba en la tercianidad posterior a la ordenación.

Van Roo, a quien incluso sus compañeros jesuitas calificaban de brillante, ya había comenzado su trabajo como teólogo empezando estudios sobre la influencia de la filosofía árabe en Tomás de Aquino. Se convertiría en un eminente teólogo de la facultad de la Universidad Gregoriana de Roma. Pero esta noche de marzo fue reclutado como posible ayuda para Halloran. Como parte de su tercianidad, Van Roo acababa de ser nombrado ayudante de Bowdern, que le había saludado diciendo: «Bill, tengo el proyecto que necesitas».

Todos los que rodeaban la cama de Robbie se unieron a él para recitar los Actos de Fe, Esperanza, Amor y Contrición. Luego Bowdern comenzó la Letanía de los Santos. Robbie inmediatamente eructó, dando patadas, escupiendo y dando manotazos a Halloran, quien apretaba al muchacho e indicó desesperado que Van Roo y Karl Mannheim le ayudaran.

Mientras Bowdern seguía recitando las oraciones, los tres hombres hacían esfuerzos para sujetar a Robbie. Con los ojos cerrados con fuerza, el muchacho se retorcía y gritaba. Pero al cabo de pocos minutos abrió los ojos y sonrió a Halloran con expresión suplicante. «Por favor, suélteme los brazos —dijo el muchacho—. Me hace daño. »

«Me limitaré a mantener las manos cerca de ti», replicó Halloran.

Van Roo frunció el ceño.

Entonces, el talante tranquilo de Robbie cesó bruscamente y Halloran, con un movimiento veloz, agarró con las manos un delgado brazo e hizo señas a Van Roo para que asiera el otro. Mannheim se quedó atrás, reacio a pelear con su hijo. Van Roo volvió a fruncir el ceño. «No tiene sentido que le tengamos que sujetar los brazos con tanta fuerza —le expuso a Halloran—. Sólo le hace sentirse incómodo. »

Halloran, que se denominaba a sí mismo el hombre del brazo fuerte del equipo del exorcista, creía que sabía lo que hacía. Había visto antes esa actuación: Robbie sonreía, abría los ojos, esperaba un hueco y entonces, atacaba. Ésta era la primera noche de Van Roo, pero éste era sacerdote y Halloran un simple escolástico, así que Halloran soltó el brazo de Robbie.

En una fracción de segundo, Robbie arremetió a ciegas y dio un puñetazo en la nariz a Halloran. Con los ojos aún cerrados, golpeó la nariz aguileña de Van Roo. Los dos jesuitas agarraron el puño infalible y después el otro y los apretaron contra la cama. Halloran tenía la nariz rota, y la de Van Roo sangraba pero por lo demás estaba intacta.

Los dos jesuitas, a los que a modo de prueba se unió Mannheim, prosiguieron inexorablemente. Bowdern comenzó la plegaria que a menudo había producido una reacción violenta. «PRAECIPIO TIBI!», dijo con voz fuerte. «Yo te ordeno, espíritu inmundo. »

Robbie, de pronto, empezó a orinarse y a soltar ventosidades. El hedor era insoportable. Alguien abrió una ventana. Robbie gritaba y reía diabólicamente. Ésa era la palabra que acudió a la mente de los que escuchaban: diabólicamente.

Cerca de la ventana trasera estaba Verhaegen Hall, la vieja residencia jesuita de ladrillo rojo con las habitaciones privadas que los jesuitas llamaban celdas. Los escolásticos como Halloran vivían en el primer piso. Los sacerdotes que preparaban su doctorado y los sacerdotes que eran profesores de la universidad vivían en el segundo y tercer piso. En una de las habitaciones de arriba, un joven jesuita estaba leyendo su breviario (un libro con las oraciones diarias). «Oí esa risa salvaje, como de idiota, diabólica», recordó posteriormente. Debido al secreto, no sabía nada del exorcismo. «Miré hacia la ventana de donde procedía la luz, pero no vi nada. »

Dentro, Bowdern estaba experimentando la peor noche hasta entonces. Robbie periódicamente despertaba unos momentos, se quejaba de que le ardía el pene, volvía a caer en su sueño de pesadilla y se retorcía, reía y gritaba.

«Estoy en el infierno —gritaba, riendo—. Te veo. Te veo. —Volvió su rostro sonriente, con los ojos cerrados, hacia Bowdern—. Estás en el infierno. Es el año 1957. »

Por primera vez, Bowdern reaccionó a una observación de Robbie. Vaciló al recitar su plegaria. Palideció y miró a su alrededor, confundido y angustiado. Recobró el ánimo enseguida y reanudó su plegaria.

«Tengo una bonita polla —gritó Robbie, riendo de manera idiota—. Una polla, una polla hermosa. Tan redondeada, tan firme. Con la parte superior roja y un agujero en medio. »

Volvió la cara, la cara vacua y manchada de baba de un hombre-niño ciego y loco, hacia Bowdern y gritó: «¡Oh, tienes un gran pene gordo!».

Le habían puesto una toalla en la entrepierna para empapar la orina. De alguna manera consiguió soltarse las manos, se arrancó la toalla y comenzó a fingir que se masturbaba. Los sacerdotes le agarraron las manos y se las inmovilizaron. Él gritó palabras que Bishop no anotó, observando con gazmoñería: «Sus expresiones eran ordinarias y relativas al sexo». Cuando Robbie era Robbie, de día, Bishop anotó en su diario, jamás empleaba palabras obscenas.

En raros momentos, Robbie despertaba e informaba de lo que veía y oía en el infierno. Los hombres que había allí, dijo, utilizaban palabras sucias. Luego, volvía a cerrar los ojos, a retorcerse sugestivamente, a ladrar, a cantar canciones desconocidas. A las dos y media, su cuerpo se quedó inerte y Robbie se entregó a un sueño natural.

Halloran, agradecido por estar tan cerca de casa, entró en la residencia y se encaminó a su habitación, le dolía la nariz, y sabía que la tenía rota. Esperaba que los otros veintitantos escolásticos del primer piso no se fijaran. Todos se dedicaban a estudios especiales y seguían un estricto horario. Tenían que estudiar tanto, que apenas les quedaba tiempo para charlar. Ninguno de ellos sabía que Halloran pasaba las noches sujetando a un demoníaco.

Se dejó caer en la cama, se quedó dormido al instante y se levantó, como de costumbre, a las cinco de la madrugada. Se duchó y se afeitó y procuró mantener la cara apartada para evitar preguntas acerca de su nariz hinchada. Se unió a otros escolásticos en la capilla y meditó ante el tabernáculo que contenía el Santísimo Sacramento. Después, fue a misa, desayunó en el refectorio y comenzó su día con una clase a las ocho.

En un día como éste —quizá durante la meditación, quizá en otros momentos—, Halloran empezó a preocuparse por su falta de reacción a lo que había estado viendo y experimentando. Unos cuarenta años más tarde, recordaría lo que sentía: «Estaba como decepcionado, incómodo conmigo mismo. ¿No debería tener una reacción más intensa ante aquello? ¿He llegado a un punto en que realmente no creo que en efecto el diablo se halle entre la gente?». Y pensaba en los otros. «Deberíamos reaccionar más», se decía a sí mismo. Al recordarlo, se preguntaba: «¿Cómo podía ser tan insensible y carente de emoción?». Con la sabiduría que proporciona la madurez, ahora piensa que tal vez el diablo le había entumecido.

Había algo paralizante en ello: día tras día, las mismas plegarias, las mismas esperanzas acariciadas y perdidas. Pero Bowdern no volvería a desesperarse, y Bishop, aunque preocupado, en ningún momento se desesperó, ni siquiera después de aquella primera noche aterradora en la rectoría. Ambos sacerdotes creían que la expulsión del demonio era inminente.

La fórmula del exorcismo exigía que el exorcista pidiera que el demonio revelara el momento de su salida. La primera noche, cuando apareció una X en la pierna izquierda de Robbie, los dos sacerdotes habían decidido que era la señal del demonio que indicaba que saldría en diez días. Bishop imaginó que el día de la salida tendría lugar el jueves 24 de marzo, porque era la fiesta de san Gabriel, el arcángel tan importante en la Letanía de los Santos. También señaló que el día siguiente, viernes 25 de marzo, era la fiesta de la Anunciación, el día, exactamente nueve meses antes del día de Navidad, en que el arcángel Gabriel dijo: «Dios te salve, María» y anunció a la Santísima Virgen la encarnación de Cristo. Sin embargo, para Bowdern, el décimo día era el 25 de marzo.

El jueves Robbie permaneció en la rectoría, y aquella noche, confiando Bishop en que el demonio saldría, Bowdern empezó la letanía. Apenas había pasado de Gabriel cuando Robbie comenzó a gritar, chillar, ladrar, cantar, orinarse y soltar pedos. De nuevo la habitación se llenó de un apestoso olor.

Bowdern había invitado a otros sacerdotes jesuitas a ayudarle. Uno de ellos ayudó a otros tres hombres a sujetar a Robbie durante el peor de sus violentos espasmos. Volviendo sus ojos cerrados hacia este sacerdote, Robbie dijo: «Gordo asno. Buey». Robbie singularizó al sacerdote —su nombre no figura en el diario de Bishop— y le insultó. «¿Por qué estás aquí? —preguntó Robbie—. Estarás conmigo en el infierno en 1957. » Según una de las muchas historias de los jesuitas acerca del exorcismo, el sacerdote, gran bebedor, había renunciado al alcohol durante un tiempo.

Otro blanco fue un factótum del recinto universitario llamado Michael. Bowdern había reclutado a Michael para el equipo de hombres con fuerza. Algunos se preguntaban si el nombre del arcángel Miguel había enfurecido en especial al demonio. «Michael, pikel, likel, sikel —gritó Robbie en sonsonete; luego, pasó a atacar la apariencia física de Michel—. Michael, vas sucio», dijo, distinguiendo al parecer que el hombre era de una clase diferente a los jesuitas.

Este tipo de burlas sociales eran un ejemplo de los fenómenos que unían elementos del caso de Robbie con los casos de posesión que se sabía se habían producido en otros siglos. Porque el diablo, el príncipe del infierno, era tan orgulloso y envidioso, decía la teoría, que tenía una visión real de su lugar en el mundo. Los relatos de posesiones medievales con frecuencia otorgaban al diablo un aire majestuoso, una actitud que Robbie a menudo adoptaba. Los cambios en la voz de Robbie, sus maldiciones, sus crudas alusiones sexuales, el hecho de orinarse y soltarse ventosidades también pueden hallarse en las descripciones de casos de posesión que se remontan a los principios de la cristiandad.

Bishop observó que la peor manera de hablar empezaba después de medianoche, profanando la alegre fiesta de la Anunciación. Habló de «besarme la polla» y «utilizar mi verga». Volviéndose a los sacerdotes que rodeaban su cama, dijo: «Vosotros también tenéis pollas grandes. y os gusta frotárosla arriba y abajo». Después su blanco fue un sacerdote obeso. «Tienes grandes tetas, buey», dijo haciendo ruidos como de chupadas.

Giró la cabeza hacia Bowdern, mirando sin ver al sacerdote. «¡Deja ese maldito latín! —exigió el muchacho—. ¡Marchaos de aquí, malditos bastardos!»

Como nadie se movió, reanudó sus violentas sacudidas y maldiciones. Luego, con voz tímida, dijo, aparentemente a Bowdern: «Te gusta estar conmigo. Bueno, a mí también». Se calmó y cedió a un sueño auténtico hacia las dos y media.

Bowdern y Michael hicieron todo lo que pudieron para limpiar la cama y airear la habitación sin despertar a Robbie. Una vez más, Halloran y Bishop regresaron a su residencia, junto con los otros que habían ayudado Bowdern. Cuando Bowdern por fin se acostó, exhausto, sintió cierta euforia al pensar que el día siguiente, día de aquella jubilosa fiesta, ordenaría a los demonios que salieran y desaparecerían del cuerpo de Robbie.

Robbie durmió hasta las once y media de la mañana del 25 de marzo y comenzó otro de sus días normales. Bishop, interesado en dejar constancia del exorcismo, anotaba sólo lo que sucedía durante las sesiones nocturnas. Lo que Robbie hacía durante el día sólo puede imaginarse. Es de suponer que su madre le llevó pijamas limpios y, con cierta turbación, se ofreció a ayudar en la limpieza diaria. Pero las residencias de los jesuitas normalmente eran de clausura, es decir, prohibidas al sexo opuesto. No se menciona la presencia de Phyllis Mannheim en la rectoría durante las sesiones de exorcismo realizadas allí.

Robbie, cuya piel había dicho No al colegio con arañazos, parece que pasaba la mayor parte del día leyendo y recluido. No se vuelve a mencionar a su primo, presumiblemente porque Robbie estaba aislado de los otros niños. Cuando se alojaba en la rectoría, Bowdern pasaba ratos con él, hablándole del catolicismo, dándole libros para leer. Robbie aprendió a confiar en Bowdern y éste le gustaba, pero el muchacho no desarrolló una relación de confianza con ningún otro jesuita.

Cuando se acercaba el anochecer del 25 de marzo, Bowdern se preparó para lo que suponía sería el fin de la penosa experiencia. Poco después de que Robbie se fuera al dormitorio, los sacerdotes jesuitas invitados por Bowdern empezaron a llegar a la rectoría. Cuando Karl Mannheim, Bowdern, Bishop, Van Roo y Halloran entraron en la habitación, los otros jesuitas se reunieron fuera de la puerta cerrada y se pusieron a rezar.

Dentro de la habitación, se respiraba una atmósfera de calma. Robbie se revolvía en la cama y entró en su estado como de trance. Sin maldecir ni producir ningún ruido, comenzó lo que parecía un ejercicio de gimnasia. Tumbado de espaldas, con los ojos cerrados con fuerza, acercaba y apartaba rígidamente los brazos de su cuerpo mientras hacía movimientos como de tijera con las piernas. Igual que un autómata, se movía rítmicamente, incansable, sin variar los movimientos.

A medida que el movimiento aceleraba, pareció perder control y se cayó de la cama. Sin despertar, volvió a la cama, reanudó los movimientos, más suavemente ahora, y rodó a los brazos de Bowdern y Van Roo. Éstos le metieron de nuevo en la cama y Bowdern siguió leyendo las oraciones del Ritual.

Después de medianoche, el talante cambió. Robbie rompió su silencio maldiciendo a su padre y escupiéndole en la cara. Hasta entonces se había portado tan bien, que Halloran y Van Roo habían aflojado su presión sobre él. De pronto, giró su cuerpo en la cama y dio una patada a Bowdern y a su padre. Éstos retrocedieron y el muchacho dio una patada a una silla. A la una, poco después de este arranque, cedió a un sueño natural.

Fuera de la habitación, el murmullo de los sacerdotes proseguía. Las dos oraciones finales del exorcista son plegarias de contraste, la primera dirigida al demonio y la segunda dirigida a Dios. El poder de estas plegarias de combate y fe llenaron a Bowdern de nueva confianza en lo que él creía que sería la noche de la victoria.

«Exorcizamus te!», comenzó Bowdern, formando con la mano la señal de la cruz. «Os expulsamos, a todos los espíritus impuros, a todo poder diabólico, a todo ataque del adversario infernal, toda legión, todo grupo y secta diabólicos, por el nombre y el poder de nuestro Señor Jesucristo —una señal de la cruz— y os ordeno que os alejéis de la Iglesia de Dios y de todos los que están hecho a imagen y semejanza de Dios y que fueron redimidos por la Preciosa Sangre del Divino Cordero. »

De nuevo el crujido del sobrepelliz cuando Bowdern hizo la señal de la cruz sobre Robbie, que dormía el sueño de la paz. Era como si Bowdern jamás hubiera recitado la plegaria, tan nueva y poderosa parecía al brotar de él. «Non ultra audeas, serpens callidissime, decipere humanum genus. »

«No vuelvas a atreverte jamás, serpiente astuta, a engañar a la raza humana, a perseguir a la Iglesia de Dios, ni a atacar a los elegidos de Dios y a cribar como el trigo. Pues el Altísimo Dios te ordena, Él a quien tú en tu gran orgullo supusiste tu igual; Él, que deseó que todos los hombres fueran salvados y llegaran al conocimiento de la verdad. ¡Dios Padre te ordena! ¡Dios Hijo te ordena! ¡Dios Espíritu Santo te ordena! ¡La majestad de Cristo te ordena, la Palabra Eterna de Dios hecha carne, quien para la salvación de nuestra raza, perdida en tu envidia, Se humilló y se hizo obediente hasta la muerte; quien construyó Su Iglesia de una roca sólida y proclamó que las puertas del infierno jamás prevalecerán contra ella, y que Él permanecería con ella todos los días, hasta el fin del mundo!

»¡El sagrado misterio de la cruz te ordena —aquí, y una vez más, la señal de la cruz— así como el poder de todos los misterios de la fe cristiana! ¡La más excelsa Virgen María, Madre de Dios, te ordena, ella que en su humildad aplastó tu orgullosa cabeza desde el primer momento de su Inmaculada Concepción!» Ante esta referencia a la teología —la creencia de los católicos de que María había nacido sin pecado original— Bowdern hizo una pausa. La imagen era familiar a cualquier católico que llevara la medalla de la Inmaculada Concepción, que mostraba a una radiante María aplastando la cabeza de una serpiente. En ocasiones, Bowdern sujetaba una medalla en la chaqueta del pijama de Robbie o le ponía una en una cadena alrededor del cuello. Una de estas medallas mostraba a la Inmaculada Concepción en un lado y el Sagrado Corazón en el otro.

«¡La fe de los santos apóstoles Pedro y Pablo y de los otros apóstoles te ordena! —prosiguió Bowdern—. ¡La sangre de los mártires te ordena, así como la piadosa intercesión de los hombres y mujeres santos!

»Por lo tanto, maldito dragón y toda legión diabólica, te ordenamos por el Dios vivo, por el verdadero Dios, por el santo Dios, por el Dios que tanto amó el mundo que dio a su único Hijo, que el que crea en Él no perecerá, sino que tendrá la vida eterna, cesa tus engaños a los hombres y deja de darles a beber el veneno de la condenación eterna; ¡desiste de dañar a la Iglesia y de estorbar a su libertad! ¡Vete, Satanás, creador y dueño de toda falsedad, enemigo de la humanidad! Cede tu lugar a Cristo en quien tú no encontraste ninguna de tus obras; cede tu lugar a la Iglesia única, santa y apostólica, que el propio Cristo creó con su sangre. ¡Que la mano todopoderosa de Dios te humille; tiembla y huye cuando evoquemos el santo e imponente nombre de Jesús, ante quien el infierno tiembla y a quien las Virtudes, los Poderes y las Dominaciones están sujetos; a quien los querubines y serafines alaban con voz firme diciendo: Santo, santo, santo es el Señor Dios de las Huestes!… Sanctus, Sanctus, Sanctus Dominus Deus Sabaoth!»

Bowdern vaciló un momento. No había habido ninguna reacción, ni maldiciones ni golpes, ante estas palabras: Dominus, Jesu, Deus. Quizá se trataba de una señal de que el demonio ya había salido. Y ahora rezó la oración de la esperanza, una plegaria dirigida a Dios. Las palabras resonaban en la propia esperanza de Bowdern y su creencia de que minutos antes de que terminara la fiesta de la Anunciación el demonio habría salido y de que, finalmente, el bien habría triunfado sobre el mal.

«¡Oh Dios del cielo y de la tierra —recitó Bowdern con voz firme—, Dios de los ángeles y de los arcángeles, Dios de los patriarcas y de los profetas, Dios de los apóstoles y de los mártires, Dios de los confesores y de las vírgenes! Oh Dios que tienes el poder de otorgar la vida después de la muerte y descanso después del trabajo; pues no hay otro Dios a Tu lado, ni podría haber un verdadero Dios aparte de Ti, el Creador de todas las cosas visibles e invisibles, cuyo reino no tendrá fin. Por eso humildemente pedimos a la sublime Majestad que graciosamente nos libres por Tu poderío de todo poder de los espíritus malditos, de su esclavitud y de su engaño, y que nos libres de todo daño. Por Cristo nuestro Señor. »

«Amén», respondieron los presentes en la habitación.

«De las garras del diablo, líbranos, Señor —oró Bowdern—,… te suplicamos, óyenos. »

Roció la cama con agua bendita y salió de la habitación. Los sacerdotes que se hallaban fuera callaron cuando Bowdern pasó por su lado, exhausto, como de costumbre, pero, esa noche, extrañamente sereno.


9

11

MENSAJES

Robbie fue a casa de su tío el sábado. Su familia intentó que no hiciera nada. Pero los padres y los tíos de Robbie sabían lo que Bowdern pensaba. X significaba diez días. Si Robbie logra pasar esta noche… Así, después de una cena que procuraron impedir que fuera una celebración, jugaron a algún juego con Robbie y Phyllis Mannheim dijo a su hijo que se preparara para acostarse. Él subió la escalera como si se tratara de una noche cualquiera. Sin embargo, para los que estaban observando y rezando, era la primera noche de esperanza.

El sábado por la noche no sucedió nada. Robbie durmió toda la noche. La noche del domingo, no sucedió nada. Robbie y su familia volvieron a dormir en paz. Karl Mannheim regresó a Maryland, seguro de que Phyllis y Robbie pronto le seguirían.

La primavera estaba ya en plena floración en St. Louis. La gente se quedaba en los porches delanteros, saboreando los días más largos. Las flores asomaban en los alféizares de las ventanas. Los dientes de león comenzaban su invasión anual en los perfectos céspedes de los vecinos. Phyllis tenía que decidir si comprar ropa de Pascua para ella y Robbie en St. Louis o en Washington.

Pascua, el día de la esperanza. Ahora significaba más para Robbie, pues estaba aprendiendo lo que era el catolicismo y los católicos parecían dar más importancia a la Pascua que los luteranos. Robbie se preguntaba si sería católico ya en Pascua. Pensaba en las misteriosas palabras: examen de conciencia, contrición, confesión, primera comunión.

El lunes, Bowdern les visitó para bendecir la casa. Fue de habitación en habitación, haciendo la señal de la cruz, rociando con agua bendita y sonriendo. Ya no daba órdenes a un demonio. Recitaba las frases latinas —«In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti»— de la manera rápida de costumbre. Habló a Robbie de su futuro y le dijo que nunca tuviera miedo. Con ciertos rodeos Bowdern le preguntó si se sentía diferente ahora, en comparación con las últimas semanas. Robbie pareció perplejo. Él siempre se sentía bien, dijo, excepto que algunas noches tenía mucho sueño.

Comenzaron los preparativos para regresar a Maryland. El lunes, martes y miércoles transcurrieron sin incidentes. Los tíos y primos de Robbie empezaron a contemplar con ansia y esperanzas el que sus vidas volvieran a la normalidad.

El jueves por la noche, Robbie y su primo se acostaron como de costumbre, y los adultos se instalaron para pasar la velada leyendo y escuchando la radio. Estaban a punto de acostarse, hacia las once y media, cuando Robbie bajó para decir a su madre que se encontraba mal. ¿Qué te ocurre?, preguntándose si habría pillado un resfriado primaveral. Tengo los pies calientes y de pronto se ponen fríos. Ella le dijo que volviera a la cama e intentara dormir. Por favor, ven conmigo. Venid todos. Por favor.

Los adultos y la prima de Robbie, Elizabeth, se miraron ansiosos pero no dijeron lo que pensaban. Pero si se ha ido. Se ha ido, se dijeron en silencio. Siguieron a Robbie escaleras arriba, y fue como si nada hubiera ocurrido. Volvía a ser el principio. Pero si se ha ido. Se ha ido.

Robbie, los ojos vidriosos y después cerrados, se metió en la cama. No se tumbó. Se quedó sentado, acariciando con el dedo índice de la mano derecha la sábana que le cubría las piernas. La cama empezó a moverse. Él siguió escribiendo, si es que eso era lo que hacía. Siguió moviendo aquel dedo, de un lado a otro. Luego dijo algo que pareció ser «pizarra». ¿Qué era? ¿Estás escribiendo en una pizarra? Y Phyllis Mannheim recordó el tablero Ouija y la mesa de porcelana, donde descifraban los mensajes de tía Harriet. Parecía que hacía tanto tiempo de aquello.

Robbie bajó la cabeza para poder volver sus ojos cerrados hacia la sábana, como si se tratara de la página de un libro. Empezó a hablar, lentamente, formando palabras. Parecía estar leyendo lo que había escrito en la sábana. Elizabeth cogió un lápiz y buscó papel en el que escribir. Mientras él hablaba, ella escribía. Las palabras parecían acudir a sus labios en líneas. Hablaba con voz sin inflexión. Salía de él como una especie de verso inconexo. Ella sabía cuándo Robbie llegaba al final de una línea. Así que lo escribió así. Esto es lo que escribió:

Me quedaré 10 días, pero regresaré en 4 días

Si Robert se queda (ha ido a almorzar)

Si te quedas y te haces católico permanecerá lejos

Dorothy Mannheim

Dios se lo llevará 4 días después de que se haya ido

10 días

Dios se está haciendo poderoso

El último día cuando se vaya dejará una señal en mi

frente

Fr. Bishop: todos los que tratan conmigo sufrirán una

muerte horrible.

Phyllis Mannheim salió de la habitación, fue al teléfono y, procurando impedir que la voz le fallara, contó al padre Bowdern lo que había ocurrido. Debió de haber mencionado la referencia de los mensajes al padre Bishop, pues él decidió que éste no acudiera. Llegó a la casa hacia la una, con el padre Van Roo.

Robbie volvía a estar con los ojos cerrados y los miembros rígidos cuando Bowdern y Van Roo entraron en el dormitorio. Pero en lugar de estar tumbado en la cama, Robbie estaba sentado. Bowdern examinó los mensajes. Siguiendo las advertencias del Ritual en contra de iniciar un diálogo, fue directo a las oraciones del exorcismo.

Cuando llegó a la plegaria que comenzaba «Praecipio tibi [Yo te ordeno]», Robbie volvió la cabeza hacia Bowdern y le pidió un lápiz.

Bowdern vaciló. No iba a mantener un diálogo con el demonio. Pero esto era diferente. Un lápiz. Eso podía iniciar un diálogo escrito, pero sólo si Bowdern era lo bastante necio como para escribir respuestas. Mientras las palabras de Robbie no tuvieran respuesta, no sería un diálogo. Aun así, esta maniobra interrumpía las plegarias del exorcismo. Bowdern tomó una decisión al instante. Señaló a Van Roo que entregara un lápiz a Robbie.

Robbie se volvió para mirar hacia el cabezal. Por alguna razón lo habían cubierto con una sábana blanca. Quién la puso allí y por qué no está claro. Al parecer, el tío de Robbie, durante el primer episodio de escritura sobre la sábana, decidió tener preparada una sábana de recambio.

Robbie murmuró dos nombres repetidamente: «Pete» y «Joe». Mientras murmuraba estos nombres y algunas palabras no anotadas, empezó a escribir rápidamente sobre la sábana. Garabateaba frenético las palabras sobre la sábana, y llenó unos noventa centímetros de espacio blanco en cuestión de minutos. Elizabeth y Phyllis trataron de conservar un documento de lo que él escribía y tomaron nota de sus mensajes mientras él los escribía con letra grande y a veces indescifrable. Alguien —no está claro quién o por qué— salió, cogió agua y jabón y se puso a lavar la sábana.

El diario de esa noche no fue producto de la práctica metódica del padre Bishop de interrogar a los testigos y anotar lo que él y ellos habían visto. El documento es fragmentario. Plantea más preguntas que respuestas da. Lo que el diario de esta noche evoca es una escena de locura. El relato da una impresión de frenesí, de un suceso que perdía el control en forma de espiral. Es como si, por primera vez, el hechizo que había embelesado a Robbie se estuviera extendiendo. Otras noches, Bowdern había sido el centro de la escena, el calmado exorcista, recitando las plegarias del exorcismo con su voz firme y autoritaria. Esa noche, los presentes en la habitación, en lugar de estar de pie o arrodillados alrededor de la cama, parecían poseer más energía debido a la frenética escritura de Robbie. Se convirtieron en participantes en lugar de ser espectadores.

El tío de Robbie, que tenía un taller de impresión, salió de la habitación y volvió con grandes hojas de papel. Las clavó con chinchetas al cabezal y se apartó. Robbie, sin vacilar, cogió la hoja de papel y siguió escribiendo.

No se menciona a Bowdern ni las plegarias que solía recitar. Al permitir que Robbie dispusiera de lápiz, Bowdern permitía que se rompiera la rutina. ¿Cómo llamaba a Satanás una de las plegarias? «Fundador y maestro de toda falsedad. » ¿Y qué decían las instrucciones? «A veces el diablo abandonará la persona poseída… para hacer ver que ha sido expulsado. De hecho, las artes y las trampas del mal para engañar al hombre son innumerables. Por esta razón, el exorcista debe estar prevenido, para no caer en su trampa. »

Bowdern había caído. Sus esperanzas de que X fuera el día de la Anunciación fueron arrojadas al caos de aquella habitación. Se censuró a sí mismo el haber permitido que sus esperanzas y creencias socavaran el régimen del exorcismo. Y se regañó por permitir que aquella sábana y las hojas de papel se convirtieran en una pantalla para el trabajo del diablo.

Bowdern logró controlar la situación. Recuperó el control propio, reanudó las plegarias y las terminó. Volvía a estar en la experiencia familiar de observar a Robbie, tras horas de aparente locura, salir del hechizo y rendirse a un sueño tranquilo. Las plegarias finalizaron y Bowdern se quedó con una pesadilla, la hoja de papel del cabezal y el montón de papeles. Los recogió. Por primera vez, tenía un documento no de lo que otros habían visto de Robbie sino de lo que Robbie había sacado de su propia mente y alma.

El documento no estaba completo. Elizabeth no había podido anotar todo lo que Robbie entonaba. Palabras, frases y apuntes se perdieron durante la frenética limpieza de la sábana y el cambio de hojas de papel. Bowdern, Van Roo y Bishop analizaron lo que tenían, y Bishop, siempre organizador racional, las organizó para el diario. Se concentró en las afirmaciones que respondían a las preguntas del exorcista, las respuestas a la orden de la plegaria básica del exorcismo: «Me dirás mediante alguna señal tu nombre y el día y la hora de tu partida».

Bishop anotó la frecuencia del número romano X, inconfundible con su raya en la parte superior y en la inferior. «Fue escrito cuatro veces en esta primera ocasión y se repitió varias veces durante el exorcismo, normalmente como respuesta a la pregunta «diem» [día]. »

Robbie también repitió, con un ligero cambio, una línea que Elizabeth había anotado: «Permaneceré 10 días y después regresaré cuando hayan transcurrido 4 días». Suponiendo que el décimo día fuera el viernes 25 de marzo, y que los días de ausencia fueran el sábado, domingo, lunes y martes, la afirmación no encajaba. Pero la posesión podía haberse reanudado el miércoles sin que la familia de Robbie lo hubiera advertido y sin que se produjera ningún estallido evidente hasta el jueves por la noche. Bowdern, que se había convencido de que conocía el día de la expulsión, no estaba en la casa para evaluar el estado de Robbie. Era posible que el miércoles se hubiera producido una posesión suave, con lo que encajaba lo de los 4 días.

Durante el ritual, las órdenes del exorcista van más allá de una petición del día de la partida. El exorcista también ordena al demonio que revele su nombre y hable en latín. En un momento de aquella caótica noche, la respuesta llegó en forma de señales incomprensibles en una hoja de papel. Las señales no eran letras del alfabeto romano. Otra respuesta era desafiantemente específica: «Hablo la lengua ["lengua", language en inglés, estaba mal escrito] de las personas. Me pondré en la mente de Robert cuando él decida que los sacerdotes [también mal escrito] están equivocados en lo referente a escribir inglés. Yo, es decir, el diablo intentará hacer que su madre y su padre odien a la Iglesia católica. Responderé al nombre de Spite ["rencor", en inglés]».

Otra afirmación parecía responder a la orden de que el demonio diera su nombre: «Soy el diablo mismo». Añadida a esta afirmación había una curiosa observación: «Tendréis que rezar durante un mes en la Iglesia católica». ¿A quién se refería y qué significaba «durante un mes»? Ni Bowdern ni Bishop podían interpretar satisfactoriamente esta observación.

Gran parte de lo escrito era desconcertante. Robbie había dibujado lo que parecía un mapa con la indicación «2.000 ft [2.000 pies o 600 metros] escrita en él. Bishop especuló que el mapa críptico podría estar relacionado con el intento de encontrar el tesoro oculto de tía Harriet. Un testigo dijo que hacia la época en que Robbie dibujó esto dijo: «Sí, esto es lo que me respondió el tablero Ouija».

Un dibujo asombró a Bishop. Se trataba de una cara, irreconocible pero humana. Junto a ella había dos palabras: «Obispo muerto». [3]

A Bowdern le sobresaltó otra línea: «Puede que no me creas. Entonces Robert sufrirá para siempre».

Robbie llevaba aprendiendo la religión católica desde el 23 de marzo. Fue el día en que le llevaron a la rectoría y la noche en que rompió la nariz de Halloran e hizo sangrar la de Van Roo. Bowdern había decidido que la tarea —denominada dar instrucciones católicas— no debía tener víctimas en esta guerra con los demonios. Así que asignó a Robbie otro ayudante de pastor, el padre Joseph McMahon, un hombre bueno y amable que parecía llevarse bien con Robbie. Se decía en la comunidad jesuita que Joe McMahon haría bien cualquier trabajo, siempre que no implicara cantar o entonar cantos gregorianos. Tenía un oído tan malo, que en la capilla, cuando era escolástico, le pidieron que moviera los labios pero que no cantara.

Los padres de Robbie habían planeado que le confirmaran en la Iglesia luterana. Pero dijeron a Bowdern que Robbie tenía que elegir por sí mismo la religión. Robbie, con bastante indiferencia, decidió convertirse al catolicismo, quizá para complacer a Bowdern.

Las instrucciones del Ritual para realizar un exorcismo no sugieren que el demoníaco sea convertido al catolicismo. Pero entremezcladas con las instrucciones y las plegarias se hallan suposiciones de que Satanás selecciona principalmente a los católicos como objetivos. El Ritual, por ejemplo, insta a que la persona poseída sea exhortada a «fortalecerse recibiendo con frecuencia penitencia y la Sagrada Comunión». Y una de las plegarias, que ordena al demonio que «ceda el lugar a la Iglesia única, santa y apostólica» es prácticamente un catecismo del dogma católico.

Bowdern no era un misionero que pretendiera recoger un alma más para el Señor. La conversión de Robbie tenía una dimensión estratégica en el plan de batalla de Bowdern. El exorcismo es Cristo contra Satanás, con un sacerdote católico que representa a Cristo. Si Robbie se hacía católico, en opinión de Bowdern, sacerdote y víctima estarían unidos. Introduciendo a Robbie en la Iglesia católica, Bowdern solidificaría el frente contra los demonios. En la metáfora del combate del exorcismo, Robbie estaría mejor protegido por «la armadura completa de Dios».

Ahora, tras la recaída en la posesión, Bowdern actuó rápidamente para que Robbie entrara en la Iglesia católica. En la actualidad, la conversión de un protestante al catolicismo no suele incluir el bautismo, ya que la mayoría de protestantes —sin duda incluso los luteranos— han sido bautizados. La Iglesia católica en general reconoce como válidos los bautismos realizados en otras iglesias. Pero antes de las reformas del Concilio Vaticano Segundo, promulgadas a finales de los años sesenta, el bautismo condicional —un rito realizado sólo por si acaso el bautismo protestante no era válido por alguna razón— era mucho más corriente que en la actualidad. Y Bowdern no quería correr riesgos. A recomendación suya, Robbie y sus padres acordaron que se bautizara como católico. A ello seguirían los dos siguientes sacramentos: la penitencia (confesión) y la Sagrada Comunión.

La fecha de su bautismo se fijó en el viernes 1 de abril, entre las ocho y las ocho y media de la tarde en Javier, la iglesia de la universidad. Bowdern al parecer eligió el momento para que el bautismo se celebrara mucho antes de las horas en que comenzaban los ataques de Robbie. Hacia las siete y media, Robbie, sus padres y sus tíos se encaminaron a la iglesia. Robbie iba entre su madre y su padre en el asiento trasero del coche. Tío George conducía y tía Catherine iba sentada a su lado.

En la iglesia, Bowdern se puso una sobrepelliz y una estola y preparó los utensilios para el bautismo. La pila bautismal de mármol se hallaba en la parte posterior de la nave, cerca de la entrada principal de la iglesia, ubicación que simbolizaba la entrada en la cristiandad a través del bautismo. Unos pasos más allá estaba el olearium, un pequeño relicario que contenía los santos óleos utilizados para administrar los sacramentos del bautismo, la confirmación y los últimos ritos (la extremaunción). El agua y los óleos habían sido bendecidos con plegarias que exorcizaban de ellos al diablo.

Los candidatos católicos usuales al bautismo son los niños. Su aceptación del sacramento la realizan por poderes sus padrinos. Robbie, como persona que había alcanzado la edad de la razón, no podía ser tratado como un bebé. Con el permiso de sus padres, sería bautizado voluntariamente. Este bautismo es un poco diferente del de un bebé. Hay elementos de los ritos que tienen sus raíces en tradiciones de exorcismo que se remontan a los primeros siglos de la cristiandad, cuando los adultos convertidos pasaban semanas preparándose para el bautismo.

Los candidatos para el bautismo, conocidos como catecúmenos, eran exorcizados en una ceremonia especial. Un obispo respiraba sobre ellos y siseaba una orden a Satanás: «Sal, maldito». El siseo se llamaba exsuflación, hacer salir al diablo soplando; en otro rito, llamado insuflación, el Espíritu Santo era inspirado por los candidatos. Se tocaban las orejas y las ventanas de la nariz para simbolizar la apertura de sus mentes a las palabras de Dios. Se volvían hacia el oeste y decían: «Renuncio a Satanás, a sus obras y a sus pompas». A continuación, se volvían hacia el este y decían: «A Ti me entrego, Jesucristo, Luz eterna y no creada».

Así, mediante la estrategia de Bowdern, los antiguos ritos del bautismo, aunque utilizados en el mundo moderno para dar a los bebés la bienvenida a la cristiandad, serían una contraofensiva contra la posesión de Robbie. Él diría sobre Robbie: «Yo te exorcizo… en el nombre de Dios Padre omnipotente, y en el amor de nuestro Señor Jesucristo, y en el poder del Espíritu Santo. Yo te exorcizo a través de Dios vivo… que te creó para la defensa de la raza humana… para que el sacramento [del bautismo] sirva para que el enemigo huya».

En la boca que había maldecido, escupido y gritado, Bowdern pondría unos granos de sal, que simbolizarían la sabiduría. Debido a que el bautismo es una forma de exorcismo, la sal, antiguo repelente del mal, forma parte del ritual desde hace mucho tiempo. En la espalda y el pecho de Robbie, donde habían aparecido los dolorosos arañazos, Bowdern untaría óleo santo en una antigua bendición que proporcionaba sabiduría y fortaleza. Luego, Bowdern vertería agua bendita de la pila sobre la cabeza de Robbie tres veces formando la señal de la cruz, diciendo en latín: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». En la frente, sede del conocimiento, Bowdern trazaría el viejo talismán contra los demonios, la señal de la cruz.

Mientras Bowdern permanecía en pie junto a la puerta de la iglesia esperando la llegada de Robbie, el muchacho y su tío luchaban por controlar el coche. La lucha había comenzado a varias manzanas de la iglesia, cuando Robbie, de pronto, se quejó de que le dolían los pies. Luego, un momento más tarde, dijo que sentía frío y calor. Era una señal, comprendió Phyllis Mannheim. Mientras se preguntaba frenética qué hacer, Robbie cerró los ojos y eructó. La radio del coche estaba encendida. La emisión desapareció y empezaron a oírse ruidos de estática.

«¡Así que vais a bautizarme! —gritó con aquella escalofriante voz gutural. Luego soltó una espantosa carcajada—. ¡Ja! ¡Ja! ¡Y creéis que me expulsaréis con la Sagrada Comunión! ¡Ja! ¡Ja!»

Agarró el volante e hizo girar el coche hacia la acera. «¡Hijo de puta!», gritó a su tío. George Mannheim, apartado violentamente del volante, bajó el brazo y puso el freno de mano. El coche giró hacia el bordillo y chocó contra un farol.

Robbie se giró en redondo y agarró a su madre por la garganta. Su tío paró el motor, pero la radio no dejó de sonar. La estática prosiguió. La llave salió disparada de la cerradura de encendido y aterrizó en el suelo, delante del asiento trasero. La estática seguía crujiendo.

Karl logró separar a Robbie de su madre. George bajó del coche y ayudó a su hermano a hacer bajar a Robbie del coche. Catherine se deslizó al asiento del conductor. Los dos hombres consiguieron inmovilizar a Robbie contra el coche mientras Phyllis se sentaba delante al lado de Catherine. Robbie profirió una retahíla de maldiciones y forcejeó mientras los hombres le inmovilizaban los brazos contra el costado. Karl y George metieron a Robbie en el coche y volvieron a inmovilizarle en el asiento trasero. Catherine puso el coche en marcha, bajó de la acera y siguió el camino hacia la iglesia. Apagó la radio pero siguió oyéndose la estática por los altavoces.

Robbie se liberó y rodeó con las manos la garganta de Catherine antes de que Karl y George pudieran impedirlo. Catherine se retorció para liberarse de las manos de su sobrino y logró mantener el control del coche. Para entonces se encontraban ya cerca de la iglesia. Catherine paró en Lindell Boulevard, frente a la iglesia. Karl y George arrastraron a Robbie fuera del asiento trasero. Bowdern, al oír gritos, cruzó el baptisterio hasta la puerta principal y se quedó en la escalinata.

Bajo el haz de luz de un farol de la calle vio a Robbie, desgarrado su traje de los domingos, que era arrastrado a duras penas por su tío y su padre. Bowdern casi pudo sentir la fuerza de la violencia y el mal que Robbie irradiaba. Phyllis y Catherine permanecieron en el coche, demasiado aterrorizadas para salir. Los dos hombres pusieron a Robbie en pie y le sujetaron los brazos a los costados. Le arrastraron hacia la escalinata de la iglesia. El muchacho maldecía, escupía y soltaba carcajadas de maníaco.

Bowdern, temiendo alguna forma de posible profanación, decidió al instante mantener a Robbie fuera de la iglesia. Dijo a los hombres que llevaran al muchacho a la rectoría, que se hallaba al lado de la iglesia pero retirada de la calle. El bautismo se llevaría a cabo allí, dijo. Ahora sentía que estaba en combate directo con el diablo.

Bowdern se adelantó a paso vivo y abrió la puerta de la rectoría; luego, ayudó a los dos hombres a empujar a Robbie para cruzar la puerta. El chico gritaba incoherencias y escupía, grandes salivazos que llegaban a las mejillas de su padre, su tío y, ahora, a Bowdern.

Los hombres, tambaleantes por el agotamiento, arrastraron a Robbie hasta un salón que había junto al vestíbulo y le empujaron al suelo. Bowdern cogió un jarro de agua fría del frigorífico de la cocina y lo vertió sobre la cara gesticulante de Robbie. Así que éste sería el bautismo: agua fría sobre la cara de un muchacho convertido en demonio.

Robbie se calmó un minuto y los hombres le pusieron en pie. Se quedó inerte, negándose a andar. Reanudó sus maldiciones y salivazos. Su padre y su tío le llevaron a la habitación del tercer piso que había ocupado antes y le metieron en la cama. Le sujetaron los brazos y las piernas mientras esperaban a Bowdern.

Éste apareció con Michael, el factótum a quien Robbie había insultado. Bowdern dijo a Michael que él sería el representante para un bautismo urgente que Bowdern estaba improvisando. En lugar de un bautismo tranquilo y triunfante ante la pila de mármol, sería un ritual desesperado y violento. Bowdern tenía planeado un bautismo de adulto, con una larga profesión de fe y renuncia a la herejía. No había ni tiempo ni paz para ello.

Bowdern se quedó de pie junto a la cama y preguntó: «¿Renuncias a Satanás y a todas sus obras?».

Robbie gruñó y se retorció, casi soltándose de las garras de su padre y su tío. Escupió a Bowdern en la cara.

«¿Renuncias a Satanás y a todas sus obras?», repitió Bowdern.

El muchacho reaccionó con más violencia aún.

Bowdern formuló la pregunta por tercera vez, aunque vio que las sacudidas del cuerpo se debilitaban, y, tras una larga pausa, preguntó por cuarta vez: «¿Renuncias a Satanás y a todas sus obras?».

Robbie abrió los ojos. Por un momento su cara fue la cara de un muchacho cansado. «Renuncio a Satanás y a todas sus obras», susurró. Y el instante siguiente estuvo apunto de deshacerse de las manos que le sujetaban. Con los ojos cerrados, empezó a escupir; como dijeron más adelante los que recibieron los salivazos, nunca fallaba.

Bowdern empezó entonces a prepararse para administrar el sacramento del bautismo. Hizo una seña a Michael, quien se acercó a la cama y se convirtió en blanco de Robbie. Bowdern le dijo lo que tenía que hacer. Michael tenía que tocar a Robbie, reconociéndole como candidato al bautismo y, en nombre de Robert, Michael tenía que recitar el Credo de los Apóstoles, un resumen del dogma católico.

La primera vez que el agua bendita tocó la frente de Robbie le produjo el peor paroxismo de rabia que Bowdern había visto aquella noche. Mientras Robbie se retorcía, escupía y maldecía, Bowdern volvió a echarle agua bendita una y otra vez. Por un instante, el sacerdote creyó vislumbrar al verdadero Robbie. En aquel momento, Bowdern dijo: «Ego te baptizo [Yo te bautizo] in nomine Patris [en el nombre del Padre]».

Estas palabras provocaron otra explosión, la cual Bowdern contrarrestó con otra generosa lluvia de agua bendita. Utilizando esta técnica de palabras-agua, Bowdern finalizó el bautismo. Tardó casi cuatro horas. Convencido de que Robbie por fin estaba bautizado, Bowdern inició las plegarias del exorcismo. La última entrada del diario de Bishop ese día presenta lo rutinario que aquel horror se había convertido: «Los salivazos, las contorsiones, las maldiciones y la violencia física de costumbre prosiguieron hasta las 11. 30 de la noche».

El tío de Robbie, George, se había ido un poco antes con Phyllis Mannheim y tía Catherine, perturbadas aún por el horrible viaje hasta la iglesia. Karl Mannheim prefirió quedarse y pasar otra noche en el diván, cerca de la cama de Robbie.

Bowdern y Bishop, especulando posteriormente, se preguntaban si la violencia indicaba que el demonio de Robbie estaba reaccionando a un intento de primer bautizo. Esto significaría, teológica y teóricamente, que el demonio había creído que se hallaba instalado en el cuerpo de una persona no bautizada. Y eso significaría que, por alguna razón, el bautismo luterano de Robbie no había tenido efecto.

Especular sobre las intenciones de los demonios es teológica y lógicamente arriesgado, porque nunca se puede saber si el príncipe de las mentiras dice la verdad. Pero sea cual fuere la eficacia del primer bautismo de Robbie, el segundo tuvo un efecto devastador. La violencia aumentó. Robbie se volvió más salvaje que nunca.

El sábado 2 de abril, por primera vez, despertó no a uno de sus días normales sino a casi quince horas de furia. «Era evidente —escribió Bishop— que se estaba desarrollando una lucha. »

Cuando el recién bautizado Robbie despertó hacia las nueve y media, mantuvo los ojos cerrados y empezó a debatirse en la cama. Antes de que nadie pudiera precipitarse a inmovilizarle, lanzó una almohada a la luz del techo, rompiendo la pantalla y la bombilla. Una palangana de loza fue el siguiente blanco, aunque nadie estaba seguro de cómo lo rompió.

Bowdern había decidió actuar con rapidez, llevando a cabo la Sagrada Comunión el día siguiente del bautismo. Durante el interludio de calma, Bowdern y McMahon habían preparado a Robbie para su Primera Comunión. La preparación incluía un examen de conciencia. «Oh Espíritu Santo —comenzaba la plegaria para ese examen—. I Eterna fuente de luz!… que nada escape al exacto examen que voy a realizar. ¡Oh Jesús!… muéstrame ahora mis pecados…. No permitas que un amor criminal a mí mismo me seduzca y me vuelva ciego… » Le habrían pedido que se preguntara a sí mismo si había desobedecido a sus padres o a cualquier otra autoridad legal o si había sido ingrato con ellos o les había causado ansiedad.

Robbie el poseído, por supuesto, había causado ansiedad. Pero la teología de la posesión afirma que los demonios no pueden penetrar o vencer al alma, la cual permanece libre aunque sitiada. Las acciones que Robbie el muchacho poseído cometía no eran las acciones de Robbie el muchacho normal. Su falta de conocimiento de lo que sucedía durante los momentos de hechizo se tomaba como prueba de que su consciente no conocía la posesión.

La fórmula para el examen también le hizo buscar en su conciencia cualquier pensamiento, palabra o acto inmodestos, ya fuera de palabra, en sus lecturas, la manera de vestir o mirar objetos no castos. Robbie examinó si había pecado de orgullo, vanidad, codicia, gula, ira, envidia, pereza, mentira, juicios temerarios, desdén, odio, celos, sentimientos de venganza, disputas o murmuraciones.

Aunque a Robbie le enseñaron a examinar su conciencia como preparación para la confesión, no realizó su primera confesión ese día. El diario pasa rápido de la almohada arrojada a la preparación para la Primera Comunión. Bowdern dio a Robbie la absolución condicional, perdonándole las transgresiones menores que habría admitido en el confesionario. Bowdern poseía el poder sacerdotal para decidir esto. Dado el estado de Robbie y el esquema rápido de Bowdern para que Robbie formara parte de la Iglesia católica, la renuncia a la confesión parece que formaba parte del plan de batalla para que Robbie recibiera la Sagrada Comunión lo antes posible.

Para preparar a Robbie para su primera Comunión, el padre Bowdern llamó al padre Bishop y al padre John G. O’Flaherty, S. J., un jesuita de treinta y ocho años, de Kansas City. Bowdern había conocido a O’Faherty cuando enseñaba álgebra, latín e inglés en Campion High. Aunque O’Flaherty no había sido un profesor sobresaliente, Bowdern le consideraba un párroco potencialmente bueno. O’Flaherty entendía a la gente, predicaba sermones oportunos basados en las experiencias de la vida y poseía una tranquila reverencia que no era típicamente jesuita. Robbie yacía tranquilo en la cama cuando Bowdern le dio la absolución condicional. Pero cuando el sacerdote comenzó las plegarias para la Comunión, Robbie empezó a agitarse. Bishop y O’Flaherty sujetaron al muchacho, pero éste se limitó a retorcerse y ofreció poca resistencia. Bowdern se acercó, con un trozo de la hostia de la Comunión en su mano derecha abierta. Uno de los otros sacerdotes sostenía una tela llamada purificador bajo la barbilla de Robbie.

Robbie se convirtió en un torbellino de brazos y piernas que se agitaban. Bowdern se acercó más y colocó el trozo de hostia en la boca de Robbie. Éste la escupió. Un hábil movimiento del purificador y el trozo aterrizó en la tela. Bowdern la recogió y volvió a intentarlo. Una vez más, Robbie la escupió y el purificador la recogió. Durante las siguientes dos horas Bowdern lo intentó otras dos veces. En ambas ocasiones Robbie la escupió y el purificador la recogió.

O’Flaherty observó que aquel día era el primer sábado del mes, día que se celebraban servicios en honor a Nuestra Señora de Fátima en muchas iglesias, incluida la de Javier. Sugirió que rezaran un rosario en honor a ella. Cuando los tres sacerdotes terminaron el rosario, Bowdern lo intentó por quinta vez y Robbie tragó la hostia. Así hizo su Primera Comunión.

El humor en la habitación cambió. Los sacerdotes se sonreían unos a otros. Robbie, ahora con los ojos abiertos, parecía calmado. Bowdern le dijo que se vistiera para regresar a casa con su padre. Poco antes de mediodía, O’Flaherty se puso al volante del coche de la rectoría. Bowdern y Karl Mannheim se instalaron en la parte trasera y Robbie entre ellos. Los sacerdotes hablaban con el muchacho cuando de pronto éste se inclinó hacia delante y agarró a O’Flaherty por el cuello. Bowdern y Mannheim sujetaron al muchacho para apartarle y le inmovilizaron en el asiento durante el resto del trayecto.

En casa, después de que los sacerdotes se marcharan, Robbie volvió a cambiar. Estaba muerto de hambre, dijo, y se sentó a tomar un copioso desayuno. Phyllis y Karl le observaban de cerca. Algo ocurría, algo nuevo. Los incidentes del coche parecían simbolizar las preocupaciones de Phyllis. Las cosas se estaban acelerando, escapaban al control. Todo aquel día Robbie estuvo fluctuando entre la normalidad y la semiconsciencia. Un momento vagaba por la casa buscando algo que hacer un sábado por la tarde, y al siguiente estaba agazapado en una silla, con los ojos vidriosos o cerrados.

A las siete y media, Bowdern y O’Flaherty regresaron, acompañados por Bishop y Michael. Bowdern llevaba consigo otra reliquia, una pequeñísima astilla que era reverenciada como parte de la Verdadera Cruz. Estaba colocada en un pequeño relicario de oro que Bowdern dejó sobre un escritorio, fuera del alcance de Robbie.

Robbie se sentó en la cama en ropa interior mientras Bowdern rápidamente recitaba las plegarias del exorcismo. Cuando comenzó el Praecipio —«Yo te ordeno, espíritu impuro… »— se preguntó si las reacciones del demonio dentro de Robbie serían diferentes ahora que el muchacho era católico.

Robbie no respondió a las plegarias. En un momento determinado pidió a su madre un plato de helado. Se sentó en la cama a comer el helado mientras Bowdern rezaba. El sacerdote acababa de decidir que sería una noche corta cuando Robbie saltó de la cama y corrió escaleras abajo.

Bowdern, temiendo que Robbie se volviera violento, le siguió hasta la planta baja y le ordenó que regresara a la cama. Robbie asintió y empezó a subir la escalera con la lentitud y expresión hosca del niño castigado, y Bowdern le siguió. En el rellano de arriba, Robbie echó a correr. Entró en el dormitorio y cogió el relicario. O’Flaherty apartó la mano del muchacho. Pero éste dio media vuelta y, con la velocidad del rayo, rompió cuatro páginas del Ritual, donde había las oraciones del exorcismo.

Cuando Bowdern llegó a la habitación, Robbie estaba en la cama riendo con una risa de maníaco, asiendo con fuerza las páginas arrancadas. Bowdern pidió prestado a O’Flaherty su Ritual y volvió a comenzar las plegarias.

Después de las palabras «Dicas mihi nomen tuum, diem, et horam exitus tui, cum aliquo signo [Me dirás mediante alguna señal tu nombre y el día y la hora de tu partida]». Bowdern se detuvo. Sobresaltando a todos los presentes, Robbie dijo: Dicas mihi nomen tuum, diem… ». Luego añadió: «Métetelo en el culo».

En otro momento dado, cuando se le preguntó cuándo saldría el demonio, Robbie dijo: «¡Cierra el pico! ¡Cierra el pico!»

Así siguió durante las siguientes cuatro horas: Bowdern rezaba en latín. Robbie a veces repetía las mismas palabras en latín o respondía con una risa espantosa… Bowdern rezaba… Robbie se burlaba o deformaba el latín, riendo, maldiciendo.

En la segunda tanda de Praecipios, Bowdern bajó la mirada y entrecerró los ojos. Éstos le dolían. Llevaba gafas gruesas para leer, y había pasado horas leyendo, día tras día, en habitaciones mal iluminadas. Bishop siguió la mirada de Bowdern y soltó un jadeo. Bowdern acababa de pronunciar la frase dicas mihi. En una de las piernas de Robbie empezaron a aparecer arañazos: tres líneas paralelas. Luego, ante la palabra horam, apareció una señal en forma de X. Luego, volvieron a aparecer arañazos en forma de 18. Luego otro 18, y otro. (El diario de Bishop no especifica en qué parte del cuerpo de Robbie se materializaron los arañazos.)

A la una y cuarto, Robbie salió de su hechizo y pidió permiso a su padre para salir de la cama y poder sentarse en una silla. Karl le ayudó tembloroso a bajar de la cama y a ir hasta una silla. Las manos le temblaban. Por favor, llevadme a casa, rogó. Sabía que su padre regresaba a Maryland el día siguiente. Por favor, no puedo soportarlo. Me estoy volviendo loco.

Nunca Robbie había sido consciente de que había sufrido un hechizo después de haber salido de una serie de ellos. Todas las otras noches, un velo había dividido su consciencia normal de la consciencia de la posesión. Ahora ese velo había desaparecido. Parecía saber que estaba poseído. Definitivamente sabía que podría estar volviéndose loco.


12

EN BUSCA DE UN LUGAR TRANQUILO

El domingo, Robbie volvió a comenzar el día arrojando una almohada a la luz del techo. Volvió a quedarse dormido, se despertó aturdido, se quedó dormido y despertó hacia las once y media. No quiso salir de la cama. Su madre le llevó el desayuno. Después de haber comido, bajó al piso de abajo, pálido y demacrado.

Karl Mannheim sugirió jugar a pelota. Reclutó los dos tíos de Robbie y a su primo Marty. Todos se quedaron en el amplio césped y empezaron a lanzar una pelota de béisbol. Robbie jugó distraído, pero Karl estaba convencido de que su hijo no estaba en forma y sólo necesitaba un par de horas de pelota para eliminar lo que le había preocupado aquella mañana. Debería estar contento, pensó Karl.

Los Mannheim tenían una gran fe en la conversión de Robbie al catolicismo. Algo había ocurrido cuando tía Harriet murió en pleno invierno. Ahora Robbie se había unido a esta poderosa religión, que le estaba sacando el veneno que llevaba dentro de sí. El día siguiente irían a casa, y no volverían a sufrir esa pesadilla.

Karl pidió a gritos la pelota. Cuando Robbie retrocedió para lanzar, el brazo le quedó inerte y la pelota se le cayó de la mano. Se tambaleó unos momentos, como si estuviera a punto de caerse. Luego, echó a correr por el césped. Karl vio que Robbie tenía los ojos cerrados con fuerza. Él y los otros dos hombres corrieron detrás del muchacho, quien apretó el paso y cruzó el césped del vecino de al lado. Corría por el césped del vecino, con los ojos cerrados, cuando Karl le agarró. Se giró para liberarse, pero sus tíos le sujetaron. El muchacho se cayó al suelo y le llevaron a casa.

Le apoyaron en la gran mesa de madera de la cocina. Phyllis le ofreció un vaso de agua. Con los ojos aún cerrados, el muchacho apartó su cuerpo, colocó una pierna debajo de la mesa y la levantó del suelo.

Cuando por fin abrió los ojos, parecía suspendido entre dos estados de consciencia. Sus padres no tenían nombres para estos estados, pero algunos especialistas en posesión sí los tenían. Los llamaban la crisis y la calma. En la crisis había violencia y momentos de aparente locura: hechizos o ataques, los llamaba Bishop. En el estado de calma no ocurría nada. Robbie se había quedado tranquilo, una sensación sobrecogedora que le dejaba suspendido fuera de la realidad cotidiana.

Los exorcistas explican esta sensación como el roce del diablo: Satanás, mientras permanece oculto, proyecta un aura siniestra que engulle a la víctima. Un psiquiatra que ha estudiado casos de supuesta posesión no conoce el origen, pero está de acuerdo en que existe: «Una de las sensaciones más indicativas de la naturaleza espiritual de la posesión es que la persona poseída ha perdido una cualidad humana: el que ayuda siente que está en presencia de algo inhumano o que el poseído está vacío y fuera de sí mismo».

Así parecía estar Robbie ese cálido y brillante domingo por la tarde.

Aunque no sucedía nada violento, los padres de Robbie se sentían muy inquietos ante su estado como sin vida. La familia iba a marcharse a casa el día siguiente, y querían estar seguros de que Robbie se portaría bien en el tren. Así que volvieron a llamar al padre Bowdern, que se sorprendió. Se había sentido optimista respecto a Robbie. Su optimismo tenía su origen tanto en la esperanza sacerdotal como en el calendario litúrgico.

Era el domingo de Pasión, el quinto domingo de Cuaresma y el preludio de la Pascua de Resurrección, para la que faltaban dos semanas. Los catorce días de la Pasión que comenzaban aquel día se centraban en la pasión de Cristo, sus últimos días, el sufrimiento y los instrumentos para ese sufrimiento: los azotes, la corona de espinas, la cruz, los clavos. Las estatuas y los crucifijos de Javier y de todas las demás iglesias católicas estaban revestidos con una tela morada como símbolo de luto. Los oscuros días de penitencia preparaban el alma católica para la gloria triunfante de la Pascua. Los días y las noches de Robbie ahora se verían involucrados en ello, y Bowdern veía al muchacho marchando de la oscuridad de la muerte a la luz de la esperanza. Pero ¿y el 18 que había aparecido en su cuerpo? ¿Qué significaba ese 18? El número debería haber sido el 17. Pascua era el 17 de abril. ¿Por qué no había aparecido el número 17?

Bowdern llegó hacia las siete con Bishop, Van Roo y O’Flaherty. Los sacerdotes estaban reunidos en la sala de estar hablando con la familia. Robbie se hallaba allí, con aspecto demacrado y débil. Luego, sin previo aviso, se abalanzó sobre tía Catherine y agarró el cuello de su vestido. Tío George fue el primero en precipitarse a coger a Robbie, quien, sin soltar a Catherine, forcejeó para liberarse de las manos de su tío. Karl Mannheim y los sacerdotes se agruparon en torno a Robbie, protegiendo a Catherine del muchacho.

Karl y George llevaron a Robbie al piso de arriba y airados le arrojaron a la cama. Él se quedó allí tumbado, mirando el techo y la lámpara rota. La tolerancia de George a los ataques de Robbie había desaparecido. Catherine había sido atacada dos veces por su sobrino. Por muy enfermo que estuviera…

Robbie se puso a cantar y a gritar. Por un momento, George no pudo entender lo que el muchacho decía. Luego comprendió. Robbie cantaba algo acerca de Billy, su primo pequeño Billy, el hijo menor de George Mannheim. «Billy, Billy —cantaba Robbie—. Morirás esta noche. Morirás esta noche. Morirás esta noche. »

Alguien —Bishop no indica quién— cogió una almohada y la puso sobre la cara de Robbie, ahogando su voz. Otro apartó la almohada para impedir que Robbie se asfixiara. La ira era una emoción nueva que ahora rodeaba a Robbie, y él se contuvo. No reaccionó a las plegarias del exorcismo que Bowdern había comenzado. Hacia las nueve y media, Robbie parecía dormir un sueño natural, roncando fuerte. Pero estaba inquieto y no durmió profundamente.

A medianoche los sacerdotes se marcharon. Al cabo de media hora, Robbie se puso tan violento que su padre y su tío le inmovilizaron los brazos con cinta adhesiva y le pusieron guantes en las manos. Él gimió de dolor y se quejó de que los guantes le calentaban las manos. En cuanto su padre se ablandó y le quitó la cinta y los guantes, Robbie fue presa de un ataque de rabia. Karl y George forcejearon con él hasta que el muchacho se quedó dormido a las tres y media de la madrugada del lunes.

Cuando Phyllis y Karl contaron al padre Bowdern los ataques de rabia de Robbie, decidió acompañarles de regreso a Maryland aquella mañana en el tren de las nueve cincuenta. Pidió a Van Roo que le acompañara e indicó al padre O’Flaherty que se ocupara de Javier. De ordinario, este viaje no habría podido prepararse con tanta informalidad; habría sido necesario notificárselo al superior y éste habría tenido que dar permiso. Pero Bowdern, como exorcista, tenía poder para decidir sin consultar con sus superiores.

En la casa, Robbie se negaba a despertarse. Pero el agua fría que le arrojaron a la cara le despejó lo suficiente para que se vistiera y bajara al piso inferior. Sus padres y tío George le acompañaron al coche de George que les llevaría a la estación de ferrocarril. Su tío llevó consigo a un amigo por si se necesitaban un par de manos más para dominar a Robbie. Sin embargo, el trayecto se hizo en paz y cuando el coche llegó a la estación y se hubieron despedido, Robbie charlaba y actuaba feliz.

Los jesuitas iban en un compartimento del tren y los Mannheim en otro cercano. Durante el día Robbie se lo pasó bien. Empleó el tiempo en juegos de mesa y contemplando pasar el paisaje. Karl y Phyllis disfrutaron de los primeros momentos de paz en semanas. Bowdern esperaba un giro completo y rápido. Se acercaba la Semana Santa, la época de más trabajo en la iglesia, y él tenía que regresar para supervisar los preparativos.

Van Roo, que esperaba estudiar en Roma cuando esto terminara, tenía intención de aprovechar el viaje nocturno para recuperar las lecturas que había dejado durante las pasadas frenéticas noches. La experiencia no le desvió de la teología a la demonología. «Después de que terminara —dijo mucho tiempo después—, [el exorcismo] jamás me interesó. » Lo que parecía molestarle más, intelectualmente, era ser arrastrado a un exorcismo sin tener oportunidad de estudiar el fenómeno.

Hacia las once y media, cuando todo el mundo estaba instalado para pasar la noche, Bowdern oyó que un revisor corría por el pasillo hacia el compartimento de los Mannheim. Luego otro empleado. Y más ruido de pies que corrían. Bowdern y Van Roo se precipitaron al compartimento. Robbie y sus padres estaban despiertos y en pijama y bata. El muchacho se comportaba como si estuviera cargado con electricidad. Nervioso y con voz alta, hablaba atropelladamente a los empleados del tren. Karl explicó a los sacerdotes que Robbie no dejaba de oprimir el timbre para llamar al servicio.

Bowdern salió del compartimento, se llevó aparte a un empleado y le dijo que no hiciera caso de las llamadas de servicio de aquel compartimento. El empleado, percibiendo que ocurría algo, preguntó qué le pasaba al muchacho. Bowdern le dijo que estaba muy nervioso.

Robbie se acostó y despertó mucho antes de que el tren llegara a la Union Station de Washington el martes 5 de abril. Parecía contento de estar en casa, y de nuevo sus padres se preguntaron, con cautela, si el muchacho estaba bien otra vez.

Mientras los Mannheim se reinstalaban en su casa, Bowdern llamó al padre Hughes a la iglesia de St. James. Si no sabía ya lo que Robbie había hecho a Hughes, sin duda debió de enterarse de ello en cuanto se conocieron. El sacerdote aún no podía levantar el brazo que Robbie había herido.

No existe registro alguno de la conversación que mantuvieron estos dos exorcistas, dos extraños arrastrados juntos por una experiencia que ninguno de ellos deseaba, hombres que habían conocido y visto los horrores que el exorcismo les había producido. No podían haber sido más diferentes: Hughes, el párroco despreocupado que se lanzó al exorcismo y salió herido; Bowdern, el veterano de guerra y teólogo al que habían encargado un exorcismo y ahora, agotado y con mal aspecto, no veía fin a lo que había comenzado. Igual que la gente describía a Hughes como el tranquilo Bing Crosby de la película Siguiendo mi camino, los feligreses de Javier describían al padre Bowdern como el joven Barry Fitzgerald, que interpretaba al adorable viejo pastor que guiaba al tosco joven cura interpretado por Crosby.

Hughes presentó a Bowdern al canciller de la archidiócesis de Washington, el monseñor que había actuado de intermediario entre Hughes y el arzobispo O’Boyle. Bowdern necesitaba obtener el permiso de O’Boyle para continuar el exorcismo, ya que el jesuita se hallaba ahora en la jurisdicción de O’Boyle. Éste podría no haber querido saber nada más de este exorcismo que se había realizado de manera chapucera en su archidiócesis, se había trasladado a otra y ahora regresaba.

Bowdern explicó que, como pastor de una parroquia grande de St. Louis, tenía que regresar lo antes posible allí para dirigir el programa de Semana Santa. Pero dijo que se quedaría en Washington hasta que pudiera designarse a alguien para continuar el caso. O’Boyle no respondió a esa idea. Simplemente dio permiso a Bowdern para que prosiguiera el exorcismo en la archidiócesis de Washington.

Bowdern, más preocupado que nunca por la creciente inclinación de Robbie hacia la violencia, quería que el muchacho permaneciera confinado, preferiblemente en un hospital mental católico. O’Boyle podía haber ordenado que el muchacho fuera ingresado en alguna institución católica que Bowdern eligiera, pero dejó que Bowdern decidiera. Para un obispo o un arzobispo más inclinado a la administración que a los milagros, un exorcismo —como una estatua que supuestamente derrama lágrimas y produce curaciones— es una intrusión confusa y medieval. Para un arzobispo como O’Boyle, el tiempo y la energía gastados en la superstición podían dedicarse al bienestar de las iglesias y escuelas que se hallaban a su cargo.

Por razones no explicadas por Bishop ni nadie más que conociera el caso, Bowdern no lo intentó en el Hospital de la Universidad de Georgetown. Es posible que no quisiera involucrar a jesuitas de otra provincia. O quizá temía que el hospital, conociendo la violencia de Robbie durante la anterior ocasión que estuvo ingresado, impediría el exorcismo insistiendo en que interviniera algún psiquiatra. Bowdern simplemente quería un lugar donde Robbie pudiera ser frenado.

Le parecía que la posesión había estado apretando más su garra sobre Robbie desde que éste se había convertido al catolicismo. La furia de los demonios, creía, sobrepasaría los límites de su fuerza o la de Robbie. Bowdern sabía que había habido demoníacos que nunca se recuperaron. Los exorcismos no habían logrado expulsar al demonio. O el demonio había huido dejando atrás la envoltura de un ser humano. No quería que un psiquiatra considerara a Robbie un fracaso. Y tampoco quería que Robbie se hiciera daño a sí mismo o lo hiciera a alguien a quien amaba. Bowdern quería proseguir el exorcismo, aunque sospechaba que lo peor aún no había llegado.

El miércoles, Hughes acompañó en coche a Bowdern a Baltimore —fuera de la jurisdicción de O’Boyle— para pedir una habitación en una institución mental dirigida por monjas. Si éstas accedían a aceptar a Robbie, Bowdern se vería obligado a acudir a otro arzobispo y pedir permiso para continuar el exorcismo. Él estaba dispuesto a hacerlo si ello significaba que Robbie podía ser protegido. Las monjas le dijeron que aceptarían al muchacho, pero los médicos de la institución pusieron objeciones. Si Robbie era admitido como paciente psiquiátrico, dijeron los médicos, no habría problema. Dependían del estado de Maryland para obtener ayuda económica, y Maryland sin duda subvencionaría un caso psiquiátrico juvenil. Pero ¿un exorcismo? No podían arriesgarse al ridículo profesional y a las pérdidas económicas. La respuesta fue negativa.

El superior de Hughes, el pastor de St. James, denegó la petición de Bowdern de utilizar la rectoría. No había espacio, dijo el pastor. Aquella noche, Bowdern llamó al Hospital de los Hermanos Alejianos de St. Louis. El rector, el hermano Cornelius, aseguró a Bowdern que Robbie tenía una plaza en el hospital siempre que la necesitara.

El jueves, Robbie siguió reanudando la vida normal en su casa. La escuela volvía a cernirse ante él. Pero tendría que recuperar tanto tiempo perdido, que sus padres hablaron de que no acudiera el resto del año escolar y que comenzara de nuevo el otoño siguiente. Así que, para Robbie, aquel cálido día de primavera empezaron las vacaciones, aunque con tareas. Pasó casi todo el día cavando en el pequeño jardín del patio trasero y recortando el césped.

Se acostó hacia las ocho y media. Durante un rato, el segundo piso estuvo tranquilo. De pronto, sus padres y su abuela oyeron a Robbie agitarse. Les llamó. Estaba sucediendo de nuevo.

Bowdern y Van Roo llegaron poco después de las nueve y encontraron a Robbie retorciéndose en la cama. El exorcista comenzó inmediatamente el Praecipio. Sólo había pronunciado unas palabras cuando Robbie se revolvió, se abrió el pijama, desgarrándolo, y mostró un arañazo que se le estaba formando a lo largo del estómago, incluso mientras Bowdern y los Mannheim observaban. Se produjeron otros dos arañazos que le rasgaron el pecho. Era como si debajo de la piel se moviera una cuchilla de afeitar. Su delgado pecho subía y bajaba y el muchacho gritaba de dolor. Arañado en el pecho apareció el número 4.

Bowdern siguió rezando. Al oír la palabra «Jesu», Robbie dio un brinco. «¡Mis piernas! ¡Miradme las piernas!», gritó. Su madre apartó la sábana que le cubría. Le bajó los pantalones del pijama. Dos profundos cortes paralelos le bajaban lentamente por la pierna desde el muslo hasta el pie, arrancándole una vieja costra que tenía en el tobillo. La sangre brilló a lo largo de los arañazos, que parecían hechos con una garra.

Robbie tenía los ojos abiertos. Van Roo, el intelectual confundido por lo insondable, le miraba fijamente, tratando de comprender, tratando de ver una pauta. Bowdern siguió rezando. Gritos de dolor puntuaban muchas palabras, en especial «Jesu» y «Maria».

Robbie volvió a gritar al oír «Jesu» y en un muslo apareció una gran mancha roja. A los ojos de varias personas era la imagen de un diablo.

No había nada en el Ritual referente a que el exorcista causara daño. Bowdern detestaba su papel cuando veía al muchacho hacer muecas de dolor. «Maria», repetía Bowdern una y otra vez, mientras recitaba el rosario en inglés, y Robbie se quejaba de dolor cada vez que se mencionaba ese nombre. Llegó la medianoche y Bowdern señaló la devoción a María y sus pesares. «Maria, Maria, Maria», y dolor, dolor, dolor.

Bowdern no veía otro camino. Podía sentir el mal irradiar de aquel torturado muchacho. El mal tenía que pasar a través de él, surgir de él, y entonces todo habría terminado.

Cuando Bowdern preguntó el nombre y la fecha de salida del demonio, la respuesta apareció formando líneas rojas, punteadas de sangre, en el pecho de Robbie: HELL [infierno] y SPITE [rencor]. Empezaron a aparecer números en sus brazos y cuerpo: 4 8 10 16. Entonces se oyó aquella voz tan espantosa:

«No me iré hasta que cierta palabra sea pronunciada, y este muchacho jamás la pronunciará. »

En un momento en que estaba despierto, Robbie dijo a Bowdern que algo estaba cambiando. En las imágenes que Robbie había descrito anteriormente, había un profundo foso. Ahora el foso se había convertido en una cueva. Se hallaba en una larga y oscura cueva. Pero podía ver a lo lejos un punto de luz. Ahora, dijo, la luz se hacía cada vez más grande.

Cuando Bowdern terminó la tercera plegaria principal, él y Van Roo examinaron con atención el estómago y las piernas de Robbie. Los sacerdotes contaron al menos veinte arañazos. Algunos eran golpes simples, otros eran dobles, y unos cuantos formaban cuatro líneas paralelas. Uno parecía una pequeñísima horca. Las manos de Robbie habían estado a la vista todo el tiempo. No podía haberse producido los arañazos con sus manos, coincidieron los dos sacerdotes. Ahora, incluso al estar tumbado de espaldas para ser examinado, dio un grito, y vieron un nuevo arañazo bajar lentamente por la pierna.

Robbie cerró los ojos y empezó a escupir y a maldecir. Un salivazo alcanzó a Bowdern en la cara y otro aterrizó en la de Van Roo. La saliva era viscosa y salía en unas cantidades que desafiaban la lógica de Van Roo. Según un cálculo rápido, Robbie escupía cerca de un cuarto de litro en pocos minutos. Los sacerdotes tenían la cara mojada. Las gafas de Bowdern estaban tan sucias que apenas podía ver. Van Roo se las limpió con una toalla, que después sostuvo frente a Bowdern para que éste pudiera seguir leyendo. Pero Robbie escupía por encima o por debajo de la toalla, sin abrir los ojos y sin fallar ninguna vez.

Empezó a cantar con una aguda voz de falsete. Los sacerdotes pudieron descifrar algunas frases, que eran de canciones verdes con obscenidades y blasfemias (no anotadas en el diario) intercaladas. De vez en cuando, Robbie tarareaba «Ave María» desentonando. Sus canciones, sus movimientos y sus maldiciones se estaban volviendo un staccato y crecían en intensidad. Parecía estar llegando a un clímax. Bowdern siguió orando.

La mano derecha de Robbie empezó a moverse sobre su pecho. Van Roo bajó la mirada. Sangre. No había advertido lo largas que tenía las uñas Robbie. Con una de esas uñas, Robbie estaba rascando dos palabras en su pecho con letras mayúsculas: HELL [infierno] y CHRIST [Cristo].

Sorprendido y agotado, Bowdern miró el reloj de la mesilla de noche. Eran casi las 2 de la madrugada. Unos momentos más tarde, Robbie advirtió: Os mantendré despiertos hasta las 6 de la madrugada. Para demostrar esa amenaza, una voz gruñona dijo: Para demostrarlo, le haré dormir y después le despertaré. Robbie al instante cambió de estado, pasando de un ataque como de coma a un profundo sueño natural. Despertó sobresaltado quince minutos más tarde. Bowdern se preguntó si podría resistir otras cuatro horas. Pero el demonio al parecer había calculado mal la energía de Robbie, pues éste casi inmediatamente cedió a un sueño natural. La noche había terminado.

Esperando que el pastor de Hughes cambiara de opinión después de ver a Robbie, Bowdern invitó al anciano sacerdote a la sesión de exorcismo del viernes por la noche. Dijo que llamaría al pastor cuando Robbie estuviera lo bastante calmado para recibir la Sagrada Comunión. El pastor accedió a llevar con él una hostia consagrada.

Mientras Robbie jugaba e iba de un lado a otro en el transcurso del día, calmado como de costumbre, Bowdern pedía tener fuerzas para proseguir. Sabía que tenía que ingresar a Robbie en un lugar donde pudieran dominarle. Habló larga y duramente con Karl y Phyllis Mannheim y les convenció para que volvieran a St. Louis y que el exorcismo prosiguiera en el Hospital de los Hermanos Alejianos. Bowdern hizo que Van Roo se ocupara del viaje de regreso en tren y llamara a los Hermanos para decir que Robbie llegaría al hospital el domingo 10 de abril, domingo de Ramos, el principio de la Semana Santa.

Robbie entró en el cuarto de baño hacia las ocho el viernes por la noche. Minutos más tarde, sus padres le oyeron gritar y maldecir. Le hicieron salir del cuarto de baño, le metieron en la cama y llamaron a Bowdern. Cuando éste llegó, Robbie escupía de modo implacable y no dejaba de maldecir y proferir obscenidades. Bowdern nunca había visto a Robbie tan salvajemente diabólico. Sus palabras estaban tan llenas de odio, que Bowdern no las registró. El diario de Bishop dice con respecto a la sesión: «Pronunciaba palabras sucias y realizaba movimientos y ataques sucios sobre los que se encontraban junto a la cama, aludiendo a la masturbación, los anticonceptivos y las relaciones sexuales de los sacerdotes y las monjas».

Durante tres horas, Bowdern y Van Roo rezaron mientras Robbie escupía a los sacerdotes y levantaba y bajaba la mano fingiendo masturbarse. Tiró de la ropa de los sacerdotes, rompió las sábanas, lanzó almohadas, cantó «Ave Maria», tarareó muy mal El Danubio azul y actuó como si estuviera respondiendo a preguntas en latín con frases en confuso latín. Habló casi todo el tiempo con una voz profunda y grave.

Hughes y su pastor llegaron hacia las once. El pastor llevaba consigo una hostia consagrada, el Santísimo Sacramento, en un píxide, el cual iba dentro de una bolsa de seda, una tela cuadrada con un cordón, utilizada para llevar al cuello un píxide. Mientras el pastor esperaba en la sala de estar, Hughes recorrió la casa, rociando agua bendita y diciendo en latín: «Bendice, Oh Señor, Dios todopoderoso, esta casa, que en ella haya buena salud, castidad, el poder de la victoria espiritual, humildad, bondad y docilidad, la plenitud de la Ley y gracias a —hizo la señal de la cruz— Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: y que esta bendición permanezca en la casa y en sus habitantes. Por Cristo nuestro Señor. Amén».

Cuando Hughes terminó la bendición, él y el pastor subieron al piso de arriba y entraron en el dormitorio de Robbie. Éste se encontraba relativamente calmado en aquellos momentos. Luego, explotó en un ataque de maldiciones y juramentos, con los ojos cerrados vueltos hacia el asombrado pastor, quien colocó el píxide en una cómoda. Robbie le arrojó una almohada, pero Hughes la desvió. Bowdern levantó la vista del Ritual. Percibía que Robbie había detectado la presencia del Santísimo Sacramento. La percepción de objetos sagrados ocultos era una señal tradicional de la posesión. Bowdern indicó con una seña al pastor que se metiera el píxide en el bolsillo. Otra almohada le pasó por encima de la cabeza cuando se agachó y salió de la habitación.

Bowdern decidió entonces que Robbie no recibiera la Sagrada Comunión. En un momento de calma, dio al muchacho una cápsula que contenía un sedante suave. Robbie la escupió, luego la recogió de encima de la sábana y por fin se la tragó. Cuando Bowdern intentó plantear la cuestión de llevar a Robbie a la rectoría de St. James, el pastor rechazó la idea aún con más vehemencia que el miércoles. La negativa no sorprendió a Bowdern, pero había vuelto a hablar de ello porque creía que Robbie estaría más cómodo en una institución cerca de su casa. Ahora no cabía otra elección más que continuar el exorcismo en St. Louis.

El sábado por la mañana, Bowdern, Van Roo, Robbie y su madre subieron a un tren para trasladarse a St. Louis. «R estuvo normal todo el día —indica el diario—. Sufrió un corto ataque al retirarse por la noche. » El diario ahora sólo reseña los acontecimientos del día que son significativamente diferentes. El orinarse, soltar ventosidades, los gestos obscenos, los gritos y los insultos se habían convertido en una rutina y ya no los anotaba. Tampoco revela el diario qué dijo aquella voz espantosa sobre los sacerdotes mismos.

«En alguna ocasión —dijo un jesuita que conocía los detalles íntimos del caso— manifestaba un insondable conocimiento de la sensibilidad del exorcista y de otros, intentando crear un sentimiento de desconfianza y hostilidad entre ellos. » Otro jesuita dijo: «Contaba hechos de la vida pasada de los sacerdotes que el muchacho era imposible que conociera». Hughes dijo, en un relato en tercera persona, que «el diablo efectuó algunas revelaciones que resultaban perturbadoras para los participantes, pero no sacó ningún provecho de ellas». Cualesquiera que fueran esos hechos —muchos de ellos al parecer intensamente privados— no quedaron anotados.

Tampoco estaba anotado día a día la costumbre de Bowdern de interrumpir las oraciones en latín y traducir dos frases de las oraciones del exorcismo. «Di cómo te llamas», ordenaba Bowdern, luego esperaba la respuesta. Robbie solía reaccionar con más maldiciones y salivazos o hablando de manera ininteligible. Entonces Bowdern pedía: «Di el día y la hora de tu partida». Al oír esta frase, Robbie se volvía más violento.

Las instrucciones del Ritual indicaban al exorcista que se fijara en «qué palabras concretas de la forma [de las oraciones] producían un efecto más intimidante sobre el diablo, para que después esas palabras pudieran ser empleadas con mayor énfasis y frecuencia». Bowdern sabía que había encontrado un punto débil e insistía en él, una y otra vez, preguntando el día y la hora de su salida. Quizá, creía, esta pregunta intimidaba al demonio porque sabía que el final estaba próximo.

Eso esperaba Bowdern. Aunque espiritualmente estaba fuerte como nunca, se estaba debilitando físicamente. A veces, el exorcista quedaba exhausto y tenía que ser sustituido por otro, y a veces, el exorcista moría durante el exorcismo.

Bowdern sin duda le daba vueltas a esto, especulando acerca de una sustitución. Bishop era el candidato más probable. Pero cuando Bowdern y Van Roo partieron hacia Washington, Bowdern vio que la experiencia estaba agotando a Bishop. En cuanto a Van Roo, parecía dudar de la idea en sí del exorcismo. Actuaba como debía, y soportaba sin quejarse su parte de salivazos e insultos. Pero su mente estaba en Roma y los límites más elevados de la teología. O’Flaherty y McMahon había visto suficiente para poder hacerlo; los dos apoyaban espiritualmente el exorcismo.

Y Bowdern sabía que, en última instancia, cualquiera de los varios jesuitas de la comunidad podría sustituirle. Joe Boland, un duro ex capellán de la Armada, ya había echado una mano a Bowdern. También lo había hecho Ed Burke, otro ex capellán jesuita que había recibido la Estrella de Plata por cubrir repetidamente a los heridos con su propio cuerpo hasta que llegaba la ayuda médica en la isla Peleliu. Sin anunciarlo, la comunidad había asumido el caso. Era una obra colectiva, y Bowdern podía sentirse alentado sabiendo que, le ocurriera lo que le ocurriera a él, alguien de la comunidad lo llevaría hasta el fin.


13

EL DEMONIO EN EL QUINTO PISO

El domingo de Ramos, Robbie regresó a la habitación de seguridad del quinto piso en la vieja ala del Hospital de los Hermanos Alejianos. Parecía no preocuparle estar ingresado en un hospital mental; quizá esperaba permanecer allí sólo una noche, como había hecho tres semanas antes. El hermano Bruno, el gentil jefe de la vieja ala, dio la bienvenida al muchacho, habló con él y le dejó al cuidado de uno de los hermanos que era enfermero. Bruno había hablado con el hermano Cornelius, el rector, y sabía que se realizaría un exorcismo en la habitación de seguridad.

En los libros de texto médicos o psiquiátricos no se hablaba del exorcismo, pero eso no bloqueó a Bruno. Sabía lo que haría y lo que diría a los demás: Confiad en vuestro buen sentido, seguid la tradición alejiana del cuidado amoroso, haced lo que los jesuitas os digan… y rezad. Cornelius preparó las plegarias del día en forma de adoración del Santísimo Sacramento. Se colocó una custodia de oro que contenía una hostia consagrada entre dos velas encendidas en el altar de la capilla. Día y noche, los hermanos entraban y salían de la capilla para arrodillarse y rezar por el muchacho del quinto piso. El exorcismo que estaba a punto de reanudarse en la habitación de seguridad oficialmente era un secreto. Pero los Hermanos que rezaban lo sabían, o creían saberlo, al igual que muchos legos del personal del hospital. Al final, los rumores acerca del exorcismo se difundieron por el hospital y llegaron hasta la escuela de enfermería. La noticia inquietó a los miembros del equipo de baloncesto. Su apodo era Diablos Azules.

Mientras Robbie se instalaba en el hospital, Bowdern fue a Javier. Celebró misa y, de pie en el pulpito, dispuesto a leer el relato evangélico de la triunfante entrada de Cristo en Jerusalén, vio muchos rostros que hacía tiempo no veía: católicos del domingo de Ramos que se preparaban para ser católicos de la Pascua. Al final de la misa, salieron con sus hojas de palmera. Colocarían las palmeras bendecidas detrás de algún cuadro sagrado en una sala de estar o en un dormitorio, y algunos de los presentes no volverían a la iglesia hasta Navidad.

Bowdern se sentía débil y acobardado por su doble papel de exorcista y pastor. Pero se alegraba de sus deberes pastorales. Tenía dulces bebés que bautizar, niños de cara reluciente que preparar para su primera Comunión. Tenía que visitar a los enfermos. Llevaba el píxide a lugares donde, aunque había tristeza, también había luz y bondad humana. Lugares donde la gente le estrechaba la mano y le sonreía y no le escupían en la cara ni se le orinaban encima.

Por la tarde, Michael le entregó una lista de cosas que había que hacer para arreglar el terreno para la Pascua. ¿Volvería a utilizar aquella habitación del tercer piso? No, pero busque al señor Halloran y dígale que tendrá que volver a conducir un poco. El ama de llaves, siguiendo una vieja tradición, había dedicado los tres días anteriores al domingo de Ramos a limpiar las ventanas y a encerar y pulir todos los muebles. Ahora quería conservarlo así hasta Pascua. Y el padre Bowdern tendría cuidado de no dejar entrar a nadie que lo ensuciara.

Esto era ser sacerdote, un pastor de su rectoría, un hombre que vivía en la alegría, un hombre al que el mal vivo, que respiraba, escupía, se meaba, eructaba y maldecía no le alcanzaba. ¿Cuánto tiempo más podría soportarlo?

«Tenía un aspecto terrible», recordó su hermano, el doctor Edward H. Bowdern cuatro décadas más tarde. Edward contemplaba a su hermano con el ojo escrutador de un médico. Había perdido mucho peso. Cuando se quitó las gafas para frotarse los ojos, Edward vio que los bordes de los párpados de su hermano estaban hinchados. Orzuelos. Nunca los había tenido. El padre Bowdern levantó un brazo e hizo una mueca. La manga de su sotana cayó hacia atrás y Edward vio hinchazones y llagas que supuraban pus. Furúnculos. El médico preguntó y el padre Bowdern admitió de mala gana que tenía furúnculos en muchas partes del cuerpo. Edward quiso examinarle a fondo y tratarle. Podría ser anemia, envenenamiento de la sangre. Pero el sacerdote desvaneció la preocupación de su hermano. Pasarían décadas antes de que el doctor Bowdern comprendiera por qué su hermano estaba tan pálido y débil. El padre Bowdern nunca habló del exorcismo con nadie de su familia.

Para entonces, Bowdern, que anteriormente había hecho un ayuno ligero, al estilo de los jesuitas, parecía estar viviendo de pan y agua. Su inspiración de realizar un ayuno severo habría tenido su origen en alguna instrucción del Ritual. «Y por tanto, tendrá cuidado con las palabras de nuestro Señor (Mateo 17: 20), en el sentido de que existe cierto tipo de espirito maligno que no puede ser expulsado más que mediante la oración y el ayuno». Los versos bíblicos se refieren a la respuesta de Jesús cuando sus discípulos no lograron exorcizar a un muchacho. Jesús lo logró, y después les amonestó, diciendo: «Si tenéis fe como una semilla de mostaza, diréis a esta montaña: muévete; y se moverá; y nada será imposible para vosotros. Aunque este tipo [de demonio] no se va más que con la oración y el ayuno». Recordando esto, es casi seguro que Bowdern se alimentara de pan y agua sin decirlo a nadie.

Poco después de las siete del domingo de Ramos, Bowdern condujo a Van Roo, O’Flaherty y Bishop a la pequeña y oscura habitación de Robbie. Bowdern habló brevemente a Robbie, que parecía calmado por el momento. Bowdern decidió intentar de inmediato las plegarias del exorcismo, tomando la iniciativa en lugar de esperar a que se produjera un ataque y reaccionar entonces a él. El exorcismo no produjo ninguna respuesta de un Robbie sorprendentemente dócil. Bowdern comenzó entonces el rosario. Esta vez, la mención repetida del nombre de María no provocó ningún torbellino de maldiciones y obscenidades. Bowdern siguió rezando rosarios hasta las once de la noche, cuando Robbie se quedó dormido.

Bowdern esperó unos minutos y despertó al muchacho para darle la Sagrada Comunión. Robbie sólo pudo mantener los ojos abiertos unos segundos. Se quedó dormido entre el momento en que Bowdern sacaba la hostia del píxide y el momento en que la acercaba a los labios de Robbie. El sacerdote estaba pensando en abandonar la idea cuando Robbie de pronto despertó y recibió la hostia. Se recostó sobre la almohada con una sonrisa y pronto se halló durmiendo un profundo y sereno sueño.

Los sacerdotes hicieron la señal para salir de la habitación. El Hermano de turno en el ala abrió la puerta y prometió vigilar de cerca a Robbie durante toda la noche. El domingo de Ramos había transcurrido en paz, y Bowdern empezó a esperar una vez más que el demonio, dirigido por la sagrada fuerza de la Semana Santa, estuviera abandonando a Robbie.

El lunes, el hermano Emmet introdujo a Robbie a la rutina del pabellón. El muchacho recogió su habitación bajo la insistente mirada de Emmet y luego acompañó a éste en sus rondas. Ayudó a Emmet en extrañas tareas y empezó a sentir que tenía un amigo en aquel triste lugar. Los Hermanos del pabellón —oficialmente, la unidad de psiquiatría crónica— habían hecho que Robbie tuviera los días ocupados, y eso incluía cierto trabajo bajo la supervisión de un Hermano y el estudio del catecismo.

Bowdern quería un ambiente espiritual para proseguir el exorcismo, y aquí lo había encontrado. Cada habitación tenía un crucifijo y cada mañana y noche los altavoces, repartidos por todo el hospital, retransmitían plegarias guiadas por el capellán del hospital. Pero el santo celo alejiano no hacía opresivamente austero su hospital. Los Hermanos siempre estaban alegres y eran incansables. Siempre había muchos no católicos entre los alrededor de 140 pacientes del hospital.

El alejiano combinaba la intensa fe personal con el compromiso de dar a sus pacientes cuidados y compasión. Un Hermano no leía los periódicos y no podía hablar durante las comidas, las cuales hacía en una silla asignada en el comedor. Cuando moría, se colocaba un crucifijo sobre su silla cada día durante una semana. La comida que se habría tomado se entregaba a alguna familia pobre del vecindario. Un Hermano normalmente trabajaba unas ocho horas y pasaba ocho horas al día rezando o meditando, cuatro horas por la mañana y cuatro por la tarde. Un Hermano reprimía la conversación ociosa, no visitaba a los otros Hermanos en sus celdas y nunca salía solo. Los viernes ayunaba. Un Hermano comenzaba el día a las cuatro cuarenta y acudía a la capilla para rezar durante cuarenta y cinco minutos, lo cual iba seguido de una misa. Su día terminaba con las oraciones de las ocho y media. Estaba en la cama, en su celda, a las nueve.

Para acomodar este día religioso a las necesidades del hospital, los Hermanos variaban su programa de oraciones y empleaban a seglares: trabajadores, muchos de ellos procedentes de un orfanato local, y enfermeros formados por los alejianos. Todos los miembros del personal eran hombres.

La devoción de los alejianos a su religión no empañaba su objetividad médica. Estaban acostumbrados a tener pacientes jóvenes, incluidos jóvenes con problemas psiquiátricos. El hermano Cornelius, para no correr riesgos, llamó a un pediatra no católico, le hizo jurar que guardaría el secreto y le pidió que observara y examinara a Robbie. Cornelius dijo al médico: Quiero saber si existe alguna explicación natural a esto. El pediatra examinó los arañazos de Robbie y observó sus repentinos cambios de las violentas contorsiones al sueño parecido al coma. También dijo posteriormente que estuvo presente cuando algunos objetos volaron en la habitación. Dijo a Cornelius: No puedo darle ninguna explicación natural a esto.

El lunes por la tarde, Bowdern, Van Roo, Bishop y Halloran entraron en la habitación de Robbie. Bishop llevó algunos lectores católicos para que Robbie tuviera para leer algo más que su catecismo. Había un adagio que a menudo se decía a los holgazanes católicos: las manos ociosas son el taller del diablo. En el hospital, el adagio tenía un significado más, pues tanto los alejianos como los jesuitas conspiraban para mantener a Robbie activo, cerrando su consciencia a lo que Bowdern esperaba era el poder cada vez menor del demonio.

Las plegarias del exorcismo volvieron a ser ininterrumpidas. Bowdern cerró el Ritual y sacó su rosario del bolsillo. Quizá la noche acabaría pronto y con tranquilidad. Pero los jesuitas y Robbie apenas habían llegado a la segunda decena del rosario cuando Robbie soltó un grito de dolor y se llevó las manos al pecho. Uno de los sacerdotes se inclinó hacia delante, abrió la bata de hospital de Robbie y vio una mancha roja. Poco después de reanudar el rosario, Robbie gritó repetidas veces. En esta ocasión se materializaron las letras E X I T [salida] con ensangrentados arañazos en el pecho, y un largo arañazo en forma de flecha le bajaba por el pecho y el estómago, señalando hacia el pene. E X I T apareció tres veces en diferentes lugares del cuerpo de Robbie.

«Se había quitado la camisa. Yo vi esas marcas —recordó Halloran—, y no había manera en el mundo de que se las hubiera podido hacer con una aguja o con las uñas o con cualquier otra cosa. Nosotros no le quitábamos el ojo de encima. Simplemente, aparecieron. A veces, el muchacho tenía verdugones sin sentido en todo el cuerpo. Como los rasguños que se producen con un espino. Más o menos así. Muy, muy rojos. Yo miré una vez y no estaban, y cuando volví a mirar, sí estaban. Quizá fue cuestión de diez o quince segundos. »

Robbie volvió a gritar. Dijo que sentía un terrible dolor en lo más profundo de su cuerpo. Señaló la zona de los riñones, le pareció a Bishop. Entonces dijo que le ardía el pene. Empezó a orinar con gran dolor. Como en algunos casos de exorcismo el diablo salía utilizando la orina o la defecación, Bowdern volvió a tener esperanzas. Decidió fortalecer el alma de Robbie administrándole la Sagrada Comunión.

Al oír mencionar la Comunión, Robbie se puso como loco. Los alejianos que estaban en la habitación le sujetaron y le ataron las correas. Aquella noche, como de costumbre, llevaba una bata del hospital. Al arquear el cuerpo, la bata se cayó, exhibiendo arañazos y manchas en todo el cuerpo. La palabra H E L L [infierno] apareció en su pecho como una erupción, y luego en un muslo. Las instrucciones del Ritual decían que el exorcista debería decir repetidamente cualquier palabra que hiciera «temblar a los espíritus malignos», y esto es lo que Bowdern hizo. Cada vez que decía «Sagrada Comunión» o «Santo Sacramento», el cuerpo de Robbie se curvaba hacia arriba y aparecían más arañazos en su piel.

«¡Estoy administrando la Comunión!», gritó Bowdern, inclinándose cerca del rostro del muchacho, que tenía los ojos cerrados y hacía muecas. De alguna manera, Robbie logró liberar una mano de las correas y golpeó a Bowdern de lleno en los testículos.

«¿Qué te ha parecido esto, imbécil?», dijo Robbie con voz triunfante.

Bowdern se tambaleó hacia atrás. Los alejianos sujetaron a Robbie con más fuerza y el cuerpo de éste se arqueó contra ellos. De estas contorsiones al parecer se dijo que podían curvar su cuerpo hacia atrás hasta que la parte posterior de la cabeza le tocaba la parte posterior de los pies. Esto se había dicho de otras posesiones, pero el diario de Bishop no lo menciona. Halloran dice que él nunca lo vio.

Bowdern no cejó. Habló de la Última Cena, donde, en la víspera de su crucifixión, Jesús instituyó el sacramento de la Sagrada Comunión. Como Bowdern dijo, «aparecieron arañazos en el cuerpo de R desde las caderas hasta los tobillos formando anchas líneas —escribió Bishop— que parecían una protesta a la Sagrada Comunión».

Para proteger la hostia consagrada de la profanación, Bowdern había mantenido el píxide lejos de Robbie. Ahora se acercó a la mesa donde lo había colocado, lo abrió, sacó la hostia, rompió un trozo y regresó junto a la cama. Alargó la mano derecha, sosteniendo la partícula entre los dedos pulgar e índice. Robbie, con los ojos aún cerrados, se volvió hacia Bowdern. Una voz que Bishop identificó como la del diablo habló y pareció decir algo como No permitiré que lo reciba.

Bowdern lo intentó una y otra vez, inspirando cada vez un repertorio completo de contorsiones, ladridos, maldiciones, salivazos y gruñidos. Bowdern volvió a colocar el trozo de hostia en el píxide y dijo que otorgaría la Comunión espiritual. Explicó que Robbie sólo tenía que querer recibir a Jesús en la Comunión y, milagrosamente, Jesús acudiría y sería como si hubiera recibido la sagrada hostia.

«Quiero —empezó a decir Robbie—, quiero… recibir la Sagrada. » Antes de que pudiera decir «Comunión», un torrente de ira y dolor estalló en él. Maldijo y gritó, haciendo estremecer a los alejianos, recién llegados al exorcismo. En todo el pabellón, pacientes, enfermeros y demás personal oyeron los gritos. Todos estaban acostumbrados a los gritos, pero nunca habían oído nada como aquello.

Por fin terminó. Robbie, agotado, se quedó dormido; Bowdern llamó débilmente a la puerta para que la abrieran y los hombres salieron, dando traspiés. El meticuloso Bishop por una vez no anotó la hora en que el exorcismo nocturno terminó.

El martes por la noche, los sacerdotes, Halloran y los alejianos volvieron a la habitación. Bowdern, que había tenido una jornada completa como pastor, parecía más fuerte, sombrío y decidido que nunca. Al pensar en ello posteriormente, Halloran dijo de él: «Habría proseguido el exorcismo en la repisa de un edificio de dieciséis pisos».

Bowdern se arrodilló junto a la cama, recitó rápidamente la letanía de los santos y el Padre Nuestro y luego, como de costumbre, leyó el Salmo Cincuenta y tres… pero tenía un timbre firme que resultaba nuevo, y brotó la música del salmo: «Deus, in nomine tuo salvum me fac: et in virtute tua [Sálvame, Oh Dios, por Tu nombre, y promueve mi causa por Tu poder]. Oh Dios, oye mi plegaria; presta oídos a las palabras de mi boca. Pues hombres orgullosos se han alzado contra mí, y hombres violentos han buscado mi vida; no han puesto a Dios ante sus ojos. Pero. Dios es quien me ayuda; el Señor sostiene mi vida.

»Que el mal se abata sobre mis enemigos y deténles en tu fidelidad. Feliz me sacrificaré a ti. Alabaré Tu nombre, oh Señor, pues es bueno. En cada necesidad Él me ha ayudado, y mi ojo ha visto la confusión de mi enemigo. Gloria al Padre y al Hijo. »

Todos miraron hacia la cama, donde Robbie yacía, con los ojos cerrados y retorciendo el cuerpo. «Preserva a tu siervo», dijeron como respuesta a Bowdern, y él dijo: «Que pone su confianza en Ti, mi Dios».

Entonces, como había hecho tantas noches, el exorcista inició la plegaria con respuestas. Esa noche, a las voces usuales de otros jesuitas se añadían las voces de los alejianos.

«Esto ei, Domine, turris fortitudinis», comenzó Bowdern. «Quédate con él, oh Señor, fortaleza de fuerza. »

«A facie inimici», respondió el coro. «Frente al enemigo. »

«Que el enemigo no tenga poder sobre él. »

«Y el hijo del mal no haga ningún daño. »

«Envíale, Señor, ayuda desde las alturas. »

«Y desde Sion vigílale. »

«Y haz que mi grito llegue a ti. »

«Dominus vobiscum», concluyó Bowdern. «El Señor esté con vosotros. »

«Et cum spiritu tuo», respondieron los otros. «Y con tu espíritu. »

Bowdern pasó a la plegaria de invocación que era preludio de la primera plegaria que invocaba al espíritu maligno. Robbie arqueaba su cuerpo y gritó anticipadamente.

«Praecipio tibi», proclamó Bowdern con su voz más autoritaria. Cuando llegó a la primera orden, como de costumbre pasó a su idioma «Me dirás mediante alguna señal tu nombre y el día y la hora de tu partida. Yo te ordeno».

«¡Métetelo en el culo!», fue la respuesta que gritó el muchacho. Estas palabras fueron seguidas por una escalofriante y estridente carcajada.

La voz cambió. Soy el diablo. Le haré despertar y se mostrará agradable. Os gustará. Al instante, Robbie abrió los ojos, sonrió, miró a su alrededor y habló con una dulzura sobrecogedora. Al cabo de un instante Robbie cerró los ojos y tensó el cuerpo. Soy el diablo y voy a despertarle y se mostrará muy malo. Robbie volvió a despertar como chiflado, gimiendo y maldiciendo a los hombres que le sujetaban.

Cuando las plegarias del exorcismo concluyeron, Bowdern inició una serie de rosarios, observando a Robbie con expectación. Esa noche no apareció ninguna señal en su cuerpo. Bowdern intentó repetidamente administrar a Robbie la Sagrada Comunión. «¡No dejaré que Robbie reciba la Sagrada Comunión!», dijo la voz que se había identificado como la del diablo. Robbie pareció entregarse a un sueño natural, y Bowdern terminó la sesión.

Como Robbie había mostrado una pauta tan consistente de estabilidad durante el día, Bowdern no creía que el muchacho se hallara en peligro por la mañana o por la tarde. Parecía llevar la vida de un muchacho de día y la vida de un alma torturada sólo por la noche. A Bowdern le parecía que Robbie estaba más abierto a la gracia por la mañana, así que el miércoles por la mañana pidió al capellán del hospital, el padre Serafín Widman, que diera a Robbie la Sagrada Comunión. Widman accedió gustoso.

Dado que los Hermanos alejianos no eran sacerdotes, tenían que buscar capellanes fuera de sus filas. La archidiócesis de St. Louis no tenía suficientes sacerdotes en las parroquias de la ciudad y de sus alrededores, por lo que el capellán de los alejianos procedía de una pequeña orden religiosa, los Misioneros de la Preciosísima Sangre.

Widman, técnicamente un misionero asignado al hospital, estaba lo bastante lejos del control de la archidiócesis para poder evaluar a los sacerdotes, incluidos los jesuitas, que se hallaban en el hospital por alcoholismo y trastornos mentales. Él certificaba si un sacerdote que estaba en tratamiento era espiritualmente capaz de celebrar misa en la capilla del hospital. Este paso conducía al sacerdote en cuestión al umbral de la salida del mismo.

Había sacerdotes en el hospital que, presumiblemente, podrían ayudar a Bowdern. Pero, según el delicado acuerdo entre el capellán y los pacientes sacerdotes, incluso los que estaban autorizados a celebrar misa no podían realizar ninguna función religiosa en el hospital. Widman podía haber representado un problema jurisdiccional para Bowdern. El exorcismo se celebraba en el dominio de Widman, pero él poco podía decir en cuanto a cómo iba a llevarse a cabo este poderoso rito. Bowdern, con diplomacia, le arrastró al exorcismo al pedirle que diera a Robbie la Comunión y le instruyera en el catolicismo. No existía fricción entre Widman y Bowdern.

Después de recibir la Comunión, Robbie se enfrentó a otro día de tareas para el hermano Emmet. Así, cuando Halloran le visitó y sugirió pasar un día de primavera en el campo, el muchacho aceptó encantado. Aunque Halloran formaba parte del equipo de brazos fuertes de Bowdern, quería estar más presente en la vida de Robbie y no ser un luchador con cuello romano. Robbie parecía no recordar lo que sucedía durante sus ataques, pero a Halloran le parecía que le desagradaba al muchacho. La salida era para Halloran un medio para hacer amistad con Robbie y hacer desaparecer la hostilidad.

Robbie salió del hospital bajo la custodia de Halloran y otro joven jesuita escolástico, Barney Hasbrook. Halloran propuso un paseo en coche hasta la Casa Blanca, una finca de los jesuitas que tenía unas treinta hectáreas a lo largo de los riscos que daban al río Misisipí. La finca, que los jesuitas utilizaban como centro de recreo, estaba entretejida con la historia de los jesuitas. Los archivos de la Compañía indican que el padre Jacques Marquette, el jesuita misionero y explorador, zarpó de allí en 1673. El nombre de Casa Blanca se debe a un esfuerzo por presionar, después de la guerra civil, para que la capital de la nación se trasladara a St. Louis. Los promotores señalaron el terreno de los riscos como futura sede de la Casa Blanca. Los jesuitas compraron las tierras en 1922 y establecieron allí la Casa de Recreo de St. Louis.

Hasbrook conducía y Halloran y Robbie iban sentados en el asiento posterior del coche de la parroquia mientras se encaminaban al sur, junto al río, en un trayecto de unos veinte minutos. Halloran no tenía ni idea de qué harían con Robbie cuando llegaran a la Casa Blanca. Tenía el ambiguo plan de dejarle pasear por los terrenos, los cuales van desde la gran casa de recreo de piedra caliza hasta el borde del acantilado, unos treinta metros sobre el río. Los dos jesuitas llevaron a Robbie a la capilla y le mostraron las reliquias de los Mártires Norteamericanos que se hallaban en relicarios colocados en las paredes. Luego, los tres pasearon por el césped escalonado hacia el acantilado. Al otro lado del río se encontraban las ricas tierras de labrantío de la parte inferior del río, en Illinois. Contemplar el paisaje ocupó a Robbie sólo unos minutos. A Halloran le habría gustado tener una pelota de béisbol, un bate y guantes, pero no había manera de jugar a pelota en aquellos terrenos cuidados y ajardinados. Un sendero conducía a lo largo del acantilado hacia las Estaciones del Vía Crucis, grandes estatuas blancas que conmemoraban las últimas horas de Jesús mientras llevaba Su cruz a través de Jerusalén y por la colina del Calvario.

Halloran señaló las estaciones, parcialmente visibles a través del verdor del sur de la casa. «Las Estaciones del Vía Crucis —dijo—, las cosas que Nuestro Señor sufrió durante Su Pasión. ¿Te gustaría verlo?»

«Sí, me gustaría», respondió Robbie.

Halloran le guió hasta la primera estación. Los dos jesuitas hicieron la genuflexión frente a un plinto de piedra de cerca de metro veinte de altura. Sobre él había una estatua blanca que mostraba a Jesús conducido por soldados romanos ante un hombre sentado en un trono. Una placa decía: «Jesús es condenado a muerte». Robbie hizo una torpe genuflexión. Así era cómo había comenzado, dijo Halloran a Robbie. Le explicó que los católicos iban de estación en estación, se arrodillaban y se quedaban unos minutos pensando en lo que había ocurrido durante el camino de la cruz. Robbie parecía profundamente interesado. Levantó la vista hacia la estatua, que parecía de un tamaño mayor que el natural. ¿Y cuál era la siguiente?

Siguieron el camino, que se curvaba hacia fuera hasta el borde del acantilado. Allí, el precipicio era escarpado. Halloran, que conocía el terreno, se colocó entre Robbie y el borde. Se detuvieron en la estación llamada «Nuestro Señor acepta la cruz».

Había catorce estaciones, dijo Halloran mientras se dirigían hacia la tercera por el sendero. El Misisipí relucía a través de las hojas de los robles a su izquierda. A su derecha, las estaciones proseguían por un césped. En la tercera, «Jesús cae por primera vez», Robbie se detuvo y jadeó. Jesús, agotado y dolorido, estaba a gatas bajo el peso de la cruz. Un soldado Le azotaba. Los jesuitas interpretaron el suceso para Robbie. Jesús, dijeron, llevaba sobre sí algo más que la cruz: llevaba los pecados del mundo. «Te adoramos, oh Cristo —era la plegaria que había que recitar en cada estación—, y te bendecimos porque por Tu santa cruz redimiste al mundo. »

Siguieron caminando. «La madre encuentra al hijo. » La madre de Jesús, la Virgen María —al oír la palabra «María» Robbie se sobresaltó— estaba arrodillada a un lado del camino. Jesús, soportando el peso de la cruz, ve sufrir a su madre. «Simón el Cireneo coge la cruz. » Halloran le contó la historia de que los soldados obligaron a un hombre llamado Simón a llevar la cruz de Jesús porque Éste estaba ya demasiado débil para llevarla. En la siguiente estación, Verónica seca el rostro manchado de sangre de Jesús, y Halloran le dijo que algunas personas creían que Jesús había recompensado a Verónica dejando la huella de Su rostro en la toalla.

Halloran se apartó de la estación y miró hacia abajo. El camino discurría cerca del borde y el terreno se convertía en un abrupto acantilado. Halloran empezó a sentirse ansioso. Caminó más deprisa. «Jesús cae por segunda vez, Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén. » Un grupo blanco de mujeres arrodillas y llorosas que observaban a Jesús pasar tambaleante. Halloran miró a Robbie. Algo le ocurría. «Marchémonos de aquí», dijo, volviéndose a Hasbrook.

«Jesús cae por tercera vez. Jesús es despojado de su ropa. »

Justo antes de la undécima estación, «Jesús es clavado en la cruz», Robbie se echó a gritar y a correr. Corrió camino arriba por el césped, se volvió y se precipitó hacia el borde del acantilado. Halloran también echó a correr y se abalanzó sobre el muchacho, agarrándole antes de que saltara.

Robbie forcejeó y golpeó a Halloran. Hasbrook llegó corriendo y ayudó a inmovilizar a Robbie en el suelo. El muchacho nunca había tenido ningún ataque durante el día. Halloran esperaba que fuera corto. Pero percibía que él y Hasbrook estaban comenzando una larga lucha.

Medio arrastraron y medio acarrearon al muchacho hasta el coche. «Estaba como loco», recordó Halloran. Él sujetaba a Robbie en el asiento trasero mientras Hasbrook ponía el coche en marcha y se alejaron a toda velocidad hacia la carretera principal. «Tenía miedo de ser arrestado por secuestro, pues eso debía de parecer a cualquiera que nos viera en el coche. » Halloran necesitó toda su fuerza para sujetar a Robbie. Aun así, logró liberarse por un instante y abalanzarse sobre el asiento delantero y agarrar el volante. Hasbrook mantuvo la vista en la carretera y les llevó de regreso al hospital.

Los Hermanos se encargaron de Robbie y le calmaron. Éste estaba brillante y alegre cuando Bowdern condujo a Halloran y al resto del grupo del exorcismo a la habitación poco antes de las nueve. El padre McMahon le había dado algunos rompecabezas para jugar y, sentado en el borde de la cama, dijo al sacerdote cuánto le gustaban. Bowdern, aunque inquieto por lo que Halloran le había contado del incidente en la Casa Blanca, interpretó la tranquilidad de Robbie como una señal de progreso. Indicó que estaba a punto de comenzar las plegarias. Robbie estaba tumbado en la cama. Halloran, McMahon y Bishop se arrodillaron alrededor de ésta. Un Hermano de guardia estaba arrodillado cerca.

Bowdern también se arrodilló, abrió el Ritual e inició la Letanía de los Santos.

Robbie tuvo un acceso de rabia. Halloran le agarró y el Hermano se acercó rápido a ayudarle. Otros dos hermanos, apostados fuera, abrieron la puerta y se precipitaron a la cama.

Robbie se calmó un poco. Abrió la boca para hablar. Para algunos de los presentes en la habitación, la voz no parecía la de Robbie. Dios me ha dicho que me marche a las once de esta noche —dijo la voz—. Pero no sin luchar. Entonces, según el testimonio de Bishop, se produjo la erupción más violenta que él había presenciado. Durante veinte minutos el muchacho se revolvió y retorció, maldijo e hizo muecas horribles.

Bowdern prosiguió con las plegarias. En el Praecipio, realizó su traducción de costumbre de la pregunta de cuándo iba a marcharse pero pidió una respuesta en latín: Ick-stay it-ay up-ay our-yay ass-ay. Entonces, la voz efectuó su propia traducción: «¡Que te den por el culo!». Se burló del latín auténtico con claras imitaciones de las palabras latinas. Empezó cantando en falsete: «Que te den por el culo. Que te den por el culo».

Maldijo y amenazó a todos los presentes. Gritó: «¡Fuego! ¡Fuego!» con toda la fuerza de sus pulmones. Un Hermano se levantó e indicó que abrieran la puerta. Sabía que tenía que vigilar el pabellón. Cuando un paciente se ponía frenético en una habitación, la furia contagiosa se difundía por toda el ala. Ya se oían gritos ahogados y golpes en las puertas. Algunos Hermanos con hábito blanco avanzaban con grandes pasos por el oscuro corredor. Corpulentos enfermeros entraron en las habitaciones de los pacientes violentos y los reprimieron.

En la habitación de Robbie, Bowdern no vaciló. Terminó las plegarias y comenzó un rosario. Los Hermanos se unieron a él y las palabras del Avemaría llenaron la pequeña habitación. El espacio se llenó de un murmullo de voces y era como si nada pudiera penetrar aquel inmenso e infinito baluarte de palabras.

Quince minutos antes de la prometida salida a las once, repicó una campana de la iglesia. Robbie empezó a simular el repique, alargando el sonido con una imitación notable. «¡Bong! B-o-o-n-g-g-g. B-o-o-n-g-g-g. » A las once, la campana volvió a repicar, y la habitación se quedó en silencio pues todos aguardaban el final. ¿Cómo sería éste? ¿Habría una salida visible? ¿Se produciría un gran ruido retumbante, como en otros exorcismos de los que se tenían documentos?

Robbie reía y volvió a imitar la campana. «¡Bong! B-o-o-n-g-g-g. B-o-o-n-g-g-g. » Las instrucciones del Ritual advertían que podía haber decepciones como ésta. No hay que confiar nunca en la palabra del diablo.

El murmullo del rosario no cesó. Aquella noche, los alejianos recitaron más de cincuenta decenas del rosario. A medianoche, Bowdern decidió intentar dar a Robbie la Sagrada Comunión. No lo permitiré, dijo la voz que salía de la boca de Robbie. Bowdern lo intentó una y otra vez. Por fin, como había hecho antes, recurrió a la Comunión espiritual. Dilo. Dilo. «Quiero recibirte en la Sagrada Comunión. »

La voz se rió, una risa fuerte, que subía y bajaba y producía escalofríos. Robbie pareció despertar. Quiero… quiero… No pudo decir Comunión.

La mañana siguiente, la mañana del Jueves Santo, el padre Widman no tuvo ningún problema para administrar a Robbie la Sagrada Comunión. Durante la tarde, Halloran fue a verle. Se pusieron a hablar de lo que se conmemoraba aquel día de la Semana Santa. Halloran recordó los arañazos y el dolor que, el lunes, la mención de la palabra «Comunión» al parecer había inspirado. Específicamente, preguntó: «¿Te gustaría saber algo de ello?».

«Sí, estaría bien», respondió Robbie.

Como Robbie se hallaba tan calmado y sólo hacía unas horas que había recibido la Comunión, Halloran no vio ningún peligro en seguir hablando de la Comunión. Empezó describiendo la Ultima Cena de aquel Sábado Santo. Allí, contó Halloran, Jesús partió un trozo de pan y se lo dio a sus apóstoles, diciendo: «Éste es mi cuerpo». Siguió, contándole que la Última Cena era el origen de la misa y que la Comunión era el elemento central de la fe católica.

Robbie empezó a revolverse.

Halloran preguntó.

«¿Qué te ocurre?»

«Me duelen las piernas», respondió Robbie.

Halloran levantó la sábana y subió las perneras del pijama de Robbie. El muchacho estaba cubierto de verdugones: las piernas, el pecho, el abdomen, los brazos.

«Oh, ojalá parara usted —dijo Robbie—. No puedo soportarlo más. »

Halloran sugirió que rezaran juntos. El dolor le calmó y los verdugones empezaron a desaparecer.

El hermano Cornelius trajo una estatua de Nuestra Señora de Fátima y la colocó en el corredor principal de la planta baja. La consagró con la petición a Nuestra Señora de que intercediera por Robbie. Los Hermanos prometieron que su comunidad ofrecería devociones especiales a Nuestra Señora de Fátima si Robbie dejaba de sufrir.

Después de la misa en Javier el jueves por la mañana, Bowdern, ataviado con prendas de color morado y sosteniendo una custodia dorada, encabezó una procesión desde el altar principal por el pasillo central hasta un pasillo lateral. Colocó la custodia, que contenía el Santísimo Sacramento, sobre el altar lateral entre ramos de flores y velas encendidas. Después, desvistió el altar principal y el otro altar lateral, retirando toda la ropa y las velas. La ceremonia recordaba a los fieles que Jesús había sido despojado de Sus prendas para ser azotado. Su pasión había comenzado.

Cuando Bowdern entró en la habitación de Robbie la noche del Jueves Santo, multitudes de católicos entraban en las iglesias para rezar ante el Santísimo Sacramento. Existía la costumbre de que acudieran a siete iglesias aquella noche, una noche de devoción tan universal y solemne que Bowdern debía de sentir la oleada de poder espiritual que les envolvía a él y a los demás presentes en la habitación.

Las plegarias y los rosarios llenaron la habitación. Robbie aceptó las oraciones en paz.

La mañana del Viernes Santo, día de luto y lamentación, Bowdern se quedó de pie ante el altar principal de Javier y sostuvo en alto un crucifijo cubierto con una tela de color morado. «Contemplad la madera de la cruz —dijo— en la que colgaba la Salvación del Mundo. » Luego, en tres etapas, desvistió la cruz y besó los pies de Jesús crucificado. Uno a uno sus feligreses se acercaron a besar los pies.

Los católicos veneran las tres horas que van desde mediodía hasta las tres de la tarde como las horas en que Jesús sufrió y murió en la cruz. A mediodía, en la catedral de St. Louis, comenzó la Tre Ore, la devoción de las tres horas. Una emisora de radio de St. Louis radiaba la ceremonia. En su habitación, bajo la vigilancia de los Hermanos que rezaban, Robbie escuchó atentamente las tres horas de plegarias, himnos y sermones sobre las siete últimas palabras de Jesús.

El hermano Cornelius había comprado una segunda estatua, una del arcángel san Miguel. Una de las oraciones que Cornelius creía era especialmente efectiva era una a San Miguel, «el más ilustre príncipe de las huestes celestiales», el defensor contra «los que gobiernan la oscuridad de este mundo». La plegaria termina con una visión que evoca un pozo como el que Robbie había visto: «Sujeta al dragón, la antigua serpiente, que no es más que el demonio, Satanás, y arrójale al abismo para que nunca más pueda seducir a la humanidad».

El Sábado Santo, Cornelius llevó la estatua a la habitación de Robbie. Habló con el muchacho unos minutos, dijo algunas oraciones e hizo colocar la estatua sobre una mesa en un rincón de la habitación. La estatua tenía unos noventa centímetros de altura y retrataba a un Miguel con alas, la cabeza desnuda, el cuerpo enfundado en una cota de malla bajo una túnica roja y amarilla. Sostenía con las dos manos una lanza que estaba a punto de descender sobre la garganta de un demonio que se retorcía, clavado al suelo por los pies.

El Jueves Santo, Viernes Santo y el Sábado Santo: tres días de paz en la habitación del quinto piso. Ese día, llamado el Día de Descanso del Cuerpo del Señor en la Tumba, los catecúmenos de los principios de la cristiandad habían renunciado a Satanás y se habían convertido en cristianos, preparándose para la gloria de la Pascua. Bowdern esperaba que el tormento de Robbie siguiera aquel antiguo programa y hallara la paz durante el triunfo de la Pascua. Después de la medianoche del sábado, mientras transcurrían los primeros minutos de la Pascua, Bowdern habló con los Hermanos para hacer los preparativos para despertar a Robbie a las seis y media de la mañana de Pascua, darle la Sagrada Comunión y acompañarle a la misa que se celebraría en la capilla de los alejianos.

Poco antes de las seis y media del Domingo de Pascua, el padre Widman salió del ascensor y, con la cabeza inclinada, enfiló el corredor del quinto piso. Ante él caminaba un Hermano con hábito blanco, haciendo sonar una pequeña campana como señal de que el sacerdote llevaba el Santísimo Sacramento. Los dos hombres entraron en la habitación de Robbie. El hermano Theopane, que se hallaba de guardia de enfermería, se arrodilló.

Mientras estaba de guardia, Theopane llevaba sobre su sotana negra hasta los tobillos un escapulario blanco, una prenda como una capa que se pasaba por la cabeza y llegaba hasta la cintura por delante y por detrás. Esa cálida mañana, se quitó el escapulario y lo dejó doblado sobre una silla. Lo miró, como si tuviera intención de ponérselo por Widman.

El sacerdote le indicó con un gesto que se pusiera en pie y le dijo que despertara a Robbie. El Hermano zarandeó suavemente a Robbie. Éste no abrió los ojos. Theopane volvió a zarandearle, un poco más fuerte. Robbie aparentemente siguió durmiendo. Theopane se volvió a Widman con expresión interrogante. El sacerdote dejó el píxide sobre una mesa, se acercó a la cama y asió a Robbie por los hombros. Le sacudió con fuerza, y luego le dio una bofetada. Robbie despertó, mareado y hosco.

Widman sacó la hostia del píxide y, sosteniéndola entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha, hizo la señal de la cruz sobre los ojos cerrados de Robbie. Dijo a éste que se sentara. El sacerdote recitó una corta plegaria de la Comunión y acercó la hostia a los labios de Robbie. Éstos permanecieron cerrados. ¡Abre los labios! Robbie se giró. ¡Abre los labios! Widman lo intentó por segunda vez y por tercera vez. ¡Abre los labios! Finalmente, en el cuarto intento, logró introducir la hostia en la boca de Robbie.

Widman dijo una oración de después de la Comunión y se marchó para comenzar un atareado día de Pascua. Su voz era la que atronaba por los altavoces del hospital en las plegarias de la mañana y de la noche, y tenía que celebrar dos misas. Theopane, que se había arrodillado cuando estaban ofreciendo el Santísimo Sacramento a Robbie, volvió a la silla junto a la cama y reanudó la silenciosa lectura de un libro de oraciones a la Santísima Virgen. No se percató de que Robbie no estaba en la cama hasta que el libro de oraciones le fue arrancado de las manos.

Theopane intentó agarrar el muchacho, pero éste salió corriendo y tiró del escapulario que estaba en la otra silla. Theopane trató de quitárselo, pero Robbie le escupió en la cara. Asombrado y confuso, se secó la cara mientras Robbie saltaba sobre el escapulario. Mientras pateaba la prenda, una voz profunda que salía de él dijo: «No le dejaré ir a misa. Todo el mundo cree que le irá bien». Theopane pidió ayuda. Llegaron refuerzos que sujetaron al muchacho y le metieron de nuevo en la cama.

En Javier, Bowdern, resplandeciente con sus vestiduras blancas y doradas, celebraba la primera de sus misas de Pascua. Más tarde aquella mañana, un enfermero de guardia consiguió hacerle llegar el recado: se le necesitaba urgentemente en el hospital. Había sucedido algo.

Robbie se hallaba en la cama dando golpes y soltando maldiciones cuando llegó Bowdern. Unos minutos después de haber entrado en la habitación, el muchacho se calmó. Bowdern se marchó, destruida su esperanza de una Pascua triunfante.

A última hora de la tarde, algunos Hermanos llevaron a Robbie afuera para jugar a pelota y disfrutar un rato. Parecía relajado e incluso feliz. Cuando anochecía, Emmet, el Hermano que había simpatizado con Robbie desde el principio, dijo a éste que era hora de entrar. Entraron en el hospital por una puerta del sótano y se encaminaron al ascensor. De pronto, Robbie se detuvo, se volvió y dio un puñetazo a Emmet en la cara. Emmet retrocedió. Pero, como tenía experiencia con pacientes perturbados, reaccionó rápido. Alargó los brazos para retorcer los de Robbie e inmovilizarle los codos detrás, pero Robbie era demasiado rápido para él. Golpeó a Emmet de forma que éste se estrelló contra la pared en el desierto sótano. Emmet gritó pidiendo ayuda.

Cuando llegaron a él otros Hermanos, Emmet estaba exhausto y magullado. Desconcertado porque aquel frágil muchacho pudiera haber hecho aquello, un Hermano se acercó… y fue detenido por un fuerte puñetazo. Varios Hermanos forcejearon con Robbie. Él no dejaba de gritar: Os mataré. Os mataré. Al final le redujeron y, sujetándole los brazos y las piernas, consiguieron llevarle al ascensor y, por el pasillo, hasta su habitación, donde le arrastraron hasta la cama sin que dejara de gritar y escupir.

Volvieron a llamar a Bowdern. Robbie, con los ojos cerrados, arqueaba su cuerpo contra las manos que le sujetaban, escupía y gritaba. Durante las plegarias del exorcismo, retumbó una voz procedente de Robbie. Sonaba como la que había dicho: «No le dejaré ir a misa». El diablo, como los testigos llamaban a la voz, dijo que volvería a demostrar su poder: Haré que Robert despierte y pida un cuchillo. Emmet, Theopane y los otros Hermanos se miraron ansiosos. El muchacho había amenazado con matar a sus opresores.

En un instante, Robbie despertó y pidió un cuchillo. Dijo que quería cortar un huevo de Pascua. Volvió a cerrar los ojos y se reanudaron las plegarias. Al cabo de unos minutos, la voz dijo: Haré que Robbie despierte y pida un vaso de agua. El muchacho abrió los ojos y pidió agua. Una mano temblorosa le ofreció un vaso de agua. El muchacho se la bebió y enseguida cerró los ojos y se recostó en la cama.

La sesión de exorcismo del Domingo de Pascua, la que Bowdern no había esperado realizar, terminó con insultos y maldiciones de quien o lo que se hallaba en la cama. Robbie parecía encontrare bajo el control absoluto de una fuerza desconocida. El muchacho parecía cansado de todo ello. Pero ¿dónde estaba entonces Robbie? Y esa voz… ¿era la voz de algo que se había llevado al muchacho para siempre?

El Domingo de Pascua pareció un momento decisivo. La voz —la voz del diablo, como Bishop la llamaba— hablaba ahora con más frecuencia y más autoridad, eso era seguro. Y había algo en el aire, algo que llegaba a cada hombre de manera diferente. Los testigos no estaban de acuerdo en lo que veían y oían, en lo que percibían y olían. Cuando entraban en aquella habitación, parecían conjurar horrores que existían simultáneamente en su mente y en la misma habitación.

Los testigos hablaban de sentir un escalofrío cuando entraban en la habitación. Bowdern, decían, llevaba un sobretodo encima del sobrepelliz y la sotana. El hedor era casi insoportable para Bowdern, dice un relato basado en entrevistas a los testigos. Este mismo informe indica que «el estómago de Robbie se distendía y sus facciones se deformaban tanto que parecía una persona completamente distinta».

Otras historias hablaban de la habilidad de Robbie para comprender latín y que a veces leía la mente de las personas que se hallaban en la habitación. Un informe indica que la «personalidad diabólica» que llevaba dentro percibía la bondad y los pecados de los que entraban en la habitación y «gritaba y rugía» cada vez que «una persona en estado de gracia entraba en la habitación». Cuando entró un médico durante uno de los ataques de Robbie no se produjo ninguna reacción. Bowdern por lo visto se volvió al médico y dijo que eso era una señal de que no se hallaba en estado de gracia. Según este relato, el avergonzado médico salió y regresó al cabo de una media hora. Fue saludado con grandes rugidos. En el intervalo, había ido a confesarse y a liberarse de sus pecados.

Las experiencias psicológicas y físicas en la habitación siguieron intensificándose el 18 de abril, el lunes después de Pascua. Robbie despertó a las ocho, dio una patada al Hermano que se encontraba junto a su cama, y de un salto bajó de la cama. Otro Hermano entró a toda prisa. Robbie cogió una botella de agua bendita, amenazó con arrojársela y luego la lanzó por encima de sus cabezas. La botella se estrelló contra el techo, con lo que una lluvia de agua y cristales cayó sobre los Hermanos. Este incidente fue particularmente aterrador porque se suponía que el agua bendita repelía a los demonios, no que les proporcionaba munición.

Los Hermanos aún estaban recogiendo los cristales cuando llegó el hermano Widman, precedido por un Hermano que hacía sonar la campanilla. El capellán llevaba la Sagrada Comunión. Robbie le escupió en la cara. Widman retrocedió, aferrando el píxide. La hostia que estaba dentro, al igual que el agua bendita, se suponía que repelía al diablo.

Widman instó a Robbie —si es que Robbie todavía se hallaba allí— que hiciera una Comunión espiritual. Robbie volvió a escupir y, como de costumbre, no falló. Widman, secándose la cara, creyó oír No puedo. Pero un momento más tarde, Robbie balbuceó la fórmula: Quiero recibiros en Santa Comunión. Se recostó en la cama, exhausto.

Ha hecho la Comunión espiritual, pensó Widman, y oyó una voz que decía algo. Bishop anotó que el mensaje era algo como: Un diablo está fuera. Robert debe hacer nueve Comuniones y después yo me marcharé.

Se dijera lo que se dijese, Widman permaneció allí más de una hora, intentando que Robbie hiciera otras nueve Comuniones espirituales. Robbie parecía no poder hablar. Widman acortó la fórmula a Deseo recibiros, pues sabía que, teológicamente, esas palabras seguían siendo válidas para una Comunión espiritual.

La voz del diablo, como Widman creía que era, reía y dijo: «No es suficiente. Tiene que decir una palabra más, una palabrita. Quiero decir una palabra IMPORTANTE. Jamás la dirá. Tiene que hacer nueve Comuniones. Él nunca dirá esa palabra. Yo siempre estoy en él. Puede que no siempre tenga mucho poder, pero estoy dentro de él. Él nunca dirá esa palabra».

Widman se marchó, derrotado y preguntándose cuál sería esa palabra. Robbie empezó a cantar canciones incomprensibles. Se orinaba con profusión, amenazaba a los Hermanos y profería maldiciones. De pronto, se calmó y sonrió. Era un muchacho que tenía hambre. Percibió la apestosa suciedad en que se hallaba y pidió bañarse. Los Hermanos decidieron esperar treinta minutos para ver si volvía a cambiar de humor.

A mediodía le llevaron una bandeja con un vaso de leche, una porción de pastel y un poco de helado. El muchacho sonrió y lanzó el vaso, que se estrelló contra una pared. Ningún Hermano se acercó. Parecía perverso y exudaba un odio que los Hermanos casi podían tocar.

El padre Van Roo llegó y se pasó casi todo el día en la habitación, tratando de entender este fenómeno tan ajeno a su intelecto. Para él, la teología era el fundamento de la fe y su significado. ¿Qué tenía que ver con esta porquería, este mal sin sentido? «Yo era una especie de monitor —recordó—. Me sentaba junto a su cama. Observaba sus ojos. Era impredecible; no puedo recordar una pauta. »

A última hora de la tarde, cuando Van Roo se hubo ido, los Hermanos entraron una bandeja y prepararon una pequeña mesa en un rincón. Querían que Robbie bajara de la cama para poder bañarle, ponerle un pijama limpio y cambiar las sábanas empapadas de orina. Robbie bajó de la cama, se acercó a la mesa, sonrió y cogió un plato de buey troceado. Se acercó rápido a la ventana, se volvió y, sujetando el plato como un disco, amenazó con romperle la crisma a quien se moviera.

Un Hermano se metió debajo de la cama. Robbie se echó a reír. Pero el Hermano no había intentado escapar. Se arrastró hacia los pies de Robbie y, cuando se abalanzó para agarrarle, el otro Hermano se acercó de lado y aferró el brazo del muchacho. Robbie se volvió y arrojó el plato, que se estrelló contra la pared, lanzando trozos de buey por toda la habitación.

Bowdern había pasado gran parte del día releyendo las instrucciones del Ritual, instrucciones que para entonces prácticamente había memorizado. Y, entre las historias de terror procedentes del hospital, había leído relatos de otros casos de posesión. Le parecía que había fallado en algo. El Ritual advertía que se estuviera en guardia «contra las artes y subterfugios», y él creía que lo había hecho; había estado en guardia.

No, los demonios no le habían engañado. Él mismo se había engañado. Había depositado demasiadas esperanzas en su teoría de que los demonios seguirían un calendario litúrgico y serían expulsados en Pascua. ¿Qué tenía que ver la Pascua con ello? Su teoría se basaba en razones humanas. Recordaba que él y Ray Bishop habían malinterpretado la X como una señal de la salida de los demonios al cabo de diez días. Todo eso parecía tan lejano. Pero ¿qué había dicho Widman de «diez»? Diez Comuniones, diez diablos.

Números. Había habido muchos: 4, 8, 10, 16, 18. Éste era el más reciente, el 18. Hoy era el 18 de abril. Bien, ¿quién sabía? ¿Y qué había dicho el muchacho de una palabra, de cierta palabra? «No me iré hasta que se pronuncie cierta palabra. Y este muchacho jamás la dirá. »

Llamó a Bishop y a O’Flaherty y les dijo que irían al hospital a las siete. O’Flaherty conduciría. Y tenía un nuevo plan. Pediré respuestas en inglés. El 31 de marzo, el demonio había dicho que no respondería al latín porque él utilizaba el idioma de la persona poseída. Nos adaptaremos a él. Y pondremos medallas a Robbie diga lo que diga. En cuanto le coja uno de sus ataques, le pondremos un crucifijo en la mano.

Y si Robbie afirmaba que se había liberado de los demonios, Bowdern juró que no haría caso. Seguiría una instrucción del Ritual al pie de la letra: «Sin embargo, el exorcista no debe desistir hasta que vea signos de la expulsión». Bowdern quería una señal, una señal inconfundible.

Cuando los sacerdotes entraron, encontraron a Robbie sujeto por los Hermanos. Acababan de llevarle dentro, dijeron. Momentos antes, se había vuelto un agradable muchachito y había rogado poder telefonear a su madre. Le acompañaron a un teléfono y se puso como loco. Le habían reducido y arrastrado de nuevo a su habitación, pero había sido muy difícil. Todavía tenían miedo de lo que habría podido hacer si se hubiera escapado. Ese día tenía tendencias asesinas.

En lugar de leer las plegarias con su voz autoritaria de costumbre, Bowdern empleó un tono tranquilo. En el Praecipio, pidió a los demonios, en latín, que dieran alguna señal que les indicara el día y la hora de su partida. Entonces, pasando a hablar en inglés, dijo que podían responder en inglés.

No sucedió nada. Bowdern reanudó las plegarias en latín. Durante una plegaria a Dios como «Creador y Defensor de la raza humana», hizo la señal de la cruz en la frente de Robbie. Pronunció algunas palabras más e hizo tres cruces en el pecho del muchacho, diciendo: « Tu pectoris hujus interna custodias. Tu viscera regas. Tu cor confirmes». Cuando Bowdern llegó a Tu viscera regas, Robbie preguntó el significado. «Vela por su razón, gobierna sus emociones, aporta alegría a su corazón», explicó Bowdern. Robbie asintió y entonces repitió las palabras latinas.

Bowdern puso un crucifijo en la mano derecha de Robbie. Éste se revolvió. Dos Hermanos le sujetaron. El muchacho liberó una mano y arrojó el crucifijo al suelo.

Minutos más tarde salió de su trance un momento y preguntó por el latín. O’Flaherty sugirió que intentara aprender el Avemaría en latín. «Ave Maria» comenzó el sacerdote… Al cabo de quince minutos, Robbie podía recitar gran parte de la oración sin ayuda. O’Flaherty siguió manteniendo la atención de Robbie contándole la historia de los niños que vieron a Nuestra Señora de Fátima. Robbie parecía prestar mucha atención. Pidió un libro de lectura católico de octavo grado y lo hojeó, deteniéndose de vez en cuando para leer algunos párrafos de una historia corta o un fragmento de poesía. De pronto cerró el libro con brusquedad y se lo puso en equilibrio sobre las rodillas y después sobre la cabeza.

O’Flaherty y Bowdern intercambiaron una mirada. Algo parecía funcionar. Entonces… el libro salió disparado y cruzó la habitación hasta estrellarse contra la pared. El muchacho tenía los ojos cerrados, el cuerpo tenso. Bowdern siguió rezando las oraciones. Eran cerca de las nueve y media.

Otro cambio. Robbie dijo que quería recitar el rosario mientras Bowdern y los Hermanos respondían. Bowdern asintió y sonrió, entregando un rosario a Robbie. Éste agarró el crucifijo que colgaba del círculo de cuentas y, vacilante, empezó a recitar la oración que iniciaba el rosario, el Credo de los Apóstoles. «Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo… » Después, el Padre Nuestro, tres Avemarías. Al comienzo de la primera decena se detuvo y dijo algo vago acerca de los misterios. Alguien le apuntó: «Los misterios gloriosos». La persona que dirige el rosario tiene que citar los misterios, acontecimientos de la vida de Jesús y su madre, para que los que rezan el rosario piensen mientras pasan las cuentas. La Resurrección. Era el primero de los Misterios de Gloria.

Aquella noche Robbie mostraba una reverencia vacilante. Dijo que le parecía que tenía que rezar siempre que pudiera. ¿Puedo hacer la Comunión espiritual yo solo? Pero le acosaban las dudas, preguntándose qué era lo que le hacía estar o no estar poseído. ¿Rezar me hará… ? No terminó la frase. Intentó hacer una Comunión espiritual. Quiero… quiero. Y en un instante volvió a caer, tenso y ciego al mundo de las plegarias, en otro sueño como en trance.

Con los ojos cerrados con fuerza, se retorcía y se quejaba de las medallas religiosas que le habían colocado al cuello. Están calientes. Me duelen. Aquella noche no se las quitarían. Bowdern volvió a colocar el crucifijo en la mano de Robbie. Esta vez no lo tiró.

Widman se acercó, con su pertenencia más preciada, el crucifijo que había sostenido cuando fue ordenado sacerdote. Bendijo a Robbie y le pidió que besara la imagen de Jesús. Robbie volvió la cabeza con violencia y se enfureció.

«Escupió a la cara del exorcista con extraordinaria precisión, alcanzando invariablemente los ojos del sacerdote», según un informe del que se dice que O’Flaherty era autor. Uno de los jesuitas sostenía una almohada entre Robbie y Bowdern a modo de escudo protector. Después, «el muchacho empezó a sacar la lengua y a mover la cabeza hacia delante y hacia atrás como una serpiente. De pronto, hacía un movimiento rápido por encima o por debajo, o por el costado, de la almohada y escupía mucosidad a los ojos del exorcista».

Bowdern seguía recitando con su voz tranquila. Robbie gritaba y arqueaba el cuerpo contra aquel tormento, Bowdern pronunció su último «Amén». Entonces hubo una calma absoluta, una calma que pareció llenar la habitación. Bishop consultó la hora disimuladamente. Eran las 10. 45.

Robbie habló con una nueva voz, una voz clara y autoritaria, rica y profunda: «¡Satanás! ¡Satanás! Soy san Miguel, y te ordeno, Satanás, y a los otros espíritus malignos, que abandonéis el cuerpo en nombre de Dominus. ¡Inmediatamente! ¡Ahora! ¡AHORA! ¡AHORA!».

Dominus. Bowdern comprendió que aquélla era la palabra, la palabra que el demonio había dicho que Robbie jamás pronunciaría.

Entonces comenzaron, explica el diario de Bishop, «las contorsiones más violentas de todo el período que duró el exorcismo». En lo que Bishop creía era «la lucha para el final», durante siete u ocho minutos Robbie gritó y se retorció en la cama. Luego, dijo con calma: «Se ha ido».

Robbie miró a los sacerdotes y Hermanos que le rodeaban y dijo que se sentía bien.

Había terminado. Todos lo sabían. El demonio se había ido. Los Hermanos se pusieron en pie y se abrazaron unos a otros con lágrimas en los ojos. Bishop y O’Flaherty dieron unas palmadas a Bowdern en el brazo y esperaron su sonrisa, sus lágrimas, su oración dando gracias. Pero Bowdern ni sonreía ni lloraba. Tenía el semblante serio y feroz. Estaba esperando la señal.

Robbie estaba radiante cuando contó a los sacerdotes lo que acababa de ver mentalmente. Era un sueño, más que un sueño. Tenía algo de real. Dijo que había visto a una hermosa figura, con el pelo suelto y ondulante, envuelta en una brillante luz blanca. La figura, masculina, vestía una prenda blanca que se ceñía a su cuerpo y parecía hecha de malla. Robbie percibía que la figura era un ángel en forma encarnada. A su derecha el ángel sostenía una espada, y con la mano izquierda señalaba hacia abajo, hacia un pozo o una cueva, donde el diablo se hallaba entre llamas rodeado por otros demonios. Robbie había podido sentir el calor del fuego.

El diablo, riendo como loco, embistió al ángel e intentó pelear con él. El ángel se volvió hacia Robbie y sonrió; luego, se encaró al diablo y pronunció la palabra «Dominus». El diablo y sus demonios retrocedieron corriendo a lo que era claramente una cueva. Después de que desaparecieran en ella, Robbie vio barrotes en la entrada y unas letras que formaban la palabra S P I T E [rencor]. Cuando los demonios desaparecieron, explicó Robbie, él sintió como si algo tirara de su estómago. Luego, le pareció que algo chasqueaba y de pronto se sintió relajado y feliz, más feliz que nunca desde la noche del 15 de enero.

La mañana siguiente, Robbie despertó de un profundo sueño, repitió su hermoso sueño al Hermano que se hallaba sentado junto a la cama y se preparó para asistir a misa y recibir la Sagrada Comunión en la capilla del hospital. El padre Van Roo, el intelectual consumado que se había visto arrastrado a una experiencia que sobrepasaba la razón, ofició la misa. Cuando llegó el momento de que Van Roo distribuyera la Sagrada Comunión, Robbie se unió a los otros pacientes y Hermanos que se acercaban al altar. Se arrodilló ante la barandilla del altar, alzó la cabeza y abrió la boca. Van Roo depositó una hostia consagrada en la lengua de Robbie. El muchacho parecía serenamente feliz. Pero Bowdern seguía sin tener su señal.

Robbie regresó a su habitación. Por la tarde, durmió una siesta. Cuando despertó, parecía no recordar nada de su penosa experiencia. Se frotó los ojos y se levantó. «¿Dónde estoy? ¿Qué ha ocurrido?», preguntó al Hermano que estaba sentado junto a la cama.

En aquel momento, una explosión que parecía un disparo resonó en todo el hospital. Todos, desde el hermano Rector Cornelius hasta los cocineros y los pacientes, la oyeron. Cornelius, otros Hermanos, enfermeros, todos se precipitaron al ascensor o escalera para llegar al quinto piso. El Hermano que se hallaba en la habitación había abierto la puerta. Robbie se encontraba de pie junto a su cama, sonriente.

El gran estruendo aún reverberaba por los pasillos. Bowdern tenía su señal. Existe una plegaria para la liberación de los poseídos, y en algún momento, Bowdern la había recitado: «Te suplicamos, Oh Dios todopoderoso, que el espíritu de la iniquidad no tenga ningún poder sobre Tu siervo, Robert, sino que pueda partir lejos y no regresar nunca jamás».


14

EL SECRETO DESVELADO

Cuando Robbie salió del hospital, el hermano Cornelius, un hombre taciturno de baja estatura y ojos oscuros, fue al pasillo del quinto piso del ala antigua, hizo sacar la estatua de san Miguel de la habitación donde había estado Robbie, cerró la puerta con llave y declaró la puerta permanentemente clausurada. Él y sus Hermanos guardarían el secreto del exorcismo. La comunidad jesuita, por respeto a la promesa que Bowdern había hecho al arzobispo Ritter, se sumó al secreto.

El reverendo Luther Miles Schulze no había hecho semejante promesa. Poco después de que los Mannheim regresaran a casa en abril, Schulze advirtió que no acudían a su iglesia los domingos. Pasó por su casa para preguntarles si habían abandonado la Iglesia. Ellos le dijeron que Robbie se había convertido al catolicismo y que ellos también tenían intención de convertirse.

Schulze al parecer creyó que la conversión le liberaba de toda relación confidencial que hubiera tenido con los Mannheim. El 9 de agosto, dijo en una reunión de la rama de la Sociedad de Parapsicología de Washington, D. C. que había visto un poltergeist en casa de un tal «señor y señora John Doe» que vivían en las afueras de Washington. Utilizando el nombre de pila real de «Robbie», contó a sus compañeros parapsicólogos que las manifestaciones de poltergeist se centraban en el chico. Contó entonces los extraños sucesos producidos cuando el muchacho pasó una noche en casa del ministro de la iglesia. Concluyó su alocución diciendo que el muchacho había sido llevado posteriormente a una ciudad del medio oeste. (El doctor J. B. Rhine, el pionero de la parapsicología, investigó personalmente el caso, el cual describió como una manifestación clásica de poltergeist.)

El rumor del relato del poltergeist pronto llegó a los periódicos de Washington. Los artículos publicados no identificaban a Schulze, aunque éste aceptó una entrevista. En ella no se mencionó ningún exorcismo, lo cual mantuvo en secreto todas las identidades. Pero, en lo que pudo haber sido una información confusa de las observaciones de Schulze en la reunión, un periódico publicó que cuando el muchacho se hallaba en la ciudad no mencionada del medio oeste se realizaron tres exorcismos, uno por un ministro luterano, uno por un sacerdote episcopal y uno por un sacerdote católico romano. (No existen datos de ningún exorcismo episcopal y no existe ningún rito de exorcismo luterano.)

El exorcismo era una idea tan exótica que los periodistas abandonaron su interés por el poltergeist y se concentraron en los supuestos exorcismos. Los periodistas empezaron a llamar a los contactos que tenían en la cancillería de la archidiócesis de Washington. Las indagaciones pusieron en marcha una reacción en cadena. Los portavoces del arzobispo O’Boyle no proporcionaban ninguna información a la prensa de Washington. Pero se filtraron detalles del exorcismo a The Catholic Review, una publicación semanal semioficial de circulación nacional. En la edición del 19 de agosto, el semanario publicó un artículo de tres párrafos fechado en Washington:

Un muchacho de 14 años, de Washington, cuya historia de posesión diabólica la semana pasada fue ampliamente difundida en la prensa, fue exorcizado con éxito por un sacerdote tras haberse convertido a la Iglesia católica, según se ha sabido. El sacerdote en cuestión declinó hablar del caso. Sin embargo, se sabe que se han realizado varios intentos para liberar al muchacho de las manifestaciones.

Se solicitó la ayuda de un sacerdote católico. Cuando el muchacho expresó su deseo de convertirse al catolicismo, con el consentimiento de sus padres recibió instrucción religiosa. Posteriormente, el sacerdote le bautizó y realizó con éxito el ritual del exorcismo. Los padres del afligido muchacho no son católicos.

La «posesión diabólica» no había sido «ampliamente difundida»; sólo había existido una referencia confusa a tres exorcismos. Las frases aparecidas en The Catholic Review parecen una sospechosa explicación por parte de la archidiócesis para conseguir cierta publicidad controlada sobre el exorcismo a través de la prensa católica. Pero la historia sólo logró interesar la prensa de Washington.

Jeremiah O’Leary, joven ayudante del director del Washington Star-News de la ciudad, localizó el artículo, lo recortó y lo pegó a una hoja de trabajo, con intención de enviar a un periodista a averiguar más datos sobre el exorcismo. «Como católico de toda la vida —escribió O’Leary más adelante—, sabía vagamente que existía un fenómeno conocido como posesión diabólica y que la Iglesia tenía alguna clase de historial de expulsión de diablos mediante el ritual del exorcismo. »

Consultó con su superior, Daniel Emmett O’Connell, el director suplente, quien dijo: «Creo que será mejor dejarlo». O’Leary insistió y O’Connell le permitió llevar la idea de la historia a Charles M. Egan, el director de noticias. De mala gana, Egan lo aprobó pero dijo a O’Leary que se ocupara personalmente de la historia en lugar de asignarlo a un periodista. O’Leary «telefoneó a todos los sacerdotes que conocía, que eran muchos» y escribió un corto artículo que se imprimió la tarde del 19 de agosto en una página interior de su periódico. El día siguiente, el Washington Post publicó en su primera página un largo y detallado artículo acerca del exorcismo, el cual, decía el periódico, había sido realizado en Washington y en St. Louis. El exorcista fue descrito como un «jesuita en la cincuentena».

Entre los lectores del artículo se encontraba William Peter Blatty, estudiante de la universidad de Georgetown. Blatty, a la sazón en su primer curso, pensaba hacerse jesuita. En cambio, se hizo escritor y, en 1970, escribió un libro basado en el artículo del Post. El libro se titulaba igual que la película que posteriormente se realizó basada en él: El exorcista.

Mientras realizaba investigaciones para el libro, Blatty localizó al padre Bowdern, quien para entonces había abandonado la universidad de St. Louis y se hallaba a cargo del centro de recreo Casa Blanca. Bowdern habló a Blatty del diario pero dijo que no podía ayudarle debido a la promesa que había hecho a Ritter y porque temía que la vida del muchacho resultara perturbada por la publicidad.

«Mi opinión —escribió Bowdern a Blatty— era que dar a conocer el caso podría hacer mucho bien, y la gente habría comprendido que la presencia y la actividad del diablo es algo muy real. Y posiblemente nunca más real que en los tiempos actuales…. Puedo asegurarle una cosa: el caso en el que me vi implicado era algo auténtico. No me cabía ninguna duda de ello entonces ni lo dudo ahora. »

A petición de Bowdern, Blatty, al novelar el exorcismo, hizo que el poseído fuera una niña para ocultar más la identidad del muchacho que en este libro se llama «Robbie». Linda Blair interpretó a Regan, la muchacha poseída, y el escenario del exorcismo se trasladó a Washington, con la cooperación de los jesuitas de la universidad de Georgetown y la universidad de Fordham. Aunque Blatty basó el libro y la película en el exorcismo de 1949, recurrió también a otros casos y a su propia imaginación. Pero al hacer que Regan fuera poseída en un ambiente de odio —producido por las peleas de sus padres—, Blatty estableció un clima psicológico que los expertos en posesiones reconocieron.

«Lo vemos a menudo —dijo un sacerdote que se vio implicado en varios casos de posesión—. La víctima es inocente, pero existe un odio intenso u algún otro poder maléfico en torno a la víctima. » Este sacerdote, un jesuita, dijo que había comprendido que el odio que rodeaba a Robbie tenía un motivo racial. En aquella época de la segregación, el Ku Klux Klan era activo en la Maryland suburbana, y, en St. Louis, el fanatismo aún era latente y hervía en la estela de la desagregación de la archidiócesis y la universidad.

El principal escenario de la película, una reproducción del interior de una casa de Georgetown, fue construido en un almacén de Nueva York. El padre Thomas Bermingham, S. J., de la comunidad jesuita de la universidad de Fordham, se convirtió en consejero técnico de la película, junto con el padre John J. Nicola, quien, aunque no era jesuita, había recibido instrucción de teólogos jesuitas en el Seminario de St. Mary of the Lake, en Mundelein, Illinois. Mientras estudiaba en Roma, Nicola había escrito una tesis doctoral sobre la posesión. Como a la sazón era director del National Shrine of the Immaculate Conception [Capilla Nacional de la Inmaculada Concepción] de Washington, estaba en disposición de ayudar. Bermingham y el padre William O’Malley, S. J., estaban disponibles en Nueva York.

Se produjeron tantos accidentes en el escenario de Nueva York, que el director, William Friedkin, pidió a Bermingham que exorcizase el almacén. Bermingham dijo a Friedkin que no existían suficientes pruebas de actividad satánica para autorizar un exorcismo. Pero Bermingham celebró una bendición solemne en una ceremonia a la que asistieron todos los que se encontraban en el escenario entonces, desde Friedkin y Max von Sydow (que interpretaba el papel del padre Merrin, el exorcista) hasta los camioneros y tramoyistas. «Después de la bendición, no volvió a suceder nada en el escenario —dice Bermingham—. Pero más o menos por aquel mismo tiempo se produjo un incendio en la residencia de los jesuitas de Georgetown. »

Cuando se estrenó la película en 1973, Halloran y Bowdern fueron a verla en un cine de St. Louis. «Billy salió meneando la cabeza por el hecho de que la niña saltara en la cama y se orinara sobre el crucifijo —recuerda Halloran—. Estaba enfadado. “Esto puede dar un buen mensaje”, dijo. El mensaje era el hecho de que los espíritus malignos operan en nuestro mundo. »

La película despertó un gran interés por el exorcismo en todas partes. En Daly City, California, cerca de San Francisco, por ejemplo, el padre Karl Patzelt, sacerdote católico, realizó un exorcismo, al que se dio amplia publicidad, en casa de un joven empleado de unas líneas aéreas. Patzelt realizó posteriormente otra media docena de exorcismos. Un nuevo arzobispo, preocupado por la publicidad, ordenó a Patzelt que finalizara su carrera de exorcista.

En St. Louis, el diario de Bishop permaneció secreto y la habitación de seguridad del quinto piso del Hospital de los Hermanos Alejianos —una habitación que, por alguna razón, contenía una copia del diario— siguió cerrada con llave. Todos los que trabajaban en el hospital, desde los treinta o más Hermanos de la residencia hasta los legos de mantenimiento, sabían por qué la habitación estaba cerrada.

A medida que transcurrían los años, las historias sobre la habitación cerrada con llave fueron pasando a los nuevos Hermanos que llegaban al hospital. Sabían que la habitación se hallaba en el ala de los pacientes mentales extremadamente enfermos. El hermano Bruno y los otros que habían trabajado en esta ala estaban sin duda acostumbrados a tratar la locura. Así que ¿a qué se debía que hubiera una habitación cerrada con llave? En un ala de locos, ¿qué clase de locura podía mantener cerrada aquella habitación?

Varios años después de cerrar la habitación, uno de los Hermanos estaba trabajando como encargado de primeros auxilios en Camp Don Bosco, un campamento de verano del que se ocupaba la archidiócesis de St. Louis cerca de Hillsboro, Misuri. Era un hombre amable y amistoso que medía un metro noventa y tres y pesaba más de cien kilos. Estaba sentado a una mesa en el comedor con otros varios jóvenes de diversas órdenes religiosas. Hablaban y disfrutaban de su comida, sin apenas prestar atención a la radio que se oía de fondo. Se oyó entonces una canción basada en el tema musical de los dibujos animados del Pájaro Loco, una canción con la risa discordante de maníaco del Pájaro Loco.

El corpulento alejiano se abalanzó sobre la mesa y desenchufó la radio. «No puedo soportar esa canción», dijo. Se sentó, temblando, y empezó a sudar. Cuando se calmó, contó a sus compañeros que noche tras noche, en la primavera de 1949, él y otros hermanos habían permanecido despiertos a causa de una risa salvaje y escalofriante que procedía de una de las habitaciones de una de las alas antiguas del Hospital de los Hermanos Alejianos.

Otro hermano contó que él oía fuertes golpes en la puerta de su celda, como si llamaran a su habitación. Noche tras noche respondía a la llamada, sólo para descubrir que no había nadie.

Para los pocos hermanos que conocían el secreto de la habitación, lo que había sucedido allí traspasaba la locura terrenal. Durante años, aun después de que los Hermanos que conocían el secreto hubieran muerto, e incluso después de que los recuerdos de la habitación se hubieran desvanecido, los Hermanos seguían manteniendo la pieza cerrada con llave.

En mayo de 1976, se empezó a trabajar en un nuevo hospital. En la primera fase de la construcción, se derribaron viejos edificios y se construyó una nueva torre de seis pisos con alas de dos pisos. Por fin, en la última fase, en octubre de 1978, después de trasladar a los pacientes del hospital original de ciento diez años de antigüedad, el contratista ordenó que se derribara aquella estructura.

Los obreros primero registraron minuciosamente el viejo edificio para sacar los muebles que había que vender. Uno de ellos encontró una habitación cerrada con llave en la antigua ala de psiquiatría, rompió la puerta y entró. La habitación estaba completamente amueblada: una cama, una mesita de noche, sillas y una mesa con un cajón, todo ello cubierto de polvo. Antes de sacar la mesa, el obrero, por curiosidad, registró el cajón. En él encontró algunos papeles. Ni él ni nadie supo jamás por qué aquel informe se hallaba en aquella mesa de aquella habitación, la cual presumiblemente había estado cerrada con llave desde 1949.

El mobiliario, incluido todo lo que se había encontrado en la habitación cerrada con llave, se vendió a una empresa que poseía un asilo de ancianos cinco manzanas más lejos. Para entonces, el exorcismo realizado en el hospital era bastante conocido en St. Louis. Los muebles rescatados del hospital fueron encerrados en una habitación de la cuarta planta del asilo y jamás se utilizaron. Cuando el edificio del asilo tuvo que ser demolido, muchos de los obreros que participaron en la tarea, al igual que el personal del asilo y los inspectores de policía de la ciudad antes que ellos, se negaron a ir a la cuarta planta.

Los papeles que el obrero había encontrado parecían ser alguna clase de diario. Iban acompañados de una carta dirigida al hermano Cornelius y estaba fechada el 29 de abril de 1949. «El informe adjunto —comenzaba la carta— es un resumen del caso del que ha oído hablar durante las últimas semanas. El papel que tuvieron los Hermanos en este caso ha sido tan importante que me ha parecido que debería usted tener la historia para sus archivos. »

El obrero entregó los papeles a su jefe, quien los pasó al administrador del hospital, un lego. El administrador leyó la carta, la cual estaba firmada por el padre Raymond J. Bishop, un jesuita de la universidad de St. Louis. Luego, el administrador hojeó el diario. Las palabras que vio en las páginas —Satanás… diabólico… un enorme diablo rojo… exorcismo— le dejaron perplejo. Horrorizado, comprendió que el informe revelaba el secreto de la habitación cerrada con llave.

Su hija, que asistía a una escuela de secretariado en St. Louis, consiguió echar un vistazo al documento antes de que su padre lo escondiera. Ella reconoció a Halloran, el nombre de uno de los jesuitas mencionados en el diario. Era tío de uno de sus compañeros de clase. El administrador entregó el documento al hermano del jesuita y el secreto pronto volvió a ser encerrado, esta vez en una caja de seguridad de depósito.

Cuando yo comencé a trabajar en este libro, encontré al jesuita que se mencionaba en el diario, el padre Walter Halloran, S. J. Él consiguió el diario, que no había visto nunca, y verificó que se trataba de una copia con papel carbón del diario que el padre Bishop había seguido durante aquellas largas noches de 1949. El padre Halloran sacó una copia de las páginas y las devolvió a la caja de seguridad. Después me envió el diario, como él lo llamaba, accediendo a permitirme utilizarle como fuente preliminar para este libro.

El padre Bishop se llevó el secreto de su diario a la tumba, igual que el padre Bowdern. Existen algunas pruebas tentadoras de que se vio implicado en al menos otro exorcismo. En junio de 1959, el obispo de Steubenville, Ohio, conocedor del exorcismo realizado en St. Louis en 1949, escribió al arzobispo Ritter y le pidió ayuda. El obispo de Ohio dijo que un joven de la diócesis de Steubenville estaba atacando a los sacerdotes y a las monjas, y que se sospechaba que se trataba de un caso de posesión diabólica. Ritter, a través de su canciller, pidió a Bowdern que examinara el asunto. Ahí termina la escasa información. Halloran dice que Bowdern jamás mencionó otro exorcismo.

Los Hermanos Alejianos mantuvieron el secreto. Las personas relacionadas con el caso creían que si efectuaban revelaciones al respecto se desvelaría la identidad de la persona objeto del caso, el muchacho al que yo he llamado Robbie. La ubicación de su hogar en Mount Rainier, Maryland, se ha identificado públicamente. Su nombre, el cual conozco, jamás ha sido revelado, y yo jamás lo revelaré.

Robbie era un muchacho normal de la época, típicamente americano. Lo que le sucedió, creo, sucedió sin ninguna acción o provocación por su parte. Parece que fue una víctima inocente del horror. Fue como si, en un día claro, sin que ningún coche viniera en ninguna dirección, hubiera bajado de la acera y hubiera sido atropellado por un coche que ni él ni nadie habían visto. Fue, creo, víctima de un suceso extraño e incomprensible, un suceso misterioso cuyas raíces culturales y psicológicas son más hondas que la cristiandad.

La única persona que podría saber exactamente lo que ocurrió es el propio Robbie. Pero él no quiere hablar de aquel terrible invierno y primavera de 1949. Los que suavemente han sondeado la memoria de Robbie dicen que él ni siquiera recuerda lo que sucedió. Fue a un instituto católico y sigue siendo un devoto católico. Sus padres se convirtieron al catolicismo y recibieron su primera comunión el día de Navidad de 1950. Me han dicho que el muchacho de 1949 se ha hecho un hombre que lleva una vida feliz y satisfactoria. También me han dicho que a su primer hijo le puso el nombre de Miguel, por el arcángel.

Al igual que Robbie, los jesuitas implicados en el exorcismo salieron ilesos de aquella pesadilla. Ninguna de las predicciones letales de muerte en 1957 se hicieron realidad. Bowdern, que siguió siendo pastor de Javier hasta 1956, se dedicó a otras tareas, finalizando su carrera jesuita como confesor de jesuitas en Javier. Murió en 1983, a la edad de ochenta y seis años. El padre Bishop, después de veintidós años en la universidad de St. Louis, fue enviado a la universidad de Creighton en Omaha, Nebraska, donde dio clases otros veinte años. Murió en 1978, a la edad de setenta y dos años. El padre O’Flaherty, que fue pastor y ayudante de pastor en Javier y otras iglesias hasta 1976, se retiró al Regis College de Denver, Colorado, y murió de neumonía en el Hospital de la universidad de St. Louis en 1987, a la edad de ochenta años. El padre Halloran y el padre Van Roo aún viven.

El único sacerdote que sufrió secuelas del exorcismo fue el padre E. Albert Hughes, y su crisis nerviosa sólo duró unos meses. En 1973, regresó como pastor de St. James. «Era mucho más santo —recuerda un feligrés—. Se volvió más sensible, más espiritual, más comprensivo. » Jamás hablaba de lo sucedido en 1949. Su renuencia parecía bien arraigada, pero también se hallaba obligado de manera oficial a no efectuar observaciones escritas propias. Sin embargo, en mayo de 1950, invitado por los teólogos de la universidad de Georgetown, Hughes dio una conferencia de más de una hora ante un numeroso grupo de estudiantes y miembros del profesorado. Habló de lo que parecía ser su informe oficial al arzobispo O’Boyle. Ese informe, al igual que el realizado por el padre Bowdern al arzobispo Ritter, permanece en unos archivos secretos accesibles sólo al arzobispo. Pero el archivero de Georgetown asistió a la conferencia y tomó ocho páginas de notas sobre el informe de Hughes. Esas notas constituyen una de las fuentes de este libro.

Muchos feligreses de St. James sabían que su pastor había tenido algún papel misterioso en el caso de posesión que el cine hizo famoso. Y las monjas de la Escuela de St. James hablaron del exorcismo a sus alumnos lo suficiente para «inculcarnos el miedo al diablo», como recuerda uno de ellos.

En 1980, el padre Frank Bober llegó a St. James como nuevo ayudante del padre Hughes. Bober, que había oído rumores acerca del exorcismo, por fin reunió el coraje suficiente para preguntar por ello a Hughes. «Fue el 8 de octubre —recuerda Bober—. Hablamos unas dos horas, y creo que le convencí de que a otros sacerdotes jóvenes como yo podría resultarles instructivo conocer el exorcismo. Él habló de celebrar un seminario. Quería que conocieran a Satanás y su poder. » Hughes siempre creyó, dice Bober, que Robbie le hirió por «un impulso de poder satánico». Pero dijo que la experiencia había hecho más profunda su fe. «Me dijo —recuerda Bober— que le hizo más consciente del poder tremendo del sacerdocio. El poder de Cristo a través del sacerdocio condujo la situación entera a un final positivo. »

Después de que por fin se liberara de la carga del exorcismo, Hughes parecía exhausto. Dijo a Bober que tendrían que seguir la conversación, y los planes para un seminario, en otro momento. Cuatro días más tarde, el 12 de octubre, el padre Hughes sufrió un ataque de corazón y murió. Tenía sesenta y dos años. Algunos feligreses creen que Robbie, a la sazón un hombre de cuarenta y cinco años, asistió al funeral del padre Hughes.

Aunque los clérigos que estuvieron involucrados en el exorcismo mantuvieron en secreto la identidad del muchacho, sus vecinos de Mount Rainier le conocían y consideraban su casa como una amenaza para el vecindario. Poco después de que comenzaran los arañazos en enero de 1949, la familia de Robbie se mudó de la casa y se reinstaló a poca distancia. Al menos en una ocasión, después de que la familia se marchara, los vecinos rociaron con agua bendita todo el exterior de la casa abandonada.

Durante años, el edificio permaneció vacío. De vez en cuando alguna pareja de adolescentes del vecindario se atrevía a entrar. Llamaban al lugar «La casa del diablo». Los niños lanzaban piedras a las ventanas y rompían los cristales. Las puertas estaban abiertas. Algún vagabundo dormía a veces allí, se emborrachaba con vino barato, perdía el conocimiento y por la mañana se iba a toda prisa. De vez en cuando, normalmente en invierno, algún vagabundo encendía una fogata para calentarse y el fuego se descontrolaba. Algún vecino veía las llamas y llamaba al Departamento de Bomberos Voluntarios de Mount Rainier.

Un camión de bomberos salía a toda velocidad del cuartel de ladrillos que se hallaba a pocas manzanas de distancia. Los voluntarios realizaban rápidamente su tarea, enrollaban sus mangueras y regresaban al cuartel. Habían apagado deprisa un incendio, pero había algo inquietante en ello, algo que no tenía explicación. Apagar el fuego en aquella casa no era lo mismo que salvar una casa real, viva.

En abril de 1964, tras un invierno de varias llamadas a la casa vacía, los voluntarios empezaron a hablar entre ellos. A ninguno le gustaba entrar en aquella casa. Existían los riesgos de costumbre: caerse en un suelo que se derrumbaba, tropezar en una escalera, intoxicación por el humo. Y existía el temor de quedar atrapado allí por… bueno, ¿quién sabía qué? Era una casa en la que las llamas seducían a los bomberos, poniéndoles en peligro y haciendo que la salvaran. Algunos de los voluntarios deseaban que la casa quedara destruida por el fuego.

El alcalde y los bomberos voluntarios de Mount Rainier sabían lo que había ocurrido en aquella casa en 1949. Así, cuando empezaron a hablar de qué hacer, no les costó llegar a un acuerdo. El capitán de los voluntarios recibió lo que él decidió era el permiso adecuado para lo que denominó ejercicio de entrenamiento en «La casa del diablo». Un cálido día de primavera de abril de 1964, los camiones doblaron la esquina de la casa. Se conectó un coche bomba a la boca de riego y varios hombres desplegaron la manguera hacia el exterior de la casa. Extendieron una manguera perforada alrededor de dos lados de la casa y pusieron en marcha el agua, formando así una pantalla de agua para proteger los edificios que se hallaban al lado y detrás de la casa.

Se formaron pequeños y silenciosos grupos de vecinos en las aceras del otro lado de la calle. Un par de voluntarios con botas, casco y relucientes chaquetas desaparecieron en el interior de la casa. A través de una ventana rota, la gente vio las llamas que se elevaban por las paredes de una habitación. Unos cuantos hombres jóvenes, los estudiantes de este ejercicio de entrenamiento, entraron tras un potente chorro de agua.

Lo llamaban un incendio controlado: prender fuego en una habitación y enviar adentro un equipo para apagar las llamas. Se incendió cada habitación y todos los hombres hicieron prácticas de entrada en una habitación y extinción del fuego. Luego, cuando el entrenamiento hubo terminado, los voluntarios se alinearon alrededor de la propiedad. Entraron unos hombres con latas. Desde el exterior se les podía ver ir de habitación en habitación. Momentos después de que salieran, las llamas empezaron a crepitar en toda la casa.

Los voluntarios permanecieron en pie contemplando el espectáculo hasta que la casa quedó destruida por el fuego.

Más tarde, llegaron unos hombres y se llevaron la madera chamuscada y los ennegrecidos cimientos de hormigón. Una aplanadora allanó el terreno. En la actualidad, donde había existido la casa hay siete escalones de cemento, en estado de ruina, en la acera. Altos y delgados arbolitos luchan por sobrevivir en las grietas de los escalones, los cuales terminan en el borde de un solar cubierto de maleza. Una cañería oxidada, medio oculta en la broza, emerge del suelo en medio del solar.

El propietario del lugar ha realizado complicados arreglos para permanecer no identificado. Los documentos del terreno indican que la propiedad ha tenido los mismos propietarios titulares, dos hombres de negocios locales, desde 1952. Yo hablé con uno de ellos. Resultó ser un agente inmobiliario auténtico. Ese hombre, que al principio declinó hablar, por fin admitió que él no era el verdadero propietario. «El verdadero propietario no quiere ser identificado», me dijo. Cuando le pregunté si el deseo de anonimato del propietario tenía su base en la notoriedad de la casa, el agente inmobiliario declaró no saber nada de la historia de «La casa del diablo».

El secreto final es saber qué ocurrió en Mount Rainier y en St. Louis. ¿Robbie fue poseído por los demonios? ¿O la creencia religiosa enmascaró un fenómeno psiquiátrico?

La Iglesia Católica Romana nunca ha dicho si los demonios poseyeron a Robbie, a pesar de que parece ser hay suficientes pruebas eclesiásticas para dar un veredicto. El diario del padre Bishop es la crónica más detallada de una posesión escrita en los tiempos modernos. Y a este diario pueden añadirse los informes de los archivos secretos de las dos archidiócesis y de los archivos de la Compañía de Jesús. Un sacerdote que ha visto parte de estos archivos me dijo que el principal informe eclesiástico sobre el exorcismo fue firmado por cuarenta y ocho testigos. El diario de Bishop reseña nueve jesuitas que vieron a Robbie poseído.

La Iglesia Católica Romana debería tener suficiente información para efectuar alguna declaración respecto a este exorcismo. Pero la historia que se filtró a The Catholic Review es el único informe católico semioficial que se ha publicado acerca del caso.

El arzobispo Ritter, siguiendo el procedimiento de la Iglesia, designó a un jesuita, profesor de filosofía de la universidad de St. Louis, para que investigara el exorcismo. Este investigador tenía autoridad para entrevistar a los participantes bajo juramento. Según un jesuita que conoce los resultados de ese exhaustivo estudio, el investigador sacó la conclusión de que Robbie no fue víctima de una posesión diabólica. Algunos psiquiatras de la universidad de Washington apoyaron ese informe. Dijeron que no veían pruebas de nada sobrenatural o preternatural.

«El investigador dijo que podría explicarse como un desorden psicosomático y alguna acción de kinesis que no comprendemos pero que no es necesariamente preternatural», me dijeron. (El investigador al parecer no dio más explicaciones de su referencia a la «acción de kinesis», pero muchos especialistas en parapsicología creen en la existencia de la psicokinesis, el movimiento de los objetos mediante el poder mental.)

«Cuando el arzobispo Ritter recibió el informe —según mi fuente jesuita—, pidió a todos que dejaran de hablar de ello. No es que ocultaran nada. Sólo era que les parecía que el efecto global del asunto era contraproducente. »

Ni el informe del investigador ni ningún otro ha sido jamás publicado. «Nunca se efectuó ninguna declaración autorizada respecto a si fue un verdadero caso de posesión —indica Halloran—. Recuerdo que hablé de ello con el padre Bowdern, y él dijo que jamás afirmarían nada al respecto. »

Halloran cita que Bowdern dijo: «En realidad, ¿qué importa? Si se efectuara alguna declaración al respecto, aparecería un grupo de gente que querría echarlo por tierra y otro grupo de gente que querría convertirlo en un verdadero exorcismo. No creo que [las autoridades eclesiásticas] jamás digan una sola palabra de ello. Creo que nunca dirán si lo fue o no lo fue». Y luego, recuerda Halloran, Bowdern hizo una pausa y añadió: «Usted y yo lo sabemos. Estuvimos allí».

Sí, Halloran estuvo allí, pero, al mirar atrás y recordar lo que vio, tocó y olió, dice: «Jamás me sentiría capaz de afirmar nada de manera absoluta, ni me sentiría cómodo haciéndolo. Verá, hay algunas cosas que se consideran características del exorcismo. Por ejemplo, si este muchachito presentaba una fuerza prodigiosa. Bien, no la mostró. Y otra cosa es la capacidad de emplear lenguas extranjeras sin haberlas aprendido. Por ejemplo, si una persona estuviera poseída podría ser capaz de hablar swahili. Otra cosa son las habilidades extraordinarias, como caminar por una pared y cosas así. Esto no sucedió en ningún momento. No tengo la más remota idea de por qué el diablo necesitaría una posesión. Satanás sin duda posee medios más eficaces para difundir el mal que poseer a alguien».

Halloran, que fue blanco del puño de Robbie, no cree que la fuerza del muchacho fuera mayor que la que un adolescente agitado pueda reunir. En cuanto al empleo del latín por parte de Robbie, Halloran lo atribuía a las frases que oía repetir al exorcista.

Halloran había sido capellán del ejército de EE. UU. en Vietnam. «Vi más maldad en Vietnam —afirma— que en aquella cama de hospital. » Él cree en el mal, en un mal del lugar. Recuerda haber hablado con un jesuita de regreso de un largo destino en África. «Me contó que en el lugar donde estaba trabajando, al principio tenía la sensación de que se hallaba en constante confrontación con la presencia del mal. Nunca cesaba, dijo, hasta que estableció la presencia del Santísimo Sacramento. Entonces, dijo, pareció que ese poder desaparecía. » Para Halloran, se trataba de «un ejemplo práctico del mal». Pero hablaba como católico romano de lo que para él era el extraordinario poder manifiesto del Santísimo Sacramento.

Encontrar el mal fuera de un marco religioso exige un esfuerzo a la mente racional, en especial en la era de la psiquiatría. En la tradición judeocristiana, la existencia del mal es un dogma. Pero, al igual que los demonios que atormentaron al hombre del país de los gadarenos, las teorías del mal forman una legión.

El rey Saúl es la única persona en el Antiguo Testamento poseído por «un espíritu maligno procedente de Dios». La idea de que el mal podía de alguna manera estar relacionada con Dios era un concepto del Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento, con sus muchas referencias a la posesión y los exorcismos, refleja un nuevo pensamiento acerca de la difusión y el control del mal. Los poderosos ángeles caídos, guiados por Satanás, habitan en los seres humanos y los atormentan. Pero los demonios pueden ser expulsados por Jesús. Él ordena que salgan, y ellos se van, amargados y enfadados, pero obedientes a la voluntad de Dios a través de la orden de Jesús.

En la época de Cristo, una creencia popular en Galilea sostenía que los demonios causaban la enfermedad mental. El poder de arrojar a esos demonios era un gran poder, igual que lo es en la actualidad. Como un teólogo católico moderno ha señalado, «la diferencia entre la concepción antigua de la posesión demoníaca y la concepción moderna de enfermedad mental es, en su mayor parte, sólo una diferencia de terminología. Aunque la posesión demoníaca en la actualidad es denominada neurosis o psicosis, la cura es la misma: la sugestión».

La posesión demoníaca desapareció del judaísmo, pero apareció otra forma de posesión entre los judíos en la Europa medieval: la creencia de que el alma de un muerto podía penetrar en un cuerpo vivo. Las narraciones de exorcismos judíos se asemejan a los documentos de los exorcismos cristianos. Pero el poseedor, el Dybbuk, es el espíritu de una persona fallecida. En los relatos cristianos, el poseedor es un diablo de la legión de demonios o el propio diablo. El judaísmo moderno no acepta ninguna forma de posesión.

La cristiandad, desde el principio, ha debatido la existencia del mal y de Satanás. Lo que ha surgido del debate es la idea de que Dios creó todas las cosas. Satanás y sus demonios fueron creados buenos por naturaleza pero se volvieron malos por voluntad propia. Son los ángeles caídos, seres creados por Dios que, por orgullo, envidia y, finalmente, desesperación, se volvieron contra Dios.

La primera epístola de Juan personifica al diablo diciendo que Cristo vino para derrocarle: «Para esto se manifestó el Hijo de Dios, para deshacer la obra del diablo». La lucha entre el bien y el mal no será fácil, advierte el Nuevo Testamento. El demonio es tan fuerte y resuelto, que se atreve a tentar a Cristo. En los evangelios, Cristo cita el exorcismo como una prueba más de Su poder espiritual y su calidad de rey: «Mas si en virtud del espíritu de Dios lanzo yo los demonios, es claro que el reino de Dios llegó a vosotros». El papel de Cristo como exorcista dio a la cristiandad la base para la solemne creencia de que Satanás podía poseer a un ser humano y de que Dios, a través del ritual del exorcismo, podía sacar a Satanás de la víctima.

El padre Juan Cortés, S. J., psicólogo con un gran interés por la posesión demoníaca, ponía en duda incluso el exorcismo de Cristo. Examinó los documentos de todos los casos conocidos de exorcismo, incluido el de Robbie, y sacó la conclusión de que no existían pruebas de posesión en ninguna parte. Él creía que «las interpretaciones erróneas de las palabras escritas y expresiones de los evangelistas» fueron «las principales responsables de la profunda creencia en la mente de tantos (en los primeros tiempos y en la actualidad) respecto a las posesiones por demonios y a la conveniencia e incluso necesidad de expulsar a tales demonios mediante la realización de exorcismos».

Parte de la interpretación equivocada, escribió, pudo producirse porque se creía erróneamente que las palabras «diablo» y «demonios» eran intercambiables. Mediante su interpretación, la expresión bíblica traducida como «poseído por demonios» debería interpretarse como «aquejado por fuerzas perjudiciales», por «poderes extraños y desconocidos» o por «espíritus malignos», esto último en el sentido de la frase moderna: «Hoy estoy de mal humor». Los evangelios, escribió, «no contienen ningún caso de posesión por el Diablo… no puede hallarse en ellos ningún caso real y claro de posesiones por demonios».

Los exorcismos de Jesús, según la interpretación de Cortés, eran curaciones de enfermedades, no verdaderos exorcismos. Como lo explicó Cortés: «Cuando los poseídos estaban curados, la causa invisible, mal interpretada como “diablo”, tenía que ser expulsada y, en consecuencia, la injustificada pero larga tradición de exorcismos (o expulsiones de diablos) por Jesús se convirtió en una realidad. Sin embargo, el método que Jesús utilizaba en Sus curaciones de los aquejados de uno u otro tipo de enfermedad (interna o externa) era exactamente el mismo: Su presencia, Su roce, Su palabra, Su voluntad u orden. No existe ninguna razón para considerar algunas curaciones como exorcismos mientras se excluyen las otras».

En el mundo moderno, la gente de muchas culturas cree que pueden ser poseídos por espíritus agresivos del mal. Y toda cultura tiene un ritual para exorcizar los demonios, ya pertenezcan a otra vida o a algún reino diabólico del mal. El exorcista, que representa la autoridad comunal y el poder sobrenatural benigno, trata a la persona loca extrayéndole el demonio. Si el exorcismo no tiene efecto, la persona poseída es confiada al destino que la comunidad considere justo. Se la puede considerar una bruja o un brujo y ser condenada a muerte. O la comunidad puede decidir apiadarse de la persona loca y considerarla una malograda presa de los demonios.

En las culturas donde la psiquiatría es una fuerza curativa, el psiquiatra a menudo es el exorcista. Los psiquiatras con los que yo hablé me ofrecieron varias posibles explicaciones del fenómeno. Un especialista en desórdenes de personalidad múltiple dijo que un exorcista hace esencialmente lo que está intentando hacer: deshacerse de la entidad que se encuentra dentro del paciente torturado.

«He tratado con varios pacientes de personalidad múltiple que creían que estaban poseídos por Satanás —dijo—. Son sumamente susceptibles a la autosugestión y asombrosamente abiertos a la sugestión hipnótica. » En un caso típico, me habló de que sostuvo en alto la mano frente a una paciente diciéndole que su mano estaba desapareciendo poco a poco. «Ella creía verla desaparecer. Dentro de su mente, no había lugar a dudas de que mi mano había desaparecido, igual que no había lugar a dudas de que estaba poseída. Esa creencia es tan profunda, que resulta extremadamente difícil erradicarla. En el paciente de personalidad múltiple, cada terminación nerviosa puede ser una persona. » En general, estas personas son personalidades humanas. Sin embargo, en alguna ocasión, el morador es un demonio o Satanás.

Dijo que no sabía cómo eran poseídos sus pacientes, aunque casi invariablemente encuentra una historia de abusos sexuales en la primera infancia. Él se preguntaba si existía una historia de este tipo en el caso de Robbie. Le interesaba particularmente cómo tía Harriet había merodeado en la fase temprana de la posesión y cómo había reaccionado Robbie ante las Estaciones del Vía Crucis, en particular la que mostraba a Jesús al ser despojado de su ropa. «¿Hubo alguna clase de relación sexual? —se preguntó—. ¿Hubo culpabilidad y represión de la memoria?»

Otros psiquiatras han sugerido el síndrome de Tourette como la causa médica de la posesión. Las víctimas de este desorden maldicen y chillan de manera incontrolada, gruñen y se retuercen y pueden gritar palabras de cuatro letras. Algunos especialistas en el síndrome de Tourette dicen que Regan, la jovencita poseída en El exorcista, mostraba tantos síntomas de Tourette que se parecía, de una manera exagerada, a algunos de sus pacientes. Sin embargo, Robbie parecía curado de lo que le había afligido y, en esta fase de la investigación, el síndrome de Tourette es incurable.

La doctora Judith L. Rapoport, especialista de fama mundial en lo que se conoce como desorden obsesivo-compulsivo (OCD, en inglés), cree que los demoníacos pueden ser víctimas de la escrupulosidad, una forma de OCD reconocida desde hace mucho tiempo por la Iglesia católica y definida como «vacilación o duda habitual e irrazonable, junto con ansiedad mental, relacionado con la elaboración de juicios morales». Ella llama a las víctimas de la escrupulosidad «pecadores inocentes» que realizan «mil promesas a Dios».

El fundador de la Compañía de Jesús, san Ignacio de Loyola, «proporcionó a la Iglesia católica su primera definición de la escrupulosidad a través de una descripción de la conducta obsesiva del propio Loyola y su percepción de la fuerza irracional aunque inquietante de ella», escribe esta psiquiatra. Como ejemplo, ofrece lo siguiente, sacado de sus Ejercicios Espirituales:

Después de haber pisado una cruz formada por dos pajas, o después de haber pensado, dicho o hecho alguna otra cosa, acude a mí desde «fuera» el pensamiento de que he pecado, y por otra parte me parece que no he pecado; no obstante, siento cierto desasosiego al respecto, por cuanto que dudo y al mismo tiempo no dudo.

Robbie es un ejemplo improbable de escrupulosidad: no era católico y no mostraba ningún signo de fanatismo religioso.

Rapoport también sugiere una enfermedad mental muy rara, esquizofrenia infantil. En general, la esquizofrenia es un desorden de la adolescencia tardía o joven adultez. Pero, afirma, «existen casos típicos de niños —muchachos, en su mayor parte— que se desarrollan normalmente hasta, por ejemplo, los ocho años de edad, y entonces comienzan a mostrar síntomas típicos de esquizofrenia, tales como el de oír voces». Contó que estaba examinando a un muchacho que oía voces, incluida la del diablo, «que le dice que haga daño a la gente y que realice actos peligrosos».

El padre Nicola, uno de los sacerdotes que actuaron como consejeros para El exorcista, en la actualidad asesora a psiquiatras que creen que sus pacientes necesitan un exorcismo. Inevitablemente, su consejo es en contra del exorcismo, a menos que existan lo que él llama señales preternaturales, como la capacidad de leer la mente o hablar una lengua que el demoníaco anteriormente desconocía. Él cree que Robbie estaba poseído por el diablo.

Dice que la Iglesia está intentando permanecer en medio de la calle en lo que respecta a la posesión mientras mantiene teológicamente que existe un diablo que opera en nuestro mundo. «La Iglesia camina por el alambre —afirma—. Si el diablo opera en el mundo, entonces hagamos exorcismos. Desde el punto de vista científico, la ciencia dice que la posesión no es posesión. Es cuestión de ver qué pueden mostrar la fe y la naturaleza. » Al igual que otros especialistas en exorcismos, se pregunta con cautela si la parapsicología podría dar algunas respuestas a los fenómenos inexplicables asociados a la posesión.

El padre Herbert Thurston, S. J., autoridad en lo oculto, al escribir acerca de los demoníacos, también se preguntaba por las fuerzas que todavía no comprendemos: «Que pueda haber algo diabólico o malo de algún modo, no lo niego, pero por otra parte, también es posible que estén implicadas fuerzas naturales que por el momento no son tan conocidas como las fuerzas latentes de la electricidad lo eran por los griegos. Posiblemente, la complicación de estos dos elementos es lo que forma el meollo del misterio».

Por fin, creo que en el exorcismo hay algo de fábula, si una fábula es un velo corrido sobre el rostro de la verdad. Un día me encontraba hablando con un teólogo jesuita acerca de la posesión y de las complicaciones del bien y el mal. Él me enumeró los libros que debería leer sobre el tema y mostró el desprecio de los jesuitas por todo lo que no fuera la razón pura. Cuando terminó la entrevista, me preguntó con aire informal si me había enterado de lo que había ocurrido en la iglesia de Javier al finalizar el exorcismo. No, no me había enterado. Y entonces me lo contó… me lo contó como si también esto fuera importante para una discusión sobre el bien y el mal. Poco después del satisfactorio final del exorcismo en el hospital, dijo, ocurrió algo extraño en la iglesia de San Francisco Javier. Era de noche y la iglesia se hallaba en penumbra parcial. Varios jesuitas se habían congregado para un servicio. De pronto, la grandiosidad en sombras del gran ábside resplandeció de luz. Los jesuitas levantaron la mirada y vieron, llenando el inmenso espacio que se elevaba sobre el altar, lo que Robbie había dicho que había visto: san Miguel, con una espada llameante en la mano, defendiendo el bien y protegiéndose contra el mal.


NOTA FINAL DEL AUTOR

Mi interés por este exorcismo comenzó cuando leí dos párrafos en la columna Personalities del Washington Post. En ellos se decía que el padre Walter Halloran, S. J., en una entrevista publicada por un periódico de Nebraska, había hablado de un exorcismo en el que había participado. Fue difícil localizar al padre Halloran después de la entrevista. Cuando le encontré, era pastor de una iglesia de una pequeña ciudad del sur de Minesota. Accedió a hablar conmigo, primero con cautela y después con calidez. Nos convertimos no sólo en un escritor y una fuente sino en amigos. Pronto simpatizamos, creo, porque los dos éramos de ascendencia irlandesa y porque teníamos un vínculo jesuita: él era miembro de la Compañía de Jesús y yo había asistido a una escuela de jesuitas.

Creo que el padre Halloran comprendió mi curiosidad por el exorcismo en cuanto le dije que había asistido a una escuela jesuita. Si se aprende algo con los profesores jesuitas es a sentir curiosidad por lo sagrado y lo profano. Y se aprende que nada, ni en la tierra ni más allá de ella, puede darse por supuesto.

He admirado a los jesuitas durante muchos años. Creo que el lector debería saberlo. Me gradué en un instituto jesuita, la Fairfield College Preparatory School, en Fairfield, Connecticut, y asistí durante dos años a la universidad de Fairfield de los jesuitas.

Yo trabajaba en un periódico y, como necesitaba terminar el instituto asistiendo a clases nocturnas, me trasladé de Fairfield a la universidad de Bridgeport, en la que más tarde me gradué. En mi expediente del instituto consta, como trasladado de la universidad de Fairfield, un curso de catolicismo romano. La universidad de Bridgeport aceptó el curso como un curso de «humanidades».

Cuando dejé los jesuitas de la universidad de Fairfield, la religión verdaderamente formaba parte de mi humanidad aunque no de mi vida cotidiana. Ya no era católico prácticamente. Pero llevaba una imagen sacada del cine de la Segunda Guerra Mundial: la Gestapo da una patada a mi puerta y quiere saber si soy católico. Respondo que sí, no porque sea católico sino porque lo había sido y mi catolicismo está demasiado arraigado en mí para despreciarlo. Aunque ya no practico el catolicismo, no puedo desembarazarme de él y no quiero hacerlo.

Cuando empecé a investigar para este libro, tropecé con una oración que había rezado muchísimas veces cuando era niño. «Arcángel san Miguel —decía—, defiéndenos en la batalla; sé nuestra protección contra los engaños y perversidades del mal. Humildemente te pedimos, oh Dios, que le domines, y que Tú, el Príncipe de las huestes celestiales, arrojes al infierno a Satanás y a todos los espíritus malignos que merodean por el mundo en busca de la ruina de las almas. »

Yo era monaguillo, y aprendí a pronunciar las extrañas y solemnes respuestas en latín, respondiendo «Et cum spiritu tuo» cuando el sacerdote decía «Dominus vobiscum». Arrodillado ante el altar, en la Misa, recibía la Sagrada Comunión y creía que lo que el sacerdote colocaba en mi temblorosa lengua extendida era el cuerpo y la sangre de Cristo. Asistí a las escuelas parroquiales de St. Charles y St. Patrick y aprendí mi religión de las encantadoras u horripilantes historias que nos relataban monjas piadosas y del The Baltimore Catechism en formato de preguntas y respuestas.

En la escuela preparatoria de Fairfield, los jesuitas me introdujeron en otro mundo católico romano, donde la realidad histórica prevalecía sobre los cuentos sagrados, donde tanto el profesor como el alumno podían formular preguntas que no tenían respuestas preparadas. Seguía yendo a misa, aunque ya no era monaguillo. Los jesuitas me enseñaron latín, no porque fuera entonces la lengua de la Misa sino porque creían que el conocimiento del latín era esencial para mi educación. Entonces podía traducir el ceremonioso murmullo de la Misa a palabras de mi propio idioma: Dominus vobiscum, et cum spiritu tuo significaba «Que el Señor esté contigo, y con tu espíritu».

Con los jesuitas, el estudio del catolicismo se convirtió en un curso llamado apologética, una defensa sistemática de la doctrina y tradición católicas. Los jesuitas hacían mucho más hincapié en un riguroso análisis del catolicismo que en los santos y las reliquias… pero los santos y las reliquias seguían estando allí, junto con la Misa y la Comunión. En la parte superior de todos los papeles escolares, ya fuera la clase de geometría o la de apologética, yo escribía A. M. D. G., las iniciales de Ad Majorem Dei Gloriam (Para mayor gloria de Dios), el lema de la Compañía de Jesús. El primer día de clase, los jesuitas nos dijeron que lo hiciéramos y siempre lo hacíamos. Ese fundamento místico del catolicismo —la alabanza a Dios— permanecía en su sitio en todas las aulas de los jesuitas. Existía un tú, tu yo físico, que aprendía a vivir en este mundo. Y existía tu espíritu, el alma, el yo espiritual, la esencia de tu humanidad.

Con los jesuitas aprendí acerca del agnosticismo. Cada vez que aparecía una palabra por primera vez, siempre enseñaban las raíces: «de la palabra latina… » o «de la palabra griega… » Agnóstico procedía de la palabra griega que significaba «desconocido». Me gustó la palabra en cuanto la aprendí. Inmediatamente empecé a hacer cabriolas como agnóstico de segundo curso, sintiéndome orgulloso de haber hecho que Dios fuera insondable, no demostrable. Al final, mi agnosticismo se sintió más cómodo, más como una parte real de mí en lugar de algo que me había puesto para la ocasión.

Escribí este libro como periodista que intenta contar una historia lo más directa y cabalmente posible. Nunca antes había sentido la necesidad de demostrar mis credenciales de esta manera. Pero quería que mis lectores supieran que lo que leían había sido escrito por un agnóstico que fue criado como católico, educado por los jesuitas y aún se pregunta por el significado del spiritus.


FUENTES

Ningún otro exorcismo de los tiempos modernos ha estado tan extensamente documentado como el exorcismo del muchacho a quien llamo Robbie realizado en 1949. La principal fuente para esa documentación es el diario del exorcismo que llevó el padre Raymond J. Bishop, S. J. El diario tenía que ser un documento para ser utilizado en años posteriores por los sacerdotes convocados para llevar a cabo exorcismos. Me han dicho que se ha empleado para ese propósito. Pero, como la jerarquía eclesiástica es reacia a revelar información referente a los exorcismos, la existencia del diario se ha mantenido en secreto.

Yo obtuve una copia a través del padre Walter Halloran, S. J., quien participó en el exorcismo. Él comprobó el diario, el cual, dijo, había sido visto y aprobado por el propio exorcista, el padre William S. Bowdern, S. J. El original, junto con un informe formal del exorcismo realizado por Bowdern y una declaración como testigo de Halloran, se presentó al Provincial de los Jesuitas de la Provincia de Misuri y a la archidiócesis de St. Louis. Se cree que otro grupo de estos documentos se entregó a la arhcidiócesis de Washington.

El diario completo consiste en veintiséis páginas mecanografiadas a un solo espacio. La copia que obtuve en un principio, la cual tenía veinticuatro páginas, fue sacada de manera fortuita de un edificio de hospital en ruinas (véase páginas 256-257). Al parecer, las dos últimas páginas se quedaron entre los escombros. Posteriormente, las recibí de una fuente que tenía un ejemplar del diario completo. La página 25, la última página del diario propiamente dicho, describe con viveza el final del exorcismo, con el feliz y radiante Robbie contando lo del ángel que se defendía de los demonios. La página 26 está mecanografiada con otra máquina de escribir y lleva la indicación «Continuación». Menciona una visita, en 1951, de Robbie y sus padres al Hospital de los Hermanos Alejianos y cuenta la conversión de los padres al catolicismo. Una segunda nota, escrita con otra máquina de escribir, lleva fecha del 8 de noviembre de 1970 y explica de manera críptica el paradero de Robbie en aquella época, cuando apareció El exorcista y se reanudó el interés por el exorcismo.

Los Hermanos Alejianos se hallan en posesión de una copia completa de veintiséis páginas. El padre Bishop entregó una copia al hermano Cornelius, el rector del hospital, el 29 de abril de 1949. La página 26 parece que fue añadida por algún alejiano.

La carta adjunta de Bishop, que se encontró junto con las 24 páginas del diario, dice: «La Oficina de la Cancillería [de la archidiócesis de St. Louis] nos ha informado… de que no hay que dar publicidad al caso. Me temo que la noticia ya se ha dado a conocer en diversas partes de la ciudad a través de individuos que piden oraciones y quizá a través de alguien que tomó parte en el caso. Ahora, la dificultad de mantener en secreto algunos datos escapa prácticamente a nuestro control, pero deberíamos intentar en lo posible no hacer público este caso hasta que dispongamos de una declaración definitiva de la Oficina de la Cancillería». Jamás se divulgó semejante declaración.

El diario comienza el 7 de marzo de 1949 y termina el 19 de abril. Antes de comenzar el registro diario del exorcismo, Bishop habló con Robbie y entrevistó extensamente a sus padres y tíos. A partir de estas entrevistas, Bishop construyó lo que él llama un «Estudio del caso». Esta sección muy detallada del diario, que abarca casi tres páginas completas, establece el escenario y las circunstancias iniciales de la posesión de Robbie, comenzando con el ruido de goteo que Robbie y su abuela oyeron por primera vez el 15 de enero de 1949. Bishop también realizó un pequeño expediente sobre Robbie, sus padres y sus abuelos. En las citas por capítulos que siguen, «Estudio del caso» se refiere a esta parte del diario.

El diario es uno de los tres documentos básicos acerca del caso. Dos de los documentos son informes eclesiásticos de los archivos católicos romanos, que jamás hay que publicar. Según el archivero de la archidiócesis de Washington, la información sobre el primer exorcismo se encuentra en los archivos secretos que sólo pueden ser abiertos por el arzobispo de Washington. El otro informe oficial es un archivo similar que se halla en la archidiócesis de St. Louis. Un sacerdote que ha examinado estos documentos me dijo que citan cuarenta testigos de la posesión y el segundo exorcismo. El diario de Bishop, en uno de los primeros párrafos anteriores al segundo exorcismo, observa que «ha habido cuarenta testigos diferentes para testificar y verificar diferentes fenómenos». La mayoría de estos testigos han muerto, pero su testimonio permanece en el diario.

Tuve la suerte de contar con la cooperación del padre Halloran, quien compartió sus recuerdos como participante. Cuando cito Halloran como fuente, me refiero a estos recuerdos, obtenidos en numerosas entrevistas y conversaciones. Otras fuentes a las que me refiero serán descritas en detalle la primera vez que aparezcan y luego citadas con una sola palabra.

Existen pequeñas discrepancias entre lo que Bishop escribió y lo que otros recordaban. También hay lagunas en la historia y ocasionales ausencias de detalles. Utilizando el diario y otras fuentes, intenté resolver estas discrepancias y soslayar estas lagunas. Evalué las fuentes y, cuando existía conflicto, intentaba resolverlo empleando un sistema que clasificaba las fuentes, desde «testigos» (Diario y Halloran} hasta «relato». Estos relatos van desde descripciones, dadas a otros por testigos presenciales, hasta reconstrucciones, basadas en entrevistas de testigos presenciales y otros. Bober, por ejemplo, es el padre Frank Bober, a quien habló del primer exorcismo el propio exorcista, el padre E. Albert Hughes. Nitka es un ejemplo de una reconstrucción basada, en este caso, en información recogida de la comunidad jesuita de la universidad de St. Louis. Las fuentes están reseñadas en las citas. Utilizando y evaluando todas estas fuentes, he intentado realizar una narración desapasionada y racional acerca de unos sucesos que insistentemente desafían a toda lógica y razón.

Cuando empecé a trabajar en este libro, sólo dos jesuitas implicados directamente en el exorcismo de St. Louis todavía vivían: el padre Halloran y el padre William A. Van Roo, S. J. Halloran accedió a ayudarme; Van Roo hacía tiempo había dejado atrás el exorcismo y quería que siguiera así. O sea que disponía de un testigo ocular vivo y el diario.

Pronto me enteré de que Robbie había sido objeto de dos exorcismos. El primero, iniciado en Maryland, terminó rápida y desastrosamente. Los testigos o la documentación disponibles respecto a este exorcismo al principio parecían inexistentes. Yo sabía que tenía que reconstruir el primer exorcismo para comprender y narrar el segundo, bien documentado. Sin embargo, nadie quería hablar de ello. «Robbie —en la actualidad un hombre adulto que lleva una vida feliz, equilibrada y productiva— no respondió a mi llamada. » (Yo sabía su nombre y tenía razones para creer que conocía su dirección. Le escribí a esa dirección, diciendo que estaba escribiendo un libro «acerca de un incidente que se produjo en Mount Rainier y St. Louis en 1949». También le dije que ocultaba el nombre de la persona implicada en el incidente. No recibí respuesta y no presioné más.)

Al final, encontré tres fuentes de datos extremadamente dignas de confianza sobre ese primer exorcismo: el padre Frank Bober, que me informó de lo que a él le contó el padre Hughes; y el padre John J. Nicola, que ha realizado un estudio especial del exorcismo y habló con Hughes de ello. Los dos sacerdotes son aludidos como Bober y Nicola en las citas. (El asterisco después de Nicola indica su libro, y no las entrevistas.)

Bober, como se ha dicho en el último capítulo, fue la última persona a quien Hughes contó la historia del primer exorcismo. Bober me dio detalles de la historia y me fue extremadamente útil. Igual que muchos sacerdotes familiarizados con éste y otros exorcismos, él cree en la necesidad de describir de manera responsable la posesión y el exorcismo.

Nicola, contra el consejo de sus superiores, se interesó por la demonología cuando aún estaba en el seminario. Ha estudiado más de cuarenta exorcismos. No me habló de la mayoría de aspectos del caso de Robbie porque le habían permitido el acceso a los archivos secretos y no quería revelar información que le habían confiado. Pero me permitió leer su tesis sobre la posesión y resultó extremadamente útil para clarificar algunos puntos sobre la posesión y el exorcismo.

La tercera fuente de información son las notas sobre una conferencia dada por el padre Hughes el 10 de mayo de 1950, en la universidad de Georgetown. Cuando hablé con el padre Joseph M. Moffitt, S. J., quien invitó a Hughes, recordó que alguien tomó notas. Con la ayuda del padre Joseph T. Durkin, S. J., el eminente historiador de Georgetown, y de Jon Reynolds, conservador de las colecciones especiales de Georgetown, obtuve una copia de las notas no publicadas. Las había escrito el padre William C. Reppetti, S. J., archivero de la universidad de Georgetown y autor de la historia en diez volúmenes titulada The Society of Jesus in the Philippines. Murió en 1966.

Las notas (citadas como Reppetti) fueron saneadas, al parecer en 1970, después de que se exhibiera la película El exorcista y la universidad de Georgetown se asociara con el exorcismo presentado en el libro y la película del mismo título. «Robbie» llamó al presidente de Georgetown y se le aseguró que la universidad no proporcionaría ninguna información que pudiera identificarle. Los nombres de los sacerdotes en las notas de Reppetti fueron suprimidos, sólo por si alguien alguna vez las encontraba. Cuando yo examiné las notas, pude deducir que los nombres borrados eran el padre Hughes y el padre Bowdern.

Todas las citas del libro están sacadas o directamente del diario o de las fuentes citadas, como por ejemplo Halloran, quien me dijo las palabras mismas que utilizó en la época o las palabras que oyó directamente. En los casos en que estoy seguro del quid o el tema de una afirmación, utilizo la cursiva para indicar que se trata de una cita reconstruida.


NOTAS A LOS CAPÍTULOS

CAPÍTULO 1: «¿Eres tú, tía Harriet?»

pp. 15-16! Descripción de la familia «Mannheim»: «Estudio del caso» en Diario y Halloran. El peso de Robbie y su preferencia por los juegos de mesa son algunos de los muchos datos que se dan en «Estudio del caso».

p. 16 «Harriet» y el espiritismo: Bishop se enteró de lo de la tía a través de las entrevistas que realizó para su «Estudio del caso». Menciona el espiritismo y el tablero Ouija pero no dice nada de una sesión espiritista. La información sobre el espiritismo procede de Spiritualist Manual, edición de 1955, citado en Isaacs.

p. 18 Referencias bíblicas: Deuteronomio (18: 10-12), Levítico (20: 27); el rey Saúl aparece en I Samuel 28: 7-19.

p. 19 Psiquiatría sobre la posesión: Isaacs.

pp. 19-20 Sucesos del 15 al 26 de enero, incluidas las citas: «Estudio del caso», Diario. Muerte de «tía Harriet», ibid. Comprobé la fecha de su muerte (y la falta de testamento válido) revisando las estadísticas demográficas y los archivos del registro con su nombre real.

p. 23 Movimiento del pupitre: «Estudio del caso», Diario.

p. 24 Incidentes de los objetos voladores y la silla volcada: «Estudio del caso», Diario; Reppetti. Asimismo, muchos detalles proceden de Diabolical Possession* de Nicola. En el libro no menciona directamente el caso de Robbie, y dice que «inventaba, cambiaba y omitía» detalles para ocultar la identidad de las personas implicadas. El caso sin duda alguna es el de Robbie. Mostré a Halloran una copia de la descripción, y verificó que había leído casi todos los detalles, incluida la descripción de la silla volcada y el jarro volador.

p. 26 Observaciones del psiquiatra y del médico: «Estudio del caso», Diario.

p. 21 Especulaciones del psiquiatra sobre el examen de Robbie: Rapoport.

p. 27 El reverendo Schulze: El relato personal de Schulze de sus tratos con Robbie aparece en Parapsychology Bulletin, n. ° 15, agosto de 1949, publicado por el Instituto de Parapsicología del doctor J. B. Rhine. Schulze, en una entrevista celebrada en 1980, también habla del caso en Enchanted Voyager* biografía autorizada de Rhine, un pionero de la parapsicología. Rhine menciona varias veces el caso de Mount Rainier en la correspondencia de esa época. (J. B. Rhine Papers, Special Collections Department, Duke University Library, Durharn, N. G). Rhine también acudió a Washington a hablar del caso con Schulze.

CAPÍTULO 2: En pos de un poltergeist

p. 30 Descripción que realizó la familia del estado de Robbie:

«Estudio del caso», Diario; Schulze, ibid.

p. 30 MartinLutero: Oesterreich* que cita dos obras alemanas sobre Lutero y sus fuentes.

p. 31 «Al principio intenté rezar… »: Schulze en Enchanted Voyager*

p. 33 Espiritismo y las hermanas Fox: Gauld; * Spiritualist Manual, como se cita en Isaacs.

p. 35 Relatos de poltergeist: Gauld* Oesterreich* Nicola y Balducci* especulan sobre las posibles conexiones entre las actividades de poltergeist y la posesión. Los tres ven también posibles las influencias parapsicológicas en algunos casos de posesión.

p. 36 Schulze se lleva a Robbie una noche a su casa: Schulze.

p. 39 Caso Zugun: Oesterreich*

p. 40 Arañazos en Robbie: Schulze, «Estudio del caso»,

p. 40 Cita de Schulze: Schulze.

CAPÍTULO 3: «Mas líbranos del mal»

p. 42 Referencias bíblicas: La lucha de Jesús con Satanás: Mateo 4: 1-11; Marcos 1: 12-13; Lucas 4: 1-13. Jesús otorga a sus seguidores poder para efectuar exorcismos: Mateo 10: 1; Marcos 3: 15, 16: 17-18; Lucas 9: 1, 10: 17; Hechos 5: 16. 8: 7. Exorcismos realizados por Jesús: Mateo 8: 28-34, 15: 21-28, 17: 14-21; Marcos 1: 21-28, 3: 11-12, 5: 1-20, 7: 25-30, 9: 14-29, 16: 9; Lucas, 4: 31-37, 6: 18, 8: 26-39, 9: 37-43; Hechos 10: 38.

p. 44ss. Llamada a Hughes y reunión con él: Reppetti. (Las circunstancias son ligeramente diferentes en «Estudio del caso». Nicola* y Schulze. Preferí Reppetti como la fuente más próxima a un testigo ocular.) Hughes no dejó un informe claro en cuanto a cómo resultó involucrado con Robbie y cómo llevó a cabo el exorcismo. Reppetti, notas tomadas durante una conferencia dada por Hughes sobre el exorcismo, da detalles confusos. Parece increíble que Hughes no fuera a la casa y hablara con Robbie para ver lo que le sucedía al muchacho. La confusión acerca del papel de Hughes también puede derivar de la propia confusión del sacerdote, inducida por la conmoción que le produjo el ataque. Lo que sucedió a Hughes afectaría tanto a su mente y su memoria, que durante mucho tiempo no pudo proporcionar un relato coherente de sus tratos con Robbie. Nicola, sin nombrar a Hughes, es citado por Peter Travers y Stephanie Reiff, The Story Behind the Exorcist (Nueva York; Signet Books, 1974): «Un sacerdote de la [archi]diócesis de Washington estuvo implicado en el caso de 1949 y, de hecho, sufrió una crisis nerviosa secundaria como consecuencia de ello. … No parece querer hablar de ello, así que hablo muy poco de él». Nicola cuenta entonces la historia del ataque con el muelle y añade: «Fue un corte profundo, que después se infectó, y tuvo que llevar el brazo en un cabestrillo durante ocho semanas». Un relato no confirmado indica que la aparición de Hughes en la habitación del hospital de Georgetown donde se encontraba Robbie desencadenó un frenesí aun cuando Hughes entró disfrazado de médico. Ocurriera como ocurriera el ataque, Hughes no estaba preparado para él. Al menos una monja presenció el exorcismo abortado. El hospital de Georgetown en aquella época disponía de monjas de las Hermanas de la Caridad de Nazaret. La seguridad que rodeó el caso fue tan hermética, que las monjas en la actualidad, incluso las que no se hallaban en el hospital, son reacias a hablar de ello. Toda mención del caso ha sido eliminada de los anales de la orden, según me informaron.

p. 45 Comparación de Going My Way [Siguiendo mi camino]: Bober, citando feligreses. Descripción de Hughes, feligrés anónimo, citado en The Sentinel del condado de Prince George (Maryland), 4 de febrero de 1981.

p. 45 Conversación de la madre con Hughes: Reconstruida del relato aparecido en Reppetti.

p. 46 Robbie habla latín: Nicola, * Faherty* Otros informes indican que el muchacho hablaba en arameo, pero los informes de los dos testigos presenciales, Diario y Halloran, no lo mencionan. Hablar en una lengua extranjera era una señal tradicional de posesión diabólica, y al principio existía la tendencia a buscar esta señal. Halloran oyó a Robbie hablar latín pero lo atribuyó a que el muchacho memorizaba el latín durante las plegarias para el exorcismo. Sin embargo, la frase «O sacerdos Christi… » apareció en un momento en que Robbie apenas había oído latín. Y la frase, que no se se da en ninguna de las plegarias del exorcismo, implicaba un latín complejo. Para pronunciarla, habría que poseer un conocimiento detallado de la lengua.

p. 46 Ritual romano: En todo el libro, todas las citas de plegarias pertenecientes al exorcismo proceden del Ritual* que se utilizaba en la época. Las plegarias han cambiado poco desde entonces y, como parte del abandono del latín en la liturgia por parte de la iglesia, se rezan en la lengua vernácula.

p. 47 Notas biográficas sobre O’Boyle: Patrick Cardinal O’Boyle As His Friends Know Him, reunido y editado por William S. Abell. Publicado de manera privada, 1986.

p. 48 Relato de la designación de Hughes como exorcista: Reppetti.

p. 50 Antecedentes de la formación en demonología: Nicola.

p. 51 «Un sacerdote anciano, de pelo blanco y delgado»: Kelly. Ninguna otra fuente menciona a un segundo exorcista, pero es posible que Hughes, un ayudante de pastor joven y sin experiencia, evitara a su propio pastor y buscara ayuda en un sacerdote más anciano.

p. 52 Hospital de Georgetown: No se me permitió examinar los registros de ingresos. Pero una fuente sumamente fiable los examinó por mí y confirmó que Robbie entró en el hospital bajo nombre supuesto. El Diario no menciona el incidente del hospital, y las comunidades de jesuitas de las universidades de Georgetown y de St. Louis entonces no sabían nada de ello.

p. 54 Ataque a Hughes: Reppetti, que saca su información directamente de Hughes, minimiza el ataque. «En uno de los ataques —afirman las notas de Reppetti—, el padre [nombre borrado] sujetaba la muñeca del muchacho pero éste giró su mano lo suficiente para arañar al padre en el brazo de tal manera, que no pudo levantarlo durante varias semanas y tenía que elevar la Hostia [durante la misa] con una mano. »

El sacerdote evidentemente es Hughes, ya que en el Diario no se menciona semejante incidente. El «arañazo» en Reppeti, que tan gravemente hirió a Hughes, es descrito por Nicola* como una herida que precisó cien puntos; éste también habla del muelle de colchón utilizado como arma. Bober, al contar su recuerdo del relato de Hughes, también menciona la herida de cien puntos y el muelle de colchón.

CAPITULO 4: Los arañazos decían St. Louis

p. 57 Rumores en el vecindario, traslado de la familia: Entrevistas con los vecinos; relatos, basados en Bober, en The Sentinel del condado de Prince George (Maryland), 4 de febrero de 1981 y 28 de octubre de 1983. Estos relatos y otros sitúan a la familia «Mannheim» en Mount Rainier, Maryland. Los bomberos voluntarios de Mount Rainier me dieron la dirección donde estuvo la «casa del exorcista» hasta que los voluntarios la destruyeron incendiándola. La dirección coincide con la dirección utilizada en el artículo del Sentinel de 1983 y en un artículo del Washington Post del 6 de mayo de 1985. Los registros de las fincas rústicas indican que la propiedad fue comprada en 1952 por un corredor de fincas en nombre de otra persona. El propietario actual es desconocido, y permanece oculto en los registros mediante el empleo del nombre de otro. Cuando el padre Bishop estaba recopilando su «Estudio del caso», recibió de la familia una dirección que no es la de la «casa del exorcista», sino otra que se encuentra a unos ochocientos metros de distancia. La existencia de dos direcciones me llevó a deducir que la familia se había trasladado a una casa próxima en febrero de 1949.

p. 58 «Estaban dispuestos a levantar la bandera blanca»: Halloran.

p. 59 Las palabras que aparecieron en el pecho del muchacho: «Estudio del caso», Diario; Nicola; * Reppetti, Halloran, Bober, Hatfield, Mann, McGuire, Nitka, O’Leary, Faherty*, Schulze. Ninguna de las fuentes está en completo acuerdo acerca de la localización de las palabras o las fechas que aparecieron. Yo he construido una secuencia basándome principalmente en «Estudio del caso».

p. 59 Viaje a St. Louis, muerte de tía Harriet: «Estudio del caso», Diario. Una necrológica de un periódico de St. Louis confirma la fecha de su muerte.

p. 61 Religión de Robbie y sus familiares: «Estudio del caso», Diario.

p. 61 Sesión de espiritismo en la mesa de la cocina: «Estudio del caso», Diario.

p. 63 Traslado a casa de otros parientes e incidentes allí: «Estudio del caso», Diario.

CAPÍTULO 5: Una bendición sacerdotal

p. 67 Elizabeth habla con el padre Bishop: «Estudio del caso»; Diario; Halloran. Faherty, * que habló con el padre Kenny, da un relato ligeramente distinto, basado en lo que recordaba Kenny. Es posible que la familia hubiera hablado con un ministro luterano en St. Louis y quizá éste habló con Kenny. Pero yo me guié por el Diario y los relatos de Halloran.

p. 68 Descripciones de los jesuitas: Observaciones personales; entrevistas con varios jesuitas; Harney; * McDonough*

p. 70 Antecedentes de la universidad de St. Louis: Reinert cita de McDonough*

p. 73 Descripciones del padre Bishop: Halloran; registro de personal y necrologías de la Compañía de Jesús.

p. 74 Campanas para levantarse…: McDonough*

p. 76 Bishop visita a la familia, obtiene información: Diario, Halloran.

p. 77 Exorcismo de Ignacio: El exorcismo es descrito en The Miracle of St. Ignatius, una pintura de Pedro Pablo Rubens que se encuentra en el Kunsthistorisches Museum de Viena.

p. 78 Exorcismo del lugar y tratado sobre el exorcismo: La cita procede de Exorcism, editado por Dom Robert Petitpierre, O. S. B. (The Findings of a Commission Convened by the Bishop of Exeter, 1972 [Los hallazgos de una comisión convocada por el obispo de Exeter].)

p. 78 Del Rio: Disquisitionum Magicarum, según se cita en Gauld*

p. 78 Definición de 1906: A. Poulain, Des Grâes d’oraison. Traité de théologie mystique, como se cita, traducido al inglés, en Oesterreich*

p. 79 Santa Margarita María: The New Catholic Encyclopedia; A History of Private Life, Roger Chartier, ed. Vol. III (Cambridge: Belknap Press of Harvard University Press, 1989).

CAPÍTULO 6: Las noches de los sacerdotes

p. 81 Citas y descripción en el dormitorio: Diario.

p. 82 Descripción del padre Bowdern: Halloran; Registro del personal y necrologías de la Compañía de Jesús; Faherty. *

p. 82 Iglesia de San Francisco Javier: Observación personal y folleto informativo de la iglesia.

p. 84 jesuita profesado: McDonough, * conversación con dos jesuitas.

p. 87 Reliquia de Javier: Conversaciones con jesuitas; The New Catholic Encyclopedia. Información acerca de Canisio y los Mártires Norteamericanos, la Encyclopedia y Harney*

p. 89 Sucesos producidos en la casa: Diario, Halloran.

p. 91 Nuestra Señora de Fátima: The New Catholic Encyclopedia.

p. 96 Caja metálica de tía Harriet: Diario. Como no he podido hablar con ningún miembro de la familia, no sé nada más de la caja. Los registros del Tribunal de Testamentarías de Misuri indican que no se verificó ningún testamento, de modo que las pertenencias de tía Harriet debieron de repartirse de manera informal entre la familia.

p. 98 Investigación de Bowdern. Halloran es la fuente de la cita «fue directo a los libros». ¿Qué libros? Del Rio se encontraría en la biblioteca. La ruta infestación-obsesión-posesión es bien conocida en las obras sobre posesión, y Halloran recuerda haberlas conocido entonces.

CAPITULO 7: El arzobispo acepta el caso

pp. 101-102 Descripción de las posesiones de Loudun: Bowdern, investigando en la biblioteca de la universidad de St. Louis, sin duda alguna encontraría referencias a este famoso incidente. Soeur Jeanne des Anges, Autobiographie d’une hystérique possédée, editado, con introducción y notas, por Gabriel Legué y Gilíes de la Tourette, había sido publicado en 1886 y estaría disponible, si no por su relato de las posesiones, sí por su fama psiquiátrica. Del estudio de las posesiones de Gilíes de la Tourette derivó el descubrimiento del desorden nervioso que lleva su nombre (véase página 271). En 1926, se publicó en Francia una autobiografía de Surin, basada en sus cartas, y Bowdern dispondría de ella.

p. 102 Advertencia contra la alegación de posesión: A. Poulain, S. J., escribiendo en The Graces of Interior Prayer, como lo cita Huxley. *

p. 104 Descripción de Surin de la posesión: Oesterreich. *

p. 105 Órdenes menores: Las órdenes menores de portero, exorcista y subdiácono fueron abolidas por decreto papal en 1972, pero los sacerdotes ordenados conservaron el poder de realizar exorcismos con permiso de un obispo o arzobispo. Los legos recibían el derecho de tomar posesión del cargo de lector y acólito.

p. 106 Panfleto sobre el caso de Iowa: El panfleto, «Begone Satán», fue escrito en alemán y traducido por un monje benedictino. Halloran dice que Bowdern leyó el caso y el panfleto era el único documento disponible.

p. 109 Nuevos sucesos en la casa: Diario.

p. 109 «Los que negaron… »: Halloran.

p. 110 Descripción de Ritter: «His Eminence Joseph Cardinal Ritter», St. Louis Review, 1961; Faherty. *

p. 112 Referencias bíblicas: «león rugiente»: I Pedro 5: 8; «Pues me deleito en la ley… »: Romanos 7: 22-25.

p. 112 Definición de posesión: Balducci [The Devil]. *

p. 114 «Ni hablar…: Halloran.

CAPÍTULO 8: «Yo te expulso»

p. 115 Decisión de Bowdern acerca del diario: La cita procede de una carta de Bowdern a William Peter Blatty, autor de El exorcista y guionista de la película del mismo título. Blatty cita la carta, con el nombre del escritor de la carta borrado, en William Peter Blatty on the Exorcist from Novel to Film (Nueva York, Bantam, 1974).

p. 117 Descripción de Halloran: Halloran.

p. 118 Citas y acciones: Todas las citas de los participantes a partir de ahora son de Halloran, a menos que se indique otra cosa. Las citas en cursiva, como de costumbre, son reconstrucciones de conversaciones, de Halloran y otras fuentes. Las oraciones, en latín [y español], son del Ritual. Las instrucciones dan al exorcista opciones acerca de la secuencia de las plegarias. Por lo que Halloran me dijo, Bowdern siguió básicamente el Ritual. Pero, a medida que pasaban las noches, sin duda varió las oraciones. Bishop en el Diario raras veces anotó qué plegarias se rezaban. Todas las actividades descritas proceden del Diario a menos que se cite otra cosa.

p. 123 Salmo cincuenta y tres: En la Versión del rey Jacobo de la Biblia, se trata del Salmo 54. Las citas bíblicas del Ritual romano proceden de la versión de Douai de la Biblia, utilizada por los católicos romanos hasta los años sesenta.

p. 125 Arañazos y señales en el cuerpo de Robbie: Diario, Halloran, Faherty, * Nicola, * Mann, McGuire, Nitka, Reppetti, Schulze.

p. 135 Salivazos: Diario, Halloran, Faherty, * Nicola, * Reppetti.

p. 138 Canciones de Robbie: Diario, Halloran.

CAPÍTULO 9: «¡Se va! ¡Se va!»

p. 139 Visión de Bowdern del exorcismo: La evaluación procede de Halloran y de la carta que Bowdern escribió a Blatty. La observación referente a que no hace «las cosas fáciles para sí mismo» procede de Faherty*

p. 140 Ayuno: Halloran.

p. 140 Referencia bíblica: Mateo 17: 20.

CAPÍTULO 10: La señal de la cruz

p. 149 Bowdern se prepara para la Misa: Liturgia católica romana de la época.

p. 151 Bowdern sabía que él era la presa: Una creencia muy difundida, en la literatura católica romana acerca de la posesión, es que el exorcista, no el demoníaco, es el blanco del demonio. Los teólogos católicos modernos no están de acuerdo con ello.

p. 152 Orinarse: Diario, Halloran, Nicola. * En este caso, al igual que en otros, se dice que se producen cantidades prodigiosas de orina.

p. 157 Descripciones de los Hermanos Alejianos: Faherty, * Hatfield.

p. 159 Visita de Bubb: «Professor Bubb and the Paranormal», por John M. McGuire, Sí. Louis Post-Dispatch, 9 de mayo de 1988. También, Halloran. Un físico de la universidad de Washington confirmó el interés de Bubb por lo paranormal.

p. 161 Oraciones rezadas por Robbie: La información acerca de la primera confesión y la primera Comunión se basa en la información aparecida en The Little Key of Heaven, un conjunto de plegarias para los niños católicos en edad de realizar la primera comunión, publicado por Catholic Publications Press. El librito era utilizado en todo Estados Unidos en los años treinta y cuarenta. Si Robbie no utilizó éste, utilizó otro parecido.

p. 161 Descripción de Van Roo: McGuire, Halloran. Van Roo declinó ser entrevistado para este libro.

p. 163 Oí esa risa salvaje, como de idiota: padre Lucius F. Cervantes, S. J., citado en McGuire.

CAPÍTULO 11: Mensajes

p. 175 Escribir sobre la sábana: Diario. He citado exactamente del relato que hace el Diario de este incidente, pero no he utilizado el nombre verdadero del pariente femenino. No he podido enterarme de cuál era el parentesco de «Dorothy Mannheim» con Robbie. El nombre verdadero no aparece en la esquela que reseña los parientes más próximos de «tía Harriet».

p. 180 Información sobre el bautismo: Handbook of Christian Feasts and Customs, de Francis X. Weiser, S. J. New York: Harcourt, Brace & World, 1952.

p. 184 Incidente camino de la iglesia y consecuencias: Diario, Nicola, * Faherty, * Nitka.

CAPITULO 12: En busca de un lugar tranquilo

p. 195 Encanto diurno de Robbie: Diario.

p. 196 Cita del psiquiatra: Isaac.

p. 198 «Billy, Billy. Morirás esta noche»: Diario. No le sucedió nada al joven primo.

p. 200 Sucesos en el tren: Diario, Halloran. Cita de Van Roo: McGuire.

p. 200 Bowdern conoce a Hughes: Diario. Reppetti menciona el encuentro pero no existe ninguna indicación de que Hughes hablara a Bowdern del ataque producido en el hospital de Georgetown. Halloran, que presenció gran parte del exorcismo y fue instruido por Bowdern acerca del resto, no supo nada del ataque hasta que yo le hablé de él. Parece probable que primero Hughes y después Bowdern quisieran mantener en secreto el ataque para proteger a Robbie e impedir que les fuera arrebatado de su cuidado y sometido a tratamiento psiquiátrico.

p. 202 Fracaso en la búsqueda de un lugar para Robbie: Diario. No existe mención alguna de la aparente indiferencia de O’Boyle ante el caso; yo la deduje.

p. 205 H E L L y S P I T E: Diario, Cortés*

p. 205 «No me iré… »: Reppetti.

p. 205 Descripción de la cueva o foso: Reppetti, Diario.

p. 205 Al menos veinte arañazos: Diario.

p. 205 Un cuarto de litro de saliva: Esta viva apreciación sólo aparece en Reppetti. Aunque el tema de la conferencia de Hughes en Georgetown era su propia participación en el caso de Robbie, las notas del padre Reppetti muestran que Hughes proporcionó detalles de los sucesos de St. Louis. Esta información procedería de Bowdern, quien conoció a Hughes en Maryland, y del informe eclesiástico archivado en la archidiócesis de Washington. Varias fuentes hablan de este archivo, aunque se dice que el arzobispo O’Boyle ordenó que no se efectuara ningún informe escrito sobre el caso. El padre Joseph M. Moffitt, S. J., que asistió a la conferencia, me dijo que Hughes leyó un documento de unas veinte páginas. Cosa curiosa, ésta es la extensión estimada del informe eclesiástico de Bowdern al arzobispo Ritter. Creo que Ritter envió una copia del informe de St. Louis a O’Boyle y que es este informe, con una referencia tangencial a los sucesos de Maryland, lo que se encuentra en los archivos secretos de la archidiócesis de Washington. Así, Washington tendría un registro archivado del caso pero la orden de O’Boyle por la que se prohibía un informe escrito seguiría siendo obedecida.

p. 206 Sostener la toalla como escudo protector: Cortés, * Reppetti, Nitka.

p. 206 H E L L y C H R I S T en el pecho de Robbie: Diario.

p. 206 «Os mantendré despiertos…: Escribo en primera persona palabras registradas en tercera persona en el Diario.

p. 207 Sucesos anteriores al regreso a St. Louis: Diario.

p. 208 Acciones del pastor de Hughes: Diario, Reppetti.

p. 209 El «conocimiento insondable» de las vidas de los sacerdotes: Nicola, * Mann, Nitka; cita de Hughes, Reppetti. Halloran no lo confirma.

p. 210 Referencias a otros jesuitas: Registros del personal y necrologías de los jesuitas.

CAPÍTULO 13: El demonio en el quinto piso

p. 213 Descripción del hospital: Faherty, * Hatfield.

p. 215 «Tenía un aspecto terrible… »: Los recuerdos del doctor Bowdern se hallan en McGuire. Su hijo, el sobrino del padre Bowdern, Ned Bowdern, confirmó la cita cuando hablé con él. Halloran no recuerda que Bowdern hiciera un ayuno de pan y agua. Pero la familia cree que el padre Bowdern hizo ese ayuno. Perdió peso de manera evidente. Yo creo que en secreto decidió intensificar su ayuno a medida que transcurría el exorcismo.

p. 216 Descripción de los sucesos del hospital: Diario.

p. 218 Llamamiento a un pediatra: El hijo del pediatra recordaba el incidente, y las citas reconstruidas están basadas en lo que él recordaba. El hijo afirmó que no sabía que su padre había estado involucrado en el exorcismo hasta que se estrenó la película El exorcista en 1973. El médico dijo a su hijo que no quería ver la película porque no quería revivir la historia. Entonces rompió su silencio, describió cómo se había visto metido en el caso y habló de que había visto fenómenos, como objetos voladores, que no podía explicar.

p. 220 ¿Qué te ha parecido esto, imbécil?: Halloran.

p. 221 Soy el diablo…: Pongo en primera persona palabras que en el Diario están en tercera. La última cita «No permitiré», etc. está sacada directamente del Diario.

p. 225 Viaje a la Casa Blanca: Halloran. Visité la Casa Blanca y recorrí el camino de las estaciones del Vía Crucis. La información general acerca de la Casa Blanca procedía de Matt Palmer, director de edificios e instalaciones, y de literatura que me proporcionó. El padre Bowdern fue director del sanatorio de Casa Blanca de 1956 a 1959.

p. 229 Incidentes en la habitación del hospital: Diario, Faherty, * Hatfield.

p. 231 «Me duelen las piernas»: Halloran.

p. 233 Robbie oye Tre Ore: Diario.

p. 233 Estatua de San Miguel: Diario, Faherty. * La estatua se encuentra en la actualidad en un pequeño museo situado en la casa central de los Hermanos Alejianos en EE. UU. en Elk Grove Village, Illinois.

pp. 234-235 Incidentes con el padre Widman y los hermanos Theopane y Emmet: Diario, Reppetti.

p. 238 Frío en la habitación, Bowdern con abrigo: Faherty, * Nitka. Halloran no recuerda haber oído nada de que hacía frío. Pero el Miércoles Santo fue el último día que se vio implicado directamente en el exorcismo. Tal como lo cuenta, la mañana del Viernes Santo «el provincial se enteró de que yo estaba involucrado en este asunto. Así que llamó a la universidad y dijo al ministro [el jesuita encargado de la disciplina de los escolásticos] que dijera a Halloran que me apartara. Y me apartaron. »

p. 238 Médico no en «estado de gracia»: Nicola. * Al ser preguntado sobre este incidente, Halloran dijo que no lo recordaba. «Si sucedió cuando yo no estaba presente —afirmó—, estoy seguro de que Bill [Bowdern] me lo habría comentado. Bill tenía un gran sentido del humor. »

p. 239 «Quiero decir una palabra IMPORTANTE… »: Diario.

p. 240 Recuerdo de Van Roo: McGuire.

pp. 240-245 Incidentes en la habitación del hospital: Diario, Nitka, Reppettie, Hatfield. Según el Diario, Robbie se quejó de que las medallas le quemaban, pero, dice el diario, «no se le sacaron las medallas. El padre Bowdern metió a la fuerza un pequeño crucifijo relicario en la mano de R cuando éste se encontraba en estado de hechizo».

p. 244 Saliva «con extraordinaria precisión»… lengua como una serpiente: Nitka, con el padre John G. O’Flaherty, S. J., casi con toda seguridad testigo presencial. Halloran también atestigua la extraordinaria precisión de Robbie, siempre con los ojos cerrados.

p. 244 Robbie habla con una voz clara, rica y profunda: Nitka, Reppetti, Faherty. *

p. 245 Visión de Robbie: El Diario contiene un informe detallado de la visión. Aparecen versiones de la visión, que varían en los detalles, en Reppetti, Faherty, * Nicola, * Nitka. La fuente que se acerca más al Diario es Faherty, * quien, como historiador de los alejianos, tuvo acceso a los mejores testigos de los sucesos ocurridos en el hospital, y quizá tuvo acceso al diario. Halloran señala que, técnicamente, una visión es una aparición que puede ser vista de manera objetiva por otros; lo que Robbie tuvo fue un sueño o una visión interior.

p. 246 Explosión como un disparo: Faherty. *

CAPÍTULO 14: El secreto desvelado

p. 249 Habitación cerrada con llave: Fuentes jesuitas y alejianas.

p. 249 Schulze se entera de la conversión: Reppetti.

p. 250 Conferencia de Schulze: Schulze, 1949.

p. 250 Filtración de la historia: El artículo de tres párrafos apareció en primera página en The Catholic Register el 19 de agosto de 1949.

p. 251 Recuerdo de O’Leary: O’Leary.

p. 252 Información previa de Blatty: Blatty da su explicación en William Peter Blatty on The Exorcist from Novel to Film (Nueva York, Bantam, 1974). En el libro aparece una carta de un jesuita a Blatty, con el nombre del escritor tachado. El que escribió la carta era Bowdern.

p. 254 Incidentes en el escenario de la película: Entrevista con Bermingham.

p. 254 Halloran y Bowdern ven la película: Halloran.

p. 254 Exorcismos de Patzelt: Su necrológica, Los Angeles Times, 23 de mayo de 1988.

p. 256 Risa de maníaco: Thomas J. Mullen, difunto sacerdote, que se hallaba en el campamento en aquella época. Mullen fue citado en el St. Louis Post-Dispatch.

p. 257 Hallazgo del diario en el viejo edificio: Halloran. Comprobé esta historia a través de un abogado que tiene en su poder las páginas del diario encontradas por el obrero. El abogado ha hablado con personas que están implicadas en el descubrimiento y me hizo un informe escrito. Los detalles del hallazgo están tomados de este informe. Información acerca de que los muebles fueron a parar a un asilo de ancianos: «Tearing Down a Devil of a Rumor», St. Louis Post-Dispatch, 12 de julio de 1988.

p. 258 Steubenville, Ohio, incidente: Faherty, * en una nota a pie de página, mencionaba la correspondencia entre el obispo de Ohio y el arzobispo Ritter. Otro sacerdote que ha visto correspondencia sobre el exorcismo también conocía la petición de Ohio. Pero no pude encontrar ninguna otra referencia a ello en el periódico de Steubenville o los archivos de la biblioteca.

p. 259 Conversión de los padres: Diario, que tiene una «Continuación» que también indica una visita de Robbie y sus padres al Hospital de los Hermanos Alejianos el 19 de agosto de 1951. «R, que ahora tiene 16 años, es un agradable joven», señala el diario.

p. 259 Información sobre la vida de los jesuitas: Registros del personal y necrológicas de los jesuitas.

p. 260 Información sobre el padre Hughes: Bober; Kelly: «The Priest Behing The Exorcist», National Catholic Register, 5 de junio de 1983; entrevista con ex alumno.

p. 262 Incendio de «La Casa del diablo»: Entrevistas con Robert J. Creamer, ex miembro del Ayuntamiento de la ciudad, y con bomberos voluntarios y vecinos que desean permanecer en el anonimato. Asimismo, el Washington Post, 6 de mayo de 1985.

p. 265 Informe del examinador a Ritter: La información sobre esto procedió de un jesuita que no tomó parte en el exorcismo pero que, debido a obligaciones oficiales, está familiarizado con el caso y el informe a Ritter.

p. 266 Veredicto de Halloran sobre la posesión de Robbie: Halloran.

p. 267 Diferencia entre la antigua concepción de posesión demoníaca y… enfermedad mental: Nicola en su disertación sobre posesión.

p. 268 Actitud judaica hacia la posesión: Lo hablé con dos rabinos, uno ortodoxo y otro hasídico. Coincidían en que la posesión y el Dybbuk ya no forman parte de las creencias judías. Esto lo confirma The Encyclopedia of Judaism (Nueva York, Macmillan, 1989).

p. 268 Referencias bíblicas: «… deshacer la obra del diablo»: I Juan 3: 8; «Mas si en virtud del Espíritu de Dios lanzo yo los demonios, es claro que el reino de Dios llegó a vosotros»: Mateo 12: 28.

p. 269 Cortés no cree en la posesión y el exorcismo: Cortés* Varios jesuitas con los que hablé sugirieron que leyera a Cortés. Después de hacerlo, saqué la conclusión de que el consenso entre aquellos jesuitas era que tendían a estar de acuerdo con la mayoría de sus conclusiones, y de que se trataba, implícitamente, de una visión teológica moderna. Cortés tuvo acceso a Reppetti, pero, por razones no explicadas en las notas que dieron origen a este libro, sólo vio una parte del Diario. «Sin embargo, un amigo jesuita —dicen las notas fuente de Cortés— ha leído todo el diario y me ha contado lo que recuerda del resto y de una conversación que tuvo en 1949 con un sacerdote que ayudó al exorcista. » Cortés también leyó un corto documento escrito por un jesuita que al parecer asistió a la conferencia de Hughes con Reppetti. «Consideramos como documentos más fidedignos —concluyó Cortés— los escritos por los jesuitas. »

p. 271 Síndrome de Tourette: Rapoport. Véase también Arthur K. Shapiro y Elaine Shapiro, American Journal of Psychotherapy (julio de 1982). Ellos creen que el síndrome puede estar vinculado con exorcismos que analizaron y que se remontan hasta 1489.

p. 271 Rapoport sobre las posibles causas: Rapoport: entrevista en el National Institute of Mental Health, donde es jefe de la División de Psiquiatría Infantil. Asimismo, su libro (véase Bibliografía). La definición de escrupulosidad está sacada de New Catholic Encyclopedia.

p. 272 Nicola sobre la actitud de la Iglesia: Nicola.

p. 273 Cita de Thurston: Véase Bibliografía.


CITAS

Bober: Entrevista con el padre Frank Bober.

Halloran: Entrevistas con el padre Walter Halloran, S. J.

Hatfield: Scott Hatfield, «Ghostly True Tales Are Part of Haunted Hospital Lore» [«Las historias verdaderas de fantasmas forman parte de la tradición del hospital encantado»], Advance for Medical Technologists, 23 de octubre de 1989. Este relato del exorcismo realizado en el Hospital de los Hermanos Alejianos me fue entregado, junto con Mann y Nitka, cuando pedí información de los religiosos y legos de la orden alejiana. Así que supuse que las tres fuentes se consideraban exactas. También me dieron Faherty, * otra fuente considerada obviamente exacta. Se trata de un distinguido historiador jesuita.

Hendrick: Tom Hendrick, corresponsal de televisión, que produjo un cortometraje acerca del exorcismo para la Fox Televisión. O’Leary dio la descripción de la habitación del hospital en la película, la cual formaba parte de una serie titulada Beyond the Senses. Bober y Nicola también aparecen en la película y no contradicen la descripción de la habitación del hospital. La película, de la cual Hendrick, amablemente, me dio una copia, fue emitida en mayo de 1986.

Isaacs: T. Craig Isaacs, «The Possessive States Disorder: The differentiation of involuntary spirit-possession from present diagnostic categories» [«El desorden de los estados posesivos: La diferenciación de la posesión del espíritu involuntaria y las actuales categorías de diagnóstico»], disertación, Abstracts International, junio de 1986, Vol. 46 (12-B, Pt. 1) 4403.

Kelly: Winfield Kelly, que posteriormente se convirtió en Ejecutivo del condado Prince George y Secretario de Estado de Maryland. Kelly conocía el exorcismo por los chismes del vecindario y creía, en aquella época, que éste era el motivo del aspecto enfermizo de Hughes.

McGuire: John M. McGuire, «The Exorcist Revisited» [«Regreso al exorcista»], St. Louis Post-Dispatch, 17 de abril de 1988.

Mann: Mary Mann, «Setting the Exorcism Record Straight» [«Rectificación de la historia del exorcismo»], South Side Journal, St. Louis, Misuri, 14 de marzo de 1990. (El artículo apareció originalmente en el University of St. Louis News y contiene varias citas de jesuitas que conocían el exorcismo.)

Nicola: Entrevistas con el padre John J. Nicola. Nicola evitó con gran cuidado la discusión abierta conmigo de este caso específico. Pero, como he señalado antes, se le cita en The Story Behind the Exorcist.

Nitka: Beth Nitka, «A Tale of Sound and Fury, Signifying Exorcism» [«Una historia de ruido y furia, significado de un exorcismo»], St. Louis University News, 24 de abril de 1981. Beth Nitka era estudiante cuando escribió esta historia para el periódico estudiantil. Se ha convertido en un relato casi oficial del exorcismo; fuentes tanto jesuitas como alejianas me entregaron una copia, dando a entender que se trataba de un relato verdadero. Nitka no atribuye las muchas citas que aparecen en la historia a nadie específico. «Todo era muy secreto», me dijo. Más adelante, un jesuita me informó de que la fuente de Nitka era el difunto padre John G. O’Flaherty, S. J., que se halló presente en el exorcismo varios días. Sin desvelar su fuente, Nitka dijo que al final de su entrevista había preguntado al sacerdote si creía en la posesión. «Lo único que puedo decirle, jovencita —respondió él— es que será mejor que crea en el diablo. »

O’Leary: Jeremiah O’Leary, «The Exorcist: Story That Almost Wasn’t» [«El exorcista: historia que casi no fue»], Star-News (Washington, D. C), 29 de diciembre de 1973. O’Leary me dijo que obtuvo su relato de la escena de la habitación del hospital de «segunda mano» por parte de un sacerdote con quien habló en agosto de 1949.

Rapoport: Entrevista con Judith L. Rapoport, Doctor en Medicina, autora de The Boy Who Couldn’t Stop Washing (véase Bibliografía) y jefe de la División de Psiquiatría Infantil del National Institute of Mental Health.

Reppetti: Notas tomadas por el padre William C. Reppetti, S. J., archivero de la universidad de Georgetown, cuando el padre Hughes habló en esta universidad el 10 de mayo de 1950. Según el padre Joseph M. Moffit, S. J., teólogo que invitó a Hughes a Georgetown, Hughes habló leyendo lo que parecía un informe de una extensión de unas veinte páginas. Retuvo el informe, pero Reppetti tomó notas mientras Hughes leía. El padre John J. Nicola, que habló a Hughes del caso, dijo que el arzobispo Patrick A. O’Boyle, de la archidiócesis de Washington, ordenó a Hughes que no anotara nada referente al caso. Presumiblemente, esta orden no se extendía a un informe eclesiástico que fue guardado en los archivos diocesanos. Hughes, también presumiblemente, dio la conferencia leyendo ese informe.

Schulze: Entrevista con el reverendo Luther Miles Schulze en The Enchatend Voyager (véase Bibliografía); el relato de Schulze, dado de forma anónima, en el Evening Star (Washington, D. C.), el 10 de agosto de 1949; Washington Post, 10 de agosto de 1949; Times-Herald (Washington, D. C), 11 de agosto de 1949. Lo que aparece en el relato que hizo Schulze de lo que sucedió en su dormitorio es básicamente lo mismo que en todas las fuentes aquí citadas.


BIBLIOGRAFÍA

Balducci, Corrado. The Devil. Traducido y adaptado por Jordán Aumann, O. P. Nueva York, Alba House, 1990.

—, «Parapsychology and Diabolic Possession», International Journal of Parapsychology, 8 (1966): 193-212.

Brian, Denis. The Enchanted Voyager. Nueva York, Prentice-Hall, 1982.

Cortés, Juan B., S. J., y Florence M. Gatti, LL. B. The Case Against Possessions and Exorcisms. Nueva York, Vantage Press, 1975.

Faherty, William Barnaby, S. J. To Rest in Charity: A History of the Alexian Brothers in Saint Louis (1869-1984), St. Louis, River City Publishers, 1984. Faherty, que dedica cuatro páginas al exorcismo realizado en el Hospital de los Hermanos Alejianos, habló con los padres Bowdern y Kenny y tuvo cierto acceso a los archivos de la archidiócesis de St. Louis. El libro lleva el imprimátur del vicario general de la archidiócesis de St. Louis. La circulación del libro está controlada esencialmente por los alejianos, y su información sobre el exorcismo no es muy conocida.

Gauld, Alan, y Cornell, A. D. Poltergeists. Londres, Routledge & Kegan Paul, 1979.

Harney, Martin P, S. J. The Jesuits in History. Boston, Boston College, 1941.

Huxley, Aldous. Los demonios de Loudun. Barcelona, Planeta, 1972.

McDonough, Peten Men Astutely Trained: A History of the Jesuits in the American Century. Nueva York, Free Press, 1992.

Nicola, Rev. John J. Diabolical Possession and Exorcism. Rockford, Illinois, TAN Books, 1974.

—, Is Solemn Public Exorcism a Viable Rite in the Modern Western World? A Theological Response. Roma, Pontifical Gregorian University, 1975.

Oesterreich, T. K. Possession: Demoniacal & Other. Nueva York, University Books, 1966. Possession, publicado por primera vez en 1921 en Alemania, fue reeditado en inglés en 1930, con una traducción autorizada de D. Ibberson. University Books lo volvió a publicar en 1966. El libro examina con argumentos sólidos numerosos casos de posesión desde el punto de vista psiquiátrico. No tiene rival en su análisis de la posesión como fenómeno mundial.

Rapoport, Judith L., Doctor en Medicina. The Boy Who Couldn’t Stop Washing. Nueva York, Signet, edición de 1991.

Román Ritual (Rituale Romanum), 1614. Traducido y editado por el padre Philip T. Weller, 1950. Se me permitió leer y fotocopiar páginas de esta edición en la Woodstock Theological Library de la Universidad de Georgetown. Nicola me aseguró que la sección de exorcismo de la edición de 1950 era prácticamente la misma que cualquier edición que los sacerdotes utilizaran en 1949. Las comparaciones de las plegarias del Diario y el Ritual lo corroboran. No se efectuó ningún cambio sustancial en el Ritual hasta después del Concilio Vaticano II, que terminó en 1965.

Thurston, Herbert, S. J. Ghosts and Poltergeists. Chicago, J. H. Crehan, 1954.


Esta obra, publicada por

EDICIONES GRIJALBO, S. A.

se terminó de imprimir en los talleres

de Hurope, S. A., de Barcelona

el día 23 de abril

de 1994


[1] Robert Mannheim no es su verdadero nombre. También se utilizan seudónimos para los demás miembros de la familia, incluidos tía Harriet y otros parientes que aparecerán más adelante.

[2] Las citas en cursiva son reconstrucciones de los documentos (véase Fuentes). Las citas entre comillas aparecen literalmente en los documentos o proceden de informes de testigos.

[3] «Obispo» en inglés es «bishop». (N. de la T.)

! El número de la página se refiere al de la publicación original del libro.

* Obras citadas en la bibliografía, páginas 307.