CAB… TRATADO DE LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRIO (SAN BERNARDO)

Hablando cierto día en público y ponderando,como es razón,la gracia de Dios que obraba en mí,y a la que me reconocía deudor por haberme prevenido en el bien,por mis progresos en él y por la esperanza que me daba de que me llevaría hasta la  perfección,interrumpióme un instante,diciéndome: Al fín, ¿qué es lo que has hecho? ¿Qué premio puedes esperar,si todo lo hace Dios? Siendo así ¿a qué viene perder el tiempo ventilando esta cuestión? Da gloria a Dios,añadió,pues se dignó prevenirte,excitarte e impulsarte gratuitamente;por lo demás ,procura en adelante vivir de manera que halles no ser ingrato a los beneficios recibidos,sino apto para alcanzar otros que se te quieran conceder.

Excelente consejo,por cierto,el que me das,le repliqué pero mejor fuera que me dieses la fortaleza necesaria para cumplirlo,siendo mucho más fácil conocer lo que se debe obrar que el obrarlo,pues una cosa es indicar el camino a un ciego y otra muy distinta proporcionar vehículo al cansado de andar. No todos los que enseñan el camino que se ha de andar dan fuerza y viático necesarios para llegar al término. Una cosa es indicar al caminante el modo de no extraviarse y otra el suministrarle alimentos y darle energías para que no desfallezca a medio de su viaje. Así,quien nos enseña a obrar santamente,no por eso puede decirse que nos da las buenas obras que nos enseña a realizar.

Ahora bien,dos cosas me son igualmente necesarias: que me enseñen lo bueno y que me ayuden a conseguirlo.Tú,hombre mortal ,bien puedes ilustrar mi ignorancia,pero si el Apóstol entendió y sintió bien:  El Espíritu Santo es quien ayuda a nuestra flaqueza. Todavía más: Aquel que me da por tu boca el consejo,creo que es preciso me dé la ayuda,por medio de su Espíritu,para cumplir tu consejo.Mas supongamos que,gracias a la inspiración,tengo ya el querer; a pesar de eso,todavía no atinaré en cómo poder realizarlo; y aun tengo por cierto que no encontraré jamás este poder si quien me dió el querer no me da también las fuerzas necesarias para realizarlo a su gusto. Mas ya os oigo preguntarme: Si así es, ¿dónde está nuestro mérito? ¿Qué puedo esperar de nuestra actividad? Oye: No por las obras de justicia que hicimos nosotros,sino por su gran misericordia nos hizo salvos. Pues ¿qué? ¿Crees quizá que eras el único autor de tus méritos y que podías salvarte por tu propia justicia,cuando ni puedes pronunciar con mérito el nombre de Jesús sin la gracia del Espíritu Santo? ¿Te habías olvidado hasta ese punto de aquello que está escrito: Sin mí nada podéis hacer? ¿No recordabas aquello otro: No es del que corre ni del que se afana,sino obra del Dios misericordioso?

¿Qué hace,pues,el libre albedrío?,dices. Brevemente respondo : Salvarse. Quita el libre albedrío y no habrá nada que haya de ser salvado;así como,si quitas la gracia,ya no habrá nada con que poder salvarse. La obra de nuestra salvación no puede darse si falta alguna de estas dos cosas,la una para hacerla y la otra para que en ella se cumpla y ejecute. El autor de nuestra salvación es Dios;el libre albedrío sólo es capaz de recibirla;de suerte que ni puede darla sino sólo Dios ni puede recibirla sino el libre albedrío;por lo que únicamente el libre albedrío puede recibir aquella merced que sólo Dios puede dar;y,por tanto,ni cabe salvarse sin consentirlo el que la recibe ni sin la gracia de quien la da.Y así dícese que el libre albedrío coopera con la gracia cuando consiente,o sea,cuando se salva,porque CONSENTIR ES SALVARSE. Por tanto,no pueden participar las bestias de esta salvación,faltándoles el voluntario consentimiento con que conformarse gustosamente con la voluntad de Dios,que las salva,,y someterse a sus mandamientos,y creer en sus promesas,y darle gracias por sus beneficios. Pues cierto que una cosa es el consentimiento voluntario y libre y otra el apetito natural. Este no es común con los irracionales,y como está todo él preso entre los gustos y halagos de la carne,no puede consentir ni obedecer a los impulsos del espíritu. Quizás a él se refería el Apóstol cuando,llamándole con otro nombre dice: La sabiduría de la carne es enemiga de Dios,porque si sabe someterse a la ley de Dios ni puede. Teniendo,pues,de común–como dije–con las bestias este apetito,lo que de ellas nos distingue es el voluntario consentimiento.Es éste un hábito del alma libre de por sí,pues nadie la fuerza ni la causa extorsión: proviene de la voluntad no de la necesidad;por lo que,tanto si se presta a realizarlos como si se niega,hácelo voluntariamente. De tal modo que si pudieran violentarla a realizar un acto sin ella quererlo,ese acto ya no sería voluntario,sino forzado. Por tanto,donde no hay voluntad,tampoco consentimiento,no habiendo consentimiento si no es voluntario. Luego donde hay consentimiento,allí hay voluntad. Ahora bien,donde hay voluntad,allí hay libertad. Y esto es lo que creo puede decirse libre albedrío.