EL RAMAYANA

VALMIKI

 

Uno de los grandes libros de la India es el Ramayana, extenso poema de más de 24.000 estrofas, que narra las gestas de Rama.

 

La leyenda refiere que el dios Brama pidió al poeta Valmiki que lo escribiera, y éste lo hizo.  Rama, casado con Sita, es el hijo del rey Dasaratha, y va a suceder a su padre, cuando, a causa de unas intrigas palaciegas, es desterrado a la selva, adonde le acompaña su esposa.  Allí, Sita es raptada por el rey de los demonios y transportada a la isla de Ranka.  Rama se alía con el ejército de monos y va en su busca y a la liberta.

 

La fiel Sita y el valeroso Rama vuelven a palacio y suben al trono.  El poema, escrito en el siglo II d. De J.C., se ha convertido en el libro más popular de la India, leído por niños y mayores.

 

La grandeza de la selva, la hermosura terrible de la naturaleza india, es uno de los principales atractivos literarios de el Ramayana.


 

I.                     INTRODUCCIÓN:  DE CÓMO EL GANGES DESCENDIÓ DEL CIELO

 

Temerarios como el que desafía al tigre en su guarida, el que despoja el hijo de corta edad a su madre y el que interrumpe al sabio en su profunda meditación.  Los sesenta mil descendientes del rey Sagara, que, encontraron la muerte, como las aguas tumultuosas llenan los valles después de la estación de las lluvias, poblaban la tierra, y en su ingente número no se asemejaban a una familia de hermanos, sino a un terrible ejército.

 

Los sesenta mil príncipes, hijos todos de un mismo padre, con el ruido de sus trompas de caza atronaban las selvas.  Temblaban las montañas, las fieras se dispersaban, y los piadosos ascetas que viven solitarios en el bosque se ocultaban en las cuevas profundas.  Las cacerías de los príncipes sagaritas se asemejaban a una guerra asoladora.  Ellos solos hubiesen podido tomar una ciudad populosa; todos ellos, guerreros de estirpe regia, profusamente adornados, manejando el arco y la jabalina, se movían uniformemente por propio impulso como bandas de patos salvajes.  No temían el desierto ni el país extraño, pues todo lo poblaban con su número aterrador.  Nada resistía a su ímpetu.

 

Uno solo, de entre todos los hombres que presenciaban, asustados, el avance de los hijos de Sagara, permanecía indiferente, sin dejarse avasallar por el temor.  Era el sabio Kapila.  Su mente estaba sumergida en las brumas de la meditación o se elevaba de pronto hasta las más altas verdades.  Sus oídos permanecían insensibles y su vista no se fijaba en las cosas de la tierra.  Arrebatado en la soledad, habitaba en la alta cumbre de una montaña que dominaba la extensa llanura del noreste, y asistía, sin inmutarse, al griterío de los sesenta mil guerreros que se agitaban como hormigas a sus pies.

 

Pero no bastó a los imprudentes jóvenes con inundar la llanura donde se hallaba en meditación el sabio.  Pronto sonaron las roncas conchas de caza; el relinchar de los corceles atronó el recinto sagrado, y. Semejantes a las abejas que se dirigen en columna hacia su panal, llenaron con sus pisadas y sus gritos el elevado bosque en cuya profundidad estaba Kapila.

 

¡Nunca lo hubiesen hecho!  El sabio, encolerizado por aquella profanación, invocó contra aquellos insolentes la maldición de los dioses.  Un súbito terror de causa desconocida se apoderó de los sagaritas, y antes que pudiesen emprender la huida, como si los atacara un fuego invisible, sus cuerpos, armaduras, caballerías y arneses se vieron reducidos a cenizas.  Una parte de ellos quedó, ennegreciendo la falda de la montaña, con sus restos carbonizados.  Los demás, que aún no habían subido, se encontraron muertos en la llanura.  Los millares de cuerpos quemados despedían un hedor insoportable; pero el aire permanecía puro en la zona retirada donde el sabio estaba.   Entonces, para borrar los restos de aquella destrucción, los dioses, descendiese del cielo y corriese por la tierra, a lo largo del inmenso valle cubierto por los cadáveres ennegrecidos.  Su corriente sagrada fertiliza los surcos, alimenta a los vivos y purifica todavía a los hombres de la presencia de los cadáveres.  Desde aquel día el Ganges corre hacia el mar, y sus fuentes se confunden, entre el cielo y la tierra, entre encumbradísimas montañas.

 

II.                   DEL POR QUÉ RAVANA NO PUDO SER INVULNERABLE

 

Glorifican los hombres a Vishnu, el dios resplandeciente, que con Surya comparte los rayos del astro del día.  Vishnu, dios de la luz, a cuya mirada no se ocultan las acciones de los hombres perversos y que ilumina con su brillo las mismas fuerza del mal; Vishnu, el incansable, libra todos los días el combate con las tinieblas y sale victorioso!.

 

El insolente Ravana, príncipe del mal, comprendiendo que no podía competir con la gloria de Vishnu, pidió al dios Brama, el de los cien mil rostros, que le concediese al menos el don de ser invulnerable; que su cuerpo se viese para siempre libre del peligro de la espada cortante, de la flecha y el dardo.  Quiso vender a los dioses la paz de que gozan, y renunció a luchar directamente contra ellos a cambio de que éstos le otorgasen la virtud que sus tiros y sus rayos no pudiesen herirle.  Esto fue lo que pidió el atrevido.

 

Tardó mucho el poderoso Brama antes de contestar a tal demanda.  Su majestuosa cabeza, en que se reflejaban los infinitos aspectos de la Creación, permaneció largo tiempo meditando, y al fin, con un leve movimiento afirmativo, concedió a Ravana lo que le pedía.  Saltó de gozo tres veces el malvado ante la presencia de Brama, y no pensó en escrutar la impenetrable sonrisa de los cien mil rostros que todo loven.

 

Ravana, el insolente, pidió que su cuerpo se hiciera inmune a la  lanza de Indra, que es el rayo, y siega los árboles en la tormenta y los guerreros en la batalla.  Pidió ser insensible también al ardiente dardo de Surya, que traspasa la más densa oscuridad y envía su mensaje a las estrellas.  Pidió así mismo que los Maruts, los vientos desencadenados, nada pudiesen contra él ni sus ejércitos de espíritus infernales.  Volvía sus ojos hacia todos los rincones del cielo, buscando aquí y allá qué poder, qué arma o qué proyectil de los dioses señalaría con su dedo, indicando que también a aquello deseaba ser  invulnerable.

 

Y cuando en su exigencia, se creyó bien protegido, contra todas las fuerza celestes, se retiró de la presencia de los dioses meditando en su corazón siniestros propósitos.

 

Las maldades de Ravana y de sus espíritus no tuvieron punto de reposo desde aquel día.  Lanzaba su pestilencia sobre la tierra y se abatía sobre los hombres indefensos, sin respetar al pobre ni al  rico, al sacerdote ni al guerrero, al navegante ni al labrador.  Había cumplido su pérfida palabra.  Sus esclavos, los malignos raksas, se abstenían de mover guerra a los dioses, pero se cebaban en el hombre, que no tenía contra ellos ningún poder.  Los mortales se hundían en el mal y en la enfermedad, en el odio y en la muerte.  Y de tal manera abusó Ravana del privilegio que Brama le había concedido, que Vishnu no lo pudo soportar, y, anticipándose a los pensamientos sublimes de su señor, se presentó ante él y le dijo.

 

–¡Oh Sabio!  Se ha cumplido el plazo de prueba, los desastres se abaten sobre la Humanidad y Ravana, el perjuro, cree que nos ha engañado.   Nosotros debemos mantener nuestra palabra y no atacarle con nuestras propias manos.  El muy fatuo creyó que sólo los dioses podían herirle, y cuando pasó revista a todas las armas celestes se olvidó del hombre, al que menospreciaba.  ¡Es preciso que un héroe, entre los hombres, tome el arma de la venganza, y yo, absteniéndome de herir, guiaré su brazo vengador!.

 

Obteniendo el consentimiento de Brama, que lo había previsto todo, Vishnu y los demás  dioses dispusieron que viniese al mundo Rama, el héroe invencible, que por no ser más que un hombre podía herir con su mano al insolente Ravana, el cuál sólo era invulnerable contra las armas divinas.

 

Y de esta manera vino al mundo Rama.  Su fuerza invencible estaba destinada a humillar al que intentó engañar a los dioses y sólo había conseguido engañarse a sí mismo.

 

III.                 DE CÓMO NACIÓ LA ESTROFA

 

Recogido en la soledad d los bosques el sabio ermitaño Valmiki pedía inspiración a los dioses para que le ayudasen a cantar las proezas de Rama.  Pero se sentía desconsolado.  No sabía qué extensión, qué medida daría a sus versos.  Le parecían infantiles y poco dignas de la majestad del asunto las canciones rimadas que conocía.  El verso era pobre y era digno de las inmorales gestas de su héroe.

 

¿Cómo imitar el ruido trepidante de la tierra, estremeciéndose al paso de los ejércitos?  ¿Cómo cantar la ternura del corazón de Sita?  ¿Cómo describir la lealtad del pecho de Rama, marchando por propia voluntad al destierro, sólo para impedir que su padre faltase a la palabra empeñada?  Profundo es el abismo del corazón humano.  En él caben los más variados matices de la poesía y la más simple y brutal crudeza.  ¿En estrofas simétricas cómo expresar todo esto?  Los himnos de las doncellas que acuden a despedir a los héroes no se parecen a las voces terribles de los combatientes cuando entran en batalla.  El canto de la muchacha en vísperas de su boda no se asemeja a sus lamentos cuando la persigue el dolor.  Y todo sale, sin embargo, de la misma fuente.  El hombre es siempre igual y siempre distinto.  El poeta Valmiki buscaba con ansiedad una estrofa que fuese como el hombre; que tuviese vida y reflejase, como un cristal que no aprisiona la luz, todas las facetas de su alma.

 

Mientras contemplaba el cielo sumido en estos pensamientos, pudo ver una pareja de avecillas posadas en la rama de un árbol, que dialogaban con sus trinos.  De pronto el macho cayó mortalmente herido  por una flecha que le disparó un  cazador y fue a parar a los pies del piadoso Valmiki, manchado con su propia sangre.

 

Profundamente conmovido por el dolor que debía sentir la hembra del animal al verse abandonada, el poeta, involuntariamente pronunció palabras en que lamentaba aquella muerte, y las acompañó de amenazas contra el matador.  Después, cosa extraña, el propio Valmiki se dio cuenta de que su frase no había brotado de sus labios en prosa, sino en verso.  Una corriente de poesía, en un ritmo desconocido hasta entonces había salido de su boca.  Y cuando, meditando sobre ello, regresaba a su cabaña de ermitaño, Brama se le apareció y le anunció que, sin querer, había creado el verso perfecto, el sloka; y la deidad le mandó componer el divino poema de la vida y hazañas de Rama en aquella medida.

 

El Ramayana vivirá en los labios de los hombres, mientras los montes se sostengan sobre su base y los ríos corran por la tierra hacia el mar.

 

IV.               LAS BODAS DE SITA

 

Unos reinos de la antigua India, en los años de Edad de Oro, llamados Kosala y Videha, eran gobernados por reyes sensatos y justicieros.  En Videha reinaba Janaka, fiel cumplidor de las tradiciones de sus antepasados, y el de Kosala desde su hermosa capital de Ayodia era regido por Desarata, así mismo respetuoso con las leyes antiguas.

 

Con la sabiduría de los antiguos Vedas, Dasarata gobernaba su imperio con la gracia amorosa de un padre.  Fiel cumplidor de su palabra, generoso como Kuvera, valiente como Indra, fiel creyente de los dioses, nacido de la antigua estirpe solar, era adorado por sus súbditos.

 

Como el antiguo rey Manu, padre de la raza humana, Dasarata sabía captarse el aprecio de su pueblo con sus actos de justicia y amor.  Ayodia, altiva, orgullosa y bella, como la ciudad de Indra, se levantaba cerca de las límpidas aguas del Sarayú.  Los corazones de sus habitantes no sabía lo que era la envidia ni sus bocas la mentira.  Las familias tenían trigo y animales, y nadie era pobre allí, pues los vecinos se ayudaban los unos a los otros.  Las mujeres llevaban profusión de anillos y pendientes, guirnaldas de flores y ungüentos perfumados, y sus collares y brazales estaban formados de relucientes monedas.  Allí no se conocían la mentira ni la fanfarronada y tampoco nadie abusaba de sus riquezas para con el pobre ni se mendigaba a costa del rico.

 

Los hombres guardaban de sus juramentos y las mujeres eran fieles y dulces.  Los hombres nacidos dos veces estaban libres de t oda pasión o ambición de riquezas y eran fieles a la palabra dada y a sus ritos y escrituras.  En cada casa se adoraba a  los dioses y s e adornaba un altar.  Los Kshatrias acataban la voluntad de los brahmanes; los vaysyas, la de los kshatrias, y los sudras trabajaban en sus humildes labores gozando de su honrado trabajo.

 

Observaba cada casta sus ritos don devoción y la nación prosperaba en el poder que le transmitieron sus antepasados.  Sus guerreros, que jamás habían mostrado la espalda al enemigo, valientes y vigorosos, defendían las murallas de Ayodia como los leones su cueva.  Como los corceles veloces de Indra eran los caballos que venían del Cambodge lejano, de Vanaya y Valika, y hasta de la playa de Sindu, rodeada de rocas.  Los elefantes, procedentes de las altas montañas de Vindia o de los bosques profundos y oscuros que rodean la cima del Himalaya, no tenían comparación en cuanto a velocidad y fuerza y eran más nobles que los que engendra la raza de los elefantes celestes.

 

Así, la bella ciudad de Ayodia vivía dichosa, bajo el imperio de Dasarata.  Cuatro reinas de gran belleza, amadas por Dasarata le hicieron feliz.  Kausalia, poseedora de todas las gracias, fue madre de Rama, el primogénito, leal y virtuoso; Kaikei, joven y bella, tuvo a Barata, el juicioso, y Sumitra fue madre de dos mellizos, Laksmana y Satrugna, impetuosos y valiente.  No tuvo hijos la cuarta reina.

 

Mientras tanto en la ciudad de Mitila, capital del reino de Videha, el rey Janaka creyó llegado el momento de casar a su hija, la incomparable Sita, la de los ojos como la flor de loto, y así hizo comunicar a todos los que eran de real familia que aquel  que pudiera doblar el cargo sagrado y disparar con él podría casarse con su hija.

 

Poderosos príncipes y grandes señores llegaron de lejanos reinos con la pretensión de doblar el famoso arco de Rudra; pero, a pesar de sus esfuerzos, nada consiguieron, teniendo que regresar avergonzados a sus países.

 

Pero he aquí que de Ayodia, la capital del reino de Kosala, llegaron el príncipe Rama y su hermano Laksmana, acompañados de un sabio llamado Viswamitra, quien, lleno de dignidad, pidió al rey le fuera concedido al príncipe Rama probar su fuerza con el arco maravilloso y cuando, ante toda la corte reunida, le fue presentado a Rama el arco de Rudra en su descomunal estuche, ante el asombro y estupefacción de los presentes, alzó el arco, lo encorvó, y tanta era su fuerza que lo partió al tensarlo.  Entonces prodújose un ruido formidable, semejante a un enorme trueno, tembló la tierra y la montaña vecina se estremeció hasta los cimientos.  Los cortesanos y demás príncipes que allí estaban se desvanecieron, y tras los primeros instantes de terror el rey Janaka, lleno de majestad, se dirigió a Rama y le dijo:

–He   sido testigo de la proeza maravillosa del hijo de Dasarata.  Mi bella hija Sita, a quien me hallé nacida de la tierra en una ocasión, y a quien quiero más que a mis otras hijas, gozará de la dicha de tener un esposo qu es semejante a los dioses.  Pero quiero que mi palacio sea honrado con la presencia de Dasarata.  Partid,  mensajeros, en su busca, y que vengan con él sus otros hijos.  ¡Hoy es un gran día para la ciudad de Mitila!.

 

La orden fue cumplida al punto, y los mensajeros, tras larga cazrrera y sin casi detenerse, llegaron a Ayodia, y allí, ante los sacerdotes y nobles reunidos, transmitieron su mensaje al rey.  Jubiloso éste ante la victoria de su hijo, accedió al momento a trasladarse a la capital del reino de Videha, acompañado de su séquito, entre el que se encontraban los sabios brahmanes Vamadeva, Vasita, Kasiapa y Jabalí, así como los guardianes del tesoro, portadores de innumerables riquezas, y los más valientes guerreros.

 

A su llegada fue recibido por Janaka, quien acompañado de Rama y Laksmana, salió al encuentro del rey de los Kosalas.  Grandes fiestas celebraron su llegado y se juntaron con los preparativos de la boda.  Y el día fijado para tal acontecimiento, Dasarata, acompañado de sus hijos y del sacerdote Vasista, acudió al lugar de la ceremonia, en donde esperaba el rey Janaka, junto con las novias.

 

El sabio Vasista, con Viswamitra y Satananda, penetró en el círculo sagrado y, tal como lo prescribían las antiguas escrituras, se acercó al florido altar y colocó las cucharas de oro, los vasos labrados por los mejores artífices, los incensarios olorosos, las copas repletas de miel sagrada, las bandejas de plata y oro, el arroz tostado y el grano sin cáscara distribuidos en bandejas.  Después de esparcir la hierba en derredor del altar, Vasista hizo la ofrenda al dios Agni y entonó el sagrado himno del mantra.

 

Entonces Janaka, tomando a la dulce Sita de la mano, la presentó a Rama, a quien dijo, con la emoción natural de un padre:

 

–He aquí a Sita, mi hija, a quien quiero más que mi vida.  Desde ahora será tu fiel esposa, compartiendo contigo la suerte o la desgracia.  Quiérela tanto en la tristeza como en la alegría y ten su mano entre las tuyas fuertes, protegiéndola de todo mal.  Que mi hija, la mejor de las mujeres, te siga en muerte y en vida, como la sombra sigue al cuerpo.

 

Acto seguido, y con los ojos empañados de lágrimas, derramó el agua lustral sobre la hermosa pareja.

 

Después, llevando de la mano a Urmila, cuya rara belleza hacía pareja con la de su hermana, se dirigió al joven y valiente Laksmana, diciéndole con voz amable:

 

–A ti, Laksmana, fiel cumplidor del deber, amado de los dioses y de los hombres, te entrego mi amorosa Urmila.  Tómala como mujer, estrecha su mano y defiéndela; tuya será en muerte y vida.

 

Y a Barata, el justo, le entregó a  su sobrina Mandavi, diciéndole:

 

–Barata, toma a la bella Mandavi por mujer, y que sea ella siempre tuya, en muerte y vida.  Conserva su mano y estréchala entre las tuyas fuertes.

 

La última en ser entregada fue Sruta-Kriti, tan bella de cuerpo como de alma, quien casó con Satrugna al que dijo el rey:

 

–Toma la mano de tu esposa, Satrugna, y estréchala fuertemente, pues seguirá siempre tras de ti como la sombra al cuerpo, ya que así ha de ser la mujer fiel para con su esposo.  Que comparta contigo suerte y desgracia, tristezas y gozos.

 

Y los príncipes, asiendo entre sus fuertes manos las débiles y amorosas de sus esposas, escucharon el himno sagrado cantado por Vasista, el más santo de los sacerdotes.  Luego, como mandan los antiguos ritos, las parejas nupciales dieron la vuelta alrededor del fuego, del viejo rey y de los sacerdotes.  Una lluvia de flores cayó sobre ellos y una dulcísima música llenó el aire con sus armoniosos sones.

 

Finalizada la fiesta, Dasarata, con sus hijos y nueras, regresó a al villa de Ayodia.  La hermosa ciudad, adornada con banderas y gallardetes, los recibió al son de los tambores y trompetas, entre las aclamaciones del pueblo.  Llovían las flores sobre el camino, canciones de bienvenida se entonaban por doquier las gente llevaban vestidos de gala.  Así aclamado por sus súbditos, Dasarata penetró en la ciudad de sus antepasados, entrando luego en su palacio, resplandeciente como el Himalaya.

 

Las tres reinas, Kausalia, Kaikei y Sumitra, saludaron a las novias felices.  Éstas, vestidas de seda y ricamente adornadas, tras de hacer acatamiento a los dioses lares, saludaron a todos los parientes y  amigos y se dirigieron, juntamente con sus respectivos esposos, a los espléndidos palacios que les estaban destinados.

 

Y fueron felices los nuevos matrimonios, felices como tan sólo pueden serlo los que, como ellos, son justos, honrados y amantes.

 

Rama, siempre cumplidor del deber, favorecido de los dioses, profesaba a su anciano padre un amor sin igual, y los brahmanes bendecían al príncipe por su fe en los dioses, mientras la gente le bendecía por su amor al pueblo.

 

Dentro del corazón de Sita solamente vivía la imagen de Rama, y en el corazón de éste, en amorosa compensación, solo vivía la imagen de Sita.

 

Y así los días transcurrieron felices para las reales parejas.

 

V.                 LA AMBICION DE LA REINA KAIKEI

 

Ocurrió que Indagita, el hermano de Kaikei, la segunda esposa del monarca, llegó a la ciudad de Ayodita a buscar a Barata para que fuera a vivir por algún tiempo junto a su abuelo, Asuapati, rey de una multitud de súbditos indómitos y fieros.  Y Barata, acompañado de su hermano Satrugna, fue a hacer una larga visitar a su abuelo, quien les dio una buena acogida y los trató cariñosamente.  Pero los príncipes recordaban a su anciano padre con añoranza, y éste también pensaba en ellos con nostalgia desde la bella ciudad de Ayodita.

 

Poco después el rey Dasarata pensó en nombrar a su hijo Rama regente del reino, porque, además de ser el primogénito, era el más apropiado para gobernar en su día los Estados.  Su carácter ascético, su destreza en la guerra, el amor a su padre y esposa y su ciencia en la religión de los antiguos Vedas le convertían en el más apropiado heredero.  Cuando el rey sometió a consejo aquél proyecto, todos, tanto los brahmanes como los nobles, prorrumpieron en exclamaciones de gozo, pues conocían las virtudes del joven príncipe.  Y reunidos en asamblea, con sinceras palabras dijeron así:

 

–Permite, ¡oh rey!, que gobierne el joven príncipe Rama como heredero de tu reino y como regente, pues no hay otro que pueda ocupar tu lugar.  Su corazón es nido de valor y virtudes y en todo el mundo no hay nadie que sea tan leal consigo mismo, tan fiel cumplidor del deber ni tan amante de la virtud.  La verdad guía sus pensamientos y su alma está llena de la virtud de los dioses.  ¡Jamás ha regresado derrotado de las batallas! ¡Siempre ha tenido para la tristeza ajena las lágrimas prontas, los oídos atentos!  Rama ha ganado todos los corazones; campesinos y ciudadanos hablan de la nobleza de alma de tu primogénito.  A los dioses inmortales elevamos nuestras plegarias diariamente para que Rama, el bondadoso, el justo,  el generoso, el humildes, el parecido en todo a los dioses, ascienda al trono de su padre.

 

Y puestos todos de acuerdo, se empezaron los preparativos para la gran ceremonia.

 

Dasarata no cabía en sí de gozo al ver cuán amado de pueblo era su hijo; Rama, preparándose para la coronación, ayunaba y oraba; y la ciudad se engalanaba  para demostrar así su asentimiento y regocijo ante tales cosas. 

 

Juntamente con su esposa, la hermosa Sita, el príncipe Rama pasó la noche de vísperas en la cámara de Naraiana, rogando al dueño de los seres, al que reina desde el principio, el dios Naraiana, que le  asistiera con sus consejos.

 

A su lado, tendida sobre la hierba sagrada, orando como él y como él ayunando, Sita, la piadosa y dulce Sita, velaba.

 

Al anunciar los rosados rayos de la aurora el amanecer de un nuevo día apareció Rama, vestido de ricas sedas, y dirigiéndose a los brahmanes les anunció que estaba dispuesto para la ceremonia.

 

Y mientras tanto el pueblo de Ayodita trabaja para que su nuevo rey contemplara la ciudad adornada como una novia.  Las mujeres trenzaban guirnaldas de flores, las doncellas encendían incensarios, los hombres barrían las calles, después de regarlas con aguas olorosas.  Miles de árboles fueron plantados para que dieran su sombra y multitud de lámparas se colgaron de ellos, pareciendo así las calles pequeños jardines multicolores.

 

La reina Kaikei contemplaba estos preparativos desde las ventanas de palacio, contenta con tales acontecimientos.  Pero pronto su gozo se trocó en furiosos celos.  Mantara, aya y criada de la reina, supo hacerle ver el peligro que suponía para su hijo Barata la coronación de Rama, y su lengua sutil supo influenciar de tal modo el alma de la soberana, que ésta, sintiendo endurecido su corazón hacia el joven príncipe y su padre, decidió seguir los consejos de intrigante Mantara, para conseguir la corona fuese de su hijo Barata.

 

Cuando el rey Desarata fue en busca de la joven reina Kaikei, la más bella de sus esposas y la más cara a su corazón, para hacerle saber la buena nueva, la encontró en la cámara destinada a los lamentos funerarios, echada sobre las frías losas, con los negros cabellos esparcidos sobre el rostro y llorando con ayes desgarradores.  A las preguntas angustiosas del rey sólo respondía con sollozos.  Al ver Dasarata que nada conseguía atenuar aquel dolor, le dijo, alzando su hermoso rostro porque corrían con profusión las lágrimas:

 

–¡Amada esposa, la más cara a mi corazón!  No dejes en la duda a tu rey y marido:  habla para que yo  sepa cuál es tu pena.  ¿Acaso te atormenta algún mal espíritu?  ¿O tal vez alguien te causó ofensa?  Si es así, yo sabré vengarla.  Tan sólo quiero que me digas la causa de tu mal.  Habla, que será obedecida en lo que solicites, pues la amplia tierra es mi dominio y reyes poderosos acatan mis órdenes.  Las naciones de las regiones levantinas y de las aguas occidentales del Sindu;  los bravos saraustras y los matices belicosos de poniente; todas las naciones de mi inmenso imperio servirán a mi señora, la bella Kaikei.  ¡Habla, ordena a t u rey lo que quieres y deseas, que tu ira se fundirá como la nieve invernal bajo el rayo del sol vivificante!

 

Con fatal ligereza había comprometido el monarca su palabra real, pues Kaikei, que no esperaba otra cosa, antes de decirle cuál era su deseo le hizo prometer y jurar con palabras sagradas que no la desatendería.  Y por fin le dijo:  

–Dasarata, mi señor y dueño, has dado tu palabra de hombre y de rey.  Que los dioses sean testigos de tu acto.  Recuerda, rey justiciero, la guerra en la cual caíste herido por mano enemiga, y Kaikei, con todo el amor de una mujer, supo cuidarte y salvarte la vida.  Entonces fue cuando me hiciste promesa de cumplir dos peticiones mías.  Nada te pedí entonces, por no tener nada que desear; pero ahora hablaré y espero de tu real palabra que no quieras volverte atrás de lo prometido.  Quiero que los preparativos hechos para la coronación de Rama sirvan para mi hijo Barata, el que será ungido en lugar de aquél.  Y tu primogénito, vestido de pieles, pasará nueve años y cinco más en las selvas de Dandaka.  Éstos son los deseos de la reina Kaikei.  ¡Que mi hijo sea ungido rey y Rama desterrado!.

 

Apenas escuchó tales palabras el viejo rey se arrepintió profundamente de lo que prometiera con tanta ligereza; pero ni sus ruegos ni su enojo pudieron desviar a la reina de su propósito.  Antes al contrario, amenazó al rey de considerarle perjuro a su palabra y mentiroso.

 

Y llegó el momento de la ceremonia.  Rama, cumplidor de su deber, fue a ver a su padre momentos antes de que comenzara ésta y le saludó cariñosamente; pero, al ver las lágrimas en los ojos de su progenitor y cómo lanzaba suspiros de pena, preguntó a la reina Kaikei qué sucedía, pues no sabía si era por culpa de él que su padre estaba acongojado, o si alguna enfermedad le atormentaba hasta el extremo de no saludar a su hijo.

 

Kaikei, a quien no conmovieron las palabras del príncipe, con acento despiadado y cruel habló así:

 

–Ninguna enfermedad ni pena atormentan a tu padre, querido de todos, sino tan sólo que su corazón amante no puede dar una triste noticia a su hijo primogénito.  Quisiera comunicarte un mandato, pero su corazón enternecido no puede dominar la congoja.  ¡Debes prometer que cumplirás la voluntad de tu señor, aun antes de conocerla!  Y ahora escucha.  Hace años yo salvé la vida a tu padre, y él, generoso, me concedió dos deseos.  Ahora le pido que me los cumpla, y él quisiera excusarse de hacerlo.  No debes dejar que por ti, aunque seas muy amado de tu padre, pueda éste ser tachado de desleal y perjuro.   Si prometes ligarte con su mismo voto, yo te explicaré la causa de la angustia de nuestro rey.  Si acaso no quieres comprometer tu palabra por temer desfallecer en tu propósito, nada diré.

 

–Rama obedecerá el mandato de su padre sin que su corazón desfallezca –dijo el valiente y bondadoso príncipe-.  Tanto si es copa de veneno como fuego o espada, todo lo que el cruel destino ordene… Rama obedecerá libremente a su padre y rey.  He aquí mi promesa.  No he de desligarme de ella, pues mis labios jamás han mentido.

 

–Escucha, pues, la promesa que me hizo tu padre y cúmplela tú con la vida.  –Y la voz de la joven reina, fría y aguda, resonó en la sala-. He aquí lo que he pedido a tu padre y rey.  Que seas desterrado a lo más profundo de la selva de Dandaka durante siete años y siete más, vestido de pieles y cortezas de árboles, y comiendo lo que tú mismo caces o cojas.  Vivirás en cuevas o celdas de ermitaño, y en tu lugar reinará Barata, mi hijo, con la riqueza y honores que tú hubieres disfrutado.  Blando es el corazón del rey Dasarata en lo que se refiere a su primogénito, pero por el amor que te tiene debes cumplir su juramente.  Él no puede decir nada, pues la angustia le impide las palabras.  Exijo tu obediencia.

 

Rama, con heroica tranquilidad, escuchó la terrible orden de destierro, y luego, serenamente, marchó de la sala sin que la pena o la ira enturbiaran su corazón.

 

Y el día que hubiera sido el más feliz para su padre, el día de su subida al trono, fue el de su marcha a las selvas, el destierro a los bosques de Dandaka.

VI.               LOS HEROES MARCHAN A LA SELVA.

MUERTE DE DASARATA

 

Transida por el dolor de la separación que iba a sufrir su hijo, la dulce reina Kausalia lloraba amargas lágrimas.  Laksmana la acompañaba en sus lamentos.  El generosos príncipe había acudido presuroso al lado de la reina al enterarse de su desgracia.  Inútil fue que, para consolarla, Rama dijera que nunca es triste estar dispuesto a cumplir la palabra empeñada por un rey y un padre, como habían hecho sus antepasados los ragavas, los descendientes de Ragú, el dios celeste que persigue a la luna en los eclipses, y como un galgo hambriento la devora ocultándola por unos instantes a la vista de los mortales.

 

Pero Laksmana, el hermano fiel, no consiguió dominar su furor, y, con los ojos encendidos y coléricas voces, se asemejaba a los elefantes que custodian el trono de Indra y arrojan fuego por sus terribles órbitas.  Resonaba el acento de Laksmana como la impetuosa corriente de un río desbordado  y decía:

 

–¡Mantener la palabra! ¡La palabra de un rey!  ¿Es acaso digno de llamarse juramento lo que se arranca con perfidia?  ¿Debe cumplirse lo prometido cuando el que nos lo exige se vale de los sentimientos más bajos?  ¡La palabra de un rey!  ¿Puede prevalecer la astucia de una mujer sobre las leyes del honor, para convertirlas en instrumento de su bajeza y de su envidia?  ¡Quisiera ser yo el rey a quien una malvada intentase ligar con su propio honor al carro de sus dignos propósitos!  ¡Pronto conocería toda la extensión de mi poder y el desprecio que me inspira su rastrera insolencia!

 

Pero Rama, dueño siempre de sí mismo, le amonestó diciéndole:

 

–Te suplico, querido hermano, que calmes tu ira.  La dicha y la desventura, toda la vida del hombre, están encerradas en el hueco de la mano del destino.  Imítame, pues, y no te aflijas inútilmente.

 

Con el corazón destrozado, la dulce reina Kausalia, bendijo a su hijo, rogando al dios que gobierna los mundos que le protegiera durante su estancia en la selva.

 

Pero la fortaleza del príncipe vaciló cuando tuvo que comunicar a su dulce y bellísima esposa la fatal noticia y despedirse de ella.  Teniéndola entre sus brazos le dijo que el cumplimiento del deber le impulsaba a ir a vivir durante nueve años y cinco más a las selvas de Dandaka,  rogándole que durante su ausencia considerase a Barata como a su verdadero rey, sometiéndose en todo a su voluntad y no pronunciando jamás el nombre de Rama, su esposo, para no hacerse odiosa a los príncipes y cortesanos.

 

Sita, la siempre obediente y dulce Sita, no pudo soportarlo.  No quería dejar ir a la selva a su marido, pues él era el único objeto de su vida y lejos de él no deseaba palacios ni joyas.  Prefería vivir en la selva, pero a su lado.  Inútiles fueron los razonamientos que le hizo Rama, diciéndole los peligros a que estaría expuesta.

 

–Piensa –le dijo- que el bosque es muy peligroso:  en él abundan las fieras sanguinarias y las charcas pantanosas donde pululan los cocodrilos.  Plantas venenosas y arbustos se entremezclan y los caminos y veredas son de difícil tránsito aun para los elefantes de gruesas patas.  En muchos lugares se carece de agua, y se tiene que dormir durante la noche sobre la tierra húmeda y desnuda, aunque nuestro cuerpo, cansado, deseara un blando lecho.  Numerosos mosquitos y escorpiones, serpientes y gusanos, toda clase de bichos repugnantes e infectos vendrán a torturarnos.  Y además de esto debo hacer ayunos y penitencias, macerar mi cuerpo hasta el agotamiento, ceñir mis carnes con un áspero sayal de cáñamo sujeto a la cintura con una cuerda, y deberé coger de las alturas, tal como ordena la regla de los ascetas, flores para mi ofrenda cotidiana a los dioses.  ¿Cómo podrías tú, hermosa princesa de Mitila, acostumbrada a los lujos de la corte, resistir estos nueve años y cinco más que debo pasar en la selva?

 

Pero, lejos de asustarse ante todas aquellas penalidades que le aguardaban, Sita respondió que aquellos peligros no eran otra cosa que alicientes, pues ella sólo ansiaba compartirlos con su esposo.

 

Los apasionados ruegos de la joven conmovieron el corazón de Rama, quien tuvo que acceder, aunque preveía los dolores que habrían de sufrir, y permitió que le acompañara, así como también Laksmana, su fiel hermano.  Y así antes de partir para el destierro, entregaron sus joyas y bienes a los menesterosos y brahmanes.

 

Pero no pudieron salir de Ayodia en silencio, pues el pueblo, enterado del castigo impuesto as u joven príncipe y de su generosidad, quiso compartir también su desgracia, acompañándole largo trecho hasta la orilla del Tamasa, donde acamparon.  Durante la noche, mientras el pueblo dormía, Rama, acompañado de su hermano y su esposa, atravesó el río, y allí, libre al fin de los lazos y obstáculos que el amor de su pueblo ponía ante su paso, el héroe comenzó a cumplir su exilio.

 

Al tercer día de camino llegaron los tres desterrados a las orillas del Ganges.  Al cuarto llegaron a la ermita de Baradvaja, cerca de la confluencia del Ganges y el Jumna.  Al quinto día atravesaron el Jumna hasta su orilla meridional, llegando al sexto al cerro de Tsitrakuta, en donde hallaron al santo varón Valmiki.

 

Alboreaba el día, y Sita, entre su esposo y su cuñado, atravesaba las aguas turbulentas y oscuras del Jumna.  Cerca de la rápida corriente hicieron alto, comenzando los dos hermanos, tras largas horas dedicadas a la meditación, a cortas árboles con su hachas, derribando, con la fuerza de sus brazos, robustos troncos para construir una cabaña.  Allí, entre otras numerosas plantas agradables, crecía el usira, que tiene la fibra más fuerte; el bambú, liso y sencillo; las ramas del jambu, que se entrelazaban con los juncos cimbreantes y retorcidos.  Y construyeron una fuerte canoa; y, con enredaderas dulcemente olorosas, Laksmana preparó a Sita un blando asiento.

 

Después fue varado el rústico navío, trabado con selvático arte.  Recostada en su amante esposo, la gentil Sita subió a la embarcación y Rama le dejó los instrumentos y vestidos al lado, con hachas y pieles de ciervo, el arco, las flechas y la espada.  Después los hermanos manejaron con brazo vigoroso el remo de bambú y el bajel se deslizó alegremente hacia la costa meridional del Jumna.

 

–¡Bondad del glorioso río Jumna! –dijo la piadosa Sita en su plegaria-.  Haz que sea tranquilo el destierro de mi marido dentro de la oscura sombra de la selva, que pueda volver a Ayodita con seguridad, y mil cabezas de ganado bien cebado y cien jarras de dulce bebida, ¡oh poderosa corriente!, serán tuyos.  Concede que Rama, al volver de las selvas, pueda ver otra vez su palacio; que, honrado por sus familiares, pueda reinar sobre sus amorosos súbditos.

 

Y Sita cruzó los brazos sobre su pecho, mientras los príncipes manejaban los remos, y la canoa ligera, deslizándose alegremente, alcanzó la boscosa ribera del sur.  Y los desterrados de Ayodita saltaron a la orilla del río, donde el reino desconocido se extendía bajo el manto del bosque sin límites.

 

El bravo Laksmana, con sus armas, pasó delante para abrir paso, y Sita la de dulces ojos le seguía; Rama cerraba la marcha.  A menudo Laksmana, siempre valiente y fiel de un árbol o planta cogía una fruta o una flor y la ofrecía a la gentil Sita.  Y ella, volviéndose a menudo hacia Rama, cada vez más complacida y curiosa, preguntaba el nombre del árbol o enredadera, del fruto o flor que no había visto hasta entonces.

 

Con afecto fraternal Laksmana traía del coloreado y alegre bosque el brote o el capullo que el rocío mojaba exaltando su belleza silvestre.  Con alegría y ferviente placer Sita giraba sus ojos una vez más hacia los cisnes y los gansos silvestres que reposaban en grupos cerca de la margen arenosa de Jumna.

 

Así anduvieron dos millas atravesando el cinturón forestal; mataron un ciervo silvestre y pusieron en hojas el abundante manjar.  Los pavos reales volaban alegremente  alrededor de ellos; los monos saltaban por las dobladas ramas.  Así Rama y sus compañeros emplearon la quinta noche de su camino por la selva.

 

–Despiértate, amor mío, y escucha los cantos y rumores del bosque –dijo Rama cuando por la mañana se dirigía a las montañas del levante.

 

Sita se despertó y a la vez el galante Laksmana; bebieron de la onda sagrada, y hacia el pico de Psitrakuta se dirigieron serenos y animosos.

 

–Mira, amor mío –dijo Rama-, cómo las matas, los árboles y las flores, teñidos por la deslumbrante luz de la mañana, brillan como un áureo surtidor.  Mira la inflamada kinsuka y el vilua soberbiamente erguido.  Frutos sabrosos nos proveen con abundancia de suculentos manjares.  ¡Mira los panales suspendidos del majestuoso árbol y cómo  la desleal abeja roba el licor de las virginales flores!  A menudo el solitario gallo silvestre toca vigorosamente su clarín y de los fragantes bosques floridos los pavos reales le mandan su animada respuesta.  Con frecuencia el elefante de la selva merodea por este oscuro bosque; este pico es el Tsitrakuta, amado por los santos.  Con frecuencia los cánticos de los ermitaños resuenan por el sagrado bosque ¡En sus sombreadas cimas, Sita, viviremos y pasearemos en paz!

 

Así los príncipes recorrían el bello y boscoso paisaje.  La fruta y las flores encendían las ramas, pájaros cantores de magnífico plumaje llenaban la frondosidad, anacoretas y viejos ermitaños vivían entre el boscaje, y una quietud olorosa y sagrada llenaba los bosques de paz y amor.

 

Los príncipes se acercaron gentilmente a la sagrada ermita donde el santo y sabio vivía en soberana contemplación.  ¡El cielo inspiraba tu canto, Valmiki!  ¡Las viejas armas de la antigüedad, hechas de virtud y valor, resucitan en tus estrofas inmortales!

 

El poeta dispensó a los príncipes un recibimiento paternal y los invitó a vivir en Tsitrakuta, con el pensamiento sosegado y puro.  Entonces Rama reveló su propósito al fiel  Laksmana y éste construyó una cabaña con hojas y maderas del bosque.

 

–Nuestros libros sagrados ordenan –dijo Rama, el príncipe justo- que tenemos que hacer una ofrenda sagrada al construirnos un sitio de residencia.  Mata un gamo negro, valeroso Laksmana, y prepara un sacrificio, porque ahora es afortunada y el día resplandeciente.

 

Laksmana obedeció y mató un gran gamo negro, trajo el astado trofeo y puso los restos consagrado cerca de las encendidas llamas del altar.  Radiantes alrededor de la gran ofrenda, las rojas lenguas de fuego brillaban retorciéndose,  y el animal fue asado según las prescripciones y puestas a punto su tierna carne.

 

Purificado por el baño, entonando el mantra, Rama cumplió el rito sagrado e invocó a los resplandecientes inmortales para que bendijeran el sitio donde iban a permanecer:  oró a los bondadosos Visvadevas; a Rudra, áspero y fuerte; a Vishnu, señor de los seres; a todos los altos espíritus elevó Rama el canto sagrado.  El debido rito fue cumplido en la cabaña silvestre; con verdadera y profunda devoción fue entonado el sagrado mantra, y el culto de los Resplandecientes borró toda mancha terrena.  Rama, alma pura, vistió ante el altar el ropaje de los ritos.

 

La noche esparció su sagrada quietud; mata y árbol sintieron su magia.  Como los dioses en las mansiones de Brama, los desterrados permanecían en su cabaña.  En los bosques de Tsitrakuta, por donde fluye el Maliavati, el sexto día del fatigoso viaje acabó en dulce reposo.

 

Entretanto Sumantra, el cochero real, había vuelto a Ayodita con el mensaje de la partida de Rama.  El extenuado monarca oyó con el corazón contrito las palabras que le enviaba su primogénito.  Su rostro se ensombreció como el sol vencido por el eclipse, y en su memoria se hizo insistente la pena de la antigua promesa hecha a la reina.

 

A la sexto noche, cuando Rama dormía en el bosque de Tsitrakuta, el recuerdo de una pena antigua lanzó sobre Dasarata su poder fatal:  el recuerdo de un crimen y la insistencia de una angustia antigua, oscura, inolvidable, temida, que a través de los años y las estaciones lanzaba hacia atrás su sombra mortal.

 

Se hizo más densa la sombra de medianoche.  Dasarata, debilitándose rápidamente, comunicó a Kausalia, triste y apenada, su recuerdo del pasado:

 

–Las cosas que hacemos en la vida, Kausalia, sean amargas o dulces, traen su fruto y su sanción, su rica recompensa o su debido sufrimiento.  Un niño sin juicio es aquel, ¡oh Kausalia!, que no busca en su destino la sanción de su merecimiento, la secuencia del poderoso plan de los dioses.  A menudo, enloquecidos, destruimos el bosque de árboles útiles y plantamos los suntuosos arbustos con la flor encarnada que amamos.  ¡Estéril como esa roja flor es el merecimiento que yo he sembrado, y mi vida yerma se marchita por una hazaña mía!

 

“Escucha bien, Kausalia:  en los días famosos de mi juventud yo era un sabda-bedi, un arquero que dispara por el sonido.  Podía acertar el blanco invisible:  por el sonido guiaba mi puntería.  ¡Ciegamente el niño bebe el veneno, ciegamente caí por mi orgullo!  Oyera entonces el regente de mi padre; tú, una muchacha desconocida para mí.  Cazando cerca del bello Sarayú, yo guiaba a solas mi carro.    El búfalo o el elefante podían frecuentar aquel sitio que servía de abrevadero, el ciervo ágil o le tigre astuto en busca de su bebida nocturna.  Avanzando con paciencia de cazador, introduciéndome en los tristes bosques, el ruido de una cosa como el agua apreció mi oído fino y atento.  Yo escuchaba en la oscuridad:  algún animal del bosque estaba bebiendo.  “Es un elefante, me dije, que levanta el agua con su trompa”.  Al supuesto  invisible elefante le hice una herida mortal.  ¡Ah, mortífera, era mi flecha!  Cayó como  una cobra silbante, y un gemido humano hirió mi oído y me asustó el corazón.  Una lastimera voz moribunda se elevó en la noche; un temblor me hizo caer al suelo las armas y una oscuridad me enturbió la vista.  Corriendo con indecible terror, alcancé la orilla del río:  vi un muchacho con cabellera de ermitaño.  Estaba herido, y su cántaro, por tierra, se hallaba cerca de él.

 

“Bañándose en un charco de roja sangre, extendido en una sanguinolenta cama, el ermitaño alzó su afable voz y dijo con acento de moribundo:

“ –¿Qué mal te he hecho sin darme cuenta, ¡oh poderoso monarca!, para que así tu rápida justicia de rey mate al hijo de un ermitaño?  Viejos y débiles son mis padres, ciegos por voluntad del destino, y ansiosos esperan, en su humilde cabaña, la vuelta del hijo fiel.  Tu flecha me mata, ¡oh rey!, y también prepara la muerte para mis padres.  ¡Sin ayuda, sin amigos, morirán en su solitaria agonía!  La sagrada ciencia, la penitencia de toda la vida no cambian el estado terreno del mortal; de otra forma no permanecerían indiferentes mientras su hijo es condenado por el destino.  O, si se dan cuenta de mi peligro, ¿podrían hacer volver un hálito moribundo?  ¿Puede el árbol salvar el plantel que el hacha del leñador ha condenado?  Corre hacia mis padres clama su pena y su ira, porque las lágrimas de los buenos y justos secan como el fuego de la selva.  El camino que conduce allí es bien corto; pronto verás la cabaña.  ¡Apacigua su ira con la súplica, pídeles que te otorguen su perdón!  Pero antes de irte, monarca, quítame, ¡oh!, quítame la flecha torturadora, que me escuece cruelmente dentro de la herida y me arrebata la energía juvenil como las violentas olas del río, aumentadas por las lluvias de verano, abren la débil ribera.

 

“Retorciéndose en su dolor y angustia, así se quejaba el penitente herido; arranqué la flecha fatal y el santo ermitaño murió.

 

“Oscuramente caían y se hacían más densas las sombras; las estrellas lucían su débil resplandor, mientras yo llenaba el cántaro del ermitaño y lo llevaba a sus padres ciegos.  Oscuramente llegó la medianoche sin luna; pero tinieblas  más profundas llenaban mi pecho, mientras me acercaba, con pasos desfallecidos, a la cabaña de los ermitaños.  Como dos pájaros desprovistos de sus plumas, sin fuerza, sin vuelo, eran aquellos dos ancianos, sin amigos, sin ayuda, sin vista, que hablaban con débil voz de su hijo, el muchacho irreprochable cuya roja sangre manchaba las manos de Dasarata.

 

“Y el padre oyó mis pasos y dijo con amorosa voz:

 

“ –Ven, hijo mío; tus padres te esperan.  ¿Por qué te entretienes tanto?  Jugando con el agua murmuradora has pasado la hora de la medianoche, mientras tu madre, sedienta, te esperaba con ansia.  ¿Tal vez alguna negligente palabra nuestra ha herido tu corazón de hijo?  No has de tener muy en cuenta los errores de un padre débil.  Amparo de los desamparados, vista de los ciegos, vida y joya de tus padres, ¿por qué permaneces mudo?  ¡Habla, valiente y galán hijo mío!

 

“Así el padre ciego daba la bienvenida al cruel matador de su hijo, y la angustia me rompía el pecho por la acción que había cometido.  A duras penas, ante aquellos  padres sin hijo, podía alzar la vista dolorida; a duras penas, con voz lenta y desfallecida, podía dar una respuesta.  Un temblor me recorría el cuerpo y el alma se me caía con el temor.

 

“Haciendo acopio de todas mis fuerzas respondí con temblorosa voz:

 

“ –No es tu hijo, ¡oh santo ermitaño!, sino un kshatria guerrero, Dasarata, quien tienes delante de ti, atormentado por una angustia cruel.  He venido a la boscosa orilla del Sarayú a matar al elefante, al búfalo o al ciervo que vienen a beber, y creí oír el ruido que hace un animal cuando bebe.  “Esto, pensaba, debe de ser un elefante del bosque sorbiendo agua con su trompa”.  Y he lanzado la fatal flecha contra la desconocida presa, sin verla.  ¡He corrido y he encontrado un ermitaño que agonizaba!  De su pecho abierto y jadeante he arrancado la flecha, y él se entristecía por sus padres mientras su espíritu volaba hacia el cielo.  Así, sin saberlo, ¡oh padre!, he muerto a tu bondadoso hijo.  ¡Dime qué penitencia he de hacer, o perdona, misericordioso, mi homicidio involuntario!

 

“Con lentitud y tristeza, a su demanda, los conduje al sitio fatal; larga y fuertemente se lamentaron los padre cerca del frío cadáver, y con himnos y agua bendita cumplieron los ritos funerarios.  Después, con lágrimas ardientes y abrasadoras, el ermitaño me dijo:

 

“ –¡Padecer  por un hijo querido es la peor desgracia de un padre!  ¡Padecer por un hijo amado:  tú algún día sabrás lo que es, Dasarata!  ¡Mira a los padres llorar y morir por un hijo muerto; llorarás y morirás también tú por un hijo querido y justo!  ¡Lejana es la expiación; pero cuando el tiempo se cumpla, la muerte angustiosa de Dasarata levará su crimen!

 

“Esto dijo el viejo profeta; después levantó la pira funeraria, y padre y madre murieron arrojándose a la hoguera ardiente.  Han pasado años y tiempo, y cuando se ha cumplido el plazo recibo el fruto del orgullo y la locura; pago le  precio de mi crimen.  ¡Rama, mi primogénito, el más .querido; Laksmana, hijo leal y fiel, ah, perdonad a un padre moribundo y su cruel hazaña!

 

“¡Reina Kaikei, olvidadiza del derecho, tú has traído esta mancha a la raza de Ragú ¡Los hijos inocentes son desterrados, muerto tu rey y señor!  Pon las manos encima de las mías, Kausalia; seca tus lágrimas impotentes; habla con acento consolador de esposa al oído de tu moribundo esposo.  Pon tus manos encima de las mías, Sumitra.  ¡La vista falla en mis ojos, que se cierran, y por el bravo y desterrado Rama mi espíritu vuela hacia el cielo!

 

Hundida en el silencio transcurría la noche; el monarca todavía suspiraba.  Bendijo a Kausalia y Sumitra, bendijo a sus hijos desterrados, y su espíritu le dejó para siempre.

 

VII.             EL HERMANO FIEL

 

Cuando el príncipe Barata, el digno hermano del héroe Rama, regresó al país de los kosalas, recibió dos noticias dolorosas:  la primera, la muerte de su anciano padre Dasarata, y después el destierro del intachable Rama.  Los cortesanos y ministros se apresuraron a ofrecerle el trono, pero él rehusó.  Como un ermitaño entregado a severas penitencias, el príncipe Barata reemprendió el camino de la selva, se dirigió a Tsitrakuta y suplicó a Rama que volviese a Ayodia con estas palabras:

 

–¡ Ilustre hermano!  Bien está que, para que nuestro padre pudiese cumplir el juramento hecho a la reina Kaikei te desterrases voluntariamente;  y apruebo tu generosidad, aunque tu ausencia me tenga con el corazón afligido.  Pero ahora ya no hay ninguna razón para que sigas en tu actitud.  El venturoso Dasarata, padre de pueblos, ha muerto.  El bien de nuestros súbditos exige tu presencia.  Si antes el abandonar la selva pudiera parecer a los maliciosos un acto egoísta para defender tu propio bienestar, ahora debes regresar a nuestro lado para el bienestar de todos.  Un pueblo sin rey es como un rebaño sin pastor.  ¡Tus ejércitos, tus súbditos, te aguardan, oh invencible!  ¡No nos abandones!  ¡Dígnate ocupar el puesto que durante tantos años has merecido, después de haber dado a todos ejemplo de virtud! 

 

Junto a Barata suplicaba también la reina Kausalia, que había acudido con aquél a buscar a Rama en su austero retiro:

 

–¡Oh  hijo mío!  ¡Ya ha pasado el tiempo del dolor y del forzoso sacrificio!  No quieras ser cruel con los tuyos, y no permanezcas en la soledad como los ermitaños cuando haces falta no sólo a tu pobre madre, sino a tantos y tantos hombres que confían en ti.  Pero además, si la idea del trono y del poder no te conmueve, acuérdate al menos de esta anciana, que sólo sueña en tu regreso, y déjate ver de nuevo con tu esposa en tu palacio.

 

Rama, silenciosos y meditando lo que había venido a decirle su madre y su hermano, aplazó su respuesta, y de momento les dio hospitalidad en la selva que habitaban él y su esposa.  Después comenzó a caminar entre la espesura y no tardó en encontrar, solitario también, a un sabio brahmán llamado Jabalí, que le saludó amablemente.  Rama al ver al brahmán hizo una profunda reverencia, y Jabalí le dijo:

 

–Ilustre hijo de los dioses (pues tal aparentas ser, al menos, por tu bella presencia y elevada estatura), ¿qué significan estas arrugas que surcan tu frente?  ¿Te aflige algún dolor?  ¿Venías quizás persiguiendo algún venado y has perdido el rastro de la pieza?  ¿O son quizá negocios de estado lo que te preocupa, como suele acontecer a los reyes?

 

El virtuoso Rama explicó al brahmán en pocas palabras el motivo de su preocupación, y Jabalí le contestó:

 

–Si no es más que eso, ello tiene a mi entender una solución bien fácil.  La solución es ésta, ¡oh príncipe!:  haz lo que te plazca.  Los hombres no son dignos de que nos tomemos por ellos la más mínima preocupación.  El rey da su palabra a una mujer, y ésta afecta hipócritamente renunciar al favor, pero cuando llega la ocasión se vale de aquella palabra para arrebatarle a su hijo querido.  ¿Y vas a ser tú víctima voluntaria de tan absurdo compromiso?

 

“Tu pueblo desea que regreses:  ¡tanto mejor!  Regresa, y gobierna sobre los hombres.  Pocas veces éstos se muestran dispuestos a dejarse gobernar por nadie.  ¿Por qué has de sacrificarte, siendo como eres sabio?  ¿Tienes tú la culpa de los compromisos que contrajo tu augusto padre, quizá cuando tú aún no había nacido?  ¡Créeme, ilustre hijo de Dasarata!  Vuelve a tu reino, viste la púrpura real,  no quieras obligar a tu esposa a que comparta largo tiempo contigo una vida miserable.  La mujer es más débil que el hombre.  Vive como corresponde a tu rango; abstente de comprometer tu palabra en cosas vanas y no toleres que otros te pidan cuenta de acciones que tú no has realizado.  Goza de la vida, pues aún eres joven, y no te preocupes demasiado por los compromisos del honor.

 

Las palabras de Jabalí no convencieron al heroico Rama.  Con todos los signos del respeto exterior, el príncipe se despidió del brahmán, como correspondía a su rango, regresó a su cabaña.

 

–He reflexionado maduramente sobre vuestros deseos –dijo el príncipe a su madre, la reina Kausalia, y a su hermano Barata– y  estoy decidido a renunciar al regreso.

 

¡Hermano mío! Sé que tú eres digno, en mi ausencia, de ostentar la púrpura real.  Eres virtuoso, tu ánimo es benigno y se apiadará de las necesidades de mis queridos súbditos.  No dejes que el rico oprima al pobre; muéstrate siempre defensor del buen derecho; no pienses demasiado en que, cumplidos los catorce años, yo he de regresar, porque tanto tú como yo estamos sólo de paso por la tierra, y tan efímero sería mi reino como lo pueda ser el tuyo.  Y tú, mi querida madre, confío en que vivirás aún bastante tiempo para ver el día de mi vuelta.  ¡Con este deseo quedaré haciendo penitencia en este bosque, y no te entristezcas demasiado, pues no hay nada que me proporcione mayor alegría que el cumplir con mi deber!

 

Entristecidos, pero con el corazón puesto aún en una remota esperanza, Barata y la reina Kausalia, que derramaba amargas lágrimas, regresaron al palacio real de Ayodia.  El joven Barata no pensaba, sin embargo, en reinar para sustituir a su hermano.  La ambición no atormentó su ánimo por un solo momento, y admirado de la grandeza de alma de Rama, que aceptaba su destierro voluntariamente quiso hacer él también algo grande, algo que dejase memoria en los venideros tiempos.

 

Apenas llegado a palacio rechazó las salutaciones de los cortesanos y de los ministros, que salían a recibirle llamándole Gran Rey, y dirigiéndose a la sala del trono colocó en él las sandalias de su hermano para que representaran simbólicamente su persona.  Nadie se sentó en el trono de Rama mientras estuvo ausente; y Barata, de pie a un lado del augusto sitial, como un ministro más subordinado a las órdenes de un invisible señor, gobernaba con ánimo equitativo y justo, en nombre del legítimo soberano.

 

Mientras tanto Rama abandonó el paraje llamado Tsitrakuta y con los que le acompañaban se internaba en lo más profundo de las selva de Dandaka para evitar que de nuevo sus amigos o su parientes pudiesen volver a encontrarle.

 

Nunca hubo mayor combate de generosidad que aquel en que Rama y su hermano Barata rivalizaron, no en la ambición, sino en el desinterés ante las cosas del mundo.  Y así quedó registrado en este canto para memoria de los venideros.

 

VIII.           EL IDILIO EN EL BOSQUE

   

Rama y sus compañeros de destierro llegaron al país donde se levanta la ermita de Agastia, el santo, ante el cual se inclinaban respetuosamente las montañas.  Había dejado el norte de la India, atravesando las montañas de Vindia.  A dos jornadas de la sagrada ermita Rama construyó su cabaña en el bosque de Pantsavati, cerca de las fuentes del Godavari.

 

Las límpidas aguas del Godavari se deslizaban por las sombrías hondonadas y los animales montaraces se escondían en la oscuridad profunda.

 

–Mira los bosques –dijo Rama- de los cuales Agastia el santo nos ha hablado:  he aquí la selva solitaria de Pantsavati, con sus áureas y rojas flores.  Tú que eres entendido en escoger el bosque y la broza, Laksmana, da una ojeada alrededor; busca, para construir nuestra cabaña, un terreno bajo y llano donde el río toque la ribera con suaves besos; donde mi gentil Sita, de dulces ojos, pueda descansar en rústica bienaventuranza; donde la verde hierba seca fresca y el kusa, primerizo y brillante, y la enredadera nos provean de flores para los ritos sagrados.

 

–Poco puedo ayudarte, hermano –dijo Laksmana, diligente y humilde-.  ¡Tú eres pronto en juzgar y averiguar; Laksmana sólo escucha y obedece!

 

–Mira este sitio –dijo Rama, cogiendo a Laksmana de la mano-:  ¡suave es la hierba del verde kusa, resplandecientes las flores que colorean la tierra.  Mira el lago sonriente de los lotos; ¡cuán bello resplandor dan, amoldando su dulce y fresco sabor al aire gentil y suave!  Mira las matas y las enredaderas cómo se inclinan encima de la onda clara donde las aguas del Godavari limpian la ribera con sus caricias!  Los ánades con su rumor frecuentan esta libera y el tímido ciervo de la selva pastorea por el sombrío boscaje.  Los valles resuenan con el toque de clarín delpavo real y los árboles abren sus flores en las altas montañas.  Las rocas nos muestran sus brillantes venas como las rayas blancas y rojas pintadas en nuestros elefantes.    Los árboles majestuosos y las palmeras empenachadas guardan este sombreado terreno, los dorados dátiles y los mangos floridos se extienden a un lado y otro.  Prospera el asoka y el resplandeciente kinsuka; el tsandana despide una rara fragancia; el ásuakarna y el kadira se muestran cerca del sami oscuro.  ¡Hermoso sitio para una ermita, visitado por el tímido ciervo, por el gamo rápido y vigoroso!

 

Laksmana escuchó atentamente las palabras de su hermano mayor; con vigor y grandes trabajos edificó el majestuoso hogar.  Espaciosa era la cabaña de hojas con muros de tierra húmeda, con pilastras de vigoroso bambú que sostenían el techo muy alto.  Ramas y lianas entrelazadas, atadas desde lo alto a los lados, mantenían unido el techo de cañas, ramaje, hierbas y hojas del bosque.   Y una vez el suelo apretado y aplanado, la fatigosa tarea fue acabada y la casa se levantaba con su belleza por la recta pendiente de Ragú.

 

Laksmana, de belicosa fama, fue al río para sus abluciones; volvió provisto de fragantes lotos y suculentas bayas.  Sacrificando a los dioses resplandecientes pronunció los himnos y los mantras sagrados.  Después mostró con orgullo al hermano mayor el hogar que había construido con sus manos.

 

Con dulce y agradecida voz alabó Sita su destreza, el trabajo amoroso del hermano, la voluntad indomable del héroe.  Rama estrechó al fiel Laksmana en amoroso abrazo fraternal y le habló con dulce y amable voz, con la gracia amorosa de un hermano mayor:

 

–¿Cómo podrá Rama, vagabundo sin hogar, pagar un amor sin precio como el tuyo?  Deja que te apriete contra mi pecho, alma del amor, brazo del fuerte.  ¡Nuestro padre, con su bondad y su gracia, vuelve a vivir en un hijo recto como tú y pisa la amable tierra, libre de los lazos del Yama!

 

Así habló Rama; y con Laksmana y con Sita, criatura de amor, habitaba en su cabaña, en el bosque de Pantsavati, como los resplandecientes dioses permanecen en sus celestiales palacios.

 

Llegó y pasó el áureo otoño por la sombra de la selva y las ráfagas nórdicas del invierno avanzaron por en medio de las arboledas.

 

Una vez terminada la noche llena de estremecimientos, el príncipe del a fama se fue a la orilla del Godavari, a hacer sus puras abluciones matinales.  Sita, la de dulces ojos, le seguía silenciosamente con la jarra en los brazos.  Laksmana hablaba con Rama de las bellezas que tenía la India en invierno:

 

–El invierno alegre y animado se acerca a Rama, el amado real; la hermosa estación aparece como una novia, con sus vestiduras más ricas.  El aire helado y los céfiros refrescantes despiertan a la vida los mercados y las llanuras, y el trigo brillante de gotas de rocío parece un mar de ondulante verdor.  Pero  la doncella y la matrona del pueblo evitan la orilla del helado río; cerca del fuego el anciano del pueblo narra las gestas de la antigüedad.  Con la abundante cosecha del invierno los hombres cumplen todos los ritos piadosos, con los abuelos que han pasado delante, con los dioses de sagrado poder.  ¡Con el rito del otoño los hombres piadosos se guardan de sus pecados, y con la observancia dulce y alegre las mujeres cantan canciones de amor, y los soberanos inclinados a conquistas miran el principio sin nubes del invierno, conducen sus carros abanderados y sus tropas contra los rivales y enemigos!  Hacia el sur rueda el carro solar, y el norte frío y viudo, perdida la señal nupcial y la alegría, suspira entre frío sus penas.  Hacia el sur rueda el carro solar.  El Himalaya, el hombre de la nieve, cumpliendo con su nombre, resplandece con sus vestiduras de invierno.  Hacia el sur rueda el carro solar; el aire tiene una frialdad viva y picante; el bosque, perdidas las flores de su manto, aparece con vestiduras rosadas.  La estrella de Puksia gobierna el mes de diciembre, y en la noche, llena de escarcha, ya no dormimos en el bosque bajo el manto estelar.  La luna pálida, con mortaja de niebla, aparece con brillantez desfalleciente; como el aliento empaña el espejo, la niebla del invierno le empaña la luz;  escondida por los vapores que se alzan, luce débilmente sobre el valle, como nuestra Sita, curtida por el sol, pálida de penitencia y trabajo.  Las rachas del viento de las montañas de poniente silban al pasar por las hondonadas, y la cigüeña y el chorlito levantan su grito penetrante y agudo.  Campos ilimitados de trigo y cebada están mojados y húmedos de gotas de rocío, y el dorado arroz  invernal madura como los dátiles arracimados.  Villas y pueblecillos despiertan a la vida y al agradable trabajo, y las felices naciones pacíficas prosperan encima de la fértil tierra.  ¡Mira al sol en medio de los vapores matinales (como la luna tímida y pálida)  cómo se anima a medida que el día avanza atravesando el velo oscuro!  ¡Mira la luz áurea y alegre cómo brilla sobre los húmedos prados, poniendo un manto sobre los picos y bosques, pintando matas y árboles!  ¡Mira cómo brilla la verde hierba, en cada tallo que se dobla, cómo ilumina todo lo que abarca la vista, cómo se escurre entre las hileras de los árboles!  Sediento, el señorial elefante evita todavía el agua helada.  El ánade silvestre y el ánsar vigilan, vacilando, la corriente.  Desde los ríos envueltos en niebla grita invisible el chorlito.  Invisible también corre el riachuelo cerca de la mojada ribera de rocío, y el lirio de agua desfallecido inclina la cabeza bajo la escarcha, perdida su fresca y fragante belleza, perdidos sus suaves pétalos.  Ahora mi fantasía errante se va a la lejana ciudad de Ayodita, donde con aire y cabellera de ermitaño lleva Barata la corona real.  Desdeñando el esplendor y el estado regio, desechando los placeres que antes amaba, emplea el día invernal en penitencias, duerme en la noche sobre el suelo.  ¡Sí!  ¡A lo mejor busca las aguas del Sarayú, como nosotros buscamos, al despuntar el día, la onda límpida del Godavari!  Hermoso de colores, con ojos de loto, leal, fiel, fuerte de pensamiento y voluntad, por el amor que te tiene, Rama, desdeña las joyas de clase inferior.  “Falso resulta para con su padre el que se deja conducir  por la astucia de la madre”.  Barata hace inútil este viejo refrán impío:  desdeña el engaño de la madre.  ¡La madre de Barata, Kaikei, esposa real de Dasarata, diestra en el engaño, ha traído la desgracia a la casa real de Ayodia!

 

–No hables así –contestó Rama-;  no hagas ningún reproche a Kaikei.  Honra a Barata el justo; honra también a la noble dama.  Fuete en el propósito, inconmovible, paseo yo todavía por la selva; pero tu acento, gentil Laksmana, me despierta la añoranza del hogar.  El recuerdo amoroso se me reanima a cada palabra, más dulce que la gota de néctar, más puro que el cristal; y mi propósito firme desfallece, tiembla por  el amor fraternal.  ¡Quieran los dioses que volvamos a ver a Barata, a  nuestro hermano querido!.

 

Suscitada por el amor, una silenciosa lágrima cayó en la corriente el Godavari; y otra vez fiel a su propósito, el corazón de Rama volvió a ser bravo y sereno; el héroe se lanzó al río bajo los rosados rayos de la mañana.  Sita entró también en el agua como el lirio se abandona a la corriente.   Y rogaron a los antepasados y a los dioses, una vez cumplidos todos los ritos y deberes, y cantaron el antiguo mantra destinado al sol naciente.  Con su señor, con la cabellera suelta, Sita volvió a la cabaña, como Uma pasea con Rudra por el pico famoso de Kailasa.

 

IX.               EL RAPTO DE SITA

 

Rama continuaba su piadosa vida de ermitaño, con su esposa y su hermano, cuando cierto día, hallándose en el bosque, le vio Surpanaka, princesa maga de la raza de los raksas, que podía tomar la apariencia que más le convenía.  Ardiendo de amor por el príncipe ermitaño, Surpanaka le manifestó su propósito de tenerle por compañero y señor, después de matar a Sita y Laksmana, que para ella no eran más que estorbos.  La respuesta de Rama llenó de odio contra Sita el pecho de Surpanaka.  Para proteger a la esposa de Rama, Laksmana tuvo que luchar contra la princesa raksa, y con su furiosa espada le partió la nariz y las orejas.

 

Con facilidad los compañeros de Surpanaka intentaron inútilmente vengarla.  Fueron vencidos por los dos valientes hermanos.  Entonces la princesa raksa buscó la ayuda de su hermano Ravana, rey de Ceilán, el cual mandó a Mariítas, el sagaz raksa, para que arrebatase a Sita, la de los dulces ojos, del poder de Rama y Laksmana.  Mariítas tomó la forma de una gacela preciosa –tonos de oro en los lomos, zarifos en los cuernos-.  El maravilloso animal fascinó a Sita, la cual suplicó a su esposo, que dudaba, que se la trajera viva o muerta, para convertirla en una compañera de destierro o adornar con su piel la cabaña.  Mariítas evitó astutamente todos los rincones, pero no pudo escapar de ser herida por las flechas de Rama.

 

Imitando el acento del héroe, Mariítas lanzó un grito de agonía:

 

 –¡Apresúrate, Laksmana, fiel hermano mío:  me muero en el bosque sin tu ayuda!

 

 –¿Has oído ese grito de auxilio? –preguntó, angustiada, Sita-.  ¡Ay, pobre de mí, que con mi locura he mandado a mi esposo a la muerte!  ¡Corre, valiente Laksmana, ve a ayudar a mi Rama!  ¡Lastimero era su grito lejano; mi débil corazón desfallece y un velo cubre mi vista!  Corre a la terrible selva oscura con tus más agudas flechas, ayuda a tu hermano mayor, a tu soberano.  Grave es su peligro y urgente su anhelo;  a lo mejor los crueles raksas le atacan en sitio solitario, como los furiosos leones atacan al elefantes poderoso.

 

El héroe respondió:

 

–No temas, Sita.  Ni los habitantes del aire azul, ni los raksas, ni las fieras del bosque igualan la pujanza de Rama, que no conoce lo que es el temor ni el peligro.  ¡Yo obedezco sus órdenes y no puedo dejarte, señora, en esta cabaña!  Destierra un temor sin causa.  Ni en el cielo ni en la tierra puede encontrar Rama un enemigo que le iguale.  Matará al ciervo de la selva, no lanzará ni un grito de temor; esto es un engaño de los astutos raksas en este bosque inmenso y oscuro.  Sita, tú has oído cómo Rama me ha mandado permanecer aquí.  Laksmana no te puede dejar, señora; su  deber es obedecer.  Raksas implacable vigilan la selva para vengar a su caudillo muerto; diversas son sus astucias y voces:  limpia tu pensamiento de angustia sin causa.

 

Los ojos de Sita centellearon de ira, y la locura le dictó la palabra, porque la razón de la esposa se nubla cuando el esposo está en peligro:

 

–Oyes las quejas de auxilio de Rama con un corazón frío y endurecido; aceptas fácilmente su muerte en tu profundo engaño.  Con tu aparente compasión disimulas una astucia cruel, como el enemigo que se quiere presentar como amigo y esconde la flecha mortal.  ¿Siguiendo a rama como fiel hermano en esta país temido y solitario, buscabas a lo mejor su muerte para aspirar a la mano de su viuda?  Tan falsa es tu esperanza como ruin tu propósito; Sita es una esposa fiel:  sigue al justo Rama, leal en la muerte como en la vida.

 

Laksmana se estremeció de angustia y las lágrimas brotaron de sus ojos.  Fuerte en la fe, puro en el propósito, sereno y sincero, le respondió:

 

–Para mí eres como reina y diosa, como una madre para su hijo; el paciente Laksmana no dará ninguna respuesta a tus impremeditadas censuras.  ¡Hija del rey de Videha, tu lengua despide veneno!  ¡Y tu imprecación, señora, bien lo puedes creer, me hiere como un dardo ardiente!  Libre de mal es la intención de Laksmana; libre de pecado está su corazón.  ¡Sean testimonios de mi lealtad los habitantes invisibles del bosque!  Por la seguridad de Sita, yo acataba las órdenes de mi hermano.  Pero cumpliendo con mi hermana y reina, he trabajado inútilmente; la oscura sospecha me mancha con una inmotivada deshonra.  Señora, obedezco tu mandato voy a buscar a mi hermano mayor.  ¡Que los espíritus guardianes del bosque te protejan de los secretos enemigos!  Oscuros presagios y señales de peligro invaden mi vista dolorida.  ¡Ojalá pudiese verte al lado de tu Rama, protegida por su fortaleza invencible!

 

Ravana mientras tanto esperaba impaciente la oportunidad de realizar sus siniestros propósitos.  Lamarcha de Laksmana le proporcionó la ocasión que deseaba.

 

Ravana esperaba el momento, encendido de despecho vengativo.  Se acercó a Sita, angustiada y entristecida, tomando la forma de un anacoreta;  cabellos sueltos y rojizo hábito, sandalias en los pies, y en la espalda, colgando de la vara, una calabaza con agua.  Y se acercó a Sita solitaria, porque los caudillos bélicos estaban ausentes, como la oscuridad  se aproxima en el anochecer, que queda sin luz por la partida del sol.  Y proyectó su vista sobre Sita como un cuerpo oscuro proyecta su sombra sobre Rohini, la estrella resplandeciente, cuando la gloria de la luna se esfuma.

 

La Naturaleza, asustada, se dio cuenta de todo.  Silenciosos se erguían los árboles del bosque; la perfumada brisa conocía el tenebroso hecho.  ¡El agua del Godavari temblaba  bajo la mirada siniestra de Ravana y el rojo resplandor de sus ojos se reflejaba en el vaivén  de las pequeñas olas!  Mudos y quietos quedaron los seres del bosques cuando, bajo la apariencia de un anacoreta, el raksa poderoso se acercaba a la cabaña solitaria de Sita.  ¡La selva callaba mientras él miraba a la esposa de Rama, como el planeta Sani lanza su luz sobre la estrella de Tsitra!

 

Ravana se erguía con sus vestidos de ermitaño, escondida su intención de venganza, como una caverna oscura y profunda es disimulada bajo la hierba y el follaje.  Ravana se erguía silencioso y quieto, y miraba a la reina de Rama, su frente de marfil, sus labios de coral y sus dientes con resplandores de perla.  Alumbrando la solitaria cabaña, Sita estaba sentada, radiante, como la luna llena en el cielo de medianoche; alumbrando el oscuro bosque con la serenidad de sus ojos, con la belleza de su forma vestida rústicamente, enmarcada por los cabellos negros como el plumaje del cuervo.

 

Ravana, con voz acariciadora, con un arte apaciguador y dulce, ensalzó la belleza sin par de la mujer, para obtener su afecto:

 

–Tú que resplandeces de áurea belleza, dentro de tu rústico vestido, engalanada de fragante loto como un espíritu de la selva, ¿eres por ventura Gauri radiante, doncella de la Fortuna o de la Fama,  o diosa del Amor?  ¿Cuál es tu nombre sagrado?  Entre tus labios de rojo coral brillan dientes de jazmín; tus ojos de límpida lucidez poseen una divina luz de amor.  Tus oscuros ojos me llena el corazón como las aguas impetuosas invaden la ribera del río, y la riqueza de tus trenzas enmarca tus florecientes encantos.  Ninguna diosa o muchacha gandarva es más bella que tú; ninguna mujer visible a los ojos de los mortales posee tu gracia.  ¿Por qué, pues, ninfa o doncella, te cobijas en un bosque solitario donde las fieras habitan y los raksas imperan?  Las salas reales serían un hogar más adecuado para ti;  tus pasos deberían adornar un palacio, no perderse en un bosque sin caminos.  ¡Flores primorosas, no espinas silvestres, deben decorar adecuadamente el pabellón de una dama; vestidos de seda, no de corteza, realzan el poder de la belleza!  ¡Dama del bosque!  Tu destino es otro.  ¡Brilla como una novia amada y festejada, con tus vestidos nupciales; escoge un compañero amado y señorial que te servirá orgullosamente, escoge un héroe digno de tu belleza, sé la novia real de un monarca!  ¡Háblame de tu raza descendiente del cielo!  ¿Quiénes son tus padres?  ¿Rudras, o maruts radiantes, o vasus, caudillos celestes?  Esta selva es indigna de una ninfa o doncella divina:  las fieras la pueblan; los  raksas acechan desde la sombra lóbrega;  los leones la habitan en solitarias cavernas; los elefantes vadean el silencioso lago; los monos se balancean en las ramas curvadas; los tigres se deslizan entre la broza.  ¿Por qué, pues, tu cara hechicera adorna esta lóbrega selva?  ¿Quién eres y de qué raza?  ¿Eres ninfa, doncella o hija de una diosa?

 

–¡Escucha, brahmán! –contestó  Sita, sin sospechar que veía un vil traidor bajo la apariencia de un ermitaño-.  He nacido del rey Janaka, que gobierna el país de Videha.  Rama, príncipe del reino poderoso de los kosalas, conquistó mi mano con su valor.  Pasaron años de tranquilo vivir en la feliz ciudad de Ayodia; rico en toda clase de gozos nuestro tiempo transcurría alegremente, hasta que el soberano Dasarata, que estaba acabando sus días, quiso coronar al príncipe Rama como heredero y regente suyo.  Pero una reina intrigante, Kaikei, reclamó el cumplimiento de una antigua promesa y exigió que mi esposo partiese hacia el destierro para que un hijo suyo ocupase el trono.  ¡No quería descansar ni dormir, ni alimentarse con la bebida o comida hasta que su Barata rigiese el imperio y Rama fuese desterrado al bosque!  Veinticinco veranos justos tenía mi señor; fiel a la fe y al deber, fiel al propósito, a la palabra y a la acción, amado por todo su pueblo, rico de valor y fama, Rama se acercó a su padre para el rito de la consagración.  Kaikei entonces dijo a Rama:  “Escucha la promesa de tu padre.  Barata será el soberano, regente; tú te irás a la selva”.   Siempre gentil y cumplidor, Rama escuchó y obedeció; por los bosques y la maleza sin caminos hemos hecho nuestra peregrinación solitaria.  Ésta es, ¡oh ermitaño de corazón piadoso!, la historia de nuestro infortunio.  Su joven y leal hermano le sigue en el destierro; es un león por su valiente coraje, un cenobita por su voto sagrado; Laksmana desambula ahora con su hermano mayor por la selva.  Descansa aquí un poco, ¡oh brahmán rico de piedad y fama!, hasta que los dos príncipes cazadores puedan saludarte con una ofrenda de su caza.  Di, si te place, padre qué gran risi se envanece de tu nacimiento, y di por qué en esta selva sin caminos andas sin compañía de amigos.

 

–No soy brahmán ni risi –respondió Ravana-.  ¡Soy el caudillo de los furiosos raksas, el señor y rey de Lanka, aquel que con su coraje abarca el amplio mundo, los dioses del cielo y de los hombres de la tierra; aquel de quien raksas y asuras conocen las altas e incomparable proezas!  Pero la áurea brillantez de tu belleza.  Sita, me ha conquistado el corazón.  Consiente en compartir mi imperio, toma una parte de mi gloria.  Muchas reinas de soberana belleza sirven a Ravana.  ¡Tú serás su emperatriz, tú serás la dueña de mi palacio!  Lanka, ceñida por el océano ilimitado, es la mejor de las ciudades reales, sentada, llena de orgullo y de gloria, en la cima más alta de una montaña.  Por los caminos montañosos y los bosques pasearás con tu señor; no por las hondonadas del Godavari lóbregamente todo el día.  ¡Y cinco mil damas alegremente vestidas servirán a mi Sita, reina del verdadero amor de Ravana, compartidora de su majestad!

 

Los ojos de Sita se inflamaron de ira y un temblor hizo estremecer su cuerpo mientras con voz digna y desdeñosa la princesa respondió:

 

–¿Conoces a Rama, alto y divino, héroe sin parangón en la lucha, profundo, inmenso como el océano?  Yo soy su esposa.  ¿Conoces a Rama, el príncipe lleno de dignidad, sin pecado en su santa vida, majestuoso como el alto niagroda?  Yo soy la esposa de Rama.  ¡Poderoso por las armas, poderoso por su pecho, poderoso con el arco y la espada, león en medio de los hijos de los mortales, Rama es mi esposo!  ¡Inmaculado como la luna en su gloria, sin tara en palabras y hechos, rico de valor y virtud, Rama es mi esposo!  Tu vida extravagante debe encontrarse ahora bajo la sombra de un destino terrible, ya que en tu locura galanteas a la esposa de un guerrero.  Arranca los dientes del león famélico mientras devora el ternero que ha muerto; toca el aguijón de la mortífera cobra mientras su víctima se desangra; arranca la maciza montaña de su base rocosa; agujeréate el ojo con una aguja hasta llenarte la cabeza de tortura; aprieta tu lengua medio partida y sanguinolenta contra el corte luciente de un cuchillo; tírate al mar desde la cima más alta de un escarpado; arranca las luces del día y de la noche de sus esferas en el cielo azul; envuelve en tu flotante vestido las rojas lenguas de un incendio; pero no sueñes en conquistar a la esposa de Rama.  ¡Antes de insultar a Rama, implacable en su ira, pisa un camino más suave sobre punzantes púas de hierro!

 

Las amenazadas fueron inútiles.  Ravana se enfureció y se encendió en ira como el planeta Buda roza a Rohini al pasar.  Con la mano izquierda, temblando de furor, Ravana cogió los ondulantes cabellos de Sita y con la derecha el raksa implacable alzó del suelo a la bella desfallecida.

 

Los habitantes invisibles de los bosques atisbaban la triste hazaña vergonzosa;  eran testigos de cómo el raksa, poderoso de armas, levantaba a la pobre mujer sin defensa y cómo la ponía en el carro celeste tirado por asnos alados, hermoso de luz y de forma, veloz como el corcel de Indra.

 

Ravana dirigía a los oídos de Sita iracundas amenazas y dulces ruegos, mientras apretaba sobre su pecho a la desfallecida mujer que todavía luchaba.  Inútil la amenaza, inútil el ruego.  Sita gritaba:  “¡Rama, Rama!”  a la oscura y lejana selva donde había desaparecido su noble dueño.  Entonces se levantó el carro volador por encima del pico y el boscoso valle.  Como una serpiente entre las garras de un águila se retorcía Sita con lastimera lamentación; aturdida y medio ciega, débil y desfallecida, continuaba lanzando su grito penetrante, que resonaba por los bosques sin límites y ascendía a la región más alta del cielo.

 

–¡Sálvame, Laksmana poderoso, sin mancha en el corazón ni en la acción; salva a una mujer, una esposa fiel, de la codicia de un raksa!   Verdadera y leal era tu advertencia, falsa y repugnante mi acusación.  ¡Perdona, amigo, a una hermana pecadora, perdona las palabras que una mujer ha dicho!  ¡Ayúdame, Rama siempre justo!  El deber te hizo ceder la corona; el deber te manda castigar al pecador, salvar a tu esposa.  ¡Eres rey, severo vengador de los hechos de vergüenza y pecado; castiga, pues, con tu venganza al raksa que insulta a tu dama leal!  Todo pecado, injusto Ravana, trae con el tiempo su penitencia debida, como el trigo joven crece y madura de la viva y pequeña semilla.  ¡Por este insulto, Ravana, que me infieres con tu locura, padecerás del descendiente de Ragú la muerte de tu raza!  ¡Bosques oscuros del Pantsavati, valle risueño del Janastana, árboles floridos y ágiles enredaderas, explicádselo todo a mi dueño!  ¡Dulces compañeros de mi destierro, amigos que alegrabais mi estancia en el bosque, hablad a Rama, decidle que Ravana, implacable, se lleva a su fiel Sita!  ¡Colinas altas, elevadas montañas, picos boscosos coronados de altivez, largas sierras oscuras que recortáis el cielo azul, con vuestro eco de trueno retumbante decid a Rama que Ravana, implacable, se lleva a su Sita!  ¡Habitantes invisibles del bosque, espíritus de las rocas y despeñaderos, Sita os respeta despidiéndose tristemente de vosotros; murmurad al oído de Rama cuando siga el camino de su hogar, decidle que Ravana, implacable, se lleva a su Sita!  ¡Ah, Rama leal y amoroso!  Me has querido tanto como a tu vida;  todavía rescatarás a tu esposa del raksa repugnante e impío.  ¡Ah, Rama, poderoso de armas!  ¡La venganza apresurará pronto tu camino cuando oigas que Sita, desamparada, ha sido raptada por Ravana!  ¡Rama y el valiente Laksmana ya tendrán designada su presa cuando sepan que la confiada Sita ha sido raptada por Ravana!

          

La princesa en su angustia inútilmente lloraba.  Ravana huyó con la esposa de Rama hacia donde, en medio del océano ilimitado, Lanka se levantaba en su orgullo.

 

X.                 LA GUERRA DE KISKINDA

 

Rama y el valeroso Laksmana cuando volvieron al lugar en donde habían dejado a Sita, sin hallarla, prorrumpieron en lamentaciones:

 

–¡Oh destino cruel el mío! –exclamaba el generoso príncipe-. ¡No contentos los dioses con verme condenado al destierro, me han enviado ahora esta desgracia!  ¡Verme privado de mi compañera, cuya fidelidad había llegado hasta el extremo de preferir desterrarse conmigo a permanecer en medio de los agasajos de la corte de Ayodia!

 

–Vergüenza también para mí –respondía Laksmana-, que teniendo un arco y un carcaj lleno de flechas no quise obedecer las órdenes de mi hermano y abandoné a la mujer cuya guarda me había confiado, dejándome llear de un indiscreto temor.  ¿Cómo la hallaremos ahora?  ¡Es preciso que caiga sobre mi cabeza toda la culpa de esta desdicha!

 

Así caminaban por las selvas, lamentándose, Rama y Laksmana cuando oyeron ruido de pisadas por entre los matorrales más espesos.  Temiendo verse sorprendidos por algún animal salvaje, se hicieron a un lado y escucharon atentamente, y entonces, en medio del silencio, una voz sonora y viril preguntó:

 

–¿Quién es el que así se lamenta con tan terribles imprecaciones?  ¿Es noble o plebeyo?  ¿Es brahmán o kshatria?  Si ha cometido algún crimen, allá él con su dolor, y cumpla su castigo en lo que sea justo.  Pero si es algún afligido o perseguido por injusta causa, hable a  su Sugriva, príncipe de los vanars, y a su fiel compañero Hanumana, que también injustamente padecen.

 

Sintiéndose algo consolados, aun en medio de su aflicción, por haber encontrado tan inesperada compañía, Rama y Laksmana se dieron a conocer.

 

–¡Oh tú que tan generosamente te has nombrado a ti mismo! –dijo el príncipe a Sugriva-.  Sabe que yo soy Rama, hijo de Dasarata, rey que fue de la ciudad de Ayodia y que ahora descansa en la paz de los dioses.  Por mi voluntad y no por otra causa alguna cumplo destierro para no negar la real palabra de mi padre, dada a una reina caprichosa y cruel.  He renunciado a todas las comodidades, a todos los honores a los que tenía derecho por mi estirpe, y dejado en posesión del trono a mi hermano para que gobierne en mi lugar durante los catorce años que debe durar mi retiro en la selva.  Y éste es mi valiente y fiel Laksmana, que ha querido seguirme en mi infortunio.  Pero al partir para el destierro me juzgué feliz sabiendo que deseaba acompañarme a él mi esposa Sita.  ¡No pensaba que también los dioses iban a negarme su compañía, de un modo imprevisto y doloroso!  Sita ha desaparecido misteriosamente, arrebatada en un carro de fuego por el pérfido Ravana, rey de los espíritus del mal.  Ignoro a qué remoto lugar pueda haberla llevado; pero no dejaré de recorrer ninguno de los múltiples caminos de la tierra hasta dar con mi esposa.  Eso  es todo.

 

Sugriva, maravillado de la desdicha y de la generosidad de Rama, le contó a su vez su historia, que no desmerecía en desdichas de la suya propia.  El hermano de Sugriva, el pérfido Bali, tirano de Kiskinda, le había arrebatado con perfidia a su esposa y a su reino, y después de desposeerle con astucia, le había proscrito, de tal manera que tuvo que huir, disfrazado, para salvar la vida, pues su cabeza había sido puesta a precio.

 

Aquella comunidad de infortunios encendió en el pecho de Rama una ardiente simpatía hacia el príncipe desterrado, y prometió ayudarle.

 

–Puedes regocijarte, señor, de haberme encontrado en tu camino –le dijo Rama-.  Con mi apoyo no necesitas súbditos fieles, ni ejércitos, ni siquiera recurrir a la astucia.  Poseo unas flechas mágicas, tales que nunca fallan el blanco.  Si deseas que sea su aliado en la empresa de recuperar tu trono, no dejaré de prestarte mi brazo fuerte.  Pero dime:  ¿quién es ese valiente que te acompaña?  Por su aspecto no se parece a los demás mortales, y diríase que es mudo.

 

Hablando con Sugriva los dos príncipes no se habían fijado hasta entonces en el extraño compañero que caminaba con él por las selvas.  Pero Hanumana, dotado de oportunidad y de gran inteligencia, al oír que hablaban de él se dejó ver claramente por entre las espesas matas que medio le cubrían y apareció ante los ojos asombrado de Rama y Laksmana un enorme mono blanco, que por su estatura, igual a la de un hombre, y robustos miembros, prometía gran fuerza y agilidad.  Y el príncipe de los monos Hanumana, mostrándose digno acompañante del rey a quien servía de escudero, saludó a los dos héroes con una profunda reverencia.

 

Hanumana estaba dotado de voz articulada, y poseía, además, muchas destrezas, unido todo ello a un valor indomable.  Puestos de acuerdo los cuatro, Rama, Sugriva, Laksmana y Hanumana, prosiguieron su marcha por la selva y se encaminaron, corriendo muchas aventuras, al reino de Sugriva, donde imperaba, creyéndose muy seguro, el tirano usurpador Bali.

 

Mientras atravesaban los densos bosques, Hanumana, príncipe de los cuadrumarnos, reclutaba  para que marchase en su seguimiento un inmenso ejército de monos, porque es tan grande el poder del hombre justo, que cuando Sugriva fue desterrado de su reino, a falta de hombres que apoyasen su causa, los mismos seres irracionales se ponían de su parte.

 

De esta manera, cierto día, al amanecer, en los tiempo en que faltaba un mes para que llegase la estación de las lluvias, los centinelas que montaban la guardia en las murallas de la ciudad de kiskinda vieron acercarse a lo lejos el más extraño ejército que nunca conocieron los siglos.  A su cabeza marchaban tres caudillos hermosos como dioses y en su seguimiento iba un formidable ejército de simios, capitaneados por un majestuoso mono blanco, que se movía y los dirigía como un ser dotado de maravillosa inteligencia.

 

La batalla fue terrible.  Los soldados que guardaban al tirano Bali, desconcertados por el inesperado ataque, de momento no acertaron a defenderse.   Los habitantes de la ciudad, llamados a las armas, no se atrevían tampoco a luchar con todo su coraje contra aquel extraño ejército de monos, el prodigio más inesperado que recordasen haber visto.  Infundíanles particular temor Hanumana, el mono blanco, y los dos guerreros desconocidos (Rama Y laksmana).  En el tercero habían reconocido muchos ya a su antiguo rey Sugriva y sentían repugnancia en llevar las armas contra él.

 

Pero Bali quería defenderse a toda costa, y con terribles amenazas obligaba a los fieles súbditos de Sugriva a marchar contra su señor.

 

–¡Oh Gran Rey! –dijo Rama, después de luchar largo tiempo, con sus compañeros, para que prevaleciese la justa causa-.  Me parece lo más acertado que tú  o yo desafiemos todo este desastre.  ¿Para qué sembrar inútilmente la muerte entre los inocentes?  Preciosas son las vidas de tus fieles súbditos.  ¡Ea!  ¡Dirijámonos hacia el centro de la batalla y enfrentémonos con el culpable!

 

Los monos de Hanumana luchaban tan denodadamente que los dos héroes encontraron dificultad en abrirse paso hacia lo más denso de los enemigos.  Pero al fin lo lograron y se encaminaron hacia el carro del tirano Bali, que estaba rodeado de los mejores guerreros de su guardia.  Entonces Sugriva lanzó contra el usurpador su grito de desafío:

 

–¡Traidor Bali, opresor de mis fieles adictos!  Yo, tu soberano legítimo, Sugriva, príncipe de los vanars, después de no haber encontrado fuerzas entre los hombres para apoyar la justicia de mi causa, refugiado en la selva, la he encontrado en el maravilloso pueblo de los simios, que me apoyan con todo su poder, conducidos por su rey Hanumana, defensor de los justo!  ¡Traidor Bali!  Yo te desafío en combate singular o  junto con tus guerreros que te siguen en la traición; no importa acometáis uno a uno o todos juntos.  Que los demás cesen en esta indigna matanza, y los dioses apoyen el buen derecho.

 

Bali, animado al ver que tenía que combatir contra un solo hombre, sintió una feroz alegría, deseando con impaciencia terminar aquella situación angustiosa.  No había visto a Rama, y cuando el héroe compareció, armado con su terrible arco, junto a Sugriva, el usurpador se había lanzado ya al ataque, rodeado de los guerreros de su guardia.  Pensaba dar buena cuenta del rey de los vanars.

 

Pero del pronto el silbido estridente de una flecha derribó al más aguerrido de sus hombres, que cabalgaba a su lado.  E inmediatamente se oyó silbar otra, y los hombres de Bali caían como los árboles fulminados por la tormenta.  De nada les valían sus cotas de malla ni sus escudos, tan espesos como las escamas de un dragón.  El arco mágico de Rama, que no fallaba nunca el tiro, iba derribando uno tras otro a los enemigos de Sugriva, y el tirano se iba quedando solo frente al hombre a quien había ofendido.  Por fin cayó el último de los guerreros, y entonces Rama apuntó su arco contra Bali.

 

Sugriva le daba voces diciéndole que se lo dejase a él, que le había desafiado para medir sus armas en singular combate.  Pero Bali, sin esperar a que Rama y Sugriva se pusieran de acuerdo, volvlió grupas y emprendió una huida precipitada.  Entonces Rama, seguido por el rey de los vanars y Hanumana, se lanzó en persecución del traidor.  No tardó en acortar la distancia que le separaba de su caballo, a pesar de su frenética carrera, y disparándole la última de sus flechas le atravesó la espalda, y la punta, ensangrentada, asomó por el pecho.  Bali cayó en el polvo lanzando un gran alarido y dejó de existir.

 

Imposible describir la gratitud y los agasajos de que fue objeto Rama en el reino de Kiskinda.  A toda costa el rey Sugriva, que no cabía en sí de gozo, quería llevarle al interior de los muros de la gran ciudad para festejarle como se merecía.  Pero el virtuoso príncipe rechazó el ofrecimiento, pues desde que pesaba sobre él la sentencia de destierro había jurado no volver a ninguna ciudad populosa ni franquear sus muros hasta que hubiesen transcurrido catorce años.

 

Rama se retiró a las montañas Nilgiri para esperar que pasase la estación de las lluvias, así, pues, a pesar de los ruegos de sus amigos y de los fieles vasallos del rey Sugriva.

 

Acabadas éstas, que por su ímpetu y abundancia imposibilitaban toda empresa bélica, Sugriva, para recompensar a Rama de la gran hazaña que había hecho para facilitarle recuperar el trono, reunió a su hombres, los temibles guerreros vanars, y envió emisarios que investigasen el paradero de la gentil Sita, recorriendo los cuatro puntos cardinales.  Los exploradores del reino de Kiskinda se pusieron en marcha y recorrieron el contorno de la tierra, deseando ardientemente cada uno ser el privilegiado con el hallazgo de Sita, para ser agradable a su rey y señor.  Pero buscaban en vano.  El astuto demonio Ravana se había llevado a la joven más allá del océano inmenso, y ningún mortal podía cruzarlo a pie para alcanzar los inaccesibles dominios de raksa.

 

Faltaba, sin embargo, un valiente que se dedicase a la búsqueda de Sita con ánimo de no retroceder ante ningún obstáculo.  Y éste fue Hanumana, el rey de los simios.  Apartándose de los caminos que recorrían los demás se lanzó en dirección al sur, hacia el mar de Ceilán, cruzando antes inmensos desiertos y profundas selvas.  Con la rapidez del viento, de quien era hijo, Hanumana llegó al estrecho que separa Ceilán de la península hindú, y después de atravesar, volando, pulsado por mágica fuerza, las aguas inmensas del océano, llegó a Ceilán, a la isla de color esmeralda, ceñida por el zafiro del mar.  Allí, en la ciudad de Lanka, tenía su sede el terrible Ravana, y una vez en tierra penetró Hanumana en unos maravillosos jardines, donde estaba prisionera la dulce Sita.

 

Las hiedras trepadoras de aquel maravilloso jardín se abrazaban a los árboles;  las flores de loto reflejadas en las lagunas embalsamaban el aire; pájaros de mil formas y colores animaban los árboles, y las flores parecían confundirse con ellos.  Ardillas y otros mil animalitos graciosos corrían entre la espesura con incesantes retozos.  Allí se podía ver la flor del sampaka, roja como la sangre, y los árboles del punaga y el saptaparna; los espléndidos karnikara y kinsuka resplandecían como la luz del día.

 

En medio de tanta alegría y hermosura, Hanumana pudo ver a la princesa.  La reconoció en el acto por la gracia mayestática de su porte, aunque llevaba los vestidos toscos con que, voluntariamente, había marchado al destierro con su marido.  Su rostro estaba pálido por el sufrimiento, la añoranza de Rama y los ayunos y largos desvelos, y en él se reflejaba la angustia que le roía el corazón.  Sus negros cabellos, peinados en una sola trenza, caían hacia atrás; sus ojos estaban sin luz y su frente se inclinaba hacia el suelo, llena de pesadumbre.

 

Hanumana se fijó en algunos brazaletes que ostentaba, propios sólo de una persona real, signo de lealtad inmutable, y en sus pendientes de oro, regalo de Rama en otro tiempo.  Y así, desde el follaje, Hanumana alzó su voz en una hermosa canción,  y los valles de la ciudad de los raksas resonaron con la gloria de Rama.

 

–¡Oh bella princesa, hija de Janaka rey de Mitila, escucha mis palabras!  Ante ti está un mensajero de Rama, tu noble esposo, quien, desesperado ante tu desaparición, ha recorrido los bosques y caminos en tu busca, sin hallar de ti la más leve huella hasta que un día, en lo mas profundo del Malia, se encontró con Sugriva, nuestro rey, quien le prometió ayuda, como así lo ha hecho al enviarme a ti con un mensaje.  ¡Éste es!  Mira este anillo en que está grabado el nombre de tu esposo y rey.  Rama, el príncipe generoso y justiciero, te lo envía por mi mano para que sepas que siempre serás cara a su corazón.  Nada temas, pues cercano está el día en que será librada de tu encierro.  Al frente de poderosas tropas llega Rama, invencible, para rescatar a su adorada esposa del poder del cruel e impío Ravana.  El recuerdo de Sita no abandonará a Rama ni durante el día agobiador ni durante la noche tenebrosa, hasta que con su venganza profunda y terrible pueda matar a Ravana y a su estirpe.

 

La princesa tomó el anillo con emoción marcada en su rostro y preguntó por su esposo y por su cuñado.  Luego quiso saber cuántos días tendría aún que estar allí, vigilada siempre por fieros raksas, que la miraban de un modo amenazador.  Y Hanumana, después de haber alentado a la princesa con afectuosas palabras, con intrépido valor volvió a atravesar las aguas del inmenso mar, llevando consigo una joya que le dio Sita para su esposo, desprendida de sus trenzas.  Llegó el mono a la cima de Prasravana, en donde estaba Rama con su hermano, y lágrimas de dolor y rabia brotaron de los ojos del príncipe justiciero mientras tomaba en sus manos la prenda que le enviaba su esposa.

 

Ordenó al punto, con fiera decisión, que todas las tropas estuvieran preparadas, pues quería correr en pos de la libertad de su dulce esposa, que languidecía entre las paredes de la ciudad de Lanka.

 

XI.               ASAMBLEA DE GUERREROS

 

Ravana se desesperaba entretanto el escuchar las hazañas de Hanumana, quien no sólo había penetrado en la isla y encontrado a Sita en su florida cárcel, sino que había conseguido incendiar una gran parte de la ciudad antes de salir de ella.  Reunido un consejo, todos los paladines se inclinaban hacia la guerra contra Rama, conocedores de lo que su rey deseaba, menos Vibisana, el hermano menor de Ravana, quien censuró a su hermano el que  lanzase contra el justo príncipe sus tropas aguerridas, ya que éste no le había hecho mal alguno.  Pero su voz fue ahogada por la de los consejeros más brutales.  El segundo hermano de Ravana también se atrevió a alzar la voz para censurar la acción de su hermano mayor; pero, fiel sin condiciones, estaba decidido a luchar por su rey tanto si éste tenía razón como si no la tenía.

 

Vibisana fue expulsado de la corte de los raksas y se encaminó a encontrar a Rama en el campamento que los simios, con Sugriva a la cabeza, habían formado en el continente.  Y allí habó de esta forma:

 

–Desde la nube rosácesa en que estoy sentado les dirijo la palabra, valerosos simios.  ¡Escuchadme!  Yo soy Vibisana, hermano menor de Ravana.  Inútilmente intenté detener la furia de mi hermano e inútilmente también quise abrir sus  ojos a la verdad para hacerle desistir de esta lucha que se avecina.  Una y otra vez le rogué que permitiera a Sita volver al lado de su esposo, pero mis palabras no hicieron mella en él.  ¡La muerte le empuja!  Entonces decidí abadonarle.  Anunciad a Rama mi presencia y decidle que vengo para ayudarle en la lucha inevitable.

 

Descendió Vibisana de la nube y juntamente con él millares de genios que le acompañaban, deseosos también de huir del mal.  Sugriva los recibió con muestras de halago y los condujo a presencia de Rama, ante el cual Vibisana sintió su corazón lleno de gozo, y, dejando colgadas de un árbol las armas que traía, fue a prosternarse con sus compañeros a los pies de Rama.

 

Rama no consintió que Vibisana le besara los pies, sino que le alzó del suelo con aquella majestad que le caracterizaba, diciéndole:

 

–¡Sé bien venido!

 

Vibisana sintió su corazón rebosante de júbilo ante estas palabras y le dijo:

 

–¡Oh Rama!  Tú, el más austero de los ascetas que habitan en las chozas de las montañas, el que cumple con más fidelidad la práctica de las maceraciones, tú serás quien me redima de mis malos hábitos.  Vengo a ti en busca de refugio, para quedar libre de las alucinaciones perversas que vienen a tentarme.  Dejando atrás la ciudad de Lanka,  donde tengo mis riquezas y palacios, vengo a ofrecerme a ti con los poderosos servidores que me acompañan.  Formaré alianza contigo y conduciré a tus ejércitos hasta guerreros y que caiga Lanka en tu poder.

 

Nada respondió Rama a estas palabras, pero Hanumana y Sugriva le respondieron:

 

–Los raksas bien supieron lo que hacían cuando se establecieron en Ceilán, pues ni los dioses más poderosos podrán jamás apoderarse de Lanka.  Es preciso que construyamos un puente gigantesco que nos permita cruzar el mar, al que guardan millones de seres marinos que viven en lo más profundo del océano.

 

Para decidir la manera de cruzar aquella extensión de agua, fue celebrado un consejo.  No se consiguió llegar a un acuerdo, y Rama, irritado, arrancó el arco de manos de Laksmana, lo encorvó para asegurar en él las flechas, y luego, con rápido movimiento, lanzó sus dardos en dirección al mar, con gesto de desafío.

 

No tardó éste en sentir la acometida del Ragava.  Alzáronse las olas con terrible empuje, llegando en su altura a sobrepasar casi las montañas, a la par que de entre las olas surgieron gigantescos tiburones y monstruosos animales marinos.  De repente, de entre las aguas emergió una figura cubierta con un resplandeciente traje talar, adornado de rojas flores y refulgentes diamantes, quien, acercándose a Rama, le dijo:

 

–¡Yo soy el Océano, oh Rama, intrépido príncipe dasarita!  Prohíbo terminantemente que sobre mí se tienda ningún puente, que humillaría mi poderío, pero sí te autorizo a construir una calzada por la que puedas pasar tú y los monos que forman tu ejérito.

 

Apenas cesó de hablar, esfumóse la imagen del mar y los monstruos desaparecieron también.  Sólo quedó la superficie azul y serena de las aguas, como una alfombra de lapislázuli.

 

XII.             EL ASALTO

 

La orden para construir la descomunal calzada esta dada.  Los simios pusiéronse en seguida a trabajar, arrancando para ello las rocas más ásperas y pesadas, que traían cual simples guijarros ante las plantas de Rama, quien dirigía la maravillosa tarea.

 

Estuvieron trabajando sin descanso día y noche durante un mes.  Cuando ya estuvo concluida la escollera que permitía el paso al ejército de los monos, Rama ordenó avanzar a sus guerreros y atravesar el mas sobre ella, marchando tras las huellas de Vibisana, hasta llegar a los muros de Lanka.

 

Formáronse los monos y los genios de Vibisana por secciones, al mando de sus valerosos jefes, orgullosos de combatir por Rama y por el triunfo del Bien.  Alrededor de la ciudad sitiada se extendían las tropas de Rama, de tal forma que la vista de Ravana, desde una ventana de la fortaleza, no alcanzaba a ver el final.  Ciego de ira, el rey de Lanka dio la orden de atacar, y a su voz giraron las puertas sobre sus goznes y los raksas irrumpieron en el campo de batalla con tanto ímpetu como las aguas de un mar indómito, refrenado hasta entonces por los diques.

 

Duró la batalla todo el día, y al legar la noche los feroces raksas siguieron la lucha, peleando con un odio terrible, más fiero en la oscuridad nocturna.  Los seguidores de Rama, medio dispersos, se defendían valientemente, dando la cara al enemigo, luchando contra los elefantes, los corceles y los carros de combate.  La suerte de la batalla parecía inclinarse a favor de los raksas cuando comparecieron en la batalla el valiente Laksmana y el divino Rama, quienes barrieron las huestes de Ravana como el fuego impetuoso devora la selva.

 

El polvo llegaba hasta las nubes que levantaban los carros de combate, los corceles fogosos, los pesados elefantes.  Los muertos eran incontables y ríos de sangre inundaban el campo, formando lodazales de rojo fango.  Las armas que al caer abandonaban los moribundos yacían en gigantescas montañas.  El aire se llenaba de ruidos diversos:  el son de la trompeta, el cuerno, el atabal y la caracola; el relincho de los corceles y el frenético alarido de los elefantes; los chillidos de los monos y los aullidos de los raksas.

 

Indragita, hijo de Ravana, gloria y orgullo de Lanka, poseedor de unas armas mágicas sin igual, salió al campo de batalla para cambiar la suerte de la lucha.  Desposeído del carro y los caballos por Angada, deslizóse con cautela sobre la cenagosa superficie y llegó cerca de los dos príncipes, escondido entre nubes tenebrosas, desde las cuales lanzaba sus dardos sobre Laksmana y Rama, causando alrededor de éstos innumerables muertes.  Viendo que nada podía vencer a los dasaritas, lanzó con furia su dardo naga, el lazo de serpiente viva que sorbía la sangre del corazón al enemigo emboscado en la nube.  Inútil que atacaran al guerrero invisible y rebatieran los golpes mortales que les dirigía.  Los dos hijos del rey Dasarata cayeron en tierra, bañados en su propia sangre, en el campo de batalla.

 

Ebrio de júbilo, indragita, lanzando una horrible carcajada de triunfo, acudió al palacio de su padre para vanagloriarse de la hazaña cometida.  Nadie había podido ni tan siquiera herir a Rama y a su hermano, y él tan sólo lo había conseguido.

 

–Heridos de muerte los dejé en el campo, estando, además, atados de manos con la cuerda de mi arco mágico, ligadura de la que no podrán soltarse.  ¡El triunfo de la batalla es nuestro!

 

Los raksas, que oyeron estas palabras mensajeras de tan placentera noticia, comenzaron a gritar al unísono:

 

–¡Rama ha muerto!  ¡Rama ha muerto! ¡Victoria por Ravana!

 

Los simios se llenaron de pavor ante estas palabras y temblaron, pues muertos los príncipes, que eran casi divinos, nada podían hacer ellos contra los terribles raksas.

 

–¡Oh poderoso señor!  Cumpliendo tus deseos fui al campo de batalla, y busqué a los príncipes dasaritas, a quienes hallé, tras mucha fatiga, junto a frondosos árboles.  Envuelto en negras nubes de polvo me acerqué a ellos procurando herirlos con mis armas, lanzándoles luego la cuerda viva de mi argo mágico, y ahora están muertos y atados junto a los árboles tras los cuales se escudaban.

 

Ravana, gozoso, hizo que trasladaran a Sita a un lugar desde donde pudiera ver bien el escenario de la lucha.  Allí, entre los montes de cadáveres, pudo distinguir tendidos en el suelo a Rama y su hermano, a los que rodeaban los atribulados simios, mientras a lo lejos sonaban los gritos victoriosos que lanzaban los raksas celebrando su triunfo.

 

No pudo la princesa resistir tan horrible nueva y cayó al suelo, desmayada.  La muerte pareció cernerse sobre su linda cabeza; sus mejillas palidecieron hasta tomar un matiz ceniciento, sus labios quedaron lívidos, sus dulces ojos se fueron cubriendo por los violáceos párpados, y apenas un débil soplo de aliento permitía adivinar que aún vivía.  Largo tiempo tardó en recobrar los sentidos y las lágrimas que empaparon su hábito dieron testimonio de cuán copioso fue el llanto que vertiera.  Entonces, incorporándose, se expresó así:

 

–Ya no quiero vivir.  No puedo sobrevivir al esposo magnánimo a quien tanto he amado.  Pero no me mataré, pues bastará a arrancarme la existencia la pena que me embarga al saberle perdido para siempre.  Una mujer casada sólo halla consuelo y alegría al lado de su esposo; si éste le falta, no le queda otro recurso que la muerte.

 

Los sollozos entrecortaban su voz, pero prosiguió diciendo:

 

–La vergüenza empañaría mi buen nombre si yo te dejara solo en la muerte.  ¡Oh!  ¿Por qué has tenido que morir, Rama, esposo mío tan amado?  Por acudir a salvarme, por escuchar la súplica que te envié por Hanumana, has perdido la vida.  Siendo así, ¿Cómo podré yo sobrevivirte?  Tú, el más noble de todos los mortales, debes estar ya en las regiones celestes, junto a tus antepasados.  ¡Oh Rama, esposo mío!  ¿Por qué me escogiste por compañera en los felices años de mi adolescencia?   Logré la dicha de amar y ser amada, y vivíamos felices y tranquilos en medio de nuestro destierro, en la humilde cabaña que santificaban tus virtudes y tu austeridad.  Pero he aquí que vienen los enemigos a asediarte, que tú mueres, y que tu fiel esposa te sigue a la región ultraterrena.  Fuimos tres en la montaña:  tú, Laksmana y yo; volveremos a reunirnos allá, en las brillantes estrellas que contemplábamos todas las noches.

 

La raksa Tridiata no pudo menos de conmoverse ante estas manifestaciones de profundo amor de la princesa, y así, cogiéndola de las manos, la consoló diciéndole:

 

–¡Hermosa reina, la de ojos grande cual hojas de nenúfares, la de las manos de azulado matiz como flores de loto, la de talle flexible y corazón amante,  no te entregues a la desesperación y la muerte:  tu esposo vive!

 

–¿Cómo lo sabes? –preguntó ansiosa la joven princesa.

 

–Hay señales inequívocas que acompañan siempre a la muerte de los héroes.  Cuando falta el jefe principal es igual que cuando se decapita un hombre; vacila, flojéanle las piernas y cae el cuerpo.  Cuando es un ejército, huyen los soldados a la desbandada, no pudiendo, en su desorientación, oponer resistencia al enemigo.  Pero los simios, por el contrario, pasado el instante de pánico que les produjo el contemplar las heridas de Rama y de su hermano, se han rehecho en buen orden y se agrupan en torno a los cuerpos de ambos príncipes dasaritas.  Por eso, ¡oh Sita!, enjuga tus lágrimas y no temas.  Rama no ha muerto y tal vez tampoco su hermano.

 

Pareció como si con esas palabras alentadoras de la noble raksa recobrar la princesa la vida por momentos, pues la sangre acudió a sus mejillas, brilló en sus ojos una luz  de esperanza, e incorporándose dijo, con acento en el que vibraban el amor y  la dicha:

 

–¡Permitan los dioses, oh Tridiata, que tu boca haya pronunciado palabras de verdad, pues sería mucho más doloroso para mí tener que morir después de haber creído en lo que dices!

 

Así, fueron inútiles, todos los esfuerzos de Ravana para matar a Rama, amado de los dioses, como inútil era también la lucha que sostenían los raksas contras las huestes del príncipe dasarita.  Uno tras otro morían los caudillos de los terribles genios.

 

Estando Rama caído en medio de los cadáveres pestilentes, se acercó Marut, el dios del Viento, quien, soplando en el oído del príncipe, dijo:

 

–No te dejes abatir, ¡oh Rama!  Reanima las fuerzas de tu espíritu, recuerda que reside en ti un destello de la bondad eterna, que estás en la tierra para libertar a los hombres del poder terrible de los raksas.  Pronto vendrá a socorrerte Garuda, el formidable devorador de serpientes, quien os libertará a ti y a Laksmana de estas ataduras afrentosas que os ha impuesto Indragita.

 

Apenas Marut hubo terminado de hablar cuando en el cielo surgió un pájaro inmenso, cuyo plumaje parecía incandescente.  Era Garuda.  Terrible y bello avanzaba, llevando desplegadas las enormes alas, hacia donde estaban los simios.  Éstos, no pudiendo resistir el fulgor que despedía, cayeron al suelo postrados, y las serpientes huyeron en todas direcciones, poseídas de espanto.

 

Cuando la maravillosa ave distinguió con sus poderosos ojos a los dos príncipes, descendió hasta tocar el suelo; luego con las puntas de sus alas limpió los rostros de Rama y Laksmana, cuyas heridas se cerraron como por encanto, sin dejar señales ni cicatrices, y quedaron ambos príncipes tan bellos y resplandecientes como si se hubieran bañado en un rayo de luna.

 

Terminada la misión que allí le había traído, regresó Garuda a lo alto, y su ascensión fue tan vertiginosa que, más que el batir de sus alas, parecía le impulsara por un poderoso vendaval.

 

Los simios, recobrados poco a poco del temor y el asombro que les produjo la aparición de Garuda, celebraron la presencia de sus jefes vueltos a la vida con gritos de júbilo.

 

Aquellos gritos dieron a conocer a los raksas que Rama había conseguido escapar a la muerte que le infiriera Indragita, lo que los llenó de terror.

 

No tardó en difundirse la voz entre los raksas de que Rama había vuelto a la vida por influjo maravilloso, tomando otra vez el mando de los simios.  Al ver cernerse sobre la ciudad de Lanka el peligro de un nuevo ataque , Ravana convocó a sus capitanes para escoger entre ellos al que debía dar muerte al príncipe asceta, y eligió al terrible Dumraksa.

 

Éste aceptó gozoso el encargo, y subiendo en un rapidísimo carro de combate, armado con su arco, salió de la ciudad.  Desde larga distancia comenzó a lanzar flechas, con tal rapidez que caían sobre los simios como gotas de lluvia torrencial, con lo que los monos huyeron a la desbandada.

 

Advirtiendo la matanza que hacía el demoniaco raksa entre su ejército, Hanumana, animado de fuerza sobrenatural, asió un trozo de roca y lo arrancó de la montaña, dispuesto a lanzárselo al enemigo; pero éste, que blandía en la diestra su descomunal maza, erizada de envenenadas púas, salió al encuentro de Hanumana dispuesto a descargarla sobre su cabeza.

 

Se contemplaron unos instantes los dos adversarios de hito en hito, blandió Dumraksa su arma terrible, aprestóse Hanumana a arrojar el gigantesco proyectil, y acometiéronse.  Como Hanumana no se preocupó de evitar el golpe, sino tan sólo de matar a su adversario, la agilidad de su ademán le sirvió de defensa, y la roca aplastó bajo su peso enorme el cuerpo de Dumraksa.

 

Llegó a Lanka la noticia de la muerte de Dumraksa, y Ravana, encolerizado, ordenó a Acampana, otro terrible espíritu infernal, que acudiera a exterminar en lo posible el ejército de los simios.

 

Apenas repuestos de las formidables acometidas que antes los habían dispersado, los simios volvieron a caer destrozados ante las flechas que les lanzaba su nuevo enemigo, quien legaba al campo de batalla con ánimo de matarlos a todos.   Hanumana, que se hallaba descansando bajo una encina del terrible esfuerzo que hizo para arrancar la enorme mole y lanzarla sobre Dumraksa, al advertir la horrible carnicería que se perpetraba con sus parientes y amigos, asió con mano firme la encina bajo la cual había estado descansando, la desarraigó de un solo tirón y, blandiéndola cual si fuera un látigo, descargó tan fuerte golpe sobre Akampana que le quitó la vida.

 

Llegó la noticia, como llegan siempre las malas nuevas, como un rayo, al palacio de Ravana, y éste, desconfiando ya de poder conseguir lo que tanto anhelaba, decidió ir él mismo a combatir a aquellos esforzados enemigos.

 

Resplandeciente como una llama era el carro en que montó Ravana, y sus corceles de guerra eran incomparables.  El redoble del tambor, el grito de guerra de los raksas, los cantos de triunfo hacían retemblar la tierra.  Al atravesar el carro de Ravana las puertas de la muralla de la ciudad, pudo verse a éste erguido y disparando sus inflamados dardos, con los que caían los simios a montones.

 

Tras de una titánica lucha contra Sugriva y Hanumana, el príncipe simio, Ravana se encaminó hacia donde Laksmana le esperaba, con serenidad y orgullo.  Éste, dirigiéndose al monarca de la ciudad infernal, le dijo a grandes voces:

 

–Demuestra que no conoces el miedo y lucha conmigo, en vez de malgastar tu fuerza contra mis amigos los simios.

 

 –¡Me llena de gozo poder luchar contra el valeroso hijo de Ragú!  Estoy deseoso de enfrentar mi arco contra el tuyo –repuso Ravana.

 

Y los dos al unísono alzaron sus armas.  El rey de Lanka inclinó su arco y lanzó siete flechas silbadoras contra el gentil Laksmana, pero éste, a su vez, a medida que llegaban, con sus dardos dorados como los rayos del sol iba partiendo las flechas por la mitad.  Alcanzado por las flechas de Laksmana, pálido de ira y con el rostro contraído por el dolor de sus heridas, Ravana empuñó su sakti, preciosa jabalina, regalo de los dioses en otros tiempos, que llevaba incrustaciones de marfil, oro y lapislázuli.

 

Lanzada la jabalina por el monarca raksa, con un odio feroz, nada pudo hacer el príncipe dasarita para defenderse, y, atravesado por el arma, cayó al suelo bañado en su propia sangre.  Rama, que había observado el combate con gran atención, no vaciló un momento en salir en persona a luchar contra el rey de Lanka, y en su veloz carrera tropezó con los cuerpos de Sugriva y Hanumana, muertos por Ravana en terrible combate, y temeroso de que éste se enorgulleciera combatir contra él, brazo a brazo, le llamó desde larga distancia diciéndole:

 

–¡Atiende, Ravana, escúchame!  Yo soy Rama, el asceta, esposo de la bellísima princesa Sita, a quien tú guardas prisionera en tu ciuda.d  Yo, el príncipe primogénito de Dasarata, salgo a tu encuentro para castigar tu infamia y maldad.  Inútil será que busques refugio en el centro de la tiera, pues no lograrás escapar de mi cólera.

 

Y así diciendo lanzó flecha tras flecha contra el carro de Ravana, pues no pretendía herir al raksa, sino tan sólo destrozar las ruedas, el estandarte, la sombrilla de seda blanca con mango de oro que le servía  de toldo,  dar muerte a los corceles y obligar a Ravana a echar pie a tierra.  Luego, estando ya a pocos pasos uno de otro, disparó Rama un dardo contra su enemigo, quien experimentó tan terrible dolor al recibir la flecha en su pecho, que el arco se escapó de sus manos.  Entonces Rama, limitándose a arrancarle de la cabeza la refulgente tiara, partióla por la mitad, en forma de media luna, privándole así el signo de la realeza entre los de su raza.

 

Luego extendiendo la mano hacia la ciudad de Lanka, le dijo una sola palabra:

 

–¡Vete!

 

Ravana asombrado ante la para él incomprensible generosidad de Rama, recogió su arco roto y, después de mirar con tristeza al destrozado carro y a los corceles muertos, regresó a su ciudad, humillada su gloria y desprestigiado su poder.  Al penetrar en su palacio reunió a todos los poderosos y valientes, a los que comunicó lo que le había ocurrido, sin ocultar el más mínimo detalle.  Tras los portales cerrados de la ciudad de Lanka, el príncipe de las tinieblas se dirigía a sus súbditos en estos términos:

 

–¡Inútiles fueron mis hazañas de innúmeros siglos!  ¡Vanos también vuestros esfuerzos en superarme!  El Mal está vencido sobre la haz de la tierra, y yo, que soy el más alto representante de los espíritus infernales, me he visto humillado por un simple mortal.  No veo otra solución para dominar al odioso Rama que ir a pedir ayuda a mi hermano Kumba-Karna, el cual, desde que Brama le lanzó su maldición, vive aletargado en permanente sueño.  Él es un gigante, por lo que podrá más que todos nosotros, los raksas.  Él podrá destruir la tropa de los simios y evitar así que escalen las murallas de Lanka, privándonos de nuestro inviolable refugio.

 

Partieron velozmente mensajeros en busca de Kumba-Karna, quien, en el antro secreto que le servía de guarida, dormía roncando tan fuertemente que semejaba el fragor de una borrasca en alta mar.  Inútiles fueron los esfuerzos de los raksas para despertarle.  Probaron primero a entonar cánticos en su alabanza.  Luego le asieron por brazos y piernas y tiraron de él con energía hasta que el sudor de la fatiga empapó sus cuerpos.  Tod en vano.  Sacaron sus trompetas de metal, relucientes como la luna en una noche estrellada, y con ellas atronaron los oídos del demonio, mientras otros raksas salieron fuera para azuzar con paños y látigos a sus camellos, asnos y corceles, sin olvidar tampoco a los elefantes, con lo que la algarabía gigantesca y discordante que promovieron los animales se mezclaba con el redoblar de los tambores y el chocar de los sistros, que no callaban un solo instante.

 

Despertado al fin por el infernal ruido, el gigantesco demonio extendió sus enormes brazos para desperezarse, bostezó dejando ver una boca tan amedrentadora como el cráter de un volcán, y preguntó a los que le rodeaban la causa de que estuvieran allí.

 

Al ser informado por Ravana de las muertes que Rama había causado entre los de su raza, dando alaridos ensordecedores dijo el gigante:

 

–Querido hermano, no hay motivo para que te desanimes;  pues ¿quién es Rama?  Un mísero mortal.  ¿Quiénes son sus compañeros?  Débiles monos.  Por tanto, aunque el azar haya permitido que triunfaran sobre los valerosos raksas, yo te prometo acabar de una vez con el príncipe dasarita, de tal modo que no quedará ni un solo pedazo de él que puedan reconocer.  Que las huestes de los raksas permanezcan donde están.  Para esto me basto yo solo.  Así, pues, se dirigió hacia el campamento de los simios, donde promovió un terrible estrago entre los monos, a los que cogía para devorarlos uno tras otro, como si fueran cerezas.  A los que no podía, debido a que no le alcanzaba el tiempo para aquel bárbaro festín,  los tiraba al suelo y los aplastaba, como pudieran hacerlo los elefantes con débiles pajarillos.

 

Algunos raksas, deseosos de contemplar aquel espectáculo tan atractivo para ellos, habían acudido a las murallas de la ciudad a solazarse con la derrota de los simios en manos de Kumba-Karna.

 

No tardó en llegar a oídos de Rama la desastrosa noticia de que un genio gigantesco hacía enormes bajas entre las filas de sus soldados, por lo que el héroe, tomando con mano firme su arco, aquella arma incomparable que debía a su virtud, adelantóse para hacer frente a Kumba-Karna defender a sus aterrorizados aliados.

 

Al ver Kumba-Karna al príncipe que se dirigía en su busca, dando un alarido de rabia arremetió con su poderosa maza para aplastar la cabeza del anacoreta; pero éste, sin que su pulso temblara, le lanzó dos flechas que fueron a clavarse en pleno corazón del raksa, quien al sentir su cuerpo atravesado dejó caer la maza, empezando a dar manotazos a diestro y siniestro y a devorar simios y raksas, indistintamente.

 

Queriendo Rama detener los daños que causaba el gigante, lanzóle una flecha al brazo, con lo que éste se desprendió del tronco; pero era tanta su fuerza que, al caer en medio de los aterrorizados simios, iba repartiendo golpes terribles, derribando a todos cuantos hallaba a su alcance.  Lanzóle Rama otra flecha y consiguió cortar el otro brazo, pero Kumba-Karna seguía causando horribles destrozos entre los simios, por lo que el asceta tuvo que cercenarle también las piernas, y aun mutilado de tan terrible manera el horrible genio daba grandes saltos, gritando de tal manera que Rama tuvo que llenarle la garganta de flechas para impedir que lanzara más alaridos.  Entonces fue cuando el héroe le tiró el dardo final, separando la cabeza del mutilado tronco.  Pero aun en su muerte tuvo que hacer daño el gigantesco demonio, pues al caer a tierra aplastó bajo su enorme tronco a dos mil monos, que quedaron sepultados debajo.

 

Inútil parecía querer luchar contra el poderoso Rama, pues los caudillos raksas, uno tras otro, caían bajo las flechas de los hijos de Dasarata.  Los hijos de Ravana habían dejado también su vida sobre el campo de batalla ensangrantado:  el valiente Narantaka, muerto por el no menos bravo Angada; Trisirasa y Devantaka,  a los que Hanumana mató en la batalla; Atikaia, alto y forzudo, muerto por el valerosísimo Laksmana.  Ravana lloraba la muerte de aquellos valerosos príncipes, tan valientes y aguerridos.

 

–¡Oh padre! –le dijo Indragita-.  No llores, pues mientras yo viva hay posibilidades de victoria.  Ya una vez dejé bañados en sangre a Rama y Laksmana.  Una segunda vez puedo matarlos.  ¡Oh señor de los raksas, escucha tú mi juramento!  Antes de que el sol radiante que nos alumbra haya llegado al confín del horizonte habré conseguido cortar los días de vida de los príncipes dasaritas.  ¡Sean testimonios de mi juramento los dioses Indra y Vivasuata, el gran Vishnu y el terrible Rudra, así como el sol y la luna, las estrellas y la mar!

 

Las anchas puertas de la ciudad se abrieron de par en par de Lanka que daban al espacioso campo de batalla y salieron en tropel las fuerzas que llevaba como ayuda.  Hizo alzar un altar al dios del fuego y ante él, antes de comenzar la batalla, le hizo ofrenda de valiosos presentes y prorrumpió en cantos sagrados.  Al ver el presagio de victoria en la forma como se encendían las llamas, el guerrero raksa cogió las armas bendecidas por el dios y comenzó a enviar dardos contra los enemigos desde la sombra de niebla que le envolvía.

 

Rama y su hermano, al ver caer de la niebla innumerables flechas, comprendieron que habían de luchar otra vez contra el invisible genio, el cual, astuto, se ocultaba en negros celajes para evitar que le pudieran herir.

 

–Otra vez el pérfido raksa, envuelto en espesa niebla por el poder del gran Suaiambu, nos ataca con una lluvia de saetas desde su oscuro refugio.  Inútiles son nuestras armas humanas contra la suya, de imponderable fuerza.  Si así lo quiere Suaiambu, tendremos que hacer frente a los terribles dardos, querido hermano –dijo Rama al ver caer a tantos  y tantos simios ante las flechas de Indragita-.  ¡Esperemos con paciencia y sabremos morir como los héroes, con el corazón indomable!

 

A pie firme y con dignidad los dos príncipes esperaron el abrazo de la muerte, sin armas, pero serenos y valerosos.  Bajo los dardos del enemigo cayeron los dos hermanos a tierra, heridos y desangrándose.  Lleno de júbilo por su victoria, Indragita regresó junto a su padre, y sus carcajadas resonaron, entre las nubes que le envolvían, como los clarines del triunfo.  En el campo de batalla, por segunda vez, Rama y su hermano yacían muertos.  El triunfo era del Mal.  El Bien había perdido.

 

Pero Diambavata, el monarca de los osos, había escuchado la horrible noticia de la muerte de Rama, y acercándose al lugar del combate distinguió a Hanumana que aún alentaba.  Acercándose entonces a Vibisana, el raksa regenerado, le dijo:

 

–Contempla desde aquí el cuerpo de Rama, sangrando sobre la tierra.  ¿No te da inmensa tristeza tal espectáculo?  El ejército que tiene por jefes a un héroe y a un santo no debe resignarse a la derrota; no debe pensar que pueda un espíritu tan noble como el de Rama separarse de su cuerpo, tan sólo porque la sangre escape de sus venas.

 

Pero Vibisana no repuso nada a estas palabras.

 

El rey de los osos, sin desalentarse por el silencio del raksa, se dirigió a Hanumana, a quien, sacudiéndole con sus poderosas zarpas, dijo:

 

–¡Atiende a lo que te digo, valiente y esforzado Hanumana!  Pues que todavía respiras y la sangre de tus heridas ha cesado de manar, levántate y toma energías, pues de ti depende la vida de los príncipes ascetas, del valeroso Laksmana y su justo hermano Rama.  Escucha mis palabras:  ¿ves aquellas montañas elevadísimas, cuyas cumbres se pierden entre las nubes que tiñe de rosa el sol?  ¡Son las altas cimas del Himalaya!  ¿Ves, entre ellas, una pequeña montaña de un color amarillento, reluciente como una estrella?  Es el pico de Kisaba, la montaña de oro.  Más lejos todavía, entre dos enhiestas cumbres, hallarás otra montaña a la que los rayos del sol iluminan antes que a otra ninguna.  Aquélla es la que tienes que escalar.  En ella crecen las hierbas más salutíferas.  Hallarás un planta a cuyo contacto los muertos resucitan; otra que cicatriza las llagas y que, aplicándola sobre las heridas, atrae las astillas de las flechas, extrayéndolas.  Y todavía existe otra, que no tiene determinado color, que también es preciso que traigas, pues devuelve a los cuerpos la lozanía y la salud de la robustez.  Y ahora, Hanumana, vuela en dirección a la montaña mágica de la salud, coge las hierbas que te he dicho y regresa con ellas para devolver la vida a tu rey, a los dos hermanos dasaritas y a tus hermanos, los guerreros simios.  ¡Corre, Hanumana!

 

Hanumana, que era hijo de Marut, el viento, estimulado por las palabras de Diambavata, el peludo y enorme rey de los osos, dirigió su vuelo hacia la cordillera del Himalaya, decidido a llevar a feliz término la misión encomendada.

 

Al llegar a la montaña de las hierbas mágicas, Hanumana, sin arredrarse por la majestad de sus paisajes ni por el peligro que representaba el volar a tan vertiginosa altura, púsose a buscar con sumo cuidado las plantas medicinales de que le hablara Diambavata; pero las mágicas hierbas, cuanto más buscaba el simio, más se escondían entre el follaje.  Al ver Hanumana que no lograba descubrirlas, irritado, arrancó de cuajo la meseta de la montaña, que era donde crecían las hierbas, y con ella a cuestas, sin detenerse un instante, llegó al campamento de los simios atravesando velozmente el inmenso espacio que separaba el campo de batalla de la cordillera del Himalaya.

 

Todas las personas que pudieron ver la gigantesca mole que formaban el simio y la meseta de la montaña, creyendo que llegaba el fin del mundo, ser refugiaban en sus hogares y rezaban a sus dioses, pues el pánico las dominaba.

 

Al enterarse los simios de que en aquella montaña desprendida estaban las hierbas que conseguirían curar a sus compañeros muertos y heridos, así como a sus príncipes y caudillos, acogieron con gritos de júbilo al héroe que había arrancado aquella mole, y registraron todos con afán la selva de la montaña en busca de las medicinales plantas.

 

Cuando al fin estuvieron en sus manos, las fueron aplicando a los cadáveres de sus compañeros y éstos, a su mágico influjo, revivían de nuevo.  Los que estaban heridos por las flechas sanaban al punto, cerrándose las heridas y borrándose las cicatrices al instante, como si nunca hubieran sido tocados por dardo alguno.  Rama y su hermano Laksmana, socorridos en seguida por los simios, otra vez en la plenitud de su poder y fuerza, agradecieron con demostraciones de sincero afecto la acción del heroico Hanumana. 

 

Enterado Indragita de la hazaña de Hanumana y deseando asegurar su victoria, determinó emplear una nueva estratagema.  Puesto que parecía imposible matar al príncipe hiriéndole en el cuerpo, había de hallarse la manera de matarle el alma,  haciendo que la desesperación se apoderase de él y se suicidara después de enloquecer.

 

Por medio de sus poderosas artes construyó el cuerpo de una mujer en todo semejante a Sita, la esposa del príncipe asceta, desde su negrísimo cabello, sus grandes ojos y esbelto cuerpo, hasta la voz tan suave y deliciosa como el murmullo del viento en primavera.  Cuando lo hubo determinado, Indragita cogió el fantasma de Sita, lo puso en su carro de combate y se dirigió al campo de batalla.  Los monos, como era lógico, al distinguir el fantasma de la hermosa princesa de Mitila se formaron en apretadas filas para rescatarla.  Hanumana, que no tenía la menor duda sobre la autenticidad de aquella mujer que él creía esposa de Rama, se precipitó contra el carro y alargó los brazos para alzarla.

 

Pero Indragita, entre terroríficas carcajadas, alejóse en el especio, contento de ver surtir efecto a su engaño, y cuando estuvo a una altura desde la que le veían bien todos los simios, sacó su puñal y golpeó con él repetidas veces el cuerpo del fantasma.  Éste, al sentirse herido, no cesaba de llamar a Rama con dulces palabras; pero al fin cesó de hablar, pues Indragita dividió el cuerpo en dos trozos con la misma facilidad que si hubiese sido una pluma, y lo lanzó contra la tierra, acompañando su acción con horribles insultos contra los simios y sus jefes, principalmente contra Rama.

 

Imposible narrar el dolor  que experimentó Rama al escuchar, de labios del valiente Hanumana, el desenlace de la tragedia ocurrida a su dulce esposa.  Una angustia y temblor mortales le sacudieron, y el príncipe dasarita se desmayó a los pies del leal simio.  Cuando volvió en sí, Vibisana, que era experto en las infernales artes de su ciudad, le dijo con dulces palabras de consuelo que era imposible que Sita hubiera muerto:

 

–No temas –le dijo- por la  vida de tu esposa.  Indragita no puee matar a la que Ravana quiere por mujer, pues es por ella que el impío demonio expone su vida, su cetro y su imperio.  Yo sé bien las astucias infinitas que poseen los espíritus infernales.  Es posible que en lo que te ha relatado Hanumana no hay ni un átomo de verdad.   Mientras nuestro ejército llora la muerte de la que creyeron Sita, el astuto enemigo está haciendo sus ritos al dios Nikumbila.  Si acaba el sacrificio, nadie podrá combatir con el hijo de Ravana.  ¡Que el joven y valiente Laksmana vaya a Lanka y busque al enemigo, matándole en el mismo lugar del sacrificio!

 

Oyendo las sensatas palabras de Vibisana, Rama dio a su hermano lo más escogido de su ejército.  Apenas había empezado Indragita los ritos del sacrificio cuando fue sorprendido por los enemigos, quienes, armados hasta los dientes, le rodearon.

 

Iracundo, Indragita se dirigió al raksa arrepentido diciéndole:

 

–¿Eres tú, el hermano del rey mi padre, quien viene traidoramente a perderme?  Eres raksa, hijo de raksas, ¿y eres traidor a tu raza, tu religión y tu familia?

 

–Joven  loco, cuyas pasiones impuras te hacen desconocer mi rectitud –respondió Vibisana-:  amargas palabras has pronunciado.  Has de saber que la verdad y la nobleza se han adueñado de mi corazón hace ya tiempo, al ver que esta tierra ya no podía sobrellevar la carga de los pecados de nuestra raza, y sobre todo de tu padre, quien ha sido condenado por la tierra y los cielos para con los hombres.  Y escucha todavía:  moriréis tú y tu padre, y muchos de nuestra raza morirán también.  Morirá el Estado, la ciudad de Lanka será destruida por el tiempo implacable, y en nuestro reino no durará la huella d nuestro paso más de lo que dura una pisada en la hierba verde.

 

Nada repuso a esto Indragita, sino que, volviéndose hacia Laksmana, le amenazó diciendo:

 

–Imprudente eres al querer desafiar al destino.  Dos veces os he dejado muertos, en el campo de batalla, a tu hermano y a ti.  Dos veces vuestra sangre ha corrido entre la hierba, juntándose con la de los simios, vuestros guerreros.  Y ahora, sin tener todavía bastante, te acerca a mí para desafiarme.  Pues bien:  muere de nuevo si así lo quieres.

 

Pero el valiente Laksmana, mientras preparaba sus armas para el inminente combate, dijo al hijo de Ravana:

 

–No te envanezcas de tus falsas victorias, pues no es valerosos ni héroe  quien para vencer se oculta en una nube negra, y así, desde la oscuridad de su refugio, ataca a su enemigo.   Yo, en cambio, lucho en combate leal.  Deja de hablar y lucha, pues las bravatas son las armas del cobarde.  Coge tus armas y procura defenderte, pues uno de los dos tiene que morir.

 

Con el corazón encendido por la furia lanzóse Indragita al combate.  Cada guerrero pudo apreciar, en el ardor de la lucha, que su rival era digno de sus armas.  En un descuido del raksa, Laksmana pudo traspasar, con sus flechas potentes, la áurea coraza de su enemigo, mientras que, casi al mismo tiempo,  la armadura de Laksmana caía a tierra, destrozada por los dardos de Indragita.  Cegados por la sangre, teñidos de rojo de la cabeza a los pies, ninguno de los dos cejaba en su empuje ante el adversario, ninguno pedía ni otorgaba merced ni piedad.  Por fin, en un esfuerzo sobrehumano, Laksmana, después de matar a los corceles y al conductor del carro del raksa, le rompió el arco.  Entonces, invocando al cielo, dijo:

 

–Si Rama, parecido a los dioses, es leal en su fe y su deber, que ellos me ayuden. –Y lanzó su dardo.

 

Acertada y fatal fue la puntería, pues los dioses ayudan al leal y al audaz.  Sobre el campo de Nikumbila el demonio Indragita, hijo del rey de los raksas, el enemigo de rama y Laksmana, cayó con la cabeza cercenada.

 

Al borde de la locura y el paroxismo de la rabia puso a Ravana la noticia de la muerte de su hijo Indragita.  En su desesperación, confudiendo la causa de la guerra y de las muertes, Ravana se dirigió al jardín de las asokas, espada en mano, para partir a Sita por la mitad, pues si Indragita la Había partido en imagen, él la partiría de verdad.  Pero las mujeres raksas que velaban porque Sita no escapara, compadecidas de tan triste suerte, la rodearon, interponiéndose entre ella y el monarca.  Los cortesanos recordaron a Ravana que no es de guerreros poderosos alzar la mano contra las mujeres, y mucho menos matarlas, con lo que pudo evitar Sita una muerte cierta, pues el recuerdo de la muerte del hijo empujaba a su padre a la represalia.

 

Era tal el ímpetu de su sed de venganza, que Ravana se dirigió a sus caudillos diciéndoles:

 

–Es mi deseo que todo raksa se arme en son de guerra.  Desde el poderosos caudillo hasta el hombre más humilde.  Mi hijo Indragita ha sido muerto por el príncipe Laksmana, hermano de mi enemigo Rama, y tengo que vengar su muerte.  Así también vengaremos la de Dumraksa, Acampana, Kara y Dushana, juntamente con la del gigante Kumba-Karna.  Ni la tierra ni el cielo, ni las potentes olas del océano, podrán salvar a mis enemigos.  Las filas mal formadas de las tropas de Rama conocerán la fuerza de mis guerreros y la tierra se volverá roja de sangre.  Que no quede un hombre en la noble ciudad de Lanka sin empuñar una arma.  ¡Todos, absolutamente todos, deben ayudarme a vengar la muerte de mi amado hijo Indragita!

 

De casa en casa, por la ciudad de Lanka, corrió la orden del monarca.  Movidos a venganza por las palabras de su rey, losraksas llenaban calles y plazas armados de lanzas y jabalinas, mazas, sables y hachas.  Los elefantes de combate formaban enormes filas y enfrente estaban alineados los carros de guerra.  Los camellos y mulas de carga y los fogosos corceles estaban en apretadas filas.

 

Los soldados, armados hasta los dientes, hacían sonar sus armas al avanzar,  y los jinetes, veloces como el rayo, se desplegaban por el campo de batalla.  Los sones de atabales y trompetas, los gritos ensordecedores de los soldados, el ruido de los casos de los corceles sobre la tierra parecían despertar los ecos dormidos de los cielos.  Y por en medio de todos pasó el carro de Ravana como un relámpago.

 

Lúgubres nubes cubrieron el firmamento desde las cumbres al valle, velando la luz poderosa del sol.  Los pájaros callaron; las fieras huían en desbandada; los buitres se cernían sobre los hombres en espera de apetitoso festín, y los chacales lanzaron al aire sus plañidos.  De súbito, como olas del mar embravecido, cayeron los raksas sobre el ejército de Rama.  De un ejército y otro caían los más valerosos caudillos.  Mahodara y Virupaksa fueron muertos por el rey de los simios, Sugriva.  En manos de Angada, Mahaparsua  perdió la vida.  Pero el que más muertes causaba era Ravana, quien, desde su veloz carro de combate, esparcía guerreros simios por doquier.  Y de súbito, entre un grupo de caudillos vanars, descubrió Ravana al joven Laksmana, preparado con sus armas de combate.

 

Apenas vio al causante de la muerte de Indragita, azuzó Ravana sus corceles, que corrían como si tuvieran alas.  Pero Vibisana, con certeras flechas, mató a los fogosos animales.  Sin amilanarse por ello, Ravana se dirigió a pie hacia donde su hermano Vibisana estaba junto a su más mortal enemigo.  Cuando llegó cerca, lanzó su poderosa jabalina para matar a su hermano, traidor a su raza, pero Laksmana, con certera puntería, partió la jabalina en el aire, salvando así la vida de Vibisana.

 

Y así exclamó Ravana, pensando en su próxima venganza:

 

–Tiembla ante mí, Laksmana, pues soy el que ha de conseguir tu muerte.  Tiembla, pues vengo a ti con la justa ira de una padre a quien le ha sido arrebatado su hijo.  ¡Si tu destreza y tu valor han podido salvar la vida de Vibisana, traidor a su raza y a su patria, mira también que logren salvarte a ti!  Pues mi brazo va hoy animado de una fuerza potente.  ¡Mi corazón está invadido por una pena cruel!

 

Y al pensar en la vergonzosa muerte de su hijo, Ravana dio un impulso irresistible a su jabalina, que atravesó el pecho de Laksmana.  Luego, herido a su vez por una flecha, Ravana, sin carro ni caballos huyó en dirección a su ciudad para salvar la vida.

 

El dolor de rama ante el cuerpo inerte de su hermano fue inmenso.  Sus lamentaciones y gemidos conmovían hasta las piedras, y sus palabras, al dirigirse al cuerpo yacente del príncipe, eran de profunda tristeza:

 

–Me seguiste desde la lejana Ayodia para compartir conmigo mi destierro; durante las batallas siempre estuviste a mi lado para defenderme en los momentos de mayor peligro.  Ningún amor terreno, tanto de mujer como de amigo, de pariente o compañero, puede compararse al tuyo, abnegado Laksmana.  Un amor semejante, amado y fiel hermano, no se puede hallar en la tierra.   Muerto tú, Rama ya no ama la vida; perdidos están su fuerza y su valor.  Las armas caen de sus manos entorpecidas; la espada cuelga desmayada en su vaina.  Cansado está de luchas y triunfos, y puesto que su mejor amigo y hermano ha muerto, quiere dormir también a su lado.  ¡Oh Laksmana!  Víctima fuiste de mis pecados,  y la sombra de tu muerte me atormentará mientras viva.  ¿Qué puedo responder a Sumitra, tu dulce esposa, a la que abandonaste por acompañarme?  ¿Qué contestaré cuando me pregunte por su héroe, por quien llora noche y día?  ¿Qué, pues, responderé a Barata cuando me pregunte dónde está el que marchó tras de mí a la selva, dispuesto a protegerme?  ¡Oh tú, el más bravo de mis guerreros, el mejor de los hermanos, el más fiel de los amigos!  ¿Por qué estás ahí tendido, insensible a mis palabras?  La madre, la esposa y el hermano te esperan.  ¡Abre otra vez los ojos, Laksmana, vuelve en ti!

 

Nada respondía el joven héroe, porque estaba muerto.  Pero Hanumana, que guardaba todavía las mágicas hierbas que lograron la anterior vuelta a la vida  de Rama y su hermano, las entregó al príncipe dasarita.  Vuelto de nuevo del tenebroso reino de la muerte, Laksmana se dirigió a preparar sus armas, agradeciendo a su hermano la asistencia prodigada.

 

Mientras tanto Ravana, quien no había huido del campo de batalla por miedo, sino para poder rearmarse para una nueva lucha, había uncido los ligeros corceles al nuevo y poderoso carro de guerra.  Al ver los dioses que Rama esperaba la llegada del rey delos raksas sin carro que le protegiera, el poderoso Indra ordenó a un dios inferior que su carro celestial fuera llevado, juntamente con sus armas, al lugar donde esperaba a pie firme el valiente Rama la llegada de Ravana.  Tirado por corceles de fuego era el carro celestial y sus armas resplandecientes, pero mientras el dios Matali iba en busca del carro y las armas, Ravana, asiendo su arco con su nervuda mano, consiguió clavar innumerables flechas alrededor de la frente del príncipe, formando como una corona.  Grande debió ser el dolor, pero el intrépido asceta permaneció impasible, como si llevara las sienes ceñidas con una guirnalda de lotos azulados.

 

Llegado el mensajero divino ante Rama, dijo:

 

–Ten, acepta este carro que los dioses te envían, juntamente con estas armas.  Yo seré tu auriga y haré correr tu carro como el viento.  Así podrás matar a Ravana, manchado por el pecado, en este último combate.

 

Subió Rama al carro, llevando consigo las armas y se dirigió a entablar un combate como no han vuelto a ver ojos mortales.

 

Atacáronse los dos enemigos con terrible furia y sus rostros reflejaban las ansias de venganza que los consumía, y sus pechos respiraban odio.  Enormes nubes de saetas tapaban la faz radiante del sol, derramando cada vez más oscuridad en torno a los dos combatientes.  Heridos ambos, resistían con singular bravura.  El dudoso combate se alargaba sin que se pudiera adivinar cuál de los dos enemigos lograría al fin la  victoria.  Ravana utilizaba pica y estaca, maza y tridente.  Rama manejaba tan sólo lanza y flechas.

 

De repente Ravana asió una lanza cuyo filo era de diamante, acometiendo con ella al príncipe, que trataba de defenderse con sus dardos.  Pero a medida  que iban saliendo las flechas del arco poderoso de Rama, Ravana las iba devolviendo.  Enfurecido, empuñó Rama la pica del dios Indra, consiguiendo destrozar con ella la diamantina lanza del raksa.

 

No por ello dejó de pelar el rey de Lanka, sino que no cesaba de intentar herir al príncipe dasarita.  Pero Rama consiguió clavarle tres flechas en el pecho, mientras le gritaba:

 

–¡He de castigar tu maldad!  Eres el más maligno de los genios, pues tu valor solamente se muestra contra mujeres indefensas; pero mi condescendencia ha llegado a su límite y voy  a quitarte la vida.  Aquí mismo, en este campo lleno de cadáveres, tu cuerpo servirá de festín a los negros buitres, que vendrán a saciarse de tus entrañas con la misma avidez con que Garuda devora las serpientes.

 

Así diciendo, y mientras los monos lanzaban una lluvia de piedras, Rama se acercó sin temor a su enemigo y le cortó la cabeza con la espada celestial de Indra.  Pero, al instante, una nueva cabeza brotó sobre los hombros de Ravana, que Rama segó de nuevo.  Apareció otra en su lugar, y otra en lugar de ésta, y así, a medida que iban cayendo en tierra las cabezas de aquel infernal demonio, iban naciendo otras, llegando así a un centenar las que cortara Rama.  Y así la lucha fue prolongándose, teniendo por escenario unas veces la tierra, otras las regiones etéreas, durante siete días y siete noches, sin descanso.

 

Por fin logró tomar Rama un dardo fabricado por el mismo Indra en la noche de los tiempos, dardo que tenía en un extremo el Viento y en el otro un trozo de la materia ígnea de que está formado el sol, habiéndolo dotado Brama con los estigmas que infunden el terror.  El noble asceta, con el alma inflamada de coraje y odio, lanzó contra Ravana el dardo divino, que, al caer sobre el gigantesco cuerpo del fiero enemigo, le traspasó el corazón, y cayó Ravana desplomado, desde la inmensa altura en que su carro se cernía, sobre la ensangrentada tierra.

 

Un desgarrador grito de dolor lanzaron los raksas al ver a su rey caer, muerto, desde tan gran altura.  Un estruendoso alarido de gozo lanzaron a los cielos los simios, persiguiendo a sus enemigos fugitivos.

 

Sobre la ensangrentada llanura llovieron flores celestiales al mismo tiempo que una dulce música resonaba en el espacio.  El sol lucía con más fuerza; el mar murmuraba de alegría; los gentiles céfiros atravesaban el bosque con dulces murmullos y miles de flores lanzaban los más agradables olores, los aromas más fragantes.

 

Y en medio de tales señales de regocijo, una voz que descendía del cielo pronunció estas palabras:

 

–¡Bravo campeón de la lealtad y la justicia!  ¡Cumplida está tu noble tarea!  ¡Tuya es la victoria, Rama invencible!

 

XIII.           RAMA REGRESA A SU PATRIA

 

Al terminar la lucha con la victoria de Rama, éste mandó llamar al fiel Hanumana y le encomendó la misión de ir a rescatar a su esposa de la ciudad donde estaba prisionera.

 

–Ve –le dijo- y libera a mi esposa, si es que todavía vive.  Dile que ya puede sentirse feliz, pues la terrible contienda ha dado fin con la muerte de mi enemigo, su raptor.

 

Marchó Hanumana dichoso a cumplir tal misión, pues todavía conservaba el recuerdo de las amables frases que le dirigiera la bella princesa de los ojos como flores de loto.  Sin ninguna dificultad, muerto el caudillo de los raksas, consiguió llegar el valeroso simio a la ciudad de Lanka.

 

En el interior del palacio permanecía Sita sin saber el resultado de la lucha sostenida; pero su corazón presentía y confiaba en la victoria definitiva de su esposo.

 

Al ver a Hanumana y escuchar sus palabras de bienvenida y su grata nueva, la linda princesa se vistió con sus mejores galas y se adornó de valiosa joyas.  Mandó Hanumana que le prepararan un palanquín de oloroso sándalo, adornado de ricas incrustaciones, y partieron hacia el campamento de Rama, ansiosa la bella princesa de Mitila de poder volver a ver a su esposo, que había conseguido vencer el poder diabólico de Ravana.

 

Durante todo el trayecto no cesó la joven de imaginar  cuál sería el regocijo de su marido al verla ante sus ojos.  Le parecía ver ya la expresiva mirada de amor que le dirigiría y sentir su dulce abrazo.  Orgulloso debía estar de haber realizado la proeza de rescatar a su esposa del poder del temido genio y dar muerte a éste.

 

Y durante el corto tiempo de camino no cesó de alabar al asceta que la escogiera por esposa, pareciéndole más noble y majestuoso ahora que cuando estaba junto al trono de su padre, el rey de Ayodita.

 

Pero rostro de Rama era oscuro, sombrío.  Una  duda le atenazaba el alma y hacía asomar a sus ojos el brillo de las lágrimas contenidas.  Asombrada Sita al ver que él no le dirigía frases afectuosas ni la estrechaba entre sus brazos, prorrumpió en amargo llanto, avergonzada del recibimiento que su esposo le ofrecía.  Y así, fijando en los ojos del príncipe una mirada de ternura y de sorpresa, exclamó:

 

–¿Qué es lo que te apena, esposo mío, hasta el punto de que olvidas el recibimiento que debes a tu esposa, el amor que siempre nos ha unido, y me miras así, con tal dureza?

 

Impasible permaneció Rama ante esta humilde súplica; contrajéronse sus cejas y pronunció estas palabras, con insegura voz:

 

–En mi alma ha brotado una amarga planta:  la desconfianza.  He logrado lavar la ofensa que Ravana me infirió.  El rey de los raksas ha muerto por mi mano y ya no volverá jamás a codiciarte.  Mi honor está a salvo y tú eres libre; pero, dime, tú que llevas sangre real en tus venas:  ¿crees posible que yo, descendiente de monarcas ilustres y poderosos, pueda volver a vivir con mi esposa dignamente, siendo así que ésta ha permanecido así que ésta ha permanecido largo tiempo bajo el techo de otro hombre, que era mi mortal enemigo?  Por eso eres dueña de ir a donde desees.  Escoge tú misma el lugar en que quieres vivir; pero no insistas en regresar a Ayodia conmigo.  Entre los dos nada puede haber ya en común.  Digámonos adiós, sin rencores ni odios.

 

Sintióse Sita desfallecer al escuchar tan terrible orden; pero, sobreponiéndose, con palabras que expresaban el profundo dolor de su corazón, habló así al príncipe dasarita:

 

–¡Amado esposo!  Ni aun con el pensamiento cometí jamás la más mínima falta que pudiera empañar tu honor.  Si tú, a quien acompañé en el destierro y con quien viví entre las cuatro paredes de una cabaña, compartiendo contigo los frutos de la selva; si tú, que me has amado, que conoces mi fidelidad, no puedes tener  plena confianza en la virtudes de tu esposa, la más horrible desgracia se cierne sobre mí.  Pero entonces, si tu corazón duda de mi fe, de mi lealtad hacia ti, ¿por qué vino tu emisario, a  través de las olas del océano para salvarme?  ¿Por qué has entablado tan espantosa lucha, en que han perecido a millares los simios y los hombres?  ¿Por qué arriesgar tu vida por una mujer en la que no crees?  ¡Como mujer amante y leal te he seguido desde el día de nuestra boda!  ¡Y ahora lo echas todo en olvido por una adversidad! ¡Oh dioses! ¡Inútil es para una mujer llorar y suplicar cuando la sospecha enturbia su nombre!

 

Sita hizo una pequeña pausa para ver si Rama rectificaba lo que dijera; pero como éste mantenía fuertemente cerrados los labios y no reflejaban sus ojos ninguna vacilación, se dirigió entonces a Laksmana, a quien dijo:

 

–Escúchame tú, hijo de Dasarata,  y si hubo un tiempo en que me amaste como a hermana, enciende para mí la pira funeraria.  Cuando la sombra de una duda mancha el nombre de una mujer, solamente la muerte puede ofrecerle refugio.  ¡Cuando el esposo, recto y justiciero, mira a la esposa con frialdad, con sospecha, la llama redentora lo borra todo y hace que sobreviva su honor aun cuando ella muera!

 

Laksmana, con el corazón palpitante, comprendiendo que no podía negarse a tan justo deseo, preparó la hoguera colocando en ella maderas olorosas.  Y la bella hija de Janaka, tras de rogar a los dioses que habitan en los cielos y las estrellas, mirando en la dirección donde su esposo permanecía impasible, sin dejar traslucir la angustia de su corazón, dijo:

 

–¡Si mis palabras, pensamientos y hechos han sido siempre leales; si he cumplido fielmente mi deber y soy libre de todo pecado, que estas llamas, testigo de nuestras faltas y nuestras virtudes,  sepa proteger mi fama!

 

Y después de enjugar las lágrimas que resbalaban por su rostro, blanco como los lirios del Punnaga, lanzóse Sita a la hoguera y desapareció entre las llamas.

 

Cuando todos los reunidos estaban consternados, viendo desaparecer entre las rojas llamas el bello cuerpo de Sita, vestida con rico traje de seda y adornada de  relucientes joyas, sucedió un prodigio extraordinario.  Los dioses, compadecidos de ver a una mujer tan fiel y leal arrojarse a las llamas, quisieron lograr la felicidad de los dos esposos, y para ello bajaron en sus alados carros hasta el lugar del sacrificio.  Allí iban Kuvera, poseedor de todas las infinitas riquezas y tesoros que encierra el universo; Varuna, rey de reyes; Yama, el dios de la muerte, tenido por poderoso rey de las altas regiones celestiales; Siva, el dios de los tres ojos, el augusto e incomprensible creador del universo, y Brama, el que da vida a todo lo creado.  A poca distancia, en una rica carroza de oro, venía el rey Dasarata, a quien había dejado libre la Muerte.

 

Entonces Brama el más poderoso de los dioses, el que encierra en sí toda la magnificencia del universo, se dirigió en estos términos al esposo de Sita, que permanecía ante él con la mirada fija en el suelo, en actitud de veneración:

 

–Noble Rama, príncipe dasarita cuya fuerza y virtud jamás se desmintieron, escucha mis palabras.  ¿Cómo es posible que tú, que recibiste el aliento de los mismos dioses, te atrevas a dudar de la virtud de la princesa de Mitila, tu esposa, cual si fueses un hombre como los demás?

 

Ante las palabras de reprobación del dios irritado, Rama respondió:

 

–Yo soy un hombre igual a los demás.  Mi padre es el rey Dasarata y me llamo Rama.

 

–Pero tú llevas en ti la esencia misma de la verdad y estás reservado, desde que viniste al mundo, para la lucha del Bien contra el Mal.  Ahora que, muerto Ravana, el universo ha quedado libre de opresión, puedes regresar libremente al lugar de donde viniste.  Pasados están ya los años de destierro.

 

En este instante el fuego, condensándose en un cuerpo, asió a la princesa por los pliegues de su riquísimo traje escarlata y la depositó en los brazos de Rama, mientras le decía:

 

–Recibe, Rama, a tu esposa sin mancilla, a la mujer que supo resistir las asechanzas que Ravana, espíritu infernal, le tendía por medio de raksas elocuentes.  En medio de su pena y tristeza, de las tentaciones y de la separación, Sita se supo conservar siempre fiel al esposo ausente.  En la selva lejana y solitaria, fiel a los juramentos y a la virtud, Sita solamente pensaba en ti.  ¡Yo, que todo lo purifico, que descubro lo que está oculto, te garantizo que en tu esposa no hay nada que no sea puro y noble!

 

El rostro de Rama brilló resplandeció de alegría y su pecho se alzó a los latidos alborotados de su corazón dichos, mientras decía en alta voz:

 

–¡Si no dudé cuando la vi, en los días de su adolescencia, menos voy a dudar ahora, en que el dios del fuego es testimonio de su virtud y fidelidad!  ¡Quiero que el ancho mundo sea testigo de la pureza de mi esposa!  ¡Rama, príncipe dasarita, no abandonará a su mujer hasta que pierda la fama de justo!

 

Y con los ojos inundados de lágrimas Rama estrechó a Sita suavemente entre sus brazos, y ésta, generosa, escondió su rostro en el pecho del esposo amado.

 

Fue entonces cuando el rey Dasarata creyó llegado el instante de hablar.  Y dirigiéndose a su hijo y su nuera les dijo:

 

–¡Rama, mi hijo primogénito, el más querido!  Tú, que por obedecer a tu padre fuiste a vivir desterrado durante catorce años, sin otra compañía que la de tu esposa y tu hermano, llevando una existencia llena de privaciones, regresa a Ayodita, pues los años que te impuse como destierro para cumplir con mi promesa dada irreflexivamente a mi esposa Kaikei han sido cumplidos.  Vuelve a Ayodita como heredero de mi trono, pues mi primogénito eres, y vive tal como corresponde a tu realeza.  Éste es mi deseo más sincero.  Ayuda a tus hermanos, ama a tu madre perdona a Kaikei, quien si obró así fue inducida por Mantara, su aya.  ¡Reina con amor y justicia y los años de tu reinado serán recordados entre los hombres, hasta la consumación de los siglos, como años felices!

 

Acabando de decir esto Dasarata fue ascendiendo y desapareció de la vista de los allí reunidos.

 

Iban también a alejarse los inmortales, pero el primero entre ellos, Indra, quiso antes decir unas palabras al príncipe:

 

–Tanto yo como los demás dioses estamos satisfechos de tu comportamiento con la obediencia debida a tu padre y con la voluntad y temple que has demostrado en todo lo que hiciste para cumplir tu destino.  Si hay algo que desees, pídelo y te complaceremos.

 

Estrechando entre sus brazos a su linda esposa, apenas respuesta de las emociones pasadas, Rama formuló su petición:

 

–¡Oh tú, que eres el soberano del universo!  Si es tu voluntad concederme un deseo, yo te ruego que todos los simios que tan fielmente se han portado para conmigo y mi causa, que han luchado valerosamente por ti, y han muerto a millares sobre las llanuras de Lanka, con cuya ayuda pudimos conquistar la milenaria ciudad y destruir a los raksas, puedan volver a la vida.  Haz también, ¡oh Indra poderoso!, que las regiones en donde habiten se vean siempre fertilizadas, brotando en ellas innúmeros árboles de sabrosos frutos, para que así no puedan jamás morir de hambre.

 

Enternecido Indra por aquella súplica desinteresada a favor de los que supieron ser leales, hizo caer sobre las llanuras en que se libraron las batallas una copiosa lluvia que, al mojar los cuerpos del os monos muertos, hizo que la vida volviera poco a poco a ellos.  A medida que se iban recobrando, los simios acudían a arrodillarse ante Rama, acatándole como a dueño y señor de sus vidas.

 

Había llegado ya la hora del regreso a la ciudad patria.   Rama, acompañado de su esposa Sita y de su hermano Laksmana, se puso en camino.  Entretanto varios mensajeros habían partido, ligeros cual gacelas, en dirección a Ayodia, para notificar al hermano y al pueblo la nueva del triunfo obtenido por el ascético príncipe sobre el rey de los demonios.

 

Al saber tales nuevas Barata, el hermano leal y justiciero, estaba lleno de alegría.

 

Y de esta forma se expresó, con palabras en las que resaltaba el júbilo:

 

–Que nuestra bella ciudad sea engalanada como nunca jamás lo fue.  En todas las torres y templos haced tremolar banderas y gallardetes.  Las mujeres adornen sus casas, limpiándolas y llenándolas de flores que embalsamen el aire.  Las calles sean regadas y sembradas de flores, y los altares de los templos se vean llenos de presentes y ofrendas valiosas.  Los trovadores y recitadores de las antiguas crónicas sagradas, junto con las mujeres de melodiosas voces y los músicos más entendidos, entonen los dulces cánticos del amor.  Las reinas y los cortesanos, adornados con sus vestidos más espléndidos y cargados de preciosas joyas, procurarán mostrarse lo más alegres posible.  Los caudillos y belicosos guerreros formarán con sus tropas a lo largo del camino de Ayodita, hasta donde pueda llegarse con la vista, y que los santos brahmanes, todos vestidos de blanco, entonen los mantras sagrados y los antiguos himnos de victoria.  ¡Que no haya nadie que, con su presencia o sus actos, deje de rendir homenaje a nuestro rey!

 

Enorme era la agitación de aquella ciudad al adornarse para recibir a su amado monarca.  Grandiosos elefantes, cuyos arreos eran de oro, llevaban sobre sus lomos a guerreros y caudillos notables.  Cruzándose con éstos, carrozas y carros entorpecían las calles, y las tropas marciales, con banderas desplegadas y tambores resonantes , marchaban en dirección al Sarayú.

 

En lujosas literas doradas las reinas y sus doncellas iban rodeadas de enorme escolta.  Sacerdotes y brahmanes, caudillos y cortesanos, las seguían con guirnaldas y ánforas de agua olorosa.

 

Y en medio de sus ministros y heraldos Barata, el hermano fiel, llevaba en sus manos las sandalias de Rama.  Iba vestido de blanco, y blancas también eran las guirnaldas que llevaba, así como la sombrilla y el enorme abanico de cola de yak.

 

He aquí que, montado en carroza alada, tirada por cisnes como la nieve, llegó Rama, y diez mil voces se elevaron al cielo entonando, con inmensa alegría, el nombre de su rey.  Las mujeres con sus saludos amorosos, los niños con voces llenas de bullicio y travesura, los viejos con acentos temblorosos, nadie dejó de saludar a los que llegaban en la alada carroza.  Desde la altura de su elefante blanco, Barata levantó sus ojos hacia Rama, Sita y Laksmana, procurando que su voz se alzara sobre las demás.

 

A una orden de Rama los maravillosos cisnes descendieron suavemente, dejando en tierra la carroza de divina belleza, toda llena de flores perfumadas.

 

Después de los saludos efusivos entre Barata y los recién llegados, tomando en sus manos las sandalias de Rama, Barata las colocó en los pies de su señor, mientras le decía con humilde acento:

 

–En tu ausencia, tus sandalias ocuparon el trono, como señal de tu realeza y soberanía.  Leal a la confianza que me demostraste, ahora vengo yo a colocarlas en tus pies.  Mi alegría y mi gozo son completos, pues ahora, tras los largos años en que permaneciste en el destierro, volverás a gobernar tu espacioso reino.

 

Rama abrazó al hermano que fue fiel a través del tiempo y la distancia y, después de saludar a su madre y cortesanos, partieron todos otra vez en dirección a palacio.

 

La alegría reinaba por doquier en Ayodia, la bella ciudad engalanada. Su príncipe amado, el hijo obediente y hermano leal, subía al trono, era consagrado rey, tras nueve años y cinco más de destierro, y batallas crueles.  En todos los corazones de los habitantes el gozo entonaba hermosas canciones.

 

Llegado el príncipe a palacio, le hicieron sentar sobre el trono de su padre, y allí, Vasista y Gautama, Kaitiayana y Vamadeva, Jabalí y Vijaya, todos sabios y doctos en los viejos ritos, celebraron el acto de la coronación.

 

Rodeado de sacerdotes vedas que entonaban el himno del mantra sagrado, de vírgenes de negros ojos portadoras del agua lustral que purifica, de guerreros armados con armas antiguas y valiosas, Rama estaba sentado en el trono junto a su esposa.  Su frente fu ungida con perfumes destilados de las flores más fragantes, y la corona de su padre fue puesta en sus sienes, así como el collar, signo de realeza.

 

Satrugna, con un quitasol blanco, hacía sombra al hermano predilecto.  Vibisana y Sugriva agitaban sendos abanicos con cola de yak, blancos como la nieve, mientras gandanas celestiales ejecutaban dulces melodías que bailaban las apsaras, de pies de gacela.

 

Los dioses, deseosos de conceder algún don extraordinario a aquel héroe maravilloso, le obsequiaron guirnaldas de perlas y piedras preciosas.

 

Y cuentas las crónicas que, mientras duró el reinado de Rama, no hubo más que felicidad entre sus súbditos, pues no existió muerte prematura ni males epidémicos que alterasen la quietud y la paz.  No había viudas doloridas ni madres angustiadas por la muerte de sus hijos; no había tampoco embusteros y engañadores que tentaran con sus mentiras.  Todo el mundo amaba a su vecino y todo el pueblo amaba a su rey.  Hasta la tierra era más generosa y fértil en sus cosechas.  No ocurrieron inundaciones ni tempestades, vientos huracanados ni terremotos:  todo era paz y alegría en el reino de Rama.  Tanto puede la bondad para con el prójimo y el fiel cumplimiento del deber, que logra aquietar y apaciguar las fuerzas de la Naturaleza.