El manuscrito del Santo Sepulcro, Jacques Neirynck

 

 

Jacques Neirynck

 

 

Traducción de José Manuel López Vidal

 


 

 

 

 

 

Hay suficiente claridad para iluminar a los elegidos y suficiente oscuridad para humillarlos. Hay suficiente oscuridad para cegar a los réprobos y suficiente claridad para hacerles inexcusables.

 

BLAISE PASCAL

 

 

 

 

 

NOTA

 

Este relato se sitúa a medio camino entre dos géneros literarios, la historia y la ficción. Apoyándose en hechos pasados, repre­sentados con la mayor precisión posible, el autor se esfuerza por escrutar el futuro más cercano. Algunas peripecias son auténti­cas; otras, imaginarias. Para evitar cualquier tipo de confusión, los personajes históricos aparecen con sus nombres auténticos, a la vez que los hechos y las palabras que se les adjudican refle­jan la realidad. Todos los demás protagonistas son personajes procedentes de la ficción. Las eventuales coincidencias de nom­bres o de funciones con personas reales son simple fruto del azar.


 

 

 

 

 

UN LIENZO SIN EDAD


 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

Con su caminar de metrónomo, Theo recorría la Vía de la Scrofa sin dejarse atraer por las múltiples seducciones que ofrece una calle romana. Faltaban dos minutos para llegar puntual a su cita. Una cita a la que, como siempre, no soportaría llegar con retraso ni con demasiada antelación. Contable escrupuloso del tiempo que se concedía a sí mismo y a los demás, observaba un horario rigurosísimo, con el fin de evitarse la más mínima espera o pérdida de tiempo. Dado que los demás no respetaban a menudo esta regla elemental de educación, Theo tenía que esperar, a veces, pero no sufría demasiado con eso, porque la paz de su conciencia, al menos en ese punto, le autorizaba a censurar la incuria de los otros, a los que solía estigmatizar con el término de cronófagos. De hecho, esta obsesión por el horario escondía una de sus profundas aprensiones. Theo gestionaba su eternidad, de la que nada conocía, a través de una gestión implacable del tiempo que conocía con profundidad.

 

A la hora precisa, con una oscilación inferior a diez segundos, empujó la puerta del restaurante, donde le acogió el maître. Con esa mezcla de deferencia y de condescendencia tan característica del romano que recibe a un huésped, le condujo a la mesa que había reservado por teléfono justo antes de salir de la habitación de su hotel. Theo se dejó caer en la silla. Le faltaba aire porque había acelerado el ritmo en los últimos cien metros. Como era de esperar, ni Colombe ni Emmanuel habían llegado. Lo ­contrario hubiera sido sorprendente e incluso vejatorio para Theo, que se frotó las manos en un reflejo de satisfacción.

 

El cronómetro guardado en el bolsillo izquierdo de su chaqueta había medido con precisión el tiempo pasado desde el instante en que había salido del hotel. Sacó su calculadora y validó la duración del trayecto entre el hotel Raphael y el restaurante Alfredo alla Scrofa. En total doce minutos y dos segundos. La base de datos de su microprocesador contenía también informaciones revisadas con regularidad sobre todos los trayectos que solía hacer habitualmente. La consultaba todas las tardes, justo antes de acostarse, en el momento de programar el horario del día ­siguiente. Para los desplazamientos complejos, las indicaciones sobre la ruta óptima que coger completaban los datos temporales­. Así pues, el tiempo y el espacio que le interesaban a Theo quedaban grabados minuciosamente en una cajita de silicio de un milímetro cuadrado, su microcosmos racional en medio de un universo caótico.

 

Dejó vagar su mirada por la sala del restaurante. No había cambiado. Todo estaba en orden. En las paredes las fotos dedicadas por las celebridades de los años cincuenta, el mismo mobiliario intemporal, los ventiladores en el techo, los apliques de cristal, un menú rigurosamente idéntico y unos camareros in­mutables. Todo un refugio tranquilizador frente a la anarquía romana. Un lugar estable en un mundo en movimiento. El restaurante Alfredo alla Scrofa había conocido su época de esplendor, cuando era el lugar de paso obligado de todas las celebridades mundiales. En Roma, los encuentros de la fratria De Fully tenían lugar siempre aquí, como si de un rito se tratase. No en vano el restaurante había sido su lugar de encuentro durante los años que los hermanos pasaron estudiando en la Ciudad Eterna. En aquella época, llegaron a encontrarse allí con Marcelo Mastroianni, Elizabeth Taylor o Robert Kennedy. Allí habían ­jugado a ser personajes importantes, antes de serlo de verdad. Y el precio tampoco era tan desorbitado. En aquella época lo único que pedían era un plato de fettuccine.

 

Theo sacó dos folios, cuidadosamente doblados en cuatro partes, de su cartera y los alisó con un cuidado maniático.  Volvió a leer con toda la calma del mundo su informe, entre otras cosas porque se pavoneaba de su prosa científica en alemán, siempre directa y eficaz. Ante este informe, su hermano Emmanuel se quedará profundamente sorprendido, aunque no lo dejará traslucir. Dirá con esa unción eclesiástica, que tan mal disimula su ignorancia: subespecie aeterniotis… y hará un gesto vago con la mano, simulando el paso del tiempo hasta la eternidad. Pero en realidad, ¿qué sabía Emmanuel del tiempo? Embriaga­do por la lectura superficial de algunas obras de divulgación científica, se entregaba a veces a peligrosas glosas sobre la relatividad, mezclando sin pudor alguno el tiempo según Newton con el tiempo según Einstein, el día solar verdadero y el día sideral, abriendo así perspectivas inquietantes sobre la ignorancia en física de un teólogo que había pretendido disertar sobre «El concepto de eternidad en Duns Scoto», tema de su tesis doctoral en Friburgo.

 

En cambio, Theo sí que conocía perfectamente el tiempo, ese parámetro físico que había medido en Neuchátel, construyendo en los años sesenta los mejores relojes del planeta, los relojes atómicos de cesio, que presentaban una inexactitud del orden de un segundo por cada tres millones de años. De esta forma había podido medir la ralentización de la rotación de la Tierra, que amplía la duración del día dos segundos al cabo de cien mil años. También había confirmado el efecto de la relatividad so­bre el tiempo, colocando dos relojes en dos aviones que habían dado la vuelta a la Tierra en sentido inverso, observando triun­falmente el desfase que se había producido entre ambos. Así, con su sudor, se habían probado científicamente las iluminacio­nes de Einstein.

 

Había perfeccionado la sutil técnica de la dendrocronología, que se basa en el recuento de los anillos de los troncos de los árboles. Relacionando la secuencia de los anillos de un árbol re­cientemente abatido con las secuencias de árboles más antiguos, había establecido un calendario de los veranos calientes y fríos, caracterizados respectivamente por anillos más anchos o más finos. De árbol en árbol, se había remontado cincuenta siglos. De esta forma, había podido probar que una aldea neolítica del lago Neuchátel había estado habitada al menos durante 123 años, dado que los 521 pilotes que mantenían las casas por en­cima del agua durante la época de lluvias habían sido cortados entre el invierno 2795-2794 y el invierno 2673-2672 antes de nuestra era.

 

Más adelante, Theo había reemplazado el método tradicional de datación mediante la técnica del carbono 14 por un proce­dimiento mucho más refinado, utilizando la espectroscopía de masa que permitía realmente contar los átomos, uno a uno. De esta forma, había conseguido precisar la edad estimada de las muestras de hielo extraídas del casquete glaciar de Groen­landia. Esta última técnica de medida le había hecho célebre y seguramente le valdría, tarde o temprano, el Nobel de Física. Con una serenidad impertérrita, esperaba esta distinción que, por supuesto, estimaba sobradamente merecida.

 

Es decir, tres veces se había lanzado al asalto del tiempo y las tres había salido vencedor. Pero hoy sentía que le esperaba un desafío todavía mucho mayor y más importante: la investigación de la eternidad, que no es el tiempo prolongado indefinidamente sino, al contrario, la ausencia del tiempo. ¿Cómo medir algo ine­xistente? Pues bien, solo él tenía una idea genial sobre el asunto.

 

Miró su reloj. Hacía un cuarto de hora que estaba esperando. Era un tiempo más que suficiente para reprocharle el retraso a su hermano y a su hermana. Le estaban haciendo perder su tiempo. Cada minuto que pasaba se iba poniendo más nervioso. Ya no aguantaba sentado. Tenía que moverse. Se levantó y se puso a re­correr la galería de retratos del restaurante. Reconoció a Burt Lancaster, Gary Cooper y Clark Gable, a pesar de que las fotos pertenecían a su más tierna juventud. También había una foto­grafia, esta más actual y en color de Mijail Gorbachov. Fue al servicio, abrió el grifo y dejó correr el agua sobre sus sudorosas manos. Volvió a su asiento, maldiciéndose por no haber llevado ningún libro, ni siquiera el periódico. Entonces, se puso a suspi­rar y a analizar la frecuencia y la amplitud de sus suspiros. Se es­taba aburriendo mortalmente. El tiempo le cundía. En ese preci­so momento se dio cuenta de que hacía mucho calor y que el día estaba plomizo. La tormenta que amenazaba desde la víspera es­taba a punto de desencadenarse. Unas cuantas gotas de lluvia se aplastaban contra el suelo coagulando el polvo de las calles. Pero el aire seguía estando envenenado, mezcla perversa de los gases de coches, de partículas malolientes y de olores humanos.

 

A través de las cortinas de la ventana agitadas por el viento del otoño, dirigió su mirada hacia el exterior. Un taxi se acababa de subir encima de la acera. De él descendió Colombe y se in­clinó hacia el conductor, no para pagarle, sino para darle un beso.

 

Tras sortear una serie de peripecias, Colombe había desem­barcado en el aeropuerto de Fiumicino a las diez de la mañana. El avión que debería haberla trasladado de San Francisco a Nueva York, no había despegado; en el último minuto la transfi­rieron a otro vuelo; su equipaje no había seguido el mismo re­corrido; como consecuencia de todo ello, tuvo problemas con los agentes de la seguridad del aeropuerto Kennedy; por los nervios no había podido conciliar el sueño y, al aterrizar en Roma, se encontró con que los mozos de equipajes y los taxistas estaban en huelga. Decididamente, el mundo de los técnicos era cada vez más incoherente. Podían construir aviones que cruzan el Atlántico sin vacilar, pero eran incapaces de organizar los transportes desde Fiumicino hasta Roma.

 

Inmediatamente se empezó a sofocar con el clima húmedo y el aire contaminado. La siniestra arquitectura del aeropuerto evocaba los tormentos personales del arquitecto, víctima sin duda de la neurastenia incurable de los pueblos del sol. Una vez más, Colombe tuvo la impresión de estar soñando y penetrar en un cuadro de De Chirico. Se sentía mal. ¿Estaría Paolo esperán­dola?

 

Le hubiera gustado saborear estos momentos de suspenso, sin tener que ocuparse de sus maletas ni de ninguna otra cosa. Pero el mundo en el que vivía, obsesionado por los problemas de ges­tión, no concedía la menor oportunidad para poder vivir y dis­frutar de una tragedia o de una comedia. Después de pasar dos horas consumida por los nervios y recuperado, por fin, su equi­paje, se acercó a la aduana con inquietud. ¿Estaría alguien espe­rándola al otro lado de la puerta? ¡Paolo era tan distraído e irresponsable! ¿Cómo amar a los que son incapaces de amar? Si no le estuviera esperando, tendría que enfadarse. Pero si se en­fadaba, él haría ademán de abandonarla. Y ella terminaría capi­tulando. Paolo ganaría un plus de ascendiente sobre ella, a pesar de haber cometido una falta. Con él, la única regla de juego que surtía efecto era la prima al tramposo.

 

Se encaminó por el pasillo verde, donde se especificaba «NADA QUE DECLARAR». De pronto, al cruzar ante este rótulo, se dio cuenta de que no amaba a Paolo, que nunca lo ha­bía amado, que se entregaba a la comedia de la ansiedad para fingir un cariño que ya no sentía. Paolo se resumía en un cuerpo del que estaba hambrienta. Este era el origen sublime de sus nervios. No, realmente no tenía nada que declarar.

 

De hecho, allí estaba él, tranquilo, bronceado, con la mirada ausente. Una mirada que, al verla de pronto, se iluminó con esa pasión afectada de la que suelen hacer gala los malos actores de Cinecittá enfundados en sus peplos. Lo más irritante de sus es­tratagemas consistía en exagerar su permanente afectación para disimularla mejor. ¿Dónde estaba su sinceridad, si es que la te­nía? ¿En qué capa profunda de su subconsciente? En él solo afloraban sentimientos malignos, esos que los demás disimulan y que él ocultaba todavía mejor simulándolos. Se parecía a una cebolla: cuando se le sacaba una capa de mentiras, se descubría otra que, a su vez, tapaba la siguiente.

 

-Mi príncipe -dijo Colombe.

 

El le respondió sin pestañear:

 

-Mi pastora.

 

Esta fue la única efusión que hubo entre ellos, además de un beso, más superficial que penetrante. A pesar de una separación obligada de seis meses, la timidez de Colombe y la indolencia de Paolo tejían entre ellos unas relaciones muy pobres. Tan pobres como el tejido de esos tapices modernos, hechos por artistas siempre apresurados. En cualquier caso, después de haber vivi­do todo este tiempo a seis mil kilómetros de distancia, Colombe no tenía ganas de exigir el cuidado de los detalles. A fin de cuentas, él estaba allí e iba a poseerla. ¿Qué más podía pedir?

 

El aeropuerto estaba abarrotado de una multitud patosa, que se esforzaba por encontrar cualquier medio de transporte que le acercase a la ciudad. Paolo abría paso a Colombe por entre la gente, seguido de un mozo de equipaje al que había sobornado con unos cuantos billetes para que boicotease la huelga y trans­portase, de incógnito, sus maletas. En el exterior, una larga fila de pasajeros esperaba impacientemente ante un taxi sin conductor, el único taxi que había por los alrededores y que lucía el letrero de «OCUPADO», a pesar de estar vacío. Paolo abrió la puerta y se sentó al volante, como si fuese algo que hacía todos los días, mientras Colombe entregaba la propina al mozo de equipajes.

 

Cuando ella entró en el taxi y se sentó al lado de Paolo, este derrapó en medio de las imprecaciones de los demás candidatos al viaje y, tras un minuto de silencio, se dignó explicarse:

 

-Querida, estás viajando en el único taxi que no sigue la huel­ga. El príncipe Paolo Pacelli se ha convertido en taxista para re­cibir a su amor. Además, con esto me gano un dinerillo. Mi pa­dre ha suspendido mi asignación desde hace tres meses. Estoy buscando cualquier trabajo que sea poco fatigoso y muy remu­nerador. Por otra parte, la vocación de esquirol es muy propia de mi familia.

 

Una riada de coches, avanzando a paso de tortuga, colapsaba el Grande Raccordo que rodea Roma. Paolo prefirió evitarlo y continuar directamente hacia San Pablo Extramuros. Al pasar por delante de la basílica, Colombe pensó con cierta simpatía en el apóstol, que prefirió morir aquí decapitado mejor que crucifi­cado, acogiéndose a su calidad de ciudadano romano, para así evitar al menos el sufrimiento de la cruz. En la medida de sus posibilidades, también ella rechazaba las cruces con las que se encontraba en su camino, evocando el patronazgo del apóstol de los gentiles. Estaba completamente convencida de que la ma­yor prueba de amor consistía en dar la vida por los demás, pero sin ostentación de ningún tipo y sin dolores inútiles. Solo quien no hubiera asistido a ciertas agonías podía considerar que el sufrimiento es redentor. Y es que la profesión que Colombe desempeñaba en San Francisco consistía precisamente en acom­pañar a los moribundos.

 

Paolo llegó al centro. Colombe constató que ya era demasia­do tarde para dejar su equipaje en el hotel. Theo debía estar es­perando desde hacía más de media hora. Le pidió a Paolo que la llevase directamente a Alfredo, que volviese a dejar su equipaje en el hotel y, sobre todo, que la esperase allí, armándose de pa­ciencia.

 

La acogida de Theo fue fría y distante:

 

-¿Es que ahora te ha dado por abrazar a los taxistas?

 

-Abrazo a quien quiero, donde, cuando y como quiero.

 

Y a continuación, Colombe añadió una incoherencia, como para disculparse:

 

-No era un taxista.

 

Su hermano la abrazó fríamente, como su padre había abra­zado siempre a Colombe a partir de la adolescencia, manifes­tando de esta forma que se trataba de una concesión al sen­timentalismo femenino. Ella se sentó y los dos se quedaron callados. Colombe intentó una vez romper el hielo, mostrando su preocupación por una verruga que Theo tenía en la sien y cuyo color era demasiado oscuro. Después de haberle aconseja­do, sin éxito alguno, que se la hiciese quitar, se dio cuenta de que estaba abusando de su condición de médico para fastidiarle. No debería haber abrazado a Paolo ante las mismísimas narices de Theo, que lógicamente reaccionaría tal y como lo estaba ha­ciendo, con un reproche silencioso. Por eso, también ella optó por callarse, mientras ambos esperaban a Emmanuel. En la fa­milia De Fully se solía practicar el arte de soportarse mutua­mente a través de silencios cuya elocuencia era directamente proporcional a su duración.

 

Emmanuel llegaba bastante más tarde que Colombe, pero sus razones aún eran mejores. Se había pasado toda la mañana yen­do y viniendo entre el despacho del cardenal Weiss y la plaza de San Pedro. Recordará toda la vida este jueves 6 de octubre de 1988. Por la mañana, perdió las pocas ilusiones que le queda­ban en la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por la tarde, creyó que iba a perder incluso mucho más que las ilusiones.

 

La columnata de Bernini que rodea la plaza de San Pedro se abre sobre la Vía de la Conciliazione, cuyo nombre y origen manifiestan la voluntad de abrir una especie de brecha entre el universo cerrado de la Iglesia y el mundo. De todas formas, la frontera entre la república italiana y la ciudad del Vaticano se materializa en una acera de pavimento más claro. Del lado ita­liano de la línea, un grupo de seis hombres, procedentes de Sui­za y vestidos con traje oscuro, aguantaban estoicamente los asal­tos de un sol solo velado por las nubes de contaminación de la ciudad. Sudaban, pero no se movieron ni un centímetro cuando Emmanuel les propuso cobijarse de los rayos del sol bajo la co­lumnata. El grupo estaba integrado por dos obispos, que acom­pañaban a cuatro representantes de los consejos sinodales, dos pastores y dos laicos. Todos ellos parecían petrificados bajo el sol y decididos a aguantar hasta el final.

 

Desde las nueve de la mañana, Emmanuel había distinguido, en la acera, frente al palacio del Santo Oficio, un pequeño gru­po de periodistas que esperaban a la delegación suiza. Por eso evitó circular por la plaza del Santo Oficio. Efectuó cinco veces el trayecto entre el cardenal y la delegación, atravesando por la librería vaticana que por un lado da a la plaza de San Pedro y, por el otro, a un patio interior. La tercera vez que pasaba por allí dirigió unas palabras a los dos guardias suizos, que se queda­ron sorprendidos. Y eso que Emmanuel les conocía bien, por­ que era el capellán adjunto de la guardia. No había otro prelado en Roma que conociese como él las sutilezas del dialecto dcl Alto Valais, que aprendió en sus dos años de ministerio pastoral como vicario de Brigue.

 

Emmanuel no quería, bajo ningún concepto, que su continuo ir y venir fuese objeto de interpretaciones malintencionadas en el pequeño y cerrado mundillo de la curia. Se sentía ridículo. La delegación ecuménica le lanzaba duros reproches y el cardenal Joseph Weiss se envolvía en su intransigencia. Tres meses antes, el purpurado había prometido vagamente aceptar una visita de la delegación. Emmanuel quedó encargado de formalizar esta promesa y hacerse cargo de los preparativos del viaje. Pero aho­ra, el cardenal había cambiado de opinión. Quizá nunca había tenido la más mínima intención de recibir a la delegación suiza. O bien se lo había hecho creer a Emmanuel para provocar un incidente destinado a poner en su sitio a una Iglesia católica sui­za demasiado proclive a flirtear con los reformados. Jamás con­seguiría Emmanuel penetrar en la mente de este hombre secre­to, que envolvía su rigidez bajo una falsa y perpetua sonrisa.

 

Los peces habían mordido bien el anzuelo y, ahora, el carde­nal se dedicaba a cansarles. Primero les propuso una entrevista en los locales de la Congregación para la Doctrina de la Fe con un teólogo; después con una comisión de teólogos; después con el subsecretario; después con el secretario, pero nunca con él. Dado que las discusiones con los reformados pertenecían al Secretariado para la Unidad de los Cristianos, la delegación ecuménica suiza podía entrevistarse con el cardenal Wille­brands, si tanto interés tenía en añadir un cardenal a la lista de eminencias ya visitadas. El no tenía tiempo para recibirles. Este fue el mensaje que transmitió a Emmanuel, mientras leía aten­tamente las galeradas de la revista Communio, que corregía con detenimiento, subrayando y tachando con un rotulador rojo. Emmanuel tenía que entender bien su actitud y transmitírsela a sus interlocutores de la forma más suave y diplomática posible. Al quinto paseo, la delegación suiza decidió por unanimidad renunciar a ser recibida por el cardenal y, de vuelta al país, dar cumplida cuenta a los medios de comunicación de todo lo suce­dido. Emmanuel estaba hundido física y moralmente, embutido en su sotana negra con fajín violeta, a punto de romper a llorar. Entonces, descubrió unas lágrimas visibles en los ojos de un obispo suizo. ¿Dónde estaba la caridad de la Iglesia? El cardenal no había tenido siquiera educación con ellos, si bien él mismo proclamaba a menudo que la caridad exigía renunciar a todas las formas externas de cortesía. El cardenal adoraba crear un de­sierto a su alrededor, y a eso lo llamaba ganar la paz.

 

Emmanuel abandonó la plaza de San Pedro abominando, una vez más, de este decorado pomposo construido con el dinero de las indulgencias vendidas en toda Europa en el siglo XVI, hasta que un monje alemán llamado Lutero denunció esta simonía y desencadenó la Reforma. Jamás empresa humana alguna había torpedeado tan radicalmente lo que ella misma había pretendi­do consolidar: la hegemonía de Roma sobre todos los cristianos. Era una constante en la Iglesia de Jesús: sus victorias más visi­bles se transformaban en fracasos, porque sus únicas verdaderas victorias eran sus fracasos más aparentes. ¿Conseguiría Emma­nuel alguna vez trabajar con serenidad para un Señor tan impre­visible? Y es que Emmanuel atribuía a Dios una cualidad igno­rada por todos los teólogos, una especie de humor negro, de gusto por la paradoja, que le convertía en un Dios tremenda­mente humano, cercano y accesible.

 

Sin tomarse la molestia de desenredar la madeja de sus aovi­llados sentimientos, se encaminó con rapidez hacia su cita. Como no le gustaba andar con sotana por la ciudad, dio un ro­deo por la plaza del Risorgimento. Allí había alquilado un pe­queño apartamento, en un edificio burgués del siglo pasado, con pomposas escaleras y techos elevados. Daba la sensación de que la gente de aquella época pasaba la mayoría de su tiempo en las escaleras mirando al techo para evitar mirarse a los ojos. Como el apartamento era ruidoso y, además, poco confortable, su al­quiler no superaba demasiado los escasos medios económicos de los que disponía. Como todos los pobres vergonzantes, Emma­nuel vivía por encima de sus posibilidades, se vestía de acuerdo con sus medios y se alimentaba mal.

 

Se cambió a toda prisa, sin ni siquiera ducharse. Al igual que Colombe, temía la impaciencia de Theo. Incluso hoy, cerca de cincuenta años después, vivía todavía a la sombra de este herma­no mayor inflexible que, con su intransigencia, había redoblado el rigor de la educación paterna. Ver a Theo era siempre volver a ver al padre.

 

Después de haber esperado en vano un taxi, una señora termi­nó por avisarle de que los taxistas estaban en huelga. Emmanuel se maldijo por no acostumbrarse a escuchar las noticias de la ra­dio. Cogió un autobús que, en unos cuantos minutos, le dejó en la Vía de la Scrofa, después de una espera que se le hizo eterna. Al acercarse al restaurante, distinguió, a través de los cristales, los rostros serios de su hermano y de su hermana. Se habrían pe­leado, como de costumbre. Toda reunión de la familia De Fully comenzaba siempre con un ajuste de cuentas silencioso.

 

Theo acogió a Emmanuel con la consabida frase ritual entre ambos hermanos:

 

-Buenos días, encargado de cosas vagas.

 

Enmanuel respondió según los cánones de la tradición fra­terna:

 

-Hola, buscador de tres pies al gato.

 

Después abrazó a Colombe. Esta se dio cuenta de que sus hermanos ni siquiera se habían dado la mano. Todos los hom­bres de su familia manifestaban la misma repulsión al contacto fisico entre machos. Los chicos entraban en la existencia rodea­dos de una especie de halo invisible que les aislaba y que les per­mitía proseguir con sus grandes proyectos o sus pequeñas ma­nías, sin ser distraídos por el calor físico de los demás. A lo sumo, concedían a las mujeres de la familia simulacros de gestos de ternura. Quizá solo fuesen parodias de afecto.

 

Después del exordio acostumbrado, Colombe se quedó sor­prendida ante el siguiente diálogo:

 

-Es 1302, veinticuatro años arriba o abajo -dijo Theo.

 

-Espero que estés bromeando -respondió Emmanuel.

 

Los dos hermanos se callaron. Theo sonreía, pero Enmanuel estaba todavía más febril que cuando llegó.

 

-Podríais hacerme partícipe de vuestros secretos dijo Colombe. La llegada del camarero interrumpió a Theo, dispuesto a co­menzar a impartir su curso, como era habitual en él. Pero el pri­mer acto de la comida no soportaba el menor retraso, porque se trataba de la maestose fettuccine al triplo burro, pastas frescas bra­seadas en una mezcla sutil de mantequilla, crema y queso par­mesano. El éxito del plato dependía de la habilidad del camare­ro, un especialista al que le estaba reservada esta función en exclusiva. Consciente de su importancia, este oficiaba en un gran plato de porcelana blanca con gestos espectaculares, que transformaban en ópera el acto banal de brasear las pastas, la mantequilla y el queso. Daba la sensación de que en cualquier momento se iba a arrancar con un bel canto. Cuando terminó, Theo y Colombe recibieron cada cual un plato de fettuccine y, según la costumbre, Emmanuel fue servido en el plato, porque había sido él quien había hecho el pedido.

 

-Comamos primero -dijo Theo con solemnidad.

 

Los maestose fettuccine rozaban lo sublime en su sencillez. Ha­rina, huevos, queso y mantequilla. En Suiza, habrían utilizado los mismos ingredientes para preparar un pastel de queso, rápi­do y malo, para matar el apetito sin despertar la sensualidad. Todo un acto de desprecio y de odio del cocinero hacia sus invi­tados. Aquí, a fuerza de cuidados y buen gusto, estos modestos ingredientes alcanzaban una consistencia y un sabor perfectos. Los perfumes de la leche, del trigo y de los huevos componían una sinfonía pastoral que recordaba el heno cortado y el establo. Desde lo alto de un montículo de pastas de todos los colores hasta el blanco más puro, cien siglos de cultura campesina con­templaban a los De Fully.

 

Una familia que profesaba un profundo culto a la comida en la estricta medida en que esta estaba preparada con esmero. Al­fredo allá Scrofa constituía un punto de referencia para las pas­tas. Por un instante, Colombe alejó de su mente su curiosidad y se dejó invadir por la consistencia y el sabor del plato. Asimilan­do este alimento dulce que casi no hacía falta masticar regresaba a su infancia en la casa al borde del Ródano, en Fully. Volvía a las pastas que le servían a los niños por la noche. De vez en cuando tomaba un pequeño sorbo del cerveteri rosso que Theo había pedido sin consultar con nadie. Un vino sencillo pero sin complicaciones. El vino preferido de los adolescentes. Cuando cada cual hubo terminado religiosamente el primer plato, el ca­marero vino a tomar nota del segundo. Colombe, atribulada por la preocupación permanente de su línea, no pidió nada, mien­tras los dos hermanos se ponían de acuerdo para compartir un plato de costillas de buey asadas alla florentina. La preparación le dejó a Theo diez minutos para explicarse.

 

-El Vaticano encargó a mi laboratorio que efectuase una da­tación con el carbono 14 de la sábana de Turín, una reliquia que se conserva desde hace cuatro siglos en la catedral de San Juan Bautista de Turín, un lienzo con el que jesús habría sido envuel­to y enterrado. La fecha encontrada debería haber correspondi­do al siglo I; ahora bien, el trozo del lienzo examinado data del siglo XIV. Eso es lo que se puede deducir del experimento.

 

-¿Y qué? -intervino Colombe-. Circulan tantas reliquias fal­sas que algo así no sería nada sorprendente. En estos últimos años, cuando se comenzaron a analizar los huesos de los santos piadosamente conservados por doquier, se ha descubierto que ni siquiera se trataba de huesos humanos. Durante siglos, la gente se ha estado prosternando ante huesos de terneras y de puercos. Resulta algo sumamente divertido. El culto de las reliquias es en realidad una de las peores aberraciones medievales, una de las re­miniscencias más groseras de los cultos paganos. Las iglesias se disputaban las reliquias, a veces a golpe de espada, porque las re­liquias atraían las ofrendas de los fieles. A mi juicio, se trata de un comercio de la peor calaña. Es, sencillamente, simonía. Has hecho un trabajo edificante, querido Theo, y no veo por qué Emmanuel pone esa cara. ¿Crees en realidad en las reliquias?

 

-No -dijo Emmanuel-. No creo ni me importan demasiado. Estoy incluso dispuesto a colocarlas todas en los museos. Un objeto que ha pertenecido a un santo puede presentar un cierto interés histórico, pero no encierra significación religiosa alguna, no posee ningún poder sobrenatural, su contacto no cura las en­fermedades. Eso vale para todas las reliquias, excepto quizá para la sábana de Turín. Si en verdad fuese auténtica, sería la única prueba material del paso de Jesús por la tierra. Me parece plau­sible que ese lienzo haya sido piadosamente conservado por la Iglesia primitiva, porque era la única reliquia disponible, dado que sus vestidos fueron sorteados entre los soldados. Aunque le asista la razón, la ciencia desilusiona una vez más y nos remite a un mundo que, por sí mismo, es ya suficientemente decepcio­nante. ¡Qué pena!

 

Los camareros colocaron delante de cada hermano un pla­to de costillas de buey y espinacas, rehogadas con mantequilla y ajo. Comieron en silencio y Colombe no relanzó la conversa­ción. Nadie sentía necesidad de hablar, porque cada uno de ellos reflexionaba intentando adivinar las reflexiones de todos los demás.

 

El patrón recorría su restaurante casi vacío mordiéndose disi­muladamente las uñas. Vestía traje gris con una corbata azul de rayas rojas. A fuerza de contemplar las fotos de las paredes, ha­bía adoptado el estilo de un actor americano de serie B de los años cincuenta.

 

Colombe bebía, de vez en cuando, un pequeño sorbo de vino y picoteaba un grissino, como si este alimento de pájaros pudiese ayudarle a reflexionar.

 

-¿Estás seguro de tus resultados? -le preguntó, por fin, a Theo.

 

La expresión de sorpresa indignada en el rostro de Theo casi hizo reír a Emmanuel, que masticaba la carne sin encontrarle gusto.

 

-Escucha -declaró solemnemente Theo a Colombe, con su habitual tono de hermano mayor y dejando de lado a Emma­nuel, incapaz, por definición, de seguir las explicaciones técni­cas-. Tú eres médica y estás acostumbrada, como todos los mé­dicos, a trabajar sin rigor, por eso tu pregunta es normal, pero a mí me pagan por ser preciso. La precisión es mi razón de ser. Me mandaron un pedacito de tela que pesaba cincuenta miligra­mos, lo corté en dos y reservé una de las mitades para tratarla, después de haber efectuado la primera serie de medidas. Esta primera mitad la dividí en tres muestras. La primera no fue so­metida a tratamiento alguno. La segunda, a un lavado con una disolución de ácido clorhídrico, después a una disolución de sosa cáustica y, por último, otra vez al ácido. La tercera mues­tra fue sometida a un tratamiento análogo pero con reactivos calientes y más concentrados. Después de haber obtenido mis primeras dataciones, partí en dos la segunda mitad del tejido y volví a comenzar las operaciones sobre estas otras dos muestras, después de haberles aplicado las técnicas del lavado. Dispongo, en total, de cinco medidas, cuya media da una edad de 676 años, con un margen de error de 24 años. Las cinco medidas son coherentes. La fiabilidad de mi método de datación no puede ponerse en duda.

 

-Supongo que has probado tu método y tu instrumental con otras muestras de las que previamente conocías su edad.

 

-Evidentemente, disponía de otras tres muestras: un tejido de una tumba de Nubia, fechado con inscripciones del siglo XII; otro procedente de una momia de la época de Cristo, y un ter­cero de una capa del siglo XIII, conservada en la basílica de San Maximino. Las medidas al carbono 14 de esas otras muestras se corresponden con la edad estimada de los tejidos. Mi método es perfectamente fiable. ¿Sabes que el laboratorio de Eschger en Berna me manda muestras recogidas en el Antártico y que me basta medio miligramo de carbono para poder trabajar? De he­cho, cuento los átomos uno a uno, colocando de un lado el car­bono 14 y del otro el carbono 12. La relación entre ambos me proporciona la edad del material, porque conocemos su propor­ción inicial y la rapidez de transformación del carbono 14 en carbono 12.

 

-¿Estás seguro de que el personal del laboratorio no encon­tró lo que quería encontrar o lo que sabía que tenía que en­contrar?

 

-En mi laboratorio, algo así es impensable. Las muestras es­taban marcadas con un código que solo yo conocía. Y yo mismo efectué las medidas. He tomado todas las precauciones habidas y por haber.

 

-No te estoy chinchando, Theo. Lo único que pretendo es que te expliques para que lo pueda entender Emmanuel. Una pregunta más. ¿Estás seguro de que nadie pudo cambiar el teji­do en Turín? Han podido enviarte adrede un tejido procedente del siglo XIV, afirmando que procedía del lienzo.

 

-Imposible. Yo mismo participé en la preparación del proyec­to en enero de este año y la operación se llevó a cabo el 21 de abril. La extracción se realizó bajo la vigilancia de una comisión integrada por representantes de los laboratorios y presidida por el cardenal Ballestrero, arzobispo de Turín. Todo el proceso fue fotografiado y filmado. Las muestras se envolvieron en hojas de aluminio y se colocaron en cofres de acero inoxidable, que fue­ron sellados allí mismo. Entre las personas presentes, nadie te­nía especial interés en montar una superchería. Yo mismo rompí los sellos en Zúrich.

 

-¿Y no pudo haber sustitución de las muestras en tu laborato­rio de Zúrich? Por ejemplo, por parte de alguien que conociese el secreto de tu cofre.

 

-Buena pregunta -admitió Theo-. En todos los laboratorios hay siempre asistentes celosos, ambiciosos o malintenciona­dos que intentan engañar al jefe. Más aún, los mejor intencio­nados suelen ser los más peligrosos. Por eso, otros dos laborato­rios, uno de la Universidad de Arizona y otro de Oxford, han efectuado mediciones análogas.

 

-¿Y sus resultados? -preguntó Colombe.

 

-Los desconozco y no quise saber nada mientras mis medi­ciones no estuviesen terminadas -respondió Theo-. Todas las personas implicadas en el tema mantienen el secreto profesio­nal. Hasta ahora, nada o casi nada se ha filtrado. Los medios de comunicación ni siquiera están al corriente de estas mediciones. Esa era una condición sine qua non por parte de Ballestrero. Convinimos que cada uno de los tres laboratorios enviaría sus resultados al servicio de análisis estadístico del British Museum, a fin de que este pudiese compararlos y establecer el resultado medio. De esta forma, cualquier error grosero o cualquier frau­de en uno de los laboratorios sería detectado inmediatamen­te. En Roma, el resultado final debe llegar a la Secretaría de Estado, que sin lugar a dudas dispone ya del conjunto de los re­sultados. En mi opinión, las mediciones de los tres laboratorios coinciden. Pero, a título puramente personal, he descubierto algo que quizá pudiese interesar a la Congregación para la Doc­trina de la Fe. Y este es, en resumidas cuentas, mi informe, el que Emmanuel transmitirá al cardenal Weiss.

 

Colombe, que estaba sentada al lado de Emmanuel, le pasó un brazo por encima de la espalda.

 

-Ya lo ves. Theo siempre tiene la razón. Además, el resultado tampoco es tan grave. La Iglesia ha pasado por otras pruebas y las ha visto de todos los colores. La única reliquia en la que tú creías es falsa, como todas las demás. ¿Y qué más da?

 

Antes de que Enmanuel tuviese tiempo de contestar, Theo intervino:

 

-Precisamente; no he dicho que la reliquia fuese falsa. Sola­mente que las mediciones indican que se trata de un objeto del siglo XIV. Estoy seguro de la fiabilidad de mis conclusiones y convencido de que las mediciones de Oxford o de Arizona con­firmarán mis resultados. Y sin embargo, creo que la reliquia es auténtica. Pero eso os lo explicaré mañana. Son más de las tres, es un asunto muy complejo y los tres tenemos otras ocupacio­nes que nos esperan. Emmanuel tiene que volver al Vaticano otras cuatro horas, yo tengo pensado visitar la Villa Giulia que no co­nozco y Colombe tiene que recuperar la noche de sueño atra­sada.

 

Después de haber decidido cómo debía emplear cada uno el tiempo que disponía, apuró la taza de su espresso, abrió su agen­da para anotar la hora del final de la comida y pidió la cuenta. El camarero, que languidecía de impaciencia, ya la tenía prepa­rada. Theo la controló utilizando su calculadora y descubrió un pequeño error a favor del camarero que hizo corregir y, por cul­pa de eso, no le dejó propina. E inmediatamente puso en mar­cha su cronómetro. Estaba pensando ya en el museo etrusco de Villa Giulia.

 

En el umbral de la puerta, se volvió y les explicó a sus herma­nos que scrofa quería decir «cerda» y que la calle le debía sin duda su nombre a un restaurante con el emblema de una marra­na, que databa de 1445, sin que se pudiese afirmar con certeza absoluta que dicho restaurante estuviese situado en el lugar en el que se encontraba el actual Alfredo. Acababan, pues, de comer en uno de los restaurantes más antiguos del mundo.

 

Co­lombe y Emmanuel simularon un interés educado por esta noti­cia, que no les importaba en absoluto, y cada uno se dirigió hacia sus respectivas ocupaciones: Theo a aumentar su erudi­ción, Emmanuel a sufrir en silencio y Colombe a hacer el amor.

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

Colombe se tapó con la cortina de la ventana, una bellísima seda damasquinada amarilla y plateada, para disimular su des­nudez y cotillear, sin provocar escándalo, lo que pasaba cuatro números más abajo, en el largo Febo. Todos los habitantes de la manzana tenían que soportar las cuatro notas indefinidamente repetidas del claxon de fantasía de un coche deportivo, que in­tentaba vanamente, entre acelerones y frenazos, pasar entre un coche y una camioneta, aparcados ambos en contra de todas las reglas de la circulación. La camioneta descargaba muebles para el anticuario situado frente al hotel Raphael. La discusión entre el conductor, el camionero y el anticuario iba subiendo de tono. El portero del inmueble intentaba calmar los ánimos, mientras algunos curiosos se aglutinaban para asistir al espec­táculo. Cada uno de los implicados interpretaba a fondo su pa­pel. Colombe sintió ganas de bajar y mezclarse con la gente. Se había olvidado de Paolo, acostado en la cama en la postura hie­rática del macho mediterráneo, que fumaba distraídamente mi­rando el techo, porque su dignidad le dictaba la orden de no dar la sensación de tener prisa. Al final, terminó llamando la atención de Colombe:

 

-Querida, ¿te das cuenta de que si hubiésemos vivido en el Renacimiento habría sido casi con toda seguridad cardenal o in­cluso Papa? Después de todo, soy el sobrino segundo de Euge­nio Pacelli. En aquella época, habría sido su bisnieto.

 

-Pío XII no era un Papa del Renacimiento -matizó Colombe, que seguía pendiente de la ventana-. Desde entonces, el Vaticano es mucho más serio y un poco menos inteligente. Dos cosas que, habitualmente, van de la mano.

 

-Es una pena, querida, es una pena. Como todos los cardena­les habría poseído beneficios, nunca habría trabajado, viviría en una villa en el Pincio y te hubiera recibido con todos los hono­res, como tú te mereces.

 

-No me desagradaría un palacio, pero me puedo contentar con un hotel.

 

-Y además -continuó Paolo, animado por su aquiescencia-, el Tribunal de la Rota estaría a mis pies y habría anulado inme­diatamente tu matrimonio.

 

Como de costumbre, volvía a caer en el infantilismo y en la vulgaridad. Siempre sin mirarle, Colombe objetó:

 

-No habría servido de nada, porque tú serías cardenal y no me habría podido casar contigo.

 

-Sí, sí, querida, un cardenal tomaba normalmente como amante a una mujer no casada. Inútil añadir el adulterio a la for­nicación. Hay matizaciones en los pecados. Por eso es conve­niente discutir siempre los pecados con el confesor. Es otra cosa que te habría podido ofrecer: un excelente confesor.

 

-Yo no me confieso para regatear con Dios ni para exigirle mi absolución.

 

-¡Grave error, querida! Apuesto a que vas a un psiquiatra, como todas las americanas. Y eso cuesta caro, más caro que un confesor. Y es menos eficaz. Tienes que repetir sin cesar, hurgar en tu memoria durante horas enteras, acostada en un diván. Al final, terminas por darte la absolución a ti misma, porque nadie más puede dártela. El proceso se convierte en algo tan complejo que, al final, no tienes más remedio que llevar una vida perfecta. Y, como nadie puede ser perfecto, el paciente del psiquiatra sale de su consulta todavía peor de lo que estaba. Los pacientes de los psiquiatras me hacen pensar en la Coca-Cola.

 

-Primero, no soy americana, sino suiza. ¿Y qué pinta la Coca-Cola en todo esto? -dijo Colombe, divertida hasta el pun­to de volverse hacia Paolo.

 

-Querida, la Coca-Cola es una bebida industrial. Y la indus­tria tiene que producir masivamente. Si la Coca-Cola apagase la sed, a la larga el mercado se saturaría. No seguiría aumentando. ¿Qué hacer, entonces?

 

-Yo no bebo Coca-Cola.

 

-Bueno, bueno, pero si la comenzaras a beber, no podrías de­tenerte jamás. El secreto de la Coca-Cola es que contiene un ácido… En fin, no recuerdo más…

 

-Ácido fosfórico -añadió con delicadeza Colombe.

 

-¡Eso es, querida! Lo tenía en la punta de la lengua. Ese áci­do te da sed. Cuanto más bebes, más sed tienes y más tentado estás de volver a beber. Pues lo mismo ocurre con el psiquiatra: no puede curar; lo único que puede hacer es llegar a ser cada vez más indispensable.

 

Colombe se alejó definitivamente de la ventana y estalló en una abierta carcajada:

 

-Yo soy psiquiatra, Paolo, pero no suelo retener mucho tiempo a mis clientes.

 

Al menos Paolo tenía sentido del humor. una dentadura impecable:

 

-Perdona, querida, pensé que eras médico.

 

-Sí, soy médico y psiquiatra. Mi profesión consiste en acom­pañar a los moribundos y ayudarles en su agonía. Por eso, mis clientes no me suelen durar mucho. Y por ahora, no necesito psiquiatra, porque tú lo reemplazas.

 

Colombe estaba retrasando expresamente el momento del amor físico. Esperar a hacer el amor a las cuatro de la tarde, en Roma, después de una buena comida, observando los tejados de tejas rosas, es esperar la cumbre de la felicidad física y de la feli­cidad a secas. El placer es siempre más decepcionante que su es­pera.

 

Colombe no pensaba entablar una auténtica relación con Paolo. Él era solo un lujo que se permitía dos veces al año, du­rante los viajes o las vacaciones. En el hospital de Berkeley no tenía tiempo ni ganas de tener un amante. No se puede ayudar a alguien en su último viaje y, después, sin solución de continui­dad, caer en los brazos de un hombre. Colombe vivía como una monja que limpiaba su cornetín a intervalos regulares, por hi­giene vital. Paolo era un simple objeto con el que se purificaba de cualquier envidia, el agua purificadora con la que lavaba las manchas de los deseos insatisfechos, una especie de jabón ca­liente que la empapaba, cuando le apetecía. Eso era él para ella. ¿Y ella para él? No lo sabía; esta era solo la tercera vez que se encontraban.

 

Apenas le conocía. Paolo se parecía a ese tipo de estudiantes que se preparan eternamente para unas oposiciones que jamás consiguen, un candidato a diplomático que permanecía siempre en Roma porque nunca ganaba el concurso, un hijo de buena familia periódicamente maldecido por su padre y privado de medios económicos, un jugador que perdía casi siempre sus apuestas, un periodista cuyos artículos jamás eran aceptados. El gerente de múltiples empresas que iban a la quiebra, un re­vendedor de coches de lujo sin duda robados por otros, un bus­cador condescendiente de faldas distinguidas. Tenía el cuerpo del David de Miguel Ángel, una cabeza distinguida como la de su ilustre antepasado, un cierto encanto decadente y una técnica amatoria que se parecía a una gimnasia eficaz y fría. También tenía quince años menos que ella y quizá fuese su último aman­te. Sería un buen recuerdo. Quizá fuera pecado, pero un pecado sin consecuencias, superficial, aéreo, imponderable, volátil. Una pompa de jabón que se mece en manos del viento, reflejando el arco iris antes de explotar y desaparecer.

 

Colombe seguía esperando. El deseo iba creciendo, convir­tiéndose en una gran bola en su esófago. Algo parecido al miedo o al llanto. Un nudo que Paolo desataría dentro de unos minu­tos. Después de haber hecho el amor, se sentiría liberada de seis meses de abstinencia y de unas cuantas decenas de agonías, a las que había asistido hasta el final como se asiste a un parto. Nun­ca había querido tener hijos, porque sabía demasiado bien cómo acaban ciertas vidas. Mejor abstenerse, si ese tenía que ser el fi­nal. Mejor desaparecer de la cadena de la generación. Por de­cencia, por honestidad y por lucidez. Bastaba para ello regular el flujo de las hormonas con el más natural de los tratamientos. Colombe se esforzaba por convencerse de que el deseo, como el apetito, merecía su ración, ni más ni menos. «Lo importante -se decía a veces- es no perder ni el don de las lágrimas ni el placer de la sonrisa. Cuando quiero llorar pienso en mi vida sexual. Cuando quiero reír, pienso en mi vida sexual. Nada es más agra­dable, más triste y más divertido a la vez.»

 

 

-Presente mis parabienes al profesor De Fully por la calidad de su alemán. Escribe realmente bien para ser un suizo de lengua francesa. Supongo que, al igual que usted, cursó parte de sus es­tudios en Einsiedeln.

 

Este fue el único comentario espontáneo del cardenal Weiss sobre el informe de Theo que Emmanuel le entregó nada más llegar al Vaticano. Las galeradas de Communio formaban un montón de hojas bien colocadas en una esquina de la mesa del despacho del cardenal, esperando que alguien se las llevase. Eran las seis de la tarde. Las sombras comenzaban a crecer y el frescor del atardecer aliviaba el bochorno del día. Emmanuel se creyó en la obligación de avivar el debate:

 

-¿Qué vamos a decir a la prensa sobre estos resultados?

 

-Absolutamente nada. Esto es algo que no interesa a nadie. El British Museum publicará una reseña técnica en una revista científica que nadie lee y el asunto quedará archivado. Además, hay que esperar los resultados de los otros dos laboratorios, aunque me temo cuál va a ser el resultado final, que debe estar ya en manos del cardenal secretario de Estado. Personalmente, no caería en la trampa de publicar los resultados de una forma espectacular ni tampoco disimular o negar los resultados y pro­clamar, a pesar de todo, la autenticidad de la reliquia. Me hubie­ra hecho feliz que fuese auténtica, pero no me siento un desgra­ciado porque no lo sea.

 

Emmanuel no consiguió disimular su expresión de decepción, hasta el punto de que el cardenal tuvo casi el reflejo de reírse y esbozó una sonrisa, signo de confianza extrema, tras lo cual se dirigió a él por su nombre.

 

-Mi querido Emmanuel, no veo por qué este asunto le turba tanto. Ha tenido usted una jornada difícil. Me he dado cuenta y he apreciado los esfuerzos que desarrolló esta mañana para que recibiese a esa presunta delegación ecuménica suiza que, natu­ralmente, iba a plantearme temas de los que no quiero discutir: los matrimonios entre protestantes y católicos, la intercomu­nión, la situación del teólogo Hans Küng o el nombramiento de monseñor Haas como obispo de Coire, un asunto que, además, no es de mi competencia, sino de la Congregación de Obispos. Me hubiera encontrado ante un muro de lamentaciones. Como el acusado en un proceso sin juez. Y eso no me interesa. La Iglesia católica de Suiza está muy enferma, tanto como la de los Países Bajos o la de Estados Unidos.

 

De pronto, el tono amable del cardenal había dejado sitio a una pasión mal contenida. Su discurso intelectual y tranquilo cedía el paso a un torrente nervioso de palabras. Hablaba con los dientes casi cerrados del todo, como si quisiese dar más fuer­za a sus palabras o como si él mismo sintiese hasta qué punto se estaba dejando llevar por los nervios.

 

-Volvamos, si lo desea, a ese informe de mi hermano -suspiró Emmanuel-. Aparentemente, la reliquia es falsa.

 

-La sábana de Turín no es un artículo de fe, monseñor De Fully. Es algo que no forma parte de mis preocupaciones. En la resurrección de Cristo no se cree a golpes de pruebas materia­les, sino por un acto de adhesión libre.

 

-A pesar de todo, si hubiera sido auténtica, habría podido ayudarnos en nuestra tarea -añadió casi como un lamento Em­manuel-. En la tarea de conversión y evangelización del mundo moderno, un signo como este no habría estado nada mal. Jesús dio signos a la muchedumbre que le seguía. ¿Por qué no los vol­vería a repetir hoy, dada la situación de extrema necesidad en la que se encuentra su Iglesia? Además, según mi hermano, estas mediciones no obligan a concluir que la reliquia sea falsa, aun­que sí es cierto que no tuvo tiempo de explicarse más sobre este asunto.

 

El cardenal le echó una mirada penetrante bajo sus pobladas cejas:

 

-Si tiene realmente algo que decir, que venga a verme. Le re­cibiré. Lo dejo en sus manos. Pero no ceda a su sentimentalis­mo habitual, por favor. No tengo tiempo que perder y no deseo comprometer a esta congregación en una controversia inútil.

 

-De acuerdo -comenzó Theo-, la datación del tejido por el car­bono 14 parece indicar que el lino utilizado data de comienzos del siglo XIV. Pero esa es la única medida objetiva que nos per­mitiría concluir un origen medieval del lienzo. Todos los demás elementos, repito, todos los demás elementos apuntan a la autenticidad. Si el cardenal Ballestrero y el Vaticano han con­sentido de buena gana que se realizasen estas mediciones es porque estaban casi seguros del resultado. Disponían, pues, de una oportunidad única para probar la autenticidad del lienzo y, en cierto sentido, el carácter histórico de la resurrección de Jesús.

 

 

Estaban cenando los tres en una terraza de la plaza Navona. El Mastrostefano no era uno de sus restaurantes preferidos, porque su función consistía en alimentar y apagar la sed de la masa indiferente de turistas, pero la cocina era correcta y la vista que tenía sobre la fuente de Bernini bien merecía un sacrificio gastronómico. Las sombrillas cuadradas de tela blanca sobre las mesas con manteles color rosa le conferían a la terraza un aspec­to juvenil. Tras una tórrida jornada, apenas tenían apetito. Eran simplemente los comensales de una comida familiar, cuyo inte­rés residía en las explicaciones de Theo. Para no perderse en un menú sin interés, los tres habían pedido una fritura de calama­res, acompañada de un frascati blanco y bien frío.

 

Frente a ellos se alzaba la fachada oscura de Sant Agnese in Agone. Theo no pudo contenerse y precisó que había sido cons­truida sobre el mismo burdel romano en el que Inés fue des­pojada de sus vestidos en el año 304. Según cuenta la Leyenda dorada, para proteger su pudor sus cabellos crecieron inmediata­mente. Siempre que se sentaban en esta terraza, Theo contaba la misma historia. En una fratría, como en un matrimonio, el entendimiento reposa sobre una cierta tolerancia a la hora de escuchar frases repetidas.

 

Las antorchas iluminaban el portal tras el cual se desarrollaba alguna oscura ceremonia priva.da, a la que dos carabineros en uniforme de gala impedían la entrada de los curiosos. Un joven escupía fuego por la boca, sin interesar a nadie. Todo pare­cía posible en esta atmósfera mágica que solo los romanos son capaces de crear con unos cuantos farolillos, como los saltim­banquis eternos en los que se han convertido con el paso de los siglos.

 

-Si el lienzo data realmente de alrededor del año 1300, queda por explicar cómo ha podido ser fabricado en esta época. Algo nada fácil. Examinemos el propio tejido. Un especialista gantés, Gilbet Raes, lo ha analizado. La tela es de espiguillas, según la práctica en la Palestina de los tiempos de Jesús. Una forma de tejer desconocida en la Europa medieval. Se trata de lino, pero también hay algunas muestras de algodón. Ahora bien, en aque­lla época, el algodón no se utilizaba en Europa y, en cambio, ya era empleado habitualmente en Oriente Medio seis siglos antes de Cristo.

 

-El lienzo procede entonces de Oriente Medio -concluyó Emmanuel.

 

-Eso es -respondió Theo-. Ese es el primer dato. Un dato muy importante. Pero además, no hay en el lienzo huella alguna de lana, cuando la mayoría de los telares servían indiferente­mente para tejer lino o lana. Solo existe una excepción conoci­da: los telares utilizados por los judíos. Porque la ley mosaica prohíbe la mezcla de fibras animales y vegetales. El lienzo ha sido, pues, sin duda tejido por un judío. Este es el segundo dato. Pero todavía hay algo más espectacular. Normalmente, el lino era blanqueado, de lo contrario su color tira a oscuro. Antes del siglo XIV de nuestra era, los telares no permitían tejer hilo de lino ya blanqueado, porque su resistencia disminuía y se rompía. Por eso, se emblanquecía toda la pieza una vez terminada y la zona de contacto entre el hilo de la cadena y el hilo de la trama seguía conservando el color oscuro. Pues lo mismo pasa en el lienzo. Por lo tanto, o bien data de antes del siglo XIII o bien se trata de una falsificación extraordinaria. Y este es el tercer dato.

 

-No había muchos falsificadores Enmanuel.

 

-Y para terminar, un último elemento demás. En 1973, Max Frey..

 

-¿El director del laboratorio de la policía rich? -interrumpió Colombe.

 

-Sí -confirmó Theo-. Max Frey procedió al análisis de los pólenes de las plantas que impregnan el tejido. Identificó una cincuentena de pólenes, la mayoría de los cuales proceden de Oriente Medio. A su juicio, no había la menor duda de que el lienzo ha estado en Palestina y en Turquía.

 

-No «había» a su juicio -precisó Colombe-. ¿Por qué utilizas el imperfecto? ¿Es que ha cambiado de opinión?

 

-No, pero ha muerto y, por lo tanto, ahora es cuando conoce realmente la verdad -respondió Theo con cierto deje de envidia en su voz.

 

Para Theo, la eternidad representaba el lugar en el que todos los enigmas científicos quedarían desvelados. Cuando reflexio­naba sobre su propia muerte, le dominaba un sentimiento de curiosidad. Si todo iba bien, allí quedarían esclarecidas dos o tres paradojas, a las que los mejores fisicos del mundo habían dedicado toda su vida sin conseguir descubrirlas. El asunto del lienzo le parecía de la misma naturaleza, con la circunstancia es­pecial de que el enigma no se refería a alguna manifestación se­cundaria de Dios como los neutrinos o los agujeros negros, sino a su propio paso por la tierra. Por eso, Theo estaba convencido de que el misterio del lienzo era todavía mucho más interesante que cualquier otro. Se unía con sumo agrado a la opinión de Al­bert Einstein, cuya fórmula preferida era la siguiente: Ra iniert ist der Herrgott, aber boshaft ist er nich(l). Dios se revela a través de un universo enigmático pero extrañamente comprensible, con tal de que el investigador lo aborde con reflexión y con mo­destia.

 

(1) El Señor Dios es astuto, pero no malintencionado.

 

-Si lo he comprendido bien -intervino Emmanuel-, un ar­tesano, trabajando con la técnica utilizada en Palestina en el siglo I, tejió este lienzo, independientemente de cuál sea su edad real. Además, el lienzo estuvo en Oriente Medio.

 

-Esa es la conclusión que el examen del tejido permite avan­zar. Pero las marcas del cuerpo sobre el tejido son todavía más misteriosas. De hecho, excepto las del rostro, examinadas de cerca, son una serie de marcas confusas. Pero al alejarse de ellas, se distingue perfectamente una doble huella: un cuerpo visto de cara, doblado por un cuerpo visto de espaldas. La doble huella es la de un cuerpo acostado sobre el lienzo y que, a continua­ción, ha sido encogido para cubrirle. Hay también algunas man­chas rojas, cuyo análisis químico demostró que se trataba de sangre del grupo AB y no de pintura.

 

-¿Por qué hay huellas? -preguntó Colombe.

 

-Durante mucho tiempo se creyó que esas manchas proce­dían de una reacción producida por el sudor del cuerpo y los áloes que utilizaban en los embalsamamientos, pero nunca se pudo reproducir tal muestra en laboratorio. De hecho, la colo­ración es totalmente superficial. Solo la extremidad de las fibri­llas que rodean el hilo de lino exhibe una coloración amarilla, siempre con el mismo tinte. Las variaciones del color proceden de la proporción de fibrillas coloreadas en relación con las que permanecieron blancas. Es como si se hubiese expuesto el tejido a una fuente de calor intenso que lo habría chamuscado selecti­vamente al entrar en contacto con el cuerpo, como si el cuerpo hubiese alcanzado una temperatura elevada.

 

Un momento de silencio reinó entre los tres hermanos. Ha­cía tiempo que Colombe y Emmanuel habían aprendido a to­mar muy en serio a Theo. En el ejercicio de su profesión repre­sentaba la intransigencia misma y no toleraba ni la negligencia ni las trampas. Su vida no habría tenido sentido alguno si les hubiera estado tomando el pelo.

 

Permanecieron callados más tiempo de lo habitual. La mesa estaba de nuevo limpia y la única razón para permanecer senta­dos era continuar la conversación. Pero nadie se atrevía a rom­per el silencio. La plaza Navona se parecía a un salón enorme con mesas diseminadas por todo su alrededor. Las parejas pasea­ban, siguiendo ese rito peculiar del caminar humano, que no se corresponde con ninguna necesidad vital y que no busca ningún objetivo especial, a no ser la afirmación casi teórica del movi­miento. Se oía el agua de la fuente manar a borbotones y volver a caer. Un golpe de viento había barrido las brumas de la polu­ción y las estrellas más brillantes del cielo eran visibles, a pesar de la iluminación de la plaza. Una luna roja y casi llena navega­ba por el cielo como si fuera un dirigible. Olía a decorado de teatro, como suele suceder a menudo en Italia.

 

Colombe intentó recuperar un poco de lucidez:

 

-Actuando como abogada del diablo, se habría podido obte­ner la huella del cuerpo vistiendo con el lienzo a una estatua de bronce ligeramente caliente.

 

-No es una mala hipótesis -admitió Theo-. Pero esa hipoté­tica estatua tendría que reunir una multitud de detalles que a nadie en el siglo XIV se le habrían podido pasar por la imagina­ción. El más conocido es la posición de los clavos en las muñe­cas y no en las manos. Toda la iconografía cristiana de la época representa a Jesús crucificado con clavos en las palmas. Eso constituye una aberración anatómica porque la palma se desga­rra rápidamente bajo el peso del cuerpo. Los artistas cristianos cometieron todos el mismo error, porque a partir del siglo IV nadie había sufrido el suplicio de la crucifixión, prohibido por el emperador Constantino y, por lo tanto, no podían conocer la técnica utilizada por los romanos, es decir, clavar el clavo en el intervalo que separa los huesos de la muñeca, que asegura una fijación muchísimo más sólida.

 

-Eso se llama el espacio de Destot -precisó Colombe, siem­pre atenta a ganar algún punto ante Theo.

 

-Los artistas de la época ignoraban también que el hecho de clavar un clavo en este espacio hería un nervio que es el que hace que se contraiga el pulgar hacia el interior de la palma de la mano. Ahora bien, el lienzo muestra la imagen de un verda­dero crucificado, con heridas en las muñecas y con los dos pul­gares invisibles. Hay incluso algo más preciso y más horrible to­davía: las heridas de las muñecas dejaron escapar una doble hilera de sangre, correspondiente a las dos posiciones que adop­taba el ajusticiado, inclinado y sofocado por la asfixia, o inten­tando apoyarse sobre los pies, para poder respirar. Los romanos eran consumados especialistas del horror. Un suplicio disuaso­rio para las muchedumbres suponía que la víctima se torturase a sí misma: la víctima tiraba de sus manos y se apoyaba sobre sus pies clavados cada vez que se sofocaba, pero volvía a caer inme­diatamente para evitar el dolor de los clavos. De ahí las dos hile­ras de sangre. ¿Qué artista habría podido imaginar algo así?

 

Colombe se sentía mal. Como doctora, podía imaginarse per­fectamente este suplicio pensado para producir una agonía es­pectacular y, así, impresionar a las muchedumbres. Recordó la rebelión de Espartaco que los cónsules reprimieron haciendo crucificar a lo largo de las vías romanas decenas de miles de es­clavos. La misma plaza Navona había sido un estadio construido por Domiciano. Sin duda había servido ocasionalmente de lugar de tortura. Pero Theo continuaba imperturbable.

 

-Todas las demás huellas coinciden fielmente con el relato de la Pasión. La espalda está cubierta de hematomas causados por la flagelación, con un látigo lleno de faleras, bolas de plomo atadas a la extremidad de la correa. Se han podido contar los golpes: hay unos ciento veinte, lo que se corresponde con una flagelación reglamentaria del ejército romano. Por último, se encuentra la huella de la corona de espinas y de la herida de la lanza en el costado derecho, fenómenos todos ellos que singula­rizan la Pasión de Jesús en relación con las demás innumerables crucifixiones de la historia romana. Se descubre incluso la hue­lla del suero que brotó de esta última herida, es decir, el agua que mencionan las Escrituras. Algunos médicos creen que el crucificado murió de un infarto de miocardio, algo que estos síntomas permitirían diagnosticar fácilmente. Pero también se encuentran otros muchos detalles inquietantes, como las marcas de las rodillas, ocasionadas por las caídas y atestiguadas por la sangre, pero también por tierra y por fragmentos de piel.

 

Y Theo añadió con una pasión inusual en él:

 

-Y yo os pregunto: ¿Quién es el falsificador del siglo XIV ca­paz de reproducir todos estos detalles históricos, descubiertos hace tan solo un siglo? La única hipótesis, y ni siquiera esta se sostiene, sería la de una verdadera crucifixión realizada en el si­glo XIV por un sádico dotado de unos conocimientos históricos inimaginables. Este falsificador habría sido un genio, pero un genio que tomó precauciones inútiles, si de lo que se trataba era de engañar a las muchedumbres ingenuas de la época. El primer documento histórico que menciona el lienzo en cuestión data de 1357, época en la que se encuentra en la colegiata de Lirey. En esta época los francos ya no disponen de ningún emplaza­miento en Tierra Santa. En este contexto tan tormentoso, ¿quién se tomaría el trabajo de efectuar en Palestina una falsifi­cación tan extraordinariamente cuidada? El lienzo no se exhibía gratuitamente en Lirey. El objetivo de su exposición era, como de costumbre, atraer a las masas y recaudar dinero a través de las limosnas. Y para eso hubiera valido cualquier tejido de lino pintarrajeado, si se hubiera tratado de una trampa.

 

-¿Qué crees tú realmente? -preguntó Colombe.

 

-Creo que no es falso. Ningún falsificador habría podido to­mar tales precauciones. Y la datación al carbono 14 no prueba nada. Aunque sigue siendo inexplicable. Como mi profesión es datar objetos, sigue habiendo en este asunto algo que no me en­caja por ahora y que me gustaría poder desentrañar.

 

Theo consultó su reloj, en un gesto casi obsesivo que repetía de forma maquinal, como otros resoplan o mueven constante­mente la nuez de Adán.

 

-Las diez y doce. Me gustaría estar durmiendo a partir de las diez y media. Seguiremos hablando mañana. Emmanuel, puedes decirle al cardenal Weiss que estoy a su disposición durante los próximos cuatro días, si quiere verme. El lunes tengo que volver a Zúrich.

 

Theo llamó al camarero, verificó la cuenta con su calculadora y no descubrió ningún error. Pagó el montante exacto con bille­tes grasientos y con monedas de cincuenta liras. El camarero contó toda esta calderilla con aire contrariado. Theo, haciéndo­se el ingenuo, le preguntó:

 

-Servizio compresso?

 

-II servizio, si. La mancia, no.

 

Theo sonrió y le entregó un billete de diez mil liras. Des­pués, arrastró a Colombe y a Emmanuel hasta su hotel. Al pasar delante de la fuente de Bernini, no pudo resistir el placer de re­petir la anécdota que la vista del edificio desencadenaba irresis­tiblemente en él y que Colombe y Emmanuel escucharon con resignación al menos por enésima vez. El costo de la fuente se había elevado a veintinueve mil euros, suma considerable para la época, recogida con un impuesto especial sobre el pan. El pue­blo romano, siempre exuberante, cubrió la fuente con lazzi, el más impertinente de los cuales imitaba una cita de las Escritu­ras: «¡Dios mío, haz que estas piedras se conviertan en pan!».

 

Emmanuel abrazó a Colombe a la puerta del hotel. Theo, impaciente por irse inmediatamente a dormir, se dirigió a su ha­bitación sin más dilación. En el momento en que Theo se intro­dujo en el ascensor, Colombe retuvo la mano de Enmanuel.

 

-No pareces encontrarte muy bien. ¿Qué te pasa?

 

-Es mi profesión. Si es que se puede llamar a esto una profe­sión. Disputas de viejos célibes, enranciados en su egoísmo y su­midos en sus prejuicios. Puedes creerme: la curia romana no es el Reino de Dios.

 

-Hacen falta conserjes en todas partes, incluso en el Reino de Dios -dijo Colombe antes de soltarle la mano-. Pero tú eres de­masiado bueno para hacer de conserje o de lo que sea. Además, eso no es algo nuevo para ti y no explica en absoluto la cara que tienes.

 

Hubo un silencio. A Emmanuel le temblaban los labios.

 

-Tengo la enfermedad de Parkinson -confesó finalmente-. Lo sé desde hace dos meses. No te llamé por teléfono porque sabía que vendrías. ¿Puedes explicarme lo que me espera y cómo terminaré?

 

Hubo un nuevo silencio. Los tics nerviosos reflejos agitaban la garganta de Colombe. Su rostro empalideció.

 

-¡No me pidas eso, Emmanuel! ¡No me pidas eso a mí! -dijo ella encaminándose corriendo hacia el ascensor para disimular sus lágrimas.

 

«No, mi hermano no -pensó mientras el ascensor la subía hasta el último piso-. Él, el justo, que siempre vivió una vida de entrega a los demás, perderá primero el uso de su cuerpo y, des­pués, el de su mente. Agonizará lentamente, como una legum­bre, en una casa para viejos sacerdotes jubilados. ¿Qué sentido tiene todo esto?» Entonces recordó el grito de Teresa de Ávila, al caer en un riachuelo helado, tras romperse un eje de la carre­ta en la que viajaba: «¡Hay que ver, Señor, cómo tratas a tus amigos! ¡No es sorprendente que tengas tan pocos!».

 

Segundos después recordó que conocía la existencia de un tratamiento en estado experimental: el injerto de células proce­dentes del cerebro de un feto. Emmanuel lo rechazaría sin duda y sería mejor que ni siquiera se lo comentase. Tendría que sufrir que su hermano muriese, cuando ella sabía cómo salvarle.

 

Emmanuel permaneció solo en medio del vestíbulo del hotel Raphael, con sus enormes sofás de terciopelo amarillo, sus vitri­nas de cachivaches orientales y sus estatuas de bronce. Un pia­nista tocaba música de Schubert, una melodía adecuada para su ánimo, en la que se repetían dos notas obstinadas y lastimeras. Una música escrita por Franz Schubert en 1828, el mismo año en que murió, para expresar su angustia y su serenidad.

 

 

Paolo esperaba pacientemente, en calzón corto, tumbado en la cama, fumando con aplicación, como si se tratase de una medici­na que tuviese que tomar para curarse del mal de vivir. Cuando vio a Colombe, se encogió y comenzó a ronronear como un gati­to en celo. Esta ridiculez casi consiguió calmar a Colombe. Pao­lo se sabía situar por encima de cualquier tragedia. Él moriría un día, sin ni siquiera darse cuenta, entre un vaso de alcohol y un abrazo distraído, con su eterna sonrisa de satisfacción en los la­bios. Entregaría su alma fútil como una pompa de jabón que sube al cielo y termina por estallar y por disolverse en el vacío.

 

-Me has hecho esperar demasiado -se quejó.

 

-La conversación era apasionante -dijo Colombe para discul­parse-. Theo ha hecho una datación con el carbono 14 de una reliquia que se conserva en Turín, una supuesta sábana de Jesús, y el resultado es incoherente.

 

-Explícame eso, querida, antes de que nos arrojemos en los brazos de Venus y, después, en los de Morfeo.

 

Y Colombe le contó todo aquello de lo que acababa de ente­rarse. Para pasar el tiempo, para hacerse la interesante y por curiosidad ante las reacciones de Paolo y también por la angus­tia que le había producido enterarse de la enfermedad de Em­manuel. Hacen falta varias malas razones para sustituir a una sola que sea buena.

 

Hacia las tres de la madrugada, Colombe se levantó y se diri­gió al baño para beber un vaso de agua. Contempló su rostro en el espejo e hizo el recorrido de sus arrugas, de sus cabellos gri­ses y de sus bolsas debajo de los ojos. Y sintió miedo, porque sus ojos estaban inyectados en sangre. Solo era una rica americana que se podía permitir el lujo de pagarse un gigolo romano. Su vida en el hospital, sus publicaciones, sus seminarios y sus cur­sos solo eran una fachada efectista, como esas iglesias barrocas que se encuentran en casi todas las esquinas de Roma, a las que la gente mira distraídamente y en las que nunca entra, porque representan la expresión ampulosa de una fe muerta de triunfa­lismo. ¿Por qué el amor físico no se resumía en una gimnasia? ¿Por qué no conseguía mantener una separación definitiva entre las dos mitades de su vida? ¿Por qué no conseguía satisfacerse con su profesión de médico y por qué tenía que proveer a su cuerpo regularmente de esta vana comida?

 

Durante la noche, la tormenta, que venía amenazando desde hacía tiempo, terminó por explotar. Torrentes de lluvia limpia­ron la ciudad de gases, de contaminación y de polvo. Al día si­guiente, el sol brillaba sobre una ciudad recién lavada y que olía a aire fresco.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 3

 

Si el cardenal no siempre hacía honor a las citas prometidas, era sin duda tanto por preservar el tiempo para acoger a los visitan­tes imprevistos cuanto por humillar a los solicitantes a los que decidía no recibir. El viernes por la mañana, Emmanuel le hizo un informe conciso sobre la conversación que había mantenido con Theo. El cardenal convino en la necesidad de verse con él de inmediato dado que, además, ya disponía del informe de sín­tesis del doctor Tite del British Museum, perfectamente incom­prensible para él, salvo en lo referido a su conclusión estadística basada en los resultados de los tres laboratorios, que proporcio­naban una fecha comprendida entre el año 1260 y 1390. Los cálculos a través de los cuales el sabio doctor Tite llegaba a esta conclusión seguían siendo herméticos para un teólogo negado, por definición, a las matemáticas. Los comentarios del profesor De Fully le vendrían, pues, como anillo al dedo.

 

Enmanuel dejó un mensaje en la recepción del hotel Raphael para Colombe y para Theo y suspendió el almuerzo previsto en Ranieri. Sugirió, en cambio, que los tres se reunieran a partir de la una en su apartamento para tomar una rápida colación.

 

Esa mañana, Theo se había levantado a las siete como de cos­tumbre. Durante media hora exacta, había leído una tesis doc­toral sin interés, para la que un colega de la Universidad de Neuchatel solicitaba su aval. Un telefonazo a Neuchatel sor­prendió al colega en pleno desayuno y le anunció que Theo se negaba a participar en el jurado. La tesis fue a parar a la papele­ra y Theo, satisfecho de su iniciativa, descendió la escalera en dirección al comedor. Colombe le estaba esperando ya, mien­tras fijaba la vista en el fondo de la taza de café, como si los po­sos que contenía pudiesen proporcionarle informaciones confi­denciales sobre el desarrollo de la jornada.

 

Theo convenció a Colombe del interés de un paseo instructi­vo por el barrio situado justo por encima de la plaza Navona, desde la iglesia de Sant Andrea della Valle -donde Giacomo Puccini situó el primer acto de Tosca-, hasta el Palacio Spada. En total, tres o cuatro horas de visita, si no se prescindía del Museo Barracco ni del Campo dei Fiori ni del Palacio Farnese.

 

A pesar de que Colombe sentía una repulsión casi fisica por la música de Puccini, consintió en realizar esta visita con guía, porque estaba de buen humor o, mejor dicho, con el humor su­ficiente para escuchar a Theo disertar sobre cada estatua, cada fuente o cada fachada. Este no desaprovechó la ocasión para evocar la dudosa memoria de los hombres y mujeres del Renaci­miento que habían dejado sus huellas en el barrio. Por si lo ha­bía olvidado, Theo precisó que Rodrigo Borgia, antes de con­vertirse en el papa Alejandro VI, había procreado en estos lugares. César y Lucrecia, los hijos que tuvo de la bella Vanozza de Cataneis, una mujer un tanto burguesa y un tanto cortesana. En la plaza del Biscione, Benvenuto Cellini se había batido en duelo por los bonitos ojos de Grechetta, otra famosa buscona. En el Campo dei Fiori, el 17 de febrero de 1600, el cardenal Bellarmino hizo quemar vivo a Giordano Bruno, porque este había sostenido con una desgraciada obstinación que la Tierra no era el centro del universo, que existían sin duda varios mun­dos habitados, que la materia estaba compuesta de átomos y que, por lo tanto, la transubstanciación del pan y del vino no era posible. Theo le hizo guardar incluso unos minutos de silencio en el lugar donde se efectuó el martirio. Él mismo cerró los ojos y sus labios musitaron una oración silenciosa. Dirigiéndose a Colombe, siempre interesada por estas exhibiciones, creyó ne­cesario añadir:

 

-Esta tarde visitaré al sucesor del cardenal Bellarmino. Temo que no haya olvidado nada ni haya aprendido nada en relación con su predecesor.

 

A las once y media, Colombe se sintió con el derecho de que­jarse de que le dolían los pies. Theo consintió en liberarla de la visita detallada del Palacio Spada, describiéndole todos los es­plendores que iban a perderse en consecuencia, a fin de que al menos nada de su erudición se quedase en el tintero y que su hermana pequeña sintiese remordimientos. En el hotel, encon­traron el mensaje de Emmanuel y cogieron un taxi hacia la plaza del Risorgimento. El conserje, que estaba prevenido, les abrió la puerta del apartamento.

 

Nada más entrar, Colombe sintió una gran pena en el corazón, como de costumbre, por la tristeza de este antro de solterón. Y eso que Enmanuel había hecho algunos esfuerzos. Con sus propias manos, y a falta de dinero, había terminado de arrancar el feísimo papel amarillento y grasiento, que databa del siglo pasa­do. Había pintado las paredes y el techo de blanco, sin duda por miedo a equivocarse en la elección de un color. Como era un ma­nazas, el color, mal diluido, unas veces pastoso y otras demasiado líquido, había dejado en las paredes grumos y churretones. La pieza que daba a la plaza, ruidosa pero clara, servía de salón, de comedor e, incluso, de cocina, gracias a un infiernillo disimulado en el interior de un armario. Un biombo tapaba un lavabo, de cuyo grifo salía un hilito de agua fría, visiblemente coloreada por la herrumbre de las tuberías. Una segunda pieza, que Enmanuel había preparado como habitación y despacho, daba a la fachada posterior. En un rincón, un diván cubierto con una colcha barata de colores chillones le servía de cama. En el suelo una arpillera, la alfombra más barata que encontró. No había baño y los servi­cios se encontraban en el pasillo. Un olor a tabaco ya frío, a sopa de coles y a vestidos sucios flotaba por todas partes. En las pa­redes, unas cuantas reproducciones de pinturas y de estatuas. Una de ellas representaba el rostro de Jesús tal y como se había impreso en el lienzo y Colombe reparó en que no había ninguna otra representación de Cristo en la estancia.

 

Colombe y Theo se dedicaron a preparar la comida, utilizando las provisiones que encontraron en un pequeño frigorífico que cerraba mal y del que salía un hilo de agüilla dudosa. Colombe cortó en rodajas un pepino, un calabacín y un hinojo con los que preparó un carpaccio de verdura y colocó artísticamente en tres platos planos. Roció todo con una vinagreta y lo espolvoreó con parmesano rallado. Quedaban unas cuantas hojas de albahaca que colocó en cada uno de los tres platos. El conjunto componía un pequeño motivo abstracto, un regalo para la vista más que para el paladar, porque las legumbres ya estaban un poco rancias.

 

Mientras tanto, Theo se afanaba con un pollo al limón. Ex­primió el jugo de dos limones en el fondo de la olla y colocó el pollo, salpimentado y con su interior relleno de aceitunas ne­gras. Le añadió un vaso de marsala, una cucharada de aceite de oliva y colocó la olla a fuego lento. Al cocerse, el limón y las aceitunas unieron sus aromas, para evocar un día de verano, muy caluroso, en un jardín al borde del Mediterráneo o una siesta en el campo, en medio del perfume de los árboles torre­factos por el sol.

 

En el otro fuego, Colombe hizo cocer tres peras de invierno, enteras y previamente peladas, en un litro de cerasuolo rojo, ali­ñado con azúcar moreno, una ramita de canela y unos cuantos granos de pimienta y de clavo. La acidez de la pera se fundió en medio de un sabor de especias y de vino, mientras la carne iba adquiriendo un color violeta, como correspondía a la comida de un prelado de Su Santidad.

 

Cuando al cabo de una hora Emmanuel entró en su aparta­mento, la mesa estaba dispuesta, las servilletas de papel dobladas en los vasos, mientras Colombe y Theo descansaban en los dos únicos sillones de la casa. Y a Emmanuel se le saltaban las lágri­mas de los ojos. En la familia De Fully, avara de palabras dulces y gestos tiernos, los mensajes se transmitían a través de otras vías secretas. Una de ellas era la gastronomía, especialmente cuando esta se improvisaba en poco tiempo y con pocos medios. Así, antes de que los dos hermanos se enfrentasen con la entre­vista de la tarde, prepararon sus cuerpos y sus espíritus masti­cando con calma y recogimiento.

 

Colombe los dejó marchar porque, evidentemente, ella no es­taba invitada a la audiencia. Se puso un delantal de cocina, lavó la vajilla, limpió el polvo de los muebles, puso una lavadora, re­pasó calcetines, cosió botones, bajó la basura y compró toallas y sábanas nuevas. Ella era la única mujer en la vida de Emmanuel y sabía a ciencia cierta que no era bueno para un hombre vivir sin compañera. En este punto concreto le daba toda la razón a las palabras del Señor tal y como las recoge el segundo capítulo del Génesis: «No es bueno que el hombre esté solo». Y recha­zaba con la misma fuerza la extraña conclusión que de ellas ha­bían extraído los partidarios del celibato eclesiástico.

 

-¿Cómo es posible equivocarse efectuando mediciones con el carbono 14? -preguntó dulcemente el cardenal.

 

-Dejemos de lado los reglajes deficientes del aparato -res­pondió Theo-. Sobre este punto concreto puede fiarse por completo de mí, dado que las muestras de los diferentes tejidos fueron medidas al mismo tiempo. En efecto, puedo colocar una cincuentena de muestras sobre una repisa y efectuar la medición de todas estas muestras en una sola secuencia, repitiendo el ciclo varias veces. Eso excluye cualquier defecto en el aparato de me­dición, dado que las otras muestras proporcionaron una fecha totalmente plausible. El informe de Tite que ácaba de mostrar­me es determinante: los tres laboratorios obtuvieron casi los mismos resultados. Los resultados de Oxford son menos preci­sos que los de Zúrich y los de Tucson, pero eso es algo normal e incluso tranquilizador, porque los ingleses destacan siempre y en todo por su escasa profesionalidad.

 

-Si la medición es correcta y no me atrevería a cuestionar ni su competencia ni su conciencia profesional -se apresuró a aña­dir el cardenal ante la expresión de contrariedad de Theo-, sig­nifica que el lino fue recogido en el siglo XIV. Pero las marcas sobre el lienzo contradicen esa datación o al menos la hacen al­tamente improbable. ¿Cómo explica esta contradicción? En de­finitiva, todas las pruebas convergen, salvo la más objetiva, que las contradice. ¿Cómo casa usted esta prueba con las demás?

 

Theo adoptó un aire todavía más doctoral que de costumbre. Emmanuel no pudo menos que encontrarle un poco cómico. Se parecía a una caricatura del Herr Doktor Professor, con todo su ser embebido en una sola idea que se había convertido en obse­siva para él. Dejaba de existir como ser humano, para convertir­se en puro soporte de una idea.

 

-Se pueden enumerar varias hipótesis, aunque las más senci­llas no son las mejores. La más banal sería que las muestras ex­traídas de uno de los márgenes del lienzo no formasen parte del tejido original. Le recuerdo que el lienzo escapó a duras penas al incendio de 1532 de la capilla de Chambery y que algunas partes dañadas pudieron arreglarse. La paciencia de las mujeres a la hora de remendar es infinita. Unas cuantas monjitas, llama­das para un zurcido edificante, habrían sido capaces de buscar hilos de lino que tuviesen la misma textura, el mismo color e, incluso, el mismo espesor. Sin embargo, hay que descartar esta hipótesis, porque la parte oculta del hilo, entre cadena y trama, no ha sido blanqueada, incluidas las muestras. Eso significa que esas muestras formaron parte de una pieza blanqueada de una sola vez y no de un zurcido posterior.

 

-No perdamos el tiempo con todas las hipótesis que usted ya descartó a base de buenos razonamientos -intervino el cardenal cerrando los ojos bajo sus cejas más enmarañadas que nunca-. Vaya directamente a la conclusión final. Me están esperando para otra reunión.

 

-El fondo del problema radica en la traslación de la medición del carbono 14 a una fecha. Hay que retomar el problema por el principio. ¿Sabe usted, Eminencia, de dónde proviene este céle­bre carbono 14 con el que estamos trabajando en este asunto?

 

-Lo sabía, pero haga usted como si lo hubiese olvidado -se disculpó Su Eminencia, con un suspiro casi imperceptible.

 

Theo se humedeció de forma maquinal los labios. Dar un curso elemental de física nuclear al sucesor del cardenal Bellar­mino constituía evidentemente uno de los hitos de su carrera. Tanto así que no pudo evitar levantar en alto su dedo índice.

 

-El carbono existe bajo la forma de seis isótopos. Me permito recordarle que siguen siendo siempre carbono en el sentido quí­mico del término. Sin embargo, el núcleo, integrado siempre por seis protones, puede contener más o menos neutrones, entre cuatro y nueve, que definen los seis isótopos numerados del 10 al 15. Los isótopos 12 y 13 son estables, todos los demás se descomponen rápidamente, salvo el carbono I4 cuya mitad de la vida es de cinco mil setecientos treinta años. El carbono ordi­nario es el carbono 14 que representa alrededor del noventa por ciento del total del carbono que hay en el planeta.

 

Theo, que era un excelente profesor, miró fijamente al carde­nal, para asegurarse de que este seguía el hilo argumental de su lección. Pero el rostro impasible de este no le sacó de dudas y, entonces, explicitó aún más:

 

-Hablar de media vida significa que si se dispone de una muestra que contenga un gramo de carbono 14, al cabo de 5.73o años, la mitad, es decir, 500 miligramos, se habrá con­vertido en carbono 12. Como conocemos la relación inicial en­tre el carbono 12 y el carbono 14, midiendo en un momento dado la relación entre los dos isótopos, se puede estimar la edad de la muestra. Si se trata de un vegetal, como el lino, se llega in­cluso a fijar el año de su cosecha. En efecto, el carbono que se encuentra en una planta procede de la atmósfera. En otras pala­bras, en el momento en que se corta una planta, se dispone de una instantánea de la relación entre los dos isótopos en la at­mósfera, informe que no cesará de disminuir durante el enveje­cimiento del tejido, a medida que el carbono 14 se transforme en carbono 12. Como la ley del decrecimiento es bien conocida, se puede deducir el año en que se cortó la planta a través de una medida del informe de los isótopos.

 

El cardenal intervino:

 

-Si el carbono 14 se descompone a esta cadencia, ¿cómo es posible que subsista todavía en la atmósfera? Tiene que haber, pues, una fuente de este isótopo, como usted dice.

 

Theo se quedó sorprendido. Había subestimado a su interlo­cutor. Theo calificaba a los especialistas de las diversas disci­plinas según una escala descendiente, en la que los físicos y los matemáticos ocupaban la cima, mientras que en los escalones in­termedios estaban los juristas y los médicos, y en los más bajos los filósofos, los sociólogos y los teólogos. La calidad científica de las investigaciones, su utilidad social y la inteligencia de los investigadores constituían los criterios de esta clasificación. A veces se sentía avergonzado de tener que ejercer esta especie de racismo pedante, pero sus encuentros con diversos colegas le ratificaban en sus opiniones. Gratamente sorprendido, miró a su interlocutor con una mirada menos severa y explicó:

 

-El nitrógeno. El nitrógeno de la atmósfera encierra siete neutrones por núcleo. Bombardeado por rayos cósmicos, se transforma en un átomo de carbono 14. Es una ecuación que se puede verificar.

 

Inmediatamente escribió la ecuación, describiendo la reac­ción nuclear en un bloc de notas que estaba encima de la mesa del despacho del cardenal, arrancó la hoja y se la mostró a Su Eminencia, que la miró con la cara de una gallina que acaba de incubar un pato.

 

-Por eso, con el paso del tiempo, la cantidad de carbono 14 del planeta y su relación con la masa de carbono 12 es una cons­tante, porque se crea tanto como se pierde. Es como una bañera a la que un grifo aportase la misma agua que perdiese por el de­sagüe. No es totalmente exacto porque el sol tiene ciclos duran­te los cuales su actividad varía, pero se trata de un efecto secun­dario que se puede corregir con facilidad. También hay efectos biológicos de fijación diferente del carbono 14 según el tipo de vegetal, pero todas estas correcciones son bien conocidas. Es decir, todas estas reservas no deben oscurecer el resultado cen­tral. Una vez aplicadas todas estas correcciones, la tasa de carbo­no 14 en la muestra analizada del lienzo corresponde con la de las fibras de lino recogidas a comienzos del siglo XIV. Salvo que…

 

-¿Salvo qué? -preguntó el cardenal.

 

-Salvo que ese lino haya sido recogido a comienzos del siglo I y que, por un fenómeno parasitario, haya modificado su conteni­do en carbono 14.

 

-¿Qué fenómeno? -dijo el cardenal pendiente de los labios de Theo.

 

-Se puede pensar en una contaminación, es decir, cuerpos ex­traños, hongos, moho, polvo, hollín, que se habrían fijado sobre el lienzo en una época reciente y que, de esta forma, falsearían la datación. Pero la limpieza cuidadosa de la muestra y su con­trol microscópico eliminan esta posible fuente de error. Hay otra causa mucho más simple y mucho más evidente, si se admi­te, al menos por un instante, la hipótesis de la autenticidad, en vez de rechazarla a priori, actitud dominante en mis queridos colegas, trabajando deliberadamente para demostrar un fraude medieval. Entre los responsables de las mediciones, yo soy el único creyente. Tengo, pues, un punto de vista especial. Eso no significa que intente falsificar las medidas, pero sí que trato de aportarles una explicación iluminada por mi fe.

 

Theo había conseguido crear y mantener el suspenso, que siempre utilizaba en sus cursos y que le hacía gozar de una me­recida fama entre sus alumnos. El cardenal no se atrevía a inte­rrumpirle, aunque le miraba con una mirada cada vez más in­quisitorial.

 

-Si el lienzo examinado es el auténtico, entonces ese lienzo es el que envolvió el cuerpo de Jesús antes de su resurrección. En­tre otras cosas, porque es absurdo suponer que el fenómeno de la resurrección no modificó en absoluto el entorno físico del cuerpo, que se volatilizó por completo, según cuentan las Escri­turas.

 

-Los Evangelios no dicen nada de eso, señor profesor -cortó en seco el cardenal.

 

-Los Evangelios atestiguan que la tumba estaba vacía y que el sudario también lo estaba -replicó Theo con pasión-. O bien la desaparición del cuerpo de Jesús es el resultado de una interven­ción humana y entonces, como dice precisamente san Pablo, us­ted y yo, Eminencia, somos los más desgraciados de los seres humanos por haber creído en una superchería, o bien el cuerpo de Jesús abandonó nuestro mundo como consecuencia de un fe­nómeno que no conocemos, que nunca hemos podido observar, pero que no por eso deja de formar parte de nuestra realidad. Ahora bien, en la realidad la materia puede desaparecer. Eso es algo que demuestra nuestra propia física. Todos los días, los ace­leradores provocan la desaparición de partículas de materia, dando lugar a partículas de antimateria, no sin despedir alguna energía. Como es lógico, estas experiencias, que se producen en condiciones muy especiales de temperatura, de presión y de ve­locidad, no explican nada de lo que pasó entre el viernes 7 de abril del año 30 por la tarde y el alba del domingo 9 de abril. Pero, sin embargo, tienen el mérito, para el que como yo es a la vez físico y creyente, de ubicar el misterio de la Pascua fuera de lo maravilloso, puro y simple, de esa maravilla espontáneamen­te generada por las tradiciones populares. Como yo creo en la resurrección de Jesús, estoy obligado a considerar la hipótesis según la cual el lienzo que le envolvía ha podido sufrir una mo­dificación por irradiación. Si este efecto desconocido elevó sen­siblemente la proporción inicial de carbono 14 en el lienzo, es lógico que al medirlo, dos mil años más tarde, el lino parezca que haya sido cosechado recientemente.

 

El cardenal interrumpió a Theo con signos evidentes de irri­tación.

 

-Señor profesor, la misión esencial de la Iglesia es confesar la resurrección de Cristo. Yo mismo estoy especialmente encarga­do de vigilar la doctrina y de rendir cuentas de mi misión direc­tamente al Papa. No estamos dispuestos a someter el dogma al resultado de una experiencia de laboratorio y a reducir el miste­rio de la Pascua a un efecto físico desconocido. ¡No mezclemos las cosas! Cada cual en su sitio. Si no supiese quién es usted, si no le conociese a través de su hermano, consideraría sus propo­siciones como blasfemias. En cualquier caso, es hora de que me vaya a mi reunión. Dejémoslo aquí, ¿de acuerdo?

 

Emmanuel se sintió obligado a intervenir. Si la audiencia ter­minaba así, el cardenal Weiss daría carpetazo al asunto y se ne­garía a abordarlo de nuevo. Era necesario evitar que Theo fuese despedido sin poder explicarse más a fondo. Emmanuel sugirió que el cardenal aceptase continuar charlando con Theo durante el trayecto, a través de los jardines vaticanos, hasta el Casino Pío IV, sede de la Academia Pontificia de las Ciencias, donde le esperaban para la reunión. Aunque Emmanuel temió que su propuesta fuese rechazada, el cardenal la aceptó de buen grado. No estaba acostumbrado al trabajo chapucero y solo cerraba los expedientes cuando había explorado todos sus contornos en profundidad. Era evidente que seguía intrigado.

 

A pesar de su corta estatura, el cardenal se movía con rapidez por el laberinto de patios situados al sur de la basílica de San Pedro. El camino era sinuoso y hubiera sido más fácil, para lle­gar a la academia, caminar a lo largo de la fachada posterior de San Pedro. De ese detalle, Emmanuel dedujo que el cardenal deseaba tiempo para reflexionar. Ni una palabra fue intercam­biada por los tres hombres antes de llegar a los jardines, donde su caminar tomó un aire más adecuado a la discusión. Emma­nuel se esforzó por romper el hielo entre estos dos hombres, cuya cabezonería y orgullo conocía por experiencia propia.

 

-Eminencia, he hablado largo y tendido con mi hermano y no creo traicionar su pensamiento si digo que siente el mayor respeto por el misterio de la Pascua, que no contradice en abso­luto el dogma y que lo toma tan en serio que quiere encontrarle pruebas experimentales.

 

-Eso es precisamente lo que me molesta -admitió el carde­nal-. Jesús de Nazaret vivió en una época y en unas condiciones en las que nadie pudo fotografiarle, filmarle, grabarle, auscul­tarle o tomar notas dictadas por él. No se encarnó en esta nues­tra época diabólica, en el sentido original del término, es decir, en una época dividida contra ella misma, señor profesor -creyó necesario precisar el cardenal, como si Theo, por su profesión de físico, debiera ignorar a la fuerza el sentido de la palabra griega diabolos.

 

-Yo también sé griego -musitó impertinentemente Theo, que estaba de malhumor y que no era un hombre que consintie­se aparecer como sospechoso de ignorancia en cualquier ámbito que fuese.

 

Emmanuel intervino de nuevo para apagar el incendio que amenazaba con extenderse de nuevo.

 

-Eminencia, estamos en el corazón del debate. O bien toma­mos la ciencia en serio en su ambición más elevada, el descifra­miento de la obra del Creador, o bien continuamos desprecián­dola, es decir, temiéndola, como si fuese a vaciar la fe de su contenido. Y al hablar en plural, me estoy refiriendo a todos los teólogos y, en especial, a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Si nosotros mismos creemos que una medición experimen­tal, que una teoría científica, que una reflexión metodológica pueden vaciar la fe de su substancia, eso quiere decir que no es­tamos seguros de su solidez, por retomar el término empleado por Lucas en el exordio de su Evangelio.

 

Los tres hombres caminaron en silencio durante unos minu­tos. Llegados a la pequeña plaza de mármol que se extiende ante el Casino Pío IV, el cardenal hizo una señal de querer sentarse en un banco.

 

-Llego con adelanto a la reunión. Todavía tenemos unos cuantos minutos. Mientras caminábamos, recé para saber si es conveniente que le siga escuchando, señor profesor.

 

Permaneció en silencio y, al cabo de un rato, recomenzó:

 

-Algo o alguien me dice que usted no se equivoca del todo, pero no veo adónde quiere llegar. La Iglesia siempre ha sido in­finitamente discreta sobre el misterio de la Pascua. Como se trata del misterio central, el más preciado, el más impenetrable de nuestra fe, nadie con cierta seriedad se atrevió nunca a expli­citarlo, a explicarlo y reducirlo a unas cuantas consideraciones racionales. Como es lógico, estoy excluyendo a toda esa teología liberal que niega la realidad de la resurrección de Jesús, que la considera como una imagen simbólica y que, por lo tanto, se si­túa fuera de la fe católica. Todo lo que sabemos por las Escritu­ras es que la tumba de Jesús estaba vacía la mañana de Pascua y que este descubrimiento abrió los ojos de los apóstoles, les con­venció de la resurrección de Su Maestro y les confirmó en esta fe que confesaron hasta el martirio. Esta es la única realidad atestiguada por las Escrituras y por la tradición. Cuándo y cómo se produjo esta resurrección, no lo sabemos y yo añadiría que no nos interesa saberlo. Pero lo que presiento en su actitud es un intento, una tentación de reducir el núcleo de la fe cristiana a una teoría física. No puedo ni deseo impedirle que prosiga con sus trabajos ni que publique sus hipótesis. Pero sepa que la congregación que presido no confirmará, ni firmará jamás sus conclusiones. Hemos cometido un primer error autorizando la da­tación del lienzo y no cometeremos un segundo que consistiría en entrar en la controversia y en la polémica sobre los resultados.

 

A continuación miró fijamente a Theo, que le aguantó la mi­rada y, por vez primera, apareció en sus ojos un sentimiento de timidez, hasta entonces desconocido incluso para Emmanuel.

 

-Trabajamos en planos diferentes, señor profesor. Todos los trabajos de todos los sabios del mundo no pueden quitar ni aña­dir nada al tesoro de la Revelación, del que soy el primer guar­dián. ¿Por qué insiste, entonces? ¿Qué espera probar?

 

Un largo silencio reinó de nuevo, como si los tres hombres hubieran decidido que se intercambiaban mejor sus pensamien­tos sin hablar. Un pájaro cantaba, no para llamar a su amor, como en primavera, sino por hábito, sin una gran convicción. Cuando terminó su trino, el cardenal y Theo levantaron la vista al mismo tiempo hacia él y recomenzó la conversación:

 

-Eminencia, admitamos por un instante la hipótesis más inte­resante. Se trata, evidentemente, de un lienzo que ha envuelto el cuerpo de Jesús desde el viernes 7 de abril del año 30 al ano­checer hasta el momento en que el cuerpo desapareció, dejando la tumba y el lienzo vacíos, tal y como fueron encontrados por María Magdalena y, después, por Pedro y Juan. La cuestión es muy simple. Ni siquiera me atrevo a plantearla de lo evidente que es la respuesta incluso para el cristiano menos instruido. ¿El cuerpo de Jesús era realmente el de un hombre, es decir, era un cuerpo formado por células, por ácidos animados, por áto­mos de carbono, por protones y por electrones? A esta pregun­ta, la respuesta de la Iglesia ha sido siempre positiva, aun cuan­do el lenguaje por ella utilizado no haya sido siempre el de la ciencia moderna, que estoy utilizando yo ahora. La herejía de los docetas, en los primeros siglos, consideraba que el cuerpo de Jesús solo podía ser una apariencia, tanto repugnaba a la menta­lidad antigua la idea misma de que Dios pudiese encarnarse. En cambio, los cristianos, de los que somos herederos, confesaban la Encarnación, misterio que precede y anuncia al de la Pascua, en el sentido de que Jesús no simuló ser un hombre, que nació efectivamente de una mujer y que su cuerpo creció como el de cualquier niño. Ahora bien, permítame que le pregunte: ¿pue­de un cuerpo humano desaparecer de la tumba y reaparecer en el Cenáculo, sin que haya en ello un fenómeno físico implicado, un fenómeno raro, extraordinario, pero un fenómeno bien real, según las leyes del mundo que hemos descubierto?

 

-Nada es imposible para Dios -replicó secamente el cardenal, como si quisiera recordar a Theo una fórmula del catecismo ol­vidada.

 

-Nada es imposible para Dios -continuó Theo con una gran dulzura-, pero eso no significa que Dios se permita cualquier tipo de fantasía. Dios se esfuerza para hacer reconocible su crea­ción por parte del hombre. No está interesado en trucos de ma­gia, gratuitos y espectaculares. Dios se conduce, si me permite esta imagen, como un monarca constitucional, en el marco de las leyes naturales, promulgadas de una vez por todas. Los anti­guos imaginaban a sus dioses como tiranos caprichosos e inmo­rales. E incluso los hebreos comenzaron a concebir a Yahvé como un déspota en los textos más arcaicos de la Biblia. Para nosotros, los milagros no son fenómenos de prestidigitación, sino que pertenecen al orden de la naturaleza, aunque su rareza les confiera un papel de signo de lo espiritual. En ningún caso significan que Dios suspenda las leyes de la naturaleza.

 

Con los ojos clavados en la tierra y como si hablase para sí mismo, musitó:

 

-¡De lo contrario, o dejo de ser físico o dejo de ser cristiano!

 

La fórmula de Theo se parecía a una especie de maldición a la antigua usanza. Emmanuel pensó que Theo siempre había tenido el empaque de uno de esos patriarcas del Antiguo Testamento, de carácter obstinado e insoportable, que terminaban por conseguir sus objetivos, no a través de la adhesión de los demás, sino susci­tando, ante todo, su exasperación y, después, su resignación.

 

El cardenal se fijaba con obstinación en una hormiga que transportaba una migaja de pan hacia su hormiguero. Por fin, levantó los ojos, mostrando esa contracción casi dolorosa del rostro, que en él hacía las veces de una sonrisa:

 

-No diré que me ha convencido, pero al menos me ha plan­teado importantes cuestiones. Quiero volver a verle mañana, porque ahora no tengo tiempo. En cualquier momento, el se­cretario de Estado puede consultarme sobre la actitud que se debe tomar ante este asunto. Reflexione bien sobre lo que quie­re pedirme y sobre lo que es posible hacer. Le pido, sobre todo, que me presente el punto más débil del expediente. Aparte de la datación con el carbono 14, debe haber en el conjunto de los demás elementos alguno que haga decantar la balanza hacia la hipótesis de un fraude. Ahora tengo que dejarle porque me es­peran en una reunión. No hable de esto con nadie. Hasta maña­na, a las once en mi despacho.

 

El cardenal se levantó y se marchó, sin ni siquiera esperar la contestación de Theo. Los dos hermanos permanecieron de pie delante del banco hasta que la pequeña silueta púrpura desapa­reció.

 

Theo sacó inmediatamente de su pañuelo un plano de los jar­dines del Vaticano, que nunca había tenido ocasión de visitar y movilizó a Emmanuel hasta la caída de la noche, sin ni siquiera preguntarle si tenía otras obligaciones. Se le presentaba una ocasión de oro para completar su erudición romana. Visitaron la Academia Pontificia de las Ciencias, el templo de la Madonna della Guardia, el pequeño palacio de León XIII, sin pasar por alto ni siquiera la reproducción de la gruta de Lourdes, regalo de los católicos franceses al Papa. Y sin dudarlo se pusieron de acuerdo: se trataba de lo más feo de todo el Vaticano.

 

Paolo Pacelli no había abandonado su cama del hotel Raphael desde hacía veinticuatro horas, a no ser para que la mujer de la limpieza hiciese su trabajo. Allí se hizo servir todas las comidas, aunque no era demasiado partidario de la cocina de los hoteles, en comparación con la de los restaurantes, pero no tenía un duro y las comidas del hotel las pagaba Colombe. También ha­bía entregado a lavar y planchar toda la ropa que había traído en la bolsa de viaje, que constituía su único equipaje y la totalidad de sus posesiones.

 

Había pasado su tiempo libre viendo la tele, telefoneando a una miríada de amistades, leyendo los periódicos, dormitando, vaciando el bar de la habitación y fumando un cigarrillo tras otro. Se sentía bien, siempre que no pensase en el hecho de que no tenía un mísero billete de mil liras para dar como propina a los camareros que le surtían de ropa, bebida y tabaco.

 

Estaba atravesando una mala racha. La peor y más larga que había conocido desde hacía tiempo. Sin casa fija, sin empleo confesable, agobiado por las deudas contraídas con todos los que conocía en la ciudad, que no eran pocos. Las visitas de Co­lombe a Roma constituían balones de oxígeno que le permitían respirar un poco.

 

Pero eso solo eran paliativos temporales. A veces, mientras dormitaba, acariciaba

 

el proyecto fabuloso de un matrimonio que le procuraría un papel casi mágico, un pasaporte americano o suizo, dado que Colombe poseía las dos nacionalidades. Sin embargo, la sola idea de abandonar Roma le asustaba. Solo una vez, había visitado Nueva York y el espectáculo de tan triste hormiguero le había helado la sangre

 

Europa seguía siendo la única civilización en la que era posi­ble vivir sin trabajar. Provenía de una sociedad en la que el tra­bajo constituye la única mancha imborrable, que te coloca entre las clases medias, esos nuevos ricos de la democracia y de la Se­guridad Social, esos acaparadores de un poder que nunca les pertenecería por derecho divino. Paolo Pacelli siempre había estado persuadido de que, un día, le haría un servicio señalado a Italia, a la Iglesia católica, a su familia, a un banco o a las artes. En el fondo, no tenía experiencia alguna ni sentía impaciencia alguna, tan seguro se sentía de su nacimiento, de su clase y del éxito de sus amigos que habían tenido un poco más de suerte, un poco antes. Su turno tenía que llegar. Permanecía, pues, alerta, incluso cuando estaba adormilado en calzoncillos, el ci­garrillo entre los dientes, en la habitación del último piso del hotel Raphael.

 

Paolo se consideraba a menudo como la encarnación perfecta del menefreghismo romano, de esa desenvoltura suprema frente a la opinión de los demás que los ciudadanos de las viejas capitales se transmiten de generación en generación, como si el paso de los siglos hubiese agotado ya toda su capacidad de avergonzarse. Se consideraba a sí mismo como un impostor feliz porque acu­mulaba las ventajas de las dos mayores ilusiones de todos los tiempos: un imperio que había conseguido imponer en todo el mundo el reino del orden a través de la expresión del derecho y una Iglesia que había conseguido hacer pasar una buena organi­zación por una prueba evidente de la elección divina.

 

Ante estas ambiciones, la idea de adquirir un estatus honora­ble casándose con Colombe le parecía tremendamente mezqui­na. En realidad, tenía la impresión de que se rebajaba al nivel del semental remunerado por sus montas. Con todo, su situa­ción actual era un poco más honorable, porque desempeñaba un papel complejo de escolta, guía, chofer, amante y secretario par­ticular a la vez. Además, en el sentido liberal del término, nunca había cobrado dinero en mano por sus servicios. A lo sumo, Co­lombe le había comprado algunas prendas de vestir, una cazado­ra de cuero o un reloj de oro. Revendiendo estos dos últimos objetos, había conseguido superar momentos dificiles. Más tar­de, le había dicho a Colombe que le habían robado sus regalos del coche.

 

-Soy un señor de compañía -murmuró entre dientes, en su estado de rumiante.

 

Jamás había llegado tan lejos en la confesión de su singulari­dad esencial. Un día, en el Harry’s Bar de la Vía Veneto, estuvo a punto de estrangular a un periodista que le había calificado, en una rúbrica mundana, como «el gigolo más digno que Roma haya producido desde sus orígenes». Desde entonces, le estaba prohibida la entrada en el bar, lo que le molestaba sobremanera, sobre todo cuando le citaban allí y tenía que buscar un pretexto siempre diferente para proponer otro lugar. Pero al menos no había tolerado el insulto y no había aceptado aplicárselo a sí mismo. Para conservar esta indispensable autoestima, sin la que habría caído en el alcoholismo, la droga o la locura, necesitaba probarse constantemente que disponía de la libertad de elegir el amor singular que le unía a Colombe. Necesitaba dotar su rela­ción con Colombe de un pequeño toque de gratuidad para no sentirse obligado a suplicar lo indispensable.

 

El tren de sus pensamientos chocó con una dificultad insupe­rable. Tenía que hacerle inmediatamente un regalo a Colombe. Algo, un símbolo, un libro antiguo, una pieza de plata o un gra­bado de Roma, por ejemplo. Paolo pensaba visitar primero a su madrina, que vivía en un palacio en el barrio situado a los pies de la plaza de España. Como estaba prácticamente sorda y cie­ga, no se daría cuenta si le faltaba una pieza en el auténtico mu­seo que tenía montado en sus tres salones. Sin embargo, la idea de robarse a sí mismo, tomando por anticipado algo de la he­rencia que le estaba destinada, le disgustó. El regalo para Co­lombe debía constituir una prueba de su autonomía, es decir, de su capacidad de gastar el dinero, después de haberlo ganado.

 

Encendió el quinto cigarrillo del día y se acodó en la ventana para reflexionar. Un gato se paseaba por el canalón del edificio situado del otro lado del largo Febo. Paolo sintió celos del ani­mal, que no tenía preocupación financiera alguna. Después, re­capituló minuciosamente las horas pasadas en compañía de Co­lombe. Se detuvo sobre la historia del lienzo, tal y como se la había contado, con una multitud de detalles insignificantes, uno de los cuales le había llamado poderosamente la atención. Le costó un poco encontrarlo en su memoria pero, al final, se le hizo presente con una claridad cegadora: la intención del car­denal Weiss era no dar publicidad alguna a la datación del lien­zo, como si se tratase de un detalle sin importancia. Por lo tan­to, revelarlo tendría suma importancia. Paolo conocía bastante a la Iglesia para saber que toda información disimulada o minimi­zada lo era en la medida exacta en que comportaba un interés, en el sentido en que lo entiende la prensa, es decir, que merecía los honores de la portada y que, por lo tanto, valía dinero.

 

Eran ya las cinco de la tarde. Colombe podía volver de un momento a otro. Como Paolo disponía de poco tiempo, se deci­dió a hacer una visita a la redacción del periódico más cercano, Il popolo. Telefoneó, pidiendo una cita con un periodista que co­nocía. Este acogió su propuesta con alivio. Estaba agotado re­dactando por enésima vez una copia falsamente indignada sobre los últimos compromisos entre la mafia siciliana y el partido de­mocratacristiano.

 

Tras un breve regateo, Paolo aceptó una suma de 80.000 li­ras. El periodista se prometió recuperar esta suma -y más toda­vía- haciendo como si hubiese obtenido la información tras una comida copiosa con un monsignore del Vaticano en una cena en el restaurante Passetto. Por si acaso, había conservado una fac­tura de 135.000 liras correspondiente a una cena en ese restau­rante, en la que compartió mesa con una mala novelista. A pesar de que el pretexto de la cena había sido la publicación de la últi­ma novela de la interesada, el móvil secreto del periodista apun­taba a una noche de amor loco con ella. Pero cambió rápida­mente de idea al verla. La novelista era más fea, más ordinaria y más coriácea de lo que él había previsto. El periodista pagaba la factura del restaurante siempre que la «caza» saliese a su gusto. A contrario, le pasaba al periódico, bajo cualquier pretexto, las cuentas de sus fracasos sentimentales. De esta forma, su decep­ción afectiva o sexual se borraba en aras de esta pequeña trampa.

 

La continuidad de los acontecimientos dependió, pues, de la yuxtaposición de una serie de casualidades: una siesta de Paolo en forma de examen de conciencia, la publicación de una novela mediocre redactada por una mujer desprovista de encanto y la ambigua deontología de un periodista romano harto de revisar cien veces el mismo artículo.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 4

 

Mientras fueron niños, Theo, Emmanuel y Colombe jugaron siempre juntos, dada la escasa diferencia de edad que había en­tre ellos.

 

Por derechos de primogenitura, Theo acaparaba el privilegio de inventar las reglas del juego, tanto más rigurosas e impres­criptibles cuanto más dirigían ficciones descabelladas, inspiradas en Charles Perrault, Julio Verne o el manual de historia Malet­Isaac. Habitualmente, se trataba de sortilegios que tenían que conjurar, tierras que había que descubrir, batallas desesperadas que ganaban por los pelos. Estos eran los derroteros invariables por los que transcurría lo que los niños llamaban «un gran jue­go». Bajo diversas fabulaciones, se transparentaba el único desa­fio de una tarea en los límites de lo imposible, que exigía cualida­des sobrehumanas de inteligencia (reservada a Theo), de valentía (la cualidad de Colombe) o incluso de sacrificio libremente acep­tado de un héroe (la mayoría de las veces Emmanuel), que cubría la retirada de los otros dos y aseguraba el que, al menos ellos, se salvasen.

 

Este paraíso de los juegos de rol culminó en apoteosis con la epopeya de Juana de Arco. De acuerdo con el reparto de las funciones familiares, la saga de Juana permitía a Colombe inter­pretar el papel estelar. Subiéndose a la hoguera (un amasijo de ramas iluminadas por una linterna cubierta con un papel trans­parente de color rojo), Colombe conquistaba el derecho de su­bir al cielo (la rama más alta del cerezo) hacia la que sus dos hermanos la izaban con vigor por medio de una cuerda y una polea. Una vez que había llegado a su destino, Colombe canta­ba, con su deliciosa voz, el Salve Regina, que los dos chavales es­cuchaban de rodillas.

 

Theo pensaba en dar un toque creativo al espectáculo encen­diendo una auténtica hoguera y protegiendo a Colombe de las llamas con un traje de amianto robado al cuerpo de bomberos de la ciudad de Fully. Este audaz proyecto no se llevó nunca a la práctica gracias a un accidente imprevisto. Durante una repeti­ción, Colombe se cayó del cerezo, víctima de la polea mal suje­ta, se rompió un brazo y tuvo que llevar una escayola durante el resto de las vacaciones.

 

Al ver el resultado del juego, el señor De Fully perdió el con­trol de sí mismo, hasta el punto de abofetear a Emmanuel, al que responsabilizó injustamente del drama, por sus tendencias de todos conocidas hacia una religiosidad exagerada. Su padre lo internó en el monasterio de Einseideln, en la Suiza alemana, donde perfeccionó su alemán y donde, lógicamente, se reafirmó en su vocación. El señor De Fully apenas se opuso a la vocación religiosa de su hijo, estimando que su familia debía entregar un novicio al clero en cada generación. Como Theo parecía más dotado que Emmanuel, el sacrificio era todavía menor. La parte correspondiente a Dios en la familia De Fully era sagrada, pero, a poder ser, escogida entre aquello que los hombres no necesita­ban. Daban, pero sopesando lo dado. No en vano las generacio­nes sucesivas de la familia se transmitían el siguiente dicho: «Parte de Dios, parte del fuego».

 

Theo, Emmanuel y Colombe se encontraron, la noche misma de la entrevista con el cardenal Weiss, en uno de sus locales fa­voritos, el restaurante Al Moro. No en vano todos los grandes juegos comenzaban con una comida ritual en un antro sagrado.

 

A dos pasos de la Fontana de Trevi, alrededor de la cual se aglutinan los turistas, en mitad de una callejuela oscura se abre una puerta discreta debajo de un escudo indescifrable. Una puerta que da acceso a unas cuantas estancias de reducidas di­mensiones, en cada una de las cuales hay dos o tres mesas. El menú se consulta con los camareros, siempre al corriente de los puntos fuertes de la cocina y de los puntos débiles de los clien­tes. Con el paso de los años, la decoración de las paredes se ha­bía ido elaborando sin método alguno, por la simple yuxtaposi­ción de cuadros y grabados, con los que pagaban sus comidas los artistas insolventes. También había recuerdos de visitas au­gustas, fotos amarillentas y menús con dedicatorias. Theo se ha­bía prometido en su fuero interno venir aquí si obtenía el Pre­mio Nobel, para firmar un autógrafo en su foto y dejar una huella, si no en la memoria de los hombres, al menos en las pa­redes de un restaurante condenado a ser eterno.

 

Como entrante pidieron un plato de champiñones y, de segun­do, coincidieron en pedir la trippa alla romana. Mientras espera­ban la llegada del primer plato, Emmanuel resumió la situación:

 

-Tengo ya una opinión formada sobre el auténtico objetivo de esta datación con el carbono 14. A pesar de la aparente indi­ferencia de mi patrón, la decisión de efectuarla ha sido, sin duda, el resultado de una discusión al más alto nivel entre Ba­llestrero, Casaroli, Weiss y el mismo Wojtyla en persona. Los indicios históricos convergían de tal forma que no había ni la menor sombra de duda: el lienzo tenía que ser auténtico a la fuerza. La cuestión planteada a los laboratorios no era, pues, fe­char el lienzo, sino la de garantizar definitivamente su autentici­dad. Sometiéndose al control de la ciencia, la Iglesia demostraba que ya no la temía, que estaba dispuesta a convertirse en su alia­da y que basaba en una experiencia de laboratorio el artículo de fe central del cristianismo. Suponiendo que la datación hubiese autentificado una antigüedad de veinte siglos, como en el caso de los manuscritos de Qumran, ¿quién habría podido seguir du­dando de la autenticidad de las Escrituras? En ese caso, sin la menor sombra de duda, Jesús resucitó, porque el lienzo no guarda ninguna huella de putrefacción del cuerpo ni de haber arrancado los coágulos de sangre. El cuerpo envuelto en el lien­zo, con las marcas auténticas de la Pasión, se evadió de él a tra­vés de una operación milagrosa. La Pascua ya no podía ser con­siderada una leyenda inventada por la Iglesia primitiva.

 

-¿Es que la Curia no tiene otros problemas más urgentes y más prácticos de que ocuparse? -sugirió Colombe-. ¿Por ejemplo, liberalizar la contracepción, autorizar el sacerdocio de las mujeres u organizar la elección de los obispos por parte del pueblo?

 

-¡Qué mala eres! Todo eso es secundario. Son problemas de disciplina eclesiástica, una disciplina que podría ser modificada de la noche a la mañana, sin grandes dificultades. Esos son los problemas que aparecen en los grandes titulares de los periódi­cos, porque los medios de comunicación no huelen cuáles son los auténticos problemas de la Iglesia. ¿No te das cuenta de los estragos causados en el mismo corazón de la fe por la teología liberal? En 1968, Bultmann, un teólogo protestante, publicó una auténtica bomba, Jesús, mitología y desmitologización, en el que el Evangelio aparecía como una representación mítica y precientífica de la vida de Jesús. Durante veinte años, la lectura de este libro, bien redactado por otra parte y plausible científi­camente, impulsó una deserción masiva entre las filas del clero. Los sacerdotes que colgaron los hábitos no lo hicieron, en pri­mer lugar, por culpa del celibato. Eso es psicología de culebrón. Se debió a una oleada de dudas sobre la divinidad de Jesús que barrió toda una serie de vocaciones enraizadas de hecho en creencias arcaicas.

 

-¿Quiere eso decir que también tú crees que la fe de los cató­licos, nuestra fe, es una superstición? -preguntó Colombe.

 

-No. Existe un hecho histórico, la creación de una Iglesia cristiana. En contra de lo que dice Bultmann, para conseguir que la muchedumbre proclame a Jesús como Hijo de Dios y que eso se convierta en el acto de fe central de las primeras comuni­dades cristianas, los signos más manifiestos no han sido super­fluos. Sin duda la rumorología popular embelleció y aumentó los milagros, añadió detalles maravillosos y concibió toda una imaginería al respecto. Pero lo cierto es que, en torno al año 30, tuvo que suceder algo definitivo y realmente conmovedor para convencer a los testigos. Para mí como para otros muchos, la resurrección de Jesús desempeñó este papel decisivo. Este es el debate central en la Iglesia de hoy. Si la tesis de Bultmann resul­ta victoriosa, el cristianismo se queda reducido a una filosofia humanista, audaz, arriesgada, conectada con un diseño divino quizá, pero inventada por un profeta, Jesús de Nazaret, un pro­feta parecido a Moisés o a Mahoma, un hombre inspirado pero, al fin y a la postre, tan solo un hombre. Dios no se encarnó; si­gue estando a una distancia infinita; sigue siendo impenetrable e impasible. Si han sido los hombres los que han partido a la bús­queda de Dios, han terminado forzosamente por imaginarlo, in­ventarlo y construirlo. Ya no es Dios el que crea al hombre, sino el hombre el que crea a Dios. Ya no es Dios el que se encarna, sino los hombres los que deifican a un profeta.

 

-En definitiva, ese Dios se resume en una metáfora intelec­tual -comentó Theo.

 

Emmanuel movió afirmativamente la cabeza en señal de aquiescencia y continuó:

 

-Si el pilar de nuestra fe no se protege contra este ataque, todo el edificio corre el riesgo de venirse abajo. En 1968, por ejemplo, la jerarquía intervino directamente en el periódico La Croix, de amplia difusión entre el clero francés, para que retira­se de su portada la publicidad de Ediciones du Seuf del libro de Bultmann. Para hacer frente a esa dinámica, la Sábana Santa de Turín ha sido sometida a una prueba de laboratorio, aunque el resultado de esta medición, mal presentada a la opinión pú­blica, podría ser un desastre para la Iglesia. Renan y Loisy pri­mero, luego Bultmann y después el profesor Theo de Fully, sin mala intención en este último caso, habrían eliminado a Dios de la historia de los hombres, explicando y probando que jamás en­tró en ella.

 

Emmanuel se calló, agotado por este impulso retórico inhabi­tual en él. Comieron sus champiñones con apetito. Cuando el alma desfallece, es bueno apoyarse en el cuerpo. Eran champi­ñones recolectados en las colinas que rodean Roma, que todavía olían a perfume salvaje del sotobosque y evocaban la piel moja­da de las bestias bajo la lluvia de otoño. Allí era donde estaba la realidad, más que en las disputas de los teólogos, de esos vie­jos solterones rancios, mal alimentados en los refectorios de sus monasterios. Las malas comidas engendran pensamientos agrios.

 

En la misma sala donde estaban ellos, solo había otra mesa ocupada por el personal de un garaje que festejaba la jubilación de un empleado. Eran los representantes del pueblo bajo roma­no: mecanógrafas, mecánicos, vendedores de coches… Todos sonrientes y felices ante la idea de un banquete ofrecido por la empresa, comiendo y bebiendo sin parar, a mil leguas de cual­quier preocupación metafisica. Theo no pudo menos que en­vidiarles. Siempre envidiaba a la gente que solía calificar de normal, es decir, a los que no se ocupan ni de física, ni de teolo­gía, ni de medicina. Para él, el pecado original afectaba solo a los espíritus dedicados a la búsqueda del conocimiento y del saber.

 

Entre el primero y el segundo plato, Theo se arriesgó a pre­sentar una objeción:

 

-Por principio, siempre dudo de las explicaciones que supo­nen un complot. No imagino a unos cuantos cardenales reuni­dos en torno al Papa en una sala de la Academia Pontificia de las Ciencias urdiendo planes sobre la datación de un lienzo para preparar una manipulación de la opinión pública.

 

-Tienes toda la razón del mundo -concedió Emmanuel-. Ló­gicamente, no es así de sencillo. Las consultas se han llevado a cabo durante todo el año 1986 y, en aquella época, nadie expli­citó las razones de iniciar el proceso de datación como yo acabo de hacerlo ahora. Independientemente de que me creáis o no, muchas decisiones del Vaticano son tomadas a menudo sin que sus autores comprendan sus verdaderas motivaciones, que per­manecen inconscientes. Puedo imaginar bastante bien lo que pasa por la cabeza de Weiss y, por analogía, puedo deducir los móviles de los demás. El cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no siempre ha sido el guardián escru­puloso de la ortodoxia. En 1969 era simplemente el profesor Weiss, un eminente teólogo que firmó un manifiesto en fa­vor de la libertad de investigación teológica, al lado de los tam­bién teólogos, Küng y Schillebeecky, esos mismos a los que hoy se esfuerza por reducir al silencio. Desde que asumió sus fun­ciones en Roma, cambió por completo. Se dio cuenta de que las especulaciones intelectuales de un investigador, hipótesis entre otras tantas hipótesis, corren el riesgo de ser tomadas como pa­labra de Evangelio y ser transmitidas por los medios de comuni­cación al pueblo con deformaciones suplementarias, siempre orientadas hacia lo espectacular, lo escandaloso y lo noticioso.

 

-Eso es cierto -comentó Colombe-, los púlpitos de las igle­sias ya solo son mediocres antídotos frente a las pantallas del te­levisor. ¡No se puede luchar contra la tontería difundiendo abu­rrimiento!

 

-Comprenderás, pues -continuó Emmanuel-, que la única manera de restaurar una imagen limpia de la Iglesia consiste en endurecer su posición, destacar su intransigencia, subrayar la perennidad de su mensaje. Las discusiones intelectuales ya han creado demasiada confusión. Es hora de volver a las ideas senci­llas. Sin ni siquiera darse cuenta, Weiss siente profundamente haber sido un investigador de la teología. Desea purgar esta mentalidad de independencia, que ha sido la marca del último concilio, una marca distintiva que él defendió y que estuvo a punto de arrasar con todo, en medio de una hecatombe gigan­tesca.

 

-En otras palabras, se culpa -precisó Colombe, implacable.

 

-¡Así es! De ahí que todos los medios sean buenos. La data­ción del lienzo no constituye más que un peón, entre otros mu­chos, adelantado en este tablero de ajedrez gigantesco sobre el que se ejerce la autoridad del magisterio romano ante la actual contestación generalizada. Hace dos años, Weiss aceptó correr este riesgo. Ahora duda y se inclina más bien por la necesidad de sacrificarlo. Si es capturada, la pieza será considerada un sim­ple peón sin importancia. Por lo tanto, nada de publicidad, nada de declaraciones a la prensa. Una desdeñosa indiferencia. Por el contrario, si uno de los investigadores implicados, Theo por ejemplo, cuestiona la significación de sus propias medidas, el peón que se arriesgó más allá del límite de la santa prudencia, puede provocar el jaque mate y ganar la partida. Estas son las razones por las que Theo cuenta todavía con una oportunidad de defender su proyecto. Es el momento de jugar de nuevo su carta.

 

Saborearon en silencio el plato de menudillos. La familia De Fully tenía una estima especial por los guisos realizados a partir de ingredientes modestos. Solo los advenedizos aprecian la co­cina a base de caviar o de paté de oca, una cocina que solo re­quiere dinero. La verdadera gastronomía se define como el arte de condimentar los alimentos ordinarios para conferirles un to­que genial. Los menudillos exigen, pues, un verdadero ejercicio de virtuosismo, las armas del auténtico cocinero. El chef de Al Moro no había perdido su toque maestro. Intentaron recordar las ocasiones anteriores en que habían degustado el plato y dis­cutieron un poco sobre la calidad del mismo.

 

En los postres, durante la degustación de unas natillas al mar­sala, algo divino por ser ligero y sustancial, que envolvían unas deliciosas uvas caramelizadas al sol, volvieron al tema principal. Theo abrió un gran cuaderno de tapas verdes, nuevecito, con hojas cuadriculadas y comenzó a resumir la exposición de Em­manuel. Desde el momento en que comenzaba un nuevo pro­yecto, durante esa fase incierta en la que este oscila entre la rea­lidad y la inexistencia, Theo se tomaba el trabajo de consignar por escrito una relación instantánea de las diversas entrevistas preliminares. Cada tarde las releía, con la mente ya más descan­sada, para asegurarse de que realmente grababa en su memoria todo lo que se había dicho en ellas, ya que desconfiaba tanto de sí mismo como de los demás. Solo se escucha lo que se quiere escuchar y se censura en los recuerdos lo que contraría los pro­pios prejuicios.

 

Colombe y Emmanuel conocían a la perfección el significado ritual de este cuaderno, para sopesar adecuadamente la impor­tancia de aquel momento. Por eso guardaron un silencio respe­tuoso, mientras Theo anotaba las últimas frases. Tras lo cual, se dirigió a su hermano y a su hermana con la misma unción de siempre, como si estuviese en su cátedra de Zúrich ante tres­cientos estudiantes.

 

-Toda mi teoría reposa sobre el carácter negativo y tridimen­sional de la imagen. Por negativo quiero decir que a la imagen del lienzo hay que darle la vuelta primero (lo oscuro se vuelve claro y viceversa) para que sean descifrables una multitud de de­talles. Después de esta operación, los lugares más hundidos del lienzo, las órbitas de los ojos por ejemplo, se tornan oscuros, mientras que los salientes, por ejemplo los pómulos, se tornan claros. Se descubre, entonces, un rostro iluminado por una fuente exterior, ya sea la luz del día o una lámpara. Si se tratase de una pintura, habría sido natural que se adoptase esta conven­ción. Pero al lienzo se le aplicó la regla inversa, como si el cuer­po hubiese sido iluminado desde el interior por una fuente de luz violenta que habría chamuscado superficialmente el tejido: cuanto más cerca está el tejido del cuerpo, más oscura es su tex­tura. De una forma más precisa todavía, la intensidad del tinte es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. Esto se descubrió en 1974. En efecto, Paul Gastineau descubrió este carácter tridimensional del lienzo, utilizando un filtro numérico que reconstruía la tercera dimensión a partir de la intensidad del tinte de cada punto. Tratando la imagen, se puede obtener no ya una imagen en dos dimensiones sino un auténtico molde de la cabeza de Cristo.

 

-Te saltas los detalles y llegas inmediatamente a la conclusión -matizó con dulzura Colombe.

 

-De ninguna manera. Se trata de una simple hipótesis de tra­bajo. Una hipótesis que pretendo demostrar que es la menos mala, la que explica el mayor número de hechos observables. Retomemos la imagen, tal y como existe en la actualidad. Se puede eliminar, de entrada, la hipótesis de una imagen pintada. Por una parte no se encuentra huella alguna de pigmentos o de colas. Y por la otra, ningún artista de la época conocía el con­cepto de imagen negativa o de imagen tridimensional. Así pues, solo queda en pie una hipótesis defendible: la imagen procede de un cuerpo, real o artificial, muerto o vivo, en tres dimensio­nes. Otra hipótesis, lanzada por Vittorio Delfino, consiste en imaginar una estatua calentada en torno a los doscientos grados sobre la que se hubiese aplicado una sábana de lino durante un tiempo suficiente como para chamuscarla sin quemarla. Sin em­bargo, hay otro elemento que descarta la hipótesis de Delfino: las fibras que absorbieron sangre o suero permanecieron blan­cas, como si hubiesen sido protegidas de este resplandor, sin que por eso se haya carbonizado la sangre.

 

-Por lo tanto la hipótesis de la estatua no se sostiene -conclu­yó Emmanuel.

 

-Efectivamente -prosiguió

 

Theo-. Pero veamos esta otra: una reacción química entre el sudor, la sangre y los aromas em­pleados para embalsamar el cuerpo. Esta teoría, al igual que la anterior, tampoco da la talla. En efecto, si las marcas se hubie­sen realizado así, dependerían de la presión entre el cuerpo y el tejido. Y en el caso de un cadáver normalmente tumbado de es­paldas, la imagen de esta debería estar más marcada que la del pecho. Y sin embargo, no es así. Y eso sin hablar de los pliegues de un lienzo con el que se envuelve un cuerpo y que no apare­cen por ningún lado en la imagen. No veo, pues, objeción algu­na a considerar mi conjetura como algo natural, si se piensa que el cuerpo ha resucitado. Y sin embargo, esta hipótesis ha sido eliminada, de entrada, por todos aquellos (la inmensa mayoría) que no admiten que se haya podido producir la resurrección. Ahora bien, un buen investigador no puede eliminar hipótesis alguna a priori.

 

-¡Y, naturalmente, tú eres un buen investigador! -ironizó Co­lombe.

 

Theo continuó imperturbable:

 

-Esta es mi hipótesis. Un cuerpo humano, después de haber sido sometido a los suplicios de la flagelación y de la crucifixión, fue envuelto en el lienzo e imprimió en él las manchas de sangre y de suero, resultado de la Pasión. No padeció corrupción, ya que no se encuentra marca alguna de ella y, por lo tanto, duran­te los dos días siguientes, ese cuerpo desapareció transmitiendo una imagen en negativo sobre el tejido por un mecanismo físico desconocido, que nunca fue posible reproducir. El cuerpo no fue retirado del lienzo, porque, de lo contrario, los coágulos de sangre habrían sido arrancados.

 

Theo se detuvo y miró fijamente el fondo de su taza de café, como si de esta forma pudiese descifrar el enigma. Al instante, retomó su tono confidencial:

 

-Ante este lienzo, que existe realmente, que no es un objeto imaginario, que no es una visión espiritual, la menos mala de las explicaciones, es decir, la más sencilla, consiste en suponer que los Evangelios dicen la verdad. Jesús resucitó, su cuerpo pasó de la realidad del espacio y del tiempo que conocemos a otra reali­dad, también física, que se tornó perceptible a los discípulos du­rante las apariciones.

 

-De acuerdo -dijo Emmanuel-, pero se trata de un milagro, del milagro por excelencia, sin aplicación de una ley natural. Tú, en cambio, mezclas lo natural con lo sobrenatural. Me estás poniendo nervioso, voy a terminar teniendo los mismos reflejos que Weiss.

 

-Eres tú el que me pones nervioso -replicó Theo-. Tú y tus semejantes. Algunos teólogos redujeron la Encarnación a una metáfora filosófica y, en el fondo, todos están tentados por el docetismo. Mientras que en una doctrina sana, el cuerpo de Je­sús es real, humano, de carne y hueso. Por lo tanto, no desapa­rece con un simple enunciado dogmático. Su tránsito a otra rea­lidad obedece a leyes físicas o, si lo prefieres, a una ley, que solo se aplicó una vez y que es imposible reproducir en laboratorio, al igual que existen fenómenos astronómicos rarísimos, difíciles de explicar por eso mismo. Un fenómeno, por el hecho de ser raro, no debe ser ignorado o catalogado en la categoría de las excepciones.

 

Dudó un instante y prosiguió:

 

-Tu postura es un reflejo teológico, porque los teólogos ima­ginan el método de la fisica a partir de la única ciencia que co­nocen un poco, la filología. Para desempeñar su oficio, les hizo falta aprender tres o cuatro lenguas muertas, arcaicas: el latín, el griego, el hebreo y el arameo. Eso terminó por introducir un automatismo intelectual procedente de las gramáticas tradicio­nales. Según estas, toda lengua estaría gobernada por reglas, que desgraciadamente comportan ciertas excepciones, como por ejemplo los errores conservados por la tradición o introducidos por su utilización indebida. De ahí que los teólogos se hagan una idea de la física basada en su utilización de las gramáticas normativas, de su sistema de reglas y excepciones, que se con­vierten en lo equivalente de las leyes naturales y de los milagros.

 

Se detuvo, para verificar si su auditorio le seguía y volvió a proseguir:

 

-Las reglas de la gramática solo existen en la mente de los gramáticos. Lo mismo que las llamadas leyes naturales son esquemas imaginados por los físicos. Según mi opinión, no exis­ten por una parte los fenómenos naturales, normales y legiti­mados por las leyes físicas y por la otra los fenómenos sobre­naturales, anormales, ilegítimos, maravillosos y mágicos, en una palabra. Solo hay fenómenos banales y otros que son más raros. Los primeros han formado el ámbito práctico de la física en sus comienzos; los otros forman el dominio de la fisica actual. Es, pues; legítimo que el profesor De Fully, a sueldo de la Confede­ración Helvética, se ocupe del lienzo como un objeto natural inexplicable por ahora. Por muy chocante que pueda parecer, también es legítimo para este mismo individuo, persuadido como cristiano de la realidad de la resurrección, establecer una relación entre este fenómeno y este objeto, más que intentar se­pararlos por todos los medios. Como si la desaparición del cuer­po de Jesús fuera de nuestra realidad tuviera que producirse sin la conversión de la materia en energía. Como si la resurrección fuese más convincente y más digna de respeto por el hecho de que violase una ley física.

 

Tras un instante, añadió con pasión:

 

-Como si el Dios encarnado no hubiese cesado de hacer trampas con las leyes de nuestro mundo, simulando someterse a ellas durante algún tiempo, para violarlas teatralmente a la hora de marcharse. Como si la creación ordinaria y natural solo fue­se, en el fondo, un monstruoso fracaso, del que es lícito y desea­ble abstraerse.

 

Emmanuel se había distendido durante la discusión, ayudado por el vino, la comida, la familiaridad de los camareros y el buen humor de la mesa vecina. Quizá por eso, soportó sin pestañear la intervención un poco agresiva de Colombe:

 

-No quiero hacerte sufrir, Emmanuel, pero nunca entendí qué era eso de la teología. Para mí, todo está en el Pater Noster, en el Credo, el de los apóstoles, no el de Nicea, que huele ya a disputas de intelectuales, y en el Avemaría. Tú terminas por adoptar la postura de los escribas y de los doctores de la Ley, que despotricaban contra Jesús porque daba a su predicación un aire demasiado concreto, demasiado popular, demasiado cerca­no a la vida de la gente.

 

Colombe reflexionó un instante y prosiguió con una pasión contenida:

 

-La mañana de Pascua, los discípulos o bien habían huido o bien estaban sumidos en vanas discusiones. No hacían nada, se preparaban para renunciar. En cambio, el carácter práctico de algunas mujeres las llevó a la tumba, para dar los últimos toques al embalsamamiento, para mejorar esta supervivencia precaria de los restos mortales, este tétrico intento de conservar el cuer­po un poco más, lo que prueba que tampoco ellas creían en la anunciada resurrección. A causa de esta iniciativa práctica, se descubrió la resurrección. El análisis de Theo apunta en la mis­ma dirección. Estoy, pues, de acuerdo con él y dispuesta a ayu­darle.

 

Se detuvo de nuevo y se puso a hablar en voz baja, como si estuviese haciendo un examen de conciencia:

 

-Mi profesión consiste en ayudar a los hombres en su tránsito a la muerte. Es algo muy concreto. No les sermoneo, no les confieso ni les unjo con óleo sagrado. Les hidrato, les ventilo, les alimento y les lavo. No les remato con una inyección, por­que creo que algunos de ellos no mueren, porque estoy con­vencida de que resucitan en el mismo instante que sus cuerpos dejan de funcionar. Creo que este tránsito debe hacerse dulce­mente. Y tengo de este fenómeno una percepción casi física. Por eso me interesa saber qué pasa en ese instante. ¡Ah, por cierto, me cuido muy mucho de hablarles de hipóstasis, de ke­rigma y de toda esa jerga con la que os protegéis para mejor mantener el misterio alejado de la gente! Para mí, la muerte es una realidad y la resurrección una realidad no menos sensible.

 

Emmanuel no replicó. En la preparación de sus grandes juegos siempre había un momento de la verdad en el que el trío tenía que acomodarse a un proyecto común. El más reticente de los tres debía confiar en los otros dos. Emmanuel sabía que este tipo de compromiso podía llevarle muy lejos. Por ejemplo, en el pasa­do, había tenido que participar en un trekking en el Himalaya imaginado por Colombe y en otro gran juego, puesto en marcha por una editorial de poesía francesa y postulado por Theo. Tanto el trekking como el juego poético habían terminado muy mal a Un gran juego para adultos significaba que se podía arriesgar en él la reputación o la vida. Emmanuel presentía que ambas iban a estar amenazadas. Para retrasar la decisión, les contó una anécdota:

 

-¿Conocéis la mejor definición de milagro? Es una historia yiddish. Sara le daba a probar todas las tardes una tartita de con­fitura a su hijo de cuatro años, que invariablemente la rechaza­ba. Según una ley bien conocida, la tartita aterrizaba siempre del lado de la confitura. Pero un día, cayó del otro lado. Sara lanzó un grito de alegría y se precipitó a casa del rabino para confiarle que acababa de producirse un milagro. El rabino adoptó un aire dubitativo y advirtió a Sara que no extrajera una conclusión precipitada del asunto. Le prometió, sin embargo, reflexionar sobre el problema teológico que le había planteado y darle la solución en la sinagoga el sábado siguiente. Ese día, el rabino subió a su cátedra, tomó la palabra y dijo: «Hermanos y hermanas, debo hacerles partícipes de un acontecimiento extra­ordinario del que nuestra amiga Sara puede dar testimonio: una tartita de confitura no cayó del lado de la confitura. Algo real­mente milagroso. ¿Es que con eso Yahvé ha pretendido mani­festarse en el seno de nuestra comunidad? He reflexionado mu­cho sobre el tema, he rezado para obtener la luz y he consultado a algunos de mis colegas más sabios y prudentes. Y ahora puedo decirles que no, que Yahvé no nos ha juzgado dignos de su aten­ción. La verdad es mucho más sencilla: Sara untó la confitura por el otro lado de la rebanada de pan».

 

-No la conocía -confesó Theo-, pero es excelente.

 

Antes de dar su aquiescencia al proyecto de Theo, Emmanuel quiso descubrir, al menos, hasta dónde pensaba arrastrarle su hermano:

 

-¿Qué es lo que pretendes hacer realmente?

 

-Mi problema es el de cualquier físico que solo dispone de un dato discordante respecto a un conjunto coherente. En este caso, un lienzo que todo hace pensar que data del primer siglo, excepto la medición del carbono 14 que lo sitúa en el siglo XIV. Mi hipótesis de trabajo consiste en suponer que la relación ini­cial entre el carbono 14 y el carbono 12 aumentó por el fenó­meno físico de la resurrección, de tal forma que una medición efectuada hoy proporciona una fecha mucho más cercana a no­sotros, porque subsiste todavía demasiado carbono 14

 

-Olvidas un detalle importante -observó maliciosamente Co­lombe-. Esta misteriosa modificación de la relación inicial entre los dos tipos de carbono se produjo de manera que podía hacer creer que el lienzo data de la época en la que su existencia es atestiguada por documentos históricos por vez primera.

 

Pero, en cualquier caso, la coincidencia es sorprendente, ¿o no?

 

-Ese es a la vez el punto más débil y fuerte de mi hipótesis -admitió Theo-.

 

Evidentemente, la coincidencia entre su pose­sión por parte de Geoffroy de Charny, hacia 1350, y su supuesta confección a comienzos del siglo XIV es llamativa, porque, ade­más, la datación con el carbono 14 es una medición aceptable.

 

-Ese es, pues, un punto débil de tu teoría -dijo Colombe. -Sin embargo, se trata también de su punto fuerte. Supón, por un instante, que la datación haya proporcionado la fecha es­perada por el Vaticano. En ese caso habríamos dispuesto de una especie de prueba de la resurrección. Ahora bien, el milagro debe ser un signo perceptible para el creyente pero opaco para el incrédulo. Por lo tanto, es lógico postular un margen de duda razonable. ¿Y cómo se garantiza mejor precisamente este mar­gen que modificando la relación de los isótopos?

 

-Eso sería un ejemplo extraordinario del buen humor de Dios -dijo casi distraídamente Emmanuel, como si estuviese ha­blando consigo mismo.

 

-Yo conocía el amor de Dios -intervino Colombe-, pero ig­noraba que también tuviese sentido del humor.

 

Emmanuel le respondió casi maquinalmente:

 

-El respeto que Dios nos tiene se manifiesta en el buen hu­mor con el que nos trata. ¿Cómo puede Dios hablar a los hom­bres, al tiempo que se niega a darles pruebas formales de su existencia, si no es produciendo signos discretos que necesitan una interpretación e incitan a los hombres a descubrirlos e in­terpretarlos? Y es que Dios tiene que hacerse presente y ausente a la vez. La naturaleza, incluido el lienzo, no es más que un enigma, una pregunta sin respuesta, un signo sin evidencia. Cualquier otro resultado de la datación habría sido una prueba de la resurrección.

 

Theo abundó en el tema:

 

-El humor de Dios, tal y como lo descubre un fisico todos los días, se manifiesta a través de resultados paradójicos que no me sorprenden sino que, más bien, me agradan. Dios sugiere en voz baja a través de milagros incontrolables, al igual que en su for­ma de enseñar utilizó esa fórmula literaria no impositiva que se

 

llama parábola, cuyo resorte escondido es el humor. Por lo tan­to, no me voy a lanzar a tumba abierta a una interpretación de la existencia de Dios o de la realidad de la resurrección a través de la datación del lienzo. Lo único que voy a hacer es participar en ese diálogo que me proponen los acontecimientos. Si Dios quiere hablar a través de este objeto, ya sé, de entrada, que su lenguaje es ambiguo. No tengo miedo a la respuesta, porque ya sé que será inesperada, sorprendente y, por lo tanto, interesante.

 

-Soy un hombre de poca fe y tú eres mejor que yo -confesó Emmanuel quedamente-. Estoy de acuerdo contigo, si concibes el proyecto de esta forma. ¿Pero qué es lo que quieres hacer realmente? ¿Adónde nos quieres llevar? En un gran juego siempre se sabe de dónde se parte, pero nunca se puede prever la meta.

 

Theo se inclinó hacia ellos y bajó el tono, como si temiese ser escuchado por alguien que no fuera su hermano y su hermana. Hasta olvidó sus inhibiciones y posó una mano sobre la espalda de Emmanuel y la otra sobre el brazo de Colombe, queriendo unir, con este gesto, a los tres en una sola persona.

 

-No lo sé realmente. Y esa es la señal de un buen proyecto de investigación. Solo sé por dónde voy a comenzar, pero no sé adónde voy a llegar. Comenzaré, si es posible, por intentar des­cubrir otra muestra de materia para corroborar mi hipótesis. Si el fenómeno físico de la resurrección engendró un flujo de neu­trones análogo al de los rayos cósmicos, produciendo, pues, un exceso de carbono 14 a partir del nitrógeno del aire, todo lo que se encontraba en la tumba, no solo el lienzo, sino también los vendajes, la tierra, las rocas, los pólenes y el humus han sido im­pregnados de una dosis de carbono 14. La composición isotópi­ca de los otros elementos de la tumba se ha podido modificar. Lo que quiero es encontrar el Santo Sepulcro.

 

-Pero encima del Santo Sepulcro se construyó una gran basí­lica -objetó Emmanuel.

 

-Debajo de ella se sitúa mi campo de operaciones. Por otra parte, hay un precedente absolutamente estimulante. En 1940, cuando Pío XII mandó iniciar las primeras excavaciones por debajo de la basílica de San Pedro, nadie pensaba que hubiera sido construida realmente sobre la tumba del apóstol. Se necesi­taron 14 años de excavaciones, llegar a siete metros de profundi­dad por debajo del pavimento actual, para descubrir que el marti­rio de Pedro y su enterramiento en la colina del Vaticano no eran pura leyenda. Se encontró un nicho, sellado con un muro desde la época de Constantino, que contenía huesos que quizá sean los de san Pedro y una sábana que, por ahora, no ha sido fechada. Vale la pena recomenzar la misma operación en el lugar en el que se supone que fue enterrado Jesús.

 

Se quedaron meditando en silencio. Después, Theo consultó su reloj, observó que no le quedaba ya mucho tiempo para empe­zar la noche a la hora prevista por su horario. Debía encontrarse fresco para la cita del día siguiente por la mañana con el cardenal. Con gran juego o sin él, su hora de dormir estaba por encima de todo. Llamó a un taxi que dejó a Emmanuel en la plaza del Risor­gimento y les condujo a Colombe y a él al hotel Raphael.

 

Al entrar en su habitación, Colombe se encontró con la sor­presa de la noche. Paolo dormía emitiendo un ligero ronquido, pero había depositado, sobre la mesilla de noche de Colombe, un paquete que contenía una bufanda Hermés de seda o, para ser más exactos, una falsificación muy bien hecha, que había comprado por setenta y cinco mil liras. Colombe no se pregun­tó por su origen. Abrazó tiernamente a Paolo, que gimió sin despertarse, y se sumió en un sueño reparador, sin pesadillas, in­terrumpido a las tres de la madrugada por el sonido del teléfo­no. Paolo, medio dormido, cogió el auricular y respondió:

 

-Aquí Pacelli.

 

Medio siglo antes, su ilustre tío segundo utilizaba la misma fórmula, cuando llamaba a algún colaborador por teléfono. Y la leyenda cuenta que algunos de ellos caían de rodillas al oírle.

 

 

Emmanuel pasó una noche de auténtica agonía. Era algo que le ocurría a intervalos irregulares, sin que pudiese predecirlo. Por costumbre, solía atribuir estas crisis de angustia a su sobrecoge­dora soledad. Pero hoy precisamente debería sentirse tranquili­zado por la presencia de Colombe y de Theo en Roma. Sin em­bargo, la discusión de la noche anterior sobre la resurrección del Señor le conducía a pensar en su obsesión: él, Emmanuel, resucitaría, ¿sí o no? Lo que estaba claro es que tenía miedo de morir, tanto más cuanto que podía predecir su final e, incluso, imaginar cómo sería. Las crisis, raras antes del diagnóstico, se habían multiplicado desde entonces. Quizás en el pasado habían sido signos premonitorios, las primeras señales de la enferme­dad, su única manifestación, una manifestación más moral que física. O quizá, por el contrario, su enfermedad no era más que la traducción psicológica de su mala vida.

 

Como es lógico, se había informado concienzudamente sobre la enfermedad de Parkinson. Por su formación y por su oficio, conservaba el reflejo de consultar las enciclopedias cada vez que se encontraba frente a un problema radicalmente nuevo. Como los problemas de bioética constituían en este momento el pan de cada día de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la bi­blioteca de la citada congregación romana disponía de las obras médicas más recientes. Tanto es así que la terapia por trasplante de células procedentes de fetos formaba parte de uno de los ex­pedientes allí conservados. Emmanuel lo consultó con el mismo cuidado que ponía al consultar otros expedientes, pero sin con­seguir conservar el mismo distanciamiento. Esta vez descifraba su propia muerte y descubría, entre líneas, la obligación moral de no esquivarla.

 

Día a día, observaba los ataques de temblores incontrolados en sus manos, que acabarían por afectar a todo su cuerpo, sin darle respiro alguno. Su rostro se tornaba cada vez más inmóvil y sin expresión. Su cabeza se inclinaba. Su tronco colgaba hacia delante y sus pulgares se colocaban espontáneamente en las pal­mas de sus manos. En eso veía un signo: lo mismo le había pasa­do al Crucificado cuando los clavos se hundieron en sus muñe­cas y cortaron sus nervios.

 

Reaccionaba mal al tratamiento compuesto por una letanía de medicamentos, cada uno de los cuales anulaba parte de los efec­tos secundarios del precedente, al tiempo que creaba otros in­convenientes. La segunda vez que le vio, el médico hizo una mueca de desagrado y añadió unos cuantos medicamentos más a la lista, sin hacer comentarios. Emmanuel descubrió al día si­guiente, consultando la literatura médica, que su Parkinson per­tenecía a la categoría de los incurables y que su tiempo de vida se medía en años o en meses.

 

Emmanuel conocía bien el último estadio por el que tendría que pasar porque uno de sus antiguos profesores de Friburgo había muerto de la enfermedad de Parkinson. Reducido a un paquete de huesos y de nervios, sin fuerzas para comer, perdien­do la razón, en la cama desde hacía tres años, había sufrido una rotura del cuello del fémur que no se pudo operar. Su espalda se había convertido en una enorme llaga. No le quedaba práctica­mente nada de piel y, al menor movimiento, el viejo dejaba es­capar un grito de dolor. Murió ante la mirada de Emmanuel, musitando palabras incomprensibles y abrazando tiernamente un crucifijo. Su agonía había sido todavía más tétrica por encon­trarse en la residencia del clero, un moridero muy edificante, pero terriblemente doloroso para los agonizantes, privados de analgésicos y del calor de la familia.

 

La pregunta que Emmanuel le había planteado la víspera a Colombe no se refería, pues, a una descripción médica de lo que le esperaba, porque ya lo conocía en detalle, sino al desafio psi­cológico de esta lenta tortura. Emmanuel sabía que era un pro­blema muy delicado. ¿Cómo iba a sufrir su agonía, sin rebelar­se? ¿Qué acompañamiento psicológico podría utilizar llegado el día en que ya no fuera capaz de seguir rezando?

 

Por el momento, había descartado la idea de intentar el tras­plante cerebral de células fetales. Este acababa de ser prohibido por las autoridades sanitarias americanas porque las mejoras com­probadas no eran ni significativas ni duraderas. Sin embargo, al­gunos investigadores de Francia, Estados Unidos y Suecia conti­nuaban las investigaciones, a pesar de las decepciones y de las prohibiciones. Al parecer, las células fetales eran extraídas durante las interrupciones voluntarias del embarazo. Quizá por eso, a Emmanuel no le había costado demasiado aceptar la prohibición, dado que su repugnancia ante el aborto provocado era espontá­nea. Pero la tentación inconsciente seguía estando presente.

 

Su cerebro en vías de descomposición repasaba estas ideas en una noria sin fin a la que no era capaz de poner freno. Cuando interrumpía este quehacer de rumia incesante para trabajar o para verse con su hermano y su hermana, las obsesiones seguían caminando por otros derroteros internos y oscuros, de donde surgían con mayor virulencia. Como una presa a la que le cerra­sen las compuertas durante una crecida, Emmanuel alcanzó su estado de alerta roja precisamente este viernes por la tarde. A las once de la noche era víctima de tal excitación, exacerbada por la ingestión de medicamentos, que perdió cualquier esperanza de poder conciliar el sueño. El único remedio que conocía, para esos casos, era dar un paseo por Roma. Se puso una vieja gabar­dina, levantó el cuello para disimular su traje gris oscuro con al­zacuello y se echó a la calle.

 

Su itinerario era siempre el mismo. Desde la plaza del Risor­gimento se dirigía, por el camino más corto, hacia el Tíber. Al llegar al corso Vittorio Emanuele, caminaba por la orilla derecha, enfilando el lungotevere hasta la isla Tiberina. Atravesaba esta para pasar a la orilla izquierda y dirigirse hacia Santa Maria in Cosmedin. Como es lógico, la iglesia estaba cerrada a estas ho­ras, pero a Emmanuel no le interesaba el templo.

 

Esta vez, como todas las demás, después de un paseo precipi­tado a lo largo del río, reducido a un hilillo de agua maloliente, verdadera cloaca a cielo abierto, llegó, por fin, hasta la Bocca della Veritá, que adorna la fachada de la iglesia. Un gran disco de piedra en forma de rostro, con una gran boca abierta. En la Edad Media, el bajorrelieve servía para una astuta ordalía, que consistía en colocar la mano dentro de la boca en el momento de dar testimonio. Si el interesado mentía, la boca se cerraba y le cortaba los dedos. El método era utilizado para examinar a las mujeres acusadas de adulterio. La historia no cuenta ni un solo caso en el que la boca se hubiera cerrado, pero la prueba seguía conservando todo su sentido: la mujer adúltera se negaba a co­locar la mano en la boca y confesaba su crimen, mientras que la esposa inocente se prestaba sonriente al juicio de Dios. De esta forma, la mujer volvía a su hogar, con la cabeza alta y la mano entera, justificada por el mismo Dios, que, en caso de necesidad, hubiera realizado un prodigio. El pueblo romano, que no era tonto, concedía de esta forma el derecho al adulterio a las muje­res no supersticiosas. Y por lo que se refiere a los hombres, es­tos estaban, en cualquier caso, por encima de toda sospecha.

 

Emmanuel había descubierto la Bocca della Veritá durante un viaje en grupo a Roma, tras su primer año en el seminario. Al verla, se había quedado rezagado adrede, mientras sus camara­das volvían al autobús, y había metido su mano en la terrible boca diciendo muy bajito: «Creo en Dios». El ídolo permaneció impasible. Emmanuel, extrañamente contento de sí mismo, vol­vió al autocar. Pero durante toda la jornada, experimentó una rara exaltación, como si hubiese confesado al Dios de Israel ante un tribunal de la Roma antigua.

 

Hoy, sin embargo, necesitaba un testimonio más específico. Por eso, colocó su mano en posición y pronunció muy lenta­mente y a media voz en medio de la noche silenciosa: «Creo en la resurrección de los cuerpos». Pero incluso antes de haber ter­minado la frase, retiró su mano con un gesto totalmente incon­trolado. Intentó repetir la prueba, pero solo a la tercera vez, agarrando su puño derecho con su mano izquierda, se obligó a llegar hasta el final. Se dio cuenta de que había hecho trampa, pero no se sintió con fuerza para repetir la prueba y le dio la es­palda al abominable dios romano.

 

Desde allí podía ver perfectamente los dos pequeños templos de Vesta y de la Fortuna Virile, en medio de un césped seco por la escasez de agua del verano. Aquí nadie pensaba en regar el cés­ped. Ese lujo pertenecía a los pueblos ricos del norte. En Roma se estaba casi en África y el agua era demasiado preciosa para gastar­la y el trabajo de los hombres demasiado contrario a su propia na­turaleza para hacer más de lo estrictamente necesario.

 

La luna llena, en un cielo límpido, extendía sus rayos sobre el fantástico decorado de los viejos edificios al borde del río casi seco, agotado por su tarea de dar de beber a una ciudad insacia­ble. Emmanuel se apoyó en el pretil del lungotevere dei Cenci. Se sentía agotado pero sin ganas de dormir. Tenía que volver sobre sus pasos y quizás el paseo disiparía sus angustias. ¿Cuántas ve­ces podría hacer todavía este paseo ritual de sus noches de duda y angustia incontenibles, antes de que la parálisis se apoderase por completo de él?

 

Volvió sobre sus pasos siguiendo el margen izquierdo. Era medianoche pasada y, sin embargo, el tráfico apenas había dis­minuido. Los coches circulaban a su lado, unos tras otros, desli­zando por las fachadas sus sombras cada vez más grandes, hasta que, de pronto, esas enormes sombras funambulescas desapa­recían inmediatamente, en el momento en que pasaban a su altura.

 

Caminó un buen rato hasta llegar cerca del puente Mazzini. Allí sintió un leve mareo, debido sin duda al agotamiento causado por el efecto de las medicinas. Casi no era capaz de andar. Para hacerlo con mayor rapidez, inclinaba su busto hacia delante, a la búsqueda de su centro de gravedad. En la jerga médica, eso se llama la festinación. Pronto solo sería capaz de caminar así, de esta forma grotesca, hasta que terminase anclado a una silla de ruedas. No consiguió dar un paso más y se dejó caer en un banco. Sudaba abundantemente y se puso a llorar sin ni siquiera taparse la cara.

 

Su vida, que caminaba hacia un final sin gloria, no tenía sen­tido alguno a sus ojos. Alumno aplicado y dócil en el colegio, poco o mal querido por su padre, sin haber conocido nunca a su madre, muerta al dar a luz a Colombe, ¿por qué había decidido ser cura? Sin duda para dotarse de valor ante sí mismo y ante los demás. Tras un decenio entero de estudios, separado de la reali­dad, su primer ministerio como vicario en Brigue fue un semi­éxito o un semi-fracaso. Y es que tropezaba siempre en las actividades más ordinarias. Dotado de un oído musical no de­masiado bueno, cantaba más bien mal y, en más de una ocasión, se vio obligado a callarse mientras recitaba el Sanctus, provocan­do las sonrisas y las muecas de la asamblea. No soportaba el confesionario, sombrío y maloliente, que le daba sensación de claustrofobia, pero lo peor era el acompañamiento de los mori­bundos. Paralizado en su presencia, poco a poco se fue dando cuenta de que jamás había aceptado su propia muerte y que siempre había sido un niño grande que creía en la inmortalidad terrestre. Sabía que tendría que morir, pero no soportaba la idea de morir y se agarraba desesperadamente a la resurrección de los cuerpos para negar la evidencia.

 

Su obispo pronto advirtió que Emmanuel no era un dechado de virtudes pastorales y por eso le envió a la Academia Pontifi­cia de las Ciencias para sacarle partido a sus conocimientos lingüísticos. Después de pasar dos años en Roma, estuvo una temporada en la nunciatura de Abidjan, cuya misión esencial parecía ser la de convencer al presidente Houphouet Boigny de que no construyese la basílica de Yamoussoukro. Con el pretex­to de no malgastar el dinero que podría emplearse en el desa­rrollo de Costa de Marfil, pero en realidad porque una basílica más grande que la de San Pedro podía inspirar malos pensa­mientos a algunos prelados africanos como el de la creación de una Iglesia africana autocéfala con un patriarca de piel negra. Dado que a Emmanuel le gustaba el proyecto de Costa de Mar­fil, no le fue nada fácil combatirlo.

 

Después, le habían enviado a Beirut, donde aguantó tres me­ses bajo los bombardeos, antes de ser repatriado víctima de una depresión nerviosa. Suspirando ostensiblemente, el cardenal Ca­saroli le había recibido durante un cuarto de hora para pro­ponerle que pusiese fin a su carrera diplomática y que trabajase en la atmósfera más serena de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero en esta congregación el cardenal Weiss le había recibido muy mal, porque había encontrado, por casualidad, un artículo de la revista - Lumiére et vie, firmado por Emmanuel en 1969, en el que el autor vertía reservas evidentes sobre la en­cíclica Humanae vitae.

 

Con ese sentido del sadismo civilizado, tan característico de los alemanes, el cardenal le había encargado precisamente a Emmanuel el expediente de la contracepción, con el fin de reu­nir los materiales de la futura exhortación apostólica Familiaris consortio, que fue publicada en 1981. Su función implicaba la búsqueda sistemática de todo pronunciamiento favorable a la contracepción en los escritos de obispos y teólogos y la de­nuncia de todos los que se pronunciasen en contra, aunque solo fuese muy matizadamente. De esta forma, Emmanuel tuvo que leer y releer hasta la saciedad todos los argumentos a favor y en contra, para poder redactar un catálogo de todos ellos.

 

Se había prestado a realizar este trabajo, contrario a sus con­vicciones… ¡por cretino! Ni siquiera en sus exámenes de concien­cia más rigurosos se había atrevido a mirar cara a cara su indig­nidad, como lo estaba haciendo esta noche. Estaba devorado por el gusto del poder, el sustituto de la auténtica vida que no había vivido, con el fin de exorcizar a través de él su miedo a la muerte. ¿Tendría menos miedo a la muerte si la afrontaba con un anillo de obispo en el dedo?

 

No, no había servido al Señor. Se había servido a sí mismo. Para hacer carrera, para asegurarse su pan de cada día, para va­lorarse ante sus propios ojos, para medrar ante los demás, para conjurar su angustia. Y allí estaba la falla que se abría, gigantes­ca, ante sus pies. Dios nunca servía para nada. Dios se negaba a ser utilizado como una muleta psicológica. Pedía, sin dar nada a cambio: ni serenidad, ni coraje, ni certeza, ni siquiera consue­lo. Emmanuél no tenía que preguntarse, como Jesús, por qué el Padre le había abandonado. ¿Podía esperarse otra cosa de El? Evidentemente, no había encaminado su carrera con vistas a acceder al episcopado, pero había evitado escrupulosamente todo aquello que pudiese constituir un obstáculo para ello: nada de publicaciones aventuradas, ninguna objeción a los caprichos del cardenal Weiss y, por encima de todo, mantener siempre las afirmaciones y las mismas propuestas que las de su «amo» ro­mano. Había aprendido incluso a modificar el timbre de su voz, utilizando un registro dulce y suave que prestaba a la frase más anodina la apariencia de una confidencia.

 

A medida que fuese cumpliendo años, se encontraría forzosa­mente en posición de candidato. Por ejemplo, cuando la sede de Sion o la de Friburgo quedasen vacantes. A veces, en medio de sus ataques de indignidad, se entregaba a la delectación mor­bosa de amueblar a su gusto el palacio de tal o cual prelado sui­zo-alemán todavía en activo. Se tranquilizaba constatando que el sacerdocio y el episcopado apenas atraían a nuevos candidatos y que él aseguraba una especie de permanencia, en espera de que viniesen tiempos mejores, independientemente de sus méri­tos y de sus dones. En definitiva, se haría pequeño para ganar el paraíso en aras de su insignificancia.

 

Pero esta noche el Señor le pedía cuentas, como en la pará­bola de los talentos. Lo poco que había recibido, lo había ente­rrado para poder juzgar y denunciar a los que utilizaban sus ca­pacidades. Emmanuel había sido cómplice del proyecto que consistía en ahogar la voz de los teólogos de mayor talento de su generación. Había servido a los intereses del cardenal Weiss, al tiempo que, en el fondo, los reprobaba. Se había colocado por encima de su conciencia, simplemente porque trabajaba en un despacho de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Dentro de unos cuantos meses, a lo sumo dentro de uno o dos años, sería juzgado en espíritu y en verdad. Su propia conciencia vería con una claridad deslumbrante hasta lo más hondo de su subconsciente. La avidez con que esperaba una datación conve­niente del lienzo constituía una prueba más de su desconfianza en el Señor, un acto tan blasfemo como las vergonzosas ordalías ante la Bocca della Veritá. ¡Todo encajaba perfectamente!

 

Este mundo era demasiado duro y complicado para él. Se sentía demasiado débil y demasiado rígido a la vez. Sintió real­mente dentro de sí todo el mal que había cometido creyendo hacer el bien y deseó el bien que había evitado considerándole como un mal. Se puso en manos de la misericordia del Señor y, por fin, consiguió articular una oración a media voz: «¡Que pase este mundo, Señor!». Y se desvaneció.

 

 

Se encontraba en un país azotado por una terrible hambruna. El gobierno había calculado que, en el próximo invierno, un tercio de la población iba a morir de hambre. Los mejores expertos habían elaborado un plan de supervivencia que consistía en op­timizar el número de los supervivientes, proponiendo la opción del suicidio preventivo a los voluntarios. De esta forma, las ra­ciones que les correspondieran a estos voluntarios al suicidio permitirían alimentar a los niños, a los adolescentes y a las mu­jeres embarazadas. Para no malgastar las proteínas y las grasas contenidas en los cuerpos sacrificados, estos serían transforma­dos en productos alimentarios a través de los tratamientos in­dustriales apropiados.

 

Lógicamente, el debate había sido durísimo y el magisterio romano había sido invitado a pronunciarse sobre la moralidad de tal plan. Emmanuel había redactado el documento final, titu­lado In Magnam Penuriam. En él se concluía, sin ambages, que tales sacrificios no tenían nada de suicidio, sino que se parecían más bien a un martirio. El tratamiento químico de los cuerpos bastaba para descartar cualquier sospecha de antropofagia. Lo único que se necesitaba era que los voluntarios no sufrieran pre­sión alguna y que no percibiesen ninguna remuneración. Tam­bién era conveniente que no cometiesen por sí mismos el acto letal, sino que lo efectuase un profesional, también él volunta­rio. Los médicos primero y después los militares y los policías se habían negado a convertirse en verdugos de sus semejantes. Solo el personal de los mataderos había aceptado continuar su trabajo ordinario, ejerciéndolo esta vez con personas en vez de animales.

 

Durante una memorable entrevista, el cardenal Weiss sugi­rió a Emmanuel que diese ejemplo. El pueblo cristiano, conmo­vido en sus hábitos más profundos, no comprendería este cam­bio radical de dirección, si el propio autor de la encíclica no hacía lo que decía en sus escritos. De hecho, la superpoblación del planeta, origen de la hambruna, era algo que Emmanuel defendía en todos sus anteriores escritos, sistemáticamente hos­tiles a todo tipo de contracepción. Antes de darse cuenta de lo que hacía en realidad, Emmanuel ya había dado su consenti­miento.

 

Se encontraba con una docena de voluntarios en la sala de es­pera del matadero, completamente desnudo, sentado en una si­lla de hierro. Todas las sillas estaban ocupadas. Dos voluntarios esperaban, de pie, a que una silla quedase vacía. A lo largo del muro, se alineaban las argollas de acero de las que se iban a col­gar los cuerpos, para trocearlos.

 

El encargado del matadero entró en la estancia y la puerta de hierro se cerró tras él con un enorme ruido. Tenía un rostro in­flado y aburrido y unos ojos muertos que miraban fijamente a cada una de sus próximas víctimas. En una mano llevaba la pis­tola de la matanza, un tubo por el que se deslizaba un punzón movido por un resorte. Cargó la pistola, la colocó sobre la sien del que estaba colocado el primero en la fila y apretó el gatillo. El punzón perforó el cerebro hasta llegar a la nuca con un ruido sordo.

 

Entonces, Emmanuel se levantó y dejó su sitio a uno de los voluntarios que estaban esperando. Anunció que había cambia­do de opinión. Le devolvieron sus vestidos y salió del matadero. El sol se ponía en un cielo lleno de nubes. El invierno había pa­sado. En los árboles del bulevar brotaban las primeras hojas. Sintió un perfume violento en sus narices y respiró hondo.

 

-No se puede permanecer así, inmóvil por la noche; vas a aga­rrar una buena gripe.

 

Una mujer se inclinaba sobre Emmanuel, con un pañuelo empapado de agua en la mano y se lo colocaba en la frente. Cuando la mujer desabrochó la gabardina, descubrió el alza­cuello.

 

-¡Eres cura! ¿Qué haces a esas horas por la calle? ¿Le llevabas el viático a algún tipo que estaba a punto de diñarla?

 

Emmanuel movió negativamente la cabeza. Ahora percibía mejor el rostro que se inclinaba sobre él. Era la cara de una prostituta. Un rostro embadurnado de un maquillaje grotesco, casi cómico. Ya no era muy joven. Tenía algo de papada, arrugas y unos cabellos teñidos de un color rubio inverosímil. Ella se sentó a su lado y le contempló con sumo interés.

 

-¿Qué estás haciendo por aquí a estas horas?

 

-No me sentía muy bien, he querido tomar el aire y he debi­do encontrarme mal -balbuceó Emmanuel.

 

La mujer reflexionó. Bajo la tensión de su ceño fruncido, el maquillaje se deshacía en pequeñas placas. Sin decir ni una sola palabra, intentó poner a Emmanuel en pie, pero él no mantenía el equilibrio.

 

-No puedes quedarte así. ¿Quieres que llame a una ambulan­cia para que te lleve al Gemelli?

 

Por experiencias anteriores, debía saber que en este hospital se atendía al personal del Vaticano, al que este cura que hablaba italiano con acento francés debía pertenecer sin duda alguna. Emmanuel se negó taxativamente. Se estaba viendo ya en ur­gencias con la prostituta a su lado. A la mañana siguiente corre­ría el rumor por los pasillos del Vaticano como una mancha de aceite. En su situación, una cosa así bastaría para poner fin a su carrera, a la que parecía aferrarse con uñas y dientes, con un ar­dor renovado desde su resurrección.

 

-No puedes quedarte solo -cortó la mujer-. Pero tampoco puedo llevarte a casa. ¿No tienes familia o un amigo?

 

Emmanuel se agarró a su única tabla de salvación:

 

-Mi hermana está en el hotel Raphael.

 

La prostituta paró un taxi que, en unos cuantos minutos, dejó a Emmanuel en el largo Febo. Sostenido por la mujer, hizo una entrada titubeante en el vestíbulo del hotel ante la mirada cons­ternada del conserje de noche, que se negó obstinadamente a darles el número de la habitación de la signora De Fully. Pero al ver el alzacuello de Emmanuel, consintió en llamar a su habita­ción por teléfono. Hecho lo cual, le tendió el auricular a Em­manuel, que se apoyó, para poder hablar, en el mostrador de re­cepción. Se quedó realmente helado cuando al otro lado de la línea escuchó la voz profunda y bien timbrada de un romano:

 

-Aquí, Pacelli.

 

Emmanuel, todavía en medio de las brumas del desvaneci­miento, se preguntó si había pasado de una pesadilla a otra sin haberse despertado.

 

Y comenzó a musitar unas cuantas pala­bras ininteligibles. Pero la voz de Colombe, que había cogido el auricular, le tranquilizó:

 

-¿Qué pasa, Emmanuel? Espérame ahí, ahora mismo bajo.

 

Cuando Colombe surgió en la puerta del ascensor, metida en la bata blanca del hotel, la prostituta ya se había ido. Emmanuel le había pedido que le dijese su nombre, para poder pagarle el precio de la carrera del taxi, pero ella movió negativamente la cabeza diciendo:

 

«Yo no tengo nombre». Y se fue.

 

Colombe calibró la situación con una ojeada. No podía llevar a Emmanuel, que estaba arrellanado en un sofá, al hospital. Se dirigió entonces al mostrador de recepción, pero el conserje le aseguró que no quedaba ninguna habitación libre. Colombe lla­mó a su habitación por teléfono. La discusión, hecha en susu­rros, fue larga pero decisiva. Diez minutos después, Paolo Pa­celli surgió del ascensor, con su saco de viajé en la mano. Un taxi le estaba esperando ya ante la puerta. Abrazó discretamente a Colombe y se presentó con soltura a Emmanuel, medio aton­tado en su sofá y que no acababa de entender nada de este en­cuentro fortuito con el sosia juvenil de un papa muerto, vestido con vaqueros y con una cazadora de cuero.

 

Colombe siguió con la vista a Paolo hasta que franqueó el umbral. Ayudada por el conserje de noche, llevó a Emmanuel a su habitación y lo metió en la cama, justo antes de que se des­mayase de nuevo.

 

Cuando recobró el conocimiento, fue para articular con cal­ma una petición muy precisa:

 

-No quiero morir. Tienes que darme el nombre de los hospi­tales que practican el trasplante de células fetales.

 

Y al instante se durmió plácidamente.

 

 

 

CAPÍTULO 5

 

El sábado a las once de la mañana, como estaba previsto, Theo fue introducido en el despacho del cardenal Weiss, esta vez sin Emmanuel, que ya se había restablecido pero que estaba conde­nado al reposo por una Colombe intransigente. El cardenal agi­tó inmediatamente la última edición de Il popolo ante las narices de Theo:

 

-Las paredes oyen, señor profesor. Estuve a punto de dudar de su discreción o de la de uno de sus colegas de Oxford o de Arizona. El que redactó este artículo ha tenido conocimiento del conjunto de los resultados. Afortunadamente, el redactor jefe de Il popolo me tranquilizó. Uno de sus periodistas cenó ayer por la noche con un monsignore en Rainieri. Hechas las oportunas com­probaciones, el único prelado que se haya alimentado esa noche en ese restaurante de lujo, donde por otra parte no se le perdía nada, es un colaborador de la Secretaría de Estado. Desde esta misma mañana me he encargado personalmente de que sea des­tinado a la nunciatura de Zaire. Allí causará menos daño a la Iglesia y las dificultades de la vida africana le conducirán sin duda a una más sana concepción de las cosas y de la vida.

 

Theo leyó en diagonal el artículo, que encerraba los clásicos fallos físicos de un profano en la materia. Pero el mensaje, en cambio, estaba perfectamente claro: el Vaticano había procedido a una datación del lienzo y se disponía a esconder los resultados, dado que estos no respondían a sus expectativas. El cardenal in­tervino en el mismo instante en que Theo levantó los ojos del periódico:

 

-Esto modifica nuestra actitud. Dado que ya no es posible subestimar o menospreciar los resultados obtenidos, en lo que concierne a la autenticidad del lienzo mismo, es preferible por lo tanto demostrar, en esta ocasión, la apertura de la Iglesia a la ciencia. Hemos convocado ya una rueda de prensa en Turín, que será dada por el cardenal Ballestrero y su consejero, el doc­tor Gonella, el jueves 13 de octubre. Al día siguiente, se cele­brará otra rueda de prensa en Londres, presentada por sus co­legas Hall, Tite y Hedge. El tema es sencillo: no cuestionamos la exactitud de los resultados ni ponemos en duda la buena fe o la competencia de los científicos; sin embargo, el lienzo sigue conservando para nosotros un valor de icono e incluso de reli­quia, al menos medieval. No defendemos la tesis que preconiza que se trata de la sábana que envolvió el cuerpo de Cristo, pero tampoco la descartamos. De hecho, la Iglesia nunca convirtió esta tesis en un acto de fe. Por el contrario, una bula de Cle­mente VII, del año 1380, autorizaba la exposición de la reliquia con tal de que se precisase que no se trataba de una copia del lienzo auténtico. En definitiva, quitaremos pasión al debate has­ta que consigamos un informe más amplio, es decir, la eventual obtención de otros resultados, descubiertos por usted mismo. Así pues, le escucho, pero antes quisiera oír su respuesta a mi petición de ayer. ¿Cuál es, si exceptuamos la datación por car­bono 14, el elemento más desfavorable del expediente?

 

Theo había tenido todo el tiempo del mundo para meditar su respuesta:

 

-Un análisis atento de la imagen revela que los ojos están ce­rrados no por las pupilas sino por dos monedas. Eso sería un ar­gumento arqueológico en favor de la autenticidad, porque, en efecto, una vieja costumbre hebrea consistía en colocar dos mo­nedas en las órbitas de ciertos cadáveres, sin que se sepa, por lo demás, a qué venía esta costumbre y por qué no era algo común para todos. Pero esta costumbre podía ser conocida por el falsa­rio medieval. Después de todo, sabía tanto que es lógico pensar que estuviese bien informado de muchísimas cosas. No en vano realizó una obra maestra. El problema es que una de estas mo­nedas, llamadas lepton, es una moneda groseramente falsa. La moneda del ojo izquierdo era un peton grabado por Pilato en el año 29, con una dedicatoria a Julia, la madre del emperador Ti­berio. La imagen es correcta. En cambio, en el ojo derecho, se encontraba un dilepton lituus, es decir, una moneda que llevaba la efigie de un bastón astrológico llamado por los romanos lituus. Sin embargo, la inscripción reza así: Tiberiou Caisaros. Ahora bien, la C tendría que ser una K, para adecuarse a la práctica ha­bitual de las inscripciones romanas de la época. El falsario co­metió, pues, una falta de ortografía que no pudieron cometer los propios romanos en la acuñación de sus monedas.

 

El cardenal, no le dejó proseguir. Se levantó, cogió de su bi­blioteca un diccionario de numismática muy usado y lo abrió en una fotografía de una moneda romana que mostraba la inscrip­ción problemática.

 

-Esta no es una prueba de falsedad, sino una prueba de autenticidad. La acuñación de las monedas en la Antigüedad era confiada a artesanos que trabajaban por su propia cuenta y no a una institución financiera oficial, como parece usted pensar. La moneda acuñada por Pilato era de mediocre calidad y una de las monedas utilizadas mostraba efectivamente esta falta. Se han encontrado al menos dos ejemplares de esta moneda. No es eso lo que me hará dudar de la autenticidad del lienzo, sino todo lo contrario. En cambio, no consigo ver su duda, señor profesor.

 

Theo, que era más bien un tipo flemático, perdió la compos­tura hasta el punto de quedarse mudo. El cardenal siguió ha­blando con una sonrisa sarcástica en la comisura de los labios, como si acabase de pillar a un niño en flagrante delito de menti­ra estúpida:

 

-¿Es que cree usted que solo los fisicos son capaces de efec­tuar concienzudamente su trabajo? Debió haberme concedido el honor de pensar que suelo estudiar los expedientes a fondo. Después de todo, he sido su colega. He sido profesor de exége­sis en Múnich. Habría podido adivinar que tenía algún conoci­miento de numismática de la época. Habría podido suponer que el expediente completo del asunto, que examiné pacientemente yo mismo, comportaba una publicación del profesor Filas de la Loyola University de Chicago, con fecha de 1982, en el que se dilucida el enigma de la falta de ortografía de la moneda. Si contaba con proponerme un argumento contra la autenticidad, para demostrarlo a continuación y así manipularlo mejor, se equivocó de dirección.

 

Theo bajó la cabeza. Durante un instante se imaginó arrodi­llado en el confesionario sometido a la inquisición del cardenal Weiss. Este descubría pecados de los que Theo ni siquiera tenía una clara percepción. Aunque no hubiera premeditado esta ma­niobra conscientemente, sí es verdad que había habido por su parte cierta doblez. Y como no estaba dispuesto a confesarla, decidió callar. El cardenal, en cambio, añadió:

 

-Sé bien lo que valen los hombres, incluso los mejores. No le estimo menos por haberle sorprendido en una falta. También yo las cometo, intencionadas o no. Sin embargo, en la materia deli­cada que nos concierne, no puede usted jugar de pillo a pillo conmigo, que voy a ser su garante ante la Santa Sede. ¿Está us­ted dispuesto a observar la mayor transparencia en nuestras re­laciones, como si estuviese bajo juramento o como si se estuvie­se confesando? ¿Con las mismas consecuencias espirituales en el caso de que me contase una mentira? Discúlpeme si tengo que pedirle esto, pero sin este compromiso por su parte, me niego a entrar en materia. Durante el proceso de datación del lienzo, hemos cometido el gran error de admitir la colaboración de sa­bios ateos, indiferentes y hostiles a la Iglesia. Llegado a este punto, no descarto la hipótesis de una maniobra malintenciona­da y deliberada de su parte para alterar nuestra credibilidad, es decir, para atacar a la fe. No dejaré, pues, que manos impuras profanen la tumba de Cristo.

 

Theo se quedó sobrecogido por esta última frase. Solo había hablado de su proyecto de excavaciones del Santo Sepulcro a Emmanuel y a Colombe. Ni el uno ni la otra se habían visto con el cardenal. Pero este lo conocía todo por ciencia infusa. Era capaz de prever todas las iniciativas. Habría sido de mal gusto pedirle que le contase de dónde procedía su conocimiento universal de las cosas. Theo se rindió sin condiciones:

 

-Me comprometo a todo lo que me pide -dijo con voz tran­quila.

 

Pero se quedó sorprendido con la pregunta siguiente:

 

-¿Cuántos hijos tiene?

 

-Ninguno.

 

-¿Por qué?

 

Completamente atónito, Theo respondió de forma maquinal.

 

-No estoy casado.

 

-¿Vive usted en concubinato?

 

-De ninguna manera. Vivo solo y no veo qué significa todo esto…

 

-Yo sí y eso debe ser suficiente para usted. ¿Es homosexual?

 

-No.

 

-¿Ha observado, pues, la castidad durante toda su vida?

 

-Tuve una aventura, bastante breve, cuando era estudiante en Estados Unidos. Eso me bastó o me decepcionó, como usted quiera.

 

El cardenal guardó silencio durante largo rato. Theo estaba en el potro de las torturas. Jamás había hablado con nadie de su vida afectiva o, más bien, de sus lagunas en este ámbito. El car­denal le miró fijamente y, con su mirada, obligó a Theo a conti­nuar mirándole a los ojos.

 

-Le creo. Y considero que se trata de un signo. La pureza de su vida personal garantiza la de sus intenciones. Olvide esta conversación. Jamás volveremos a hablar de ella. Hábleme de sus proyectos.

 

Theo tragó saliva con dificultad.

 

-Me gustaría hacer excavaciones en la basílica del Santo Se­pulcro.

 

 

Emmanuel estaba sentado en uno de los dos sillones que había en su apartamento y Colombe en el otro. Se estaba recuperan­do. Por la mañana, su hermana le había llevado en taxi a la plaza del Risorgimento. Después, había cogido el teléfono y se había enzarzado en una discusión en inglés con el médico de Emma­nuel, con el fin de reducir de ocho a cuatro el número de medi­camentos diferentes que tenía que tomar diariamente. Al final de la conversación, le anunció a Emmanuel que tenía que cam­biar de médico y que su crisis procedía de una combinación ina­decuada de medicinas. Y resumió su opinión sobre la medicina romana con esta frase lapidaria:

 

-¡Vives en el Tercer Mundo, mi pobre Emmanuel!

 

Emmanuel tuvo el coraje de reiterar su petición de la víspera, que Colombe no había vuelto a evocar:

 

-¿No sería posible pensar en un trasplante de células fetales procedentes de un aborto espontáneo? En ese caso, no habría ningún problema ético, como el provocado por la utilización de fetos abortados. En fin, pienso…

 

Sin pronunciar una sola palabra, Colombe expresó una varie­dad de sentimientos que iban desde la sorpresa hasta la furia, pasando por la burla. Se levantó de un salto, dio un puñetazo en la mesa y una patada a la puerta, bebió un gran vaso de agua, le sacó la lengua a Emmanuel, abrió la ventana para respirar hon­do y la volvió a cerrar para sustraerse al ruido de la circulación. Como Emmanuel estaba acostumbrado a este tipo de demostra­ciones, esperó pacientemente a que Colombe se hubiera senta­do de nuevo. Ella acercó su sillón al de su hermano y comenzó a explicarse:

 

-En primer lugar, eso no se tiene en pie desde el punto de vista médico. Un aborto es consecuencia siempre de un proble­ma, es decir, de una infección o de una malformación congéni­ta. Además, un aborto espontáneo no se desarrolla en las con­diciones de esterilidad de una sala de operaciones. Ningún médico serio consentiría en trasplantar células que no hubieran sido obtenidas en condiciones óptimas, sobre todo en el caso

 

de una terapia experimental, donde ya es difícil entender lo que pasa sin buscar complicaciones adicionales. Además, eso no arreglaría ninguno de tus problemas de conciencia, a no ser que no quieras mirar la realidad a la cara. La decisión que toma una mujer de abortar solo le compete a ella y viene dictada por unas circunstancias que nada tienen que ver con la extracción a posteriori de las células. Tanto en Estados Unidos como en In­glaterra o en Suecia, se pide la autorización de la madre para la extracción, una vez que ha tomado la decisión de abortar. Y esta extracción no es remunerada en ningún caso. No se co­meten, pues, abortos para obtener los tejidos del feto. Hay abortos voluntarios, tras los cuales se pueden destruir los fetos o recuperar ciertas células para curar a los enfermos. Para un médico, la cosa no presenta ningún problema ético. La vida de una persona es sagrada y merece que se utilicen todos los me­dios existentes, siempre que no dañen a otra persona. Sé muy bien de dónde procede este falso problema que, por definición, solo tiene falsas soluciones. Si no te curas, cuando el remedio está al alcance de tu mano, ¿no es porque eso te plantea un problema de conciencia, quizá diferente, pero tan serio como este?

 

Emmanuel reflexionó un momento y consiguió balbucear:

 

-No puedo consentirme a mí mismo lo que les niego a los demás.

 

-Evidentemente. Por lo tanto, si decides seguir adelante, hay que anunciar que este tipo de terapia es legítima.

 

-El cardenal jamás estará de acuerdo.

 

-No lo dudo. ¡No te queda otra alternativa que dimitir de una institución que mantiene un discurso contrario a lo que te dicta tu conciencia! Es algo evidente, ¿o no?

 

-No es nada fácil.

 

-Claro que no. Pero morir tampoco lo es.

 

Colombe volvió a adoptar su tono tierno y cogió una mano de Emmanuel entre las suyas:

 

-Tienes el derecho o el deber de sacrificar tu vida por tus

 

ideas, falsas o no, realistas o no, con tal de que creas en ellas. En cambio, abandonar la vida por unas ideas en las que no crees, en las que finges creer para conservar tu empleo, te plantea inevi­tablemente problemas psicológicos. Es al obligarse a obedecer dos reglas contradictorias como se llega a la esquizofrenia. Un hombre solo puede morir serenamente si está en paz consigo mismo. Esa es mi experiencia de todos los días. El estado de gracia, con el que nos atosigaron en el catecismo desde peque­ñitos, significa en términos contemporáneos que el subcons­ciente debe estar reconciliado con el consciente. La santidad consiste en una transparencia perfecta del hombre consigo mis­mo. No eres el primer sacerdote que encuentro en esta situa­ción. Diría incluso que descubro, a menudo, curas o frailes que sienten una angustia insoportable ante la muerte. Durante mu­cho tiempo, pensé que estaban confundidos por el sentimiento de su propia indignidad, que eran más lúcidos que el agonizante medio. Hoy, tiendo a pensar que están desgarrados entre sus convicciones personales y las proclamaciones irreales de la insti­tución a la que se comprometieron a obedecer. En cambio, lo que dice Jesús está perfectamente claro: no debes obedecer a una ley rígida sino a tu conciencia, que es mucho más difícil. Si participas en una institución, aunque se llame el Santo Oficio, que pretende regular las modalidades de aplicación de la ley en sus más nimios detalles, no imitas a Jesús sino a los escribas y fa­riseos.

 

Hubo un largo silencio, tras el cual, Emmanuel hizo otro in­tento:

 

-Sé que se producen embarazos extrauterinos que hay que detener porque, de todas maneras, no llegarán a su término y, además, porque ponen en peligro la vida de la madre. ¿Es que no se podrían utilizar células procedentes de esos fetos?

 

Por segunda vez, Colombe manifestó en silencio todas las formas posibles de desaprobación. Concluyó esta demostración bebiendo un gran vaso de vino y dijo:

 

-¿Eres un niño, un estúpido o un hipócrita? Cuando un pa­ciente me hace este tipo de proposiciones, me niego a ocuparme de él hasta que deje de jugar conmigo.

 

Se paró un instante, agotada por su propia cólera, y continuó dulcemente:

 

-Eres mi hermano. Y por eso voy a intentar explicártelo con calma. Si no lo entiendes o no lo quieres entender, no volvere­mos a hablar del asunto nunca más. Intentas escabullirte de las mallas de una red que tú mismo has tejido. Si un médico pone fin a un embarazo extrauterino deliberadamente, efectúa un aborto que no es ni más ni menos grave, respecto a la ley pro­mulgada por la Iglesia, que cualquier otro aborto. Nunca oí a tu institución proclamar la regla según la cual, entre la vida de la madre y la del niño, había que optar automáticamente por la de la primera. En la práctica, como es lógico, es lo que se hace y las autoridades eclesiásticas cierran los ojos. Lo mismo pasa si el embarazo es el resultado de una violación o de un incesto. El sentido común, que no difiere de la caridad, indica claramente la línea de conducta que se debe seguir. En la práctica médica existen casos de abortos inevitables. Pero de eso, tu Santo Ofi­cio no quiere oír hablar. Prefiere, porque es lo más sencillo, re­chazar en bloque todo tipo de aborto y presentarlo como un pe­cado grave. Como no defiende una posición razonable, no es creíble y nadie le escucha.

 

Se calló un instante, pareció dudar y continuó:

 

-De hecho, hay más abortos entre los católicos de California que entre los protestantes. Dado que la contracepción es presen­tada como un pecado mortal, los pobres mexicanos o irlandeses, que todavía toman en serio vuestras enseñanzas, eligen no el me­nos grave sino el menos permanente de los dos pecados, por de­cirlo de alguna manera. Porque uno se confiesa una vez de un aborto, pero no se puede confesar cada mes de haber tomado la píldora y prometer que no se va a hacer al mes siguiente. Por eso, se aborta de vez en cuando. Eso, mi querido hermano curi­ta, no es teología moral, sino práctica médica. ¡Y se descubre tra­bajando en un hospital, pero nunca se descubre en un despacho!

 

Se calló de nuevo y, en tono más bajo, confió:

 

-Y tú, en cambio, intentas acogerte al beneficio de la duda. Pero eso no es lo que se te pide. Lo que se te pide es que res­pondas de tus actos en medio de una claridad cegadora, como es la claridad del juicio Final. Tus artimañas actuales te parecerán entonces odiosas y los ardides eclesiásticos del Vaticano, irriso­rios. Aparecerás desnudo ante tu Creador, sin sotana ni fajín violeta, sin diplomas, sin cartas de recomendación, sin méritos, sin indulgencias, sin capital espiritual, sin tesoro amasado en los cielos céntimo a céntimo, renuncia a renuncia. Lo sabes muy bien, y eso es lo que te da miedo.

 

Emmanuel suspiró profundamente, como si quisiese expulsar de una tacada sus malos espíritus:

 

-Tienes toda la razón del mundo. No hablemos más de eso. ¿Qué me aconsejas?

 

Colombe se rascó la sien y dijo:

 

-Acompáñame a San Francisco. Allí conozco gente muy competente en la enfermedad de Parkinson. Comenzarán por hacerte un chequeo más serio que esos fantasiosos del hospital Gemelli. Y podremos decidir sobre la terapia más oportuna. O bien una medicación adecuada o bien la operación de tras­plante. Una operación que, aunque el gobierno pretende prohi­bir para complacer a su electorado conservador, los hospitales universitarios siguen haciendo y experimentando con ella.

 

Se calló de nuevo, reflexionó y decidió:

 

-La enfermedad de Parkinson posee también un componente psiquiátrico, como resultado del deterioro del sistema nervioso. Algunos dicen que el componente psicológico podría ser incluso su causa. No lo sé. En cualquier caso, como no puedo prome­terte la curación, quisiera sobre todo que asumieras la perspecti­va de tu propia muerte. Ese es mi oficio. Como es lógico, no puedo practicarlo contigo, pero tengo una excelente asistenta. Participarás con los demás enfermos en las sesiones de grupo que yo animo y mi colaboradora se encargará de ti para los en­cuentros personales…

 

-¿No tienes colaboradores masculinos?

 

-Sí, pero lo que te ofrezco es la mejor ayuda posible. A partir de ahora te vas a poner en mis manos y te vas a dejar querer, sin condiciones y sin peros. ¡Ya estás comenzando a ponerme ner­viosa! Yo te pagaré el billete de avión y podrás vivir en mi casa. El tratamiento médico será gratuito. No tienes que plantearte, por lo tanto, problemas económicos. Lo único que tienes que hacer es dejarte querer, sin pasar el tiempo atormentándote. De lo contrario terminarás por morir de angustia y de frío en cual­quier calle de Roma, de noche, como un adolescente que escapa de su casa.

 

Y ante el silencio de Emmanuel añadió esta rentoria:

 

-¡Y deja de comportarte como un crío!

 

Enmanuel creyó oír a su madre, de la que no conservaba recuerdo alguno, y asintió.

 

Hacia el final de la tarde y dado que Emmanuel parecía calma­do, Colombe tomó de repente la resolución de ir a confesarse a la basílica de San Pedro. Tenía por costumbre abandonarse a este tipo de impulsos. Cuanto más surgía una inspiración sin preaviso y razón, más la seducía. Al contrario de Theo y sin duda para desmarcarse de él, solo planificaba lo indispensa­ble y lo demás lo improvisaba.

 

Sin saber por qué, enfiló la Vía de Porta Angelica, ruidosa y llena de polvo, al pie de las murallas del Vaticano, para desem­bocar al cabo de unos cuantos minutos sobre la plaza de San Pe­dro, que atravesó en línea recta sin detenerse, hasta llegar al umbral de la basílica. El tiempo del trayecto le había servido para una introspección. Venía aquí porque cogía el avión de vuelta al día siguiente y porque tenía miedo de los viajes en avión. Se sentiría más segura con su conciencia limpia. Un alma tranquila es también un lujo que, si es posible, no se puede des­preciar.

 

Al penetrar en la basílica, se sintió presa, una vez más, de una mezcla de admiración y de irritación. El virtuosismo de los arquitectos y de los decoradores la dejaba boquiabierta, pero no conseguía olvidar que su arte había sido puesto al servicio de una causa ambigua, al servicio del poder temporal de los papas, la negación misma de su función espiritual. El techo estaba situado demasiado alto, para provocar una im­presión de aplastamiento, para conmover a los espíritus se­cretamente paganos. Y por otra parte, también ella seguía estando prisionera de su educación infantil. Y también por eso venía a pedir una absolución fastuosa en un decorado ba­rroco.

 

En el crucero izquierdo avistó un confesionario que especifi­caba que el confesor hablaba francés y allí se dirigió evitando reflexionar demasiado. El confesor exhibía un alzacuello, gafas doradas, una estola y unas entradas pronunciadas. Sin mirar a Colombe, se puso en disposición de escuchar:

 

-Me acuso de haber mantenido relaciones sexuales con hombre al que no amo.

 

Colombe se calló. Las gafas se agitaron ligerísimamente.

 

-¿Eso es todo?

 

Colombe balbuceó:

 

-Sí.

 

-¿Cuántas veces?

 

-Desde el pasado jueves…

 

-No está contestando a mi pregunta. Le pregunto cuántas veces cometió el acto.

 

-No recuerdo exactamente -mintió Colombe, que no se sen­tía de humor para enumerar sus orgasmos.

 

-No está casada con ese hombre, ¿verdad?

 

-No.

 

-Sabe usted que ahí reside su pecado. Aunque usted ame a hombre, eso no le da derecho a mantener relaciones con él. Solo en el matrimonio. ¿Está usted casada?

 

-No.

 

-¿Es usted viuda?

 

-No. Estoy divorciada, desde hace quince años.

 

-¿Su marido la abandonó porque usted cometía ya adulterio?

 

Colombe estuvo a punto de estallar y salir del confesionario de estampida, pero consiguió controlarse, aunque temblaba de arriba abajo como un junco al viento.

 

-No. Era a la inversa. Él me engañaba. Yo siempre le fui fiel. Le dejé cuando la situación se tornó insoportable.

 

-¿Ha pedido la nulidad de su matrimonio?

 

-Ha sido dado por nulo en mi diócesis, San Francisco, pero el tribunal de la Rota no confirmó el veredicto.

 

-En ese caso, sigue siendo usted la esposa de su marido y le debe fidelidad…

 

-Él se ha vuelto a casar.

 

-Eso no cambia nada. Si usted mantiene relaciones con otro hombre, comete adulterio. Ese es su pecado.

 

El sacerdote se calló para que Colombe pudiese reflexionar. El confesor permanecía tan inmóvil como una estatua. Solo una ligera agitación de sus gafas testimoniaba su pertenencia al mundo de los vivos. Colombe tuvo el tiempo suficiente de darse cuenta, por su acento español y su francés escolar, de que perte­necía al Opus Dei y que, por lo tanto, se había metido, sin pen­sárselo, en el confesionario equivocado.

 

-¿Siente haber cometido adulterio?

 

-No puedo sentir ser infiel a un hombre que ya no es nada para mí. Siento que he fallado contra la caridad. Siento haber aceptado mantener relaciones con un hombre más joven que yo y al qué pagué por haberse acostado conmigo. Porque abusé de él, en cierto sentido. Eso es lo que siento.

 

-La caridad no tiene nada que ver aquí. De lo que se trata es de su obediencia a una regla dictada por la Iglesia. Siente su pe­cado, aunque no por las razones por las que debería sentirlo pero, en fin, lo siente. Le daré la absolución, si tiene la firme re­solución de no volver a hacerlo más.

 

-Eso no se lo puedo asegurar.

 

Las gafas de oro temblaron de sorpresa.

 

-¿Cómo? ¡No lo sabe! ¿Por qué ha venido a confesarse, en­tonces?

 

-No puedo prescindir de mantener relaciones con un hom­bre. Intento evitarlo pero, a veces, cedo a mi deseo.

 

-No se le pide que garantice que nunca más cometerá pecado alguno. Se le pide que tome la firme resolución de evitar, a par­tir de ahora, ponerse en situación de pecado.

 

-Hoy estoy dispuesta a hacer eso, pero también sé que no me mantendré siempre así de firme.

 

Del otro lado de la rejilla del confesionario se oyó un suspiro de alivio y, a continuación, una voz más baja, diferente, como si fuera la de otro hombre:

 

-Le voy a dar la absolución. El adulterio de su marido es la cruz que Jesús le invita a llevar hasta el calvario. Si la vida en común se hace insoportable, tiene el derecho de separarse de su marido, siempre que siga guardando la castidad. Esta no es un castigo sino un estado de perfección que le imponen las cir­cunstancias, mientras que los sacerdotes y las religiosas la eligen libremente. De esta forma, aunque no fuera su vocación, pasa a serlo por una llamada especial de Dios. Una llamada que o bien se acepta o bien se rechaza. Esa es la única cuestión para un cristiano. Haga acto de contrición y, como penitencia, rece doce avemarías, meditando sobre la pureza de la Virgen María.

 

Colombe se levantó del confesionario, diciéndose que debía estar roja como un tomate, desde el cuello hasta las orejas. Como en un sueño, bajó a la cripta de la basílica y se arrodilló sobre el pavimento de mármol frente a la tumba de Pedro. Su corazón estaba dividido entre la rabia y el alivio. Tras recitar la docena de avemarías se sintió aliviada por el frescor de la cripta. Prolongó su oración un instante, se levantó y subió las escaleras de la cripta, sintiéndose increíblemente ligera. Sentía que volvía a vivir.

 

Se dirigió al hotel Raphael para cambiarse antes de la cena. También tenía ganas de tomar una ducha larga, con agua calien­te y mucho jabón. Al pasar por el corso Vittorio Emanuele, el escaparate de una tienda la tentó. Entró y se compró lencería nueva, porque esa noche quería llevar prendas íntimas absoluta­mente nuevas. Mientras llegaba al largo Febo, tomó la resolu­ción de mandar pintar su apartamento de Berkeley y de cambiar de coche.

 

Desde su habitación, llamó a Paolo, refugiado en la casa de su tía, para explicarle que no podría separarse de su hermano hasta que regresara a Estados Unidos. Paolo le propuso llevarla al aeropuerto, dado que había recuperado su taxi. Colombe consi­guió disculparse, pretextando que la acompañarían sus dos her­manos. Paolo aceptó las excusas de buen grado y prometió tele­fonearle a Estados Unidos en el momento en que consiguiese encontrar una nueva cabina telefónica trucada para llamar sin tener que pagar. Colombe supo desde este instante que, en cual­quier caso, volvería a verle. Se esforzó por impedir que se le no­tase demasiado en el tono de su voz pero no consiguió engañar ni a Paolo ni a sí misma.

 

Theo llegó con retraso al restaurante Piperno, donde Colombe y Emmanuel le esperaban desde hacía más de veinte minutos, según la hora de la cita solemnemente fijada por su hermano mayor. El hecho les había parecido tan sorprendente que ya se estaban dedicando a hacer todo tipo de especulaciones y las conjeturas más siniestras sobre la altísima frecuencia de los acci­dentes automovilísticos en Roma.

 

Theo llegó sonriendo, algo nada habitual en él. Había pasado un excelente día, les dijo brevemente para disculparse, no había parado de encontrarse con eminencias, encargadas de la Con­gregación para las Iglesias Orientales con las que habría que po­nerse de acuerdo, o de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, que entregarían los fondos para las excavacio­nes, así como con las autoridades encargadas de las difíciles re­laciones con Israel en la Secretaría de Estado. Theo había sido nombrado «jefe de proyecto» y dependía directamente del car­denal Weiss. La nunciatura de Berna entraría en contacto con el Consejo federal suizo, del que Theo dependía como funciona­rio, para conseguir su excedencia. Emmanuel aseguraría el con­tacto con él desde Roma. En definitiva, Theo había avanzado a paso de gigante, pero no estaba autorizado a decirlo todo, aña­dió con un aire misterioso.

 

Todos se callaron, consultando con aire serio el menú. Todos estaban de acuerdo con el entrante. Piperno hacía honor a una larga tradición ofreciendo carciofi alla giudea, alcachofas fritas, sin duda una supervivencia de la época en la que todo el barrio del Monte de Cenci formaba parte del gueto judío. El plato es­taba descrito así: «I carciofi sóno aparitivi, provocano sudori, purifi­cano la massa del sangue; ma svegliano indubbiamente gli ardor di Venere al non coniugati. Convengono nel temei freddi al vecchi e al temperamenti flemmatici. Piperno con quell’arte soprafna degna d’un mago, d’un prestigiatore manipola il carciofo in cucina e lo tras­forma in petalí di flore»(1). A pesar de que no hacía frío y de que ninguno de los De Fully se sentía viejo o indolente, los tres pi­dieron el mismo entrante.

 

(1) . Las alcachofas abren el apetito, provocan la transpiración y purifican la sangre; pero despiertan inevitablemente los ardores de Venus entre los que no están casados. Cuando hace frío, son muy saludables para la gente mayor y para los que poseen temperamento flemático. Piperno, con el arte refinado de un mago o de un prestidigitador, metamorfosea la alcachofa en su cocina y la transforma en pétalos de flor.

 

Cuando llegaron a la mesa, las alcachofas estaban crujientes y tiernas, la piel dorada del color del caramelo y con su perfume exaltado por la cocción. Era un alimento un tanto mágico, que siempre ponía nervioso a Emmanuel, sin duda porque el restau­rante estaba muy cerca de Santa Maria in Cosmedin, el lugar de todas sus ordalías inconfesadas, el barrio bajo de su fe religiosa. Para el segundo plato tomaron caminos distintos. Theo se dejó tentar por un plato robusto, coda di bue, una especie de osso bucco mejorado, a base de cola de buey. Emmanuel se sintió obli­gado a tomar un fritto scelto alitaliana, con la esperanza de que tal ingestión de sesos paliaría la destrucción de sus propias célu­las. Colombe, menos excéntrica, se conformó con un cordero asado. Este alimento pascual encajaba perfectamente con su ac­ceso momentáneo de piedad.

 

Terminada la comida, Theo no resistió más y soltó algunos de sus secretos. Por ejemplo, la exclusiva obtenida por un perio­dista de Il popolo a través de un monsignore de la Secretaría de Es­tado. Enmanuel se quedó en silencio, evocando la trayectoria de los jóvenes prelados que mariposeaban en las recepciones del cuerpo diplomático. Y se rieron con ganas pensando en el cléri­go arribista exilado en Kinshasa. Gracias a esta diversión, Co­lombe no sospechó ni por un instante de Paolo Pacelli.

 

Theo le comunicó a Emmanuel que ambos estarían en la rue­da de prensa del cardenal Ballestrero el jueves próximo en Turín. Theo se quedaría, pues, tres días más en Roma, para establecer las relaciones necesarias para poner en marcha su proyecto y vol­vería el sábado a Zúrich.

 

Después de que Theo hubiese verificado la cuenta y descu­briese, una vez más, un error en favor del camarero, volvieron los tres en el mismo taxi que dejó a Emmanuel en su aparta­mento y condujo a los otros dos al hotel Raphael. Después de haber cogido su llave en la recepción, Colombe sintió algún es­crúpulo. Durante una media hora, puso a Theo al corriente de la enfermedad de Emmanuel y de la terapia a la que le iba a so­meter. Theo grabó estas informaciones en su calculadora y ofre­ció una ayuda financiera para el viaje de Emmanuel a América. Ambos discutieron ampliamente, como los responsables de un adolescente dificil, mientras el pianista de servicio ejecutaba -nunca mejor dicho- la sonata 29 de Beethoven. Desde el mis­mo momento en que el pianista comenzó a tocar, Theo marcó maquinalmente la hora en su calculadora, al tiempo que seguía escuchando a Colombe. Al final, constató que la interpretación había durado un total de 56 minutos y 20 segundos, es decir, 6 minutos y 11 segundos más que la grabación realizada por Daniel Baremboim para la Deutsche Grammophon. Demasiado lento. Y como la hora fatídica de acostarse se aproximaba, se despidió de Colombe.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO X

 

El 13 de octubre en Turín, Emmanuel y Theo tuvieron mucho cuidado en sentarse en la última fila durante la rueda de prensa. Estaban allí para escuchar, para observar, para dar cuenta de lo que pasase y no para interferir en una situación ya demasiado confusa. El cardenal Ballestrero leyó con unción un texto alam­bicado y sibilino, cuya conclusión valía su peso en oro o en in­cienso:

 

-Al remitir a la ciencia la apreciación de estos resultados, la Iglesia confirma una vez más su respeto y su veneración por este venerable icono de Cristo, que sigue siendo objeto de culto para los fieles, en coherencia con la actitud siempre expresada sobre la Sábana Santa, en la que el valor de la imagen predomina so­bre el eventual valor de la pieza histórica, actitud que deja en el aire las argumentaciones gratuitas de carácter teológico, avanza­das en el marco de una investigación que solo fue proyectada como algo única y rigurosamente científico.

 

-¿Qué está intentando decir? -susurró Theo a Emmanuel.

 

-Nada de nada. Se esfuerza por no decir nada, para dejar abiertas todas las interpretaciones -replicó este en el mismo tono, mientras el cardenal, después de un pequeño descanso, re­tomaba el hilo de la lectura del comunicado de prensa.

 

-Paralelamente, los problemas sobre el origen de la imagen y de su conservación siguen siendo, en gran parte, indisolubles y exigirán investigaciones ulteriores y otros estudios, hacia los que la Iglesia manifestará la misma apertura, inspirada por el amor hacia la verdad, que ya demostró permitiendo la datación por el radiocarbono, desde el momento en que le fue presenta­do un programa de investigación razonable. El hecho de que al­gunas informaciones relativas a esta investigación científica ha­yan sido filtradas a la prensa es un motivo de disgusto personal, porque eso favoreció incluso la insinuación, que está muy lejos de ser cierta, de que la Iglesia tenía miedo de la ciencia e inten­taba ocultar sus resultados, acusación en evidente contradicción con la actitud que la Iglesia, incluso en esa circunstancia, defen­dió con firmeza.

 

El cardenal calló y cerró sus grandes párpados, después de haber cruzado sus dedos gordinflones, a la espera de las pregun­tas de los periodistas, como san Sebastián las flechas de los sol­dados romanos. Un periodista americano, sorprendido por el farragoso comunicado, planteó claramente la pregunta que bu­llía en todas las mentes:

 

-Eminencia, no entendí si quiso usted decir que la sábana es auténtica o todo lo contrario. ¿Es falsa o es auténtica?

 

El cardenal le lanzó una sonrisa, casi de agradecimiento, por­que esperaba esta pregunta y había preparado una respuesta im­pecable:

 

-La cuestión es absolutamente impertinente y no es nada ob­jetiva, dado que el lienzo santo posee su propia autenticidad en la dimensión iconográfica.

 

El periodista americano no pudo reprimir una mueca de des­concierto y de incredulidad. Sus estudios en una escuela de pe­riodismo no le habían preparado para este tipo de maniobras. Su pregunta fue retomada con mucho más tacto por un inglés, corresponsal del National Catholic Reporter, sin duda uno de los mejores expertos en la jerga eclesiástica.

 

-¿Tras un resultado de este tipo, el lienzo todavía puede ser considerado una reliquia? Para ser una reliquia de Cristo, habría tenido que envolver su cuerpo; si no, es solo una tela pintada, una obra de arte.

 

El cardenal tomó el tiempo necesario para pensar una res­puesta, se humedeció tres veces los labios y dijo:

 

-Sin entrar en cuestiones realmente complicadas, quiero se­ñalar que el concepto de reliquia es, dicho muy en general, un concepto pluralista. En lo que se refiere a la imagen, creo que se la puede llamar icono. Es una imagen, es decir, un signo revela­dor de un rostro, un rostro que tiene una significación religiosa y espiritual. Yo diría que el término apropiado es precisamente el de imagen o icono del rostro de Cristo, de la persona de Cris­to. Con este término, entramos un poco en la lógica de los ico­nos, como un hecho que concierne al culto de la Iglesia. No veo problema alguno. Para mí, el icono es el verdadero valor del lienzo; para poder decir que es una reliquia, tendría que saber con certeza algunas cosas que no sé.

 

El novato periodista americano volvió a hacer uso de la pala­bra, sin pedirla:

 

-¿Quiere usted decir que no concede resultados publicados hoy?

 

-Nadie debe hacerme decir que acepto estos resultados. No lo dije y no lo digo, porque no me corresponde a mí decirlo. Yo no soy el juez de la ciencia. No es cierto que el hecho de haber acu­dido a la ciencia no comporte ningún perjuicio para la Iglesia, pero la Iglesia permanece serena. La Iglesia ha confirmado y con­firma que el culto de la Sábana Santa continúa y que la venera­ción de este lienzo sagrado sigue siendo uno de los tesoros de nuestra Iglesia. Y esta es la razón de mi serenidad, aunque, evi­dentemente, las interpretaciones dadas en la publicación de los resultados han sido presentadas, a veces, como un consentimiento de la Iglesia que, en realidad, esta no dio, no podía ni debía dar… Sin pudor alguno, el americano interrumpió:

 

-¿Quiere usted decir que las muestras han sido extraídas sin su consentimiento?

 

El cardenal hizo como si no hubiese oído nada. Los periodis­tas, enfadados, comenzaron a cerrar sus cuadernos. No les iban a decir nada más y tampoco querían verse expuestos a la ven­ganza del responsable de prensa del Vaticano, un español del Opus Dei.

 

Theo y Emmanuel tuvieron tiempo de almorzar juntos en el Gatto Nero, un restaurante especializado en pescado, casi suizo por su rigor y por su seriedad. Estaban muy lejos de Roma y de su caldo de cultivo cultural. Al pie de los Alpes, la influencia de la Europa del Norte se hacía sentir. Despotricando contra el sabor del doketto que había pedido por degustar algo local, Theo no pudo menos que volver sobre la génesis del discurso eclesiástico.

 

-Solo los partidos comunistas son capaces de mantener un discurso así. ¿Por qué no se expresa con claridad? ¿Es que se imagina que a los periodistas se les puede engañar con frases in­terminables que quieren decir una cosa y su contraria?

 

Emmanuel suspiró internamente, porque esta consideración le retrotraía a su propio problema:

 

-Ni siquiera se dan cuenta de ello, porque esa manera de ha­blar se ha convertido en una segunda naturaleza, tanto en él como en mí. Terminamos por disociar por completo lo que de­cimos de lo que pensamos. El discurso clerical consiste en un ensamblaje de frases hechas, que hay que encadenar con sufi­ciente habilidad para que el discurso no parezca incoherente, para que satisfaga al oyente distraído o siembre la duda en el oyente lúcido. El que sea capaz de descodificar el mensaje tiene que entender que Ballestrero no ha sido sacudido en sus creen­cias en la autenticidad del lienzo por una experiencia de labora­torio, sea cual fuere su resultado. La verdad de la ciencia sigue estando para él subordinada a la verdad de la fe.

 

-Nadie pretendió jamás que el lienzo fuese un artículo de fe en el sentido de un dogma o de un artículo del Credo -inte­rrumpió Theo.

 

-Sí y no. Por efecto de proximidad, sigue siendo auténtico en principio. Así, toda palabra del Papa no es infalible, pero toda palabra procedente de un hombre reputado como infalible en ciertas circunstancias, se convierte en un poco infalible. Como es lógico, Ballestrero no es el Papa. A su edad, nunca lo será, pero pudo serlo y, además, eligió a un Papa en el último cóncla­ve. En cierto sentido, también él se siente infalible en alguna medida. En cierto sentido, tiene razón incluso cuando está equi­vocado objetivamente, porque su verdad es de un orden que no se discute y que solo es discernida por los creyentes. Por lo tan­to, no tiene por qué justificarse, como suponía ese ingenuo pe­riodista americano.

 

La conversación no pudo continuar porque Emmanuel tenía que dirigirse cuanto antes al aeropuerto de Milán para subir a un avión con destino a Estados Unidos. La cuenta del restau­rante estaba bien, lo que, en el fondo, decepcionó un poco a Theo.

 

En el tren que atravesaba la llanura del Po, anegada bajo una tormenta de otoño, Theo creyó conveniente abordar otro tema:

 

-Colombe estuvo acompañada en Roma por un gigolo, que estaba siempre en su habitación.

 

Lo dijo con el tono de la constatación desencantada del her­mano mayor resignado ante los desvaríos de la pequeña.

 

-¿Cómo lo supiste?

 

-No intenté saberlo. Mi habitación estaba en el primer piso y no tengo la costumbre de visitar a Colombe en su habitación. Pero una señora de la limpieza intentó sacarme dinero, dicién­dome que tenía revelaciones muy importantes que contar. No acepté y me negué a darle las diez mil liras que reclamaba, a pe­sar de que era por el bien de mi hermana, como ella repetía una y otra vez. Entonces, rabiosa, me escupió la información a la cara, para vengarse y para hacerme daño.

 

-La corrupción de los italianos se extiende por todas las cla­ses sociales. Es el pueblo más vicioso que conozco -suspiró Em­manuel, que no hizo ningún otro comentario sobre la informa­ción que le acababa de dar Theo.

 

Este, que esperaba alguna lamentación suya sobre la conducta de Colombe, se quedó decepcionado hasta el punto de enfadar­se y de no volver a abrir la boca hasta que se separaron en el aeropuerto. En el último momento, su entereza se resquebrajó y abrazó a su hermano susurrándole al oído:

 

-Cúrate. Rezaré por ti.

 

Y se fue, porque estaba comenzando a llorar. Por la tarde, asistió a una representación de La Traviata en el Scala sin conse­guir olvidar por un instante el rostro crispado de Emmanuel.

 

Theo llegó a su apartamento de Zúrich hacia las seis de la tarde del día siguiente. Ocupaba el último piso de un inmueble que daba a la Weinplatz, frente al Limmat. Como vivía solo, se ha­bía dedicado a acondicionar las habitaciones según unas normas bien precisas. Un gran salón servía a la vez de cuarto de estar y de despacho. Las otras estancias, más pequeñas, cumplían la función de cocina, de habitación y de servicio. Nunca había in­vitado a nadie a su casa y en su retiro solo entraba la mujer de la limpieza. Quizá por eso solo había una silla ante la mesa y un solo sillón ante la chimenea.

 

Cuando cerró la puerta de su casa, se quitó los zapatos y se puso unas zapatillas, cogió unos guantes blancos que tenía en el ropero y comenzó la inspección del polvo depositado sobre los libros, las figurillas y los cuadros. Midió la altura del oporto en la garrafa y constató con una sombría satisfacción que Trudi ha­bía cedido de nuevo a su afición por el alcohol. Además de este pecado grave, le tenía que perdonar otros muchos pecadillos que anotaba cuidadosamente en una lista. Aceptaba tan mal la necesidad práctica de autorizarla a penetrar en su santuario que gozaba descubriendo cada vez que se mostraba indigna.

 

Deshizo sus maletas, separó la ropa sucia, puso una lavadora y encendió su ordenador, que le procuraría las señales sonoras necesarias mientras estuviese en su apartamento. Casi al instan­te, el ordenador le advirtió de la necesidad de comenzar a pre­parar la cena.

 

Según las alternativas del menú perpetuo grabado en el orde­nador, Theo sacó del congelador una cajita de aluminio que contenía puchero. A las 18 horas y 25 minutos introdujo la co­mida en el horno microondas. En cinco minutos, tuvo tiempo de poner la mesa, abrir una botella de vino, lavarse las manos y

 

colocar una grabación de la cantata Elias de Mendelsohn en el lector de discos compactos.

 

Comió con calma el puchero, seguido de una pera, mientras escuchaba música, tras lo cual se autorizó una siesta meditativa, después de haber quitado la mesa y colocado los platos en el la­vavajillas. Disponía de un sábado y de un domingo para prepa­rar el trabajo que le esperaba a partir del lunes.

 

Se sentía con la misma disposición de espíritu que Cristóbal Colón cuando abandonó el puerto de Palos el día 3 de agosto de 1492. Se embarcaba sobre un océano del que lo desconocía casi todo, en busca de no se sabe qué tesoro escondido. Era la tercera vez que se embarcaba en aventuras de este tipo. La pri­mera fue durante la invención del reloj de cesio; la segunda, en la puesta a punto de la dendrocronología y la tercera, con el descubrimiento de la datación por espectroscopia de masa. En las tres ocasiones, como Colón, había llegado a un lugar impre­visto y, como el ilustre navegador, se había sentido conducido por el espíritu, que sopla donde, cuando y como quiere.

 

La navegación se anunciaba apasionante. Una navegación que comenzó precisamente a las 19 horas con una señal del or­denador, que comenzó a hacer sonar el tema de Variations Gold­berg. Theo repasó su correo. Encontró las peticiones de libros que había hecho desde Roma por teléfono. Y se sumergió sin más tardanza en la lectura de una obra básica sobre el Santo Se­pulcro. Poco antes de las 20 horas había recorrido ya un cente­nar de páginas de la obra y comenzó a imaginar lo que podrían ser las excavaciones.

 

Inmediatamente se dio cuenta de que se disponía a buscar una tumba en un lugar en el que jamás se habían encontrado huellas de enterramientos. Una tumba que quizá no existiese.

 

En efecto, nadie discutía el emplazamiento del Gólgota, si­tuado entre la segunda y la tercera muralla de la antigua Jerusa­lén. Y eso que, precisamente por la significación que encierra el lugar, había sido víctima de todos los ultrajes. Tras la segunda insurrección judía del 131 al 134, el emperador Adriano decidió rebautizar la ciudad de Jerusalén, fuente de conflictos políticos y religiosos inexplicables, y darle un nombre romano, Aelia Capi­tolina, al estilo clásico de un campamento militar. Para alcanzar este objetivo represor, hizo colocar el foro precisamente en el lugar del Gólgota, un cementerio judío que era conveniente ha­cer desaparecer. El lugar fue, pues, arrasado, el montículo desa­pareció y, en su lugar, surgió una explanada. Tanto es así que, a partir del siglo III, los peregrinos cristianos ya no mencionan la tumba de Jesús que, sin embargo, debía estar enterrado debajo del fórum.

 

En el año 330, Constantino mandó destruir el fórum y lim­piar los alrededores del Gólgota. Entonces descubrió el cemen­terio judío del siglo I y eligió una tumba, entre las muchas que había, para rodearla de una basílica. Allí residía la única espe­ranza de éxito para Theo. Existían razones de peso para pensar que la cripta elegida no era la buena. ¿Era posible, en aquella época, encontrar la auténtica tumba de Jesús en medio de un ce­menterio que permaneció enterrado durante siglos? De acuerdo con la mentalidad de la época, lo más seguro es que hubiesen procedido a alguna ordalía, análoga a aquella a través de la cual Helena, la madre de Constantino, había encontrado la verdade­ra cruz. En efecto, había varias cruces abandonadas en este lugar tradicional de suplicios. Según cuenta la leyenda de la época, para comprobar cuál había sido la cruz de Cristo, colocaron un muerto en cada una de ellas, sucesivamente. Y el muerto resuci­tó al contacto con aquella que, evidentemente, tenía que ser la cruz de Jesús. Pues bien, la «auténtica» tumba de Cristo había sido encontrada con un pase de magia análogo.

 

En el año 614, los persas consiguieron conquistar Jerusalén, que estaba en manos de los bizantinos y, como es lógico, que­maron la basílica de Constantino, símbolo de la presencia de los cristianos en Jerusalén. Y eso no fue nada si lo comparamos con el tratamiento definitivo que le esperaba a manos del califa Ha­kim, en el año 1008. Los musulmanes no solo arrasaron la basí­lica, sino también la tumba excavada en la roca, es decir, la su­puesta tumba de Jesús. El 15 de julio de 1099, cuando los cruza­dos entraron en Jerusalén, la basílica del Santo Sepulcro solo era un campo en ruinas en medio del cual se levantaba una pe­queña tumba de ladrillos, erigida por la piedad de la comunidad cristiana que había conseguido subsistir en la Ciudad Santa. So­bre ella, los cruzados construyeron una iglesia romana, inaugu­rada un siglo y medio después de la conquista de Jerusalén. Las gruesas paredes de la iglesia romana sobrevivieron a ocho siglos de terremotos y de incendios pero, en el año 1808, se le dio el golpe de gracia a cualquier intento de encontrar la tumba de Je­sús. En efecto, en esa fecha fueron arrasados incluso los cimien­tos de la basílica romana y reemplazada por un feísimo templo de estilo morisco, dentro del cual latinos, griegos, armenios, coptos, sirios y abisinios se disputan todavía hoy la posesión del menor centímetro cuadrado. El generoso donante del edículo no fue otro que el valiente general francés Mac-Mahon.

 

En resumidas cuentas, si la iglesia del Santo Sepulcro había sido realmente construida en torno a la tumba que buscaba, Theo estaba condenado al fracaso. En cambio, las tumbas per­manecerían intactas si los arquitectos de Constantino se hu­biesen equivocado y si Theo conseguía excavar el conjunto del barrio, encontrar las tumbas intactas y acceder a ellas. Ahora bien, el edificio basilical estaba situado en plena ciudad, con todos sus alrededores construidos. Y es que el lugar estaba cargado de tal significación simbólica, para todas las religiones y para todas las confesiones que se disputaban Jerusalén, que la simple pro­puesta de realizar excavaciones en él levantaría pasiones sin cuen­to. Habría que conseguir llevar a cabo unas excavaciones que contentasen al Estado de Israel, a los palestinos, al Vaticano y a los fundamentalistas de toda obediencia. Y, sin duda, el primer y máximo pecado que ninguno de ellos le perdonaría sería que die­se publicidad a las excavaciones. Y Theo no lo iba a cometer.

 

El mejor pretexto sería sin duda la consolidación de los ci­mientos de la iglesia. Habría que asegurar la complicidad y la discreción de los arquitectos y de los ingenieros encargados del edificio. Habría que mover cielo y tierra, siendo muy discretos y adoptando el aspecto neutro del técnico. Y eso era algo que le encantaba a Theo. Le interrumpió en su trabajo la señal progra­mada de las diez. Le quedaban tres cosas por hacer antes de acostarse, para cada una de las cuales contaba con diez minutos: el aseo personal, la meditación y la oración.

 

La meditación de Theo tomó un derrotero imprevisto. Se había fijado, como tema de reflexión, el descubrimiento de sus móviles en el momento de lanzarse a esta nueva empresa. Por experiencia sabía que todo investigador va ante todo a la bús­queda de sí mismo, cualquiera que sea la disciplina científica utilizada como vehículo de su designio. Le convenía, pues, des­cubrir sus motivaciones más ocultas, confesándoselas a sí mis­mo. El asunto no era nada fácil. No es posible ocuparse del misterio de la Pascua con una motivación equívoca. ¿Podía hur­gar en lo más hondo de su alma?

 

En una primera aproximación, descubrió sin dificultad y se confesó sin pena motivos evidentes: la curiosidad científica, el atractivo de la gloria, la voluntad de proclamar su fe y, sobre todo, el deseo de fundamentar su creencia en la resurrección. Llegado a este punto, admitió que una de sus motivaciones pro­fundas era su deseo secreto de negar su muerte no solo en teo­ría, a través de una metáfora religiosa, sino también en la prácti­ca a través de una verificación experimental. Nadie había vuelto del más allá, pero Theo quizá pudiese demostrar que el más allá existía y era una realidad. Le vinieron a la memoria los chismes de los contemporáneos de Dante, que habían terminado por creer realmente que el poeta había visitado el cielo, el purgato­rio y el infierno.

 

¿Por qué no conseguía aceptar el fenómeno de su muerte sin buscar escapatorias y justificaciones? ¿No moría la gente senci­lla sin remilgos y sin dar vueltas a la cabeza e, incluso, con la certeza aparente de su supervivencia? Al atardecer de una vida plena, hecha de trabajos y de amores, de comidas y de paseos dominicales en familia, se iban como habían venido, pidiendo disculpas por molestar a tanta gente en sus funerales y sintiendo profundamente los pequeños gastos ocasionados por el entierro, el ataúd y los canapés. No intentaron comprender la vida, con sus contradicciones y sus incoherencias. Habían sido unos des­graciados y habían muerto sin hacerse las víctimas, como algo normal y natural.

 

En cambio, Theo se había lanzado al proyecto de alto riesgo que consiste en superar a todos los demás. Nunca había confe­sado a nadie el lema orgulloso de su adolescencia: «No hay na­die como yo». Solo una vez lo había escrito en un cuaderno y, al instante, arrancó la hoja y la partió en pedacitos, con la cara roja de vergüenza. Era la víspera de un ejercicio de matemáticas, una tarde de junio, en el colegio Saint-Maurice. Iba a cumplir los catorce años. El sol del atardecer iluminaba el patio de recreo e inundaba con su luz la sala de estudio. El joven sacerdote, colo­cado en lo alto de un estrado, vigilando a unos cincuenta estu­diantes internos, se había quedado intrigado por la dudosa ma­niobra efectuada por Theo. Se acercó, confiscó los trozos de papel y se enfrascó en la ardua tarea de reconstruir el rompeca­bezas, sospechando que se trataba de un notita de amor entre dos amiguitos. Pero no descubrió nada de nada, porque Theo se había tragado los fragmentos comprometedores. Al día siguien­te, hizo un examen de sobresaliente. Y desde entonces siempre, consiguió la misma nota, primero en matemáticas y en ciencias naturales y, después, por contagio, en latín, griego, francés, alemán e historia.

 

Cuanto más se acercaba Theo a la perfección, más inquietud sembraba entre los sacerdotes del colegio internado. En primer lugar sobre su salud, después sobre su equilibrio psíquico y, por último, sobre su salvación eterna. En este último apartado, tuvo que someterse a las investigaciones minuciosas de su director espiritual, que le interrogaba con detenimiento sobre sus costumbres. La pureza ejemplar de Theo le dejaba lleno de estupefacción y de envidia. Hasta que un día Theo le confió, bajo secreto de confesión, el método que utilizaba para mantenerse absolutamente puro y casto. Los pensamientos impuros eran descartados a través de una práctica mental: la extracción de la raíz cuadrada de números de seis cifras. Toda la operación la realizaba de memoria. El confesor intentó convencer a su peni­tente en vano de que con la oración alcanzaría el mismo resulta­do y, además, a través de una vía más ortodoxa. Pero Theo se mantuvo inflexible: «Cuando calculo me identifico totalmente con un logaritmo. Y un logaritmo no puede pecar».

 

Theo abandonó el colegio a los dieciocho años, con los bra­zos cargados de libros bien encuadernados. Después de haberle entregado en el estrado del salón de actos todos sus premios y sus condecoraciones, el rector se empeñó en mantener una con­versación cara a cara con él, para ponerle en guardia contra el orgullo. Entonces se dio cuenta de que Theo permanecía escép­tico a sus advertencias. Le hizo hablar, le escuchó con atención y terminó por convencerse de que estaba ante un fenómeno de la naturaleza. Era difícil descubrir un asomo de vanidad en un espíritu tan ordenado, exigente, disciplinado, riguroso e intros­pectivo. A lo sumo, el rector interpretó el interés condescen­diente de Theo por sus condiscípulos como una especie de falta de caridad. «Les amo como a mí mismo», respondió Theo. El rector suspiró involuntariamente y recomendó a Theo que in­tentase amarse a sí mismo tal y como era, a pesar de su perfec­ción. «Es un consejo juicioso -admitió Theo-, pero contradice el que nos recomienda ser perfectos como nuestro Padre celes­tial.»

 

Abrió su cartera y exhibió ante el rector un recordatorio de su confirmación, que había celebrado hacía cinco años. En ella figuraba el siguiente pensamiento piadoso: «Morir sin pecado exige vivir sin placer». El rector estuvo a punto de suspirar de nuevo y le sugirió a Theo que esta divisa encajaba mejor en la filosofia de un estoico que en la de un cristiano. Theo respondió que nadie le había mostrado el criterio para ver la diferencia en­tre ambos. Entonces, el rector suspiró abiertamente y murmu­ró, con dulzura, que el objetivo de la educación no se conseguía si los alumnos seguían al pie de la letra los consejos que les eran dados. Theo estuvo a punto de responderle, pero se mordió los labios.

 

Se instaló en Fully para pasar el verano y devoró los cursos de la primera propedéutica en física de la Escuela Politécnica de Zúrich, olvidándose de Emmanuel y de Colombe, con los que únicamente se dignaba jugar largas partidas de ajedrez. Después de haberse acercado una sola vez al tablero y ser derrotado por su hermana, Theo decretó que los juegos, de cualquier tipo, agotan el espíritu sin reportar beneficio intelectual alguno y juró, en la mesa familiar, no volver a jugar jamás. Y mantuvo su promesa, tanto en este tema como en todos los demás. Su padre comenzó a inquietarse por él tanto como los curas de Saint­Maurice, sobre todo cuando vio a Theo comiendo con la mano izquierda para dejar libre la derecha y así poder continuar ha­ciendo cálculos matemáticos durante la comida. Sin embargo, en cada ocasión se disculpaba pidiendo, con una cortesía exaspe­rante, permiso para «comer con la izquierda». En la familia, su petición se convirtió pronto en un proverbio.

 

En Zúrich, Theo se emborrachaba de trabajo, como otros se emborrachan de cerveza. Más de una vez bajó de la colina, don­de recibía sus clases, por los senderos que van desde la Künst­lergasse hasta la orilla del Limmat, tan ensimismado que casi parecía un zombi inconsciente. Seguía las últimas lecciones de Wolfgang Pauli como si fuesen auténticas misas pontificales. El mundo tenía sentido, no solo a través de la clave trascendente de la revelación religiosa, sino también a través de la clave de la inmanencia real y concreta. Theo leía sin parar en la Biblia y en la naturaleza, como esos eruditos que consultan los palimpsestos` antiquísimos para reconstruir la autenticidad de un manuscrito perdido. El rostro de Dios que se transparentaba en la naturaleza no dejaba de sorprender a Theo, porque en ella descubría un Dios complejo sin complicación, austero sin severidad, sutil sin malignidad y pródigo sin disipación. Y bajaba el Hirschengraben sumido en el mismo trance que Moisés descendiendo del Sinaí. Al llegar abajo, a la orilla del Limmat, se detenía en un tea-room para degustar un helado porque las golosinas ator­mentaban, a veces, su espíritu.

 

La tarde en la que había terminado el último examen de su carrera se autorizó una pequeña excepción al régimen y, mien­tras saboreaba un sorbete de grosella, se fijó en una estudiante que revisaba afanosamente sus apuntes. El logaritmo de su vida implicaba en este instante una opción matrimonial, dado que ya tenía en su bolsillo un contrato de profesor asistente que le po­día permitir atender las necesidades de una familia. Se persua­dió de que un esfuerzo de voluntad le haría enamorarse, se con­centró en ello pidiendo un espresso, se convenció de haber suscitado en sí mismo ese sentimiento necesario y abordó a la joven con el pretexto natural de pasarle algunas de las preguntas del examen. La acompañó hasta la puerta, de su clase y, después, la invitó a cenar en un restaurante italiano. A las diez de la no­che, le planteó una petición formal de matrimonio. Una peti­ción cortés pero razonablemente apasionada ante los restos de una zuppa inglese. La joven, que se llamaba Clara, le miró con unos ojos grandes como platos, sin decir ni sí ni no.

 

Animado por este acceso de estupefacción por parte de la chi­ca, Theo se creyó realmente prometido. Volvió a Fully y anun­ció la noticia a su familia, que se quedó de una pieza. E inme­diatamente se puso manos a la obra para iniciar el expediente de su proyecto matrimonial: estudio del derecho matrimonial, in­formarse sobre diversas compañías de seguros, visita médica y retiro espiritual en Saint-Maurice. Al consultar la biblioteca de la abadía sobre el delicado tema de las relaciones entre los espo­sos, descubrió ciertas contradicciones entre los casuistas del si­glo XIX y los moralistas contemporáneos. Los primeros alimen­taban una firme prevención frente a todo placer de los sentidos, incluso entre los esposos. El placer sexual les parecía a lo sumo excusable por la necesidad que tenía de él el género humano para reproducirse. Los segundos cantaban las alabanzas del éx­tasis amoroso, con tal de que sus actores fuesen esposos legíti­mos y que no contraviniese la procreación. Solo una cosa conti­nuaba invariable a lo largo de cinco siglos de meditación teoló­gica sobre el matrimonio: dado que no era concebible procrear sin placer, no era legítimo gozar sin procrear.

 

Sin embargo, en esta moral sin fisuras, había una ambigüedad no suficientemente clara: la de las relaciones entre los prometi­dos. Desde mediados del siglo XX, a estos les estaba permitido «testimoniarse mutuamente su ternura» sin sentir un «placer completo». Esta prescripción había sumido a Theo en un preci­picio de perplejidad. Le parecía imposible no terminar abrazan­do a Clara, porque el abrazo era un tópico cinematográfico del que hubiese sido presuntuoso tratar de escapar. Tampoco podía efectuar este gesto como una formalidad sin correr el riesgo de sentir en él un cierto placer. E incluso suponiendo que perma­neciese impasible, la costumbre exigía que simulase cierta vo­luptuosidad.

 

Consultó este dilema con su padre espiritual. Más en concre­to, le consultó un calendario de efusiones sentimentales en pro­gresión sistemática que había confeccionado: besos de treinta segundos, el primer beso tras tres meses de encuentros, un beso al mes durante seis meses y, después, un beso por semana hasta el matrimonio, consumación de este tres días después de la ce­remonia, tal y como había hecho Tobías.

 

Su padre espiritual comenzó por enfadarse, pensando que Theo se burlaba de él. Tuvo que pasar un largo rato para darse cuenta de que su penitente no bromeaba en absoluto. Entonces se esforzó en minimizar el alcance de la literatura moral, con la que Theo se había intoxicado. «Se trata de opiniones teológicas, respetables, pero no infalibles; a usted le mueven intenciones rec­tas pero corre el riesgo de herir a Clara; hay que tener en cuenta la sociedad en la que vivimos.» Theo, inflexible, mantuvo la discusión durante cuatro horas consecutivas, citando, con todo conocimiento de causa, a Tomás de Aquino, Agustín, Alfonso María de Ligorio, Tomás Sánchez o Blaise Pascal. Falto de re­cursos, el director espiritual terminó por definir los discursos de los teólogos como la descripción de un ideal. Un ideal situado, por definición, fuera del alcance del pecador medio. «¡Precisa­mente -replicó Theo-, quiero vivir fuera del alcance del pe­cado!»

 

-Ese es el mayor de los pecados, el pecado de orgullo, el pe­cado de no aceptar la propia condición de pecador -le replicó directamente su padre espiritual.

 

Esta paradoja sedujo a Theo, familiarizado con el concepto lógico según el cual ciertas proposiciones matemáticas son ver­daderas sin que sea posible demostrarlas. Lo mismo sucedía en este caso. Es decir, el hombre, infectado por la caída original, no conseguía evitar una vida pecaminosa porque también era pecado no pecar. Sumido en un esfuerzo sobrehumano para ele­varse por encima de su naturaleza pecadora, Theo cometía el mal intentando escapar de él.

 

Lleno de sentimientos de humildad, revisó su calendario de besos al alza, previendo un primer beso el 15 de septiembre: tras seis semanas, en vez de retrasarlo hasta los tres meses. Telefo­neó a Lugano para invitar a Clara ese domingo de septiembre a Fully y para comunicarle la lista de datos que había preparado para sus ulteriores efusiones. Al cabo de dos minutos de conver­sación telefónica, Theo, sorprendido, escuchó, al otro lado del hilo telefónico, primero sollozos y, después, una especie de grito de bestia herida y el sonido del teléfono al colgarse.

 

Ni siquiera se dio cuenta de que ese grito equivalía a una de­claración de ruptura. Sus cartas le fueron devueltas sin abrir y, en Lugano, Clara cambió su número de teléfono. Theo seguía sin entender nada de nada. Achacó a Correos la falta de comu­nicación. Más tarde, entendió, con pena, que la ruptura del compromiso la había decidido la otra parte. Y lo único que se le ocurrió fue tachar a Clara de loca. ¿Cómo una joven en su sano juicio había podido rechazar a un ser excepcional como él?

 

Como este procedimiento le parecía demasiado chusco e irra­cional, intentó convencerse de que tampoco él estaba enamora­do. Conocía a un colega químico, que trabajaba en el campo de las secreciones glandulares. Según la teoría propuesta por su co­lega, en su tesis doctoral, la relación amorosa se caracterizaba por pasar tres etapas. En la primera, la de la atracción, el cuerpo segregaba peniletilamina; en la segunda, la de la unión, había producción de endorfinas, las sustancias que creaban esa deli­ciosa sensación de euforia que algunos buscan en la morfina; por último, en la fase de la intimidad, la hipófisis segrega oxitocina. Una vez sometido a los análisis de su colega, Theo supo que ninguna de estas sustancias había alcanzado un nivel signifi­cativo en su sangre. Dispuso así de la prueba de que jamás había estado enamorado y se felicitó por su discernimiento, basado en los últimos avances de la química.

 

Un cuarto de siglo después, cuando reflexionaba sobre esta etapa de su vida, no conseguía entender por qué entonces no había entendido nada de nada en todo el tema. ¿Cómo era posi­ble que, a sus veintitrés años, permaneciese en ese estado de in­sensibilidad, de inmadurez y de incomprensión hacia los demás? No había sido él, Theo, el pedante, el que había cometido esta tontería, sino una especie de monstruo pretencioso, que espera­ba haber matado al madurar. Y entonces, repitió la sentencia de Sainte-Beuve: «Uno no madura, sino que se pudre en unos si­tios y se encallece en otros».

 

Una vez que perdió a Clara, Theo se lanzó a una tesis de doc­torado que le ocupó cuatro años en Zúrich, antes de partir, con una beca, a Berkeley, donde Colombe preparaba una licenciatu­ra en psiquiatría. Alquilaron un apartamento entre los dos y Theo se encontró con una multitud de amigos y amigas que Colombe atraía a su guarida. Una tarde se puso a conversar con una seductora judía de Boston, llamada Judith. Y, de hilo en aguja, Theo se encontró en sus brazos, tras lo cual se sintió obligado a acompañarla a su casa porque las calles de Berkeley no son muy seguras por la noche. Se dejó tentar por un último vaso. Las efusiones afectivas recomenzaron con más ardor y, an­tes de que se diese realmente cuenta de qué le estaba pasando, Theo perdió su virginidad.

 

Lanzó entonces un grito de bestia herida que sorprendió pro­fundamente a la muchacha de Boston. Se vistió a toda prisa, mientras profería todo un torrente de insultos pintorescos hacia sí mismo y hacia ella y se marchó sin decir ni adiós. Se sentó a la entrada de la primera iglesia que encontró, esperando que abriese sus puertas, a las seis de la mañana, para poder confesar­se. Al menos, si le sorprendía una muerte súbita esta madruga­da, habría demostrado su contrición. Mientras esperaba que amaneciese, pasó el tiempo meditando en la dureza de corazón de la profetisa Judith, tal cual es evocada en la Biblia. ¿Cómo es posible que esta Judith moderna hubiese tenido la audacia de poner en peligro su alma inmortal a cambio de un placer instan­táneo e irrisorio?

 

Theo se esforzó por ser objetivo a la hora de evaluar el placer que acababa de sentir por vez primera. Y para compararlo utili­zó el criterio de las grandes cosechas del Bordelais. Al final, ter­minó situando el orgasmo muy por debajo de una buenísima co­secha, como la del cháteau haut-brion, sin duda por encima de la cosecha del bourgeois y quizás al mismo nivel que un cháteau la lagune. De todas formas, la consumición de un buen saint-émi­lion solo costaba treinta dólares y con ella no se corría ningún riesgo espiritual. La cuestión estaba, pues, zanjada. Había re­nunciado a sus derechos por un plato de lentejas y había sido engañado arteramente por una judía.

 

A las seis de la mañana, nada más abrir la puerta de la iglesia, Theo se abalanzó hacia el primer confesor que entró y se alivió de su pecado. Se sintió un tanto vejado por la flema del confe­sor, que tenía un profundo acento irlandés y que solo le prescri­bió la modesta penitencia de diez avemarías. Theo, decepciona­do, se infligió una novena completa de rosarios. Le parecía que acababa de vivir algo más que una simple peripecia y que la pe­nitencia debía situarse al nivel de la falta cósmica que acababa de cometer.

 

Hoy, reflexionando de nuevo sobre ello, discernía, sin duda por vez primera, que lo que más había sido herida era su vanidad y no tanto su pureza. Así, tras estas dos experiencias, en las que, en aquella época,, había sentido su aspecto ridículo y, hoy, su lado odioso, se encerró para siempre como una ostra en su con­cha. Colocó su vida afectiva en el rango de las actividades insig­nificantes en la acepción fuerte del término, es decir, en el rango de las cosas incapaces de dar sentido a su existencia. Mezclando su afectividad con la de una persona de otro sexo, solo consegui­ría embrollarla más de lo que ya estaba. Existían otros métodos para dar un sentido aceptable a la vida. Un buen físico limita su modelo a unos determinados parámetros. El amor loco destruía el equilibrio de un cerebro que buscaba la organización; el amor conyugal parecía demasiado dificil de medir y de controlar como para que pudiese ser incluido en su modelo vital.

 

Theo observaba con distanciamiento e, incluso, con cierta alegría, las dificultades de los jóvenes investigadores de su gene­ración que intentaban conciliar las cargas de una familia con la dedicación total que supone la investigación competitiva. El, en cambio, no perdía el tiempo preparando biberones, cambiando pañales o levantándose de noche para calmar a un bebé que llo­ra. Él llegaba fresco y preparado, tras una noche completa, sin preocupaciones de dinero, sin tener que fatigar su psiquismo con el esfuerzo desmesurado de gustar a una mujer. A veces se imaginaba incluso que el semen que no derramaba en un vaso impuro subía directamente a su cerebro y lo fecundaba.

 

Theo se aprovechó de la ventaja que tenía respecto a sus compañeros. Sentó las bases de su formación en un trabajo de­senfrenado y en una higiene de vida ejemplar: régimen alimen­tario calculado con precisión, consumo moderado de vino y de café, sueño regular, ejercicios físicos mesurados, abstención to­tal de tabaco, droga y sexo, alejamiento de toda manifestación mundana, selección de un círculo de amigos restringido y es­trictamente masculino, lecturas escogidas, espectáculos elitistas. Ninguna mujer habría soportado esta ascesis. El ideal de Theo se resumía en un convento a domicilio, sin otro superior que él mismo.

 

Molesto, en cualquier caso, por su singularidad, alertado por la lectura de buenas obras de psicología, terminó por pedir una cita con un psiquiatra de estricta obediencia jungiana, como era preceptivo en Zúrich. Al cabo de dos meses de conversaciones, pensó que ya había pagado lo suficiente y le pidió un diagnósti­co. El médico del alma le dijo que, a su juicio, había sido vícti­ma de una especie de castración especial, mucho menos vulgar que las castraciones quirúrgicas o químicas. Una castración tal vez resultado de la educación recibida en Saint-Maurice o de su entrenamiento en la investigación científica. En definitiva, Theo era o bien un castrado religioso o un eunuco matemático.

 

Su vida estaba tejida de egoísmo. ¡Y qué! Todos los hombres pensaban en sí mismos y simulaban pensar en los demás. Excep­to los santos. Pero Theo no conocía ni un solo santo. Siempre había intentado escalar la ciudadela interior de las virtudes más evidentes de los demás para penetrar en el sepulcro blanqueado que solían esconder. ¿Cuál era su sepulcro? ¿Cuál era el sepul­cro blanqueado de este Theo, que estaba sentado en su único sillón, en la ciudad más rica del mundo?

 

Para cada actitud egoísta encontraba una justificación. La fa­milia, la patria, la ciencia, la fortuna, el poder. Nada de todo eso le interesaba realmente. Vivía sumido en una idea obstinada: medir el tiempo, admitiendo que se trataba de un parámetro en­tre otros de un universo perecedero. En relación con la eterni­dad, el tiempo presente era algo despreciable. Podía, pues, in­tercambiarse por su propia ausencia. Con una moneda que se devaluaba irresistiblemente, era posible comprar un tesoro in­corruptible. La vida no valía para ser vivida frente a la vida eter­na. Era mejor no vivir que dejarse atrapar por las trampas de la existencia. ¡Que pase este mundo! Y lo más pronto posible.

 

Tenía y había tenido miedo de vivir. Su padre espiritual de Saint-Maurice se lo había repetido hasta la saciedad, pero ese era el tipo de mensaje al que Theo no prestaba atención alguna entonces, porque se sentía predestinado a una vida eterna. La verdad, su verdad, que resumía en el momento de emprender sus últimos años de vida creativa, estaba allí, en el rechazo total, obstinado e intransigente de la vida ordinaria.

 

¿De qué sirve ganar todo el mundo si se pierde el alma? Ese había sido su lema vital. Había confinado su alma en un banco trascendente y la había encerrado en un joyero espiritual. No se había arriesgado a correr el riesgo del mal y no había vivido.

 

Tenía que justificar esta ausencia del mundo con una prueba de la existencia de otro mundo. Todo era así de sencillo. Había vuelto al punto de partida de su meditación, el miedo a morir, pero ahora percibía la muerte con una claridad resplandeciente. Dejaba de presentarse como un tópico de meditación para con­vertirse en una realidad opresora. Un día Theo moriría, como todos los demás seres humanos, pero él no soportaba esta idea, sobre todo porque pretendía parapetarse contra este miedo tras una fe inalterable. Pedía cuentas a Dios, pruebas palpables a la medida de su renuncia, tanto más cuanto que él era el único que podía obtenerlas, comprenderlas y juzgarlas gracias a su sacrifi­cio. Sí, andaba a la búsqueda de una prueba de la Pascua, aun­que pretendiese lo contrario. Quería forzar al Señor a hablar claramente. El objetivo último del gran juego no consistía en excavar una tumba, sino en penetrar en lo más profundo de sí mismo, en el interior de su sepulcro blanqueado.

 

Los primeros compases de Variation Goldberg le sacaron de su meditación y le indicaron que era hora de comenzar la última fase de la jornada, antes de dormirse. Se arrodilló en el reclina­torio que había en su habitación y se esforzó por rezar durante los diez minutos programados para su ejercicio espiritual, como cada noche. Al igual que cada mañana, tenía previstos otros diez minutos de gimnasia. Al alba, Theo cuidaba su cuerpo; al ano­checer, su alma.

 

A las siete en punto fue despertado por una sonata de Scarlat­ti. Las sonatas cambiaban cada día. Gracias al compacto graba­do por Scott Ross, Theo disponía, desde hacía dos años, de un despertar siempre diferente. Había dormido bien. Se sentía fresco y bien dispuesto. Le salió de dentro una oración espontá­nea. Dios le sonreía. No parecía que estuviese enfadado con él. Dios juzgaba a Theo menos severamente que Theo se juzgaba a sí mismo. Dios miraba a Theo como una madre mira al hijo que ha cometido una enorme tontería, a pesar de esforzarse por ha­cerlo lo mejor posible.

 

Theo asistió a la misa de las ocho en la iglesia pseudobizantina situada en la Leonhardstrasse. Intentó confesarse en la cripta, pero el sacerdote no entendió nada de sus explicaciones abstrac­tas y le despidió con cierto malestar. Theo volvió a subir a la nave central profundamente contrariado. Los cronistas contaban que los cruzados se confesaron y comulgaron antes de partir al asalto de las murallas de Jerusalén. Theo podía imaginar las sencillas confesiones de los soldados francos: asesinatos, rapiñas, violacio­nes y blasfemias. La culpabilidad en bruto, perceptible por parte del sacerdote más novato. Nada de introspección. Jesús había ocupado para ellos el mismo lugar que Wotan o Júpiter para sus antepasados, un dios tan incontestable como el sol que se levanta por oriente todas las mañanas. En aquella época, el trabajo del confesor consistía en reconciliar el alma con el cuerpo, un trabajo al alcance de cualquier picapedrero espiritual. Hoy, en cambio, Theo no tenía necesidad de reconciliarse con su cuerpo. En su caso, el confesor tenía que adaptar un pedazo de alma a una frac­ción del espíritu. Un trabajo de relojero intelectual que no estaba al alcance de cualquier cura, por muy suizo que fuese.

 

Antes de mediodía, Theo todavía tuvo tiempo de hojear tres obras sobre los procedimientos modernos de las excavaciones. En el sitio que él tenía que explorar la mejor técnica sería sin duda la de la ecografia. Colocando una fuente de vibración en un punto y registrando la propagación de ondas por diferentes lugares, era posible distinguir los accidentes subterráneos como las fallas, los pliegues o las bolsas de petróleo o de agua. Un investigador inglés continuaba buscando nuevas cuevas en los alrededores de Qumran, utilizando un enorme camión como fuente de vibraciones. Theo tomó nota de la referencia y se prometió contactar con él el lunes siguiente.

 

Con este método, Theo podría descubrir las cavidades de las tumbas, situadas a dos o tres metros bajo la superficie del suelo, incluso en medio de la ciudad. La tumba de Jesús estaba bastan­te fielmente descrita por los Evangelios. Incluía una antecáma­ra. Juan cuenta que, para distinguir el interior de la tumba, tuvo que agacharse. La entrada de la tumba propiamente dicha era baja, quizás algo menos de un metro y estaba cerrada por una piedra corredera. En el interior de la tumba había una banqueta situada bajo una bóveda en semicírculo, llamada en la jerga de los arqueólogos arcosolium. Fue en esta banqueta donde Pedro y Juan descubrieron el lienzo y los vendajes que habían envuelto el cuerpo de Jesús. Si esta banqueta aún existía, si subsistían fragmentos de estos vendajes, Theo podría medir su contenido en carbono 14.

 

La más mínima posibilidad de conseguir este resultado era suficiente para que Theo lo intentase. Hacía veinte siglos, Jesús había dado un signo visible de la Pascua. ¿Por qué se iba a negar a hacerlo hoy, cuando los escépticos eran mucho más numero­sos y más seguros de su escepticismo? ¿Por qué convencer a los de aquel tiempo y no a los de este? ¿Por qué esta encarnación en un pasado difuso, sin historiadores serios, sin periodistas ni cámaras? ¿Cuál había sido el objetivo de Cristo: establecer la duda o la fe?

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 7

 

-No hay otro sitio mejor para escapar -le dijo Colombe a Em­manuel-. Entre Valais y California hay un océano y un conti­nente. No existe un lugar mejor para esconderse que California. Aquí todas las reglas que hemos aprendido parecen irrisorias. En nuestro país, el mal es mal y el bien es bien. No existen catego­rías intermedias. Todo lo que no está prohibido es obligatorio y todo lo que no es obligatorio está prohibido. Aquí terminas por darte cuenta de que estas reglas elementales han sido prescritas por la tierra, por el clima y por la historia de Europa. Aquí la tierra es a la vez fértil y libre. No hay estaciones. La misma at­mósfera parece climatizada. La historia está por escribir. Aquí se puede alimentar la ilusión de que no repetiremos los errores del Viejo Mundo. Esta es una tierra menos avara y con un clima más dulce, donde sin duda se puede vivir feliz. A veces les digo a los californianos que están muertos, que ya están todos en el pa­raíso sin saberlo. Pero nada es más dificil de asimilar que la evi­dencia de la felicidad. Al no encontrar razones a sus desgracias fuera, el hombre tiende a buscarlas en sí mismo. Y en el fondo no encuentra más que una: la insoportable conciencia de su pro­pia muerte. En un clima dulce, en una sociedad rica, la muerte es una losa que pende sobre los días y las horas. Aquí, más que en ninguna otra parte, hace falta creer en la resurrección.

 

Colombe se calló y se puso a mirar, cien metros más abajo, al Pacífico que enviaba sus olas a morir en la playa. Enmanuel sentía la potencia de esas olas, que se habían creado en la mayor superficie de agua del planeta. Esas olas que hacían soñar a to­das las generaciones. Esas olas que venían de ninguna parte a morir, una tras otra, en la playa del tiempo que pasa.

 

Colombe y Emmanuel se encontraban al pie de un acanti­lado, al norte de San Francisco. No había mucha gente. Solo enormes gaviotas de pico torcido y algunos aficionados al ala delta que les hacían la competencia. En los alrededores única­mente una barraca de madera, al borde de la carretera. Allí ha­bían tomado el té, ciertamente delicioso, acompañado de un trozo de tarta de manzana, estropeada por un exceso de canela y de fécula, como suele suceder siempre en Estados Unidos. El edificio había sido construido para que sirviese de refugio, pero estaba medio abandonado. La pintura se desconchaba, los bido­nes de gasolina y los neumáticos se amontonaban en la parte de atrás y el jardín se estaba quedando yermo ante la mirada indife­rente de los inquilinos. Emmanuel se dio cuenta de una de las causas del malestar que sentía desde el día anterior, fecha de su llegada a Estados Unidos: en los jardines americanos no hay flo­res. No solo porque exigen cuidados, sino también porque los norteamericanos no sienten necesidad de ellas. Lo penoso para Emmanuel no consistía en prescindir de las flores en la vida, sino en soportar el contacto con gentes que no sufren por su au­sencia.

 

-Mañana a las ocho -añadió Colombe- participarás en la se­sión de introducción al seminario. Además de mis colaborado­res, habrá unas sesenta y dos personas, cada una de las cuales tiene una razón muy precisa para asistir. Algunas van a morir se­guramente en los próximos meses o en las próximas semanas. Otras no conocen cuánto tiempo les queda de vida, pero saben que viven con una bomba de espoleta retardada, como por ejemplo los que son seropositivos o los que padecen la enferme­dad de Parkinson. Otros, por fin, no soportan la idea de que al­gún familiar querido tenga que morir o acabe de morir, porque se dan cuenta de que también ellos pasarán por el mismo trance, tarde o temprano. Cada uno de los participantes tiene que pre­sentarse, tanto tú como todos los demás, con una transparencia total. No puedes, pues, disimular tu identidad o tu función. Tie­nes que aprender a vivir con la verdad a cuestas para afrontar tu enfermedad. Estás aquí para aprender a no mentir, ni siquiera a seguir sirviéndote de las astucias propias de tu profesión, como la restricción mental. De hecho, al ver cómo se expresan los de­más, sabrás también cómo tienes que hacerlo tú. Ahora, ven. Necesito toda la tarde para prepararme.

 

Volvieron a casa por la pequeña carretera sinuosa que bordea la costa. Colombe vivía en una bonita casa de madera de secuo­ya, castaño oscuro y olorosa, en las colinas al oeste de la bahía. Emmanuel pasó el resto de la jornada solo en su habitación, una habitación con muchísima claridad, muy limpia y sin historia, como el paisaje. Releyó Alicia en el país de las maravillas, dejándo­se llevar por la lógica implacable del absurdo más completo y to­tal. Por la noche, soñó con el lienzo, con el Santo Sepulcro y con el Señor resucitado. Pero no soñó con su propia resurrección.

 

No es necesario esperar a la eternidad para vivir fuera del tiem­po de los demás. Incluso en el planeta Tierra, los relojes difie­ren. Cuando en San Francisco es mediodía, son ya las nueve de la noche en Zúrich. Justo antes de acostarse, después de haberse empapado de lecturas técnicas sobre el sondeo de rocas, Theo sintió la necesidad de volver a las fuentes. ¿Qué decía exacta­mente la Biblia sobre la resurrección de Jesús? ¿Los documen­tos originales presentaban una coherencia suficiente como para que uno se pudiera fiar de ellos? ¿No partía en busca del Toisón de oro? ¿No era todo esto pura mitología?

 

Releyó con avidez las decenas de líneas que constituyen el único testimonio canónico de lo que sucedió. El primer rela­to es el de Pablo, en la epístola a los Corintios, redactada en el año 55, es decir, 25 años después del acontecimiento:

 

Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apare­ció a Pedro, y luego a los doce. Después se apareció a más de qui­nientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago, y más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara.

 

A continuación, releyó los tres relatos sinópticos. El de Mar­cos, redactado sin duda en el año 70 y los de Lucas y Mateo, re­dactados en el año 8o. Y por último el de Juan, redactado en el año 90. Para un lector actual que confronte las cuatro versiones del descubrimiento de la tumba vacía, la única evidencia es la ausencia total de coherencia, a no ser sobre un punto, aparente­mente insignificante. Los redactores no se pusieron, pues, de acuerdo y no mintieron sobre lo esencial, porque no se molesta­ron en ponerse de acuerdo en sus discordancias sobre los de­talles.

 

Confrontando los textos, no se puede saber quién descubrió realmente la tumba. Según Marcos, «María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a embalsa­mar a Jesús. El primer día de la semana, muy de madrugada, a la salida del sol, fueron al sepulcro». Según Lucas, «el primer día de la semana, al rayar el alba, María Magdalena, Juana y María la de Santiago fueron al sepulcro». Según Mateo, «María Mag­dalena y la otra María fueron a ver el sepulcro». Según Juan, «el domingo por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena se presentó en el sepulcro». ¿Cómo dar cré­dito a testigos cuya identidad varía de un relato a otro? Theo descubrió, en una nota a pie de página, que eso no tenía impor­tancia para los judíos, porque para ellos el testimonio de una mujer estaba desprovisto de valor desde el punto de vista jurídi­co. Un rasgo del humor divino, que se apreciaba en todo su va­lor con el paso de veinte siglos de historia. ¿Si Jesús resucitado se había manifestado primero a mujeres, era esa una forma de reproche al estatus que tenían en aquella época?

 

En la investigación científica, como en la resolución de un enigma policial, no hay ningún detalle insignificante y, a menu­do, el hecho más imprevisible representa el indicio decisivo. El misterio de la piedra corredera constituía el único detalle co­mún a los cuatros relatos. Según Marcos, «al mirar, observaron que la piedra había sido ya corrida». Según Lucas, «encontra­ron la piedra del sepulcro corrida a un lado». Según Mateo, «el ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, rodó la piedra del se­pulcro y se sentó en ella». Y según Juan, «María Magdalena vio que había sido rodada la piedra que tapaba la entrada». Detalle embarazoso más que prueba: la piedra corredera sugiere el se­cuestro del cuerpo más que su resurrección. Dado que Jesús puede presentarse en el cenáculo, estando todas las puertas ce­rradas, ¿por qué necesita, sin embargo, que la piedra fuese co­rrida para salir de la tumba?

 

La piedra corredera no parecía tener otro objetivo que seña­lar una tumba vacía. Sin embargo, las mujeres la habrían descu­bierto vacía de todas formas, porque su intención era terminar el embalsamamiento del cuerpo de Jesús y porque ellas mismas, por lo tanto, habrían rodado o hecho rodar esta piedra tan em­barazosa desde todos los puntos de vista. Dado que la tumba fue hallada abierta, en contra de toda lógica, ¿quién hizo rodar la piedra? ¿Un hombre o un ángel?

 

Mateo, por ejemplo, no pudo resistir la tentación de intro­ducir un elemento maravilloso, con su ángel bajando de los cie­los para mover la piedra. Además, menciona la presencia de los guardias como si, para convencer a los judíos incrédulos, hiciese falta que la resurrección se desarrollase con el rigor de una constatación notarial. Con su manía de la demostración explíci­ta, toma partido por la intervención divina, sin reflexionar que esta presentaba aspectos demasiado ambiguos. Por ejemplo, ¿por qué mover la piedra, si el objetivo era manifestar la resu­rrección? La economía de medios habría exigido aquí la desapa­rición del cuerpo de una tumba herméticamente cerrada. Theo no podía, pues, excluir que fuese un hombre el que hubiese he­cho rodar la piedra, bien para robar el cuerpo o bien para cons­tatar con estupor que había desaparecido y, a continuación, huir sin decir nada a nadie.

 

Al leer otra nota a pie de página, Theo comprendió que la violación de la sepultura constituía un delito criminal en la An­tigüedad. ¿Quién, entre los discípulos o entre otras personas, osaría arriesgar su propia vida para saquear una sepultura de un crucificado, que estaba sin duda desprovista de objetos precio­sos, dejando de lado las tumbas de los ricos, mucho más tenta­doras? Y dado que los discípulos no parecían haber tenido el coraje de manifestarse durante la Pasión y que, al contrario, se habían escondido, antes de comenzar a dispersarse, ¿por qué ha­brían recobrado, justo antes de la Pascua, el coraje de arriesgar su vida para robar el cuerpo con el fin de acreditar la tesis de la resurrección, de una resurrección que no esperaban y que les sorprendió a ellos mismos? Y sin embargo, después de la Pas­cua sí tuvieron el coraje de dar su vida para testimoniar la resu­rrección. Por lo tanto, es lógico pensar que se convencieron por determinados acontecimientos. ¿Cuáles, en concreto? La reali­dad era imposible de reconstruir, porque las circunstancias ha­bían sido contadas de una forma confusa y poco hábil, la forma habitual que tienen de expresar sus sentimientos la gente del pueblo.

 

Theo había comprendido e interiorizado este mensaje apolo­gético desde los tiempos de su educación religiosa. La argumen­tación le pareció, esa noche, tan sólida como le solía parecer treinta años antes, durante sus clases de religión en el colegio de Saint-Maurice. Si los Evangelios hubiesen sido escritos de for­ma propagandística, habrían ocultado el miedo y la fuga de los discípulos. Si las gentes sencillas que habían redactado los rela­tos evangélicos hubieran querido inventarse cosas, habrían em­bellecido el papel de Pedro para fundamentar su autoridad o, sencillamente, para halagar al que detentaba el poder. Theo es­taba entusiasmado con la pasmosa sencillez de los relatos.

 

En Juan, en cambio, no se menciona al ángel en absoluto. Y es que Juan debía ser el intelectual de la banda de los discípulos.

 

De todas formas, seguía habiendo una serie de cabos sin atar: ¿Cuántos ángeles? ¿Dos o ninguno? ¿Quizás había tantos ánge­les en Jerusalén que se terminaba por olvidar su número o por ni siquiera mencionar su aparición? La confrontación de los cuatro relatos sobre este tema les confería un carácter tierno, maravilloso y ambiguo.

 

Si hacía caso a la nota a pie de página, al parecer, Juan era quien decía la verdad: nunca había habido ángel alguno, y su mención por parte de los sinópticos constituía un procedimien­to literario hebreo, que no sorprendía en absoluto a los lectores de aquella época. Aparecía aquí la verdadera originalidad del re­lato de Juan, basado exclusivamente sobre el testimonio ocular que contenían los cuatro relatos. Los demás repetían narracio­nes orales, transmitidas durante dos o tres décadas y que, por lo tanto, habían ido difiriendo poco a poco. En el relato de Juan se encontraban esos detalles anecdóticos que son marchamo de ve­racidad, que no se suelen introducir en el proceso de tradición oral y que autentifican el relato, porque nadie los inventaría, aunque solo fuese por razones apologéticas. Por ejemplo, la ca­rrera de los dos discípulos hacia la tumba. Juan llega el primero porque es más joven y más ágil, pero no entra y no descubre que la tumba está vacía, porque el acceso a las tumbas de la épo­ca era demasiado pequeño para poder distinguir el interior sin penetrar en él. Después llega Pedro y entra, porque es el mayor y el jefe. Juan entra a continuación y descubre la tumba vacía: «Vio y creyó». Solo en ese momento. Ninguno de sus discípu­los había creído en la resurrección de Jesús, ni siquiera en su di­vinidad, ya que ambas cosas atentaban profundamente contra un principio fundamental de la religión judía, a saber, el carác­ter trascendente de Yahvé. Ni Juan ni ninguno de los demás se había atrevido a desdeñar este principio sagrado del judaísmo.

 

Durante veinte siglos, la fe había sufrido toda una serie de ra­ciocinios por parte de teólogos, taumaturgos, heresiarcas para­noicos, funcionarios eclesiásticos, catequistas necios y todo tipo de teóricos del cristianismo. A Theo se le pedía creer según el espíritu del siglo XX, a fin de conciliar plenamente su fe y su razón, sin aviesas interpretaciones o segundas intenciones. De todas formas, en el fondo dudaba de que, descubriese lo que descubriese, obtuviese la verdadera prueba. Porque el mensaje común de los cuatro evangelistas era claro y preciso: Jesús no había resucitado porque la tumba estuviese vacía, sino que la tumba estaba vacía porque Jesús había resucitado. Theo sería un explorador de signos pero nunca un descubridor de su sentido.

 

 

Sobre la puerta del gimnasio abandonado, pendía un letrero de cartón con una sola palabra escrita con letras pseudogóticas: «TRÁNSITO». En la sala solo había una serie de sillas forman­do un triple semicírculo. Eran unas sillas realmente feas, que habían sido fabricadas para ser sólidas, apilables y a buen precio, pero sin que su inventor hiciese la menor concesión a la estéti­ca. Unas columnas de metal vagamente dorado sostenían, más mal que bien, un techo de plástico rojo. Seguramente no existía un dispositivo menos caro para acomodar a tanta gente. De to­das formas, una vez que la gente ocupaba las sillas conseguía ol­vidar su fealdad. Los muros del gimnasio habían sido pintados de mala manera con un color entre amarillo y marrón, el más idóneo para fomentar sentimientos neutros.

 

El auditorio se llenó rápidamente con un muestrario comple­to del pueblo norteamericano: nórdicos rubios, celtas de cabello negro, italianos morenitos, chinos con gafas y algunos africanos. Tantas mujeres como hombres. Jóvenes y no tan jóvenes. Apa­rentemente, la vida era más fácil de soportar entre estos dos ex­tremos, porque apenas había en la sala cuadragenarios. Algunos mantenían la mirada fija en el suelo. Otros parecían ausentes. Nadie hablaba. A pesar de que los americanos se distinguen por estar rumiando constantemente todo tipo de aperitivos, aquí na­die movía la boca. Emmanuel no conseguía distinguir a los que iban a morir pronto. Y tampoco sabía muy bien en qué catego­ría colocarse a sí mismo. Solo sabía que haría cualquier cosa por no morir. Si para eso tenía que pasar por esta especie de cere­monia para contentar a Colombe y acceder a unas atenciones sanitarias mejores, estaba dispuesto a sufrir la promiscuidad de los sentimientos elementales.

 

El semicírculo estaba formado por tres mesas que sin duda serían ocupadas por Colombe y sus asistentes. Delante de las mesas, un objeto incoherente: un colchón cubierto con una sá­bana blanca de gruesa tela, como las que suelen utilizarse en las comunidades, hospitales, casernas y pensiones. En un extremo del colchón, una pila de anuarios telefónicos. Y encima de las guías telefónicas una porra. Las porras utilizadas en Estados Unidos parecían enormes en relación con las de la policía euro­pea: casi parecen bastones, como si durante las revueltas fuese necesario mantener una distancia mayor que en otras partes en­tre los perturbadores y los guardianes del orden.

 

Colombe hizo su entrada en la sala. Vestía una bata blanca, al igual que sus tres asistentas, dos de las cuales parecían enferme­ras por la cofia que llevaban. Una de ellas era negra. Ninguna de las mujeres sonreía ni miraba a la asamblea, aunque tampoco bajaban la vista. Dos o tres personas de la asistencia hicieron ademán de levantarse, pero terminaron por volver a sentarse, tras unos instantes de confusión.

 

Colombe preguntó en voz alta quién sabía cantar Swing low, sweet chariot. Todas las manos se levantaron sin dudarlo, excepto la de Emmanuel. Una de las asistentas, vestida con blusa blanca, entonó con voz de soprano pura y todos los demás le siguieron. Se armó mucho ruido. A veces se oía alguno que desafinaba, pero todo el mundo cantaba con entusiasmo. Emmanuel escu­chó la letra de la canción con mucha atención:

 

Swing low, sweet chariot, Coming for to carry me home. Swing low, sweet chariot, Coming for to carry me home.

 

I have never been to heaven but I have been told

 

Coming for to carry me home,

 

That the streets in heaven are paved with gold Coming for to carry me home. (1)

 

(1) Muévete dulcemente, querida carreta, / cuando vienes para llevarme a casa. / Muévete dulcemente, querida carreta, / cuando vienes para llevarme a casa. / Nunca estuve en el cielo pero me contaron, / cuando vienes para llevarme a casa, / que las calles del cielo están pavimentadas de oro, / cuando vienes para llevarme a casa.

 

Después del canto, la atmósfera se distendió un poco. Incluso hubo algunas risas y una cierta propensión al comentario. Co­lombe dejó que se apagasen los rumores y tomó la palabra para pedir que cada participante se levantase, siguiendo su turno, para presentarse y describir las razones por las que se encontra­ba allí. Emmanuel se dio cuenta de que Colombe forzaba, de al­guna forma, su acento francés. ¿Deseaba tranquilizarse o lo que realmente quería era aparecer como extranjera para, así, dotarse de una apariencia más extraña?

 

La primera persona que se presentó era una mujer de unos cincuenta años, demasiado bien vestida en medio de una asam­blea en donde predominaban los trainings y los baskets. La única razón por la que se encontraba allí era por un escaso deseo de vivir, tres divorcios y un cúmulo de rentas que la liberaban de la disciplina del trabajo. En suma, tenía miedo a morir porque su vida era demasiado confortable. Hubo algunas sonrisas. Emma­nuel estaba sorprendido en extremo.

 

El segundo participante creó inmediatamente una tensión in­sostenible. Era homosexual, seropositivo y había acompañado a un amigo hasta la hora de su muerte. De esta forma, había esce­nificado en cierto sentido su propia muerte, conocía todos los detalles y no conseguía hacer acopio del suficiente coraje para afrontarla. Por eso repitió varias veces: «No quiero morir», a medio camino entre la rebelión y la proclamación.

 

La tercera era una mujer joven de gafas doradas, probable­mente una maestra a juzgar por su voz dulce y clara, su cuidada pronunciación y su relato sobrio y preciso. Se había quedado viuda con tres hijos. Su marido había sufrido uno de esos estú­pidos accidentes de circulación, había sobrevivido a la operación en estado vegetativo y ella había tenido que tomar la decisión de desconectar los aparatos y, así, poder recuperar los órganos que podían ser trasplantados a otros enfermos. Su marido había sido enterrado sin pulmones y sin corazón, sin riñones y sin ojos. Solo quedaban de él piezas sueltas y, ella, cada vez que lo pensa­ba, no lo podía soportar.

 

La letanía prosiguió. Allí estaban representadas todas las des­gracias: cancerosos y sidosos en espera de su agonía; viejos abandonados sumidos en una lenta decrepitud; amores rotos apenas nacidos; padres privados de sus hijos; soldados que no podían olvidar a algún compañero muerto en Vietnam… Des­gracias físicas y psíquicas intensas y profundas. Cuando le llegó el turno a Enmanuel se levantó con un nudo en la garganta y comenzó su confesión:

 

-Soy suizo, célibe y sacerdote católico. Trabajo en el Vatica­no. Tengo la enfermedad de Parkinson. Los medicamentos que me han prescrito no son eficaces. Si no encuentro otro trata­miento, moriré dentro de uno o dos años, como muy tarde, sin duda paralítico. El tratamiento que tal vez pudiese curarme consiste en un trasplante de células fetales, obtenidas tras un aborto. Sin duda voy a aceptarlo pero me siento culpable. Y lo acepto porque tengo más miedo a la muerte que al pecado. Creo en la vida eterna, pero temo el Juicio Final. Estoy conven­cido de haber cometido pecados graves para hacer carrera ecle­siástica. He cometido tantos, que no puedo recordar su número. Y tampoco consigo arrepentirme de ellos, porque, para mí, es más importante mi carrera que mi vida.

 

Tras una breve pausa, añadió:

 

-Me siento mediocre. No me perdono a mí mismo haber hecho de mi vida un fracaso continuo. Me gustaría volver a empezar. Al menos, quisiera continuar viviendo para intentar reparar todo el mal que hice a los demás, pero creo que nunca lo conseguiré. Mi Iglesia me encargó un informe muy importante para la fe de todos los cristianos, pero yo mismo tengo dudas de fe. Estoy aquí para volver a confiar en Dios. De lo contrario, no me curaré.

 

Se calló, llorando, como había hecho la mayoría. Sentía sobre él la mirada de los presentes y las lágrimas que veía en sus ojos le quemaban tanto como las suyas.

 

Cuando todos terminaron de hablar y dado que era ya cerca de mediodía, Colombe, sin decir una palabra, hizo un signo a la asamblea de levantarse y dirigirse hacia la salida. El silencio era total. Emmanuel se dio cuenta de que los participantes ponían sumo cuidado en no hacer ruido con las sillas y en sujetar la puerta abierta, para evitar los portazos. La comida fue de lo más sencillo: judías verdes, una salchicha y una tarta de manzana. Para beber, lo único que había era un café insípido, con leche y un edulcorante que le confería un cierto regustillo. Entonces, se iniciaron algunas conversaciones en voz baja. Después, una asis­tenta anunció que tendrían un paseo de una hora por el bosque antes de volver de nuevo a la sesión.

 

Durante el paseo, Colombe se fue acercando a cada persona, para susurrarle unas cuantas palabras de ánimo. Para no hacer distingos, también dio unos pasos con Emmanuel, que fue el primero en tomar la palabra:

 

-Es una especie de confesión en la que uno no se acusa. Solo se pasa revista a las propias desgracias.

 

Colombe respondió sencillamente:

 

-El primer pecado de cada cual es no perdonar a Dios ni a los demás todo lo que Dios y los demás les han hecho. Si tienen re­proches que hacer, hay que comenzar por formularlos en voz alta. ¡El que sea capaz!

 

Eso fue todo. Y se alejó.

 

La tarde fue todavía más dura que la mañana. Cuando todo el mundo se sentó, Colombe preguntó quién quería comenzar.

 

Nadie se movía. El silencio se hacía cada vez más espeso. Em­manuel observaba el minutero de su reloj para tranquilizarse y para soportar mejor la espera que se prolongó durante doce mi­nutos en medio de un silencio cada vez más implacable. Los participantes se iban dando cuenta de que Colombe estaba dis­puesta a esperar toda la tarde, si era necesario.

 

Por fin, una mujer de unos cincuenta años se levantó y se fue a arrodillar en la colchoneta delante de Colombe. Una asistenta le retiró sus zapatos y sus gafas. Era una mujer fea, francamente vulgar en su vestimenta, mal peinada, con un rostro poco agra­ciado y tan gorda como la mayoría de los americanos, víctimas de su mala dieta. Sus muslos enfundados en unos pantalones va­queros se parecían a esos jamones que antaño se metían en sacos de tela para que se conservasen mejor. La mujer comenzó a de­cir con voz débil:

 

-Odio a mi madre. Se va a morir, está en el hospital y no fui capaz de ir a verla ni una sola vez. Cuando yo era adolescente, ella no cesaba de repetirme que era fea, que no valía la pena sa­lir con chicos, que quizá se acostasen conmigo, pero que nadie me pediría en matrimonio. Y la misma matraca me daba con mi padre, que la había abandonado y al que nunca conocí. ¿Por qué he nacido? Mis padres no me querían. Eran tan ignorantes que sin duda no sabían cómo hacer para evitar tener niños. Y mi madre no tuvo el coraje suficiente para abortar. Yo no elegí vi­vir. Mi madre no deseó traerme al mundo y se vengó conmigo…

 

Las lamentaciones continuaron durante un buen rato en este mismo tono, sin que Colombe, con el rostro impasible, hiciese nada por intervenir. La mujer se excitaba cada vez más. Tras diez minutos de lamentos, estalló en crisis de cóleras hiper­agudas:

 

-Me gustaría estar ya muerta. No quiero seguir viviendo. Pero tengo miedo del día del Juicio Final. Jesús me reprochará mi odio. No quiero continuar viviendo y tengo miedo a morir. Ya no sé dónde refugiarme.

 

Y, de pronto, gritó con una voz terrible:

 

-Mi vida es un infierno y, tras mi muerte, iré al infierno. Y sufriré toda la eternidad mucho más todavía de lo que sufrí en la tierra.

 

Temblaba como un junco. Una asistenta le entregó la porra e hizo una pila con los listines telefónicos delante de ella. Enton­ces, la mujer, que era físicamente muy fuerte, sin duda una cam­pesina, cogió la cachiporra y comenzó a aporrear con fuerza los gruesos volúmenes telefónicos. Golpeaba con la cachiporra con golpes regulares, como el leñador que intenta derribar un árbol con su hacha. Destruía su pena al mismo ritmo sostenido de los trabajadores manuales. Cuando hubo destrozado los listines, de­positó con cuidado la porra. La asistenta, que se había quedado a su lado, le tendió una almohada que la mujer estrechó entre sus brazos como si fuese una niña abrazando su osito de pelu­che. Entonces, se dejó conducir dulcemente hacia una habita­ción adyacente, también provista de una colchoneta y de una manta, la «habitación de las lágrimas». Y allí apaciguó su dolor.

 

Durante toda la tarde, una docena de participantes fueron a arrodillarse, unos tras otros, a los pies de Colombe. A veces, esta intervenía con una simple frase: «Dígale lo que nunca se atrevió a decirle» o «Coja el niño que usted ha sido en sus bra­zos y acúnelo».

 

Hubo dos o tres homosexuales que relataron su infancia llena de bromas y de humillaciones, los remordimientos perpetuos de sus relaciones sexuales contra natura, la expulsión del ejército, la pérdida del empleo, la ruptura familiar, el divorcio, las admoni­ciones de los pastores y de los sacerdotes, la muerte de su pareja por el sida, el descubrimiento de su seropositividad, la agonía de los demás sidosos, cubiertos de úlceras, como los apestados mal­ditos de Dios en la Biblia. Rechazados por los demás, se recha­zaban a sí mismos.

 

También pasaron por la colchoneta padres con hijos muertos en accidente o por enfermedad. Lo más horrible fue el relato de una madre, cuya hija se había quemado viva ante sus ojos en la ventana de su piso en llamas. Un bombero había muerto bajo los escombros, intentando salvarla. La joven madre sacó una conclusión, a su juicio, evidente: «Si Dios existiese, no permiti­ría que pasaran tales cosas».

 

Colombe esperaba esta frase, que sin duda era pronunciada en cada sesión. Y por vez primera intervino. Contó una historia de un estudiante judío que seguía los cursos de una escuela rabí­nica. El estudiante no paraba de plantear a su profesor la misma pregunta: «¿Cómo ha podido Dios crear un mundo tan perver­so?». Un día, el profesor, harto de escuchar siempre la misma pregunta, le planteó al alumno, a su vez, la siguiente cuestión: «¿Crees tú que es posible crear un mundo mejor?». El estu­diante le respondió que sí, que era algo evidente, dado que el hombre podía imaginar ese mundo mejor. «Pues bien -replicó el maestro-, si crees que eres capaz de hacerlo mejor que Dios, sal de clase, ve y hazlo.»

 

Tras contar la anécdota, Colombe se abstuvo de hacer cual­quier comentario, pero lo cierto es que, en adelante, nunca se volvió a plantear este argumento.

 

También pasaron por la colchoneta los condenados a muerte. Todos esos a los que la medicina moderna les permitía saber con precisión el término de sus vidas. Todos los enfermos de cáncer con sus sistemas inmunitarios impotentes. Todos los que repre­sentaban el residuo estadístico de la medicina. Todos los incura­bles por los medios conocidos. Y todos se planteaban la misma pregunta : «¿Por qué yo?».

 

El primer día, Emmanuel no fue capaz de arrodillarse ante Colombe.

 

Hacia el final de la tarde, tras ocho horas de tensión, Colombe declaró concluida la sesión y fijó la próxima cita para la mañana del día siguiente a las ocho. Algunos participantes que vivían en los alrededores volvieron a sus casas. La mayoría venían de lejos y, como ya les había costado muy cara la matrícula del curso, se alojaban en un dormitorio habilitado en la propia sala. Dos asis­tentes de Colombe pasaban las noches con ellos y animaban la velada con cánticos e historias. La consigna era severa: nada de televisión, nada de alcohol, nada de tabaco y nada de sexo.

 

Colombe volvió a su casa con Emmanuel. De camino, dio un rodeo a través de la red de autopistas que se entrecruzan en el norte de la bahía de San Francisco y volvió a Stinson Beach, el lugar adonde ya había llevado la víspera a Emmanuel. Este paseo debía ser algo así como un rito para ella. Cuando llega­ron, Colombe permaneció largo rato mirando las olas que lan­guidecían en la playa, a la débil luz del ocaso. Para romper el si­lencio total que ella había guardado durante todo el trayecto, Emmanuel terminó por hablar:

 

-Es muy duro. No sabía que estabas haciendo esto desde hace tantos años. ¿Por qué lo haces?

 

Colombe estaba cansada y respondió sin controlar su irrita­ción, aunque no se le notaba demasiado en la voz:

 

-Lo hago porque tú no lo haces. Cientos de médicos en todo el mundo tienen que sustituir a los curas y a los pastores. Anta­ño eran ellos los que acompañaban a los moribundos de una orilla a la otra. Hace dos siglos los pobres del campo morían por todo y por nada, a veces muy jóvenes, sin auténticas atenciones médicas, sin recursos y sin otro apoyo en medio de sus dolores que la esperanza de la vida eterna en el cielo. ¡Sí, ese fue el opio del pueblo! Más tarde, llegaron los verdaderos analgésicos y las salas de reanimación. Y vosotros os encerrasteis en vuestras sa­cristías, persuadidos de vuestra creciente inutilidad. Olvidasteis que vuestra función esencial no era la de reemplazar al médico inexistente o impotente, sino la de reconciliar a cada hombre con la idea de su propia muerte. Os dejasteis engañar por los ayuntamientos laicos que llevaron los cementerios a los subur­bios desheredados, entre una fábrica de gas y una depuradora. Habéis dejado morir a los cristianos como perros en hospitales asépticos, entubados por todas partes, reducidos a paquetes de células a los que el personal médico prodiga cuidados técnicos. Pensasteis que ya cumplíais con vuestra función escuchando una confesión reducida a su más mínima expresión, completada con una unción administrada deprisa y corriendo. ¿Qué queréis de­cir realmente cuando habláis de vida eterna o de resurrección de la carne? A veces, hay textos teológicos cuya lectura hace dudar de si realmente no consideráis ambos dogmas como una metá­fora. La ciencia ha desmentido tan a menudo vuestras alegacio­nes categóricas de «antiverdades» parásitas que vosotros mis­mos llegáis a dudar de todo, incluso de lo esencial, de lo que no pasará, al mismo tiempo que os buscáis salidas de emergencia, camufladas bajo toneladas de palabrería vacía.

 

Hizo una breve pausa y retomó la palabra de nuevo, esta vez con mucha dulzura, dirigiéndose directamente a Emmanuel:

 

-Tu enfermedad tiene un sentido, como todo lo malo que nos pasa. Reflexiona sobre la posición que ocupas, el proyecto que Theo persigue y los resultados que de él se podrían derivar. No demostraréis la resurrección del Señor, porque es imposible ha­cerlo. Pero os arriesgáis en busca de falsas maniobras y de falsas interpretaciones. Tienes que ser fuerte para mantenerte firme ante la prueba. Para eso estás aquí. ¡El gran juego continúa!

 

Normalmente, Emmanuel no tomaba muy en serio las salidas de tono de Colombe. Solían pertenecer al género literario im­precatorio, al que su hermana solía recurrir a menudo para mal­decir a los políticos, a los curas y a los hombres en general. Pero lo que había visto y escuchado esta tarde le hacía mirar a Co­lombe con otros ojos. A fin de cuentas, ella sabía mucho más que él de lo que habría tenido que ser el objeto esencial de su actividad. Por eso, respondió con una voz muy dulce:

 

-Estoy de acuerdo contigo. No hago nada bien mi oficio. Busco continuamente justificaciones para no tener que enfren­tarme con lo esencial. ¿Sabes por qué? Porque ante un mori­bundo me encuentro desnudo. Cuando era párroco, me para­petaba detrás de los ritos para no tener que expresar mis verdaderos sentimientos, que eran el pánico y la impotencia. Creo que tú lo haces mejor, inventando e improvisando una nueva liturgia. En cualquier caso, no has respondido a mi pre­gunta. ¿Por qué tu? ¿Por qué los médicos como tú se han encar­gado de esta tarea? Habrían podido hacerlo unos simples traba­jadores sociales. ¿Por qué deben ser los médicos?

 

-Porque los médicos, los psicólogos y, sobre todo, las enfer­meras se enfrentan con este tipo de problemas en la prácti­ca cotidiana de su profesión. La mayoría reacciona muy mal, ya sea entregándose al ensañamiento terapéutico, ya sea, por lo contrario, postulando la eutanasia. Se trata de dos respuestas erróneas; aunque aparentemente parecen contradecirse, proce­den del mismo deseo de querer retirar la muerte, ante todo, del campo de percepción del médico. El mismo médico no está dis­puesto a morir. No se imagina que un día puede ocurrirle a él algo así, porque es víctima de graves traumas psicológicos, lo que vosotros llamáis pecados. Pues bien, como has visto durante la sesión de esta tarde, mientras un ser humano no está en paz consigo mismo y con los demás, se crispa sobre su propia vida en un deseo patético de resolver su conflicto. Pero sabe que se arriesga a morir sin conseguirlo. Siente auténtico pánico y se bloquea todavía más. Pues bien, el médico que no está prepara­do para morir, tampoco puede ayudar a los demás a hacerlo. En cambio, cuando un médico o una enfermera comprenden la na­turaleza de su bloqueo, pueden intentar superarlo y consiguen a menudo realizar este trabajo psicológico sobre ellos mismos. Y entonces se encuentran en una posición completamente dife­rente. En la posición que ocupaban antaño la mayoría de los sa­cerdotes, de los brujos, de los chamanes, que habían aprendido en la práctica el arte de acompañar a los moribundos.

 

Colombe se calló y, al cabo de unos instantes, retomó la con­versación con voz dulce y susurrante:

 

-No puedes ser realmente un sacerdote, si no soportas la idea de tu propia muerte y si corres con Theo a la búsqueda de prue­bas indudables de la resurrección de Jesús. A pesar de lo que ha­béis crecido, seguís teniendo la cabeza llena de pajaritos. En el fondo, seguís siendo dos niños grandes. Aquí tienes la ocasión de convertirte en un adulto. Por eso, tenías que irte lo más lejos posible de Roma, esa guardería de chiquillos retrasados. El ob­jetivo de un gran juego nunca aparece a primera vista. Os ima­gináis a la búsqueda de indicios arqueológicos y, en realidad, os andáis buscando a vosotros mismos. Quizás este sea el sentido de este juego. Solo Dios sabe adónde nos conducirá todo esto. Quizá mucho más lejos de lo que imaginamos ahora mismo. El camino de Jerusalén pasa por San Francisco y quizá llegue hasta Roma.

 

Emmanuel miró sin decir nada las olas que se abatían sobre la playa de una forma tan regular como los latidos de su corazón. Mucho antes de que hubiese hombres en América, las olas se habían abatido sobre esa playa al mismo ritmo y continuarían haciéndolo cuando no hubiese ya hombres en el planeta.

 

Emmanuel resistió todavía otros dos días sin salir a la colchone­ta. El martes y el miércoles siguió escuchando las confesiones de los demás. Podría jurar que ninguna de ellas era falsa. Nadie hacía trampas, porque los demás no intentaban hacer trampas y porque los que habían hecho su confesión salían realmente apa­ciguados de la «habitación de las lágrimas». La sencillez y el po­der del método eran evidentes para todos. Aquel o aquella que se arrodillaba en la colchoneta no podía engañar a la asamblea y, además, si lo intentase, se habría perdido ante su propia con­ciencia.

 

Emmanuel se resistía porque el procedimiento le parecía una parodia, sin duda eficaz, pero sacrílega del sacramento de la pe­nitencia. Los pecados eran realmente perdonados sin una abso­lución formal por parte de Colombe. Era la comunidad la que perdonaba, sin otras oraciones que los negro spirituals con los que ritualmente se abrían y se concluían todas las sesiones.

 

El miércoles por la tarde ya no quedaba casi nadie que no hu­biera pasado por la colchoneta. Emmanuel contaba a los que faltaban, para evaluar sus posibilidades de pasar la semana sin tampoco ser el último en hacerlo. En la misma tesitura se en­contraban unas cuantas mujeres de clase alta, sin problemas evi­dentes, dos religiosas y Emmanuel. Era fácil distinguirles a to­dos ellos porque eran los únicos que seguían manteniendo el rostro serio y cabizbajo, mientras las caras de los demás resplan­decían de serenidad.

 

Al terminar la sesión, Colombe condujo a Emmanuel a la visita ritual de la playa. No le dirigió la palabra durante el trayec­to y él se sintió obligado a explicarse, cuando se pusieron a con­templar de nuevo las olas.

 

-¿Es indispensable que pase por la colchoneta?

 

-Solo tú puedes responder a esa pregunta. Nuevo silencio interminable.

 

-Me da vergüenza.

 

-Te respondería con la respuesta clásica de los catecismos: no hay que avergonzarse ante los hombres de lo que, en cualquier caso, es conocido por Dios.

 

-No veo por qué tendría que confesar aquello que aparentemente habría ocultado siempre a mis confesores, ante una asamblea salvaje, presidida por alguien que no ejerce ministerio al guno.

 

-¿Te da vergüenza el hecho de que yo, tu hermana, esté allí Habría podido matricularte en una sesión presidida por Elizabeth Kübler-Ross en su retiro de Wappingers Falls. Ella fue la que actualizó el método. Sin embargo, me parecías tan frágil que me sentí obligada a protegerte, aunque eso te complique más las cosas.

 

-No es eso lo que me contraría. Ni mucho menos. La misma sesión sin ti me habría parecido odiosa o ridícula desde el comienzo y la habría abandonado inmediatamente. Lo que en realidad me preocupa es el temor de estar participando en una parodia sacrílega de un rito.

 

-¿Porque es eficaz?

 

-Sí.

 

-¡Conque es eso! Recuerda, Emmanuel, lo que los fariseos reprochaban ya a Jesús cuando curaba a un paralítico en sabbat, es decir, saltándose a la torera las reglas rituales y recuerda tam­bién lo que les solía contestar. ¿Es que lo que estás viendo te parece obra del diablo? ¿No eres capaz de ver que es obra del Espíritu? Todo esto comenzó con una iniciativa de Elizabeth Kübler-Ross, sin duda porque ella tenía una auténtica vocación sacerdotal y porque vuestras reglas no le permitían ejercerla. ¿Crees realmente que unos cuantos despachos en Roma, equi­pados con códigos, diccionarios y ficheros, van a regir la salva­ción de los hombres? Tú sabes bien la respuesta: ni en principio ni de hecho. ¿Nunca te has planteado la pregunta de si tú y tus semejantes no estaríais desempeñando el papel que antaño tu­vieron los fariseos, hombres, por otra parte, muy cultivados, in­teligentes, serios, entregados y todo lo que tú quieras? Solo tenían un defecto: creían tener línea directa con Yahvé, el monopolio de la virtud y la infalibilidad de la exégesis. Este es el más sutil de los pecados, porque el que lo comete no se da cuen­ta de ello. Esa es la obra del diablo. júzgala por sus frutos. Las iglesias desiertas. Los cristianos abandonados. Los curas agota­dos, solos y desmoralizados. Los mejores teólogos condenados y sin poder hablar ni enseñar. Obispos mediocres y timoratos. La afirmación teórica del amor universal por parte de una Iglesia que ya no lo vive en su propio seno.

 

Se animaba cada vez más. Se puso a caminar a lo largo del acantilado, cogiendo a Emmanuel del brazo.

 

-Sabes bien que te amo como una hermana quiere a su her­mano y que lo que te digo es la expresión de este amor. ¿Estás convencido de ello?

 

-Sí.

 

-Repítelo más fuerte y mirándome a los ojos.

 

-Sí.

 

-Entonces escúchame bien, porque no lo volveré a repetir. No puedo desatar el nudo más profundo de tu ser, que se sitúa, como bien sabes, en tus relaciones con nuestros padres. De eso se encargará mi asistenta. Lo que sí puedo hacer es intentar des­truir las defensas que has construido para proteger ese nudo, porque esas defensas son comunes a la mayoría de los sacerdotes que encontré durante las sesiones. Para compensar una insegu­ridad fundamental o una angustia profunda os refugiáis en vues­tra función, la sacralizáis porque se convierte en el único funda­mento de vuestro ser. Esta patología sacerdotal que se inició a finales de la Edad Media, se desarrolló y se enraizó en una multitud de leyes como la obligación del celibato, es decir, el rechazo de la familia y de sus responsabilidades. La mayoría de los curas a los que ayudé a recuperarse en mis sesiones eran incapaces de soportar la idea de su propia muerte y a fortiori la idea de ayudar a sus fieles a asumirla. Por el contrario, solían sembrar el pánico entre los agonizantes. No tenían el coraje de morir por­que no habían tenido el coraje de vivir. Y no tenían el coraje de vivir porque, de entrada, no habían tenido el coraje de amar solo habían amado en teoría. Su educación, por llamarla de alguna manera, en el amor en el seminario consistía en aprender escapar de él. Te lo vuelvo a decir: esa es una perversión del espíritu que conduce a menudo a desviaciones sexuales más o menos pintorescas, pero siempre perjudiciales.

 

Colombe se detuvo y clavó la mirada con severidad en su hermano para verificar si se atrevía a replicarle lo que fuese. Satisfecha de su examen visual, prosiguió, mientras volvían lentamente hacia el coche, parándose de vez en cuando para subrayar los puntos más delicados:

 

-No me interesa lo más mínimo saber si yo o aquellos y aquellas que ejercemos esta profesión estamos realizando ministerio consagrado. No tenemos que pedir permiso a nadie. Curamos de la angustia a los agonizantes. Les reconciliamos con ellos mismos. Les explicamos que resucitarán. Espera a mañana y verás lo que eso significa. Condenar lo que hacemos en nombre de la ley es colocarse en la misma posición de los fariseos con respecto a Jesús. Acusarnos de actuar como el diablo es reutilizar sus mismos argumentos. La Iglesia para la que tú trabajas es una institución cuya función actual consiste, sobre todo en intentar fagocitar el trabajo del Espíritu.

 

-¿Consiste en qué?

 

-En biología, fagocitar se dice de las células especializadas que absorben y digieren a los agresores del organismo. Nada está más en contra del cuerpo social que la expresión del cristia­nismo. No hay nada más astuto que encargar a las propias igle­sias el digerir y neutralizar el Espíritu que se supone que tienen que extender. Esa es precisamente la obra del diablo: hacerse pasar por Dios.

 

Colombe se calló y abrió las puertas del coche. Emmanuel seguía en silencio. No tenía nada que objetar.

 

El jueves por la mañana, un hombre de bata blanca vino a sen­tarse a la misma mesa que presidía Colombe. Anunció que el doctor Rudy iba a hacer una exposición a la asamblea y que esta podía plantearle todas las preguntas que se le ocurriesen. Pero, antes, había que escuchar sin interrumpir.

 

El doctor Rudy comenzó a hablar, con una voz ligeramente afónica, por lo que pidió disculpas. Era una consecuencia del trastorno cardíaco que había tenido y que iba a contar. Ante todo, precisó que las palabras nunca podían reflejar lo que había vivido. E insistió en la palabra «vivido».

 

Era un hombre de unos cincuenta años, con cara sonrosada, cabellos blancos y ojos azules como la porcelana. Se expresa­ba con voz pausada, utilizando a menudo términos médicos, un poco cultos, que le venían espontáneamente a los labios porque formaban parte de su vocabulario habitual profesional y no por­que intentase impresionar con ellos a su auditorio.

 

El doctor Rudy relató una especie de cuento de hadas, con la salvedad de que lo presentó como su propia experiencia. Según dijo, se encontraba en su despacho del hospital, donde ocupaba el cargo de jefe del servicio de pediatría. Desde hacía algún tiempo sufría una arritmia en el corazón y para corregirla estaba previsto que, en un futuro próximo, le colocasen una prótesis cardíaca. Pero, de pronto, su corazón fue víctima de una fibrila­ción. Tuvo el tiempo justo de llamar antes de perder el conoci­miento y fue trasladado a la sala de reanimación, donde le so­metieron, durante una hora más o menos, a todos los tratamien­tos imaginables para que su corazón volviese a latir de nuevo.

 

El propio doctor observaba con un cierto distanciamiento to­das estas operaciones, que conocía bien, desde un punto situado en el techo de la sala. Se dio cuenta de los errores y de las equi­vocaciones de los demás. Por ejemplo, el jefe de medicina interna hizo irrupción en la sala para comenzar el masaje cardíaco sin ponerse los protectores estériles obligatorios. El doctor Rudy podía precisar incluso que llevaba zapatos de ante marrón que se habían manchado con unas cuantas gotas de sangre. Desde el si­tio en el que se encontraba le era posible percibir los detalles uti­lizando una especie de zoom sobre un punto determinado del campo de operaciones mediante un simple deseo suyo. También escuchaba perfectamente las pocas frases que intercambiaban sus colegas y las enfermeras que les ayudaban. Era capaz incluso de percibir lo que pensaban unos y otros. Una de las enfermeras de su servicio, a la que había tenido que amonestar por sus innu­merables negligencias, deseaba que no recuperase la consciencia y, a la vez, se sentía culpable por tener ese sentimiento.

 

Finalmente, el jefe de medicina interna primero lo pensó y después dijo lo siguiente en voz alta: «El pobre Rudy está muer­to». Y el doctor Rudy supo que en realidad estaba muerto. No sentía sufrimiento ni pesar alguno. Simplemente registró el he­cho y se sintió invadido por una mezcla indescriptible de curiosidad, de serenidad y de amor. Este amor, insistió el doctor, no tenía nada que ver con el que había podido experimentar durante su vida, con su mujer, sus hijos, sus familiares o sus mejores amigos. Sentía ganas de ir más allá.

 

En ese momento, el doctor Rudy perdió de vista la sala de reanimación y, en medio de una oscuridad total, sintió un timbre estridente y ligeramente desagradable. Un sonido que le hizo pensar en el timbre que invita a los espectadores a ocupar su sitio en el teatro. Poco a poco, la oscuridad dejó paso a un punto luminoso situado a una distancia que le pareció infinita. El pun­to luminoso empezó a crecer, como la luz en la salida de un tú­nel hacia la que estuviese caminando.

 

El doctor Rudy alcanzó por fin la salida del túnel y desembo­có en un paisaje luminoso, que no tenía palabras para describir, pero cuyos detalles más mínimos todavía hoy conservaba en su memoria. Su madre, muerta desde hacía mucho tiempo, le espe­raba, no como la había visto en su lecho de muerte, sino muchí­simo más joven, con una edad de la que él no se acordaba en ab­soluto. Era ella, pero con el aspecto de la jovencita que conocía por algunas fotos antes de casarse.

 

Rápidamente se formó una reunión familiar. Allí estaban los abuelos, los primos, los tíos, las tías e incluso los parientes leja­nos a los que el doctor Rudy no había conocido realmente casi nada, porque se habían muerto cuando él era todavía un crío. Su familia le rodeó como en una especie de cortejo y él avanzó len­tamente hacia la fuente de la luz, escoltado por sus parientes como el día de su boda.

 

La luz era más brillante que la más brillante de las luces que el doctor había visto durante su vida, pero en absoluto le des­lumbraba. Ella era la fuente de ese amor en el que se sentía ba­ñado. También le pareció la fuente de la verdad que había bus­cado durante toda su vida como médico. La luz estaba a su disposición para explicarle lo que siempre había deseado saber.

 

Y entonces se puso a revisar su propia vida como en una pelí­cula superacelerada pero increíblemente precisa. Detalles que desde hacía tiempo había enterrado en su memoria volvían a la luz. Por ejemplo, el momento en el que había roto con su pri­mer amor, diciéndole cosas muy razonables pero que escondían sus verdaderas razones, que descubrió en ese momento con una claridad glacial. La luz sonreía, quizá ligeramente burlona, pero siempre en un tono sumamente tierno.

 

Después de haber pasado revista a su vida y puesto al día to­das las justificaciones, engaños e ilusiones que había mantenido sobre sí mismo, el doctor Rudy llegó ante un río que dividía en dos el paisaje. Una barca, con un barquero dentro, le estaba es perando. Tuvo la suficiente entereza como para preguntarle al barquero si se llamaba Caronte, pero este no le respondió.

 

En ese momento, el doctor Rudy pensó intensamente en su hijo más joven, al que ayudaba a hacer los deberes todas las tar­des, porque no iba nada bien en sus estudios. Le pareció que su hijo le llamaba. Dio la espalda a la barca y se alejó del río, Instantáneamente se volvió a encontrar en la sala de reanimación, pero esta vez dentro de su propio cuerpo. Percibió como a través de una espesa niebla los rostros inclinados sobre él que esbozaron una sonrisa. Y él se puso a llorar por el paraíso perdido.

 

-Esta historia -comentó Colombe- no es una historia ex­traordinaria. Representa la experiencia de un tercio de los pacien­tes declarados médicamente muertos en un momento determi­nado y que, después, vuelven a la vida.

 

Había elegido como primera experiencia la de un médico para que los participantes en la sesión la tomasen en serio. Pero les propuso que escuchasen todavía otras dos más.

 

El resto de la mañana transcurrió en compañía de dos resca­tados de la muerte que contaron, cada cual a su manera, una experiencia similar a la del doctor Rudy. Emmanuel les escuchaba fascinado. Lo que él había predicado en teoría se correspondía con una realidad que descubría por vez primera. La fe en la resurrección había nacido secretamente a partir de innumerables, relatos de este tipo contados por las noches en torno al fuego. El pueblo sabía por experiencia propia lo que los teólogos trans­formaban en una construcción intelectual disecada, abstracta, fría. Y Enmanuel tuvo la intuición clara y precisa de que el lienzo era auténtico.

 

Los tres relatos, idénticos en ciertos detalles, certificaban la existencia de una experiencia más allá de la muerte, perfectamente objetiva, dado que se producía de la misma forma en diferentes personas. Ese fue el último comentario de Colombe.

 

Era una mujer afroamericana de unos cuarenta años, corpulenta y con una voz grave. Esta se levantó, recorrió con lentitud el auditorio con su mirada, como si buscase la aprobación de todos, puso los brazos en cruz y entonó con una voz profunda y sumamente melodiosa:

 

Sit down, servant

 

I can’t sit down

 

Sit down, servant

 

I can’t sit down

 

My soul is so happy

 

That I can’t sit down.(1)

 

(1)  ¡Siéntate, siervo!

 

¡Yo no puedo sentarme!

 

¡Siéntate, siervo!

 

¡Yo no puedo sentarme!

 

Mi alma está tan feliz

 

que no me puedo sentar.

 

Todo el mundo retomó el estribillo a coro y después la solista abordó la primera estrofa:

 

My Lord, you know

 

That you promised me, Promised me a long white robe And a pair of shoes.

 

Go yonder, angel, Fetch me a pair of shoes,

 

Place them on my servants feet.

 

Now, servant, please sit down (2)

 

(2) Señor, tu sabes

 

que me has prometido, prometido una larga túnica blan­ca

 

y un par de zapatillas.

 

-Ve, ángel,

 

ve a buscarme un par de zapatillas,

 

y ponlas en los pies de mi siervo.

 

¡Y ahora, siervo, por favor, siéntate!

 

Cuando se terminó el cántico, una participante, también afroamericana, se levantó y se puso a rezar en voz alta:

 

antes del almuerzo.

 

-¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! Antes de un año, me habré ido. Estaré en un cementerio solitario. Oh, Señor, cuánto tiem­po me queda todavía. El árbol se queda allí donde ha caído. El pecador muere como ha vivido. Pero yo sé que Tú me has sal­vado y que me estarás esperando al otro lado del río. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor!

 

Los demás asintieron con una letanía de amén y de aleluyas. Entonces, un joven, víctima del sida, se levantó y comenzó a re­zar a su vez. Y después otro y otro… Al final las voces enmude­cieron. Abandonaron la sala. Emmanuel lloraba como todos los demás.

 

Y por la tarde, seguía llorando. No había parado de llorar du­rante toda la comida. Pidió que le llevasen a la «habitación de las lágrimas». La enfermera le hizo acostarse sobre una colcho­neta, en el suelo. Ella se arrodilló a su lado, le desabrochó el cuello de su camisa y le tocó la espalda.

 

-No puede continuar así, con la espalda tan crispada y tan rí­gida. Quítese la camisa, que le voy a dar un masaje en la espalda.

 

Emmanuel obedeció. Apenas las sabias manos de la enferme­ra comenzaron a masajear su espalda, Emmanuel se sumió en un profundo sueño reparador. Y soñó que se le aparecían el lienzo, el sepulcro y Emmanuel resucitado

 

 

 

SEGUNDA PARTE

 

UNA TUMBA PARA DOS

 

 

 

CAPÍTULO X

 

Cuando la perforadora encontró el vacío y el ruido de los es­combros cayendo en la cavidad se amortiguó, Theo dejó de du­dar. Habían pasado seis años desde que se conjurara para encon­trar la verdadera tumba de Cristo. Seis años de dudas. ¿Lo que buscaba existía todavía? ¿Había existido alguna vez? ¿Valía la pena encontrarlo?

 

«¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.» Eso decía Lucas. La falsa tumba de Cristo, sobre la que se había construido la iglesia del Santo Sepulcro, había servido de pretexto para la conquista de Palestina por los francos en el siglo XI La búsqueda de la tumba por parte de Theo constituía una de esas tareas insensatas que se fijan los hombres del siglo XXI para dar sentido a una época que parece haberlo perdido por completo. Reemplazar el sentido por el sa­ber y la ciencia por la práctica. Theo se había entregado a esta tarea abominable del hombre contemporáneo, porque percibía que no podía liberarse de ella. A pesar de que intentaba seguir la línea de la mayoría de la gente de su época, a veces dudaba de su siglo y de él mismo

 

A través de todos estos años de dudas, había conseguido su objetivo. En los alrededores del Santo Sepulcro habían sido des­cubiertas diecisiete tumbas por medio de la sismografía, de la medida de los campos magnéticos y del análisis de la conducti­vidad del suelo. Una tras otra habían sido descartadas. Esta era la última. Si, al igual que las precedentes, solo ofrecía polvo de huesos y de hilos de lino y si la datación de estos fragmentos -efectuada en la Escuela Politécnica de Zúrich- la situaba en los orígenes del siglo I, las excavaciones se detendrían. Un ce­menterio judío, de la época de Jesús, habría entregado sus secre­tos: unas cuantas inscripciones grabadas o pintadas, nombres muy comunes, como Jairo, Marta, María, Simón o Judas; unas cuantas monedas del siglo I; un monograma compuesto por tres letras, la I, la X y la B, que tal vez significase Iesous, Christos, Ba­sileus, igual que el descubierto a mediados de siglo por el padre Bagatti. Era evidente que allí habían sido enterrados cristianos antes de que el cementerio fuese arrasado en el siglo II. El des­cubrimiento tampoco era tan sorprendente dado que una comu­nidad cristiana había vivido en esa época en Jerusalén. Todas las tumbas estaban vacías, sin duda porque habían sido vaciadas de sus huesos probablemente en la época en que Adriano mandó arrasar el cementerio. Excepto dos tumbas, que estaban situadas cerca de la última, a la que iba a acceder ahora.

 

Los sondeos realizados más de cuatro años antes habían reve­lado la existencia de la decimoséptima tumba en un lugar prácti­camente imposible de excavar, debajo de los cimientos de dos casas colindantes. La cripta estaba excavada en un terreno roco­so que nunca había sido removido. Además tuvieron que pagar un precio desorbitado a las familias palestinas que ocupaban estas casas desde hacía generaciones. Solo la fundación Rocke­feller, a la que Theo acudió confidencialmente y a la que Co­lombe presionaba periódicamente, había podido aportar la financiación necesaria. Pero para controlar a Theo, la fundación le había colocado un comisario, Jeremy Herchel, profesor de Harvard, que fue enviado a Jerusalén de inmediato. Desgracia­damente, su participación en el proyecto se redujo a maniobras dilatorias, intrigas y evasivas constantes. Protestante convertido al catolicismo, se había dotado a sí mismo de una segunda mi­sión de control: tenía al corriente al cardenal Weiss de todos los pasos dados por Theo, sin que a los cardenales les costase un solo dólar.

 

Theo había mandado excavar un pozo vertical de cuatro metros de profundidad en uno de los sótanos y, a partir de ahí, ha­bía avanzado centímetro a centímetro en la roca. Un minero suizo, Vital Gaspoz, había realizado él solito todo el trabajo, apuntalando y cimentando la galería a medida que iba progre­sando en ella. Vital había aprendido su oficio excavando las ga­lerías de las traídas de agua a las presas eléctricas de alta monta­ña. Unos cuantos teodolitos colocados en la cúpula del Santo Sepulcro servían de referencia sobre los techos de las casas, a fin de descubrir el menor movimiento en sus cimientos. La galería tenía ahora cerca de diez metros de largo y estaba previsto que esa misma noche del 27 de diciembre se abriese la cavidad que daría entrada a la supuesta tumba.

 

Desde el mismo momento de la apertura del agujero, Theo hizo llevar a la tumba una válvula a través de la cual inyectó aire comprimido, previamente filtrado y esterilizado. No quería introducir ninguna materia orgánica procedente del exterior, es decir del siglo XX, en esta tumba sin duda cerrada desde el si­glo I y cuyos detritus orgánicos quería fechar con la mayor pre­cisión posible.

 

En el momento de la apertura, tres hombres se encontraban en la galería: Vital Gaspoz, Theo y Moshe Tov, el director del Departamento Israelí de Antigüedades. En cambio, Theo había tenido sumo cuidado en no avisar a Jeremy Herchel.

 

En principio, este se ocupaba del desciframiento y de la pu­blicación de los manuscritos descubiertos hacía más de medio siglo en Qumran. Ya fuese por incompetencia, por pereza o por una voluntad deliberada de camuflar los manuscritos, había acu­mulado un retraso muy considerable en su trabajo. Su inercia se había hecho proverbial entre la comunidad científica, dos de cu­yas generaciones habían tenido el tiempo de desaparecer sin que los manuscritos de Qumran fuesen publicados ni siquiera en forma de reproducción fotográfica. Theo no deseaba que a sus eventuales descubrimientos les ocurriese lo mismo. Desde el co­mienzo, había preparado un dispositivo para engañar a Jeremy Herchel que, de entrada y por pura reacción instintiva, no le ha­bía caído bien y al que había terminado por detestar a causa de su antisemitismo palmario.

 

Vital Gaspoz acababa de ampliar la abertura para poder in­troducir la cabeza. Sin decir ni una sola palabra, se retiró para cederle su sitio a Theo, que se ajustó su máscara quirúrgica en la boca y en la nariz, se cubrió el pelo con un gorro esterilizado y se enfundó unos guantes de caucho. Un proyector iluminaba la cavidad. Habían perforado la tumba por la parte opuesta a su entrada natural. Una entrada que parecía seguir clausurada por una gran piedra. En las paredes situadas a la izquierda y a la de­recha de Theo, tan cercanas que casi habría podido tocarlas con la mano, estaban excavados dos nichos, debajo de una bovedilla. Era una tumba del tipo arcosolium con dos nichos, tal y como había previsto desde hacía tiempo el programa de ordenador. Theo ya estaba evaluando las dimensiones de la tumba, incluso antes de medirla.

 

El nicho de la izquierda estaba vacío; el de la derecha conte­nía un esqueleto bien conservado, envuelto todavía en jirones de lino. Era el tercer esqueleto intacto que Theo descubría. Eso significaba que, sin duda alguna, la tumba no había sido profa­nada en la época de Adriano, porque su emplazamiento exac­to había sido olvidado o porque su entrada estuviese ya cubierta de escombros. Antes de realizar cualquier otra maniobra, Theo tomó varias fotos siguiendo un procedimiento sistemático desti­nado a cubrir todos los ángulos visibles desde su puesto de ob­servación.

 

A continuación, introdujo el tubo de un aspirador y comenzó a recoger el polvo situado en el nicho que contenía el esqueleto. Cada vez que abría una tumba, seguía este procedimiento con el fin de recoger las parcelas de materia orgánica antes de que se contaminasen con las procedentes del mundo exterior. A partir de unos cien gramos de polvo era posible seleccionar primero manualmente y, después, con el microscopio los microgramos de materias orgánicas que permitirían al laboratorio fechar la tumba. Una tarea minuciosa que exigía la eliminación de los in­sectos susceptibles de haber penetrado en la tumba en un perío­do reciente. Para esta tarea, Theo había contratado a un espe­cialista en la fauna mediterránea.

 

Terminada su recolección, vació la aspiradora en un recipien­te cilíndrico de acero inoxidable, que cerró y cuyo aire reempla­zó por el nitrógeno extraído de una bombona. Selló y marcó la fecha de la muestra ante los ojos de Moshe, que firmó la etique­ta. Theo renunció a hacer la misma operación en el nicho de la izquierda porque, aparentemente, jamás había sido ocupado.

 

Antes de ampliar la brecha, Theo invitó a Moshe a inspeccio­nar el lugar. Apenas este metió la cabeza en la tumba, lanzó un grito y pronunció una frase en hebreo. Después, se volvió y se dirigió a Theo en inglés: «¿No ha visto esa jarra?».

 

En medio de su excitación y deslumbrado por el proyector, Theo no se había percatado de que, directamente debajo de él, había una masa oscura, que inconscientemente había tomado por una piedra y que, en realidad, era una pequeña tinaja. Una tinaja que había aguantado milagrosamente la caída de los cas­cotes mientras estaban abriendo la brecha. Se trataba, pues, de no estropearla ahora. Gaspoz retomó su lugar y atacó de nuevo la roca con martillo y cincel.

 

Moshe y Theo no hablaban. Daba la sensación de que la at­mósfera se volvía cada vez más caliente y agobiante. El olor de la transpiración del minero se hacía insoportable. Los dos hom­bres esperaron, en cuclillas, cerca de una hora en aquella estre­cha galería. Al final les dolían las piernas y tenían calambres en las pantorrillas y en la espalda. Pero Theo no albergaba duda al­guna: el contenido de la tinaja resolvería el problema que se ha­bía planteado.

 

En toda investigación lograda, hay un momento delicioso en el que el investigador pasa, sin poder justificarlo realmente, de la duda a la certeza. Todo acontece como si el tiempo se detuviese y comenzase a dar marcha atrás, del futuro hacia el presente. En un instante de lucidez el investigador discierne el resultado, por el que todavía tendrá que seguir luchando para poder probarlo

 

empíricamente. Como Theo había vivido ya esta experiencia trascendente una media docena de veces, la reconoció inmedia­tamente.

 

Tras casi una hora de trabajo, Gaspoz extrajo de la tumba un jarrón casi cilíndrico, sosteniéndolo por dos pequeñas asas. Es­taba cubierto por una especie de tapadera de arcilla. Moshe Tov susurró que se parecía exactamente a las que se habían encon­trado en las grutas de Qumran. Cuando Theo cogió la jarra con sus dos manos, Moshe levantó la tapadera y de su interior extra­jeron tres rollos confeccionados, respectivamente, en papiro, bronce y pergamino.

 

Theo gozaba de la reputación de ser un mago de la investiga­ción. Su secreto consistía en un cuidado minucioso en la prepa­ración de sus experiencias, previendo los menores incidentes con precauciones que, a menudo, resultaban inútiles pero que, otras veces, se mostraban decisivas para coronar con éxito sus investigaciones.

 

Durante las seis semanas que había durado la excavación de la galería, se las había ingeniado para dotar su casa de un equipa­miento científico-técnico rudimentario. Las cajas de material llegaron procedentes de Suiza. Theo ignoraba que la noche del 27 al 28 de diciembre iba a descubrir una jarra con manuscritos en su interior, pero había previsto esta posibilidad. Un climati­zador, cortinas de oscurecimiento y una larga mesa cubierta con placas de cristal equipaban la estancia más amplia. Una pequeña habitación adyacente contenía el material necesario para el re­velado de fotografías y películas. Por último, una pequeña coci­na y tres catres permitían a los tres hombres trabajar sin des­canso.

 

Theo vivía con la angustia de una filtración que llegase a oídos de la prensa. No deseaba que ocurriera lo mismo que cuando se obtuvieron los resultados de la datación del lienzo. Hasta ahora, no había atraído la atención de los corresponsales de prensa, más preocupados por los problemas políticos de Is­rael que por una de tantas excavaciones. De hecho, Theo había eliminado la palabra «excavación» en todos sus comunicados. Se trataba exclusivamente de la restauración de la iglesia del Santo Sepulcro, la consolidación de sus cimientos y un pequeño sondeo en el terraplén. Ninguno de los hallazgos efectuados en las demás tumbas ya descubiertas había sido publicado, a pesar de las invitaciones cada vez más apremiantes de la Biblical Archeo­logy Review.

 

Gaspoz cogió la máquina de vídeo, con el fin de grabar to­dos los gestos y todas las palabras intercambiadas por Theo y Moshe. Los tres rollos fueron colocados juntos sobre la mesa y fotografiados antes de ser desenrollados. A continuación, Theo colocó el más voluminoso de los tres rollos, que era el de perga­mino, en una estancia donde la humedad estaba controlada al ochenta por ciento. En el fondo de la jarra había fragmentos que se habían soltado del pergamino. Theo colocó un fragmen­to virgen de escritura en un recipiente sellado con el fin de utili­zarlo para su datación en el laboratorio de Zúrich. Entonces los tres hombres interrumpieron el trabajo para descansar y comer algo.

 

La historia (o la leyenda) cuenta que el almirante Nelson, la vigilia a la batalla de Trafalgar, estuvo toda la noche jugando con sus oficiales, para evitar que se pusiesen nerviosos y perdie­sen su concentración durante una noche de insomnio. Theo se inspiró en este ejemplo ilustre para ocupar a sus compañeros durante la espera. Mientras Gaspoz abatía los últimos decíme­tros de roca, Theo, ante la mirada incrédula de Moshe Tov, pre­paró un cuscús delicioso, con carne koshev para que ambos, el cristiano y el judío, pudiesen compartirlo. También se había he­cho con un vino israelí, embotellado según las prescripciones rabínicas y que, en el fondo, le parecía un vino horrible. Pero la convivencia pasaba por encima de la gastronomía en esta em­presa de alto riesgo, de la que Moshe era el único garante local. En principio, Jeremy Herchel debería estar presente pero, con el paso del tiempo, se había cansado de las interminables operaciones a las que se dedicaba Theo tras el descubrimiento de las dieciséis primeras tumbas. Y es que Herchel no solo prac­ticaba esa indolencia distinguida de la que hacen gala muchos universitarios, sino que, además, sentía atracción por la bebida. Tras unas cuantas horas de sobriedad, su ansia de ingerir alcohol lo atenazaba profundamente. Entonces se refugiaba en su casa para meditar sobre los méritos comparativos de las cervezas. Las que más a menudo solía comparar eran la Budweiser americana y la Maccabi israelí.

 

Antes de comer, los tres hombres se tomaron un respiro. Moshe Tov y Gaspov se recostaron en sus catres, mientras Theo, infatigable, se puso ante su ordenador portátil para redactar un informe del descubrimiento. De vez en cuando, abandonaba su ordenador y se ocupaba del cuscús. Al cabo de dos horas desper­tó a sus compañeros. Comieron el cordero, la sémola de trigo y las legumbres en total silencio, cada cual enfrascado en las nu­merosas reflexiones que el descubrimiento les inspiraba. Los puntos de vista respectivos de un físico de Zúrich, de un arqueó­logo israelí y de un minero suizo apenas coincidían. Tras la co­mida, tomaron el café cargado que Moshe les preparó. Y sin me­diar palabra se acostaron.

 

Moshe había advertido a Theo frente a cualquier precipitación en la manipulación de los rollos. Estimaba que necesitaban al me­nos veinticuatro horas para dotarles de una humedad normal.

 

Theo había previsto este inconveniente. Además, nada les obligaba a salir. Alternativamente, dormitaron, comieron, le­yeron, jugaron a las cartas y escucharon la radio. Hacia el me­diodía del 28 de diciembre, vigilia de la fiesta de los Santos Inocentes, Herchel telefoneó para informarse, sin demasiado entusiasmo, del desarrollo de los trabajos y Theo le contestó también de una forma vaga e imprecisa y le anunció que se ve­rían al día siguiente.

 

Al alba del 29 de diciembre, Moshe dio el beneplácito para co­menzar la investigación. Suficientemente empapado de humedad, el rollo de pergamino se dejó desenrollar. Con un pie de rey, Theo midió el espesor de la piel de cordero del rollo. Por ningún lado excedía una décima de milímetro. Un escriba había trazado con un estilete líneas paralelas para guiar la escritura.

 

Moshe gozaba de una gran experiencia en el trabajo de de­senrollar rollos, por haber trabajado en el laboratorio de Biber­kraut, un especialista en el tratamiento cuasiquirúrgico de los manuscritos de Qumran. Theo le dejó actuar con infinitas pre­cauciones durante más de tres horas. A medida que el pergami­no se iba desenrollando, él mismo le colocaba placas de cristal para inmovilizarlo. La mesa, que medía tres metros cincuenta centímetros de largo, venía justa para acoger el rollo totalmente abierto. Theo midió sus dimensiones: veintidós centímetros de largo por tres cuarenta y tres de ancho. El texto estaba escrito en treinta y dos columnas, cada una de las cuales ocupaba un trozo de pergamino diferente, cosido a las demás piezas para formar el rollo.

 

Desde el momento en que desenrolló la primera columna, Moshe le susurró a Theo que el texto estaba en arameo. Tras haberlo desenrollado del todo, recorrió en diagonal el manus­crito entero y precisó:

 

-Es un manuscrito cristiano. El nombre de Jesús aparece fre­cuentemente.

 

Moshe Tov era un hombre parco en palabras, alto, delgado, entrecano, con una nuez de Adán sobresaliente que agitaba constantemente en señal de emoción. Theo, en cambio, perma­necía imperturbable, entre otras cosas porque no habría podido descifrar el texto. A lo sumo reconocía el tipo de escritura, los caracteres que imitaban la escritura cuneiforme que los escribas de Israel habían elaborado durante el exilio en Babilonia.

 

Antes de que el manuscrito corriese el riesgo de degradarse al contacto con el aire y con las esporas, su trabajo consistía en fo­tografiarlo sucesivamente en una película en blanco y negro, después en otra película en color y, por último, en una película sensible a los rayos infrarrojos. Jamás este trabajo se había podi­do efectuar en tan buenas condiciones para los innumerables manuscritos recuperados desde mediados de siglo en Palestina. En efecto, a menudo, estos manuscritos eran manipulados por los beduinos, traficantes e intermediarios ignorantes, antes de que llegasen a manos de los científicos. Incluso el trabajo rea­lizado durante los años cincuenta y sesenta en el Rockefeller Museum sobre los manuscritos de Qumran se había desarrollado en condiciones deplorables: con las ventanas abiertas, a la luz del sol, con humedad variable y mientras algunos de los sabios fu­maban cigarrillos sin parar. Theo tardó dos horas en terminar la sesión fotográfica. Gaspoz iba revelando los negativos en la es­tancia adyacente, a medida que Theo iba haciendo las fotogra­fias y mientras Moshe continuaba leyendo en silencio el manus­crito. Cuando sus compañeros terminaron, él también se paró, sin decir ni una sola palabra.

 

Eran las ocho de la mañana. El sol de invierno ya se había le­vantado cuando se sentaron a desayunar. Estaban en una habita­ción del primer piso, cuyos muros encalados adquirían un tinte fosforescente bajo los rayos de luz procedentes del levante. Tras doce horas pasadas en una atmósfera cerrada, nadie se atrevió a encender la luz para saborear plenamente el aire y la humedad que penetraban por la ventana abierta. Cuando terminaron de desayunar, Tov comenzó a hablar:

 

-Se trata de un texto redactado en arameo y que reproduce palabras pronunciadas por Jesús. No tengo una edición de los Evangelios a mano, pero el texto me parece muy próximo al de Marcos, con algunos pasajes originales que quizás hayan sido retomados por los Evangelios apócrifos. Pero tampoco soy un especialista en el tema. En cualquier caso, este texto cristiano no le interesa directamente a Israel. Si lo desea, podrá exportar el manuscrito. Y nosotros no haremos uso de la cláusula que nos atribuye la propiedad de todos los manuscritos pertenecientes a la tradición de Israel.

 

-Para eso tendrá que dar su consentimiento Jeremy Herchel -precisó Theo-. Y no lo dará. Según los acuerdos con la Funda­ción Rockefeller, la propiedad de todos los objetos encontrados durante las excavaciones les corresponde de pleno derecho. Her­chel guardará los manuscritos en Jerusalén donde tiene todos los manuscritos de Qumran. Si yo no tuviese fotografias, tardaría más de medio siglo en poder publicar el contenido de estos ma­nuscritos.

 

-Nos queda el papiro y el rollo de bronce -advirtió secamen­te Tov.

 

Gaspoz no decía nada. Solo frotaba sus manos encallecidas, aspirando el humo de su cigarrillo. Sus dos compañeros nunca se habían atrevido a protestar contra esta desagradable costum­bre. El último privilegio del trabajador manual consiste en no creer nunca las predicciones de los intelectuales y pasar olímpi­camente de sus consejos.

 

-En cualquier caso, con los medios que tenemos no podre­mos troquelar el rollo de bronce. Tendremos que enviarlo a Londres, donde hay especialistas consumados en este tipo de operaciones. En cambio, el papiro debe estar ya lo suficiente­mente húmedo para que lo podamos desenrollar.

 

El papiro era mucho más corto que el pergamino: doce co­lumnas sobre otras tantas hojas pegadas en forma de rollo. Ape­nas medía un metro treinta y tres de largo, pero se encontraba en un estado de conservación muchísimo peor que el pergami­no. Daba la sensación de que la jarra había albergado insectos más interesados por las sustancias vegetales que por las anima­les. En cualquier caso, el papiro era también un manuscrito cris­tiano y Moshe Tov se mostró más preciso sobre su contenido que sobre el del pergamino:

 

-Se trata del relato de la Pasión según Marcos, con algunas variantes.

 

Cuando terminaron de hacer las fotografías del manuscrito eran las once de la mañana. La hora de llamar a Jeremy Herchel que respondió con una voz pastosa al otro lado del hilo telefóni­co. Mientras Herchel se vestía y se ponía en camino, Theo se ocupó de guardar las copias efectuadas durante toda la noche y la mañana. Se había colocado un fax en su casa, donde disponía también de un teléfono, pero como estaba casi completamente seguro de que su línea estaba pinchada, se abstuvo de llamar a Emmanuel. A través del fax, mandó a Zúrich las fotografías en blanco y negro de las cuarenta páginas que componían los dos manuscritos. Disponía de dos ejemplares del negativo de cada película, uno de los cuales se lo entregó a Tov. Apenas cuarenta minutos después de que le hubiese telefoneado, Herchel llama­ba al timbre de la puerta.

 

La visión de los dos manuscritos extendidos sobre la mesa le sumió, en un primer momento, en un silencio amenazador, al que siguió un torrente de insultos entresacados del vocabulario más soez de la lengua inglesa. Dado que era un célebre lingüis­ta, tuvo la delicadeza de añadir insultos e injurias en francés y en hebreo. Habló en las tres lenguas para proferir dudas formales sobre la salud mental, la competencia profesional, la moralidad, la sobriedad y la honradez de sus interlocutores.

 

Desgraciada­mente para él, añadió en francés acusaciones relativas a la fideli­dad conyugal de la madre y de la mujer de Gaspoz. Este, sin pensárselo dos veces, le asestó un puñetazo en toda la cara. Y Herchel se calmó.

 

Theo cogió unos cuantos cubitos de hielo del frigorífico para detener la sangre que brotaba del labio partido de Herchel. Este dio la vuelta a la estancia, criticando la instalación de Theo y acusándole, en tono casi lloroso, de haber comprometido defi­nitivamente la salvaguardia de un manuscrito inestimable, pro­piedad de la Fundación Rockefeller, a la que debería haberle entregado la jarra sin inventariar su contenido. Y cuando descu­brió la verdadera naturaleza de los documentos, su rostro se tor­nó blanco como la nieve.

 

-Le recuerdo que no tiene derecho a publicar unos textos que son de nuestra propiedad intelectual.

 

Tov intervino secamente para especificar que todos los obje­tos encontrados en las excavaciones pertenecían, en principio, al Estado de Israel, el cual podía delegar su custodia en institucio­nes científicas, pero que tampoco estaba obligado a hacerlo. Si Herchel no publicaba el texto de los manuscritos en un plazo razonable, el Departamento Israelí de Antigüedades se encarga­ría de hacerlo. Le dijo a Herchel que disponía de un juego de negativos. Herchel le dirigió a Theo una mirada llena de pánico y este confesó, por su parte, estar en posesión del otro juego de negativos. Una vez que comprendió que los manuscritos eran ya de dominio público, Herchel se quedó pálido y febril. Ante esta conspiración y comprendiendo que no obtendría nada ni con amenazas ni con halagos, pidió que le enseñasen la tumba.

 

Theo, siempre tan previsor, tenía unos cuantos monos de traba­jo que se cerraban herméticamente, del estilo de los utilizados en las centrales nucleares. Ayudó a Herchel, gruñón y patoso, a enfundarse uno de ellos. A pesar de que había criticado la su­puesta falta de precauciones de Theo a la hora de desenrollar los manuscritos, ahora echaba pestes contra estas precauciones que juzgaba inútiles. Más de una vez, Theo se había esforzado por explicarle el método de datación por el carbono 14 y las precauciones necesarias, sin conseguir nunca que Herchel lo entendiese, porque este se vanagloriaba de su total ignorancia en ciencias naturales.

 

Para aliviar sus heridas de amor propio y su labio partido, Theo invitó al americano a que entrase el primero en la cripta. Nada más penetrar en el interior, Herchel lanzó un grito, in­comprensible para Theo.

 

-¡El titulus!

 

Cuando Theo y Moshe se unieron a él, los tres hombres ocu­paban todo el espacio disponible dentro de la tumba. Entonces, Herchel, al borde de la histeria, señaló una pequeña plancha re­costada en el nicho vacío, es decir, en el nicho contrario a aquel donde se encontraba el esqueleto. La placa lucía, grabadas con hierro candente, tres inscripciones superpuestas en latín, griego y hebreo. Theo conocía el suficiente latín para descrifrar la pri­mera línea: «Jesús nazareno Rey de los judíos». ¿Era la repro­ducción o quizás el original de la placa clavada por los soldados romanos sobre la cruz de Cristo, para burlarse de él? En cual­quier caso, se correspondía perfectamente con la descripción que de ella daba Juan en su Evangelio, lo que reforzó la estima de Theo por la autenticidad de este relato en comparación con los demás.

 

Al instante, Moshe descubrió otra inscripción en arameo, grabada con buril en el suelo del nicho que acogía el esqueleto, una inscripción que tradujo como «… hijo de José», precisando que la primera palabra era ilegible, excepto la primera letra que se correspondía con una J. Y por eso dijo, siguiendo una lógica evidente:

 

-Podría ser «Jesús hijo de José».

 

Herchel, sumamente nervioso y agitado, se dirigió a Theo:

 

-Salgamos de inmediato. Tengo que decirle algo a solas.

 

Los dos se encerraron en la estancia que utilizaban para reve­lar las películas. El aire estaba impregnado de un olor ácido a reactivo que puso en alerta todos los sentidos de Theo. Durante el trabajo, se convertía literalmente en un algoritmo, bloquean­do su cerebro para dedicarse únicamente a las operaciones de medida con el mayor rigor posible, sin dejarse emocionar por interferencias, ruidos, olores o sabores. Era como una máquina. Nunca había entendido cómo algunos de sus colegas conse­guían trabajar fumando, tomando café o escuchando música. Salió lentamente de esta especie de segunda naturaleza bajo el efecto de los reactivos y del estado de ansiedad de Herchel. Este far­fulló:

 

-¿Se da cuenta de lo que acaba de hacer? Theo respondió maquinalmente:

 

-He descubierto una tumba judía, cerrada desde los alrede­dores del año 130 como muy tarde, pero probablemente bastan­te antes. Una tumba que contiene manuscritos muy interesantes para explicar la génesis de los Evangelios y quizá también una reliquia auténtica de Cristo. Dispongo también de muestras de materia orgánica para proceder a una datación y para verificar mi hipótesis según la cual el lienzo de Turín sería auténtico. Todo eso me parece un éxito en relación con el tiempo y el tra­bajo que hemos invertido en este proyecto.

 

-¿Y el esqueleto? ¿Qué piensa del esqueleto?

 

-No fui yo el que lo depositó allí -replicó Theo-. Da la sen­sación, al escucharle, de que acabo de cometer un crimen y que fui yo el que escondí el cadáver en la tumba. ¡No me siento cul­pable de nada! Después de todo, no es de extrañar que haya un esqueleto en una tumba.

 

-¡Es usted un inconsciente! Sabe, como yo, que la iglesia del Santo Sepulcro está edificada sobre una tumba que probable­mente no sea la de Cristo y que, a fuerza de excavar en los alre­dedores, tenía todas las papeletas para descubrir la verdadera tumba.

 

-Esa era mi intención y no se lo oculté nunca. ¡Y no era una probabilidad, sino un objetivo!

 

-De acuerdo, pero tenía tan pocas probabilidades de conse­guirlo que nunca me pareció necesario desanimarle, ni interve­nir ante la Comisión Bíblica Pontificia, cuyo presidente es el cardenal Weiss, como sabe usted muy bien. Una palabra de mi parte al cardenal y usted quedaría reducido a la impotencia. ¡He visto muchos aficionados que han venido a Jerusalén a embro­llar las pistas con su buena fe en bandolera!

 

-No acabo de ver dónde está el problema -confesó Theo con una ingenuidad perfectamente estudiada.

 

Herchel frunció las cejas, unas cejas tan pobladas y espesas como las del cardenal Weiss. Quizá se negase a que su peluque­ro se las cortase. Eso formaba parte de su estilo austero. Era de origen cuáquero, lo que evidentemente no predispone al hedo­nismo. En su familia, originaria del interior de Pensilvania, be­ber alcohol constituía una falta grave. Para él, el placer equivalía al pecado, en su caso la bebida en grandes dosis. En cambio, los

 

católicos consideran la borrachera con una dulce indulgencia. Para ellos, es mil veces mejor emborracharse que cometer un solo pecado de impureza sexual. Herchel se hizo, pues, católico para sentirse menos culpable. Sin embargo, convencido de su corrupción primigenia por culpa del pecado original, se sumía habitualmente en unas borracheras descomunales, las anulaba con confesiones lacrimógenas y, para compensar, practicaba un conformismo estricto en materia de doctrina. Eso explicaba, sin duda, su sintonía con el cardenal Weiss. Es decir, había alcanza­do una especie de equilibrio espiritual inestable. Hacía pensar en un artista de circo que pedalea en una bicicleta con una sola rueda al tiempo que juega con una pila de platos. A fuerza de verle, Theo había llegado a experimentar una cierta fascinación por este desesperado de la fe católica.

 

Herchel se sentó en el único taburete que había en la habi­tación. Para formular sus pensamientos tenía que relajar sus músculos. Siempre le costaba bastante expresarse, a no ser cuan­do daba rienda suelta a sus invectivas.

 

-Suponga por un instante que esta tumba nueva contiene un solo esqueleto y una inscripción que se puede interpretar como «Jesús, hijo de José» y una reliquia eventualmente auténtica de la Pasión de Cristo, más una colección de palabras de Jesús a partir de la cual se redactaron los evangelios sinópticos, ade­más de un relato de la Pasión. Suponga, por otra parte, que su dichosa datación proporciona una fecha en torno al año 30. ¿Cómo no concluir que se trata de la verdadera tumba y que el esqueleto es el del mismísimo Jesús? No olvide lo que dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados de los hombres». Con sus estúpidas medidas y desordenadas ex­cavaciones corre el riesgo de sacudir los mismos fundamentos de la Iglesia.

 

-Corro el riesgo -respondió Theo- de sacudir la fe de los que ya tienen una fe tambaleante. La diferencia entre usted y yo, mi querido Jeremy, es la siguiente: usted duda de la realidad de la Pascua y yo no dudo ni un solo instante.

 

Mientras Herchel y Theo mantenían esta conversación, Tov se aisló para redactar su informe. Telefoneó a la policía israelí para que le mandasen una patrulla para custodiar la casa día y noche. Vital Gaspoz, por su parte, dejado provisionalmente de guardia a la entrada de la cripta y sabiendo que nadie le moles­taría, no resistió una tentación evidente. Observó atentamente el esqueleto y terminó por descubrir algo que le dejó estupefac­to. Se fijó de cerca en los huesos de las muñecas y en los de los pies. No había lugar a dudas: había en ellos huellas de óxido.

 

Vital se arrodilló delante del nicho y llenó de polvo su caja de cerillas, después de haberla vaciado de sus fósforos. Cerró cui­dadosamente la cajita con papel celo y dibujó una cruz en cada uno de sus lados con un bolígrafo. Metió la caja en el bolsillo interior de su camisa, sobre el corazón.

 

El resto de la jornada se pasó terminando el trabajo de la noche anterior, en medio de los comentarios malintencionados y de los suspiros de Jeremy Herchel. Theo cogió una astilla del titulus para fecharlo: fotografió la plaqueta para intentar una datación por dendrocronología. Realizó muchas fotos con luz rasante de la inscripción parcialmente borrada, con el fin de intentar re­construirla a través del tratamiento informático de las imágenes. Un segundo registro a fondo de la tumba no descubrió indicios nuevos. El esqueleto fue colocado en su sitio para que, al día si­guiente, lo examinase un especialista del Departamento Israelí de Antigüedades, pero antes fue medido y fotografiado. Theo, que tenía una memoria prodigiosa para las cifras, señaló en voz alta e inteligible que las medidas del esqueleto y las del lien­zo de Turín eran compatibles, lo que desencadenó una nueva crisis de rabia en Herchel.

 

Hacia las seis de la tarde, dos policías de paisano llamaron a la puerta. Entonces, los cuatro hombres abandonaron el lugar de las excavaciones. Jeremy Herchel se marchó sin decir una pa­labra y sin ni siquiera despedirse, como si temiese avalar con su presencia durante más tiempo lo que había pasado. A pesar del peso de las muestras que llevaban para su datación, Theo y Vital Gaspoz volvieron a pie al hotel King David, situado apenas a un centenar de metros del lugar de las excavaciones, e invitaron a Moshe a tomar una copa en el bar del hotel. Theo propuso para ello una botella de vino espumoso, estrictamente koshev, proce­dente de una viña del monte Carmelo, como sustituto razonable de una auténtica botella de champán. Tov objetó que la ocasión no merecía la pena y que sería suficiente con una copa de cual­quier otra cosa. Desde el instante en que Vital Gaspoz vació su copa, se retiró a su habitación y, por fin, los dos hombres se quedaron solos, frente a frente y libres para poder expresar todo lo que sentían. Tov comenzó dulcemente, como si hubiera que­rido consolar a Theo por alguna desconsideración:

 

-A fuerza de buscar, terminó usted por encontrar lo que no esperaba…

 

-Siempre sucede lo mismo -respondió Theo-. De hecho, para mí, la auténtica investigación comienza ahora en Zúrich, con la datación de todas las muestras.

 

-Independientemente de lo que descubra en el laboratorio, el resultado más visible de la excavación es el que Herchel descu­brió inmediatamente. Está usted en un círculo vicioso. Al in­tentar autentificar el lienzo de Turín, lo ha desmitificado. Al es­forzarse contra toda evidencia en autentificarlo de nuevo y conseguir un indicio material de la resurrección de Jesús de Na­zaret, lo único que consigue es hacer planear la duda sobre la misma resurrección. Independientemente de sus intenciones, la ciencia desencanta al mundo, destruye los mitos, reduce los relatos del pasado a leyendas y transforma los milagros en metá­foras. Como judío, no puedo creer en la resurrección del profe­ta Jesús de Nazaret, al que ustedes llaman Cristo o Mesías. Hace veinte siglos, una secta se separó de Israel, basándose en esta leyenda. Los cristianos ya no son siquiera judíos infieles, sino que están fuera del pueblo elegido. Eligieron abandonarlo, acreditando a un blasfemo sorprendente, encarnación de Dios con rostro humano. Mi querido Theo, lo siento mucho por us­ted, pero está tocando el fondo de la contradicción cristiana y, además, de una forma consciente. Nadie se compadecerá de us­ted. Muchos le odiarán. Algunos querrán incluso quitarle de en medio. Selle esa tumba. Yo no diré nada porque Israel no tiene interés alguno en crearle molestias al mundo cristiano. Herchel se callará también por otras razones y Gaspoz es un hombre que puede guardar un secreto, si usted se lo pide.

 

Como Theo guardaba silencio, Tov siguió hablando de una forma todavía más dulce.

 

-El objetivo de Israel nunca fue el de convertir al mundo. Acogemos a los que insisten en querer practicar nuestra fe, exa­minándoles primero a fondo y explicándoles que arrastran una carga pesada. No es necesario ser un judío practicante para sal­varse. Todos los hombres de buena voluntad se salvarán. Israel solo es la sal de la tierra, lo que da sabor a un plato, lo que da sentido a la historia. Nunca hemos pensado en sustituir todos. los platos por la sal o reducir la historia a la búsqueda de su sen­tido. Para convertir, por las buenas o por las malas, a todas las naciones a una religión única, los cristianos han reducido una fe exigente a una serie de prácticas supersticiosas, capaces de sedu­cir a los paganos. Era evidente que algún día Dios iba a dar un signo para hacer saber que los cristianos se engañan. Pero yo no tengo especial interés en que este signo lo conozca todo el mun­do. Es suficiente con que usted lo entienda.

 

Dudó un instante y continuó mirando fijamente a los ojos de Theo:

 

-Si intenta, aunque solo sea por un instante, ponerse en mi lugar, entenderá que le estoy haciendo un favor insigne al pro­ponerle que destruya las pruebas.

 

Theo suspiró, estudió su cerveza como si fuera una bola de cristal, aunque no tenía ni la menor sombra de duda sobre lo que iba a hacer:

 

-Las evidencias le dan provisionalmente la razón. Y yo no quiero causarle problemas. Pero usted es usted y yo soy yo. Hay

 

más relatos maravillosos y legendarios en la Torá que en los Evangelios. Lo que importa no son los relatos de las maravillas como los imaginaban nuestros antepasados, sino lo que esas ma­ravillas representan realmente y lo que significan en nuestra realidad. Mi profesión es la datación. Recorro el mundo porque creo que es obra de Dios y que contiene mensajes ocultos de Dios. Destruir pruebas solo lo hacen los criminales o los funcio­narios por razones de Estado. Y yo no soy ni un funcionario ni un criminal.

 

La cerveza terminó por predisponerles al consenso y al sue­ño. Theo apenas había pegado ojo desde hacía cuarenta y ocho horas. Refugiado en su habitación, se preparó un baño caliente. Todavía tuvo fuerzas para reservar dos plazas en el vuelo de Swissair del día siguiente por la tarde. Tenía prisa por poner a buen recaudo sus muestras. Le envió también un fax a Co­lombe, con estas palabras: «El gran juego ha comenzado. Reú­nete con nosotros en el lugar convenido». Antes de quedarse dormido, tuvo tiempo de rezar una pequeña oración, arrodilla­do al lado de su cama, con las dos manos juntas sobre la caja de acero que contenía la astilla extraída del titulus.

 

 

 

CAPÍTULO 9

 

Theo durmió doce horas de un tirón. Eran más de las ocho cuando el teléfono le despertó. Su primera impresión fue la de un deslumbramiento, porque la víspera había olvidado cerrar las cortinas y el cielo azul difundía una claridad extraordinaria para un día tan cercano ya al solsticio. Dejó sonar el teléfono, en contra de sus principios. Ya no estaba obligado a reaccionar al primer golpe de teléfono: algo había cambiado en su vida. Vivía por encima de sus costumbres y rompiendo con sus hábitos. Se sentía muy ligero, como si hubiese dejado de ser un algoritmo. Después de todo, había coronado con éxito el más largo, el más ambicioso y el más arriesgado de los algoritmos de su carrera. Ya no era el mismo. Cogió el auricular con cierta indolencia:

 

-Supongo que la noche ha sido, para usted, una buena conse­jera -gritó Herchel-. Yo, en cambio, no conseguí pegar ojo. Ya he hablado con el cardenal. He pasado por fax una copia de los manuscritos, algo que, por cierto, usted mismo pudo haber he­cho. El cardenal es de la misma opinión que yo. Sus pretendidos descubrimientos crearán un escándalo considerable. Y ya sabe que el que provoca el escándalo más le valiera arrojarse al fondo del mar con una piedra de molino atada al cuello.

 

Theo se sentía de buen humor. No quería enfadarse. Los llo­riqueos de Herchel le provocaban más bien ganas de reír. Una conversación con este idiota le permitiría despertarse dulce­mente, sin esfuerzos mentales exagerados.

 

-Cita usted el Evangelio fuera de contexto, mi querido co­lega. Jesús se refería a los niños escandalizados por los adultos.

 

Y yo no escandalizaré a los niños. Más aún, ellos considerarán maravillosa mi historia. En cambio, escandalizaré a los adultos que han perdido el espíritu de la infancia y que no aceptan cam­biar sus hábitos de pensamiento. Gente como usted, en definiti­va. Gente de la que el mismo Jesús dijo que no se salvaría si no se hacía semejante a esos pequeños.

 

-También alerté a las aduanas israelíes -chilló Herchel- por­que me he enterado de que tiene previsto coger el avión para Suiza, sin duda con sus muestras. Tengo mis fuentes de infor­mación. Si lo hace, será detenido por exportación ilegal de anti­güedades.

 

-Eso si no llevase conmigo una autorización firmada por Moshe Tov -replicó secamente Theo que comenzaba a sentirse irritado.

 

-¿Y no pensó usted en los palestinos? Ya sean cristianos o musulmanes, no les gustará nada si se enteran de que alguien se lleva el patrimonio de su país, aunque este se encuentre ocupa­do ilegalmente por el ejército israelí.

 

-¿Les ha prevenido ya? -preguntó Theo.

 

-Hice lo que me dictó mi conciencia para luchar contra el sionismo. Es muy significativo que encuentre usted apoyo entre los judíos, precisamente para echar por tierra los fundamentos mismos de nuestra fe. Siempre demostró una simpatía sospe­chosa hacia ese Tov..

 

-Decididamente, querido Jeremy, ha hablado ya con muchas personas. Y eso que quería guardar el secreto. Espero y supongo que solo está intentando impresionarme…

 

Herchel colgó y Theo, mientras se aseaba y pedía su desayu­no, echó una ojeada por los alrededores del hotel, que podía di­visar desde la ventana de su habitación. No descubrió nada anormal, pero no se dio por satisfecho y eso le reafirmó, una vez más, en su incapacidad para detectar a los auténticos profesiona­les, policías israelíes o terroristas palestinos. Por vez primera, sintió que estaba en posesión de un peligroso secreto. Al sen­timiento de liberación que había sentido cuando se despertó se había superpuesto otra percepción de la situación, un sen­timiento que nunca antes había sentido: el recelo y el miedo. Y descubrió que le gustaba este sentimiento, porque ralentizaba el curso del tiempo. Los sentidos alerta amplían la percepción del tiempo psicológico. Hasta este momento nunca había ima­ginado que hubiese un medio cerebral para ralentizar el devenir de los segundos.

 

Llamó a Moshe Tov, que ya estaba trabajando en su despa­cho, para recordarle su petición de autorización para exportar las muestras. El israelí le propuso que él mismo le conduciría al aeropuerto de Tel-Aviv, tras recogerle en la puerta de servicio del hotel. Theo metió cuidadosamente todas las muestras en el bolso de mano, que llevaría siempre con él. Confió un juego de pruebas positivas de los manuscritos a Gaspoz, que no le pre­guntó nada y que le esperó en el pasillo con su maleta en la mano y fumando como siempre. Theo no bajó a la recepción a pagar: podía consultar su cuenta de gastos a través del televisor y dar una orden de pago automático, marcando el número de su tarjeta de crédito. Tras ello, los dos hombres cogieron el ascen­sor y bajaron hasta el sótano. Atravesando una lavandería, llega­ron hasta la puerta de servicio donde Tov esperaba ya al volante de un coche del ejército.

 

Entre el hotel y el aeropuerto, Theo contuvo la respiración. Les pararon en dos controles del ejército: un autobús israelí ha­bía sido víctima de un atentado terrorista con granadas. En cada control, el corazón de Theo estuvo a punto de cesar de latir. A pesar de la presencia de Moshe Tov, no las tenía todas consi­go. Se daba cuenta a marchas forzadas de que el contenido de su bolso de mano era dinamita pura, sobre todo teniendo en cuen­ta que algunos grupos estaban advertidos de lo que transpor­taba.

 

Las formalidades de registro, de policía y de aduana le pare­cieron de una exasperante lentitud. La policía de seguridad le obligó a abrir cada uno de los recipientes de acero en los que había depositado las muestras, a pesar de las garantías dadas por Tov. El policía se mostraba incrédulo ante las muestras de polvo y no paraba de moverlas, contaminándolas. Hasta que Tov, co­ronel del ejército en la reserva, encontró a un oficial de policía que había sido teniente en su unidad para arrancarle la autoriza­ción y, así, poder pasar el control.

 

La despedida de Tov fue triste:

 

-¡Tenga mucho cuidado, Theo! Descubra lo que descubra al efectuar la datación, se va a enfrentar con grandes peligros. Para la rutina de una religión organizada como la suya, nada es más insoportable que la novedad, sea cual sea. Me temo que está arriesgando su vida. Los cristianos no suelen andarse con chi­quitas con los que no siguen la línea oficial de la Iglesia.

 

Theo, ligeramente nervioso, respondió sin reflexionar:

 

-El Sanedrín también fue muy duro con el disidente Jesús.

 

Dándose cuenta de lo que había dicho, miró con ternura a Tov y le abrazó. A fuerza de vivir en Oriente Medio, se había acostumbrado a dominar ciertas rigideces helvéticas. No se sin­tió tranquilo hasta que no estuvo sentado en el interior del apa­rato de Swissair. Por vez primera, desde que se había desperta­do, se sintió en paz. Las azafatas charlaban en dialecto suizo alemán y ofrecían servilletas refrescantes, vasos de champán o zumo de naranja, la Gazette de Swissair y demás periódicos sui­zos. Theo, tranquilo y confiado, se durmió, con Gaspoz a su lado, incluso antes de que el avión despegase.

 

Cuando se despertó, el avión volaba entre la costa israelí y Chi­pre. Estaban sirviendo el almuerzo. Como aperitivo, Theo tomó una mezcla de vodka y de zumo de tomate, oportunamen­te designado en la jerga anglosajona de los bares con el sobre­nombre de Bloody Mary. Estaba de mal humor. La incompren­sión de Herchel prefiguraba la que se manifestaría en todas partes cuando anunciase sus descubrimientos. Tov había dado en el clavo. Nadie le reconocería sus hallazgos. La mayoría ex­traería consecuencias descabelladas, algunos le odiarían, otros podrían incluso atentar contra su vida, tanto más cuanto que era el único depositario de un secreto subversivo. Compartiéndolo con algunos confidentes seguros, se protegería un poco. Com­prendió que no debía volver a Palestina, pero permaneció deci­dido a batirse para que la verdad, que todavía había que descu­brir por completo, resplandeciese por encima de todo.

 

Se despidió, pues, definitivamente de ese complicado Oriente Medio, llevándose una idea sencilla de aquella zona. Allí se en­tremezclaban tan profundamente la política y la religión que jamás habría paz entre los pueblos, dado que jamás habría paz entre las religiones, y viceversa. Allí donde Dios se había encar­nado, las disputas habían alcanzado una acritud sin precedentes. Además, según las misteriosas palabras del Evangelio, Jesús no vino a traer la paz sino la espada. Judíos, cristianos y musulma­nes nunca terminarían de arreglar un contencioso tan viejo como el Dios al que todos ellos invocaban. Tocar la relación en­tre las religiones, como Theo se disponía a hacer, constituía un crimen irremisible. ¿Era Jesús un iluminado culpable de blasfe­mia, el Hijo de Dios o el penúltimo de los profetas? Cada uno de los descendientes espirituales de Abraham mantenía un pun­to de vista diferente sobre la cuestión. Aunque las pruebas del laboratorio no consiguiesen jamás decidir objetivamente entre estas tres interpretaciones de la vida de Jesús, darían un peso más o menos grande a una u otra de ellas. Y la pertenencia a una religión u otra o a ninguna, no representaba solo un asunto de conciencia personal, sino que poseía también una dimensión política, evidente en Oriente Medio, en los Balcanes y quizá también en Occidente.

 

Durante mucho tiempo, Theo había pensado de buena fe que los judíos formaban una especie de retaguardia religiosa, inte­grada por cristianos fallidos que todavía no habían llegado a comprender la revelación. Dado que Jesús había venido para llevar a su cumplimiento la promesa hecha a Israel, habría sido necesario que fuese reconocido en primer lugar por los que ha­bían recibido esta promesa y que estaban mejor situados para comprenderla. Ahora bien, estos se habían negado con obstina­ción a reconocerle, a pesar de las predicaciones que les habían dirigido los apóstoles de su propia nación y también a pesar de los autos de fe, de los pogromos y de los hornos crematorios or­ganizados ulteriormente por los cristianos exasperados por la obstinación de los judíos. Los que en teoría estaban mejor pre­parados que nadie para recibir el mensaje de Jesús le habían dado la espalda por estupidez, obstinación o mala fe, razones por las cuales se habían expuesto al martirio. En cambio, los cristianos habían dado pruebas de una generosa e inteligente magnanimidad durante el Concilio Vaticano II, exonerando a los judíos de la muerte de Cristo y reconociéndolos como los hermanos mayores en la fe.

 

Apoyado en estas ideas, Theo había puesto los pies en la tie­rra de Israel seis años antes. Su prestigio era enorme porque acababa de ser galardonado con el premio Nobel de Física y porque había decidido invertir la remuneración económica del premio en una presunta restauración de los cimientos del Santo Sepulcro. Comenzó por recorrer todas las comunidades étnicas y religiosas, acordando dones minuciosamente calculados, dan­do conferencias en inglés, en alemán o en francés, aprendiendo a pronunciar algunas frases en árabe o en hebreo, concitando los parabienes de los ministros israelíes, libaneses, jordanos y si­rios, de los patriarcas cristianos, de los rabinos judíos y de los imanes musulmanes, aprendiendo algo de cocina oriental para hablar con las señoras de todos estos hombres importantes, in­variablemente incultas, según los criterios de Theo. Se había convertido en el niño mimado de la media docena de clanes que se repartían Jerusalén. Era el «mínimo común denominador de todos los hijos de Abraham», según su propia expresión, una ex­presión que circuló por todos los salones de la ciudad. Su inte­rés por el Santo Sepulcro fue catalogado como la tierna manía de un sabio que estaba envejeciendo.

 

Sin embargo, Theo pronto comprendió que para los judíos los cristianos no representaban de ninguna manera una van­guardia religiosa audaz, sino un colectivo de paganos como los demás, si no peores que los demás, por su inclinación a idolatrar a un profeta judío blasfemo. El hecho de que hubiese mil millo­nes de cristianos y solo diez millones de judíos no parecía im­presionar a los interlocutores israelíes de Theo. Eso le hizo comprender la importancia que la estadística tenía dentro de su propia religión, que reposaba, sin saberlo, en el hecho de que un número tan elevado de personas no podía equivocarse. Se olió que su fe procedía de su educación en primer lugar, pero también de una especie de sondeo de opinión implícito. Al dar­se cuenta de la ausencia total de proselitismo entre los judíos, descubrió por fin que la rabia tan cristiana de querer convertir a los demás -la evangelización o el impulso misionero, en térmi­nos más finos- procedía de la fragilidad interna de la fe cristia­na, confrontada a la paradoja de la Pascua, que se convirtió en su tormento permanente. Se había preparado, pues, para ejercer una suave condescendencia frente al arcaísmo judaico de sus hermanos mayores, pero fue recibido con las prevenciones que se muestran hacia el hermano menor afligido de un error insu­perable, la fe en Jesús, hombre, Dios y resucitado. Por eso se obstinó en transformar la paradoja de la Pascua en teorema, en la medida en que el enunciado se había convertido para él más en una coyuntura que en una evidencia.

 

Si los israelíes con los que se relacionó impresionaron e influ­yeron en Theo, no le pasó lo mismo con algunos de sus colegas occidentales que trabajaban para descifrar los manuscritos de Qumran, descubiertos medio siglo antes y mantenidos en secre­to durante todo este tiempo. La arqueología del primer siglo cristiano había recibido un impulso inesperado gracias al descu­brimiento, un día del invierno de 1946, de la cueva de Qumran por dos o tres pastores beduinos. Pero este descubrimiento se había convertido inmediatamente en objeto de discordia entre la comunidad intelectual.

 

En 1967, tras la guerra de los Seis Días, el Estado de Israel se convirtió en el dueño de hecho del conjunto de los manuscritos, pero no hizo esfuerzo alguno para poner fin al monopolio cató­lico en el desciframiento y la exégesis de estos textos que, sin embargo, le interesaban más que a nadie. Eso sí, el Estado de Israel había adquirido por doscientos cincuenta mil dólares, de manos de un intermediario misterioso que había puesto un anuncio en el Wall Street Journal, unos cuantos manuscritos bí­blicos. Entre estos, una versión de Isaías que fue expuesta en un santuario especialmente construido para tal efecto. Pero, curio­samente, Israel parecía desinteresarse de la edición de cientos de manuscritos originales, no catalogados entre los textos bíblicos que, sin embargo, habrían arrojado una gran luz sobre el naci­miento del judaísmo moderno. Esta indolencia se correspondía con la del Vaticano, que también se mostraba indiferente, al me­nos aparentemente, a la publicación de estos textos contempo­ráneos del nacimiento del cristianismo.

 

Para un observador imparcial como Theo, completamente ignorante, de entrada, tanto de los métodos exegéticos como de las sutilezas de la política, el secreto que rodeaba los manuscri­tos de Qumran sugería, a primera vista, un complot. No solo se efectuó con una lentitud surrealista el desciframiento y la publi­cación de los textos sino que, además, los rollos de papiro, de pergamino o de bronce fueron conservados en malas condicio­nes, hasta el punto de que se destruyeron parcialmente y que no se tomó ni se publicó ningún cliché fotográfico de calidad pro­fesional. ¿Estos manuscritos contenían elementos susceptibles de cuestionar la fe de los cristianos o los fundamentos del Esta­do de Israel? La sospecha terminó por abrirse camino incluso entre los medios de comunicación. En los grandes periódicos americanos se publicaron editoriales sobre estos hechos, lo que terminó por asestar el golpe de gracia definitivo al monopolio hasta entonces ejercido por unos cuantos sabios sobre los cita­dos documentos, ya que, a fin de cuentas, Estados Unidos sub­vencionaba esta partida de escondite arqueológico.

 

En el mes de septiembre de 1981, apareció una reconstruc­ción por ordenador de los manuscritos a partir de las tablas de concordancias que habían sido publicadas. Dos semanas des­pués, se publicó un juego de fotografías de los mismos manus­critos al término de una odisea rocambolesca. De hecho, no ha­bía nada en estos manuscritos, mantenidos en secreto durante cuarenta y cinco años, que hubiese podido cuestionar los funda­mentos del judaísmo o del cristianismo. El único hecho nuevo que se deducía de todo ello era la probable pertenencia de Juan Bautista a la secta de los esenios.

 

Todo el misterio de la publicación ralentizada de los docu­mentos se explicaba prosaicamente por el instinto de propiedad y el gusto por el poder de los investigadores encargados del pro­yecto. Mientras mantuviesen el monopolio, les era fácil atraer estudiantes brillantes y hacerles trabajar para ellos. Theo fue puesto al corriente de esta intriga por Emmanuel, que se había convertido en subsecretario de la Congregación para la Doctri­na de la Fe y brazo derecho del cardenal Weiss y que bebía en la fuente de todas las informaciones. Por otra parte, Theo cono­cía perfectamente las costumbres académicas para entender a la perfección lo que había pasado y para no concederle demasia­da importancia. Un buen investigador es siempre un hombre más o menos raro. Un grupo de investigadores juntos es, sin lu­gar a dudas, un nido de víboras, sumidas en su pereza natural pero siempre dispuestas a morder a cualquier intruso.

 

Sin embargo, en su espíritu seguía vivo un enigma y una nue­va sospecha. Entre los cientos de manuscritos encontrados en la biblioteca de Qumran, ninguno de ellos mencionaba ni a Cristo ni a los cristianos. Ahora bien, Qumran había sido ocupado sin duda por la secta de los esenios y quizá también por la de los ze­lotas, hasta la represión de la revuelta judía por las tropas roma­nas, es decir, hasta el año 68, fecha en la que la comunidad había sido dispersada después de haber podido enterrar su biblioteca.

 

 ¿Una comunidad religiosa de la importancia de los esenios po­día haber ignorado el nacimiento de otra secta, tan cercana a ella por sus aspiraciones y por su vocabulario, durante cuarenta años? La resurrección de Jesús había recorrido todo Israel. Y sin embargo, no había dejado huella alguna en Qumran, al menos según lo que contaban los investigadores dedicados a descifrar los manuscritos. ¿O es que esas huellas habían sido eliminadas deliberadamente? Theo sabía por experiencia que este tipo de adulteración nunca se consigue del todo porque no hay ningún crimen, ni siquiera el crimen académico, sin huellas. Y se lanzó a su búsqueda.

 

Veinte años antes, un jesuita español, que extrañamente se llamaba O’Callaghan, había sostenido la tesis de que en la cueva número 7 de Qumran se encontraban dispersos fragmentos de manuscritos redactados en griego y que contenían el texto del Evangelio de Marcos. Pero los fragmentos eran minúsculos y la tesis del profesor fue contestada durante los años setenta. Algu­nos de sus críticos descubrieron que O’Callaghan había confun­dido los fragmentos del manuscrito con los trazos de letras inexistentes.

 

Por último, en 1992, un fragmento del texto 4Q246, redacta­do en arameo, fue hecho público gracias a una indiscreción. Se trataba del elogio de un personaje anónimo, calificado de «Hijo de Dios». Este calificativo se le aplica ciertamente a Jesús en los Evangelios, pero estos están redactados en griego y el calificati­vo «Hijo de Dios» es un calificativo banal en el contexto hele­nístico, en el que se le atribuía a la mayoría de los príncipes. En cambio, en el contexto judío, constituía una blasfemia tal que Jesús fue sin duda condenado a muerte por reivindicar este títu­lo. Ahora bien, los investigadores encargados de los manuscritos de Qumran habían descubierto un texto redactado en arameo que contenía este término cargado precisamente con ese simbo­lismo. Lo habían descubierto en 1958, pero lo ocultaron duran­te más de treinta años. Por otra parte, el personaje encargado del manuscrito 4Q246 era tan especial como el mismo manus­crito. Se trataba de un sacerdote polaco llamado Joseph Milik, que había terminado por abandonar el sacerdocio y por instalar­se en Francia. A pesar de varios intentos, Theo no consiguió jamás acercarse a él para preguntarle qué era lo que había descu­bierto, qué había ocultado y por qué. Y eso reforzó aún más la convicción de Theo. A su juicio, las relaciones entre los cristia­nos y la comunidad de Qumran habían existido, en contra de lo que sostenían las tesis oficiales de la Iglesia. La solución al enig­ma que perseguía quizá se encontrase relacionado con eso. Y como buen perro de caza que era, descubrió inmediatamente el olor sutil del rastro de una gran presa.

 

La investigación científica consiste en guardar para uno mis­mo lo que los demás ignoran, y publicar, antes que los demás, lo que terminarán por descubrir. Tal es el irrisorio misterio del po­der y de la gloria del sabio. Theo poseía la gloria del premio Nobel. De ahora en adelante solo tenía que aumentarla, publi­cando lo que los demás querían guardar para ellos solos.

 

Al aterrizar en Kloten, Theo comprendió inmediatamente las reglas del juego en el que había tenido la audacia de embarcarse. Incluso antes de que se abriesen las puertas del aparato, los alta­voces vomitaron un mensaje: «Se ruega al profesor Theophile de Fully que se presente al personal de la cabina».

 

En un reflejo de protección de sus muestras, Theo apretó su bolso de mano debajo de su brazo. No se esperaba este tipo de vigilancia en Suiza. Estuvo a punto de no darse a conocer, pero cambió de idea, sin duda por respeto hacia Gaspoz, que le ob­servaba con la sorpresa dibujada en el rostro. La azafata se incli­nó con discreción hacia Theo para decirle:

 

-Señor profesor, hemos sido advertidos por la torre de con­trol de que un coche le estará esperando al pie de la escalerilla. Su maleta será sacada de las bodegas del avión y colocada direc­tamente en el maletero del coche. No tiene que ocuparse de nada. Para salir, espere a que los demás pasajeros hayan abando­nado el avión.

 

Theo echó una mirada inquieta por la ventanilla del avión para verificar que habían aterrizado en Kloten. En cualquier otro sitio, habría pensado en un intento de secuestro, pero aquí no merecía siquiera la pena tomar en consideración tal hipóte­sis. Con una cierta inquietud dejó, pues, salir a Gaspoz. Cuando ya no quedaba ningún pasajero, descendió la escalerilla en me­dio de la penumbra del crepúsculo de invierno. La atmósfera era húmeda y fría. Y, por un instante, tuvo la sensación de en­contrarse en el gulag o en uno de esos infiernos terrenales con­cebidos por el genio germánico o eslavo y perdidos en medio de las estepas rusas. Al final de la escalerilla se encontraba un hom­bre todavía joven, con bigote, un sombrero que le comía los ojos y vestido con una gabardina marrón. Un poco más allá es­taba aparcado un Mercedes negro. El chofer cargaba la maleta de Theo, mientras algunos empleados del aeropuerto observa­ban la escena con curiosidad.

 

-Señor profesor, soy el secretario particular del señor Eric Keller, al que usted nunca ha visto, pero que le conoce muy bien por su fama. El señor Keller le presenta sus disculpas y siente no poder liberarse de sus compromisos para venir a aco­gerle. El señor Keller está encargado por Su Eminencia el car­denal Weiss de asegurar su traslado urgente a Roma. Un avión privado nos espera un poco más allá.

 

Hablaba el francés con el acento típico de los suizos alemanes. Theo conocía de nombre a Eric Keller, el empresario suizo espe­cializado en ofertas públicas de compra, en el desmantelamiento de activos y en la reventa de empresas. Una especie de tiburón financiero que surgía del abismo para dar un golpe ante los me­dios de comunicación y que, inmediatamente, volvía a sumirse en la discreción total. Hacía uso, en ocasiones, del título del oc­tavo consejero federal, como la mayoría de los ciudadanos suizos que habían conseguido llegar a la cima de la escala social. Su colección de pintura moderna gozaba de una enorme reputación. Y Eric Keller prometía legarla unas veces a Lugano y otras a Berna, para así crear un suspense político y cultural del que ex­traía una parte de su poder. Theo no lo dudó ni un instante:

 

-Debo depositar estas muestras en mi laboratorio.

 

No dijo más y miró al secretario directamente a los ojos.

 

-Se trata de trasladarlo a usted y a sus muestras. El cardenal desea que las lleve a Roma, para entrevistarse con usted.

 

-Nada de eso.

 

El secretario pareció sorprendido. No debía estar acostum­brado a que alguien rechazase los favores conjugados de un em­presario y de un cardenal.

 

-Estarán igual de bien en Roma que en Zúrich.

 

-De todas formas, serán examinadas en mi laboratorio. No hay razón alguna para llevarlas a Roma.

 

La situación no parecía tener salida, porque el joven del bigo­te se callaba, como si le bastase con esperar a que Theo cediese ante la evidencia de su poder. Por su parte, Theo comenzaba a sentir miedo, porque ahora estaban solos al pie de la escalerilla del avión, sin que pululase por allí ningún miembro del perso­nal del aeropuerto. Theo le dio la espalda al joven del bigote y se puso a caminar hacia la terminal del aeropuerto. Entonces notó que alguien le cogía por el brazo. Sentía horror a cualquier contacto fisico y, al instante, se volvió:

 

-¡Escuche! Soy un ciudadano suizo en territorio suizo. No he cometido, que yo sepa, ningún delito. No estoy arrestado. Us­ted no forma parte de la policía. Voy a donde me da la gana, para hacer lo que quiera. Si no me suelta llamaré a la policía. ¿Qué es todo este asunto? ¿Quién me asegura que le envía el cardenal?

 

El otro sacó un teléfono portátil, marcó un número y le ten­dió el aparato a Theo que, al cabo de unos instantes, oyó la voz de Enmanuel:

 

-Buenas tardes, Theo. Tienes que venir urgentemente a Roma. Ya te lo explicaré aquí.

 

-De acuerdo, pero antes quiero dejar las muestras en mi la­boratorio y comenzar su estudio.

 

Se hizo un silencio. Emmanuel hablaba sin duda con otro in­terlocutor, tapando el auricular con la mano. Al instante con­testó:

 

-De acuerdo, pero apresúrate.

 

Como si de un sueño se tratara, Theo fue conducido por el Mercedes negro a su laboratorio a través de las calles ya oscuras y desérticas de Zúrich. A través del teléfono portátil pudo pre­venir a su primer ayudante, que estaba en el laboratorio a pesar de las tradicionales vacaciones de Navidad y Año Nuevo, para que le esperase en el vestíbulo. En unos segundos, Theo le ex­plicó lo que tenía que hacer; después, se reunió con su extraño compañero de viaje y volvió al aeropuerto. Al salir, verificó que su asistente cerraba bien con llave la puerta de acceso al insti­tuto.

 

Al comienzo de la Odisea, Homero describe el vuelo de Hermes, el mensajero de los dioses, desde la cúspide del Olimpo hasta la isla donde Ulises languidece en los brazos de Calipso. El viaje silencioso de un Mystére no reúne las características de este vuelo homérico. Las nubes a la luz de la luna llena formaban un paisaje irreal, el paisaje de un planeta desértico que Theo sobre­volaba en compañía de un semidiós bigotudo y silencioso. ¿Qué pensamientos pasaban por su obtuso cerebro? ¿Sería, en reali­dad, un matón? ¿Y cómo mataba a sus víctimas? Quizá fuese pianista en sus momentos libres o aficionado a la poesía con­temporánea. Theo lo imaginaba unas veces como padre de fa­milia tradicional y otras como un seductor de mujeres. Tenía cada vez más dificultad para concentrarse en la realidad, dado el aspecto cada vez más fantasmagórico que esta adoptaba. Des­pués de la apertura de la tumba, hacía ahora menos de cuarenta y ocho horas, vivía en otro nivel, con todos sus sentidos en esta­do de percepción aguda. Acechaba los acontecimientos venide­ros, que sin duda serían todavía más extraordinarios.

 

Atravesando las nubes, aterrizaron en Fiumicino, donde otro vehículo negro les esperaba al final de la pista de aterrizaje. La primera persona cuya silueta descifró Theo en medio de la os­curidad fue la de Emmanuel. Una silueta grande, bronceada, só­lidamente apoyada en unas piernas tapadas por una sotana negra con fajín violeta. Con el paso de los años, las inyecciones de cé­lulas habían hecho milagros. En la literatura especializada, Em­manuel era designado con el seudónimo de jacques, el paciente cuya enfermedad se había curado de una forma realmente es­pectacular, un verdadero caso clínico, un auténtico milagro. Ex­ceptuando a Colombe y a Theo, nadie sabía nada. En el Vatica­no, en ese lugar de celibatarios machos, centrados cada cual en su propia persona, nadie se había dado cuenta ni de la enferme­dad que había afectado a Emmanuel seis años antes ni de su es­pectacular curación, a no ser algunas religiosas que se ocupaban de la secretaría de la Congregación para la Doctrina de la Fe y que nunca lo habían comentado, ni siquiera entre ellas.

 

Durante el trayecto, Emmanuel se limitó a transmitirle deta­lles de intendencia. Había reservado una habitación para Co­lombe en el hotel Raphael sin dificultad alguna, porque, entre la Navidad y el Año Nuevo, Roma se queda desierta. En cambio, Theo se albergaría en el Palacio San Calixto, una especie de pensión familiar vaticana para huéspedes de altura. La sesión parlamentaria recomenzaría a partir del 3 de enero y Theo ten­dría que dejar, en cualquier caso, el hotel Raphael, porque a partir de esa fecha el hotel sería invadido por periodistas y otros informadores indiscretos. Emmanuel le tendió un pasaporte del Vaticano con una foto de Theo y el nombre de Martin. El cardenal prefería que Theo permaneciese en el Vaticano de in­cógnito y que no desvelase su identidad a nadie. Bajando la voz, Emmanuel añadió que Colombe llegaría en el avión del día si­guiente por la mañana.

 

Cuando Theo fue introducido por Emmanuel en el despacho del cardenal, este mostró o simuló la mayor alegría. Estrechó la mano de su invitado entre las suyas, larga, calurosa y afectuosa­mente, como manifestación del intercambio físico máximo con­cebible entre un eclesiástico y una oveja ordinaria. Theo llegó incluso a preguntarse durante un instante si no tendría que su­frir incluso el típico abrazo eclesiástico. En el colegio de Saint­Maurice, en los años anteriores a la reforma litúrgica iniciada por el Vaticano II, las misas solemnes daban lugar a un ritual in­tercambio de besos de paz entre los celebrantes. Theo siempre había admirado esta manera de simular un beso, evitando con esmero cualquier contacto entre las mejillas. De esta forma, el amor entre los cristianos tomaba el aspecto tranquilizador de una metáfora abstracta. Había profundas enemistades entre los celebrantes, que no pasaban desapercibidas para los alumnos pero, a pesar de todo, se besaban sin rozarse. ¿Cómo había abrazado Jesús a Judas? ¿También él había evitado el contacto físico?

 

El cardenal lo había previsto todo, incluso una colación para su visitante forzado. A pesar de sus reticencias, Theo, ham­briento, no pudo resistirse. Tuvo que presentar las primicias de su informe mientras comía un sandwich de mozzarella y de pros­ciutto, un auténtico regalo, regado con pequeños sorbos de chianti. Alimentos del campo. Alimentos esenciales que calenta­ban el cuerpo y amansaban el alma. Un mundo que producía sustancias tan sencillas y, al mismo tiempo, tan sutiles no podía ser la obra de un Creador distraído o torpe. «Pruebas de la exis­tencia de Dios», repetía Theo in petto, recorriendo con la vista el despacho del cardenal. Un despacho germánico, es decir, fun­cional y señorial.

 

El cardenal le protegía con los ojos, como una madre obser­vando a un hijo convaleciente que retoma fuerzas con una pri­mera comida. El cardenal parecía haber envejecido. No en vano había tenido pequeños infartos durante estos últimos meses. Sus cejas seguían estando tan pobladas como siempre, lo que le re­cordaba a Theo el detalle desagradable del rostro de Jeremy Herchel.

 

El cardenal conocía su oficio. Solo le pidió a Theo que le hi­ciese un relato ciñéndose estrictamente al descubrimiento de la tumba. De vez en cuando, intervenía con una pregunta fáctica sobre detalles que, en ocasiones, Theo no había tenido ni si­quiera en cuenta. Un joven sacerdote, al que había llamado me­diante un timbre, tomaba notas taquigráficas. Al final de su re­lato, el cardenal declaró sentenciosamente que Theo había aportado el signo que el siglo esperaba: la Fuente. Ante la cara ligeramente perpleja de Theo, que se estaba tomando un espresso que le había traído el secretario, el cardenal se humedeció la co­misura de los labios con un golpe de lengua profesional, como el del profesor que se dispone a iniciar una lección. Ya había aguantado lo suficiente a Theo y estaba deseando tomar la pala­bra y guardarla en un ámbito en el que él era el más docto de los dos:

 

-Temo que no se dé cuenta de la amplitud de su descubri­miento, mi querido profesor. Gracias al profesor Herchel, recibí inmediatamente una copia por fax de esos rollos. Por una de las mayores casualidades, ha caído usted sobre los manuscritos que todo el mundo está buscando desde hace siglo y medio. ¿Sabe usted cuál es el primer Evangelio en el tiempo?

 

Lo decía con el tono indulgente del profesor que se dirige a un alumno modelo. Theo conocía la respuesta y respondió con una humildad un tanto ultrajada:

 

-El Evangelio de Marcos, sin duda redactado entre el año 65 y el año 70, es decir, cuarenta años después de los acontecimien­tos que relata.

 

-Correcto. Pero los exégetas subrayaron, ya en el siglo pasa­do, que el redactor no se presenta jamás como un testigo ocular de lo que cuenta. Según la tradición, se trataría de un compañe­ro de Pedro, que redacta su texto en Roma. Unos diez años más tarde, Mateo y Lucas redactan otros dos Evangelios, procedien­do a copiar abundantemente el texto de Marcos, al que corrigen y completan.

 

-¿Corrigen? -preguntó Theo sorprendido.

 

-La sintaxis griega de Marcos está llena de errores sistemáti­cos, procedentes de la lengua hablada, una variante del griego utilizada como lengua vehicular en Oriente Medio, la koiné. Por ejemplo, Marcos no utiliza correctamente el imperfecto o el subjuntivo. Para cualquier especialista, habituado a los grandes autores griegos, es agradable y casi tranquilizador descubrir este texto redactado torpemente por un hombre del pueblo. Como todos los que no han estado acostumbrados a escribir, a veces se torna demasiado prolijo y redundante, mientras que otros pasa­jes son sumarios, hasta el punto de ser confusos e incompren­sibles.

 

-Nunca oí a un cardenal hablar tan mal de un Evangelio -dijo sonriendo un Theo que había aprendido el arte de la di­plomacia en Jerusalén.

 

El cardenal retomó el hilo, porque se encontraba realmente en pleno meollo de su tema favorito.

 

-Lo más extraordinario es que este escritor improvisado, este hombre del pueblo, creó un género literario nuevo, el evange­lio, en griego literalmente la «buena noticia», es decir, una serie de anécdotas y de milagros interrumpidos regularmente por fragmentos de la predicación de Jesús. Una exégesis atenta rela­ta, de hecho, los enlaces, a menudo torpes, entre los dos tipos de texto. Evidentemente, desde mediados del siglo XIX, todo el mundo exegético se interrogó sobre las fuentes de Marcos, dado que no pudo fiarse de sus propios recuerdos. Han circulado todo tipo de hipótesis, teorías que se han defendido con la acri­tud que caracteriza a nuestros queridos colegas cuando no están demasiado seguros de sus tesis.

 

-¿Y yo aporto la solución a este enigma? -pregunto Theo en un tono dulce y comedido.

 

-Sí y no. Al final se había logrado establecer un determinado consenso. La exégesis no es sin duda una ciencia exacta en el sentido de la física, pero tampoco se sitúa en el nivel de la qui­romancia o del horóscopo. Según este consenso, existiría un manuscrito, llamado Q, la inicial de Quelle, en alemán «la Fuen­te», que sería una compilación de las palabras atribuidas a Jesús y quizás anotadas por algún discípulo. Los relatos de los mila­gros proceden de otra fuente y el papel de Marcos consistió precisamente en unir, como pudo y más mal que bien, las dos fuentes. Al final de su texto añadió el relato de la Pasión que procede de otra fuente y que sin duda era utilizado por la Iglesia desde el comienzo con un objetivo litúrgico, como se hace ac­tualmente durante la Semana Santa.

 

El cardenal verificó con una mirada que la atención de Theo no menguaba y retomó la palabra:

 

-Volvamos a la Fuente. Si la mayoría de los discípulos eran analfabetos, a lo sumo capaces como los hombres judíos de leer el hebreo para descifrar los rollos de la Torá en las ceremonias de la sinagoga, pero incapaces de escribir, había con todo entre ellos un publicano, justamente Mateo, es decir, un cobrador de impuestos que forzosamente era capaz de escribir. Sería sor­prendente que nadie del entorno de Jesús no se hubiese preo­cupado por anotar sus palabras. Unas palabras que llamaban la atención por su novedad. Como es lógico, este manuscrito ­fuente ha tenido que ser reproducido a petición de las jóvenes iglesias nacientes, que tenían que leer pasajes durante las cele­braciones o utilizarlos para enseñar a los catecúmenos. Se cons­tata, además, que los otros dos Evangelios sinópticos cogen por una parte pasajes de Marcos pero, por otra parte, copian direc­tamente del manuscrito Q. El pergamino en arameo que ha en­contrado constituye la prueba de que este consenso era funda­do y de que la Fuente existe. Inútil decirle que el manuscrito nos aporta una información imposible de lograr a partir de los Evangelios sinópticos, que están todos redactados en koiné, mientras Jesús hablaba en arameo. Gracias a usted, ahora pode­mos entrar en contacto con las palabras de Jesús, tal y como han sido pronunciadas por él, sin intermediarios, sin traduc­ción…

 

-Sin embargo llama la atención -se permitió interrumpir Theo- que ningún otro manuscrito de la Fuente haya sido en­contrado antes, a pesar de estar tan extendido en las comunida­des primitivas.

 

Observó que los labios del cardenal se juntaron como los cor­dones de una bolsa que se cierra con un gesto seco. Con un gran esfuerzo de voluntad, una sonrisa de circunstancias reem­plazó a esa mueca, pero el cardenal se calló. Y Theo continuó:

 

-No ha explicado usted de dónde proceden las anécdotas que se intercalan entre las palabras de Jesús.

 

El cardenal respondió casi mecánicamente:

 

-Se trata sin duda de un ciclo popular de origen galileo, por la localización de estas anécdotas y por el carácter maravilloso de los hechos narrados…

 

-Está hablando de milagros -interrumpió de nuevo Theo-. ¿Le interpreto correctamente si percibo que usted los considera como legendarios?

 

-Lo que quiero decir es que forman parte de otro género li­terario. Jesús dio sin duda signos a la multitud, pero esta los percibió y los transmitió según las costumbres del pueblo. Ya hablaremos algún día de un milagro sobre el que el parecer de un científico es naturalmente precioso. De hecho -añadió el cardenal como quien no quiere la cosa-, tendrá que ser nom­brado usted miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias.

 

Theo estuvo a punto de darle las gracias, pero se calló. En la partida que estaba jugando no se hacían regalos, solo se tendían trampas y señuelos. El cardenal siguió en un tono más disten­dido:

 

-Ha matado usted dos pájaros de un tiro. Y eso me parece un signo. El papiro que encontró representa la otra fuente escrita de Marcos, cuya existencia se sospechaba, un relato de la Pa­sión de Jesús, sin duda redactado en los días que siguieron a la crucifixión y que sirvió desde el principio en las conmemoracio­nes de la resurrección de Jesús. Disponemos, pues, ahora, de documentos prácticamente contemporáneos de Jesús, cuando hasta hoy los mejores manuscritos del Nuevo Testamento, los códices Vaticanus o Sinaiticus, datan del siglo III.

 

Se quedó en silencio. Theo se sentía de nuevo totalmente re­lajado. El despacho del cardenal era acogedor y confortable en esta tarde de invierno, con mucha luz y con bastante buen gus­to. Se sentía en un ámbito que conocía, en la encrucijada entre el medio académico y la cristiandad. Entre profesores se discute sin chillar; los cristianos se pueden detestar sin asesinarse física­mente. El cardenal concluyó:

 

-O yo me equivoco o estos dos manuscritos constituyen, pues, un signo.

 

Y lo dijo con el tono de alguien que evidentemente no se en­gaña jamás. Con una sonrisa de circunstancias, Theo planteó la cuestión evidente:

 

-Si el descubrimiento de estos manuscritos representa una ocasión de oro para la Iglesia, no entiendo la aparente urgen­cia de mi visita. Si no hubiese usted insistido a través del señor Keller, ahora mismo estaría efectuando dataciones en mi labora­torio. ¿Por qué quería verme lo antes posible?

 

.

 

El cardenal no se lo pensó dos veces. Tenía la respuesta pre­parada:

 

-Quiero hablarle de eso a solas.

 

Theo intercambió una mirada sorprendida con Emmanuel, que había permanecido callado desde el comienzo de la entre­vista. Cuando se encontró a solas con el cardenal, este cambió de tono, en el sentido preciso de la composición musical. Del do mayor de los hechos, pasó al mi menor de los sentimientos:

 

-Recordará usted, querido profesor, que hemos convenido en que usted me honraría con una sinceridad total, como si fuese su confesor. Para testimoniarle mi confianza e incitarle a una franqueza total, yo también me mostraré con usted como un libro abierto y le confiaré, siempre bajo el sello del secre­to, hechos que hasta ahora han permanecido ocultos para casi todos.

 

Después de este exordio, miró fijamente a Theo.

 

-Tenía usted toda la razón cuando hace un rato se sorprendía de que no hubiese otro manuscrito conocido de la Fuente. Dis­ponemos de testimonios de los Padres de la Iglesia del siglo II y III, como Ignacio de Antioquía o Eusebio de Cesarea, que ase­guran haber consultado un protoevangelio. Se puede pensar que manuscritos muy numerosos en esa época hayan desaparecido de pronto de la circulación, desde que se estableció el canon de los Evangelios. De hecho, quizá se haya encontrado un proto­evangelio, análogo al suyo, pero que estaba en muy mal estado, por haber sido encontrado en la cueva 4 de Qumran en medio de un amasijo de fragmentos de papiros y de pergaminos. Un investigador español de la Compañía de Jesús trabajó sobre este tema, sin convencer a todos los expertos…

 

-El padre O’Callaghan -matizó Theo.

 

-Sí, eso es, veo que conoce el dossier -contestó el cardenal, de pronto muy cansado-. Ahora le voy a hablar directamente y sin tapujos. Lo que le voy a pedir le va a parecer extraño al investi­gador y solo puede ser entendido por el cristiano. No se pueden publicar, al menos inmediatamente, los manuscritos descubier­tos. Es mejor no hablar de ellos para no suscitar otra vez un es­cándalo análogo al del desciframiento de los manuscritos de Qumran. Si se lo pido al Departamento Israelí de Antigüedades, me lo concederán. Es usted la única persona que me queda por convencer. Y si usted no está convencido, se lo pido en nombre de la santa obediencia que debe al sucesor de Pedro.

 

-Para ser convencido, lo que evidentemente me parece prefe­rible -dijo lentamente Theo midiendo cada una de sus pala­bras-, necesitaría conocer sus razones.

 

-Hay varias. El texto de la Fuente, tal y como pude ver en las pruebas fotográficas que me entregó su hermano, se situará por la fuerza de las cosas por encima del canon de las Escrituras, porque es la fuente de los Evangelios, porque está redactado en arameo y porque procede de un testigo ocular. En buena crítica histórica, es el mejor documento del que disponemos para co­nocer la vida de Jesús…

 

-Es para alegrarse, ¿o no, Eminencia?

 

-Hable más bajo. Pueden oírnos. Mi querido profesor, usted no calibra la importancia del canon de las Escrituras. Mientras es admitido por todos, el Magisterio de la Iglesia puede actuar con una cierta seguridad, apoyándose sobre ciertos textos y des­cartando otros. Si tenemos en cuenta todos los manuscritos de los dos primeros siglos que hay en Oriente Medio, todas las controversias pueden legitimarse.

 

-Sigo sin ver dónde radica el problema. Cíteme una sola con­troversia.

 

El cardenal suspiró, como si Theo fuese uno de esos niños que molestan a los adultos con preguntas impertinentes:

 

-Coja Marcos, 3,31-35 y comprenderá todo lo demás.

 

-No conozco el Evangelio con tanto detalle -confesó Theo.

 

-Es uno de los pasajes más curiosos de Marcos. Jesús es inte­rrumpido en su predicación por su familia; quieren verle a so­las, pero él se niega, refiriéndose a sus discípulos como su ver­dadera familia. Este texto siempre planteó dos problemas. Un problema de fondo: ¿Por qué Jesús se mostraría tan duro hacia su familia, incluida su propia madre? Lucas y Mateo cuentan la misma anécdota, pero atenuando la viveza del incidente. Eso significa sin duda que el texto de Marcos fue redactado en el contexto de una controversia bien conocida, la que enfrentaba a la Iglesia de Pablo y de Pedro, una Iglesia abierta hacia el mundo pagano, y la de Santiago, centrada sobre la comunidad judeo-cristiana. En el pasaje habría habido, pues, por parte de Marcos, alteración de las palabras de Jesús, es decir, solicita­ción de su pensamiento. Una meditación sobre la primacía de los lazos espirituales en relación con la comunidad familiar se habría convertido en un argumento polémico, destinado sin duda a limitar el ascendiente del obispo de Jerusalén y a luchar contra la costumbre típicamente oriental de una apropiación del mensaje de Jesús por parte de su clan. Ahora bien, la Fuen­te confirma que la lectura de Lucas y de Mateo es correcta, mientras Marcos parece haber desviado la palabra de Jesús de su intencionalidad inicial. No necesito decirle que esto no es más que un ejemplo entre otros y que todos los textos del Nue­vo Testamento son susceptibles de una lectura crítica que los relativiza.

 

-¿Y la segunda dificultad se centra en la forma? -preguntó Theo.

 

-Sí, pero, además, es una dificultad muy seria. El texto de Marcos cita a los hermanos y a las hermanas de Jesús. Mateo cita incluso sus nombres. Pablo hace referencias análogas en la primera epístola a los Corintios y en la epístola a los Gálatas. Si estas menciones se toman al pie de la letra, contradicen la ense­ñanza tradicional sobre la virginidad perpetua de María, que implica naturalmente que Jesús es hijo único. Se puede inter­pretar el texto griego de Marcos traduciendo «primo» en vez de «hermano», a pesar de que en griego clásico no hay lugar para la confusión. Una vez que disponemos del texto arameo de la Fuente, esta lectura ya no es posible. Y en ese texto se designa a Santiago, José, Simón y judas como los «hijos de José». Jesús habría tenido, pues, uno o varios hermanos. Entre ellos, Santia­go, el primer obispo de Jerusalén.

 

-Pero eso significa que disponemos de una lectura más co­rrecta de los Evangelios -objetó Theo-. No veo dónde reside la dificultad. El objetivo de toda investigación consiste en pro­gresar en el descubrimiento de la verdad. Una idea que no presenta riesgo alguno no merece ser llamada idea. Acabamos de dar un paso, relativamente modesto. ¿Por qué querer ne­garlo o disimularlo? Saber que Jesús ha tenido hermanos y hermanas como todo el mundo me asegura y me fortalece en la fe y convierte a mi Jesús en alguien más cercano, más huma­no y menos abstracto. Además, supongo que, de vez en cuan­do, discutiría con sus hermanos y hermanas, como un chiqui­llo cualquiera…

 

El cardenal descartó está idea inoportuna con el mismo gesto con el que habría cazado una mosca:

 

-Ahora entiende que estamos ante un conflicto esencial entre la Tradición y la Escritura, interpretada de nuevo gracias a una fuente manuscrita indiscutible. ¿Cómo renunciar a la Tradición en este punto sin que se resienta la confianza de los fieles en otros puntos? Si aceptásemos eso, se cuestionaría la concepción virginal de Jesús, la Inmaculada Concepción, el pecado original y la infalibilidad pontificia. Mi querido profesor, usted y yo te­nemos esta tarde la punta del hilo de un ovillo. Si tiramos del hilo todo el ovillo se deshará.

 

Hablaba con delicadeza, como se le habla a un niño al que se le quiere convencer para que se tome una medicina desagrada­ble. Theo respondió con dificultad, porque tenía la garganta seca. Pero la verdad es que, entre él y el cardenal, descubría un abismo, que le estaba prohibido franquear so pena de renegar de sí mismo.

 

-Eminencia, con todo el respeto que le debo y con toda la humildad que se me supone, no estoy de acuerdo. Mi profesión consiste en descubrir pruebas y hechos y comunicárselas a los demás. Se me paga por eso y para eso. Y los que me pagan, es decir, los contribuyentes, confian en mí. El investigador que di­simula o que falsea resultados crea un escándalo todavía mayor que el escándalo que usted tanto teme. Engaña y se engaña. La verdad termina por descubrirse siempre y los que intentaron ca­muflarla comprometen la institución de la que forman parte. Ese es, en el fondo, el meollo del caso Galileo. ¿Vamos a caer en las andadas de nuevo?

 

-Pero ¿qué queda de la Tradición si se admite que contiene errores? -exclamó el cardenal.

 

-Lo que queda del trabajo de los investigadores del pasado, cuando la ciencia progresa y elimina las teorías superadas. Us­ted no es el contable de los errores cometidos por sus predece­sores. Cada hombre, subido sobre los hombros de sus antepa­sados, ve un poco más lejos que ellos. Eso no quiere decir que pueda despreciarles, ya que no habría podido llegar a donde está si ellos no le hubiesen precedido. Descubre algo que sus predecesores ni siquiera serían capaces de imaginar, algo de lo que ni siquiera él mismo tenía una idea muy precisa. La investi­gación, la verdadera investigación es lo que hago cuando no sé lo que hago.

 

-La Tradición no es obra de hombres, sino la presencia ac­tuante de Dios en medio de su pueblo…

 

Theo le interrumpió de nuevo con vivacidad:

 

-¿Lo que acaba de pasar en Jerusalén el 27 de diciembre es obra de Dios o del diablo?

 

El cardenal vio en la pregunta de Theo una tabla de salvación y se lanzó instantáneamente a por ella:

 

-Es obra del diablo, porque va a dividir a la Iglesia de Dios. Pero la tabla estaba podrida, porque Theo replicó:

 

-Es la obra de Dios, porque la cristiandad está ya dividida y porque el signo formado por la Fuente podría volver a reu­nirla.

 

Y se levantó para dar a entender que no tenía pensado prose­guir una discusión sin fin. Pero el cardenal le detuvo con una señal de sus manos:

 

-Lamento tener que prolongar su estancia aquí, querido pro­fesor, pero estoy convocado mañana por la mañana a primera hora por el Santo Padre, que naturalmente está al corriente de todo. Es posible que desee verle a lo largo de la jornada, según se vayan desarrollando los acontecimientos. Para evitar que se precipiten, sería oportuno aplazar imperativamente la datación de las muestras. La experiencia del lienzo nos ha enseñado, tan­to a usted como a mí, que el mantenimiento del secreto es algo ilusorio. Una vez que las muestras sean fechadas, todo el mundo lo sabrá.

 

Llegados a este punto de la conversación, Theo esperaba esta petición y tenía la respuesta preparada:

 

-En este momento, la datación debe estar a punto de concluir. Al pasar por mi laboratorio, pedí a mi equipo que se dedicase por entero a la datación y que la terminase esta misma noche.

 

El cardenal dio muestras de una gran contrariedad. Su rostro se tornó blanco de cólera sofocada y su voz fue ahogada por los espasmos que agitaban visiblemente su nuez.

 

-¿Cómo se ha atrevido? ¿Por qué tanta prisa? ¿Qué es lo que quiere hacer? ¿Qué intenta probar? ¡Ha traicionado usted mi confianza!

 

Theo, en cambio, se mantenía totalmente tranquilo y en calma:

 

-La idea de una datación inmediata me fue sugerida por la insistencia con la que el emisario del señor Keller exigía el transporte de las muestras a Roma. Como aquí no es posible fe­charlas, el objetivo solo podía ser destruirlas. La única forma de evitar esta amenaza consistía en terminar la datación…

 

-… y publicar los resultados como la otra vez -interrumpió el cardenal.

 

-O decidir con conocimiento de causa los pasos que hay que dar.

 

Theo había aprendido a dejar planear una duda amenazadora a través de la simple utilización de una fórmula abstracta. Como buen aficionado a la esgrima, el cardenal apreció esta estocada y consiguió controlar su indignación. Incluso bebió un poco de chianti, pero seguía fuera de sí hasta el punto de beber en el vaso de Theo.

 

-¿Me ha reservado usted otras sorpresas del mismo calibre?

 

-Un biólogo está analizando con microscopio el polvo recogi­do en el nicho en el que reposa el esqueleto. El objetivo es, en primer lugar, encontrar restos de lino, procedentes quizá de los vendajes y datarlos. Si encontrásemos una fecha totalmente abe­rrante, por ejemplo el siglo XIII, eso ratificaría la tesis según la cual el lienzo de Turín no es falso y su datación, como la de estos nuevos desechos, ha sido viciada por un fenómeno fisico desco­nocido hasta hoy y que se pudo producir, por ejemplo, durante la desmaterialización de un cuerpo. Este es el hecho central que de­seo establecer desde el comienzo del proyecto y que nunca man­tuve en secreto. Un hecho que debería satisfacerle. Pero también le pedí al biólogo que se esforzase en encontrar cabellos.

 

-¿Cabellos?

 

-Sí, cabellos, porque a partir de ellos es posible encontrar la huella genética de un hombre. Se los podría comparar con el análisis efectuado sobre las células recogidas a partir del lienzo, los coágulos de sangre o los fragmentos de piel. De esta forma, se podría establecer o desestimar la identidad entre el hombre del lienzo y el esqueleto de la tumba.

 

El cardenal no dijo nada.

 

Su rostro se había vuelto gris.

 

Se dirigió hacia su despacho, sacó una caja de píldoras y tomó una con un trago de chianti. Se sentó, se tapó la cara con las ma­nos y permaneció en silencio durante un rato. ¿Rezaba o se sen­tía mal?

 

-¿Qué busca realmente?

 

-Resolver un dilema. O bien los fragmentos de lino de la tumba confirman la datación aberrante del lienzo y mi tesis ini­cial queda probada, es decir, la resurrección de Jesús es confir­mada por un fenómeno fisico, el lienzo es auténtico, estamos lo más cerca posible de una prueba…

 

-¿De una prueba de qué?

 

-De una prueba de que la Pascua no es una metáfora religio­sa, sino un acontecimiento histórico, real y medible.

 

-¿O bien?

 

-O bien hemos descubierto una tumba que data del comien­zo de la era cristiana. El cuerpo quizá sea de un apóstol o del re­dactor de los documentos que contenía la jarra.

 

-¡Se ha olvidado de la inscripción de la tablilla!

 

-Por sí sola, no prueba nada. Aunque el tratamiento de la imagen por ordenador descubriese que el nombre borrado y del que solo se conserva la inicial es el de «Jesús», no probaría nada. José y Jesús eran nombres habituales en el Israel de la época. Ya en 1931, un tal Sukenik encontró un cofre mortuorio con la denominación «Jesús, hijo de José». Su descubrimiento causó un gran revuelo en la época pero pronto pasó al olvido. De hecho, usted lo sabe mejor que yo: los nombres judíos que comienzan por J son múltiples, entre ellos Juan, judas, Josa­fat, etc.

 

-¿Por qué quiere verificar la huella genética del esqueleto y del lienzo? Si el lienzo es falso, tienen que ser diferentes.

 

-Porque merece la pena verificar todos los hechos.

 

El cardenal sonrió ligeramente. Había perdido y se disponía a efectuar una retirada ordenada:

 

-Hablaremos de todo ello a medida que le vayan llegando los resultados. Prométame al menos un secreto absoluto por el mo­mento.

 

Theo le respondió con un proverbio romano:

 

-«En Roma, no hay secretos, solo misterios.»

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 10

 

Colombe se sintió seis años más joven cuando aterrizó en Fiu­micino, el sábado 31 de diciembre. Todo le hacía pensar en aquel 6 de octubre de 1988, cuando había desembarcado en el mismo aeropuerto en plena huelga de taxistas, una huelga palia­da por la pintoresca intervención de Paolo. La misma espera an­gustiada al acercarse a Roma, las sienes batientes, las manos hú­medas, las piernas de algodón, la visión difuminada y bocanadas de calor que recorrían su cuerpo. Por mucho que diagnosticaba todo este barullo fisiológico como una manifestación avanzada de la menopausia, no conseguía verlo como algo natural. Acaba­ba de cumplir los cincuenta y seguía teniendo reacciones de co­legiala. Se puso a canturrear un viejo tema de Edith Piaf, Te llevo en la piel. Se sentía extraordinariamente vulgar y bestial, dis­puesta a gozar a fondo perdido y sin remordimientos. No había vuelto a ver a Paolo desde hacía seis meses y, durante todo este tiempo, había rumiado en silencio sus frustraciones. Los mo­mentos más dificiles para ella eran los domingos por la tarde, después de una comida solitaria en un restaurante de Berkeley. Lo único que la distraía un poco era deambular sin rumbo fijo para calmar sus nervios destemplados. Como en California no es habitual que los seres humanos se desplacen a pie, la policía solía pararla, considerándola sospechosa de haber perdido la ra­zón o de estar preparando un robo. A veces, fantaseaba que un guapo policía irlandés de sienes plateadas la conducía a su casa, ella le invitaba a tomar una copa y terminaban en la cama. Vivía en la actitud de la bestia que envejece y que ya no es capaz de calmar sus apetitos, porque es una mujer y porque no puede to­mar la iniciativa sin rebajarse.

 

Como la otra vez, Paolo la estaba esperando, quizá más ma­duro y menos odioso, la mirada menos pícara, el aspecto menos bronceado, con corbata y chaqueta en vez de su clásico jersey y bufanda. En cualquier caso, las cosas parecían irle bien, porque un Jaguar con chofer estaba esperando a Colombe. Todos los años, desde hacia seis, había vuelto a ver a Paolo, pero nunca con tal alarde de poderío económico. Sin embargo, él matizó:

 

-Querida, el coche es alquilado. Y el chofer, también.

 

Todo eso en inglés, para no ofender al chofer, porque Paolo no insultaba a sus iguales. Dos años antes había pasado un tiem­po en la cárcel. Los periódicos habían hablado mucho de él: un miembro de la ilustre familia Pacelli estaba comprometido en un asunto de sobornos, cuya estela llegaba hasta el primer mi­nistro. Precisamente por la influencia del primer ministro o por ser un descendiente de Pío XII, el caso es que había sido libera­do tras ser sobreseída su causa. El magistrado que le había in­culpado fue atropellado, a la semana siguiente, por un autobús.

 

Después, Paolo estuvo a punto de casarse con una rica here­dera Agnelli, pero la noche misma en la que se había fijado la fecha del compromiso oficial en un castillo de los alrededores de Turín, fue sorprendido por un maitré de hotel hacia las dos de la mañana, cuando estaba intentando cortar con una cu­chilla un cuadro de Canaletto, que pensaba vender para finan­ciar una sortija de compromiso adecuada para una Agnelli.

 

Durante algunos meses estuvo trabajando en un gabinete mi­nisterial, pero también fue expulsado de allí por acoso sexual a las secretarias. Decididamente, Roma ya no era Roma, desde que las mujeres tenían el derecho de quejarse. Pero él seguía siendo el mejor chaval del mundo, seguro de sí mismo y de su destino, bebedor, fumador, timador, mal chofer, tramposo en el juego y amante fácil y de una infidelidad contrastada.

 

Colombe tenía una cita para desayunar con sus hermanos en el restaurante Alfredo alla Scrofa, pero como el avión no había tenido retraso alguno, disponía de dos horas en su habitación del hotel Raphael, el tiempo suficiente para hacer el amor con Paolo, un rito propiciatorio ofrecido a todas las divinidades, que en la Ciudad Eterna se amontonaban por estratos. Exigió una habitación en el último piso para taparse de nuevo con las corti­nas de seda y espiar al anticuario del largo Febo, haciendo lan­guidecer a Paolo. Al menos durante ese momento, captaba su atención. Con el paso de los años, el placer se hacía cada vez más agudo y más necesario para ella porque cada vez que hacía el amor, Colombe se preguntaba si no sería la última. Esta vez más que nunca le invadió un sentimiento de precariedad, que acentuó áún más el vacío que sentía después de las efusiones se­xuales. De todas formas, se quedó un poco adormecida, para cumplir el refrán romano según el cual, después del amor, los jóvenes comen y los viejos duermen. Hacia la una abandonó a Paolo, con su pantalón corto, su cigarrillo en la boca y el teléfo­no entre el mentón y el hombro para pedir que le subieran la comida a la habitación.

 

Entró alegre y radiante, con su vestido de seda rojo y su chaque­ta de armiño. Inmediatamente divisó a sus dos hermanos que esperaban en la mesa habitual al lado de la ventana, cerrada por las inclemencias del invierno. Solo con mirarles se dio cuenta de que ambos estaban de morros, pero no por haberse peleado en­tre ellos.

 

Ese sábado 31 de diciembre, el restaurante estaba práctica­mente desierto, lo que les venía de perlas para lo que se iba a tramar en su encuentro. El patrón, siempre disfrazado de actor de película americana de serie B de los años cincuenta, recorría la sala de arriba abajo mordiéndose las uñas para evitar fumar. Según la tradición, pidieron los maestose fettuccine y, mientras los esperaban, Theo resumió para Colombe lo que había pasado desde hacía dos días.

 

Colombe se alegró mucho de la doctrina de la virginidad per­petua cuestionada por la Fuente y de la angustia del cardenal Weiss. Aparentemente, conocía bien la cuestión, muy de moda en los círculos feministas de Estados Unidos, porque se lanzó a una apasionada explicación:

 

-¡Es el colmo! Todo esto comenzó por una falsa traducción del hebreo al griego en la versión de los Setenta, redactada en Alejandría por unos judíos que ya no entendían el hebreo.

 

-¡Un error de interpretación, no de traducción! -interrumpió Emmanuel-. El profeta Isaías había escrito un versículo según el cual una joven mujer concebiría y amamantaría un hijo al que llamaría Emmanuel. La palabra hebrea que designa a cualquier joven mujer es alma. Pero en la versión de los Setenta, este tér­mino se cambia por el de parthenos que, en griego, significa ex­clusivamente «virgen». El mismo término aparece en Mateo y Lucas, los dos Evangelios que lo utilizan para designar a María.

 

-De acuerdo -admitió Colombe-. En cambio, los textos más antiguos del Nuevo Testamento, las epístolas de Pablo o el Evangelio de Marcos, no hacen alusión alguna a la virginidad de María. Por último, Juan, que es el hijo adoptivo de María y que vivió durante algún tiempo con ella, no cesa de referirse a Jesús como el hijo de José. Por lo tanto, se puede o se debe interpre­tar perfectamente la palabra «virgen» para designar a María, en dos de los Evangelios, como una metáfora de su pureza moral y no como un diagnóstico ginecológico que parece totalmente descabellado. Pero no se contentaron con reducir la pureza de María a la simple virginidad física, sino que, además, se lanzaron a una carrera absurda y odiosa. Si hay que creer algún Evangelio apócrifo, María habría parido a Jesús manteniéndose virgen in­cluso durante el parto. ¿Pero cómo? ¡Que alguien me lo expli­que! Fue esta leyenda apócrifa la que de hilo en ovillo desembo­có en el mito de la virginidad perpetua antes, durante y después del nacimiento de Jesús, excluyendo que tuviera hermanos o hermanas en el sentido biológico del término. En cualquier caso, todo comienza con una interpretación discutible, que se convierte en más sagrada que el texto original.

 

Colombe blandió un grissino ante las narices de Emmanuel, profundamente sorprendido por este acceso de exégesis inhabi­tual en su hermana, mientras ella continuó agitando el bastonci­llo de pan como si fuese un arma conminatoria:

 

-Todo esto, mi querido hermano, tiene sus consecuencias. Si una leyenda apócrifa llegó a alcanzar tanto éxito es porque venía como anillo al dedo para deslumbrar al pueblo con un prodigio extraordinario y para confortar a los machos intelectuales, como Agustín, Jerónimo, Lactancio u Orígenes, todos ellos más o me­nos contaminados de maniqueísmo o de gnosticismo por su des­precio del cuerpo, de la sexualidad y de la mujer. Si María y José tuvieron que guardar la continencia para merecer ser los padres de Jesús, eso es un juicio de valor inquietante para los pa­dres normales, que no serían dignos del modelo en la medida en que hacen hijos con el método natural. ¿Conoces la admirable fórmula de Agustín al respecto?

 

-No -dijo Emmanuel-. ¡Ha escrito tantas cosas!

 

-¡Y que lo digas! Pues tu querido Agustín dice lo siguiente, a propósito de María: «Dado que concibió sin placer, también pa­rió sin dolor». Ahí desvela sus ideas malignas. El placer, en el seno de una pareja legítima, es signo de la corrupción del peca­do original. Aunque a ese placer no se le puede estigmatizar como pecado, procede sin embargo del pecado. Y, por lo tanto, es castigado e, incluso, expiado por el dolor. ¡Fin de la demos­tración!

 

Hizo un nuevo molinete con el grissino, que se rompió al em­pujarlo contra la solapa de la chaqueta de Emmanuel:

 

-Cualquier cristiana sentirá con toda naturalidad devoción por María, porque es mujer y porque introdujo un elemento fe­menino en el universo puramente masculino de la Iglesia. Pero con un afecto, un amor y una piedad análoga a la que se puede sentir por una madre o por una hermana. No se ensalza, sino que se empaña esta imagen de María, si es presentada como una esposa frígida y una madre liberada de los dolores del parto. Entonces, deja de ser una mujer para convertirse en una diosa, según la concepción de lo divino en la época helenística. Para mí y para otros muchos, la leyenda de la virginidad perpetua constituye una fabulación de la realidad vivida por María, una parodia de la santidad, un ideal elegido para aplastar bajo el peso de la culpabilidad a todos los que se esfuerzan por vivir normal y honradamente. Si una mujer se convierte en culpable por el hecho de tener un cuerpo es que ya no caminamos tras los pasos de Jesús, sino por el camino de todas las herejías y de todas las sectas más perniciosas.

 

Theo la interrumpió, porque los fettuccine habían llegado, el maitre de hotel los envolvía en la salsa de queso, mantequilla y crema. Por eso, introdujo la fórmula litúrgica que cortaba de raíz cualquier discusión familiar: «Comamos primero».

 

Degustaron los fettuccine con unción. Según su costumbre, Colombe comenzó a recordar su infancia, cuando comía pasta, por la noche, en una esquina de la mesa de la casa paterna, en Fully. La puerta de la cocina estaba abierta y daba sobre el jar­dín, que descendía en una pequeña pendiente hacia el Ródano y la bruma del río subía hacia la casa, humedeciendo el jardín re­seco por el bochorno de todo el día. La criada preparaba un .cuenco de frambuesas a la crema. Todo estaba en su sitio. Sus hermanos se daban patadas por debajo de la mesa y el señor De Fully bebía un vaso de oporto en la terraza, leyendo Le Nou­velliste du Valais.

 

Al salir de su sueño, Colombe se dio cuenta de que sus dos hermanos tenían todavía una mala noticia que darle, porque prestaban más atención que avidez a la comida. Pero solo des­pués de haberse llenado de pasta, Theo descargó su conciencia:

 

-Acabo de recibir por fax, en el despacho de Emmanuel, don­de hemos pasado toda la mañana, los resultados de las dataciones efectuadas en Zúrich durante toda la noche del jueves al viernes y son decepcionantes respecto a lo que yo esperaba. Las fechas más probables del titulus, de los fragmentos de lino, del papiro y del pergamino se sitúan entre el año 25 y el 45. La datación del titulus ha sido confirmada por el recuento de los anillos de la

 

plancha en madera de pino. Y según la metodología dendrocro­nológica, se trataba de un árbol plantado en el año 6 y abatido en el 28. El desciframiento de la huella genética y el tratamiento de la imagen de la inscripción llevarán más tiempo y el resultado solo estará disponible a comienzos de la próxima semana.

 

-En definitiva, ninguna de tus muestras tiene una dosis anor­mal -de carbono 14. Has tenido éxito en tus excavaciones y has fracasado en tu datación -señaló Colombe-. El lienzo no ha sido irradiado por un fenómeno desconocido. ¿No te sientes de­primido?

 

-Un poco. Eso me habría dado la oportunidad de conseguir quizás un segundo premio Nobel. Hasta ahora solo Marie Curie consiguió el doblete.

 

-Sí -precisó Colombe-, porque, como era una mujer, no se dejó embaucar por la gloria y continuó trabajando sin pensar en una segunda distinción y así fue como la obtuvo.

 

Theo suspiró ostensiblemente ante este empecinamiento fe­minista de Colombe. Él citaba de forma habitual el proverbio siciliano según el cual «todas las mujeres son unas putas, salvo mi madre y mi hermana, que son santas». Aunque empezaba a albergar serias dudas sobre su veracidad. Sin embargo, explicó, con paciencia:

 

-Todavía hay más. Y algo realmente imprevisto. Moshe Tov hizo examinar el esqueleto de la tumba por un arqueólogo israe­lí especializado, con formación médica. El esqueleto es el de un hombre crucificado. Los huesos de las muñecas y de los pies afectados por los clavos conservan huellas de óxido

 

-¿Y qué? -preguntó Colombe.

 

-Reflexiona un poco -replicó Theo siempre tan condescen­diente-. Por una parte, no demostré que el lienzo es auténtico, porque no encontré una muestra de lino de la tumba con una datación análoga. Por otra parte, he descubierto una tumba con el esqueleto de un crucificado, al que una inscripción designa como Jesús, el hijo de José, al lado del titulus que confirma su identidad y de los manuscritos que transmiten la historia de Jesús tal y como fue anotada por testigos presenciales. Ante tal acumulación de indicios, hay que considerar la hipótesis según la cual se podría tratar del cuerpo de Jesús. Y aunque yo rechace esta hipótesis, sin duda hará las delicias de la prensa.

 

Después, como seis años antes, los dos hermanos compartie­ron en silencio costillas de buey y espinacas, mientras Colombe se contentaba con los grissini. Al mismo tiempo, la dama de la familia formuló incluso una reflexión curiosa sobre el tiempo que parecía encerrarse sobre sí mismo. Los dos hermanos co­mían sin decir ni palabra, guardando sus energías para la nueva entrevista con el cardenal Weiss. Hubo, sin embargo, una pe­queña discusión sobre el postre que habían tomado el día 6 de octubre de 1988 porque nadie lo recordaba exactamente. Theo cortó la discusión consultando su microprocesador portátil. Pero en su microprocesador solo había anotado un espresso para él y nada para sus dos hermanos.

 

-Estaba trastornado -comentó para disculparse-, como lo es­toy ahora mismo.

 

-¿De qué tienes miedo? -preguntó Colombe.

 

-Si fuese capaz de identificar la causa precisa de mi miedo es­taría más tranquilo pero, en realidad, lo que siento es una aprensión difusa ante lo desconocido. Todavía queda un docu­mento que desconocemos por completo, el rollo de bronce. Ha sido enviado por Tov al Manchester College of Technology, que ya en 1952 cortó con una sierra el único rollo de bronce descu­bierto en la cueva número 3 de Qumran. Si ese rollo es de bronce, material costoso pero indestructible para los insectos o los roedores, se lo debe a su contenido: indicaba las sesenta y cuatro cuevas en las que los judíos habían escondido su tesoro de guerra, antes de la insurrección del 68 contra los romanos. Un rollo de bronce en la tumba del Santo Sepulcro debe conte­ner forzosamente informaciones de extrema importancia para los que organizaron esta sepultura.

 

-¿Por ejemplo? -preguntó Colombe.

 

-Por ejemplo, un texto que establezca la identidad del esque­leto. Supongamos que el rollo de bronce precisa que ese cuerpo es el de Jesús de Nazaret, el hijo de José, el carpintero. Ya no habría duda posible al respecto: habría descubierto la verdadera tumba de Jesús, una tumba que no está vacía. Habría efectuado en realidad una tarea profundamente destructora. Habría de­mostrado que Jesús no resucitó, que la tumba inicial, elegida por José de Arimatea, fue violada como testimonia por otra parte la piedra de la entrada movida, un signo raro e incom­prensible, si no es como resultado de una acción humana. ¿Quién movió, pues, la piedra y transfirió el cuerpo a una segun­da tumba, la que hemos encontrado? No lo sé. Seguramente no fueron Pedro, Juan ni Tomás, porque los acontecimientos pos­teriores demuestran que se quedaron boquiabiertos por el des­cubrimiento de la tumba vacía y Jesús resucitado. Pero en el cír­culo que se movía en torno a Jesús había otros grupos. Por ejemplo, los zelotas, cuyo objetivo consistía en desencadenar una insurrección armada, que terminaron haciendo en el año 68. Ellos pudieron estar tentados de manipular a la multitud de seguidores de Jesús, raptando su cuerpo y disimulándolo en otra tumba, aquella donde nosotros lo hemos descubierto. La tumba vacía de la mañana de Pascua solo sería una peripecia banal, transformada en milagro por la incredulidad de los primeros testigos.

 

-Si eso se llegase a probar, habrías purificado la fuente de la fe -replicó Emmanuel-. Jamás te podrás reprochar haber en­contrado la verdad. La tumba vacía constituye el signo material de que no hay que buscar a Jesús entre los muertos. Nadie sabe qué pasó realmente. Nuestra fe no se basa en una tumba vacía, sino en un hombre resucitado. Nadie sabe qué es la resurrec­ción. En cambio, el encuentro de los discípulos con Jesús resu­citado es algo atestiguado por los mismos discípulos. Y quizá sea el único signo al que hay que prestar atención.

 

Colombe le miró llena de admiración. Ella había conseguido al menos una resurrección, la de su propio hermano. Sin las in­yecciones que le pusieron, hacía seis años, en el hospital univer­sitario de Salt Lake City, su hermano estaría ahora mismo muerto o postrado en una cama. Además, Emmanuel había cambiado casi por completo su forma de ser. Había abandonado su tono de voz ordinario y monjil, articulando sus opiniones con autoridad y seguridad. Daba cuentas de su fe sin vergüenza y sin disimulo alguno, porque sus síes eran síes y sus noes, noes. Y lo más extraño es que su nueva firmeza no parecía ser un obstáculo para su carrera en el Santo Oficio.

 

-Emmanuel tiene razón -comentó Colombe, dirigiéndose a Theo-. Debes mantenerte firme en tu fe y en la verdad, creyen­do con todas tus fuerzas que no se pueden contradecir.

 

-No parece hallarse en la misma situación el cardenal Weiss, que terminó por hacerme creer que tiene dudas -objetó Theo. -O simula dudas que no siente para suscitarlas en ti -matizó Colombe con una gran seguridad profesional.

 

-No, no. Su actitud es algo más sencillo que todo eso -resu­mió Emmanuel-. El cardenal, como la mayoría de los clérigos, no concede crédito alguno a los resultados del laboratorio. Son manipulaciones materiales, que ni siquiera rozan el ámbito espi­ritual, del que él está encargado. Pero, como teme los efectos que puedan tener sobre la opinión pública, intenta que tus con­clusiones no se den a conocer. Los medios de comunicación so­cial solo tienen legitimidad al servicio de la Verdad, con V ma­yúscula. Y el cardenal se cree investido del poder infalible de distinguir la verdad de la mentira. Y, por lo tanto, se cree en po­sesión de todos los derechos.

 

-Y, mientras tanto, su objetivo es que no se publique nada y quizás hacer desaparecer las pruebas. Temo incluso que el car­denal Weiss presione al Consejo federal, del que dependo, para congelar todas las informaciones que están en Suiza. Pero en el fondo, lo que más tengo es miedo. Miedo, porque en Italia se prepara pronto un accidente para un magistrado, un periodista o un profesor que posee una serie de informaciones embarazo­sas. He decidido, pues, tomar precauciones. He preparado un dossier completo, con fotografias, informe del laboratorio y resu­men de los hechos. Si Colombe lo llevase a su habitación, ten­dríamos a salvo las informaciones en caso de que ocurra una desgracia.

 

Theo le tendió a Colombe un gran sobre y pagó la cuenta. Una costumbre que adquirió tras haber ganado el sustancioso premio pecuniario del Nobel. Pero no por eso dejó de verificar la suma en su microprocesador, constatando un error a favor del camarero. Theo le hizo rectificar la cuenta y le recordó que una equivocación parecida, y en el mismo sentido, había sido come­tida seis años antes. El camarero abochornado se refugió en la cocina, jurando que no volvería a intentar engañar a los suizos, con ordenador portátil o sin él.

 

Colombe volvió al hotel dando un paseo, mientras los dos hermanos volvían al palacio del Santo Oficio en taxi. Se sentía alegre como una colegiala en vacaciones. Se paraba delante de todos los escaparates y sentía ganas de comprar ropa, de comerse un pastel, de probarse una joya o de probar un nuevo perfume. Apaciguó esta comezón comprándose una bufanda Hermés, en recuerdo de la que Paolo le había regalado hacía tiempo. Des­pués de la compra se dirigió al largo Febo, donde le esperaba en camiseta y calzón largo y con un cigarrillo en los labios el pre­cioso adorno de sus estancias romanas. Hasta la hora de cenar disponía todavía de cuatro horas de juegos, caricias y escarceos amorosos. No consiguió tomarse en serio las angustias y preocu­paciones de Theo. A su edad, con las manías que tenía, era ya un personaje incurable. A lo mejor, podría aguantar una terapia de apoyo.

 

Hacia las seis de la tarde, Colombe recibió una llamada tele­fónica de Emmanuel: el encuentro con el cardenal acababa de concluir y podía reunirse con sus hermanos en el Palacio San Calixto. Se vistió y se peinó con sumo cuidado.

 

Paolo hizo lo mismo, porque no tenía la intención de perma­necer solo durante la noche de fin de año. Ella salió la primera, después de haber abrazado a Paolo, que se mostró tierno y sin su acostumbrada afectación.

 

Paolo dejó de vestirse desde el mismo momento en que Co­lombe cruzó el umbral de la puerta de la habitación y se apostó en la ventana. Observó la entrada del hotel hasta que un taxi se detuvo delante y Colombe se subió en él. Entonces, comenzó un examen minucioso del maletín en el que Colombe guardaba sus documen­tos. Al volver de la comida, ella había metido dentro un gran sobre y, a continuación, lo había cerrado utilizando un código secreto. Habitualmente, el maletín nunca estaba cerrado, ni siquiera cuan­do contenía dinero o joyas. Más de una vez, Paolo se había servido de ello para comprar periódicos o cigarrillos o para dar una propi­na al servicio en ausencia de Colombe. Dado que ella nunca toma­ba este tipo de precauciones, lo más lógico era que el sobre contu­viese algo que sin duda merecería la pena inspeccionar.

 

El maletín tenía dos cerraduras secretas, cada una de las cua­les estaba controlada por un número de tres cifras. Es decir, seis cifras en total, el tipo de código que invitaba a la utilización de una fecha conocida, la fecha de nacimiento, por ejemplo. Paolo conocía el día y el mes del cumpleaños de Colombe, el 17 de agosto, pero no el año. Después de haber anotado la cifra que figuraba hasta ese momento en las cerraduras, para poder repo­nerla, compuso la cifra 170 en la primera cerradura, que se abrió al instante. Era un buen adivino.

 

Ahora solo necesitaba descubrir el año de nacimiento de Co­lombe. Puso un 8 en la primera cifra de la segunda cerradura correspondiente al mes de agosto y, después, comenzó a buscar las otras dos cifras. Eligió el decenio entre 1940 y 1950 y com­puso todas las cifras de 50 a 40. La segunda cerradura se abrió con la combinación 843. Colombe había nacido el 17 de agosto de 1943. Tenía, pues, 51 años. Y Paolo se sintió humillado y mucho más estimulado en su ya no tan indigna tarea, tras haber recuperado su propia autoestima. Y es que un joven romano de la clase alta, casi de extracción divina, solo mantiene relaciones amorosas con una mujer de más de cincuenta años por razones superiores, es decir, la obtención de informaciones suculentas o de buenas cantidades de dinero.

 

Además de unos cuantos documentos, chequera y pasaporte, el maletín contenía el gran sobre que Paolo había visto durante unos instantes en las manos de Colombe. Para despegar el so­bre, utilizó el vapor de una pica llena de agua caliente. Tuvo la paciencia de esperar a que el sobre se abriese por sí mismo, para no dejar ni la más mínima huella. Después, sacó los documen­tos, uno por uno, anotando el orden en el que estaban colo­cados, para poder hacer lo mismo después. Cuando dispuso su botín sobre la mesa, se arrodilló y comenzó una lectura al principio superficial y después cada vez más detallada. Recons­truyó el contexto interpretando algunas alusiones de Colombe al debate de la víspera entre su hermano y el cardenal Weiss. Así pues, Theo había conseguido sus objetivos, pero lo que había encontrado no se correspondía con lo que esperaba encontrar, sino todo lo contrario.

 

Paolo se instaló tranquilamente en el único sillón de la habi­tación y encendió un pitillo para reflexionar a gusto. Desde 1988 y su primera venta de la exclusiva del lienzo, Paolo se había convertido en todo un especialista de este tipo de compraventa. Algo que consideraba absolutamente normal: los periodistas solo pueden ejercer su oficio en la medida en que acceden a las informaciones.

 

Si le transmitía unas cuantas indiscreciones vagas a un perio­dista romano, en el mejor de los casos se ganaría una cena en un restaurante. Pero en este caso había descubierto unos documen­tos que valían mucho más. Lo que tenía que hacer ahora era en­contrar al comprador interesado, lo más pronto posible, antes de que se produjesen otras filtraciones a partir del propio Vati­cano o, lo que sería peor, un comunicado oficial.

 

El dinero y el rencor le motivaban. No solo no creía en nada, sino que además pensaba que ninguna persona inteligente podía creer en una fe auténtica. Su tío Eugenio había aportado credi­bilidad a la mitología y a la pompa que le habían asegurado una brillante carrera, elevando el nombre de los Pacelli al cenit y dorando para siempre el blasón de una familia humilde, dado que su padre ejercía la profesión, honorable pero modesta, de panadero. Llegando hasta la conquista del pontificado, Pío XII le parecía a Paolo un virtuoso del ilusionismo. ¿No era la reli­gión una convención cómoda, como la patria, el arte o el saber vivir, que permitían distinguir al hombre de calidad de la chus­ma, que blasfema y escupe por falta de educación? Eviden­temente, la elite tenía que devolver una parte del dinero aca­parado en forma de limosnas, ceremonias y discursos, pero la religión de antaño constituía más bien un buen negocio y, en cualquier caso, un fondo de inversión seguro. Ahora bien, desde la llegada de la democracia cristiana, comprometida con el par­tido comunista, Paolo Pacelli estimaba que el contrato inmemo­rial entre el Vaticano y los patricios romanos se había roto. En sus peores momentos de angustia, había pedido un empleo en el Vaticano y solo una vez le habían echado una mano en forma de una miseria, de un insulto, de un cheque de diez mil liras. Ahora iba a cobrarlo todo junto. Les iba a golpear en el corazón. Como Sansón, sacudiría las columnas que sostenían el templo. Dado que este invento no le reportaba nada, mejor denunciarlo para aprovecharse de él por última vez.

 

Descartó a los periódicos italianos porque ninguno de ellos podría pagar el precio que pensaba pedir. Solo la prensa ameri­cana presentaba el perfil adecuado. Lo intentó primero con la sección romana del Time Magazine, donde solo encontró un contestador automático. Era la tarde de fin de año y ya se oían los primeros petardos que explotaban a lo lejos.

 

A continuación, tentó su suerte con el corresponsal en Roma del Washington Post, un tal Derek Dodd, que se había hecho cé­lebre en Moscú, en los años ochenta, prediciendo la caída del régimen. Por otra parte, el periódico que había conseguido la proeza de derribar a Richard Nixon, el hombre más poderoso del mundo, estaría sin duda interesado en el hundimiento de la mayor potencia espiritual del mundo. Desgraciadamente, Dodd no se encontraba ni en su despacho ni en su domicilio, donde los habituales contestadores automáticos proponían dejar un mensaje que, en el mejor de los casos, sería escuchado el lunes día 2 de enero.

 

Paolo supuso que entre las siete y las ocho de la tarde el co­rresponsal podía encontrarse en el Harry’s Bar de la Vía Vitto­rio Veneto, lugar de encuentro oficioso de los periodistas ameri­canos. Paolo tenía prohibida la entrada en ese bar desde hacía más de diez años, pero telefoneó hablando con acento ruso y dando un falso nombre que sonaba a eslavo, lo que convenció, al menos aparentemente, al camarero. El periodista estaba allí, se puso al teléfono y se dejó tentar por una cita a medianoche al pie del obelisco de San Pedro.

 

En cuatro horas, Paolo consiguió efectuar fotocopias de to­dos los documentos y negativos de las fotografías. Y eso la tarde de fin de año, lo que hablaba a las claras de su conocimiento de la Roma nocturna, esa Roma que sigue trabajando cuando los romanos honrados duermen. Regresó al hotel, volvió a colocar los documentos en el sobre debidamente cerrado, lo puso en el maletín, que cerró dejando en las cerraduras los mismos núme­ros que había puesto Colombe. Diez minutos antes de media­noche un taxi le dejó en la plaza de San Pedro.

 

El tiempo estaba apacible pero húmedo. Un tiempo de verano londinense para una noche de invierno romana. A lo lejos circula­ban ya grupos ruidosos de gente y coches que tocaban el claxon y derrapaban en las calles. La ciudad, que ya de por sí es poco razo­nable, parecía víctima de una crisis de locura.

 

Mientras esperaba a Dodd, Paolo se volvió hacia el balcón des­de el que su tío segundo había impartido tantas veces la bendición urbi et orbi. ¿Qué habría pensado en esas circunstancias en las que se suponía que encarnaba la misericordia del mismo Dios? ¿Qué estaría pensando ahora mismo, si es que podía asistir al hundi­miento de su imperio a manos de un miembro de su familia?

 

Dodd se presentó en el mismo momento en que las campa­nas, las sirenas, los petardos y los cláxones proclamaban el naci­miento de un nuevo año. A la luz de una pequeña lámpara de bolsillo, echó una ojeada a los documentos que Paolo le presen­tó: el informe de la apertura de la tumba, una foto del titulus, un informe del laboratorio fechándolo, una fotografía de la tumba en la que se distinguía un esqueleto y la inscripción. Paolo pidió un millón de liras y prometió más documentos. El periodista sacó un cheque, lo firmó y se fue sin estrechar la mano de su in­formador.

 

A las ocho de la tarde, Theo estimó que el pavo estaba suficien­temente cocido. Como disponía de una pequeña cocina en el es­tudio en el que le habían hospedado, se había empeñado en pre­parar la cena de fin de año, para conjurar el miedo. Al salir del palacio del Santo Oficio, se pasó por una casa de comidas de en­cargo y volvió con los ingredientes de una receta que había pre­parado in petto durante la larga y penosa sesión, con el fin de abstraerse de los odiosos reproches del cardenal. Emmanuel no se opuso a los que algunos habrían podido considerar como una incoherencia o una blasfemia. Siempre en la mitad del gran jue­go había habido un picnic, a base de las provisiones encontradas, en el frigorífico y en la despensa familiar. En la familia De Fully no se reflexionaba con el estómago vacío, generador de pensa­mientos desagradables y de iniciativas derrotistas.

 

Theo comenzó por pelar manzanas reineta, que cortó en cuartos y asó en mantequilla, evitando que se transformasen en compota. Les añadió trocitos de hígado, uvas secas moja­das en coñac y piñones ligeramente tostados. Dio consistencia a la mezcla con miga de pan y dos huevos batidos, flambeó todo con coñac y rellenó el pavo. Este, atado y rodeado de tocino, fue in­troducido a las seis y media en un horno precalentado a tres­cientos grados. Mientras el pavo se asaba, llenando con su olor primero la cocina y después el estudio entero, el corredor y las escaleras, Theo peló unas cuantas castañas, que metió en agua caliente para quitarles la segunda piel, tras lo cual las hizo hervir a fuego lento y las rehogó dulcemente en la grasa del pavo, es­polvoreándolas con canela, jengibre y clavo.

 

Emmanuel y Colombe habían salido para efectuar las últimas compras: vino, queso y postre. Theo, dedicado por entero a su cocina, había olvidado no solo la tarde que había vivido, sino in­cluso la existencia misma del cardenal Weiss, del lienzo, de la tumba, de Herchel y de la Fuente. Oyó que alguien llamaba a la puerta tímidamente y fue a abrir con una servilleta anudada al cinturón. Se encontró frente a un hombre muy pequeño, calvo, de mejillas sonrosadas, gafas doradas y vestido con un pantalón en forma de tirabuzón y una chaqueta de lana medio desabro­chada. En los pies llevaba unas zapatillas de Charente, que dela­taban su origen sin necesidad de que abriese la boca:

 

-Estoy seguro de que está cocinando un pavo, pero no pude resistir la tentación de verificarlo. Soy de Toulouse.

 

Nadie se refería en vano al orgullo de Theo, que condujo al señor pequeñín a la cocina y le abrió el horno para que el pavo pudiese ser venerado. El hombre se agachó, apoyando sus ma­nos sobre sus rodillas y se quedó allí, un buen rato, en contem­plación. Theo le dejó admirar su obra con el orgullo tierno de una madre cuyo bebé es admirado por un desconocido cual­quiera en la calle. Y después cerró el horno sin contemplacio­nes, señalando que estaba perdiendo calor, que era necesario que la cocción prosiguiese lentamente y que no era convenien­te que el pavo se viese afectado por una corriente de aire.

 

-De ninguna manera -respondió el señor bajito con un terror cómico.

 

Theo sintió lástima por él. Aparte de los huéspedes de alta al­curnia, el Palacio San Calixto estaba ocupado exclusivamente por cardenales, a menudo jubilados. A través del viejecillo que se disponía a pasar solo una noche de fin de año y bajo la púrpu­ra romana de la que estaba invisiblemente revestido, Theo per­cibió al campesino de Garona. Solo un universo inhumano po­día abandonarlo en su soledad. En ese momento, Emmanuel y Colombe volvieron con los brazos cargados de paquetas. El hombrecillo se mostró un tanto contrariado cuando Emmanuel le presentó a su hermano y a su hermana:

 

-Nuestro vecino, el cardenal Chotard, que fue presidente del Secretariado para los no creyentes y que, en la actualidad, está jubilado.

 

Terminadas las presentaciones, todos se quedaron en silencio, hasta que Theo tuvo una inspiración:

 

-¿Puedo preguntarle a Su Eminencia si ha cenado?

 

-No, no he cenado -dijo el hombrecillo con un aire contrito.

 

-¿Pero no tiene quién le cuide?

 

-No mucho. Tengo dos monjitas a mi servicio, que me prepa­ran la comida. Habitualmente, por la noche, suelo cenar un cal­do, un poco de queso y algo de postre, pero no había previsto nada especial para el fin de año. Puedo disculparme con ellas, que quedarán encantadas porque están deseando ver la televisión.

 

Así fue como el cardenal Chotard pasó la noche de fin de año con el profesor Theophile de Fully, premio Nobel, monseñor Emmanuel de Fully, subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe y la doctora Colombe de Fully, especialista mundialmente conocida en la atención a los enfermos en fase terminal. El pavo tierno y oloroso, las castañas en su punto, el relleno perfumado y el vino pronto produjeron efecto en los co­mensales. La armonía de los platos y de las bebidas engendraba una música de los sentidos que predisponía al entendimiento entre los seres humanos. El cardenal disponía de un repertorio inagotable de anécdotas vaticanas que habrían hecho las delicias de un escritor de memorias. Con el paso de la noche, los papas y los cardenales se convirtieron en hombres como los demás, con sus penas y sus glorias, a veces atractivos y otras estúpidos. A medianoche, los cuatro se abrazaron.

 

A Theo le horrorizaba trasnochar, pero no pudo prescindir de la obligación de conversar un rato con sus hermanos cuando el cardenal se retiró hacia la una de la madrugada, sin tamba­learse pero con las mejillas más sonrosadas todavía que cuando llegó. En atención a Colombe, les resumió la situación con una fórmula lapidaria:

 

-¡Horrible!

 

Emmanuel explicitó:

 

-Weiss no solo está terriblemente afectado por el asunto, como era previsible, sino que se encuentra completamente hun­dido. Es un hombre que tenía un gran dominio de sí mismo cuando fue promovido para su cargo en 1981 y que, desde en­tonces, fue adquiriendo una seguridad sin límites. Nunca duda lo más mínimo porque debe servir de referencia en un mundo víctima de la duda sistemática. Pero ahora, yo que le conozco bien puedo asegurar que duda.

 

-¿De qué duda? -preguntó Colombe.

 

-De todo. En primer lugar, sus dudas proceden de una multi­tud de detalles descubiertos en la lectura de la Fuente. No olvi­des que era profesor de exégesis y que, por lo tanto, tomó parti­do en todas las controversias de las últimas décadas. Pero, de pronto, un documento nuevo e irrefutable viene a decidir todas estas cuestiones disputadas. Y lo más terrible para él es que aquellos a los que la Fuente da la razón han tenido que padecer a menudo las críticas del profesor y las censuras del cardenal. Está, pues, herido en su orgullo de investigador, cada vez que descubre que se había equivocado.

 

-¿En qué, por ejemplo? -preguntó Colombe.

 

-Un detalle, entre otros muchos -precisó Emmanuel-. En el año 1948 se descubrió en Egipto un conjunto de manuscritos, de los que el más interesante era un tal Evangelio según Tomás, de inspiración más bien gnóstica y que comportaba un centenar de logia, es decir, de citas de las palabras de Jesús. De hecho, la mayoría de ellas se encuentran en los Evangelios canónicos. Pero hay algunas que son originales y de las que se sospecha que son auténticas frases de Jesús. Por ejemplo, esta, que a mí me parece bellísima: «Muchos se agolpan alrededor del pozo, pero no hay nadie que baje a él». De hecho, este logion es citado por Orígenes. Es decir, en cierto sentido, el Evangelio de To­más venía a perturbar la paz del canon. Para preservar la inte­gridad y la exclusividad de este, el profesor Weiss se dedicó a publicar una serie de estudios, entre los años cincuenta y sesen­ta, para desprestigiar este texto y minimizar su significado. Aho­ra bien, el logion que acabo de citar se encuentra tal cual en la Fuente. ¡Como para que el cardenal salte de alegría!

 

-De todas formas, no se va a hundir porque hace tiempo se equivocara en una serie de detalles sin importancia. ¿O es que sus dudas afectan a algo más importante?

 

-Sí, a la fe en Jesús resucitado -respondió Emmanuel-. A lo que ocupa el centro de su vida, su fe, su vocación, su función, su papel, a lo que hace que exista como persona. No tiene familia ni pasatiempos ni siquiera algún pecadillo. Es una idea encarna­da, que habita el cuerpo de un septuagenario frágil, que trabaja catorce horas al día sin tomarse ni unas cortas vacaciones. Estoy seguro de que dedica a la oración lo estrictamente necesario para poder aguantar y que sentiría remordimientos por haber mantenido una entrevista amistosa, por dar un paseo sin rumbo o por leer una novela. Era un violinista bastante bueno, pero no ha vuelto a tocar su instrumento. Toda su vida giraba en torno a un eje que hoy está amenazado de ruptura.

 

Theo intervino:

 

-Es curiosa esta confusión de ideas por parte de un hombre inteligente. Por un lado, no deja de repetir que la Pascua es un misterio, que no tuvo testigos, que es un sacrilegio querer ima­ginar lo que pasó. Y por el otro, sin que se dé realmente cuenta de ello, para él la resurrección es igual a la desmaterialización, a la desaparición del cuerpo. El descubrimiento de un esqueleto de Jesús contradice esta concepción ingenua y la somete a la tortura de la duda sistemática. La doctrina es un monolito que cae hecho añicos. Al final tenías razón, Colombe, cuando lan­zaste tu perorata apasionada sobre la virginidad material de Ma­ría. En la mente del cardenal, los dos planos de la metáfora y de la realidad se interfieren continuamente. Cuando piensa en la alegoría, se irrita por la aproximación realista de su interlocutor. Cuando se le habla de realidad experimental, se refugia en la metáfora. Es a la vez presbita y miope. Cuando se pone sus ga­fas para leer no ve de lejos; cuando se pone sus gafas de lejos, no ve de cerca. Su visión está disociada y, ahora, descubre su dupli­cidad intelectual a prueba de hechos.

 

-¿Temes, pues, que se venga abajo de golpe?

 

-Exactamente. Y si él se hunde, hay muchas posibilidades de que el Vaticano se venga abajo como un castillo de naipes.

 

Colombe rectificó:

 

-¿Que el Vaticano puede hundirse? Si es un castillo de nai­pes, eso es lo que merece…

 

Theo movió la cabeza y se puso a razonar en voz alta:

 

-Seamos razonables y no nos calentemos la boca con pala­bras. Conozco todos los vicios de la Curia, que son los de cual­quier administración que se cree el ombligo del mundo. Pero mi objetivo no es destruir la institución. ¿Para qué? ¿Para reem­plazarla por otra? Allí donde antaño ejercían su dictadura los partidos comunistas se han instalado otras dictaduras, la de los señores de la guerra, la de los funcionarios corruptos y la de los políticos demagogos. A menudo son los mismos perros con distintos collares. Tengo en mis manos una bomba que podría hacer estallar a la Iglesia católica en lo que tiene de más arcaico y de más clerical, pero no me decido a prender la mecha. Me da la impresión de que no hay nada que ganar en todo esto y sí mucho que perder. Cuando el cardenal me pide que no publi­que los resultados con el tono con el que lo hizo hoy, estoy ten­tado de obedecerle.

 

-¡Has dicho «tentado» y has dicho bien! -replicó Colombe en un tono agrio.

 

Emmanuel intervino para poner paz en el debate:

 

-Dado que soy el cura en servicio, es mi obligación recorda­ros el octavo mandamiento, que nos obliga a decir y vivir en la verdad. Según Juan, Jesús era la luz del mundo, que vino a sa­carnos de las tinieblas. Fue Pilatos el que planteó a Jesús la céle­bre pregunta: «¿Y qué es la verdad?». Buena pregunta para un procurador preocupado por su carrera más que por la búsqueda de cualquier tipo de verdad. Para el hombre de poder, solo es verdad el poder y solo es mentira lo que le impide alcanzarlo.

 

Confesamos nuestros pecados al comienzo de cada eucaristía y confesamos las faltas cometidas de pensamiento, palabra y ac­ción, pero también por omisión. No decir la verdad es mentir y, por lo tanto, pecar. Los investigadores que retrasaron la publi­cación de los manuscritos de Qumran deliberadamente no son inocentes, aunque lo hayan hecho con la mejor intención del mundo.

 

-No toda verdad se le puede decir a cualquiera -dijo Theo, repitiendo un argumento que había oído repetidamente durante todo el día.

 

-Eso es evidente -concedió Emmanuel-. Hay verdades que pertenecen a la esfera íntima de la persona y que no interesan a nadie más. Pero aquí estamos hablando de otra cosa. Publicar unos manuscritos que permiten comprender mejor el origen de los Evangelios no constituye una indiscreción ni viola el dere­cho a la intimidad de nadie. Evidentemente, eso va a modificar la exégesis tradicional. Eso va a poner fin a una serie de contro­versias interminables entre los especialistas. También fijará por fin algunos detalles, pero no tocará nada fundamental. De he­cho, en el Evangelio de Juan hay una serie de frases misteriosas que dejan la puerta abierta a una revelación posterior. Por ejem­plo, Jesús dice más o menos lo siguiente. Cito de memoria: «Tengo otras muchas cosas que deciros, pero por ahora no sois capaces de entenderlas. Cuando venga el espíritu de la verdad os hará acceder a la verdad completa». Si no entiendo mal, eso quiere decir que debemos permanecer vigilantes y aceptar la profundización de la revelación, no a partir de nuestras luces ni de nuestra reflexión, sino bajo el impulso del espíritu. ¿Hay algo que esté más cerca de este impulso del espíritu que encontrar la Fuente de los Evangelios, el texto más próximo a la predicación de Jesús? Rechazar este texto es pecar contra el Espíritu Santo.

 

-Tienes razón -dijo Theo-. Tengo que estar muy cansado para que tengas que recordarme evidencias tan elementales. Es hora de irse a dormir.

 

Colombe volvió en taxi al hotel. En la habitación, Paolo dor­mía plácidamente, con el rostro distendido como el de un niño. Se parecía tanto a una alegoría de la inocencia que Colombe sintió ternura por él. Antes de dormirse, experimentó la gracia de una oración espontánea, de una mirada de fe sobre el Jesús del que tanto había hablado durante toda la jornada y que se ha­bía vuelto más familiar y más misterioso a la vez para ella. Le confió al buen ladrón que dormía a su lado, con la extraña intui­ción de que un hombre como Paolo precedería en el Reino de los Cielos a todos los prelados de su familia.

 

 

 

CAPÍTULO I 1

 

Por diversos indicios, la familia De Fully presintió que el do­mingo constituiría un intermedio de calma antes del desencade­namiento de la tempestad total. Estaban en el ojo del huracán. La consabida alegría del primer día del año apareció preñada de amenazas: cada policía o cada camarero sonriente les daba la sensación de que sabía su secreto

 

Por la mañana, los tres fueron juntos a misa de diez, concele­brada en el ábside de San Pedro por los sacerdotes de paso que lo deseaban. Había una cincuentena, repartidos en dos largas fi­las a uno y otro lado del altar. Un coro de niños austríacos can­taban la misa de Palestrina. Los cincuenta sacerdotes pronun­ciaron al unísono las palabras de la consagración, cada uno en su lengua, lo que sonó como una hermosa cacofonía a medio cami­no entre Babel y Pentecostés. Representaban a todos los pue­blos de la tierra, a todas las variaciones de piel y de rostro, con un enorme rubio alemán entre un asiático delgado y un africano sonriente.

 

Durante la paz, el africano y el asiático se dieron un abrazo caluroso, mientras que el alemán expresó un gesto de rechazo ante tanta familiaridad e hizo un esfuerzo por estrechar las ma­nos de los demás compañeros con afecto forzado y sonrisa me­cánica. Theo, divertido, susurró al oído de Colombe parodian­do un verso de Kipling: «El hombre blanco es la carga más pesada para sí mismo».

 

Colombe pensó que esta reflexión solo podía aplicarse al pro­pio Theo. A fuerza de perfeccionismo, se destruía a sí mismo y hundía todo lo que tocaba. La creatividad más exacerbada lleva­ba a la esterilidad radical. Recorría el mundo imperfecto en el que había nacido con el objetivo de mejorarlo. Con el objetivo de mejorarlo tanto que hasta el mismo Dios no lo reconocería y se pondría celoso de este demiurgo competidor. Hoy había cru­zado la línea. Había traspasado el umbral más allá del cual se ex­ponía a que la divinidad le dejase tieso en cualquier momento. Y eso, a Colombe, le parecía mucho más grave que el hecho de que ella mantuviese una relación amorosa con Paolo.

 

Tras la misa, Theo se puso al frente del trío. Había alquilado un coche y proponía una escapada a Frascati, un paseo burgués y familiar por el parque, seguido de una comida en una trattoria llena a rebosar de romanos endomingados. Solo había un menú: vitello tonnato, osso bucco, tiramisu. Theo pidió una botella de vino de Frascati, porque le gustaba este vino solo para tomarlo en la región donde se criaba.

 

Hacia las cinco de la tarde, el sol estaba a punto de acostarse en medio de una orgía de color oro y púrpura y ellos regresa­ron, en medio de una caravana de automóviles, hacia el Palacio San Calixto. El presuroso crepúsculo del solsticio devolvió sus espíritus al malestar de la mañana. Y es que los tres portaban un pesado secreto. Theo había sacudido el orden natural y este, tarde o temprano, tendría que manifestar su cólera.

 

Cuando llegaron a San Calixto, el conserje les tendió un so­bre con las insignias del cardenal Weiss, cuyo emisario les espe­raba desde hacía dos horas con un coche para conducirles al pa­lacio del Santo Oficio. Era el joven sacerdote que hacía las veces de secretario particular del cardenal y que ya había asistido a las reuniones de los dos días anteriores. El mensaje escrito a mano por el cardenal pedía a Theo y a Emmanuel que se reuniesen con él inmediatamente. El joven sacerdote solo hizo el siguiente comentario: «Es algo gravísimo». Pero el uso abusivo del super­lativo en italiano no les permitió a los dos hermanos calibrar exactamente lo que quería decir. Se despidieron de Colombe, que se encargó de devolver el coche a la agencia de alquiler y que ya estaba pensando en Paolo, como el que se relame de an­temano con la posibilidad de zamparse su pastel preferido.

 

El cardenal estaba pálido, sin que fuese posible distinguir en su rostro la rabia del miedo, el hundimiento físico de la tensión psicológica.

 

-Espero explicaciones -dijo dirigiéndose a Theo.

 

Había extendido cuidadosamente las fotocopias, colocadas sobre la mesa de su despacho como las pruebas condenatorias de un proceso. Theo sintió que se le paraba el corazón. Recono­ció su informe manuscrito del descubrimiento de la tumba, el informe del laboratorio sobre la datación del titulus y una foto de este y otra del conjunto de la tumba. Solo había tres personas en posesión de esos documentos: Emmanuel, Colombe y él mismo. Sin embargo, Theo había tomado la precaución de efec­tuar tres señales diferentes sobre las tres copias del informe, para poder identificar cualquier eventual filtración. Verificó la fotocopia colocada encima de la mesa del despacho del cardenal y comprobó que tenía una c minúscula en la esquina inferior derecha. Era, pues, la fotocopia de la copia que estaba en poder de Colombe. El cardenal precisó:

 

-He recibido estas copias de manos de un periodista america­no del Washington Post, un tal Dodd, reputado por su talento de husmeador de exclusivas. Fue el que consiguió descubrir la pista búlgara relacionada con el intento de asesinato del Papa y pro­bar que se trataba de una acción del KGB. No dudó ni un solo instante en publicar esas informaciones, afortunadamente des­pués del cambio de régimen. Ahora, está en posesión de esos documentos y sin duda alguna de otros. O se dispone a com­prarlos. Me ha pedido una entrevista. Se la he denegado. Maña­na, quizá ya esta tarde, la noticia del descubrimiento de la su­puesta tumba de Cristo será difundida primero en Washington y después en todo el mundo. Mañana, nos asaltará una nube de periodistas. Toda una chusma que hurgará en los entresijos del misterio de la Pascua. Y usted es el único responsable de todo esto -gritó el cardenal señalando a Theo, que se había queda­do petrificado-. Si no recibo una explicación satisfactoria en los próximos minutos, le echo de aquí. Y podrá considerarse como excomulgado de la Iglesia. Jamás alguien que se dice cristia­no habrá hecho tanto mal a la Iglesia. Es usted como Judas, que captó la confianza de Cristo para poder traicionarle mejor. ¿Cuánto le han pagado y qué va a hacer con el dinero de su trai­ción? Solo le queda colgarse.

 

Theo tenía el corazón helado. No tanto por las maldiciones del cardenal cuanto por el descubrimiento de un fallo por parte de Colombe. En un instante, comprendió el origen de la filtra­ción a propósito del lienzo en 1988 y recordó los chismes de la mujer de la limpieza del hotel Raphael sobre el amante de Co­lombe. Dudó un breve instante entre disimular esta mancha fa­miliar y una completa transparencia, pero optó inmediatamen­te por la segunda y puso al corriente de todo al cardenal con frases entrecortadas de tanto como le costaba hablar del asun­to. El cardenal, que había oído miles de historias parecidas, y que, al mismo tiempo, se alegraba al ver por los suelos la sober­bia de la familia De Fully, se calmó un poco, pero no dejó de inquirir por qué Theo había confiado tales documentos a su hermana.

 

-Eminencia, tenía miedo de que los originales me fuesen sus­traídos y destruidos. Usted era tan contrario a su publicación y yo estaba tan decidido a publicarlos que quise tomar precaucio­nes. Una precaución que se mostró más peligrosa que útil. Me falló mi discernimiento. Discúlpeme.

 

-En definitiva -dijo el cardenal-, tenía tan poca confianza en mí que se fió de cualquiera.

 

Se sentó y se volvió hacia Emmanuel como si Theo ya no contase para nada, tras la acumulación de tonterías de las que se había declarado culpable y como si uno de los hermanos tuviese que compensar las insuficiencias del otro.

 

-¿Y qué vamos a hacer ahora?

 

Emmanuel guardó silencio durante un buen rato, para reu­nir y ordenar sus ideas y, después, detalló un plan de batalla, como si hubiese tenido todo el tiempo del mundo para reflexio­narlo:

 

-Eminencia, no tenemos muchas salidas. Quizás actuando con rapidez, podríamos ganarle la partida al periódico. Propon­go lo siguiente: anticipamos la exclusiva del Washington Post, convocamos para mañana una rueda de prensa en la que anun­ciaremos el descubrimiento de unos importantes manuscritos en una tumba de Jerusalén, así como de una reliquia probablemen­te auténtica de la Pasión del Señor. Cualquier retraso o cual­quier intento de disimular el asunto sería fatal para nosotros. Los escándalos del lienzo y de Qumran no proceden tanto de la misma información cuanto de las confusas circunstancias en las que se dio a conocer. Da lá sensación de que, para algunos pre­lados, la posesión de la Verdad parece permitirles tomarse todas las licencias con la verdad a secas. Para ellos, la defensa de la institución prevalece sobre cualquier otra consideración. Los periodistas son considerados y tratados como niños, a los que hay que contar unos cuantos cuentos para que dejen de plantear preguntas embarazosas. Esta concepción era defendible quizás en el Renacimiento, cuando no había medios de comunicación, pero es muy peligrosa en nuestra época, en la que todo el plane­ta funciona como una aldea global. Lo que no digamos clara­mente será transmitido de una forma equívoca. Hemos des­cubierto una tumba paleocristiana en Jerusalén y la noticia se resume en esto si la anunciamos nosotros mismos. Para los medios de comunicación, esta tumba se convertirá en la tumba de Jesús si pretendemos engañar a la prensa y si tardamos en ponerla al corriente. Lo que no se puede impedir, hay que asumirlo.

 

-¿Quiere usted decir, Emmanuel, que yo mismo tengo que comparecer en esa rueda de prensa?

 

-No hay otra salida, Eminencia.

 

-Si así es, usted estará a mi lado y usted también, señor pro­fesor. Nos queda toda la tarde para preparar una declaración.

 

El cardenal, encorvado, delgado y vacilante fue a prevenir a su secretario. Después volvió hacia Theo, cogió sus manos entre las suyas, se disculpó por su agresividad y esbozó la típica broma eclesiástica sobre la indiscreción de las mujeres, le ofreció un ci­garrillo, hizo todo lo posible para hacerse perdonar implícita­mente y terminó pidiendo perdón a Theo de forma explícita, dándole las gracias y alabándole por todo lo que había hecho. Theo estuvo a punto de llorar y rechazó el cigarrillo porque nunca había fumado, al tiempo que sentía profundamente no ser fumador para aceptar este signo de paz. Una vez más, se dio cuenta de que su ausencia total de vicios le confinaba en la per­versión.

 

Eran las siete de la tarde. Theo hizo observar que no todos los documentos entregados a Colombe habían caído, aparente­mente al menos, en manos de Dodd. Había que recuperar con urgencia los que faltaban, si todavía se estaba a tiempo. Pidió disculpas al cardenal, llamó a un taxi y, unos minutos después, recorría las calles desiertas de Roma, invadidas de nuevo por una neblina típicamente británica.

 

Como a Theo le desagradaban las explicaciones cara a cara con Colombe y como tampoco habría podido soportar sorprenderla en compañía de su amante, pidió en recepción que la llamasen a su habitación y que le dijesen que su hermano la esperaba en el vestíbulo del hotel. Ella tardó mucho en bajar y Theo pensó con repugnancia que quizá fuese porque estaba haciendo el amor y tuvo que ducharse y vestirse. Mató el tiempo contem­plando los cachivaches expuestos en las vitrinas. La posesión de antigüedades siempre le había parecido como el súmmum de la futilidad. El marfil, la madera o el metal, por muy trabajados que estuviesen, siempre seguían siendo objetos inertes, dotados de un precio arbitrario, que reflejaban el esnobismo y el instin­to de apropiación de los notables, de los parásitos, de los ricos y de todos aquellos a los que él despreciaba. Pasando de las manos del artesano a las del propietario, perdían todo su sentido y su belleza. Theo perdió tristemente su tiempo contemplando estos objetos obscenos pero que, en el fondo, estaban dotados de cierto buen gusto.

 

Le despertó de este sueño moroso la mano de Colombe que se posó sobre su hombro, lo que le molestó todavía más. Cuan­do estaba nervioso, el contacto físico con cualquier otra persona le exasperaba. Se controló con dificultad y miró de hito en hito a Colombe sin decir ni pío, pero clavando en ella una mirada furibunda. Finalmente, consiguió articular unas cuantas pala­bras, tartamudeando de la excitación:

 

-¿A quién le has mostrado los documentos que te había con­fiado?

 

-A nadie. Están en mi maletín, cerrados con una contraseña secreta. ¡Pero cálmate, por favor!

 

-Te los han robado. Un periodista los ha exhibido ante las mismísimas narices de Weiss, para arrancarle una declaración.

 

-¿Cómo sabes que se trata de mi copia?

 

Theo estuvo a punto de responder, pero cambió de parecer a tiempo. Colombe no le perdonaría jamás la letra c minúscula que distinguía su copia de las otras dos y que, sin duda, inter­pretaría como un signo de desconfianza. Los enfados de Co­lombe poseían un efecto destructivo sobre la flema de Theo. Y por eso mintió:

 

-No lo sé, pero he controlado todas las fugas posibles.

 

Le tocó el turno a Colombe de sentirse en una situación em­barazosa. Normalmente, habría tenido que invitar a Theo a su­bir a su habitación, pero la presencia de Paolo hacía imposible la visita. Reflexionaba sobre una estratagema, cuando Theo la sorprendió:

 

-No estás sola, ¿verdad?

 

Colombe se sonrojó, lo que confería a su rostro una gracia insólita, dadas las circunstancias.

 

-Paolo Pacelli está en mi habitación. Le conozco desde hace años. Tendría que habéroslo presentado, pero…

 

Cuando Colombe se sentía culpable, nunca terminaba sus frases. Theo tomó nota de la confesión. Dudó entre la solución mínima que consistía en pedir a Colombe que fuese a buscar el maletín y la máxima que consistía en liquidar la hipoteca Pa­celli. Se sentía superexcitado por la coyuntura y decidió com­portarse como un hermano mayor:

 

-Si estás de acuerdo, yo me las arreglo con él y no te volverá a causar problemas…

 

Colombe se encorvó sobre sí misma:

 

-No quiero perderle.

 

Pero al instante se enderezó y lanzó una mirada torva al vacío:

 

-Salvo si me ha engañado…

 

-No tengo la más mínima duda, pero solo tendremos la prue­ba después de abrir tu maletín. ¿Tienes ahí la llave?

 

-No tiene llave. Es una cerradura de seguridad, con tres ci­fras para abrirla.

 

-¿Qué cifras?

 

-Mi fecha de nacimiento, que es el único número de seis cifras que consigo recordar.

 

-Es también el más fácil de descubrir. Para un profesional de la información como ese sujeto abrir tu maletín ha sido un jue­go de niños. Por cierto, ¿en 1988 le contaste algo de la datación del lienzo?

 

Colombe rebuscó en su memoria y bajó la cabeza:

 

-Sí, ahora lo recuerdo. No me habías dicho que era confi­dencial.

 

-Escucha, Colombe. No estamos instruyendo tu proceso, sino estableciendo el origen de una fuga, que es la segunda vez que se repite y en circunstancias casi análogas. Si ese Paolo ha descubierto los documentos que te confié, seguramente guarda la copia de todos ellos para irlas vendiendo a medida que el asunto vaya cobrando notoriedad. Estoy aquí para pagarle lo que quiera por la copia que seguramente conserva todavía en su poder. Y eso es todo. No quiero interferir en tu vida privada, pero estoy dispuesto a ayudarte, si tú lo quieres, a liquidar tu re­lación con ese personaje indeseable.

 

Colombe se sentó en un sofá y cogió su cara con ambas ma­nos. A Theo le urgía el tiempo y, además, se sentía en una situa­ción estúpida y embarazosa. No estaba hecho para este tipo de situaciones. Y se quedó todavía más azorado cuando Colombe levantó su rostro bañado en lágrimas silenciosas:

 

-Le quiero…

 

-¿A quién? -preguntó Theo sumamente nervioso.

 

-A él, ¿a quién va a ser? -replicó Colombe.

 

La frase se ahogó en lágrimas. Theo temió que su hermana se echase a llorar ruidosamente. Buscó con desespero en su ce­rebro un argumento razonable que no desencadenase la cólera de Colombe. Y no encontró ninguno porque nunca había sen­tido un auténtico sentimiento de afecto por otra persona, ex­cepto por su hermano y por su hermana. Un afecto que se si­tuaba por encima de cualquier disputa. Theo nunca había experimentado los desgarros de perder al ser querido, de en­frentarse con él en un último abrazo y de arrancarlo del propio corazón, entre otras cosas porque había organizado toda su vida de tal forma que nunca tuviese que afrontar estas situa­ciones.

 

El silencio prolongado obtuvo lo que Theo no conseguía. Colombe aceptó a medias:

 

-¡Encuentra una verdadera prueba!

 

Theo tuvo una inspiración momentánea. Se dirigió a la re­cepción y pidió el listín telefónico. Buscó y encontró los núme­ros de la oficina romana del Washington Post y de Derek Dodd. Después, le sugirió a Colombe que preguntase por el extracto de las conversaciones telefónicas mantenidas desde su habita­ción el sábado 31 de diciembre. El recepcionista le entregó en dos minutos una lista, en la que figuraban no solo los números marcados, sino también la hora en la que se habían efectuado las llamadas. A partir de las 18.30 horas, se habían efectuado un gran número de llamadas. Llamadas hechas por Paolo, dado que Colombe no estaba en la habitación a esa hora. Entre los núme­ros marcados se encontraban los dos mencionados por Theo.

 

Cuando los descubrió, Colombe miró fijamente a su hermano y proclamó:

 

-¡Líbrame de él!

 

Theo se inclinó hacia ella e intentó esbozar una presión afec­tuosa sobre la espalda de su hermana. Colombe se irguió, le re­chazó y le fulminó con la mirada. Él giró sobre sus talones y atravesó el vestíbulo en dirección a los ascensores. El pianista se aplicaba en una versión muy personal de una polonesa de Cho­pin. No era precisamente la música más apropiada para la situa­ción, pero hacía tiempo que Theo se había acostumbrado a ac­tuar en medio de un guión descabellado, puesto en escena por un director incoherente.

 

Paolo tardó en abrir, sin duda para enfundarse en el in­maculado albornoz del hotel. No pareció sorprendido por la irrupción de Theo y mucho menos todavía por el motivo de su visita. Negoció con calma la reventa de los documentos res­tantes, como si el hecho de extorsionar una suculenta suma a un profesor suizo fuese la cosa más natural del mundo para un príncipe romano. Y como una concesión libérrima por su parte, se ofreció espontáneamente a no volver a ver a Colombe. Des­pués de haber reflexionado unos instantes, Paolo pronunció la oración fúnebre sobre su amada:

 

-El arte de saber romper caracteriza al auténtico caballero. -Ahora que ya tiene su cheque, váyase lo más rápido posible -cortó secamente Theo, que restringía sus contactos con el ca­nalla a lo estrictamente necesario.

 

Volvió a bajar. Colombe seguía sentada en el mismo sofá. Es­taba tomando una copa de coñac. Theo tuvo otra idea:

 

-No puedo dejarte sola esta noche. Si me acompañases al pa­lacio del Santo Oficio, podrías aconsejarnos respecto a la prensa americana y a la opinión pública de los católicos norteamerica­nos. Después de todo, eres una autoridad en la psicología de los habitantes de aquel país.

 

-¿Qué pensará el cardenal?

 

-Lógicamente, piensa lo peor de nosotros tres pero no puede prescindir de nuestros servicios. Además, me parece que tiene muy mala cara. Deberías examinarle y quizás obligarle a tomar reposo.

 

El encuentro entre el cardenal y Colombe se produjo hacia las diez de la noche. Cada uno de los dos protagonistas encasilló al otro en el prejuicio que desde siempre se habían profesado mu­tuamente.

 

Colombe descubrió a un viejecillo de mirada asustada, muy parecida a la que presenta el cardenal Mindszenty en algunas fotos tomadas durante su proceso, después de que un lavado de cerebro hubiese aniquilado todas sus estructuras mentales. Co­lombe distinguió también una personalidad confusa, disimulada durante mucho tiempo por una función sacralizada y que de pronto sale a flote por el hundimiento de un mito. El cardenal había alcanzado la última fase del egocentrismo clerical, tal y como Colombe había diagnosticado tan a menudo a los curas y los religiosos agonizantes, a los que tenía que acompañar al otro lado reconstruyendo deprisa y corriendo algunos elemen­tos de su personalidad. El cardenal sabía que iba a morir pronto y tenía miedo a la muerte.

 

Por su parte, el cardenal Weiss reconoció en Colombe a su enemigo de siempre, una mujer madura como su propia madre en los últimos años de su vida, ejerciendo una actividad profe­sional (su madre había sido profesora) y aportando una legitimi­dad intelectual embarazosa a la contestación femenina del uni­verso machista masculino. El cardenal lo sabía todo acerca del trabajo de Colombe, porque el arzobispo de San Francisco no apreciaba demasiado las psicoterapias de los miembros de su clerecía y se había quejado a Roma de esta peligrosa epidemia. Colombe se presentó, pues, a los ojos del cardenal revestida de la dudosa reputación de una hereje y, además, de una mujer cas­quivana, de costumbres fáciles, que había mancillado un secreto de Iglesia por ligereza y por sensualidad.

 

Sin embargo, la urgencia de la situación y el agotamiento del cardenal evitaron la guerra abierta entre ambos. Su Eminencia se resignó a la presencia de Colombe, que tuvo sumo cuidado en hablarle con una voz dulce y sumisa, una actitud que había puesto a punto durante sus contactos profesionales con ecle­siásticos. Y al instante, el cardenal se dejó invadir por el sosiego que le proporcionaba una presencia médica. Se sentía un poco menos solo ante su muerte que, de alguna manera, presentía cercana.

 

Emmanuel hizo un breve informe de sus actos. Una comuni­cación telefónica con la redacción del Washington Post le había confirmado que un artículo aparecería en la edición del día si­guiente y que el cardenal Weiss todavía estaba a tiempo de ha­cer declaraciones por teléfono. Emmanuel declinó la invitación, pero consiguió que una copia del artículo le fuese transmitida por fax en el mismo momento en que la primera edición fuese distribuida en Washington, es decir, a las 7 de la mañana del lu­nes, hora local. Es decir, mediodía, hora de Roma. Disponían, pues, de unas doce horas para parar el golpe. El portavoz del Vaticano había sido encargado de ocuparse de los detalles mate­riales y había objetado que era imposible convocar a los perio­distas en un plazo tan corto de tiempo. Emmanuel había llama­do inmediatamente a una docena de estudiantes de la Academia Pontificia de las Ciencias, para que las convocatorias fuesen lle­vadas en mano a los domicilios de los periodistas a primera hora de la mañana. Porque, además, no se les podía avisar por tele­grama, ya que el servicio de Correos italiano se mantenía en huelga larvada desde hacía varias semanas.

 

El cardenal pidió sándwiches y té. Su secretario se disponía a tomar nota. De hecho, había permanecido ocioso durante las dos horas en las que se desencadenó la controversia entre el car­denal y la fratría De Fully. A medida que iba avanzando la dis­cusión, los dos hermanos y la hermana se dieron cuenta de que sus análisis coincidían. Por su parte, el cardenal no estaba muy lejos de compartir sus opiniones, pero dudaba, tergiversaba, jus­tificaba, se escapaba por la tangente y utilizaba todas las artima­ñas imaginables con la energía de un anciano acorralado.

 

La primera parte del debate versó sobre la oportunidad de publicar todos los documentos, incluidos los que Theo había re­cuperado. El cardenal se avino solo, y con bastante renuencia, a la tesis de que hacía falta anticipar las revelaciones contenidas en la edición del lunes del Washington Post, que serían repica­das por todas las agencias y todos los medios de comunicación del mundo, y todas aquellas que pudiesen ser obtenidas por otras vías. Según la propuesta de la familia De Fully, en la rue­da de prensa se debía entregar a los periodistas toda la informa­ción de que dispusiese el Vaticano. Theo insistía especialmente en publicar no solo las informaciones sino también los protoco­los de análisis de los laboratorios y una reproducción fotográfica de los manuscritos.

 

-¿Cuánto le pagó a ese presunto príncipe Pacelli? -preguntó finalmente el cardenal, cuando se vinieron abajo todas sus obje­ciones de principio.

 

-Treinta millones de liras -respondió secamente Theo.

 

-¡Es demasiado!

 

-Es mi dinero, quería reparar mi falta y no reparé en los me­dios.

 

-Si ahora tenemos nosotros todos los documentos, ¿por qué darlos a conocer?

 

Theo no supo qué responder en un primer momento ante lo evidente que le parecía la decisión. Tuvo que hacer un esfuerzo de análisis de sus propios reflejos para terminar articulando:

 

-Por principio. ¿Qué quiere que le diga? En mi profesión, cuando se descubre algo, se publica. No sé si es por obtener la gloria o por ser fiel a la propia conciencia. Pero considero que mis interlocutores tienen siempre derecho a la totalidad de mis informaciones, de mis resultados y de mis conclusiones. Por otra parte, ¿cómo quiere anticiparse realmente a las informacio­nes desveladas ya por los medios de comunicación, si no publi­camos los elementos que estos ignoran? Aunque el Vaticano na­vega constantemente en un mar de misterios, no tiene derecho a mantener el secreto sobre hechos objetivos.

 

La última línea de resistencia del cardenal fue echada abajo por Colombe, que le pidió permiso para tomarle el pulso, adu­ciendo la palidez de su rostro. Hizo callar a todo el mundo y co­gió la muñeca del anciano, que se dejó hacer como un niño.

 

Era una pobre muñeca de anciano, sembrada de manchas ama­rillentas, recorrida por venas violetas y por los tendones que se transparentaban debajo de la piel. Podría ser también la muñeca de una viejecilla campesina agotada por el trabajo del campo. Sus manos apenas habían sostenido otra cosa que no fuese la pluma, pero habían realizado una labor agotadora y desmesurada. Co­lombe cogió la muñeca con gesto profesional, el índice y el cora­zón apoyados sobre el pulso y los ojos fijos en el minutero de su reloj. Se lo tomó varias veces con el pretexto de que le costaba encontrar el pulso. El cardenal se relajaba a ojos vista. El contac­to de una mano de mujer vencía todas sus resistencias. Como un niño cuya madre cura sus golpes con una simple caricia.

 

-Si me permite darle un consejo, Eminencia, no debería con­tinuar esta discusión. Tendría que descansar, sobre todo si quie­re participar en esa rueda de prensa. Y después de ella, le acon­sejaría que se tomase unas auténticas vacaciones. Pregúntele a cualquiera de mis colegas italianos, si desea confirmar el diag­nóstico.

 

Se acordó, al término de esta parte de la discusión, que Em­manuel y Theo redactarían un proyecto de declaración, descri­biendo objetivamente todos los hechos conocidos y anunciando las investigaciones que se estaban efectuando. Pero quedaba por prever las preguntas de los periodistas, la más evidente de las cuales se referiría a la identificación del esqueleto. ¿Se había descubierto la verdadera tumba de Cristo y sus restos mortales? Para intentar responder a esta pregunta, la discusión les ocupó gran parte de la noche. Colombe se callaba y observaba a los tres hombres, agotadísimos y enarbolando con aspereza argu­mentos cada vez más contundentes.

 

Emmanuel procedía de una forma sistemática, citando a los investigadores contemporáneos. No dudó en despertar durante la noche a algunos teólogos de los que tenía su número de telé­fono particular. La cuestión de fondo era la siguiente:

 

¿El cuerpo de Cristo había desaparecido de nuestro universo en el momento de la resurrección? Respuestas somnolientas lle­garon procedentes de Lovaina, Lion, París o Friburgo, esbozan­do opiniones sumamente prudentes. De todas formas, algo ter­minó por quedar claro tras esta consulta nocturna: nadie era capaz de responder a la pregunta. Las Escrituras permanecían mudas a este respecto, aunque sugerían la desaparición del cuer­po de Jesús. La tradición había rechazado siempre la tesis del robo del cuerpo de Jesús, basándose en que sus discípulos no se hubieran atrevido a hacer algo así. Algunos autores marginales habían lanzado la hipótesis de un robo del cuerpo de Jesús por parte de un tercero, pero sin llegar a nombrarle o encontrar al­gún motivo que pudiera tener para hacerlo.

 

Igual que una cabra que vuelve incansablemente a su bloque de sal, Theo repetía una y otra vez el indicio de la piedra movi­da. ¿Quién habría podido mover la piedra colocada por José de Arimatea para cerrar la tumba? ¿Era un acto humano o de Dios? En este último caso, ¿cuál era el sentido de un signo tan ambiguo, dado que habría sido todavía más significativo para las mujeres descubrir la tumba vacía después de haber movido o haber hecho mover la piedra que tapaba la entrada?

 

Algunos teólogos se agarraban a una lectura literal de Mateo, según la cual un ángel descendió del cielo para mover la piedra. Otros rechazaron este relato como sospechoso de estar dotado de una intención demasiado demostrativa respecto a los judíos. La mayoría nunca habían reflexionado en ello y algunos hasta consideraron una inconveniencia que se les hubiese despertado en medio de la noche para responder a una cuestión tan desca­bellada como desprovista de sentido. La teología no se ocupaba de las piedras removidas, sino solo como una metáfora.

 

A las cuatro de la madrugada, el cardenal tuvo un desfalleci­miento. Colombe lo hizo recostar sobre un sofá y llamó al mé­dico de guardia del Vaticano, que le administró una inyección de alcanfor y mandó llamar a una religiosa enfermera. El carde­nal decidió terminar la noche en su despacho y despidió a los participantes, agotados por este maratón teológico.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 12

 

Al acostarse de madrugada, Theo había puesto su despertador a las once de la mañana, con el fin de preservar el mayor tiempo de sueño posible, antes de afrontar una jornada que se anuncia­ba muy dura. Además, en cualquier caso no habría medio de re­dactar el comunicado de prensa antes de disponer del fax del Washington Post. Le costó conciliar el sueño por lo mucho que le había afectado la impresión de confusión mental del cardenal. En el fondo, a pesar de haber pasado varias horas discutiendo, no había tomado ninguna decisión concluyente. En principio, había dado su consentimiento para redactar un comunicado transparente, pero esta frágil decisión había dependido más de su agotamiento físico que de una convicción profunda. Los acon­tecimientos le superaban. Unos hechos cuya realidad tendía a negar, para refugiarse en un universo abstracto de conceptos filosóficos propios de la Antigüedad. Theo descubría una dife­rencia radical entre un fisico y un teólogo. El primero se esfor­zaba por expresar sus ideas con la mayor precisión posible para no traicionar demasiado la verdad presentida, mientras que el segundo estaba tan persuadido de detentar toda la verdad que se esforzaba por no enunciarla claramente.

 

Theo se despertó varias veces, sin duda al final de cada uno de sus episodios de sueño paradójico, todos marcados por una pesadilla diferente. Soñó sucesivamente que Colombe se con­vertía en seropositiva tras los contactos con Pacelli, que Emma­nuel en sotana blanca era asesinado de un disparo efectuado por un búlgaro en la plaza de San Pedro, que él mismo era despedi­do de su puesto de profesor por haber cometido una falta deon­tológica, que el cardenal Weiss moría de una crisis cardíaca du­rante la rueda de prensa y que el Papa en persona suplicaba a Theo que ocultase sus descubrimientos.

 

El teléfono le devolvió a la realidad. Tuvo tiempo de descifrar la hora antes de descolgar el auricular. Eran las ocho de la ma­ñana y la voz clara y fuerte de Emmanuel se encontraba al otro lado del hilo telefónico:

 

-Disculpa por despertarte a estas horas pero es una emergen­cia. El cardenal se ha sentido mejor y ha telefoneado a quien tú te imaginas esta mañana muy temprano. Ha sido inmediata­mente convocado y acaba de volver de la audiencia. Todo nues­tro trabajo de la noche pasada se ha quedado en agua de borra­jas. La rueda de prensa no será anulada, pero debe ceñirse a la presentación de los elementos difundidos por indiscreción. No hay que publicar fotos de los manuscritos ni hablar de la crucifi­xión padecida por el hombre enterrado en la tumba, ni del des­ciframiento de la inscripción, ni del código genético de los ca­bellos. El mínimo de información acompañado del rechazo a cualquier tipo de comentario, hasta que una comisión de espe­cialistas designados por el Santo Padre en persona haya estudia­do los elementos. La lista de estos especialistas está ya confec­cionada y tú no figuras en ella. Estás convocado de urgencia aquí, en el palacio del Santo Oficio, sin duda para llamarte a ca­pítulo. Un coche va a pasar a recogerte, tienes el tiempo justo para vestirte.

 

-De acuerdo -respondió Theo, al que la secuencia de los acontecimientos no le había sorprendido.

 

Esperó que Emmanuel colgase y, a continuación, percibió con unos segundos de retraso un ruido sospechoso en el teléfo­no. Alguien escuchaba sin duda su conversación, pero Theo era incapaz de decidir, entre tantos posibles candidatos, cuál era el que en esos momentos estaba ejerciendo sus dotes inquisitoria­les. El secreto de tres se había convertido en el secreto de todos.

 

El fax del Washington Post llegó a las doce en punto del medio­día. Tres fotocopias. Este acontecimiento interrumpió afortuna­damente la diatriba que Theo sufría desde hacía veinte minutos por parte del cardenal Weiss, completamente revigorizado tras la entrevista que había mantenido a primerísima hora de la ma­ñana. Theo le había escuchado con la mayor deferencia, pero Emmanuel descubrió que se había puesto la misma máscara que exhibía antaño para soportar los reproches inmerecidos de los frailes de Sannt-Maurice, reproches calculados para inyectarle una cierta dosis de humildad, reproches inoperantes porque na­die había conseguido jamás poner en duda el sentimiento pro­fundamente arraigado de su valor y de su rectitud. El cardenal, que también había sido profesor en su colegio, descifró con fa­cilidad la actitud de insolente sumisión de Theo, lo que le hizo enfadarse todavía más. Perdiendo la compostura, cuestionó su propia autoridad, basándola en la del sucesor de Pedro y, como era de esperar, se ganó una réplica mordaz de Theo:

 

-¿No fue el mismo Pedro el que respondió al Sanedrín que es mejor obedecer a Dios que a los hombres?

 

El cardenal superexcitado le respondió sin titubear:

 

-¿No está el sucesor de Pedro mejor colocado que nadie para conocer la voluntad de Dios?

 

La respuesta de Theo fue implacable:

 

-No.

 

Dejó pasar un tiempo. Y después, lentamente, añadió la insu­bordinación a la insolencia:

 

-Yo no soy un cualquiera.

 

Emmanuel se disponía a intervenir para señalar que estos re­proches, tal vez merecidos, les estaban impidiendo dedicarse al trabajo urgente que les aguardaba. En ese momento llegó el fax. Justo a tiempo.

 

Los periodistas del Washington Post habían trabajado realmen­te bien, porque en el espacio de un día, habían conseguido con­trastar con otras fuentes los documentos vendidos por Pacelli. Gaspoz, Tov y Herchel habían sido interrogados. El texto del artículo era sobrio, al igual que el título en la portada, a dos co­lumnas solamente:

 

Una tumba desconocida bajo el Santo Sepulcro.

 

El 29 de diciembre, el profesor Theophile M. de Fully descubrió una tumba desconocida a menos de treinta metros de la basílica del Santo Sepulcro, que se supone fue edificada sobre la tumba de Jesu­cristo. De hecho, la localización precisa de esta nunca consiguió la unanimidad entre los arqueólogos. Por eso, cualquier nueva tumba descubierta en el cementerio del Gólgota puede ser legítimamente identificada como la tumba de Cristo.

 

Entre los documentos encontrados en la tumba hay una tablilla de madera con la siguiente inscripción: «Jesús, Rey de los judíos». La tablilla está escrita en tres lenguas: latín, griego y hebreo. Según el Evangelio de Juan, tal inscripción había sido clavada sobre la cruz de Jesús por orden de Poncio Pilatos, procurador romano en Judea en esa época. Asimismo, se han encontrado en el interior de un ja­rrón dos rollos que contienen una versión primitiva del Evangelio de Marcos. Gracias a la diligencia del laboratorio del profesor De Fully situado en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, todos estos elementos han sido fechados por el método de la espectros­copia de masa y autentificados. Se trata de elementos que datan del siglo 1 de nuestra era. Un rollo de bronce ha sido confiado a la Uni­versidad de Manchester, que ya había conseguido cortar un rollo del mismo tipo descubierto en Qumran. El contenido de este ro­llo es, por el momento, completamente desconocido.

 

Sin embargo, el elemento más sensacional de este descubrimien­to es la presencia de un esqueleto en la tumba. El análisis con carbo­no 14 de los detritos orgánicos ha permitido también fechar estos restos, pertenecientes también al siglo I. Más extraordinario es toda­vía el hecho de que esos huesos son los de un hombre que murió crucificado. Este suplicio era sistemáticamente utilizado por el ejér­cito romano para mantener el orden en los países colonizados. Solo se aplicaba a los esclavos y a los que no eran ciudadanos romanos.

 

El informe del profesor De Fully, que será sin duda difundido muy pronto por el Vaticano, no menciona esta última particulari­dad, que ha sido descubierta por el Departamento Israelí de Anti­güedades, tal y como nos ha confirmado su director Moshe A. Tov, quien se ha negado a hacer cualquier otro tipo de comentario, ale­gando que el Estado de Israel protegería este descubrimiento ar­queológico de suma importancia para los cristianos. Efectivamente, el ejército israelí ha colocado dos controles de soldados armados a ambos extremos de la calle bajo la cual se descubrió la tumba.

 

El profesor Jeremy K. Herchel, de la Universidad de Harvard y delegado local de la Fundación Rockefeller, desmintió toda posible identificación de la tumba descubierta con el sepulcro de Cristo: «Es imposible descubrir los restos del cuerpo de Cristo, porque sus restos no quedaron sometidos a la corrupción y porque resucitó como lo atestiguan los Evangelios. Para un cristiano, esa simple su­posición es una blasfemia». El profesor Herchel suele ser habitual­mente criticado en nuestro país por su mala gestión de los fondos a su cargo. Educado en la tradición de una familia cuáquera, se con­virtió tardíamente al catolicismo, poco tiempo antes de ser designa­do como director de uno de los grupos de expertos que descifran los manuscritos de Qumran.

 

Las excavaciones han sido realizadas por V. J. Gaspoz, un mi­nero de nacionalidad suiza, como el profesor De Fully. Él fue el primero en advertir que el esqueleto era el de un hombre crucifica­do y está completamente convencido de que se trata de la tumba de Cristo. De vuelta a su aldea de Chandolin, sita en el valle de Anni­viers, un lugar perdido del Valais, V. J. Gaspoz se llevó con él una reliquia formada por fragmentos de huesos recogidos en la tumba. La reliquia ha sido depositada en la pintoresca iglesia de Chan­dolin, donde es velada día y noche por el sacerdote, el reverendo W. J. Zufferey. El párroco está convencido de que, tarde o tempra­no, un milagro autentificará la reliquia. El domingo por la tarde, el primer día del año, dos autobuses abarrotados de turistas llegaron a Chandolin, con los primeros peregrinos. Desde que volvió a su al­dea natal, V. J. Gaspoz ha dejado de fumar y ha prometido no vol­ver a beber el excelente vino de la región y está permanentemente custodiado por miembros de su familia, que impiden cualquier tipo de contacto con este héroe local.

 

En Roma, el cardenal Weiss, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se negó a hacer cualquier comentario hasta que los especialistas puedan estudiar los vestigios descubiertos. Una agitación desacostumbrada reinaba en el palacio del Santo Oficio en la tarde noche del primer día del año, una fecha que los romanos festejan por todo lo alto. El profesor De Fully llegó a Roma, pero su lugar de residencia se mantiene en secreto y no ha podido ser lo­calizado. Sin embargo, su hermana, la doctora Colombe H. de Fully, muy conocida en el ámbito de la medicina paliativa en San Francisco, también se encuentra en Roma. Según fuentes bien in­formadas, está prometida con el príncipe Paolo G. Pacelli, empa­rentado con el papa Pío XII, pero todavía no se ha fijado la fecha de la boda. Un tercer miembro de la familia, monseñor Emmanuel G. de Fully, es el brazo derecho del cardenal Weiss.

 

Se celebrará una rueda de prensa este lunes, 2 de enero, en Roma. Mantendremos informados a nuestros lectores de este des­cubrimiento inesperado, la primera noticia importante de un año que se anuncia apasionante.

 

Como Theo leía con una rapidez inusitada, terminó mucho antes que los demás y gozó del placer de observarles. Emmanuel mantenía el rostro impasible. De su episodio de la enfermedad de Parkinson le había quedado una cierta inmovilidad en los rasgos que impresionaba a sus interlocutores, tentados a atri­buirla a un gran dominio interior de sí mismo. Cada vez se pa­recía más a Humphrey Bogart con sotana.

 

Cuando el cardenal terminó su lectura y levantó la cabeza, su mirada estaba aterrorizada. Era evidente que no sabía qué hacer. Se sentía enfrentado a un poder terrible, a la hidra de la informa­ción que disponía de tentáculos en Jerusalén, Roma, Chandolin y San Francisco. Dios era omnisciente y el Papa infalible, pero la prensa sabía mucho más y se equivocaba mucho menos.

 

De sus labios grisáceos, brotaron las palabras de un ajusti­ciado:

 

-¡Pongámonos a trabajar!

 

La palabra «trabajo» resonó en los oídos de Theo en su acep­ción más arcaica, la del suplicio, y pensó en la fórmula de Bos­suet sobre los «grandes trabajos que Nuestro Señor tuvo que sufrir». Sería una auténtica agonía redactar, durante seis horas, un discurso anodino, cuya trama fuese una pizca de verdad, ado­bada con una serie de fórmulas hueras, abstractas y vacías, elegi­das expresamente para disimularla. En este mundo, que el car­denal despreciaba y temía, la verdad, como el aceite, terminaría por salir a flote. Y cuanto más y por más tiempo la tapasen, más visible y evidente terminaría apareciendo.

 

El lunes 2 de enero, hacia las diez de la mañana, unos trescien­tos periodistas acreditados ante el Vaticano recibieron en mano una convocatoria de rueda de prensa en la sala de prensa del Va­ticano, situada en la Vía de la Conciliazione, que tendría lugar a las dieciocho horas. En ella, el cardenal prefecto de la Congre­gación para la Doctrina de la Fe haría importantes declara­ciones sobre los inesperados descubrimientos del profesor De Fully, durante los trabajos de restauración de la basílica del San­to Sepulcro. El texto precisaba que los objetos encontrados du­rante las excavaciones ofrecían una importancia tan significativa como el descubrimiento de la tumba de Pedro, durante las exca­vaciones de las Grutas Vaticanas, efectuadas entre 1940 y 1950. Esta inopinada convocatoria, así como su escueto precomunica­do, constituía ya una noticia en sí misma. Teniendo en cuenta la diferencia horaria de cinco horas entre Roma y Washington, la edición del lunes del Washington Post no habría llegado toda­vía a los quioscos de la costa este de Estados Unidos, cuando la prensa internacional fue alertada por el mismo Vaticano. La pri­mera parte de la apuesta de Emmanuel se había ganado.

 

La convocatoria era obra de un profesional, el encargado de prensa del Vaticano, José Fernández de Moratín, un laico espa­ñol, si es que el término laico todavía se puede aplicar a un miembro del Opus Dei, obligado a asumir el celibato y a confe­sar regularmente sus pecados a un sacerdote de su instituto. Los periodistas le odiaban por su concepción de la información, dig­na de un estalinista de la vieja escuela, pero al mismo tiempo le temían, porque la menor insinuación por su parte implicaba la supresión de la indispensable tessera, la acreditación ante el Vati­cano, sin la cual perdían su sustento. Especulando así con las obligaciones de una profesión encumbrada, Fernández había hecho toda una limpieza periodística entre los vaticanistas en los años ochenta. En 1985, durante el viaje del Papa a Latinoaméri­ca, expulsó de la comitiva papal al corresponsal religioso del pe­riódico romano La Repubblica, simplemente porque su pluma era demasiado libre. Después de este escarmiento, ya nadie se sintió seguro y el portavoz opusdeísta reinó en orden entre las huestes de los plumíferos: la propaganda sustituyó a la informa­ción. Fernández había definido la función del periodista en un texto inolvidable en los siguientes términos: «… el periodista ca­tólico debe ser como un cirio, comunicando la luz de la verdad de Cristo y el calor de su amor, al tiempo que se consume al ser­vicio de Dios».

 

La sala de prensa del Vaticano estaba, pues, ocupada por gran cantidad de cirios, consumiéndose en compunción, pero tam­bién por algunas cargas de dinamita disfrazadas de cirios. En efecto, prevenidos por el rumor y alertados por los primeros te­letipos que recogieron la noticia del Washington Post, los direc­tores de las delegaciones romanas ocuparon los puestos de los redactores acreditados. Y es que la noticia venía como anillo al dedo para un día 2 de enero, en el que apenas había un bocado que llevarse a la boca para llenar los periódicos. Derek Dodd se había colocado en primera fila.

 

Colombe ocupaba a la mesa el lugar de la presidencia, al lado de Fernández, que había considerado que lo más prudente era controlar a esta invitada de última hora. Este no cesaba de le­vantarse y de mariposear de un lado a otro de la sala con adema­nes de invertido. Cuando esbozaba un saludo casi se doblaba en dos, como si hubiese terminado por tragar el bastón con el que durante tanto tiempo se le había golpeado hasta alcanzar el grado de sumisión esperado de un miembro del Opus Dei. Co­lombe no le quitaba los ojos de encima, fascinada por tener que padecer la proximidad de una serpiente venenosa. Y por eso descubrió que las manos y los pies de Fernández, agitados por movimientos reflejos, traicionaban sus auténticos sentimientos, disimulados bajo una máscara de compunción y de importancia que llevaba clavada en su rostro.

 

A partir de las seis, Fernández dio signos de una creciente agitación. La sala estaba repleta y el cardenal, célebre por su puntualidad, aún no había llegado. Para disimular sus nervios, comenzó a hablar con Colombe de las cuestiones más descabe­lladas. A las seis y cuarto, le estaba hablando del tercer secreto de Fátima, que solo conocía el Santo Padre y que estaba dando lugar a especulaciones angustiosas en diferentes medios ecle­siásticos, de los que Fernández formaba parte por un privilegio muy especial. Colombe se percataba cada vez más de que se las estaba viendo con una persona profundamente perturbada, pero en este caso no sintió su reflejo natural de piedad por los enfer­mos. Este señor estaba totalmente enajenado y era víctima de una locura tan elaborada que cualquier intento de terapia la em­peoraría.

 

A las seis y veinte, Emmanuel y Theo entraron solos en la sala de prensa.

 

A las seis menos diez, el cardenal decidió que ya era hora de di­rigirse hacia la sala de prensa. Iba acompañado de los dos her­manos De Fully, de su secretario particular y de un guardaespal­das, un oficial de la guardia suiza. Pero solo pudo bajar las dos primeras escaleras del palacio del Santo Oficio y allí mismo cayó fulminado. Murió esbozando una amplia sonrisa, como si, en el último momento, hubiera querido compensar las carencias de toda una vida.

 

Antes de morir y haciendo gala de un buen humor extraordi­nario, se detuvo un instante al borde de las escaleras para que­jarse, una vez más, de las exigencias de los periodistas:

 

-No tenemos que rendirles cuentas de nada. ¿Quiénes se creen que son? Digamos lo que digamos, manipularán nuestras palabras para excitar la incultura de sus lectores. Me cuesta mu­cho perdonarles, porque ellos sí saben lo que hacen…

 

El cardenal y el grupo de sus acompañantes llegaron al borde de las monumentales escaleras. Unas escaleras con una suave pendiente, que apenas cansan para subirlas y que se bajan sin el menor esfuerzo. El cardenal no pudo terminar su frase. Solo emitió una especie de gorgoteo mirando fijamente a Emmanuel, como para pedirle una explicación. Y al instante cayó hacia de­lante, muy lentamente, como un bailarín que mima una caída descomponiendo sus distintas partes. Primero una rodilla en tierra, después la otra, a continuación inclinó el busto y comen­zó a bajar las escaleras, soltándose de Emmanuel, que le había cogido demasiado tarde por el brazo y que se quedó en la mano con un botón arrancado de la bocamanga de su sotana.

 

La cabeza de Joseph Weiss iba chocando con cada uno de los peldaños de la escalera, con un ritmo obstinado. La sorpresa pa­ralizó a Emmanuel y a los demás testigos. Todos se quedaron observando la caída del cardenal con la misma impotencia que si estuviesen soñando. El hombre que estaba cayendo, rebotando de peldaño en peldaño, jamás había suscitado ni amor ni odio. Había hecho demasiado mal para lo primero y demasiado bien para lo segundo. Ciertas avispas ponen un huevo en el cuerpo de una oruga y la larva se alimenta de la sustancia de la oruga a la que parasita con suma precaución con el fin de devorarla pero sin matarla prematuramente. Pues bien, el cardenal se había identificado tanto con su función que esta le había devorado desde dentro. Al caer, Joseph Weiss revelaba de pronto que se había convertido en una pura apariencia y, por eso, nadie se sen­tía impulsado a socorrer a esta especie de maniquí, que ya se ha­bía inmovilizado en un rellano.

 

Emmanuel bajó las escaleras, pero se dio cuenta de que lo ha­cía sin prisa, como si quisiese retrasar el instante en el que tu­viese que inclinarse sobre el cardenal. Se arrodilló a su lado e inmediatamente se dio cuenta de que la muerte le rondaba. Una arteria había debido romperse en su pecho, porque el agonizan­te sangraba por la boca. A pesar de su estado se esforzaba por hablar. Emmanuel se inclinó hacia el viejecillo y le oyó repetir incansablemente dos palabras:

 

-Nicht sterben, nicht sterben….

 

(1). No quiero morir, no quiero morir…

 

Emmanuel pronunció al oído del moribundo las palabras de la absolución en alemán, al tiempo que cogía su mano, agitada por un ligero temblor. Y al instante se quedó inmóvil. Emmanuel ce­rró los ojos del cardenal en el momento en que llegaban dos en­fermeros con una camilla. Al mirar su reloj, Emmanuel vio que eran las seis. No tenía otra opción que tomar la palabra, solo, en la sala de prensa, asumiendo todos los riesgos. Como flotando en una nube, hizo un signo a los demás de que le siguieran, mientras el cuerpo del cardenal les precedía bajando las escaleras en manos de dos camilleros con bata blanca. ¿Por qué llevaban ese traje? ¿No serían dos ángeles, de esos vestidos de blanco que surgen en los relatos bíblicos en los momentos de crisis?

 

Las aceras de la Vía de la Conciliazione bullían de japoneses que volvían a sus autobuses después de haber hecho el pleno de recuerdos en las tiendas reservadas a tal efecto. Emmanuel pasó entre la multitud con autoridad, para lo cual le fue de suma uti­lidad su sotana con fajín violeta. A su lado, Theo separaba en dos a la multitud, como Moisés acompañado de Aaron separó las aguas del mar Rojo, eliminando con un gesto autoritario los obstáculos que le impedían llegar a la tierra prometida. Theo había resuelto que hoy era el día de su liberación.

 

Cuando llegaron a la sala de prensa, Emmanuel se dirigió a Fernández y le comunicó en voz baja la muerte del cardenal. La primera reacción de su interlocutor fue proponer la anulación de la rueda de prensa. Pero Emmanuel asumió la responsabilidad de la sesión informativa y se dirigió hacia el podio, seguido de Theo. En el momento en que iba a tomar la palabra, vio cómo Fernández telefoneaba desde el fondo de la sala e intentó, du­rante algún tiempo, adivinar a quién iba dirigido ese telefonazo. Emmanuel comenzó por disculpar al cardenal, que no había podido asistir por haberse encontrado súbitamente indispuesto. A continuación, desdeñó por completo el alambicado comuni­cado de prensa que dos religiosos estaban distribuyendo a los periodistas y que iba acompañado por fotos del titulus y de la tumba. De una forma sobria dio parte del descubrimiento de una tumba paleocristiana en las cercanías del Santo Sepulcro, describió los indicios descubiertos, los rollos, el titulus, el esque­leto, la inscripción y se abstuvo de hacer suya la última frase del comunicado o, lo que era lo mismo, las últimas líneas firmadas por el cardenal Weiss: «En estos tiempos de angustia para las conciencias, los descubrimientos de Jerusalén confortarán la fe de los creyentes, autentificando a través de la ciencia la tradi­ción venerable de nuestra Iglesia».

 

A continuación, tomó la palabra Theo. Eso no estaba previs­to en el escenario puesto a punto por Fernández, según el cual el profesor De Fully debería permanecer mudo, actuando como una simple corroboración científica de las palabras del cardenal. Pero Theo entró a fondo en los detalles de los métodos de data­ción utilizados para detectar cavidades en el subsuelo de una ciudad. Se extendió en consideraciones matemáticas sobre el análisis por ordenador de las muestras ecográficas. Se exaltó en la descripción del algoritmo de Schur, utilizado para analizar los resultados. A continuación hizo el elogio de su método de data­ción a través de la espectroscopia de masa. Y ya lanzado, anun­ció las medidas dispuestas para investigar las huellas genéticas y esbozó la posibilidad de descifrar la inscripción a través del tra­tamiento de la imagen.

 

Los periodistas se dividieron en dos campos. Algunos, cuya cultura científica se resumía en vagos recuerdos del colegio, permanecieron con el bolígrafo en la mano. Otros, más cultos, escribían aplicadamente. Pero todos se quedaron cautivados por las revelaciones y, al mismo tiempo, enfriados por las explicacio­nes de Theo. Cuando Theo terminó, Fernández, que ya había bajado dos veces a la cabina telefónica, dio paso a las preguntas de los periodistas, con cara de enorme sorpresa.

 

La primera pregunta fue planteada por el director de la dele­gación romana de la agencia AFP, que preguntó con cierta sor­na por qué el Vaticano había reservado la primicia informativa a un periódico americano. Emmanuel respondió sencillamente que esas informaciones no habían sido difundidas de forma deli­berada, sino que provenían de una indiscreción. Todas las mira­das convergieron sobre Derek Dodd, que parecía de piedra. El delegado de la AFP insistió:

 

-¿Decidieron ustedes organizar esta rueda de prensa solo cuando descubrieron la filtración?

 

-¡Exactamente! -respondió Emmanuel.

 

-En otras palabras, si no se hubiese producido esa filtración, la información no habría sido difundida.

 

Emmanuel mintió fríamente:

 

-Habría sido difundida con posterioridad. Pero desde el mo­mento en que se produjo la filtración, quisimos restablecer la igualdad de todos los medios con respecto a esta información y, al mismo tiempo, quisimos evitar nuevas filtraciones, publican­do todos los datos actualmente disponibles.

 

Pero el periodista francés era coriáceo:

 

-Efectivamente, hay más información en lo que se ha dicho que en lo que se ha entregado por escrito. El comunicado que nos ha sido distribuido guarda silencio sobre muchos detalles apasionantes a los que hizo referencia el profesor De Fully. ¿Los confirmará usted por escrito y nos entregará documentos de to­dos ellos?

 

Emmanuel se arrojó a la piscina:

 

-Se publicarán todos los documentos disponibles.

 

Por su parte, Theo contestó:

 

-Dirigiéndose al laboratorio de espectroscopia de masa de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich pueden obtener por fax los informes del análisis de la datación de los diferentes objetos, así como las fotografías de los dos rollos de papiro y de perga­mino. Desde el momento en que tenga en mis manos los re­sultados de la datación, los pondré a disposición de quien los quiera.

 

Derek Dodd intervino entonces dirigiéndose a Emmanuel y todos los demás periodistas guardaron silencio:

 

-Monseñor, no deseo discutir las condiciones en las que los documentos han sido o serán publicados. Pero sí quiero enun­ciar un principio general según el cual el público tiene derecho a toda la información, siempre que esta no viole la esfera priva­da. Constato con enorme placer que el Vaticano está adoptando una política de transparencia en la difusión de estos documen­tos. Y me gustaría que hiciese lo mismo en lo que se refiere a su interpretación. ¿Piensa usted que la tumba descubierta puede ser la de Jesús?

 

La prominente nuez de Fernández se puso a temblar acelera­damente. Al verle, Colombe sintió una necesidad nerviosa de reír, a pesar de la gravedad del debate y tuvo que recordar la pérdida de Paolo para reprimirse por completo. Emmanuel bus­caba las palabras con la cabeza baja y las manos juntas. Sin duda, estaba rezando.

 

-No lo sé. Nadie lo sabe. Pero tampoco es algo imposible.

 

La sala tembló con un clamor silencioso, como el que prece­de en las corridas de toros al momento de la estocada. Dodd continuó impasible:

 

-Si interpreto bien sus palabras, monseñor, no es imposible que el cuerpo de Jesús haya sido robado de la tumba donde, se­gún los Evangelios, José de Arimatea le había enterrado, para ser transportado a esta tumba, en la que se han descubierto los huesos.

 

Emmanuel se quedó en silencio. Miró a Colombe, que le es­taba transmitiendo telepáticamente todo su coraje. Dodd dejó que el silencio se adueñase por completo de la sala y repicó una última pregunta.

 

-Si eso no es imposible, significa que el misterio de la Pascua es, de hecho, una metáfora, un símbolo, una alegoría. Le dejo que sea usted el que elija la palabra. Jesús era un hombre, que murió y que no resucitó.

 

Emmanuel le interrumpió:

 

-Yo no dije eso ni siquiera lo pienso. Dejaría de ser cristiano inmediatamente si aceptase su enunciado. La resurrección de Jesús no se basa en el descubrimiento de la tumba vacía. El texto más antiguo del Nuevo Testamento, la epístola a los Corintios, dice simplemente: «resucitó al tercer día según las Escrituras» y evoca las apariciones de Jesús. No habla de la tumba vacía.

 

Derek Dodd seguía aferrado a su pregunta:

 

-¿Qué piensa, entonces, de los cuatro Evangelios que evocan la tumba vacía?

 

-Los Evangelios no son relatos históricos, sino la profesión de fe de diferentes comunidades, presentada en un género lite­rario totalmente original, que comporta elementos simbólicos. Eso no quiere decir que la tumba no estuviese vacía la mañana de Pascua. Sin duda lo estaba, porque su descubrimiento plan­tea para un creyente más dificultades de las que resuelve. En cualquier caso, el testimonio de las mujeres les parece poco creíble a los apóstoles y, en un primer momento, suscita risas e incomprensión por su parte. La tumba vacía no fue el elemento determinante en el surgimiento de la fe cristiana. Son las apari­ciones de Jesús las que confirman a los discípulos en su fe en la resurrección.

 

-Por lo tanto, a su juicio, no es imposible que el cuerpo de Jesús haya sido robado y disimulado en otra tumba, cuyos hue­sos se habrían encontrado hoy.

 

Theo, que observaba a Emmanuel de perfil, vio unas gotas de sudor abrirse paso sobre su frente. Su voz, sin embargo, seguía estando muy tranquila:

 

-Yo no lo pienso, pero tampoco impido a nadie que piense lo contrario. La confesión de fe del símbolo de los apóstoles dice que Jesús resucitó y este artículo del credo se ha convertido en la piedra angular del cristianismo. Ni más ni menos. Todas las demás especulaciones sobre la naturaleza de la resurrección, la de Jesús o la nuestra, no son enunciados de fe, sino tan solo representaciones de la imaginación humana.

 

Derek Dodd era tenaz:

 

-Discúlpeme, monseñor, pero sigue sin responder a la pre­gunta que se plantea todo el mundo: ¿El cuerpo de Jesús desa­pareció del universo o bien se descompuso como todos los de­más cadáveres?

 

Emmanuel estuvo a punto de lanzarse a una larga explica­ción. En el último momento, dio marcha atrás:

 

-No lo sé y nadie lo sabe. No existe respuesta objetiva pregunta.

 

Entonces intervino otro periodista:

 

-Pero ahí está la inscripción que se está descifrando y el rollo de bronce. Si una y otro atestiguasen que se trata de la verdade­ra tumba de Jesús, ¿estimaría usted que esta pregunta, sin res­puesta por ahora, la habría recibido entonces?

 

-Sí.

 

-En ese caso, Jesús habría sido un hombre como los demás, un simple profeta de Israel.

 

-La fe y solo la fe nos dice que Jesús es hombre y Dios. No hay prueba científica de este enunciado de fe y tampoco puede haber una refutación del mismo.

 

-¿Y en ese supuesto, la credibilidad de este artículo de la fe no se vería comprometida?

 

-Eso depende de la naturaleza de la fe.

 

Intervino también el corresponsal de Le Monde. Era un hom­bre ya mayor, que conocía a fondo el Vaticano y cuyos artículos eran leídos por el mismo Papa, como todo el mundo sabía en Roma.

 

-Monseñor, creo que no es el lugar ni el momento de pedirle un curso de teología sobre la naturaleza de la fe. Lo que interesa a mis colegas y a nuestros lectores es la reacción de la opinión católica en el supuesto evocado. La presentación tradicional del misterio de la Pascua en la liturgia, en la catequesis, en la icono­

 

a esa grafia y en las homilías supone que el cuerpo de Jesús no cono­ció la corrupción, porque Cristo no conoció el pecado y, ade­más, la muerte, según la doctrina constante de la Iglesia, es el salario del pecado. Pero ahora esta representación se caería por tierra. La fe popular no tiene en cuenta todas nuestras sutilezas lingüísticas ni todas nuestras precauciones oratorias. Tiene un contenido anclado en lo maravilloso. La Iglesia se acomodó a él o, incluso, lo estimuló, con la preocupación de encontrar fór­mulas que expresasen lo inexpresable de una forma poética. Pero, de pronto, toda esta bella imaginería se viene abajo. ¿Se da usted cuenta del escándalo y de las tremendas dudas que van a asaltar a las almas sencillas?

 

Emmanuel respondió sin dudar, como si estuviese esperando esta pregunta:

 

-La fe en la resurrección de los cuerpos no se impuso de gol­pe. Es una fe tardía en el Antiguo Testamento y solo es con­fesada por los discípulos de Jesús mucho tiempo después del acontecimiento mismo. Y sigue siendo un problema para noso­tros. Quizás estemos dando ahora un paso más en su verdadera comprensión.

 

La sala comenzaba a vaciarse porque los periodistas estaban preocupados por el cierre de sus periódicos. Tenían que pasar a las cabinas telefónicas. Además, las sutilezas de los intelectuales no interesaban al lector ordinario que recibiría mañana, al abrir su periódico, la noticia más extraordinaria desde hacía dos mil años:. Jesús no resucitó.

 

Emmanuel se despidió de los periodistas que quedaban y Theo prometió los resultados de las dataciones para el día si­guiente. Cuando bajaron del podio, Fernández les esperaba en compañía de unos cuantos personajes de rostros torvos. Eran los policías encargados de velar por la seguridad de los dos her­manos y de evitar que fuesen molestados por la prensa. Theo reconoció sus métodos. Eran los mismos que ya había experi­mentado en Zúrich. De hecho, él sería consignado en el Palacio San Calixto y Emmanuel en el palacio del Santo Oficio. Ambos estaban demasiado cansados para resistirse y, después de haber dado un abrazo a Colombe, se separaron.

 

Theo tenía hambre. Las emociones siempre estimulaban su apetito. En el frigorífico de su apartamento solo quedaban los despojos del pavo. Estaba pensando con tristeza en comerlos, sin ni siquiera calentarlos de lo cansado que se sentía, cuando sonó el timbre de la puerta de entrada. Era el cardenal Chotard, vivaracho, más pequeño, más calvo y más colorado que nunca. Estaba al corriente de la rueda de prensa a través de las llamadas telefónicas que Sus Eminencias habían intercambiado. El escán­dalo tomaba tintes considerables, tanto más que la muerte del cardenal Weiss añadía un relieve dramático a la situación.

 

-Cuando los galos saquearon Roma en el 390 antes de Cris­to, algunos senadores se negaron a abandonar sus palacios y refugiarse en el Capitolio y esperaron la muerte, vestidos de púrpura, sin dignarse conceder una sola mirada a los bárbaros que los asesinaban. Este es, más o menos, el estado de espíritu de mis colegas, que se envuelven en su púrpura y esperan no se sabe muy bien qué, quizá que los pueblos cristianos, de los que han abusado durante tanto tiempo, les hagan padecer el martirio. En cualquier caso, se toman por víctimas, mientras usted es Poncio Pilatos, el asesino que no se da cuenta de lo que hace.

 

-¿Y Emmanuel? -preguntó Theo.

 

-Encaja perfectamente en el papel de Judas. Si se ahorcase esta noche, nadie se sorprendería y nadie lo sentiría. Ya puede ir haciendo sus maletas, salvo que los resultados de las dataciones que usted espera cambien por completo la situación.

 

-¿Qué le reprochan realmente?

 

El pequeño cardenal miró a Theo con un brillo malicioso en los ojos y le propuso que fuese a cenar a su apartamento:

 

-Siempre tengo a mano conservas de foie gras y un cháteau­rieussec 1985 admirable, con el que degustará a la vez la vainilla, el albaricoque, las flores, la mermelada de naranjas amargas y muchas cosas más. Deje de atormentarse y tranquilícese.

 

El apartamento del cardenal Chotard olía a tabaco de pipa, pero estaba amueblado con gusto y sobriedad. Las dos religiosas añadieron un cubierto sin decir ni una palabra y el cardenal Chotard sometió a un interrogatorio en toda regla a Theo, que conservaba una memoria fotográfica de las palabras de Emma­nuel. Lo que no impidió a los dos comensales regalarse con una excelente cena. Después, se sentaron a ambos lados de la chime­nea donde chisporroteaba un buen fuego y calentaron con sus palmas un vaso de coñac. El cardenal dejó que Theo meditase en silencio durante un tiempo y después le dirigió una amplia sonrisa:

 

-Emmanuel estuvo irreprochable. Ha dado las respuestas más concisas que se puedan dar. Soy un firme partidario de la so­briedad en teología. Por ejemplo, mi fe se expresa a través del Símbolo de los apóstoles. El Símbolo de Nicea comienza ya a plantearme problemas por su preocupación por definir con pre­cisión lo que es imposible describir con palabras humanas: Deum de Deo, lumen de lumine, Deum verum de Deo vero, genitum non factum, consubstantialem patris. Imagine la reacción de Jesús, si se oyese describir de esta forma. ¡Habría puesto el grito en el cielo!

 

El cardenal imitó, con un énfasis cómico, el enfado de un ga­lileo, como Jesús, capaz de tirar las mesas de los cambistas del templo. Se parecía un poco a Charlie Chaplin. Y después, conti­nuó diciendo:

 

-Negándose a entrar en el detalle de las controversias, Em­manuel se libró de caer en una encerrona. No estoy seguro de que mi difunto colega hubiera salido tan airoso del trance. Al principio, Weiss no era un mal teólogo, pero su función le había distorsionado la capacidad de juicio.

 

Theo asintió con la cabeza y dijo:

 

-Me cuesta situar el debate. En el colegio, mi profesor de matemáticas comparaba ciertas exposiciones confusas de mis ca­maradas poco dotados con los cuadros de Rembrandt, es decir, las tachaba de claroscuras o de oscuridad dominada. Sé cómo fechar una colección de árboles, midiendo las secuencias de sus anillos, cuento los átomos de carbono 14 uno a uno, puedo des­cubrir bajo tierra una cavidad de tres metros cúbicos a través del tratamiento numérico de una masa de datos geofísicos. Pero sigo sin saber qué es lo que la Iglesia, de la que formo parte, piensa realmente del artículo central de la fe, de la resurrección de Cristo.

 

-Se lo voy a explicar.

 

El cardenal se acomodó en su sillón y comenzó un curso pri­vado de teología para un premio Nobel de Física.

 

-La confusión nace de la mezcla de dos géneros literarios, de dos representaciones de la misma persona. Por una parte, Jesús de Nazaret, un galileo del siglo I, que realmente vivió, predicó el Reino de Dios y fue condenado a muerte por los romanos, quizás en el año 30 en Jerusalén. Y por la otra, el Cristo vivo en la fe de las primeras Iglesias cristianas, tal y como se expresa en el Nuevo Testamento. Por una parte, el Jesús de la historia y, por la otra, el Cristo de la fe. No sabemos casi nada del primero porque los textos solo nos hablan del segundo. Por eso, la ma­yor tentación consiste en desvirtuar completamente uno de los dos personajes. Así, la teología protestante liberal constata que el Jesús de la historia es inaccesible por falta de documentos fia­bles y llega, incluso, a negar su existencia. Para esta teología, solo existe un mito de Cristo, elaborado por los medios helenís­ticos a partir de una tradición judía apocalíptica. En otras pa­labras, una religión oriental como tantas otras, invención de hombres más o menos inspirados por Dios. Por el contrario, el integrismo considera los Evangelios como relatos históricos y confunde el Cristo de la fe con un personaje histórico. En esta exégesis de grado cero, lo escrito sería un informe fiel de la rea­lidad tal y como se ha desarrollado. Desgraciadamente, este punto de vista integrista es el que la predicación ordinaria de las parroquias presenta a los fieles católicos. En la homilía que si­gue a la lectura del Evangelio, la mayoría de las veces el cura ha­bla del texto como si fuese un artículo de un periódico.

 

-Entiendo lo que quiere decir, pero para ser más concreto, póngame un ejemplo.

 

-Cojamos el relato de la infancia de Jesús, según Lucas. Elijo este ejemplo porque no interfiere con el dogma y, por lo tanto, podemos discutirlo serenamente. El evangelista comienza por asegurarnos que se ha informado cuidadosamente. Y como su texto descubre la pluma de un hombre culto, el lector actual confía, de entrada, en él. Sin embargo, Lucas comienza con el relato de la aparición del ángel Gabriel que anuncia a María el nacimiento de Jesús por partenogénesis. Dos páginas más adelante, Lucas introduce una genealogía de Jesús, que le con­vierte en hijo de José y, por lo tanto, en descendiente de David. Y aquí radica la evidente contradicción. Pero aún hay más. A continuación, Lucas precisa que Jesús nació en Belén, la ciudad de David, adonde José tuvo que dirigirse para inscribirse en un censo que tuvo lugar en tiempos de Augusto, siendo Herodes rey de Judea y Quirino gobernador de Siria. Todas estas preci­siones son contradictorias. Hubo, en efecto, un censo con fines fiscales en el año 6 de nuestra era. Pero Herodes había muerto diez años antes y Quirino nunca fue gobernador de Siria duran­te esta época. No hay, pues, razón alguna para suponer que el censo implicaba un desplazamiento a la ciudad de origen de la familia. En cambio, un texto del profeta Miqueas puede inter­pretarse como que el Mesías tenía que nacer en Belén. Es decir, a Lucas no le importa el lugar histórico del nacimiento de Jesús sino su significado profético.

 

-No me sorprende, monseñor. A menudo me sentí a disgusto ante estos textos, pero nunca hice el esfuerzo de analizarlos. O más exactamente, temía ejercitar mi espíritu crítico ordinario sobre las bellas imágenes que poblaron mi infancia.

 

El cardenal, implacable, retomó la conversación:

 

-Para el evangelista Juan, Jesús nació en Nazaret. De hecho, un apóstol duda que pueda haber salido algo bueno de esa aldea.

 

Es decir, el objetivo del evangelista es demostrar con este relato que Jesús rompe con los prejuicios de Israel. Los dos evangelis­tas, Lucas y Juan, tienen objetivos diferentes y utilizan los acon­tecimientos para demostrar sus respectivas tesis. Jamás sabre­mos dónde nació realmente Jesús, aunque Nazaret sea el lugar más probable. Y así podríamos seguir toda la noche. Lucas es­cribe la historia de Jesús con el mismo sentido con el que Tito Livio redacta la historia de Roma. El primero busca la edifica­ción de las comunidades cristianas; el segundo, la educación pa­triótica de los ciudadanos romanos. La exactitud de los hechos es secundaria para los escritores de aquella época. De hecho, Lucas no dispone de una biblioteca universitaria para verificar las fechas o los nombres y se guía por las tradiciones orales.

 

Se quedó un momento en silencio y continuó:

 

-Los Evangelios son obras literarias que escenifican hechos y personajes históricos. Es algo que se entiende a la perfección en el caso de las novelas llamadas históricas, precisamente en la medida en que no lo son. No se le ocurriría a nadie escribir una biografía del cardenal Richelieu a partir de las novelas de Ale­jandro Dumas. Pero un católico acostumbrado a las homilías dominicales tiene que hacer un esfuerzo considerable para ima­ginarse una relación del mismo tipo entre el Cristo del que le hablan los Evangelios y el hombre Jesús que existió realmente.

 

-Y del que nunca podremos llegar a decir nada demasiado preciso, si le entiendo bien -completó Theo.

 

-Sí y no. Jesús existió realmente. Su vida es el origen de la re­ligión que suscitó los Evangelios. Y, sin embargo, pronunció ciertas palabras realmente sorprendentes. El rollo de pergamino que ha encontrado usted constituye, pues, un documento capital porque es anterior a todos los Evangelios y permitirá llevar a cabo una selección de las palabras atribuidas por los evangelistas a Jesús. Permitirá discernir entre lo que sin duda dijo y lo que se añadió dos generaciones después, seguramente con fines piado­sos. A través de los cuatro Evangelios, la figura del Jesús históri­co permanece en pie, a pesar de la imprecisión de los autores y de sus contradicciones. Algo así como cuando se percibe la pre­sencia de una persona en una estancia que acaba de abandonar por unos cojines desplazados, un vaso medio vacío, un olor, un perfume y una impregnación que no desaparecieron del todo. Usted aporta una multitud de indicios de este tipo. El Jesús de la historia comenzará a existir en el interior del Cristo de la fe. Y esta es la gran dificultad o el problema para una Iglesia orga­nizada: predicar a Jesucristo, Dios y hombre. Dios está tan lejos que los teólogos pueden atribuirle todos sus fantasmas, sin arriesgarse a ser desmentidos. Pero Dios hecho hombre, el Dios que habló realmente, el hombre Jesús que colocó a los podero­sos y a los beatos en su sitio, ese Dios siempre será un problema para la institución. Porque ella transmite un mensaje que la nie­ga a ella misma en su organización y, sin embargo, es necesario que se organice para poder difundir el mensaje de Cristo.

 

-No me gusta causar ningún tipo de escándalo -dijo Theo-. Pero a veces es indispensable. Dígame exactamente dónde se si­túa el escándalo que voy a provocar.

 

-Pues mire, en que coloca usted en la plaza pública un mal­entendido que había sido discretamente arreglado entre espe­cialistas, una vez que el magisterio romano metiera la pata hasta el fondo. El malentendido se remonta al siglo XVII, cuando un tal Richard Simon, hoy completamente olvidado, se empeñó en llevar a cabo una lectura crítica de la Biblia. Al intentarlo se topó con las certezas macizas de Bossuet, que lo ignoraba todo del hebreo pero conocía a la perfección los pasillos de Versalles. A finales del siglo XIX, Alfred Loisy retoma esta tarea y es colo­cado en el índice por Pío X. Hoy todo el mundo, comenzando por el Papa, está de acuerdo en que la seria aproximación de Si­mon y de Loisy era mejor que la ignorancia piadosa de Bossuet o de Pío X. Pero nadie lo dice en voz alta y Loisy continúa sin ser rehabilitado. Quizá tenga que esperar otros dos siglos, como Galileo. Emperrado en el mito de la infalibilidad, el Vaticano tiende a reconocer sus errores muchísimo tiempo después de haberlos cometido para, de esta forma, atenuar el significado de estas equivocaciones fehacientes. Su rollo de pergamino y su rollo de papiro zanjan en un instante todos estos debates que duran desde hace siglos y respecto a los cuales el magisterio ro­mano iba cediendo terreno lentamente, a contragusto, ocultan­do en la sombra las revoluciones teológicas que se han ido pro­duciendo. Y usted las coloca a plena luz.

 

-¿He cometido un error?

 

-Felix culpa, señor profesor. Debería usted saber que todo descubrimiento es una contradicción superada. Usted intentaba autentificar el Cristo milagroso y descubre al Jesús de la histo­ria, que ha sido ignorado durante tanto tiempo. Más aún, va a hacer que los teólogos tomen en serio a la ciencia. Y entonces, el mundo, el mundo de los ateos del que me ocupé durante diez años sin éxito alguno, tomará en serio a los teólogos. Ya no habrá una verdad para los especialistas y otra para los ignoran­tes. ¿Conoce la definición de verdad que daba Ignacio de Lo­yola?

 

-No -dijo Theo-, pero me la puedo imaginar.

 

-Cito de memoria, pero Ignacio decía algo así: «Para llegar a la verdad en todas las cosas, deberíamos estar siempre dispues­tos a creer que es negro lo que nos parece blanco, si la Iglesia jerárquica así lo dice». ¿Puede imaginar un solo instante a Jesús diciendo algo así?

 

-No -admitió Theo-, es algo rigurosamente imposible.

 

-Eso significa que usted tiene una imagen de Jesús perfecta­mente clara, a pesar de haberla adquirido por medio de textos que no son históricos. Al contrario de Ignacio, Jesús dijo: «Si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo». Y también: «Yo vine al mundo para dar testimonio de la verdad». El que re­lativiza la verdad es Pilatos, cuando le dice: «¿Y qué es la ver­dad?». Porque la verdad es molesta, humilla a los poderosos y enaltece a los humildes. No hay poder en la transparencia. Igna­cio de Loyola, educado en el respeto de la disciplina militar, sa­crifica voluntariamente la verdad en nombre de la eficacia. Me cuesta mucho decir esto, porque fue un gran santo en un mo­mento histórico difícil. Tras sus descubrimientos, la Iglesia esta­rá un poco más cerca de la verdad.

 

El cardenal se calló un instante, mirando fijamente las llamas que se iban apagando en la chimenea:

 

-No sabía que viviría lo suficiente para ver la verdad revelarse con tal claridad y por tales derroteros.

 

 

 

CAPÍTULO 13

 

La noche salva a las almas demasiado baqueteadas por las pesa­dillas diarias, abandonándolas, por fin, a su propia dinámica. Esa noche, los tres hermanos cayeron como troncos.

 

Sin darse cuenta, Colombe se vio protegida de sus propias debilidades y de la vuelta de Paolo, gracias a la intervención in­flexible del conserje del hotel Raphael, protector celoso de la virtud de su clienta por una buena propina que Theo le había dado el domingo, para que no permitiese que nadie molestase a su hermana. Colombe no se dio cuenta de nada, salvo que, de un día para otro, el conserje le había elevado del rango de dotto­ressa al de professoressa. Hacia las diez de la noche, Paolo intentó de nuevo llegar hasta la habitación de Colombe, pero dos forni­dos vigilantes le expulsaron torciéndole un brazo y rompiéndole su último pantalón presentable. Como había agotado su crédito ante todos sus falsos amigos, a los que ya había dado muchos palos, pasó la noche al raso, en un banco, con la cabeza apoyada en un brazo, despertándose cada vez que estaba a punto de con­ciliar el sueño.

 

Emmanuel corría el riesgo de volver rápidamente a su dióce­sis de procedencia como capellán de una residencia de ancianos y, por eso, decidió aprovecharse sin remordimientos del lujo de su apartamento, en el cuarto piso del palacio del Santo Oficio, en el que estaba prácticamente encerrado. Esta suite había sido la residencia de los cardenales prefectos Cicognani, Valeri y Pa­rente, tras lo cual pasó a Charles Moeller, el monseñor que ha­bía ocupado antes que Emmanuel el puesto de subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Al rato, Emmanuel se quedó profundamente dormido, por el simple hecho de estar a bien con su conciencia.

 

Antes de volver a su horario habitual, traicionado durante es­tos últimos días, y a la meditación diaria entre las diez y las diez y diez, Theo decidió confesarse con el cardenal Chotard que, tras absolverle, le dijo: «Lo único que no podrá inventar son nuevos pecados. Ya están todos inventados. Si no consigue clasi­ficar sus faltas en el catálogo tradicional, renuncie a arrepentir­se». Estas palabras actuaron como un lubrificante en los engra­najes desgastados del cerebro de Theo.

 

Alertados por los mensajes de Theo, tres laboratorios trabaja­ron sin descanso. Normalmente, estos laboratorios no funcio­nan por la noche, y menos la noche del 2 al 3 de enero, pero el prestigio de Theo era de tal calibre que sus razonamientos con­vencieron a sus responsables. Y es que Theo quería acabar de una vez con todas las interpretaciones malintencionadas de sus descubrimientos. En Manchester, el rollo de bronce fue metódi­camente cortado, de manera que se pudiese leer el texto inscrito sobre su cara interior, sin intentar desenrollarlo, lo que no ha­bría soportado a causa de su estado de oxidación. En Lausana, el laboratorio de tratamiento de imágenes de la escuela politécnica se esforzó por correlacionar por ordenador varias fotos de la inscripción descubierta sobre la tablilla, iluminada desde diver­sos ángulos, para descifrar la palabra borrada, cuya inicial era una J. En Bruselas, la huella genética de algunos cabellos recu­perados cerca del esqueleto fue pacientemente descodificada, para compararla con la de la sangre encontrada sobre la sábana de Turín.

 

La luz estuvo encendida hasta muy tarde en una sala de reu­nión, cuyas ventanas daban al patio de San Dámaso del Vatica­no, cerca de las oficinas de la Secretaría de Estado y de los apar­tamentos del Papa. La asamblea, integrada por media docena de prelados, escuchó en silencio el informe de José Fernández de Moratín, antes de despedirle como se despide a un criado del que se desconfía. Nadie supo jamás lo que se dijo o lo que se de­cidió en esta reunión. El propio Emmanuel descubrió, dos años más tarde, la identidad de los participantes en dicha reunión, de la que no se había levantado acta alguna. Pero allí se había deba­tido su futuro, sin que se tomase ninguna decisión inmediata. ¿Quién le había apoyado, quién le había atacado, qué se le había reprochado exactamente? Nunca lo supo.

 

Al día siguiente, cuando bajó de su apartamento a las siete menos veinte, para celebrar, como todos los martes, la misa en San Luis de los Franceses, se topó con un policía de guardia en la puerta del palacio que le impidió el paso de una manera cortés pero decidida. Sin abandonar, pues, el palacio del Santo Oficio, Emmanuel se dirigió a su despacho y esperó con suma serenidad que su secretario le trajese el dossier de prensa, como todas las mañanas. A las ocho, disponía ya de los primeros pe­riódicos italianos de la mañana, cuyos titulares iban desde un venenoso «Jesucristo no ha resucitado» hasta un fáctico «At­mósfera de crisis en el Vaticano».

 

En ese mismo instante, Theo intentó telefonear a Manchester, sin conseguirlo. La línea de su apartamento no permitía ya las llamadas hacia el exterior. Alertó al portero, que le confirmó una avería telefónica que afectaba a todo el Palacio San Calixto. Theo se volvió a su apartamento sin decir nada, con los labios apretados por la rabia, sacó de su maleta un teléfono móvil, con el que consiguió entrar en contacto vía satélite con el laborato­rio de Manchester. A pesar de sus sonoros fracasos, la técnica contemporánea permitía al menos saltar por encima de los in­tentos de censura.

 

Con una flema absoluta, su interlocutor le comunicó una no­ticia sorprendente: el rollo de bronce de Jerusalén era la copia exacta del rollo de bronce descubierto en 1952 en la cueva nú­mero 3 de Qumran. Ni siquiera habían tenido que convocar a un experto en lenguas orientales. Las fotos de la cara interior coincidían con las del rollo de Qumran tomadas en 1988 por los hermanos Zuckerman en Ammán. El texto comenzaba, pues, con la misma frase poética: «En las ruinas del valle de Achor, cerca de Jericó…». Y proseguía ya prosaicamente con la enume­ración de los sesenta y cuatro escondites en los que se encontra­ba oculto el tesoro del templo, sin duda poco tiempo antes de la insurrección del año 70- Según todas las probabilidades, se trataba del tesoro de guerra acumulado en la clandestinidad por los grupos de la resistencia palestina, antes de la sublevación contra los romanos. Sin duda, para evitar que se perdiese, exis­tían varios ejemplares de este documento recapitulador, uno de los cuales había sido colocado en la tumba descubierta en Jerusalén.

 

Utilizando su teléfono móvil, Theo llamó de inmediato a Emmanuel, que no hizo comentario alguno, quizá porque esta­ba seguro de que su teléfono estaba pinchado. Pero la noticia le pareció suficientemente importante para pensar en una segunda rueda de prensa, sobre todo si las otras medidas aportaban re­sultados tan significativos. Inició, pues, el procedimiento de convocatoria de los periodistas y se quedó profundamente sor­prendido cuando Fernández la puso en marcha sin la menor dis­cusión. Emmanuel, ya más confiado, comenzó a pasearse por los corredores del palacio del Santo Oficio. Todo el mundo le salu­daba con una mezcla de temor y de curiosidad. Se esforzó por discernir los que le apoyaban y los que acechaban su caída, pero dos inquisidores sonrientes se parecen como dos gotas de agua, incluso cuando sus motivaciones son completamente dispares. Aprendieron a disimular y a sonreír por obligación, en cualquier circunstancia y sin intención alguna.

 

Al volver a su despacho, Emmanuel descubrió que su teléfo­no no le permitía ya conectar con el exterior del Vaticano. No conseguía contactar ni con Theo ni con Colombe y, aparente­mente, ellos tampoco conseguían ponerse en contacto con él. Una tras otra, las centralitas telefónicas del Estado del Vatica­no fueron desconectadas, prohibiendo así cualquier comunica­ción entre sus empleados y la prensa. El fax, en cambio, conti­nuó funcionando y, durante toda la mañana, las nunciaturas y los obispados bombardearon Roma con extractos de prensa que convergían hacia los despachos del cardenal Weiss y, a continuación, por defecto, hacia el de Emmanuel. Al medio­día, disponía de los recortes de toda la prensa europea de la mañana, incluida una prueba de Le Monde, antes de que el pe­riódico saliese a los quioscos. Su editorial se titulaba sobria­mente: «¿EL FINAL DE UN MITO BIMILENARIO?». El signo de interrogación valía su peso en oro en honestidad in­telectual. Sin duda, los periódicos de la tarde serían mucho menos escrupulosos.

 

En el momento en que Emmanuel se enfrascaba en la lectura de la prensa, Colombe se despertó, por fin, del sueño más largo que había tenido desde hacía años. Y se despertó perfectamente relajada y descansada, con los músculos distendidos y la mente totalmente despejada. Intentó llamar, uno tras otro, a sus dos hermanos sin conseguirlo. Se levantó como un resorte, se du­chó, se maquilló y cogió un taxi en dirección al palacio del San­to Oficio. Los policías de guardia le prohibieron la entrada con una exquisita cortesía. Y no consiguió absolutamente nada, a pesar de agitar el pasaporte suizo, que atestiguaba su parentesco con Emmanuel. Cada vez más inquieta, llamó a otro taxi para que le condujese al Palacio San Calixto, donde se presentó a los guardias de la puerta como una pariente del cardenal Chotard. Escoltada por uno de los policías, alcanzó por fin la puerta del apartamento del cardenal, al que besó en ambas mejillas, lla­mándole una y otra vez «querido tío». El policía dio media vuelta, completamente indiferente a las efusiones de Colombe con su supuesto tío cardenal.

 

Este se divirtió como un niño con este complot y se fue a buscar a Theo, que seguía colgado de su teléfono móvil. Estaba escuchando una comunicación procedente de Bruselas, con una cascada de noticias sorprendentes. En medio de su excitación, interrumpió su conversación y preguntó al cardenal:

 

-¿Qué diría usted a propósito de un análisis según el cual el hombre enterrado en el lienzo y el enterrado en la tumba no son el mismo individuo, pero tienen una relación de parentesco muy estrecha, de hermanos, por ejemplo?

 

El rostro sonrosado del cardenal se transformó en un signo de interrogación cómico:

 

-Ha autentificado el lienzo como procedente del siglo I, pero seguimos sin saber quién es quién.

 

Cuando Theo terminó su comunicación telefónica, puso al corriente a Colombe y al cardenal de los hallazgos de Manches­ter. El cardenal intervino:

 

-Si el rollo de bronce es idéntico al de Qumran, eso refuerza una tesis reciente que goza de cierto éxito entre los especialistas y según la cual los primeros cristianos cooperaban con la resis­tencia clandestina de los judíos frente al ocupante romano. Toda la ambigüedad del proceso de Jesús se inscribe en una pugna re­ligiosa de Jesús con el clero judío y con un procedimiento ro­mano que tendía a restablecer el orden turbado por ese galileo. El procurador romano no sabía qué hacer ante una disputa reli­giosa, de la que ni siquiera llegaba a entender su naturaleza. Sin embargo, Poncio Pilatos tuvo que tener algunos elementos pro­batorios de un supuesto complot político para condenar a Jesús, si no sobre la base de sus acciones, al menos sobre la base de sus contactos con medios próximos a la resistencia armada. Los ro­manos tenían la mano ligera, pero eran legalistas y formalistas. Y no condenaban a nadie sin un pretexto.

 

-Es curioso que los Evangelios no hayan conservado huella alguna de estos contactos -señaló Theo.

 

-Como indicios del compromiso de los cristianos con la re­sistencia, se pueden citar ciertos pasajes de Marcos, unos pasajes muy extraños, que se encuentran, de hecho y con las mismas pa­labras, en el rollo de papiro que usted ha descubierto. Eso con­firma que el texto de Marcos o, mejor dicho, los capítulos 19 y 15 forman parte de un relato muy antiguo, redactado proba­blemente sobre la marcha de los acontecimientos de la Pasión.