CUANDO TESTIMONIOS PRIVADOS DEBIERON HACERSE PÚBLICOS Dr. Alberto R. Treiyer

(Síntesis y extractos tomados de la biografía de E. de White.

Las páginas serán tomadas de sus diferentes volúmenes)

En 1860-1, Satanás luchaba por destruir la iglesia por todos los medios posibles. Los White acababan de perder su hijito John Herbert. Bajo ese contexto, E. de White expresó la desesperación por la que estaban pasando, en las siguientes palabras.

“Por ese tiempo, mi esposo, al revisar el pasado, comenzó a peder la confianza en casi todos… Un sábado de mañana, mientras iba a nuestro lugar de culto, vino sobre él un sentido tan impresionante de injusticia que se puso a un lado y lloró en alta voz, mientras la congregación esperaba” (I, 432).

Dio entonces la razón de ese estado depresivo de sus sentimientos.

“Desde el principio de nuestras tareas hemos sido llamados a llevar un testimonio abierto y decidido para reprobar los errores sin vacilación. Y durante todo el tiempo hubo quienes se levantaron en oposición a nuestro testimonio, para hablar luego cosas halagüeñas, embadurnar con golpes descontrolados, y destruir la influencia de nuestras labores. El Señor nos levantaría para reprender, pero entonces habría algunos que darían un paso al frente entre nosotros y la gente para que nuestro testimonio no tuviera efecto. Muchas visiones se dieron de tal manera que no pudiésemos rehuir declarar el consejo del Señor, sino que debíamos ocupar una posición para sacudir al pueblo de Dios, porque están dormidos en sus pecados” (433).

En visión se le mostró a personas que rechazarían el testimonio decidido y fuerte que debía llevar. “Vi la influencia de sus enseñanzas sobre el pueblo de Dios” (433). Cinco semanas después de enviar esos testimonios, escribió en la Review: “Queridos hermanos y hermanas: El Señor me ha visitado otra vez en su misericordia, en un momento de dolor y gran aflicción. Fui tomada en visión el 23 de Diciembre (1860), y se me mostraron los males de algunas personas que habían afectado la causa. No me atreví a retener el testimonio de la iglesia para evitar sus sentimientos” (434).

Siendo que muchos de sus testimonios habían sido enviados a algunas personas en privado, pero sin que cambiasen de actitud, amenazó con hacerlos públicos.

“Me resulta claro que no debo ser más injusta con la iglesia. Si recibo reprensiones para dar no me atreveré a darlas sólo a las personas designadas para que las entierren, sino que deberán leer lo que el Señor ha visto adecuado darme para los que tienen experiencia en la iglesia, y si el caso lo requiere, traerlo ante la iglesia entera” (434). Declaró que no iba a guardar más esas reprensiones en secreto. “El pueblo de Dios debe conocer lo que al Señor le plugo revelar, para que no sea engañado y alejado por un mal espíritu”. Muchos de esos mensajes tenían que ver con el espíritu y las acciones de amigos cercanos que habían estado y estaban trabajando cerca de ella y de su esposo.

Eso terminó publicando en la Review. “Me fue mostrada la posición errónea tomada por R. F. C. [Cottrell] en la Review en relación con la organización… Me fue mostrado que el Espíritu de Dios ha tenido menos y menos influencia sobre S: W. R [Rhodes], a tal punto que ya no tiene más fuerza de Dios para vencer… G. W. H. [Holt] hizo lo que podía para ejercer una influencia contra nosotros…, haciendo circular informes para suscitar malos sentimientos” (435). Cuando ella le dio el testimonio de reprensión del Cielo, Holt se rebeló como otros que habían sido reprobados, y dijo que otras personas habían prejuiciado a E. de White.

“Vi que cuando los mensajeros entran en un nuevo lugar, su labor es peor a menos que lleven un testimonio abierto y decidido” (436). Mencionó el fracaso de J. N. A. [Andrews] en un esfuerzo evangelístico por “temor de ofender”y por rebajar la norma delante del pueblo por temor de exponer las peculiaridades de nuestra fe. “Los siervos de Dios deben llevar un testimonio decidido. Debe cortar el corazón natural, y desarrollar el carácter. Los hermanos J. N. A. y J. N. L. [Loughborough], a quienes consideró profesores formales y muertos, se movieron según ella con perfecta moderación. “Tal predicación nunca hará la obra que Dios designa para que sea cumplida” (436).

Los testimonios y confesiones de las personas reprendidas se publicaron en las siguientes semanas en la Review. No obstante, E. de White debió ejercer valor y fe para lanzar esas acusaciones en público. Ella se basaba en lo que Dios le daba y debía creer lo que Dios le revelaba. Cuando publicó las reprensiones a esos dirigentes de la iglesia, sin saber la reacción que habría, escribió:

“Esperamos fieros conflictos con los poderes de las tinieblas… Nunca, nunca ví a mi esposo tan desalentado como ahora… Las pruebas que se dieron durante el verano pasado han quebrantado tanto su confianza en sus hermanos, especialmente ministros, que temo que nunca se recobrará. El evoca la parte desinteresada que llevó a cabo en esta causa y el abuso consiguiente que sufrió, y su valor se viene abajo. Algunos piensan que es extraño que el hermano White se sienta así de desalentado. Pero hay una causa” (441).

Se refería a los sentimientos de sospecha, susurrados de uno a otro contra ellos, porque habían “hablado debido a que la causa de Dios lo requería” (441-2). Era la época en que la iglesia se estaba organizando, y había una fuerte resistencia a la organización.

Bajo este contexto, escribió a uno de sus amigos más cercanos lo siguiente, en palabras parecidas a las que Dios dio a Jeremías en su juventud: “Tú, pues”, dijo Dios a Jeremías, “cíñete, levántate y diles lo que te mandaré. No temas ante ellos, para que no te quebrante yo ante ellos. En este día te he puesto como ciudad fortificada como columna de hierro, como muralla de bronce contra toda la tierra de Judá, contra sus reyes, sus príncipes, sus sacerdotes y su pueblo. Pelearán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte—dice el Señor” (Jer 1:17-19).

“Mi espíritu se conmueve dentro de mí. Hablaré. No guardaré silencio. Me he ceñido la armadura en torno a mí. Estoy preparada para la batalla. En el nombre del Señor de los ejércitos iré hacia delante y cumpliré con la parte que Dios pueda asignarme en esta obra. La causa es del Señor. La verdad triunfará. Dios no dejará perecer a sus hijos. Oren por nosotros, sus indignos amigos, para que Dios pueda conducirnos decididamente a la victoria” (442).

Reprensiones en público sin previo aviso.

Aunque E. de White insistió muchas veces en la necesidad de ser amables y corteses los unos con los otros, y ella practicó esos principios aún al reprender a otros, hubo muchas ocasiones en donde debió reprender a otros como Pablo a Pedro, “delante de todos”, porque su “hipocresía” “era de condenar” (Gál 2). En algunas oportunidades usó aún las palabras de Isaías 58:1 para justificar ese proceder de su parte: “Clama a voz en cuello, no te detengas. Alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado”.

Es conocido por los pastores que han estudiado en nuestros colegios la historia de nuestra iglesia y la orientación profética que recibimos. Al llegar a una congregación en la que nunca había estado, E. de White sorprendía a menudo a todos comenzando a dar un testimonio directo, en público, uno por uno, sobre los pecados de cada cual. El resultado era confesión y arrepentimiento, y se producía en la iglesia un reavivamiento.

Hace unos años atrás me llamó la atención lo que ocurrió con una secretaria que había sido empleada por el Centro White para copiar los manuscritos de E. de White que nunca se habían publicado y que estarían disponibles en un CD para los que trabajasen en ese centro. El Pr. Juan Carlos Viera me lo contó, quien era para entonces director del Centro White. Esa secretaria estaba alarmada porque en un casamiento al que fue invitada E. de White, le dieron para hablar y aparentemente, los novios quedaron de lado. Se puso a reprender en público los pecados de unos y otros. “¡Que en un casamiento haya hecho eso E. de White!” Para esa secretaria, debía haber escogido otro momento para hacerlo.

Pero, ¿acaso no hizo Dios algo parecido algunas veces, con los profetas de antaño? ¿No hizo lo mismo con Jeremías, a quien ordenó ponerse “a la puerta de la casa del Señor” para denunciar los pecados de todos los que entraban y salían, ya fuesen príncipes como gente común del pueblo? (Jer 7:1). Su mensaje produjo ira y se levantaron los sacerdotes y príncipes de Israel contra él para matarlo (Jer 26). Lejos de acobardarse, Jeremías volvió a dar la reprensión con tal valentía que conmovió hasta a los mismos príncipes, y se cumplió la promesa divina de no ser quebrantado, con tal que diese con valor el testimonio que Dios le daba (Jer 26:12ss).

Problemas iniciales de E. de White para dar sus testimonios privados.

Al comienzo de su carrera, contó más tarde, “era una gran cruz para mi referir a las personas lo que me había sido mostrado con respecto a sus problemas. Me producía gran angustia ver a otros atribulados o apenados. Y cuando se me requería dar los mensajes, a menudo los suavizaba y los presentaba tan favorablemente para la persona como podía, y entonces me iba y lloraba en agonía de espíritu. Miraba a los que tenían sólo sus almas para cuidar, y pensaba que si yo estuviera en la condición de ellos no murmuraría.

“Era difícil para mí referir los testimonios directos y cortantes que Dios me daba. Observaba ansiosamente el resultado, y si la persona reprobada se levantaba contra el reproche, y luego se oponía a la verdad, se levantaban dudas en mi mente: ¿Entregué el mensaje como debía? ¡Oh, Dios! ¿No habría alguna manera de salvarlos? Entonces tal angustia pesaba sobre mi alma que a menudo sentía que la muerte sería un mensajero bienvenido, y el sepulcro un lugar precioso de descanso” (93).

En este contexto, Dios le dio una visión simbólica que la ayudó a dar los mensajes divinos sin vacilación, dejando con Dios los resultados. Fue primero llevada a la presencia de Jesús, quien la miró con el ceño fruncido y quitó su rostro de ella. Fue una experiencia terrible. Sin poder hablar, cayó desconsolada sobre su rostro. Escribió: “Pude darme cuenta entonces, en algún grado, cuáles serán los sentimientos de los perdidos cuando clamarán: ‘Montañas y rocas, caigan sobre nosotros, y escóndannos del rostro del que está sentado sobre el trono’” (93).

Un ángel le habló entonces, pidiéndole levantarse. Lo que vio le produjo una impresión inolvidable. “Lo que mis ojos vieron puede difícilmente describirse. Se me presentó una compañía cuyos cabellos y ropas estaban desgarradas, y cuyos semblantes revelaban un cuadro de desesperación y horror. Se acercaron a mí, tomaron sus ropas y las fregaron sobre la mía. Miré mis ropas, y vi que se habían manchado con sangre.

“De nuevo caí como muerta a los pies de mi ángel acompañante. No podía presentar ninguna excusa, y desié grandemente estar lejos de un lugar tan santo. De nuevo el ángel me levantó sobre mis pies, y dije: ‘Este no es tu caso ahora, pero esta escena pasó delante de ti para que sepas cuál será tu situación si rehúsas declarar a otros lo que el Señor te revele. Si eres fiel, en cambio, hasta el fin, comerás del árbol de la vida, y beberás del río del agua de la vida. Tendrás que sufrir mucho, pero la gracia de Dios es suficiente’.

“Entonces me sentí dispuesta a hacer todo lo que el Señor me requiriese, de tal manera que pudiese contar con su aprobación, y no sentir su espantoso ceño fruncido” (94).

La lucha por el orden y la organización.

Uno de los lugares en donde mayor reacción hubo contra la publicación de la visión de E. de White a favor de la organización fue en Iowa. Uno de los líderes de la revuelta era adicto al tabaco, y abiertamente se opuso a las visiones porque atacaban el tabaco. Como esa no era una causa digna, el problema derivó de nuevo sobre la organización. En la conferencia que tuvieron el 27 de Noviembre de 1862 concluyeron que “uno de los propósitos de la organización era asegurar el reconocimiento del Hermano White como el Moisés de los últimos días.”

En Wisconsin, mientras la iglesia se organizaba, se levantó otro grupo rechazando parte de la verdad presente. Esa era una razón suficiente para ellos de oponerse a la organización, para permanecer como un cuerpo separado del resto de iglesias adventistas. En ese contexto, E. de White escribió:

“Satanás ha usado a ciertas personas como agentes que profesan creer una parte de la verdad presente, mientras estaban en guerra contra otra parte. A los tales los puede usar con mayor éxito que a los que están en guerra contra toda nuestra fe. Su astuta manera de conducir al error a creyentes parciales en la verdad ha engañado, y distraído y dispersado a muchos de su fe… Algunos aceptan el sábado y rechazan el mensaje del tercer ángel; y porque han recibido el sábado reclaman el compañerismo de los que creen en toda la verdad presente” (The Progressive years, 26). Pero las almas honestas verían, según aseguró, “la correcta cadena de la verdad presente” con sus conexiones armoniosas que se unen, eslabón tras eslabón, dentro del gran todo”. Esa rebelión se basaba en el deseo de “retirarse del cuerpo y buscar una fe original e independiente, sin importarles la fe del cuerpo” (26).

E. de White advirtió luego que los que rechazaban los mensajes de reprensión y las visiones que recibía, después de haber tenido la oportunidad de conocer su origen divino, debían ser abordados. Los demás que lo hacían por ignorancia debían ser tratados en forma diferente, dándoles la oportunidad de conocer más acerca de la obra del Espíritu de Dios para estos tiempos. También se le mostró que tanto a Jaime como a ella misma, “Satanás había intentado de varias maneras destruir su utilidad y aún quitarles la vida.

“El [Satanás] ha desplegado sus planes para quitarnos de la obra de Dios; ha venido de diferentes maneras y a través de agentes diferentes para cumplir sus propósitos; pero mediante la ministración de los santos ángeles ha sido derrotado. Vi que en nuestro recorrido de lugar en lugar, ubicó frecuentemente sus malos ángeles en nuestro sendero para que produjeran un accidente que destruyese nuestras vidas; pero santos ángeles fueron enviados sobre el terreno para librarnos… Vi que habíamos sido los objetos especiales de los ataques de Satanás, debido a nuestro interés en y en conexión con la obra de Dios” (29-30).

Una de las maneras en que el gran adversario buscó paralizar la obra de Jaime White fue mediante la circulación de rumores y falsedades con respecto a su integridad y honestidad en los negocios. Tales calumnias prendían fuego más fácil en los lugares en los que la organización había sido más resistida. Al comienzo de 1863 la iglesia de Battle Creek sintió la necesidad de detener esas críticas maliciosas. Reconocieron que la reputación de Jaime White era no sólo de gran valor para él, sino también para “los que se conectasen con la causa”.

Después de una reunión administrativa decidieron actuar para limpiar su nombre el 29 de marzo. Requirieron en la Revista Adventista que todos los que tuviesen cargos contra los White en asuntos temporales acerca de su honestidad los expusieran a Uriah Smith. Los informes debían ser tratados en el Congreso de la Asoc. Gral., que sería el primer congreso organizado de nuestra iglesia. Siendo que nadie pudo reportar ninguna prueba en su contra, decidieron extender dos meses más el tiempo para presentar las quejas. Finalmente escribieron un panfleto de cuarenta páginas titulado: Vindicación de la carrera de negocios del Pastor Jaime White, que fue firmado por setenta personas que estuvieron bien familiarizados con los White.

Lo que lograron tantas calumnias y falsedades contra los White.

Las calumnias y falsedades contra los White volvían a aparecer aquí y allí como un arma del diablo para tratar de destruir su reputación y ministerio, e incluso su ánimo. En 1865, cuando parecía que había por fin una unión admirable, se dio otra rebelión en Iowa que recargó en extremo las tareas de Jaime White. Escribió E. de White: “Sus labores al enfrentar la rebelión fueron de tal naturaleza que levantaron su celo al punto de llevarlo más allá de lo que una consideración prudente de su salud lo hubiera permitido” (117).

Por tal razón pensaron que sería mejor tomar un descanso, lo que no pudieron hacer debido a que debieron enfrentar más críticas y falsedades. Luego debieron viajar para resolver otros problemas de una iglesia en deuda (Jaime parado en tren hasta Detroit toda la noche), en Memphis, Michigan (al norte de Detroit). “Mi esposo llevó a cabo allí una tarea de tal envergadura que hubiera requerido dos hombres con un buen grado de fuerza. Sus energías vitales habían decaído en extremo, pero su celo por la causa de Dios lo urgió a sobrecargarse presuntuosamente para agotar la pequeña fuerza que le quedaba” (117).

Llegaron a la casa pasada la medianoche del día siguiente debido a que perdieron la conexión del carro. Durmió poco para ir temprano a su oficina. Su sueño la noche siguiente fue interrumpido y se levantó a las cinco de la mañana para la usual caminata con Elena antes del desayuno. Mientras caminaban por un maizal (16 de Agosto, 1865), Elena sintió un ruido extraño. Se dio vuelta y vio el rostro enrojecido de su esposo y cómo su brazo derecho se le caía indefenso. Intentaba levantarlo pero no podía. Aunque no cayó, tambaleó. No podía hablar. De a momentos, mientras la esposa lo llevaba a una casa, Jaime alcanzaba a decir: “Oren”. Clamaron de rodillas a Dios, y él mismo intentó hacerlo, agradeciendo porque su mano le fue parcialmente restablecida, así como su habla.

Lo internaron en un centro de salud que buscaba hacer de la diversión un medio de sanar a las personas, y en donde la parte espiritual era desconsiderada. Con un invierno que se presagiaba muy inclemente, pensó Jaime que iba a morir, y Elena no sabía cómo devolverle la fe. Finalmente decidió quitarlo de ese centro de salud y ponerlo en un lugar en donde hubiera hermanos que tuviesen la misma fe.

Diez días pasaron con varios hermanos de fe en Rochester teniendo momentos de oración por Jaime. Fue una gran victoria espiritual en donde la fe de todos se fortaleció, en especial la de Jaime que vacilaba y se sentía deprimido. Sintieron que salieron de esos diez días de oración purificados del horno de aflicción. Tuvo entonces E. de White una visión que le reveló la hermosura del cielo, pero en donde se le mostraron varios aspectos relativos a este mundo, y también en relación con su esposo. Ella dijo, al salir de la visión, según Loughborough: “El propósito de Satanás fue destruir a mi esposo, y hacerlo descender al sepulcro. Mediante esas oraciones sinceras, su poder fue quebrantado”. También advirtió que la furia del diablo iba a manifestarse contra los que oraron, y los exhortó a permanecer cerca de Dios para estar preparados a lo que iba a venir” (127).

La rebelión en Iowa volvió a manifestarse con mayor intensidad aprovechando la debilidad y enfermedad de Jaime White, y en oposición a la visión que tuvo el 25 de Diciembre en la que se le hizo ver la importancia de la reforma pro-salud, y la necesidad de organizar un instituto de salud. Además de rechazo a las visiones y oposición a la organización, hubo diferencias doctrinales. Fueron los mismos que se habían revelado antes de la parálisis de Jaime White, y con mayor intensidad, a pesar de las confesiones públicas que habían hecho de reconversión. Casos tales llevaron a E. de White a preguntarse, años más tarde, “si la rebelión auténtica puede ser alguna vez curable”.

Cuando a un árbol caído le tiran piedras.

Convencida de que nunca se levantaría su esposo a menos que lograse ponerlo en actividad, y confiando en la promesa divina que había recibido en Rochester de que su marido se recobraría, E. de White decidió irse de Battle Creek con él. Su problema era que los médicos le decían que personas afectadas por una parálisis cerebral tan fuerte jamás se recuperan y, junto con los hermanos de Battle Creek y aún sus familiares (los padres de Jaime), creían que su esposo necesitaba reposo. Frente al invierno que se venía, todavía encima, contrariando a muchos y dejando más enemigos que amigos, tomó la diligencia un 19 de diciembre y, bajo una tormenta de nieve, logró irse hacia Wright, Ottawa County, Michigan, donde tenían una vieja casa de campo.

En ese lugar E. de White trazó un plan para su marido, y llevarlo a cabo no le fue fácil por la renuencia de su marido en cumplirlo. Pero se las ingeniaba para empujarlo a la acción. Logró hacerlo hablar en la iglesia y a escribir para la revista adventista, lo que lo obligaba a usar su mente. Logró también sacarlo a caminar por una larga distancia dos veces al día. Cuando venían personas con problemas para pedir consejos, a pesar de que Jaime no los quería ver, su esposa se las arreglaba para dejarlos solos y de esa manera, comprometerlo a ayudarlos.

La iglesita de Wright se vio beneficiada, por otro lado, con visiones de E. de White y los testimonios “cortantes” que describían los problemas de cada uno. Como en tantas ocasiones anteriores, esos testimonios de casos privados E. de White los dio en público, sorprendiendo a todos y contrariando a algunos. Para ayudarlos, Jaime White habló y explicó el valor de los testimonios. Hizo ver que los verdaderos profetas reprueban y señalan los pecados del pueblo, mientras que los falsos profetas siempre reclamaron paz. Por más de 20 años, agregó, el humilde instrumento se mantuvo en pie contra la más fiera oposición que provenía de casi cada rincón.

Como buen orador, les compartió una ilustración que tuvo lugar en Battle Creek. Dos personas recibieron sendos reproches de E. de White que rechazaron, logrando la simpatía de la mayoría de la iglesia debido a que eran reconocidas como gente de buen juicio y piedad. Hasta que la abrumadora evidencia de la voz de Dios obró y, con humildad, pudieron ver el camino despejado delante de ellos. Como resultado, la iglesita de Wright votó aceptar los testimonios y obedecer los consejos del Señor.

Todo iba muy bien en Wright, hasta que un hombre pudiente pasó por Battle Creek y fue a Wright trayendo toda suerte de chismes y cuentos que corrían en Battle Creek sobre los White. Simple y lisamente dijo que Jaime White estaba loco y que no se podía tomar seriamente lo que decía. A los White les llevó dos semanas recuperar la influencia negativa de ese hombre en Wright. Pero esa experiencia les ayudó a ver, al mismo tiempo, cuáles eran los verdaderos sentimientos que había en el corazón de la obra hacia ellos.

Cuando los líderes dan crédito a los malos informes.

Al comenzar la primavera, luego de visitar varias iglesias, Jaime estaba ansioso por ver los miembros de la iglesia en Battle Creek y “alegrarse con ellos por la obra que Dios estaba haciendo por él”. Pero Dios advirtió mediante un sueño a E. de White sobre la recepción fría que iban a tener. Informes falsos y críticas habían logrado hacer mella en Battle Creek, y aunque E. de White fue llevada en sueños a algunos hogares de Battle Creek y escuchó asombrada algunos de esos informes, en donde se usaba el nombre de ellos en forma acusatoria, no sabía que esa actitud iba a estar tan generalizada. En Battle Creek los hermanos pudieron ver cómo se recuperaba Jaime White quien habló el sábado 16 de marzo, y de nuevo el domingo, así como E. de White, y a pesar de eso, los White captaban que la gente mantenía distancias de ellos.

“Volví a Battle Creek como una niña cansada que necesitaba palabras de aliento y ánimo. Es penoso para mí tener que decir aquí que fuimos recibidos con gran frialdad por nuestros hermanos, de quienes, tres meses antes yo me había ido en perfecta unión, exceptuando el hecho de habernos ido de aquí… Mi marido estaba grandemente chasqueado por la recepción fría que recibió. .. Decidimos que no daríamos nuestro testimonio a esta iglesia hasta que diesen mejor evidencia de que quisieran nuestros servicios”. Mientras se preparaban para irse, decidieron dedicar el tiempo a predicar en pequeñas iglesias de alrededor.

La primera noche en Battle Creek, E. de White tuvo otro sueño significativo. Cansada de trabajar y viajar para asistir a una gran reunión, las hermanas estaban arreglando su cabello y ajustando sus vestidos hasta que se quedó dormida. Cuando se despertó se indignó asombrada porque le habían quitado sus ropas y la habían vestido con trapos, pedazos de colchas anudadas y cosidas. Preguntó: “‘¿Quién me hizo esto? ¿Quién hizo esta vergonzosa obra de quitar mis ropas y reemplazarlas con harapos de mendigo? Desgarré los trapos y los quité de mí. Me sentía herida y grité: ‘Devuélvanme mis ropas que estuve vistiendo por 23 años y que no deshonré ni por un momento. A menos que me devuelvan las ropas llamaré a la gente, que me ayudará y devolverá las ropas que yo vestí por 23 años”.

Poco a poco, los White fueron descubriendo la razón por la cual los habían recibido tan fríamente. Malos informes se habían estado intercambiando en Battle Creek y enviado por escrito a los que vivían lejos. Parte del problema había sido el rechazo de E. de White a los consejos de los amigos y líderes de la iglesia en Battle Creek que intentaron disuadirla de irse a Wright con su marido en diciembre.

También la gente había malinterpretado los intentos de los White por mantenerse financieramente independientes del apoyo de los miembros de iglesia. Con tal propósito, los White habían vendido algunos muebles, quitado sus alfombras para venderlas, y así irse sin que nadie los ayudara. En algunas ocasiones, desde que Jaime había tenido la parálisis, la gente había juntado dinero para ayudarlos, pero ellos lo habían rechazado diciendo que no lo necesitaban, que cuando lo necesitasen, lo iban a hacer saber. Debemos recordar que todavía nuestra iglesia no había entrado en el sistema de salarios para los pastores, basado en la “benevolencia sistemática” y el diezmo.

Ese tiempo de necesidad vino cuando la única vaca que tenían se murió, y Jaime sugirió que si podía conseguir otra, les sería de gran ayuda. No recibieron ayuda, y el incidente terminó sirviendo para acusar a Jaime White de tener una manía por el dinero.

Para ese entonces, Willy tenía 12 años. Cuando vio que su mamá le preguntó a su papá qué iban a hacer con las viejas botellas que tenían mientras se preparaban para mudarse, y escuchó que su papá le decía que las tirase, se adelantó y les pidió a los padres limpiarlas para venderlas y ganarse algún dinero. Los padres consintieron y el mismo papá, Jaime, lo acompañó a la ciudad y le ayudó a venderlas, dándole el dinero. Eso sirvió para que alguien saliese diciendo que Jaime White estaba loco, a tal punto que se había puesto a vender botellas viejas en su manía por hacer dinero.

Otras historias semejantes se juntaron, mal intencionadas. Sorprendida, E. de White pudo enterarse también que en algunas de las iglesias de Michigan corría el informe de que la iglesia de Battle Creek no confiaba en lo más mínimo en el testimonio oral de la hermana White, ya que su vida lo contradecía. Finalmente reunió cierto número de miembros de experiencia en la iglesia con el intento de recibir un apoyo. Escribió acerca de esa reunión lo siguiente:

“Enfrenté los cargos contra mi… El espíritu manifestado en esa reunión me angustió grandemente… Los que estuvieron presentes no hicieron ningún esfuerzo para aliviarme reconociendo que me habían juzgado mal y que sus sospechas y acusaciones contra mí eran injustas. No me podían condenar, pero tampoco hicieron ningún esfuerzo para aliviarme”.

Una o dos semanas más tarde volvió a convocar otra reunión que terminó de la misma manera. Tampoco apareció en la revista adventista ninguna bienvenida o anuncio de su retorno, como lo hacían usualmente antes, salvo el informe que escribió Jaime White. Bajo ese contexto, los White decidieron irse de nuevo y se establecieron en Greenville, Montcalm County, donde 68 personas firmaron una carta pidiendo que fueran a establecerse allí. Pero no duraron mucho tiempo en ese lugar, porque llegaba el siguiente congreso de la Asoc. Gral. y en donde la fría recepción se mantuvo con respecto a ellos.

El cuadro iba a cambiar meses después. Pero mientras tanto, debían tener paciencia y esperar por ver cómo iba Dios, quien envió su Hijo “para deshacer las obras del diablo”, a resolver las cosas. Por otro lado, al no poder su marido predicar tan seguido por su parálisis, E. de White dedicó más tiempo a predicar y desarrolló aptitudes de oradora que, en tiempos posteriores, le iban a permitir hablar a grandes audiencias de miles de personas. Las cosas cambiarían, y la cálida recepción que años antes habían tenido en Battle Creek volvería a darse.

Poco a poco la salud de su marido fue mejorando con el uso de sus facultades. “Luego de 18 meses de constante cooperación con Dios”, escribió ella años después, “en el esfuerzo por restaurar la salud de mi marido, regresé con él y se lo presenté a sus padres,” quienes se habían enojado grandemente con ella también por llevárselo contra el consejo de todos. “Les dije: ‘Padre, Madre, he aquí vuestro hijo’. La madre de Jaime le dijo: ‘Elena, no tienes a nadie sino a Dios y a ti misma para agradecer por esta extraordinaria restauración. Tus energías lo lograron’” (185).

Concluyó Elena su informe de la siguiente manera: “Después de sanarse, mi esposo vivió por un número de años, en los cuales hizo la mejor obra de su vida. ¿No fueron esos años de utilidad adicionales un pago suficiente para mí por los 18 meses de constante cuidado?” Por otro lado, ella siempre reconoció haber hecho con gratitud esa labor por su marido quien había tenido durante tanto tiempo tanta paciencia para con una mujer semi-inválida como lo había sido ella durante casi todo el tiempo precedente desde que se habían casado.

Ya viejita, médicos adventistas en California le pidieron que les explicara cómo hizo para sanar a su marido. Para ese entonces, la ciencia médica no tenía cura para casos de parálisis cerebrales de esa envergadura, y advertían que de intentar hacer ejercicio podían tener otros ataques más fuertes de parálisis. Por consiguiente, prescribían reposo absoluto para tales pacientes. Con esa experiencia de E. de White, los médicos adventistas pudieron ver que, en lugar de reposo era mejor esforzar tanto la mente como el cuerpo para lograr la restauración de ese tipo de parálisis.

Cambio de la iglesia con sus líderes en Battle Creek.

El instituto de salud que había recomendado E. de White ya estaba en marcha pero operando con déficit, y Jaime así como E. de White fueron a Battle Creek. Con temor y temblor se lanzaron a dar su testimonio, y la reacción fue positiva. “Temblando vinimos al lugar para llevar nuestro testimonio. Pero encontramos que la predicación abierta da los mismos buenos resultados en esta iglesia como en las iglesias más jóvenes”, escribió ella. Los líderes decidieron seguir el consejo dado, y lo pusieron a Jaime en la junta directiva.

De allí fueron con Uriah Smith a un Camp Meeting in Wisconsin. Los dos principales oradores fueron los White. En la tarde del jueves E. de White dio un testimonio en donde se manifestó un poder y solemnidad inusual. La gente lloró y comenzaron las confesiones, reconociendo su falta y dando testimonio de su confianza en el Espíritu de Profecía. Allí se enteraron de más cosas los White, que habían estado circulando acerca de ellos. Aún los más antiguos líderes y amigos de los White habían participado de esa crítica malsana.

Una actitud de confesión y arrepentimiento por el mal trato dado a los White comenzó también a apoderarse de Battle Creek. E. de White escribió en su Testimonio 13: “De nuevo siento que es mi deber hablar al pueblo del Señor con gran franqueza. Es humillante para mí señalar los errores y rebeliones de los que han estado familiarizados por largo tiempo con nosotros y nuestra obra. Lo hago para corregir las malas declaraciones que se han desparramado con respecto a mi esposo y a mí misma calculadas para dañar la causa, y como una amonestación a otros. Si fuéramos nosotros solamente los que debíamos sufrir, guardaría silencio. Pero cuando la causa está en peligro de reproche y sufrimiento, debo hablar, por más humillante que sea.

“Orgullosos hipócritas triunfarán sobre nuestros hermanos porque son suficientemente humildes como para confesar sus pecados. Dios ama a su pueblo que guarda sus mandamientos, y los reprueba, no porque sean los peores, sino porque son el mejor pueblo del mundo. ‘Yo reprendo y castigo’, dijo Jesús, ‘a los que amo’”.

Relató entonces un sueño en donde le pareció estar en Battle Creek. Mirando por una ventana vio una compañía de personas a quienes reconoció, que se dirigían hacia su casa con rostros duros, de dos en dos. Iba a salir a recibirlos cuando la escena cambió. El que los dirigía llevaba una cruz y declaró tres veces: “Esta casa está proscripta. Los bienes deben ser confiscados. Han hablado contra nuestra santa orden” [una obvia referencia a la Inquisición]. Comentó entonces el terror que le produjo la escena. “Lloré y oré mucho al ver cómo confiscaban nuestros bienes. Traté de buscar simpatía y piedad en los que me rodeaban, pero vi los rostros de los que hubieran podido hablarme y alentarme si no temiesen ser observados por otros. Hice un intento de escapar de la multitud, pero viendo que era observada, escondí mis intenciones. Comencé a llorar en voz alta, diciendo: ‘Si al menos me dijesen qué hice o qué dije’” (207).

Entonces destacó su difícil tarea de mensajera del Señor. “Cuando las familias y las personas me son presentadas en visión, es frecuente que lo que se me muestra de ellos es de una naturaleza privada, que requiere reprobar pecados secretos. Trabajé con algunos por meses en relación con males de los que otros no conocían nada.

“Cuando los hermanos ven a las personas [reprobadas] tristes, y las escuchan expresar sus dudas sobre si son aceptas por Dios, también sentimientos de desánimo, me censuran como si yo debiese ser culpada por la prueba que están pasando. Los que me censuran ignoran totalmente de lo que realmente hablan. Protesté contra personas que se sentaban como inquisidores por mi curso de acción. Ha sido una obra desagradable la que se me asignó de reprobar pecados privados.

“Si para evitar sospechas y celos, diese una explicación plena de mi curso de acción, haciendo público lo que debía ser guardado en privado, habría pecado contra Dios y hecho mal a las personas [reprobadas]. Tengo que guardar conmigo los reproches y males privados, encerrados en mi propio pecho. Que juzguen otros como puedan, nunca traicionaré la confianza puesta en mí por los que erran y se arrepienten, o revelan a otros lo que debiera quedar únicamente con los que son culpables” (209).

Dios dio entonces algunos sueños a otros hermanos que les ayudaron a ver su error. Hubo un reavivamiento y comenzaron a haber bautismos en Battle Creek en respuesta a llamados hechos por los White. Finalmente la Iglesia de Battle Creek hizo una confesión pública y reconoció que lo que hizo E. de White al llevarse a su marido para sanarlo provino de Dios, y que ellos se habían opuesto revelando falta de sabiduría celestial. También pidieron perdón por haber sido tan lentos en reconocer la restauración divina en Jaime White, en malinterpretarlos y en no haber averiguado como correspondía su real situación económica para ayudarlos. La preparación de esa confesión y pedido de perdón fue traida por seis de los hombres más prominentes en Battle Creek, y aprobada unánimemente por toda la congregación.

A eso siguió un servicio de comunión en donde el Espíritu de Dios se manifestó abundantemente. De allí en adelante, en mayor abundancia, Dios le dio sueños y visiones a E. de White que, en los meses siguientes, le permitieron dar testimonios públicos y privados en forma abierta y libre a muchas personas que testificaron el poder y veracidad de tales testimonios, en diferentes reuniones y viajes que tuvieron. Miles de páginas de testimonios salieron desde entonces de su pluma, haciendo imposible para ella poder preparar dos copias para guardarse una, como lo hacía antes.

Acusada de violar la regla bíblica al reprender en público.

En 1868, en una reunión en Tuscola, después de hablar dos horas, decidió omitir el almuerzo porque no quería comer hasta dar un testimonio importante. Por una hora habló a las personas, reprobando sus errores. Algunos fueron alentados, otros abiertamente encarados por sus pecados. “Algunos se sintieron muy mal porque traje sus casos delante de otros. Lamenté ver ese espíritu”, escribió E. de White. A su hijo Edson le contó algo de lo que pasó.

La hermana Doude “vino a verme en la mañana, acompañada por su esposo. Estaba llorando y diciéndome: ‘Ud. me mató, Ud. me mató dejándome sucia. Ud. me mató’. Le dije: Eso es justo lo que esperaba que hiciese el mensaje que llevé.

“Encontré que la dificultad más grande estaba en el hecho de que el testimonio fue dado delante de otros, y que si lo hubiera dado a ellos solos lo habrían recibido sin problemas. El orgullo fue herido, terriblemente herido. Hablamos un rato, y ambos se calmaron asombrosamente y dijeron que se sentían diferente.

“El hermano Doude me acusó de violar la Escritura por no contar la falta entre ellos y yo solos. Le dijimos que la Escritura no se ajustaba al caso. No había transgresión aquí contra mí. Que el caso ante nosotros tenía que ver con lo que había sido mencionado por los apóstoles, que aquellos que pecan deben ser reprobados delante de todos para que otros teman” (228-229). “No aligeramos la carga”, anotó en su diario, ya que todo lo que se desarrolló “sólo mostraba cuánto necesitaba el reproche” (229).

En otra ocasión, según recuerdo haber leído de las hojas del presidente de la Asoc. Gral. anterior que mandaba a todo el mundo cada semana, ella reconoció a alguno por la voz. Normalmente reconocía los rostros y se dirigía a ellos por su ubicación en la reunión, ya que Dios no le revelaba los nombres. Pero en esa oportunidad, la voz del que hablaba fue suficiente. Mientras iba caminando hacia un camp meeting con su esposo, sintió que alguien hablaba y en el acto lo tomó al esposo por el brazo y apuró el paso. Al llegar a la reunión pasó adelante y dijo que el hombre que estaba hablando, además de la mujer e hijos que tenía allí, tenía otra mujer e hijos que dependían de él en otro lado. El “hermano” se retiró enseguida y una persona que conocía el hecho ayudó a salir del estupor a la gente diciendo que eso era verdad.

Dudas sobre si publicar o no testimonios privados.

Por cierto tiempo tuvo E. de White gran ansiedad por saber si debía publicar testimonios privados o no. Por regla general, los enviaba a las personas aludidas y muchas respondían con gratitud, enmendando sus faltas y enviándolos de regreso para ser publicados y así otros pudieran beneficiarse. Otros reconocían que los testimonios eran correctos, pero los ponían a un lado, con apenas algún pequeño cambio en su vida. De tales testimonios escribió:

“Esos testimonios se relacionaban más o menos con las iglesias a las que pertenecían, las que habrían podido también beneficiarse de ellos. Pero todo se perdía como consecuencia de que esos testimonios se mantenían en privado” (231).

Una tercera clase de personas se rebelaban contra los testimonios y mostraban “amargura, enojo e ira”. Por otro lado, hubo quienes, después de ver publicados testimonios personales sintieron que sería bueno publicar todos los testimonios personales. “Pero debido a su número”, escribió Elena, “eso iba a ser difícilmente posible, así como impropio debido a que algunos testimonios se relacionaban con pecados que no necesitaban ni tenían por qué hacerse públicos”. En esta coyuntura decidió publicar muchos testimonios que podrían servir a otros, ya que consideró un error el dejarlos bajo una mesa para que su luz no llegue a más gente.

Tuvo en ese contexto (12 de junio, 1868), una visión en público, en Battle Creek. Vio el terror y agonía de la gran hueste de los perdidos. Vio a adventistas del séptimo día esparcidos entre esa hueste aquí y allí, y cómo su agonía era por lejos más grande que la de los otros, porque sabían lo que habían perdido. Habló entonces sobre la importancia de prepararse para la traslación. Se le dijo también que debía imprimir esos testimonios privados. Le fue difícil controlar sus sentimientos de chasco y tristeza, según refirió más tarde su marido. De haberlo podido decidir ella, hubiera preferido ir al sepulcro antes que asumir esa responsabilidad. Pero allí se le dijo la razón por la cual debía publicar esos testimonios privados.

“En esta última visión me fue mostrado lo que justifica plenamente mi tarea de publicar testimonios personales. Cuando el Señor considera casos individuales y especifica sus errores, otros que no fueron mostrados en visión dan por sentado, frecuentemente, que están bien, o más o menos bien.

“Si alguien es reprobado por un mal especial, los hermanos y hermanas deberían examinarse cuidadosamente para ver si han errado y si han sido culpables del mismo pecado. Deberían poseer un espíritu de confesión humilde. Ellos no están bien porque otros piensen que lo están. Dios mira el corazón. Está probando las almas de esta manera.

“Al reprender los males de una persona, Dios se propone corregir a muchos. Pero si no son capaces de asumir el reproche para sí mismos, y se vanaglorian de que Dios pasa sobre sus errores porque no los señala, engañan sus propias almas y quedarán encerradas en tinieblas y libradas a sus propios caminos, siguiendo la imaginación de sus propios corazones” (237-238).

“Dios resalta los errores de algunos para que otros puedan ser amonestados, temer y evitar esos errores”. “Si realmente desean servir a Dios, y temen ofenderlo, no esperarán a que sus pecados sean especificados para confesarlos y con humilde arrepentimiento volver al Señor. Abandonarán las cosas que han disgustado a Dios, según la luz dada a otros. Si por el contrario, los que no están bien ven que son culpables de los mismos pecados que han sido reprobados en otros, pero continúan en el mismo no consagrado curso de acción debido a que no fueron específicamente mencionados, peligran sus propias almas, y serán llevados cautivos por Satanás a su voluntad” (238).

Los problemas de ser esposo de una profetiza.

Cuando tenía 14 años recuerdo que le pedí a Dios que me llamase para ser profeta, porque quería poder ver a Jesús y a los ángeles y tener visiones del cielo. Menos mal que no lo hizo. Si hay dos cosas por las que agradezco a Dios es de no haberme llamado al cargo profético ni a ser esposo de profetiza. Conociéndome a mí mismo, tengo felizmente la convicción de que nunca me va a llamar para tal cargo. Estoy contento con ser predicador, ya que para ello no necesito ser profeta.

Ya vimos en cuántos problemas se veía envuelta E. de White por su tarea de reprender errores y pecados. También su marido daba y recibía, según vimos igualmente. Como predicadores, quien más, quien menos, también nos vemos involucrados a menudo con los problemas de otros por ser fieles al cometido divino. Pero, ¿cómo nos las arreglaríamos si nuestra esposa se volviera profetiza?

En honor de las esposas de pastor diré que pueden agradecer también que Dios no las llamó como profetizas. ¡Cuán difícil les sería poder dar los mensajes de reprensión del cielo a sus maridos sin herir su estima propia como cabeza del hogar y del matrimonio! ¡Qué sabiduría y qué bondad ha tenido el Señor para con nosotros al ahorrarnos tales pruebas! ¡La de lecciones de dependencia que dio a Jaime y a Elena, con sus enfermedades y situaciones de angustia, en tantas ocasiones, para que las revelaciones del cielo no los envaneciesen!

Escribió Jaime White, al comenzar el año 1873: “Encuentro que mis errores crecieron por no afectarme como correspondía lo que Dios le mostró a mi esposa, especialmente en lo que se le mostró de mis peligros y errores” (425). “He visto tanto para hacer, y tantas responsabilidades me fueron puestas por mis hermanos, que corrí solo sin dar a los testimonios la atención debida, y me he excusado por la falta de tiempo… (426). “Pero lo que ha constituido la amargura de mi copa de arrepentimiento ha sido el no siempre haber sido afectado adecuadamente por los reproches de mis errores y amonestaciones dados para salvarme de esfuerzos futuros, de tal manera que pudiera ser preservado para cumplir la mayor cantidad posible de bien” (426). Mencionó las amarguras que hubiera podido ahorrarse en el pasado de haber prestado atención a esos reproches del Señor. Y pasó a enumerarlos.

1) “He sido advertido de tanto en tanto de mis peligros de hablar, al captar los errores de otros, de una manera descuidada y usando palabras que no producirían el mejor efecto en los que reprobaba. El Señor conocía las pruebas por las que iba a tener que pasar, y deseaba preparar mi mente para protegerme contra los peligros a los que estaría expuesto. Si me hubiera impresionado como debía con sus amonestaciones, no se habría afectado mi utilidad de tanto en tanto por las ventajas que tomó Satanás de palabras que no fueron las mejor seleccionadas.

“Mi obra ha sido peculiar. Fue mi deber permanecer al lado de la Sra. de White en su obra de entregar las reprensiones del Señor. Ninguno de los dos podíamos desviar ni por un pelo la realidad del caso. Y porque yo la sostuve en su obra de reprobar y no podía apartarme de la verdad, los rebeldes y no santificados que se hicieron más persistentes por el poder del diablo, se tomaron de mis expresiones más fuertes y no mejor seleccionadas para levantar el clamor de ‘espíritu no cristiano’ y ‘duro’…” Aunque afirmó que “siempre acarició una mirada y amor tierno” hacia sus hermanos, reconoció que hubiera sido de gran ayuda si hubiera prestado atención a las amonestaciones y consejos que recibió de cuidar todas sus palabras” (426-427).

2) “He sido amonestado a confiar en Dios y permitirle pelear mis batallas y vindicar mi causa, y no permitir que mi mente sufra por permanecer en la línea de acción de los que me habían injuriado… Mi valor, fe y salud sufrieron en este punto”. Esto lo escribió cuando fue quitado temporariamente de sus responsabilidades por su salud.

3) “Durante los pasados 18 años, el Señor me advirtió de tanto en tanto, mediante las visiones de la Sra. de White, a tener cuidado de preservar mi salud y fuerza tanto como fuese posible para futuras labores; porque teníamos una obra especial para hacer, y era la voluntad de Dios que guardásemos reservas de fuerza para una labor importante futura. Si hubiera prestado atención a esas advertencias, me hubiera parado contra las tentaciones de sobrecargarme presionado por mis hermanos, y por un amor a la labor al ver tanto para hacer…”

Finalmente relató cómo se entregó al Señor, se sometió a él y esperó en él, recibiendo el perdón de sus pecados. Lamentablemente no aprendió del todo la lección cuando se curó, y la historia se repitió en él con sobrecargas que terminaban a menudo en desaliento, desánimo y melancolía. Es mi convicción que finalmente Dios se lo llevó para ahorrarle tanta carga y aliviar el trabajo de su esposa quien estuvo más libre para ir de lugar en lugar, teniendo en su lugar a su hijo Willie. Como Uds. saben, un hijo se las aguanta más fácil que un marido, porque para eso lo entrenaron por tanto tiempo, desde la época más moldeable, para ser hijo. Y Willie fue realmente de carácter noble como para hacer esa obra de acompañar a su madre, y sostenerla en todas sus pruebas.

Conflictos entre los dos.

En 1874, Elena debió dejar a su marido por un tiempo para cumplir con sus obligaciones de predicar en camp-meetings, etc. A pesar de que él la instó a ir, siendo que por su salud él no podía acompañarla, ella temía que a su marido no le hiciera bien su ausencia como esposa. Le escribió a Jaime diciendo que no tenía dudas con respecto a su labor yendo a los camp meetings. Pero respecto a su marido agregó.

“Confío en que recibirás ayuda especial de Dios. No afliges tu alma mirando las cosas que se ven. No permitas que tu mente se detenga en cosas no gratas (y le citó Fil 4:8). Podemos ser miserables o estar en paz con Dios y ser felices. No tenemos necesidad de afligirnos y angustiar nuestras almas sobre muchas cosas. Al hacer así nuestra utilidad se disminuye en un tercio. El enemigo sabe cómo conducir al descorazonado y desalentado presentando delante de nosotros cuadros tristes sobre los que no debiéramos permitir nuestros ojos descansar, porque sólo nos hace miserables y no permite una partícula de bien. Debemos quitar toda partícula de egoísmo de nosotros y tener el espíritu de Cristo. Quiero decir confiar en Dios.

“Lamento tanto por ti y siento profunda simpatía por ti en tu aflicción. Quiero ayudarte en cuanto pueda, pero no permitas que el enemigo te haga pensar sólo en mis deficiencias que son, según tu piensas, tan aparentes, porque al tratar de ajustarme, puedes destruir mi utilidad, mi libertad, y llevarme a una posición de restricción, incomodidad, que me hará incapaz de hacer la obra de Dios” (431).

No se tienen las respuestas de Jaime a E. de White en esta época, pero las cartas de E. de White sugieren que trataba, para ese entonces, de tener más influencia sobre su obra como mensajera del Señor. Al mismo tiempo, ella sabía cuál era su posición de mujer, porque le escribió unos años antes a María Loughborough:

“Nosotras las mujeres tenemos que recordar que Dios nos hizo sujetas al marido. El es la cabeza, y nuestro juicio y puntos de vista y razonamientos deben estar de acuerdo con él si es posible. Si no, la preferencia en la palabra de Dios es dada al marido donde no se trata de un asunto de conciencia. Debemos rendirnos a la cabeza” (1861).

A E. de White le agradaba ceder a su marido en la vida de hogar, en situaciones sociales, en viajes, y en recreación, así como darle un cuidado tierno en tiempos de enfermedad. Pero no podía ceder en permitirle influenciar su obra especial como mensajera del Señor. En tres cartas que le escribió el 21 de Junio, el 2 y el 10 de julio de 1874, puede verse ese conflicto de intereses que debió sufrir en su lealtad a su marido y a la misión profética que Dios le dio.

2 de Julio, 1874. “Tu camino puede no siempre parecerte claro, pero Dios te conducirá si no asumes una ansiedad extra… Estamos justificados en caminar por vista tanto como podamos, pero cuando no podemos ver más el camino en forma clara, tenemos que poner nuestra mano en la de nuestro Padre celestial y dejarlo conducir. Hay emergencias en la vida de todos en las que no podemos seguir por vista ni confiar en la memoria ni en la experiencia. Todo lo que podemos hacer es simplemente confiar y esperar. Honramos a Dios al confiar en él porque es nuestro Padre celestial.

“… Asistí a cuatro camp meetings… No te he olvidado en la costa del Pacífico. Hemos orado sinceramente por ti. Anhelamos verte elevado por encima de las pruebas que han tenido tanta influencia depresiva sobre tu vida, para desalentar y envenenar la felicidad de tu vida. Dios te dio un buen intelecto—podría decir un intelecto gigante. Satanás no quiere que tu vida concluya en honor y victoria. La causa de Dios no puede prescindir de ti sin experimentar una gran pérdida.

“Cuando estás libre de oscuridad y pesimismo, sentimientos de desaliento, nadie puede hablar o escribir palabras que ejercerán una influencia tan poderosa como tú mismo, y en todos los corazones se pone alegría, esperanza y valor. Pero cuanto tus sentimientos se abaten, y escribes y hablas bajo la nube, ninguna sombra puede ser más oscura que la que arrojas. En este asunto Satanás lucha por el dominio.

“Tú culpas a otros por tu estado de mente. Tanto tiempo como sigas haciendo esto se levantará suficiente gente para mantenerte en este estado de confusión y tinieblas. Lo que otros hacen no te excusará de confiar en Dios y esperar y creer en su poder para sostenerte.

“No debes acusarme de causarte las pruebas de tu vida, porque en esto engañas tu propia alma. Es el darle vueltas a [rumiar] los problemas, magnificarlos, y hacerlos real lo que ha causado la tristeza de tu vida ¿Voy a ser culpada por eso?

“Debo estar libre de las censuras que te has sentido libre de expresarme. Pero si debo sobrellevarlas, trataré de hacerlo sin réplica. Nunca quise hacerte triste. Tu vida es muy preciosa para mí y para la causa de Dios. Y no es suficiente con que me aflija por tu desconfianza y sospechas de mí que me turban, sino que permites que te aflijan a ti. Eso agota tu salud, y soy incapaz de quitar la causa porque realmente no existe.

“… Si Dios dice que por su gloria debemos trabajar ocasionalmente aparte, lo haremos… No tengo ni un sentimiento de resentimiento en mi corazón contra ti, pero con la ayuda de Dios, no permitiré que nada se interponga entre ti y mi. No me deprimiré. Tampoco permitiré que sentimientos de culpa y aflicción destruyan mi utilidad cuando sé que he tratado de hacer mi deber según lo mejor que he entendido en el temor de Dios” (433-434).

En otra carta: “No te olvido… Sé que ves las cosas en una luz pervertida. En lo pasado me he sentido tan deprimida y triste con el pensamiento de que siempre sería así, que la vida me ha parecido una carga. Pero no me siento así ahora. Lo que puedas sentir y pensar no me apartará de creer y confiar en Dios.

“Todo parece un misterio inexplicable—que no puedas encontrar descanso y paz a menos que puedas traerme a posiciones que no puedo ver ni posiblemente ser sometida a ser puesta. No veo consistencia o generosidad en esto, sólo un sentimiento movido por egoísmo en insistir constantemente sobre cosas que tienden a separar nuestros corazones más bien que unirlos.

“Anhelo una unión perfecta, pero no puedo comprarla a expensas de mi conciencia… Puedo sentir que el enemigo te está haciendo miserable al mantener tu mente en asuntos que no son de provecho, sino sólo para perjuicio.

“Quiero que seas feliz. Tu salud y vida dependen de que estés feliz y contento. No importa lo que otros hagan, eso no debiera tener tanto poder sobre tu mente. Tanto tiempo como permitas que los errores o supuestos errores de otros te depriman y descorazonen, tendrás bastante para hacer con esa clase de negocios” (435).

“Satanás ve tu debilidad en este respecto, y hará todo esfuerzo para atacarte justo en el punto en donde ha tenido éxito tan a menudo… Dios quiere que vivas y guardes tu mente libre, para que puedas ser un canal de luz… Satanás sabe que puedes ser de gran aliento al pueblo de Dios. Sabe que todo lo que tiene que hacer es trabajar en las mentes de los que no viven en la luz, y conseguir que tu mente se distraiga con ellos, y así lograr su objetivo. Se me ha mostrado que muchas páginas han sido escritas sobre la inconsistencia de otros y llenado con tus desalientos, mientras que Satanás se regocijaba porque tu pluma no trazaba líneas que Dios pudiera sancionar y bendecir, trayendo grandes y preciosas bendiciones, dándote una paz dulce y preciosa…

“Dios te ha dado una pluma que nunca debiera ser usada para desalentar o descorazonar a su pueblo. Luz, preciosa luz de su presencia hará irradiar sobre ti para impartirla a otros, si tan solo resistes las tentaciones del diablo para escribir y hablar de tus sentimientos de prueba, tus tentaciones, y tus desalientos. Debieras haber escrito volúmenes sobre aspectos de la verdad presente que serían inmortalizados por salvar almas, mientras que tu tiempo y tu pluma han sido empleados para desparramar nubes de tinieblas porque te sucedió que sentías oscuridad. Dios no podía bendecirte en tu obra, y te estabas hundiendo más bajo y más bajo por proferir sentimientos e impresiones que eran las tentaciones del enemigo.

“Dios quiere que vivas. Quiero que vivas y que nuestros últimos días sean nuestros mejores días. Mi corazón está triste muchas veces, sí, cada vez que pienso en ti. ¿Cómo podría ser de otra manera?

“No deseo ir a ninguna excursión de placer sin ti. No me importa ir donde sea cuando el deber parece llamarme. Pero no quiero que Satanás tenga éxito en destruir mi utilidad porque sé que mi esposo me mira en forma equivocada… Si tenemos que trabajar separados por el resto del camino, no busquemos empujarnos el uno al otro abajo. Creo que es mejor para nuestras labores estar desconectados y que ambos nos apoyemos en Dios…” (436-7).

En otra carta escribió. “Anhelo verte y sería feliz de sepultar el pasado… Pero debo sentirme libre de seguir las convicciones de mi propia conciencia. No te culparé ni censuraré, y no puedo quitar mi vida y mi alma por culparme tú y censurarme. Pueda el Señor bendecirte, sanarte y conducirte es mi oración diaria. Debo estar libre en Dios. Quiere que esté libre y no sufriendo bajo un peso de desalientos depresivos que me inhabilitan para toda posición” (438).

En 1876 volvieron a tener confrontaciones cuando Jaime White fue elegido de nuevo presidente de la Asoc. Gral. El quería que ella lo acompañase en los camp meetings, pero ella estaba entusiasmada escribiendo sobre la vida de Cristo y quería quedarse. Era evidente también, por el intercambio de cartas que se escribieron en la distancia, que Jaime trataba de imponerse en el programa de su esposa, algo que cuidadosamente había evitado hacer en años anteriores.

Algunas expresiones que no tenemos tiempo de exponer aquí de E. de White parecen revelar cierto disgusto interior, lo que hizo que Jaime le respondiera en forma descontrolada (término usado por su nieto al hacer historia). Le escribió a su esposa: “Usaré la buena cabeza vieja que Dios me dio hasta que me revele que estoy equivocado. Tu cabeza no cabrá en mis hombros. Guárdala donde corresponda, y trataré de honrar a Dios usando la mía. Estaré contento de escuchar de ti, pero no desperdicies tu precioso tiempo y fuerza en discursearme en asuntos de meras opiniones” (444).

A esto E. de White le respondió: “Me apena que haya dicho o escrito algo que te apene. Perdóname y me cuidaré más para no levantar ningún tema que te moleste o te cause angustia… No puedo ver todas las cosas como tu, pero tampoco pienso que mi lugar o deber deba ser tratarte de hacer ver como yo veo o sentir como yo siento. En lo que haya hecho así te pido disculpas. Quiero un corazón humilde, un espíritu manso y callado. Donde he dejado que mis sentimientos se levanten, he estado equivocada. Deseo que mi yo se esconda en Jesús, que mi yo sea crucificado. No reclamo infalibilidad, ni aun perfección del carácter cristiano. No estoy libre de errores y equivocaciones en mi vida. Si hubiera seguido a mi Salvador más de cerca, no habría lamentado tanto mi falta de semejanza a su querida imagen” (444) [Sugiero comparar estas declaraciones con la de Pablo cuando dijo: “De los pecadores, yo soy el primero”, y las declaraciones posteriores de E. de White diciendo que quienes más cerca están del Señor, mayor sentimiento de su indignidad y debilidad tendrán].

La paz volvió otra vez al hogar de los White en 1877, aunque tal vez en forma relativa, ya que Jaime sintió tal carga de conciencia por cómo había tratado a su esposa en esos conflictos personales, que pensó que Dios difícilmente podría perdonarlo. “Mi tarea es confortarlo,” escribió ella a su hijo Willie, “y orar por él; hablarle palabras alegres, amables y suaves” (445).

Todo esto sirvió para que en años más recientes, cuando los evangélicos comenzaron a acusar a E. de White de haber escrito y obrado bajo la influencia de su marido, se pudiese probar que era falso. Testimonios que Elena prometió a su marido no hacer públicos, fueron publicados un siglo después como patrimonio y bendición universales.