Las últimas órdenes Brian W. Aldiss


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Las últimas órdenes

Brian W. Aldiss

El alfámetro indicaba que en algún sitio de esa manzana había dos personas, tal vez más. El capitán condujo el vehículo de suspensión neumática despacio calle abajo. Sobre la izquierda había un canal; las aguas se agitaban como si estuvieran vivas.

Llevaba abierta la ventana del vehículo. Ráfagas de lluvia, a veces heladas y a veces calientes, le golpeaban las angulosas facciones del rostro. Le ayudaban a no dormirse. Pertenecía a una de las últimas cuadrillas de rescate y hacía más de tres días que no dormía.

Al final de la calleja sucia brillaba una luz. Aceite, tal vez: la electricidad se había cortado mucho antes de vaciarse la ciudad.

Hizo sonar la bocina, mirando la oscuridad, mirando por la ventana de un bar. En las sombras gesticulaba una figura pequeña.

El capitán apagó el motor; el vehículo se asentó en el empedrado. Esperó. Allá adentro, el hombre continuaba hablando, o lo que fuera. El capitán buscó una píldora en la chaqueta impermeable y la tragó con un poco de líquido del tubo que llevaba sobre el tablero. Luego bajó y caminó hasta el bar. Andaba con movimientos rígidos de cansancio controlado. Un trozo de pizarra le paso girando cerca de la cabeza y se deshizo contra un amarradero en el borde del canal. No parpadeó.

Empujó la puerta del bar y entró. Una luz débil, sobre un mostrador, revelaba perfiles de escombros. El último temblor de tierra había roto la mayoría de los muebles y de las botellas allá atrás. Los espejos estaban resquebrajados. Se abrió paso entre las maderas destrozadas del piso.

En el bar había un hombre fornido de edad indefinida, con un traje anticuado de pulcritud incongruente. Le cubría la cabeza redonda una pelusa incolora. En la cara redonda tenía ojos de ostra. Conversaba jovialmente con una anciana delgada vestida de negro, sentada en un taburete alto, las manos entrelazadas en el regazo. Junto al codo tenía un vaso de cerveza por la mitad. El hombre tenía al lado una copita de licor, que no había tocado.

El capitán registró todo eso de un vistazo.

- Tendrían que haberse ido hace horas - dijo -. ¿Cómo no los encontraron las patrullas? En muy pocos minutos…

- Si, sí - dijo el hombre fornido -, sólo estamos terminando de beber, tenemos plena conciencia de la seriedad de la situación. Parece un poco cansado… tómese un trago con nosotros mientras terminamos. Nos iremos juntos.

- Dejen las bebidas. Tenemos que llegar al Campo Reijkskeller. El último ferry está casi a punto de partir. - El capitán tomó al hombre fornido del codo.

- Un momento. Bébase una cerveza. Esta dama dice que es muy buena. No, no es ninguna molestia, sólo cuestión de un minuto. Todos viajaremos mejor después de tomar otro trago.

El hombre fornido se escabulló detrás del mostrador y reapareció sonriente con un vaso cubierto de espuma.

- Tengo que sacarlos a ambos de este sitio - dijo el capitán -. Nuestras vidas corren peligro. Ustedes parecen no darse cuenta. Como ya sabrán, la Luna está a punto de…

- Mi querido amigo - dijo el hombre fornido, saliendo de atrás del mostrador y adoptando una actitud positiva ante su intacta copa de licor -, no es necesario que usted nos recuerde la gravedad de la situación. Le contaba a esta dama que yo estaba en la Luna, en Armstrong, cuando se produjo la primera fisura. La vi con mis propios ojos. Fue raro, de veras… usted sabrá que soy xenobalneólogo, especializado en piscinas extraterrestres con todos sus correspondientes problemas, ¡y no se imagina cuántos! ¿Sabía usted que hay… o había, quizá tendría que decir… más piscinas en la Luna que en los Estados Unidos? Acababa de llegar para ver a Wally Kingsmill, que es el dueño… bueno, su familia…, de las piscinas más grandes y espléndidas de Armstrong, y mientras iba en mi vehículo por la senda principal oí los gritos y los chillidos de la gente. Lo primero que se piensa en la Luna, siempre, es que se pueda haber dañado la cúpula. Cuando sucedió yo tenía todo el equipo de respiración al lado, pues acababa de usarlo en la piscina de Wally Kingsmill, y me dije, «Bueno», pero no era la cúpula, aunque eso vino un par de horas más tarde y fue muy curioso, pero entonces era la grieta, que se acercaba serpenteando, avanzando con rapidez y movimientos erráticos, y zip, pasó por debajo de mi vehículo, que se detuvo. Que se detuvo y no anduvo más, así como lo oyen…

- La Luna ha sido evacuada. Ahora nos toca a nosotros. Ahora tenemos que irnos. En seguida - dijo el capitán. Sintió que el cerebro se le llenaba de niebla -. En seguida - repitió. Levantó el vaso de cerveza y sorbió un trago.

- Es una cerveza maravillosa - dijo la anciana -. Da tanta lástima desperdiciarla. - Su mirada volvió al hombre fornido, de quien no perdía una sola palabra.

El hombre fornido se inclinó ante la delicada copa de licor, la alzó, la bebió de un trago, volvió a llenarla de una botella verde y siguió montando guardia ante ella, todo con un solo movimiento.

- Entonces me bajé, naturalmente, y es curioso pero aquella grieta me recordó la de la Capilla Sixtina, usted sabe, donde Miguel Ángel pintó su… claro que ahora está en Houston, y la he estudiado muchas veces, pues me interesa el arte… incluso, hace unos cinco años, más o menos, cuando el presidente visitó Venusberg, me encargaron…

- Se cumplirán siete años el mes que viene - dijo el capitán -. La visita del presidente a Venusberg. Me acuerdo porque yo estaba en Venusberg en ese momento, destinado a la Policía Espacial. Pero eso no tiene importancia, señor. Debo insistir en que me acompañen ahora mismo.

- Inmediatamente. - El hombre fornido trotó detrás del mostrador y le sirvió otra cerveza a la anciana. - Tiene usted razón, fue hace siete años, porque en esa época yo estaba contratado por los planetoides. Curiosamente, hablaba de Miguel Angel y resulta que la piscina más grande de los planetoides fue terminada con un mosaico que cubría todo el fondo y que consistía en casi un millón de piezas individuales con la «Creación» de Miguel Angel, donde Dios, como usted sabe, tiende el dedo hacia Adán. Hermoso. Tendría que ir a verlo. Al menos los planetoides no serán afectados por las perturbaciones de la gravitación. En fin, eso es lo que uno espera.

Habiendo terminado la cerveza, el capitán no supo si lo había hecho sentir mejor o peor.

- No sólo estamos en grave peligro los tres, señor, sino que usted y esta dama están contraviniendo la ley marcial decretada hace diez días. Tendré todo el derecho de matarlos si no me acompañan al vehículo de inmediato.

El hombre fornido se rió.

- No se preocupe, soy un ferviente defensor de la ley marcial en estas circunstancias. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Pienso que es maravilloso que la evacuación de la Tierra se esté llevando a cabo de una manera tan ordenada… lo que sólo habla bien de todos los responsables. Aunque pienso que se podría haber prestado más atención a los tesoros artísticos; no critico, pues sé muy bien del poco tiempo que nos dejó el aviso, pero igual… Se puede construir más piscinas, pero no resucitar de entre los muertos a Miguel Angel para que vuelva a pintar sus obras maestras, ¿no es así?

Mientras hablaba iba fijando cada vez más la vista en la copa de licor, que brillaba en el resplandor amarillo de la lámpara de aceite.

De pronto la levantó y vació el contenido con la misma rapidez de antes, e inmediatamente se sirvió otra medida. La anciana, mientras tanto, bajó del taburete y caminó entre los escombros hacia la ventana.

- ¿A dónde va, señora? - preguntó el capitán, siguiéndola -. Le dije que saliera.

- No me voy a escapar, oficial - dijo la anciana, riéndose de la idea -. Estoy tan trastornada por el asunto como usted. Pobre vieja Tierra, después de todos estos millones de años. Me preocupa la Tierra, no la Luna. La Luna no nos sirvió de mucho, en primer lugar. Sólo quería saber si podía verla por la ventana.

Una tremenda ráfaga de viento le ahogó las palabras, una ráfaga que sacudió todo el edificio e hizo que las puertas se golpeasen y echó abajo paredes debilitadas. La ventana se hizo añicos cuando ella se estaba acercando; por fortuna, los fragmentos de vidrio fueron barridos hacia afuera.

- Ay, Dios mío, qué espantoso, ¿a dónde vamos a parar? Cualquiera pensaría que es el fin del mundo.

- Ya lo creo que es el fin del mundo, señora - dijo el capitán -. ¿Viene o tengo que llevarla?

- Claro que no tiene que llevarme. No estoy borracha, si eso es lo que sospecha. Usted parece totalmente agotado. ¡Mire, allí está! ¡Cómo la odio!

La anciana señaló la oscuridad y el capitán miró hacia donde ella señalaba. Unos vientos furiosos se habían llevado la nube. En el cielo nocturno, exhalando vapores plateados y carmesíes, estaba la mayor montaña jamás inventada, un lado curvo, el otro mellado, tocando casi el cenit de los cielos. Sobre la astillada ladera se veían con claridad ciudades lunares destripadas. Les sorprendió que no se les cayese encima mientras miraban.

Agarrando a la anciana con rudeza por el codo, el capitán dijo:

- Se va de aquí inmediatamente. Es una orden. ¿Conoce a ese sujeto? ¿Es su marido?

Al alzar ella la mirada, sonriendo con tristeza, el capitán le descubrió rastros de belleza marchita entre las arrugas y las manchas de la piel.

- ¿Mi marido? Lo conocí hoy, o ayer, supongo. ¿Qué hora es? Aunque no me molestaría tener un marido como él, a pesar de mi edad. Quiero decir que es un conversador tan fascinante. Tenemos mucho en común, a pesar de unos pocos años de diferencia. Un hombre muy simpático. Sabe, oficial, hace unas horas me contaba, antes de que llegase usted…

- Olvídese de lo que le contaba, tenemos que sacarlo de aquí. Esta es una operación de rescate, ¿me entiende? Es urgente, ¿me entiende? Mire esa maldita cosa ahí afuera, acercándose a toda velocidad. ¿Cómo se llama él?

La anciana rió, nerviosa, y se miró los pies pulcros y diminutos.

- Pensará que es una locura lisa y llana después de lo que acabo de decir, pero nunca me casé. Legalmente, usted comprende. Mi vida no ha sido… esto puede sonar como si yo me tuviese mucha lástima, pero una tiene que enfrentar los hechos… no ha sido afortunada en lo que se refiere al otro sexo. Sabe Dios cómo se llama. Cuando yo era más joven me desesperaba con frecuencia. Con mucha frecuencia. Después que se iba casi cualquier hombre… otra vez la desesperación. Sin embargo yo no era fea, ni posesiva… Lo lamento, oficial, me doy cuenta de que estos buceos sentimentales tal vez no le interesan… no soy una persona muy inclinada a la introspección…

- Señora, no es cuestión de interés, es cuestión de desesperación. Vamos a morir si no salimos de la Tierra dentro de la próxima hora…

- Ah, ya lo sé, oficial, pero si de eso exactamente me estoy quejando. No crea que no me siento tan mal como usted. Como decía, nunca tuve suerte… ¿sabe a qué me refiero?… con los hombres. Le contaba aquí a mi amigo, que es tan comprensivo, que mi casa fue destruida parcialmente por el primer temblor de tierra, cuando nos dijeron por primera vez que podrían tener que evacuar el planeta. Y no soporté la idea de tener que dejar mi casita, y mi jardín, y el pueblo donde viví durante cuarenta años. Lloré, no me avergüenzo de decirlo, y no fui la única que lloró, se lo aseguro…

- Todos hemos llorado, señora, todos. En este planeta nacimos, y en este planeta moriremos si no nos damos prisa. Por última vez les digo ¡salgan!

El hombre fornido se había servido otra dosis de licor. Se acercó por el piso roto, llevando dos cervezas, la cara arrugada en una sonrisa.

- Tómense una rápido, los dos, antes de salir. Si no se perderá. No conviene quedarse junto a esa ventana rota, no es un sitio seguro. Vuelvan al bar.

- No queda ningún sitio seguro. En todas partes hay peligro. Por eso…

La anciana dijo:

- Le contaba a este oficial cómo fue destruida parcialmente mi casa y…

- Será totalmente arrasada, lo mismo que todos los demás edificios de la Tierra, dentro de muy poco tiempo. Ahora les pido a los dos, por última vez… muy bien, tomaré esta cerveza, sólo ésta, muy bien… vean, estoy agotado, y sé que se le arruinó la casa, pero les pido a los dos…

- ¡Sabe que se me arruinó la casa! - exclamó la anciana, furiosa -. ¿Qué le importa mi casa? No escucha lo que trato de decirle. Le hablé de ese primer temblor, cuando se cayó mi cómoda, de frente. Yo estaba en cama en ese momento…

El capitán, con evidente y fatigado sentido de irrealidad, sacó la pistola y retrocedió un paso para cubrirlos a ambos. En la otra mano apretaba el vaso de cerveza, consumido a medias.

- Basta. Silencio, los dos. Vayan al vehículo. En marcha. ¡Muévanse!

- Le diré que encara las cosas de un modo bastante raro - dijo el hombre fornido, meneando apenado la cabeza -. ¿Qué sentido tiene la violencia en un momento como éste? Mejor dicho, ¿qué sentido tiene en cualquier momento, pero especialmente en un momento como éste, cuando el mundo está a punto de desaparecer triturado?

La postura y los ademanes del hombre fornido mostraban una vitalidad que el capitán experimentó como una agresión a sus menguadas fuerzas. Se sorprendió diciendo, en tono de disculpa:

- No quiero violencia, sólo trato de cumplir con mi deber y…

- No es la primera vez que oímos esa frase - le dijo el hombre fornido a la anciana, pero en un tono tan jovial que ni siquiera pudo ofenderse el capitán -. ¡Sí, el deber! Tendría que enterarse de la historia de esta dama; es una anécdota tan simpática… en realidad, mucho más que una anécdota es… no encuentro la palabra.

- ¿Una epopeya? - sugirió el capitán -. No queda tiempo para epopeyas.

- No es una epopeya, hombre… una estampa, ésa es la palabra, una verdadera estampa. Usted sabe que cuando se le cayó la cómoda esta dama estaba acostada, como nos ha contado…

- Eran las dos de la mañana… por supuesto yo estaba acostada - dijo la anciana, como si alguien hubiese hecho una insinuación indecorosa.

- Y esa cómoda había pertenecido a su madre.

Mientras hablaba, el hombre fornido los condujo a la barra, dando a la anciana la oportunidad de decirle al capitán, sotto voce:

- En realidad había pertenecido a la familia por varias generaciones. Era una pieza muy valiosa, que databa de mediados del siglo diecinueve.

El hombre fornido alzó un vaso colmado de licor y lo vació rápidamente, volvió a llenarlo al instante con la botella, de pie junto a la barra, las palmas de las manos apoyadas en el mostrador a los lados del vaso rebosante, y consiguió completar todas esas maniobras casi sin una pausa en la conversación.

- Entonces ella encendió la luz… que todavía funcionaba porque, como usted recordará, el primer temblor no fue grave… en realidad muchas personas, entre las que me incluyo, debo confesarlo, no alcanzaron a despertarse. La verdad es que yo acababa de acostarme, pues soy un poco trasnochador; para mí era temprano. Y esta dama se levantó a ver cuáles eran los daños en la cómoda y válgame Dios si no se le había abierto de arriba abajo por el lado de atrás, mostrando un cajón secreto. Ella supo alguna vez del cajón secreto, pero lo había olvidado; a todos nos ocurren esas cosas: olvidamos y recordamos de manera impredecible. ¿Ve las grietas en este cielo raso? Hablábamos de las grietas en el cielo raso de la Capilla Sixtina, pero notará usted que las grietas que vemos aquí forman líneas casi rectas. Cuando les contaba del cuadro de Miguel Angel, descubrí estas grietas, y mientras hablaba vi que formaban un perfecto mapa de un sector de la ciudad en la que yo viví cuando era estudiante de ingeniería, lo que significa retroceder treinta años.

Al llegar a ese punto arrebató con la mano el vaso de licor y se bebió el contenido. La anciana aprovechó la oportunidad para decir con voz suave:

- Y debía de hacer treinta años que no usaba ese cajón secreto. Puse algo en ese cajón hace treinta años y algún truco de la mente… como dice usted, no es fácil predecir qué se olvida y qué se recuerda, especialmente cuando uno llega a cierta edad… algún truco de la mente me hizo olvidar de todo el asunto hasta que se produjo el temblor. ¿Y qué cree usted que había puesto allí?

El capitán fue detrás de la barra y se sirvió otro vaso de cerveza.

- Lo explicaré de otra manera - dijo -. Si cuando termine esta cerveza no han salido, me pegaré un tiro.

Puso con solemnidad la pistola reglamentaria en el mostrador y llevó el vaso a los labios.

- ¡Salud! Escondí un diario secreto en el cajón. Pueden estar seguros de que no era una mojigata, ni siquiera en esa época. Estaba fechado a fines de la década del treinta..

La anciana hizo una pausa para sollozar.

- No se lamente - dijo el hombre fornido, entregándole otro vaso de cerveza -. Yo solía llevar un diario, durante años, y de mucho me sirvió. Un día le dije a mi hermano: «Mira todas éstas viejas y tristes…» Ah, esperen, si… eso es, ¡otro ejemplo de cuan impredecible es la memoria! Creo que tengo en el bolsillo una agenda que contiene un mapa… sí, ¡aquí está!

Sacó una pequeña agenda y empezó a pasar las hojas.

- Casi he terminado esta cerveza… - advirtió el capitán.

- Déjeme servirle otra - dijo la anciana, caminando hasta donde estaba él, detrás del mostrador -, porque me gustaría contarle esta historia tan romántica antes de que se vaya.

- Digo yo, ¿no es agradable? - exclamó el hombre fornido, abriendo la agenda con una mano pesada y alzando la vista mientras sonreía -. Cuesta creer que esto es el fin del mundo, ¿verdad? No me veo una persona feliz en ningún otro mundo… quiero decir, verdaderamente feliz. Pero bueno, aquí está el mapa. Pensé que lo encontraría. Tendré que buscar los anteojos para leer… - Empezó a registrar los bolsillos y entonces, al ver la copa coronada por un menisco de licor, la levantó, pero detuvo la mano a medio camino de los labios. Se oprimió los labios con los dedos de la otra mano y volvió a poner la copa en el mostrador -. Saben, me parece que los voy a acompañar con un vaso de cerveza - dijo, asombrado de su propio antojo.

- En seguida - dijo la anciana -. Le diré que me parece que tiene usted razón. Este es un sitio agradable. Hacía años que no me quedaba despierta hasta tan tarde… bueno, desde que estuve en Norfolk, en la casa de mi prima Beth, en el mes de mayo… y no me siento nada cansada. Usted no tendrá un cigarrillo, ¿verdad?

- Hay algunos paquetes en este estante - dijo el capitán, tendiendo la mano hacia ellos -. Acabo de verlos. ¡Fumemos todos! Se supone que no debo fumar mientras estoy de servicio pero, después de todo, éstas son circunstancias bastante especiales…

Todos rieron, repentinamente felices, mientras encendían los cigarrillos, los chupaban, levantaban los vasos de cerveza, acercándose instintivamente a la cálida luz de la lámpara de aceite. Afuera silbaba el viento. De algún sitio, cerca, llegó el estruendo de un edificio que se derrumbaba bajo el peso del cielo.

- Momentos como éste son los que hacen la vida, ¿no les parece? - dijo el hombre fornido -. Tenemos que admitir que no abundan. Pobre vieja Tierra, ¿echará de menos a la humanidad, aunque sólo sea un poco?

- Claro que no - dijo el capitán, tomando un largo trago -. La humanidad no ha sido más que una especie de parásito en la superficie de la Tierra, despojándola, violándole el bello rostro. Esos estúpidos experimentos gravitatorios en la Luna… nos han llevado a esta situación miserable, pero no hacemos más que dejar un mundo que hemos arruinado constantemente, siglo tras siglo…

- Oh, me parece que no estoy de acuerdo con usted, no - dijo la anciana, chupando el cigarrillo -. Tengo un bonito jardín en mi piso… ojalá pudiesen verlo… se arruinará, desde luego, cuando caiga la Luna… aunque las rosas son muy resistentes… tengo unas rosas Reina Isabel que son una belleza, y pienso si no sobrevivirán. Y justo enfrente está el parque…

- Totalmente de acuerdo - dijo el hombre fornido. Palmeó el brazo de la anciana -. Creo que mejoramos el lugar. No era más que una selva hasta que la humanidad se puso en acción. Me encantan las ciudades, los teatros, la música… las piscinas, naturalmente, pero eso es obvio… y estos bares pequeños y cómodos donde uno puede juntarse con espíritus afines y conversar. Por ejemplo, esta vieja y querida ciudad… bueno, aquí hay un mapa, en escala muy pequeña, pero déjenme mostrarles cómo las carreteras adoptan la exacta configuración de las grietas que tenemos sobre nuestras cabezas… No es una agenda muy buena.

- Yo hablaba de mi viejo diario - dijo la anciana -. En realidad no lo encontré hasta la mañana siguiente al temblor, y allí estaba, exactamente donde lo había dejado treinta años antes. Y lo abrí, y en la última página, después de diciembre 31, imagínense, no habrá más diciembres 31… cuesta imaginarlo, ¿verdad?

- Ese es un día del que puedo prescindir - dijo el capitán, y soltó una carcajada.

- Ah, ¡pero es la víspera del día de Año Nuevo - dijo el hombre fornido -, cuando todo el mundo se divierte! Créanme, he visto cada día de Año Nuevo…

- Lo que yo había escrito donde tendría que estar el día de Año Nuevo era una frase corta y más bien triste. Espero que no se ría cuando se la diga, oficial.

- Jim - dijo el capitán -. Mis amigos me llaman Jim.

- Jim, entonces. - La anciana agitó los párpados, y llevó el vaso hacia el oficial antes de beber -. No se ría… Yo tenía treinta y ocho años cuando lo escribí… puse «Mi larga búsqueda de amor… ahora sé que nunca tendrá éxito…» - la anciana comenzó a sollozar.

Tanto el hombre fornido como el capitán la rodearon con el brazo.

- No llore, querida - dijeron -. Tómese otro trago.

- Mientras hay vida hay esperanza - dijo el capitán.

- Todos sufrimos desilusiones - dijo el hombre fornido -. Hay que reírse de ellas… Sé que cuando yo tenía veinticinco años me sentía dispuesto a tirarme en ese canal… no, estoy equivocado, no era ese canal. Era… bueno, miren, desde el borde del canal que termina en el Muelle de Pescadores, donde desemboca la calle del Puente Kayle. Dejen que les muestre en el mapa, o pueden fijarse en estas grietas del cielo raso. ¿Ven? Aquí termina el canal, en el Muelle de Pescadores, junto a la vieja capilla, y la calle del Puente Kayle sale en este punto, y en esta esquina acostumbraba estar un viejo con un puesto de venta de salchichas, un año sí, un año no…

- Ahora lloro - dijo la anciana, riendo -. Y lloré cuando leí lo que había escrito en el diario, y recuerdo que lloré cuando tenía treinta y ocho años y escribí las palabras, pero una semana más tarde… bueno, para ese entonces había escondido el diario… conocí a un hombre llamado… ¿cómo se llamaba? Recordé el nombre hace menos de una semana…

- El viejo de las salchichas estaba en el otro extremo de la calle del Puente Kayle, donde quedaba entonces la estación de trenes - dijo el capitán -. Tenía un enorme bigote de morsa. En la esquina de la que usted habla había…

Lo hizo callar un estruendo brutal. Parte del cielo raso, incluidas las interesantes grietas, se desprendió, rociándolos con una lluvia de partículas que cayeron en las cervezas. El edificio de al lado se derrumbó. Por la ventana abierta entró una nube de polvo y cáscaras.

- ¡El vehículo! - gritó el capitán, horrorizado. Puso el vaso en el mostrador, libró la otra mano de las garras de la anciana y se tambaleó hasta la puerta. Afuera, el VSN había casi desaparecido bajo los escombros que todavía se deslizaban y rebotaban atravesando la calle, hasta el hirviente canal.

- ¡Vengan a ver esto! - gritó. Fueron hasta donde estaba él, en la puerta.

- Tendremos que caminar hasta el Campo Reijkskeller - dijo el capitán. Miró el reloj de pulsera -. Conviene que salgamos.

- Llueve. No voy a salir a eso - dijo la anciana -. ¿Qué hora es?

- Miren esa cosa horrible en el cielo. Lo hace estremecerse a uno - dijo el hombre fornido -. ¿Qué probabilidades hay de que no toque la Tierra y se pierda en el espacio?

- Ninguna, absolutamente ninguna - dijo el capitán -. Iré a buscar la pistola, y más vale que nos vayamos, con lluvia o sin lluvia. Nos espera el último trasbordador. Cuando oigamos la sirena tendremos cinco minutos, y entonces partirán, y nos quedaremos solos aquí en la Tierra. Más vale darse prisa.

Regresó murmurando a la barra. El hombre fornido lo acompañó, cepillándose polvo blanco del traje.

- Supongo que tiene razón. Tomemos un último trago. El del estribo. Pero sabe que está usted equivocado con lo del puesto de salchichas. Yo era tan pobre en mis épocas de estudiante que vivía de salchichas, de manera que fui a ese puesto casi todas las noches durante dos años o más, así que no puedo equivocarme, y recuerdo…

- Me tocó patrullar toda la zona del muelle cuando ingresé en la fuerza, así que no puedo equivocarme. El canal terminaba… eh, ¿dónde está mi pistola? La dejé en la barra.

- Tal vez se cayó por detrás. Mire detrás.

- No la tiene usted, ¿verdad?

- Odio las armas. Peleas con puños, no con pistolas. Usted no se habría pegado un tiro, ¿verdad?

- Mire, aquí no la veo. ¿Está seguro de que no la agarró? Podrían meterlo en la cárcel por eso, se lo advierto. Dios mío, qué cansado me siento.

- Ya le dije que no he tocado su pistola. Las últimas personas en la Tierra ¡y usted piensa que yo me robaría su pistola!

- No discutan, si lo estamos pasando muy bien - dijo la anciana, con voz alegre, metiéndose detrás de la barra y sacando tres vasos nuevos -. Siempre tuve la fantasía de ser cantinera. ¿Qué toman, caballeros?

- Eso mismo, cariño - dijo el hombre fornido, frotándose las manos con deleite -. Usted es una mujer que me gusta. Ojalá me hubiera topado con usted hace treinta anos, eso es todo lo que puedo decir. Tomaré otra cerveza, y mientras me la sirve quizá me tome una copa de licor. Saca el frío.

- ¿Puedo probar eso? - preguntó el capitán.

- Sírvase usted mismo. - El hombre fornido empujó hacia el capitán la botella de licor. - Invita la casa.

- ¡A sus bonitos ojos azules! - dijo el capitán, alzando la bebida con manos temblorosas.

- Son muy simpáticos los dos - dijo la anciana, mientras alzaba su propio vaso -, y brindo por la Tierra, ¡el mejor planeta de todo el universo!

Bebieron los tres. A lo lejos lloró una sirena.

Se miraron guiñando un ojo.

- Queda tiempo para uno más - dijo el capitán.

- El también se llamaba Jim - dijo la anciana -, y me topé con él de un modo realmente gracioso.

Mientras ella encendía otro cigarrillo y pasaba el paquete, el hombre fornido dijo:

- Iremos a inspeccionar el Muelle de Pescadores por la mañana y verán que tengo razón. Recuerdo con toda precisión las figuras del empedrado. Pero, como les decía, Miguel Angel…

La voz de la sirena se apagó. Afuera se levantó un viento nuevo, más insistente.

- Ya sé - dijo el capitán -, vayamos con las bebidas a la trastienda. Tiene que haber una trastienda, donde estaremos más cómodos. Traigan la lámpara.

- Buena idea, Jim - dijo el hombre fornido -. No hay nada como esas pequeñas trastiendas. Sé que en una época…

FIN

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