Curso de autodefensa Psiquica

Capítulo 1:

El porqué de este curso

Soy absolutamente conciente de que el mero hecho de escribir una serie de textos sobre lo que entiendo como “Autodefensa Psíquica” (si lecciones para un aula virtual o artí culos para revistas especializadas es apenas anecdótico) puede generar las más variadas como desconcertantes reacciones: desde quienes supongan haber encontrado la respuesta a todos sus dramas cotidianos, hasta las de quienes mirarán con desconfianza aquello que considerarán una extrapolación de la superstición. Empero, dedicado desde hace casi veinte años a la docencia, investigación y práctica parapsicológica, no puedo soslayar lo que, a mi modesto saber y entender, constituye una de las aristas fundamentales en la problemática del hombre y la mujer contemporáneos: las agresiones psíquicas. Este término bien podrí a reemplazar (y englobar) a una amplia gama de circunstancias propiciatorias de perturbaci ón mental, desde la “envidia” cotidiana hasta lo que, vulgarmente, suele llamarse “maldición”, “daño”, “hechizo”, “maleficio”. Es decir, m ás allá de los procesos autosaboteantes, autoboicoteantes de la naturaleza humana, de la Sombra que anida en todos y cada uno de nosotros (la que tambi én analizaremos) debemos asumir que nos movemos en un océano de energ ías de donde muchos de los bemoles que padecemos dí a a día pueden ser consecuencia de la direccionalidad de los pensamientos emanados, consciente o inconscientemente, por nuestros congéneres.

El adecuado desarrollo de estas lecciones, empero, necesita partir de ciertos presupuestos básicos.

Enti éndase bien: no porque esta exigencia demande un “acto de fe”, sino porque, si bien a lo largo del tiempo iremos cuando quepa desarrollando las evidencias que avalen ciertos conceptos aquí vertidos, es necesario, si de progresar en este sendero se trata, partir de un lenguaje com ún. De lo que estoy hablando es que si, valga por caso, un escéptico racionalista ocioso desea sumarse a esta aula virtual, polemizando con su propio -y respetable- punto de vista, ello no sólo nos apartaría de la raz ón de ser por la que este espacio fue creado, sino que incomodaría a quienes con sus también respetables opiniones se sumaron con el objetivo de avanzar en una determinada vía de conocimiento. De aceptarse tal eclecticismo, todos nos veríamos perjudicados: los alumnos no avanzarían al ritmo que seguramente desean en la sucesi ón de lecciones, yo no podrí a explayarme en la materia porque tendrí a que dispersar tiempo y energí as en refutar a mi amable contendiente, y el escéptico racionalista no sólo no nos harí a cambiar de opini ón sino que tampoco mudaría él sus aferrados puntos de vista. Salvo honrosas excepciones históricas, no conozco una sola persona que, positiva o negativamente vuelta hacia estas tem áticas, haya cambiado de postura a partir de una discusión intelectual. Tengo (mis allegados lo saben bien) un largo pasado de polemista, gráfico, radial y televisivo, pero a esta altura de la vida he descubierto que la pol émica de nada sirve. En ella, cada una de las partes, quiz ás involuntariamente, sólo trata de lucirse m ás, resultar m ás convincente, brillante, ocurrente o magn ético, de donde el fondo argumental -lo que debería ser la esencia de todo disenso- queda eclipsado en los pasos de baile medi áticos de dos gallos de ri ña intelectuales esforz ándose por ganarse el favor del público. En las pol émicas no gana la Verdad: sólo quien tenga mejor manejo de escenario.

Nada me molestarí a m ás que este enunciado de principios sea tomado como un acto de censura. Simplemente, si queremos avanzar en algo, debemos ceñirnos a cierta rutina de trabajo. Me parecería sumamente constructivo que mis alumnos aporten sus puntos de vista, aun opuestos a los m í os, pero basados en la misma idiosincrasia que aquí nos nuclea.

Esa enunciación de principios parte de la aceptaci ón de una amplia gama de fenomenología parapsicol ógica. De la posibilidad de que, consciente o inconscientemente, ciertas personas puedan valerse de parte de esa misma fenomenolog ía para accionar sobre terceros (sin duda también positivamente; pero a los efectos de este curso, obviamente nos interesa considerar y prevenir su aspecto negativo). De la existencia de diversos planos de realidad o manifestaci ón de la Vida en el Universo. De la presencia e influencia de entidades no f ísicas, espirituales, entre y sobre nosotros. De la capacidad casi ilimitada de la mente. De la supervivencia a la muerte.

Sin duda, algunos podrán señalar que muchas de mis afirmaciones son sólo “suposiciones”, y en forma alguna están probadas. Ocurre que soy un convencido de que una “prueba” no tiene valor por sí misma, excepto dentro del marco teórico o de creencias en la que concurre. Lo que yo empleo como “prueba” de una afirmaci ón m ía bien puede ser considerada “prueba” de una postura contraria.

O, para decirlo mejor, tal vez las pruebas que aportemos no correspondan al tipo de pruebas que la mentalidad científica dominante hoy en día exige. Tal vez. Pero, como dije antes -y sin que esto sea interpretado, espero, como una expresi ón de pedante soberbia- la raz ón de ser de este curso virtual no es conformar a la mentalidad científica, sino ayudar a la gente.

Finalmente, pido disculpas a aquellos de mis alumnos que sean tambi én lectores de nuestra revista electrónica “Al Filo de la Realidad” si algunos de los ítemes son reiterativos, en la medida (como ocurrirá a continuaci ón con un artículo de mi autorí a que transcribo para clarificar ciertos conceptos iniciales) en que ya han sido publicados en n úmeros anteriores de nuestra revista pero, como comprenderán, es necesario en todo momento nivelar los conocimientos y manejar códigos comunes, y ello me obligará, a veces, a ser repetitivo. Después de todo, quiz ás no importe: esto es un curso, y vale repasar ciertas lecciones.

Capítulo 2:

¿Existen los “hechizos” y “maleficios”?

Resulta tragicómico observar que colegas parapsicólogos de la más variopinta extracción, generalmente de posiciones encontradas en cuanto a su apreciaci ón sobre aspectos si se quiere generales de estas disciplinas, parecen reaccionar com únmente cuando, en cualquier conferencia o reuni ón de interesados, alguien del público hace la pregunta “maldita”: ¿Existe el “daño”?.

Y al hablar de daño, uno no puede dejar de pensar en los innumerables sinónimos con que se le conoce: hechizo, maleficio, brujería, “payé, “gualicho”, trabajo, atadura, mal… Todos términos populares que podríamos reducir en el de “ataque psíquico”, definible como la posibilidad que, consciente (ya sea a trav és de un “ritual ” o técnica especí fica) o inconscientemente y movilizando energías psíquicas, se ocasione perturbaciones de cualquier índole (fí sicas, psíquicas, espirituales, emocionales, sociales, afectivas, econ ómicas) a un individuo o grupo de individuos.

Ciertamente, en la actualidad puede parecer poco “serio” hablar de “agresiones ps íquicas”. Empero, un simple -y terrible- razonamiento nos llevará a advertir que la cuestión no es tan sencilla de refutar y que puede fundamentarse cientí ficamente.

Hoy en día, nadie niega en los ámbitos académicos vinculados a la Parapsicología la concreta existencia de dos específicos fen ómenos paranormales: la telekinesia y la telepat ía.

De la primera, recordemos que se define como “el movimiento de objetos inanimados por acción de la mente”. La telekinesia tiene, adem ás, dos aspectos particulares: uno conocido como psicokinesis (en los diccionarios figura como “acción de la psiquis sobre sistemas físicos en evolución” y, para que esto sea m ás entendible, citemos como ejemplos de psicokinesis: alterar la disposici ón con que cae un grupo de dados sobre una mesa, o aquella situaci ón que cualquiera puede experimentar en casa, de tomar dos plantas iguales y dedicar diez minutos diarios de atención y afecto a una, pero ignorar a la otra, observándose al cabo de un par de semanas que la primera se desarrollará algo así como un sesenta por ciento m ás que la “abandonada”), y otro como hiloclastia (rotura paranormal de objetos: un foco de luz que estalla acompañando el estallido de ira -o su represi ón- de un adolescente). Estadística y experimentalmente, todos estos fenómenos son parte del “hábeas” académico respetado hoy en día.

Ahora bien. Supongamos que una persona idónea en psicokinesis (voluntaria o involuntariamente, consciente o inconscientemente), así como provoca artificialmente una multiplicaci ón en el crecimiento de una planta, puede provocar una multiplicaci ón, anormal y descontrolada, en el tejido celular de un órgano específico, ¿no estaríamos en presencia de un carcinoma, una forma de cáncer, al que eufem í sticamente podemos con toda corrección denominar como un “crecimiento anormal y descontrolado de células”?.

¿Y qué ocurriría si, contando con motivos para dirigir su odio, descargara esa energía “hilocl ásticamente” sobre el cerebro de otra persona, provocando la rotura de una arteria?. ¿No moriría la misma por ese aneurisma?.

Y en el campo del “daño” sembrado voluntariamente, la repetici ón de un ritual (sea éste ocultista, o una maldici ón gitana, o una oración pseudorreligiosa, en fin, cualquier intenci ón mental cuantitativa y cualitativamente fuerte y sostenida), ¿no podría llevar a que una pulsi ón negativa sea “sembrada” en el área mental de otro individuo, impulsándolo a acciones erróneas?. Pongamos un ejemplo: si yo pienso repetida e intensamente en que “X se pelee con Z”, la emoción transferida (“odio a Z”) puede, telepáticamente, “ensuciar” los verdaderos sentimientos y pensamientos de “X” quien, al encontrarse con “Z”, y al sentir odio dentro de sí contra éste puede peligrosamente interpretar que ese odio es real, propio, justificado, y en consecuencia llevarlo al conflicto.

En resumen, si un individuo puede mover telekinéticamente un objeto, destruirlo o alterarlo en su naturaleza o comportamiento, también puede intervenir en el metabolismo de otro sujeto, alter ándolo (perturbándolo así físicamente) o bien, por acción telepática, distorsionar su percepción de la realidad (endógena y exógena), desequilibrándolo en las dem ás áreas. Y convengamos en algo: reconocer la realidad de la telepatía, la telekinesis y sus variantes y empecinarse en no aplicar sus eventuales consecuencias sobre la vida humana como sustrato fenomenológico de los “hechizos”, responde más a personales prejuicios o anteojeras intelectuales que a una imposibilidad material.

Esas técnicas agresivas dependen m ás de la intensidad con que son ejecutadas (por ser las emociones no solamente el factor primitivo de la psiquis m ás poderoso sino también movilizadores naturales de poderosas fuerzas energ éticas) que de lo ritual í stico o litúrgico en sí: un “brujo” que clave agujas en serie en una cadena de mu ñecos tendrá, seguramente, menos éxito que aqu él que, tal vez haci éndolo por primera vez, concentra toda su atenci ón para no incurrir en errores y con ello, no sólo sus emociones, sino tambi én su potenciallidad parapsicol ógica. Siguiendo esta corriente de pensamiento, hasta la simple, dominante y cotidiana “envidia” es una forma velada de ataque psíquico.

En consecuencia, todas las técnicas defensivas deberán acusar la misma correspondencia: no solamente repetir la técnica en sí (como enseñamos en nuestros cursos sobre “Autodefensa Psí quica”) sino poner en la misma toda la “fuerza interior” posible. Sintéticamente diremos que, siempre, la mejor defensa mental será lo que en Control Mental Oriental se denomina densificación del pensamiento. Y una buena dosis de sensatez: despu és de todo, no son brujas todas (o todos) los que dicen serlo.

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