LOS CATAROS La Herejía Perfecta STEPHEN O’SHEA

LOS CATAROS

La Herejía Perfecta

STEPHEN O’SHEA

Javier Vergara Editor

Barcelona / Bogotá / Buenos Aires

Caracas / Madrid / MéXIco D. F.

Montevideo / Quito / Santiago de Chile

AJill, RachelyEve

Título original: The Perfect Heresy Traducción: Juan Soler

© 2000 by Stephen O’Shea

© Ediciones B Argentina, S.A., 2002

para el sello Javier Vergara Editor

Av. Paseo Colón 221 - Piso 6 - Buenos Aires, Argentina

www, ediciones b. corn

Impreso en Argentina - Printed in Argentine

ISBN: 950-15-2240-7

Depositado de acuerdo a la ley 11.723

Impreso por Printing Books, Av. Gral. Díaz 1344, Avellaneda, Buenos Aires, en el mes de Abril de 2003.

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ÍNDICE

PRINCIPALES PERSONAJES DE LA HISTORIA DE LOS CATAROS 13 INTRODUCCIÓN 17

CAPÍTULO UNO

El Languedoc y la gran herejía 29

CAPÍTULO DOS

Roma 41

CAPÍTULO TRES

El final del siglo 47

CAPÍTULO CUATRO

La conversación 59

CAPÍTULO CINCO

Penitencia y cruzada 69

CAPÍTULO SEIS

Béziers 75

CAPÍTULO SIETE

Carcasona 85 .

CAPÍTULO OCHO

Malvoisine 97

CAPÍTULO NUEVE

El conflicto se extiende 107

CAPÍTULO DIEZ

Época de sorpresas 119

CAPÍTULO ONCE

El veredicto 135

CAPÍTULO DOCE

Tolosa 141

CAPÍTULO TRECE

Vuelta a la tolerancia 151

CAPÍTULO CATORCE

Final de la cruzada 159

CAPÍTULO QUINCE

La Inquisición 167

CAPÍTULO DIECISÉIS

Reacción violenta 175

CAPÍTULO DIECISIETE

La sinagoga de Satán 183

CAPÍTULO DIECIOCHO

Crepúsculo en el jardín del diablo 191

CAPÍTULO DIECINUEVE

Bélibaste 205

EPÍLOGO

En el país cátaro 211

NOTAS 225

BIBLIOGRAFÍA ESCOGIDA 257

AGRADECIMIENTOS 263

ÍNDICE 265

Principales personajes de la historia de los cataros

ENEMIGOS ESPIRITUALES

Arnaud Amaury (fallecido en 1225): jefe de la orden de los monjes cis-tercienses. Plenipotenciario papal en el Languedoc, posteriormente fue nombrado arzobispo de Narbona. En 1209 Arnaud dirigió la cruzada de los albigenses en el infame saqueo de Béziers.

Pierre Autier (aprox. 1245-1309): hombre sagrado cátaro. Hasta su edad madura rico notario de la ciudad montañesa de Ax-Les-Thermes, Autier recibió instrucción religiosa herética en Italia y regresó al Lan­guedoc para difundir la fe.

Guillaume Bélibaste (fallecido en 1321): el último perfecto del Lan­guedoc. Buscado por las autoridades acusado de asesinato y herejía, Bé­libaste ejerció su ministerio durante más de una década entre compa­ñeros eXIliados en Cataluña.

Bernardo de Clairvaux (1090-1153): monje cisterciense, fundador de la abadía de Clairvaux en la Champaña en 1115, canonizado en 1174. Bernardo asesoró a papas, promovió la segunda cruzada y dio la voz de alarma ante el auge del catarismo.

Blanche de Laurac: la matriarca más importante del catarismo del Lan­guedoc. Dos de sus hijas contrajeron matrimonio con hombres rele­vantes y después llegaron a ser perfectas; otra dirigió una comunidad catara en Laurac. Su cuarta hija y su único hijo varón encontraron la muerte en Lavaur, en 1211.

Domingo de Guzmán (1170-1221): fundador de la orden de los frailes predicadores, o dominicos, canonizado como santo Domingo en 1234.

Oriundo de Castilla, Domingo predicó incansablemente en el Langue-doc en los años anteriores a la cruzada. Durante las guerras cataras lle­gó a ser confidente de Simón de Montfort.

Esclarmonde de Foix: hermana de Raymond Roger, conde de Foix. Esclarmonde abrazó el catarismo en 1204 en una ceremonia a la que asistieron las principales familias del Languedoc. Dirigió un convento herético y, siglos después, se convirtió en objeto de un culto erótico-re-ligioso.

Jacques Fournier (aprox. 1280-1342): monje cisterciense de una estir­pe de campesinos del Languedoc. Fournier, inquisidor sin igual, dejó patente el despertar cátaro de Montaillou. En 1334, fue elegido Papa con el nombre de Benedicto XII.

Fulko de Marsella (1155-1231): obispo de Tolosa desde 1205 hasta su muerte. Inmortalizado por Dante en el canto IX del Paraíso, Fulko ex­hibió una elocuencia inhabitual y una actitud despiadada en su comba­te contra el catarismo.

Gregorio IX (1170-1241): Ugolino dei Conti di Segni, elegido Papa en 1227. En 1233 designó a los dominicos para que encabezaran la lucha contra la herejía, hecho que se considera generalmente el acto funda­cional de la Inquisición.

Guilhabert de Castres (muerto aprox. en 1240): el perfecto varón más importante del Languedoc. Aunque en peligro constante como obispo cátaro de Tolosa, Guilhabert escapó de sus perseguidores y organizó la retirada estratégica de la fe a los Pirineos.

Inocencio III (1160-1216): Lotario dei Conti di Segni, elegido Papa en 1198. En 1208 emprendió la cruzada de los albigenses y en 1215 con­vocó el cuarto Concilio de Letrán. Uno de los pontífices medievales más temidos y admirados, Inocencio murió en Perugia cuando se diri­gía a mediar en un acuerdo de paz entre Genova y Pisa.

Pierre de Castelnau (muerto en 1208): monje cisterciense y lega­do papal, cuyo fallecimiento impulsó el llamamiento a aplastar a los cataros.

RIVALES TEMPORALES

Amaury de Montfort (1192-1241): hijo mayor de Alice de Montmoren-cy y Simón de Montfort. Señor del Languedoc dispuesto a la batalla des­de 1218 hasta la cesión de sus derechos al rey Luis VIII de Francia. Cap­turado por los musulmanes en Gaza en 1239, cautivo en Babilonia durante dos años, Amaury murió en Calabria en su viaje de regreso.

Blanca de Castilla (1185-1252): reina de Francia, entonces regente tras la muerte de Luis VIII y mientras su hijo mayor, Luis IX (san Luis), era menor de edad, así como durante sus prolongadas ausencias en las cru­zadas de Palestina. Probablemente el mejor gobernante de Francia del siglo XIii.

Bouchard de Marly (muerto en 1226): primo hermano de Alice de Montmorency y camarada de armas de su marido, Simón de Montfort. Rehén de los cataros durante un tiempo en Cabaret, después Bouchard dirigió el segundo cuerpo de caballería en la batalla de Muret.

Luis VIII (1187-1226): rey de Francia tras la muerte de su padre, Feli­pe Augusto, en 1223. Luis ordenó la masacre de Marmande y en 1226 emprendió la cruzada real decisiva.

Pedro II (1174-1213): monarca del reino unificado de Aragón y del con­dado de Barcelona, vencedor de los moros en la batalla de las Navas de Tolosa. El rey Pedro el Católico hizo suya la causa del Languedoc y enca­bezó el mayor ejército jamás reunido para luchar contra los cruzados.

Felipe Augusto (1165-1223): rey de Francia. Redujo poco a poco y con éXIto la presencia Plantagenet continental de Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra a un pequeño rincón de Aquitania. Los barones de Felipe fueron los principales jefes de la cruzada de los albigenses.

Raimundo VI (1156-1222): conde de Tolosa. Tres veces excomulgado y cinco veces casado, el caudillo del Languedoc fue formalmente expul­sado en el Concilio de Letrán de 1215.

Raimundo VII (1197-1249): último conde de Tolosa del clan Saint-Gilíes. Pese a haber echado de sus tierras a los franceses, al final Rai­mundo se vio obligado a aceptar una dura paz que le obligaba a sub­vencionar a la Inquisición.

Raymond Roger de Foix (muerto en 1223): el más beligerante de los nobles del sur que lucharon contra la invasión francesa. Hermano y marido de mujeres cataras, se distinguió por su ferocidad en el campo de batalla y por su firmeza ante el Papa.

Simón de Montfort (1165-1218): adalid de la causa católica en el sur. Tras exhibir una manifiesta valentía en la batalla, en 1209 fue nombra­do vizconde de Béziers y Carcasona. Sus años de estrategia militar bri­llante y cruel le convirtieron en señor de todo el Languedoc.

Raymond Roger Trencavel (1188-1209): vizconde de Béziers y Carca­sona, sospechoso de simpatizar mucho con los cataros. Durante el ve­rano de 1209 estuvo solo contra el poder del norte.

Introducción

Albi, de «albigense», la más célebre herejía de todos los tiempos. En una luminosa tarde de verano de hace algunos años, me hallaba deambulando por las silenciosas calles de Albi en compañía de mi her­mano. Ambos estábamos sorprendidos de habernos tropezado con una ciudad cuyo nombre nos resultaba familiar. Habíamos llegado a Albi por casualidad, en un coche alquilado en París una semana antes para ir al sur y recorrer el campo francés sin rumbo fijo. Era nuestra versión de lo que los ingleses llaman una «excursión misteriosa», un viaje con destino desconocido. Tan pronto los tejados de pizarra y los muros blancuzcos del norte del Loira hubieron dejado paso al acogedor ladri­llo del Midi, empezamos a sentirnos agradablemente desorientados. En Clermont Ferrand observamos las primeras boinas inveteradas; en Au-rillac, tuvimos un accidente al ir marcha atrás; en Rodez, vimos cómo nuestra camarera se desprendía de su vestido. Habíamos llegado al Languedoc, el suroeste mediterráneo de Francia.

Tras un largo almuerzo en un restaurante de carretera, recorri­mos Albi, la ciudad cuyo nombre conserva un aire de infamia. Sabía­mos que la cruzada de los albigenses había sido un cataclismo de la Edad Media, una violenta campaña de sitios, batallas y hogueras duran­te la cual los seguidores de la Iglesia católica intentaron eliminar a los herejes conocidos como albigenses, o cataros. A la cruzada del siglo XIli, dirigida no contra musulmanes de la lejana Palestina sino contra disi­dentes cristianos del mismo corazón de Europa, siguió la fundación de la Inquisición, una máquina implacable creada en concreto para acabar con los cataros supervivientes de la guerra. Debido a la convulsión, el Languedoc, antaño orgulloso territorio independiente, quedó aneXIonado al reino de Francia. Cruzada, Inquisición, conquista… Albi tenía asegurado su lugar en la Historia, si no en el recuerdo afectuoso.

Aquel día de verano nos pareció como si la ciudad hubiera escogi­do una apática amnesia sobre su pasado. Vagamos por un viejo barrio vacío, frente a casas y tiendas cerradas por ser la hora de la siesta, mien­tras los ladrillos y alféizares de color rojo vino nos bañaban de un fulgor rosado. Junto a una puerta dormía un gato blanco, sin que ningún fan­tasma lo molestara. Era difícil cuadrar la impresión de bienestar desme­moriado de Albi con su singular legado. Yo sólo tenía que remontarme más o menos una década para recordar a un profesor de la universidad que describía la cruzada de los albigenses como colonialismo naciente, y a un necio compañero de habitación divagando sin parar, en un estilo más obsesivo, sobre cómo los herejes habían sido perseguidos por la pri­mera policía del pensamiento. En ese momento, hallándome realmente en Albi, estos recuerdos parecían inadecuados, una grosera intrusión en los dulces sueños de la ciudad.

En una elevación sobre el río Tarn, las estrechas calles se abrían para formar una amplia plaza. Mi hermano y yo nos miramos. Eso ya estaba mejor.

Allí, perfilándose sobre un revoltijo de viviendas terraplenadas junto al río, se alzaba una fortaleza roja, monolítica y amenazante, una magnífica montaña de ladrillos amontonados de treinta metros de altu­ra y cien de anchura. Sombríamente rectangular, sus ventanas poco más que ranuras alargadas, el edificio parecía indestructible, un yunque de mirada ceñuda arrojado desde los cielos. Sus treinta y dos contra­fuertes, como chimeneas cortadas a lo largo por la mitad, circundaban ciclópeos muros en los cuatro costados y se elevaban lejos, como la lí­nea horizontal de un tejado remotísimo. La silueta semejaba una má­quina de cambio de monedas espantosamente grande, como las que en otro tiempo llevaban los conductores y las cobradoras de autobús: un contrafuerte para los peniques, otro para las monedas de cinco centa­vos, etcétera. Sin embargo, esta comparación doméstica resultaba afea­da por una estructura más alta incluso, una torre, un cohete de ladrillo rojo que sobresalía más de treinta metros por encima del tejado que había a lo largo del muro occidental.

La torre albergaba campanas que tañían los domingos. El edifi­cio era una iglesia.

Sobre la amnesia de Albi íbamos errados. La espantosa rareza que es la catedral de Sainte-Cécile jamás permitirá que los habitantes de la ciudad olviden su relación con los albigenses. Levantado entre 1282 y 1392, el edificio es un imponente matón que empequeñece y domina a sus vecinos. No tiene crucero, de modo que la iglesia ni siquiera posee la redentora forma de la cruz. Durante siglos tuvo sólo una puerta pe­queña. A diferencia de otras grandes catedrales francesas, como las de París, Chartres, Reims, Bourges, Ruán y Amiens, bajo la altísima bóve­da de Sainte-Cécile no había desordenados mercadillos, ni caminantes roncando tirados en el suelo, ni excrementos de ganado por la mañana, ni grandes portales que dejaran entrar el aire que respiran hombres co­rrientes. El exterior de la iglesia era –y todavía es– un monumento al poder.

Bernard de Castanet era el obispo medieval que aprobó los pla­nos, reunió el dinero necesario y comenzó la construcción. Mientras lo hacía, en los años ochenta del siglo XIii, Castanet también acusó de he­rejes a muchos ciudadanos destacados, aunque la cruzada de los albi­genses había terminado dos generaciones antes y desde entonces los inquisidores habían estado intimidando al pueblo sin cesar. Los adver­sarios del obispo, en concreto un fraile franciscano sin pelos en la len­gua llamado Bernard Délicieux, afirmaban que Castanet se valía de las amenazas de la Inquisición para amordazar a hombres libres y obtener dinero mediante la extorsión. Sea cual fuere la verdad, la iglesia-fortale­za se elevaba implacable, ladrillo a ladrillo, hasta que quedaba claro su principal mensaje: someteos o seréis aplastados.

En el aspecto de Sainte-Cécile no había nada sutil;1 nada justifi­caba la eXIstencia de alguna monografía especializada que detallara gár­golas, motivos ornamentales y cosas por el estilo. Caminamos alrede­dor del voluminoso gigante, maravillados de que el silencio de media tarde de Albi hubiera sido tan engañoso. Al final, la rojiza catedral era un bramido enfurecido del obispo Castanet y sus sucesores. Habían creído que el credo subversivo de los cataros ponía en peligro su mun­do –su poder, sus privilegios, sus creencias– y habían vociferado su ira en aquella monstruosa montaña de ladrillos. Nos colmaba los ojos y los oídos. Sólo un desacuerdo sobre algo tan insondable como el alma de una civilización podía provocar un grito tan fuerte que todavía era audible a través de un abismo de setecientos años.

No es extraño que aquella tarde resonara largo tiempo en mi me­moria. En los años siguientes, me acordé una y otra vez de Albi y los cataros al aparecer espontáneamente en libros y revistas y en las conver­saciones de los parisinos entre los que yo vivía. Mucha gente había oído el grito. Empecé a frecuentar los puestos de libros junto al Sena. Mis amigos buscaban en sus estantes y siempre encontraban otro estu­dio en francés sobre los cataros nuevo para mí. Ciertas bibliotecas espe­cializadas tenían traducciones de crónicas difíciles de conseguir, corres­pondencia y archivos de la Inquisición. En 1997, años después de mi primera visión momentánea de Sainte-Cécile, me trasladé al suroeste de Francia para mirar –y escuchar– con más atención los lugares donde habían vivido y muerto los cataros. El destino de mi excursión misteriosa resultó ser el origen de este libro.

«Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos.» El único lema del conflicto cátaro que ha pasado a la posteridad se atribuye a Arnaud Amaury, el monje que dirigió la cruzada de los albigenses. Un cronista refirió que Arnaud dio su orden fuera de la ciudad comercial mediterrá­nea de Béziers, el 22 de julio de 1209, cuando sus guerreros cruzados, a punto de tomar la población por asalto tras haber abierto brecha en sus defensas, se dirigieron a él en busca de consejo sobre cómo distinguir al católico creyente del cátaro hereje. Las sencillas instrucciones del monje fueron obedecidas, y todos sus habitantes –más o menos veinte mil– asesinados indiscriminadamente. La destrucción y el saqueo de Béziers convirtieron la población en la Guernica de la Edad Media.

Si Arnaud Amaury pronunció de veras esta orden despiadada es aún motivo de controversia.2 Con todo, lo que nadie pone en duda es que la frase ilustra primorosamente las pasiones homicidas presentes en la cruzada de los albigenses. Incluso en una época considerada general­mente bárbara –«mil años sin tomar un baño»3 transmite una benig­na idea despectiva de la Edad Media–, la campaña contra los cataros y sus seguidores destaca por su desnuda crueldad. Al principio, las histo­rias de Béziers y otras atrocidades apadrinadas por la Iglesia conmocio-nan, y después encajan en la idea de que el milenio transcurrido entre la Antigüedad y el Renacimiento fue una atroz pesadilla. Recurriendo a la imaginación gótica del siglo XIx, la cultura popular ha sacado parti­do de esa idea; en Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, por poner un ejemplo conocido, un gángster colérico le susurra amenazante a un enemigo: «Te voy a joder en “plan medieval”.»4 Sólo la palabra ya asusta.

En este sentido, la historia de los cataros es el no va más de lo medieval. La cruzada de los albigenses, que duró desde 1209 hasta 1229, debe su andadura al papa más poderoso de la Edad Media, Ino­cencio III, y en un principio la llevó a cabo un guerrero de talento, Si­món de Montfort, bajo la mirada aprobadora de Arnaud Amaury. Al asolar el Languedoc, el gran arco que se extiende desde los Pirineos a la Provenza e incluye ciudades como Tolosa, Albi, Carcasona, Narbona, Béziers y Montpellier, la cruzada, respuesta implacable a las cuestiones planteadas por una herejía popular, sentó un funesto precedente en cuanto al modo en que la cristiandad enfocaría la disidencia.

Las dos décadas de carnicería a cargo de la cruzada dieron paso a quince años de rebelión y represión irregular, que culminaron en 1244 en el sitio de Montségur. Fortaleza solitaria situada en lo alto de un ris­co, al final Montségur se rindió, y más de doscientos de sus defensores, líderes de la fe catara alzada en armas, fueron conducidos a un claro nevado y allí quemados vivos. Por entonces, la Inquisición, guiada des­de su fundación, en 1233, por los infleXIbles intelectos de la orden de los dominicos, había desarrollado las técnicas que atormentarían a las católicas Europa y Latinoamérica durante los siglos venideros y, andan­do el tiempo, proporcionarían el modelo del reciente control totalitario de la conciencia individual. A mediados del siglo XIv, la Inquisición había eliminado de la faz de la tierra cristiana toda traza residual de la herejía albigense, y los cataros del Languedoc habían desaparecido. El calvario de aquellas gentes tuvo sus estaciones –quemarlas en masa, dejarlas ciegas, colgarlas, catapultar partes de su cuerpo contra los mu­ros de los castillos, la rapiña, el saqueo, las melopeas de los monjes tras los arietes, los juicios secretos, la exhumación de cadáveres, el potro de tortura–, que armonizan de sobra con nuestra fantasmagoría de lo medieval.

Si el relato fuera sólo esto, una especie de historieta novelada, los cataros quedarían relegados a una nota a pie de página en los anales del terror. Sin embargo, su ascenso y su caída evocan otras connotaciones de lo medieval: la sublime, misteriosa y dinámica Edad Media que a menudo resulta eclipsada por los destellos de las armaduras de los caba­lleros. La herejía catara, una rama pacifista de la cristiandad que abra­zó la tolerancia y la pobreza, gozó del máXImo prestigio en mitad del llamado renacimiento del siglo XIi, época en que Europa se libró de la apatía intelectual en que había estado sumida durante siglos. Era un período de cambio, de experimentación, de apertura de nuevos hori­zontes. Después de 1095, el papa Urbano II había exhortado a la cris­tiandad a recuperar Jerusalén, y decenas de miles marcharon hacia allí en busca de aventuras y de la salvación… y regresaron como hombres y mujeres que habían visto, si no comprendido, que en otras partes la vida estaba organizada de manera distinta. En su patria, las ciudades comenzaron a crecer por primera vez desde la caída del Imperio roma­no, y se inició la gran era de la construcción de catedrales. Se fundaron escuelas, liberadas de los reparos de una jerarquía vigilante. La difusión de nuevas ideas y el nacimiento de nuevas ambiciones provocaba a me­nudo descontento hacia una Iglesia medieval primitiva, mejor adapta­da a una época ignorante de monjes acurrucados y campesinos estre­mecidos de miedo. El gran despertar del siglo xn anunció un período de anhelo espiritual que buscaba, y con frecuencia hallaba, lo sublime fuera de los muros de la ortodoXIa. A los cataros se unieron otros gru­pos heréticos –en especial los valdenses, u «hombres pobres de Lyon»– para fustigar con dureza la religión oficial.

El catarismo prosperó en regiones alejadísimas desde la Edad de las Tinieblas: las ciudades comerciales de Italia, los centros de la Champaña y las tierras del Rin, y, sobre todo, el díscolo tablero de posesiones fami­liares y poblaciones independientes que a finales del siglo xn constituía el Languedoc. El destino de los cataros estuvo unido al del Languedoc, pues fue allí donde los herejes crecieron más y captaron discípulos en to­dos los sectores de la sociedad, desde pastores de la montaña y pequeños agricultores a nobles de las tierras bajas y mercaderes urbanos. Cuando fueron atacados, la pequeña clase sacerdotal del credo –es decir, los as­cetas conocidos como los «perfectos»– se encontraron con una multi­tud militante de protectores en su amplia red de parientes, conversos y simpatizantes anticlericales. La herejía de los perfectos se adaptaba de manera ideal, realmente perfecta, al feudalismo tolerante del Languedoc, por lo que su pueblo pagaría un tributo atroz. La región introdujo en el siglo XIll una locuaz anomalía en el coro de la cristiandad europea, y su cultura fue impulsada por trovadores poetas y cataros revolucionarios; cien años después, los monarcas de Francia habían engullido el Langue­doc, y sus terribles ciudades se habían convertido en el banco de pruebas de inquisidores ambiciosos y magistrados reales.

Sin los cataros, los nobles comprometidos con la monarquía de los Capetos y su pequeño territorio de bosques alrededor de la ciudad de Paris – La Île–De-France– jamás habrían tenido un pretexto para precipitarse hacia el Mediterráneo y forzar la improbable aneXIón del Languedoc a la corona de Francia. El Languedoc compartía cultura y lengua con sus parientes al sur de los Pirineos, el reino de Aragón y el condado de Barcelona, uno de los feudos cristianos que al final hizo retroceder a los moros musulmanes del resto de la península Ibérica. Se podría decir que el Languedoc «se llevaba» mejor con Aragón que con los francos del norte que algún día crearían la entidad conocida como Francia.* Sin la convulsión de la cruzada de los albigenses, el mapa y la composición de Europa podrían haber sido muy distintos.

Aunque firmemente enraizada en la política y la sociedad de su tiempo, la historia de los cataros también constituye un importante - y desgarrador - capítulo de la historia de las ideas. La herejía giraba en torno a la cuestión del bien y el mal. No es que uno de los bandos de la contienda del Languedoc fuera bueno y el otro malo, aunque eso afirmaban los propagandistas de una y otra parte. Lo que sucedía más bien es que el desacuerdo esencial entre la ortodoXIa católica y la hete­rodoXIa catara, su irreductible manzana de la discordia, estaba ligado al papel del mal en la eXIstencia.

Para los cataros, el mundo no era obra de un Dios bueno, sino la creación de una fuerza de las tinieblas, inherente a todas las cosas. La materia era corrupta, por tanto no tenía nada que ver con la salvación. Había que hacer poco caso –o ninguno– a los complejos sistemas ideados para intimidar a la gente y obligarla a obedecer al hombre que tenía la espada más afilada, la bolsa más llena de dinero o el mayor palo de incienso. La autoridad mundana era un fraude, y si estaba ba­sada en cierto decreto divino, como sostenía la Iglesia, era también una rotunda hipocresía.

El dios que merecía la adoración catara era un dios de luz, que gobernaba en el mundo invisible, etéreo y espiritual; este dios, sin inte­rés en lo material, no se preocupaba por si alguien hacía el amor antes de estar casado, tenía por amigos a judíos o musulmanes, trataba a hombres y mujeres como iguales, o hacía alguna otra cosa contraria a la doctrina de la Iglesia medieval. Correspondía a cada individuo (hombre o mujer) decidir si estaba dispuesto a renunciar a lo material y lle­var una vida de abnegación. Si no era así, seguiría volviendo a este mundo –esto es, se reencarnaría– hasta estar preparado para abrazar una vida lo bastante inmaculada para permitirle el acceso, tras la muer­te, al mismo estado dichoso que hubiera experimentado como ángel antes de haber sido tentado hasta perder el cielo al principio de los tiempos. Así, salvarse significaba llegar a ser santo. Condenarse era vi­vir, una y otra vez, en este mundo corrupto. El infierno estaba aquí, no en cierta vida futura inventada por Roma para que la gente estuviera siempre aterrorizada.

Creer en lo que se conoce como los Dos Principios de la creación (el Mal en el mundo visible, el Bien en el invisible) es ser dualista, partidario de una idea que ha sido compartida por otros credos en los es­fuerzos por abordar lo desconocido habidos durante la larga historia de la humanidad. No obstante, el dualismo cristiano de los cataros postu­laba un lugar de confluencia entre el bien y el mal: el corazón de cada ser humano. Allí, nuestro vacilante destello divino, remanente de aquel estado angelical anterior, esperaba pacientemente verse liberado del ci­clo de reencarnaciones.

Incluso una descripción rápida de la fe catara nos da una idea de lo sediciosa que era la herejía. Si sus dogmas eran verdaderos, los sacra­mentos de la Iglesia devenían forzosamente nulos y sin valor por el simple motivo de que la propia Iglesia era un engaño. ¿Por qué, pues, se preguntaban los cataros, hacer caso de la Iglesia? Y más en concreto, ¿por qué pagarle impuestos y diezmos? Para los cataros, los atavíos ecle­siásticos de riqueza y poder mundano servían sólo para poner de mani­fiesto que la Iglesia pertenecía a la esfera de lo material. En el mejor de los casos, el Papa y sus subalternos eran unos ignorantes; en el peor, agentes activos del creador maligno.

Tampoco el resto de la sociedad eludía las consecuencias revolu­cionarias del pensamiento cátaro. Esto fue especialmente cierto en el tratamiento a las mujeres. El statu quo sexual medieval habría sido so­cavado si todos hubieran creído, como creían los cataros, que un hom­bre noble en una vida puede ser una ordeñadora en la siguiente, o que las mujeres estaban capacitadas para ser guías espirituales. Quizás inclu­so más subversiva que este protofeminismo era la repugnancia que sen­tían los cataros por la costumbre de hacer juramentos. Aunque hoy nos parezca una idea fútil, el hombre medieval pensaba de otra forma, pues el juramento era el reforzamiento contractual de la primitiva sociedad feudal. Proporcionaba un valor sagrado al orden eXIstente; no podía crearse ni transferirse ningún reino, propiedad o vínculo de vasallaje sin establecer un lazo en forma de juramento, sancionado por el clero, entre el individuo y la divinidad. Como dualistas, los cataros creían que intentar unir los hechos del mundo material a la imparcialidad del buen Dios era un ejercicio de ilusionismo. Con asombrosa facilidad, el predicador cátaro podía representar la sociedad medieval como un ima­ginario e ilegítimo castillo de naipes.

En resumen, para los poderes eXIstentes el catarismo era una he­rejía perfecta y, por tanto, inspiró un odio que casi no conoció límites. Roma no podía permitir que el éXIto de los cataros la humillara públicamente. Aunque a menudo la doctrina catara escapaba a la compren­sión de sus adversarios, se urdieron y repitieron –de buena fe– fantás­ticas calumnias sobre sus costumbres. Su nombre, que en otro tiempo se creía que significaba «los puros», no fue invención suya; actualmente se considera que «cátaro» es un juego de palabras alemán que significa «el adorador de los gatos». Durante mucho tiempo se rumoreó que los ca­taros realizaban el denominado «beso obsceno» en el trasero de un gato.5 Y se decía que consumían las cenizas de niños pequeños muertos y se entregaban a orgías incestuosas. También era habitual el epíteto bougre, degradación de «búlgaro», referencia a una Iglesia hermana de dualistas heréticos en el este de Europa. A la larga, bougre se convirtió en «bujarrón», que pretendía señalar otra tendencia atribuida tiempo atrás a los entusiastas cataros. El término «albigense», rechazado por las convenciones históricas modernas porque limita el alcance geográfico del catarismo, fue idea de un caballero cruzado según el cual los here­jes creían que nadie podía pecar de cintura para abajo.6 Hoy sabemos que los cataros se referían a sí mismos, muy discretamente, como «bue­nos cristianos».

No obstante, hubo quien prestó oídos a los rumores de que les gustaban los gatos y quemaban a los niños pequeños, así como a relatos más precisos sobre el desarrollo de un credo cristiano alternativo. El poder de la Europa feudal cayó sobre el Languedoc con furia virtuosa. En muchos aspectos, el odio suscitado por los herejes enmascaraba una antipatía más profunda que oponía la exaltación espiritual del siglo xu a la cultura de elaboración de leyes y codificación propia del siglo XIii.7 Así pues, en un sentido más amplio, las guerras cataras se produjeron porque la civilización occidental se hallaba en una encrucijada: de ma­nera sugerente, el historiador R. I. Moore ha considerado que los años cercanos a 1200 constituyeron un momento decisivo que dio lugar a «la formación de una sociedad perseguidora».8 Se tardaría siglos en re­parar el daño causado por ciertas decisiones. Con menos grandiosidad, puede contemplarse el destino de los cataros como la historia de una disidencia no preparada para hacer frente a la fuerza de sus adversarios. El Languedoc de los cataros estaba demasiado debilitado por la tole­rancia para resistir las resueltas certidumbres de sus vecinos.

Este relato del drama cátaro, destinado a no especialistas, se basa en las diligentes investigaciones llevadas a cabo por historiadores acadé­micos en la segunda mitad del siglo XX. Las principales fuentes varían en función de la acción que se esté revelando. En cuanto al ascenso de los herejes desde los años cincuenta del siglo XII en adelante, el archivo documental es desigual, y los documentos que eXIsten –sobre todo cartas y las actas de los concilios de la Iglesia– fueron escritos por sus enemigos. Si en aquella época los cataros tenían un corpus escrito, lo destruyeron los inquisidores dominicos encargados de extirpar la here­jía cien años después. Ironías de la vida, tuvo que ser un fraile domini­co del siglo xx, Antoine Dondaine, el que disipara las brumas de ca­lumnias y conjeturas que rodearon el catarismo primitivo removiendo en archivos para poner al descubierto catecismos y tratados heréticos antes desconocidos para los historiadores.9

En cuanto a los años del ocaso de la herejía, los dominicos vol­vieron a desempeñar un papel esencial para nuestro conocimiento. Pese a lo mucho que destruyeron en general del catarismo, los frailes medie­vales resultaron ser magníficos conservadores de ese declive al poner por escrito las actas de sus investigaciones. En los últimos años se ha podido disponer de transcripciones de los interrogatorios de la Inquisi­ción, de palabras pronunciadas por campesinos y burgueses desapareci­dos hace siglos, que constituyen una ayuda valiosísima para los estu­diosos de aquel período. Sólo hemos de remitirnos a Montaillou: The Promised Land of Error, la obra clásica de Emmanuel Le Roy Ladurie sobre uno de los últimos reductos del catarismo, para verificar el valor de los archivos de la Inquisición en la reconstrucción del pasado.

No obstante, el núcleo de la historia tiene lugar entre el ascenso y la caída de los cataros, en el trascendental momento del conflicto abierto que se inició con el saqueo de Béziers en 1209 y acabó en la rendición de Montségur en 1244. Por fortuna, hubo cuatro cronistas contemporá­neos10 –de los cuales sólo uno estaba en el bando del Languedoc– que presenciaron y registraron los triunfos y los cambios imprevistos de ese agitado período, así como varios comentaristas medievales posteriores que con gran acierto consideraron que la narración despertaba un interés enorme. En conjunto, las fuentes –los manuscritos que nos han legado cronistas, comentaristas, inquisidores, clérigos y señores– ofrecen un cuadro detallado y complejo de una época en que abundaban las gentes de fuertes convicciones y gran valentía. La Iglesia y sus aliados contaban, entre otros, con Lotario dei Conti di Segni, el carismático magnate roma­no elegido Papa con el nombre de Inocencio III; Domingo de Guzmán, santo Domingo descalzo, que clamó en el desierto cátaro; Simón de Montfort, un guerrero devoto que pretendió construir un imperio; el obispo Fulko de Tolosa, trovador convertido en perseguidor, y Arnaud Amaury, el legado papal que carecía del menor escrúpulo. En el otro cam­po tenemos al conde Raimundo VI de Tolosa, el principal libertino, di­plomático y noble del Languedoc; Raymond Roger de Foix, señor de la montaña consagrado a horrorosas venganzas; Guilhabert de Castres, des­tacado fugitivo cátaro que escapó tanto de los cruzados como de los in­quisidores; Pierre Autier, rico notario que se volvió cabecilla de los here­jes, y Guillaume Bélibaste, hombre sagrado asesino cuya muerte en la hoguera en 1321 marcó la desaparición de la fe.

Los misioneros cataros recorrieron los caminos del Languedoc rural dos siglos enteros antes de la época de Juana de Arco; tres antes de Martín Lutero; cuatro antes del Mayflower. La inmensa distancia entre ellos y nosotros sería incluso más desalentadora si no fuera por la verdad que encierra el aXIoma enunciado por un discípulo de David Hume: «El pasado no eXIste salvo como sucesión de estados mentales presentes.» Por tanto, el epílogo de este trabajo examinará la exuberan­te singularidad del catarismo en nuestra propia época, que ha visto cómo los cataros salían de las sombras de un mundo recóndito y entra­ban en el ingobernable mercado de la memoria europea. En efecto, los cataros han recibido el apoyo, con distintos grados de seriedad, de ve­getarianos, nacionalistas, feministas, buscadores de tesoros, seguidores de la New Age, libertarios, anticlericales y pacifistas. Sus antiguos es­condites –castillos en ruinas al pie de los Pirineos– ya forman parte de las rutas turísticas. Entre sus admiradores menos recomendables se incluyeron los nazis y, más recientemente, los integrantes de la Orden del Templo Solar que se autoinmolaron. En una reciente novela france­sa aparecen neocátaros que luchan contra las fuerzas del imperialismo norteamericano.11 En algunas zonas, los cataros inspiran la misma mez­cla de admiración y respeto misterioso que rodea a los pueblos indíge­nas del Nuevo Mundo. Los herejes de Montségur se han convertido en sustitutos de los hopis, y sus creencias indican una opción espiritual grabada al aguafuerte no sobre una imagen onírica sino contra el fondo de una pesadilla medieval. Pese al gran abismo de los siglos, los cataros todavía recorren las tierras eternas del Languedoc.

CAPÍTULO UNO

El Languedoc y la gran herejía

El mosaico de viñas y olivos del Languedoc se extiende desde el mar a las montañas, un arco de prosperidad ganada a duras penas que va desde la desembocadura salada del Ródano al lento flujo del Garo-na. La tierra, quemada por el sol y batida por el viento, parece creada para una historia de cambio repentino. En las marismas de carrizos de la costa mediterránea están las ciudades de Nímes, Montpellier, Béziers y Narbona, ya bulliciosos puestos avanzados del Imperio cuando los centuriones de Roma denominaban a la región provincia Narbonnensis. En la época de los cataros, hacía mucho tiempo que estos centros de rudimentaria urbanidad habían salido de la noche del caos que siguió al hundimiento del mundo clásico. Sus almacenes junto a los muelles rebosaban de nuevo de vino y aceite, lana y cuero; sus ciudadanos más prósperos, vestidos con caras sedas y brocados, comerciaban con sus homólogos de España, Italia y regiones más lejanas.

La cálida llanura litoral de los comerciantes enseguida da paso a un entorno más accidentado. Cerca de la costa se alzan las blancuzcas montañas de Corbiéres, una hilera de cumbres de piedra caliza que se extienden tierra adentro hasta el sur del río Aude. Las cimas de esta ca­dena, ahora rematadas por castillos en ruinas, eran ideales para vigilar la marcha de los ejércitos por el valle del río. Allí, en la arrugada geo­grafía de campos y pueblos, filas de cipreses compiten con las vides para poner orden en el paisaje. Hacia el norte, a lo lejos, se perfila la rocosa meseta del Minervois, con su toldo de pinos balanceándose sobre es­carpados barrancos, y la Montagne Noire, la montaña Negra, una ame­nazante elevación poblada de árboles tirada en el paisaje como una enorme ballena varada en la playa.

Más allá de los torreones y las murallas de Carcasona, a unos sesenta kilómetros de la costa, Corbiéres y la montaña Negra desapa­recen, y la tierra se desparrama en abanico en una serie de leves es­tribaciones. En verano, el suelo se seca y cantan las cigarras; cultivos irregulares suavizan las largas montañas escarpadas en el ondulado pa­norama. Esta fértil región era el corazón del catarismo. En ciudades como Lavaur, Fanjeaux o Montréal, el dualismo logró el mayor núme­ro de adeptos.

Al oeste de estas aburridas poblaciones se halla la amplia y prós­pera llanura de Tolosa, de verde grisáceo bajo el calor. La gran ciudad, superada en tamaño sólo por Roma y Venecia en la cristiandad latina de 1200, está situada en un meandro del río Garona, que se despliega lentamente en su largo viaje hacia el Atlántico. Lejos, al sur, el río se eleva en la roca y la nieve que separan Francia de España. La majestad tenebrosa y desolada de los Pirineos señala el límite del Languedoc con una determinación inequívoca. A la vista de esas cumbres, puestos avanzados como Montségur y Montaillou presenciaron los últimos ca­pítulos de la historia de los cataros.

Encajado entre vecinos más famosos –al este, Provenza; al oeste, Aquitania; al sur, Aragón y Cataluña–, el Languedoc nunca ha sido redimido de su pecado original: albergar una herejía. Incorporado a la fuerza al reino de Francia a consecuencia de la cruzada de los albigen-ses, la región tardó varias generaciones en redescubrir el naciente na­cionalismo que, en el siglo xm, el caballero del norte y el inquisidor dominico estimularon primero y aplastaron después. En la actualidad, todavía es más un constructo imaginario que una entidad unida. No eXIste como nación o provincia hecha y derecha, lo que encaja en su papel de adalid de los cataros invisibles.

Incluso su nombre refleja lo quimérico. El Languedoc es una contracción de langue d’oc, es decir, la «lengua del sí» –o, mejor, los idiomas en que la palabra «sí» es oc, no oui. A la larga, el patois de París y su Ile-de-France circundante evolucionó y se convirtió en el francés; las lenguas de oc, u occitano, y sus dialectos afines –languedociano, gascón, lemosín, auvernés, provenzal– se parecían mucho más al cata­lán y al castellano. Con el tiempo, el occitano quedó categóricamente eXIliado en los márgenes más alejados de la conversación en romance,1 y la lengua suave y refinada de los norteños franceses acabó dominan­do el Languedoc. No obstante, permanece el recuerdo del idioma desplazado, aunque sólo sea en el modo gangoso que adopta el francés en el sur. Mientras que la algarabía de la discusión de café en, pongamos, Normandía, suena como un melifluo intercambio entre vacas parlan­tes, el tono de la misma conversación en el Languedoc nos recuerda a un músico que está afinando una guitarra grande y muy sonora. Por todas partes puede oírse este eco de la vieja Occitania.

Fue en la lengua occitana donde la poesía de los trovadores flore­ció por primera vez en el siglo XIi. En los campos y arboledas del Lan­guedoc se descubrió el amor y se reavivó lo erótico. Los juglares –in-térpretes de las obras trovadorescas– cantaban un juego elegante y tímido de placer aplazado, sublimación exaltada y, al final, satisfacción adúltera. La idea de fine amour era una brisa fresca y embriagadora de trascencencia individual imbuida del espíritu del Languedoc medieval. Mientras más allá del Loira y el Rin los nobles todavía andaban agita­dos por la épica de las visceras que se desprendían de la espada de Car-lomagno, sus homólogos del soleado sur empezaban a seguir otros ca­minos. La naturaleza del deseo amoroso, tan enemistado con la mezcla de saqueo y piedad que pasaba por conducta normal en los demás lu­gares, le daba a la mentalidad espiritual un carácter distinto.

Durante este período, lo característico de la región se ponía de manifiesto en todas partes. En las ciudades costeras, los judíos del Lan­guedoc inventaban y exploraban las repercusiones místicas de la Caba­la, demostrando que el fermento espiritual no estaba de ninguna ma­nera limitado a la mayoría cristiana. En el mundo más material, los burgueses del Languedoc arrebatan poder a las familias feudales que habían dominado la tierra desde la época de los visigodos. El dinero, enemigo del sistema agrario de castas, volvía a circular, al igual que las ideas. En los caminos y ríos del Languedoc de 1150 había no sólo mer­caderes y trovadores sino también parejas de hombres sagrados itine­rantes, reconocibles por la delgada tira de cuero que llevaban atada al­rededor de la cintura de su hábito negro. Entraban en los pueblos y ciudades, se ponían a trabajar, a menudo como tejedores,2 y llegaron a ser conocidos por su labor dura y honrada. Cuando llegó el momento, hablaron primero a la luz de la luna tras los muros, después al descu­bierto, junto a la chimenea de nobles y burgueses, en las casas de los comerciantes, cerca de los puestos del mercado. No pedían nada, ni al­mas ni obediencia; sólo que los escucharan. En el espacio de una gene­ración, esos misioneros cataros habían convertido a miles de personas.

El Languedoc había llegado a albergar lo que vendría en llamarse la Gran Herejía.

A principios de mayo de 1167, la pequeña ciudad de Saint-Félix de Lauragais,3 acurrucada en su proa de granito en un mar de verdor ondulante, hervía de visitantes. Desde las ventanas de sus hostales, los recién llegados podían mirar los campos de trigo primaveral y dar las gracias por la felicidad de una época sin escasez. No es que creyeran que el buen Dios había tenido algo que ver en esa suerte material, pues los huéspedes de Saint-Félix eran grandes dualistas –heresiarcas– ve­nidos de tierras lejanas. Se habían reunido allí para hablar abiertamen­te, sin miedo a la persecución ni a la contradicción, en un gran cóncla­ve que se celebraría en el castillo de un noble de la localidad. Era el primer y único encuentro de esa clase, una Internacional catara de di­sidentes espirituales.4 El obispo católico, que se hallaba en su palacio de Tolosa, a un día de viaje en dirección al oeste, no había sido invitado.

Los habitantes de la ciudad saludaban prestos a los heresiarcas, que vestían hábito, inclinándose gravemente y rezando una oración en que pedían garantías de que su vida tendría un buen final. Este ritual, conocido como melioramentum, revelaba que los suplicantes creían en el mensaje cátaro. Estos creyentes, o credentes, no eran cataros propia­mente dichos, sino más bien simpatizantes que atestiguaban y mostra­ban respeto por la fe. Los credentes tenían que esperar a una vida futura para acceder al estatus de cátaro electo.

Por todo el Languedoc, los creyentes eran muchísimos más que los escasos hombres sagrados, a quienes más adelante la Iglesia califica­ría de «perfectos», en el sentido de herejes perfeccionados, plenamente iniciados.5 Eran los perfectos, los visitantes de Saint-Félix que lucían hábitos negros, los verdaderos cataros sediciosos. Clase austera de mon­jes universales, los perfectos mostraban sólo con el ejemplo que había un camino para salir del ciclo de la reencarnación. Su condición sagra­da los convertía en santos vivos, de la misma categoría –a ojos de los credentes– que los apóstoles de Jesús. Tras llegar a la última fase de la eXIstencia material, los perfectos se preparaban para un último viaje; su vida abnegada les aseguraba que tras morir no regresarían, sino que su espíritu encarcelado sería por fin libre para unirse a la divinidad eterna e invisible. A la larga todos estarían entre los perfectos, en la marchita y espartana sala de espera de la beatitud. Entretanto, los simples cre­yentes cataros podían comportarse como juzgaran conveniente, si bien era preferible seguir la doctrina de los evangelios: ama a tu prójimo y la paz que la bondad y la honestidad traen consigo.

Los perfectos de Saint-Félix agradecían el homenaje de los cre­dentes con una respuesta ritual al melioramentum.6 Por lo general, las palabras pronunciadas eran exclusivamente en occitano, la lengua fran­ca de las onduladas tierras de labrantío de las que Saint-Félix era sólo uno de los muchos pequeños pueblos. Sin embargo, dado lo especial de la ocasión, algunos de los perfectos respondieron en la langue d’oil, ascendiente del francés. Un tal Robert d’Epernon, guía de la fe catara en el norte de Francia,7 había acudido a la reunión con varios de sus compañeros perfectos. La respuesta al melioramentum también se dio en la lengua que maduraría como italiano. La hablaba un sepulturero milanés de nombre Marcos, uno de los iniciadores del catarismo en Lombardía, donde las ciudades en proceso de crecimiento se estaban arruinando por culpa de las disensiones entre el Papa y el emperador germánico. Ese año de 1167, las ciudades y el papado fundaron la de­fensiva Liga Lombarda para frustrar los planes del emperador Federico Barbarroja. En las grietas provocadas por esa lucha por el poder pudo prosperar la fe herética de Marcos y sus camaradas.

Marcos había llegado a Saint-Félix como acompañante. Nicetas, su compañero de viaje, hablaba griego, una lengua olvidada en aquel ambiente campesino desde que la pequeña aristocracia latina local lo recitaba en sus academias literarias unos ochocientos años antes. Nice­tas, cuya identidad nunca ha sido precisada del todo, era probablemen­te el obispo de Constantinopla, de la fe bogomila, un credo dualista que había surgido en el este de Europa cuando un monje macedonio del siglo X conocido como el «amado de los dioses» (bogomil, en eslavo) comenzó a difundir las nuevas ideas sobre el bien y el mal. El dualis­mo, una metafísica conocida por la cristiandad desde los gnósticos an­tiguos, tenía seguidores en diversas regiones controladas por el Imperio bizantino. Aunque el origen de los cataros está impregnado de miste­rio, es razonable suponer que los bogomilos8 actuaran en un principio como mentores de la herejía occidental, en especial cuando aumenta­ron los contactos entre el este griego y el oeste latino tras el fin del pri­mer milenio.

Como heresiarca del este, Nicetas llevaba consigo a la reunión de Saint-Félix un impresionante pedigrí de disidente. En el año 1100, uno de sus antecesores, un tal Basilio, había intentado públicamente atraer al emperador bizantino a la senda del dualismo. Al emperador aquello no le divirtió nada, y Basilio, el Bogomilo fue quemado en la hoguera por su temeridad justo en el exterior del hipódromo de Cons-tantinopla. No obstante, para el cátaro perfecto, el martirio sufrido por los bogomilos, al margen de su carácter glorioso, importaba menos que la fuente de legitimidad que representaban.

Por los dedos de Nicetas pasaba el poder del consolamentum, el único sacramento dualista. Este transformaba al creyente común en uno de los perfectos, que, a continuación, podía «consolar» a otros dis­puestos a vivir su vida final, sagrada. El bautismo, la confirmación, la ordenación y, si la recibía a las puertas de la muerte, la extremaunción, todo iba en uno; el consolamentum consistía en la imposición de manos y reiterados requerimientos de vivir una eXIstencia ascética y casta inta­chable. El perfecto tenía que abstenerse de cualquier forma de intimi­dad sexual, rezar constantemente y ayunar con frecuencia. Cuando se le permitía comer, debía evitar la carne o los derivados de la reproduc­ción, como el queso, los huevos, la leche o la mantequilla. Sin embar­go, podía beber vino y comer pescado, pues el hombre medieval creía que este último surgía en el agua por generación espontánea. Un solo desliz en este régimen severamente impuesto –tan nimio como un bocado de ternera o un beso robado–, y se esfumaba el estatus de per­fecto. El reincidente tenía que recibir de nuevo el consolamentum^ al igual que todos los demás a los que el imperfecto perfecto había llega­do a «consolar». Los cataros rechazaron enseguida el precepto católico de ex opere operato, non ex opere operantis ([la gracia] deriva de lo que es realizado, no de quien lo realiza),9 en virtud del cual un sacramento si­gue siendo válido con independencia de lo corrupto que sea su cele­brante. El consolamentum tenía que ser inmaculado.

Ese día, para los perfectos de Saint-Félix no había jerarquía ecle­siástica, ni iglesia como tal, ni siquiera un edificio o una capilla. Cua­tro años antes, los cataros franceses del norte se habrían encogido de hombros ante la colocación de la piedra angular de la catedral de No-tre Dame de París. Para los dualistas, la continuidad del consolamentum desde la época de los apóstoles era el edificio invisible de lo eterno, transmitido literalmente de una generación a otra como una especie de pillapilla sobrenatural. El sacramento era la única manifestación de lo divino en este mundo. Los cataros creían que Jesús de Nazaret, una aparición más que un ser material ordinario, había llegado a la tierra como mensajero que llevaba consigo la verdad dualista e iniciador de la cadena del consolamentum. La muerte del nazareno, en caso de que muriera de veras, fue casi fortuita; desde luego no constituyó el extraor­dinario instante redentor de la historia que ha proclamado la Iglesia.

Los perfectos sostenían que la cruz no era algo que hubiera que venerar, sino tan sólo un instrumento de tortura, perversamente glori­ficado por la fe romana. También se horrorizaban ante el culto a las re­liquias de los santos. Aquellos trozos de hueso o de tela para los que se construían iglesias o se organizaban peregrinaciones pertenecían a la es­fera material, la sustancia creada por el demiurgo maligno que moldeó este mundo y la envoltura carnosa de lo humano: el que había hecho el cosmos y tentado a los ángeles hasta expulsarlos del cielo, para después atraparlos en el envase perecedero del cuerpo mortal. En el sistema ge­neral de las cosas, lo importante era sólo el espíritu de cada uno, lo que quedaba de la naturaleza del ángel caído, lo que permanecía conectado con el bien. Pensar lo contrario era engañarse. Los sacramentos admi­nistrados por la Iglesia no eran más que paparruchas.

Los piadosos proscritos de 1167 aludían a la fe mayoritaria como «la ramera del Apocalipsis» y «la Iglesia de los lobos», y hacían oídos sordos a las pretensiones de Roma de preeminencia temporal y espiri­tual. Habían pasado noventa años desde que Hildebrando, el radical toscano elegido Papa con el nombre de Gregorio VII, proclamara la supremacía papal sobre todos los demás poderes. Desde entonces, re­yes, obispos, cardenales y príncipes habían estado a la greña. Tres años después de la reunión de Saint-Félix, los confidentes más desalmados de Enrique II de Inglaterra entraron a la fuerza en la catedral de Can-terbury y asesinaron a Thomas Becket, el arzobispo que desafió la eXI­gencia real de juzgar a sacerdotes criminales en tribunales laicos. El ase­sinato sería el más famoso de la Europa medieval, pero para los cataros la acción, aparte de su abominable crueldad, carecía de cualquier otro significado, pues se había producido en el vacío. En este mundo no podía haber reinos ni Iglesias legítimos; por ello, la serie de razona­mientos legales presentados tanto por la Iglesia como por la Corona ve­nían a ser un puro sofisma.

A los crecientes se les dijo que pasaran por alto otras historias que se contaban en Roma. El catarismo mantenía que el hombre y la mujer eran iguales. Un ser humano había experimentado muchas reencarna­ciones –como campesino, princesa, muchacho, muchacha–, pero, una vez más, lo que importaba era la personalidad divina, inmaterial, asexua­da, de cada uno. Si los sexos se empeñaban en juntarse y, por tanto, prolongar su estancia en el mundo material, podían hacerlo libremen­te, fuera del matrimonio, que era otro sacramento infundado inventado por una voluntad sacerdotal de poder. También había que hacer caso omiso de la denominada delegación petrina, en virtud de la cual el Papa aún reclama su autoridad por ser descendiente directo del após­tol Pedro. El juego de palabras más decisivo de la historia de Occiden­te –«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra levantaré mi Iglesia» (Mateo 16,18)– fracasó en su pretensión de instruir a los perfectos. Para éstos, el Papa se balanceaba sobre una ficción tambaleante, y sus declaracio­nes constituían una fuente incesante de discordias sin sentido. La ma­nía de las cruzadas, iniciadas en 1095, era un ejemplo reciente. El viaje a Jerusalén, con las espadas vergonzosamente alzadas contra otros des­venturados prisioneros de la materia, debía ser repudiado y sustituido por el viaje interior. Toda violencia era odiosa.

No cabe duda de que aquellos hombres y mujeres de Saint-Félix eran verdaderamente heréticos según cualquier definición salvo la suya propia.10 Nicetas «reconsolaba» a algunos de los que habían viajado desde la Champaña, Ile-de-France y Lombardía con el fin de que estu­vieran totalmente seguros de sus credenciales espirituales. Para ellos, él no era Papa, ni siquiera un obispo en el sentido tradicional, sino sólo un anciano eminente que había recibido el consolamentum de manera adecuada y que, por ello, debía ser tratado con respeto. Los cataros te­nían sus diferencias individuales –unos eran más radicalmente dualis­tas que otros– del mismo modo que el catarismo no encajaba del todo con el credo bogomilo de Nicetas. Pero eso apenas importaba. Las cró­nicas de los extraordinarios días de mayo en Saint-Félix demostraban algo más, algo mucho más preocupante para los exponentes de la cris­tiandad ortodoxa. Ahora los herejes estaban unidos de una manera nueva, inquietante. ,…..-.

Antes de la asamblea de 1167, la herejía daba la impresión de ser un asunto esporádico, emprendido por solitarios carismáticos que saca­ban provecho de un gran aumento del deseo religioso en todo el continente. A lo largo del siglo XIi, hubo llamamientos al clero para que fue­ra más sensible a las necesidades espirituales de las ciudades que iban creciendo. La religión se volvía de nuevo algo personal, y los mesías efí­meros y los reformadores excéntricos brotaban como malas hierbas en un jardín desatendido.11

En Flandes, en 1110, un tal Tanchelm de Amberes trató sin mi­ramientos a ricos prelados y atrajo un ejército de seguidores que, según se decía, lo reverenciaban tanto que incluso bebían el agua en que se bañaba.12 La campesina Bretaña cayó bajo el dominio de un inculto vi­sionario llamado Eudo, cuyos discípulos saquearon monasterios e igle­sias antes de que él fuera declarado loco y encarcelado. Cerca, en Le Mans, Francia, un díscolo monje benedictino llamado Enrique de Lau-sana se aprovechó de la ausencia del obispo para transformar la ciudad entera en un carnaval anticlerical. Cuando el obispo regresó y por fin logró entrar de nuevo en la población, el locuaz Enrique se puso en ca­mino y se dirigió al sur acompañado de una comitiva de mujeres fasci­nadas. En el gráfico lenguaje de la época, un cronista señaló que Enri­que «ha vuelto al mundo y a la inmundicia de la carne como un perro a sus vómitos».

Al principio, tal vez la Iglesia no dio importancia a Tanchelm, Eudo y Enrique, y sólo consideró que, por exceso de entusiasmo, ha­bían perdido el norte. Al fin y al cabo, en ese apogeo de exaltación espiritual la ortodoXIa tenía sus propios agitadores excéntricos. El des­aseado Robert de Arbrissel, tan hábil predicador como Enrique, vaga­bundeó luciendo un pequeño taparrabos y cautivando y captando a se­guidoras hasta que por fin se dejó convencer y fundó una abadía para hombres y mujeres en Fontevrault, en el valle del Loira. Otro, Bernard de Tirón, era tan propenso a inducir ataques de llanto que se decía que sus hombros estaban continuamente empapados.

Poco a poco, estos hombres dieron paso a predicadores menos conciliadores. Pedro de Bruys provocó una orgía de pillajes en iglesias y de quema de crucifijos que evocaba a los iconoclastas de Bizancio. Igual que los cataros, desdeñaba las riquezas de la Iglesia y las imágenes de la cruz. A diferencia de los cataros, Pedro era imprudente. En una hoguera de estatuas cerca de la desembocadura del Ródano, el Viernes Santo de 1139, volvió la espalda demasiadas veces, y algunas personas furiosas lo arrojaron a las llamas. Aún más alarmante fue Amoldo de Brescia, antiguo alumno del gran Pedro Abelardo. Agitador que decidio salvar a la Iglesia de sí misma, Amoldo proclamó la República de Roma en 1146 y expulsó de la ciudad al aterrorizado Papa. Pasaron ocho años antes de que Nicholas Breakspear, el único inglés que sería pontífice, pudiera volver a su residencia del palacio de Letrán gracias a la interesada ayuda del emperador Barbarroja. Como cabía esperar, Ar-noldo fue detenido, estrangulado y quemado, y sus cenizas se arrojaron al Tíber para que ninguno de sus numerosos seguidores romanos pu­diera crear un culto a su cadáver.

No obstante, incluso esos ejemplos extremos de hostigamiento de la Iglesia podían atribuirse, siendo benevolentes, a un exceso de celo reformista. Ése, evidentemente, no era el caso de los cataros. Se mantu­vieron apartados de la ortodoXIa y, como pronto se hizo evidente, no estaban solos. Si eran pocos los que tenían el suficiente aguante físico para vivir como perfectos, los crecientes se contaban por miles.

En 1145, el influyente Bernardo de Clairvaux viajó al Languedoc para hacer que los seguidores de Enrique de Lausana volvieran a sentir temor de Dios. Místico, anoréXIco, inteligente, elocuente y polémico (escribió el tropo de los perros enfermos citado anteriormente), Ber­nardo fue el clérigo más importante del siglo, un monje al que se te­mía, admiraba y obedecía más que a ningún papa de la época.13 Obró con júbilo comedido, y festejó y lisonjeó por todas partes hasta alejar a unas cuantas personas de las protestas histriónicas de Enrique. Pero Bernardo no era tonto; notaba que se estaban tramando otras subver­siones más importantes. En Verfeil, centro comercial situado al nordes­te de Tolosa, sucedió lo inconcebible. Caballeros montados a caballo aporrearon las puertas de la iglesia y entrechocaron sus espadas hacien­do que el sermón de Bernardo fuera inaudible y su pico de oro se vol­viera confuso y vano. El eminente religioso tuvo que abandonar la ciu­dad entre carcajadas.14

Tan pronto hubo regresado sin novedad a su celda monástica de la Champaña, Bernardo recuperó la voz e hizo sonar la alarma. Porten­toso escritor de cartas, el famoso clérigo informó a sus corresponsales de que lo que antes sólo había sospechado ahora se confirmaba: la re­forma realista estaba siendo suplantada por la rebelión metafísica de la herejía. Como las tormentas de un día caluroso y alterado de verano, se avistó a dualistas en todas partes de Europa occidental.15 Inglaterra, Flandes, Francia, Languedoc, Italia… ningún lugar parecía seguro para la fe cristiana tradicional. En Colonia, Alemania, en 1143 y 1163 se encendieron hogueras bajo los pies de creyentes dualistas, y un monje alemán que presenció su tormento calificó a los desgraciados como «cataros».

De manera comprensible, los dualistas eran dados a la discre­ción. En 1165, varios de ellos tuvieron que comparecer ante un audito­rio en Lombers, ciudad situada a unos quince kilómetros al sur de Albi. Asistieron seis obispos, ocho abades, el vizconde de la región y Constanza, una hermana del rey de Francia. Ese día todos en Lombers sabían que había leña seca en las inmediaciones.

Los perfectos, encabezados por un tal Olivier, eran lo bastante cautelosos para citar largamente el Nuevo Testamento hasta hacerlo so­porífero. Con buen tino, no declararon haber rechazado por completo la Biblia hebrea, o Antiguo Testamento, pues creían que el dios algo testarudo allí descrito no era otro que el Maligno, el creador de la ma­teria. En esto, se unían de nuevo a los gnósticos de la antigüedad. En cuanto a Jesús de Nazaret, evitaron decir que era una mera aparición, una alucinación que no pudo haber sido un individuo de carne y hue­so. Esto –una opinión herética conocida como docetismo– habría constituido una contradicción flagrante de la doctrina ortodoxa de la encarnación y los habría delatado enseguida.

Finalmente, preguntados acerca de los juramentos,17 los cataros fueron pillados en falta. Citando las Sagradas Escrituras, dijeron que estaba prohibido jurar sobre cualquier cosa, lo cual era una señal de pe­ligro en una sociedad en que la lealtad bajo juramento conformaba el vínculo –sancionado por la Iglesia– de todas las relaciones feudales. Esta aversión a jurar era un sello característico de la creencia catara, una extensión lógica de la nítida línea divisoria que ellos percibían en­tre el mundo de los hombres y el éter del bien. Cuando se evocó el pa­pel de la Iglesia en el mundo, el velo acabó de caer del todo, y Olivier y sus compañeros cataros atacaron a los obispos y abades de Lombers tildándolos de «mercenarios», «lobos voraces», «hipócritas» y «engatusa-dores». Aunque ofensivos en sumo grado para los eclesiásticos, tal vez formular estas acusaciones complació secretamente a los laicos allí reu­nidos, que no abrigaban grandes simpatías hacia los clérigos recauda­dores de impuestos. Al final, pese a la sensación general de que Olivier y sus amigos eran herejes, se les dejó volver a sus casas sanos y salvos.

Seguramente el señor de Lombers pensaría que era una imprudencia dar muerte a unos héroes del pueblo.

Cuando los cataros se reunieron en Saint-Félix, a unos cincuenta kilómetros al sur de Lombers, sólo habían pasado dos años desde aque­lla situación crítica. Nicetas y los perfectos congregados, tranquilos y sin miedo, emprendieron la tarea de organizar la fe creciente. Se levan­taron diócesis cataras y se nombraron o confirmaron «obispos»,18 coor­dinadores en lugar de inspectores feudales como eran sus homólogos católicos. Conocemos los nombres de los hombres al cargo de la patria catara: Sicard Cellerier en Albi, Bernard Raymond en Tolosa, Guirald Mercier en Carcasona. Con calma, sin la teatralidad de los primeros herejes, los cataros fueron poniendo los cimientos de una revolución. Después de Saint-Félix, el gran temor de los ortodoxos –la aparición de una Iglesia rival fuerte– cada vez estaba más cerca de hacerse realidad.

Roma

El 22 de febrero de 1198, una generación después del cónclave cátaro de Saint-Félix, los dirigentes de la Iglesia se congregaron en Roma cuando Lotario dei Conti di Segni fue elegido Papa con el nom­bre de Inocencio III. El solemne cortejo partió de su lugar de reunión en la colina del Vaticano y pasó frente a las iglesias y los palacios forti­ficados de la ciudad. El serpenteante ceremonial salió de las sombras del mausoleo de Adriano y recorrió el abitato, el laberinto de calles que había en el meandro de la orilla izquierda del Tíber. Hombres con tú­nica tiraban de las cuerdas de docenas de campanarios para desgarrar el aire con un ensordecedor estrépito de celebración; miles de personas se alineaban a lo largo del recorrido del desfile. Todas las miradas estaban fijas en el Papa de treinta y siete años, que iba montado en un corcel blanco y lucía los atributos de su cargo. Llevaba el palio, una tela de piel de cordero que le cubría los hombros, y la tiara, una corona llena de joyas sujeta a un solideo de seda.

Un milenio antes, en la Ciudad Eterna, un hombre de su calibre podría haber sido emperador del mundo conocido. Para Lotario había poca diferencia entre las dos posiciones, salvo que el Sumo Pontífice de la cristiandad latina era con mucho superior. El Papa era el único cus­todio terrenal de la verdad absoluta e incontestable. Estar en desacuer­do con él no era disidencia sino traición.

Ni siquiera antes de su elección en segunda votación había teni­do Lotario dudas sobre la santidad de su nuevo papel. En sus propias palabras, llegó a ser «superior al hombre, aunque inferior a Dios». «Como Inocencio III –declaró en un sermón dirigido a todo el mun­do–, soy el sucesor del Príncipe de los apóstoles, pero no su vicario, no el vicario de ningún hombre ni apóstol, sino el del propio Jesucris­to.» Por la mañana había mirado hacia abajo, mientras los cardenales se apiñaban en San Pedro ante él y realizaban la proskynesis, o acto de be­sarle los pies. Cuanto más abyecta la postura, más correcto el gesto. Lotario anduvo el camino teocrático abierto en el siglo XI por Hildebrando, quien, como papa Gregorio VII, había afirmado la superiori­dad papal sobre todas las testas coronadas de la cristiandad.1 Antes se creía que la realeza resultaba de un designio divino; Hildebrando y sus sucesores habían informado a un mundo medieval descaminado que correspondía al Papa, y sólo al Papa, decidir quién podía gobernar. El hombre que lucía la mitra de obispo en Roma era más poderoso que cualquier canalla barbudo con un árbol familiar frondoso.

Con todo, Lotario, muy viajado y bien informado, era conscien­te de que lo que parecía magnífico tras sellarlo con una bulla de plomo (de ahí la «bula» papal) a menudo acababa siendo una carta superflua en las cancillerías reales del norte. Estaba a punto de iniciarse un nue­vo siglo, y Lotario quería asegurarse de que los siguientes cien años se­rían más satisfactorios que los últimos. La primera década del siglo xn no había sido buena para los vicarios de Cristo. Antes de Inocencio, en once de los dieciséis pontificados el Papa tuvo que abandonar Roma expulsado por alborotadores, republicanos o agentes de monarcas leja­nos. El municipio de Roma, gobernado por Amoldo de Brescia, vivió a mediados de siglo un episodio especialmente intenso de una reiterada pesadilla. En 1145, el papa Lucio II murió debido a las heridas recibi­das en una batalla por el control del Capitolio; treinta años antes, un débil y anciano Gelasio II, montado de espaldas en una muía, era obli­gado a soportar las burlas de sus enemigos. Había «antipapas» elegidos regularmente por clanes romanos y clérigos rivales sometidos al empe­rador germano, la mayor amenaza individual a la independencia del papado.

A principios de los años noventa del siglo xn, el ocupante del trono germano, Enrique VI, hijo de Barbarroja, parecía estar listo para ocupar toda la Europa central y la península italiana. Joven ambicioso y arrogante, cabalgó por todo el continente como un César moderno; Celestino III, anciano Papa en una asediada Roma, poco podía hacer salvo intentar que asesinaran al rey germano. Se descubrió la conspira­ción, y Enrique devolvió al asesino papal con una corona al rojo vivo clavada en el cráneo. Después, en septiembre de 1197, Enrique cayó enfermo, seguramente de malaria, y murió en Mesina, Sicilia. Bendito mosquito al servicio del papado. Cinco meses más tarde, el hijo peque­ño de Enrique, Federico, se había convertido en el pupilo nada más y nada menos que de Lotario dei Conti, el nuevo Papa que pronto urdió hábilmente artificiosas intrigas para ocultar los derechos de primogeni-tura del niño. El futuro se anunciaba prometedor para la teocracia.

Sin embargo, mientras Lotario cabalgaba por las calles cubiertas de paja y pasaba ante viviendas orgullosas y humildes, tenía que saber que los cielos romanos sobre su pontificado no estaban despejados. Cientos de imponentes torres de piedra, construidas por las familias poderosas de la ciudad, surgían frente a él a modo de bosque amena­zante. Como un Conti, Lotario debía luchar contra clanes como los Frangipani, los Colonna, los Annibaldi y los Caetani, quienes conta­ban en sus filas con cardenales y ricos potentados. Los Vassaletti habían acaparado el mercado de estatuas romanas clásicas para convertirlas en trozos de mármol que vendían en toda Europa. Los Frangipani habían obligado a Gelasio a hacer su vergonzoso paseo en muía. Y eran ellos y sus aliados los que veían con recelo a ese advenedizo papa Conti.

Para las narices patricias romanas, Lotario y sus parientes todavía conservaban un persistente olor a establo. Los Conti eran de la Campa-nia, la ondulada región interior que se extendía hacia el sureste de la ciudad. Su rústico castillo, que todavía corona el pueblo de Gavignano, en la cima de una colina, daba a un acolchado valle que había conoci­do la mano del hombre desde la época de los etruscos. A unos kilóme­tros al oeste, tras empinadas y verdes laderas, estaba la importante ciu­dad de Segni. Entre ésta y Gavignano las fincas de los Conti di Segni producían la riqueza que abastecía su competencia social.

Hacia mediados de siglo, el padre de Lotario, Trasimondo, había hecho la corte y conquistado a Claricia, heredera romana de la influ­yente familia de los Scotti. Al concedérsele un elevado puesto en la so­ciedad gracias a la alta cuna de su madre, al final el joven Lotario aban­donó las colinas y los valles de Gavignano y viajó a Roma para dejar su impronta en este mundo. Lo más probable es que para entrar en la ciu­dad tomara la Via Apia y pasara ante las grandes y pesadas ruinas de la Antigüedad protegidas por hileras de cipreses delgados como lápices. El destino le sonrió en 1187, cuando el hermano de su madre se convirtió en el papa Clemente III y aseguró el ascenso a la fama de su inteligente sobrino. Lotario estudió teología en París, aprendió leyes en Bolonia, y escribió varios tratados razonados con gran precisión. Con uno de ellos, De miseria condicionis humanae (El destino desdichado del hom­bre), obtuvo un gran reconocimiento entre pesimistas cultos de toda Europa. Su feroz y nunca infundado intelecto legalista, unido a la astu­cia diplomática de un aristócrata italiano, harían de Lotario un adver­sario temible para cualquiera que osara interponerse en su camino.

Como los peregrinos que acuden en tropel a los monumentos descritos en Mirabilis Urbis Romae (Las maravillas de la ciudad de Roma), una conocida guía del siglo xn, el recorrido de Lotario pasaría por el barrio construido sobre el Foro romano. La tradición mandaba que los desfiles de la coronación papal hicieran pausas para recibir la aclamación de la multitud y repartir limosnas. Sin duda la comitiva de Lotario se detuvo en el arco de Septimio Severo, que entonces tenía 995 años de antigüedad. De las dos altas torres que los romanos me­dievales habían considerado adecuado construir en el antiguo arco, la que quedaba más al sur sirvió de campanario de la iglesia de los Santos Sergio y Bacco, donde Lotario había desempeñado su cardenalato. El área del Foro romano había sido el hogar del joven en la ciudad, don­de llegó a ser un experto en las complejidades de sus turbulentos episo­dios políticos. A unos centenares de metros de la iglesia de los Santos Sergio y Bacco, a mitad de camino entre la columna de Trajano y el Coliseo,2 el nuevo Papa encargó la construcción de una torre, la torre de los Conti, como símbolo inequívoco de las ambiciones de su fami­lia. El hermano de Lotario, Ricardo, levantó la torre para proteger el nuevo territorio de Conti, en las cuestas que conducían a la colina Vi-minal. El monolito de ladrillo obscuro, calificado de «único en el mun­do» por un asombrado Petrarca, dominaba entonces el Capitolio y el Quirinal, y aún lo haría si en 1348 un terremoto no hubiera reducido su altura a la mitad. Actualmente sigue perfilándose sobre el Foro de Nerva como un recordatorio de que Lotario no sólo elevó a su familia desde la obscuridad a la grandeza sino que también dio a Roma la efí­mera impresión de ser de nuevo la capital del mundo.

Más allá del Coliseo, frente a la ladera de la colina Celiana, el cortejo se dirigió a su destino final entre los bien cuidados campos de los dominios privados del pontífice. La basílica de San Juan de Letrán, la más grandiosa y antigua de Roma, había sido construida unos 850 años antes por el emperador Constantino, que donó a la Iglesia la tie­rra y el palacio contiguo de la finca privada de su esposa, Fausta. Fue Constantino quien decidió que el cristianismo era un culto romano le­gítimo. Su madre, Helena, había hecho traer la escalera de la residencia de Poncio Pilato de Jerusalén al palacio de Letrán. El Papa podía subir los veintiocho escalones de la Scala Santa a imitación de Jesús cada vez que la responsabilidad de sus funciones le pesara demasiado.

El desfile terminó; Lotario desmontó y entró en San Juan de Le­trán, su catedral como obispo de Roma. La iglesia era un tesoro de re­liquias,3 recuerdos de celebridades de una época en que la fe eclipsaba a la fama. Sin duda Lotario había visto la colección de Letrán: las cabezas de san Pedro y san Pablo; el Arca de la Alianza; las Tablas de Moisés; el cetro de Aarón; una urna de maná; el manto de la Virgen; cinco panes y dos peces de la comida de los cinco mil; y la mesa de la Última Cena. En la capilla privada del Papa había el prepucio y el cordón umbilical de Jesús. Las creencias de Lotario, como las de los millones a quienes ahora dirigía, estaban fuertemente enraizadas en lo material.

El palacio de Letrán, donde un banquete esperaba a los partici­pantes en el desfile, había sido la principal residencia papal desde que, ocho siglos antes, Fausta, esposa de Constantino, se viera obligada a trasladarse a otro alojamiento. No obstante, Lotario era consciente de que el palacio se hallaba aislado en un archipiélago de baluartes de los Frangipani esparcidos por la colina Celiana. Estaba decidido a no aco­bardarse ni a permanecer allí cautivo; de modo que fue él quien em­pujó poco a poco a la corte papal hasta el lugar donde había iniciado su era triunfante, cerca de la tumba de san Pedro, en terrenos del Vaticano.

Desde los veranos de su infancia en la Campania hasta ese prodi­gioso día del invierno de 1198, la vida había modelado a Lotario hasta convertirlo en un líder de convicciones inquebrantables. Era aún un muchacho cuando, en 1173, .un Papa que residía temporalmente en su ciudad natal de Segni había proclamado santo al asesinado Thomas Becket. Con sólo trece años, viviendo con su familia en lo alto de Ga-vignano, seguramente Lotario captó la lección que había tras aquella beatificación: nadie debe jugar con la Iglesia.5 Becket pasó a ser la su-pernova del firmamento clerical medieval; cuando en el siglo xvi el apóstata rey Enrique VIII saqueó su tumba, se apoderó de más de 140 kilos de oro.6 El destino de Lotario estaba entre los cálculos mezquinos de los monarcas y las exaltadas cumbres de la santidad.

Como papa Inocencio III, se le había encargado el gobierno, en sus propias palabras, «no sólo de la Iglesia universal sino del mundo entero». En muchas regiones de Europa, su amada Iglesia, zarandeada por los cambios del siglo XIi, había acabado desorganizada, desacredita­da o, peor aún, corrompida. Si miraba al este, veía Jerusalén todavía en manos de los musulmanes. En la península Itálica, años de desorden habían privado al papado de las tierras de las que en otro tiempo sacó rédito y prestigio temporal. Y al oeste se hallaba el Languedoc, donde se había dejado que la herida de la herejía se infectara. Había sido ele­gido un nuevo Papa para un nuevo siglo.

CAPÍTULO 3

El final del siglo

«Estar siempre con una mujer y no tener relaciones sexuales con ella es más difícil que resucitar a los muertos.»1 Así escribía un candido aunque frustrado Bernardo de Clairvaux sobre la amenaza que supo­nían las mujeres para su búsqueda de la santidad. En eso sus colegas eclesiásticos del siglo xn lo secundaban por completo. En tiempos de Inocencio III, la época de las abadesas poderosas, pastorales, como Hil-degarda de Bingen, o incluso de instituciones mixtas, como la abadía de Robert de Arbrissel para hombres y mujeres en Fontevrault, eran ya un recuerdo lejano. Los monasterios masculinos que tenían conventos de hermanas comenzaron a cortar vínculos de afiliación y a retirar su apoyo. Hacia el año 1200, la Iglesia estaba volviendo la espalda a las mujeres. En lo sucesivo, ellas ni se acercarían al altar, la escuela, el cónclave o el con­cilio. En las últimas etapas de la Edad Media, la Virgen María se utilizó como un doble de todas las mujeres influyentes desterradas, y su catego­ría de semidivinidad fue como un hueso arrojado a los metafísicamente desposeídos. Para muchas mujeres, no admitidas en la sacristía y encerra­das en el claustro, eso no era suficiente.

Como en muchas otras cosas, el catarismo difería radicalmente del credo mayoritario en su postura hacia las mujeres. En las tres déca­das trascurridas entre la asamblea de Saint-Félix y el desfile de Inocen­cio en Roma, la fe dualista se había difundido sin obstáculos por todo el Languedoc, y un matriarcado rebelde y decidido se encargó de trans­mitir el mensaje. Ya no era cierto asunto heterodoxo y delicado, algo que un comediante debiera falsear con maña ante una multitud atemo­rizada. En vez de ello, el catarismo había llegado a las casas, y sus creencias se habían entremezclado profundamente en el tejido de la vida familiar del Languedoc. Las mujeres perfectas habían trabajado con ahínco.

Las mujeres cataras, a diferencia de sus homólogos masculinos, casi nunca viajaban para hacer proselitismo. En lugar de ello creaban hogares colectivos para las hijas, viudas y señoras mayores de la peque­ña nobleza local y de los artesanos. A las chicas se las formaba y educa­ba en estas casas para que después salieran al mundo a casarse y tener hijos que inevitablemente abrazarían la fe de sus madres. Por consi­guiente, en cada generación crecía el número de credentes así como el número de mujeres que optaban por la austeridad de la vida de los per­fectos, cosa que muchas hacían al acercarse a la edad madura.

Tras haber sobrevivido a la dureza de una serie de partos conse­cutivos y cumplido con su deber reproductor, nada impedía a las mu­jeres del Languedoc recibir el consolamentum y asumir una posición de honor en la comunidad. El estatus cuasidivino de un perfecto –la Iglesia no ofrecía a las mujeres nada tan prestigioso ni muchísimo me­nos– iba asociado al compromiso de los hogares cataros de mostrarse abiertos y rendir buena acogida al mundo en general. No había clausu­ra, pues se debían llevar a cabo tareas tanto manuales como espiritua­les. En vez de inspirar milagros, visiones, pogromos y todos los demás atavíos de los entusiasmos cristianos populares, los cataros fueron tre­mendamente domésticos. Guando el obispo Fulko de Tolosa, uno de sus más resueltos enemigos, reprochó a un caballero católico no haber logrado castigar a los herejes, éste respondió: «No podemos. Nos he­mos criado en su seno.2 Tenemos parientes entre ellos y los hemos vis­to llevar una vida de perfección.» Pedirle a alguien que persiguiese a su madre era excesivo.

La fe disidente tenía que atraer forzosamente a las asediadas mu­jeres medievales. Desde la época de los gnósticos las mujeres no habían tenido tanta voz en los asuntos del futuro. Los simples credentes podían gozar de la honrosa gloria de sus fervorosas hermanas y, aún más impor­tante, consolarse al saber que no eran ninguna especie de ocurrencia tardía de la mente divina. En cualquier caso, el Maligno había creado el mundo, así que las contraseñas de su organización –incluida la ley sexual del más fuerte– estaban ahí para ser soportadas, no para ser apoyadas. Al igual que los cabalistas, vecinos suyos en el Languedoc, las mujeres cataras hallaron aliento en la idea de la metempsicosis, la trans­migración de las almas.

No es que los cataros estuvieran por completo libres de los preju-cios propios de la época.3 Algunos creyentes interrogados por la Inqui­sición en el siglo XIv decían que, según les enseñaban ciertos hombres perfectos, si alguien debía abandonar este mundo para siempre, su úl­tima reencarnación había de ser como hombre. Desde luego eso supo­nía un rasgo misógino con respecto a los primitivos preceptos de los cataros. También en interrogatorios de la Inquisición, unas cuantas an­tiguas credentes declararon que las habían llamado «sentinas de tenta­ción corruptora» y culpado de fomentar la procreación, acto del que resultaba otro prisionero de la materia. Aquí, al menos en su primera proposición, advertimos la conocida queja del hombre asceta medieval, con independencia de cuál fuera su fe. Algunos de los cataros perfectos seguramente coincidían en eso con san Bernardo de Clairvaux.

Sin embargo, dada la importancia de las mujeres en la difusión de la fe, es improbable que el hostigamiento femenino fuera en el cata-rismo resultado de una postura mayoritaria. El papel de la mujer se potenció más gracias al sistema de herencia divisible del Languedoc, en virtud del cual la familia se repartía la herencia de manera equitativa. A diferencia del sistema del norte, en el que todo era para el hijo mayor y los demás hermanos tenían que valerse por sí mismos, la fragmentación de las fincas del sur suponía para muchas mujeres un pequeño margen de independencia del que en otras partes no habrían disfrutado. Las mujeres, sobre todo las que tenían títulos nobiliarios, fundaron, admi­nistraron y dirigieron hogares cataros.4 En 1204, Raymond Roger, con­de de Foix, capital montañesa al pie de los Pirineos, dio su elogiosa aprobación cuando su hermana, Esclarmonde, recibió el consolamen­tum de Guilhabert de Castres en una ceremonia celebrada en Fanjeaux, ciudad cercana a Carcasona. Junto a ella, en un acto al que asistió la mayor parte de la nobleza del Languedoc, había tres señoras también de alta cuna que comprometían su vida al logro de la perfección espiri­tual. Cuando Philippa, esposa de Raymond Roger, decidió que tam­bién quería ser un perfecto, el conde no se opuso.

En los numerosos pueblos fortificados que salpican el paisaje en­tre Tolosa, Albi y Carcasona, entre una tercera parte y la mitad de la población recibió la influencia del catarismo. Una red de mujeres reli­giosas, fueran abuelas o nueras, respaldaban el trabajo de los hombres itinerantes. Ante la prescrita ausencia de iglesias o incluso de capillas, los credentes se reunían en hogares dirigidos por mujeres perfectas para escuchar a los hombres cataros que iban a visitarlos desde las ciudades. Las anfitrionas perfectas más influyentes –Blanche de Laurac, Esclar-monde de Foix– habían residido antes en el castillo de la localidad. Allí, por la noche, los trovadores y los juglares iban a divertir a las mis­mas personas a las que los cataros habían elevado espiritualmente por la tarde. En los corazones de la nobleza del Languedoc coincidían los perfectos y los trovadores. Desde el amor dualista al vecino al amor de los juglares a la esposa del vecino, todo en el mismo día, la cultura oc-citana de piedad y buenos sentimientos se iba desprendiendo de todos los vestigios de la cristiandad tradicional. En efecto, «amor» es lo opuesto a «Roma». Las conjeturas eruditas coinciden en que en el año 1200 había en el Languedoc entre mil y mil quinientos perfectos. En­tre los más eficaces estaban los que un trovador occitano denominaba elogiosamente bela eretga: los «herejes hermosos».

Ninguna de las excentricidades espirituales del Languedoc habría sido posible sin el tácito consentimiento –o blandura– de sus seño­res feudales. Hacia el año 1200, la causa de la sedición religiosa estaba bien abastecida por el fracturado feudalismo de la región. Curiosamen­te, en el sur no eXIstía la fusión del poder monárquico y eclesiástico que pronto elevaría a la íle-de-France y sus posesiones a la primera fila de las naciones medievales. En lugar de ello, los nobles y clérigos del Languedoc se peleaban como verduleras, a menudo sobre las tasas que les pagaban los mercaderes de las ciudades. En un ambiente tan anti­clerical, podía prosperar una fe alternativa como el catarismo.

En lo alto de la inestable escala de la primacía se hallaba Rai­mundo VI, conde de Tolosa. Su madre, Constanza, que en 1165 había asistido a la audición pública de los cataros en Lombers, era la herma­na del rey de Francia. Parece que el padre de Raimundo, Raimundo V, fue el último de su linaje en exhibir apoyo franco de la Iglesia. En 1177, el anciano invitó a un gupo de prelados a olfatear el catarismo en su capital, Tolosa,5 sólo j a que los clérigos quedaran enseguida desalentados ante la enormid- ‘ de la tarea. A un hombre condenado, un rico mercader, se le obligó a ir en peregrinación a Palestina; a su re­greso, tres años después, fue aclamado como un héroe y se le concedió un cargo de gran responsabilidad pública. En la casa del conde, el jo­ven Raimundo sin duda no reparó en ese ultraje a la fe. Con veinte años recién cumplidos ya había emprendido una precoz carrera que consistía en robarle las amantes a su padre. Por aquel tiempo, la madre, alegando maltrato conyugal, huyó del Languedoc para irse a la corte de su hermano en París, y el matrimonio con el padre de Raimundo que­dó anulado.

Hacia el año 1200, Raimundo VI tenía poco más de cuarenta años y había heredado su título hacía seis. Acababa de enterrar a su cuarta y penúltima esposa, Juana de Inglaterra, hermana de Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra. Para gran horror de los ortodoxos, la corte de Raimundo era una mezcla cosmopolita de cataros, católicos y judíos, y sus amigos no se caracterizaban por la piedad. Uno de ellos, un trovador de nombre Peire Vidal,6 una vez se disfrazó de lobo para cortejar a la mujer más encantadora del Languedoc, Etiennette de Pen-nautier, cuyo licencioso apodo era la Loba. Aunque fracasó en su in­tento de conseguir los favores de la Loba (no así Raymond Roger, con­de de Foix), Vidal adquirió fama por sus proezas y compuso canciones para instruir moral e intelectualmente a su noble patrón. No hay prue­bas documentales de si el conde Raimundo cortejó a la Loba.

Cabe presumir que Raimundo tuvo otras compensaciones; sin duda le asaltaban otras preocupaciones. En teoría, su familia dominaba desde las montañas de Provenza hasta las tierras bajas del río Garona; en la práctica, la situación era un revoltijo de vasallajes opuestos, acuer­dos para el reparto del poder y recursos económicos disputados con vehemencia.7 Tras el desmembramiento en el siglo ix del imperio de Carlomagno, que se había extendido desde Sajonia hasta Cataluña, las tierras del Languedoc se repartieron entre innumerables facciones en­frentadas. Las familias nobles de la región, unas ciento cincuenta en total al final del milenio,8 libraron durante generaciones sordas escara­muzas territoriales, debido a lo cual el paisaje estaba lleno de castillos y fortificaciones defensivas. Mediante astutos matrimonios y asedios triunfantes, la familia de Raimundo, los Saint-Gilíes, había conseguido a fines de siglo xn la supremacía, si no el dominio, en el Languedoc.

Sin embargo, nunca se convertiría en una familia real putati­va del sur. Cualquier posibilidad que tuviera el clan de Saint-Gilíes de incrementar su poder en su patria se malograba por su afición a las aventuras en tierras extrañas. El bisabuelo de Raimundo, el conde Rai­mundo IV, respondió al llamamiento de la primera cruzada y, en 1099, dirigió los ejércitos cristianos hasta Jerusalén.9 Después decidió quedarse en Oriente, se adueñó de un reino en lo que hoy es el Líbano10 y confió a un hijo bastardo el cuidado de las posesiones familiares en su país. Siguieron en el Languedoc años de contiendas intermitentes, du­rante las cuales las tierras de los Saint-Gilíes fueron presa fácil de los clanes vecinos, incluidos los de Aquitania al oeste y de Aragón al sur. Para cuando un Saint-Gilíes legítimo hubo llegado a la edad adulta y se hubo marchado de Palestina –Alfonso Jordán, así llamado por su bau­tismo en el río Jordán–, la familia había dejado escapar la oportuni­dad de aumentar su poder y sentar las bases de un futuro reino. En otras partes, a principios del siglo XII, familias destacadas como los Capetos de Francia habían empezado el largo proceso de atar corto a sus barones díscolos, además de que los Plantagenet de Inglaterra y los Hohenstaufen de Alemania rondaban por los aledaños del poder. Más cerca del Languedoc, las familias que gobernaban Barcelona y Aragón se habían fusionado para formar un reino fuerte y cohesionado justo al sur de los Pirineos.

Los Saint-Gilíes pagarían caros los años en que su señor estuvo au­sente. A medida que avanzaba el siglo XII, en el sur se produjeron repeti­das disputas jurisdiccionales cuando los crecientes clanes del norte recla­maron insistentemente como propias áreas que estaban bajo el débil control de los Saint-Gilíes. Matrimonios estratégicos evitaron que se pro­dujera ningún conflicto armado grave –si bien el padre de Raimundo se vio implicado en una serie de combates defensivos de poca importan­cia–, de modo que para 1200 los Saint-Gilíes conservaban territorio en Provenza como vasallos del Sacro Imperio romano, tierras de Tolosa del rey de Francia y propiedades en Gascuña del rey de Inglaterra. El rey de Aragón había asumido el control de buena parte de la costa mediterránea del Languedoc, incluida la importante ciudad de Montpellier. Dada la ri­validad entre estos señores, la posibilidad de guerra se cernía amenazante sobre la región. La acción equilibradora que se le pedía a Raimundo VI era delicadísima, sobre todo porque él, a diferencia de los señores y mo­narcas del norte, no poseía una gran fortuna con la que contar sin reservas como fuente de ingresos o para pagar a caballeros armados.

A Raimundo no le fue mucho mejor como señor feudal de las grandes familias nobles del país. En las escarpadas estribaciones de los Pirineos, la independencia testaruda no era la excepción sino la regla. El conde de Foix, el hombre cuyas hermana y esposa llegaron a ser per­fectas y que conquistó el corazón de la Loba, ejemplificaba el tipo de bellaco cuyos excesos cabía esperar que Raimundo reprimiera. Siempre que Raymond Roger de Foix mataba a un sacerdote o asediaba un cas­tillo, como hacía a veces, Raimundo de Tolosa carecía de autoridad para castigarlo por muchas ganas que tuviera de ello. Los otros señores de la montaña eran independientes de un modo semejante.

La espina más dolorosa en el bando de Raimundo era la familia Trencavel, que habitaba en pleno centro del Languedoc, firmemente instalada tras las almenas de Carcasona. Sus enormes posesiones en tor­no a la ciudad, que se extendían hasta Béziers, partían en dos las tierras de los Saint-Gilíes. Para asegurar su independencia de Tolosa, en 1150 los Trencavel se habían hecho vasallos –y, por tanto, protegidos– de Aragón. Raimundo, prefiriendo como de costumbre el dormitorio al campo de batalla, intentó neutralizar la amenaza de Carcasona tomando a una Trencavel como esposa, Béatrice de Béziers. En lugar de fun­dar una nueva dinastía, al final el matrimonio fue anulado y Béatrice se convirtió en una casta mujer catara sagrada. No se sabe si lo hizo por propia voluntad o si fue repudiada por Raimundo, cuyo encapricha-miento de la hija del rey de Chipre le llevó a casarse por tercera vez. El resultado fue que el mosaico de lealtades a los Trecavel y los Saint-Gi-lles siguió tan abigarrado como siempre.

La Iglesia complicó todavía más la situación del Languedoc. El movimiento monástico cisterciense de Bernardo de Clairvaux –la rama reformista de la familia benedictina– se había propagado desde su casa fundadora en Cíteax, Borgoña, al sur, atrayendo el talento de hombres como Fulko de Marsella, que llegaría a ser obispo de Tolosa. Sus fanáticos monjes-agricultores, todavía en ese período de gracia en que el monacato boyante no significaba tener una barriga prominente, acumularon miles de hectáreas de propiedades gracias a una combi­nación de trabajo duro y legados de tierra de personas que, en lo suce­sivo, pretendían reducir el riesgo encendiendo una vela a Dios y otra al diablo. Los que hoy visitan Francia se maravillan de la pintoresca om-nipresencia de pueblos por empinadas que sean las laderas, húmedas las marismas o yermos los páramos, y muy a menudo quedan admira­dos de las obras de los monjes. Estos triunfaron sobre el último terreno baldío, convencieron a campesinos pioneros de que fundaran nuevos pueblos y llegaron a convertirse en una pequeña aristocracia tonsurada que administraba vastas fincas. Dada la falta de una descendencia legí­tima entre los monjes, en posteriores generaciones esas propiedades no se subdividirían.

Esta riqueza no pasó inadvertida. Los primeros de la fila para com­partir ese patrimonio eran los compañeros eclesiásticos de los cistercien-ses, el clero secular –es decir, sacerdotes que vivían en la sociedad laica en comparación con el clero regular, monjes que seguían alguna regla comunal establecida–. Entre el clero secular del Languedoc, había di-ferenci asombrosas en los grados de piedad, el conocimiento de la li­turgia y la solvencia económica. Los obispos reñían por dinero con los abades, dejando a veces iglesias parroquiales vacías durante años con sus tasas e impuestos objeto de mordaces disputas. La función del obispo era muy mundana… como nunca dejaron de lamentar los cataros.

Las discordias entre los clérigos regulares monásticos y los cléri­gos seculares palidecían al lado de los males que les infligían los profa­nos del Languedoc. Atacar las propiedades de los sacerdotes y a sus per­sonas era una especie de pasatiempo generalizado. Los movimientos «Paz de Dios», en esencia juramentos en virtud de los cuales ingober­nables nobles juraban no desvalijar a clérigos indefensos, habían co­menzado ya en el siglo X. En el Languedoc, con su permanente falta de autoridad central, no había fuerza lo bastante poderosa para asegurar que esos juramentos se cumplieran. Empezaba a despegarse la cola que mantenía unida la sociedad medieval. Condes, vizcondes y miembros faltos de medios de la pequeña nobleza casi nunca acudían en ayuda de los obispos sitiados –que, en todo caso, rara vez eran un dechado de virtudes–. Los diezmos se desviaban rutinariamente a las arcas de los grandes seculares o simplemente no se pagaban. En 1178, los Trencavel enviaron a prisión al obispo de Albi; el año siguiente, añadieron injuria a la ofensa al obtener por la fuerza la extraordinaria cantidad de treinta mil soles del monasterio de Saint-Pons-de-Thomiéres.11 Para el conde Raimundo de Tolosa llegó a ser una especie de afición hostigar a los abades del monasterio que había cerca de su casa solariega de Saint-Gi-lles, ciudad del delta del Ródano.

A veces los conflictos rayaban en lo macabro. En 1197, los Tren­cavel impugnaron la elección de un nuevo abad en el monasterio de alta montaña de Alet. Su emisario, Bertrand de Saissac, un noble en cuya familia había varios cataros perfectos, propuso una ingeniosa solu­ción a la disputa. Desenterró el cadáver del antiguo abad, lo colocó er­guido en una silla y a continuación llamó a los aterrados monjes para que escucharan con atención los deseos del muerto. Con este sádico estímulo, no sorprende que ganara fácilmente la nueva elección un amigo de los Trencavel. Para que el procedimiento fuera legal, se pre­cisaba el consentimiento de la Iglesia católica, por lo que Bertrand se dirigió al arzobispo de Narbona, el clérigo más preeminente del Lan­guedoc, y también su más preeminente tramposo. Un exasperado Ino­cencio III escribió sobre el eclesiástico de Narbona: «Hombres ciegos, perros sordos que ya no ladran [...] hombres que hacen cualquier cosa por dinero [...] celosos en la avaricia, amantes de los obsequios, busca­dores de recompensas [...]. El principal causante de estos males es el arzobispo de Narbona,12 cuyo dios es el dinero, cuyo corazón está en su tesoro, que sólo se preocupa por el oro.» La petición de los Trencavel de que confirmara la elección del nuevo abad iba acompañada de una generosa cantidad, y se concedió la aprobación sin demora. Un cronis­ta católico señaló en tono pesimista que, cuando se negaban a hacer al­guna tarea en especial desagradable, muchas personas del Languedoc usaban refleXIvamente la expresión: «Preferiría ser sacerdote.»13

Aunque esta clase de anticlericalismo eXIstía en todas partes, en el Languedoc las peleas no eran episódicas sino endémicas, y se produ­cían en una sociedad en la que no sólo había nobles y clérigos compi­tiendo por recompensas a costa de los campesinos, ya que, al igual que Lombardía en el norte de Italia y Flandes junto al canal inglés, el Lan­guedoc del año 1200 se había convertido en un territorio de ciudades, lleno de revoltosos burgueses que se abrían camino a codazos en lo que antaño se creyó que era un cortejo de sacerdotes, caballeros y siervos que seguía un orden divino. La frase «Stadtluft machí jrei» (El aire de la ciudad hace libres a los hombres) rigió las ciudades medievales germa­nas;14 la precoz experiencia del Languedoc demostró plenamente su va­lidez. Los principales centros –Montpellier, Béziers, Narbona, Albi, Carcasona, Tolosa– rebosaban de vitalidad, y muchos recuperaban el vigor que habían conocido un milenio antes bajo los romanos.

Tolosa, la más importante del grupo, era autónoma tras haber comprado la libertad al padre de Raimundo y haber elegido cónsules, llamados capitouls, para legislar en un nuevo ayuntamiento construido en 1189. En cualquier ciudad en que arraigara un sistema consular aparecía automáticamente la agresividad. En 1167, el año de la reu­nión catara en Saint-Félix, los mercaderes de Béziers llegaron incluso a asesinar a su vizconde Trencavel. Los capitouls de Tolosa, quizá reflejan­do la diplomacia y la disposición de su conde, prefirieron legislar razo­nablemente sobre su búsqueda del placer y la riqueza. Un observador señaló que, según una ley de los capitouls, en la ciudad una persona ca­sada no podía ser detenida «por adulterio, fornicación o coito en cual­quier almacén o casa que alquilara, poseyera o mantuviera como resi­dencia».13 Por lo visto, en el Languedoc la mezcla cultural de trovadores y mercaderes estaba dejando a la Iglesia con un palmo de narices.

Las ciudades también empezaron a tolerar ideas y a admitir per­sonas a las que normalmente se dejaba fuera de los confines de la co­munidad feudal cristiana. Grupos marginales de la sociedad –y no sólo herejes– comenzaron a recibir la influencia de las tendencias mayoritarias. Los numerosos judíos del Languedoc, que habían vivido en la región desde la época de los romanos, se contaban entre los principa­les beneficiarios de la cultura de clemencia que surgió del fuego cruza­do entre los nobles, los clérigos y los habitantes de las ciudades del sur. Una tradición de la Semana Santa llamada «apalear a los judíos», en virtud de la cual los cristianos de Tolosa golpeaban en una plaza pú­blica a miembros de la comunidad judía, terminó a mediados del si­glo XII, tras abultados pagos al conde y los capitouls. Los cléridos protes­taron, pero se mantuvo la prohibición. La Iglesia, que había desarrollado una política de ostracismo de los judíos claramente definida, bramaba aún más fuerte cuando se permitía a no cristianos tener propiedades y, en algunos casos, ocupar cargos públicos. En 1203, en Béziers, el ma­gistrado jefe en ausencia del señor Trencavel –o bayle– era un judío de nombre Simón. En Narbona, donde había una escuela talmúdica y varias sinagogas, algunos mercaderes judíos poseían viñas en los cam­pos circundantes y contrataban a campesinos cristianos para trabajar la tierra, una burla manifiesta de la prohibición de la Iglesia de que los judíos tuvieran ningún tipo de autoridad sobre los cristianos. Pese a que estos cambios por lo general se llevaban a cabo mediante sobornos o el pago de impuestos exorbitantes, indicaban también el nacimiento de una sociedad más libre, o, cuando menos, con mayor autonomía.

Desde la perspectiva de una Roma recién vigorizada, todo eso adquirió el aspecto de una endemoniada espiral descendente, una resba­ladiza pendiente de degeneración moral y espiritual. Aunque no era exactamente un Camelot multicultural, como a veces sugieren sus in­condicionales del siglo xXI, el Languedoc medieval era lo bastante ex­cepcional para considerarlo censurable. Inocencio II escribía con fre­cuencia al conde Raimundo, y le imploraba al vastago de cruzados que actuara. Una carta hervía de furia: «¡Así que piensa, estúpido, piensa!»; en otra lo llamaba «criatura pestilente e insensata». Sin embargo, no está claro si Raimundo podía hacer algo, dadas las trabas que soportaba su poder, la autonomía de las ciudades y la tolerancia espiritual subversiva que eXIstía entre los católicos, los cataros y los judíos del Languedoc.

Al final, Raimundo no hizo nada. El conde de Tolosa no persegui­ría a su propia gente. Inocencio y sus consejeros, desorientados y sin un noble aliado en el Languedoc para reprimir la disidencia, tenían que ma­nejar una revolución por su cuenta. Cuando amaneció el nuevo siglo, los hombres de la Iglesia se propusieron convencer al pueblo de Raimundo de que andaba errado. Y se reunieron con los herejes cara a cara.

CAPÍTULO 4

La conversación

Los cataros y los católicos discutieron. Sobre aspectos de la doc­trina y del latín, sobre el papel de la Iglesia y el diablo, acerca de la naturaleza y el significado de la eXIstencia de la humanidad, sobre el principio y el fin del cosmos. En los primeros años del siglo xm, el Languedoc llegó a ser una tierra de fuertes discusiones, una escuela de verano medieval ocupada por oradores que competían por almas que salvar o demonios que derrotar. Los clérigos buscaban a los herejes y los desafiaban a debatir. Los señores locales avalaban el salvoconduc­to de los participantes y ponían sus grandes vestíbulos y patios de los castillos, lugares frecuentados generalmente por trovadores y juglares, a disposición de los religiosos y sus hábitos. Los sacerdotes y los perfectos se acomodaron bajo el sol ardiente o iluminados por evanescentes luces de antorchas mientras los laicos llegaban de los campos y las tabernas para escuchar y aprender.

Los cataros echaron mano del Nuevo Testamento, que conocían por las traducciones tanto latina como occitana, y del ejemplo de su propia vida de pobreza y abnegación. A su leal saber y entender, el ca-tarismo era la verdadera fe, la que provenía de la sencillez y la santidad de los apóstoles de Jesús. Que una maldita camarilla romana se hubie­ra, en cierto modo, apoderado de un mensaje honrado constituía una prueba, por si hacía falta otra, de la intervención del Maligno.

Los eclesiásticos, habiendo prohibido cualquier versión vernácula de las Escrituras cristianas para evitar precisamente esa clase de inter­pretaciones desvirtuadas de la verdad revelada, miraron a sus interlocu­tores como si fueran literalmente demagogos surgidos del infierno. Los adalides de la ortodoXIa se apoyaban en siglos de exégesis bíblica, en una tradición que se remontaba a la época de Jerónimo, Ambrosio y Agus­tín, y en una legitimidad institucional que era al mismo tiempo la fuente de la cultura europea.

Los debates duraron varios días, atrajeron a miles de espectado­res, estimularon las opiniones del público. «¡Oh caso doloroso! ¡Pensar que entre los cristianos los ritos de la Iglesia y la fe católica hayan caí­do en una indiferencia tal que se ha dejado entrar a jueces seculares para pronunciar esas blasfemias!»,1 lamentaba un cronista. Los cataros ya no tenían por qué ocultar sus creencias heterodoxas como habían hecho dos generaciones antes en Lombers. Sus amigos de la nobleza –el conde Raimundo VI de Tolosa, el vizconde Raymond Roger Tren-cavel, el conde Raymond Roger de Foix, el rey Pedro II de Aragón– no tenían intención de encender ninguna hoguera.

Ningún bando disimuló su desdén hacia el otro. En 1207, cuan­do en el transcurso de una discusión una mujer perfecta se levantó para refutar un punto de la controversia, un monje le espetó: «Volved a vuestra rueca, señora, vuestro sitio no está en una reunión como ésta.»2 Los polemistas cataros, resentidos por años de calumnias incendiarias en que habían sido acusados de infanticidio y de practicar el beso obs­ceno, se referían a la Iglesia como «la madre de la fornicación y la abo­minación».3

La fuerza impulsora de este frenesí de insultos era el papa Ino­cencio III, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para contener la marea de la herejía, aunque ello significara hablar con aquellos que deberían haber estado achicharrándose. Raimundo había hecho oídos sordos a sus súplicas y propuestas: una de las primeras decisiones que tomó como Papa fue perdonar al conde, excomulgado por su antece­sor en 1195 por comportarse mal con el monasterio de Saint-Gilíes, pese a que el ingrato caudillo del Languedoc siguió desentendiéndo­se de la herejía que crecía en su patria. Las posteriores bravatas del pontífice se encontraron con una indiferencia similar. En 1200, Ino­cencio promulgó un decreto que ordenaba la confiscación de bienes, el equivalente medieval a lo que la justicia moderna hace cuando de­comisa la mercancía de los traficantes de droga. Las propiedades de los herejes serían entregadas a sus perseguidores, con lo que miem­bros de familias intachables serían desheredados. Pero eso no fue todo; Inocencio declaró también que las posesiones de los católicos que se negaran a perseguir herejes podían asimismo ser incautadas.

No obstante, en el Languedoc estas medidas radicales venían a ser poco más que silbar contra el viento.

Al tiempo que aprobaba las discusiones, el Papa intentó discreta­mente suscitar el interés de los poderosos en proyectos más ambiciosos. Inocencio trató una y otra vez de organizar una campaña de castigo contra los cataros.4 Una serie de cartas papales de 1204, 1205 y 1207 prometían al rey Felipe Augusto de Francia todo el Languedoc si reclu-taba un ejército y entraba en el país a sangre y fuego. El rey puso repa­ros, por escrúpulos feudales –en teoría Raimundo era vasallo suyo– o por su desaforada necesidad de combatir contra el rey Juan de Inglate­rra. Además, no quería que el Papa le dijera lo que tenía que hacer.

A causa de su aversión a la herejía y a la nobleza del sur, Inocen­cio reconoció que en el Languedoc la Iglesia debía reformarse. Su pinto­resca calificación del clero de Narbona –perros mudos que ya no saben ladrar– se extendió a otras diócesis. En Aviñón, un concilio pidió a los obispos, entre otras cosas, que se abstuvieran de oír maitines en la cama, de chismorrear en misa y de gastar enormes cantidades de dinero en lu­josos ropajes de caza para ellos y sus monturas. El obispo de Tolosa, Ray­mond de Rabastens, había hipotecado propiedades de la Iglesia para poder contratar mercenarios y llevar a cabo una larga guerra personal contra sus propios vasallos. La diócesis pronto quedó arruinada, si bien el obispo insolvente conservó la amistad y el respaldo afectuosos de aquel inevitable agente irritante: el conde Raimundo. El Papa sustituyó a Rabastens por Fulko de Marsella, que dedicó su primera época como obispo a echar a acreedores; se decía que no osaba llevar sus muías por agua al pozo público por miedo a que se las embargaran. A la larga, los inútiles prelados de Carcasona, Albi, Béziers, Narbona y otras ciudades del Languedoc fueron relevados de sus funciones, pero sólo después de coaccionarlos durante años.

Para llevar a cabo todos estos discursos, sermones y destitucio­nes, Inocencio contó mucho con los monjes cistercienses, cuya orden, a lo largo del siglo XIi, había atraído a la Iglesia a hombres de talento excepcional. La decisión de otorgar la desorganizada diócesis de Tolosa a Fulko de Marsella fue sensata. Clérigo cisterciense que había sido un rico mercader antes de descubrir su vocación y meterse en un monaste­rio, Fulko tenía la habilidad mundana necesaria para poner orden en el caos económico dejado por Rabastens. Y por si fuera poco, Fulko había sido también trovador; en su Divina comedia, Dante lo coloca en la región celestial de Venus. Un hombre con tres especialidades –espiri­tual, material y artística– era el más adecuado para encabezar la Igle­sia en la bulliciosa y compleja ciudad del Garona.

Como plenipotenciarios papales, o legados, del conjunto del Lan-guedoc, Inocencio nombró a tres hombres del sur que en el mundo cisterciense habían llegado lejos. Arnaud Amaury era el jefe de la or­den, el que estaba al cargo de sus seiscientas abadías y miles de monjes. Los otros dos legados papales, Pierre de Castelnau y un tal hermano Raoul, procedían del monasterio de Fontfroide, un lugar primoroso para rezar y meditar que todavía sigue en pie en las montañas que hay más allá de Narbona. Parece que Pierre, un monje-abogado sin pacien­cia para la discrepancia, fue el más despótico de los tres, pues sus estan­cias en ciudades y parroquias lejanas le valían de vez en cuando amena­zas de muerte. No es que él y sus colegas esperaran adulaciones. Como clérigos regulares, los sacerdotes seculares desconfiaban de ellos; como emisarios de Roma, los cataros los aborrecían; como dispensadores de excomulgaciones e interdictos, la nobleza y los ciudadanos los despre­ciaban.

El trío de cistercienses se puso a trabajar con decisión. A tal fin, siguieron con sus detalladas excursiones predicadoras para intimidar al pueblo y volverlo al redil del catolicismo. También obligaban a los ayuntamientos y los señores a jurar vasallaje a la Iglesia so pena de ex­comunión inmediata. Los legados ofrecían y aceptaban invitaciones para discutir con los cataros. En 1204, en Carcasona, a petición del rey Pedro de Aragón, Pierre y Raoul se mantuvieron firmes ante el perfec­to Bernard de Simorre mientras un jurado formado por trece cataros y trece católicos ejercía de arbitro del proceso. Como cistercienses prepa­rados para obedecer incondicionalmente, hablaban de la belleza de la sumisión y de la necesidad de una autoridad absoluta. Como cabe su­poner, ése no era el tipo de razonamiento condenado a recibir aplausos en el Languedoc, y la discusión terminó sin resultados definitivos. Los legados prosiguieron con su misión, reprendiendo a obispos negligen­tes, intimidando a pequeños nobles para que se unieran contra el con­de Raimundo, surcando el territorio con la esperanza de hacer un mi­lagro evangélico. En Montpellier, durante la primavera de 1206, los tres cansados monjes llegaron a la conclusión de que habían fracasado. Pierre de Castelnau había presentado la dimisión un año antes, pero el Papa la había rechazado. Ahora los tres querían abandonar. El número de herejes que habían convertido era irrisoriamente pequeño, y la gen­te se había sacudido de encima las súplicas y amenazas de los sermones como si fueran moscas. Y lo que es aún peor, en muchos lugares se ha­bían convertido en objeto de chirigota.

En Montpellier se les acercaron dos extranjeros, españoles para más señas. La historia de los cataros estaba a punto de experimentar un último lance antes de que soltaran a los perros de la guerra. El más joven de los dos, Domingo de Guzmán, el futuro santo Domingo, no acabaría con la herejía, pero la Orden de los Frailes Predicadores, o dominicos, que él mismo fundó diez años después, sería crucial, y cruel, en la eliminación del catarismo. Eran los domini canes: los «pe­rros de Dios».

Los santos y los herejes tienen el mismo problema: ciertos bió­grafos tendenciosos han distorsionado tanto su historia que ésta ha aca­bado obscurecida por las mentiras. De la espesura de la hagiografía, lo que podemos discernir sobre Domingo es su clarividente itinerario de piedad y la influencia que ejerció en sus contemporáneos. Al igual que Inocencio III, era un líder de gran fe y convicciones inquebrantables. Como brillante estudiante de Castilla, impresionó a la nobleza local, a la que pertenecía, al ofrecerse a ser vendido como esclavo para liberar cristianos cautivos en tierra de moros. Diego de Azevedo, obispo de Osma, se fijó en él, y Domingo lo acompañó en dos misiones diplomá­ticas a Dinamarca antes de dirigirse finalmente a Roma, en el invierno de 1205-1206, para conocer al Papa. Cuando vio a Domingo, Inocen­cio, diez años mayor, reconoció su poder espiritual. Rechazó la solici­tud de los españoles de ir a evangelizar los países bálticos y en vez de ello les ordenó ir al Languedoc.

En marzo de 1206, según muchos biógrafos del santo, Domingo y Diego interrumpieron la conmiseración de Arnaud Amaury, Pierre de Castelnau y Raoul de Fontfroide en Montpellier. Los dos recién lle­gados tenían varias sugerencias que hacer. En sus viajes habían atrave­sado el Languedoc y visto a los perfectos cataros en pleno trabajo. Lo que les impresionó, lo que sin duda estaba en el origen de la populari­dad de la herejía entre los laicos, era la pobreza sincera, piadosa, de los jefes cataros. Vivían como los apóstoles y, con grado extremo de senci­llez, sus únicas posesiones eran unos cuantos libros sagrados y la ropa

que llevaban puesta. Era previsible que los legados no pudieran hacer progresos contra ellos. Como príncipes de la Iglesia y enviados del Papa, los cistercienses viajaban con gran pompa, con un séquito de se­cuaces, guardaespaldas, sirvientes y aduladores siempre a su disposi­ción. A los ojos de los buscadores espirituales del Languedoc, los lega­dos aparecían como hipócritas consentidos, incapaces de hablarle al alma. Eran tiempos en que se requería una auténtica indigencia mate­rial, no ostentación feudal.

Domingo y Diego habían identificado con acierto el rasgo más atractivo de sus adversarios: la pobreza apostólica. Los miembros de otra secta cristiana heterodoxa, los valdenses, iban de un lado a otro como predicadores paupérrimos y rogaban a otros clérigos que hicieran lo mismo. (Reformistas en el fondo, en 1184 a los valdenses se les ha­bía condenado a la ligera como herejes, lo que los radicalizó aún más.) Por otro lado, el aliciente de la pobreza no se limitaba al Languedoc. En 1210, un sucio pordiosero que había estado atrayendo multitudes en el centro de Italia fue conducido ante Inocencio III, en el palacio de Letrán, para que éste le interrogara. Tras decirle al hombre que tomara un baño y pasar después una noche agitada soñando en lo que aquél le había contado, el Papa dio astutamente su aprobación a Francisco de Asís, máXImo exponente de la no ortodoXIa. En el techo de la basílica de Asís, que honra al conocidísimo santo, Giotto inmortalizó el sueño de Inocencio, lo que dio pie a la fundación de la otra gran orden de frailes, los franciscanos. La piedad de los desharrapados casaba a duras penas con las ambiciones del Papa de una Iglesia revitalizada, pero al parecer nadie podía rechazar al bondadoso Francisco.

En Montpellier, Domingo y Diego no provocaron sueño alguno, pero fueron igual de persuasivos. Los grandes cistercienses consintieron, al menos temporalmente, en prescindir de las prebendas de su cargo. El hereje Languedoc seguramente miró estupefacto cómo, durante el vera­no de 1206, los legados descalzos, guiados por los piadosos españoles, caminaban dando traspiés, pidiendo limosna y predicando sin descanso. Se celebraron debates en Servián, Béziers, Carcasona, Pamiers, Fanjeaux, Montréal y Verfeil, lugar este último donde, a mediados del siglo XIl, ha­bían hecho callar al furioso Bernardo de Clairvaux. Los perfectos acepta­ron el reto, y las conversaciones, que duraron semanas enteras, fueron interrumpidas por mordaces invectivas y disertaciones teológicas. Fue un momento singular en la historia de la religión.

Entre los paladines del catarismo se contaban su preeminente predicador, Guilhabert de Castres; un noble que se hizo perfecto, Be-nedict de Termes; un antiguo caballero de la hereje Verfeil, Pons Jor- • dan, y un asceta socarrón llamado Arnold Hot. Según los cronistas católicos, que constituyen nuestras únicas fuentes históricas, Diego y Domingo pagaron con la misma moneda. En Fanjeaux y Montréal, Domingo habló ante multitudes descaradamente hostiles al catolicis­mo. La gran dama de la región era una admirada perfecta, Blanche de Laurac; tres de sus cuatro hijas habían seguido su ejemplo, y su único hijo, Aimery de Montréal, no se esforzó en ocultar su animadversión por los legados papales. Posteriores tradiciones dominicas hablan de que, durante una de las discusiones, Domingo hizo un milagro. Un hereje arrojó tres veces al fuego las notas del santo, pero no se quema­ron. A continuación, los papeles subieron flotando por el aire hasta chamuscar una viga del techo –que actualmente adorna la iglesia de Fanjeaux– y volver a planear hacia abajo ante una asamblea pasmada.5 Los debates no lograron estimular una deserción masiva de la causa catara. En esos años Domingo convirtió entre doce y ciento cin­cuenta personas, número que varía según el estusiasmo del historiador consultado. Sus conquistas espirituales más importantes fueron unas jóvenes nobles reducidas a la miseria que vivían en el hogar de una mujer perfecta. También este logro se completa con el encendido rela­to de un milagro. Mientras el español estaba de pie en la cumbre de una colina de Fanjeaux mirando las excelentes tierras de labrantío que se extendían hasta la cercana Montréal, tres esferas llameantes cayeron como rayos desde el cielo y llegaron a la diminuta Prouille, una aldea de las tierras bajas en la que, según entendió Domingo, debía fundar un convento para sus muchachas cataras conversas. Con la ayuda de esas grandes bolas de fuego, el santo había vuelto a señalar con acierto otro elemento de la fuerza del catarismo: su red de refugios para el ex­cedente de mujeres en el Languedoc. Según el novelista católico francés Georges Bernanos, Domingo, en su lecho de muerte de Bolonia, con­fesó: «Me reprocho haber gozado siempre menos conversando con las señoras mayores que con las chicas jóvenes».6

La resistencia de Domingo, quizás incluso su vicio secreto, no era compartido por sus compañeros. A principios de 1207, la eXIgua cose­cha de almas, junto con los ardores propios de la vida itinerante, forza­ron a los legados papales a volver a su vida anterior. Arnaud viajó a Borgoña para presidir una asamblea general de la orden cisterciense; Pierre, cuyo carácter arrogante se había convertido en algo detestable, se mar­chó a reanudar sus bravatas a la nobleza amenazando con detener a to­dos los que habían participado en los recientes debates. El hermano Raoul de Fontfroide, discretamente alentado por Domingo y Diego, creyó que lo más juicioso sería alejar a Pierre de las discusiones para no irritar a públicos hostiles de antemano. Ocupó su puesto otro cistercien­se obstinado, aunque menos antipático: Fulko, el obispo de Tolosa.

En el espacio de pocos años, la perseverencia de Domingo por la ;. senda de la pobreza le había granjeado una fama que competía con la de los perfectos. Los interminables viajes por tierras de Foix, Tolosa y Albi le llevaron hasta lo más recóndito del país dualista.7 Según la le­yenda, un buen día unos campesinos herejes lo pararon en mitad de un campo y le preguntaron qué haría si ellos lo atacaban. He aquí la famo-: sa respuesta de Domingo: «Os suplicaría que no me matarais de un golpe, sino que me arrancarais miembro a miembro para que se pro­longara mi martirio; me gustaría ser tan sólo un tronco sin miembros, con los ojos arrancados, y revolearme en mi propia sangre, y así quizás obtendría una corona de mártir más digna.»8 Lo dejaron en paz.

Fue Pierre de Castelnau quien puso punto final a aquellos años de conversaciones, aunque no del modo que pretendía. En la primave­ra de 1207 visitó a los nobles menos importantes del oeste de la Pro-venza y les ordenó que persiguieran herejes en vez de utilizar mercena­rios en guerras privadas que a menudo lesionaban los intereses de la Iglesia. En aquella época, los provenzales estaban sublevados contra su señor titular, Raimundo de Tolosa. Aunque casi todos juraron obedecer a Pierre en el asunto de los mercenarios, el conde Raimundo se negó rotundamente: no podía llevar sus asuntos sin tropas asalariadas, ni tampoco estaba muy dispuesto a perseguir a su gente por sus creencias religiosas. Pierre lo excomulgó de inmediato al tiempo que rescindía todas las obligaciones feudales contraídas por sus vasallos. Y ello frente a una concurrida reunión, vociferando la rúbrica final de su anatema: «El que os desposea será considerado virtuoso, el que os mate se hará acreedor de una bendición.» Según el consenso histórico, fue una ac­ción de Pierre extraordinariamente provocadora que revelaba cierta im­paciencia en la campaña de sermones y debates.

Arrinconado, Raimundo hizo lo que había hecho siempre desde que en 1194 llegó a ser conde: prometer lo que no tenía intención de cumplir. Aceptó ser el azote de los herejes y echar a los mercenarios de sus tierras. En agosto de 1207 fue perdonado.

Llegó el otoño y nada sucedió. Domingo predicaba en Prouille, Fulko discutía en Pamiers, Raimundo perdía el tiempo en Saint-Gilíes, Arnaud consultaba con Pierre e Inocencio escribía de nuevo al rey de Francia. Finalmente, los clérigos intentaron salir del punto muerto.

Se decidió castigar otra vez a Raimundo. Como señor más pode­roso de un Languedoc donde se había difundido la herejía, se le consi­deró responsable de la repugnante mancha que desfiguraba el rostro de la cristiandad. Se volvió a elaborar una lista de ofensas: había robado propiedades de la Iglesia, agraviado a obispos, ultrajado a abades, utili­zado mercenarios, concedido cargos públicos a judíos y respaldado a los cataros. De ello resultó una nueva excomulgación. Toda Europa es­taba invitada a retirarle el respeto, a apoderarse de cualquier cosa del conde con la bendición del Papa.

Raimundo trató de negociar otra vez. A tal fin, ese invierno invi­tó a Pierre de Castelnau a hablar en su castillo de Saint-Gilíes. Según la correspondencia de Inocencio III, nuestra principal fuente de los episo­dios que siguen, las negociaciones acabaron en saco roto, y Raimundo acabó amenazando físicamente al legado delante de testigos. No cabe duda de que el diplomático conde ya no aguantaba al entrometido monje; más o menos igual que cuando el rey Enrique II de Inglaterra había perdido la paciencia con Becket.

El 13 de enero de 1208, se interrumpieron las conversaciones en una atmósfera de gran acritud. Pierre y su séquito se fueron de Saint-Gilíes con destino a Roma. A primera hora de la mañana siguiente, frente a Arles, se dirigieron al embarcadero que cruzaba el Ródano. Mientras esperaban junto a la orilla ocurrió lo irremediable. Un jinete desconocido se les acercó y hundió su espada en la espalda de Pierre.

El legado del papa Inocencio III yacía muerto en el suelo. El diá­logo había acabado.

CAPÍTULO 5

Penitencia y cruzada

Un manojo de esquejes de abedul zumbó a través del silencio y cayó con un crujido sobre la carne blanca. Las afiladas ramas golpearon una y otra vez. La multitud, amontonada en las escaleras de la iglesia de Saint-Gilíes, miraba fascinada cómo su señor era azotado como el más ruin de los villanos. En el Medievo, época en que el prestigio so­cial era tan importante, causaba siempre gran placer ver a los poderosos humillados en público. Desnudo hasta la cintura y con el cuello enro­jecido por la áspera cuerda que lo rodeaba, el conde Raimundo juraba sobre las sagradas reliquias su imperecedera obediencia al Papa y sus le­gados. Igual que al cronista del norte que registró el suceso, segura­mente a la veintena de obispos que asistían les complació mucho ver a Raimundo humillado hasta aquel punto.1

El conde Raimundo, que entonces contaba cincuenta y pocos años, había dado su consentimiento a esa flagelación en su feudo sola­riego. Ese día –18 de junio de 1209– acaso fue de un dolor mortifi­cante, pero también la culminación de dieciocho meses de diplomacia desesperada. Desde el asesinato de Pierre de Castelnau, Raimundo ha­bía mantenido que era inocente. Según afirmaba, por mucho que aquel fatídico enero del año anterior entre él y Pierre hubiera habido palabras airadas, ordenar a uno de sus hombres que matara al legado habría sido un patinazo de enormes proporciones. Durante toda su vida Raimun­do había evitado enfrentamientos y preferido postergar promesas y ahogar discrepancias en un turbio estanque de diplomacia. Insistía en que si hubiera querido asesinar a Pierre desde luego no lo habría hecho lanzando una piedra desde su propia casa. Además, el nefasto monje se había granjeado muchos enemigos en el Languedoc.

No obstante, Raimundo era el principal sospechoso de lo que se­guía siendo un misterioso asesinato sin resolver.2 No cargarle el crimen al conde habría desbaratado los planes de demasiadas personas. Ade­más, sus pretensiones de habilidad diplomática se malograron cuando envió a Roma como abogado suyo a Raymond de Rabastens. Había sido contraproducente que Rabastens, el manirroto que había dejado la diócesis de Tolosa en la indigencia, se presentara ante Inocencio III, el Papa que había dedicado cinco años de esfuerzo a deshancarlo en favor de Fulko.

En cualquier caso, Rabastens tenía pocas posibilidades. Desde el instante en que llegaron a Roma las noticias del asesinato de Pierre, la curia clamó por la cabeza del conde Raimundo. El 10 de marzo de 1208, Inocencio llamó a una cruzada cuyos predicadores tenían que ser el colérico Arnaud Amaury y el elocuente Fulko.3 Las dos furias de hábito blanco recorrieron Europa pidiendo apoyo armado para aplas­tar a los cataros. Sin embargo, los reyes y emperadores del norte die­ron respuestas ambiguas. Estaban demasiado ocupados luchando entre sí para aceptar la propuesta de contravenir la costumbre feudal. Ellos no tenían disputas con sus vasallos del Languedoc; ¿por qué debían tomar las armas contra ellos? Sin embargo, Inocencio, Arnaud y Fulko insistieron durante todo el año 1208, acosando a los señores con cartas y exhortos. Por fin, el rey Felipe Augusto de Francia cedió y permitió que sus nobles más poderosos fueran a guerrear contra sus parientes del sur. Nobles cuyo nombre hoy no nos suena de nada –Eudes, du­que de Borgoña; Hervé, conde de Nevers; Pierre de Courtenay, con­de de Auxerre– suscitaban entonces respeto y temor debido a sus ex­tensas posesiones y al gran número de caballeros provistos de montura que podían reunir. Esos nobles, acompañados de decenas de miles de infantes, se dirigían al sur mientras Raimundo sufría su degradante penitencia.

El azote de Raimundo fue Milo, notario de la curia que había sido nombrado nuevo legado papal. Fue tanta la aglomeración de mi­rones que a los dos principales protagonistas, castigado y castigador, les fue harto difícil abandonar la plaza y volver al santuario de la iglesia, para lo cual se abrieron paso a codazos entre la gente y se metieron a duras penas por un portal de la fachada. El emparejamiento de aque­llos dos hombres no era fruto de la casualidad. Fue Raimundo quien había contribuido al ascenso de Milo: con prisas por llegar a un acuerdo, escribió a Inocencio que estaba dispuesto a negociar con cualquie­ra menos con Arnaud Amaury. Pero incluso así, las condiciones que Raimundo aceptó a sugerencia de Milo fueron extraordinariamente se­veras: tenía que ceder todos sus derechos sobre cualquier fundación re­ligiosa que hubiera en sus dominios, entregar siete de sus castillos, no contratar mercenarios nunca más, dejar que los legados pronunciaran sentencia sobre cualquier reclamación presentada contra él, pedir per­dón a todos los obispos y abades a los que había ofendido, destituir a todos los judíos de sus cargos, y tratar como herejes a todos los que la Iglesia calificara como tales.

Y debía someterse a ese día de denigración, medio desnudo ante su gente, azotado por los clérigos, por un crimen que él seguía negan­do haber ordenado y por el que no había sido juzgado y menos conde­nado. De hecho, lo trataron como si fuera un Enrique Plantagenet moderno que expiara el asesinato de Thomas Becket, comparación que no se le escapó a nadie, y menos aún al papa Inocencio, que recordaba su niñez en la Campania.

Cuando en la iglesia de Saint-Gilíes terminó el oficio, por fin Raimundo pudo marcharse. Pero le era imposible; la apiñada multitud de curiosos que había en la nave hacía que cualquier intento de salir por la puerta principal conllevara los baquetazos de una vergüenza aún mayor. Así, el conde fue empujado por una escalera de piedra que iba del altar a la cripta, en la que había una salida subterránea. Los sacer­dotes obligaron a Raimundo a detenerse por última vez, ante la tumba de Pierre de Castelnau, definitiva reprensión al noble a quien al fin ha­bían forzado a obedecer. En palabras del cronista, Raimundo permane­ció de pie, «desnudo frente a la tumba del bienaventurado mártir… al que había asesinado. Ése era el juicio justo de Dios. Se le conminó a que guardara respeto al cadáver de aquél a quien había menospreciado en vida».4

Catorce días más tarde, el conde de Tolosa viajó al norte con sus caballeros para unirse al ejército de cruzados que descendía por la ori­lla izquierda del Ródano. Era un Saint-Gilíes, de la familia que en 1099 había tomado por asalto Jerusalén. Tras su flagelación, Raimundo había anunciado que quería llevar la cruz en alto, perseguir a los here­jes, y castigar a todos los que protegieran a los perfectos. No dijo que lo que realmente quería era asegurarse de que los cruzados no entraran en sus tierras: no iban a atacar las posesiones de uno de los suyos. Los hechos demostrarían que el conde de Tolosa no había cambiado nada y que su aversión a perseguir era tan fuerte como antes. En realidad, Rai­mundo el penitente era un pecador contumaz. ;

Catapulta, petraria, chatte, cota de mallas, caballo de batalla, es­tandarte, alabarda, ballesta, pica, balista… las viejas palabras y armas de guerra transmiten un inequívoco mensaje de trauma ancestral que ni la rareza ni su origen extranjero pueden suavizar. El ejército a cuyo en­cuentro salió Raimundo, en la ciudad de Valence, llevaba esos atroces artefactos en su equipaje, listo para acallar las discusiones entre cataros y dominicos con el irrefutable argumento de la fuerza. Al marchar, el enorme ejército reunido en Lyon se extendía a lo largo de más de seis kilómetros, acompañado por una flotilla de barcazas que transportaban los suministros. En el siglo XIii habría pocas imágenes más aterradoras.

Como todos los grandes ejércitos feudales, las fuerzas de cruza­dos de 1209 contaban con cientos de caballeros montados, con sus im­presionantes armaduras, que se hallaban en el vértice de la pirámide beligerante. Nobles adiestrados desde la infancia para dar golpes y ha­chazos en colisiones a galope tendido, los caballeros eran los jefes y, pa­radójicamente, los principales participantes en cualquier batalla cam­pal. Según fueran sus medios, cada uno llevaba consigo su séquito de mozos de cuadra, preparadores, infantes y arqueros, cuya lealtad a su señor estaba por encima de todo.

Menos ligadas al honor, estaban también las bandas de routiers (mercenarios) que acompañaban a los ejércitos. Algunos de estos routiers eran bandoleros montados a caballo, otros, soldados de infan­tería cuya causa era el pillaje. Todos constituían las tropas de choque de la máquina de guerra feudal, secundados por los indisciplinados ri-bauds, la harapienta chusma de buscadores de aventuras sin nada que perder ni que respetar. En general se cree que la sociedad medieval era una pastoral plácida, aunque grosera; de hecho, los que no poseían tie­rra, los descontentos y los desesperados vagaban por el país en gran número. En una tradición llena de ironía, al inicio de cada campaña los ribauds elegían entre ellos a un «rey», encargado de negociar asun­tos como quién robaría a los cadáveres del enemigo o quién pagaría a las putas. En la contratación de routiers y la aceptación de ribauds, la cruzada utilizó dos varas de medir. Los mercenarios, que solían ir por libre haciendo estragos en los monasterios, habían sido una de las principales quejas que la Iglesia había dirigido a la nobleza del Languedoc.

El ejército de 1209 superaba en mucho la media medieval de fer­vor bélico. Había millares de peregrinos, que llevaban una cruz cosida en el hombro del basto hábito. Se había prometido a los cruzados un perdón total de los pecados, una moratoria de sus deudas y una trans­ferencia de dinero de la Iglesia a sus bolsillos. La expedición tenía todas las ventajas de las que fueron a Palestina sin ninguno de los inconve­nientes de la distancia. Para los franceses del norte, la proXImidad del Languedoc era ideal para hacer la «cuarentena» –los cuarenta días de servicio militar necesario para merecer una indulgencia de cruzado– y después regresar a casa a tiempo para cosechar y cazar, contentos sa­biendo que su alma ya tenía abiertas de par en par las puertas del cielo. Los guerreros consideraban que las futuras víctimas de su cruzada no eran cristianos. Los herejes no eran cristianos, sólo herejes.

Muchos de los nobles que se abrían camino Ródano abajo ha­bían cabalgado juntos siete años antes en la extraña cuarta cruzada. Alentada por Inocencio III, una tropa de caballeros se había puesto en camino para reparar el daño causado por la reconquista de Jerusalén por Saladino en 1187. Tenían pensado triunfar allá donde la tercera cruzada de Barbarroja y Ricardo Corazón de León había fracasado. Pero, en lugar de ello, acabaron siendo mercenarios de los marinos de Venecia, quienes habían pedido un precio tan exorbitante por el pasaje a Palestina que los caballeros sólo pudieron pagar en especies. A tal fin, dedicaron el invierno de 1202-1203 a sitiar y saquear la ciudad cristia­na de Zara,5 puerto del Adriático que pertenecía a los rivales comercia­les de los venecianos en la región. Tras lo de Zara, los expedidores lleva­ron a los cruzados a Constantinopla, que, no por casualidad, era el otro competidor marítimo importante de Venecia. Los cruzados vieron la ocasión de salvar cierta respetabilidad de sus lamentables vagabundeos destituyendo al emperador griego ortodoxo y poniendo en su lugar a un títere latino. No obstante, primero debían tomar la ciudad, lo que hicieron en 1204 al modo vandálico, destruyendo en su acción más obras de arte y tesoros culturales que los perdidos en cualquier otro pe­ríodo del milenio medieval. La orgía de robo y rapiña duró tres días y tres noches.

Estas sangrientas diversiones habían llegado a ser características de las cruzadas. Siempre que se juntaba un grupo de personas resueltas a la violencia y con la salvación asegurada, los espectadores neutrales sabían que debían quitarse de en medio. En especial el pueblo judío fue objeto de masacres a manos de los exaltados que iban a combatir al infiel.6 Un ejército feudal era siniestro; uno que tuviera a Dios de su lado era realmente diabólico. La cruzada del Languedoc prometía ser parecida.

El 2 de julio de 1209, Raimundo llegó al campamento de Ar-naud Amaury y solicitó que le dejaran unirse a la santa causa. Arnaud accedió a la petición del conde aunque, como cronista que registró el hecho, sospechó que éste no era sincero en su piedad militante y que sólo deseaba preservar sus tierras de la invasión. Arnaud había recibido instrucciones de Inocencio, que le había nombrado para que dirigiera la cruzada. La carta del Papa consideraba el asunto a largo plazo:

Nos preguntáis con urgencia qué medidas han de adoptar los cruzados con respecto al conde de Tolosa. Seguid el consejo del apóstol que decía: «Fui inteligente, os sorprendí al engañaros…» Sed prudente y ocultad vuestras intenciones; al principio dejadle solo a fin de atacar a aquellos que sean abiertamente rebeldes. No será fácil aplastar a los partidarios del Anticristo si dejamos que se unan para defenderse en común. Por otra parte, nada será más fácil que aniquilarlos si el conde no los ayuda. Quizá la vi­sión del desastre lo reformará de veras. No obstante, si persiste en sus planes perversos, cuando esté aislado y respaldado sólo por sus propias fuerzas, podemos derrotarlo sin demasiada difi­cultad.7

La cruzada de 1209 no desató su furia contra el conde de Tolosa. El no era el único señor del Languedoc.

CAPÍTULO 6

Béziers

En julio de 1209, Raymond Roger Trencavel tenía veinticuatro años y era vizconde de Albi, Carcasona, Béziers y todas las tierras cir­cundantes. Su familia era antigua y poderosa, uno de los dos grandes clanes que controlaban los valles de las tierras bajas del Languedoc. Las noticias procedentes de la Provenza lo alarmaron: el hermano de su madre, el conde Raimundo de Tolosa, encabezaba una multitud de hombres armados a través del delta del Ródano, explicando a los ex­tranjeros en qué lugares podían pasar la noche al raso y encontrar agua potable o por dónde vadear los innumerables afluentes del gran río. El ejército pronto entraría en el territorio de los Trencavel.

Cuando el vizconde Raymond Roger oyó hablar por primera vez de los inquietantes preparativos que se llevaban a cabo en el norte, se daba generalmente por supuesto que el objetivo de la cruzada era Tolo­sa. A principios de 1209, había rechazado la sugerencia del conde Rai­mundo de una alianza defensiva,1 fundándose seguramente en la citada suposición. Al igual que muchos otros, creía que era el conde Raimun­do quien, pese a sus declaraciones de inocencia, había ordenado el ase­sinato de Pierre de Castelnau. En su opinión, la osadía de ese crimen se veía superada por el absoluto descaro mostrado por Raimundo al unir sus fuerzas a la cruzada cuya eXIstencia, de hecho, a él se debía. Para Raymond Roger, las consecuencias de la última treta de Raimundo es­taban claras: las víctimas serían sus tierras, no las del conde de Tolosa.

El joven Trencavel reparó en el alcance de ese peligro cuando sus espías le explicaron lo grande que parecía ser el ejército de los cruzados. A mediados de julio, el vizconde ensilló el caballo y cabalgó en direc­ción al este, hacia el Mediterráneo, y después hacia el norte siguiendo el camino de la costa, la Via Domitia, construida un milenio antes por legionarios romanos. Su destino era Montpellier, ciudad intolerante con el catarismo y última parada de los cruzados antes de entrar en sus tierras. Cuatro años antes, Raymond Roger se había casado con Agnes de Montpellier, matrimonio estratégico que le garantizaba una fronte­ra tranquila en el norte y complacía al soberano tanto de Carcasona como de Montpellier: el rey Pedro II de Aragón. En ese momento no importaba ninguna de esas coneXIones feudales; los invasores del norte eran bienvenidos en Montpellier, ciudad que, según instrucciones ex­plícitas del Papa, debían respetar.

Raymond Roger se reunió con Arnaud Amaury y los nobles franceses, y les comunicó que los Trencavel estaban dispuestos a some­terse a los deseos de la Iglesia. Al igual que el conde de Tolosa, también expulsaría de sus tierras a los herejes. Y si alguno de sus vasallos se ha­bía contagiado de la lepra catara, sería castigado. Raymond Roger se presentó como un resuelto cristiano que sólo reclamaba unirse a la san­ta cruzada.

Era ése un cambio de parecer más extravagante incluso que el anunciado unas semanas antes por el conde Raimundo de Tolosa. Ar­naud Amaury, como clérigo que había pasado gran parte de la década anterior en el Languedoc, sabía que el joven Trencavel era amigo de los cataros. A la muerte de su padre en 1194, Raymond Roger había teni­do como tutor a Bertrand de Saissac, el hereje que profanaba iglesias y exhumaba cadáveres de abades. Durante la niñez del vizconde, el re­gente de los Trencavel había sido el conde de Foix, el montañés cuyas hermana y esposa habían llegado a ser cataras perfectas. Arnaud Amau­ry seguramente vio cómo, a medida que el muchacho crecía, los ultra­jes a la Iglesia no hacían más que aumentar. El obispo católico de Car-casona había sido expulsado de la ciudad por atreverse a predicar contra la herejía. Su sustituto fue muy querido por los Trencavel, pues era un inútil y estaba comprometido por el asombroso hecho de que su madre, su hermana y tres de sus hermanos varones habían recibido el consolamentum. A ojos de Arnaud, otro crimen había sido la disposi­ción del vizconde a permitir que su bayle, o representante, en Béziers fuera un judío. Para el monje que encabezaba la cruzada, el joven viz­conde había violado tantas leyes de Dios que su fingida ortodoXIa de última hora podía entenderse como otra ofensa a la Iglesia.

Arnaud despachó a Raymond Roger. Había tardado diez años en conseguir que los feroces guerreros de Francia despertaran de su letar­go. No disolvería la cruzada en la víspera de su primera gran acción.

De regreso en Béziers, Raymond Roger convocó una asamblea de ciudadanos para comunicarles las malas noticias. No habría tregua ni perdón. Los del norte estaban a menos de un día de marcha y no se avendrían a razones. Las gentes de Béziers –los biterrois– estaban asustados pero no aterrorizados. Su ciudad dominaba el río Orb, con elevadas fortificaciones construidas en una ladera ocre. Aunque los tres cronistas favorables a la cruzada, que constituyen nuestras fuentes de este episodio, describen de diversos modos a los biterrois como «estú­pidos» y «locos», uno de ellos, Guillermo de Tudela,2 reconoció que los habitantes de la ciudad creían poder resistir fácilmente un asedio. Te­nían víveres almacenados, y los campesinos congregados en Béziers ha­bían traído consigo suficiente comida para mantener a los biterrois du­rante semanas. Creían que el tamaño del ejército sitiador podía resultar su mayor debilidad. «Estaban seguros de que el ejército no podía man­tenerse unido –señalaba Guillermo de Tudela–. Se desintegraría en menos de quince días, pues se extendía hasta medir una legua de largo.» Los biterrois esperaban que, con tantas bocas que alimentar bajo la im­placable luz deslumbrante del sol del verano, los atacantes se verían obli­gados a irse simplemente para sobrevivir. Y una vez que hubieran termi­nado su cuarentena –los cuarenta días de servicio–, la mayoría de los soldados no dudaría en regresar a casa, con sus espadas herrumbrosas por el desuso. Según esos cálculos, Béziers aguantaría; la cruzada no.

El obispo de Béziers, que formaba parte del contingente de los cruzados, llegó de Montpellier con una última oferta. Tenía en su po­der una lista con doscientos veintidós nombres: los cataros perfectos de la población.3 Y eXIgió que le fueran entregados para su inmediato cas­tigo, de lo contrario al día siguiente los cruzados pondrían sitio a la ciudad. A los impasibles burgueses de Béziers, tal como lo contó el cro­nista, «ese aviso les merecía la misma opinión que una manzana pela­da». Al igual que los prohombres de la ciudad de Tolosa, habían com­batido encarnizadamente por su independencia de nobles y obispos; era inaceptable que debieran entregar a ninguno de sus ciudadanos a extranjeros del norte. En 1167, en la iglesia de Sainte-Marie Magdale-ne de la ciudad, los burgueses de Béziers habían asesinado al abuelo de Raymond Roger Trencavel por oponerse a sus libertades. Su hijo, el padre del vizconde, tomó represalias dos años más tarde, en la fiesta de

María Magdalena, perpetrando una masacre. La memoria de esa dego­llina había penetrado en la cultura ciudadana como recordatorio de lo mucho que había costado conseguir la libertad. Los mercaderes y los comerciantes de Béziers no los abandonarían ahora. Ni católicos ni ca­taros traicionarían a los perfectos. Un cronista transcribe la respuesta ciudadana al obispo: «Preferimos ahogarnos en un mar salado que cambiar nada de nuestro gobierno.» El obispo montó en su muía y re­gresó al campamento de los cruzados; muchos de sus clérigos se queda­ron atrás, solidarios con sus feligreses.

El vizconde Raymond Roger no se quedó. Dado el legado san­griento de los Trencavel en Béziers, seguramente él y los habitantes de la ciudad abrigaban sentimientos mutuos ambivalentes. Frente a un enemigo común, el joven señor y los biterrois llegaron a un acuerdo. En vez de guarnecer las almenas, Raymond Roger corrió a Carcasona, el centro de su territorio, a reclutar un ejército de entre sus vasallos de Corbiéres y la montaña Negra. Pensaba volver a Béziers tan pronto fue­ra posible y atacar a los cruzados. A Carcasona lo acompañaron todos los judíos de Béziers. Las cruzadas siempre conllevaban un sino aciago para los judíos, aunque éstos no estuvieran relacionados directamente con la causa ni con la consecuencia.

El día siguiente era 22 de julio de 1209, la festividad de santa María Magdalena.

t La fecha no carecía de dramatismo. Desde el siglo XI, los gitanos que vivían cerca de Béziers y costa arriba, en dirección al Ródano, te­nían predilección por María Magdalena. Creían que María fue obliga­da a huir de Palestina en una embarcación poco después de la desapa­rición de su amado Jesús, y que ella, Marta y el resucitado Lázaro arribaron cerca de Marsella, desde donde difundieron la buena nueva sobre el nazareno entre los paganos de la provincia Narbonensis de Roma. Es esa María –la penitente imperfecta, la antigua pecadora, la primera a quien se dio pruebas de la resurrección de Jesús– la que ha alimentado el fuego de la piedad popular entre las gentes sencillas a lo largo de la costa mediterránea.

María Magdalena tenía incluso más fama entre los gnósticos, los predecesores clásicos de los cataros.4 Según muchos de esos pensadores, María era realmente la primera entre los apóstoles, superior a Pedro y sus sucesores en Roma. En la edición de la obra colectiva que vino en llamarse Nuevo Testamento se suprimieron los evangelios gnósticos, pero los que se conservaron en otras partes adjudicaban a menudo a María una posición elevada, de carácter pastoral. Incluso el Evangelio de Juan –ciertamente una rareza si se compara con los Evangelios si­nópticos de Mateo, Marcos y Lucas– asigna a María un papel asom­brosamente importante, por el que resulta escogida para transmitir el primer mensaje del Cristo resucitado a los apóstoles. Con posterio­ridad, la ortodoXIa intentó minimizar su estatus y la colocó por detrás de Pedro en grado de importancia; muchos herejes no quedaron del todo convencidos. Sin duda, las consecuencias de su primacía apostóli­ca –las mujeres podían también liderar, no sólo criar– se reflejaron en la paridad experimental entre los sexos permitida en algunos credos dualistas. Los cataros, que valoraban el Evangelio de Juan por sus ele­mentos gnósticos, no habrían considerado a María tan antipática como otros personajes de la ortodoxa comunión de los santos.

Así pues, era oportuno que la fecha más importante de la histo­ria de Béziers, una acrópolis del catarismo defendida por su mayoría católica, coincidiera con la festividad de una santa tan llena de ambi­güedad y de significación gnóstica. Tal vez era oportuno pero no espe­cialmente un buen augurio; pese a sus muchos atributos, María Mag­dalena nunca fue equivalente a la diosa Fortuna.

El 22 de julio la cruzada hormigueaba por los llanos del sur de Béziers. Observados por los biterrois apostados en las murallas, decenas de miles de hombres armaban tiendas, abrevaban a sus caballos y en­cendían hogueras. Desplegándose hacia el lejano horizonte había un mar de forma cambiante en constante movimiento, desplazándose sin cesar bajo el sol estival. Se cortaban árboles, se construían recintos ce­rrados, se alzaban mástiles para las banderas. En los pabellones de los señores ondeaban cientos de estandartes, teñidos de colores chillones debido a la gris monotonía del norte. Se oía el canto de los monjes y los rebuznos de las bestias de carga. El ejército se preparaba para una prolongada estancia frente a Béziers.

La cuestión era cuan prolongada sería. Arnaud Amaury ya había convocado a los señores cruzados a una reunión. Durante el tiempo que pasó con Pierre de Castelnau y Raoul de Fontfroide, Arnaud había estado en Béziers con frecuencia. En la marcha de un mes Ródano aba­jo, el jefe de la cruzada seguramente les había dicho a los nobles france­ses que la ciudad parecía inexpugnable. Ahora podían juzgar por sí mismos; sus expertos en asedios cabalgaron hasta una prudente distan­cia de las murallas y trotaron alrededor de las mismas en busca de grie­tas o desperfectos. Según opinaban los clérigos, los guerreros franceses, temidos por su valor desde Palestina hasta Inglaterra, hallarían sin duda la manera de derrotar aquella ciudad obstinada y satánica.

Mientras se llevaba a cabo la reunión para discutir lo que había que hacer, el masivo ejército terminaba sus tareas. Partiendo de tres cronistas –Guillermo de Tudela, Pierre de Vaux de Cernay y Guillau-me de Puylaurens–, es posible atar cabos y comprender qué sucedió esa tarde fatídica.

Unos cuantos integrantes del séquito del campamento –pin­ches, muleros, pajes, ladrones– se encaminaron río Orb abajo, sin ca­misa ni sombrero, para darse un respiro. El Orb pasaba cerca de las for­tificaciones de la ciudad, al alcance de la voz. Inevitablemente, los hombres de la orilla y los que estaban en lo alto de las murallas inter­cambiaron insultos. Uno del bando’de los cruzados anduvo temeraria­mente por el puente tendido sobre el Orb, una diana fácil para cual­quiera de los certeros ballesteros defensivos, y se mofó a voz en grito de los ciudadanos de Béziers. La imagen de una chusma medio desnu­da ofendió a los orgullosos hombres que había tras las murallas, por lo que unas docenas de jóvenes de Béziers decidieron dar una lección a aquella escoria de cruzados. Reunieron lanzas, palos, estandartes y unos cuantos tambores, abrieron una puerta de par en par y salieron a la car­ga ruidosamente bajando la cuesta que llevaba al río. El imprudente que se había acercado al puente apenas tuvo tiempo de tragarse su últi­ma pulla burlona antes de que cayeran sobre él y lo golpearan y apo­rrearan hasta dejarlo inconsciente. Mientras sus amigos se precipitaban a la orilla en su ayuda, fue arrojado desde el puente y condenado a cha­potear en el cenagoso Orb. Había empezado la reyerta.

Río abajo, más adelante, el «rey» de los secuaces del campamen­to –los ribauds– vio que el río arrastraba al solitario provocador… y también la puerta abierta de la ciudad. En palabras del cronista, «con­vocó a todos sus compañeros y gritó: “¡Vamos, al ataque!”». De dos en dos, de tres en tres, después por cientos, una multitud corrió hacia el alboroto, atraída por el aroma de la batalla. Volvemos al relato de Gui-

llermo de Tudela conscientes de la exageración medieval: «Cada uno llevaba un garrote –supongo que por no tener otra cosa– y eran más de quince mil, todos descalzos.» La abigarrada masa de combatientes avanzó hacia el puente.

En la puerta abierta de Béziers, los hombres y mujeres segura­mente gritaron a sus bravos y jóvenes conciudadanos que andaban por abajo. Desde su posición estratégica en lo alto de la pendiente, los que estaban dentro de la ciudad veían a la muchedumbre cada vez más nu­merosa que confluía hacia el puente. Los pendencieros biterrois habían cometido un error fatal. Según las convenciones de la guerra medieval, no había que atacar jamás a un ejército sitiador cuando acababa de lle­gar y estaba aún fresco. Los asedios eran agotadoras pruebas de desgas­te para ambos bandos, y era mejor asumir riesgos cuando el adversario estaba cansado. Los cruzados, todavía bien abastecidos de comida y agua, no estaban desmoralizados. Si acaso, impacientes por luchar.

Los jóvenes de Béziers, sorprendidos e inferiores en número, se defendieron mientras regresaban a la muralla, subiendo la cuesta que tan alegremente habían bajado unos momentos antes. Por lo que pue­de deducirse de las crónicas, los cruzados que esgrimían garrotes llega­ron a su altura, se abrieron paso por la puerta abierta y entraron en la ciudad. La orgullosa Béziers ya nunca más tendría la condición de in­violada; los atacantes penetraron en tropel.

Los biterrois de las almenas vieron la mancha que se extendía abajo y abandonaron sus puestos para bajar a las calles y unirse a la pe­lea. Fuera, los cruzados apoyaron largas escaleras contra las murallas y subieron a toda prisa a las alturas desprotegidas. Béziers era ciudad abierta.

Los nobles reunidos en torno a Arnaud Amaury oyeron los gritos lejanos. «En ese momento los caballeros cruzados gritaban: “¡A las ar­mas! ¡A las armas!”», relataba un cronista. Los grandes señores y sus in­fantes de armadura, los asesinos más eficaces en cualquier ejército feu­dal, se preparaban para comenzar el asalto.

Con toda probabilidad fue en ese momento cuando se dio –o no– la célebre orden. Con respecto a si Arnaud Amaury dijo realmen­te, en lengua vernácula, «Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius» (Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos), la opinión de los pro­fesionales está dividida. Lo más probable es que la frase lapidaria la in­ventara treinta años después de los hechos un cronista favorable a la cruzada. En todo caso, no hay constancia de que nadie –por supuesto tampoco Arnaud Amaury, jefe de la orden cisterciense y más alto repre­sentante del vicario de Cristo– intentara detener ni siquiera entorpe­cer la carnicería que se estaba fraguando. Los cronistas señalan que ni siquiera el conde Raimundo, que al parecer no tomó parte en el saqueo de la ciudad, trató de oponerse a la orgía de sangre.5

Señores y peregrinos, monjes y mozos de cuadra… todos se aba­lanzaron sobre Béziers. Los sacerdotes católicos que había en la ciudad se pusieron la indumentaria para celebrar una misa de difuntos. Repica­ron las campanas de la iglesia. En la catedral, donde los canónigos vela­ban por la fe católica, los soldados del norte cargaron contra los congre­gados, acuchillando y mutilando con sus espadas hasta que no quedó nadie en pie. Asesinaron también a todos los auXIliares del obispo.

El ataque se desplazó irremediablemente hacia la suave cuesta de la colina de la ciudad, donde los biterrois se replegaban por las estrechas callejuelas. Los cruzados no tuvieron piedad. Mujeres y niños se apiña­ban en la iglesia de Sainte-Marie Magdalene, en la parte superior de la ciudad. Rezaban a su patrona, en su festividad, implorando protección. Según el cronista Pierre de Vaux de Cernay eran siete mil, cifra impo­sible dadas las dimensiones del santuario. Debían de ser unos mil, esti­mación basada en la capacidad máXIma de la iglesia. En cualquier caso, ésta estaba llena de católicos y cataros que lloraban aterrados cuando los cruzados derribaron las puertas y los mataron brutalmente a todos. En 1840, en las obras de restauración del edificio, se descubrió bajo el suelo un montón de huesos humanos: las víctimas de la matanza.

Después de dar muerte a todos los habitantes de la ciudad, los señores de la cruzada dirigieron su atención hacia las riquezas materia­les. Según Guillermo de Tudela, la caterva que se había lanzado en masa hacia el puente ya había comenzado el pillaje: «Los criados se ins­talaron en las casas que habían tomado, todas llenas de tesoros y rique­zas, pero cuando los franceses [los señores] lo descubrieron, montaron en cólera y sacaron a aquéllos de las casas a palos, como si fueran pe­rros.» La ira de los caballeros era comprensible. El botín de guerra lo repartían siempre los jefes de los ejércitos, no sus secuaces. En opinión de los señores de la cruzada, los ribauds y mercenarios tomaban lo que a justo título pertenecía a la nobleza victoriosa.

El rey elegido de los ribauds, el hombre que había localizado la puerta abierta tras la escaramuza del puente, gritó a sus hombres que dejaran de saquear. No podrían defenderse contra los caballeros y sus armaduras; no obstante, habría que pagar un precio. «Aquellos mu­grientos y apestosos miserables chillaban todos al unísono: “¡A quemar­la! ¡A quemarla!” –señaló un cronista–. [Ellos] fueron por enormes teas llameantes como si fueran para la pira de un funeral y prendieron fuego a la ciudad.»

Las viviendas de madera de las estrechas calles eran como yesca. Los caballeros observaban impotentes cómo las llamas se tragaban una casa tras otra, un barrio tras otro. El fuego prendió en las vigas del te­cho de la gran catedral de Saint-Nazaire, que se vinieron abajo. Muy pronto la ciudad entera ardió. La soldadesca se retiró poco a poco del infierno de Béziers. Cruzaron tambaleantes el puente que salvaba el Orb y regresaron al lugar en que habían iniciado aquella porfiada tarde de exterminio cristiano. Veían cómo la ciudad era consumida por el fuego, una verdadera pira funeraria para, según consenso en las estima­ciones de los eruditos, un número de víctimas que oscilaba entre quin­ce mil y veinte mil.

En una mañana dieron muerte a todos los habitantes de la ciu­dad, desde los ancianos cataros perfectos a los niños católicos recién nacidos. En la época anterior a la pólvora, matar a tanta gente en tan poco tiempo requería un empeño salvaje que supera la imaginación. Los cruzados resentidos por haber perdido el botín de la próspera Béziers debían consolarse pensando que habían hecho el trabajo de Dios con gran eficacia. Esa magnífica victoria aseguraba la salvación personal. En su carta a Inocencio, Arnaud se maravillaba de su éXIto. «Casi veinte mil ciudadanos fueron pasados a cuchillo, con indepen­dencia de la edad y el sexo –escribió–. La venganza divina ha sido majestuosa.»

La mente humana había cruzado un umbral.

CAPÍTULO 7

Carcasona

Acercarse a Carcasona por primera vez es como soñar despierto. Los torreones y baluartes de la ciudad vieja se alzan en una elevación engañosa en el valle del río Aude, de modo que la almenada ciudadela aparece de pronto, flotando en un segundo plano, como un visitante llegado del túnel del tiempo. Los bloques de piedra marrón amarillen­to de las murallas se tornan de color castaño rojizo, y por fin malvas con el último sol de la tarde. A la vista de las restauradas almenas de los Trencavel, los combatientes ya largo tiempo desaparecidos cabalgan en la periferia de la conciencia, y su clamorosa pelea es un suave murmu­llo que lleva el viento. Pues en el verano de 1209, tras Béziers le llegó el turno a Carcasona.

Como cualquier atrocidad que merezca tal nombre, los hechos de Béziers propagaron el miedo por todas partes. Después de la festivi­dad de santa María Magdalena, el ejército de los cruzados pasó tres días acampado contra el viento que soplaba desde el escenario de su triun­fo. Los notables locales aparecieron uno tras otro para rendir homenaje a los nuevos arbitros de la legitimidad. La mayoría de esos señores de inferior categoría llegaban de las tierras bajas que había entre Béziers y Carcasona, por las que debería marchar el ejército si quería atacar la ca­pital de los Trencavel. Era el temor lo que determinaba esas capitula­ciones, que más adelante resultarían tan cambiantes como la hierba que pisaban los cruzados.

En Carcasona, ante las casi inverosímiles noticias procedentes de Béziers, Raymond Roger abandonó toda esperanza de que aquel con­flicto pudiera resolverse como cualquier otro. En una época en que la población se contaba por decenas de miles, no por millones como en la actualidad, el exterminio premeditado de veinte mil personas consti­tuía en el Languedoc una sacudida tan directa y brutal como la ampu­tación de un miembro. El vizconde tomó medidas drásticas para hacer que el país fuera inhóspito para los cruzados. En varios kilómetros alre­dedor de Carcasona, ordenó destruir todos los molinos de viento, que­mar todas las cosechas y sacrificar todos los animales o llevarlos al abri­go de las gruesas murallas de la ciudad, primero levantadas por los romanos y después reforzadas por los visigodos.

En el castillo de Raymond Roger, construido por su bisabuelo y todavía en pie como masa impasible de piedra labrada que domina la ciudad medieval, el vizconde dio la bienvenida a los señores locales que habían prestado oídos a su petición de ayuda. Aquellos hombres, a di­ferencia de los nobles de las tierras bajas expuestos a un ataque inmi­nente, llegaron de las accidentadas tierras altas que había a ambos lados del valle del Aude; al norte, la montaña Negra y el Minervois, escarpa­das alturas cruzadas por saltos de agua y cubiertas de espesos bosques; al sur, Corbiéres, montañas peladas cortadas por súbitos barrancos y vigiladas por imponentes castillos. En los primeros años de la cruzada de los albigenses, esos vasallos de tierra adentro serían los más resueltos defensores del catarismo.

Los del norte llegaron el primero de agosto. Recelando de las fle­chas y saetas de los ballesteros de Carcasona, los nobles cruzados orde­naron que se instalaran las tiendas y los pabellones fuera del alcance de los proyectiles. Según un cronista, un impulsivo Raymond Roger instó a realizar un inmediato ataque por sorpresa. «¡A los caballos, mis seño­res! –gritó el vizconde–. Cabalgaremos hacia allí, cuatrocientos de nosotros con los mejores y más veloces caballos, y antes de que se pon­ga el sol los habremos derrotado.»1

Las cabezas más serenas prevalecieron sobre aquella absurda baladronada, pues los defensores eran irremediablemente inferiores en número. La llamada más convincente a la prudencia corrió a cargo de Pierre Roger de Cabaret, señor de un feudo de minas de oro en la montaña Negra.2 Béziers había demostrado que una salida mal prepa­rada podía acabar en fracaso (los biterrois habían sido «más estúpidos que las ballenas», dijo despectivamente un cronista),3 y los cruzados que había frente a Carcasona no eran un ejército sitiador cansado o descontento, fácil de sorprender o derrotar. En cualquier caso, el cam­pamento de los cruzados estaba demasiado lejos para asaltarlo por sorpresa. El señor de Cabaret supuso acertadamente que los llegados del norte primero atacarían los dos suburbios fortificados de Carcasona que había fuera de las murallas. Abogó por salir a toda prisa de la capital de los Trencavel tan pronto fueran atacados los dos barrios; los cruzados estarían más cerca, y más apurados, y la sorpresa sería mayúscula.

El día siguiente, 2 de agosto, era domingo, y ambos bandos aguar­daban con devota impaciencia. En la madrugada del lunes, los del nor­te atacaron; eligieron Bourg, el más débil de los dos suburbios. Arietes, monjes que cantaban melopeas, soldados que trepaban por las escale­ras, caballeros que cargaban montados en sus caballos de guerra… la fantasmagoría medieval empezó a funcionar con toda su brutalidad. Al cabo de dos horas, los ensangrentados defensores de Bourg se dispersa­ron atemorizados mientras las endebles murallas permitían el paso de la multitud. Desde lo alto de las sólidas almenas de piedra de Carcaso­na, los arqueros y ballesteros lanzaban flechas una y otra vez a los cru­zados, pero era imposible detener la oleada de guerreros. Ni Raymond Roger ni Pierre Roger salieron hacia Bourg para contraatacar. Curiosa­mente, ninguno de los tres cronistas que constituyen nuestras fuentes de ese combate dan razón alguna del abandono del plan.

Ese día no hubo carnicería. En lugar de ello, los hombres de la cruzada pasaron frente a las casas en llamas y bajaron las cuestas que conducían al río Aude… y a sus valiosos pozos. Los habitantes de Bourg tuvieron tiempo de llegar a duras penas a las barbacanas de Carcasona y protegerse tras sus fortificaciones. Su presencia supondría una presión añadida sobre los recursos de la superpoblada ciudad. Los cruzados se habían apoderado del acceso a la capital de los Trencavel por el norte y, lo que era más importante, de su abastecimiento de agua. El combate de Bourg había terminado en una victoria táctica muy reñida, en la que un noble norteño de segunda fila se había distinguido por su va­lentía. Simón de Montfort, hasta entonces un personaje respetable aunque algo desharrapado al lado de sus elegantes superiores, destacó en el sitio de Carcasona. Los cruzados planearon atacar el segundo su­burbio, Castellar, al sur de la ciudad.

Al día siguiente, la revelación del destino de Simón sufrió un re­traso por la inesperada llegada de cien jinetes provistos de armadura. Los cruzados, que estaban a la mesa «comiendo carne asada», como se­ñaló atentamente Guillermo de Tudela, se levantaron para saludar con efusión a los recién llegados. Banderines rojo y oro ondeaban en las puntas de sus lanzas, lo que identificaba a los guerreros espléndida­mente engalanados como nobles de Aragón y Cataluña. Su líder, el rey Pedro, hombre enérgico de treinta y tantos años, buscó de inmediato la tienda de su cuñado, el conde Raimundo de Tolosa. (La quinta esposa de Raimundo, Leonor, era hermana de Pedro.) Cabe suponer que Rai­mundo no había combatido ni en Béziers ni en Carcasona, dada la au­sencia de menciones a su intervención en esas acciones militares. Lo más probable es que el conde simplemente se hubiera quedado sin ha­cer nada, observando cómo sus pares del norte se comportaban igual que una turba de indeseables mercenarios. En su tienda, instalada en una frondosa colina a cierta distancia del campamento principal, él y otros nobles del Languedoc que iban en la cruzada le contaron al rey Pedro lo que habían visto en Béziers.

Después Pedro se reunió con los jefes de la cruzada. Arnaud Amaury, que había iniciado su ascenso al poder como abad en Catalu­ña, sabía que el joven rey gozaba de alta estima en Roma. Tras acceder al trono, el monarca había cedido su reino a la Santa Sede, debido a lo cual se convirtió en vasallo directo de Inocencio III, quien, en su ofen­siva por llenar las arcas de la Iglesia e imponer respeto al pontificado, acogió de buen grado la obediencia espiritual y material de un gran príncipe. Las credenciales ortodoxas del rey eran impecables. Aunque no hiciera cumplir las leyes contra la herejía que había aprobado para su reino, su beligerancia contra la mayoría musulmana de la península Ibérica había hecho que en el palacio de Letrán su nombre fuera bien­aventurado. No se podía ignorar a Pedro el Católico.

Pedro tenía una queja legítima. El vizconde Raymond Roger de Carcasona era su vasallo y, por tanto, formaba parte de su familia feu­dal. Cierto que el propio señor feudal de Pedro, Inocencio, había orga­nizado el ataque sobre Trencavel, pero no por ello los aragoneses deja­ban de estar indignados por esa violación de su jurisdicción. Según la costumbre feudal, un gran señor siempre tenía voz sobre el destino de sus vasallos. Pedro hizo saber que quería ver al sitiado Raymond Roger Trencavel, su joven protegido.

La herida dignidad del español subrayó los recelos de los nobles del norte obligados ante el rey Felipe Augusto de Francia, quienes se­guramente se preguntaban quién tenía autoridad para amenazar a un señor como Raymond Roger y desposeerle de su patrimonio. Desde el pontificado de Gregorio VII, en el siglo XI, los sucesivos papas habían mantenido que la Iglesia podía deponer a cualquier noble desafecto, lo que había sentado mal a los hombres de la espada. Inocencio, el hom­bre más capaz que había lucido la tiara en dos siglos, había emprendi­do aquella cruzada en parte para dotar de cierta firmeza a la postura teocrática del papado. El hecho de que la expedición de castigo tardara tanto tiempo en poderse organizar demostró la reticencia de gobernan­tes laicos, en especial la de Felipe Augusto, a ceder terreno alguno en la incierta esfera de la soberanía. En el fondo, los nobles más importantes de la cruzada se compadecían de los Trencavel y los Saint-Gilíes, aun­que quizá los desconcertó la tolerancia de ambos clanes con la herejía. Pedro hizo saber que incluso el más ortodoxo de los monarcas estaba dispuesto a mostrar su indignación ante las ambiciones de Roma.

Pedro cambió su destrier, o caballo de guerra, por el elegante pa­lafrén que sus mozos habían llevado consigo. Acompañado sólo por tres hombres y, tal como narró Guillermo de Tudela, «sin armas ni es­cudos», espoleó la montura por la cuesta que conducía a la ciudad amurallada. El puente levadizo descendió chirriando, y el rastrillo se elevó entre grandes vítores. Cuando Pedro estuvo allí cinco años antes para presidir la discusión entre cataros y católicos, Carcasona era una ciudad próspera y pacífica. Al entrar ahora, seguramente quedó sobre­cogido por el hedor; se calculaba que más de cuarenta mil personas se habían refugiado tras las murallas.

Cuando Raymond Roger intentó dar la bienvenida a su señor como salvador suyo, Pedro enseguida lo puso en su sitio. Un cronista contó el discurso del rey de Aragón a su vasallo en un admirable pasaje que resumía la difícil situación del más joven. Raymond Roger se había quejado de los horrores causados por los cruzados, y Pedro respondió:

En nombre de Jesús, señor, no podéis culparme por ello, pues os lo dije, os ordené que expulsarais a estos herejes, ya que hay muchos en la ciudad que respaldan esta insensata creencia… Viz­conde, estoy muy triste por vos, porque sólo unos cuantos estú­pidos y su desatino os han llevado a tal peligro y aflicción. Todo lo que puedo sugerir es un acuerdo, si podemos llegar a él, con los señores franceses, pues estoy seguro, y Dios lo sabe, de que ninguna batalla con lanzas y escudos os da esperanza alguna, ya que son muy superiores en número. Dudo mucho de que podáis resistir hasta el final. Confiáis en la fuerza de vuestra ciudad,

pero está atestada de gente, incluidos muchas mujeres y niños; en el caso contrario, sí, creo que es posible abrigar alguna espe­ranza. Realmente lo siento mucho por vos, estoy profundamente afligido; por el afecto que os tengo y en razón de nuestra vieja amistad, haré todo lo que pueda por ayudaros salvo cometer gran deshonor.4

Abatido, Raymond Roger pidió al rey que intercediera en nom­bre de los sitiados. Acto seguido, el monarca de Aragón y Cataluña re­gresó al campamento de los cruzados convencido de que prevalecería la prudente voz del arreglo. No obstante, las negociaciones pronto llega­ron a un callejón sin salida. Al final, Arnaud Amaury consintió de mala gana en permitir que Raymond Roger, con once compañeros de su elección, abandonara Carcasona con todo lo que pudiera llevarse; lo que le pasaría a la ciudad y a los miles que en ella había lo decidirían los cruzados. Pedro, indignado por la degradante oferta, señaló que «volarían los burros» antes de que el vizconde aceptara un trato como aquél. Cuando al día siguiente Pedro presentó las condiciones a Ray­mond Roger, éste casi echó a su superior de su presencia. Declaró que preferiría ser desollado vivo antes que doblegarse ante aquella despre­ciable traición a su pueblo. Acto seguido, Pedro abandonó Carcasona y regresó a Aragón, apenado por su vasallo y enojado con el legado del Papa.

El 7 de agosto, los cruzados trataron de asaltar Castellar, el su­burbio situado al sur de Carcasona. Al alba, cargaron a gritos a través de su foso seco, pero en esa ocasión la lluvia de piedras y flechas lanza­da por los defensores dejó montones de atacantes retorciéndose de do­lor en el suelo, retrocediendo a rastras en busca de la protección de los árboles. Un caballero que sangraba del muslo estaba solo en el fondo del foso, impotente y al descubierto. Un cruzado retrocedió a toda pri­sa, al alcance de los proyectiles enemigos, y se deslizó por la pendiente para rescatarlo. Una vez allí, lo incorporó y lo arrastró hasta hallar pro­tección mientras flechas y piedras levantaban el polvo a su alrededor. Ambos bandos presenciaron aquel excepcional acto de valentía, pero de momento sólo los cruzados sabían el nombre de su héroe: Simón de Montfort.

Al ver que Castellar estaba siendo mejor defendida que Bourg, los señores del norte ordenaron que entraran en juego sus artefactos de asedio. Era ése un grupo de nobles muy ricos, de modo que el número y el tamaño de aquellas temibles armas debía de ser considerable. Pri­mero estaban las petrarias, pequeñas catapultas cuyo mecanismo se ba­saba en el momento de torsión y que arrojaban el equivalente medieval de la metralla. Esas nubes de piedras y guijarros pasaban a gran veloci­dad sobre las murallas y mutilaban y mataban a los desgraciados que eran sorprendidos al descubierto. Después estaban las catapultas, cuya «cuchara», en un extremo del largo mango, era lo bastante grande para contener pedruscos grandes y teas llameantes que se estrellaban contra las galerías de madera que había en lo alto de las murallas. Por último, en menor número, estaban los compactos obuses de la guerra de ase­dios, que se conocían desde la antigüedad: las balistas.

Los gritos y gruñidos de los artilleros alternaban con el ruido de los proyectiles en el aire. Como ya era habitual en la cruzada de los al-bigenses, los monjes y los obispos cantaban himnos para recordar a los combatientes el objetivo sobrenatural que había tras la reyerta. Un equipo de peones empezó a construir un paso elevado provisional sobre el foso, utilizando piedras, troncos y cualquier cosa que tuvieran a mano. Los carpinteros, alejados del combate, daban los últimos toques a una chatte (gata), un refugio móvil cubierto por una plataforma de tablas bajo la cual cabían de pie entre veinte y treinta hombres. Harían rodar la gata sobre el rudimentario paso elevado hasta llegar a las forti­ficaciones; los hombres del artilugio móvil, zapadores experimentados, harían túneles bajo los cimientos de las murallas. Para evitar que los defensores hicieran arder la gata mientras cruzaba tierra de nadie, se descuartizaban y desollaban bestias de carga y caballos innecesarios y se cubrían las tablas con sus húmedas y sangrientas pieles. Los sitiadores quizá no habrían empleado esta táctica ante las superiores fortificacio­nes de la propia Carcasona, pero las murallas de Castellar no eran tan imponentes.

Según el cronista Pierre de Vaux de Cernay, el plan funcionó, aunque sólo en parte. Cuando el enorme y ensangrentado ingenio em­pezó a rodar, las catapultas de los cruzados castigaron a los defensores con una implacable lluvia de piedras. Desde las estrechas aberturas de las murallas de Castellar, arqueros y ballesteros apuntaron a la retum­bante gata a medida que se acercaba. Flechas, saetas y teas llameantes brillaron en el aire. Las que caían sobre la superestructura del refugio móvil se apagaban en las húmedas pieles. El artilugio llegó a la muralla. Los hombres de su interior, empapados de la sangre que había goteado de su protección animal, empuñaron picos y palas y se pusieron a tra­bajar. Pronto estarían cavando para salvar la vida. Un lanzamiento afor­tunado prendió fuego a la gata adosada a la muralla.

Cuando el artefacto empezó a arder, los zapadores tallaron frenéti­camente un hueco protector en el muro para que los hombres apostados en las almenas no pudieran apuntarles. Antes de que el refugio de made­ra quedara destruido, los expertos en asedios habían asegurado su posi­ción y estaban listos para una larga noche de trabajo. Ahora los defenso­res tenían que oír impotentes cómo los zapadores excavaban una galería por debajo de las fortificaciones. En Castellar se asistiría a la representa­ción completa del clásico argumento del sabotaje en la guerra medieval.

Desde debajo de las murallas, en la obscuridad, los zapadores es­carbaron en el cascajo poco compacto y sacaron tierra hasta llegar a la primera hilera de piedras duras, que apuntalaron con vigas y riostras. Al final un largo tramo de la muralla estaba precariamente sostenido sobre un profundo túnel por un sistema de puntales de madera que crujían bajo el peso. A continuación, empaparon los improvisados so­portes con aceite de oliva, sebo, grasa de cerdo y otras sustancias infla­mables. Y después llenaron el túnel de paja, ramas y ramitas que lleva­ron a través del foso amparados por la obscuridad.

En la madrugada del 8 de agosto, se dio la señal y la leña ardió. Salieron del agujero grandes nubes de humo negro. Dentro de la gale­ría, las llamas que surgían de la paja y las ramas lamieron los soportes y las riostras de madera hasta que también ardieron. Al quemarse éstas, se debilitaron, se resquebrajaron y se vinieron abajo. Las pesadas pie­dras de encima se desplomaron. Se había abierto brecha en la muralla.

Los cruzados pasaron de inmediato por encima de los escombros y entraron en Castellar. Se libró un combate atroz en el que sucumbie­ron la mayoría de los defensores del suburbio. Los señores de la cruza­da, satisfechos con el resultado, se trasladaron a sus tiendas. Raymond Roger y sus hombres, aprovechando su oportunidad, salieron de Car-casona a la carga para contraatacar y desalojar del suburbio a los cruza­dos. La mayoría de los norteños que habían quedado de guarnición en Castellar fueron hechos pedazos. Esa salvaje matanza, la venganza de Béziers, se apaciguó sólo cuando centenares de caballeros llegaron cabalgando desde el campamento después de que los gritos de los mori­bundos alteraran su vigilia. Los de Carcasona no iban a resistir el cho­que contra fuerzas superiores en número. De modo que se abrieron ca­mino retrocediendo a la seguridad de su ciudad; y una puerta se cerró rápidamente tras ellos.

Carcasona era segura, pero el asedio había comenzado en toda regla. Uno y otro bando se tomaron un respiro. A los cruzados les ha­bía costado cara la toma de Castellar, pero sufrirían más los defensores. El desastre de la semana anterior –la caída de Bourg y sus insustitui­bles fuentes de agua potable– no se podía remediar. Las cisternas de Carcasona estaban sucias, y a medida que agosto avanzaba, el tórrido calor hizo su espantoso trabajo. Los más pequeños empezaron a morir; después los niños, seguidos de los viejos y los más débiles. Se propaga­ron enfermedades; los animales yacían tendidos, agónicos. Pronto hubo carroña pudriéndose en las calles. Una capa de moscas cubría la ciudad; la tierra rebosaba de gusanos. No había agua que beber. «Jamás en toda su eXIstencia habían sufrido tanto», escribió el cronista que aportó esos detalles.

A mediados de agosto, un jinete se acercó a las murallas de Carca­sona y se identificó como pariente de Raymond Roger. Quería parla­mentar con el vizconde. Aunque las crónicas no revelan el nombre de este emisario de los cruzados, parece ser que su declaración de parentes­co fue admitida. Raymond Roger, acompañado de docenas de hombres de armas, salió a caballo a oír lo que el hombre quería decirle.

El cruzado habló con tono amable. «¡Os deseo [...] prosperidad a vos y a vuestro pueblo! –dijo, según Guillermo de Tudela–. Desde luego os aconsejo que resistáis si creéis que pronto llegará el auXIlio. Pero debéis ser muy consciente de que ello no sucederá.» Tras hacer hincapié en el aislamiento de los Trencavel, el anónimo noble amenazó a Carcasona con la misma suerte que había corrido Béziers. Había lle­gado la hora de negociar la rendición. Si accedía a reunirse con los se­ñores del norte, se garantizaba al vizconde un salvoconducto para ir y volver del campamento de los cruzados.

Tranquilizado por las palabras de su pariente, Raymond Roger Trencavel se alejó solo de la ciudad y, observado por sus enemigos, ca­balgó hacia las tiendas de los grandes nobles del norte. El vizconde fue conducido al pabellón del conde de Nevers, Hervé de Doncy. Jamás volvería a ser un hombre libre.

La discreción de los cronistas favorables a la cruzada, que consti­tuyen las fuentes de aquel memorable verano de 1209, ha ocultado lo que sucedió exactamente dentro de la tienda.5 Lo que puede conjetu­rarse es que los nobles acudieron a dar la bienvenida a aquel joven con el respeto debido a un enemigo valeroso. Sin duda Arnaud Amaury es­taba presente, dispuesto a neutralizar el menor sentimiento caballeroso que pudiera entorpecer su plan de librarse del vizconde. Este resultó ser la única razón de aquel asedio. Aunque, como muchos historiadores suponen, todos los líderes cataros estaban refugiados en Carcasona, el jefe de la cruzada consideró más importante eliminar al vizconde que perseguir a los herejes, lo que era, en teoría, el objetivo declarado de la cruzada.

A las gentes de Carcasona se les dijo que podían marcharse en li­bertad. De hecho, debían irse. Su vizconde ya no les podía ayudar. Ca­tólicos, cataros y judíos, uno a uno por un estrecho postigo; los habi­tantes de Carcasona abandonaron su ciudad y sus bienes. Si intentaban salir con algo más que la camisa –joyas, dinero, trajes–, se les confis­caría. «No se les permitió llevarse consigo ni siquiera el valor de un bo­tón», según consta en una crónica. Miles de personas descalzas, apenas vestidas, vagaron por los campos de rastrojos quemados, sin sustento y con la dignidad quebrantada. Se dispersaron en todas direcciones, al azar, por las colinas y siguiendo el curso de los ríos, cada uno en pos de un destino desconocido y del que no hay constancia. Habría que repo­blar Carcasona.

Raymond Roger fue conducido encadenado a su ciudad vacía y obligado a bajar las escaleras de piedra de lo que había sido su castillo hasta dos días antes. Lo ataron al muro de su propia mazmorra. Sea cual fuere el acuerdo al que llegara en el campamento de los cruzados para salvar a su gente, es sumamente dudoso que aceptara ese destino para él. Tres meses después, el otrora sano Trencavel, fue hallado muer­to en su celda. Su sucesor habló de disentería y de los misteriosos de­signios de la divina providencia; pero, en el sombrío Languedoc, mu­chos sospecharon juego sucio.

El sucesor era Simón de Montfort. Un agradecido Arnaud le ha­bía concedido las tierras de los Trencavel. A los nobles más importantes de la cruzada primero se les ofrecieron las grandes posesiones, pero to­dos rechazaron la tentadora recompensa, por principios feudales y, sin duda, por miedo a la reacción de su atento monarca de París. Sin embargo, Simón tenía tan pocas tierras en el norte que su ganancia ines­perada no supondría ninguna amenaza para nadie en el reino de Fran­cia, aparte de que sus dotes de guerrero habían quedado sobradamente demostradas. Era una perfecta combinación de ambición y capacidad. El 15 de agosto de 1209, fue nombrado vizconde de Béziers y Carcaso­na y de todas las posesiones que quedaban en medio. Era la festividad de la otra María, la madre de Jesús.

El gran ejército hizo las maletas y se dispuso a volver a casa; los cruzados habían concluido la cuarentena y se habían asegurado su sór­dido lugar en la historia. Simón había arrancado un compromiso de los señores del norte en virtud del cual regresarían si los necesitaba. El conde Raimundo hizo venir a su hijo de doce años de Tolosa y lo pre­sentó cordialmente a Simón y a la nobleza reunida en Carcasona. Dado que uno de los más grandes nobles del Languedoc había sido desposeído de sus bienes de manera ignominiosa, es lógico suponer que Raimundo estaba presentando a su hijo a aquellos norteños para hacer valer la legitimidad de su familia. Según una crónica, el mucha­cho recibió la aprobación de los presentes.

La mayoría de los cruzados abandonaron el Languedoc y se diri­gieron a Francia. Simón se instaló con cuarenta caballeros incondi­cionales y sus varios cientos de soldados armados en la ciudadela de Carcasona. Casi todos eran nobles de segunda fila de Picardía y de íle-de-France que iban en busca de aventuras y riquezas. Había incluso un irlandés, Hugh de Lacy, un descontento del linaje de los normandos expulsado del condado de Meath. Simón prometió feudos a aquellos hombres si se quedaban y sometían las tierras que habían usurpado. Necesitaría su ayuda, pues más allá de las murallas de Carcasona el nuevo vizconde estaba rodeado de gente que lo odiaba.

CAPÍTULO 8

Malvoisine

Et ab joi li er mos treus Entre ge I e vent e neus. La Loba ditz que seus so, Et a. n be dreg e razo, y voto a Que, per ma fe, melhs sui seus Que no sui d’autrui ni meus}

Voy hacia ella con alegría surcando el viento y la nieve. La Loba dice que soy suyo Dios que está en lo cierto: le pertenezco

más que a nadie, más que a mí mismo.

Así cantaba el trovador Peire Vidal, mientras se dirigía al castillo de Cabaret, sobre la mujer más hermosa de la época, Etiennette de Pennautier, la Loba. Entre los que viajaban a los escondrijos de las tierras altas a hacerle la corte se contaban hombres de las capas más al­tas de la sociedad: Bertrand de Saissac, tutor del joven Trencavel; Ai-mery de Montréal, señor de la región rural central de los cataros, o Ray-mond Roger de Foix, el impulsivo conde pirenaico. En la primera década del siglo XIii, Cabaret había llegado a ser el principal santuario del Languedoc dedicado al amor cortés. En 1210, la cruzada lo conver­tiría en sinónimo de dolor.

Cabaret era un accidentado territorio pegado a la falda delantera de la montaña Negra, cuya riqueza se atribuía a sus minas de oro y cobre. En la época de la cruzada, había allí tres fortalezas de piedra rojiza –Cabaret, Surdespine y Quertinheux– agrupadas en una elevación desde la que po­día vislumbrarse la llanura de Carcasona, unos quince kilómetros al sur. La Loba estaba casada con el hermano del señor, Pierre Roger, el hombre que había estado al lado de Raymond Roger en la defensa de Carcasona y que había suplicado al fogoso joven Trencavel que se abstuviera de salir precipitadamente a atacar a los cruzados el día de su llegada. No hay cons­tancia de si Pierre Roger aconsejó la misma cautela antes de que el vizcon­de aceptara el salvoconducto violado después por los cruzados. Los aliados del vizconde encarcelado obtuvieron una cierta reparación cuando, unas semanas después de la caída de Carcasona, Simón de Montfort y su ejér­cito recibieron un buen correctivo frente a Cabaret. El irregular terreno no les proporcionaba ningún punto de apoyo para mantener un asedio prolongado, y los atacantes abandonaron toda esperanza de tomar el lugar.

Durante los meses que siguieron a esa victoria defensiva, Cabaret se convirtió en el centro neurálgico de una revuelta de poca importan­cia. Los franceses ocupantes perdieron el control de unos cuarenta de los centenares de castillos que en un principio se habían sometido a la cruzada a raíz de la masacre de Béziers. Desde Cabaret salían partidas que marchaban sigilosamente por los matorrales a la luz de la luna para tender trampas a los nuevos gobernantes de los dominios de los Tren-cavel. En una de esas emboscadas, a Bouchard de Marly, miembro del círculo íntimo de Simón de Montfort, lo desarmaron y arrastraron cautivo a Cabaret. No obstante, eran escaramuzas intrascendentes, que se producían al final del invierno; la llegada del buen tiempo traería consigo enfrentamientos más ambiciosos.

A principios de abril, llegó a las puertas de Cabaret un tamba­leante cortejo de unos cien hombres en fila india. Habían andado por el inhóspito territorio desde Bram, a cuarenta kilómetros de distancia, una ciudad mal fortificada de las tierras bajas que se había rendido a Simón de Montfort después de sólo tres días de asedio. Los dolientes y exhaustos hombres eran los defensores derrotados de Bram; caminaron a duras penas por el polvo del patio con el rostro abatido, cada uno con un brazo extendido para tocar el hombro del que lo precedía. La gente de Cabaret pronto entendió el motivo de aquella extraña disci­plina militar. Eran ciegos; los iracundos vencedores les habían arranca­do los ojos. Igual que les habían cortado la nariz y el labio superior: eran calaveras andantes, y su mueca anormal e inmutable un horroroso espectáculo de mutilación. Su jefe, al que habían dejado sólo tuerto para poder guiar a sus compañeros desde Bram a Cabaret, detuvo la grotesca marcha frente a Pierre Roger, sus caballeros y sus damas.2

Simón de Monfort, el nuevo amo de Carcasona, había iniciado la campaña de 1210. Los soldados de Cristo estaban de nuevo en acción.

Durante las dos décadas siguientes, el destino de los cataros estu­vo ligado a la lucha por el poder político entre señores feudales. No ha­bía vuelta atrás posible de los intransigentes precedentes establecidos en 1209. El papa Inocencio consideraba crimen no sólo ser hereje sino también tolerar la presencia de herejes en la comunidad. Dado que las máXImas autoridades seculares del Languedoc seguían burlándose de esa idea, podían ser depuestas con la bendición del Papa.

En la consiguiente confusión del Languedoc, lo que se precisaba para presentar una reclamación era crueldad, piedad ortodoxa y una predisposición a las conquistas debida, por lo general, a una herencia eXIgua. Muchos de los pobladores armados eran segundos o terceros hijos de gentes del norte cuyo deseo era acabar con la mala suerte de sus tardíos nacimientos. Los habitantes del sur a los que habían des­poseído de bienes con la aprobación de la Iglesia se convirtieron en nobles sin tierras, castillos ni ingresos. Se les conocía como faidits–al­borotadores–, un bandolerismo de hombres airados que buscaban ven­ganza. Fueron esos bandidos los que defendieron con fiereza a su paci­fista familia catara.

Simón de Montfort fue el principal creador y aniquilador de. faidits. El clan de Simón, segundo hijo de una familia que poseía una finca cercana al bosque de Rambouillet, bosque situado al suroeste de París, era ilustre pero no especialmente acaudalado. Sus padres anglonorman-dos le legaron el condado de Leicester, en Gran Bretaña. Fue una he­rencia hermosa e inútil como el cielo, pues los Plantegenet del trono inglés eran reacios a reconocer los derechos de nobles tan incómoda­mente próXImos a sus enemigos de París. Correspondería al cuarto hijo de Simón, otro Simón de Montfort,3 reclamar su patrimonio inglés y, a lo largo de una ilustre carrera, defender la causa de las libertades de la nobleza frente a la tiranía real. El padre defendió bulas papales; el hijo, la Carta Magna.

El viejo Simón era un hombre profundamente devoto, respetado por su recta conducta y por dar ejemplo a los hombres. Los admirados cronistas católicos de la época hablan de su estilo vencedor y de su as­pecto distinguido. Un texto se extiende afectuosamente en la descrip­ción de un aristócrata alto, apuesto, con una larga melena y una cons­titución musculosa.4 Al decir de todos, Simón era intrépido. En varias ocasiones, sus camaradas de armas tuvieron que disuadirle de que se enfrentara sin ayuda a un ejército enemigo. En el inexpugnable castillo de Foix, un furioso Simón cabalgó con un solo acompañante hasta la puerta principal y gritó insultos a aquellos que desafiaban su voluntad de conquista. Tras la lluvia de proyectiles con que respondieron los de­fensores, sólo Simón conservó la vida.

En muchos aspectos, era lo contrario del conde Raimundo de Tolosa; la liberalidad religiosa, la promiscuidad sexual y la palabra ca­prichosa de Raimundo eran rasgos que Simón consideraba inmorales y nefastos. Curtido guerrero con un primordial sentido del honor, la primera vez que Simón atrajo la atención sobre sí mismo fue durante la cuarta cruzada. Acampado junto a los más importantes señores de Francia en el exterior del puerto dálmata de Zara, rechazó por princi­pio tomar parte en el sitio de una ciudad cristiana. Cuando posterior­mente los venecianos convencieron a los cruzados de embarcar para proseguir sus atropellos en Bizancio, él salió de los Balcanes al frente de un grupúsculo de caballeros descontentos en busca de otros marinos dispuestos a llevarlos a Palestina. Tras una campaña poco convincente bajo las órdenes de un rey cruzado, regresó a casa en 1205, con el ho­nor intacto pero la bolsa vacía.

Otra de las características que distinguían a Simón era su mani­fiesta monogamia, que lo diferenciaba de la mayoría de sus semejantes. Su esposa, Alice de Montmorency, lo acompañó toda la vida, y con él tuvo seis hijos. Alice participó de las victorias de Simón en el campo de batalla y de su vertiginosa carrera como figura eminente. Por lo general se la podía ver junto a él incluso en los campamentos más deprimentes. Alice, prima hermana del apresado Bouchard de Marly, llegó al Lan-guedoc en marzo de 1210, al frente de una tropa de refuerzo para su marido, el nuevo vizconde.

Aunque ningún ejército de Simón llegaría a ser tan inmenso como el reunido en 1209, cada temporada de marchas aumentaba el número de hombres bajo sus órdenes, pues año tras año el Papa reno­vaba el llamamiento a una cruzada. Simple puñado de aventureros que aguardaban nerviosos que acabara el invierno, las fuerzas que estaban a disposición de Simón crecían rapidísimamente con el buen tiem­po para menguar de nuevo cuando cada nueva provisión de peregrinos armados terminaba su cuarentena y regresaba al norte. Entre los caba­lleros más vigorosos de más allá del Loira y el Rin, un viaje al sur, al Languedoc, durante esos años era algo irresistible, incluso sin la indul­gencia de las cruzadas. Una ausencia de dos meses era demasiado corta para que en su tierra se produjeran problemas graves y lo bastante lar­ga para pulir las destrezas en el asalto a castillos y el derramamiento de sangre. Astuto estratega y consumado luchador, Simón de Montfort daba, en efecto, permanentes clases prácticas sobre el arte de la guerra a la beligerante nobleza del norte. Cuando no estaba empantanado en un asedio, Simón galopaba sin parar a lo largo y ancho de sus domi­nios sofocando disidencias, eXIgiendo que se le rindiera homenaje o lu­chando contra nobles desposeídos resueltos a sublevarse. Sus aliados en la prosperidad tenían que seguir su ritmo en un zigzag maratoniano de intimidaciones.

Los perfectos huyeron del contagio de la violencia. Espantos como los de Béziers y Bram reforzaron su idea de que la Iglesia de Roma era ilegítima. La institución violaba sus propias leyes. Las almas más sencillas podían sacar una conclusión parecida muy evidente de lo que habían presenciado durante aquellos años: las personas sagradas e inofensivas de los pueblos se veían forzadas a huir de su ciudad y de los guerreros extranjeros. Los cruzados destruyeron viñas, quemaron cose­chas, se llevaron lo que no era suyo. Una de las primeras medidas de Simón fue establecer un oneroso impuesto de capitación, cuyos benefi­cios iban a parar a manos del Papa. Era como si alentaran a la gente a ponerse de parte de los cataros.

Se generalizó la resistencia a su autoridad. En el territorio que había en torno a Albi, Simón de Montfort cabalgaba triunfante por ciudades y pueblos que le rendían exquisitos y cívicos homenajes –y después desobedecían a sus representantes tan pronto él había regresa­do a Carcasona–. En la ciudad de Lombers, donde en 1165 los pione­ros del catarismo se habían enfrentado a una asamblea de obispos, ni siquiera esperaron que Simón se marchara. Se sometieron sólo tras un chapucero intento de asesinato.

Simón visitó otras poblaciones misteriosamente abandonadas. En Fanjeaux, situada en lo alto de una colina y que había sido testigo tanto de animados debates como de ataques con bolas incendiarias, se encontró con un pueblo fantasma. Los hogares de las mujeres perfectas estaban vacíos, y el viento batía sus telares y ruecas. En el valle de aba­jo, en Prouille, las jóvenes de Domingo trabajaban duramente en su nuevo convento, pero su familia hereje había desaparecido.

Algunos de los perfectos fueron a Montségur, un castillo de los Pirineos. En 1204, un acaudalado creyente cátaro vinculado a la fami­lia dominante de la región había reconstruido la fortaleza a petición de los clarividentes guías dualistas. El nido de águila fue el último bastión de la herejía, un edificio inexpugnable al que recurrían todos en caso de necesidad. El monte Saint-Barthélemy, un verde Goliat que se per­filaba amenazante sobre Montségur, podía divisarse en el horizonte sur desde casi cualquier punto del centro del Languedoc, un permanente recordatorio del refugio de la cercana santidad. Gran parte de los diri­gentes cataros, entre ellos Guilhabert de Castres y otros participantes en las discusiones con los dominicos, se dirigieron a Montségur a ca­pear el temporal de la guerra.

Otros fueron a territorios que pertenecían a Raymond Roger, conde de Foix. Sus parientas, Esclarmonde y Philippa, dirigieron hoga­res de perfectos, y su tolerancia oficiosa del credo de los disidentes era un secreto a voces. Tras muchas escaramuzas, él y Simón habían firma­do una tregua de un año. El acuerdo, en el que medió Pedro de Ara­gón, estaba concebido para proporcionar a la causa occitana un respiro tras el desastre de los Trencavel. En Tolosa, otro destino de los perfec­tos, el conde Raimundo siguió mostrando su acostumbrada reticencia a perseguir a sus subditos.

Muchos de los cataros de las antiguas tierras de los Trencavel deci­dieron depositar su confianza en los reductos de la nobleza de segunda fila. Centenares de disidentes errantes se enteraron de la hospitalidad de Geralda, la señora de Lavaur, ciudad situada entre Albi y Tolosa. Los perfectos se apresuraron por las onduladas tierras de labrantío para ha­llar seguridad tras sus murallas. Aunque en teoría era una viuda inde­fensa, Geralda tenía por hermano al belicoso Aimery de Montréal. En 1210 se sometió tácticamente a Simón de Montfort, pero en el Lan­guedoc todo el mundo sabía de qué lado estaba su corazón.

Los otros destinos de los herejes desplazados estaban peligrosa­mente cerca de Carcasona y Béziers, pero tranquilizaba su aspecto tan invulnerable como el del remoto Montségur. En Cabaret, Pierre Roger y su gente cuidaron de los ciegos de Bram. Los cataros eran bienveni­dos en Cabaret, como lo era cualquier caballero dispuesto a participar en arriesgadas expediciones guerrilleras en el valle. Unos cuarenta kiló­metros al este, se levantaba un escondite igualmente formidable en la meseta conocida como el Minervois. La capital de esa región poco accesible, Minerve, se convirtió en una ciudadela catara. El señor local, Guillaume de Minerve, era un declarado creyente en el dualismo, y los fugitivos perfectos estimaban que su ciudad, si era atacada, les propor­cionaría un refugio donde estarían a salvo de la furia de los cruzados.

La geología confirmó las predicciones. Incluso hoy la Minerve de las alturas vacila bajo el calor como si se sostuviera en lo alto sólo por la fe, con sus casas solariegas de piedra apiñadas sobre una empinada pen­diente. Por todos los lados salvo uno hay grandes gargantas esculpidas en el lecho de roca por ríos convergentes. Casi totalmente rodeada de precipicios, la ciudad parece estar suspendida en el aire. En la época de la cruzada, su único acceso a nivel estaba bloqueado por un castillo cuya imponente parte posterior sin ventanas daba a una árida meseta.

El 15 de junio de 1210, las fuerzas de Simón de Montfort apare­cieron en las cumbres que había frente a Minerve, y el león rojo ram-pante de su banderín personal se plantó de modo terminante en las al­turas. Simón ordenó que las fuerzas de la cruzada se separaran para triangular mejor sobre las defensas de la ciudad. Se instalaron tres cata­pultas, y enseguida una andanada de proyectiles silbó a través del abis­mo. Poco a poco, a medida que pasaban las horas y los días, se fueron abriendo boquetes en las murallas. Los cruzados, atascados en campo abierto en una inhóspita meseta, necesitaban una victoria rápida antes de que el calor del verano se hiciera más insoportable.

El campamento de los cruzados parecía un bullicioso barrio de chabolas, en que los hombres recogían leña y levantaban chozas y co­bertizos provisionales a fin de disfrutar de la preciada sombra. Sin em­bargo, la madera no había servido toda para construir refugios; al cabo de unos días, una enorme catapulta, que los cruzados apodaban la Malvoisine (mala vecina), fue colocada frente a Minerve. Simón y sus nobles aliados se habían tenido que rascar bien los bolsillos para conse­guir que se construyera aquella gran Berta de las catapultas. Hacia fina­les de junio, el enorme brazo de la Malvoisine trazaba su primera tra­yectoria mortífera hacia Minerve. Cuando el brazo se detuvo con una sacudida, un inmenso pedrusco atravesó en silencio la luz del sol unos breves instantes antes de caer con un ruido telúrico… en algún lugar de la superficie del precipicio que había debajo de la ciudad. A continua­ción, otro canto rodado se estrelló con estruendo en el mismo sitio, y luego otro más. No era mala puntería, sino una labor artillera hecha a conciencia.

La Malvoisine estaba machacando una escalera amurallada que iba desde la ciudad al fondo de la garganta, donde otro muro resguar­daba los pozos de agua. Normalmente, el sistema fortificado era seguro y protegía de los arqueros más certeros. Sin embargo, la amurallada es­calera de piedra no podría soportar el incesante bombardeo de la cata­pulta. Cuando el acceso al pozo hubo desaparecido, lo mismo ocurrió con toda esperanza de resistir al asedio. Al cabo de unos días, en Mi-nerve se tomó una decisión: había que destruirla.

Una noche de finales de junio, unos cuantos hombres de la ciu­dad se deslizaron a hurtadillas por el fondo del desfiladero. Los sabo­teadores llevaban trapos grasientos, cuerdas, cuchillos y algunas ascuas incandescentes. Treparon amparados en la obscuridad y en silencio por la cara opuesta del precipicio, avanzando palmo a palmo hacia la silue­ta de la catapulta grabada al aguafuerte contra el fondo de estrellas. Al llegar junto a la Malvoisine, sorprendieron y asesinaron a dos centine­las. Entonces los hombres de Minerve se dirigieron a su gigantesco tor­turador de madera, le ataron los trapos y le untaron las patas con acei­te. La primera y tímida llama ascendió en espiral.

Otro centinela, que acababa de salir de los arbustos tras hacer sus necesidades, gritó con fuerza antes de que un cuchillo se hundiera pres­to en su corazón. No obstante, se había dado la alarma; y las llamas sólo habían comenzado. El cronista Pierre de Vaux de Cernay no expli­có si los saboteadores tuvieron tiempo de escapar gateando precipicio abajo o si encontraron la muerte a manos de los cruzados que se preci­pitaron a apagar el fuego. Los hombres de Simón azotaron las llamas con camisas, capas y ropa de cama hasta salvar la Malvoisine.

Ligeramente chamuscada, la catapulta reanudó su trabajo al alba. La escalera enseguida quedó inutilizada. Después, conjuntamente con otras tres catapultas más pequeñas, la Malvoisine empezó a lanzar su enorme carga al centro de Minerve. Los muros se vinieron abajo ma­tando a los que se habían acurrucado tras ellos. La ciudad, ya sin agua, construida sobre una capa de granito impenetrable, no podía dejar que los restos putrefactos de los desdichados pusieran en peligro la salud de los vivos. Cada noche, arrojaban al precipicio a los muertos durante el día. Pasó el mes de julio; prosiguió el despiadado bombardeo. Cada noche traía consigo la misma horrorosa tarea; cada mañana, una deses­peración abrasada. Como sucedió en Carcasona, la ciudad sucumbiría por la sed. Al fin, Guillaume de Minerve supo que tenía que rendirse.

Después de regatear mucho, Guillaume ofreció a Simón de Mont-fort todos sus castillos y tierras. Los del norte, impresionados por la fran­queza de su adversario en la derrota, concedieron magnánimamente a Guillaume un feudo más pequeño en el valle a cambio de Minerve y el territorio que la rodeaba. Con gran alivio de Guillaume, Simón tam­bién accedió a perdonar la vida de los insolentes habitantes de la ciudad. Un misterioso céfiro de clemencia bailó brevemente en el desfiladero.

El acuerdo, digno de caballeros del siglo XIii, estaba a punto de rubricarse cuando Arnaud Amaury pidió la palabra. Había llegado por casualidad a Minerve la víspera de la rendición de Guillaume, justo a tiempo de influir en los términos de la capitulación. Simón había llega­do a ser un gran vizconde por mediación de Arnaud, de modo que no podía rechazar los deseos del legado, que, en apariencia, eran comple­tamente razonables. Todos los que se hallaran en la ciudad deberían ju­rar lealtad a la Iglesia y abjurar de cualquier otra fe. Algunos de los pe­regrinos norteños más celosos se quejaron de que esas condiciones eran demasiado indulgentes.5 Ellos habían ido al Languedoc a aniquilar he­rejes, pero Arnaud y Simón estaban dando a aquellas sabandijas sodo-mizadoras de gatos la posibilidad de vivir tranquilos y fuera de peligro. Según un cronista, Arnaud respondió con malicia: «No os preocupéis. Tengo la impresión de que se convertirán pocos.»

Guillaume de Minerve regresó con su gente. Aunque los crecien­tes como él harían gustosos el juramento, los perfectos eran inmunes a esos instintos básicos de autoconservación. Es verdad que habían llega­do a Minerve para evitar una muerte cierta, pero sólo como medio para proseguir su labor como ejemplos de pureza espiritual. El suicidio deliberado, si había otras opciones, era una forma de vanidad material. Sin embargo, en ese momento debían elegir entre morir y renunciar al consolamentum, lo que en realidad no era ninguna elección.

En Minerve había aproXImadamente ciento cuarenta perfectos distribuidos en dos hogares, uno para hombres y otro para mujeres. Ninguno de los barbudos perfectos de hábito negro consintió en hacer el juramento. Un cátaro rechazó a un sacerdote con esas palabras: «Ni la vida ni la muerte podrán arrancarnos de la fe que hemos abrazado.» No obstante, tres de las mujeres abjuraron de la fe dualista y, por tan­to, escogieron vivir.6 Según sus hermanas perfectas, había que apiadar­se de ellas, pues habían renunciado a la posibilidad de estar en comu­nión con el bien por toda la eternidad.

Condujeron a los ciento cuarenta cataros perfectos de Minerve por la escalera en ruinas que llevaba al fondo del barranco y allí los ata­ron a postes hincados en grandes montones de leña y astillas. Se encen­dieron las hogueras. Según Pierre de Vaux de Cernay, cronista y cruza­do cruel que odiaba la herejía, la fe de los cataros era tan perversa y renegaba tanto de la vida que aquéllos saltaban alegremente entre las llamas. Los otros cronistas omitieron este detalle. Guillermo de Tudela sólo añadió que «después arrojaron sus cuerpos al suelo y echaron enci­ma paladas de barro para que ningún hedor de aquellas almas fétidas molestara a nuestras fuerzas extranjeras». En la cruzada de los albigen-ses se había producido la primera ejecución masiva en la hoguera.

Era el 22 de julio de 1210, otra vez la festividad de santa María Magdalena.

CAPÍTULO 9

El conflicto se extiende

Las victorias de Simón de Montfort coincidieron con una ofen­siva diplomática de Raimundo de Tolosa. Desde agosto de 1209, cuando en Carcasona presentó a su hijo de doce años a Simón y a los grandes señores de Francia, la fortuna de Raimundo había mengua­do. No hacía falta ser un gran estratega para ver que la cruzada, tan pronto hubiera terminado con el territorio de los Trencavel, podía descargar su violenta piedad sobre el resto del Languedoc. Pese a la estudiada penitencia de Raimundo en junio y su presencia pasiva en el campamento de los cruzados en Béziers y Carcasona en julio y agosto de 1209, no tardaría mucho en volver a recibir señales de hos­tilidad eclesiástica.

En septiembre lo excomulgaron otra vez. La acusación –no ha­ber cumplido las promesas que había hecho en su humillación pública en Saint-Gilíes– era en parte cierta aunque rayaba en lo vengati­vo, dado el poco tiempo transcurrido entre la promesa y su incumpli­miento. Arnaud Amaury rompió la baraja al excomulgar al gobierno municipal de Tolosa y colocar a la ciudad bajo interdicto, es decir, en un estado de limbo espiritual durante el cual no se podían realizar legí­timamente oficios católicos, ni siquiera bautizos o entierros. Se la acu­saba de amparar a herejes, lo que los habitantes de Tolosa negaban hi­pócritamente.

Al atacar a una fuerza poderosa como eran los cónsules de una ciudad próspera e independiente, el legado papal demostraba que, en el Languedoc, los éXItos militares de la cruzada habían envalentonado a la Iglesia. El conde y sus cónsules, alarmados por el cariz que tomaban los acontecimientos, decidieron plantear su caso directamente ante el Papa.

Por miedo a ser desautorizado, Arnaud suplicó a los excomulgados que se quedaran en el Languedoc y negociaran con él. Los tolosanos hicie­ron caso omiso de sus ruegos y, a finales de 1209, partieron para Roma.1 Seguramente Inocencio III esperó tranquilo a los agraviados oc-citanos. Ningún papa de la Historia había sido tan poderoso como Ino­cencio en el undécimo año de su pontificado. Gobernaba la turbulenta Roma con incontestable autoridad. Había consolidado sus posesiones, puesto de rodillas a reinos lejanos, llegado a ser el legislador de Europa y limpiado las filas del clero de holgazanes indeseables. Hacía mucho tiempo que su hermano Ricardo había acabado de construir la torre de los Conti, la fortaleza de ladrillo que dominaba la ciudad como prueba del poder de la familia. Inocencio y su familia sólo tardaron unos años en obligar a los grandes clanes de la ciudad a obedecer; los Frangipani, los Colonna y otros de ese jaez habían sido sobornados o superados tácticamente y forzados a aguantar su pontificado en absoluto silencio. El denominado Patrimonio de Pedro, la ancha franja de la Italia central codiciada por los emperadores germanos, estaba de nuevo firmemente en manos del papado, y sus fértiles campos y sus ciudades comerciales pagaban cada año elevados tributos a Inocencio. Nadie prestó mucha atención a los papas indigentes del siglo XIi; ahora, cuando Inocencio se levantaba para hablar, toda Europa se ponía derecha. Habían caído estruendosos anatemas sobre monarcas de Francia, Alemania y Gran Bretaña, e intratables disputas entre seglares se remitían regularmente al Papa por su papel de máXImo arbitro. Se había desarrollado una ce­losa burocracia dedicada a elaborar derecho canónico, pues el propósi­to de Roma no era otro que codificar, y por tanto controlar, los asuntos de un continente. Inocencio había sacado provecho incluso de la des­honrosa cuarta cruzada. El saqueo de Constantinopla provocó que en el palacio episcopal de Bizancio se instalara un patriarca latino. Por pri­mera vez en siglos, toda la cristiandad doblaba la rodilla ante Roma.

No obstante, aún quedaban, como decía Inocencio, «zorros en la viña del Señor»,2 y la viña que corría más peligro pertenecía a los hom­bres que habían ido a verlo. Parece que las reuniones entre Inocencio y los hombres de Tolosa fueron cordiales, quizás incluso afectuosas. Según el cronista más contrario a la causa occitana, Pierre de Vaux de Cernay, el Papa arengó una y otra vez al conde Raimundo durante su estancia de un mes en Roma. Otra fuente contemporánea, Guillermo de Tude-la, transmitió una versión totalmente distinta de las discusiones y especificó los obsequios ofrecidos por el Papa a Raimundo como prueba de los buenos sentimientos: un anillo de oro, una capa regia y un elegante palafrén. Dadas las posteriores instrucciones de Inocencio a sus lega­dos, es razonable conjeturar que el Papa sintiera cierta afinidad por Raimundo, pese a las invectivas que salpicaban las cartas del pontífice dirigidas al conde antes de la cruzada. Raimundo era un estadista de edad avanzada, representante de una antigua familia que tenía lazos de sangre con Inglaterra, Francia, Aragón y otros principados más peque­ños. Como noble, Inocencio quizá se pensó dos veces lo de desposeer de sus bienes a un personaje de tal calibre. Aplastar a los Trencavel era una cosa; librarse de los importantes Saint-Gilíes, otra muy distinta. Como abogado, el Papa seguramente era muy consciente de que el desarrollo del derecho canónico a veces se inmiscuía en la costumbre feudal. La presencia de los cónsules al lado de Raimundo demostraba que, en lo sucesivo, los tribunales eclesiásticos deberían tener en cuen­ta costumbres ciudadanas emergentes. No obstante, como Sumo Pontí­fice, Inocencio sabía que ni los sentimientos de clase ni los escrúpulos legales debían prevalecer sobre las cuestiones de fe. A su juicio, Rai­mundo era un protector de los herejes y siempre lo había sido.

A raíz de la prolongada visita de la embajada occitana, Inocencio levantó el interdicto bajo el que se hallaba Tolosa. En enero de 1210 escribió a sus legados dándoles instrucciones. El conde no recuperaría el estado de gracia del que había disfrutado tras su flagelación en Saint-Gilíes, pero no se expulsaría a nadie de la comunidad cristiana. En pri­mavera, se convocaría en el Languedoc un tribunal eclesiástico especial para darle a Raimundo la oportunidad de explicarse. Si en esa ocasión podía demostrar la falsedad de las acusaciones de asesinato de Pierre de Castelnau y el incumplimiento de las promesas hechas durante su pe­nitencia en Saint-Gilíes, lo dejarían tranquilo. Se anularía la excomu­nión, y recibiría toda la ayuda posible para expulsar a los herejes de sus tierras. Si, por el contrario, el conde se negaba a exculparse, o no lo conseguía, su caso se remitiría directamente al Papa. En asuntos de tal gravedad, sólo Inocencio podía dictaminar.

Mientras en Roma Raimundo presentaba sus alegaciones, Tolo­sa estaba alborotada, y su fama de ciudad de tolerancia e individua­lismo inteligente, hecha añicos por la elocuencia y la agitación del hombre de la mitra. Fulko, el mercader que fue trovador, después monje y, por fin, obispo, ya no necesitaba que sus muías marcharan en silencio al pasar frente a las casas de sus acreedores. Todas las deu­das de su diócesis estaban liquidadas y los primeros éXItos de la cruza­da lo empujaron a la acción.

Para Fulko, había llegado el momento de poner fin a lo que se­gún él era la escandalosa aceptación de judíos y herejes en su ciudad. , En cuanto sus hermanos pecadores ardieron en Béziers, el obispo supo que los tejedores de hábito negro andarían públicamente por las calles de Tolosa, difundiendo su pernicioso dualismo. En una crónica se ha­blaba de caballeros que desmontaban frente a hombres cataros sagrados para realizar el melioramentum, el intercambio ritual de saludos y ben­diciones entre creyentes y perfectos, sin el menor recato. Y lo que era aún peor, a ojos de Fulko, los católicos de Tolosa daban por buenas • esas ceremonias, como si las detestables costumbres de sus conciudada­nos fueran tan normales como hacer el signo de la cruz.

Fulko emprendió una campaña de sermones para infundir en los fieles el miedo al fuego del infierno. El antiguo trovador confeccionaba sus homilías con habilidad y sumo cuidado y, como consecuencia de ello, casi perdió su audiencia. El obispo fulminaba la maldad de la usu­ra y del cobro de intereses en los préstamos, que a los cristianos de la primitiva sociedad medieval les estaba prohibido. No obstante, al esgri­mir el espectro de los intereses, a menudo un preludio de la persecu­ción de judíos en los circuitos evangelizadores medievales, no consi­guió impresionar a los sofisticados tolosanos. En la ciudad, los préstamos comerciales habían llegado a ser algo corriente, y la venta de acciones –como se hizo para obtener capital a fin de reconstruir las hilanderías del Garona dañadas por las inundaciones– se había rein-ventado en la Tolosa de la época. Los judíos, excluidos de muchas pro­fesiones salvo la del préstamo de dinero, eran considerados conciuda­danos respetables, al igual que sus rivales cristianos en el negocio de la banca, algunos de ellos crecientes cataros.

El habitualmente astuto Fulko, que también se había dedicado a los negocios, quizás infravaloró el atractivo de la herejía para los co­merciantes de Tolosa. A los primeros capitalistas les interesaba el cata-rismo –no el catolicismo– porque su enfoque del todo o nada sobre el mundo material permitía a los crecientes hacer lo que quisieran con su dinero. El obispo, luciendo sus sedas, censuraba el dinero; los per-

fectos, con sus sencillos hábitos, admitían su necesidad. La posición de la Iglesia –que llamaba pecaminoso al dinero mientras practicaba una voraz recaudación de impuestos– era difícil de sostener, incluso para alguien con las dotes oratorias de Fulko. En sus sermones de réplica, los cataros remachaban su ventaja. Para los perfectos, las palabras de Fulko sobre la virtud y sobre el vicio de las cosas enlodazadas en lo material eran otro ejemplo más de las argucias que la Iglesia hacía pasar por enseñanzas morales. Si hubiera que hacer algunas discutibles dis­tinciones, podría considerarse que, de hecho, el comercio con dinero era una ocupación más respetable que los trueques de cosechas o gana­do. El dinero y los intereses eran abstracciones, y, por ello, estaban me­nos contaminados por la tangible maldad de lo material.

El obispo optó entonces por el argumento de la fuerza. La ciudad medieval de Fulko no era un monolito de cónsules anticlericales y esfor­zados artesanos. EXIstían fuertes rivalidades entre distritos, gremios e in­cluso familias; inevitablemente, algunos se habían quedado atrás, arrui­nados, exprimidos por los banqueros y mercaderes. En el barrio que había cerca de la catedral de Saint-Étienne, la fuerza del patronato epis­copal podía organizarse y sacar partido de las diabluras de Dios.

Desde su pulpito, Fulko avivó los ataques contra los aprovecha­dos, los ateos, los que no poseían tierras y los usureros, llamando esa vez a tomar represalias. Entre las filas de los descontentos, formó una milicia religiosa denominada Hermandad Blanca. Sus integrantes lu­cían una gran cruz blanca que adornaba llamativamente su hábito ne­gro, y marchaban en procesión con antorchas en la mano por las calles de sus enemigos. Fuertemente armados, lanzaban ataques nocturnos contra las casas de judíos y cataros destacados. Los incendios provoca­dos se volvieron algo respetable, casi sacramental.

En defensa propia, los acosados adversarios del obispo reaccio­naron fundando la Hermandad Negra. Su cometido consistía en hacer frente a los de las melopeas y asegurarse de que no hacían ningún daño. Como ocurriría en las ciudades del Renacimiento italiano dos siglos después, la Tolosa de 1210 sufría el tormento de los enfrentamientos entre bandas, en los que las peleas y las emboscadas dejaban docenas de muertos o heridos. Los Negros y los Blancos aterrorizaron a un pueblo acostumbrado a la paz ciudadana. El obispo Fulko, escandalizado por la amistad cotidiana entre credos diferentes, había logrado su objetivo.

Aunque Fulko consiguió que en su ciudad hubiera un desorden atroz, Raimundo y sus cónsules, a su regreso, sabían que la peor ame­naza para Tolosa venía de fuera. No es que los devotos gamberros de la Hermandad Blanca no lograran ser un serio fastidio, o el obispo un monumental parásito. De hecho, las relaciones entre el obispo y el con­de no podían ser más ásperas. Fulko trataba a Raimundo como a un pescado apestoso; en una ocasión le eXIgió que se diera un paseo fuera de las murallas para poder ordenar a sacerdotes en olor de santidad in­contaminada por la excesiva proXImidad del excomulgado. Ante los aliados de Raimundo se agitaba una y otra vez la amenaza de un nuevo interdicto.

No obstante, por fastidiosos que fueran Fulko y sus Blancos, su campaña de alborotos era un pálido reflejo de las fuerzas más tenebro­sas que había fuera del Languedoc. Si Tolosa quería conservar su inde­pendencia, debía llegar a un acuerdo con el ejército de Simón de Mont-fort lo más rápidamente posible, antes de que el indeseable francés acabara de revolver entre los restos de los dominios de los Trencavel. Para evitar que Tolosa y sus posesiones fueran los siguientes de la lista, Raimundo tenía que reunir argumentos y aliados que reforzaran su campaña de rehabilitación. El ablandamiento de Inocencio, que había sido la finalidad de su viaje a Roma, estaba teniendo el efecto deseado: los legados estaban organizando, bien que de forma lenta, un consejo que oyera la defensa del conde contra las acusaciones que habían pro­vocado su excomunión. Durante la primavera y los inicios del verano de 1210, la misma época en que Simón estaba mutilando en Bram y construyendo la Malvoisine en Minerve, Raimundo recorrió todo el Languedoc, resolviendo disputas con monasterios locales, derribando castillos ofensivos o pagando compensaciones. Su propósito era cum­plir todas las promesas hechas en su humillación pública.

En julio de 1210, tres meses después del plazo fijado por el Papa, se convocó el cónclave especial en Saint-Gilíes, la misma ciudad del Ródano donde un año antes Raimundo había permitido que Milo lo azotara. Habían muerto todos los habitantes de Béziers, al igual que el sobrino de Raimundo, el vizconde Trencavel de Carcasona. Tampoco estaba Milo, fallecido de improviso en la primavera de 1210. Tolosa, la capital de Raimundo, estaba al borde de la guerra civil, y Simón acaba­ba de quemar a los cataros en Minerve. Sólo los más importantes no­bles del sur, Raymond Roger de Foix y Pedro de Aragón, apoyaron al conde en su esfuerzo por mantener alejada de su territorio la plaga de la cruzada.

Raimundo iba a defenderse de la acusación de asesinato de Pierre de Castelnau. Los clérigos del sur, aunque despreciaban a Raimundo, debían escuchar lo que tenía que decir. Las instrucciones de Inocencio eran muy explícitas.

No obstante, el Papa infravaloró la animosidad que la jerarquía católica del Languedoc abrigaba contra Raimundo. Arnaud Amaury todavía encabezaba la ofensiva contra Tolosa, pero ahora estaba hábil­mente secundado por un tal Tedisio, sustituto de Milo. Ante las intri­gas que habían precedido a la reunión, Pierre de Vaux de Cernay, el más procatólico de los cronistas presentes en el consejo, admitió con franqueza: «[Tesidio] deseaba fervorosamente encontrar algún mecanis­mo legal en virtud del cual pudiera evitarse que el conde demostrara su inocencia. Pues se dio perfecta cuenta de que, si se daba al conde auto­ridad para exculparse –objetivo que podía lograr mediante fraude o alegaciones falsas–, se echaría a perder todo el trabajo de la Iglesia en el territorio.»

En el cónclave, Arnaud Amaury solicitó hablar ante Raimundo. Su alegato fue sencillo: cuando los clérigos se habían reunido en Avi-ñón el anterior mes de septiembre, el conde Raimundo no había cum­plido las condiciones de su penitencia, por lo que había sido excomul­gado. Estas promesas aún no se habían cumplido, en especial las relacionadas con la recaudación ilegal de impuestos en tierras de la Iglesia. Por tanto, Raimundo había sido, y todavía era, un perjuro. Si no se podía confiar en él en tales cuestiones sin importancia, tanto me­nos se le debía escuchar en asuntos mucho más serios. En sus tierras prosperaba la herejía catara, que él también había jurado eliminar. No había alegato posible si el acusado carecía ya del menor atisbo de credi­bilidad. Había mentido una vez; no se le debía permitir que mintiera de nuevo.

Los obispos y abades reunidos, preparados de antemano para esa trampa del perjurio, admitieron que la palabra de un noble que juraba en falso no tenía valor. No dejarían hablar a Raimundo de Tolosa. In­cluso los cronistas que lo detestaban observaron las lágrimas que llena­ron los ojos del conde cuando se anunció la decisión.3 El conde había sido amordazado mediante un tecnicismo que ni siquiera el puntilloso Papa había previsto.

Las instrucciones de Inocencio habían dado al consejo el poder de absolver a Raimundo pero no de condenarlo. Si no le permitían ha­blar, era imposible la absolución. En Saint-Gilíes, las cabezas tonsuradas votaron que se prolongara indefinidamente la excomunión decretada en 1209. Con ello no tomaban ninguna iniciativa que pudiera interpretar­se como desobediencia al Papa; estaban tan sólo manteniendo el statu quo. El argumento del perjurio era una táctica ingeniosa, un hito, se podría decir, en los anales jurídicos. Inocencio estuvo de acuerdo con la decisión, aunque quizá no estuviera convencido de su justicia. En una carta dirigida poco después al rey Felipe Augusto de Francia, reconoció que «sabemos que el conde aún no ha justificado sus acciones, pero no podemos asegurar que esta omisión sea culpa suya».

Raimundo dedicó los seis meses siguientes a intentar que los pre­lados cambiaran de opinión. Una disparatada serie de conferencias y cónclaves animaron las principales ciudades del Languedoc mientras Raimundo llamaba a puertas que no se abrían porque estaba excomul­gado. Sus promesas de mayores concesiones a la Iglesia eran automáti­camente nulas a menos que fueran acompañadas de un juramento; sin embargo, no podía jurar nada hasta que la excomunión fuera levanta­da. Y el conde no podía solicitar una audiencia ya que, como perjuro que era, no podía hablar. ¡■•?.

En la segunda mitad de 1210 el tiempo apremiaba, pues la suce­sión ininterrumpida de victorias de Simón de Montfort acercaba cada vez más a éste a territorio de los Saint-Gilíes. A la victoria en Minerve siguió la toma de Termes, un castillo situado en una cumbre de Cor-biéres que se creía inaccesible salvo para las cabras monteses. Mientras Simón y su cuadro de entrecanos caballeros y cruzados de Alemania y Flandes trepaban por la empinada cuesta, un sacerdote parisino espe­cialista en asedios llamado Guillaume dirigió los lanzamientos de las catapultas, y la siempre fiel Alice de Montmorency, esposa de Simón, encabezó refuerzos que se abrieron paso por los peligrosos desfiladeros hasta la vulnerable posición de su esposo. Al cabo de cuatro meses, Ter­mes se rindió y su señor fue enviado a las mazmorras de Carcasona.

Termes y una serie de ejecuciones en la horca y la hoguera provoca­ron otra oleada de capitulaciones. Incluso Pierre Roger de Cabaret renun­ció a su desafío al anunciar a su prisionero, Bouchard de Marly, que le entregaría sus tierras, castillos y títulos a cambio de que el nuevo vizcon­de de Carcasona lo tratara con clemencia. Bouchard quedó en libertad, y la base rebelde de la montaña Negra dejó de funcionar. Con el nuevo año, los Trencavel habían perdido la gran mayoría de sus posesiones.

El rey Pedro de Aragón intentó impedir que la guerra sepultara al resto del Languedoc.4 En enero de 1211, hizo una generosa oferta a la Iglesia: Pedro reconocía a Simón de Montfort como vasallo suyo, concediendo por tanto una garantía jurada de aprobación al nuevo viz­conde entre los nobles de ambos lados de los Pirineos. El lazo de vasa­llaje, un complejo vínculo de subordinación para el vasallo y de obliga­ciones para el señor feudal, era por encima de todo un contrato que establecía legitimidad. Al reconocer a Simón, Pedro estaba condenando al hijo pequeño del último Raymond Roger Trencavel a la marginali-dad feudal y, al mismo tiempo, aceptando el derecho de la Iglesia a de­poner a sus vasallos sin su permiso. Era una concesión importante por la que Pedro trató de obtener algo a cambio: la restitución a su cuñado, Raimundo VI, de su lugar legítimo como señor más importante del Languedoc. Pedro podría muy bien haber añadido que Raimundo de Saint-Gilíes, conde de Tolosa, Quercy y Agen, duque de Narbona, marqués de Provenza, vizconde de Gévaudan, no era un simple siervo al que se pudiera pisotear.

Arnaud Amaury prometió poner fin a la farsa del ostracismo de Raimundo en un consejo que se celebraría en Montpellier el mes si­guiente. El 4 de febrero de 1211, se dijo a Pedro y Raimundo que aguardaran en el frío exterior de un templo mientras los legados dicta­ban a un escribano la propuesta de la Iglesia. Dados los antecedentes de Arnaud como negociador implacable, los dos hombres que perma­necían de pie en el frío viento de febrero seguramente se temían un documento severo.

Arnaud no decepcionó.5 Un miembro letrado de su séquito leyó el documento a Raimundo. El legado ordenaba al conde que renuncia­ra al uso de mercenarios, pagara a los clérigos lo debido, no recaudara impuestos ilegales, dejara de contratar a judíos, y entregara a los cruza­dos todos los herejes de su territorio en el plazo de un año. Las noveda­des estaban en la segunda parte: había que demoler todos los castillos y fortalezas del Languedoc, se prohibía a Raimundo y sus subditos co­mer carne más de dos veces a la semana, en lo sucesivo todos debían vestir sólo bastos hábitos obscuros, se obligaba a los nobles a abandonar

el campo y vivir «como villanos», y todos sus bienes, propiedades y po­sesiones terrenales se ponían a disposición de los cruzados. Además, se ordenaba a Raimundo que fuera a Palestina y que permaneciera allí hasta que la Iglesia le permitiera regresar.

Eso no era una rama de olivo, sino un garrote. Raimundo bufa­ba en silencio; a continuación, según un cronista, le hizo un gesto a Pedro. «Venid aquí, mi señor –dijo con una sonrisa–. Escuchad este documento y las extrañas órdenes que los legados dicen que debo obe­decer.» Se lo leyeron al rey, y cuando éste terminó de escuchar, dijo en voz baja: «Dios del cielo Todopoderoso, ¡esto hay que cambiarlo!»

La Iglesia pedía nada menos que toda la nobleza del Languedoc desapareciese y dejara vía libre para que otros ocuparan su sitio. Rai­mundo se marchó al galope sin siquiera dignarse dar una respuesta; jamás volvería a considerar la posibilidad de participar en una cruza­da. Por este y otros actos de descarada impiedad fue solemnemente excomulgado de nuevo, y todos sus territorios quedaron bajo interdic­to. Inocencio decidió confirmar la sentencia.

Por fin la guerra santa se acercaba a tierras de Tolosa cuando en abril de 1211 Simón de Montfort detuvo sus cruzados en la ciudad de Lavaur. Entre ellos se hallaban Enguerrand de Coucy, acaudalado noble de Picardía,6 y Pierre de Nemours, el obispo de París. Pierre había ido al Languedoc para unirse a su hermano Guillaume, el sacerdote del cabildo de la catedral de París cuya habilidad en los asedios había ayudado a so­meter Termes. Muchos historiadores creen que Domingo, gran amigo de Simón de Montfort, también estaba presente en Lavaur. Para completar la pompa de los cruzados, varios centenares de hombres de la Hermandad Blanca ocuparon sus posiciones en la ladera opuesta a la ciudad para can­tar sus himnos bajo la dirección del obispo Fulko de Tolosa.7

El asedio a Lavaur duró más de lo previsto, porque Simón care­cía de fuerzas suficientes para asfiXIar la ciudad, ya que sus refuerzos habían sido aniquilados por el conde Raymond Roger de Foix. En un ataque por sorpresa, Raymond Roger y sus radicales caballeros mon­tañeses se abalanzaron sobre una columna de cruzados que habían he­cho un largo camino desde Alemania para incorporarse al ejército de Simón. A menos de un día de Lavaur, sufrieron una emboscada en Montgey, una colina cercana a Saint-Félix de Lauragais,8 el pueblo en el que los cataros se habían reunido en 1167. Los caballeros pirenaicos se precipitaron contra los miles de desventurados infantes y mataron a todos los que pudieron antes de que los cruzados de Lavaur acudieran a salvarlos. Cuando llegó Simón, Raymond Roger y sus hombres ya habían alzado el vuelo. El cabecilla de la cruzada sólo encontró grupos de campesinos de los pueblos próXImos, que, cuchillos y garrotes en mano, estaban rematando la faena empezada por el conde de Foix.

Al mes siguiente llegó la respuesta de Simón. El 3 de mayo de 1211, el padre Guillaume y sus zapadores abrieron brecha en las mura­llas de Lavaur, y los cruzados tomaron la ciudad por asalto. Los ochen­ta caballeros occitanos que habían dirigido la defensa de la plaza fueron colgados, en una notoria burla de las leyes de la guerra. Por lo general, a los nobles apresados se los encarcelaba o eran devueltos a sus familias a cambio de un rescate; al matarlos, los cruzados estaban poniendo de manifiesto que los dirigentes legítimos del Languedoc eran tan enemi­gos como los herejes. El líder de los derrotados defensores era Aimery de Montréal, el señor que había sido anfitrión de los debates entre ca­taros y católicos y que, en 1210, había jurado lealtad a Simón de Mont­fort.9 Pagó un alto precio por traicionar a los del norte; se decía que el peso del cadáver grande y sin vida de Aimery había partido la viga transversal del cadalso.

Aimery había faltado a su palabra dada a Simón para ir en ayuda de su hermana, Geralda, la señora del castillo de Lavaur. Su madre era Blanche de Laurac, gran señora del catarismo, cuyos otros tres hijos ha­bían llegado a ser perfectos. Aunque ni Aimery ni Geralda habían reci­bido el consolamentum, se sabía que ambos eran credentes. Geralda, viu­da, adquirió cierta fama por su generosidad con los indigentes; según las crónicas, era la mujer noble más querida del Languedoc. Tras colgar a su hermano, Simón de Montfort arrojó a Geralda a un pozo y des­pués la apedreó hasta la muerte. Incluso para los criterios de la época, la acción fue espantosa.

Con todo, ese día de mayo de 1211, el destino de Geralda, Aimery y sus caballeros sólo era un preludio. La fama de la señora por su hospita­lidad, en especial tras el atroz verano de Béziers, se había difundido por todo el sur: Simón de Montfort y Arnaud Amaury hallaron en Lavaur cuatrocientos perfectos. Mientras la Hermandad Blanca de Fulko cantaba un tedeum, se hizo marchar a los cataros hasta la orilla del río y allí fueron quemados vivos, en la mayor hoguera de la Edad Media.

CAPÍTULO 10

Época de sorpresas

En el centro de la península Ibérica, la abrasadora llanura de La Mancha se extendía en otro tiempo como una tierra de nadie entre los cristianos y los musulmanes. Más allá de las abruptas montañas de Sie­rra Morena, en el seco valle del Guadalquivir, se levantaban los esplén­didos minaretes y mezquitas de Al-Andalus, la más brillante civiliza­ción islámica que jamás hubiera conquistado una cabeza de puente en Europa occidental. Al norte de la rocosa Sierra Morena se hallaban las desamparadas posiciones avanzadas de la cristiandad medieval, la cerca­na sucesión de castillos que daban nombre a Castilla.

En el año 1212, un ejército de setenta mil cruzados encabezado por cuatro reyes cristianos atravesó a duras penas la polvorienta exten­sión de La Mancha para enfrentarse a las tropas almohades que acaudi­llaba el nuevo califa, Muhammad al-Nasir.1 Las fuerzas musulmanas se deplegaban en abanico por las serradas montañas hasta que creyeron que todos los pasos estaban bloqueados o preparados para emboscadas inesperadas. Un pastor de la zona sabía que no era así, y guió a las hor­das cristianas sin peligro por un desfiladero hasta entonces desconocido para uno y otro bando. Así, fue en Andalucía, y no en Castilla, donde el 16 de julio de 1212 los dos grandes ejércitos se encontraron en un llano para entablar combate. Cerca estaba el pueblo de Las Navas de Tolosa. Los defensores de élite se encadenaron a los mástiles del pabe­llón de seda roja de su monarca para que fuese imposible la huida si la jornada no les era favorable. Los cristianos obtuvieron una victoria aplastante, absoluta. A partir de ese momento ya no se detendría el inexorable avance de la Reconquista, la cruzada cristiana de España.

Las noticias procedentes de Las Navas de Tolosa hicieron repicar las campanas de un lado a otro del continente. Para Inocencio, ahí ha­bía al menos una cruzada que había conseguido una victoria inequívo­ca e inmaculada. Ni el saqueo de Constantinopla ni el holocausto de Béziers; sólo una matanza limpia de moros paganos. Fueron aún más gratificantes las noticias de que el héroe del momento era el rey Pedro II de Aragón, cuya genial jefatura del ala izquierda del ejército resultó de­cisiva para el triunfo final. Pedro había llevado a miles de vasallos suyos al combate, incluidos algunos oriundos de sus turbulentas po­sesiones en el Languedoc. Como vizconde de Carcasona, Simón de Montfort había enviado cincuenta caballeros para que se incorporaran a las fuerzas de su señor aragonés. Arnaud Amaury, nombrado hacía poco arzobispo de Narbona, había vuelto a ponerse la armadura y a ca­balgar en combate. Le había demostrado al rey que también él era aho­ra un digno vasallo de Aragón.

Con la victoria, Pedro se convirtió en un santo laico, en un pala­dín intocable de la Iglesia. Sus fieles pagos a Roma, su respeto por los de­rechos eclesiásticos, su valor guerrero al servicio de una causa sagrada… ningún clérigo trataría siquiera de manchar la brillante reputación del monarca de Aragón, de treinta y ocho años. Los trovadores cantaban sobre su heroísmo, los monjes sobre su piedad, y las señoras concedían sus favores al más cristiano de los héroes. Así pues, sorprendió que el joven ídolo de la ortodoXIa eXIgiera que se suspendiera de inmediato la otra cruzada, la del Languedoc.

El rey hizo al Papa una propuesta. Él, Pedro, tutelaría todas las - tierras de Tolosa durante unos años. Su cuñado, el conde Raimundo VI, renunciaría a sus territorios en favor de su hijo adolescente, que sería educado en la corte de Aragón en los usos del gobierno devoto. Cuan­do llegara a la madurez, Raimundo VII entraría en posesión de su he­rencia, que para entonces el monarca aragonés habría limpiado de cata-rismo. El hijo no debería pagar por las faltas de su padre.

Además, Pedro eXIgía que la Iglesia y sus sanguinarios servidores dejaran en paz a sus vasallos al norte de los Pirineos: los condes de Foix y los dominios montañosos vecinos de Béarn, Comminges y Couse-rans. A juicio de Pedro, Simón de Montfort se había pasado de la raya; tras iniciar su carrera como enemigo de los cataros y caudillo espiritual, se había convertido en un proscrito. En 1211 y 1212, Simón había ata­cado territorios de los que Pedro era señor, y que nunca habían sido corrompidos por la herejía. Y lo que es peor aún, según la interpretación que los aragoneses hacían del pasado reciente, para llevar a cabo sus ataques Simón se había aprovechado de la estancia de Pedro en An­dalucía en viaje de negocios celestiales.

El cruzado contra los moros estaba buscando pelea con el cruza­do contra los cataros. En el palacio de Letrán, los veintiocho escalones de la Scala Santa aguardaban los pasos de Inocencio, pues ahora el Papa necesitaba consejo divino.

El apoyo de Pedro fue como maná para los tolosanos. Simón los había engañado y combatido durante más de dos años. Pese a la delica­da naturaleza de su ejército, que primero se hinchaba y después se en­cogía cuando se completaban los períodos de cuarenta días de los cru­zados, Simón había destruido y quemado sin parar en su recorrido por todo el Languedoc. En el norte hasta Cahors, en el oeste hasta Agen, hasta los Pirineos en el sur, el incansable sucesor de los Trencavel había extendido su dominio por la mayor parte de las posesiones de los Saint-Gilíes y los feudos de las tierras más bajas pertenecientes a los va­sallos montañeses del rey Pedro.

Quizá Simón fuera un estratega de talento, pero la torpeza de sus adversarios le fue de gran ayuda. Lo que había sido una ventaja en tiempo de paz –independencia agresiva– se convirtió en una fuente de frustración en tiempo de guerra. Los señores occitanos, los faidits y los ejércitos de ciudadanos rara vez actuaban juntos, incluso cuando por su número en general habrían derrotado a las frecuentemente des­guarnecidas filas de los cruzados. En otoño de 1211, en Castelnaudary, una ciudad que se hallaba a medio camino entre Tolosa y Carcasona, una pequeña guarnición al mando de Simón resistió durante días a una concentración armada de caballeros e infantes del Languedoc. Cuando Bouchard de Marly y Alice de Montmorency, la esposa de Simón, cru­zaban con gran estrépito la llanura al frente de una columna de refuer­zos y cargamentos de suministros, los caballeros de Raymond Roger de Foix se precipitaron inmediatamente sobre ellos. Miles y miles de sus compañeros observaban el consiguiente enfrentamiento desde lo alto de una colina esperando la orden de entrar en combate. Tal cosa no lle­gó a suceder. En el campamento occitano, el conde Raimundo de To­losa, malísimo general, vaciló y se mostró como un incapaz. De modo que Simón aprovechó la oportunidad y salió con arrojo a salvar a sus supuestos salvadores, con lo que convirtió una derrota segura en unas tablas victoriosas.

No todo el sur se exponía a la ruina con tanta asiduidad. La fa­milia de Foix, el enemigo más temido de la cruzada, actuó firmemente con la beligerancia que había mostrado en Castelnaudary y Montgey. Cuando Simón, en su único error en esos años, intentó en junio de 1211 poner sitio a Tolosa con una fuerza demasiado escasa para poder rodear la ciudad, Raymond Roger pasó por alto las súplicas del conde Raimundo de que fuera prudente y salió a toda prisa de las murallas para matar a cuantos sitiadores fuera posible. Simón, al advertir el al­cance de sus bajas, levantó el asedio en dos semanas. Entonces, Roger Bernard de Foix, hijo de Raymond Roger, se aventuró en el territorio de Simón para llevar a cabo misiones violentas. Cerca de Béziers, ya adentrado en las tierras pacificadas por el terror de 1209, Roger Ber­nard se encontró con un grupo de cruzados que se dirigían a Carcaso-na, quienes naturalmente pensaron que unos caballeros en plena zona de Dios tenían que ser partidarios de la ortodoXIa. El consiguiente ata­que los pilló totalmente por sorpresa, y los desdichados norteños se vieron arrastrados al castillo de Foix, donde fueron torturados y despe­dazados.

No obstante, esos reveses constituían la excepción. En 1211 y 1212, Simón logró destruir eficazmente los alrededores de Tolosa. Evi­tó el enfrentamiento con la desafiante, aunque desorganizada, ciudad, si bien le impidió el acceso a los territorios del interior. Eliminó un cas­tillo tras otro, y sus conquistas pronto fueron acompañadas de más atropellos. En la ciudad de Pamiers, en diciembre de 1212, el nuevo amo del Languedoc promulgó decretos que abolían de hecho la ley del sur en favor de la práctica feudal del norte. En muchos aspectos, ése fue el golpe más despiadado de todos, pues los sistemas tradicionales sobre la herencia, la justicia y los trámites civiles constituían la piedra de toque de la sociedad medieval. Entre otras cosas, los decretos de Si­món prohibían a las mujeres nobles del sur que se casaran con preten­dientes del Languedoc; en lo sucesivo, las novias con dotes atractivas estarían obligadas a contraer matrimonio sólo con hombres del norte. El deseo de destruir, y luego de colonizar, quedaba de manifiesto.

El carácter cambiante del conflicto hizo que la cruzada se desvia­ra de su objetivo original. Cuando Simón utilizaba su talento para la­brarse un reino para sí mismo, se encendían menos hogueras. No tenía tiempo de eliminar a los herejes ocultos en los apriscos, cuando había nobles en un castillo cercano que se negaban a rendirle homenaje. En cualquier caso, las devastadoras llamas de Lavaur, Minerve y otras ciu­dades habían demostrado que las grandes concentraciones no conlleva­ban mayor seguridad. Los perfectos supervivientes entendieron el men­saje de Montségur: era más sensato esperar a que amainara la tormenta en la casa de la propia familia o en una cueva de Corbiéres que juntar­se en gran número en un castillo o una ciudad que el invencible Simón de Montfort acabaría tomando por asalto. Para los pocos que corrían peligro y aún vivían entre espías ortodoxos, siempre eXIstía la posibili­dad de cruzar los Pirineos hacia la discreción imperante en Aragón o Cataluña. Por mucho que dijera, Pedro el Católico hacía caso omiso de los cataros que había en sus dominios. El rey de Aragón, como los con­des de Tolosa y de Foix, era reacio a perseguir a su propia gente.

En los inicios del año 1213, Inocencio intentó resolver las con­tradicciones de la guerra santa que había emprendido cuatro años an­tes. Las correrías de Simón por tierras ocupadas por vasallos de Pedro olían más a ambición personal que a devoción espiritual. Cuando en Carcasona se permitió a Simón despojar de sus bienes a los Trencavel, salió un genio de la botella. Inocencio se compadecía del rey Pedro, su vasallo y paladín, y calificaba a su embajador cerca de Roma de hom­bre «cultivadísimo». Además, ahora que los moros huían y los cataros estaban debilitados, Inocencio quería atender de nuevo al Oriente cris­tiano, a la reconquista de Jerusalén. En una carta a Arnaud Amaury, el Papa afirmaba que una nueva cruzada a Palestina debía tener prioridad sobre cualquier otra acción en el Languedoc. En consecuencia, Inocen­cio dio una sorpresa de las suyas: en tajantes cartas enviadas en enero de 1213, hizo saber que la cruzada de los albigenses debía terminar de inmediato.

Antes de que llegara de Roma esa pasmosa noticia, la situación en el Languedoc había empeorado. En una tensa reunión celebrada en Lavaur, Pedro y Arnaud Amaury sacaron a la luz sus irreconciliables opiniones. Uno quería la preservación de la nobleza del sur; el otro, su destrucción. Desde la intercesión fallida de Pedro en Carcasona para salvar al joven Trencavel, Arnaud nunca se había vuelto a echar atrás ante las presiones del rey aragonés. Si acaso, Arnaud aumentaba siem­pre las apuestas iniciales, transformando propuestas inaceptables en otras ofensivas. En esa ocasión, la novedad corrió a cargo de Pedro, que

♦ El sueño bel rc\i Vct>ro <

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Territorio controlado por Simón de Montfort

Territorio que el rey Pedro propuso Gobernar

ya no se mostraría más dócil ante las provocaciones de Arnaud. Tras la victoria en Las Navas de Tolosa, era igual –o superior– a los legados en la construcción del futuro de la cristiandad. Ahora podía poner las cartas boca arriba; y, como Arnaud, Pedro no defraudó.

En febrero de 1213 convocó a los señores pendencieros del sur y les hizo jurar que durante esa época crítica le dejarían gobernar sus po­sesiones. El Languedoc se había convertido en protectorado suyo. Con su hermano Sancho, conde de la Provenza, Pedro creó de un solo gol­pe una vasta entidad nueva, los mimbres de un estado rudimentario que, si hubiera sobrevivido, habría cambiado de modo espectacular el curso de la historia europea. Desde Zaragoza, en Aragón, a Barcelona, en Cataluña, sus tierras se extendían en un gran arco ininterrumpido junto al Mediterráneo, que llegaba hasta Niza en el este y abarcaba. Tolosa, Montpellier y Marsella. Pedro pretendía nada menos que unificar bajo una monarquía los pueblos de habla occitana y catalana.

Los hombres tlel Papa, estupefactos ante tal audacia, recibieron entonces las cartas de Inocencio. Este había escrito a Arnaud: «Los zo­rros estaban destruyendo la viña del Señor… han sido capturados.» Con Simón de Montfort fue más explícito: «El ilustre rey de Aragón se queja de que, no satisfecho con combatir a los herejes, habéis dirigido a cruzados contra católicos, vertido sangre de personas inocentes e in­vadido ilegalmente tierras de sus vasallos, los condes de Foix y Com-minges, Gastón de Béarn, mientras el rey estaba guerreando con los sarracenos.» Ambas cartas ordenaban poner fin a la cruzada.

Arnaud Amaury se rebeló. Una década de sermones, intrigas, persecuciones, hogueras, ajusticiamientos y guerras corría peligro de quedar en nada. Así que cabalgó por todo el Languedoc, reuniendo a todos los obispos del sur para insubordinarse y dictar cartas de conster­nación que dirigirían a Inocencio. Una delegación desesperada partió hacia Roma. A los predicadores que habían ido al norte a avivar el en­tusiasmo durante la época de la cruzada se les ordenó que prosiguieran su labor, sin hacer caso de lo que dijera el Papa. Simón de Montfort, cuyo rompecabezas de conquistas era la pieza que faltaba en el plan maestro de Pedro, renunció bruscamente a su vínculo de vasallaje con Aragón. Al hacer esto de manera unilateral, volvía a romper las normas feudales. Naturalmente, el hombre resuelto a establecer el dominio francés en el sur no se sentiría a gusto en ninguna Gran Occitania.

Arnaud puso en orden sus razones. A diferencia de su amordaza-miento de Raimundo, una decisión que colgaba del hilo del tecnicis­mo, en esta ocasión se podía hacer una observación razonable: que en sus declaraciones ante el Papa el rey Pedro no había sido sincero. Sus vasallos pirenaicos, contrariamente a las afirmaciones de su señor, ha­bían tolerado la herejía en su territorio durante más de cincuenta años. Por ello, sostenía Arnaud, era un deber cristiano obligarlos a obedecer, precisamente lo que había estado haciendo Simón de Montfort. La cruzada no había terminado por la sencilla razón de que el enemigo cátaro todavía estaba ahí, sobre todo en la mayor ciudad de la región. El abad del monasterio de Saint-Gilíes, que nunca había sido amigo del conde Raimundo, escribió al Papa sobre «la depravadísima ciudad de Tolosa, con su hinchado vientre de víbora lleno de desperdicios as­querosos y podridos».

Inocencio se pasó la primavera escuchando y leyendo. Pedro ar­gumentaba partiendo de la costumbre feudal; Arnaud, del derecho canónico. Ambos tenían razón. Inocencio III era muchas cosas –no­ble, abogado, sacerdote–, pero por encima de todo era el único Sumo Pontífice de la cristiandad. La disyuntiva que tenía ante sí el vicario de Cristo estaba clara: orden secular o uniformidad espiritual, la ley de la tierra o la ley de la Iglesia, tolerancia o derramamiento de sangre, paz o guerra, Pedro o Simón. La vieja casa de la emperatriz Fausta, en el pala­cio de Letrán, aguardaba a que su ocupante ejerciera su libre voluntad. El 21 de mayo de 1213, una carta papal informaba al mundo en general de que se había reanudado la cruzada contra los herejes del Lan-guedoc. Inocencio había hecho su histórico salto mortal hacia atrás.2

A primera hora de la noche del 11 de septiembre de 1213, Si­món de Montfort y sus hombres llegaron a la orilla del Garona, frente a la ciudad de Muret. Según los cronistas, el cielo estaba despejado tras una lluvia torrencial que la noche anterior casi había empantanado a los cruzados en una hondonada. El encuentro fatídico sería en Muret, con su castillo de sesenta metros de altura visible desde Tolosa, veinte kilómetros al norte. Simón, que aquella misma mañana había redacta­do su testamento y sus últimas voluntades, dirigió a su ejército a través del puente y hacia la puerta oriental de la ciudad.3 No hubo resistencia, pues Muret, como tantas otras poblaciones de la periferia de la capital de Raimundo, había sido intimidada por los cruzados hasta su someti­miento. Su localización era ideal porque el pequeño grupo de norteños leales que allí habían quedado como tropas de guarnición podían cor­tar fácilmente las comunicaciones entre Tolosa y Foíx.

En su forzada marcha de Carcasona, Simón había reunido a to­dos los caballeros disponibles, despojando a sus otras fortalezas de todo salvo una fuerza mínima. Se enfrentaba a una gran amenaza y, guerre­ro hasta la muerte, se disponía a presentar batalla. La naturaleza dis­continua de aquel año de cruzada no le había proporcionado un flujo constante de soldados del norte, pese a lo cual había logrado formar un ejército combatiente: ochocientos hombres a caballo fuertemente ar­mados y mil doscientos infantes y arqueros. Desde el castillo donde Si­món estaba esa noche alojado, había una vista despejada del oeste. En el exterior inmediato de las murallas de la ciudad estaba la masa de soldados rasos procedentes de Tolosa que habían estado sitiando Muret desde el 30 de agosto. Tres kilómetros más lejos, hacia el noroeste, em­pezaba una ondulante extensión de oro, azul y rojo –las banderas de los nobles catalanes, vascos, gascones, occitanos y aragoneses–. Todos los señores a los lados de los Pirineos habían acudido a la llamada del rey Pedro. Por fin el sur se había unido contra el norte. Los cruzados eran muy inferiores en número, se calcula que en una proporción de veinte a uno. Pedro, que había insistido en que la soldadesca de Tolosa desistiera de tomar Muret por asalto a primera hora del día, quería ten­der una trampa a Simón.

Cuando se hizo de noche, los clérigos que acompañaban a los cruzados intentaron un acuerdo de última hora entre los dos campa­mentos. El obispo Fulko y sus legados habían presionado desde hacía tiempo por llegar a una confrontación definitiva y, cuando ésta parecía inevitable, no les gustó la superioridad del enemigo. Los clérigos cabal­garon de acá para allá en la creciente penumbra antes de admitir por fin que el tiempo de hablar se había acabado. Simón pasó la noche jun­to a su confesor; Pedro, según una biografía escrita años después por su hijo, se esparció con su amante.4 Pedro había dejado que Simón entra­ra en Muret tranquilo, de modo que el cruzado se enfrentaría a una dura decisión: arriesgarse a atacar a las muy superiores fuerzas enemigas o quedarse tras las murallas y arrostrar una derrota inevitable tras un largo y penoso asedio. Simón, cuya pericia como general había supera­do en el Languedoc todas las pruebas, aceptó las condiciones de Pedro.

En la mañana del 12 de septiembre, Pedro convocó un consejo en el que exhortó a sus camaradas aragoneses a que mostraran la misma audacia que les había valido la gloria en Las Navas de Tolosa un año antes. Se invitó a cada caballero a distinguirse por su valentía en el campo de batalla. El conde Raimundo, el hombre de más edad de los presentes, dijo que lamentaba discrepar y sugirió que sería más pruden­te fortificar el campamento y esperar a que Simón atacara. Los dardos de los ballesteros, sostenía Raimundo, debilitarían la carga de los cruza­dos, y entonces los del sur podrían aprovechar su mayor número para contraatacar.

Por hacer esta propuesta, el conde de Tolosa fue objeto de mofas. La victoria sólo valía si se conseguía con brillantez. El cronista que re­gistró el hecho recoge una hiriente observación de un grande catalán: «Es una verdadera lástima que vos, que teníais tierras para vivir de ellas,

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Batalla de Muret

A: campamento de Pedro II y sus aliados; B: probable ubicación del combate de la caballería; C: caballería de los cruzados; D: caballería de los aliados; E: milicianos de Tolosa; F: cementerio.

Los cruzados salieron de Muret (1) y cabalgaron a lo largo del río, fuera del campo visual de los sitiadores (10). Una vez en la llanura, doblaron a la izquierda (3) y se precipitaron directamente hacia las tiendas de los aliados (4). Los dos primeros cuer­pos de los cruzados se estrellaron contra los cuerpos aliados (6). Mientras los aliados huían hacia un pequeño río (7), el tercer cuerpo de cruzados cargó contra la reserva de los aliados (8, 9).

hayáis sido tan cobarde que las habéis perdido.»5 Raimundo abandonó la reunión para consultar con sus vasallos más cercanos. El y sus hom­bres formarían la reserva, o tercer cuerpo de caballería, cuya misión se­ría quedarse en el campamento hasta que surgiera una emergencia.

Al mismo tiempo, en Muret, Simón de Montfort ordenó a sus caballeros que bruñeran su armadura y se prepararan para el combate.6

Después del combate de la caballería (1), los cruzados cayeron sobre el campamento de los aliados (2) y volvieron sobre sus pasos para atacar a la milicia que asediaba Muret (3), que huyó en desbandada (4).

En una reunión con sus lugartenientes, la valoración de la situación que hacía Simón coincidía con la de Raimundo en el otro campamen­to. Los cruzados tenían que arriesgarse a una batalla en campo abierto o estaban perdidos. Según un cronista, Simón dijo: «Si no podemos hacer que se alejen un buen trecho de sus tiendas, no nos quedará más remedio que correr.»7 Los nobles del norte se disponían a afrontar una muerte casi segura. Se celebraron misas y se oyeron confesiones.8 Según Pierre de Vaux de Cernay, que era amigo de confianza del caudillo cru­zado, Simón fue a ponerse la armadura en la azotea del castillo, a la vis­ta de los miles de milicianos tolosanos acampados fuera de la ciudad a la espera del saqueo. Si su piedad hubiera estado teñida de superstición, tal vez no habría salido a combatir, pues hubo un mal augurio tras otro. Primero, hizo una genufleXIón ante la puerta de la capilla y rompió el cinturón que sujetaba las calzas de cota de malla. Encontra­ron otra correa. Cuando sus escuderos le ayudaron a montar en su enorme caballo de guerra, se partió la cincha que aseguraba la silla blindada, y tuvo que desmontar. Mientras colocaban otra en su lugar, el caballo se encabritó y dio un golpe en la cabeza a Simón, quien, aturdido, se tambaleó hacia atrás. De los soldados de Tolosa llegaba una oleada de risas.

Simón no hizo caso de las preocupadas miradas de sus allegados y cabalgó con la dignidad restablecida hacia los cientos de caballeros que lo esperaban en la parte inferior de la ciudad. Apareció el obispo Fulko con una reliquia, un trozo de madera de la Cruz Verdadera, y suplicó a los soldados de Cristo que se arrodillaran y la besaran. A me­dida que los hombres desmontaban con torpeza y se acercaban al pre­lado uno tras otro haciendo sonar su armadura, se hizo evidente que la ceremonia se prolongaría demasiado. Los caballos y los hombres se im­pacientaban. Un obispo de los Pirineos tomó la reliquia de manos de Fulko y bendijo colectivamente a los reunidos asegurándoles que los que murieran en combate irían directamente al cielo.

La caballería de Simón salió en fila por una de las puertas y se abrió camino a lo largo del camino de sirga que había entre el Garona y las murallas de Muret. Las milicias y los hombres del sur se hallaban en el otro lado de la ciudad, hacia el oeste. Tan pronto hubieron deja­do atrás las fortificaciones, los cruzados se dirigieron al norte, arrimán­dose a la orilla occidental del río, como si se escabulleran en busca de seguridad. Cabalgaban formando sus tres cuerpos: el primero al mando de Guillaume de Contres; el segundo, de Bouchard de Marly, y el ter­cero bajo las órdenes de Simón.

A una buena distancia a la izquierda, aproXImadamente a kilóme­tro y medio hacia el oeste, los caballeros de la coalición occitana iban a medio galope por la llanura. En el primer cuerpo de caballería del sur estaban Raymond Roger y sus camaradas los condes de las tierras altas, así como un gran contingente de catalanes y vascos resueltos a demos­trar su valor individual. No sabemos si en este gran grupo había alguien a la cabeza. Tras ellos iba un cuerpo más pequeño, compuesto por los aragoneses comandados por su rey. Pedro había intercambiado su arma­dura con la de otro caballero para que no lo pudieran identificar y tomar como rehén durante el combate. Y en el campamento, como fuer­zas de reserva, el conde Raimundo y sus hombres. Los treinta mil que constituían las tropas auXIliares –los milicianos que había frente a Mu­ret, los arqueros, los ballesteros, la infantería– no participarían. Así, en el campo de batalla, la caballería del sur apenas doblaba en número a la de sus adversarios.

Los cruzados doblaron a la izquierda y cargaron. Si en aquella época la guerra de asedios era una ciencia, la batalla campal tenía toda la delicadeza de un tren de mercancías. La potente caballería de Gui­llaume cabalgó con estrépito por la hierba húmeda, acelerando poco a poco, seguida de los escuadrones de Bouchard y Simón. Pronto los ca­balleros franceses estuvieron cerca, bramando el nombre de sus prebos­tes: «¡Montfort!» «¡Auxerre!» «¡Saint Denis!» Según cuenta un cronista, «cabalgaron a través de marismas y directos a las tiendas, exhibiendo sus banderas y ondeando sus pendones. El oro martillado relucía en es­cudos y yelmos, en espadas y cotas de mallas, de modo que todo el lu­gar resplandecía».9

Al ver las brillantes falanges que se acercaban bajo la luz del sol, los caballeros del sur del primer cuerpo espolearon sus monturas hacia delante, las cabezas inclinadas esperando el inminente choque. La ba­rrera de hombres y metal de Guillaume creció y creció, y sus enormes caballos de guerra cubrieron el espacio marchando a toda velocidad. El impacto fue tremendo. El hijo del conde Raimundo, que a la sazón contaba dieciséis años y estaba a resguardo en el campamento occitano, comparó más adelante el estruendo con «un bosque entero que se vie­ne abajo por la acción del hacha». El compacto núcleo de los cruzados de Guillaume se precipitó contra los sureños como una bala de cañón. Hombres y caballos cayeron, entre gritos. Se blandían espadas, las ma­zas golpeaban, mientras los guerreros del norte aprovechaban la venta­ja adquirida en su implacable carga. La refriega estaba en pleno apogeo cuando los cientos de caballeros de Bouchard de Marly atacaron y des­cargaron un segundo y decisivo golpe sobre las desorganizadas fuerzas del sur.

Los cruzados pisotearon y dispersaron al enemigo cuando vieron que las banderas del rey de Aragón ondeaban en el segundo cuerpo de la caballería del sur. Seguramente Bouchard y Guillaume gritaron en el tumulto, pues pronto los disciplinados cruzados se reagruparon para cargar de nuevo. Galoparon por un prado hacia los aragoneses que se acercaban. A ello siguió otro choque violentísimo, y empezó otro com­bate desbordante de clamor y ruido metálico. Según las crónicas, los cru­zados se abrieron paso hacia el hombre que lucía la armadura de Pedro; en algún momento de la confusión, sin que los del norte lo oyeran, el verdadero monarca reveló su identidad y chilló: «¡El rey soy yo!» Nunca se supo si era un grito de desafío o una aceptación de la derrota. Una es­pada rasgó el aire, y el rey Pedro de Aragón cayó muerto al suelo.

En el campamento, la reserva de Raimundo no se había movido y el desastre era absoluto. Los ensangrentados supervivientes del campo de batalla se replegaban, difundiendo la increíble noticia de la muerte de Pedro. El ejército se disgregaba al tiempo que los hombres se larga­ban a toda prisa para ponerse a salvo.

Entonces aparecieron Simón de Montfort y sus caballeros, el ter­cer cuerpo de la caballería de los cruzados, y se lanzaron violentada-mente contra los desmoralizados hombres del sur. Cundió el pánico: los que pudieron huyeron a pie o a caballo; los que no, murieron.

Entre la soldadesca ciudadana de Tolosa que estaba ante las mu­rallas de Muret corrió un funesto rumor falso: que el valiente rey Pedro había derrotado a los hombres de Simón. Animados, los miles de sitia­dores mal armados siguieron hostigando a los defensores de las mura­llas, creyendo que la ciudad pronto caería. Desde el oeste se oyó fragor de pezuñas. Los tolosanos se volvieron y miraron. Eran los cruzados, que se abatían sobre ellos en la exuberante y feroz majestad de los guerre­ros que, tras la lucha, salían de las sombras del valle de la muerte. Los milicianos tolosanos se dispersaron aterrorizados; la mayoría de ellos se dirigió a toda prisa al nordeste, hacia el Garona, donde estaban amarra­das sus barcazas.

Los caballeros cruzados se divirtieron de lo lindo con los hom­bres de Tolosa que corrían a toda velocidad a campo traviesa. Los atro-pellaron como a animales, persiguiéndolos y acuchillándolos durante una larga tarde dedicada a una demencial caza del hombre. La ciudad de Muret quedó vacía mientras los soldados de Simón cargaban contra los heridos y los mataban. Centenares de desesperados se arrojaban al río, ahogando a sus cantaradas que forcejeaban para mantenerse a flote. Fue una carnicería épica, nunca vista desde Béziers. Según una estima­ción aproXImada, en esta prolongación del primer enfrentamiento hubo siete mil muertos en total –en el siglo XIx se descubrió una fosa co­mún–.I0 Tolosa, la gran ciudad junto al Garona, se vistió de luto.

El horror de los episodios finales de la batalla no empaño el éXI­to de Simón de Montfort. Había logrado de nuevo una victoria mila­grosa La sorpresa era absoluta. El conde Raimundo y su hijo huyeron a Londres, en busca de la protección de su pariente, el rey Juan. Pedro de Aragón, el único que había resistido a las ambiciones de Simón y los legados, de Francia y los franceses, estaba muerto. El tañido fúnebre de Muret sonó a ambos lados de los Pirineos.

CAPITULO 1 1

El veredicto

«¡Silencio! –Inocencio, de pie, en zapatillas, frente al alto altar del palacio de Letrán, gritaba a una multitud de sacerdotes alborota­dos–. ¡Silencio!»

Según un testigo ocular, el vocerío fue en aumento, pues los con­gregados pasaron de los insultos a los puños. Mitras por el suelo, tonsu­ras encrespadas, báculos amenazantes… La segunda sesión plenaria del Concilio de Letrán degeneró hasta convertirse en una indecorosa pelea entre obispos que respaldaban a diferentes pretendientes al trono de Ale­mania. El Papa llamó inútilmente al orden, en esa ocasión en lengua ver­nácula, pero ninguno de los asistentes al tumultuoso cónclave le presta­ba la menor atención. Indignado, el vicario de Cristo salió de la catedral con paso airado, seguido por los cardenales de la curia.1 La tarde del 20 de noviembre de 1215 no será recordada por su decoro episcopal.

El concilio en sí fue otra cuestión. Se había tardado tres años en preparar el cónclave de un mes de duración, la mayor reunión de cléri­gos celebrada en un siglo –sesenta y un arzobispos, cuatrocientos doce obispos, ochocientos abades y priores–, así como de representantes de todos los reinos, ducados y condados de la cristiandad; en total, dos mil doscientos ochenta y tres dignatarios. El cuarto Concilio de Letrán (en el siglo XIi había precedentes de menor importancia) fue un espec­táculo desmesurado, políglota, descomunal, con Inocencio III como director de escena, pues aquello era el escaparate de su pontificado. Se­ñal del apogeo del papado medieval como mediador ante el poder, el concilio llenó las calles de Roma de altivos señores y orgullosos prela­dos, pendencieros fanáticos y frailes descalzos, príncipes aún mucha­chos y litigiosas viudas con título. Desde la Antigüedad la Iglesia no había tomado tantas decisiones doctrinales importantes. La aglomera­ción de galas eclesiásticas era tal que, en la apertura de la ceremonia, el obispo de Amalfi murió asfiXIado.

Dada la inclinación aristocrática del Papa, la reunión no sólo se ocupó de definir dogmas sino que también legisló sobre cuestiones se­culares de Europa. De Letrán salieron tantas autorizaciones políticas y legales que los cientos de embajadores laicos convocados por Inocencio sólo podían estar atentos y observar la impresionante maquinaria papal en acción. El juicio por ordalía, la vieja costumbre germánica de atar a las personas a troncos o hacerlas andar a través del fuego, fue sustitui­da por la ley romana, administrada por la curia. A los señores de Gran Bretaña, que a principios de año habían hecho tragar a su rey la Carta Magna, se les impuso el anatema. A los judíos europeos se les eXIgió que lucieran en la ropa un círculo amarillo distintivo, para que nunca más se les confundiera con ciudadanos de primera clase de la sociedad medieval. Ninguna persona, noble o plebeya, estaba dispensada de ir a reconquistar Jerusalén, perdida a manos de los musulmanes en 1187. A medida que avanzaba el mes, aumentaba la lista de decretos y exhorta­ciones. El cuarto Concilio de Letrán era la más clara expresión del in­tento de Inocencio de ser el pastor del destino europeo. Naturalmente, se hizo mención especial de las ovejas negras más destacadas del conti­nente: el Languedoc.

Estaban en Roma todos los protagonistas de la cruzada de los albi-genses con la señalada excepción de los cataros perfectos y un confiado Simón de Montfort. Los del sur habían acabado discutiendo sobre quién se quedaba qué. Desde Muret y el año subsiguiente de brutalidad adicio­nal, Simón ejercía la soberanía de Jacto sobre todo el Languedoc. No obstante, correspondía al Papa fijar de manera definitiva la distribución de las posesiones. Los clérigos del sur, liderados por Fulko y Arnaud, querían asegurarse de que a los partidarios de Saint-Denis no les escamo­teaban lo conseguido en el campo de batalla. En efecto, el conde Rai­mundo VI de Tolosa, su quinta y última esposa (hermana del fallecido Pedro) y su hijo de diecinueve años habían acudido a la trascendental reunión de Roma. En las salas de banquetes de la ciudad formaban un trío ridículo; y su condición de gentes de alta cuna privadas de hogar podía suscitar la compasión de sus camaradas de la nobleza.

Acompañaba al conde de Tolosa una numerosa delegación de se­ñores del Languedoc encabezada por un indignado Raymond Roger de

Foix, que un año antes había sido obligado a ceder sus castillos a la Iglesia como depositaría de los mismos. En la representación del sur había incluso un noble de probable linaje cátaro, Arnaud de Villemur. Es imposible imaginar un lugar peor para un sospechoso de herejía que la mayor convención de clérigos de la Edad Media.

El Papa invitó a todas las partes implicadas en las guerras cataras, laicos y religiosos, a una audiencia aparte, una especie de comité direc­tivo, lejos de las grandes sesiones deliberadoras del concilio. Se dio per­miso a los hombres del Languedoc para que hablaran claro y sin rodeos ante el arbitro de la cristiandad. Dadas las disputas y la sangre vertida durante los pasados seis años, el deseo del Papa de que la discusión fue­se desapasionada era, en el mejor de los casos, digno de alabanza. Entre los dos grupos había demasiados muertos, demasiado horror con sus cicatrices marcadas en el rostro del Languedoc. Según contó un cronis­ta, la sesión se puso fea enseguida.2

Abrió las hostilidades Fulko, el obispo de Tolosa. El elocuente prelado lanzó un ataque contra Raymond Roger, afirmando que no se debía permitir hablar al defensor de la causa del sur, y menos aún recu­perar sus castillos. El conde de Foix, señaló Fulko, había tenido herejes en su familia desde hacía tiempo y había permitido que se reconstruye­ra Montségur como ciudadela de sedición. Con cierto cinismo, Ray­mond replicó que él no era responsable de los actos de su hermana per­fecta Esclarmonde ni tampoco el señor feudal de la región sobre la que Montségur montaba guardia. Sin inmutarse, Fulko recordó a todos el papel del conde en la infame masacre de cruzados en Montgey. El obis­po se dirigió al Papa:

Y en cuanto a vuestros peregrinos, que estaban sirviendo a Dios expulsando herejes, mercenarios y hombres desposeídos, mató, acuchilló, hizo pedazos y partió en dos a tantos, que sus cadáveres cubrían el suelo del campo de Montgey; los franceses aún lloran por ellos, ¡y esta deshonra cae sobre vos! ¡Ahí fuera, en la puerta, se alzan los gemidos y gritos de hombres dejados cie­gos, de los heridos, de quienes han perdido sus miembros o no pueden andar a menos que alguien los ayude! ¡El que destrozó a esos hombres, el que mutiló y los torturó no merece volver a po­seer tierras nunca más!

Raymond Roger tenía una opinión radicalmente distinta sobre los cruzados en cuestión. No perdió tiempo en digresiones diplomá­ticas:

Esos ladrones, esos traidores y violadores de juramentos ador­nados con la cruz que me han destruido…, ¡ni yo ni los míos he­mos agarrado a uno que no hubiera perdido sus ojos, sus pies, sus dedos y sus manos! Y me alegra pensar en aquellos que he matado y lamento que otros escaparan.

Tras hacer esta atroz confesión, dirigió su ira hacia Fulko. Ino­cencio escuchó mientras Raymond Roger vociferaba su acusación con­tra el obispo de Tolosa:

Y os digo que el obispo, que es tan violento que en todo lo que hace traiciona a Dios y a nosotros, mediante cantos mentiro­sos y frases engañosas que matan la verdadera alma de quienes los cantan, mediante pullas verbales que él refina y afila, también por medio de nuestras propias donaciones gracias a las cuales fue primero un charlatán, y mediante sus enseñanzas perversas, este obispo ha logrado tanto poder, tantas riquezas, que nadie osa de­cir una palabra que ponga en entredicho sus mentiras… Tan pronto fue elegido obispo de Tolosa, un incendio hizo estragos en el territorio, y en ningún lugar hay agua para apagarlo, pues ha destruido las almas y los cuerpos de más de quinientas perso­nas, grandes y pequeños. Por sus actos, sus palabras y su conduc­ta en general, os prometo que es más un anticristo que un men-

% sajero de Roma.

El pontífice suspendió el virulento debate. Al menos había visto por sí mismo el resultado de su entusiasmo por la cruzada. Los cristia­nos del Languedoc se odiaban unos a otros y no tenían miedo de voci­ferar ese odio en las salas más sagradas de la cristiandad. Molesto y en­fadado, el Papa salió precipitadamente de la sala de reuniones y se encaminó a sus aposentos privados. «Ya está –observó uno de los so­brinos de Raymond Roger, según un cronista–. Vamos por el buen camino. El Papa se ha ido dentro; ya podemos volver a casa.»

Inocencio buscó un entorno más tranquilo y se retiró a los jardines de Letrán. La calma duró poco: unos cuantos clérigos del sur ro­dearon el patio enclaustrado eXIgiendo oír la opinión del Papa. Inocen­cio, en un esfuerzo por dar un ejemplo de misericordia cristiana, sugi­rió que sólo se cederían a Simón de Montfort las tierras y los bienes herejes probados, y que el resto del Languedoc se devolvería a los diver­sos condes de las tierras altas y al joven Raimundo de Tolosa. Habló largamente del comportamiento noble y cristiano del joven Raimundo, repitiendo el razonamiento hecho tres años antes por el desdichado Pe­dro: el hijo no debería pagar por las faltas de su padre.

Los clérigos del sur dieron alaridos de protesta. Una vez más, Fulko dio un paso al frente y su tono de disentimiento se transformó en falta de respeto:

Mi señor, legítimo Papa, querido padre Inocencio, ¿cómo po­déis desheredar de manera disimulada al conde de Montfort, un hijo verdaderamente obediente de la santa Iglesia, que os respal­da, que está soportando esta fastidiosa contienda y está expulsan­do a mercenarios, herejes y guerreros enemigos? Sin embargo, le arrebatáis el feudo, las tierras y los castillos que ha conquistado con la cruz y su resplandeciente espada; si separáis las tierras de los herejes y las de los creyentes verdaderos, perdéis Montauban y Tolosa… y ésa no es la parte menor.3 ¡Nunca se habían pronun­ciado sofismas tan crueles, declaraciones tan obscuras ni disparates tan categóricos!

Los otros siguieron el ejemplo de Fulko. Suplicaban al Papa que le diera a Simón todo el botín. Los clérigos sostenían que, aunque fue­ran desposeídos los católicos, la mancha de la herejía había salpicado a todo el mundo en el Languedoc. Inocencio, aun siendo el pontífice, no podía desafiar los deseos de una provincia entera de su clero. Un cister-ciense de Southampton le recordó al Papa que la madre del joven Rai­mundo había sido Juana de Inglaterra, cuya dote incluía varios territo­rios inalienables de la Provenza. Inocencio se valió de esa información para pronunciar su veredicto: Simón conservaría todas las tierras de los Trencavel y los Saint-Gilíes, excepto las dispersas posesiones de la Pro-venza que pasarían a manos del joven Raimundo. Su padre recibiría de Simón una generosa pensión. Como de costumbre, Inocencio eXIgía que se intensificara la persecución de los cataros.

Así, la victoria de Muret adoptó una forma ampliada y enfatiza-da, a la que se añadió el sello papal de plomo. Con mucha solemnidad, se promulgó la decisión a mediados de diciembre de 1215. Simón de Montfort era ahora, legalmente, el señor del Languedoc. Poseía más tierras que el rey de Francia.

La derrotada delegación de nobles occitanos abandonó Roma justo antes de Navidad. Los barcos mercantes que atracaban en los muelles del Languedoc traían la noticia de la decisión de Inocencio. En todas partes del sur, desde el Garona hasta el Ródano, los partidarios de Raimundo y los protectores de los cataros debían decidir si derra­mar lágrimas o afilar las espadas.

CAPÍTULO 12

Tolosa

En junio de 1218, dos años y medio después de que el Concilio de Letrán le hubiera entregado el Languedoc, Simón de Montfort aún llevaba puesta la armadura. Los nueve meses anteriores había estado li­brando una guerra estacionaria, vociferando órdenes, encabezando car­gas, repeliendo contraataques, poniendo sitio a su eterno enemigo: la ciudad de Tolosa. La transmisión de propiedad que Inocencio decretó en 1215 había convertido Tolosa en capital del territorio de Simón, la joya de la corona de sus conquistas, la metrópoli de rubí con la que se­ría rico. Ésa era la intención del veredicto de Letrán; sin embargo, las consecuencias fueron completamente distintas, pues Tolosa se oponía a que el Papa la cediera en arriendo. Los fieles seguidores de Saint-Gilíes, los ultrajados vasallos de los Trencavel, los feroces guerreros de Foix, los desahuciados nobles de Corbiéres y la montaña Negra, los amigos de los cataros… todos se habían reunido en la orgullosa ciudad del Garo­na para frustrar los planes de su nuevo señor feudal francés bendecido por el pontífice.

El asedio de Tolosa fue un combate largo y violento, auténtica­mente medieval por su crueldad. Ambos bandos sabían que esa vez esta­ban enzarzados en una lucha a muerte. Según un cronista, si algún in­fortunado sitiador caía en manos de los defensores, éstos le arrancaban los ojos y le cortaban la lengua antes de arrastrarlo medio muerto por las calles atado a la cola de un caballo.1 Los perros y los cuervos lo rema­taban, tras lo cual se colocaban sus manos y pies cortados en la cuchara de una catapulta, que los devolvía a sus camaradas a través del aire.

Simón de Montfort, que conocía bien esas tácticas, tenía un plan para destruir la ciudad. Las tiendas y dependencias de su ejército estaban desplegadas en un asentamiento denominado Nueva Tolosa, área en que el iracundo norteño había prometido construir una nueva capi­tal tan pronto como hubiera matado a todos sus habitantes y reducido sus casas a cenizas.

Que el triunfo de Simón en Roma, en 1215, fuese un ensayo de Tolosa en 1218 no era algo inevitable. El hijo del conde Raimundo, que tanto había impresionado al Papa con su piedad cristiana y su no­ble conducta, resultó ser asombrosamente distinto del padre. El joven Raimundo era un guerrero nato, y fue en su lugar de nacimiento don­de primero exhibió su talento beligerante. Al regresar del Concilio de Letrán a Aviñón, en el invierno de 1216, unió a su causa a nobles pro-venzales hasta entonces apáticos y tomó audazmente la ciudad de Beaucaire, defendida por cruzados, la ciudadela junto al Ródano en la que su madre, Juana de Inglaterra, lo había parido diecinueve años an­tes. Al tomarla por asalto, el joven Raimundo anunció que la Iglesia no era quién para privarle de su herencia.

Cuando Simón llegó a Beaucaire a castigar a los insolentes, fue rechazado una y otra vez por un enemigo que no dudaba en salir a ca­ballo y batirse en campo abierto con los temibles hombres del norte. El sur había perdido un héroe en Muret pero había encontrado otro en Beaucaire. A lo largo del verano de 1216, el joven Raimundo mantuvo a Simón a raya, humillando al hombre que poco antes había sido nom­brado señor de todo el Languedoc. A la frustración de los cruzados se sumó inmediatamente la desgracia. El 16 de julio de 1216 –cuarto aniversario de la decisiva victoria del rey Pedro en Las Navas de Tolo­sa– murió Inocencio III, al que una fiebre repentina llevó a la tumba en Perugia.

Las noticias de la victoria en Beaucaire y la muerte en Perugia provocaron una sensación de revuelta que Simón sólo exacerbó al vol­ver a su estrategia de ataques rápidos y atrocidad brusca. Mientras que la tarea de administrar sus enormes e inesperadas ganancias en Letrán pedía a gritos una diplomacia sagaz, Simón ofendió imprudentemente a sus potenciales aliados. Incluso Arnaud Amaury, el legado que llegó a arzobispo, se declaró en contra de su antiguo camarada cruzado, exco­mulgándolo por insistir en sus prerrogativas con demasiada vehemen­cia en la sede episcopal de Narbona. Arnaud había arrebatado el rico obispado a un prelado corrupto, el hombre denunciado por Inocencio como «perro mudo», y observaba alarmado que Simón, el nuevo conde, eXIgía una parte del poder y los ingresos nunca reclamados por su antecesor. Arnaud Amaury iba convirtiéndose poco a poco en partida­rio del joven Raimundo.

Sin embargo, era Tolosa, no Narbona, la clave de la legitimidad de Simón, y fue allí donde sus defectos como gobernante se hicieron más evidentes. En agosto de 1216, Simón levantó de mala gana el sitio de Beaucaire y a continuación cruzó el país a toda prisa –trescientos kilómetros en tres días– para sofocar la creciente agitación de Tolosa. Los tolosanos no habían olvidado la enloquecida caza del hombre y la injustificada carnicería sufrida por sus milicias ciudadanas en Muret, pese a lo cual no estaban dispuestos a desafiar abiertamente a su enemi­go. Como mucho, sus pragmáticos mercaderes serían sensibles a suge­rencias sobre cómo su próspero y tolerante burgo podía encajar en los dominios de Simón. Pero éste tenía otros planes. Se acercó a la ciudad en orden de batalla y mandó recado de que sólo con dinero y rehenes podrían impedir que atacara. En cuestión de horas, por la indignada Tolosa se levantaron barricadas y empezaron furiosas peleas callejeras. Tras una noche de violencia, el obispo Fulko convenció a una asamblea de notables de que negociara con el nuevo conde en un prado bien ale­jado del alboroto de la ciudad. Un acto como aquél, razonó en tono afable el obispo, demostraría a las claras su confianza en el sentido de la justicia de Simón.

Aun teniendo en cuenta los antecedentes de los cruzados, impre­siona el alcance de la traición de Fulko. Varios centenares de emisarios, los hombres más ricos e influyentes de Tolosa, abandonaron a su debi­do tiempo el abrazo protector de su ciudad… y fueron inmediatamente encadenados por los jubilosos franceses. Sin ningún esfuerzo, Simón y Fulko habían conseguido un gran número de rehenes. Para recuperar a sus destacados ciudadanos, se le ordenó a Tolosa que derribara sus res­tantes murallas defensivas, que demoliera sus palacios fortificados y que reuniera enormes sumas para pagar los rescates. Cuando ante esas condiciones estalló otra vez la revuelta, Simón ordenó a sus tropas que saquearan la ciudad. En un pillaje que duró un mes, se lo llevaron todo: dinero, armas, mercancías, comida. Muchísimas casas grandes fueron vaciadas por completo y a continuación reducidas a escombros. Y no devolvieron los rehenes a sus familias; los soltaron en el campo y les ordenaron que no regresaran jamás.

Es significativo que no hubiera una carnicería en masa. A finales de octubre de 1216, las intenciones de Simón estaban claras: había que permitir la supervivencia de la capital como fuente de recursos que fi­nanciaría sus campañas de pacificación y sometimiento a su autoridad absoluta. Abolió la institución de los capitouls, el reverenciado sistema de autogobierno de la ciudad, e impuso agobiantes impuestos a un pueblo empobrecido. Cuando partió en noviembre, dejando una guar­nición, la ciudad estaba postrada; necesitaría tiempo para curar las he­ridas. Ya no había Hermandad Blanca ni Negra: ahora todos odiaban a muerte al conde Simón y al obispo Fulko.

Quizá la tiranía de Simón se habría consolidado si no hubiera decidido pasarla mayor parte del año siguiente haciendo la guerra en la lejana Provenza. Intentaba ampliar sus posesiones, superar las ya ge­nerosas condiciones def decreto de Inocencio. Mientras batallaba a la sombra de los Alpes, Tolosa se recuperaba. Las barcazas que transporta­ban grano por el Garona introducían armas clandestinamente en la ciudad, los cónsules depuestos se deslizaban a escondidas en sótanos donde eran bien acogidos, los comerciantes acumulaban provisiones en cuartos traseros, y los criados y las putas espiaban a la guarnición fran­cesa. Por todo el Languedoc, la red de creyentes cataros, una viña no contaminada por la ortodoXIa, difundió la noticia sobre la tormenta que se avecinaba.

El 13 de septiembre de 1217, un pequeño grupo de hombres a caballo se aprovechó de una obscura niebla al alba para cruzar el Garona por un vado que había aguas abajo de la dormida ciudad. Habían ca­balgado con sigilo hacia el norte desde los Pirineos, dejado atrás Foix y Muret, sin ser detectados por los ocupantes franceses. Antes de que se disipara la niebla estaban en las calles de Tolosa; los pajes del jinete principal llevaban desplegados pendones escarlata blasonados con una cruz dorada de doce puntas, el símbolo del conde Raimundo VI. Un testigo ocular escribió:

Cuando el conde entró por los arcos de la puerta, toda la gente se congregó a su alrededor.2 Grandes y pequeños, señores y damas, esposas y esposos, se arrodillaron ante él y besaron sus ropajes, sus piernas y sus pies, sus brazos y dedos. Le daban la bienvenida con lágrimas de alegría y regocijo pues la alegría recobrada lleva tanto la flor como el fruto. «Ahora tenemos a Jesucristo –se decían ;;: unos a otros–. ¡Ahora ha salido la estrella de la mañana y brilla sobre nosotros! ¡Es nuestro señor; lo habíamos perdido!»

Unos cuantos desdichados soldados franceses sorprendidos en la calle por sorpresa fueron ejecutados de manera sumaria. Otros lograron abrirse paso y retroceder a través del clamor hacia el castillo que había en las afueras, donde vivía Alice de Montmorency con los hijos peque­ños de Simón. La fortaleza, en otro tiempo residencia de los Saint-Gi-lles, era un enclave de alta seguridad, a salvo de las pasiones y la políti­ca de la ciudad. Los tolosanos no les dieron caza, pues casi de inmediato Raimundo y los cónsules empezaron a dar órdenes. Los ciu­dadanos iban a poner fin enseguida a las ocupaciones en tiempo de paz, para lo cual reconstruirían las murallas y cavarían el foso de la ciu­dad indefensa. Todos sabían que en cuanto Simón se enterara de la su­blevación, acudiría con sus señores bramando por los valles del Lan­guedoc resuelto a llevar a cabo un asesinato en masa.

El mes de septiembre de 1217 fue el período más admirable y lleno de temor que vivió la ciudad. Un cronista relataba el frenesí de la unidad de acción:

Jamás en ninguna ciudad he visto trabajadores tan magnífi­cos, pues aquí los condes se afanaban con ahínco, y todos los ca­balleros, los ciudadanos y sus esposas, y esforzados mercaderes, hombres, mujeres y corteses cambistas, niños pequeños, chicos y chicas, criados, mensajeros a la carrera, todos tenían un pico, una pala o una horquilla, todos participaban con ganas. Y por la no­che, todos vigilaban juntos, se colocaron antorchas y candeleros ; en las calles, sonaban tambores, tamboriles y clarines, con senti-* do regocijo, muchachas y mujeres cantaban y bailaban al son de las alegres melodías.

El 8 de octubre, la bandera con el temido león rojo ondeó en los campos que había al norte de la ciudad. Simón de Montfort decidió atacar de inmediato, antes de que los fosos fueran más hondos y las murallas más gruesas. Recordando Béziers, el clérigo superior de la compañía de Simón exhortó a los del norte a «no dejar que ningún hombre ni ninguna mujer escaparan con vida».

La consiguiente ferocidad, al igual que la media docena de com­bates que habría en los meses siguientes, no lograron abrir brecha en las defensas. Mientras los franceses acorazaban sus caballos y la infante­ría se lanzaba a una carrera de obstáculos de estacas puntiagudas y fal­sas zanjas en su impetuosa acometida hacia las puertas de la ciudad, los tolosanos –hombres, mujeres, chicos y chicas– arrojaban todo lo que tenían. «De repente volaban jabalinas, lanzas y dardos emplumados –escribió un testigo presencial–, veloces venablos damasquinados, pedruscos, saetas, flechas, duelas, mangos, piedras arrojadas con honda, todo denso como fina lluvia, obscureciendo el cielo claro.» Por una puerta salieron de repente los defensores occitanos, dirigidos por Roger Bernard de Foix, tan buen guerrero como su padre, el hombre que le había dicho al Papa en la cara que lamentaba no haber mutilado a más cruzados en Montgey. Gracias a las horripilantes y heroicas acciones de los sitiados, Tolosa luchó contra los experimentados atacantes de Si­món hasta llegar a una situación de estancamiento. El testigo ocular describe la escena con fruición medieval:

¡Cuántos caballeros armados habéis visto ahí, cuántos sólidos escudos hendidos, cuántas costillas al descubierto, piernas des­trozadas y brazos cortados, pechos desgarrados, yelmos partidos, carne hecha pedazos, cabezas cortadas en dos, sangre derramada, puños seccionados, cuántos hombres luchando y otros forcejean­do para llevarse a otro que han visto caer! Qué heridas, qué daño el sufrido por los que cubrieron el campo de batalla de blanco y rojo.

A lo largo del invierno y la primavera, se representó una y otra vez el mismo argumento: los franceses cargaban a través de una lluvia de proyectiles hasta que el combate cuerpo a cuerpo detenía su progre­so en las empalizadas que había fuera de las murallas. Simón atacó des­de el este, el oeste, el río, los puentes. Su caballo se ahogó en el Garo-na, casi arrastrándolo a él. Envió a su esposa y a Fulko a Francia, a convencer a la nobleza guerrera de la necesidad de una cuarentena para emprender la cruzada final. El llamamiento no cayó en saco roto. Des­de Picardía, Normandía, Ile-de-France e Inglaterra acudieron miles al sur a ocupar sus posiciones fuera de la ciudad. Aun así, pese a superar en número a sus enemigos, Simón no podía avanzar. Tolosa no era Carcasona ni Minerve; el ancho Garona mantenía su suministro de agua, y su tamaño descartaba un envolvimiento asfiXIante. Nuevos hombres y suministros atravesaban con facilidad las líneas de los cruza­dos. Cuando el joven Raimundo, el héroe de Beaucaire, se escabulló entre los sitiadores y entró en Tolosa, la ciudad sufrió un éxtasis colec­tivo. «Ninguna muchacha se quedó en casa, ni arriba ni abajo –seña­ló un cronista–; todos, grandes y pequeños, corrieron a contemplarlo como a una rosa en flor.»

En junio de 1218, tras nueve meses de asedio, las perspectivas de Simón eran poco prometedoras. Sus cruzados, tras completar los cua­renta días de servicio, se disponían a regresar a casa, al igual que sus muchos mercenarios, cansados de oír que el mermado tesoro de Mont-fort satisfaría sus deudas tan pronto como la ciudad fuese tomada. Se cernía sobre Simón la amenaza de derrota, una derrota que dejaría pe­queña la vergüenza de Beaucaire. En el norte, lo considerarían un se­ñor que ni siquiera tenía en sus manos su propia capital y que, por tan­to, no merecía que se le prestara más ayuda; en el sur, aparecería denigrado y desacreditado, presa fácil para la revuelta. Simón tenía que someter Tolosa antes de que su ejército lo abandonara; de lo contrario, sus nueve años de combates en el Languedoc quedarían en nada.

Simón, consciente de los éXItos de la Malvoisine en Minerve, optó por una táctica de todo o nada. Disponía de un enorme artilugio de asedios cuya construcción había costado mucho dinero. A finales de junio se hizo rodar hasta la muralla norte de Tolosa una enorme gata, algo nunca visto antes en el Languedoc. Debajo de sus sangrantes pie­les de animales avanzaba a duras penas un considerable número de hombres quejumbrosos que movían la faraónica estructura hacia la ciu­dad. En la plataforma superior de la gata –que dominaba los parape­tos más elevados de las defensas– había docenas de arqueros, prepara­dos para arrojar una lluvia de muerte a las calles tan pronto estuvieran cerca de la muralla. Los tolosanos apuntaron sus catapultas a la torre y, a última hora de la tarde del 24 de junio, habían hecho suficientes dia­nas para detener su avance a una distancia prudencial de la ciudad.

Ambos bandos sabían que, si la gata se aproXImaba un poco más, la defensa de Tolosa correría peligro. Los cruzados podrían utilizar su superior capacidad de disparo para hacer un boquete fatal en las hileras de ciudadanos que había en lo alto de las murallas. Los tolosanos deci­dieron que a primera hora de la mañana siguiente cruzarían por tierra de nadie y tratarían de pegar fuego a aquella máquina infernal. Según las crónicas, el feroz Roger Bernard de Foix dijo lo siguiente sobre el plan: «¡Los combatiremos! ¡Con espadas y mazas y acero cortante nos revestiremos las manos de sesos y sangre!»

Cuando se produjo el ataque al alba, Simón de Montfort estaba oyendo misa. Durante el oficio religioso llegaron mensajeros por tres veces suplicando que el conde fuera en auXIlio de los defensores sitia­dos en la gata. Los hombres de Tolosa bajaban por escaleras, cruzaban los fosos a la carrera, abriéndose camino a estocadas cada vez más cerca de la torre. El último de los mensajeros, exasperado, gritó a su señor: «¡Esta piedad es desastrosa!» Imperturbable, Simón esperó a la consa­gración, momento de la misa en que se levanta la hostia, después se persignó, se encasquetó el yelmo y dijo: «¡Oh Jesucristo virtuoso, dame ahora la muerte en el campo o la victoria!»

Simón y sus caballeros montaron sus caballos de guerra y galopa­ron directamente hacia la refriega que había al pie de la gata, donde ha­chas y espadas se agitaban en el aire. En cuestión de minutos, cambió el rumbo del combate y los guerreros de Tolosa empezaron a retroceder, sangrando, en dirección a la ciudad segura. En las murallas, los conster­nados defensores cargaron catapultas y tensaron los arcos para cubrir la retirada de sus compañeros. Una flecha hirió en la cabeza al caballo de Gui de Montfort, hermano y compañero de armas de Simón desde su campaña en Palestina. El animal se encabritó, moribundo, y entonces un dardo disparado por una ballesta dio a Gui en la ingle. Sus gritos de dolor se oían por encima del tumulto. Simón vio a su hermano caído. Entonces forcejeó por desmontar cuando, según refiere una crónica, una petraria lanzó su proyectil desde lo alto del parapeto:

La hacían funcionar mujeres nobles, muchachas jóvenes y es-i. posas, y ahora una piedra llegaba justo donde era necesario y gol­peaba al conde Simón en su yelmo de acero, destrozando sus ojos, sus sesos, sus muelas, su frente y su mandíbula. Sucio y san­grante, el conde cayó muerto a tierra.

azul.

Dos cruzados se apresuraron a cubrir el cadáver con una capa

La noticia de la muerte de Simón se propagó en todas direccio­nes. Los hombres retrocedieron, atónitos, bajando espadas y escudos.

Se hizo el silencio, roto al instante por un gran grito de entusiasmo que se hizo más fuerte a medida que la nueva recorría Tolosa. Lo lop es mbrtl (¡El lobo ha muerto!) Sonaron campanas, tambores, carillones, tamboriles, clarines… La algarabía duró todo el día y toda la noche.

El hijo mayor de Simón, Amaury, recogió el cadáver y se lo llevó lejos del jolgorio.

Para Tolosa, se había vengado la memoria de Muret y derrotado al diablo. Para los cruzados, el desastre era absoluto. En el plazo de un mes se levantó el asedio. Los defensores habían quemado la gata gigan­te, y en un último asalto desesperado, el 1 de julio, los cruzados fueron rechazados con firmeza. El hombre que había atormentado el Langue-doc, ofrecido amistad a Domingo, quemado a los cataros en la hogue­ra, intimidado al Papa más importante de la Edad Media, había muer­to a los cincuenta y tres años.

Como era costumbre, se hirvió el cadáver hasta que la carne y los órganos se desprendieron de los huesos, y se colocaron sus restos en una bolsa de cuero de buey, que fue enterrada en la catedral de Saint-Nazaire, de Carcasona, con la imprescindible pompa eclesiástica.3 Fue su enemigo, el cronista anónimo de las guerras cataras, quien escribió una contundente necrológica que incluso en la actualidad algunos to-losanos recitan de memoria:

Para los que puedan leerlo, el epitafio dice que es un santo y un mártir que respirará de nuevo y que, con júbilo majestuoso, heredará y florecerá, lucirá una corona y estará sentado en el rei­no.4 Y he oído decir que esto debe de ser así… si asesinando hombres y vertiendo sangre, maldiciendo almas y causando muertes, confiando en abogados diabólicos, encendiendo hogue­ras… incautándose de tierras y alentando la soberbia, prendiendo las llamas del mal y apagando las del bien, matando mujeres y sa­crificando niños… un hombre de este mundo puede llegar a Je­sucristo, sin duda el conde Simón lleva una corona y resplandece arriba en el cielo.

CAPÍTULO 13

Vuelta a la tolerancia

En el Languedoc no se acabó la guerra, aunque la victoria cam­bió de bando. Los nobles occitanos, inspirados por la gran defensa de Tolosa, al fin se unieron para hostigar a los franceses. Una gran expedi­ción de castigo organizada en 1219 no pudo reprimir la revuelta. Ser­moneada por el nuevo Papa –Honorio III– y encabezada por el príncipe heredero de la corona de Francia, Luis, hijo de Felipe Augus­to, la cruzada fue víctima del puntilloso cumplimiento de la cuarente­na de sus integrantes. Luis y sus hombres regresaron a París tras cua­renta días de campaña, siendo su único logro digno de mención una despiadada matanza que dejó perplejos incluso a sus partidarios. Todos los hombres, mujeres y niños de Marmande, una inofensiva población de unos siete mil habitantes, fueron concienzudamente degollados.1 Habiendo rendido así homenaje al precedente de Béziers, después el futuro rey pasó unas cuantas semanas dilatorias frente a las murallas de Tolosa antes de pegar fuego a sus artilugios para asedios y volver a casa. Amaury de Montfort, hijo de Simón, se quedó para sofocar la revuelta lo mejor que pudo.

Sin embargo, Amaury no era como su padre. No heredó la in­fleXIble firmeza ni el talento de éste para la atrocidad táctica. En los seis años de batallas, asedios y escaramuzas que siguieron a la muerte de Si­món, Amaury fue vencido una y otra vez por el joven Raimundo y por Roger Bernard de Foix. El extenso territorio concedido a los Montfort en Letrán menguaba constantemente a medida que se recuperaban los castillos y se obligaba a las guarniciones a abandonarlos. Las principales ciudades se negaron a abrir las puertas a los franceses… y a sus aliados de las filas superiores del clero. En el Languedoc, los jefes de la Iglesia destituidos, incluido el obispo Fulko de Tolosa, tuvieron que eXIliarse en Montpellier.

El peor insulto dirigido a los obispos católicos no procedía del campo de batalla, ni siquiera de lugares que volvieron al catarismo de forma visible, como los castillos de Cabaret o los talleres de Fanjeaux. Las malas noticias para la jerarquía venían de los creyentes católicos, muchos de los cuales consideraban a los guías de la Iglesia un enemigo pernicioso, nacional, al que había que negar las posesiones y los privi­legios de donde había obtenido sus ingresos. Según la mentalidad occi-tana, el razonamiento de Inocencio sobre los herejes era falso: no eran los herejes sino los clérigos de alto rango quienes debían ser acusados de traición. Se consideraba a los obispos cómplices de los odiados fran­ceses. Los trovadores, maldispuestos hacia los prelados aguafiestas y los legados papales, compusieron mordaces sirventés sobre los señores de la guerra y sus báculos. El trovador Guilhem Figueira comenzaba una canción así:

Roma trichairitz-cobeitat ‘■’■•■

vos engaña

C’a postras berbitz-tondetz ■

trop de la lana

Le Sainz Esperitz-que receup

carn humana Entende mos precs ■• E franha tos bees Roma, ses razon-avetz mainta gen morta

Ejes non-m sab bob-car tenetz via torta

Qu’a salvacion-Roma, serratz la porta

Per qu’a malgovern ■ -D’estiu a d’invern Si sec vbstre estern-car Diabla l’emporta ■

Int elfuoc d’infern2

Roma mentirosa, vuestra codicia

os lleva por mal camino,

esquiláis demasiado a vuestro

rebaño.

Que el Espíritu Santo tome forma

humana.

Oíd mi súplica ¡y romped vuestro picol

Roma, habéis matado a muchas

personas sin motivo,

y yo detesto ver que seguís

ese mal camino,

pues de esta forma estáis

cerrando la puerta de la salvación

al hombre imprudente, ■ •

en verano e invierno,

que sigue vuestros pasos:

el Diablo se lo lleva al fuego

del infierno.

Un desanimado Fulko, a quien no se había permitido regresar a su ciudad desde que había participado en el asedio de Lavaur en 1211, intentó en vano que el Papa le relevara de su cargo de obispo de Tolosa. Si esos malos sentimientos hubieran provocado una deserción masiva de la Iglesia, los obispos habrían podido llevarse las manos a la cabeza y, como aún es costumbre en algunos lugares, culpar al Anticris­to. Pero no hubo muchos abandonos. Como si se tratara de conciliar el insulto con la dignidad episcopal, en el Languedoc la piedad católica siguió siendo fuerte. A lo largo de los años veinte del siglo XIll, burgue­ses y caballeros continuaron legando bienes a los monasterios, sacerdo­tes seglares celebraron misas para congregaciones devotas, y la nueva orden de los dominicos se encontró con un público dispuesto a escu­char sus sermones. Los clérigos locales de las ciudades del Languedoc no sufrieron maltrato por parte de los laicos ni siquiera durante la épo­ca más tenebrosa de los asedios de los cruzados. Además, muchos miembros de las órdenes inferiores de la Iglesia habían abrazado la cau­sa occitana. A la muerte de Simón de Montfort, por ejemplo, fueron los sacerdotes de Tolosa los que hicieron repicar las campanas y encen­dieron las velas votivas. El rencor iba dirigido de lleno a los obispos res­ponsables de la ruina de una tierra que antes había sido próspera. La gente les volvía la espalda a ellos, no a los perfectos. ¡

El Languedoc estaba sumido en la pobreza. Sus bulliciosas ciuda­des habían caído en la penuria debido al cobro de impuestos derivado de la interminable guerra. Sus comerciantes no eran bien recibidos en las grandes ferias del Ródano y la Champaña, pues los legados de Roma amenazaban con interdictos y excomuniones a los que hicieran tratos con los proscritos de la cristiandad. E incluso cuando el joven Raimundo venció en combate a los leales a Amaury y muchos de los nobles desposeídos regresaron por fin a sus castillos usurpados, la vida cortés en el Languedoc no recuperó el estilo alegre y derrochador que en otro tiempo había mantenido a un gran número de músicos y poe­tas. Las encantadoras suceso ras de la Loba no tenían quien les cantara mientras sus compañeros luchaban por sobrevivir en una tierra deso­lada. El Languedoc recién nacido a principios de los años veinte del si­glo XIii era una criatura frágil, aislada y sin amigos, una víctima fácil si los ejércitos del norte volvían en masa.

Durante esa época, los cataros se aventuraron nuevamente en la clara luz del día. Los interrogatorios de la Inquisición llevados a cabo años después revelaron que, tras la muerte de Simón, los perfectos supervivientes bajaron de su nido de águilas de Montségur y busca­ron a los crecientes de las tierras bajas. Guilhabert de Castres, el «obis­po» cátaro que quince años antes había participado en los debates con los dominicos, reapareció en Lauragais en los años veinte del si­glo xni, predicando el evangelio de la luz y la obscuridad y adminis­trando el consolamentum a una nueva generación de novicios. El y sus compañeros heresiarcas anduvieron a pasos quedos ante las ruinas de una década de guerra. Guilhabert recorrió Fanjeaux, Laurac, Castel-naudary, Mirepoix y Tolosa, reuniéndose con diezmadas familias de la fe dualista y comprobando el nivel de tolerancia entre la mayoría católica. Pese a los infortunios sufridos –o quizá debido a ellos–, el Languedoc no se había vuelto en contra de sus mujeres y hombres sagrados.

En 1226, en la pequeña ciudad de Pieusse, al sur de Carcasona, más de cien perfectos se reunieron en consejo para crear una diócesis catara. Para entonces se habían abierto de nuevo numerosos hogares cataros. En Fanjeaux, el pueblo situado en lo alto de una colina don­de Domingo y Simón se habían encontrado con frecuencia para sen­tarse a la mesa y analizar los progresos de la obra de Dios, las cose­chas de lino y cáñamo otra vez acababan en los husos de las mujeres cataras. Se estaba urdiendo una nueva red informal de mujeres disi­dentes, las hijas y viudas de un pueblo herido que extraía fuerza y prestigio de una vida de abnegación. Nadie llevó luto por los mártires de Lavaur, Minerve y otras tierras abrasadas; los miles que habían pe­recido estaban ahora en brazos del bien, ángeles para siempre jamás; había concluido su peregrinaje a través de lo sórdido de la materia. Su destino no inspiraba piedad sino envidia. En cuanto a los «no consolados» entre los mutilados y fallecidos, simples crecientes peca­dores víctimas de las llamas de Roma o muertos por el acero de Fran­cia, en su siguiente vida habían alcanzado la categoría de perfectos. Entretanto, la Iglesia de los «buenos cristianos» trataba de recuperar su discreto lugar en la vida occitana, el que había ocupado antes de los desastres de la cruzada.

En torno a 1220 también desaparecieron los hombres que ha­bían determinado el destino del Languedoc. A la muerte de Inocen­cio III en 1216 y de Simón de Montfort dos años después, siguió la de Domingo de Guzmán en 1221, cuyo fallecimiento en Bolonia estuvo envuelto en relatos de milagros de última hora. Al morir, el temible es­pañol contaba cincuenta y un años; todo aquel tiempo de agotadora pobreza por los caminos había tenido su efecto en lo que seguramente fue una constitución asombrosamente robusta. Domingo había con­vertido a pocos cataros –como es lógico, mientras la cruzada hacía es­tragos la Iglesia carecía de autoridad moral–, e incluso aquellos a los que engatusó para que volvieran al redil eran sospechosos. Era difícil castigar a esos valedores del ascetismo, pues el régimen habitual de ab­negación que se imponía a los arrepentidos se parecía, en sus detalles, al estilo de vida de los perfectos. Hay constancia de que a uno de los conversos de Domingo se le ordenó que consumiera carne roja.

Por mucho que no consiguiera recuperar a los dualistas para el campo de la ortodoXIa, Domingo logró despertar en cambio la imagi­nación de algunas de las mentes más agudas de su tiempo. Los domini­cos –la orden de los frailes predicadores– crecieron rápidamente pa­sando de tener sesenta casas en la época de la muerte de Domingo a seiscientas sólo quince años más tarde. Junto con los franciscanos, pro­veerían de personal a las nacientes universidades de Europa y harían restallar el látigo teológico hasta la Reforma. En Tolosa, el banco de pruebas de los dominicos, los primeros legados provisionales de aloja­mientos se convirtieron en un gran imperio hasta que, a mediados de siglo, los frailes mendicantes tuvieron fuerza y medios suficientes para empezar a construir un altísimo santuario gótico de ladrillo rojo, más adelante conocido como la iglesia de los Jacobinos. En la actualidad, en el centro de su nave se halla la urna del más influyente de los domini­cos del siglo XIil: Tomás de Aquino.

Al año siguiente de morir Domingo le llegó el turno a Raimun­do VI, el admirado pero desatinado conde de Tolosa. Un día de princi­pios de agosto de 1222, el viejo y eterno excomulgado de sesenta y seis años pasaba la mañana en el umbral de una iglesia junto al Garona, es­cuchando a los compasivos sacerdotes del interior, que alzaban la voz para que el noble anciano pudiera oír el oficio de la misa. AproXImada­mente al mediodía, Raimundo se desmayó a causa del calor. Sus acom­pañantes lo condujeron al patio de la casa de un mercader y lo tendieron a la sombra de una higuera. Acto seguido sufrió una apoplejía que lo dejó sin habla. Los clérigos acudieron de inmediato. El prior de Saint-Sernin, la iglesia románica más espléndida de Tolosa y cemente­rio de los Saint-Gilíes desde principios del milenio, se negó a levantar la excomunión de Raimundo aunque de todas formas intentó quedar­se con el conde moribundo. Sus amigos, sospechando que el prior esta­ba conchabado con el eXIliado Fulko y, por tanto, se apresuraría a arro­jar a Raimundo a una hoguera, envolvieron a su amo con una manta y lo llevaron a un lugar seguro. Raimundo murió ese mismo día, más tarde, y pese a las repetidas solicitudes en las subsiguientes décadas, se negó a su cadáver cristiana sepultura pública.3 A la muerte de su padre, el joven Raimundo tomó el nombre de Raimundo VIL El imperdona­ble pecado del viejo no había sido cobardía en el campo de batalla ni lujuria en la cama; se había ganado el odio de la ortodoXIa por su obs­tinada negativa a perseguir a los cataros.

Menos conmovedora fue la muerte, en marzo de 1223, de Ray-mond Roger de Foix, aunque su figura encarnaba mejor los cambios de esa época. El viejo hombre de la montaña estaba ocupado en uno de sus pasatiempos favoritos –sitiar una fortaleza del clan Montfort– cuando pasó a mejor vida en su campamento base. Había sido el mo­delo de una especie revoltosa de nobles occitanos que pronto se extin­guiría: había favorecido a trovadores, hecho la corte y conquistado a la Loba de Cabaret, animado a su hermana Esclarmonde y su esposa Phi-lippa a que fueran cataros perfectos, dicho al papa Inocencio que la­mentaba no haber matado a más cruzados, y luchado contra los Mont­fort invasores hasta su último aliento. Desde el principio hasta el final mantuvo con la Iglesia unas relaciones agitadas, aunque resultó ser un generoso benefactor de los clérigos dispuestos a perdonar sus excesos. Paradojas del destino, fueron los cistercienses, la orden que había diri­gido la cruzada, los que ofrecieron al guerrero fallecido su última mo­rada en su monasterio cercano a Foix.

En esos años también murió Arnaud Amaury, el monje cuyo nombre estaría siempre empañado por la mancha de Béziers. En el cre­púsculo de su vida, el arzobispo de Narbona, que se había ablandado y era mucho más rico, se volvió en contra de los Montfort y decidió re­conciliar a Raimundo VII con la Iglesia y la nobleza francesa. Pese a las convincentes declaraciones de ortodoXIa y obediencia del joven conde, sucesivos concilios de la Iglesia en Montpellier y Bourges se negaron a escuchar a Raimundo en sus deliberaciones. El cambio de parecer de Arnaud llegó demasiado tarde; falleció en 1225, sin poder convencer a sus colegas eclesiásticos de que abandonaran el obstruccionismo que él mismo había contribuido a perfeccionar.

No obstante, la muerte que, en ese período, tuvo consecuencias de mayor alcance se produjo en Mantés, Francia. El 14 de julio de 1223, el rey Felipe Augusto, de cincuenta y ocho años, falleció a causa de una fiebre. Había sido la personificación del liderazgo sagaz, uno de los monarcas sumamente capaces que la familia de los Capetos de Francia tendría la fortuna de producir cada pocas generaciones, con lo que aseguraba la supervivencia de su dinastía y la preeminencia de su reino en Europa. Al principio del reinado de Felipe, los Capetos de Francia habían sido acosados por los Plantagenet de Inglaterra y los Hohenstaufen de Alemania; mediante diplomacia, engaños y hechos de armas, Felipe había sometido a sus enemigos y colocado sólidamen­te a Francia en el pedestal del poder, que ocuparía, más o menos sin interrupción, durante cinco siglos.4

Para íiacer que su reino fuera seguro, Felipe Augusto había sido firme. Cuando Inocencio le suplicó que conquistara el Languedoc, el rey francés le dijo al Papa que, en realidad, tenía cosas más importantes que hacer. Dejó que algunos de sus nobles acudieran en ayuda de los Montfort, en peregrinaciones de violencia estrictamente personales, pero de ninguna manera comprometió formalmente a la constelación de vasallos feudales del norte que habían hecho de Francia la nación más temida de la época. Felipe permitió por dos veces que su testarudo hijo Luis irrumpiera en el Languedoc, aunque sólo fuera para exhibir las banderas: en 1219, de forma notoria, para ordenar la matanza de Marmande, y cuatro años después, en el verano anterior al cuarto Con­cilio de Letrán, para hacer un recorrido por las victorias de Simón tras Muret. (En esta ocasión, Luis se marchó pronto; su única recompensa fue la mandíbula de san Vicente, una reliquia sacada a la fuerza de un monasterio del sur.) Felipe Augusto había muerto y con él la modera­ción que había gobernado el Leviatán del norte.

Seis meses después de la muerte del rey, en enero de 1224, Amaury de Montfort admitió que había sido derrotado. Desenterró la bolsa de cuero que contenía los restos de su padre y dirigió su mengua­do séquito de regreso a la pequeña finca boscosa de los Montfort en las afueras de París. Los rebeldes del Languedoc habían convertido el de-

creto de Letrán en una ficción inofensiva. Legalmente señor de los te­rritorios que abarcaban desde el Ródano al Garona, Amaury, en reali­dad, había perdido todo lo concedido a su familia nueve años antes en Roma.5 Raymond Trencavel, hijo del hombre que Simón de Montfort había arrojado a una mazmorra, volvió de Aragón, donde había sido criado y educado, y recuperó su herencia como vizconde de Carcasona. En Tolosa, Raimundo VII y sus cónsules trataban de juntar los frag­mentos de una prosperidad hecha pedazos. Y en la tle-de-France, un amargado Amaury y sus parientes jugaban su última carta.

En febrero de 1224, Amaury de Montfort renunció a todos sus derechos en el Languedoc en favor del rey de Francia. Ahora el sur per­tenecía a la familia real francesa; todo lo que había que hacer era recla­marlo.

CAPÍTULO 14

Final de la cruzada

Poco después de la muerte del rey Felipe Augusto, el cardenal Romano di San Angelo fue nombrado legado papal de Francia y del Languedoc. Romano, vastago de la familia patricia de los Frangipani, de Roma, era un gran diplomático resuelto a terminar con el asunto de los albigenses de una manera satisfactoria. Para la Iglesia, durante gene­raciones eso significó tener las manos libres para reprimir el catarismo, respaldado plenamente por los señores laicos del Languedoc. Tras la ex­pulsión de los Montfort de la región, lograr ese objetivo era mucho más complicado.

En el Languedoc, Romano tenía que vérselas con Raimundo VII, que quería conservar el botín de sus conquistas y ser reconocido por la Iglesia y la corona de Francia como el gobernante legítimo de sus do­minios ancestrales. Sin embargo, con independencia de la habilidad con que el joven conde maniobrara para alcanzar un acuerdo negocia­do, el legado papal demoró la llegada de la paz hasta que él pudiera dictar las condiciones. En 1224 y 1225, Raimundo VII, respaldado por un achacoso Arnaud Amaury, repitió un conjunto de propuestas que, según ambos hombres, conllevarían un alivio muy necesario a un Languedoc cansado de la guerra. Raimundo prometió hacer generosos pagos a los Montfort como indemnización, jurar vasallaje a los Capetos de Francia y expulsar a los cataros de sus tierras. Durante esos años, en una serie de cónclaves que recordaban la farsa de Saint-Gilíes, donde se había prohibido hablar a Raimundo VI, Romano neutralizó las pro­puestas de Raimundo VII mediante trabas procesales. En 1226, el car­denal abandonó todo fingimiento y excomulgó al joven conde, con lo que preparó el terreno para una nueva cruzada.

Mientras durante esos años obstaculizaba las iniciativas de paz en el sur, Romano participó en conversaciones en París con el propósito de lograr que la poderosa Francia concentrase su atención en el Lan-guedoc. El nuevo monarca, Luis VIII, había estado dos veces en el sur como príncipe heredero; seguramente se había dado cuenta de que el cataclismo de la cruzada había provocado un vacío de poder que tarde o temprano podía despertar la codicia de dos rivales de Francia en el suroeste: Inglaterra y Aragón. De momento, por fortuna para los fran­ceses, ningún poder amenazaba con entrometerse en acciones belige­rantes en el sur.

El reino inglés, recuperado del desastroso período del rey Juan, estaba en plena revuelta de barones. (En efecto, en 1216 Luis había aceptado fugazmente la corona de Inglaterra a solicitud de los nobles, hasta que el Papa intervino y lo excomulgó.)l A los ingleses poseedores de feudos en Aquitania se les ordenó que, en el caso de una nueva gue­rra en el Languedoc, permanecieran neutrales. Al sur de los Pirineos, los comerciantes de Barcelona habían aprovechado la muerte de Pedro en Muret para volver su atención hacia el mar. Durante todo el siglo XIII, el reino de Aragón concentraría su empuje en la conquista de las islas Baleares, en poder de los musulmanes, como parte de un esfuerzo ma­yor y a la larga fructífero para establecer un imperio marítimo que compitiera con los de Genova y Venecia. El Languedoc estaba aleján­dose del horizonte de España justo cuando Amaury de Montfort lo es­taba entregando a Francia.

Estas consideraciones políticas y dinásticas habrían tenido gran importancia en la residencia real del Louvre en favor de una decisión de marchar al sur. No obstante, la primera familia de Francia quería no sólo tierras sino también dinero. Los archivos documentales transmiten la idea de un indecoroso chalaneo, pues tanto Romano como Luis ma­niobraron para lograr ventajas en su empresa conjunta. Al final, Roma­no prometió dar a los Capetos una décima parte de todos los ingresos de la Iglesia francesa durante cinco años para pagar el coste de aplastar el Languedoc. Y el cardenal cumplió lo convenido… abriendo las arcas de ricos arzobispados como los de Chartres, Reims, Ruán, Sens y Amiens. Fue una estratagema arriesgada, y de trascendentales consecuencias; más adelante, los monarcas franceses considerarían que la Iglesia era el cuerno de la abundancia y la tratarían como tal.

de la ciudad olviden su relación con los cataros.

Bernardo de Clairvaux, el clérigo

más importante de la época

(Museo Conde, Chantilly/Giraudon).

Lotario dei Conti di Segni, elegido Papa en 1198 con el nombre de Inocencio III (Fresco del siglo XIii del

(Museo de los Agustinos, Tolosa/Expediente artístico, Nueva York).

El obispo e inquisidor Jacques Fournier,

que se convirtió en el papa Benedicto XII

(Roger-Viollet, París).

Montségun tras sus murallas estuvo en otro tiempo el pueblo de los perfectos

La cruzada real inició su andadura en la primavera de 1226, con la caballería de cotas de malla de la Francia medieval bajando por el va­lle del Ródano con su estrépito de metal, en esa ocasión bajo la bande­ra de la flor de lis del rey Luis VIII. El ejército superaba a sus anteceso­res en número y respecto a la organización y la unidad de mando. Debido a ello, la gran fuerza conquistó más por intimidación que en el campo de batalla… si bien a veces falló esa capacidad de atemorizar. En la ciudad amurallada de Aviñón, la cruzada del rey Luis hizo una para­da imprevista cuando los asustados prohombres de la ciudad cerraron de golpe los puentes levadizos al divisar el gigantesco ejército francés. En un principio habían prometido a los franceses vía libre a través de la ciudad y que podrían utilizar su puente de piedra para cruzar el Róda­no –el mismo de la canción infantil Sur le pont d’Avignon, on y dan-se…–, pero tan pronto apareció la enorme hueste, no quisieron saber nada. Bien protegidos por sus fortificaciones y abastecidos por su flota fluvial, los aviñonenses mantuvieron bloqueado al exasperado rey fran­cés durante tres largos meses. Atascados en los llanos pantanosos del norte de la ciudad cuando el calor y las moscas se hicieron insoporta­bles, el ejército sufrió numerosas bajas a causa de la disentería. Luis re­paró en que sus hombres morían en medio de sus propios excrementos. Cuando por fin Aviñón capituló, habían perecido más de tres mil y decenas de miles más habían quedado debilitados por la dura prueba. Un señor que moriría a causa del brote de disentería era el ya anciano Bouchard de Marly, el leal amigo de Simón de Montfort.

Con todo, la ciudad se había rendido. La caída de la –según se creía– inexpugnable Aviñón impresionó a la coalición de nobles del Languedoc, que estaba bajo las órdenes de Raimundo VII; al igual que un grupo de predicadores enviados como avanzadilla por el cardenal Romano, el obispo Fulko y Pedro Amiel, el sucesor de Arnaud Amau-ry como arzobispo de Narbona. La misión de esos predicadores era ha­cer hincapié en las lecciones del pasado reciente al recordar hechos tan luctuosos como los de Béziers y Marmande. Para los habitantes de una tierra herida y debilitada como el Languedoc, la idea de nuevas tribula­ciones sólo podía infundir terror. Los propagandistas del miedo tam­bién subrayaban que la cruzada era distinta de las otras que habían in­vadido el sur. Sus recursos eran tan ilimitados como la riqueza de la Iglesia; y su jefe no era un simple noble o monje, sino el propio rey de Francia. El historiador Michel Roquebert ha sostenido de manera convincente que la monarquía francesa, aunque durante el siglo xn había sido sólo un señor feudal formal de buena parte del Languedoc, ocupa­ba un lugar de primacía en la imaginación colectiva de los occitanos.2 El rey de Francia, único entre los monarcas, representaba la legitimidad sagrada del orden feudal: incluso los burgueses independientes de Tolo-sa fechaban sus documentos de acuerdo con los años del reinado fran­cés. Por supuesto, los cataros eran inmunes a esa forma de pensar, pero sus compatriotas seguramente se sentirían amedrentados ante la idea de que el rey de Francia fuera a castigarlos. Luis había estado antes en el Languedoc sólo como príncipe heredero; ahora era la persona del mo­narca, el depositario de un poder casi sacramental. Desafiarlo a él y a su ejército sería algo abominable y condenado al fracaso.

Enfrentados a esa intimidación física y mental, muchos del sur alzaron la bandera blanca. Cuando Luis puso sitio a Aviñón, las otrora orgullosas ciudades del Languedoc le enviaron delegaciones para jurar fidelidad y pedir un trato benévolo. Como cabe suponer, Béziers era la primera de la lista, seguida de Nímes, Albi, Saint-Gilíes, Marsella, Beaucaire, Narbona, Termes y Arles. En Carcasona, los ciudadanos echaron de la ciudad a Raymond Trencavel y mandaron embajadores a capitular ante el rey. Cuando los franceses cruzaron en tropel las fron­teras del Languedoc, Luis recibió serviles cartas de obediencia de mu­chos nobles locales. «Hemos tenido conocimiento de que nuestro se­ñor cardenal ha decretado que toda la tierra del conde de Tolosa ha de aneXIonarse a vuestras posesiones –decía una carta–. Nos alegramos desde el fondo de nuestro corazón… y estamos impacientes por estar bajo la sombra de vuestras alas y de vuestro juicioso dominio.» El autor de esa misiva era Bernard-Otto de Niort, noble que había sido educa­do por su abuela perfecta, Blanche de Laurac; además, su tío Aimery y su tía Geralda habían sido brutalmente asesinados en Lavaur. Si hom­bres como él corrían como conejos en busca de protección, en el Lan­guedoc ya no había nada que hacer.

Raimundo VII y los tolosanos resistieron a la oleada de pánico, al igual que el conde Roger Bernard de Foix. En otoño, mientras el ejército francés marchaba de las ciudades a los castillos aceptando capitulaciones, los hombres de Foix y Tolosa hostigaron y emboscaron a los del norte en rápidas acciones guerrilleras. Algunos de los señores franceses más inde­pendientes regresaron a casa con sus hombres. Aunque los cruzados rea­les habían puesto de rodillas a buena parte del Languedoc mediante la intimidación, el ejército no se había recuperado del calamitoso verano de Aviñón. El rey Luis, enfermo debido a la mugre y la suciedad que acom­pañaron al asedio, de pronto se sintió febril y débil. Sus allegados, al ad­vertir que su estado empeoraba, intentaron llevarlo a toda prisa a casa, a las comodidades de Francia. En Montpensier, pueblo situado en la mon­tañosa región de Auvernia, la cabalgata se detuvo; el monarca estaba de­masiado enfermo para poder seguir. Luis se fue a la cama y, según un piadoso cronista, rechazó los servicios de una muchacha virgen que se había deslizado entre sus sábanas para despertar su virilidad regia. En todo caso, era demasiado tarde; Luis VIII murió en Montpensier el 8 de noviembre de 1226. Contaba treinta y nueve años. Y, lo que era más im­portante, su hijo mayor sólo doce. Francia no tenía rey.

La última defunción podría haber cambiado las tornas en favor del Languedoc si el poder de París no se hubiera mantenido firme. La abrasadora zona central de España, de la que había salido el enemigo más santo de los cataros, Domingo, proporcionaría ahora otro adversa­rio ortodoxo y devoto: Blanca de Castilla. Viuda del rey y regente por ser menor de edad su hijo heredero, Blanca aportó a la causa de la con­quista una apasionada piedad de la que habían carecido sus parientes Capetos. Para ella, exterminar a los herejes era tan importante como ampliar los dominios de Francia.

El cardenal Romano, el legado papal, se convirtió en su principal consejero para asuntos de estado. En Roma, el Papa bendijo esa doble función; en París, según las malas lenguas, Romano y Blanca compar­tían algo más que oraciones.3 Fuera cual fuese su verdadera relación, el cardenal y la reina coincidieron en que la cruzada real contra el Lan­guedoc no necesitaba ningún rey. Pese a las protestas de ricos obispos franceses, Romano mantuvo el flujo de dinero mientras Blanca ordena­ba que su ejército se quedara en el sur hasta que fuera aplastada toda resistencia. Cuando los grandes señores del norte se negaron a ponerse bajo el mando de una mujer, Blanca reclutó otro ejército para comba­tirlos en cuanto pudo mantener una fuerza en el Languedoc. Con el aliento del nuevo Papa, Gregorio IX, un sobrino de Inocencio III, la formidable dama regente continuó la cruzada.4

De hecho, era una cruzada sólo de nombre. Durante dos años, las tropas francesas llevaron a cabo una repugnante guerra de desgaste contra las fuerzas de Tolosa y Foix. Se libraron batallas no decisivas, unos y otros cometieron atrocidades –en respuesta a una feroz represalia francesa en una ciudad, los occitanos cortaron las manos de los defensores franceses de otra–, y las fortalezas cambiaban de manos. Hacia 1228, el círculo de destrucción se había reducido hasta cerrar el área que bordeaba Tolosa. Aunque no era lo bastante grande para po­ner sitio a la exhausta ciudad, el ejército francés, bajo la inteligente di­rección de Humbert de Beaujeau, no podía ser expulsado del Langue-doc. Protegidos tras las murallas de Carcasona, la ciudad fortaleza que habían tenido buen cuidado en guarnecer, al final los del norte dieron con la táctica que extinguiría la última llama de la resistencia.

En 1228, la cruzada real convirtió sistemáticamente la fértil ex­tensión de los tolosanos en un desierto. Los franceses no pretendían entrar en combate; de hecho, lo rehuían. En vez de ello, hicieron la guerra en el campo. Simón de Montfort sólo había quemado cosechas; el ejército francés, financiado por la Iglesia y bendecido por la reina, destrozó huertos y olivares, arrancó viñas, envenenó pozos, provocó in­cendios y arrasó pueblos. Aplaudidos por un vengativo Fulko, los hom­bres del norte actuaron prado por prado, feudo por feudo, valle por valle, con un vandalismo deliberado y minucioso, como si de las hor­das de un Atila medieval se tratara. La tierra y sus habitantes, extenua­dos tras dos décadas de sangría salvaje, ya no podían más. Al fin, aisla­do y cercado, invicto aunque incapaz de detener el avance del violento monstruo, el conde Raimundo pidió la paz.

Un manojo de esquejes de abedul zumbó a través del silencio y cayó con un crujido sobre la carne blanca. Las afiladas ramas golpearon una y otra vez. Veinte años antes, el conde Raimundo VI de Tolosa ha­bía subido tambaleante la escalera de la iglesia de Saint-Gilíes, coinci­diendo su penitencia pública con el inicio de la cruzada de los albigen-ses. Ahora, el 12 de abril de 1229, le tocaba a su hijo Raimundo VII recibir el mismo tratamiento humillante, en esta ocasión para señalar el final de la cruzada. Igual que la otra vez, un legado papal era el encar­gado de descargar la leña menuda en la mortificada carne del noble. Como la otra vez, una multitud en busca de emociones fuertes colma­ba las galerías, las ventanas y los tejados para ver al eminente persona­je. Y, lo mismo que la otra vez, el penitente prometió ayudar a acabar con la fe catara. Para los condes de Tolosa, la deshonra pública había llegado a ser una tradición familiar.

Pese a ello, la ceremonia no fue un duplicado exacto de la flage­lación de Saint-Gilíes. En esta ocasión, los mirones cuchicheaban en francés, no en occitano, pues el solemne espectáculo tuvo lugar en el centro de París, en la íle-de-la-Cité. Aquel jueves anterior a la Semana Santa, Raimundo y Romano interpretaron su siniestro dúo ante la fa­chada de la nueva catedral de la ciudad: Notre Dame. Elevándose muy por encima la colmena de viviendas con entramado de madera y refle­jada en las grises aguas del Sena, la elegante estructura de piedra, con sus estatuas y bóvedas pintadas de todos los colores del arco iris, surgía como un espectacular símbolo de exuberancia medieval. A diferencia de la tierra de los cataros, Francia estaba iniciando su período de es­plendor.

Los dos hombres entraron en la atestada iglesia, pasaron frente a los nobles del norte y recorrieron la nave hacia el elevado altar. «Fue una gran pena –escribió un cronista–, ver a un príncipe de tal noble­za, que había defendido su tierra durante largo tiempo contra fuerzas numerosas y poderosas, arrastrado de aquel modo al altar, descalzo, cu­bierto sólo con camisa y calzones.»5 Raimundo había accedido a sufrir ese día degradante para lograr una paz duradera. Sus antaño enormes dominios quedaron reducidos a un principado incompleto, sin acceso al mar, que abarcaba Tolosa y unas cuantas ciudades de poca importan­cia al norte y al oeste. La corona francesa tomó lo que había perteneci­do a la familia Trencavel, así como las posesiones de Raimundo en la ribera occidental del Ródano.

Un triunfante tedeum resonó en la bóveda de piedras de la cate­dral mientras se ordenaba a los canónigos poner voz a su alegría. Ha­bían pasado casi veinte años desde que uno de ellos, Guillaume, carga­ba catapultas y ajustaba petrarias para mayor gloria de Dios y su siervo Simón de Montfort.

Desde su sitio de honor, Blanca de Castilla contemplaba el ins­tructivo cuadro del conde y el cardenal frente a ella. No había hecho el trabajo de los hombres sino el de Cristo. A su lado, aquel memorable Jueves Santo, estaba Luis, su hijo mayor. Tan pronto fuera adulto, el muchacho, como rey Luis IX, llegaría a ser el monarca más devoto de Europa, alcanzando finalmente la santidad por su muerte en la cruzada cerca de Túnez. Perseguidor de los paganos y los herejes, los musulma­nes y los judíos, san Luis heredó la extravagante fe ibérica de su madre. .En la isla de Notre Dame erigió la obra maestra gótica de la Sainte Chapelle, un primoroso relicario de piedra para los tesoros que había com­prado a taimados comerciantes: un frasco con leche de la Virgen, la co­rona de espinas, y docenas de otros timos caros vendidos al crédulo rey cruzado. Al ver el espectáculo de la humillación de Raimundo VII, el futuro santo de doce años seguramente le tomó gusto al ardor piadoso.

Para recibir la bendición del cardenal, Raimundo se hincó de ro­dillas. La postura era apropiada, pues el conde, a fin de arrancar la paz de la Iglesia y la corona, había accedido a severas eXIgencias. No sólo se dividieron sus tierras por la mitad, sino que su tesoro iba a ser grave­mente esquilmado. Se obligó a su única hija, de nueve años, a contraer matrimonio con uno de los muchos hermanos del monarca, y cuando murió sin descendencia cuarenta y dos años después, el condado de Tolosa pasó automáticamente a formar parte de Francia.6 Romano y Blanca también se aseguraron de que Raimundo subvencionara la per­secución de herejes. Más adelante, aquel mismo año, se fundaría en Tolosa una universidad,7 a cuyos cuatro doctores en teología pagaría el conde para formar a futuras generaciones de clérigos occitanos en las complejidades de la fe ortodoxa. En lo sucesivo, un grupo de eruditos buscaría y destruiría los restos del catarismo.

Cuando Raimundo, alto y apuesto a sus treinta y un años, salió por la puerta de Notre Dame era otra vez un señor cristiano legítimo con buenas relaciones tanto con París como con Roma. Sus enemigos creían que había sido afortunado de que se le concediera siquiera una renta miserable. Gracias a la habitual maraña de lazos de sangre en la nobleza, Raimundo de Tolosa y Blanca de Castilla tenían una abuela en común: Leonor de Aquitania, la gran reina del siglo XII de Francia e Inglaterra.8 Si no hubiera sido por este vínculo sentimental, tal vez Blanca no le hubiera dado al conde ni una hectárea de tierra.

Los lazos de parentesco llegaban sólo hasta aquí. Inmediatamen­te después de que la multitud se hubiera dispersado en la Ile-de-la-Cité, Raimundo y los de su entorno fueron llevados a través del río a la ribe­ra derecha y conducidos a la tenebrosa fortaleza de piedra del Louvre medieval. Y allí se les retuvo como rehenes durante seis semanas, mien­tras los ejércitos del norte derribaban las fortificaciones de Tolosa, re­ducían a escombros docenas de castillos, instalaban un senescal real en Carcasona y efectuaban los demás cambios recogidos en el draconiano acuerdo. Quizá la ceremonia de Notre Dame tuvo algo de déjh vu, pero en el Languedoc nada volvería a ser como antes.

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CAPÍTULO 15

La Inquisición

El 5 de agosto de 1234, una anciana y acaudalada señora de To­losa dijo en su lecho de muerte que quería tener un buen final.1

Sus sirvientes corrieron escaleras abajo hasta la calle. Tenían que encontrar un perfecto, oculto en algún sótano o buhardilla de la ciu­dad. Con suerte, acaso el venerado Guilhabert de Castres, el obispo cá-taro de Tolosa, habría bajado desde la seguridad de Montségur a hacer una discreta visita a algún creyente. Los criados hicieron cautas indaga­ciones en las casas de los que compartían en silencio la fe de su señora. Regresaron a tiempo con lo que habían estado buscando: un perfecto que administró el consolamentum a la enferma y acto seguido se mar­chó tan furtivamente como había llegado.

Un miembro de la casa no regresó. Se había apresurado a través de la ciudad hasta el monasterio dominico y entrado en su capilla. Re­corrió el deambulatorio y llamó a la puerta de la sacristía.

Guillaume Pelhisson, inquisidor dominico cuyas memorias del Languedoc inmediatamente después de acabar la cruzada de los albi-genses nos ofrecen un retrato vivo de las alteradas circunstancias de la vida en Tolosa, seguramente ese día se hallaba en la sacristía. Con Pel­hisson y sus compañeros frailes estaba Raymond du Fauga, obispo de Tolosa, también dominico. Éste se estaba cambiando las vestiduras con las que había acabado de decir misa en honor del recién canonizado Domingo. El 5 de agosto de 1234 fue la primera vez que se celebró la festividad del santo.

Raymond, Guillaume y los otros frailes de la sacristía escucharon el relato del visitante: una creyente catara, en el delirio de la agonía, ya­cía en su cama sólo a unas cuantas puertas de la catedral. El obispo envió a un criado en busca del prior de los dominicos, que estaría toman­do su comida de mediodía. El obispo Raymond siempre había sido propenso a los gestos grandiosos; su acto inaugural al suceder al falleci­do Fulleo en 1232 había consistido en intimidar a Raimundo VII de Tolosa para que persiguiera y ejecutara a noventa perfectos en la mon­taña Negra. Cabía la posibilidad de representar un espectáculo igual de instructivo para el populacho de Tolosa.

Según Pelhisson, el sirviente traidor condujo al obispo, al prior y a los otros dominicos a la casa de la mujer. Subieron las estrechas esca­leras y entraron en su dormitorio. Al ver llegar a los frailes, sus parien­tes se retiraron tras las sombras. Hacía tiempo que los integrantes de la familia política de la moribunda, los Borsier, eran sospechosos de here­jía. Uno de ellos susurró un aviso dirigido al lecho de la mujer: había llegado el «señor obispo».

Al parecer, ella no entendió bien, pues se dirigió a Raymond du Fauga, el obispo católico, como si fuera Guilhabert de Castres, el cáta-ro perfecto.

El obispo Raymond no la sacó de su error. En lugar de ello, fingió ser el hombre sagrado cátaro para que la mujer se condenara aún más. Mientras los demás presentes miraban, Raymond la interro­gó con todo detalle, obteniendo de ella una plena confesión de su fe herética. El hombre se quedó de pie frente a la cama y, según Pelhis­son, exhortó a la moribunda a permanecer fiel a sus creencias. «El miedo a la muerte no debe haceros confesar nada distinto de aquello en que creéis firmemente y de corazón», le advirtió el obispo con fin­gida preocupación por su alma. Cuando la mujer asintió, él reveló su verdadera identidad y la declaró hereje impenitente que debía ser eje­cutada de inmediato.

Dado que estaba demasiado débil para moverse por su propio pie, ataron a la mujer a la cama, que después bajaron por la escalera a la calle. Raymond encabezó la curiosa procesión frente a su catedral y hasta un campo que había detrás de las puertas de la ciudad. A la espe­ra de su llegada, se había encendido una hoguera. La noticia del espec­táculo se difundió por todo Tolosa. Se juntó una gran multitud que vio, boquiabierta, cómo una mujer apenas consciente, a unas horas de fallecer de muerte natural, era arrojada a las llamas.

«Una vez hecho esto –señaló el testigo dominico–, el obispo, junto con los monjes y sus sirvientes, regresaron al refectorio y, tras dar gracias al Señor y santo Domingo, dieron buena cuenta de la comida con talante animoso.»

El pontificado de Gregorio IX, iniciado en 1227, marcó una enardecida nueva salida en la carrera por acallar a los disidentes. Empe­zó a ganar terreno la idea de un tribunal permanente papal, no episco­pal, para la herejía. Antes de la ascensión de Gregorio al poder de Roma, el cometido de descrubrir librepensadores correspondía a los obispos. Durante los cincuenta años precedentes, sucesivos papas ha­bían exhortado una y otra vez a sus virreyes a que detuvierah y juzga­ran herejes en tribunales especiales. Tras la declaración de culpabilidad, el condenado, tal como expresaba un eufemismo clerical, «se relajaría en el brazo secular», es decir, sería entregado a la nobleza local para su pronta incineración. El único problema que había con estos tribunales diocesanos era su carácter excepcional. La mayoría de los obispos care­cían del vigor intelectual, y acaso del ánimo, para emprender una ma­tanza ininterrumpida de las ovejas descarriadas de su rebaño. Pese a la importante elaboración de doctrina que se llevó a cabo en Letrán en 1215, muchos obispos aún no estaban muy seguros de lo que consti­tuía exactamente herejía; otros transigían o eran complacientes debido a los lazos de parentesco con las familias más destacadas de su diócesis, y otros, simplemente, eran corruptos. En el sermón de apertura del cuarto Concilio de Letrán Inocencio había expresado sus frustraciones: «Sucede a menudo que los obispos, debido a sus múltiples preocupa­ciones, placeres de la carne o inclinaciones belicosas, así como por otras causas, en especial la pobreza de su formación espiritual y la falta de celo pastoral, son incapaces de proclamar la palabra de Dios y de do­minar a su gente.»2 No habría vigilancia efectiva de las almas mientras se encargaran de ello los obispos.

Al igual que su fallecido pariente Inocencio, Gregorio IX quería resultados a una escala continental. Se concedió un amplio poder judi­cial a los legados papales especiales, a quienes se envió por toda Europa para reprimir la herejía. Por desgracia, algunos de los hombres elegidos para esas funciones pronto demostraron ser enfermos sociales con exce­so de celo. Robert le Bougre, el Sodomita (epíteto que sugiere que era un converso del catarismo), sembró el terror en el hasta entonces pací­fico norte de Francia. En Renania, se encargó la tarea al siniestro Conrado de Marburgo.3 Al parecer, allá donde iba Conrado permanecían ocultas multitudes de insospechados herejes: en iglesias y castillos, pue­blos y feudos, conventos y ciudades. Cientos, acaso miles, fueron en­viados a la hoguera, a menudo el mismo día en que habían sido acusa­dos. Como si desempeñara conscientemente el papel de loco malvado, Conrado cabalgó a lomos de su muía por Renania con un séquito de dos personas: un austero fanático llamado Dorso, y un laico manco y tuerto de nombre Juan. El aspecto del feroz trío realzaba aún más el espanto que provocaban. El 30 de julio de 1233, un exasperado fraile franciscano los interceptó y dio muerte a Conrado de Marburgo. En vez de provocar una cruzada, como había sucedido con Pierre de Cas-telnau en 1208, ese asesinato de un hombre del Papa sólo originó una hipócrita carta de Gregorio a los arzobispos de Trier y Colonia sobre los excesos de su enviado especial: «Nos preguntamos por qué habéis permitido que procedimientos legales de esta inaudita naturaleza se ha­yan producido tanto tiempo entre vosotros sin ponernos al corriente de los mismos. Es nuestro deseo que estas cosas dejen de tolerarse y decla­ramos estos procesos nulos y sin valor. No podemos permitir el sufri­miento que habéis descrito.»4

En el Languedoc, donde había efectivamente cientos de herejes, Gregorio demostró tener menos escrúpulos. El y el cardenal Romano habían tenido mucho esmero en proveer a los palacios episcopales del sur de prelados despiadados como el obispo Raymond du Fauga. Quien delatara a un hereje recibiría una recompensa que haría efectiva la ya eXIgua tesorería del conde Raimundo. Las propiedades confisca­das se dividían entre el informador, la Iglesia y la corona. El señuelo del dinero manchado de sangre pudo haber inducido a los criados de la moribunda de Tolosa a entregar a su señora al que fue su desdichado final.

No obstante, para terminar el trabajo iniciado por la cruzada, la Iglesia no podía contar sólo con la vileza espontánea de la naturaleza humana. Gregorio no esperaba que un goteo de traiciones se transfor­mara en un torrente. Sólo imaginaba una administración bien organi­zada responsable únicamente ante el Papa y rigurosa en la ejecución de sus misiones investigadoras. Para ello se precisaban hombres de una probidad y una devoción irreprochables. Una generación antes, Ino­cencio había dirigido su atención al Languedoc y recurrido a los cister-cienses. Su sobrino, considerando que los monjes de Cíteaux eran una

fuerza debilitada, pensó en los dominicos. Los hombres de Inocencio fueron a debatir y a convertir; los de Gregorio, a perseguir y castigar. En la primavera de 1233, se nombraron inquisidores papales en Tolo­sa, Albi y Carcasona. Tendrían sucesores en distintas partes de Europa y Latinoamérica durante más de seiscientos años.

Se preguntará al acusado si en algún lugar ha visto o conocido a uno o más herejes, sabiendo o creyendo que eran tales por su nombre o reputación: dónde los ha visto, cuántas veces, con quién y cuándo [...] si ha tenido algún trato familiar con ellos, cuándo y cómo, y quién los presentó [...] si ha recibido en su propia casa a uno o más herejes y, en ese caso, quiénes y qué eran; quién los llevó allí; cuántas veces se quedaron en casa del acusado; qué visitas recibieron; con quién se marcharon, y dónde fueron [...] si hizo adoración ante ellos, o vio que otras personas los adoraran o les hicieran reverencia al modo hereje [...] si les dio la bienvenida, o vio que alguna otra persona lo hiciera, a la manera de los herejes [...] si estuvo presente en la iniciación de alguno de ellos y, en ese caso, cuál fue la forma de iniciación; cuál era el nombre del hereje o los herejes; quién estaba presente en la ceremonia y dónde estaba la casa en que yacía la persona enferma [...] si la persona iniciada hizo algún legado a los herejes, en cuyo caso qué y cuánto, y quién redactó el documento; si se hizo adoración ante el hereje que realizó la iniciación; si la perso­na sucumbió a su enfermedad y, en ese caso, dónde la enterra­ron; quién llevó allá al hereje o los herejes y quién los acompañó al salir.5

El anterior extracto, entresacado de un interrogatorio mucho más extenso, da fe de la paralizante minuciosidad de la Inquisición, constituida expresamente para destruir a los cataros. A continuación se citó a cientos, miles de personas para que testificaran ante los inquisi­dores y sus escribanos. Las preguntas eran reiterativas, concebidas para crear en la persona interrogada dudas sobre qué sabía exactamente el inquisidor y quién se lo había contado. A una persona sospechosa de simpatizar con los cataros no siempre se le informaba de las acusacio­nes que pendían sobre su cabeza; si se le avisaba del peligro, no tenia derecho a saber quiénes eran sus acusadores, y si osaba buscar ayuda legal exterior, también se acusaba a su desafortunado abogado de ser cómplice de herejía. Fuera cual fuese el veredicto del inquisidor –que ejercía las funciones de fiscal, juez y jurado–, no cabía recurso alguno. Además, antes de que se dictara la sentencia, se podía prolongar inde­finidamente, sin explicaciones, la detención de cualquier persona para seguir interrogándola. No era tanto un sistema judicial como una má­quina de crear inquietud.

El inquisitor hereticae pravitatis (inquisidor de depravación heré­tica) rompió los lazos de confianza que mantenían unida la sociedad civil. Informar sobre el vecino de uno llegó a ser no sólo un deber sino también una estrategia de supervivencia. Durante cien años, desde 1233, el inquisidor fue un elemento espantoso de la vida en el Langue-doc, y su llegada a ciudades y pueblos, la ocasión para contemplar ex­hibiciones degradantes de hundimiento moral. En teoría no se podía castigar a nadie si no hablaba; el inquisidor no podía actuar si no me­diaba una denuncia. En la práctica, ninguna comunidad, en especial las ciudades medievales tiranizadas por rivalidades, poseía la necesaria cohesión sin fisuras para combatir el poder de un tribunal sigiloso.

El inquisidor llegaba a la ciudad y consultaba a los clérigos. Se requería a todos los hombres de más de catorce años y a las mujeres de más de doce que hicieran profesión de fe ortodoxa; los que no lo ha­cían eran los primeros en ser interrogados. En su sermón inaugural, el inquisidor invitaba a las personas de la zona a pensar bien en sus acti­vidades pasadas y presentes y a que se presentaran a la semana siguien­te para hacer declaraciones confidenciales. Tras su período de gracia de siete días, los pecadores que no se hubieran denunciado a sí mismos recibirían una citación judicial. Los renuentes corrían peligro de recibir un castigo severo, desde la pérdida de propiedades hasta la pérdida de la vida. Aparte del crimen de ser un perfecto, merecedor de la pena ca­pital, entre los delitos se incluían dar cobijo a los perfectos, «adorarlos» (realizar el saludo del melioramentum) o, simplemente, no denunciar a la Iglesia casos de herejía. Las pruebas de verdadera abjuración del error se hallaban en el número de personas a las que los pecadores arrepenti­dos estaban dispuestos a traicionar. La Inquisición quería nombres… elaborar un inventario de la red del catarismo que había sobrevivido a la cruzada.

Naturalmente, los poco escrupulosos comparecieron enseguida para informar contra sus enemigos personales, tanto si eran crecientes como si no lo eran. Esta lista inicial al menos le sirvió al inquisidor como base para crear un clima de miedo. Después se citaba a los de­nunciados, que a veces eran encarcelados y siempre intimidados para que dieran más nombres. La investigación se ampliaba, se detenía a ca­taros y católicos por igual… y sólo el inquisidor sabía qué acusaciones habían sido corroboradas. Para condenar a un individuo que negara cualquier relación con la herejía el inquisidor precisaba el testimonio de al menos dos testigos.

A menudo la gente se abandonaba a la merced del tribunal ad­mitiendo transgresiones de poca importancia –por ejemplo, haber dado un trozo de pan a un perfecto– en un pasado lejano, con la es­peranza de que acciones herejes más recientes quedarían así en cierto modo disimuladas. Cuando se les presionaba, como de costumbre, para que dieran nombres, los astutos crecientes recitaban una larga lista de fallecidos, con lo que cumplían con su obligación de señalar a tan­tas personas como fuera posible al tiempo que salvaban a los vivos del castigo.

Los inquisidores tenían una respuesta a esa táctica. Desenterraban y quemaban a los muertos. Ante la estupefacción de familiares y ami­gos, los cementerios quedaron patas arriba, y se acarrearon cadáveres en descomposición por las calles mientras los sacerdotes gritaban: «Qui aytalfara, ay tal pendra» (El que haga lo mismo sufrirá el mismo desti­no).6 Esas hogueras macabras eran sólo el principio. Si el cadáver en lla­mas era muy conocido por haber albergado a un perfecto, destruían su casa, con independencia de quién estuviera ocupándola. Según fuera la gravedad de la sentencia post mortem, el inquisidor desheredaba a algu­nos descendientes del condenado y les embargaba sus propiedades y castillos para financiar las investigaciones. A otros los encarcelaban, los obligaban a que se cosieran grandes cruces amarillas en la ropa como signo de su infamia familiar o les imponían duras penitencias. Y algu­nos hablaban, pese a estar todavía afligidos por las indignidades come­tidas en los cuerpos y almas de sus parientes difuntos. Los archivos de la Inquisición empezaron a llenarse de nombres de vivos.

Se odiaba a los dominicos. En Albi, casi mataron a palos al in­quisidor Amoldo Catalán cuando se puso a desenterrar cadáveres. Los hombres armados del obispo tuvieron que intervenir para impedir que los ciudadanos lo arrojaran, inconsciente, al río Tarn. En la cercana

Cordes, población fortificada fundada por Raimundo VII en 1222, los enfurecidos aldeanos mataron a dos agentes del inquisidor tirándolos a un pozo. En Moissac, un centro de peregrinación junto al Garona don­de los inquisidores Pierre Seila y Guillaume Arnold lograron quemar en la hoguera a doscientas diez personas vivas, monjes cistercienses compasivos ocultaron a algunos herejes. Aunque esos tribunales papa­les se atenían a las costumbres legales inmisericordes de la época, eran considerados algo nuevo y malévolo, algo cuya finalidad era transfor­mar un agotado Languedoc en una tierra de renegados y colaboracio­nistas. Nadie estaba seguro a menos que hiciera daño a sus vecinos.

CAPÍTULO 16

Reacción violenta

Según la crónica de Guillaume Pelhisson, un día de 1233, un jornalero llamado Jean Textor gritaba en una calle de Tolosa mientras la Inquisición estaba interrogándolo: «¡Señores, escuchadme! No soy he­reje, pues tengo esposa y me acuesto con ella. Tengo hijos, como carne, miento y blasfemo y soy un cristiano fiel. Así que no permitáis que digan esas cosas de mí, pues creo de veras en Dios. Os pueden acusar a vosotros tanto como a mí. Estad atentos, pues estos malvados quie­ren echar a perder la ciudad y a sus hombres honrados y quitársela a su señor.»

La gente se detuvo a escuchar, rió y después aplaudió. El temera­rio jornalero estaba expresando de viva voz lo que la mayoría en la ciu­dad susurraba en privado. Los hermanos Pierre Seila y Guillaume Ar­nold no le vieron la gracia. Llamaron a sus hombres de armas, y enseguida Jean Textor estuvo encadenado en la prisión.1

No es que nadie esperara que los principales inquisidores de Tolo­sa se mostraran clementes ante una crítica, al margen de lo humilde de la misma. Antes de ser uno de los primeros acompañantes de Domingo, Seila había sido un rico burgués y seguidor del odiado Fulko. En 1215, la familia de Seila había hecho el primer legado a indigentes domini­cos: una gran residencia urbana en el centro de Tolosa. El joven colega de Seila, Guillaume Arnold, era un entusiasta hermano de la ciudad de Mont-pellier. Cuando al fin la Inquisición llegó a ese baluarte de la ortodoXIa católica en 1234, una de sus primeras acciones no tuvo nada que ver con los cataros ni otros herejes. A petición de los conservadores judíos de la ciudad, los dominicos arrojaron las obras del gran pensador sevillano Moisés Maimónides a una enorme hoguera de libros prohibidos.2

Seila y Arnold no perdieron tiempo haciendo enemigos. Tras re­cibir su encargo papal en 1233, enseguida eligieron como blanco uno de los más destacados perfectos de Tolosa, Vigouroux de la Bacone. Antes de que sus numerosos aliados y amigos pudieran solidarizarse en su defensa, Vigouroux fue juzgado, condenado y quemado en la ho­guera. Después siguió una impropia borrachera de dos años de exhu­mación de cadáveres combinada con encarcelamientos terminantes. Para hacer el trabajo físico de detener, encarcelar y ejecutar, los dos frailes tuvieron que obligar a la autoridad secular de Tolosa a cumplir sus órdenes bajo amenaza de procesamiento a aquellos que osaran in­cumplirlas. Según Roma, negarse a obedecer a la Inquisición era un delito tan espiritual como la herejía. Por tanto, era competencia de los tribunales de la Iglesia, no de los seculares. Para conseguir los hombres armados necesarios, el inquisidor utilizaba toda la pompa de la intimi­dación clerical: amenaza de excomunión, interdicto, expropiación.

El conde Raimundo VII y sus cónsules, temerosos de que otra vez les cayera la guerra encima, transigieron de mala gana con los do­minicos hasta que la situación se hizo insoportable. Raimundo escribió al papa Gregorio IX diciéndole que los inquisidores eran tan pernicio­sos que parecían «esforzarse por conducir a los hombres al error y no a la verdad». Se quejó también a París, de manera tan convincente que Blanca de Castilla, la regente que había dominado el sur, envió su pro­pia carta a Roma. Según contaron Raimundo y Blanca al Papa, los in­quisidores del Languedoc habían traspasado los límites de la dignidad cristiana.

Aunque respaldaba a sus revoltosos dominicos, Gregorio se en­contraba en una posición precaria para imponer su voluntad. Por en­tonces se producía un forcejeo político con el emperador alemán sobre las posesiones temporales del pontificado. Irónicamente, quien creaba dificultades al Papa era el hombre que, de niño, había estado bajo la custodia de Inocencio después de que el emperador Enrique VI murie­ra como consecuencia de la picadura de un mosquito en 1197. Era un cambio desastroso para la Iglesia, y Federico II, ahora emperador y en la flor de la vida, surgía como una gran amenaza para Roma. Conocido como Stupor Mundi (la maravilla del mundo), Federico era un monar­ca políglota, excéntrico y dinámico que, desde su corte multicultural en Sicilia, trataba de expandir su influencia por toda Europa. Además entraba en conflicto una y otra vez con el papado sobre el control de ciudades del Mediterráneo. Para enfrentarse a ese carismático enemigo, Gregorio buscó ayuda donde fuera… incluso en el hereje Languedoc. Ante esa oportunidad, el conde Raimundo se declaró dispuesto a frustrar los planes de Federico en la Provenza si el Papa reclamaba a sus perros in­quisitoriales.

Así, a mediados de los años treinta del siglo xm, se asistió a un tira y afloja a tres bandas entre Roma, Tolosa y la Inquisición. De vez en cuando el pontífice aconsejaba a sus inquisidores en Tolosa que fue­ran menos severos, incluso que se desplazaran a zonas más remotas del Languedoc para evitar las fricciones que se creaban en las ciudades. El conde y sus seguidores, alentados por los ciudadanos, endurecieron su resistencia a los dominicos. Los herejes más afortunados –muchos del entorno de Raimundo simpatizaban con los cataros– desaparecían de la ciudad como por arte de magia cuando los ujieres municipales iban a detenerlos. Pero estos trucos sólo sirvieron para enfurecer y envalen­tonar a los inquisidores. En el otoño de 1235, al año siguiente de que el obispo Raymond du Fauga quemara en la hoguera a la anciana que se hallaba en su lecho de muerte, los dominicos tuvieron la mira pues­ta en varios cónsules de la ciudad. La respuesta no tardó en llegar. En octubre, los inquisidores fueron expulsados de Tolosa; al mes siguiente, el resto de los dominicos –contando el obispo– tuvieron que huir de la ciudad bajo una lluvia de piedras arrojadas por una multitud que los abucheaba. Una vez a salvo en la real Carcasona, los trastornados frai­les, como cabía esperar, excomulgaron a sus enemigos y colocaron a Tolosa bajo interdicto.

El Papa, tras enviar una dura carta a Raimundo, suspendió el in­terdicto y ordenó a los inquisidores que regresaran a Tolosa. Mientras el resignado padre de Raimundo habría sido duramente censurado por permitir aquellas conductas, el conde se libraba de la furia papal por­que era necesario como aliado. Para compensar el sentimiento general, se nombró inquisidor en Tolosa a un franciscano, Étienne de Saint-Thibéry,3 para que trabajara con Seila y Arnold. Los franciscanos te­nían fama de ser más humanos que los dominicos, pero el hermano Esteban pronto hizo que esa idea se desvaneciera, pues en ardor perse­guidor emuló a sus colegas dominicos.

Pese a las presiones del conde, los inquisidores persistieron. En ocasiones recogían como llovidas del cielo oportunas conversiones al ca­tolicismo: dos ex perfectos, Raymond Gros y Guillaume de Soler, dieron a la Inquisición montones de nombres e información sobre sus co­rreligionarios. Esos valiosos informadores, a los que hubo de proteger de la ira de su antigua grey, confirmaron las sospechas de los frailes so­bre el catarismo: que ante la persecución se agudizaba el ingenio. Para evitar que los descubrieran, muchos de los perfectos se despojaron de su sencillo hábito y, si hacía falta, comían carne en público. Incluso acaba­ron con la separación estricta entre los sexos. Ahora algunos hombres y mujeres perfectos se desplazaban en pareja, simulando estar casados. Los hogares y los talleres cataros habían cerrado, y muchos de los per­fectos habían ido a ponerse a salvo en Montségur. Sólo los iniciados sa­bían cuándo había un cátaro sagrado de visita pastoral.

El aumento del disimulo demostró a los inquisidores que los ca­taros hacían trampa. En un razonamiento malabarista del tipo «qué fue primero el huevo o la gallina», llegó a considerarse el engaño una de las principales características de la herejía… pese a que la Inquisición había hecho necesario dicho fraude. En Albi y Carcasona, tras los primeros estallidos de hostilidad contra los dominicos, las autoridades reales francesas pertinentes –los senescales del rey– ayudaron a los cuatro inquisidores en su labor de extirpar la herejía de los antiguos dominios de los Trencavel; a menudo les proporcionaban hombres de armas para su protección. En las áreas controladas por una Tolosa independiente, los hermanos Étienne, Pierre y Guillaume iban por su cuenta, despla­zándose con un reducido séquito de escribanos y clérigos y contando sólo con su capacidad de intimidación para someter a la nobleza local a su voluntad. Cuando no se les permitía entrar en Tolosa, los frailes re­corrían el campo, tomando declaraciones e imponiendo cientos de pe­nitencias y condenas de prisión. Eran metódicos, despiadados y valien­tes, y cruzaban un territorio hostil de un lado a otro mientras crecía el disgusto de la gente corriente del Languedoc.

Raymond Trencavel intentó sacar provecho del mar de fondo de rencor. El hijo de Raymond Roger, el vizconde vencido por Simón de Montfort, había regresado temporalmente a Carcasona en los años veinte del siglo XIii sólo para ser nuevamente expulsado por unos ciu­dadanos aterrados por la proXImidad de la cruzada real. En 1240, reu­nió en Aragón un ejército de eXIliados y marchó a través de los Pirineos para poner sitio a su capital. Era otra vez como en 1209, salvo que en esta ocasión los papeles estaban cambiados: ahora los franceses estaban dentro de Carcasona y los occitanos fuera. Como en 1209, los sitiadores se concentraron primero en Bourg y Castellar, los suburbios que había fuera de las murallas. Sus habitantes abrieron las puertas sin pre­sentar batalla: la soberanía francesa y la Inquisición contaban con po­cos aliados locales.

No obstante, esta vez Carcasona resistió. Después de un intenso asedio de treinta y cuatro días durante el cual Trencavel lanzó ocho asaltos distintos desde los suburbios, los occitanos se retiraron cuando el ejército francés procedente del norte llegó a toda prisa para atacarlos. Entonces, el desposeído conde fue a la cercana Montréal, que a su vez estaba sitiada por los franceses. La lucha fue tan violenta que ambas partes pactaron una tregua, y finalmente Trencavel renunció a sus dere­chos sobre Carcasona. Acabó como pequeño terrateniente cerca de Béziers y, por extraño que parezca, también como cruzado en Egipto peleando al lado del rey de Francia.

Raimundo VII de Tolosa no había ayudado a Trencavel en su re­vuelta, sobre todo porque no quería correr el riesgo de encolerizar a Blanca de Castilla y al papa Gregorio. Dos años después, la situación había cambiado y él no tenía nada que perder. El Papa había muerto, y con él se había esfumado toda posibilidad de conseguir la anulación de su matrimonio. El conde estaba desesperado por tener un heredero va­rón. La cláusula de sucesión incluida en su penitencia de Notre Dame en 1229 establecía que, a su muerte, el condado de Tolosa pasaría a su hija y su marido Capeto, Alfonso de Poitiers, aunque Raimundo tuvie­ra descendencia masculina. Esta inusual cláusula, pensada para asegu­rar el dominio francés sobre Tolosa, podría llegar a parecer injusta y, a la larga, insostenible si efectivamente hubiera un muchacho que recla­mara el patrimonio de los Saint-Gilíes. De ahí el deseo de Raimundo de una nueva esposa, joven, que pudiera darle los hijos que su cónyuge actual, Sancha de Aragón, ya no podría tener por la edad.

El fallecimiento del papa Gregorio frenó indefinidamente sus intentos de cambiar de pareja. El emperador Federico había provoca­do en el papado tal confusión que por el momento no había nadie en el trono de Pedro para conceder favores, fueran éstos poner freno a la Inquisición o liberarle a él de su compromiso matrimonial. Ya no era tiempo de diplomacias; su única oportunidad de llegar a ser amo de su propia casa y señor de un Languedoc sin franceses ni terror clerical pasaba por recurrir a la fuerza. En la primavera de 1242, el conde de Tolosa reunió a sus conspiradores. Entre ellos estaba su primo, el rey

Enrique III de Inglaterra, y Hugues de Lusignan, el más destacado señor de Aquitania. Junto a un gran número de nobles del Langue-doc impacientes por enfrentarse a los franceses, planearon poner fin a la ocupación del sur. Se dio la señal de la revuelta en la festividad de la Ascensión.

El 28 de mayo de 1242, Étienne de Saint-Thibéry y Guillaume Arnold se detuvieron en Avignonet, una ciudad fortificada de la región situada entre Tolosa y Carcasona.4 En el centro del catarismo del Lan-guedoc, los dos inquisidores se habían abierto camino por los pueblos de Saint-Félix de Lauragais, Laurac, Saissac y Mas-Saintes-Puelles, re­cogiendo confesiones que los ocho escribanos que iban con ellos remi-. tirían a los archivos de la Inquisición. El franciscano y el dominico via­jaban sin guardaespaldas. Los muchos crecientes de la zona seguramente contemplaban con terror a ese pequeño grupo de clérigos católicos, pues los inquisidores a menudo ejercían su poder y enviaban a simpa­tizantes cataros a la llamada muralla, la mazmorra de Carcasona donde los presos se hacinaban en un espacio frío y húmedo y apenas sobrevi­vían a base de pan y agua. En una tierra en que los perfectos habían predicado durante generaciones –la gran asamblea catara de 1167 se había celebrado en Saint-Félix–, los culpables se contaban por miles.

En la víspera de la festividad de la Ascensión, el anfitrión de los inquisidores era Raymond de Alfaro, administrador del conde de Tolo­sa en Avignonet. De Alfaro, casado con la hermanastra bastarda de Rai­mundo VII, era un personaje importante en el Languedoc y confiden­te de su cuñado. Aunque no eXIste ningún documento que dé fe de la complicidad de Raymond en los hechos de Avignonet, es muy impro­bable que ese administrador emprendiera acción alguna sin que el con­de lo supiera y aprobara de antemano.

De Alfaro alojó a sus visitantes en el aposento central de la torre de homenaje del castillo, lejos de las viviendas de la gente de la ciudad. Cuando anocheció, uno de sus hombres, Guillaume-Raymond Golai­ran, visitó a los frailes y observó que estaban cenando. Unas horas des­pués, Golairan volvió a la torre y comprobó que los inquisidores y sus ayudantes se habían acostado.

Entre esas dos pruebas de aparentemente solícita hospitalidad, Golairan cabalgó fuera de la ciudad hasta un soto conocido como Bosque de Antíoco. Allí, tal como estaba dispuesto, se reunió con un desta­camento guerrero de Montségur, varios hombres bien armados que nor­malmente protegían el refugio de los perfectos en las sombras de los Pi­rineos. Su jefe, Pierre-Roger de Mirepoix, caminó entre sus guerreros y eligió a los que acompañarían a Golairan a Avignonet. Él se quedó, en la obscuridad del Bosque de Antíoco, al acecho, por si aparecía de pron­to un grupo de caballeros franceses cabalgando camino de la ciudad. Unas cuantas docenas de hombres se pusieron en marcha en el crepúsculo tras su guía. De no ser por las hachas de combate que colga­ban de sus cintos y los jinetes que cubrían la retaguardia se les podía haber confundido con jornaleros que regresaran tarde de los campos. Cuando llegaron a Avignonet, la obscuridad de la noche los había engu­llido. Los caballeros desmontaron, y un mozo de cuadra condujo los caballos a un prado que se hallaba a una distancia prudencial de las fortificaciones. Los hombres de Montségur se ocultaron detrás de un matadero situado fuera de las murallas.

Golairan, tras hacer su segunda visita a la torre del castillo, regre­só y abrió la puerta de entrada a Avignonet. Los hombres armados en­traron furtivamente y se deslizaron por las calles de la ciudad. Anduvie­ron a paso rápido por los adoquines, dejando a un hombre en cada callejón para cubrir la retirada. En la entrada principal del castillo, es­perando para unirse a ellos, había un grupo de treinta ciudadanos ar­mados con garrotes y cuchillos de carnicero.

Dirigidos por Guillaume de Lahille, Guillaume de Balaguier y Bernard de Saint-Martin, los crecientes cataros de Montségur y Avigno­net entraron en el patio del castillo y se encaminaron a la torre de ho­menaje. Tras subir las escaleras y bajar los sinuosos pasillos de piedra en silencio, el guía los condujo a la enorme puerta de roble de los aposen­tos de los inquisidores. Bernard de Saint-Martin, que había sido con­denado a la hoguera en ausencia, levantó un hacha de dos filos y la blandió con fuerza.

Dentro resonó un estampido ensordecedor. Según la leyenda pia­dosa, el hermano Etienne cayó de rodillas y empezó a cantar con voz trémula: Salve Regina…

La puerta se abrió de golpe. Docenas de hombres entraron en tro­pel, con sus hachas cortando la obscuridad. Los cuchillos daban tajos, los garrotes bajaban una y otra vez, hasta que cesó el último gemido sordo. A la luz de las antorchas, los asesinos se apropiaron de candeleros, dinero, una caja de jengibre y, acto seguido, arrebataron a los muertos sus escasas pertenencias. Manos febriles rebuscaron en un cofre de madera y encontraron un archivo de la Inquisición que hicieron pedazos; con un tizón llameante prendieron fuego al montón de nombres. Cuando la ceniza de los centenares de temerosas confesiones hubo llegado al techo para después posarse en las baldosas ensangrentadas, los hombres de las hachas ya se habían ido.

Más tarde, aquella misma noche, en el Bosque de Antíoco, Pie-rre-Roger de Mirepoix dio un fuerte abrazo a uno de sus amigos de la expedición a Avignonet. Años después, un testigo ocular declaró a la Inquisición que Roger había preguntado: «¿Dónde está mi copa?»

«Está rota», contestó el hombre. El señor de Montségur rió y ex­clamó: «¡Traidor! ¡La habría reparado con un anillo de oro y bebido de ella cada día de mi vida!»

La copa de la que hablaban los dos hombres era el cráneo de Guillaume Arnold, que se había roto en Avignonet.

CAPÍTULO 17

La sinagoga de Satán

La noticia de la matanza se difundió con rapidez mientras sus autores volvían a Montségur dando gritos de alegría. En el sur, pocos se apenaron por los inquisidores muertos; hay incluso constancia de que un cura de pueblo hizo repicar las campanas de su iglesia.

En cuestión de días, los aliados de Raimundo se dirigieron a pa­lacios episcopales, casas de dominicos y castillos en poder de los france­ses y obligaron a sus ocupantes a huir si querían salvar la vida. El bru­tal asesinato había despertado a miles de un letargo de miedo e inacción. Desde Tolosa hacia el este a través de Lauragais y el Miner-vois, por todo el territorio hasta Narbona y Béziers, pueblos y ciudades se sublevaron contra los guardianes del vergonzozo tratado de 1229. El Languedoc luchó para restablecer su dignidad y sus tradiciones menos­preciadas, y durante un tiempo lo consiguió. A finales del verano de 1242, el conde Raimundo podía afirmar que había recuperado su pa­trimonio y se habían terminado los insistentes interrogatorios de la In­quisición.

Fue en el oeste donde salieron mal los proyectos de Raimundo. Enrique III de Inglaterra planeaba desembarcar en Aquitania y des­pués marchar al norte a hostigar a los franceses y reconquistar el te­rritorio de Poitou, al que su hermano Ricardo de Cornualles tenía le­gítimo derecho. Los Plantagenet de Inglaterra, de habla francesa, creían que lo que es ahora la Francia occidental era legalmente suyo. (La Guerra de los Cien Años, de 1337 a 1453, resolvería finalmente la cuestión en favor del rey de Francia.) Por desgracia para la causa de la independencia del Languedoc, la campaña del rey Enrique no sólo no logró derrotar a los franceses, sino que apenas distrajo la atención de éstos de la revuelta del conde Raimundo. Incapaz de convencer a sus agresivos barones de la sensatez de la empresa, Enrique había arri­bado al suroeste con una fuerza de caballeros irrisoriamente peque­ña… y enseguida fue derrotado por un gran ejército real francés en Taillebourg, cerca de Burdeos.1 Ulteriores reveses a lo largo del vera­no indujeron al otro conspirador, Hughes de Lusignan, a cambiar su alianza y volverse contra Tolosa. El conde Raimundo, nuevamente aislado, se preparaba para otra larga guerra de desgaste mientras un ejército francés se abría paso desde Aquitania hasta las fronteras del Languedoc.

No todo el mundo estaba dispuesto a soportar otra década de desastres. Roger Bernard de Foix consideró que la insensata rebelión es­taba condenada al fracaso. En una jugada que dejó estupefactos a sus vecinos, en el otoño de 1242, el conde de Foix negoció una paz separa­da con los franceses. Nadie esperaba eso de la familia más belicosa del Languedoc; el viejo Raymond Roger había luchado contra la cruzada toda su vida, y su hijo Roger Bernard se había distinguido en el sitio de Tolosa de 1217-1218. Ahora, el mismo Roger Bernard, hijo y sobrino de mujeres perfectas, apuñalaba por la espalda al resto del Languedoc al aliarse con los odiados Capetos. El hombre que había crecido destri­pando franceses se convertía en compañero de armas de éstos. No po­día haber traición más triste para la ciudad y los amigos de Tolosa que la deserción de Foix.

Raimundo VII se dio cuenta de que no tenía sentido sacrificar a su pueblo en un conflicto en que no había posibilidad alguna de ven­cer. Con Foix como adversario estaba derrotado de verdad, y su causa, ahora y en los años venideros, carecía de toda perspectiva. Sería el últi­mo de su linaje. En enero de 1243, Raimundo y Luis firmaron un tra­tado que restablecía el statu quo anterior.2 La relativa indulgencia de sus condiciones –el acuerdo venía a ser una palmada en la muñeca– dejaba claro que todas las partes sabían que esta derrota era la última y que la otrora poderosa familia Saint-Gilíes había sido castrada por la Iglesia y la corona. Esta vez no hacían falta flagelaciones en Notre Dame ni ninguna otra alegoría de la vileza.

La sublevación había sido un fracaso general. El extraordinario vendaval de venganza que había rugido en el Languedoc tras los asesi­natos de Avignonet acabó en una simple tormenta de verano. Los re­beldes volvieron a sus quehaceres, gachas las cabezas y aguzados los oídos para oír las pisadas de los frailes en sus pueblos y ciudades. Los sus­tos de 1242 estaban casi olvidados.

No obstante, la Iglesia recordaba a sus muertos. Aunque nunca podría encontrar a todos los proscritos responsables del asesinato de Avignonet, tenía que asegurarse de que ese crimen jamás se repetiría, de que los inquisidores podían llevar a cabo su cometido sin temer por su vida. Sólo había un lugar en todo el Languedoc que desafiaba públi­camente a la Iglesia. Por lo general, los clérigos se referían a él como «la sinagoga de Satán». En un cónclave celebrado en Béziers en la primave­ra de 1243 se decidió que había que destruir Montségur.

Desde que en 1204 Raymond de Pereille reconstruyera el castillo en lo alto de Montségur, el aislado nido de águilas había servido repe­tidas veces de refugio a los perfectos. Raymond, un señor local en cuya familia había varios ascetas cataros, había sido testigo de cómo la po­blación de su pueblo aumentaba o disminuía en función de las vicisitu­des de la guerra en las tierras bajas. Desde su altura de trescientos me­tros, veía cómo los perfectos se escabullían por los valles arbolados hasta su escondrijo seguro, para abandonarlo nuevamente varios meses o años después y dirigirse al norte a difundir su sencillo mensaje de paz. Al sur de Montségur se levantaba la gran pared de piedra de los Pirineos, ,donde las sombras de las nubes se desplazaban sobre las tortu­radas laderas del monte Saint-Barthélemy.

La llegada de la Inquisición llevó a Montségur multitud de nue­vos habitantes. A principios de los años treinta del siglo XIH, Guilhabert de Castres, el respetado obispo cátaro de Tolosa, preguntó oficialmente a Raymond de Pereille si su pueblo fortificado podría convertirse en el centro de la fe dualista. A finales de la década, cuando Guilhabert mu­rió de viejo y le sucedió Bertrand Marty como guía espiritual, más de doscientos perfectos vivían en chozas y cuevas alrededor del castillo. Eran el corazón, la cabeza y el alma del catarismo del Languedoc. En invierno y en verano, los días pasaban en una incansable rutina de ora­ciones, ayunos y trabajo duro, pues los perfectos, hombres y mujeres, no eran sólo ascetas contemplativos sino también artesanos que fabri­caban objetos como mantas, sillas de montar, herraduras y velas para sustentar su asentamiento. Algunos eran herbolarios y médicos que atendían a los enfermos de los alrededores. Como cabía esperar, el comercio con las granjas y pueblos de los valles de abajo iba más allá de lo meramente material: Montségur también llegó a ser un lugar para retiros espirituales. Credentes de ciudades lejanas hacían sigilosas pere­grinaciones a una comunidad plantada a mitad del camino entre el cie­lo y la tierra.

Los doscientos perfectos no estaban solos en su montaña. Junto a ellos, en un número algo inferior, vivía un clan de hombres de armas y caballeros acompañados de sus esposas, hijos y amantes. Muchos te­nían parientes entre los perfectos; algunos habían sido desposeídos de sus bienes en virtud de la paz de 1229; otros eran mercenarios. El viejo Raymond de Pereille había recurrido a un pariente, Pierre-Roger de Mirepoix, para que compartiera el señorío de Montségur, sobre todo porque el joven, de una destacada familia de credentes, era un entusias­ta de las violentas costumbres de la época. Más adelante, ciertos testi­gos declararon a la Inquisición que, en los tiempos de vacas flacas, Pie­rre-Roger era capaz de dedicarse a actividades bien poco cataras, como el bandidaje, la extorsión o el robo. Había organizado, si no sugerido, la noche criminal de Avignonet.

En la primavera de 1243,3 las aptitudes de Pierre-Roger de Mire­poix fueron más importantes que las de Bertrand Marty y sus compa­ñeros perfectos. Por los pastos alpinos de la ladera oriental de Montsé­gur, empezaron a llegar guerreros de Gascuña, Aquitania y de todas partes del recién sometido Languedoc y establecieron su campamento. Esos caballeros y hombres de armas habían sido convocados en Mont­ségur por Hugo de Arcis, senescal del rey Luis en Carcasona. Los hom­bres del Languedoc le debían a la corona servicio militar feudal, y los franceses y sus aliados clericales habían decidido que ya era hora de lla­mar a filas a su reserva si de verdad querían someter la lejana fortaleza. El asedio estuvo a punto para la festividad de la Ascensión, un año des­pués de la memorable celebración de Avignonet. Esta coincidencia no le pasaría inadvertida a Pedro Amiel, el arzobispo de Narbona, que armó su suntuosamente equipada tienda al pie de Montségur y aguar­dó a que el santuario vomitara su diabólica congregación.

La espera sería larga. Aun siendo miles, los sitiadores no eran su­ficientes para rodear totalmente el perímetro de más de tres kilómetros en la base de la montaña. En muchos lugares, las escarpadas caras roco­sas de Montségur terminaban en falsos barrancos cubiertos de maleza cuyos ocultos desfiladeros era imposible sellar por completo. Aunque la posición de Huso no era ni mucho menos tan mala como la de Simón de Montfort en el gran asedio de Tolosa –no había barcazas por el Garona que abastecieran a los almacenes de Montségur–, la dificultad del terreno hacía imposible el uso de artilugios mecánicos. En las escar­padas laderas de los Pirineos, las temibles catapultas y las altas gatas no servían de nada.

El verano y el otoño acabaron en tablas. Dentro de Montségur, Pierre-Roger de Mirepoix se había atrincherado y había fortalecido bien sus defensas. Como los perfectos no podían combatir, en la cima de la montaña disponía sólo de noventa y ocho combatientes sanos con los que organizar una guarnición defensiva eficaz. Los ejércitos reales trepaban una y otra vez por los caminos de cabra que conducían a la cumbre, aunque enseguida eran rechazados por una lluvia de proyecti­les despedidos de ballestas y catapultas. Espoleados por el senescal y el arzobispo, los atacantes intentaban aferrarse a las laderas cubiertas de aulagas, pero siempre tenían que retroceder a la seguridad del campa­mento de abajo.

Los hombres de Montségur, cuya inferioridad numérica era des-corazonadora, no se atrevían a salir a combatir cuerpo a cuerpo o ten­der emboscadas; por tanto, debían vigilar en todo momento y apuntar con cuidado. Pierre-Roger no podía permitirse cometer ningún error. Cuando alguno de sus hombres recibía una herida mortal, eso signifi­caba que había un par de ojos menos para escrutar en la niebla matuti­na. Llevaban a la víctima a las casas de los perfectos para que recibiera el consolamentum en el lecho de muerte estando presentes los miem­bros de su afligida familia. A lo largo de ocho meses, los acosados de­fensores perdieron casi una docena de hombres por las descargas mor­tales de los arqueros enemigos. A medida que el tiempo se hizo más frío y los suministros de comida menguaron, el trabajo de Bertrand Marty fue haciéndose poco a poco tan importante como el de Pierre-Roger, pues Montségur necesitaba desesperadamente rezar.

Justo antes de la Navidad de 1243, Hugo de Arcis advirtió que el asedio estaba afectando a su tiritante ejército: si no se avanzaba, el sitia­dor se desmoralizaba tanto como el sitiado. Era el momento de correr algún riesgo, y para ello precisaba voluntarios. Un destacamento de montañeses gascones prestó oídos a la llamada de Hugo, por mucho que la misión que se les encargaba era casi un suicidio. Iban a tomar el bastión que había en lo alto del Roe de la Tour, una vertiginosa estaca

de piedra que se elevaba en el punto más oriental de la cadena de Montségur. Al bastión, separado del castillo principal, al oeste, por una ligera pendiente de varios centenares de metros de longitud, no era po­sible acercarse directamente por la más fácil ruta occidental, dado que ello supondría quedar al descubierto ante las defensas. Para alcanzar el Roe, los atacantes debían escalar el risco por el este.

En plena noche, los gascones empezaron a ascender la roca con precaución, por miedo a que el sonido de las piedras que rebotaban en el vacío alertara a los defensores. La subida en la obscuridad era larga y peligrosa, y la tarea de los montañeros se hizo aún más difícil por el peso de sus armas de acero. Pero la temeraria táctica funcionó. Sorpren­dieron a los ocupantes del baluarte y los mataron al instante o los hirie­ron para después arrojarlos a la muerte desde el borde del precipicio. Según relata un cronista, al alba, los victoriosos gascones contemplaron horrorizados el impresionante desnivel y juraron que jamás habrían he­cho el ascenso a la luz del día. La vía que habían tomado era espantosa.4 Dentro de Montségur, se consideró con razón que la caída del bas­tión era un desastre. Bertrand Marty reunió el tesoro del pueblo cátaro –oro, plata y monedas– y ordenó a cuatro perfectos que lo llevaran clandestinamente al valle al amparo de la noche. Pierre-Roger observó que especialistas reales estaban subiendo al Roe componentes de catapul­tas y petrarias; pronto pesados proyectiles de piedra comenzaron a estre­llarse en la barbacana exterior de su fortaleza. Cuando la nieve formaba remolinos, los atacantes se aproXImaban más a Montségur, desplazándo­se inexorablemente por la ligera cuesta, atrincherándose y de nuevo arrastrándose hacia delante. Cada semana que pasaba tenían al enemigo más cerca y estaban más al alcance de sus catapultas. Volaban pedruscos gigantescos que se estrellaban en las murallas o las superaban causando muertos y heridos. En febrero de 1244, el último mensajero en llegar a Montségur desde las tierras bajas animó a los exhaustos defensores a mantenerse firmes, pues el conde Raimundo quizás acudiera en su ayu­da. Corrió incluso el absurdo rumor de que el emperador Federico II en­viaría una fuerza para obligar a levantar el asedio. Cuando, por fin, los fatigados cataros dejaron de creer en la quimera de la liberación, Pierre-Roger salió a negociar. El 2 de marzo de 1244, diez meses después de que ondearan las primeras banderas de la flor de lis y la cruz en los pra­dos que había al pie de la montaña, Montségur se rindió.

Al decir de todos, las negociaciones no duraron mucho. La capi­tulación fue distinta de cualquier otra en las guerras cataras, pues los vencedores se mostraron clementes con los vencidos, señal inequívoca del carácter definitivo de la caída de Montségur. Se declaró una tregua de dos semanas, tras la cual se dejó ir libres a los laicos de la montaña. Se les perdonaron sus pasados crímenes –incluidos los asesinatos de Avignonet–, y sólo estaban obligados a prometer que se someterían a un interrogatorio completo de la Inquisición. Las confesiones de los defensores, recopiladas por un inquisidor catalán llamado Ferrer, nos proporcionan la base de nuestros conocimientos sobre los hechos de Avignonet y de Montségur.

Después estaban los perfectos, para quienes no había clemencia posible. En el Languedoc, la cruzada de los albigenses y la Inquisición habían establecido un aXIoma sombrío e inmutable: dedicar la vida a un credo cristiano fuera de los límites de la ortodoXIa medieval era un crimen que se castigaba con la muerte. Sólo los que renunciaran a la fe catara se salvarían de las llamas de la justicia eclesiástica. Bertrand Mar­ty y sus doscientos compañeros dispusieron de dos semanas para pen­sar sobre una opción escueta: o se retractaban o a la hoguera. Ninguno de los perfectos sugirió pedir misericordia al arzobispo Amiel. Repar­tieron sus escasas pertenencias entre sus vecinos de la montaña y con­fortaron a sus apenados parientes. Mientras a cada día que pasaba menguaba el tiempo que les quedaba en este mundo, los hombres y las mujeres de la fe dualista se fortalecieron ante la atroz muerte que se avecinaba. Desde lo alto de las murallas de Montségur, se veía en el campo de abajo a los hombres del arzobispo, que amontonaban en un gran recinto leña seca recogida en los bosques de alrededor.

El 13 de marzo, domingo, diez días después de iniciado el perío­do de espera de dos semanas, veintiún credentes se acercaron a los per­fectos a pedirles que les administraran el consolamentum. También esta­ban dispuestos a desafiar el fuego. Fue el momento más significativo de la triste epopeya del catarismo, un testamento de la devoción inspirada por las mujeres y los hombres sagrados cuyas prédicas habían convul­sionado una época. Ahora, cuando estaban a las puertas de la muerte, veintiuna personas dieron un paso adelante para unirse a ellos. Fue un __acto de desafío, de solidaridad, de valentía, y, por último, de fe. Aque­llos compañeros en la última hora provenían de todos los niveles de la sociedad feudal.5 La esposa de Raymond de Pereille, Corba, y su hija

Esclarmonde decidieron abandonar a sus nobles familias por el eterno abrazo del bien. Con ellas iban cuatro caballeros, seis soldados (dos con sus respectivas esposas), dos mensajeros, un escudero, un ballestero, un mercader, una campesina y una señora. Los perfectos de Montségur administraron el consolamentum a todos ellos y les dieron la bienvenida a sus filas. Les quedaban tres días de vida.

La lúgubre procesión del 16 de marzo de 1244 empezó de buena mañana. Descendería por el sinuoso sendero que partía de la cima y llegaba a un claro en la base de la montaña. Los dos centenares largos de condenados caminaron dejando atrás las últimas manchas de nieve en la obscura hierba del invierno hasta llegar a una empalizada de tron­cos. Amigos y enemigos miraron. Los guías de la fe catara, descalzos y vestidos sólo con hábitos bastos, subieron las escaleras apoyadas en los muros de madera. Los ataron juntos por grupos, de espaldas a los altos postes que sobresalían del colosal féretro. A una señal del arzobispo, sus hombres arrojaron tizones encendidos al recinto. El suave murmullo de las oraciones quedó ahogado por el sonido crepitante de las llamas, que se propagaban bajo los pies, rizando las primeras ramitas encendidas y prendiendo en los dobladillos de la ropa. En cuestión de minutos, el chisporroteo se había convertido en un gran estruendo oceánico.

A media mañana, un asfiXIante nimbo negro ondeaba a través de los barrancos y los valles que arrancaban de Montségur. Los pastores de las colinas cercanas lo verían elevarse despacio, cargado del hedor del miedo, del dolor y de la inhumanidad del hombre, hacia Dios. El vien­to se llevó la nube y, como tanto tiempo atrás en Béziers, la encumbró a los cielos del Languedoc. Las partículas de humo fueron a la deriva y se dispersaron, y después desaparecieron.

CAPÍTULO 18

Crepúsculo en el jardín del diablo

La fe cedió el paso a la deslealtad. Tras la caída de Montségur, la oración de despedida de los cataros comenzó en serio; el ingente caudal de declaraciones recogidas por los inquisidores a lo largo de las tres ge­neraciones siguientes manaba de una fuente destructora y reiterativa: la traición. Los creyentes en el dualismo ya no provocaban que marcha­ran los ejércitos o que cayeran los monarcas. Los actos públicos del he­roísmo en el campo de batalla y la resistencia comunal fueron sustitui­dos por privadas acciones sórdidas de cobardía y delación; era habitual volverse contra vecinos y familiares para eludir la pobreza, la cárcel o la muerte. Al no estar ya protegidos por los grandes y poderosos, los hu­mildes partidarios del catarismo se hallaban ahora solos ante un juez que no contemporizaría ni toleraría evasivas. No todo el mundo le to­maba gusto al martirio.

El virus de la traición se difundió más rápido y más lejos de lo que nunca lograran las enseñanzas de los perfectos. En Tolosa, en 1247, un creyente cátaro de nombre Pedro García, cónsul y próspero cambista, empezó a reunirse con su pariente Guillaume, fraile francis­cano, para discutir los dogmas de su fe respectiva.1 Las conversaciones se celebraron discretamente en una simple habitación de la casa de los franciscanos; habrían sido imposibles los debates públicos de la época de Domingo. Seguro en compañía de un pariente, García dio rienda suelta a su desdén hacia la Iglesia medieval y al sombrío Dios al que adoraba: «Si pusiera las manos encima a ese Dios que creó tantas almas para salvar sólo unas cuantas y condenar al resto –decía el cátaro–, lo destrozaría con mis uñas y mis dientes.» En cuanto a las pretensiones de equidad por parte de la Iglesia, García recordó el pasado reciente y a continuación proclamó una idea que aún hoy es adelantada a su épo­ca: «La justicia no puede condenar a un hombre a la muerte. Un fun­cionario que considera que alguien es un hereje y lo condena a morir es un asesino. Dios no quería una justicia de sentencias de muerte. No es justo emprender una cruzada [...] contra los sarracenos ni contra un pueblo como Montségur que se oponía a la Iglesia. [...] Los predicado­res de las cruzadas son criminales.»

Por desgracia, conocemos las peligrosas opiniones de Pedro Gar­cía porque fue denunciado. Su pariente franciscano, también adelan­tado a su tiempo, dio con el equivalente medieval de llevar un micró­fono oculto. Allá donde él y García se reunían, en una galería de la estancia, se ocultaban otros cuatro frailes que tomaban notas mientras hablaba el cátaro. En aquel nuevo y pérfido Languedoc, los lazos de fa­milia y amistad no servían de nada. Mientras García y otros aprendían de su fracaso, la traición se convertía en virtud. Desaparecido su único refugio y dispersado su rebaño, los perfectos que no habían sido atra­pados en Montségur ahora tenían que estar siempre huyendo, asusta­dos y presionados para convertirse en delatores.

El conde Raimundo acabó participando en la persecución. El epígono de la otrora tolerante familia Saint-Gilíes primero no fue en ayuda de Montségur y después colaboró en la persecución de su propio pueblo. En junio de 1249 sorprendió a los amigos que tenía entre los cataros supervivientes al ordenar que se quemara en la hoguera a ochenta personas en Agen, ciudad situada junto al Garona, al noroeste de Tolosa. Murió en septiembre, a los cincuenta y dos años, poco des­pués de enfermar de una fiebre en la retirada ciudad de Millau. Lleva­ron su cadáver a Fontevrault, la abadía del valle del Loira fundada por Robert de Arbrissel, el carismático predicador de principios del si­glo XII. Raimundo abandonó Tolosa a su muerte para descansar eterna­mente junto a su madre, Juana de Inglaterra, su tío, Ricardo Corazón de León, y sus abuelos, el rey Enrique II y Leonor de Aquitania.

El conde que en otro tiempo había vencido a Simón y Amaury dejó su patria indefensa. Su hija Juana murió en 1271 sin haber tenido hijos, lo que ponía fin al linaje de los Saint-Gilíes y permitía a la familia de su ma­rido, los Capetos de Francia, aneXIonarse el Languedoc de manera defini­tiva. Tras la muerte de Raimundo VII, no hubo nadie que resistiera a los del norte o que frenara a los agentes de la purificación doctrinal. Al cabo de medio siglo de humillaciones, incluso los que compartieron la suerte

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con los franceses, en especial Roger Bernard de Foix, estaban tan inde­fensos como los que habían permanecido leales. En 1269, la familia Foix sufrió un ultraje postumo: el cadáver de Ermessinde, esposa de Roger Ber­nard, fue desenterrado y arrojado del cementerio católico por ser sospe­chosa de herejía.

En menos de diez años, la Inquisición había pasado de ser una empresa artesanal llevada por unos cuantos fanáticos a convertirse en una burocracia competente que empleaba a cientos e interrogaba a mi­les. En 1242 se reunió en Cataluña un cónclave de clérigos para com­pilar un glosario de la represión:

Son herejes los que se obstinan en el error.

Son creyentes los que tienen fe en los errores de los herejes y los asimilan.

Los sospechosos de herejía son los que están presentes en los ser­mones de los herejes y participan, por poco que sea, en sus cere­monias.

Los simplemente sospechosos han hecho estas cosas sólo una vez.

Los sospechosos virulentos han hecho estas cosas muchas veces.

Los sospechosos más virulentos han hecho estas cosas con fre­cuencia.

Los encubridores son los que conocen a herejes pero no los de­nuncian.

Los ocultadores son los que han consentido en impedir que se descubra a los herejes.

Los receptores son los que han recibido dos veces a herejes en sus posesiones.

Los defensores son los que defienden a sabiendas a los herejes a fin de que la Iglesia no extirpe la depravación herética.

Los favorecedores son todos los de arriba en mayor o menor grado.

Los reincidentes son los que vuelven a sus antiguos errores he­réticos tras haber renunciado formalmente a los mismos.2

Los inquisidores habían lanzado la red lejos. En el apogeo del ca-tarismo al descubierto, todos los habitantes de ciudades como Tolosa o Carcasona, salvo los ciegos y los enclaustrados, habrían sido calificados de «encubridores», pues muchos herejes conocidos eran aceptados como miembros de la comunidad. Provistos de esas listas de ofensas que abarcaban todo, los inquisidores de la década de 1240 procedieron a intimidar de forma indiscriminada, llevando a cabo un recuento en una escala nunca vista desde un censo de antigüedad. El número total de personas citadas y vueltas a citar para testificar o confesar superó en mucho los límites de la anterior costumbre medieval. Por ironías de la historia, los cataros –que creían que el mundo material era una im­propiedad maligna– habían sido escogidos para inspirar a los precur­sores del estado policial.

El hermano Ferrer, dominico catalán de cerca de Perpiñán, asumió la dirección de la orden a partir del asesinato de Avignonet. Ade­más de exhibir una crueldad ejemplar, mejoró el proceso al sistematizar los interrogatorios y limitar los viajes penosos y peligrosos. Los pueblos venían a él, y no al revés. Ferrer también volvió a los viejos archivos para intentar descubrir falsedades en los testimonios recogidos por Guillaume Arnold y Étienne de Saint-Thibéry. En muchos aspectos, fue el más eficaz pionero de la persecución de masas y del trabajo poli­cial, que estableció la costumbre de comprobar dos y tres veces cada declaración jurada.

A su vez, Ferrer fue deshancado por dos que alcanzarían aún más notoriedad: Jean de Saint-Pierre y Bernard de Caux, mereciendo este último el cumplido más afectuoso de la ortodoXIa, malleus hereticorum (martillo de herejes). En la segunda mitad de los años cuarenta del si­glo XIii, los hermanos Jean y Bernard recopilaron un compendio refe-renciado de confesiones obtenidas de decenas de miles de personas. Eran, efectivamente, cartógrafos del territorio mental del Languedoc. Las cinco mil sesenta y cinco copias conservadas de sus interrogatorios representan sólo una parte de su trabajo, que en su mayor parte lleva­ron a cabo cerca de la iglesia de Saint-Sernin, en Tolosa, y dentro de la ciudad amurallada de Carcasona. Llenaron las mazmorras de ambos lugares de cientos de desdichados a los que se alimentaría, en palabras de un admirador, «con el pan del dolor y al agua del sufrimiento».3

Las acciones de los frailes habrían quedado en simple anécdota en la larga historia del terror organizado, como el despotismo de Con­rado de Marburgo en Renania, si el hermano Bernard no hubiera pues­to su competencia de investigador al servicio de un nuevo género lite­rario: el manual del inquisidor. Concebido como guía del creciente número de tribunales papales en toda Europa, esos manuales daban instrucciones al inquisidor novato sobre los escollos en el proceso de los interrogatorios y recomendaban una escala graduada de sentencias que iban desde la hoguera en un extremo a una leve penitencia pública en otro. La mayoría de los manuales recordaba a los inquisidores que su misión no tenía por finalidad el castigo sino la salvación, distinción que pasó inadvertida a los miles de personas a quienes los frailes conde­naron y arruinaron la vida.

El tratado de Bernard de Caux, conocido como el Manual de los inquisidores de Carcasona, fue la autoridad indiscutible en la materia durante medio siglo y añadió lustre a la fama del Languedoc entre los clérigos como laboratorio de represión. A principios del siglo XIv, la re­putación aumentó aún más cuando un brillante inquisidor de Tolosa, Bernard Gui, escribió un abultado manual que influiría en las Inquisi­ciones aragonesa y española. Gui, convertido mucho después en un «malo» literario en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, hablaba muy bien del trabajo de Bernard de Caux y Jean de Saint-Pierre, de quienes reconocía su contribución a la cruzada contra el catarismo.

Esas genuinas coacciones resultaron más fáciles gracias a una me­jora en la condición del renegado. Los inquisidores lograron convencer a unos cuantos perfectos capturados de que se convirtieran al catolicis­mo y, en algunos casos, prestaran sus servicios al tribunal. En este tra­bajo de delación sobresalió un tal Sicard de Lunel, que había sido un destacado perfecto en la diócesis catara de Albi. En los años cuarenta del siglo XIII, Sicard entregó a los frailes una lista exhaustiva de simpa­tizantes cataros: traicionó incluso a sus propios padres. Su testimonio enciclopédico sirvió para juzgar a todos los que lo habían ayudado de algún modo durante sus años de sigilosa labor misionera, tanto si le habían ofrecido un lecho para pasar la noche como si le habían dado un tarro de miel. Después, él y otros de su jaez fueron alojados en un castillo en las afueras de Tolosa, en una especie de programa de protec­ción de testigos en virtud del cual visitaban mazmorras para sonsacar confidencias a los presos y exhortar a los obstinados a seguirlos por la senda de la justa traición. Generosamente recompensado por la Inqui­sición, al parecer Sicard vivió una tranquila ancianidad; hay constancia de sus actividades hasta bien entrados los años setenta del siglo XIn.

Como estímulo final al poder inquisitorial, en mayo de 1252 el papa Inocencio IV promulgó un decreto que autorizaba a los frailes a utilizar la tortura para averiguar la verdad. Incumbía al inquisidor de­cidir si se valía o no de tal procedimiento, púdicamente denominado «formulación de pregunta», si bien había que procurar por todos los medios –según creyó prudente añadir el Papa– que la víctima no acabara con un miembro cortado, perdiera demasiada sangre o expira­ra. La bula, Ad extirpanda, también reforzó la Inquisición en Italia, adonde habían huido muchos del Languedoc para eludir las trampas tendidas por los dominicos. El catarismo italiano, que había subsistido en zonas de la Lombardía, Venecia y la Toscana, aún no había experi­mentado de lleno la fuerza de la represión papal. Desde la época de Marcos, el lombardo que en 1167 fue a la reunión de Saint-Félix, has-

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ta mediados del siglo XIn, el constante forcejeo entre el Papa y el empe­rador en muchas ciudades italianas había creado un espacio cívico en el que la herejía podía sobrevivir, florecer incluso. Aunque en Italia el ca­tarismo nunca alcanzaría los niveles del Languedoc en cuanto al núme­ro de seguidores ni se acercaría a la lealtad «nacional» sentida por los occitanos, la fe se estableció firmemente y llegó a tener suficiente com­plejidad doctrinal para dividirse en varias «Iglesias» distintas de pensa­miento dualista. La bula de Inocencio IV, provocada en parte por el asesinato de un respetado inquisidor en 1252, significó el principio del fin de los cataros italianos;4 en 1278, en Verona, más de doscientos perfectos ardieron en la hoguera.

Pese a la presencia de sus correligionarios, los perfectos occitanos fugitivos que se refugiaron en las aisladas fortalezas cataras en Italia ha­llaron a muy pocos compatriotas dispuestos a reactivar la comunidad espiritual que en otro tiempo había prosperado al amparo de los con­des de Tolosa. Y, lo que era aún peor, su número disminuía a medida que se sucedían las generaciones. En el Languedoc, la patria de la here­jía, subsiguientes oleadas de inquisidores bien preparados, con la ayuda de informadores y torturadores, inspirados por un credo totalitario y guiados por detallados manuales y archivos en perpetuo crecimiento, poco a poco condenaron al catarismo al olvido. Miles de dramas perso­nales acabaron en la obscuridad de una mazmorra. A finales de siglo, sólo los verdaderos héroes se atrevían a decir en voz alta que el mundo era perverso.

En el año 1300, el pontificado instituyó el Jubileo, la más im­portante ocasión para recaudar fondos y conciencias jamás imaginada en la Edad Media.5 El papa Benedicto VIII, el pontífice más ambicioso y agresivo desde Inocencio III, declaró que los peregrinos que ese año fueran a Roma recibirían tal proporción de indulgencia espiritual que su condenación futura sería casi imposible. Entre uno y dos millones de personas aceptaron su oferta, un ejército de fieles deseosos proce­dentes de todas partes de Europa, cruzando los Alpes a pie y a caballo, atracando en puertos del Adriático y del Tirreno, dispuestos a abrir su bolsa y su corazón tan pronto divisaran la ciudad sagrada del Tíber. Los clérigos y los comerciantes de Roma estaban exultantes. Un testigo ocular, Guillaume Ventura, describió la escena de una iglesia: «Día y noche, dos sacerdotes permanecían en al altar de san Pablo sosteniendo raquetas, recogiendo dinero, a espuertas.» Había tanta gente que los sol­dados papales tuvieron que doblar su número reforzando la guardia en el puente que conducía al Vaticano.

Las multitudes del primer Jubileo deambularon a lo largo y an­cho de Italia, los que iban y los que regresaban de la Ciudad Eterna, atrayendo a otros viajeros que buscaban seguridad en el grupo. Los oc-citanos que volvían a casa se desplazaron a lo largo de la rocosa orilla del Mediterráneo pasando por Genova, Niza y Marsella. En algún mo­mento de esas temporadas de migración espiritual, dos hermanos, Pie-rre y Guillaume Autier, se introdujeron en la masa de peregrinos con sus bolsas llenas de cuchillos de Parma que, según dijeron ellos, iban a vender en su Languedoc natal. Hasta 1296, los dos hombres habían llevado una eXIstencia cómoda y sedentaria en Ax-les-Thermes, una ciudad montañosa cercana a Foix donde el letrado Pierre había sido un prestigioso notario. Ese año, los hermanos lo vendieron todo y desapa­recieron de Ax. Surcando la marea de peregrinos del Jubileo, los Autier emergieron de nuevo, por lo visto contentos de ganarse la vida como buhoneros itinerantes. Al menos crédulo de sus compañeros quizá le extrañara que esos hombres ricos y cultos, ya de cincuenta y tantos años, hubieran elegido una condición de vida tan modesta.

Desde luego, en su viaje de regreso a casa los hermanos Autier evi­taron el contacto con los demás. En las muchas capillas que había en la trillada ruta peregrina el grupo se detenía a oír misa y rezar. En esos pia­dosos momentos, seguramente Pierre tuvo que morderse la lengua mu­chas veces, pues más adelante diría que hacer la señal de la cruz sólo ser­vía para ahuyentar las moscas. Incluso llegó a sugerir otras palabras para acompañar el gesto: «Aquí está la frente y aquí la barba, aquí una oreja y aquí la otra.» Si ese tipo de sarcasmo hubiera definido los límites de su escepticismo, el nombre de Pierre Autier habría sido olvidado al igual que el de los miles cuyo ingenio sacrilego constituía un rico componen­te de la cultura popular. Pero el notario convertido en vendedor de cu­chillos era algo más que un simple sabelotodo; Pierre Autier era el último eminente perfecto de la historia de los cataros. Tras tres años de estudio, ayuno y oración –y un solemne consolamentum administrado por dua­listas italianos–, Pierre y su hermano perfecto regresaron al Languedoc como misioneros. También era un año jubilar para los cataros.

Por una vez, los inquisidores fueron pillados por sorpresa. O más bien tenían puesta la atención en otra parte, en un asqueroso sumidero de política secular e intriga eclesiástica. A principios del siglo XIv, los dominicos y sus aliados episcopales tropezaron al fin con cierta resis­tencia cuando dirigentes urbanos se reconciliaron con los conquistado­res franceses, y los funcionarios reales empezaron a considerar que el todopoderoso clero era contrario a la prosperidad de la región y al pres­tigio de su monarca. En Albi, el obispo Bernard de Castanet mandó a la cárcel a muchos de sus adversarios laicos basándose en lo que a me­nudo eran insustanciales acusaciones de simpatías cataras latentes, e in­sistió en que cualquier oposición a él mismo venía a ser pecado. Para remachar el clavo, Castanet empezó a levantar el monstruo de ladrillo rojo de Sainte-Cécile, la catedral-fortaleza que aún recuerda a la ciudad el poder del obispo. En Carcasona, se urdieron intrigas para destruir archivos de la Inquisición; en manos de obispos y frailes sin escrúpulos, aquellos encuadernados volúmenes de confesiones y traiciones se ha­bían transformado en armas de extorsión y chantaje.

Mientras Pierre Autier regresaba tranquilamente desde Italia a las montañas del Languedoc, los conflictos cívicos mantenían a los inqui­sidores a la defensiva. Su crítico más elocuente fue Bernard Délicieux, un fraile franciscano que afirmaba que la persecución de una fe mori­bunda había degenerado en un abuso de poder. Niño mimado de co­merciantes y magistrados, Délicieux era un brillante agitador que, en 1303, en la cumbre de su carrera, convenció a un funcionario real de que encabezara una muchedumbre que tomaría al asalto las mazmorras de la Inquisición de Carcasona y liberaría a todos los prisioneros. El incendiario fraile, quien llegó a afirmar que los inquisidores tan sólo inventaban confesiones de gente ficticia a fin de chantajear a los ino­centes, se mantuvo firme en una tradición purista que despreciaba a los dominicos por su gradual deslizamiento hacia lo mundano. De hecho, el sello de piedad apocalíptica que compartían Délicieux y muchos otros, a quienes se conocía como «franciscanos espirituales», sería de­clarada herejía en 1317. Cometieron el error de tomar el relevo de los cataros: censurar en voz demasiado alta la riqueza de la Iglesia. No obs­tante, sus hermanos eran menos radicales y atenuaron el atractivo de la herejía. A lo largo del siglo XIn, la predicación y el ejemplo de los frai­les habían hecho mucho por volver a traer la piedad popular, espontá­nea, al redil de la ortodoXIa.

Antes de que se apagara el alboroto provocado por Délicieux, los hermanos Autier habían sacado provecho de cinco largos años de negli­gencia. En las montañas de Sabartés, la tierra adentro cercana a Foix, el catarismo arraigó de nuevo. Aunque habían pasado casi tres generacio­nes desde la época de la tolerancia, se conservaban todavía recuerdos muy vivos de los «buenos cristianos» que en otro tiempo habían reco­rrido libremente los prados montañosos y predicado en las plazas de los pueblos. En la primera década del nuevo siglo, Pierre Autier logró que se le unieran en su austera misión unas doce personas, entre ellas la úl­tima mujer perfecta de la que hay constancia: Aude Bourrel. Por en­tonces los cataros no tenían hogares, ni obispos, ni refugios en cimas de montañas. Los acólitos de Autier llevaban una vida dura de sigilo permanente y desplazamientos a la luz de la luna, siempre de acá para allá por miedo a ser detectados.

El millar, aproXImadamente, de familias que habían vuelto a abrazar la fe ilícita estaban en peligro constante de traición;6 si sólo uno de sus miembros se volvía traidor y acudía a las autoridades de Tolosa, Carcasona o Foix, sobrevendrían el desastre y la desgracia. Había casos de esposos y esposas que se ocultaban respectivamente sus ideas heréti­cas, de chismorreos de pueblo que desconocían que había misioneros dualistas escondidos en los cuartos traseros de sus vecinos, de sospe­chosos agentes dobles de la Inquisición encontrados muertos en aleja­dos barrancos. Los crecientes hablaban con cautela de su fe en un len­guaje codificado: el «escándalo» se refería a las décadas de persecución; la «comprensión del bien» (entendement de be), a su aceptación del mensaje de los perfectos. A diferencia de sus predecesores en el siglo anterior, familiarizados con trovadores, comerciantes y mercaderes, los cataros del siglo XIV vivían en un solitario paisaje de miedo.

El carácter del despertar del catarismo reflejaba sus tristemente apuradas circunstancias. Los perfectos de Autier eran metafísicamente salteadores de caminos, criaturas nocturnas apenas entrevistas que ac­tuaban menos como pastores de un rebaño que como ángeles de la muerte que estuvieran de visita. La razón de ser de los perfectos acabó siendo la administración del consolamentum a los moribundos. Los cre-dentes siempre habían querido «tener un buen final» para estar más cer­ca de Dios en su siguiente «túnica», o encarnación terrena. Entre Autier y sus seguidores, el consolamentum a las puertas de la muerte tuvo prio­ridad sobre otros aspectos de la fe.

Para asistir a los que iban a expirar se corrían riesgos enormes. Había poco tiempo, con lo que los subterfugios eran aún más difíciles. Jadeantes mensajeros buscaban a los perfectos, o a gente que supiera dónde se ocultaban, y después los acompañaban hasta la casa de la fami­lia afligida, a menudo recorriendo largas distancias. Dado que la muer­te medieval, igual que la vida medieval, conllevaba una promiscua falta de intimidad, pocas veces los perfectos estaban solos con los moribun­dos para administrarles el sacramento. Con frecuencia pasaban horas, o días, escondidos en una casa, esperando que el creyente en cuestión no perdiera el conocimiento antes de tener la oportunidad de promoverlo a una mejor vida futura. En una ocasión, tras sugerir a un pariente que buscara un pretexto para desalojar de visitas el cuarto del enfermo, Pie­rre Autier se puso la ropa de la futura viuda y procuró colocarse de es­paldas a la ventana mientras administraba el consolamentum. A los que tardaban días en morirse se les ordenaba llevar a cabo la endura, una huelga de hambre que causaba la muerte. No se podía permitir que nada corrompiera –y así invalidara– la gracia espiritual otorgada por el consolamentum, y los perfectos, por razones de seguridad, no podían arriesgarse a quedarse a velar al enfermo. La endura era un cruel susti­tuto de la labor de hospicio realizada por los cataros perfectos en tiem­pos mejores.

Los hombres de Pierre Autier seguramente repararon en que su obsesión por el consolamentum final quizá daba a los credentes sencillos una idea tergiversada de lo que era una filosofía que abarcaba la vida en su conjunto. Podían surgir errores sobre la fe. Grazida Lizier, mujer creyente del pueblo de Montaillou, dio a la Inquisición esta extraña versión del dualismo: «Yo creo que Dios hizo cosas que son útiles al hombre, y útiles también para el mundo creado –como seres huma­nos, los hombres animales comen carne o se desplazan a lomos de ésta–, por ejemplo, los bueyes, las ovejas, las cabras, los caballos, las muías [...] y los frutos comestibles de la tierra y los árboles. Pero no creo que Dios haya creado lobos, moscas, mosquitos y cosas así que perjudican al hombre.» Otros credentes se apartaban de los preceptos cataros al almacenar trozos de pan tocados por los perfectos, costumbre semejante a la reverencia de la ortodoXIa hacia las reliquias. Los prime­ros guías cataros habrían denunciado esa magia material, pero Autier y sus compañeros bendecían migas de pan como recuerdo de su paso por el lugar.

El descubrimiento era inevitable, pues no podía esperarse que miles de personas –en especial, campesinos parlanchines y rencoro­sos– guardaran un secreto indefinidamente. Asimismo, en la segunda mitad de la primera década del siglo XIv, fueron nombrados para dirigir la Inquisición hombres de una capacidad excepcional. A Godefroi d’Ablis, un dominico incorruptible, le correspondió Carcasona; a Ber-nard Gui, un brillante investigador, Tolosa. En el condado de Foix, Jac-ques Fournier, a cargo del obispado de Pamiers, puso en marcha una Inquisición que fue un modelo de esmerada minuciosidad. Fournier, inteligente y sensible cisterciense que más adelante sería elegido Papa con el nombre de Benedicto XII, manifestó lo que podría denominar­se una curiosidad antropológica por las costumbres y los prejuicios de los cataros que quedaban… para disfrute de futuros historiadores. Él y Gui no eran funcionarios vengativos; ambos hombres permitían que sus ideales cristianos inspiraran su trabajo. Muchos de sus centenares de víctimas suplicaron clemencia y la recibieron. Desde luego, los in­quisidores no mostraban misericordia alguna con los perfectos y los credentes impenitentes.

La red de Autier empezó a deshacerse en 1305 a consecuencia de una traición. El renegado fue un tal Guillaume-Pierre Cavaillé, que fue creyente largo tiempo y mantuvo la boca admirablemente cerrada mientras estuvo cumpliendo condena en la cárcel de Carcasona. Tras su liberación, acosó a sus compañeros credentes para que le prestaran una considerable cantidad de dinero con la que liquidar una deuda contraí­da con un guarda de la prisión. Por razones que se desconocen, se le negó el dinero, y Cavaillé, furioso, se vengó poniendo a los inquisido­res tras la pista del secreto resurgimiento de la fe. Gracias a sus esfuer­zos, en septiembre de 1305 fueron capturados dos perfectos y se inició una caza del hombre. Durante los siguientes cinco años, los perfectos de Pierre Autier –Pierre Raimond, Amiel de Perles, Guillaume Autier, Jacques Autier, Prades Tavernier, Philippe d’Alayrac, Pons den Baille, Pierre Sans y Raimond Fabre– fueron condenados a la hoguera. Fru­to de la desesperación, uno de ellos, Sans Mercadier, se suicidó.

La investigación se caracterizó por acciones policiales sin prece­dentes, como la redada del 8 de septiembre de 1309, cuando los solda­dos acordonaron el pueblo de Montaillou y el inquisidor Godefroi d’Ablis detuvo a todos sus habitantes. Aunque D’Ablis, al detectar un recrudecimiento de la fe prohibida, encarceló a muchos de los aldeanos, haría falta un interrogador mucho más habilidoso, Jacques Four­nier, para, aproXImadamente una década después, descubrir que Mon­taillou había sido rara avis: una población en la que los herejes eran mayoría. Fournier también descubrió que su disoluto párroco, Pierre Clergue, logró llevarse a la cama a muchas mujeres del pueblo ampa­rándose en una peculiar interpretación del catarismo que eXIgía relacio­nes carnales con los clérigos católicos.7 Sin duda, no todos los adeptos al dualismo compartían la firme piedad de los perfectos.

En verano de 1309, por fin cogieron al escurridizo Pierre Autier. Habían pasado exactamente cien años desde que los ejércitos del norte marcharon sobre Béziers y Carcasona y comenzara el exterminio de los cataros. Por desgracia, se perdieron para la posteridad las transcripcio­nes de los interrogatorios que aguantó Autier, que estuvo detenido más de diez meses. En abril de 1310, los inquisidores lo arrastraron hasta la fachada de la catedral de Saint-Etienne, de Tolosa, y allí lo quemaron vivo. Su último deseo que, según se dice, exclamó mientras lo ataban al poste, fue que le dieran la oportunidad de pronunciar un sermón ante la gran multitud de espectadores. En un abrir y cerrar de ojos, declaró desafiante que los convertiría a todos. La solicitud fue denegada.

CAPÍTULO 19

Bélibaste

A

En el Languedoc quedaba un cátaro.1 Un perfecto de la larga su­cesión que se extendía por las Inquisiciones de Fournier y Gui, las gue­rras de Raimundo y Luis, las cruzadas de Inocencio y Simón de Mont-fort, los debates entre Domingo y Guilhabert, y la internacional catara de Nicetas y Marcos… el último hombre de una procesión de mujeres y hombres sagrados que había comenzado, según creían los cataros, en la época de María Magdalena y los doce apóstoles. Se llamaba Guillau-me Bélibaste.

Como correspondía a su singular condición, Bélibaste fue tal vez el perfecto más peculiar de la historia catara. Asesino y adúltero, resul­tó ser, no obstante, un bondadoso pastor de su reducido séquito de cre-dentes, y cuando llegó su hora mostró tanta valentía como sus mucho más dignos predecesores. Fue el pecador, no el santo, quien dijo adiós a la mayor herejía de la Edad Media.

Creyentes en los «hombres buenos», los Bélibaste eran un clan de hacendados de Corbiéres, la accidentada meseta que domina el valle del río Aude. En los primeros años de su edad adulta, Guillaume, que tenía varios hermanos, fue pastor y recorrió con sus rebaños las grandes ex­tensiones batidas por el viento, siguiendo las rutas de la trashumancia trazadas en la Antigüedad a través de los puertos de montaña del Lan­guedoc. Su descenso de los pastos altos en otoño de 1306 cambió su vida para siempre: en una reyerta, Bélibaste mató a palos a otro pastor. Dado que el hecho se conoció en todo Corbiéres, huyó de la justicia del rey de Francia llevando con él a un hermano suyo al que buscaba la In­quisición. Con el tiempo, los dos fugitivos se encontraron con otros que se ocultaban en las montañas: los perseguidos perfectos de Autier.

Uno de ellos, Philippe d’Alayrac, ofreció su amistad al arrepenti­do pastor. Al reconocer en él a un prometedor neófito, el perfecto em­pezó a iniciar al asesino en los arcanos de la fe dualista. El pecado de Bélibaste quedó limpio cuando, tras varios períodos de instrucción, re­cibió el consolamentum. Nunca se supo si pretendía ser un misionero activo o tan sólo deseaba expiar su culpa. Lo que sí es cierto es que él y D’Alayrac, detenidos como sospechosos de catarismo, lograron escapar de la prisión de Carcasona en 1309 y huyeron por los Pirineos hasta llegar a Cataluña. Cuando al año siguiente D’Alayrac se aventuró al norte en una misión de misericordia, fue capturado y arrojado a la ho­guera. Dejó solo a Bélibaste en Cataluña para confortar a los refugia­dos que habían abandonado Montaillou, Ax-les-Thermes y otras ciu­dades de Sabartés huyendo de los inquisidores. El antiguo pastor cuidaba ahora un pequeño rebaño de almas.

Los eXIliados erraron por Aragón y Cataluña, instalándose sólo provisionalmente allá donde fueran, siempre listos para partir cuando aparecían mejores oportunidades o la Inquisición aragonesa se acercaba demasiado. Para disipar las sospechas, Bélibaste se hacía pasar por hombre casado. Raymonda Piquier, natural del Languedoc, que había perdido el rastro de su marido en la confusión de detenciones en su país, compartía la casa del perfecto y, cuando viajaban, su dormitorio. Se hicieron amantes. Pese a haber incumplido la promesa hecha en el consolamentum, Bélibaste mantuvo las apariencias de celibato durante casi una década, y sus indulgentes seguidores fingieron ignorar la ver­dadera relación entre el perfecto y su ama de llaves. En 1319, Bélibaste intimidó al pastor Pierre Maury, un soltero empedernido de Montai­llou, para que se casara con Raymonda. El perfecto celebró una rápida ceremonia de boda –otra innovación en una fe que no tenía ese sacra­mento–, y Pierre y Raymonda fueron a vivir juntos. En el espacio de una semana, Bélibaste los había liberado de sus promesas y había vuel­to a llevar a Raymonda bajo su techo. Varios meses después, ella le dio un hijo; Pierre Maury reconoció amablemente su paternidad.

Pese a todas sus debilidades, el último de los cataros perfectos trabajó con ahínco para consolidar su grey. Las transcripciones de los interrogatorios de sus crecientes –a la mayoría la Inquisición los cogió en una trampa– demuestran que los sermones de Bélibaste se recorda­ban años después de su muerte. El cátaro predicaba de manera conmo­vedora e infundía respeto. Hablaba con todo detalle de no rendirse nunca al pecado de la desesperación, de la necesidad de amarse unos a otros, de cómo el buen Dios nos esperaba a todos más allá del funesto velo de la creación. Jamás vaciló en su idea de que el mundo estaba go­bernado por poderes malignos y que cuatro demonios –el rey de Francia, el Papa, el inquisidor de Carcasona y el obispo de Pamiers– eran especialmente activos en impedir que la gente encontrara la verda­dera salvación. Sabiendo que estaba en un compromiso, se negaba a administrar el consolamentum; según aseguraba a sus inquietos oyentes, lo recibirían sin ceremonias en la otra vida de manos de un perfecto transformado en ángel.

Por fin la comunidad halló hogares permanentes en Morella y Sant Mateu, ciudades cercanas al delta del río Ebro, al sur de Tarragona. Fue un largo viaje –más de trescientos cincuenta kilómetros– desde el Languedoc, aunque no lo bastante lejos para que sucediera algo en apariencia inesperado. Un día de 1317, un tal Arnaud Sicre, habitante de Ax-les-Thermes, dio casualmente con el pequeño asentamiento de sus eXIliados compatriotas. Aquella casualidad fue atribuida a la provi­dencia. Arnaud afirmó poseer la «comprensión del bien»; su madre, Si-bille den Baille, había sido una destacada creyente quemada en la ho­guera por la Inquisición, al igual que su hermano, Pons den Baille, integrante del círculo de perfectos de Pierre Autier. Los más suspicaces señalaron que el padre de Arnaud, un notario, se había apartado del ca­tarismo y había ayudado a organizar la redada de Montaillou. Incluso el tolerante Bélibaste albergaba sus dudas. Aunque Arnaud presumía de haber conocido a los hermanos Autier, el recién llegado era un lamenta­ble ignorante de las costumbres básicas del catarismo. No sabía realizar el melioramentum, el ritual de saludos habitual entre los perfectos, y co­metió la torpeza de llevar carne roja a la mesa de Bélibaste.

Arnaud Sicre aseguraba a los escépticos que había encontrado lo que buscaba. Estuvo de aprendiz de zapatero en Sant Mateu y en cues­tión de semanas fue aceptado como miembro de la reservada comuni­dad catara. Asistió con asiduidad a los sermones de Bélibaste y pronto alcanzó el nivel de los demás en su conocimiento de la mitología y la doctrina dualistas. Llegó a ser uno de los compañeros preferidos de los perfectos; tal vez incluso lo consideraron un posible sucesor de Bélibas­te, con o sin consolamentum. Pasaron los meses y los años, y Arnaud parecía satisfecho con su vida sencilla, siendo su única pena los amados parientes cataros que había dejado solos en las montañas del Languedoc, cerca de Andorra. Allí estaban su rica tía y su bella hermana solte­ra, privadas del alivio espiritual que él recibía en Cataluña. Al final, Bélibaste dio instrucciones a Arnaud de que fuera por ellas al Langue-doc. Hacía falta una novia catara nubil para uno de los fieles solteros, y una benefactora rica siempre sería bienvenida.

Tras varios meses de ausencia, Arnaud volvió, solo, con la noticia de que su tía Alazais sufría gota y estaba demasiado débil para viajar, y su hermana, sobrina leal, había decidido quedarse junto a la anciana señora. No obstante, ambas mujeres se alegraron muchísimo con las noticias que él les había llevado de los compañeros creyentes. La tía, explicó Arnaud, había concedido una elevada dote a la sobrina y estaba dispuesta a dar mucho más a los combativos eXIliados. Gracias a su ge­nerosidad, un derrochador Arnaud logró que la Navidad de 1320 fue­ra la más agradable en el recuerdo de los proscritos. Su debilitada tía había abierto la bolsa y hecho una sola petición: ser bendecida por un buen cristiano antes de morir. Y su hermana, añadió Arnaud, anhelaba conocer a su pretendiente. Ciertamente merecían una visita.

Los viejos compañeros de los perfectos aconsejaron cautela. Béli­baste había huido del Languedoc apenas hacía doce años, y su presen­cia era fundamental en Morella y Sant Mateu para mantener encendi­do el último rescoldo del catarismo. Sería insensato regresar al país de la persecución. Arnaud calmó esos recelos al señalar que un viaje corto y seguro a las tierras de su tía beneficiaría a toda la comunidad.

En la primavera de 1321, Guillaume Bélibaste, Arnaud Sicre, Ar­naud Marty –el futuro esposo de la hermana de Sicre– y el siempre fiel pastor Pierre Maury emprendieron viaje al norte, camino de su tie­rra. Un adivino había advertido a Bélibaste que jamás regresaría a Cata­luña, pero el perfecto ignoró el aviso así como la aparición de dos urra­cas –mal augurio si vuelan en parejas– que volaron muy bajo en su camino mientras él transitaba a duras penas por las afueras de Barcelo­na. Una mezcla de escrupulosidad y codicia empujó a Bélibaste a seguir adelante en su misión de dar consuelo y recibir la recompensa en la casa de la anciana Alazais. Sin embargo, cuando las cumbres de los Pirineos se hicieron más altas en el horizonte y los peligros del Languedoc estu­vieron más cerca, le asaltaron las viejas dudas sobre Arnaud Sicre.

Antes de cruzar el Ebro en su viaje al norte, tal como Arnaud Si­cre contaría después a la Inquisición, Bélibaste y Maury decidieron em­borracharlo y hacerle la antigua treta de in vino veritas. En la posada de la ribera donde se llevaba a efecto el plan, el joven se dio cuenta del ar­did y de manera disimulada vertió la copa que sus compañeros de cena se esmeraban en llenar una y otra vez. Tras fingir que se caía de tan bo­rracho como estaba, al final Arnaud dejó que Pierre Maury le ayudara a llevarlo a la cama. Tan pronto llegó a su habitación, Arnaud se quitó los pantalones y se dispuso a orinar en su almohada. Maury lo arrastró fuera y, mientras el joven se tambaleaba en la obscuridad, le sugirió que traicionaran a Bélibaste y cobraran la generosa recompensa que ofre­cían por su cabeza, a lo que Arnaud se negó en redondo: «¡No puedo creer que vos hicierais tal cosa! ¡Jamás permitiría que algo así quedara impune!» Titubeó hasta su cama y pronto estuvo emitiendo un torren­te de ronquidos simulados. Maury volvió con Bélibaste y le dijo que no debían preocuparse.

Al cabo de una semana, el pequeño grupo de Sant Mateu había llegado a una posesión aislada de los condes de Foix, un pequeño valle montañoso en la falda sur de los Pirineos, cerca de Andorra. La prime­ra noche durmieron en Castellbó; la segunda, en el pueblo de Tirvia. A la madrugada siguiente, un pelotón armado derribó la puerta y los de­tuvo. Arnaud Sicre había dado el soplo a la Inquisición. Era, como se lamentaba horrorizado Bélibaste en su mazmorra, «un Judas».

De hecho, Arnaud fue mucho más lejos. A lo largo de su prolon­gada estancia en Cataluña, estuvo trabajando para el obispo Fournier, el inquisidor de Pamiers. La coincidencia de su llegada, su devoción al dualismo, su generosa tía y su complaciente hermana… todo había sido invención de un genio del engaño. El dinero que Arnaud gastó en la Navidad anterior procedía de la tesorería de Fournier, como anticipo de una generosa gratificación que recibiría cuando entregara a Bélibas­te. Pero ahí no acababa todo; el cazador de recompensas también había llegado a un acuerdo con el obispo en virtud del cual recuperaría las posesiones expropiadas a su madre hereje Sibille den Baille. Arnaud se convirtió en un hombre rico. Tras más de un siglo de dobleces –el sal­voconducto ofrecido a Raymond Roger Trencavel, la trampa de perju­rio tendida por Arnaud Amaury, la retención de los embajadores de Tolosa como rehenes por el obispo Fulko, la muerte en la hoguera de la moribunda a cargo del obispo Raymond du Fauga, las escuchas indis­cretas a Pedro García, la traición del converso Sicard de Lunel, y los miles y miles de personas sencillas y piadosas engañadas, amenazadas o torturadas durante más de ocho décadas de Inquisición implacable–,

la ortodoXIa católica había descubierto en Arnaud Sicre un paladín de la traición.

Guillaume Bélibaste, el último perfecto del Languedoc, fue con­ducido encadenado a través de los Pirineos. La noticia de su captura se difundió por todas partes, con lo que los fieles de Sant Mateu y More-lla se dispersaron a los cuatro vientos para vivir perseguidos el resto de su eXIstencia. En Pamiers, se negó al obispo Fournier el placer de en­cender el fuego. El Papa, tras decidir que Bélibaste era nativo de Cor-biéres, ordenó que lo juzgara el tribunal episcopal de esa región y lo castigara su autoridad laica. El arzobispo de Narbona unía las funcio­nes de señor espiritual y temporal; «relajarse en el brazo secular» no su­ponía más que un escamoteo.

El juicio, del que no ha quedado constancia, seguramente fue rá­pido. En otoño de 1321, un erguido Bélibaste, el impetuoso pastor de rebaños convertido en pastor casero, caminó hacia el patio del casti­llo de Villerouge-Termenés,2 pueblo situado en el corazón desnudo de ‘■■ Corbiéres. Subió a un montón de paja, esquejes de viña y troncos, y lo ataron a un poste. Acercaron una antorcha ardiente. Desaparecía el úl­timo hereje perfecto del Languedoc.

EPÍLOGO

En el país cátaro

Si llegamos al Languedoc desde el norte, tras dejar atrás ciudades como Aviñón, Nímes, Montpellier y Béziers, pronto queda claro que se está tramando algo raro. Vous étes en pays cathare (Estáis entrando en el país cátaro). Hay un lugar, en las colinas cubiertas de cipreses que dominan Narbona, del cual surge un trío de tubos de hormigón, el ter­cero y más alto cortado en forma de visera de yelmo. Este ejemplar del arte francés de autopistas representa les chevaliers cathares (los caballeros cataros), un grupo de tres herejes gigantescos –que recuerdan las esta­tuas de Easter Island– mirando impasibles la carretera mientras miles de turistas, como los cruzados de antaño, invaden el Languedoc cada verano. En 1983, el cantante pop francés Francis Cabrel se sintió im­pulsado a componer una lastimera canción sobre la escultura:

Les chevaliers cathares Pleurent doucement Au bord de l’autoroute Quand le soir descend Comtne un dernier insulte Comme un dernier torment Au milieu du tumulte e En robe de ciment1

Los caballeros cataros lloran calladamente al borde de la autopista cuando cae la tarde. Como un insulto final, como un último tormento, en medio del tumulto vestidos de cemento.

El espíritu conmemorativo se hace más alegre al oeste, cerca de Carcasona. Esta parte del Languedoc abunda en signos que exaltan el país cátaro. Hay un logotipo oficial, una representación yin-yang de un disco medio oculto que sugiere el dualismo luz-obscuridad de la fe catara.

Esta marca turística –el logotipo está en todas partes, desde las listas de precios de los hoteles a las latas de carne de pato– parece comedida en comparación con lo que podemos encontrar dentro de la ciudad amura­llada, que, desde fuera, todavía parece un sueño intacto. En la calle prin­cipal de Carcasona, un hombre políglota reparte folletos de los museos de la Tortura y el Cómic, añadiendo amablemente que el primero es como El nombre de la rosa y el segundo como Cenicienta. Niños con es­padas de plástico luchan en las terrazas de los restaurantes. En las vallas publicitarias del exterior de las tiendas de postales hay pegados anuncios de Catarama, un espectáculo de luz y sonido que se representa en la cer­cana ciudad de Limoux. Aparece la palabra «cátaro» en los lugares más insospechados de todo el Languedoc: en cafés, agencias inmobiliarias, cómics para adultos, menús del mediodía o botellas de vino.

Es sumamente extraño observar que las cámaras de comercio fo­mentan una fe que resultó aniquilada hace siete siglos, una fe que no dejó ninguna huella física –capillas, monumentos u obras de arte– de su eXIstencia. Y parece perverso, casi céltico, celebrar una herejía fra­casada. Pese a que en muchos otros lugares europeos se venera el pasa­do, en ellos no se ven por todas partes atracciones junto a la carretera del tipo: «Estáis entrando en el país de los valdenses» o «Bienvenidos al país de los franciscanos espirituales». Por lo general, una metafísica re­chazada es desconcertante, y de naturaleza dudosa, además.

Aunque censurada con insulsa regularidad por expertos cataros locales, la burda explotación popular del asunto da fe de su presencia en la memoria colectiva. Los cataros del Languedoc desafían la obscuri­dad porque su historia se ha convertido en leyenda, un relato que per­tenece a todos. La historia de su derrota ha dado lugar a una narrativa internacional, colectiva, con sus diversos hilos reunidos y entrelazados de nuevo por una sucesión de movimientos «alternativos» durante más de cien años. El país cátaro anunciado en los carteles es un paisaje ima­ginario creado en el siglo XIx y embellecido desde entonces. El padre del mito es indirectamente responsable de esos tubos de hormigón gi­gantes de la autopista y del logotipo del hotel. Se llamaba Napoleón Peyrat, y su peculiar legado merece un estudio.

Napoleón Peyrat nació en 1809 en el Ariége, el montañoso département francés del que Foix es la capital. Era el pastor de la Iglesia

Reformada de Francia, en el parisino barrio de Saint-Germain en Laye. Y aún más, Peyrat era un magnífico y prolífico escritor, un poeta con­vertido en historiador que podía mezclar los estilos en prosa de Cha­teaubriand, Walter Scott y Jules Michelet hasta lograr un efecto electri­zante. Por desgracia, guardaba muy poco respeto a la verdad.

Uno de los más elocuentes de la anticlerical hermandad de Tercera República francesa, conocidos popularmente como bouffeurs du curé (co­medores de curas),2 Peyrat lanzó regularmente andanadas verbales contra lo que él consideraba una institución católica reaccionaria y antidemocrá­tica. Evidentemente, para un hombre así, la historia de los cataros fue un regalo del cielo.

Hasta que, en los años setenta del siglo XIli, Peyrat publicó en varios volúmenes su Histoire des Albigeois (Historia de los albigenses), la histo­riografía catara había sido una especie de barraca de tiro al blanco de poco vuelo entre historiadores católicos y protestantes franceses. Los católicos sostenían que los cataros ni siquiera eran cristianos;3 los protestantes, que eran los precursores de la Reforma. Historiadores laicos liberales, pasando por alto esas discusiones doctrinales, por lo general exageraban la sofisti-cación de la cultura trovadoresca del Languedoc y el horror de las cruza­das. Sin embargo, hasta entonces ningún trabajo tuvo el diáfano vigor narrativo de Peyrat. Tomando las ideas y conjeturas que habían estado circulando en anteriores interpretaciones anticlericales y románticas de los cataros, al polémico pastor se le fue la mano.

En su pintoresca historia, el Languedoc medieval se convirtió en la cumbre de la civilización, lleno de demócratas amantes de la libertad atacados por bárbaros no mucho mejores que los vikingos. El espíritu de libertad aplastado por los cruzados estuvo aletargado durante siglos, sólo para volver a emerger, subrayaba Peyrat, entre los burgueses libera­les de la Tercera República francesa, es decir, gente como él. En res­puesta al culto a Juana de Arco, una invención de los nacionalistas franceses del siglo XIx, Peyrat creó un equivalente occitano: Esclarmon­de de Foix.4 En efecto, había una Esclarmonde de Foix histórica; era la hermana de Raymond Roger, y pudo haber coincidido con santo Do­mingo. No obstante, Peyrat combinó cinco personajes históricos inde­pendientes para que le saliera la fantástica e imaginaria Esclarmonde. En el enfoque de Peyrat, Esclarmonde era la sacerdotisa que guardaba el tesoro y los textos cataros, una inspiradora guerrera como Juana de Arco, predicadora persuasiva y belleza sin par, madrina de toda una generación de encantadoras mujeres perfectas y, por último, mártir que se transformó en paloma en las llamas de Montségur.

Peyrat creó el culto de Montségur y lo convirtió en el centro del país cátaro. Hablaba de túneles y grutas donde se ocultaban miles de cataros. Era, según sus palabras, «nuestro agitado Capitolino, nuestro tabernáculo aéreo, el arca que guardaba los restos de Aquitania proce­dentes de un mar de sangre».5 El siguiente fragmento resume su idea sobre el Montségur de los cataros:

Montségur era una Sión esenia,6 una Delfos platonista de los Pirineos, una Roma celota, condenada e indomada en Aquitania. Montségur, desde su desnuda roca, miraba triste pero firme al Louvre y al Vaticano [...]. En su gruta protegía a tres enemigos irreconciliables de la teocracia: la Palabra, la Nación y la Liber­tad, los poderes del futuro. Fue desde su cumbre que alzó por primera vez el vuelo esa dulce y terrible conjura, bajo el nombre del Espíritu, para hacer que su secreto cortara los vientos, que su ruta invisible atravesara las tormentas; fue ese misterioso jinete, montado en la tempestad y el trueno, el que mediante la revolu­ción religiosa del siglo xvi y la revolución política del xvni rege­neró Europa y el mundo entero.

Ése era el republicanismo de Peyrat, al servicio de la fabricación de mitos sobre una herejía medieval. Peyrat narró sólidamente la historia de un fabuloso tesoro cátaro, idea que gozaría de un buen respaldo. En de­fensa de Peyrat, los archivos históricos –en este caso, transcripciones de interrogatorios de la Inquisición a supervivientes de Montségur– hablan de cuatro perfectos que una noche se escabulleron montaña abajo duran­te el asedio para ocultar un saco de oro, plata y monedas, obviamente el tesoro de los aproXImadamente doscientos cataros que había en lo alto de la montaña. No obstante, Peyrat hizo que el tesoro fuera inmenso y que no tuviera sólo valor monetario. También contenía textos sagrados. Cabe suponer que lo llevaron a una cueva que se hallaba a unos veinte kilóme­tros denominada Lombrives, que Peyrat consideró un nuevo Montségur. Según Peyrat, los integrantes de una gran comunidad catara empezaron a vivir como trogloditas en Lombrives hasta que un ejército real francés los descubrió y tapió con ladrillos la entrada de la cueva. El pasaje de Peyrat sobre la muerte de los encerrados cataros es conmovedor:

Un día ya no les quedó nada, ni comida, ni leña, ni fuego, ni siquiera una débil luz, ese reflejo visible de la vida. Se juntaron por familias, en nichos independientes, el esposo con la esposa, la virgen junto a su debilitada madre, un niño pequeño o su pe­cho seco. Durante unos instantes, por encima del piadoso mur-í mullo de las oraciones, se pudo oír la voz del pastor cátaro proclamando la Palabra que está en Dios y que es Dios. El fiel diácono dio a los moribundos el beso de la paz y después se ten­dió en el suelo para dormir. Todos descansaban en un sueño lige­ro, y sólo las gotas de agua que caían lentamente del techo de la bóveda alteraban el secular silencio sepulcral… Mientras la Inqui­sición maldecía su memoria e incluso sus seres queridos ya no se atrevían a decir su nombre, la roca lloraba por ellos. La montaña, una compasiva madre que los acogía en su seno, tejió religiosamente para ellos una mortaja blanca con sus lágrimas, enterró sus restos en los graduales pliegues de un velo cretáceo, y en sus huesos que jamás ningún gusano profanaría esculpió un triunfante mausoleo de estalagmitas, magníficamente decorado con \> urnas, candelabros y los símbolos de la vida.7

Por desgracia, pese a toda esta belleza, Napoleón Peyrat se lo in­ventó todo.

La prosa de Peyrat tuvo un efecto fascinador en aquellos contem­poráneos suyos enamorados del pasado. A principios del siglo XIx, estu­diosos franceses y alemanes redescubrieron la poesía de los trovadores en las lenguas provenzales, lo que impulsó a Frédéric Mistral y otros a fundar un movimiento de recuperación lingüística llamado el Félibrige. La rama del Languedoc de ese movimiento –al dialecto del Languedoc se le lla­mó «languedociano», y más tarde occitano– consideraba el trabajo de Peyrat un nuevo «evangelio». El Félibrige glorificó los románticos cataros del pastor y su entusiasta retrato del sur enfrentado a la cruzada.

En el Félibrige del Languedoc muchos eran republicanos pero fe­deralistas; estaban a favor de una Francia descentralizada donde pros­peraran las identidades y los lenguajes regionales. El centralizador bull­dozer de la Tercera República no les permitiría llegar muy lejos. En respuesta a su fracaso político, se refugiaron en la ficción, la música y la

poesía basadas en los cataros, de las que en la última década del si­glo XIx y la primera del xx hubo una producción considerable. Los ras­gos distintivos de los trovadores acabaron de algún modo entrelazados con los supuestos cataros libertarios. Se escribieron óperas sobre Esclar-monde de Foix, que fue el tema de los poetastros del sur de final de si­glo. En 1911, en su ciudad natal, Foix, hubo una disputa sobre si eri­gir o no una estatua dedicada a ella. Perdieron los del Félibrige, y la estatua nunca se encargó.

La Esclarmonde de Peyrat también comenzó a destacar en París, por lo general como una voz incorpórea en sesiones de espiritismo fre­cuentadas por intelectuales y socialistas asqueados, al menos por una noche, del materialismo del siglo XIx. Para esos grupos, los cataros per­fectos eran los interlocutores ideales. En la Francia de fin de siglo tam­bién se asistió a la explosión de la teosofía: un redescubrimiento de las religiones procedentes del este que anunció una corriente de orientalis­mo y pensamiento esotérico. En ese invernáculo de salones ocultos y sociedades secretas, los cataros de Peyrat florecieron. Pasaron de ser preeminentes liberales a continuadores de un linaje de sabiduría orien­tal, preclásica. Fue fundada una Iglesia neognóstica por un tal Jules Doinel,8 que se proclamó a sí mismo patriarca de París… y, significati­vamente, de Montségur.

Entonces el tesoro de Montségur se convirtió en una reserva oculta de conocimiento antiguo. Un influyente ocultista llamado Jo-séphin Péladan propuso esa teoría.9 Sus amigos –Charles Baudelaire, Joris-Karl Huysmans y otros– lo llamaban Sar, como correspondía a su autoproclamada condición de descendiente de los monarcas de la antigua Asiria. Péladan-Sar señaló que Montsalvat, la montaña sagrada de Parsífal y Lohengrin de Wagner, tenía que ser Montségur. Así nació el mito del Santo Grial pirenaico, otro hito del país cátaro con destino a la gloria futura.

El desastre de la Primera Guerra Mundial, que pulverizó las ra­cionales certidumbres del siglo XIX, provocó un aumento continental del interés por lo paranormal. El grito de los cataros se oyó más allá de las fronteras de Francia. Un puñado de pioneros británicos espiritualis­tas bajaron a Montségur y a las cuevas cercanas a Lombrives. Allí, en los años veinte y treinta del siglo xx, grupos de occitanistas locales –herederos del Félibrige– y ocultistas eruditos les dieron la bienveni­da, y todos trabajaron con ahínco para embellecer el relato de Peyrat.

La principal de esas lumbreras locales era Déodat Roché, un no­tario público de una ciudad cercana a Carcasona. Roché era discípulo de Rudolf Steiner, el fundador de la antroposofía, un sistema de racio­nalidad creativa concebido para permitir a sus seguidores un contacto directo e inmediato con el mundo de los espíritus. La antroposofía con toques cataros de Roché estaba abierta a todas las influencias: hinduis-mo, druidismo, gnosis, etc. Roché dio mucha importancia a los gara­batos de las cuevas cercanas a Montségur, afirmando que eran pen­tagramas dibujados por fugitivos cataros en un intento de transmitir un mensaje a la posteridad. En efecto, Roché «catarizaba» enseguida cualquier inscripción que no fuera inequívocamente moderna. Murió en 1978, a la edad de cien años; su influencia en la construcción del país cátaro fue inmensa.

Gravitando en torno a Roché, sobre todo en los años treinta, ha­bía un grupo de jóvenes buscadores espirituales entre los que durante un tiempo se contó la filósofa Simone Weil, que usaba un seudónimo anagramático, Emile Novis,10 para publicar sus artículos sobre el Lan-guedoc medieval como una utopía moral. No obstante, fueron espe­cialmente dos hombres los que mejor exportarían y distorsionarían el legado de Peyrat. El primero fue Maurice Magre, escritor de considera­ble talento que hoy prácticamente ha caído en el olvido. Entre 1920 y 1940, este prolífico novelista y ensayista –así como prodigioso consu­midor de opio– insufló en el catarismo la vitalidad del Montparnasse parisino. El Magiciens et illuminés [Los nuevos magos] de Magre fue un magistral trabajo de especulación, un agudo examen de la secreta in­fluencia de los sabios orientales a lo largo de las distintas épocas. Los cataros ocupaban un puesto de honor. El libro se tradujo a varios idio­mas y alcanzó grandes cifras de ventas tanto en Gran Bretaña como en

Estados Unidos.

Entre la impresionante producción literaria de Magre hubo dos novelas cataras, Le Sang de Toulouse [La sangre de Tolosa] y Le Trésor des Albigeois [El tesoro de los albigenses]. En la primera hizo llegar las fabulaciones de Peyrat a un público moderno y refundió historias como la de Lombrives o la del tesoro de los cataros en un estilo gráfico y místico que hizo que la romántica prosa de Peyrat pareciera anticua­da. Magre también tuvo tiempo de arremeter contra los enemigos de los cataros:11 describía a Alice de Montmorency, la esposa de Simón de Montfort, como una criatura con los dientes picados, piel cetrina del color de los «limones de Sicilia» y una prominente nariz. En la segun­da novela catara, de menos éXIto, los perfectos parecían budistas.

En 1930, Magre conoció en París a un joven estudiante alemán, Otto Rahn, el segundo del círculo de Roché en internacionalizar el país cátaro.12 Magre dirigió a Rahn y sus amigos en el Ariége, y el resul­tado, en 1933, fue Kreuzzuggegen den Gral [Cruzada contra el Grial: la tragedia del catarismo, Ediciones Hiperión, 1994]. En esencia, Rahn reunió todas las historias pirenaicas sobre el Grial y las comparó con el Parzifal escrito por Wolfram von Eschenbach. Montsalvat se convirtió en Montségur, Parsifal (o Perceval) fue Trencavel, y quien guardaba el Grial no era otra que Esclarmonde. Lo que realmente estaba custodian­do era una piedra sagrada que había caído del cielo en el tiempo en que los ángeles habían sido vencidos. Esclarmonde se las arregló para es­conder la piedra en la montaña antes de que los franceses tomaran Montségur por asalto y arrojaran a los cataros a la hoguera.

Éste era el verdadero Grial, erróneamente colocado por Chrétien de Troyes, en sus escritos sobre el siglo XIv, en algún lugar del norte de Francia, y, lo que es más importante, incorrectamente transformado por la mitología cristiana en un cáliz que contenía la sangre de Cristo. Los cataros de Rahn eran paganos; y también –y eso era nuevo– tro­vadores. La Cruzada contra el Grial de Rahn situaba con buen tino a los cataros en el centro de los estudios esotéricos sobre el Grial.

A continuación Rahn y sus seguidores arrojaron la sombra más obscura que jamás cayera sobre el país cátaro. En 1937, Rahn publicó Luzifers Hofgesind [La corte de Lucifer: un viaje a los buenos espíritus de Europa, ínter, Rigal, 1993], otro libro sobre el Grial y los cataros. Por aquella época, el estudiante extranjero regresó a Alemania y se hizo miembro de las SS. En la nueva formulación de Rahn, ¿quiénes eran ahora los cataros? No es difícil de adivinar:

No necesitamos el Dios de Roma, ya tenemos el nuestro. No necesitamos los mandamientos de Moisés, llevamos en nuestro co­razón el legado de nuestros antepasados. Es Moisés el imperfecto e impuro. [...] Nosotros, occidentales de sangre nórdica, nos llama­mos cataros igual que los orientales de sangre nórdica se llaman parsis, los Puros. Nuestro cielo está abierto sólo a aquellos que no son criaturas de una raza inferior, o bastardos, o esclavos. Está abierto a los arios. Su nombre significa que son nobles y señores.

1

Las benignas especulaciones de Rahn sobre el Grial y su poste­rior inoculación hitleriana en los cataros acabaron inevitablemente combinándose. Después de la Segunda Guerra Mundial y ya bien en­trados en la década de los setenta, unos cuantos antiguos colaboradores de Vichy hicieron correr una asombrosa cantidad de rumores relativos a la relación entre los nazis y los cataros; por ejemplo:

– Se dijo que el 16 de marzo de 1944, en el 700 aniversario de la hoguera de Montségur, Alfred Rosenberg, el teórico nazi, había sobrevolado la cumbre como gesto de homenaje.

– Se dijo que Hitler y sus consejeros más cercanos habían formado parte de una sociedad secreta pagana neocátara.

– Se dijo que, durante la ocupación, ingenieros alemanes ha­bían excavado Montségur y se habían llevado el Santo Grial. En este último relato, que anticipa el argumento de En busca del arca perdida, la valiosa piedra catara de Esclarmonde –o, según cierta gente de extrema derecha, unas tablas de la ley no judías– fue enterrada en un glaciar de los Alpes bávaros justo antes de la derrota de Alemania.

Esos rumores, aunque todo el mundo reconoció que eran falsos, pusieron de manifiesto que en el Languedoc había un vigor inquebran­table. En 1978, se produjo un incidente diplomático sin importancia cuando gentes del lugar acusaron a un grupo de pendencieros boy scouts alemanes de querer robar bloques de piedra de Montségur. Se conside­ró que la supuesta travesura era una prueba de que los muchachos te­nían tendencias neo nazis.

Si el legado de Peyrat hubiera degenerado tan sólo en nostalgia por el Tercer Reich, en el Languedoc no habría señales del país cátaro con patrocinio oficial. Por suerte, los oponentes de Otto Rahn acaba­ron aplastándolo. En primer lugar, se produjo la previsible compara­ción de los cataros con miembros de la Resistencia francesa, que lucha­ban contra una fuerza invasora. Este tropo apareció una y otra vez en obras publicadas en la década de los cincuenta. Los cataros –burgue­ses liberales, budistas, gnósticos, nazis o lo que fuera– se habían uni­do al maquis.

Asimismo, la propaganda de Roché y Magre empezó a dar frutos científicos. Arqueólogos y especialistas serios comenzaron a buscar en Montségur rastros de cámaras y túneles ocultos. No hallaron nada. Ello no impidió que un escritor, Fernand Niel, publicara un estudio lleno de mapas que demostraba que Montségur había sido construido como templo solar. Niel incluso incluía uno de esos diagramas en un volu­men sobre los cataros que escribió para la colección francesa Que sais-je, una serie de manuales para escuelas y bibliotecas. Su erudita explica­ción sobre los matices solares de la construcción catara ha quedado desde entonces eclipsada por la rigurosa descripción científica de que el castillo en ruinas que hay actualmente en lo alto de Montségur fue construido mucho después de la cruzada contra los cataros. (El castillo original fue demolido en el siglo xm o XIv, y después se construyó otro.) La misma conclusión sobre otros castillos en ruinas en Corbiéres y los Pirineos no ha impedido que se convirtieran en les cháteaux catha-res (castillos cataros): vestigios evocadores visitados regularmente por ecoexcursionistas convencidos de que están contemplando templos so­lares destruidos por el catolicismo.

Los años sesenta llevaron la contracultura a los cataros y pusieron al día el saber popular que los rodeaba. Los babas-cool, palabra francesa que designa a los hippies que van a vivir al campo, hicieron del Ariége uno de sus principales objetivos para regresar a la naturaleza a fabricar queso de cabra. Cuando empezaron a llegar a finales de los sesenta, se encontraron con rosacruces holandeses, neognósticos belgas y otros grupos que ya habían ido al sur, a campamentos de verano en el país cátaro. Los babas-cool habían advertido en los cataros algunas cualida­des atractivas: eran vegetarianos; desaprobaban el matrimonio –o sea, eran partidarios del amor libre–; las mujeres podían ser perfectas –por tanto, eran feministas–, y formaban parte de la cultura del amor trovadoresco de Occitania. En resumen, los cataros molaban. Grupos de rock daban serenatas al pie de Montségur, donde ahora las volutas de humo venían de los porros.

En el mundo de habla inglesa, en las décadas de los sesenta y los setenta, el psiquiatra Arthur Guirdham alcanzó gran notoriedad gracias a una serie de libros sobre ciencias ocultas que empujaron a muchos bri­tánicos a explorar el suroeste de Francia. Guirdham describió cómo va­rios de sus pacientes, de manera independiente, mostraron signos de ser cataros perfectos reencarnados. Él mismo es/era Guilhabert de Castres.

La razón de que tantos de esos espíritus cataros estuvieran congregados en Bath, Inglaterra, el lugar de trabajo de Guirdham, no se explica en sus libros, pero su actualización en versión New Age de las sesiones de espiritismo de los salones parisinos ha soportado el paso del tiempo.

A finales de la década de los setenta, el país cátaro había llegado verdaderamente a su mayoría de edad. La gente medía las vibraciones cósmicas en los castillos cataros. Los nacionalistas occitanos se reunían para celebrar ceremonias en Montségur. Arqueólogos de fin de semana desenterraban lo que ineludiblemente, según ellos, eran cruces, colgan­tes y palomas de piedra cataras. Reproducciones de esos objetos eran los elementos básicos de las ferias de artesanía de todo el Languedoc. Aficionados a Stonehenge y diversas clases de neopaganos empezaron a interesarse. Las televisiones francesa y británica hicieron programas es­peciales sobre los enigmas de la historia catara, todos ellos más o me­nos heredados de los círculos de esoterismo animados por Déodat Ro­ché en la década de los treinta. Ahora Roché tenía ya más de noventa años, un frágil papa cátaro de un séquito en crecimiento.

Poco después de la muerte de Roché, el trío angloamericano for­mado por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln publicó el libro de más éXIto hasta el momento sobre el país cátaro: The Holy Blood and the Holy Grail [Enigma sagrado], del que ya se llevan treinta y cinco ediciones en inglés. Los tres autores convirtieron el catarismo en un fenómeno de masas y trasladaron el gtupo artúrico de Glaston-bury a un nuevo tipo de romance medieval. Los escritores utilizaron el legado de Magre, Roché y otros y escribieron una entretenidísima his­toria detectivesca y mágica. El misterio es éste: a finales del siglo XX, un cura de una aislada parroquia de Rennes-le-Cháteau, cerca de Carcaso-na, de pronto empezó a vivir muy bien y a construir anexos a su iglesia y su casa. Estaba gastando millones de francos. ¿De dónde los sacaba? La respuesta breve es que era el cerebro de un sistema que recau­daba fondos por correo y estafó a varios nobles locales para que le lega-tan dinero en sus testamentos.13 La respuesta larga está en las más de quinientas páginas de Enigma sagrado. Resulta que el cura encontró el tesoro que los cataros habían sacado a escondidas de Montségur duran­te el asedio. Empezó a vender parte del mismo y también chantajeó al Vaticano. El tesoro cátaro, aparte de su incalculable provisión de oro visigótico, era nada menos que la prueba de que Jesús no era Dios sino un rey que se había casado con María Magdalena. Su hijo estableció el linaje de los reyes merovingios, quienes, dicho sea de paso, eran judíos. Este secreto, junto con otros que desenmascaraban la divinidad de Je­sús, fue descubierto debajo del Templo de Jerusalén durante las cruza­das; había sido transmitido tanto a los cataros como a los caballeros templarios. Después de que el tesoro se salvara por los pelos en Mont-ségur, una sociedad clandestina guardó el secreto hasta el descubri­miento del párroco en Rennes-le-Cháteau. En el pasado la sociedad había estado dirigida, entre otros, por Leonardo da Vinci, Nicolás Poussin, Isaac Newton, Victor Hugo y Claude Debussy. El libro da a entender, astutamente, que no se ha encontrado todo el botín. Desde su publicación, los buscadores de tesoros salpican el territorio que ro­dea Rennes-le-Cháteau. Se ha construido una pequeña pista de aterri­zaje para ovnis (en realidad, un prado segado) y actualmente se hacen excursiones para visitar lo que es una vulgar iglesia de pueblo.

El paisaje imaginario inicialmente esbozado por Napoleón Peyrat se ha vuelto cada vez más extraño. Hoy los cataros son un grupo protei­co, pronto a convertirse en cualquier cosa que el alma desee. Sectas reli­giosas de las décadas de los ochenta y los noventa los utilizaron, llevadas por su delirio asesino: la Orden del Templo Solar, el culto suicida fran-co-suizo-quebequés, basó algunos de sus cálculos arcanos en los dispa­rates escritos sobre los cataros. La website de Marshall Applewhite’s Heaven’s Gate hierve de referencias al ascetismo de los cataros y al dios oculto detrás de Dios. A la larga se convenció a sus seguidores de que se suicidaran a fin de alcanzar el «nivel más allá de lo humano» –un esta­do semejante al de los perfectos– y, finalmente, escuchar el mensaje procedente del cometa Hale-Bopp.

Por equívocos que sean algunos de sus acólitos, parece que el país cátaro sigue expandiéndose. Se promete un futuro brillante en Internet, un medio inmaterial ideal para convertirse en una cámara de resonan­cia del pensamiento esotérico. También se está haciendo una película francesa titulada La Main de Dieu [La mano de Dios] que trata del gran misterio del asesinato no resuelto del drama cátaro: ¿quién mató a Pierre de Castelnau? La única otra película importante sobre los cataros data de los años cuarenta; en La Fiancée des ténébres [La novia de las ti­nieblas], una atractiva y turbia mujer se da cuenta de que es la reencar­nación de –¿quién si no?– Esclarmonde de Foix. Sin duda Napoleón Peyrat, el hombre que creó los mitos del país cátaro, descansa en paz.

A

El 16 de marzo de 1999 fue el último aniversario de la famo­sa hoguera en el milenio que compartimos con los perfectos de Montségur. Salí de mi casa cerca de Perpiñán y me dirigí a los Pi­rineos pensando más que nada en el verdadero legado de los cata­ros. Que ese hermoso rincón de Francia –la afiliación nacional forma parte del legado– tuviera que ser el escenario de aquella cruel intolerancia es todavía difícil de creer, incluso después de dos años de viajar por todo el Languedoc en la compañía imaginaria de los cataros. No obstante, fueron desfilando los pueblos de Corbié-res, cuyos nombres ahora resultaban familiares por los archivos de la Inquisición y las crónicas de la cruzada. La historia se había desarrollado aquí; una cultura había hecho una elección.

Parecía que en cada curva de la carretera había una vista de un castillo en ruinas en lo alto de una montaña, y que el lugar, si no las piedras, había sido testigo de algún episodio del drama cáta­ro. Se me ocurrió que el Languedoc da una lección sobre los peli­gros de lo absoluto.

El día parecía en extremo caluroso. Dejé el coche en el pequeño aparcamiento al pie de Montségur y caminé hacia la estela conmemo­rativa. Un joven alto y delgado me puso en la mano un montón de pa­peles: poemas, en occitano. Era un trovador, con su madre; el que to­maba los billetes, ladera arriba, puso los ojos en blanco y me dijo que venían a Montségur cada 16 de marzo.

El camino era empinado, serpenteaba hacia arriba a través de rocas y monte bajo, con vertiginosos altibajos en el vacío. En el sol de la mañana, los brezos salpicados de nieve se hacían cada vez más pequeños.

Apoyado en un desnivel, un hombre de mediana edad rezaba de rodillas. Pasé por su lado sin decir nada; creo que ni siquiera me oyó.

En la cima, en los restos del castillo, los miembros de lo que pa­recía una familia numerosa –abuela, padres, hijos adolescentes– esta­ban apartados a un lado y cantaban. El efecto era encantador. Más tar­de el chico mayor explicó que eran filipinos y que su padre siempre había querido ir allí. ¿Por qué? El no lo sabía.

Pasé por un hueco en las murallas hacia donde en otro tiempo estuvo el pueblo de los perfectos. Unas cuantas cuerdas cercaban las cornisas a las que se encaramarían los arqueólogos tan pronto volviera a hacer buen tiempo. Doblé la esquina de una defensa y vi, al sur, que

el monte Saint-Barthélemy se extendía hacia el cielo. Cerré los ojos; sentí el viento.

Silencio. El clamor del país cátaro yacía allá abajo, en las ciuda­des y las tiendas de souvenirs. Albi estaba tan lejos que incluso su tre­mendo grito había sido acallado.

Abrí los ojos. Con todo, los cataros habían vencido. Ya no eXIstían.

Notas

M

MANEJO Y FUENTES PRINCIPALES

He incluido anacronismos geográficos de un modo arbitrario. Dado el período de que se trata, como se señala en la Introducción, es prematuro ha­blar de Francia o Inglaterra en tanto que estados o gobiernos nacionales esta­blecidos, aunque sería pesado estar todo el rato repitiendo «el mosaico de convenios feudales que un día se unirían para formar lo que hoy conocemos como x». Un reciente libro sobre los cataros adopta la siguiente nomenclatu­ra: se refiere a la Francia carolingia como Galia; el área que estuvo bajo la soberanía de los Capetos es Francia; y tras el rey Felipe Augusto es Francia la que queda dentro de los confines del estado. Distinciones magistrales; aguas turbias. Siempre que se reconozca como tal, un anacronismo pequeño es mejor que una confusión grande.

Antes de consultar las notas, los lectores deberían conocer las principa­les fuentes del drama cátaro. La más importante es la Canso del siglo XIII, o, tal como se dice ahora, El canto de las guerras cataras. Canción de gesta de diez mil versos en lengua occitana –es decir, una canción narrativa rima­da–, la Canso tiene la particularidad de ser obra de dos autores que fueron testigos de muchos de los sucesos de la cruzada. El primer tercio del poema fue escrito por Guillermo de Tudela, favorable a la cruzada, clérigo del que se supone recibió el patrocinio de Balduino, hermano del conde Raimundo VI. Cuando el traidor Balduino, partidario de Simón de Montfort, fue captura­do y colgado por sus parientes poco después de la batalla de Muret, el tinte­ro de Guillermo se secó. A partir de 1213 continuó la historia un personaje anónimo que se mostraba inequívocamente en favor de Tolosa. Así, la Canso cambió de bando. Las siguientes dos terceras partes del poema describen lo sucedido hasta 1219, cuando Tolosa está a punto de rechazar su tercer asedio en ocho años. El continuador, normalmente considerado anónimo, parece que fue un católico devoto y, con toda probabilidad, compañero del joven conde Raimundo VII. Janet Shirley, en la introducción a su bien acogida tra­ducción inglesa en prosa de la Canso (Scholar Press, Aldershot, Inglaterra, 1996), establece una distinción entre los dos escritores: «Otra diferencia con­siderable entre ambos autores, que casi se pierde en la traducción, es que Guillermo era un escritor bueno y competente mientras que su sucesor era un hombre genial. Guillermo puede contar una buena historia y procura no dejar ninguna duda sobre su condición de literato culto… Sin embargo, el cronista anónimo puede lanzar al aire montones de palabras y recogerlas de nuevo.»

Otra fuente esencial es la Hystoria Albigensis, una crónica en latín es­crita por el monje cisterciense Pierre de Vaux de Cernay, favorable a los cru­zados. Sobrino de un prelado que era amigo fiel de Simón de Montfort, Pie­rre tomó parte en muchas de las acciones de la cruzada y es un testigo ocular valioso aunque inquebrantablemente parcial. La traducción más com­pleta fue al francés: Pascal Guébin y Henri Maison-neuve, Hístoire albigeoise (Vrin, París, 1951). En 1998, se publicó una versión inglesa de la crónica de Pierre de Vaux de Cernay, traducida por W. A. y M. D. Sibly (Boydell, Ro-chester, N.Y.).

El último de la trinidad de relatos contemporáneos lo escribió a me­diados de siglo Guillaume de Puylaurens, notario de la Inquisición que en otro tiempo estuvo al servicio del conde Raimundo VIL Con estilo telegrá­fico aunque abarcando un período cronológico mayor, la Chronica magistri Guillelmi de Podio Laurentii corrobora los detalles recogidos en la Canso y la Hystoria. Puylaurens parece que ha hablado con los supervivientes ya lle­gados a viejos. La traducción del latín original utilizada con más frecuencia corrió a cargo del decano de los estudios cataros en lengua francesa, Jean Duvernoy (C.N.R.S., París, 1976). La Chronica no simpatiza con la causa catara, pero tampoco perdona los abusos de los cruzados y sus acostumbra­das tácticas sucias.

Las principales fuentes utilizadas para períodos posteriores de la historia de los cataros se analizan en las notas que siguen. En la bibliografía se puede encontrar toda la información editorial sobre la mayoría de los libros citados en la notas.

El presente libro se escribió para que fuera accesible a todos los lectores con curiosidad por el pasado. Para cuestiones relativas a hechos bien conoci­dos o a extractos de documentos medievales incluidos en la mayor parte de los estudios sobre los cataros, no creo que sea preciso acreditar las fuentes. No obstante, en las notas se resumen aspectos importantes de desacuerdos entre aquéllas, así como otras informaciones que considero complementarias del flujo narrativo o que podrían confundir el texto. Creo que algunas de es­tas informaciones «marginales» son interesantes por sí mismas.

i

Introducción

1. Por si algún admirador de esta singular iglesia me critica por desde­ñar su interior, debo señalar que las capillas laterales y el techo de la catedral son una exuberancia de descripciones pintorescas. En torno al coro, ocupan­do completamente la mitad de la nave, una pálida celosía de piedra caliza la­brada alberga docenas de estatuas en nichos. Esta florida reja gótica que sepa­ra el coro de la nave se cuenta entre los más primorosos tesoros eclesiásticos de Francia: testamento de la riqueza del episcopado de Albi. No obstante, en la parte posterior de la iglesia hay un enorme fresco del Juicio Final, de cua­tro pisos de altura y tan ancho como el mismo edificio. Encargado por Louis d’Amboise, uno de los últimos obispos medievales, es una obra maestra de lo macabro, rebosante de montones de personajes en distintas fases de agonía mientras demonios en forma de reptil y asquerosos sapos los torturan para toda la eternidad. Aunque ya hacía tiempo que los cataros habían desapareci­do cuando el obispo d’Amboise llamó a artistas florentinos para que hicieran ese trabajo entre 1474 y 1480, la grotesca descripción que el fresco hace de las consecuencias del pecado parece todo menos inocente en este bodrio de catedral construida en ladrillo rojo. Otro accidente de la historia del arte produce aún más náuseas. Un obispo del período barroco, Charles Le Goux de la Berchére, hizo un gran agujero en el centro del fresco para construir una capilla en la base del campanario. En la mitad superior de la pintura –la dedicada a las almas que van al cielo–, la modificación tuvo el desafor­tunado efecto de borrar a Dios, el juez del Juicio Final. De este modo, no hay forma de ver el alivio de lo divino en este espectáculo del horror, como si la escena tratara de asustar y no de elevar el alma. Nuevamente, teniendo en cuenta la historia de la región, el resultado encaja demasiado para ser una coincidencia.

2. Esta orden cruel apareció por primera vez en el Dialogas miraculo-rum del monje cisterciense Cesáreo de Heisterbach, que escribió su admirati­vo relato de la cruzada unos treinta años después de finalizada. Durante mu­cho tiempo había sido un reflejo de historiador minimizar la orden como apócrifa y absolver a Arnaud Amaury de cualquier elocuencia brutal como aquélla. No obstante, modernos eruditos han señalado que esas palabras se hacen eco de pasajes de Timoteo 2,2,19 y los Números 16,5- Como señala el escrupuloso Malcolm Lambert en la p. 103 de The Cathars [La otra historia de los cataros]: «Según ello, es más probable que estas palabras salidas de la boca de un miembro culto de la jerarquía [es decir, Arnaud Amaury] sean auténticas.» Sea cual fuere la verdad de su origen, la expresión sigue viva. En su Lipstick Traces: A Secret History ofthe 20th century [ Trazos de carmín, Ana­grama, 1991], el crítico cultural Greil Marcus afirma que la expresión «Ma-tadlos a todos, Dios ya lo arreglará» era uno de los eslóganes de camiseta preferidos de los fans del cantante punk Johnny Rotten y, en su versión espa­ñola, de los integrantes de los escuadrones de la muerte en Guatemala. Según informó el New York Times, Karla Aye Tucker, una asesina ejecutada en Tejas en 1998, en su época de chica mala solía llevar camisetas con el lema «Ma-tadlos a todos».

3. La frase se atribuye a Jules Michelet.

4. La provocadora frase de Tarantino sobre la Edad Media compite con el memorable pareado inventado en los años sesenta del siglo xx por el satírico Tom Lehrer acerca del segregacionista DiXIe: «En la tierra del gorgo­jo criminal/donde impera la ley medieval.»

5. Aunque las infamias sobre los herejes se tomaron prestadas de ca­lumnias que abundaban en la época clásica (a veces difundidas por alarmistas paganos sobre las nuevas sectas de la cristiandad), creían en ellas muchos que debían haber sido más prudentes. En 1233, el papa Gregorio IX, el patroci­nador de la Inquisición, promulgó una bula papal, Vox in Roma, que repetía hasta la saciedad viejas historias sobre orgías felinas. En los años ochenta del siglo XII, una calumnia muy habitual corrió a cargo de Walter Map, un diá­cono de Oxford que escribió lo siguiente sobre los herejes: «En la primera parte de la noche [...] cada familia se sienta aguardando en silencio en su si­nagoga, y entonces desciende por una cuerda que cuelga en el centro un gato negro de tamaño extraordinario. Al verlo, apagan las luces y no cantan ni re­piten himnos de manera clara sino que los canturrean con los dientes apreta­dos, y se dirigen al lugar donde han visto a su maestro, yendo a tientas hacia él, y cuando lo encuentran lo besan. Cuanto más apasionados son los senti­mientos, más abajo apuntan; algunos llegan hasta los pies, pero la mayoría se detiene en la cola y las partes pudendas. A continuación, como si este asque­roso contacto desatara sus apetitos, cada uno agarra a su vecino y se harta de él con todas sus fuerzas» (Jeffrey Richards, Sex, Dissidence, and Damnation, pp. 60-61).

6. Tenemos que agradecer a Pierre de Vaux de Cernay esta excitante invención sobre los cataros.

7. Es habitual comparar la curiosidad del siglo XII con la reacción del XIn. En un estudio de 1948 sobre la dinastía de los Plantagenet de Inglaterra, John Harvey resumió con elegancia el consenso histórico: «El [siglo] xm iba a ser tes­tigo del primer remache de las cenefas forjadas por la escolástica en las mentes de los eruditos, así como la infructuosa sustitución de la autoridad por el em­pirismo. Por otro lado, en las artes manuales como la arquitectura, la escultura o la pintura, fueron realizados grandes progresos por artesanos laicos que esta­ban suficientemente informados del mundo culto de las escuelas para ser capa­ces de llevar a cabo un empirismo vivo por su propia cuenta. En algunas otras esferas, en especial las de las leyes y la administración, se avanzó en la dirección de la unidad mediante un proceso de codificación y el temple de las primeras fórmulas de tanteo en normas de vida establecidas» (J. Harvey, The Plantegenets [Londres, B.T. Batsford, 1948], p. 50).

8. En The Formation of a Persecuting Society, Moore sostiene que el aparato perseguidor era una consecuencia natural, pero no inevitable, del es­tado naciente. En su opinión, los años 1180-1190 son un momento crucial en el desarrollo de instituciones opresoras. Su libro, publicado en 1987, to­davía sigue provocando controversia.

9. El año clave para comprender el catarismo fue 1939, cuando Don-daine descubrió varios documentos importantes en archivos de Florencia y Praga: un catecismo cátaro en latín; un tratado filosófico del siglo xm, El Li­bro de los dos principios, escrito por Juan de Lugio, y una descripción excep-cionalmente imparcial que refutaba el catarismo, Contra Manicheos, escrita por Durand de Huesca, pensador valdense que se había convertido a la orto­doXIa durante un debate con Domingo en 1207. Antes de estos descubri­mientos, la teología catara se había armado únicamente a partir de lo que sus adversarios habían escrito sobre la herejía y de dos manuscritos occitanos in­completos hallados en Lyon y Dublín. Naturalmente, los enemigos del cata­rismo habían descrito la fe como un montón de supersticiones. De esos do­cumentos resultó evidente, sobre todo en el caso de Juan de Lugio (un escolástico cátaro), que la herejía encajaba de lleno en la tradición del racio­nalismo aristotélico. Tras siglos de ser considerados una quinta columna de un resurgimiento maniqueo, los cataros podían ser estudiados por lo que eran: cristianos medievales.

10. Para identificar estas fuentes, véase Manejo y fuentes principales, más arriba.

11. La novela en cuestión es Le Christi, de René-Victor Pilhes. El au­tor considera que el liderazgo económico americano es una reencarnación de la Iglesia totalitaria medieval, una idea no infrecuente en la Francia de hoy.

1. El Languedoc y la gran herejía

1. En otro tiempo, los occitanos y sus primos estaban justo en el cen­tro de la escena. Antes de decidir componerla en su lengua vernácula tosca-na, Dante Alighieri pensó escribir la Divina Comedia en provenzal.

2. Según la tradición, el dualismo fue difundido por las rutas comer­ciales del sur por artesanos itinerantes. De entre estos comerciantes, los prin­cipales eran los tejedores, y durante un tiempo se conoció a los cataros como tiserands (tejedores). Opiniones eruditas disidentes ponen en entredicho esta tendencia ocupacional al afirmar que la asociación de los perfectos con los desarraigados artesanos era otro método utilizado por los propagandistas ca­tólicos para difamarlos.

3. En la época que nos ocupa, el pueblo se llamaba Saint-Félix de Caraman.

4. El uso de la mayúscula para la reunión es cosa mía. En cuanto a la reunión en sí, un ruidoso grupo de revisionistas, encabezados por la historia­dora Monique Zerner, sostiene que el cónclave herético nunca se celebró. El argumento de los escépticos se apoya principalmente en el hecho de que la única fuente del encuentro de Saint-Félix es un documento del siglo xvn cuyo autor (Guillaume Besse) afirmaba haberse basado en un manuscrito de 1223 hoy desaparecido. En enero de 1999 tuvo lugar en Niza un coloquio para escuchar a los revisionistas, si bien el abrumador consenso entre los ex­pertos cataros –Anne Brenon, Michel Roquebert, Malcolm Lambert, Ber-nard Hamilton, Jean Duvernoy y otros– sigue manteniendo que en Saint-Félix se asistió a «la reunión internacional más impresionante jamás habida en la historia de los cataros» (Malcolm Lambert, The Cathars [La otra historia de los cataros], pp. 45-46). Sin embargo, algunos afirman que la reunión se celebró en los años setenta del siglo XII, no en 1167. Para un entretenido re­sumen de muchos de los argumentos a favor y en contra, véase Michel Ro­quebert, Histoire des cathares, pp. 58-62.

5. Con gran disgusto, me veo forzado a optar por la terminología acuñada por los perseguidores de los cataros. Lo he hecho para evitar confu­siones, pues los cataros se referían a sí mismos simplemente como cristianos, buenos cristianos, buenos hombres o buenas mujeres, o amigos de Dios. A los perfectos se los llamaba así no porque no tuvieran defectos; más bien los etiquetaron como hereticus perfectus o herética perfecta–«hereje completa­do»– en el sentido de que alguien ha pasado de la fase de simpatizante a las filas de los ordenados. El término para creyentes, credentes, también fue acu­ñado por los enemigos de los cataros.

6. El intercambio de saludos en el melioramentum hacía hincapié en el abismo entre los simples creyentes terrestres y los perfectos cuasidivinos. En The Cathars [La otra historia de los cataros] (p. 142), Malcolm Lambert recurre a la tesis doctoral de Y. Hagman, Catharism: A Medieval Echo of Manichaeism or a Primitive Christianity, para describir el intercambio: «Con la más solemne ceremonia, tres profundas inclinaciones de cabeza y a las manos, hasta besarlas, iban acompañadas de “Bendecidnos ibenedicte), señor –’buen cristiano’ o ‘buena señora’–, la bendición del Señor y la vuestra, rogad a Dios por noso­tros –y, a la tercera inclinación–: Señor, rogad a Dios por este pecador, que lo libre de una muerte maligna y le dé un buen final”. El perfecto respondía afirmativamente a los dos primeros ruegos, y en el tercero aludía con mucho detalle al consolamentum: “Dios recibirá el ruego de hacer de vos un buen cris­tiano y conduciros a un buen final.”»

7. No se sabe mucho del catarismo al norte del Loira, salvo que fue reprimido en una fase temprana y, por tanto, nunca se acercó al éXIto de que disfrutó en el Languedoc. Parece que la mayor concentración de herejes dua­listas en esta región se produjo en la Champaña, zona entrecruzada de rutas comerciales y anfitriona de grandes ferias medievales donde se intercambia­ban mercancías… e ideas.

8. Los últimos bogomilos de los que se tiene noticia, muchos de los cuales se convirtieron al islam, se detectaron en Bosnia en 1867. Esta perla de sorprendente información se halla en The Medieval World (p. 206) de Friedrich Heer [El mundo medieval (Europa 1100-1350)]. También he visto bogomiltraducido como «merecedor de la misericordia de Dios».

9. Creer que un sacerdote corrupto no puede administrar un sacra­mento es una herejía conocida como donatismo. Agustín de Hipona (354-430) combatió sin piedad a los donatistas en su patria, en el romano norte de África.

10. La herejía es un pequeño diablo escurridizo. Calificar una idea de herética es saber exactamente en qué cree uno, y saber con precisión qué considera uno que es un intruso inadmisible en su parcela de lo divino. Para la gran mayoría de los creyentes medievales, la línea divisoria entre la ortodo­XIa y la heterodoXIa serpenteaba por todo el mapa. El cristianismo, como otras creencias, era un debate en curso, y las enseñanzas y prácticas de la Igle­sia andaban perdidas en discusiones bizantinas, se adoptaban ideas que más adelante se juzgarían repugnantes, se rechazaban otras que posteriormente constituirían un dogma. Para el campesino corriente del Languedoc, no hay duda de que los hombres sagrados y las mujeres sagradas parecían ser total­mente ortodoxos en cuanto a su piedad, más ortodoxos que el cura de pue­blo que vivía con su concubina. El estudioso Leonard George ha definido muy bien la herejía como «un crimen de percepción, una acción de ver algo que, según ciertos custodios de la realidad, no está realmente ahí». La palabra deriva del griego hairesis, nombre formado a partir del verbo haireomai, «ele­gir». En su raíz, herejía significa optar conscientemente por una serie de creencias y, por tanto, un hereje es –el anacronismo es irresistible– alguien que está a favor de elegir. Después llegó a significar la elección de un sistema de creencias incorrectas. Teniendo en cuenta las arenas movedizas de la doc­trina, hallar el camino para la salvación aprobado oficialmente eXIgía a me­nudo un hábil juego de piernas espiritual. En un pasaje muy citado del Ti­to 3,9-11 del Nuevo Testamento, Pablo advertía a sus seguidores sobre los herejes: «Pero evitad controversias y genealogías y discusiones y peleas necias sobre la ley, porque son infructuosas e inútiles. A una persona que provoca discordia avisadla una vez, y a continuación una segunda vez. Después de esto ya no hay nada que hacer. Podéis estar seguros de que esa persona es re­torcida y pecadora, que se condena a sí misma.» En otra influyente observa­ción sobre la herejía, el clérigo inglés del siglo xm Robert Grosseteste, uno de los raros ejemplares de hombre medieval que superó la barrera de los ochenta años, deja implícita la idea de una verdad simple, demostrada. Según él, la herejía es «una opinión escogida por la percepción humana, contraria a las sagradas escrituras, admitida públicamente y defendida con obstinación». De nuevo, elección y percepción eran primordiales en esa definición, con la con­dición añadida del carácter público. El viejo y sensato Grosseteste estaba diciendo que no había que llamar hereje a nadie si mantenía la boca cerrada. Como fue notorio, los cataros no lo hicieron. Su credo abarcaba tantos erro­res oficialmente proscritos –donatismo, docetismo, dualismo, monofisitis-mo, etc.– que llamarlos herejes es casi subestimarlos. Exacto, los cataros pensaban que los católicos eran herejes, pero la Iglesia venció en la disputa con igual notoriedad. Si a los cataros no se los puede llamar herejes, debería­mos borrar la palabra de nuestros diccionarios. En el texto utilizo el término en el sentido de disidencia, no de depravación.

11. Mi rápida reseña de los pintorescos carismáticos del siglo XII debe­ría complementarse con la lectura, por orden de aceptabilidad, de En pos del milenio: revolucionarios milenaristas y anarquistas míticos de la Edad Media de Norman Cohn, The Origins of European Dissent de R.I. Moore, y Medieval Heresy, de Malcolm Lambert [La herejía medieval. La jungla de la disidencia es exuberante.

12. La acusación a los seguidores de Tanchelm, completada con pormenores de cómo adoraban los recortes de sus uñas, puede ser cierta o no, dada la naturaleza partidaria de las fuentes medievales procatólicas. Lo que es más cierto es que el relato, aunque sea un bulo, sigue intoXIcando con su perversidad. En el New Yorker del 29 de noviembre de 1999, John Updike escribía sobre Shoko Asahara, el jefe de una secta que liberó gas nervioso en el metro de Tokio: «Sus seguidores también gozaban del privi­legio, cuando él estaba en libertad, de besarle el dedo gordo del pie y pa­gar de doscientos dólares para arriba para beber del agua en la que se ha­bía bañado.»

13. La mención de la anoreXIa quizá sorprenda, pero el gran Bernardo era locuaz sobre sus enfermedades, reales o imaginarias. Puede hallarse una entretenida descripción del hombre –y de su vengador, Pedro Abelardo– en Strange Landscape, de Christopher Frayling, cuyo capítulo titulado «The Saint and the Scholar» está dedicado a esa famosa enemistad del siglo XIl. Frayling habla (p. 123) de los problemas gástricos de Bernardo: «Bernardo estaba siempre enfermo, lo que no era sorprendente dado el modo en que castigaba el cuerpo y los húmedos entornos en que vivía. Parece que sufrió una forma extrema de anoreXIa nerviosa –rechazaba la comida con tanta re­gularidad que a veces quedaba paralizado debido a la falta de alimento–, y apestaba continuamente a vómito rancio. "Me duele el estómago –escri­bía–, pero me duele mucho más el estómago de la memoria, donde se acu­mula toda esta podredumbre."»

14. Se alude al hecho en la medieval Vida de san Bernardo, de Gode-froi de Auxerre, y se extiende sobre el mismo el primer capítulo de la crónica de Guillaume de Puylaurens.

15. Quizás el incidente más extraño de detección de la herejía en el siglo XII se produjo cerca de Reims, cuando un clérigo llamado Gervasio de Tilbury, mientras cabalgaba junto al arzobispo y algunos prelados superiores, vio a una bonita muchacha que andaba sola por un viñedo. Lo cuenta el cro­nista Ralph de Coggeshall: «Empujado por la lasciva curiosidad de un hom­bre joven, tal como supe de él yo mismo después de que se hubiera converti­do en canónigo, se acercó a ella. La saludó y le preguntó cortésmente de dónde era, quiénes eran sus padres y qué estaba haciendo sola por allí, y en­tonces, tras observar su hermosura unos instantes, le habló galantemente de los placeres del amor.» Ella lo rechazó diciéndole que siempre sería virgen. Esto despertó las sospechas de él, y Gervasio supo que la chica campesina creía, por razones religiosas heréticas, que su cuerpo no debía corromperse. Entonces él trató de hacerle cambiar de opinión, al eterno modo de quien no acepta un no por respuesta. Por fin, su discusión atrajo la atención del arzo­bispo, que se acercó a caballo y enseguida quedó escandalizado. No por la conducta de Gervasio, sino por la fe de la chica. Ordenó que la detuvieran y que la llevaran de vuelta a Reims para ser interrogada. La campesina se negó a retractarse y fue arrojada a la hoguera. (R. I. Moore, The Birth of Popular Heresy, pp. 86-88).

16. El nombre tiene su origen en Trece sermones contra los cataros, de Eckbert de Schónau, escrito en 1163. Eckbert también llamó a los cataros «despreciables imbéciles».

17. La negativa a jurar era frecuente entre los herejes, no sólo entre los cataros. Una de las justificaciones la tenemos en Mateo 5,3-37: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados: "No perjurarás, sino que cumpli­rás al Señor tus juramentos." Yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad de un gran Rey. Ni tampoco juréis por vuestra cabeza, porque ni uno solo de vuestros cabellos podéis ha­cer blanco o negro. Sea vuestro lenguaje "Sí, sí", "no, no", que lo que pasa de aquí viene del Maligno.»

18. Entre los que admiten que se celebró la reunión de Saint-Félix, hay otra controversia sobre qué sucedió allí. Unos creen que Nicetas (a me­nudo llamado Niquinta) formuló la ley dualista convenciendo a los cataros del Languedoc de que se pasaran del «dualismo mitigado» al «dualismo abso­luto», siendo este último un credo más duro que postulaba una divinidad diabólica casi igual. Otros sostienen que el relato de la autoridad dogmática de Nicetas es infundado, provocado por una interpretación errónea de la úl­tima década del siglo XIx (del historiador Ignaz von Dollinger) y repetida involuntariamente por generaciones de historiadores a lo largo de todo el si­glo XX. Lo que sí es cierto es que Nicetas previno a los cataros del Languedoc contra el divisionismo y aprobó su organización diocesana.

2. Roma

1. El caradura de Gregorio VII aún hoy nos deja pasmados. En un volumen de su correspondencia, los historiadores hallaron una lista con las siguientes declaraciones: «Nadie puede juzgar al Papa; la Iglesia romana nun­ca se ha equivocado y nunca se equivocará hasta el fin de los tiempos; la Igle­sia romana fue fundada sólo por Cristo; sólo el Papa puede destituir y resti­tuir a obispos en su cargo; sólo él puede elaborar nuevas leyes, establecer nuevos obispados y dividir los antiguos; sólo él puede trasladar obispos; sólo él puede convocar concilios generales y sancionar derecho canónico; sólo él puede revisar sus propios juicios; sólo él puede llevar las insignias imperiales; puede deponer emperadores; puede liberar a individuos de su vasallaje; todos los príncipes deben besarle los pies» (R. W. Southern, Western Society and the Church in the Middle Ages, p. 102).

2. La iglesia del cardenalato de Lotario ya no eXIste. Tampoco la torre que se erigió en lo alto del arco de Septimio Severo.

3. En algunas de las reliquias que se hallaban en el Concilio de Letrán de 1198 puede haber un anacronismo de seis o siete años. Un montón de ellas se pusieron a la venta tras el saqueo de Constantinopla por los cruzados en 1204; así, algunos de los objetos enumerados tal vez no llegaron a Roma hasta después de aquel hecho. Por ejemplo, Enrico Dándolo, el taimado vie­jo dogo de Venecia, trajo de Constantinopla los leones que hay frente a la plaza de San Marcos, así como un trozo de la Cruz Verdadera, el brazo de san Jorge, un frasco con sangre de Cristo, y un trozo de la cabeza de Juan el Bautista (Marc Kaplan, «Le sac de Constantinople», en Les Croisades, ed. R. Delort).

4. No obstante, al final Inocencio terminaría otra vez en San Juan de Letrán, cuando un contrariado pontificado del siglo XIx trasladó su cuerpo a esa iglesia como simbólica respuesta al liberalismo constitucional. Ahora des­cansa en el crucero su estatua yacente en piedra, en calma altiva y custodiada por un par de efigies que representan mujeres. Una sostiene la luz de la sabi­duría; la otra, la bandera de la cruzada. Se rumoreó que esos restos habían sido trasladados desde Perugia a Roma en la maleta de un seminarista que viajaba en tren, en un compartimiento de segunda clase.

5- No hay pruebas documentales que demuestren que el joven Lota­rio quedara impresionado por la canonización de Thomas Becket en la veci­na Segni. No obstante, es una suposición bastante razonable que han repetido varios de los biógrafos de Inocencio. Jane Sayers, en su Innocent III, afir­ma que Lotario visitó la capilla del santo en Canterbury en un viaje a Gran Bretaña como estudiante (p. 19). En «Lotario dei Conti di Segni becomes Pope Innocent III» (de Pope Innocent III and hís World, ed. J. C. Moore), el historiador Edward Peters data la visita en 1185 o 1186 (p. 10).

6. En A History of Christianity [Historia del Cristianismo, Vergara, 1999] (p- 267), de Paul Johnson, se evoca la visita que en 1511 hizo el eru­dito holandés Erasmo a la capilla de St. Thomas en Canterbury: «El relato de Erasmo deja claro que quedaron fuertemente impresionados por lo que vie­ron. Las riquezas que adornaban la capilla eran asombrosas. Erasmo las con­sideró incongruentes, desproporcionadas, tesoros “ante los que Midas o Cre­so habrían parecido mendigos”; treinta años después, agentes de Enrique VIII sacaron de allí 141,5 kilos de oro, 125,4 de plata dorada, 149,8 de pla­ta pura y 26 carretadas de otros tesoros.»

3. El final del siglo

1. Esta perla de misoginia se cita en el clásico Western Society and the Church in the Middle Ages (p. 315) de R. W. Southern. En otras citas selec­cionadas Southern hace observaciones sobre el hecho de que la Iglesia había vuelto la espalda a las mujeres. Una de las más destacadas la escribió un abad premontresiano: «Nosotros y toda nuestra comunidad de clérigos, recono­ciendo que la perversidad de las mujeres es mayor que todas las demás per­versidades del mundo, y que no hay cólera como la de las mujeres, y que el veneno de áspides y dragones es más fácil de curar y menos peligroso para los hombres que la familiaridad con las mujeres, hemos decretado unánimemen­te, por la seguridad de nuestra alma no menos que por la de nuestro cuerpo y nuestros bienes, que bajo ningún concepto acogeremos a más hermanas que provoquen nuestra perdición, sino que las evitaremos como si fueran animales venenosos.»

2. El caballero católico que hizo esta asiduamente citada confesión al obispo Fulko era Pons-Adhémar de Roudeille. La anécdota está relacionada con Guillaume de Puylaurens.

3. Pierre Autier, líder del renacer cátaro en la primera década del si­glo XIV, enseñaba que, si uno quería unirse al buen Dios, en la última encar­nación debía ser un hombre. La idea de que las mujeres eran sumideros de pecado y corrupción, cuestión muy presente en el catolicismo medieval, pa­rece haber surgido en el catarismo en la época de la persecución. Para un análisis juicioso y exhaustivo de las creencias cataras, véase el excelente Le Vrai Visage du catharisme, de Anne Brenon.

4. También aquí debería consultarse el trabajo de la historiadora Anne Brenon, en especial Les Femmes cathares. El papel de las mujeres en el cataris-mo, largamente desatendido por los historiadores católicos y protestantes a la greña sobre las consecuencias doctrinales del dualismo, se considera actual­mente uno de los aspectos sociológicos más notables de la herejía. De las grandes matriarcas cataras, la más notoria fue sin duda Blanche de Laurac. Cuando quedó viuda, Blanche y su hija más joven, Mabilia, recibieron el con-solamentum y dirigieron un hogar cátaro en Laurac, la ciudad que daba su nombre a la región del Lauragais. Otra hija, Navarre, dejó a su marido –Es­teban, señor de Servián– cuando éste se arrepintió de su herejía ante Do­mingo. Navarre se fue a Montségur. Otra de las hijas de Blanche, Esclarmon-de, emparentó con el clan Niort y llegó a ser la madre de la familia más peligrosa de la historia de los cataros. La última de las hijas de Blanche fue Geralda de Lavaur, creyente catara asesinada por los cruzados en 1211. El único hijo de Blanche fue Aimery de Montréal.

5. Formaban parte de la fallida embajada el jefe de los cistercienses, Henri de Marcy; un poderoso cardenal, Pedro de Pavía, y los obispos de Bourges y Bath. Marcy regresó en 1181, al frente de una fuerza armada, y tomó Lavaur, una población situada entre Albi y Tolosa que tenía fama de hereje. Aunque la ocupación de Lavaur por Marcy fue efímera, se había esta­blecido un siniestro precedente.

6. Vidal no era de ningún modo el único trovador de la corte de Rai­mundo. En efecto, el secretario del conde fue muchos años Peire Cardenal, consumado compositor de sirventés: canciones rimadas que, por lo general, arremetían contra los enemigos del hombre que las encargaba.

7. El efecto de fraccionamiento de las herencias divisibles, que hacía maravillas con las mujeres perfectas de bajo mantenimiento, era desastroso para sus parientes de la pequeña nobleza, cuyo apoyo necesitaba Raimundo. En la primera década del siglo XIII, muchos pueblos y ciudades tenían entre treinta y cincuenta «coseñores feudales» –cincuenta en Lombers, treinta y cinco en Mirepoix (Walter L. Wakefield, Heresy, Crusade, and Inquisition in Southern Frunce, 1100-1250, p. 52)–, como consecuencia de divisiones su­cesivas, con lo que todos los implicados estaban más o menos arruinados o peleando entre ellos por unos cuantos y remotos acres de viñedos. Pocos no­bles podían contar con una dotación militar estable. El recurso a los routiers (mercenarios armados) independientes para resolver las disputas sólo aumen­taba la anarquía. Esos routiers, a menudo hijos menores sin tierras proceden­tes del vecino reino de Aragón, destacaban por quedarse más tiempo de lo conveniente y hacer estragos entre los aterrados campesinos.

8. La estimación se refiere al año 975 (Michael Costen, The Cathars and the Albigensian Crusade, p. 5).

9. Raimundo VI escribió al Papa sobre la sagrada matanza perpetrada por sus cruzados al tomar por asalto las mezquitas y sinagogas de Jerusalén en 1099: «Y si deseáis conocer qué fue del enemigo que allí encontramos, sa­bed que en el pórtico de Salomón y en su templo nuestros hombres cabalga­ron con la sangre de los sarracenos que llegaba a las rodillas de los caballos.» Según fuentes cristianas, fueron diez mil las víctimas; fuentes árabes afirman que la cifra de muertos llegó a cien mil. (Friedrich Heer, The Medieval World [El mundo medieval (Europa 1100-1350)], p. 135.)

10. En el puerto de Trípoli hay todavía una ciudadela Saint-Gilíes. En el idioma local recibe el nombre de Qal’at Sinjil.

11. El golpe de gracia llegó en la década de 1930, cuando el claustro de Saint-Pons fue trasladado a Toledo, Ohio.

12. La famosa disputa entre Inocencio y el arzobispo Berengar duró más de diez años. El corrupto prelado, que utilizaba mercenarios para recau­dar sus diezmos, pudo mantenerse tanto tiempo en su lucrativo cargo pese al disgusto papal gracias a sus espléndidas coneXIones familiares. Era el hijo ilegítimo de un conde de Barcelona y el tío bastardo del rey Pedro II de Aragón.

13. Guillaume de Puylaurens cuenta la anécdota en su prólogo a la Chronica. Guillaume, acaso exagerando la difícil situación de la Iglesia para justificar el posterior llamamiento a la cruzada, dijo a continuación: «Cuan­do los clérigos se mostraron en público ocultaron sus pequeñas tonsuras pei­nándose el largo cabello de atrás hacia delante» (Zoé Oldenbourg, Massacre at Montségur).

14. La expresión también tenía el significado literal de liberar siervos. Según la costumbre germánica, cualquier siervo que residiera un año y un día en una ciudad quedaba automáticamente dispensado de sus anteriores obligaciones feudales (Charles T. Wood, The Questfor Eternity, p. 88).

15. Para valoraciones eruditas del extraordinario clima de libertad en la Tolosa medieval, véase el trabajo de J. H. Mundy, especialmente su Men and Women at Toulouse in the Age ofthe Cathars.

4. La conversación

1. El lamento es de Guillaume de Puylaurens. Su crónica es la princi­pal fuente de información sobre los debates.

2. Sobre si la mujer perfecta a la que iban dirigidas esas groseras pa­labras era Esclarmonde de Foix, la opinión de los estudiosos está dividi­da. Naturalmente, los defensores de los mitos del «país cátaro» incluidos en el epílogo dan por supuesto que era Esclarmonde. Otros creen que era su prima.

3. En un debate celebrado en 1207, Arnold Hot soltó una retahila im­presionante. El san Juan a quien se refería no era el Evangelista sino Juan de

Patmos, el místico que escribió las Revelaciones: «[La] Iglesia de Roma es la Iglesia del Maligno y sus doctrinas son las de los demonios, es la Babilonia a la que san Juan llamó la madre de la fornicación y la abominación, ebria de la sangre de santos y mártires [...] ni Cristo ni los apóstoles establecieron el orden eXIstente de la misa» (citado en Joseph R. Strayer, The Albigensian Cru-sades, p. 22).

4. El historiador Michel Roquebert ha refutado con eficacia la idea, largo tiempo defendida por los apologistas de la ortodoXIa, de que el asesina­to de Pierre de Castelnau hizo que Inocencio actuara de manera prematura. En realidad, Inocencio estuvo intentando organizar una cruzada contra el Languedoc desde el principio de su pontificado. Véase Michel Roquebert, L’Epopée cathare, vol. 1, pp. 132-133.

5. Cuando visité Fanjeaux en el verano de 1998, una monja domini­ca coreana me enseñó amablemente el convento y me indicó dónde había te­nido lugar el milagro. Cuando ya me iba, la religiosa me pidió que firmara en el libro de visitas. Advertí que el último visitante había sido un español que había firmado hacía varios meses; había escrito: «Te perdono, Domingo, burro, no supiste lo que hacías.»

6. La confesión de Domingo en su lecho de muerte sobre su preferen­cia por la compañía de muchachas jóvenes aparece en Les Predestines, de Georges Bernanos (p. 77).

7. Aquellos que sean lo bastante mayores para acordarse de los gor­jeos de la monja belga que en 1963 logró un gran éXIto con una canción sobre santo Domingo, quizá se sorprendan de saber que uno de los versos tiene que ver con los cataros. Coro y estrofas en francés: «Dominique, ñi­que, ñique I S’en allait tout simplement I Routier pauvre et chantant I En tous chemins, en tous lieux III ne parle que du bon Dieu III ne parle que du bon Dieu… A l’epoque oú Jean-sans-Terre I D’Anglaterre était le roi /Dominique, notre Pére I Combattit les Albigeois.» Ahora en español: «Dominique, ñique, ñique / simplemente se marchó / Pobre, caminando y cantando por los ca­minos / sólo habla del Señor / sólo habla del Señor… / En la época Juan Sin Tierra / de Inglaterra era el rey / Domingo, nuestro padre / con los albigen-ses estaba en guerra.»

8. El primer biógrafo de Domingo, un fraile dominico llamado Jor-dano de Sajonia, hizo hincapié en el piadoso pacifismo del español. Otros no estaban tan seguros. Etienne de Salagnac, dominico de mediados del si­glo XIii, escribió que, en una ocasión, un exasperado Domingo pronunció un sermón en Prouille: «Durante varios años os he dirigido palabras de paz. Os he aconsejado; os he implorado con lágrimas. Pero como dice un conocido refrán en España, “Si no es por las buenas, será por las malas”. Ahora levan­taremos a príncipes y prelados contra vosotros, y ellos, ¡ay!, a su vez reunirán naciones y pueblos enteros, y muchos moriréis por la espada. Caerán las torres, y las murallas serán reducidas a escombros, y todos vosotros seréis redu­cidos a la servidumbre. Así, prevalecerá la fuerza donde la amable persuasión ha fracasado.» Si Domingo dijo algo tan profético sólo puede ser objeto de conjeturas. Más bien parece la invención de alguien que recuerda, y tal vez trata de justificar, la cruzada de los albigenses.

5. Penitencia y cruzada

1. No hay duda de que Pierre de Vaux de Cernay, nuestra fuente, ha­bría estado encantado con el apuro de Raimundo. En algún lugar de su Hys-toria albigensis, el cronista llama al conde de Tolosa «miembro de Satán, hijo de la perdición, criminal empedernido, masa pecaminosa».

2. La cuestión de quién –si no fue Raimundo– ordenó el asesina­to de Pierre de Castelnau puede aún inflamar la imaginación, más o menos igual que le ocurriera a Oliver Stone en JFK. En la novela histórica de Jean-Jacques Bedu Les Terres de feu, se esboza con claridad la teoría de la conspiración que circula en ambientes neocátaros. El acusado no es otro que Arnaud Amaury, el colega de Pierre. Si ese día, Arnaud estaba con Pie­rre –como algunos creen–, entonces ¿por qué el asesino sólo mató a un legado? ¿Y cómo sabía el asesino a quién acuchillaba? ¿Y por qué no se des­hizo de los testigos? ¿Quién tendió la trampa del perjurio para que Rai­mundo no pudiera probar su inocencia? ¿Y por qué no acusaron a Raimun­do? Por fin, ¿quién sacó provecho del asesinato? Raimundo no, desde luego. ¿Quién, como consecuencia del asesinato, acabó dirigiendo una cru­zada, aplastando a los Trencavel y utilizando la fuerza para colocarse en una posición muy lucrativa como arzobispo de Narbona? Arnaud Amaury. No es imposible, aunque ningún jurado de fuera del Languedoc lo declararía culpable.

3. El clero no usaba el término «cruzada». Se la denominó negotium pacis etfidei (empresa de paz y fe).

4. La fuente es Vaux de Cernay. Aún se puede ver la tumba.

5. En la actualidad es el puerto croata de Zadar.

6. La primera cruzada inició lo que se convertiría en una triste tradi­ción. Al marchar por Europa en 1096, los cruzados asesinaron a doce judíos en Spier, veintidós en Metz, quinientos en Worms y mil en Mainz (Paul Johnson, A History of Christianity [Historia del Cristianismo], p. 245).

7. Este plan tramposo de Inocencio se ajustó a la carta. La correspon­dencia se cita en la mayoría de las obras sobre los cataros. He utilizado la ver­sión de Joseph R. Strayer de The Albigensian Crusades (pp. 58-59).

6. Béziers

1. El carácter taimado de Raimundo de Tolosa era insondable. En el invierno de 1208-1209, intentó llegar a un acuerdo de defensa común con Raymond Roger Trencavel pero, por razones que se ignoran, se rompieron las negociaciones y cada uno se fue por su lado. Los historiadores de la cru­zadas aún están divididos sobre si el conde Raimundo fue sincero al tratar de formar esa alianza.

2. Los tres cronistas de Béziers eran Tudela, Vaux de Cernay y Puylau-rens. Ninguno fue testigo ocular de los hechos. En este capítulo, a menos que se diga lo contrario, el relato más completo –el de Guillermo de Tudela en la Canso– constituye la base de la narración. Para las citas textuales sobre los incidentes de Béziers he utilizado la excelente versión de Janet Shirley.

3. Hay controversia sobre si esta lista incluye a todos los cataros de la ciudad o sólo a los perfectos. La mayoría cree que el número es demasiado bajo para abarcar a todos los crecientes de Béziers, que en aquella época era una ciudad bastante grande. Junto a un par de nombres aparecen anotacio­nes que indican que algunos de los herejes buscados quizá no eran cataros sino valdenses.

4. Como se describe en el famoso The Gnostic Gospels [Los evangelios gnósticos] de Elaine Pagels, los escritos antiguos desenterrados en 1945 en Nag Hammadi, Egipto, dan fe del amplio abanico de creencias cristianas que fueron aplastadas por la emergente ortodoXIa de Roma. Con respecto a la posición de Magdalena como la primera de los apóstoles son especialmente interesantes el Evangelio de María, el Evangelio de Tomás y el Diálogo del Salvador; en este último se dice que María era «la mujer que conocía el Todo».

5. Entre los historiadores hay un consenso bien fundado sobre el he­cho de que Raimundo no participó activamente en las acciones de los cruza­dos. Teniendo en cuenta su posterior incompetencia militar, es improbable que ensillara y cabalgara a ninguna parte cuando se advertían signos de bata­lla. Asimismo, parece que fue muy querido por todos en el Languedoc; si hubiera participado en la masacre de Béziers, habría habido occitanos que le hubieran guardado rencor. Por último, Raimundo siempre se mostró reacio a hacer daño a sus compatriotas del sur.

7. Carcasona

1. Guillermo de Tudela, autor de esta sección de la Canso, transcribe estas palabras textuales. A menos que se indique en el texto, las citas son de la Canso.

2. Actualmente Cabaret se llama Lastours, por las ruinas de las cuatro torres de castillos que salpican su ladera.

3. La expresión es de Guillermo de Tudela. En una nota al pie, la tra­ductora Shirley señala irónicamente: «La balena, ballena, es la palabra que rima; no hay ninguna razón para suponer que las ballenas medievales fueran un prototipo de la estupidez» (p. 20).

4. También aquí Guillermo de Tudela transcribe las palabras textuales en la Canso.

5. Aunque todas las fuentes se deslizan con sospechosa velocidad so­bre el incidente, están en desacuerdo sobre lo que se ofreció exactamente a Raymond Roger. En la Chronica, Guillaume de Puylaurens dice que fue el joven Trencavel quien se rajó y accedió a que lo retuvieran como rehén. Pie-rre de Vaux de Cernay, que no hace mención alguna al fracasado intento de mediación del rey Pedro, da a entender que la cruzada siempre quiso mante­ner al vizconde cautivo indefinidamente. Parece que en la Canso falta un pa­saje sobre ese momento crucial. Para un análisis completo del incidente, véa­se el volumen 1 de L’Epopée cathare (pp. 275-278).

8. Malvoisine

1. El texto occitano se ha sacado de Le Troubadour Peire Vidal, sa vie et son oeuvre (Les Belles Lettres, París, 1961).

2. Algunos de los defensores de Simón de Montfort –la más recien­te, Dominique Paladilhe en Simón de Montfort et le drame cathare (pp. 115-119)– señalan que no fue el norteño quien durante los años de la cruzada inició esta horrible costumbre de mutilar. En el invierno de 1210, un noble occitano singularmente violento, de nombre Gerald de Pépieux, cortó los rasgos faciales a un grupo de cruzados que había capturado. Por lo general, los que tratan de excusar la conducta de Simón silencian la verdadera dimen­sión de su respuesta en Bram, así como su presencia en el saqueo de Béziers.

3. El más joven Simón de Montfort es el mejor conocido por los es­tudiantes de historia británica. Cabecilla del grupo de señores contrarios al espíritu aventurero exterior y al carácter derrochador del rey Enrique III, Si­món logró que su monarca aceptara las Disposiciones de Oxford (1258) y las Disposiciones de Westminster (1259), en virtud de las cuales un consejo de nobles ejercería cierto control sobre el tesoro y los nombramientos reales. El rey incumplió el acuerdo, y en 1264 se produjo una guerra civil. Antes de caer muerto en la decisiva batalla de Evesham, en 1265, Simón había empe­zado a convocar a su parlamento a caballeros y ciudadanos de menos catego­ría; así se inició la costumbre institucional que, tras madurar, daría paso a la Cámara de los Comunes.

4. El adalid de la idolatría homoerótica a Simón de Montfort es, sin lugar a dudas, Fierre de Vaux de Cernay. El autor de la Hystoria albigensis ha­bla del «elegante rostro» de Simón, de sus «anchas espaldas», «brazos muscu­losos», «torso agradable», «miembros ágiles y fleXIbles» (Paladilhe, Simón de Montfort, p. 25).

5. En una bonita coincidencia léXIca, el jefe de los gruñones que es­taban preocupados de que los herejes pudieran huir era un señor francés, Robert de Mauvoisin, nombre que recuerda el de la infame catapulta, la Malvoisine. A menos que se indique en el texto, todos los incidentes y pa­labras textuales que siguieron a la rendición de Minerve son atribuibles a la Hystoria.

6. Aunque parezca extraño, la persona responsable de su cambio de opinión fue Matilde de Garlande, madre de Bouchard de Marly, el cruzado que estuvo cautivo en Cabaret. Al parecer, Matilde las sacó de la hoguera de un tirón justo cuando las llamas empezaban a prender.

9. El conflicto se extiende ,.:

1. Antes de ir a Roma a quejarse al Papa, Raimundo había ido a París a quejarse al rey. Felipe Augusto escuchó amablemente pero no hizo nada para ayudar al acosado conde.

2. Inocencio no era el único clérigo que utilizaba esta imagen. En la Edad Media se trataba de una metáfora muy habitual para referirse a las he­rejías; se hacía eco de un pasaje del Cantar de los Cantares (2,15).

3. Pierre de Vaux de Cernay se refiere a las lágrimas de Raimundo, que atribuye de inmediato a «la rabia y la felonía» más que «al arrepenti­miento y la devoción».

4. Pedro hizo lo imposible por afianzar la paz y, en el proceso, ambos bandos mantuvieron un equilibrio precario. Ofreció a su hijo en matrimonio a la hija de Simón. La guerra rompería esos esponsales. Al mismo tiempo, casó a su hermana con el hijo de Raimundo. Dado que Raimundo VI ya es­taba casado con otra hermana de Pedro, él (Raimundo) y su hijo pasaron a ser cuñados, relación ante la cual se enarcaron unas cuantas cejas. En el asun­to de los Trencavel, Pedro se comportó de manera tan razonable como cabía esperar. A cambio de que Simón accediera a pagar una pensión a Agnes de Montpellier –viuda de Raymond Roger de Trencavel– Pedro reconocía su legitimidad. A continuación, Agnes y su pequeño Raimundo se trasladaron a Aragón, donde vivieron con la familia real. Tras alcanzar la edad adulta, el hijo desheredado cruzaría por dos veces los Pirineos y trataría de reclamar Carcasona.

5. La ultrajante oferta de Arnaud sólo aparece en la Canso, lo que llevó a muchos historiadores a poner en tela de juicio la realidad de la propues­ta. Uno de los escépticos más influyentes es Joseph R. Strayer, quien, en The Albigensian Crusades, llama a Guillermo de Tudela «escritor no del todo fia­ble» (p. 78). No obstante, en el mismo pasaje Strayer admite que el tenor ge­neral de las demandas es razonable.

6. Entre los grandes señores de la cruzada de 1211 se contaban Ro­bert de Courtenay (primo hermano de Raimundo VI de Tolosa), Juhel de Mayenne, Pierre de Nemours y Enguerrand de Coucy. El último debería so­narles a los que han leído A Distant Mirror, de Barbara Tuchman, un relato de la familia Coucy en el «calamitoso siglo XIv». El Enguerrand de Lavaur es un antepasado del héroe de Tuchman del mismo nombre. Fue nuestro Enguerrand quien, en 1225, comenzó la construcción del gran castillo de Coucy-le-Cháteau-Auffrique, que aparece de forma tan destacada en el rela­to de Tuchman. Los alemanes volaron la fortaleza de Coucy –el castillo medieval más espléndido de Francia– en su retirada estratégica del Noyon Salient en 1917, uno de los actos de vandalismo más devastadores y gratui­tos de la Gran Guerra.

7. El número de pecadores y soldados de Fulko crece según las fuen­tes consultadas, desde unos centenares hasta cinco mil. Lo que sí es cierto es que esos hombres eran agitadores de la ortodoXIa. Debido a la costumbre, he optado por seguir el ejemplo de Joseph Strayer y siempre me he referido al obispo como Fulko. En algunos relatos aparece como Foulquet cuando era trovador y Foulque o Foulques en su posterior encarnación como obispo.

8. El asesinato en masa de Montgey conmocionó profundamente a los cronistas y clérigos de toda Europa. En primer lugar, era la primera ma­tanza masiva de peregrinos en los veinte años de cruzada. Además, la acción de mutilarlos y rematar a los heridos se dejó en manos de campesinos y villa­nos, lo que constituía una transgresión casi intolerable del orden social. Pues­tos a buscar excusas, esto podría justificar la crueldad de Simón de Montfort con Geralda y los ochenta caballeros de Lavaur, que violaba todas las cos­tumbres habituales con los nacidos de noble cuna. Cerca de la actual Mont­gey, en un calvario del pueblo de Auvezines, junto a la carretera, hay una pla­ca en recuerdo de la columna de peregrinos armados. Ahí tenemos una incongruencia puntual: debe de ser la única placa en Francia que lamenta la muerte de los integrantes de un ejército alemán invasor.

9. El pueblo de Montréal no guarda relación alguna con la gran ciu­dad que hay junto al río San Lorenzo. Primero guarnición romana, la suave elevación se convirtió en pueblo en el siglo IX y debe su nombre a una dege­neración del latín Mons Regalis (montaña real) o Mons Revelatus (montaña pelada). Se dice que el nombre de su hermana catara, Fanjeaux, deriva de Fanum Jovis (templo de Júpiter). La narración en que el voluminoso cadáver de Aimery derriba el cadalso tiene su origen en la Hystoria de Vaux de Cernay. La altura media de los guerreros de la Francia del siglo XIii no llegaba al metro sesenta. En cuanto a Geralda, un cronista católico posterior afirmó que ella y Aimery tuvieron varios hijos nacidos de sus incestuosas relaciones, una difamación bastante corriente de la que eran objeto los herejes.

10. Época de sorpresas

1. Alfonso VII de Castilla, Sancho VII de Navarra, Alfonso II de Por­tugal y Pedro II de Aragón.

2. Al final de su carta fechada el 21 de mayo de 1213, Inocencio apercibió a Pedro: «Éstas son las órdenes que vuestra Alteza Serenísima está invitado a obedecer, hasta el último detalle; de lo contrario… nos veremos obligados a amenazaros con la Ira Divina y tomar medidas contra vos cuyo resultado será un sufrimiento de daño severo e irreparable» (Zoé Olden-bourg, Massacre at Montségur, p. 163). Es asombroso que en apenas diez me­ses Pedro pasara de héroe de la cristiandad –la batalla de las Navas de Tolo-sa había tenido lugar en julio de 1212– a peligro para el Papa.

3. Pierre de Vaux de Cernay relata esta acción reveladora por parte de un nervioso Simón. De su crónica procede gran parte de nuestra informa­ción sobre los actos de este último. Debería señalarse que, desde enero de 1213 hasta mayo de 1214, Vaux de Cernay se encontraba en Francia; por tanto, no estuvo presente en la fatídica batalla. Sin embargo, tan pronto como regresó al Languedoc y se reincorporó a la cruzada, habló con Simón y sus hombres sobre los hechos acaecidos.

4. EXIsten dos dudosos relatos histórico-eróticos sobre lo que hizo Pe­dro antes de la batalla. En el primero, Pedro escribe una carta a una dama ca­sada de Tolosa en la que declara que su única razón para luchar es impresio­narla lo suficiente para meterse en su cama. Vaux de Cernay cuenta que la carta de Pedro fue interceptada por un prior de Pamiers y mostrada a Simón de Montfort mientras éste marchaba hacia Muret. Simón dio muchas mues­tras de desaprobación con respecto a la indecencia de los motivos del rey. Los historiadores, aunque no dudan de la eXIstencia de la carta de Pedro, creen que ésta era un saludo poético normal redactado en el cortés lenguaje de la época, dirigido a una de sus hermanas de Tolosa; no hay que olvidar que los dos Raimundos, el mayor y el joven, habían emparentado con la casa real aragonesa. De modo significativo, Vaux de Cernay no revela la identidad de la destinataria. El otro rumor es que, tras sus actividades amorosas en la vís­pera de la batalla, Pedro estaba tan cansado que por la mañana apenas podía tenerse en pie. Esto aparece en el Llibre deis feyts, una crónica que el hijo de Pedro encargó cuando llegó a la edad adulta y se convirtió en el rey Jaume (o Jaime) el Conquistador. Aunque deliciosa (e improbable), se cree que la historia fue invención de un cronista catalán que quería explicar cómo el por lo demás imbatible Pedro pudo encontrar la muerte en el campo de batalla. El pobre estaba exhausto, así que no perdió en buena lid.

5. El insulto está incluido en la Canso. Justo antes de Muret, el cro­nista anónimo (véase Manejo y fuentes principales) sustituye a Guillermo de Tudela. El hombre que habló de modo tan hiriente al conde Raimundo era Michel de Luesia, que ese mismo día, más tarde, murió luchando al lado de Pedro.

6. En los relatos contemporáneos, el preludio y las secuelas de la bata­lla son espléndidos en el detalle. No obstante, con respecto al verdadero com­bate de Muret hay una notable escasez de fuentes, como así también una ex­traordinaria falta de acuerdo sobre dónde se libró exactamente la batalla y la distribución de las tropas. La obra de Michel Roquebert, en el segundo volu­men de su L’Epopée cathare, es ejemplar por su carácter exhaustivo y su consi­deración imparcial de las diferentes teorías. Sus conclusiones, incluido un pa­saje de la batalla (pp. 167-236), guiaron mi breve evocación de la misma. Por ejemplo, el recorrido de los cruzados a lo largo del camino de sirga es una hi­pótesis de Roquebert.

7. El cronista anónimo puso por escrito las palabras de Simón en la Canso.

8. Según una piadosa leyenda –respaldada por una placa en la iglesia principal de Muret–, en la vigilia de la batalla Domingo inventó el ciclo de oraciones católicas conocido como rosario. Pero, ay, historiadores de la Igle­sia demostraron hace tiempo que Domingo no se hallaba entre los clérigos de Muret ese aciago día de septiembre.

9. El descriptivo pasaje está en la Canso (p. 70, versión de Janet Shir-ley).

10. El lugar junto al río recibe el nombre de Le Petit Jofréry. Inunda­ciones producidas en 1875 y 1891 dejaron al descubierto cementerios im­provisados y armaduras del siglo XIii (Dominique Paladilhe, Les Grandes Heures cathares, p. 154).

11. El veredicto

1. Para los sucesos del Concilio de Letrán me he basado en la obra de Brenda Bolton, «A Show with a Meaning: Innocent III’s Approach to the Fourth Lateran Council, 1215», Medieval History (1991), pp. 53-67, que a su vez dio lugar al artículo de S. Kuttner y A. García y García, «A New Eyewitness Account of the Fourth Lateran Council», Traditio 20 (1964), pp. 115-178. Hubo otro testigo presencial: el cronista Richard de San Germano.

2. El cronista es el anónimo de la Canso. Es posible que asistiera al

Concilio de Letrán como parte del séquito de los Raimundo. Al menos habló con muchos de los principales participantes. Todos los discursos se encuen­tran en la Canso, y en general se cree que proporcionan una idea precisa de las discusiones verbales que allí tuvieron lugar. Se usa la versión de Janet Shirley.

3. Montauban, ciudad junto al río Tarn al noroeste de Tolosa, fue el otro centro importante que resistió al dominio de Simón de Montfort.

12. Tolosa

1. En su Hystoria albigensis, Pierre de Vaux de Cernay hace una im­presionante lista de atrocidades cometidas por los tolosanos. No hay motivo para no creerle.

2. Aquí el testigo ocular no es Vaux de Cernay sino el cronista anóni­mo. En este capítulo, las citas textuales relativas al asedio están sacadas de la Canso, pero buena parte de los datos se hallan en la Hystoria y la Chronica. Las tres fuentes son prolijas en la descripción del gran sitio de Tolosa; sin embargo, sólo en la Canso hay mujeres que hacen funcionar la petraria que mató a Simón de Montfort. Este lance imprevisto del destino era demasiado hermoso para no repetirlo.

3. Es Guillaume de Puylaurens quien afirma que hervir el cadáver era una costumbre funeraria francesa.

4. El epitafio al que se refiere este admirable pasaje se ha perdido. En cuanto a la piedra funeraria que representa a Simón de Montfort, actualmen­te colocada en un muro del crucero de Saint-Nazaire, en Carcasona, se cree que es una mistificación. En 1982, expertos de Tolosa establecieron que la piedra fue labrada entre 1820 y 1829, a petición de Alexandre Dumége, un historiador local con una imaginación romántica excesivamente desatada (Michel Roquebert, L’Epopée cathare, vol. 3, p. 143).

13. Vuelta a la tolerancia

1. La matanza provocó casi tantos comentarios como la de Béziers y para muchos cronistas del norte se convirtió en un elemento esencial. En la descripción de la Canso, el cronista anónimo despliega todos sus recursos: «Pero crecieron el clamor y el griterío, los hombres entraban en la ciudad con el acero afilado; empezó el terror y la matanza. Señores, damas con sus hijos, hombres y mujeres desnudados, todos aquellos hombres acuchillados y he­chos pedazos con espadas cortantes. Carne, sangre y sesos, torsos, miembros y rostros partidos en dos, pulmones, hígados e intestinos arrancados y arrojados a un lado yacían en campo abierto como si hubieran llovido del cielo. Pantanales y buenas tierras, todo era rojo sangre. No quedó con vida ningún hombre ni mujer, ni viejos ni jóvenes, ninguna criatura viva, a menos que hubieran logrado ocultarse. Marmande fue arrasada y pasto de las llamas.»

2. La canción del trovador aparece traducida por Roger Depledge en Cathars, de Yves Rouquette, pp. 162-163.

3. Según una leyenda puesta hace tiempo en entredicho, se dejó que los restos de Raimundo VI se pudrieran y fuesen comidos por las ratas fuera de las puertas del cementerio, pero su verdadero destino final quizá resultara menos indecoroso. Justo antes de la Navidad de 1997, unos setecientos se­tenta y cinco años después de la muerte del conde, unos trabajadores que res­tauraban un edificio medieval de la ciudad vieja de Tolosa descubrieron un hasta entonces insospechado agujero en un muro que contenía un sarcófago de un noble del siglo XIll. En el momento de escribir estas líneas, se están lle­vando a cabo pruebas de ADN para determinar si su ocupante es el desapa­recido Raimundo, y la siempre leal ciudad de Tolosa ha hecho la petición formal al actual Papa de que deje sin efecto la excomunión que aún pesa so­bre su alma. EXIste una leve esperanza de que los huesos hallados sean los de Raimundo VI. En la espléndida iglesia de Saint-Sernin de Tolosa hay un por­tal denominado la Puerta de los Condes, donde yacen miembros del clan Saint-Gilíes de los siglos X y XI. Se han abierto algunos de estos sarcófagos, y se está analizando genéticamente el revoltijo de huesos de novecientos años de antigüedad. Si algunos de ellos pudieran «emparejarse» familiarmente con el montón encontrado en 1977 en el sarcófago oculto en el nicho de los an­tiguos cuarteles de Tolosa de los Caballeros Hospitalarios (más adelante, los Caballeros de Malta), la metrópoli del Garona construiría sin duda un digno mausoleo dedicado a su querido conde. El alcalde de Tolosa, Dominique Baudis, es en cierto modo un estusiasta cátaro. Su novela, Raimond «le catha­re», cuenta una historia de Raimundo VI en primera persona, y cuando se publicó en 1996 tuvo una buena acogida en círculos neocátaros. Un grupo establecido en Tolosa, la Flamme Cathare (La Llama Catara), divulgó una petición –Manifesté por la Réconciliation– en que se solicitaba al papa Juan Pablo II que fuera a la iglesia de Saint-Sernin en el año 2000 y pidiera per­dón al Languedoc por los actos de sus antecesores. El primer signatario de la petición era el alcalde Baudis.

4. Mientras sus nobles ayudaban a Simón de Montfort, el rey Felipe Augusto había estado hostigando a sus enemigos en campaña. En el año pos­terior a Muret, rechazó a una fuerza inglesa comandada por el rey Juan, que había sacado provecho de la agitación catara para intentar ampliar sus domi­nios en el noroeste de Francia. En la decisiva batalla de Bouvines, el 27 de julio de 1214, derrotó a las tropas de Otto IV, el Sacro Emperador romano. Los alemanes quedaron neutralizados; los ingleses huyeron en desbandada.

5. En un bar de Montségur, varios clientes me aseguraron que amau-ry o maury es una palabra del dialecto local que significa «perdedor». Por des­gracia, fui incapaz de encontrar una entrada semejante en ningún diccionario regional del Midi.

14. Final de la cruzada

1. A la muerte del rey Juan de Inglaterra en 1216, su sucesor, el futu­ro Enrique II, sólo tenía nueve años. Los siempre díscolos señores de Gran Bretaña vieron la oportunidad de derrocar a los Plantagenet invitando a Luis a aceptar el trono.

2. Roquebert presenta argumentos en favor de un pánico colectivo en el capítulo 22, «Le Printemps de la grande peur», del volumen 3 de su L’Epopée cathare.

3. Al parecer, el persistente rumor fue difundido por estudiantes irre­verentes del barrio Latino. Los escolásticos de la Ribera Izquierda tomaban a mal el poder de Romano en el Louvre y la Cité. Fue el cronista inglés Mat-thew Paris quien dio a conocer el rumor (Krystel Maurin, Les Esclarmon-des…, p. 88). En cualquier caso, Blanca, como madre de once años, quizá creció recelosa de las consecuencias de la compañía masculina íntima.

4. Casi es seguro que Ugolino dei Conti di Segni era sobrino de Lota-rio. Se discute más sobre su fecha de nacimiento. En el pasado, los historia­dores se han basado en informaciones proporcionadas por el cronista Mat-thew Paris, que afirmaba que Gregorio, al morir en 1241, estaba cerca de cumplir cien años. Actualmente se cree más probable que el sobrino de Ino­cencio fuera diez años más joven que su tío, lo que colocaría su año de naci­miento en torno a 1170.

5. El comentario se debe a Guillaume de Puylaurens, que en otro tiempo estuvo al servicio de Raimundo VIL De las tres principales crónicas sobre los cataros, la suya es la única que abarca estos años.

6. Quizá la cláusula más asombrosa del tratado afectaba al futuro del Languedoc. Jeanne, hija de Raimundo, fue obligada a casarse con Alphonse de Poitiers, hermano de Luis. A la muerte de Raimundo iban a heredar… aunque Raimundo hubiera tenido otros hijos. A continuación, la sucesión pasaría a los Capetos. Raimundo murió en 1249, tras haber dedicado los úl­timos veinte años de su vida a intentar hallar un modo de procrear un here­dero masculino legítimo… quien, en cualquier caso, habría tenido que luchar para ver reconocidos sus derechos de nacimiento. Entonces el conde Alphon­se gobernó Tolosa in absentia. Él y Jeanne murieron en 1271, con tres días de diferencia, sin haber tenido hijos, y el Languedoc quedó definitivamente aneXIonado al dominio real.

7. La Universidad de Tolosa, fundada en 1229, todavía funciona muy bien. La ciudad cuenta con unos cien mil estudiantes de enseñanza superior.

8. La justamente célebre Leonor determinó la política y la cultura di­násticas de la Europa del siglo xn. Nieta del primer trovador, Guillaume de Poitiers (Guilhem de Poitou), recibió como dote el inmenso ducado de Aquitania. Su primer marido fue el rey Luis de Francia. Le dio dos hijas, lo acompañó en la desastrosa segunda cruzada predicada por Bernardo de Clairvaux, y después, tras regresar a Francia, logró que su matrimonio queda­ra anulado por razones de consanguinidad. Ese ardid de librarse del cónyuge no querido era una costumbre habitual entre los nobles: Leonor fue la inicia­dora de esa práctica entre las mujeres. A continuación se casó con el conde Enrique de Anjou, once años más joven que ella, que llegó a ser el rey Enri­que II de Inglaterra. Le dio numerosos hijos, defendió celosamente su inde­pendencia y por fin abandonó Inglaterra para presidir una luminosa corte de eruditos y trovadores en Anjou. Su vida ha inspirado un torrente de arte y de saber. En Medieval Lives, de Norman F. Cantor, una serie de viñetas imagina­das con personajes emblemáticos de la Edad Media, el capítulo dedicado a Leonor, «The Glory of It All» pone de manifiesto su importancia de una manera entretenida. Su relación con el drama cátaro es bastante clara: su hija Juana de Inglaterra se casó con Raimundo VI y engendró a Raimundo VII; otra hija, Leonor, se casó con Alfonso VIII de Castilla (que combatió en Las Navas de Tolosa) y concibió a Blanca de Castilla. Así, Raimundo y Blanca eran primos hermanos. Sus hijos, respectivamente Jeanne de Tolosa y Al­phonse de Poitiers, se casaron según los términos del tratado.

15. La Inquisición

1. Esta historia la cuenta Guillaume Pelhisson en su Chronica, tradu­cida al inglés por Walter L. Wakefield como The Chronicle ofWilliam Pelhis­son en Heresy, Crusade and Inquisition in Southern Frunce, 1100-1250 (pp. 207-236).

2. Se cita el severo sermón de Inocencio en The Medieval World [El mundo medieval (Europa 1100-1350)] de Friedrich Heer (p. 220). Heer tam­bién halla un pasaje en De contemptu mundi de Inocencio, escrito antes de ser Papa, en el que se queja de los obispos que «por la noche abrazan a Venus y a la mañana siguiente honran a la Virgen María».

3. Entre los historiadores parece haber consenso sobre el hecho de que Conrado era un peligroso ser antisocial que arrojó a la hoguera a muchos inocentes. Heer, historiador de lengua alemana que escribió en la década de los cincuenta, hace una comparación implícita entre Conrado y Hitler. Las pruebas contra Robert le Bougre, instigador de una enorme hoguera en Mont Aimé, en la Champaña, son algo más ambiguas. Como señala Mal-colm Lambert en The Cathars \La otra historia de los cataros], «la exculpación de Robert como inquisidor arbitrario e intencionado no está aún justificada: un veredicto de no probado es lo que mejor se ajusta a las pruebas eXIstentes» (p. 125).

4. La poco sincera carta del papa Gregorio aparece citada en Heer, The Medieval World [El mundo medieval (Europa 1100-1350)} (p. 217).

5. De Practica Inquisitionis, de Bernard Gui, citado en Massacre at Montségur, de Zoé Oldenbourg (pp. 307-308).

6. En su crónica, Guillaume Pelhisson se refiere a este lúgubre canto.

16. Reacción violenta

1. El encarcelamiento no tardó en ser una causa célebre en Tolosa, e incitó a ciudadanos antes inactivos a denunciar las acciones de los inquisido­res. De manera inoportuna, el patán Jean Textor se convirtió públicamente al catarismo mientras estaba en prisión –recibió el consolamentum de un per­fecto cautivo–, con lo que sus antiguos defensores quedaron en ridículo. Guillaume Pelhisson, quien narra la historia, reprime la risa ante el descon­cierto de los partidarios de Textor. Después muchos de ellos fueron encarce­lados... o algo peor.

2. La hoguera de 1234 de Montpellier es quizás el único caso en que la Inquisición ha hecho algo por los judíos. Hacia 1240, se habían vuelto las tornas definitivamente; el Talmud fue juzgado, declarado culpa­ble y arrojado a la hoguera en París. Esto fue un simple preludio de varios siglos de actividades antijudías a cargo de los inquisidores (R. I. Moore, The Formation ofa Persecuting Society, p. 10, y L. Poliakov, The History of Anti-Semitism, vol. 1, From Román Times to the Court Jetas, Elek Books, Londres, 1966, pp. 68-70).

3. El nombramiento pudo haber sido también un intento de arreba­tar la institución del inquisidor de manos de los dominicos. En años poste­riores, los dominicos y los franciscanos librarían indecorosas peleas barrioba-jeras que llevarían a un atasco la causa de la pureza doctrinal. En los Balcanes del siglo XIii, los frailes se enfrentaron enconadamente sobre la precedencia durante casi una década antes de que se creara la Inquisición.

4. La historia de Avignonet, como la mayoría de los hechos que si­guen en el relato, se entresacó de interrogatorios de la Inquisición, en este caso los del hermano Ferrer, el inquisidor que se ocupó de los supervivientes de Montségur unos dos años después. La historia del cráneo del hermano Guillaume procede de la misma fuente.

17. La sinagoga de Satán

1. No obstante, algunos hicieron el viaje. Uno de los señores que se embarcaron para luchar contra los franceses, y con ello ayudar indirectamen­te a Raimundo VII, era el cuñado del rey inglés, Simón de Montfort. Su pa­dre, el Simón de Montfort de la cruzada de los albigenses, y su hermano ma­yor, Amaury, que había muerto en 1241 tras una década de servicio como Alto Condestable de Francia, sin duda se habrían revuelto en la tumba si hu­bieran visto ese cambio de lealtades.

2. El Tratado de Lorris.

3- El examen más escrupuloso del asedio de Montségur, sin recurrir a los mitos que normalmente envuelven la ciudadela del «país cátaro», es nue­vamente la obra de Michel Roquebert, Montségur, les cendres de la liberté.

4. Guillaume de Puylaurens refiere el horror retrospectivo de los gascones.

5. No todos los credentes que se unieron a los perfectos de Montségur en la hoguera eran piadosos. Guillaume de Lahille era uno de los tres faidits que dirigían el grupo asesino que asaltó los aposentos de los inquisidores en Avignonet. Lahille era hijo de una mujer noble perfecta a la que Guilhabert de Castres había administrado el consolamentum, junto a Esclarmonde de Foix y otras dos mujeres de elevado rango, en la concurrida ceremonia de Fanjeaux, en 1204. Lahille fue herido de gravedad en Montségur justo antes de la rendición y decidió acompañar a su tía perfecta, India, a la otra vida. Uno de sus cómplices, Bernard de Saint-Martin, también decidió recibir el consolamentum y, por tanto, condenarse. El tercer cabecilla de Avignonet, Guillaume de Balaguier, había sido capturado en las tierras bajas mucho an­tes del asedio a Montségur. Por su complicidad en los asesinatos, fue arrastra­do atado a un caballo y después colgado. Véanse las notas de Jean Duvernoy a su traducción, Guillaume Pelhisson Chronique (1229-1244), pp. 103-104.

18. Crepúsculo en el jardín del diablo

1. Se pueden encontrar extensas notas del testimonio de los frailes ocultos –un suceso bien documentado en esos años de traiciones– en el epílogo de Carol Lessing a The Albigensian Crusades de Joseph Strayer (pp. 225-228).

2. La letanía de crímenes se recopiló en el Concilio de Tarragona. Tra­ducida y citada por Edward Peters en su Inquisition (p. 63), éste sostiene que la verdadera Inquisición no era en modo alguno tan temible como el mito creado por la Ilustración y la imaginación romántica. Escribe «inquisición» en minúscula cuando describe la institución histórica y en mayúscula cuando

analiza el mito. He decidido seguir la costumbre aceptada: siempre en ma­yúscula.

3. La afortunada expresión se debe al inquisidor Bernard Gui, citada en L'Inquisition: Rempart de lafoi?de Laurent Albaret (p. 53).

4. Se desarrolló enseguida un culto en torno a la víctima, Pedro de Verona, un cátaro que se volvió predicador y luego inquisidor. Orador de gran carisma y obrador de milagros, Pedro fue asesinado por crecientes cerca de Milán. Según la leyenda, cuando yacía moribundo escribió la palabra cre­do con su propia sangre. Uno de los santos medievales más populares, fue ve­nerado como san Pedro Mártir. Quiero añadir que este libro fue escrito mientras yo vivía en una antigua casa occitana de labranza llamada Mas D'En Pere Martre. Para turbación mía, tardé al menos un año en darme cuenta de que en mis señas constaba el nombre del personaje más famoso de la historia catara italiana.

5. En un principio planeado para celebrarse cada siglo, el Jubileo aca­bó teniendo lugar cada cincuenta años, después cada treinta y tres, después cada veinticinco, hasta el momento presente, en que la perspectiva de un es­tallido milenario, un Jubileo que habría eclipsado incluso el de 1300, ha te­nido en ascuas a la Roma contemporánea durante más de una década. Con respecto a los detalles sobre el Jubileo, estoy en deuda con Medieval Rome, de Paul Hetherington (pp. 78-81).

6. Esta estimación, que realizó el historiador J. M. Vidal en 1906, se cita en The Cathars [La otra historia de los cataros] de Malcolm Lambert (p. 259). Lambert considera que el número es demasiado bajo, pero admite que no hay modo de hacer un recuento preciso. Para una mejor descripción, véa­se su capítulo «The Last Missionary» (pp. 230-271) sobre el resurgimiento de Autier.

7. En los años sesenta del siglo XX, Jean Duvernoy tradujo al francés los archivos de Jacques Fournier que se conservaban. Partiendo de esta ver­sión, Emmanuel Le Roy Ladurie, en Montaillou, trazó un memorable retrato de la vida sexual, religiosa y social de los campesinos del siglo xrv. En el sitio web de la Universidad Estatal de San José, Nancy P. Stork ha traducido ama­blemente al inglés algunos extractos del archivo de Fournier: la dirección es www. sjsu.edu/depts/english/Fournier. Para una gratificación inmediata de la curiosidad lasciva, acudid al testimonio de Béatrice de Planissoles.

19. Bélibaste

1. El singular detalle que podemos utilizar para contar la triste histo­ria de Bélibaste lo debemos también a los archivos de la Inquisición. No se conserva la transcripción del interrogatorio de Bélibaste, pero el informe que

Arnaud Sicre dio a Fournier en octubre de 1321 suministra abundantes deta­lles. Igual sucede con el testimonio del pastor Pierre Maury, que había sido liberado imprudentemente por los hombres que detuvieron a Bélibaste en Tirvia. Maury fue detenido de nuevo en Mallorca dos años después. La his­toria de los últimos perfectos del Languedoc se convirtió en una muy logra­da novela, Bélibaste, escrita por Henri Gougaud.

2. El castillo todavía permanece en pie y no ha sufrido muchas trans­formaciones desde la época de los cataros. El pintoresco pueblo celebra un concurrido fin de semana medieval cada mes de julio en el que queman una efigie del pobre Bélibaste.

Epílogo: En el país cátaro

1. La canción pertenece al álbum de Francis Cabrel Quelqu’un de l’inte-rieur. La escultura al borde de la carretera también se llama Les chevaliers d’Oc.

2. Las credenciales anticlericales de Napoleón Peyrat quedaron muy maleadas cuando, poco después de morir, su viuda, Eugénie, hizo una con­versión muy pública al catolicismo. No obstante, está volviendo a escena, como se demuestra en la obra erudita colectiva dedicada a Peyrat en 1998: Cathares et camisards-l’oeuvre de Napoleón Peyrat (1809-1881).

3. La postura sostenida por los historiadores católicos del siglo XIx ha resonado a menudo en el siglo XX; a saber, que los cataros eran adeptos de la religión fundada por Mani, el autoproclamado mesías de la Babilonia del si­glo ni. Muchos de los enemigos medievales de los cataros se referían a cual­quier dualista –en realidad, hereje– como maniqueo, y la asociación se da­ba por sentada. Historiadores del pensamiento cátaro ponen hoy seriamente en tela de juicio el magistral trabajo de 1947 de Steven Runciman en The Medieval Manichee, que recorrió una línea directa que partía de los gnósticos y pasaba por los maniqueos, los paulicianos (dualistas del siglo IX de Armenia y Tracia), los bogomilos (dualistas del siglo X de los Balcanes) y llegaba a las primeras herejías medievales. Según el consenso contemporáneo, los cataros eran cristianos, el dualismo siempre había sido una rama underground del credo cristiano, y demostrar un vínculo directo entre los dualistas de la Antigüedad y los de la Edad Media es una tarea imposible, si no fuera de lugar. El acento del debate actual está puesto en si el catarismo constituyó una Iglesia, es decir, una jerarquía independiente con reglas, dogmas y organización coherentes.

4. Para un análisis completo del mito de Esclarmonde, así como del lugar que ocuparon otros personajes femeninos históricos (Blanca de Casti­lla, Etiennette de Pennautier, Agnes de Montpellier, Alice de Montmorency, etc.) que aparecen en el delirio neocátaro, véase la entretenidísima Les Esclar-mondes…, de Krystel Maurin.

5. Citado en Charles-Olivier Carbonell, «D’Augustin Thierry á Na­poleón Peyrat: Un Demi-siécle d’occultation», Cahiers de Fanjeaux 14 (1979), p. 161.

6. Citado en Jean-Louis Biget, «Mythographie du catharisme», Ca­hiers de Fanjeaux 14 (1979), p. 279.

7. Citado en Michel Roquebert, «Napoleón Peyrat, le trésor et le “Nouveau Montségur”», Héresisl (1998), p. 365.

8. Para un examen completo de este extraño florecimiento de fin de siglo, véase Suzanne Nelli, «Les Néo-gnostiques. Jules Doinel évéque de Montségur», Héresisl (1998), pp. 121-129.

9. La obra de Péladan-Sar de 1906 sobre el Grial se tituló Le Secret des Troubadours: De Parsifal a Don Quichotte. Está agotada.

10. Los pedantes tal vez dirían que Emile Novis no es un anagrama de Simone Weil. En todo caso se parece, y en francés funciona fonéticamen­te. La relación de Weil con Roché se evoca brevemente en «Mythographie du catharisme», de Biget, p. 317.

11. Magre no estaba solo en la construcción de una galería imaginaria de retratos de personajes históricos, especialmente vivos cuando se trataba de mujeres. En Les Esclarmondes, Krystel examina el orgullo del lugar concedido a Esclarmonde de Foix en la mitología neocátara, pero también ofrece una descripción de los personajes femeninos secundarios que se sitúan en uno u otro lado de la línea divisoria entre brujas y cenicientas que aparece en las novelas y obras de teatro procátaras. Entre las especialmente denigradas, aparte de AJice de Montmorency, estaban Agnes de Montpellier y Blanca de Castilla; las mujeres glorificadas eran Geralda de Lavaur, la Loba y Béatrice de Planissoles.

12. La obra definitiva sobre la curiosa trayectoria de Otto Rahn es un libro de cuatrocientas páginas de cuidadosa investigación llevada a cabo por Christian Bernadac: Montségur et le Graal. Un resumen más conciso del fe­nómeno es «Otto Rahn entre Wolfram d’Eschenbach et les Néo-nazis», Hé­resisl (1998), pp. 165-179. Las palabras del perfecto ario, tomadas de Rahn, aparecen en un artículo de Viguier. Los rumores sobre la relación entre Ro-senberg y Hitler con Monségur fueron difundidos sobre todo en Nouveaux Cathares pour Montségur, una novela de pretensiones históricas sobre Rahn publicada en 1969 por el escritor ultraderechista francés Marc Augier con el seudónimo de Saint-Loup. El relato del incidente de 1978 en el que se rela­cionaba a boy scouts alemanes con el robo de piedras en Montségur lo detalla Charles-Olivier Carbonell en «Vulgarisation et récupération: Le Catharisme á travers les mass-média», Cahiers de Fanjeaux 14 (1979), pp. 361-380.

13. De hecho, el misterioso cura de pueblo, Bérenguer Sauniére, ha­bía montado un chantaje de simonía por correspondencia, en virtud del cual colocaba anuncios en pequeñas publicaciones de toda la Europa católica

I

ofreciendo decir__o sea, vender– misas. Amasó una fortuna. La historia de

su descubrimiento del tesoro queda desenmascarada de manera concluyente en Rennes-le-Chdteau, autopsie d’un mythe, de Jean-Jacques Bedu, que estudia detenidamente los libros de Sauniére. En cuanto a The Holy Blood and the Holy Grail, quedó muy embellecida en la obra de 1967 L’Or de Rennes, de Gérard de Sede, prolífico autor de trabajos sobre ocultismo que halló lectores crédulos en toda Francia. Holy Blood internacionalizó la mistificación de Sede y, para gran regocijo de todos los implicados, puso en entredicho las bases de la civilización judeocristiana.

Bibliografía escogida

Esta lista no es en modo alguno exhaustiva ni está destinada a especia­listas. Los libros sólo se encuentran editados en francés o inglés (algunos en su versión en castellano), y las ediciones citadas son las que he consultado. TV indica que se trata de una novela. Más o menos en una docena de casos hay un asterisco; ello indica que sigue un breve comentario probablemente útil para que los no especialistas satisfagan una curiosidad que ojalá La herejía perfecta haya despertado. Debo añadir que los libros no marcados por nin­gún asterisco no son necesariamente aburridos.

Albaret, Laurent, L’Inquisition, Rempart de lafoi?, Gallimard, París, 1998. Baigent, Michael, Richard Leigh y Henry Lincoln, The Holy Blood and

the Holy Grail, Arrow, Londres, 1996. [Enigma sagrado, Martínez

Roca, 2000].

Baldwin, Michael, The Rape ofOc, Warner, Londres, 1994. N. Baudis, Dominique, Raimond «le cathare», Michel Lafon/Ramsay, París,

1996. N. Bedu, Jean-Jacques, Rennes-le-Cháteau, autopsie d’un mythe, Loubatiéres, Por-

tet-sur-Garonne, 1990.

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Béziers (22 juillet 1209) et la croisade contre les Albigeois vus par Césai-

re de Heisterbach, Loubatiéres, Portet-sur-Garonne, 1994. Bernadac, Christian, Montségur et le Graal: Le Mystere Otto Rahn, France-

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–, Les Cathares: Pauvres du Christ ou apotres de Satán?, Gallimard, París,

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*George, Leonard, The Encyclopaedía ofHeresies and Heretics, Robson, Londres, 1995. [Enciclopedia de los herejes y las herejías, Ediciones Robinbook, 1998]. Escritura viva, impresionante competencia, culto al detalle. Un compendio nada pesado de la disidencia espiritual. Muy entretenido.

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Griffe, Maurice, Les Cathares: Chronologie de 1002 a 1321, Editions T.S.H.,

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*Heer, Friedrich, The Medieval World: Europe, 1100-1350, Penguin NAL, Nueva York, 1961. [El mundo medieval (Europa 1100-1350, Guada­rrama, 1963]. Todavía una lectura fundamental.

Hérésis, n.° 7, «Catharisme: L’Édifice imaginaire», Centre d’Etudes Cathares,

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Johnson, Paul, A History of Christianity, Penguin, Londres, 1988. Joulin, Marc, Petite Vie de saint Dominique, Desclée de Brouwer, París, 1989.

[ Vida de santo Domingo, Ediciones San Pablo, 1999]. Kelly, J. N. D., The Oxford Dictionary of Popes, Oxford University Press,

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Krautheimer, Richard, Rome: Portrait ofa City, 312-1308, Princeton Univer­sity Press, Princeton, 1980.

Lambert, Malcolm, Medieval Heresy: Popular Movements from the Gregorian Reform to the Reformation, Blackwell, Oxford, 1992. [La herejía medie­val, Taurus, 1986].

*–, The Cathars, Blackwell, Oxford, 1988. [La otra historia de los cataros, Martínez Roca, 2001]. El último libraco erudito sobre los cataros. Se dedica especial atención al catarismo en Italia y al resurgimiento de Autier. Una autoridad en la materia, pero sólo para valientes. *Le Roy Ladurie, Emmanuel, Montaillou: The Promised Land of Error, G. Braziller, Nueva York, 1978. Un estudio justificadamente famoso de los campesinos pirenaicos contaminados por el catarismo. Marrou, Henri-Irénée, Les Troubadours, Seuil, París, 1971. *Maurin, Krystel, Les Esclarmondes: La Femme et laféminité dans l’imaginaire du catharisme, Privat, Tolosa, 1995. Maurin, un académico con estilo lírico, presenta una obra fascinante de arqueología cultural sobre la imagen de la mujer en la mitología catara de los siglos XIX y XX. En francés. Excepcional.

Moore, John C, ed., Pope Innocent III and his World, Ashgate, Aldershot, In­glaterra, 1999.

*Moore, R. I., The Formation ofa Persecuting Society, Blackwell, Nueva York,

,.;.,. 1987. Un trabajo innovador en el estudio de la herejía. Breve, directo

i.’ y revolucionario en sus afirmaciones de que la civilización occidental

forjó sus instituciones mediante la persecución a finales del siglo xn y

principios del XIII. Libro importante, y no sólo para los medievalistas.

–, The origins of European Dissent, Medieval Academy of America Reprints,

University of Toronto Press, Toronto, 1994. –, ed., The Birth of Popular Heresy, Medieval Academy of America Reprints,

University of Toronto Press, Toronto, 1995-

Mundy, J. H., Men and Women at Toulouse in the Age ofthe Cathars, Pontifi­cal Institute of Medieval Studies, Toronto, 1990. –, Society and Government at Toulouse in the Age of the Cathars, Pontifical

Institute of Medieval Studies, Toronto, 1997. Nelli, Rene, La Vie quotidienne des cathares en Languedoc au treizieme siecle,

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-–, Les Cathares, Marabout, París, 1981. [Los cataros, Martínez Roca, 1989]. Nirenberg, David, Communities ofViolence: Persecution of Minorities in the

Middle Ages, Princeton University Press, Princeton, 1996. *Oldenbourg, Zoé, Massacre at Montségur, Weidenfeld and Nicolson, Lon­dres, 1997. Reedición de la apasionada obra de historia popular de ,. 1959. Muchas de las conclusiones de Oldenbourg han sido refutadas por investigaciones posteriores, pero el libro todavía es una lectura • conmovedora. La principal aportación de Oldenbourg sigue siendo la novela histórica, de la que fue una autora sin igual en las décadas de ■*•, los cuarenta y los cincuenta. En 1998 y 1999, Caroll and Graf, Nueva York, reeditó tres de sus magníficas y bien ambientadas novelas: The Cornerstone [La piedra angular, Destino Book, 1999], Destiny ofFire y (.. The World Is Not Enough. Cuando se publicó la última, que no guarda <. relación con 007, el New York Times la describió como «la novela his-.. • tórica más primorosa sobre la Edad Media escrita en este siglo, una pequeña obra maestra». Aunque no se ocupa de los cataros, puede leerla todo aquel que quiera dejar volar la imaginación por la Edad Media. Pagels, Elaine, The Gnostic Gospels, Random House, Nueva York, 1979. [Los evangelios gnósticos, Grijalbo Mondadori 1996]. Paladilhe, Dominique, Simón de Montfort et le drame cathare, Perrin, París,

1988.

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Pernoud, Régine, Pour en finir avec le Moyen Age, Seuil, París, 1997. [Para acabar con la Edad Media, José J. de Olañeta, 1999].

Peters, Edward, Inquisition, University of California Press, Berkeley, 1989. Pilhes, René-Victor, Le Christi, Plon, París, 1998. N.

*Richards, Jeffrey, Sex, Dissidence, and Damnation: Minority Groups in the

Middle Ages, Routledge, Londres, 1991. Breve, vigoroso y erudito, el

estudio proporciona detalles espeluznantes sobre la persecución de los

judíos, los herejes y los leprosos. Instructiva pero aterradora.

Roquebert, Michel, LEpopée cathare, 5 vols, Privat, Tolosa, 1970-1989 (vols.

1-4); Perrin, París, 1998 (vol. 5)

–, Montségur, les cendres de la liberté, Tolosa, Privat, 1998. –, Histoire des cathares: Hérésie, Croisade, Inquisition, du onziéme au quator-

zieme siécles, Perrin, París, 1999.

*Rouquette, Yves, Cathars, Loubatiéres, Portet-sur-Garonne, 1998. Uno de los pocos y más recientes divulgadores franceses del catarismo traducidos. Seguramente el título pretendía ser leído «Cataros. Época», como si ésta fuera la última palabra. Rouquette es provocador al afirmar que es cáta-ro, polémico siempre que acude a la historia, y realmente parlanchín en su viaje por los círculos literarios del Languedoc. Sólo para catáronlos. Runciman, Steven, The Medieval Manichee, Cambridge University Press,

Cambridge, 1991. Sayers, Jane, Innocent III: Leader of Europe, 1198-1216, Longman, Harlow,

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Shirley, Janet, trad., The Song ofthe Cathar Wars, A History ofthe Albigensian Crusade, by William of Tudela and an Anonymous Successor, Scolar Press, Aldershot, Inglaterra, 1996. *Southern, R. W., Western Society and the Church in the Middle Ages, Pen-

guin, Nueva York, 1970.

Strayer, Joseph R., The Albigensian Crusades, University of Michigan Press, Ann Arbor, 1992. Publicado por primera vez en 1971, el relato de Strayer sigue siendo el análisis erudito más entretenido de la cruzada ;■ escrito en inglés. La edición en rústica tiene un epílogo espléndido de Carol Lansing, que esboza las últimas tendencias en la historiografía catara en lengua inglesa. Si el lector quiere profundizar en su conoci­miento de los cataros, que empiece por aquí. Sumption, Jonathan, The Albigensian Crusade, Faber and Faber, Londres,

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Thouzellier, C, trad., Une Somme anti-cathare: Le Líber contra manicheos de Durand de Huesca, Université catholique, Lovaina, 1964.

–, trad., Livre des deuxprincipes, Cerf, París, 1982.

Vicaire, M. H., Histoire de saint Dominique, 2 vols., Cerf, París, 1982.

*Wakefield, Walter L., Heresy, Crusade, and Inquisition in Southern France, 1100-1250, Alien and Unwin, Nueva York, 1974. Una sólida intro­ducción a las creencias y los infortunios de los cataros y los valdenses.

Wakefield, Walter L. y Austin P. Evans, eds., Heresies ofthe High Middle Ages, Columbia University Press, Nueva York, 1991.

Wood, Charles T., The Quest for Eternity: Manners and Moráis in the Age of Chivalry, University Press of New England, Hanover, N.H., 1983.

*www.cathares.org. Con mucho lo mejor que hay en la Red. En modo algu­no excéntrico, como muchos otros sitios cataros. Montones de cua­dros, biografías, linajes, mapas, actividades interactivas, etc. Actualiza­do semanalmente. Buena parte está en la versión inglesa.

Zerner-Chardavoine, Monique, La Croisade albigeoise, Gallimard, París 1979.

Agradecimientos

<; En las secciones de agradecimientos se suele comenzar con lo profesional para pasar luego a lo personal. Ha empezado un nuevo mi­lenio; esta vez dejaremos claras nuestras prioridades.

Tengo una gran deuda de gratitud con Jill Pearlman, que me ayudó en todas las fases del proyecto como colega escritora, editora, compañera, animadora, esposa, y quizá lo más importante, cosupervi-viente en medio del campo con dos hijas jóvenes y escandalosamente gritonas, una de las cuales decidió participar en nuestro mundo rural una memorable noche de invierno. Sin el respaldo y la asombrosa ca­pacidad de Jill para hacer varias cosas a la vez, yo no habría reunido la monomanía necesaria para terminar el libro.

Mi agradecimiento más sincero a nuestros anfitriones en la Cata­luña francesa, Vladimir y Roselyne Djurovic, que fueron indefectible­mente amables con los extranjeros que los invadieron. Nuestro vecino Henri Fabresse puso su tractor al servicio de la cordura al arar la tierra de detrás de nuestra granja para disponer de un huerto que, gracias a Dios, no tenía nada que ver con herejes quemados en la hoguera. No dejéis que nunca nadie menosprecie la hospitalidad o la sensatez de los catalanes.

En el Languedoc, fue de gran valor la ayuda de Jean-Pierre Péter-mann al acompañarme en viajes catarizados guiados por Carcasona y Tolosa que pasaban por alto oportunamente todo aquello construido en los últimos ochocientos años y que no hacía al caso. Jean-Pierre in­cluso se las ingenió para que pudiera meterme furtivamente en una ex­cavación arqueológica de acceso prohibido para ver los supuestos hue­sos del conde Raimundo VI.

En Roma, la Academia Americana puso sus medios al servicio de un investigador de Inocencio III. Eli Gottlieb y Danella Cárter, mis anfitriones en la academia y durante mucho tiempo amigos de Nueva York, fueron indulgentes y pacientes con mi locuacidad medieval. Eli arriesgó la vista leyendo el manuscrito entero en formato de e-mail a tiempo para tenerlo listo en el plazo fijado. Aunque no es un perfecto, se acerca.

Gracias también a mi familia más cercana –mis padres, por su respaldo; mi hermano Kevin (mi compañero en Albi) por no escatimar su aliento a proyectos pasados y presentes, y mi hermano Donal, por sus faxes sobre desconocidas tradiciones trovadorescas– y a muchas otras personas que me han ayudado a lo largo del proceso. De entre ellas, la principal es el fallecido Matt Cohén, amigo que me dio esperanza, risas y un pequeño empujón. Otros ayudaron de maneras demasiado diversas para detallarlas: Liz y Kevin Cohlon, Sandy Whitelaw, George Haynal, Doris Pearlman, Audrey Thomas, Valérie Chassigneux, Jean-Jacques Bedu, Bruce Alderman, Henri Salvayre, Heidi Ellison, Ruth Marshall, Randall Koral, Dawn Michelle Baude, Susan Adams, Patrick Cox, Zia Jaffrey, Mitchell Feinberg, Edward Hernstadt, Helen Mercer, Mark Hunter, Scott Blair, Niels Stoltenborg, Robert Sarner, Charles F. Mac-Donald y Yovanka Djurovic. También he de reconocer la invisible pre­sencia de dos personas que siempre han estado respaldándome: los padres Elisha y Damien O’Shea. Es una verdadera lástima que este libro haya llegado demasiado tarde para poder sentarnos frente a una copa de coñac y tener una conversación sobre los albigenses.

También he contraído una deuda de gratitud con los atentos bi­bliotecarios de la nueva y estrafalaria Bibliothéque Nationale de París, quienes, pese a las circunstancias adversas, siempre encontraron los li­bros que yo buscaba.

Mi reconocimiento al editor Scott Mclntyre por creer en mí, al igual que a George Gibson, quienes, junto con la jefe de redacción Jac-queline Johnson, lanzaron una catapulta textual sobre los puntos débi­les de mi prosa al desnudo. Cualquier error o lapso que aún se pueda detectar se debe a mi obstinación.

Por último, me descubro ante todos los propietarios de cafés, res­tauradores, empleados de oficinas de turismo, libreros, vigilantes de museos, camareros y monjas del Languedoc; todos ellos parecen tener teorías muy sólidas sobre quiénes eran los cataros.

Índice temático

Abelardo, Pedro, 37 Ad extirpando,, bula papal, 196, 197 Agnes de Montpellier, 76 Aimery de Montréal, 65, 97, 102,

117

Al-Andalus, 119 Al-Nasir, Muhammad, 119 Albi, 17-20, 21, 40, 56, 61, 66, 101, 162

albigenses, véase cataros Alfonso de Poitiers, 179 Alfonso-Jordán, 52

Atice de Montmorency, 100, 114, 121, 145,217

almohades, ejércitos, 119

Amaury de Montfort, 13, 149, 151, 153, 157-158, 160, 192

Amiel de Perles, 202

Amiel, Pedro, 161, 186, 189

Amiens, 160

Andalucía, 119-120 »’>

Annibaldi, 43

anticlericalismo, 56

Antiguo Testamento, 39

antipapas, 42

Applewhite, Marshall, 222

antroposofía, 217

Aquitania, 52, 160, 183-184

Aragón, 52, 53, 123, 124, 125, 160,

206 nobles de, 88, 127

Aragón y Barcelona, reino, 23, 52 aragoneses, 130-131 archivos de la Inquisición, 195, 199 Ariége, 220-221 Arles, 162

Arnaud Amaury, 13, 20-21, 28, 62, 63,64,67,70-71,74,88, 117, 123, 136, 159, 161,209 conflicto con Pedro de Aragón, í 123-126

en las cruzadas, 76-77, 120 excomunión de Simón de Mont­fort, 142

gobierno civil de Tolosa excomul­gado, 107 muerte de, 156 y cónclave sobre Raimundo de

Tolosa, 113 y cruzada, 76-77, 79-80, 81-82,

83, 90, 94, 95, 105, 120 y esfuerzo de rehabilitación de

Raimundo, 115 Arnaud de Villemur, 137 Arnold, Guillaume, 174, 175, 176,

177,180,182, 195 Amoldo de Brescia, 37, 42 artilugios de asedio, 90-92, 147-148,

187 asedios, 81

Carcasona, 87, 93-94, 95, 98, 178-179

Lavaur, 116-117

Montségur, 21

Tolosa, 141-149, 151, 184, 187 Aude, río, 29, 85, 87 Autier, Guillaume, 198, 202 Autier, Jacques, 202 Autier, Pierre, 13, 28, 198, 199-200,

201, 202, 203, 205, 207 Avignonet, 180-182, 183, 184-185,

186, 189, 195 >’-

Aviñón, 161-162 :.■;•-„ s .. -

babas-cool, 220

Baigent, Michel, 221

Baleares, islas, 160

Barcelona, 52, 125, 160

Basilio, el Bogomilo, 34

Baudelaire, Charles, 216

Béarn, 120

Béatrice de Béziers, 54

Beaucaire, 142, 147, 162 .. : V.

Becket, Thomas, 35, 45, 67, 71

Bélibaste, clan, 205

Bélibaste, Guillaume, 13, 28, 205-210

Benedict de Termes, 65

Benedicto VIII, papa, 197

Bernanos, Georges, 65

Bernard de Castanet, obispo, 19, 199

Bernard de Caux, 195-196

Bernard de Saint-Martin, 181

Bernard de Simorre, 62

Bernard de Tirón, 37

Bernard-Otto de Niort, 162

Bernardo de Clairvaux, 13, 38, 47,

49, 54, 64

Bertrand de Saissac, 55, 76, 97 Béziers, 21, 29, 56, 57, 61, 64, 86, 88, 93, 101, 102, 107, 145, 151

ataque, 77-78, 79-83, 85, 190

masacre, 82-83, 86, 98, 112, 161

saqueo, 20, 27, 110

venganza, 92-93 biterrois, 77-78, 79, 81, 82, 86 Bizancio, 100, 108

Blanca de Castilla, 15, 163, 165,

166, 179 Blanche de Laurac, 13, 50, 65, 117,

162

bogomilos, fe de los, 33, 36 Borsier, familia, 168 Bosque de Antíoco, 181-182 Bouchard de Marly, 15, 98, 100,

114-115, 121

en la batalla de Muret, 130, 131 muerte de, 161 bouffeurs du curé (comedores de

curas), 213 Bourg, 87, 91, 179

caída de, 93 Bourrel, Aude, 200 Bram, ciudad, 98, 101, 102, 112 Breakspear, Nicholas, 38

Cabala/cabalistas, 31, 48 caballeros, 100, 130, 186

a caballo, 72

en el asedio de Tolosa, 148-149

en la batalla de Muret, 126-130, 131

muertos en Lavaur, 117 caballeros occitanos, 130 Cabaret, 102, 152

castillo de, 97-98 Cabrel, Francis, 211 Caetani, clan, 43 Capetos, 52, 157, 159, 160, 163, 184

se aneXIonan el Languedoc, 23

Carcasona, 21, 30, 40, 53, 56, 61,

64, 78, 102, 107, 122, 126

archivos de la Inquisición, 199

asedio de, 93-94, 98, 178-179

cataros en, 93-94, 154

debate en, 62

dominio de Simón de Montfort en, 98, 101

en la cruzada, 85-95

explotación popular del catarismo, 212

genio, 123

inquisidores en, 170, 178

interrogatorios de la Inquisición

en, 195

mazmorras de, 180, 195, 199 y cruzada real, 162, 163 Carlomagno, 51 Carta Magna, 99, 136 Castellar, 87, 90-91, 92-93, 179 Castelnaudary, 122, 154 Castilla, 119 castillos cataros, 220-221 Catalán, Amoldo, 173 catalanes, 127, 130 Cataluña, 88, 123, 193, 206, 208 catapultas, 103-104, 114, 147, 148,

187,188 catarismo, 21-22, 27-28, 50, 59, 79,

180, 189, 194, 208 archivo documental, 27 como fenómeno de masas, 221 creencias en el, 23-26, 32-33, 34-

36,39 defensores del, en la cruzada de

los albigenses, 86 destrucción del, 166, 196, 197 en el Languedoc, 29-40, 48, 185 en nuestros días, 28, 211-224 italiano, 196-197 mujeres en el, 25, 35-36, 47-50,

154

orden de los dominicos y, 63 refugios para el exceso de mujeres,

65

represión del, 159 resistencia a la Inquisición, 177-

178

reversión, 152 Tolosa, 51, 110, 120 catarismo, Dios del, 23 cataros, 17, 21-28, 61, 123, 139,

159, 198-203 campaña contra los, 20 cruzada contra los, 125, 139-140 debates con los católicos, 59-60, 61, 64-65, 72, 89, 117

delatados a la Inquisición, 170, 191-193, 196, 200-201, 202-203, 209

despedida de los, 191-193 en Carcasona, 93-94, 154 en el eXIlio, 205, 206 en el Languedoc, 22, 23, 161,

191-192,205 enMinerve, 102-106, 112 , en Montségur, 185-190 en Tolosa, 110-112 escritos sobre los, 212-215, 216,

217-223 la Inquisición en la destrucción de

los, 171-174, 194-197 , legado de los, 223-224 , llamamiento a la cruzada contra

los, 70

organización de los, 39 Raymond Roger Trencavel y los,

75-76

red de los, 144 : relación con los nazis, 218-219

renacer de los, 199-203 : resurgimiento de los, 154-155 romanticismo de los, 215 y lucha por el poder entre señores : feudales, 98-99

y monjes cistercienses, 62 catedral de Saint-Nazaire, 149 catedral de Sainte-Cécile, 18-20 catolicismo, 220

conversión al, 177 católicos, 110

debates con los cataros, 59-60, 61,

64-65,72, 89, 117 Cavaillé, Guillaume-Pierre, 202 Celestino III, papa, 42 Cellerier, Sicard, 40 Champaña, 22 Chartres, 160

ciudades medievales, 56-57 civilización occidental, 26 Claricia, 43 Clemente III, papa, 43 clero monástico, 54

clero secular, 54, 62, 153 Colonia, Alemania, 38 Colonna, clan, 43, 108 Comminges, conde de, 120, 125 confiscación de bienes, 60 Conrado de Marburgo, 170, 195 consolamentum, 34-35, 36, 76, 117, 154, 167, 189-190,200-201, 207

de Bélibaste, 206, 207 mujeres que lo recibían, 48-49 Constantino, 44 Constantinopla, 73, 108 Constanza, madre de Raimundo VI,

50,51

cónsules (capitouls), 56, 109, 144 Conti di Segni, Lotario dei véase Inocencio III, papa (Lotario dei Conti di Segni) ,..,

Conti, familia, 43 , ,:■

Conti, torre de los, 44, 108 contracultura, 220-221 Corbiéres, 29, 78, 86, 114, 141, 205,

210, 220, 223 Cordes, 174 Couserans, 120 crecientes, 32, 33, 35-36, 38, 105,

110, 117, 154, 181,200-201 de Bélibaste, 206 en la Inquisición, 173, 180 errores en las creencias de los, 201 mujeres, 48, 49 número de, 48

quemados en Montségur, 189-190 refugio de Montségur, 185 cristiandad, 44

cruz, 34-35, 37 :>

cruzada, 75-78, 107, 213 ;.}

ataque a Béziers, 77-78, 79-83, ‘j

85, 190 O

ataque a Carcasona, 85-95 ■””,.

ataque a Minerve, 103-106 ::>

batalla de Muret, 126-133

contra las tierras de Tolosa, 116- ,

117 cruzados, 71-74

destrucción por los, 101

en el Languedoc, 124-126

éXItos militares en la, 107

final de la, 159-166

final de la, ordenado, 123, 124-

125, 126

promesas hechas a los, 73 restablecida, 126 véase también cruzada de los

albigenses

víctima de la cuarentena, 151 cruzada albigense, 17, 19, 20-22, 23,

30, 86, 91, 189-190 ejecuciones masivas en la hoguera,

106 fin anunciado de Inocencio III de

la, 123, 125 fin de la, 164, 168 protagonistas de la, 136-140 cruzada real, 161-165, 179 cruzadas, 36, 205

diversiones sangrientas, 73 sino aciago de los judíos en las, 78 cuarentena, 73, 77, 95, 100, 151 cuarta cruzada, 73-74, 100, 108 cuarto Concilio de Letrán, 135-140,

157, 169 decreto del, 139-140, 141, 144,

151-152, 158 cultura occitana, 50 cultura popular

explotación de los cataros en la,

20,211-212,220-223 cultura trovadoresca, 56, 213, 215, 220

D’Ablis, Geoffrey, 202, 203 D’Alayrac, Philippe, 202, 206 D’Epernon, Robert, 33 Da Vinci, Leonardo, 222 Dante Alighieri, 61 DeAlfaro, Raymond, 180 De miseria condicionis humanae

(Clemente III), AA Debussy, Claude, 222

delegación petrina, 36

Délicieux, Bernard, 19, 199 :

Den Baille, Pons, 202, 207 ■->

Den Baille, Sibille, 207, 209 v*

derecho canónico, 108, 109, 125 ”:i

derecho romano, 136

Diego de Azevedo, obispo de Osma,

63-65 !,”)

dinero manchado de sangre, 170 > Divina Comedia (Dante), 61 ‘¡’

docetismo, 39 >■.’}<

Doinel, Jules, 216

Domingo de Guzmán (santo DomiflM go), 13,27,63-67,72, 116, 154, 163, 175,205,213

muerte de, 155 íi-i

santo canonizado, 167 Domingo, santo, véase Domingo de Guzmán (santo Domingo) dominicos, 63, 153, 155, 175

inquisidores, 167, 171, 173-178, 180,196,199

y la Inquisición, 21, 27 Dondaine, Antoine, 27 Dos Principios de la creación, 24-25 dualismo, 26, 30, 33, 79, 102, 110, 201,203,209

cátaro, 24, 25, 34, 47, 154

«iglesias» del, 197 dualistas, 38, 155

Eco, Umberto, 196 Edad Media, 21, 69 ejecuciones masivas en la hoguera,

106

ejército francés, 179, 184 cruzada real, 161-164 El nombre de la rosa, (Eco), 196 endura (huelga de hambre), 201 Enguerrand de Coucy, 116 Enrique de Lausana, 37, 38 Enrique II, rey de Inglaterra, 35, 67,

71, 192 Enrique III, rey de Inglaterra, 179-

180, 183-184

Enrique VI, emperador y rey de

Alemania, 42-43, 176 Enrique VIII, rey de Inglaterra, 45 Ermessinde, esposa de Roger Bernard,

193 Esclarmonde de Foix, 14, 49, 102,

137, 156,213,218 óperas sobre, 216 película sobre, 222 Étienne de Saint-Thibéry, 177, 178,

180, 195 Etiennette de Pennautier, la Loba, 51,

52, 97,156

Eudes, duque de Borgoña, 70 Eudo, 37

Europa, la Iglesia en, 46 Evangelio de Juan, 79 excomunión, amenaza de, 176 excursiones predicadoras, 62-63 expropiación, amenaza de, 176

Fabre, Raimond, 202 faidits (alborotadores), 99 Fanjeaux, ciudad, 30, 49, 64, 101

cataros en, 152, 154 Fausta, esposa de Constantino, 44, 45 Federico Barbarroja, emperador, 33,

38,73 Federico II, emperador (Stupor

Mundi), 43, 176, 179, 188 Félibrige, 215, 216 Felipe Augusto, rey de Francia, 15, 61, 70, 88, 114

muerte de, 157, 159 Ferrer, hermano, 194, 195 feudalismo, 50

Fiancée des ténebres, La (película), 222 Figueira, Guilhem, 152 Flandes, 56 Foix, 66, 216

castillo de, 100

y cruzada real, 162, 163 Foix, conde de, 120-125 Foix, familia, 121-122 Fontevrault, 192

Fontfroide, monasterio de, 62

Foro de Nerva, 45

Foro romano, 44

Fournier, Jacques (más adelante

Benedicto XII), 14, 202, 203, 205,209-210 Francia, 23

Languedoc aneXIonado a, 17-18,

22-23, 30, 192 y el Languedoc, 158, 160 franciscanos, 64, 155, 177 franciscanos espirituales, 199 Francisco de Asís, 64 Frangipani, 43, 45, 108, 159 Fulko de Marsella, obispo de Tolosa, 14, 28, 48, 54, 61, 66, 67, 70, 112, 116, 136, 153, 175,209 campaña de sermones en Tolosa,

110-112 en el cuarto Concilio de Letrán,

137-138, 139 en el eXIlio, 152, 156 fallecimiento, 168 ‘,

y asedio de Tolosa, 143, 144, 14,6? y batalla de Muret, 127, 130 ;f: y cruzada real, 161, 164

galerías subterráneas, 92

García, Pedro, 191-192, 209

Garona, 144, 146

Gascuña, 52

Gastón de Béarn, 125

gata, 91-92, 147-148, 149, 187

Gelasio II, papa, 42

Genova, 160

Geralda, señora de Lavaur, 102, 117

Giotto di Bondone, 64

gnósticos, 39, 48, 78, 79

Golairan, Guillaume-Raymond, 180

Gran Herejía

el Languedoc y la, 29-40 Gregorio IX, papa (Ugolino dei

Conti di Segni), 14, 163, 169-170, 171, 176-177

muerte de, 179

Gregorio VII, papa, 35, 42, 88 Grial, historias del, 216, 218, 219 Gros, Raymond, 177 guerra de asedios, 131, 187-188 guerra medieval

argumento del sabotaje, 92 convenciones de, 81 Guerra de los Cien Años, 183 Gui, Bernard, 196, 202, 205 Gui de Montfort, 148 guías cataros

pobreza de los, 63-64 Guilhabert de Castres, 14, 28, 49,

65, 102, 154, 167, 168, 185,

205, 220

Guillaume de Balaguier, 181 Guillaume de Contres, 130-131 Guillaume de Lahille, 181 Guillaume de Minerve, 103, 104,

105

Guillaume de París, 165 Guillaume de Puylaurens, 80 Guillaume de Soler, 177 Guillaume, fraile franciscano, 191 Guillaume, sacerdote y especialista en

asedios, 114, 116, 117 Guillermo de Tudela, 77, 80-81, 82,

87, 89, 93, 106, 108 Guirdham, Arthur, 220

hacer juramentos, 25, 39 Heaven’s Gate, 222 Helena (madre de Constantino), 45 herejes, 73

a la hoguera, 114, 117 herejes hermosos (bela eretga), 50 herencia divisible, 49 heresiarcas, 32, 154 herejía, 36-41, 60, 178, 199

baluarte de la, 102

celebración del fracaso de la, 211-212

en Italia, 197

extirpación de la, 178

Inquisición y, 193-194

Languedoc, 139 represión de la, 169-170 tolerancia de la, 89, 125-126 Hermandad Blanca, 111-112, 116,

117

Hermandad Negra, 111, 144 Hervé de Donzy, conde de Nevers,

70, 93

Hildegarda de Bingen, 47 Histoire des Albigeois (Peyrat), 213 ” Hohenstaufens, 52, 157 Holy Blood and the Holy Grail, The {Enigma sagrado} (Baigent, Leigh y Lincoln), 221 Honorio III, papa, 151 Hot, Arnold, 65 Hugh de Lacy, 95 Hughes de Lusignan, 180, 184 , HugodeArcis, 186, 187 Hugo, Victor, 222 Humbert de Beaujeau, 164 Huysmans, Joris-Karl, 216

ideas, 31

en el Languedoc, 56-57 historia de las, 23 iglesia de Sainte-Marie Magdalene

(Béziers), 77, 82

movimiento monástico cisterciense/ monjes, 54-56, 61-63, 64, 156, 170, 173-174 Iglesia, 17, 23, 25, 185

como cuerno de la abundancia de

los monarcas franceses, 160 de Roma, 101 dirigentes de, Languedoc, 151-

153

insatisfacción con, 22 mujeres en, 47-48 papel en el mundo de, 39 y el Languedoc, 54-57, 107 !le-de-France, 23, 30, 50, 158 lle-de-la-Cité, 165, 166 Imperio bizantino, 33 informadores, 172, 173, 177-178

Inglaterra, 160

Inocencio III, papa (Lotario dei

Conti di Segni), 14, 27, 41-46,47,55,57,63,64,67,71, 141, 152, 156,157,163,170, 176, 205 Cuarto Concilio de Letrán, 135-

136, 137-140, 144 declaró que era crimen tolerar la

presencia de herejes, 98-99 final de la cruzada de los albigen-

ses, 123-124, 125 iniciador de la cruzada de los

albigenses, 21 llamamiento a la cruzada de, 70-

71, 100

muerte de, 142, 155 Pedro, vasallo de, 88 poder de, 108-109 reanudación de la cruzada, 226 sobre los obispos, 169 y castigo de Raimundo, 114, 116 y la Iglesia en el Languedoc, 60-61 y las cruzadas, 73, 74, 83, 89,

120, 123

y ofensiva diplomática de Rai­mundo de Tolosa, 108-109, 112,113 ~ Inocencio IV, papa, 196-197

Inquisición, 17, 21, 49, 154, 167-174, 183, 185-186, 189, 193-197, 206, 207,209 aragonesa, 206 en Italia, 196-197 interrogatorios de la, 27, 195 jefes de la, 202 lista de preguntas de la, 171 reacción violenta de la, 175-182 tortura en la, 196

inquisidores, 170-174, 176-178, 180, 183, 185, 191, 193-197, 199, 203

inquisidores en, 171, 173, 178 interdicto, 116

amenaza de, 176

Tolosa bajo, 107, 109, 177

Internacional catara, 32, 205 Internet, 222 Italia, 22, 46

Inquisición en, 196

Jean de Saint Pierre, 195-196

jerarquía católica, 151-153

cónclave sobre Raimundo de Tolosa, 112-114

Jerusalén, 22, 46, 51, 71, 73, 123, 136

Jesús de Nazaret, 34, 39, 221 i¡

Jordán, Pons, 65

Juan, rey de Inglaterra, 133, 160 <

Juan, sin Tierra, 51

Juana de Arco, culto a, 213 í

Juana de Inglaterra, 51, 139, 142,. 192

Jubileo, 197-199

judíos, 71, 76, 175

atacados por los cruzados, 74 del Languedoc, 31, 56-57 destino aciago, en las cruzadas* Z§ en Tolosa, 110-111 obligados a llevar un círculo amarillo, 136

juglares, 31, 49, 50

juicio por ordalía, 136 i, • > ‘

Kreuzzuggegen den Gral [Cruzada contra el griat\ (Rahn), 218

La Mancha, 119 i

Languedoc, 17, 21, 26-27, 46

Amaury de Montfort lo entrega a

Francia, 158, 160 " aneXIonado a Francia, 17-18, 23,

30, 192

búsqueda de herejes en el, 170 catarismo en el, 29-40, 47-48,

114

cataros y el, 22, 23, 161-162, 191-193,205

como utopía moral, 217 cruzada en el, 74, 121, 124-126 cruzada real en el, 161-164, 166 cultura trovadoresca en el, 213 ; debate entre cataros y católicos en

el, 59, 60, 61 en el cuarto Concilio de Letrán,

136-140 engaño a los cataros en el, 191-

193 ,, explotación popular del catarismo

enel, 211-213, 219-223 fragilidad del, 153-154 Francia y el, 158, 159-160 guerra en el, 151-153 guerreros del, asedio de Montsé-

gur, 186-189 Inquisición en el, 197 la Iglesia y el, 54-57, 107-108 legado papal de Romano di San

Angelo enel, 159-160 movimiento de recuperación

lingüística del, 215 rencor hacia la Inquisición en el,

178 represión de los cataros en el,

195-196

revuelta en el, 183-185 señores del, 50-54 Simón de Montfort señor del,

136, 139-140, 142 sistema de división de herencia en

el, 49

tolerancia en el, 154 y la Gran Herejía, 29-40 Las Navas de Tolosa, 119, 124, 127,

142

Laurac, 154 Lauragais, 154 Lavaur, 30, 116, 123, 154, 162

asedio de, 116-117, 153 Le Roy Ladurie, Emmanuel, 27 legados papales

poder perseguidor de los, 169-170 Leigh, Richard, 221 lengua italiana, 33

lengua occitana, 30-31, 33, 215 Leonor de Aquitania, 166, 192 Leonor, esposa de Raimundo de

Tolosa, 88

Letrán, palacio, 38, 44, 45 Liga Lombarda, 33 :¡

Lincoln, Henry, 221 Lizier, Grazida, 201 Lombardía, 56

Lombers, ciudad, 39-40, 50, 60, 101» Lombrives, 214, 216, 217 Louvre, 166

Lucio II, papa, 42 \

Luis VIII, rey de Francia, 15, 151, t

157, 160, 184 ¡

cruzada real, 161, 162-163 Luis IX, rey de Francia, 165, 186, {

205 l

Luzifers Hofgesind (Rahn) ,218 ¿

Magiciens et illuminés (Magre), 217 - : Magre, Maurice, 217-218, 220, 221 Maimónides, Moisés, 175 Main de Dieu, La (película), 222 Malvoisine, la (mala vecina), 103-

104,112,147 Manual de los inquisidores de Carcaso-

na (Bernard de Caux), 195 manuales de inquisidores, 195 Marcos, sepulturero, 33, 196, 205 .. María, madre de Jesús, 47, 95 María Magdalena, 78-79, 205, 221

festividad de, 77-78, 85, 106 Marsella, 162 Marty, Arnaud, 208 Marty, Bertrand, 185, 186, 187, 188,

189 masacre de Marmande, 151, 157,

161 masacres, 183

en Marmande, 151 en Montgey, 137 en Muret, 132, 143 materia/mundo material en el cataris­mo, 23-24, 110-111

Maury, Pierre, 206, 208-209

medieval (lo), 21

melioramentum, 32, 33, 110, 207

Mercadier, Sans, 202

mercenarios (routiers), 66-67, 72, 82,

147, 186 en el ejército de los cruzados, 72,

73

Mercier, Guirald, 40 metempsicosis, 48 Milo, notario, 70, 112-113 Minerve, 102-106, 112, 113-114,

123, 147, 154 Minervois, 29, 86, 102 Mirabilis Urbis Romae (Inocencio

III), 44 Mirepoix, 154 Mistral, Frédéric, 215 Moissac, 174 monarquía francesa occitaños y, 162 monasticismo, 54 Montaillou (Le Roy Ladurie), 27 Montaillou, 30, 202-203, 207 Montfort, 157, 159

Arnaud Amaury se vuelve contra,

156

reparaciones a, 159 Montgey, 116 122, 146

masacre de, 137 Montpellier, 21, 29, 52, 56, 62, 63,

115

Domingo en, 63-64 la Inquisición en, 175 i líderes de la Iglesia eXIliados en,

151-152 y cruzada, 76 Montpensier, 163 Montréal, 30, 64, 65

asedio de, 179 Montségur, 30, 123, 137, 218, 220,

223

asedio de, 21

caída de, 27, 185-190, 191 cataros en, 102, 154, 178 culto de, 214-215, 216

estudios sobre, 220

refugio de los perfectos en, 185-

186

Moore, R. L, 26 moros, 23, 119, 123 Morella, 207, 208, 210 movimientos «Paz de Dios», 55 mujeres, 47-48, 79

en el catarismo, 25, 35-36, 47-50,

153-154

mujeres nobles, 49 Muret, 157 ,:

batalla de, 126-133, 136

recuerdo de, venganza, 149 ).<

victoria de, 140, 143 -\>-

musulmanes, 23, 46, 136

Narbona, 21 29, 56, 57, 61, l42-; ,f,' 143, 162 r

nazis, 28, 219

Negra, montaña, 29-30, 78, 86, 97, 115, 141

perfectos en la, 168 neognósticos, 216, 220 New Age, 221 Newton, Isaac, 222 Nicetas, 33-34, 36, 40, 205 Niel, Fernand, 220 Nímes, 29, 162 nobles del Languedoc, 153, 179-180

desposeídos, 98-99

y cruzada real, 161-162 nobles gascones, 127 nobles occitanos, 127, 140, 151, 156 nobleza vasca, 127, 130 Nótre-Dame, catedral, 34, 165, 166,

179 Nuevo Testamento, 39, 59, 79

obispos, 54, 61, 125, 152-153, 169

caza de herejes, 169 occitanistas, 216, 217 occitanos, 102, 121, 179, 197

embajada a Roma, 108-109

en el Jubileo, 197-198 y monarquía francesa, 162 Orb, río, 77, 80 orden de los frailes predicadores, véase

dominicos orden feudal

rey francés como representación de la legitimidad sagrada de la, 161-162 Orden del Templo Solar, 28, 222

país cátaro, 211-224

Pamiers, 64, 122

Papa, 41-42, 89, 108-109 véase

también pontificado paranormal, 216 Parzifal (Von Eschenbach), 218 patrimonio de Pedro, 108 Pedro de Bruys, 37 Pedro II, rey de Aragón, 15, 60, 62, 76, 102, 121, 139, 142, 160 conflicto con Arnaud Amaury,

123-126 cruzada contra los musulmanes,

119-121 en la batalla de Muret, 127, 130-

131, 132 intento de detener la cruzada

contra Tolosa, 120-121 muerte de, 132, 133 posesiones de, 124-125 reconocimiento de Simón de Montfort como vasallo, 114-115 '• tolerancia con los cataros, 123

y cruzada, 88-90 • y esfuerzos de rehabilitación de

Raimundo, 112-113, 115-116 Péladan, Joséphin (Sar), 216 Pelhisson, Guillaume, 167, 168, 175 península Ibérica, 23, 88, 119 peregrinos, 73

perfectos, 22, 32-33, 38, 39-40, 49, 65, 71, 110-111, 123, 154, 167,180

conversión al catolicismo, 196

en Béziers, 77-78

en la hoguera, 117, 189-190, 197,

202

estatus de, 48 huyen de la violencia, 101-103,

206

los últimos, 205, 206, 209, 210 muertos en Minerve, 105-106 mujeres, 49-50, 101, 200 número de, 50 pena capital por serlo, 172 razón de ser de la administración

del consolamentum, 200-201 refugio en Montségur, 185-186,

187

régimen de los, 34-35 respuesta a la Inquisición, 177-178, 202 ■».

resurgimiento de los, 154 t

salvan el tesoro cátaro, 188 ■•■ Petrarca, Francesco, 44 ¡-r

petrarias, 91 Peyrat, Napoleón, 212-215,216,

217, 222 Philippa, esposa de Raymond Roger,

49, 102, 156 Pierre Clergue, 203 Pierre de Castelnau, 14, 62-63, 66,

79 asesinato de, 67, 69, 71, 75, 109,

113,170,222 Pierre de Courtenay, conde de

Auxerre, 70

Pierre de Nemours, 116 Pierre de Vaux de Cernay, 80, 82, 91, ¡

104, 106,108, 113, 129-130 Pierre Roger de Cabaret, 86-87, 97-

98,102,114 Pierre Roger de Mirepoix, 181-182,

186, 187, 188 Piquier, Raymonda, 206 Pirineos, 30, 185, 187, 220, 223 Plantagenet, 52, 99, 157

plan para recuperar el territorio de Poitou, 183

Plantagenet, Enrique, véase Enrique

II, rey de Inglaterra pobreza apostólica, 63-64 poesía trovadoresca, 30-31 Poitou, 183 pontificado, 35,179

como mediador ante el poder, 135-136

posesiones temporales del, 176 Poussin, Nicolás, 222 Prades Tavernier, 202 prestamismo, 110-111 primera cruzada, 51 Primera Guerra Mundial, 216 proskynesis (besar los pies), 42 Prouille, 101 Provenza/provenzales, 52, 66, 139,

142, 144 Pulp Fiction (Tarantino), 20

Quertinheux, fortaleza, 97

Rahn, Otto, 217-219 Raimond, Pierre, 202 Raimundo de Saint-Gilíes, véase

Raimundo VI

Raimundo IV, conde de Tolosa, 51 Raimundo V, conde de Tolosa, 50-

51

Raimundo VI, conde de Tolosa, 15, 28, 50, 51, 52-54,60,61,62, 115, 120, 159 campaña de rehabilitación de,

111-114, 115, 116 características personales de, 100 castigo de, 125

en el asedio de Tolosa, 144-145 en el cuarto Concilio de Letrán,

136 en la batalla de Muret, 127-130,

131,132,133 en la cruzada, 71-72, 73-74, 75-

76, 82, 88, 95 en la defensa de Tolosa, 121-122

excomunión de, 66, 67, 107, 108,

109, 112, 114, 116 flagelación pública de, 69-70, 71,

164

huida a Inglaterra, 133 ¡

muerte de, 155-156 i

ofensiva diplomática de, 107-109 tolerancia hacia los cataros de,

102 Raimundo VII, conde de Tolosa (el i

joven Raimundo), 15, 120, "■'■■■•■ 131, 133, 139, 140, 142, 151,! 153, 156, 159, 170, 174, 179 < excomulgado, 159 í

muerte de, 192 \

penitencia pública de, 164-166 í persecución de cataros, 192 persiguiendo perfectos, 168 se convierte en Raimundo VH,'vív

156

sublevación de, 183-185 y asedio de Tolosa, 147 t"

y cruzada real, 161-162, 164 y la Inquisición, 176-178, 180 y Montségur, 188

Raoul de Fontfroide, 62, 63, 66, 79 Raymond, Bernard, 40 Raymond de Pereille, 185, 186, 189 Raymond de Rabastens, obispo de

Tolosa, 61, 70 Raymond du Fauga, obispo de

Tolosa, 167-168, 170, 177, 209 Raymond Roger de Foix, 16, 28, 49,

51, 53,60,97, 158 al lado de Raimundo de Tolosa,

112-113

ataque a los cruzados, 116 en el cuarto Concilio de Letrán,

137-138

en la batalla de Muret, 130 en la defensa de Tolosa, 121-122 muerte de, 156 y los cataros, 102 Reconquista, 119 reencarnación, 24, 32, 35-36

reglas feudales, 122, 125 Reims, 160 reliquias, 35, 45, 130 renacimiento del siglo XIi, 21-22 Renania, 22, 169 Rennes-le-Cháteau, 222 Resistencia francesa, 219 ribauds, 72, 80, 82 Ricardo, 44, 108 Ricardo Corazón de León, 51, 73,

192

Ricardo de Cornualles, 183 Roben de Arbrissel, 37, 47, 192 Robert le Bougre, 169 Roché, Déodat, 217-218, 220, 221 Roger Bernard de Foix, 122, 151,

162, 193

deserción de, 184, 193 en el asedio de Tolosa, 146, 148 Roma, 41-46

gobernada por Inocencio, 108 Romano di San Angelo, cardenal,

159-160, 161, 163, 165, 170 castigo de Raimundo VII, 164-

166

Roquebert, Michel, 161 rosacruces holandeses, 220 Ruán, 160

sacramentos cataros, 34 Saint-Barthélemy, monte, 102, 185,

224 Saint-Félix de Lauragais, 32, 33, 34,

36,40,47, 56, 116, 180 Saint-Gilíes, ciudad, 55, 60, 67, 69,

159, 162 cónclave especial en, 112-113,

114

iglesia de, 71, 107, 109, 164 Saint-Gilíes, familia, 51-52, 53, 71,

89, 109, 114, 136, 145 cementerio, 156 fin del linaje, 192 patrimonio, 179 pérdida del poder, 184

seguidores, 141

tierras, 121, 139 ■

Saint-Pons-de-Thomiéres, 55 Saint-Sernin, iglesia, 156 Sainte Chapelle, 165-166 Sainte-Cécile, 199 . ■ <..

Saladino, 73

san Mateu, 207, 208, 209, 210 San Juan de Letrán, basílica, 44-45 Sancha de Aragón, esposa de Rai­mundo VII, 179

Sancho, conde de la Provenza, 124 ' Sangde Toulouse, Le (Magre), 217 Sans, Pierre, 202 '"

Santos Sergio y Bacco, iglesia, 44 ' Seila, Pierre, 174, 175-176, 177, 178 r Sens, 160 señores feudales

lucha política por el poder entre, * 98-99 ..,, ... .>/

serbios, 64

Sicard de Lunel, 196, 209 Sicre, Arnaud, 207-210 Sierra Morena, 119 Simón de Montfort, 16, 27-28, 99-101, 107, 120, 151, 154, 161, 164,165,178,192 asedio de Carcasona, 87, 94-95 asedio de Lavaur, 116-117 asedio de Tolosa, 120-123, 141-

149,187

ataque a Minerve, 103-105 batalla de Muret, 126-133 campaña de 1210, 98, 112, 114 cruzada de los albigenses, 20 ejército de, 100-101 enfrentamiento con Pedro de

Aragón, 120, 122-123 impuesto de capitación, 101 muerte de, 148-149, 153, 155 orden de poner fin a la cruzada,

125

rechazado frente a Cabaret, 98 resistencia a, 101 soberanía sobre el Languedoc, 136, 140, 142

tierras concedidas a, 139-140 tregua con Raymond Roger, 102 vínculo de vasallaje con Aragón,

114-115, 125 Simón de Montfort, cuarto hijo de

Simón de Montfort, 99 sociedad civil

destruida por la Inquisición, 172 sociedad medieval, 72 Steiner, Rudolf, 217 suministro de agua, control de, 87,

93, 104, 147 Surdespine, fortaleza, 97

Tanchelm de Amberes, 37

Tarantino, Quentin, 20

Tedisio, 113

teosofía, 216

tercera cruzada, 73

Tercera República francesa, 213, 215

Termes, 114, 116, 162

tesoro cátaro, 188, 217, 221-222

historia del, 214-215 guerras cataras, cronista anónimo de

las, 149

Textor, Jean, 175 tierras de los Trencavel, 112, 114-

115,121,123,165 cataros en, 102 concedidas a Simón de Montfort,

94, 97-98, 139 extirpando la herejía de, 178 tolerancia, 57, 200

vuelta a la, 151-158 Tolosa,21, 30, 40, 56, 66, 75, 109-

110,113,154 asedio de, 141-149, 151, 184,

187

bajo interdicto, 107, 109, 177 campaña de Simón contra, 121-

123

- catarismo en, 51, 110-111, 120 cataros refugiados en, 102 cambios en la vida de, 167 cruzada contra, 116-117

dominicos en, 155 dominio francés sobre, 179 guerra entre bandas rivales en,

111 inquisidores en, 170, 175, 176,

177

Universidad de, 166 y cruzada real, 162, 163 tolosanos, 52, 132-133, 143, 145,

146, 147, 162, 163, 164 Tomás de Aquino, 155 !

Trasimondo, 43 Trencavel, familia, 53-54, 55, 56, 75,

77-78, 89, 109 vasallos de los, 141 y cruzada, 76 *

Trencavel, Raymond Roger, 16, 60, i 97-98,156,209 ■'"'

hijo de, 115 >

muerte de, 94 ';,

rebelión de, 179-179 vasallo del rey Pedro, 88-90 ■;':■ y ataque a Carcasona, 85-86, 87, "

88-90, 92-95 y cruzada, 75-78

Trésor des Albigeois, Le (Magre), 217 tribunal para las herejías, 168-170 >.

tribunales papales, 195

trovadores, 22, 49-50, 120, 152, 218

Troyes, Chrétien de, 218

Urbano II, papa, 22

valdenses («hombres pobres de

Lyon»), 22, 64 vasallaje, 115 Vassaletti, clan, 43 Venecia, 73

Ventura, Guillaume, 197 Verfeil, 38, 64-65 Via Domitia, 76 Vidal, Peire, 51, 97 Vigouroux de la Bacone, 176 Villerouge-Termenés, 210 Von Eschenbach, Wolfram, 218

Wagner, Ricardo, 216 Weil, Simone, 217

Zara, ciudad, 73, 100

LOS CATAROS

la herejía perfecta

Radicales en sus creencias e ir ' ' i-

tualidad, los cataros protan cia para Occidente en ' Edad Media calificr ■-chazaban el raater igualdad, aceptaba y afirmaban que el pusieron en entrecL,

del bien y del mal, provocando con ello que se tambaleara el siste­ma de valores impuesto.

Ante la amenaza del catarismo, Inocencio III, apoyado por los se­ñores feudales, promovió una serie de campañas bélicas que desde 1209 hasta 1229 realizaron con éXIto una sangrienta misión: el ex­terminio del catarismo. Stephen O'Shea nos presenta un de la Francia medieval, así como i lleva a pensar que la intolerancia religiosa es mtemporaj.

«Una crónica apasionante de uno de los episodios más vergonzosos de la historia de la Iglesia en la Edad Media.»

Booklist

«Este libro es la introducción ideal a la historia de los cataros.»

John Julius Norwich, autor de Breve historia de Bizancio

«Un relato bien documentado y en­tretenido de una de las grandes crisis religiosas y sociales de la Edad Media. Un libro para disfrutar y refleXIonar.» Norman F. Cantor, autor de La era de la protesta

«La herejía perfecta es la fascinante his­toria de un movimiento heterodoxo (...) es la obra de un experto y está pensada para una amplia gama de lec­tores.»

Emmanuel Le Roy-Ladurie, autor de Montaillou

Periodista y traductor, STEPHEN O'SHEA residió durante un largo periodo en el sur de Francia para realizar el presente estudio. Los cataros, la herejía perfecta destaca por su amplia documentación, así como por la accesibilidad de su lectura, enriquecida y facilitada por un eindice temático, una bibliografía escogida y los mapas e ilustra­ciones que acompañan al texto. O'Shea también es autor de Back to the Front: An Accidental Historian Walks the Trenches of WorldWarl.

LOS CATAROS

La Herejía Perfecta

STEPHEN O'SHEA

Javier Vergara Editor

Barcelona / Bogotá / Buenos Aires

Caracas / Madrid / MéXIco D. F.

Montevideo / Quito / Santiago de Chile

AJill, RachelyEve

Título original: The Perfect Heresy Traducción: Juan Soler

© 2000 by Stephen O'Shea

© Ediciones B Argentina, S.A., 2002

para el sello Javier Vergara Editor

Av. Paseo Colón 221 - Piso 6 - Buenos Aires, Argentina

www, ediciones b. corn

Impreso en Argentina - Printed in Argentine

ISBN: 950-15-2240-7

Depositado de acuerdo a la ley 11.723

Impreso por Printing Books, Av. Gral. Díaz 1344, Avellaneda, Buenos Aires, en el mes de Abril de 2003.

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reporducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.

ÍNDICE

PRINCIPALES PERSONAJES DE LA HISTORIA DE LOS CATAROS 13 INTRODUCCIÓN 17

CAPÍTULO UNO

El Languedoc y la gran herejía 29

CAPÍTULO DOS

Roma 41

CAPÍTULO TRES

El final del siglo 47

CAPÍTULO CUATRO

La conversación 59

CAPÍTULO CINCO

Penitencia y cruzada 69

CAPÍTULO SEIS

Béziers 75

CAPÍTULO SIETE

Carcasona 85 .

CAPÍTULO OCHO '

Malvoisine 97

CAPÍTULO NUEVE

El conflicto se extiende 107

CAPÍTULO DIEZ

Época de sorpresas 119

CAPÍTULO ONCE

El veredicto 135

CAPÍTULO DOCE

Tolosa 141

CAPÍTULO TRECE

Vuelta a la tolerancia 151

CAPÍTULO CATORCE

Final de la cruzada 159

CAPÍTULO QUINCE

La Inquisición 167

CAPÍTULO DIECISÉIS

Reacción violenta 175

CAPÍTULO DIECISIETE

La sinagoga de Satán 183

CAPÍTULO DIECIOCHO

Crepúsculo en el jardín del diablo 191

CAPÍTULO DIECINUEVE

Bélibaste 205

EPÍLOGO

En el país cátaro 211

NOTAS 225

BIBLIOGRAFÍA ESCOGIDA 257

AGRADECIMIENTOS 263

ÍNDICE 265

Principales personajes de la historia de los cataros

ENEMIGOS ESPIRITUALES

Arnaud Amaury (fallecido en 1225): jefe de la orden de los monjes cis-tercienses. Plenipotenciario papal en el Languedoc, posteriormente fue nombrado arzobispo de Narbona. En 1209 Arnaud dirigió la cruzada de los albigenses en el infame saqueo de Béziers.

Pierre Autier (aprox. 1245-1309): hombre sagrado cátaro. Hasta su edad madura rico notario de la ciudad montañesa de Ax-Les-Thermes, Autier recibió instrucción religiosa herética en Italia y regresó al Lan­guedoc para difundir la fe.

Guillaume Bélibaste (fallecido en 1321): el último perfecto del Lan­guedoc. Buscado por las autoridades acusado de asesinato y herejía, Bé­libaste ejerció su ministerio durante más de una década entre compa­ñeros eXIliados en Cataluña.

Bernardo de Clairvaux (1090-1153): monje cisterciense, fundador de la abadía de Clairvaux en la Champaña en 1115, canonizado en 1174. Bernardo asesoró a papas, promovió la segunda cruzada y dio la voz de alarma ante el auge del catarismo.

Blanche de Laurac: la matriarca más importante del catarismo del Lan­guedoc. Dos de sus hijas contrajeron matrimonio con hombres rele­vantes y después llegaron a ser perfectas; otra dirigió una comunidad catara en Laurac. Su cuarta hija y su único hijo varón encontraron la muerte en Lavaur, en 1211.

Domingo de Guzmán (1170-1221): fundador de la orden de los frailes predicadores, o dominicos, canonizado como santo Domingo en 1234.

Oriundo de Castilla, Domingo predicó incansablemente en el Langue-doc en los años anteriores a la cruzada. Durante las guerras cataras lle­gó a ser confidente de Simón de Montfort.

Esclarmonde de Foix: hermana de Raymond Roger, conde de Foix. Esclarmonde abrazó el catarismo en 1204 en una ceremonia a la que asistieron las principales familias del Languedoc. Dirigió un convento herético y, siglos después, se convirtió en objeto de un culto erótico-re-ligioso.

Jacques Fournier (aprox. 1280-1342): monje cisterciense de una estir­pe de campesinos del Languedoc. Fournier, inquisidor sin igual, dejó patente el despertar cátaro de Montaillou. En 1334, fue elegido Papa con el nombre de Benedicto XII.

Fulko de Marsella (1155-1231): obispo de Tolosa desde 1205 hasta su muerte. Inmortalizado por Dante en el canto IX del Paraíso, Fulko ex­hibió una elocuencia inhabitual y una actitud despiadada en su comba­te contra el catarismo.

Gregorio IX (1170-1241): Ugolino dei Conti di Segni, elegido Papa en 1227. En 1233 designó a los dominicos para que encabezaran la lucha contra la herejía, hecho que se considera generalmente el acto funda­cional de la Inquisición.

Guilhabert de Castres (muerto aprox. en 1240): el perfecto varón más importante del Languedoc. Aunque en peligro constante como obispo cátaro de Tolosa, Guilhabert escapó de sus perseguidores y organizó la retirada estratégica de la fe a los Pirineos.

Inocencio III (1160-1216): Lotario dei Conti di Segni, elegido Papa en 1198. En 1208 emprendió la cruzada de los albigenses y en 1215 con­vocó el cuarto Concilio de Letrán. Uno de los pontífices medievales más temidos y admirados, Inocencio murió en Perugia cuando se diri­gía a mediar en un acuerdo de paz entre Genova y Pisa.

Pierre de Castelnau (muerto en 1208): monje cisterciense y lega­do papal, cuyo fallecimiento impulsó el llamamiento a aplastar a los cataros.

RIVALES TEMPORALES

Amaury de Montfort (1192-1241): hijo mayor de Alice de Montmoren-cy y Simón de Montfort. Señor del Languedoc dispuesto a la batalla des­de 1218 hasta la cesión de sus derechos al rey Luis VIII de Francia. Cap­turado por los musulmanes en Gaza en 1239, cautivo en Babilonia durante dos años, Amaury murió en Calabria en su viaje de regreso.

Blanca de Castilla (1185-1252): reina de Francia, entonces regente tras la muerte de Luis VIII y mientras su hijo mayor, Luis IX (san Luis), era menor de edad, así como durante sus prolongadas ausencias en las cru­zadas de Palestina. Probablemente el mejor gobernante de Francia del siglo XIii.

Bouchard de Marly (muerto en 1226): primo hermano de Alice de Montmorency y camarada de armas de su marido, Simón de Montfort. Rehén de los cataros durante un tiempo en Cabaret, después Bouchard dirigió el segundo cuerpo de caballería en la batalla de Muret.

Luis VIII (1187-1226): rey de Francia tras la muerte de su padre, Feli­pe Augusto, en 1223. Luis ordenó la masacre de Marmande y en 1226 emprendió la cruzada real decisiva.

Pedro II (1174-1213): monarca del reino unificado de Aragón y del con­dado de Barcelona, vencedor de los moros en la batalla de las Navas de Tolosa. El rey Pedro el Católico hizo suya la causa del Languedoc y enca­bezó el mayor ejército jamás reunido para luchar contra los cruzados.

Felipe Augusto (1165-1223): rey de Francia. Redujo poco a poco y con éXIto la presencia Plantagenet continental de Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra a un pequeño rincón de Aquitania. Los barones de Felipe fueron los principales jefes de la cruzada de los albigenses.

Raimundo VI (1156-1222): conde de Tolosa. Tres veces excomulgado y cinco veces casado, el caudillo del Languedoc fue formalmente expul­sado en el Concilio de Letrán de 1215.

Raimundo VII (1197-1249): último conde de Tolosa del clan Saint-Gilíes. Pese a haber echado de sus tierras a los franceses, al final Rai­mundo se vio obligado a aceptar una dura paz que le obligaba a sub­vencionar a la Inquisición.

Raymond Roger de Foix (muerto en 1223): el más beligerante de los nobles del sur que lucharon contra la invasión francesa. Hermano y marido de mujeres cataras, se distinguió por su ferocidad en el campo de batalla y por su firmeza ante el Papa.

Simón de Montfort (1165-1218): adalid de la causa católica en el sur. Tras exhibir una manifiesta valentía en la batalla, en 1209 fue nombra­do vizconde de Béziers y Carcasona. Sus años de estrategia militar bri­llante y cruel le convirtieron en señor de todo el Languedoc.

Raymond Roger Trencavel (1188-1209): vizconde de Béziers y Carca­sona, sospechoso de simpatizar mucho con los cataros. Durante el ve­rano de 1209 estuvo solo contra el poder del norte.

Introducción

Albi, de «albigense», la más célebre herejía de todos los tiempos. En una luminosa tarde de verano de hace algunos años, me hallaba deambulando por las silenciosas calles de Albi en compañía de mi her­mano. Ambos estábamos sorprendidos de habernos tropezado con una ciudad cuyo nombre nos resultaba familiar. Habíamos llegado a Albi por casualidad, en un coche alquilado en París una semana antes para ir al sur y recorrer el campo francés sin rumbo fijo. Era nuestra versión de lo que los ingleses llaman una «excursión misteriosa», un viaje con destino desconocido. Tan pronto los tejados de pizarra y los muros blancuzcos del norte del Loira hubieron dejado paso al acogedor ladri­llo del Midi, empezamos a sentirnos agradablemente desorientados. En Clermont Ferrand observamos las primeras boinas inveteradas; en Au-rillac, tuvimos un accidente al ir marcha atrás; en Rodez, vimos cómo nuestra camarera se desprendía de su vestido. Habíamos llegado al Languedoc, el suroeste mediterráneo de Francia.

Tras un largo almuerzo en un restaurante de carretera, recorri­mos Albi, la ciudad cuyo nombre conserva un aire de infamia. Sabía­mos que la cruzada de los albigenses había sido un cataclismo de la Edad Media, una violenta campaña de sitios, batallas y hogueras duran­te la cual los seguidores de la Iglesia católica intentaron eliminar a los herejes conocidos como albigenses, o cataros. A la cruzada del siglo XIli, dirigida no contra musulmanes de la lejana Palestina sino contra disi­dentes cristianos del mismo corazón de Europa, siguió la fundación de la Inquisición, una máquina implacable creada en concreto para acabar con los cataros supervivientes de la guerra. Debido a la convulsión, el Languedoc, antaño orgulloso territorio independiente, quedó aneXIonado al reino de Francia. Cruzada, Inquisición, conquista... Albi tenía asegurado su lugar en la Historia, si no en el recuerdo afectuoso.

Aquel día de verano nos pareció como si la ciudad hubiera escogi­do una apática amnesia sobre su pasado. Vagamos por un viejo barrio vacío, frente a casas y tiendas cerradas por ser la hora de la siesta, mien­tras los ladrillos y alféizares de color rojo vino nos bañaban de un fulgor rosado. Junto a una puerta dormía un gato blanco, sin que ningún fan­tasma lo molestara. Era difícil cuadrar la impresión de bienestar desme­moriado de Albi con su singular legado. Yo sólo tenía que remontarme más o menos una década para recordar a un profesor de la universidad que describía la cruzada de los albigenses como colonialismo naciente, y a un necio compañero de habitación divagando sin parar, en un estilo más obsesivo, sobre cómo los herejes habían sido perseguidos por la pri­mera policía del pensamiento. En ese momento, hallándome realmente en Albi, estos recuerdos parecían inadecuados, una grosera intrusión en los dulces sueños de la ciudad.

En una elevación sobre el río Tarn, las estrechas calles se abrían para formar una amplia plaza. Mi hermano y yo nos miramos. Eso ya estaba mejor.

Allí, perfilándose sobre un revoltijo de viviendas terraplenadas junto al río, se alzaba una fortaleza roja, monolítica y amenazante, una magnífica montaña de ladrillos amontonados de treinta metros de altu­ra y cien de anchura. Sombríamente rectangular, sus ventanas poco más que ranuras alargadas, el edificio parecía indestructible, un yunque de mirada ceñuda arrojado desde los cielos. Sus treinta y dos contra­fuertes, como chimeneas cortadas a lo largo por la mitad, circundaban ciclópeos muros en los cuatro costados y se elevaban lejos, como la lí­nea horizontal de un tejado remotísimo. La silueta semejaba una má­quina de cambio de monedas espantosamente grande, como las que en otro tiempo llevaban los conductores y las cobradoras de autobús: un contrafuerte para los peniques, otro para las monedas de cinco centa­vos, etcétera. Sin embargo, esta comparación doméstica resultaba afea­da por una estructura más alta incluso, una torre, un cohete de ladrillo rojo que sobresalía más de treinta metros por encima del tejado que había a lo largo del muro occidental.

La torre albergaba campanas que tañían los domingos. El edifi­cio era una iglesia.

Sobre la amnesia de Albi íbamos errados. La espantosa rareza que es la catedral de Sainte-Cécile jamás permitirá que los habitantes de la ciudad olviden su relación con los albigenses. Levantado entre 1282 y 1392, el edificio es un imponente matón que empequeñece y domina a sus vecinos. No tiene crucero, de modo que la iglesia ni siquiera posee la redentora forma de la cruz. Durante siglos tuvo sólo una puerta pe­queña. A diferencia de otras grandes catedrales francesas, como las de París, Chartres, Reims, Bourges, Ruán y Amiens, bajo la altísima bóve­da de Sainte-Cécile no había desordenados mercadillos, ni caminantes roncando tirados en el suelo, ni excrementos de ganado por la mañana, ni grandes portales que dejaran entrar el aire que respiran hombres co­rrientes. El exterior de la iglesia era –y todavía es– un monumento al poder.

Bernard de Castanet era el obispo medieval que aprobó los pla­nos, reunió el dinero necesario y comenzó la construcción. Mientras lo hacía, en los años ochenta del siglo XIii, Castanet también acusó de he­rejes a muchos ciudadanos destacados, aunque la cruzada de los albi­genses había terminado dos generaciones antes y desde entonces los inquisidores habían estado intimidando al pueblo sin cesar. Los adver­sarios del obispo, en concreto un fraile franciscano sin pelos en la len­gua llamado Bernard Délicieux, afirmaban que Castanet se valía de las amenazas de la Inquisición para amordazar a hombres libres y obtener dinero mediante la extorsión. Sea cual fuere la verdad, la iglesia-fortale­za se elevaba implacable, ladrillo a ladrillo, hasta que quedaba claro su principal mensaje: someteos o seréis aplastados.

En el aspecto de Sainte-Cécile no había nada sutil;1 nada justifi­caba la eXIstencia de alguna monografía especializada que detallara gár­golas, motivos ornamentales y cosas por el estilo. Caminamos alrede­dor del voluminoso gigante, maravillados de que el silencio de media tarde de Albi hubiera sido tan engañoso. Al final, la rojiza catedral era un bramido enfurecido del obispo Castanet y sus sucesores. Habían creído que el credo subversivo de los cataros ponía en peligro su mun­do –su poder, sus privilegios, sus creencias– y habían vociferado su ira en aquella monstruosa montaña de ladrillos. Nos colmaba los ojos y los oídos. Sólo un desacuerdo sobre algo tan insondable como el alma de una civilización podía provocar un grito tan fuerte que todavía era audible a través de un abismo de setecientos años.

No es extraño que aquella tarde resonara largo tiempo en mi me­moria. En los años siguientes, me acordé una y otra vez de Albi y los cataros al aparecer espontáneamente en libros y revistas y en las conver­saciones de los parisinos entre los que yo vivía. Mucha gente había oído el grito. Empecé a frecuentar los puestos de libros junto al Sena. Mis amigos buscaban en sus estantes y siempre encontraban otro estu­dio en francés sobre los cataros nuevo para mí. Ciertas bibliotecas espe­cializadas tenían traducciones de crónicas difíciles de conseguir, corres­pondencia y archivos de la Inquisición. En 1997, años después de mi primera visión momentánea de Sainte-Cécile, me trasladé al suroeste de Francia para mirar –y escuchar– con más atención los lugares donde habían vivido y muerto los cataros. El destino de mi excursión misteriosa resultó ser el origen de este libro.

«Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos.» El único lema del conflicto cátaro que ha pasado a la posteridad se atribuye a Arnaud Amaury, el monje que dirigió la cruzada de los albigenses. Un cronista refirió que Arnaud dio su orden fuera de la ciudad comercial mediterrá­nea de Béziers, el 22 de julio de 1209, cuando sus guerreros cruzados, a punto de tomar la población por asalto tras haber abierto brecha en sus defensas, se dirigieron a él en busca de consejo sobre cómo distinguir al católico creyente del cátaro hereje. Las sencillas instrucciones del monje fueron obedecidas, y todos sus habitantes –más o menos veinte mil– asesinados indiscriminadamente. La destrucción y el saqueo de Béziers convirtieron la población en la Guernica de la Edad Media.

Si Arnaud Amaury pronunció de veras esta orden despiadada es aún motivo de controversia.2 Con todo, lo que nadie pone en duda es que la frase ilustra primorosamente las pasiones homicidas presentes en la cruzada de los albigenses. Incluso en una época considerada general­mente bárbara –«mil años sin tomar un baño»3 transmite una benig­na idea despectiva de la Edad Media–, la campaña contra los cataros y sus seguidores destaca por su desnuda crueldad. Al principio, las histo­rias de Béziers y otras atrocidades apadrinadas por la Iglesia conmocio-nan, y después encajan en la idea de que el milenio transcurrido entre la Antigüedad y el Renacimiento fue una atroz pesadilla. Recurriendo a la imaginación gótica del siglo XIx, la cultura popular ha sacado parti­do de esa idea; en Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, por poner un ejemplo conocido, un gángster colérico le susurra amenazante a un enemigo: «Te voy a joder en "plan medieval".»4 Sólo la palabra ya asusta.

En este sentido, la historia de los cataros es el no va más de lo medieval. La cruzada de los albigenses, que duró desde 1209 hasta 1229, debe su andadura al papa más poderoso de la Edad Media, Ino­cencio III, y en un principio la llevó a cabo un guerrero de talento, Si­món de Montfort, bajo la mirada aprobadora de Arnaud Amaury. Al asolar el Languedoc, el gran arco que se extiende desde los Pirineos a la Provenza e incluye ciudades como Tolosa, Albi, Carcasona, Narbona, Béziers y Montpellier, la cruzada, respuesta implacable a las cuestiones planteadas por una herejía popular, sentó un funesto precedente en cuanto al modo en que la cristiandad enfocaría la disidencia.

Las dos décadas de carnicería a cargo de la cruzada dieron paso a quince años de rebelión y represión irregular, que culminaron en 1244 en el sitio de Montségur. Fortaleza solitaria situada en lo alto de un ris­co, al final Montségur se rindió, y más de doscientos de sus defensores, líderes de la fe catara alzada en armas, fueron conducidos a un claro nevado y allí quemados vivos. Por entonces, la Inquisición, guiada des­de su fundación, en 1233, por los infleXIbles intelectos de la orden de los dominicos, había desarrollado las técnicas que atormentarían a las católicas Europa y Latinoamérica durante los siglos venideros y, andan­do el tiempo, proporcionarían el modelo del reciente control totalitario de la conciencia individual. A mediados del siglo XIv, la Inquisición había eliminado de la faz de la tierra cristiana toda traza residual de la herejía albigense, y los cataros del Languedoc habían desaparecido. El calvario de aquellas gentes tuvo sus estaciones –quemarlas en masa, dejarlas ciegas, colgarlas, catapultar partes de su cuerpo contra los mu­ros de los castillos, la rapiña, el saqueo, las melopeas de los monjes tras los arietes, los juicios secretos, la exhumación de cadáveres, el potro de tortura–, que armonizan de sobra con nuestra fantasmagoría de lo medieval.

Si el relato fuera sólo esto, una especie de historieta novelada, los cataros quedarían relegados a una nota a pie de página en los anales del terror. Sin embargo, su ascenso y su caída evocan otras connotaciones de lo medieval: la sublime, misteriosa y dinámica Edad Media que a menudo resulta eclipsada por los destellos de las armaduras de los caba­lleros. La herejía catara, una rama pacifista de la cristiandad que abra­zó la tolerancia y la pobreza, gozó del máXImo prestigio en mitad del llamado renacimiento del siglo XIi, época en que Europa se libró de la apatía intelectual en que había estado sumida durante siglos. Era un período de cambio, de experimentación, de apertura de nuevos hori­zontes. Después de 1095, el papa Urbano II había exhortado a la cris­tiandad a recuperar Jerusalén, y decenas de miles marcharon hacia allí en busca de aventuras y de la salvación... y regresaron como hombres y mujeres que habían visto, si no comprendido, que en otras partes la vida estaba organizada de manera distinta. En su patria, las ciudades comenzaron a crecer por primera vez desde la caída del Imperio roma­no, y se inició la gran era de la construcción de catedrales. Se fundaron escuelas, liberadas de los reparos de una jerarquía vigilante. La difusión de nuevas ideas y el nacimiento de nuevas ambiciones provocaba a me­nudo descontento hacia una Iglesia medieval primitiva, mejor adapta­da a una época ignorante de monjes acurrucados y campesinos estre­mecidos de miedo. El gran despertar del siglo xn anunció un período de anhelo espiritual que buscaba, y con frecuencia hallaba, lo sublime fuera de los muros de la ortodoXIa. A los cataros se unieron otros gru­pos heréticos –en especial los valdenses, u «hombres pobres de Lyon»– para fustigar con dureza la religión oficial.

El catarismo prosperó en regiones alejadísimas desde la Edad de las Tinieblas: las ciudades comerciales de Italia, los centros de la Champaña y las tierras del Rin, y, sobre todo, el díscolo tablero de posesiones fami­liares y poblaciones independientes que a finales del siglo xn constituía el Languedoc. El destino de los cataros estuvo unido al del Languedoc, pues fue allí donde los herejes crecieron más y captaron discípulos en to­dos los sectores de la sociedad, desde pastores de la montaña y pequeños agricultores a nobles de las tierras bajas y mercaderes urbanos. Cuando fueron atacados, la pequeña clase sacerdotal del credo –es decir, los as­cetas conocidos como los «perfectos»– se encontraron con una multi­tud militante de protectores en su amplia red de parientes, conversos y simpatizantes anticlericales. La herejía de los perfectos se adaptaba de manera ideal, realmente perfecta, al feudalismo tolerante del Languedoc, por lo que su pueblo pagaría un tributo atroz. La región introdujo en el siglo XIll una locuaz anomalía en el coro de la cristiandad europea, y su cultura fue impulsada por trovadores poetas y cataros revolucionarios; cien años después, los monarcas de Francia habían engullido el Langue­doc, y sus terribles ciudades se habían convertido en el banco de pruebas de inquisidores ambiciosos y magistrados reales.

Sin los cataros, los nobles comprometidos con la monarquía de los Capetos y su pequeño territorio de bosques alrededor de la ciudad de Paris – La Île–De-France– jamás habrían tenido un pretexto para precipitarse hacia el Mediterráneo y forzar la improbable aneXIón del Languedoc a la corona de Francia. El Languedoc compartía cultura y lengua con sus parientes al sur de los Pirineos, el reino de Aragón y el condado de Barcelona, uno de los feudos cristianos que al final hizo retroceder a los moros musulmanes del resto de la península Ibérica. Se podría decir que el Languedoc «se llevaba» mejor con Aragón que con los francos del norte que algún día crearían la entidad conocida como Francia.* Sin la convulsión de la cruzada de los albigenses, el mapa y la composición de Europa podrían haber sido muy distintos.

Aunque firmemente enraizada en la política y la sociedad de su tiempo, la historia de los cataros también constituye un importante - y desgarrador - capítulo de la historia de las ideas. La herejía giraba en torno a la cuestión del bien y el mal. No es que uno de los bandos de la contienda del Languedoc fuera bueno y el otro malo, aunque eso afirmaban los propagandistas de una y otra parte. Lo que sucedía más bien es que el desacuerdo esencial entre la ortodoXIa católica y la hete­rodoXIa catara, su irreductible manzana de la discordia, estaba ligado al papel del mal en la eXIstencia.

Para los cataros, el mundo no era obra de un Dios bueno, sino la creación de una fuerza de las tinieblas, inherente a todas las cosas. La materia era corrupta, por tanto no tenía nada que ver con la salvación. Había que hacer poco caso –o ninguno– a los complejos sistemas ideados para intimidar a la gente y obligarla a obedecer al hombre que tenía la espada más afilada, la bolsa más llena de dinero o el mayor palo de incienso. La autoridad mundana era un fraude, y si estaba ba­sada en cierto decreto divino, como sostenía la Iglesia, era también una rotunda hipocresía.

El dios que merecía la adoración catara era un dios de luz, que gobernaba en el mundo invisible, etéreo y espiritual; este dios, sin inte­rés en lo material, no se preocupaba por si alguien hacía el amor antes de estar casado, tenía por amigos a judíos o musulmanes, trataba a hombres y mujeres como iguales, o hacía alguna otra cosa contraria a la doctrina de la Iglesia medieval. Correspondía a cada individuo (hombre o mujer) decidir si estaba dispuesto a renunciar a lo material y lle­var una vida de abnegación. Si no era así, seguiría volviendo a este mundo –esto es, se reencarnaría– hasta estar preparado para abrazar una vida lo bastante inmaculada para permitirle el acceso, tras la muer­te, al mismo estado dichoso que hubiera experimentado como ángel antes de haber sido tentado hasta perder el cielo al principio de los tiempos. Así, salvarse significaba llegar a ser santo. Condenarse era vi­vir, una y otra vez, en este mundo corrupto. El infierno estaba aquí, no en cierta vida futura inventada por Roma para que la gente estuviera siempre aterrorizada.

Creer en lo que se conoce como los Dos Principios de la creación (el Mal en el mundo visible, el Bien en el invisible) es ser dualista, partidario de una idea que ha sido compartida por otros credos en los es­fuerzos por abordar lo desconocido habidos durante la larga historia de la humanidad. No obstante, el dualismo cristiano de los cataros postu­laba un lugar de confluencia entre el bien y el mal: el corazón de cada ser humano. Allí, nuestro vacilante destello divino, remanente de aquel estado angelical anterior, esperaba pacientemente verse liberado del ci­clo de reencarnaciones.

Incluso una descripción rápida de la fe catara nos da una idea de lo sediciosa que era la herejía. Si sus dogmas eran verdaderos, los sacra­mentos de la Iglesia devenían forzosamente nulos y sin valor por el simple motivo de que la propia Iglesia era un engaño. ¿Por qué, pues, se preguntaban los cataros, hacer caso de la Iglesia? Y más en concreto, ¿por qué pagarle impuestos y diezmos? Para los cataros, los atavíos ecle­siásticos de riqueza y poder mundano servían sólo para poner de mani­fiesto que la Iglesia pertenecía a la esfera de lo material. En el mejor de los casos, el Papa y sus subalternos eran unos ignorantes; en el peor, agentes activos del creador maligno.

Tampoco el resto de la sociedad eludía las consecuencias revolu­cionarias del pensamiento cátaro. Esto fue especialmente cierto en el tratamiento a las mujeres. El statu quo sexual medieval habría sido so­cavado si todos hubieran creído, como creían los cataros, que un hom­bre noble en una vida puede ser una ordeñadora en la siguiente, o que las mujeres estaban capacitadas para ser guías espirituales. Quizás inclu­so más subversiva que este protofeminismo era la repugnancia que sen­tían los cataros por la costumbre de hacer juramentos. Aunque hoy nos parezca una idea fútil, el hombre medieval pensaba de otra forma, pues el juramento era el reforzamiento contractual de la primitiva sociedad feudal. Proporcionaba un valor sagrado al orden eXIstente; no podía crearse ni transferirse ningún reino, propiedad o vínculo de vasallaje sin establecer un lazo en forma de juramento, sancionado por el clero, entre el individuo y la divinidad. Como dualistas, los cataros creían que intentar unir los hechos del mundo material a la imparcialidad del buen Dios era un ejercicio de ilusionismo. Con asombrosa facilidad, el predicador cátaro podía representar la sociedad medieval como un ima­ginario e ilegítimo castillo de naipes.

En resumen, para los poderes eXIstentes el catarismo era una he­rejía perfecta y, por tanto, inspiró un odio que casi no conoció límites. Roma no podía permitir que el éXIto de los cataros la humillara públicamente. Aunque a menudo la doctrina catara escapaba a la compren­sión de sus adversarios, se urdieron y repitieron –de buena fe– fantás­ticas calumnias sobre sus costumbres. Su nombre, que en otro tiempo se creía que significaba «los puros», no fue invención suya; actualmente se considera que «cátaro» es un juego de palabras alemán que significa «el adorador de los gatos». Durante mucho tiempo se rumoreó que los ca­taros realizaban el denominado «beso obsceno» en el trasero de un gato.5 Y se decía que consumían las cenizas de niños pequeños muertos y se entregaban a orgías incestuosas. También era habitual el epíteto bougre, degradación de «búlgaro», referencia a una Iglesia hermana de dualistas heréticos en el este de Europa. A la larga, bougre se convirtió en «bujarrón», que pretendía señalar otra tendencia atribuida tiempo atrás a los entusiastas cataros. El término «albigense», rechazado por las convenciones históricas modernas porque limita el alcance geográfico del catarismo, fue idea de un caballero cruzado según el cual los here­jes creían que nadie podía pecar de cintura para abajo.6 Hoy sabemos que los cataros se referían a sí mismos, muy discretamente, como «bue­nos cristianos».

No obstante, hubo quien prestó oídos a los rumores de que les gustaban los gatos y quemaban a los niños pequeños, así como a relatos más precisos sobre el desarrollo de un credo cristiano alternativo. El poder de la Europa feudal cayó sobre el Languedoc con furia virtuosa. En muchos aspectos, el odio suscitado por los herejes enmascaraba una antipatía más profunda que oponía la exaltación espiritual del siglo xu a la cultura de elaboración de leyes y codificación propia del siglo XIii.7 Así pues, en un sentido más amplio, las guerras cataras se produjeron porque la civilización occidental se hallaba en una encrucijada: de ma­nera sugerente, el historiador R. I. Moore ha considerado que los años cercanos a 1200 constituyeron un momento decisivo que dio lugar a «la formación de una sociedad perseguidora».8 Se tardaría siglos en re­parar el daño causado por ciertas decisiones. Con menos grandiosidad, puede contemplarse el destino de los cataros como la historia de una disidencia no preparada para hacer frente a la fuerza de sus adversarios. El Languedoc de los cataros estaba demasiado debilitado por la tole­rancia para resistir las resueltas certidumbres de sus vecinos.

Este relato del drama cátaro, destinado a no especialistas, se basa en las diligentes investigaciones llevadas a cabo por historiadores acadé­micos en la segunda mitad del siglo XX. Las principales fuentes varían en función de la acción que se esté revelando. En cuanto al ascenso de los herejes desde los años cincuenta del siglo XII en adelante, el archivo documental es desigual, y los documentos que eXIsten –sobre todo cartas y las actas de los concilios de la Iglesia– fueron escritos por sus enemigos. Si en aquella época los cataros tenían un corpus escrito, lo destruyeron los inquisidores dominicos encargados de extirpar la here­jía cien años después. Ironías de la vida, tuvo que ser un fraile domini­co del siglo xx, Antoine Dondaine, el que disipara las brumas de ca­lumnias y conjeturas que rodearon el catarismo primitivo removiendo en archivos para poner al descubierto catecismos y tratados heréticos antes desconocidos para los historiadores.9

En cuanto a los años del ocaso de la herejía, los dominicos vol­vieron a desempeñar un papel esencial para nuestro conocimiento. Pese a lo mucho que destruyeron en general del catarismo, los frailes medie­vales resultaron ser magníficos conservadores de ese declive al poner por escrito las actas de sus investigaciones. En los últimos años se ha podido disponer de transcripciones de los interrogatorios de la Inquisi­ción, de palabras pronunciadas por campesinos y burgueses desapareci­dos hace siglos, que constituyen una ayuda valiosísima para los estu­diosos de aquel período. Sólo hemos de remitirnos a Montaillou: The Promised Land of Error, la obra clásica de Emmanuel Le Roy Ladurie sobre uno de los últimos reductos del catarismo, para verificar el valor de los archivos de la Inquisición en la reconstrucción del pasado.

No obstante, el núcleo de la historia tiene lugar entre el ascenso y la caída de los cataros, en el trascendental momento del conflicto abierto que se inició con el saqueo de Béziers en 1209 y acabó en la rendición de Montségur en 1244. Por fortuna, hubo cuatro cronistas contemporá­neos10 –de los cuales sólo uno estaba en el bando del Languedoc– que presenciaron y registraron los triunfos y los cambios imprevistos de ese agitado período, así como varios comentaristas medievales posteriores que con gran acierto consideraron que la narración despertaba un interés enorme. En conjunto, las fuentes –los manuscritos que nos han legado cronistas, comentaristas, inquisidores, clérigos y señores– ofrecen un cuadro detallado y complejo de una época en que abundaban las gentes de fuertes convicciones y gran valentía. La Iglesia y sus aliados contaban, entre otros, con Lotario dei Conti di Segni, el carismático magnate roma­no elegido Papa con el nombre de Inocencio III; Domingo de Guzmán, santo Domingo descalzo, que clamó en el desierto cátaro; Simón de Montfort, un guerrero devoto que pretendió construir un imperio; el obispo Fulko de Tolosa, trovador convertido en perseguidor, y Arnaud Amaury, el legado papal que carecía del menor escrúpulo. En el otro cam­po tenemos al conde Raimundo VI de Tolosa, el principal libertino, di­plomático y noble del Languedoc; Raymond Roger de Foix, señor de la montaña consagrado a horrorosas venganzas; Guilhabert de Castres, des­tacado fugitivo cátaro que escapó tanto de los cruzados como de los in­quisidores; Pierre Autier, rico notario que se volvió cabecilla de los here­jes, y Guillaume Bélibaste, hombre sagrado asesino cuya muerte en la hoguera en 1321 marcó la desaparición de la fe.

Los misioneros cataros recorrieron los caminos del Languedoc rural dos siglos enteros antes de la época de Juana de Arco; tres antes de Martín Lutero; cuatro antes del Mayflower. La inmensa distancia entre ellos y nosotros sería incluso más desalentadora si no fuera por la verdad que encierra el aXIoma enunciado por un discípulo de David Hume: «El pasado no eXIste salvo como sucesión de estados mentales presentes.» Por tanto, el epílogo de este trabajo examinará la exuberan­te singularidad del catarismo en nuestra propia época, que ha visto cómo los cataros salían de las sombras de un mundo recóndito y entra­ban en el ingobernable mercado de la memoria europea. En efecto, los cataros han recibido el apoyo, con distintos grados de seriedad, de ve­getarianos, nacionalistas, feministas, buscadores de tesoros, seguidores de la New Age, libertarios, anticlericales y pacifistas. Sus antiguos es­condites –castillos en ruinas al pie de los Pirineos– ya forman parte de las rutas turísticas. Entre sus admiradores menos recomendables se incluyeron los nazis y, más recientemente, los integrantes de la Orden del Templo Solar que se autoinmolaron. En una reciente novela france­sa aparecen neocátaros que luchan contra las fuerzas del imperialismo norteamericano.11 En algunas zonas, los cataros inspiran la misma mez­cla de admiración y respeto misterioso que rodea a los pueblos indíge­nas del Nuevo Mundo. Los herejes de Montségur se han convertido en sustitutos de los hopis, y sus creencias indican una opción espiritual grabada al aguafuerte no sobre una imagen onírica sino contra el fondo de una pesadilla medieval. Pese al gran abismo de los siglos, los cataros todavía recorren las tierras eternas del Languedoc.

CAPÍTULO UNO

El Languedoc y la gran herejía

El mosaico de viñas y olivos del Languedoc se extiende desde el mar a las montañas, un arco de prosperidad ganada a duras penas que va desde la desembocadura salada del Ródano al lento flujo del Garo-na. La tierra, quemada por el sol y batida por el viento, parece creada para una historia de cambio repentino. En las marismas de carrizos de la costa mediterránea están las ciudades de Nímes, Montpellier, Béziers y Narbona, ya bulliciosos puestos avanzados del Imperio cuando los centuriones de Roma denominaban a la región provincia Narbonnensis. En la época de los cataros, hacía mucho tiempo que estos centros de rudimentaria urbanidad habían salido de la noche del caos que siguió al hundimiento del mundo clásico. Sus almacenes junto a los muelles rebosaban de nuevo de vino y aceite, lana y cuero; sus ciudadanos más prósperos, vestidos con caras sedas y brocados, comerciaban con sus homólogos de España, Italia y regiones más lejanas.

La cálida llanura litoral de los comerciantes enseguida da paso a un entorno más accidentado. Cerca de la costa se alzan las blancuzcas montañas de Corbiéres, una hilera de cumbres de piedra caliza que se extienden tierra adentro hasta el sur del río Aude. Las cimas de esta ca­dena, ahora rematadas por castillos en ruinas, eran ideales para vigilar la marcha de los ejércitos por el valle del río. Allí, en la arrugada geo­grafía de campos y pueblos, filas de cipreses compiten con las vides para poner orden en el paisaje. Hacia el norte, a lo lejos, se perfila la rocosa meseta del Minervois, con su toldo de pinos balanceándose sobre es­carpados barrancos, y la Montagne Noire, la montaña Negra, una ame­nazante elevación poblada de árboles tirada en el paisaje como una enorme ballena varada en la playa.

Más allá de los torreones y las murallas de Carcasona, a unos sesenta kilómetros de la costa, Corbiéres y la montaña Negra desapa­recen, y la tierra se desparrama en abanico en una serie de leves es­tribaciones. En verano, el suelo se seca y cantan las cigarras; cultivos irregulares suavizan las largas montañas escarpadas en el ondulado pa­norama. Esta fértil región era el corazón del catarismo. En ciudades como Lavaur, Fanjeaux o Montréal, el dualismo logró el mayor núme­ro de adeptos.

Al oeste de estas aburridas poblaciones se halla la amplia y prós­pera llanura de Tolosa, de verde grisáceo bajo el calor. La gran ciudad, superada en tamaño sólo por Roma y Venecia en la cristiandad latina de 1200, está situada en un meandro del río Garona, que se despliega lentamente en su largo viaje hacia el Atlántico. Lejos, al sur, el río se eleva en la roca y la nieve que separan Francia de España. La majestad tenebrosa y desolada de los Pirineos señala el límite del Languedoc con una determinación inequívoca. A la vista de esas cumbres, puestos avanzados como Montségur y Montaillou presenciaron los últimos ca­pítulos de la historia de los cataros.

Encajado entre vecinos más famosos –al este, Provenza; al oeste, Aquitania; al sur, Aragón y Cataluña–, el Languedoc nunca ha sido redimido de su pecado original: albergar una herejía. Incorporado a la fuerza al reino de Francia a consecuencia de la cruzada de los albigen-ses, la región tardó varias generaciones en redescubrir el naciente na­cionalismo que, en el siglo xm, el caballero del norte y el inquisidor dominico estimularon primero y aplastaron después. En la actualidad, todavía es más un constructo imaginario que una entidad unida. No eXIste como nación o provincia hecha y derecha, lo que encaja en su papel de adalid de los cataros invisibles.

Incluso su nombre refleja lo quimérico. El Languedoc es una contracción de langue d'oc, es decir, la «lengua del sí» –o, mejor, los idiomas en que la palabra «sí» es oc, no oui. A la larga, el patois de París y su Ile-de-France circundante evolucionó y se convirtió en el francés; las lenguas de oc, u occitano, y sus dialectos afines –languedociano, gascón, lemosín, auvernés, provenzal– se parecían mucho más al cata­lán y al castellano. Con el tiempo, el occitano quedó categóricamente eXIliado en los márgenes más alejados de la conversación en romance,1 y la lengua suave y refinada de los norteños franceses acabó dominan­do el Languedoc. No obstante, permanece el recuerdo del idioma desplazado, aunque sólo sea en el modo gangoso que adopta el francés en el sur. Mientras que la algarabía de la discusión de café en, pongamos, Normandía, suena como un melifluo intercambio entre vacas parlan­tes, el tono de la misma conversación en el Languedoc nos recuerda a un músico que está afinando una guitarra grande y muy sonora. Por todas partes puede oírse este eco de la vieja Occitania.

Fue en la lengua occitana donde la poesía de los trovadores flore­ció por primera vez en el siglo XIi. En los campos y arboledas del Lan­guedoc se descubrió el amor y se reavivó lo erótico. Los juglares –in-térpretes de las obras trovadorescas– cantaban un juego elegante y tímido de placer aplazado, sublimación exaltada y, al final, satisfacción adúltera. La idea de fine amour era una brisa fresca y embriagadora de trascencencia individual imbuida del espíritu del Languedoc medieval. Mientras más allá del Loira y el Rin los nobles todavía andaban agita­dos por la épica de las visceras que se desprendían de la espada de Car-lomagno, sus homólogos del soleado sur empezaban a seguir otros ca­minos. La naturaleza del deseo amoroso, tan enemistado con la mezcla de saqueo y piedad que pasaba por conducta normal en los demás lu­gares, le daba a la mentalidad espiritual un carácter distinto.

Durante este período, lo característico de la región se ponía de manifiesto en todas partes. En las ciudades costeras, los judíos del Lan­guedoc inventaban y exploraban las repercusiones místicas de la Caba­la, demostrando que el fermento espiritual no estaba de ninguna ma­nera limitado a la mayoría cristiana. En el mundo más material, los burgueses del Languedoc arrebatan poder a las familias feudales que habían dominado la tierra desde la época de los visigodos. El dinero, enemigo del sistema agrario de castas, volvía a circular, al igual que las ideas. En los caminos y ríos del Languedoc de 1150 había no sólo mer­caderes y trovadores sino también parejas de hombres sagrados itine­rantes, reconocibles por la delgada tira de cuero que llevaban atada al­rededor de la cintura de su hábito negro. Entraban en los pueblos y ciudades, se ponían a trabajar, a menudo como tejedores,2 y llegaron a ser conocidos por su labor dura y honrada. Cuando llegó el momento, hablaron primero a la luz de la luna tras los muros, después al descu­bierto, junto a la chimenea de nobles y burgueses, en las casas de los comerciantes, cerca de los puestos del mercado. No pedían nada, ni al­mas ni obediencia; sólo que los escucharan. En el espacio de una gene­ración, esos misioneros cataros habían convertido a miles de personas.

El Languedoc había llegado a albergar lo que vendría en llamarse la Gran Herejía.

A principios de mayo de 1167, la pequeña ciudad de Saint-Félix de Lauragais,3 acurrucada en su proa de granito en un mar de verdor ondulante, hervía de visitantes. Desde las ventanas de sus hostales, los recién llegados podían mirar los campos de trigo primaveral y dar las gracias por la felicidad de una época sin escasez. No es que creyeran que el buen Dios había tenido algo que ver en esa suerte material, pues los huéspedes de Saint-Félix eran grandes dualistas –heresiarcas– ve­nidos de tierras lejanas. Se habían reunido allí para hablar abiertamen­te, sin miedo a la persecución ni a la contradicción, en un gran cóncla­ve que se celebraría en el castillo de un noble de la localidad. Era el primer y único encuentro de esa clase, una Internacional catara de di­sidentes espirituales.4 El obispo católico, que se hallaba en su palacio de Tolosa, a un día de viaje en dirección al oeste, no había sido invitado.

Los habitantes de la ciudad saludaban prestos a los heresiarcas, que vestían hábito, inclinándose gravemente y rezando una oración en que pedían garantías de que su vida tendría un buen final. Este ritual, conocido como melioramentum, revelaba que los suplicantes creían en el mensaje cátaro. Estos creyentes, o credentes, no eran cataros propia­mente dichos, sino más bien simpatizantes que atestiguaban y mostra­ban respeto por la fe. Los credentes tenían que esperar a una vida futura para acceder al estatus de cátaro electo.

Por todo el Languedoc, los creyentes eran muchísimos más que los escasos hombres sagrados, a quienes más adelante la Iglesia califica­ría de «perfectos», en el sentido de herejes perfeccionados, plenamente iniciados.5 Eran los perfectos, los visitantes de Saint-Félix que lucían hábitos negros, los verdaderos cataros sediciosos. Clase austera de mon­jes universales, los perfectos mostraban sólo con el ejemplo que había un camino para salir del ciclo de la reencarnación. Su condición sagra­da los convertía en santos vivos, de la misma categoría –a ojos de los credentes– que los apóstoles de Jesús. Tras llegar a la última fase de la eXIstencia material, los perfectos se preparaban para un último viaje; su vida abnegada les aseguraba que tras morir no regresarían, sino que su espíritu encarcelado sería por fin libre para unirse a la divinidad eterna e invisible. A la larga todos estarían entre los perfectos, en la marchita y espartana sala de espera de la beatitud. Entretanto, los simples cre­yentes cataros podían comportarse como juzgaran conveniente, si bien era preferible seguir la doctrina de los evangelios: ama a tu prójimo y la paz que la bondad y la honestidad traen consigo.

Los perfectos de Saint-Félix agradecían el homenaje de los cre­dentes con una respuesta ritual al melioramentum.6 Por lo general, las palabras pronunciadas eran exclusivamente en occitano, la lengua fran­ca de las onduladas tierras de labrantío de las que Saint-Félix era sólo uno de los muchos pequeños pueblos. Sin embargo, dado lo especial de la ocasión, algunos de los perfectos respondieron en la langue d'oil, ascendiente del francés. Un tal Robert d'Epernon, guía de la fe catara en el norte de Francia,7 había acudido a la reunión con varios de sus compañeros perfectos. La respuesta al melioramentum también se dio en la lengua que maduraría como italiano. La hablaba un sepulturero milanés de nombre Marcos, uno de los iniciadores del catarismo en Lombardía, donde las ciudades en proceso de crecimiento se estaban arruinando por culpa de las disensiones entre el Papa y el emperador germánico. Ese año de 1167, las ciudades y el papado fundaron la de­fensiva Liga Lombarda para frustrar los planes del emperador Federico Barbarroja. En las grietas provocadas por esa lucha por el poder pudo prosperar la fe herética de Marcos y sus camaradas.

Marcos había llegado a Saint-Félix como acompañante. Nicetas, su compañero de viaje, hablaba griego, una lengua olvidada en aquel ambiente campesino desde que la pequeña aristocracia latina local lo recitaba en sus academias literarias unos ochocientos años antes. Nice­tas, cuya identidad nunca ha sido precisada del todo, era probablemen­te el obispo de Constantinopla, de la fe bogomila, un credo dualista que había surgido en el este de Europa cuando un monje macedonio del siglo X conocido como el «amado de los dioses» (bogomil, en eslavo) comenzó a difundir las nuevas ideas sobre el bien y el mal. El dualis­mo, una metafísica conocida por la cristiandad desde los gnósticos an­tiguos, tenía seguidores en diversas regiones controladas por el Imperio bizantino. Aunque el origen de los cataros está impregnado de miste­rio, es razonable suponer que los bogomilos8 actuaran en un principio como mentores de la herejía occidental, en especial cuando aumenta­ron los contactos entre el este griego y el oeste latino tras el fin del pri­mer milenio.

Como heresiarca del este, Nicetas llevaba consigo a la reunión de Saint-Félix un impresionante pedigrí de disidente. En el año 1100, uno de sus antecesores, un tal Basilio, había intentado públicamente atraer al emperador bizantino a la senda del dualismo. Al emperador aquello no le divirtió nada, y Basilio, el Bogomilo fue quemado en la hoguera por su temeridad justo en el exterior del hipódromo de Cons-tantinopla. No obstante, para el cátaro perfecto, el martirio sufrido por los bogomilos, al margen de su carácter glorioso, importaba menos que la fuente de legitimidad que representaban.

Por los dedos de Nicetas pasaba el poder del consolamentum, el único sacramento dualista. Este transformaba al creyente común en uno de los perfectos, que, a continuación, podía «consolar» a otros dis­puestos a vivir su vida final, sagrada. El bautismo, la confirmación, la ordenación y, si la recibía a las puertas de la muerte, la extremaunción, todo iba en uno; el consolamentum consistía en la imposición de manos y reiterados requerimientos de vivir una eXIstencia ascética y casta inta­chable. El perfecto tenía que abstenerse de cualquier forma de intimi­dad sexual, rezar constantemente y ayunar con frecuencia. Cuando se le permitía comer, debía evitar la carne o los derivados de la reproduc­ción, como el queso, los huevos, la leche o la mantequilla. Sin embar­go, podía beber vino y comer pescado, pues el hombre medieval creía que este último surgía en el agua por generación espontánea. Un solo desliz en este régimen severamente impuesto –tan nimio como un bocado de ternera o un beso robado–, y se esfumaba el estatus de per­fecto. El reincidente tenía que recibir de nuevo el consolamentum^ al igual que todos los demás a los que el imperfecto perfecto había llega­do a «consolar». Los cataros rechazaron enseguida el precepto católico de ex opere operato, non ex opere operantis ([la gracia] deriva de lo que es realizado, no de quien lo realiza),9 en virtud del cual un sacramento si­gue siendo válido con independencia de lo corrupto que sea su cele­brante. El consolamentum tenía que ser inmaculado.

Ese día, para los perfectos de Saint-Félix no había jerarquía ecle­siástica, ni iglesia como tal, ni siquiera un edificio o una capilla. Cua­tro años antes, los cataros franceses del norte se habrían encogido de hombros ante la colocación de la piedra angular de la catedral de No-tre Dame de París. Para los dualistas, la continuidad del consolamentum desde la época de los apóstoles era el edificio invisible de lo eterno, transmitido literalmente de una generación a otra como una especie de pillapilla sobrenatural. El sacramento era la única manifestación de lo divino en este mundo. Los cataros creían que Jesús de Nazaret, una aparición más que un ser material ordinario, había llegado a la tierra como mensajero que llevaba consigo la verdad dualista e iniciador de la cadena del consolamentum. La muerte del nazareno, en caso de que muriera de veras, fue casi fortuita; desde luego no constituyó el extraor­dinario instante redentor de la historia que ha proclamado la Iglesia.

Los perfectos sostenían que la cruz no era algo que hubiera que venerar, sino tan sólo un instrumento de tortura, perversamente glori­ficado por la fe romana. También se horrorizaban ante el culto a las re­liquias de los santos. Aquellos trozos de hueso o de tela para los que se construían iglesias o se organizaban peregrinaciones pertenecían a la es­fera material, la sustancia creada por el demiurgo maligno que moldeó este mundo y la envoltura carnosa de lo humano: el que había hecho el cosmos y tentado a los ángeles hasta expulsarlos del cielo, para después atraparlos en el envase perecedero del cuerpo mortal. En el sistema ge­neral de las cosas, lo importante era sólo el espíritu de cada uno, lo que quedaba de la naturaleza del ángel caído, lo que permanecía conectado con el bien. Pensar lo contrario era engañarse. Los sacramentos admi­nistrados por la Iglesia no eran más que paparruchas.

Los piadosos proscritos de 1167 aludían a la fe mayoritaria como «la ramera del Apocalipsis» y «la Iglesia de los lobos», y hacían oídos sordos a las pretensiones de Roma de preeminencia temporal y espiri­tual. Habían pasado noventa años desde que Hildebrando, el radical toscano elegido Papa con el nombre de Gregorio VII, proclamara la supremacía papal sobre todos los demás poderes. Desde entonces, re­yes, obispos, cardenales y príncipes habían estado a la greña. Tres años después de la reunión de Saint-Félix, los confidentes más desalmados de Enrique II de Inglaterra entraron a la fuerza en la catedral de Can-terbury y asesinaron a Thomas Becket, el arzobispo que desafió la eXI­gencia real de juzgar a sacerdotes criminales en tribunales laicos. El ase­sinato sería el más famoso de la Europa medieval, pero para los cataros la acción, aparte de su abominable crueldad, carecía de cualquier otro significado, pues se había producido en el vacío. En este mundo no podía haber reinos ni Iglesias legítimos; por ello, la serie de razona­mientos legales presentados tanto por la Iglesia como por la Corona ve­nían a ser un puro sofisma.

A los crecientes se les dijo que pasaran por alto otras historias que se contaban en Roma. El catarismo mantenía que el hombre y la mujer eran iguales. Un ser humano había experimentado muchas reencarna­ciones –como campesino, princesa, muchacho, muchacha–, pero, una vez más, lo que importaba era la personalidad divina, inmaterial, asexua­da, de cada uno. Si los sexos se empeñaban en juntarse y, por tanto, prolongar su estancia en el mundo material, podían hacerlo libremen­te, fuera del matrimonio, que era otro sacramento infundado inventado por una voluntad sacerdotal de poder. También había que hacer caso omiso de la denominada delegación petrina, en virtud de la cual el Papa aún reclama su autoridad por ser descendiente directo del após­tol Pedro. El juego de palabras más decisivo de la historia de Occiden­te –«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra levantaré mi Iglesia» (Mateo 16,18)– fracasó en su pretensión de instruir a los perfectos. Para éstos, el Papa se balanceaba sobre una ficción tambaleante, y sus declaracio­nes constituían una fuente incesante de discordias sin sentido. La ma­nía de las cruzadas, iniciadas en 1095, era un ejemplo reciente. El viaje a Jerusalén, con las espadas vergonzosamente alzadas contra otros des­venturados prisioneros de la materia, debía ser repudiado y sustituido por el viaje interior. Toda violencia era odiosa.

No cabe duda de que aquellos hombres y mujeres de Saint-Félix eran verdaderamente heréticos según cualquier definición salvo la suya propia.10 Nicetas «reconsolaba» a algunos de los que habían viajado desde la Champaña, Ile-de-France y Lombardía con el fin de que estu­vieran totalmente seguros de sus credenciales espirituales. Para ellos, él no era Papa, ni siquiera un obispo en el sentido tradicional, sino sólo un anciano eminente que había recibido el consolamentum de manera adecuada y que, por ello, debía ser tratado con respeto. Los cataros te­nían sus diferencias individuales –unos eran más radicalmente dualis­tas que otros– del mismo modo que el catarismo no encajaba del todo con el credo bogomilo de Nicetas. Pero eso apenas importaba. Las cró­nicas de los extraordinarios días de mayo en Saint-Félix demostraban algo más, algo mucho más preocupante para los exponentes de la cris­tiandad ortodoxa. Ahora los herejes estaban unidos de una manera nueva, inquietante. ,…..-.

Antes de la asamblea de 1167, la herejía daba la impresión de ser un asunto esporádico, emprendido por solitarios carismáticos que saca­ban provecho de un gran aumento del deseo religioso en todo el continente. A lo largo del siglo XIi, hubo llamamientos al clero para que fue­ra más sensible a las necesidades espirituales de las ciudades que iban creciendo. La religión se volvía de nuevo algo personal, y los mesías efí­meros y los reformadores excéntricos brotaban como malas hierbas en un jardín desatendido.11

En Flandes, en 1110, un tal Tanchelm de Amberes trató sin mi­ramientos a ricos prelados y atrajo un ejército de seguidores que, según se decía, lo reverenciaban tanto que incluso bebían el agua en que se bañaba.12 La campesina Bretaña cayó bajo el dominio de un inculto vi­sionario llamado Eudo, cuyos discípulos saquearon monasterios e igle­sias antes de que él fuera declarado loco y encarcelado. Cerca, en Le Mans, Francia, un díscolo monje benedictino llamado Enrique de Lau-sana se aprovechó de la ausencia del obispo para transformar la ciudad entera en un carnaval anticlerical. Cuando el obispo regresó y por fin logró entrar de nuevo en la población, el locuaz Enrique se puso en ca­mino y se dirigió al sur acompañado de una comitiva de mujeres fasci­nadas. En el gráfico lenguaje de la época, un cronista señaló que Enri­que «ha vuelto al mundo y a la inmundicia de la carne como un perro a sus vómitos».

Al principio, tal vez la Iglesia no dio importancia a Tanchelm, Eudo y Enrique, y sólo consideró que, por exceso de entusiasmo, ha­bían perdido el norte. Al fin y al cabo, en ese apogeo de exaltación espiritual la ortodoXIa tenía sus propios agitadores excéntricos. El des­aseado Robert de Arbrissel, tan hábil predicador como Enrique, vaga­bundeó luciendo un pequeño taparrabos y cautivando y captando a se­guidoras hasta que por fin se dejó convencer y fundó una abadía para hombres y mujeres en Fontevrault, en el valle del Loira. Otro, Bernard de Tirón, era tan propenso a inducir ataques de llanto que se decía que sus hombros estaban continuamente empapados.

Poco a poco, estos hombres dieron paso a predicadores menos conciliadores. Pedro de Bruys provocó una orgía de pillajes en iglesias y de quema de crucifijos que evocaba a los iconoclastas de Bizancio. Igual que los cataros, desdeñaba las riquezas de la Iglesia y las imágenes de la cruz. A diferencia de los cataros, Pedro era imprudente. En una hoguera de estatuas cerca de la desembocadura del Ródano, el Viernes Santo de 1139, volvió la espalda demasiadas veces, y algunas personas furiosas lo arrojaron a las llamas. Aún más alarmante fue Amoldo de Brescia, antiguo alumno del gran Pedro Abelardo. Agitador que decidio salvar a la Iglesia de sí misma, Amoldo proclamó la República de Roma en 1146 y expulsó de la ciudad al aterrorizado Papa. Pasaron ocho años antes de que Nicholas Breakspear, el único inglés que sería pontífice, pudiera volver a su residencia del palacio de Letrán gracias a la interesada ayuda del emperador Barbarroja. Como cabía esperar, Ar-noldo fue detenido, estrangulado y quemado, y sus cenizas se arrojaron al Tíber para que ninguno de sus numerosos seguidores romanos pu­diera crear un culto a su cadáver.

No obstante, incluso esos ejemplos extremos de hostigamiento de la Iglesia podían atribuirse, siendo benevolentes, a un exceso de celo reformista. Ése, evidentemente, no era el caso de los cataros. Se mantu­vieron apartados de la ortodoXIa y, como pronto se hizo evidente, no estaban solos. Si eran pocos los que tenían el suficiente aguante físico para vivir como perfectos, los crecientes se contaban por miles.

En 1145, el influyente Bernardo de Clairvaux viajó al Languedoc para hacer que los seguidores de Enrique de Lausana volvieran a sentir temor de Dios. Místico, anoréXIco, inteligente, elocuente y polémico (escribió el tropo de los perros enfermos citado anteriormente), Ber­nardo fue el clérigo más importante del siglo, un monje al que se te­mía, admiraba y obedecía más que a ningún papa de la época.13 Obró con júbilo comedido, y festejó y lisonjeó por todas partes hasta alejar a unas cuantas personas de las protestas histriónicas de Enrique. Pero Bernardo no era tonto; notaba que se estaban tramando otras subver­siones más importantes. En Verfeil, centro comercial situado al nordes­te de Tolosa, sucedió lo inconcebible. Caballeros montados a caballo aporrearon las puertas de la iglesia y entrechocaron sus espadas hacien­do que el sermón de Bernardo fuera inaudible y su pico de oro se vol­viera confuso y vano. El eminente religioso tuvo que abandonar la ciu­dad entre carcajadas.14

Tan pronto hubo regresado sin novedad a su celda monástica de la Champaña, Bernardo recuperó la voz e hizo sonar la alarma. Porten­toso escritor de cartas, el famoso clérigo informó a sus corresponsales de que lo que antes sólo había sospechado ahora se confirmaba: la re­forma realista estaba siendo suplantada por la rebelión metafísica de la herejía. Como las tormentas de un día caluroso y alterado de verano, se avistó a dualistas en todas partes de Europa occidental.15 Inglaterra, Flandes, Francia, Languedoc, Italia… ningún lugar parecía seguro para la fe cristiana tradicional. En Colonia, Alemania, en 1143 y 1163 se encendieron hogueras bajo los pies de creyentes dualistas, y un monje alemán que presenció su tormento calificó a los desgraciados como «cataros».

De manera comprensible, los dualistas eran dados a la discre­ción. En 1165, varios de ellos tuvieron que comparecer ante un audito­rio en Lombers, ciudad situada a unos quince kilómetros al sur de Albi. Asistieron seis obispos, ocho abades, el vizconde de la región y Constanza, una hermana del rey de Francia. Ese día todos en Lombers sabían que había leña seca en las inmediaciones.

Los perfectos, encabezados por un tal Olivier, eran lo bastante cautelosos para citar largamente el Nuevo Testamento hasta hacerlo so­porífero. Con buen tino, no declararon haber rechazado por completo la Biblia hebrea, o Antiguo Testamento, pues creían que el dios algo testarudo allí descrito no era otro que el Maligno, el creador de la ma­teria. En esto, se unían de nuevo a los gnósticos de la antigüedad. En cuanto a Jesús de Nazaret, evitaron decir que era una mera aparición, una alucinación que no pudo haber sido un individuo de carne y hue­so. Esto –una opinión herética conocida como docetismo– habría constituido una contradicción flagrante de la doctrina ortodoxa de la encarnación y los habría delatado enseguida.

Finalmente, preguntados acerca de los juramentos,17 los cataros fueron pillados en falta. Citando las Sagradas Escrituras, dijeron que estaba prohibido jurar sobre cualquier cosa, lo cual era una señal de pe­ligro en una sociedad en que la lealtad bajo juramento conformaba el vínculo –sancionado por la Iglesia– de todas las relaciones feudales. Esta aversión a jurar era un sello característico de la creencia catara, una extensión lógica de la nítida línea divisoria que ellos percibían en­tre el mundo de los hombres y el éter del bien. Cuando se evocó el pa­pel de la Iglesia en el mundo, el velo acabó de caer del todo, y Olivier y sus compañeros cataros atacaron a los obispos y abades de Lombers tildándolos de «mercenarios», «lobos voraces», «hipócritas» y «engatusa-dores». Aunque ofensivos en sumo grado para los eclesiásticos, tal vez formular estas acusaciones complació secretamente a los laicos allí reu­nidos, que no abrigaban grandes simpatías hacia los clérigos recauda­dores de impuestos. Al final, pese a la sensación general de que Olivier y sus amigos eran herejes, se les dejó volver a sus casas sanos y salvos.

Seguramente el señor de Lombers pensaría que era una imprudencia dar muerte a unos héroes del pueblo.

Cuando los cataros se reunieron en Saint-Félix, a unos cincuenta kilómetros al sur de Lombers, sólo habían pasado dos años desde aque­lla situación crítica. Nicetas y los perfectos congregados, tranquilos y sin miedo, emprendieron la tarea de organizar la fe creciente. Se levan­taron diócesis cataras y se nombraron o confirmaron «obispos»,18 coor­dinadores en lugar de inspectores feudales como eran sus homólogos católicos. Conocemos los nombres de los hombres al cargo de la patria catara: Sicard Cellerier en Albi, Bernard Raymond en Tolosa, Guirald Mercier en Carcasona. Con calma, sin la teatralidad de los primeros herejes, los cataros fueron poniendo los cimientos de una revolución. Después de Saint-Félix, el gran temor de los ortodoxos –la aparición de una Iglesia rival fuerte– cada vez estaba más cerca de hacerse realidad.

Roma

El 22 de febrero de 1198, una generación después del cónclave cátaro de Saint-Félix, los dirigentes de la Iglesia se congregaron en Roma cuando Lotario dei Conti di Segni fue elegido Papa con el nom­bre de Inocencio III. El solemne cortejo partió de su lugar de reunión en la colina del Vaticano y pasó frente a las iglesias y los palacios forti­ficados de la ciudad. El serpenteante ceremonial salió de las sombras del mausoleo de Adriano y recorrió el abitato, el laberinto de calles que había en el meandro de la orilla izquierda del Tíber. Hombres con tú­nica tiraban de las cuerdas de docenas de campanarios para desgarrar el aire con un ensordecedor estrépito de celebración; miles de personas se alineaban a lo largo del recorrido del desfile. Todas las miradas estaban fijas en el Papa de treinta y siete años, que iba montado en un corcel blanco y lucía los atributos de su cargo. Llevaba el palio, una tela de piel de cordero que le cubría los hombros, y la tiara, una corona llena de joyas sujeta a un solideo de seda.

Un milenio antes, en la Ciudad Eterna, un hombre de su calibre podría haber sido emperador del mundo conocido. Para Lotario había poca diferencia entre las dos posiciones, salvo que el Sumo Pontífice de la cristiandad latina era con mucho superior. El Papa era el único cus­todio terrenal de la verdad absoluta e incontestable. Estar en desacuer­do con él no era disidencia sino traición.

Ni siquiera antes de su elección en segunda votación había teni­do Lotario dudas sobre la santidad de su nuevo papel. En sus propias palabras, llegó a ser «superior al hombre, aunque inferior a Dios». «Como Inocencio III –declaró en un sermón dirigido a todo el mun­do–, soy el sucesor del Príncipe de los apóstoles, pero no su vicario, no el vicario de ningún hombre ni apóstol, sino el del propio Jesucris­to.» Por la mañana había mirado hacia abajo, mientras los cardenales se apiñaban en San Pedro ante él y realizaban la proskynesis, o acto de be­sarle los pies. Cuanto más abyecta la postura, más correcto el gesto. Lotario anduvo el camino teocrático abierto en el siglo XI por Hildebrando, quien, como papa Gregorio VII, había afirmado la superiori­dad papal sobre todas las testas coronadas de la cristiandad.1 Antes se creía que la realeza resultaba de un designio divino; Hildebrando y sus sucesores habían informado a un mundo medieval descaminado que correspondía al Papa, y sólo al Papa, decidir quién podía gobernar. El hombre que lucía la mitra de obispo en Roma era más poderoso que cualquier canalla barbudo con un árbol familiar frondoso.

Con todo, Lotario, muy viajado y bien informado, era conscien­te de que lo que parecía magnífico tras sellarlo con una bulla de plomo (de ahí la «bula» papal) a menudo acababa siendo una carta superflua en las cancillerías reales del norte. Estaba a punto de iniciarse un nue­vo siglo, y Lotario quería asegurarse de que los siguientes cien años se­rían más satisfactorios que los últimos. La primera década del siglo xn no había sido buena para los vicarios de Cristo. Antes de Inocencio, en once de los dieciséis pontificados el Papa tuvo que abandonar Roma expulsado por alborotadores, republicanos o agentes de monarcas leja­nos. El municipio de Roma, gobernado por Amoldo de Brescia, vivió a mediados de siglo un episodio especialmente intenso de una reiterada pesadilla. En 1145, el papa Lucio II murió debido a las heridas recibi­das en una batalla por el control del Capitolio; treinta años antes, un débil y anciano Gelasio II, montado de espaldas en una muía, era obli­gado a soportar las burlas de sus enemigos. Había «antipapas» elegidos regularmente por clanes romanos y clérigos rivales sometidos al empe­rador germano, la mayor amenaza individual a la independencia del papado.

A principios de los años noventa del siglo xn, el ocupante del trono germano, Enrique VI, hijo de Barbarroja, parecía estar listo para ocupar toda la Europa central y la península italiana. Joven ambicioso y arrogante, cabalgó por todo el continente como un César moderno; Celestino III, anciano Papa en una asediada Roma, poco podía hacer salvo intentar que asesinaran al rey germano. Se descubrió la conspira­ción, y Enrique devolvió al asesino papal con una corona al rojo vivo clavada en el cráneo. Después, en septiembre de 1197, Enrique cayó enfermo, seguramente de malaria, y murió en Mesina, Sicilia. Bendito mosquito al servicio del papado. Cinco meses más tarde, el hijo peque­ño de Enrique, Federico, se había convertido en el pupilo nada más y nada menos que de Lotario dei Conti, el nuevo Papa que pronto urdió hábilmente artificiosas intrigas para ocultar los derechos de primogeni-tura del niño. El futuro se anunciaba prometedor para la teocracia.

Sin embargo, mientras Lotario cabalgaba por las calles cubiertas de paja y pasaba ante viviendas orgullosas y humildes, tenía que saber que los cielos romanos sobre su pontificado no estaban despejados. Cientos de imponentes torres de piedra, construidas por las familias poderosas de la ciudad, surgían frente a él a modo de bosque amena­zante. Como un Conti, Lotario debía luchar contra clanes como los Frangipani, los Colonna, los Annibaldi y los Caetani, quienes conta­ban en sus filas con cardenales y ricos potentados. Los Vassaletti habían acaparado el mercado de estatuas romanas clásicas para convertirlas en trozos de mármol que vendían en toda Europa. Los Frangipani habían obligado a Gelasio a hacer su vergonzoso paseo en muía. Y eran ellos y sus aliados los que veían con recelo a ese advenedizo papa Conti.

Para las narices patricias romanas, Lotario y sus parientes todavía conservaban un persistente olor a establo. Los Conti eran de la Campa-nia, la ondulada región interior que se extendía hacia el sureste de la ciudad. Su rústico castillo, que todavía corona el pueblo de Gavignano, en la cima de una colina, daba a un acolchado valle que había conoci­do la mano del hombre desde la época de los etruscos. A unos kilóme­tros al oeste, tras empinadas y verdes laderas, estaba la importante ciu­dad de Segni. Entre ésta y Gavignano las fincas de los Conti di Segni producían la riqueza que abastecía su competencia social.

Hacia mediados de siglo, el padre de Lotario, Trasimondo, había hecho la corte y conquistado a Claricia, heredera romana de la influ­yente familia de los Scotti. Al concedérsele un elevado puesto en la so­ciedad gracias a la alta cuna de su madre, al final el joven Lotario aban­donó las colinas y los valles de Gavignano y viajó a Roma para dejar su impronta en este mundo. Lo más probable es que para entrar en la ciu­dad tomara la Via Apia y pasara ante las grandes y pesadas ruinas de la Antigüedad protegidas por hileras de cipreses delgados como lápices. El destino le sonrió en 1187, cuando el hermano de su madre se convirtió en el papa Clemente III y aseguró el ascenso a la fama de su inteligente sobrino. Lotario estudió teología en París, aprendió leyes en Bolonia, y escribió varios tratados razonados con gran precisión. Con uno de ellos, De miseria condicionis humanae (El destino desdichado del hom­bre), obtuvo un gran reconocimiento entre pesimistas cultos de toda Europa. Su feroz y nunca infundado intelecto legalista, unido a la astu­cia diplomática de un aristócrata italiano, harían de Lotario un adver­sario temible para cualquiera que osara interponerse en su camino.

Como los peregrinos que acuden en tropel a los monumentos descritos en Mirabilis Urbis Romae (Las maravillas de la ciudad de Roma), una conocida guía del siglo xn, el recorrido de Lotario pasaría por el barrio construido sobre el Foro romano. La tradición mandaba que los desfiles de la coronación papal hicieran pausas para recibir la aclamación de la multitud y repartir limosnas. Sin duda la comitiva de Lotario se detuvo en el arco de Septimio Severo, que entonces tenía 995 años de antigüedad. De las dos altas torres que los romanos me­dievales habían considerado adecuado construir en el antiguo arco, la que quedaba más al sur sirvió de campanario de la iglesia de los Santos Sergio y Bacco, donde Lotario había desempeñado su cardenalato. El área del Foro romano había sido el hogar del joven en la ciudad, don­de llegó a ser un experto en las complejidades de sus turbulentos episo­dios políticos. A unos centenares de metros de la iglesia de los Santos Sergio y Bacco, a mitad de camino entre la columna de Trajano y el Coliseo,2 el nuevo Papa encargó la construcción de una torre, la torre de los Conti, como símbolo inequívoco de las ambiciones de su fami­lia. El hermano de Lotario, Ricardo, levantó la torre para proteger el nuevo territorio de Conti, en las cuestas que conducían a la colina Vi-minal. El monolito de ladrillo obscuro, calificado de «único en el mun­do» por un asombrado Petrarca, dominaba entonces el Capitolio y el Quirinal, y aún lo haría si en 1348 un terremoto no hubiera reducido su altura a la mitad. Actualmente sigue perfilándose sobre el Foro de Nerva como un recordatorio de que Lotario no sólo elevó a su familia desde la obscuridad a la grandeza sino que también dio a Roma la efí­mera impresión de ser de nuevo la capital del mundo.

Más allá del Coliseo, frente a la ladera de la colina Celiana, el cortejo se dirigió a su destino final entre los bien cuidados campos de los dominios privados del pontífice. La basílica de San Juan de Letrán, la más grandiosa y antigua de Roma, había sido construida unos 850 años antes por el emperador Constantino, que donó a la Iglesia la tie­rra y el palacio contiguo de la finca privada de su esposa, Fausta. Fue Constantino quien decidió que el cristianismo era un culto romano le­gítimo. Su madre, Helena, había hecho traer la escalera de la residencia de Poncio Pilato de Jerusalén al palacio de Letrán. El Papa podía subir los veintiocho escalones de la Scala Santa a imitación de Jesús cada vez que la responsabilidad de sus funciones le pesara demasiado.

El desfile terminó; Lotario desmontó y entró en San Juan de Le­trán, su catedral como obispo de Roma. La iglesia era un tesoro de re­liquias,3 recuerdos de celebridades de una época en que la fe eclipsaba a la fama. Sin duda Lotario había visto la colección de Letrán: las cabezas de san Pedro y san Pablo; el Arca de la Alianza; las Tablas de Moisés; el cetro de Aarón; una urna de maná; el manto de la Virgen; cinco panes y dos peces de la comida de los cinco mil; y la mesa de la Última Cena. En la capilla privada del Papa había el prepucio y el cordón umbilical de Jesús. Las creencias de Lotario, como las de los millones a quienes ahora dirigía, estaban fuertemente enraizadas en lo material.

El palacio de Letrán, donde un banquete esperaba a los partici­pantes en el desfile, había sido la principal residencia papal desde que, ocho siglos antes, Fausta, esposa de Constantino, se viera obligada a trasladarse a otro alojamiento. No obstante, Lotario era consciente de que el palacio se hallaba aislado en un archipiélago de baluartes de los Frangipani esparcidos por la colina Celiana. Estaba decidido a no aco­bardarse ni a permanecer allí cautivo; de modo que fue él quien em­pujó poco a poco a la corte papal hasta el lugar donde había iniciado su era triunfante, cerca de la tumba de san Pedro, en terrenos del Vaticano.

Desde los veranos de su infancia en la Campania hasta ese prodi­gioso día del invierno de 1198, la vida había modelado a Lotario hasta convertirlo en un líder de convicciones inquebrantables. Era aún un muchacho cuando, en 1173, .un Papa que residía temporalmente en su ciudad natal de Segni había proclamado santo al asesinado Thomas Becket. Con sólo trece años, viviendo con su familia en lo alto de Ga-vignano, seguramente Lotario captó la lección que había tras aquella beatificación: nadie debe jugar con la Iglesia.5 Becket pasó a ser la su-pernova del firmamento clerical medieval; cuando en el siglo xvi el apóstata rey Enrique VIII saqueó su tumba, se apoderó de más de 140 kilos de oro.6 El destino de Lotario estaba entre los cálculos mezquinos de los monarcas y las exaltadas cumbres de la santidad.

Como papa Inocencio III, se le había encargado el gobierno, en sus propias palabras, «no sólo de la Iglesia universal sino del mundo entero». En muchas regiones de Europa, su amada Iglesia, zarandeada por los cambios del siglo XIi, había acabado desorganizada, desacredita­da o, peor aún, corrompida. Si miraba al este, veía Jerusalén todavía en manos de los musulmanes. En la península Itálica, años de desorden habían privado al papado de las tierras de las que en otro tiempo sacó rédito y prestigio temporal. Y al oeste se hallaba el Languedoc, donde se había dejado que la herida de la herejía se infectara. Había sido ele­gido un nuevo Papa para un nuevo siglo.

CAPÍTULO 3

El final del siglo

«Estar siempre con una mujer y no tener relaciones sexuales con ella es más difícil que resucitar a los muertos.»1 Así escribía un candido aunque frustrado Bernardo de Clairvaux sobre la amenaza que supo­nían las mujeres para su búsqueda de la santidad. En eso sus colegas eclesiásticos del siglo xn lo secundaban por completo. En tiempos de Inocencio III, la época de las abadesas poderosas, pastorales, como Hil-degarda de Bingen, o incluso de instituciones mixtas, como la abadía de Robert de Arbrissel para hombres y mujeres en Fontevrault, eran ya un recuerdo lejano. Los monasterios masculinos que tenían conventos de hermanas comenzaron a cortar vínculos de afiliación y a retirar su apoyo. Hacia el año 1200, la Iglesia estaba volviendo la espalda a las mujeres. En lo sucesivo, ellas ni se acercarían al altar, la escuela, el cónclave o el con­cilio. En las últimas etapas de la Edad Media, la Virgen María se utilizó como un doble de todas las mujeres influyentes desterradas, y su catego­ría de semidivinidad fue como un hueso arrojado a los metafísicamente desposeídos. Para muchas mujeres, no admitidas en la sacristía y encerra­das en el claustro, eso no era suficiente.

Como en muchas otras cosas, el catarismo difería radicalmente del credo mayoritario en su postura hacia las mujeres. En las tres déca­das trascurridas entre la asamblea de Saint-Félix y el desfile de Inocen­cio en Roma, la fe dualista se había difundido sin obstáculos por todo el Languedoc, y un matriarcado rebelde y decidido se encargó de trans­mitir el mensaje. Ya no era cierto asunto heterodoxo y delicado, algo que un comediante debiera falsear con maña ante una multitud atemo­rizada. En vez de ello, el catarismo había llegado a las casas, y sus creencias se habían entremezclado profundamente en el tejido de la vida familiar del Languedoc. Las mujeres perfectas habían trabajado con ahínco.

Las mujeres cataras, a diferencia de sus homólogos masculinos, casi nunca viajaban para hacer proselitismo. En lugar de ello creaban hogares colectivos para las hijas, viudas y señoras mayores de la peque­ña nobleza local y de los artesanos. A las chicas se las formaba y educa­ba en estas casas para que después salieran al mundo a casarse y tener hijos que inevitablemente abrazarían la fe de sus madres. Por consi­guiente, en cada generación crecía el número de credentes así como el número de mujeres que optaban por la austeridad de la vida de los per­fectos, cosa que muchas hacían al acercarse a la edad madura.

Tras haber sobrevivido a la dureza de una serie de partos conse­cutivos y cumplido con su deber reproductor, nada impedía a las mu­jeres del Languedoc recibir el consolamentum y asumir una posición de honor en la comunidad. El estatus cuasidivino de un perfecto –la Iglesia no ofrecía a las mujeres nada tan prestigioso ni muchísimo me­nos– iba asociado al compromiso de los hogares cataros de mostrarse abiertos y rendir buena acogida al mundo en general. No había clausu­ra, pues se debían llevar a cabo tareas tanto manuales como espiritua­les. En vez de inspirar milagros, visiones, pogromos y todos los demás atavíos de los entusiasmos cristianos populares, los cataros fueron tre­mendamente domésticos. Guando el obispo Fulko de Tolosa, uno de sus más resueltos enemigos, reprochó a un caballero católico no haber logrado castigar a los herejes, éste respondió: «No podemos. Nos he­mos criado en su seno.2 Tenemos parientes entre ellos y los hemos vis­to llevar una vida de perfección.» Pedirle a alguien que persiguiese a su madre era excesivo.

La fe disidente tenía que atraer forzosamente a las asediadas mu­jeres medievales. Desde la época de los gnósticos las mujeres no habían tenido tanta voz en los asuntos del futuro. Los simples credentes podían gozar de la honrosa gloria de sus fervorosas hermanas y, aún más impor­tante, consolarse al saber que no eran ninguna especie de ocurrencia tardía de la mente divina. En cualquier caso, el Maligno había creado el mundo, así que las contraseñas de su organización –incluida la ley sexual del más fuerte– estaban ahí para ser soportadas, no para ser apoyadas. Al igual que los cabalistas, vecinos suyos en el Languedoc, las mujeres cataras hallaron aliento en la idea de la metempsicosis, la trans­migración de las almas.

No es que los cataros estuvieran por completo libres de los preju-cios propios de la época.3 Algunos creyentes interrogados por la Inqui­sición en el siglo XIv decían que, según les enseñaban ciertos hombres perfectos, si alguien debía abandonar este mundo para siempre, su úl­tima reencarnación había de ser como hombre. Desde luego eso supo­nía un rasgo misógino con respecto a los primitivos preceptos de los cataros. También en interrogatorios de la Inquisición, unas cuantas an­tiguas credentes declararon que las habían llamado «sentinas de tenta­ción corruptora» y culpado de fomentar la procreación, acto del que resultaba otro prisionero de la materia. Aquí, al menos en su primera proposición, advertimos la conocida queja del hombre asceta medieval, con independencia de cuál fuera su fe. Algunos de los cataros perfectos seguramente coincidían en eso con san Bernardo de Clairvaux.

Sin embargo, dada la importancia de las mujeres en la difusión de la fe, es improbable que el hostigamiento femenino fuera en el cata-rismo resultado de una postura mayoritaria. El papel de la mujer se potenció más gracias al sistema de herencia divisible del Languedoc, en virtud del cual la familia se repartía la herencia de manera equitativa. A diferencia del sistema del norte, en el que todo era para el hijo mayor y los demás hermanos tenían que valerse por sí mismos, la fragmentación de las fincas del sur suponía para muchas mujeres un pequeño margen de independencia del que en otras partes no habrían disfrutado. Las mujeres, sobre todo las que tenían títulos nobiliarios, fundaron, admi­nistraron y dirigieron hogares cataros.4 En 1204, Raymond Roger, con­de de Foix, capital montañesa al pie de los Pirineos, dio su elogiosa aprobación cuando su hermana, Esclarmonde, recibió el consolamen­tum de Guilhabert de Castres en una ceremonia celebrada en Fanjeaux, ciudad cercana a Carcasona. Junto a ella, en un acto al que asistió la mayor parte de la nobleza del Languedoc, había tres señoras también de alta cuna que comprometían su vida al logro de la perfección espiri­tual. Cuando Philippa, esposa de Raymond Roger, decidió que tam­bién quería ser un perfecto, el conde no se opuso.

En los numerosos pueblos fortificados que salpican el paisaje en­tre Tolosa, Albi y Carcasona, entre una tercera parte y la mitad de la población recibió la influencia del catarismo. Una red de mujeres reli­giosas, fueran abuelas o nueras, respaldaban el trabajo de los hombres itinerantes. Ante la prescrita ausencia de iglesias o incluso de capillas, los credentes se reunían en hogares dirigidos por mujeres perfectas para escuchar a los hombres cataros que iban a visitarlos desde las ciudades. Las anfitrionas perfectas más influyentes –Blanche de Laurac, Esclar-monde de Foix– habían residido antes en el castillo de la localidad. Allí, por la noche, los trovadores y los juglares iban a divertir a las mis­mas personas a las que los cataros habían elevado espiritualmente por la tarde. En los corazones de la nobleza del Languedoc coincidían los perfectos y los trovadores. Desde el amor dualista al vecino al amor de los juglares a la esposa del vecino, todo en el mismo día, la cultura oc-citana de piedad y buenos sentimientos se iba desprendiendo de todos los vestigios de la cristiandad tradicional. En efecto, «amor» es lo opuesto a «Roma». Las conjeturas eruditas coinciden en que en el año 1200 había en el Languedoc entre mil y mil quinientos perfectos. En­tre los más eficaces estaban los que un trovador occitano denominaba elogiosamente bela eretga: los «herejes hermosos».

Ninguna de las excentricidades espirituales del Languedoc habría sido posible sin el tácito consentimiento –o blandura– de sus seño­res feudales. Hacia el año 1200, la causa de la sedición religiosa estaba bien abastecida por el fracturado feudalismo de la región. Curiosamen­te, en el sur no eXIstía la fusión del poder monárquico y eclesiástico que pronto elevaría a la íle-de-France y sus posesiones a la primera fila de las naciones medievales. En lugar de ello, los nobles y clérigos del Languedoc se peleaban como verduleras, a menudo sobre las tasas que les pagaban los mercaderes de las ciudades. En un ambiente tan anti­clerical, podía prosperar una fe alternativa como el catarismo.

En lo alto de la inestable escala de la primacía se hallaba Rai­mundo VI, conde de Tolosa. Su madre, Constanza, que en 1165 había asistido a la audición pública de los cataros en Lombers, era la herma­na del rey de Francia. Parece que el padre de Raimundo, Raimundo V, fue el último de su linaje en exhibir apoyo franco de la Iglesia. En 1177, el anciano invitó a un gupo de prelados a olfatear el catarismo en su capital, Tolosa,5 sólo j a que los clérigos quedaran enseguida desalentados ante la enormid- ‘ de la tarea. A un hombre condenado, un rico mercader, se le obligó a ir en peregrinación a Palestina; a su re­greso, tres años después, fue aclamado como un héroe y se le concedió un cargo de gran responsabilidad pública. En la casa del conde, el jo­ven Raimundo sin duda no reparó en ese ultraje a la fe. Con veinte años recién cumplidos ya había emprendido una precoz carrera que consistía en robarle las amantes a su padre. Por aquel tiempo, la madre, alegando maltrato conyugal, huyó del Languedoc para irse a la corte de su hermano en París, y el matrimonio con el padre de Raimundo que­dó anulado.

Hacia el año 1200, Raimundo VI tenía poco más de cuarenta años y había heredado su título hacía seis. Acababa de enterrar a su cuarta y penúltima esposa, Juana de Inglaterra, hermana de Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra. Para gran horror de los ortodoxos, la corte de Raimundo era una mezcla cosmopolita de cataros, católicos y judíos, y sus amigos no se caracterizaban por la piedad. Uno de ellos, un trovador de nombre Peire Vidal,6 una vez se disfrazó de lobo para cortejar a la mujer más encantadora del Languedoc, Etiennette de Pen-nautier, cuyo licencioso apodo era la Loba. Aunque fracasó en su in­tento de conseguir los favores de la Loba (no así Raymond Roger, con­de de Foix), Vidal adquirió fama por sus proezas y compuso canciones para instruir moral e intelectualmente a su noble patrón. No hay prue­bas documentales de si el conde Raimundo cortejó a la Loba.

Cabe presumir que Raimundo tuvo otras compensaciones; sin duda le asaltaban otras preocupaciones. En teoría, su familia dominaba desde las montañas de Provenza hasta las tierras bajas del río Garona; en la práctica, la situación era un revoltijo de vasallajes opuestos, acuer­dos para el reparto del poder y recursos económicos disputados con vehemencia.7 Tras el desmembramiento en el siglo ix del imperio de Carlomagno, que se había extendido desde Sajonia hasta Cataluña, las tierras del Languedoc se repartieron entre innumerables facciones en­frentadas. Las familias nobles de la región, unas ciento cincuenta en total al final del milenio,8 libraron durante generaciones sordas escara­muzas territoriales, debido a lo cual el paisaje estaba lleno de castillos y fortificaciones defensivas. Mediante astutos matrimonios y asedios triunfantes, la familia de Raimundo, los Saint-Gilíes, había conseguido a fines de siglo xn la supremacía, si no el dominio, en el Languedoc.

Sin embargo, nunca se convertiría en una familia real putati­va del sur. Cualquier posibilidad que tuviera el clan de Saint-Gilíes de incrementar su poder en su patria se malograba por su afición a las aventuras en tierras extrañas. El bisabuelo de Raimundo, el conde Rai­mundo IV, respondió al llamamiento de la primera cruzada y, en 1099, dirigió los ejércitos cristianos hasta Jerusalén.9 Después decidió quedarse en Oriente, se adueñó de un reino en lo que hoy es el Líbano10 y confió a un hijo bastardo el cuidado de las posesiones familiares en su país. Siguieron en el Languedoc años de contiendas intermitentes, du­rante las cuales las tierras de los Saint-Gilíes fueron presa fácil de los clanes vecinos, incluidos los de Aquitania al oeste y de Aragón al sur. Para cuando un Saint-Gilíes legítimo hubo llegado a la edad adulta y se hubo marchado de Palestina –Alfonso Jordán, así llamado por su bau­tismo en el río Jordán–, la familia había dejado escapar la oportuni­dad de aumentar su poder y sentar las bases de un futuro reino. En otras partes, a principios del siglo XII, familias destacadas como los Capetos de Francia habían empezado el largo proceso de atar corto a sus barones díscolos, además de que los Plantagenet de Inglaterra y los Hohenstaufen de Alemania rondaban por los aledaños del poder. Más cerca del Languedoc, las familias que gobernaban Barcelona y Aragón se habían fusionado para formar un reino fuerte y cohesionado justo al sur de los Pirineos.

Los Saint-Gilíes pagarían caros los años en que su señor estuvo au­sente. A medida que avanzaba el siglo XII, en el sur se produjeron repeti­das disputas jurisdiccionales cuando los crecientes clanes del norte recla­maron insistentemente como propias áreas que estaban bajo el débil control de los Saint-Gilíes. Matrimonios estratégicos evitaron que se pro­dujera ningún conflicto armado grave –si bien el padre de Raimundo se vio implicado en una serie de combates defensivos de poca importan­cia–, de modo que para 1200 los Saint-Gilíes conservaban territorio en Provenza como vasallos del Sacro Imperio romano, tierras de Tolosa del rey de Francia y propiedades en Gascuña del rey de Inglaterra. El rey de Aragón había asumido el control de buena parte de la costa mediterránea del Languedoc, incluida la importante ciudad de Montpellier. Dada la ri­validad entre estos señores, la posibilidad de guerra se cernía amenazante sobre la región. La acción equilibradora que se le pedía a Raimundo VI era delicadísima, sobre todo porque él, a diferencia de los señores y mo­narcas del norte, no poseía una gran fortuna con la que contar sin reservas como fuente de ingresos o para pagar a caballeros armados.

A Raimundo no le fue mucho mejor como señor feudal de las grandes familias nobles del país. En las escarpadas estribaciones de los Pirineos, la independencia testaruda no era la excepción sino la regla. El conde de Foix, el hombre cuyas hermana y esposa llegaron a ser per­fectas y que conquistó el corazón de la Loba, ejemplificaba el tipo de bellaco cuyos excesos cabía esperar que Raimundo reprimiera. Siempre que Raymond Roger de Foix mataba a un sacerdote o asediaba un cas­tillo, como hacía a veces, Raimundo de Tolosa carecía de autoridad para castigarlo por muchas ganas que tuviera de ello. Los otros señores de la montaña eran independientes de un modo semejante.

La espina más dolorosa en el bando de Raimundo era la familia Trencavel, que habitaba en pleno centro del Languedoc, firmemente instalada tras las almenas de Carcasona. Sus enormes posesiones en tor­no a la ciudad, que se extendían hasta Béziers, partían en dos las tierras de los Saint-Gilíes. Para asegurar su independencia de Tolosa, en 1150 los Trencavel se habían hecho vasallos –y, por tanto, protegidos– de Aragón. Raimundo, prefiriendo como de costumbre el dormitorio al campo de batalla, intentó neutralizar la amenaza de Carcasona tomando a una Trencavel como esposa, Béatrice de Béziers. En lugar de fun­dar una nueva dinastía, al final el matrimonio fue anulado y Béatrice se convirtió en una casta mujer catara sagrada. No se sabe si lo hizo por propia voluntad o si fue repudiada por Raimundo, cuyo encapricha-miento de la hija del rey de Chipre le llevó a casarse por tercera vez. El resultado fue que el mosaico de lealtades a los Trecavel y los Saint-Gi-lles siguió tan abigarrado como siempre.

La Iglesia complicó todavía más la situación del Languedoc. El movimiento monástico cisterciense de Bernardo de Clairvaux –la rama reformista de la familia benedictina– se había propagado desde su casa fundadora en Cíteax, Borgoña, al sur, atrayendo el talento de hombres como Fulko de Marsella, que llegaría a ser obispo de Tolosa. Sus fanáticos monjes-agricultores, todavía en ese período de gracia en que el monacato boyante no significaba tener una barriga prominente, acumularon miles de hectáreas de propiedades gracias a una combi­nación de trabajo duro y legados de tierra de personas que, en lo suce­sivo, pretendían reducir el riesgo encendiendo una vela a Dios y otra al diablo. Los que hoy visitan Francia se maravillan de la pintoresca om-nipresencia de pueblos por empinadas que sean las laderas, húmedas las marismas o yermos los páramos, y muy a menudo quedan admira­dos de las obras de los monjes. Estos triunfaron sobre el último terreno baldío, convencieron a campesinos pioneros de que fundaran nuevos pueblos y llegaron a convertirse en una pequeña aristocracia tonsurada que administraba vastas fincas. Dada la falta de una descendencia legí­tima entre los monjes, en posteriores generaciones esas propiedades no se subdividirían.

Esta riqueza no pasó inadvertida. Los primeros de la fila para com­partir ese patrimonio eran los compañeros eclesiásticos de los cistercien-ses, el clero secular –es decir, sacerdotes que vivían en la sociedad laica en comparación con el clero regular, monjes que seguían alguna regla comunal establecida–. Entre el clero secular del Languedoc, había di-ferenci asombrosas en los grados de piedad, el conocimiento de la li­turgia y la solvencia económica. Los obispos reñían por dinero con los abades, dejando a veces iglesias parroquiales vacías durante años con sus tasas e impuestos objeto de mordaces disputas. La función del obispo era muy mundana… como nunca dejaron de lamentar los cataros.

Las discordias entre los clérigos regulares monásticos y los cléri­gos seculares palidecían al lado de los males que les infligían los profa­nos del Languedoc. Atacar las propiedades de los sacerdotes y a sus per­sonas era una especie de pasatiempo generalizado. Los movimientos «Paz de Dios», en esencia juramentos en virtud de los cuales ingober­nables nobles juraban no desvalijar a clérigos indefensos, habían co­menzado ya en el siglo X. En el Languedoc, con su permanente falta de autoridad central, no había fuerza lo bastante poderosa para asegurar que esos juramentos se cumplieran. Empezaba a despegarse la cola que mantenía unida la sociedad medieval. Condes, vizcondes y miembros faltos de medios de la pequeña nobleza casi nunca acudían en ayuda de los obispos sitiados –que, en todo caso, rara vez eran un dechado de virtudes–. Los diezmos se desviaban rutinariamente a las arcas de los grandes seculares o simplemente no se pagaban. En 1178, los Trencavel enviaron a prisión al obispo de Albi; el año siguiente, añadieron injuria a la ofensa al obtener por la fuerza la extraordinaria cantidad de treinta mil soles del monasterio de Saint-Pons-de-Thomiéres.11 Para el conde Raimundo de Tolosa llegó a ser una especie de afición hostigar a los abades del monasterio que había cerca de su casa solariega de Saint-Gi-lles, ciudad del delta del Ródano.

A veces los conflictos rayaban en lo macabro. En 1197, los Tren­cavel impugnaron la elección de un nuevo abad en el monasterio de alta montaña de Alet. Su emisario, Bertrand de Saissac, un noble en cuya familia había varios cataros perfectos, propuso una ingeniosa solu­ción a la disputa. Desenterró el cadáver del antiguo abad, lo colocó er­guido en una silla y a continuación llamó a los aterrados monjes para que escucharan con atención los deseos del muerto. Con este sádico estímulo, no sorprende que ganara fácilmente la nueva elección un amigo de los Trencavel. Para que el procedimiento fuera legal, se pre­cisaba el consentimiento de la Iglesia católica, por lo que Bertrand se dirigió al arzobispo de Narbona, el clérigo más preeminente del Lan­guedoc, y también su más preeminente tramposo. Un exasperado Ino­cencio III escribió sobre el eclesiástico de Narbona: «Hombres ciegos, perros sordos que ya no ladran [...] hombres que hacen cualquier cosa por dinero [...] celosos en la avaricia, amantes de los obsequios, busca­dores de recompensas [...]. El principal causante de estos males es el arzobispo de Narbona,12 cuyo dios es el dinero, cuyo corazón está en su tesoro, que sólo se preocupa por el oro.» La petición de los Trencavel de que confirmara la elección del nuevo abad iba acompañada de una generosa cantidad, y se concedió la aprobación sin demora. Un cronis­ta católico señaló en tono pesimista que, cuando se negaban a hacer al­guna tarea en especial desagradable, muchas personas del Languedoc usaban refleXIvamente la expresión: «Preferiría ser sacerdote.»13

Aunque esta clase de anticlericalismo eXIstía en todas partes, en el Languedoc las peleas no eran episódicas sino endémicas, y se produ­cían en una sociedad en la que no sólo había nobles y clérigos compi­tiendo por recompensas a costa de los campesinos, ya que, al igual que Lombardía en el norte de Italia y Flandes junto al canal inglés, el Lan­guedoc del año 1200 se había convertido en un territorio de ciudades, lleno de revoltosos burgueses que se abrían camino a codazos en lo que antaño se creyó que era un cortejo de sacerdotes, caballeros y siervos que seguía un orden divino. La frase «Stadtluft machí jrei» (El aire de la ciudad hace libres a los hombres) rigió las ciudades medievales germa­nas;14 la precoz experiencia del Languedoc demostró plenamente su va­lidez. Los principales centros –Montpellier, Béziers, Narbona, Albi, Carcasona, Tolosa– rebosaban de vitalidad, y muchos recuperaban el vigor que habían conocido un milenio antes bajo los romanos.

Tolosa, la más importante del grupo, era autónoma tras haber comprado la libertad al padre de Raimundo y haber elegido cónsules, llamados capitouls, para legislar en un nuevo ayuntamiento construido en 1189. En cualquier ciudad en que arraigara un sistema consular aparecía automáticamente la agresividad. En 1167, el año de la reu­nión catara en Saint-Félix, los mercaderes de Béziers llegaron incluso a asesinar a su vizconde Trencavel. Los capitouls de Tolosa, quizá reflejan­do la diplomacia y la disposición de su conde, prefirieron legislar razo­nablemente sobre su búsqueda del placer y la riqueza. Un observador señaló que, según una ley de los capitouls, en la ciudad una persona ca­sada no podía ser detenida «por adulterio, fornicación o coito en cual­quier almacén o casa que alquilara, poseyera o mantuviera como resi­dencia».13 Por lo visto, en el Languedoc la mezcla cultural de trovadores y mercaderes estaba dejando a la Iglesia con un palmo de narices.

Las ciudades también empezaron a tolerar ideas y a admitir per­sonas a las que normalmente se dejaba fuera de los confines de la co­munidad feudal cristiana. Grupos marginales de la sociedad –y no sólo herejes– comenzaron a recibir la influencia de las tendencias mayoritarias. Los numerosos judíos del Languedoc, que habían vivido en la región desde la época de los romanos, se contaban entre los principa­les beneficiarios de la cultura de clemencia que surgió del fuego cruza­do entre los nobles, los clérigos y los habitantes de las ciudades del sur. Una tradición de la Semana Santa llamada «apalear a los judíos», en virtud de la cual los cristianos de Tolosa golpeaban en una plaza pú­blica a miembros de la comunidad judía, terminó a mediados del si­glo XII, tras abultados pagos al conde y los capitouls. Los cléridos protes­taron, pero se mantuvo la prohibición. La Iglesia, que había desarrollado una política de ostracismo de los judíos claramente definida, bramaba aún más fuerte cuando se permitía a no cristianos tener propiedades y, en algunos casos, ocupar cargos públicos. En 1203, en Béziers, el ma­gistrado jefe en ausencia del señor Trencavel –o bayle– era un judío de nombre Simón. En Narbona, donde había una escuela talmúdica y varias sinagogas, algunos mercaderes judíos poseían viñas en los cam­pos circundantes y contrataban a campesinos cristianos para trabajar la tierra, una burla manifiesta de la prohibición de la Iglesia de que los judíos tuvieran ningún tipo de autoridad sobre los cristianos. Pese a que estos cambios por lo general se llevaban a cabo mediante sobornos o el pago de impuestos exorbitantes, indicaban también el nacimiento de una sociedad más libre, o, cuando menos, con mayor autonomía.

Desde la perspectiva de una Roma recién vigorizada, todo eso adquirió el aspecto de una endemoniada espiral descendente, una resba­ladiza pendiente de degeneración moral y espiritual. Aunque no era exactamente un Camelot multicultural, como a veces sugieren sus in­condicionales del siglo xXI, el Languedoc medieval era lo bastante ex­cepcional para considerarlo censurable. Inocencio II escribía con fre­cuencia al conde Raimundo, y le imploraba al vastago de cruzados que actuara. Una carta hervía de furia: «¡Así que piensa, estúpido, piensa!»; en otra lo llamaba «criatura pestilente e insensata». Sin embargo, no está claro si Raimundo podía hacer algo, dadas las trabas que soportaba su poder, la autonomía de las ciudades y la tolerancia espiritual subversiva que eXIstía entre los católicos, los cataros y los judíos del Languedoc.

Al final, Raimundo no hizo nada. El conde de Tolosa no persegui­ría a su propia gente. Inocencio y sus consejeros, desorientados y sin un noble aliado en el Languedoc para reprimir la disidencia, tenían que ma­nejar una revolución por su cuenta. Cuando amaneció el nuevo siglo, los hombres de la Iglesia se propusieron convencer al pueblo de Raimundo de que andaba errado. Y se reunieron con los herejes cara a cara.

CAPÍTULO 4

La conversación

Los cataros y los católicos discutieron. Sobre aspectos de la doc­trina y del latín, sobre el papel de la Iglesia y el diablo, acerca de la naturaleza y el significado de la eXIstencia de la humanidad, sobre el principio y el fin del cosmos. En los primeros años del siglo xm, el Languedoc llegó a ser una tierra de fuertes discusiones, una escuela de verano medieval ocupada por oradores que competían por almas que salvar o demonios que derrotar. Los clérigos buscaban a los herejes y los desafiaban a debatir. Los señores locales avalaban el salvoconduc­to de los participantes y ponían sus grandes vestíbulos y patios de los castillos, lugares frecuentados generalmente por trovadores y juglares, a disposición de los religiosos y sus hábitos. Los sacerdotes y los perfectos se acomodaron bajo el sol ardiente o iluminados por evanescentes luces de antorchas mientras los laicos llegaban de los campos y las tabernas para escuchar y aprender.

Los cataros echaron mano del Nuevo Testamento, que conocían por las traducciones tanto latina como occitana, y del ejemplo de su propia vida de pobreza y abnegación. A su leal saber y entender, el ca-tarismo era la verdadera fe, la que provenía de la sencillez y la santidad de los apóstoles de Jesús. Que una maldita camarilla romana se hubie­ra, en cierto modo, apoderado de un mensaje honrado constituía una prueba, por si hacía falta otra, de la intervención del Maligno.

Los eclesiásticos, habiendo prohibido cualquier versión vernácula de las Escrituras cristianas para evitar precisamente esa clase de inter­pretaciones desvirtuadas de la verdad revelada, miraron a sus interlocu­tores como si fueran literalmente demagogos surgidos del infierno. Los adalides de la ortodoXIa se apoyaban en siglos de exégesis bíblica, en una tradición que se remontaba a la época de Jerónimo, Ambrosio y Agus­tín, y en una legitimidad institucional que era al mismo tiempo la fuente de la cultura europea.

Los debates duraron varios días, atrajeron a miles de espectado­res, estimularon las opiniones del público. «¡Oh caso doloroso! ¡Pensar que entre los cristianos los ritos de la Iglesia y la fe católica hayan caí­do en una indiferencia tal que se ha dejado entrar a jueces seculares para pronunciar esas blasfemias!»,1 lamentaba un cronista. Los cataros ya no tenían por qué ocultar sus creencias heterodoxas como habían hecho dos generaciones antes en Lombers. Sus amigos de la nobleza –el conde Raimundo VI de Tolosa, el vizconde Raymond Roger Tren-cavel, el conde Raymond Roger de Foix, el rey Pedro II de Aragón– no tenían intención de encender ninguna hoguera.

Ningún bando disimuló su desdén hacia el otro. En 1207, cuan­do en el transcurso de una discusión una mujer perfecta se levantó para refutar un punto de la controversia, un monje le espetó: «Volved a vuestra rueca, señora, vuestro sitio no está en una reunión como ésta.»2 Los polemistas cataros, resentidos por años de calumnias incendiarias en que habían sido acusados de infanticidio y de practicar el beso obs­ceno, se referían a la Iglesia como «la madre de la fornicación y la abo­minación».3

La fuerza impulsora de este frenesí de insultos era el papa Ino­cencio III, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para contener la marea de la herejía, aunque ello significara hablar con aquellos que deberían haber estado achicharrándose. Raimundo había hecho oídos sordos a sus súplicas y propuestas: una de las primeras decisiones que tomó como Papa fue perdonar al conde, excomulgado por su antece­sor en 1195 por comportarse mal con el monasterio de Saint-Gilíes, pese a que el ingrato caudillo del Languedoc siguió desentendiéndo­se de la herejía que crecía en su patria. Las posteriores bravatas del pontífice se encontraron con una indiferencia similar. En 1200, Ino­cencio promulgó un decreto que ordenaba la confiscación de bienes, el equivalente medieval a lo que la justicia moderna hace cuando de­comisa la mercancía de los traficantes de droga. Las propiedades de los herejes serían entregadas a sus perseguidores, con lo que miem­bros de familias intachables serían desheredados. Pero eso no fue todo; Inocencio declaró también que las posesiones de los católicos que se negaran a perseguir herejes podían asimismo ser incautadas.

No obstante, en el Languedoc estas medidas radicales venían a ser poco más que silbar contra el viento.

Al tiempo que aprobaba las discusiones, el Papa intentó discreta­mente suscitar el interés de los poderosos en proyectos más ambiciosos. Inocencio trató una y otra vez de organizar una campaña de castigo contra los cataros.4 Una serie de cartas papales de 1204, 1205 y 1207 prometían al rey Felipe Augusto de Francia todo el Languedoc si reclu-taba un ejército y entraba en el país a sangre y fuego. El rey puso repa­ros, por escrúpulos feudales –en teoría Raimundo era vasallo suyo– o por su desaforada necesidad de combatir contra el rey Juan de Inglate­rra. Además, no quería que el Papa le dijera lo que tenía que hacer.

A causa de su aversión a la herejía y a la nobleza del sur, Inocen­cio reconoció que en el Languedoc la Iglesia debía reformarse. Su pinto­resca calificación del clero de Narbona –perros mudos que ya no saben ladrar– se extendió a otras diócesis. En Aviñón, un concilio pidió a los obispos, entre otras cosas, que se abstuvieran de oír maitines en la cama, de chismorrear en misa y de gastar enormes cantidades de dinero en lu­josos ropajes de caza para ellos y sus monturas. El obispo de Tolosa, Ray­mond de Rabastens, había hipotecado propiedades de la Iglesia para poder contratar mercenarios y llevar a cabo una larga guerra personal contra sus propios vasallos. La diócesis pronto quedó arruinada, si bien el obispo insolvente conservó la amistad y el respaldo afectuosos de aquel inevitable agente irritante: el conde Raimundo. El Papa sustituyó a Rabastens por Fulko de Marsella, que dedicó su primera época como obispo a echar a acreedores; se decía que no osaba llevar sus muías por agua al pozo público por miedo a que se las embargaran. A la larga, los inútiles prelados de Carcasona, Albi, Béziers, Narbona y otras ciudades del Languedoc fueron relevados de sus funciones, pero sólo después de coaccionarlos durante años.

Para llevar a cabo todos estos discursos, sermones y destitucio­nes, Inocencio contó mucho con los monjes cistercienses, cuya orden, a lo largo del siglo XIi, había atraído a la Iglesia a hombres de talento excepcional. La decisión de otorgar la desorganizada diócesis de Tolosa a Fulko de Marsella fue sensata. Clérigo cisterciense que había sido un rico mercader antes de descubrir su vocación y meterse en un monaste­rio, Fulko tenía la habilidad mundana necesaria para poner orden en el caos económico dejado por Rabastens. Y por si fuera poco, Fulko había sido también trovador; en su Divina comedia, Dante lo coloca en la región celestial de Venus. Un hombre con tres especialidades –espiri­tual, material y artística– era el más adecuado para encabezar la Igle­sia en la bulliciosa y compleja ciudad del Garona.

Como plenipotenciarios papales, o legados, del conjunto del Lan-guedoc, Inocencio nombró a tres hombres del sur que en el mundo cisterciense habían llegado lejos. Arnaud Amaury era el jefe de la or­den, el que estaba al cargo de sus seiscientas abadías y miles de monjes. Los otros dos legados papales, Pierre de Castelnau y un tal hermano Raoul, procedían del monasterio de Fontfroide, un lugar primoroso para rezar y meditar que todavía sigue en pie en las montañas que hay más allá de Narbona. Parece que Pierre, un monje-abogado sin pacien­cia para la discrepancia, fue el más despótico de los tres, pues sus estan­cias en ciudades y parroquias lejanas le valían de vez en cuando amena­zas de muerte. No es que él y sus colegas esperaran adulaciones. Como clérigos regulares, los sacerdotes seculares desconfiaban de ellos; como emisarios de Roma, los cataros los aborrecían; como dispensadores de excomulgaciones e interdictos, la nobleza y los ciudadanos los despre­ciaban.

El trío de cistercienses se puso a trabajar con decisión. A tal fin, siguieron con sus detalladas excursiones predicadoras para intimidar al pueblo y volverlo al redil del catolicismo. También obligaban a los ayuntamientos y los señores a jurar vasallaje a la Iglesia so pena de ex­comunión inmediata. Los legados ofrecían y aceptaban invitaciones para discutir con los cataros. En 1204, en Carcasona, a petición del rey Pedro de Aragón, Pierre y Raoul se mantuvieron firmes ante el perfec­to Bernard de Simorre mientras un jurado formado por trece cataros y trece católicos ejercía de arbitro del proceso. Como cistercienses prepa­rados para obedecer incondicionalmente, hablaban de la belleza de la sumisión y de la necesidad de una autoridad absoluta. Como cabe su­poner, ése no era el tipo de razonamiento condenado a recibir aplausos en el Languedoc, y la discusión terminó sin resultados definitivos. Los legados prosiguieron con su misión, reprendiendo a obispos negligen­tes, intimidando a pequeños nobles para que se unieran contra el con­de Raimundo, surcando el territorio con la esperanza de hacer un mi­lagro evangélico. En Montpellier, durante la primavera de 1206, los tres cansados monjes llegaron a la conclusión de que habían fracasado. Pierre de Castelnau había presentado la dimisión un año antes, pero el Papa la había rechazado. Ahora los tres querían abandonar. El número de herejes que habían convertido era irrisoriamente pequeño, y la gen­te se había sacudido de encima las súplicas y amenazas de los sermones como si fueran moscas. Y lo que es aún peor, en muchos lugares se ha­bían convertido en objeto de chirigota.

En Montpellier se les acercaron dos extranjeros, españoles para más señas. La historia de los cataros estaba a punto de experimentar un último lance antes de que soltaran a los perros de la guerra. El más joven de los dos, Domingo de Guzmán, el futuro santo Domingo, no acabaría con la herejía, pero la Orden de los Frailes Predicadores, o dominicos, que él mismo fundó diez años después, sería crucial, y cruel, en la eliminación del catarismo. Eran los domini canes: los «pe­rros de Dios».

Los santos y los herejes tienen el mismo problema: ciertos bió­grafos tendenciosos han distorsionado tanto su historia que ésta ha aca­bado obscurecida por las mentiras. De la espesura de la hagiografía, lo que podemos discernir sobre Domingo es su clarividente itinerario de piedad y la influencia que ejerció en sus contemporáneos. Al igual que Inocencio III, era un líder de gran fe y convicciones inquebrantables. Como brillante estudiante de Castilla, impresionó a la nobleza local, a la que pertenecía, al ofrecerse a ser vendido como esclavo para liberar cristianos cautivos en tierra de moros. Diego de Azevedo, obispo de Osma, se fijó en él, y Domingo lo acompañó en dos misiones diplomá­ticas a Dinamarca antes de dirigirse finalmente a Roma, en el invierno de 1205-1206, para conocer al Papa. Cuando vio a Domingo, Inocen­cio, diez años mayor, reconoció su poder espiritual. Rechazó la solici­tud de los españoles de ir a evangelizar los países bálticos y en vez de ello les ordenó ir al Languedoc.

En marzo de 1206, según muchos biógrafos del santo, Domingo y Diego interrumpieron la conmiseración de Arnaud Amaury, Pierre de Castelnau y Raoul de Fontfroide en Montpellier. Los dos recién lle­gados tenían varias sugerencias que hacer. En sus viajes habían atrave­sado el Languedoc y visto a los perfectos cataros en pleno trabajo. Lo que les impresionó, lo que sin duda estaba en el origen de la populari­dad de la herejía entre los laicos, era la pobreza sincera, piadosa, de los jefes cataros. Vivían como los apóstoles y, con grado extremo de senci­llez, sus únicas posesiones eran unos cuantos libros sagrados y la ropa

que llevaban puesta. Era previsible que los legados no pudieran hacer progresos contra ellos. Como príncipes de la Iglesia y enviados del Papa, los cistercienses viajaban con gran pompa, con un séquito de se­cuaces, guardaespaldas, sirvientes y aduladores siempre a su disposi­ción. A los ojos de los buscadores espirituales del Languedoc, los lega­dos aparecían como hipócritas consentidos, incapaces de hablarle al alma. Eran tiempos en que se requería una auténtica indigencia mate­rial, no ostentación feudal.

Domingo y Diego habían identificado con acierto el rasgo más atractivo de sus adversarios: la pobreza apostólica. Los miembros de otra secta cristiana heterodoxa, los valdenses, iban de un lado a otro como predicadores paupérrimos y rogaban a otros clérigos que hicieran lo mismo. (Reformistas en el fondo, en 1184 a los valdenses se les ha­bía condenado a la ligera como herejes, lo que los radicalizó aún más.) Por otro lado, el aliciente de la pobreza no se limitaba al Languedoc. En 1210, un sucio pordiosero que había estado atrayendo multitudes en el centro de Italia fue conducido ante Inocencio III, en el palacio de Letrán, para que éste le interrogara. Tras decirle al hombre que tomara un baño y pasar después una noche agitada soñando en lo que aquél le había contado, el Papa dio astutamente su aprobación a Francisco de Asís, máXImo exponente de la no ortodoXIa. En el techo de la basílica de Asís, que honra al conocidísimo santo, Giotto inmortalizó el sueño de Inocencio, lo que dio pie a la fundación de la otra gran orden de frailes, los franciscanos. La piedad de los desharrapados casaba a duras penas con las ambiciones del Papa de una Iglesia revitalizada, pero al parecer nadie podía rechazar al bondadoso Francisco.

En Montpellier, Domingo y Diego no provocaron sueño alguno, pero fueron igual de persuasivos. Los grandes cistercienses consintieron, al menos temporalmente, en prescindir de las prebendas de su cargo. El hereje Languedoc seguramente miró estupefacto cómo, durante el vera­no de 1206, los legados descalzos, guiados por los piadosos españoles, caminaban dando traspiés, pidiendo limosna y predicando sin descanso. Se celebraron debates en Servián, Béziers, Carcasona, Pamiers, Fanjeaux, Montréal y Verfeil, lugar este último donde, a mediados del siglo XIl, ha­bían hecho callar al furioso Bernardo de Clairvaux. Los perfectos acepta­ron el reto, y las conversaciones, que duraron semanas enteras, fueron interrumpidas por mordaces invectivas y disertaciones teológicas. Fue un momento singular en la historia de la religión.

Entre los paladines del catarismo se contaban su preeminente predicador, Guilhabert de Castres; un noble que se hizo perfecto, Be-nedict de Termes; un antiguo caballero de la hereje Verfeil, Pons Jor- • dan, y un asceta socarrón llamado Arnold Hot. Según los cronistas católicos, que constituyen nuestras únicas fuentes históricas, Diego y Domingo pagaron con la misma moneda. En Fanjeaux y Montréal, Domingo habló ante multitudes descaradamente hostiles al catolicis­mo. La gran dama de la región era una admirada perfecta, Blanche de Laurac; tres de sus cuatro hijas habían seguido su ejemplo, y su único hijo, Aimery de Montréal, no se esforzó en ocultar su animadversión por los legados papales. Posteriores tradiciones dominicas hablan de que, durante una de las discusiones, Domingo hizo un milagro. Un hereje arrojó tres veces al fuego las notas del santo, pero no se quema­ron. A continuación, los papeles subieron flotando por el aire hasta chamuscar una viga del techo –que actualmente adorna la iglesia de Fanjeaux– y volver a planear hacia abajo ante una asamblea pasmada.5 Los debates no lograron estimular una deserción masiva de la causa catara. En esos años Domingo convirtió entre doce y ciento cin­cuenta personas, número que varía según el estusiasmo del historiador consultado. Sus conquistas espirituales más importantes fueron unas jóvenes nobles reducidas a la miseria que vivían en el hogar de una mujer perfecta. También este logro se completa con el encendido rela­to de un milagro. Mientras el español estaba de pie en la cumbre de una colina de Fanjeaux mirando las excelentes tierras de labrantío que se extendían hasta la cercana Montréal, tres esferas llameantes cayeron como rayos desde el cielo y llegaron a la diminuta Prouille, una aldea de las tierras bajas en la que, según entendió Domingo, debía fundar un convento para sus muchachas cataras conversas. Con la ayuda de esas grandes bolas de fuego, el santo había vuelto a señalar con acierto otro elemento de la fuerza del catarismo: su red de refugios para el ex­cedente de mujeres en el Languedoc. Según el novelista católico francés Georges Bernanos, Domingo, en su lecho de muerte de Bolonia, con­fesó: «Me reprocho haber gozado siempre menos conversando con las señoras mayores que con las chicas jóvenes».6

La resistencia de Domingo, quizás incluso su vicio secreto, no era compartido por sus compañeros. A principios de 1207, la eXIgua cose­cha de almas, junto con los ardores propios de la vida itinerante, forza­ron a los legados papales a volver a su vida anterior. Arnaud viajó a Borgoña para presidir una asamblea general de la orden cisterciense; Pierre, cuyo carácter arrogante se había convertido en algo detestable, se mar­chó a reanudar sus bravatas a la nobleza amenazando con detener a to­dos los que habían participado en los recientes debates. El hermano Raoul de Fontfroide, discretamente alentado por Domingo y Diego, creyó que lo más juicioso sería alejar a Pierre de las discusiones para no irritar a públicos hostiles de antemano. Ocupó su puesto otro cistercien­se obstinado, aunque menos antipático: Fulko, el obispo de Tolosa.

En el espacio de pocos años, la perseverencia de Domingo por la ;. senda de la pobreza le había granjeado una fama que competía con la de los perfectos. Los interminables viajes por tierras de Foix, Tolosa y Albi le llevaron hasta lo más recóndito del país dualista.7 Según la le­yenda, un buen día unos campesinos herejes lo pararon en mitad de un campo y le preguntaron qué haría si ellos lo atacaban. He aquí la famo-: sa respuesta de Domingo: «Os suplicaría que no me matarais de un golpe, sino que me arrancarais miembro a miembro para que se pro­longara mi martirio; me gustaría ser tan sólo un tronco sin miembros, con los ojos arrancados, y revolearme en mi propia sangre, y así quizás obtendría una corona de mártir más digna.»8 Lo dejaron en paz.

Fue Pierre de Castelnau quien puso punto final a aquellos años de conversaciones, aunque no del modo que pretendía. En la primave­ra de 1207 visitó a los nobles menos importantes del oeste de la Pro-venza y les ordenó que persiguieran herejes en vez de utilizar mercena­rios en guerras privadas que a menudo lesionaban los intereses de la Iglesia. En aquella época, los provenzales estaban sublevados contra su señor titular, Raimundo de Tolosa. Aunque casi todos juraron obedecer a Pierre en el asunto de los mercenarios, el conde Raimundo se negó rotundamente: no podía llevar sus asuntos sin tropas asalariadas, ni tampoco estaba muy dispuesto a perseguir a su gente por sus creencias religiosas. Pierre lo excomulgó de inmediato al tiempo que rescindía todas las obligaciones feudales contraídas por sus vasallos. Y ello frente a una concurrida reunión, vociferando la rúbrica final de su anatema: «El que os desposea será considerado virtuoso, el que os mate se hará acreedor de una bendición.» Según el consenso histórico, fue una ac­ción de Pierre extraordinariamente provocadora que revelaba cierta im­paciencia en la campaña de sermones y debates.

Arrinconado, Raimundo hizo lo que había hecho siempre desde que en 1194 llegó a ser conde: prometer lo que no tenía intención de cumplir. Aceptó ser el azote de los herejes y echar a los mercenarios de sus tierras. En agosto de 1207 fue perdonado.

Llegó el otoño y nada sucedió. Domingo predicaba en Prouille, Fulko discutía en Pamiers, Raimundo perdía el tiempo en Saint-Gilíes, Arnaud consultaba con Pierre e Inocencio escribía de nuevo al rey de Francia. Finalmente, los clérigos intentaron salir del punto muerto.

Se decidió castigar otra vez a Raimundo. Como señor más pode­roso de un Languedoc donde se había difundido la herejía, se le consi­deró responsable de la repugnante mancha que desfiguraba el rostro de la cristiandad. Se volvió a elaborar una lista de ofensas: había robado propiedades de la Iglesia, agraviado a obispos, ultrajado a abades, utili­zado mercenarios, concedido cargos públicos a judíos y respaldado a los cataros. De ello resultó una nueva excomulgación. Toda Europa es­taba invitada a retirarle el respeto, a apoderarse de cualquier cosa del conde con la bendición del Papa.

Raimundo trató de negociar otra vez. A tal fin, ese invierno invi­tó a Pierre de Castelnau a hablar en su castillo de Saint-Gilíes. Según la correspondencia de Inocencio III, nuestra principal fuente de los episo­dios que siguen, las negociaciones acabaron en saco roto, y Raimundo acabó amenazando físicamente al legado delante de testigos. No cabe duda de que el diplomático conde ya no aguantaba al entrometido monje; más o menos igual que cuando el rey Enrique II de Inglaterra había perdido la paciencia con Becket.

El 13 de enero de 1208, se interrumpieron las conversaciones en una atmósfera de gran acritud. Pierre y su séquito se fueron de Saint-Gilíes con destino a Roma. A primera hora de la mañana siguiente, frente a Arles, se dirigieron al embarcadero que cruzaba el Ródano. Mientras esperaban junto a la orilla ocurrió lo irremediable. Un jinete desconocido se les acercó y hundió su espada en la espalda de Pierre.

El legado del papa Inocencio III yacía muerto en el suelo. El diá­logo había acabado.

CAPÍTULO 5

Penitencia y cruzada

Un manojo de esquejes de abedul zumbó a través del silencio y cayó con un crujido sobre la carne blanca. Las afiladas ramas golpearon una y otra vez. La multitud, amontonada en las escaleras de la iglesia de Saint-Gilíes, miraba fascinada cómo su señor era azotado como el más ruin de los villanos. En el Medievo, época en que el prestigio so­cial era tan importante, causaba siempre gran placer ver a los poderosos humillados en público. Desnudo hasta la cintura y con el cuello enro­jecido por la áspera cuerda que lo rodeaba, el conde Raimundo juraba sobre las sagradas reliquias su imperecedera obediencia al Papa y sus le­gados. Igual que al cronista del norte que registró el suceso, segura­mente a la veintena de obispos que asistían les complació mucho ver a Raimundo humillado hasta aquel punto.1

El conde Raimundo, que entonces contaba cincuenta y pocos años, había dado su consentimiento a esa flagelación en su feudo sola­riego. Ese día –18 de junio de 1209– acaso fue de un dolor mortifi­cante, pero también la culminación de dieciocho meses de diplomacia desesperada. Desde el asesinato de Pierre de Castelnau, Raimundo ha­bía mantenido que era inocente. Según afirmaba, por mucho que aquel fatídico enero del año anterior entre él y Pierre hubiera habido palabras airadas, ordenar a uno de sus hombres que matara al legado habría sido un patinazo de enormes proporciones. Durante toda su vida Raimun­do había evitado enfrentamientos y preferido postergar promesas y ahogar discrepancias en un turbio estanque de diplomacia. Insistía en que si hubiera querido asesinar a Pierre desde luego no lo habría hecho lanzando una piedra desde su propia casa. Además, el nefasto monje se había granjeado muchos enemigos en el Languedoc.

No obstante, Raimundo era el principal sospechoso de lo que se­guía siendo un misterioso asesinato sin resolver.2 No cargarle el crimen al conde habría desbaratado los planes de demasiadas personas. Ade­más, sus pretensiones de habilidad diplomática se malograron cuando envió a Roma como abogado suyo a Raymond de Rabastens. Había sido contraproducente que Rabastens, el manirroto que había dejado la diócesis de Tolosa en la indigencia, se presentara ante Inocencio III, el Papa que había dedicado cinco años de esfuerzo a deshancarlo en favor de Fulko.

En cualquier caso, Rabastens tenía pocas posibilidades. Desde el instante en que llegaron a Roma las noticias del asesinato de Pierre, la curia clamó por la cabeza del conde Raimundo. El 10 de marzo de 1208, Inocencio llamó a una cruzada cuyos predicadores tenían que ser el colérico Arnaud Amaury y el elocuente Fulko.3 Las dos furias de hábito blanco recorrieron Europa pidiendo apoyo armado para aplas­tar a los cataros. Sin embargo, los reyes y emperadores del norte die­ron respuestas ambiguas. Estaban demasiado ocupados luchando entre sí para aceptar la propuesta de contravenir la costumbre feudal. Ellos no tenían disputas con sus vasallos del Languedoc; ¿por qué debían tomar las armas contra ellos? Sin embargo, Inocencio, Arnaud y Fulko insistieron durante todo el año 1208, acosando a los señores con cartas y exhortos. Por fin, el rey Felipe Augusto de Francia cedió y permitió que sus nobles más poderosos fueran a guerrear contra sus parientes del sur. Nobles cuyo nombre hoy no nos suena de nada –Eudes, du­que de Borgoña; Hervé, conde de Nevers; Pierre de Courtenay, con­de de Auxerre– suscitaban entonces respeto y temor debido a sus ex­tensas posesiones y al gran número de caballeros provistos de montura que podían reunir. Esos nobles, acompañados de decenas de miles de infantes, se dirigían al sur mientras Raimundo sufría su degradante penitencia.

El azote de Raimundo fue Milo, notario de la curia que había sido nombrado nuevo legado papal. Fue tanta la aglomeración de mi­rones que a los dos principales protagonistas, castigado y castigador, les fue harto difícil abandonar la plaza y volver al santuario de la iglesia, para lo cual se abrieron paso a codazos entre la gente y se metieron a duras penas por un portal de la fachada. El emparejamiento de aque­llos dos hombres no era fruto de la casualidad. Fue Raimundo quien había contribuido al ascenso de Milo: con prisas por llegar a un acuerdo, escribió a Inocencio que estaba dispuesto a negociar con cualquie­ra menos con Arnaud Amaury. Pero incluso así, las condiciones que Raimundo aceptó a sugerencia de Milo fueron extraordinariamente se­veras: tenía que ceder todos sus derechos sobre cualquier fundación re­ligiosa que hubiera en sus dominios, entregar siete de sus castillos, no contratar mercenarios nunca más, dejar que los legados pronunciaran sentencia sobre cualquier reclamación presentada contra él, pedir per­dón a todos los obispos y abades a los que había ofendido, destituir a todos los judíos de sus cargos, y tratar como herejes a todos los que la Iglesia calificara como tales.

Y debía someterse a ese día de denigración, medio desnudo ante su gente, azotado por los clérigos, por un crimen que él seguía negan­do haber ordenado y por el que no había sido juzgado y menos conde­nado. De hecho, lo trataron como si fuera un Enrique Plantagenet moderno que expiara el asesinato de Thomas Becket, comparación que no se le escapó a nadie, y menos aún al papa Inocencio, que recordaba su niñez en la Campania.

Cuando en la iglesia de Saint-Gilíes terminó el oficio, por fin Raimundo pudo marcharse. Pero le era imposible; la apiñada multitud de curiosos que había en la nave hacía que cualquier intento de salir por la puerta principal conllevara los baquetazos de una vergüenza aún mayor. Así, el conde fue empujado por una escalera de piedra que iba del altar a la cripta, en la que había una salida subterránea. Los sacer­dotes obligaron a Raimundo a detenerse por última vez, ante la tumba de Pierre de Castelnau, definitiva reprensión al noble a quien al fin ha­bían forzado a obedecer. En palabras del cronista, Raimundo permane­ció de pie, «desnudo frente a la tumba del bienaventurado mártir… al que había asesinado. Ése era el juicio justo de Dios. Se le conminó a que guardara respeto al cadáver de aquél a quien había menospreciado en vida».4

Catorce días más tarde, el conde de Tolosa viajó al norte con sus caballeros para unirse al ejército de cruzados que descendía por la ori­lla izquierda del Ródano. Era un Saint-Gilíes, de la familia que en 1099 había tomado por asalto Jerusalén. Tras su flagelación, Raimundo había anunciado que quería llevar la cruz en alto, perseguir a los here­jes, y castigar a todos los que protegieran a los perfectos. No dijo que lo que realmente quería era asegurarse de que los cruzados no entraran en sus tierras: no iban a atacar las posesiones de uno de los suyos. Los hechos demostrarían que el conde de Tolosa no había cambiado nada y que su aversión a perseguir era tan fuerte como antes. En realidad, Rai­mundo el penitente era un pecador contumaz. ;

Catapulta, petraria, chatte, cota de mallas, caballo de batalla, es­tandarte, alabarda, ballesta, pica, balista… las viejas palabras y armas de guerra transmiten un inequívoco mensaje de trauma ancestral que ni la rareza ni su origen extranjero pueden suavizar. El ejército a cuyo en­cuentro salió Raimundo, en la ciudad de Valence, llevaba esos atroces artefactos en su equipaje, listo para acallar las discusiones entre cataros y dominicos con el irrefutable argumento de la fuerza. Al marchar, el enorme ejército reunido en Lyon se extendía a lo largo de más de seis kilómetros, acompañado por una flotilla de barcazas que transportaban los suministros. En el siglo XIii habría pocas imágenes más aterradoras.

Como todos los grandes ejércitos feudales, las fuerzas de cruza­dos de 1209 contaban con cientos de caballeros montados, con sus im­presionantes armaduras, que se hallaban en el vértice de la pirámide beligerante. Nobles adiestrados desde la infancia para dar golpes y ha­chazos en colisiones a galope tendido, los caballeros eran los jefes y, pa­radójicamente, los principales participantes en cualquier batalla cam­pal. Según fueran sus medios, cada uno llevaba consigo su séquito de mozos de cuadra, preparadores, infantes y arqueros, cuya lealtad a su señor estaba por encima de todo.

Menos ligadas al honor, estaban también las bandas de routiers (mercenarios) que acompañaban a los ejércitos. Algunos de estos routiers eran bandoleros montados a caballo, otros, soldados de infan­tería cuya causa era el pillaje. Todos constituían las tropas de choque de la máquina de guerra feudal, secundados por los indisciplinados ri-bauds, la harapienta chusma de buscadores de aventuras sin nada que perder ni que respetar. En general se cree que la sociedad medieval era una pastoral plácida, aunque grosera; de hecho, los que no poseían tie­rra, los descontentos y los desesperados vagaban por el país en gran número. En una tradición llena de ironía, al inicio de cada campaña los ribauds elegían entre ellos a un «rey», encargado de negociar asun­tos como quién robaría a los cadáveres del enemigo o quién pagaría a las putas. En la contratación de routiers y la aceptación de ribauds, la cruzada utilizó dos varas de medir. Los mercenarios, que solían ir por libre haciendo estragos en los monasterios, habían sido una de las principales quejas que la Iglesia había dirigido a la nobleza del Languedoc.

El ejército de 1209 superaba en mucho la media medieval de fer­vor bélico. Había millares de peregrinos, que llevaban una cruz cosida en el hombro del basto hábito. Se había prometido a los cruzados un perdón total de los pecados, una moratoria de sus deudas y una trans­ferencia de dinero de la Iglesia a sus bolsillos. La expedición tenía todas las ventajas de las que fueron a Palestina sin ninguno de los inconve­nientes de la distancia. Para los franceses del norte, la proXImidad del Languedoc era ideal para hacer la «cuarentena» –los cuarenta días de servicio militar necesario para merecer una indulgencia de cruzado– y después regresar a casa a tiempo para cosechar y cazar, contentos sa­biendo que su alma ya tenía abiertas de par en par las puertas del cielo. Los guerreros consideraban que las futuras víctimas de su cruzada no eran cristianos. Los herejes no eran cristianos, sólo herejes.

Muchos de los nobles que se abrían camino Ródano abajo ha­bían cabalgado juntos siete años antes en la extraña cuarta cruzada. Alentada por Inocencio III, una tropa de caballeros se había puesto en camino para reparar el daño causado por la reconquista de Jerusalén por Saladino en 1187. Tenían pensado triunfar allá donde la tercera cruzada de Barbarroja y Ricardo Corazón de León había fracasado. Pero, en lugar de ello, acabaron siendo mercenarios de los marinos de Venecia, quienes habían pedido un precio tan exorbitante por el pasaje a Palestina que los caballeros sólo pudieron pagar en especies. A tal fin, dedicaron el invierno de 1202-1203 a sitiar y saquear la ciudad cristia­na de Zara,5 puerto del Adriático que pertenecía a los rivales comercia­les de los venecianos en la región. Tras lo de Zara, los expedidores lleva­ron a los cruzados a Constantinopla, que, no por casualidad, era el otro competidor marítimo importante de Venecia. Los cruzados vieron la ocasión de salvar cierta respetabilidad de sus lamentables vagabundeos destituyendo al emperador griego ortodoxo y poniendo en su lugar a un títere latino. No obstante, primero debían tomar la ciudad, lo que hicieron en 1204 al modo vandálico, destruyendo en su acción más obras de arte y tesoros culturales que los perdidos en cualquier otro pe­ríodo del milenio medieval. La orgía de robo y rapiña duró tres días y tres noches.

Estas sangrientas diversiones habían llegado a ser características de las cruzadas. Siempre que se juntaba un grupo de personas resueltas a la violencia y con la salvación asegurada, los espectadores neutrales sabían que debían quitarse de en medio. En especial el pueblo judío fue objeto de masacres a manos de los exaltados que iban a combatir al infiel.6 Un ejército feudal era siniestro; uno que tuviera a Dios de su lado era realmente diabólico. La cruzada del Languedoc prometía ser parecida.

El 2 de julio de 1209, Raimundo llegó al campamento de Ar-naud Amaury y solicitó que le dejaran unirse a la santa causa. Arnaud accedió a la petición del conde aunque, como cronista que registró el hecho, sospechó que éste no era sincero en su piedad militante y que sólo deseaba preservar sus tierras de la invasión. Arnaud había recibido instrucciones de Inocencio, que le había nombrado para que dirigiera la cruzada. La carta del Papa consideraba el asunto a largo plazo:

Nos preguntáis con urgencia qué medidas han de adoptar los cruzados con respecto al conde de Tolosa. Seguid el consejo del apóstol que decía: «Fui inteligente, os sorprendí al engañaros…» Sed prudente y ocultad vuestras intenciones; al principio dejadle solo a fin de atacar a aquellos que sean abiertamente rebeldes. No será fácil aplastar a los partidarios del Anticristo si dejamos que se unan para defenderse en común. Por otra parte, nada será más fácil que aniquilarlos si el conde no los ayuda. Quizá la vi­sión del desastre lo reformará de veras. No obstante, si persiste en sus planes perversos, cuando esté aislado y respaldado sólo por sus propias fuerzas, podemos derrotarlo sin demasiada difi­cultad.7

La cruzada de 1209 no desató su furia contra el conde de Tolosa. El no era el único señor del Languedoc.

CAPÍTULO 6

Béziers

En julio de 1209, Raymond Roger Trencavel tenía veinticuatro años y era vizconde de Albi, Carcasona, Béziers y todas las tierras cir­cundantes. Su familia era antigua y poderosa, uno de los dos grandes clanes que controlaban los valles de las tierras bajas del Languedoc. Las noticias procedentes de la Provenza lo alarmaron: el hermano de su madre, el conde Raimundo de Tolosa, encabezaba una multitud de hombres armados a través del delta del Ródano, explicando a los ex­tranjeros en qué lugares podían pasar la noche al raso y encontrar agua potable o por dónde vadear los innumerables afluentes del gran río. El ejército pronto entraría en el territorio de los Trencavel.

Cuando el vizconde Raymond Roger oyó hablar por primera vez de los inquietantes preparativos que se llevaban a cabo en el norte, se daba generalmente por supuesto que el objetivo de la cruzada era Tolo­sa. A principios de 1209, había rechazado la sugerencia del conde Rai­mundo de una alianza defensiva,1 fundándose seguramente en la citada suposición. Al igual que muchos otros, creía que era el conde Raimun­do quien, pese a sus declaraciones de inocencia, había ordenado el ase­sinato de Pierre de Castelnau. En su opinión, la osadía de ese crimen se veía superada por el absoluto descaro mostrado por Raimundo al unir sus fuerzas a la cruzada cuya eXIstencia, de hecho, a él se debía. Para Raymond Roger, las consecuencias de la última treta de Raimundo es­taban claras: las víctimas serían sus tierras, no las del conde de Tolosa.

El joven Trencavel reparó en el alcance de ese peligro cuando sus espías le explicaron lo grande que parecía ser el ejército de los cruzados. A mediados de julio, el vizconde ensilló el caballo y cabalgó en direc­ción al este, hacia el Mediterráneo, y después hacia el norte siguiendo el camino de la costa, la Via Domitia, construida un milenio antes por legionarios romanos. Su destino era Montpellier, ciudad intolerante con el catarismo y última parada de los cruzados antes de entrar en sus tierras. Cuatro años antes, Raymond Roger se había casado con Agnes de Montpellier, matrimonio estratégico que le garantizaba una fronte­ra tranquila en el norte y complacía al soberano tanto de Carcasona como de Montpellier: el rey Pedro II de Aragón. En ese momento no importaba ninguna de esas coneXIones feudales; los invasores del norte eran bienvenidos en Montpellier, ciudad que, según instrucciones ex­plícitas del Papa, debían respetar.

Raymond Roger se reunió con Arnaud Amaury y los nobles franceses, y les comunicó que los Trencavel estaban dispuestos a some­terse a los deseos de la Iglesia. Al igual que el conde de Tolosa, también expulsaría de sus tierras a los herejes. Y si alguno de sus vasallos se ha­bía contagiado de la lepra catara, sería castigado. Raymond Roger se presentó como un resuelto cristiano que sólo reclamaba unirse a la san­ta cruzada.

Era ése un cambio de parecer más extravagante incluso que el anunciado unas semanas antes por el conde Raimundo de Tolosa. Ar­naud Amaury, como clérigo que había pasado gran parte de la década anterior en el Languedoc, sabía que el joven Trencavel era amigo de los cataros. A la muerte de su padre en 1194, Raymond Roger había teni­do como tutor a Bertrand de Saissac, el hereje que profanaba iglesias y exhumaba cadáveres de abades. Durante la niñez del vizconde, el re­gente de los Trencavel había sido el conde de Foix, el montañés cuyas hermana y esposa habían llegado a ser cataras perfectas. Arnaud Amau­ry seguramente vio cómo, a medida que el muchacho crecía, los ultra­jes a la Iglesia no hacían más que aumentar. El obispo católico de Car-casona había sido expulsado de la ciudad por atreverse a predicar contra la herejía. Su sustituto fue muy querido por los Trencavel, pues era un inútil y estaba comprometido por el asombroso hecho de que su madre, su hermana y tres de sus hermanos varones habían recibido el consolamentum. A ojos de Arnaud, otro crimen había sido la disposi­ción del vizconde a permitir que su bayle, o representante, en Béziers fuera un judío. Para el monje que encabezaba la cruzada, el joven viz­conde había violado tantas leyes de Dios que su fingida ortodoXIa de última hora podía entenderse como otra ofensa a la Iglesia.

Arnaud despachó a Raymond Roger. Había tardado diez años en conseguir que los feroces guerreros de Francia despertaran de su letar­go. No disolvería la cruzada en la víspera de su primera gran acción.

De regreso en Béziers, Raymond Roger convocó una asamblea de ciudadanos para comunicarles las malas noticias. No habría tregua ni perdón. Los del norte estaban a menos de un día de marcha y no se avendrían a razones. Las gentes de Béziers –los biterrois– estaban asustados pero no aterrorizados. Su ciudad dominaba el río Orb, con elevadas fortificaciones construidas en una ladera ocre. Aunque los tres cronistas favorables a la cruzada, que constituyen nuestras fuentes de este episodio, describen de diversos modos a los biterrois como «estú­pidos» y «locos», uno de ellos, Guillermo de Tudela,2 reconoció que los habitantes de la ciudad creían poder resistir fácilmente un asedio. Te­nían víveres almacenados, y los campesinos congregados en Béziers ha­bían traído consigo suficiente comida para mantener a los biterrois du­rante semanas. Creían que el tamaño del ejército sitiador podía resultar su mayor debilidad. «Estaban seguros de que el ejército no podía man­tenerse unido –señalaba Guillermo de Tudela–. Se desintegraría en menos de quince días, pues se extendía hasta medir una legua de largo.» Los biterrois esperaban que, con tantas bocas que alimentar bajo la im­placable luz deslumbrante del sol del verano, los atacantes se verían obli­gados a irse simplemente para sobrevivir. Y una vez que hubieran termi­nado su cuarentena –los cuarenta días de servicio–, la mayoría de los soldados no dudaría en regresar a casa, con sus espadas herrumbrosas por el desuso. Según esos cálculos, Béziers aguantaría; la cruzada no.

El obispo de Béziers, que formaba parte del contingente de los cruzados, llegó de Montpellier con una última oferta. Tenía en su po­der una lista con doscientos veintidós nombres: los cataros perfectos de la población.3 Y eXIgió que le fueran entregados para su inmediato cas­tigo, de lo contrario al día siguiente los cruzados pondrían sitio a la ciudad. A los impasibles burgueses de Béziers, tal como lo contó el cro­nista, «ese aviso les merecía la misma opinión que una manzana pela­da». Al igual que los prohombres de la ciudad de Tolosa, habían com­batido encarnizadamente por su independencia de nobles y obispos; era inaceptable que debieran entregar a ninguno de sus ciudadanos a extranjeros del norte. En 1167, en la iglesia de Sainte-Marie Magdale-ne de la ciudad, los burgueses de Béziers habían asesinado al abuelo de Raymond Roger Trencavel por oponerse a sus libertades. Su hijo, el padre del vizconde, tomó represalias dos años más tarde, en la fiesta de

María Magdalena, perpetrando una masacre. La memoria de esa dego­llina había penetrado en la cultura ciudadana como recordatorio de lo mucho que había costado conseguir la libertad. Los mercaderes y los comerciantes de Béziers no los abandonarían ahora. Ni católicos ni ca­taros traicionarían a los perfectos. Un cronista transcribe la respuesta ciudadana al obispo: «Preferimos ahogarnos en un mar salado que cambiar nada de nuestro gobierno.» El obispo montó en su muía y re­gresó al campamento de los cruzados; muchos de sus clérigos se queda­ron atrás, solidarios con sus feligreses.

El vizconde Raymond Roger no se quedó. Dado el legado san­griento de los Trencavel en Béziers, seguramente él y los habitantes de la ciudad abrigaban sentimientos mutuos ambivalentes. Frente a un enemigo común, el joven señor y los biterrois llegaron a un acuerdo. En vez de guarnecer las almenas, Raymond Roger corrió a Carcasona, el centro de su territorio, a reclutar un ejército de entre sus vasallos de Corbiéres y la montaña Negra. Pensaba volver a Béziers tan pronto fue­ra posible y atacar a los cruzados. A Carcasona lo acompañaron todos los judíos de Béziers. Las cruzadas siempre conllevaban un sino aciago para los judíos, aunque éstos no estuvieran relacionados directamente con la causa ni con la consecuencia.

El día siguiente era 22 de julio de 1209, la festividad de santa María Magdalena.

t La fecha no carecía de dramatismo. Desde el siglo XI, los gitanos que vivían cerca de Béziers y costa arriba, en dirección al Ródano, te­nían predilección por María Magdalena. Creían que María fue obliga­da a huir de Palestina en una embarcación poco después de la desapa­rición de su amado Jesús, y que ella, Marta y el resucitado Lázaro arribaron cerca de Marsella, desde donde difundieron la buena nueva sobre el nazareno entre los paganos de la provincia Narbonensis de Roma. Es esa María –la penitente imperfecta, la antigua pecadora, la primera a quien se dio pruebas de la resurrección de Jesús– la que ha alimentado el fuego de la piedad popular entre las gentes sencillas a lo largo de la costa mediterránea.

María Magdalena tenía incluso más fama entre los gnósticos, los predecesores clásicos de los cataros.4 Según muchos de esos pensadores, María era realmente la primera entre los apóstoles, superior a Pedro y sus sucesores en Roma. En la edición de la obra colectiva que vino en llamarse Nuevo Testamento se suprimieron los evangelios gnósticos, pero los que se conservaron en otras partes adjudicaban a menudo a María una posición elevada, de carácter pastoral. Incluso el Evangelio de Juan –ciertamente una rareza si se compara con los Evangelios si­nópticos de Mateo, Marcos y Lucas– asigna a María un papel asom­brosamente importante, por el que resulta escogida para transmitir el primer mensaje del Cristo resucitado a los apóstoles. Con posterio­ridad, la ortodoXIa intentó minimizar su estatus y la colocó por detrás de Pedro en grado de importancia; muchos herejes no quedaron del todo convencidos. Sin duda, las consecuencias de su primacía apostóli­ca –las mujeres podían también liderar, no sólo criar– se reflejaron en la paridad experimental entre los sexos permitida en algunos credos dualistas. Los cataros, que valoraban el Evangelio de Juan por sus ele­mentos gnósticos, no habrían considerado a María tan antipática como otros personajes de la ortodoxa comunión de los santos.

Así pues, era oportuno que la fecha más importante de la histo­ria de Béziers, una acrópolis del catarismo defendida por su mayoría católica, coincidiera con la festividad de una santa tan llena de ambi­güedad y de significación gnóstica. Tal vez era oportuno pero no espe­cialmente un buen augurio; pese a sus muchos atributos, María Mag­dalena nunca fue equivalente a la diosa Fortuna.

El 22 de julio la cruzada hormigueaba por los llanos del sur de Béziers. Observados por los biterrois apostados en las murallas, decenas de miles de hombres armaban tiendas, abrevaban a sus caballos y en­cendían hogueras. Desplegándose hacia el lejano horizonte había un mar de forma cambiante en constante movimiento, desplazándose sin cesar bajo el sol estival. Se cortaban árboles, se construían recintos ce­rrados, se alzaban mástiles para las banderas. En los pabellones de los señores ondeaban cientos de estandartes, teñidos de colores chillones debido a la gris monotonía del norte. Se oía el canto de los monjes y los rebuznos de las bestias de carga. El ejército se preparaba para una prolongada estancia frente a Béziers.

La cuestión era cuan prolongada sería. Arnaud Amaury ya había convocado a los señores cruzados a una reunión. Durante el tiempo que pasó con Pierre de Castelnau y Raoul de Fontfroide, Arnaud había estado en Béziers con frecuencia. En la marcha de un mes Ródano aba­jo, el jefe de la cruzada seguramente les había dicho a los nobles france­ses que la ciudad parecía inexpugnable. Ahora podían juzgar por sí mismos; sus expertos en asedios cabalgaron hasta una prudente distan­cia de las murallas y trotaron alrededor de las mismas en busca de grie­tas o desperfectos. Según opinaban los clérigos, los guerreros franceses, temidos por su valor desde Palestina hasta Inglaterra, hallarían sin duda la manera de derrotar aquella ciudad obstinada y satánica.

Mientras se llevaba a cabo la reunión para discutir lo que había que hacer, el masivo ejército terminaba sus tareas. Partiendo de tres cronistas –Guillermo de Tudela, Pierre de Vaux de Cernay y Guillau-me de Puylaurens–, es posible atar cabos y comprender qué sucedió esa tarde fatídica.

Unos cuantos integrantes del séquito del campamento –pin­ches, muleros, pajes, ladrones– se encaminaron río Orb abajo, sin ca­misa ni sombrero, para darse un respiro. El Orb pasaba cerca de las for­tificaciones de la ciudad, al alcance de la voz. Inevitablemente, los hombres de la orilla y los que estaban en lo alto de las murallas inter­cambiaron insultos. Uno del bando’de los cruzados anduvo temeraria­mente por el puente tendido sobre el Orb, una diana fácil para cual­quiera de los certeros ballesteros defensivos, y se mofó a voz en grito de los ciudadanos de Béziers. La imagen de una chusma medio desnu­da ofendió a los orgullosos hombres que había tras las murallas, por lo que unas docenas de jóvenes de Béziers decidieron dar una lección a aquella escoria de cruzados. Reunieron lanzas, palos, estandartes y unos cuantos tambores, abrieron una puerta de par en par y salieron a la car­ga ruidosamente bajando la cuesta que llevaba al río. El imprudente que se había acercado al puente apenas tuvo tiempo de tragarse su últi­ma pulla burlona antes de que cayeran sobre él y lo golpearan y apo­rrearan hasta dejarlo inconsciente. Mientras sus amigos se precipitaban a la orilla en su ayuda, fue arrojado desde el puente y condenado a cha­potear en el cenagoso Orb. Había empezado la reyerta.

Río abajo, más adelante, el «rey» de los secuaces del campamen­to –los ribauds– vio que el río arrastraba al solitario provocador… y también la puerta abierta de la ciudad. En palabras del cronista, «con­vocó a todos sus compañeros y gritó: “¡Vamos, al ataque!”». De dos en dos, de tres en tres, después por cientos, una multitud corrió hacia el alboroto, atraída por el aroma de la batalla. Volvemos al relato de Gui-

llermo de Tudela conscientes de la exageración medieval: «Cada uno llevaba un garrote –supongo que por no tener otra cosa– y eran más de quince mil, todos descalzos.» La abigarrada masa de combatientes avanzó hacia el puente.

En la puerta abierta de Béziers, los hombres y mujeres segura­mente gritaron a sus bravos y jóvenes conciudadanos que andaban por abajo. Desde su posición estratégica en lo alto de la pendiente, los que estaban dentro de la ciudad veían a la muchedumbre cada vez más nu­merosa que confluía hacia el puente. Los pendencieros biterrois habían cometido un error fatal. Según las convenciones de la guerra medieval, no había que atacar jamás a un ejército sitiador cuando acababa de lle­gar y estaba aún fresco. Los asedios eran agotadoras pruebas de desgas­te para ambos bandos, y era mejor asumir riesgos cuando el adversario estaba cansado. Los cruzados, todavía bien abastecidos de comida y agua, no estaban desmoralizados. Si acaso, impacientes por luchar.

Los jóvenes de Béziers, sorprendidos e inferiores en número, se defendieron mientras regresaban a la muralla, subiendo la cuesta que tan alegremente habían bajado unos momentos antes. Por lo que pue­de deducirse de las crónicas, los cruzados que esgrimían garrotes llega­ron a su altura, se abrieron paso por la puerta abierta y entraron en la ciudad. La orgullosa Béziers ya nunca más tendría la condición de in­violada; los atacantes penetraron en tropel.

Los biterrois de las almenas vieron la mancha que se extendía abajo y abandonaron sus puestos para bajar a las calles y unirse a la pe­lea. Fuera, los cruzados apoyaron largas escaleras contra las murallas y subieron a toda prisa a las alturas desprotegidas. Béziers era ciudad abierta.

Los nobles reunidos en torno a Arnaud Amaury oyeron los gritos lejanos. «En ese momento los caballeros cruzados gritaban: “¡A las ar­mas! ¡A las armas!”», relataba un cronista. Los grandes señores y sus in­fantes de armadura, los asesinos más eficaces en cualquier ejército feu­dal, se preparaban para comenzar el asalto.

Con toda probabilidad fue en ese momento cuando se dio –o no– la célebre orden. Con respecto a si Arnaud Amaury dijo realmen­te, en lengua vernácula, «Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius» (Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos), la opinión de los pro­fesionales está dividida. Lo más probable es que la frase lapidaria la in­ventara treinta años después de los hechos un cronista favorable a la cruzada. En todo caso, no hay constancia de que nadie –por supuesto tampoco Arnaud Amaury, jefe de la orden cisterciense y más alto repre­sentante del vicario de Cristo– intentara detener ni siquiera entorpe­cer la carnicería que se estaba fraguando. Los cronistas señalan que ni siquiera el conde Raimundo, que al parecer no tomó parte en el saqueo de la ciudad, trató de oponerse a la orgía de sangre.5

Señores y peregrinos, monjes y mozos de cuadra… todos se aba­lanzaron sobre Béziers. Los sacerdotes católicos que había en la ciudad se pusieron la indumentaria para celebrar una misa de difuntos. Repica­ron las campanas de la iglesia. En la catedral, donde los canónigos vela­ban por la fe católica, los soldados del norte cargaron contra los congre­gados, acuchillando y mutilando con sus espadas hasta que no quedó nadie en pie. Asesinaron también a todos los auXIliares del obispo.

El ataque se desplazó irremediablemente hacia la suave cuesta de la colina de la ciudad, donde los biterrois se replegaban por las estrechas callejuelas. Los cruzados no tuvieron piedad. Mujeres y niños se apiña­ban en la iglesia de Sainte-Marie Magdalene, en la parte superior de la ciudad. Rezaban a su patrona, en su festividad, implorando protección. Según el cronista Pierre de Vaux de Cernay eran siete mil, cifra impo­sible dadas las dimensiones del santuario. Debían de ser unos mil, esti­mación basada en la capacidad máXIma de la iglesia. En cualquier caso, ésta estaba llena de católicos y cataros que lloraban aterrados cuando los cruzados derribaron las puertas y los mataron brutalmente a todos. En 1840, en las obras de restauración del edificio, se descubrió bajo el suelo un montón de huesos humanos: las víctimas de la matanza.

Después de dar muerte a todos los habitantes de la ciudad, los señores de la cruzada dirigieron su atención hacia las riquezas materia­les. Según Guillermo de Tudela, la caterva que se había lanzado en masa hacia el puente ya había comenzado el pillaje: «Los criados se ins­talaron en las casas que habían tomado, todas llenas de tesoros y rique­zas, pero cuando los franceses [los señores] lo descubrieron, montaron en cólera y sacaron a aquéllos de las casas a palos, como si fueran pe­rros.» La ira de los caballeros era comprensible. El botín de guerra lo repartían siempre los jefes de los ejércitos, no sus secuaces. En opinión de los señores de la cruzada, los ribauds y mercenarios tomaban lo que a justo título pertenecía a la nobleza victoriosa.

El rey elegido de los ribauds, el hombre que había localizado la puerta abierta tras la escaramuza del puente, gritó a sus hombres que dejaran de saquear. No podrían defenderse contra los caballeros y sus armaduras; no obstante, habría que pagar un precio. «Aquellos mu­grientos y apestosos miserables chillaban todos al unísono: “¡A quemar­la! ¡A quemarla!” –señaló un cronista–. [Ellos] fueron por enormes teas llameantes como si fueran para la pira de un funeral y prendieron fuego a la ciudad.»

Las viviendas de madera de las estrechas calles eran como yesca. Los caballeros observaban impotentes cómo las llamas se tragaban una casa tras otra, un barrio tras otro. El fuego prendió en las vigas del te­cho de la gran catedral de Saint-Nazaire, que se vinieron abajo. Muy pronto la ciudad entera ardió. La soldadesca se retiró poco a poco del infierno de Béziers. Cruzaron tambaleantes el puente que salvaba el Orb y regresaron al lugar en que habían iniciado aquella porfiada tarde de exterminio cristiano. Veían cómo la ciudad era consumida por el fuego, una verdadera pira funeraria para, según consenso en las estima­ciones de los eruditos, un número de víctimas que oscilaba entre quin­ce mil y veinte mil.

En una mañana dieron muerte a todos los habitantes de la ciu­dad, desde los ancianos cataros perfectos a los niños católicos recién nacidos. En la época anterior a la pólvora, matar a tanta gente en tan poco tiempo requería un empeño salvaje que supera la imaginación. Los cruzados resentidos por haber perdido el botín de la próspera Béziers debían consolarse pensando que habían hecho el trabajo de Dios con gran eficacia. Esa magnífica victoria aseguraba la salvación personal. En su carta a Inocencio, Arnaud se maravillaba de su éXIto. «Casi veinte mil ciudadanos fueron pasados a cuchillo, con indepen­dencia de la edad y el sexo –escribió–. La venganza divina ha sido majestuosa.»

La mente humana había cruzado un umbral.

CAPÍTULO 7

Carcasona

Acercarse a Carcasona por primera vez es como soñar despierto. Los torreones y baluartes de la ciudad vieja se alzan en una elevación engañosa en el valle del río Aude, de modo que la almenada ciudadela aparece de pronto, flotando en un segundo plano, como un visitante llegado del túnel del tiempo. Los bloques de piedra marrón amarillen­to de las murallas se tornan de color castaño rojizo, y por fin malvas con el último sol de la tarde. A la vista de las restauradas almenas de los Trencavel, los combatientes ya largo tiempo desaparecidos cabalgan en la periferia de la conciencia, y su clamorosa pelea es un suave murmu­llo que lleva el viento. Pues en el verano de 1209, tras Béziers le llegó el turno a Carcasona.

Como cualquier atrocidad que merezca tal nombre, los hechos de Béziers propagaron el miedo por todas partes. Después de la festivi­dad de santa María Magdalena, el ejército de los cruzados pasó tres días acampado contra el viento que soplaba desde el escenario de su triun­fo. Los notables locales aparecieron uno tras otro para rendir homenaje a los nuevos arbitros de la legitimidad. La mayoría de esos señores de inferior categoría llegaban de las tierras bajas que había entre Béziers y Carcasona, por las que debería marchar el ejército si quería atacar la ca­pital de los Trencavel. Era el temor lo que determinaba esas capitula­ciones, que más adelante resultarían tan cambiantes como la hierba que pisaban los cruzados.

En Carcasona, ante las casi inverosímiles noticias procedentes de Béziers, Raymond Roger abandonó toda esperanza de que aquel con­flicto pudiera resolverse como cualquier otro. En una época en que la población se contaba por decenas de miles, no por millones como en la actualidad, el exterminio premeditado de veinte mil personas consti­tuía en el Languedoc una sacudida tan directa y brutal como la ampu­tación de un miembro. El vizconde tomó medidas drásticas para hacer que el país fuera inhóspito para los cruzados. En varios kilómetros alre­dedor de Carcasona, ordenó destruir todos los molinos de viento, que­mar todas las cosechas y sacrificar todos los animales o llevarlos al abri­go de las gruesas murallas de la ciudad, primero levantadas por los romanos y después reforzadas por los visigodos.

En el castillo de Raymond Roger, construido por su bisabuelo y todavía en pie como masa impasible de piedra labrada que domina la ciudad medieval, el vizconde dio la bienvenida a los señores locales que habían prestado oídos a su petición de ayuda. Aquellos hombres, a di­ferencia de los nobles de las tierras bajas expuestos a un ataque inmi­nente, llegaron de las accidentadas tierras altas que había a ambos lados del valle del Aude; al norte, la montaña Negra y el Minervois, escarpa­das alturas cruzadas por saltos de agua y cubiertas de espesos bosques; al sur, Corbiéres, montañas peladas cortadas por súbitos barrancos y vigiladas por imponentes castillos. En los primeros años de la cruzada de los albigenses, esos vasallos de tierra adentro serían los más resueltos defensores del catarismo.

Los del norte llegaron el primero de agosto. Recelando de las fle­chas y saetas de los ballesteros de Carcasona, los nobles cruzados orde­naron que se instalaran las tiendas y los pabellones fuera del alcance de los proyectiles. Según un cronista, un impulsivo Raymond Roger instó a realizar un inmediato ataque por sorpresa. «¡A los caballos, mis seño­res! –gritó el vizconde–. Cabalgaremos hacia allí, cuatrocientos de nosotros con los mejores y más veloces caballos, y antes de que se pon­ga el sol los habremos derrotado.»1

Las cabezas más serenas prevalecieron sobre aquella absurda baladronada, pues los defensores eran irremediablemente inferiores en número. La llamada más convincente a la prudencia corrió a cargo de Pierre Roger de Cabaret, señor de un feudo de minas de oro en la montaña Negra.2 Béziers había demostrado que una salida mal prepa­rada podía acabar en fracaso (los biterrois habían sido «más estúpidos que las ballenas», dijo despectivamente un cronista),3 y los cruzados que había frente a Carcasona no eran un ejército sitiador cansado o descontento, fácil de sorprender o derrotar. En cualquier caso, el cam­pamento de los cruzados estaba demasiado lejos para asaltarlo por sorpresa. El señor de Cabaret supuso acertadamente que los llegados del norte primero atacarían los dos suburbios fortificados de Carcasona que había fuera de las murallas. Abogó por salir a toda prisa de la capital de los Trencavel tan pronto fueran atacados los dos barrios; los cruzados estarían más cerca, y más apurados, y la sorpresa sería mayúscula.

El día siguiente, 2 de agosto, era domingo, y ambos bandos aguar­daban con devota impaciencia. En la madrugada del lunes, los del nor­te atacaron; eligieron Bourg, el más débil de los dos suburbios. Arietes, monjes que cantaban melopeas, soldados que trepaban por las escale­ras, caballeros que cargaban montados en sus caballos de guerra… la fantasmagoría medieval empezó a funcionar con toda su brutalidad. Al cabo de dos horas, los ensangrentados defensores de Bourg se dispersa­ron atemorizados mientras las endebles murallas permitían el paso de la multitud. Desde lo alto de las sólidas almenas de piedra de Carcaso­na, los arqueros y ballesteros lanzaban flechas una y otra vez a los cru­zados, pero era imposible detener la oleada de guerreros. Ni Raymond Roger ni Pierre Roger salieron hacia Bourg para contraatacar. Curiosa­mente, ninguno de los tres cronistas que constituyen nuestras fuentes de ese combate dan razón alguna del abandono del plan.

Ese día no hubo carnicería. En lugar de ello, los hombres de la cruzada pasaron frente a las casas en llamas y bajaron las cuestas que conducían al río Aude… y a sus valiosos pozos. Los habitantes de Bourg tuvieron tiempo de llegar a duras penas a las barbacanas de Carcasona y protegerse tras sus fortificaciones. Su presencia supondría una presión añadida sobre los recursos de la superpoblada ciudad. Los cruzados se habían apoderado del acceso a la capital de los Trencavel por el norte y, lo que era más importante, de su abastecimiento de agua. El combate de Bourg había terminado en una victoria táctica muy reñida, en la que un noble norteño de segunda fila se había distinguido por su va­lentía. Simón de Montfort, hasta entonces un personaje respetable aunque algo desharrapado al lado de sus elegantes superiores, destacó en el sitio de Carcasona. Los cruzados planearon atacar el segundo su­burbio, Castellar, al sur de la ciudad.

Al día siguiente, la revelación del destino de Simón sufrió un re­traso por la inesperada llegada de cien jinetes provistos de armadura. Los cruzados, que estaban a la mesa «comiendo carne asada», como se­ñaló atentamente Guillermo de Tudela, se levantaron para saludar con efusión a los recién llegados. Banderines rojo y oro ondeaban en las puntas de sus lanzas, lo que identificaba a los guerreros espléndida­mente engalanados como nobles de Aragón y Cataluña. Su líder, el rey Pedro, hombre enérgico de treinta y tantos años, buscó de inmediato la tienda de su cuñado, el conde Raimundo de Tolosa. (La quinta esposa de Raimundo, Leonor, era hermana de Pedro.) Cabe suponer que Rai­mundo no había combatido ni en Béziers ni en Carcasona, dada la au­sencia de menciones a su intervención en esas acciones militares. Lo más probable es que el conde simplemente se hubiera quedado sin ha­cer nada, observando cómo sus pares del norte se comportaban igual que una turba de indeseables mercenarios. En su tienda, instalada en una frondosa colina a cierta distancia del campamento principal, él y otros nobles del Languedoc que iban en la cruzada le contaron al rey Pedro lo que habían visto en Béziers.

Después Pedro se reunió con los jefes de la cruzada. Arnaud Amaury, que había iniciado su ascenso al poder como abad en Catalu­ña, sabía que el joven rey gozaba de alta estima en Roma. Tras acceder al trono, el monarca había cedido su reino a la Santa Sede, debido a lo cual se convirtió en vasallo directo de Inocencio III, quien, en su ofen­siva por llenar las arcas de la Iglesia e imponer respeto al pontificado, acogió de buen grado la obediencia espiritual y material de un gran príncipe. Las credenciales ortodoxas del rey eran impecables. Aunque no hiciera cumplir las leyes contra la herejía que había aprobado para su reino, su beligerancia contra la mayoría musulmana de la península Ibérica había hecho que en el palacio de Letrán su nombre fuera bien­aventurado. No se podía ignorar a Pedro el Católico.

Pedro tenía una queja legítima. El vizconde Raymond Roger de Carcasona era su vasallo y, por tanto, formaba parte de su familia feu­dal. Cierto que el propio señor feudal de Pedro, Inocencio, había orga­nizado el ataque sobre Trencavel, pero no por ello los aragoneses deja­ban de estar indignados por esa violación de su jurisdicción. Según la costumbre feudal, un gran señor siempre tenía voz sobre el destino de sus vasallos. Pedro hizo saber que quería ver al sitiado Raymond Roger Trencavel, su joven protegido.

La herida dignidad del español subrayó los recelos de los nobles del norte obligados ante el rey Felipe Augusto de Francia, quienes se­guramente se preguntaban quién tenía autoridad para amenazar a un señor como Raymond Roger y desposeerle de su patrimonio. Desde el pontificado de Gregorio VII, en el siglo XI, los sucesivos papas habían mantenido que la Iglesia podía deponer a cualquier noble desafecto, lo que había sentado mal a los hombres de la espada. Inocencio, el hom­bre más capaz que había lucido la tiara en dos siglos, había emprendi­do aquella cruzada en parte para dotar de cierta firmeza a la postura teocrática del papado. El hecho de que la expedición de castigo tardara tanto tiempo en poderse organizar demostró la reticencia de gobernan­tes laicos, en especial la de Felipe Augusto, a ceder terreno alguno en la incierta esfera de la soberanía. En el fondo, los nobles más importantes de la cruzada se compadecían de los Trencavel y los Saint-Gilíes, aun­que quizá los desconcertó la tolerancia de ambos clanes con la herejía. Pedro hizo saber que incluso el más ortodoxo de los monarcas estaba dispuesto a mostrar su indignación ante las ambiciones de Roma.

Pedro cambió su destrier, o caballo de guerra, por el elegante pa­lafrén que sus mozos habían llevado consigo. Acompañado sólo por tres hombres y, tal como narró Guillermo de Tudela, «sin armas ni es­cudos», espoleó la montura por la cuesta que conducía a la ciudad amurallada. El puente levadizo descendió chirriando, y el rastrillo se elevó entre grandes vítores. Cuando Pedro estuvo allí cinco años antes para presidir la discusión entre cataros y católicos, Carcasona era una ciudad próspera y pacífica. Al entrar ahora, seguramente quedó sobre­cogido por el hedor; se calculaba que más de cuarenta mil personas se habían refugiado tras las murallas.

Cuando Raymond Roger intentó dar la bienvenida a su señor como salvador suyo, Pedro enseguida lo puso en su sitio. Un cronista contó el discurso del rey de Aragón a su vasallo en un admirable pasaje que resumía la difícil situación del más joven. Raymond Roger se había quejado de los horrores causados por los cruzados, y Pedro respondió:

En nombre de Jesús, señor, no podéis culparme por ello, pues os lo dije, os ordené que expulsarais a estos herejes, ya que hay muchos en la ciudad que respaldan esta insensata creencia… Viz­conde, estoy muy triste por vos, porque sólo unos cuantos estú­pidos y su desatino os han llevado a tal peligro y aflicción. Todo lo que puedo sugerir es un acuerdo, si podemos llegar a él, con los señores franceses, pues estoy seguro, y Dios lo sabe, de que ninguna batalla con lanzas y escudos os da esperanza alguna, ya que son muy superiores en número. Dudo mucho de que podáis resistir hasta el final. Confiáis en la fuerza de vuestra ciudad,

pero está atestada de gente, incluidos muchas mujeres y niños; en el caso contrario, sí, creo que es posible abrigar alguna espe­ranza. Realmente lo siento mucho por vos, estoy profundamente afligido; por el afecto que os tengo y en razón de nuestra vieja amistad, haré todo lo que pueda por ayudaros salvo cometer gran deshonor.4

Abatido, Raymond Roger pidió al rey que intercediera en nom­bre de los sitiados. Acto seguido, el monarca de Aragón y Cataluña re­gresó al campamento de los cruzados convencido de que prevalecería la prudente voz del arreglo. No obstante, las negociaciones pronto llega­ron a un callejón sin salida. Al final, Arnaud Amaury consintió de mala gana en permitir que Raymond Roger, con once compañeros de su elección, abandonara Carcasona con todo lo que pudiera llevarse; lo que le pasaría a la ciudad y a los miles que en ella había lo decidirían los cruzados. Pedro, indignado por la degradante oferta, señaló que «volarían los burros» antes de que el vizconde aceptara un trato como aquél. Cuando al día siguiente Pedro presentó las condiciones a Ray­mond Roger, éste casi echó a su superior de su presencia. Declaró que preferiría ser desollado vivo antes que doblegarse ante aquella despre­ciable traición a su pueblo. Acto seguido, Pedro abandonó Carcasona y regresó a Aragón, apenado por su vasallo y enojado con el legado del Papa.

El 7 de agosto, los cruzados trataron de asaltar Castellar, el su­burbio situado al sur de Carcasona. Al alba, cargaron a gritos a través de su foso seco, pero en esa ocasión la lluvia de piedras y flechas lanza­da por los defensores dejó montones de atacantes retorciéndose de do­lor en el suelo, retrocediendo a rastras en busca de la protección de los árboles. Un caballero que sangraba del muslo estaba solo en el fondo del foso, impotente y al descubierto. Un cruzado retrocedió a toda pri­sa, al alcance de los proyectiles enemigos, y se deslizó por la pendiente para rescatarlo. Una vez allí, lo incorporó y lo arrastró hasta hallar pro­tección mientras flechas y piedras levantaban el polvo a su alrededor. Ambos bandos presenciaron aquel excepcional acto de valentía, pero de momento sólo los cruzados sabían el nombre de su héroe: Simón de Montfort.

Al ver que Castellar estaba siendo mejor defendida que Bourg, los señores del norte ordenaron que entraran en juego sus artefactos de asedio. Era ése un grupo de nobles muy ricos, de modo que el número y el tamaño de aquellas temibles armas debía de ser considerable. Pri­mero estaban las petrarias, pequeñas catapultas cuyo mecanismo se ba­saba en el momento de torsión y que arrojaban el equivalente medieval de la metralla. Esas nubes de piedras y guijarros pasaban a gran veloci­dad sobre las murallas y mutilaban y mataban a los desgraciados que eran sorprendidos al descubierto. Después estaban las catapultas, cuya «cuchara», en un extremo del largo mango, era lo bastante grande para contener pedruscos grandes y teas llameantes que se estrellaban contra las galerías de madera que había en lo alto de las murallas. Por último, en menor número, estaban los compactos obuses de la guerra de ase­dios, que se conocían desde la antigüedad: las balistas.

Los gritos y gruñidos de los artilleros alternaban con el ruido de los proyectiles en el aire. Como ya era habitual en la cruzada de los al-bigenses, los monjes y los obispos cantaban himnos para recordar a los combatientes el objetivo sobrenatural que había tras la reyerta. Un equipo de peones empezó a construir un paso elevado provisional sobre el foso, utilizando piedras, troncos y cualquier cosa que tuvieran a mano. Los carpinteros, alejados del combate, daban los últimos toques a una chatte (gata), un refugio móvil cubierto por una plataforma de tablas bajo la cual cabían de pie entre veinte y treinta hombres. Harían rodar la gata sobre el rudimentario paso elevado hasta llegar a las forti­ficaciones; los hombres del artilugio móvil, zapadores experimentados, harían túneles bajo los cimientos de las murallas. Para evitar que los defensores hicieran arder la gata mientras cruzaba tierra de nadie, se descuartizaban y desollaban bestias de carga y caballos innecesarios y se cubrían las tablas con sus húmedas y sangrientas pieles. Los sitiadores quizá no habrían empleado esta táctica ante las superiores fortificacio­nes de la propia Carcasona, pero las murallas de Castellar no eran tan imponentes.

Según el cronista Pierre de Vaux de Cernay, el plan funcionó, aunque sólo en parte. Cuando el enorme y ensangrentado ingenio em­pezó a rodar, las catapultas de los cruzados castigaron a los defensores con una implacable lluvia de piedras. Desde las estrechas aberturas de las murallas de Castellar, arqueros y ballesteros apuntaron a la retum­bante gata a medida que se acercaba. Flechas, saetas y teas llameantes brillaron en el aire. Las que caían sobre la superestructura del refugio móvil se apagaban en las húmedas pieles. El artilugio llegó a la muralla. Los hombres de su interior, empapados de la sangre que había goteado de su protección animal, empuñaron picos y palas y se pusieron a tra­bajar. Pronto estarían cavando para salvar la vida. Un lanzamiento afor­tunado prendió fuego a la gata adosada a la muralla.

Cuando el artefacto empezó a arder, los zapadores tallaron frenéti­camente un hueco protector en el muro para que los hombres apostados en las almenas no pudieran apuntarles. Antes de que el refugio de made­ra quedara destruido, los expertos en asedios habían asegurado su posi­ción y estaban listos para una larga noche de trabajo. Ahora los defenso­res tenían que oír impotentes cómo los zapadores excavaban una galería por debajo de las fortificaciones. En Castellar se asistiría a la representa­ción completa del clásico argumento del sabotaje en la guerra medieval.

Desde debajo de las murallas, en la obscuridad, los zapadores es­carbaron en el cascajo poco compacto y sacaron tierra hasta llegar a la primera hilera de piedras duras, que apuntalaron con vigas y riostras. Al final un largo tramo de la muralla estaba precariamente sostenido sobre un profundo túnel por un sistema de puntales de madera que crujían bajo el peso. A continuación, empaparon los improvisados so­portes con aceite de oliva, sebo, grasa de cerdo y otras sustancias infla­mables. Y después llenaron el túnel de paja, ramas y ramitas que lleva­ron a través del foso amparados por la obscuridad.

En la madrugada del 8 de agosto, se dio la señal y la leña ardió. Salieron del agujero grandes nubes de humo negro. Dentro de la gale­ría, las llamas que surgían de la paja y las ramas lamieron los soportes y las riostras de madera hasta que también ardieron. Al quemarse éstas, se debilitaron, se resquebrajaron y se vinieron abajo. Las pesadas pie­dras de encima se desplomaron. Se había abierto brecha en la muralla.

Los cruzados pasaron de inmediato por encima de los escombros y entraron en Castellar. Se libró un combate atroz en el que sucumbie­ron la mayoría de los defensores del suburbio. Los señores de la cruza­da, satisfechos con el resultado, se trasladaron a sus tiendas. Raymond Roger y sus hombres, aprovechando su oportunidad, salieron de Car-casona a la carga para contraatacar y desalojar del suburbio a los cruza­dos. La mayoría de los norteños que habían quedado de guarnición en Castellar fueron hechos pedazos. Esa salvaje matanza, la venganza de Béziers, se apaciguó sólo cuando centenares de caballeros llegaron cabalgando desde el campamento después de que los gritos de los mori­bundos alteraran su vigilia. Los de Carcasona no iban a resistir el cho­que contra fuerzas superiores en número. De modo que se abrieron ca­mino retrocediendo a la seguridad de su ciudad; y una puerta se cerró rápidamente tras ellos.

Carcasona era segura, pero el asedio había comenzado en toda regla. Uno y otro bando se tomaron un respiro. A los cruzados les ha­bía costado cara la toma de Castellar, pero sufrirían más los defensores. El desastre de la semana anterior –la caída de Bourg y sus insustitui­bles fuentes de agua potable– no se podía remediar. Las cisternas de Carcasona estaban sucias, y a medida que agosto avanzaba, el tórrido calor hizo su espantoso trabajo. Los más pequeños empezaron a morir; después los niños, seguidos de los viejos y los más débiles. Se propaga­ron enfermedades; los animales yacían tendidos, agónicos. Pronto hubo carroña pudriéndose en las calles. Una capa de moscas cubría la ciudad; la tierra rebosaba de gusanos. No había agua que beber. «Jamás en toda su eXIstencia habían sufrido tanto», escribió el cronista que aportó esos detalles.

A mediados de agosto, un jinete se acercó a las murallas de Carca­sona y se identificó como pariente de Raymond Roger. Quería parla­mentar con el vizconde. Aunque las crónicas no revelan el nombre de este emisario de los cruzados, parece ser que su declaración de parentes­co fue admitida. Raymond Roger, acompañado de docenas de hombres de armas, salió a caballo a oír lo que el hombre quería decirle.

El cruzado habló con tono amable. «¡Os deseo [...] prosperidad a vos y a vuestro pueblo! –dijo, según Guillermo de Tudela–. Desde luego os aconsejo que resistáis si creéis que pronto llegará el auXIlio. Pero debéis ser muy consciente de que ello no sucederá.» Tras hacer hincapié en el aislamiento de los Trencavel, el anónimo noble amenazó a Carcasona con la misma suerte que había corrido Béziers. Había lle­gado la hora de negociar la rendición. Si accedía a reunirse con los se­ñores del norte, se garantizaba al vizconde un salvoconducto para ir y volver del campamento de los cruzados.

Tranquilizado por las palabras de su pariente, Raymond Roger Trencavel se alejó solo de la ciudad y, observado por sus enemigos, ca­balgó hacia las tiendas de los grandes nobles del norte. El vizconde fue conducido al pabellón del conde de Nevers, Hervé de Doncy. Jamás volvería a ser un hombre libre.

La discreción de los cronistas favorables a la cruzada, que consti­tuyen las fuentes de aquel memorable verano de 1209, ha ocultado lo que sucedió exactamente dentro de la tienda.5 Lo que puede conjetu­rarse es que los nobles acudieron a dar la bienvenida a aquel joven con el respeto debido a un enemigo valeroso. Sin duda Arnaud Amaury es­taba presente, dispuesto a neutralizar el menor sentimiento caballeroso que pudiera entorpecer su plan de librarse del vizconde. Este resultó ser la única razón de aquel asedio. Aunque, como muchos historiadores suponen, todos los líderes cataros estaban refugiados en Carcasona, el jefe de la cruzada consideró más importante eliminar al vizconde que perseguir a los herejes, lo que era, en teoría, el objetivo declarado de la cruzada.

A las gentes de Carcasona se les dijo que podían marcharse en li­bertad. De hecho, debían irse. Su vizconde ya no les podía ayudar. Ca­tólicos, cataros y judíos, uno a uno por un estrecho postigo; los habi­tantes de Carcasona abandonaron su ciudad y sus bienes. Si intentaban salir con algo más que la camisa –joyas, dinero, trajes–, se les confis­caría. «No se les permitió llevarse consigo ni siquiera el valor de un bo­tón», según consta en una crónica. Miles de personas descalzas, apenas vestidas, vagaron por los campos de rastrojos quemados, sin sustento y con la dignidad quebrantada. Se dispersaron en todas direcciones, al azar, por las colinas y siguiendo el curso de los ríos, cada uno en pos de un destino desconocido y del que no hay constancia. Habría que repo­blar Carcasona.

Raymond Roger fue conducido encadenado a su ciudad vacía y obligado a bajar las escaleras de piedra de lo que había sido su castillo hasta dos días antes. Lo ataron al muro de su propia mazmorra. Sea cual fuere el acuerdo al que llegara en el campamento de los cruzados para salvar a su gente, es sumamente dudoso que aceptara ese destino para él. Tres meses después, el otrora sano Trencavel, fue hallado muer­to en su celda. Su sucesor habló de disentería y de los misteriosos de­signios de la divina providencia; pero, en el sombrío Languedoc, mu­chos sospecharon juego sucio.

El sucesor era Simón de Montfort. Un agradecido Arnaud le ha­bía concedido las tierras de los Trencavel. A los nobles más importantes de la cruzada primero se les ofrecieron las grandes posesiones, pero to­dos rechazaron la tentadora recompensa, por principios feudales y, sin duda, por miedo a la reacción de su atento monarca de París. Sin embargo, Simón tenía tan pocas tierras en el norte que su ganancia ines­perada no supondría ninguna amenaza para nadie en el reino de Fran­cia, aparte de que sus dotes de guerrero habían quedado sobradamente demostradas. Era una perfecta combinación de ambición y capacidad. El 15 de agosto de 1209, fue nombrado vizconde de Béziers y Carcaso­na y de todas las posesiones que quedaban en medio. Era la festividad de la otra María, la madre de Jesús.

El gran ejército hizo las maletas y se dispuso a volver a casa; los cruzados habían concluido la cuarentena y se habían asegurado su sór­dido lugar en la historia. Simón había arrancado un compromiso de los señores del norte en virtud del cual regresarían si los necesitaba. El conde Raimundo hizo venir a su hijo de doce años de Tolosa y lo pre­sentó cordialmente a Simón y a la nobleza reunida en Carcasona. Dado que uno de los más grandes nobles del Languedoc había sido desposeído de sus bienes de manera ignominiosa, es lógico suponer que Raimundo estaba presentando a su hijo a aquellos norteños para hacer valer la legitimidad de su familia. Según una crónica, el mucha­cho recibió la aprobación de los presentes.

La mayoría de los cruzados abandonaron el Languedoc y se diri­gieron a Francia. Simón se instaló con cuarenta caballeros incondi­cionales y sus varios cientos de soldados armados en la ciudadela de Carcasona. Casi todos eran nobles de segunda fila de Picardía y de íle-de-France que iban en busca de aventuras y riquezas. Había incluso un irlandés, Hugh de Lacy, un descontento del linaje de los normandos expulsado del condado de Meath. Simón prometió feudos a aquellos hombres si se quedaban y sometían las tierras que habían usurpado. Necesitaría su ayuda, pues más allá de las murallas de Carcasona el nuevo vizconde estaba rodeado de gente que lo odiaba.

CAPÍTULO 8

Malvoisine

Et ab joi li er mos treus Entre ge I e vent e neus. La Loba ditz que seus so, Et a. n be dreg e razo, y voto a Que, per ma fe, melhs sui seus Que no sui d’autrui ni meus}

Voy hacia ella con alegría surcando el viento y la nieve. La Loba dice que soy suyo Dios que está en lo cierto: le pertenezco

más que a nadie, más que a mí mismo.

Así cantaba el trovador Peire Vidal, mientras se dirigía al castillo de Cabaret, sobre la mujer más hermosa de la época, Etiennette de Pennautier, la Loba. Entre los que viajaban a los escondrijos de las tierras altas a hacerle la corte se contaban hombres de las capas más al­tas de la sociedad: Bertrand de Saissac, tutor del joven Trencavel; Ai-mery de Montréal, señor de la región rural central de los cataros, o Ray-mond Roger de Foix, el impulsivo conde pirenaico. En la primera década del siglo XIii, Cabaret había llegado a ser el principal santuario del Languedoc dedicado al amor cortés. En 1210, la cruzada lo conver­tiría en sinónimo de dolor.

Cabaret era un accidentado territorio pegado a la falda delantera de la montaña Negra, cuya riqueza se atribuía a sus minas de oro y cobre. En la época de la cruzada, había allí tres fortalezas de piedra rojiza –Cabaret, Surdespine y Quertinheux– agrupadas en una elevación desde la que po­día vislumbrarse la llanura de Carcasona, unos quince kilómetros al sur. La Loba estaba casada con el hermano del señor, Pierre Roger, el hombre que había estado al lado de Raymond Roger en la defensa de Carcasona y que había suplicado al fogoso joven Trencavel que se abstuviera de salir precipitadamente a atacar a los cruzados el día de su llegada. No hay cons­tancia de si Pierre Roger aconsejó la misma cautela antes de que el vizcon­de aceptara el salvoconducto violado después por los cruzados. Los aliados del vizconde encarcelado obtuvieron una cierta reparación cuando, unas semanas después de la caída de Carcasona, Simón de Montfort y su ejér­cito recibieron un buen correctivo frente a Cabaret. El irregular terreno no les proporcionaba ningún punto de apoyo para mantener un asedio prolongado, y los atacantes abandonaron toda esperanza de tomar el lugar.

Durante los meses que siguieron a esa victoria defensiva, Cabaret se convirtió en el centro neurálgico de una revuelta de poca importan­cia. Los franceses ocupantes perdieron el control de unos cuarenta de los centenares de castillos que en un principio se habían sometido a la cruzada a raíz de la masacre de Béziers. Desde Cabaret salían partidas que marchaban sigilosamente por los matorrales a la luz de la luna para tender trampas a los nuevos gobernantes de los dominios de los Tren-cavel. En una de esas emboscadas, a Bouchard de Marly, miembro del círculo íntimo de Simón de Montfort, lo desarmaron y arrastraron cautivo a Cabaret. No obstante, eran escaramuzas intrascendentes, que se producían al final del invierno; la llegada del buen tiempo traería consigo enfrentamientos más ambiciosos.

A principios de abril, llegó a las puertas de Cabaret un tamba­leante cortejo de unos cien hombres en fila india. Habían andado por el inhóspito territorio desde Bram, a cuarenta kilómetros de distancia, una ciudad mal fortificada de las tierras bajas que se había rendido a Simón de Montfort después de sólo tres días de asedio. Los dolientes y exhaustos hombres eran los defensores derrotados de Bram; caminaron a duras penas por el polvo del patio con el rostro abatido, cada uno con un brazo extendido para tocar el hombro del que lo precedía. La gente de Cabaret pronto entendió el motivo de aquella extraña disci­plina militar. Eran ciegos; los iracundos vencedores les habían arranca­do los ojos. Igual que les habían cortado la nariz y el labio superior: eran calaveras andantes, y su mueca anormal e inmutable un horroroso espectáculo de mutilación. Su jefe, al que habían dejado sólo tuerto para poder guiar a sus compañeros desde Bram a Cabaret, detuvo la grotesca marcha frente a Pierre Roger, sus caballeros y sus damas.2

Simón de Monfort, el nuevo amo de Carcasona, había iniciado la campaña de 1210. Los soldados de Cristo estaban de nuevo en acción.

Durante las dos décadas siguientes, el destino de los cataros estu­vo ligado a la lucha por el poder político entre señores feudales. No ha­bía vuelta atrás posible de los intransigentes precedentes establecidos en 1209. El papa Inocencio consideraba crimen no sólo ser hereje sino también tolerar la presencia de herejes en la comunidad. Dado que las máXImas autoridades seculares del Languedoc seguían burlándose de esa idea, podían ser depuestas con la bendición del Papa.

En la consiguiente confusión del Languedoc, lo que se precisaba para presentar una reclamación era crueldad, piedad ortodoxa y una predisposición a las conquistas debida, por lo general, a una herencia eXIgua. Muchos de los pobladores armados eran segundos o terceros hijos de gentes del norte cuyo deseo era acabar con la mala suerte de sus tardíos nacimientos. Los habitantes del sur a los que habían des­poseído de bienes con la aprobación de la Iglesia se convirtieron en nobles sin tierras, castillos ni ingresos. Se les conocía como faidits–al­borotadores–, un bandolerismo de hombres airados que buscaban ven­ganza. Fueron esos bandidos los que defendieron con fiereza a su paci­fista familia catara.

Simón de Montfort fue el principal creador y aniquilador de. faidits. El clan de Simón, segundo hijo de una familia que poseía una finca cercana al bosque de Rambouillet, bosque situado al suroeste de París, era ilustre pero no especialmente acaudalado. Sus padres anglonorman-dos le legaron el condado de Leicester, en Gran Bretaña. Fue una he­rencia hermosa e inútil como el cielo, pues los Plantegenet del trono inglés eran reacios a reconocer los derechos de nobles tan incómoda­mente próXImos a sus enemigos de París. Correspondería al cuarto hijo de Simón, otro Simón de Montfort,3 reclamar su patrimonio inglés y, a lo largo de una ilustre carrera, defender la causa de las libertades de la nobleza frente a la tiranía real. El padre defendió bulas papales; el hijo, la Carta Magna.

El viejo Simón era un hombre profundamente devoto, respetado por su recta conducta y por dar ejemplo a los hombres. Los admirados cronistas católicos de la época hablan de su estilo vencedor y de su as­pecto distinguido. Un texto se extiende afectuosamente en la descrip­ción de un aristócrata alto, apuesto, con una larga melena y una cons­titución musculosa.4 Al decir de todos, Simón era intrépido. En varias ocasiones, sus camaradas de armas tuvieron que disuadirle de que se enfrentara sin ayuda a un ejército enemigo. En el inexpugnable castillo de Foix, un furioso Simón cabalgó con un solo acompañante hasta la puerta principal y gritó insultos a aquellos que desafiaban su voluntad de conquista. Tras la lluvia de proyectiles con que respondieron los de­fensores, sólo Simón conservó la vida.

En muchos aspectos, era lo contrario del conde Raimundo de Tolosa; la liberalidad religiosa, la promiscuidad sexual y la palabra ca­prichosa de Raimundo eran rasgos que Simón consideraba inmorales y nefastos. Curtido guerrero con un primordial sentido del honor, la primera vez que Simón atrajo la atención sobre sí mismo fue durante la cuarta cruzada. Acampado junto a los más importantes señores de Francia en el exterior del puerto dálmata de Zara, rechazó por princi­pio tomar parte en el sitio de una ciudad cristiana. Cuando posterior­mente los venecianos convencieron a los cruzados de embarcar para proseguir sus atropellos en Bizancio, él salió de los Balcanes al frente de un grupúsculo de caballeros descontentos en busca de otros marinos dispuestos a llevarlos a Palestina. Tras una campaña poco convincente bajo las órdenes de un rey cruzado, regresó a casa en 1205, con el ho­nor intacto pero la bolsa vacía.

Otra de las características que distinguían a Simón era su mani­fiesta monogamia, que lo diferenciaba de la mayoría de sus semejantes. Su esposa, Alice de Montmorency, lo acompañó toda la vida, y con él tuvo seis hijos. Alice participó de las victorias de Simón en el campo de batalla y de su vertiginosa carrera como figura eminente. Por lo general se la podía ver junto a él incluso en los campamentos más deprimentes. Alice, prima hermana del apresado Bouchard de Marly, llegó al Lan-guedoc en marzo de 1210, al frente de una tropa de refuerzo para su marido, el nuevo vizconde.

Aunque ningún ejército de Simón llegaría a ser tan inmenso como el reunido en 1209, cada temporada de marchas aumentaba el número de hombres bajo sus órdenes, pues año tras año el Papa reno­vaba el llamamiento a una cruzada. Simple puñado de aventureros que aguardaban nerviosos que acabara el invierno, las fuerzas que estaban a disposición de Simón crecían rapidísimamente con el buen tiem­po para menguar de nuevo cuando cada nueva provisión de peregrinos armados terminaba su cuarentena y regresaba al norte. Entre los caba­lleros más vigorosos de más allá del Loira y el Rin, un viaje al sur, al Languedoc, durante esos años era algo irresistible, incluso sin la indul­gencia de las cruzadas. Una ausencia de dos meses era demasiado corta para que en su tierra se produjeran problemas graves y lo bastante lar­ga para pulir las destrezas en el asalto a castillos y el derramamiento de sangre. Astuto estratega y consumado luchador, Simón de Montfort daba, en efecto, permanentes clases prácticas sobre el arte de la guerra a la beligerante nobleza del norte. Cuando no estaba empantanado en un asedio, Simón galopaba sin parar a lo largo y ancho de sus domi­nios sofocando disidencias, eXIgiendo que se le rindiera homenaje o lu­chando contra nobles desposeídos resueltos a sublevarse. Sus aliados en la prosperidad tenían que seguir su ritmo en un zigzag maratoniano de intimidaciones.

Los perfectos huyeron del contagio de la violencia. Espantos como los de Béziers y Bram reforzaron su idea de que la Iglesia de Roma era ilegítima. La institución violaba sus propias leyes. Las almas más sencillas podían sacar una conclusión parecida muy evidente de lo que habían presenciado durante aquellos años: las personas sagradas e inofensivas de los pueblos se veían forzadas a huir de su ciudad y de los guerreros extranjeros. Los cruzados destruyeron viñas, quemaron cose­chas, se llevaron lo que no era suyo. Una de las primeras medidas de Simón fue establecer un oneroso impuesto de capitación, cuyos benefi­cios iban a parar a manos del Papa. Era como si alentaran a la gente a ponerse de parte de los cataros.

Se generalizó la resistencia a su autoridad. En el territorio que había en torno a Albi, Simón de Montfort cabalgaba triunfante por ciudades y pueblos que le rendían exquisitos y cívicos homenajes –y después desobedecían a sus representantes tan pronto él había regresa­do a Carcasona–. En la ciudad de Lombers, donde en 1165 los pione­ros del catarismo se habían enfrentado a una asamblea de obispos, ni siquiera esperaron que Simón se marchara. Se sometieron sólo tras un chapucero intento de asesinato.

Simón visitó otras poblaciones misteriosamente abandonadas. En Fanjeaux, situada en lo alto de una colina y que había sido testigo tanto de animados debates como de ataques con bolas incendiarias, se encontró con un pueblo fantasma. Los hogares de las mujeres perfectas estaban vacíos, y el viento batía sus telares y ruecas. En el valle de aba­jo, en Prouille, las jóvenes de Domingo trabajaban duramente en su nuevo convento, pero su familia hereje había desaparecido.

Algunos de los perfectos fueron a Montségur, un castillo de los Pirineos. En 1204, un acaudalado creyente cátaro vinculado a la fami­lia dominante de la región había reconstruido la fortaleza a petición de los clarividentes guías dualistas. El nido de águila fue el último bastión de la herejía, un edificio inexpugnable al que recurrían todos en caso de necesidad. El monte Saint-Barthélemy, un verde Goliat que se per­filaba amenazante sobre Montségur, podía divisarse en el horizonte sur desde casi cualquier punto del centro del Languedoc, un permanente recordatorio del refugio de la cercana santidad. Gran parte de los diri­gentes cataros, entre ellos Guilhabert de Castres y otros participantes en las discusiones con los dominicos, se dirigieron a Montségur a ca­pear el temporal de la guerra.

Otros fueron a territorios que pertenecían a Raymond Roger, conde de Foix. Sus parientas, Esclarmonde y Philippa, dirigieron hoga­res de perfectos, y su tolerancia oficiosa del credo de los disidentes era un secreto a voces. Tras muchas escaramuzas, él y Simón habían firma­do una tregua de un año. El acuerdo, en el que medió Pedro de Ara­gón, estaba concebido para proporcionar a la causa occitana un respiro tras el desastre de los Trencavel. En Tolosa, otro destino de los perfec­tos, el conde Raimundo siguió mostrando su acostumbrada reticencia a perseguir a sus subditos.

Muchos de los cataros de las antiguas tierras de los Trencavel deci­dieron depositar su confianza en los reductos de la nobleza de segunda fila. Centenares de disidentes errantes se enteraron de la hospitalidad de Geralda, la señora de Lavaur, ciudad situada entre Albi y Tolosa. Los perfectos se apresuraron por las onduladas tierras de labrantío para ha­llar seguridad tras sus murallas. Aunque en teoría era una viuda inde­fensa, Geralda tenía por hermano al belicoso Aimery de Montréal. En 1210 se sometió tácticamente a Simón de Montfort, pero en el Lan­guedoc todo el mundo sabía de qué lado estaba su corazón.

Los otros destinos de los herejes desplazados estaban peligrosa­mente cerca de Carcasona y Béziers, pero tranquilizaba su aspecto tan invulnerable como el del remoto Montségur. En Cabaret, Pierre Roger y su gente cuidaron de los ciegos de Bram. Los cataros eran bienveni­dos en Cabaret, como lo era cualquier caballero dispuesto a participar en arriesgadas expediciones guerrilleras en el valle. Unos cuarenta kiló­metros al este, se levantaba un escondite igualmente formidable en la meseta conocida como el Minervois. La capital de esa región poco accesible, Minerve, se convirtió en una ciudadela catara. El señor local, Guillaume de Minerve, era un declarado creyente en el dualismo, y los fugitivos perfectos estimaban que su ciudad, si era atacada, les propor­cionaría un refugio donde estarían a salvo de la furia de los cruzados.

La geología confirmó las predicciones. Incluso hoy la Minerve de las alturas vacila bajo el calor como si se sostuviera en lo alto sólo por la fe, con sus casas solariegas de piedra apiñadas sobre una empinada pen­diente. Por todos los lados salvo uno hay grandes gargantas esculpidas en el lecho de roca por ríos convergentes. Casi totalmente rodeada de precipicios, la ciudad parece estar suspendida en el aire. En la época de la cruzada, su único acceso a nivel estaba bloqueado por un castillo cuya imponente parte posterior sin ventanas daba a una árida meseta.

El 15 de junio de 1210, las fuerzas de Simón de Montfort apare­cieron en las cumbres que había frente a Minerve, y el león rojo ram-pante de su banderín personal se plantó de modo terminante en las al­turas. Simón ordenó que las fuerzas de la cruzada se separaran para triangular mejor sobre las defensas de la ciudad. Se instalaron tres cata­pultas, y enseguida una andanada de proyectiles silbó a través del abis­mo. Poco a poco, a medida que pasaban las horas y los días, se fueron abriendo boquetes en las murallas. Los cruzados, atascados en campo abierto en una inhóspita meseta, necesitaban una victoria rápida antes de que el calor del verano se hiciera más insoportable.

El campamento de los cruzados parecía un bullicioso barrio de chabolas, en que los hombres recogían leña y levantaban chozas y co­bertizos provisionales a fin de disfrutar de la preciada sombra. Sin em­bargo, la madera no había servido toda para construir refugios; al cabo de unos días, una enorme catapulta, que los cruzados apodaban la Malvoisine (mala vecina), fue colocada frente a Minerve. Simón y sus nobles aliados se habían tenido que rascar bien los bolsillos para conse­guir que se construyera aquella gran Berta de las catapultas. Hacia fina­les de junio, el enorme brazo de la Malvoisine trazaba su primera tra­yectoria mortífera hacia Minerve. Cuando el brazo se detuvo con una sacudida, un inmenso pedrusco atravesó en silencio la luz del sol unos breves instantes antes de caer con un ruido telúrico… en algún lugar de la superficie del precipicio que había debajo de la ciudad. A continua­ción, otro canto rodado se estrelló con estruendo en el mismo sitio, y luego otro más. No era mala puntería, sino una labor artillera hecha a conciencia.

La Malvoisine estaba machacando una escalera amurallada que iba desde la ciudad al fondo de la garganta, donde otro muro resguar­daba los pozos de agua. Normalmente, el sistema fortificado era seguro y protegía de los arqueros más certeros. Sin embargo, la amurallada es­calera de piedra no podría soportar el incesante bombardeo de la cata­pulta. Cuando el acceso al pozo hubo desaparecido, lo mismo ocurrió con toda esperanza de resistir al asedio. Al cabo de unos días, en Mi-nerve se tomó una decisión: había que destruirla.

Una noche de finales de junio, unos cuantos hombres de la ciu­dad se deslizaron a hurtadillas por el fondo del desfiladero. Los sabo­teadores llevaban trapos grasientos, cuerdas, cuchillos y algunas ascuas incandescentes. Treparon amparados en la obscuridad y en silencio por la cara opuesta del precipicio, avanzando palmo a palmo hacia la silue­ta de la catapulta grabada al aguafuerte contra el fondo de estrellas. Al llegar junto a la Malvoisine, sorprendieron y asesinaron a dos centine­las. Entonces los hombres de Minerve se dirigieron a su gigantesco tor­turador de madera, le ataron los trapos y le untaron las patas con acei­te. La primera y tímida llama ascendió en espiral.

Otro centinela, que acababa de salir de los arbustos tras hacer sus necesidades, gritó con fuerza antes de que un cuchillo se hundiera pres­to en su corazón. No obstante, se había dado la alarma; y las llamas sólo habían comenzado. El cronista Pierre de Vaux de Cernay no expli­có si los saboteadores tuvieron tiempo de escapar gateando precipicio abajo o si encontraron la muerte a manos de los cruzados que se preci­pitaron a apagar el fuego. Los hombres de Simón azotaron las llamas con camisas, capas y ropa de cama hasta salvar la Malvoisine.

Ligeramente chamuscada, la catapulta reanudó su trabajo al alba. La escalera enseguida quedó inutilizada. Después, conjuntamente con otras tres catapultas más pequeñas, la Malvoisine empezó a lanzar su enorme carga al centro de Minerve. Los muros se vinieron abajo ma­tando a los que se habían acurrucado tras ellos. La ciudad, ya sin agua, construida sobre una capa de granito impenetrable, no podía dejar que los restos putrefactos de los desdichados pusieran en peligro la salud de los vivos. Cada noche, arrojaban al precipicio a los muertos durante el día. Pasó el mes de julio; prosiguió el despiadado bombardeo. Cada noche traía consigo la misma horrorosa tarea; cada mañana, una deses­peración abrasada. Como sucedió en Carcasona, la ciudad sucumbiría por la sed. Al fin, Guillaume de Minerve supo que tenía que rendirse.

Después de regatear mucho, Guillaume ofreció a Simón de Mont-fort todos sus castillos y tierras. Los del norte, impresionados por la fran­queza de su adversario en la derrota, concedieron magnánimamente a Guillaume un feudo más pequeño en el valle a cambio de Minerve y el territorio que la rodeaba. Con gran alivio de Guillaume, Simón tam­bién accedió a perdonar la vida de los insolentes habitantes de la ciudad. Un misterioso céfiro de clemencia bailó brevemente en el desfiladero.

El acuerdo, digno de caballeros del siglo XIii, estaba a punto de rubricarse cuando Arnaud Amaury pidió la palabra. Había llegado por casualidad a Minerve la víspera de la rendición de Guillaume, justo a tiempo de influir en los términos de la capitulación. Simón había llega­do a ser un gran vizconde por mediación de Arnaud, de modo que no podía rechazar los deseos del legado, que, en apariencia, eran comple­tamente razonables. Todos los que se hallaran en la ciudad deberían ju­rar lealtad a la Iglesia y abjurar de cualquier otra fe. Algunos de los pe­regrinos norteños más celosos se quejaron de que esas condiciones eran demasiado indulgentes.5 Ellos habían ido al Languedoc a aniquilar he­rejes, pero Arnaud y Simón estaban dando a aquellas sabandijas sodo-mizadoras de gatos la posibilidad de vivir tranquilos y fuera de peligro. Según un cronista, Arnaud respondió con malicia: «No os preocupéis. Tengo la impresión de que se convertirán pocos.»

Guillaume de Minerve regresó con su gente. Aunque los crecien­tes como él harían gustosos el juramento, los perfectos eran inmunes a esos instintos básicos de autoconservación. Es verdad que habían llega­do a Minerve para evitar una muerte cierta, pero sólo como medio para proseguir su labor como ejemplos de pureza espiritual. El suicidio deliberado, si había otras opciones, era una forma de vanidad material. Sin embargo, en ese momento debían elegir entre morir y renunciar al consolamentum, lo que en realidad no era ninguna elección.

En Minerve había aproXImadamente ciento cuarenta perfectos distribuidos en dos hogares, uno para hombres y otro para mujeres. Ninguno de los barbudos perfectos de hábito negro consintió en hacer el juramento. Un cátaro rechazó a un sacerdote con esas palabras: «Ni la vida ni la muerte podrán arrancarnos de la fe que hemos abrazado.» No obstante, tres de las mujeres abjuraron de la fe dualista y, por tan­to, escogieron vivir.6 Según sus hermanas perfectas, había que apiadar­se de ellas, pues habían renunciado a la posibilidad de estar en comu­nión con el bien por toda la eternidad.

Condujeron a los ciento cuarenta cataros perfectos de Minerve por la escalera en ruinas que llevaba al fondo del barranco y allí los ata­ron a postes hincados en grandes montones de leña y astillas. Se encen­dieron las hogueras. Según Pierre de Vaux de Cernay, cronista y cruza­do cruel que odiaba la herejía, la fe de los cataros era tan perversa y renegaba tanto de la vida que aquéllos saltaban alegremente entre las llamas. Los otros cronistas omitieron este detalle. Guillermo de Tudela sólo añadió que «después arrojaron sus cuerpos al suelo y echaron enci­ma paladas de barro para que ningún hedor de aquellas almas fétidas molestara a nuestras fuerzas extranjeras». En la cruzada de los albigen-ses se había producido la primera ejecución masiva en la hoguera.

Era el 22 de julio de 1210, otra vez la festividad de santa María Magdalena.

CAPÍTULO 9

El conflicto se extiende

Las victorias de Simón de Montfort coincidieron con una ofen­siva diplomática de Raimundo de Tolosa. Desde agosto de 1209, cuando en Carcasona presentó a su hijo de doce años a Simón y a los grandes señores de Francia, la fortuna de Raimundo había mengua­do. No hacía falta ser un gran estratega para ver que la cruzada, tan pronto hubiera terminado con el territorio de los Trencavel, podía descargar su violenta piedad sobre el resto del Languedoc. Pese a la estudiada penitencia de Raimundo en junio y su presencia pasiva en el campamento de los cruzados en Béziers y Carcasona en julio y agosto de 1209, no tardaría mucho en volver a recibir señales de hos­tilidad eclesiástica.

En septiembre lo excomulgaron otra vez. La acusación –no ha­ber cumplido las promesas que había hecho en su humillación pública en Saint-Gilíes– era en parte cierta aunque rayaba en lo vengati­vo, dado el poco tiempo transcurrido entre la promesa y su incumpli­miento. Arnaud Amaury rompió la baraja al excomulgar al gobierno municipal de Tolosa y colocar a la ciudad bajo interdicto, es decir, en un estado de limbo espiritual durante el cual no se podían realizar legí­timamente oficios católicos, ni siquiera bautizos o entierros. Se la acu­saba de amparar a herejes, lo que los habitantes de Tolosa negaban hi­pócritamente.

Al atacar a una fuerza poderosa como eran los cónsules de una ciudad próspera e independiente, el legado papal demostraba que, en el Languedoc, los éXItos militares de la cruzada habían envalentonado a la Iglesia. El conde y sus cónsules, alarmados por el cariz que tomaban los acontecimientos, decidieron plantear su caso directamente ante el Papa.

Por miedo a ser desautorizado, Arnaud suplicó a los excomulgados que se quedaran en el Languedoc y negociaran con él. Los tolosanos hicie­ron caso omiso de sus ruegos y, a finales de 1209, partieron para Roma.1 Seguramente Inocencio III esperó tranquilo a los agraviados oc-citanos. Ningún papa de la Historia había sido tan poderoso como Ino­cencio en el undécimo año de su pontificado. Gobernaba la turbulenta Roma con incontestable autoridad. Había consolidado sus posesiones, puesto de rodillas a reinos lejanos, llegado a ser el legislador de Europa y limpiado las filas del clero de holgazanes indeseables. Hacía mucho tiempo que su hermano Ricardo había acabado de construir la torre de los Conti, la fortaleza de ladrillo que dominaba la ciudad como prueba del poder de la familia. Inocencio y su familia sólo tardaron unos años en obligar a los grandes clanes de la ciudad a obedecer; los Frangipani, los Colonna y otros de ese jaez habían sido sobornados o superados tácticamente y forzados a aguantar su pontificado en absoluto silencio. El denominado Patrimonio de Pedro, la ancha franja de la Italia central codiciada por los emperadores germanos, estaba de nuevo firmemente en manos del papado, y sus fértiles campos y sus ciudades comerciales pagaban cada año elevados tributos a Inocencio. Nadie prestó mucha atención a los papas indigentes del siglo XIi; ahora, cuando Inocencio se levantaba para hablar, toda Europa se ponía derecha. Habían caído estruendosos anatemas sobre monarcas de Francia, Alemania y Gran Bretaña, e intratables disputas entre seglares se remitían regularmente al Papa por su papel de máXImo arbitro. Se había desarrollado una ce­losa burocracia dedicada a elaborar derecho canónico, pues el propósi­to de Roma no era otro que codificar, y por tanto controlar, los asuntos de un continente. Inocencio había sacado provecho incluso de la des­honrosa cuarta cruzada. El saqueo de Constantinopla provocó que en el palacio episcopal de Bizancio se instalara un patriarca latino. Por pri­mera vez en siglos, toda la cristiandad doblaba la rodilla ante Roma.

No obstante, aún quedaban, como decía Inocencio, «zorros en la viña del Señor»,2 y la viña que corría más peligro pertenecía a los hom­bres que habían ido a verlo. Parece que las reuniones entre Inocencio y los hombres de Tolosa fueron cordiales, quizás incluso afectuosas. Según el cronista más contrario a la causa occitana, Pierre de Vaux de Cernay, el Papa arengó una y otra vez al conde Raimundo durante su estancia de un mes en Roma. Otra fuente contemporánea, Guillermo de Tude-la, transmitió una versión totalmente distinta de las discusiones y especificó los obsequios ofrecidos por el Papa a Raimundo como prueba de los buenos sentimientos: un anillo de oro, una capa regia y un elegante palafrén. Dadas las posteriores instrucciones de Inocencio a sus lega­dos, es razonable conjeturar que el Papa sintiera cierta afinidad por Raimundo, pese a las invectivas que salpicaban las cartas del pontífice dirigidas al conde antes de la cruzada. Raimundo era un estadista de edad avanzada, representante de una antigua familia que tenía lazos de sangre con Inglaterra, Francia, Aragón y otros principados más peque­ños. Como noble, Inocencio quizá se pensó dos veces lo de desposeer de sus bienes a un personaje de tal calibre. Aplastar a los Trencavel era una cosa; librarse de los importantes Saint-Gilíes, otra muy distinta. Como abogado, el Papa seguramente era muy consciente de que el desarrollo del derecho canónico a veces se inmiscuía en la costumbre feudal. La presencia de los cónsules al lado de Raimundo demostraba que, en lo sucesivo, los tribunales eclesiásticos deberían tener en cuen­ta costumbres ciudadanas emergentes. No obstante, como Sumo Pontí­fice, Inocencio sabía que ni los sentimientos de clase ni los escrúpulos legales debían prevalecer sobre las cuestiones de fe. A su juicio, Rai­mundo era un protector de los herejes y siempre lo había sido.

A raíz de la prolongada visita de la embajada occitana, Inocencio levantó el interdicto bajo el que se hallaba Tolosa. En enero de 1210 escribió a sus legados dándoles instrucciones. El conde no recuperaría el estado de gracia del que había disfrutado tras su flagelación en Saint-Gilíes, pero no se expulsaría a nadie de la comunidad cristiana. En pri­mavera, se convocaría en el Languedoc un tribunal eclesiástico especial para darle a Raimundo la oportunidad de explicarse. Si en esa ocasión podía demostrar la falsedad de las acusaciones de asesinato de Pierre de Castelnau y el incumplimiento de las promesas hechas durante su pe­nitencia en Saint-Gilíes, lo dejarían tranquilo. Se anularía la excomu­nión, y recibiría toda la ayuda posible para expulsar a los herejes de sus tierras. Si, por el contrario, el conde se negaba a exculparse, o no lo conseguía, su caso se remitiría directamente al Papa. En asuntos de tal gravedad, sólo Inocencio podía dictaminar.

Mientras en Roma Raimundo presentaba sus alegaciones, Tolo­sa estaba alborotada, y su fama de ciudad de tolerancia e individua­lismo inteligente, hecha añicos por la elocuencia y la agitación del hombre de la mitra. Fulko, el mercader que fue trovador, después monje y, por fin, obispo, ya no necesitaba que sus muías marcharan en silencio al pasar frente a las casas de sus acreedores. Todas las deu­das de su diócesis estaban liquidadas y los primeros éXItos de la cruza­da lo empujaron a la acción.

Para Fulko, había llegado el momento de poner fin a lo que se­gún él era la escandalosa aceptación de judíos y herejes en su ciudad. , En cuanto sus hermanos pecadores ardieron en Béziers, el obispo supo que los tejedores de hábito negro andarían públicamente por las calles de Tolosa, difundiendo su pernicioso dualismo. En una crónica se ha­blaba de caballeros que desmontaban frente a hombres cataros sagrados para realizar el melioramentum, el intercambio ritual de saludos y ben­diciones entre creyentes y perfectos, sin el menor recato. Y lo que era aún peor, a ojos de Fulko, los católicos de Tolosa daban por buenas • esas ceremonias, como si las detestables costumbres de sus conciudada­nos fueran tan normales como hacer el signo de la cruz.

Fulko emprendió una campaña de sermones para infundir en los fieles el miedo al fuego del infierno. El antiguo trovador confeccionaba sus homilías con habilidad y sumo cuidado y, como consecuencia de ello, casi perdió su audiencia. El obispo fulminaba la maldad de la usu­ra y del cobro de intereses en los préstamos, que a los cristianos de la primitiva sociedad medieval les estaba prohibido. No obstante, al esgri­mir el espectro de los intereses, a menudo un preludio de la persecu­ción de judíos en los circuitos evangelizadores medievales, no consi­guió impresionar a los sofisticados tolosanos. En la ciudad, los préstamos comerciales habían llegado a ser algo corriente, y la venta de acciones –como se hizo para obtener capital a fin de reconstruir las hilanderías del Garona dañadas por las inundaciones– se había rein-ventado en la Tolosa de la época. Los judío