El tesoro de Montségur


/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:”Tabla normal”;
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-priority:99;
mso-style-qformat:yes;
mso-style-parent:”";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:11.0pt;
font-family:”Calibri”,”sans-serif”;
mso-ascii-font-family:Calibri;
mso-ascii-theme-font:minor-latin;
mso-fareast-font-family:”Times New Roman”;
mso-fareast-theme-font:minor-fareast;
mso-hansi-font-family:Calibri;
mso-hansi-theme-font:minor-latin;
mso-bidi-font-family:”Times New Roman”;
mso-bidi-theme-font:minor-bidi;}

El tesoro

de Montségur

Sophy Burnham

Traducción de Sonia Tapia


Para mi hermana, Anne


Agradecimientos

Muchas veces me preguntan qué me impulsó a escri­bir sobre este período histórico. Dos personas me men­cionaron el tema de los cataros con unas semanas de diferencia entre una y otra, y yo he aprendido a confiar en estas extrañas coincidencias. Ésta es una historia que co­noce cualquier estudiante francés, pero a mí me llamó la atención cuando estalló la guerra de Bosnia. Cristianos y musulmanes se atacaban con tan espantosa ferocidad que pensé que era casi como vivir en el siglo XIII. ¿Acaso no hemos aprendido nada?

Suele considerarse que un libro es un esfuerzo en soli­tario, pero no lo escribe una persona sola. Doy las gracias en especial a John Pearson y a Annie y Addison Edwards, que me mencionaron la historia; sobre todo a Addison, que vive cerca de Montségur y me ayudó con mis investi­gaciones en Francia, indicándome el paradero de muchos libros y mapas; a Georges Passerat de la Universidad de Tolosa; Jean-Louise Gasc del Centro Cátaro de Villegly; a Lily Devézy de Carcasona; a David Maso, que fue mi guía en Montségur; a mi amigo John Hirsch, un medievalista de la Universidad de Georgetown; a Kim Stevens por sus investigaciones, y a los muchos libros de los expertos en catarismo, tanto en inglés como en francés, sobre todo los de Michel Roquebert, Jean Duvernoy, Zoé Oldenbourg, Rene Nelli y Emmanuel Le Roy Ladurie.

Jenna Paulden y Melissa Bauer me ayudaron con su información sobre el parto. La profesora E. Ann Matter del departamento de Estudios Religiosos de la Universi­dad de Pensilvania leyó el manuscrito y me llamó la atención sobre varios puntos imprecisos; y mi amiga y agente literaria, Anne Edelstein, nunca perdió la fe en un libro que ha tardado casi nueve años en ver la luz. Su constante buen humor y su apoyo me animaron cada vez que flaqueaba. Cuando se escribe una novela sucede algo muy curioso: los personajes se hacen tan reales como si hubieran vivido. Doy las gracias a Chris Hafner, un bri­llante editor de producción, así como a mi editora, Renée Sedliar, cuyo entusiasmo reanimó mi amor por esta his­toria, sus personajes y el valor que demostraron. Su guía aparece en cada página.


Prólogo

Los sucesos históricos descritos en esta novela son poco conocidos por los norteamericanos, pero las recien­tes atrocidades y guerras religiosas (ya sean las del gobier­no de Estados Unidos contra los davidianos o las guerras de Cachemira, Croacia, Bosnia, Kosovo, Afganistán, So­malia, Macedonia… demasiadas para nombrarlas todas) me hicieron pensar en esta época, en la que el papa Ino­cencio III llamó a los cristianos a una cruzada contra otro grupo cristiano.

En el Languedoc se reunió el mayor ejército jamás visto en Europa (unos trescientos mil hombres) para lu­char contra los herejes conocidos como cataros, puros o albigenses. Ellos se hacían llamar Hombres Buenos, Mu­jeres Buenas o Cristianos Buenos. Sus enemigos los lla­maban haeretici perfecti (herejes perfectos).

Adoraban a Cristo, eran pacíficos y vegetarianos y obedecían unas reglas estrictas de pobreza, trabajo, casti­dad y caridad. Creían que los hombres eran ángeles caídos, seres espirituales atrapados por demonios en un cuerpo, y rechazaban todos los placeres mundanos, in­cluido el sexo, calificándolos de malos o ilusorios. Sin embargo, no todos sus seguidores se sentían llamados a tomar los hábitos y vivir como un Hombre Bueno (perfectus) o una Mujer Buena (perfecta), ni a seguir los votos más estrictos.

Hoy en día se sabe poco de la fe catara, y casi todos nuestros conocimientos provienen del punto de vista de sus enemigos. Unos cien años después de los sucesos aquí descritos, Jacques Fournier, el fanático inquisidor que fuera obispo de Pamiers y más tarde se convirtió en el papa Benedicto XII de Aviñón (1334—1342), nos brindó casi todos los datos de que disponemos, gracias a su tenaz investigación de los habitantes del pueblo de Montaillou. Su obra, Registros de la Inquisición, nos ofrece un detalla­do recuento del trabajo interno de la Inquisición y algu­nos datos sobre los cataros Amigos de Dios.

En general sólo podemos hacer conjeturas sobre esta religión. Sabemos que los cataros eran cristianos, y tal vez sus únicos pecados fueran haber traducido la Biblia a len­gua vernácula, negarse a pagar el diezmo de la Iglesia y re­chazar la autoridad del Papa, así como los sacramentos del Bautismo y la Eucaristía, que ellos sustituían por sus pro­pios bautismos espirituales. Es cierto que la semilla de su rebelión alimentó más adelante la Reforma protestante y acicateó las guerras religiosas que vanos siglos después lanzaron a los católicos contra los hugonotes con tal vio­lencia que muchos protestantes huyeron de Francia hacia Alemania, Holanda o el Nuevo Mundo.

Existe una tendencia a idealizar la Iglesia del Amor. La herejía es un concepto relativo pero, incluso dentro de los parámetros del cristianismo, se entiende por qué los cataros (así como los valdenses, al este del país, cono­cidos también como «los pobres de Lyon») suponían una amenaza para el catolicismo establecido. Los cataros creían en la divinidad de Cristo, pero no en su resurrec­ción (uno de los pilares del cristianismo). Es posible que creyeran en la reencarnación y en la necesidad de hacer algo drástico para evitar tan terrible destino. Su deter­minación era tan férrea que a veces (aunque no se sabe con qué frecuencia) un perfectus prefería ayunar hasta morir (lo que se llamaba la endura), antes que seguir vi­viendo entre los males del mundo. Creían firmemente en el dualismo, aunque es difícil determinar hasta qué pun­to diferían del dualismo de la Iglesia católica romana del siglo XIII. Algunos expertos relacionan a los cataros con el resurgimiento del pensamiento maniqueo, la antigua forma de cristianismo a la que había pertenecido el jo­ven san Agustín antes de convertirse. Aunque califica­do de herejía, el maniqueísmo había continuado exis­tiendo de forma clandestina. En cualquier caso, supongo que los filósofos de la Iglesia y las creencias del hombre común diferían en gran medida.

Para reunir su ejército en 1209, el Papa prometió a cualquiera que luchara durante cuarenta días la suspen­sión de sus deudas, la remisión de todos sus pecados y la posibilidad de saqueo. Más aún, nadie tenía que ir hasta Tierra Santa, sino sólo hasta las ricas tierras del Languedoc, propiedad del conde de Tolosa. Fue una guerra po­pular que duró veinte años, primero bajo el liderazgo del conde francés Simón de Montfort, y luego a las órdenes de su hijo, Amaury. En 1229, Raimundo VII, conde de Tolosa, entregó Occitania y se convirtió en vasallo del rey de Francia.

Poco después, el papa Gregorio IX encargó a los do­minicos formar la Inquisición para acabar con los disi­dentes e imponer el orden entre las turbas enfurecidas. Sin embargo, cuanto más se esforzaba la Inquisición más crecía la resistencia (como suele suceder cuando el inva­sor impone una regla represiva en el país invadido).

La situación alcanzó un punto crítico cuando, el 13 de mayo de 1243, los franceses sitiaron Montségur. Fue uno de los asedios más largos de la historia, pues se prolongó durante diez meses. Doscientos Cristianos Bue­nos, la flor y nata de la Iglesia catara, quedaron atrapados en la cima de la montaña con una guarnición de defensa.

En enero de 1244 los cataros, viendo llegar el fin, lo­graron sacar sus tesoros de la montaña y esconderlos.

Aguantaron otras seis semanas, pero el 1 de marzo de 1244 cayó la fortaleza. La noche de la rendición, tres perfecti y otra persona, que podría haber sido un guía, baja­ron del risco con cuerdas y se desvanecieron en el bosque. Su tarea: mantener viva su Iglesia.

Nunca se ha encontrado el tesoro cátaro. Me conta­ron que Hitler envió una expedición al sur de Francia en su búsqueda. Otras historias acrecientan el misterio, re­lacionando el tesoro y la herejía catara con los caballeros templarios y varias hermandades clandestinas.

El último perfectus, el semianalfabeto Guilhem Bélibaste, fue quemado en 1321 en Villerouge-Terminés, en el distrito de Corbiéres (Aude). Con esto, después de casi trescientos años de esfuerzos, la Iglesia católica lograba aplastar la herejía y establecer las fronteras políticas de Francia. La Inquisición centró su atención en nuevos ene­migos: disidentes y judíos.

Incluso hoy en día, cualquiera que visite el Languedoc, en el sur de Francia, encontrará gente más tranquila, más «mediterránea» que en el resto de Francia, porque tienen una herencia directa de la temprana Roma. En la Edad Media sus ciudades estaban gobernadas por cónsules elec­tos, como en el Imperio romano. Las mujeres, los árabes y los judíos tenían derechos civiles, así como acceso a la educación, y las tres grandes religiones convivían en paz. La fe catara ofrecía, por lo menos de manera implícita, la igualdad entre hombres y mujeres, mientras que el catoli­cismo seguía siendo incondicionalmente machista. Entre los obispos y diáconos cataros no encontramos mujeres, puesto que los hombres estaban mejor preparados para los peligros de la vida errante, pero las mujeres perfectae podían transmitir la fuerza del Espíritu Santo mediante la imposición de manos. Les preocupaba sobremanera la educación de las niñas y hacían de médicos y enfermeras, sobre todo con otras mujeres. Y había más mujeres que hombres dedicándose a la vida contemplativa.

La descripción de este período es todo un desafío. Eran épocas duras, y el modo de vida resulta extraño a nuestra actual concepción: era tan violento, cruel y sanguinario, que si alguno de nosotros volviera a esa época en una máquina del tiempo, se volvería loco. La vida era corta y brutal.

La gente no se lavaba con frecuencia ni sabía nada de higiene. En las habitaciones hacía un calor increíble, con fue­gos que ardían incluso en verano. Todos se vestían con ca­pas de ropa que rara vez se cambiaban, y por tanto apes­taban. Estaban llenos de temores: temor a la noche, la obscuridad, las brujas, los lobos, los hombres lobo, los de­monios y todo lo desconocido (y en aquel entonces todo era desconocido). Tenían miedo unos de otros y descon­fiaban sobre todo de cualquier cosa o persona que no fue­ra de su propia aldea. Ya he mencionado que las mujeres, los árabes y los judíos disfrutaban de derechos civiles. En algunas jurisdicciones podían ostentar cargos públicos. A medida que pasó el tiempo, estos derechos fueron siendo retirados y ya en la Edad Media se valoraba tan poco a las mujeres que sus nacimientos y muertes casi nunca se re­gistraban. Se dice que un setenta y tres por ciento de las mujeres morían de parto. No obstante, a pesar de la alta mortalidad infantil, muchas personas de la Edad Media vivían hasta edades que resultan avanzadas incluso hoy día. Tanto Esclarmonde de Foix como Guilhabert de Cas­tres alcanzaron los ochenta años y murieron tranquila­mente en su cama, a pesar de que Esclarmonde fue madre de seis hijos y tuvo numerosos nietos.

Cuando la Inquisición comenzó sus interrogatorios, hubo gente, como Esclarmonde de Foix, a quien se consi­deró demasiado importante para someterla a ellos. Otros, como su hijo Bernard Otho de Niort, fueron detenidos y luego liberados mediante un rescate. Pero muchas perso­nas fueron torturadas y quemadas en la hoguera, arrojadas a pozos, lapidadas o enterradas vivas, como se creía que merecían los que negaban a la verdadera Iglesia.

Los protagonistas de este libro son personajes de fic­ción. No obstante, algunos vivieron y llevaron a cabo los hechos que aquí se les atribuyen, entre ellos el lujurioso clé­rigo Gervais Tilbury, o Jean Tisseyre, que proclamaron a gritos su inocencia. Los dos obispos de la Iglesia del Amor, Guilhabert de Castres y Bertrand Marty, así como Esclar­monde de Foix, Raymond de Perella y todos los citados en Montségur, están basados en personajes reales. Se conocen los nombres de los que murieron quemados en Montségur, su condición e incluso algunos detalles de sus vidas, pero se ignora lo que sucedió a los cuatro que escaparon.

En lo concerniente a la Biblia, siento decir que la pro­hibición de que el hombre común leyera las Escrituras duró hasta bien entrado el siglo XX, aunque hoy en día cualquier católico de la Iglesia de Roma puede leer en su propia lengua la palabra de Dios.


1

Dicen que estoy loca.

Es cierto que he visto cosas que volverían loco a cual­quiera, y ahora cuando la gente me ve recorriendo las ca­lles con mi ajado sayo gris, a veces apoyada en el muro de piedra de una casa o deteniéndome junto a la fuente para mirar en el agua, cuando me encuentran con las dos ma­nos en una cerca, recuperando el aliento antes de tomar de nuevo mi fardo, noto que se alejan. Los niños salen de los callejones gritando «¡Bruja! ¡Bruja!», y me tiran piedras. Son como ratas, como moscas que respondieran a la señal de mi desgracia. Tiran barro y piedras a la pobre loca des­greñada. Esa soy yo. Me gritan y me señalan y corren en círculos a mi alrededor, tocando mi vestido gris y hacién­dome olvidar quién soy y a qué he venido.

Me tapo la cara con las manos y lloro, porque tengo miedo, porque soy una inmundicia y debería haber ardi­do con los demás.

Eso les dije.

—Quemadme — grité y eché a correr hacia los dos do­minicos. Estos frailes, con sus túnicas negras y sus capu­chas blancas, viven en la pobreza, como nuestros perfecti.

Dos de ellos pedían limosna a la puerta de la catedral. Me hinqué de rodillas y me incliné haciendo una reverencia a sus pies, como era costumbre con el obispo Bertrand Marty.

Quemadme —les supliqué—. No soy digna.

Tendí las manos para mostrar las señales de las cuer­das en mis muñecas, pero ellos me apartaron asqueados. El más joven puso mala cara al percibir mi olor.

No soy digna de seguir viviendo —grité—. En nombre de Cristo. He mentido, he jurado, he bebido, he fornicado, he matado. Soy impura.

Los frailes recogieron sus cosas y se alejaron de la ca­tedral, se alejaron de mí.

Entonces me senté en el suelo, apoyada contra las puer­tas de madera. Ésta no es una catedral muy grande. Es­tá junto a un monasterio también pequeño, donde sólo viven diez o quince hermanos. Arañé la tierra con los de­dos, como hizo una vez nuestro Señor cuando juzgaba a la adúltera, y pensé en todo lo que había ocurrido para con­ducirme hasta este extremo, pensé en todos mis amantes desaparecidos, mis amigos, en todo un modo de vida ani­quilado. Y yo, errante, perdida, intento hacer lo correcto, intento servir a Cristo.

Esclarmonde decía que la tristeza y la autocompasión son las mentiras del demonio.

Domínate —ordenaba con aquel tono firme e im­paciente.

Me río al recordarlo.

Esclarmonde —susurro.

Todavía la veo atravesando la plaza con su largo hábi­to negro y el cinto blanco a la cintura. Recuerdo cómo ladeaba la cabeza y fruncía los labios ante mi esquelética persona, intentando con su mirada de reproche inculcarme algo de sensatez. Su socia Ealaine estaba a su lado. Es­clarmonde, la luz del mundo.

—Jeanne, no hay que dejar que los caballos se desbo­quen. Hay que ponerles las riendas. Y lo mismo pasa con los caballos salvajes de tu mente. Domina tus pensamientos. Aplasta los pensamientos sombríos y estimu­la el agradecimiento. Son caballos y tienes que domi­narlos.

Al cabo de un rato me levanté y dejé que mis pies me guiaran por los adoquines, hasta los límites del pueblo, más allá de las viñas, hasta el bosque. Mis pies sabían adonde ir.

Me condujeron a través del bosque hasta las praderas donde pastaba el ganado, atendido por dos chiquillos. También recuerdo que había gansos, a cargo de una niña de seis años con un pelo negro como la noche que le caía sobre los ojos como la crin de un poni.

Me la quedé mirando mucho tiempo, apoyada en mi bastón.

Pero la niña no era mía, porque creo que la mía sería mucho mayor, tal vez sea ya una mujer, aunque no lo sé con certeza porque el tiempo ha inundado mi cerebro, fundiendo los días y las noches y las estaciones, y ya no sé cuánto tiempo llevo así, ni siquiera qué año es, y tal vez mi hija sea ahora más vieja que yo. No es imposible.

Avancé unos pasos, guiada por el espíritu interior que animaba mis pies, hasta sentarme en una piedra junto a la carretera. Allí me eché a llorar, primero por mi hija muerta y luego por Esclarmonde a quien tanto echo de menos, y por Baiona y William, luego por todos los ni­ños de Montségur y finalmente por todos los niños del mundo, incluida yo, esa niña que también nació en la guerra. La niña llevaba un vestido blanco adornado con perlas. Jugueteaba con ellas. Lo vi hacerse más pequeño cada año, hasta que me pareció imposible que yo hubiera sido tan diminuta. El vestido me parecía no mayor que un pañuelo. Un día se lo puse a mi propia hija e intenté no ver la mancha de sangre en la parte delantera. Nunca debí haberlo hecho. Baiona dice que eso no trajo ningu­na maldición, pero el caso es que poco después enterré a mi hija. La mató la viruela, no la guerra. Murió entre mis brazos, recuerdo su cuerpecito helado. No es algo que una madre pueda olvidar. Pero supongo que si no hubie­ra muerto, también la habrían quemado.

Guilhabert de Castres dijo que las primeras quemas se produjeron hace doscientos cincuenta años, en 1002. Tres hombres ardieron aquí, diez allá… También cazaban brujas.

A mí me quemarían por apóstata, la pobre loca Jean­ne. Sí, algún día me quemarán, como quemaron a mi her­mosa Baiona o a William o a mi amado Bertrand Marty, doscientos de ellos llorando, abrazándose unos a otros mientras bajaban a trompicones por la montaña… ¡No! No pienses en eso.

Qué extraña es la memoria. Todo está mezclado en mi cabeza, justo detrás de mis ojos. Hay cosas que veo tan claramente como si fuera ayer, y sin embargo sucedieron cuando yo era una niña. En cambio, otras cosas se me ol­vidan: puertas cerradas, salas obscuras. Es como la bodega de un castillo, y yo vago entre cajas y baúles polvorientos, telarañas, olor a moho, y de vez en cuando un rayo de sol ilumina un instante, o a una persona, o una palabra. Uno de los Antiguos dice que no se puede uno bañar dos veces en el mismo río, pero yo me baño en los ríos de mi memo­ria una y otra vez, y también me baño en algunos en los que nunca estuve.

Ruido de caballos. Alzo la cabeza: tengo que escon­derme. Me levanto y me aparto a toda prisa del camino, me pongo en cuclillas tras un matorral fingiendo hacer mis necesidades. Recuerdo cuando los inquisidores no cabalgaban rodeados de sus guardias. Son urracas ale­teando sus hábitos blancos y negros. Recuerdo cuando no había acusadores metiendo las nances en las vidas de todos. Lo que no recuerdo es un tiempo sin guerras: gue­rra interior, guerra exterior, guerra en el corazón de la niña de pelo negro que yo era, pobre niña ignorante, tan orgullosa y desafiante, y mira cómo de terminado.

Parece que fue en otra vida, hace mucho tiempo, otra persona que no tiene nada que ver conmigo ni con nadie que conozca. Una niña estúpida que se rebelaba contra la vida, contra los mismos que intentaban enseñarle la feli­cidad. Primero la lucha contra el matrimonio, luego sólo la lucha. Pero tal vez eso era lo que Dios quería, porque cada generación empieza desde cero, aprendiendo las lecciones de nuevo una a una, y los viejos no podemos enseñar ni decir nada a los pobres pequeños; todos em­piezan de cero, de modo que nunca se realiza ningún progreso. La lucha de esa niña siempre fue contra sí mis­ma. Ni siquiera sabía lo rica que era, lo feliz que era con sus amigos.


2

Estaba cosiendo junto a la ventana que daba al lugar donde se celebraban las carreras, en un castillo cercano a Foix, y si las mujeres hubieran llegado diez minutos an­tes, habrían visto a la niña girada en el banco de piedra, con la cabeza y los hombros asomando por la ventana, mi­rando la hiedra que cubría la piedra y los campos, donde los campeones competían en carreras de caballos, justas y prácticas militares. La guerra no había terminado, aun­que Simón de Montfort había muerto el año anterior en el sitio de Tolosa. Los ejercicios habían llegado a su fin y los caballos volvían a los establos, las risas y gritos de los escuderos se desvanecían y Jeanne tenía que terminar su labor de costura.

Se arrellanó en el banco, tomó la aguja y siguió co­siendo su calado sin prestar apenas atención a la aguja, pensando más bien en Roger y el asedio de Tolosa. Se de­cía que las mujeres lucharon en los muros junto a los hombres, lanzando flechas y piedras a las máquinas de guerra francesas. Se decía que fueron las mujeres las que mataron a Simón de Montfort con una piedra de una ca­tapulta.

Una piedra dio en el blanco

y alcanzó al conde Simón en su casco de acero…

Simón de Montfort acababa de salir después de pro­nunciar sus oraciones y corrió a la batalla donde murió.

Jeanne suspiró y centró la atención en su labor. A ella la costura no se le daba bien como a Baiona. Sus dedos pa­recían demasiado grandes y torpes, y a pesar de que ya te­nía trece años, sus bordados eran toscos y descuidados. Pero el problema no eran sólo sus dedos, sino su mente soñadora. Baiona, en cambio, daba puntadas tan sutiles como las pisadas de un duende y adoptaba un ritmo tan perfecto y un estado tan meditativo que era un placer ver­la coser. De su aguja, así como de sus pinceles y pinturas, surgían flores e insectos imaginarios, un auténtico bestia­rio de criaturas salvajes que trepaban los muros de los cas­tillos o atravesaban paisajes de árboles y campos. De su aguja, ya a los catorce años, salían campesinos y nobles tan reales que Jeanne creía que iban a saltar del paño a la habitación hablando de sus sueños y esperanzas.

Todo el mundo decía que Baiona tenía manos de pla­ta. Jeanne tiró su labor, desesperada, y paseó la vista por la sala. Era una bonita y espaciosa estancia en la que el sol penetraba a través de las ventanas. Había varias sillas ta­lladas, altas y pesadas, y en la pared colgaban dos tapices. Uno mostraba el encuentro de Cristo con la mujer en el pozo, cuando le ofreció el agua de la vida eterna; el otro, su favorito, describía el sacrificio de Isaac: Abraham te­nía la mano alzada como siempre, la cabeza vuelta hacia el ángel que baja a detener el cuchillo, y al otro lado se veía el carnero oculto entre los arbustos. Era precioso.

Jeanne podía pasarse horas mirando aquellas histo­rias, pero en esta ocasión se giró inquieta de nuevo y, agarrada a la fina columna que dividía la ventana, es­cudriñó el paisaje de bosques y praderas. Tendría que ha­ber nacido varón para correr por los campos. No estaba hecha para coser y contemplar tapices con historias. Ella misma sería la protagonista de las historias. Se ima­ginó como la Diana de Ovidio, la diosa de la caza, una niña-niño disparando el arco y cazando ciervos con sus propios perros. Ojalá hubiera sido una de las mujeres que defendían la ciudad del diablo francés Simón de Montfort. Nada de labores. Se asomó a la ventana, la suave brisa en su mejilla, y tuvo ganas de gritar, de cantar y salir del todo para escalar los muros del castillo. Quería salir a aquel aire dulce y… volar. Tal vez podría reencar­narse en un pájaro, aunque dicen que nunca se vuelve con una forma menor una vez que se consigue la forma humana. Pero en ese caso, seguro que alguna vez fue un pájaro, porque recordaba volar, y a veces por la noche soñaba que surcaba los vientos de la montaña como un halcón, libre. Volvió a meterse en la sala y recogió su la­bor con un suspiro.

En ese momento entró Esclarmonde seguida por su prima Giulietta, una joven viuda. Jeanne se levantó con una reverencia y notó que se sonrojaba. Menos mal que no la habían visto un momento antes, con medio cuerpo fuera de la ventana.

Esclarmonde, que a la sazón tenía sesenta y dos, ha­bía tomado los hábitos trece años antes, a la edad de cua­renta y nueve. Había dado a su esposo seis hijos antes de dejarlo para tomar los hábitos y convertirse en una Mu­jer Buena. Su marido y ella habían mantenido la amistad, sin rencores. Esclarmonde siempre llevaba un largo ves­tido negro, muy sencillo, atado a la cintura con el cordel que representaba sus votos ante Cristo. Llevaba su huso de sala en sala y cosía mientras caminaba. Sus ojos se mo­vían con lentitud, conscientes de lo que sucedía alrede­dor mientras sus manos bordaban y sus pensamientos tejían oraciones. Cada caída del huso representaba un padrenuestro completo. Se detuvo en la puerta para ter­minar, porque un Cristiano Bueno no podía atravesar una puerta sin pronunciar un padrenuestro, no levantaba la cuchara para comer sin pronunciar un padrenuestro, no respiraba sin recordar a nuestro Señor.

Giulietta, en cambio, era una joven moderna, todavía en la veintena, vestida con faldas de color rosa. El paso ligero con el que entró en la sala era demasiado exuberante para la grave serenidad de una Cristiana Buena. Giulietta vivía en el castillo. Era más o menos creyente, pero no tenía intención de tomar los hábitos. Sus ojos se movían inquietos por todas partes. Le gustaba coquetear. Si Jeanne tenía alguna ambición era parecerse a Giulietta, a quien admiraba, no a los cataros, aunque la había edu­cado Esclarmonde, su madre adoptiva, y ella quería a aquella mujer perfecta con todo su corazón.

—Es el camino de la felicidad —decía Esclarmonde con voz queda, moviendo su huso para no tener nunca las manos ociosas.

¿Convertirse en una Mujer Buena?

—Sí, si es tu decisión. Una Amiga de Dios.

Pero Jeanne quería bailar, comer, cantar, cabalgar. Quería cazar, vestirse de colores… En suma, ¡vivir co­mo una católica! Se echó a reír. Por lo visto la católica era una iglesia realmente festiva.

Hizo una mueca, pero Esclarmonde sonrió y le ende­rezó el gorro con cariño.

—Más tarde —bromeó—. Cuando hayas terminado con la vida mundana. No queremos niñas.

Giulietta le quitó la labor.

—Mira qué bordado tan fino, Esclarmonde. Estás mejorando, Jeanne.

Esclarmonde se aproximó para ver el paño de cerca.

Ponte derecha, niña. Date la vuelta.

Está creciendo.

A Jeanne le molestó que hablaran de ella como si no estuviera presente, pero se volvió despacio para que la inspeccionaran. Notaba las manos colgando como jamones al extremo de sus brazos. Si fuera hermosa, si fuera Baiona, con sus ojos gris pizarra y su reluciente pelo cas­taño, no le habría importado que la observaran así, pero siendo fuerte y morena sintió en el pecho una oleada de vergüenza.

Cuando Jeanne cumplió los once años, Esclarmonde le puso al cuello un espinoso cordel de mimbre para que anduviera derecha, con la cabeza alta y la pose elegante que correspondía a una dama. Por lo visto sirvió de algo, porque se lo quitaron a los seis meses. Sin embargo, el co­llar no dio resultado en Raymonde Narbonne, otra huér­fana, que lo llevó durante tres años en vano. Tenía la espal­da cada vez más torcida, y una pierna se le quedó más corta que la otra, hasta que al final se dieron por vencidas.

—Date la vuelta otra vez —pidió Esclarmonde.

¿Qué pasa?

—Nada, cariño —contestó Giulietta, alzándole las mangas rojas para que se viera el forro azul marino—. Sólo te estamos admirando.

Jeanne alzó la vista. ¿Se burlaban de ella?

—¿Qué piensas del matrimonio, Jeanne? ¿Te gustaría casarte?

—Calma, calma —dijo Esclarmonde, con una sonrisa temblando en la comisura de los labios.

¿Que qué pensaba del matrimonio? Eso dependía. ¿Del suyo o de algún otro?

¿Qué quieres decir? —preguntó con cautela.

—Abundante pelo moreno, ojos bonitos —comentó Giulietta—. Será una belleza.

¿Esclarmonde…? —Jeanne se volvió hacia la mujer, que en ese momento dejó caer el huso. Al rodar éste fue soltando un hilo de lana. Jeanne se la quedó mirando co­mo hipnotizada, esperando a que terminara la plegaria.

Es cierto. Es hora de buscarte marido, Jeanne.

Esclarmonde jamás se precipitaba. Sus movimientos, como sus pensamientos, eran contenidos y serios, y exu­daban un aura de serena felicidad y reserva. Nadie trata­ba con familiaridad a Esclarmonde de Foix, pero Jeanne deseó arrojarse a sus brazos y decir que no, que todavía no quería casarse.

Ella debió de leer en su expresión.

¿No quieres casarte?

—No quiero dejarte —respondió Jeanne con vehe­mencia—. Y además, ¿quién iba a querer casarse conmi­go? No tengo dinero ni fortuna. ¡No me alejes de aquí!

Jeanne se quedó mirándola compungida, con la labor caída a sus pies.

¿No podría casarme con alguno de los escuderos? —preguntó con la cara enrojecida—. No quiero casarme con un viejo.

Se imaginaba el esposo lleno de cicatrices de batalla que elegirían para ella, un caballero que le llevaría veinte años o más. Podría tener hasta cuarenta, como el marido que eligieron para Blanche de Pepieux, un hombre de piel correosa, bigote entrecano y un gesto amargo en la boca.

—Toda joven necesita un esposo, Jeanne, alguien que la proteja. En cuanto a tu dote, es verdad que sin dinero no podemos encontrarte marido, pero tienes las perlas de tu vestido y yo contribuiré con una buena suma.

—¡Mira qué generosa es! —exclamó Giulietta dando palmadas—. ¡Deberías estar contenta!

Jeanne estaba cada vez más furiosa. ¡La muy estúpida! ¿Cómo había podido admirar a esa mujer? Sus pensa­mientos revoloteaban sin detenerse: sus amigos, Baiona, Roger. Y si se casaba, ¡no volaría nunca! Porque sabía que en el momento en que terminara la ceremonia, sería una vieja tocada con un griñón, una mujer de la que se espera­ría que caminara con majestuosidad y no volviera a correr nunca más. Los partos la engordarían, si es que no la ma­taban.

—No quiero irme —susurró deprimida.

—Jeanne, hay niñas que se casan siendo más jóvenes que tú —protestó Giulietta, sin hacer caso de su gesto desdeñoso.

Pero Esclarmonde la interrumpió con una intensa mirada:

—No te preocupes, que no va a ser la semana que vie­ne, pero hay que pensar en tu futuro. Me preocupa tu bienestar, y eso incluye dejarte en buenas manos. Éste es un buen momento. Hay una tregua.

La guerra no había terminado. A veces llegaba algún mensajero al patio con el caballo agotado y empapado en sudor. El jinete entraba corriendo a palacio. Entonces Es­clarmonde, con el ceño fruncido y cabizbaja, se reunía con los hombres para consultar en voz baja y en ocasiones se levantaba para pasear por la sala. De vez en cuando, el mensajero traía noticias de muerte y entonces alguna mano se alzaba para tocar otra: el contacto del consuelo. A veces la noticia era sobre la marcha de la guerra, de batallas, bajas, operaciones secretas o movimientos de tropas, porque Esclarmonde, aunque era una perfecta, se mante­nía al día. En ocasiones, alguna campesina salía apresura­damente de palacio y desaparecía por el campo con despa­chos memorizados, o algún mensajero era enviado al galope. Pero a los niños no les contaban cuáles eran exac­tamente las noticias.

Los hombres volverán pronto a casa —prosiguió Esclarmonde—. Estarán cansados de luchar y vendrán pensando en reponer sus fortunas, en plantar los cam­pos…

—Y plantar otras semillas —rió Giulietta.

La guerra nos ha consumido. —Esclarmonde clavó en Giulietta una mirada que podría haber derribado a un buey—. Quiero encontrar a alguien especial para mi niña especial, para mi ángel huérfano.

Jeanne sintió que su corazón volaba hacia Esclar­monde, pero todavía se resistió, terca.

Baiona tiene un año más que yo y no está ni pro­metida.

Esclarmonde le tocó la mejilla con los dedos, con tal delicadeza que la niña quiso besarle la mano.

No te preocupes, Jeanne. No haremos nada sin tu consentimiento.

Cuando Esclarmonde se marchó, Giulietta rodeó los hombros de Jeanne con el brazo y la llevó al banco de la ventana donde le enjugó los ojos con un pañuelo de lino blanco. Luego le tendió la labor y tomó un paño ella también.

—Anda, dime, ¿qué pasa? Toma la labor, que yo voy a coser también un poco mientras hablamos. Venga, ¿no somos amigas? ¿Acaso no te conozco desde que llegaste al orfanato en Pamiers? Te tiraste a los brazos de Esclar­monde y no había forma de que la soltaras, ¿te acuerdas? puede que no, porque eras muy pequeña. Las dos perfectae te habían traído de Béziers, donde te encontraron en una pradera.

—Me encontró una campesina —la corrigió Jeanne—. La mujer de los champiñones. Giulietta se echó a reír.

—Vaya, ¿ya me diriges la palabra? Sí, te encontró la campesina en la pradera, justo al pie de la muralla de Béziers, cuando todavía se alzaba el humo de la ciudad quemada y se oían los gritos de los moribundos. Allí es­tabas tú, jugando sola en la hierba, balbuceando con tu vestidito blanco adornado de perlas.

—La mujer me llevó a las dos perfectae que estaban escondidas en el bosque —prosiguió Jeanne. Le encanta­ba la historia de cómo la habían encontrado.

—Y ellas caminaron durante días para traerte al orfa­nato que había fundado Esclarmonde en Pamiers. No ha­bía manera de hacerte hablar. No dijiste ni una palabra, pero te tiraste a sus rodillas y te agarraste a sus faldas. No sé cómo, pero te las apañaste para traspasar con una flecha el corazón de la señora. Ella te sacó del orfanato para criarte en su propia casa como si fueras su hija, su ángel, como siempre te llamaba, porque habías caído del cielo.

Jeanne agachó la cabeza. Era cierto. Esclarmonde —hermana del conde de Foix y por tanto mujer de gran fortuna— había fundado varios orfanatos y un hospital, y además alimentaba a los mendigos; pero a pesar de to­das sus oraciones y sus tareas, había encontrado tiempo para cuidar de ella.

—Dime, ¿por qué estás tan triste? Esto es para cele­brarlo, no para desesperarse. ¡Vaya cara tan larga! ¡Como si fuéramos a mandarte al bosque para que vivieras como una eremita! Lo que te hemos dicho es que es hora de buscarte un hombre. Tendrás un nombre, un castillo, tus propios hijos. Tendrás una posición. ¿Qué tiene eso de malo? ¿Acaso quieres quedarte soltera toda la vida? ¿O tal vez tomar los hábitos?

Jeanne se limpió la nariz con la manga.

—No, no, con el pañuelo. —Giulietta rió— . Por san­ta Ana, ¿para qué te crees que los bordamos?

Jeanne cogió el pañuelo apesadumbrada y sumisa.

—Es que te gusta alguien, ¿verdad? ¡Hay que ver! —exclamó Giulietta con una risa—. Que yo no soy tan mayor y puedo ponerme en tu lugar. Sé muy bien lo que es estar ahí sentada en la ventana, desde donde puedes ver a los jóvenes. Anda, sonríe. Eso es. Venga, toma la aguja, que vamos a hablar de mujeres, de amor y de ma­trimonio, y ya verás como terminamos de bordar las ser­villetas enseguida. Sí, sé muy bien lo que sientes. Todas lo hemos sentido, todas las mujeres.

Giulietta parecía pensativa.

—Mira, cuando tenía catorce años me casé con un noble que entonces tenía treinta.

Giulietta lo consideró entonces más viejo que la luna, pero le dio cuatro hermosos hijos antes de que lo mataran en la batalla. La joven le contó que un hombre de esa edad puede parecer arrugado y ajado a ojos de una niña, pero su esposo le había mostrado toda la gentileza posible y tam­bién le había dado mucho placer antes de morir, porque un hombre de esa edad está experimentado en el amor. Después de su muerte, ella se casó por segunda vez y vol­vió a quedar viuda, y ahora tenía varios amantes, aunque ése no era tema para una jovencita como Jeanne. Lo que sí quería decirle era que la vida de una mujer no terminaba cuando se casaba. ¿Y qué pensaba Jeanne hacer si no se ca­saba? ¿Cómo iba a vivir? ¿Quién le daría hijos? Porque los filósofos habían demostrado que la felicidad de la so­ciedad entera depende de los buenos matrimonios.

Además —añadió—, a pesar de lo que cuentan las cínicas canciones de los trovadores el amor suele coincidir con la unión, Jeanne, no lo olvides. —Y nombro a dos o tres parejas que estaban profundamente enamoradas o que se habían enamorado después de casarse—. Ahora dime, ¿es que te gusta alguien? Porque podemos arreglar un matrimonio a gusto de todos.

Y así, entre susurros y complicidad, Giulietta averi­guó el secreto de Jeanne: que se había fijado en Roger de Foix, cuyo padre era primo de Esclarmonde.

—No dejo de mirarlo —confesó—, pero él ni siquie­ra sabe que existo.


3

Me ha inquietado ver pasar a los inquisidores. Me acurruco junto al río y siento náuseas.

Dicen que la guerra se libró contra la herejía. Yo digo que querían nuestra tierra. Más al norte, cerca de París, no hay guerra. Aquí matan a todos: moros, judíos, herejes cataros. Dicen que somos demonios y que no debe que­dar rastro de nosotros, que hay que quemar nuestros cuerpos, borrar todo recuerdo. Exhuman cadáveres en­terrados hace cincuenta años, esqueletos secos bajo tierra consagrada en terrenos de la catedral. Sacan los huesos y los tiran a las llamas, derriban nuestras casas piedra por piedra. No debe quedar nada. En Moissac quemaron a doscientas diez personas, aunque no sin resistencia. ¿To­davía estaba yo casada entonces? ¿Cuándo expulsaron a los dominicos de Tolosa? Todo es un embrollo en mi mente. Pero el primero, el español Domingo de Guzmán, era un hombre bueno y santo. Todo el mundo lo decía. Pi­dió al papa Inocencio III que lo enviara de misionero a convertir a los tártaros en Rusia, pero el Papa lo mandó a evangelizar a los paganos albigenses aquí en el sur. Él ya había asumido nuestras costumbres cataras: calzaba sandalias, no comía carne, vivía en la pobreza como los sacer­dotes cataros. Predicaba el amor a Cristo como hacían los Cristianos Buenos en la Iglesia del Amor. Tomó los mis­mos votos de bondad y oración constante y de hecho convirtió a un puñado de gente a su orden, y ahora mira los frailes inquisidores, matando Cristianos Buenos porque no quieren alejarse del Camino.

Nos llaman los cataros («los puros»), porque remon­tamos nuestro camino hasta los originales apóstoles de Jesucristo. Somos los hijos de Jesús y seguimos su camino. «Yo soy el camino —nos dijo—. Todo el que quiera entrar en el reino de Dios debe seguir mi camino.» Eso es del apóstol Juan. Nosotros hemos seguido el Camino, transmitido de boca en boca durante más de mil años, herencia directa de Jesucristo nuestro Señor, de quien so­mos hijos.

Los inquisidores llaman a nuestros sacerdotes «here­jes perfectos», haeretici perfecti. Nosotros los llamamos Hombres Buenos o Mujeres Buenas, los Cristianos Bue­nos, los Amigos de Dios. También al norte hay Cristianos Buenos, en París, Orleans, Reims y en la Champaña, per­tenecientes a la Iglesia del Amor. Pero sobre todo están en el sur, desde Aragón hasta Lombardía.

Es curioso que no podamos vivir en paz y tolerancia. Primero el Papa intentó convencer a la gente de que vol­viera a la fe católica, y envió misioneros, pero la Iglesia se había convertido en un hazmerreír, llena de sacerdotes analfabetos y estúpidos, y a menudo borrachos. Algunos mantenían en sus casas a amantes y concubinas. Era una vergüenza y escandalizaba a nuestros castos Amigos de Dios, que enseñaban que somos ángeles caídos que lu­chan por volver a casa. Los Amigos se oponían a la sen­sualidad fuera del matrimonio. Una vez, cuando era una joven casada, fui al pueblo de Peyrepertuse y vi al sacer­dote, Pierre Laclergue, cuando salía de la casa de Na Mengarde, subiéndose las medias por debajo de los fal­dones con la sonrisa de un gato satisfecho. Y no tuve más que ver a Na Mengarde para saber lo bien que el cura lo había hecho. Ésa es la auténtica señal: si el amante toda­vía no ha conseguido su presa, sus ojos seguirán a la mu­jer mientras que ella permanece indiferente, pero si ha logrado su objetivo, es la mujer la que lo sigue con la mi­rada, mientras que él se muestra distante. De modo que así supe lo del cura Pierre Laclergue y Na Mengarde, pe­ro no es nada raro.

En cualquier monasterio de Occitania se ven novias y esposas que viven en las casas de alrededor, o a las putas que se asoman a sus ventanas. Sé de un abad que mantie­ne a su amante en una casa y a su esposa en otra. Y yo no digo nada contra ellos, pero estarían más que dispuestos a quemar a un hereje en defensa de la castidad. ¡Menuda vergüenza!

Como el clérigo Gervais Tilbury. Un día estaba con otros clérigos, paseando con el arzobispo por los jardi­nes de las afueras del pueblo, cuando vieron a una joven en una viña cercana. Gervais dio un codazo a sus herma­nos y apostó a que podía tomarla, y todos le vitorearon a gritos, incluso el arzobispo, como si no hubieran hecho votos a Dios. Gervais atravesó la viña, todo elegante y garboso, para seducir a la pobre campesina. Sí, ya la veo agachando tímida la cabeza (la campesina sabe de qué pie calzan estos curas) y acelerando el paso, con la vista cla­vada en el camino. Él le rodea la cintura con el brazo, ella se queda paralizada. Él se inclina sobre la muchacha y le susurra bonitas palabras (ella rehúsa, se aparta), alaba sus pechos y sus labios, que debería usar para algo más que para hablar (¿acaso no he oído yo esos mismos su­surros?). Le ofrece comida y bebida que jamás ha paladeado si ella se interna con él entre los matorrales, donde él le procurará placeres que sólo conocen los ángeles del cielo. No será pecado, dice, puesto que es un hombre de Dios.

Pero la muchacha era una creyente. Había hecho voto de castidad hasta el matrimonio.

El intentó besarla de todas formas, y metió la mano bajo su vestido, ante lo cual ella le empujó con tal fuerza que el cura cayó al suelo. Luego la joven se alzó las faldas y corrió con toda su alma a su hogar de campesina. Mien­tras tanto el arzobispo y los otros curas se partían de risa, se burlaban de su compañero y exigían el pago de la apuesta.

¡Es un escándalo! —gritó de tal manera que un cuervo se alza del árbol con un graznido y se aleja aletean­do como el mismísimo clérigo. Los pájaros del diablo.

Gervais Tilbury acusó a la joven de ser una hereje por su voto de castidad. La quemaron viva en la hoguera. El pelo en llamas. La ropa en llamas. Los pies, las manos, los ojos, ¡aaaaah!

Ésa es la Iglesia católica que invadió Occitania en 1209. El papa Inocencio III llamó a una cruzada no contra los paganos sarracenos, sino contra los Cristianos Buenos que seguían a Jesucristo, el Hijo de Dios, que no podía morir en la cruz porque era más que humano. El Papa lla­mó a una cruzada contra los que creían en el bautismo no por el agua, sino por el Espíritu Santo, como enseñó Cris­to, los que creían en el poder de la oración, en el renaci­miento, en la ascensión hacia la Luz divina, los que creían en la imposición de manos para sanarnos con el santo Es­píritu de la Luz de Cristo, y los que creían que las mujeres también podían acceder al sacerdocio. Yo creo que nos persiguieron por no pagar el diezmo.

Esclarmonde decía que al final ganaremos, cuan­do Dios quiera, que los otros volverán al Camino; pero yo recuerdo cuando enseñaban incluso a las mujeres (yo entre ellas) a leer y escribir, cuando la Biblia se traducía al lenguaje común, cuando las ciudades libres eran gober­nadas por cónsules elegidos libremente, como ha sido durante ochocientos o mil años, desde la época de los ro­manos, cuando los judíos y los árabes también podían aspirar a cargos públicos. Ahora los judíos llevan un círculo amarillo en el pecho y los herejes liberados llevan una cruz a ambos lados del pecho, y los leprosos lle­van ropa gris y gorros rojos, y los monjes van de marrón o de negro, y yo ya no tengo vestidos de color verde bri­llante o azul.


4

Los recuerdos vienen a ráfagas, como el sol que brilla en un bosque, mientras alrededor yace la negrura ciega del tiempo perdido. Tengo miedo. En la obscuridad me ace­chan los otros recuerdos, pero no pienso mirarlos. Estoy furiosa. Debo refrenar los caballos de mis pensamientos. Me levanto apresurada y echo a andar. Canturreo para ale­jar el miedo. «Sé agradecida, cuenta tus bendiciones —de­cía Esclarmonde—, porque Dios nos ama cuando canta­mos.» Y, de hecho, en cuanto empiezo a cantar me animo. «Serás tan feliz como tú misma decidas», que diría Esclar­monde, de modo que canto al aire alegre de Cristo.

Sí que tengo bendiciones. Tengo un techo bajo el que vivir por el que apenas se filtra el agua. Tengo ropa y co­mida, nunca paso hambre durante mucho tiempo. Y si no lo hubiera perdido todo, incluida mi madre (de he­cho, dos madres) y mis esposos (dos), mi país, mis ami­gos, todo el dinero y las tierras, todo lo material, ¿sería tan rica como soy ahora? ¿Entonces por qué lloro? No puedo dejar de llorar. Me pasaría mil años llorando.

Los otros me envidian. Por eso los niños me tiran piedras, porque les asusta mi felicidad, les confunde. Y las damas del convento rezan por mí, ¡imagina! Como si tuvieran más suerte que yo.

Una mariposa se ha posado en una hoja. Es tan boni­ta, con sus manchas azules y amarillas, que me paro a mi­rarla. Aletea y levanta un aire que refresca la misma tie­rra, una mariposa tan dulce que refresca mis recalentados recuerdos. Y ahora lloro por la belleza. Los Amigos de Dios creen que esta tierra y toda la materia física fue creada por el Maligno, todo el dolor y la maldad se dis­frazan de placer y belleza. También creen que nosotros fuimos ángeles una vez, pero lo hemos olvidado. Enton­ces estoy llorando por amor a Satán, ¿pero cómo puede ser, cuando una tierna mariposa conmueve mi corazón? Dicen las Escrituras que Dios creó el mundo en seis días y descansó el séptimo. ¿Y no se inclinaría el Dios del po­der y el amor sobre la Tierra y todos los animales…? Ex­cepto (¡plaf!), está bien, excepto las moscas negras. A Belcebú le doy las moscas que zumban sobre los cadáve­res ensangrentados de la guerra, ¿o acaso son la forma que tiene Dios de limpiar los cadáveres? Vaya, ahora es­toy confundida de nuevo.

Los Hombres Buenos quieren dejar esta vida de sufri­miento y llegar a la Luz, la Luz de Cristo, pero yo me afe­rró a mi vida con las dos manos, aterrada de morir, a pesar del dolor y las moscas. Por eso todavía no soy perfecta. Porque a mí me parece, mirando atrás, que cada paso me ha llevado inexorablemente a este momento imperfecto, como si mi vida estuviera escrita en el Libro de Dios antes incluso de que yo accediera a nacer; y me da también la impresión que yo no he tenido poder de decisión en lo que ha pasado, como el viento no decide hacia dónde so­plar; yo no escogí amar a Roger, que me condujo a Montségur, ni amar a William, ni encontrar la cueva, o esconder el tesoro, ni mi debilidad… Y entonces gimo y me tapo la cabeza con el chal, porque de ser cierto esto, significaría que Dios quería que perdiera el tesoro de Montségur, aho­ra perdido. ¡Ay, pobre de mí! A menos que fuera el astuto diablo. ¿O fue culpa mía y de mi libre albedrío? ¿Cómo saberlo?

Ahora camino más deprisa, intentando dejar atrás mis pensamientos. Comienza a llover y los goterones son como las lágrimas de Dios, y entre la lluvia y mis pro­pias lágrimas creo que vamos a tener otro diluvio uni­versal.

Me corroe la cuestión ancestral: ¿fue mi voluntad o la de Dios? Siempre me he sentido distinta. Con una razón, por supuesto: me encontraron jugando entre los salta­montes en la pradera en el calor de julio. ¿Qué edad te­nía? Dos o tres años como mucho, con mi vestidito blan­co cosido de perlas diminutas, «el atuendo de la hija de un noble», decían, pero todo manchado de sangre. Una zapatilla de raso rojo en el pie, la otra desaparecida, y no estoy llorando, pobre huérfana, sino cantando cancioncillas infantiles y arrancando tallos de hierba, como si el humo negro de la ciudad no se alzara en el silencioso cie­lo azul del verano. ¿Cómo había llegado la niña hasta allí? Hay quien dijo que era un ángel, otros sostenían que provenía de la semilla del diablo. Pero Esclarmonde, que me llamó su niña ángel, dijo que sólo era una huérfana, salvada cuando la ciudad cayó.

Veinte mil personas exterminadas en Béziers. He oído la historia muchas veces. La matanza duró días: hombres, mujeres, niños. ¿Tenían los soldados los bra­zos cansados de blandir espadas y cuchillos?

—¿Cómo distinguiremos a los herejes de los católi­cos?—preguntó un soldado.

—Matadlos a todos —contestó el obispo Arnaud Amaury, comandante de la cruzada de 1209—. Dios re­conocerá a los suyos.

(En mi furia golpeo la lluvia con una inexistente es­pada.)

Sólo en la catedral asesinaron a dos mil personas que buscaban allí protección. La sangre salpicaba las paredes y goteaba en las sombras para encharcarse en torno a los cuerpos en el suelo de piedra; mientras, en el exterior, en medio de los gritos y chillidos constantes, la sangre corría por los desagües, y los cadáveres, decapitados, apuñala­dos, mutilados, yacían en las calles y callejones y en las habitaciones de las casas saqueadas, mientras los borrachos cruzados routiers, los mercenarios, mataban y violaban. A otros ciudadanos los echaron a latigazos de Béziers, con las manos cortadas, o las narices cercenadas, o los ojos arrancados, y se estrellaban ciegos contra los árboles o tropezaban con las raíces, tendiendo ante ellos los muño­nes. Vagaron por el bosque hasta morir de hambre o hasta que los campesinos los mataron a golpes o con las horcas, por piedad. (Tengo el brazo exhausto de dar manotazos.)

Y entonces comenzaron las hogueras, no se sabe bien cómo, y esta rica ciudad ardió, mientras los caballeros franceses luchaban contra sus propios hombres a golpe de espada, en un esfuerzo por restaurar el orden en aquel infierno de gritos y rugidos. Y cuando se apagaron los fuegos, no quedaba nada.

Luego el silencio.

Cuando todo acabó, los franceses se marcharon más ricos de lo que habían venido. El viento batió sin un ruido las calles desiertas, donde las ratas mordían en silencio los cadáveres asados por las llamas. El único sonido era el zumbido de las moscas negras de Belcebú.

Y encontraron a una niña en un campo, fuera de las murallas, una niña que entonaba canciones infantiles y jugaba con las briznas verdes de la hierba. Llevaba un vestido de seda blanco adornado con perlas. Esclarmonde de Foix la acogió entre sus huérfanas para educarla como cátara. Pero yo no me acuerdo ni de la matanza ni del campo, no recuerdo a la campesina que me encontró ni a las dos perfectae que me llevaron a Pamiers. Yo sólo re­cuerdo un momento iluminado. Viene a mí como un res­plandor, frágil como el agua, de una señora vestida de un blanco deslumbrante. Me sonríe con dulzura, me toma la mano, una dama de luz que me envuelve en resplande­ciente amor. Caminamos entre la hierba, que es más alta que yo.

No tengo miedo y la sigo confiada. Nunca he sabido si fue un sueño, aunque me gustaría verla otra vez. ¿Pero cómo llegó la niña al campo? ¿Y por qué la campesina no descalabró a la niña con una piedra para robarle el vesti­do? Eso es otro milagro.

Tengo las manos viejas y retorcidas, con los nudillos deformados y las uñas partidas. Baiona me cortaba las uñas y me untaba cremas. Nos reíamos y hablábamos y nos peinábamos entre besos… ¡Mi otro corazón! Ah, ahí está mi acogedor establo, y la lluvia arrecia.


5

¡Rabia! ¡Rabia! Bate en mi cuerpo como llamaradas de fuego.

Me he hecho daño en el pie.

Cuidado con lo que pides en las oraciones —decía Esclarmonde —, porque podrías obtenerlo.

Había que entregar todo a Dios.

—Dios sabe lo que te hará feliz —decía—. Déjalo todo en manos de Dios y sus ángeles, y tú esfuérzate sólo por amar como Dios o vivir como Cristo. —Eso no lo he conseguido nunca—. Jeanne, reza para tener el corazón de Cristo.

Está lloviendo. Me tomaría una taza de vino caliente o sidra, algo cálido y denso en mi garganta. Debo de andar cerca de los cuarenta años. Quiero acurrucarme en un le­cho de plumas, quiero que mi madre me cuide. Pero me encojo en la paja de mi cobertizo y me tapo con mi capa. Podría calentar agua para beber. Sí, estaría bien, sobre todo si tuviera un poco de miel. Oigo al lado al burro que se mueve en su establo y el balido de las tres ovejas carine­gras; hay un denso olor animal.

Mi cobertizo mide un metro de anchura y apenas tengo sitio para estirarme. Bajo mi pie dolorido, escondi­do debajo de un tablón, está mi tesoro, el regalo de Poitevin. Si lo saco, si quito la lona engrasada que lo envuel­ve, puedo acariciar la incrustación de plata en la cubierta de cuero negro y duro. Se cierra con broches de plata. Tengo los ojos demasiado débiles para leer la hermo­sa caligrafía, y podrían quemarme por poseer los Evan­gelios en lengua común y no en latín. Los cuatro evange­lios, cada capitular en oro, rojo y lapislázuli. No me atre­vo a sacarlo de su escondrijo, pero apoyaré el tobillo sobre él. Tal vez me sane el pie.

—¡Eh, mendiga!

Alzo la vista. Es el criado de la señora, que hace tam­bién de mozo de cuadra. Está en los establos, bajo el ale­ro que chorrea agua, con una bandeja cubierta con una servilleta. La lluvia cae del tejado de paja hasta su cuello, y está empapado. Me echo a reír, está tan…

—¿De qué te ríes, bruja? —Entra en mi guarida, don­de apenas hay sitio para moverse—. Aparta. —Me em­puja con un pie.

—¿Qué quieres? —pregunto, pero me aparto para que no me pise el pie herido.

No pienso levantarme por alguien como él. El jardi­nero y mozo de cuadra va vestido con una chaqueta de terciopelo y pantalones. Todo de negro. Tal vez quiere pasar por el escudero del castillo. Sí, es todo un caballe­ro. Le gustan los muchachos. Le he visto rondar en la obscuridad o esperar en el puente de piedra, buscando diver­sión. Ahora echa atrás su fino pelo rizado, que no se mueve tan fácilmente puesto que está chorreando.

—¿A qué has venido? —pregunto.

—No por decisión propia —gruñe él—. Aparta, ¡mal­dita sea!, bruja. Me estoy mojando.

—Pues no te expongas a la furia de los elementos. —Me río— Y ellos no se volverán contra ti.

—La señora te manda esto —me dice, tendiendo la bandeja con una mirada torva. Luego, con la mano libre se santigua contra mi brujería y hace la señal del diablo contra el Maligno.

—Qué es? —pregunto levantando la servilleta de lino blanco.

¡Para que digan que los ángeles no cuidan de mí! La mujer me envía una jarra de agua caliente y una taza de vino, y si mezclo las dos cosas me puede durar el vino toda la tarde. ¡Las bendiciones caen sobre mí!

—Pero ¿porqué?

Miro al joven, dispuesta a apreciarle por haberme traído algo bueno. Pero él me contempla ceñudo con los labios fruncidos.

—Está celebrando el regreso de su hijo pequeño.

—¿Su hijo?

—Tiene cinco años. Estaba visitando a su hermana y ahora que ha vuelto a casa la señora dice que todos tienen que beber vino, hasta la mendiga indigente del cobertizo.

—¿Yo?

¿Yo indigente?

—Ya le he dicho que eres una bruja y que habría que lapidarte o quemarte, por hereje.

—Cuida tu lengua. —Nos miramos rabiosos, luego bajo la vista—. Dile que trabajaré para ella si me da lana para tejer y me presta un huso. No soy una mendiga. Sé coser y puedo hacerle remiendos. Trabajaré para ganar­me el alojamiento y la comida.

El se da la vuelta. Sé que no transmitirá mi mensaje, y lo siento.

—Dale las gracias de mi parte. —Sirvo vino en mi cuenco y lo mezclo con un poco de agua. Le devuelvo la servilleta y la jarra. No quiero que me vea beber y arrui­ne el placer—. Dile que rezaré a nuestro Señor Jesucristo por ella, por su esposo y por su hijo. Dile que esta bon­dad será recordada en el cielo.

—Te echará a patadas.

Acerca la cara y yo tapo el vino con una mano. No quiero que me eche dentro saliva. No quiero que lo tire de una patada. Pero él toma la bandeja y la jarra, dejándome el agua caliente, y sale a la lluvia corriendo. Pobre mucha­cho. Intenta evitar que el terciopelo negro se le moje y se le llene de barro. Es triste que tenga que venir a servirme, y de pronto me da pena.

La señora es una mujer hermosa, con una sonrisa muy bonita, siempre arreglada, con la toca siempre limpia. «Na Jeanne», me llama con formalidad, como si todavía fuera castellana de las tierras de mi marido. Cualquier otra mujer me habría echado: a los pobres no se los quiere en ninguna parte.

Pero yo no soy pobre, como siempre le digo. Yo cuen­to con más bendiciones que nadie porque tengo refugio, y no cualquier casa, sino un establo. Vivo en el hueco entre el cobertizo y el muro de los establos, ¿y quién podría pe­dir más? ¿Acaso no nació nuestro Señor en un establo y yació en un pesebre? Se me ha concedido la gracia de vivir mis últimos días tal como Él nació.

De modo que bebo, canturreando, el vino y oigo la lluvia caer en el patio y golpear las piedras. Una vez viví en un palacio de Pamiers. Una vez pensé que el amor de un hombre era el tesoro del mundo.


6

¿Fue la voluntad de Dios o la de ella?

Roger era de buena complexión, con sus hombros anchos, sus caderas estrechas y su pelo moreno, que le caía sobre los ojos negros. Ella lo miraba a hurtadillas cuando él servía vino en la mesa apoyando su peso en una cadera. Lo contemplaba durante los ejercicios mili­tares, cuando enseñaban a los jóvenes el código de armas. Y lo más raro, como si el universo burlón la estuviera poniendo a prueba, era que a lo mejor doblaba una es­quina y allí se lo encontraba, con su piel aceitunada, apoyado contra una pared, charlando con sus amigos, o lle­vando una armadura a su señor, de modo que aunque en su mente ella deseaba quedar libre de él, su corazón daba un brinco y las rodillas se le debilitaban. Entonces ba­jaba la vista y pasaba de largo apresurada.

Una vez, Roger salía del campo de entrenamiento en Foix con una pandilla de muchachos, dándose empujo­nes, peleándose, intentando tirarse al suelo unos a otros. Jeanne estaba en la puerta de los establos y al verlos acer­carse se quedó pegada al suelo, incapaz de moverse. La garganta le latía. Pensó que iba a desmayarse, como si él emanara un aroma mágico o una ola de calor, y tuvo que apoyarse con una mano en la pared. Los muchachos ocupaban todo el camino, y al pasar Roger le rodeó la cintura con el brazo.

—Aquí está Jeanne —dijo— . ¿Cómo está mi peque­ña Jeanne?

Ella se quedó de piedra, incapaz de hacer nada, no­tando su aliento en la cara y su mano en la cintura, hasta que por fin se volvió.

—Ni soy pequeña ni soy tuya —le espetó— . Si no… Pero él ya se marchaba riéndose, dejándola sonrojada y, no sabía por qué, avergonzada. Jeanne se alzó las fal­das y salió disparada por el patio, bajo el arco de piedra, caminando por el campo de entrenamiento, a toda velo­cidad, no sabía por qué o adonde. Quería sentir el cuer­po en movimiento, la respiración abrasar sus pulmones. Corrió hasta el río y se tiró en la hierba, y entonces esta­lló en un llanto de rabia, porque se había tirado entre las ortigas y aquello fue la gota que colmó el vaso, aunque no sabía si lloraba por escapar o porque deseaba de nue­vo su brazo en torno a la cintura. Jeanne metió las pier­nas en el río.

Esa noche, y muchas noches después, soñó con su brazo en torno a la cintura, su cuerpo contra ella. Se acu­rrucaba junto a Baiona en la obscuridad: Baiona, la amiga de su infancia, su otro corazón. De niñas comían, juga­ban y dormían juntas. Si se separaban durante unas ho­ras, luego se arrojaban la una en brazos de la otra como si no se hubieran visto en mucho tiempo.

¡Baiona!

—¡Ay, cómo te quiero, Jeanne!

Una rubia, otra morena, se acostaban en su cama compartida y respiraban su mutuo aliento con labios soñolientos, o dormían con las piernas y los brazos entrelazados, o abrazadas a la espalda de la otra.

—Baiona, ¿estás despierta?

—¿Eh?

—Tengo que decirte algo.

—¿Qué?

—No, déjalo.

Baiona se incorporó sobre un codo, escudriñando en las tinieblas la luna blanca del rostro de su amiga.

—Nosotras no tenemos secretos —dijo con solemni­dad—. Lo que me dices a mí es como si te lo dijeras a ti misma, y lo que yo te digo es como decírselo a mi otra mi­tad. Tú y yo somos la misma persona.

—Estoy avergonzada —murmuró Jeanne.

—¿De qué?

—Acércate. —El suave pelo de Baiona le rozaba la mejilla—. Me gusta… Roger.

Silencio. Baiona se apartó.

—¿Baiona?

—No, estaba pensando. ¿Y él qué siente? —preguntó con cautela.

—No lo sé. Estoy muy triste. ¿Tú crees que yo le gusto?

Una pausa, hasta que Baiona contestó impaciente.

—¿Y yo cómo voy a saberlo? A mí no me gusta nada Roger.

—Ah.

Durante un momento Jeanne permaneció como atur­dida. Quiso preguntarle por qué ¿por qué no le gustaba? Pero pensó que saberlo tampoco cambiaría nada. Quizá Baiona estaba celosa, o temerosa de perder a su mejor amiga. Quizás ella no conocía lo suficiente a Roger. Había un montón de razones por las cuales una persona le gustaba o no a otra. Puede que Jeanne prefiriera no sa­berlo.

—Giulietta dice que me tengo que hacer la encontra­diza y ver cómo reacciona.

Baiona se tumbó boca arriba, mirando la obscuridad.

—¿Tú qué piensas?

—Yo no pienso nada. Hazlo.

—¿Qué quieres decir? ;

—Sigue su consejo. A lo mejor está loco por ti. —Baio­na le dio la espalda—. Oye, tengo que dormir.

—Dime que le gusto.

Jeanne, inocente como una paloma, se acurrucó bajo las mantas. Pero Baiona ya dormía. Jeanne se quedó des­pierta, con la cabeza a punto de estallarle por la idea de que Roger podía quererla. En ese momento Jeanne sin­tió que había dejado de ser una niña para convertirse en mujer, un cambio tan sutil que sucedió en el instante en que se volvió hacia el lado derecho, dando la espalda a Baiona. Se quedó tumbada con la espalda contra su me­jor amiga, preguntándose si Baiona lo sabía. Un giro en la cama y se había convertido en una mujer. Una mujer que deseaba a un hombre.

Pero a la luz del día no era tan fácil. Jeanne comparó su propio cuerpo fornido con el suavemente redondeado cuerpo de Baiona. Baiona era tan incapaz de apartar de ella a los muchachos como la flor del manzano es inca­paz de repeler a las abejas. Ella aceptaba gentilmente sus atenciones. Sin embargo, parecía indiferente y prefería pintar o coser.

Jeanne sufría, se enfadaba a menudo, comenzó a mi­rar su aspecto en el único espejo de la habitación de las mujeres. Quería un vestido nuevo. Pidió a Giulietta que la ayudara a reformar una vieja capa y le enseñara a peinarse. No dijo para qué, pero Giulietta lo sabía. De hecho lo sabía todo el palacio, tan deprisa corren los rumores… y tal vez hasta Roger era consciente. Giulietta se burlaba de ella, pero siempre le ofrecía consejo, y Jeanne escuchaba, pensando que cuando tuviera una hija tam­bién le transmitiría tan valiosa información: la sabiduría femenina.

—Antes de entrar en una habitación, alza el mentón y di para ti: «Debo ser la mujer más hermosa de la sala.»

—Sí.

—Cuando veas a Roger, alegra tu corazón y envíale una ola de luz, una ola de amor.

—¿Cómo?

—Ya lo sabrás. Él lo sentirá. No sabrá lo que siente, pero responderá.

—¿Y qué más?

—A veces, pero no muy a menudo, mírale a los ojos.

—¿Y ya está?

—¡Eso ya es mucho! —Giulietta rió— . Y sonríe, ríe­te, ve siempre con una expresión alegre. Nadie quiere es­tar con personas tristes.

Jeanne quería hablar a Baiona de su amor, pero Baio­na bajaba la cabeza hacia su labor y no respondía. Una vez lanzó una risa tensa e impaciente.

—Jeanne, yo no quiero saber nada —le dijo saliendo de la sala.

Jeanne fue tras ella, sorprendida y enfadada. Decidió entonces que Baiona estaba celosa. Baiona no quería pre­tendientes, y nadie intentaba arreglarle un matrimonio. El amor de Jeanne abrió un abismo entre ellas.

—Este enamoramiento pasajero no es verdadero amor —decía Baiona con un gesto desdeñoso.

—¿Tú cómo lo sabes?

—Roger no es digno de ti, Jeanne. Aléjate de él.

¿Porqué?

Pero Baiona se limitaba a encogerse de hombros.

Una noche, mientras servía el vino en la cena, Roger se inclinó sobre Jeanne y presionó el hombro sobre su brazo. Ella alzó la vista. Roger estaba tan cerca que sus labios casi tocaban su boca. El se apartó al instante. A ella el corazón le latía con tal fuerza que creyó que todos lo oirían. Bebió su vino con manos trémulas.

Esa noche, cuando acabaron de cantar y comenzaron a contar historias, Roger se puso a su lado.

¿Alguien quiere dar un paseo? —preguntó des­preocupado, sin dirigirse a nadie. Y luego, como si acaba­ra de darse cuenta de su presencia, se volvió hacia ella—: ¿Quieres salir a pasear? —preguntó sin llamarla por su nombre.

Salieron felices, pensó ella, como dos cachorros, brin­cando bajo el cielo cargado de estrellas. Los arbustos del jardín se recortaban contra la obscuridad. El aire era dul­ce y Roger la rodeó con el brazo y la llevó hacia el labe­rinto. Ella vaciló, se apartó, todavía no era del todo una mujer.

—Ven aquí —susurró él—. Quiero enseñarte una cosa.

¿Qué cosa?

La curiosidad mató al gato.

—La satisfacción lo revivió —rió ella, en susurros pa­ra que nadie la oyera—. Dímelo.

¿Quieres que te satisfaga, Jeanne? —preguntó Ro­ger—. La pequeña Jeanne de Béziers.

—No soy tan pequeña.

Paso a paso, con cautela, la guió hasta el fragante la­berinto, oscuro y secreto. Los setos eran más altos que ellos. Jeanne estaba inquieta, pero también excitada. El olor agrio de los setos se mezclaba con el de Roger. La besó en los labios, Jeanne notó su cuerpo henchirse contra el de ella y se inclinó para encontrarlo. Él la internó entre las sombras. Jeanne no pudo desentrañar su expre­sión bajo la tenue luz de las estrellas.

—No deberíamos estar aquí —murmuró.

Chis. Quiero enseñarte una cosa. Te va a gustar. —Con una mano forcejeaba con su propia ropa, con la otra le tomó la mano.

—Mira.

Le llevó la mano a la entrepierna y ella contuvo el aliento al tocarle. Nunca había tocado a un hombre. La piel era tersa y suave, sumamente delicada. El gimió, guiándole la mano. Jeanne no sabía si quería aquello o no. El miedo la impulsaba a volver a la seguridad de la casa, pero la excitación la mantenía allí. Y Roger. Él le agarró la mano, acariciándose arriba y abajo mientras crecía bajo los dedos de ella. Jeanne sabía del sexo (los niños no eran idiotas), pero apenas podía respirar. Se le ocurrió una pregunta frenética: ¿cómo podía aquello en­cajar dentro de una chica, dentro de ella? Él le besaba el cuello. Le soltó la mano, que ya conocía su tarea, ya sa­bía lo que tenía que hacer. Las manos de Roger recorrie­ron el cuerpo de ella, los costados, los pechos. Jeanne te­nia miedo. Roger apretó la pelvis contra la de ella. A ella le gustaba, y a la vez quería marcharse. Seguro que aque­llo estaba mal. ¿Y si alguien los veía?

—No pares —pidió él.

Y para reforzar sus palabras volvió a guiarle la mano. Gimió de nuevo y le subió la falda con brusquedad. Deslizó la mano por la piel desnuda de sus muslos. Ella qui­so apartarle. Quiso pegarse a él. Deseando que él pronunciara palabras dulces, que dijera que la quería. Desea­ba que le hablara, pero entonces pensó que era muy desagradecida, puesto que las acciones de Roger ya habla­ban de su amor.

No. —Jeanne se apartó, sujetándole la muñeca.

—¿No, qué? —susurró él, sin dejar de explorar con las manos. Era demasiado fuerte para ella—. No me de­jes así. —Y volvió a llevarle la mano a su hombría, entre sus piernas.

Roger, no…

—Jeanne, Jeanne —suspiró él—. Sí, así, así. ¿No te gusta?

Pero ella no pudo responder, porque los labios de él cubrían su boca y su cuerpo embestía contra ella. Sentía en la boca su aliento caliente y se asustó de los rápidos movimientos, los jadeos estrangulados. Roger la estrechó una vez, dos veces… Y de pronto ella sintió la mano moja­da: él se vertía en su mano, en su vestido, en la hierba.

Roger la abrazó temblando y luego se apartó y se limpió con su pañuelo. Miró los ojos obscuros de Jeanne que brillaban a la luz de las estrellas. Le ofreció el pañue­lo para que ella se limpiara las manos, pero el paño estaba mojado, de modo que Jeanne se secó las manos en el ves­tido y en la hierba.

De pronto todo era distinto. Tenía ganas de llorar. Roger se apartó, ajustándose la ropa, y ella se quedó allí en la obscuridad. Abandonada. Se sentía sucia. — ¿Roger? —llamó con un hilo de voz. Él se echó a reír, un sonido oscuro, la abrazó y le dio un beso. Pero fue un beso rápido y frío, cuando lo que ella quería era que la abrazara hasta que remitieran los temblores. Sentía que había pasado algo terrible, aunque no sabía qué ni cómo preguntar sobre ello. Tal vez había visto la creación del diablo y jamás se había sentido tan a aunque debería estar orgullosa. ¿Acaso no la había elegido Roger a ella, la huérfana Jeanne de Béziers, como su amor secreto? Suponía que eso la convertía en su dama, aunque nunca se lo había imaginado así.

—Buena chica —dijo él, acariciándole los pechos con las dos manos.

Ella asintió aturdida.

—Vuelve a casa antes de que te echen de menos —su­surró Roger. Sus dientes blancos centellearon.

De modo que ella volvió obediente, pero más con­fundida que nunca. ¿Por qué, si ella era su dama, la había despedido? Se sentía abandonada. Corrió a su habitación y se desnudó deprisa. El vestido estaba manchado y Jeanne olía en su piel su hombría.

Se lavó y se metió en la cama, y cuando llegó Baiona fingió dormir. A partir de entonces no volvió a mencio­nar a Roger delante de Baiona. ¿Había cometido un pecado? No quería preguntarlo. ¿Les había visto Dios en el Jardín del Edén? ¿Aprobaba el Dios del amor lo que ha­bía hecho?


7

Esta mañana me he despertado con el alegre tañido de las campanas de la iglesia. Ahora estoy tumbada en la paja en mi acogedor nicho, feliz y contenta, bendiciendo el tosco techo de madera cubierto de aromática paja, que protege bastante de la lluvia. Tengo suerte. Al otro lado de la pared oigo al burro en su establo, con sus rebuznos que suenan como fuelles, capaces de despertar al diablo si alguna vez durmiera, mientras las ovejas de cara negra y morro estrecho balan y tropiezan unas con otras con la estupidez propia de su especie.

De modo que comienzo mis oraciones contenta.

Ayer encontré media hogaza de pan. A veces alguien me da una cebolla o un puñado de aceitunas, algunas ver­des. Ahora estoy delgada.

A veces sólo tomo parte de la comida. Espera, dice la voz interior. Yo escucho y espero. El domingo pasa­do la señora me mandó un cuenco de madera lleno de gachas y un poco de lana para coser, porque el mozo de cuadras debió de darle mi mensaje. Yo llevé la comida a una anciana en el piso superior de una casa.

Esto fue lo que ocurrió: Me había comido la mitad de las gachas cuando me vino la iluminación. Suele venir de pronto, sin avisar, nunca sé dónde ni cuándo. A veces aparece como una luz detrás de mis ojos y un brinco del corazón, porque así es como Dios me habla, con alegría. El corazón me da un salto y grita: ¡sí! A veces es sólo la sutil certeza de lo que tengo que hacer, pero he aprendi­do a obedecer. Saqué mi tesoro protegido con la lona verde y lo escondí entre las faldas junto con la madeja de lana, luego tomé mi bastón. Mis pies iban adonde que­rían y yo sobre ellos, siguiéndolos, el cuenco en una mano y el bastón en la otra, y el Buen Libro rozándome las rodillas. Avanzaba a zancadas lo más deprisa que pue­den moverse unas piernas viejas.

Recorrí la calle de los hojalateros. Las casas tienen dos o tres pisos de altura y los pisos superiores cuelgan sobre la calle tan cerca unos de otros que casi se tocan. Las tiendas abren las puertas al ajetreado tráfico de pies, de burros, cabras y cerdos. Dentro, los hojalateros y sus aprendices, sentados con las piernas cruzadas, golpean sus láminas de estaño con sus martillos, dando forma a teteras, ollas y sartenes, dándoles vueltas y vueltas entre sus pies descalzos. Me duelen los oídos de tanto martilleo. Un millón de martillos dando golpes, resonando a un ritmo inexistente. Y por encima del rui­do los hombres se gritan unos a otros o se ríen de algu­na chanza procaz entre los gritos de los vendedores am­bulantes.

¡Leche! ¡Leche exquisita!

¡Manzanas! ¡Fruta! ¡Nueces!

Desde las ventanas del segundo piso, las mujeres ha­blaban a gritos con sus amigas que estaban en la calle. Aquí las calles son tan estrechas y las casas están tan jun­tas que los pisos superiores tapan el cielo.

Una mujer sacudió su alfombra por la ventana formando una nube de polvo, otra lanzó un grito de advercia antes de volcar su orinal. Yo me agaché. Qué rápida, qué astuta.

Caminaba lo más deprisa posible sobre los toscos adoquines, contenta de dejar atrás el estruendo. Luego la calle de los herreros, con el bramido de sus forjas. Aquí los hombres son criaturas enormes, fuertes, peludas, ne­gras de humo y ceniza. Me sonríen con las bocas abier­tas, rojas, desdentadas, y dos de ellos, de pie para beber un sorbo de agua mientras yo pasaba, con las espaldas desnudas relucientes de sudor, hacían comentarios lasci­vos sobre el fuego entre sus piernas y cómo encender a una mujer. Uno me gritó con un gesto impúdico. Pero casi todos se concentraban en sus goznes de hierro y sus armaduras, porque soy demasiado vieja, sucia y pobre para que los hombres me miren.

Esquivé al caballo que me bloqueaba el paso con la pata apoyada en el delantal de cuero del herrero, y aspiré encantada el olor acre de sus cascos recortados junto con el dulce aroma caballuno de pelo y estiércol. Siempre me ha gustado el olor de herradura caliente, de sudor y fuego.

Y así fui recorriendo las sinuosas calles, la de los vele­ros, la de los fabricantes de tinta y las de otros gremios, hasta salir por las puertas de la ciudad a las chozas de ca­ñas y barro pegadas a las murallas.

A las afueras tienen sus calles los curtidores, con sus malolientes y burbujeantes calderos llenos de pieles.

Me tapo la nariz con mis andrajos, conteniendo la respiración. El vapor se alza en el aire sucio. Los muchachos apoyan su peso contra los fuelles para avivar los egos. Ni en el mismísimo infierno podría hacer tanto calor ni oler tan mal como en la calle de los curtidores.

Los desechos e inmundicias hacían resbaladizo el ca­mino, y estuve a punto de caerme.

Aquí salían muchachos de los callejones, arrojándome piedras y bailando a mi alrededor, intentando tirarme a golpes el cuenco de madera que llevaba en la mano. Eran como cucarachas. ¿Cómo sabían que me acercaba?

Los niños no llegaron a tirarme el cuenco, pero yo te­nía miedo, como siempre, y lo sostenía en alto por enci­ma de mi cabeza, o lo protegía con el brazo, y les grité que se fueran, ¿acaso no veían que no era más que una vieja loca? Malditos fueran todos; iban a arder en el in­fierno.

Al llegar a una casa me detuve. No era más que otra es­tructura de madera apoyada contra el edificio vecino, nada indicaba que era mi punto de destino. Sólo que mis ojos y mis pies se detuvieron allí. Paseé de un lado a otro, intentando seguir adelante, o mejor, volver a mi establo, pero mis pies no me obedecían. Me senté en los escalones de madera para descansar y razonar con mis pies.

No querían avanzar ni retroceder, de modo que supe que mi corazón me hacía señas, pero de todas formas esta­ba nerviosa y tenía miedo de lo que podía encontrar allí. Y de pronto tuve una idea. Dentro podría estar Amiel Aicart, o Poitevin o Hugor, y el corazón me dio un brinco.

Subí cojeando los escalones. La puerta de madera os­cilaba colgando de una bisagra rota.

—Abre —susurró mi corazón, y yo la empujé con cautela, asustada por el espantoso crujido de la bisagra oxidada.

Creo que no habría podido entrar de no ser por la es­peranza de encontrar allí a algún Hombre Bueno. Pasé a un oscuro recibidor que olía a polvo y abandono. Pregunté si tenía que quedarme allí, hacer un nuevo hogar. La respuesta vino enseguida: no. Yo me alegré, porque no olía bien. Escuché furtivamente el sonido seco de las habitaciones vacías.

Luego subí despacio al segundo piso, balanceando el bastón y el cuenco en el brazo y agarrada a la barandilla con una mano. Estaba tan oscuro que apenas se veía, y los escalones eran tan altos que tuve que detenerme ja­deando, ¡Dios mío!, sin aliento. Me acordé de aquel día en Montségur, cuando Esclarmonde me perseguía esca­leras arriba, y yo, una muchacha, subía los escalones de tres en tres.

Siempre estaba corriendo, no me lo podían impedir. Diana, diosa de la luna. Cuando estaba casada o partici­paba en las cacerías de ciervos o jabalíes, montaba a caba­llo a horcajadas, como un hombre. Sabía disparar un arco, entrenar halcones. Ahora apenas puedo subir por unas escaleras.

Arriba oí un gemido. Me detuve asustada y temblan­do, escuchando, esperando (¡alabado sea Dios!) que fue­ran ellos. Por fin avancé, tanteando con la mano la pared de madera podrida y lamentando que no hubiera una ventana en aquel estrecho pasillo.

Llegué a otra puerta también rota y la abrí.

¿Quién anda ahí? —pregunté.

Primero percibí el hedor. Tuve que reunir todo mi va­lor para entrar en el dormitorio que apestaba a orina, a heces, a muerte. Bajo la luz de la estrecha ventana distin­guí una silueta en la cama sucia y me acerqué con cautela. Allí no había ningún perfectus, sólo una anciana al borde de la muerte.

Retrocedí sin querer. No sabía qué hacer. Tenía la cara llena de forúnculos y pústulas a medio cicatrizar, y yo ya había visto eso antes. Sabía que el pus le llenaba la en­trepierna y los nódulos de las axilas. La vieja agitaba el aire con las manos patéticamente, con gestos de pajarillo, bus­cando mi mano, agitándose en el colchón de paja lleno de orina y excrementos. Apestaba.

Con… —gimió. Apenas podía hablar—. Con-so… , Ah, yo sabía lo que quería decir y aparté la mano.

—Consola…

…mentum. Yo conocía esa palabra.

Me aparté del camastro y me senté en el suelo con los hombros contra la madera. Un viento frío penetraba por las grietas helándome el cuello y los hombros. Me cerré la capa, pidiendo guía en mis oraciones, porque yo no soy perfecta. Yo misma necesitaba a uno. ¿Acaso no llevaba meses buscando a Amiel y a los demás? ¿Y si me contagia­ba de la peste?

—Oh Señor, amado Cristo… —recé.

Y entonces sentí la Presencia. El corazón me brincó de alegría. Mi Bienamado había vuelto, y dirán que son imaginaciones mías, pero yo sé cuándo viene y cuándo se va, y mi amigo había vuelto. De repente sabía lo que te­nía que hacer. Apoyé la cabeza en las rodillas, rezando desesperada para no hacer lo que me decían. Un peca­do más sobre mi alma. No me gusta este cáliz, apártalo de mí. Me niego.

Al cabo de un rato me levanté, incorporé a la pobre mujer en la cama y le enjugué la cara y las manos con mis harapos sucios, que eran todo lo que tenía, y luego le di despacio las gachas frías, que la buena señora me había dado para que yo se lo llevara. La anciana tomó unos bo­cados.

Me llevé el cuenco y fui hasta la fuente. Era un buen trecho y tardé bastante en volver con el cuenco limpio y lleno de agua. Pero volví a subir las escaleras e incluso encontré en una de las habitaciones un retal de lino no demasiado sucio con que lavarle la cara y las manos.

Intenté hablar con ella.

Pero en general lo que más hice fue esperar sentada contra la pared. Estaba oscuro. Me quedé dormida.

Desperté sobresaltada. La sala estaba llena de clari­dad y ante mí había una figura toda luz, un ángel proba­blemente, llamándome con su mano luminosa. Me son­rió con tanto amor que el calor inundó todo mi ser y yo sólo fui capaz de seguir mirándolo, amándolo. La luz blanca era tan intensa, el éxtasis tan magnífico, que yo no tuve fuerzas ni necesidad de formular mi pregunta con palabras.

Tampoco él me contestó con palabras, sino que llenó mi mente de certeza, de modo que sin preocupación al­guna me acerqué a la cama. Él también vino, rodeándo­nos de luz. Cuando tendí las manos sobre la cabeza de la moribunda sentí el calor que emanaban y no pensé en la peste ni un instante, porque la cama ya no era un ca­mastro de paja sucia, sino que brillaba con su propio ful­gor. Puse las manos en la cabeza de la mujer. La fuerza vital que rodea el cuerpo físico era irregular, frágil, y se habían formado puntos obscuros donde la enfermedad era más fuerte. Pero ella se relajó bajo el hormigueo de mis manos, y cerró los ojos.

No le di el consolamentum como es debido, a pesar de que había estado presente en estas ceremonias y sabía có­mo hacerlo. Primero el perfectus pregunta si el creyen­te acepta libremente y por voluntad propia este don espiritual. Esto es importante, porque la persona que pide el consolamentum debe estar luego dispuesta a observar la abstimentia y a partir de entonces no puede comer carne, huevos, queso ni alimento alguno derivado de la cópula de animales, debe también vivir en castidad y celibato, se­guir todas nuestras reglas cataras y rezar el padrenuestro en todo momento… El consolamentum se realiza con el Buen Libro y los rituales y oraciones legítimos.

Sin embargo, aquella anciana se moría y yo estaba desorientada… No, más bien absorta en la luz que se ver­tía sobre ella desde mis manos. La intención era pura. Pero no me acordaba del orden de los rituales. En mi confusión hasta me olvidé del tesoro envuelto en lona que llevaba bajo las faldas. De modo que me inventé los ritos.

Encontré un bloque de madera en un rincón y lo ben­dije como si fuera un trozo de la madera viva, la misma sustancia en la que murió nuestro Señor. Con ayuda de la Luz, pronuncié sobre él el padrenuestro, lo inundé con la luz de mis manos y la ilusión de mi corazón, hasta que se convirtió en el Libro Santo. En esa madera estaba es­crita toda la historia de nuestro mundo y nuestra crea­ción, impregnada en su memoria.

Cristiana Buena —dije, poniendo la madera contra el Ojo de la Sabiduría en su frente—. Que Dios y todos los presentes y ausentes te perdonen todas las ofensas que hayas cometido a sabiendas o inconscientemente, y que quedes limpia, absuelta y purificada.

¡Vaya! Se me había olvidado que la mujer tenía prime­ro que pedir perdón, y sólo entonces podía recibir la ab­solución. Y debería haber nombrado los errores por los que pedía perdón. Se suponía que tenía que estar despier­ta y consciente, con plena intención de limpiar los pensa­mientos de su corazón por la inspiración del Espíritu San­to para poder amar y glorificar el nombre de Dios. La anciana me aferraba la mano y seguía mascullando su deseo de consolamentum. Entonces me aturullé todavía más. De modo que pronuncié el padrenuestro, dándole así la oración que a mí se me había permitido recibir y que yo sabia después de tantos años, y pensé que a nuestro Se­ñor no le importaría que una mujer profana ofreciera la oración con un bloque de madera en lugar de las Escritu­ras para consolar a la pobre moribunda.

Ésta es la oración que Jesucristo trajo a este mundo —dije—, la oración que enseñó a los Amigos de Dios. A partir de ahora no podrás comer nada sin pronunciarla primero…

Luego repetí el resto de las indicaciones sobre el ce­libato y la pureza del alma, y que debía tener una socia por compañía el resto de su vida y que nunca podría ir a ninguna parte si no iba en pareja; hablé de los votos de pobreza, de la prohibición de tener posesión alguna, de interrumpir nuestra concentración en presencia de Dios, porque donde están nuestros pensamientos, estará nuestro corazón. Le di las cuatro direcciones del Cami­no. A partir de entonces, con esta ceremonia, debe pro­meter:

No mentir jamás.

No quitar la vida a ningún ser vivo, ni siquiera una mosca o un mosquito, que podría haber sido nuestra madre en otra vida.

No tomar nunca lo que no le es dado, es decir, no robar, ni siquiera una idea en el sueño de otra persona.

Renunciar a las prácticas sexuales que no sean co­rrectas (yo he fallado en esto tantas veces, Dios mío, perdóname).

No jurar ni tomar el nombre de Dios en vano, Porque está escrito en el evangelio de san Mateo: «No juréis en modo alguno: ni por el cielo, porque es el tro­no de Dios, ni por la tierra, porque es el escabel de sus pies… Sea vuestro lenguaje: “sí, sí”, “no, no”, que lo que pasa de aquí viene del Maligno.»

Y terminé el ritual con el perdón:

—Recemos a Dios para que te conceda su perdón.

Luego coloqué las manos sobre su cabeza, rezando con todo el amor de mi corazón por la alegría de aquella mujer y el viaje que iba a realizar más allá de las estrellas, para que se viera libre del dolor del cuerpo y se dirigiera hacia la Luz, sin volver de nuevo al sufrimiento de esta vida.

De hecho no podía apartar las manos. Amaba a aquella mujer de forma incomprensible. En aquel momento yo estaba hecha de amor, no tenía un cuerpo físico, sino sólo la sensación de estar en la Luz y en el Camino. Y entonces entendí por primera vez lo que Esclarmonde me había di­cho tantos años antes: que estamos hechos de espíritu, que nuestros cuerpos están llenos de la Luz de Cristo, la paloma. Cuando abrí los ojos vi la luz que emanaba de mis manos y mi piel, los relucientes rayos de esa luz de amor que bañaba a la hermosa anciana que yacía en la cama.

La mujer ya no era espantosa, ya no estaba enferma. Cerré los ojos para verla mejor.

—Gracias —susurró ella, tocándome la mano.

—Estás perdonada —dije yo—. Perdona tú a todos los que te han ofendido consciente o inconscientemente de pensamiento, palabra y obra…

No sé cuánto duró: un minuto, una hora, un arco del sol sobre un campo de heno, pero poco a poco fue cesan­do el canto interior y mi espíritu volvió a mi cuerpo y la Luz apartó de mí parte de su gran poder, dejándome to­davía inflamada, pero de nuevo en mi propio cuerpo trémulo. Entonces aparté las manos de la mujer y advertí que la habitación estaba en tinieblas. Así es como di el consolamentum.

Con la primera luz, cuando las siluetas de la habita­ción se perfilaron grises contra la obscuridad, vi que la mujer había muerto. Tenía la boca abierta, tal vez en un grito o en un canto de alegría.

Le puse las manos sobre el pecho, en señal de ora­ción. Era mucho más pequeña sin el espíritu en su cuer­po, pero yo todavía estaba llena de Luz, del Espíritu San­to y de alegría.

Luego encontré en el bolsillo, junto a mi rodilla, el Li­bro prohibido que debía haber utilizado. Pero era dema­siado tarde. Me enfadé conmigo misma, y con eso sentí la primera disminución de la Luz interior. Me pregunté si el consolamentum había sido puro, si con la intención bas­taba.

Salí de la habitación antes de que nadie me viera. El sol brillaba en las calles mojadas, arrancando destellos a las piedras, que parecían diamantes. Tuve ganas de echar­me a reír. ¡Había llovido! Ni siquiera lo había oído, tan absorta como estaba en la Luz. Corrí por los adoquines mojados hasta la plaza del pueblo, a la fuente. Me sentía débil y se me doblaban las rodillas. Durante todo el tra­yecto hasta casa, mi Juez Interior, el acusador, se alternó con la alegría, aunque durante mucho tiempo no presté atención, todavía absorta en la Luz. ¿Quién creía yo que era (me reprendía) para practicar aquel rito sagrado? ¡Absolver a la mujer de sus pecados! Si yo apenas era cristiana, y mucho menos una Mujer Buena como Esclaramonde, como el obispo Marty, como Guilhabert de Castres. ¿Qué habrían dicho ellos? Pero yo todavía ardía con el Espíritu Santo, brillaba con la Luz.

Sonreí al acordarme de las instrucciones que le había dado a la moribunda sobre las abstinencias: no comer car­ne ni huevos, cuando, al fin y al cabo, la mujer no volvería a comer nada; no mentir ni dar falsos testimonios; no co­meter actos de perversión sexual, lujuria o pasión que pu­dieran perjudicar a otra persona. Entonces me eché a reír bajo el cielo azul y las palomas alzaron el vuelo en un aje­treo de alas blancas, como ángeles. Yo di vueltas y vueltas con ellas, con los brazos en alto, girando de puntillas con su vuelo, hasta que caí de bruces al barro y me levanté avergonzada de que alguien pudiera haberme visto ale­teando con los brazos: la loca Jeanne. De modo que me senté recatadamente junto a la fuente, bajo un plátano con la corteza blanca, tan decolorada como la piel de un lepro­so. Saqué la lana de la señora y me puse a tejer, cantando entre dientes y riéndome en voz alta de vez en cuando de puro placer. Nadie me había contado lo divertido que era ser perfecta. La rodilla no me dolía, de hecho me había ol­vidado de todos mis males. El secreto mejor guardado: envejecer. No se lo contéis a las jovencitas.

El sol está alto en el cielo, y pronto mi Juez me recri­mina cada vez más los pecados de mi alma negra y yo ya no me río: estoy de acuerdo con él. Había tantos… Había poca comida, es verdad, y cada vez que conseguía un pedazo de carne lo comía. «Yo no soy perfecta», me de­fendí, y de todos modos, el mismo obispo Guilhabert dispensó a los perfecti de todas las abstinencias en la comida. Les ordenó que dejaran de ayunar y que comie­ran carne, porque, dijo, necesitarían estar fuertes para sobrevivir. Además, los ayunos prolongados y la adhe­sión a una dieta sagrada dio al enemigo la soga para colgarlos, como el creyente al que quemaron en la hoguera por negarse a matar a una gallina.

—Mata a esa gallina —le ordenaron los inquisidores, plenamente conscientes de que matar va en contra de los principios cataros. Para el caso podrían haberle pregun­tado: ¿eres un perfectus, hereje? y el Cristiano Bueno no habría sido capaz de mentir.

Pero mi Juez Interior era inflexible y me condenó en voz alta y con aullidos de rabia, continuando con otros pecados. Y a menudo olvidaba mis oraciones. De hecho en aquel momento podría estar rezando mientras tejía, en lugar de acobardarme ante mi Juez. En mi alma había tan­tos pecados que lloraba al recordarlos. ¿Acaso no había perdido el tesoro de Montségur, quién sabe dónde? Y ya no queda nadie para darme el consolamentum, ¿y qué pa­sará a mi muerte? Podría vagar sin fin en el gran vacío ne­gro, buscando a mis amigos que para entonces habrían desaparecido envueltos en luz. Y si esto no fuera bastante, la lujuria que me llevó primero a Roger y luego a William (sin contar a otros en el camino), o a traicionar a Baiona, mi mejor amiga. ¿Fue todo obra de Dios? No, sólo mía, todo lo hice yo, pecadora, orgullosa e imperfecta.

Me pasé todo el día en la fuente, hilando, pensando. Me estaba quedando helada. Sólo había comido un peque­ño nabo asado y una cebolla, y estaba tan hambrienta que sentía que tenía un animal arañándome y mordiéndome el vientre. Me dolía. Me arrastré hasta mi agujero junto al establo y me tapé con la capa, contenta de tener mi ajada ropa y los cálidos resoplidos de los animales. Me estremecí viendo el sol ponerse y llegar las tinieblas. Por­que tenía miedo de nuevo.

Al día siguiente mi Iluminación me dijo que permane­ciera alejada de la parte baja de la ciudad, donde había muerto la anciana. Dirigió mis pasos a otra parte de la ciudad y me llevó a una plaza desconocida, donde tenía que esperar. Esperé toda la mañana, hilando. Las mujeres se acercaban a la fuente con las vasijas de barro en la cabeza, por lo general en grupos de dos o tres, charlando amiga­blemente, a veces cantando. Miraban con suspicacia a la vieja que tejía, llenaban las vasijas de agua apresurada­mente y se marchaban, porque no hay que confiar en una mujer sin historia. Los niños echaban hojas al agua, cele­brando sus regatas en el abrevadero, y los muchachos ma­yores armaban jaleo e intentaban emborracharse hasta caer al suelo. De vez en cuando se acercaba algún carrete­ro a dar de beber a sus caballos. En una ocasión un hom­bre salió de los campos con su buey. Las bestias beben de la tina más baja, no de la que utilizamos las personas.

Por la tarde pasó la procesión del funeral, encabezada por un devoto dominico, y el cuerpo que llevaban al des­cubierto era el de la anciana.

Seguí a la procesión, que era bastante penosa: dos bru­tos llevando una litera y la novia de uno de ellos, con el pelo suelto y despeinado como una prostituta, charlando con el hombre y moviéndole el brazo, mientras el monje caminaba delante con desdén, con una mueca de desagra­do en la boca, evidentemente disgustado con sus deberes espirituales. Sus deberes son rezar, convertir, no llevar ca­dáveres a la fosa común. Los seguí hasta el camposanto, y allí el fraile la enterró con todos sus ritos católicos, aun­que no sé dónde andaría cuando la mujer estaba viva.

Volví a mi refugio junto al establo, sintiéndome can­sada y frágil y llorando un poco. Me invadían los recuer­dos, porque era la primera vez que había dado el consolamentum.

Y yo no soy pura.


8

En la semana de la Ascensión oyó hablar de la justa. Estaba programada para el sábado y, aunque no era una competición real, sino sólo para enseñar a los escuderos, se celebraría con toda la pompa, con los estandartes y el desfile ceremonial, porque la guerra había terminado y los franceses se retiraban y era momento de júbilo. Las mujeres y las visitas importantes verían el evento desde unas gradas, y los muchachos recibirían si querían una prenda de sus damas. Algunos eran tan jóvenes, catorce o quince años, que la prenda podía ser de una tía o inclu­so de su madre, pero los mayores se complacerían en proclamar abiertamente sus amores, como hacen los ca­balleros.

Jeanne quería que Roger llevara su pañuelo. Era azul claro y fino como una telaraña, un suspiro de seda, tan delgado que era casi transparente. Estaba orgullosa de Roger y pensaba que vencería a todos sus oponentes. Imaginaba una escena muy romántica cuando le lleva­ra la prenda la noche antes de la justa, diciéndole: «Si us­ted la desea, caballero…», o algo igualmente fino, y en sus sueños Roger clavaría la rodilla en el suelo y aceptaría el pañuelo con las palabras dulces y corteses propias del pretendiente de una dama.

El hombre propone, Dios dispone. Y el hombre pue­de no dar nunca lo que una doncella desea.

Esa noche Jeanne le esperó en el jardín, pero él no acudió.

Incluso en la cena había servido en otra mesa. Ella oyó su risa en otra sala y una vez lo vio bailar con Baiona. El corazón se le incendió de celos, pero cuando ter­minó el baile él miró hacia donde ella estaba, sonrió y le ofreció un fugaz y secreto saludo con la mano. Fue en­tonces cuando Jeanne se apresuró a salir al jardín a espe­rarlo, y se internó en las oscilantes sombras del laberinto a la luz de las estrellas, hasta que las estrellas titilaron y sus lágrimas le aseguraron que Roger no acudiría.

Inventó excusas, se dijo que los jóvenes, como los ca­balleros auténticos, tenían oraciones que rezar y ablucio­nes que realizar antes de la justa, preparativos en los que las mujeres no podían tomar parte. Pero de todas mane­ras se sintió furiosa, herida y celosa. Pensando en Baiona se envolvió el puño en el pañuelo hasta que se rompió la frágil tela, y entonces se enfadó consigo misma. Apretó entre los dedos el pequeño desgarrón, intentando re­componerlo. Pensó en coserlo o en pedir ayuda a Baiona y entonces, recordando a su amiga y las enseñanzas de un alma tierna y clemente, se forzó a entrar y sonreír a Baiona, su otro corazón, que no había hecho nada malo, sólo bailar una pieza con él, tal vez para preguntarle so­bre sus sentimientos hacia Jeanne.

Sin embargo, cuando esa noche se metió en la cama, estaba confusa.

—Menudo suspiro —comentó Baiona—. ¿Qué pasa?

—Nada.

Jeanne lamentó no ser un hombre para luchar en com­bates y justas contra otros caballeros. Deseó ser la mujer por la que Roger realizaría mil hazañas. Tenía celos de su mejor amiga y quería dormir abrazada a ella, como siem­pre. No sabía lo que quería. Quería que Roger la tranqui­lizara.

Esa noche rezó con todo su corazón para que no le pasara nada, para que Dios bendijera su unión.

Al día siguiente se levantó con esperanzas renovadas, como sucede cuando llega la mañana, y exaltada por el fes­tival. Ese día llevaría su nuevo vestido bordado de plata.

¡Venga, Baiona! ¡Levanta!

Para cuando las niñas bajaron a la carrera las escaleras (Jeanne dando saltos mientras se ponía un zapato), el pa­lacio bullía de actividad. Los hombres más veteranos y ex­perimentados andaban dando gritos por el castillo, ayu­dando a los muchachos y maldiciendo ante las armaduras rotas; y los mozos de cuadra preparaban el terreno y los caballos. A pesar de ser tan temprano los campesinos ya habían venido de los campos y los mercaderes montaban puestos para vender cintas y tartas dulces, pasteles de car­ne y de conejo y todos los caprichos y juguetes imagina­bles. En una esquina, un teatro de guiñol; en otra, juegos de bolos y payasos; colores vivos y olores tentadores; mendigos por todas partes; gritos de los espectadores al comenzar las primeras carreras de a pie y a caballo.

Los jóvenes se acuclillaban en la hierba, escuchan­do los consejos de última hora de los caballeros, o se reunían en pequeños grupos, blandiendo las espadas, ajustando una correa o una hebilla, sopesando las lan­zas. Jeanne vio a Roger cerca de los establos, sacando un caballo. Estaba de espaldas y ella aguardó un momento, deseando que se volviera y le lanzara una mirada cómplice. Pero Roger no hacía más que dar golpes nerviosos con el pie en el suelo, toda su atención centrada en el in­minente combate.

—Vamos —susurró Baiona, tirando de Jeanne, y la tomó del brazo mientras subían a las gradas abarrota­das—. Estás guapísima —dijo con suavidad.

Jeanne sintió que su corazón echaba a volar como una paloma. Llevaba un vestido plateado con el cuerpo bordado de rojo y oro, el pelo, negro, indómito, rizado, sujeto en una red plateada. Se sentó con los ojos brillan­tes de emoción. Sabía que estaba guapa.

—Tú también —contestó generosa, dando un apre­tón a su amiga en la mano. No entendía por qué se había enfadado con Baiona la noche anterior—. Te queda muy bien el azul.

El vestido de Baiona era de un azul discreto, las man­gas, acuchilladas, con piezas de un color más oscuro. Era más recatada que Jeanne y se mostraba, como siempre, más callada y más pensativa, pero también estiró el cuello para ver y sonrió y saludó a los amigos.

Para Jeanne la escena era de un esplendor insoporta­ble: el ruido de las voces, las banderas flameando al vien­to, los chasquidos de las armaduras y el fragor de los cas­cos de los caballos. De pronto sonó una trompeta.

—¡Mira!

El desfile comenzaba. Los participantes salieron a ca­ballo al campo, apuntaron con las lanzas al duque y la duquesa y algunos reconocieron a sus mentores o sus da­mas en las gradas. Fue entonces cuando Jeanne pensó que tal vez Roger la apuntaría a ella con la lanza y haría una reverencia, y entonces todavía tendría la oportuni­dad de ofrecerle públicamente el pañuelo que llevaba en torno al cuello.

Como si le leyera el pensamiento, Baiona se volvió hacia ella.

—Me pregunto quién te elegirá de dama.

—Ay, yo ya lo sé. —Jeanne enterró la cara agradecida en el hombro de su amiga—. Tengo tanto miedo…

Baiona la abrazó con fuerza.

—Te quiero, Jeanne, no lo olvides nunca.

Pero Jeanne no contestó. Se irguió en el asiento, por­que los jóvenes guerreros formaban para recibir las últi­mas instrucciones. Primero salieron al campo los caballe­ros más veteranos, hombres experimentados, con cicatrices de batalla, que esa tarde no lucharían pero sí contempla­rían y criticarían a sus escuderos y a los muchachos bajo su tutela. Estaban magníficos con sus resplandecientes armaduras sobre sus enormes caballos. La semana siguien­te se celebraría una justa auténtica que incluiría comba­tes individuales además del combate general. En esa oca­sión un centenar de caballos y caballeros lucharían a la vez en el campo y competirían por costosos premios de arma­duras y caballos y dinero de los perdedores. Esa otra justa superaba en mucho la de aquel día, mil veces más impor­tante, con muchos más colores, más apuestas y también más peligro: cincuenta, sesenta caballeros resultarían heri­dos, incluso muertos, en el combate general y habría lan­zas rotas y caballos lesionados. Ni los Amigos de Dios ni la Iglesia católica aprobaban las justas, y ambos gru­pos habían intentado erradicar aquellas parodias de gue­rra. Pero todo en vano: había demasiado dinero en juego. Hasta los Cristianos Buenos acudían y Jeanne vio a dos perfecti que, con sus modestos atuendos negros, destaca­ban en la colorida multitud. Aguardaban allí para llevarse a los caídos, curar lesiones, recolocar huesos e imponer sus manos sanadoras sobre los hombres heridos o moribundos. A la Iglesia del Amor no le gustaba ninguna gue­rra. Para Jeanne, ninguna gran batalla podría superar aquella pequeña justa de mentira.

Detrás de los caballeros auténticos con sus resplande­cientes armaduras, que daban la vuelta al campo entre aplausos de entusiasmo, montaban los jóvenes en prácti­cas que lucharían esa tarde. Iban vestidos con ropa de cuero y cotas de malla, en la mayoría de los casos perte­necientes a un hermano mayor, un padre o un caballero. Llevaban escudos de madera de una sola pieza, cubiertos con varias capas de cuero negro y duro. Aquí venía uno pintado con la figura de un dragón, y detrás otro con dos leones o un caballo alzado sobre los cuartos traseros, in­signias de poder, valor, rapidez. Otros escudos carecían de diseños y parecían más amenazadores con la desnu­dez del cuero negro. Algunos jóvenes llevaban auténticas lanzas de madera y espadas afiladas.

Las armas eran muy pesadas: hacía falta fuerza para llevar la lanza, el escudo y la espada. Los aspirantes a caba­lleros rodearon el campo despacio, cada uno deteniéndo­se para inclinar la cabeza ante el duque y su mujer, su dama. Tres de ellos llevaban pañuelos en los brazos o en torno al cuello. Roger no. Al pasar frente al lugar donde Jeanne y Baiona se sentaban, bajó la lanza. Jeanne aplau­dió sin disimular su júbilo.

Ojalá hubiera tenido ocasión de darle el pañuelo — exclamó.

Pero Baiona apartó la vista.

¿A ti quién te gusta? —preguntó Jeanne.

La falta de interés que su amiga mostraba hacia Roger no le disgustaba. Baiona podía tener a cualquier hombre que deseara.

—Yo apuesto por… Gilbert de Mirepoix —contestó con una risa traviesa—. Luchará con tu Roger. Ya vere­mos quién gana.

Las chicas hicieron una pequeña apuesta con el dine­ro de sus gastos mientras los hombres colocaban en el centro del campo la barrera de madera que marcaría la pista de los caballos.

Una fanfarria de clarines marcó el inicio de la jus­ta. Los jóvenes recibieron sus números y de dos en dos corrieron por el campo uno hacia el otro con sus lanzas en ristre. Era un espectáculo magnífico: sólo la habilidad que mostraban con los caballos levantó a la multitud con un rugido. Las lanzas oscilaban y se movían con el galo­pe de los animales y a pesar de ello los hombres apunta­ban con tanto tino que alcanzaban el pecho o el escudo de su oponente desmontándolo con un simple movi­miento. Si la punta de la lanza acertaba en la garganta, donde el casco se solapaba con el peto, la herida solía ser mortal. Una vez en el suelo a veces se desarrollaba un combate con espadas, dependiendo de la justa. Sin em­bargo, en aquella ocasión, dedicada a los escuderos que aspiraban a caballeros, no habría peleas mano a mano.

Salían al campo una pareja detrás de otra, chocaban, y uno de ellos acababa descabalgado del caballo. El gana­dor se enfrentaba a otro oponente más tarde, hasta que sólo quedaban dos hombres, los mejores. En este caso uno era Roger y el otro Gilbert de Mirepoix.

Ya había avanzado la tarde y el sol colgaba bajo, enre­dándose en las ramas de los árboles y tiñéndolo todo de un resplandor dorado. Roger cambió de caballo. Eligió uno bayo con las patas blancas, un animal enorme que llevaba el pecho y la cabeza protegidos por una armadu­ra. Jeanne daba brincos en su asiento, con una actitud más propia de una niña que de una mujer, hasta que Giulietta, un poco más abajo, en la fila de las mujeres, se bur­ló abiertamente de ella. Sin embargo, Baiona se mostraba erguida y orgullosa con su precioso vestido azul y su bri­llante pelo castaño.

No me puedo creer que estés tan tranquila —dijo Jeanne.

Es que no me importa quién gane —respondió su amiga.

Los caballos se dirigieron a extremos opuestos del campo, los dos combatientes alzaron las lanzas, apoyán­dolas en el estribo derecho. El heraldo hizo sonar la trompeta y los caballos se colocaron en posición, uno frente a otro. Eran animales experimentados, sabían lo que tenían que hacer. El heraldo tocó de nuevo, y Roger y Gilbert bajaron las lanzas, ajustando el extremo en la muesca de la armadura. Los caballos arquearon el cuello y patearon la tierra. Entonces sonó el tercer toque y los animales salieron al galope con un fragor de cascos y chasquidos de cuero, corriendo el uno hacia el otro tan deprisa que Jeanne se levantó tapándose la boca con las manos. Se oyó un chasquido al romperse la madera con­tra los escudos, los caballos se cruzaron y los dos mucha­chos seguían en sus monturas.

De nuevo se colocaron en posición provistos de lanzas nuevas, mientras los mozos de cuadra inspeccionaban a los caballos buscando heridas y les acariciaban el cuello. De nuevo se oyeron los tres toques de corneta y de nuevo se lanzaron los caballos uno contra otro. Esta vez Roger desmontó limpiamente a Gilbert, aunque perdió un estri­bo y se desequilibró. Se agarró al pomo de la silla con una mano, soltó las riendas y a duras penas logró mantenerse sobre el gigantesco caballo, pero uno de los mozos en el extremo del campo tomó la brida y Roger se enderezó, se quitó el casco y alzó la lanza en señal de victoria. Gilbert salió del campo cojeando pero por su propio pie.

Jeanne se agitaba, exaltada, en su asiento, sin poderse contener.

—¡Es espléndido! —exclamó—. ¡Es magnifico!

Baiona se encogió de hombros.

¿Pero qué te pasa? —Jeanne se volvió enfadada ha­cia ella—. ¿Por qué eres tan mezquina? Ha sido perfecto.

Lo ha hecho muy bien —contestó ella—, si así te quedas más contenta.

¡Sí, así me quedo más contenta!

Pero no había tiempo para discutir. Roger se acercó a la tribuna del duque, donde su esposa colocó con elegan­cia la corona de vencedor en la punta de su lanza. Había ganado también una bolsa de oro, pero eso vendría más tarde.

Entonces, por segunda vez en ese día, entre ensorde­cedores aplausos, Roger dio la vuelta a caballo al períme­tro del campo, esta vez solo, delante de todos, llevando en la punta de la lanza la corona que había ganado. El ca­ballo se movía, inquieto, y agitaba nervioso la negra cola contra el bruñido bronce de su grupa.

Jeanne agachó la cabeza sonrojada y aguardó nervio­sa, porque sabía que le entregaría la corona a ella.

Roger guió al caballo hasta el centro del campo. El gran bayo pateaba y sacudía la cabeza, nervioso a causa de los aplausos. Luego se acercó a las gradas, hacia Jeanne.

Giulietta se volvió hacia ella y sonrió.

—Dale el pañuelo —susurró, y Jeanne se dio cuenta de que, si se daba prisa todavía tendría tiempo de quitar­se el fino pañuelo de gasa y ponérselo en la lanza; un cambio justo por la corona. De modo que comenzó a soltárselo del cuello.

Pero Roger inclinó la lanza ante Baiona con tal peri­cia que nadie pudo pensar que se había equivocado. Jeanne se quedó atónita.

Ya estaba medio levantada y se desplomó en el banco, con la cara roja. Baiona, sentada a su lado, se quedó pe­trificada, también ruborizada. Se negó a tender la mano, pero él se quedó ante ella, controlando con habilidad al caballo, la corona en la punta de la lanza.

¡Tómala! —exclamó un grupo de muchachos.

¡Tómala, Baiona!

Baiona miró a Jeanne, que tenía el rostro descom­puesto.

Por fin tendió la mano hacia la corona, y todas las da­mas aplaudieron ante un acto tan bonito. Baiona sostenía fláccidamente la corona en una mano. Roger le lanzó una alegre sonrisa y haciendo dar media vuelta a su caballo, se marchó.

¡Póntela! —gritaron las muchachas, exaltadas, y una de ellas, entre risas, le colocó la corona de laurel en la cabeza.

Jeanne intentaba, aturdida, asimilar la escena. Por­que Roger, que sólo dos noches antes se la había llevado entre los matorrales para que tocara sus partes más sua­ves y privadas, no la miró ni un instante, sino que man­tuvo fijos sus ojos de negras pestañas en la chica que había coronado. Luego dio media vuelta y se marchó al galope.

A todo el mundo le pareció precioso.

—Jeanne…

¡No me hables! —exclamó ella, haciendo estallar su rabia no contra Roger, sino contra su amiga.

Espera, Jeanne —la urgió Baiona, rogando por que su amiga no le echara la culpa de lo ocurrido.

Según la costumbre Baiona debería llevar la corona toda la tarde, pero tan pronto salió de las gradas se la qui­tó y la tiró al suelo. Jeanne la agarró con brusquedad y se la puso en las manos.

¡Tu corona! —le espetó, y echó a correr hacia el cas­tillo, tan lejos de Baiona y de su vergüenza como pudo.

Corrió por la hierba, corrió bajo el arco amarillo y apoyó su rostro caliente contra las frías piedras del muro, las arañó hasta hacerse daño en los dedos. Luego se dirigió al comedor, aturdida y deshecha. Hablaría cuando tuviera que hacerlo, unas frases corteses aquí y allá, pero no pen­saba dirigirle la palabra a Baiona.

Esa noche, cuando terminaron las festividades, Baio­na entró en el dormitorio. Jeanne estaba sentada en la cama con dosel, con las piernas colgando, esperando. Se quedaron mirándose sin decir nada. Baiona tiró la coro­na al suelo con un desdeñoso movimiento de la muñeca y Jeanne se arrojó sobre ella propinándole golpes, araña­zos, patadas y tirones de pelo. Lucharon en silencio con apagados gruñidos y sólo cuando Jeanne mordió a Baio­na en la oreja, ésta gritó de dolor y varias mujeres irrum­pieron en la sala.

—Apartadlas.

¡Basta ya!

¡Quietas!

¡Niña del demonio!

Jeanne recibió una bofetada en la cara que la mandó despedida hacia atrás. Alzó la vista aturdida y vio que había sido Giulietta. Esta segunda traición la hirió tan profundamente que apenas oyó las voces y los gritos de indignación.

¡Cómo te atreves!

¿Pero qué te crees que estás haciendo?

Es de la semilla del diablo.

Jeanne se levantó, intentando contener sus lágrimas de confusión, rabia, dolor y odio.

Al día siguiente Esclarmonde entró en la habitación donde Jeanne yacía en la cama sin hacer nada, mirando al techo con ojos duros, despeinada, desaliñada. Esclar­monde se detuvo en el umbral, con su huso bajo el brazo. En las manos llevaba un fardo de tela azul.

Levántate —dijo con dureza. Jeanne obedeció—. Las lavanderas han encontrado esta mañana en el río el vestido de Baiona, el que llevaba en la justa —dijo, tirándolo a los pies de Jeanne. La niña apartó la vista—. Por lo visto una mujer fue río abajo para aliviarse y vio un retal de tela azul en el agua. Tuvo que meterse hasta las rodi­llas para sacarlo a tirones, porque estaba debajo de una piedra, desgarrado y desteñido.

Jeanne no dijo nada. Tenía en los ojos una expresión fría y dolida, el rostro ceñudo.

¿Qué sabes de esto, Jeanne?

—Nada.

—No me mientas. —La mujer le pellizcó el brazo con los fuertes dedos, llenándole los ojos de lágrimas— . Fuiste tú, ¿no es así? Baiona se ha echado a llorar al ver cómo estaba su vestido favorito. Jeanne, ¿por qué lo hi­ciste?

¿Por qué me lo preguntas? —contestó Jeanne casi gritando—. ¿Qué tengo que ver yo con Baiona? No so­mos amigas.

Eres tonta —dijo Esclarmonde—. ¿Tan celosa estas? Eres una niña horrible y rencorosa. Ninguna persona sensata deja que la rabia le nuble los sentidos. ¿Es que no te he enseñado nada? Baiona es tu amiga y te quiere.

—Me quiere —repitió Jeanne con voz gélida.

—Tú no sabes nada del amor. —La reprendió Esclar­monde, mirándola a los ojos—. He fracasado. No espe­raba que amaras todavía a tus enemigos, ¿pero que no quieras a tu amiga?

—Mi amiga —dijo Jeanne en un susurro.

Esclarmonde se quedó mirándola con los labios frun­cidos.

¿Qué vamos a hacer contigo? ¿De verdad te guía el diablo, como dice la gente? ¿De verdad estás poseída?

Esclarmonde se sentó en una de las sillas talladas con los brazos y las patas curvos y miró impasible a Jeanne. Se quedó un rato en silencio, sumida en sus oraciones. De pronto tomó su decisión.

—Ven conmigo. Te marchas.

¿Qué quieres decir? —preguntó Jeanne con cre­ciente pánico.

—Tal vez sea verdad que te ha poseído un demonio. Ahora estarás al cuidado de alguien más preparado que yo. El obispo Guilhabert de Castres te librará de ese diablo.

Jeanne se quedó mirando por la ventana con el men­tón trémulo. ¿De verdad era una hija del diablo? No quería serlo. Quería ser amada y digna de amor.

—Es el mejor de los Cristianos Buenos. Vive en Montségur. Recoge tu ropa, salimos dentro de una hora, pero deja tu vestido plateado para Baiona. Ponlo sobre la cama, que ya me encargaré yo de que lo reciba. No vas a necesi­tar ropa de fiesta allí adonde vamos. Y ahora date prisa, te­nemos un largo camino que recorrer.

—¿Y ya está? —preguntó Jeanne estupefacta. Baiona y ella sólo habían tenido una pelea, nada más.

—Ya está.

—¿Cuánto tiempo estaré fuera?

—Hasta que aprendas la lección. Ahora, prepara tu equipaje. Nos marchamos antes de mediodía.

Jeanne se volvió furiosa hacia ella.

—¿Por qué me tengo que ir yo? ¿Por qué no Baiona? ¿Yo qué he hecho?

Esclarmonde se irguió cuan alta era e hizo callar a Jeanne con una sola mirada. Sus labios apretados forma­ban pequeñas arrugas de desaprobación en torno a su boca.

—De ahora en adelante tu vestido plateado pertene­cerá a Baiona. No tengo nada más que decir.

En menos de media hora Jeanne había empaquetado sus pertenencias y descendió con aire triste al patio. Allí se habían reunido unos cuantos hombres preparando alfor­jas de provisiones y armas. Esclarmonde y su socia Ealaine contaban los suministros. Jeanne las miró desafiante.

—¿Vamos a ir andando?

Ay, Jeanne. —Esclarmonde la miró como si le hu­biera dado una bofetada—. No te he enseñado nada, nada. —De sus ancianos ojos brotaban lágrimas. Eran los ojos de una tortuga, como caparazones arrugados—. Después de tantos años todavía me pides que cargue a un animal con mi peso.

Jeanne sintió una punzada de remordimiento. ¿Por qué tenía que decir esas cosas?

—Puedes andar igual que el resto de nosotros, con los pies que Dios te ha dado —replicó Ealaine tensa—. Eres lo suficientemente fuerte para llegar andando a cualquier sitio.

—Me he traído el huso. —Jeanne lo alzó, como que­riendo disculparse, pero las mujeres estaban de nuevo concentradas en sus cestas.

¡Jeanne! ¡Espera! —Era Baiona, que cruzaba el pa­tio a toda prisa.

—¿Qué? —preguntó secamente Jeanne, incapaz de disculparse.

—No me mires así, Jeanne —le rogó—. Yo no que­ría que ocurriera esto. Ni siquiera quería la corona. Háblame.

—No puedo. No puedo hablar contigo.

—No te vayas así. —Baiona avanzó un paso—. No quiero tu vestido. —Se apartó de la cara los mechones de fino pelo rubio que el viento alborotaba—. Jeanne…

—Déjala —interrumpió Esclarmonde, dirigiéndose a Baiona—. Algún día entenderá lo que ha hecho. No tie­ne nada que ver contigo. Ahora vuelve al castillo. ¿Esta­mos listos? —preguntó, volviéndose hacia los dos hom­bres.

A pesar de su avanzada edad, Ealaine y Esclarmonde mantenían un buen paso, caminando una junto a otra mientras murmuraban sus oraciones. Jeanne iba detrás. Al cabo de una hora se acercó a ellas.

—¿Esclarmonde?

—Calla —replicó la mujer con firmeza—. Éste es momento de que guardes silencio y reces.

Percibiendo el disgusto de la mujer, Jeanne lo intentó de nuevo.

—¿Cuánto falta para Montségur?

—Ya hablaremos cuando lleguemos a Lavelanet. Has­ta entonces calla y escucha los consejos de tu corazón.

Jeanne se mantuvo un poco atrás, irritada. A Esclar­monde le encantaba citar el libro de Isaías: Guardad silencio y sabed que soy Dios. Pero la mujer solía cambiar el pasaje para reforzar su constante y aburrida afirmación de que a Dios se le encontraba en el silencio, en la quietud y en la oración. Las niñas habían oído una y mil veces (a Jeanne le daban ganas de gritar) que Dios se encuentra en el interior, en sus propias meditaciones, y que lo que el corazón les dijera, eso era la voz de Dios.

Pero a Jeanne su corazón le decía que la habían traicio­nado. Sentía lástima de sí misma. Se preguntó si la rabia, el dolor y la venganza formaban también parte del discurso de Dios.


9

Hoy ha salido la señora de la casa. Va tocada con un griñón blanco. Es todavía joven, todavía en la flor de la vida, y tiene dos hermosos hijos, un niño y una niña más pequeña, que juegan en torno a sus faldas. Esta mañana me vio en mi escondrijo junto a los establos, se dirigió hacia mí, luego cambió de opinión y volvió a la casa.

Desde que estoy aquí ya han tañido dos veces las campanas del domingo. Me pregunto si me va a echar. Entonces, justo cuando ya tengo mis cosas, mi bolso, mi bastón, mi pañuelo, dispuesta a marcharme a recolectar mis hierbas y ver adonde quiere Dios llevarme hoy, ella regresa.

—Buenos días, señora.

Me sobresalto. Miro a un lado y otro de la calle para ver con quién habla, pero la mujer atraviesa el patio en mi dirección, con las faldas recogidas, sorteando el barro con sus pies delicados, y riéndose con buen humor.

—Estoy hablando con vos, Na Jeanne. —Sus ojos se posan como insectos en mi ropa y mi cara. Tengo las uñas sucias de barro. Antes, cuando era una dama nunca las llevaba sucias.

Tiene los ojos obscuros, la cara ancha, un buen cuerpo regordete y dos colinas redondas por pechos, medio ocul­tas bajo los encajes; una paloma rolliza y bonita de la que su marido estaría orgulloso. Entonces creo que lleva una escudilla y la boca se me hace agua, pero me siento inquie­ta, no sé muy bien por qué. Quiero salir corriendo.

Cuando veo al taimado criado asomarse al umbral de la puerta, averiguo la causa de mi ansiedad.

Hago una reverencia. Ya no soy noble, sino una po­bre mendiga, una oveja errante, y asumo mi lugar, tal como me enseñaron. Y de todas formas, ¿quién soy yo para darme ínfulas?

Os he traído una sopa caliente —me dice—. Comed. Me tiende el cuenco y la cuchara, y el denso aroma me llega a la nariz y mi estómago se expande y se agita de deleite.

Es una sopa de judías muy buena —me dice, mien­tras yo la miro sorprendida, maravillada—. Un caldo es­peso de carne.

Me recojo en oración, un silencioso «gracias, Dios» y tomo el cuenco que me ofrecen.

Señora, Dios verá lo caritativa que sois y os bende­cirá. —Mi voz es quejumbrosa, como si hubiera nacido mendiga, aunque ahora que lo pienso, he tenido tiempo para aprender. Al final todos somos mendigos, mendigos de Dios y el destino.

La mujer se ha metido en mi refugio, fuera del barro del establo, aunque, a pesar de no ser alta, ha tenido que inclinar la cabeza para evitar la viga.

Echa un vistazo alrededor con las manos entrelazadas sobre el vientre. Creo que está de nuevo encinta, dobla los dedos sobre el niño secreto que se oculta en ella. Pa­sea la vista por mi cobijo, advirtiendo la paja limpia de mi lecho y las piedras que he reunido para hacer fuego. Me pongo nerviosa de tanto que me mira, dejo el cuenco y me dedico a rebuscar en mi bolsa, deseando que se marche. De pronto ya no me parece tan bonita ni tan cordial.

No os preocupéis, que tengo cuidado con el fuego, no hay peligro. —Oigo brotar las palabras de mis labios demasiado deprisa—. Pongo las piedras fuera, como po­déis ver, en el patio, por si vuelan chispas. Y lo vigilo de cerca. No quiero molestar.

—No, no —se apresura a contestar—. Si no moles­táis. Tomad, comed.

Alza el cuenco con la sopa que yo aún no he tocado y me lo ofrece por segunda vez.

Comed.

Pruebo una cucharada. La sopa es buena y mi estó­mago se retuerce agradecido. Mi hambre es un monstruo que dormía en su cueva y acaba de despertar con un hue­so. De modo que pronuncio otra oración muda a mi Se­ñor, para transformar la carne que como en el alimento vivo de Dios, apropiado a sus ojos. Mi Señor puede ha­cer eso, purificar lo impuro, como Cristo convirtió el agua en vino, y yo desearía que hiciera lo mismo conmi­go, perdonar mis faltas, convertirme en un recipiente de amor puro. Tomo la sopa despacio.

La señora permanece cerca de mí. Observo claramen­te que algo le ronda la cabeza.

—Está buena —digo refiriéndome a la sopa.

¿De dónde sois, Na Jeanne? —me pregunta con descaro, sonriendo—. No sois de por aquí.

—No, no —contesto sin comprometerme, aunque co­mienzo a sentir la confusión en mi cerebro. Un fuerte cántico, una nube. Los inquisidores también querían saber eso. Monseñor Anselmo y su compañero. «¿De dón­de eres?», preguntaban. Dos dominicos con su aterrador atuendo blanco y negro. Panteras disfrazadas. Y yo, fingiendo ser muda, sin saber si prefería que me detuvieran y me quemaran en la hoguera para terminar de una vez, o si quería escapar. Alejándome poco a poco de ellos. «¿De dónde eres?», preguntaban, tal como ella hacía ahora, esta bonita matrona con su sopa caliente. Y más tarde el inte­rrogatorio acerca de mis voces y de dónde había estado.

—Dices que has visto a Dios —me desafiaron los inquisidores—. ¿Cómo sabes que no son imaginaciones tuyas?

—Son imaginaciones mías —contesté.

A monseñor Anselmo se le nubló el semblante.

—¿En qué quedamos? —bramó—. ¿Es Dios o tu imaginación?

Yo estaba tan asustada… Intenté explicarme:

—Es una de las maneras en que Dios me habla —su­surré, deseando ser más valiente, deseando no tener mie­do. Hice una reverencia y miré por encima de mi hom­bro buscando ayuda.

En mi imaginación, en mi dolor, en mis deseos, en mi miedo… Y lo más raro es que se me olvidó lo más impor­tante: en mi alegría. Quise gritar: ¡En mis cantos! En mi felicidad Dios acude.

Me dejaron marchar, no sé por qué. Me dejaron libre para vagabundear de nuevo.

—¿De dónde, entonces? —La señora Flavia me de­vuelve bruscamente al presente—. ¿No tenéis familia?

—Tuve familia una vez —contesto—. Pero no, ahora están todos muertos, dispersos.

—Ha muerto tanta gente en las guerras… —añade ella, incitándome a hacer confidencias.

—Que sus almas descansen en paz. —Sé las respues­tas que tengo que dar.

—¿Sois del Languedoc? No localizo vuestro acento. Habláis como una aristócrata.

Noto un escalofrío. Estar sola, sin familia, sin la pro­tección de casa o amigos es peligroso. Pero hablar como la aristocracia es estar marcada. El criado todavía espía detrás de la puerta. Yo ya casi he terminado la sopa y me levanto tensa.

—No soy aristócrata, señora Flavia. Soy la mendiga más humilde de esta tierra. Siento ser una molestia —pro­sigo apresurada, irritada por el tono quejumbroso que no puedo eliminar de mi voz—. No quiero ser una carga. Esta noche me marcharé. Ya he tejido vuestra lana, señora Flavia. Ahí la tenéis.

—No, no —contesta ella enseguida, pero toma la ma­deja y mira mi trabajo con interés. No encontrará un solo fallo—. No quería decir eso. Es sólo curiosidad, ya sabéis cómo somos las mujeres. Sois tan limpia y ordenada, y ha­bláis tan bien. Se nota que no siempre habéis estado en es­tas condiciones. Camináis erguida, tenéis dignidad, se ve sólo en la manera en que os alisáis el vestido con los dedos. La vuestra es una extraña belleza salvaje, y me preguntaba quién sois, eso es todo. Además… —Se interrumpe—. La gente os ha visto recoger hierbas en las praderas.

—¿Qué queréis de mí?

—Que me digáis de dónde sois.

—Nací en Béziers —contesto. Decir esto no es muy arriesgado.

—Dicen que estabais en Montségur.

—¿Quién lo dice?

—Un mercader, en la feria de la semana pasada, le dijo a Na Rixende que os había visto allí.

—Mucha gente ha estado en Montségur, y algunos dicen que han estado aunque no sea verdad. Ahora está destrozado, lo han derruido piedra a piedra y han dispersado los cimientos. No queda nada de Montségur, hervi­dero de herejes. —Me apresuro a santiguarme y le de­vuelvo el cuenco con una reverencia—. Aquí tenéis, muchas gracias señora.

Dicen que tenéis poderes de curandera.

Su vista se pasea de nuevo por el refugio. Alza las co­misuras de la boca en un esbozo de sonrisa y me toca el brazo con gesto íntimo.

—Na Jeanne —dice, dándome de nuevo un título de cortesía. Agacha la cabeza y susurra—: Decidme quién sois. Desde que vinisteis… pasan cosas muy raras… Mirad cómo crece el jardín, las malvarrosas mucho más al­tas que las del vecino, y las hierbas en torno a la casa… todo está creciendo verde y frondoso. Dicen que tenéis magia. Mirad al burro, está tan viejo que se le ven todos los huesos del lomo como si fueran púas, pero el mozo de cuadra dice que ya no cojea como antes. Hace una se­mana el animal no podía ni dar un paso, y ahora está en­gordando, tiene la cabeza alta, las rodillas no le duelen tanto…

No digo nada. Ella me mira. El silencio se prolonga.

Ayer mi hijo pequeño, el que acaba de volver… —Me mira mientras habla, pero yo estoy cada vez más concentrada en rebuscar en mi bolsa—. Guiscard tiene cinco años. Ayer se cayó mientras jugaba con los niños mayores. —Me palpita el corazón. Sé lo que va a decir—. Le sangraba la cabeza y se hizo una herida en la mano izquierda. Estaba llorando. Dice que os acercasteis a él en la carretera.

¡No sé de qué me habláis! —exclamo furiosa—.

No conozco a ningún niño. No tengo nada que ver con los niños. No me gustan los niños.

Los otros chicos salieron corriendo. Os tenían miedo. Guiscard dice que vos lo levantasteis.

¡Mentiras! ¡Mentiras! Yo soy una vieja, nada más. ¡Ahora me venís a levantar calumnias!

Dice que le pusisteis la mano en la frente y la heri­da dejó de sangrar —susurra ella con vehemencia—. Dice que le acariciasteis la mano, así. —Deja el cuenco y frota la palma de una mano contra la otra.

—No sé de qué me habláis.

—Dice que vio cómo la piel sanaba, y cuando bajó de vuestro regazo no tenía ni un rasguño.

—No os fiéis de los niños. Es bien sabido que son unos mentirosos.

¿Adonde vais? —Me agarra el brazo.

Echo a andar por el patio lleno de barro y ella me si­gue.

—Na Jeanne. —Me detengo. Ella me mira, con los brazos a los costados y tal expresión de desamparo que me da pena. Tal vez me equivoco.

—¿Sí?

—Por favor —susurra—, quiero agradeceros lo que hicisteis por Guiscard. Jeanne, ¿sois una Amiga de Dios?

—Ya no quedan herejes, todo el mundo lo sabe. Aho­ra marchaos, tengo que hacer mis rondas. —Me doy la vuelta de nuevo.

¿Queréis venir a cenar esta noche? A mi esposo y a mí nos gustaría que vinierais.

Me detengo perpleja, escuchando, intentando saber de dónde sopla el viento. Cierro los ojos para oír mejor, pero no siento la brisa. Cuando abro los ojos ella me mira. Abro mi espíritu para intentar captar su aura.

—Es una invitación auténtica. —Ella nota mi vacila­ción—. Marchad a vuestras rondas, a lo que quiera que hagáis durante el día, pero esta noche venid a cenar con nosotros. Somos buena gente —añade—. Nos acorda­mos de los viejos tiempos.

Yo no contesto. Sigo andando hasta llegar al camino, pero ella me sigue.

—El mozo de cuadra os vio el otro día. —Ah, ya es­tamos, el traidor. Él es quien me entregará. Ahora esta­mos hablando en la calle—. Dice que estabais sentada, más quieta que un árbol.

Estaría dormida—contesto enfadada.

Dice que os tocó el brazo y no os movisteis.

El sueño de una vieja.

—No, cuando una vieja duerme se le abre la boca y se le cae la cabeza a un lado. O tal vez se tumba en el suelo. Pero vos estabais sentada muy erguida. Habíais aban­donado vuestro cuerpo —insiste—. Y sanasteis a mi pe­queño.

No sé de qué me habláis —grito, apartándome—. Dejadme en paz. Debo ir a la letrina. Disculpad.

Ella frunce el entrecejo, pero por fin entiende y se marcha haciendo un gesto de irritación con la cabeza. Cree que no me he dado cuenta de su enfado, pero pocas cosas se me escapan ahora. Cuando la mujer atraviesa con cuidado el patio del establo en dirección a la casa, yo regreso a mi refugio, echo un vistazo alrededor y levanto deprisa el tablón para buscar mi tesoro en el agujero fo­rrado de paja. Me lo meto en los bolsillos interiores de mis faldas, todavía envuelto en su lona verde, tomo mi bastón y el hatillo con mi propio cuenco de madera y la cuchara y echo a andar.

A medio camino del patio regreso y apuro de un trago el resto de la sopa que me había traído la señora, pero dejo el cuenco. No quiero que me acusen de ladrona. Es­toy ansiosa, no sé adonde voy, pero mis pies me llevan en alguna dirección. Conozco esta sensación. Significa que algo está a punto de pasar o que pronto conoceré a alguien. También sé hacia dónde dirigirme, porque cual­quier paso en la dirección equivocada me hace sentir inquieta, y cualquier paso en la dirección correcta me lle­na de una especie de ligereza, sin embargo, no tengo ni idea de adonde voy o para qué. Es como si me guiaran, como si me guiara el dedo metálico que me enseñó una vez un mercader árabe, la aguja mágica que siempre se­ñala al norte, o quizá la estrella de Oriente.

Salgo del pueblo deprisa, paso de largo los herreros, los tejedores, los escribas, salgo por las puertas en direc­ción a los campos, pero un gemido escapa de mi garganta al recordar otros tiempos, cuando venían a por mí, y ahora los fuegos arden de nuevo en mi cabeza.


10

No aminoro el paso hasta llegar al camino, al otro lado de la colina. Voy tan deprisa como pueden avanzar unas piernas asustadas por la carretera de piedra entre los setos. ¿Qué quería la señora de mí? Sí, había curado al niño. No pude evitarlo, no puedo evitar esa fuerza que fluye a tra­vés de mis manos, como no puedo evitar que brille el sol. Es sólo amor, el contacto del amor, y el amor no tiene nada malo.

Pero eso no es ninguna protección ahora. «Cualquier persona tiene derecho a cazar herejes en tierras ajenas, y puede obligar a los alguaciles del propietario a que le ayuden también en la caza…» Me sé los decretos de me­moria.

«Si se encuentra algún hereje en tu tierra, tu propie­dad quedará confiscada y la casa del hereje será quemada hasta los cimientos.»

Promulgaron estas leyes cuando terminó la guerra. ¿Cuándo fue eso? ¿1229? ¿1230?, cuando azotaron a nues­tro amado conde Raimundo VII ante la muchedumbre en París. Todo se confunde en mi memoria. William fue a París con él, y también Roland-Pierre, mis dos hombres cabalgaban juntos escoltándole. Los dos me contaron el viaje. El conde Raimundo se rindió y luego los franceses promulgaron leyes para animarnos a espiar y denunciar a nuestros vecinos. El criado de la señora Flavia habría ve­nido a por mí. Y si me hubiera atrapado, seguramente ha­bría podido apropiarse de la tierra de su señora. Si fuera lo bastante astuto, si conociera las leyes… Aunque yo creo que sólo quería crear problemas.

Tengo un calambre en la pierna. Ya no puedo andar más.

Sí, en 1229, cuando terminó la guerra y mucho des­pués de la muerte de Simón de Montfort. Roland-Pierre y William, junto con trescientos caballeros, fueron a París con Raimundo VII, conde de Tolosa, hasta el Languedouil, la tierra de los francos, donde dicen «oui» para de­cir sí, en lugar de nuestro «oc». Allí, el conde Raimundo firmó el Tratado de Meaux con Luis IX, el rey niño de Francia, y con el Papa, y las tres firmas aparecían como iguales en el documento.

Pero luego lo azotaron en la nueva catedral que están construyendo en París, la llamada Notre Dame, por nuestra Señora. William y Roland-Pierre también esta­ban allí.

Era el 12 de abril de 1229. Iba descalzo y vestido sólo con unos pantalones y una camisa blanca. Lo desnuda­ron, le pusieron una cuerda al cuello, como si fuera un vulgar esclavo. ¿O fue exaltado como Jesucristo, nuestro Señor, que también fue azotado por nosotros? El conde Raimundo se arrodilló ante el altar, sus nalgas blancas desnudas ante la muchedumbre, y el cardenal Romano de San Angelo, el hombre del Papa, el que tenía por amante a la reina regente, Blanca de Castilla, a su vez ma­dre del joven rey Luis, el mismo Romano alzó el brazo ante el altar de Cristo y descargó el látigo de cuero. Des­pués el cardenal y los demás clérigos papales recibieron la santa Eucaristía.

El conde Raimundo dejó veinte rehenes en París. Uno de ellos era su hija de dieciséis años, y se dice que nunca más la ha vuelto a ver. Eso es lo que sucedió cuan­do firmó el Tratado de Meaux. La Iglesia impuso una multa de diez mil marcos, ¡imagínate!, sólo por defender sus tierras contra la invasión. ¡Diez mil marcos! Harían falta cien años para reunir esa cantidad. Eso fue en 1229. Cuando firmó el Tratado de Meaux, cuando fue azota­do públicamente en el altar mayor. Yo se lo oí contar a Roland-Pierre.

Cuando el conde Raimundo volvió derrotado de Pa­rís, lo recibimos como un héroe. Al entrar en Tolosa, la ciudad de la belleza, en todas las torres y ventanas ondeaban estandartes y las trompetas sonaban. Los pode­rosos caballos de guerra, adornados de rojo y oro, desfi­laron entre la multitud enardecida, con los caballeros armados con cotas de malla y cuero y lanzas decoradas con vistosas banderas de seda roja, verde y blanca. Había tapices en todas las ventanas y las damas nos asomába­mos para arrojar rosas sobre el conde y su cortejo. ¡Un día radiante! Y yo estaba tan feliz que dejé mi puesto para correr junto al desfile, arrojando flores a mis esplén­didos hombres. Habría volado hasta las estrellas para re­correr el universo llena de júbilo.

El cardenal Romano acompañaba a nuestro conde. William dijo que no importaba. Pensábamos que, ahora que se había firmado el tratado, viviríamos en paz. Lo reconstruiríamos todo, creíamos, y la vida seguiría como antes, aunque tal vez no exactamente como antes. Eso era mucho pedir, volver a las épocas en las que el banquete de un noble podía durar tres semanas y se hacían rega­los dignos del rescate de un rey: caballos, armaduras, tie­rras, pasteles de especias orientales, carretas de sal, de madera o de seda. Cuanto mejores eran los regalos, ma­yor era el prestigio del que los ofrecía. Aquellos días no volverían jamás, pero nos consolábamos pensando que los campesinos araban de nuevo sus campos y que la pri­mera cosecha de trigo llenaría pronto los silos. Los perfecti bautizaban creyentes de nuevo y la Iglesia catara, los Amigos del Amor, era más fuerte por haber sido forzada a la clandestinidad.

Pensábamos que la guerra había acabado, pero sólo había cambiado de forma. El día que promulgaron los decretos, William subió los escalones del palacio de dos en dos, e irrumpió en el gran salón agitando el pergami­no en alto.

—¡Escuchad! Escuchad lo que piden ahora —ex­clamó.

Yo me quedé sin aliento de lo guapo que estaba. Sus manos fuertes y cuadradas, su apostura, el gesto de su ca­beza, su sonrisa blanca, abierta y generosa, reluciente en su barba cobriza, el rizo delicado de su pelo en la nuca… Mi indignación patriótica se entrelazó con mi amor por él. Cualquiera que fuera la causa por la que William luchaba, era mía también: nosotros, los luchadores de la li­bertad. William tendió el pergamino a un escribano para que lo leyera en voz alta.

—¡Silencio! ¡Silencio!

—Escuchad.

Todos nos acercamos para oír cómo viviríamos nues­tros días en adelante.

—Cualquier hereje que renuncie de su falsa fe deberá llevar dos cruces cosidas en el pecho, y las cruces deberán destacar contra el color de la ropa. Deberá cambiar de residencia. Ningún hereje o hereje reformado podrá ostentar cargos públicos. —¡Bueno, pues nadie renun­ciará y ya está! Y un estallido de risas.

»Todo varón mayor de catorce años y toda mujer mayor de doce jurará lealtad a la fe católica, abjurará de la herejía y prometerá perseguir a los herejes. El jura­mento se renovará cada dos años.

»Toda persona, sin excepción, deberá asistir a misa los domingos y comulgar tres veces al año, en Pascua, Navidad y Pentecostés.

Las risas iban muriendo a medida que se leían las cláusulas.

—Ningún sospechoso de herejía podrá practicar co­mo médico, y ningún enfermo, en el momento de la muer­te, podrá tener cerca a un hereje. —Por si le administraba el consolamentum a escondidas.

A medida que voy recordando la lectura de los decre­tos, la conciencia del peligro que corro ahora va toman­do fuerza. El peligro de sanar al niño, de quedarme con la mujer moribunda… Me pongo de nuevo en marcha, después de descansar un momento en una piedra, blan­diendo mi bastón, huyendo de la Inquisición, que ya tengo pegada a los talones.

Mientras sigo andando vuelve a mí el recuerdo de la lectura de los decretos.

William, en el gran salón, pidió silencio con el brazo alzado, la cabeza gacha, escuchando al escribano. Yo me abrí paso a través de la gente hasta ponerme a su lado. El me estrechó y yo sentí henchirse en mi interior una ale­gría triunfal, en contraste con el horror de los decretos. A mi alrededor creció el silencio, nuestra consternación ante aquella exhortación a denunciar a nuestros vecinos, a traicionar a nuestros amigos más íntimos. «¿Pero quién va a denunciar a su vecino?», nos preguntábamos.

«Nadie puede poseer una Biblia, traducirla del latín o leerla en la lengua vernácula.»

Nos miramos aturdidos unos a otros.

¿Pero quién recibirá la palabra de Dios?

De modo que ahora sólo podemos tener un salte­rio o un breviario, y además en latín. Eso no le sirve para nada a la gente común.

Había muchos más decretos.

¡No cederemos! —exclamó William, poniéndose de pie sobre una mesa. Sentí que se me henchía el cora­zón, y en ese momento me prometí que lucharía toda la vida a su lado. Moriría por él. ¡Sí! ¡No cederíamos!

Pasamos una hora reunidos, repitiendo y discutiendo los decretos, el nudo cada vez más tenso de la tiranía. Nos negaríamos a denunciar a nuestros amigos, primos, maridos, esposas. La sala vibraba con nuestra furia y nuestro rechazo, las voces resonaban en las piedras de los muros.

¡Demonios es lo que son esos franceses!

—Ahora cualquiera puede acusar a su vecino de here­jía y quedarse con sus tierras.

¡Pero si en toda la Provenza no hay alguaciles ni curas suficientes para ejecutar estas órdenes!

Ahora William me rodeaba con el brazo, me estre­chaba contra él, y yo sentía mi feroz exaltación: lucharía­mos y amaríamos juntos, él y yo.

Dos semanas más tarde tuvieron lugar las primeras detenciones… Nos tomaron por sorpresa.

El perfectus Vigoros de Baconia, que predicaba con tal pasión que la gente venía a oírle de setenta kilómetros a la redonda, fue condenado y ejecutado antes de que pudiera llamarse a un abogado. Lo quemaron con tanta ra­pidez (vivo, por supuesto) que no tuvimos tiempo de or­ganizar una protesta.

Detuvieron a los dos hijos mayores de Esclarmonde, y Bernard Otho estuvo encarcelado durante un año an­tes de que pudiera comprar su libertad. Esclarmonde pasó a la clandestinidad, pobre anciana. Entonces tenía sesenta y nueve años. Se retiró a su casa de campo con su hijo pequeño y sus queridas huérfanas, las niñas como yo a las que había adoptado, educado y cuidado con tan­to amor. Ya no volvió a meterse en política.

Los espías y los traidores se multiplicaron. Y aquí es­toy yo, todavía huyendo, esta vez del criado de librea de terciopelo, que andará buscando los favores de un amante, supongo.

Recorro otro kilómetro. Por lo menos el sol calienta, cosa sorprendente a principios del otoño, cuando de noche hace tanto frío que pone la piel de gallina. Los úl­timos saltamontes brincan bajo mis pies, pero están in­quietos, aunque cualquiera pensaría que todavía es vera­no, con las hierbas altas y las últimas amapolas y flores salvajes destacando en rojo y amarillo a los bordes del camino. El suelo empieza a empinarse y el curso del río se estrecha, corriendo ahora sobre rocas, cada vez más deprisa en su veloz corriente de espuma blanca.

Durante los veinte años de guerra creímos tener mie­do, pero en aquellos años podíamos buscar consuelo unos en brazos de otros, sabíamos quién era el enemigo. Ahora los inquisidores pasean por los distritos con sus guardaespaldas y hombres de armas, siempre en grupos de veinte y bien armados.

Prevenidos.

Con miedo.

Porque la resistencia deambula por los campos. No hace mucho apresaron a un inquisidor, un monje domi­nico, le rebanaron el cuello y lo colgaron cabeza abajo de un árbol, de modo que la casulla le caía dejando al descu­bierto sus partes privadas.

¡Qué estupidez! —susurro mientras observo el agua correr por su cauce. Aunque hubo una época en la que me pareció bien—. ¡Qué estupidez! —Porque eso sólo engendra más represalias, más odio, rabia, violencia, guerra.

Como la venganza de William y el grupo de luchado­res, que cortaron el cuello a seis curas en Aviñonet. Cabal­garon toda la noche hasta Montségur, entre las sombras que proyectaba la luna, los caballos agotados, con las ca­bezas gachas, y los hombres también cansados cuando llegaron a casa, primero entre risas apagadas, en silencio después; algunos preocupados por las posibles represa­lias, pero la mayoría todavía exaltados por la incursión. Llegaron al amanecer para dar a conocer su misión, pen­sando que los asesinatos serían un gran golpe contra el enemigo.

Los cansados hombres sacudieron las botas ante el fuego y arrojaron sus espadas y arneses con estrépito. Pons Diego bebía grandes sorbos de cerveza riéndose, con la barba chorreando, orgulloso; y William se reía con los demás, la cabeza hacia atrás y los ojos azules brillando. Los perfecti estaban conmocionados, movían la cabeza con desaprobación sabiendo que aquella locura provoca­ría el asedio de Montségur.

No puedo dar un paso más. Me siento en una piedra al sol, protegida del viento, y miro hacia las colinas y los verdes pastos, tan buenos para las ovejas y las cabras. «Él me hará yacer en verdes pastos… nada me faltará.»

De pronto un fuerte sollozo surge de mi garganta, es­tallando en un llanto de dolor y angustia. El torrente de lágrimas me hace sacudir los hombros. El sol arranca destellos dorados y plateados a la hierba y yo ya no soy una luchadora de la libertad, sino una fugitiva que huye para salvar la vida.


11

Bueno, menuda llorera.

Levanta el ánimo, chica, que las cosas nunca son tan malas como las imaginamos. Recuerdo que el obispo Guilhabert de Castres me regañaba en Montségur por preocuparme tanto.

—Pero funciona —bromeé entre lágrimas—. Me he preocupado por muchas cosas y ninguna de ellas ha lle­gado a pasar.

El obispo Guilhabert de Castres, aquel hombre dulce y bueno, me tomó las manos entre las suyas, tan nudo­sas, tan ajadas y retorcidas.

Recuerda, niña, todo cambia. La rueda del bien gira hasta el mal, y el mal se convierte en bien. Pero nues­tro Señor ha hecho un pacto con nosotros. Puede que suframos, pero nunca estaremos solos en nuestros su­frimientos. Tenemos una caballería espiritual a nuestra disposición. Recuerda, Jeanne, que siempre cuidarán de nosotros.

Yo sólo tenía catorce años y entonces no me atreví a decirlo. No quería saber nada de los pactos de Dios, y menos cuando nuestro Padre dejaba morir a su Hijo en una cruz, tan duro como Abraham con Isaac. A mí me parecía que Cristo podía haber resucitado exactamente igual después de una muerte tranquila, de vejez, en su cama. ¿Para qué pasar por la crucifixión? Eso es lo que me habría gustado decir; y también: cuidado con los cu­ras. Puede que Dios hubiera hecho un pacto con la humanidad, pero eso no significaba que nosotros conocié­ramos los términos exactamente. Era mejor mantenerse fuera de su sagrada vista, no llamar la atención. Claro que a mi querido obispo no le dije nada de esto, porque se habría puesto muy triste.

¡Oh! Un ratón que correteaba junto a las raíces de un seto ha sacado unas alas ¡y ha salido volando como un pajarillo! ¡Cielo santo! Pensé que era un ratón y era un pája­ro. ¡Ha sido precioso!, el movimiento de sus alas en el aire, ya fuera ratón o pájaro, volando libre. De pronto mis ojos se deleitan con las flores amarillas y rosadas, están tan vivas, tan llenas de alegría, y durante un rato me parece oír la hierba crecer, hasta que advierto sorprendida que no es­toy sola en el camino.

Hay una campesina con su cesta de huevos andando en una dirección, y detrás de ella un par de labradores, con las guadañas al hombro. Tal vez vuelven a casa, o se dirigen a otro campo. Balancean los hombros al andar, como si todavía ejercieran su monótono oficio, con las cabezas inclinadas el uno hacia el otro. Son padre e hijo, creo. Se acercan y pasan de largo. Nos saludamos mo­viendo la cabeza. Buon giornata. Giorno. Gior.

Me levanto de nuevo. Si fuera una Cristiana Buena, el padrenuestro correría como música en mis pasos. Ya lo he hecho otras veces: rezar la oración sagrada durante una hora y observar cómo el significado cambia con cada re­petición, observar lo contenta que me pongo. El sentido de «nuestro» se amplía para abarcar el verdor, el camino, los ratones que se convierten en pájaros. «Padre nues­tro…», y aunque Dios envió a su Hijo a morir, alzo los brazos como un niño buscando a su papá, a Él. Subo a su regazo envuelta en sus brazos, y el cielo (yo sigo, una hora tras otra, recitando la oración mientras mis pies recorren el camino) ya no es un lugar remoto, el paraíso al que iré cuando muera, sino que se encuentra entre los árboles, se arrastra entre mis pies, flota en el olor del heno cortado, en el mismo centro de mi ser, el reino de Dios en el inte­rior, dentro de mí, y entonces me envuelve una cálida luz blanca y yo respiro el aire entre las ramas de los árboles.

Más adelante el camino se bifurca. Me apoyo en el bastón, esperando una indicación. Hacia el oeste el cielo está bajo, las nubes se acumulan grises y púrpura con la inminente tormenta y de pronto recuerdo que no tengo lugar donde reclinar la cabeza esta noche.

Domino mi pánico creciente. No es momento de mie­dos, necesito claridad. Atiendo, escucho: ¿Hacia dónde? Los labradores se han detenido un poco más adelante, en el camino de la derecha, hablando entre ellos, apoyados en sus guadañas. La campesina ha tomado la misma direc­ción. Yo sigo esperando en el cruce. Aquí hay un pequeño altar, con un Cristo muy flaco crucificado, colgado de sus manos ensangrentadas y honrado por un jarrón de flores marchitas. He oído que en Italia hay un santo que tiene estigmas —los auténticos clavos de Cristo— en las palmas de las manos. Cuando murió intentaron sacarle los clavos, pero por lo visto estaban tan retorcidos que no pudieron, de modo que lo enterraron con ellos. Yo habría abierto su tumba, cuando el cuerpo se pudriera, para arrancar los clavos de sus huesos. Por pura curiosidad, para ver si te­nían poderes curativos o guardaban la clave del amor.

Por fin: la señal. Giro hacia la izquierda para tomar el camino más estrecho, más empinado, y mientras subo la ladera pienso en mi juventud con los Amigos de Dios, cuando rendíamos culto en casas particulares. «El domin­go en tu casa», decíamos, y el anfitrión preparaba una ha­bitación con una mesa sencilla cubierta por un mantel de lino del blanco más puro. Y nada más. Nada de imágenes del cuerpo ensangrentado de nuestro Señor, nada de cru­cifijos, ninguna imagen de Dios o María o los ángeles. Sólo una mesa, un paño blanco, nuestras oraciones, noso­tros, sentados en la silenciosa intimidad de nuestros más secretos corazones, como enseñó el Maestro: ir a nuestro ser más interno y allí escuchar con humildad el contacto de Dios resucitado.

Hay quien cree que Cristo no murió en la cruz, sino que, siendo puro espíritu, bajó alegremente del madero y se marchó. Otros añaden que luego se encontró con su madre y María Magdalena, que ellos decían que era su es­posa, y junto con algunos apóstoles embarcaron hacia Marsella donde enseñaron la fe catara. Otros afirman que los Hombres y Mujeres Buenos descienden de los hijos de Cristo y Magdalena. Yo no sé qué creer, no estaba allí. Pero siempre me gustaba cuando venía de visita algún perfectus y nos reuníamos para la adoración y el bautismo especial mediante sus manos llenas de luz.

También asistíamos, por supuesto, a la iglesia católica. Muchos recibíamos los sacramentos los domingos, con­fesábamos con los curas, realizábamos las peregrina­ciones católicas a Santa María la Mayor en Roma, donde se podía ver el auténtico pesebre donde nació Cristo, o a San Juan de Letrán, donde se exhibían los escalones sagra­dos que subió cuando llevaba la corona de espinos. A ve­ces los inquisidores dominicos enviaban a herejes conversos de peregrinación incluso a Jerusalén, a Roma, a Santia­go de Compostela, o a ver las nuevas catedrales que se es­taban construyendo en Chartres o Canterbury, París o Reims. Era una de las penitencias que se exigían a los creyentes cataros. Tenía la ventaja añadida de sacarlos a la fuerza de su ciudad. Pero luego volvían a casa, converti­dos en católicos, y se arrodillaban ante los perfecti como antes.

Adorábamos de las dos maneras, ¿por qué no? Todos éramos primos, hermanos, esposas, madres. Nos había­mos criado en las mismas familias, éramos tolerantes con las ideas de cada uno: árabes, católicos, judíos. Yo co­nozco a un sacerdote católico que asistía a nuestros ser­vicios cataros y decía que no veía ninguna herejía.

A menos que consideraran como tal nuestras risitas apagadas cuando éramos niñas y nuestras miradas a los muchachos al otro lado de la sala, y cómo bajábamos lue­go la vista, todas tímidas y modestas. Ahora me río al re­cordarlo. ¡Era estupendo!

El camino más empinado está desierto. Subo por una carretera tan poco utilizada que la hierba no sólo crece en el centro, sino también sobre las huellas que han deja­do las ruedas de los carros, aunque ahí no tanto, claro. Advierto que el sol se enfría y el cielo se tiñe de naranja a mis espaldas contra las nubes obscuras, grises, púrpura. Y justo cuando me asalta el miedo al pensar que pasaré otra noche a la intemperie, expuesta a los osos y los lobos, temblando tal vez bajo un árbol, sin comida ni fuego (¿podría recoger algo de leña?), oigo el crujido de unas ruedas y me vuelvo sobre mis pies hinchados para mirar atrás. Se acerca un carro de dos ruedas tirado por un poni vasco, robusto y greñudo, con una abundante crin blan­ca que le cuelga bajo el cuello y una larga cola que arrastra casi por el suelo. Junto a él camina un granjero con el gorro torcido. Me aparto para dejarlos pasar, porque apenas hay sitio para el carro en el camino. Ojalá pudiera subir. Mis pobres rodillas.

¿Queréis que os lleve, madre?

El poni se detiene. El granjero es más joven de lo que había creído y tiene la cara ancha, la nariz plana y la bar­ba entrecana. Vacilo, aguardando instrucciones: ¿amigo o francés?

Ay, sí, muchas gracias.

—Parecéis cansada.

Tiene los ojos del tormentoso color del mar gris. Vis­to de cerca ya no parece tan joven. Mordisquea una briz­na de hierba, le falta un diente y dos dedos de la mano izquierda.

Será un alivio descansar un poco, muchísimas gra­cias.

Subo al carro y me acomodo entre las cestas. Él arrea al poni con unas riendas de cuero resquebrajado.

Es muy agradable que la lleven a una un rato —co­mento. Me divierte oírme utilizar el acento del campo, yo que sé leer latín y hablar francés, y que aprendí a utili­zar el acento de las clases altas de la mismísima Esclarmonde de Foix—. Es un poni muy animoso.

Sí —contesta él cordial, dándole unas palmadas de afecto en el lomo.

Subimos la colina en silencio. Yo agradezco su capa­cidad de estar callado. Miro a mi alrededor, el sinuoso camino con sus lejanas montañas, me arreglo el pelo y me pregunto por qué mi corazón canta incontrolable­mente, como una alondra echando el vuelo. Pero luego advierto que mis manos son tan grandes y ásperas como las de una cocinera. Unas buenas manos. Yacen en mi regazo como salchichas, diez salchichas con las uñas ro­tas y negras y la piel quemada por el sol. Las manos blancas de la nobleza se limpian con leche. Yo solía po­nerme unos guantes llenos de mantequilla de cabra. Baiona y yo nos peinábamos la una a la otra y nos pintábamos los ojos y los labios. Luego nos poníamos los guantes de leche y bailábamos por la habitación con las manos en alto, cantando canciones y tocándonos los guantes.

Lo más raro es que no me siento más vieja ahora, de modo que es un golpe ver en mi regazo estas buenas ma­nos de trabajadora, extremidades de una vieja, cuando por dentro no me siento mayor de veintidós años. Me aplasto el pelo y luego hago una cosa muy rara y coque­ta: me quito el pañuelo y me lo pongo en la cabeza. ¿Por qué estoy tan contenta? ¡Como si algún hombre fuera a mirarme!

¿Adonde vais? —me pregunta él, escupiendo la brizna de hierba que mordía.

Hasta donde llegue —contesto, y me echo a reír. Hace mucho que no me encuentro tan a gusto con na­die, no me suele pasar. Luego, sorprendida, me oigo su­surrar—: A Montségur. —Hasta que lo he dicho, no lo sabía.

El me mira un instante de reojo. Yo también me sor­prendo, atónita.

Eso está ahora en manos de los franceses.

Hmm.

¿Lo habéis visto recientemente?

No digo nada. ¿Qué significa recientemente?

—Me acuerdo de la matanza —dice él.

Yo callo. Siento haber sacado el tema.

—Doscientos herejes quemados —prosigue—. Y el humo era tan denso que el cielo se volvió negro. Y el he­dor… ¡Agh!

Se vuelve hacia mí, pero yo miro a lo lejos absorta en el paisaje.

—No sé de qué me habláis.

Mi acento ya no es el del campo. Tengo ganas de echar­me a llorar otra vez. Trago saliva. ¿Estaba él allí? ¿Era uno de los asesinos franceses? El hombre gruñe y escupe en la hierba.

—Ahora debe de estar lleno de fantasmas. Yo no iría ni loco.

Cambio de tema.

—¿Estabais vos con los franceses?

—No, no. Pero todo el mundo ha oído hablar de Montségur. Yo trabajo el campo, como mi padre y mi abuelo. Mi mujer murió hace cinco años. Tengo dos hi­jas, un hijo murió. Las chicas ya se han ido, se casaron las dos, de modo que vivo solo. No está mal —añadió—. Me he pasado aquí toda la vida, bueno, menos cuando me reclutaron en el ejército una temporada, cuando era joven, y una vez que fui de peregrinación a Aragón.

—¿No os volvisteis a casar? —A ver si nos olvidamos del tema de la guerra.

No. Al principio no encontré ninguna mujer que me gustara, y luego no encontré ninguna mujer a la que yo le gustara o que quisiera vivir en un lugar tan apartado. Pero estoy bien. No está mal la vida de soltero.

Avanzamos media legua en silencio. El único ruido es el reconfortante crujido de las ruedas, los cantos de los pájaros, los suaves chasquidos de los cascos del poni en la aromática hierba del camino.

—Vivo arriba de la colina. —De pronto rompe el si­lencio, haciendo un gesto con el pulgar. Sus palabras se atropellan tan deprisa que apenas las entiendo—. Escu­cha con atención. Me llamo Jéróme Ahrade. Tengo este poni, tres ovejas, diez gallinas. Deprisa, ¿qué tengo?

Yo me lo quedo mirando pasmada, pero entonces oigo el ruido de cascos al galope.

—El poni, tres ovejas, diez gallinas.

—Vengo del mercado. Tengo dos hectáreas. La casa está hecha de madera y piedra. ¿Te llamas?

—Jeanne. Jeanne Béziers.

¿De Béziers?

—Yo debía de ser una niña cuando la matanza, nadie lo sabe.

—Tienes suerte de estar viva. ¿Has oído?

Sólo me da tiempo a mover la cabeza, porque ya los tenemos casi encima, dos dominicos a caballo y dos guardaespaldas con cotas de malla y cuero. El camino es tan estrecho que no pueden pasar, pero acercan los caba­llos, sus morros llenos de espuma y su aliento caliente en mi cuello. Uno de los soldados da un latigazo en la ma­dera del carro y suelta una maldición.

¡Yaaaa! Malditos seáis. ¡Moveos! ¡Fuera del camino!

El poni da un brinco hacia delante en el mismo mo­mento en que Jéróme se acerca a su cabeza. Lleva al ani­mal de las riendas hasta el borde del camino y los monjes y sus guardaespaldas pasan en un revuelo y nos rodean.

Abajo —dice uno de los monjes. Yo apenas me atrevo a mirarlos. Las urracas. Tan rectos y tan estrechos, Dios nos libre de los justos de este mundo. Se alzan hacia nosotros sobre sus caballos, y una de las bestias pone los ojos en blanco y sacude la cabeza mordiendo el bocado. Gotas de espuma salpican mi falda. Bajo a trompicones y me acerco a Jéróme, que me rodea los hombros con el brazo.

¿Quiénes sois? —pregunta el monje más alto. —Nadie, padre —contesta Jéróme—. Venimos del mercado. Hemos ido a vender mantequilla y huevos, y champiñones que hemos encontrado en el bosque.

Yo miro atrás. Los árboles atrapan las astas del sol, que sangra en un cielo púrpura.

Los soldados destapan las dos cestas del carro y mi­ran. Jéróme me aprieta el hombro. Yo hago una reveren­cia ante los dominicos, al estilo de las campesinas. Consi­dero la posibilidad de pedir una bendición, pero no me fío de mi voz ni de mi acento, de modo que me quedo ca­llada, con las manos entrelazadas y la vista clavada en el suelo, rezando, escuchando. Tengo miedo. ¿Por qué la Iluminación me abandona cuando estoy con gente?

—Buscamos a una mujer —dice un monje—. Una bruja o una hereje. Viaja sola, habla sola, está loca. Tiene el pelo gris, suelto. No lleva toca.

—No la hemos visto —contesta Jéróme—. Pero ahí abajo, en la carretera, había mucha gente.

Nos han dicho que tomó el camino de la montaña.

A menos que los campesinos nos hayan mentido — murmura el otro monje.

Hablan un momento entre susurros. Sus caballos to­davía están inquietos después de la carrera. El poni aga­cha la cabeza con indiferencia para comer hierba con breves dentelladas. Los dos monjes siguen hablando, mi­rándonos de vez en cuando.

Quítate la ropa —me dice el más joven.

¡Padre! —exclama Jéróme—. ¡Es mi mujer! ¡Mi esposa! ¿En qué estáis pensando? Es una buena mujer, ha parido hijos y…

—Desnudadla —ordena el otro monje.

¡Quítame las manos de encima, asqueroso! — chillo yo, con el acento más neutro de que soy capaz, y me pongo a luchar con el soldado, dando patadas y mordis­cos. Están buscando el cordel de los perfecti en torno a mi cuello o mi cintura, y también encontrarán mi tesoro. Grito como una posesa y ahora no sólo el soldado, sino también Jéróme intenta agarrarme las manos.

¡Basta ya, mujer! —Y me da un golpe en la boca.

Yo me freno en seco. Jéróme me toma la cara entre las manos.

—Tranquila, Jeanne. —Habla despacio, en voz muy alta, como dirigiéndose a un niño, o para que le oigan los hombres—. Señores, somos pobres campesinos, somos buenos católicos, vamos a misa…

Yo me quedo callada, pero el corazón me late enlo­quecido.

¿Dónde vivís? —me grita el soldado.

En la colina —contesto, haciendo un amplio gesto con el brazo. ¿Qué colina? ¿Dónde?

¿Cuánta tierra tenéis?

—Dos hectáreas.

—¿Qué animales?

Este poni, tres ovejas y unas cuantas gallinas famé­licas. Honorables señores, no somos ricos. —No pienso decirles a los recaudadores de impuestos lo que hay.

—Almaric, ve a investigar.

Uno de los soldados sale al galope pendiente arriba.

Adelante —le dice el monje a Jéróme—. Nosotros os seguiremos. Si tenéis pozo podréis darnos de beber.

La procesión comienza de nuevo, con el pequeño po­ni al trote y los caballos impacientes detrás.

¿Y si mientras tanto se nos escapa la mujer? —dice un monje.

—Ten paciencia —le espeta su compañero.

Soy un hombre impaciente, impaciente por la pu­reza de mi Señor Jesucristo, impaciente por eliminar a todos los herejes por la gloria de su nombre. Y ésta se nos va a escapar mientras nosotros perdemos el tiempo con los campesinos.

—Tenemos tiempo de sobra.

Hermano, los dos labradores han mentido. La mu­jer tomó el camino principal. ¿Por qué se iba a desviar hacia la montaña?

En ese momento me acordé. Soy así de tonta, se me olvida mi ayuda en tiempos de peligro. Ahora rezo a mi Señor Jesucristo, a quien estos monjes adoran también. Pero es difícil rezar porque tengo miedo, soy una cobar­de. Me tiemblan las manos, tengo ganas de vomitar.

Rezo primero pidiendo fuerzas para rezar. Luego me pongo en la Luz de Dios y envío a mi Señor Jesucristo a los monjes y soldados, para que se vayan. Doy gracias porque mi oración ha sido escuchada, doy gracias y en­vío la Luz de Cristo de mi corazón al de ellos, lo mejor que puedo, tal como Guilhabert de Castres me enseñó hace tanto tiempo. Pero es difícil cuando tienes mie­do, cuando lo único que quieres es echar a correr. O ma­tar. Pero no, tengo que enviar la luz. Mi corazón es de piedra. Está encerrado en una caja y la llave ha desapareci­do. «Os daré un nuevo corazón. Pondré en vosotros un nuevo espíritu, sacaré de vuestra carne el corazón de pie­dra y os daré un corazón de carne…» Eso es de Ezequiel. Guilhabert me hizo copiar ese pasaje. Tomo aliento y co­mienzo de nuevo. «Sacaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.» Un corazón de carne es humano y temeroso. ¿Cómo puedo rezar? Dios, ayúdanos, por favor.

Jéróme camina conmigo junto al carro y de pronto me doy cuenta de que también está rezando. Los dos re­zamos en una ola dorada de luz, y entonces siento que se me abre el corazón, ¡clic!, y sé que la oración está hecha. Ha volado a la Fuente.

—Tienes razón —dice el monje mayor—. Volvamos. Todavía tenemos tiempo de atraparla en el camino.

—Ve a por Almaric —ordena el otro. Y sin una pala­bra el segundo soldado, guardaespaldas de los dos domi­nicos, arrea al caballo y sale al galope colina arriba en pos de su compañero. Podríamos matarlos ahora Jéróme y yo, sólo son dos dominicos desarmados… Es una idea fu­gaz y yo vuelvo a mi deber: enviar la Luz de Cristo, aun­que es difícil cuando tengo tanto miedo.

¿Queréis que os confiese mientras esperamos? —pregunta el primer monje, con expresión más suave y los labios esbozando una trémula sonrisa. De pronto me doy cuenta de que es casi un niño, podría ser mi hijo, y me parece tierno, con su cuello vulnerable y su barba que no es más que pelusa.

¡Sí! — exclama Jéróme—. Confesadme, padre. —Y cae de rodillas allí mismo, en mitad del camino. El poni baja al instante el morro blanco, astuto y práctico animal, para seguir comiendo hierba.

El monje desmonta y tiende las riendas del caballo a su hermano. Jéróme y yo nos hemos arrodillado ante él.

He mentido, padre —dice Jéróme—. He dicho pa­labras malas y he tomado el nombre de Dios en vano. De hecho, hace sólo un momento, cuando os acercabais a nosotros, estaba maldiciendo mi suerte y mi pobreza. El domingo pasado falté a misa…

Y así siguió, mientras yo inventaba mi propia confe­sión. Los cataros también confesamos, pero delante de toda la congregación, pidiendo primero la indulgencia de los reunidos y describiendo luego con todo lujo de detalles el error o el pecado. La confesión no está com­pleta hasta que hemos identificado el defecto de nuestro carácter que nos llevó a pecar, así como la lección que he­mos aprendido y cómo vamos a beneficiarnos en el futu­ro de esta lección y de qué manera cambiaremos nuestra actitud ante una situación semejante. También hay que solicitar el perdón de todos los que hayan sido perjudi­cados por nuestra acción.

Esclarmonde decía que si de verdad comprendiéramos las repercusiones de nuestros actos, nadie haría nunca nada perjudicial ni diría palabras hirientes. Porque todo lo que hacemos vuelve a nosotros, aunque sea al cabo de una semana, un mes o un año, o en otra vida. «Tratad a los de­más como queréis que os traten a vosotros», dijo Cristo. «Ama al prójimo como a ti mismo.» Las Escrituras, sin embargo, no explican por qué. Pero es una ley espiritual: todo lo que hagas o pienses, volverá a ti. Las buenas accio­nes te traerán bendiciones, las malas acciones te causarán problemas, una vida tras otra. Es una justicia inexorable que premia o castiga nuestros actos.

Ahora Jéróme se ha levantado, con su penitencia de avemarias y padrenuestros. Es mi turno, de modo que me arrodillo ante el dominico con las manos entrelaza­das. ¡Y de pronto me echo a llorar!

¡Ay, padre, he pecado mucho! No amo a mis ene­migos, grito a mis vecinos. Pero lo peor es que pierdo la fe. Cedo a las dudas una y otra vez. Me pregunto si mi Señor Jesucristo o la Bendita Madre me vigilan y advier­ten incluso cada una de las plumas que cae de las alas de un gorrión, y ahora estáis vos aquí para aconsejarme y enseñarme, y debe de haber sido la misma gracia de Cris­to. Estoy llena de orgullo, me rebelo, no me rindo ante Dios, que debe de saber mejor que yo cómo son las cosas. ¿Pero por qué hay tanto sufrimiento? ¿Por qué la gente se mata? ¿Por qué hay hambre? ¿Por qué hay jus­tos y herejes? Cuando pienso estas cosas me enfado con Dios. «¿Por qué permites la enfermedad y el dolor?», le grito. Porque tengo muy poca fe, padre.

»No recuerdo todos mis pecados. Codicia, sí, soy co­diciosa, y celosa. Tengo envidia y mucho miedo, y odio, incluso hacia mis amigos. Y hoy mismo he mentido. Mi lengua es mentirosa. Y además hoy he contestado a mi hombre con brusquedad en mi mente, cuando me apresu­raba. No lo he dicho con palabras, pero sí en mi mente, lo cuales tan malo…

—Eso no es un pecado. —El monje se impacientaba.

Pero una mujer debe obedecer a su marido. Lo que pasa es que yo no tengo paciencia —prosigo, cada vez más entusiasmada—. Hace dos días, cuando intentó pe­garme, ¡hasta le levanté la mano! Y además, padre, me compadezco de… —De pronto me interrumpo. Estaba a punto de decir «de los Amigos de Dios», cuando me he acordado de que la simpatía por los herejes es lo mismo que la herejía— de los estúpidos animales que tenemos. Dios no les ha dado alma, y morirán sin conocer la gloria del cielo. Y estos pensamientos son pecados contra la pa­labra de Cristo. No debería cuestionar el mundo que Dios creó sólo en seis días, no debería menospreciar su creación. Pero pienso que si se hubiera tomado más tiempo… Pienso lo bonito que sería tener a mi poni con­migo en el cielo, si es que llego a ir al cielo, porque puede que no vaya, y me dan ganas de llorar…

¡Por Dios Santo! —masculla el monje mayor. Los dos soldados bajan por el camino interrumpiendo mi confesión.

—La compasión no es un pecado, hija mía —dice el muchacho, pero me sonríe amable—. Jesucristo estaba lleno de compasión y perdón por todos los pecadores. Y debemos amar a todos los seres vivos, incluido el poni, estoy seguro. Pero debes obedecer a tu marido y obede­cer los mandatos de la Iglesia. Y tener cuidado con las maldades de los herejes.

Sí, padre.

Me da una penitencia de diez avemarias y una apresu­rada bendición y monta su palafrén poniendo un pie en el estribo mientras hace la señal de la cruz, concentrado ya en la caza.

No me levanto hasta que se pierden de vista. Por fin me incorporo, entumecida, irritada ahora que el peligro ha pasado.

—Deprisa —me apremia Jéróme, como si me leyera el pensamiento, arreando al poni.

Espera, deja que me suba —contesto enfadada. Tengo ganas de llorar y sólo cuando me acomodo en el carro me doy cuenta del miedo que he pasado. Lo siento hormiguear en mi espalda, correr por mis dedos, debilitar mis piernas.

¡Menuda gente! —mascullo—. ¡Y tú! ¿Cómo se te ocurre decir que estamos casados? ¡Yo, tu mujer!

Él se encoge de hombros y escupe.

Puede que te haya salvado la vida, y así es como me lo agradeces. —Se echa a reír—. Tú eres la que ha dicho que tu marido te pega. Yo no te he pegado en la vida.

Estoy avergonzada y no quiero hablar del tema.

¡Que me has salvado la vida! ¿Y la tuya, qué?

La mía también, puesto que si me atrapan con una hereje, me hunden a mí también. Estaban buscando a una mujer. ¿Es que quieres ir a la cárcel?

¡Que lo intenten! —exclamo atrevida, ahora que el peligro ha pasado y ya no se les ve.

Más vale que estés preparada para cuando vuelvan. Y yo también. —Escupe en el camino para alejar al dia­blo—. Los vecinos saben que no estoy casado.

¿Qué quieres decir?

¿Qué te crees, que no volverán? Mañana, dentro de una semana o de un año…, pero en algún momento vol­verán a husmear a la granja, para comprobar si es verdad que tú y yo vivimos juntos. ¿Llevas un cordel en la cin­tura?

Es un cambio de tema tan brusco que me sonrojo.

No. —Luego, entre lágrimas, quiero confesarlo todo—. Bueno, sí, me até uno como recuerdo, pero no es un cordel auténtico. Hice una pequeña ceremonia. Extendí el cordel sagrado y lo bendije y pronuncié las ora­ciones, invocando a los santos mártires de Montségur y sobre todo el nombre de mi maestro…

¿Quién era?

—Nadie —respondo impulsivamente. «Y antes fue Esclarmonde de Foix», quiero decir. Quiero confesarme ante este desconocido que podría entregarme a los monjes. Y la historia brota de mis labios como una jarra de crema derramándose sobre el lomo del poni—. Estaba en el bosque. Los habían matado a todos y el hedor todavía flotaba en el aire; el humo se alzaba denso y negro, pero a mí me habían salvado, o castigado puede ser, no deján­dome ir con los otros. De modo que me até el cordel al cinto y me bendije en nombre de… No me crees, pensa­rás que me lo estoy inventando, pero así fue. Y ella me dijo que ponerme la túnica así, en secreto, no era un pe­cado, sino algo bueno. No había nadie que pudiera dar­me el consolamentum. Para celebrar el banquete herví un puñado de avena y vertí un poco en el bosque para mis amigos, los ratones.

Las lágrimas surcaban mis mejillas, inundaban mis ojos ardientes. Agitaba las manos inquieta.

Pensarás que estoy loca. Habían desaparecido to­dos. Hizo falta mucho tiempo, horas y horas… Eran dos­cientos… Tú estabas allí, ¿lo viste?

—Yo no estaba allí.

Luego me até un cordel de lana al cinto, pero no soy una perfecta.

—Arre, arre —murmuró él, dándole al poni con las riendas.

—Yo quiero ser una hija de Cristo.

—Pues por tu aspecto, lo que necesitas es comer.

Yo aparto la vista, sorbiendo por la nariz. Sé muy bien cuándo cerrar la boca.

Bueno, bueno — dice al cabo de un momento—. No sé por qué no he dejado que te lleven. Ahora tengo a mi cargo a una auténtica creyente imaginaria. Pero estamos juntos en esto. Estamos unidos por una mentira. ¿Puedo estar seguro contigo?

No te he dado las gracias —digo con humildad—. Y sí, puedes estar seguro.

Pero estoy pensando que para eso lo mejor sería que me marchara. Me gusta este hombre. Me gusta cómo ca­mina en silencio, con una mano en la cruz del poni, en callado diálogo entre hombre y caballo. No hace caso de mis lágrimas, pero palmea el cuello del animal con gesto tan dulce que se me encoge el corazón, como si me estu­viera consolando a mí.

Poco después llegamos a la puerta de su casita de pie­dra, en una hondonada. El corral de las ovejas se apoya contra el muro, el establo es un cobertizo excavado en la montaña. La casa tiene tejado de paja, la puerta se cierra con un palo y una cuerda. Suelo de tierra cubierto de paja. Dos habitaciones, una grande y un almacén, cada una con una ventana.

—Yo duermo en la sala principal —explica Jéróme—. Tú puedes usar el almacén.

Huele a tierra y raíces. En un rincón hay un amasijo de sacos y herramientas rotas, y de las vigas cuelga un ja­món ahumado y ristras de cebollas y ajos. Jéróme saca unas arpilleras de una plataforma de madera.

—Traeré algo de paja. Cubriremos el colchón con tela de cáñamo y puedes usar tu capa como manta.

Es tan acogedor… Me alegro de pasar aquí la noche. Mañana partiré hacia Montségur.


12

Probablemente Jéróme era, como dijo su amigo Bernard, la última persona en la faz de la tierra que podía ha­ber oído hablar del tesoro de Montségur o de la mujer que buscaban los franceses. Jéróme no bajaba al pueblo con frecuencia, porque tenía que atender a sus animales y las cosechas, un trabajo duro cuando uno está solo. In­cluso para ir al pueblo el día de mercado tenía que encar­gar a sus vecinos que dieran de comer a los animales.

Por tanto, cuando realizó el viaje ya era el final del verano, antes de que hiciera el viaje en el que se encontra­ría con Jeanne. Esa mañana se había levantado en plena obscuridad y había encendido la lamparilla de aceite que colgaba de un clavo junto a la puerta, una lágrima de luz. Se puso rápidamente la camisa y los toscos pantalones, se calzó los zuecos y llevó la lámpara al granero, protegien­do la llama con la mano para evitar que el viento la apa­gara. Allí la dejó en un estante y despertó al poni soño­liento. El granero olía muy bien, a caballo y estiércol, a cuero y heno.

—Arriba. —Levantó al poni y echó un puñado de pienso en el pesebre.

El animal se puso a comer mientras él le colocaba el arnés en el lomo y ajustaba las correas. Para cuando lo ató al carro, el cielo se abría con pálidos y esperanzados rayos de oro. Él ya había apagado la lámpara hacía tiempo, había dado de beber al caballo y había terminado de cargar el carro. Los pájaros trinaban y los árboles agita­ban sus diminutos dedos como hombres en oración.

Había empaquetado sus productos la noche anterior, de modo que sólo tenía que poner las cestas en el carro: cebollas y nabos, huevos, champiñones, manzanas, peras y uvas, una bala de lana y dos gallos con las patas atadas con un cordel. Los animales movían el cuello con ner­viosismo y cacareaban preocupados, asomados a su jaula de madera. Jéróme esperaba cambiarlos por clavos y tal vez una piel curtida.

Se tardaba medio día en caminar hasta el pueblo, y Jéróme no llegó hasta bien entrada la mañana. Llevó el ca­rro a la plaza central, que ya bullía de vendedores y com­pradores. Olía, como todas las ciudades, a orina, verduras podridas y cuerpos apiñados. Las mujeres con sus pa­ñuelos y sus cestas rondaban los puestos. Los granjeros, hombres y mujeres, anunciaban a gritos sus mercancías. Jéróme desenganchó al poni, y dejó el carro apoyado en el suelo para exponer sus productos mientras saludaba a vie­jos amigos, hacía bromas, estrechaba manos. Encontró a Pons Pierre, su ayudante habitual, y le encargó el cuidado del puesto, con detalladas indicaciones sobre precios y re­gateos, mientras él se iba a hacer sus rondas de costumbre. Jéróme era un hombre de hábitos: le gustaba la tradición.

Su primera parada era en la iglesia. Entró en el oscuro edificio, con su frío suelo de piedra. Tenía ventanas pe­queñas y redondas, y una de ellas, una hermosa vidriera, derramaba en el suelo diamantes rojos y azules. Se arrodilló ante su altar lateral favorito, dedicado a la Virgen, y le ofreció sus solitarias oraciones, luego encendió una vela por el alma de su esposa fallecida. La iglesia estaba desier­ta, en silencio, y Jéróme descansó allí un momento, con sus grandes manos sobre los muslos, contemplando la bo­nita estatua de madera de la virgen María. Le gustaba cómo caían los pliegues de su falda, tan reales, y el tierno gesto de su cabeza ladeada, como si no sólo conociera has­ta sus pensamientos más íntimos, sino que también los aprobara.

Detrás de él oyó el rumor de los faldones del sacer­dote.

—¿Jéróme?

—Soy yo, sí.

—¿Cómo estás, mi buen amigo? —Sus voces bajas resonaban en la iglesia, con su alto techo abovedado y sus gruesas columnas.

—No estoy mal, no me quejo.

—Tienes buen aspecto.

—Tú también. ¿Hay noticias?

—Ah, vivimos tiempos agitados. —El viejo sacerdote movió la cabeza.

—¿Qué ha pasado?

—Más hogueras. La caza de los herejes.

—Bueno. —Jéróme arañó con el pie el suelo de pie­dra, sin saber qué decir—. Bueno, son herejes.

—Te digo una cosa, Jéróme… —El sacerdote lo aga­rró del brazo y se encaminó hacia la sacristía—. Te digo una cosa…

—¿Qué?

El hombre suspiró.

—¿Has oído algo allí en la granja? ¿Algo de Alzeu?

—¿Yo? No.

La semana pasada quemaron a Alzeu y los frailes confiscaron su propiedad. Su viuda está en la miseria. Y suerte tiene de no haber ardido ella también.

¿Porqué? —exclamó Jéróme horrorizado—. ¿Qué ha hecho Alzeu?

—Dicen que era un hereje, pero él venía a la iglesia. Esto no me gusta nada —susurró el cura—. Tienes que ir con cuidado, Jéróme. Se lo estoy diciendo a todo el mundo. Vigila tu lengua. —El viejo se retorcía las ma­nos—. Yo no creo que sea esto lo que nos pide nuestro Se­ñor. Jéróme, están deteniendo a todo el que haya visto o haya oído hablar de algún hereje. Los consideran herejes por asociación. En cuanto encuentran a un hereje, lo que­man, sea hombre o mujer, incluso a gente que todos cono­cemos, algunos buenos ciudadanos, personas decentes cuyas familias han vivido y trabajado en el pueblo duran­te cien años o más, como Alzeu. —El sacerdote movió la cabeza—. Me estoy haciendo viejo, Jéróme. Yo ya no ten­go fuerzas para esto. Se supone que debería querer luchar por nuestro Señor, pero Alzeu… ¿Quién iba a pensar…?

—Sí, yo lo conocía.

Era un buen hombre. No estoy diciendo que sim­patice con los herejes. Están equivocados. Pero Alzeu… Ten cuidado, Jéróme. Es todo lo que tengo que decir.

—Yo nunca veo a nadie, allí en mi granja.

—Bueno, mejor así. —De pronto el sacerdote se echó a llorar—. Alzeu… Siempre venía a misa.

Jéróme movió los pies, incómodo. La iglesia olía a pol­vo y cera. Las motas se movían doradas en un rayo de luz. Jéróme no sabía qué hacer ni qué decir. Al cabo de un mo­mento el viejo logró dominarse de nuevo.

—Pero en fin, tú no has venido por eso. ¿Quieres oraciones para tu mujer?

En la obscuridad el sacerdote no vio sonrojarse a su amigo.

—No, esta vez no —murmuró—. Hoy no tengo di­nero.

—Dinero. Jéróme, para eso no necesitas dinero. No tienes que pagarme para que rece por el alma de Agnes. ¿Acaso no nos conocemos lo suficiente para decir una oración?

Os lo agradecería mucho. Sí, muchas gracias.

Cuídate.

—Vos también.

Son tiempos difíciles. Vigila tu lengua y tus pies, Jéróme.

Jéróme salió de la iglesia y parpadeó ante el resplandor del sol. No había esperado una conversación así con el sa­cerdote y todavía pensaba en el ebanista, Alzeu, que la se­mana anterior había sido detenido y quemado. Jéróme no recordaba que fuera un hereje. Fue dándole vueltas al tema mientras se encaminaba a su segundo recado: buscar a su amigo Bernard, con quien solía pasar la noche. A Jéróme le gustaba el mercado. El ruido y el ajetreo le caían sobre los hombros como un estremecimiento de emo­ción: los olores y los sonidos que le asaltaban los sentidos, la prisa de las multitudes, las voces, los jinetes en sus mon­turas, los señores desfilando con sus séquitos y las muje­res con sus faldas distinguidas y sus bonitos peinados, los chicos jugando o coqueteando con las chicas y los hom­bres sentados en las tabernas, jugando a los dados a la sombra de la arcada o a los bolos en la hierba alrededor de la plaza del mercado. Los viejos desdentados se sentaban al sol con las manos sobre sus bastones. Siempre había algo que mirar. Por no mencionar las actividades de ven­der, comprar, regatear, acarrear, cargar, pregonar las mercancías… Esa tarde advirtió el gran número de frailes do­minicos que, con sus atuendos negros y blancos, se mo­vían entre la multitud. Estaban por todas partes.

Encontró a Bernard en su contaduría. Era un hombre bajo, de cabeza calva y redonda y ojos saltones.

—¡Jéróme! ¡Estás en la ciudad! Bienvenido —saludó, rodeándole los hombros con el brazo.

¿Me puedo quedar contigo esta noche?

Pues claro. ¿Dónde te ibas a quedar si no?

Entonces te veo luego. —Se dieron unas palmadas en el hombro, amigos de la infancia contentos de verse.

—¿Cenarás conmigo?

—Encantado. Hasta luego, pues.

Al final de la tarde, después de vender o trocar la ma­yoría de su mercadería, incluidos los dos gallos, Jéróme enganchó el poni al carro casi vacío y se encaminó hacia el establecimiento de Bernard, la casa de un rico mercader. Una vez en el patio llamó a un criado que corrió a recibir­le, le quitó la brida del animal y abrió el establo de madera. Jéróme conocía tanto a los criados como ellos a él. Para cuando acomodó al caballo en su cuadra y dejó el carro donde no estorbara, Bernard había cerrado la tienda en la parte frontal de la casa y acudió a recibirle.

Bravo, Jéróme. Nunca sabemos cuándo te decidi­rás a venir al pueblo. Pasa, pasa. ¿Te apetece cenar y to­mar una copa?

Sólo cuando terminaron la cena y se sentaron con unas copas de vino mencionó Jéróme la perturbadora conversación que había sostenido con el sacerdote. Ber­nard se quedó mirando el fuego, asintiendo con gesto so­lemne.

—No alces la voz. Es verdad, es verdad.

—Pero Alzeu… ¿Qué había podido hacer?

Conocía a algunos Hombres Buenos. . . , , .

¿Eso es todo?

—Tuvo mala suerte —susurró Bernard, frotándose las manos una y otra vez, como el viejo sacerdote—. Tuvo la mala suerte de ser hombre acomodado. Vivimos tiempos peligrosos. Sí, se había encontrado con algunos Hombres Buenos. ¿Quién sabe con cuánta frecuencia?

—Todo el mundo ha conocido a algún Cristiano Bue­no en algún momento de su vida.

—Te digo una cosa, Jéróme, todos tenemos miedo. ¿Te has enterado de lo de Jean Tisseyre?

Jéróme negó con la cabeza.

Era un trabajador de Tolosa. No sé qué pasaría, pero alguien debió de acusarle. El caso es que vivía a las afueras de la ciudad y un día se volvió loco, agarró un ta­burete y se puso a rondar por las calles. De vez en cuando se subía al taburete y gritaba: «¡Ciudadanos! ¡Escuchad, ciudadanos! No soy ningún hereje. Tengo esposa, duer­mo con ella, juro, miento y soy un buen católico. Como carne.»

¿Pero en qué estaba pensando? —Jéróme se echó a reír y Bernard apenas podía permanecer sentado mien­tras contaba la historia en susurros y a borbotones.

—Ya te digo, alguien debió de acusarle o algo así. «No creáis sus mentiras», gritaba. La gente se arremolinaba a su alrededor. «Debemos unirnos contra ellos. Os acusa­rán a vosotros también, a ti, y a ti, y a ti, y a ti, como me han acusado a mí. Esos hijos de puta quieren acabar con nosotros.»

¿Y qué pasó? —

Bernard se encogió de hombros.

Los alguaciles lo detuvieron y lo metieron en la cár­cel junto a algunos Puros. ¿Y sabes qué? Pues que los perfecti lo convirtieron. Tomó el hábito de Cristiano Bueno y se fue alegremente a que lo quemaran en la hoguera.

—De modo que los dominicos consiguieron lo que querían: un hereje.

Se quedaron un rato en silencio.

¿Estás seguro, Bernard?

—¿Quién sabe? Yo estaba en el pueblo cuando detu­vieron a Alzeu. Fue en plena noche. Dos hombres en­mascarados aporrearon su puerta, uno de los criados fue a abrir y se encontró con las sombras que arrojaban sus antorchas y el terror de sus máscaras. El hombre se llevó un susto de muerte. No se habla de otra cosa. Si vas a la taberna lo oirás. Se ve que lo apartaron de un empujón y subieron las escaleras.

¿Eran monjes?

—No, seguramente alguaciles, pero al servicio de la Inquisición. Aunque, ¿quién sabe? Ya te he dicho que llevaban la cara tapada.

»Sacaron al pobre hombre de su cama, todavía con el camisón puesto. No tenía ni idea de lo que había hecho. Lo agarraron por los hombros y lo llevaron a empujones escalera abajo hasta sacarlo a la calle. Su esposa los seguía dando gritos, también en camisón. Se lo llevaron a los Muros.

Los Muros. —Jéróme se estremeció. Aquella pri­sión albergaba todos los instrumentos de tortura. Muy pocas personas salían de los Muros, y nunca de una pie­za—. ¿Y luego?

Confesó… confesó lo que fuera. —Los ojos de Ber­nard parecía que iban a salirse de sus órbitas. Se pasó las manos por la cabeza calva como para aplastarse un pe­lo imaginario que se le hubiera puesto de punta—. ¿Y quién no confesaría? Yo confesaría cualquier cosa sólo con ver los instrumentos. Lo detuvieron el martes y lo quemaron el sábado. Fuimos todos a verlo, el pueblo en­tero. Nos ordenaron ir porque iba a ser una lección para todos, pero mucha gente fue por diversión. Yo lo cono­cía, Jéróme. Imagínate, verlo ahí en camisón, porque lo quemaron en camisón, le quitaron hasta la ropa, no iban a desperdiciar una buena camisa y unos buenos zapatos. Lo ataron al poste con las manos a la espalda. Tenía una expresión enloquecida, el pelo agitado en torno a la cara. Escudriñaba la multitud como si buscara a alguien o algo, moviendo la cabeza de un lado a otro, y tenía tanto miedo que se le veía el reguero de pis corriéndole por la pierna y manchándole el camisón de amarillo. Pero no pudo apagar el fuego que le lamía los pies. Lanzaba tales alaridos que se me heló la sangre en las venas. Su mujer, ahora su viuda, estaba allí, llorando, sin saber si también a ella la detendrían, puesto que había estado con el hom­bre que había conocido a un hereje.

—No… —Jéróme movió una mano.

¡Y qué peste! ¿Tú sabes cómo huele la carne que­mada? Sale un humo negro y pegajoso que se mete por todas partes. El viento levanta las cenizas que se te posan en la piel, y te da la impresión de que Alzeu te está ca­yendo encima. Y todo por el dinero. —Bernard se incli­nó para susurrarle al oído—: Por supuesto se han queda­do con su casa y sus tierras. Era un artesano libre y había adquirido una pequeña propiedad y oro. Se lo han lleva­do todo. Uno está a salvo si puede comprar su libertad. Él no tenía bastante.

¿Y qué ha pasado con su mujer?

Ha vuelto con su familia, en Navarra. Era de allí.

El caso es…

El caso es que nadie está a salvo, Jéróme. Todo el mundo conoce a un Cristiano Bueno, o ha conocido a al­guno, o conoce a alguien que conoce a alguno. Pueden detener a cualquiera. Y están cada vez más ansiosos, por lo del tesoro.

¿Qué tesoro?

¡Qué tesoro! Pues el tesoro de Montségur, hom­bre, ¿es que no te enteras de nada?

—Yo no sé nada de ningún tesoro. —Jéróme tendió las manos con una sonrisa amistosa.

Bernard se arrellanó riendo en su silla.

Pues debes de ser el único hombre sobre la tierra que no ha oído hablar de él. Fue hace meses. ¿Te lo cuen­to? Yo creo que ha sido la pérdida del tesoro lo que los ha enfurecido tanto. Son como avispones, que salen zum­bando cuando atacas el nido. Ahora vuelan en círculos y nadie está a salvo: primero perdieron el tesoro, y luego tres perfecti se les escapan de las manos.

Bernard se asomó a la puerta y la cerró de nuevo con cuidado. Comprobó que todas las ventanas estaban tam­bién cerradas y luego acercó su silla a la de Jéróme. El fuego agonizante oscilaba a su espalda, arrojando un res­plandor rojizo sobre sus rostros.

Habla en voz baja —advirtió Bernard—. Las pare­des oyen. ¿Tú has oído hablar del asedio de Montségur?

Jéróme asintió con la cabeza.

Sabrás que la fortaleza era al principio un monaste­rio, un lugar sagrado para los herejes. Cuando los france­ses la sitiaron, vivían allí doscientos perfecti, hombres y mujeres, la flor y nata de la Iglesia del Amor, incluyendo al obispo cátaro, junto con doscientos arqueros, solda­dos, mercenarios y caballeros que acudieron a defenderlos. Y sus mujeres. Pero por lo menos habrás oído hablar del asedio, ¿no?

—Sí, pero sigue. Quiero oírlo.

Pues todo el tesoro de la Iglesia catara estaba en Montségur, y dicen que la verdadera razón del asedio no era tanto la idea de quemar a doscientos perfecti como la posibilidad de robar el tesoro. El sitio comenzó hace un año, en mayo, y duró hasta febrero. Ninguna fortaleza ha resistido tanto, mucho más tiempo del que nadie ima­ginaba que una fuerza tan pequeña podía resistir. Había todo un ejército rodeando la montaña, y cuatrocientos defensores, muertos de hambre.

»Por fin, en pleno invierno, cuando ya era evidente que no podrían aguantar mucho más, los herejes sacaron en secreto el tesoro y lo escondieron. Aquella zona está plagada de cuevas. Eso fue en enero. La fortaleza aguan­tó un mes más, antes de rendirse.

¿Y no se habla también de un traidor? —preguntó Jéróme.

Sí, un vasco que enseñó a los franceses el camino para subir por el risco. Una vez que los franceses toma­ron la barbacana, estaban ya a pocos cientos de metros de la fortaleza. Fue el final. Los herejes se rindieron.

—Y ardieron en la hoguera.

Sí. El que no estaba herido estaba enfermo o muer­to de hambre. Ya no podían resistir. Ya conoces las leyes de la guerra. Si los franceses hubieran tomado la fortale­za, habrían asesinado a todo el mundo: hombres, muje­res, niños, civiles o soldados. Pero si se rendían, todos menos los herejes quedarían libres. Me han dicho que fueron precisamente los herejes los que insistieron en la rendición. Preferían morir antes de que mataran a los soldados. Se entregaron en Pascua.

¿Y el tesoro?

Pues eso es lo mejor, que cuando los franceses entraron no encontraron ningún tesoro. Pero eso no lo descubrieron hasta que ya habían quemado a todos los perfecti que podían saber de su paradero.

Jéróme se echó a reír y Bernard asintió con la cabeza.

—Ya sabrás, claro, que los Puros no pueden mentir. Si les preguntan si son herejes, tienen que admitirlo. De manera que fue muy fácil acorralarlos y quemarlos. Pero el caso es que la noche antes de que los franceses entra­ran, por lo visto tres de ellos escaparon.

Bernard se quedó mirándolo expectante.

—¿Tres qué?

—Tres perfecti —susurró Bernard—. ¿No lo entien­des? Quemaron a doscientos, pero tres desaparecieron. Eso significa que la herejía puede continuar. Bautizarán a otros y convertirán a nuevos herejes. La Iglesia no ha sido erradicada.

Hmm —gruñó Jéróme.

Hoy me he enterado de que andan buscando al guía.

¿Al guía vasco?

—No al que condujo a los franceses por la montaña, sino al que guió a los herejes que escaparon. Dicen que hay una mujer involucrada, que ella era la guía o que conoce al guía, y ahora los frailes se han propuesto encon­trarla. Seguro que los habrás visto por el pueblo. Quie­ren el tesoro, por supuesto.

¿Y quién es ese guía?

Ah, eso no se sabe. De momento están buscando a una vieja. Yo no sé más. Han dicho a todo el mundo que ande con los ojos abiertos por si se la ve.

—Y ahora seguro que matan a un montón de mujeres — aseveró Jéróme con una amarga carcajada—. Si yo me la encontrara, tendría que decirme dónde está el tesoro.

Bernard se encogió de hombros.

—No hagas bromas. Que sepas que están mandando a artesanos y mercaderes a los Muros. —Atizó las cenizas y avivó el fuego para la noche—. No, corren malos tiempos. Los precios están por las nubes. No se puede comprar nada. Mira los productos que se venden en el mercado. Es una desgracia, y si me oyeran hablar así me detendrían también, así que esta noche no he dicho ni una palabra. No veo qué tiene de malo que nuestra Iglesia o los domi­nicos nos libren de los herejes. Yo sería el primero en pro­clamarlo en público. Esta guerra ha durado demasiado, es hora de acabar con los herejes y seguir adelante con nues­tras vidas. Cuanto antes terminen con ellos, mejor. No es­toy en contra de la limpieza, pero Alzeu…

—Pobre hombre. —Jéróme se puso en pie y se estiró.

—Y eso de que hombres enmascarados irrumpan en nuestras casas…

—Pues a mí no me gustaría estar en el lugar de la an­ciana esa… a menos que tenga una familia que pueda pro­tegerla.

—Pero las familias ya no sirven para proteger a nadie.

—Son tiempos difíciles, ya lo decía el sacerdote.

—Tiempos difíciles —repitió Bernard, tendiéndole una antorcha—. Buenas noches. Ya sabes dónde está tu habitación. Nos vemos mañana.

Ya caía la tarde cuando Jéróme subía por el camino de la montaña, paso a paso, con una mano en la crin de su poni. Cuando vio a la mujer, sus pensamientos, lejos de las truculentas historias de Bernard, giraban en torno a las tranquilas colinas, resplandecientes bajo el sol crepus­cular, el movimiento de la cruz del poni bajo su mano y el trabajo que le esperaba en casa. Se miraba los pies, la hierba, el cielo, a la manera lenta y observadora de los hom­bres del campo, de modo que cuando vio a la mujer senta­da junto al camino, no le dio ninguna importancia.

Las palabras saltaron de su boca, y se dirigió a la po­bre mujer como lo habría hecho hacia un perro herido.

¿Queréis que os lleve, madre?

Sólo cuando ella se sentó en el carro advirtió Jéróme sus zapatos raídos, su pelo sucio y despeinado, y apartó la vista. Una mujer no debería mostrarse tan desaliñada. Era como si fuera desnuda. Le irritó que se hubiera abandona­do de ese modo, pero al mismo tiempo tuvo ganas de to­carla, de consolarla como haría con el poni, con la voz y las manos, decirle que todo saldría bien. «Venga, venga», murmuraría acariciándole el lomo como si ella fuera un caballo, y la almohazaría. En ese momento ella levantó las manos y se atusó el pelo antes de atárselo con un pañuelo. Y aquel gesto tan terso, tan eficiente e incluso elegante, fue una conmoción para él. Alzó la vista hacia la mujer del carro, sentada muy erguida y con la cabeza alta, un poco ladeada mientras miraba hacia el horizonte, y por un ins­tante la luz que se filtraba entre los árboles cayó sobre sus finos pómulos. Era preciosa. Jéróme apartó la vista y la clavó en el camino delante de él. ¿Quién era aquella mu­jer? ¿Sería una bruja? Las brujas tenían esos poderes so­bre los hombres. Pero mientras caminaba junto al carro sintió ligero el corazón y una sonrisa osciló en sus labios. El aire parecía más luminoso, los colores más fuertes, la luz llameaba plateada en el envés de las hojas. Hasta en­tonces no se había dado cuenta de lo bien que se sentía.

Cuando se atrevió a mirarla de nuevo, no vio nada notable, sólo una mujer atractiva sentada en su carro. Te­nía la habilidad de guardar silencio, cosa que a él le gustó. Le gustaba tenerla allí.

—¿Adonde vais?

—A Montségur —contestó ella.

Él lanzó un silbido y alzó las cejas, acordándose de la historia del tesoro y los inquisidores que buscaban a una mujer. Mantuvieron una pequeña charla, pero Jéróme sólo pensaba y calibraba los entresijos de aquella situa­ción, como un perro cazador buscando, al acecho de un ave: si fuera una bruja o una hereje, debería echarla de su carro en ese momento, pero lo cierto es que deseaba reci­bir una vez más la mirada de sus bonitos ojos. En ese mismo instante ella se movió, ladeó la cabeza y lo miró.

Le estaba embrujando, y él no era más que un senci­llo granjero indefenso, mientras que ella era una aristó­crata, eso estaba claro. Se la quedó mirando con la boca abierta y entonces oyó el ruido de cascos, y de nuevo las palabras brotaron de sus labios.

Escucha con atención, me llamo Jéróme Ahrade. Tengo este poni…

Jéróme no se sorprendió por sus propias palabras. Al sonido de los cascos había sentido la tozudez caer sobre él como un manto, la terca rebelión de un hombre de campo que no estaba dispuesto a que lo pisotearan o a que lo desviaran de su lenta ruta. ¿Por qué tenían que lle­varse el tesoro los frailes? Alzeu, Bernard, el viejo sacer­dote… Tiempos difíciles. Pero eso era en el pueblo, mien­tras que aquí Jéróme estaba en su propio terreno. Podía ayudar a una mujer indefensa si así lo deseaba.

Después, los frailes habían montado y se habían aleja­do colina abajo en tropel, en pos de un pobre campesino al que quemarían. Jéróme había tomado las riendas del poni y echó a andar. La mujer, Jeanne, iba en silencio y él se ale­gró. El encuentro con los monjes lo había puesto nervio­so. Necesitaba tiempo para pensar qué hacer.


13

Saca la miga de una hogaza de pan, vierte el guiso en ella y me ofrece mi parte. Raíces y grano con lentejas.

—Está muy bueno.

Hmm —contesta. Casi ha anochecido. Comemos fuera, sentados junto a la puerta. La primera estrella bri­lla en el cielo nocturno.

¿Hay lobos en estas montañas? —pregunto, toda­vía temerosa de los lobos después de tantos años, aunque nunca he visto ninguno.

El perro lobo de Gobert, mi marido, era tan gran­de como un lobo, o más, con su greñudo y tosco pela­je gris y sus largas patas. Se llamaba Loup-Baiard. El perro de mi marido, que me protegió durante el primer año de mi solitario matrimonio, cuando estaba perdi­da en un castillo extranjero. Yo sola, con mi querido Loup-Baiard, que ponía su áspero morro gris bajo mi mano reclamando atención. Antes de que pasara un ve­rano, Loup-Baiard me pertenecía a mí, era mi perro, mi lobo protector. Este cambio en sus lealtades molestó a Gobert.

A veces bajan en invierno —dice Jéróme —, cuando el invierno es crudo y la nieve profunda y no pueden encontrar alimento.

Jéróme mastica despacio.

—Si te quedas en casa estarás a salvo. Yo me echo a reír.

—Una vez oí de un fraile que amaestró a un lobo. ¿Quieres que te lo cuente? Se llamaba Francisco, y di­cen que lo han hecho santo. Vivía en Italia, y era tan bue­no que los pájaros acudían a comer de sus manos. Una vez bajó un lobo al pueblo de Gubbio, cerca de donde él vivía, buscando un niño o una gallina que comer, porque ya se había comido a otros niños. La gente del pueblo quería matarlo, pero el santo dijo que Dios no nos per­mitía matar, ni siquiera a un lobo.

—Eso es una tontería.

—Qué va, es una historia verídica. Escucha. Francisco dijo que amaestraría al lobo, y la siguiente vez que el ani­mal bajó al pueblo todas las mujeres salieron corriendo y gritando y encerraron a sus hijos en sus casas, y el lobo se paseó por el pueblo, moviendo la cabeza a un lado y otro…

—Lo haces igual que un lobo —comenta Jéróme, con esa sonrisa desdentada que tiene.

—… pues la gente del pueblo se reunió con horcas y lanzas y cuchillos y redes para matar al lobo, pero enton­ces apareció Francisco, que tendió la mano y el lobo se frotó contra ella como si fuera un gato, estiró las patas y se tumbó como haciendo una reverencia.

—¡Venga ya! ¿Es eso verdad?

—Entonces el fraile le tomó la cabeza con las manos y le dijo que estaba mal comerse a los hijos de los aldea­nos y a los rebaños, y que no debía hacerlo y que Dios siempre cuidaría de él. Y lo mismo les dijo a los aldeanos.

Lo más increíble es que el lobo lo entendió todo y a par­tir de entonces vivió, o todavía vive, en Gubbio como un perro. La gente del pueblo le daba de comer y él no vol­vió a matar.

—Pues la gente de por aquí no haría nada parecido —declara Jéróme, al cabo de un momento de pensar so­bre la historia—. Adoptar a un lobo… —Mueve la cabe­za—. Pero ahora que me acuerdo, no hace mucho tiem­po un hombre encontró a un cachorro de lobo y se lo llevó a su casa y lo amaestró, y al final se portaba como un perro. Le encantaba ser un perro.

—¿Llegó a volverse salvaje?

—No, se quedó de perro. Tenía los ojos blancos.

Y entonces, como me acuerdo de Loup-Baiard, le cuento otra historia famosa.

—Una vez había un caballero muy valiente que tenía un perro de caza muy bueno y leal, llamado Berenger. El animal era conocido por su bondad con su señor y su ferocidad en la caza. Era el rey de los perros. El caballero estaba encantado, porque le tenía un amor sin límites, y él correspondía a ese amor. Eran inseparables, perro y caballero.

—¿Cómo era? —pregunta Jéróme, siempre encanta­do con una buena historia.

—Era gris, de pelo hirsuto y greñudo —contesto, describiendo a Loup-Baiard—. Con la cabeza grande y los dientes blancos y fuertes. Las orejas caídas, así. Pero déjame seguir.

»El caballero se casó y pronto su mujer dio a luz a un hijo fuerte y sano. El caballero estaba contento y quería mucho al niño. Cuando se iba de casa dejaba al perro al cuidado, para que protegiera al niño, porque el animal era muy leal y el caballero confiaba mucho en él”.

»Un buen día el caballero y su mujer se fueron de caza y dejaron al niño en su cuna en el jardín, bajo la pro­tección del perro. ¡Y de pronto vino un lobo! —exclamo, lanzando un zarpazo a Jéróme, que da un brinco y se echa a reír—. Vino un lobo del bosque —prosigo, encan­tada— y no te imaginas la pelea que se armó. Mordiscos, gruñidos, ladridos, y no se sabía quién era más fuerte, si el perro o el lobo, hasta que uno murió y el otro se quedó sangrando.

»Esa tarde, cuando el caballero volvió con su mujer, subió corriendo las escaleras y atravesó la arcada para entrar en el jardín a ver a su hijo. ¡Imagínate su espanto! La cuna estaba volcada, las sábanas ensangrentadas, el bebé había desaparecido. Y el perro, Berenger, saltó a sa­ludar a su amo, con el morro ensangrentado y goteando sangre del pecho. El caballero sacó la espada con un grito y le cortó el cuello.

—¡Ah!

¡Zas! —exclamo, haciendo un gesto con el brazo como si blandiera una espada—. El perrazo cayó a los pies de su amo y todavía intentó arrastrarse para lamerle la mano, pero el hombre se apartó. No quería tocarlo. Se apoyó en la espada, con la cara surcada de lágrimas, y lo vio morir… el noble Berenger, a quien tanto había querido y que había matado a su hijito. Pero de pronto oyó unos balbuceos entre los matorrales, ¿y qué te crees que vio?

¿A su hijo?

—Exacto, a su hijo, que se mordía alegremente los dedos de los pies entre balbuceos, y junto a él el cuerpo ensangrentado de un lobo. í

¡Aah! —suspira de nuevo Jéróme. —Y en ese momento apareció la mujer del caballero.

«¡Qué habéis hecho, señor!», gritó. «He matado a mi mejor amigo», contestó él. «Un perro tan noble que nada podrá reemplazarlo. ¡Ay de mí!»

Nos quedamos un momento en silencio, pensando en el perro Berenger.

—Bueno, ¿qué te parece? Es una historia muy triste, ¿verdad?

—Eso pasa por ir con espada. Si hubiera sido un cam­pesino, habría tenido que ir a por una horca detrás del establo o a por un cuchillo para matar al perro, y para cuando hubiera vuelto habría encontrado al niño y al lobo muerto.

—La moraleja es que nunca hay que apresurarse, que no hay que actuar por impulso.

—Pero por otra parte yo creo que cualquiera habría hecho lo mismo —dice Jéróme pensativo—. Es una his­toria triste, pero ¿quién no mataría al perro que ha mata­do a su hijo? Aun así —añade, con la voz trémula de ra­bia—, ¿a quién se le ocurre dejar a un niño al cuidado de un perro? La culpa es del caballero. ¡Qué idiotez! ¿Dón­de estaba la niñera? ¿O por qué no encargó a otro niño mayor que cuidara de él? Para eso están los niños, para ayudar, y los nobles tienen muchos criados. ¿Dónde es­taban los criados? —pregunta con ojos llameantes.

—Es sólo una historia. —Me echo a reír. Él me mira avergonzado.

—Es una historia muy bonita. Me ha gustado mucho. ¿Te sabes más?

—Sé muchas historias. La de los amantes Tristan e Isolda, o la de Roland, el caballero de Carlomagno. Tam­bién puedo contarte la de Orfeo, que fue al infierno a buscar a su esposa, Eurídice. —¿Por qué quiero impre­sionarle con mis historias? Quiero que me admire, quie­ro que me deje quedar—. Ya te las contaré.

Ha caído la noche y las estrellas titilan cubriendo el cielo como granos de arena, como polvo de oro, tan frías, tan cercanas.

—Hora de irse a la cama —dice Jéróme. Luego me tiende un cuchillo—. Toma. Córtate el cordel y dámelo.

—¿Qué cordel? —Noto el rubor en la cara, el hormi­gueo del miedo.

—Has dicho que llevabas un cordel de hereje. Dámelo.

—No es auténtico.

—Da igual.

Giro el cuchillo en mis manos, conmocionada. Hace tanto tiempo que no manejo un cuchillo… Me conmuevo al sentir su forma en mi mano. Pero ¿cómo puedo cortar el cordel que me ata a Guilhabert, a Poitevin, a Hugon, al asedio, a la cueva? Quiero huir. Podría apuñalar a Jéróme y escapar ahora mismo, podría hundírmelo entre las fal­das y abrirme el vientre y seguir a los otros, y de pronto las lágrimas surcan mis mejillas y el cuchillo me canta al oído su agudo canto metálico de sirena, el gemido de las hojas, porque ¿cómo puede saber Jéróme lo que me está pidiendo?, él que no ha conocido a la adorable Baiona ni ha visto cómo Guilhem se balanceaba sobre los talones o cómo tendía sus grandes manos, alzando su cabeza co­briza y riéndose. Me podría cortar la mano. El cuchillo quiere sangre, quiere cortar.

—No pasa nada, mujer. No tienes por qué llorar.

Ahora estoy en la casa, cerca del fuego, y Jéróme tie­ne de nuevo el cuchillo. ¿Cómo he llegado hasta aquí? No recuerdo haberme movido. Los ojos rojos de las lla­mas brillan en el hogar.

Es tarde.

—Anda, deja que lo corte yo.

—¿El qué?

—El cordel. Has dicho que llevabas un cordel.

—¿Qué cordel? ¿De qué me estás hablando? —grito. Siempre con una mentira a punto. El viejo verde, inten­tando meterse bajo mis faldas.

—Venga, llevas un rato ahí de pie, llorando con el cu­chillo en la mano. No es prudente llevar el cordel y tú lo sabes. —Me habla con el tono suave y sereno que utilizaría con un animal herido—. Tus amigos no querrían que te hi­cieran daño, ni yo tampoco. Además, es peligroso para mí.

Ahora me acuerdo. Tiene razón, por supuesto. Miro a mi alrededor, distraída. ¿Qué hago en esta casa? Todo parece extraño, pero este granjero está delante de mí, fir­me como una roca, mirándome con la paciencia de un hombre de campo. Tiende el cuchillo de nuevo.

—Pues desátalo entonces, si no quieres cortarlo, y dámelo. Yo lo guardaré hasta que te marches.

—Date la vuelta.

—No voy a mirar.

Me meto la mano bajo las faldas y corto el cordel que llevo en la cintura. Es tan fácil… Parece tan fácil, estando él cerca.

—Es de lana, y ni siquiera es blanco. Y ahora se acabó eso de los herejes y todas tus fantasías. No sé lo que te ha­brá pasado, pero se acabó hace mucho tiempo. Anda, deja de temblar. Venga, que es hora de irse a la cama.

Me lleva al almacén y me alumbra hasta la cama.

—Mañana tendremos que pensar qué vamos a hacer contigo.

—Me iré.

—Si te vas me meterán en la cárcel —murmura, ta­pándome con mi capa. Sus movimientos son suaves y considerados—. Fue una tontería decir que eras mi mujer. Ahora tendrás que quedarte una temporada.

Bueno, me quedaré un día o dos, pero nada más.

—Ya pensaré lo que les diremos a los vecinos. Que duermas bien.

Se marcha y yo me quedo pensando. Jéróme no sabe que entre mis faldas llevo algo más peligroso que aquel cordel de imitación que era sólo una fantasía. Bajo mis faldas descansa la preciosa Palabra de Dios, y si encon­traran el Libro acabaríamos los dos en la hoguera.

«Al principio fue el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Era en el principio con Dios; todas las cosas se hicieron a través de él…»

Esa noche sueño que me persiguen, que corro eterna­mente como un venado ante las lanzas del cazador, con las astas enhiestas, aterrada porque he perdido el tesoro, y en el sueño lo busco antes de que los otros lo encuen­tren.


14

Tardaron dos días en llegar andando a Montségur, y al final del primer día estaba embelesada, a pesar de la desaprobación de Esclarmonde. ¡Menuda aventura! Se daba cuenta de que nunca había estado tan lejos de casa y apenas podía dejar de mirar la belleza del paisaje: el vien­to haciendo olas en un campo de trigo, los plateados oli­vos que relucían agitando los enveses de sus finas hojas. ¿Estarían rezando también, uniendo sus manos? Había momentos en los que, sin dejar de andar, alzaba la cabeza y al ver a lo lejos las montañas nevadas se quedaba sin aliento.

En aquella larga marcha le hablaron de Guilhabert de Castres, obispo de la Iglesia catara. Se rumoreaba que el obispo era tan santo que no necesitaba dormir. Decían que había vivido en una cueva doce años, como eremita, y que en ese tiempo no pronunció ni una palabra. Más tarde salió de su aislamiento, donde había visto al mismí­simo Dios, y decían que le resultaba tan difícil llevar una vida normal que lloraba constantemente. Tenían miedo de que se le cayeran los ojos de tanto llorar. Pero poco a poco los llantos cesaron y el obispo asumió su lugar al frente de la Iglesia catara. Decían que no comía nunca, que ningún alimento había tocado sus labios en ocho lar­gos años.

Una vez un caballero se lo encontró en el camino, bajó de un salto del caballo e hizo la adoratio, y cuando el obis­po pasó de largo el caballero se volvió hacia su escudero.

—Preferiría ser ese hombre antes que cualquier otro sobre la Tierra.

El obispo era un hombre pequeño, de pies y manos diminutas y bien formadas, pero tan poderoso que las multitudes se apartaban ante él, llenas de respeto, como si emitiera una onda invisible. El saludaba con la cabeza a izquierda y derecha, derramando alegres bendiciones so­bre todos. Todo el mundo quería arrojarse a sus pies. Emanaba un aire de tal bondad, decía Esclarmonde, de tal alegría y felicidad que cuando le conocías te parecía que llevaba toda la vida esperando para hablar contigo: ¡qué contento lo ponía tu presencia!

—Es su sonrisa —dijo Ealaine— y sus ojos tan bri­llantes.

—Es su amor —afirmó Esclarmonde.

Sin embargo, lo que le hacía tan especial eran sus visio­nes, su intuición exquisita. El lo llamaba su sabiduría y sus revelaciones. Era capaz de hendir el velo que cubre lo in­visible. Gracias a ese don había pedido al caballero Perella que donara Montségur a la causa y luego que lo recons­truyera y lo fortificara: el obispo sabía algo de Montségur que los demás ignoraban.

—¿El qué? —pregunté.

—No lo sabemos. No lo quiere decir. Pero sabe algo. Te vas a sorprender al ver la fortaleza.

Pero nada había preparado a Jeanne para el momento en que vio la montaña alzándose de la planicie como un dedo pulgar gigantesco, o la fortaleza colgada de su cima o, una vez que subieron y llegaron sin aliento a la cima del cerro, las colosales puertas de madera que cerraban la muralla. Eran tan grandes que habían tenido que cortar en ellas puertas más pequeñas, una lo bastante ancha para dar paso a una carreta cargada (si es que tal vehículo pu­diera subir por el escabroso camino), y dentro de ella otra más pequeña, que sólo daba cabida a un hombre o una mujer, y ambas puertas estaban talladas dentro del monumental portalón: una obra de gigantes. A sus pies el cerro caía mil doscientos metros hasta el valle.

Aquello era Montségur, el «monte seguro», inexpug­nable.

Las tres mujeres habían subido agarrándose a los es­cuálidos pinos y arbustos que crecían por todas partes y que emanaban el mismo olor acre del laberinto del casti­llo. Las raíces de los árboles se retorcían y entrelazaban por las rocas, gruesas como serpientes e igualmente a punto de enroscarse a sus pies. Jeanne tenía que vigilar cada paso. Por fin llegaron a la fortaleza sin aliento, ja­deando.

Hasta el último palmo de tierra de la cima de la mon­taña, bajo las murallas de la fortaleza, estaba cultivado en terrazas, de cada afloramiento rocoso entre las numero­sas chozas de madera o piedra brotaban hierbas o vegeta­ción comestible.

—¿Quién vive ahí? —preguntó Jeanne, señalando las chozas, algunas de las cuales no eran más que cuevas poco profundas con una pared levantada alrededor del saliente rocoso.

—Los perfecti —respondió Esclarmonde—. No to­dos pueden estar en la fortaleza. Algunos son eremitas, otros son más sociables.

Jeanne miró en torno a sí consternada. Las cabañas se apoyaban contra las murallas de la fortaleza o sobresa­lían peligrosamente hacia el vacío desde sus precarios apoyos en las rocas. Y todos eran viejos, ancianos, ancia­nas, en su negro riguroso. Jeanne se estremeció al pensar que iban a dejarla allí y quiso arrojarse a los pies de Esclarmonde para pedir perdón, pero la mujer ya estaba entrando en la fortaleza.

—Vamos. Te presentaré al obispo —dijo Esclarmonde.

Jeanne hecho una última mirada horrorizada y vio a un trabajador que le sonreía abiertamente. Llevaba una chaqueta de piel y estaba apoyado en una palanca. Tenía los ojos azules y el pelo cobrizo: un creyente que aún no era perfectus. Jeanne sacudió la cabeza con desdén y apartó la vista, pero se las arregló, antes de desaparecer a través de la puerta, para mirar por encima del hombro. Él todavía la miraba. Jeanne lo observó fríamente de arri­ba abajo antes de entrar en el patio del castillo.

Al día siguiente Esclarmonde y Ealaine se despidie­ron de ella y bajaron por la empinada ladera, mientras Jeanne, con las manos a los costados, lloraba porque la abandonaban allí, entre los ancianos Puros.

—No os vayáis, no os vayáis. —Pensó que se le rom­pería el corazón, que se le haría añicos y caería por el cerro tras ellas como piedras, y luego, cuando las perdió de vista, echó a correr por el camino y se tiró al suelo so­llozando con aullidos entrecortados, de pura soledad.

Para su sorpresa, al ir pasando los días, se sintió cada vez más alegre. Vivía en una estrecha choza de piedra con la anciana dama Marquésia de Forli, que ya tenía más de ochenta años y que, a ojos de Jeanne, podía haber cumpli­do más de mil, porque en su piel de pergamino había una red de arrugas y hendiduras tan fina como las venas de una hoja y tan frágil como su sonrisa; tenía las manos mo­teadas de manchas de vejez y los párpados tan caídos que Jeanne se preguntaba cómo podía ver. Su socia había muerto. Jeanne le preparaba la comida, hacía recados, la ayudaba en la letrina y la acompañaba donde hiciera falta.

Así era el día de Jeanne, tal como estableció el obispo Guilhabert de Castres:

Se levantaba con la primera luz, cuando las sombras perladas abrían los valles. Salía soñolienta al umbral de la choza para saludar y bendecir el día: «Hola, gracias por venir. ¡Va a ser un día estupendo!» Y luego: «Señor Dios, este día es Tuyo.» Se lavaba las manos en una vasija de ar­cilla, se lavaba los dientes con una ramita, se vestía y ayu­daba a la anciana a lavarse y vestirse antes de acompañarla a la sala de meditación. Allí todos, menos los cocineros, se sentaban en silencio durante una hora. A veces Jeanne se agitaba aburrida, a veces dormitaba y despertaba sobresaltada, o jugaba con las sombras que proyectaban sus dedos en la pared. Pero de vez en cuando sentía una gran felicidad y, a medida que fue pasando el verano, comenzó a disfrutar de aquella hora que pasaba a solas con sus pen­samientos.

Más adelante Guilhem, el hombre de pelo cobrizo, empezó a asistir también, y ella encontró placer en ob­servarlo (cuando él se dignaba a presentarse), permitiéndose acariciar con la mirada la curva de su cuello o sus manos torpes en sus rodillas. Sí, llegó a gustarle aquel momento de silencio.

Después del desayuno se ponía a estudiar con una de las perfectae. Jeanne ya sabía leer y escribir en latín y en su lengua materna; había estudiado gramática y retórica. Oyó decir que en París se estudiaba también dialéctica o el arte de la lógica y el razonamiento, pero eso era demasiado avanzado para ella. El obispo Guilhabert le man­daba copiar y memorizar largos pasajes del Buen Libro, le ponía problemas de matemáticas y le hacía componer con la mandolina (en esto mostró poco talento). Una mañana sí y otra no aprendía a escribir con distintos esti­los: una carta de negocios, una carta diplomática, una carta distinguida, una carta de condolencia…

Cuando vivía en Foix había pasado las tardes cum­pliendo con los deberes de las mujeres: preparar hier­bas, coser y bordar mientras alguien leía en voz alta las Escrituras (y entonces su cuerpo se movía y se agitaba contra su voluntad, deseando salir corriendo) y a veces romances franceses (que ella escuchaba embelesada); pero en Montségur tenía las tardes libres, porque Marquésia quería dormir la siesta o rezar.

Al final de la tarde Jeanne preparaba gachas para cenar, daba de comer a la anciana y luego la ayudaba a acostarse. Era una buena mujer y Jeanne le tomó cariño, pero a quien llegó a querer de verdad fue al obispo Castres. Todo lo que Esclarmonde y Ealaine habían dicho de él era verdad.

Todas las noches se encontraba con él en la pequeña cueva de piedra que compartía con su socius Bertrand Marty. A veces Marty también estaba presente, pero no siempre. Jeanne se sentaba a los pies del anciano, que le dedicaba toda su atención, inclinado en su silla y mirán­dola con aprobación. Por aquel entonces Castres tenía en torno a cuarenta y cinco años, era un hombre calvo y diminuto, y ningún tema parecía estarle vedado (aunque ella no siempre recibía respuestas a las preguntas que for­mulaba).

¿Es verdad que nunca comes? — le preguntó Jeanne.

Como continuamente. Como el aire y el alimento espiritual de Cristo.

—Ya, pero dicen que hace ya ocho años que no tocas la comida.

—Ah, ¿eso dicen? ¿Y quién lo dice? —El hombre lan­zó una carcajada y su pequeño cuerpo se estremeció de risa.

Esclarmonde de Foix y su socia, Ealaine.

—Vaya, vaya, lo que se le ocurre a la gente con tal de cotillear.

Sin embargo, Jeanne jamás le vio llevarse nada a la boca, y a pesar de eso el hombre era fuerte, nervudo y duro. Era capaz de pasarse días andando y resistir más que cualquier hombre joven.

Y además lo sabía todo. Si Jeanne atrapaba una mari­posa en el campo, él le contaba la historia de su vida. Co­nocía las virtudes curativas de las plantas, conocía la Bi­blia. Sabía reírse y cantar.

También sabía de los muchachos y conocía el cora­zón de las mujeres, de modo que un día Jeanne le contó su vergüenza y su rabia hacia Roger. Él escuchó pero sólo dijo «sí».

Al día siguiente el obispo le dijo que tenía que hablar en la confesión pública semanal, el aparelhamentum.

¡Ni hablar! —exclamó ella—. Ya me he confesado contigo y con Esclarmonde. No pienso hacerlo en público.

—Es la única manera de limpiar la vergüenza.

—Ésa es tu manera, yo no quiero ser perfecta, no ten­go por qué.

En ese caso, tienes que pasar un cuarto de hora al día, durante dos semanas, rezando por Baiona.

—¡No!

—Verás cómo se hace —prosiguió él, como si ella no hubiera hablado—. Visualizas la imagen de Baiona de­lante de ti…

La odio.

Eso no importa. —Rió—. No tiene nada que ver con eso. En tu imaginación, tienes que poner a sus pies todo lo que tú hayas deseado siempre: objetos, ropa, joyas y adornos, todo, tu madre, tu padre, Roger y todos los de­más muchachos, la corona de laurel… Tienes que darle un matrimonio feliz, amor, niños, riqueza, y también tienes que darle cualidades y virtudes. Otórgale belleza, sabidu­ría, honestidad, tolerancia, paciencia, dulzura de carácter, valor, amor y felicidad, y un corazón comprensivo. Todo lo que quieras para ti, se lo tienes que ofrecer. Y por último le das a Baiona todo lo que sepas que ella quiere. Dices que tiene talento artístico, así que dale lapislázuli y polvo de oro para pintar, un chico que le mezcle los colores o le prepare los pinceles. Eso es lo que significa perdonar: dar. «¿Dar qué?», me preguntarás. Darlo todo.

—No puedo. —Jeanne se apartó el pelo con las dos manos y se hizo una trenza. No pensaba hacer nada se­mejante.

Sí que puedes — contestó él muy serio—. Es la úni­ca manera de liberarte.

—Yo la odio. —Jeanne se inclinó vehemente.

Exacto. Y si no quieres confesarlo en público…

Estoy dispuesta a decir eso en público. Que todos se enteren de lo que hizo Baiona, y de que la odio.

No, Jeanne, lo que debes confesar son tus propias faltas, y si no estás preparada, intenta esta otra opción. Te prometo que te gustarán los resultados.

El primer día Jeanne dio una paliza a la imagen de Baiona en lugar de rezar por ella. Luego le contó al obis­po lo que había hecho. No podía realizar aquel ejercicio.

Ah. ¿Estás muy enfadada con ella?

—Sí.

¿Y con qué más?

Con todo. Estoy furiosa con Roger, con Esclarmonde por dejarme aquí, conmigo misma. ¡Estoy furio­sa por ser mujer! —gritó. Él ni siquiera parpadeó, sólo asentía con dulzura—. Estoy furiosa con este sitio tan horrible. Y contigo. ¡Estoy furiosa contigo!

¿Y con Dios? —preguntó él—. ¿No estás también furiosa con Dios?

Sí, estoy furiosa con Dios.

—Bien—dijo él—. Eso es bueno.

Al instante toda la rabia desapareció. .

¿Qué? —preguntó sobresaltada. Él sólo había di­cho «bueno» y toda su pasión se había desvanecido. Jeanne le escudriñó el rostro—. ¿Qué has hecho?

Él se limitó a sonreír y le dijo que se marchara. No fue fácil perdonar a Baiona. La rabia y la ver­güenza no desaparecieron al instante.

Dios no nos pide que lo hagamos todo al instante, sólo que estemos dispuestos —explicó él—. Con inten­tarlo basta. Si existe la intención, todas las fuerzas del universo espiritual te ayudarán a lograr tu objetivo. Es­toy orgulloso de ti, lo estás haciendo muy bien.

Eran palabras tan dulces… Jeanne se notó crecer ante su aprobación, el hielo se derretía en su corazón.

«Verteré agua limpia sobre ti», copió con su cuidadosa caligrafía. «Te daré un nuevo corazón y pondré en ti un nuevo espíritu; sacaré de tu carne el corazón de piedra…»

A partir de ese día, y para su sorpresa, ya no quiso hacer daño a Baiona, y al cabo de poco tiempo incluso le complacía otorgarle todas las cosas que deseaba; y más tarde se sintió tan feliz como si las estuviera recibiendo ella misma, de modo que la que salía ganando era ella.

¿Es eso verdad? —preguntó un día al obispo.

Muy bien —sonrió él—. Has encontrado el arte de la felicidad. Ama a tu prójimo, no porque sea lo que hay que hacer, sino porque es la ley del universo. Es lo que nos enseñó Jesús. Mucha gente no entiende por qué hay que seguir el Camino, muchos creen que es para conver­tirse en santo o para ganar el cielo, pero en realidad es sólo para ser felices ahora, en este momento, libres de odio, de rabia, de indecisión, de miedo.

Libre.

—Ahora tienes que rezar por ti.

¿Por mí?

—Reza para que puedas perdonarte.

Y Jeanne obedeció, hasta que un día se sorprendió ella misma al levantarse voluntariamente para confesar en público en el aparelhamentum, no su lujuria por Ro­ger, ni lo que había hecho con él, sino su terquedad, su negativa a escuchar a sus mayores, lo que la había llevado a los celos y al odio que había albergado su corazón y que impedían la felicidad. La confesión terminó con su decisión de intentar corregirse en el futuro.

Esas eran las enseñanzas del obispo cátaro Guilhabert de Castres, que también le dijo que saliera si quería, que explorase la zona.

¿Puedo ir a todas partes? ¿Al pueblo también?

—Todos saben que estás bajo mi protección. Pero no te pierdas.

¿De verdad puedo ir sola a la montaña? —En toda su vida, Jeanne apenas había estado nunca sola, y mucho menos andando por ahí—. ¿Y no hay osos? —preguntó insegura—. ¿No hay animales salvajes?

El obispo se echó a reír.

¡Si te encontraras con un animal salvaje, me preo­cuparía más de él que de ti! —se burló—. No te alejes de la fortaleza hasta que te sientas más cómoda. O llévate a alguien, si quieres.

—Pero ¿quién? ¿No va contra las reglas que me acompañe un perfectus?

Mira, llévate al soldado inglés, William. Yo hablaré con él. Así no tendrás que preocuparte de los osos y los lobos.

Fue el obispo quien le contó la historia del lobo de Gubbio. El fraile de la historia no era cátaro, pero sí un auténtico amante de Cristo, tal vez el mejor ejemplo de la santa Madre Iglesia. Él, como los perfecti, había hecho voto de pobreza, llevaba un tosco hábito y sandalias. Y cuando tendió la mano, llena de amor, el lobo se tumbó ante él.

Jeanne contuvo el aliento.

¿Es eso cierto?

—Totalmente. Y la gente del pueblo lo alimentaba como si fuera un perro.

Jeanne se quedó pensando un momento.

—Yo no creo que pudiera hacer eso si me encontrara con un lobo.

—No —se burló él—. Pero no te encontrarás con ningún lobo, te lo garantizo.

¿Cómo me lo puedes garantizar? ¿Es que también tienes poder sobre los animales salvajes de la montaña?

—No hay lobos hambrientos en esta época —dijo—. Lo único que tienes que hacer es ir con cuidado. Lleva un palo, y si ves un oso o un lobo, retrocede despa­cio, quédate contenida en tu propio amor y no los mo­lestes.

¿Seré capaz algún día de domesticar a un lobo?

Si aprendes lo que te enseño. Si centras tu atención en el amor de Dios, te convertirás en un vehículo de puro amor. Porque el amor es Dios, igual que Dios es amor. Eso es lo que aprendemos aquí, Jeanne: a amar. El lobo sintió el amor de aquel espíritu puro. Ésa es la primera lección que intento enseñarte, Jeanne, a amar, para que no necesites a nadie más para sentirte plena.

¿Eso es lo que hizo Francisco, convertirse en Dios?

Sí. Amaba tanto, emanaba tanto amor, que ya no hubo distinción entre el hombre y Dios.

Jeanne siguió con el dedo los dibujos de la piedra.

¿Y tú eres así? —se atrevió a preguntar—. ¿Tú eres como Francisco, no te distingues de Dios?

El obispo se echó a reír.

¿Yo? ¡No! Yo sólo he recorrido este trecho del Ca­mino — explicó, acercando el pulgar al índice hasta que los dedos casi se tocaban—. Yo soy el último de los hijos de Dios, pero sé que mi tarea es dar gracias y alabanzas por cada momento de esta vida, amar todo lo que pueda, ser feliz e intentar ser bueno.

¿Incluso con los franceses, con el Papa, con el ene­migo? ¿También rezas por ellos?

Sí, rezo por mis supuestos enemigos. Rezo para que ellos también sean felices. Ahora vete y piensa en es­tas cosas.

Jeanne se preguntó qué haría el obispo si supiera que en realidad estaba pensando en cosas mucho más mun­danas. Cuando llegó a la puerta, él la llamó.

—Jeanne…

—¿Sí?

Su rostro estaba en sombras y su voz era un sonido hueco, incorpóreo.

—Mientras exploras, marca todos los senderos, los matorrales, las piedras. Llegará un momento…

—¿Qué?

—No, nada. Anda, vete.

Jeanne parpadeó. El obispo había recuperado su voz de siempre y, sorprendentemente, podía verlo de nuevo sentado en su cueva. ¿Qué había pasado? Se marchó riéndose y pasando el dedo por las rocas, maravillada al pensar que el obispo podía desaparecer a voluntad. ¿Y qué diría Esclarmonde si supiera que su huérfana se pa­saba los días triscando por los campos, o que se había enamorado de nuevo, esta vez de un inglés quince años mayor que ella?


15

¿Quién puede predecir los tortuosos caminos de Dios? ¿O incluso si hay Dios? A veces Jeanne subía al parapeto más alto de Montségur y se maravillaba de la multitud de estrellas que llenaban la cúpula de la noche. «¿Qué es todo esto? —se preguntaba—, ¿quién soy?, ¿por qué estoy aquí? Ése fue el verano que encontraron la cueva, el mismo verano que la echaron de su casa por­que un muchacho la llevó a un laberinto que era en sí mismo una especie de cueva, el mismo verano que se enamoró; y más tarde esconderían un tesoro en esa cueva (aunque ella esto no lo sabía entonces) y mucha gente se­ría perseguida y asesinada… Y todo por la lujuria de un muchacho de piel aceitunada y ojos perezosos y una niña que, en su pasión, tiró al agua el mejor vestido de su ami­ga. «¿Estás ahí, Dios? ¡Muéstrate!», pensaba mirando hacia las estrellas. ¿Estaba todo predestinado?

Y allí estaba William, con su tez clara y sus ojos azules.

De muchacho, William había ido a Jerusalén con una partida de caballeros a pelear contra los sarracenos en las arenas blancas y ardientes del desierto. Había visto Roma y París, de camino hacia Tierra Santa, y a su vuelta había desembarcado en Venecia, la ciudad del agua. Baja­ron del barco a su caballo de guerra con una eslinga bajo el vientre. Entonces era un hombre rico, le contó, con armadura y armas y dinero de la guerra… antes de encon­trarse con los bandidos que se lo quitaron todo, incluido su costoso caballo, y le dejaron tan indigente como los eremitas de Montségur, a los que había terminado ayu­dando con las fortificaciones. Jeanne escuchaba embele­sada sus historias.

Bajaban por caminos resbaladizos, tan empinados que a veces se tenían que colgar de las ramas de los árboles para no despeñarse, y más de una vez William agarró a Jeanne cuando ella se caía. Pescaban con las manos en los ríos helados y ponían trampas para los animales que William cocinaba y comía (no era creyente y se burlaba de la ascética dieta vegetariana). Trepaban por rocas cubier­tas de musgo y cuando los matorrales eran tan densos que impedían el paso, Jeanne se quitaba los zapatos y las me­dias, se recogía las faldas y riendo se metía bajo los arbus­tos y caminaba por los burbujeantes arroyos, los caminos de agua.

Nunca había sido tan feliz, tan libre.

—¿Por qué no vienes a las oraciones matutinas? —le preguntó a William.

—Porque no creo en Dios.

—¡No crees en Dios! —exclamó ella horrorizada.

—Tampoco creo en el cielo ni en el infierno —prosi­guió William muy serio—, a menos que estén aquí en la Tierra. Pienso que el infierno está en nuestros corazones, y la felicidad también. Yo he visto el infierno en Tierra Santa cuando luchábamos. No, el ascetismo de los Ami­gos de Dios no es para mí.

¡Ay, William, estás equivocado! ¿Cómo te atreves? Pero rezaré por tu alma eterna, rezaré para que te vuelvas hacia Dios, porque si no, te vas a pudrir en el infierno para siempre. Pues claro que hay Dios, ¿acaso no nos lo dijo Cristo? ¿Cómo es posible que no creas?

Discutían durante horas. A Jeanne le daba miedo, pero también la emocionaba. Nunca había conocido a na­die a quien le importara tan poco su alma, su vida futura.

—Perdí la fe en Tierra Santa —explicó él—, cuando luchaba por la auténtica Iglesia. Ahora me parece que todo eso son paparruchas de los curas.

—No digas esas cosas, William. Tienes que escuchar a Guilhabert de Castres cuando predica. Él te dirá lo que es verdad. Es un hombre santo, la encarnación de Cristo.

Así que tú crees, ¿no, pequeña Jeanne?

¡Pues claro! Yo quiero ser buena. Ojalá fuera buena, porque no lo soy. Dicen que somos seres espirituales que vivimos en cuerpos de materia física. Pues bien, si soy un ángel caído, no he creado más que decepciones. Pero me gustaría ser buena. Baiona es buena. Pero tú tienes que in­tentar creer, William. Prométeme que vas a creer.

De no haber sido por la tormenta no habrían encon­trado la cueva. La lluvia de verano los empujó a buscar refugio bajo un peñasco. Estaban a varios kilómetros de Montségur, en una zona de colinas. Jeanne se agachó contra la fría piedra, la piel le hormigueaba con el calor del brazo de William, apretado contra el suyo. Más allá de la fina lluvia, los nubarrones surcaban el cielo gris, pero Jeanne temblaba, más viva que nunca. ¿La habría tocado William a propósito? ¿O tal vez el angosto espacio le for­zaba a apretarse contra su pecho? Tal vez no le prestaba ninguna atención. Jeanne no se atrevía a moverse. Poco a poco la lluvia fue amainando, las últimas gotas atrapaban la luz y relucían en la hierba mojada y pisoteada. Las nubes se iban abriendo para mostrar parches azules en el cielo.

—Espera —dijo William.

—¿Qué?

—¿No notas aire?

—¿Cómo, aquí?

—Aquí, viene de las rocas que tenemos detrás. Mira, hay un agujero, y sale aire.

Dos altas rocas se alzaban como centinelas y entre ellas se abría una grieta en la tierra. William se puso a es­carbar al pie de las rocas con las manos, sus ojos azules lla­meando de emoción, hasta poner al descubierto la boca negra. Entonces se incorporó maravillado.

—Es una cueva. ¡Y muy profunda!

Jeanne se asomó a la boca de la tierra, una raja, un agujero de obscuridad.

—¿Será la guarida de algún animal?

El se echó a reír encantado.

—No. Voy a entrar.

Se agachó y, poniéndose de costado, se metió por el agujero. —Ven.

¡William! —protestó ella, pero le siguió, tirándose del vestido que se le enganchaba en las rodillas.

El suelo caía en pendiente. Jeanne avanzó paso a paso en la obscuridad, doblada, casi a rastras, internándose en las fauces de la tierra.

—Mira, es cada vez más grande. Si hasta se puede uno poner de pie. ¡Por san Martín, es enorme!

—Es el agujero del infierno, William. ¡William, vámonos!

Pero William no estaba dispuesto a marcharse.

—Es muy profunda. —Tanteando la pared con la mano desapareció en las tinieblas—. Es cada vez más grande.

—Se está haciendo tarde. Vámonos, William.

«Entra en las cuevas de las rocas y los agujeros del suelo —dijo el profeta Isaías—. Escóndete del terror del Señor cuando se alza para atemorizar a la tierra.» Jeanne estaba atemorizada.

—Tienes razón. —La voz de William resonaba en la obscuridad, pero al instante apareció a su lado y la em­pujó hacia la luz plateada de la entrada—. Ya volveremos con cuerdas y antorchas. ¡Una cueva, Jeanne! ¡Imagina!

A Jeanne no le parecía tan maravilloso. Lo siguió des­pacio hasta casa a través de los campos mojados, con la cabeza gacha, en silencio. Recordaba con una confusión de emociones su miedo a la obscura tierra fría, como una tumba, y el cálido contacto del hombro de William. Pero él sólo hablaba de su descubrimiento.

Una semana más tarde volvieron con antorchas y pe­dernal y se metieron de nuevo por la hendidura entre las rocas. Jeanne percibió al instante un olor húmedo, el ho­rror de la tierra silenciosa, del encierro.

—No me gusta. —La antorcha arrojaba enormes sombras que danzaban en las paredes—. William, vá­monos.

—Levanta la antorcha.

De pronto se alzó en torno a ellos una oleada de pe­queños cuerpos negros que chillaban y aleteaban, una banda de demonios que surgía caóticamente de las paredes. Jeanne lanzó un grito y echó a correr hacia la entra­da. Una vez fuera se tiró al suelo, con las manos sobre la cabeza, mientras los murciélagos pasaban de largo, cien­tos, miles de cuerpos negros y agitados que volaban ha­cia la luz y una vez allí daban vueltas chillando enloquecidos. El cielo se volvió negro. William se arrojó sobre ella, protegiéndola con los brazos.

Hasta que de pronto desaparecieron. La cara de William rozaba su mejilla. Por fin Jeanne se incorporó de rodillas.

—¿Estás bien?

—Son demonios, de la entrada del infierno.

Él se echó a reír, acariciándole el pelo.

—Querida Jeanne, son murciélagos. No tengas miedo.

—Sí que tengo miedo —protestó aferrándose a él—. Y tú también deberías tenerlo.

—Sí, a mí también me han dado un buen susto. —Y entonces la besó. Una chispa salió de sus labios y Jeanne sintió que le quemaba el alma. Pero el beso fue tan tímido y rápido que William ya se había levantado de un brinco antes de que ella comprendiera. Jeanne se lo quedó miran­do mientras él se acercaba de nuevo a la cueva.

—¿William?

—No. No me mires así. Somos amigos, ¿verdad? ¿No somos amigos?

—Amigos. Sí.

—Prometí al obispo que cuidaría de ti. Venga, que nuestra cueva nos llama.

«Cree que soy una niña», pensó Jeanne. Se metió en la cueva mientras William buscaba la antorcha. Cuando la encontró encendió la llama de nuevo y las sombras vol­vieron a saltar aterradoras sobre los muros.

—Tengo miedo —susurró.

—Shh. Es sólo una cueva.

Bajaron a una especie de gimiente quietud. El suelo era terso y las paredes estaban coloreadas con varios to­nos de ocre, gris y verde. A lo lejos se oía un chapoteo de agua que resonaba claramente en aquel silencio sepulcral. Por fin doblaron una esquina y vieron las pinturas en la pared.

—Mira.

Las pinturas eran negras y rojas sobre el fondo ocre de las paredes, y los colores estaban fundidos en la pie­dra: ciervos con astas y bueyes de largos cuernos que huían de las lanzas de los cazadores. Bajo la oscilante luz de la antorcha las patas de los animales temblaban, de modo que parecían correr eternamente, con las cabezas alzadas en perpetua lucha.

—Mira, un venado, un toro. ¿Qué animal es ése?

—¿Quién los ha pintado?

—Algún hombre o algún dios. —William recorrió, con curiosidad la cueva. Jeanne se estremeció.

—La antorcha se está apagando.

—Mira ahí. ¡Y ahí! ,

—Ten cuidado, William.

—Jeanne, hemos encontrado un sitio que nadie ha visto desde la noche de los tiempos, desde que se crearon estas pinturas. Es nuestra cueva, Jeanne. Hemos encontrado un sitio que no conoce nadie.

—Apenas podía contener su emoción.

Por fin volvieron a la entrada.

—No debemos decírselo a nadie. Es nuestro secreto.

Y salió de nuevo al aire libre, resplandeciente. Jeanne se arrojó riendo de alivio sobre la hierba cálida y aromá­tica, y William la abrazó en su alegría.

—¡Mira qué pinta llevas! Tienes el pelo sucio.

—Pues deberías ver cómo estás tú —contestó ella, lu­chando con él.

Cuando por fin se detuvieron él estaba sobre ella, su aliento cálido en su mejilla, y en esta ocasión fue Jeanne la que se acercó para atraerle con un beso que esta vez se hizo más largo. Sus labios exploraron con ternura, se abrieron tímidos, indecisos, volvieron a beber de nuevo, hasta que poco a poco se separaron. Era su segundo beso. Esta vez fue él el último en apartarse, y parecía casi borracho cuando murmuró:

—No. —Se levantó tambaleándose—. No —repi­tió—, no puedo hacer eso.

Ella tenía dos besos con los que soñar, y preguntas. ¿Por qué él no quería más? Aunque esto no era ningún misterio, pensaba Jeanne: ella era joven y no deseable. ¿Acaso no se lo había demostrado Roger? Un día William tendió la mano y le tocó el pelo que le caía por la espalda; y otra tarde le metió un rizo bajo la gorra. Ella tembló con su contacto, pero él se volvió impaciente. Eso era lo que Jeanne notaba más: su nueva impaciencia con ella, su mal genio. Nunca volvieron a la cueva.

William se entregó por completo a la construcción de la barbacana y ése fue el último día que exploraron juntos.

De pronto ya no tenía tiempo para ella. A Jeanne le dolía el corazón como si fuera un trapo retorcido en su pecho, como si tuviera dentro un animal corroyéndole las entrañas. Perdió el apetito. Vagaba con apatía por la montaña, sola. Pero decidió que si algo había aprendido de Roger era que tenía que proteger su intimidad, su honor secreto. No confiaría en nadie, y nadie vería su aflic­ción, ni William, ni su querida señora Marquésia de Forli, ni siquiera el sabio Guilhabert de Castres.

Una semana después del descubrimiento de la cueva, una semana después del beso, el obispo la llamó.

—Mi niña. —Le alzó la barbilla con cariño—. Siento decirte que tu visita se acaba. Te marchas dentro de dos días.

—No.

El obispo sonrió.

Esclarmonde de Foix te llama. Va a enviar a un hombre para que te acompañe a Pamiers. No pongas esa cara, preciosa… ¡Vaya por Dios! ¡Si estás llorando! Bueno, me alegro de que hayas disfrutado aquí. No sabía que esto pudiera gustar a una jovencita como tú. Venga, venga. Si volverás…

Pero Jeanne no explicó el motivo de sus lágrimas.

—No sabía que esto te importaba tanto. Pero no te preocupes. Creo que también te gustará volver a casa. La vida nos guarda muchas sorpresas. Tal vez Esclarmonde tiene una esperándote. —Y sonrió con tal dulzura que Jeanne se recobró.

Obispo —comenzó con timidez, agachando la cabeza, sin atreverse a mirarle a los ojos—. ¿Qué pasa si a un hombre no le gusta una doncella? —Sintió el rubor subirle a la garganta, y se apresuró a añadir—: Quiero decir, ¿y si me eligen un marido que no me encuentra atractiva? Esas cosas pasan, ¿no? A veces a un hombre no le gusta una mujer.

Si te has puesto colorada. ¿Cómo podrías dejar in­diferente a ningún hombre? —dijo sonriendo—. La fiera y apasionada alma de Dios.

Ella no le creyó, pero se repitió sus palabras: «fiera y apasionada alma de Dios». Y lo más importante: «¿Cómo podrías dejar indiferente a ningún hombre?»

Esa noche Jeanne se cepilló el cabello y se hizo un in­trincado peinado. Se puso su único vestido bueno, se palmeó las mejillas y se mordió los labios para enrojecer­los, luego miró su imagen en la borrosa contracubierta de acero de una Biblia de piel. Después de cenar se en­contró con William y lo tomó de la mano.

—Ven a dar un paseo conmigo. Tengo noticias.

Subieron al parapeto y se apoyaron contra las alme­nas. Las estrellas brillaban como farolillos en el cielo ne­gro. A Jeanne le latía tan deprisa el corazón que apenas podía respirar.

—Dentro de dos días vuelvo a casa.

—¿Por eso te has arreglado tanto?

—¿Lo has notado?

—Pues claro que sí. Estás muy guapa.

—Ven a Pamiers. —Su inminente partida le dio va­lor—. Ven a verme. —Y cásate conmigo, quiso añadir, aunque el decoro se lo impidió. Él se balanceó sobre sus talones, mirándola.

—Jeanne, Jeanne… No me tientes. Tú necesitas a otro hombre.

—Yo necesito al hombre que quiero —afirmó ella con fiereza.

El se puso serio entonces.

—Tal vez vaya a verte a Pamiers.

—No me trates como a una niña. No soy una niña.

—Nos lo hemos pasado bien —dijo él—. Pero tienes que entenderlo. Tú necesitas un marido rico y yo una mujer con propiedades. Soy demasiado pobre… dema­siado pobre para la pequeña Jeanne. Tú necesitas a al­guien que pueda mantenerte como es debido.

—¿Es que no te gusto? ¿No me encuentras guapa? —Quería decir deseable, pero no conocía la palabra.

—Creo que eres preciosa.

La besó entonces por tercera vez, y la abrazó susurrándole al oído. ¿Qué decía? Hablaba en voz demasiado baja para entenderle. Pero sus últimas palabras, cuando se apartó, fueron: «Sólo somos amigos.»

Esa noche, a solas, Jeanne lloró en silencio en su cama.

Esclarmonde de Foix recibió a Jeanne en Pamiers con gran júbilo, exclamando con sorpresa al verla tan morena.

—Has crecido —comentó Ealaine, su socia, que pare­cía radiante.

—Sabía que el obispo te ayudaría —dijo Esclarmon­de—. Dice que deberías proseguir con tus estudios, que eres muy buena estudiante. Estamos todos muy orgullo­sos de ti.

Jeanne no tuvo tiempo de contestar, porque en ese momento Baiona se acercaba corriendo por el patio.

—Jeanne, Jeanne… —Y abrazó a su amiga—. Mi otro corazón, alma de mi alma, Jeanne. —Se abrazaban entre risas. Baiona había crecido mucho más que ella y había desarrollado suaves formas—. Te quiero, Jeanne. No sa­bes cómo te he echado de menos.

—Yo también te quiero. ¡Ay, Baiona! Lo siento tan­to… —Le acarició el pelo color miel y la abrazó con fuer­za, aspirando su dulce aroma.

Luego las demás niñas la rodearon y la llevaron al pala­cio, donde oyó los últimos cotilleos, entre ellos que Roger había sido desterrado con su tío, cerca de Lyon; supo quién estaba embarazada, quién tenía problemas matri­moniales y quién sufría de amores, y fiel a su decisión, no dijo una palabra de William, ni tampoco mencionó la cue­va con sus extrañas pinturas ni las bestias cornudas ni el amor que ardía en su interior constantemente.

Una semana más tarde, Esclarmonde le anunció que su matrimonio estaba arreglado.


16

Me despierto sobresaltada. ¿Dónde estoy? Me late con fuerza el corazón. He soñado que iba en un barco de velas púrpura y jarcias de plata. De pronto el viento cam­bió y comenzó a soplar de popa. Las velas cayeron y vol­caron el barco, y ya no surcamos los mares verdes, sino que nos hundimos. Me hundo.

Al principio no sé dónde estoy y tanteo en las ti­nieblas, hasta que me acuerdo del almacén, de Jéróme, de la casa. Estoy atrapada. Paso a trompicones sobre su cuerpo dormido, llego a tientas a la puerta y salgo a la noche, donde las estrellas ya se desvanecen y donde tam­bién huyen los demonios que me han atacado. Pronto. Pronto.

Llevo el pelo suelto, sin toca. Pelo negro veteado de plata que se agita indómito en torno a mi cara, desgre­ñado. Me lo atuso con las dos manos, pero salta de nuevo como un animal salvaje. Es un pelo con voluntad propia.

En otros tiempos tuve un cabello hermoso. Rizos negro azabache que me caían por la espalda, y cuando corría, el pelo rebotaba sobre mis hombros como la crin de un caballo, sí, cuando corría por las praderas, con la hierba hasta la rodilla. Ahora las rodillas me duelen. Soy un caballo viejo.

Hay que ofrecérselo todo a Dios, decía Esclarmonde, porque «Él te cubrirá con sus alas y bajo sus alas encon­trarás refugio; su fidelidad es un escudo. No temerás el terror de la noche ni la flecha que vuela de día, ni la pes­te… ni la destrucción…».

Pronunció las palabras de esperanza, aunque el salmo no protegió a los otros. Te cubrirá con sus alas. ¿Estaba Él conmigo todo el tiempo y yo no me di cuenta? ¿Tan ter­ca era que no dejé que Dios hiciera su trabajo? Porque yo era tozuda, sí, y estaba decidida a salirme con la mía.

—No me obligues a irme. —Se aferró a Esclarmonde. Había caído sobre ella todo el peso del inminente matri­monio, su alejamiento de aquella casa de paz y piedad. Lloraba, inconsolable.

—Venga, venga, cariño. —Esclarmonde le acariciaba el pelo.

—No quiero casarme con él.

—Ya lo sé, ya lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Mira, Dios siempre estará contigo, y yo también. Te escribiré, vendrás a menudo de visita.

—¿Pero por qué?—gimió ella.

Lady Esclarmonde se apartó para mirar a Jeanne a la cara.

—Escucha, cariño, Gobert de Preixan es un caballero y tiene sus propias tierras. Serás señora de tu propio palacio, madre de tus propios hijos. Además, Gobert es católico. Eso también te protegerá. Eres una muchacha impetuosa e impulsiva. Quiero que estés a salvo. No te olvidarás de nuestro modo de vida. Si estás bajo la protección de la Igle­sia católica, ya no me preocuparé por ti. Además, a ti te en­canta montar y cazar, pasear por el campo, llevar un halcón en la muñeca, y todo eso podrás hacerlo con Gobert. Sé cómo has pasado el verano en Montségur.

—¿Ah, sí?

—Explorando los campos con un inglés salvaje.

Jeanne sintió el rubor subirle a la cara. Esclarmonde se echó a reír.

—Me lo ha dicho el obispo.

—¿Estaba decepcionado conmigo? —Jeanne se tocaba una uña, temerosa de preguntar. Quería su aprobación.

—Creo que a sus ojos, todo lo que tú hagas está bien. Fue Guilhabert quien se enteró de que Gobert buscaba esposa y me ayudó a establecer la dote. Es una unión ex­celente. Y además, quién sabe, tal vez llegue un momento en que necesitemos que estés en el campo católico.

Pero Jeanne no podía consolarse. Pobre niña. Pobre niña furiosa y desafiante. Primero buscó a los astrólogos y les pagó para que le hablaran de su amor, pero puesto que no sabía qué día había nacido, ni dónde, no pudieron ayudarla. Un día oyó a dos doncellas del castillo hablar de la bruja que vivía en el pueblo. Entonces fue a por su doncella, Marie, y le pellizcó el brazo hasta que la mu­chacha gritó y le dijo el nombre de la bruja, dónde vivía y qué hacía.

¿Fue valiente o tan sólo estúpida? Ahora miro hacia atrás intentando meterme en la piel de aquella niña rebel­de, querer lo que ella quería, decidida a salirse con la suya.

Jeanne esperó que llegara el día de mercado.

—Necesito cintas, Marie —anunció—. Necesito cin­tas para mi ropa de boda. Recoge tus cosas, que nos va­mos. Quiero coser en los bordes cintas vistosas, rojas o amarillas. Date prisa. Si no estás lista voy yo por delante.

—No, señora. —La doncella hizo una reverencia—. No tardo nada. No está bien que una dama vaya sola.

¿Y por qué no, si podía rondar por los campos de Montségur cuando no estaba ni siquiera prometida? Jeanne se rió para sus adentros al recordarlo. Pero ya no era una niña, sino una mujer, con toca de mujer y anillos de compromiso, y caminó en silencio junto a Marie has­ta que…

Ay, Marie, he perdido un guante. Se me habrá caí­do cuando hemos entrado en la iglesia. Anda, ve a traér­melo, que te espero aquí.

Marie se apresuró a cumplir el encargo y en cuanto desapareció de la vista Jeanne se escabulló echando a co­rrer por la estrecha calle: una niña asustada y enamorada, corriendo hacia la bruja.

Atravesó el barrio de los artesanos, donde los esculto­res tallaban marfil para los broches de libros y cajas que compraban los nobles y la Iglesia católica. Eran auténticas obras de arte, adornadas con un entramado de lianas y pe­rros y venados y liebres. Pero no eran esos bienes los que ella buscaba, sino la brujería de la hechicera. Entró con el corazón en la garganta en aquella parte del pueblo donde damas tan finas como ella destacaban, pidiendo a gritos que las robaran, que las forzaran y las asesinaran y arroja­ran sus cuerpos (¡plash!) al río donde nunca los encontrarían.

Llegó a una casucha de madera que tenía la puerta en­treabierta, y entró con el corazón palpitante.

¿Quién eres? —preguntó una voz en la obscuridad.

Jeanne parpadeó, incapaz de ver en la penumbra, has­ta percibir una silueta que salía de entre las sombras. Las cuentas de las cortinas resonaron unas contra otras como campanillas. La gitana se acercó cimbreando las caderas.

¿Quién es esta fina extranjera que se atreve a entrar en mi exótica guarida?

Qué manera más rara de hablar. Jeanne sólo veía cha­les y cuentas. Los pendientes de la mujer eran tan largos que le rozaban los hombros. El pelo negro y desgreñado se rizaba en torno a su rostro y caía en desorden por su espalda. Tenía el cuello cubierto de cadenas de oro y en los dedos llevaba una docena de anillos.

Tomó el mentón de Jeanne con una mano y le volvió la cara hacia la luz.

¿Qué hace una dama en este lugar? —preguntó, volviendo al rincón, donde se reclinó en las pilas de coji­nes que había en el suelo.

Jeanne avanzó un paso con timidez y susurró:

Quiero una poción.

La mujer se echó a reír.

—Pues claro. Una poción de amor, ¿no es eso? Estás enamorada de un hombre y quieres atarlo a ti.

¿Cómo lo sabes? —Jeanne se sentó en un cojín frente a ella.

¿Puedes pagarla?

Jeanne tendió la mano y la gitana tomó la perla que había arrancado de su vestido de niña. Le dio vueltas pensativa, se la acercó a los ojos, la mordió, la examinó de nuevo y se la guardó.

Háblame de él.

Jeanne habló de su amor por William. Lo describió a él, su amistad, su amor.

Quiero una poción que lo ate a mí para toda su vida.

Piénsatelo bien. ¿Quieres beber el cáliz de la infeli­cidad?

Lo quiero a él. Sé que me ama, quiero que me ame.

Entonces vuelve la semana que viene y tendrás tu poción.

—Devuélveme la perla. Te pagaré cuando tenga la poción, no antes.

Ahora la tengo yo —contestó la bruja con una risa altanera. Y era cierto: tenía la preciosa joya, que se había desvanecido en su pecho. A Jeanne le dio un brinco el corazón. La mujer debió de advertir su expresión—. No te preocupes. —Rió y sus dientes blancos destellaron—. No te preocupes, niña. ¿Sabes qué? Quédate aquí, que te voy a traer tu poción. Puedes bebértela ahora mismo, pero tardaré un rato en prepararla.

¿Pero no tengo que dársela también a él? —pre­guntó Jeanne confundida, porque en las historias las po­ciones mágicas tenían que beberías los dos.

¿Por qué? —Las cortinas tintinearon tras su risa.

La mujer había desaparecido. Jeanne aguardó un lar­go rato en la obscura cabaña, asustada, jugueteando con sus dedos, preguntándose qué estaba haciendo allí y qué haría su gente si llegaba a enterarse de que había ido a ver a la bruja, sola e indefensa. Dos veces quiso levantarse para marcharse y dos veces volvió a sentarse sin saber qué hacer… Pero la gitana tenía la perla…

Jeanne se volvió al oír el tintineo de las cuentas de las cortinas y el rumor de la falda de la bruja.

—Toma. —Se echó atrás el pelo sonriendo—. Bebe.

—¿Ahora?

¿Para qué esperar?

Jeanne alzó la copa insegura, porque había esperado una poción mágica como la que bebieron juntos Tristán e Isolda, la poción mágica que había preparado la madre de Isolda para su hija y el rey Marcos. Todo el mundo conocía aquella vieja historia. En ella nadie era culpable, ni el rey Marcos de Cornualles, que envió a su amado sobrino Tristán a Irlanda a buscar a su novia Isolda, la jo­ven del pelo de oro; ni la madre de Isolda, que preparó una poción de amor para Isolda y el rey, y que indicó a su hija que sólo debía bebería cuando estuviera a solas con Marcos en la noche de bodas. Nadie tuvo la culpa de que la novia diera un beso de despedida a su madre y em­barcara en el barco real que debía conducirla hasta su marido, en Cornualles. Pero cuando ya estaban en el mar el viento se calmó y el barco se quedó bamboleándose en un lago de cristal. Entonces el caballero puro Tristán, que amaba al rey Marcos como un hijo, pidió un vaso de vino. La criada encontró la preciosa jarra de lapislázuli de la reina en la tienda de la princesa y sin saberlo vertió el vino secreto en dos finas copas; y nadie tuvo la culpa cuando, mirándose a los ojos, Tristán e Isolda bebieron la mágica pócima y se enamoraron al instante. En la historia bebían juntos, embrujados al mirarse a los ojos.

La bruja miraba a Jeanne, con los labios fruncidos en compasivo desdén.

—¿No la quieres?

Jeanne bebió. Sabía a vino, tal vez, con un regusto de hierbas amargas.

¿Eso es todo?

—Es bastante. Ahora estás atada a él hasta el final de sus días. —Y entonces comenzó a gritar—: ¡Y ahora fue­ra de aquí! ¡Venga! ¡Fuera!

Jeanne salió corriendo. Corrió sin parar hasta llegar al castillo jadeando, sin aliento. Tenía más miedo de su atrevida acción que cuando la estaba realizando, de mo­do que cuando se encontró con Marie la regañó e incluso le dio una bofetada por haberse perdido en el pueblo. Luego se echó a llorar, se sentía enferma. ¿Qué era aque­lla poción? ¿Veneno? Se la había bebido sin pensar.

Rechazó la mirada preocupada de Baiona, rechazó su ayuda.

—Vete, quiero estar sola.

Luego se sentó a la mesa y escribió a William contán­dole que la habían prometido, y que viniera a salvarla de su inminente boda, que viniera, por favor, que se la llevara lejos, ¡ayuda! Lacró la carta y fue a los establos a buscar un mensajero, un jardinero, alguien. Por suerte había llegado un hojalatero. Tenía su fardo a los pies y una jarra de cer­veza en la mano.

¿Querrás llevar esto a Montségur?

—SÍ me pagáis bien. Salgo dentro de dos días.

—No, antes—replicó ella—. Vete ahora mismo.

—Me iré cuando yo decida. Si es tan importante, buscaos a otro.

¿Pero lo llevarás a Montségur?

Puedo ir hacia allí o hacia cualquier otra parte —dijo él, riendo.

De modo que la carta partió de mano de un hojalate­ro, urgente, hacia Montségur, pero a pesar de la poción, Jeanne no volvió a saber nada.

En Navidad pronunció sus votos en el gran salón, de­lante del anciano y canoso caballero Gobert, a quien había conocido el día anterior. Su rostro era una geografía de pliegues, grietas, arrugas y ojeras. Su piel tenía un vago tono azulado. Parecía contento con su novia, pues reía tras su bigote y le ofreció comida de su propio plato en el banquete. Aun así, la ceremonia fue apagada, incluso abu­rrida. Jeanne la vivió aturdida, como una marioneta, y de vez en cuando alzaba la vista, o miraba a Baiona, al otro lado de la mesa, con los ojos llenos de lágrimas, mientras los ruidos de júbilo pasaban desapercibidos. Gobert se la llevó esa noche a la cama acompañado, como era costum­bre, por el alegre clamor de platillos y trompetas, por una escandalosa y festiva borrachera y la ruidosa aprobación de los invitados, que fueron con ellos hasta la cama matri­monial. Después de que Jeanne se desvistiera y se acosta­ra, los invitados todavía se arracimaban a su alrededor dando gritos de ánimo. Gobert los echó entre carcajadas. Fuera, la nieve caía en silenciosas ráfagas blancas, tan helada como sus ojos, tan silenciosa como William, que no había recibido la carta, que no la recibiría hasta la pri­mavera, demasiado tarde. Para entonces ella ya llevaba ca­sada cinco meses y estaba embarazada. Cuando William llegó a Pamiers, Jeanne ya vivía en otro lugar, a leguas de allí, convertida en señora (por lo menos de nombre) de la casa de su esposo, y nadie en el mundo sabía de su amor por William, a excepción de su hermoso perro lobo, Loup-Baiard, a quien confiaba todos sus secretos. No lo sabía nadie, ni Esclarmonde, ni Baiona, ni Gobert, ni su querida y anciana Marquésia de Forli, a quien había servi­do durante todo un verano y que no había advertido na­da; ni siquiera el buen obispo Guilhabert de Castres, que atribuía enteramente a Dios el hecho de que la doncella salvaje, su estudiante favorita, Jeanne Béziers, se hubiera convertido en una dama casada tan fina y tan sobria.


17

La mañana siguiente me despierto con una fría lluvia blanca que cae en ráfagas sesgadas contra la casa, tambo­rileando en las contraventanas de madera. Se filtra por un agujero en la paja y gotea en el suelo mojado, un suelo de tierra mezclada con sangre de buey, creo, y batido hasta hacerse duro como la roca. La lluvia cae en el patio del establo, salpicando barro.

No hay señales de Jéróme.

Salgo al estercolero y busco un lugar resguardado para hacer mis necesidades, luego vuelvo a la casa y, aunque me limpio el barro de los viejos zapatos de cuero, dejo huellas mojadas. Es una casita cómoda y acogedora, a pesar de las goteras, que de todas formas pueden arreglarse. Se me alegra el ánimo. Enciendo el fuego, abriendo sólo un poco la solapa de cuero de la chimenea, para que no entre la llu­via. La gata de rayas grises se acerca con sus patitas blancas y me maulla.

Quieres ver cómo enciendo el fuego, ¿eh?

Se acomoda a un lado, con la cola curvada sobre las patas delanteras. Se lame una pata y se limpia detrás de las orejas, y yo me lleno de sensaciones dulces que ni siquiera puedo nombrar. Luego hago gachas de avena, su­ficiente para los dos, aunque no sé dónde se ha metido Jéróme. Después barro la casa, rebusco y exploro los toscos estantes y las jarras y bolsas de medicinas y herra­mientas. La casa de un granjero. Jéróme no es rico, pero tampoco es un campesino cualquiera; le ha ido bien con sus dos hectáreas. Estoy buscando un escondrijo para mi tesoro envuelto en su lona verde. De momento yace bajo la paja del almacén, pero necesito encontrar un lugar más seguro antes de que acabe el día.

Busco harina para hacer pan, pero no encuentro hor­no para cocerlo. Tendré que hacerlo sobre las ascuas del fuego, un método insatisfactorio que quema la corteza por fuera y a veces deja la miga cruda.

Para cuando termino, aparece Jéróme, cierra de golpe la puerta contra la lluvia y gotea en el suelo.

—No te acerques —le digo—. Quítate las botas, que acabo de barrer.

No me agobies, mujer. —Pero se sienta en el banco junto a la puerta y se quita obediente las botas mojadas. A continuación se acerca al fuego y se frota las manos ante las llamas—. Menudo día de perros.

—Toma. ¿Has comido?

Gracias. —Toma las gachas con las dos manos. Luego busca algo en el bolsillo—. Te he traído una cosa.

¿A mí?

He ido a ver a los vecinos al pie de la colina, a tres kilómetros. Los Domergue. Marido y mujer con seis hi­jos, dos de ellos están casados y ayudan en la granja. Les he dicho que te encontré ayer en el pueblo, que eres mi prima y has venido a buscarme desde Montaillou. —Me mira con la cabeza ladeada—. ¿Te acordarás de eso?

—Montaillou.

He pensado que está bastante lejos de aquí, arriba en las montañas. Desde allí se puede ir directamente a Aragón.

No lo conozco. Habría sido mejor que dijeras que vengo de las planicies de Foix.

Bueno, puede que antes vinieras de Foix. En fin, el caso es que tu esposo ha muerto, y tus hijos y casi todos tus parientes.

¿De qué han muerto?

—Eso todavía no me lo has dicho. Yo creo que de vi­ruela.

Jéróme se encoge de hombros y sonríe con timidez, pero yo me sobresalto. ¿Le he hablado de mi encantado­ra Guilhamette? No, porque él prosigue sin pensar y yo escucho con atención, ya que nuestras vidas dependen de ello.

Les he contado que eres prima hermana de mi ma­dre. Mi madre se llamaba Anne.

—Anne.

—Y mi padre era Arnaud Ahrade. Nunca nos había­mos visto, de manera que las mujeres querrán venir por aquí más adelante, para verte la cara. Les he dicho que estabas loca de dolor y que apenas hablabas, por si te contradices, para que no se extrañen.

¿Les has dicho que estaba de duelo? ¿Y por qué he venido a buscarte? —Y siento las lágrimas de nuevo en los ojos, contra mi voluntad. Rechino los dientes. No lloraré, aunque el dolor cae gota a gota sobre mi cora­zón.

Pues les he dicho que no lo sé, pero que eres de as­pecto agradable y que pareces bastante fuerte para traba­jar. —Intenta animarme—. Mira, te he traído un regalo de Alazaïs Domergue. Les he contado que sólo tenías una toca, sucia y rota, y que no teníamos tiempo para comprar una nueva en el pueblo.

Extiende en mi regazo un paño blanco para hacer una toca, y se me encoge el estómago. Dejo mi cuenco y aliso el paño con las dos manos, sin atreverme a alzar la vista. Parece precioso. Mi toca. Jéróme salió a la lluvia por mí.

Gracias. —El hilo es fresco en mi mano—. Gracias —susurro, y al instante me levanto y me cubro el pelo largo y greñudo.

¡Justo lo que había deseado el día anterior! Un griñón, blanco como el de la señora Flavia. ¡Ay!, amado Dios, «que te cubrirá con sus alas y su fe como un escudo».

Bueno —digo— , me quedaré un día o dos. —Me río de placer—. La prima de tu madre tiene cosas que ha­cer en otro sitio, pero se quedará un tiempo y limpiará la casa, cocinará para ti y remendará un poco tu ropa. A ver si encarrila un poco a su primo, que no tiene dos dedos de frente: ¡Ya podía haber arreglado la gotera del techo! —Me río otra vez, asumiendo mis aires del campo.

El hecho es que me gusta este hombre afable. Estoy cómoda aquí y si los inquisidores nos dejan en paz, sería un placer ayudarle a cambio de refugio. Tal vez con el tiempo dejen de temblarme las manos. Me aliso la falda. Hacía mucho tiempo que no encontraba compañía, ami­gos auténticos. Quisiera salir corriendo, porque tengo miedo, pero al mismo tiempo espero con ilusión la visita de los Domergue.

Más tarde Jéróme se lleva las ovejas a los pastos y cuando vuelve se pone a reparar arreos de cuero junto al fuego. Yo coso el roto de mi falda. La lluvia arrecia furio­sa, un chaparrón de otoño. La casita es acogedora y cuan­do termino de coser empiezo a preparar la cena y nos con­tamos tímidamente nuestras historias. Él estaba casado, como ya me había dicho, y sus hijas se han casado también y se han marchado con sus maridos. Una de ellas tiene dos hijos, la otra ha sufrido varios abortos o se le han muerto los niños al nacer. Es el castigo de la mujer, desde que Adán y Eva fueron expulsados del Edén, y no hay mayor dolor.

A un hijo se lo quiere más que a nada —murmu­ro—. Una se olvida para siempre del dolor del parto, pero jamás olvida el dolor de su pérdida.

Hay algo en el ruido de la lluvia, en la seguridad de las sombras, que invita a confidencias.

—Yo nunca he dejado de llorar a mi niña. Le puse Guilhamette, por un gran amigo, y tenías razón: murió de viruela. Yo misma creí que me iba a morir también, de pena. La pobre no estaba destinada a este mundo, pero tal vez es más rica que nosotros. El Señor nos da y el Señor nos quita.

Lo siento —dice él—. ¿Y tu marido?

—Me casé dos veces. La primera cuando apenas era una niña.

¿Qué pasó? ¿Murió?

Un día llegué a casa por sorpresa y me lo encontré en la cama con su hermana.

Jéróme se echa a reír. Yo hago una mueca, me encojo de hombros y me río también.

—Pues en aquel momento no me hizo ninguna gra­cia. Me sentí traicionada y herida en mi orgullo. Me fui de casa, aunque él se había gastado mi pequeña dote en sus guerras.

¿Tenías una dote? —me pregunta con cara de sor­presa.

—Muy pequeña. —De pronto me siento avergonzada, porque seguro que sus hijas acudieron sin nada a sus bodas. Yo no sabía lo rica que había sido.

A pesar de todo. —Jéróme asiente con la cabeza, pensando. Al cabo de un momento añade—: Es una his­toria muy triste.

Sí. Pero la verdad es que no le quería. Y fue hace tanto tiempo que es como si le hubiera pasado a otra per­sona.

Era cierto. La verdad cruda es otra, pero no voy a ha­blarle de William, en honor a quien puse el nombre a nuestra hijita; William, el esposo de mi corazón.

¿Estás bien? —pregunta—. ¿Qué te pasa?

—Nada.

Estaba embarazada de cuatro meses cuando llegó la carta de Baiona. Con ella aferrada en la mano y seguida de Loup-Baiard, corrí a mi cámara privada en la torre, sintiéndome afortunada de que mi esposo fuera un caba­llero tan rico que me permitía tener una cámara para mí sola, donde podía abrazar una carta contra mi corazón. En mi habitación había una silla tallada, alta y lustrosa, y un baúl de la misma madera obscura, una mesa y esteras limpias en el suelo. La mesa estaba cubierta por un tape­te cosido por Baiona.

«Me caso —me escribía—. Quiero que conozcas al hombre que amo, y sé que también os querréis mutua­mente. Ven pronto. Estamos todavía en Pamiers, donde Esclarmonde ha establecido su hogar.» Luego me conta­ba noticias del castillo y de una o dos amigas.

Yo estaba encantada de dejar a Gobert y su sombría hermana, con su rostro duro y severo y su olor avinagra­do. Cuando monté en mi caballo ella me sonrió, tal vez por primera vez, me deseó buen viaje dándome unas palmaditas, y me dijo que me quedara todo el tiempo que quisiera. Y yo, pobre niña, me abrí a su amabilidad, ansiosa de afecto y agradecida de que me apoyara en mi de­cisión, sin conocer todavía la razón. Escoltada por dos hombres de armas volví a Pamiers, y cada legua que re­corría aumentaba mi contento, porque volvía a casa para ser testigo de la boda de mi amiga. Me reía con los hom­bres y arreaba a mi caballo al galope, compitiendo con el viento y el aire. Cuando llegué me arrojé a sus brazos y nos besamos como hermanas, riendo de alegría.

Baiona, no me has dicho nada de él. ¿Quién es?

—Tú le conoces.

¿Quién es?

—¡Es William!

Me quedé de piedra.

—¿William?

—Tu amigo.

—¡No!

—¿Qué pasa, Jeanne? ¿Qué tienes?

¿De Montségur?

Sí. Me ha dicho que erais amigos.

—Eso te ha dicho. —Me daba vueltas la cabeza.

—No te vayas. ¿Qué he hecho? ¡Jeanne, no pongas esa cara!

—Es…

—¿Qué?

¡Es mío! ¡Yo lo conocí antes! William vive…—me golpeé el pecho con el puño— aquí. Me quiere a mí, no a ti. ¡Estamos unidos de por vida! —grité, acordándome de la poción.

¿Qué estás diciendo?

—Que William es mío, no tuyo. ¡Es mío!

Baiona retrocedió, apoyándose con una mano en la pared.

—Me voy a casar con el hombre que…

¡Sí! ¡El hombre al que quiero! Le quiero, sí.

—No —susurró Baiona.

Él sólo te quiere por tu dinero —le espeté—. Tiene que casarse con una mujer rica. Él mismo me lo dijo. —¿Habría hablado yo así si Baiona no me hubiera roba­do antes a Roger? Vi cómo mudaba el semblante, sus ojos se apagaron y me recorrió un escalofrío de placer al pensar que la había herido como ella a mí.

¿Es una broma?

En Montségur yacimos juntos —mentí—. Me juró su amor eterno. Quería casarse conmigo.

¿Por qué no me habías dicho nada? William me contó que te conocía, nada más, que os habíais hecho ami­gos en Montségur. ¿Te estás inventando todo esto? Cuan­do volviste nunca mencionaste a William, no me dijiste ni una palabra, a mí, que soy tu mejor amiga. —Me tomó la mano, escudriñando mi rostro furioso—. Pero estás casa­da con Gobert.

Yo no dije nada.

Llevas dentro al hijo de tu marido. —Todavía in­tentaba asimilar la noticia—. El hijo de Gobert.

Yo sonreí con maldad. . ,

¿Ah, sí? ¿Estás segura de que es suyo?

¡Fuera! ¡Fuera de mi vista! ¿Cómo te atreves…?

Mi espíritu yacerá entre vosotros en vuestra noche de bodas —la maldije—. Estaré presente en cada abrazo.

¡Mientes! ¡Mientes!

En ese momento entró William. Nos encontró sepa­radas por un par de metros, enfrentadas la una a la otra. No sé lo que sintió Baiona, pero yo estaba desgarrada entre la desesperación y la indignación ante ella, que te­nía los hombros caídos y la cara surcada de lágrimas, y ante William, que sin hacer caso de lo que sucedía, nos atrajo hacia él y nos abrazó, una a cada lado, apretándo­nos una y otra vez como si fuéramos fuelles porque no­sotras no respondíamos a sus atenciones.

—Nuestra trinidad de amor —dijo como un idiota—. Un hombre y dos mujeres, a cuál más hermosa. ¡Y los tres nos queremos! Mi amor —se volvió para besar a su novia.

Pero ella se echó a reír como una histérica.

¡Ay, William! —Se apartó y con una expresión en­loquecida salió corriendo de la habitación.

Pero yo me había quedado clavada al suelo, todavía del brazo de William, contenta de estar allí, a pesar de todo.

¿Qué ha pasado? —me preguntó perplejo.

Yo me abracé a él y le besé los labios, la cara.

—Jeanne, ¿qué le has dicho? —insistió, apartándome.

Le he dicho que me perteneces. Que nos amába­mos en Montségur. —Yo seguía abrazada a su cuello.

Entonces me agarró las manos y me dio una bofetada.

Yo me aferré a él.

—¡William!

Pero él salió en pos de Baiona, dejándome sola, lloran­do de rabia. No estaba orgullosa de lo que había hecho.

Más tarde vino a buscarme a la sala común. Nunca le había visto tan enfadado.

—Ve a pedir perdón. —Me apretó el brazo hasta ha­cerme daño—. Ve a decirle que todo es mentira. Has men­tido.

Yo le miré la cara. Nunca me había dado cuenta de que sus ojos azules flotaban hacia arriba bajo sus párpa­dos, dejando una media luna blanca debajo. Aquello le confería una fría sensualidad.

—Venga.

Hice lo que me pedía. Baiona me escuchó asintiendo con la cabeza, con el mismo gesto frío que habría esbo­zado Esclarmonde, y yo no hice ningún intento de acercarme o de tocarla.

—Mi hijo es de Gobert —añadí—. De eso no hay duda.

Ella aceptó mis disculpas con un regio asentimiento.

Pero nunca volveremos a ser amigas —aseveró—. No te conozco, no me gustas, no confío en ti. —Hizo una pausa—. Por otra parte no veo razones para contarle esto a Esclarmonde. Olvida que ha sucedido.

Hacía bien en no confiar en mí. Me marché herida, furiosa y resentida, pensando que la poción había sido un fraude.

Una semana más tarde los vi pronunciar sus votos e intercambiar los anillos en el jardín del castillo, bajo un manzano en flor. Baiona estaba pálida, pero caminaba con la cabeza alta y su habitual elegancia, contenida y re­gia, y aceptó las felicitaciones de los invitados con una sonrisa. Era muy feliz. A mí me maravilló poder sopor­tar la ceremonia, bendecir su unión, pero en cuanto se terminó eché a correr por el césped, lejos de la visión del hombre que amaba casado con otra. Estaba besando a su novia y yo corría, corría lejos de ellos. Irrumpí en el jar­dín de hierbas aromáticas y me escondí, de espaldas al muro, llorando inconsolable. El corazón se me retor­cía en el pecho como un animal herido, se estaba rom­piendo en dos, no, en una multitud de fragmentos ensan­grentados, hecho añicos como el cristal. El dolor era tan intenso que me mordí el brazo para apagar mis gritos, mordí mi propia carne hasta que las marcas de los dien­tes llamearon rojas en la piel y se amorataron. Al día si­guiente monté sobre mi caballo con el corazón helado para volver con mi marido Gobert y su gélida hermana, que me trataría con distante y cortés reserva, y donde mi hijo, poco después de decidir que no le importaba nacer, saldría de mi cuerpo dejando un rastro pegajoso de baba roja goteando por mis piernas.

Pasaron cinco años. Mi matrimonio con Gobert se había anulado y me había trasladado a una casita de Tolosa, comprada con el dinero que me había dado Gobert para que mantuviera en secreto la razón de la separación. El país todavía estaba en guerra y yo me había unido a la resistencia. Me dedicaba a llevar mensajes. Era cinco años mayor, casi había cumplido los veinte. Una noche, cuando salía de una reunión para volver a mi casa, oí que me llamaban.

—Jeanne.

Era William. Me dio un vuelco el corazón. Él tam­bién había cambiado. Estaba más gordo y en sus sienes el pelo comenzaba a encanecer. Caminaba con aire autoritario y se erguía todavía más alto, si era posible, lleno de seguridad. Hacía cinco años que no sabía nada de él. Por lo visto se había unido a la corte de Raimundo VII, con­de de Tolosa.

Jeanne, no sabes cuánto me alegro de verte. ¡Pero bueno! —exclamó riéndose, dándome la vuelta—. Cómo has crecido. Estás guapísima.

Al principio me sentí avergonzada con los recuerdos. Pero él sonreía.

¿No te alegras de verme? Yo no supe qué decir.

¿Cómo está Baiona? —pregunté tensa. Se echó a reír otra vez y me estrechó entre sus brazos para besarme.

Está bien. Vive en Foix. Vamos, te acompaño a tu casa.

Me tomó del brazo y me escoltó por las obscuras calles de piedra hasta mi casa, sin dejar de hablar. Yo no lo invité a pasar. Las semanas siguientes me lo fui encontrando por todas partes. Al principio pensé que había perdido su efervescencia de muchacho, pero de vez en cuando ésta volvía a asomar en un guiño travieso de sus increíbles ojos azules, o cuando se mecía sobre los talones riéndose en silencio de algo gracioso. ¿Cuándo me di cuenta de que William coqueteaba conmigo, parado ante mí con las piernas separadas y las manos en sus estrechas caderas, o echado hacia atrás sobre sus talones, mirándome sonrien­te a los ojos? Se exhibía ante mí, me dirigía largas y sensua­les miradas. Tardé varios días en comprenderlo, quiero decir, en recordar que había hecho lo mismo en Montségur. Ya entonces coqueteaba conmigo.

¿Es que no lo entiendes, tonta?

¿Qué tengo que entender?

Que no hay otra como tú. ¿Ya no me quieres?

—¿Qué estás diciendo?

—Nunca te he olvidado. Ni a ti ni tu maravillosa de­claración de amor. Pero entonces no pude responder a ella. ¿Todavía me quieres? ¿Por qué ahora no me quie­res? No hay nada que pueda interferir entre tú y yo.

Yo me quedé horrorizada.

¿Pero qué dices? Estás casado. —Me puse a pasear nerviosa por el salón, pero no pude echarle. Había desea­do tanto ese momento…

—Mi matrimonio con Baiona no tiene nada que ver con lo que siento por ti.

Me puso las manos en los pechos. Yo no podía moverme.

¿No te gusto ni siquiera un poco?

Ahora me besaba.

Ay, Jeanne, te he echado tanto de menos… —Yo es­taba loca de deseo, y a la vez me odiaba. Intenté apartarlo.

¿Por qué no me quisiste en Montségur?

Él retrocedió, dio dos pasos, se volvió, avanzó de nuevo dos pasos y dio una palmada, como si quisiera bo­rrar aquel recuerdo.

Porque quería una mujer que tuviera propiedades. No podía permitirme dejarte embarazada. Pero ahora los dos hemos crecido, nada puede detenernos. A me­nos… — se interrumpió—. A menos que ya no te guste. No soy más que un faydit sin tierras. No tengo nada que ofrecer…

Entonces comenzó el juego del gato y el ratón. La causa nos unía, pero además él me perseguía sutilmente, encontrando siempre la manera de que pudiéramos trabajar en la misma misión. A veces se me acercaba por de­trás y me rodeaba con un brazo, luego me rozaba los pe­chos con el dorso de la mano, para ponerme duros los pezones. Yo era un pájaro en una trampa. Si me encon­traba sola en algún callejón me levantaba el pelo y me be­saba la nuca, y cuando yo me daba la vuelta él me atrapa­ba en sus brazos buscando hambriento mi boca, y al final mi boca acababa buscando la suya.

Me llamaba «su amor», me contó que su esposa no le comprendía, que era una avara, siempre controlando el dinero. No entendía su necesidad de un gran caballo de guerra lombardo o español. Su caballo era viejo y peque­ño y no tenía fuerzas para ganar premios en las justas. El necesitaba uno que pudiera permitirle comprar un casti­llo, tierras. Y lo necesitaba para la guerra: ¿cómo podía vencer a un caballero francés y pedir rescate por él con un caballo tan lento? Pero Baiona vigilaba de cerca el di­nero y sólo le daba monedas. Nos reíamos constante­mente, jugando o planeando misiones. William era un hombre complicado. A veces caía en breves períodos de melancolía y al día siguiente entraba silbando en mi casa, más contento que unas pascuas.

Vivimos juntos diez meses. Yo le daba su armadura y lo veía vestirse, lo acompañaba hasta su pobre caballo y luego íbamos juntos a las ferias de animales. Le compré un caballo de guerra y fue todo un placer, aunque me costó hasta la última moneda que poseía. Él lo aceptó, me dijo, porque me amaba de verdad, y yo lo creo. Que­ría que tuviera una buena montura, quería que estuviera a salvo. ¿Cuántas veces me declaró su amor? Decía que cuando Baiona muriera, se casaría conmigo.

¿Me sentía culpable? Sí, pero él también ahuyentaba mis dudas. Me explicó que vivía con Baiona como si fue­ran hermanos. ¿Cómo podía estar mal lo que hacíamos? Y de todas maneras, me decía yo, yo no era responsable: había bebido la poción mágica.

Mis brazos en torno a su cuello, sus manos tirando de los lazos en mi pecho, las mías soltándole las hebi­llas, caíamos en la cama con William ya dentro de mí, empujando, embistiendo, nuestros labios unidos y yo casi desmayándome, resollando, aferrándome a él dentro de mí, engullendo hambrienta al hombre que amaba. Todo estaba entrelazado, nuestro amor, la causa, la trai­ción, el amor y la guerra.

—Pues a mí no me parece que fuera tan fantástico. Yo miro a Jéróme.

—Era maravilloso.

¿Cómo había podido soltarlo todo así? No iba a confe­sar. La historia ha brotado como el agua que rompe un di­que, el dique de mi deseo reprimido de hablar de William y del pasado. Jéróme resopla, muy poco convencido.

¿Maravilloso, dices? Yo he conocido a hombres co­mo él, soñadores, siempre pasando de una mujer a otra, sin paciencia para trabajar. Según tú ni siquiera podía mantenerse.

—Tuvo mala suerte.

¿Cuál es la diferencia entre él, que se casó por dine­ro, y tu Gobert, que se gastó toda tu dote? William se gastó el dinero de su mujer en caballos para las guerras y las justas. Era un jugador, ¿no es así? Infiel a su esposa e infiel a su amante, que eras tú.

—Tú no lo conociste.

¿Ah, no? Pues dime qué tenía.

Yo vacilo. ¿Quién sabe lo que cautiva el corazón de una mujer?

Era el hombre más fascinante, más divertido y más guapo que he conocido. Nos inspiraba. Dejó de lado su vida por nuestra causa, y no tenía por qué haberlo he­cho. Venía de otro país. Era cariñoso, gracioso, valiente. —Pero me tiembla la voz. Me estoy acordando de otras épocas.

Jéróme lanza una maldición.

El encanto no dura. —Está concentrado en el cue­ro en el que trabaja. De pronto me mira—. Ese hombre fue infiel, y a mí no me gustan las mentiras. Te aseguro que si yo encontrara a la mujer adecuada y supiera que es honesta y sincera, no la dejaría ir por falta de dinero, ni se la entregaría a otro. Y si ella se casara conmigo, tam­poco la engañaría. —Me mira con tal fiereza que yo me sonrojo y bajo la vista.

Nos quedamos en silencio un largo rato.

Me acuerdo de los tiempos en que llevaba mensajes para la causa, noticias o planes de incursiones, movi­mientos de las tropas francesas o información sobre los inquisidores del Papa. Mi tarea era simple. A veces tenía que dar el mensaje al panadero, a cuatro calles de distan­cia, que a su vez lo pasaba por relevos al pastor que lo lle­varía a Aragón. Asistía a reuniones clandestinas y en al­guna ocasión llevé mensajes a los luchadores de Saissac, Mirepoix, Peyrepertuse o Roquefixade.

Yo tenía una casa segura donde un Hombre Bueno o una Mujer Buena podía refugiarse por una noche o una semana, y donde podía reunirse un pequeño grupo para escuchar sus prédicas. A veces daba hospitalidad a algún caballero. Una noche oí que aporreaban la puerta y me precipité escaleras abajo en camisón, aterrorizada.

¿Quién es?

¡Abre! ¡Deprisa!

Reconocí la voz y abrí de golpe. William estaba en el umbral, casi sosteniendo en brazos a un hombre que sangraba y cojeaba. Los caballos pateaban en la otra calle.

—Deprisa.

—Está malherido.

Lo llevamos arriba.

—Mantenlo a salvo —dijo William—. Lo están buscan­do. Yo tengo que irme. No le digas a nadie que está aquí.

¿Qué ha pasado?

—Una incursión. Hemos matado a un dominico. —Me dio un rápido beso y desapareció en la noche, su­cio y lleno de barro, con la sangre de su camarada secán­dosele en la camisa.

Yo bañé al desconocido y le limpié el agujero que tenía en el vientre, pero era evidente que no sobreviviría a la noche, porque el estómago asomaba por la herida, que estaba llena de barro y madera.

Murió sin revelar su nombre ni información alguna. Yo no tenía forma de hacérselo saber a William. Mi pro­blema era sacar el cuerpo de la casa sin que me vieran los vecinos. Quemé su ropa y metí el cadáver en un saco, como si fuera una bolsa de verduras. Mi criado lo cargó en un carro a plena luz del día. Salimos del pueblo hacia los campos, y allí lo sacamos y lo tiramos a una zanja, pobre hombre, para los buitres y los gusanos. No cava­mos una tumba porque era mejor que pareciera que lo habían atacado los bandidos y lo habían dejado allí muer­to después de robarle.

Dios sabe que había bastantes bandidos.

Envié al chico por las montañas hacia Aragón. Era una tontería que lo atraparan por lo que yo había hecho, o correr el riesgo de que me traicionara. Con dinero en el bolsillo, se marchó de buena gana.

Y siempre estaba William. Si andaba por la zona venía a mi cama por las noches, a mi casa de Tolosa, o a pedir­me ayuda. Yo habría dado la vida por él.

¿Y la segunda vez? —preguntó Jéróme. Yo di un respingo.

¿Qué segunda vez? ……

—Me has dicho que te casaste dos veces.

Ah, la segunda vez. Roland-Pierre. Era un hombre bueno y generoso. Yo lo quería, pero no con la pasión con la que amaba a William. Aun así estuvimos casados casi nueve años. Luego él murió.

Así es la vida—comenta Jéróme.

Pero yo pensaba en el alegre Roland-Pierre, que ha­bía ido a luchar con el conde de Tolosa y volvió de la guerra convertido en un hombre melancólico. No podía sacudirse de encima su tristeza nerviosa. Yo intentaba animarlo con juegos, invitados y cazas de venados o ja­balíes, pero su desesperación pesaba tanto sobre él que se veía, como un oscuro manto que le cubriera, negro como la muerte. Por más que hice, fue imposible sacarle de su melancólica tristeza. Los médicos lo ataron a una silla es­pecial con correas de cuero y lo obligaban a tragar amar­gas purgas, tan repugnantes que Roland-Pierre vomitaba a borbotones; lo cubrieron de escayolas y cataplasmas tan pestilentes como un establo. Yo le tomaba la mano, pobrecito mío, y lloraba al ver su dolor y sus sufrimien­tos. No podía quitarse de encima esa acedía, que según los monjes es pecado.

—No murió —no puedo evitar seguir, en voz dema­siado alta—. Se suicidó.

¡Se suicidó! —exclama Jéróme horrorizado.

Me tiemblan las manos y dejo la cuchara.

—De modo que el diablo se ha llevado su alma —aña­de Jéróme con voz ronca.

¡No! Le conseguí un entierro decente en suelo ca­tólico, con una buena lápida tallada. No iba a permitir que lo dejaran fuera de la Iglesia. Fue un accidente.

Pero nunca he dejado de preocuparme, siempre me he preguntado qué habrá sido de él. Dicen que los suici­das no pueden encontrar el camino hacia la Luz y vagan para siempre en la penumbra, perdidos. Yo no podía so­portar pensarlo. Los Amigos de Dios dicen que los sui­cidas vuelven de nuevo a la tierra, a una vida incluso peor, y eso es demasiado espantoso para considerarlo si­quiera.

Jéróme me mira ceñudo.

Hiciste bien en enterrarlo en suelo consagrado.

—Sí.

Tuve que pagar una fortuna para que lo enterraran en las tierras santificadas de la iglesia, pero Roland-Pierre era un buen católico y un hombre devoto. Los curas exigieron la mayor parte de su hacienda por el favor de un entierro cristiano, pero yo no le guardo rencor por eso, pobre alma bondadosa, sabiendo que estaba en juego su vida eterna. El pobre sufrió mucho. Lo único que quería era aliviar el dolor. A mí me dolió y me enfureció que me abandonara, pero jamás le habría condenado al castigo eterno. Roland-Pierre me quería, y quería a mi pequeña Guilhamette. Tuvimos buenos momentos. Si yo podía amarlo a pesar de que se hubiera matado, ¿por qué no iba a amarlo Dios?

Cuando lo conocí era uno de los caballeros de la re­sistencia, joven y alegre.

¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó aquella noche, sentado ante el fuego de mi casa.

¿Cuándo? —pregunté, fingiendo no saber a qué se refería.

—Ahora que estás embarazada. William dice que el padre ha muerto. —Al oír esto me quedé sin aliento.

—No ha muerto —contesté con voz queda, mirando las llamas— , pero no puede casarse conmigo. Tendré al niño. No será el primer bastardo que viene a este mundo.

¿Y por qué no te casas? —me dijo, tomándome la mano.

¿Y con quién me iba a casar? —repliqué riéndome, mirándolo divertida. Él sonrió.

¿Por qué no conmigo? Nos iría muy bien juntos.

¿Por qué no? El era más joven que yo y bastante atractivo. Si estaba dispuesto a pasar por alto mi condición, ¿por qué no aceptar a un hombre que me quería y daría un apellido a mi hijo?

Jéróme me mira receloso, esperando que prosiga. Yo bajo la cabeza.

Eso fue hace mucho tiempo. Pero también he teni­do buenos momentos. Mi vida no ha sido mala del todo, no me quejo. Roland-Pierre fue un buen marido y un buen padre para mi niña, que seguramente estará en el cielo. He amado y he sido amada, ¿qué más se puede pe­dir? —Hago un gesto con la cabeza, sonriendo—. ¿Y tú?

Y así pasamos la tarde, en casa, contándonos nuestras historias, con el olor del guiso en la cazuela y el calor del fuego en el hogar, mientras la lluvia resuena en el tejado. Luego, para dejar de pensar en William o Roland-Pierre, le cuento la fábula del rey Midas y su caricia de oro, y después la historia bíblica de Susana y los tres hombres que intentaron seducirla. A Jéróme le gustan las histo­rias. Le hablo también de Abraham, de cómo el ángel evitó que matara a su hijo, Isaac, y explico la historia de Jacob, que robó la herencia de su hermano, y por fin al­gunas de las historias románticas de Tristán y la princesa Isolda. Jéróme está impresionado. No conoce las histo­rias de la Biblia tan bien como yo (nunca ha tenido el li­bro, y aunque lo tuviera no podría leerlo). Naturalmen­te, tampoco conoce las baladas románticas. Pero él me habla de ladrones y de animales de granja, y pronto nos estamos riendo cada uno de las historias del otro.

Le cuento también la visión que tuvo Robert, el ju­glar, cuando estábamos bajo asedio en Montségur, y nos reímos tanto que casi me hago pis: castillos voladores, barcos que navegan bajo el agua, carretas que se mueven solas sin buey ni caballo. ¡Menudas fantasías! Aunque, por supuesto, no menciono Montségur. Únicamente digo que un hombre que conocí tenía visiones del futuro, y no especifico más.

Era al principio del asedio, cuando todavía teníamos la moral muy alta. Hombres y mujeres nos reuníamos en las mazmorras después de la cena, para entretenernos.

Robert, malabarista y bufón, trovador, payaso, músi­co, se había erigido en nuestro animador. Una noche tocó tres acordes en su laúd para que nos calláramos, pero el silencio tardó en caer sobre nosotros, porque to­dos hablábamos sin hacerle caso. Llevaba sus absurdas mallas de colores y sus zapatos con las puntas hacia arri­ba, como colas de escorpión. Sabía que era gracioso. Te­nía una barba fina e irregular, una barriguita muy redon­da y unas piernas flacuchas. No se podía concebir una figura más ridícula, con aquellas mallas de rombos de co­lores. Nos fuimos callando unos a otros, gritando que si había silencio oiríamos una canción. Algunos se burla­ban de él, riéndose con antelación de su cáustico ingenio. Por fin Robert tocó en su instrumento una serie de rápi­dos acordes, como conejos corriendo hacia sus madri­gueras… y se detuvo.

Nosotros esperamos expectantes.

Anoche tuve una visión —comenzó con voz grave.

Todos nos echamos a reír, pensando que se estaba bur­lando de las meditaciones de los Hombres Buenos.

»¡Escuchad! —gritó él. (Tring-tring-tring.) Dio una voltereta hacia atrás sin soltar el laúd y nosotros aplaudi­mos. Tring-tring-tring.

»Anoche tuve una visión del futuro. Escuchad y os contaré cómo será el futuro.

Un murmullo recorrió la sala y todos nos calmamos, porque ¿quién no quiere conocer el futuro?, ya sea una joven esperando casarse o un hombre compitiendo por un premio. Lo que queríamos saber era cuándo mandaría re­fuerzos el conde de Tolosa y derrotaría a los franceses que nos rodeaban. Pero Robert nos sorprendió a todos:

Anoche se me apareció un ángel. —La sala quedó en silencio. Nadie se reía. Robert alzó la cara, radiante—. Estaba iluminado, vestido del blanco más puro, y de su cabeza salían rayos de luz. Yo me quedé maravillado y lleno de júbilo.

»—Ven —me dijo— y te mostraré tu futuro. —Yo vacilé.

»—¿Eres ángel o demonio —quise saber—. Yo sólo sigo a los que siguen a nuestro Señor Jesucristo.

»—Entonces ven conmigo —contestó la hermosa criatura—, porque yo también adoro a la Luz del mundo.

Robert se interrumpió, con una expresión gloriosa y distante, como si se asomara a los reinos interiores. Lue­go miró su instrumento.

Me vais a decir que miento, pero sucedió tal como os lo estoy contando. El ángel me tendió la mano, y cuando la tomé tiró de mí hacia arriba y yo salí de mi cuerpo hacia un lugar donde vi las maravillas que os voy a describir. Sólo sé una cosa: no era otro mundo, sino esta misma tierra que habitamos ahora, y dentro de mu­chos años.

¡Cuéntanos! —gritamos impacientes.

Su música se había convertido en una melodía lasti­mera, de esas que te conmueven misteriosamente el cora­zón, pero luego, poco a poco, fue pasando a tonos más rápidos y alegres, hasta que habló con voz fuerte y clara.

—Vi una época de una prosperidad inconcebible (tring-tring-tring). Hombres y mujeres vestían alegres ropas exóticas, de telas finas y vistosos colores. Nunca ha visto el ojo humano tales tejidos, finos como la seda oriental y a la vez tan cálidos que nadie llevaba sayos ni abrigos ni ropa interior gruesa. Se agrupaban en grandes multitudes en un camino negro, en la sala de un palacio con los techos muy altos, y entonces vi que nadie cami­naba, porque en esos tiempos, ¡son los caminos los que se mueven por ellos! (Tring-tring-tring.)

La sala estalló en carcajadas y silbidos, todos encanta­dos con la idea de los caminos que se movían. Robert fingió enfurruñarse, pero estaba muy complacido.

¡Pero todavía vi más! —gritó. Y cuando dejamos de reír y silbar y nos callamos, él alzó una mano para pe­dir completo silencio y volvió a tocar su laúd—. Vi casti­llos que volaban por el aire con un ruido de cien casca­das, como el fragor de los caballos de un ejército, como un terremoto. Y vi los rostros de la gente en las ventanas. Podían, volar desde aquí a Tierra Santa entre el amanecer y el mediodía. Iban comiendo en esas casas volantes y, os lo juro, todo el mundo estaba tranquilo. ¡Hasta leían li­bros mientras volaban por los aires!

Algunos nos reímos todavía más. Pero estábamos fascinados.

¿Y adonde irán esos castillos voladores? —pregun­tó una mujer.

Adonde tú quieras, preciosa. Tú pides un deseo y te llevan por los aires y te dejan a leguas de distancia. Lle­gará un tiempo en que estas cosas sucederán, porque yo las he visto, como en un sueño.

—Yo soñé una vez que me casaba con una reina —se burló un viejo—. ¡Pero eso no significa que vaya a pasar!

¡No te des por vencido! —gritó alguien—. Todavía no estás muerto.

Pero Robert ladeó la cabeza y pasó la vista pensativo por el rincón más alejado de la sala, perdido en sus dulces recuerdos.

No fue un sueño —dijo, con voz tan queda que lla­mó nuestra atención—. Hay una diferencia entre una certeza y un deseo, entre una visión y un sueño. Yo he tenido una visión. Es como ver a través de una rendija en las cortinas del tiempo.

Bajó la vista con expresión soñadora, una sonrisita danzando en sus labios, y arrancó de su bonito instru­mento un río de suaves y nostálgicos acordes.

¡Y he visto más! —bramó de pronto. (Tring-tring-tring)—. Además de los caminos movedizos y los casti­llos voladores, estas personas tienen carros tan altos como una carreta de heno, carros que se persiguen unos a otros en las carreteras, llevando gente dentro.

¡Nosotros también tenemos carros!

¿Y esas carreteras se mueven también?

Sus carros no van tirados por bueyes ni por caba­llos. Se mueven ellos solos con ruidosos gruñidos, aulli­dos, gritos y rugidos. Os lo aseguro: en el futuro nadie camina.

¡Cómo nos gustó! Cómo nos reíamos. Fue una vela­da estupenda, y a partir de entonces y durante varios días los niños e incluso los soldados más duros, cansados de la guerra, fingían que el suelo se movía bajo sus pies o que estaban subiendo a una torre voladora que saldría disparada sobre las murallas y sobre las tropas enemigas del valle. Los castillos voladores verterían cubos de fue­go y alquitrán hirviendo sobre los cruzados y luego nos llevarían a la Tierra Santa de Cristo.

¿Y qué más?—preguntó alguien.

—Vi barcos con la forma de los peces del mar. No te­nían velas (tring-tring-tring). Y no viajaban sobre el agua, impulsados por el viento del Señor…

¡Volaban por los aires! —gritó un joven.

¡No! —Robert calló al gracioso con una mirada—. Se sumergían bajo las olas y nadaban como cormoranes, debajo del agua, saliendo de vez en cuando para respirar.

Esto no nos gustó tanto como las carreteras móviles y las casas voladoras. A mí me inquietaba la idea de nave­gar así bajo el agua.

¿Por qué? —preguntó uno—. ¿Para qué navegar por debajo?

No lo sé —contestó Robert con sinceridad—. Lo de los caminos y las casas voladoras lo entiendo. Pero lo de viajar bajo el agua… tal vez era para escapar del enemi­go, o para pescar algún pez. Yo sólo os cuento lo que vi.

¿Y cómo veía la gente debajo del agua?

Pues muy mal —respondió otro en la sala—. Ten­drían los ojos llenos de agua salada.

A partir de entonces, Robert nos contaba de vez en cuando nuevas visiones, o cosas que se inventaba. Una vez dijo que en el futuro las personas podrían hablar unas con otras a través de largas distancias, que sus voces viaja­rían de París a Roma. Por lo visto sólo tenían que pensar y los mensajes volaban como castillos por los aires, sólo que tan ligeros como el pensamiento, no pesados como pie­dras. Nos contó muchas cosas extrañas: lo rico que sería este mundo, donde ya no existirían las distinciones entre hombres y mujeres, campesinos, soldados, criados o se­ñores. Con eso no estábamos de acuerdo.

¿Cómo iba la gente a saber cuál es su lugar? ¿Cómo sabría uno ante quién inclinarse?

Nos pasamos horas sólo hablando de la ropa que lle­varían.

Otra noche dijo que ya no habría enfermedades, ni lepra, ni peste, ni viruela, ni niños que murieran de tos. Y recuerdo que entonces la pequeña Esclarmonde de Perella, hija de nuestro comandante, una niña tullida y jorobada que ya había tomado el hábito, la pobre, se pegó al juglar. Le puso la mano en su pierna de colores y lo miró a la cara.

¿Y habrá jorobados y enanos? —preguntó.

Robert miró con tristeza su muleta de madera.

—No lo sé —contestó.

Sus visiones no acudían a su antojo, cuando él quería, sino que se le presentaban por sorpresa. ¿Estaba min­tiendo? Un día me acerqué a él.

—Maese Robert.

Estaba apoyado contra la pared sin hacer nada, que era lo que hacía la mayor parte del tiempo, durante el aburrimiento del asedio. Robert se incorporó y se tocó la gorra cortésmente.

—Na Jeanne.

Quiero preguntaros una cosa. ¿Son ciertas esas his­torias que contáis? ¿Os las estáis inventando?

Él me miró solemne.

—Jeanne, yo sólo os cuento lo que he visto. No sé si es verdad o son imaginaciones mías, pero yo estoy con­vencido de que he visto el futuro, porque no tengo bas­tante ingenio para inventarme algo así. A pesar de todo, es algo que no nos concierne, porque no viviremos para verlo.

—No —suspiré yo con tristeza, jugueteando con mi falda entre los dedos—. No, pero a mí me gusta pensar que es verdad. La gente será muy feliz en esa época futura.

Una noche nos habló llorando de las armas y las gue­rras, porque entonces sus visiones se habían tornado muy obscuras.

—Tienen armas tan potentes que cuando impacta el proyectil, explota en un muro de llamas. Hay fuego por todas partes, y el fragor de las armas es como el ruido de los castillos voladores. La tierra se estremece. Miles de personas mueren con el rugido de un solo disparo: muje­res, niños, soldados, recién nacidos…

¿Mujeres y niños? —gritamos horrorizados—. ¿Los aldeanos y los campesinos también?

—Todo muere. El paisaje queda yermo y desolado, lleno de cráteres de barro.

¿Pero entonces quién cultivará la tierra?

¡Eso no está bien! —exclamó un fiero soldado—. La guerra es una profesión, tiene unas reglas estrictas. No está dirigida a los civiles.

—Pues con nosotros, los granjeros, no pasa lo mis­mo —me interrumpe Jéróme—. Los caballeros atravie­san nuestros campos y los soldados nos roban y queman nuestras cosechas. Que Dios ayude a quien tenga la mala suerte de vivir en el camino de un ejército.

Tiene razón, por supuesto. ¿Acaso no quemaba Montfort las cosechas por dondequiera que pasara? ¿Y no quedaban los pueblos destruidos? ¿Y no asolaba el hambre la Tierra? Muevo la cabeza.

—Ya lo sé.

Esa noche, en Montségur, discutimos sobre aquella guerra tan dura. Hubo quien apuntó que de qué servía ganar, si todo quedaba destruido. Recuerdo que esa noche me fui a la cama con el terror del futuro que pintaba

Robert, agradecida de vivir en mi propia época, incluso bajo asedio, y no en esos años en los que las catapultas dispararían muros de llamas y miles de personas mori­rían quemadas vivas por un solo proyectil. Por esa noche me sentí a salvo bajo la lluvia de las rocas de los cruzados franceses, porque no podían penetrar las murallas ni ex­plotar en bolas de fuego.

Pero entonces llegó la última visión de Robert, y a nosotros se nos acabó la paciencia. Aquella tarde estaba muy complacido de sí mismo y se pavoneaba orgulloso de un lado a otro. Las notas de su música se seguían en alegre persecución y dibujaban colores en el aire, disol­viéndose y reapareciendo, hasta que Robert las frenó de golpe con una palmada en su instrumento.

—Escuchadme —comenzó—. En el futuro no habrá obscuridad, porque la gente creará luz con un gesto de la mano. ¡Convertirán la noche en día como si fueran dioses! En esa época el día y la noche serán lo mismo, por­que habrá luz toda la noche.

Aquello fue demasiado. La muchedumbre se volvió contra Robert, que tuvo que huir para salvar la vida. Le arrancaron la ropa, le dieron puñetazos, patadas, mordiscos, porque sólo Dios puede crear la luz, eso lo sabe todo el mundo. La luz fue la primera creación de Dios el primer día, cuando ordenó, «Hágase la luz», y la luz se hizo, y Dios separó la luz de las tinieblas, y llamó día a la luz, y a la obscuridad la llamó noche. ¿Y cómo se iba a ju­gar la gente su propia alma desafiando las leyes de Dios? Luego estallaron peleas más enconadas, a las que se unieron incluso nuestros perfecti, que hasta entonces ha­bían escuchado encantados como los demás. Algunos se­ñalaron que nosotros teníamos fuego, que da luz y calor y se crea con golpes de pedernal. Pero otros replicaron que el fuego era un don de Dios. Hubo quien desechó incré­dulo la profecía, mientras que otros estallaron en furiosas protestas, preguntando cómo iban a dormir los criados sin el bálsamo de la noche, o cómo iban a parar su labor en el campo los campesinos. ¿Cómo íbamos a saber cuándo terminaría la batalla si no hubiera noche? ¿Cómo se iban a llevar a los heridos del campo de batalla? ¿Y qué pasaría con las estrellas y la luna? ¿Palidecerían y morirían sin sus ejercicios nocturnos?

Robert ya no tuvo más visiones, o si las tuvo, no nos las contó.

—Y en esa época, ¿todavía morirá la gente? —pregun­ta Jéróme, de nuevo trabajando el cuero con un punzón. Su pregunta es tan inocente como la de Esclarmonde, fru­to de una curiosidad gatuna.

Sí —contesto—. Robert dijo que la gente envejecía y moría, como nosotros. Pero algunos vivían tres o cua­tro veces más que nosotros, porque los niños no morían.

¡Así que el mundo estará repleto de gente!

Sí, a nosotros también se nos ocurrió.

¿Estará tan abarrotado como Montségur? —pre­guntó alguien, y una ola recorrió la atestada sala, todos pensando en ese tiempo futuro en el que nadie moriría hasta la más avanzada vejez (excepto por el fuego de las armas). Una pesadilla.

Pero la gente tendría cremas para suavizar la piel. Y ahora miro a la luz de las llamas a Jéróme, que inclina la cabeza sobre su trabajo, y pienso que me gustaría tener una crema para mi cara enrojecida y áspera, y para mis manos, que una vez fueron tan suaves como la seda con la que bordábamos. Todo el mundo tendrá agua para bañarse, sin tener que recoger leña para calentarla y sin ne­cesidad de viajar muchas leguas hasta los manantiales ter­males.

Sí, en esa época futura tendrán todo lo que uno pueda concebir.

—Yo no me creo ni una palabra —dice Jéróme, acari­ciando al gato gris que se le ha subido de un brinco al re­gazo.

—No, ni yo —contesto—. Aunque supongo que si tienes caminos que te mueven sin esfuerzo y castillos vo­ladores, si no hay enfermedad y dispones de todas las cremas y las ropas de esa edad dorada, entonces tal vez no te importe vivir tanto tiempo, sobre todo si tus ami­gos viven también. Pero sería horrible que todos murieran mientras tú todavía te arrastras por ahí.

Jéróme me mira de pronto, alertado por el temblor de mi voz.

Estoy tumbada en la cama de mi almacén, con los ojos abiertos. La sala huele a sudor y cuero, a ristras de ajos y cebollas, y sobre todo a tierra, porque las paredes están excavadas en la montaña, o más bien formadas por la montaña. El colchón es fino y mi capa hace de manta, pero no estoy despierta por eso. Sigo oyendo sus palabras: «Pues a mí no me parece un hombre tan maravilloso.»

¿Cómo se distingue a un hombre de otro? Las imáge­nes se alzan como burbujas en mi cabeza, como piedras preciosas: su rostro bañado por la luz de la luna, pegado al mío cuando hacíamos el amor, o su boca en mi oreja mientras se mueve suavemente dentro de mí: «Jeanne Jeanne Jeanne Jeanne Jeanne.» Susurra mi nombre una y otra vez mientras hacemos a nuestra hijita, y mi cuerpo se alza para encontrar al suyo, mis brazos en torno a su espalda, mis dedos en su abundante pelo cobrizo, nues­tras piernas entrelazadas, mi espalda arqueada bajo sus manos, nuestros labios unidos, William bebiéndome a sorbitos, labios, cuello, brazos, saboreando mi piel con su lengua, chupando mis pechos y dándome un placer tan exquisito que nadie podría calificarlo de malo, ni si­quiera el mismo Dios que presentó a Adán y Eva en el jardín del Edén y cuyo Hijo bendijo en Canaán la boda que daría comienzo a estos deleites. Me corro —qué éx­tasis— y me corro de nuevo, y una vez más, mientras él, todavía dominándose, se mueve encima de mí, dentro y fuera. Su cara pálida a la luz de la luna, me mira. Yo me relamo los labios y cierro los ojos, rindiéndome a su abrazo, a su olor. William se aparta tanto que sólo la punta roza los labios de mi cueva secreta, cerrándola, ro­deándola. «¡No!», grito yo, y le obligo a entrar de nuevo y él embiste con más fuerza, con más firmeza, y un ronco gruñido me llena el oído. Me alzo para responder a su pasión, gritando «¡sí!», y siento que se vierte en mi parte más profunda, oigo su grito y noto cómo se vacía con movimientos espasmódicos hasta quedarse seco.

William se desploma con todo su peso en mis brazos. Yo le acaricio los músculos de la espalda, todavía vibran­tes, todavía en éxtasis. Somos una mente, un corazón, un cuerpo. Por fin sale de mí y los jugos resbalan por mis muslos. Se ha dormido encima de mí.

Luego me aparto. Él, todavía dormido, se da la vuelta y yo me acerco a él y pego la mejilla a su corazón. Oigo el latido fuerte y regular de su alma. Su rostro es tan tierno y vulnerable como el de un adolescente. La luz blanca de la luna llena los rincones de la sala, arrojando un manto de palidez sobre el rostro de William y su pecho desnudo.

—Estás llena de luz —me dijo una vez—. Cuando me acuesto contigo siento que estoy bebiendo luz.

William duerme y yo sonrío, porque sé que me acaba de dar un hijo, y me incorporo sobre el codo, admirán­dole ahora que puedo, porque pronto tendrá que partir, y no puedo soportar perder un solo momento durmien­do. Tengo tan poco tiempo para observar su rostro, para trazar la línea de su mentón, para memorizar sus labios… Pero al final me duermo y en el sueño nuestras almas se enlazan junto con nuestro aliento, unidos, y durante toda la noche yacemos juntos como marido y mujer.

«Pues a mí no me parece un hombre tan maravilloso», había dicho Jéróme. Cuando William entraba en la sala, yo cobraba vida, y cuando se marchaba, el sol moría.

Podía ser brutal, incluso cruel. Una vez, después de hacer el amor, fuimos al castillo del conde de Tolosa, y allí William me dio la espalda. Ni siquiera me dirigió la palabra, se comportó como si no nos conociéramos, y eso que nos acabábamos de levantar de la cama después de hacer el amor.

Pero eso no fue nada comparado con su reacción ante la noticia del niño. Yo pensé que estaría encantado, pero él frunció el entrecejo.

¿Estás segura? —preguntó, chasqueando nervioso los dedos.

Pero ¿no estás contento? Yo soy tan feliz… Llevo dentro a tu hijo, tal vez un varón.

Él me abrazó distraído.

—Tengo cosas en la cabeza —explicó, cuando yo le presioné.

También me dijo que tenía que ir a Foix, y de allí a Mirepoix. Se marcharía por la mañana y, sí, vería a Baiona, pero volvería al cabo de una o dos semanas. Mientras tanto yo tenía que cuidarme. Intenté sacudirme mis miedos. Es­taba segura de que se casaría conmigo, ahora que iba a dar­le un hijo, estaba segura de que se divorciaría de Baiona. William tardó varias semanas en volver.

Creo que es hora de que te cases de nuevo —me dijo entonces.

Yo lo miré sobresaltada, pero enseguida me recobré.

Ah, quieres decir que me case contigo.

¡Claro que no! —Y rió como si fuera un chiste—. Yo ya estoy casado, cariño. Pero tenemos que encontrar­te una casa, para ti y para mi hijo. He hablado con Roland-Pierre. Lo vi en Mirepoix y le sugerí que si pedía tu mano, la conseguiría. Y se llevaría una esposa atractiva, que no es rica pero tampoco pobre. A él le gustas. Si te casas deprisa, parecerá que el niño es suyo.

A mí no me gustó nada. Discutí. Lloré.

Cariño, quiero que estés a salvo. Hazlo por mí. Necesito saber que estáis bien, mi hijo y tú. Sabes que haría cualquier cosa por ti, pero estoy atado de pies y manos. Lo único que puedo hacer es asegurar tu porve­nir. He pasado bastante tiempo con Roland-Pierre y me cae bien. No sabe que el niño es mío. Le he contado que te conocí luchando por la causa. Roland-Pierre es un buen hombre y será un buen marido.

¿Y tú qué harás?

El me dio una palmada en el trasero.

Pensaré en ti cuando haga el amor con otras. Me imaginaré que eres tú. —Se echó a reír y me tocó un ins­tante la barbilla.

¡Cómo puedes decir esas cosas! —No sabía si sen­tirme halagada, furiosa o herida, pero sentía las tres cosas a la vez, en distintos grados y secuencias—. ¿Cómo pue­des decir eso?

—Venga, no te pongas así, preciosa. Anda, dame un beso. Esto no es el final. Tú y yo nos querremos toda la vida. Si nos encontramos cuando tengamos ochenta años, ¿no crees que nos arrojaremos el uno en brazos del otro? Esto es simplemente una solución práctica. Yo no me voy a ir a ningún sitio, y una vez que te cases me pon­dré en contacto contigo. Siempre encontraremos la ma­nera de vernos.

William comenzó a acariciarme pero yo lo aparté a empujones, gritando furiosa, hasta que él me inmovilizó los brazos, riéndose y besándome. Entonces me eché a llorar, mientras él me abrazaba susurrándome al oído pa­labras de amor.

Ahora estoy despierta, recordando. Es una historia muy triste. Viví nueve años con Roland-Pierre, y casi siempre dormí a su lado, pero es el rostro de William el que recuerdo sobre el mío, sus brazos, su voz. A Roland-Pierre lo quise de manera tibia y amistosa, fue un buen marido y un buen padre para mi Guilhamette. Él quería a la niña, y sonreía tan maravillado y orgulloso como cualquier padre cuando la tenía en los brazos. A medida que fue creciendo, Roland-Pierre comentaba encantado lo guapa que era, y lloró su pérdida con sus propias lágri­mas, a pesar de saber que no era carne de su carne. Des­pués de mi matrimonio con Roland-Pierre me mantuve apartada de cualquier lugar donde pudiera existir la posi­bilidad de encontrarme con William. Dejé mi trabajo en la resistencia y me convertí en una honesta mujer casada y madre. En cuanto a William, lo odiaba, pero sabía que si entraba por la puerta y me decía una sola palabra, me iría con él.


18

Otro día más. Ha llegado la hora de esconder mi li­bro.

Jéróme se ha llevado las ovejas a los pastos altos y es­tará fuera todo el día. Primero miro por toda la casa, pero sólo hay dos habitaciones pequeñas, sin desván, sin escondrijos. Salgo por la puerta, palmeando el tesoro junto a mi rodilla, y aspiro el suave aire templado, con el limpio aroma a heno que siempre sigue a una tormenta. Allí de pie, contemplando los campos, me doy cuenta de lo mucho que he cambiado.

No quiero que Jéróme sufra ningún daño, la sola idea me inquieta. Es la primera vez en muchos meses que pien­so en alguien además de en mí misma. Es más, estoy pen­sando en el futuro, en lugar de vivir en el pasado. No quie­ro que apresen a Jéróme por mi culpa o por un estúpido cordel que ya no llevo, o por la sagrada Palabra, que si al­guien descubre significa tortura y muerte. Sin embargo nunca se me ocurrió pensar en la señora Flavia mientras estuve en su casa. También a ella podían haberla matado, a ella, a su marido y al pequeño. Estoy avergonzada. ¡Si hubieran llegado a saber el peligro que corrían!

Miro el umbral de losas negras y luego el paisaje. Las nubes surcan el cielo lechoso como ovejas, o como la es­puma del mar en la cresta de las olas, y el patio embarra­do se me antoja acogedor y familiar, con sus profundas huellas de cascos y los postes del viejo carro apoyados contra el cobertizo.

Abro la verja, que cuelga de su oxidada bisagra, y echo a andar por el sendero buscando un agujero, una cueva, una piedra suelta. Tardo un buen rato en encon­trar lo que busco: un árbol a un lado del camino, en la colina. Las raíces están parcialmente al descubierto, en­tran y salen de la tierra como serpientes formando pe­queñas cavidades. Lo mejor de todo es que el árbol está apartado del camino más transitado.

Tardo sólo un instante en encontrar un agujero y es­conder mi libro, protegido por su lona verde, entre el amasijo de retorcidas raíces. Tapo el hueco con tierra y piedras y peino la hierba mojada para ocultar la tierra re­movida. Luego me aparto un poco: no se nota casi nada. Mañana plantaré aquí un arbusto, para ocultar todavía más el lugar. Mientras tanto vuelvo al camino y veo que mi falda, al arrastrarse, ha doblado las hierbas relucientes cubiertas de rocío. Cualquiera advertiría que alguien ha estado trasteando en el árbol.

Para ocultar mis huellas vuelvo al sendero, me agacho y me alivio el vientre. Sí, unas heces grandes y marrones, por si alguien se pregunta qué hacía una persona por aquí. A mediodía la hierba se enderezará de nuevo para ocultar la prohibida Palabra de Dios, dejada al cuidado de un árbol amable.

Cuando llego a la casa, Jéróme ya ha regresado. El corazón me da un vuelco. Supongo que se me ilumina el rostro, pero él me mira las manos, llenas de tierra, los zapatos y las faldas embarradas. Sin darme cuenta escondo las manos detrás de la espalda.

Has vuelto temprano. —Me siento tan culpable como una niña a la que hubieran pillado con las manos en la masa.

—¿Dónde has estado? —me pregunta.

—Por ahí, en la colina, dando un paseo.

¿Un paseo?

Quería ver la granja desde arriba, nada más.

Se queda mirándome. Veo que se da cuenta de que es­toy mintiendo y siento que el rubor me sube por el cue­llo y se extiende por mi cara.

¿Qué pasa? ¿No puedo ni salir? ¿Es que tienes al­guna objeción? He ido a echar un vistazo por la zona, por si te interesa, y ahora he vuelto a por los cubos de agua. Pensaba hacer la colada. ¿Te importa?

En el futuro pondrán la ropa en barriles, pronunciarán unas palabras mágicas, y los barriles harán el trabajo. No me extraña que las mujeres no vayan a envejecer entonces.

¿Y tú qué haces en casa a estas horas? ¿Es que no tienes trabajo? —Suavizo la voz—. No estarás enfermo, ¿no? No estarás herido…

Me acerco a él y de pronto me detengo. Él mueve la cabeza diciéndome que no.

Se me han olvidado las tenazas que necesito para arreglar el rastrillo. He venido a por ellas.

Pues ya que estás aquí, ayúdame a cargar al poni —le pido, señalando con la cabeza los odres de agua—. No puedo pasarme aquí el día entero. Hay trabajo que hacer.

Jéróme se acaricia pensativo la nariz con el pulgar, lue­go se sacude las manos en las caderas, desechando sus pen­samientos, y carga los odres vacíos en el lomo del poni.

¿Podrás llenarlos tú sola? Pesarán mucho cuando estén llenos.

Soy fuerte.

—Entonces hasta luego. —Se pone de pie, con los brazos cruzados, y se queda mirándome mientras yo me alejo llevando al poni de la cuerda. Por lo menos el libro está a salvo. Jéróme no corre peligro.

Jéróme se quedó parado un momento, pasando la lengua por los dientes, pensando en la conversación, re­cordando cómo ella ladeaba la cabeza y evitaba mirarle a los ojos. ¿Qué sabía de ella, en realidad? Estaba casi se­guro de que había vivido con los herejes, y tenía la abso­luta certeza de que no estaba en sus cabales, por la mane­ra en que entraba y salía de su mundo de fantasías. Tal vez nunca había estado en Montségur y no sabía nada de un tesoro enterrado. Pero él estaba dispuesto a apos­tar un cerdo a que había estado allí, tal vez como mujer de un panadero o novia de un soldado. Era evidente que la experiencia le había hecho perder la cabeza, de modo que ahora se imaginaba haber sido un miembro de la nobleza, y a partir de ahí había creado su fantástica histo­ria de amor con un caballero. Jéróme no se creía ni la mi­tad de sus desvaríos, pero eran historias entretenidas. Y era cierto que él tampoco podía quitarse de la cabeza la historia que le había contado Bernard del tesoro cátaro. ¿Y si por ventura Jeanne había estado de verdad en Montségur? ¿Y si sabía algo del tesoro? Dio una patada a una piedra del patio, que rebotó contra otra, dio un brin­co y se quedó quieta. Muerta como una piedra. Bernard había dicho que los inquisidores buscaban a una mujer. Desde la verja Jéróme miró el bosque y el campo donde se partía la espalda trabajando. A duras penas se ganaba la vida con su granja. ¡La de cosas que podría hacer con unas cuantas piezas de plata o de oro! Un campesino no llegaba a verlas jamás; como mucho tocaba céntimos, si es que llegaba a tocar alguna moneda. ¡Pero un tesoro! Po­dría comprar simiente, contratar a un hombre que traba­jara con él en la granja, reparar la verja, incluso comprar un buey, porque un buey era mucho más fuerte que un burro o un poni. Plantaría una viña, y manzanos y cerezos en el huerto, perales y membrillos, y al pensar en Jeanne yendo a por agua, soñó con construir para ella un lavade­ro alimentado por un manantial. Lo rodearía de buenas piedras que retuvieran el agua limpia y pondría en un ex­tremo una roca plana para batir la ropa. Tal vez podría ampliar la granja para mantener también a una de sus hi­jas, con su marido y sus hijos; o si no, compraría la tierra del valle propiedad de Raymond Domergue.

Cuando por fin encontró las tenazas volvió al campo, acariciando sus sueños y pensando una y otra vez en la hermosa mujer que había entrado tan súbitamente en su vida, que como un milagro había llegado para ayudarlo con el trabajo de la granja y aliviar su soledad. Recordaba cómo se había preocupado por él hacía un instante, cuando le preguntó si estaba herido. Pero sabía que tenía que ir con cuidado. Jeanne estaba un poco loca. Es más, le habían hecho mucho daño. Tenía miedo. Una palabra fuera de lugar, un gesto inapropiado, y se marcharía. Lo sabía muy bien, al igual que sabía calmar a un caballo o convencerlo para que atravesara un lugar peligroso, al igual que sabía frotar sus músculos y tranquilizarlo con paciencia y silencio. Jeanne era una mujer salvaje, tal vez incluso una bruja, porque a buen seguro lo estaba hechi­zando con sus historias y su risa. Como sus profecías del mundo futuro. ¡Que la gente corriente iba a leer libros! Jéróme resopló impaciente. ¡La de copistas que harían falta para que todo el mundo tuviera un libro!

Comenzó a trabajar, moviendo y girando las hojas del rastrillo para ponerlas de nuevo en su lugar. Luego afiló la guadaña y se puso a segar. Cuando volvió a dete­nerse, con la espalda y el cuello chorreando de sudor, to­davía no había decidido qué hacer.

Estaba el asunto de Esclarmonde de Foix, hermana del conde de Foix. Lo único que Jéróme sabía de aquella mujer era una historia de taberna: que el compañero de santo Domingo, el hermano Esteban, la había puesto en su lugar cuando ella intentó unirse a una discusión sobre temas espirituales.

—Id a atender a vuestra rueca, señora. Estas materias no son asunto vuestro.

Algunos de los hombres de la taberna se echaron a reír por el ingenio del monje, y otros se rieron del despe­cho que debió de sentir la mujer ante el grosero comentario. Era una mujer educada, señora de sus propias tie­rras, y no estaba acostumbrada a que la menospreciaran de aquella manera.

Por otra parte Jéróme recordaba también que hacía va­rios años habían quemado a cuatrocientos perfecti, hom­bres y mujeres, en Lavaur, cuando los cruzados tomaron la ciudad. ¡Cuatrocientos de una sola vez! Estaban protegidos por la castellana de Lavaur, Guiraude, hija de la renombrada perfecta Blanche de Laurac (incluso Jéróme había oído hablar de esa mujer, famosa por su caridad y sus oraciones). Cuando cayó la fortaleza, los cruzados, en contra de todos los principios de la guerra y el honor, sacaron a Guiraude a rastras por las puer­tas de la ciudad, la arrojaron a un pozo y echaron piedras hasta enterrarla. Su posición no bastó para salvarla de la turbamulta. ¿Qué le pasaría, pues, a una campesina so­litaria?

Las guerras se recrudecieron con acciones de ambas partes. En Cordes arrojaron a un pozo a tres inquisido­res dominicos. Al año siguiente, en Moissac, los inquisidores quemaron a doscientas diez personas en la hogue­ra. Los dominicos fueron expulsados de Tolosa y, en represalia, ochenta y tres cataros fueron quemados vivos en Marne.

Y allí estaba Jeanne.

De pronto pensó en echarla. Esa misma noche le diría que tendría que marcharse por la mañana. Sería genero­so, le daría un odre de agua, un pan y unas cebollas, y tal vez algunas legumbres.

Pero al cabo de un instante decidió llevarla a la iglesia el domingo, a ver cómo se comportaba durante el servi­cio y si conocía las tradiciones católicas o no. A las brujas no les gustaba la iglesia, ni a los herejes, suponía, aun­que a decir verdad, él no tenía experiencia con unas ni con otros. Jéróme se quitó la gorra y se secó el sudor de la frente con el brazo. Nunca había conocido a una bru­ja, pero había oído que por las noches volaban con sus escobas, y que eran criaturas horribles, jorobadas y vie­jas, desdentadas y con las barbillas puntiagudas y torci­das como si quisieran tocar sus largas narices aguileñas. Bueno, Jeanne no tenía ese aspecto. Además, él era un buen católico, un creyente en Cristo nuestro Señor, y ninguna bruja o hereje podía hacerle daño mientras él fuera a misa y pronunciara sus oraciones sagradas, como hacía todas las noches.

No, Jeanne era una mujer buena… Había pensado en ir a por agua para lavar. Y bastante atractiva, también. ¿Y si por ventura podía conducirlo hasta una moneda de oro? De modo que daba vueltas y vueltas al problema. ¿Quién era Jeanne?

De pronto, impulsivamente, dejó sus herramientas y echó a andar colina arriba, hacia donde Jeanne había es­tado. No tardó en llegar al haya.

Se quedó allí un momento, frotándose pensativo la nariz. Las huellas eran claras. Aquí se había detenido y se había apartado del camino, atajando hacia la izquierda a través de la hierba. Pero aquí las hayas y los fresnos tapa­ban la vista, y a nadie se le ocurriría subir tanto, pensó, sólo para ver los campos. Los campos se veían desde la puerta del corral.

Se quedó mirando la hierba, todavía algo doblada, aunque empezaba a enderezarse a medida que los tallos se secaban al sol. Jeanne había llegado hasta el árbol. ¡Agh! Jéróme se inclinó para examinar las heces frescas y cuando se incorporó escudriñó las raíces expuestas del haya. Miró de nuevo los matorrales de alrededor, los ár­boles blancos, silenciosos como centinelas, el sinuoso sendero que ascendía por la montaña.

¿Pero por qué había ido Jeanne hasta allí? Las hojas de los árboles se mecían suavemente sobre su cabeza. Jé­róme casi podía sentir su calor, como si los propios árbo­les conocieran sus secretos y los soplaran al aire. El haya era de un gris blanquecino, con una suave corteza. Sus gruesas raíces se retorcían como serpientes, aferrándose con tal fuerza al terreno rocoso que Jéróme se preguntó si era la tierra la que ofrecía agarre al árbol o, por el con­trario, era el árbol el que sujetaba la tierra.

Miró de nuevo en torno a él y por fin dio media vuel­ta y volvió al campo. Su curiosidad todavía no estaba sa­tisfecha: Jeanne había ido hasta allí por alguna razón que no le había confesado. Ahora bien, ¿qué iba a hacer él? Se acordó de Alzeu. Si Jeanne era una hereje, era peligroso tenerla en su casa.

Descargo los odres de agua del poni. Son pesados, y pesarán todavía más cuando estén llenos. El animal aga­cha la cabeza para comerse los berros y la hierba mojada que crece junto al arroyo, y una vaharada de menta llena de pronto el aire. Me detengo un momento, mirando la luz que se refleja en las ondas del agua, pensando en mi conversación con Jéróme. Por primera vez me veo como una niña ansiosa y egoísta. Yo no amaba a William, sino que lo ansiaba para mí, e hice todo lo posible para conse­guirlo. ¿Alguna vez había preguntado qué podía hacer por él?


19

Domingo. Nos preparamos para ir a la iglesia. Jéróme ha insistido. A mí me late el corazón como si quisiera es­capárseme del pecho, y me tiemblan las manos, pero cepi­llo mi ropa, me limpio los zapatos y me ato un delantal so­bre mi vestido de lana gris. No puedo hacer nada más por mi aspecto. Jéróme se pone la camisa limpia que le lavé y un jubón y se ata las botas sobre las calzas. Está guapo. Yo logro esbozar una débil sonrisa, pero tengo ganas de sa­lir corriendo. ¿Cómo puedo acudir a la Iglesia que mató a mis amigos? ¿Cómo puedo fingir que rindo culto? ¿Y qué voy a hacer en la iglesia, levantarme y confesar en público o gritar mi rabia a Dios, a la cruz, al sacerdote que leerá los salmos y dará el sermón? Apenas puedo respirar, pero Jé­róme me ha agarrado el brazo y tira bruscamente de mí y, aunque mis pies son como de madera y ando a trompico­nes y con torpeza, no encuentro fuerzas para resistirme.

—¿Vas a la iglesia cada semana? —pregunto con áni­mo de que no se dé cuenta de mi inquietud.

—No, pero voy siempre que puedo, y todos los días sagrados. Voy a dar gracias y decir mis oraciones. Soy un buen católico.

Recorremos andando varias leguas hasta la capilla de piedra, sin que Jéróme me suelte el brazo. La iglesia se alza en un pequeño valle entre las colinas, cerca de unas cuantas casas diseminadas que se hacen llamar un pue­blo. Las campanas tañen alegremente.

¡Ah, Domergue! —exclama Jéróme, tendiendo la mano. Un grupo de gente se arracima en la puerta de la iglesia, varios hombres y mujeres y dos niños, curiosos, deseando conocer a la mujer que Jéróme ha encontrado. Yo me encojo, tímida.

Ésta es Jeanne Béziers —me presenta Jéróme.

Ellos me dicen, a cambio, sus nombres: Raymond Domergue, sólido y cuadrado, de rostro curtido y ojos que cuando sonríe desaparecen en los pliegues y bolsas de su piel.

—Mi esposa, Alazaïs. —Es baja, fuerte, la mujer de un granjero, curtida por el sol y el trabajo, que me exa­mina sin disimulo de arriba abajo y me da la bienvenida sin reparos.

Encantada de conocerte. Jéróme necesita ayuda con una granja tan grande.

Domergue me presenta a su hijo, Martin, y luego a otro Raymond, a su yerno, ambos fornidos, y a la mujer de Raymond, Bernadette, que está embarazada de ocho meses, a juzgar por su abultado vientre, o tal vez a punto de parir en cualquier momento. También hay varios ni­ños y una niña, Fays, así como su nietecita Raymonde. Todos me examinan de la cabeza a los pies; tal vez no sal­go muy bien parada de la comparación con la difunta es­posa de Jéróme.

Gracias por la toca, Alazaïs —atino a decir tímida­mente—. Has sido muy generosa.

Es un préstamo. Jéróme dice que me la devolverás. —Está mirando el paño que llevo en la cabeza.

Sí, claro, claro que te la devolveré. —Me sonrojo. ¿Cómo?

La próxima vez que vaya al pueblo te compraré tela para hacerte una nueva, Alazaïs —tercia Jéróme—. Iré esta misma semana. Escuchad, ¿por qué no venís a casa después del servicio? —Sus ojos brillan de placer y sus labios se curvan en una alegre sonrisa.

Yo abro la boca para protestar.

¡Claro que sí! —contesta Alazaïs.

No tengo tiempo de decir ni una palabra, porque Do­mergue nos apremia para que entremos, entre el ruido de las campanas y los empujones de los otros parroquianos.

—Va a empezar el servicio.

Las campanas repican y a mí me llevan al matadero.

¿Por qué los has invitado? —susurro nerviosa.

Shh, calla. Ven. —Jéróme me agarra con fuerza del codo. Yo me sonrojo y vacilo antes de atravesar el um­bral, antes de entrar en la guarida del tigre, porque de pronto se me ocurre algo: ¿Y si el sacerdote me reconoce como hereje, aunque soy una hereje que ya no practica y una muy mala católica? Rezo pidiendo fuerza y fe, por­que Dios vive en esta casa de oración, y recuerdo que Guilhabert nos decía que rindiéramos culto en cualquier casa de Dios, de cualquier religión, porque Dios siempre está a nuestro alrededor, en todas partes. «Está bien re­unirse para alabar y dar gracias a Dios, dondequiera que estemos, es algo bueno y jubiloso.»

Nosotros solíamos rendir culto en la iglesia católica. Recuerdo que una vez William y su mejor amigo, Pierre, entraron a caballo en la gran catedral de Tolosa y recorrie­ron los pasillos entre los vendedores de velas y las figuras de madera de los santos, y ¡cómo se reía William cuando su enorme caballo depositó en el suelo un montón de estiércol! Después desmontó para decir sus oraciones. Lue­go los Cristianos Buenos lo reprendieron enfadados por profanar un lugar sagrado. Una vez Guilhabert asistió a un servicio musulmán, aunque los moros no mataban a su gente, por supuesto, ni intentaban borrar todo recuerdo de los Amigos de Dios. Por fin entro en la iglesia detrás de Jéróme.

Es una iglesia rural, de bóvedas bajas y piedras tran­quilas: casi se las oye respirar. Un millar de años de ora­ciones han penetrado en sus suaves curvas. En el altar cuelga una cruz pintada con Cristo ensangrentado, la ca­beza inclinada hacia su hombro. Mi corazón se estreme­ce de pena por el hombre que sufrió en la cruz (aunque, como dicen los cataros, no murió, porque el espíritu no puede morir, pero a pesar de todo sufrió por nosotros). El cura murmura en latín. Tiene un curioso dialecto que me cuesta seguir. La congregación consiste en cinco familias y poco más. Yo me arrodillo y me levanto, ento­nando débilmente las respuestas rituales mientras miro alrededor. Incluso en la mezquita árabe, decía Guilhabert, podía encontrarse a Dios, porque no hay lugar donde no esté Dios, y a Dios no hay que buscarlo en cualquier edifi­cio construido por manos humanas, sino sólo en la quie­tud de un corazón puro. Ahora pienso en lo impuro que es mi corazón, criticando al joven sacerdote, no es de ex­trañar que no vea a Dios. Tal vez no sabe leer latín o tal vez nunca quiso ser célibe y no tenía otra manera de ganarse la vida. Qué pinta tiene, tan flaco y torpe, y no es mayor de veinte años.

El sermón trata del pecado y de que sólo puede ser perdonado por Cristo a través de los sacerdotes de la Igle­sia católica, que es la novia de Cristo, su bienamada.

Cuando nos marchamos Jéróme me presenta al cura.

Yo murmuro tímida un saludo. Siento la mano de Jéróme en la muñeca y apenas hablo, porque cualquier movi­miento en falso lo perjudicaría. Pero el sacerdote también se muestra cordial.

—Bienvenida a nuestra iglesia —dice sonriendo, un poco triste—. Espero verte a menudo.

Yo murmuro sí o no o sonidos ininteligibles.

—Y recuerda confesarte —añade amable—. Estoy aquí todos los miércoles y domingos, y todas las fiestas de guardar.

Los Domergue vuelven a casa con nosotros. Se que­darán a cenar, y yo sólo pienso en qué es lo que tenemos en la despensa y en si la casa estará limpia. La conversa­ción gira sobre todo en torno al paso del tiempo y al últi­mo día de mercado. Todo el mundo pregunta cuánto tiempo llevo con Jéróme. Y luego los hombres (Martin, Domergue, Raymond y Jéróme) hablan de las cosechas y de la lluvia. Con cada paso que me aleja de la iglesia me voy tranquilizando; el servicio ha terminado, yo sigo viva y ya no necesito volver hasta Navidad por lo menos. Me animo. Al fin y al cabo no ha sido tan malo, ¡y qué orgulloso de mí habría estado De Castres! Alazaïs me toma del brazo.

Será agradable tener a una mujer de vecina.

Nos sentamos en los bancos junto al fuego, los hombres a un lado, las mujeres al otro, y la pequeña Fays jue­ga sentada a nuestros pies. Alazaïs le levanta la falda para que se le calienten las rodillas y los tobillos y pronto nos estamos riendo, cuando ella agita las faldas para caldear­se las partes tiernas, más arriba. Luego los hombres, los dos que no llevan pantalones, al vernos, se levantan tam­bién las faldas largas para exponer al calor sus bolas des­nudas.

La hija, Bernadette, se ríe de ellos y da un golpe a su marido para que se baje la falda, ya está bien, quién se cree que es, delante de la niña. Ésta levanta la vista sor­prendida al oír su nombre, porque no estaba prestando atención, pero ahora quiere saber de qué nos reímos, qué se ha perdido.

Al mirar a Bernadette, siento en mi propio cuerpo cómo el bebé presiona sus costillas de tal modo que ella apenas puede respirar. Es su tercer hijo, sin embargo, es de esperar un parto fácil. Tiene a la niña, Raymonde, lla­mada así por su abuelo, tiene un niño, Gaillard, que no está con nosotros esta noche. Tampoco estaba en la igle­sia esta mañana. Alazaïs y Domergue tienen otra hija, Sybille, ya casada y que vive cerca de Narbona.

Les ofrezco pan y miel, vino, manzanas y nueces para partir ante el fuego, y todos estamos alegres esta noche. Dios nos ama cuando cantamos y reímos, decía Esclarmonde, puesto que Él ríe a través de nosotros y le gustan la risa y el canto.

Pero no comento nada de esto, no vaya a ser que los Domergue me pregunten quién era Esclarmonde, de modo que me contagio de su buen humor y sus risas, y no dejo de mirar de reojo a este hombre que me ha permitido quedarme en su casa. Tiene una calva en la parte de atrás de la cabeza del tamaño de una moneda, aunque la gorra suele tapársela. Su sonrisa es alegre e, incluso cuando re­posa, la comisura izquierda de su boca se tuerce hacia arri­ba en una sonrisa de duende. Se limpia la boca con el dor­so de la mano izquierda y la cicatriz llamea roja a la luz del fuego; cuando era joven se aplastó los dedos con una pie­dra de molino. Me gusta su aspecto.

Pero mi atención se centra en la embarazada Berna­dette. Me cuenta que su hijo, Gaillard, está enfermo. Me hormiguean las manos mientras me habla y me lleno de dulzura.

—Me gustaría verlo —murmuro—. Conozco algu­nas hierbas.

—Ya llamamos al médico —replica ella con voz estri­dente, emocionada—. Lo sangró, pero no sirvió de nada. Y encima tuvimos que pagarle. ¡Y lo que cobran! ¡No te puedes imaginar lo que cobran ahora los médicos! No os pongáis enfermos, digo yo siempre, porque tanto si el médico os cura como si no, no hay quien tenga dinero para eso.

Es una estupidez llamar al médico —dice Do­mergue, el abuelo del niño, y cuando entorna los ojos, éstos le desaparecen por completo entre las mejillas—. Yo he matado o curado tantos burros como él hombres. Ya te dije que sería tirar el dinero por la ventana.

—Me gustaría ver al muchacho —repito.

—Ven mañana —contesta la abuela, Alazaïs—. Esta­rá en casa. No te preocupes, no puede moverse. No tiene fuerzas para nada.

Su madre aparta la vista.

Está más pálido que un sudario —apunta Do­mergue, cascando otra nuez—. No estará mucho tiempo entre nosotros. —Su voz es tan áspera como el graznido de un cuervo. Ya está preparado, no perderá tiempo llo­rando. Muchos Domergues han muerto, otros muchos morirán. Crac, suena el cascanueces. Protégete del dolor y no pienses.

Iré mañana —prometo, porque me gusta Alazaïs y su familia, y es agradable estar en compañía—. A lo me­jor puedo ayudar.

De modo que acudo al día siguiente a conocer al po­bre niño, que está enfermo, pálido y febril, como me habían dicho. Lo siento en mi regazo y mis manos se posan en su pecho, donde oigo el burbujeo de sus pulmones. Se detienen en el cuello, en la columna, en la articulación de las caderas.

—Me duele —gime él.

—Tranquilo, cariño —le susurro al oído—. Te vas a poner bien.

—Me duelen las piernas —dice. Y agrega—: Tienes las manos muy calientes, son como fuego.

—¿Te gusta esto? ¿Te gusta sentarte encima de mí?

—Sí. —El niño se relaja y no tarda en quedarse dor­mido. Las manos me hormiguean, me arden, mientras le toco el corazón y el cuello.

—¿Qué crees que tiene? —pregunta Bernadette, sen­tándose entorpecida por la enorme barriga. La niña, Raymonde, se aferra a sus faldas con el dedo en la boca, mirán­dome con suspicacia, los ojos muy abiertos—. Lo hemos sangrado —repite Bernadette desesperada.

—Le voy a preparar una infusión —comento, inten­tando recordar dónde he visto la planta amarilla que quie­ro utilizar. Y mis manos, como animales vivos, le apartan el pelo de la frente sudorosa y se aferran a su cuello y a su pecho—. Ahora es mejor dejarlo dormir. Esta tarde vol­veré con la infusión.

Pero tardo mucho tiempo antes de moverme. Mis manos no me permiten alejarme de él.


20

Es de noche. Jéróme afila su guadaña y lo único que se oye en la sala es el largo chirrido de la hoja mientras él raspa el hierro, moja la piedra, raspa el hierro, moja la piedra.

—Para —digo, levantándome.

Él alza la vista perplejo

¿Qué?

—No puedo soportar ese ruido.

Jéróme continúa con un gruñido, como si yo no hu­biera dicho nada. La hoja chirría contra la piedra, como si yo no hubiera oído las hojas, las piedras y a veces el chasquido de huesos y gritos y gritos.

—Lo digo en serio. Para.

Jéróme se queda mirándome, se frota la boca pensati­vo y deja las herramientas.

—Muy bien. De todas formas es hora de ir a la cama.

Esa noche me despierto gritando al sonido de los chi­rridos de la hoja.

—¿Qué pasa, mujer?

Algo me busca las manos, me sujeta y yo me debato.

—Jeanne, despierta. —Tiene la cara enterrada en mi cuello, me tapa la boca para acallar mis gritos, hasta que salgo del terror de mi sueño, sobresaltada—. ¿Qué pasa? Cálmate.

Me vuelve la cara hacia él y me enjuga las mejillas con su camisón.

Calma, calma, no pasa nada. Es sólo una pesadilla. ¿De acuerdo?

Yo asiento con la cabeza.

¿Lo ves? No pasa nada. —Me acuna en sus brazos. Yo soy una niña, meciéndome con él, y mis brazos le ro­dean el cuello para ocultar mi cara en el olor penetrante de su hombro. Noto la suave barba en su cuello.

¿Qué soñabas? —pregunta. ¿Pero cómo describir­le el ruido de los cascos? ¿La espada ensangrentada?

Me aparto con un gemido.

¿Adonde vas? —dice siguiéndome—. No salgas, es de noche. Utiliza el orinal —me advierte—. ¡Maldita sea! —Ha tropezado con el rastrillo, que se cae con estruendo.

En el exterior titilan las frías estrellas.

Echo atrás la cabeza, respirando el dolor frío y negro y la soledad. Me gustaría aullar mi rabia a las estrellas in­sensibles, pero noto que Jéróme está detrás de mí, mirán­dome.

De pronto está decidido: me marcharé mañana, con la primera luz. Gimo como un perro. Me están siguien­do. Me encontrarán. Tengo miedo. Jéróme me toca el codo.

—Vamos, mujer. —Su voz es el murmullo de un río, el tintineo del agua sobre las piedras—. Entra en casa, va­mos a la cama, —Me levanta en sus brazos y yo me afe­rró a él. Me tumba en su cama mientras yo todavía lo abrazo. Sé que con él estoy a salvo.

Por la mañana me levanto despacio, con el peso de su brazo en mi cintura. La luz se filtra en la habitación per­filando sus rasgos, relajados mientras duerme, su boca abierta, su mentón justo al nivel de mis ojos. Respira con dulzura. El corazón me da un vuelco, parece tan inocen­te como un niño. Quiero hacer algo por él. Me quedo tumbada bajo su brazo, con cuidado de no moverlo ni despertarlo, aspirando su olor a hombre, el pesado olor del sueño. Me embarga la felicidad. Quiero hacer algo por él, ¿pero qué otra cosa puedo hacer más que levan­tarme, encender el fuego, preparar algo de comer? En­tonces recuerdo que anoche me prometí que me marcha­ría, y ahora no quiero hacerlo. ¿Importará un día más? Quiero ir a ver al niño de los Domergue, que parece estar recuperándose, su respiración es más tranquila y la fiebre ha cedido. Pero luego me marcharé.

Me acerco a Jéróme, que se agita y me estrecha, dor­mido, contra él.

—… Tesoro —murmura, y el cuerpo se me ablanda. Me quedo allí tumbada, sonriendo.

Echo unas judías en la olla de hojalata, y resuenan contra el metal como el eco plateado de los cascos de los caballos. El sol calienta el umbral de piedra. Jéróme ha ido al mercado, y yo ya he vuelto de casa de los Do­mergue y estoy sola en la granja, cantando mientras dis­fruto del bendito silencio. El viento susurra en las ramas desnudas de los árboles, y de vez en cuando algún pájaro trina en la luz otoñal. Las gallinas cacarean picoteando la hierba.

Llevo toda la mañana intentando recuperar una ima­gen en el lodazal de mi memoria. ¿Por qué recuerdo la pata blanca de un caballo?

Entonces acude a mí: el ruido de las herraduras en las piedras del patio, los caballos apiñados, las voces fuertes de los hombres y la profunda risa de uno de ellos cuando otro le gritó que se apartara.

Los cascos de los caballos son grandes como platos, y sobre ellos cuelgan los enormes vientres de los animales, alzándose junto a mí, junto a la niña pequeña que soy yo, y sobre ellos, los aterradores caballeros vestidos con las

armaduras.

—Aparta de ahí, pequeña —me gritó el conde Rai­mundo.

Yo me aparté corriendo. Los caballos brincaban y se sacudían resoplando y caracoleando, y entonces el conde Raimundo gritó «Avaunt!», y todos salieron del patio al galope, bajo el arco de piedra, con un ruido ensordece­dor. Me llevé las manos a las orejas. No tenían caras, no había ojos tras sus máscaras metálicas.

Los cuerpos calientes de los caballos pasaban junto a mí, y el fragor de los cascos era como el del agua que cae por un barranco.

Luego desaparecieron y todo quedó en silencio. Sólo entonces me di cuenta de que el conde Raimundo pudo hacerme daño. Me interponía en su camino.

Dejo las judías en el suelo, de pronto nerviosa y con­fusa: ¿Me estoy interponiendo en el camino de Jéróme? ¿Me quiere aquí? ¿Cuánto tiempo llevo en su casa? Los pensamientos corretean de nuevo, como ardillas en mi mente: estoy en peligro, él está en peligro, se lo llevarán. Pronto volverá, y yo tengo que marcharme antes. ¿Dón­de está mi manto? Tengo que desenterrar mi precioso li­bro. Pero debo poner en remojo las judías. Jéróme ten­drá que comer. Marcharme… Quedarme…

Echo agua en las judías y descuelgo una paleta de su gancho para desenterrar mi libro. Jéróme es un buen hombre. Quiero marcharme y quiero quedarme, y estoy paralizada, sin saber qué hacer, porque ya no oigo mis voces, o tal vez son tan débiles que no las distingo de mis propios pensamientos.

Se acerca el invierno, y en Navidad Jéróme necesitará ayuda para matar el cerdo que posee a medias con los Domergue. Ha ido al mercado a por sal, y tal vez compre un poco de sal fina blanca de los Países Bajos, como te­níamos en casa de Esclarmonde, o tal vez encuentre sal de Bourgneuf, en Bretaña, que es casi tan buena, y en­tonces necesitará ayuda para molerla, y para la matanza, y para salar la carne. Cuento con los dedos: por cada diez kilos de carne fresca hacen falta dos kilos de sal, y eso costará dos céntimos. No sé cuánto dinero se ha llevado. Para que la carne salga buena hay que poner pimienta y clavo, canela, nuez moscada, macis, pasas de Corinto, hay que hacer leche de almendra y harina de arroz… ¡ Ay, cómo comíamos antes! Podría hacerle a Jéróme una bue­na gelatina el día que matemos una gallina. Utilizaría un poco de la carne de menos calidad, la picaría y la mezcla­ría con arroz integral hervido con leche de almendra, y luego lo adobaría todo con azúcar, almendras sofritas y semillas de anís.

Si tuviéramos azúcar… o almendras… o semillas de anís.

Me pongo a fregar las ollas con arena y cuento los gra­nos de pimienta antes de que él vuelva. Al cabo de un rato me doy cuenta de que en mi mente digo «nosotros», de modo que por lo visto todavía no es momento de mar­char. Descubro sorprendida que estoy cantando de nuevo mientras preparo el fuego, una canción alegre. Y entonces recuerdo que éste es uno de los recursos mediante los que Dios nos habla: con armonía y paz, y yo aquí estoy en paz. «Levanto mis ojos a los montes, de donde me vendrá el auxilio.» ¿Cómo es que he olvidado a mi Señor en estas últimas semanas? He olvidado que para Dios todo es po­sible, incluso perdonarme por lo que he hecho. Y de pronto me echo a llorar ante tanta bondad. El perdón, sí. Porque tal vez no hice tan mal al dejarlos; a William, Baiona y a los otros. Tal vez era la voluntad de Dios, y quizás Él me ha traído hasta aquí por razones que nunca en­tenderé.

Si tuviera mi libro, y si mis ojos alcanzaran a leer las diminutas palabras, podría explicar el amor de Dios; o tal vez sólo sostener en mis manos el tesoro y meditar sobre Cristo, que vino para traernos vida, vitalidad y alegría en abundancia. En fin, aquí estoy, alzando mis ojos, aquí donde los montes son hermosos. Estoy en manos de mi Bienamado, que me condujo a aguas tranquilas, de modo que no necesito marcharme de esta granja ni preocupar­me por el valle de las sombras de la muerte (ni yo ni Jéróme), aunque, pienso, entre risas, que si no voy a por leña, pronto echaremos de menos el fuego. Me pongo el chal y salgo a por leña, porque voy a quedarme con Jéróme, está decidido.

Doblada bajo mi carga oigo el crujido del carro de madera, pero no me detengo. Quiero alargar la dulce y exquisita agonía antes de volverme y verle la cara. Sigo caminando, pero mi boca sonríe, y ya no puedo sopor­tarlo más, de modo que arrojo mi carga y me doy la vuel­ta con el rostro radiante. Jéróme camina junto al carro, y mis ojos reciben la recompensa a su larga espera, porque al verme se quita el sombrero alegremente.

Cuando me alcanza, echo la leña en el carro y sigo andando junto a él.

—¿Has tenido un buen día? —pregunto.

—No ha estado mal. —Silba entre dientes. Ha debido de ser un buen día.

Lleva las riendas con la mano mala, la izquierda, y me rodea los hombros con el brazo, y así llegamos a casa juntos. De algún modo la decisión ha sido tomada: me quedaré hasta la primavera.

Esa noche comemos pan negro. Hago un agujero en la miga y vierto en cada hogaza una cucharada del guiso. Tenemos para cada uno un trozo de queso de oveja, y es­tamos felices como dos tórtolas. Me cuenta las noticias del mercado y me enseña lo que ha comprado: sal, un bloque de azúcar, almendras y especias para el invierno. Trae también una toca nueva para Alazaïs Domergue, a cambio de la que me dio, y otra para mí, para los días de fiesta.

Mañana, me dice, saldrá a la montaña a cazar conejos, urogallos y otras piezas pequeñas.

No, no vayas. ¿Y si te atrapan? Sólo los nobles tie­nen derecho a cazar.

—Ya he cobrado otras veces algunas piezas menores. Tengo experiencia.

—No nos hace falta —suplico—. Tenemos medio cerdo.

—No te preocupes, que no me va a pasar nada.

Pero ahora tengo otro temor: que le pase algo a Jé­róme. Antes montaba a caballo con los nobles y cazaba ciervos y alces con los perros, y a veces tenía que echar a los campesinos a latigazos, porque los colgaban si los al­guaciles los sorprendían practicando la caza furtiva.

Por lo visto antes vivías otra vida —me comenta.

Es verdad. —Entonces le cuento mi recuerdo del caballo de cascos blancos.

—Un recuerdo de buena suerte —sostiene.

Yo suelto una carcajada.

—¿Por qué demonios iba a dar buena suerte un re­cuerdo y no otro?

—¿No conoces el dicho?—me pregunta.

Entonces él lo canta para mí.

Una pata blanca, cómpralo,

Dos patas blancas, pruébalo,

Tres patas blancas, no se sabe,

Cuatro patas blancas, échalo a los cuervos.

—Así se compra un caballo —explica—. Pero el ca­ballo tenía sólo una pata blanca, de modo que es señal de buena suerte. Y creo que el caballo se refiere a mí; debe­rías comprarlo.

Yo muevo la cabeza, entre carcajadas. Los dos nos reí­mos.

Ahora está oscuro en la casa, sólo iluminada por el débil resplandor rojo del fuego. Jéróme acaricia al gato que ronronea en su regazo.

—Háblame del asedio de Montségur.

Me sorprende con la guardia baja.

—No hay nada que contar —respondo con voz dura.

Jéróme no dice nada, pero echa al gato y toma mi mano.

—Ven aquí. Sé que estuviste allí.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Cuéntamelo.

—Aquello era sucio y aburrido, estaba atestado de gente. Teníamos hambre. —Ni siquiera intento negarlo.

—Quiero saber qué te pasó a ti. Quiero saber cómo llegaste hasta allí, y cómo saliste. Quiero saberlo todo.

El gato se acomoda junto al fuego y se lame una pata ronroneando, se limpia entre las orejas. Está tan oscuro que muevo la cabeza, porque la obscuridad acecha detrás de mis ojos, y ni las ascuas rojas la mitigan.

Mis labios se mueven: «El auxilio proviene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. No permitiré que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel.»

—Jeanne…

Yo no contesto.

—Jeanne, háblame del asedio.

—Era enfermedad, disentería, suciedad, nada más. Pulgas y piojos y frío. ¿He mencionado el hambre? Te­níamos hambre continuamente. —De pronto acuden las lágrimas a mis ojos y yo me debato—. ¡No, no, no!

Él me retiene las manos para que deje de moverlas.

—Calma, calma. Shh, shh, tranquila. —Y en un ins­tante estoy contra su pecho y él me acaricia el pelo—. Shhh, calma. —Y me besa la frente—. Shhh, venga, ven­ga. — Hasta que yo me tranquilizo—. A veces va bien hablar.

Me apoyo contra él, acariciando con una mano el cuero suave y gastado de su jubón.

—Había cuatrocientas personas atrapadas en la cima de la montaña —comienza él por mí—. Doscientas eran perfecti.

—Sí.

—¿Y las otras doscientas eran…?

—Soldados, voluntarios o mercenarios, que se habían alistado para apoyar a los Cristianos Buenos, las muje­res, los seguidores del campamento.

—¿Y tú eras una de ellos?

No quiero seguir. Es peligroso hablar de Montségur.

Jéróme me acaricia la mejilla, me toma las manos entre las suyas, echa el aliento sobre ellas, se las lleva a los labios y las besa con un gesto tan dulce que de pronto las pala­bras salen a borbotones de mi boca, sin que yo pueda evi­tarlo. He estado tan sola, tan sola, y lo único que siempre he deseado es que me quieran.


21

Todo comenzó el 13 de mayo.

Durante siete meses, hasta Navidad, aguantamos bien el asedio, todos hacinados en una pequeña fortaleza. Manteníamos una disciplina: los caballeros, sus damas y sus criados tenían sus habitaciones, los soldados comunes vivían en otras más sencillas, y todo el mundo realizaba sus tareas: los panaderos, los barberos, el administrador, los dos astrólogos… Racionábamos bien los alimentos y manteníamos una planificación de modo que todos co­mieran y se mantuviera el orden.

Cerca de los fuegos había un sitio para los enfermos y ancianos, y una zona diferente para los heridos. Las mu­jeres tenían sus propias habitaciones, con sus criados; to­das menos las novias de los soldados y las prostitutas que acompañan a cualquier ejército. Los Amigos de Dios vi­vían aparte, muchos de ellos en las cabañas que se alza­ban contra las murallas, pero estábamos hacinados y su­cios, y de vez en cuando alguien perdía los estribos.

Al principio era fácil, en los meses de primavera y ve­rano, cuando todavía esperábamos refuerzos; sabíamos que el conde Raimundo no nos abandonaría. Pero llegó el otoño y las noches se tornaron frías; y luego comenza­ron las lluvias heladas, y más tarde cayó el invierno, el peor invierno que se recordaba. Las piedras estaban res­baladizas por el hielo. Era horroroso estar fuera en el pa­tio, que estaba lleno de tiendas y chozas de madera, y a veces el aguanieve se convertía en nieve y el viento nos azotaba la cara y los ojos.

Los franceses rodearon el pie de la montaña, eran en­tre seis y diez mil, pero nosotros estábamos a salvo en la cima: el enemigo no podía escalar los riscos, ya que el único camino posible era tan sinuoso y estrecho que po­día ser fácilmente defendido. Poseíamos la montaña, y al principio, los primeros meses, nos reíamos del asedio. Yo era una de los que campábamos a nuestras anchas por el monte, o nos colábamos entre las líneas enemigas para llevar mensajes. Todavía se podía caminar por la monta­ña, y conocíamos a algunos de los hombres apostados como centinelas porque venían de nuestra región y eran simpatizantes, a pesar de estar en la montaña de los fran­ceses. Para mí la amistad y la bondad llegan mucho más lejos que el dinero. El caso es que gracias a ellos atrave­sábamos las líneas enemigas.

Yo llevaba mensajes de las fuerzas sitiadas para los gru­pos de la resistencia, y a veces, como el que hace una trave­sura, me vestía como una anciana y atravesaba cojeando el campamento enemigo por si me enteraba de alguna no­ticia, o si no organizaba a las chicas para que se pasearan entre las líneas francesas y vinieran luego a informarnos. A veces iba al mercado a por provisiones: huevos, gallinas, verduras. Hace falta mucha comida para alimentar a cua­trocientos hombres. Pero eso no era nada especial. Yo sólo era uno de los muchos correos que organizaban los cami­nos por los que avanzarían las carretas, o que convencían a los centinelas para que nos dejaran pasar. Era fuerte y re­sistente. Por la noche todos ayudábamos a subir las cestas por la cara vertical del cerro, todos íbamos nerviosos y en silencio para que no nos descubrieran. Por entonces toda­vía estábamos bastante animados.

Los hombres pudieron cazar durante todo el otoño, porque aunque los franceses habían espantado a los ga­mos con sus ruidos y sus perros, nuestros hombres traían conejos que atrapaban con trampas y algún que otro ciervo. Pero a medida que pasaron los días los ani­males fueron escaseando. Para cuando se asentó del todo el invierno ya pasábamos mucha hambre, comíamos ce­reales y tubérculos, como si todos fuéramos perfecti.

Lo peor era el aburrimiento. El confinamiento pro­vocaba peleas entre nosotros: una partida de dados o de ajedrez desembocaba de pronto en gritos y puñetazos o incluso duelos a espada, y entonces todos corrían a in­terrumpir la pelea, porque no podíamos permitirnos pe­lear entre nosotros. O si no, dos mujeres empezaban a gritarse, compitiendo por un hombre; o dos hombres peleaban por una mujer, o porque uno había insultado a la esposa del otro. Al cabo de un tiempo tuvimos que combatir también contra el desánimo, porque nuestro conde no acudía a pesar de todos nuestros mensajes. Nos dijo que estaba reuniendo un gran ejército para levantar el asedio y que teníamos que esperar hasta el día de San Miguel, luego hasta el Adviento, y luego hasta después de Navidad.

Yo estuve allí desde el principio, desde mayo, y William se nos unió un poco más tarde, en junio. Yo me había mantenido apartada de él durante todo mi matri­monio, pero cuando murió Roland-Pierre, volvimos a unirnos. A veces no nos veíamos en varios meses, y luego estábamos juntos durante semanas, unidos por el tra­bajo o la geografía. Entonces nuestro amor estallaba en llamas y se volvía a apagar cuando nos separábamos de nuevo. Aquel verano estuvimos juntos en Montségur, defendiendo una vez más nuestra noble causa y a los Cristianos Buenos, a los que amábamos. Yo no podía es­tar más contenta. William era mío por fin y podía dormir con él abiertamente. Le pertenecía, y él a mí, nuestra re­lación ya no era un secreto. Gracias a esto mi estancia en Montségur fue muy agradable toda la primavera y el ve­rano, mientras aguantábamos el asedio seguros de que al final venceríamos.

Un día, a finales de agosto, cuando todavía podíamos infiltrarnos con facilidad tras las líneas enemigas, vi que un grupo subía por la ladera con provisiones. Como siempre, se reunió una multitud en la puerta y algunos echaron a andar monte abajo para recibir a los recién lle­gados, así era de aburrida la vida. Yo también había salido, y de pronto me quedé de piedra. El corazón me dio un vuelco cuando vi a alguien que conocía. No sé cómo la reconocí al instante, porque tenía la cabeza gacha y el cuerpo cubierto con un pesado manto de lana que le se­ría necesario cuando cayera el invierno. Llevaba un fardo a la espalda y subía poco a poco. Tal vez alzó la vista un momento, al detenerse para recuperar el aliento y calcu­lar la distancia que le quedaba por recorrer. Tal vez le­vantó la mano para protegerse los ojos o arreglarse la toca. No sé cómo las personas se reconocen unas a otras sin verse la cara, pero eso ocurre. Es como si cada uno emitiera un olor particular o estuviera rodeado de una coloración invisible que gritara «¡Yo! ¡Soy yo!». El caso es que la reconocí de inmediato, a pesar de que sólo la vislumbré un instante entre los pinos.

Retrocedí sobre mis pasos. William bajó al trote para saludar a su esposa con un beso y tomar su fardo. Yo me fui pegada a la muralla de la fortaleza, oculta tras la alegre multitud, volví al fuerte y atravesé el amplio patio hasta la puerta del otro lado de la muralla. Por allí salí de nue­vo y eché a andar hasta quedarme sola. Entonces me sen­té en una piedra.

No quería que estuviera allí; ella era la esposa. En Montségur William y yo formábamos una pareja, unidos por la guerra, el amor y los recuerdos, y por nuestra hija que había muerto, y por la pócima mágica que la bruja había preparado para mí. Hacía veinte años que no veía a Baiona.

Cuando volví descubrí que William había llevado mis cosas a otra habitación y sentí un fuego helado en las en­trañas. Pero no dije nada, no hice nada.

Conseguí evitarla durante dos días, escurriéndome entre las atestadas habitaciones. Baiona tampoco quería encontrarse conmigo, pero allí estábamos, cientos de per­sonas reptando como termitas unos sobre otros, hombro con hombro, codo con codo. Cada uno disponíamos de un espacio para dormir y para nuestras posesiones no más ancho que nuestros hombros, y algunas camas eran compartidas por varias personas que dormían alternando ca­bezas y pies, y estas zonas privadas estaban delimitadas con tanto cuidado, según el rango, que aunque teníamos que pasar unos sobre otros para llegar a nuestra cama, na­die robó nunca las posesiones de otro; era un pacto de ho­nor. Baiona y yo estábamos separadas por una hilera de habitaciones, y yo me cuidé de que nuestras miradas no se cruzaran nunca, como si no fuera consciente de cada uno de sus movimientos, tan alerta como un gato de un grillo, pendiente de ella constantemente. ¿Me sentía culpable?

Sí. Y celosa también. Me complacía ver cómo había enve­jecido. Tenía la piel arrugada y el pelo gris, los ojos hin­chados y hundidos, con ojeras. Pero en el momento que la vio, William cambió. Ya no se arrimaba contra mí en la puerta, sino que frecuentaba la casta compañía de los hombres. Atendía a su esposa en todo momento, como un marido considerado, llevándole un chal o su labor, sen­tándola sobre cojines para que estuviera cómoda. A mí me evitaba, no me dedicaba más que una sonrisa o un saludo con la cabeza, como promesa de venideros tiempos me­jores.

Los viejos amantes se conocen bien, y yo supe man­tenerme aparte. Ansiando que volviera a mí.

Un día sentí un brazo en torno a mi cintura y me volví hacia él con una sonrisa, que se desvaneció al ver a Baiona.

—Jeanne.

¡Baiona! —me recobré rápidamente—. ¿Cuándo has…?

No. —Sus dedos casi tocaron mis labios—. No me vengas con ésas. Ven, tengo que hablar contigo.

Tal vez, ¿pero necesitaba yo hablar con ella? La seguí de mala gana al exterior. Caminamos hasta un grupo de rocas y cada una eligió la suya, las dos juntas, pero no demasiado cerca. Era un día gris y nublado, y soplaba un viento suave que traía el olor de una tormenta de verano. A lo lejos se oía el retumbar del trueno.

No hacía frío, pero yo me envolví en mi chal y me crucé de brazos, enfadada con ella. Baiona se inclinó y me miró a la cara con gesto miope.

¿Cómo estás, Jeanne? ¿Cómo te ha ido?

—Bien.

Dábamos vueltas una en torno a la otra como dos pe­rros que se olfatearan cautelosos, con los rabos tiesos y el pelo erizado, sin llegar a gruñir, pero nerviosos, calibrán­dose el uno al otro.

—¿Y tú?

—Yo estoy más vieja. Tú estás igual, tan en forma como siempre.

Se te ha puesto el pelo gris —comenté sin piedad.

—Sí, a ti no tanto. Sólo unas cuantas canas. Estás… —Me escudriñó la cara—. Estás muy guapa.

De nuevo me sorprendió.

—No me resulta nada fácil verte —confesé.

—No, a mí tampoco, pero tengo que hablar contigo. Pensaba fingir que no te había visto, pero la verdad es que te echo de menos. Y tengo curiosidad.

¿Me echaba de menos? ¿A mí?

He ido recibiendo noticias sobre ti a lo largo de es­tos años. Me enteré de la muerte de tu esposo y la de tu hija. Lo siento. Yo también he perdido cuatro hijos, nacie­ron muertos o no llegaron a nacer, de modo que sé lo que es. Y a menudo me enteraba de algunas de tus atrevidas aventuras. Eres famosa. Por lo menos eso piensa William.

Yo me quedé callada. Había perdido cuatro hijos. William nunca me dijo nada.

Te admira muchísimo —prosiguió ella muy depri­sa, a borbotones—. Siempre me trae noticias tuyas, me cuenta que te ha visto aquí o allí, siempre trabajando para la causa.

Baiona retorcía las manos en su regazo. Sus ojos gri­ses miraban los nubarrones de tormenta y surcaban la planicie verde que se extendía a nuestros pies moteada de tiendas blancas y marrones, de caballos que pastaban y de personas que parecían hormigas diminutas. Los ver­des adquirían toda una gama de tonalidades bajo el cielo oscuro.

—No creas que ha sido fácil para mí —prosiguió, uniendo una palabra con otra—. No me estoy quejando, que conste, sólo lo comento. Ya sabes que Esclarmonde no quería que me casara con William, y muchas veces me he preguntado qué habría pasado si le hubiera hecho caso, o si no hubiera habido guerra. Siempre nos hemos debatido en la miseria, siempre luchando por ganar al­gún dinero. Eso fue lo más difícil. Y luego lo de los hijos. El hecho de ser incapaz de dar a luz ha sido un peso en mi corazón. Y William los deseaba tanto… —Me quedé de piedra. ¿William quería hijos?—. Y luego sus mujeres, muchísimas mujeres, aunque él siempre acudía a mí a buscar dinero para su siguiente plan o para un caballo nuevo o para poner en práctica otra de sus ideas descabe­lladas para hacerse rico…

¿Muchas mujeres? Pero yo eso ya lo sabía, ¿no? ¿Por qué me sorprendía? Baiona debió de leer mi expresión.

Le gustan mucho las mujeres, y las mujeres lo ado­ran. Antes nos peleábamos. A veces se veía con dos a la vez, o incluso tres. Ahora sé que nunca me será fiel, y lo he aceptado. ¿Sabes cuál es siempre su excusa? Que no lo puede evitar, que siente algo misterioso, inexplicable, que se ve atraído por ellas muy a su pesar. Y luego siempre me juraba que sólo me quería a mí, que estaba incluso cansa­do de amar. O si no, se arrodillaba ante mí y se agarraba a mis faldas, hundiendo la cabeza en mi regazo, e insistía en que era un mal hombre, que no era nada, que no merecía una esposa como yo, que debería matarlo en ese mismo instante, atravesarlo con una espada, que no valía la pena estar con él. —La voz de Baiona aumentaba histéricamen­te de tono—. Sí, tenía aquellas repentinas depresiones, pero eso tú ya lo sabes. Tú eras una de sus mujeres, ¿no? —De pronto lanzó una carcajada—. Sí, lo leo en tus ojos.

»Una vez me dijo que me había engañado, pero que nunca me había traicionado.

»Al final siempre volvía a mí con alguna otra idea para ganar dinero. Es un soñador, siempre urdiendo al­guna idea peregrina que jamás daba los frutos que…

Baiona —dije, pero no pude continuar. Entonces alzó la vista con tal expresión de angustia que no pude apartar la mirada.

Quería que lo supieras —prosiguió—. Sé que lo quieres, que siempre lo has querido. Tú eras una de sus muchas mujeres, aunque tal vez algo más especial, no lo sé, y quería que supieras que no lo he pasado bien, y tal vez…

¿Por qué has venido? —pregunté tensa.

Para demostrar mi apoyo. Porque por fin ha llegado el momento de que tome una postura, de que luche, y no quiero decir luchar contra ti ni contra las otras mujeres, sino luchar por el Camino, por nuestro modo de vida, por la causa de William, que debería ser la mía, debería haber sido siempre mi causa, pero es que soy una cobarde.

Se interrumpió para tomar aliento. Eran veinte años de emociones contenidas saliendo a la luz.

—Tú luchas, Jeanne, y siempre me he ido enterando de cómo trabajabas por la causa, mientras que yo soy tan cobarde que no puedo ni montar a caballo.

¿No has venido para estar con William?

—Pues claro que sí. Y contigo. Siempre me has dado mucha envidia, has vivido como has querido, haciendo lo que te apetecía, independiente, sin miedo, mientras yo me quedaba en casa, y ni siquiera en mi propia casa, siem­pre en el castillo de un caballero u otro, sin tener siquiera un lugar mío, siempre viviendo a expensas de alguien, y por una vez quería unirme a vosotros. Ay, Jeanne…

Alzó la vista hacia mí un instante y me di cuenta de que me tenía miedo. Mis pensamientos eran un torbellino.

—Has sido muy valiente al venir hasta aquí. —Yo esta­ba fingiendo, demasiado orgullosa para manifestar mi an­gustia, y me aferré a la primera idea que destacó en el caos de mi mente—. Has sido muy valiente. Podemos perder.

—Quiero que seamos amigas de nuevo —dijo—. Echo de menos a mi hermana. ¿Me perdonarás?

¡Perdonarla!

—¿Perdonarte por qué? —Hice un esfuerzo por re­componerme, yo, la adúltera que había traicionado a mi amiga. Intentaba responder aturdida a aquel torrente de información.

—Por casarme con William cuando debería haberse casado contigo.

Me quedé sin habla.

—Tenías razón —se apresuró a añadir—. Os pertene­cíais el uno al otro. Perdóname por no haberte buscado antes, pero estaba demasiado celosa. Quiero recuperar nuestra amistad. Llevará tiempo, ya lo sé, no soy una in­genua, pero ahora tenemos tiempo, de hecho tiempo es lo único que tenemos mientras aguantamos el asedio. Y puedes quedarte con William, a mí no me importa. Mi amor por él se ha ido desvaneciendo. Yo sólo quiero paz y tranquilidad.

—¿Me darías a William? —¡Como si fuera suyo!

—William es libre, yo no puedo decidir por él. Nues­tro matrimonio es sólo una fachada.

Apenas supe qué decir, pero oí las palabras salir de mi boca casi sin yo saberlo. Me sorprendieron, y todavía hoy resuenan con una verdad interior e inesperada.

—Entonces seremos amigas —dije decidida—. Yo también te he echado de menos. —Nos levantamos a la vez de las rocas, las dos vacilantes, tímidas ante la otra y ante nosotras mismas, mirándonos a los ojos, midiéndo­nos con cautela, antes de intentar darnos el primer abra­zo. Pero en cuanto nos tocamos, volvió a llamear el amor de mi infancia: el olor de Baiona, sus suaves pechos con­tra los míos. Y ahora éramos adultas. Las lágrimas me es­cocían en los ojos. Yo también había echado de menos nuestra amistad. Había echado de menos a Baiona.

—No será fácil.

—No, pero podemos hacerlo.

—Llevará tiempo. —Nos tranquilizábamos la una a la otra.

—Es una situación muy rara, ¿verdad? Un triángulo: tú, William y yo, y los tres nos queremos. Porque, por su­puesto, se puede querer a dos personas a la vez —prosi­guió Baiona muy seria—. La justicia tiene que ver con las leyes, pero el amor no sabe de leyes. William nos quiere a las dos, y supongo que nosotras lo queremos a él.

—William quiere a muchas mujeres. Perdóname, Baiona. Eres tan buena… Ojalá fuera buena yo también. Eres tú la que tiene que perdonarme.

—No quiero más mentiras, Jeanne. No quiero… —Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Escucha, Jeanne, tienes que decirme una cosa —me pidió apremiante—. Tienes que decirme si quieres que me vaya.

Le escudriñé el rostro.

—¿Me estás pidiendo permiso para quedarte?

—Sí.

¿Qué quería yo? Era una madeja de confusión.

—Sí —me oí contestar—. Quédate.

En cuanto a William, se mostró encantado con aque­lla tregua. Se movía entre nosotras como un semental en­tre sus yeguas, crecido en nuestra admiración. Al principió todavía exhibía un comportamiento ejemplar, aten­diendo a las necesidades de Baiona, pero poco a poco se fue relajando. Igual me sonreía en medio de una multi­tud, que se pegaba a mí detrás de una puerta, me acaricia­ba las caderas o me daba un cachete cariñoso en el culo antes de ir a hablar con otros oficiales o con Baiona, quien, a pesar de tener la cabeza inclinada sobre su labor, debía de haberlo visto de todas formas. Más adelante, a medida que el cerco de los franceses se cerraba sobre no­sotros, nos rodeaba a las dos con los brazos y nos besaba, a izquierda y derecha, su mejilla y la mía, de modo que nos acomodamos en un curioso marriage a trois, pero Baiona y yo estábamos cada vez más unidas. Al final estábamos demasiado cansados para cometer adulterio. Vivíamos hacinados, muertos de hambre. Al final fue William quien, celoso, intentó separarnos. Y así pasaban las estaciones.

Hablo tanto de esta relación porque durante meses no pasó nada. Los franceses no podían atacar y noso­tros no podíamos huir.

Los días se tornaron más fríos, las noches más lar­gas y las estrellas más nítidas. Septiembre dio paso a oc­tubre, y llegaron las primeras nieves de noviembre. El asedio continuaba, sorprendiéndonos a todos. Los fran­ceses tenían que haberse marchado por entonces, de vuelta a sus castillos de invierno para ocuparse de sus propias tierras. Nos agitábamos inquietos. Esperábamos que Raimundo de Tolosa enviara su ejército para salvar­nos, pero él sólo mandaba mensajes de esperanza. Estaba negociando con el Papa para que le levantaran la exco­munión, decía. Estaba preocupado por su alma inmortal, y nos prometía que pronto reuniría un ejército.

Nosotros seguíamos esperando su ayuda.

Entonces el invierno cayó de lleno, nevaba sin cesar y nosotros nos apiñábamos para protegernos del frío.

Se acercaba la Navidad. Una noche nos despertamos al sonido de un cuerno y de gritos pidiendo ayuda. Sali­mos todos corriendo, los soldados se abrían paso entre la muchedumbre empuñando las armas y ajustándose sus armaduras mientras corrían hacia la barbacana, la torre que se alzaba al este de la fortaleza y separada de ésta por un centenar de metros. Protegía el promontorio, y de ella nos llegaban fuertes gritos y el entrechocar de las es­padas.

A la luz de la luna, en plena noche, una banda de fran­ceses guiados por un vasco traidor había escalado la pa­red del risco, palmo a palmo. ¿Quién habría creído posible escalar estos horribles precipicios? Tomaron por sorpre­sa la barbacana, que sólo estaba protegida por una peque­ña guarnición de tres o cuatro hombres como mucho, y que probablemente estaban dormidos.

El camino hacia la barbacana corría a lo largo del acantilado. En un punto del recorrido era tan estrecho que no daba cabida a dos hombres, de modo que sólo hacía falta un soldado francés para guardarlo. Uno de nues­tros hombres resbaló en el hielo y cayó al barranco. Ha­cia la muerte. Desde el fuerte oíamos la lucha y los gritos de ayuda de los nuestros… y después nada. Silencio. Otra vez más gritos, más luchas, ahora ya más cerca, la furia del acero contra el acero, mientras, los Hombres Buenos rezaban.

Los franceses hicieron retroceder a los nuestros hasta la fortaleza. ¡No podíamos creerlo! Algunos quedaron muertos o heridos fuera de las murallas, para que los mutilaran o acabaran con ellos o los arrojaran por el despe­ñadero, ¿quién sabe? Otros, a duras penas consiguieron llegar a las puertas. Perder la barbacana fue un golpe du­rísimo. William salió herido de la refriega y andaba con una muleta.

Eso fue en Navidad, cuando celebrábamos el naci­miento de Nuestro Señor, y por primera vez la amena­za cobró forma: sólo un milagro podía salvarnos. ¿Y si Dios quería que perdiéramos? ¿Y si ésa era la voluntad de Dios? Deus vult. Al amanecer los perfecti caminaban entre los heridos imponiendo las manos sobre los enfer­mos y los moribundos, o rezando por ellos.

Después de aquello quedamos atrapados en el inte­rior del fuerte. Mientras que antes podíamos recorrer toda la cima de la montaña y dormir fuera de las mura­llas, o descender por la empinada pendiente para espiar a la luz de las estrellas el campamento francés, o incluso deslizamos entre las líneas para llevar mensajes a nues­tros amigos, ahora estábamos todos atrapados. Los fran­ceses montaron catapultas en la barbacana y nos bom­bardeaban día y noche.

—Me han dicho que había un tesoro —suena la voz de Jéróme en la obscuridad de la cabaña. La lámpara de aceite da una luz del tamaño de un pulgar y las ascuas ro­jas del hogar arrojan sombras sobre su rostro—. Y que conseguisteis sacarlo de allí.

Sí, es cierto.

Ya era pleno invierno y las provisiones se agotaban. El hielo era muy grueso. Todavía no nos moríamos de inanición, pero todos tiritábamos helados, pasábamos hambre, estábamos enfermos. Hacía demasiado frío para coquetear o para que nos importara ya quién amaba a quién. Nuestra situación era grave.

En enero el obispo Bertrand Marty me hizo llamar. Yo conocía a Bertrand desde que era el joven socius de Guilhabert de Castres. Ahora, treinta años más tarde, en el asedio de 1244, era extremadamente viejo.

Entré en su habitación e hice la adoratio, tocando el suelo con la frente.

Que Dios haga de mí una Cristiana Buena y me lle­ve a buen fin —murmuré.

Que Dios haga de ti una Cristiana Buena y te lleve a buen fin —respondió él de manera mecánica—. Nece­sito tu ayuda.

Lo que sea.

—Jeanne, William me ha dicho que hace años descu­bristeis una cueva en esta zona.

Es verdad, una cueva tan escondida que no podría encontrarla nadie que no la conozca.

Eso es lo que dice William, aunque no puede indi­car cómo llegar a ella.

Es difícil de describir. La zona está plagada de cue­vas, pero ésta es más grande que la mayoría, y muy segura.

Esta noche el perfectus Matheus y Pierre Bonnet van a sacar nuestro tesoro.

¿Fuera de Montségur? —pregunté atónita.

El asintió.

Así que tan mal estamos… —Tardé un momento en asimilar la información—. ¿No van a venir refuerzos? ¿Qué pasa con las promesas del conde?

Calla. La cuestión es, ¿está muy lejos esa cueva? ¿Podrán encontrarla?

—No queda más allá de Sabartés. Pueden ir y volver en una noche, si consiguen atravesar las líneas.

¿Podrían encontrarla sin un guía? —preguntó.

—No es fácil. Sería una locura y una pérdida de tiempo.

—¿Quién sabe de ella?

—¿De la cueva? Sólo William y yo.

—Y William está herido y tú no puedes ir.

—¿Por qué no? —pregunté furiosa—. ¿Acaso no he estado todos estos meses rondando por la montaña? ¿No he ido a espiar para vosotros y he traído suministros?

—Sólo estoy pensando que eres una mujer y se trata de toda la fortuna de nuestra Iglesia.

Yo no dije nada, pero estoy segura de que mi cara re­velaba que estaba ofendida.

Al cabo de un momento, el obispo asintió con la ca­beza.

—Entonces tú los guiarás.

Si esta vez me quedé callada, fue por miedo. ¿Dónde me había metido?

—He conseguido que esta noche aposten de centine­las a dos simpatizantes en el último camino que nos que­da abierto.

—¿Se puede confiar en ellos?

—Son de Mirepoix —se limitó a responder—. Ellos son nuestra única esperanza. Los astrólogos auguran que tendremos éxito si actuamos esta noche, de modo que no disponemos de mucho tiempo. Estate preparada para cuando yo te llame.

—¿En qué consistía el tesoro? —pregunta Jéróme en la obscuridad de la cabaña. El fuego está tan bajo que ya no le veo la cara—. ¿Cómo iba empaquetado?

—En sacos: grandes cantidades de oro y plata en lin­gotes y sacos de dinero, los libros sagrados y manuscri­tos, algunos de ellos de gran antigüedad, escrituras de propiedad y objetos de plata, incluyendo una reliquia preciosa, el Santo Grial.

—¿Eso qué es? —preguntó Jéróme.

—La copa de la que bebió Jesucristo en la Última Cena.

Jéróme resopló y lanzó un silbido.

—¿Tú la has llegado a ver?

—Sí, era un cáliz grande y pesado, de plata, con asas muy adornadas que se curvaban en forma de oreja a cada lado, y escenas de la Biblia talladas en la base: la creación de Adán, la expulsión del Edén, la crucifixión con tres mujeres llorando por nuestro Señor. Pero yo creo que la copa provenía de tiempos modernos, a pesar de lo que digan los Cristianos Buenos, porque yo creo que Jesús bebería en un cuenco de barro o en un cuerno de buey, como la gente corriente, o de una jarra de peltre, y no de un cáliz de plata grabado con los profetas y escenas bíbli­cas que incluían su propia crucifixión. Sin embargo era un objeto sagrado y estaba envuelto en seda púrpura.

—¿Y después qué pasó? —Jéróme echa más leña al fuego. Una llama se alza, azul y amarilla, luego otra, una chispa, y el fuego saborea la madera, lame y devora las ramas muertas y secas.

Al caer la noche nos reunimos cinco personas en las puertas del lado oeste: los dos Hombres Buenos, el obis­po Marty, Baiona y yo. Caía una fina llovizna y hablábamos en susurros para no alertar a los franceses. Baiona se arrebujaba en su chal.

—Ten cuidado. —Me dio un beso en la mejilla. Los Hombres Buenos rezaban. Yo me estremecí y me puse la capucha de mi capa de lana. Entonces el obispo Marty nos bendijo y besó a mis compañeros en los labios, el beso de paz para los Hombres Buenos.

—Ve con Dios —nos dijo a cada uno de nosotros. A mí me tocó el codo, a la manera en que los hombres dan la paz a las mujeres, y nos pusimos en marcha, caminan­do en fila india. Los guié hasta la cueva, y allí dejamos el tesoro.

Nos tomó más tiempo del previsto llevar los pesados sacos hasta la cueva, y tuvimos que permanecer escondi­dos todo el día.

Al llegar la noche, protegidos por la obscuridad, Pierre Bonnet y yo nos deslizamos entre las líneas enemigas, procurando apartarnos todo lo posible de tiendas y ca­ballos, y entramos en territorio neutral protegidos por las sombras. Subimos por la montaña y llegamos arriba exhaustos. Nuestro compañero Matheus se había mar­chado hacia Tolosa, para suplicar una vez más refuerzos al conde. Nuestra situación era muy grave, no podíamos aguantar mucho más.

Yo estaba cansada y deprimida. Había sido un viaje muy duro y no me resultó fácil volver, atormentada por el fragor de las catapultas y los constantes ruidos y crujidos de las piedras chocando contra las murallas. Y aunque casi nadie sabía lo que habíamos hecho (algo que mantuvimos en secreto ante la guarnición), yo estaba segura de que no habríamos tenido que esconder el tesoro si nuestros líde­res no esperaran lo peor. Durante días no quise ni hablar.

Esto sucedió en enero, después de que perdiéramos la barbacana.

Está en la naturaleza humana que cuando creemos que ya no podemos aguantar ni un día más, sucede algo y sufrimos otra pérdida, y entonces, al mirar atrás, al recordar lo que antes nos parecía intolerable, desearíamos volver a aquel mal momento que ahora, ante una situa­ción todavía peor, parece un paraíso. Eso es lo que pasó en febrero, cuando las catapultas hacían temblar las mu­rallas. En esa época recordábamos el verano y el otoño como un idilio, aunque en aquel entonces nos habían pa­recido casi intolerables.

No podíamos hacer más que esperar, confiando en que Matheus volviera con refuerzos. Algunos días nos sentábamos al débil calor del sol invernal que hacía gotear los carámbanos. Las piedras enemigas se estrellaban contra nuestras murallas, y no teníamos catapultas para lanzarlas de vuelta contra los franceses.

Otros días hacía demasiado frío para estar fuera. En­tonces caminábamos,, con la cabeza gacha contra el vien­to helado. Nos movíamos como autómatas, perdidos en nuestra melancolía, paralizados de miedo y de dolor.

Nos peinábamos y nos despiojábamos unos a otros, y a veces, para mantener arriba los ánimos, nos contába­mos historias, sobre todo William. Para animarnos se ponía a describir los refuerzos que en aquellos momen­tos se acercaban a caballo por las montañas, un ejército de diez o veinte mil hombres que traerían también provi­siones: carne fresca y naranjas. Nuestros aliados rodea­rían a los franceses. ¡Podrían ser hasta cuarenta mil hom­bres! No podía saberse a cuántos armaría el conde Raimundo de Tolosa. Además predijo que Corbario, el capitán mercenario, vendría de Aragón, atraído por la posibilidad de saqueo una vez que los franceses se dis­persaran y huyeran. En el asedio de Jerusalén, el ángel del Señor había matado a cien mil asirios. ¿Quién sabía qué clase de ayuda podríamos recibir nosotros?

Pero las historias de William no iban a cambiar nues­tras vidas. Un hombre sufrió una apoplejía. El lado dere­cho se le quedó paralizado, la boca torcida, y la len­gua como un objeto inanimado en la garganta. Su esposa le daba de comer con una cuchara, pero las gachas se le caían de la boca. Murió de inanición, a pesar de que aún quedaban alimentos.

Muchos de los perfecti renunciaron a su comida. A veces le daban un poco de gachas o la mitad de su pan a algún soldado o un enfermo. Pero todos estábamos desa­nimados. En un aparelhamentum, la confesión semanal, el obispo Bertrand Marty admitió que se sentía culpable por poner a tantos civiles en peligro para proteger a los Cristianos Buenos.

Y entonces volvió Matheus. Al oír un grito salimos todos a recibirlo. Subía por el peligroso desfiladero segui­do de dos ballesteros. Nosotros nos quedamos mirando incrédulos. No era un ejército de diez mil hombres, sino dos simples arqueros, leales seguidores de la fe catara, que se habían ofrecido a acompañarlo, subir el camino secreto de la montaña y unirse a nosotros. Y eso que debían de sa­ber que morirían allí. Entonces lo supimos con certeza: íbamos a morir en Montségur. El conde mandó un men­saje de cortesía, pidiéndonos que aguantáramos hasta Pascua, que todavía estaba negociando con el Papa. Era evidente que no podíamos esperar tanto.

Matheus nos dijo que Corbario, el mercenario arago­nés, vendría tal vez en nuestra ayuda, y que sus arqueros podían acertar en el ojo de un mosquito a cien metros de distancia. Dos caballeros locales le habían ofrecido cin­cuenta libras si llevaba a veinticinco de sus hombres a Montségur. Pero más tarde nos enteramos de que Corbario no pudo atravesar las líneas francesas. A partir de entonces perdimos las esperanzas. El asedio prosiguió. Todos tiritábamos de frío, afligidos por el estruendo de las piedras y la duda de que las murallas pudieran resistir. Aquello fue interminable. Todos teníamos pesadillas, y siempre había alguien que despertaba gritando o moles­taba a toda la sala con sus malos sueños.

Un día, ya cerca del fin, me encontré a Baiona lloran­do con la labor en el regazo. Se pasaba el día cosiendo y la noche también, mientras la luz del fuego le permitía ver. Bordaba frutas y flores en muchos de nuestros vesti­dos y siempre regalaba su trabajo. Una mujer llevaba un árbol bordado en una manga, con las hojas extendiéndo­se por el hombro y la espalda. Otra tenía la imagen de su marido en blanco y dorado sobre el pecho.

Ese día de febrero me la encontré en la cámara de las mujeres, cosiendo con tal concentración que los mecho­nes de su pelo castaño escapaban de su tocado y le caían sobre la cara, y advertí que le temblaban los hombros. Me senté junto a ella y la rodeé con el brazo.

¿Qué pasa? —pregunté.

Ella sacudió la cabeza en silencio. Pensé que se habría peleado con William, bien sabe Dios que todos teníamos los nervios de punta. Pero ella alzó las manos. Las tenía hinchadas por el frío, llenas de ampollas, rojas. Se las cu­brí con las mías, pensando que tendría las articulaciones demasiado rígidas para coser, pero entonces vi que no es­taba dando puntadas, sino tirando del hilo que ya había cosido.

¿Qué haces?

—Nada. —Apartó el paño, pero yo se lo arrebaté y al extenderlo sobre mis rodillas me di cuenta de que estaba quitando los puntos y deshaciendo los bordados ya terminados.

¿Por qué, Baiona?

—No me queda más hilo. —Su voz era un sollozo de angustia.

Allí la dejé, deshaciendo su trabajo. Cuando hubo re­cuperado suficiente hilo, la vi bordando un diseño dife­rente en el paño ya usado.

Arpáis, que era una de las hijas del comandante Ray­mond de Perella, fue sacando los hilos de una pieza de su propia ropa interior para Baiona, hasta que la prenda quedó totalmente destruida. Pero su amiga tenía de nue­vo hilo para trabajar. Ojalá se me hubiera ocurrido a mí. Cada pocos días Baiona deshacía el trabajo que había he­cho y comenzaba una nueva labor.

A finales de febrero nos rendimos.


22

Después de eso ya no quiero hablar más. Jéróme me desviste y me mete en la cama como si fuera una niña. Me da un beso y me acaricia hasta que mi piel despierta a su contacto y yo me vuelvo hacia su dulce y apremian­te presencia. Luego, me quedo despierta largo rato, es­cuchando la pesada respiración de este hombre amable y preguntándome qué pasará ahora, preguntándome si debería ir a confesarme con el joven cura, tal como él había recomendado en su sermón. No, no es una buena idea, puesto que podría costarme la vida, y a Jéróme también.

Entonces recuerdo que la gracia sólo se obtiene me­diante Dios y a través de la oración a Jesucristo, que no nos da su amor porque nos lo ganemos, sino por ser quien es y mediante nuestro sincero arrepentimiento. Si yo supiera de qué tengo que arrepentirme… Y enton­ces me encuentro rezando por haber pasado mi vida sintiendo odio y celos, y tanta rabia, y tanto miedo de no tener suficiente o no ser suficiente, cuando todo es­taba predeterminado; me encuentro pidiendo perdón por haber perdido el tesoro y por no sé qué más, por todo, tumbada en la obscuridad junto a este hombre bue­no; y el perdón viene poco a poco en forma de bendito sueño.

Jéróme se despertó totalmente alerta en plena noche. Ella yacía confiada junto a él, la cabeza cerca, su suave aliento en su brazo. Era una hereje, o por lo menos había tratado con ellos. Lo había confirmado, lo había admiti­do y lo que era peor (¿o era mejor?) sabía dónde estaba el tesoro, oculto en su cueva, guardado por las lanzas de antiguos cazadores bajo los ojos de los venados. Ahora un terrible miedo lo invadía, un miedo helado. La había metido en su casa por pura tozudez, porque quiso salirse con la suya, y ahora podían matarlo por ello. Salió de la cama y se puso de rodillas, rezando, pidiendo ayuda a Dios. ¿Qué iba a hacer?

Los herejes habían sido sitiados en Montségur por una razón. ¡Eso ella no lo había dicho! Pero todo el mundo lo sabía. Se preguntó si también Jeanne habría estado involucrada en aquella incursión, trayendo y lle­vando mensajes. Unos meses antes del asedio, dos emisa­rios del Papa, acompañados por un par de dominicos, un franciscano, varios inquisidores más y cuatro criados, se habían embarcado en un nuevo viaje inquisitorial. Uno de ellos era Guilhem Arnaud, el primer y más odiado inquisidor de la provincia. Se sabía que la víspera del día de la Ascensión, Arnaud se quedaría con su grupo en Aviñonet, como invitado del conde de Tolosa. El día de su llegada, quince caballeros y cuarenta y dos soldados de Montségur y muchos otros de las zonas vecinas, ha­bían cabalgado casi cien kilómetros para llegar en secre­to a Aviñonet. Al llegar al pueblo avanzaron en silencio, hablando en susurros, con el único sonido del crujir de las sillas y los arreos y el ruido de las armaduras. Se detuvieron junto a la leprosería a las afueras de Aviñonet, donde un mensajero del alguacil del conde salió a recibir­los con una docena de antorchas.

Al caer la noche doce de ellos se trasladaron a la casa donde dormían Arnaud y los otros inquisidores. Abatie­ron la puerta del dormitorio, cayeron sobre los siete inquisidores y, sin darles tiempo para decir sus oraciones, los asesinaron con hachas, mazas, puñales y espadas. Va bé, esta bé! gritaban, peleándose entre sí para aplastar los cráneos y los cadáveres, cada uno de ellos dio algún gol­pe como sangrienta señal de haber participado en las muertes, y tomar parte de la gloria por la matanza.

Después de la matanza el salvaje grupo dividió los despojos y las cosas de valor: unos libros, un candelabro, una caja de jengibre, un puñado de monedas, ropas y sá­banas. Dejaron los cadáveres ensangrentados en la casa de Aviñonet y se marcharon ruidosamente, sin intentar siquiera mantener su hazaña en secreto. Luego se separa­ron y se dispersaron por todo el territorio. Un grupo bastante grande regresó a Montségur.

A la mañana siguiente, día de la Ascensión, la noticia se extendió como la pólvora por toda la región, y en to­das las aldeas se reunieron muchedumbres para aclamar a los incursores. La historia era bien sabida, contada una y otra vez con distintas versiones en todos los pueblos y tabernas. Algunos pensaban que la incursión se realizó con las bendiciones de Tolosa, puesto que los inquisido­res eran sus invitados. Otros creían que los asesinos eran forajidos que operaban sin orden en un frenesí de frus­tración acumulada. La guerra de liberación del conde ha­bía empezado.

El efecto fue inmediato. Los franceses exigieron furio­sos una represalia. Organizaron la cruzada contra Montségur, donde vivían cientos de perfecti. Muerte por muer­te cien veces. El populacho quedó dividido de nuevo en sus opiniones; unos pensaban que los asesinatos estaban justificados, otros los consideraban una hazaña vil y co­barde. Jéróme se debatía entre los dos bandos. No le pare­cía bien la caza de herejes, pero la Iglesia tenía razón: no se puede asesinar a monjes y frailes mientras duermen.

¿Y qué pasaba con Jeanne? Las lágrimas brotaron de sus ojos.

Al cabo de un rato volvió a la cama junto a la mujer, pero seguía sin poder dormir. A decir verdad, no quería renunciar a ella, no por el tesoro, del que tal vez ya no sabía nada después de tantos meses (¿quién sabía dónde estaría? O tal vez ella había mentido o había repetido una historia que había escuchado por ahí), sino también por­que (respiró hondo, expandiendo el pecho y estirando las piernas como un gato satisfecho)… el hecho era… que se sentía bien.

¿Corría peligro su alma? No lo sabía. Se consideraba un buen católico y sin duda la entregaría cuando llegara el momento, si era necesario. Pero no le agradaba su duro deber. Iría al pueblo a ver a Bernard. Bernard sabría qué hacer. Iría esa misma semana, pensó, y plantearía la cuestión sin mencionar a la mujer que había salido casi de la nada, como un regalo, que mantenía la casa tan lim­pia, que había tomado la paja de la cosecha para extender una gruesa capa encima del sucio suelo, justo hasta la puerta, y su comida era sabrosa y estaba lista y preparada cuando él volvía de trabajar en el campo, el fuego siem­pre encendido, una mujer fuerte que no se avergonzaba de trabajar junto a él en los campos o de acarrear madera y agua. ¿Cómo se las había arreglado él solo? Jeanne acu­día a la iglesia, y era de todos sabido que en la casa de Dios no podía entrar ningún esbirro del demonio. En Navidad ya se cuidaría de que ella comulgara, y eso sin duda probaría su fe. Era un regalo de Dios. Jéróme puso la pierna sobre ella. Buena compañía, buenas historias y además buena en la cama. ¿Cómo no le iba a gustar? Cuando viera a Bernard averiguaría qué castigo había sido impuesto a los civiles de Montségur, porque segura­mente ella ya habría cumplido el suyo (si es que había es­tado allí), y en ese caso sería libre de quedarse.

Pero no podía dejar de pensar en su historia. Era tan fantástica como cualquier fábula, aunque por otra parte la había echado un poco a perder con inútiles datos sobre su amiga y sobre el hombre que la había obsesionado toda la vida. Esta idea le provocó una oleada de irrita­ción, e inconscientemente apartó la pierna que había puesto sobre la mujer y la atrajo bruscamente hacia sí con un gruñido, girándola sobre su espalda. Ella desper­tó soñolienta, sonriendo, y lo rodeó con los brazos. Jéró­me se deslizó de nuevo en ella, embistiendo furioso, em­bistiendo a todos los herejes y asesinos, dentro y fuera, y preguntándose, aunque tan vagamente que casi no llegó a ser consciente de ello, si penetrar a una hereje lo con­vertía en hereje a él también.

Al día siguiente me levanto ligera de espíritu, cantan­do, como si mi señor Jesucristo hubiera impuesto su mano en mi frente: estoy perdonada. ¡Estoy perdonada! Recuerdo que Jéróme me tomó las manos y me las besó en un gesto tan dulce y noble como el de cualquier aristócra­ta. Y recuerdo también con cuánta suavidad me desvistió anoche y me devolvió a mi cuerpo con sus caricias. Nues­tra lúbrica noche juntos. Me río en voz alta.

De modo que estoy cantando cuando abro la puerta al nuevo día y los colores de la hierba y los campos ama­rillos brillan como los del Edén cuando Eva los vio por primera vez, que es lo que suele pasar después de copu­lar. Buenos días, día. Todo es reluciente y hermoso.

—Esta mañana va a venir alguien —le digo a Jéróme mientras desayunamos.

¿Cómo lo sabes?

—Eso no lo sé. Pero es una mujer, y pasa algo.

Bueno, ya veremos. Yo me voy al campo con las ovejas.

Él también sonríe y yo sé que ve también los colores más vivos. Luego frunce el entrecejo.

—Mañana voy al pueblo. Tengo cosas que hacer.

Toma su bastón y se aleja con un nuevo ánimo en su paso, moviéndose con ligereza mientras reúne a las ovejas.

Efectivamente, al cabo de una media hora llega co­rriendo al patio Fays, la pequeña Domergue, apartando a la cabra que se acerca para embestirla amistosamente.

¡Aparta, animal! —Tiene las mejillas sonrosadas. Pronto será una hermosa mujer.

Dale un empujón —digo—. ¡Venga, fuera! —Grito a la cabra.

—Jeanne, Bernadette está de parto y quiere que vayas — dice con urgencia.

¿Yo? ¿Dónde está la comadrona?

Está atendiendo otro parto y no puede venir. Dice mi madre que ha llamado a todos los que ella conoce, in­cluyendo a la comadrona del pueblo. No hay nadie más que nos pueda ayudar.

—Voy para allá —le digo.

Pero tengo miedo. ¿Qué sé yo de partos? Nada, apar­te de haber dado a luz a una hija y haber perdido otros dos. Nunca he traído al mundo a un niño.

Echo leña al fuego y recojo algunas cosas. Las manos me arden de nuevo, palpitan de luz y calor.

¿Va todo bien? —pregunto mientras bajamos la loma hacia la granja de los Domergue—. ¿Cuánto tiem­po lleva departo?

—Desde ayer. Todo el día de ayer y anoche. Se queja mucho —dice Fays.

—Está bien quejarse —comento—. Pero lleva mucho tiempo de parto. ¿Es que no sale el niño?

—Yo sólo sé que mi madre me ha enviado a buscarte, y dice que te des prisa.

En la casa de los Domergue han mandado al campo a los niños y los hombres. Bernadette está en la silla de partos, colgada de las correas. Pero está exhausta y sin fuerzas.

—Empuja —apremia su madre, casi gritando—. Ya sabes cómo hay que hacerlo. ¿Qué te pasa, niña? —En­tonces me mira angustiada—. Algo va mal.

Pego la oreja a su vientre y le acaricio los costados.

Estás cansada —le digo, intentando tranquilizarla. En ese momento le llega una contracción y Bernadette me clava las uñas con tal fuerza que doy un respingo al tiempo que ella lanza un grito como el mugido de una vaca, con voz tan profunda y ronca como un hombre.

Lleva horas así —me explica Alazaïs—. Es su ter­cer hijo. Debería haberlo echado como si fuera una judía.

Las contracciones son débiles, irregulares, y de vez en cuando pienso que la pobre chica nos deja. Está tan cansada… Tiene la piel seca, caliente, roja y brillante. Quiere beber algo, pero Alazaïs se niega, diciendo que el agua ahogará al niño. Que la madre no puede beber has­ta después del parto. En la habitación hace un calor increíble, con el fuego ardiendo en el hogar.

Yo le masajeo el vientre, ayudándola a empujar. El niño viene de pies, mal colocado, y la comadrona, aten­diendo a otra mujer, y todo es ruido y angustia, gemidos y sangre en la obscura cabaña. Las mujeres nos vol­vemos unas hacia otras gritando furiosas, porque todas tenemos miedo. Yo estoy asustada, me siento impotente y algo va muy mal.

Es una pesadilla de gemidos y gritos, de sangre, heces y orina, cada vez que Bernadette empuja. Las mujeres nos estorbamos unas a otras entre la porquería, entre es­tallidos de furia y lágrimas de miedo; y en un rincón una voz aterrada, la pequeña Fays, que recita oraciones. Está bien rezar, porque muchas mujeres mueren al dar a luz, y muchos niños mueren también.

La luz de la ventana se desliza sobre la cama, desva­neciéndose, de modo que las sombras invaden la peque­ña sala, del gris pálido al gris y al negro carbón, y el su­dor nos corre por los brazos. A medida que pasan las horas sucede algo extraño: empiezo a ver a Bernadette como Guilhamette, mi pequeña, que tendría unos treinta años de haber pasado de los cinco, y tal vez tendría tam­bién hijos, de modo que esta mujer a la que intento ayu­dar, Bernadette, aferrada a las correas de parto, esta mu­jer tan cansada que ya no puede empujar y apenas tiene fuerzas para agarrarse a las cuerdas, con la cabeza caída sobre un hombro y los ojos cerrados, esta mujer que se esfuerza por dar a luz, es mi propia hija, y crece mi mie­do por ella.

—Venga, Guilhamette —la animo.

—¿Cómo la has llamado?

—Mi querida, mi pequeña. Hay que frotarle el vien­tre con hierbas dulces.

Entonces, con una oleada de alivio, veo la cabeza del niño. Otra contracción, demasiado débil, sin resultado, y veo que no es la cabeza, sino las nalgas. Hay excrementos por todas partes, un alquitrán negro, viscoso, pegajoso.

¡Es un niño!

Tiene los piececitos junto a los hombros. Meto los dedos en Bernadette y tiro del culo del bebé con todas mis fuerzas, pero los niños tienen que salir con facilidad, rápidamente, sin requerir tanto esfuerzo. Miro a Alazaïs, impotente.

¿Qué hacemos?

Justo entonces Bernadette se desliza de la silla, que­dando a gatas en el suelo, con la cabeza, apoyada en el re­gazo de su madre, resollando. Pero en esta posición veo bien al niño.

—Aguanta ahí —le digo.

Sus gritos son cintas amarillas ante mis ojos, llenán­dome la cabeza.

El niño está ahora medio fuera, atrapado a la altura del ombligo, con los pies fuera, pero el cordón umbilical es tan tenso que tira del frágil vientre del bebé. En cualquier momento se arrancará, y de pronto una gran calma des­ciende como un manto sobre mí. Sé exactamente lo que tengo que hacer. Sigo con los dedos el cordón dentro de Bernadette, que grita de dolor, tengo el puño dentro de ella y brota la sangre y los jugos, mis ojos se llenan de sudor.

¡Rezad! —grito—. Rezad a Cristo y a la Virgen para que nos ayuden. ¡Rezad!

A un lado se alzan los murmullos, ahogados por los gritos de Bernadette, pero yo trabajo en una burbuja de silencio, escuchando la voz que me posee. Es como si mis manos no fueran mías, mis dedos buscan el cordón, inten­tan desenroscarlo de la cabeza del niño, pero no pueden.

—Tenemos que cortar el cordón. Un cuchillo. Traedme un cuchillo y lino.

Mis dedos tantean en torno a la cabeza del niño, bus­cando el cordón umbilical. ¡Ahí está! Lo sujeto con el ín­dice y tiro de él para sacarlo. Ato deprisa un cordel en tor­no a él y lo aprieto con fuerza, sin saber cómo mis manos pueden ser tan expertas, maravillada de mi propia habili­dad. Hago otro lazo y busco el cuchillo que Alazaïs me tiende. Bernadette sigue gritando, gimiendo y llorando en el regazo de su madre.

Es difícil cortar un cordón. Deslizo el cuchillo ade­lante y atrás, una y otra vez hasta cortarlo. El bebé puede salir. Le doy la vuelta a la pobre criatura, tan resbaladiza, intentando sacar los hombros. Bernadette gime, dema­siado cansada para empujar, de modo que el niño cuelga con la cabeza todavía atrapada, aunque el cordón ya no lo estrangula.

—¡Empuja! —le doy un golpe en el culo a Berna­dette—. ¡No hay tiempo!

—¡No hagas eso! —chilla la madre, y con razón. Pero no hay tiempo para andarse con consideraciones.

Le giro la cabeza y Bernadette lanza otro aullido de angustia, intentando expulsar al niño. Entonces brota un torrente de sangre y aparece la obscura cabeza del bebé. Bernadette se desploma como un saco, palpitante, sollo­zando de cansancio y dolor. Está desgarrada y sangra. Cae de lado al suelo, la cabeza todavía en el regazo de su madre.

El niño tiene la cara negra y las marcas moradas del cordón en el cuello. Lo pongo sobre el vientre de su ma­dre y Alazaïs lo sujeta entre sus manos.

—¡No respira! ¡No puede respirar! —Le da un ca­chete para hacer que respire. Alazaïs va de su hija al bebé y del bebé a su hija.

—¡Está muerto! —chilla—. ¡Y ella también!

—Todavía no. —Le quito al niño y le limpio la cara con la falda del vestido, voy quitándole la baba mientras le doy vueltas en mis manos. Tiene los miembros yertos. Se me resbala, casi se me cae, pero lo sujeto por el brazo, y en ese momento oímos que toma aliento y luego un débil llanto. ¡Alabado sea Dios!

—¡Mirad!

—¡Está vivo! —digo entre sollozos.

—¡Dámelo!

Se lo paso a la abuela, Alazaïs, que lo arropa murmu­rando, chasqueando la lengua.

—¡Tiene toda la cara amoratada!

Mientras tanto me vuelvo hacia Bernadette, que yace en el suelo tan agotada que no puede expulsar la bolsa. Todavía está sangrando. Le masajeo el vientre con las dos manos, sujetando un pliegue de piel. Poco a poco sale la placenta ensangrentada. Estoy eufórica, todo ha ido bien.

—Guárdala —grita la madre, todavía con el niño en brazos—. La guisaremos para ella. Es muy buena para que la madre recupere las fuerzas.

—Vamos, cariño, no te rindas ahora. —Le bajo el vestido. El corazón no le funciona correctamente, los la­tidos son débiles e irregulares.

—Se está muriendo —susurro a Alazaïs—. Ponle al niño en los brazos para que mame.

A veces eso da a la madre coraje para seguir adelante. Pero Bernadette tiene los ojos en blanco y apenas respira. Alazaïs tiene que sujetar al niño, que hace ruiditos, chupetea y se debate buscando el pezón, incapaz de aferrarse al pecho.

—Tiene la cara negra —murmuro—. ¿Qué significa eso?

Significa que le ha costado mucho salir —replica la abuela Alazaïs solemne—. Ya lo he visto otras veces. No podía respirar. Si sobrevive ahora, se nos irá en una se­mana o así.

Las manos me arden como el fuego. No puedo evitar que se posen en la cabeza de la pobre Bernadette. Cierro los ojos, cegada por la luz.

—Nos hace falta un cura —gime Alazaïs—, para que la confiese ahora mismo.

Tengo las manos pegadas a la cabeza de Bernadette, a su corazón, a su pobre y maltrecho vientre y a las lágri­mas de sangre entre sus piernas.

¿Qué haces?

Siento cómo se empapa de la luz. Me balanceo hacia atrás, con los ojos cerrados, en trance, y dejo que el fue­go fluya hacia ella. Lo veo mejor con los ojos cerrados: la luz desciende de su cabeza y entra en ella desde donde­quiera que estén mis manos, hacia sus hombros, en torno a su corazón. Se expande llenándole todo el cuerpo, filtrándose entre sus blandas entrañas, le baja por los bra­zos hasta la palma de las manos, le inunda el vientre y se vierte en su desgarrada vagina en nubes doradas. La veo acumularse en las plantas de sus pies. Está llena de luz, envuelta en luz. Bernadette gime suavemente, inmóvil.

La luz sale de sus pies y vuelve a subir por mis manos, hasta que Bernadette está envuelta en un capullo de luz, está compuesta de luz.

No sé cuánto tiempo permanecen mis manos sobre ella.

Cuando salgo del trance, se ha quedado dormida. Aparto las manos ardientes. Estoy mareada y un poco avergonzada.

Alazaïs me mira fijamente.

¿Qué es esto? ¿Eres una Cristiana Buena?

Yo sacudo la cabeza.

—Tenemos que despertarla —dice Alazaïs—. Tiene que orinar y expulsar los desechos del parto.

—Y luego que se acueste, y que descanse —digo—. Cuando se despierte le vendrá bien una sopa, algo que la entone.

Ya es noche cerrada. El parto ha durado todo el día y estoy exhausta. Bernadette gime dormida, febril, pero de vez en cuando se despierta para acariciar al niño que duerme en sus brazos.

Avivamos el fuego de la cocina para preparar una sopa de lentejas, y al cabo de poco tiempo entran los hombres tímidamente, con una sonrisa tonta, llevando a los niños dormidos en los brazos o sobre los hombros como sacos de harina, moviendo los pies como avergon­zados, sin saber qué hacer. Han oído los gritos, la maldi­ción que cayó sobre Eva por haber buscado el conoci­miento en el Edén. Parirás a tus hijos con dolor.

Su esposo se acerca a la cama y se frota tímido las ma­nos.

¿Estás bien? —susurra, pero ella no le oye. Duer­me con la boca entreabierta, la almohada empapada de sudor y lágrimas.

Limpiamos la silla de partos y ponemos agua a hervir para lavar los trapos sucios. Comemos la sopa de lentejas con cebolla y zanahoria, pero en la casa se respira un am­biente tenso y preocupado. Raymond atiza el fuego y rompe a reír, y de pronto todos nos reímos, todos, dándonos palmadas en la espalda, contentos de que el parto haya concluido. Ha nacido un niño y la madre sigue viva. Todo el mundo se ríe y habla en voz alta, luego nos hacemos bajar la voz unos a otros hasta hablar en susu­rros, y Alazaïs cuenta lo que ha pasado adornándolo cada vez más, de manera que se va volviendo una historia de lo más extravagante.

¡No fue así! —protesto entre risas—. ¡Qué va!

En ese momento llega Jéróme. Desde fuera, desde el estercolero, alza una esquina del tejado.

¿Se puede pasar?

¡Es Jéróme! —grita uno de los niños.

¡Entra! —dice, contento, Domergue.

¿Qué haces, espiarnos? —pregunta Alazaïs entre risas.

Jéróme entra acompañado de una ráfaga de viento que aviva el fuego en llamaradas rojas y anaranjadas, como la llama de mi corazón. ¡Es tan hermoso! Me pre­gunto si son los colores preferidos de Dios.

Cuando Jéróme se sienta junto a mí, le pongo la mano en la pierna a modo de tímido saludo. Él me la cu­bre con su mano, con gesto travieso.

Bernadette se ha despertado.

—¡Tu mujer ha dado a luz! —susurra contenta.

Su esposo, Raymond, pasea orgulloso en torno a la sala obscura y se atusa el bigote, como si hubiera tenido algo que ver con todo esto. Su hermano Martin le da unos golpecitos en el brazo.

—Un niño —dice muy orgulloso—. Registraremos el nacimiento en la iglesia —añade pavoneándose.

Si hubiera sido una niña, nadie se molestaría en regis­trarla.

Jéróme se acerca a mirar al niño, que duerme sobre el pecho de su madre, y se sobresalta: su piel es obscura, negroazulada.

—Es un niño bueno y sano —comenta al fin.

—Deberías haber visto a tu esposa —dice Alazaïs. Es la segunda vez que se pronuncia esta palabra esa noche, y ni Jéróme ni yo la desmentimos. Jéróme me rodea orgu­lloso con el brazo.

—Es una buena mujer, ¿verdad?

—Y además guapa —añade Domergue—. No sé có­mo lo has hecho, pero has encontrado una buena mujer. En todos estos años, nunca has tenido mejor aspecto que ahora, desde que ha venido ella a cuidarte.

Jéróme sonríe tontamente.

—A mí me pasa igual —murmuro—. Jéróme ha he­cho mucho por mí.

Domergue saca una botella de vino.

—Esto hay que celebrarlo —dice. Y oscilando sobre sus enormes pies de granjero, con el rostro enrojecido y curti­do a la luz del fuego, nos sirve a todos un traguito pequeño.

—¡Por el niño! ¿Cómo lo vamos a llamar?

—Lo llamaremos Jean —susurra Bernadette—, en honor de su comadrona Jeanne.

Terminamos celebrando una fiesta en torno al fuego de los Domergue. El niño, Gaillard, se me sube encima, como siempre. Le gusta sentarse en mi regazo, chupándose el dedo.

—Ha sido gracias a Jeanne. —Alazaïs me toma la mano para llevársela a la mejilla—. ¿Qué es ese poder que tienes? —pregunta.

—No es mío —contesto— , sino de Dios. Da las gra­cias a Dios.

—Miradla —dice Domergue—. Está brillando. Estás resplandeciente, Jeanne, tienes el brillo de Dios.

Y es verdad que lo siento. Veo la luz oscilar en mis manos, y no sólo surge de mí, sino de todos. Todo el mundo resplandece de luz, una luz que llena la casa, que brota del rostro y las manos de cada miembro de esta fa­milia. Todo el mundo brilla, también mi Jéróme.

Inclino la cabeza. Son tan hermosos…

Si supierais… Todos brilláis reflejando la luz de Dios.

Ya es tarde cuando nos marchamos. Las estrellas titi­lan desde el cielo negro. Jéróme me pone el brazo sobre los hombros y yo siento el corazón henchido, porque hoy ha venido otra alma a este mundo, y yo he colabora­do. Ya en la puerta, Jéróme me dice bruscamente:

—No deberías hacerlo.

¿El qué?

Mostrar así tus poderes de curación.

Yo no digo nada.

¿Entonces eres una perfecta?

Acerco su mano a mi mejilla.

Si lo fuera, no podría acostarme contigo.

—No estoy de acuerdo con eso —dice él—. Puede ser que no hayas tomado los hábitos, pero creo que Dios te ha convertido en una de ellos.

Esta noche soy yo la que lo llevo a la cama, y nos hace­mos cosas placenteras el uno al otro de formas diferentes. Yo sólo sé que con todo el dolor que he encontrado a lo largo de mi existencia, mi Señor o la bendita Virgen me ha dado una nueva vida. Nunca he sido tan feliz como ahora, viviendo con Jéróme, viviendo como una campesina.

Nos despertamos temprano, cuando todavía está oscuro, y me pongo a contar el resto de la historia de Montségur, en susurros, para que nadie nos oiga.


23

Realizamos un último y patético esfuerzo por recu­perar la barbacana: una incursión la noche del 1 de mar­zo, que resultó un fracaso. Nos obligaron a retroceder y los franceses casi logran atravesar nuestras puertas. Nuestros hombres luchaban debilitados por diez meses de ocio forzoso y enfermedades, teníamos los dientes flojos y los ánimos decaídos. ¿Cómo podíamos esperar ganar?

Ese mismo día, el 1 de marzo, nos rendimos, y al día siguiente se concluyeron los términos de la tregua. En el alto el fuego, nuestro comandante Raymond de Perella, acompañado de cuarenta caballeros y hombres de armas ataviados con sus mejores ropas (que han rebuscado y tomado prestadas) e improvisadas armaduras, bajaron por el empinado sendero hasta el campamento francés para negociar las condiciones. Los demás, mujeres, civi­les, soldados y Cristianos Buenos, esperamos arriba.

Los hombres volvieron por la tarde, subieron la mon­taña en fila india con Perella a la cabeza.

Aquel niño, Michel, se me había subido encima. Cuan­do avisaron de que los hombres regresaban yo estaba con los demás, apiñados en las puertas, y me puse al crío en la cadera mientras los hombres rompían filas en el patio em­barrado. William no había ido con ellos, porque seguía necesitando su muleta.

—Ve a por tu niñera —dije a Michel, dejándolo en el suelo con una palmada en el trasero.

Luego me uní a la muchedumbre en torno a la tropa recién llegada.

¿Ha ido bien? —preguntó una mujer.

—No del todo mal —contestó el soldado con brus­quedad.

Raymond de Perella, alto y canoso, con su cara larga de caballo, entró en la fortaleza y subió por las escaleras hasta la torre del homenaje, por encima de la multitud. Junto a él estaba su yerno y segundo en el mando, Pierre Roger de Mirepoix, fornido, ceñudo. Sus esposas, Corba y Philippa, madre e hija, aguardaban tomados de la mano un escalón más abajo, mirando a sus hombres, queriendo leer en sus rostros alguna información sobre las condi­ciones.

Doscientas o trescientas personas se apiñaban en el patio.

De Perella levantó la mano y poco a poco guardamos silencio. Una simple tos sonaba atronadora ahora que había cesado el fragor de las catapultas.

Se acabó —dijo con un sollozo desgarrador, inca­paz de contener las lágrimas y enjugándose los ojos con el puño.

No era el único que lloraba. Un gemido se alzó entre la multitud, como si sus palabras hubieran roto un muro de dolor, porque de pronto comprendimos el significado de la rendición: los perfecti arderían, sí, y los demás pro­bablemente nos pudriríamos en la prisión de por vida o seríamos mutilados, y si por algún milagro nos salvába­mos, veríamos arder y sufrir a nuestros seres queridos. El llanto que se desató fue tal que debió de desgarrar el cora­zón del cielo.

De Perella recuperó en un momento el dominio de sí mismo y alzando los brazos acalló a la multitud, excepto a una mujer que en un rincón intentaba ahogar sus sollozos.

¡Callad! ¡Silencio! —ordenó Mirepoix.

Las condiciones son generosas —explicó De Pere­lla—. No podíamos esperar nada más. En primer lugar se nos permite a todos permanecer en la fortaleza durante quince días, mientras duren las celebraciones de Semana Santa. Durante este período los franceses no atravesarán nuestros muros. He prometido que nadie atacará y nadie intentará huir. Os pido que hagáis honor a mi palabra. Montségur es nuestro durante quince días para que nos despidamos y celebremos la pasión de nuestro Señor.

Se alzó un murmullo, como el zumbido de una col­mena de abejas.

Durante este período se nos tratará con honor y cortesía.

De Perella miró a su alrededor. Nosotros nos agarrá­bamos unos a otros, abrazando hombros y cinturas, to­das las pálidas caras alzadas en completa atención.

Para garantizar nuestras buenas intenciones y nuestra palabra, he ofrecido rehenes de nuestras familias nobles: mi propio hijo, Jordan; Raymond Marty, hermano del obispo; Arnold-Roger de Mirepoix, hermano de mi segundo en el mando…

Y así fue nombrando uno a uno a los rehenes que esa tarde bajarían la montaña para vivir durante dos semanas en el campamento enemigo. Todos ellos tenían una rela­ción significativa con la fortaleza, con una familia importante y con la causa catara. Serían liberados cuando los franceses tomaran posesión de la montaña.

Al concluir los quince días —prosiguió—, el 14 de marzo, los franceses entrarán en Montségur y lo destrui­rán piedra por piedra hasta los cimientos, que a su vez serán excavados y dispersados.

Entonces se acercó a nosotros.

Cuando los franceses tomen el mando, todos los civiles que no sean Cristianos Buenos podrán salir de Montségur con pleno perdón de todos sus crímenes, y esto incluye a los luchadores de la libertad, a los que los franceses llaman forajidos, que asesinaron a los inquisi­dores en Aviñonet.

Todos nos sorprendimos de que no fueran a ma­tarlos.

—Todos los soldados y el personal militar son libres de marchar, con su equipaje, sus pertenencias y sus mu­jeres.

Es increíble —murmuró Robert—. No se van a vengar.

Shh —lo reprendieron algunas personas de alre­dedor.

—Más tarde —prosiguió De Perella—, los soldados pueden ser llamados a comparecer ante la Inquisición y confesar sus errores. Me han asegurado, sin embargo, que cualquiera que confiese recibirá únicamente una pena menor, en forma de oraciones o alguna peregrina­ción. Nadie sufrirá daños físicos.

Ahora se alzó un gran suspiro y ruido de voces, hasta que nuestro alivio fue acallado con gritos de «¡callad!», «¡silencio!».

—Todos los que no… los que no abjuren… —De Pe­rella se interrumpió, con las palabras atragantadas, y se pasó la mano por los ojos irritados—. Los que no abjuren — concluyó tenaz — , arderán vivos en la hoguera.

Entonces guardamos silencio, un silencio pesado. Nuestras mentes confusas se debatían con la informa­ción. Y de pronto otro estruendo: teníamos quince días. Corba, una creyente que esa tarde entregaría a su hijo Jordan como rehén, y por tanto tal vez no volviera a ver­lo nunca, tomó al muchacho de brazos de su hija Esclarmonde, y lo abrazó contra sus rodillas. La pequeña tulli­da, Esclarmonde, ya había tomado los hábitos. También ella caminaría hacia su muerte. El obispo, ya muy an­ciano, lloraba en su silla abiertamente por nosotros, su rebaño, al que no había sido capaz de guardar como mandó nuestro Señor. «Alimentad a mi rebaño», nos ha­bía pedido Cristo, «alimentad a mis ovejas.» Miramos a nuestro alrededor horrorizados, sabiendo que los Cris­tianos Buenos, los puros, hombres y mujeres, habían to­mado los votos y no podían abjurar.

De Perella habló de nuevo:

Nobles señores, mis valientes soldados, damas, ca­balleros, hemos sufrido juntos en condiciones intolera­bles, y si hay justicia bajo el cielo, vuestros nombres so­narán para siempre por los túneles del tiempo, quedaréis grabados en la memoria como mártires, como los autén­ticos soldados puros de Cristo. Hemos luchado contra esta invasión durante cuarenta años, y hemos soportado durante diez meses un asedio tan duro como el de Ilium. Jamás ninguna ciudad se ha defendido más o mejor que Montségur, aunque fue construida como un lugar sagra­do, una ermita, jamás pensada para la guerra.

»Os damos las gracias, a todos y cada uno. Y a los que han caído en la batalla y no han podido ser enterrados como es debido, os damos las gracias. Os prometo ahora que cualquier hombre o mujer aquí presente que necesi­te alguna vez ayuda, sólo tiene que acudir a los dominios de Raymond de Perella y recordarle que luchamos jun­tos en Montségur. Haré todo lo que pueda por vosotros.

Su yerno, Pierre Roger de Mirepoix, dio entonces un paso adelante.

—Yo también —comenzó, con la voz cargada de emoción—, en este momento sagrado, doy gracias a to­dos los hombres y mujeres que han luchado por nuestra libertad. Doy gracias a los héroes que subieron aquí pa­ra ayudarnos, y también prometo que si algún día puedo ayudar a cualquier persona que haya luchado junto a mí en Montségur, sea hombre o mujer, lo haré, y que si fallo en ese deber y ese placer, que el cielo me mate al instante.

Y todo se acabó.

Echamos a andar, nos abrimos paso entre el gentío para acercarnos a nuestros amigos. Nos apiñamos en pe­queños grupos familiares, algunos hablando, otros senci­llamente abrazándose en silencio.

Los soldados eran libres de marchar. ¿Adonde irían? ¿De qué iban a vivir? Los demás éramos libres, si confe­sábamos nuestros errores y abjurábamos de la Iglesia del Amor. ¿Y los doscientos perfecti, esos ascetas puros? Al­gunos habían vivido como eremitas muchos años. Yo me aferré a mi amiga Arpáis, sin poder contener las lágrimas. Eran las mejores personas, las más gentiles, las más sa­bias y compasivas que este mundo ha conocido jamás. Era injusto que tuvieran que morir: deberíamos ser no­sotros, pecadores, soldados, asesinos de la palabra de Dios.

Esa misma tarde Baiona vino a buscarme a la sala co­mún y me llevó aparte con gesto apremiante. Tenía los ojos secos y brillantes.

—Jeanne, voy a recibir el consolamentum.

¡Baiona!

Sí —dijo, cubriéndome de besos—. Y tú también, Jeanne, mi querida amiga. Y William. Todos estaremos juntos para siempre.

¿Cómo?

—Ven con nosotros, Jeanne.

Me daba vueltas la cabeza. Me quedé mirándola sin contestar. No quería morir. Pero ella se adelantó con los ojos brillantes para tomarme de nuevo el brazo.

Siempre hemos estado juntos, siempre nos hemos querido, siempre hemos sido un trío. Formamos una tri­nidad —concluyó riéndose—. ¿Recuerdas que lo dijo William? Pues es verdad. Ven con nosotros.

¿Qué estás diciendo?

Ay, Jeanne. Tú quieres a William, y él a ti, y yo os quiero a William y a ti, y tú nos quieres a los dos, y cuan­do recibamos el consolamentum estaremos juntos al otro lado, y eso es lo importante. Di que sí, di que me quieres, di que vendrás con William y conmigo.

Déjame pensarlo —contesté sorprendida—. Tengo que pensarlo.

Ella me rodeó con los brazos.

—Ay, mi querida Jeanne. Hemos sido amigas íntimas desde que éramos pequeñas. En cierto modo las dos nos hemos casado —aquí soltó una carcajada aguda, chillo­na— con el mismo hombre y la una con la otra. Es lo mejor.

Déjame pensar —insistí aturdida.

La cabeza me daba vueltas, porque allí estaban los puros, los cataros, que creían que el mundo era indigno y vil, que se abstenían durante toda la vida de casarse, del vino, los huevos, la leche, la carne, de las murmuraciones y los pensamientos frívolos, que odiaban sus cuerpos («la tumba que llevas contigo», como lo describió una vez Guilhabert), los místicos perfecti que creían que sólo el alma, una chispa del mundo invisible, es en realidad buena, y que la han seducido los poderes diabólicos que crearon los ilusorios placeres del mundo… Y estas perso­nas puras deseaban arrojarse a las llamas que las libera­rían del caos y las harían llegar a la luz. Yo había vivido siempre entre Cristianos Buenos y a pesar de todo era una hereje entre herejes, porque retrocedía ante aquel apasionado optimismo. Yo quería vivir.

Encontré a William en las murallas.

—Baiona dice que vas a tomar los hábitos, que os quemarán a los dos.

Sí. —Entonces me rodeó los hombros con el bra­zo—. Vamos, Jeanne, no pongas esa cara.

¿Pero por qué?

Mírame. Estoy cansado, estoy lleno de heridas. Me duele la espalda. No podré volver a alzar nunca una espa­da, la pierna jamás se me curará del todo. ¿Qué soy? Un viejo faydit, derrotado y sin un penique, sin tierras, sin hi­jos. Mi esposa va a pronunciar los votos y quiere que vaya con ella. ¿Y sabes qué? Que no me imagino la vida sin ella, Jeanne, es así de sencillo. Quiero estar con ella.

Yo me quedé mirándolo horrorizada. Todo este tiem­po había acariciado el sueño de que si Baiona moría al­gún día, William vendría a mí.

Qué tontería, ¿verdad? ¿Pero qué me queda? Soy un caballero viejo y derrotado. Baiona dice que tú tam­bién vendrás. ¿Es cierto? ¿Lucharemos juntos una últi­ma vez?

No lo sé. —Yo no sabía nada. William me acercó a él para darme un beso, pero yo me aparté confusa.

—Ven con nosotros. Yo te quiero, Jeanne. Estaremos juntos para siempre.

Apenas podía respirar. Separé las manos, que tenía entrelazadas con tanta fuerza que me había clavado las uñas en las palmas.

—Muy bien, ¿por qué no? Si los dos lo vais a hacer, yo también. Pero te digo una cosa, si no paso a la otra vida, si me reencarno y vuelvo a esta tierra, juro que lucharé por mi país, yo, Jeanne, y que echaré a los extranje­ros de mi tierra. Ya lo verás. Todo el mundo conocerá mi nombre. Los echaré, ya verás. La próxima vez no me so­meteré al dominio extranjero, no me rendiré —aseguré, con lágrimas de pasión en el rostro.

Pero si recibes con nosotros el consolamentum — replicó él, abrazándome — , ninguno de nosotros vol­verá. Quedaremos transmutados en espíritu puro, según me han dicho, y entonces viajaremos más allá de las es­trellas. No volveremos.

»¿Te acuerdas? —Me besó el pelo—. ¿Te acuerdas de que una vez me preguntaste si creía en Dios? Entonces eras una niña, y yo un muchacho.

Sí, me acuerdo.

¿Recuerdas que te dije que no creía, y tú me asegu­raste que rezarías por mí? Pues bien, ahora creo, Jeanne. Baiona me ha enseñado. Ahora me preocupa mi alma, quiero a Dios. Han sido muy importantes para mí estos meses que hemos pasado aquí en Montségur los tres jun­tos. He tenido tiempo y por fin algo de cabeza y volun­tad para examinar mi alma y mis pecados, que son mu­chos, sí, pero de esta manera puedo expiarlos.

—Mientras que yo… Yo quiero esta tierra, esta vida. Mira qué hermosa es.

William asintió.

Bueno, en morir sólo se tarda unos instantes, y lue­go iremos a otro lugar que, según dicen, también es her­moso.

»Anímate —insistió, dándome un golpe cariñoso en el mentón—. Tú y yo somos guerreros. Todavía tenemos que luchar en otros sitios.

Era demasiado, todo iba demasiado deprisa, y William se comportaba como si fuéramos jóvenes de nuevo, be­sándome, queriendo a Baiona y eligiendo morir. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, estábamos derrotados. ¿Por qué no unirme a ellos?

Fui a mi habitación y me tumbé en el colchón de cara a la pared. Me eché una manta sobre la cabeza y lloré desesperanzada. No quería morir, pero tampoco quería vivir. ¿Qué había estado haciendo William conmigo to­dos estos años? Asustada, confusa, me sentí de nuevo traicionada por él, o por Baiona, o por los franceses, o tal vez no traicionada, porque ¿acaso no querían que me fuera con ellos?, pero es que yo no quería morir. Aun así, no me imaginaba la vida sin él, sin ninguno de ellos a mi lado. No sabía qué hacer. Nada tenía sentido.

Entonces llegó el pequeño Michel y me saltó encima.

¡Buu! ¿Por qué te escondes, Jeanne? —preguntó, apartando la manta de mi rostro.

No lo sé —suspiré. Lo abracé con fuerza, pero él se zafó y comenzó a hacerme cosquillas.

El asedio ha terminado. Vamos a jugar, Jeanne. Dejé, sonriendo, que aquella manita inocente tirase de mí, pero no tenía ánimos para jugar.

En los días que siguieron, descendió sobre el fuerte una especie de calma. Nos sentábamos a la puerta de las cabañas de los eremitas, mirando los valles que se exten­dían hacia el horizonte, hablando quedamente, rezando.

Otra ironía: con nuestra rendición se apresuró a llegar la primavera.

La nieve se fundió bajo un cálido viento del sur. El sol quemaba, las flores surgían de un día para otro aferrán­dose a las rocas, y los árboles verdeaban bajo la luz ama­rillenta, mientras que abajo, en el valle, los almendros florecían rosados y blancos y la forsitia brotaba de la nie­ve, feroz y amarilla bajo el sol. Se oía el agua del deshielo gotear por las rocas formando riachuelos, cantando a la primavera. Y el sol calentaba tanto que prescindimos de nuestras ropas más gruesas.

Los franceses enviaron provisiones, vino y cerveza. Comimos por primera vez en vanos meses, y ya no te­níamos frío.

Pero a mí me dolía el corazón bajo aquel sol benéfico. Los pájaros trinaban y cantaban en los árboles y revolo­teaban junto a las cabañas con ramitas en el pico para construir sus nidos. Pasarían años y más años, y los pája­ros seguirían sin preocuparse por lo que Cristo dijo o por la Iglesia a la que deberían acudir. Pero nosotros ardería­mos, dejando almas tan puras como el mismo Cristo, pu­ros espíritus, libres por fin del maligno mundo material.

No todos compartían mi desesperación. Corba, la mujer de De Perella, creyente desde hacía mucho tiem­po, decidió tomar el hábito la última noche, para poder permanecer con su esposo y su familia el mayor tiempo posible. Algunos días antes de la ceremonia, dio sus ani­llos a su hija Philippa y luego se quitó los relucientes pendientes, regalo de su esposo, y los puso también en manos de Philippa. Después le cerró los dedos en torno a las joyas.

—Vine a este mundo sin nada. —Alzó el mentón de su hija, mirándola sonriente a los ojos—. Y sin nada iré al encuentro de mi Señor Jesucristo. Sólo tengo este vestido para cubrir mi desnudez, ni tan sólo ropa interior.

—¡Madre! —sollozó Philippa.

Pero dejo aquí mi joya más preciosa: tú, cariño. Y mi nieto, tu hijo.

—¡Madre!

Calla. Te estaré viendo desde el otro lado.

¡Madre! ¡Madre! —Philippa se arrojó llorando en brazos de Corba—. Te pierdo a ti y también a mi hermanita. ¡Ay, Esclarmonde! Te quiero tanto…

—No sufras —dijo la pequeña tullida con una ra­diante sonrisa.

Esclarmonde había pronunciado los votos unos años antes.

—Nos vamos a un lugar mucho, mucho mejor. No sufras por nosotros. En todo caso envidia nuestra buena fortuna, porque pronto, muy pronto, estaremos ante nuestro Señor. Veremos su hermoso rostro y el de nues­tra Señora, y formaremos parte de lo divino, seremos ab­sorbidos en lo divino. Será maravilloso, Philippa. Será como el futuro que contaba Robert, sin discordia y sin odios. Ya lo verás.

Yo vacilaba, luchando conmigo misma. ¿Qué hacer? ¿Pronunciar los votos y caminar con mis amigos hacia la vida eterna, o abjurar, ser una civil que adora esta tierra insignificante?

Pero no moriste —susurra Jéróme en la obscuridad de nuestra cálida cama—. No recibiste el consolamentum.

—No.

¿Por qué no?

—Me pidieron que no lo hiciera.

Mi pausa se prolonga tanto que Jéróme me da un golpecito.

¿Estás despierta? ¿Quién te lo pidió?

El obispo Bertrand Marty, el obispo de Tolosa.

¿Por qué?

Él sabía que tenía miedo.

—No, no fue por eso —dijo Jéróme, con una súbita intuición—. Quería alguna cosa.

Todo el mundo tenía las emociones a flor de piel. La gente estallaba en llanto o perdía los estribos, como pe­rros que de pronto se atacan sin razón alguna y de pronto lo dejan también sin razón y se alejan con las patas tie­sas, manteniendo la dignidad. Un día estaba sentada con Baiona en las rocas. Por encima de nosotras volaba un halcón, y me acordé de aquel otro halcón que había pre­sagiado mi primer verano allí. ¿Cómo volar con el ave y surcar el cielo hacia la libertad?

Las palabras de Baiona me dejaron sin respiración.

Estoy deseando que llegue el día dieciséis, ¿tú no? Pronto se acabará todo.

—No digas eso.

—Tengo miedo. —Se apoyó contra mí—. No te lo voy a negar. Tengo miedo del dolor. Cuando pienso en ello, ¿sabes lo que más me asusta? Es una tontería, pero lo que me da más miedo es que tendré que andar descalza y me voy a pinchar los pies. Debería tener miedo del fue­go, pero tú ya sabes lo sensibles que tengo los pies, no puedo soportar ni que me los toquen, y ahora tendré que ir descalza por la pradera y subir a la pira, y me voy a ha­cer daño.

Pues ponte zapatos —le contesté con brusquedad.

—Están haciendo una pira enorme. ¿La has visto? Rodeada por una empalizada, para que no podamos es­capar. Nos van a quemar a todos juntos, para ahorrar tiempo. Nos llevarán a la empalizada y tendremos que subir a la pila de leña y paja. Seguro que usan brea para encender el fuego, porque somos muchos. Y después prenderán la hoguera.

—Calla —le dije.

—Corba va a recibir el consolamentum en el últi­mo instante, para poder pasar todo el tiempo posible con su marido. —Su voz tenía un tono histérico—. Yo también. Después, por la mañana iremos a que nos quemen. No creo que el fuego haga daño mucho tiem­po, ¿verdad, Jeanne? Las llamas estarán muy calientes. Habrá unos momentos de dolor, por supuesto, cuando nos alcancen y se nos incendie la ropa y el pelo, pero el humo nos asfixiará, y entonces estaremos en manos de Dios…

Que te calles.

—Ya verás, será glorioso.

¡Glorioso!

—Entraremos en su reino de luz…

¡Ay, Baiona! ¡Lo que importa son las enseñanzas, no lo que pasa luego! Lo importante es querernos unos a otros aquí. El reino de Dios está en nuestro interior, ¿no te acuerdas? Se trata de seguir las enseñanzas de Cristo y aprender a perdonar, y seguir adelante con coraje in­cluso en los momentos obscuros. Se trata de amar aquí en la Tierra, no en el paraíso. Mira ese halcón, mira qué her­moso es.

Bueno, yo recibiré el consolamentum el último día, como Corba, y luego viviré unos momentos en celibato y castidad. Si vienes conmigo podrías ser mi socia. Por favor, Jeanne. Así estaremos juntos para siempre, William, tú y yo. ¿No quieres estar con Dios?

—Sí.

Pero yo tenía el corazón separado del cuerpo. Creo que me volví loca, porque me eché a reír como una histé­rica mientras Baiona me cubría de besos que yo le devolvía, como cuando éramos niñas, toqueteándonos, rién­donos, llorando…

—Ya verás, todo saldrá bien. Unos momentos de do­lor y luego seremos libres…

Arpáis se me acercó con un manto de lana blanco, bordado por ella.

Es para ti, Jeanne. Quiero que lo tengas tú.

Pero yo también voy a tomar el hábito —contes­té—. Tienes que dárselo a otra persona.

—Ah, no lo sabía. Lo siento… —De pronto se inte­rrumpió—. No, me alegro por ti, Jeanne, y por mí. Ha­remos juntas el viaje.

Y así accedí de mala gana a pronunciar los votos sa­grados que me convertirían en una Mujer Buena. Iba a ser muy mala asceta, pensé, pero tampoco sería por mucho tiempo, sólo una noche y parte del día siguiente. Su­puse que por un día me las apañaría, antes de que nos quemaran.

Todos los Amigos de Dios estaban haciendo regalos. La perfecta Raymonde de Cuq dio una carreta de trigo a uno de los sargentos y su esposa; la vieja Marquésia de Lantar, madre de Corba, entregó todas sus pertenencias a su nieta Philippa. Otros daban a los soldados un bolso, un sombrero, unos zapatos, un mechón de pelo, una cu­chara, una piedra, cualquier cosa que poseyeran, como recuerdo de su amor. El obispo Bertrand Marty regaló a Pierre-Roger aceite, sal, pimienta, cera y un retal de paño verde, y otro grupo de perfecti le dieron maíz y cincuen­ta jubones para sus hombres.

Yo también regalé mis cosas, aunque no podían con­siderarse ni valiosas ni reliquias sagradas.

Y así los días pasaron con rapidez. Recibí la convenensa con otras cinco personas. Esto era la iniciación para convertirnos en credens o creyentes, en la que se re­cibe el derecho a repetir el Padrenuestro. Es una ceremo­nia sencilla, dirigida por dos Hombres Buenos.

Nos inclinamos tres veces ante ellos, siempre pidien­do su bendición y siempre oyendo la misma respuesta: «Rezaré por ti.»

Luego el obispo Marty pronunció una breve homilía sobre el reino espiritual, esa perla preciosa que vale más que cualquier otra pertenencia. Se volvió por turno hacia cada uno de nosotros y recitó el Padrenuestro, que noso­tros fuimos repitiendo tras él. Por fin me tocó a mí.

—Te confiamos esta oración sagrada, Jeanne —dijo—. Recíbela de Dios y de nosotros, la Iglesia. Que tengas fuerzas para rezarla todos los días de tu vida, noche y día sin cesar, a solas o en compañía. Que nunca comas o be­bas sin pronunciarla primero. Que nunca entres o salgas de una habitación sin pronunciarla primero. Y si fallas en esto, tendrás que hacer penitencia.

—Acepto el regalo de Dios y de vosotros. —Enton­ces realicé tres genuflexiones—. ¿Puedo recibir la bendi­ción?

A continuación todos los perfecti rezaron el Padre­nuestro dos veces. Hicieron una reverencia y yo me uní a los otros en la adoratio ante el obispo Marty y su socius. Esclarmonde de Foix habría estado contenta, pensé, de que su huérfana indómita estuviera por fin pronuncian­do los votos.

Y así preparamos nuestras almas para el 14 de marzo, cuando los franceses tomarían posesión de Montségur, y para la pira en la que arderíamos.

Estaba contemplando el atardecer, que teñía de rosa y naranja el cielo, cuando se me acercó Bonnet.

El obispo quiere verte. —Me llevó hasta la cabaña de Marty y se marchó.

Cuando atravesé el bajo dintel de madera vi a Marty sentado contra la pared, envuelto en un gran manto de lana. Me postré ante él para que me bendijera y luego me invitó a sentarme en un cojín en el suelo.

Ésta es nuestra última noche libre en Montségur. Mañana los franceses tomarán el mando. —Se inclinó hacia delante y me miró a los ojos—. Tengo que pedirte un favor.

Lo que quieras.

Sé que esta noche has pedido tomar el hábito y mo­rir como una Cristiana Buena, pero yo te necesito viva. Hemos dispuesto esconder a tres perfecti, que dejarán la fortaleza esta misma noche.

Pero los términos de nuestra rendición…

Sí —me interrumpió con vehemencia—, pero si respetamos esos términos morirán todos los Hombres Buenos. ¿Quién quedará entonces para impartir el consolamentum, Jeanne? ¿Quién quedará para guiar a las al­mas? Raymond de Perella hizo esa promesa por noso­tros, pero a veces no es pecado escapar o mentir para salvar otra vida.

El obispo debió de leer mi expresión.

—No, no hablo de las vidas de esos tres hombres, sino de otras almas que necesitan la luz de Cristo.

—Ah.

Esos tres hombres son Poitevin, Amiel Aicart y su socius Hugon. Mañana por la noche, después de que los franceses hayan separado a los que deben morir de los que conservarán la vida, Pierre Roger y los suyos los bajarán con cuerdas por la pared occidental, y quiero que vayas con ellos. Guíalos hasta tu cueva y llevad nuestro tesoro a Lombardía, donde el Camino todavía vive. Más adelante, cuando los tiempos sean más fáciles, podrán volver a Occitania para seguir la obra de Cristo.

El obispo alzó una mano.

—Espera, no contestes todavía. Esto es importante. Piénsalo bien antes de decidir. Te estoy pidiendo que re­nuncies a tus votos, o más bien que los pospongas. ¿Es­tás dispuesta a hacerlo? ¿Llevarás a los hombres a tu cue­va para luego ir con ellos a Lombardía?

Para mantener a salvo el tesoro.

Ay, Jeanne. —Marty movió la cabeza y sonrió con un suave gesto de desaprobación—. El tesoro son ellos, ¿no lo entiendes? Ellos son nuestro único tesoro, porque sólo ellos pueden dar el consolamentum, el bautismo es­piritual que permite al hombre encontrar el paso hacia la Luz.

Yo todavía vacilaba.

—No sé… ……

Sí, lo sabes. Esto ha sido previsto desde el principio de los tiempos.

¿Qué quieres decir?

Hace años que sabemos que tu misión era realizar un servicio especial. Piénsalo: te encuentran en una pra­dera, totalmente sola. Caes del cielo en plena guerra. Pa­sas un verano en Montségur aprendiendo a localizar ca­da grieta y cada rincón de este paraje, cada arbusto, cada zarza. Me avergüenza decir que yo solía discutir con Guilhabert, porque no me parecía bien que te dejara tris­car por ahí con el inglés.

¿Tú lo sabías?

—Un día me dijo que más tarde tú necesitarías esa in­formación y nosotros te necesitaríamos a ti. Que era tu entrenamiento.

Para quedarme embarazada —repliqué yo con des­caro.

Pero me equivocaba, porque tú espiaste para noso­tros, Jeanne, trajiste carretas de comida, nos proporcio­naste armas, nos informaste del movimiento de las tro­pas. Tú ayudaste a esconder nuestro tesoro. Y ahora te estoy pidiendo que guíes a los tres hombres a tu cueva y les ayudes a sacudirse el polvo de Tolosa de las sandalias. Luego, eres libre de hacer lo que desees.

Yo seguí callada.

Di que sí. Necesito un guía que conozca la cueva. Es más, siendo una mujer serás una protección adicional. Los hombres irán vestidos con ropa común y, en compa­ñía de una mujer, nadie sospechará que son Amigos de Dios. Además, ellos no pueden mentir, pero tú sí.

El obispo alzó la cabeza. Su fino pelo formaba como un halo en torno a su cabeza. Al día siguiente él también ardería.

Por último, otra razón por la que te pido esto es que… tú no quieres morir.

Sí, pero he prometido recibir el consolamentum y morir con mis amigos.

Cuando estés a salvo en Lombardía, habrá muchos Cristianos Buenos que te lo puedan administrar. Sólo te estoy pidiendo un aplazamiento.

¡Qué ironía! Tan solo unas horas antes quería vivir, y ahora que me pedían que renunciara a la muerte, me mordía las uñas nerviosa.

Déjame pensarlo —contesté—. No sé qué hacer.

Sí que lo sabes —replicó él con dulzura—. Hace muchos años que te conozco, Jeanne. Eres una mujer apasionada e impulsiva, y la edad no ha apagado esa mente tan rápida que tienes, que creo que ha sido puesta ahí por Dios. Crees que vas a fallar a tus amigos, cuando en realidad estarás ayudándonos a todos. Pero quiero darte algún consuelo que puedas llevarte. Aquí tienes un pasaje de las escrituras. Guárdalo junto a tu corazón y repite conmigo: «el Señor es mi pastor, nada me falta».

Para mi sorpresa, el obispo recitó entero el salmo veintitrés. «En lugares de delicados pastos me hará des­cansar. Confortará mi alma. Aunque ande en valle de sombras de muerte no temeré mal alguno…»

Cuando terminó me miró a los ojos. Los suyos, hú­medos ya por la edad, habían asumido un desvaído tono gris.

Estas palabras son para ti, Jeanne. Recuerda que estés donde estés, allí también se encuentra Dios. Re­cuerda también las palabras de nuestro Señor Jesucristo cuando hablaba de los lirios del campo, a los que Dios viste.

Quería decir que viste de belleza —respondí.

—No, lo dice en sentido literal. Escúchame. No tie­nes que hacer nada, Jeanne, nada más que ofrecer cada momento a Dios. El se encargará de que tengas ropa y alimentos, El se encargará de cuidar de ti. No hablo por hablar. Cuando entregas tu vida por completo a Dios, todo el poder de la Providencia cuida de ti. Ya no te perteneces a ti misma, sino sólo a Dios; la fuerza del amor cuidará de ti. Tú ya eres una creyente, ya eres una sierva.

Eres su burro, su perro. Recuerda que sólo tienes que escuchar su voz, que Él te hará llegar. Entonces quéda­te a solas y escucha, no hables de lo que te dice. Pero prométeme que siempre, siempre obedecerás. Obede­ce incluso cuando te parezca que no tiene sentido, ¿en­tiendes?

Yo asentí con la cabeza.

¿Y cómo distinguiré la voluntad de Dios de mis propios deseos? —pregunté.

Hay cuatro maneras. En primer lugar, la voluntad de Dios es inexorable, no puede cambiar, no podemos hacer nada para evitarla. En segundo lugar, es constante, firme, fuerte.

De modo que si yo deseo algo durante mucho tiem­po, ¿significa eso que es la voluntad de Dios? —Sonreí con amargura, pensando en mi deseo por William.

Cierra los ojos —me ordenó él.

Cuando obedecí se produjo un largo silencio. De pronto mi hijita Guilhamette, con dos años, paseaba por un camino junto a mí. Echó a correr primero hacia una flor, luego hacia una zanja, brincaba delante de mí, detrás de mí, bailando y dando vueltas, distraída enseguida por cualquier cosa, mientras yo, su madre, caminaba tranqui­lamente por el medio del camino, vigilándola para que no se hiciera daño. Y entendí que así es la veleidosa voluntad humana: como la de una niña, en comparación con la fir­meza de Dios.

Sí, lo entiendo —dije por fin.

En tercer lugar, conocerás la voluntad de Dios por el efecto que obra en tu cuerpo. Sentirás un hormigueo o una sensación física, una potente carga que va más allá de tus deseos normales.

»Y por último, por difícil que sea de seguir, conocerás la voluntad de Dios por la alegría. La voluntad de Dios te dará una alegría inmensa.

El obispo se inclinó hacia mí sonriendo, como solía sonreírme Guilhabert, resplandeciente con su riqueza interior.

La alegría que Dios da es más que la mera felicidad, que es algo que viene y va.

Sí —contesté aturdida. Luego, consciente de mis propios resentimientos y mi impureza, añadí—: Pero yo no soy digna, estoy llena de odio y rabia, y tengo miedo. Nunca seré una Cristiana Buena pura.

Ah, tú serás la mejor, porque eres consciente de ello. ¿Qué crees, que los demás no sentimos rabia y mie­do? Todos lo sentimos. La nuestra es una práctica que dura toda la vida.

¿Los Amigos de Dios también?

—Pues claro. —Marty se echó a reír—. Eso es lo que hacemos constantemente, vigilar nuestra debilidad. El truco consiste no en librarse de esas emociones, sino en observarlas en nosotros mismos sin juzgarlas, se trata de ser conscientes de ellas para que no tomen posesión de nosotros y nos obliguen a realizar malas acciones o a pronunciar palabras falsas. ¿Te acuerdas del evangelio de Juan, donde Cristo dice que hay que estar en guardia, tan alerta como el hombre que sabe que esa noche va a venir a robarle un ladrón? Así es como hay que vigilar los ma­los impulsos en uno mismo.

¿Y tú? ¿Tú también tienes resentimientos, también sientes celos y dudas? ¿Tienes miedo alguna vez?

Por supuesto —contestó con una sonrisa triste—. Yo vigilo constantemente las emociones obscuras. Si las observas con atención, y si las permites y las quieres, al final se irán a jugar a otra parte. Pero mientras sigas viva, Jeanne, sentirás miedo, rabia, dolor, pena, celos, de todo. Sin embargo, estas emociones no tienen por qué gober­narte. Las sentirás, pero no actuarás según ellas.

»Una última cosa —añadió—. Allí donde encuentres amor, siempre encontrarás a los ángeles de Dios. Una madre, dos amantes, un granjero en sus campos, el alimento que comes, el agua…, todo eso no son sino expre­siones de Dios. Cada vez que ofrezcas el cáliz de la com­pasión a otra persona, Jeanne, cada vez que ayudes a otro o le des algo de beber, estarás sosteniendo el Santo Grial. ¿Lo entiendes? El Grial es tu compasión.

»Ahora déjame bendecirte de nuevo. Estás a cargo de nuestro tesoro, Jeanne, y con ayuda de Dios lo manten­drás a salvo.

—De acuerdo —dije—. Voy a decírselo a William y Baiona.

¡No! Esto no lo puede saber nadie. Ahora ve a es­conderte con los otros. Así nadie tendrá que mentir si le hacen preguntas.

¿Ni siquiera puedo despedirme? Les dije que for­maría el consolamentum con ellos esta noche. Pensarán que soy una cobarde. Pensarán que he huido. —Las lá­grimas asomaban a mis ojos—. Los van a quemar dentro de dos días.

Calla ahora. Ven conmigo.

Nos escondimos aquella misma noche. Permanecí tendida llorando, temblando en la obscuridad mientras mis amigos tomaban el hábito sin mí. Intenté enviarles mensajes mentales diciéndoles que no había huido ni los había abandonado, que estaba con ellos mientras toma­ban los votos. Finalmente caí en un sueño inquieto.

Durante todo el día siguiente permanecimos tendi­dos en aquel oscuro agujero mientras el sonido de las botas de los cruzados franceses corría en todas direcciones sobre nuestras cabezas. Imaginé lo que estaba ocurrien­do en la fortaleza. Cómo los franceses habían instalado una mesa en el patio, de acuerdo con los términos de la rendición, y como todos los del fuerte se iban acercando uno a uno, para dar a los escribanos sus nombres y su si­tuación, como perfecti que iban a ser quemados, o como soldados y civiles que iban a ser liberados.

Pero nosotros cuatro permanecimos escondidos, ape­nas respirando, esperando que anocheciera para ser des­cendidos de la montaña en secreto.

¡Entonces estás a salvo! —exclama Jéróme, incor­porándose de un brinco en la cama.

¿A salvo?

—Tu nombre no está en las listas. Nadie puede decir que estuviste en Montségur. Estás a salvo —dice abra­zándome.

Pero estuve allí.

No si nadie lo sabe, no si tú no lo dices. Todos mu­rieron y tu nombre no aparece en ninguna lista.

Jéróme me abraza eufórico, me besa y me acaricia con cariño.

Ay, mi Jeanne. Anda, sigue. ¿Qué pasó entonces?

¿No tienes sueño?

Sí, pero quiero oírlo.


24

Nos bajaron por el barranco con cuerdas. Estábamos colgados en la obscuridad, colgando sobre el precipicio, y yo rezaba mientras me golpeaba los hombros contra las rocas.

Dios, ayúdame.

Estuve un tiempo oscilando en la negrura de la noche en el extremo de una cuerda, debatiéndome por agarrar­me a la pared mientras las piedras me magullaban los brazos y las caderas. Hasta que por fin llegué al suelo, una empinada ladera de tierra y hojas mojadas que apes­taba a moho y a podrido. Al cabo de un momento llegué a trompicones a una zona más plana.

Nos reunimos todos al pie del barranco, murmuran­do entre nosotros. Allí estaba Amiel Aicart, el más joven y grácil de los perfecti, con su pálida barba rubia y sus ojos castaños; su alegre socius, Hugon, y Poitevin, un hombre mayor que los otros, de barba obscura, que venía sin compañía.

¿Estáis bien? —nos susurramos unos a otros. Yo me arrebujé en mi manto de lana. Hugon sacudió las cuerdas, como señal para el obispo Marty, y nos volvimos, dando gracias, para empezar a bajar a trompicones por la negra ladera sobre las hojas empapadas de nieve. Amiel me puso la mano en el hombro.

¿Estás bien, Jeanne?

—Sí.

Acercó a mí la cara y me escudriñó en la obscuridad del bosque.

No llores —susurró—. Ahora estamos realizando la obra de Dios. Alégrate, Jeanne, porque has sido elegida.

Reza por mí —dije, sonriendo con valentía—, para que tenga una buena muerte.

Pero lo que quería decir era una buena vida, porque la muerte yacía en torno a nosotros y yo la sentía acechar en los cuatro elementos, tierra, aire, agua y fuego: aguar­dando a mis pies para hacerme tropezar; susurrando su presencia en el viento, tirando de mí; gorjeando para que cayéramos al cruzar el río, y esperando también como fuego, si nos capturaban esa noche. La muerte era un pe­rro negro que jadeaba a mi lado, y yo todavía le tenía miedo.

Bajamos entre los matorrales hasta el calor del valle, a través de las altas hierbas. Nadie hablaba. Comenzó a caer una llovizna y yo me pregunté si los franceses, en caso de que lloviera con fuerza, pospondrían la quema, o tal vez, si llovía durante días y días, a lo mejor reconside­raban todo el asunto y llegaban a creer que la mano de Dios les daba una señal. De modo que recé pidiendo un auténtico aguacero, pero la llovizna amainó al cabo de poco. Caminábamos con la cabeza gacha en sombrío si­lencio. Una vez oí que Hugon murmuraba muy serio algo a Amiel, pero no entendí sus palabras.

El viento arreció y la luna, que se había alzado como un globo dorado en el cuenco de la noche, se abrió paso entre nubes y estrellas como si también ella se hubiera contagiado de nuestra prisa y apresurara las horas como nos apresurábamos nosotros monte abajo. Atravesamos las praderas en fila india hasta llegar al refugio del bos­que, los hombres avanzando a zancadas en sus pantalo­nes y chaquetas de cuero y yo a la cabeza a pesar de que me entorpecían las faldas llenas de barro que se me enre­daban en los tobillos a cada paso.

Cualquier desconocido habría pensado que éramos simples viajeros perdidos, aunque ningún viajero honra­do sería tan estúpido como para caminar de noche. Los Hombres Buenos estaban muy delgados, pero con sus toscas ropas de cuero no tenían peor aspecto que cual­quier artesano, y nadie podría advertir el cordel sagrado atado a su cintura, oculto bajo la camisa. Llevaban fuertes zapatos de cuero, tenían las manos endurecidas, curtidas por los elementos, y las mejillas arreboladas por el viento. Yo podría haber sido la esposa de uno de ellos.

Al amanecer ya habíamos rodeado la montaña y nos dirigíamos hacia el sur. Teníamos que desviarnos de nuestra ruta para evitar las tropas enemigas.

—Nos detendremos aquí —dije con voz queda, por­que ahora ya nos habíamos acostumbrado a hablar con susurros y murmullos.

Ocultos en una arboleda al borde de las tierras de pasto, comimos un trozo de pan moreno y bebimos de un arroyo cercano. El cielo se teñía con la primera luz perlada y ya se distinguían las siluetas de los árboles y, a lo lejos, el resplandor blanco de las cumbres nevadas. Al cabo de unos momentos —¡qué deprisa salió el sol!— ya podíamos ver las ovejas que moteaban las praderas, par­das con aquella primera luz grisácea, pero más claras a cada instante. Intentamos ver si había algún pastor con ellas, pero no distinguimos ninguna figura humana ni movimiento alguno.

Allí en el valle no hacía tanto frío y era difícil creer que sólo unas horas antes caminábamos sobre la húmeda nieve de primavera en la resbaladiza montaña. Ahora el suelo se hundía bajo nuestros pies, blando y esponjoso, cargado de los olores de la primavera.

Ya estábamos lejos de Montségur y pronto llegaría­mos a las cuevas cerca de Bouan, en el paso de Souloumbrié.

De pronto sentí una gran ansiedad, una inquietud desesperada. He visto a veces a un caballo o un perro comportarse así, incapaz de seguir adelante. El perro co­rre de un lado a otro gimiendo, como incapaz de atrave­sar un río invisible a sus pies, y el caballo retrocede y pa­talea y se alza de cascos con las orejas bajas, negándose a obedecer al látigo o la espuela del jinete, brinca hacia atrás, muerde el estribo y rehúsa atravesar una puerta o un paso.

Los tres hombres se enjugaron la boca con las manos, dispuestos a seguir adelante, pero yo me volví, con la ca­beza señalando hacia el norte como la osa mayor señala hacia la estrella polar, dando vueltas en torno a un punto fijo. Cada fibra de mi cuerpo quería regresar a Mont­ségur.

—Tengo que volver —dije.

—¿Qué?

—¿Por qué?

—¿Qué pasa, Jeanne?

—No lo sé. ¡Por favor! —grité angustiada—. Dejad­me ir. Le dije a Bertrand Marty que os guiaría hasta la cueva y os ayudaría a llevar el tesoro a Lombardía, y lo haré, os lo prometo.

Entonces me arrojé a los pies de Hugon y me incliné también ante Amiel Aicart.

—Está sucediendo algo espantoso. Tengo que volver.

—¿A Montségur? —preguntó Amiel, perplejo.

—Escuchad, os indicaré dónde está la cueva. Podéis esperarme allí. Yo iré a Montségur y estaré de vuelta al anochecer. Mañana por la mañana, con la primera luz, saldremos hacia Lombardía.

—Tú allí no puedes hacer nada, niña —señaló Poitevin, el perfectas más maduro—. Es peligroso, podrían capturarte.

Amiel me tocó preocupado el codo.

—Jeanne —murmuró—, están quemando a nuestros amigos. No es algo agradable de ver.

Pero yo me eché a llorar y suplicar delante de ellos.

—Vamos a reflexionar un momento —pidió Poitevin—. A ver qué puedo adivinar.

Se sentó en una roca con los ojos cerrados y al cabo de un momento comenzó a balancearse suavemente, como el tallo de una flor. Todos aguardamos, de pie o sentados, rezando o meditando, hasta que Poitevin vol­vió de su trance.

Al cabo de un momento Hugon y Amiel se marcha­ron arroyo arriba, sumidos en una conversación. Yo fui corriente abajo para aliviarme y luego subí a la pequeña elevación desde donde se veían mejor las inmediaciones. A lo lejos se distinguía la brumosa masa de Montségur, de un gris azulado contra las nubes. Cuando me uní de nuevo al pequeño grupo, los tres hombres estaban en cu­clillas, hablando entre ellos. Poitevin se levantó al verme.

—Si te marchas no volverás —me dijo.

—¡Sí volveré! —exclamé—. ¡Lo prometo ¡Volveré an­tes de que salga la luna. ¿Qué importa un día más? Llevaremos el tesoro a Lombardía, y yo cargaré con doble peso para compensaros por el retraso. Mira, tú puedes entrar en trance y ver lo que está pasando a kilómetros de distan­cia, pero yo no. Yo quiero despedirme.

Entonces se produjo un silencio.

—El obispo Marty me dijo que debo escuchar mi voz interior, que es la voz de Dios.

—Tenemos miedo de no volverte a ver —explicó Amiel—. Tenemos miedo de que te pase algo.

—¿Quieres recibir el consolamentum antes de mar­char? —preguntó Poitevin. Pero hablaba mirando el cie­lo azul y su sombrero oscilaba con sus movimientos.

Yo moví la cabeza.

—Todavía no. El obispo me dijo que esperase hasta llegar a Lombardía. Tal vez tenga que mentir o pronun­ciar algún juramento para ayudaros.

Estaba pensando en ellos, y no en el miedo que me daba el fuego.

—Muy bien —dijo Hugon—. Dinos dónde está la cueva. Te esperaremos allí hasta mañana por la mañana, pero si no vuelves para entonces, nos iremos sin ti. Sólo te esperaremos hasta la salida del sol.

—Estaré allí esta misma noche —contesté aliviada—. Puedo ir y volver en un día. ¡Esperadme!

Dibujé con un palo en la tierra el mapa de la cueva.

—La entrada se encuentra a través de una grieta en la roca. Subid por este sendero en dirección al este. Los ris­cos se alzarán a vuestra izquierda. Luego, cuando el cami­no se abra a la pradera y os dé la impresión de que os ha­béis pasado de largo, veréis un viejo pino, con el tronco retorcido casi en círculo. Mirad con atención a la izquier­da y veréis dos rocas gigantescas que parecen dos solda­dos haciendo guardia. Son los centinelas. Si os acercáis por un lado veréis una grieta, es muy pequeña y está muy abajo, oculta al pie de las dos piedras. Ésa es la entrada.

Luego les indiqué dónde estaba escondido el tesoro, dentro de la cueva.

—Esperadme dentro de la cueva —insistí—. Allí es­teréis a salvo. Por la mañana emprenderemos el viaje.

—¿Y tú? ¿Tú no necesitas dormir? —preguntó Poi­tevin con una sonrisa preocupada.

—Tengo que ir —respondí, agachando la cabeza.

—Ten cuidado, Jeanne, no corras ningún riesgo.

Me dieron mi parte de pan, que yo guardé en el bolsi­llo para más tarde. Luego me incliné tres veces ante cada uno de ellos, les besé la mano y eché a andar por donde habíamos venido, hacia Montségur. Sólo pensaba en que tenía que darme prisa.

No había avanzado ni cien metros cuando oí que me llamaban. Hugon corría detrás de mí.

¡Jeanne! —Llegó jadeando, mostrando sus dientes blancos en una gran sonrisa.

—¿Qué pasa?

—Jeanne, Poitevin tiene miedo por ti. Si no volvemos a vernos…

—¡Te prometo que sí!

—Quiere darte esto.

Me tendió un paquete envuelto en una lona encerada de color verde.

—Es para ti.

—¿Qué es? —Míralo.

Abrí con cuidado la lona y encontré dentro un… Alcé la vista sorprendida.

—Un libro. Estaba encuadernado en piel de becerro, dura como la madera, con cierres de plata. Las páginas eran gruesas y muy hermosas, tenía la letra negra e ilustraciones dora­das, rojas y azules.

—El obispo Marty se lo dio a Poitevin anoche —ex­plicó Hugon, mirándome radiante—. Y él me ha pedido que te lo dé a ti. Dice que te protegerá.

—¿Para mí?

Giré el libro sagrado en mis manos, incrédula, mara­villada.

—Son los cuatro evangelios, Jeanne, y algunos salmos. Pertenecía a Guilhabert de Castres. Guárdalo. Está escrito en provenzal, nuestra lengua, para que pueda leerlo hasta el hombre más sencillo, y por tanto está prohibido por la Iglesia católica y es peligroso. No dejes que lo vea nadie.

—Tal vez sería mejor que me lo guardaras tú —dije vacilante— , hasta que vuelva esta noche.

—No, más vale que te lo lleves ahora. Arrodíllate para recibir mi regalo.

Me arrodillé ante él, aferrada al sagrado libro, y Hugon me puso las manos en la cabeza. Sentí que me atravesaba una luz, igual que me pasaba de niña con Esclarmonde y más tarde con Guilhabert de Castres, la luz catara. Debí de emitir algún sonido, porque Hugon se echó a reír.

—¿Verdad que es agradable? —Ahora sonreía con gesto serio—. Jeanne, tengo otro regalo para ti.

—¿Otro?

—Éste es de Amiel. Me ha pedido que te diga que re­cibirás el consolamentum, que no morirás sin él. Es una promesa.

Yo me eché a reír, porque la promesa me parecía in­necesaria.

—Cuando vuelva —dije—, cuando lleguemos a Lombardía.

Hugon se marchó con aire decidido para reunirse con los otros, que echaron a andar sin una mirada atrás.

Entonces estuve a punto de salir tras ellos, pero al fi­nal di media vuelta, me levanté las faldas y eché a correr tan rápido como pude hacia Montségur. Estaba exaltada y no sabía cuál era el regalo más precioso, la palabra sa­grada que poseía o la bendición de la luz que acababa de recibir. Pero no tenía tiempo para reflexionar.

Para cuando llegué a las frías y nevadas colinas estaba muy cansada. Al acercarme vi que la niebla se abrazaba al pie de Montségur, envolviendo los árboles.

Avancé por el bosque hacia el este y, siempre entre los árboles, atravesé el río y caminé con los zapatos empapa­dos hasta ver la pradera a los pies de Montségur. Tenía los zapatos llenos de nieve, los pies y las manos congeladas y me castañeteaban los dientes, porque ahora estaba a bas­tante altura sobre el cálido valle y el bosque retenía el frío.

Me escondí en un matorral para comer un poco de pan. Para entonces la niebla se había disipado en la cum­bre, de modo que el castillo relucía al sol.

Debajo de mí, al pie de la montaña, los soldados fran­ceses se afanaban en la niebla blanca en torno a la pira. Habían traído carretas de paja y leña que habían cubierto con troncos, supuse que éstos estaban a su vez empapa­dos en brea, y todo rodeado por una empalizada de esta­cas aguzadas. Sólo había una puerta para entrar en este recinto de muerte. Arriba, en la fortaleza, los Amigos de Dios aguardaban. Pero de momento no pasaba nada. No había dormido desde la noche anterior, y estaba exhaus­ta. Se me cerraron los ojos.

Me desperté sobresaltada al oír las voces. Los perfecti bajaban por el empinado camino de la fortaleza, algunos con las manos atadas a la espalda. Estaba demasiado lejos para poder verles la cara, de modo que bajé por la pen­diente, agarrándome a los árboles, para verlos mejor, aun­que no sé por qué quería ver a mis amigos en aquel estado. Tenía el estómago encogido y las rodillas sin fuerzas. La niebla se había disipado bajo el sol del mediodía. Los ár­boles oscilaban perezosamente sobre mi cabeza.

¡Oh Dios, Señor Jesucristo, sálvalos! —recé con fervor, estrechando el libro contra mi corazón y besán­dolo con devoción. ¿Acaso no había prometido el Señor que nuestras oraciones serían escuchadas siempre, si te­níamos fe?—. ¡Deja que vivan! —rezaba—. ¡Gracias, Se­ñor, porque están vivos!

Hombres y mujeres bajaban por el sendero de la mon­taña en una larga hilera, como hormigas saliendo de un hormiguero, doscientos o más, la mayoría con sus largas túnicas negras, pero algunos de ellos ataviados con ropa corriente. Se reunieron en la hierba mojada ante la empa­lizada, moviéndose entre ellos, despidiéndose, y yo creí reconocer a algunas de las mujeres: Marquésia de Lantar, suegra de Raymond de Perella; Braïda de Montserver, sue­gra de Arnaud-Roger de Mirepoix; Ermengarde d’Ussat, Guiraude de Caraman, Raymonde de Cuq, India de Fanjeaux, Saissa du Congost.

Y los hombres: Arnaud des Casses y su hermano Ray­mond Isarn, Guilhem d’Issus, Jean de Lagarde, Raymond Agulher, que era obispo de Razés, Jean de Combel y Ber­nard Guilhem.

Vi a Corba con la pequeña Esclarmonde, la madre ayudando a la hija con su muleta, y luego las perdí de vis­ta. Distinguí a Raymond de Belis, un arquero que había llegado al principio del asedio. Estaba también Arnaud de Bensa, uno de los sesenta hombres que habían matado a los inquisidores en Aviñonet, y el sargento Pons Narbona, que había recibido el consolamentum en el último instante junto con su esposa, Arsende.

Entonces se me escapó un grito al ver a William, de la mano de Baiona. Quise llamarlos y decirles que los que­ría, pero al cabo de un momento los perdí entre la multi­tud. ¡Eran tantos!

Un pájaro gorjeó allí cerca y tal vez esto me aguzó el oído, porque entonces escuché los cantos. ¡Imagina! ¡Can­taban en un momento así! Sus voces me llegaban con las ráfagas del viento. Eran cantos de alabanza a Dios, y cuan­do me di cuenta, vi horrorizada que los estaban metiendo en la empalizada. Los que tenían las manos libres ayuda­ban a los otros a subir por los troncos, y en cuanto subían a la pira se abrazaban unos a otros.

¡Dios! Tú que has prometido que todas las oracio­nes serán escuchadas, sálvalos —recé, con los ojos anega­dos de lágrimas.

Quise gritar, porque los soldados habían encendido las antorchas y rodeaban la empalizada prendiendo la paja y los troncos cubiertos de brea.

¡No! —grité. El humo se alzaba negro a sus pies. Pero yo pensaba que no podían morir.

¡No! —Me levanté chillando y manoteando angus­tiada a los ángeles de Dios. Pero las llamas lamían los tron­cos, y los mártires, mis amigos, cantaban salmos a Dios, to­davía abrazados unos a otros entre las lenguas de fuego, todavía rezando… hasta que los cantos se tornaron gritos.

Una nube negra se alzó sobre el llano y se dirigió hacia los bosques, hacia mí. Humo, hedor, gritos que me envol­vían. Eché a correr, huí del humo negro que me perseguía, de los dedos de mis amigos que morían quemados.

Sus gritos llenaban mis oídos.

¿O eran mis gritos?

Oía el ruido de mi propia respiración al correr, hasta que sentí una punzada en los pulmones y otra en el costa­do, tan fuerte que tuve que detenerme para recobrar el aliento agarrada al áspero tronco de un pino. Me aferré a él con mis manos llenas de cicatrices hasta que por fin eché a andar a trompicones. Mis pies se movían solos sobre las agujas de pino, por las hondonadas nevadas y a través de los riachuelos del deshielo. Caminaba, caminaba, camina­ba. ¿Dónde estaba ahora mi Señor? Me volví loca.

Al rodear un árbol caído tropecé y caí a los pies de un sorprendido guardia que sacó la espada al instante.

—¿Qué haces aquí?

Con un rugido me lancé sobre él. Tenía tanta rabia que podía haberlo matado. Retrocedió con la cara des­compuesta de miedo, pero al final tiré la piedra al suelo y huí gritándome a mí misma, sí, y a esa mancha obscura que todavía flotaba encenagando el cielo.

¿Cuánto tiempo corrí?

Al cabo de un rato me senté en un tronco, hambrien­ta y exhausta. Estaba obscureciendo. Me sorprendió en­contrar un trozo de pan en el bolsillo y me puse a masti­car despacio, mecánicamente, sin percibir ningún sabor más que el de cenizas secas. Y entonces descubrí perpleja que tenía un libro en la mano y lo miré maravillada. ¿De dónde había salido? No recordaba haber visto antes aquel libro precioso. Un libro es algo valioso, copiado letra a letra durante años y años. Seguí masticando, pas­mada ante aquel misterio. Miré en torno a mí y no reco­nocí nada. Casi no había luz.

¿Dónde estaba? «Cuando abra el libro —pensé— , allí donde se pose mi vista habrá un mensaje para mí.»

El libro se abrió en un pasaje: «Mirad las aves del cie­lo, que no siembran ni siegan ni recogen en graneros; y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No va­léis vosotros mucho más que ellas?»

Me quedé allí sentada mucho rato, rodeada por la creciente obscuridad.

Poco a poco mis pensamientos fueron retrocediendo, recordé el humo negro que obscurecía el sol, cómo había subido yo la colina hacia la luz, cómo me había agarrado al pino al ver a mis amigos ardiendo en la pira. Entonces recordé mi caminata. ¡Y a Hugon y Poitevin! ¡Amiel!

Me levanté de un brinco. Había caído la noche. ¡Debería estar en el pago de Souloumbrié, dirigiéndome a la cueva!

Me di la vuelta, presa del pánico, primero en una direc­ción, luego en otra, sin saber dónde estaba, porque había corrido una gran distancia. Me había perdido. El cielo es­taba nublado, de modo que no había estrellas, no había ninguna señal que me indicara dónde estaba el norte. Eché a andar de todas formas, confiando en encontrar algún punto de referencia. Las ramas me arañaban la cara.

Guíame —recé—. Llévame con los perfecti. Tengo que encontrarlos esta noche. Por la mañana nos marcha­remos. Tengo que encontrar a los Hombres Buenos.

Para cuando llegué a la cueva estaba bien entrada la mañana. El sol estaba alto en el cielo y la luz bañaba la hierba amarillenta. Yo estaba mareada de puro cansancio. Entonces comprendí por qué me habían pedido que no me marchara.

Al llegar a las piedras centinela grité:

¡Hugon! ¡Amiel! ¡Poitevin! Silencio.

Entré en la grieta tanteando la pared rocosa.

¡Amiel! ¡Hugon! —Sólo me respondió el eco de mi voz. Los murciélagos se agitaron y chillaron en su sueño. Vi horrorizada a uno que pasaba volando junto a mí, otros se movían en el techo como un solo cuerpo peludo, una negra criatura diabólica.

Cuando llegué al escondrijo tanteé a ciegas hasta en­contrar los fardos. Estaban llenos. Los dejé y salí de nuevo, escudriñando las proximidades en busca de los hombres.

Nada se movía.

—¡Hugon! —chillé—. ¡Poitevin!

Por fin me senté en la hierba de espaldas a la roca, a esperar. Al cabo de poco me tumbé acurrucada, total­mente exhausta. Había perdido a los perfecti, y no sabía donde buscarlos. Había estado caminando dos noches y un día, y no me quedaban fuerzas. Me quedé dormida.

Cuando me desperté, el sol, ya muy bajo, teñía de rojo la montaña, y las sombras invadían la pradera. Una brisa ligera agitaba las ramas de un pino cercano y hacía oscilar la hierba. Tenía hambre y sed, estaba sucia, perdi­da, angustiada. ¿Dónde estaban los perfecti, mi responsa­bilidad? Tenía los pies hinchados y amoratados y apenas podía sostenerme sobre ellos.

Pero mi dolor físico no era nada comparado con el de mi alma, porque había perdido el tesoro de Montségur. Había perdido a los tres Cristianos Buenos. ¿Dónde es­taban? ¿Y cómo encontrarían el camino hacia Lombardía? Mis oraciones eran ahora por la Iglesia del Amor, por los Hombres Buenos, por mí, que había fracasado en todo; no había muerto con mis amigos, no había salvado el tesoro cátaro, no había recibido la Luz. Me había que­dado con una cueva llena de dinero, eso era todo.

Me quedé en la cueva otra noche y todo el día siguien­te, esperando a mis amigos. Fue el hambre lo que me alejó al final. Entré en la cueva y saqué de un fardo un puñado de monedas, porque no tenía dinero. Luego escondí el te­soro en una zona más profunda de la cueva y eché a andar.


25

¿Y el oro, la plata, los lingotes, los libros, el Santo Grial?

Lo dejé todo allí. Lo único que me llevé fueron unas monedas, y algún día las devolveré. Como sea.

Entonces se produjo un silencio. Jeanne notó un cambio en Jéróme, que se había sumido en sus propios pensamientos. Ella no supo qué más decir.

—Me voy a levantar — anunció Jéróme de pronto,

—Todavía no es de día.

—Tú quédate en la cama. —Sonó como una orden.

—¿Y tú?

Quiero estar solo.

Cuando volvió más tarde para desayunar, Jeanne lo miró expectante. Se apartó del fuego dirigiéndose hacia él, que involuntariamente dio un paso atrás.

¿Qué es lo que pasa? —preguntó él con dureza.

—No lo sé. Abrázame —dijo Jeanne esbozando una sonrisa. Pero él no tenía medios para ayudarla.

—No. —Pasó a su lado, con los ojos bajos, y llenó un cuenco con gachas. Blandió la cuchara ante ella y se incli­nó sobre el banco, de espaldas, sin querer comprometerse, engullendo sus gachas en un pétreo silencio. Jéróme comía sus gachas solemnemente, reflexionando sobre lo que había oído la noche anterior. Cuando Jeanne salió de la casa limpiándose las manos en el delantal, él frunció el entrecejo y apartó la mirada, no sin antes ver cómo a ella le temblaba la boca, con los labios apretados, con expre­sión herida.

—Voy a ver a Bernadette —dijo—. Estaré allí casi to­do el día. Está enferma y Alazaïs tiene demasiadas cosas que hacer para encargarse también de ella.

Jéróme contestó con un gruñido y Jeanne se sentó.

¿Quieres alguna cosa antes de que me vaya?

¿Qué pasó con el libro sagrado? —preguntó, mi­rándola acusador.

—El libro.

—El que te dieron. —Una Biblia valía una fortuna, si es que podía venderse. Jéróme no había tenido un libro en las manos en toda su vida y de pronto sintió celos de aquella mujer a quien habían regalado uno, que sabía leer—. El libro que dijiste que tenías.

Ella se ruborizó.

—Ya no lo tengo —contestó con tono duro.

¿Lo has perdido, igual que el tesoro? —¿Por qué se comportaba así? Estaba furioso con ella—. ¿Acaso es todo mentira?

Si quieres pensar eso…

Vio la expresión herida en su rostro y le dieron ganas de abofetearla, porque ¿qué iba a hacer él con toda aque­lla información?

¿Dices que no es mentira? Mujer, mírame a los ojos. ¿Puedes jurar que todo lo que dijiste anoche es verdad?

Pero ella apartó la vista, como solía hacer cuando la conoció, mirando asustada de un lado a otro, y Jéróme se dio cuenta de lo mucho que había cambiado en las últi­mas semanas, la tranquilidad que había llegado a sentir bajo sus atentos cuidados. Si no iba con cuidado, volve­ría a convertirse en una loca. Tenía que dominarse para no dar un mal paso.

¿A ti qué más te da? —preguntó Jeanne—. Eso no es importante. Querías que te contara mi historia, ¿no? Te la puedes creer o no, a mí me da igual, no me importa lo que pienses.

¿Estuviste involucrada en los asesinatos de Aviñonet? —Jéróme no pudo dominar su lengua—. ¿Llevaste mensajes para ayudarlos?

Jeanne se lo quedó mirando un largo rato.

No, no tuve nada que ver con eso. Y ahora me voy, que tengo cosas mejores que hacer. Bernadette Domergue está enferma y no pienso quedarme aquí discutiendo contigo y defendiéndome —replicó ella enfadada.

A medida que pasaban los días, todo pareció ir cam­biando para peor. Un día Jéróme tropezó y se torció dolorosamente la rodilla. Ahora andaba cojeando y todavía no había ido al pueblo a ver a Bernard. Era algo que iba posponiendo cada día siempre buscando una excusa que lo retuviera en la granja.

Una mañana subió a la montaña con el poni y el carro para cortar leña para el invierno. Estaba inquieto. El rui­do del hacha resonaba en el aire y al cabo de un rato se sintió acalorado y se quitó la chaqueta. Se enjugó la fren­te y volvió a atacar al árbol como si fuera un enemigo y él luchara por su vida. Caía el hacha una y otra vez y su cuerpo se movía rítmicamente, de tal manera que en cada golpe ponía todo su peso y la fuerza de sus hombros.

El árbol osciló un instante y cayó lentamente al suelo. Jéróme, fuerte y nervudo, montó a horcajadas sobre el tronco para cortar las ramas. Era un buen árbol, y cuan­do se secara ardería bien. De pronto se detuvo mientras el hacha oscilaba trazando un arco: ardería bien, arder, todo ardía. Su mente estaba en llamas, y también su vien­tre. Era curioso que Jeanne pudiera encender el fuego en la casa, cocinar en el fuego, era extraño que no tuviera miedo del fuego después de lo que había pasado con sus amigos. Jéróme le preguntó sobre ello. «No fue culpa del fuego», respondió Jeanne encogiéndose de hombros, con lógica. Pero Jéróme no podía borrar de su memoria las imágenes que ella había conjurado, los peligros que había corrido. Él mismo la había instado a contar su his­toria, sin darse cuenta de que todo cambiaría.

Jéróme era un sencillo granjero. ¿Qué sabía de política o de ética, del bien y el mal? ¿Qué sabía él de las guerras religiosas? ¿A quién podía pedir consejo? ¿Al sacerdote? Lanzó una carcajada amarga y se estremeció, mirando so­bre el hombro el oscuro bosque que lo rodeaba, como si alguien estuviera vigilándolo. Porque nadie debía saber nada, ni Bernard ni los vecinos. La verdad es que sus días eran más luminosos y las noches más cálidas gracias a Jeanne. Le gustaba llegar por las noches y encontrarla tra­bajando y cantando, la casa impregnada de cálidos olores, y notar cómo a ella se le iluminaba la cara al verle, cómo lo reprendía con cariño y cómo lo hacía reír.

Jeanne se había hecho cargo del cuidado de la casa y de la granja, y cuando él se marchaba a los campos, ella siempre tenía lista una hogaza de pan para él, o sopa o huevos hervidos, y cuando volvía por la noche siempre encontraba un buen guiso de lentejas, a veces incluso con un poco de carne. La casa estaba limpia y su ropa cosida. Se preguntó si Bernard entendería cómo vive un hombre solo durante años, preparándose su propia comida, a menudo fría, y yéndose a la cama hambriento y solo en la obscuridad, preocupado porque la granja se venía abajo, porque el trabajo es demasiado para él, y cómo se siente un hombre cuando llega una mujer y todo se aligera.

Por otra parte, no podía soportar verla. Ahora sentía un escalofrío incluso cuando le ofrecía un plato de sopa. ¿Existirían brujas buenas, además de las malas? Des­de luego Jeanne lo había hechizado: ¿acaso no la había salvado él de la Inquisición la primera vez que se vieron, embrujado por su belleza? ¿Y por qué ahora que sabía lo peligrosa que era no la entregaba? Jéróme no utilizó la palabra «amor». El amor era para los caballeros y los ba­rones y las historias románticas, no para la gente como él. ¿Pero y si Jeanne se marchaba? El estómago se le en­cogió con sólo pensarlo.

Bueno, consideremos otra cosa: sus poderes de sanación. Jeanne decía que era «la energía del amor», y el pe­queño Gaillard Domergue se estaba poniendo mejor, de eso no había duda, ya caminaba con mucha más facili­dad. Y además, Jeanne había traído al mundo al niño de Bernadette.

Jéróme se concentró en los Domergue porque en ese momento, mientras él trabajaba en el campo, Jeanne había ido de nuevo a llevar a Bernadette otra de sus infusiones curativas. La muchacha se estaba muriendo, nunca se ha­bía recuperado del parto y no dejaba de sangrar. Yacía en la cama, revolviéndose y gimiendo de dolor, a veces em­papada del sudor de la fiebre, a veces con la lengua hincha­da y la piel caliente y seca como el fuego. Se agitaba su­friendo alucinaciones cuando subía la fiebre. Creía que su madre era una desconocida o decía que estaba nadando en un río cálido, ella, que ni siquiera sabía nadar; o a veces una rata la perseguía. Jeanne lo informaba de todo esto.

La envolvían en paños mojados para bajarle la fiebre, le daban baños de agua fría hasta que la piel dejaba de ar­der, y ella se estremecía de frío. Su abdomen estaba duro como una roca, pero tan sensible que cuando la tocaban gritaba de dolor. Estaba demasiado débil para comer, y un hilillo de baba goteaba de la comisura de su boca has­ta la almohada sucia cuando alguien trataba de darle de comer. No tenía leche; sus pechos estaban duros como rocas, igual que su vientre, de modo que al niño lo ali­mentaba una mujer del pueblo que todavía daba de ma­mar a su propio hijo. Bernadette se moría, de modo que el ambiente en aquella casa no era el de celebración que había seguido al parto. Ahora todo era sombrío y triste en la pequeña cabaña, y una preocupación más para Jéróme, que ya tenía en la cabeza más problemas de los que soportaría cualquiera.

Alazaïs no dejaba de llorar. Hasta habían llamado al médico, aunque apenas podían permitirse el lujo de pa­gar a aquel asesino. El hombre había sangrado a Berna­dette mientras despotricaba sobre los nacimientos en ge­neral y le dio unos brebajes negros que la hacían vomitar y entrar en unos violentos accesos cuando la obligaban a tragarlos. El médico dijo que intentaba atraer a su alma de nuevo hacia su cuerpo, que la llamaba a la vida. El sa­cerdote también había ido para confesarla, para llamarla a la muerte. Jeanne se lo había contado.

Pero lo más inquietante es que Jéróme recordaba que el niño había nacido con la cara negra. El mismo se había inclinado para mirarlo cuando yacía en brazos de su ma­dre, y en ese momento el niño bostezó y abrió los ojos, y la parte que debía ser blanca era más negra que los ojos de Satanás. Jéróme se santiguó, aunque Alazaïs insistía en que aquello no significaba nada, que su propio hijo, Raymond, había nacido con moretones en la cara y los ojos inyectados en sangre, que la piel y los ojos del bebé se aclararían. Sin embargo, al principio ni siquiera la no­driza había querido tocarlo, pero al final no pudo negar­se: el niño estaba bautizado y Jeanne la persuadió para que le diera de mamar.

Jéróme blandió el hacha una y otra vez para partir las ramas. Le dolían todos los músculos del cuerpo, pero no tanto como sus entrañas. ¿Eran cristianas las brujas?, se preguntó. ¿Tienen los herejes un alma inmortal? Si se bautiza a un niño del demonio y al final se vuelve de co­lor blanco, ¿es todavía un niño del demonio?

Su propia actitud hacia Jeanne había cambiado en los últimos dos días. Jéróme se había vuelto distante al mismo tiempo que ella, después de contar su historia, se mostra­ba más cariñosa. Lo seguía con los ojos suplicando una ca­ricia, un hueso que él se negaba a darle. Era un tormento.

Por otra parte, el tesoro lo tentaba. ¿Y si la historia era cierta? El día anterior, Jéróme la había agarrado por la muñeca.

—Jeanne, escucha, he estado pensando.

Eso es siempre una mala idea —replicó ella, con una ancha sonrisa.

Pero Jéróme no se rió.

Dices que has estado buscando a tus perfecti.

Ella asintió, incómoda.

—Yo creo que deberíamos ir los dos a buscarlos. Po­dríamos llevarnos al poni hasta la cueva donde os teníais que encontrar. El tesoro sigue allí.

Eso fue hace mucho tiempo. Tal vez nunca encon­traron la cueva, tal vez los capturaron, tal vez se fueron a Lombardía sin el tesoro cátaro.

Bueno, ¿y si…?

¡No! Y no quiero oír más. Lamento habértelo con­tado. —Jeanne se retorcía las manos nerviosa, la boca le temblaba.

—Da igual, era sólo una idea. —Entonces Jéróme se volvió bruscamente hacia ella—. Pero no digas a nadie ni una palabra de lo que me has contado, ¿me oyes? ¡A nadie!

—No.

—A nadie, si no quieres que nos quemen a los dos. ¿Entendido?

Jeanne asintió, mirándolo confiada con sus grandes ojos, y a él le dio un brinco el corazón. Era como una niña, y él deseaba cuidarla y protegerla. Pero también quería apartarse de ella. Deseaba no haberla conocido.

¿Pero por qué no iban juntos a por aquellas riquezas indescriptibles? Le gustaría tocar la copa de Cristo. Rega­laría el Grial a la santa Iglesia, y el oro también, y tal vez pudiera comprar el perdón de Jeanne, si es que había que comprar algún perdón. Pero en cuanto sentía esta oleada de optimismo, su mente volaba al polo opuesto. ¿Quién cuidaría de la granja mientras ellos no estaban? ¿Cómo podía aparecer de pronto por el pueblo con dinero? Los inquisidores lo interrogarían… Y sus pensamientos, que zumbaban en su cerebro como moscas negras, no halla­ban respuesta a todos los interrogantes.

El hacha seguía cortando el árbol. Jéróme intentó apartar su terror; tenía que prestar atención al árbol, nada más. Por mucho que pensara, no llegaría a ninguna parte. Ni siquiera comprendía la herejía. Los cataros creían que Cristo no murió en la cruz, sino que marchó a Marsella con los apóstoles, María Magdalena y su ma­dre María. Los cataros creían que sus enseñanzas prove­nían de Cristo, pero eso mismo pensaba la santa madre Iglesia, sólo que los católicos creían que Cristo había muerto en la cruz para luego resucitar. Los católicos bautizaban con agua y los cataros con las manos, ¿pero cuál era la diferencia, si Cristo fue bautizado por Juan con agua, y Él mismo curaba con sus manos?

Los cataros creían que el mundo era obra del diablo, y Jéróme pensaba eso mismo a veces; cuando Bernadette moría sufriendo una tremenda agonía, cuando el hambre azotaba la tierra, cuando los soldados saqueaban y mata­ban, cuando estallaban las plagas, cuando nacían niños tullidos o inválidos, cuando llegaban las mujeres a su vida tentándole para que pecara, porque eran tan útiles y tan hermosas que le hacían perder la cabeza hasta que ya no sabía qué pensar ni cómo. Pero la Biblia decía que ha­bía sido Dios y no el diablo el que creó el mundo en seis días, de modo que tenía que ser verdad.

Jéróme dejó el hacha. Iría al pueblo ahora mismo. Pa­saría la noche con Bernard, le contaría algo de toda esta historia y decidiría qué tenía que hacer. Ni siquiera se detendría en casa para justificar su ausencia a Jeanne.

Cuando Jéróme regresó al día siguiente, le sorprendió que Jeanne no saliera al camino a recibirlo, como siempre. La vio en la puerta de la casa, pero antes de que él pudiera alzar la mano para saludarla, ella se marchó montaña arri­ba. ¿Por qué?, pensó él irritado.

Entró en casa y atizó el fuego. La cabaña parecía de­solada sin la risa de Jeanne. Al cabo de un rato salió a lla­marla. Ella no contestó. Maldita mujer, ¿dónde habría ido? ¿Y por qué?

Al atardecer apareció en el umbral, una sombra entre las sombras, sin decir nada.

—Ah, ahí estás. ¿Por qué te fuiste corriendo? —Jéróme sabía que era mejor atacar primero.

¿Dónde estabas tú?

Fui al pueblo.

—Ya, y no se te ocurrió decírmelo, ¿no? Te marchas­te sin más, dejando a los animales. Ni se te ocurrió pre­guntarme si quería ir contigo. ¿Para qué? No era día de mercado.

—Tenía cosas que hacer —saltó él, cansado de la ca­minata. ¿Por qué se mostraba Jeanne tan poco razona­ble? Él no tenía por qué informarla de todos sus movi­mientos, de modo que cerró la boca, siguiendo el consejo de Bernard, y apartó la vista.

—Y eso que tenías que hacer, ¿tenía que ver conmigo?

—Sí.

Jéróme la miró entonces a los ojos, desafiándola. Ella apartó antes la mirada.

—Toma —dijo él de mala gana—. Te he comprado una cinta. —Sacó del bolsillo una bonita cinta rosa—. In­tento protegerte.

Ella le dio vueltas en las manos, retorciéndola entre los dedos. Cuando alzó la cara, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Bernadette ha muerto —dijo—. El funeral es ma­ñana.


26

Lloré cuando murió. Alazaïs y yo habíamos pasado varios días a su lado, bañándola y lavando las sábanas, que se ensuciaban tan deprisa como nosotros las hervía­mos. La cabaña de los Domergue es pequeña y más obscura que la de Jéróme, pero alberga a más gente, de modo que Bernadette yacía en un rincón, rodeada de hombres (sus dos hermanos, su padre, su marido), los tres niños, su hermana, su madre, yo. Murió con dolor y llamando a gritos a su madre y a sus hijos.

El sacerdote vino para administrarle los últimos sa­cramentos, lo cual alegró a los Domergue; por lo menos su alma volaría al cielo, dijeron, y allí se encontrarían de nuevo. Yo ya no sé qué pasa con las almas, yo ya no creo en nada. Los sacramentos son más para los vivos que para los muertos, porque yo he visto tanto los sacramen­tos cataros como los católicos y no se diferencian en nada excepto metafóricamente. Se trata de recibir en la lengua el cuerpo místico y la sangre de nuestro Señor Jesucristo o bien, en el otro caso, recibir en el cuerpo la luz espiritual y la bendición de nuestro Señor. En cual­quier caso, Bernadette recibió el pan sagrado, el cuerpo de Cristo, y murió en estado de gracia, lo que significa que la enterrarán en el patio de la iglesia, y no fuera de la verja.

—Madre. —Ésa fue su última palabra, susurraba tan débilmente que apenas pude oírla.

—Estoy aquí —sollozó Alazaïs—. Estoy aquí con­tigo.

Pero Bernadette no la veía.

¿Dónde estás, madre? Abrázame.

Estoy aquí.

—No te veo. ¿Dónde están mis niños? Quiero verlos. ¡Madre!

Su padre le sostenía una mano, Alazaïs la otra, y su esposo se metió como pudo entre los dos para despedirse de la madre de sus hijos. La pequeña Raymonde subió a la cama, pero el niño, Gaillard, se sentó algo apartado, con los ojos cerrados y la cabeza en las rodillas. Yo esta­ba contra la pared, llorando por la muchacha a la que tanto cariño había tomado, llorando por su familia y por toda la soledad y las despedidas de esta vida tan frágil, por mi propia desesperación y dolor, por la pérdida de los perfecti y por aquellos que ardieron, por mí misma y por todas las cosas que no comprendo.

Luego me dieron las gracias por mi trabajo. Yo abra­cé a Alazaïs y por fin me marché a nuestra granja. En­contré la casa vacía y el fuego apagado. Jéróme todavía no había llegado, se marchó sin avisar ni dar ninguna ex­plicación, quién sabe adonde. Y yo me sentía dolida, mo­lesta y temerosa de encontrarme sola.

Bernadette ha muerto —le dije cuando acabamos de discutir.

Jéróme gruñó, como suele hacer últimamente, y miró a lo lejos, evitando mis ojos. No sé por qué está tan inquieto, pero esa noche preparé pan y queso para cenar y me metí en la cama, demasiado cansada para preocu­parme más.

Estamos junto a la tumba de Bernadette, con los Domergue y el resto de nuestra pequeña comunidad. El sa­cerdote echa agua bendita sobre su cuerpo, y Bernadette, envuelta en el sudario que cosió ella misma, es descendida al interior del agujero negro. Los niños se aferran a las fal­das de su abuela. Sus hermanos echan la tierra con ayuda de Jéróme. Yo ya no lloro, tengo el corazón endurecido. Estoy asustada y a la vez contenta; asustada porque a mí me pasará algún día, a mí y a todos, y contenta de que sea Bernadette y no yo la que baja a la tumba. Pero sé que su alma no está ahí, que ha entrado en los reinos de la luz. De eso estoy segura y sin embargo me sacuden oleadas de miedo y me cierro el chal sobre los hombros. Observo los músculos de la espalda de Jéróme mientras trabaja y mi vista se complace acariciando su complexión fuerte, la cur­va vulnerable del cuello, sus manos, sus ojos expresivos, la piel correosa de su rostro. Qué cosas, disfrutar del cuerpo de un hombre en un momento tan triste. Seguramente, si me preguntaran si soy una hereje tendría que contestar que no, porque una buena hereje jamás encontraría deleite en tal lujuria y mucho menos en otros placeres de este mundo. Claro, que una buena católica tampoco. ¿Admiti­ría alguien sentir la lujuria o el amor que yo siento?

Algo va mal. Jéróme no me mira, y eso que desde que le conté mi historia mis ojos le siguen como los de un perro. Soy consciente de cada uno de sus movimientos, me estremezco cuando se sienta o se levanta. Quiero hacer recados para él, traerle regalos, llamar su atención. Sólo por la noche, en la cama, reconoce mi presencia. Entonces se vuelve hacia mí, presa de la pasión, y busca sin palabras su tosco placer antes de darme la espalda. Pero de vez en cuando es dulce, como antes. No sé qué ha pasado, por­que justo cuando pienso que ya no le importo nada, hace algo especial; como anoche, cuando me abrazó aspirando mi olor y estrechándome con tal fuerza (¿estaba lloran­do?) que yo no podía escapar aunque hubiera querido.

—Tú eres mi tesoro —me murmuró al oído, antes de buscar mis labios con los suyos.

Durante el día cae en breves períodos de sombrío si­lencio, camina en torno a mí con la cabeza gacha, como si no quisiera verme. Ahora vamos todos los domingos a la iglesia, cosa que me sorprende porque cuando nos cono­cimos me confesó que sólo acudía muy de vez en cuando. No tenía tiempo, según él, no le gustaba que lo sermonea­ran. Ahora va incluso algunas noches entre semana y se arrodilla a rezar en las frías piedras. Lo descubrí un día que lo seguí. ¿Por qué reza? ¿Para qué?

¿Ocurre algo? — le pregunté tímidamente.

No —contestó lacónico.

¿Por qué rezas tanto en la iglesia? —quise saber en otra ocasión.

Él contestó con un gruñido.

No puede ser por el niño de los Domergue. Sus ojos de largas pestañas se han tornado negros, con el blanco como es debido, como cualquier niño cristiano. Es un querubín tan bonito, tan sonriente y tan dulce como ca­bría esperar. Pobre Bernadette.

Otro día Jéróme se me acercó mientras yo daba la co­mida a las gallinas en el patio.

¿Qué piensas del matrimonio? —me espetó de pronto—. De un matrimonio como Dios manda, bende­cido por un sacerdote de la santa madre Iglesia.

¿Es una proposición? ¿Me estás pidiendo en matri­monio?

—Tendrías que bautizarte, tendrías que ser miembro de la Iglesia. Nada de herejías.

Así que eso es lo que le inquieta.

—Sí.

¿Y bien? ¿Qué respondes, mujer? —De nuevo una nube de furia en su ceño—. ¿O es que quieres vivir en pecaminosa lujuria y concubinato?

He dicho que sí —contesté irritada—. ¿No te basta con eso?

Esa noche apenas nos hablamos, porque habíamos acordado casarnos y los dos teníamos miedo. Pero al día siguiente, y en los días sucesivos, nos fuimos acercando poco a poco, nuestras miradas se encontraban de vez en cuando y los dos las apartábamos con timidez. Y por fin comenzamos a sonreímos de nuevo. Sería mi tercer ma­trimonio, una pérdida en posición social y una ganancia en felicidad. Vuelvo a reír, como solía hacer. De nuevo alzo la voz para cantar mientras trabajo. Por la noche nos acostamos juntos y hacemos planes.

Nuestra primera tarea es hablar con el sacerdote, y eso lo hacemos el domingo, al salir de la iglesia. El cura parece satisfecho con nosotros, se frota las manos y son­ríe y asiente con la cabeza como si la idea se le hubiera ocurrido a él. Dice que leerá las amonestaciones el do­mingo siguiente, y mientras caminamos juntos a casa, Jé­róme y yo, junto a los árboles desnudos que tiemblan bajo un cielo plomizo, siento que le han quitado un peso de encima. Han bastado unas pocas palabras del sacerdote para que vuelva a ser el de antes, alegre y relajado con él mismo, con los animales y conmigo.

La semana siguiente estamos juntos en la iglesia, te­nemos los dedos entrelazados, oyendo cómo leen nues­tros nombres. Los demás nos miran con curiosidad. Jéróme me sujeta el codo con aire posesivo cuando nos marchamos, y yo levanto la cabeza con orgullo. Durante tres domingos seguidos el sacerdote leerá en alto nuestra intención de casarnos y el cuarto nos pondremos ante él para pronunciar nuestras promesas. ¿Accederemos a honrarnos y respetarnos el uno al otro y a vivir juntos y ayudarnos en la enfermedad y en la salud? Sí. Ésa será mi respuesta. Mientras tanto, el sacerdote nos instruye so­bre nuestros deberes maritales.

Al llegar a casa susurro entre dientes:

— Sí, quiero.

«¿Prometes…?», me preguntará, y yo responderé: «sí» o «sí, quiero». Saboreo la palabra con la lengua y formo un beso con los labios. «Sssí, quieeeroooo.» Y me río, porque la promesa se sella con un beso secreto de co­razón a corazón.

Nuestros deberes maritales, según el sacerdote, son severos: no podemos jamás hacer el amor excepto para la procreación, y sólo con el hombre encima. Esto me deja perpleja, porque soy demasiado mayor para tener hijos, a menos que nuestro Señor me bendiga como a Sara con un hijo en la vejez. En cuanto a la postura bendecida por la Iglesia, no le digo al sacerdote todo lo que sé o lo que he hecho, y Jéróme tampoco, aunque se nota que ha sido un golpe para él, porque es mucho más serio que yo y si lo que hemos hecho es pecado, entonces hemos perdido nuestras almas.

El domingo siguiente el sacerdote lee por segunda vez las amonestaciones. Estamos con los demás en la fría iglesia de piedra; dos pilares a cada lado del pasillo cen­tral, un techo bajo y un altar. Tiene dos ventanas, una en cada pared, y ambas con cristal. Siento en mis pies el frío de las piedras heladas, porque ha nevado, pero mi cora­zón siente el calor de la idea de casarme con Jéróme. En­tonces detrás de mí oímos una voz ronca:

—No puede ser.

Me vuelvo sorprendida. Es Domergue. El sacerdote también parece perplejo.

¿Acaso no son primos? —Domergue hace la pre­gunta como quien clava un cuchillo en un trozo de car­ne— . Jéróme nos dijo que era la prima de su madre. ¿No prohíbe la Iglesia el matrimonio entre parientes hasta el cuarto grado?

Jéróme me toma de la mano, yo me tambaleo. Una mentira, una mentira de nada impide nuestro matrimo­nio. ¿Debemos confesar que hemos mentido? ¿Pero quién nos creería si cambiamos ahora nuestra historia? Pensarán que mentimos también. ¿Y cómo explicar en­tonces nuestro encuentro? En la iglesia ha estallado un zumbido de conversaciones y todos estiran el cuello para mirarnos. Jéróme está blanco. Mira desesperado en tor­no a la congregación, Domergue le sostiene la mirada pero luego vuelve la cabeza y se encoge de hombros. El gesto del campesino terco. \

¿Es cierto?—pregunta el sacerdote. Jéróme mueve la cabeza, confundido.

No podéis casaros hasta que no se investigue vues­tra relación. La Iglesia no permite el matrimonio entre dos personas unidas por lazos de sangre. ¿Comprendéis los grados de parentesco? No te puedes casar con tu her­mana o tu hermano. Una mujer no puede casarse con su tío o su sobrino; un hombre no puede casarse con su tía o su sobrina. Ni tampoco podéis casaros con vuestros pri­mos hermanos. Éstas son relaciones prohibidas.

»No puedes casarte con el hijo de un primo hermano.

»No puedes casarte con el hijo de tu sobrino o tu so­brina. No puedes casarte con un hijo de un primo de tu madre o de tu padre.

»¿Está claro? Estas relaciones están prohibidas por la Iglesia. No puedes casarte con el hermano de tu marido o la hermana de tu mujer, porque eso también es incesto. ¿Ha quedado claro?

Pero ninguno de nosotros dice nada. No tengo nada claro, y un gran zumbido crece en mis oídos. No puedo seguir la pista de tantos primos, tíos y hermanos.

—Antes el matrimonio estaba prohibido hasta el sép­timo grado de parentesco, pero la Iglesia es clemente y ahora sólo lo prohíbe hasta el cuarto grado. Ahora confesad, ¿vosotros dos estáis emparentados?

—Yo… nosotros… no lo sé —dice Jéróme, mirando desconcertado a su alrededor.

Hablaremos de esto más tarde —dice el joven sa­cerdote—, en privado.

Y se retira de nuevo a la seguridad del altar, aliviado de continuar con la comodidad de la liturgia en latín, mientras nosotros nos quedamos acongojados en nues­tro lugar, y vemos cómo los demás se alejan poco a poco, sin saber cómo comportarse. Después del servicio, sali­mos aturdidos de la iglesia, desconcertados, y vemos a Domergue y Alazaïs hablando con el párroco. Nos cola­mos otra vez en el templo, nos arrimamos el uno al otro y esperamos.

¿Qué deberíamos hacer? —susurro.

— ¿Cómo voy a saberlo? — replica.

Pero cuando el sacerdote regresa y empieza con su siguiente lectura, me da la sensación por la manera en que farfulla que no entiende más que yo, y que lo úni­co que está claro es que todo esto está relacionado con los niños, aunque las relaciones son tan confusas que sólo de­seo que el sacerdote se detenga.

Al final Jéróme lo confiesa todo: que nos conocimos en el camino de la montaña (aunque no menciona a los inquisidores que llegaron después), que me invitó a su casa y para no provocar un escándalo mintió a los Do­mergue, y sí, tenía que haberlo confesado, pero pensó que no tenía importancia, y ahora está muy, muy arre­pentido y quiere hacer lo mejor para mí y para la Iglesia. Pero no, no estamos emparentados.

Yo no digo nada, mantengo la cabeza, gacha, dolida pero esperanzada.

El joven sacerdote asiente y se agita, retorciendo los flecos de su chal entre los dedos. No sabe qué hacer. Por fin dice que llevará el asunto ante sus superiores y nos impone una penitencia y la orden de castidad mientras vivamos juntos: ya no podemos compartir la cama por­que pondríamos en peligro nuestra alma inmortal.

Dentro de unas semanas nos dirá si podemos casar­nos o no. Está enfadado con nosotros y muestra la acti­tud decidida de un hombre joven e inexperto que intenta actuar como si tuviera más años. Pero a mí lo que más me inquieta es la idea de que de todas formas somos dema­siado viejos para casarnos, puesto que la procreación ya no es posible.

Volvemos a casa en silencio. Me siento como si me hu­bieran castigado por atreverme a ser feliz con este hom­bre. Jéróme camina un paso por delante, sin mirarme. Tie­ne la espalda y el cuello tensos, con un gesto terco.

¿Qué vamos a hacer? La nieve cae con suavidad, blanca sobre su sombrero arrugado, blanca en mi man­to, blanca en nuestras huellas, en la hierba y los arbustos, el cielo es blanco, la tierra es blanca, el aire brumoso que respiramos está todo blanco con la pureza de la nieve.


27

Ahora vivimos en castidad, como amigos perfectos, mientras el sacerdote espera la respuesta de sus superio­res, que se toman su tiempo. Una noche intenté llevarme a Jéróme a la cama, como hacíamos antes, pero él se apar­tó de un brinco. Me desea y no me desea.

No puedo arriesgar mi alma —me dice. Y eso me duele, porque ¿acaso no tengo yo también un alma in­mortal? Me pregunto qué diría nuestro Señor Jesucristo a nuestro deseo de casarnos. Estoy inquieta a causa de estos acontecimientos, y a veces subo a la colina y me acerco al haya que oculta entre sus retorcidas raíces mi libro sagrado, mi tesoro. Pero no me atrevo a sacarlo: mis ojos son demasiado débiles para leer sus maravillosas páginas, veo las letras borrosas, y además, no quiero de­jar huellas que puedan guiar a alguien hacia mi única po­sesión. No, a Jéróme no se lo he dicho todo.

Me detengo sólo un momento, hablando a distancia con el árbol, porque no quiero dejar huellas profundas en la nieve allí donde me he detenido, y luego sigo andando, todavía perpleja por el curso que han tomado los aconte­cimientos. Ya no estoy loca, de eso estoy segura. Cuando

estaba loca muchas voces hablaban en mi mente y la gente se volvía a veces grande o pequeña, pero ahora no oigo vo­ces y me siento firme sobre la tierra. Pero sigo sin enten­der nada. ¿Por qué tuvieron que quemarlos? Bertrand Marty me dijo, cuando nos despedimos, que con esa pira todas nuestras oraciones habían sido escuchadas; por un lado las oraciones cataras, porque ellos ya no querían se­guir viviendo atrapados en sus cuerpos en este mundo del diablo; y por otro, las oraciones católicas, porque los cató­licos querían tener una única Iglesia verdadera. De modo que Dios nos había concedido a todos nuestros deseos.

Yo quiero comprender, quiero saber qué vieron los Cristianos Buenos que les hizo arrojarse a las llamas, quiero conocer la luz de Dios de la que tanto hablaban y que creo que nunca he visto, a menos que se trate de la luz que a veces aparecía con De Castres y Esclarmonde, o del hormigueo que siento en las manos cuando hay algún enfermo cerca de mí. Pero yo soy práctica y no sé nada de estas cuestiones espirituales.

Entonces pienso en Jéróme, en el tormento que cayó sobre él cuando oyó mi historia. Me ha preguntado va­rias veces acerca del tesoro.

—¿Serías capaz de encontrarlo de nuevo? Si alguien quisiera, ¿lo llevarías hasta allí? —me preguntó en varias ocasiones.

Yo evitaba las preguntas. No es cosa mía robar el dinero de la Iglesia del Amor, pero estoy segura de que Jéróme me volverá a interrogar: ¿Qué debo hacer entonces? ¿Ir a por él?

Pasan las semanas y todavía no hay noticias del sacer­dote.

Jéróme me pregunta otra vez por el tesoro, y ahora le he dicho que sí, que estoy dispuesta a llevarlo hasta allí, y el velo de obscuridad que caía sobre Jéróme parece disi­parse. Ahora se ríe de nuevo y a veces me besa en los la­bios, a veces me acaricia el brazo con los dedos o me pone la mano en el regazo, con la naturalidad de un gato doméstico. Dice que en primavera nos casaremos, está seguro de ello. Mientras tanto cuidaremos nuestros mo­dales en nuestras camas separadas, acudiremos a la iglesia y mantendremos nuestras almas lejos del infierno. Algu­nas semanas no podemos ir a la iglesia, pero eso no es pe­cado, siempre que vayamos en Navidad, Pascua y Pen­tecostés.

El invierno ha caído con fuerza. A veces la nieve se amontona contra la puerta. Hemos cubierto las ventanas con gruesas pieles además de las contraventanas de ma­dera. La casa está obscura y acogedora con el fuego encen­dido. A veces añadimos la débil luz de una lámpara de aceite y el gato se acurruca bajo la mesa y la casa huele a humo y aceite, ajo, cuero, lana mojada y fuertes aromas corporales.

Sólo nos hemos encontrado con los Domergue una vez en la iglesia desde que Domergue padre habló e im­pidió nuestro matrimonio.

Vi sorprendida que Alazaïs se apartó antes de que yo pudiera saludarla. Quise ir tras ella, pero Jéróme me aga­rró el brazo.

—No —dijo.

Está enfadado con Domergue.

Si no me extrañara tanto, diría que Alazaïs también está enfadada con nosotros, pero a lo mejor es que no nos vio en la penumbra de la iglesia, envueltos como champiñones, con tanta ropa que sólo asomaban las na­rices… Además, ¿cómo iba a guardarme rencor, cuando la he ayudado con sus hijos y le he llevado infusiones?

Jéróme le compró una toca nueva, pero eso fue hace me­ses. ¿O estará avergonzada por lo que Domergue dijo en la iglesia? Pero no importa. De momento la nieve blo­quea todos los caminos. Ya hablaremos en primavera. Sonrío para mis adentros, pensando que tal vez todavía no se me ha pasado del todo la locura: ahora se me ocurre inventarme historias sobre mi amiga Alazaïs. Pero me habría gustado hablar con ella, la echo de menos.

El caso es que se marchó corriendo después del servi­cio, como si se hubiera dejado un caldero en el fuego. Domergue iba con ella, pero no los acompañaba ningún otro miembro de la familia.

Más adelante, cuando los caminos estén transitables, iré a visitarlos.


28

La primavera ha llegado pronto este año. A finales de febrero se podría salir con una camisa y sin ropa de abri­go, pero, eso sí, con zuecos de madera para el barro. La nieve se derrite en los pastos. En las lomas orientadas al sur se ven los tallos verdes saliendo de la tierra, las forsitias y los almendros se llenan de capullos y una suave brisa nos acaricia. Es tan agradable que a veces me quedo allí, sin hacer nada, sólo respirando y mirando.

Un día Jéróme llega con la noticia:

La semana que viene van a quemar a un hereje el día de mercado —anuncia mientras deja caer una braza­da de leña—. Me lo ha dicho Belleperche, el pastor.

No puedo abrir el tiro de la chimenea —exclamo, batallando con la cubierta de cuero. Me asfixio. Intento apartar el humo agitando el delantal. En algunas casas nuevas tienen chimeneas abiertas para que salga el humo (y también el calor), pero no en las granjas viejas y apar­tadas. Tiro de la cuerda con todas mis fuerzas, pero el cuero está atascado.

—Aparta —ordena Jéróme.

Se ha atascado.

—Ya me encargo yo. —Y con gracia y eficiencia, como todo lo que hace, tira dos veces de la cuerda. La cubierta de cuero se desliza sobre el agujero del hogar como si oyera la voz de su amo, y el humo gris comienza a desenroscarse de las vigas del techo para retorcerse y colarse por el hueco como un ser vivo.

—No deberías encender el fuego hasta que esté abier­to el agujero —explica Jéróme. Apila la leña y se dirige al cubo del agua para beber un trago antes de sentarse de nuevo en el banco y tomar el arnés de cuero y las he­rramientas. Mientras tanto yo me concentro en el gui­so que estoy preparando. Estoy hirviendo coles, manza­nas, cebolla, ajo, nabos, hierbas y raíces para hacer un estofado de verduras. Tengo apio, zanahorias y algunas legumbres. Echaré también castañas y especias, inclu­yendo unos pocos y preciosos granos de comino oriental y nuez moscada, que irán bien con las manzanas. Para acompañarlo freiré pan en la sartén.

¿Qué te parece? —pregunta Jéróme al cabo de un rato.

¿Qué me parece qué?

—Lo del mercado. ¿Quieres ir?

¿Que si quiero ir? —Me incorporo con los brazos en jarras—. ¿Que si quiero ir a ver cómo queman a un pobre hombre?

Podría ser una mujer. —Jéróme me mira. Sus ojos brillan a la luz del fuego.

¡Pues entonces a una pobre mujer! ¡Peor me lo pones!

Sólo te lo he preguntado porque es día de mercado y pensé que te apetecería ir. Tenemos huevos para ven­der, y madera y salchichas —dice dejando el arnés en su regazo y mirándome fijamente.

Entonces ve tú. Yo ya he visto bastante. ¿Y quién no? Los queman constantemente, y no todos son herejes ni mucho menos —prosigo con vehemencia—. Queman a cualquiera que haya conocido a un hereje, a cualquiera que haya comido en la misma casa que un Cristiano Bue­no, aunque fuera en otra mesa. ¡Imagina el miedo que tienen! Están dispuestos a quemar a cualquiera que ha­ya saludado a un Amigo de Dios, a cualquiera que acep­tara de uno de ellos un trozo de pan bendecido con el mismo Padrenuestro que rezamos todos los domingos en la iglesia. Han matado a un millón de los nuestros hasta ahora, a toda una población. Matan a cualquiera que mues­tre un poco de caridad cristiana.

Me interrumpo sin aliento, sorprendida por la expre­sión perpleja de Jéróme, que me mira boquiabierto.

—Y a nosotros nos quemarán también cuando les diga lo que sé —añado, levantando las manos.

Nos miramos horrorizados. Se ha dicho algo que ja­más debió haberse dicho. Se ha abierto una puerta que no puede cerrarse, en torno a la cual hemos estado dando vueltas todos estos meses.

¿Qué es lo que tú sabes? ¿Y por qué ibas a decirlo?

—Tengo trabajo que hacer —gruño, volviendo a mi fuego—. Como si no hubiéramos visto ya bastantes he­rejes.

Supongo que tienes razón —dice él con humildad.

—Ya, lo supones —replico cortante—. Es imposible vivir en esta época y no haber tenido contacto con los Amigos de Dios. No eran mala gente y desde luego no se merecían la hoguera. Sólo son herejes a los ojos de la Iglesia católica, haeretici perfecti, ¡desde luego que sí!

Sigo mascullando mientras cocino, golpeando cacha­rros y sartenes.

Los queman uno a uno, como a este pobre hombre o mujer, o en parejas, en grupos de diez o incluso multitu­des enteras: cuatrocientos en Lavaur, cuatrocientos cua­renta en Minerve, ciento ochenta y tres en Marne, dos­cientos diez más en Moissac. No hace mucho tiraron a tres mujeres a un pozo para que se ahogaran, pero fue un error, porque contaminaron un buen pozo. En Minerve los quemaron en una hoguera rodeada por una empali­zada de estacas aguzadas. Luego echaron las cenizas y los huesos al barranco hasta el río. Los que vivían corriente abajo vieron perplejos los restos de cadáveres ennegreci­dos que contaminaban su agua potable o ensuciaban el agua donde lavaban, cadáveres devorados por los peces que luego se comen los hombres.

¿Te imaginas estar corriente abajo? —Me echo a reír, pero son carcajadas amargas.

¿Qué? —pregunta Jéróme, ignorante de donde me habían llevado mis pensamientos.

Furiosa conmigo misma, me enjugo las lágrimas de un manotazo y levanto la cabeza hacia el agujero de la chimenea, maldiciendo el humo que me ha hecho llorar. Jéróme me mira en silencio y vuelve a sus herramientas. El gato sube de un salto a la mesa para inspeccionar su trabajo.

Pero yo pienso en los frailes de negras túnicas que en este mismo momento están removiendo los cuerpos de los muertos y echando los huesos a los perros: bisabuelas enterradas hace cincuenta años en tierra consagrada a las que sacan sin piedad de su sueño eterno para alinear los esqueletos y someterlos a un juicio póstumo. Luego que­man los huesos. No quedan cuerpos para alzarse en el Jui­cio Final, el día de la resurrección. Bueno, eso no afecta a los Cristianos Buenos, que creen que ya han entrado en la Luz. Pero yo quiero que al morir me entierren en la buena tierra, por si acaso, y en una iglesia, en terreno sagrado, y que no me desentierren. Por si acaso. Porque yo no sé qué nos va a pasar, no sé si existe realmente la resurrección para la gente como yo, pero creo que no deberían desente­rrar los cuerpos que llevan cincuenta años enterrados.

Bernard me ha contado —dice Jéróme— que hace tiempo, el mismo año que hicieron santo al fraile español, Domingo, hicieron una gran quema en Moissac, tal vez te acuerdes. Luego los cónsules y el pueblo se sublevaron y detuvieron a los inquisidores. ¿Te acuerdas? Elevaron una protesta al Papa. Hasta las órdenes católicas condenaron aquello. Entonces me enteré de que un cátaro se refugió en un monasterio y los monjes lo vistieron como uno de ellos y se negaron a entregarlo a los inquisidores.

—Me estás diciendo que hay esperanza —contesto al cabo de un momento—. Y a lo mejor la hay, si pudiéramos unirnos todos. Bueno, ya lo intentamos durante cuarenta años, pero son demasiado fuertes para nosotros. —En­tonces me echo a reír: es demasiado para mí.

»Tal vez, cuando despertemos el día del Juicio Final, descubriremos que estamos todos juntos, inquisidores, predicadores y gente corriente, cataros y católicos, todos a los pies de Cristo. O tal vez volvamos reencarnados, como dicen los Amigos de Dios —prosigo alegremente. »Tal vez volvamos en el futuro que contaba el juglar, donde todo el mundo es feliz y las casas vuelan y la gente no tiene que cortar leña o encender el fuego para prote­gerse del frío. En esa era nadie matará a nadie ni diezmará poblaciones enteras. No habrá necesidad, porque ya no existirán los prejuicios ni el odio. No entablarán guerras que duren diez años por una mujer infiel, como pasó en Troya. No asesinarán a diez mil ciudadanos en Béziers, hombres, mujeres y niños que huían gritando de las espa­das y los garrotes, ni matarán a dos mil inocentes refugia­dos en una iglesia. No habrá atrocidades en esa era futura, porque todos tendrán lo suficiente. Ojalá pudiera vivir en esos tiempos, ojalá.

Hmmm. —Jéróme me mira—. Probablemente ha­brán inventado mejores maneras de matar. Seguro que todavía hay matanzas.

—No, todo será mejor. La gente será rica y todo el mundo tendrá suficiente para compartir. Todo el mundo tendrá educación.

—Mira, los caballeros y los nobles tienen bastante para comer y son precisamente ellos los que hacen la gue­rra —dice Jéróme con lógica—. No la gente como nosotros, sino los señores, que son todos familia, casados unos con otros. A ellos les gusta luchar, lo llevan en la sangre, y eso que son los más ricos de todos, con sus tierras y sus castillos y sus diezmos e impuestos. No son los campesi­nos los que se encargan de declarar las guerras.

—¿Y qué?

Pues que si los señores quisieran, habría paz. Tienen bastante para comer, ¿no? Lo que pasa es que la guerra forma parte de la naturaleza humana, de modo que tam­bién en ese futuro del que hablas matarán.

Remuevo el estofado mascullando entre dientes, mien­tras Jéróme trabaja con las riendas.

¿Qué estás diciendo? —pregunta finalmente.

Nada que quieras oír.

Al cabo de un rato se levanta y se estira, para desentu­mecer la espalda.

Pues yo creo que iré —anuncia.

—No sé —contesto yo al cabo de un rato—. Puede ser… No sé. ¿De quién se trata?

Ni siquiera sé si es hombre o mujer, perfectas o no. No es más que un hereje. Es todo cuanto he oído.

Dejo caer la cuchara ante una súbita idea: ¿Y si es uno de mis tres perfecti? Se me hace un nudo en el estómago, y de pronto mi mente empieza a trabajar frenéticamente, buscando la manera de verme a solas con el hereje y pe­dir su bendición. O ver si tiene alguna información sobre Poitevin, Hugon y Amiel; el último y sagrado tesoro de Montségur.

¿Dónde está? —En la Muralla.

Me estremezco. A los herejes los encierran en las pro­fundidades de la prisión de piedra, muy bajo tierra.

Comemos en silencio, los dos absortos en nuestros . pensamientos.

¿No tienes miedo? —pregunto. El me mira fijamente.

Sí, tengo miedo. —Y aparta la vista. Luego me cla­va de nuevo la mirada, ceñudo, y prosigue con calma—. Por eso te llevo a la iglesia todas las semanas, por eso quiero que nos casemos en la iglesia, por eso tienes que venir conmigo a ver cómo lo queman.

Me quedo sin aliento.

Soy una cobarde. Porque no quiero ver arder a otra persona. Me da vueltas la cabeza. Al final me seco las manos en el delantal.

Está bien, iré contigo al mercado el sábado. Lo ve­remos juntos.

Iré a ver si es uno de los míos, hallado y perdido de nuevo.

Pero al día siguiente, ya es demasiado tarde.


29

Subieron la colina al galope e irrumpieron en la granja haciendo resonar cascos y armaduras, espantando a las ga­llinas que huyeron cacareando por todas partes (yo sentí el impulso de hacer lo mismo) mientras la cabra, aterroriza­da, balaba atada a su cuerda. Los dos escoltas armados des­montaron y sujetaron las bridas de los dos monjes con sus túnicas blancas y negras. Los inquisidores.

Yo pensé de inmediato en mis Evangelios, escondi­dos entre las raíces del árbol. Quería echar a correr ale­teando como las gallinas, pero me quedé paralizada en el patio, con las manos ocultas bajo el delantal, mientras ellos acercaban los caballos, que espumeaban por la boca. Y tan extraña es mi mente que me encontré maravillándome de aquellos frailes que montaban sus muías como caballeros cuando podían haber ido andando.

¿Eres tú la mujer a la que llaman Jeanne Béziers?

Asentí aturdida. Jéróme se acercaba desde el campo contiguo a la casa, todavía con su azada de madera, co­rriendo lo más deprisa que podía con su pierna coja. Al llegar a la entrada aminoró el paso. Ahora caminaba con reticencia, limpiándose las manos en la camisa.

¿Puedo ayudarlos en algo?

«¡Socorro!», quise gritar. ¡Ayudar a los inquisidores! ¿Se había vuelto loco? O tal vez ya los había ayudado, yo no sabía con quién había estado hablando en el pueblo.

—¿Cuánto tiempo lleva esta mujer viviendo aquí? —preguntó uno de ellos.

—¿Cuánto tiempo hace, Jeanne? —dijo con voz ino­cente, disimulando—. ¿Seis meses? Era otoño.

—¿Cómo te llamas? —lo interrogó el otro inquisidor.

—Jéróme, hijo de Robert Jéróme.

—Tú también vienes. —Y antes de que nos diera tiem­po a replicar, los soldados nos habían esposado y nos ha­bían atado una cuerda al cuello, como si fuéramos burros.

—¿Y mis animales? —protestó Jéróme—. No puedo dejar a mis animales.

—Ya se encargará de ellos algún vecino. Lo avisare­mos de camino al pueblo. —Y sonrió, con sus ojos de cer­do brillando en su carnosa cara de monje bien alimentado.

Jéróme se volvió como loco, tirando de la cuerda del cuello, porque de pronto lo comprendió: cualquier ami­go al que nombrara sería también detenido. Los inquisi­dores no necesitaban cargos para hacer una detención.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó—. ¿De qué se me acusa? ¿Quién os ha mentido?

—Vamos. —El soldado tiró de la cuerda.

—Existen procedimientos legales. Yo soy un buen ciu­dadano, católico, vivo aquí con mi mujer. No somos here­jes. Mirad, tengo a Cristo en la cruz en mi casa. Id a mirar, allí, en la puerta. Voy a la iglesia, recibo la comunión. Pre­guntadle al sacerdote. Necesitáis cargos, un juicio.

—Vamos. Si no mientes, no tardarás en volver.

¡Jeanne! —Jéróme me miró desesperado, luego se volvió hacia los soldados—. Dejadme por lo menos ce­rrar la puerta.

Se echaron a reír, pero le permitieron meter la cuerda por el agujero y atar el pestillo. Cualquiera que tuviera un cuchillo afilado podría entrar. Los animales se queda­ron en la granja, con nuestra esperanza de volver por la noche para darles de comer.

Nos arrastran detrás de los caballos, dejando atrás la granja y la oxidada verja chirriando a nuestra espalda. La ca­bra bala y las gallinas cacarean y aletean indignadas, pero en cuanto los caballos se alejen se tranquilizarán y volverán a sus satisfechos cloqueos. Yo no he tenido tiempo de aliviar­me y ahora, con la vejiga llena y muerta de miedo, me mojo las piernas mientras nos obligan a correr tras los caballos.

—Tengo que orinar —grito—. ¡Deteneos! —Pero ellos no hacen ningún caso—. No somos criminales. Que Cristo se apiade de vosotros, ni siquiera nos habéis interrogado.

Uno de los monjes debió de oírme, porque detiene su mula y me hace señas para que me agache allí mismo en el camino. Así lo hago, cubriéndome pudorosamente con las faldas a mi alrededor y vertiendo un chorro ca­liente de orina en el suelo. El hilillo corre pendiente aba­jo hacia la muía y se encharca en torno a su pata, pero para mí, mi orina cae directamente sobre el monje.

Jéróme también aprovecha la oportunidad para ali­viarse y luego nos hacen caminar deprisa en dirección al pueblo. Mil pensamientos se agolpan en mi mente. Pien­so en Jéróme, en los animales, en que el sábado será el auto de fe en el que quemarán a un hereje, hombre o mu­jer, amigo o desconocido, que tal vez me nombró antes de que lo condenaran a muerte, que nombró a la mujer loca con la esperanza de salvar su vida. La señora Flavia, quizás, a la que a su vez denunció el mozo de cuadras. Ella sabía mi nombre. ¿O tal vez fue una de las mujeres a las que he conocido en el mercado en los últimos meses?

¿O los Domergue? ¿La mujer de los huevos, con la que regateé hace un mes?

¿Y por qué han dado mi nombre?

¿De qué se nos acusa? —pregunto, pero no me contestan. Siguen avanzando, sumidos en sus oraciones y alabanzas a Dios.

Jéróme, andando a mi lado, parece perdido.

Lo siento —murmuro—. Estás aquí por mi culpa. Debería haber huido. Jéróme, perdóname, es culpa mía. —Y al mismo tiempo me asalta una idea inquietante: ¿Ha sido Jéróme quien me ha denunciado?

¿Por qué? —replica él con terquedad—. Es un error, nada más, y cuando lo expliquemos nos dejarán li­bres. Esta noche volveremos a casa, mañana a lo más tar­dar. Eres mi mujer, y nadie sabe nada más.

No estamos casados —lo corrijo.

Puede que sea eso. A lo mejor quieren que nos ca­semos en la iglesia.

Lo miro sorprendida. ¿Es que ahora se cree sus pro­pias historias? Lo más probable es que nos quemen a los dos el sábado con el otro hereje, pero justo mientras pienso esto, sé que estoy casada con Jéróme.

—Me he casado contigo —digo, besándolo con los ojos. Caminamos en silencio, aterrorizados por los frai­les y su guardia.

Qué raro, aquí en el valle ha estallado la primavera en gloriosos tonos rosados y blancos, amarillos y verdes; ver­des las hojas, la hierba, los matorrales y arbustos, la tie­rra florece de alegría y el aroma de las flores de los manza­nos y los perales inunda el aire. Nos llevan al pueblo como animales, con correas de cuero en torno al cuello y cuer­das que se tensan sobre las grupas de los caballos.

Llegamos al pueblo como criminales, con las manos atadas a la espalda y sujetos por el cuello con un collar de cuero. La multitud guarda silencio mientras nos acercamos a la plaza del mercado. La gente abre camino para dejarnos pasar, metiéndose bajo los arcos de la galería que rodea la plaza y que protege del sol y la lluvia. Por allí por donde pa­samos se hace un silencio seguido de un zumbido nervioso.

Hay quien de pronto encuentra asuntos importantes a los que dedicarse en los puestos del mercado o en las puer­tas de las tiendas, otros simplemente se nos quedan obser­vando, siguiéndonos con la mirada para no perder de vista nuestro recorrido. Tres muchachos corren excitados por las galerías, gritándose unos a otros y zigzagueando entre los burgueses bien vestidos. Uno de ellos tira una piedra y grita «¡herejes!», para luego salir disparado a través del mercado, seguido de sus dos compañeros, esquivando los puestos de fruta y verdura. Recorre la calle de la catedral y sale más abajo, de nuevo a la plaza, para tirar otra piedra.

Jéróme y yo, avergonzados, caminamos detrás de los inquisidores y sus guardias armados. Jéróme está preo­cupado también por los animales. Lo conozco muy bien. Tiene la frente arrugada bajo su viejo sombrero de fiel­tro. Yo estoy preocupada por él, porque he visto a los in­quisidores y sé que no dan cuartel, no tienen clemencia. También estoy preocupada por mí, pero más por Jéró­me, que me ha llamado en público su esposa. Ya no es un hombre joven, y durante todo el camino han tirado de él sin consideraciones y sin tener en cuenta su cojera. Se humedece los labios, secos como el heno, recordándo­me que yo también tengo la garganta seca.

¿Pero y si es Jéróme el que me ha denunciado? Si es así, esto no lo salvará. También lo quemarán a él. ¿No se le había ocurrido?

Nos detenemos ante la Muralla; la puerta negra.

Tengo tanto miedo que se me afloja el vientre y me avergüenzo todavía más. Un gemido escapa de mis labios. Jéróme me mira.

¿Estás bien? —susurra.

Yo rezo el Padrenuestro e intento recordar a Baiona, y a Corba y Arpáis, todas caminando de la mano hacia el fuego con el corazón alegre, cantando, seguras de su fe, mientras que yo… yo miro a Jéróme desesperada.

Rezo y suplico a Dios por mi vida. Luego pienso en los animales de la granja. ¿Quién impedirá que un zorro o un perro mate a las gallinas, o que venga a robar algún vecino y se lleve lo que quiera del patio, de la casa, y se ponga a trastear entre mis cacharros de cocina y el semi­llero de la ventana? Me imagino haciendo esto a la vieja Annie, que vive abajo en la hondonada y nunca saluda a nadie. O a los mismos inquisidores, porque no me extra­ñaría nada que enviaran a los monjes de su monasterio para llevarse a nuestros animales.

¡Moveos! —Un soldado me empuja por el patio hacia otra puerta.

¡Jéróme! —exclamo, mirando hacia atrás.

Está blanco. Hasta su barba parece puntiaguda y pá­lida. Estamos ya tan lejos uno del otro que no podemos ni despedirnos. El soldado me empuja escaleras abajo.

¡Jéróme! — grito. Ay, quiero decir tantas cosas: «No te desanimes. Tú eres un buen católico, te dejarán libre. Te quiero. ¡Sí!» Palabras que nunca llego a pronunciar. Quie­ro decirle que confíe en Dios, pero la duda se me atasca en la garganta y ya es demasiado tarde, porque me empujan por el estrecho pasillo con tanta fuerza que caigo de rodi­llas. Me levantan con brusquedad y me apresuran por el pasillo de las mujeres, que está oscuro y apesta a orina y heces, a sangre y sudor humano. Se oyen las voces apagadas de dos mujeres tras las puertas de madera y un goteo de agua. Estoy aterrada. Los soldados se detienen ante una estrecha puerta de madera y meten la llave en la cerra­dura. La puerta chirría al abrirse, luego me empujan a la celda y cierran de golpe.

Está oscuro, no hay ventanas, no puedo respirar. La obscuridad es tal que no importa si tengo los ojos abiertos o cerrados, ya que no puedo ver nada, y sigo con las manos atadas a la espalda. Tiemblo de miedo. Me quedo total­mente inmóvil, temblando, sin atreverme casi ni a respirar.

No veo nada… Tinieblas… No oigo nada… Y entonces, todavía peor, el pesado sonido del silencio, un agudo piti­do en los oídos, las voces de la memoria y el reproche des­atadas en mi interior, como niños desenfrenados sin niñe­ra perdidos en un castillo. ¿Cuánto tiempo permanecí así?

—Ay, Señora mía —rezaba—. Ay, Señor Dios mío, Ay, ángeles míos, os necesito ahora. Os necesito desespe­radamente. Ayudadme, soy vuestra. —Rezaba aunque no podía sentir devoción y gratitud en ese momento, sólo pedía ayuda a gritos, con miedo, rabia, desespera­ción—. Señor Jesucristo, ten piedad, no me abandones. No te he servido como debía, pero te necesito. Por favor, perdona mis pecados como yo perdono…

Y entonces me interrumpo porque, por supuesto, yo no perdono a mis perseguidores como pide nuestro Maestro. ¿Cómo puedo entonces ser perdonada? Les fa­llé a los perfecti, le fallé a Baiona y fracasé en las esperan­zas de mi auténtica madre, Esclarmonde, la que me crió e intentó enseñarme el Camino, le fallé con mis pecados y con William, y ahora con Jéróme, y le he fallado a Jéró­me. Y ahora fracaso en las enseñanzas de nuestro Señor.

No hay bondad en mí, pero Tú, mi Dios, eres cle­mente. Mira a tu hija con piedad…

Sé lo que tengo que hacer: rezar por los inquisidores. Pero tengo el corazón helado de odio. Me dejo caer al suelo pidiendo las ganas de rezar por ellos.

Señor, ayúdame.

Quiero quemarlos, quiero cegarlos con tenazas al rojo vivo, quiero estrangularlos con mis propias manos, quie­ro sentir mis dedos apretando sus gargantas, las uñas en los pliegues de su piel suave. Quiero mutilarlos, arrancar­les los ojos y obligarlos a tragárselos, sacar a sus antepasa­dos de sus tumbas y esparcir los huesos…

Estoy jadeando. De pronto me doy cuenta de que no me he vuelto clemente, sino todo lo contrario. Soy como los inquisidores, estoy llena de superioridad y odio. ¿Es eso lo que me enseñó Esclarmonde? Sólo me hago daño a mí misma.

—Ayúdame, buen Dios, porque les odio con todo mi corazón y sólo Tú puedes borrar mi furia y ayudarme a per­donarlos como Tú nos enseñas. ¡Abre mi corazón, Señor!

Los Amigos de Dios repetirían sólo el Padrenues­tro, la oración que Él mismo enseñó a sus discípulos. «Pa­dre nuestro que estás en los cielos…» Mis labios repiten las palabras, pero mi corazón susurra otra plegaria: Sal­va a Jéróme, por favor, Dios mío, salva a mi esposo. Y su granja, y sus animales. Y a mí, Señor. Tengo tanto mie­do… A veces pongo la oración en presente: Gracias, Dios mío, por salvarme, por salvar a Jéróme y a los animales.

Hago un trato: mi vida por la suya, aunque sé que Dios no hace tratos. Pido también luz, porque odio las tinieblas, me da miedo la obscuridad.

Haz que me trasladen a una celda con luz. ¡Dame la luz!

Enloquecidas, aterradas, apasionadas súplicas.


30

Me siento en la piedra fría con las rodillas contra el pecho, temblando en la obscuridad. No tengo ni idea del tiempo que llevo aquí. Tengo frío, estoy agotada, tem­blorosa. He dejado de rezar, pero ahora los recuerdos corren desatados por mi mente.

El valor no es la ausencia de miedo, sino seguir adelan­te a pesar de él. Retrocedería de buena gana a cualquier momento del pasado, incluso cuando vagaba sola por la montaña después de la matanza de Montségur, cualquier momento antes que éste que paso a ciegas en la obscuridad, con las manos doloridas atadas a la espalda. Me duelen los hombros. De pronto pienso que he pasado gran parte de mi vida lamentando mi suerte, y se me ocurre que si fue un error hacerlo antes, cuando tenía juventud y libertad, debe de ser también un error ahora, cuando estoy encerrada en una celda. Mi madre, Esclarmonde, dice que la felicidad es un estado de la mente, un hábito que hay que cultivar.

Me pongo a rezar de nuevo, haciendo un esfuerzo por sentir gratitud. «El da fuerzas al débil», dice Isaías. «Se alzarán volando como las águilas; correrán sin can­sancio, caminarán sin desmayo.»

Tardo mucho tiempo, pero al final las palabras co­mienzan a obrar su hipnótico efecto. «Padre nuestro que estás en los cielos…» en el cielo de mi corazón. Y poco a poco me relajo, se mitiga el miedo, siento su amorosa presencia llenar mi corazón. Tengo la cabeza entre las ro­dillas, me balanceo a ciegas en la obscuridad. «Padre nues­tro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…» y cuando por fin, después de lo que parecen horas, pro­nuncio estas palabras por centésima vez, soy consciente de que me he tranquilizado. ..,,,,

«Venga a nosotros tu reino…»

La luz…

«Hágase tu voluntad.» La habitación está llena de luz, es un ser de luz. Lo miro maravillada, llena de júbilo.

—Ven —me dice en silencio, trasladando los pensa­mientos de su mente a la mía. Tiende su hermosa mano y yo la miro embelesada—. Ven conmigo. —Mi Padre, mi Madre, su reino, están en mi corazón. Ella es blanca, de un blanco cegador que sin embargo no daña mis ojos. Mi señora de la pradera.

«El pan nuestro de cada día dánosle hoy…» Y éste es el pan que deseaba, estoy bañada en luz. Siento que hasta los huesos podrían quebrarse de alegría. Estoy tan llena de amor que en este momento soy puro amor. No guar­do rencor a los inquisidores, a los Domergue, a William, Jéróme, Baiona, mozos de cuadra o cualquier otro trai­dor asustado. Esto es lo que enseñaba Cristo cuando nos ordenó amar a nuestros enemigos, cuando dijo «alimen­tad a mis ovejas». Mi cáliz rebosa, el alma se me eleva, el águila que vuela alto, muy alto, en un cielo de amor… La luz se vierte en mí, estoy extasiada por la luz.

Ella se ha ido y estoy de nuevo en la obscuridad, pero mi alma está plena y palpita, y ya no tengo miedo.

El guardia viene con una jarra de agua y yo entorno los ojos a la luz de la antorcha que arroja largas sombras en la celda. Parpadeo y veo mi entorno por primera vez. Las paredes están húmedas, aunque eso ya lo sabía por el tacto y el olor. Un poco de paja sucia cubre el suelo de piedra.

El guardia me aparta de un empujón.

—Ponte allí. —Tira de las cuerdas que atan mis ma­nos y quedo libre. Quiero hablar, pero mi lengua se traba con las palabras. Estoy mareada. Veo un desagüe en el suelo y pienso aturdida que ésa es la letrina, e intentaré encontrarla a tientas. El hombre me tira en el regazo un trozo de pan. La jarra de agua está en el suelo.

Tras un portazo quedo de nuevo en tinieblas, frotán­dome las muñecas, desentumeciendo los hombros. Tan­teo vacilante buscando la jarra, que cae sobre la piedra. Tiendo las manos trémulas, intentando encontrarla en la obscuridad antes de que se vierta toda el agua. Por fin la en­cuentro, pero ya es demasiado tarde: está casi vacía. Mis dientes chocan contra la jarra mientras bebo lo que queda.

El pan seco me hace daño en los dientes. Me siento enferma. Dormito, queriendo ver de nuevo la luz, pero ahora mis pensamientos recorren obscuras avenidas, som­bras de mis antiguos amigos.

Tengo diarrea. Me acerco a trompicones a la letrina, pero creo que he fallado, aunque está demasiado oscuro para ver algo. Tengo náuseas y en algún momento vomi­to manchándome las piernas y las faldas.

Pronto no puedo tenerme en pie, ni siquiera puedo mantenerme erguida cuando estoy sentada. Me tumbo en la paja y duermo, febril y débil.

Me muevo hacia la luz, la luz me ha capturado de nuevo. He dejado mi cuerpo en la celda y es raro verlo ahí tirado en el suelo. ¿Por qué me importaba tanto? La luz, el amor, me invade por dentro y por fuera, como si me cubrieran las olas del mar, como los pétalos de una flor, y yo soy la abeja que cae aturdida en el centro del sensual capullo, mareada por el intenso olor y por la blancura de la luz.

Estoy en una rosa blanca, o más bien soy la rosa que asciende a los rincones más lejanos del universo, y de la rosa surge, como las llamas surgen de un fuego, la luz to­davía más blanca de otra rosa. Y de ella brota una música: ángeles cantando las alabanzas a Dios. Sus voces se fun­den en un coro tan magnífico que me invade los sentidos. No se detiene, sino que crece de rosa en rosa, la blancura interior crece más y más en la música de alabanza… La lengua se me llena de una dulzura superior al néctar, es el sabor de la luz pura, y mi alma se eleva más y más, has­ta que me parece que la luz la extinguirá. No hay nada más que amor, el amor que mueve el sol y las estrellas y crea la primavera, el otoño, y también el invierno. Este amor es un lago de fuego y de sus llamas danzarinas surge todo ser viviente, sus chispas bañan a todas las criaturas.

En mi sueño grito de júbilo en silencio, porque tengo el corazón henchido de un amor tan intenso que hace daño. He tenido antes este sueño, pero no recuerdo cuándo, porque ahora vuelo hacia la luz, y al otro lado de la pradera veo a Baiona que corre hacia mí, y detrás viene William. «¡William! —grito— , ¡Baiona!» Ellos me reco­nocen, me llaman por mi nombre y yo corro hacia su ale­gría. A medida que me aproximo al arroyo que me se­para de ellos veo a Esclarmonde. Por todas partes hay espíritus ataviados de muchos colores. Al fondo está mi amado Guilhabert de Castres y junto a él su joven socius, Bertrand Marty. ¡Son tan jóvenes!

Al instante siguiente ya no estoy allí. No se me permi­te cruzar el arroyo. De pronto me devuelven a mi dolor, a mi cuerpo, y oigo gritos débiles como gemidos de hadas, y me doy cuenta, sorprendida, de que surgen de mi propia boca. Quiero volver allí.

Estoy tumbada sobre las frías piedras, pero mi mente sigue en aquella pradera de luz, donde lo conocía todo y todo era perfecto, todo; el nacimiento, la muerte, la ale­gría, el dolor, el mal, el bien, todo perfecto. Cada momen­to de mi vida ha sido un paso hacia ese punto perfecto. En esa pradera comprendí que no existe el mal, no existe Sa­tanás, el diablo, el demonio. Sólo hay amor. Y lo que pare­ce malo es sólo el resultado de la ignorancia. Lo que pa­rece bueno no lleva más peso que lo malo, porque a los ojos de Dios sólo existe el ¡SÍ! ¡YO SOY! ¿Cómo puede ser? Recuerdo saber, mientras la luz crece a mi alrededor, que el mal lo creamos nosotros, al actuar sin amor.

Poco a poco vuelven las palabras, los pensamientos coherentes. Pero la mayor parte de lo que sé no puede expresarse con palabras. Me siento humilde, porque eso era el tesoro de los Amigos de Dios. Yo pensaba que el tesoro cátaro consistía en oro y joyas, en cajas talladas de marfil con cierres de plata, en el Santo Grial o en el libro sagrado, y más tarde pensé que eran los perfecti. Y todo este tiempo el tesoro ha estado oculto en mi corazón, es­perando que hiciera girar la llave, que descubriera quién soy y qué soy, que averiguara que todos estamos hechos de amor.

La perla más valiosa.

Estoy tumbada sobre las piedras, parpadeando en la obscuridad, que ya no es amenazadora sino que ahora me envuelve y me protege como una obscura vagina, tan cáli­da como los brazos de mi niñera. Vago a la deriva en un mar de amor, recordando las visiones de las rosas blan­cas, la música de las esferas.

El lago de amor. Puedo nadar en él porque mientras salgo de mi ensoñación permanezco aún en ese dulce y sublime estado de eternidad (la música se desvanece en mis oídos, todavía noto en la boca el sabor meloso de la luz), y recuerdo una cosa: todos los seres vivos están compuestos de luz, la luz del amor. Nuestras almas están empapadas de amor, y el alma no se encuentra en un lu­gar determinado del cuerpo, sino que lo permea por com­pleto, como el agua permea una esponja, de modo que no hay parte de nosotros que no esté compuesta de amor y de alma. Los cruzados franceses también estaban he­chos de amor, los inquisidores, los perfecti, los campe­sinos, el Papa.

Tal vez deliro. Tal vez fue un sueño.

He rezado pidiendo luz y se me ha dado la luz, no como yo imaginaba en la pobreza de mi mente, porque lo único que yo quería era una ventana, y en lugar de eso se me ha dado una luz mayor de lo que se puede conce­bir. Tengo tanta sed… Tiendo la mano hacia la jarra de agua y me llevo unas gotas a los labios. Tengo la lengua hinchada y dolorida.

De pronto sé que siempre he estado protegida, que cada momento de mi vida… ¿Cómo explicarlo? Cada momento ha sido… no carente de importancia, pero sí mucho más ligero de lo que yo comprendía. Cada mal me ha llevado a un bien, o me ha enseñado una lección, o ha cambiado de naturaleza para poner al descubierto en su oscuro forro de seda la bondad de Dios. Hasta la vio­lencia es un aspecto de la mano amorosa de Dios.

Y también lo es el agua: agua, por favor.

Los guardias me encuentran delirando. Estoy tan en­ferma que han mandado a un médico para que me exami­ne. Me han trasladado a una celda más grande, con una ventana. Gracias a Dios, porque eso me complace. ¿No había rezado antes pidiendo una ventana? Miro esperan­zada mi parcela de cielo. Me traen sopa. Sostengo el cuen­co con manos trémulas, alzo la cuchara. Debo comer.

Pasan los días. ¿Dónde está Jéróme?

Hoy han venido a por mí. La puerta se abrió con un chirrido, los soldados me agarraron por los brazos y me sacaron a rastras, con las manos de nuevo atadas a la es­palda. Apenas me tengo en pie. Parpadeo a la luz de las antorchas. Me suben por escaleras y me llevan por largos pasillos hasta que lo único que quiero es parar, descansar. Pero seguimos subiendo.

¿Adonde vamos? —pregunto, pero con un hilo de voz tan leve que apenas es un olor en el aire, una idea en mi mente.

Entramos en una gran cámara con un fuego en la chi­menea y una repisa alta sobre ella. Un hombre de blan­co y negro mira las llamas de espaldas a mí. Estoy marea­da y tardo un momento en identificar las siluetas que se mueven. En la habitación hay una larga mesa donde se sientan dos escribas con plumas y papeles, pero también ellos oscila y a veces se convierten en tres o cuatro antes de volver a ser dos. Hay varios guardias y soldados, al­gunos libros con tapas de cuero, pero puede que sean sólo sombras, no lo sé.

El hombre de la chimenea se vuelve hacia mí y mete las manos en las mangas. Es un rostro furioso, acosado, triste.

—Jeanne Béziers —dice el guardia en voz alta, anun­ciándome.

—Siéntate.

—En pie.

Instrucciones contradictorias. Yo me tambaleo, cons­ciente, en aquella suntuosa sala, de la suciedad de mi piel y de mi ropa, el pelo suelto y desgreñado. Huelo a piedra fría, o aún peor.

Comienzan el interrogatorio: nombre, edad, ¿de dón­de vienes?

Tengo la lengua hinchada y se atasca cuando hablo:

—Alabado sea Jesucristo nuestro Señor —susurro.

¿Eres una hereje? ¿Has conocido alguna vez a un hereje? ¿Cuál es tu relación con Béziers? ¿Conocías a Esclarmonde de Foix y Pamiers, una perfecta? ¿Conocías a alguno de sus hijos?

Alabado sea Jesucristo nuestro Señor —repito en un susurro.

¡Responde a las preguntas!

Responde si no quieres sufrir.

Yo no digo nada, porque en ese momento veo tras él el rostro de mi Señor Jesucristo, y con él está nuestra Se­ñora, y ambos me miran con tal compasión que se me doblan las rodillas. Es ella, es la dama luminosa que son­riendo me tomó de la mano en la pradera de Béziers cuando yo no era sino una niña, y aquí está otra vez, en­vuelta en luz. Mi Señor Jesucristo avanza hacia mí, den­tro de mí. El monje hace una señal con la cabeza y los soldados me desnudan hasta la cintura, dejando mis pe­chos al descubierto. Me azotan con sus látigos de cuero pero, ¡oh, Señora!, cada golpe no me produce sino un ex­quisito júbilo. Estoy en éxtasis porque estoy llena de Cristo, y a la vez miro a sus ojos resplandecientes. Es un tesoro más de Montségur.

¿Confiesas tu herejía? —No grita.

—Azotad con más fuerza. Usad los brazos.

¡Oh, Cristo! —exclamo.

Llevadla a su celda —dice el monje mirando el fue­go. Tiene un corazón duro, es un hombre infeliz. ¿Acaso no ve a nuestro Señor, que resplandece en la sala?

Que Cristo tenga piedad de vos —lo bendigo— y que os acompañen todos los ángeles del cielo, en nombre del Padre…

Él agita impaciente la mano.

La próxima vez, será la tortura.

Luego volvemos por los pasillos, las escaleras, abajo, abajo, de nuevo en las tinieblas, a mi celda. La puerta se cierra.

Mi Señor Jesucristo se ha marchado. Mi Señora se ha marchado. Tengo la espalda en llamas. Ahora grito de dolor.


31

Pienso en Baiona y en William, juntos y felices en la otra vida. Rezo en mi celda para que me perdonen, y rezo también para perdonar, ¿porque cómo si no puedo recibir perdón por mis actos? Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores… Per­dóname, Baiona, rezo. Perdóname, Esclarmonde, por mis fallos, por no saber amar. Perdóname, Jéróme.

A veces rezo por los animales y pienso que aquí, en la prisión, ya no podré matar a otro cerdo el otoño que vie­ne. De modo que Dios ha hecho cumplir su voluntad con elegancia, salvándome así de otro pecado.

Sin embargo a veces es tanto el dolor que no puedo re­zar. Me asaltan el miedo y las dudas. Temblando, apenas capaz de ponerme en pie, hago un esfuerzo por recorrer mi celda de piedra de un lado a otro, ansiosa, intentando pensar en… ¿qué? Mi mente da vueltas frenética, incapaz de albergar sino dudas. ¿Quién nos denunció? ¿Los Domergue? ¿Raymond? No puedo creerlo. ¿El sacerdote? ¿El mozo de los establos? ¿El mismo Jéróme?

¿Dónde está ahora la luz? Merezco mi castigo. Me quito las enaguas, empapadas de suciedad. El hedor es intolerable. Tiemblo de miedo, loca de soledad y de culpa.

Pero entonces domino de nuevo mis pensamientos: «Dios no castiga —me digo — , sino sólo mi conciencia.» «Intentad saber con exactitud lo que sentís», nos decía Esclarmonde. Me siento furiosa, herida, con miedo, se­dienta, hambrienta, mojada. Sentada en esta celda som­bría, el silencio sólo interrumpido por el correteo de al­guna que otra rata por la paja, o por mi respiración, o por mis dedos que rascan mi piel escamosa, por los gritos apagados al otro lado de la puerta, araño la superficie de mis pensamientos para nombrar lo que siento según nos enseñó Esclarmonde. Sin dirigir mi rabia y mi odio hacia los inquisidores, que sólo hacen su trabajo como creen que deben hacerlo, sino examinando mi persona, que ya no puede ver la luz (eso también es un don de Dios y no puede conjurarse a voluntad).

Mis sentimientos van del miedo a la soledad, al dolor, a la culpa (que es otra forma de miedo), a la rabia (que también proviene del miedo), los celos (miedo), vengan­za, vergüenza, pena, remordimientos… Hasta que queda claro que ninguna de estas emociones es cierta. Bajo ellas yace el miedo. Tengo miedo de morir en la cárcel, de no volver a ver a Jéróme, porque nadie sale vivo de la Mura­lla. Tengo miedo de que me torturen. Tengo miedo de que me quemen.

Me arde la espalda como el fuego, de los azotes.

A veces pierdo el control y grito. Los ecos rebotan en las paredes. A veces camino por la celda, tres pasos ade­lante, tres pasos atrás, como un león en su jaula. A veces me siento muy sola. Entonces vuelvo a hacer un esfuerzo (qué deprisa se me olvida) por rezar, y de nuevo me in­corporo con dificultad sobre las rodillas, con las manos enlazadas; y a veces, sólo por un momento, quedo en­vuelta en la luz.

Me llevan de nuevo al interrogatorio. Siempre los mismos dos monjes. Siempre las mismas preguntas, una y otra vez.

—Tu nombre —me preguntan, aunque lo saben muy bien—. ¿De dónde eres? —Al principio me hacen pre­guntas sencillas. No saben nada de mí; mi nombre no aparecía en las listas de Montségur.

—Nombra a los herejes que conoces.

¿Has alabado a los herejes por su santidad?

¿Conoces a alguien que haya estado en presencia de algún hereje perfectas?

Yo no contesto.

Que nuestro Señor Jesucristo os bendiga —repito. O digo el Avemaria o el Padrenuestro, temblando de miedo de que me torturen, pero ninguna otra palabra sale de mis labios. Me preguntan por Jéróme. Me pre­guntan por Montségur. Preguntas y más preguntas.

¿Estabas en Montségur durante el asedio? ¿Qué sabes del tesoro cátaro?

Lo sé todo: se encuentra en la oración.

¿Qué sabes de los perfecti que escaparon? ¿Cuán­tos eran? ¿Cómo se llaman? ¿Dónde está ahora el teso­ro? ¿Quién sabe dónde está escondido?

Yo contesto con mis oraciones, sólo oraciones.

Me atan al potro. Me desmayo. Me despiertan, pero a la primera punzada de dolor me voy de nuevo. Floto por encima de mi cuerpo y observo con desinterés mientras ellos discuten.

Desatadla. No queremos matarla.

Un día me doy cuenta de que ya he recibido el consolamentum, porque ya no estoy furiosa con estos hombres. Mi corazón se llena de una gratitud que inunda a los guardias, mi paja sucia, mi comida, mi vida, mis ami­gos muertos, mis enemigos, mi alma pura. Debo de estar loca. Caigo de rodillas con humildad. He encontrado el tesoro que todos buscan: está en nuestra propia alma in­mortal. Yo soy el tesoro. He encontrado el tesoro de Montségur. La loca Jeanne.


32

Me llevan por segunda vez a la cámara de tortura. No es una sala hermosa con una chimenea tallada y me­sas de escritura, sino una habitación pequeña, atestada, obscura. En un rincón humean los fuegos y en otro están los instrumentos de tortura, negros y metálicos, aguar­dándome. Huele a miedo y a carbones calientes, y en cuanto veo las máquinas de tortura se me escapa un hilillo de orina y dejo caer todo mi peso en los brazos de los guardias. Estoy mareada de terror.

¿Confiesas que eres una hereje?

Ni siquiera me han atado todavía al potro. Intento contestar… Sí, sí, lo confieso todo, confieso lo que queráis, lo que queráis. Pero cuando abro la boca, vomito. Ellos retroceden de un brinco, maldiciendo, y luego me arrojan sobre el potro. Los he enfurecido. Intento contestar… Sí, no me hagáis daño. Confieso. Soy una hereje. Pero se me atascan las palabras. Dios mío, ayúdame, tengo miedo.

Hoy han venido a liberarme. Tan inesperadamente como me detuvieron, abrieron la puerta de mi celda y me llevaron escaleras arriba y luego, después de haber dejado atrás kilómetros de pasillos, subido y bajado escale­ras, y atravesado lúgubres pasadizos, hasta la puerta.

—Eres libre.

Sin más explicaciones.

¿Y Jéróme? —Mi voz es apenas un gemido, porque hace mucho tiempo que no hablo. Parpadeo bajo la luz cegadora, y el guarda cierra la puerta a mi espalda y me deja allí, desorientada. Es pleno verano. Apenas puedo caminar. No tengo comida, agua o refugio. ¿Adonde voy a ir?

Echo a andar despacio, tambaleante, alejándome del pueblo, hacia el campo, por el camino polvoriento. Me miro y tengo que echarme a reír de la loca Jeanne, sucia y desaliñada de nuevo. La desposeída, la exiliada. Pero es­toy viva.

Al subir la colina el corazón se me ensancha en el pe­cho, crece, se abre maravillado a la belleza de la hierba, al azul del cielo y al dulce viento cálido que me besa la mejilla.

No me canso de ello. Camino hacia las montañas ne­vadas, hacia casa.

Me detengo en el río para beber y lavar la suciedad de mi cara, mis brazos y mis pies. El sol calienta y no hay nadie cerca, de modo que me quito el vestido sucio y me meto en el agua. ¡Está helada! Luego intento lavar tam­bién el vestido y lo dejo secar al sol. No puedo hacer mu­cho más.

Me sumerjo en el río para mojarme el pelo.

La loca Jeanne.

Más tarde, mientras me seco al sol, intento decidir adonde ir. Debo tener cuidado. Necesito comida y refu­gio. Pero ya sé adonde iré y lo que haré. Todo está muy claro. Estoy muy flaca, se me ven las costillas y todavía sigo enferma. Las piernas apenas me sostienen.

Cuando llego a casa de los Domergue ya ha caído la tarde. El perro sale ladrando al patio. Alazaïs es la prime­ra en verme y se apresura a recibirme, seguida de la nodri­za, a quien yo creía en el pueblo. No recuerdo su nombre. El niño ha crecido mucho. Ahora se chupa el pulgar.

¡Jeanne! ¡Es Jeanne! —grita Alazaïs.

¡Dios mío! ¡Estás aquí! —dice la nodriza—. ¡Pero qué pinta traes!

El perro ladra y brinca en el patio meneando la cola. La hermana menor, Fays, está en la puerta, con Jean, el bebé, en brazos.

Me hacen pasar entre risas y reproches. Los hombres están en los campos.

¿Cómo estás?

—¿Estás bien?

¿Cómo has conseguido salir? Todos hablan a la vez.

¿Quién es, mamá? —pregunta el niño, oculto entre las faldas de su madre. Yo me echo a reír. Sí, ¿quién soy, después de todo?

Alazaïs aviva el fuego y pone la tetera a calentar.

—Tienes que asearte, estás horrorosa.

—Necesito comer.

Me pone en la mano un trozo de pan.

Estoy tan contenta que sólo atino a volverme hacia unos y otros sonriendo, riéndome como una tonta. Me dan cerveza y pastel de avena y luego una manzana dulce para calmar mi hambre. Siento que recobro las fuerzas. Raymond, el marido de Bernadette, se ha casado con la niñera, ¿quién lo iba a imaginar? La hija casada que vive en otra ciudad, ha tenido un nuevo hijo. El quinto.

—¿Qué ha pasado? —pregunto por fin—. ¿Lo sabéis alguno de vosotros? Hoy han llegado a la celda y me han puesto en libertad sin decir nada ni hacerme más pregun­tas. Así, sin más.

—Les dijimos que estabas loca —explica Alazaïs, riéndose a carcajadas con un brillo de sus dientes blan­cos—. Dijimos que eras medio tonta —añade, dándose golpecitos en la cabeza—. Demasiado feliz, pero una bue­na esposa para Jéróme. —Entonces me abraza sin dejar de reírse—. Ahora no nos hagas pasar por mentirosos.

La sonriente nodriza (ya se me ha olvidado su nom­bre) se sienta en un banco, se abre la blusa y saca un hermo­so seno blanco para alimentar al niño. El bebé mama con ansia y yo no puedo apartar la vista. ¡La vida me maravilla!

—Loca, ¿eh? —sonrío—. Bueno, pues no mentisteis. —Luego pregunto curiosa—: ¿Quién nos denunció? Lle­gué a pensar que podíais haber sido vosotros.

—Creemos que fueron las investigaciones del sacer­dote. ¿Pensaban que eras una hereje?

Todavía no estoy preparada para hablar de todo esto.

—Pero ahora estás en casa —concluye Fays, la niña mujer—. Tenemos que estar contentos, todo ha termina­do y no volverá a pasar.

—Jéróme está en casa —dice Alazaïs—. Lo encontra­rás en la granja. Te está esperando, supongo, aunque no sabíamos cuándo saldrías, o si te dejarían libre, o si pensa­ban quemarte. Pero te han soltado, ahora estás limpia.

No paramos de reírnos. Alazaïs se agacha para soplar sobre las ascuas.

—Gaillard se ha hecho pastor —me cuenta—, con Belleperche. Ha atravesado las montañas y ha llegado hasta Aragón. Ha crecido y se ha puesto muy fuerte. Ahora no lo vemos más que de un año para otro —prosigue, todavía de rodillas ante las llamas—. Hace nada era un niño y ahora se ha marchado.

—¿Y Domergue?

—Se hace viejo, pero ha vuelto a hacer la siembra. Gracias a Dios tiene dos hijos fuertes que le ayudan.

Me lavo de nuevo en el patio con dos cubos de agua tibia, calentada al fuego. Alazaïs recoge mi ropa.

—Quiero ir a casa.

—Jéróme te estará esperando —contesta ella—, pero no puedes ir así, como una mendiga. Te dejaré mi otro vestido y un paño para la cabeza.

—¿Qué vestido?

—El azul.

—¿Tu vestido nuevo? ¿Tu vestido de fiesta?

—Ya me lo devolverás mañana, cuando laves el tuyo. Pero ten cuidado con él, que lo necesito este domingo.

—¿Está bien Jéróme? —me atrevo a preguntar.

—Estuvo en la cárcel sólo una semana y no durante meses como tú.

Me sienta al sol entre sus rodillas, ahora ya limpia y aseada. Me lava y me seca el pelo, quitándome los piojos, que aplasta entre sus dedos. Qué sensación más agrada­ble, sus dedos fuertes acariciándome la cabeza, las sie­nes, como hacía Baiona. Yo me agarro a sus rodillas y me recuesto contra su pecho, mientras ella me cuenta los cotilleos locales y me acaricia la cabeza, me da masajes, me lle­na de serenidad. Éste y aquél han sufrido otros percances, y el muchacho, Martin, quiere casarse con una chica del pueblo. A Alazaïs no le gusta la familia de ella. Annie, la mujer de la hondonada, ha muerto. Y me habla de Jéróme, por supuesto, que fue encarcelado pero puesto en libertad de inmediato.

—¿Cómo? —pregunto—. ¿Por qué lo soltaron?

Compramos su libertad.

¿La comprasteis?

Hipotecamos nuestra granja. Hicieron falta tres­cientas libras, pero está libre.

¡Trescientas! ¡Eso es casi la renta de un noble! —ex­clamo sobresaltada—. ¿Y cómo se os ocurrió? ¡Qué idea tan inteligente! —Le doy palmaditas de aprobación en las rodillas e intento volverme para ver su querido rostro arrugado.

No te muevas. Hasta los inquisidores necesitan di­nero — dice con ironía—. El problema es que ahora Jéróme tiene que pagar, así que no creas que todo está arre­glado. Nos ha dado su granja como garantía. No es más que un trato de negocios y al final saldremos ganando, espero. Una buena acción con un buen resultado. Jéróme estará endeudado hasta el día que se muera, y luego la granja será nuestra.

Yo no digo nada.

—Te han soltado gracias a Jéróme —prosigue Alazaïs—. Envió una petición al legado del Papa. Dijo que si habías estado en Montségur, entonces ya habías recibido el perdón una vez y no podían detenerte por el mismo crimen.

¿Y encontraron mi nombre en los archivos?

Pues la verdad es que no. Había un problema con los archivos. Pero nosotros declaramos que estabas… bueno, chiflada —me dice, llevándose el dedo a la sien—. Jéróme dijo que si no estuviste en Montségur no te podían detener legalmente. Estuvieron de acuerdo en que se ha­bía cometido un error. Supongo que eso supuso más dine­ro. No sé cómo espera pagarlo todo.

Cae la tarde y yo ya no puedo contenerme. Me levan­to de un salto.

—Me voy ya —digo riéndome—, seguro que lo en­tiendes…

Ella también se echa a reír y me abraza.

—Te acompaño hasta el establo.

—Saluda a Domergue de mi parte. Vendré a veros pronto.

Querida Jeanne, qué alegría tenerte de vuelta. Recorro los tres últimos kilómetros dando gracias a Dios y a mi Señor Jesucristo que camina junto a mí, a mi lado. Siento su dorada presencia, me sonríe, encantado conmigo. Y allí delante hay alguien más, vestido de blanco. Pienso que mañana Jéróme y yo haremos el equipaje. Buscaremos el tesoro de la cueva y pagaremos nuestras deudas, o si no, llevaremos el dinero a Lombardía para dárselo a los Amigos de Dios. O tal vez nos quedemos en la granja. Podemos casarnos, pagar nuestra hipoteca a los Domergue, poco a poco, un año tras otro para no le­vantar sospechas. Tal vez dejemos la mayor parte del te­soro en la cueva, por si algún día lo necesitan los Amigos de Dios. Porque yo quiero contarle a Jéróme cuál es el tesoro auténtico, que es el tesoro de nuestros corazones. Quiero hablarle del amor de Dios.

Subo la colina con paso ligero, todo un cuerpo saltan­do como un muelle, y ahí está la granja. La veo brillando a la luz. ¡La luz! ¡Y ahí está William, saludándome! ¡Y Baiona! ¡Roland-Pierre! Me protejo los ojos con la mano, porque la luz me ciega, tan blanca, tan brillante.

Soltad las cuerdas. —El inquisidor se acercó al po­tro. La mujer se había quedado inerte. No le gustaba su trabajo; la obscuridad de aquella cámara subterránea, el ca­lor que salía del fuego, las cuerdas y estacas de madera, los ataúdes tachonados de clavos donde se metía a las vícti­mas, el potro y la rueda y los hierros al rojo, los pinchos para sacar los ojos, las tenazas para retorcer miembros o arrancar las uñas. Entre la sangre y los gritos a veces apenas podía respirar, pero al mismo tiempo experimen­taba una excitación animal. Aquella labor se realizaba en nombre del más elevado servicio a Jesucristo, el Señor del amor, que quería que los herejes se arrepintieran, que quería que los corruptos fueran expulsados de la madre Iglesia.

Hizo una mueca de enfado.

Está muerta.

¡Idiota! Se supone que no podemos matarlos en el potro. Desátala, deprisa. Reanímala.

—No es más que una hereje.

Nunca lo ha confesado. Por lo que sabemos, era una buena católica que ahora ha muerto sin los sacra­mentos.

—No es culpa mía, excelencia.

Se supone que deberías prestar atención a tu tra­bajo.

—Pero si apenas he apretado las ligaduras. Ha muer­to antes de que yo comenzara.

—No ha confesado. Bueno, entrega el cuerpo a su fa­milia — ordenó, quitándose los guantes—. Que alguien se lo notifique. No es cosa nuestra.

Se limpió las manos en su pañuelo y se volvió para subir por las escaleras.


33

Lo encontraron sentado a obscuras, con las manos col­gando entre las rodillas, en el regazo, la vieja capa de lana de Jeanne.

¿Qué pasa, Jéróme? ¿Qué haces aquí sentado sin hacer nada? El fuego está apagado y todo por hacer.

Alazaïs irrumpió en la sala seguida de Domergue, que miró a su alrededor como atontado, con bovina pa­ciencia, mientras su esposa trasteaba con esto y con aquello sin dejar de hablar.

¡Pero cómo te has abandonado! —exclamó—. ¿Es que estás enfermo? Mira, hay polvo por todas partes y los animales están ahí en el patio, desatendidos. No has llevado a pastar a las ovejas ni has dado de comer al poni. ¡Mira que estar aquí a obscuras con el sol que hace y la de cosas que hay pendientes! —Por fin encontró el peder­nal—. Seguro que ni siquiera has comido. El fuego está apagado y no has podido cocinar. Venga, hombre, di al­go. ¿Qué te pasa? Domergue, trae un poco de leña, lo menos que podemos hacer es encender el fuego y dar de comer a este pobre hombre. Vamos, que pareces un niño, sentado solo y a obscuras.

Jéróme la miró angustiado un instante y bajó la vista.

¿Es que no me oyes? Venga, hombre, levántate y haz algo.

Está muerta.

—Ah. Muerta —repitió Domergue, sentándose junto a él y dándole golpecitos en la rodilla.

Alazaïs se quedó mirándolos con los brazos en jarras.

Era una hereje —exclamó con rencor—. Es lo que se merecía.

—Yo se lo dije. —Jéróme alzó la cara, tenía los ojos llenos de lágrimas—. Yo les dije que era una hereje —re­pitió, tirando con los dedos de la capa de lana.

¿Y acaso no te torturaron? —replicó Domergue con voz queda—. ¿Qué esperabas? Pero si casi te arran­can el brazo.

Jéróme se frotó el hombro con la expresión perpleja y asombrada de un niño. Dos lágrimas surcaban lentamen­te su rostro curtido.

—Ya no lo puedo mover. Les dije que Jeanne conocía a los herejes, que sabía dónde estaba el tesoro.

Alazaïs y Domergue se miraron.

¿Qué tesoro?

—El tesoro cátaro, el tesoro de Montségur. Ella sabía dónde estaba.

¿Que sabía dónde estaba? —Alazaïs se dejó caer en el otro banco.

íbamos a ir a buscarlo. Hablamos mucho de eso. Jeanne ayudó a esconderlo. Cuando nos casáramos íba­mos a pediros que cuidarais de nuestros animales durante un mes, mientras íbamos a por él. Teníamos pensado decir que el viaje era una peregrinación. Jeanne decía que teníamos que gastar el dinero muy poco a poco. Quería compartirlo con vosotros.

—¿Con nosotros?

Os quería mucho. Quería que todos compartié­ramos la buena suerte. Una parte del dinero sería para nosotros, otra os la daría a vosotros y el resto lo llevaría­mos a Lombardía, para los Amigos de Dios. Era de ellos. Jeanne decía que nos quedaríamos con una parte y les llevaría el resto…

¡No! —Alazaïs se levantó bruscamente—. Era una bruja. A ti te había embrujado, te tenía prisionero. No podías mirar a otra mujer, ni siquiera a mi hija Fays, que pronto habría sido una buena esposa para ti. Luego llegó ella y la metiste en tu casa.

La mujer se inclinó para espetarle en la cara:

Era una bruja, con sus hierbas y sus brebajes mor­tales. Ella mató a mi Bernadette. Sí, ella, poniendo las manos en la cabeza de mis pobres niños y murmuran­do sus cánticos y hechizos. Y yo hasta le presté mi toca. Sabe Dios qué embrujos le echó encima.

Jéróme la miró boquiabierto.

¿Fuiste tú quien la denunció?

Hechizos, eso era todo lo que hacía. ¿Y qué si no? Era una vieja y todavía estaba hermosa.

¿De verdad sabía dónde estaba el tesoro? —pre­guntó Domergue—. ¿Lo iba a compartir con nosotros?

Jéróme asintió con la cabeza.

Bien, entonces todavía podemos ir a buscarlo —dijo Alazaïs—. Podemos hacer con el tesoro lo mismo que quería hacer Jeanne. ¿Dónde está escondido?

No quiso decírmelo. Tenía miedo de que ocurriera realmente lo que ocurrió: que me detuvieran y dijera más de lo que quería decir.

Pues entonces era una hereje de verdad —terció Alazais—. Si no lo hubiera sido, no podía saber dónde estaba el tesoro. —Miró como enloquecida a su marido y luego a Jéróme—. ¿Y de qué nos habría servido tener el dinero de los herejes? Nos habría contaminado. ¿Para qué habría servido? Para que nos mataran a todos, seguro.

Domergue se levantó.

—Cállate, mujer.

Alazaïs dio un respingo.

—Jéróme… —Domergue puso una mano sobre el brazo del otro hombre.

La echo de menos. Ni siquiera tengo nada suyo. No tenía nada de valor. Este manto es todo lo que me queda de ella. —Se lo llevó a la cara—. Todavía conserva su aroma. ¿Quieres olerlo? —Lo siento.

—No había ningún tesoro —repitió Alazaïs vehe­mente—. No era más que otra mentira. Era una hereje, os lo aseguro. Se merecía que la detuvieran. No había ningún tesoro, creedme. El tesoro no existe. Ella no sabía nada.


Epílogo

Noventa años más tarde, una violenta tormenta arran­có la enorme haya de la colina. Las raíces huecas salieron de la tierra empapada y el árbol se desplomó con un ensor­decedor estruendo, aplastando los otros árboles y mato­rrales cercanos. Seguía cayendo una lluvia torrencial.

Entre las raíces se veía algo envuelto en una lona ver­de empapada y llena de barro. La cubierta se fue abrien­do bajo la presión de la lluvia, y cualquiera que pasara por allí habría podido ver una caja de cuero marrón con un cierre de plata tan ennegrecida que parecía hierro. Pero por allí ya no había nadie: la granja de los Domer­gue llevaba años abandonada a la vegetación, igual que la de Jéróme y la pequeña iglesia.

Ya nadie vivía en un lugar tan remoto.

La cubierta de cuero de los Santos Evangelios se combaba bajo la lluvia, dejando al descubierto las pá­ginas de pergamino con su delicada caligrafía, cada letra dibujada por una mano paciente. Ahora el agua las em­borronaba. Cada capítulo comenzaba con la mayúscu­la inicial pintada con oro, rubí, lapislázuli y otros minerales preciosos en un intrincado diseño de animales, hojas, flores y diminutas figuras jugando o en oración. Aquel libro, la palabra de Dios escrita en la lengua local, era un tesoro tan valioso, tan peligroso, que poseerlo sólo podía significar la muerte. Poco a poco las páginas se fueron rompiendo y el libro se desintegró bajo el sol, la nieve y el barro.


Bibliografía

Aué, Michèle: Découvrir: Le Pays Cathare, MSM, Vic-en-Bigorre, 1992.

Cherry, John: Medieval Crafts; A Book of Days, Thames & Hudson, Londres, 1993. [Versión en castellano: Artes de­corativas medievales, Akal, Madrid, 1999.]

Davis, R. H. C: The medieval Warhorse, Thames & Hudson, Londres, 1989.

Duvernoy, Jean: Le Catharisme: La Religion des Cathares, Privat, Tolosa, 1989.

Ennen, Edith: The Medieval Woman, T. J. Press Ltd., Padstow, Cornwall, 1989.

Fox, Sally (ed.): The Medieval Woman: An Illuminated Book of Days, Bulfinch Press Book of Little Brown & Co., Boston-Toronto-Londres, 1985.

— «Histórica Occitane: Le Drame Cathare», Historama, num. 570 (junio 1994), 6-39.

Le roy Ladurie, Emmanuel: Montaillou: The Promised Land of Error, Vintage Books, Nueva York, 1979. [Versión en castellano: Montaillou, aldea occitana, de 1294 a 1324, Taurus, Madrid, 1988.]

— «Les Cathares: La Croisade contre le Languedoc», Historia Special, num. 373 bis (1977), 1-123.

Manchester, William: A World Lit Only by Fire: The Medie­val Mind and the Renaissance, Portrait of an Age, Little Brown & Co., Boston-Toronto-Londres, 1993.

Nelli, Rene: La Vie Quotidienne des Cathares du Languedoc au XIlIème siécle, Hachette, Paris, 1969. [Versión en cas­tellano: La vida cotidiana entre los cataros, Argos Vergara, Barcelona, 1984.]

Oldenbourg, Zoé: Massacre at Montségur: A History of the Albigesian Crusade, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 1961. [Versión en castellano: La hoguera de Montségur: 16 de marzo de 1244, Edhasa, Barcelona, 2002.]

Roquebert, Michel: L’Épopée Cathare: Mourir a Montségur, Privat, Tolosa, 1989.

Tannahill, Reay: Food in History, Stein & Day, Nueva York, 1973.


El tesoro de Montségur

Francia, año 1209. Una niña es encontrada a las afue­ras de la ciudad de Béziers, donde acaban de ser masacradas miles de personas. Adoptada por la comunidad cátara, la joven Jeanne crece bajo la instrucción de unas gentes fieles a sus ideales. Calificados como los «puros», estos pacifistas, vegetarianos y devotos seguidores de Cristo disfrutan de una existencia inusual, que es observada con desconfianza por ciertos sectores de la sociedad. Con el paso del tiempo ese recelo se convertirá en odio, los cataros, víctimas de una serie de intereses políticos y religiosos, acabarán siendo acusados de herejía por la Inquisición. Serán tiempos de terror, de luchas fratricidas, de pasiones religiosas; de traiciones, hogueras y masacres, pero también de gran solidaridad entre los propios cataros. Jeanne, acorralada junto a sus hermanos en la fortaleza sitiada de Montségur, jurará luchar hasta el final para preservar el legado de su comunidad.

El tesoro de Montségur narra con gran riqueza de detalles la turbulenta historia de los cátaros, a medida que desvela los secretos de una mujer atrapada entre la convención y su amor por los placeres terrenales. A través de la voz de Jeanne, y con una prosa evocadora, Burnham retoma la leyenda cátara desde una perspectiva nueva e intimista.


Sophy Burnham es autora de trece libros, entre los que cabe destacar El libro de los ángeles, que fue traduci­do a más de veinte idiomas. Burnham ha escrito también obras de teatro y guiones para documentales, y ha colaborado en publicaciones como Esquire y The New York Times Magazine, entre otras. Además, ha trabája­lo para la Smithsonian Institution y Kennedy Center Fund for New American Plays. Su obra The path of prayer será publicada próximamente por Ediciones B.

Diseño de cubierta: Gemma Pellicer

Imagen de portada: La belle sans merci, 1893. de John William Waterson. Archivo fotográfico INDEX.


«Una interesante narración sobre la vida de los cataros.»

Booklist

«La novela de Burnham retoma la leyenda catara con gran imagina­ción y psicología. A destacar sus descripciones sobre temas místicos y espirituales.»

Publishers Weekly

«Burnham auna romance e historia religiosa con una prosa evocadora.»

Kirkus Reviews