LA SANGRE DE LOS CÁTAROS ELIZABETH CHADWICK


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LA SANGRE DE LOS

CÁTAROS

ELIZABETH

CHADWICK

Un trabajo de:

“La Biblioteca Oculta de Mr. Williams”

www.bibliotecaoculta.es.tl

AGRADECIMIENTOS

Querría dejar constancia en esta página de lo mucho que debo a cuantos me han ayudado de una forma u otra a escribir este libro: a Tony Sutcliffe, que me lo planteó como un desafio primero y me animó continuamente des­pués; a mis agentes, Carole Blake y Julian Friedman, de la Blake Friedman TV and Film Agency, que me han acompañado en todos los pasos del camino; a Maggie Pringle y Susan Watt, de la editorial Michael Joseph, que miraron con benevolencia mi manuscrito cuando aún era un simple pergeño.

En mi investigación he contado con la ayuda de mi buena amiga Alison King, a la que siempre agradeceré sus análisis y su interés constante. He te­nido la callada colaboración de Roger, mi marido, que me ha facilitado el espacio que necesitaba para escribir. Y, como telón de fondo, el apoyo en­tusiasta del personal de la biblioteca del condado de West Bridgford, de la asociación de escritores de Nottingham y de muchos amigos pertenecien­tes o no al mundillo literario, demasiado numerosos para mencionarlos aquí a todos.

Por último, me gustaría dar las gracias a Bryan Adams, Runrig, Gordon Lightfood, Big Country, REM, Jim Steinmann y The Mission, entre otros, por haberme acompañado e inspirado con su música durante las largas ho­ras dedicadas a escribir La sangre de los cátaros.

PRIMERA PARTE

El erial
1207-1218

CAPÍTULO 1

Sudoeste de Francia,
abril de 1207

DANDO MUESTRAS DE UNA PRUDENCIA mayor de la que cabía esperar de sus veintiún años, Raoul de Montvallant cubrió con la pal ma de la mano la copa de cristal veneciano que tenía delante y re­chazó con un gesto al escanciador que se disponía a llenársela de nuevo. Nada tenía contra el vino, que era excelente; en cualquier otra ocasión se habría emborrachado como los demás jóvenes sentados a la mesa, pero aquella noche tenía un buen motivo para tratar de mantenerse sobrio.

Inconscientemente, la mirada se le escapó otra vez, nerviosa y furtiva, hacia el motivo en cuestión: su esposa Claire, con la que acababa de con­traer matrimonio después de haber estado prometidos desde niños. Aún re­cordaba cuando la conoció correteando por el castillo con una sonrisa de ingenua sorpresa y con el dobladillo de las faldas sucio de barro tras haber jugado en los charcos de la muralla. Ahora su sonrisa descubría unos dien­tes blanquísimos, que podrían decirse perfectos de no ser porque los dos centrales montaban ligerísimamente el uno sobre el otro, y la orla de su ves­tido estaba recamada con hilos de oro en zigzag, brillantes sobre el suntuo­so terciopelo italiano.

Sus cabellos, sueltos sobre la espalda como símbolo de virginidad, lanzaban destellos de seda incandescente, y Raoul ansiaba pasar los dedos por entre sus ondas para descubrir si eran tan suaves como parecían. Sus miradas se cruzaron un instante y pudo ver sus luminosos ojos de color castaño, pero en seguida ella dejó caer el velo de sus pestañas, ofrecién­dole sólo la dulce media luna de sus párpados y el sereno entrecejo.Tra­tó de pensar en algo que decirle…, algo que no pareciera manido o ba­nal. Pero aquella hermosa joven no era ya la chiquilla flacucha de enton­ces y su belleza lo enmudecía. El pensamiento de que estarían pronto los dos solos, en el lecho, desnudos, secó su garganta.Alargó el brazo para asir la copa, pero al recordar que estaba vacía dejó caer la mano abierta sobre la mesa.

–Impaciente, ¿eh, muchacho? –se burló sonriente el padre Otho, el sa­cerdote que había oficiado la ceremonia de su boda en la poco frecuentada capilla del castillo–. No te lo reprocho. ¡Tampoco a mí me desagradaría lle­vármela a la cama! –Con los dientes hincados en una manzana de mazapán, recordaba la cabeza del jabalí relleno que los sirvientes habían llevado a la mesa en un momento anterior del banquete.

La mano de Raoul se contrajo en un puño, que estuvo muy tentado de estrellar en la cara fofa del clérigo. El padre Otho era un cura embustero, un glotón y un mujeriego que anteponía sus placeres y su codicia a las necesi­dades de su rebaño. No era extraño que la austera religión cátara se exten­diera tan rápidamente si quienes encarnaban la oposición al catolicismo eclesiástico respondían a la imagen típica de aquella bola de sebo sentada a su lado.

–¡Lástima que hayáis hecho voto de celibato! –dijo Raoul, sarcástico, con un brillo frío y acerado en sus ojos azules.

–¡Y que lo digas! –Un sonoro eructo cortó la risotada del sacerdote. Medio sepultada entre los mofletes con que la buena vida había rellenado su rostro, su expresión al chasquear los labios era manifiestamente lujurio­sa–. Pero todos tenemos que hacer algunos sacrificios en esta vida, ¿no cre­es? ¡Eh, tú, chico! ¡Llénala, llénala hasta arriba! –ordenó al imperturbable sirviente que escanciaba el vino y luego, alzando la rebosante copa, se in­clinó hacia el padre de Raoul diciéndole–: Tenéis una magnífica bodega, señor.

Berenguer de Montvallant respondió al elogio con una tibia sonrisa y acto seguido, cuando la atención del odioso clérigo fue a perderse en otra parte, se volvió hacia su viejo amigo y padre de la novia para murmurarle:

–¡Y éste será capaz de vaciármela antes de que concluya la noche! Huon d’Agen enlazó las manos sobre la confortable curva de su ab­domen.

–No es precisamente el tipo de sacerdote que volverá a atraer a la gen­te al redil de la Iglesia –observó con ironía–. ¿Cabe extrañarse de que los cátaros tengan tanto éxito entre nosotros, siendo como son los únicos que practican la pureza de costumbres que predican?

Bajo el manto de seda, Berenguer se encogió de hombros.

–Yo nunca abrazaría su fe, pero no me opongo a que celebren sus reu­niones en la ciudad. Como dices, su ejemplo es una vergüenza para la Igle­sia de Roma.

–Pues el papa Inocencio no es tan tolerante –objetó Huon apretando los labios–. Supongo que estarás enterado de la última injerencia de Roma, no? Se habla de convocar una cruzada para frenar a los cátaros si nuestro conde Raimundo no se decide a hacerlo.

Berenguer se pasó la mano por la barba recién recortada. Sus ojos, más hundidos y empañados por los años que los de su hijo Raoul, tenían sin embargo su mismo brillo azul metálico.

–Se ha hablado de esa cruzada desde que yo tenía la edad de mi hijo y es un tema demasiado viejo para darle importancia. Dudo mucho de que se llegue a nada práctico. –Dirigió la mirada hacia el padre Otho, que aho­ra estaba comiéndose con los ojos a la linda doncella de Claire–. Mejor ha­ría la Iglesia en ordenar su casa antes de ponerse a lanzar piedras a tejados ajenos.

–Bueno…, algo están haciendo en ese sentido…

–¿Te refieres a Domingo de Guzmán y a su pandilla de frailes predica­dores? –preguntó Berenguer con indiferencia–. Son una pobre imitación de los hombres buenos de los cátaros y no representan a la generalidad de los sacerdotes. Fracasarán.

Desde debajo de sus pobladas cejas, Huon lanzó una mirada escrutado­ra a su amigo.

–¿Ya sabes que se ha sugerido la implicación de la Francia septentrional en esta convocatoria de cruzada?

–Tampoco es nada nuevo –respondió amargamente Berenguer, y ob­servó en silencio la entrada de unos músicos con laúdes y adufes que venían a sumarse a los dos arpistas que hasta entonces habían estado tocando sua­vemente sus instrumentos mientras se servían los platos–. Llevan años bus­cando una excusa para marchar contra Tolosa.

–Y los cátaros podrían servírsela en bandeja.

–El conde Raimundo jamás toleraría la presencia de un ejército francés en sus dominios –replicó con firmeza Berenguer, con la vista clavada en el blanco mantel bordado por su esposa, negándose a mirar a los ojos de Huon.

El conde Raimundo de Tolosa, su señor feudal, era un hombre indo­lente y acomodaticio, que rara vez se tomaba la molestia de preocuparse por algo que no tuviera al alcance de la mano y requiriera esfuerzo. En sus tierras reinaba la paz, florecía la cultura y la mayoría de sus súbditos se sen­tían satisfechos, de modo que no veía ninguna razón para introducir cam­bios que alteraran aquellas condiciones de vida, por mucho que el papa re­funfuñara y amenazara desde Roma.Tampoco estaba dispuesto Berenguer a prever posibles problemas…, por lo menos no en el día de la boda de su único hijo. Hoy sólo deseaba albergar pensamientos de paz y de prosperiad…, la esperanza de futuros nietos. Por eso añadió, con una nota desa­fiante en su voz:

–Pasará todo como una tormenta en las montañas. –Se sintió aliviado al notar el cambio producido en la música, mucho más fuerte y animada ahora.

Miró de soslayo a su esposa, sentada al otro lado, y observó que seguía el ritmo con el pie. Tras su velo de seda, sus cabellos brillaban como el aza­bache pulido. Era diez años más joven que él y continuaba siendo una mu­jer asombrosamente atractiva, en particular cuando sonreía como lo hacía ahora. Le bastó verla para aventar sus pensamientos sombríos e, invitándola a ponerse en pie, la tomó de la mano para conducirla a donde ya bailaban otros invitados.

Se apagaban las luces del crepúsculo y los soldados se disponían a atran­car la puertas de Montvallant cuando llegaron tres viajeros que solicitaron hospitalidad para pasar la noche en el castillo.

–Estáis de suerte –comentó jovialmente el centinela de la puerta al tiempo que se hacía a un lado para franquearles el paso–. Hoy celebramos la boda del hijo de nuestro señor. Si os apresuráis, aún podréis comer y dan­zar en el salón. Por allí encontraréis un abrevadero para dar de beber a vues­tros caballos.

El soldado escrutó a los componentes del grupo: dos hombres, cin­cuentón el uno y frisando en los cuarenta años el otro, vestidos ambos con las sobrias ropas oscuras de los Pelecti cátaros, a los que acompañaba una mujer joven cuyo rostro, enmarcado por la toca y el velo y resguardado por la ancha ala de un sombrero de peregrino, tenía una belleza escultural, no exenta de imperfección, pero absolutamente arrebatadora por el resplandor interior que la encendía. Bajo sus oscuras cejas, sus ojos eran claros, de un gris opalino que reflejaba los matices de sus ropas y de todo cuanto la ro­deaba. La voz con que le dio las gracias poseía la suavidad y la riqueza del mejor vino de Gascuña.

–¿Vais muy lejos?

–Bastante lejos, sí –respondió el menor de los dos hombres al tiempo que extendía el brazo para guiar a la joven hacia el interior del castillo, en un gesto protector que zanjó la curiosidad del centinela.Tan pronto como pasaron los rastrillos chirriaron a sus espaldas al deslizarse las cadenas de sus poleas, y el puente levadizo se alzó pesadamente al encuentro del muro de rojos .ladrillos. La construcción de Montvallant databa de doscientos años antes, cuando lo edificaron para hacer frente a la amenaza de la invasión is­lámica.Ya no existía tal amenaza, pero sus imponentes muros seguían sien­do un recordatorio de la función que había tenido originariamente el cas­tillo.

Cuando los viajeros hubieron abrevado a sus caballerías y adosado al in­terior de la muralla una pequeña tienda de campaña, los últimos restos de luz diurna se habían transformado en una sutil franja verde tendida sobre el horizonte por el oeste. Por la entrada que daba al salón, que flanqueaban las llamas de las antorchas, llegaba la tentadora música de laúdes y flautas so­bre el rítmico acompañamiento de los adufes. Voces alegres elevaban el tono y algunos invitados a la fiesta salían al patio y se dispersaban como brillan­tes mariposas a la luz de las antorchas luciendo sus mejores sedas y tercio­pelos. Uno de ellos alzó su copa en dirección a los recién llegados y balbu­ceó un saludo.

–No deberíamos haber venido –dijo el mayor de los viajeros ponién­dose tenso y ‘aferrando con las manos su gastado cinto de cuero. Le faltaban los dedos índice y corazón de la diestra y los tres restantes no tenían uñas.

–Todo va bien, Matthias –le tranquilizó la joven tocándole la manga para inspirarle seguridad–. Aquí no corremos peligro y, por otra parte, ne­cesitamos comer algo y descansar por lo menos esta noche. Tío Chrétien podrá encargarse de dar las explicaciones precisas.

–¿De verdad no hay peligro? –insistió su interlocutor con un parpadeo nervioso.

–Os lo aseguro. –Le apretó el brazo y miró a Chrétien que, interpretan­do su muda petición, se atusó sus ya escasos cabellos oscuros y se adelantó hacia la puerta iluminada, en tanto que la muchacha acababa de persuadir a Matthias de que la acompañara también al interior. Mientras cruzaban el patio no pudo evitar preguntarse si alguna vez Matthias conseguiría sobre­ponerse a lo que le habían hecho.

El mayordomo de Montvallant les encontró un hueco donde tomar asiento, en un lugar retirado del salón, al extremo de una improvisada mesa en la que ya no parecía caber nadie más, pero el sitio era lo de menos. Esta­ban deseando poder sentarse donde fuera y reponerse de su cansancio con la comida y el vino, y no les importó en absoluto ver que sus compañeros de mesa, achispados en su mayoría y totalmente inmersos en la alegre cele­bración, apenas se fijaban en ellos.

–¿Un poco más de pan, Bridget? –le preguntó su tío Chrétien ofre­ciéndole un cesto lleno a rebosar.

La joven meneó la cabeza sonriendo.

–No podría tomar ni un bocado más –respondió. Tras quitarse el som­brero, apoyó los codos en la mesa y se puso a observar a los que danzaban con una expresión de leve nostalgia en los ojos. Aquél era un mundo dis­tinto, que podía atisbar a hurtadillas, pero que jamás conocería… y que ni si­quiera estaba segura de querer conocer, salvo fugazmente, durante un día y una noche quizá… Le gustaban su colorido, su alegría y su despreocupada exuberancia que no aspiraba más que a vivir el momento presente.A veces se le hacía muy duro ser quien era y asumir su condición.

En los movimientos del baile, los que danzaban giraron en dirección a su mesa. Un muchacho atrapado en el festivo grupo trataba jovialmente –pero sin mucho empeño– de escapar de él. Bridget contuvo la respiración al ob­servar su belleza varonil y orgullosa, así como el magnetismo que emanaba de su cuerpo joven y lleno de vigor. Sintió la felicidad que irradiaba y que­dó contagiada. El muchacho miró un instante en su dirección y ella bajó al punto la vista para fijarla en una mancha de vino de la mesa, mientras el co­razón le latía con dolorosa violencia y notaba los nervios a flor de piel. Los ojos de aquel joven eran más azules que las franjas de las alas del arrendajo.

–¿Qué te ocurre? –le preguntó Chrétien al advertir en seguida su tur­bación.

–Nada –respondió ella forzando una sonrisa–.Tal vez sea que la música es más embriagadora que el vino.

Chrétien frunció el ceño y se disponía a reprenderla por aquel pensa­miento frívolo cuando la sala entera prorrumpió en vítores, gritos y silbidos de aprobación. Bridget vio entonces que el muchacho, todavía rodeado por sus camaradas, era conducido por éstos hacia la escalera de la torre. Su mi­rada lo siguió en un involuntario gesto de curiosidad.

–¿Qué ocurre? –preguntó.

La mujer que se hallaba sentada a su lado en la mesa volvió ligeramen­te la cabeza, pero sin apartar la vista de la cuadrilla que ahora se apretujaba junto a la escalera.

–Dirás más bien qué es lo que va a ocurrir… –respondió tras una risi­ta–. Es la ceremonia del lecho. ¡Ha llegado el momento de que nuestro jo­ven señor Raoul y su esposa se conozcan mejor!

–¡Oh! –exclamó Bridget. Se le cayó el alma a los pies al comprender la razón de que la hubiera sobresaltado aquel vigor de la masculinidad, que esa noche apuntaba a alguien en concreto: a una joven que, rodeada a su vez de damas y doncellas, era llevada desde el estrado hacia otra escalera. Aquella doncella poseía el andar elegante y vistoso de una gacela… y su misma ex­presión asustadiza y tímida.

Bridget volvió a bajar la vista.Tenía el sombrero en el regazo y comen­zó a juguetear distraídamente con él. En silencio, pero con determinación, formuló el deseo de que los novios fueran muy felices. La envidia no tenía cabida en su carácter ni en el credo cátaro por el que se regían sus guardia­nes, pero aquella noche sintió su punzada. Reparó en la mirada inquisitiva de Chrétien, y también en la de Matthias; ambos estaban nerviosos y en as­cuas. Alzó la cabeza y sonrió tristemente.

–Estoy muy cansada –dijo con un leve estremecimiento al tiempo que se ponía en pie–.Ya es hora de que vaya a acostarme… No, no… Terminad vuestro vino. Me agradaría estar un rato sola.

Entre las pobladas cejas de Chrétien se formó una arruga.

–Si hubiera algo que te inquietara, no lo dirías, ¿verdad?

–Por supuesto que sí. –Titubeó antes de proseguir–: Noto una sensación extraña dentro de mí, como una luz en mi espíritu que, sin embargo, es opa­ca como la luna. De momento me resulta imposible ver a través de ella.

«Una luz dentro de la luz», pensó Chrétien, consciente de la incandes­cencia que podía alcanzar. La luz que hacía girar el mundo y lo disolvía en la matriz del puro espíritu. Cuando la joven apoyó fugazmente la mano en su hombro, se volvió para verla alejarse. Tenía el corazón abrumado por el te­mor. Bridget era flexible como un arbolillo, rica en frutos de la antigua sa­biduría, pero no por ello menos vulnerable a los hachazos.

La alcoba donde los recién casados iban a pasar la noche de bodas era una estancia cómoda y lujosa. Tapices de tonos escarlata y azul recamados en oro adornaban sus paredes y evitaban las corrientes de aire, y allí donde no había tapices colgaban cuadros con escenas de la vida cotidiana, en es­pecial escenas pastoriles sobre la cría de ovejas y el cultivo de la vid.

El lecho de madera de nogal era la pieza central del mobiliario: un es­trado donde celebrar los ritos de la concepción, el nacimiento y la muerte, espléndidamente tallado para tan diferentes propósitos. Las cortinas de bro­cado azul y escarlata, rígidas por el relieve de los bordados que recreaban el tema de la Virgen y el Unicornio, lo rodeaban casi por completo creando un ámbito privado con respecto al resto del aposento. La colcha que cubría la almohada y las rozagantes y blancas sábanas de lino era de fina seda azul oscuro, con estrellas de hilo de plata que representaban un cielo nocturno en el apogeo deVenus. El mismo dibujo se repetía en el dosel.

El fuego ardía sin humo en el hogar, sobre el cual, una doncella había puesto una tisana de vino con especias para que hirviera a fuego lento mientras las damas invitadas para asistir a la novia se ocupaban de desvestir­la. Beatrice, la madre de Raoul, atrajo a la joven hacia la chimenea y la ins­tó a colocarse sobre una alfombra de piel de musmón para que no se le en­friaran los pies.

–Éste es un día muy feliz para mí, Claire –exclamó mientras abrazaba y besaba cariñosamente a la novia–. Estoy más que orgullosa de poder lla­marte por fin hija mía.

Claire le devolvió el abrazo, pero se le hizo un nudo en el estómago al pensar en lo que la aguardaba.Todas las mujeres querrían besarla para darle la enhorabuena…, y también los hombres, antes de que finalmente lo hicie­ra Raoul, su esposo.Ya se habían besado antes en alguna ocasión, pero vigi­lados siempre de cerca por su dama de compañía. Nunca habían tenido la oportunidad ni la licencia para gozar de mayor intimidad física. Se estreme­ció al pensarlo y preguntarse con cierta desesperación qué se dirían al reu­nirse. Hoy se habían sentido tan cohibidos por la tradición, la ceremonia y la excepcionalidad del festejo que les resultaría imposible mantener una Conversación natural. Hoy habían sido dos desconocidos el uno para el otro, nerviosos y mudos, pero esta noche se esperaba que durmieran juntos, que se amaran, y que por la mañana dejaran en el lecho una sábana manchada de sangre susceptible de ser mostrada como prueba de virginidad y de viri­lidad. Si no hubiera sido por aquel nudo en el estómago, tal vez se habría echado a reír.

Le quitaron el velo de gasa y la guirnalda de flores doradas prendida en el pelo, y su madre, con un cepillo de cerdas, comenzó a peinarle los bri­llantes cabellos castaños para que relucieran todavía más.

–Estás muy hermosa, querida –musitó Alianor d’Agen con una mezcla de orgullo y tristeza. A pesar de lo mucho que la complacía aquel matri­monio, le suponía un doloroso esfuerzo dejar marchar a su única hija.

–Cuida de Isabelle esta noche, mamá –le rogó Claire en voz baja mien­tras inclinaba la cabeza por los tirones del cepillo.

Alianor detuvo un momento la mano, enarcó una ceja en muda pre­gunta y miró de soslayo a la doncella de su hija, que en aquel instante se ocupaba de colgar cuidadosamente en el perchero el vestido de boda. Tan sólo un año menor que Claire, era una joven gentil y dócil que pertenecía a una familia cátara de la pequeña nobleza. Claire le profesaba un gran ca­riño y mantenían una relación más cordial que la acostumbrada entre don­cella y señora.

–No me fio del padre Otho –explicó Claire–. No le ha quitado el ojo de encima en toda la velada, y he visto cómo le daba un pellizco cuando creía que nadie miraba.Ya sabes lo reservada que es… Por nada del mundo armaría un escándalo, y no quiero que le ocurra nada.

Su madre se mordió los labios en un gesto de desagrado, no por el co­mentario de su hija, sino por el hecho que lo había motivado.

–No te preocupes, cariño, me aseguraré de que esté bien –prometió Alia­nor sin poder reprimir un bufido de disgusto–. Ese hombre no merece la dignidad que ostenta. ¡Deberían molerlo a zurriagazos!

Había hablado en voz baja, consciente de la amistad y cortesía que de­bía a los Montvallant, de cuya familia era capellán el padre Otho. Sin em­bargo Beatrice tenía el oído muy fino.

–¡Oh, te sobra razón! –intervino con tono severo–. Es un pariente leja­no de Berenguer y prometimos a su familia que le confiaríamos la iglesia de Montvallant cuando se ordenara. Raoul era muy niño aún, pero no hemos dejado de lamentarlo desde entonces. ¡Llevo diez años sin confesarme por­que no podría soportar hacerlo con él!

–¿Y por qué lo mantenéis en su cargo?

Beatrice se encogió de hombros, con gesto irritado.

–Obligación, sentimiento de culpabilidad, una concesión a la fe aban­donada… Cuando el obispo viene a hacernos su visita pastoral, al menos podemos presumir de contar con un capellán propio…, aun cuando las dos terceras partes de los aldeanos no se acerquen jamás a la iglesia. Pero tienes razón… A menudo pagamos demasiado cara esta prebenda. –Apoyó la mano en el brazo de Claire y le aseguró con vehemencia–: Te prometo que, en cuanto dependa de mí, de Berenguer o de Raoul, tu doncella estará a salvo mientras se encuentre en Montvallant.

–Gracias…, madre.

La última palabra se trabó en la lengua de Claire. A pesar de que sentía gran aprecio por Beatrice, le costaba dirigirse a ella con aquel tratamiento tan familiar. Con el tiempo se acostumbraría, pero ahora, como todo lo de­más, le resultaba nuevo y extraño, y la asustaba. El aire fresco de la noche le rozó la piel desnuda, haciéndola tiritar. Isabelle colgó la camisa de lino en el perchero junto con los otros atavíos de la boda, y Claire se sentó In la cama para que las mujeres pudieran quitarle las medias y las ligas. De fondo, se oían los acordes del laúd y el arpa. La seda fría resbaló sobre sus hombros cuando la vistieron con un holgado camisón y luego dejó que le recogie­ran el cabello en un moño de resplandeciente brillo.

Le castañeteaban los dientes y sentía las manos heladas por los nervios. Todas le hablaban, pero el palpitar de su corazón retumbaba en sus oídos ahogando las palabras, hasta que se dio cuenta de que ya no eran los latidos de su corazón, sino la bulliciosa llegada de los hombres desde la otra habi­tación de la torre… Raoul trataba de abrirse paso entre ellos a empujones, desnudo bajo un capote verde de lana. Se oían muchas risas estridentes y bromas alegres.Al levantar los párpados, Claire observó que Raoul se había ruborizado y su sonrisa era tan rígida y nerviosa como la suya. Sus miradas se encontraron a través de la estancia, y él le hizo un gesto tímido y pesaro­so. Claire le saludó y volvió a clavar la vista en el camisón de seda pálida que cubría sus rodillas.

Beatrice tomó en sus manos una copa dorada de vino caliente.

–Bebe un poco y entrarás en calor –le susurró a la joven abrazándola de nuevo para tranquilizarla.

Claire acercó sus labios a la copa y tomó un sorbo mecánicamente. El sabor de la canela y del mosto tinto y caliente le impregnó la lengua. Raoul, entonces, ocupó el lugar de Beatrice junto a ella. Cogió la copa de sus manos y se la llevó a los labios por donde ella había bebido. Luego, con delicade­za, pasó el brazo por el talle de su esposa.

Todos los presentes procurrieron en un griterío jovial y obsceno, so­bre todo los más jóvenes. La cara de Claire se encendió tanto como la pal­ma de la mano de Raoul, que sentía arder en su espalda a través del cami­són de fina seda y que suavemente la hizo volverse hasta mirar de frente a los congregados.

El padre Otho se abría paso a empellones para acercarse a los jóvenes esposos y darles la bendición que iba a librarlos de la festiva curiosidad de los invitados. Purificaría y rociaría con agua bendita el lecho matrimonial y bendeciría el fruto que allí pudiera nacer. Estaba ebrio, con sus negros ojos acuosos y achispados y la mirada obnubilada.

–¡Vaya, vaya…! –exclamó mirando lujuriosamente a Claire–. Ayer ape­nas eras un capullito cerrado y bien erguido en su tallo…, y ahora ¡te has convertido en una rosa abierta, a punto para ser arrancada! –Con gesto tor­pe, se llevó el dedo índice a una aleta de la nariz mientras le guiñaba el ojo a Raoul.

La cólera y la vergüenza anegaron el pecho de Claire. Podía aceptar las pequeñas burlas de los presentes, pues formaban parte de la tradición de las bodas. Todas las novias y novios eran blanco de ellas, pero no por parte de un clérigo con la cara congestionada por la bebida y la lascivia. Raoul estuvo a punto de arremeter contra él, pero su madre le refrenó sujetándo­lo del brazo.

Berenguer tenía un inquietante tono púrpura en su tez oscura cuando intervino con voz queda:

–Os sugiero que os limitéis a pronunciar las palabras de la bendición, capellán.

La habitación quedó de súbito en silencio, roto sólo por los suaves so­nes de la música. El cura trataba de mantenerse derecho, pero sus pies fla­quearon y fue a caer de costado sobre uno de los presentes.

–¡Pues qué poco sentido del humor! –masculló, poniéndose en pie con dificultad–. Por lo visto aquí nadie sabe encajar una broma…

Estiraba el labio inferior como un crío en plena rabieta mientras se aproximaba prudentemente al lecho para murmurar en latín las oraciones de la bendición, o mejor dicho, a chapurrearlas, pues le salían sin orden ni concierto. Luego sacudió desmañadamente el hisopo con el agua bendita y ofreció a los recién casados un crucifijo para que lo besaran.

Claire sintió un mareo. La respiración del padre Otho era tan estentó­rea como la de un mastín y la pestilencia de su sudor resultaba insoportable. No le hubiera sorprendido ver asomar la punta bífida de un rabo demonia­co bajo la faldamenta de su hábito. Incapaz de tocar la cruz con la boca, besó al aire. Isabelle le había dicho en cierta ocasión que el crucifijo no era más que un símbolo, falso en sí mismo, y Claire de pronto la creyó.También Raoul se limitó a besar al aire, con la cara tensa por la ira reprimida. El bro­che dorado de su capa centelleaba a cada movimiento de su respiración agi­tada.

Un acceso de hipo obligó al padre Otho a interrumpir su salmodia. Eructó groseramente.

–Y ahora, muchacho, a la faena… –concluyó sonriendo–. Para que maña­na podamos presumir de una sábana bien manchada de sangre, ¿de acuerdo?

Su risita obscena fue sustituida por un chillido horrorizado cuando Raoul lo agarró por el cuello de su hábito pringoso de comida y lo retor­ció hasta tumbarlo en el suelo.

–¡Lástima que no ‘viviréis para verlo! –gruñó mientras intentaba estran­gularle.

El semblante de Otho se amorató de forma alarmante. De su garganta empezó a salir un ronco chirrido y se le hincharon las venas de la frente. Al cabo de unos segundos, Berenguer intervino de mala gana y obligó a su hijo a aflojar la mano que agarrotaba el cuello del clérigo.

–Déjalo, Raoul… No querrás mancillar vuestra noche de bodas con un crimen.

–¿Por qué no? –dijo Raoul entre dientes, pero se controló. Dobló y es­tiró los doloridos dedos mientras clavaba la mirada en el hombre que yacía a sus pies medio inconsciente.

Berenguer hizo señas a dos criados.

–Llevad fuera al padre Otho hasta que se le pase la borrachera. –¿Fuera, señor?

–Tan cerca del estercolero como merece su comportamiento. –Sí, señor.

Con despiadada satisfacción en sus rostros, los dos hombres cargaron con el cura y lo sacaron a cuestas de la habitación, sin importarles que la ca­beza fuera golpeando contra la pared.

Todavía con el rostro encendido, Berenguer pidió disculpas a los pre­sentes.

–Ya es hora de que dejemos a los novios en paz –añadió con voz ronca, y abrazó con solícita ternura primero a Raoul y después a Claire–. No per­mitáis que os amargue la noche.

–No, padre.

La sonrisa de Raoul expresaba más convicción de la que en realidad sentía. junto a él Claire temblaba, con la cara traslúcida como el hielo.

Uno tras otro los invitados les felicitaron y salieron de la estancia. Raoul se dirigió a los músicos, que aún seguían tañendo una suave melodía, y los despidió con una palabra amable y un puñado de monedas de plata como pago. El silencio que inundó la alcoba aterrorizó a Claire. Probó el vino que quedaba en la copa, pero estaba frío. Para tranquilizarse, se dirigió a la chi­menea, donde Isabelle había dejado la jarra sobre la lumbre, y tras verter el contenido de la copa en las llamas, volvió a llenarla.

El liquido silbó y chisporroteó al contacto con las ascuas, rompiendo el silencio. Claire, medio hipnotizada, tenía la mirada fija en los llameantes ji­rones de fuego. El calor le quemaba el rostro, y al probar el vino sintió como si bebiera el mismísimo fuego. Trató de mover los pies pero descubrió que no ejercía control sobre ellos, como tampoco sobre sus ojos, que seguían cla­vados en los cuchillos de luz y en la oscuridad que se abría detrás.

Raoul volvía de atrancar la puerta y, al ver a su esposa, temió que las lla­mas prendieran en su camisón. Lanzando un grito la apartó del hogar.

Claire alzó la vista entre el centenar de lenguas de fuego reflejadas en su tez y se llevó la mano a la frente.

–¿Claire? –La tenía sujeta por los hombros mientras escrutaba su rostro, que ya no estaba pálido sino sonrojado por el calor del hogar.

–Lo siento… Ha sido un día muy largo… Estoy bien.

–Demasiado largo, sí –asintió Raoul con una mueca–.Te juro que no me remordería la conciencia si hubiera estrangulado a ese maldito cura. El recuerdo de la forma en que el eclesiástico había deshonrado su cámara nupcial, cuando debería haberla bendecido, se sumó a la tensión y la fatiga que la joven sentía. Un nudo de dolor se le formó en la garganta, im­posible de deshacer tragando saliva. Sofocó un sollozo con el dorso de la mano.

–Lo lamento, Raoul…, lo lamento…

La angustia de Claire atenazó también la garganta de Raoul, que retiró una mano de su hombro y le acarició la mejilla. Su piel era tan suave como el pétalo de una rosa.

–¡Jesús! No tienes por qué disculparte, Claire…Tú no has hecho nada.

Inseguro sobre el siguiente paso que debería dar, la atrajo hacia sí, ofre­ciéndole el consuelo que podía. Su cuerpo se estremeció junto al de ella. Claire escondió su rostro bajo la capa y dejó que la cosquilleante suavidad del paño amortiguara sus sollozos. El posó los labios en sus cabellos perfu­mados de espliego y en sus sienes, todavía ardientes por el fuego. Luego tomó su rostro entre las manos y la besó en las mejillas saladas por las lágri­mas, en la comisura de la boca y, finalmente, en los labios.

Aunque Raoul no tenía gran experiencia con las mujeres, tampoco era inocente del todo. Alguna vez había visitado las nsaisons lupanardes de Tolo­sa, donde una de las prostitutas se había empeñado en enseñarle que exis­tían otros placeres más dulces que los que había experimentado en la breve y ruda simplicidad de sus anteriores encuentros.

Sí, estaba nervioso. Claire era virgen, seguramente no se mostraría muy dispuesta a facilitarle las cosas si él se mostraba torpe…Y, además, estaba muy inquieta. Pero la deseaba y, mezclado con el nerviosismo, sentía el hormi­gueo de su sangre joven y ardiente. Entre beso y beso le musitaba palabras tranquilizadoras, mientras la retenía con suavidad e intentaba concentrarse en las reacciones de ella para distraerse de la creciente agitación de sus pro­pios sentidos. Sabía que Claire era consciente de su deseo…, algo imposible de ocultar cuando todo lo que llevaba puesto era una capa y, ella, un finísi­mo camisón de seda.

–¡Eres tan hermosa! –exclamó con una nota de emoción en la voz–. No te haría daño por nada del mundo.

–Lo sé… No tengo miedo de ti.

Raoul advirtió el énfasis que había puesto en las dos últimas palabras.

–Entonces…, ¿qué temes?

Claire se apoyó contra su pecho y sintió en la mejilla el martilleo de los latidos de su corazón.

–Hace un instante, cuando miraba el hogar, me ha asaltado una sensa­ción terrible, como si el mundo entero ardiera en llamas y yo no pudiera hacer nada por evitarlo. De niña solía tener pesadillas relacionadas con el fuego, porque una vez vino a Agen un cura y le oí predicar sobre las llamas del infierno que aguardan a todos los herejes. Mi madre me dijo que, des­pués de aquello, tardé meses en volver a dormir bien.

–¡Curas! –gruñó Raoul en voz baja–. ¡El infierno debe de estar plaga­do de ellos! Olvídalos, Claire. Esta noche nos tenemos el uno al otro. –Be­sándola de nuevo en la boca, intentó con disimulo alcanzar el lazo del ca­misón–. Si esta noche ardemos, será de gozo.

Sus manos encontraron su piel desnuda.

Con un pequeño y sofocado grito, Claire cedió a las caricias y olvidó los presagios al apretarse contra su cuerpo fuerte, impulsada por una nece­sidad tan apremiante como la de él, aunque de distinta naturaleza.

CAPÍTULO 2

EN LAS ALTAS Y SILENCIOSAS murallas de Montvallant, Bridget llenó sus pulmones del aire nocturno todavía fresco y se sentó con las piernas cruzadas de cara al lugar por donde pronto asomaría el sol. Más allá de las almenas, el cielo destellaba como el nacarado interior de una ostra.

Dulcemente, en un susurro, empezó a cantar las palabras sagradas que le ha­bía enseñado su madre, quien a su vez las había aprendido de su madre, le­gadas a través de un ininterrumpido linaje de mujeres que se remontaba más de mil años en el pasado.

Mientras cantaba, los muros circundantes empezaron a desvanecerse ante sus ojos. La luz vibró a su alrededor, cambiando todos los matices, flu­yendo en su interior hasta llenarla como si fuera una copa rebosante de la emanación de un poder luminoso. Y, de súbito, surgió de entre las nubes un rayo de sol que, atravesando la aspillera de la almena junto a la que estaba sentada, la hirió con su resplandor. El dolor fue intenso. Un fuego líquido consumió su cuerpo hasta hacerla más brillante que la misma luz y transfor­marla en un disco ardiente suspendido en el aire que giraba como una rue­da, mientras su mirada era como la del águila que cruza el cielo y escudriña las diminutas figuras en la tierra.

Sobre el fondo negro del cielo estaban crucificando a un hombre. Sintió un dolor insoportable, como si la atravesaran también a ella los clavos que hundían en sus manos y pies. Al lado de la cruz una mujer de cabellos oscuros lloraba, mientras una niña se agarraba a su falda; los ojos de la pequeña eran del mismo matiz cristalino que los de Bridget. La rueda giró, aumentando su ve­locidad y fulgor. Había fuego y una humareda asfixiante de la que se alzaban gritos de hombres y los lamentos de las mujeres. Las llamas se alimentaban de sangre, y Bridget retrocedió instintivamente. El calor del fuego era tan atroz que le chamuscaba las cejas y el pelo.Ya no formaba parte de la luz celeste, sino del fuego, de toda aquella gente que se abrasaba en las llamas. Un grito silen­cioso afloró en sus labios mientras trataba desesperadamente de huir.

De pronto, mientras caminaba a través de las llamas, vio llegar a un jo­ven que empuñaba una espada y cuyo rostro mostraba una expresión des­garrada por el dolor. Se hallaba ya tan cerca que podía distinguir los galo­nes de su manto, la rojiza barba de su mentón, las lágrimas que empañaban sus ojos de un azul intenso. Detrás de él avanzaba una mujer con la melena castaña suelta sobre los hombros. Lloraba también y trataba de alcanzar al muchacho, pero una rugiente masa de fuego los separó. Sin volver la vista atrás, el joven llegó hasta donde estaba Bridget y se arrodilló delante de ella. Las miradas de ambos se encontraron y un nombre, Raoul de Montvallant, cruzó por su mente como un fogonazo. El hombre le tendió la hoja de su espada, que ella agarró con ambas manos hasta que el doble filo las hirió y un hilillo de sangre empezó a grabar una filigrana escarlata en el acero. Y mientras el sol se alzaba en todo su esplendor sobre el horizonte, Bridget comprendió que había tenido una visión.

En la cámara nupcial, Raoul se revolvía y gemía asaltado por una pe­sadilla casi real. En su mente se agitaban imágenes de un fuego y destellos de armas. Los hombres proferían gritos de triunfo y de agonía, sobre los que se alzaban aterradores relinchos de caballos. Era consciente de estar luchando por su vida. El dolor que sentía en el brazo derecho era tan vio­lento que a duras penas podía moverlo para protegerse de los golpes que caían sobre él…Todo en aquel sueño era extraño, porque jamás había en­trado en batalla y mucho menos combatido hasta la extenuación. Un ca­ballero cabalgaba hacia él. Era blanco el corcel que montaba, blanco su manto adornado con una cruz de color rojo sangre y blanca la luz que re­fulgía en el filo de su espada mientras la blandía amenazadora. La hoja cortó el escudo de Raoul como si fuera pan. El ulundo se oscureció para él, y en las tinieblas que lo envolvieron oyó la voz de una mujer que lo buscaba y, tras preguntarle su nombre, lo llamaba a la luz. La divisó a lo le­jos, con los cabellos negros y las manos tendidas. Él respondió por señas, conmovido hasta lo más hondo de su alma, y de repente se encontró de­lante de ella, que lo miraba con los ojos empañados, que eran como cris­tales cortantes.

—¡Raoul, por Dios, despierta! ¡Raoul!

El dolorido chillido de terror resonó en su cabeza al tiempo que se ale­jaba de la mujer del sueño para despertar con ojos de asombro en el dor­mitorio inundado por la luz del sol. Una voz lo llamaba todavía, pero dis­tinta, más suave y serena. El cabello castaño le rozó el pecho desnudo haciéndole cosquillas, y descubrió la cara de Claire, que lo observaba con preocupación.

–Estabas soñando, mi señor.

–¡Soñando! –Se estremeció–. ¡Por los clavos de Cristo que jamás en mi vida he sentido tanto miedo!

Se cubrió los ojos con la mano. Estaba tan bañado en sudor que la sába­na de lino se le había pegado al cuerpo como una mortaja. Los rayos del sol se filtraban a través de la cortina que cerraba el arco de la ventana y podía oír las palomas de su madre arrullándose en el alféizar. Claire estaba despeinada y hermosa a su lado, pero él se sentía como un gato con la piel erizada.

–¿Qué soñabas?

–No lo recuerdo bien… Sólo sé que había una batalla y una mujer que me preguntaba cómo me llamaba con tal insistencia que me vi obligado a decírselo. –Un escalofrío le recorrió el cuerpo–. Jesús…! ¡Siento como si tuviera hielo en las venas!

–¿Será por lo ocurrido anoche? –sugirió ella.

Él volvió la cabeza en la almohada y frunció el ceño.

–¿Anoche?

Claire se ruborizó mientras él la escrutaba. Habían sucedió muchas co­sas la noche anterior, no todas desagradables.

–La pelea con el padre Otho… Quizá fue eso lo que te hizo soñar con un combate.

–Quizá –admitió Raoul sin mucha convicción.

Por la ventana penetró el estrépito de ruedas de carro y la voces alegres de la guardia al abrirse las puertas del castillo con la llegada de la mañana. Raoul apartó de sí la sábana húmeda por el sudor y se incorporó. En la ropa había manchas parduscas y trazas de sangre reseca, y sentía doloridos los hombros, donde ella le había clavado las uñas en el momento de la desflo­ración. Le asaltó un sentimiento de culpa y observó a Claire, que sostuvo su mirada mordiéndose el labio inferior.

–Lamento si me comporté rudamente contigo –se disculpó incómo­do–. Tal vez no lo veas así, pero es un cumplido a tu belleza. No podía es­perar más.

Ella relajó la presión de los dientes en el labio.

–No me dolió mucho…, sólo al principio. Después me olvidé del dolor. Se sonrojó y bajó la vista.

–Entonces…, ¿no estás enfadada conmigo?

Advirtiendo el deseo en su mirada, el rubor que encendía el rostro de Claire descendió hacia sus pechos cubiertos por la sábana.

—No, no estoy enfadada… —Cuando Raoul se inclinó hacia ella, añadió—: Un poco dolorida, pero tu madre y la mía ya me advirtieron que el dolor pasaría pronto.

Aunque ni su voz ni su actitud delataban pesar, Raoul notó una leve tensión en su cuerpo y se dijo que seria mejor que esa mañana limitara su admiración a las caricias y las palabras dulces, en vez de ofrecerle de nuevo la prueba plena de su pasión. Lo que necesitaba Claire ahora era estar sola un rato, y después en compañía de otras mujeres. Por otro lado, él necesita­ba reponerse de la violencia casi real de su sueño. La besó con ternura en la nariz y en la comisura de la boca, y saltó de la cama para vestirse.

—Le diré a tu doncella que venga —le dijo mientras salía por la puerta. Claire sonrió agradecida y se arrebujó bajo las sábanas.

Chrétien estaba junto al pozo del patio, llenando de agua los odres para el viaje, cuando Bridget bajó de las almenas y, sin mediar palabra, fue a ayudar a Matthias a enrollar los jergones y desmontar la tienda. La joven había adqui­rido la costumbre de procurarse al amanecer un tiempo y un lugar para la so­ledad; a veces, cuando regresaba de su meditación, parecía que el aire brillaba en torno a ella como una aureola, y así se sentía ahora. Chrétien no pudo evi­tar pensar en su secreto, en el saber volátil que los tres compartían; un hilo vivo capaz de trocar por completo el tapiz de la vida. Un secreto que a veces lo aterraba porque por él habían muerto de forma violenta su hermano y la mujer de éste, y porque su amenaza se cernía sobre Bridget, sobre Matthias y sobre él mismo, cada vez más cerca. Los enviados del papa Inocencio los aco­saban sin tregua, ansiosos por apoderarse de él, silenciarlo, destruirlo.

Chrétien taponó el último odre y se alejó del pozo para encaminarse hacia sus compañeros y los caballos. Matthias ataba con destreza el fardo a la grupa del animal, a pesar de su mano mutilada: el castigo por haber tra­ducido unas escrituras hebreas que Roma no quería que se tradujeran, que Roma deseaba que no existiesen. Matthias escribía ahora con la mano iz­quierda.

—¿Estáis dispuestos?

Chrétien repartió los odres llenos. La pregunta no iba dirigida a Matt­hias, que estaba nervioso, y con razón, por el lugar elegido para pernoctar y feliz de alejarse de allí cuanto antes, sino a Bridget. La joven tenía una mi­rada ausente y, por la forma en que apretaba las correas de su montura, era evidente que algo la preocupaba. Tuvo que tocarla y repetir la pregunta, y las palabras de la joven le provocaron un escalofrío.

–Siempre estaremos preparados, pero jamás dispuestos.

Decidida y ágil como un muchacho, Bridget se encaramó a la silla de su montura y sujetó las riendas.

Chrétien abrió los labios para hablar, pero resolvió que no eran el lugar ni el momento adecuados para ahondar en las implicaciones de aquel co­mentario. Montó su caballo y tiró del ronzal que guiaba a la mula. De cami­no hacia las puertas, pasaron por delante del estercolero y vieron al cura que roncaba a pierna suelta, empapado como un trozo de carne en adobo. La es­cena no sorprendió a Chrétien, pero lo entristeció de veras.

–¿Comprendes lo que quiero decir? –preguntó Bridget en un susurro cuando lo dejaron atrás y penetraron en la oscuridad del túnel que comu­nicaba el rastrillo con la puerta–. Preparados, pero nunca dispuestos.

CAPÍTULO 3

LAS ORILLAS DEL RÍO ERAN un remanso de paz. Bajo el calor del mediodía, los árboles alineados en la ribera del Tarn prestaban su sombra agradable a los jinetes que habían bajado cabalgando desde el castillo para descansar junto al agua. La familia Montvallant tenía invitados; vecinos con quienes les unía una larga amistad. Aimery de Montreal y Be­renguer se conocían desde niños y compartían la pasión por la cetrería. La hermana de Aimery, Geralda, era la señora del castillo de Lavaur, que se ha­llaba al sur de Montvallant. Era íntima confidente de Beatrice y tenía una personalidad formidable y franca. Decía exactamente lo que pensaba sin preocuparse de las consecuencias, lo que entrañaba cierto riesgo, puesto que profesaba la fe cátara, aunque sin haber hecho todavía los votos finales.

Algo apartados de los cuatro, y protegidos de su mirada por las altas hier­bas y una pantalla de sauces y jóvenes fresnos, Raoul movió la cabeza para recostarla con más comodidad en el regazo de Claire, mientras dormitaba.

Claire se inclinó sobre él, sonriendo, y sintió de pronto cierta turbación al ver la curvatura ascendente de sus labios y recordar la sensualidad con que habían explorado su cuerpo. Las pestañas de Raoul eran cortas y gruesas, como el césped segado en el jardín del castillo, pero cuando se alzaban, su mirada tenía la virtud de clavársele hasta lo más hondo de su ser y trastor­narla por completo.

A hurtadillas, alcanzó una mata de altas hierbas y cortó una con sus uñas afiladas. Reprimiendo una risita, balanceó en el aire la espiguilla sobre la na­riz de Raoul, quien arrugó la nariz y levantó una mano lánguida para es­pantar lo que creyó un mosquito revoloteando. Claire esperó un instante y repitió la maniobra. Raoul reaccionó otra vez de la misma manera, y ella casi soltó una carcajada.Apretó bien los labios para reprimirla, pero no pudo conseguirlo del todo. Como Raoul parecía no haberse dado cuenta de nada, a los pocos minutos Claire volvió a balancear su señuelo, haciéndole cosquillas y provocándolo.

Con la velocidad de una serpiente al atacar, Raoul le agarró el brazo y, derribándola, la hizo rodar hasta tenerla debajo de sí.

–Y ahora, ¿qué harás? –le preguntó con sonrisa burlona, mientras le su­jetaba las muñecas con las manos.

Claire, que se agitaba insinuante, inclinó la cabeza incitándolo a un beso. –¿Qué ofreces a cambio de clemencia? –inquirió mientras enarcaba de­licadamente una ceja.

–Prueba.

Se besaron. Raoul le soltó los brazos para poder apoyarse en el suelo y al mismo tiempo acariciarla. Las manos de la joven se deslizaron también bajo sus ropas y abarcaron el arco sudoroso de sus costillas. Una oleada de calor encendió el cuerpo de Claire y se concentró en su regazo al sentir contra sí la virilidad de su esposo.

–Es muy dura tu exigencia, mi señor –musitó rehuyendo el beso con una sonrisa.

–Confio en que tú la ablandes –replicó él recorriendo con fingidos mordiscos el camino de la barbilla al cuello.

Estaban estrechamente abrazados cuando se acercó para curiosear el pe­rrazo de Aimery, un pastor de los Pirineos, que llegó meneando la cola, ol­fateando ruidosamente y amenazándolos a ambos con los lametones de su lengua rosada y húmeda. Raoul trató de ahuyentarlo, pero sólo consiguió que el medio centenar de kilos de músculos caninos y huesos recubiertos generosamente por pelo blanco babease con mayor entusiasmo y alborozo, deseoso de agradar.

Aimery, aproximándose, llamó al animal con un agudo silbido, y el pe­rro obedeció brincando, pero ya les había aguado la fiesta. Raoul se incor­poró y entornó los párpados para mirar a Aimery en la deslumbrante cla­ridad. Claire, con el rostro ruborizado, se apresuró a sentarse también, ali­sándose el vestido arrugado.

–Lo lamento… ¿Interrumpo algo?

Los ojos de Aimery centelleaban de regocijo y su pecho se agitaba con espasmos de risa contenida mientras atusaba el exuberante pelaje del perro. Raoul le dedicó una mirada feroz.

–No lo lamentáis en absoluto. En realidad, ¡no me extrañaría nada que lo hubierais hecho a propósito!

Muy a su pesar, la irritación de su voz se trocó en buen humor.

–No puedo evitar que Blanc se divierta olisqueando entre los arbustos. Es su trabajo –se excusó Aimery con una sonrisa burlona. Sacó del cinturón un guante de cetrería doblado y se lo enfundó–.Tienes toda la noche para hacer lo que estabas tramando, si así lo deseas. Deja ahora tranquila a tu pobre mu­jer y ven a ver cómo se las arregla mi nuevo halcón.Tu padre está esperando.

Raoul suspiró y, poniéndose en pie, tendió una mano a Claire para ayu­darla a levantarse, comprendiendo que había finalizado su idilio. Ella, con la mirada baja para evitar la sonrisa de Aimery, se sacudió el vestido y se ajus­tó su toca ladeada.

Al observar a los hombres que se alejaban a caballo, con los halcones en el puño, Geralda chascó la lengua y rió.

–Aimery estaba impaciente por enseñar su halcón a Berenguer y Raoul. Si hay que dar crédito a sus alabanzas, jamás ha existido un pájaro igual. Te aseguro que me trae medio loca con esta historia.

–Pues, entonces, debes de estar ya loca por completo –observó Beatri­ce con malicia. Sus palabras asombraron a Claire, que no pudo por menos de sorprenderse ante aquella salida de su suegra.

Esta vez Geralda dejó escapar una franca carcajada tan profunda como el redoble de un timbal.

–¡Beatrice de Montvallant…! ¡Dios es testigo de que deberías avergon­zarte de burlarte de una anciana!

–Pensaba que los cátaros no mentían… –replicó Beatrice, con ojos chis­peantes–. Sólo me llevas diez años y todavía no tengo la menor intención de admitir que soy vieja.

–Te las has arreglado no sé cómo para que Berenguer te mantenga en danza… y, ahora, además, tienes una recién casada a la que enseñar. –Dirigió una fugaz sonrisa a Claire–.Yo, en cambio, sólo tengo a Aimery y esos hal­cones suyos que siempre están mudando de plumas.

–Tienes también tus creencias…

Ante estas palabras Geralda adoptó una actitud más seria, aunque sin perder la sonrisa que ahondaba las pequeñas patas de gallo de sus ojos. Miró hacia donde estaban los sirvientes, aunque Isabelle era la única que podía oírlas.

–Ahora que se han marchado los hombres, dejadme que os enseñe algo. –Les mostró un librito encuadernado en piel y las tapas estampadas con cír­culos de oro entrelazados–. No es que lo tenga escondido; varias veces le he leído a Aimery algunos pasajes en voz alta, pero muestra tanto interés por él como yo por sus dichosos halcones –explicó poniendo los ojos en blanco para recalcar sus palabras.

–¿Qué es?

–Un libro de sabiduría antigua. Lo trajo de Tierra Santa, junto con otros manuscritos, un hombre de nuestra ciudad que fue allí en peregrinación y que me los legó al morir. He encargado a un escribano cátaro de nuestra servidumbre que los vaya traduciendo a nuestra lengua poco a poco. Escu­chad esto.

Abrió el libro al azar y leyó en voz alta con la voz clara y firme:

Conocerse a uno mismo al nivel más profundo es conocer a Dios. Busca a Dios partiendo de ti mismo. Aprende quién es el que está dentro de ti, y te hace todo suyo, diciendo: «¡Mi Dios, mi mente, mi pensamiento, mi alma, mi cuerpo!». Conoce las fuentes de la tristeza, de la alegría, del amor, del odio. Porque, si exa­minas atentamente todo esto, lo encontrarás a Él en tu interior.

–¿No es maravilloso? –comentó–. Sin embargo, la Iglesia rechaza estas obras. –La cara de Geralda se tornó dura y su voz reflejó enojo–. Si pudie­ran, quemarían todos los libros no escritos en latín y cuantos no coinciden con su estrecha imagen de Dios. –Chasqueó los dedos–. ¡No necesitas a ese cura inútil vuestro para que tus plegarias lleguen a Dios, Beatrice! Presén­tate delante de Él tal como eres, y te escuchará.

–.Jamás se me ha ocurrido buscar a Dios a través del padre Otho –repli­có Beatrice con un ligero estremecimiento–. Sería como beber vino de una copa mugrienta.

–¡Eso es! –Geralda golpeó el suelo para subrayar su asentimiento, con los ojos tan brillantes que parecían febriles–. ¡Los clérigos sirven al dios de sus intereses mundanos, no al único y verdadero! Nos dicen que creamos en un pecado que se transmite de padres a hijos, en el infierno… ¿Es ésta la imagen del Dios de la Luz? –preguntó sacudiendo la cabeza–.Te lo asegu­ro, se valen del miedo y de la opresión para gobernar… Haz lo que te deci­mos, porque, de lo contrario…

–Predicas a una convencida –dijo Beatrice, que apoyó una mano sobre la de su amiga para. tranquilizarla–. Hace tiempo que comparto la fe de los cátaros, aunque todavía no he hecho los votos finales, y sé también que Claire proviene de una familia cátara.

Claire asintió con timidez. La fuerte personalidad de Geralda casi le abrumaba, pero había algo excitante en su manera de hablar, en la ve­hemencia de su indignación, que suscitaba una respuesta en su propia alma. Para los cátaros, el camino hacia la verdad era una vida pura y senci­lla: oración, celibato y comida frugal, no contaminada por la carne. Sólo los plenamente consagrados, los Perfecti, pronunciaban los austeros votos fina­les, pero existían otros niveles para aquellos que, a pesar de profesar la fe cá­tara, no estaban preparados aún para someterse a la rigurosa disciplina que ésta exigía. Algunos sólo se convertían en el lecho de la muerte; otros des­pués de haber formado familias y superado las pasiones de la juventud. Clai­re había acariciado a menudo la idea de llegar a ser uno de los cátaros Per­fecti, y había puesto este sueño en un pedestal en su espíritu, de la misma forma que otras jóvenes conservaban la confusa imagen de un caballero de reluciente armadura o un trovador que encendiera sus primeros y vagos an­helos. Era sólo un sueño, pero tan próximo a la realidad que ahora, junto a Geralda y Beatrice, podía sentirlo vivo.

–¿Podríais leer algo más? –rogó Claire con voz suave–. Antes de que vuelvan los hombres.

La señora de Lavaur la miró pensativa.

–Nada me complacería más, querida.

Su propia voz se enterneció y Claire vio en su expresión que había re­conocido a un alma gemela.

Mientras herraban su caballo ruano, el padre Otho aguardaba a la som­bra de un plátano fuera de lá herrería, y siguió con la vista a los que volvían de su paseo por el campo, que cruzaban el pueblo de regreso al castillo. No habían creído conveniente invitarlo por lo ocurrido con Berenguer. Prefe­rían exponerse a las llamas del infierno frecuentando la compañía de in­mundos blasfemos como Aimery de Montreal y su ponzoñosa hermana Geralda, y ni siquiera se fijaron en su propio cura, medio asfixiado por el polvo que levantaban al pasar.

Sus ojos acuosos y oscuros se desviaron hacia la doncella de Claire, que montaba a la grupa en el caballo de un soldado. Le recordaba un racimo de uva en la vid en la época de la vendimia: negro, maduro… Se le hacía la boca agua con sólo pensar en la dulzura de su sabor si pudie­ra morderla. El deseo le provocaba un hormigueo en la piel y hacía bro­tar gotas de sudor debajo del hábito. Alojó los pulgares en la hebilla do­rada de su cinto y se humedeció los labios mientras observaba cada uno de sus movimientos. Él no tenía la culpa de sentirse así.Aquella mujer era instrumento del diablo, como todas, aunque algunas lo fueran más que otras. Como la señora Geralda, de la que sabía a ciencia cierta que era una bruja.

–¡Herejes…! –murmuró con odio.

Aborrecía sus risas despreocupadas, el tintineo de los cascabeles de los halcones, el oro de la pasamanería de las bridas, el reflejo del sol en los ar­neses y las joyas…, todo aquello que a él se le vedaba.

A su lado el herrero remachó el último clavo en la herradura del caba­llo y, enjugándose la frente, se tomó un pequeño descanso, pero, al advertir la expresión colérica del cura, fingió estar ocupado con sus herramientas.

Otho desenganchó su montura de la anilla de la pared y puso un pie en el estribo.

—Padre…, tenéis que pagarme.

—¡Ya te pagaré la próxima vez que te vea en misa!

Clavó los talones en los ijares de su cabalgadura, que se lanzó hacia de­lante, echando espuma por la boca, mientras el ruido de sus cascos recién herrados resonaba en la tierra reseca del camino. El herrero tuvo que dar un salto para evitar que lo arrollara y cayó cuan largo era entre el polvo, vien­do cómo el sacerdote bajaba a toda prisa por una calle estrecha y dispersa­ba indiscriminadamente gallinas, gansos y personas. Su manteo se agitaba tras él como un par de alas negras y demoniacas.

Cuando Otho llegó a su casa, contigua a la iglesia cerrada, la encontró ocupada por dos frailes que, sentados a la mesa, trasegaban su vino y daban buena cuenta del pollo frío que había pensado tomar como cena. Braudi, su sirviente, dejó de atender a los visitantes y se limpió nervioso las manos en la túnica antes de salir para atar el caballo. Hasta ese momento, Otho hu­biera dicho que no podría ponerse de peor humor, pero ahora vio cómo se le agriaba sin remedio. Lo último que deseaba era hacer de anfitrión de una pareja de frailes itinerantes quienes sin duda vaciarían su escasa despensa y perorarían de teología hasta el alba.

—Supongo que vuestras mercedes habrán venido por lo de los herejes —dijo Otho con tosquedad, sin molestarse en preámbulos y con la esperan­za de librarse pronto de ellos.

Se produjo un largo silencio en el que los visitantes intercambiaron mi­radas cautelosas. El más joven se disponía a hablar, pero su compañero le­vantó la mano para detenerlo y miró escrutadoramente a Otho.

—¿A qué herejes os referís?

Su acento era español; su voz, grave y apremiante.

—Los invitados del castillo: Geralda de Lavaur y su hermano.

Sin ninguna ceremonia, Otho alargó la mano por encima de la mesa, agarró la jarra de vino y bebió directamente de ella; luego volvió a dejarla bruscamente donde estaba, con un sonoro golpe, como retando a sus hués­pedes a criticar su zafio comportamiento. De no haberlos tenido delante, la habría arrojado contra la pared para descargar su malhumor.

—Más de la mitad de la población está contaminada por los cátaros y sus infames prácticas —siguió—, ¡y en el castillo se les incita abiertamente! La señora de Lavaur, Geralda, es una conocida hereje, pero aquí la reciben con los brazos abiertos.

–No vendría mal que los pastores dieran buen ejemplo –señaló con re­cato el fraile más joven.Tenía un rostro enjuto y ascético, y su piel marfile­ña se tensaba tanto en sus pómulos prominentes como en la frente, amplia y brillante, que se extendía sobre sus ojos negros y fríos como guijarros de obsidiana.

Ahogado por la cólera, Otho tragó saliva en un esfuerzo por tomar aire.

–¡Pues no he visto que vosotros, los frailes, hagáis mucho en este senti­do! –replicó.

El hombre de más edad alzó otra vez la mano en señal de advertencia. En su dedo corazón, un sello grabado con la enseña papal relució al incidir en él la luz de la puerta entreabierta.

–No estamos aquí para discutir. Vuestro comportamiento es asunto vuestro y de vuestra conciencia –dijo fríamente, dejando claro lo que pen­saba de los modales del cura–. Lo que buscamos es información. Necesita­mos averiguar el paradero de tres herejes que viajan juntos: dos hombres y una mujer.

Otho estudió las facciones vulgares y abotargadas del fraile mayor, mientras su pensamiento vagaba de un lado a otro. Aunque llevaban ropas polvorientas y lucían barba de varios días, representaban la autoridad de Roma. Aquellos hombres eran algo más que dos simples frailes itinerantes. Esta certeza, en vez de disminuir su hostilidad hacia ellos, la aumentó, ali­mentada ahora por un temor creciente. Se humedeció los labios.

–Dos hombres y una mujer… –repitió.

–Uno de ellos es un notable cátaro, de los Perfecti, llamado Chrétien de Béziers; el otro, que se hace llamar Matthias, es un maniqueo de Marsella, y le faltan dos dedos de la mano derecha. La mujer es joven, y algunos dirían que hermosa –añadió, y al pronunciar la última palabra sus labios se curva­ron en una mueca despectiva.

El fraile joven se inclinó con gesto apremiante hacia Otho.

–Llevan consigo documentos de naturaleza gravemente herética, y nos consta que predican abominaciones que rebasan incluso lo que osarían de­fender los cátaros corrientes. ¡Alguien ha de detenerlos! –exclamó, y su ter­sa piel blanquecina de pronto enrojeció de ira, como si hubieran derrama­do vino tinto dentro de un recipiente de cera.

Una mosca zumbó alrededor de la fuente con el pollo frío y se posó dispuesta a darse un banquete. Otho la miró con una fascinación que con­tuvo su mano, presta a espantarla.

–Recuerdo haber visto a dos hombres y una mujer que viajaban juntos. No sé si son los que buscáis, pero la joven era ciertamente atractiva y sus compañeros vestían como los cátaros.

–¿Cuándo ocurrió eso? –preguntó el fraile de más edad volviéndose hacia él.

–Hace un mes, en el castillo…, en el banquete de bodas del hijo. –Sacu­dió la cabeza, como si rechazara un recuerdo que le causaba disgusto–. Montaron una tienda en el patio, junto a la puerta.

–¿Y…?

Otho indicó con un gesto que no sabía más. No estaba dispuesto a con­fesar a los agentes papales que había pasado la noche en el muladar durmien­do la borrachera y que la única razón de que recordara a aquellos viajeros era porque lo habían despertado de su sopor los rebuznos de sus mulas al abandonar el castillo.

Se mantuvieron apartados de los demás. Creo que uno de ellos men­cionó algo sobre el bosque de Buzet, pero no estoy completamente seguro.

El fraile mayor carraspeó y, tras dirigir una mirada a su compañero, se puso en pie.

–Entonces…, el rastro que seguimos no está frío aún –dijo, y tocó el ro­sario que llevaba prendido de la cintura, cuyas cuentas chasquearon a lo lar­go del hilo–. Si oyerais algo más, quiero que mandéis de inmediato recado a Fanjeaux. Cualquiera podrá indicaros la dirección. Preguntad simplemen­te por la casa de fray Guzmán.

Los ojos de Otho se abrieron de par en par. Hizo ademán de arrodi­llarse.

–Es demasiado tarde para eso, ¿no os parece? –le reprendió uno de los más poderosos predicadores que la Iglesia católica hubiera tenido jamás–. Os estaremos vigilando –añadió con voz glacial que expresaba el esfuerzo por dominar su repulsión–.Vamos, hermano Bernard.

Con el estómago revuelto y el corazón frenético, Otho oyó a los dos hombres pasar cuchicheando a su lado, las apagadas pisadas de sus sandalias y el ruido de la puerta al cerrarse. Sólo cuando todo volvió a quedar en si­lencio se atrevió a moverse. Con mano temblorosa tomó la jarra, la estrelló contra la pared y la vio romperse en pedazos. El vino chorreó por la rugo­sa obra de yeso como si fuera sangre, y el moscardón revoloteó ruidosa­mente desde la mesa hasta la pared, donde se posó para beber.

CAPÍTULO 4

Septiembre de 1207

EL VERANO CULMINÓ con una cosecha abundante y espléndida. Uvas negras, maduras, y aceitunas carnosas eran pisadas y prensadas para 4 extraer su jugo bajo un cielo de un azul tan intenso que hería los ojos al levantar la vista. Los campesinos, medio desnudos y sudorosos, trabajaban desde el alba hasta el crepúsculo; segaban los campos blancos, reco­gían las nueces y los frutos de las huertas, cebaban a los animales para el en­gorde final y reunían haces de leña para el invierno.

Geralda y Aimery regresaron a Lavaur, pero con frecuencia llegaban a Montvallant viajeros cátaros, siguiendo a menudo los consejos de la propia Geralda, que sabía que allí se les dispensaría una cálida acogida. En la época de la cosecha siempre se necesitaban trabajadores forasteros, y los cátaros, a cambio de comida y alojamiento –y de un auditorio dispuesto a escuchar­los–, trabajaban de firme.

En varias ocasiones estos Perfecti pernoctaron en el castillo y celebra­ron oraciones comunitarias en el patio. Algunas veces, Claire y Beatrice asístian con sus doncellas a las reuniones que tenían lugar en el pueblo y en las aldeas de los alrededores. Los hombres declinaban de ordinario acu­dir a esas reuniones pues, aunque tolerantes con la fe cátara, no se com­prometían tanto como sus esposas. Raoul incluso llegó a quejarse medio en broma de que Claire lo descuidara por atender a dos de sus más re­cientes huéspedes cátaros: dos hombres de edad, curtidos por el sol, que apestaban a cabra.

Con ánimo contrito, Claire renunció a la idea de participar en la si­guiente celebración y, en vez de ello, acompañó a Raoul a inspeccionar la cosecha. Sin embargo, dio permiso a Isabelle para que fuera a oír predicar a los cátaros.

–Querías ir con ella, ¿verdad? –inquirió Raoul.

Se habían detenido para dar de beber a los caballos en un arroyo que serpenteaba entre huertas en la llanura dominada por el castillo.

Claire le miró por entre las pestañas. La expresión de Raoul era jovial, como revelaban las tenues líneas que el tiempo marcaría para siempre entre las aletas de la nariz y su boca.

-No tanto como deseaba estar junto a mi esposo -contestó con diplo­macia.

-A veces lo dudo…

El caballo levantó el hocico mojado y sacudió la cabeza. Claire sintió un escalofrío de pánico al advertir de súbito dentro de sí una semilla que po­dría transformarse en un compromiso pleno si la dejaba crecer más allá de su tímida y lenta germinación.

-¡No pienses esas cosas! -exclamó, e inclinándose en su montura posó la mano sobre la de él.

Al sentir el contacto, Raoul bajó-la vista, y las líneas marcadas en su cara se tornaron más profundas, ya sin anticipar una sonrisa.

-Puede que no desee compartirte con los cátaros -dijo-. Tal vez me asuste la idea de que te conviertas en una de ellos y ya no pueda volver a tocarte nunca más.

-¡Oh, Raoul!

Con un nudo en la garganta, Claire le apretó la mano, pero su marido espoleó a Fauvel y se alejó sin que ella pudiera retenerlo. Mordiéndose el la­bio, fue tras él con su yegua mientras trataba de pensar en qué le diría para aplacarlo sin comprometer sus propias convicciones. Aparte de asegurarle su amor, no había mucho más que pudiera hacer.Tal vez, de regreso en el cas­tillo, alguna demostración fisica de ese amor serviría de bálsamo… Los cáta­ros veían con malos ojos la unión entre un hombre y una mujer por temor a que de ella naciera una criatura: otra alma inocente atrapada en la carne corrupta. Por eso, mientras ella continuara a su lado, gozando en sus rela­ciones sexuales, lograría disipar sus dudas.

Le dio alcance en la espesura del huerto. Las peras de color verde pla­teado inclinaban las ramas con su peso, y el follaje susurraba con la brisa. Luces y sombras moteaban los dos caballos y sus jinetes, y los grillos chi­rriaban escandalosos alrededor.

-Raoul, escucha…-suplicó-. Quiero que entiendas…

El hombre fustigó con las riendas el cuello de su montura y salió de nue­vo a galope. Lágrimas de dolor y de rabia asomaron a los ojos de Claire al pensar que Raoul se negaba incluso a escucharla; pero en aquel instante su atención se vio desviada por un grito ahogado seguido de una maldición. Algo se agitó en la hierba entre los árboles a la izquierda de donde se hallaba Raoul, que, dando media vuelta, tiró de las riendas y desmontó rápidamente.

Claire aguijó a su yegua con los talones y avanzó a medio galope hacia Raoul. Al detenerse a su lado, tuvo que cubrirse la boca con la mano para sofocar un grito de horror y repulsión. Entre ella y Raoul, con el hábito re­mangado y mostrando unos muslos llenos de pústulas, el padre Otho los miraba con expresión atónita; debajo de él, con la falda subida hasta la cin­tura, yacía Isabelle. La muchacha tenía la boca ensangrentada y tumefacta, y arañazos de color escarlata en los hombros desnudos, donde su vestido y su camisa aparecían rasgados para dejar al descubierto los pechos.

–¡Es una hereje! –jadeó el padre Otho–. ¡Una sierva del demonio! ¡Me ha inducido a pecar!

–¡Aquí sólo veo un siervo del demonio, y sois vos! –exclamó Raoul, que agarró al cura y, apartándolo de la joven, lo empujó airadamente hacia un lado.

Claire desmontó nerviosamente de su yegua y, agachándose junto a Isa­belle, le bajó la falda y le cubrió los senos con la fina capa que vestía.

Raoul tenía la vista clavada en el padre Otho, y la repugnancia apenas si le permitió mascullar:

–Reunid vuestras pertenencias y abandonad de inmediato las tierras de los Montvallant.

–No tenéis derecho a… –comenzó el padre Otho, pero se tragó las pa­labras al ver que Raoul desenfundaba la espada.

–¡No! –exclamó débilmente Isabelle desde el suelo–. ¡Dejadle vivir! Va contra nuestra fe matar, cualquiera que sea el motivo.

–¡Yo no soy un cátaro! –replicó Raoul, pero guardó la espada en la vai­na sin apartar la mirada del cura–. Os marcharéis antes de que se ponga el sol –agregó–. Iré a buscaros y, si todavía estáis aquí, os convertiré en un eu­nuco y clavaré vuestros huevos en la puerta de la iglesia como escarmiento para todos los de vuestra calaña. ¿Me habéis entendido?

El padre Otho trastabilló e intentó con escaso éxito recuperar su digni­dad ciñéndose su cinturón dorado.

Raoul se aproximó a él en actitud amenazadora, y sus ojos, intensa­mente azules, parecían despedir llamas de fuegos fatuos.

–¡Largaos de aquí! –repitió con voz ronca, y la hoja de acero brillan­te asomó un palmo más por el borde superior de la vaina. Los dedos con que asía la empuñadura citaban blancos por la presión que tensaba la piel sobre el hueso.

–¡El obispo tendrá noticia del trato que dispensáis a los herejes! –le amenazó Otho por encima del hombro cuando ya se alejaba cojeando.

–¡Y yo le explicaré gustoso muchas cosas que debe saber!

Dio unos pasos firmes en dirección al rechoncho individuo, al tiempo que desenfundaba la espada, y el padre Otho cesó en sus bravatas y escapó co­rriendo. Luego, tras introducir de nuevo el arma en la funda, Raoul dio me­dia vuelta. Isabelle se había incorporado ya con la ayuda de Claire, que le pasaba solícita el brazo por el hombro. El rostro aceitunado de la joven es­taba pálido y tembloroso; aparte de las contusiones visibles, parecía ilesa.

–¿Cómo ha ocurrido?

Isabelle miró a Raoul, y luego, con la vista perdida, sin poder reprimir un castañeteo involuntario provocado por la impresión, explicó entre dientes:

–Había ido a escuchar las prédicas de los cátaros, y decidí volver por el camino que atraviesa los huertos. Él estaba esperándome… Debió de se­guirme. –Tragó saliva y sacudió la cabeza–. Dijo que quería salvar mi alma de la condenación eterna y, cuando le respondí que no necesitaba su inter­vención, ni la de ningún cura, me llamó bruja y hereje, y se lanzó sobre mí como un animal salvaje…

–¡Oh, Isabelle…! –exclamó Claire abrazándola–.Ya pasó todo, y no vol­verá a molestarte nunca más.Vamos… Te llevaremos a casa y te pondré un­güento de caléndula en esos morados.

–Puedes montar en mi grupa –ofreció Raoul, y le tendió la mano. Isabelle clavó la mirada en la mano y tragó saliva.

–Monta detrás de mí –la invitó Claire con rapidez, comprendiendo me­jor que Raoul lo delicado de la situación. Sufrir el ataque de alguien como el padre Otho, justo al salir de una reunión cátara con sentimientos de re­novada pureza, tenía que ser un tremendo ultraje para el alma…Y en esas circunstancias la figura de Raoul, alto y ancho de espaldas, desbordante de vitalidad viril, debía de ser para Isabelle un recordatorio de la violación.

Raoul retiró la mano que le ofrecía.

–Supongo que la yegua tiene un paso más tranquilo –dijo con voz inex­presiva.

Antes de que se volviera para ir en busca del palafrén en que montarían las dos mujeres, a Claire no se le escapó la expresión dolida que cruzó su rostro al acusar el rechazo.

Berenguer de Montvallant observó en silencio a su hijo, que bajaba de la habitación de las mujeres, cruzaba el salón y se acercaba a una mesa au­xiliar para tomar una jarra y servirse una copa de vino.

–¿Se encuentra bien? –preguntó con voz ronca–. Me han contado lo ocurrido nada más regresar.

Raoul se llevó la copa a la boca.

–Algo magullada y conmocionada, pero nada grave.

–Tomó un largo sorbo, como si quisiera quitarse un mal sabor. –Sé qué le dijiste al padre Otho…

–Y no me arrepiento de nada. –Tenía los ojos entrecerrados, desafiantes–. Si he usurpado tu autoridad, te pediré perdón por ello; pero por nada más. Berenguer suspiró profundamente.

–Hemos sido demasiado condescendientes con Otho.Yo, en tu lugar, hubiera hecho lo mismo. –Reuniéndose con Raoul, volvió a llenar su pro­pia copa–. ¡Aunque ojalá este incidente no hubiera coincidido con los re­sultados del maldito concilio organizado por el papa! Precisamente hoy he estado hablando de esto con un comerciante llegado de Marsella.

–¿Si?

–Corre el rumor de que el papa se ha hartado de negociaciones. Si el conde Raimundo no se decide a castigar a los herejes de inmediato, actua­rán las tropas del norte de Francia. Por lo visto, ha escrito al rey Felipe de Francia en términos durísimos. El comerciante del que te hablo atravesó los Alpes con el enviado de Roma… Según él, las palabras exactas de Inocen­cio fueron… –Berenguer alzó la vista hacia el techo–: iHaced que la fuerza de la corona y la miseria de la guerra los devuelvan a la verdad».

–¿Es, pues, un desafio en toda regla?

Berenguer volvió a suspirar.

–Huon me comentó en tu boda que sospechaba que esto iba a ocurrir. No quise creerlo…, aún no le doy crédito… Pero la tensión no se ha apaci­guado. Raimundo está en un atolladero.

–Y Pierre de Castelnau no es precisamente un prelado que se distinga por su amor al prójimo –observó Raoul con ironía.

Pierre de Castelnau era uno de los legados del papa Inocencio en el Languedoc, un clérigo frío y despótico que no poseía ni atractivo ni diplo­macia para granjearse el apoyo de una nobleza que necesitaba de forma de­sesperada. El otro emisario pontificio, Arnaud-Amalric, tenía un carácter más intratable aún. Era un hombre capaz, poderoso y de ideas fijas, pero con una visión reducida al estrecho túnel de sus propias creencias. Nada salvo la total capitulación de la casa condal de Tolouse saciaría el fanatismo de am­bos prelados.

Raoul agitó su copa y observó los cambiantes reflejos de la luz de la vela en la superficie del vino.

–Es decir, que si no somos unos necios, debemos sacrificar a los cátaros por la cuenta que nos trae.

–Algo parecido.

–¿Perseguirías a los cátaros de Montvallant?

–¿Cómo podría hacerlo? Tu madre los favorece, mi senescal es un con­verso…, también la doncella de Claire…, ¡y tú, por defenderla, acabas de ex­pulsar a nuestro cura de su iglesia!

Raoul miró molesto el salón del castillo…, el mismo donde había naci­do y se había hecho hombre… ¿Parecía más pequeño de pronto? ¿Eran 9111 sombras más amenazadoras? Se acercó al fuego para calentarse, pero hu­meaba mucho esa noche y proporcionaba poco calor y menor consuelo. Lo habían preparado para las artes de la guerra… ¿Qué muchacho de familia noble no recibía esa instrucción? Pero en su caso sólo constituía una parte del plan general de su educación, como una forma de desahogar el exceso de energía entre la lectura y la escritura, el cálculo, el latín y la música. Ja­más había alzado la espada contra nadie con intención de matar…, excepto aquella misma tarde…, y hasta la mera idea de hacerlo le revolvía el estó­mago.

–No es más que un rumor –dijo Berenguer, respondiendo de forma protectora a la expresión de su hijo.

–¡Ya no soy un niño!

El rostro de Raoul ardía con más calor que el que le daba el fuego. Be­renguer sonrió amargamente.

–Todos somos niños –dijo–. Sólo que nosotros pretendemos ser hombres.

CAPÍTULO 5

Saint-Gilles,
diciembre de 1207-febrero de 1208

ESA NOCHE DE ENERO era cruda por el viento que soplaba en el corredor del delta del Ródano, y Raoul se alegró de llevar puestas la capa y las botas forradas de lana que le llegaban hasta las pantorrillas. La mansión, propiedad de Marcel de Saliers, un primo segundo de Raoul, estaba abarrotada de gente y humo, y vibraba con risas amigables, a pesar de que Raoul advertía de vez en cuando notas demasiado alegres para ser sin­ceras. Parecían más bien gritos de miedo, la descarga de los nervios tensos, mientras el conde Raimundo y Pierre de Castelnau discutían sus diferen­cias sin siquiera acercarse a un acuerdo. Berenguer, uno de los consejeros de Raimundo, había acudido al palacio nada más despuntar el alba. Pero ya ha­bían tocado a vísperas, con la noche casi cerrada, sin que hubiera llegado ninguna noticia a la casa de su primo Marcel, en las afueras de Saint-Gilles, donde Raoul aguardaba impaciente.

Al amanecer nace la luz:

el amor viene brillando,

soy uno con claridad.

Mi señora luce un cinturón de plata,

que resplandece como la Luna:

el amor viene brillando,

somos una sola cosa con la claridad.

Raoul observó al juglar que desgranaba las notas de su canto para los reunidos. Claire estaba entre ellos, muy atractiva con el mismo vestido de terciopelo que había lucido en su boda. Llevaba un velo, pero no la toca, y su trenza castaña le llegaba hasta las caderas, gruesa como la soga de una gran campana. La imaginó con la cabellera suelta, extendida sobre la al­mohada, con su cuerpo respondiendo al suyo. A veces pensaba que hasta prenderían las sábanas con el fuego de su pasión… El juglar no paraba de mirarla insinuante, y Claire reía tapándose la boca como una niña pe­queña. Raoul sentía agitado su pecho por el amor, el deseo y una pizca de celos.

Un golpe en el brazo lo hizo volverse; era Berenguer, que acababa de llegar acompañado por un joven caballero templario de cabellos castaños, barba oscura y cuerpo robusto. El olor a humedad del exterior impregnaba las ropas de ambos.

—Pensé que no llegarías nunca —dijo Raoul—. Debe de estar como boca de lobo a estas horas.

—Lo está —refunfuñó Berenguer—. Mucho más de lo que imaginas. Mira, Raoul…, quiero que conozcas a Luke de Béziers, de la preceptoría templa-. ria de Bézu.

Los dos jóvenes se estrecharon las manos. El apretón del templario era seco y firme, y sus dedos tan delgados en contraste con su corpulencia que Raoul casi dio un respingo al notar el contacto de los huesos.

—Está emparentado, por su madre, con la mujer de Marcel —explicó Berenguer—, lo que lo convierte en pariente lejano nuestro.

—Lo que me sirve de excusa para pedir hospitalidad por esta noche —bromeó Luke—. Dado el humor del conde, preferiría no tener que dormir hoy en el palacio.

Golpeó con sus finos dedos la empuñadura en forma de disco de su es­pada y paseó la vista por los reunidos, escrutándolos a todos con sus ojos ne­gros, que poseían la intensidad y cautela de un lince.

—¿Ha habido algún problema? —preguntó Raoul.

Berenguer soltó una risa agria.

—¡El infierno hubiera parecido frío en comparación! La reunión empe­zó en un ambiente bastante cortés, lo reconozco, pero en seguida se lanza­ron el uno a la garganta del otro. De Castelnau dijo que no habría perdón para Raimundo mientras continuara albergando herejes en sus tierras y em­pleando a judíos libremente. El conde intentó razonar con él, prometió de­sarraigar lo peor de la podredumbre, pero el otro rechazó por completo. un acuerdo. Acusó a Raimundo de perjurio, de quebrantar su promesa. Éste afirmó que había venido para discutir el asunto, no a ser insultado, y antes de que nos diéramos cuenta, ¡ya estaban enzarzados como una pareja de pe­rros de presa!

—Raimundo acabó amenazando de muerte a Castelnau —añadió Luke, sarcástico.

Raoul le miró horrorizado.

–Oh, no es tan insensato como para cumplir su amenaza! –dijo Beren­guer–. Sería como cortarse el cuello y dejar que los franceses le sorbieran la sangre.

Raoul bebió un trago de vino. Si el indolente conde Raimundo había pronunciado una amenaza de muerte, debía de estar realmente fuera de sí. –¿Qué ocurrió luego?

Berenguer extendió los brazos.

–De Castelnau se marchó del palacio hecho una furia, como sólo él sabe, y el conde lo imitó. Luke y yo decidimos venir. Huelga decir que Rai­mundo sigue excomulgado y los nervios están más crecidos que el Garona después de una tormenta invernal. –Se pasó la mano por el rostro en un ges­to expresivo de su cansancio–. Sopla un áspero viento esta noche, y no hay un lugar donde guarecerse.

Como si las palabras de su padre hubieran conjurado el aire frío, Raoul comenzó a tiritar. Luke de Béziers se disculpó y se alejó para saludar al due­ño de la casa. A pesar de su corpulencia, se movía con elegancia felina.

–Su padre es cátaro, de los Perfecti –murmuró Berenguer–; al menos eso me han dicho.Traté de sacar el tema a colación pero, cuando lo hice, se limitó a mirarme con la vista perdida y el rostro mortalmente pálido.

–Los templarios siempre han tenido fama de seguir tenazmente su pro­pio camino, sin hacer caso a Roma –dijo Raoul, y dio un paso en dirección al juglar, que miraba a Claire con ojos ardientes mientras entonaba una sen­sual canción amorosa–.Ya se sabe que las familias cátaras envían a sus hijos a las preceptorías de los templarios para educarse y, llegado el caso, incor­porarse también a la orden.

La conversación entre padre e hijo se cortó en este punto porque había demasiada gente apiñada alrededor y porque Raoul decidió reunirse con su mujer para reclamar sus derechos de esposo antes de que el osado músico llegara más lejos en sus galanteos. Absorto en sus pensamientos, Berenguer fue en busca de una copa de vino y un rincón donde reflexionar sin que lo molestaran.

Aquella noche Raoul durmió mal. La cama, como todos los lechos im­provisados, era incómoda y estaba llena de bultos; además, tuvo que com­partir la habitación con otros huéspedes, uno de los cuales roncaba de tal forma que sus resoplidos hubieran hecho justicia a la nota más grave de un órgano catedralicio. Junto a Raoul dormía Claire, ajena al alboroto y arro­pada en su manto forrado de piel para mantenerse en calor. Raoul suspiró y cambió de postura, preguntándose cuánto faltaría para el amanecer. El roncador se dio la vuelta y el estruendo se suavizó un tanto para transfor­marse en un fabordón incesante parecido al ronroneo de un gato. Raoul se adormiló. Su mente se convirtió en un mosaico de cristal fundido, asaltada de nuevo por los recuerdos de su noche de bodas. Oyó que alguien pro­nunciaba su nombre en la distancia, y despertó con un espasmo y un fuer­te gruñido. Claire le susurró unas palabras en sueños. Raoul tragó saliva y escudriñó la oscuridad por encima de su cabeza.Tenía la impresión de que lo acosaba una pesadilla. Con cuidado, se apartó de su esposa y buscó a tien­tas los zapatos y el cinturón.

–¿Raoul? –Claire alzó la cabeza, soñolienta.

–Chist…, todo va bien. Sólo voy a dar una vuelta. No puedo dormir.

Ella murmuró algo confuso y volvió a arrebujarse en su manto. Raoul se deslizó a hurtadillas hasta la puerta, maldiciendo al tropezar con el fardo de uno de los huéspedes.

El salón estaba iluminado por una tenue luz rojiza procedente de las as­cuas de la lumbre y por los halos amarillentos de las velas clavadas en los sólidos pinchos de hierro de los candelabros.También allí había gente dur­miendo; los sirvientes y personas de rango inferior, que no merecían el am­biguo privilegio de acostarse en el dormitorio.

Dejó el salón y descendió por las escaleras de la fachada hasta la mura­lla exterior. Aunque todavía reinaba la noche, supo que el alba estaba pró­xima por el olor a pan caliente que llegaba del horno del panadero y por las velas que parpadeaban en algunas de las dependencias auxiliares. Orinó en un canal de desagüe de las cocinas y, con la intención de ver a sus caballos, caminó hacia las cuadras.

En éstas se le acercó trotando uno de los perros mestizos del mozo de cuadra, movido por una afable curiosidad y la esperanza de recibir alguna carantoña, y Raoul se detuvo para complacerlo. Desde los establos le llega­ron las voces de dos hombres que conversaban y el tintineo de los arneses de un caballo al ser ensillado.

–Podéis quedaros más tiempo si lo deseáis. –Reconoció la voz de Mar­cel de Saliers.

–Lo sé, y os lo agradezco, pero me estarán aguardando. Sin duda sabrán ya el resultado de esta farsa de conferencia, pero… –La respuesta del caballe­ro templario, Luke de Béziers, se perdió en un gruñido al tensar la cincha.

–¿Os referís al don de clarividencia de vuestra prima?

Otro gruñido.

–¿Cómo se llama? Nunca logro acordarme…

–Bridget.

–Sí, claro, Bridget… ¿La traerá vuestro padre para que nos veamos?

–No puedo prometeros nada, pero se lo diré –respondió Luke y, tras un momento de indecisión, agregó en voz baja pero con tono enérgico–: Debe haber la máxima discreción al respecto. Si los espías del papa llegaran a des­cubrir el paradero de mi padre… Bien, ya sabéis de sobras qué hicieron con la madre de Bridget y Matthias.

–Estad tranquilo. Mientras yo sea el dueño de esta casa, será un refugio para los cátaros.

–En eso confío.

Los arneses tintinearon de nuevo cuando Luke de Béziers condujo su corcel al patio. Entonces, bajo la grisácea luz del alba, descubrió a Raoul y se detuvo en seco.

Por un momento Raoul pensó que el templario iba a sacar la espada.

–No podía dormir –balbució, sintiéndose como un crío sorprendido robando manzanas.

Luke seguía con la vista clavada en él, aferrando con el puño prieto el ronzal.

De Saliers surgió de entre las sombras. Incluso a la luminosidad granu­lar del crepúsculo su sobresalto fue evidente.

–¿Qué estás haciendo aquí, Raoul?

–No pasa nada –dijo Luke sin desviar la vista–. Me parece que no ha oído lo suficiente para entender, y lo creo lo bastante honrado para mante­ner la boca cerrada.

Raoul se puso rígido, herido en su orgullo por la forma en que se ha­bía referido a él el templario, apenas unos años mayor, tratándolo como si estuviera a la misma altura que el perro que jadeaba a sus pies.

–Muchas gracias –dijo con tono sarcástico.

–Si no lo pensara, os mataría aquí y ahora –replicó Luke con suavidad.

Involuntariamente, la mirada de Raoul se desvió hacia el pomo y la em­puñadura encintada de la espada de Luke, y comprendió que el caballero no estaba fanfarroneando.

–Entonces tendríais que justificar mi cadáver o mi desaparición –obser­vó–.Y aunque bien puedo vivir con la boca cerrada, si tratarais de matarme armaría suficiente alboroto para despertar a los muertos con los que pensáis enviarme.

Hubo un instante de vacilación, un silencio roto por el ruidoso tascar del caballo y el primer ronco canto del gallo. Los jóvenes se midieron el uno al otro. Finalmente Luke dijo:

–Esto es de suma importancia. No podemos correr ningún riesgo. He­mos de contar con vuestro silencio.

–Lo tenéis.

El caballero lo miró con expresión ceñuda.

–¿Queréis que os lo jure? –preguntó Raoul sosteniéndole la mirada.

Un esbozo de sonrisa curvó el bigote del joven templario. Era de do-mimo público que los cátaros rechazaban todo tipo de juramentos.

–Me basta con vuestra palabra –dijo, y enderezó el cuerpo en la mon­tura–. Haríais bien en olvidar lo ocurrido.

Raoul lo vio alejarse mientras un frío ramalazo de temor le recorría la espalda. El centinela abrió la puerta. Marcel de Saliers tomó aire como si fuera a decirle algo, pero dudó y, cambiando de idea, regresó al interior del palacio. Solo en el patio, con la única compañía del centinela que hacía aguas contra la muralla, Raoul vio despuntar el alba sobre la ciudad.

–¿Qué te ocurre?

–¿Eh? –Raoul se volvió hacia su mujer con expresión ensimismada.Via­jaban por las riberas pantanosas del Pequeño Ródano en dirección a Arles, donde Raoul quería visitar a un famoso armero que le había recomendado uno de los huéspedes de Saint-Gilles.

–Te pregunto qué te ocurre. Apenas has pronunciado una palabra en toda la mañana.

Raoul se encogió de hombros y afirmó sin convicción:

–Debe de ser que no he dormido bien.

Claire frunció el ceño. Ignoraba la causa de su abatimiento, pero sin duda no se debía a la falta de sueño, pues Raoul había estado con los ner­vios de punta desde mucho antes de que se acostaran la noche anterior. La conferencia de Saint-Gilles había terminado en discordia… Sólo cabía suponer que estaba inquieto por el resultado y guardaba ese sentimiento para sí.

–Raoul…

–¡Calla!

El hombre levantó el brazo en un gesto imperativo. Su caballo respingó y pegó un brinco, que obligó al jinete a tirar de las riendas.

Claire le miró atónita. En aquel instante llegaron a sus oídos gritos y ruido de golpes. Estaban aproximándose a un vado, y en tales lugares siem­pre existía el riesgo de caer en una emboscada por parte de salteadores o grupos de mercenarios en desgracia. Por esta razón, Raoul acostumbraba viajar con una fuerte escolta de soldados de Montvallant, armado con una cota de malla y con la espada ceñida a la cadera.

–¡Roland, Ansil…, quedaos aquí con las mujeres! –ordenó Raoul con brusquedad, e hizo una señal al resto de los hombres para que le siguieran.

–¡Ten cuidado! –gritó Claire mientras el joven espoleaba a Fauvel y par­tía al trote.

Apenas había recorrido unos cincuenta metros cuando se le acercó de frente un caballo que galopaba con las riendas sueltas, con evidente peligro de que se le enredaran en las patas y lo hicieran caer. Raoul-se desvió para darle alcance e intentó agarrarlo por la brida. Falló en el primer intento, pero en el segundo consiguió atraparlo. Los afilados, bordes del cuero rojo le hirieron los dedos, pero lo mantuvo sujeto con fuerza, gobernando a Fau­vel con las rodillas, para impedir que el fugitivo corveteara. Finalmente lo­gró detener al animal encabritado. Las cadenillas del freno eran doradas y estaban grabadas, al igual que los arneses. La montura estaba recubierta por un costoso paño de lana de color carmesí, cuya orla mostraba un motivo de cruces y báculos bordados con hilo de oro, y la silla era una pieza suntuosa, de cuero repujado y labrado. El animal, un espléndido alazán estrellado, tem­blaba y tenía la boca llena de espuma.

–Pertenece a un cura –observó uno de los hombres de Raoul.

–Pero no a un cura cualquiera, Giles –le corrigió Raoul mientras aman­saba al caballo–. Mira estos arreos…Y su amblar no es precisamente dócil. Toma, Philippe… Llévaselo a la señora Claire.

–Pero, entonces, ¿de quién…? –Giles se interrumpió, tragó saliva y, al mirar a Raoul, vio en él un espejo de sus negros presagios. El ruido de los cascos de más caballos que se aproximaban al galope llegó a sus oídos–. ¡Bandidos! –advirtió Giles, desenvainando al punto la espada.

Raoul agarró el brazal de su escudo e, inclinándose, pasó el antebrazo izquierdo por entre otras dos correas de cuero más cortas.

Cuatro soldados a caballo irrumpieron ruidosamente en escena proce­dentes del río. En cuanto vieron la tropa de Raoul, frenaron sus monturas en seco, atropellándose unos a otros. Uno de ellos montaba un brioso cor­cel moteado de gris, enjaezado tan lujosamente como el alazán, botín sin duda de una fechoría muy reciente.Apretando los dientes para vencer su re­pugnancia, Raoul se encasquetó el yelmo, que hasta entonces había estado balanceándose en la correa que lo sujetaba a la silla de montar. Su campo de visión quedó reducido a una estrecha rendija, y la respiración empezó a re­tumbarle en los oídos, compitiendo con el tronar de su sangre y el redoble de los cascos. Espoleó a Fauvel y lanzó su grito de guerra.

Los cuatro bandidos no esperaron a convertirse en el objetivo de la car­ga de Raoul, sino que dieron media vuelta y se batieron en retirada. Raoul fue tras ellos pero, al alcanzar la parte alta de la ribera, una escena de devas­tación y carnicería le obligó a detenerse. Otra media docena de salteadores habían estado saqueando a sus víctimas pero, alertados por los chillidos de sus compañeros, habían puesto los pies en polvorosa.

–¡Santo Dios! –murmuró Raoul. Incapaz de respirar, se quitó el yelmo y se echó hacia atrás la cota de malla. No le sirvió de nada. Todavía sentía náuseas.

Una mula mordisqueaba la hierba junto al cadáver de un hombre vestido con ropas sacerdotales. El lino blanco del alba estaba empapado en sangre y le habían despojado de la casulla dorada. Dos criados yacían muertos cerca de allí, junto a otro clérigo y tres soldados. El contenido de las alforjas destripa­das estaba desparramado entre los muertos como entrañas colectivas.

Raoul se obligó a aproximarse para mirar. La escena le recordaba el ma­tadero de Tolosa, sólo que en esta ocasión no veía cerdos ni ovejas, sino hombres…, y a uno en particular. Muerto a manos de unos asesinos, Pierre de Castelnau, legado papal en el Languedoc, era probablemente mucho más peligroso ahora de lo que había sido en vida.

Fauvel resopló y se apartó inquieto del cadáver. También Raoul estaba deseando marcharse. Sin embargo desmontó. Sobre sus cabezas comenza­ban ya a revolotear los buitres.

–¡Aquí hay uno que aún respira, señor!

Raoul caminó sobre la hierba ensangrentada hacia donde se hallaba Gi­les, que sostenía la cabeza y los hombros de un joven cura tonsurado. Éste presentaba una herida en el vientre que sangraba, y su rostro estaba ceni­ciento. Giles miró a Raoul y sacudió la cabeza.

–Se muere –dijo con una mueca.

Raoul se puso en cuclillas. El herido era probablemente más joven que él, pues los puntitos rojos del acné destacaban con intensidad en la mortal palidez de su rostro.

–¿Qué ha sucedido?

–Nos tendieron una emboscada.–Parpadeó, mostrando tan sólo el blan­co ciego de los ojos–. Los hombres del conde Raimundo.

Raoul retrocedió.

–¡Imposible!

–Sus hombres… Los vi ayer en Saint-Gilles.

El joven se desplomó en el brazo de Giles.

Raoul no podía hablar. Volvió la cabeza y escupió. Cuando miró otra vez, el joven sacerdote había muerto, y Giles se incorporaba con la túnica bañada en sangre.

—El conde Raimundo no está tan loco como para ordenar semejante crimen —murmuró Raoul negando con la cabeza.

—¿Y quién le creerá si lo niega? —El caballero miró la sangre que le man­chaba los dedos y, con una mueca, se los limpió en la túnica—. Esos hombres eran mercenarios, sin duda, y el conde tiene muchos a su servicio.

—¡Que entran y salen de sus tierras como las furcias de un burdel! —le re­plicó Raoul airadamente—. Mira esto…No se trata sólo de un asesinato, sino también de un robo. Fíjate en el legado: sin báculo, sin su anillo… ¡Dios mío…! ¡Pero si incluso le han quitado la casulla y la capa! Esto no obedece a una orden política.

Giles siguió restregándose la mano, a pesar de tenerla ya limpia de san­gre salvo debajo de las medias lunas de las uñas, rojas todavía.

—Puede que no —admitió, y Raoul tuvo la impresión de que asentía por no llevarle la contraria.

—Raoul…, ¿qué es todo esto?

Se volvió y vio a Claire montada en la yegua, contemplando la escena desde la ribera, con los ojos muy abiertos.

—Es Pierre de Castelnau —contestó con brusquedad—. Lo han asesinado. No hay nada que podamos hacer aquí, aparte de ir a buscar un carro a la al­dea más próxima para trasladar los cadáveres. No te acerques. Es mejor que no veas esto.

Claire obedeció, no por unos inexistentes remilgos sino porque, como había dicho Raoul, ya no podían hacer nada. Las víctimas ya no necesitaban ni ayuda ni consuelo.

A sus espaldas, en la lejanía, desde el cielo encapotado que cubría Saint­Gilles, retumbó apagadamente un trueno. Raoul se encaramó lentamente a su montura. Se sentía cansado, como si le hubieran sorbido la médula de los huesos.

Isabelle murmuraba una frase del padrenuestro, precisamente la que constituía uno de los fundamentos de la religión catara: »Líbranos del mal, lí­branos del mal, líbranos del mal.»

Raoul levantó la vista hacia el cielo, que comenzaba a cubrirse de nu­bes borrascosas, y al bajarla otra vez advirtió que el viento comenzaba a agi­tar la hierba, sacudiendo y alzando las ropas del obispo muerto, como in­fundiéndole una apariencia de vida. ¿Habría alguna voz en aquel desierto capaz de disipar la tormenta que estaba a punto de desencadenarse sobre ellos, cátaros y católicos por igual?

CAPÍTULO 6

Montfort l’Amaury, norte de Francia,
abril de 1209

ALAIS DE MONTFORT SE DIO la vuelta y buscó el calor de su hija, que dormía profundamente a su lado en la enorme cama. La habitación estaba oscura como boca de lobo. Fuera, una cruda tormenta de primavera estrellaba la lluvia contra los postigos de forma tan violenta que en vez de gotas parecía que lanzara piedras. Alais, tiritando, se acurrucó bajo las mantas. Amice no remplazaba la cálida corpulencia de Simón. Siempre lo echaba de menos en sus ausencias, aunque comprendía muy bien que el castillo y las propiedades de Montfort l’Amaury no bastaban para satisfacer sus ambiciones y retenerlo allí. Porque precisamente la ambición de su ma­rido era una de las razones por lo que lo amaba tanto; se sentía orgullosa de él y era envidiada por las demás mujeres.

Pegada a su hija, su cuerpo entró ligeramente en calor, pero no consi­guió conciliar el sueño.Algo rebullía en lo más recóndito de su mente, como si no la hubiera despertado únicamente el frío. Oía el viento que se lanza­ba furioso contra las murallas del castillo.Y al distinguir entre las ráfagas me­nudos correteos y arañazos, supo que tenían ratones en el dormitorio, lo que significaría tapices y cortinas roídas y excrementos en las mesas y ar­marios. Tendrían que subir uno de los gatos del patio para que diera cuen­ta de ellos.Tomó mentalmente nota de que debía hablar al mayordomo de ello después de la misa. ¿Cuánto faltaba para el amanecer? No recordaba haber oído la tercera campanada llamando a maitines, pero era muy posible que la tormenta hubiera ahogado el tintineo.

Poco a poco sus pensamientos se hicieron lentos y confusos, y se dejó vencer de nuevo por el sueño. Estaba a punto de conciliarlo cuando una vela le iluminó el rostro y, antes incluso de despertar pdr completo, ya esta­ba medio incorporada en el lecho, con los ojos entornados por el resplan­dor deslumbrante de la luz. Elise, su doncella, estaba inclinada al borde de la cama, con el pelo recogido en una trenza negra que resaltaba sobre la blan­cura del camisón y el rostro abotargado aún por el sueño.

–¿Qué ocurre? –preguntó Alais mientras buscaba a tientas la bata.

–Señora, ha llegado vuestro esposo –respondió la doncella, al tiempo que resguardaba la vacilante llama con la palma de la mano.

–¡Cómo! ¿Ya?

–Sí, señora –contestó Élise casi sin aliento. Su señor le inspiraba un te­mor irreprimible.

Alais acabó de despabilarse, se apartó los cabellos de los ojos y se volvió hacia su hija para despertarla.

–Amice…, date prisa… Ha llegado tu padre.

La pequeña se movió, refunfuñó y trató de alejarse de la mano insisten­te de su madre, pero Alais la zarandeó sin demasiada suavidad.

–¡Está aquí tu padre! –repitió mientras, impaciente, hacía señas a su doncella.

Élise colocó cuidadosamente la vela en un candelabro sobre la mesilla de noche y comenzó a vestir a una protestona Amice con la bata y las za­patillas forradas de piel. El señor de Montfort no se oponía a que, durante su ausencia, su esposa e hija compartieran la gran cama matrimonial pero, en cuanto llegaba, la intimidad de su cámara se tornaba sacrosanta. Era el único lugar donde podía descargarse de sus preocupaciones y, como el hombre que se desciñe el cinturón, relajar toda la tensión que había acu­mulado en su espíritu.

Alais se desentendió de su hija. No significaba que no la quisiera, pero Simón era más importante, el centro de su mundo. Pronto concertarían una boda para Amice, y tendría que marcharse para vivir en otra casa. Una hija era sólo un fruto menor, útil para trabar alianzas con otras familias. Lo que importaba eran los hijos, y ella había dado tres a Simón, dos ya adolescen­tes y otro que aún no había cumplido los tres meses.

Asistida por una segunda doncella, Alais se apresuró a ponerse la bata y se arregló el cabello. Otras sirvientas atizaron el fuego y encendieron más velas.A su luz observó que el ratón que había oído moverse desaparecía como una flecha detrás del arcón de la mantelería.

Sonaron pisadas en las escaleras, fuera de la habitación, y la luz de las an­torchas del rellano quedó eclipsada por la corpulencia de Simón, imponen­te en su cota de malla. Como siempre, la imagen de poder que proyectaba con absoluta naturalidad la hizo contener el aliento. La contera de la vaina de la espada .golpeaba rítmicamente en sus polainas a medida que entraba en el dormitorio seguido por Walter y Giffard, sus escuderos.

–Bienvenido a casa, querido –le saludó Alais orgullosa, con una inclina­ción de la cabeza.

Él le alzó la barbilla con el índice y el pulgar de la mano derecha;`estu­dió su expresión un instante y le dedicó una sonrisa indiferente.

–No por mucho tiempo –repuso, y avanzó por la habitación haciendo señas a sus escuderos–. Desarmadme –ordenó–. Llevad los pertrechos a Gil­bert en la armería y, después, acostaos.

Alais era consciente de que no debía preguntarle sobre aquel «no por mucho tiempo» mientras hubiera otras personas delante, así que se ocupó de calentar vino en la chimenea y aprovechó que los jóvenes le quitaban la armadura para observarlo con circunspección a través de las pestañas entre­cerradas. Era alto y musculoso, y su prestancia lo hacía parecer mucho más corpulento de lo que era en realidad. Su rostro era reflejo de su carácter: ras­gos duros y firmes, que los años habían acentuado en lugar de suavizar. Sus cabellos gruesos, plateados, aún conservaban su originario color negro en las cejas y la nuca, y un corte de pelo severo los mantenía siempre bien pei­nados. No le gustaban las caprichosas modas cortesanas de los aceites per­fumados y los rizos con tenacillas.Ya cuando se casaron comenzaba a enca­necérsele el pelo, pero las canas acentuaban su atractivo: resaltaban sus po­bladas cejas, negras como el azabache, y sus ojos, de un gris verdoso como el mar en invierno.

Los escuderos colgaron la pesada cota de malla en una percha de pie. Do­blaron cuidadosamente el gambesón y la sobreveste, y colocaron encima las polainas y el talabarte. Finalmente se marcharon tras hacer una reverencia.

Alais tendió a su marido una copa de vino caliente. El la tomó, bebió y la dejó a un lado. Libre de las miradas fisgonas, abrazó rudamente a su es­posa y la besó con la misma falta de galantería. Alais le rodeó el cuello con los brazos y correspondió a sus caricias.

Simón era un soldado nato, siempre dispuesto a entrar en acción, e im­placable cuando se proponía un objetivo, ya fuera combatir contra los infieles en Egipto, mantener sus dominios libres de bandoleros o satisfacer sus ape­titos después de varias semanas de abstinencia en París. Aunque no le cos­taba contener sus instintos, consideraba su cuerpo una máquina a la que, de cuando en cuando, había que dar reposo y engrasar para que funcionara con la máxima eficacia.

–¿Qué has querido decir con eso de que no te quedarás mucho tiempo?

Alentada por la actitud relajada de su esposo después de haber colmado sus deseos, Alais se incorporó en el lecho y, apoyada sobre el codo, le obser­vó a través de sus cabellos de color castaño dorado.

Simón sonrió con aire de condescendencia y una leve afectación de su­perioridad. Le pidió que le sirviera otra copa de vino y la contempló mien­tras ella se levantaba de la cama e iba hacia donde se hallaba la jarra.

–Me han invitado a unirme a la cruzada contra los cátaros, como jefe secular del ejército.

–¿Quién?

Le tendió con mano trémula la copa y se recostó de nuevo en el lecho.

–Arnaud-Amalric –respondió Simón, y su sonrisa se acentuó con ínti­ma complacencia antes de beber un trago de vino–. Aunque fue el conde de Borgoña quien me propuso.

–¿Arnaud-Amalric, el abad de Citeaux?

–Y principal legado pontificio en el Languedoc desde que a su colega De Castelnau le clavaron una lanza en las costillas. Nos llevaremos bien siempre y cuando no olvide que yo soy el soldado, y él, el cura.

Alais se cubrió los hombros con la colcha, ribeteada con piel de lince. Sabía que el papa Inocencio había convocado una cruzada para acabar con las peligrosas herejías que florecían en el Languedoc y vengar el espantoso asesinato de Pierre de Castelnau a manos de los mercenarios de Raimundo de Tolosa la primavera anterior. Estaba enterada de que Simón había viaja­do a París porque el rey Felipe deseaba comentar el asunto con él, pero le asombró que le hubieran ofrecido dirigir el ejército.

–¿Qué ocurre? –preguntó Simón con aspereza al advertir su sorpresa.

–Nada –se apresuró a responder ella–. Me ha sorprendido, eso es todo. ¿No hay otros caballeros deseosos de detentar el privilegio del mando?

–Otros más encumbrados que yo, quieres decir ¿verdad? Deja las zale­mas y los dobles sentidos para los diplomáticos. –La miró con fijeza–. No es un privilegio, sino una tarea que exige coraje. Lo único que pretenden el de Borgoña y el de Nevers es pavonearse a la cabeza de sus tropas y lucir sus mejores armaduras de torneo. Cuando llegue la hora de montar las tiendas bajo la lluvia torrencial y sitar ciudades asoladas por la viruela, con los mos­quitos acribillando a picotazos a cuantos aún no hayan muerto de aburri­miento, entonces darán media vuelta y volverán a la comodidad del hogar.

–No me dirás que eso te atrae a ti…

–No –replicó Simón, y contempló su copa–, pero me atrae el reto y tengo la resistencia de un buey. Sencillamente, estoy hecho para esto, a di­ferencia de ellos. Son grandes señores, que han de pechar con las dificulta­des del gobierno y no’ pueden permitirse implicarse más allá del compro­miso inicial. –Hizo girar lentamente la copa–. El ejército se reunirá a me­diados de verano en Lyon. Borgoña aportará quinientos caballeros, y Nevers otros tantos; las tropas de Saint-Pol y Boulogne serán numerosas también. –Gruñó despectivamente y dejó la copa sobre la mesilla de noche–. Siem­pre son miles los que desfilan al comienzo de una cruzada y presumen de su valor junto a las letrinas, pero sé muy bien que apenas una décima parte de ellos seguirá visitándolas pasados los dos primeros meses.

–Entonces ¿no sirven de nada?

–Oh, no, cumplen su función –respondió Simón–, pero no has de fiar­te de ellos para formar tu columna vertebral.

Bostezó y se pasó la mano por los cabellos.

–Hablas como si previeras una campaña larga –dijo su esposa.

La observó con los ojos entrecerrados. De seguir los dictados de su ca­rácter, Alais habría sacudido la cabeza y adoptado una expresión ceñuda, pero la habían educado para no descubrir sus sentimientos, aunque la rigi­dez con que los reprimía traicionaba cierta irritación.

–Un banquete no se disfruta con prisas –sentenció Simón–, y el sur es un festín digno de un emperador. –Apoyó la mano en el hombro de su es­posa–. O, al menos, lo es para el señor de Montfort l’Amaury.

La piel de Alais tenía un tacto sedoso porque, a pesar de haber dado a luz cuatro hijos, y otros dos que no habían sobrevivido, seguía cuidándose. Sus pechos y vientre tal vez aparecían algo fláccidos, pero el uso de aceites perfumados, la vida activa y la atención que prestaba a su dieta habían lo­grado que, a mitad de la treintena, se conservara flexible y atractiva.

Simón tomó un mechón de sus cabellos castaños y lo enroscó entre los dedos, observando sus reflejos dorados a la luz de la vela. Luego tiró de él, atrayéndola hacia sí.

–Eres ambicioso, Simón de Montfort –dijo con voz ronca; tenía los ojos brillantes por el deseo y por el dolor del tirón, que hacía que se le saltaran las lágrimas. Él se rió contra su boca y la besó con rudeza antes de liberarla. Aún debía explicarle más cosas y, acostumbrado a la autodisciplina, repri­mió la violencia de su deseo.

–Lo reconozco –concedió–, pero si fuera el tipo de hombre que sólo busca el calor del hogar, no estarías tan dispuesta a complacerme. Alais le clavó la barbilla en el rostro.

–¡Y así, en cambio, sólo puedo verte de mes en mes! –Su tono expresa­ba una queja sincera.

Él gruñó y la contempló con el ceño fruncido.

–Te necesitaré junto a mí en Lyon.

Alais no cometió el error de sentirse halagada. Si él la necesitaba, era sólo por razones prácticas, para que asistiera a comidas interminables –luciendo siempre una sonrisa amable en el rostro mientras se dejaba aburrir por el tonto parloteo de las esposas de otros cruzados nobles— ofrecidas por hombres de superior linaje e inferior talento que su marido, así como para quitarle de encima a esa misma gente y mantener en perfecto orden su ho­gar provisional. En cuanto entrara en territorio enemigo, Simón ya se las arreglaría muy bien por su cuenta; en el campo de batalla sobraban los man­teles, las copas de plata y las conversaciones ociosas.

—¡Ah! —exclamó desdeñosamente Alais, hundiéndole las uñas en la ma­raña oscura del vello de su pecho—. ¡Me quieres como cantinera! Simón se rió entre dientes.

—Ni hablar, querida. ¡A ellas hay que pagarles sus servicios!

—Entonces ¡yo estoy en peor situación aún!

Él se inclinó hacia su oído y transformó su ardiente respiración en un susurro:

—Te he traído de París un collar de oro y un vestido rojo de seda. ¡No te quejarás! —Su mano se deslizó para abarcar un seno—. Si eres buena, podrás lucirlos en el desayuno.

—No podré —protestó Alais, forcejeando ligeramente—. Aún es tiempo de Cuaresma. En realidad, no deberíamos habernos acostado juntos.Tendré que confesarme y hacer penitencia.

—Ya sea Cuaresma o no, señora —refunfuñó—, me daréis lo que se me debe. —La mano soltó el pecho para agarrarla por la mandíbula, obligándo­la a levantar la cabeza—. ¿Entendido?

Alais tragó saliva y asintió. Simón rara vez la había pegado, pero sabía que era muy capaz de hacerlo y que sus amenazas no eran cosa de broma. Ella observaba con toda fidelidad los mandamientos de la fe que profesaba, en especial cuando Simón estaba fuera, y encontraba consuelo en las prác­ticas religiosas. Simón, en cambio, adaptaba las normas a su conveniencia. Si llegaba tarde a misa, se encogía de hombros e intentaba ser puntual la pró­xima vez. Cuando cometía algún pecadillo, no se inquietaba si olvidaba confesarlo. Así que Alais no se hacía ilusiones sobre la profundidad de los sentimientos religiosos de su marido. Piadoso, sí; ferviente, en absoluto. Ha­cía mucho tiempo que todos sus fervores estaban concentrados en el arte y la práctica de la guerra.

Simón la soltó y apoyó la palma de la mano en su mejilla.

—No me lleves la contraria —le advirtió con aquel tono dulce que la ate­rraba precisamente por su suavidad. Luego se relajó y de súbito desapareció de su voz y del ambiente cualquier nota amenazadora—. He pensado que podría llevar a Amaury a esta campaña.Ya es mayor y necesita conocer la guerra. El entrenamiento en la palestra y la teoría son útiles, pero no te tem­plan los redaños como la experiencia real.

—Seguro que le encantará acompañaras, mi señor —asintió Alais esfor­zándose por mostrarse dócil.

—Hablaré con él en el desayuno —dijo Simón, y la obligó a tenderse de nuevo en el lecho.

Esta vez, Alais no protestó.

CAPÍTULO 7

Montvallant, Tolosa, primavera de 1209

Raimundo de Tolosa abrazó cordialmente a Berenguer de Montva­llant, quien exclamó: –¡Sed bienvenido, mi señor! Aceptando con circunspección el abrazo, Berenguer condujo a su invi­tado al interior del castillo. Tras ellos, los caballeros y sirvientes de la guar­dia del conde dejaron las monturas al cuidado de los mozos de cuadra y los criados, y mientras unos seguían a su señor, otros se instalaron en el patio para esperar.

Raimundo de Tolosa, el principal señor feudal de la región, era de la misma edad que Berenguer. De hecho, se habían armado caballeros juntos y sus respectivas familias estaban unidas por una antigua amistad. Raimun­do llevaba los años mejor que su vasallo. Sus huesos eran fuertes y su piel aceituna se mantenía tersa. Caminaba con paso atlético y ponía la pasión de un joven en vestirse y acicalarse. Corría el rumor de que sus rizos negros como el azabache se debían más a una sutil aplicación de hollín que a su propia naturaleza. De ser cierto, el camuflaje era excelente, pues en su fina tez no aparecían rayas ni manchas delatoras. Su estilo de vida indolente y su afición por el lujo le deberían haber convertido en un individuo gordo y perezoso como una babosa; sin embargo, enfundado en su túnica roja, pa­recía delgado y ágil.

Beatrice y Claire sirvieron vino a los hombres en el solanar del castillo y reclamaron la presencia de un músico para que tocara el arpa. Beatrice se disculpó diciendo que iba a apremiar a la servidumbre para que prepararan un banquete digno de sus huéspedes. Cuando Claire se ofreció para ayu­darla, la detuvo con un gesto.

–No, querida… En tu estado, debes reposar. Siéntate a bordar frente a tu bastidor. Puedo arreglármelas perfectamente sola.

Claire miró a su suegra. Hasta ahora su embarazo no le había causado más que leves molestias.Ya sabía que Beatrice se preocupaba por pequeñeces, pero era una exageración sugerir que no podía ocuparse de sus hués­pedes cuando estaba sólo de tres meses.

–Me encuentro bien, madre.

Como si fuera a darle una pequeña regañina, Beatrice se llevó a Claire a un lado.

–Quiero que te quedes aquí y escuches la conversación –murmuró–.Ya sabes cómo son los hombres. Si le pregunto a Berenguer más tarde, o tú a Raoul…, sólo nos enteraremos de la mitad de la historia, y con retoques para hacerla parecer más grata. Conozco a Raimundo desde hace mucho tiempo. Es capaz de embaucar a los pájaros de los árboles…, ¡y no precisa­mente con buenos propósitos!

Claire inclinó la cabeza para demostrar que accedía a los deseos de Bea­tricey volvió recatadamente al bastidor en que tenía su labor. Raoul la miró con curiosidad.

–¿Debo deducir de esto que la llegada de buenas noticias es inminente? –preguntó Raimundo con afabilidad, mientras se acomodaba en una silla acolchada.

Ruborizándose, Claire se enfrascó en su bordado.

–Para otoño, señor.

Raoul sonrió a su esposa, que alzó la cabeza el tiempo justo para devol­verle la mirada con la cara encendida.

–Felicidades, pues. –Raoul le dio las gracias y Raimundo se recostó en la silla con las manos entrelazadas sobre el suntuoso terciopelo de su túnica, antes de añadir–: Espero que las noticias que traigo sean tan gratas como las vuestras.

Se quedó contemplando sus pulgares mientras los hacía rodar el uno so­bre el otro y luego escrutó a Berenguer y Raoul.

El primero enarcó las cejas. Habían llegado, pues, al objeto de aquella visita, gran parte de cuyos motivos era ya previsible. Al mirar de reojo a Raoul, vio que había adoptado una expresión pétrea.

–Sabemos que están armando en Lyon un ejército francés con el obje­tivo de destruir a los cátaros –dijo.

–Sí, es cierto –admitió Raimundo.

–¿Y quéréis que os ayudemos a rechazarlo?

Raimundo jugueteaba con un impresionante cabujón de rubí que le adornaba un pulgar.

–No exactamente. Sería más sencillo ponerse frente al mar y frenar el avance de la marea ordenándolo con el brazo en alto. El ejército es enorme. Decenas de miles de hombres, según me han informado, procedentes del norte y de los Países Bajos.

–Entonces… ¿qué debemos hacer? ¿Apartarnos para dejarles causar todo el daño que quieran?

Raimundo paró de dar vueltas al anillo para beber un trago de vino. Sin decir palabra, Claire se levantó y volvió a llenarle la copa.

–No –replicó el conde tras enjugarse los labios con un pañuelo que guardaba en la bocamanga–.Yo mismo voy a sumarme a la cruzada, y estoy aconsejando a mis vasallos que se unan también.

Berenguer miró horrorizado a su señor.

–¿Queréis que apoye la causa francesa contra mis propios súbditos? ¿Me estáis pidiendo eso?

–La cosa no es tan simple –respondió Raimundo, volviendo a guardar el pañuelo en la manga–. ¡Oh, sentaos, Berenguer, y dejad de mirarme como si os hubiera pedido que asarais a fuego lento a vuestra abuela!

–Tal vez no a mi abuela, pero… ¿qué me decís de los cátaros de mis tie­rras? ¡Quizá desearíais que los asara a ellos!

–No se llegará a ese extremo.

–¿Que no? –exclamó Berenguer, cuyos ojos ardían de cólera.

-¿Cuál es vuestro plan? –preguntó Raoul sin tomar partido.

Raimundo se volvió agradecido hacia el joven, que al menos parecía menos soliviantado que su indignado padre.

–Bien… Como os decía, oponerse al ejército del norte será imposible. He apelado al papa y le he prometido enmendarme, sometiéndome inclu­so a la humillación de una penitencia pública. –Hizo una mueca–. Aunque, la verdad…, preferiría que fuera una flagelación meramente simbólica… Mi propuesta es que nos sumemos todos a la campaña, porque, siendo cruzados como ellos, los franceses no podrán tocar nuestras tierras, so pena de incu­rrir en excomunión.

–¿Y pensáis que el papa Inocencio se dejará engañar por ese subterfu­gio? –preguntó Berenguer incrédulo.

–Ahí es donde entra la penitencia pública. Será la prueba de que esta vez soy perfectamente sincero –respondió el conde estremeciéndose–. Ima­gino que será inevitable perseguir a unos cuantos herejes, pero si tenemos éxito, podremos desviar las iras de la cruzada…, desviarlas de nuestras tierras, por lo menos.

–¿Hacia dónde? –preguntó Berenguer.

Raimundo se disponía a hablar, pero Raoul se le anticipó.

–A las tierras de Roger Trenceval, por supuesto… ¿Adónde, si no? Sus dominios acogen el doble de cátaros que los de Tolosa, y es un vecino de­masiado poderoso.

El conde clavó en Raoul una mirada penetrante.Aunque el joven había hablado sin emoción, su tono dejaba entrever que desaprobaba su propues­ta, y Raimundo no estaba dispuesto a recibir lecciones de un cachorro que todavía tenía leche en los labios.

–Le he ofrecido a Roger Trenceval la oportunidad de unirse a mí para repeler al ejército del norte, pero no ha aceptado. Lo que ocurra ahora es responsabilidad suya.Yo debo hacer lo mejor para mi gente.

«Lo mejor para vos», pensó Raoul.

Berenguer suspiró con semblante severo.

–Es mucho lo que nos pedís, mi señor.

–No os lo pediría si no fuera necesario…, lo sabéis de sobras –replicó Raimundo, que se inclinó hacia Berenguer para añadir con tono amable y persuasivo–: Por lo menos, si estamos con el ejército cruzado, tal vez poda­mos amortiguar el golpe.

–¿Hasta qué punto es firme la determinación de sus jefes?

Raimundo apretó los labios.

–Arnaud-Amalric de Citeaux es un fanático –afirmó–. En cuanto a los caballeros seglares, desconozco su grado de entusiasmo. Los manda un personajillo de París, un tal Simón de Montfort. Si interpreto bien la si­tuación, el grueso del ejército se presentará aquí, hará ostentación de su fuerza hasta la época de la cosecha, y después se disolverá para que los hombres regresen a sus hogares. –Sus finos ojos oscuros iban del padre al hijo–. Creedme… Es la única forma de que esto no se nos vaya de las ma­nos. Necesito tu apoyo, Berenguer, para convencer a mis otros vasallos –concluyó. En su pulgar, el rubí del anillo lanzaba pequeños destellos de luz roja.

Con una sensación de triste fatalidad, Berenguer comprendió que no podía denegar la petición de Raimundo. Habían compartido demasiadas locuras de juventud, vaciado demasiadas jarras de vino y pasado juntos de­masiadas noches de dados, mujeres y aventuras, para negar ahora su apoyo al conde. Por otra parte, el plan de Raimundo parecía tan bueno como cual­quier otro de los que había oído.

–Contáis con nuestro respaldo –dijo mirando al suelo, porque no era algo de lo que pudiera enorgullecerse.

Raoul no pronunció palabra, aceptando tácitamente con su silencio. Claire clavó la aguja en la tela y, con el rostro blanco como un pergamino, abandonó la habitación.

Raimundo se volvió en su silla, sobresaltado momentáneamente por la repentina salida de la joven, y después le dedicó una amplia sonrisa a Raoul.

—A mi mujer le pasaba lo mismo cuando estaba embarazada de nuestro hijo. Su doncella la seguía a todas partes con una jofaina y una tisana de hierbas.

—Creo que hay algo más —repuso Raoul con fría serenidad y, tras pedir disculpas, fue tras ella.

No le resultó fácil encontrar a Claire. Su dormitorio estaba vacío, apar­te de dos criadas que trabajaban con las ruecas. Una rápida ojeada al excu­sado le reveló que no se había retirado allí por una indisposición. En las co­cinas, Beatrice discutía con el cocinero, y Raoul se vio obligado a desapa­recer antes de que su madre lo acosara a preguntas. Buscó en los almacenes, en la panadería, la vaquería y los establos, en todos sin éxito, y sólo cuando se le ocurrió subir al paseo de ronda de la muralla la vio al fin, apoyada con­tra un merlón, mirando fijamente a través de los huertos y viñas las aguas oscuras del Tarn.

—¡Por el amor de Dios…!, ¿qué estás haciendo aquí arriba? —le pregun­tó con brusquedad nacida de la preocupación y la exasperación.

—¡Por el amor de Dios! —replicó volviéndose hacia él y echando chispas por sus ojos castaños—. ¿Qué tiene que ver Dios en todo esto? Discúlpame ante el conde. Dile que estoy enferma. Es la verdad: enferma del alma. —Apoyó en el merlón una mano trémula para que el temblor no agitara su cuerpo—. Raoul, si vas a luchar contra los cátaros, ¡jamás te lo perdonaré!

—No tengo intención de hacer tal cosa, y tampoco mi padre.

—Pero Raimundo sí.

—Estamos en un callejón sin salida…, ¿no lo comprendes?

—Lo único que comprendo es que Raimundo quiere que ese ejército del norte destruya a Roger Trenceval por su propio interés.

Raoul miró incrédulo hacia el cielo.

—¿No has entendido nada de lo que has oído allí abajo? Hagamos lo que hagamos, los cruzados se nos echarán encima. No podemos oponer resis­tencia; tenemos que ceder y, si Raimundo persigue a unos pocos cátaros, será para que los demás puedan sobrevivir. La idea me desagrada tanto como a ti, pero estamos entre la espada y la pared.

—Estupendo —replicó ella, mirándole con los ojos ardiendo de furia—, persigamos a unos pocos por el bien de todos. Decidme, mi señor, ¿a quié­nes de nuestros cátaros deberíamos arrojar a la hoguera? ¿A Isabelle? ¿A Pie­rre, el mayordomo? ¿Qué tal a esa anciana que trae setas al castillo? ¿O por qué no sacrificar a Aimery y a Geralda?

—¡Ya basta, Claire!

—¿Te remuerde la conciencia? —le punzó ella.

Raoul la agarró violentamente por los hombros. Claire le golpeó con los puños en el pecho, pero él aguantó su arremetida hasta que, de pronto, la joven rompió a llorar y se apoyó sobre él.

–Sí –murmuró Raoul–, mi conciencia me atormenta, y estoy tan asus­tado que quisiera encerrarme en algún agujero profundo y oscuro… y no salir nunca. No deseo llevar armadura ni blandir la espada, pero eso no va a cambiar las cosas. –Su boca buscó con angustia la de ella.

Claire se aferró a él salvajemente, atenazada por su propia angustia y por el remordimiento que le producían las palabras que le había dicho. Se sentía enferma de terror al imaginar a Raoul entrando en combate… Aún recordaba aquellos cadáveres en la orilla del Ródano, la sangre, el horror de la muerte… Raoul podía ser un caballero, podía haberse entrenado en las artes de la guerra…, pero era inexperto y se enfrentaría a hombres mu­cho más curtidos en la batalla. Quizá su hijo no llegara a conocer jamás a su padre.

–¿Por qué? –exclamó con dolor y frustración–. ¿Por qué tienen que en­trometerse?

–Poder, codicia, miedo… –Pasó la mano por la espalda de Claire, alisan­do y sintiendo bajo sus dedos el fino tejido de lino, y observó con desola­ción el merlón de piedra roja que se alzaba a su lado–. Nuestras costumbres son distintas a las suyas y, por ello, han de destruirlos.

–Raoul…, ¿qué les ocurrirá a nuestros cátaros?

Las manos de Raoul se detuvieron en la cintura de su esposa, que el em­barazo todavía no había ensanchado.

–Durante algún tiempo tendrán que practicar su culto menos abierta­mente –respondió–. Podrán buscar refugio en las cuevas de las colinas que dominan los viñedos. –Zarandeó a Claire de nuevo, esta vez con delicade­za–.Te prometo que no sufrirán ningún daño.

–¿Y los cátaros que viven en las tierras de Roger Trenceval?

–Haremos lo que podamos; no alzaremos nuestras armas contra ellos, cuando menos. Tienes que comprender lo dificil que es nuestra situación, Claire…

La joven se mordió los labios y miró a Raoul con los ojos arrasados en lágrimas, pestañeando para evitarlas. Deseaba estar de acuerdo con él, pero no podía resignarse.

–¿Bajas al solanar? –le preguntó Raoul con dulzura, al tiempo que le enjugaba las lágrimas con la yema del pulgar.

–No puedo. –Se estremeció–. Esa mirada en su rostro, esa sonrisa…

–No deben asustarte –la tranquilizó Raoul–; es sólo su forma de ser.

–Lo sé, ¡y eso todavía es peor! –exclamó librándose de su abrazo–. Pre­senta mis excusas, Raoul. No pienso bajar.

La siguió con la mirada mientras se alejaba rápidamente de él. Cuando Raoul entró en la torre de homenaje, el contraste entre la claridad en lo alto de las almenas y la repentina oscuridad de las escaleras del torreón lo hizo vacilar en las tinieblas.

CAPÍTULO 8

Servían, cerca de Béziers,
verano de 1209

SIMÓN DE MONTFORT SE TOMÓ un breve descanso en su trabajo y se sentó a cenar. Compartían la mesa con él el legado y el secretario pon­tificio, así como el obispo de Béziers,William de Rocosels, un anciano que ya chocheaba. En el escritorio que Simón acababa de dejar quedó un montón de pergaminos: informes secretos, relaciones pendientes de autori­zación, borradores de cartas para las diversas partes interesadas… Con un poco de suerte, podría tenerlo todo listo hacia medianoche.

Arnaud-Amalric, que no sólo era legado papal, sino también superior de la gran abadía cisterciense de Citeaux, tomó un pedazo del cordero gui­sado de su plato lleno y, antes de llevárselo a la boca, preguntó a Simón:

–¿Cuánto tiempo se os resistirá Béziers?

Simón no dejó entrever su irritación. Con sus rizos canos, rostro rubi­cundo, mejillas brillantes y una sonrisa que amenazaba con estallarle en ple­na cara, el abad de Citeaux parecía un querubín avejentado; un hombre po­deroso que esperaba tanto como Simón de aquella campaña que los había convertido en aliados incómodos y rivales celosos.

–No lo sabré hasta que haya estudiado los informes –respondió Simón señalando hacia su escritorio–. Por lo que he averiguado hasta ahora, está bien defendida y probablemente abastecida para resistir un asedio largo.

–¿Y Roger Trenceval?

–¿Qué pasa con él? –Lo sabía de sobra, pero prefirió mostrarse corto de entendederas e indicar a Walter que le llenara la copa con el excelente vino de la región, obsequio de un señor feudal de Servian que se había apresu­rado a capitular ante la fuerza del ejército del norte. El siguiente objetivo era Béziers, situada en un promontorio sobre el río Orb, a menos de medio día a caballo.

–Es su ciudad. ¿No creéis que estará allí, preparándose para el cerco? Simón masticó con energía, engulló el bocado y bebió un trago de vino.

–Nuestros informadores lo sitúan en Carcasona, donde se propone re­sistir a nuestro ataque. Por lo que yo sé, en Béziers sólo tendremos que en­frentarnos a un hatajo de ciudadanos…, que armarán mucha bulla, pero que no tienen ningún talento para la guerra.

–Cuando se cuenta con la protección de unas murallas como las suyas, no se precisa mucha habilidad con las armas –observó Milo, el secretario papal, frotándose la nariz picada de viruelas. El papa lo había enviado al Languedoc a petición del conde Raimundo, después de que éste objetara que no podía entenderse con Arnaud de Citeaux, pero las instrucciones re­cibidas del papa Inocencio eran que debía seguir al pie de la letra la políti­ca del de Citeaux. Al pez se le permitía algún tira y afloja con el sedal, pero no se le concedía la más mínima posibilidad de zafarse del anzuelo.

–Béziers caerá –aseguró Simón con absoluta seguridad. Dirigió una mi­rada fría hacia Milo antes de volverse hacia William de Rocosels. Al lado del abad, el obispo parecía una rama raquítica y seca junto a la exuberancia de un tronco macizo–. Mañana probaremos la vía diplomática. Cabalgaréis a la cabeza del ejército e instaréis a la rendición a vuestros diocesanos. Respeta­remos sus vidas a cambio de un poco de cooperación.

El de Citeaux rió chillonamente y alzó su copa en un remedo de brindis.

–¡Podéis intentarlo! –se mofó.

Simón lo miró con severidad. Se levantó de la mesa, tomó del escrito­rio un pergamino y se lo tendió al obispo.

–Mostrad a vuestros conciudadanos esta lista de los cátaros conocidos y de sus simpatizantes. Quiero que nos los envíen en cuanto llegue el grue­so de las tropas, o tendrán que atenerse a las consecuencias.

Atrapado entre dos fuegos, las manos de Rocosels temblaron, no sólo por la edad. Dejó sobre la mesa el pedazo de pan que había estado a punto de llevarse a la boca, pues ya no sentía apetito, sino náuseas.

–Sé que algunos ciudadanos se alegrarían de colaborar con vos, señor –dijo diplomáticamente–, pero hay otra circunstancia que puede dificultar las cosas.Trenceval es sólo un muchacho. Durante años, antes de que alcan­zara la mayoría de edad, los habitantes de Béziers se han gobernado a sí mis­mos. No aceptarán de buen grado exigencias como ésta.

–Si no colaboran, les enseñaré que ni siquiera tienen la más ligera idea de lo que significa dificultar las cosas –rugió Simón, y plantó en la mesa sus palmas extendidas desafiando al obispo con su prominente mentón.

Rocosels tragó saliva.

–Será peligroso –dijo con un hilo de voz, nervioso.

–Lo será –asintió su interlocutor, que enarcó una ceja como si le sor­prendiera que el obispo dijera algo tan obvio–. Pero confio en que vuestra elocuencia y el respeto debido a vuestra posición os mantendrán a salvo. –Tomó un trozo de pan de pasas y se sentó otra vez frente a su escritorio–. Si triunfáis en vuestra misión, nos ahorraréis las fatigas de tener que atrin­cherarnos para el asedio. Si no, siempre os quedará la justa gloria de haberlo intentado. Podéis Ilevaros esa relación. Mi escribano ha hecho una copia.

Se trataba de una despedida, y no especialmente amable, pero el obispo se sintió más que agradecido de recibir licencia para partir.

–Menudo gallina! –masculló Simón–. Con hombres como éste para llevar la antorcha de la cristiandad, no es extraño que los herejes hayan cam­pado con entera libertad en estas tierras.

–De Castelnau le designó un administrador como sustituto a todos los efectos –alegó el de Citeaux–. Llevamos más de diez años intentado refor­mar la región, pero en algunos lugares el cáncer ha penetrado tan profun­damente que se ha de atajar con la espada.

Simón gruñó inexpresivamente y continuó escribiendo sin prestarle atención. Notaba que el abad bufaba de cólera, y ello le producía un extra­ño e infantil regocijo. Le complacía fastidiar al legado papal del Languedoc siempre que era posible, consciente de que el de Citeaux tenía una deses­perada necesidad de contar con hombres como él.

Los dos eclesiásticos se levantaron para marcharse, puesto que ya no ha­bía más asuntos pendientes, habían dado cuenta de la comida y el malhu­mor de Simón era más evidente que nunca.

Ya en el umbral de la puerta, Milo se detuvo y se volvió hacia Simón. –Mi señor… si os llegaran noticias de aquellos tres herejes que os men­cioné el otro día, hacédnoslo saber. Debemos atraparlos.

–Os lo haré saber –aseguró Simón sin molestarse en levantar la vista. La inquietud de Milo y Arnaud por aquellos tres herejes supuestamente per­niciosos le parecía trivial. Los rumores eran vagos y poco fiables, y él tenía cosas más tangibles de las que preocuparse, como disponer de suficientes soldados para emprender aquella guerra, alimentarlos, atenderlos, preparar­los… La Iglesia disponía de sus propios agentes y era asunto suyo dar con aquellas tres personas, cualquiera que fuese la disparatada teología que an­duvieran predicando.

Preparó su pluma, extendió en la mesa una nueva hoja de pergamino y, con un suspiro, empezó a escribir.

Las estrellas parecían tan próximas que Raoul tenía la impresión de que sólo necesitaba alargar la mano para descolgarlas del cielo. Frías y plateadas, arrojaban una luz azul sobre las filas de caballos, a las que se había acercado para darle a Fauvel un puñado de grano. El animal daba muestras de sufrir una torcedura en la pata delantera, y Raoul le había aplicado un emplasto que, al decir del jefe de los caballerizos de Montvallant, era infalible.

El contacto del hocico aterciopelado del caballo en la palma de su mano y la claridad de la noche le provocaron un nudo en la garganta. Deseó que aquella quietud y el silencio durasen para siempre. No quería pensar en la mañana y en la marcha sobre Béziers. Simón de Montfort no era «el perso­najillo de París» que regresaría a su casa en cuanto hubiera madurado el tri­go en los campos, como Raimundo les había asegurado hacía dos meses. En el breve tiempo desde que los ejércitos del norte y del sur se habían unido, Raoul había descubierto la auténtica talla de aquel hombre, y se había dado cuenta de lo mucho que lo había subestimado Raimundo. El de Montfort sabía mandar a los guerreros, coordinarlos y mantenerlos bajo su control.Y en contraste con su voluntad de hierro y su mano dura, Raimundo había revelado lamentablemente su escasa valía. No importaba que hubiera hecho penitencia y jurado fidelidad a la Iglesia en Saint-Gilles: los jefes de la cru­zada no creían ni confiaban en él. De hecho, Simón de Montfort había de­jado claro que si Raimundo daba un solo paso en falso, Tolosa sería la si­guiente ciudad que recibiría su visita.

Raoul acarició el pelo terso y brillante de Fauvel y miró a lo lejos con el corazón encogido. No tenía ningún deseo de combatir contra sus com­pañeros del sur por una causa que no le parecía en absoluto justa; una cau­sa que era una excusa para que hombres como Simón de Montfort saquea­ran el Languedoc en provecho propio. En este aspecto los cátaros tenían ra­zón. El mundo era malvado, y la Iglesia de Roma y su brazo secular estaban manchados de sangre.Y él formaba parte de eso.

Apoyó la frente en el cuello rojizo del corcel en busca de consuelo. Ha­cía tan sólo dos semanas lo había encontrado en el hombro y el pecho de Claire, que respiraba a su lado en la cama. O en las pataditas de su hijo en el vientre de ella. O en la vista del castillo de Montvallant a la salida del sol…, aquellas piedras duraderas y familiares. Ahora se hallaba lejos de todo ello, quizá para siempre. Cuando cerraba los ojos podía ver a Claire de pie ante las puertas del castillo, abrazada a su madre, mientras las lágrimas resbalaban por su rostro. La tristeza de ambas no se debía sólo al hecho de que sus hombres partieran hacia la guerra.También obedecía a la naturaleza de la contienda. «Como si tuvieras que cortarte uno de los miembros», había dicho Claire.

«Como si te arrancaras tu propio corazón», pensó Raoul y se volvió para contemplar al abad de Citeaux y al secretario papal que pasaban a su lado conversando.

–¡Creo que no comprende cuán importante es encontrar a esas personas! –oyó decir con furia al de Citeaux.

–Me aseguraré de que lo entienda en cuanto se presente otra oportuni­dad –lo tranquilizó el secretario–. No puede comprenderlo porque no co­noce la verdad.

–¿Pensáis que deberíamos explicársela?

–¡De ninguna de las maneras! Cuantos menos conozcan el secreto, me­jor. –La voz de Milo, chillona y alarmada, hizo que Raoul se fijara con cu­riosidad en los dos hombres. Obviamente se referían a alguna información que ocultaban a Montfort, y le dio la impresión de que, aunque habían ha­blado de «encontrar», les preocupaba muchísimo más ocultarlo, fuera lo que fuese. Recordó la conversación que había oído por casualidad entre Luke de Béziers y Lisois de Saliers, y se preguntó si se trataría de una mera coin­cidencia.

–¿Cómo está el caballo? –le preguntó Berenguer cuando su hijo regre­só a la tienda.

–El emplasto está obrando su efecto. Mañana estará en condiciones de cabalgar hasta Béziers –explicó Raoul mientras se sentaba en la silla de via­je y se soltaba la correa de la espada. La semana anterior la había llevado al cinto un día sí y otro no, tratando de habituar el cuerpo a su tacto y peso. Ya empezaba a acostumbrarse. Ahora era sólo su mente la que la rechazaba.

No lejos de allí, unos soldados del norte se jugaban a los dados los fa­vores de una mujerzuela del campamento. Una garrafa de vino pasaba de mano en mano, y su idioma, tan diferente del habla del sur, le chirriaba en los oídos.

Raoul y Berenguer se miraron. No podían hablar.Transformar sus pen­samientos en palabras equivaldría a dar la vuelta a un cadáver y descubrir todos los gusanos que se agitan en su interior.

–Raimundo pasó por aquí mientras estabas fuera. –Berenguer rompió el silencio–. Dice que las tropas de Tolosa han de permanecer en reserva, que cualquier asalto han de lanzarlo los hombres de Montfort.

–¿Órdenes de Simón de Montfort?

–Sí.

–No se flan de nosotros –dijo Raoul dejando la correa en la mesa. La fi­ligrana de hilos de oro, nuevos y sin pátina, destellaba aún. ¡Lo que habría dado en ese momento por tener un poco de experiencia! Admitió con frialdad–: El de Montfort no anda muy desencaminado. No creo que yo mismo pueda infundir ánimos paraiatacar con ardor. Me sentiré más alivia­do si nos dejan al cuidado del campamento y de la impedimenta.

–Supongo que sí –asintió Berenguer suspirando y mesándose el cabello.

–Para empezar, si hubiéramos obedecido a nuestra conciencia, no esta-riamos aquí.

–Es un gesto simbólico para salvar nuestro pellejo –replicó Berenguer incómodo, evitando mirar a su hijo.

:Como si nuestros pellejos fueran más sagrados que nuestro honor! –Raoul se dejó caer sobre el jergón de paja–. No estoy tan seguro de que no hayamos sacrificado ambas cosas. La ambición del norte no se detendrá en Béziers y con la muerte de unos cuantos cátaros. Me temo que ahora sólo están matando el hambre a la espera del festín que desean: ¡nuestro pueblo! ¡Por Dios, padre, es más de lo que puedo soportar! –Cerró la mano en un puño conteniendo las lágrimas, con la respiración entrecortada.

Berenguer apoyó las manos en las rodillas para ponerse en pie y se acer­có despacio a la mesita de campaña en que estaba la jarra de vino para lle­nar dos copas.

–Lo sé –dijo, y al ofrecer la bebida a Raoul se reveló su profundo can­sancio y su comprensión–. Lo sé, hijo mío…, y esta noche voy a beber has­ta emborracharme porque sólo así podré dormir.

Raoul tomó la copa de sus mano y clavó la mirada en el vino, tétrico y rojo como la sangre: el ponche, áspero y tosco, le hirió en el paladar como cristales rotos.

–¿Cuántas copas se necesitan para olvidar? –preguntó.

CAPÍTULO 9

Béziers,
22 de julio de 1209

SIMÓN INTERRUMPIÓ LA TAREA de ajustarse la cofia almohadillada sobre la que se calaría luego el yelmo para seguir con la mirada la trayecto­ria parabólica de la piedra lanzada desde las murallas de la ciudad, que fue a caer a escasa distancia de sus tropas. Una invectiva proferida a voz en grito siguió al proyectil, pero no logró incrementar su alcance. Además de grandes piedras, sobre las fuerzas recién llegadas habían arrojado verduras podridas y excrementos, y todo había marrado el objetivo por muy poco, aunque se rumoreaba que la mula de Rocosel había sido alcanzada por un pellón certero cuando se retiraba para su vergüenza de la ciudad.

Con movimientos pausados, Simón acabó de atarse la pieza de la arma­dura y tomó el yelmo que le entregó su hijo Amaury.

—Han vuelto a fallar —dijo el joven.

—¿Qué conclusión sacas?

—O no tienen máquinas de defensa lo bastante potentes o les falta ex­periencia para manejarlas, señor.

Simón asintió con la cabeza.

—Mucha espuma y nada de cerveza, como dirían los ingleses. Piensan que están en superioridad. ¿Has oído el griterío tras las murallas?

—Sí, padre —respondió Amaury enrojeciendo hasta las orejas. La mayoría de las voces se expresaban en la lengua del sur, más parecida al catalán que al francés y, por ese motivo, no comprendía su significado; pero algunos proferían también sus insultos en la lengua del norte y no daban lugar a imaginar nada que no fuera la forma de vengarlos. Los defensores no se ha­brían atrevido a pronunciarlos de no estar convencidos de que podrían re­chazar a los sitiadores. Pero no conocían a su padre…

Simón montó su caballo de combate. Había escogido deliberadamente un corcel blanco porque era un color fácil de reconocer en la batalla y por­que la sangre del enemigo, al chorrear de su espada, compondría un con­traste magnífico. La perilla y el arzón de la elevada silla lo mantenían bien asegurado, y los estribos eran largos, lo que le permitía levantarse práctica­mente sobre ellos y tener el apoyo necesario para descargar los golpes.

–Si la situación cambia y me necesitáis, estaré con el de Citeaux, Ro­cosels y la delegación que está tratando con ellos –le indicó a Amaury an­tes de alejarse a través del campamento, deteniéndose aquí y allá para hablar con los soldados.

Desde que partieron de Montpellier, una serie de pequeñas victorias y la capitulación de algunos señores de poca monta del sur, espantados por el contingente y la disciplina del ejército de Simón, habían hecho crecer la leal­tad y el respeto que las tropas sentían por él.Ahora los ojos de todos lo bus­caban en su inconfundible caballo blanco y se enardecían al ver el león de cola bífida de su escudo con las garras clavadas en sus enemigos.

El abad de Citeaux estaba sentado en el exterior de su tienda, rodea­do de un grupito de inquietos ciudadanos que intentaban negociar un acuerdo que no perturbara sus confortables vidas. No había ni rastro de Rocosels, a pesar de que se hallaban presentes dos caballeros del sur que habían formado parte de la escolta que lo acompañó a la ciudad: Beren­guer de Montvallant y su hijo. Simón los había conocido la noche ante­rior en una reunión de los jefes del ejército, y los había juzgado como dos exponentes típicos de los nobles de aquellas tierras: hostiles, no muy de fiar, simpatizantes de los herejes y con la misma habilidad para el comba­te que le atribuiría a uno de sus escuderos en el primer año de entrena­miento.

Detuvo su corcel frente al reducido grupo y vio palidecer los rostros ro­llizos de los habitantes de la ciudad. El de Citeaux, en cambio, tenía las me­jillas sonrosadas y estaba sudoroso.

–¿Dónde está el obispo?

La papada de Arnaud-Amalric de Citeaux se agitó al volverse.

–Limpiándose los escupitajos y la mierda –respondió–.Ya os dije que no colaborarían…, excepto estos pocos –añadió, dirigiendo una mirada despre­ciativa a los congregados en torno a él y haciendo un gesto desdeñoso–, ¡que ni nos sirven ni representan nada!

Simón vio con el rabillo del ojo que el más joven de los Montvallant apretaba las mandíbulas y sus ojos azules brillaban con odio.Temerario, pen­só Simón, aunque sin sorprenderse, pues conocía bien la postura del sur y su grado de desacuerdo con el objetivo de la cruzada. Se dispuso a des­montar, pero tan pronto como apoyó el pie en el estribo izquierdo oyó un grito y divisó a Amaury, que se acercaba a todo galope.

–¡Venid en seguida, padre! ¡Están atacando el puente!

Simón se enderezó en la silla y obligó a girar al caballo.

–¡Ponedlos bajo custodia! –le ordenó a Citeaux señalando a los perple­jos vecinos, y picó espuelas.

–¿Que han emprendido un ataque? –murmuró Berenguer con incre­dulidad–. ¿Se han vuelto locos?

Raoul meneó la cabeza. El corazón le latía con fuerza mientras con­templaba a Simón de Montfort alejarse a galope. Sentía temor, y se aver­gonzaba por ello.También estaba encolerizado.

Arnaud-Amalric ordenó a algunos de sus soldados que vigilaran a los ciudadanos y fue a ponerse la armadura.

–Será mejor que vayamos a armarnos nosotros también –dijo Beren­guer, con expresión tensa y triste.

Incapaz de hablar, Raoul se alejó.

Los elementos indisciplinados de Béziers, envalentonados por la facili­dad con que habían intimidado a William de Rocosels, habían llevado su arrogancia más allá de toda prudencia al atacar un puesto avanzado; habían prendido fuego a algunas tiendas recién levantadas y dado muerte a un ca­ballerizo de la casa real.

Aquella acción violenta no arredró en absoluto a los hombres del cam­pamento incendiado, que echaron mano de todas las armas a su alcance e, improvisando otras con palos de las tiendas y utensilios de cocina, res­pondieron con un contraataque tan feroz que fustró la precipitada ofen­siva de sus enemigos y los hizo huir presa de pánico. Mientras los vecinos pugnaban por cerrar las puertas de la ciudad en las narices de los sitiado­res, éstos lograron introducir un tronco en la entrada para emplearlo como cuña. Siguió una lucha frenética. La puerta se abrió más, y el re­guero de cruzados que penetró en el interior de la muralla se convirtió en un chorro y luego en un torrente. Los asaltantes, mercenarios y soldados de a pie fluyeron al interior seguidos por tropas a caballo, caballeros con sus escuderos y grandes señores. Al poco tiempo Béziers se convirtió en un enorme matadero, del que se alzaban los gritos de sus habitantes, com­batientes o gentes de paz, cátaros y católicos, que sucumbían por igual al acero y el fuego.

El abad de Citeaux, que embutido en la cota de malla, oculta la cabeza bajo el yelmo y con las fofas piernas que apenas le permitían montar a hor­cajadas un corcel, semejaba un pez descomunal, fue a reunirse con Simón para contemplar la destrucción de la ciudad que se había atrevido a desafiarlos. Su rostro mofletudo era inexpresivo y sus ojos redondos como los de una carpa estaban vidriosos, no de horror, sino de triunfo.

Simón, con su caballo blanco abundantemente salpicado de rojo, tenía la sangrienta espada apoyada sobre el muslo.

–Debemos tomar una decisión –dijo–. ¿Ordenamos una tregua o deja­mos que nuestros hombres actúen sin freno por toda la ciudad? –Era per­fectamente capaz de decidir por sí mismo; pero Citeaux, en calidad de lega­do pontificio, era el jefe nominal de la cruzada.

–¿Qué queréis decir? –preguntó el abad mirándole perplejo, sin acabar de comprender.

–¿Qué hacemos con los que no son herejes? –dijo Simón reprimiendo su irritación–. ¿Os parece que establezca un lugar de asilo para ellos? ¿Que los ricos (los que no hayan muerto) paguen un rescate a cambio de sus vidas?

Arnaud-Amalric miró el cuerpo destrozado de una mujer que yacía jun­to a los caballos. La sangre, que se deslizaba por el polvo caliente del vera­no, dividiéndose en intrincados regueros, le recordó la sagrada misión que le habían confiado. Las moscas danzaban ya en torno al cadáver. Una extraña sonrisa apareció en su rostro.

–No –sentenció en voz baja–. Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos.

Con deliberada parsimonia, Simón limpió la espada en su muslo y la envainó.

–La decisión es vuestra –dijo, cargando la responsabilidad en los hom­bros adiposos del legado.

También él era partidario de que continuara la matanza. Convenía a sus planes que la primera batalla de la campaña contra una gran ciudad se sal­dara con una masacre. Probablemente otras ciudades se apresurarían a capi­tular al enterarse de la suerte sufrida por quienes habían cometido la insen­satez de oponer resistencia. Aun así, resultaba muy útil que el de Citeaux cargara con cualquier reproche que pudiera derivarse después de la acción. Se volvió en su silla hacia Amaury y sus otros dos escuderos.

–Recorred la ciudad y transmitid la orden de no dar cuartel ni respetar la vida de nadie. Decid también a los jefes que quiero que se organicen ron­das para evitar el saqueo en provecho propio. El botín se repartirá equitati­vamente una vez que hayamos tomado la ciudad.

–A vuestras órdenes, señor –respondió Giffard, el mayor de los tres, ya a punto de ser armado caballero. Amaury y Walter estaban pálidos como la harina, pero ninguno de los dos se planteó siquiera discutir la orden.

–¿Venís conmigo? –preguntó Simón a Citeaux cuando los jóvenes se alejaron a caballo. Había un ligero tono burlón en su voz–. ¿Vamos a ver qué hemos conquistado hoy para la cristiandad?

Raoul llevaba calado el yelmo de batalla, de modo que reprimió las náuseas que le provocaba lo que veía. Intentaba controlar a Fauvel, que se encabritaba, nervioso, espantado por la mezcla de hedores, el humo, la san­gre y el terror humano, sumados al estrépito de la muerte y la destrucción.

Y miré y vi un caballo pálido, y el nombre de quien lo montaba era muerte.

Raoul y su padre entraron en la ciudad en la última oleada, junto con otros nobles del sur, y únicamente cuando, ante la insistencia de Montfort, no les quedó más remedio. Simón necesitaba algunos hombres que no es­tuvieran completamente ofuscados por la sed de sangre y la codicia para controlar a los otros.

Raoul no daba crédito a lo que veía y escuchaba.Tenía la impresión de que estaba atravesando las puertas del infierno. Por todas partes había edi­ficios en llamas, incluso las iglesias, por cuyo futuro se suponía debía velar la cruzada. La humareda le irritaba la garganta y oscurecía su visión ya redu­cida por la visera del yelmo. Entre las espesas nubes negras y brillantes len­guas de fuego, atisbó los ensangrentados cadáveres de personas asesinadas cuando trataban de escapar: jóvenes, viejos, madres, padres, niños… La puer­ta de una casa estaba abierta y por ella asomaba a la calle una cinta de seda de un verde intenso, sobre la que yacía muerto un saqueador.

Agarrada a la jamba de la puerta para sostenerse, una muchacha solloza­ba con un cuchillo de deshuesar en la mano. Su melena negra se había sali­do de la toca y le caía enredada por la cara. Tenía el vestido rasgado y los ojos le brillaban con expresión fiera. Lleno de horror y compasión, Raoul avanzó hacia ella. Intentó hablarle pero el humo, además de la emoción, ha­bía bloqueado su garganta y, en lugar de palabras tranquilizadoras, lo único que emitió fue un gruñido.

Al verlo acercarse, la chica volvió la hoja del cuchillo y la dirigió hacia sí por debajo de las costillas. Raoul sacudió enérgicamente la cabeza y em­pezó a desmontar, pero Fauvel se encabritó y tuvo que tirar de las riendas y sujetarse con los muslos. La joven respiró hondo, titubeó en el instante de­cisivo y, con un movimiento rápido, se hundió el cuchillo en el pecho. La sangre corrió por su vestido de lino claro. Jadeó y se tambaleó, con la mira­da fija en Raoul mientras soltaba la jamba de la puerta y caía en el umbral.

Raoul se quitó el yelmo y cabalgó hacia la joven, con un grito de dolor en el pecho que su garganta rígida le impedía articular. Ella lo miraba con ojos acusadores, ya incapaces de ver. En el interior de la casa, vio una pareja de ancianos, muertos los dos, asesinados por el mercenario a quien la mu­chacha había matado antes de quitarse la vida.

–Éste es un día maldito para todos nosotros –murmuró Berenguer. Raoul comenzó a santiguarse pero se interrumpió, sacudido por una sensación de repugnancia.

Por un callejón apareció un grupito de caballeros del norte; el ruido de los cascos de sus caballos quedó ahogado por el rugido de las llamas y el de­rrumbe de vigas y construcciones, hasta que estuvieron frente a Raoul y su padre. Su jefe, un hombre corpulento de expresión astuta y mirada severa, tiró de las riendas al llegar hasta el mercenario muerto en la calle; apoyó los codos en el pomo de su silla.

–Ya veo que estáis al tanto de las órdenes –dijo.

–¿Qué órdenes? –preguntó Berenguer desconcertado.

Una sonrisa entre divertida y gruñona cruzó la parte inferior del rostro del caballero, visible bajo la barra nasal del yelmo.

–No perdonar a nadie. El legado dice que todos deben morir por resis­tirse.,E1 botín ha de llevarse al campamento…, orden de su señoría. Cual­quiera que sea sorprendido saqueando en provecho propio correrá la mis­ma suerte que este estúpido bastardo.

A una señal suya, uno de sus hombres desmontó y tiró de la pieza de seda verde sobre la que yacía el cadáver. Una mancha de color rojo oscuro desfiguraba el brillo ondulante de la tela. El caballero descolgó un odre de su arzón y lo tendió a Raoul y Berenguer.

–Este trabajo reseca la garganta –comentó.

Raoul se envaró. Berenguer le agarró por el brazo, obligándole a man­tenerlo quieto.

–Gracias, pero ya llevamos el nuestro –dijo, dominando su temor para mostrarse cortés.

–No tenéis estómago para esta tarea, ¿eh? –Retiró el tapón y bebió un abundante trago. El vino le resbaló por la barbilla como si fuera sangre–. Más vale que endurezcáis deprisa vuestras tripas, porque esto es sólo el co­mienzo. –Su tono era despectivo. Tapó el odre y, cuando lo subió a la silla, apoyó de paso la mano en la espada que llevaba al cinto en un gesto inten­cionado; sus ojos eran como dos afilados pedernales–. Nos encargaremos de éste y registraremos el resto de las casas.

Los dedos de Raoul temblaron, a punto de empuñar la espada. Sudoro­so, Berenguer retuvo el brazo tenso de su hijó.

–¿Alguna objeción? –preguntó el caballero arrastrando las palabras. Miró a sus hombres exhibiendo una sonrisa burlona.

–No –dijo Berenguer, conteniéndose–. Ninguna objeción –añadió, y propinó un puntapié en los ijares del corcel de Raoul, que saltó espantado hacia delante. Luego espoleó su caballo para situarse tan próximo al alazán de Raoul que éste no tuvo espacio para maniobrar y se vio obligado a con­tinuar adelante y alejarse del grupo, mientras las burlas todavía resonaban en sus oídos.

Furioso, Raoul se volvió hacia su padre.

–¿Por qué no les lamiste el trasero, ya puestos? –le espetó con ojos lla­meantes–. ¡Me avergüenzo de ser un Montvallant!

La tensión de Berenguer se descargó en un solo golpe, impulsó su bra­zo con fuerza hasta que la mano fue a dar en la cara de Raoul.

–¡No te atrevas a juzgarme, muchacho! –gruñó–. ¡Tú sí deshonras nues­tro apellido con tus rabietas pueriles! ¡Con tu actitud sólo habrías hecho que te mataran allí mismo por una muchacha ya muerta y unos cuantos in­sultos despreciables! ¡Dios…! ¡Ese hombre te hubiera partido en dos al pri­mer tajo!

Una campana que había estado tocando a rebato’ se interrumpió de pronto. Con la respiración agitada, padre e hijo se miraron. La intensa mar­ca de la mano coloreaba la palidez de la mejilla izquierda de Raoul.

–No puedo participar en esta masacre –dijo rotundamente e hizo dar la vuelta a Fauvel.

–¿Adónde vas? –inquirió Berenguer.

–Vuelvo a casa. Si me declaran desertor, ¡que así sea!

–¡Raoul, en el nombre de Cristo! –Berenguer estaba horrorizado con la idea de que su hijo se convirtiese en un proscrito. También él se sentía profundamente asqueado por lo que estaba sucediendo en Béziers, pero debía respetar las órdenes de Montfort–. ¡Tienes que pensar en los Mont­vallant, en las consecuencias de tu actitud! –Raoul continuó alejándose a caballo como si no lo hubiera oído–. ¿Qué pasará con tu madre y con. Claire y el hijo que espera? –le gritó espoleando su montura para darle al­cance–. ¡Por el amor de Dios, muchacho…! ¡Piensa con la cabeza, no con las tripas!

Pasaban junto a la alta tapia de un convento, y Berenguer estaba a pun­to de atrapar por la brida el caballo de Raoul cuando ambos oyeron una desgarradora llamada de auxilio entre las rudas voces de hombres del nor­te, roncas de excitación y lujuria.

Raoul desenvainó la espada. La puerta en el muro, que habitualmente estaba atrancada y que disponía de una mirilla corrediza de hierro para que las monjas pudieran ver a los que llamaban antes de franquearles la entrada, había sido arrancada de sus goznes. Nadie salió a detener o preguntar a Raoul cuando cruzó a caballo el umbral y pasó al huerto y al jardín del convento. Más allá de éste, los edificios eran pasto de las llamas. En el patio se amontonaban arcones, cortinajes, ropas y enseres del altar… Habían saca­do una carreta de los establos y uncido a ella los dos bueyes del convento. Unos soldados se ocupaban de cargarla con los más diversos objetos. Las re­ligiosas habían sido obligadas a apiñarse en una esquina, y Raoul descubrió que había niños con ellas, que los protegían con sus brazos y sus cuerpos. Entre risas, los soldados jugaban con las mujeres, asustándolas con las espa­das y haciendo gestos obscenos. Un hombre apartó del grupo a una monja joven que gritaba despavorida y le sujetó los brazos. Otro la agarró por las piernas mientras un tercero le levantaba los hábitos y le soltaba el ceñidor de las bragas. El clamor de ánimo de sus compañeros se hizo ensordecedor cuando tumbaron en el suelo a la joven.

A Raoul le hervía la sangre. Consciente apenas de sus actos, espoleó a Fauvel y atajó por mitad del jardín en dirección al hombre que se aprestaba a cometer la violación. Blandió la espada; la sintió chocar contra algo duro, atravesar algo blando y detenerse finalmente sobre el hueso. De la herida manó mucha sangre, pero su vista ya estaba teñida de carmesí, de modo que casi no lo advirtió. Liberó el acero, hizo girar a Fauvel y lo descargó contra el segundo soldado, que estaba a punto de saltar sobre él, y luego contra el tercero.

El soldado encaramado en la carreta chasqueó la aguijada sobre los lo­mos de los bueyes, entre los varales, y las sólidas ruedas con llantas de hie­rro rodaron sobre la tierra apisonada del patio. Raoul dio media vuelta y condujo a Fauvel para cruzarse en el camino de los esforzados bueyes y blo­quearles la salida.

–¿Qué está ocurriendo aquí? –Un soldado de otro grupo de cruzados aminoró el paso de su montura y observó a través de la puerta del muro el violento combate que se libraba más allá.

–¡Saqueadores! –gruñó Raoul imitando lo mejor que pudo el acento del norte–. ¡Tenemos órdenes del señor de Montfort de ocuparnos de ellos!

No fue sólo el nombre de Simón lo que hizo que el soldado asintiera con la cabeza; había advertido que el caballo y las armas de Raoul eran de gran valor, prueba de nobleza, mientras que el hombre de la carreta, que abría y cerraba la boca como un pez en tierra, no llevaba nada más que una cota de cuero endurecido y trenzado

–Lo dejo en vuestras manos, pues –dijo y, con un breve saludo, se alejó al trote.

El mercenario de la carreta soltó las riendas y saltó al suelo intentando escapar. Raoul fue tras él sin misericordia, enloquecido casi por el ardor del combate. El hombre sostenía aún la aguijada, un instrumento de piel de toro endurecida, de casi metro y medio de largo y una punta fina como un aguijón. Azotó con él a Fauvel, que se irguió sobre las patas traseras. Raoul lo instó a levantarse aún más, golpeándole el costado con su escudo al tiempo que lo hacía avanzar. El soldado lo fustigaba con la aguijada mien­tras retrocedía, pero tropezó con una piedra y cayó pesadamente al suelo. Soltó un grito cuando las patas delanteras de Fauvel se le echaron encima, una vez y otra, aplastando hasta matarlo. También los caballos eran armas de guerra.

Raoul retiró a Fauvel a un lado y se detuvo para tomar aliento. El cora­zón le retumbaba con fuerza y tenía la boca seca, pero notó que de pronto era capaz de pensar con rapidez y claridad. Fue consciente de una terrible sensación de júbilo. Desmontó, ató su montura a la parte trasera de la ca­rreta y se puso a descargar las piezas más voluminosas del botín: dos sillas talladas de madera de nogal de la hospedería y dos hermosas bañeras ovala­das. Cuando consideró que había abierto suficiente espacio, se encaramó al pescante. Los bueyes estaban agitados por el olor a humo y los ruidos del combate, pero aún obedecían dócilmente; además, tenía la aguijada del muer­to para azuzarlos.

El joven había conducido alguna vez un carro de bueyes en Montva­llant, durante la cosecha de la cebada, pero sólo por un placer infantil, como parte de las diversiones del verano. Ahora, en cambio, se trataba de un asunto de vida o muerte, y se encontró sudando mientras describía tor­pemente un círculo y dirigía el vehículo hacia el grupo de mujeres que se arracimaban como una bandada de polluelos en un corral. Algunas llora­ban, pero Raoul sintió que lo turbaba mucho más mirar a las que tenían los ojos secos.

Berenguer había desmontado y, con la mano apretada contra el cos­tado, hablaba con una monja anciana que parecía ser la que dirigía a las demás en aquellos momentos, principalmente porque se mantenía se­rena.

–¿Estás herido? –preguntó Raoul, tocando con preocupación el brazo de su padre.

Berenguer esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

–No es nada. Me han dado un espadazo en las costillas, pero de plano. Mi cota de malla se ha roto, pero no ha habido mayor daño.

Raoul se tranquilizó y señaló la carreta.

–No podemos dejar a las mujeres aquí –dijo–.Ya sabes qué les ocurrirá. Si se esconden dentro y pongo el toldo encima, no las verán; y si alguien nos detiene, diré que el de Montfort nos ha ordenado retenerlas para entreteni­miento de las tropas. –Frunció el ceño al advertir la respiración forzada de Berenguer–.Tal vez deberías viajar también tú dentro de la carreta…

–No es nada…, ya te lo he dicho –protestó Berenguer–. Estoy reco­brando el aliento, eso es todo.

Se volvió hacia la monja, dando la espalda a Raoul, irritado porque con aquella operación de rescate se había metido en el embrollo que trataba de­sesperadamente de evitar.

–Hermana Blanche, ¿habéis comprendido lo que ha dicho mi hijo? Va­mos a intentar salvaros.

–Sí, lo he comprendido –contestó la monja con voz fría y severa. Man­tenía la espalda tan recta como una caña, y su rostro era suave, de nobles fac­ciones–. Profesamos la fe cátara –añadió–. No sé si esto cambiará vuestra ac­titud hacia nosotras.

Berenguer negó con la c eza y golpeó el polvo con la punta de su bota.

–Yo socorro a los cátaros n mis tierras –dijo con voz ronca–. No ten­go nada en contra de vuestra ligión.

–Además, no podríamos vi ir si algo les sucediera a las monjas, ¿verdad? –dijo Raoul lanzando una mi da desafiante a su padre.

Berenguer alzó la cabeza.

–No, no podríamos –dijo on un profundo cansancio.

–Tenemos una casa en Narbona –intervino sor Blanche–. Podríamos refugiarnos en ella una vez que salgamos de la ciudad. –El labio inferior le tembló de pronto, e hizo un esfuerzo decidido para apretarlo–. Aunque sólo Dios sabe por cuánto tiempo estaremos seguras allí… ¿Cómo pueden actuar de esta forma personas que se llaman cristianas?

–Es el nombre que se dan, no lo que son –replicó Raoul–. ¿Hablaréis a las otras? Cuanto antes nos . chemos, mejor.

Asintió y, dirigiéndose hacia las monjas y los niños que tenía a su cui­dado, comenzó a explicarles apresuradamente el plan.

–Bien, ya somos unos proscritos –murmuró Berenguer con tono sinies­tro–, con las mismas probabilidades de que nos den caza que esas pobres mujeres.

–Aún puedes marcharte –observó su hijo con voz glacial–. No quiero entrometerme en tu camino. –Hizo un gesto para señalar hacia la puerta. Berenguer sacudió la cabeza.

–No puedo –dijo–.Ahora mi conciencia me tiene tan atrapado como la tuya a ti.

Fue a montar su caballo. El dolor le recorría el cuerpo, le oprimía el pe­cho y proyectaba ramalazos por el brazo y el cuello. Vio a Raoul distante, algo borroso…, o quizá era sólo el reflejo de la luz del fuego en su cota de malla y las ondas de neblina caliente. Pero no era el momento para visiones, y tampoco para sentirse aturdido, aunque su cuerpo se movía como si ca­minara con el agua al cuello, a punto de perder el equilibrio. Su mente le mostraba todo con una claridad mística y nítida, pero se daba perfecta cuenta de que sus ojos lo veían todo nebuloso.

–¿Padre? –Raoul se situó en seguida junto a su estribo; su cólera com­bativa había dado paso a una profunda preocupación.

Hizo un esfuerzo ante su hijo. Incapaz de ocultar su color grisáceo y el sudor que le perlaba la frente, se las arregló no obstante para decir con un tono razonablemente autoritario:

–Tú ocúpate de conducir la carreta; yo mandaré la escolta. ¡Date prisa! Y a fuerza de voluntad, se convenció de que el dolor disminuía y mon­tó a caballo.

La ansiedad de Raoul no se había calmado, pero no había tiempo para ese sentimiento, así que se acomodó en el pescante y arreó a los bueyes con la aguijada.

La mitad de los hombres de Montvallant precedían el vehículo, guiados por Berenguer, y la otra mitad, a las órdenes de Roland, iban detrás. Más allá de los muros del convento la ciudad continuaba ardiendo y desangrándose en estertores de muerte. Los edificios se desplomaban en un torbellino de llamaradas y humo, los animales corrían de un lado a otro, presas del dolor y el terror.También la gente corría, hasta ver cortada su carrera por una es­pada, una lanza, una maza, un garrote o un puñal.

El grupito salió del convento y se adentró en las calles del infierno. Raoul azuzó a los bueyes. Los animales estaban nerviosos, pero al menos re­sultaban más fáciles de dominar que los caballos. Todo fue bien, de he­cho, hasta que se aproximaron a la puerta de la ciudad, donde al principio se había librado la batalla en todo su horror. Una docena de guardias esta­ban apostados para asegurarse de que sólo saliera de Béziers quien pertene­ciera al ejército del norte y tuviera un motivo razonable, y para detener a cualquier ciudadano que intentara huir.

Entrechocaron las picas para cerrarles la salida.

–¿Adónde os creéis que vais? –preguntó el jefe de los centinelas, miran­do torvamente a Berenguer.

Éste fingió que le costaba entender su idioma y respondió en un fran­cés del norte cerrado y apenas inteligible.

–Nos han encargado conducir unas mujeres al campamento para entre­tener a los soldados. –Señaló la carreta y, cuando bajó la mano, la apoyó en la empuñadura de su espada–. Órdenes del señor de Montfort.

–¿Mujeres para las tropas? –Una sonrisa desagradable torció la comisu­ra de los labios del soldado–. Es la primera noticia que tengo de eso. Los chicos encontrarán allí todas las faldas que quieran cuando vuelvan, y no tengo instrucciones de permitir el paso a un cargamento de este tipo.

–Es un envío especial para los jefes de la cruzada –dijo Berenguer, que vio por encima del hombro que Raoul había soltado las riendas y buscaba algo en su costado.

–Les echaremos un vistazo, entonces –dijo el centinela, y subió a la ca­rreta.

El dolor atenazó el brazo de Berenguer y recorrió su pecho como un reguero ardiente de plomo fundido. Jadeó…Tenía la vista nublada, moteada de luces de colores.

El sargento retiró el toldo y descubrió a las mujeres y a los niños amon­tonados dentro.

–Esto no es… –comenzó a decir. El cuchillo de caza de Raoul se coló por la parte inferior de la cota de malla del hombre hasta llegar a la altura de la visera y se clavó en su garganta, de donde brotó sangre cálida y bri­llante. De un puntapié, Raoul arrojó de la carreta el cuerpo que aún se con­vulsionaba y después lanzó el cuchillo a las mujeres con la orden de usarlo si era necesario. Embrazó su escudo, desenvainó la espada y se aprestó al combate.

Arriba, abajo, parar el golpe, asestar un tajo, volverse y tensar la mu­ñeca, presentar el escudo avanzando el pie izquierdo y afirmando el de­recho detrás… Sabía todo eso de las lecciones aprendidas en la palestra y de los torneos a que había asistido ocasionalmente, pero de nada servían todos esos conocimientos sin la experiencia definitiva de entrar en ba­talla. La respiración empezó a rasparle en la garganta. Su contrincante intentó un golpe bajo, con el propósito de herirle en la pierna a la altu­ra de la rodilla. Raoul saltó. La hoja le alcanzó y le hizo tambalearse, pero no traspasó la cota de malla. Raoul se lanzó al contraataque, apun­tando también a las piernas. El escudo del soldado paró el mandoble, pero Raoul empleó el suyo para golpearle en el rostro, extendió el bra­zo con la espada y esta vez se la clavó por entre los resquicios de la ven­trera.

Se oyó un grito de agonía tan pronto como se desplomó el soldado, pero no había salido de los labios de éste. Raoul se volvió a tiempo de ver cómo su padre caía derribado del caballo por un centinela de la puerta.

–¡No! –exclamó Raoul, y echó a correr para detener el brazo que se alzaba con el propósito de asestar el golpe mortal. La espada del guarda chocó de canto contra la suya, salió volando y rebotó en el muro. Raoul giró la muñeca y propinó a su ememigo un tremendo tajo. La sangre os­cura chorreó sobre el acero y el soldado se dobló. Antes incluso de que su adversario hubiera caído al suelo, el joven se arrodillaba al lado de Berenguer.–¿Padre? –Alargó las manos para quitarle el yelmo y observó que tenía el rostro ceniciento y azulados los labios y los lóbulos de las orejas. Presen­taba unas manchas cárdenas debajo de los ojos y su rostro se estremecía de dolor mientras se esforzaba por respirar.

–¿Dónde te ha herido?

Berenguer sacudió la cabeza, jadeando.

–No…, es un dolor interno…, en el pecho.

La lucha había cesado y la calle aparecía ahora envuelta en un misterio­so silencio, sólo roto por los ecos lejanos del incendio y las escaramuzas. La hermana Blanche bajó de la carreta y tocó suavemente el hombro de Raoul.

–Conozco unas hierbas que podemos darle. Crecen en esta tierra y le facilitarán la respiración.

–Se está muriendo, ¿verdad? –preguntó Raoul paralizado.

Ella vaciló, evaluando la fortaleza moral del muchacho antes de res­ponder.

–Creo que sí, pero no soy médico, y siempre quedan la esperanza y el consuelo de la oración.

–¡La oración! –Raoul escupió la palabra como si fuera tan amarga como la hiel.

–Es el hombre quien ha violado la palabra de Dios –le reprendió dul­cemente la monja–. La oración llega incluso más allá de las tinieblas.

Raoul apenas la oía, con su atención centrada en Berenguer, que había perdido el conocimiento.

–Cógelo por las piernas, Roland… Ayúdame a subirlo a la carreta.

Con cuidado alzaron a Berenguer y lo tendieron entre las mujeres. La hermana Blanche se colocó junto al herido y se aprestó a aflojarle la arma­dura para que estuviera lo más cómodo posible.

Raoul advirtió que tenía el rostro húmedo. Se enjugó las lágrimas y el sudor con el puño de cuero de su guantelete y volvió al pescante.Aho­ra debía burlar a los piquetes de hombres de Montfort apostados en las cercanías y conducir el vehículo hasta la seguridad de las tierras com­prendidas entre Narbona y lo que había sido una orgullosa ciudad llama­da Béziers.

CAPÍTULO 10

Preceptorio templario de Bézu,
julio de 1209

A HOSPEDERÍA DEL PRECEPTORIO de los templarios en Bézu era es- paciosa y confortable. Fue un refugio acogedor para los tres viajeros , que en las últimas semanas habían dormido en cabañas de pastores, cuevas, fortificaciones abandonadas en las montañas y al raso en los claros del bosque.

Un hogar encendido en el centro, el olor del pan recién cocido, jergo­nes de paja fresca con sábanas de lino y mantas de buena lana constituían un lujo sin comparación. Un templario de edad madura les dio la bienvenida y los dejó después de transmitirles la invitación a cenar con el prior. No ha­bían tenido tiempo de desembalar sus escasas pertenencias, cuando se abrió la puerta y entró en la estancia un joven caballero templario caminando a grandes zancadas.

–¡Luke! –El rostro sombrío de Chrétien se iluminó mientras tendía los brazos hacia su hijo–. Pensaba que tal vez estarías aquí, pero no me atrevía a hacerme demasiadas ilusiones. ¡Ha pasado tanto tiempo! –Su sonrisa se torció al recordar que la última vez que habían compartido el pan fue des­pués del asesinato de Pierre de Castelnau a orillas del Ródano–. ¡Vivimos tiempos tan tumultuosos…! –añadió suavemente.

Luke exhaló un suspiro que sonó grave y viejo, mucho más de lo que correspondía a un joven de veinticinco años.

–Hay refugiados en todas partes –explicó–; personas que han visto des­truidas sus casas o que no se han atrevido a permanecer en sus pueblos por temor a lo que pueda ocurrirles si el ejército de Montfort cae sobre ellos. Hace sólo un par de días nos visitaron dos frailes y un representante papal del ejército del norte.

–Buscándonos…, ¿no? –preguntó Chrétien dirigiendo la vista hacia su sobrina y Matthias.

–Os mencionaron. La verdad, padre, es que os persiguen por todas par­tes. Si os atrapan, ya sabéis qué harán. El prior afirmó no conoceros ni saber nada de vuestro paradero. Por el momento, estáis a salvo, pero… ¿qué pasará cuando os marchéis? El ejército del norte está cerca. Además de esquivar a los espías papales, tendréis que eludir también a las patrullas de reconoci­miento.

–De momento estamos a salvo –intervino Bridget con dulzura–. Senti­ría el peligro en seguida. Por otra parte, tenemos medios para proteger­nos…, arriesgados, pero factibles en situaciones extremas. –Sonriendo con gran tristeza, fue a abrazar a Luke, que sintió que el aire se ondulaba alre­dedor y se serenaba al instante–. ¿Sabías que a veces puedo ver el futuro? –Luke asintió con expresión turbada, y Bridget siguió–:Veo muchas cosas, aunque no necesariamente nuestro destino definitivo, pero siento que de momento nuestras vidas no corren peligro, que todavía no nos ha llegado la hora de morir.

Luke se estremeció.

–¿Y lo sabrás cuando nos llegue la hora?

Bridget continuó sonriendo y, con un suave movimiento de la cabeza, se volvió sin responder.

La cena fue sencilla pero sustanciosa: mújol al horno acompañado de una salsa agria, pequeñas hogazas planas de pan, doradas y con cortes en su superficie, y un vino tinto de la región. Se sirvió en la hospedería, y Luke y el prior acudieron a compartirla con sus visitantes.

Al sentarse a la mesa, Bridget partió el pan y lo bendijo. El prior, máxi­ma autoridad de un preceptorio de monjes célibes y guerreros, no se lo im­pidió ni mostró ninguna sorpresa por algo que otras órdenes religiosas hu­bieran considerado una flagrante blasfemia. La idea de una divinidad fe­menina era mucho más antigua que la de un dios varón, hecho que los templarios habían asumido desde siempre en sus ceremonias más secretas. Ishtar, Isis, Astarté, laVirgen María, la Magdalena… ¿No fue la misma María Magdalena quien difundió la palabra de Cristo allí, en el Languedoc, hacía más de mil años? Si los templarios eran célibes, era por respeto a esa divini­dad, más que por el temor a la corrupción.

Trajeron un aguamanil de oro repujado, con un dibujo exquisito que al­ternaba rayos y lanzas.Todos se lavaron las manos en el agua perfumada que contenía, mientras Chrétien recitaba en voz alta el padrenuestro.

Tras retirar la vajilla de la mesa, el prior colocó sobre ella un pesado co­fre de madera de cedro y, con la llave que llevaba prendida de un cordón de seda blanco alrededor del cuello, lo abrió.

–Pensé que vuestra estancia aquí os permitiría copiar este manuscrito –le dijo Matthias, y levantó despacio la tapa del cofre. Con una reverencia y un cuidado infinito, sacó del interior un libro encuadernado en piel.

Matthias, con igual reverencia, lo tomó con la mano sana y lo sostuvo cerca, pero no demasiado, de la lámpara más próxima. La cubierta era de piel engrosada con papiro y tenía estampadas diminutas cruces doradas. De­sató la cinta que cerraba el códice y lo abrió. Las páginas estaban formadas por dos capas de papiro pegadas, que ofrecían una superficie lisa y rígida para escribir. El texto estaba escrito en caracteres griegos sumamente pre­cisos, aunque el idioma no era griego, sino copto.

Chrétien lo miró con curiosidad, pero sin el fervor que había encendi­do y transfigurado el rostro de Matthias. El don que él había recibido era la oratoria, la capacidad de transmitir un mensaje sencillo a la gente sencilla, destilando la esencia de obras como aquélla en palabras que pudieran com­prender.

–¿Dónde lo habéis conseguido? –preguntó Matthias alzando la vista ha­cia prior.

–Nos lo donó hace algún tiempo una familia cátara, cuando su hijo se hizo templario. Murió en Tierra Santa… ¡Dios lo tenga en su reino! –¿Qué dice el texto? –preguntó Chrétien.

El dedo anular de la mano mutilada de Matthias tembló mientras reco­rría una línea de la antigua escritura.

–Es un evangelio…, la palabra de María Magdalena.

Hubo un silencio, que se prolongó cuando se hubieron apagado las re­verberaciones del nombre pronunciado en la estancia.

El prior se aclaró la garganta.

–Mi familia es cátara. Comprendo cuán importante será este trabajo para vosotros.

–No sólo para nosotros –observó Matthias con voz dulce y ardiente a la vez –, sino también para todo este mundo prisionero de la oscuridad. –Di­rigió al prior una mirada ansiosa–. ¿Podría disponer de materiales de escri­tura? Me gustaría empezar inmediatamente.

El prior enarcó las cejas, sorprendido por el entusiasmo de su huésped.

–No faltaba más –aprobó, haciendo una seña con la mano.

–Iré por ellos –dijo Luke, y salió de la habitación.

Chrétien se acercó para examinar el códice. Las páginas estaban rotas en algunas zonas, y aquí y allá se había perdido el final de algunas palabras, pero en general aparecía intacto. Sentía por dentro tal rebullir de excitación que tuvo que dominarse. Tal vez fuera la prueba definitiva, pero tenían que mostrarse precavidos para no llevarse una desilusión. También Bridget echó una ojeada pero, aunque el libro la concernía más directamente, se apartó in­quieta, frotándose los brazos.

Era una noche de julio, tibia como la leche recién ordeñada, pero tenía las manos húmedas y el cuerpo helado. La estancia parecía cerrarse alrede­dor de ella como una tumba. Como amortiguada por la distancia, oía la voz de Matthias, que acompañaba el cuidadoso movimiento de su dedo por la página del códice. Cuando lo miró, el dedo y la página temblaban en una luz clara y violácea, como el disco de oro repujado. Lentamente, la habita­ción quedó inundada de esa luz. Bridget aspiró profundamente y su pulso se hizo más lento mientras su mente se abría a un mar inmenso y violáceo de serena aceptación. Sabedora ya de lo que iba a suceder, volvió el rostro ha­cia la puerta.

Luke regresó a la sala caminando lentamente, en silencio y sin los uten­silios de escritura. El picaporte produjo un leve chasquido cuando lo accio­nó. Se apoyó en el duro saliente metálico, clavando su espalda en él como si el dolor físico le brindara consuelo.

–Béziers ha caído ante el de Montfort –anunció, sin ninguna expresión en sus ojos oscuros–. Ha habido una matanza…Todos han muerto, y la ciu­dad es pasto de las llamas.

CAPÍTULO 11

Narbona,
julio de 1209

BERENGUER ABRIÓ LOS OJOS. Al principio no vio más que oscuridad, pero poco a poco fue percibiendo las sombras oscilantes proyecta­das por una lámpara de aceite. Los rayos de la luna se desparramaban a través de un postigo mal ajustado y ribeteaban la manta a los pies del le­cho. El aire olía a cerrado y estaba impregnado por la cálida inmovilidad del verano, y en la habitación resonaba un ruido extraño y turbador. Lenta­mente se percató de que era el estertor de sus propios pulmones, que traba­jaban como fuelles defectuosos.

¿Dónde estaba? No reconocía el lugar, pero no era ni el castillo ni el campamento. Sintió una punzada de dolor. Notaba en el pecho un peso enorme, que lo aplastaba. Forzó su memoria, pero sus recuerdos tenían tan­tos remiendos y agujeros como una manta vieja apolillada.

Una figura se movió en las sombras que envolvían el camastro donde estaba tendido. Por un breve instante experimentó una sensación de puro terror, esperando que se volviera hacia él la mirada perversa de una calave­ra, empuñando una guadaña en sus dedos descarnados, como la había visto tantas veces en las danzas de la muerte pintadas en las paredes de la iglesia. Entonces la luz de la lámpara le iluminó el rostro, al inclinarse sobre él la fi­gura, y reconoció a la hermana Blanche.

–¿Dónde estoy? –Su voz surgió como un débil suspiro–. ¿Dónde está mi hijo?

La mujer entró en su campo visual. En su hábito azul oscuro deste­llaba una cadena de plata, de la que pendía un medallón en forma de pa­loma.

–Os encontráis en el convento de la Magdalena, en las afueras de Nar­bona –respondió ella–. Vuestro hijo y vuestros caballeros también están hospedados aquí. Él no quería apartarse de vuestro lado, pero le insistí mu­cho en que lo hiciera porque necesitaba descanso.Yo os estoy velando en su lugar.

Berenguer se esforzaba por mantener la vista fija en la religosa, pero le resultaba imposible. Notaba los párpados tan pesados corno unas botas de montar, y la opresión en el pecho le aplastaba como el peso de un caballo.

–Bebed –dijo sor Blanche, inclinándose sobre él y acercándole un tazón a los labios–. Esto os aliviará.

Consiguió tomar dos o tres sorbos. La infusión era tan amarga que le habría provocado náuseas si su cuerpo hubiera tenido fuerzas para respon­der con arcadas.

–¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Se recostó sobre las almohadas, agotado. La lámpara osciló, iluminando y oscureciendo alternativamente la habitación como los latidos de un cora­zón moribundo.

–Llegamos aquí a mediodía, después de dos días de viaje.

Frunció el ceño intentando hacer memoria, pero su mente no le res­pondía.Todo lo que recordaba era la impresión de una luz cegadora segui­da por un dolor intenso y, después, sus esfuerzos por respirar y la oscuridad que lo envolvió.

–Sólo nos dieron el alto una vez –añadió sor Blanche– y, por suerte para nosotros, eran soldados de Tolosa, que nos dejaron pasar. Las únicas perso­nas que encontramos después eran refugiados.

Berenguer escuchaba en silencio sus explicaciones. ¿Qué lugar en la tie­rra estaba a salvo de Montfort y Citeaux? ¿Las montañas cribadas de cuevas del Ariége o de las Cévennes? ¿Cataluña? ¿Lombardía? Ciertamente no Montvallant y Tolosa. Quizá, como la suya propia, la vida del sur se apaga­ba, ateridos su cultura, su esplendor y su inteligencia por el viento glacial proveniente del norte. Movió la cabeza inquieto. La infusión que le había dado la religiosa le mitigó el dolor, pero no estaba tan loco como para creer que mejoraba. Respirar le suponía un gran esfuerzo, y la vista se le nublaba por momentos.

–Mi hijo… –susurró–. ¿Podéis ir a buscarlo, por favor?

Sor Blanche dejó el tazón sobre una tosca caja de madera, con una sú­bita expresión de inquietud al comprender que había subestimado la gra­vedad del enfermo. Asintió con un gesto y salió a toda prisa de la estancia. Berenguer, entretanto, cerró los ojos y se aferró a la vida con sus dedos fa­tigados.

–¿Padre?

La voz de su hijo sonaba tan joven y atemorizada que consiguió arran­carlo del vacío del precipicio y agarrarse a un borde que se desmoronaba ya. Abrió los párpados y, a través de las estrechas rendijas, entrevió a Raoul. El muchacho estaba ojeroso y manchado de sangre… Pero no…, ya no era un muchacho, sino un hombre. El paso por el fuego… Tragó saliva y se es­forzó por tomar aire para formar las palabras que debía decirle.

–Tienes que regresar a Montvallant de inmediato… Dispón nuestras de­fensas. Saca a tu madre y a Claire de allí si la situación empeora.

Viendo a su padre luchar por cada palabra, Raoul sintió terror, pena y el escalofrío de una rabia terrible. Hasta hacía poco desconocía estas emo­ciones, salvo como intuiciones vagas de una bestia que le pisaba ahora los talones, lo perseguía en sus sueños y en cada momento de lucidez. Nadie más podía cargar con la tremenda tarea que Berenguer le estaba confiando.

–Partiremos al amanecer –dijo, y titubeó. Bajó un momento la vista ha­cia sus puños apretados y luego volvió a mirar a su padre, con lágrimas en los ojos.

–No te retrasaré –murmuró Berenguer curvando los labios en un ama­go de sonrisa–. Si soy tan desconsiderado como para aguantar hasta después de la salida del sol, tendrás que dejarme…

–Padre…

–Nos despediremos ahora. –Intentó levantar la cabeza de la almohada para reforzar su mandato, consciente de que consumía en ello el último res­to de sus fuerzas–. Dile… di a tu madre que recuerde siempre los años feli­ces que hemos vivido…, no la amargura de estos posos.

.Raoul rompió a llorar, no sólo por su padre, sino por todo en cuanto había creído hasta entonces y que se perdía ahora en el fuego, la destrucción y la muerte. Abrazando al moribundo en la cama, sintió como respuesta el frágil temblor confundido con su propio estremecimiento. Finalmente se apartó hacia un lado y se secó los ojos en el puño del gambesón.

–Toda mi vida… –susurró Berenguer– he procurado ser un buen cris­tiano… Ahora…, al final de ella…, deseo recibir el consolamentum.

Raoul abrió los ojos de par en par. El consolamentum era, entre otras co­sas, la versión cátara de la extremaunción. Purificaba y preparaba al creyen­te para acceder a una vida más sublime y ascética. Por eso sólo lo recibían el devoto sincero y el moribundo para quien la austeridad, el celibato y una dieta estricta no entrañaban grandes dificultades.

–¿Estás seguro?

Berenguer sonrió otra vez.

–He visto… la luz… –Si el susurro no hubiera sido tan débil, habría con­tenido una sombra de ironía. La luz había sido tan deslumbradora que lo había cegado con la misma eficacia que la oscuridad más plena–. La mon­ja…, ve a llamarla ahora.

Absolutamente desconcertado, Raoul se apartó de la cama. Berenguer nunca había mostrado más que una curiosidad pasajera por el mensaje cá­taro. Quizá buscaba ese consuelo porque no podía recibir de un sacerdote romano los últimos sacramentos. O tal vez se trataba de un último acto de rebeldía. Jamás llegaría a saberlo.

Sor Blanche esperaba fuera, sentada junto a la puerta, con un manuscri­to del Nuevo Testamento abierto en el Evangelio de San Juan, que leía mo­viendo quedamente los labios. Cuando Raoul salió, levantó la cabeza y lo miró.

—¿Ha muerto?

Raoul negó con la cabeza en silencio.

—Quiere recibir el consolamentum —dijo después con voz ahogada, seña­lando hacia la puerta abierta. Luego observó la expresión de la monja—. ¿No os sorprende?

La mujer cerró el libro con cuidado y se puso en pie.

—Lo he visto muchas veces. La proximidad de la muerte nos abre los ojos espirituales.

Raoul vio la fe y serenidad resplandecientes en su rostro y la envidió. Sor Blanche entró de nuevo en la habitación del enfermo. Frotándose los ojos cansados y la barba de pocos días, Raoul se dejó caer pesadamente en la silla que antes ocupaba la monja y fijó la vista en la puerta que tenía de­lante y que daba al exterior. Estaba protegida por una rústica cortina para evitar las corrientes de aire. En la:pared contigua había una percha de la que colgaba una capa y, debajo, un montón de cestos de mimbre y un par de viejos zuecos: los enseres habituales de una vida campesina corriente, que más le parecían ahora sacados de un libro de cuentos que de la realidad. Porque ésta la componían los dolores y sufrimientos de su cuerpo sucio y fatigado, la sangre seca que manchaba sus ropas y cota, el grito terrible de una pesadilla infantil mientras avanzaban hacia Narbona, dando tumbos en la carreta tirada por los bueyes sobre el camino pedregoso sólo iluminado por las estrellas…, su padre muribundo.

Oía murmurar a la hermana Blanche, pero apenas si percibía la voz de su padre, tan débil ya. La cortina de la puerta exterior atrajo la atención de Raoul porque, aunque no notaba ni una pizca de aire en su cuerpo sudado y pegajoso, el tejido se agitaba como por efecto de una corriente. De pron­to, la puerta se abrió. Al joven se le cortó la respiración, y se agarró aterro­rizado a los bordes del asiento, porque la puerta que se había abierto y la cortina que se levantaba estaban superpuestas a otra que seguía cerrada y a una cortina que colgaba inmóvil hasta el suelo.

–¡Caramba! –gruñó mientras una luz empezaba a temblar alrededor.

Quería levantarse de la silla y correr, pero aquel resplandor lo paraliza­ba. Ahora sí sentía una poderosa corriente de aire, que azotaba su cara y le alborotaba el cabello.

Entonces la vio allí, envuelta en una aureola de luz; la mujer que apare­cía en sus sueños, con la melena negra ondulándose al viento, lo miraba fi­jamente a los ojos con los suyos de diamante. Raoul se reclinó contra el res­paldo rígido de la silla, buscando el apoyo de la madera. Ella vestía una tú­nica blanca y alrededor del cuello llevaba un cordón rojo del que pendía un medallón. Sus cabellos flotaban en el aire. Podía distinguir cada uno de ellos, y hubiera podido tocarlos de no ser porque el temor lo inmovilizaba. La mujer le clavó la mirada, que penetró en su interior como un fuego he­lado. Raoul gritó al sentirlo en sus entrañas, pero el chillido resonó en su cabeza, sin llegar a emitirlo.

–Te asustas sin motivo, Raoul de Montvallant –la oyó decir; su voz, en contraste con su apariencia, era amable y corriente.

–¿Quién eres? –susurró Raoul–. ¿Cómo sabes mi nombre?

–Nos hemos visto antes…, en tu boda. Entonces me dijiste cómo te lla­mabas. ¿Es posible que no lo recuerdes?

Raoul gimió y cerró los ojos, empezando a creer que se estaba volvien­do loco. Luego, como continuaba viendo el resplandor de luz a través de los párpados, se los cubrió con las manos.

–No es tu imaginación –siguió ella con tono casi divertido, mientras que él, puesto que se protegía los ojos con las manos, no podía emplearlas para taparse los oídos–. Algún día lo comprenderás.

Raoul se llevó las manos a la boca.

–¿Por qué me atormentas? –preguntó a través de sus dedos. Era hermo­sa y sobrenatural, como una diosa. ¿Tenían lunares las diosas? Porque había uno en su mejilla, que resaltaba la pureza de sus rasgos.

–Porque te he elegido –respondió–. Al enterarnos de ro ocurrido en Béziers, tenía que buscarte para cerciorarme de que estabas a salvo.

Sus palabras tenían tan poco sentido para él como su repentina apa­rición.

–Elegido… ¿para qué? –balbució–. No lo comprendo.

–Lo sabrás a su debido tiempo… –Miró más allá de él, hacia la habita­ción del enfermo donde la hermana Blanche estaba inclinada sobre la cama–.Tu padre se ha unido a la luz. –Su voz sonaba compasiva ahora.Ten­dió la mano. Raoul no sintió ningún roce en el rostro, pero fue consciente del flujo de su fuerza, que como un hormigueo le devolvió el equilibrio y la energía–. La próxima vez que nos encontremos, será en persona –la oyó decir al tiempo que retiraba la mano.

La puerta imaginaria se cerró y se fundió con la real mientras la mu­chacha desaparecía. En el aire quedó un lechoso residuo de luz. Raoul tra­gó saliva. Tenía la garganta reseca. Necesitaba con urgencia beber algo…, preferiblemente un vino añejo de Gascuña… ¿Tendrían las monjas cátaras semejante bebida en su convento, o lo considerarían pecaminoso? Se puso en pie. Aunque sus miembros estaban aún fríos y temblorosos, la fatiga ha­bía cesado de abrumar sus ojos y ya no sentía los párpados como plomos que hubieran de ser movidos por un cuerpo también plúmbeo.

Cuando entró en el dormitorio sabía lo que iba a encontrar, incluso an­tes de que la hermana Blanche se volviera hacia él, y no le extrañó ver que Berenguer, en la muerte, estaba sonriendo.

Bridget avanzó en silencio entre las hileras de jergones extendidos en la hospedería del preceptorio, iluminada por la luna. Siempre la sorprendía verse a sí misma tumbada mientras su cuerpo se recuperaba con el sueño y su doble etéreo vagaba por donde quería. Era un arte que le había enseña­do su madre, la sacerdotisa, pero al que prefería no recurrir con demasiada frecuencia. Era como despojarse de la piel e intentar luego ponérsela de nuevo…, para descubrir que era rugosa e incómoda, y que no se sentía a gusto en ella hasta que trascurrían varias horas y se familiarizaba con su sen­sación.

Bridget retornó a su cuerpo. Sintió una sacudida cuando el espíritu y la carne se reunieron y, de pronto, se vio aprisionada por el armazón de los huesos, envuelta en el capullo de unos músculos y una piel tibios, palpitan­tes. Al apoyar las manos en la áspera sábana de lino, notó las pajas del col­chón que tenía debajo. Se agitó y dio media vuelta en el lecho, con la men­te llena de la imagen de Raoul de Montvallant y su cuerpo como un cáliz vacío a la espera de ser colmado.

De cara a los postigos, aguardó la llegada del alba.

CAPÍTULO 12

Montvallant, julio de 1209

EL BUHONERO exclamó: aquí, mi señora, tengo una piedra del águila llegada directamente de Catay, un talismán para mitigar los dolores del parto. Con un destello astuto en los ojos, el vendedor dejó que las mujeres examinaran la piedra marrón en forma de huevo. La punta del óvalo estaba engastada en cuatro garras doradas de águila, a las cuales se había soldado una anilla, que llevaba ensartada una cinta de terciopelo para que la pieza se atara a la muñeca en caso de necesidad.

Beatrice la tomó y la observó con curiosidad.

–Le pedí a Berenguer una de éstas cuando estaba embarazada de Raoul –le explicó a Claire– pero ya sabes cómo son los hombres; lo olvidó. Cuan­do por fin lo recordó, ya era demasiado tarde. Raoul nació antes de tiempo y el parto fue tan rápido que no dio lugar a recurrir a piedras del águila ni a ninguna cosa.

Con la vista empañada, Beatrice pasó la baratija a Claire. Las lágrimas que asomaban a sus ojos no eran tanto por el recuerdo del nacimiento de Raoul como por los de haberle visto crecer y cambiar. Del bebé desvalido al chiquillo rubio y curioso que comenzaba a andar; del niño risueño al adolescente larguirucho e indeciso; del joven despreocupado al marido y guerrero… Beatrice no se había limitado a observar, sino que había influido en esos cambios… ¿Y si todo había sido en vano? ¿Y si su hijo encontraba la muerte en esa terrible contienda, junto con Berenguer?

–¿Cuánto pedís por esto? –preguntó Claire.

El buhonero dijo una cantidad exorbitante porque, repitió, la piedra ha­bía recorrido la ruta de la seda directamente desde Catay, la tierra donde los dragones campaban todavía a sus anchas. Se explayó en el tema. El relato era entretenido, y Beatrice y Claire tenían gran necesidad de distraerse de sus preocupaciones. Claire ofreció menos de un tercio de lo que el hombre ha­bía pedido, mientras daba vueltas a la piedra en la palma de la mano. Era fría y suave, agradable al tacto, y su centro centelleaba con pequeñas partículas de oro.

Estaba en el sexto mes de embarazo y desde hacía unas semanas notaba los movimientos del niño en su seno; pequeñas sacudidas al principio, que se intensificaban de día en día. Había tenido que confeccionar nuevas ropas para acomodar su gravidez y, como el pájaro que anida, reunía poco a poco todo lo necesario para el alumbramiento y la maternidad, preparándose para el parto. Debería haber sido un período de esperanza y placer, después de que los mareos y la fatiga de los primeros meses hubieran dado paso a la profunda serenidad de la espera.

A veces, mientras cosía pañales en el dormitorio que compartían ella y Raoul, se sentía inundada de esa serenidad. Imaginaba al niño, diminuto y desamparado en sus brazos…, unas veces con los ojos azules y brillantes de Raoul, otras de color castaño, como los suyos; un niño, una niña…, rubio, moreno… Pero en seguida el temor reventaba la frágil burbuja en que se protegía y las incertidumbres imponían un giro nuevo y preocupante. ¿Es­taría Raoul en casa para el parto? ¿Regresaría alguna vez al hogar? ¿Qué les depararía el futuro de ambos? Sabía que una mujer embarazada debía fo­mentar los pensamientos buenos y apacibles, y evitar los disgustos, si quería dar a luz a un niño sano y bien formado… Pero… ¿qué podía hacer, si vivía permanentemente en el filo de la navaja?

Habían recibido algunas cartas esporádicas de Raoul y de Berenguer, que hablaban de las banalidades cotidianas sin referirse a otros hechos más crudos. Ella y Beatrice habían deducido de ello que, o bien no había nada que contar o, lo que era más inquietante, que los hombres prescindían de los detalles para ahorrarles preocupaciones…, sin otro resultado que inquie­tarlas más aún. Habían oído rumores de combates entre el ejército del norte y las fuerzas del conde de Trenceval, aunque la información carecía de toda fiabilidad por proceder de hombres como aquel vendedor ambulante. La última noticia que les había llegado era que los cruzados marchaban contra Béziers, y no sabían nada más desde entonces.Ahora Claire se sobresaltó al advertir que el buhonero la miraba expectante.

–Perdón…, ¿qué decíais?

–Que de verdad no puedo venderos esta piedra del águila por menos de ocho raimundos de plata, señora.

¿Era un buen precio? No tenía ni idea, así que miró a Beatrice.

–¡Seis, ni uno más! –dijo su suegra brusca y tajantemente–. ¡Yo no creo en dragones!

Al vendedor se le ocurrió que, después de tratar con ella, él sí iba a creer en la existencia de tales fieras, pero se cuidó mucho de decirlo y, con un sus­piro exagerado, abrió los brazos.

–¿Qué puedo hacer, pobre de mí? Hay un largo camino hasta Tolosa y, mientras tanto, tendré que alimentarme… Os lleváis una ganga, mi señora.

–¡Una baratija, lo sabéis muy bien! –replicó Beatrice–. Pero, en atención a vuestra fértil inventiva, podéis pasar aquí la noche. Mi mayordomo se en­cargará de que recibáis el dinero y os mostrará un lugar para dormir.

–Gracias, mi señora.

Aunque esperaba la invitación, no por ello le resultaba menos grata. So­lía obtener las noticias y los chismes de los sirvientes y los criados de gran­des casas como aquélla, y necesitaría una buena provisión de ambos para asegurarse de ser bien recibido cuando llegara a la siguiente fortaleza. Ade­más, ciertas personas estaban muy interesadas en determinadas informacio­nes que él pudiera suministrarles y se las pagarían no en raimundos de pla­ta, sino en bezantes de buen oro de ley.

Claire se volvió hacia las escaleras de la torre con la intención de ir a guardar la piedra del águila en su cofre, pero no había dado más de dos pa­sos cuando se detuvo y miró de soslayo hacia la entrada del salón. El cora­zón le dio un vuelco y empezó a latir con violencia.

–¡Raoul!

Alzándose el borde de la falda, y haciendo caso omiso de cuantos con­sejos le había dado Beatrice acerca de la delicadeza de su estado, cruzó a toda velocidad la estancia y se arrojó en los brazos de su esposo, acercando su cabeza a la suya, besándole, llorando… Los brazos de Raoul la estrecha­ron, pero escondió el rostro entre su mejilla y su toca. Claire lo notó es­tremecerse, le oyó pronunciar su nombre entre sollozos y, cuando la soltó y pudo verle la cara, su expresión la aterrorizó. Pensó de pronto que esta­ba contemplando la apariencia que tendría su semblante en la ancianidad, una visión espantosa del futuro…, en alguien que todavía no había cum­plido los veintitrés años. Con las yemas de los dedos tocó unos hilos rotos en el tejido de su capa y vio que la cruz de cruzado que ella le había cosi­do de tan mala gana había sido arrancada dejando una marca en el tercio­pelo dorado.

Raoul tragó saliva y la apartó con suavidad de sí, con la atención pues­ta en su madre, que observaba a los caballeros que iban entrando en el sa­lón en una búsqueda cada vez más desesperada. Claire se llevó la mano a la boca al comprender lo que anunciaba aquella expresión en los ojos de Raoul.

–¡No! –murmuró–. ¡Oh, Dios mío, no!

—¿Dónde está tu padre? —preguntó Beatrice volviéndose hacia él con una compostura tan rígida que parecía quebradiza y en la que Claire casi podía ver los diminutos añicos en que se rompía.

—Mamá… —Raoul se acercó a ella, con la mano extendida.

Pero Beatrice ignoró el gesto porque acababan de entrar en el salón unos caballeros que transportaban una litera cubierta por un paño mortuorio. La mujer los miraba paralizada, con los ojos cada vez más abiertos.

—¡No…, no puede ser!

Sus labios apenas se movían. Mientras los caballeros avanzaban por el sa­lón, empezó a retroceder y a sacudir violentamente la cabeza.

—¡No, no, no!

El sonido se transformó en un continuo lamento, una barrera contra la aceptación. Antes de que Raoul pudiera alcanzarla y acabar con su incre­dulidad, se recogió la falda y huyó hacia las escaleras del torreón.

Claire se mordió el labio y miró a su suegra y su esposo, preguntándo­se quién de los dos necesitaría más su inmediato consuelo.Tras un instante de vacilación, corrió en pos de Beatrice.

Raoul se enjugó la cara y se volvió hacia los caballeros que rehuían su mirada.

—Llevad al señor Berenguer a la capilla —dijo con cansancio e, irguién­dose, fue detrás de las mujeres. Cuanto más huyes de la muerte, más rápido te alcanza.

CAPÍTULO 13

Montvallant, otoño de 1209

HACÍA MUCHO CALOR, y la tormenta estaba demasiado lejos para re-frescar el ambiente. Hasta la piedra de los gruesos muros de Mont­vallant rezumaba el último resto de humedad. Las hojas de las or­tigas, hayas y plátanos se marchitaban bajo un cielo tan azul y duro como una piedra preciosa, y el aire estaba tan inmóvil que incluso una respiración jadeante lo agitaba.

Raoul estaba tendido en la cama de su dormitorio. No era la misma ha­bitación que en un tiempo había compartido con Claire. Aquélla la tenía prohibida, y así había sido durante el último mes, mientras se aproximaba el día del parto. Ahora Claire se había encerrado con sus doncellas, la madre de Raoul y las parteras, y con toda la parafernalia ritual: montones de paña­les, las piedras del águila, miel, sal… De lo único que había prescindido para su encierro era de él, y sospechaba que la exclusión era deliberada.

Contempló el trozo de cielo enmarcado por el arco de la estrecha ven­tana, azul, sólido, opaco. ¿Qué había ocurrido con las promesas pronuncia­das por ambos ante el altar? Recordaba el día de su boda, lo encantadora que estaba Claire y lo mucho que la había deseado. Pero incluso aquel recuerdo aparecía empañado por lo ocurrido con el padre Otho. El paraíso se venía abajo. Los cátaros creían que el infierno estaba aquí mismo, que la tierra era una jaula que retenía atrapado al espíritu. Raoul empezaba a saber lo que era sentirse prisionero y casi envidiaba a los cátaros la tranquila firmeza de sus convicciones y la alegría que obviamente brotaba de ellas.

Se movió en la cama impaciente, nervioso por el rumbo que tomaban sus pensamientos y por el calor bochornoso. Quizá todo sería más fácil después de que naciese el niño. Tal vez una nueva vida cerraría la brecha abierta por la muerte del padre… O tal vez era un iluso que ambicionaba la luna.

Los tres meses transcurridos desde la matanza de Béziers habían sido muy difíciles. Su madre no había podido sobrellevar la muerte de Berenguer y se había encerrado en sí misma: el dolor la devoraba por dentro y la había convertido en una mujer frágil, un cascarón incapaz de resistir los gol­pes de la vida diaria. Últimamente se vestía con el sencillo atavío azul del creyente cátaro y se entregaba cada vez más a la lectura de libros en lengua vernácula, que Geralda de Lavaur le proporcionaba. Isabelle y Claire, alivia­das al ver que se interesaba por algo más que la efigie colocada en la tumba de Berenguer, la habían alentado en su devoción, lo que a su vez había en­fervorizado más aún a las dos. En otras palabras: su mujer y su familia se ha­bían refugiado en su propio santuario secreto, dándole con la puerta en las narices. ¿Acaso no veían que él también estaba afligido?

Su pecho subía y bajaba bajo su camisa húmeda de sudor. Cerró los ojos y deseó que apareciera la otra mujer. Se presentaba a veces como una som­bra fugaz en sus sueños, y entonces podía sentir su mirada, el roce de sus ca­bellos, la leve caricia de sus manos y de su espíritu al pasar sobre él como las suaves puntas de unas alas. Una indefinible sensación acompañaba su pre­sencia y lo dejaba siempre insatisfecho por su brevedad. Sus visitas eran im­predecibles. se producían muy de cuando en cuando, y aunque lo conforta­ban, le resultaban también turbadoras..

Últimamente, apartado del lecho matrimonial, había empezado a fanta­sear con algo más que sus ojos y sus cabellos. En ocasiones se sorprendía imaginando que sus manos acariciaban otras partes más íntimas del cuerpo femenino, que su boca se apretaba contra la de ella… En una ocasión, de­sesperado, casi fuera de sí, había vuelto a visitar uno de los viejos tugurios de Tolosa. La coima se había mostrado experimentada y astutamente diver­tida. Los hombres jóvenes con esposas en las últimas semanas de embarazo eran clientes habituales de las maisons lupanardes de las que nueve meses an­tes habían abjurado. Desahogado, pero no satisfecho, Raoul no había vuel­to a aparecer por allí.

Tras la toma de Béziers, la guerra había continuado contra las tierras de Trenceval. Carcasona había caído después de un breve asedio y de que sus pozos se hubieran secado con el calor de verano. Esta vez habían per­donado la vida a los habitantes, tanto a cátaros como a católicos, aunque los vencedores los desposeyeron de sus bienes y haciendas. Roger Trence-val había sido hecho prisionero y ahora languidecía en una celda malsana y húmeda a merced de Simón de Montfort, dejando heredero a un niño de dos años.

Narbona no sufrió el ataque gracias a las severas persecuciones que se habían organizado contra sus propios herejes y de las que no se libraron las religiosas que Raoul y Berenger habían rescatado de Béziers.Todas habían muerto en la hoguera, condenadas por sus creencias. La noche en que Raoul visitó el burdel se había enterado horas antes de lo sucedido en Narbona y, después de que la mujer terminara con él, se emborrachó hasta perder la conciencia, pero por la mañana, al despertar, el recuerdo de todo seguía grabado en su mente. Pensaba que su infancia había muerto en Béziers, pero se equivocaba: murió un amanecer gris, en el colchón hundido de un lupanar de Tolosa, con la jarra de vino vacía y volcada en el suelo.

Raoul miró al otro lado de la habitación, hacia los destellos de su cota de malla colgada en el perchero, el brillo de los remaches restregados a con­ciencia en un barril de arena y vinagre. Su espada estaba apoyada contra la pared, con el tahalí enrollado alrededor de la vaina. Tristes compañeros… Ahora practicaba a diario en la palestra, ejercitando músculos que antes no sabía ni que existieran. Diariamente iba a hacer la ronda a caballo e inspec­cionaba las fortificaciones del castillo por si había indicios de algún punto débil. A veces le embargaba un sentimiento de inutilidad. En otras ocasio­nes, la ira era más fuerte y le hervía de forma tan violenta que ya no se re­conocía a sí mismo; cuando después se mitigaba, dejaba en él un poso cada vez mayor de autoconocimiento, al que se aferraba como lo haría a una ta­bla el náufrago arrojado a una costa extranjera.

Incorporándose, se quitó la camisa húmeda, la enrolló y la usó para se­carse el cuerpo sudoroso. Posó otra vez la vista en la espada, con su irregu­lar pomo de bronce y la empuñadura encintada con cordones de seda roja y amarilla. La forma y los colores vibraban y, de repente, la pared de detrás desapareció en un vacío blanco.A un lado, la cota de malla se agitaba tam­bién, lamida por lenguas de fuego plateado. Se le hizo un nudo en el estó­mago, contuvo la respiración y se quedó inmóvil, incapaz de apartar la vis­ta con el regusto del miedo en la boca.

Una voz sonó clara y familiar en sus oídos:

—Se acercan los exterminadores. Estáte alerta.

Por un instante, como una imagen en un espejo distorsionado, vio en el pomo de la espada un viñedo y hombres a caballo, enzarzados en combate. Luego, tan de repente como había surgido, la visión desapareció y el aire re­cuperó la calma. Se dio cuenta de que tenía los ojos empañados por el es­fuerzo de concentrar la vista, y un fuerte dolor en el pecho le recordó que debía respirar… Desde fuera le llegaban los gritos de un mozo de cuadra irri­tado y la réplica descarada de su aprendiz, pero no era posible confundidos con la voz que le había susurrado al oído. Alguien le había señalado su cota de malla y la espada, y le había advertido.

Tras ponerse apresuradamente la arrugada camisa, fue al umbral y recla­mó la presencia de su escudero.

Llamó a la puerta de la habitación de Claire, e Isabelle, su doncella, le abrió cautamente. La joven quedó asombrada al verlo armado de pies a ca­beza y notar el sudor que oscurecía sus cabellos rojizos junto al reborde de la cota de malla. Dos comadronas y varias mujeres, de las que sólo sabía que eran cátaras protegidas por Geralda y recién llegadas a Montvallant, le ob­servaron con una mezcla de curiosidad y temor, ya que el hecho de que el señor del castillo entrara en aquella habitación pertrechado con sus armas denotaba la existencia de problemas demasiado cercanos a su nuevo refugio.

Raoul entró en el dormitorio. Claire estaba sentada junto a una es­trecha ventana arqueada buscando el aire que se filtraba a través de los pos­tigos abiertos. No llevaba puesto velo ni griñón y se había recogido las tren­zas en un moño para refrescarse la nuca. Al ver a Raoul, se levantó con un ligero grito de asombro y cerró el libro que estaba leyendo.

–¿Por qué te has puesto la armadura? ¿Qué ocurre?

–Sospecho que hay problemas en nuestras tierras… Una incursión de las tropas del norte.

–¿Lo sospechas? –Su madre, ocupada en guardar ropa en un arcón, dejó lo que estaba haciendo y le miró–. ¿Has tenido alguna noticia de las patru­llas de vigilancia?

–No, madre, es… –Se encogió de hombros–. Es un presentimiento, nada más. Pero lo sé. –El mismo se dio cuenta de lo poco convincentes que eran sus palabras.

–Ya lo veo –dijo su madre con un tono que indicaba que no lo enten­día en absoluto. Toda su ira por la pérdida del padre, todo su dolor e insegu­ridad los descargaba sobre él porque aún estaba vivo y podía culparlo.

Claire le miró con inquietud y apoyó una mano indecisa en su brazo.

–Ten cuidado, Raoul.

Advirtió la mueca de dolor de Claire al tocar los fríos remaches de ace­ro e, incapaz de sostener su mirada, la atrajo rápidamente hacia sí y escon­dió el rostro en su cuello. La joven se había perfumado la piel con lavándu­la y la tenía increíblemente suave. Raoul sintió en sus labios los violentos la­tidos de su pulso y oyó su respiración agitada cuando ella, a su vez, le abrazó. Con un suspiro entrecortado, se soltó del abrazo.

–Ten cuidado tú también –dijo, y apoyó levemente una mano en el abultado vientre.

Las lágrimas brillaron entre las pestañas de Claire, pero se mantuvo fir­me. Como espoleados por el roce, las bandas de músculos que soportaban el útero se contrajeron dolorosamente. Raoul la besó en la mejilla, sin atre­verse a mirarla a los ojos, y se apartó. Claire le vio marcharse con el cuello tenso y la espalda dolorida porque intentaba mantenerse erguida. Quiso gri­tar su nombre, rogarle que volviera la cabeza, pero el grito permaneció en­cerrado en su garganta.

La sombra compacta del hayedo dio paso pronto a las dispersas de los retorcidos olivos, los cipreses oscuros y las encinas, a medida que la tropa de Raoul se alejaba del castillo, de sus viñedos ya vendimiados y de los campos de cebada, en dirección al este, tras los pasos de la patrulla matutina manda­da por Roland. A su paso, los cascos de los corceles desmenuzaban y hun­dían entre la hierba mordisqueada los excrementos secos de las ovejas. La fragancia del tomillo y la mejorana aplastados perfumaba el aire. Margari­tas y rosadas jaboneras salpicaban de color las grietas. El ambiente era bo­chornoso.

–¿Estáis seguro de que hemos tomado el camino correcto, señor? –pre­guntó Giles poniendo su caballo a la altura del de Raoul–. ¿No sería mejor avanzar hacia el norte?

Raoul lo miró con los ojos entrecerrados, y al principio no respondió, concentrado en llevar a Fauvel por un terreno cada vez más agreste. Más arriba, por encima del sendero que seguían, unas cuevas quedaban ocultas a la vista; sabía que estaban habitadas ahora por un grupo de cátaros itine­rantes.

–¿Crees en las premoniciones? –preguntó con brusquedad. El caballero le observó sobresaltado.

–Nunca he pensado en ello –refunfuñó y se secó el rostro sudoroso con el puño de su gambesón. Después de una breve vacilación añadió–: ¿Por qué lo preguntáis?

–He escuchado una voz en mis oídos y he visto que atacaban a Ro­land –explicó Raoul con tono inexpresivo porque no se atrevía a delatar su emoción.

–¿Cuándo?

–Justo antes de que os llamara a ti y a los hombres.

Giles masculló una imprecación. De haber sido un perro, el pelo se le habría erizado.

–A veces los escuderos se asustan tontamente unos a otros explicándo­se historias como ésta después del toque de queda –comentó contrayen­do la boca en un rictus de intranquila desaprobación.

Raoul se mordió el labio inferior. Ahora que había empezado no podía parar, aunque Giles no quisiera escucharle.

—Al principio, cuando comenzó a revelarme cosas, pensé que me estaba volviendo loco, pero después se hicieron realidad. En mi noche de bodas se me apareció en sueños y me mostró Béziers devorada por las llamas. La vi otra vez cuando mi padre estaba muriéndose, sólo que entonces me hallaba bien despierto…, y ella me tocó.

—¿Ella?

—Nunca antes había visto unos ojos tan irresistibles ni que cambiasen de color tan rápidamente, y despide un resplandor como si estuviera llena de luz.

A pesar del calor abrasador de la tarde, Giles se estremeció. Quiso bur­larse de las palabras de Raoul, restarles importancia, como las fantasías de un muchacho que ha oído muchos cuentos de trovadores, pero había algo en la expresión de Raoul que se lo impidió. Por otra parte, la Iglesia prevenía contra mujeres en las que se encarnaba el demonio y que chupaban el alma de los hombres mientras dormían.

—Deberíais hablar con un cura —sugirió mirándole de reojo. Raoul torció la boca con desprecio.

—¡Prefiero continuar poseído a permitir que uno de esos cuervos hun­da sus garras en mi alma!

—O con algún cátaro, si no.

Raoul hizo una mueca y un gesto de irritación.

—Déjalo —dijo—. No lo comprendes.

Durante los siguiente diez minutos cabalgaron en un incómodo silen­cio, hasta que finalmente se detuvieron en una bifurcación del camino. El de la izquierda subía hasta las cuevas, convirtiéndose en poco más que un camino de cabras para desaparecer antes de llegar a la cima. El de la derecha descencía hasta el valle, que era habitualmente un tranquilo paraje de viñe­dos y campos de cultivo, regado por un riachuelo que serpenteaba entre las colinas para desembocar en elTarn. Hoy rompían la quietud los destellos de las armaduras y el entrechocar de espadas, mientras que la patrulla de Ro­land, inferior en número, luchaba para rechazar un nutrido destacamento de caballeros y soldados.

Giles miró de reojo a Raoul y se estremeció visiblemente.

—¡Dios mío! —murmuró e hizo la señal contra el diablo.

Raoul se cubrió la cabeza con la cofia de la cota, la anudó y en segui­da se caló el yelmo. Se le revolvía el estómago, pero la sensación no era tan intensa como en otras ocasiones. La experiencia era como otro filo cortante en la hoja de su espada, y la ira como el bruñido del acero. Pero la es­pada no sería su primera arma; cargarían con los caballos, arremetiendo contra el adversario con el ímpetu de sus lanzas de fresno de tres metros y medio.

Raoul agarró la lanza y la apoyó sobre su pierna y las crines color cas­taño de Fauvel. Clavó las rodillas en los costados del animal y lo espoleó. –¿Por Béziers! –rugió, y embistió al enemigo.

La fuerza del ataque cayó sobre el grueso de los combatientes y los dispersó. El hombre que Raoul había elegido como objetivo de su aco­metida había caído de la silla de montar y se desangraba a través de la cota de malla como un ave en el espetón. Raoul tiró para liberar la punta de su lanza y la blandió contra un jinete que se acercaba a él por la derecha. El adversario rechazó con el escudo la punta ensangrentada y, con un golpe de su espada, se la partió. Raoul aguijó a su corcel, que estaba ba­ñado en sudor. Los dos, caballos piafaron y se encabritaron, entrechocan­do las herraduras de sus cascos delanteros. Raoul arrojó la lanza rota y desenvainó la espada. Hizo corvetear a Fauvel, asestó un golpe, maniobró para descargar otro y, tras un nuevo giro, encontró finalmente un hueco y logró hundir el acero en el brazo con que su contrincante sostenía el escudo, hasta el mismo hueso. El caballero intentó escapar, pero Raoul fue tras él y, alzándose sobre los estribos, le dio muerte con un tremendo mandoble en la espalda. El hombre se desplomó sobre el pomo del arma y cayó de lado, mientras le brotaba sangre de la boca. Su caballo, aterro­rizado, se desbocó.

Obligando a dar la vuelta a Fauvel, Raoul examinó el campo de batalla. En la orilla opuesta del arroyo, entre los rastrojos de cebada, tres jinetes ene­migos tenían rodeado a Roland. Chasqueó las riendas contra el cuello de Fauvel y le golpeó en la grupa. Al punto cruzaron de un salto el arroyo y al momento se hallaron en medio de otro combate. Raoul blandió el acero. Su adversario, un hombre maduro que parecía experto en combates, dete­nía y devolvía los golpes con una fuerza enorme. El joven sintió que su pro­pio brazo flaqueaba ante semejante guerrero, que le atacaba sin cesar. Las pezuñas de los corceles levantaban nubes de tierra y paja que convertían el aire en una polvareda asfixiante. Desesperadamente, Raoul guió a Fauvel • con los muslos. El caballo se liberó de súbito, y el golpe que debería haber cortado el brazo derecho de su jinete a la altura del hombro fue asestado en el aire.

Aprovechando que el caballero se tambaleaba al haber errado el golpe, Raoul se lanzó de nuevo al ataque y descargó dos estocadas rápidas, pero ninguna hirió al otro de gravedad. A su espalda, oyó gritar a Roland justo en el instante en que el acero de su enemigo logró burlar su guardia. La vis­ta le latía con luces rojas y negras mientras redoblaba sus esfuerzos. Pero la suerte estaba de su parte. El otro era lo suficientemente fuerte para resistir más que él, pero no así su montura. Fauvel era un semental joven, que aún tenía que alcanzar la flor de la edad; el otro era más viejo y la marcha de va­rios días había minado sus fuerzas. El animal tropezó ante la violenta arre­metida, y el caballero cayó de la silla, incapaz de protegerse de los golpes que le propinaba el brazo cansado de Raoul.

Espoleando a Fauvel, Raoul se volvió hacia el segundo caballero. Sentía dolorido y ardiente el brazo con que empuñaba el arma y el escudo le pe­saba como si fuera de plomo, pero sabía que estaba más fresco que sus ad­versarios.Aunque el filo de la hoja empezaba a embotarse, aprovechó el án­gulo del ataque para golpear al caballero que tenía más cerca en la base de la columna vertebral. El mandoble no le atravesó la cota de malla, pero el hombre recibió un golpe tan fuerte en los riñones que prorrumpió en un grito y arqueó la espalda con un dolor atroz, momento que Raoul aprove­chó para acercarse a él y rematarlo.

El sudor le cegaba los ojos. El pulso le zumbaba en los oídos y le mar­tilleaba en la garganta seca. Jadeaba ansioso de aire, pero sin poder respirar con suficiente rapidez para satisfacer sus pulmones; aun así no se atrevió a tomarse un descanso. Quedaba otro caballero que combatir y Roland se tambaleaba en su silla de montar.

Después —jamás recordaría cómo—, logró sacar fuerzas de flaqueza para salvar la vida de Roland. Cuando recobró la conciencia, se hallaba de pie entre las mieses aplastadas del campo de cebada, sosteniendo en la mano la espada desnuda y manchada de sangre, con su capa salpicada de cuajarones rojos y el yelmo caído a sus pies. Fauvel, cuyo pelaje castaño rojizo estaba empapado en sudor, abrevaba en el arroyo con los demás ca­ballos. Los muertos aparecían desparramados por todo el campo, entre ellos varios de los hombres de Montvallant. Sintió que la tristeza y la fa­tiga ahondaban en él, devolviéndole el dolor de los cortes y las heridas. Un soldado yacía junto a él, y la cruz de seda roja en su pecho reflejaba la luz del sol.

Más allá, en el campo, dos de sus hombres habían hecho un prisionero. Raoul tragó saliva, pero tenía la boca tan seca que se atragantó. Se acercó dando tumbos al riachuelo. Para poder beber tenía que dejar la espada. El estado de su arma le revolvió el estómago, pero se obligó a limpiarla en los matorrales antes de envainarla. En Béziers había visto a los hombres reírse y competir por ver quién conseguía exhibir unas armas y unas ropas más ensangrentadas. En Béziers el acero chorreando sangre había sido símbolo de honor, de valentía y de fraternidad.

Tras echarse hacia atrás la parte superior de la cota y hundir las manos en el agua límpida, se lavó el rostro ardiente y los cabellos empapados por el sudor. Luego bebió despacio varios sorbos, imponiéndose moderación. El agua llegó a su estómago y la sintió en él como un peso fresco. Se secó la boca, cogió las riendas de Fauvel y cruzó el campo hacia donde se hallaba el prisionero.

Quienes lo habían apresado parecían muy satisfechos, y con razón. Era obviamente un noble, por el que se podría pedir un rescate cuantioso…, lo suficiente para asegurar el porvenir de dos simples soldados.

Irguiendo su cuerpo, Raoul se olvidó de sus pequeñas heridas para de­sempeñar el papel de capitán vencedor en la batalla y tratar como tal al de­rrotado.

–Ya conocéis las normas y compromisos del rescate, así que no perdamos el tiempo –dijo secamente–. Quiero saber quién sois, de dónde venís y por qué habéis invadido mis tierras.

El caballero lucía barba y un gran bigote gris para compensar la escasez de pelo sobre su cabeza.

–Soy el señor Giroi de Saint Nicolas, al mando de una patrulla de reco­nocimiento perteneciente al ejército de Borgoña –respondió alzando la ca­beza orgulloso. Era evidente que le disgustaba admitir la derrota y rendirse a un hombre mucho más joven que él, así como que temía por su suerte; de ahí que aludiera a su vinculación con el ejército borgoñón.

–¿Y con qué derecho tratáis de saquear mis tierras y atacáis a mis hom­bres? –preguntó Raoul sin inmutarse–. Soy vasallo del conde Raimundo de Tolosa, no de Trenceval.

–Estáis en la relación de los nobles rebeldes del sur elaborada por el se­ñor Simón de Montfort. Se dice que en Béziers os convertisteis en un trai­dor, que ayudasteis a escapar a algunos herejes y que, para ello, disteis muer­te a miembros del ejército cristiano.

Raoul apretó los labios.

–¿A cuántos cátaros permitió el de Montfort salir libremente de Carca­sona a cambio de dinero y propiedades? –inquirió con frialdad–. Más de la veintena que yo rescaté, ciertamente.

Giroi de Saint Nicolas se encogió de hombros.

–Sólo repito lo que se dice de vos.

–¿Y sólo por eso habéis recorrido tanto camino para saquear mis tierras? –Raoul arqueó una ceja incrédulo. Giroi no llevaba suficientes hom­bres con él para constituir la avanzadilla de un destacamento de asedio y a duras penas podía concebir que el conde de Borgoña atacara una pequeña población cuino Montvallant cuando quedaban por conquistar grandes ciudades–. ¿Pensáis que Montvallant merece tanta atención?

–Nos dirigimos hacia el norte y tan sólo queríamos provisiones.

–¿Hacia el norte?

–Siempre hemos dado por descontado que nuestro conde volvería a casa en cuanto los cátaros hubieran aprendido la lección –dijo Giroi algo a la defensiva.

–Y la han aprendido, ciertamente –murmuró Raoul, que sin embargo tenía la mente en otra cosa: en la interesantísima noticia de que el de Bor­goña se disponía a abandonar el campo de batalla. Ya había empezado la re­tirada. El gran ejército del norte regresaba a casa para la estación fría, dejan­do al de Montfort que se las arreglara allí solo.

–De Montfort está preparado para el invierno. No conseguiréis nada al­zando la espada contra él –observó el caballero del norte como si le hubie­ra leído el pensamiento.

–¡Oh, conozco muy bien al señor de Montfort…! –replicó Raoul fría­mente mientras volvía a montar a Fauvel. Por lo que había visto de él hasta entonces, podía estar seguro de que el de Montfort habría trazado sus planes para salvar cualquier dificultad y se las apañaría para salir bien del paso fue­ra cual fuese el contingente de su ejército; pero sin duda iba a tener ciertas limitaciones. Por lo menos, el invierno daría un respiro al sur asediado…, quizá una oportunidad para reagruparse.

–Ya no es sólo el señor de Montfort –dijo Giroi de Saint Nicolas acep­tando el caballo que le ofrecían cortésmente, aunque todavía llevaba las ma­nos atadas a la espalda–. Ahora es vizconde nominal de Béziers y Carcaso­ña, y os engañáis si pensáis que Roger Trenceval volverá a ver la luz del día. Os aconsejo que firméis la paz con él antes de que sea demasiado tarde.

Raoul sintió un sabor amargo. Se inclinó sobre la silla de montar y es­cupió.

–¡La paz de la tumba! –exclamó con voz que expresaba una intensa re­pugnancia–. Ésta jamás ha sido una guerra santa…, a menos que los dioses en cuyo nombre se ha hecho sean los del Poder y las Riquezas.

Dejó al caballero borgoñón y marchó a medio galope hasta la cabeza de la columna. El cuerpo le dolía por la dureza de la batalla y su mente se había vuelto una cuchilla embotada, que aserraba las cosas que era incapaz de di-seccionar.

Cuando llegaron a Montvallant, las sombras se alargaban. En el hori­zonte, sobre Tolosa, parpadeaban relámpagos como si allí se hubiera desatado una tormenta.También el cielo se había oscurecido sobre Montvallant. Los cascos de los caballos resonaron estrepitosos en el puente, ante el rastrillo, mientras el destacamento cruzaba la muralla exterior. Los caballerizos y los soldados fuera de servicio corrieron para dar la bienvenida a los hombres. Isabelle estaba también entre ellos, sonriendo con una mezcla de alegría y tristeza, con sus creencias cátaras en lucha contra sus instintos maternales.

–Mi señor… –dijo acercándose a su estribo y levantando la vista hacia él–, tenéis un hijo.

CAPÍTULO 14

Carcasona,
invierno de 1209

SIMÓN MORDISQUEABA LA PUNTA de su pluma de ganso y unas profun- das arrugas se marcaban en su ceño. Se sentía cansado y, a pesar del manto de piel de lince que le cubría las rodillas y el forro de piel de castor de su capa, tenía frío.

Quien alabó la suavidad de los inviernos del sur era un embustero. Va­rias veces le había sorprendido la nieve; de hecho, arreciaba la ventisca cuando Albi se rindió. El Alto Languedoc era una serie de montículos en forma de panes de azúcar que se perdían en el horizonte y, de noche, los au­llidos de los lobos sonaban como lamentos de almas en pena.

No era que Simón permitiera que los lobos o el tiempo lo refrenaran. La nieve, la lluvia y el granizo eran mantos encubridores bajo los que un ejército pequeño podía moverse y sorprender a un enemigo confiado y sa­tisfecho, y él había necesitado toda la astucia de que era capaz.

Un anillo brillaba en el pulgar de la mano que extendía sobre el perga­mino para mantenerlo liso. Rogel Trenceval había muerto en prisión de di­sentería, y Simón era ahora el nuevo vizconde de Béziers y Carcasona: tí­tulo impresionante, pero tan precario en realidad que tenía la impresión de tentar la suerte cada vez que firmaba de este modo y, como desafio, estam­paba una rúbrica vigorosa.

A pesar de su ejército drásticamente mermado, había estrenado la esta­ción invernal con algunos éxitos. Limoux y Albi habían caído en sus manos, así como una constelación de poblaciones pequeñas. Sin embargo, los astu­tos nobles locales pronto habían empezado a darse cuenta de que, en reali­dad, no contaba más que con un puñado de hombres, y habían proseguido su rebelión con renovada energía. Simón se vio obligado a ceder terreno y, a pesar de no haber perdido ninguna posición estratégica, no le quedó más remedio que entregar a los sublevados varias fortalezas menores.

Contagiado por la insurrección, el conde de Foix, que al principio había apoyado la cruzada aunque de mala gana, se mostraba ahora hostil y no consentía que las tropas invernaran en su territorio. A mayor abundamiento, el rey Pedro de Aragón, teórico señor feudal de Simón, no estaba dispuesto a aceptar su homenaje ni a reconocer sus títulos. Para el rey de Aragón, el le­gítimo vizconde de Béziers y Carcasona era el hijo menor de edad de Ro­ger de Trenceval, y Simón carecía de todo derecho a él. Tal vez Simón no estuviera entre la espada y la pared, pero sí lo bastante acorralado para sen­tir que la pared no le dejaba mover libremente su brazo armado.

Contempló los leños que ardían en el hogar, encendidos por debajo como rojas ascuas y grises por encima. Era madera de peral, de una com­bustión aromática y limpia. Un par de perros alanos dormitaban delante del fuego, y Giffard, que debería de haber estado puliendo las espuelas de Si­món, se había quedado dormido con la boca abierta. Era muy tarde. El tri­ple candelero que tenía a mano estaba abultado por sólidos regueros de cera y las velas casi se habían consumido por completo. A1 inclinarse sobre el per­gamino para escribir, advirtió que la tinta se había secado en la punta de la pluma.

Con un gruñido de irritación, volvió a recortar la punta con su corta­plumas y la hundió en el tintero, decidido a terminar la carta dirigida al papa Inocencio.

Los señores que tomaron parte en la cruzada me han dejado casi rodeado de los enemigos de Jesucristo, que ocupan las montañas y colinas. No podré gobernar las tierras por más tiempo sin vuestra ayuda y la de los fieles. El país está empo­brecido por los estragos de la guerra. Los herejes han destruido o abandonado al­gunos de sus castillos pero han conservado otros que intentan defender. He de gas­tar en las tropas que permanecen a mi lado mucho más de lo que invertiría en cualquier otra guerra. Para conservar unos pocos hombres me he visto obligado a doblar sus soldadas.

Simón hizo una nueva pausa tratando de dominar la frustración que se escapaba por su pluma; tomó la jarra de vino y rellenó su copa. Luego be­bió lentamente, espaciando cada trago. Cuando se tranquilizó concluyó la carta, secó la tinta con arenilla, la lacró y la colocó en el montón de docu­mentos que aguardaban ser despachados. Hecho esto, tomó otra hoja de pergamino y se puso a escribir a su mujer. Era una carta de un jefe a su su­bordinado: enérgica, eficaz y sin sentimiento de ninguna clase; tampoco Alais, cuando la recibiera, lo echaría en falta.

Entretanto, en Narbona, en una estancia parecida, envuelto en pieles y templando sus pies con un ladrillo caliente, Arnaud-Amalric de Citeaux se hallaba también enfrascado en comunicaciones, pero de tipo verbal, y sus palabras eran considerablemente menos diplomáticas que las de Simón. La cólera brillaba en su rostro sofocado mientras conversaba con el joven frai­le que tenía delante, uno de los protegidos de Guzmán.

—No basta, hermano Bernard, con decir que se ha enfriado el rastro. —Sus gordos dedos apretaban los brazos de su silla, rematados en garras de león, como si fueran dos gargantas cataras—. Me han informado de que en sus reu­niones citan ahora un nuevo evangelio…, ¡uno tan blasfemo que preferiría cortarme la lengua a hablar de su contenido! Huelga decir que están impli­cados Chrétien de Béziers, Matthias de Antioquía… ¡y esa mujer! —Se incli­nó, con los labios apretados como pálidos gusanos sobre sus dientes fuertes Y cuadrados—. ¿Qué se supone que debo escribir a su santidad? Disponemos de más hombres, de más espías y de mayor control sobre los territorios he­rejes de cuanto hemos tenido nunca…, ¡y todavía no hemos logrado atrapar a los responsables!

—Es muy dificil, ilustrísima —dijo el joven fraile, deseando de corazón que su superior no lo hubiera enviado para ser el chivo expiatorio de las iras de Arnaud-Amalric. Bernard odiaba a los cátaros, deseaba fervientemente capturar a los cabecillas del grupo y le mortificaba la falta de resultados tan­gibles en el desempeño de su misión—. Por lo visto hay un círculo de cátaros devotos que velan para que no sean descubiertos. Los escritos que encon­tramos son invariablemente copias, y pasan de mano en mano tan furtiva­mente que su origen no tarda en ser indiscernible. —Dio unos pasos, segui­do por la siniestra mirada de Citeaux—. Dicen que la mujer tiene poderes de bruja —añadió santiguándose—, que es capaz de atravesar paredes y adivinar los pensamientos más secretos de la mente de los hombres.

—¡Poderes! —Las mejillas surcadas de venas de Citeaux se encendieron de forma alarmante—.Trucos e ilusiones para engañar a los crédulos y corrom­per sus almas. ¡Ella puede atravesar las paredes tanto como yo! Mucho ma­yor es el poder de Dios. Quiero que los atrapen. ¡Hay que apresarlos! De­cidle a Guzmán que se apresure, que se me está acabando la paciencia.

Bernard bajó la vista al suelo, pisó una baldosa decorada y con la punta del pie fue resiguiendo sus curvas de color ocre.

—Hemos oído un rumor que destaca entre todos los demás, ilustrísima… Se dice que en una ocasión los tres estuvieron refugiados con los templa­rios. No tenemos ninguna jurisdicción sobre sus preceptorías y ellos no nos darán permiso para efectuar averiguaciones, así que todos nuestros esfuerzos se estrellarán contra un muro de piedra cuando intentemos investigar en esa linea.

El rubor de cólera desapareció del rostro de Citeaux, que se reclinó contra las pieles de marmota que cubrían el respaldo de su silla, mientras se llevaba el dedo índice a los labios. Los templarios eran ricos y poderosos, con una red de comunicaciones organizada por toda Europa, y mostraban una actitud sospechosa frente a la cristiandad a la que decían servir. Aquella información constituía un atisbo de esperanza, y se la comunicaría al papa Inocencio mientras se hacían todos los esfuerzos para estrechar el cerco al­rededor de la presa.

–Puede que estéis en lo cierto –murmuró–. Sé muy bien que las difi­cultades son muchas. Como decís, los templarios son demasiado poderosos para desafiarlos abiertamente, pero podemos vigilarlos. Colocad a vuestros espías en las preceptorías más sospechosas y veamos qué conseguimos sacar a la luz. Debemos abrir una brecha en ese círculo interno. Esperaré otro in­forme de vuestro superior dentro de un mes. Ahora podéis iros. –Hizo un movimiento brusco con la rechoncha mano, adornada con un grueso anillo.

El joven fraile se retiró, agradecido por una despedida tan rápida y fu­rioso por la humillación que acababa de soportar. No podía descargar su ira con el abad de Citeaux, un sacerdote importante y poderoso, así que la tomó con los cátaros: vertió la culpa sobre ellos, los vilipendió bajo el vaho de su respiración mientras recorría el húmedo pasillo de piedra, calentán­dose el cuerpo helado con imágenes de fuego.

CAPÍTULO 15

Tolosa,
primavera de 1210

LAS CAMPANAS DE LAS IGLESIAS de Tolosa dieron las seis sobre una ciudad que despertaba al amanecer: Saint Pierre-de-Cuisines en el barrio de los curtidores, en las afueras de la ciudad; la Dorada, con sus famosos mosaicos en las orillas del Garona; la magnífica basílica de Saint Sernin en el barrio rico del burgo; Saint Cyprien en la ribera oeste, y otros muchos templos menores, que se afanaban por unirse al coro o perdían el paso y señalaban la hora sobre el eco de sus hermanas.Tolosa, ciudad de pe­regrinación en el camino de Santiago de Compostela, bulliciosa y cosmo­polita…Tolosa, una ciudad amenazada.

En los mercados, entre conversaciones sobre cosechas y ganado, entre el chismorreo casero, riñas triviales y regateos por los precios, el tema de la guerra asomaba con frecuencia a los labios de todos. Simón de Montfort ha­bía pasado de nuevo a la ofensiva. Su mujer había llegado al Languedoc en marzo, trayendo consigo a sus hijos y los refuerzos oportunos. Había vuelto a tomar el castillo de Bram, con terribles consecuencias para las tropas que lo defendían; cegaron a algunos y cortaron la nariz y los labios a otros. Quie­nes sobrevivieran a aquellas horribles mutilaciones tendrían el aspecto de las mondas calaveras de sus camaradas muertos. Al igual que el asalto a Béziers, fue una acción destinada a aterrorizar, una advertencia. Resiste y serás des­truido; ríndete y sobrevivirás. Ahora parecía que Minerve, cruzado el Aude viniendo de Narbona, se convertía en el próximo objetivo de Simón. Ar­naud-Amalric cabalgaba a su lado, al igual que el nuevo legado del papa, Thedisius, que había sustituido a Milo, muerto el pasado mes de diciembre.

Los vecinos estaban inquietos y se preguntaban por la seguridad de su ciudad. En los meses de invierno el conde Raimundo había visitado al rey de Francia y al papa, pero no había recibido de ellos más que palabras hue­ras en respuesta a sus súplicas de apoyo y comprensión. Algunos jóvenes exaltados del burgo habían pintarrajeado la pared de la casa de un sacerdo­te con frases que difamaban a la Iglesia romana y la cruzada. Se tomaron represalias. Varias casas del barrio judío fueron incendiadas. Se produjeron agresiones a clérigos. Mientras tanto, en la clandestinidad, en casas particu­lares, almacenes o incluso en edificios públicos, los cátaros seguían cele­brando sus reuniones, y hasta sus libros más secretos eran copiados y circu­laban de mano en mano.

Ya en el palacio de Raimundo, cercano a las tiendas de sal del sur de la ciudad, Raoul se desabrochó el talabarte con la espada, los entregó a los cen­tinelas que montaban guardia en el exterior de las puertas del gran salón condal y entró en él con paso decidido, casi pisando los talones del mayor­domo que anunciaba su llegada.

El conde no se levantó de su sitial en el estrado para ir al encuentro de Raoul y saludarle como hubiera hecho tan sólo seis meses atrás. Su habitual optimismo había sido vencido por la profunda conmoción de la guerra y por el frío rechazo de Roma a todos sus recientes intentos de conciliación.

La firmeza con que Raoul caminaba era, por el contrario, fruto de una actitud deliberada. Había aprendido a asumirla sin vacilación porque, de no actuar así, su juventud daba pie a que los otros lo ignoraran o se mostraran condescendientes con él, como había hecho el propio Raimundo en su vi­sita a Montvallant el año anterior. La campaña de Béziers y los meses trans­curridos desde entonces le habían hecho tomar conciencia de su propia dignidad y, sobre todo, de su propia valía para desempeñarla.

Dobló la rodilla frente al sitial del conde, se incorporó en cuanto reci­bió licencia para hacerlo y miró a Raimundo directamente a los ojos. El conde había estado ausente de sus tierras durante todo el invierno, tratando de obtener apoyo en París e indulgencia en Roma, pero ninguna de sus ges­tiones había tenido éxito y ahora en su rostro se pintaba la decepción. Las leves arrugas que lo animaban antes se habían transformado en surcos pro­fundamente tallados en su piel, que ahora mostraba un color cetrino, más que atezado, sin rastro de su anterior luminosidad.

—Sed bienvenido, señor. Os agradecemos vuestra visita.

No era el conde quien había hablado. Raoul, al volverse, vio que las pa­labras de recibimiento procedían de su hijo, que había gobernado Tolosa durante aquel invierno, asesorado por sus consejeros, en ausencia del con­de. De acuerdo con la tradición familiar, le habían puesto también el nom­bre de Raimundo pero, para evitar confusiones, desde pequeño sus íntimos lo llamaban Rai. Era un muchachito agradable, con aspecto de ser menos indolente que su padre y de haber heredado de su madre, una Plantagenet, una vena del dinamismo característico de los angevinos. De todas formas, acababa de cumplir los catorce años y aún estaba bastante verde en política.

Raoul le saludó con una cansina inclinación de la cabeza y tomó el asiento y la copa que le ofrecieron.

–Sentí mucho la muerte de tu padre –dijo por fin el conde, alzando su copa–.Ya sabes que éramos amigos desde la infancia. Fui el padrino de su boda y juntos celebramos tu nacimiento… –Sacudió la cabeza–. Pensaba que todavía nos quedaban muchos años y una larga vejez que compartir…

–Aceptó la muerte con una gran paz –dijo Raoul al tiempo que diri­gía a Raimundo una mirada viva y desafiante–. Había recibido el consola­mentum.

Los labios de Raimundo quedaron inmóviles en el borde de la copa. En sus ojos se pintó la estupefacción.

–Solicitó los sacramentos cátaros –siguió Raoul– y se los dio una reli­giosa que habíamos rescatado de Béziers. Después supe que ella…, que fue quemada durante las persecuciones en Narbona… En mi opinión, mi padre quiso recibir el consolamentum como un último gesto de desafio por lo que habíamos presenciado en Béziers, pero también estoy seguro de que en­contró la paz.

–¿Compartes esa fe? –Raimundo continuaba observándole con asombro. Raoul sonrió amargamente.

–¿Acaso importa eso, mi señor? No nos acosan por lo que creemos, sino por nuestras tierras, nuestros títulos y nuestra independencia. –Con un des­tello de humor triste en los ojos, dejó la copa sobre la mesa–. ¿Vais a cargar­me de cadenas y confiscar mis posesiones? ¿Por ese motivo habéis reclama­do mi presencia?

–¡Por supuesto que no! –exclamó el conde con tono escandalizado.

–¡De cadenas no, pero sí de hierros! –intervino su hijo, con una expre­sión recelosa en sus ojos oscuros y vivarachos, que, al igual que la apostura y la negra cabellera, había heredado de su abuela materna, Eleanor de Aqui­tania–. Habéis venido aquí ataviado con ropas de verano, pero las trocaréis por las de acero en vuestra vuelta a casa.

Raoul estudió al padre y al hijo sin molestarse en ocultar su profundo recelo.

–¿Qué queréis decir?

Raimundo se inclinó sobre la mesa, con una súbita expresión de since­ridad y los brazos abiertos en un gesto apaciguador y amistoso.

–Sabemos que te las arreglaste muy bien en Béziers, y que diste buena cuenta de una partida de borgoñones que invadieron tus tierras. –Hizo una pausa para dejar que el halago hiciera efecto, pero se desconcertó un poco al ver que Raoul mantenía su mirada cautelosa–. Necesitamos organizar y entrenar un ejército para combatir a Montfort. Ahora que ha recibido re­fuerzos del norte, reanudará la ofensiva y, en cuanto recupere todo el terri­torio que ha perdido durante el invierno, mirará en nuestra dirección.To­losa está a menos de ochenta kilómetros de sus fronteras.

-¿Debo entender que queréis que os ayude a organizar la resistencia contra el de Montfort?

Raimundo tragó otro sorbo de vino y asintió con la cabeza.

-Hemos empezado a reclutar hombres de las ciudades y de las familias a las que Montfort ha desposeído. También contamos con mercenarios de Gascuña y España, y el de Foix se ha comprometido a ayudarnos.

Raoul bajó la vista en silencio y la posó en sus manos. Antes, no hacía mucho, las tenía suaves y cuidadas, y se dejaba crecer la uña derecha del pulgar para tañer el laúd. Ahora tenía las palmas tan ásperas como el cuero endurecido y las uñas estropeadas y muy cortas, casi hasta la carne viva. Un vistazo a las manos del conde, que las ahuecaba ante la boca y la barbilla, le mostró que todavía las conservaba flexibles y mimadas. El anillo con el ca­bujón de rubí aún brillaba en su pulgar como un coágulo de sangre re­ciente. Todo se resolvía en sangre, incluso sus sueños con la mujer de ojos grises…

Por fin, con el ceño fruncido, Raoul alzó la vista.

-Fui declarado rebelde en Béziers -dijo- y sobre mis tierras pesa un de­creto de confiscación. Si acojo y preparo tropas, agravaré mi crimen, pero supongo que también reforzaré mi posición y seré un bocado más dificil de ser engullido de golpe.

-¡Así es! -A Rai le brillaban los ojos-. ¡Nadie osará atacaron, a excep­ción de Montfort y Citeaux!

-¿Y se supone que eso debe tranquilizarme…? -La boca de Raoul se torció en un rictus forzado, que acabó por relajarse y convertirse en una sonrisa-. Mis señores, acepto vuestra oferta, dando por sentado, natural­mente, que correrán a vuestro cargo las soldadas de las tropas que aloje y cuantos gastos deba hacer aparte de los que entrañan mis obligaciones feu­dales. -Con regocijo disimulado, observó cómo padre e hijo intercambia­ban miradas.Añadió suavemente-: Sí, la guerra lo cambia todo… Pienso que es mejor dejar bien claras las cosas para el futuro.

El conde le tendió una mano suplicante, la que luEía el anillo.Vestía una ajustada camisa de seda verde y, sobre ella, una túnica de seda -carmesí reca­mada con bordados en oro.

-Puedo tomaron el juramento feudal por cumplir con la ceremonia, pero debo saber si tu lealtad va más allá de las simples palabras.

Raoul se abstuvo de replicar que su padre había muerto en prueba de su lealtad y que por ella él mismo había sido tachado de proscrito. ¿Qué más quería Raimundo? Sintió un vacío en la boca del estómago y miró la mano que sobresalía de la adornada bocamanga. Sabía qué esperaba el con­de, pero no podía ofrecérselo. Él no era su padre, y las alegres correrías vera­niegas de los jóvenes de las casas de Montvallant y Tolosa quedaban a treinta años de distancia… Lealtad, sí…; amistad, no.

–Me doy cuenta, mi señor, de que es tan dificil encontrar honor hoy en día como a una virgen en un burdel, pero espero que el mío esté lo bastan­te intacto para que no debáis ponerlo en duda.

Raimundo retiró lentamente la mano.

–Dudo de todo. –Las arrugas que enmarcaban su boca se acentuaron. Ha­bló con cansancio–. Tu padre y yo pasamos juntos momentos muy gratos. Hubo un silencio breve y tenso.

Rai se puso en pie, estirándose como un gato joven.

–¿Queréis venir a la armería para echar una ojeada a lo que tenemos y encargar lo que deseéis a nuestro maestro armero?

Raoul asintió y se levantó con un sentimiento de alivio. Necesitaba salir de la sala. Incluso con las velas y las antorchas que ardían en todas las grietas posibles, el lugar seguía siendo tremendamente húmedo y depri­mente, y la expresión ofendida de los ojos del conde le hacía sentirse cul­pable.

–A propósito, ¿cómo está tu esposa? –exclamó Raimundo cuando Raoul, después de haberse despedido de él con una inclinación de la cabeza, se ale­jaba del estrado siguiendo a su hijo.

Los hombros de Raoul se tensaron, y si su expresión de antes revelaba un estado de alerta, el rostro que volvió ahora hacia su señor era tan impenetra­ble como un yelmo de justas.

–Fue un parto complicado, mi señor, pero ahora está recuperada y te­nemos un hermoso niño, Guillaume. –Su voz se suavizó ligeramente al pro­nunciar el nombre de su hijo. Al menos Guillaume era suyo, aunque temía haber perdido a Claire.

–Es una excelente noticia. Me alegro por los dos. –La voz de Raimun­do era exageradamente cordial–. Si quieres una casa adoptiva para cuando esté en edad de formarse como escudero, no hace falta que busques más allá de la mía.

Raoul forzó una sonrisa.

–Gracias, mi señor –le respondió y, dando media vuelta, se apresuró a seguir a Rai.

Las esteras que alfombraban el suelo de la sala de reuniones en Tolosa brillaban con la luz del sol, el calor y la emoción de los fieles que, desde sus asientos, desprendían aroma a lavanda y romero molidos. Motas de polvo danzaban en el aire. Un jarrón de cerámica con saxífragas blancas y gencia­nas violetas invitaba a la calma en la luminosidad que penetraba por los pos­tigos abiertos. La casa pertenecía a un comerciante de telas, y aquella sala era uno de sus almacenes, con las paredes repletas de piezas de tejidos: fino paño inglés y tartán escocés, damascos de rayas y sedas de Marsella, terciopelos italianos con colores de piedras preciosas y con el tacto más suave que el pe­laje de un gatito… Hoy todas ellas servían de un opulento telón de fondo para la voz de Chrétien de Béziers.

Estaba de pie delante de su absorto auditorio: era un hombre robusto de mediana estatura y mediana edad, con una cabeza enérgica cubierta de ca­bello plateado y una voz que subía y bajaba con la fuerza y amplitud del gran desfiladero del Tarn. Habló a los reunidos acerca de la luz y las som­bras, del bien y del mal, de la Iglesia de Roma, que era una creación de Sa­tanás… Habló del triunfo del espíritu sobre la carne, que suponía la salva­ción y que estaba al alcance de todos, y de ahí pasó a afirmar que, a pesar de que la carne era corrupta, a veces el espíritu aceptaba su esclavitud para re­velar la evidencia de la iluminación a quienes dudaban.Y señaló a la joven que estaba sentada recatadamente en un escabel a su lado.

Entre los feligreses, Claire estiró el cuello para verla.

—Es ella —susurró Isabelle a su señora—. Es la que vi en la reunión de ayer.

Claire pasó el cálido peso de su hijo dormido al pliegue de su otro bra­zo y observó a la mujer cátara. Era pequeña y delgada, llevaba la negra y lisa cabellera recogida en una delicada trenza y su piel dorada captaba y refleja­ba la luz. Sus ojos eran de color gris claro, la nariz y labios finamente dibu­jados…, pero lo que llamaba la atención en ella era algo que estaba más allá de su apariencia fisica.

Cuando habló, su voz sonó baja y clara, con tanta autoridad que no ne­cesitaba elevarla para hacerse oír mientras explicaba a los reunidos la vida sencilla que conducía a la armonía.

—Incluso el papa Inocencio y el abad de Citeaux podrían hallar la luz den­tro de sus corazones si tan sólo se molestaran en buscarla.—Su mirada mante­nía fascinada a la multitud, y era como si le estuviera hablando a cada persona en tanto que individuo—. Incluso Simón de Montfort podría hallarla…

Entre la multitud alguien dejó escapar un susurro de irritación.

—Incluso Simón de Montfort podría hallarla —repitió la mujer recal­cando las palabras.

Claire podía percibir un resplandor alrededor de la joven, una luz pare­cida a la potente y firme claridad de una vela de cera.

–¿Veis su luz? –murmuró Isabelle con tono de excitación.

Un escalofrío casi imperceptible recorrió la columna vertebral de Clai­re. Mandó callar a su doncella con un gesto de la mano y siguió contem­plando el resplandor que se expandía a partir de su fuente y que acabó lle­nando toda la estancia con un manantial de luminosidad dorada antes de desvanecerse lentamente, como los anillos de una ondulación que desapa­rece en un estanque.

Bridget dirigió una sonrisa tranquilizadora a los ojos desorbitados, las mandíbulas aflojadas y las penetrantes miradas de asombro y miedo.

–No temáis –dijo con dulzura–. Lo único que ocurre es que el resplan­dor de mi espíritu se percibe con más facilidad.Todo el mundo lleva esto en su interior, y es perfectamente capaz de liberarlo.

Después inclinó la cabeza y se sentó, y Chrétien reanudó su sermón.

Como era habitual, la reunión terminó con el recitado del padrenues­tro y la imposición de manos. Los miembros más osados del auditorio se apelotonaron alrededor de Bridget para hablar con ella y, aunque oficial­mente la reunión ya había concluido, fueron muchos los que se quedaron en la sala para conversar entre sí o con Chrétien de Béziers y su anciano acompañante.

Claire sabía que hubiese debido marcharse. Raoul ya habría vuelto a sus aposentos después de haber visitado al conde, pero le costaba decidirse a abandonar aquella atmósfera de cálida camaradería para sustituirla por las tensiones de su hogar marital. Raoul no era estúpido, y le resultaba muy di­ficil fingir ante él.

Mientras Claire se ceñía la capa y se ajustaba la toca, Guillaume desper­tó y empezó a removerse entre sus brazos, dejando muy claro que tenía ham­bre. Era la excusa que Claire necesitaba para seguir un rato más en aquel refu­gio y, quizá, para hablar con la extraña joven cátara, de modo que se apresuró a aprovecharla. Retirándose a un rincón de la sala, colocó discretamente a Guillaume sobre su pecho y protegió su pudor con la capa.

El bebé empezó a chupar ruidosamente. Había sido cuidadosamente en­vuelto para evitar que sus extremidades se torcieran al crecer, y sus finos ca­bellos rubios estaban cubiertos por una gorrita de lino blanco. Claire bajó la mirada hacia sus temblorosas mandíbulas y contempló aquella piel tan de­licada que casi era traslúcida. Los ojos del bebé, de un cálido marrón acara­melado, reflejaron los de Claire mientras le devolvía la mirada.

– ¿He de renunciar a esto? –preguntó, sintiendo que se le formaba un nudo en la garganta mientras su índice se deslizaba con cautelosa ternura sobre la frágil curva de una ceja que parecía hecha de plumón. –Qué niño tan hermoso.

La voz, dulce y límpida, hizo que Claire levantara la cabeza para encon­trarse con la mirada cristalina de la cátara, y una vez más vio su propio re­flejo, pero esta vez desde un ángulo distinto.

–¿Cuántos años tiene?

Claire no le preguntó cómo sabía que Guillaume era un varón.

–Nació en otoño –murmuró. «Y mi esposo lloró junto a la cabecera de mi lecho, con la sobreveste empapada por la sangre de los hombres a los que había matado…» Las palabras aparecieron en su mente sin que ella las hu­biera llamado para llenarla de una manera tan irrevocable como si las hubie­se pronunciado en voz alta, y un instante después vio que las cejas de la cá­tara se arqueaban en respuesta a ellas–Yo… –balbuceó Claire, y se tapó al ver que Guillaume ya había acabado de alimentarse.

–¿Puedo cogerlo?

Después de un breve titubeo durante el que tuvo que luchar con un te­mor totalmente irracional, Claire le entregó a su hijo.

Bridget lo sostuvo en sus brazos y le habló en voz baja y suave. El niño no tardaría en dejar de necesitar las tiras de tela que lo envolvían, porque su cuerpecito ya intentaba resistirse a su presión. «De la misma manera en que yo lucho con lo que me limita…», pensó, dirigiendo una mirada entre afec­tuosa y melancólica a Chrétien y al silencioso y solemne Matthias.

–No debes temer por tu hijo –dijo a Claire–. Esta guerra rozará su vida, pero su destino se encuentra más allá de ella.

–¿Puedes ver el futuro? –preguntó Claire, y su voz reflejaba tanto inte­rés como miedo.

–Confusamente. Cada persona escoge el camino que toma, pero veo el camino de tu hijo, que llegará a la plenitud de la virilidad, y puedo asegu­rarte que tendrá descendencia.Además, también has de saber que no tienes por qué renunciar a él. Sólo a los elegidos se les exige un sacrificio tan gran­de, e incluso en eso hay lugar para las distintas costumbres. Chrétien de Bé­ziers es mi tío, un cátaro muy estricto, pero me quiere y cuida de mí de la misma manera en que yo le quiero y cuido de él. No debes sentirte culpa­ble por el amor que sientes hacia tu hijo…, o hacia tu esposo.

Sintiéndose como si Bridget acabara de arrojarle una copa de agua fría a la cara, Claire dejó escapar un jadeo ahogado.

–¿Acaso lo ves todo? –Su labio inferior temblaba–. ¿Puedes… puedes ver nuestras almas en toda su desnudez?

Bridget devolvió delicadamente a Guillaume a los brazos de su madre.

–No puedo verlo todo. Si lo deseo, puedo tender un velo sobre mis per­cepciones. De hecho, a veces es necesario hacerlo, pues de lo contrario en­loquecería. –Reflexionó durante unos minutos antes de seguir hablando–. Estuve en vuestra boda con mi tío y Matthias, mi otro guardián. Llegamos tarde para reclamar una noche de hospitalidad, por lo que no me sorpren­de que no te fijaras en nosotros. Por aquel entonces percibí el amor que os profesabais tú y tu esposo, pero me parece que últimamente os habéis dis­tanciado un poco.

–Desde la muerte de su padre, Raoul ha buscado el consuelo en su es­pada. Le amo, pero pensar en cómo se regocija derramando la sangre de los inocentes me produce náuseas. Es como si… –Se interrumpió y agitó una mano–. De todas maneras tú puedes ver todo eso, así que no entiendo por qué me avergüenzo contándotelo.

–No debes avergonzarte de compartir tus problemas. –Bridget le rozó el hombro con la punta de los dedos–. A veces yo también anhelo hacerlo. La soledad puede llegar a ser tan grande, incluso cuando estás rodeada de gente… Alargar el brazo y no encontrar nada resulta demasiado fácil. –Dejó escapar un suave suspiro–. La sangre vertida ha de pesar sobre la conciencia de tu esposo, no sobre la tuya. Puede que el hecho de que te mantengas ale­jada de él explique en parte por qué se consuela con la guerra. He sentido… –y entonces dejó de hablar y se ruborizó.

–¿Qué has sentido? –preguntó Claire, alzando el rostro con perplejidad hacia ella.

Bridget meneó la cabeza. Durante aquel brevísimo roce de sus mentes, tan intenso como poco sutil, había percibido la necesidad y el anhelo de Raoul. Si se lo contaba a su tío, éste le diría que aquella clase de experiencias no eran más que tentaciones del diablo, trampas tan tenaces como espinos que se hundían en los cuerpos jóvenes. El catarismo de Bridget contenía aspec­tos heredados de su madre, que había sido una sacerdotisa celta de una reli­gión mucho más antigua, y poseía cierta independencia de interpretación.

–He percibido esa necesidad –dijo con tono conciliador–, y ahora te digo que dispones de tiempo para crecer y examinar todos los senderos an­tes de que sigas tu propio camino. Por el momento, las dudas te impiden to­mar una decisión.

–¿Cuánto tiempo debo esperar?

–Vive cada día tal como venga, y cuando llegue el momento lo sabrás.

–¿Cómo? –Claire se incorporó, lanzándole una mirada implorante–. ¿De qué manera lo sabré?

–Lo sabrás porque entonces no necesitarás preguntarlo. –Bridget le di­rigió una sonrisa enigmática y llena de tristeza antes de girar sobre sus ta­lones–.Y ahora vuelve a casa con tu esposo, pues empieza a preocuparse.

Contempló cómo Claire entregaba a Guillaume a la doncella y se en­caminaba hacia la puerta en silencio, y con expresión abatida, casi como si acabara de recibir una reprimenda. Después, también silenciosa y con la ca­beza inclinada, Bridget buscó un rincón de la sala para recuperar la calma. Nada resultaba más dificil que ofrecer consejos imparciales cuando te halla­bas involucrada de forma personal y el futuro era una gigantesca cortina de fuego.

La risa de Guillaume se convirtió en una risilla de deleite cuando Raoul espoleó a Fauvel con sus muslos y el corcel aceleró el paso para iniciar un rápido trote.

–¡Ten cuidado! –gritó Claire, sintiendo que una punzada de temor le atravesaba el corazón.

–Deja de preocuparte. ¡Lo tengo bien cogido!

Raoul soltó una risita y apretó suavemente el cálido cuerpecito que su brazo sostenía sobre la silla de montar, delante de él.

Claire se mordió el labio, preocupada al ver a su bebé tan lejos del sue­lo, montado a horcajadas sobre la grupa del enorme caballo de dorado pe­laje, un corcel de guerra como en el que tal vez un día cabalgaría Guillau­me. Seis meses antes la joven cátara le había dicho que el futuro dependía de qué ramales escogiera la persona dentro del camino designado, pero ¿qué decidía cuáles serían los senderos elegidos? ¿Y si aquella experiencia estaba influyendo sobre Guillaume para que acabara optando por el cami­no de la guerra? A pesar de que Claire lo intentaba con todas sus fuerzas, vivir cada día tal como venía estaba resultando un consejo muy dificil de seguir.

No había hablado de la joven cátara a Raoul. El instinto le había adver­tido que, si lo hacía, los dos dejarían de fingir que nada había cambiado y la mentira quedaría finalmente desenmascarada.

Raoul controlaba el caballo sin ningún esfuerzo. Llevaba toda la mañana entrenando a unos cuantos reclutas nuevos junto a la orilla del río. La sesión de entrenamiento había ido bastante bien, el aire relucía con la claridad del apogeo del verano y su vida, si bien nunca podría volver a ser la misma de antes, había alcanzado otra clase de equilibrio. La amargura y la pena ya no eran tan intensas como antes, y a medida que se desarrollaban sus habilidades, agudizadas por el acto de adiestrar a otros hombres, también se refor­zaba su confianza, y las tensiones de su relación con Claire perdían im­portancia.

Guillaume dejó caer sus regordetas manecitas sobre la perilla de la silla de montar y se retorció junto al duro cuerpo de su padre.

–¡Más! –chilló.

Era una de las cuatro palabras que componían su vocabulario; las otras tres eran «nos, «perro» y un sonido vagamente parecido a «mamá» que usaba para dirigirse a cualquier persona que lo cogiera en brazos.

–¡Raoul, por favor!

Una nota de pánico vibró en la voz de Claire mientras Raoul hacía que Fauvel volviera grupas de nuevo para lanzarlo al galope después. Guillaume pregonó su deleite con nuevos gritos, que se convirtieron rápidamente en gemidos de entrecortada indignación cuando su padre detuvo al corcel de­lante de Claire y entregó al niño a sus brazos.

–Te preocupas demasiado –dijo sonriendo.

–¿Y si Fauvel hubiese tropezado y os hubiera arrojado a los dos al sue­lo? –exclamó Claire, señalando al caballo con un gesto de furia.

–Existen otros peligros mucho más terribles…, y mucho más probables.

La sonrisa desapareció de la boca de Raoul mientras desmontaba y lan­zaba las riendas a un escudero.

–¿Por qué dices eso? No es justo… –protestó Claire en un susurro lleno de vehemencia.

–La verdad rara vez lo es –replicó Raoul.

Echó a andar para alejarse de ella, pero sólo tuvo tiempo de dar cinco pasos antes de descubrir que su indiferencia era una mentira. Se detuvo y fingió que lo había hecho para quitarse las espuelas. Los rayos del sol del atar­decer teñían de rojo de fuego los muros y torreones del castillo que se al­zaba ante sus ojos. Raoul oyó el repiqueteo de los cascos de Fauvel detrás de él mientras el caballo era conducido al establo, así como el tenso silencio de Claire, y se preguntó cansadamente si debía girar sobre sus talones o seguir caminando.Antes de que pudiera tomar una decisión, un repentino tumul­to en el almenaje principal atrajo su atención. Una mujer estaba golpeando el murq con los puños mientras lanzaba gemidos llenos de angustia. Pierre, el mayordomo, corrió hacia ella y consiguió apartarla de las piedras antes de que pudiera causarse alguna herida grave, aunque la mujer siguió gritando mientras se debatía entre sus brazos.

Raoul entró en el patio.

–?Qué ocurre, Pierre? –preguntó.

La mujer alzó la vista hacia el cielo y su cuerpo se aflojó en un repenti­no desmayo. Pierre deslizó las manos por debajo de sus rodillas y sus hom­bros y la levantó en vilo.

–Minerve ha caído ante Simón de Montfort, mi señor. –Estiró el cuello para señalar con el mentón a un buhonero que estaba colocando sus mer­cancías en una esquina del patio; el hombre había traído consigo la noticia junto con sus artículos–. Petronelle tenía allí a una hermana que estaba es­perando el momento de los votos definitivos para unirse a los Perfecti.

–¿Tenía… una hermana?

Pierre miró a Raoul.

–Arnaud-Amalric dio la oportunidad de retractarse a todos los cátaros de la ciudad. Sólo unos cuantos lo hicieron. Los demás perecieron en la ho­guera. –La voz le temblaba, a punto de quebrarse–. Quemaron a ciento cua­renta cátaros, la hermana de Petronelle entre ellos… Ah, bien cierto es que el diablo vaga por el mundo y que éste es su dominio –masculló y, mene­ando la cabeza, se fue con la doncella inconsciente para acostarla bajo la sombra de un cobertizo.

Raoul se dio cuenta de que Claire estaba inmóvil junto a él y en segui­da comprendió que también había oído las palabras de Pierre, pues su tez se había vuelto de un blanco cerúleo.

–Que vivan en la luz –murmuró con voz enronquecida, mientras sus brazos apretaban a Guillaume con tanta fuerza que el niño empezó a retor­cerse y a lanzar gritos de protesta.

–Y ahora dime que no puedo sentar a mi hijo sobre la silla de montar delante de mí –repuso Raoul, hablando con una extraña mezcla de ternura y pasión–. Dime que no estoy siendo justo.

Las lágrimas llenaron los ojos de Claire y se deslizaron por sus mejillas. Avanzó los tres pasos que la separaban de Raoul y se arrojó a sus brazos, algo que no había hecho por voluntad propia desde hacía mucho, mucho tiem­po. Raoul estrechó contra su pecho a su mujer y a su hijo, sintiendo cómo un nudo de dolor le oprimía la garganta, e intentó creer que el círculo ha­bía vuelto a completarse.

CAPÍTULO 16

Carcasona,
otoño de 1210

SIMÓN DE MONTFORT ESTABA inmóvil en la entrada de la cámara de su esposa, que a sus ojos, llenos de impaciencia, más bien parecía un hor­miguero pisoteado que los aposentos de la mujer de un vizconde. La cama estaba repleta de trajes y tocados, ligas, medias, camisolas de lino para los bebés, refajos plegados, cinturones, hebillas y zapatos. Había varios arco­nes esparcidos por la habitación, con las tapas levantadas, como bocas abiertas que aguardaran ser alimentadas. El grueso del ejército estaba a punto de par­tir hacia el norte para pasar el invierno allí, y el séquito doméstico de Simón iría con él. Sus recursos habían disminuido hasta tal punto que mantener a su familia en el Languedoc hubiese sido una auténtica locura.

El pequeño Simón, que ya tenía dos años, estaba jugando con sus caba­llos y soldados de madera dentro de una gran bañera vacía mientras parlo­teaba alegremente en un incesante balbuceo carente de sentido. Amice, su hermana mayor, estaba guardando sus juguetes y su ropa en uno de los ar­cones más pequeños. Su terrier, una criatura peluda tan hirsuta como desa­gradable, atravesó la estancia en una veloz carrera para ladrar ante Simón, mostrando sus negras encías mientras esquivaba los objetos esparcidos por el suelo. Simón echó el pie hacia atrás y, sin sentir ningún remordimiento, envió al perro al otro extremo de la habitación de un potente puntapié.

—¡Condenada rata gigante! —gruñó.

La frenética actividad quedó suspendida al instante, y el animal miró a su amo con temerosa deferencia. Simón lo rechazó con un irritado movi­miento de la mano y entró en la habitación. El terrier gimoteó y se escondió debajo de una mesa. Simón pasó junto a la percha para halcones vacía. Su gerifalte favorito había sido trasladado a los corrales para que todo aquel tu­multo no lo pusiera nervioso.

Dos sargentos sudorosos reclutados entre la guarnición se tambaleaban bajo el peso de un arcón de viaje ya cerrado que estaban llevando hacia la puerta. Simón no les prestó ninguna atención, sabiendo que si lo hacía depositarían el arcón en el suelo para apresurarse a saludarlo o bien lo dejarían caer por puro atolondramiento. Los hombres de su rango rara vez tenían ocasión de estar tan cerca de las damas de alta cuna y de los lujos de la par­te superior del castillo.

Simón caminó con paso rápido y decidido hacia la mampara portátil de madera de cedro que ocultaba el otro extremo de la habitación. Alais se en­contraba detrás, vomitando en un cuenco sostenido por Elise. Los primeros meses del embarazo siempre eran bastante duros para ella, una molestia mi­tigada por el hecho de que luego daba a luz sin padecer ninguna clase de contratiempos y se recuperaba del parto con asombrosa rapidez.

-¿Estás en condiciones de viajar? -preguntó Simón, cerrando los puños alrededor de su cinturón y apretándolo con tal fuerza que sus robustos nu­dillos palidecieron.

Alais se limpió la boca con un pañuelo y alzó la cabeza. Sus ojos esta­ban rodeados por oscuros anillos de sombras, y sus cabellos habían adquiri­do el aspecto fláccido y opaco de un amasijo de cordeles viejos.

-Tanto como lo estoy para hacer cualquier otra cosa -dijo con voz aba­tida, e indicó a Elise que ya podía llevarse el cuenco-. Pareces enfadado. ¿Es­tás preocupado por algo?

-Esto es un auténtico caos -dijo Simón, señalando la mampara y los so­nidos que llegaban hasta ellos desde el otro lado de la madera-. No ha ha­bido novedades, pero… Bien, el caso es que no podré tomar Tel-mes tan de­prisa como conquisté Minerve.

-Pero creía que Termes se había rendido.

Alais cogió un paño humedecido con esencia de lavándula y se lo llevó a la frente. Le acometió una nueva oleada de náusea y Alais se enfrentó a ella, sabiendo que no tardaría en tener que consagrar las escasas energías que le quedaban a la dura labor de introducir algo de orden en la confusión que se había adueñado de la estancia, ya que de lo contrario no podrían partir a la hora prevista y entonces el habitual mal genio de Simón se agravaría hasta dar lugar a otro estallido de violencia.

-Oh, sí -dijo su esposo, torciendo el gesto-.Accedieron a rendirse, pero eso fue antes de que un tercio de mi ejército desertara y huyera hacia el nor­te para pasar el invierno allí, y de que la lluvia llenara sus depósitos de agua, hasta entonces vacíos. ¡Por la muerte de Dios, Alais! Te juro que si consi­guiese mantener a los hombres en campaña, pondría de rodillas a todo el Languedoc en dos años. Tal como están las cosas, tendré mucha suerte si consigo tomar Termes antes de la Navidad, y Cabaret y Lavaur tendrán que esperar como mínimo hasta la primavera.

— Lo lamento, mi señor –dijo Alais, y su voz reflejaba algo más que mera compasión. La herejía catara le parecía particularmente peligrosa y repugnante porque negaba el sufrimiento humano de Cristo y, con él, casi todos los sacramentos de la fe romana—. ¿Ha sabido algo más Arnaud-Amalric de esos herejes a los que intenta capturar?

Para Simón los cátaros no eran más que una secta de estúpidos que se habían engañado a sí mismos con un montón de mentiras. No sentía nin­guna simpatía por ellos, pero tampoco le inspiraban el odio fanático que im­pulsaba a Arnaud-Amalric. Cuando los descubría, Simón los atacaba tan impa­siblemente como el campesino aplasta las orugas en las hojas de sus repollos.

—Ah, ese hombre está obsesionado —gruñó—. No hace más que insistir en que trate de capturarlos. ¡Por las llagas de Cristo! ¿De cuántos hombres cree que puedo permitirme prescindir para emplearlos en esa ridícula bús­queda? —Dejó escapar una carcajada llena de amargura—. ¡Y aun suponiendo que lograra encontrar a ese trío de herejes, bastaría con que uno solo de ellos mencionara la retractación para que Arnaud-Amalric se conviertiera en el más desgraciado de los hombres!

—¡No debes decir cosas tan horribles, Simón! —Alais apartó el paño de su frente y se irguió para mirarle fijamente—.Arnaud sólo desea salvar almas de los abismos del infierno. ¡Conseguir que los líderes de la herejía vuelvan al rebaño es el máximo triunfo a que puede aspirar!

—¡Y yo soy el tío del papa! —replicó burlonamente Simón—. Esos herejes le han salido demasiado caros para permitir que se le escapen. Arnaud adora las hogueras y los espectáculos públicos. Me parece que en realidad anhela otro Béziers, y lo cierto es que en Minerve disfrutó de lo lindo. Además, los Perfecti nunca se retractan —añadió, encogiendo sus robustos hombros—. Afirman que ya se hallan en el infierno, y que la muerte es la libertad. De­jemos que Arnaud continúe perdiendo el tiempo jugando a los espías entre los arbustos.Yo tengo un auténtico trabajo que hacer.

—¿Y acaso perseguir a unos peligrosos herejes no es un auténtico traba­jo? —se atrevió a preguntar Alais.

—¡No cuando el cazador se convierte en la presa! —rugió Simón—. No dispongo de los hombres suficientes para conservar lo que ya he conquista­do este año, y mucho menos para registrar cada maldita aldea y preceptorio en busca de tres imbéciles.

—yreceptorio!

—Arnaud está convencido de que los templarios se hallan involucrados en todo esto, pero es asunto suyo, no mío.

—Pero ¿qué…?

–Pregúntaselo tú misma, mujer. ¡Tal como están las cosas, cuanto menos vea a Arnaud tanto mejor!

Alais volvió a llevarse el paño a la frente y cerró los ojos. Deseaba que Si­món se marchase, y sin embargo sabía que no vería cumplido su deseo. Simón nunca se acercaba a los aposentos de las mujeres el día antes de un traslado a menos que no le quedara otro remedio, y todavía tenía que decidirse a abordar el asunto que lo había traído hasta allí. Alais entreabrió los párpa­dos para mirarle.

Simón dejó escapar un gruñido de irritación, arrancó un escabel plega­ble de las manos de una doncella que pasaba junto a él y, extendiéndolo, tomó asiento junto a Alais.

–Esta mañana me ha llegado una oferta de matrimonio dirigida a Ami-ce –anunció secamente.

Las propuestas de matrimonio dirigidas a Amice eran algo tan regular en su casa como poner el pan encima de la mesa y, al igual que el pan, sólo ser­vían para el consumo mundano. Amice era rubia, dócil y bonita, aunque ha­bría dado igual que fuese bizca, jorobada y padeciera escrofulismo, pues era la única hija de Simón, de modo que su dote y el vínculo de sangre resultaban muy tentadores. En consecuencia, y dado que su esposo había ido a verla para hablarle del asunto, Alais pensó que la oferta debía de ser interesante.

–¿Quién quiere casarse con Amice?

–Pedro de Aragón.

La noticia la dejó asombrada. El rey de Aragón era el soberano nominal de Simón, y aunque había ratificado las pretensiones sobre Béziers y Carca­sona presentadas por Simón, la idea de que un noble del norte se adueñara de tan vastas extensiones de tierra en el sur no le resultaba nada agradable. También era amigo y aliado de la casa de Tolosa.

–¿Qué respuesta le darás? –preguntó con un hilo de voz.

Simón se humedeció los labios.

–Creo que primero le haré sufrir durante todo el invierno, y luego es­peraré a ver qué trae al mundo la primavera.

–Quizá otra niña –dijo Alais y se dio unas palmaditas en la barriga, que esta vez le había crecido más pronto de lo habitual.

Simón se levantó.

–Que nos seria de gran utilidad; sea como sea prefiero no hacerme mu­chas ilusiones al respecto. El linaje de los Montfort casi siempre se inclina del lado de los varones. –Volvió la mirada hacia su hija–. Princesa Amice… –murmuró, como queriendo averiguar qué tal sonaban las palabras en sus oídos, y se preguntó qué trampa escondía aquella oferta.

La trampa no quedó al descubierto hasta el comienzo de la primavera del año siguiente, cuando las montañas todavía estaban cubiertas de nieve y los lobos merodeaban alrededor de las aldeas. Una serie de reuniones para negociar el fin de la guerra habían sido acordadas entre Simón, Citeaux y el legado papal por un lado, y Raimundo de Tolosa y su hijo por el otro, con Pedro de Aragón como mediador. Este último, habiendo ofrecido a su hijo en matrimonio a la hija de Simón, de repente propuso una alianza matri­monial entre su hermana y Rai para que las casas de Aragón, Montfort y To­losa quedaran unidas por la sangre y fuera posible firmar un tratado de paz.

Simón, interesado pero siempre cínico, tuvo que enfrentarse a la enérgica presión de Arnaud-Amalric, quien quería que rechazara la propuesta. Echan­do sal sobre una herida abierta, Citeaux se había inclinado sobre la mesa que compartía con el conde de Tolosa, el rostro de querubín distorsionado por la intensidad de su desprecio.

—Os doy un ultimátum, Raimundo; ¡o elimináis hasta la última huella de herejía de vuestras tierras, o el vizconde de Béziers lo hará por vos em­pleando el fuego y la espada!

Tal como había deseado y esperado Citeaux, apenas tuvieron que enfren­tarse a semejante provocación. Raimundo y Rai abandonaron la reunión he­chos una furia y gritando que todo había sido una farsa. Raimundo fue ex­comulgado y sus tierras quedaron bajo los efectos del interdicto. A medida que el invierno se iba alejando y el anhelo de partir de cruzada se agitaba en los corazones de los guerreros del norte, la provincia de Tolosa se convirtió en una presa indefensa que aguardaba el momento de ser conquistada.

CAPÍTULO 17

Montvallant, marzo de 1210

LA FRAGUA DE LA ARMERÍA de Montvallant era una guarida de dragón de tonos rojos y sombras negras, más caliente y sofocante que el dor­mitorio de un burdel en opinión de Jean, el armero, un robusto se­sentón cuyos brazos todavía poseían la fuerza de un hombre joven.

El menor de los aprendices manejaba el fuelle para mantener alimenta­do el fuego, y el hijo adolescente de Jean se alzaba sobre un yunque, en el que estaba dando forma a una punta de lanza con un martillo de cabeza re­dondeada. El sudor relucía sobre sus nervudos antebrazos y en su fuerte y joven garganta. Jean estaba sentado en la armería, algo más fresca, con una ja­rra de vino a mano mientras con tiras de alambre forjado iba confeccionan­do hileras de eslabones para un camisote.

Raoul flexionó los hombros para poner a prueba la cota de malla que le habían arreglado y así averiguar si le permitía moverse con facilidad. El riguroso adiestramiento del año anterior y la entrada en la plenitud de la madurez física habían incrementado la anchura de su torso de tal manera que el camisote que habían confeccionado para él cuando tenía veinte años ya no le quedaba tan a la medida como durante sus tiempos de Béziers. Que Jean le añadiera unos cuantos eslabones adicionales resultaba mucho más barato que encargar una prenda totalmente nueva.

–Parece que me queda como un guante –dijo por encima del hombro al armero y, cogiendo el cinturón de su espada de una mesa cercana, se lo puso y desenvainó la hoja.

Jean dejó de trabajar para estudiar el giro del brazo de Raoul y el efec­to que el movimiento producía sobre los eslabones que había incorporado al camisote. Al cabo de unos minutos, el armero asintió con cautelosa satis­facción.

–Sí, mi señor, me parece que os queda bien –confirmó.

Un grupo de jinetes entró en el patio con un repiqueteo de cascos. Raoul se llevó una mano a los ojos para protegerlos de la claridad solar de principios de marzo y contempló cómo desmontaban.Aimery de Montreal y su hermana Geralda estaban entre ellos. Raoul se acordó de que había pro­metido visitar a Beatrice, quien tenía que guardar cama debido a una tos en­fermiza. Envainó su espada, entre complacido y preocupado, y fue a salu­darlos.

Aimery le recibió con un enérgico apretón de manos mientras su mira­da le recorría de arriba abajo.

—Veo que la noticia ya ha llegado hasta aquí —dijo.

—¿Qué noticia?

Raoul se disponía a besar a Geralda, pero se detuvo y se volvió hacia él. Un fruncimiento del ceño ensombreció las apuestas y joviales facciones de Aimery.

—Ah, entonces no lo sabes. Cuando vi tu armadura, pensé que… —Me estaba probando mi nueva cota de malla para ver si me quedaba bien —le interrumpió Raoul—. ¿De qué noticias hablas?

—Cabaret ha caído. Pierre-Roger se rindió hace dos días para salvar la piel. Simón de Montfort se dirige hacia aquí para atacarnos con todas sus fuerzas de verano. Parece que esta vez va en serio, desde luego… Se acabó el derribar muñecos de paja colocados encima del estafermo. —Meneó la cabe­za, como si se sintiera personalmente responsable de lo que estaba ocurrien­do y pidiera disculpas por ello—. Creía que lo sabías…

Raoul se encogió de hombros.

—No es ninguna gran sorpresa —replicó—. Hace meses dije al conde Rai­mundo que no debía permitir que el de Montfort prolongara las negocia­ciones hasta el final del invierno, que sólo se trataba de una jugarreta y que, una vez llegada la primavera, todos podríamos ver cuán falsa era su aparen­te buena voluntad. —Sus párpados se tensaron—. Deberíamos haber pasado a la ofensiva. Tendríamos que haberle golpeado sin descanso una y otra vez cuando aún carecía de tropas.

Aimery suspiró.

—Eso resulta fácil de decir, pero llevarlo a la práctica no lo es tanto. Rai­mundo no ha nacido para guerrear, y está realmente deseoso de reconci­liarse con Roma. Le tienen cogido por las pelotas.

—Sí, ya lo sé —admitió Raoul en voz baja y suave—.Y también sé que Si­món de Montfort acabará capándonos a todos a menos que nos organicemos.

—Geralda va a recibir el consolamentum —dijo Aimery una vez se hubo li­brado de su camisote y estuvo sentado delante de un brasero en la sala, con una jarra de vino medio vacía junto a su codo–. La religión se ha converti­do en algo muy importante para ella.

Raoul estiró las piernas hacia el calor del brasero y examinó el ribete de piel de conejo que adornaba sus botas.

–¿Y qué me dices de ti?

Aimery sonrió y meneó la cabeza.

–Ya hace demasiados años que llevo un tipo de vida que nunca me per­mitirá superar las pruebas a las que ha de someterse un verdadero Perfecti. Como carne, sigo disfrutando de los placeres sensuales y soy un soldado. Demasiados pecados, y no dispongo de los remordimientos suficientes para poder renunciar a ellos… Antes Geralda siempre intentaba convencerme de que debía cambiar, pero por fin parece haber aceptado que somos distintos.

Raoul se restregó la cara con las palmas de las manos.

–Claire también se siente muy atraída por los cátaros. En Montvallant hay una comunidad bastante numerosa que celebra numerosas reuniones.

–¿Y eso te molesta? –preguntó Aimery, escrutando a Raoul con una mirada llena de astucia.

–Oh, Dios…, ¡no lo sé! –exclamó el joven con exasperación–. No hay pecado alguno en sus enseñanzas y, de hecho, probablemente estén en lo cierto. Este mundo es el dominio de Satanás y llevar una vida pura es la úni­ca forma de romper sus cadenas, pero… –Apretó los labios–. Supongo que lo que me irrita es que nos veamos obligados a luchar por culpa de los cá­taros, porque fueron ellos quienes proporcionaron a los franceses la excusa que necesitaban. –Bajó la mirada–.Y además, lo cierto es que los cátaros se han interpuesto entre nosotros. Me refiero a mí y a Claire, ¿entiendes? Para ti no resulta tan dificil. Geralda es tu hermana.

–Ah.

Las frondosas cejas plateadas de Aimery subieron y bajaron en un mo­vimiento lleno de piedad y comprensión.

–Al principio era todavía peor. –Raoul clavó la mirada en su copa–.Ya me he acostumbrado a ello. He encontrado otras cosas en que ocupar mi tiempo, y Claire también ha conseguido llegar a una especie de compromi­so. Si nos movemos con la cautela suficiente por los bajíos y no nos adentra­mos en aguas profundas, todo va bastante bien… Además tengo a Guillau­me, claro. Él me compensa por muchas cosas.

Un sombrío silencio cayó sobre ellos, y los dos hombres se sintieron oprimidos por los mismos límites de aquellas profundidades y bajíos de los que acababa de hablar Raoul. Mientras observaba a su joven amigo, Aimery vio, tal como había visto recientemente en demasiados rostros, la huella que la afilada hoja de la experiencia acababa de dejar sobre la juventud de Raoul y la herida, tan profunda como imposible de curar, que había abier­to en ella.

Arriba, en los aposentos de las mujeres, Geralda de Lavaur contemplaba a Beatrice con una mezcla de compasión e inquietud

–Deberías tomar jarabe de marrubio para que te aliviara esa tos –dijo–. Te mandaré una redoma.

Beatrice trató de sonreír.

–La enfermedad ya ha progresado demasiado para que esa medicina pue­da servirme de algo.–Escondió el pañuelo manchado de sangre dentro de su manga–.Y a decir verdad, tampoco deseo oponerle resistencia. Me parece que no tardaré en recibir el consolamentum.

Geralda la estudió con silenciosa concentración y alargó el brazo para apretar la mano de su amiga, pero Claire, que acababa de instalar a Guillau­me en su cuna, volvió antes de que pudiera hablar.

–¿Duerme? –preguntó Geralda.

–Sí… ¡Por fin se ha quedado dormido! –Claire se rió–. Es tan curioso y se interesa tanto por todo que no soporta pensar que se está perdiendo algo.

–Raoul era igual que él a esa edad –dijo Beatrice con la mirada velada por los recuerdos. Últimamente la memoria del pasado le proporcionaba las mayores satisfacciones, y Beatrice estaba más que dispuesta a sumergirse en ellas–. ¡Puedo aseguraron que nos dio muchos quebraderos de cabeza!

–Y sigue haciéndolo –dijo Geralda–, a juzgar por la expresión que ha­bía en vuestras caras hace un rato.

–No me gusta verle llevar armadura. –Beatrice frunció los labios–. Él lo sabe, pero le da igual.

–Ahora Raoul ya es un hombre hecho y derecho, y tiene un hijo. No puedes gobernarle como cuando era un niño. –Geralda mantuvo una mano compasiva sobre la de Beatrice–. Sé cuán duro te resulta ver cómo tus seres queridos echan a andar por el sendero de la guerra, créeme, pero también sé que si te esfuerzas demasiado por apartarle de ese camino sólo consegui­rás alejarlo de ti.

Beatrice meneó la cabeza y clavó la mirada en uno de los tapices de la pared, contemplándolo coh ojos tan agotados por la enfermedad que ape­nas si podían distinguir el magnífico trabajo de los artesanos flamencos. Unos comerciantes de Tolosa amigos suyos les habían regalado aquella es­cena de caza cuando contrajo matrimonio con Berenguer. La mirada de Beatrice se posó en el ciervo blanco, en las flechas que le atravesaban el cuello y en el cazador, que todavía tenía el brazo doblado sobre la cuerda del arco.

–Muy pronto todo eso ya no tendrá ninguna importancia –murmuró. Claire y Geralda intercambiaron una rápida mirada llena de preocupación.

–He de pedirte un favor, Beatrice –dijo Geralda después de unos ins­tantes de vacilación–. No es algo que se pueda tomar a la ligera, y si deci­des negármelo lo entenderé.

La atención de Beatrice se apartó del ciervo condenado para centrarse en su amiga. Por un momento no pudo distinguir entre el uno y la otra, y tuvo que parpadear varias veces para aclararse la vista.

–Sabes que basta con que me lo pidas para que te lo conceda. Geralda sonrió.

–Y eso hace que me resulte todavía más difícil pedírtelo. –Respiró hon­do–. He proporcionado alojamiento a algunos cátaros en Lavaur. Arnaud­Amalric daría cualquier cosa por poder destruirlos, pues los odia más que a ningún otro miembro de los Perfecti. ¿Puedo decirles que vengan a Mont­vallant, y asegurarles que aquí serán socorridos en el caso de que tengan ne­cesidad de ello?

–¡Por supuesto! –exclamó Beatrice, con una sombra de su antigua energía. En seguida la voz se le quebró y Beatrice empezó a toser y metió la mano en la manga para coger su pañuelo.

–¿Quiénes son? –preguntó Claire mientras se apresuraba a servir una copa de vino caliente a Beatrice.

–¿Has oído hablar de Chrétien de Béziers?

Claire giró sobre sus talones, la jarra de vino en la mano y los ojos muy abiertos.

–El año pasado le oí predicar en Tolosa –dijo–.Tiene la voz más maravi­llosa que podáis imaginar, y cuando le oyes hablar sientes que te envuelve en su suave calor igual que una capa.

Su descripción hizo reír a Geralda.

–Se lo diré. ¡Se sentirá muy halagado!

–Iba acompañado por una joven y por un hombre bastante más viejo que él.

–Matfhias traduce los textos sagrados y los evangelios al catalán y al pro­venzal. Ahora mismo está trabajando en una traducción. Si los espías papales lograran hacerse con ella, o atraparlo, sería el fin de todo.Ya fue captura­do y torturado en una ocasión, aunque logró escapar. Fue entonces cuando sus perseguidores mataron a la madre de Bridget. –Geralda se mordió el labio y su expresión se volvió pensativa, algo que era muy raro en ella–. Brid­get es la más importante de los tres y a quien persiguen con más ahínco, y no se detendrán ante nada con tal de aniquilarla. –Meneó la cabeza–. Me terno que no debería habértelo pedido… El riesgo que supone es demasia­do grande.

–No me importan los riesgos siempre que así pueda frustrar los planes de los asesinos de Berenguer.

Beatrice tomó la copa que le ofrecía Claire y bebió el vino con sorbos rápidos, como un soldado.

Geralda no intentó sermonearla para advertirle que la venganza no for­maba parte de la doctrina cátara. La salvación llegaba por etapas. Al igual que les ocurre a los niños que aprenden a caminar, los primeros pasos siem­pre se ven obstaculizados por la imperfección y el fracaso. De hecho, por el momento ni siquiera ella estaba en condiciones de prescindir de sus muletas.

Claire murmuró un tímido asentimiento a la propuesta y se volvió para dejar la jarra de vino junto al hogar. Ardía en deseos de poder hablar de nuevo con Bridget, pero desde hacía algún tiempo sospechaba que la mu­jer a la que Raoul veía con tanta frecuencia en sus sueños y la joven mística estaban unidas por algún vínculo extraño e inexplicable. Era como si hu­biese algún patrón oculto, algún propósito que se estaba aproximando inexo­rablemente y que transformaba cuanto encontraba en su camino, ella misma incluida, y resistirse a él era tan inútil como tratar de volar con las alas rotas.

–La decisión final se halla en manos de Raoul –les recordó mientras se sentaba, sabiendo que él era tan impotente en su destino como ella–. Pero sé que no se negará.

CAPÍTULO 18

Montvallant, mayo de 1210

RAOUL ROZÓ EL HOMBRO de Claire con los labios y jugueteó con un mechón de su despeinada cabellera castaña. Las cortinas de la cama envolvían sus cuerpos en una cálida oscuridad, y a Raoul casi le resultaba posible creer que no había nada fuera de aquel refugio de primera hora de la mañana, y que su vida seguía estando entera e intacta. Pero no podía llegar a creerlo del todo, porque el mundo preparaba su in­trusión más allá de la protección de las telas. Raoul ya podía oír los sigilosos movimientos y murmullos de las doncellas de Claire, y el estridente parlo­teo de Guillaume.

Haciendo un esfuerzo por ignorar los sonidos, besó la boca y la gargan­ta de Claire y el hoyuelo de su mentón, y acarició las suaves curvas de su cuerpo. Las caricias no eran apremiantes, sino más bien la lánguida prolon­gación del placer que acababa de alcanzar tan recientemente. Al principio Claire nunca se mostraba muy dispuesta, pero Raoul había aprendido a ser astuto, a elegir el momento para convencerla mediante los halagos y el cor­tejo, o acariciarle el cuerpo drogado por el sueño con la delicadeza de un músico, de tal manera que cuando Claire por fin llegaba a estar plenamente despierta y era consciente de lo que le estaba haciendo, sus terminaciones nerviosas ya estimuladas anhelaban el placer con tal intensidad que ninguna otra cosa importaba.

—Creo que debería irme —murmuró, sin hacer ademán de levantarse.

Claire, inmóvil y pasiva bajo las caricias de su esposo, no dijo nada. Al cabo de un rato, Raoul se apoyó sobre un codo para contemplarla. Claire tenía la vista alzada hacia las estrellas pintadas sobre el dosel, su boca rosada aún hinchada por los besos, el manto del amor todavía envolviendo su cuer­po y su expresión tan profundamente absorta y melancólica que Raoul tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad para resistir el impulso de rodearla con los brazos. Se sentía como Orfeo al regresar del mundo subterráneo con Eurídice. El estallido de la luz orgásmica, el mirar hacia atrás, la repentina revelación de que estaba solo… Raoul masculló un juramento ahogado y apartó las sábanas.

—Quizá debería tomar una concubina —murmuró.

Claire no pudo evitar estretnecese de miedo ante el dolor y la ira que destilaba su voz. Hablarle de un amor más grande no serviría de nada. Raoul deseaba una prueba de índole personal, no de naturaleza más amplia. Claire pensó en su boca sobre la suya, el duro calor de su cuerpo musculo­so empujando y retirándose, el brillo de sus ojos y la urgencia apremiante de su placer. El deseo se agitó en las profundidades de su estómago, desen­roscándose igual que una serpiente, y Claire hundió las uñas en la sábana, mientras los ojos le ardían con un brillo febril. «Cuán raed le resulta al de­monio hacer que cedas ante su voluntad… —pensó—. ¿Realmente me im­portaría que Raoul recurriese a otras mujeres o, agradeciendo que lo hicie­se, preferiría quizá cerrar los ojos ante la realidad?»Y así, precisamente por sentirse tan insegura de cuál hubiese sido su reacción, Claire permaneció inmóvil y no respondió al desafio de Raoul.

Una de las doncellas habló de repente al otro lado de las cortinas, diri­giéndose con un tono un tanto sobresaltado a alguien que se encontraba en la puerta. La voz masculina que le contestó era dulce y suave, y contenía una nota de preocupación.

—Ya hablaremos más tarde —dijo Raoul, acogiendo con alivio aquella in­terrupción que le permitía huir de las temibles profundidades en las que se ahogaba cada vez que chocaba contra la muralla del rostro inexpresivo de su esposa. Se puso los pantalones, apartó las cortinas y volvió la cabeza hacia el escudero que permanecía inmóvil en el umbral—. ¿Qué ocurre, Mir?

El joven apartó a la doncella que le había estado impidiendo el paso.

—Un mensajero de Lavaur quiere veros, mi señor —explicó—. Dice que se encuentran en una situación bastante apurada —añadió después, alzando el brazo por encima del hombro para señalar la oscuridad de la escalera.

Raoul siguió el movimiento de su mano y vio el destello de una cota de malla, y enseguida comprendió que Mir nunca habría llevado al mensa­jero hasta allí a menos que las noticias fuesen más que apremiantes. Sólo los varones de la familia y su séquito podían acceder a aquellos aposentos su­periores.

—Será mejor que lo hagas pasar.

Raoul se anudó el cordoncillo de los pantalones y señaló una alcoba orientada hacia el sur, donde Claire solía sentarse para bordar.

El mensajero que Mir hizo entrar en la habitación se hallaba cubierto por la suciedad y el polvo de un largo viaje, llevaba un vendaje grisáceo y medio desgarrado alrededor de la cabeza y tenía la sobreveste manchada por el óxido que se había ido acumulando sobre su camisote.

—Estuve a punto de no poder atravesar sus líneas, mi señor —dijo con voz enronquecida mientras se tambaleaba.

Raoul le señaló un asiento, tomó la jarra de fuerte vino gascón de la ala­cena y le sirvió una generosa ración en una copa. El mensajero bebió, se atragantó, tosió y volvió a beber.

—Y ahora habla —le ordenó Raoul.

Guillaume entró en la alcoba con sus torpes pasitos de niño, un jugue­te de madera firmemente sujeto en una manita regordeta, y Raoul lo cogió en brazos.

El mensajero se pasó la mano por la boca.

—Simón de Montfort está a punto de entrar en Lavaur —dijo después—. Sus tropas están rellenando el foso con tierra y ramas con rapidez, y no po­demos impedir que los zapadores vayan minando la muralla. Mi señor Aimery y la dama Geralda os suplican que acudáis en su ayuda antes de que sea demasiado tarde.

Raoul meneó la cabeza.

—Dispongo de tropas que están bien adiestradas, pero no cuento con los hombres suficientes para enfrentarme al poderío de todo el ejército de Si­món de Montfort.

—Pero esos hombres bastarían para evitar que Lavaur sucumba al asedio si unís vuestras fuerzas a las de milord Aimery. —El mensajero volvió a be­ber. El sudor relucía sobre el polvo que cubría los pliegues de su garganta—. Están saqueando toda la comarca, destruyen cuanto encuentran a su paso… Os lo ruego, mi señor, ¡ayudadnos!

Raoul se frotó el mentón, dudando entre el deber y la obligación. Los hombres no eran suyos. Le habían sido confiados para que los mantuvie­ra a disposición de Raimundo de Tolosa, pero apelar a éste supondría des­perdiciar un tiempo muy valioso y, conociendo hasta qué punto le costa­ba decidirse a su señor, era muy posible que la petición acabara siendo re­chazada.

—Iré —dijo Raoul con repentino vigor—. Dame un poco de tiempo para comer algo y armarme, y tendré a los hombres en el camino antes de la prima.

—¡Gracias, mi señor, gracias!

Raoul acogió la gratitud del mensajero con una mueca.

—No esperes milagros —dijo secamente—. Las mujeres te curarán las he­ridas y te proporcionarán comida y ropas limpias.

Hizo una seña a las doncellas. Las cortinas de la cama aletearon y se hin­charon, indicando así que Isabelle estaba ayudando a vestirse a Claire detrás de su protección. Raoul rozó los rubios cabellos de su hijo con los labios y dejó al pequeño en el suelo. Los colores se oscurecieron de repente. Cuando volvió la mirada hacia el ventanal, Raoul vio que el sol había quedado ta­pado por una nube.

El cielo se nubló y fue volviéndose cada vez más oscuro a medida que el día avanzaba y Raoul.11evaba a sus hombres hacia Lavaur. Los rayos par­padeaban sobre los bosques de las colinas que se alzaban al norte, brillando en un cielo que tenía el color del acero de una espada. Ningún trueno se­guía a los destellos de luz, y tampoco llovía. El ataque lanzado contra los sentidos era silencioso y, en consecuencia, todavía más inquietante.

Al anochecer se detuvieron para pasar la noche en una pequeña aldea pegada al camino. La experiencia resultó tan extraña como fantasmagórica. Temiendo la aproximación del gran ejército, los habitantes del pueblecillo habían huido al bosque, llevándose consigo sus animales y cuanto podían transportar y dejando sus moradas convertidas en cascarones vacíos, pero el lugar llevaba tan poco tiempo abandonado que la esencia de sus moradores todavía vivía y alentaba en ella. Era como acostarse en un lecho lleno de fan­tasmas, y tener que pernoctar allí puso bastante nerviosos tanto a los hom­bres como a los caballos.

Los rayos estuvieron destellando silenciosamente durante toda la no­che, tan pronto cercanos como distantes, y un vendaval reseco surgió de la nada para hacer crujir las puertas y cerrar los postigos entre estampidos. Raoul llevaba varios meses sin que se le apareciera la mujer del sueño, pero de repente aquella noche se encontró esperando su llegada. La tensión que impregnaba la atmósfera se deslizaba por su columna vertebral con un ex­traño cosquilleo y palpitaba en sus sienes, haciendo que le resultara imposi­ble conciliar el sueño o entretenerse conversando con sus hombres. Final­mente, tan tenso como un lince de las montañas, salió de la tienda y relevó a uno de los soldados que estaban montando guardia, pero aunque miró y miró hasta que le dolieron los ojos, aunque sumergió hasta la última par­tícula de su mente en aquella oscuridad iluminada por la tormenta, siguió estando solo.

El viento amainó con la llegada del amanecer, pero los rayos continua­ron destellando en las alturas. El cielo continuaba bastante oscuro y había ad­quirido una apariencia metálica cargada de poder, y su peso era como un goterón de plomo caliente que palpitara detrás de los ojos de Raoul. Los hombres hicieron sus abluciones y desayunaron en silencio. Antes de que hu­biera amanecido del todo ya volvían a avanzar por el camino que llevaba a Lavaur, dejando abandonada la aldea a sus fantasmas.

El color del cielo cambió cuando se estaban aproximando a la ciudad, y Raoul comprendió que estaban viendo las murallas a través de una temblo­rosa cortina de humo y polvo. Aunque el viento se había calmado, empeza­ron a percibir el familiar hedor de la madera quemada, los campos en llamas y la carne chamuscada. Quien hubiera estado en Béziers jamás olvidaría aquel olor y lo que significaba.

–¡Ah, Dios! –sollozó el mensajero, que había decidido acompañarlos de vuelta a su ciudad–. ¡Hemos llegado demasiado tarde!

–Quizá sólo hayan quemado los alrededores –sugirió uno de los caba­lleros de Raoul, ofreciendo palabras de esperanza sin ninguna convicción.

Raoul sacó a sus tropas del camino sin pronunciar palabra y siguió avanzando hacia Lavaur todavía más cautelosamente que antes. Después de haber serpenteado por entre los árboles durante unas tres leguas, detuvo a sus hombres en un bosquecillo de pinos y se llevó consigo a Giles para ex­plorar el terreno. Aprovechando cualquier refugio que pudieran ofrecerles los troncos, los dos caballeros se desplazaron en dirección paralela al cami­no en vez de ir al descubierto por él, y de esta manera se encontraron con una hilera de porteadores, cocineros, artesanos y seguidores del campa­mento que se dirigía hacia la ciudad. El ejército de Simón acababa de le­vantar el campamento y se había puesto en marcha. Permanecer fuera de las murallas de la ciudad carecía de sentido cuando podían estar a buen re­caudo detrás de ellas mientras la saqueaban y se apoderaban de cuanto La­vaur podía ofrecerles.

–¿Y ahora qué? –murmuró Giles.

Raoul juntó las manos sobre la perilla de la silla de montar y contempló el sendero que conducía a Lavaur con los ojos entrecerrados. El olor a humo era asfixiante e insoportable, pero no tanto como la horrible certeza que la­tía en sus sienes y goteaba por su espalda bajo la forma de hilillos de sudor helado.

–¿Ahora? –Volvió a coger las riendas y presionó los flancos de Fauvel con los muslos para hacerle volver grupas–.Ahora nos uniremos a la procesión.

–¿Os habéis vuelto loco? –exclamó Giles, la voz repentinamente agudi­zada por la incredulidad–. ¡Nos degollarán!

–¿Quién va a impedírnoslo? –replicó Raoul–. Míralos. No son más que una multitud de seguidores del campamento a los que se ha enseñado que deben humillarse ante cualquiera que monte un corcel de guerra y luzca es­puelas doradas. Pensarán que formamos parte de la retaguardia y que hemos sido enviados para protegerles si son atacados, y te aseguro que no seremos no­sotros quienes les saquemos de su error.

—Espero que tengáis razón —gruñó Giles mientras seguía a Raoul en di­rección al camino, deseando que nunca hubieran salido de Montvallant.

Raoul no se había equivocado, aunque pasaron por un momento bas­tante apurado cuando un alcahuete intentó conseguir que se interesaran por sus muchachas y tuvieron que persuadirlo, enérgicamente y a punta de lanza, de que sería mejor que probara suerte en otro lugar. Después de aque­llo nadie más se interpuso en su camino, y llegaron hasta las murallas de la ciudad sin tener que enfrentarse a nuevas dificultades.

Un instante después de que hubieran entrado por la puerta principal de Lavaur, se fijaron en los restos de un cadalso medio derrumbado y los cuer­pos amontonados alrededor: estaban contemplando a la guarnición de La­vaur, los soldados que habían sido despojados de su armadura y asesinados a mandobles y cuchilladas. Resultaba obvio que la intención original de ahor­carlos como si fueran vulgares criminales se había visto frustrada al romper­se el cadalso, por lo que fue preciso recurrir al hacha y la espada. Caído so­bre el cadalso, con la soga todavía alrededor del cuello y la camisa empapada por la sangre que había dado vida a su cuerpo, yacía Aimery, con las pupilas • clavadas en los buitres que trazaban círculos en las alturas. El humo arañó los ojos de Raoul, obligándole a parpadear, pero la imagen ya había queda­do grabada para siempre en su mente. Muy cerca de allí, una multitud invi­sible rugía como una manifestación humana de las llamas que estaban de­vorando la ciudad.

—¡Vayámonos! —exclamó Giles, con la repugnancia claramente visible en cada uno de sus rasgos—. ¡No podemos hacer nada, y no deseo unirme a esas pobres almas!

—¡No! —replicó secamente Raoul, tragando saliva—.Todavía no… —mur­muró, haciendo avanzar a Fauvel hacia la multitud.

Giles, mascullando maldiciones y juramentos, se apresuró a seguirle por el laberinto serpenteante de las calles y callejones del burgo.

Llegaron a una plaza repleta de ciudadanos que estaban siendo vigilados por infantes armados con picas y espadas y por sargentos a caballo que lle­vaban casacones acolchados. A través de aquel gentío avanzaba lentamente una procesión encabezada por sacerdotes, con un gigantesco crucifijo de bronce en lo alto y banderolas de seda que mostraban el sufrimiento de Je­sucristo a cada lado. Detrás de aquellos estandartes, sosteniendo en su mano un báculo eclesial como si fuese un garrote, avanzaba Arnaud-Amalric ex­hibiendo toda la panoplia de su cargo, el rostro enrojecido por la alegría del justo triunfo y el peso dorado de sus magníficas vestimentas. En contraste, la hilera de hombres y mujeres unidos por una larga cuerda que caminaba arrastrando los pies detrás de él, aguijoneada y salpicada por los escupitajos de los cruzados, llevaba túnicas de tosca confección doméstica y apagados colores azules, grises y marrones. Eran cátaros y estaban condenados a pe­recer, pero sus rostros también mostraban la luz del triunfo, pues, aunque sus cuerpos no tardarían en consumirse entre las llamas, sus espíritus ya casi aca­riciaban la libertad. Cerraban el cortejo más sacerdotes que blandían antor­chas para prender fuego a los haces de ramas.

—Santo Dios… —murmuró Giles, y tragó saliva.

—¿Cuál? —replicó Raoul con expresión sombría—. ¿El Dios de Citeaux o el de los cátaros?

Recorrió la hilera de Perfecti con la mirada, pero no encontró a Geralda entre las siluetas; sin embargo sabía que ella nunca sería capaz de retractarse.

Al otro lado de la plaza, un monje cisterciense que llevaba el capuchón levantado cabalgaba por entre la muchedumbre, llevando detrás de sí una mula cargada cuya rienda sujetaba. Dos cistercienses más, también a caballo, le seguían con los capuchones alzados alrededor del rostro. La mirada que Raoul había deslizado sobre la multitud se detuvo de repente y retrocedió hacia la montura del monje que abría la marcha, un esbelto caballo de pela­je entre marrón y rojizo, crines albas y patas de un blanco impoluto que as­cendía casi hasta los ijares.

—¡Es el corcel de Aimery! —masculló Raoul—. ¡Ese sacerdote está mon­tando el caballo de Aimery!

—¡Esos buitres no pierden el tiempo! —exclamó Giles con expresión som­bría, y escupió por encima de la cruz de su montura.

—¡Detenedlos!

Una voz imperiosa resonó en el otro extremo de la plaza, y un instante después se produjo una repentina agitación entre la multitud cuando un contingente de caballeros y sargentos a caballo trataba de abrirse paso por entre el gentío. Los látigos cayeron sobre los más remolones y las pezuñas herradas lanzaron coces a diestro y siniestro. El corcel que abría la marcha era blanco como la leche, y el blasón de su jinete exhibía el familiar león de cola bifurcada de la casa de Montfort.

—¡Dios mío! ¡Nos han visto! —exclamó Giles con voz enronquecida mien­tras se disponía a hacer volver grupas a su corcel—. Esto es una locura, mi se­ñor. ¡Debemos irnos ahora que aún tenemos una posibilidad de escapar!

–No es a nosotros a quienes persiguen –dijo Raoul, señalando a los mon­jes con una inclinación de la cabeza.

Giles no parecía muy convencido.

–Durante su última visita,Aimery y Geralda nos pidieron que diéramos cobijo a tres cátaros muy importantes.

–e!Y pensáis que puede tratarse de ellos? –preguntó Giles, controlando a su nervioso caballo con bastante dificultad.

–Me atrevería a decir que lo son, pero en una cosa sí tienes razón; no podemos perder ni un instante. No… Por aquí.

–Pero… –empezó a decir Giles.

Raoul, sin prestarle ninguna atención, ya se abría paso por entre la pe­riferia de la multitud, avanzando en una lenta curva para ir al encuentro de los tres fugitivos. Una rápida mirada de soslayo le mostró que el contingen­te de caballeros y sargentos a caballo lograba avanzar, no tan deprisa como podrían haber esperado en un principio, pues la acumulación de cuerpos entorpecía su avance, en algunos momentos deliberadamente. Eso fue re­mediado por Simón de Montfort, que desenvainó su espada y usó no el pla­no, sino el afilado borde, para abrirse camino.

–¡Cada vez están más cerca! –exclamó Giles–. Nunca conseguiremos sa­lir de aquí.

–¡Seguidme, deprisa! –gritó secamente Raoul al monje que tiraba de la mula cargada mientras detenía a Fauvel delante de él.

–Sabía que vendríais –dijo la mujer, mientras sus ojos del color del humo relucían en las profundidades del capuchón–. Pero no sabía si llegaríais a tiempo.

–¡Detenedlos, idiotas! –El grito lleno de furia volvió a resonar en la pla­za–. ¡Si permitís que escapen usaré vuestras pelotas como proyectiles para mis catapultas!

Un soldado parpadeó y volvió la cabeza cerca de Raoul, preguntándo­se quién estaba gritando y a quién dirigía sus gritos. Antes de que pudiera decidirse a actuar, una mujerona inició deliberadamente una violenta pelea con un vecino entre la muchedumbre y distrajo con ello la atención del sol­dado.

Raoul guió a sus protegidos por un callejón adoquinado y a través de una pequeña plaza, después cruzó una entrada llena de oscuridad para avan­zar hacia la luz del huerto que había al otro lado. Inclinada bajo los bultos de su carga, la mula, que había pasado a ocupar el último lugar del pequeño cortejo, logró introducir medio cuerpo por la entrada antes de quedar atas­cada. No había espacio suficiente para dar la vuelta. Raoul siguió adelante hasta llegar al huerto, desmontó y volvió por donde había venido. El cora­zón le latía con tal violencia que parecía a punto de romperle las costillas, y no porque los persiguieran. El capuchón lo ocultaba prácticamente todo salvo los más fugaces atisbos de la piel y los ojos, pero aun así sabía quién se hallaba debajo de él. Raoul había reconocido la voz. Había reconocido a sus sueños convertidos en carne y hueso.

–Habría que quitarle todo esto de encima para liberarla –dijo con voz apremiante–.Y podríamos ir mucho más deprisa sin la mula. ¿No podemos prescindir de todo este equipaje?

–¡Imposible! –El cátaro más anciano empezó a gesticular frenéticamen­te, y Raoul vio que tenía la mano derecha mutilada–. Si Citeaux o Simón de Montfort se apoderasen de lo que contienen estos fardos, lo destruirían, y es insustituible. Y además eso tampoco impediría que siguieran persi­guiéndonos hasta acabar con nosotros. Somos los guardianes, y sabemos de­masiado.

Raoul sintió que se le erizaba el vello. La entrada era como un túnel de luz. Al final de él, sosteniendo las riendas de los caballos, estaban Giles y el otro cátaro.

–La mula sólo servirá para estorbarnos –insistió–. Si tenéis que llevar todos estos bultos, más vale que los repartamos entre nuestros caballos cuan­to antes.

El cátaro abrió la boca para protestar.

–Haced lo que dice, Matthias. –La mujer rozó suavemente la manga de su compañero–. El peligro se encuentra muy cerca, y no disponemos del tiempo que necesitaríamos para mantener una discusión o para buscar otro camino.

Dirigió una inclinación de la cabeza a Raoul, dándole permiso para continuar, y se dispuso a ayudarle.

–Tened mucho cuidado –gimoteó el pequeño cátaro de la barba platea­da mientras Raoul, que no podía llegar a las hebillas, cortaba las tiras que su­jetaban los fardos–. ¡Algunos de esos escritos tienen más de un millar de años!

–¿Queréis que sean consumidos por las llamas? –replicó Raoul con seca brutalidad–. ¡Vamos, llevádselos a Giles y a vuestro amigo, y conformaos con el menor de entre dos males!

Matthias se apresuró a coger el fardo que le tendía Raoul y lo sostuvo delante de su pecho tan delicadamente como habría hecho una madre con su niño.

–No lo entendéis… –dijo, pero de repente su tono reflejaba más tristeza que vehemencia; después dejó de protestar.

No tardaron en llevar la mula hasta el final de la entrada para acabar de trasladar la carga bajo la luz del huerto. La mujer aseguró su parte de los far­dos a la grupa de su montura. El corcel de Aimery, un animal de tempera­mento tan vivo como inquieto y nervioso, se mantenía inmóvil bajo las manos femeninas con la satisfecha impasibilidad del jamelgo de un vende­dor de quesos. Raoul se encontró contemplándolas casi sin quererlo. Eran esbeltas y morenas, con las uñas cortas, y no se permitían el adorno de los anillos. Aquellas manos eran de lo más corriente, del tipo que se podía ver en cualquier joven campesina de las tierras del Languedoc. ¿Qué razón po­día haber para que le hicieran sentir tales punzadas de emoción? Bajando la vista, Raoul acabó de asegurar su parte de la carga de la mula detrás de su silla de montar.

–Dadas vuestras monturas y vuestros disfraces, supongo que seréis los cá­taros a los que había brindado alojamiento la dama Geralda –dijo mientras volvía a instalarse sobre la silla–. Ese caballo era el favorito de Aimery.

–Lo somos –dijo el más alto de los dos hombres, que hasta aquel mo­mento apenas si había pronunciado palabra–. Ayer le administré el consola­mentum cuando temíamos que la ciudad no tardaría en caer. Por lo menos ella pudo alcanzar el buen final, por muy terrible que fuese la manera en que llegó a él.

–¿Ha muerto?

–Vive en la luz –respondió Chrétien con una firmeza que despojó a las palabras de cualquier sombra de trivialidad, pues había hablado con la se­gura convicción de sus creencias.

–¿Qué le ocurrió?

–Los espías de Citeaux se las ingeniaron para descubrir que estábamos en Lavaur, y de ahí la espantosa ferocidad del ataque final. Cuando vieron que no nos hallábamos entre los cátaros que habían capturado, cogieron a Geralda, la arrojaron al pozo de la ciudad y la lapidaron hasta que murió. Así de inmensos son el odio y el temor que les inspiramos, y así de abrasadora es la llama de su frustración…

Raoul recordó a Geralda, la Geralda parlanchina que nunca se andaba con rodeos y siempre decía lo que pensaba, la mujer que lo había mimado sobre su espacioso regazo cuando era un niño. Su hijo también se había sen­tado allí, acunado hasta conciliar el sueño por las canciones que ella ento­naba con una voz tan dulce como áspera era la que empleaba para hablar. Después pensó en Aimery, y en la guarnición degollada que yacía junto a la puerta de la ciudad.

–¿Por qué sois tan importantes? –preguntó con un repentino apasionamiento, queriendo entender pero sintiéndose como si se encontrara ante una puerta cerrada que tanto podía ocultarlo todo como no esconder nada, sin poseer la 1′ ‘ve que le hubiese permitido averiguar qué había detrás de ella–. ¿Por qué el odio y el temor que os profesan son todavía más grandes que el que les inspiran los otros cátaros?

–Porque… –La mujer se interrumpió de repente para volver la vista ha­cia la boca de la entrada–.Ya vienen –jadeó.

Raoul siguió la dirección de su mirada bajo la capucha. La entrada es­taba vacía. Raoul distinguía los pequeños manojos de hierba que brotaban de las piedras y la calle, estrecha y angosta, que se extendía al otro lado.Algo atrajo su atención hacia el suelo: se trataba de un tenue destello cilíndrico, y un instante después comprendió que estaba contemplando un tubo para documentos olvidado en la oscuridad de la pared, y pensó que se habría caí­do de algún fardo mientras estaban liberando a la mula de su carga.

Desmontó con una maldición y, mientras corría para cogerlo, la calle cobró vida de repente al otro lado de la entrada con una repentina erupción de jinetes y soldados que avanzaban a toda prisa. Los dedos de Raoul se ce­rraron alrededor del tubo. Un dardo de ballesta pasó silbando junto a su cabeza, chocó con la pared y rebotó en ella.Varios más le siguieron, fallan­do por muy poco. Raoul se colocó el tubo debajo del cinturón y, mientras la entrada quedaba oscurecida por una masa de soldados, volvió corriendo junto a Fauvel, subió de un salto a la silla de montar y desenvainó su espada para cubrir la retirada de los demás, a los que Giles estaba sacando ya por el acceso posterior del huerto.

Unos instantes después salieron de él para entrar en un estrecho calle­jón que ya se estaba llenando de soldados enviados para interceptarlos.

–¡Por aquí! –gritó Raoul y, con un mandoble de su espada, arrancó el pestillo de una puerta en la pared de enfrente.

Un instante después ya estaban en otro huerto más grande que atravesa­ron, pasando junto a un establo vacío y una casa saqueada, para llegar a la ca­lle siguiente. Unos mercenarios que habían estado buscando algún botín en el edificio se encararon con el pequeño grupo de fugitivos. Raoul atacó. Los soldados, que iban a pie, retrocedieron prudentemente. Tres caballeros del contingente que los perseguía se lanzaron al galope hacia Raoul, gritando con toda la potencia de sus pulmones para alertar a sus compañeros mientras cargaban.

Raoul y Giles se enfrentaron a ellos. A esas alturas, los dos hombres ya eran unos guerreros lo suficientemente veteranos para plantar cara al ad­versario sin estar obligados a depender de la bendición de la fortuna para que los mantuviese con vida. Habían aprendido que el honor en la batalla no se parecía en nada al honor fuera de ella. Mata a un caballo si no te que­da más remedio, patéale las pelotas a un hombre, arroja arena en sus ojos y acaba con él después de que la hoja de su espada se haya partido. Tras la victoria, y si tal es tu capricho, siempre podrás permitirte el lujo de la ca­ballerosidad.

Un caballero pereció al instante, otro fue herido, y el caballo del tercero sufrió lesiones tan graves que a su jinete le resultó imposible seguir luchan­do. Raoul y Giles se reunieron con sus tres protegidos. Uno de los saquea­dores había agarrado a la mujer por el brazo y estaba intentando arrancarla de la silla de montar. De repente, y sin razón aparente, el saqueador aulló y re­trocedió tambaleándose mientras se aferraba el brazo derecho con la mano izquierda. Raoul volvió grupas para acabar con el soldado.

–Olvídate de él. –La voz de la mujer, tranquila y suave, encerraba todo el poder de un vasto océano–. No he sufrido ningún daño, y sólo perderí­amos tiempo.

Raoul miró a la joven y al saqueador. El hombre había caído de rodillas, con una expresión de puro terror en el rostro. Un ondular de relámpagos recorrió el cielo por encima de sus cabezas.

–Por aquí –dijo Raoul sin ninguna inflexión, consciente de que la ex­presión de su rostro debía de delatar sus emociones de manera tan cierta como lo hacía la del soldado.

Un brusco giro hacia la derecha, un zigzag, y un instante después las puertas de la ciudad aparecieron ante ellos con su acompañamiento del ca­dalso derrumbado, cadáveres y buitres. Las aves ya no trazaban círculos en el cielo, sino que se habían posado en el suelo para comer. Bridget contempló por un momento los cuerpos mutilados, en los que la sangre empezaba a coa­gularse, el plumaje marrón y blanco de los buitres y los picos curvados como ganchos para colgar carne. Después respiró hondo.

–No son más que cascarones vacíos –murmuró–. Sin el espíritu ya no queda nada. Salgamos de aquí.

Los últimos componentes del sistema de apoyo del ejército de Simón todavía estaban entrando en la ciudad cuando Raoul precedió al grupi­to de fugitivos para salir de ella. Algunos les lanzaron miradas llenas de curiosidad, pero el sargento que mandaba la guardia estaba muy ocupa­do discutiendo los últimos detalles de cierta transacción comercial con el mismo alcahuete que había tenido aquel pequeño encontronazo con Raoul hacía un rato, y eso impidió que prestara demasiada atención a dos caballeros que escoltaban a unos cuantos monjes cistercienses durante su viaje. Los espías y los enviados de Citeaux siempre iban y venían de un lado a otro.

El pequeño cortejo ya había dejado atrás los restos saqueados de las pre­carias moradas construidas fuera de la protección de las murallas cuando oyeron gritos a sus espaldas, y un instante después sus perseguidores surgie­ron al galope por la gran puerta como cazadores lanzados tras la pista de un ciervo. Dardos de ballesta pasaron silbando por entre los fugitivos, y no hi­rieron a ninguno de ellos por puro milagro. Los cinco aplicaron las fustas y las espuelas a sus monturas. No tardaron en hallarse fuera del radio de ac­ción de los dardos que les disparaban desde las murallas de la ciudad y en­tonces ya sólo tuvieron que enfrentarse a los hombres a caballo, a los que llevaban una ventaja razonable, si bien no insuperable. El peligro radicaba en que veinte guerreros perseguían a dos y, si lograban reducir la distancia, la captura y la muerte serían inevitables.

Raoul intentó recordar dónde había dejado a sus hombres y la seguri­dad del número. La distancia parecía enorme, y el corcel blanco que enca­bezaba el grupo de sus perseguidores se aproximaba un poco más con cada vaivén de sus patas. «Y miré y vi un caballo pálido…» Raoul se sentía como si el hueco de su espalda delimitado por los omóplatos fuese una gigantesca diana sobre la que permanecían clavadas las miradas de sus enemigos.Mien­tras cabalgaba, lanzó el grito de reunión que haría acudir a sus hombres, es­perando contra toda esperanza que se encontraran cerca.

–Á Montvallant! Á Montvallant!

El camino seguía estando vacío delante de ellos. El estruendo de cascos ya se había tornado atronador a sus espaldas. El problema no había que bus­carlo en los tres caballos que montaban los cátaros –los cuales estaban fres­cos y recién salidos de sus establos–, sino en los dos corceles de guerra, que habían sido sometidos a un duro esfuerzo durante dos días en la premura por llegar a Lavaur, y cuya osamenta pesaba bastante más que la de las delgadas monturas de cacería.

–¡Seguid! –gritó Raoul a Matthias, que cabalgaba delante de él–. ¡Los entretendremos mientras escapáis!

Le hizo una seña a Giles y obligó a Fauvel a volver grupas en un círcu­lo polvoriento para enfrentarse a los jinetes que se aproximaban.

Resignado, Giles lo imitó. Durante la última hora el caballero había es­tado plenamente convencido en varias ocasiones de que iba a morir, y en aquel momento la muerte ya era un compañero pegado a su hombro, tan familiar que apenas sintió temor o inquietud.

El corcel blanco llenó el mundo; sus ollares eran como cavernas rojas que relucían entre las salpicaduras de espuma desprendidas del bocado, los cascos arrancaban chispas al camino y un escudo dorado triangulado sobre la cruz de la montura ocultaban la unión del caballo con el hombre de tal manera que ambos parecían ser una sola bestia. Simón de Montfort, solda­do del Rex Mundi, músculo y acero, y los ojos de la parca segadora. »Y miré y vi un caballo pálido…» Raoul se lanzó a la carga para recibirlo, arrojando su desafio al rostro de la muerte. Los caballos se encontraron en un entre­chocar de blanco y oro. Fauvel se apartó hacia un lado y Raoul intentó al­zar su escudo a tiempo. La espada de Simón de Montfort se llevó un peda­zo de la madera de tilo reforzada. Raoul devolvió el mandoble. Su hoja re­botó en la reluciente superficie del escudo de Simón, quien hizo girar la espada en su mano con un ágil movimiento y se preparó para acabar con su enemigo.

Mientras echaba el brazo hacia atrás, un relámpago hendió el cielo y se hundió en la tierra, dejando deslumbrados a todos los combatientes que se agitaban en el camino y fulminando a dos de los hombres de Simón de Montfort, que perecieron al instante sobre sus sillas de montar. Los caballos se encabritaron y huyeron al galope. La punta de las hojas de los árboles que se alzaban a ambos lados del camino ardieron como candelas votivas, y destellos amarillos y anaranjados bailotearon sobre la superficie de la hier­ba. Un nuevo y acre olor a quemado se superpuso a la pestilencia que bro­taba de la ciudad.

–Montvallant! –gritaron a coro más de veinte gargantas–. ¡Montva­llant!

Entre la confusión, Raoul observó que Roland, Mir y sus hombres in­vadían el camino como si un conjuro los hubiera hecho surgir de la tormen­ta, pero apenas se intercambiaron unos cuantos golpes inofensivos. Simón de Montfort ordenó la retirada, pues resultaba evidente que seguir luchando contra un enemigo repentinamente incrementado, y entre una tormenta seca de tales proporciones, constituía una auténtica invitación al desastre. Tanto las tropas del norte como las del sur renunciaron al enfrentamiento, y ni si­quiera se molestaron en lanzar los discursos y amenazas habituales mientras se apresuraban a huir en busca de refugio.

Dos hora’s después, los hombres de Raoul entraban en una aldea, pe­queña pero todavía habitada, donde harían un alto para comer y abrevar a los caballos. Los aldeanos les ofrecieron áspero vino tinto, pan moreno, to­cino que goteaba grasa y queso de cabra. A los cátaros, que no comían carne ni nada que hubiera sido contaminado por el contacto con lo animal, les sirvieron gruesos dientes de ajo y un potaje de judías con el que acompa­ñar el pan.

Mientras Mir daba de beber a Fauvel en el abrevadero del pueblo, Raoul se sentó sobre el reborde de piedra y enterró el rostro en las manos. Le tem­blaban los miembros y se sentía como si le hubieran chupado toda la sus­tancia de los huesos, dejándoselos secos. Le dolía el brazo en el lugar donde había recibido un fuerte mandoble y, aunque los remaches de su camisote ha­bían aguantado, la carne ya estaba empezando a amoratarse.

—Tomad —gruñó Giles—. Será mejor que comáis algo. Tenéis el mismo color que este queso.

Raoul echó un vistazo al trozo de pan y a los gránulos de queso que más bien parecían nata rancia amontonados sobre él, y sintió que se le revolvía el estómago.

—No tengo hambre.

Giles le observó en silencio durante unos minutos.

—La reacción empieza a hacerse notar —dijo después, hablando con la có­moda seguridad de la experiencia—. Es lo que ocurre siempre que un hom­bre rebasa sus límites tal como os he visto hacer hoy. Lo guardaré en la al­forja por si queréis comer más tarde —añadió, y empezó a darse la vuelta para marcharse mientras asestaba un primer mordisco a su ración de pan con queso.

—Tú viste e hiciste las mismas cosas. —Raoul alzó la cabeza para mirar­le—. ¿No sientes deseos de vomitar?

Giles se detuvo, contempló su comida con el ceño fruncido y después se volvió hacia Raoul encogiéndose de hombros.

—Finjo que sólo ha sido una jornada más de patrulla en la que no ha sucedido nada de particular —dijo con expresión sombría—. Finjo que no me acuerdo de nada. Esa defensa acabará cediendo tarde o temprano, mas para entonces probablemente ya estaremos lo suficientemente lejos del peligro para que haya podido llenarme el cuerpo de vino y echar las en­trañas por los ojos de tanto llorar…, por lo menos las que no haya vomi­tado antes —añadió, girando una vez más sobre sus talones y echando a andar.

Raoul se frotó cansinamente el rostro con las manos y se levantó. Unos cuantos aldeanos se habían congregado junto a la fuente y alrededor de Chrétien de Béziers para oírle leer en voz alta su ejemplar del Evangelio de San Juan en lengua vernácula.

Y éste es el día del juicio, pues la luz ha venido al mundo y los hombres prefi­rieron la oscuridad a la luz, porque malvadas eran sus acciones. Pues todo aquel que hace el mal odia la luz, y no se aproxima a la luz por temor a que sus ac­tos queden revelados en ella. Pero quien hace lo que es bueno y verdadero, entra en la luz para que así pueda verse con toda claridad que sus obras han sido he­chas según la voluntad de Dios.

Raoul todavía se encontraba demasiado aturdido después de las escenas vividas para sentir asombro ante la pétrea tenacidad de la fe de aquel hom­bre. Las palabras se deslizaron sobre él carentes de significado, pero el cáta­ro poseía una voz tan bella que le fascinó y le mantuvo tan inmovilizado como un rayo de sol. El hechizo sólo se disipó cuando uno de sus hombres interrumpió la atenta escucha con una pregunta. Al ir a ocuparse del asun­to Raoul pasó junto a Matthias, que murmuraba nerviosamente mientras examinaba los preciados fardos de sus manuscritos. Cuando Raoul volvió a estar libre, miró alrededor y vio a la mujer inmóvil a cierta distancia de la fuente, tomando sorbos del áspero vino de la aldea. Había echado hacia atrás el capuchón de su hábito, y Raoul pudo ver sus facciones sin obstácu­los por primera vez.

Una cabellera totalmente libre de ataduras y tan negra como la media­noche colgaba a lo largo de su espalda, de la forma que sólo les estaba per­mitida a las mujeres que no se habían casado y a las vírgenes. Lustrosas cejas y pestañas oscuras enmarcaban unos ojos de un gris suavemente neblinoso, que sin embargo carecían de la claridad diamantina que Raoul recordaba de sus visiones. Su rostro estaba pálido y exangüe y sus hombros se encor­vaban bajo el peso del cansancio, aspectos éstos que también resultaban di­ficiles de conciliar con sus recuerdos.

Raoul fue hacia ella con paso titubeante y cuando la mujer, absorta en,/ sus pensamientos, no dio señales de percibir su presencia, carraspeó.

—Ni siquiera sé cómo te llamas, aunque creo que conoces mi nombre —dijo en voz baja y suave.

La mujer apartó la mirada de las nubes de tormenta que se retiraban hacia el sur y la posó sobre él mientras una media sonrisa curvaba sus la­bios.

—Me llamo Bridget —se presentó antes de alzar su vaso y apurarlo. A con­tinuación, más hablando para sí que dirigiéndose a Raoul, añadió—: Estoy tan cansada…A veces me pregunto si no sería más sencillo darse por venci­da y dejarse capturar. Así me quemarían de una vez, y ya no tendría que se­guir huyendo. Pero entonces el conocimiento moriría conmigo.

—Tu compañero…, Matthias…, dijo que erais los guardianes —murmuró Raoul con creciente curiosidad—. ¿Qué guardáis?

La sonrisa se hizo un poco más amplia, ahondando las arruguitas del cansancio alrededor de los ojos de Bridget.

—Los hombres cuidan de mí y yo cuido de la luz.Tengo el deber de pre­servarla y alimentarla. El poder arde con mucha fuerza dentro de mí, y su lla­ma nunca había sido tan poderosa desde hacía generaciones.

Raoul, que no acertaba a comprender el sentido de aquellas palabras, asin­tió como si la entendiera y después torció el gesto al caer en la cuenta de que para Bridget su rostro era como un libro abierto.

—Las colinas de los alrededores de mi castillo están llenas de cuevas —dijo—. Si queréis quedaron allí, estaríais a salvo aunque sólo fuese por un tiempo.

—No.Tenemos que ir a Foix, a las montañas. —Bridget titubeó, y su voz cambió de repente—. Quizá podrías escoltarnos hasta allí.

Raoul percibió un cosquilleo en el cuero cabelludo que luego descen­dió por su espalda para esparcirse sobre sus riñones.

—¿Por qué Foix?

—Porque ahí correremos menos peligro. Las montañas son nuestra for­taleza.

—Y ahí estaréis más cerca de Dios y más lejos de Citeaux y Simón de Montfort, ¿eh?

Bridget le lanzó una mirada bastante extraña, y la dulce suavidad de sus ojos se tomó más luminosa.

—Tanto de ellos como de otros… Quizá acabaré mostrándotelo, Raoul de Montvallant.

Raoul contempló la boca de Bridget mientras articulaba las palabras con ’sus labios humedecidos por el vino, y vio el delicado palpitar del pulso en su garganta. En la suya el palpitar se había vuelto más rápido y violento, y estaba empezando a deslizarse hacia su ingle. Aunque la tor­menta ya se iba alejando, Raoul todavía se sentía impregnado por su ten­sión.

—Creo que ya va siendo hora de que nos pongamos en marcha —dijo se­camente—. Simón de Montfort empezará a seguir nuestro rastro tan pronto como la tormenta se haya disipado —añadió, y se separó de ella mientras to­davía mantenía el suficiente control sobre sí para poder hacerlo.

Bridget, sonriendo, le vio reunirse con sus caballeros y empezar a dar ór­denes concernientes a su nuevo destino. Una nerviosa expectación se adue­ñó de ella, y su cuerpo se agitó como si su carne y sus huesos se hubieran convertido en agua. Cuando llegaran a Foix, el poder habría alcanzado su apogeo y ya no habría forma humana de resistirse a sus exigencias.

Cuando Simón volvió a Lavaur, los soldados de Citeaux estaban hur­gando en un montón de cenizas calientes acumuladas delante de las puer­tas donde habían sido inmolados los cátaros de la ciudad. Los soldados bus­caban cualquier hueso grande que hubiera sobrevivido a las llamas para tri­turarlo y convertirlo en polvo. Citeaux estaba decidido a asegurarse de que no quedaba nada de ellos, y quería limpiar la tierra hasta del último vestigio de su existencia. El cuerpo destrozado de la dama Geralda aún seguía en el fondo del pozo, ya que nadie había logrado hacer acopio del valor suficien­te para presentarse y suplicar que lo sacaran de allí. Sin duda lo extraerían antes de que empezara a envenenar el agua.

Simón entró en la fortaleza después de haber arrojado sus riendas a un mozo de establo. Una docena de suplicantes le estaban esperando allí; entre ellos, nobles de la comarca que habían llegado para ofrecerle su su­misión, y lugartenientes que necesitaban órdenes. Amaury, su hijo, se es­taba ocupando de algunos de los asuntos menos importantes, y cuando vio a su padre lanzó una mirada bastante significativa al estrado encima del que Citeaux estaba encorvado sobre una bandeja de pichones al vino tinto, sin que hubiera mucha diferencia entre el color de su rostro y el de la salsa.

Simón permaneció inmóvil unos minutos, preparándose para la batalla mientras su mente pisoteaba la tierra. Después, lanzando sus guanteletes y su casco a un escudero, entró en la sala y fue hacia el estrado.

—¡Los habéis dejado escapar! —le acusó Citeaux, limpiándose los dedos grasientos con una servilleta—. ¡Los teníais en vuestras manos y permitisteis que se os escaparan!

Simón apoyó los brazos en la mesa y descargó toda la arrogancia de su mirada entre verde y gris sobre Arnaud-Amalric.

—¡Si intentáis obligarme a soportar el hedor de vuestra bilis, os juro que será lo último que hagáis sobre la faz de la tierra! —masculló entre dientes. Todavía conservaba la mayor parte de su dentadura, algo muy raro en un guerrero de sus años, aunque varias piezas estaban melladas y ennegreci­das—. Para empezar, agradecedle a los ojos de lince de mis hombres que esos tres cátaros tuvieran que salir de su escondite. ¡Vuestros soldados estaban tan ocupados lanzando piedras al fondo de un pozo y aplaudiendo delante de la hoguera que nunca habrían dado con ellos!

El cuello de Citeaux, su carne tan fláccida y rojiza corno la de un pollo viejo, emergió de entre sus hombros.

–¿Cómo osáis amenazarme e insultarme? –balbuceó–. Os lo advierto. Haré que…

–¿Qué haréis? –Los labios de Simón se fruncieron en una mueca llena de desprecio–. ¿Excomulgarme quizá, como a Raimundo de Tolosa? No lo creo. ¡Por mucho que eso os disguste y os estropee la digestión, me necesitáis y lo sabéis! –Se apartó de la mesa con un gruñido de irritación–.Y además, sé dónde encontrar a vuestros herejes y a su mentor, y yo también tengo cuentas pendientes que saldar –añadió mientras tiraba de la cofia almohadi­llada que protegía su cabeza en un intento de aliviar el molesto roce con el forro de cuero humedecido.

–¿Dónde? –preguntó Citeaux, lamiéndose los labios e inclinándose ha­cia adelante.

–Escudo de oro, galones negros, corcel amarillo. –Simón enarcó una grue­sa ceja negra. Citeaux, perplejo, le imitó. Conocía los escudos de los hom­bres más importantes de ambos bandos, pero no los de todos los pequeños hidalgos que iban y venían corno moscas sobre un cadáver. Simón, en cam­bio, poseía un conocimiento obsesivo y meticuloso de todas y cada una de las insignias heráldicas exhibidas en el campo de batalla–. Raoul de Mont­vallant –añadió con un destello de satisfacción en la mirada–. Luchó junto a nosotros en Béziers, pero se ha convertido en el peor de los rebeldes. Supongo que acudía en auxilio de Lavaur cuando comprendió que ya era demasiado tarde, y entonces lo que hizo fue robarnos a esos cátaros delan­te de nuestras narices. –Simón aceptó la copa de vino que le ofrecía su pri­mer escudero. Sus ojos se entrecerraron, y un brillo calculador iluminó sus pupilas–. Me parece que ya va siendo hora de que haga una visita personal a Montvallant… –murmuró, antes de tomar un largo sorbo de vino.

CAPÍTULO 19

Foix,
mayo de 1210

A MEDIDA QUE EL BANQUETE se aproximaba a su fin, el conde de Foix dejó de prestar atención a los malabaristas que estaban entreteniendo a la mesa principal para observar a sus huéspedes.Tener al sabio estu­dioso Matthias de Marsella, a Chrétien de Béziers y a su sobrina en Foix y bajo su protección era un gran, aunque extremadamente peligroso, honor, tan celosamente estaban siendo perseguidos por los agentes papales. Chrétien de Béziers había accedido a predicar al día siguiente y todos los habitantes del castillo, desde el mozo de cocina más humilde hasta el mismo conde y sus ca­balleros, asistirían a la reunión. Allí, entre las montañas, Simón de Montfort era justamente temido, pero el desprecio todavía era la emoción predomi­nante, junto con la creencia de que al final acabaría siendo derrotado. De he­cho, hacía tan sólo un mes que los caballeros de Foix habían tendido una em­boscada a algunos centenares de los mercenarios alemanes de Simón de Montfort en el bosque de Montgey y matado hasta al último de ellos.

Foix desvió la mirada hacia un lado .para contemplar al joven noble que había traído a los cátaros a su ciudad. Raoul de Montvallant estaba obser­vando los bastones de madera pintada de los malabaristas con una concen­tración tan intensa que el conde en seguida comprendió que sus pensa­mientos debían de estar muy alejados de allí…, y a juzgar por la expresión de su rostro, probablemente estarían centrados en la sobrina de Chrétien de Béziers. Hasta que la muchacha había pedido permiso para abandonar la sala unos momentos antes, las chispas que saltaban entre ella y el joven ca­ballero habían sido casi visibles. El conde de Foix pensó que Montvallant esperaría discretamente un rato y que luego la seguiría, pero el joven había permanecido sentado, con las mandíbulas apretadas y la mirada clavada en los malabaristas, que no eran tan buenos después de todo.

—Bien, supongo que pronto volveréis con vuestro señor —dijo Foix, ro­zando antes el brazo de Raoul con los dedos para asegurarse de que conta­ba con su atención.

Un destello de luz brilló sobre los bordados que recubrían el cuello de la túnica de Raoul mientras suspiraba y, con un esfuerzo de voluntad, vol­vía los ojos hacia el conde de Foix.

–Sí, mi señor. Simón de Montfort ha tomado Lavaur, y eso significa que todas las tierras que rodean a Tolosa se hallan a merced de sus ataques…, las mías incluidas.

–Y vuestro conde… ¿tendrá las agallas necesarias para enfrentarse a él?

Raoul no se sorprendió al percibir un chispazó de desprecio en los ojos especulativos de Foix. Muy pocos nobles del sur, y eso suponiendo que hu­biera alguno, creían que Raimundo de Tolosa fuera capaz de defender sus posesiones.

–¿Qué otra elección le queda? –replicó Raoul encogiéndose de hom­bros–. La Iglesia de Roma se niega a creer que se haya arrepentido, y Simón no querrá negociar mientras la victoria le siga sonriendo porque quiere adueñarse de Tolosa. Se trata de resistir o morir.

Foix guardó silencio durante unos momentos, y después lanzó una mi­rada llena de astucia a Raoul.

–¿Le llevaréis una carta a vuestro señor cuando os vayáis? –La perpleji­dad que vio aparecer en el rostro de Raoul hizo que soltase una carcajada llena de amargura–. Quizá haya llegado el momento de olvidar viejas riva­lidades. Si vamos a sobrevivir, tendremos que unirnos y deberemos luchar. El de Montfort sólo entiende un lenguaje…, ¡y es el de la espada!

Su puño cayó sobre el tablero con tanta fuerza que el vino se derramó de las copas.

Raoul, con cierta ironía, pensó que el lenguaje de la espada también era el único que Foix podía entender, y que Raimundo y él nunca consegui­rían ponerse de acuerdo precisamente por esa razón.

–Le llevaré una carta de buena gana, mi señor, pero…

–¡Excelente! –El conde le asestó una potente palmada en el hombro y ordenó a un escudero que volviera a llenar la copa de Raoul–. Esta vez Si­món ha mordido más de lo que puede tragar, y nosotros nos aseguraremos de que acabe asfixiándose con este bocado, ¿eh? ¡También enviaré mensa­jeros a Comminges y Bearn! –Su rostro ardía de entusiasmo–. ¿Qué podéis decirme sobre la situación actual del ejército de Simón de Montfort a juz­gar por lo que visteis en Lavaur?

–¿Aparte del hecho de que ahora ya no puede contar con esos cente­nares de mercenarios alemanes que esperaba recibir de Carcasona?

La ronca carcajada de Foix resonó en la estancia, y un instante después el conde volvió a dejar caer su mano entre los omóplatos de Raoul.

–¡Me gustáis! –gritó.

Raoul, jadeando y tosiendo, deseó que Foix no expresara su aprecio con tanto entusiasmo.

Cuando por fin logró escapar del banquete, Raoul fue a las almenas para respirar un poco de aire fresco antes de retirarse al jergón de paja que Mir le estaba preparando en la gran sala. La ciudad dormía debajo de la gran for­taleza, y sólo el destello ocasional de una antorcha parpadeando en una casa de mala nota o una taberna se reflejaba en la oscura superficie del río Arié­ge. Solo, pero reconfortado por los discretos y familiares sonidos de los cen­tinelas que montaban guardia, Raoul fue recuperando la perspectiva y el dominio de sí mismo. Resopló y pensó que el conde de Foix poseía la su­tileza de un toro salvaje suelto en una plaza de mercado.

No vio a la mujer que estaba inmóvil entre las sombras muy cerca de él, mientras su oscura capa ondulaba alrededor de su cuerpo y su cabellera era como un tenue resplandor que fluía como el río entre la oscuridad, hasta que giró sobre sus talones para volver a la gran sala. Raoul contuvo la res­piración y sintió una repentina opresión en el estómago.

–Mañana habrá tormentas –le dijo Bridget a modo de saludo, sin apar­tar los ojos del cielo–. ¿No las sentís?

Su coronilla quedaba justo por encima del hombro de Raoul, y sus ras­gos eran delicados. Parecía demasiado frágil para poder servir de recipiente a la luz y el poder que Raoul le había visto contener.

–Pensaba que os habíais retirado –graznó, la garganta repentinamente seca.

–Sólo para atender a mis devociones. –Una sonrisa, apenas un suave parpadeo de la luz de las estrellas, cruzó velozmente por su rostro–. He de pediros una nueva merced antes de que os marchéis de Foix.

–Bastará con que habléis para que se os complazca, mi señora –dijo afa­blemente Raoul, aunque no pudo evitar lanzarle una mirada un tanto rece­losa.

–Mañana he de ir a cierto sitio sin que mi tío y Matthias me acompa­ñen. ¿Querréis servirme de escolta?

Raoul sintió que le daba un vuelco el corazón.Volviendo el rostro ha­cia un lado, fingió concentrar su atención en un trocito de argamasa que es­taba a punto de desprenderse del merlón.

–¿Adónde iréis? –preguntó, esperando que el tiempo que Bridget tar­dara en contestar le permitiera recuperar la calma.

–A un fuerte de las colinas que se encuentra a un día de aquí yendo a caballo, y del que ahora prácticamente sólo quedan ruinas. Perteneció a al­gunos miembros de mi familia hace muchas, muchas generaciones.

–¿Y ese lugar es importante para vos? ¡Creía que los cátaros desprecia­ban los vínculos materiales!

–No me importa por razones materiales. –Bridget le observó con si­lenciosa solemnidad durante unos momentos–. No sé si podréis enten­der esto, pero a veces, después de que las personas se hayan ido, la esen­cia de sus esperanzas y de sus plegarias todavía perdura. Las emanaciones de la auténtica creencia pueden ser percibidas incluso en las iglesias del Anticristo, y además mi catarismo y el de Chrétien no son exactamente iguales. No fui educada en el seno de su fe, y tampoco he profesado sus votos.

–¿Y por qué viajáis en compañía de dos Perfecti cátaros del primer gra­do mientras todos los sacerdotes de la cristiandad os acusan de herejía?

Raoul se había vuelto hacia ella sin soltar el merlón, que le brindaba apoyo. Sus manos estrujaron la fría realidad de la piedra, buscando su tran­quilizadora presencia.

La mirada de Bridget pasó junto a él para perderse en la noche y las os­curas masas de las nubes.

–Mi padre era hermano de Chrétien, y además era trovador. Sirvió a Ricardo Corazón de León en Acre y le siguió desde Aquitania hasta Ingla­terra primero, a ultramar después y de vuelta a Inglaterra finalmente. Mi madre era una ermitaña galesa que cuidó de mi padre cuando se estaba re­cuperando de una herida que le habían infligido en Tierra Santa. Los dos se enamoraron.

–eY ella poseía los mismos poderes que vos?

–Los suyos no eran tan intensos, pero… sí, los poseía. –La expresión de Bridget se volvió distante y melancólica–. A veces, cuando veo cosas que sería preferible permanecieran ocultas, esos poderes representan una gran carga.

–¿Qué ocurrió después de que se convirtieran en amantes? –inquirió Raoul pasados unos momentos.

Bridget hizo una lenta inspiración de aire, como si intentara calmarse, y después lo dejó escapar bajo la forma de un suspiro.

–Mi padre murió cuando yo era pequeña. En realidad nunca le cono­cí. Mi madre me crió en su celda entre las colinas de los Mynydd Du, me enseñó cuanto sabía y me inició en ciertas artes y tradiciones secretas.Via­jamos juntas. Cuando yo tenía catorce años, cruzamos el mar que nos separaba del continente y visitamos los lugares más importantes para nues­tras creencias: Carnac, Les Saintes Maries de la Mare y Compostela, que antes era conocida como Brigantium por aquel que le dio el nombre. Des­pués mi madre me llevó a Béziers y buscó a la familia de mi padre hasta encontrarla. Conocimos a Chrétien, que era un Perfecti cátaro practican­te, y a su hijo Luke. Por aquel entonces Matthias también vivía con él.

—Bridget se mordió el labio, y su frente se llenó de pequeñas arrugas—. Hace tres años los esbirros del dominico Guzmán capturaron a mi madre y la mataron. Matthias también fue capturado y torturado, pero escapó.

—Cuando alzó la vista hacia Raoul, las lágrimas brillaban en sus ojos—. La Iglesia de Roma teme que le cuente al mundo lo que sé. Lo único que de­sean es matarme, y también matarán a cualquiera que pueda haber llegado a conocer mis secretos.

Un escalofrío de miedo recorrió la columna vertebral de Raoul y pre­sentó batalla a la atracción que le inspiraba Bridget. No podía empezar a in­terrogarla sobre aquellos secretos, y en el caso de que lo hiciera y ella se los revelase, Raoul tampoco sabría qué hacer con una caja de Pandora abierta. Marcharse y olvidarla quizá fuera la mejor solución, aunque Raoul era consciente de que la trampa ya se había cerrado sobre él.

—¿Qué os hace pensar que reúno las condiciones necesarias para servi­ros de escolta mañana? —preguntó con voz ronca.

—Sé qué clase de compañía deseo tener durante este viaje —murmuró Bridget.

Su voz era tan suave como el terciopelo, y Raoul vio su sonrisa y las lá­grimas que todavía humedecían sus pestañas. La noche se fue desplegando alrededor de ellos como otra capa. Estaban solos en el baluarte. Raoul se acordó de aquel soldado de Lavaur, el que había empezado a lanzar alaridos de terror apenas hubo puesto las manos encima a Bridget. Pero no había malinterpretado la invitación que sugería su voz, y tampoco quería darle la espalda. Muy despacio, casi como si se estuviera desafiando a sí mismo, Raoul apartó la mano del merlón y la extendió para rozar la cara de Bridget primero y sus cabellos después, y acabó deslizando los dedos por un mechón suelto sin tratar de capturarlo. Sus nudillos le rozaron un pecho mientras sus dedos seguían descendiendo para rodearle la cintura. Bridget permaneció inmóvil, los ojos muy abiertos y la respiración acelerada. Raoul la atrajo ha­cia sí y la joven no ofreció ninguna resistencia, respondiendo a su acción con una delicada dulzura. En la oscuridad de la noche el deseo se adueñó de ellos y sus cuerpos se entrelazaron, boca sobre boca, dejando que la búsqueda del contacto quedara confiada a los dedos.

Raoul acarició el cuerpo de Bridget, tocándola y explorándola. Apoyándose en el muro, separó las piernas para compensar la diferencia de estaturas y, con las manos firmemente posadas encima de las caderas femeninas, aplicó la boca sobre su garganta para besarla. La frustración provocada por las varias capas de ropa que separaban una piel de otra mordisqueó su pasión para crear un dolor cada vez más intenso. ¿Adón­de podían ir en busca de calor e intimidad? Oh, Dios, su cuerpo estalla­ría antes de que consiguiera llegar allí… Raoul pensó confusamente en los cobertizos del patio donde se guardaban las provisiones, o en los es­tablos, aunque ninguno de esos dos lugares les protegería de ser descu­biertos.

Bridget emitía suaves murmullos y se aferraba a él, invadida por sensa­ciones que hasta entonces sólo había podido imaginar y que amenazaban con engullir su razón. El deseo era una espada de doble filo, y Bridget era incapaz de pensar en el control mientras Raoul la acariciaba.

Se apartó de él con un supremo esfuerzo de voluntad, empujándole al ver que Raoul no la soltaba de inmediato y mordiéndole, aunque com­prendió que eso último era un error, pues con ello sólo consiguió incre­mentar el deseo del hombre y el suyo mientras saboreaba la sal de su sudor. Bridget pensó que por fin comprendía el frenético y enloquecido aparea­miento de los animales.

–Aquí no… Ahora no… –jadeó, y se debatió, negándose a herirle con su poder.

Raoul percibió que el sometimiento de la joven se debilitaba. Al prin­cipio eso le excitó, pero la marea de la lujuria empezó a retroceder apenas fue consciente del pánico que se había adueñado de Bridget. La soltó y ella se apresuró a retroceder para alejarse de él con la agilidad de una cierva. Después los dos se miraron, contemplándose en silencio bajo la tenue cla­ridad del cielo encapotado.

Raoul tragó saliva y deslizó las manos por entre sus rubios cabellos.

–Ya sé que ni yo ni ningún otro hombre podemos ser tu dueño, pero te deseo –dijo, y en su voz había un temblor casi imperceptible–. El cuándo y el dónde no me importan; la elección es tuya, pero sólo quiero que sea pronto…, o enloqueceré.

Bridget se relajó ligeramente mientras volvía a recuperar el control de su cuerpo.

–Oh, sí –jadeó–.Tiene que ser pronto, o la fase de la luna pasará y ya no habrá otra oportunidad entre tú y yo, y no quiero elegir a otro para mi pro­pósito a menos que me vea obligada a ello.

Raoul oyó muy poco de cuanto dijo, aparte de lo que quería oír, el «sí» y el «pronto». Se apresuró a buscar su mano, pero Bridget esquivó sus de­dos y echó a andar con paso rápido y decidido a lo largo del baluarte. Un instante antes de que desapareciese en la oscura boca de la entrada de la to­rreta, volvió la cabeza para mirarle por encima del hombro y le obsequió con una deslumbradora sonrisa.

Cuando se hubo ido, Raoul se apoyó en el merlón y cerró los ojos. Ha­bría podido perseguirla, cogerla del brazo y suplicarle que accediera a ser suya, pero su deseo tenía que enfrentarse al orgullo y al temor. Por un mo­mento pensó’ en darse un revolcón sobre la paja con alguna sirvienta para aliviar su necesidad. Foix le había ofrecido una como algo totalmente natu­ral a su llegada, pero dispondría de muy poca intimidad para lo que sólo se­ría un acto sórdido y apresurado, y a medida que el ardor de su cuerpo se iba enfriando lo suficiente para permitirle pensar de manera racional, Raoul desechó la idea.Volvió a su jergón de la gran sala y se acostó sobre él después de dirigirle una breve despedida a Mir. Pasó mucho rato antes de que pudiera dormir.

El camino que conducía al fuerte de las colinas de Bridget discurría en una empinada ascensión a través de bosques de hayas y oscuros pinos resi­nosos, hogares del jabalí, el oso pardo, el lobo y el bandido, aunque Bridget y Raoul no fueron molestados por ninguna de esas criaturas. De vez en cuando, un fugaz atisbo a través de los árboles les mostraba la nieve que aún cubría los picos de las Plantaurel a pesar de que pronto comenzaría el vera­no. Detrás de las cimas revestidas de nieve, se extendía un cielo oscuro como la pizarra y surcado por el zigzag de los relámpagos.

Bridget le había dicho a Raoul que no llegarían a su destino hasta la puesta del sol, y él expresó sus dudas acerca de que fuera prudente pasar la noche a campo abierto cuando el cielo amenazaba con descargar una vio­lencia terrible sobre ellos. Bridget le miró de soslayo.

—No hay nada que temer, porque formamos parte de él —dijo. Cuando le habló sus ojos eran los ojos grises iluminados por el resplandor de los dia­mantes que Raoul había contemplado en sus visiones, y su rostro reflejó la claridad de la luz de las montañas. La muchacha que se había derretido como la cera entre sus brazos la noche anterior se había convertido en una diosa, y Raoul se sintió inexplicablemente impresionado.

Al mediodía hicieron un alto para que los caballos descansaran. Bridget rechazó el pan y los higos que Raoul sacó del petate de su silla de montar, e incluso una jarra del excelente vino del conde, y se contentó con un tra­go de agua del arroyo en el que las monturas estaban hundiendo sus hoci­cos. Después se sentó lejos de Raoul, sin pronunciar palabra y con los ojos fijos en las tormentas que se agitaban sobre las montañas.

Raoul comió sus vituallas sin percibir su sabor, bebió el vino sin que real­mente llegara a apreciarlo y, al igual que su silenciosa compañera, estudió la hirviente masa de nubes que se estaban acumulando en la dirección hacia la que se encaminaban. Si el comportamiento de Bridget no hubiera sido tan extraño, Raoul habría sugerido que volvieran a Foix. En cambio prefirió guardar silencio, sabiendo que no había ninguna necesidad de que hablara porque Bridget podía ver hasta la última partícula de su ser con tanta clari­dad como si toda su sustancia estuviera hecha del más puro cristal.

Durante toda la tarde siguieron avanzando a través de valles surcados por grandes cascadas en los que los árboles se aferraban a las laderas de las colinas con raíces como garras. Los pinos empezaron a escasear y se volvie­ron más pequeños, y no tardaron en ser sustituidos por matorrales y arbus­tos. Riscos de piedra caliza salpicados por las oscuras cuencas de las entra­das a viejas cavernas sobresalían del bosque como huesos gigantes. En cier­ta ocasión distinguieron la esbelta silueta amarronada de un lince inmóvil en la lejanía. El animal volvió la cabeza hacia ellos, aspiró su olor y desapa­reció entre la espesura.

Un rebaño de cabras monteras pastaba en la escarpada ladera de la co­lina sobre la que se había construido la fortaleza, ahora en ruinas. Encara­mado a lo alto de un montículo rocoso, el macho dominante contempla­ba su territorio con inquietantes ojos amarillos, los cuernos como dos grandes curvas magníficamente ribeteadas y gruesas como arbolillos jóve­nes… Detrás de él un rayo iluminó las torres de piedras medio desmoro­nadas.

La fortaleza había permanecido abandonada desde el final de la dinastía merovingia. Búhos y ratones, depredador y presa, habían establecido sus ho­gares en los muros de piedra caliza, y la hierba brotaba de cualquier rendija que le ofreciese la oportunidad de crecer. Un viento frío empujó a Raoul a través de los restos de la entrada como una mano gigantesca. Mientras pa­saba por entre los pilares adornados con tallas y símbolos casi borrados, Raoul creyó poder distinguir un oso en una de las columnas, y debajo de él lo que parecía ser un caldero. Una marmota salió disparada por entre los cascos de Fauvel y atravesó el patio invadido por la hierba en un veloz co­rreteo. La desolación se había adueñado de los baluartes y los edificios en ruinas, y reinaba sobre ellos tan orgullosamente como un senescal. El cielo gruñó sobre sus cabezas en una ominosa advertencia de la tempestad que no tardaría en descargar.

Raoul desmontó y miró alrededor en busca de algún cobijo donde pu­dieran atar a los caballos y acampar durante la noche. Los restos de un al­macén de piedra atrajeron su atención, pero una inspeccion más atenta re­veló que por lo menos un muro corría inminente peligro de derrumbarse. Dejando escapar un siseo de irritación, Raoul llevó a los caballos hasta la mu­ralla principal y los sujetó a un roble que se aferraba tenazmente a la vida entre las viejas piedras caídas. Supuso que los animales conseguirían sobre­vivir a la noche en aquel lugar sin demasiadas dificultades, pero no cabía duda de que tanto Bridget como él apenas hallarían refugio en él. ¿Qué tendría de especial aquel sitio para que Bridget estuviera dispuesta a en­frentarse a una de las terribles tormentas de las montañas con tal de poner los pies en él?

Volvió la cabeza y por encima del hombro vio que Bridget estaba in­móvil en el extremo este de los baluartes medio derruidos. El viento, que soplaba cada vez con más fuerza, llevó hasta él los sonidos de su cántico, aunque no consiguió entender las palabras y ni siquiera pudo distinguir la lengua que empleaba. Sintiendo un extraño cosquilleo en la columna ver­tebral, Raoul se ocupó de los caballos, desensillándolos, arrojando mantas sobre sus grupas y dando una medida de grano a cada uno. Mientras traba­jaba, no hubo ni un solo instante en el que no fuera consciente de la pre­sencia de Bridget, que no intentaba buscar ningún refugio mientras canta­ba y el viento agitaba los pliegues de su ropa alrededor de su cuerpo. La in­quietud de Raoul fue aumentando, y con ella llegó también una creciente excitación.

Volvió a mirar alrededor, buscando algún sitio en el que pudieran cobi­jarse y, al no encontrar ninguno, dejó a los caballos atados al roble y fue ha­cia Bridget, que se mecía de un lado a otro en un estado casi de trance. Raoul extendió el brazo para tocarla, pero en seguida cambió de parecer y prefirió limitarse a gritar a través del viento.

—¡No podemos quedarnos aquí! No hay ningún lugar que pueda prote­gernos de la lluvia si la tormenta descarga. ¡Moriremos de frío!

El cántico cesó de repente. Bridget permaneció totalmente inmóvil, respirando profundamente mientras recorría un largo camino mental para volver a su punto dé partida. Con un gran esfuerzo de voluntad, prestó atención a Raoul. Su escolta no tenía que seguir el mismo sendero que ella y tampoco debía conocer su destino, pero aun así formaba parte de uno y de otro, y para él los problemas mundanos del calor y el cobijo se encontraban por encima de cualquier otra consideración y dominaban a las nece­sidades del espíritu.

–Hay una caverna –murmuró–. Es demasiado pequeña para los caballos, pero habrá sitio suficiente para nosotros. En el techo hay un agujero para dejar salir el humo. Coge nuestras cosas y te enseñaré dónde está.

Y sin esperarle, echó a andar hacia una segunda entrada, ésta más pe­queña, situada al otro extremo de la fortaleza. Remetiéndose el vestido por debajo del cinturón y moviéndose con la agilidad de una cabra montesa, Bridget escaló el montón de cascotes que obstruían la entrada. Raoul, que la seguía, admiró la esbeltez de sus tobillos y pantorrillas, el tentador vis­lumbre ocasional de su muslo, la esbelta flexibilidad de su cuerpo y el ba­lanceo de su gruesa trenza negra.

La entrada de la caverna quedaba ocultada al vagabundo ocasional por un espeso matorral de enebros que Raoul decidió habían crecido por una decisión deliberada, no por accidente. Bridget los apartó y se agachó ante la entrada. Un instante después se oyó un sonido como el de un chaparrón al caer sobre un tejado y Raoul retrocedió de un salto, sorprendido por los murciélagos a los que Bridget acababa de espantar. Deslizándose por los ai­res como un retorcimiento de humo vivo, los pájaros se alejaron hacia el fuerte. Bridget se rió y Raoul consiguió dirigirle una tenue sonrisa, aunque ésta no tardó en desvanecerse cuando casi tuvo que pegar la cabeza a los pies para entrar en la caverna. Cuando por fin volvió a erguirse y pudo as­pirar una bocanada de aire, descubrió que el olor a excrementos de mur­ciélago y piedra mohosa era tan potente que estuvo a punto de hacerlo vo­mitar. Una tenue claridad se filtraba a través de un respiradero que Raoul supuso había sido creado por manos humanas, y debajo había un pequeño hogar, lleno de suciedad y en desuso desde hacía mucho tiempo. Tosiendo con la mano sobre la nariz y la boca, Raoul lanzó una elocuente mirada a Bridget.

La expresión de Bridget se había vuelto distante y preocupada, pues se hallaba demasiado absorta en sus pensamientos y emociones para que pu­diera darse cuenta de algo tan mundano como un olor desagradable. Reco­rrió con la mirada la pequeña caverna y después avanzó con delicada cau­tela a través de ella hasta llegar a una especie de pequeña cornisa envuelta en sombras que se alzaba junto al muro rocoso del fondo.

–Mi madre y yo nos refugiamos aquí la última vez que visitamos el fuerte –dijo–. Mi madre me aseguró que yo volvería a este lugar, y si no hu­biera sido porque poseía el don de la profecía, la habría creído loca al ver que dejaba aquí yesca, pedernal y nuestra única lamparilla de aceite. Ahora comprendo que ésa era su manera de bendecirme –añadió y, poniéndose de puntillas, cogió un paquetito envuelto en un trozo de lino encerado.

Raoul encontró una zona con el suelo relativamente limpio y se quitó el cinturón de la espada. Después de lanzarle una breve mirada, Bridget hizo arder la yesca y la unió al pábilo de la lámpara de aceite. Las lisas paredes de la caverna se volvieron al mismo tiempo más accesibles y miteriosas. Raoul se sentía como si estuviera atrapado dentro de un útero palpitante, con el lejano retumbar del trueno palpitando como el latir de la sangre alrededor de un niño aún no nacido.

–Traeré madera para el fuego antes de que descargue la tormenta –dijo, y salió de la cueva.

Bridget empezó a desenrollar sus petates. Dispuso sus mantas en el sue­lo al lado del hogar y dejó los cuencos de madera que usaban para comer junto a ellas. No tenía intención de comer, desde luego, ya que el ayuno for­maba parte del ritual y abría los caminos espirituales. Bridget ya podía sen­tir el cosquilleo del poder del misterio deslizándose por sus venas. La yema de sus dedos estaba cargada de él. Bastaría con que los extendiera para que…

Cuando Raoul volvió con un grueso manojo de ramas secas, Bridget ya había limpiado el hogar de las cenizas viejas y la suciedad y había encontra­do unas cuantas ramitas cerca de la entrada. Un pequeño fuego del que bro­taba un olor extrañamente aromático ardía a la espera del otro, mucho más grande, que aún tenía que ser encendido. La mirada de Raoul se posó sobre las dos mantas, extendidas la una junto a la otra, y después, mientras dejaba la leña al lado del fuego, acabó deteniéndose en Bridget.

–¿Es ésta la razón de nuestro peregrinaje? –preguntó, y en su voz sólo había una suave nota de burla–. Habríamos estado más cómodos si nos hu­biéramos quedado en Foix, y dudo mucho de que tu tío se deje engañar por todo este secreto.

Bridget colocó sobre la hoguera una pequeña marmita, que, por lo que vio Raoul, sólo contenía agua, pero Bridget esparció un puñado de hojas encima de ella. La mirada que mantenía fija en el rostro del joven brillaba con un tranquilo resplandor que ni siquiera el humo podía velar.

–Mi tío sabe por qué estoy aquí y conoce mi propósito, lo cual es mu­cho más de lo que veo en tus ojos.

Raoul se sentó delante de ella, cruzó las piernas y le devolvió la mirada con firme decisión.

–¿Y qué ves en mis ojos? –preguntó en voz baja y suave.

–Un niño y un hombre, una muchacha y una mujer –respondió Brid­get. La mirada que cada uno dirigía al otro los mantenía tan firmemente unidos como un par de espadas cruzadas–. Luz, oscuridad, fuego… –Des­pués se inclinó sobre las llamas y sacó la pequeña marmita del calor sin pestañear. Raoul lanzó un grito de advertencia y empezó a extender los brazos hacia ella, pero Bridget le dedicó una extraña sonrisa, dejó el re­cipiente en el suelo y le mostró el rosa intacto de las palmas y los dedos–. Y muchas más cosas –susurró. Volviendo a coger la marmita, se la ofre­ció–. Pon tus manos sobre las mías y no sentirás el calor, y tampoco te quemarás.

Raoul titubeó y se preguntó qué estaba haciendo en las montañas de Foix, en una caverna iluminada por una hoguera, junto a una mujer que mantenía suspendido todo su ser en un exquisito y torturador equilibrio entre el deseo y el terror.

–No es más que una tisana que mi madre me enseñó a preparar –mur­muró Bridget para darle ánimos–. No te hará ningún daño.

Raoul le dirigió una sonrisa tenebrosa.

–No creo que me hayas hecho venir hasta aquí sólo para envenenarme.

Y poniendo las manos sobre las suyas, bebió. Bridget no había mentido. Aunque Raoul fue consciente del calor, éste no le quemó. El sabor del bre­baje era ligeramente amargo, pero no hasta el extremo de que resultase in­soportable, y de repente el calor que no había quemado sus labios invadió su estómago y se fue difundiendo a lo largo de sus venas. Bridget también bebió, pero apenas un sorbo, y le apremió a que consumiera la mayor parte de la tisana. Después se sentó a su lado y arrojó más madera sobre el fuego, así como otra porción de las hierbas con las que había espolvoreado el hu­meante líquido.

El humo se fue acumulando entre ellos, formando una pequeña nube que olía a brotes y flores silvestres, y Bridget empezó a cantar suavemente en la misma lengua que Raoul le había oído emplear antes. Abrió la boca para preguntarle cuál era, pero descubrió que no podía moverse ni hablar. El cántico no sólo creaba ecos en las paredes de la caverna, sino también dentro del cráneo de Raoul, atrayendo su voluntad fuera de él con una del­gada hebra plateada de sonidos para sustituirla por la de Bridget. El humo apenas le dejaba ver, pero incluso a través de esa oscuridad advirtió que Bridget se levantaba, pasaba junto a la lumbre y se detenía para observarle con gran atención. Pero no le tocó, y un momento después salió de la ca­verna a la noche tempestuosa y echó a andar por el sendero de cabras que llevaba al fuerte en ruinas.

Cuando recuperó el dominio de sus sentidos, Raoul no tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido, salvo por el hecho de que el fuego ya casi se había extinguido por completo. No había ni rastro de Bridget, y fuera so­naban el golpeteo ahogado de la lluvia y el estruendo de una tempestad henchida de truenos que desgarraban el cielo. Mascullando imprecaciones, Raoul volvió a alimentar las llamas, se puso la capa y, agachándose, salió de la cueva a la tormentosa oscuridad.

La lluvia que le azotó el rostro le arrancó un jadeo y acabó de despabi­larle. El vendaval le abofeteó, y Raoul se tambaleó. Gritó el nombre de Bridget, pero el sonido desapareció como humo en el viento. Giró lenta­mente sobre sus talones y, a través de ojos que casi estaban cerrados del todo como protección contra los embates de la lluvia, vio bailar un rayo sobre los restos de las almenas del fuerte. Llamar a gritos a Bridget no serviría de nada. Raoul sabía dónde se encontraba la joven, y lo había sabido incluso mientras esperaba contra toda esperanza que sólo hubiera salido de la ca­verna para vaciar la vejiga. ¿Qué debía hacer pues? ¿Dejarla abandonada al propósito que la había llevado hasta allí, fuera el que fuese? Resultaba ob­vio que Bridget había hecho todo lo posible para asegurarse de que podría estar a solas, y Raoul sabía que no temía a la tormenta. ¿O debía ir en su busca y devolverla al cobijo de la cueva? Mordiéndose el labio, siguió refle­xionando. Saber que los muros medio derruidos eran muy peligrosos, y que precisamente aquel tipo de aguacero podía hacer que una pared se de­rrumbara sobre Bridget, acabó inclinando la balanza de la decisión, y Raoul inició el ascenso hacia la fortaleza.

Varias veces resbaló sobre un suelo que la noche negra y lluviosa ha­bía vuelto traicionero. En una ocasión cayó de rodillas. Segundos des­pués se salvó de resbalar ladera abajo agarrándose desesperadamente a una mata de enebro mientras pasaba deslizándose junto a ella.Afortunadamente, las raíces del enorme matorral eran lo suficientemente firmes para soportar su peso.

Finalmente, empapado, jadeando y lleno de cortes y arañazos, Raoul llegó a la curva rota de la entrada, se encaramó a una de las piedras que la obstruían y se tendió sobre ella, tragando aire a grandes bocanadas sin que le importara el diluvio. Cuando se hubo recuperado lo suficiente para po­der percibir otros sonidos aparte de su respiración, oyó la aguda y salvaje dulzura de las notas del cántico de Bridget mezcladas con el estruendo de la tormenta. Un rayo destelló a través del cielo e iluminó la tierra, y Raoul la vio por fin, inmóvil bajo la lluvia, expuesta a todas las inclemencias de la tempestad, sin ningún temor, con la cabeza echada hacia atrás y su oscura cabellera pegada a su cuerpo desnudo de tal manera que parecía una pro­yección viva de la diosa del mar cuyo nombre había recibido.

—¡Dios mío! —murmuró.

Sintiéndose desgarrado por el choque entre emociones tan opuestas como el miedo, la curiosidad y un palpitante deseo, y sabiéndose incapaz de ir hacia ella para obligarla a que volviese a la caverna como había sido su in­tención original, e igualmente incapaz de dejarla sola allí, Raoul permane­ció donde estaba y contempló cómo la joven se bañaba en la turbulencia de la tormenta, deslizando las manos sobre aquellos lugares en los que él había anhelado poner las suyas. Bridget curvó los brazos hacia el cielo, como si quisiera formar un cáliz con ellos, y lanzó un potente grito de triunfo. El cielo se ennegreció, y bajo el brillo de un rayo Raoul vio que Bridget ha­bía caído al suelo.

La preocupación y la inquietud se impusieron al miedo y Raoul saltó de la roca y corrió hacia la joven. Arrodillándose junto a ella, le levantó la cabeza y la sostuvo por los hombros. El rostro de Bridget era una borrosa mancha blanquecina; tenía los ojos cerrados y su piel estaba fría al tacto. Otro rayo reveló que su traje y su camisa, empapados, habían quedado tira­dos en el suelo. Murmurando maldiciones, Raoul recogió las prendas y se las metió debajo del cinturón. Después se quitó la capa, cuyo forro de lana aún estaba seco y, envolviendo el cuerpo de Bridget con ella, la tomó en sus brazos.

El regreso a la caverna supuso una dura prueba para la resistencia y la capacidad de recursos de Raoul. La mayor parte del tiempo llevó a Bridget encima del hombro, a la manera de un pastor que transporta a una oveja he­rida. De vez en cuando la sostenía con los dos brazos mientras la joven re­posaba sobre su pecho igual que un bebé. En un par de ocasiones tuvo que dejarla en el suelo mientras buscaba un asidero en algún tramo particular­mente dificil de la ladera. Cuando por fin entró en la cueva con ella, en­corvado y tambaleándose, la depositó junto al fuego y después se sentó a su lado, con la goteante cabeza inclinada.

Bridget se removió y emitió un suave murmullo, como un durmiente que despierta del sueño. Sus manos se alzaron para tirar de la capa empapa­da que envolvía su cuerpo.

Todavía resollando a causa del esfuerzo, Raoul se quitó la camisa, que también estaba empapada, y los calzones, y utilizó el extremo de una man­ta para secarse. Después fue hacia Bridget. La joven había abierto los ojos y su mirada, aparentemente perpleja, recorría la caverna. Sus pupilas acabaron centrándose en él, y entonces su mirada cambió de repente. Raoul le quitó la capa y, extendiéndola sobre el suelo junto a sus ropas para que se secara, le entregó una manta.

Bridget le observó mientras trabajaba, y se dio cuenta de que sus movi­mientos estaban llenos de furia a pesar de que no hacía ningún ruido. Per­cibió la rapidez de su respiración, en parte por el resultado del esfuerzo re­ciente y, quizá, un tanto más atribuible al hecho de que su cuerpo desnudo y vulnerable yaciera ante él como un sacrificio en el altar. Medio hipnotiza­da, la muchacha contempló cómo la luz de las llamas se deslizaba por enci­ma de la piel de Raoul con cada nuevo movimiento de sus músculos mien­tras trajinaba, y después los imaginó en un movimiento más rítmico sobre su cuerpo.

Raoul se volvió hacia ella, con el odre de vino en la mano y los ojos brillando con el mismo color azul de las llamas aromáticas que ardían en el fuego.

–¿Qué estabas haciendo allí arriba, en el nombre de Dios? –preguntó secamente–. ¡Si te hubieras pasado la noche acostada en el suelo sin ningún cobijo, de seguro que habrías muerto!

Bridget, que no quería contrariarle, se irguió y tomó un insignificante sorbito de vino, lo justo para humedecerse los labios. En realidad no lo ne­cesitaba.

–Estaba allanando el camino –susurró–. Abría un sendero sagrado. –¿Hacia dónde?

–Hacia esto.

Dejando el odre de vino a un lado, se inclinó y puso su boca sobre la de Raoul, permitiendo que sus senos entraran en contacto con el torso mas­culino y colocando un brazo sobre su cuello mientras el otro descendía ha­cia su ingle. La reacción de Raoul fue inmediata. Bridget la percibió en su mano, dura y anhelante, y sintió su contacto y oyó cómo la entrecortada as­pereza de su respiración se mezclaba con la de ella en un suave gimoteo de placer. Ella era el cielo, y Raoul la fuerza de la lluvia. Ella era la tierra, Raoul la cuchillada del relámpago. Bridget cerró los ojos y permitió que el poder de la tormenta se adueñara de ella para convertirla en una partícula flotan­te de su vasto elemento, y las cortinas resplandecientes de lo que era pura sensación poseyeron su cuerpo y lo apartaron de su control. Después llegó la lenta espiral del descenso y luego, antes de que Bridget hubiera podido recobrar un solo átomo de su ser, la espiral se invirtió y la devolvió nueva­mente al vórtice de la tormenta y al poder de la fuerza vital que crecía y se hinchaba.

El alba trajo consigo el estridente parloteo de los murciélagos que vol­vían a su morada, esta vez ignorando la presencia de desconocidos en ella. El humo del fuego era un angosto hilillo no aromatizado por hierba alguna, y la luz del día relucía a través del agujero abierto en el techo y atrave­saba, siguiendo una trayectoria oblicua, la protección que ocultaba la entra­da de la caverna. Bridget volvió la cabeza y estudió al hombre dormido a su lado. El brazo de Raoul yacía sobre el cuerpo de la joven, la mano relajada sobre el cordón rojo que rodeaba su cuello y del que pendía el colgante de la paloma y el cáliz. Bien, quizá fuera lo más adecuado. La noche anterior él le había proporcionado los medios que necesitaba para crear otro cordón como aquél. Bridget contempló sus cortas y gruesas pestañas, la curva sen­sual de su boca, su vulnerabilidad en el sueño, y una aguda punzada de do­lor le desgarró el corazón,. ¿Qué podía entregarle ella a cambio? Sólo la amarga revelación de algo que había sabido incluso antes de que la hubiera traído consigo desde Lavaur, y que Raoul descubriría en cuanto volviera a casa.

Los ojos de Bridget recorrieron su cuerpo, admirando los esbeltos con­tornos. Cuán fácil le resultaría pasar todo el día dentro de la caverna, entre­gándose al placer con Raoul y aprendiendo todas las sutilezas del nuevo misterio que había descubierto, ese misterio que le había desentrañado Raoul. ¿Y qué recordaría él de la noche anterior? Los labios de Bridget se curvaron en una mueca llena de melancolía. Un hombre y una mujer, luz, oscuridad y fuego. Apartó el brazo de Raoul de su cuerpo con una inmen­sa delicadeza y se irguió. Su cabellera era una masa enmarañada esparcida sobre sus pechos y sus hombros. Moviéndose rápidamente con sumo sigilo, Bridget se la recogió en una trenza lo mejor que pudo, se puso la camisa y el traje ya casi secos, metió sus pertenencias en su petate de montar y, con una última mirada a Raoul, salió silenciosamente de la caverna. Todo sería mucho más fácil de esa manera. Si se quedaba allí hasta que él despertara, entonces Raoul querría hablar y hacer más sólido el vínculo que habían forjado la noche anterior, y eso nunca sería posible.

Había dejado de llover, y el amanecer centelleaba sobre la hierba moja­da y cubría las ruinas de la fortaleza con una pincelada dorada. El aire olla a enebro, tomillo y brotes jóvenes. Bridget puso la mano sobre su vientre, sin­tiéndose en comunión con todas las cosas que crecían. La fecunda tierra madre, la diosa del Grano… Canturreando suavemente para sí en la vieja lengua del pueblo de su madre, inició el ascenso hacia el fuerte.

Raoul abrió los ojos y su mirada cruzó el espacio vacío que había jun­to a él para contemplar un fuego apagado. Fue recobrando la consciencia poco a poco y la memoria volvió flotando a su sede, llegando a ella un fragmento detrás de otro. Con los ojos desorbitados, su mirada recorrió rápida­mente la caverna, descubriendo que estaba solo y que ya no quedaba ni ras­tro de Bridget en ella. Por un instante de confusión pensó que había vuel­to a soñar, pero cuando se levantó para ponerse los calzones vio la sangre seca que manchaba su virilidad y sus muslos. Ninguna ilusión podía haber dejado una evidencia tan tangible. Pero, si tal intimidad no era una ilusión, ¿por qué se había ido Bridget?

Moviéndose con lenta torpeza, se puso las ropas todavía desagradable­mente húmedas y salió de la caverna. Una mañana que vibraba con la can­ción de los pájaros le acogió entre un centelleo de luminosidad, el cielo y la tierra limpios de polvo. El sol le acarició la cara. Protegiéndose los ojos con la mano, Raoul miró alrededor, pero no vio nada salvo una familia de ardi­llas que se limpiaban y se atusaban bajo aquel nuevo calor, y un quebran­tahuesos solitario que volaba en la lejanía azul.

Sintiéndose abatido y abandonado, volvió a entrar en la cueva y em­pezó a recoger sus cosas. Devolvió la yesca, el pedernal y la lamparilla a la repisa para que fueran usados por otros viajeros a los que el azar lleva­rá hasta allí y, mientras lo hacía, sus dedos encontraron otra cosa: un dis­co esmaltado, un poco más pequeño que la palma de su mano, sobre el que una estrella de David enmarcaba el símbolo cátaro de la paloma que surgía de un cáliz. En el reverso había un caldero que contenía una lan­za sumergida en el líquido. El disco le pareció muy similar al colgante suspendido de un cordoncillo escarlata que Bridget llevaba en el cuello, y que no había querido quitarse ni siquiera durante la frenética pasión de su noche de amor. Raoul reflexionó mientras sopesaba el objeto en la mano y, después de ciertos titubeos, se lo guardó en la faltriquera. Era un recordatorio tangible de Bridget y de la noche que habían pasado jun­tos. Sonriendo melancólicamente y sintiéndose de pronto menos solo, salió de la caverna y empezó a subir sin apresurarse hacia el fuerte cons­truido en la cima.

Cuando llegó a Foix aquella tarde, Raoul no se sorprendió al descubrir que Bridget, Chrétien y Matthias habían partido tan pronto como regresó la joven. Le dijeron que ésta ni siquiera se había molestado en desmontar de su caballo, y que nadie sabía qué camino había seguido el trío. No había ni mensajes ni pistas.

Miradas llenas de curiosidad se clavaron en Raoul, pero las ignoró. Sus hombres percibieron la tensión de su mandíbula y el frío destello de su ojos, y todos le conocían lo suficientemente bien para saber que no debían formular preguntas. Incluso Giles y Roland, que se atrevían a llamarle ami­go además de señor, guardaron silencio e, intercambiando miradas sarcásti­cas, se apresuraron a prepararse para abandonar Foix.

Al amanecer del día siguiente, el conde entregó a Raoul las cartas des­tinadas al conde Raimundo. Sus oscuros ojos chispeaban con un brillo ma­licioso, pues él no necesitaba refrenar su impetuosa lengua.

–Me parece que el viaje no fue precisamente un éxito, ¿verdad? –pre­guntó con tono burlón mientras Raoul guardaba los paquetes debajo de su cota de malla y empezaba a ponerse los guanteletes.

Raoul apretó los labios.

–Con todo el respeto debido, mi señor, debo deciros que eso es un asunto privado entre mi dama y yo.

–Oh, pues a mí no me parece que tenga mucho de privado –le provo­có Foix, apoyando la espalda en las tallas de su sillón–. Chrétien de Béziers se mostró un tanto molesto cuando descubrió que os habíais ido. He oído decir que pasó la noche anteriór a su partida rezando por su sobrina, ¡pero estoy seguro de que vos y ella os hallabais prosternados ante un altar muy distinto del suyo!

Con el segundo guantelete ya puesto, Raoul flexionó el puño para aco­modar el cuero y pensó si debía incrustarlo en la boca de Foix. Podía sen­tir el ardor de la sangre calentándole la cara y palpitando en su garganta. Pero pese a toda su grosería, Foix sólo había dicho la verdad, y Raoul sabía que era su propia conciencia la que se hallaba en carne viva.Abrió el puño con gran lentitud y giró sobre sus talones.

–No me cabe duda de que la dama sabrá ofrecer todas las garantías que pueda exigir la tranquilidad de su tío –dijo con un tono de voz más calmado y carente de emoción–. Fueran cuales fuesen los temores de ma­ese Chrétien, ya conocía nuestro destino. Os agradezco vuestra hospitali­dad. Me aseguraré de que el conde Raimundo reciba vuestra carta lo más deprisa posible –añadió, inclinándose ante Foix para poner fin a la con­versación.

–Y yo os deseo buen viaje, y que el Señor vaya con vos. –Una sombra de buen humor curvó los labios de Foix mientras daba su ceremoniosa res­puesta a la igualmente ceremoniosa despedida de Raoul–. En el caso de que desearais quedaros, hay un sitio para vos entre mis caballeros. Sé reconocer a un buen caballo y a un buen hombre en cuanto los veo.

El pánico recorrió el cuerpo de Raoul ante la sola idea de semejante destino.

–Gracias, mi señor –replicó cuando se hubo asegurado de que su voz no le delataría–. Sois enormemente generoso –añadió, y después se apresuró a retirarse con una rápida reverencia para salir a la luminosa mañana de vera­no y llevar a sus hombres de vuelta al hogar.

A escasa distancia, hacia el norte, mientras el sol subía por el cielo, Si­món se lanzó sobre la garganta de su enemigo y atacó Tolosa.

CAPÍTULO 20

Montvallant, mayo de 1210

GUILLAUME GIMOTEÓ Y AGITÓ sus puñitos en el aire, intentando qui­tarse de encima a su madre y a la doncella que lo mantenían in­movilizado mientras esparcían una repugnante sustancia marrón sobre sus cabellos.

—¡Calla, oh, calla! —le suplicó su madre.

Pero el ruego no tuvo éxito, porque Guillaume percibía el miedo y el temblor del llanto en su voz. Todos los patrones y comodidades fa­miliares se habían desvanecido de repente para ser sustituidos por la inseguridad y el pánico. Nadie disponía de tiempo para cogerle en bra­zos y jugar con él o, si lo hacían, era con una apasionada concentración que resultaba tan aterradora como la indiferencia. Echaba de menos la cálida sonoridad de la voz de .su padre y el vertiginoso deleite de ser arrojado al aire y recogido por sus duros brazos. Los gritos con que pe­día atención sólo habían sido respondidos por las lágrimas de su madre y el clamor de las campanas de la iglesia, heraldos de la destrucción de su mundo.

El miedo que había percibido en ella y en las otras mujeres se había vuelto intenso, pero no lo era mayor que el que sentía Guillaume al verse tratado con tal falta de miramientos. Una manta áspera que olía a moho sus­tituyó a la blandura de aquella a la que estaba acostumbrado, y el pequeño empezó a chillar. Una cucharada de un líquido amargo fue inmediatamen­te introducida en su boca abierta y Guillaume se atragantó y tosió, y des­pués tragó convulsivamente.

—¿Qué opinas? —preguntó Claire mientras Isabelle volvía a tapar el fras­co de jarabe de amapolas—. ¿Parece un niño campesino?

Contempló con expresión dubitativa el aceite de nuez que ocultaba el rubio de los cabellos y que había quedado esparcido sobre su cara como si fuese tierra, la vieja manta que había sido encontrada en el fondo de la prensa y la deshilachada túnica toscamente hilada. Guillaume se retorció y aulló y Claire lo cogió en brazos, estrechándolo contra su pecho mientras lo besaba y lloraba.

–Aún no es demasiado tarde para que vengáis con nosotros, mi señora –dijo Isabelle; las lágrimas hacían parecer aún más grandes sus oscuros ojos.

Claire se mordió el labio y se concentró en el dolor físico para contro­lar el mental.

–No –replicó–. No puedo dejar a Beatrice. Se encuentra demasiado dé­bil para viajar, y en ausencia de Raoul yo soy responsable de Montvallant. Toma, cuida de él… Manténlo a salvo por mí… –Devolvió a Guillaume a la doncella. Pierre, el mayordomo, estaba esperando en la entrada del dormi­torio–.Y ahora marchaos, deprisa. Me reuniré con vosotros más tarde si puedo.

Incapaz de contemplar cómo Isabelle se alejaba con su hijo, Claire se dio la vuelta, los ojos firmemente cerrados y los dientes clavados en el can­to de la mano para reprimir la pena que sentía al ver cómo le arrancaban un pedazo de su corazón. Su alma se estaba muriendo, desangrada de una ma­nera tan inexorable como se habían desangrado los soldados en los muros de la ciudad cuando Simón de MontfOrt había lanzado a su ejército contra ellos después de saquear Lavaur. Claire no podía culpar a sus gentes por ha­ber cedido ante la amenaza. No contaban con un líder que coordinara la re­sistencia, y sabían qué había ocurrido en Béziers y Bram. Al parecer Raoul había llegado demasiado tarde para salvar Lavaur pero había rescatado a al­gunos herejes importantes ante las mismas narices de Simón de Montfort. El vizconde quería que le fueran entregados, o de lo contrario…

A Claire se le revolvió el estómago. ¿Cómo podían entregarle lo que no tenían?

–¿Dónde estás, Raoul? –murmuró, y contempló la sangre que se desli­zaba por su muñeca allí donde los dientes se habían abierto paso a través de la piel.

Los hombres de Simón de Montfort habían tomado la ciudad, y al día siguiente también el castillo sería suyo. El de Montfort había prometido que arrasaría toda la ciudad si Claire se negaba a abrirle sus puertas, y ella sabía que lo haría.

Fue al dormitorio principal. El fuego había sido alimentado hasta crear una enorme hoguera para mantener caliente la habitación. Beatrice, casi in­corporada sobre media docena de almohadas, yacía en la gran cama de ma­trimonio. Tenía buen color, pero el brillo de su tez procedía del resplandor de la fiebre, no de la buena salud. Sus pulmones destrozados estaban empe­zando a fallarle de manera cada vez más clara, los puntitos de sangre esparcidos sobre su pañuelo se habían convertido en manchones, y su agota­miento se acentuaba cada día. Había empezado a delirar. A veces hablaba con Berenguer como si estuviera en la habitación con ella. Claire no había pensado ni por un momento en afligirla todavía más contándole lo que es­taba a punto de ocurrir, ni explicándole que Guillaume se había ido y que probablemente nunca volvería a verlo.

Se quedó inmóvil junto a la cabecera del lecho. El calor de la habitación perló su frente con gotitas de sudor, pero la piel de Beatrice estaba fría. Los ojos de la enferma, velados por la fatiga de estar viviendo al borde de la muerte, se abrieron de repente.

–Enciende las velas –le susurró a Claire–. Noto que se acerca la noche.

No fue hasta la noche del día siguiente cuando Simón de Montfort se quitó por fin la cota de malla y se puso la túnica limpia que Giffard había dejado junto al hogar en la estancia de Montvallant que Simón había recla­mado como aposento. Debajo de él, en la gran sala y el patio de armas, sus tropas comían y bebían de las abundantes provisiones de los sótanos y des­pensas de Montvallant, disfrutando de un descanso antes de seguir camino hacia Tolosa.

Simón examinó lo que le rodeaba, su boca una línea llena de tensión entre la plateada espesura de la barba y el bigote. ¿Qué había allí de valor? Nada. Los míseros tapices y colgaduras de costumbre, alguna que otra joya de cierto valor y un poco de plata; unos cuantos cátaros arrepentidos y unos pocos que arderían por sus creencias. En cuanto a Raoul de Montvallant, ni rastro de él, y tampoco de los herejes a los que había salvado. Citeaux se en­furecería por el fracaso de la empresa. Simón odiaba el fracaso, y no sopor­taba que su intuición le fallara. Golpeó la pared con el puño, lo suficiente­mente fuerte para sentir dolor pero no lo bastante para que la piel llegara a rasgarse. La fortaleza era sólida, y había sido reforzada recientemente. Cons­tituiría una excelente base de aprovisionamiento para el camino hacia To­losa. Desde un puntp de vista estratégico, no todo estaba perdido. Raoul de Montvallant ya no tenía un hogar desde el que desafiar a la cruzada, y su es­posa y su madre se habían convertido en rehenes de Simón. La anciana es­taba lista para la tumba, pero la esposa… Simón examinó sus tensos nudillos con expresión pensativa, abrió el puño, fue hacia la puerta y llamó a Giffard.

–¿Berenguer? Berenguer, ¿dónde estás?

La mirada de Beatrice, iluminada por el brillo de la fiebre, recorría la es­tancia.

—Todo va bien, madre. Cálmate…, estoy aquí.

Claire se sentó sobre la colcha y estrechó entre sus dedos la mano que la enferma tendía hacia ella.

—¿Berenguer?

—No, madre. Soy Claire… ¿Tienes sed?

Un fruncimiento de ceño se deslizó como una sombra por la frente en­rojecida de Beatrice.

—¡Puedo sentir tu presencia! —murmuró—. Amado mío, sé que estás aquí…

Su mano apretó frenéticamente la de Claire por un momento y des­pués se fue aflojando con lentitud. Sus párpados descendieron, y las pala­bras se confundieron unas con otras hasta convertirse en un farfullar en­trecortado.

Beatrice se sumió en un sueño inquieto, y Claire liberó delicadamente su mano de entre los dedos febriles y traslúcidos y se enjugó los ojos. El es­fuerzo que estaba realizando para no sucumbir al llanto era tan grande que le dolía el pecho. Quería aullar su miedo y su angustia a las vigas, pero sabía que eso trastornaría a Beatrice; además, fuera de la estancia había un centi­nela armado que mantenía pegada la oreja a la puerta, y Claire se negaba a darle la satisfacción de oírla.

Resoplando y todavía limpiándose los ojos y la nariz como una chiqui­lla, se dirigió hacia la jarra de piedra para el vino y la vació en el vaso de madera. La copa que solía usar había sido robada por los hombres de Simón de Montfort, y se le había entregado un tosco utensilio de cocina como sus­tituto. El vino estaba caliente y tenía un sabor entre rancio y amargo; des­pués de todo había permanecido dentro de la jarra desde antes del amane­cer y las campanadas que anunciaban el inicio de la hora de completas ha­bían sonado hacía ya un buen rato. «De una oscuridad a otra…», pensó Claire, y sin un solo destello de luz entre ellas, aunque el día que acababa de soportar había sido el más largo de toda su vida.

Claire se había arrodillado sobre el polvo del suelo de su propio patio, allí donde picoteaban las gallinas y vagabundeaban los cerdos, y había pre­sentado su sumisión a Simón de Montfort, sus llaves de castellana deposita­das sobre las palmas del invasor. Un edecán había desmontado para aceptar el símbolo de su sumisión. La mirada del de Montfort la había recorrido impasiblemente de arriba abajo con unos ojos tan duros y fríos como el acero de su camisote y después, con la espalda muy erguida, había atravesa­do el patio de armas sobre su corcel blanco, con una expresión tan impasi­ble como segura.

Claire en seguida se había dado cuenta de que le bastaba con alzar un dedo para que sus soldados se apresuraran a cumplir sus órdenes, y no úni­camente por miedo. Los soldados eran las herramientas de su oficio, y Si­món cuidaba de ellos. Aquel era el hombre que había dirigido la matanza de Béziers y las atrocidades de Bram y Minerve, que había tomado Lavaur y había visto arder a sus cátaros, y por fin se disponía a hacer lo mismo con los cátaros de Montvallant, y quizá la incluyera a ella en aquel destino.

Sintiéndose cada vez más nerviosa, Claire fue hasta la ventana cerrada y contempló la desnudez del muro junto a ella en el lugar donde hasta aque­lla mañana había estado colgado el tapiz del ciervo blanco. Si volvía la ca­beza, vería los troncos ardiendo en el hogar. Antes de que la hubieran en­cerrado allí con Beatrice y hubieran despojado la habitación de todos sus lujos, había visto a los sacerdotes entre las tropas de Simón de Montfort. Allí, inmóvil entre dos frailes y los capellanes personales de Simón y con los labios curvados en una mueca maliciosa, estaba el padre Otho, más delgado y malévolo que en el pasado; el clérigo le había sonreído de una manera que distaba mucho de ser amistosa.

Un alarido se alzó en la garganta de Claire y fue detenido por sus dien­tes apretados. Engulló el resto del vino, sin importarle que supiera a vina­gre, pero el líquido no logró deshacer el nudo helado que le oprimía el es­tómago. Todos los pensamientos encerraban algún peligro. «No pienses…», se dijo. No había ninguna plegaria que pudiera perdurar ante la amenaza de las llamas.

El pestillo de la puerta chasqueó. Claire se sobresaltó y se volvió hacia ella con los ojos desorbitados, mientras el vaso vacío caía sobre las esteras es­parcidas alrededor de sus pies.

–El vizconde desea veros –dijo el primer escudero de Simón de Mont­fort, un joven de ojos tan duros como los de su señor y no mayor que Clai­re, que estaba a punto de convertirse en caballero–.Ahora.

–¿Por qué?

Claire se llevó una mano a la garganta de manera inconsciente, su vista se desvió hacia las llamas del hogar.

–Si tenéis la bondad, mi señora… Le irrita que le hagan esperar.

«¿Si tenéis la bondad?» ¿Y qué ocurriría si se negaba? El centinela esta­ba escuchando al otro lado del umbral. Tanto él como el escudero eran musculosos y estaban bien alimentados, y llevarla a rastras hasta donde de­searan no supondría ninguna dificultad para ellos.

–Mi suegra está enferma –dijo–. No me atrevo a dejarla sola durante mucho rato.

El escudero se limitó a señalar la puerta, y Claire vio cómo la impa­ciencia dilataba sus fosas nasales. Alisándose el vestido y alzando el men­tón, bajó con él por la escalera iluminada por la temblorosa claridad de las antorchas que llevaba a la sala. El escudero llamó a la puerta, esperó a que su señor respondiera y después la hizo entrar en la estancia. Simón estaba sentado en el sillón que había sido el favorito de Berenguer, un asiento de almohadones gastados pero cómodos cuyas partes de madera mostraban la pátina de una ancianidad cuidada con gran cariño. El robusto cuerpo de Simón de Montfort ocupaba hasta el último centímetro de él. Una rodi­lla estaba levantada, la bota apoyada sobre el almohadón mientras la otra pierna permanecía extendida en una postura relajada, y sin embargo la forma en que entornó los párpados indicó a Claire que el reposo sólo era fingido.

—Entrad, mi señora —dijo Simón, y despidió a su escudero con una in­clinación de la cabeza y un breve gesto de la mano con que sostenía una copa de vino.

Temblando como una cierva acorralada por los cazadores, Claire avan­zó dos cortos pasos. Sus manos apretaban los pliegues de su vestido, y su co­lumna estaba tan rígida a causa del esfuerzo por mantenerse orgullosamen­te erguida que, como un abeto joven sacudido por el viento, sólo consiguió temblar todavía más visiblemente delante de él.

Moviéndose con lentitud, dándole así tiempo para que pudiera percibir el poderío latente en su cuerpo alto y robusto, Simón dejó la copa, se le­vantó del asiento y cruzó la estancia hasta detenerse delante de Claire.

—¿Dónde está vuestro esposo? —preguntó, y su voz era un suave gruñi­do leonino que contenía toda la amenaza de un rugido lanzado a pleno pulmón.

Claire se sintió atrapada por la gélida ferocidad de sus ojos y por la mole abrumadora que invadía su espacio y se imponía a su voluntad. Las rodillas le temblaban tan violentamente que apenas si podía mantenerse en pie, y tenía muchísimo frío.

—Os engañáis si creéis que el silencio os ayudará —dijo Simón.

Claire le devolvió la mirada con el rostro inexpresivo, paralizada por un terror tan grande que anulaba cualquier posible reacción.

—Si cooperais conmigo, vuestra ciudad no será destruida. De lo contra­rio… —Se encogió de hombros—. A estas alturas ya deberíais saber qué les ocurre a quienes colaboran con los herejes.

Claire se mordió el labio. El silencio se había vuelto horrible.

—iRespondedme, por la cruz! —rugió Simón y, aferrándola por los hombros, la sacudió tan salvajemente que la cabeza de Claire se bamboleó y su toca estuvo a punto de caer al suelo.

La violencia le devolvió una chispa de emociones y sensibilidad. —¡No lo sé! —jadeó—. ¡Y si lo supiera no os lo diría!

Los labios de Claire se separaron para dejar al descubierto los dientes en un blanca mueca.

Simón sintió bajo la presión de sus dedos el temblor provocado por el miedo repentinamente mezclado con el desafio.Y, oh Dios, verse desafiado era algo que le ocurría tan raramente… Los cabellos de Claire se desparra­maron sobre su espalda, envolviendo las manos de Simón con una red im­palpable de olor a lavándula. La melena de Claire, de un suave color casta­ño, era delicada y lacia, y sus trenzas no eran mucho más gruesas que los pulgares de Simón. Tenerla atrapada de aquella manera entre sus dedos era como tocar un lustroso río de fuego. De repente Simón fue intensamente consciente de la rosada opulencia de los labios de la mujer, la blanca co­lumna de su garganta y el veloz subir y bajar de sus pechos, así como del sú­bito engrosamiento de su virilidad.

Simón se enorgullecía de su autocontrol y de ser capaz de rechazar a las rameras y cortesanas que sus oficiales usaban para satisfacer sus apetitos.Te­nía a Alais y normalmente se encontraba lo suficientemente cerca de ella para poder galopar hasta su lecho, pero ya había transcurrido largo tiempo desde la última, y Alais se encontraba muy cerca de dar a luz al niño conce­bido el otoño anterior. Simón descubrió que por una vez quería dar rienda suelta a su lujuria y cabalgar sobre su salvaje energía hasta quedar agotado. Tenía derecho a tomar, a vengarse de Raoul de Montvallant por lo que ha­bía sucedido en Lavaur.

Sus manos se tensaron sobre los cabellos de Claire, y su boca se posó so­bre los labios femeninos. Claire se debatió e intentó gritar, pero Simón la acalló con la presión de su beso, la obligó a retroceder hasta dejarla inmovi­lizada contra la pared y después pegó su cuerpo al de ella. Claire seguía de­batiéndose desesperadamente y Simón se sintió invadido por la apremiante necesidad de subyugarla. Convertiría su desprecio en odio y su miedo en puro terror, y la marcaría para siempre con su blasón como si fuese una sier­va huida.

La poseyó sobre las esteras del suelo de su propia sala, las faldas levanta­das alrededor de su cintura como si fuese una prostituta cualquiera, sus bra­zos inmovilizados y el cuerpo invadido por su fuerza masculina, aplastado por su peso mientras Simón irrumpía triunfalmente en su interior. Sus em­bestidas se volvieron rabiosas, profundas, salvajemente decididas a dejar su sello. Simón saboreó la sal de la sangre de Claire sobre sus labios mientras devoraba su boca, aplastándola una y otra vez al mismo tiempo que sus ma­nos le amorataban la carne y se hundían hasta el hueso. Mientras se su­mergía en ella por última vez y su semilla palpitaba dentro del cuerpo de la mujer, Claire representó para él todas las tierras de Raimundo de Tolosa, violadas, sometidas, sembradas con su voluntad para que nunca volvieran a pertenecer al sur…

—¿Qué me importa tu esposo? —jadeó, todavía suspendido en el límite de la satisfacción del deseo mientras se entregaba al placer dentro de ella—. Que corra, que se esconda… Sólo será cuestión de tiempo.

CAPÍTULO 21

Montvallant, junio de 1210

INMÓVIL COMO UN ESTANQUE, el Tarn reflejaba una luna en la que sólo había plata. Raoul aflojó las riendas para dejar beber a Fauvel y dirigió la mirada más allá del río para contemplar las tierras recubiertas de es­carcha que se extendían al otro lado del resplandor de las aguas. Montva­llant, su hogar, aplastado bajo el puño del norte mientras él cabalgaba en di­rección opuesta, hacia Foix… Simón de Montfort había puesto sitio a Tolo­sa y devastado todos los alrededores.

La ciudad no había sido destruida, pero sí sometida a una severa purga. Los cadáveres de los soldados de su guarnición se pudrían sobre las mura­llas, y la campana de la iglesia, que apenas había sido utilizada durante los últimos cinco años, llamaba a las gentes a la misa obligatoria y anunciaba el toque de queda. La presencia de las huestes que lucían la odiada cruz roja en sus sobrevestes había sido impuesta a los habitantes. El de Montfort ha­bía establecido un campamento de mercenarios en la ciudad para demos­trar a las gentes de Montvallant qué ocurría cuando se prestaba apoyo a un señor rebelde.

La culpa roía las entrañas de Raoul y no le daba respiro. Había reme­morado una y otra vez las locuras que había cometido después de Lavaur. En vez de volver junto a Claire, había corrido en pos de un sueño y no ha­bía obtenido nada salvo la gratificación temporal de su cuerpo a expensas del tejido de su vida cotidiana. No había recibido ninguna advertencia de que aquello sucedería, a menos que hubiese estado oculta en la voz de la tormenta, y Raoul había preferido escuchar un mensaje distinto.

Por fin, acompañado por unos cuantos hombres selectos después de ha­ber dejado a los demás con la guarnición de Tolosa, Raoul estaba llevando a cabo un reconocimiento nocturno en unas tierras que, hacía tan sólo un mes, había atravesado al galope en un acto de altanera posesión. Je voi bien tuit perdu ad.. «Ahora veo que todo aquello se ha perdido…» Eso decía la quejumbrosa canción que entonaba el juglar de Foix. Sin embargo, no había sido perdido, sino robado. Con ese pensamiento, Raoul habló en voz baja y suave al corcel y lo llevó hacia la reluciente oscuridad del agua. Fle­chas formadas por líquidas ondulaciones aparecieron alrededor de las patas y el pecho de Fauvel mientras avanzaba contra la corriente. Detrás de él, su amo oía el suave chapoteo de sus hombres al adentrarse en el río. Con las cadenillas de los bocados bien sujetas y los cascos envueltos en trapos, cru­zaron los campos y los viñedos para tomar el camino que conducía a las ca­vernas en las que Montvallant había dado cobijo a los cátaros itinerantes del Agenais.

Los grillos chirriaban en el silencio. Retazos de nubes que flotaban a la deriva atravesaban el círculo reluciente de la luna. Los hombres, con las ca­pas sobre las armaduras y los rostros manchados de barro, trataban de huir de su luz.Aí abrigo de la oscuridad ascendieron por la colina y subieron por el angosto sendero de cabras que llevaba a las cavernas de los alrededores de la cima. Cuando llegaron a ellas Raoul se sintió invadido por una nueva oleada de abatimiento, pues las cuevas estaban desiertas y sus fuegos lleva­ban varios días apagados. Una marmita volcada, escudillas que aún contenían comida y un zapato solitario bastaban para contar una historia demasiado fácil de adivinar. Los cátaros de Montvallant habían sido descubiertos, y allí murió su esperanza de que Claire, su madre y Guillaume hubieran logrado esconderse con ellos, evitando que sus enemigos los encontraran.

Raoul desmontó, se acuclilló junto a una hoguera apagada y deslizó las cenizas entre sus dedos, mientras recordaba otra caverna y otro fuego.

–Escuchad… –murmuró Mir con voz apremiante–, alguien se acerca.

Raoul se incorporó y volvió la mirada hacia la dirección en que seña­laba el escudero. Después, y moviéndose muy despacio, empezó a sacar la espada de la vaina, extrayendo la hoja centímetro a centímetro para que ningún tintineo del metal o las monturas de la funda delatara su presencia y la de sus tropas. Con la respiración entrecortada, los hombres escucharon el sonido de otra respiración, enronquecida por el esfuerzo, mientras quien­quiera que se estuviese acercando luchaba por escalar por las rocas hacia ellos procedente de la ciudad. El chasquido de unas pezuñas herradas sobre las piedras resonó con toda claridad en el silencio de la noche.

Una voz femenina habló en la oscuridad y un hombre jadeó una répli­ca. Empleaban la lengua del sur, y Raoul se relajó ligeramente. Difícilmen­te podía tratarse de una patrulla que estuviera buscando cátaros huidos; aun así retrocedió hacia las sombras. La luz de las estrellas brilló sobre el pelaje oscuro de un flanco y relució sobre las bridas y, cuando un tirón de las rien­das detuvo a la montura delante de la caverna, Raoul reconoció a la yegua baya de Claire. El corazón le golpeó dolorosamente las costillas, pero la mu­jer que desmontó iba vestida con las toscas prendas de una campesina y era mucho más baja que su esposa. Un instante después la mujer volvió a susu­rrar al niño que llevaba en brazos.

–¿Isabelle?

Raoul salió de su escondite. La doncella gritó, y el cuchillo de su acom­pañante destelló y se detuvo a mitad del movimiento.

–¿Maese Raoul? –Pierre, el mayordomo, adelantó la cabeza y escrutó las tinieblas. El cuchillo volvió a destellar cuando Pierre lo envainó en su cin­turón y, cubriéndose la cara con las manos, empezó a sollozar–. Llegáis de­masiado tarde, mi señor. Vinieron… oleada tras oleada… Parecía que era todo el ejército, y el mismo Simón lo mandaba. No pudimos hacer nada…

Isabelle, a diferencia del mayordomo, tenía los ojos secos. La doncella apartó el borde de la manta que cubría al niño, y la temblorosa claridad de la luna reveló a Raoul el rostro de su hijo dormido.

–Mi señora me ordenó que lo disfrazara para que pareciese el hijo de un campesino –le dijo Isabelle–. Lo envolvimos en telas bastas, y después es­parcimos aceite de nuez sobre sus cabellos para evitar que su color llamara demasiado la atención.

Raoul cogió al pequeño en brazos. Un nudo de dolor le oprimía la gar­ganta, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguir que su voz se abrie­ra camino a través de él.

–¿Qué ha sido de vuestra señora?

–La hicieron prisionera, mi señor, así como a vuestra señora madre. Los soldados quemaron a los cátaros y nos obligaron presenciar la escena. Lue­go se llevaron a Claire y a Beatrice.

Isabelle habló con voz inexpresiva, de la que habían desaparecido todas las emociones. A diferencia de Pierre, ella no podía llorar por lo que había visto, y la religión cátara no aprobaba el odio, por lo que había apartado de sí todos los sentimientos.

Pierre se enjugó las lágrimas con la manga.

–Lo primero que hicieron fue venir aquí arriba –graznó–. Sabían dón­de se escondían los cátaros, y los sacaron a rastras de las cavernas para lle­varles a la ciudad.Ah, juro por la luz verdadera de Dios que no quiero vol­ver a ver nada semejante en lo que me quede de vida… –Después puso la mano sobre la empuñadura de su cuchillo, y sus ojos ardieron con un súbi­to destello de satisfacción–. Maté al hombre que traicionó a los soldados.

–Fue el padre Otho –añadió Isabelle–.Volvió con los soldados de Simón de Montfort con el propósito de vengarse de todos.

–Sabía que el padre de Otho vendría en busca de Isabelle tan pronto como se viera libre de sus obligaciones –dijo Pierre sombríamente–. Había visto cómo hacía sufrir a los cátaros, cómo ordenaba que los sacaran a ras­tras de sus casas y los golpearan en las calles antes de que los condujeran a la hoguera… Le quité la vida y a pesar de que creo en la verdadera religión, no me arrepiento de ello.

–Yo hubiese hecho lo mismo y más. –La voz de Raoul se había vuelto tan inexpresiva como la de Isabelle, pero era más ronca y dura–. ¿Y no ha­béis sabido nada más de la dama Claire y la dama Beatrice?

–No, mi señor. Después de que las obligaran a presenciar la quema, las subieron a una litera rodeada de guardias y se las llevaron. Uno de los caba­lleros de Simón de Montfort está sentado ahora mismo en vuestra sala con un monje cisterciense a su izquierda y un fraile dominico a su derecha, y la ciudad se halla repleta de soldados y mercenarios. El de Montfort la está utilizando como centro de aprovisionamiento… No hay nada que podáis hacer.

Raoul cerró los ojos, sintiéndose tan abrumadoramente oprimido por la angustia y la culpabilidad que por un momento no existió nada más, y tuvo que pedir a Pierre que repitiera dos veces lo que había dicho a conti­nuación antes de comprender el significado de aquellas palabras.

–Vamos a Agen, a la casa de los padres de la dama Claire –dijo Pierre, hablando muy despacio y lo más claramente posible, con exagerados gestos de las manos y una expresión de preocupación en el rostro–, pero antes de­cidimos venir aquí para averiguar si aún quedaba alguien…

–Agen –dijo Raoul con voz ronca, aferrándose al nombre mientras la capacidad de entender volvía a entrar a trompicones en su mente–. Os es­coltaré hasta allí. Las tropas de Simón de Montfort están por todas partes –añadió, volviéndose hacia Fauvel.

Isabelle tendió las manos para coger al niño.

–¿Queréis que lo lleve, mi señor?

–No –murmuró Raoul–.Yo lo llevaré.

Y así, acunando a su hijo con delicada ternura, Raoul montó sobre su corcel y sintió su pérdida de manera aún más aguda debido a la gracia sal­vadora del cálido pedacito de vida que sostenían sus brazos.

CAPÍTULO 22

Castres,
invierno de 1211

ESTABA NEVANDO, según había dicho la doncella cuando llevó velas nuevas a la estancia en la que Alais de Montfort y sus damas, senta- 4 das junto al fuego, asaban castañas mientras una doncella leía un ejemplar iluminado del libro de Geoffrey de Monmouth. Alais consideraba

frívolas sus historias, pero cuando se intercalaban con pasajes de las obras es­trictas y piadosas de hombres como san Agustín y fray Guzmán, su lectura no podía causar ningún daño duradero, y no cabía duda de que conseguían hacer más llevadero un oscuro día de invierno.

Y entonces oyeron abrirse la puerta de la cámara y vieron ángeles en ella; dos lle­vaban candelas de cera, el tercero una toalla y el cuarto una lanza de la que go­teaba sangre. Pusieron las candelas sobre la mesa y la toalla encima del recipien­te, y el cuarto ángel colocó la lanza sagrada dentro del recipiente y allí la dejó er­guida.

Alais escuchaba la lectura, pero su atención no paraba de desviarse ha­cia la joven sentada a cierta distancia de las otras mujeres, aquella cuya agu­ja entraba y salía con un veloz revoloteo de las tiras de tela para los bebés a las que iba dando puntadas. Su rostro estaba pálido y enflaquecido, y de vez en cuando se removía como si no consiguiera hallar una posición cómoda para aquel cuerpo repentinamente engordado que tanto le costaba despla­zar. Alais, que había sido madre varias veces y cuyo último bebé aún no ha­bía cumplido siete meses, conocía lo bastante bien las señales para saber que ya iba siendo hora de que avisaran a las parteras.

Simón había llevado a Claire de Montvallant a la mansión junto con una anciana que tosía sangre y que murió cuando aún no había transcu­rrido una semana desde su llegada. Despojos de guerra, había dicho Si­món, tratándolas con jovial desprecio mientras le presentaba a las dos mu­jeres.

—Se han dejado mancillar por la herejía —le había dicho—, pero todavía no han conseguido la redención. Confio en tu astucia y tu tesón para que las lleves de vuelta al rebaño y demuestres a Citeaux que es posible hacerlo. No me falles. ¡He apostado un corcel de guerra a que lo conseguirás!

Alais encontró atractiva la idea, aunque no la apuesta. Era una mujer de­vota, y estaba decidida a triunfar. Por desgracia, Beatrice de Montvallant ha­bía fallecido antes de que Alais pudiera empezar a ejercer su influjo sobre ella, pero se había asegurado de que la anciana se confesara antes de morir, con lo que por lo menos su alma podría repasar sus errores en el purgato­rio en vez de verse condenada a la perdición eterna.

Alais observó a la pupila superviviente y, no por primera vez, sintió una intensa irritación. La joven era en apariencia apacible y obediente. Escu­chaba lo que le decían Alais y el capellán, asistía a misa, rezaba con las otras mujeres… ¡Oh, Jesús, cómo rezaba! A veces su rostro quedaba iluminado por una expresión de exaltación, pero Alais siempre tenía la clara impresión de que la responsable de su pasión no era la contemplación del crucifijo. En­tonces Alais sentía deseos de agarrarla por los hombros y sacudirla, como si de ese modo pudiera conseguir que la verdadera identidad de su pupila se desprendiera de ella para caer al suelo y, así, quedara desnuda ante su escru­tinio.

A la vizcondesa también le irritaba que su penúltimo hijo se hubiera encariñado tanto con Claire. Simón, que ya casi tenía cuatro años, la seguía a todas partes, exigiendo su atención con un agudo balbuceo infantil mien­tras ignoraba a su madre y a su aya. Alais empezaba a tener la impresión de que el pequeño estaba desarrollando un acento del sur, y había decidido que lo llevaría de vuelta al norte antes de que la contaminación se exten­diera. En aquel momento Simón estaba sentado junto a los pies de Alais y permanecía atento a la historia, pero de vez en cuando alzaba la cabeza y volvía la mirada hacia Claire para averiguar si también estaba escuchando la lectura. La sonrisa de respuesta que Claire se obligaba a esbozar pese a su incomodidad tampoco había pasado inadvertida a Alais.

La vizcondesa siempre había opinado que sentirse demasiado unida a los hijos era una pura y simple insensatez. Las muchachas se casarían en cuanto sus padres lo decidieran, y lo harían a muy temprana edad. En cuan­to a los chicos, los perdías cuando eran todavía más jóvenes. A los ocho o nueve años ya estaban sirviendo como pajes en alguna otra mansión, luego pasaban a ser escuderos, después guerreaban en el campo de batalla y con­traían matrimonio con la hija de catorce años de otra familia noble. No, no… Resultaba obvio que estaba haciendo lo correcto; aun así se sentía celosa cuando veía cómo su hijo se aferraba a su hermosa cautiva del sur.Y la joven, que rehuía al resto del mundo, se había confiado al niño. A juzgar por la escasa información que había recabado sobre ella, Claire de Montvallant tenía un hijo de edad similar a la de Simón, el cual había logrado escapar a la limpieza de Montvallant y por el que la joven cautiva había llorado amar­gamente durante los primeros días, antes de que un escudo de impasible in­diferencia se alzara ante ella.

Una castaña crujió en el hogar, sobresaltándola y sacándola de su ensi­mismamiento. Las mujeres dejaron escapar unos cuantos chillidos y empe­zaron a burlarse de la doncella que la había colocado entre las llamas, afir­mando que se casaría antes de que hubiera acabado el año. Ante las tonte­rías que decían, los labios de Alais se curvaron en una tenue sonrisa, pero sus ojos entrecerrados seguían clavados en Claire, que se estaba mordiendo el labio. El niño sentado a sus pies alzó la mirada hacia ella, y un instante des­pués ya se había levantado de un salto para acariciarle la rodilla con los de­ditos.

–¿Por qué lloras? –preguntó–. La historia no es triste.

Alais se levantó de su sillón, puso la mano sobre el vientre hinchado de Claire y descubrió que estaba tan tenso y duro como el parche de un tambor.

–Tal como pensaba –dijo con satisfacción–. Ve a buscar a las parteras, Elise.

Los dedos de Claire se tensaron ante la intimidad de aquel contacto, pero logró resistir el impulso de apartar a la vizcondesa de un empellón. Mientras conservara su indiferencia seguiría triunfando sobre sus captores, pero el dolor estaba minando sus defensas y un jadeo ahogado logró esca­par de entre sus dientes apretados.

Los ojos del niño se llenaron de temor mientras contemplaba cómo ayudaban a su diosa a levantarse y la conducían a toda prisa a otra estancia. Simón tiró del cinto bordado que ceñía la falda de Elise.

–¿Qué le pasa a la dama Claire?

Elise lo empujó hacia su aya.

–Va a dar a luz a su bebé –respondió con un tono un tanto seco. –¿El que lleva dentro de la barriga?

–Sí, el que lleva dentro de la barriga.Y ahora procura no estorbar, ¿de acuerdo?

Simón se mordisqueó el labio inferior, un hábito que le acompañaría durante el resto de su vida.

–¿Tú también tienes un bebé dentro de la barriga? –preguntó con so­lemne seriedad.

Después de haber pasado la mayor parte de sus cuatro años de existen­cia confinado en los aposentos de las damas, Simón daba por sentado que traer bebés al mundo era la ocupación permanente de todas las mujeres que lo rodeaban. La cuestión de cómo llegaba a introducirse el bebé dentro de la barriga constituía un misterio para él. Su madre siempre evitaba respon­der a esa pregunta. Quizá su padre lo supiera. El pequeño pensó que sería mejor que no interrogara a Elise al respecto, pues ésta ya se hallaba peligro­samente cerca de la cólera. Genciana, su aya, ni siquiera intentó contener la risa mientras le cogía de la mano.

–¡Lo pasaremos en grande intentando adivinar quién es el padre! –ex­clamó entre risitas.

Elise dejó escapar un hosco resoplido y, con la cabeza bien erguida, sa­lió de la estancia para ir en busca de las dos parteras.

El dolor era implacable y continuo. Claire mordió el taco de madera que una de las dos parteras le había introducido entre los dientes, y los ten­dones del cuello se le hincharon mientras luchaba por ahogar el alarido que estaba naciendo en su garganta. Un paño húmedo fue colocado sobre su frente y una voz le murmuró palabras de consuelo al oído. Unas manos hurgaron entre sus muslos, y la columna vertebral de Claire se arqueó ante la agonía de la intrusión.

–Bien, así que ya ha empezado –oyó que decía secamente Alais–. ¿Qué tal va todo?

–Despacio, mi señora. El bebé es grande, y la abertura no se dilata con la rapidez que debería.

–¿Y la madre? ¿Tendrá fuerzas suficientes?

Las manos de la partera más anciana se movieron en un lento vaivén que Claire logró ver porque la contracción cesó por un instante y le per­mitió ser consciente de otras cosas que no fueran su dolor.

–Dependerá de cuál sea la posición de la cabeza del bebé, y eso no pue­do saberlo hasta que la madre se haya abierto un poco más.

–¡Bah! –exclamó Alais con impaciencia–. ¡Mantenedme informada!

Claire oyó alejarse el susurro de sus faldas y dejó escapar un sollozo de alivio. No quería dar a luz a aquel bebé concebido mediante la violación, pero cuanto menos cooperaba con las comadronas más grande se volvía el dolor, más hurgaban ellas entre sus piernas y con más ahínco la obligaban a engullir las pociones que le acercaban a los labios. La cabeza del bebé es­taba presionando el canal del nacimiento, y su presencia hacía que Claire sintiera un irresistible impulso de empujar. El deseo no surgía de su vo­luntad, sino que le estaba siendo impuesto exactamente igual que una vio­lación. ¿Qué ocurriría si les decía que el padre del bebé era Simón? Las pa­labras habían estado muchas veces en la punta de su lengua, listas para ser disparadas como una flecha que fulminaría el altivo orgullo de Alais, pero Claire, consciente de su propia vulnerabilidad, las había detenido en cada ocasión.

Cuando puso los pies por primera vez en los aposentos de Alais, le ate­rrorizaba la idea de que Simón tuviera intención de seguir usándola para calmar su lujuria, pero el hombre la había ignorado por completo, aunque de vez en cuando le lanzaba alguna mirada. De hecho, cuando resultó ob­vio que Claire estaba embarazada, Simón empezó a evitarla con una expre­sión de repugnancia en el rostro. Sin embargo, por muy profunda que fue­se, ninguna repugnancia podría igualar jamás a la que sentía Claire.

Una contracción surgió de la nada y cayó sobre ella con tal fuerza que Claire pensó que iba a reventar, y aulló el nombre de Raoul. ¿Dónde esta­ba? ¿Muerto? ¿Vivo? ¿Y Guillaume? ¿Qué había sido de Guillaume? No sa­berlo era la parte de su cautiverio que más le costaba soportar. «Oh, mi niño, mi niño, el que nació y el que aún no ha nacido…« El dolor engulló todos sus pensamientos y toda su razón mientras las comadronas le daban palmaditas, murmuraban y hurgaban dentro de ella.

El vizconde de Béziers estiró las piernas doloridas después de tantas ho­ras sentado en la silla de montar y, dejando escapar un profundo suspiro de alivio, tomó la copa de ponche caliente de las manos de su esposa. Su mira­da, nublada por la fatiga, se fue deslizando por la habitación: los tapices de Béziers, los candeleros de Carcasona, las copas y los platos para confituras de Lavaur… La prueba de sus victorias se acumulaba alrededor como en un arca del tesoro. Incluso el traje que su esposa se ponía para hacer sus labo­res, aquella prenda de terciopelo carmesí con toca de seda blanca adornada por bordados de hilo de oro, formaba parte de las adquisiciones del verano. Durante los meses de invierno, Simón rara vez le traía nada, aparte de su agotamiento. Esta vez Alais se había negado a ir al norte junto con el ejér­cito de verano y, a pesar de los duros combates y de algunas pérdidas, Simón se había sentido lo suficieneemente seguro para respetar su voluntad.

Citeaux tenía la culpa de que se viera obligado a pasar tanto tiempo en el campo de batalla. Después de Lavaur, el ambicioso prelado, ayudado por un grupo de clérigos de menor importancia, había insistido una y otra vez en que Simón debía atacar Tolosa. Ése acabó haciendo lo que le pedía para poner fin a sus continuas protestas y quejas. El recuerdo hizo que torciera el gesto. Citeaux era el responsable, desde luego, pero el error era única y ex­clusivamente de Simón por haberse rendido ante la tozudez de aquel idio­ta.Tolosa no era Lavaur o Carcasona. Debido a la vasta extensión de la ciu­dad, le resultaba imposible rodearla con el contigente de que disponía actualmente, y el río Garona proporcionaba a la urbe toda el agua que ne­cesitaba para resistir el asedio.

Como le habían persuadido de que lanzara un ataque antes de estar realmente preparado, Simón tenía que enfrentarse a las terribles conse­cuencias de tal decisión. Los nobles del sur habían replicado con desusado vigor a la ofensiva contra su ciudad principal. Simón, pillado por sorpresa, se había visto obligado a retirarse, y eso había proporcionado a Raimundo de Tolosa y a su hijo la confianza que necesitaban para entregarse activa­mente a la guerra. Como un gato que pisara ladrillos ardientes, Simón ha­bía tenido que pasar todo el verano y el otoño saltando de un lado a otro. De momento aún no había sufrido ninguna quemadura realmente grave, y cada vez que perdía un castillo aceptaba el hecho como una lección de la que podía aprender algo en vez de considerarlo una derrota, y eso le per­mitía conservar intacta la confianza en sí mismo. De hecho, mantener a raya a un ejército muy superior en número le producía una especie de perversa satisfacción.

Lanzó una rápida mirada a sus dos hijos mayores, que seguían atracán­dose delante de la mesa que Alais había ordenado instalar en su estancia. Arrice había logrado hacerse un hueco entre sus hermanos y estaba descar­gando sobre ellos todo el peso de su adoración, probablemente porque Amaury le había traído unas cuantas cintas de seda para el pelo y Guy ha­bía reservado un espejo morisco para ella del botín obtenido en sus escasas victorias.

Amaury todavía estaba bastante delgado debido a la fiebre que le había obligado a guardar cama en Fanjeaux durante el verano, pero a juzgar por la magnitud de su apetito hacia cuanto podía para reponer la carne perdi­da. Se había convertido en un magnífico soldado capaz de seguir adelante hasta caer derrumbado de puro cansancio, pero Simón todavía tenía que descubrir la chispa del liderazgo en su heredero. Guy, que ya era lo bastan­te mayor para luchar junto a los guerreros, aún mostraba una actitud un tan­to inmadura hacia el arte de la guerra. No era capaz de ver más allá de la fortaleza del brazo con que empuñaba la espada, y alardeaba de sus habili­dades ante un público que distaba mucho de parecer impresionado. Simón intentó recordar su adolescencia. ¿Había tenido él también esas inclinacio­nes? Creía que no. La verdadera capacidad no necesitaba ser pregonada a los cuatro vientos, ya que no tardaba en ser percibida. Santo cielo, su juventud parecía tan lejana y perdida como el último verano… Quizá si pensaba en sus tres hijos pequeños –Amice, Simón y Richard– no se sentiría tan viejo. Simón acabó diciéndose que lo que realmente necesitaba era dormir y unos cuantos días de tranquilidad.

Era consciente de que Alais le observaba en silencio, inmóvil junto a él con una jarra de cristal de roca en la mano. Estaba claro que quería hablar, y resultaba igualmente obvio que estaba intentando discernir de qué humor se hallaba su esposo.

–¿Y bien? –preguntó Simón, arqueando una ceja.

–Claire de Montvallant dio a luz un niño justo antes de vísperas –anun­ció Alais–. El bebé es fuerte y está sano, pero el estado de la madre nos tie­ne bastante preocupadas. Perdió mucha sangre y el niño le causó graves he­ridas cuando lo expulsó. Puede que muera.

Simón retiró un trocito de carne que se le había quedado atrapado en­tre los dientes.

–¿Por qué me molestas con asuntos de mujeres? –preguntó, empleando un tono lleno de irritación para ocultar el repentino escalofrío que le había desgarrado las entrañas–. ¿Acaso piensas que dispongo de tiempo para inte­resarme por semejantes fruslerías?

Alais bajó los párpados y apretó los labios; Simón pensó que se trataba de una reacción a su ira, y que no se debía a que estuviera al corriente de la paternidad del niño.

Cuando volvió a hablar, su esposa lo hizo en voz baja.

–Deseo que el niño forme parte de nuestra casa y que se eduque junto a Richard y Simón, mi señor.

Después se inclinó para llenarle la copa. En los dedos que se curvaban sobre el asa de la jarra, blancos e impecablemente cuidados, resaltaban ele­gantemente los anillos de oro que Simón le había entregado cuando se con­virtió en vizconde.

Simón alzó la copa y tomó un largo sorbo de vino. La solución era muy sencilla, pues lo único que tenía que hacer era ladrar una negativa y mar­charse. Alais ya sabía que no conseguiría nada discutiendo con él. Pero la educación recibida por Simón le había enseñado que debía aceptar las res­ponsabilidades y enfrentarse a ellas; despreciaba a los hombres incapaces de afrontar las consecuencias de sus acciones, y todo el asunto de Claire de Montvallant ya había hecho que sintiera auténtico asco de sí mismo. Había cedido ante el impulso de la lujuria y todavía sentía aquella hambre palpi­tante latiendo dentro de él cuando la miraba y, junto con ella, la ira y el dis­gusto ante su propia reacción.

–Quiero ver al niño –dijo secamente, y se levantó.

Alais le lanzó una mirada llena de sorpresa, pero se apresuró a obedecer y le llevó a la cámara en la que dormían sus hijos. Richard, que sólo tenía siete meses, dormía en su cunita después de haber sido meticulosamente vendado para la noche. Simón, que había recibido el nombre de su padre, dormía sobre un catre junto a él, la carita sonrosada, el pulgar cerca de la boca y los cabellos castaños ligeramente húmedos. El vizconde lo contem­pló unos momentos.

–Es el que más se te parece de todos –murmuró Alais, y le puso la mano sobre la manga.

Simón se la apartó, sintiéndose vagamente incómodo, y recorrió la ha­bitación con la mirada hasta que localizó a Mabel, el ama de cría de Ri­chard, sentada en un rincón amamantando al recién nacido. La mujer se dis­puso a levantarse, pero Simón le indicó con un gesto de la mano que si­guiera sentada y entró en las sombras para bajar la mirada hacia el resultado de su salacidad. Mabel le mostró al bebé, que lanzó un sollozo, protestan­do así porque se le hubiese apartado de la reconfortante blandura del pecho lleno de leche. La tenue claridad de la lámpara de aceite revelaba que la criatura tenía el cabello y los ojos oscuros, y dotaba a su piel de un delica­do color bronce lleno de arruguitas.

–¿Ha recibido un nombre?

Alais sonrió detrás de él.

–Apenas hubieron cortado el cordón –ronroneó–. Pensé que Domingo sería apropiado.

Simón le lanzó una mirada penetrante. Su esposa le estaba contemplan­do con una expresión de felina satisfacción. Fuera cual fuese la clase de per­sona en que lo convirtiera la edad adulta, el niño ya había quedado marca­do de por vida con el nombre de uno de los más fervorosos opositores al catarismo.

–Si no puedo salvar el alma de la madre, al menos salvaré la del niño –murmuró Alais mientras Domingo era devuelto a los pechos del ama de cría.

La exhibición de piedad de su esposa no había engañado ni por un mo­mento a Simón. Aunque las intenciones de Alais eran tan sinceras como irreprochables, la elección de aquel nombre también servía a su propósito de cicatrizar la herida que el alma extraviada de Claire de Montvallant ha­bía infligido a su orgullo.

–¿Dónde está la madre?

Alais condujo a Simón a otra estancia, separada de la habitación de los niños por un grueso cortinaje.Vapores de incienso se adherían a los pliegues y todavía impregnaban la sala, indicando la reciente visita de un sacerdote. En la pared había un crucifijo iluminado por un candelabro. Sobre un catre con la sábana subida hasta el mentón, dormía Claire de Montvallant, su cuerpo tan inmóvil como una efigie, de tal manera que cuando Simón la observó pensó que estaba muerta. Su cabellera, encendida por todos los matices rojizos del otoño, se hallaba esparcida sobre la almohada y enmar­caba un rostro de una fragilidad tan blanca como el hielo. Simón recordó el contacto de sus labios, la suavidad de su piel, la tensa dureza de los múscu­los femeninos mientras Claire se debatía en un desesperado intento por quitárselo de encima, los arañazos que sus uñas le habían dejado en la cara.

Alais se volvió hacia la partera.

–¿Sigue sangrando?

–Sólo lo que es natural, mi señora –respondió la mujer, lanzando una nerviosa mirada a los rasgos impasibles de Simón–. Si Dios quiere, vivirá.

–Si Dios quiere… –repitió Simón en voz baja, y empezó a girar sobre sus talones.

Si Alais no hubiera estado presente, habría echado a correr.

–Quiero al niño tanto si la madre vive como si muere –se atrevió a de­cir su esposa, irguiendo el mentón y con los ojos llenos de desafio.

–Haz lo que te plazca –respondio Simón con voz enronquecida–. ¡Es asunto tuyo, no mío!

Alais le siguió con la mirada, frunciendo el entrecejo en un gesto de perplejidad.

Encaramada en la cima de una montaña de seiscientos metros de altura, sus laderas recubiertas de pinares, la fortaleza de Montségur era el baluarte cátaro más imponente del Ariége. Fue allí, en una choza entre los árboles, donde Bridget se puso en cuclillas, controlando el dolor con su voluntad mientras se preparaba para empujar a su bebé al mundo. Pasaría aquella dura prueba sola porque así lo había deseado. Disponía de comida y de agua, y había otras mujeres en la fortaleza, dispuestas a acudir si necesitaba ayuda.

El dolor llegaba en una oleada palpitante detrás de otra, pero Bridget no dejó que la venciera. En vez de rendirse ante su acometida, imaginó un capullo que se abría, hinchándose y partiéndose para revelar un glorioso estallido de color, cabalgó sobre la contracción y la obligó a servir a sus necesidades. Sus dedos buscaron la coronilla empapada de la cabeza de su bebé y sostuvieron la elasticidad del músculo perineal, que ya se estaba dilatando para dejarlo salir. Bridget se obligó a jadear y resistió el impulso de empujar. La cabeza asomó con el siguiente espasmo, seguida de los pequeños hom­bros resbaladizos y finalmente, entre un chorro de fluido y sangre, apareció el cuerpo diminuto y perfectamente formado.

—Magda…—murmuró con dulzura, acariciando los húmedos cabellos de la niña—. Te llamarás Magda, igual que tu abuela y su abuela antes que ella.

Cuando Bridget hubo cortado el cordón, alzó a su hija hacia su pecho para que el acto de amamantarla acelerase la expulsión de la placenta.

CAPÍTULO 23

El Agenais,
septiembre de 1213

GUILLAUME, LLENO DE EXCITACIÓN, hundió sus pequeños talones en los flancos del poni.

—¡Mira, papá! Mírame. El animal, que tenía el tamaño de un cerdo y su misma gordura, res­pondió lanzándose a un trote jadeante antes de levantar la cabeza y dete­nerse, mostrando un ribete blanco alrededor de los ojos—. ¿Lo has visto, papá? ¡Soy un caballero!

El niño agitó su lanza de juguete delante del hombre, que, inmóvil jun­to a él, lo contemplaba con una tenue sonrisa en los labios. Su padre no so­lía sonreír. Guillaume sabía que estaba triste porque sus enemigos le habían quitado sus tierras y a su mamá.A veces el pequeño creía recordarla: una voz dulce y suave, una cascada de cabellos castaños, el olor del bálsamo y la la­vándula… El recuerdo era muy borroso y se iba volviendo cada vez más confuso, para ser sustituido por la cómoda opulencia de su abuela y la de­voción de Isabelle. .

—Un preux chevalier, sin duda —dijo Raoul, sujetando las riendas del vie­jo poni entre los dedos.

Guillaume apoyó la lanza en el muslo tal como le había visto hacer a su progenitor y se irguió sobre la grupa.

—¿Cuándo podré tener un caballo de verdad?

Raoul frunció los labios.

—Cuando las piernas te hayan crecido lo suficiente para que puedas sen­tarte encima de uno.

Guillaume reflexionó sobre aquellas palabras, después bajó la mirada ha­cia sus pies, que apenas si llegaban al final de los gordos flancos del poni, y acabó alzando los ojos hacia su padre. El apuesto rostro de Raoul se había vuelto repentinamente impasible e inexpresivo, aunque el niño se dio cuen­ta de que la sonrisa seguía estando presente dentro de su boca.

—¿Cuando tenga cuatro años? —preguntó con voz esperanzada.

Guillaume cumpliría cuatro años el mes siguiente.

—Quizá.

—¿Puedo dar una vuelta sobre Fauvel? La abuela dijo que me dejarías —añadió antes de que Raoul pudiera negarse. El niño bajó del poni, medio deslizándose y medio saltando, y alzó sus implorantes ojos castaños hacia el hombre mientras la cálida brisa agitaba sus rubios cabellos—. Por favor…

Guillaume se parecía tanto a Claire que Raoul pensó que se le iba a par­tir el corazón. Inclinándose, cogió en brazos al pequeño e intentó no pen­sar que aquélla podía ser la última vez que le tocaba o que jugaba con él. Vivir en la batalla significaba inevitablemente morir en ella también. Raoul odiaba el día anterior a una separación.

—¿Puedo ir contigo y ver a los soldados, papá?

—No, esta vez no —dijo Raoul con dulzura, colocando a Guillaume de­lante de él sobre la silla de montar, tal como había hecho tantas veces ante­riormente, y al tiempo que tomaba la rienda entre sus dedos.

—Simón de Montfort será derrotado. ¡La abuela me lo dijo! —Guillaume volvió la cabeza para alzar la mirada hacia el rostro de su padre—. Entonces recuperaremos nuestra tierra y a mamá, ¿verdad? -

Raoul tragó saliva y le revolvió los cabellos.

—Sí —murmuró—. Las recuperaremos.

Una vez tranquilizado, Guillaume se olvidó del futuro para pensar úni­camente en el placer del momento y empezó a dar saltitos sobre la silla de montar.

—paz que galope! —chilló.

Raoul obedeció, pensando ya en el amanecer del día siguiente, cuando tendría que partir para reunirse con otras tropas del sur cerca de la ciudad de Muret, que se hallaba en poder de los cruzados.

Un rato después, con un Guillaume adormilado y hecho un ovillo en­cima de su rodilla, Raoul contempló en silencio a su suegro y se encogió de hombros en respuesta a la pregunta que acababa de formularle.

—¿Está realmente acabado Simón de Montfort? —inquirió a su vez—. No lo sé. Contamos con el doble de tropas que él, pero menos disciplinadas que las suyas.Volved a preguntármelo cuando le hayamos arrebatado Muret.

Huon d’Agen acarició el pelaje del sabueso que jadeaba junto a él y frunció el ceño.

—Simón de Montfort tiene que enfrentarse a los ejércitos combinados de Tolosa, Foix, Comminges, Béarn y Aragón… Estamos hablando de la ma­yor hueste jamás reunida contra él.

—Cierto, pero luchar es lo que sabe hacer mejor.

–Después de Lavaur, el de Montfort ha pasado la mayor parte del tiem­po a la defensiva –gruñó Huon–. Nada puede evitar que pronto sufra una gran derrota.

Su boca estaba enmarcada por nuevas y profundas arrugas. La pérdida de su hija le había causado un terrible sufrimiento, aunque poco a poco es­taba aprendiendo a vivir con ella, ya que no a aceptarla. No tenían ninguna pista sobre el paradero de Claire, y ni siquiera sabían si seguía con vida. En lo más profundo de su mente acechaba el horrible pensamiento de que qui­zá hubiera sido quemada, como tantos cátaros y muchos de quienes simpa­tizaban con ellos. Claire siempre había tenido pavor al fuego. Raoul muy rara vez hablaba de ella, pero Huon sabía que su silencio no se debía a que no le importara su ausencia sino precisamente a todo lo contrario, pues la echaba tanto de menos que no podía revelar sus sentimientos.

Raoul frunció los labios.

–Pero el de Montfort no se ha puesto a la defensiva porque nosotros ha­yamos hecho grandes progresos en el dominio del arte de la guerra –dijo–. Si está teniendo problemas, es porque no ha recibido sus suministros vera­niegos de hombres ni el apoyo de Roma debido a la intervención de Pedro de Aragón.

Huon volvió a acariciar al perro y clavó la mirada en las llamas que la­mían los troncos de roble que ardían en el hogar. El rey Pedro de Aragón, su­premo señor de Comminges, Foix y Béarn, había obtenido una gran victo­ria sobre los moros y gozaba del favor del papa hasta tal extremo que había conseguido imponer una limitación temporal al número de cruzados con­gregados en el verano, de los que dependía Simón para lanzar sus ofensivas.

–¿Qué importancia tiene eso mientras se vea obligado a continuar co­rriendo de un lado a otro?

–Pues importa, y mucho, puesto que Inocencio ha cambiado de parecer y ha llegado a la conclusión de que el rey Pedro lanza miradas excesiva­mente ambiciosas al Languedoc y de que no está dispuesto a justificar de­bidamente sus acciones ante Roma, Ha recuperado todo el apoyo con que contaba, y el de Montfort nunca ha desperdiciado una oportunidad.

–Tanto Pedro de Aragón como Foix son generales muy experimenta­dos –replicó Huon, aunque su intento de tranquilizar a Raoul le sonó a hueco incluso a él mismo.

–Pero ninguno de los dos posee la experiencia de Simón de Montfort. Y la reputación del conde Raimundo dista mucho de ser gloriosa –repuso Raoul con expresión sombría mientras desplazaba el peso del niño ador­milado sobre su rodilla.

Un sonido procedente de la puerta hizo que Huon volviera la cabeza en esa dirección y viera entrar a su esposa. Su mandíbula estaba rígida y Huon la conocía lo suficientemente bien para saber que había estado llo­rando. Su rostro ya había recuperado su color, y cuando fue hacia su yerno y extendió los brazos para pedirle que le entregara a Guillaume, incluso consiguió sonreír.

–Dejad que acueste al pobre corderito –dijo–. Está profundamente dor­mido.

Raoul deslizó los labios sobre los sedosos cabellos rubios y confió al pe­queño a su maternal custodia.

–¿Qué es una separación más después de todas las que he tenido que so­portar? –dijo, y de repente Huon también sintió deseos de echarse a llorar.

CAPÍTULO 24

Muret,
septiembre de 1213

EN LA TIENDA DEL REY Pedro de Aragón, las velas se consumían a medida que aumentaba la luz de un joven amanecer. Una enorme 4 mariposa anaranjada revoloteaba torpemente alrededor de una lla­ma. El rey lanzó el puño hacia adelante y, capturando al insecto, lo aplastó sobre su musculoso muslo hasta dejarlo convertido en polvo iridiscente.

–¡Esto es lo que haremos a Simón de Montfort en cuanto salga de Muret!

Recorrió con la mirada al coro de comandantes reunidos en su tienda, desafiándoles a que osaran contradecirle. Después de haber abusado del vino y de los placeres de la cama la noche anterior, su humor era tan tene­broso como el dolor de cabeza, como revelaban las dos profundas arrugas verticales que había entre sus cejas.

El conde de Foix asintió vigorosamente, espoleado por el fuego de su propio fervor y por la gran admiración que sentía hacia Pedro de Aragón, quien representaba su ideal de hombre.

La voz de Raimundo de Tolosa, aguda y desagradable, se introdujo en la conversación como una jarra llena de nieve fundida repentinamente derra­mada sobre ascuas ardientes.

–Sigo diciendo que es más prudente esperar a que Simón de Montfort nos ataque en vez de salir a campo abierto para enfrentarnos a él –dijo en un tono lleno de preocupación–.Aquí nos hallamos en una posición exce­lente. Si la abandonarnos, sólo conseguiremos debilitarnos. Es preferible atacarle con las ballestas situadas detrás de las defensas –añadió, volviéndose hacia sus consejeros en busca de una confirmación a sus palabras.

Con los brazos cruzados, Raoul admitió la solidez del razonamiento de su señor al tiempo que se daba cuenta de que el miedo motivaba en parte la cautela de Raimundo.

Foix también se había percatado de ello.

–¡Ah, Dios! –exclamó burlonamente–. ¡Lo único que el enemigo ha visto de vos es vuestro trasero cuando os retiráis ante él!

Los caballeros del Ariége y el de Aragón expresaron ruidosamente su aprobación ante aquella ocurrencia, tan grosera como acertada.

–¡Paz, paz! –Un chispazo de ira destelló en los ojos del rey–. ¡Estas dis­putas infantiles no nos beneficiarán en nada!

–Con Simón de Montfort nunca hay segundas oportunidades –dijo Raoul en el silencio que había engendrado la feroz mirada de Pedro–. Mi-lord Raimundo tiene razón. Sería preferible que nos mantuviéramos en nuestras posiciones defensivas y esperásemos.

–¡Por los clavos de Cristo, pero si nuestro ejército dobla en número al suyo! –rugió Foix, alzando el puño–. ¡Yo digo que debemos atacar a Simón de Montfort ahora mismo! ¡No he venido hasta aquí para acurrucarme de­trás de las barricadas igual que una mujer!

–Normalmente nuestros ejércitos tienen el doble de hombres que los suyos –le informó secamente Raoul.

–¡Cierto, y siempre están corriendo en la dirección opuesta! –replicó burlonamente Foix–. Creía que al menos vos estabais hecho de un metal más resistente. ¿Acaso no queréis cobraros venganza por vuestra esposa?

Raoul apretó los labios. Sus ojos azules ardían con una intensa luz.

–No se trata de que no quiera combatir, mi señor. Me limito a decir que la cautela es aconsejable.

Foix soltó un bufido despectivo al tiempo que apartaba la vista de Raoul y se encogía de hombros como si se sintiera incómodo.

–Hemos escuchado vuestra opinión y la respetamos, pero estoy de acuerdo con Foix –dijo Pedro de Aragón alzando la mano–. Perder el tiem­po detrás de las barricadas no nos servirá de nada. Simón de Montfort creerá que le tememos y que no nos atrevemos a entablar batalla, y eso sólo servirá para reforzar su moral. –Sus ojos recorrieron la tienda, posándose en sus comandantes y sus más nobles caballeros–. ¡Cuando Simón avance, ire­mos a su encuentro!

El eco de su grito fue seguido por vítores y los puños golpearon la mesa de campaña hasta que ésta tembló y las palmatorias se volcaron. Raimundo estaba furioso.

–¡Pues entonces iréis sin mí! –rugió, y salió de la tienda propinando empujones y codazos, seguido de su hijo y sus edecanes, entre un acompa­ñamiento de aullidos burlones y gritos de «¡cobarde!».

Lágrimas de humillación y furia brillaban en los ojos de Raimundo mientras subía’al caballo cuyas riendas sostenía un escudero.

–¡Tengo razón! –exclamó con vehemencia–. ¡Sé que tengo razón! «¿Y quién puede creerlo teniendo en cuenta cómo os habéis comportado en el pasado?», se preguntó Raoul mientras montaba sobre Fauvel. Raimundo había pregonado a gritos la llegada del lobo con demasiada fre­cuencia, y alejarse al galope para quedarse sentado en el campamento hasta que se le pasara la rabieta no ayudaría a mejorar su reputación.

–¿Queréis que mantenga a mis hombres en estado de alerta o puedo dejar que descansen? –preguntó Raoul, empleando un tono de voz cuida­dosamente neutral.

–¡Haced lo que os dé la gana con ellos! –gruñó Raimundo con salvaje ferocidad.

–Sí, mi señor.

Raimundo respondió a la impasibilidad de Raoul con un verdadero ru­gido y un gesto despectivo de la mano.

–¡Oh, llevaos a vuestros hombres y volved con esos estúpidos de ahí dentro! –gritó–. ¡Estoy harto de todos vosotros! –añadió después, hundien­do las espuelas en los ijares del corcel y alejándose al galope hacia su cam­pamento.

Rai torció el gesto ante el polvo levantado por el séquito de su padre, que ya desaparecía en la lejanía.

–Va a necesitar todo el día para calmarse –dijo con voz abatida.

–Tiene razón, y ellos no quieren escucharle –afirmó Raoul, compade­ciéndose de su señor al tiempo que se sentía furioso ante su comporta­miento. Además, no sabía si debía cabalgar en pos de él o permanecer don­de estaba.

–Y lo peor es que tanto si tiene razón como si no, ellos obtendrán una gran victoria y conseguirán que mi padre parezca todavía más cobarde de lo que es en realidad –murmuró Rai–. Entonces ya no le quedará nada. –Lanzó una rápida mirada de soslayo a Raoul, con los negros ojos entrece­rrados–.Volved con ellos, Raoul. Romped una lanza por Tolosa. Hoy lleva­réis nuestro honor en vuestras manos…, o por lo menos lo que queda de él.

Extendiendo el pergamino, Simón hizo un gesto a Amaury para que lo sujetara con las piedras amontonadas a un extremo de la mesa de campaña. Giffard cogió un plato lleno de pollo frío y una jarra de vino y fue a buscar el cinto de la espada de Simón. Había tantos caballeros con armadura en la estancia que ésta relucía como la red de un pescador llena de capturas. Aquellos soldados –Guillermo de Contres, Bouchard de Marly, Balduino de Tolosa, hermano de Raimundo y ferozmente enemistado con él desde ha­cía mucho tiempo, y Amaury, el heredero de Simón, que había sido armado caballero hacía poco– eran los comandantes y edecanes del ejército de Simón, los hombres en los que confiaba para que Muret dejara de ser una derrota potencial y se convirtiera en una aplastante victoria.

Mientras desayunaba, se ponía la cota de malla y daba instrucciones a sus subordinados, Simón mantuvo la calma. Se encontraban en una situa­ción dificil pero no desesperada, y la confianza de sus caballeros iba a ser un factor esencial si quería arrancar el triunfo de las fauces de la derrota.

Arrancó una pata del pollo, le dio un mordisco y después la usó para se­ñalar el pergamino.

–Pedro de Aragón está reuniendo a sus tropas en este promontorio del norte. Este arroyo protege su flanco derecho, y el pantano crea una barre­ra en el izquierdo, por lo que no sólo cuenta con la ventaja de la supe­rioridad numérica sino que también dispone de la ventaja que le da el te­rreno. –Volvió lentamente la cabeza, escrutando los rostros de sus hombres con los ojos entrecerrados–. Lo que hace que todas esas cosas carezcan de importancia es la suma de factores que obran a nuestro favor, principal­mente Dios, como os asegurará el obispo Foulquet cuando nos reunamos con las tropas en la plaza principal. Por no mencionar la incompetencia de los del sur, por supuesto… Nuestros enemigos carecen de cohesión. Cada hombre opera como una unidad independiente, lucha por su cuenta, úni­camente para sí. Nosotros poseemos la disciplina que les falta y en conse­cuencia los superamos en el combate. Si no perdemos la calma, la batalla será nuestra.

Simón hizo una pausa para dar otro mordisco al muslo de pollo, masti­car enérgicamente el trozo de carne y tragarlo, como si la comida represen­tara sus intenciones para el campo de batalla.

–Propongo que formemos tres escuadrones. Guillermo mandará el pri­mero, Bouchard el segundo, en tanto que yo encabezaré la reserva.Atacare­mos en tres oleadas, y no les daremos tiempo a recuperarse entre una ofen­siva y la siguiente.Aparte de coordinar el ataque, vuestra labor y la de vues­tros segundos al mando consistirá en mantener alineados a los caballeros. No quiero que el ímpetu de la carga se disgregue y que la batalla quede re­ducida a una serie de combates singulares donde cada uno intenta ganar la gloria. Caeréis sobre ellos y los aplastaréis. Después de eso, y si necesitáis ha­cerlo, podréis permitiros llevar a cabo cualquier clase de hazaña que os ape­tezca. –Simón arrojó el hueso de pollo a un alano que estaba esperando re­cibirlo y se limpió los dedos en una servilleta antes de ponerse la sobreves­te que Walter le estaba ofreciendo–. No pienso mentiros: la batalla va a ser dura y sangrienta, pero sabemos que podemos alzarnos con la victoria.

¡Que el día sea para la arrogancia, no para Aragón! —añadió, sonriendo bur­lonamente ante la poca gracia de su juego de palabras.

Las ruidosas carcajadas que consiguió arrancar a los hombres congrega­dos en la estancia no guardaban ninguna proporción con el ingenio de la chanza, pero sirvieron para aliviar la tensión y, dado que Simón era un hombre que rara vez bromeaba, todos pensaron que la ocasión era digna de ser recordada y acogieron sus palabras como un buen presagio. Cuando sa­lieron del castillo para dirigirse a la plaza del mercado, el estado de ánimo general no podía ser más alegre.

Las gotas de sudor ardían en los ojos de Raoul, que ya estaban medio cegados por las constricciones de su yelmo. La empuñadura de su espada se había vuelto resbaladiza a causa de la sangre, tanto suya como de otros hom­bres, y cuando alzaba el arma para descargarla sobre su oponente, parecía es­tar fabricada de plomo, no de acero de Lombardía. Dos oleadas de la caba­llería de Simón que habían embestido prácticamente una detrás de la otra habían derribado a los hombres de Foix con tanta facilidad como si los sol­dados fuesen frágiles hileras de bolos antes de abrirse paso entre los arago­neses con un ímpetu incontenible. Alguien gritó que el rey Pedro había muerto, y eso bastó para que toda la línea de combatientes españoles se des­moronase.

Raoul se encontraba cerca de Pedro de Aragón cuando el monarca cayó. Pedro, en su falsa humildad, llevaba la armadura de un caballero co­rriente, sin ningún rasgo distintivo que pudiera salvarlo de las hojas que le atravesaron el corazón. El ataque de los guerreros del norte fue tan terrible que resultó imposible acudir en su ayuda. Antes de que Raoul pudiera comprender lo que estaba ocurriendo, sus líneas ya habían sido atravesadas y rodeadas, quedando divididas en pequeñas bolsas de hombres. En aquel momento, perdidas ya todas las esperanzas, Raoul y aquellos de sus guerre­ros que aún seguían en pie luchaban desesperadamente para tratar de esca­par a la catástrofe antes de que sufrieran el mismo destino que Pedro de Aragón. Giles aún mantenía sus posiciones a la izquierda de Raoul, pero Roland había caído en el flanco derecho con la mayor parte de los caballe­ros de Montvallant.

Raoul detuvo un mandoble. Un caballero del norte le atacó con su te­mible bola erizada de pinchos. La cadena se movió en una veloz espiral al­rededor de su cota de malla, y Raoul se vio arrancado de la silla de montar y acabó estrellándose pesadamente contra el suelo. La batalla seguía desarrollándose alrededor, separándole de Giles. Fauvel se encabritó y se lanzó hacia adelante, repentinamente enloquecido por la ausencia de su jinete. Raoul vio cómo los cascos herrados y las patas amarillas bailoteaban muy cerca de él. Estuvo a punto de recibir una coz, y comprendió que si seguía en el suelo acabaría siendo pisoteado. Maltrecho y sin aliento, pero con la espada todavía en la mano, logró ponerse en pie para encontrarse con que en derredor de él sólo había enemigos. Un caballero se inclinó sobre él des­de lo alto de su silla de montar con la intención de decapitarle. Su espada se abrió paso a través del escudo de Raoul, y el impacto volvió a derribarle. Raoul sintió el rechinar de las partículas de polvo en su lengua y sus dien­tes. Con los ojos desorbitados y llenos de lágrimas, contempló el rostro de la muerte. Las patas del caballo se agitaron, esta vez no ambarinas sino del bri­llante rojo de un corcel bayo. Mientras el joven caballero se doblaba sobre la silla para descargar un segundo mandoble, Raoul recurrió a sus últimas re­servas de energía, saltó sobre él y lo arrojó al suelo. El caballero aulló al des­plomarse. Aferrándose al anca y a la perilla de la silla de montar, Raoul logró izarse a la grupa del corcel de pelaje rojizo.

Un instante después advirtió que alguien intentaba atacarlo; ya era de­masiado tarde para esquivarlo y, habiendo perdido su escudo, intentó des­viar el salvaje mandoble con su hoja. La vibración del impacto ascendió por todo su brazo. Raoul perdió el control de los dedos, el arma cayó de su mano y su enemigo volvió a embestirlo, atravesando la cota de malla, el acolchado protector del gambesón y la carne. Raoul vio un yelmo de ace­ro adornado por un penacho de plumas teñidas de carmesí, el león de cola bifurcada sobre el escudo y la ondulación de los músculos debajo de la si­nuosa piel metálica de la cota de malla. «Y miré y vi un caballo pálido, y el nombre de quien lo montaba era muerte…»

El dolor brotó de la herida para oscurecer todas las funciones conscien­tes de la mente de Raoul; y a pesar de lo desesperado de la situación, el ins­tinto de supervivencia le obligó a agarrarse a la perilla de la silla de montar y tensar los muslos. El corcel rojo se encabritó y agitó las patas delanteras, mientras el joven caballero que había caído al suelo aullaba al ser coceado. Raoul sintió que alguien agarraba las riendas del corcel y supo que pronto moriría. Eso le daba igual, siempre que la muerte pudiera apagar el fuego que ardía dentro de su pecho.

Sin embargo el golpe mortífero no descendió sobre él y en su lugar oyó una voz que blasfemaba enérgicamente en la lengua del sur entre el estré­pito y el entrechocar de las armas. El caballo aceleró el paso. Cada movi­miento de las patas producía una nueva punzada de agonía que se extendía través del pecho de Raoul. Empezó a deslizarse hacia la inconsciencia, pero antes de que llegara a caer de la silla se sintió revivir al notar las géli­das aguas sobre sus muslos cuando el corcel se metió en el río Louge.

–¡No os rindáis ahora, mi señor, por el amor de Dios! –oyó murmurar a Giles como desde una inmensa distancia.

–Ya lo tengo –dijo Mir cerca de la oreja de Raoul.

Un momento después Raoul fue vagamente consciente del punto de apoyo que le proporcionaba otro caballo cuyo jinete se había introducido en el agua junto a él. Los párpados le pesaban tanto como si se los hubieran cubierto de piedras, pero se obligó a abrirlos. El mundo, apenas visible a tra­vés de las rendijas de su yelmo, giraba locamente y se bamboleaba de un lado a otro. Raoul vio sus manos engarfiadas sobre la perilla de la silla de montar, enrojecidas por la sangre. Más sangre goteaba sobre las negras cri­nes del corcel. El caballo empezó a subir por la otra orilla del río y Raoul se tambaleó sobre la silla. Mir perdió su asidero, pero la mano de un caba­llero templario que acudió al lugar salvó a Raoul de desplomarse encima del anca. Un instante antes de que la consciencia vacilara por última vez y se oscureciese como una vela apagada, Raoul reconoció a Luke de Béziers.

CAPÍTULO 25

Tolosa,
septiembre de 1213

GILES PREGUNTÓ: ¿Vivirá? Luke de Béziers se cruzó de brazos y, al cabo de unos minutos que parecieron interminables, apartó de mala gana la mirada del paciente para volverla hacia el preocupado caballero.

—Está muy grave —dijo en voz baja y suave—. La herida se ha infectado, y apenas puedo hacer nada para combatir ese envenenamiento con mis po­bres artes.

Giles se mordió el labio y bajó la mirada hacia su joven señor para con­templar sus rasgos cerúleos, los labios agrietados por la fiebre y aquel mus­culoso cuerpo de guerrero cuya carne se estaba consumiendo con alar­mante rapidez salvo en la herida, que parecía una hinchada masa de gachas supurantes. Hebras tan rojas como arañazos surgían de ella e invadían el te­jido sano que la circundaba. Giles intentó avivar sus cada vez más tenues es­peranzas de que Raoul sobreviviría, sabiendo que, si no se producía ningu­na mejoría, hacia el anochecer ya no quedaría esperanza alguna.

Habían transcurrido dos días desde que la caballería del conde Rai­mundo buscó refugio detrás de las murallas de Tolosa junto con los maltre­chos restos de los ejércitos que habían sucumbido ante la terrible carga de Simón de Montfort. Luke de Béziers había llevado al caballero de Montva­llant a una casa «segura» de la ciudad cercana al PontVieux y al suburbio de Saint Cyprien. El edificio pertenecía a los templarios y era allí, mientras la ciudad intentaba negociar su vida con el lobo acampado alrededor de sus murallas, donde Raoul luchaba por la suya y, de momento, parecía estar per­diendo la batalla.

—¿Qué estabais haciendo en pleno corazón de la batalla? —Luke se vol­vió nuevamente hacia Giles para lanzarle una mirada de perplejidad—. Por lo que tengo entendido, el contingente de Tolosa siempre se mantuvo como mínimo a un par de leguas del combate.

Giles dejó escapar una carcajada llena de amargura antes de responderle.

–Nos hallábamos allí en representación suya. Mi señor estaba tratando de explicarle los puntos de vista del conde Raimundo a Foix y, básicamen­te, estaba intentando conseguir que ese viejo chocho fuera consciente de lo que había más allá de la punta de su ‘espada cuando los hombres de Simón de Montfort se lanzaron a la carga. Aun suponiendo que hubiéramos de­seado retirarnos, lo cierto es que no dispusimos de tiempo para hacerlo.

–Y supongo que cuando llegó el momento de la confrontación final, Raoul se negó a huir –dijo Luke, señalando al enfermo con una inclinación de la cabeza.

–Así es.

Giles apretó los labios. Sus ojos no conseguían apartarse de la ubicua si­lueta de un crucifijo colocado sobre la cama. Jesucristo suspendido en su sufrimiento… Pensamientos blasfemos llenaron su cabeza. Hasta el comien­zo de aquella guerra, Giles siempre se había tenido por un buen católico, si bien no se consideraba demasiado devoto.

–Si la muerte decide reclamar a vuestro señor, ¿queréis que uno de los Perfecti asista a Raoul en sus últimos momentos? –preguntó Luke con afa­ble dulzura–. Puedo encargarme de ello.

Giles se encogió de hombros en un gesto de cansancio.

–Haced lo que os parezca mejor.

–En ese caso, ¿permitiréis que haga venir a uno de la ciudad?

Giles respondió con un gesto a medio camino entre el asentimiento y el desdén y se sentó en un taburete junto a Mir. El joven escudero, con el rostro pálido y humedecido por las lágrimas, se estaba restregando los ojos con los nudillos. Cuando se disponía a salir de la habitación, Luke se detu­vo delante del cofre que había junto a la cama para encender la lámpara de aceite, y le llamó la atención un disco esmaltado que alguien había deposita­do junto a la daga para cortar la carne y el anillo de sello de Raoul. El joven templario lo contempló unos momentos antes de cogerlo y deslizó el pulgar sobre el símbolo de la paloma y el cáliz grabado dentro de una estrella for­mada por dos triángulos entrelazados.

–¿De dónde habéis sacado esto? –preguntó con repentina sequedad. Giles extendió .la mano para que le entregara el objeto y lo hizo girar entre sus dedos.

–No lo sé. Mi señor lo llevaba colgado del cuello cuando le quitamos la ropa, pero nunca lo había visto antes. –Se lo pasó al escudero–. ¿Qué sabes sobre él, Mir? Tú eres quien le ayuda a armarse y a desvestirse.

Mir examinó el disco y frunció el ceño.

–Se lo vi llevar por primera vez después de que fuéramos a Foix con los cátaros… Sí, después de que volviera de ese viaje con la dama Bridget.

–¿Cómo? –Luke clavó los ojos en el escudero–. ¡Cuéntame qué ocu­rrió!

–Rescatamos a… a tres cátaros de Lavaur. Y… luego… –balbuceó Mir, asustado ante la reacción del templario y repentinamente reducido a la in­coherencia por el cansancio y la preocupación.

–Uno de ellos era Chrétien de Béziers, vuestro padre –intervino Giles, intentando calmar al muchacho con una palmadita en el brazo–. Iba acom­pañado por un hombre bastante mayor que él, una especie de amanuense o escribano, y por la dama Bridget. Los llevamos a Foix, y luego mi señor y la dama Bridget se fueron y no volvieron hasta al cabo de un día y una noche.

–¿Y fue entonces cuando obtuvo esto?

Luke tomó el disco de entre los dedos del escudero.

–Creo que sí –dijo Mir.

Giles inclinó la cabeza hacia un lado.

–¿Por qué lo preguntáis?

Luke sostuvo el disco delante de la lámpara para estudiar el motivo cél­tico que cubría el reborde.

–Este objeto perteneció ami tía Magda. Sólo la Diosa o su consorte, si es que lo tiene, llevan esta joya.

–¿La Diosa? –repitió Giles.

Luke volvió a dejar el disco encima del cofre sin decir nada y, cuando giró sobre sus talones para encararse con Giles, su rostro había adoptado una expresión de cauteloso recelo.

–Olvidad que he hablado –dijo con un tono que le heló la columna vertebral a Giles–. Iré en busca de un hombre bueno de los cátaros –añadió, y se marchó con paso presuroso.

Giles dejó escapar un suave silbido y se sentó junto a la cabecera del le­cho. Después deslizó las manos entre sus ralos cabellos y miró a Mir.

–¿Sabes nadar, muchacho?

–¿Por qué me lo preguntáis? –inquirió a su vez Mir, mirándole fija­mente y parpadeando.

–Porque sospecho que nos hemos. metido en aguas demasiado profun­das para nosotros.

Giles cogió un cuenco de agua con hierbas, estrujó el paño que se ha­bía estado empapando en la infusión y lo deslizó sobre el cuerpo ardiente de Raoul. Éste volvió la cabeza de un lado a otro sobre la almohada y dejó escapar una especie de balbuceo, un sonido ahogado que se intensificó de repente para convertirse en un estridente alarido.

–¿Qué está diciendo? –preguntó Mir, acercándose a la cama mientras se restregaba nerviosamente las manos en la túnica.

Giles volvió a humedecer el paño.

–Algo sobre Domingo y el fuego, o eso me ha parecido entender. –¿Domingo de Guzmán?

–Es el único Domingo que conozco.

Mir se estremeció, cada vez más asustado. Últimamente habían ocurri­do muchas cosas que era incapaz de entender. Había perdido su hogar y todo aquello a lo que tenía derecho por nacimiento. Estaba perdiendo a su señor y, a causa de hombres como Domingo de Guzmán, también comenza­ba a perder la fe. ¿Serían aquéllas las mismas razones que estaban haciendo gritar a milord Raoul en su terrible agonía?

–Ve a ver si encuentras un poco de vino, Mir, por el amor de Dios –dijo secamente Giles mientras el joven permanecía paralizado junto a su hom­bro, horrorizado y sin saber qué hacer–. Cuanto más fuerte sea, tanto me­jor. Pronto habrá que cambiar este vendaje.

Raoul se tambaleaba sobre una angosta cornisa de piedra, la espada en la mano derecha pero sin un escudo que le permitiera mantener el equili­brio. La escarcha crujía bajo sus botas, las estrellas convertían el cielo en una bóveda cristalina, y el aire era tan frío que le acuchillaba los pulmones. Un abismo se abría debajo de él, negro y enorme como una boca abierta ribe­teada por colmillos de piedra caliza que aguardara ser alimentada. Las an­torchas ardían en las almenas que se elevaban por encima de su cabeza, y su luz destelló en el filo de la espada mientras Raoul apoyaba el pomo en la muñeca para enfrentarse al momento final. Dos hombres sin rostro envuel­tos en túnicas oscuras le atacaron. La hoja de Raoul chocó con el acero y retrocedió tras un chispazo azul rápidamente extinguido. El dolor le desga­rró el pecho, y Raoul sintió que se precipitaba en una negra sima. Arañó las paredes intentando encontrar un asidero, pero éstas eran tan lisas como ob­sidiana pulimentada y se hallaban tan heladas que su frialdad invadió todo su cuerpo hasta dejarlo casi paralizado. Sus párpados empezaron a cerrarse, y Raoul dejó de debatirse.

De pronto alguien gritó su nombre desde muy lejos. Raoul no prestó atención al sonido, pero la persona que gritaba insistió y se fue aproximan­do. «Una mujer… –pensó confusamente Raoul–. ¿Claire? No…» Un resplandor repentino atravesó sus párpados con una punzada de dolor y, atis­bando por entre ellos, Raoul vio a Bridget, el cuerpo rodeado por un halo de luz y la oscura cabellera ondeando detrás de ella. Bridget extendió el bra­zo y, tomándole de la mano, volvió a llevarle hacia la luz. Raoul se encogió e intentó retroceder, sabiendo que no deseaba volver por donde había ve­nido, que la oscuridad le protegía y que en ella estaría a salvo, pero Bridget tiró inexorablemente de él, obligándole a avanzar, de modo que no pudo resistirse.

Unos momentos después se encontró en una habitación desconocida, contemplando desde arriba a tres individuos que estaban inclinados sobre un hombre que yacía inmóvil en una cama. Reconoció a Giles y a Luke de Béziers, pero no al hombre barbudo vestido con una túnica oscura inmóvil junto a ellos. Mir lloraba a un lado, el rostro escondido tras sus manos tem­blorosas. Ninguno de ellos pareció darse cuenta de que Bridget avanzaba hacia la cabecera del lecho, aunque para Raoul la muchacha era tan sólida como el cofre y el perchero que había junto a él. Inclinándose sobre el jo­ven tendido sobre el colchón, Bridget puso la mano encima de su pecho y pegó su boca a la suya, llenando todo su ser con su aliento, y en ese instan­te Raoul reconoció su cuerpo y el suelo se acercó vertiginosamente a él para recibirle.

-Esperad -dijo secamente Giles mientras el templario empezaba a ex­tender la sábana sobre el cuerpo de Raoul y el hombre bueno de los cáta­ros cerraba su libro de oraciones-. Esperad… Me ha parecido ver que se movía.

-Sólo eran los últimos espasmos de los músculos -dijo Luke con un tono lleno de compasión-. Dada vuestra profesión, seguramente ya los ha­béis visto antes.

-No, estoy seguro de que…

Raoul abrió los ojos. Bridget estaba inmóvil entre los hombres y le son­reía, pero cuando extendió la mano hacia ella, la joven la rehuyó y, sin de­jar de sonreír, salió de la habitación. En vez de Bridget fue Giles quien le tomó la mano, con los ojos llenos de asombro y cierto temor.-

-Milord Raoul…

-¿La has visto? -murmuró Raoul con un hilo de voz.

-¿A quién, mi señor?

-Bridget…

Giles y los otros hombres intercambiaron una rápida mirada.

-No había nadie más aparte de nosotros -replicó con voz titubeante.

-Bridget estaba aquí…

Raoul logró tragar saliva con considerable dificultad. Su garganta esta­ba tan reseca como un trozo de cuero viejo.

–No me sorprendería –dijo Luke. En su rostro había tensión, pero no miedo. Tan sólo unos momentos antes Raoul no tenía pulso ni respiración. Luke hubiese empeñado su juramento de templario en que estaba a punto de cubrir el rostro de un muerto–. Mi prima posee muchos dones extraños.

Con una mano temblorosa, Giles echó vino en una copa y se la ofreció al paciente.

Raoul bebió ávidamente y se recostó sobre las almohadas, sintiéndose agotado y bastante confuso. El cátaro, viendo que ya no tenían necesidad de su socorro espiritual, partió para seguir atendiendo las apremiantes obliga­ciones que había asumido junto con su fe. Con los restos del ejército del sur atrapados en Tolosa, había muchos heridos y agonizantes que necesitaban sus servicios.

–¿No me consoló? –se apresuró a preguntar Raoul mientras Luke em­pezaba a quitar los vendajes que habían colocado alrededor de su herida.

–No. Os era imposible dar las respuestas porque no estabais consciente, pero rezó para que vuestra alma hallara un buen cuerpo en el que morar cuando os abandonase.

Si hubiese tenido fuerzas para ello, Raoul habría sonreído, pero estaba muy débil y el dolor era muy intenso. Lo único que podía recordar de los últimos días era una interminable sucesión de oscuros sueños llenos de lla­mas y derramamiento de sangre.

–¿Dónde estoy?

–En Tolosa, mi señor –dijo Giles, mirándolo por encima del hombro de Luke–. Os trajimos aquí después de la batalla. El conde Raimundo está ne­gociando las condiciones de un acuerdo. No podemos seguir combatiendo, pero mientras conservemos la ciudad tampoco podremos ser derrotados.

–Una situación de tablas, pues…

Raoul apretó los dientes y se arqueó mientras Luke retiraba el último vendaje impregnado de ungüento. El joven templario se disculpó.Tres ho­ras antes la herida de Raoul era un amasijo de carne maloliente sobre la que burbujeaba el pus y en el que la infección iba avanzando de manera incontenible, pero al quitar el vendaje Luke sólo vio limpios bordes rosa­dos y una moderada hinchazón. Las franjas rojas, aunque todavía presentes, se habían empequeñecido considerablemente y la carne estaba fría al tac­to. Si necesitaba alguna otra evidencia, allí tenía una prueba de las capaci­dades de Bridget.

–Casi matasteis a uno de los hijos de Simón de Montfort en la ‘batalla. –Giles se afanaba alrededor de Raoul como una gallina clueca, desa­hogando así su nerviosismo y su alivio, que habían llegado muy cerca de aquel punto en el que nada habría podido evitar el estallido emocional acerca del que Raoul y él habían hablado mientras huían de Lavaur–. Eso os salvó la vida. Ve a buscar un tazón de caldo, Mir. Milord Raoul quizá desee tomar unos sorbos dentro de unos momentos, en cuanto Luke haya acabado.

–¿Qué quieres decir?

Raoul siguió con la mirada al escudero mientras éste salía corriendo de la habitación, y en seguida comprendió que no podría evitar frustrar el fe­bril optimismo de Giles. En aquellos momentos sólo necesitaba dormir.

–El de Montfort estuvo tan ocupado protegiendo a su cachorro y reco­giéndolo del suelo que no se molestó en asestaras el golpe de gracia, y cuando volvió a estar en libertad de hacerlo, ya os habíamos sacado de allí.

–¿A cuál de sus hijos herí?

Los párpados de Raoul empezaron a descender. Era vagamente cons­ciente de que Luke estaba esparciendo ungüento de hierbas sobre la herida y de que luego la cubría con un vendaje limpio.

–A Guy, el mediano –le explicó Giles–. Escapasteis sobre su caballo. Perdimos a Fauvel, pero el bayo es una auténtica belleza… ¿Mi señor? –ex­clamó un instante después, inclinándose sobre la cama con una nota de pá­nico en la voz.

Luke rozó el hombro del caballero con afable dulzura.

–Sólo se ha quedado dormido. No os preocupéis. –Sus ojos fueron ha­cia el talismán depositado encima del cofre–. Se curará.Ahora ya puedo ase­gurarlo con certeza.

–¡Aquí está el caldo! –anunció Mir, entrando a toda prisa en la habita­ción con una humeante escudilla de madera y una cuchara de asta. Un ins­tante después se detuvo con los ojos se desorbitados, pues Giles estaba so­llozando sin tratar de ocultar sus lágrimas. La mirada horrorizada del joven voló hacia el lecho y luego se volvió hacia el templario–. Oh, no…

Luke le dirigió una sonrisa tranquilizadora.

–No hay por qué preocuparse. –Extendió la mano hacia la escudilla lle­na de caldo–.Yo me lo tomaré. Me muero de hambre.Y ahora ve a buscar otra para sir Giles. En seguida se pondrá bien, y lo mismo le ocurrirá a vues­tro señor…

«Por lo menos en lo que respecta al cuerpo…»

Claire estaba sentada en el banco del huerto de Castelnaudry, las manos entrelazadas encima del regazo y la mirada clavada en algo que se encon­traba a una inmensa distancia de los lechos de hierbas que se suponía esta­ba limpiando. Se le permitía algún que otro momento de soledad, habitual­mente cuando el vizconde y sus hijos volvían a casa de la guerra y mante­nían ocupadas a las mujeres de la mansión. Aquel día todo el castillo hervía en una fervorosa celebración de la gran victoria que el norte había obteni­do en Muret. Claire cerró los oídos a su obscena alegría y decidió buscar la tranquilidad del huerto. El odio, como tanto le gustaba repetir a Geralda an­tes de que muriese en Lavaur, no formaba parte de los dogmas de la fe cá­tara, de manera que Claire no debía odiarles por haberle arrebatado su ho­gar, a su esposo y a su hijo. No debía odiarles por haberla obligado a con­templar cómo ardían los cátaros de Montvallant. No debía odiar a Simón de Montfort por haberla violado sobre el suelo de su propio solanar y haber sembrado la semilla de un hijo dentro de su útero, o por haberle quitado a aquel niño después de que naciera.

Claire hundió las uñas en las palmas de sus manos. -jesús bendito, era im­posible no sentir odio! ¿Cómo podía hallar perdón en su corazón para se­mejantes crímenes? Se levantó con un movimiento casi convulsivo, cogió su cesta y sus tijeras de podar, se volvió hacia los matorrales de lavándula y em­pezó a atacar sus tallos. El aromático olor de la hierba, el movimiento de sus manos y el silencio fueron calmando gradualmente su torbellino interior. Si no era capaz de hallar el perdón dentro de su corazón en aquellos momen­tos, quizá éste acudiría a ella al día siguiente. Cada día debía ser considerado no como un obstáculo o un tropiezo, sino meramente como un mojón más en el camino que llevaba a su meta.

Colocaba los últimos tallos de lavándula dentro de la cesta cuando la puerta del recinto se abrió con un chirrido y un enorme alano marrón en­tró de un salto por la abertura y corrió hacia ella, las fauces llenas de babas. Claire gritó y alzó los brazos para protegerse la cara y la garganta mientras el perro saltaba sobre ella y arrancaba la cesta del brazo. Los tallos de laván­dula salieron despedidos en todas direcciones.

—¡Túmbate, Brutus!

El sabueso se dejó caer inmediatamente sobre el estómago, aplastando tallos de lavándula y liberando su potente aroma. El dueño de Brutus se aproximó con paso rápido y decidido, y Claire sintió que el estómago se le revolvía entre una oleada de terror. Aquel día Simón llevaba una túnica y un cinturón adornados con joyas, calzaba botas de puntera dorada y ribetes de oro confeccionadas con la piel de cabritillo más suave que podía hallarse, y su cabellera de color gris acero estaba meticulosamente peinada. Los anillos relucían en sus manazas cuadradas, que sostenían un bulto envuelto en una tela encerada. Simón dejó el paquete encima del banco y estudió a Claire con expresión meditabunda.

Sin desearlo realmente, pero obligada a ello por su presencia, Claire alzó la mirada hasta clavarla en los ojos de Simón. El señor del castillo podía ir ataviado para un banquete y no llevar más armas encima que la daga para cortar la carne que colgaba de su cinturón, pero eso no cambiaba nada. Claire aún podía verlo montado sobre su blanco corcel de guerra, el rostro impasible mientras contemplaba cómo los cátaros de Montvallant eran que­mados en la plaza del mercado. Aún podía sentir la violenta presión del cuerpo de Simón, y la embestida de la lengua y el ariete viril.

–Eres como una mariposa. –Su voz era afable pero un tanto ronca, como si el humo de sus víctimas la hubiera impregnado de una aspereza que jamás podría disiparse. Simón extendió una palma callosa para rozar la gruesa trenza rojiza de Claire–. Aplastarte sería una pena…

Claire retrocedió tambaleándose.

–¡No me toquéis! –jadeó y echó el puñó hacia atrás con las tijeras de podar aferradas entre los dedos.

Los párpados de Simón se tensaron, sin que hubiera más advertencia que ésa.A pesar de su corpulencia, su movimiento fue tan veloz que Claire no dispuso de tiempo para defenderse. Le arrancó las tijeras de la mano y, tras arrojarlas al otro extremo del huerto, le retorció la muñeca con tal fe­rocidad que Claire gritó y cayó de rodillas. El perro se levantó de un salto para pegar el hocico a la cara de Claire y mostrarle los colmillos.

–¡Por favor! –sollozó Claire–. ¡Oh, no, por favor! –suplicó, odiándose por su debilidad.

Simón hizo callar al perro con una seca orden y el alano volvió a ten­derse sin dejar de gruñir. Con la respiración entrecortada, Simón levantó a Claire de un tirón y la atrajo hacia sí, asegurándose de que no le cupiera ninguna duda en lo tocante a su erección.

–Eres más estúpida de lo que me suponía –dijo con ronco desprecio–. ¡O quizá sea que aún no has descubierto cuál es el nivel de mi tolerancia! –Tomándole el rostro entre las palmas, le levantó la cabeza como si se dis­pusiera a besarla y después la apartó hacia un lado con un brutal empujón, demostrándose a sí mismo que poseía el control necesario para obrar de aquella manera–. He venido a verte para entregarte algo que traje de Mu­ret –añadió secamente–. Las viudas siempre deberían tener alguna reliquia que sirva de centro a su luto.

Simón cogió el paquete que había dejado en el banco y apartó la tela encerada para revelar los restos astillados de un escudo y una espada embo­tada con la hoja mellada.

Claire contempló el motivo mutilado de galones entrelazados que adornaba el anverso del escudo. Raoul lo había pintado con sus propias manos durante el primer invierno de su matrimonio. Claire recordaba de manera inmensamente vívida su meticuloso cuidado, la brillante paleta de colores italianos y, finalmente, el brillo de satisfacción en los ojos de su esposo mientras daba un paso hacia atrás para examinar su obra una vez terminada.

–Yo mismo le maté –dijo Simón mientras veía cómo el color desapare­cía del rostro de Claire y sus ojos se iban abriendo más y más–. Raoul de Montvallant yace en una tumba anónima en la llanura donde se libró la ba­talla, junto con todos esos otros idiotas que nunca llegaron a saber qué les fulminó…, aparte de la ira de Dios. –Sus labios se curvaron en una sonrisa llena de horrible malicia–. Por lo menos él tiene un descendiente que he­redará sus tierras y que está siendo educado en las mejores tradiciones cató­licas…

–¡Eres el diablo! –murmuró Claire, sintiéndose invadida por una oleada de náuseas a medida que entendía el significado de sus palabras. Simón se irguió orgullosamente ante ella.

–Sirvo fielmente a mi Dios –declaró–. Tú eres la traidora, y hasta ahora he sido misericordioso…, pero quizá todo eso cambie muy pronto.

Claire se apartó de él, gritando como un animal herido, y se inclinó so­bre uno de los lechos de hierbas para vomitar.

Simón la contempló en silencio durante unos momentos, experimen­tando una mezcla de satisfacción y asco hacia sí mismo. Después llamó al perro con un chasquido de los dedos, giró sobre sus talones y salió del huerto.

Cuando los últimos espasmos de la náusea se hubieron disipado por fin, Claire se derrumbó sobre la hierba junto al banco y sollozó, con la pena, el terror y la repugnancia ardiendo en sus entrañas como un dolor insoporta­ble. El Dios de Simón, no el suyo… Claire podía percibir la distinción con absoluta claridad. Rex Mundi, devorador de almas.

Durante un instante de enloquecida desesperación pensó en suicidarse usando la espada embotada que Simón había dejado encima del banco. ‘ Puso la mano sobre la empuñadura y percibió el roce de los pequeños sur­cos creados por la presión regular de los dedos de Raoul. ¿A cuántos hom­bres había matado aquel instrumento antes de que acabara llevando a Raoul a su propia destrucción? Claire se estremeció y apartó la mano de la empu­ñadura para extenderla hacia el escudo astillado que había junto a ella. Sus dedos dibujaron amorosamente el negro motivo que lo adornaba y las lá­grimas llegaron por fin…, pero dentro de ella. De pronto Claire fue cons­ciente de una repentina transformación, como si hubiera tejido una crisáli­da para sí misma a partir de las experiencias recientes.

Dejando los tallos de lavándula esparcidos allí donde habían caído, así como las tijeras de podar y las armas rotas detrás, Claire salió del huerto, to­davía llorando, pero con la cabeza bien alta.

CAPÍTULO 26

Montségur, las montañas del Ariége,
verano de 1215

LA NIÑA DE RUBIOS CABELLOS estaba sentada junto a Bridget entre las manchas de luz y sombra de los pinos. Esta le preguntó: ¿Te acuerdas para qué sirve esta planta? —Para curar la tos, mamá.

—Muy bien. ¿Y qué haces con ella?

—Echas agua caliente sobre las hojas, y cuando haya pasado una marca de vela ya estará lista para beber —contestó la niña obedientemente—. Pero esta hoja no nos sirve porque la ha mordisqueado una oruga.

—En efecto. —Bridget sonrió y contempló cómo su hija seleccionaba las mejores hojas del blanco matorral de marrubio y las guardaba en la cesta—. ¿Y qué me dices de esta otra, Magda? —inquirió afablemente pasados unos momentos—. ¿Qué hacemos con ella?

La niña contempló con el ceño fruncido la mata de plantaina por unos instantes y luego las arruguitas desaparecieron de su frente.

—Las hojas hacen que las quemaduras mejoren —dijo alegremente. —¡Muy bien! —la elogió Bridget, abrazándola.

Aunque Magda todavía no tenía cuatro años, su aptitud para aprender y absorber a través de cada uno de sus poros era prodigiosa, y no había nada que le.gustase más que estar en la ladera de una montaña entre el limpio frescor de las primeras horas de la mañana en los bosques, recogiendo hier­bas y plantas y descubriendo sus secretos.

—Mamá, ¿por qué…?

Magda se interrumpió al ver que la atención de su madre se había des­viado hacia el sendero, que apenas se distinguía entre las plumosas copas de los árboles.

Un sordo retumbar de cascos resonó sobre la tierra y creó ecos en el co­razón de Bridget. Por un momento intentó engañarse diciéndose que anunciaban la llegada de soldados que querían vender sus servicios o que traían mensajes del conde de Foix o, quizá, la aparición de una reata de mulas procedentes de las estribaciones de la montaña que traían suministros. Pero el engaño era tan poco capaz de ocultar la realidad como la delgada transparencia de una hostia de la comunión.Antes de que se hicieran fisica­mente visibles, Bridget ya sabía quiénes se aproximaban. El primer caballo era un bayo de vivo color rojizo. El hombre que lo montaba llevaba arma­dura, pero su yelmo colgaba de la silla y sus cabellos castaños, oscurecidos por el sudor, enmarcaban un rostro austeramente apuesto. Bridget había vis­to por última vez aquel perfil a la luz de un fuego agonizante después de una noche de pasión, y por aquel entonces no mostraba las marcas que po­dían verse en él a medida que se acercaba. Junto a él cabalgaba Giles, medio calvo y con el rostro sombrío, y detrás de ellos se divisaba al escudero, quien no apartaba la vista de un esbelto niño de unos seis años de edad.

–¿Quiénes son, mamá? –preguntó Magda, para quien los visitantes eran una novedad.

Bridget titubeó. Había visto el lejano futuro, pero no la forma en que tendría lugar aquel encuentro, y necesitaba prepararse y hacer acopio de calma para lo que muy bien podía acabar siendo un rito de paso tan tor­mentoso como la noche en la que había sido concebida Magda.

–Son mensajeros de Foix –respondió lacónicamente, sabiendo que en realidad eran hebras de cáñamo y juncos que ella todavía no estaba prepa­rada para tejer en una urdimbre–. Guarda las plantas en la cesta. Hemos de volver a casa.

Magda hizo un puchero.

–No quiero. ¡Me gusta estar aquí!

–¡Haz lo que te digo! –le ordenó secamente Bridget.

Magda contempló a su madre con dolido asombro y sus enormes ojos grises se llenaron de lágrimas.

La perplejidad que había en el rostro de Magda bastó para disipar el tor­bellino de emociones encontradas que se agitaban dentro de Bridget.

–Ay, cariño, lo siento mucho… No quería gritarte.

Se apresuró a coger en brazos a la niña, besándole la mejilla y la sien al tiempo que alisaba el oro pálido de los cabellos que constituían todo el le­gado de su padre. La rigidez de Magda se derritió, pero cuando Bridget abrió los brazos y la miró, una pregunta subrayaba la confianza que había en su mirada.

–Conozco al caballero del bayo y no esperaba verlo aquí, o por lo me­nos no tan pronto –dijo Bridget, confiando en que Magda se conformara con aquella explicación y no le creara más dificultades.

–¿Y ese caballero no te gusta, mamá?

–Me gusta mucho. –Bridget siguió acariciándole los cabellos–. Es un buen hombre y no quiero hacerle daño… No quiero que sufra más daño del que ya ha sufrido, ¿sabes?

Magda torció el gesto.

–Pero tú curas a los que están enfermos, mamá…

Los labios de Bridget se curvaron en una sonrisa llena de cansancio.

–Ah, si eso fuera el comienzo y el fin de todo… –murmuró, hablando más consigo misma que con la niña, y sus ojos pensativos se volvieron ha­cia la ladera sobre la que todavía se oía al pequeño grupo de jinetes.

Fue por la tarde, la parte más calurosa del día en la que todos dormían, cuando Magda oyó el caballo en el sendero que serpenteaba por encima de la cabaña que compartía con su madre. Bridget estaba dentro, descansando, pero Magda nunca, ni tan sólo cuando era un bebé, había podido dormir salvo de noche. En aquellos momentos se estaba distrayendo con una co­lección de piedras y conchas blancas que disponía en uno de los motivos tradicionales que su madre le había enseñado, el camino en espiral del pa­sado, el presente y el futuro.

El sonido de cascos se volvió un poco más intenso y se fue aproximan­do en lo que parecía un trote no demasiado prudente. Magda colocó la úl­tima piedra en el dibujo, se levantó y se pasó las manos por la falda para lim­piárselas. Entrecerrando los ojos ante la potente claridad solar, vio un poni de color marrón que venía directamente hacia ella, la cruz y los flancos os­curecidos por el sudor y los ollares convertidos en grandes cavernas rojizas. El niño al que había visto antes con los caballeros estaba sentado sobre el animal. Se aferraba a la grupa de su montura con la tenacidad de una carda, y su expresión reflejaba una tensa mezcla de júbilo y miedo. Las torres de Montségur ardían detrás de él. El poni se transformó en un corcel de gue­rra de musculosos flancos y el niño se convirtió en un hombre con arma­dura, un guerrero de semblante hosco y terrible en cuya mano brillaba una espada. Había otros hombres con él, y uno de ellos tenía los ojos verdigri­ses y un rostro toscamente hermoso. De las sombras surgió una criatura ves­tida con una larga túnica negra, una daga de cazador que relucía entre sus flacos dedos. Magda se sintió invadida por un terror tan abrumador que gri­tó y se cubrió los ojos con las manos mientras su vejiga dejaba escapar su contenido en un chorro caliente que se deslizó por sus muslos.

Al oír los gritos de Magda, Bridget salió corriendo de la cabaña, con los pies descalzos y la cabellera sin recoger flotando alrededor de sus hombros.

Atisbando a través de una rendija entre sus dedos, Magda vio que el poni había tropezado y caído cuando el niño intentaba evitar chocar con­tra ella, y que el pequeño jinete había salido despedido de la grupa. El ca­ballito de color marrón cojeaba aparatosamente mientras dejaba escapar suaves gemidos de inquietud y un esbelto niño de cabellos rubios yacía en el suelo, tan inmóvil que Magda pensó que estaba muerto. El sol destellaba sobre los pinos, y las sombras estaban adormiladas y desiertas.

Su madre se arrodilló junto al chico y le examinó el cráneo con delica­das presiones de la yema de los dedos. El niño gimió bajo ellos, y Magda se echó a llorar.

—¿Se pondrá bien, mamá?

—Creo que sí. Se ha dado un golpe en la cabeza, pero al parecer no hay nada roto. —Bridget lanzó una mirada al poni tembloroso y cubierto de su­dor—. Esto ocurre cuando se le exige demasiado a la fuerza vital —murmu­ró sombríamente.

—Él no tuvo la culpa, mamá. Me interpuse en su camino. Vi… Le vi… Magda se interrumpió y se mordió el labio.

—¿Qué viste? —preguntó Bridget con preocupación.

—El niño se había vuelto mayor… Montaba un caballo negro muy gran­de y tenía una espada en la mano… El castillo ardía…Vi a un hombre con un cuchillo, escondido entre las sombras. —La voz de la niña se quebró en un gemido de miedo y se aferró a su madre—. Era un hombre malo, y me estaba buscando.

—Eres demasiado joven para que las visiones se manifiesten con tanta po­tencia —murmuró Bridget con un tono suave y tranquilizador mientras abra­zaba a su hija y la mecía cariñosamente-. La visión suele llegar sin ningún aviso previo… Es como tener una pesadilla con los ojos abiertos. —Besó la frente de la niña, y guardó silencio hasta que estuvo segura de que Magda se había calmado un poco—. Bueno, ¿crees que serás capaz de encontrar mi fras­quito de loción de consuelda y el ungüento de margaritas? —le preguntó des­pués—Ya hablaremos del sueño y de su posible significado más tarde.

—Sí, mamá.

Magda echó a correr hacia la cabaña y Bridget volvió a concentrar su atención en el niño herido.Ya había abierto los ojos, y la mujer observó que, aunque estaba terriblemente pálido y tenía los párpados hinchados, sus pupilas todavía reaccionaban ante la luz.

—¿Qué ha pasado? —balbuceó.

—Estabas galopando sobre tu poni cuando ya sabes que no debes hacer esas cosas —le dijo, sin que la dulzura llegara a ocultar del todo la reprimenda.

El niño contuvo el aliento y después se irguió y miró desesperadamen­te alrededor hasta que localizó a su temblorosa montura.

–Tiene las rodillas despellejadas, y me parece que ha faltado poco para que se dislocara una pata –dijo Bridget–. Dentro de un momento atenderé a tu caballito.

El niño asintió con gratitud y volvió a tenderse mientras sus ojos se lle­naban de lágrimas.

–No quería hacerlo –murmuró con un hilo de voz–. La cuesta era más empinada de lo que había pensado. –Se llevó la mano al bulto de su cabeza y luego contempló la sangre que había manchado su palma–. ¿Eres una cá­tara?

–No, pero vivo entre ellos. Me llamo Bridget y ésta es mi hija, Magda, a la que estuviste a punto de aplastar.

–No pude hacer nada. Se quedó quieta delante de mí, y no se movía…

–¿Estabas huyendo? –preguntó Magda con su franqueza habitual mien­tras entregaba a su madre los remedios que ésta le había solicitado.

–¡Por supuesto que no! –El niño frunció el ceño, visiblemente indigna­do–. ¡Salí a dar un paseo, nada más!

Entonces, como si acabara de darse cuenta de cuán groseras sonaban sus palabras, cerró firmemente los labios y bajó los párpados.

Bridget le contempló en silencio. «Quizá no estuvieras huyendo –pen­só–, pero me parece que buscabas alguna clase de desahogo.» Cuando se quita la correa a un cachorro, normalmente el primer estallido de energías repentinamente liberadas se consume en unas cuantas carreras y piruetas.

–¿Crees que puedes caminar hasta ese árbol?

El niño asintió e hizo el esfuerzo, aunque le temblaban las piernas y ttivo que agarrarse a Bridget, quien lo condujo hasta la sombra ofrecida por las ramas del mostellar. Magda les siguió, sosteniendo un odre de agua que se le había ocurrido traer de la cabaña junto con los ungüentos. Bridget acomodó al niño con la espalda apoyada contra el tronco del árbol y lo dejó allí mientras se ocupaba del poni. El niño, que estaba muy pálido y sentía náuseas, recostó la cabeza contra la lisa corteza grisácea.

–Te sentirás mareado durante un rato –le advirtió Bridget–. Será mejor que intentes dormir mientras voy al castillo en busca de tu padre. Los párpados de Guillaume se abrieron de golpe.

–¿Cómo sabes que mi pa…?

–Os vi a todos en el sendero esta mañana y le reconocí. Tu padre me ayudó a escapar de unos sacerdotes hace mucho tiempo. –Sonrió–. Incluso sé que te llamas Guillaume, porque te sostuve en mis brazos cuando aún te envolvían en las tiras de tela de los bebés y tu madre te trajo a una de nues­tras reuniones en Tolosa. –Mientras hablaba, echó una pequeña cantidad de loción de consuelda sobre una compresa y la puso encima del bulto de la frente del niño. Guillaume torció el gesto, y un instante después la mujer percibió la repentina tensión de sus músculos cuando el pequeño se prepa­ró para resistir algo más que un mero dolor físico. Bridget le miró a los ojos, que estaban velados por el aturdimiento de la conmoción, y tomó firme­mente su mano entre las suyas–.Te prometo que no tardarás mucho en vol­ver a verla.

Guillaume le devolvió la mirada, con el estupor y la incredulidad clara­mente reflejadas en su rostro.

–¡Mamá puede ver esas cosas! –Magda se había sentido lo suficiente­mente ofendida para que decidiera defender a Bridget con gran indigna­ción–. ¡Si ella lo dice, ocurrirá!

Guillaume permaneció en silencio, y de repente Magda se vio atrapada en las hebras que se agitaban en el silencio del niño. ¿Cómo se sentiría ella si perdiera a su madre? El pensamiento resultaba aterrador.

–Te juro que así será.

Bridget alisó los rubios cabellos y, sosteniendo aún la mano del niño, empezó a emitir oleadas de calma curativa que se fueron abriendo paso a través del aura trastornada de Guillaume y, poco a poco, los párpados del niño descendieron lentamente bajo la influencia tranquilizadora de los de­dos y la mente de Bridget, hasta que quedó dormido.

–¿Qué le ocurrió a su mamá? –preguntó Magda.

–Fue capturada por Simón de Montfort y ahora es su prisionera.

–Oh.

Magda adoptó una expresión pensativa, no muy segura de haber enten­dido a su madre, pero sabiendo que su paciente tenía una aguda necesidad de consuelo. Contempló cómo su madre regresaba a la cabaña y volvía con una manta para envolver al niño dormido. Magda era vagamente consciente de que aquél no era un incidente ordinario destinado a quedar absorbido en sus vidas bajo la forma de un recuerdo menor, sino que formaba parte de una urdimbre del destino mucho más importante y todavía demasiado com­pleja para que pudiera entenderla su joven mente.

–Quiero pedirte un favor, Magda –dijo Bridget en voz baja y suave para no turbar el sueño de Guillaume–. He de subir a la fortaleza para contarle lo ocurrido a su padre. ¿Crees que podrás cuidar de él hasta que vuelva?

Magda asintió solemnemente, sintiéndose un tanto asustada pero tam­bién muy importante.Ya había ayudado a su madre a atender a enfermos con anterioridad y había permanecido junto a ellos durante cortos perio­dos de tiempo mientras ella trituraba las hierbas y mezclaba las pociones, por lo que aquello sólo constituiria una pequeña extensión de su responsa­bilidad.

Bridget la besó.

–No tardaré mucho en regresar –prometió–, y ya sabes cómo llamarme si sucede algo.

–Sí, mamá –replicó obedientemente Magda.

Tan sólo unos minutos después toda la encomiable seriedad de su com­portamiento quedó hecha trizas y partió corriendo sendero arriba para re­coger su colección de conchas y piedras, a fin de poder entretenerse jugan­do con ellas mientras esperaba. La mirada involuntaria que lanzó a los ár­boles sólo descubrió delicadas sombras verdes, protectoras y benévolas.

El señor de Perella, comandante de la guarnición y el responsable de que la fortaleza hubiera alcanzado su formidable estado actual tras un largo proceso de edificación y desarrollo, se volvió hacia el joven caballero que permanecía inmóvil junto a él en el atestado patio de armas del castillo.

–¿Vos también iréis a Roma? –preguntó.

En esa ciudad el papa Inocencio había convocado un concilio para dis­cutir varios temas que inquietaban al mundo cristiano, entre ellos la conti­nuación de la cruzada en el Languedoc, que ocupaba un lugar destacado. El conde de Foix asistiria para pregonar a voz en grito sus opiniones, tal como harían el exiliado conde de Tolosa y las otras partes interesadas.

–Sí, también iré a Roma. –Raoul sonrió ácidamente–. Si el dinero lo permite, por supuesto… A diferencia del conde Raimundo, no tengo por suegro al rey Juan de Inglaterra para que pague mis gastos.

–¿Detecto una sombra de amargura? –preguntó el señor de Perella, des­lizando un esbelto dedo a lo largo de su bigote.

Raoul apretó los labios.

–No contra el conde Raimundo –dijo después–. Bien sabe Dios que aceptar la caridad tiene que herirle mucho más profundamente que a mí, desde luego… Hubo un tiempo en el que se codeaba con los reyes, y aho­ra se ve obligado ‘a pedirles limosna. –Raoul apoyó las manos en el gasta­do cinto de su espada, de donde había desaparecido la capa dorada y que era una digna compañera del flojel deshilachado que llevaba encima de su sobreveste de terciopelo–. Si hablo con amargura, es porque me veo for­zado a vender mi espada para poder alimentar a quienes dependen de mí.

Llevo mensajes para Foix a cambio de la capa que cubre mi espalda y del pan con que me alimento. Veo crecer a mi hijo, y me pregunto cómo se ganará la vida cuando le llegue el momento de hacerlo. –Su mandíbula se tensó–. No, he elegido mal mis palabras; no me lo pregunto, pues lo sé. Se ganará el pan con el laúd o con la espada, y probablemente ocupará una tumba temprana. Dudo de que el papa vaya a utilizar este concilio para revocar los poderes de los hombres que nos han dejado sin sangre en el nombre de Jesucristo. –Dejó escapar el aliento en una ronca exhala­ción–. ¡Roma se limitará a poner su sello sobre los latrocinios de Simón de Montfort!

–Creía que el papa estaba furioso con él porque Simón había destruido las murallas de Narbona y se había peleado con Arnaud-Amalric. Raoul se encogió de hombros.

–Sólo fue un pequeño enfado. El de Montfort rebasó los límites de su autoridad, y de ese modo se entrometió en ciertos asuntos reservados a Ci­teaux. El papa se sintió obligado a protestar, pero en lo referente a las cues­tiones de la política general y las intenciones, todos piensan igual.

–Han sido criados en el mismo establo.

Raoul torció el gesto.

–Sí, no cabe duda de que han sido criados en el mismo establo… –con­firmó.

Su mirada atravesó el patio sin que realmente llegara a percibir su acti­vo ajetreo. Habían transcurrido tres años desde la derrota de Muret, tres años pasados en los circuitos de los torneos y en las cortes de otros nobles, viviendo de las migajas de su caridad. Raoul había despedido a aquellos de sus hombres que sobrevivieron al desastre de Muret, conservando a su lado únicamente a Giles y a Mir. Mientras convalecía con sus suegros en Agen, había considerado la posibilidad de dejar a Guillaume con los padres de Claire, y había acabado decidiendo que no lo haría. El niño era lo único que tenía y estaría tan a salvo, o quizá más, llevando una existencia itinerante y nómada que en una ciudad repleta de volátiles simpatías rebeldes.

Durante dos años habían vivido en Inglaterra entre el séquito de Rai­mundo de Tolosa en la corte del rey Juan, pero Raoul había empezado a echar de menos el clima más cálido de su tierra natal, las viñas, los olivos y el luminoso sol del sur, de modo que volvió al Languedoc y aceptó la ofer­ta de empleo que le había hecho Foix en su momento. Raoul se había con­vertido en un auténtico faidit, un mercenario desposeído.

–He hecho cuanto he podido para que este lugar llegara a ser impene­trable al asedio –murmuró el señor de Perella, examinando los austeros muros grises como si estuviera comprobando la solidez de cada piedra y cada carga de argamasa–. Ningún hijo de perra francés o romano hará a mis cá­taros lo que les hicieron a los de Aimery en Lavaur. –Su esbelta mandíbula se tensó–. Esta fortaleza es un santuario, y así seguirá mientras yo sea capaz de defenderla. Éstas son buenas gentes, y la luz debe ser protegida. –Des­pués, sintiéndose entre incómodo y avergonzado, dio una palmada en el hombro a Raoul–. Soy un viejo chocho que habla demasiado.Venid a echar un vistazo al nuevo sistema de cables y poleas del rastrillo y decidme qué os parece.

Echaron a andar hacia la torre de piedra que albergaba el equipo, pero sólo llevaban cruzada la mitad del patio cuando Raoul se detuvo de repen­te, con el cuerpo rígido, la respiración bruscamente contenida, el rostro en­sombrecido por una expresión de incredulidad mezclada con un desgarra­dor anhelo.

–Bridget… –dijo en un susurro.

El señor de Perella siguió la dirección de la mirada de Raoul.

–Es una de sus adeptas. –Una expresión entre sorprendida y disgustada apareció en su cara–. No me habíais dicho que conocíais a alguien aquí.

Raoul no le prestó ninguna atención, pues todas las fibras de su ser ya se estaban tensando para volverse hacia su sueño. Abandonando al señor de Perella, echó a andar a través del patio.

Bridget alzó la cabeza, le vio y avanzó un paso. La sensación de irreali­dad que se había adueñado de Raoul se volvió más intensa, pues había es­tado totalmente convencido de que Bridget huiría, o incluso de que atra­vesaría una pared. En vez de ello se encontraron cara a cara, y la mujer le tomó las manos en un apretón cálido y firme.

–Tu hijo se ha caído de su poni delante de nuestra cabaña. Se golpeó en la cabeza y está un poco conmocionado, pero no ha sufrido ninguna lesión grave. Lo dejé durmiendo y vine a buscarte.

Centenares de preguntas atravesaron con la velocidad del rayo la mente de Raoul y le dejaron no sólo sin habla, sino que incluso le arrebataron la capacidad de pensar de manera coherente. Lo único que pudo hacer fue mirar a Bridget y absorber hasta el último aspecto de su apariencia, desde su sedosa cabellera libre de toda atadura y la luminosidad de sus ojos hasta la sencilla túnica y los todavía más toscos zuecos de madera que calzaba. Bridget empezó a retirar las manos y Raoul, en una reacción totalmente in­voluntaria, curvó los dedos sobre ellas y se las sujetó.

–Soy real –dijo Bridget con afable buen humor–, y te prometo que no me desvaneceré de repente.Tu hijo te necesitará en cuanto despierte.

Raoul meneó la cabeza.

–Hay tantas cosas que necesito preguntarte… –dijo, soltándole las manos y obligándose a prestar atención a lo que estaba intentando decirle Brid­get–. ¿Mi hijo? Se supone que está con Mir.

–Bien, pues ha conseguido despistar a su guardián y ha pagado bastante cara su travesura.Ven, pues no quiero estar demasiado tiempo lejos de él. –¿Está solo?

Bridget se detuvo y se hizo a un lado para dejar pasar a una recua de mulas cargadas con leña que acababan de entrar en el patio. El mulero le di­rigió un saludo lleno de reverencia que Bridget devolvió con la desenvol­tura fruto de una larga costumbre.

–No. Mi hija cuida de él, pero es demasiado joven para semejante labor.

–¿Tu hija?

Raoul la siguió hasta más allá de las chozas que los Perfecti habían cons­truido alrededor de los muros de la fortaleza. Una y otra vez vio cómo la gente dedicaba saludos a su compañera, que los devolvía con educación.

–Nació aquí, en Montségur.

Bridget se concentró en el pedregoso camino que se extendía ante ellos y no le dio más explicaciones.

Raoul se adelantó para poder verle la cara.

–¿Por qué te marchaste después de aquella noche?

El olor de la resina de los pinos envolvía sus cuerpos con cada nueva ondulación de la brisa.

–Nuestras vidas no estaban destinadas a seguir discurriendo juntas más allá de ese punto.

Bridget había empleado un tono de voz impasible, ladeó la cabeza para rehuir el escrutinio de Raoul.

–Eso no es una respuesta.

Entonces ella le miró y Raoul vio relucir la luminosidad en sus ojos gri­ses, y ese destello le recordó el rayo que había alumbrado el cuerpo desnudo de Bridget aquella noche en la cima de la colina. La voz que habló a conti­nuación pertenecía a la Diosa.

–El porqué me marché y adónde fui son asuntos que sólo me incum­ben a mí. ¿Acaso no recuerdas haberme dicho que sabías que no pertene­cía a ningún hombre? O quizá has preferido olvidar por qué compartí mi cuerpo contigo en una ocasión…

Raoul apretó los labios.

–¿Significa eso que debo mantenerme alejado y adorarte humildemen­te como todos los demás?

La mirada de Bridget se tomó severa. Después apretó el paso y Raoul, murmurando maldiciones, se apresuró a alcanzarla.

—Nadie tiene que mantenerse alejado y adorar humildemente —replicó, soportando el dolor que le desgarraba la conciencia a un nivel cuya pro­fundidad todavía era desconocida para Raoul.

—Lo siento —dijo él, moviendo la mano en un gesto entre triste e irrita­do—. La ira me ha impulsado a golpear a ciegas, y te he herido. Te debo la vida, ¿verdad?

Bridget le contempló con una mezcla de cautela y curiosidad.

—Después de la batalla de Muret, cuando estaba agonizando, viniste a mí. Giles dijo que tenía fiebre y que deliraba, pero yo sé que estabas ahí. —Miró por encima del hombro—.Y éste fue el sitio que vi, pero creo que en una noche de invierno.

—Sí, lo recuerdo. —Bridget tembló con un estremecimiento casi imper­ceptible y se rodeó el cuerpo con los brazos, como queriendo protegerse—. Debes tratar de olvidar. A veces se nos permite mirar por ventanas que de­berían permanecer cerradas. ¿Y tu herida? ¿Curó bien?

—Me ha quedado una cicatriz que me duele de vez en cuando. —Raoul se permitió una media sonrisa—. Pocos hombres pueden alardear de haber recibido un mandoble de la espada de Simón de Montfort en lo más en­carnizado de la batalla y haber sobrevivido.

—¿Y tú alardeas de ello? —preguntó Bridget con un tono cautelosamen­te neutro.

Raoul la miró fijamente.

—No ante los cátaros —dijo, poniéndose muy serio.

Bridget quedó tan sorprendida que se echó a reír. Raoul rió con ella y la expresión alteró todo su rostro, revelando al joven que todavía se aferra­ba a una tenue existencia por debajo de la endurecida apariencia del gue­rrero. Raoul la cogió del brazo para ayudarla a mantener el equilibrio cuan­do llegaron a un trecho del camino bastante abrupto, y la vibración de sus cuerpos se entremezcló para convertirse en un armonioso acorde. Raoul tensó la mano con que sujetaba el brazo de Bridget, y la hizo girar hasta si­tuarla de cara a él.

—¿Aire o relámpago? —murmuró antes de besarla.

El momento escapó al tiempo para quedar suspendido en la eternidad. Anhelo, dolor, preguntas acumuladas sin respuesta coherente… Cuando se separaron, Bridget sintió que su anterior firmeza se tambaleaba. Sin decir palabra, se liberó de los brazos de Raoul y continuó bajando rápidamente por el sendero.

Raoul, acosado por sus propias esperanzas y dudas, la siguió.

Magda se acercó corriendo a ellos cuando ya estaban cerca de la ca­baña.

–¡Se ha vuelto a despertar! –anunció con gran excitación–. Le he dado un poco de agua. –Su mirada se posó en Raoul–. ¿Eres el papá de Gui­llaume?

–Sí.

La niña era una réplica de Bridget en miniatura, la misma paradoja de solidez y fragilidad. Sin embargo los cabellos de Bridget eran negros como la medianoche mientras que los de la niña, que tenían el color plateado de la luz lunar, eran todavía más pálidos que los de Guillaume.

–¡Guillaume dice que eres el caballero más valiente del mundo!

–¿Mencionó también que soy el más pobre? –replicó Raoul sonriendo.

–¿Qué es un pobre?

En la mirada que le lanzó Magda había una perplejidad tan llena de inocencia que Raoul se sintió repentinamente humillado, y no pudo evitar que se le formara un nudo en la garganta.

–Un pobre es aquel que no entiende en qué consiste realmente la ri­queza –dijo Bridget con tono levemente sarcástico mientras echaba a andar para ver al hijo de Raoul.

Pasaron el resto del día y la noche en la cabaña de Bridget, en la ladera de la montaña. Mir fue en su busca, enviado por el señor de Perella y ya me­dio enloquecido por la preocupación. Bridget lo tranquilizó y le sirvió agua y sopa antes de que regresara a Montségur con instrucciones de volver por la mañana trayendo consigo el caballo de Raoul.

Lo que Guillaume necesitaba por encima de todo era unas cuantas ho­ras de sueño que disiparan su dolor de cabeza, pero antes de acostarse estu­vo jugando un rato con Magda, usando sus piedras blancas como fichas en una partida improvisada. La niña demostró ser una excelente alumna y po­seer un nivel de concentración muy superior al que cabía esperar de su tier­na edad, y Guillaume fue el primero en cansarse.

Los niños se acostaron en la más pequeña de las dos habitaciones que formaban la cabaña. Bridget dejó caer la gruesa cortina de ásperas hebras que separaba las dos piezas, apagó la lámpara de aceite y volvió a reunirse con Raoul delante del hogar central de la habitación principal.

Pasado un rato, Raoul la miró a los ojos.

–¿Es hija mía?

–Es una hija de la luz cuyo código rige nuestras vidas –replicó seca­mente Bridget.

Raoul colocó más ramitas en el fuego, disponiéndolas con innecesario cuidado.

–¿Qué crees que voy a hacer? ¿Piensas que voy a llevármela conmigo para que recorra los circuitos de los torneos a mi lado? –Había dolor en su mirada azul–. Lo único que quiero es oírtelo decir, no convertirme en su dueño y señor.

Bridget suspiró y acabó capitulando después de un largo silencio.

–Sí, es hija tuya.Te elegí, y también escogí el momento y el lugar de su concepción…, pero hasta que nos unimos no fui consciente de cuán gran­de era el poder que permanecía encerrado dentro de mí.

Bridget estaba arrodillada delante del fuego, con una mano curvada so­bre el símbolo del cáliz y la paloma suspendido del cordoncillo rojo que colgaba entre sus pechos. Por un momento sus terminaciones nerviosas vi­braron con un cosquilleo helado, pero la sensación se desvaneció rápida­mente y fue sustituida por un torrente de calor. Aquella noche no había tormenta.Aquella noche sólo se oían el susurro del viento entre los pinares y los movimientos del poni junto a la cabaña; aun así a Raoul le recordó una caverna en la ladera de una colina no muy alejada de allí. No fueron únicamente las palabras de Bridget y la intimidad de la luz del fuego lo que lo impulsaron a arrodillarse junto a ella y rodearle los hombros con un bra­zo mientras el otro avanzaba hacia las cintas de su túnica.

–Por favor –dijo cuando Bridget titubeó, intentando mantenerle apar­tado de ella–. Por favor…Te necesito.

Bridget le miró a los ojos. Las personas solían afirmar que necesitaban algo cuando en realidad querían decir que lo deseaban, pero era ella quien estaba cometiendo ese error y no él. Bridget deseaba a Raoul, pero no le necesitaba. Quitándose el cordoncillo sagrado de alrededor del cuello, lo dejó cuidadosamente a un lado y después, desatando las cintas que mante­nían cerrada su túnica, se arrojó a los brazos de Raoul.

Cuando Raoul abrió los ojos esta vez, Bridget permanecía junto a él, su cuerpo pegado al suyo. El fuego brillaba en el hogar central como una fra­gua y el amanecer aún se encontraba muy lejos. Raoul se mantuvo inmó­vil; disfrutando lánguidamente de aquel vago y escurridizo placer. Desde la pérdida de Claire, nunca había concedido aquel tipo de satisfacción a sus sentidos. Pensar en su esposa encendió una repentina llama de tristeza den­tro de él e hizo que se sintiera súbitamente culpable. Todavía pensaba en ella, pero el recuerdo de Claire tenía que competir con la lucha cotidiana por vivir, comer y educar a Guillaume, y de manera inevitable se volvía gra­dualmente más borroso para acabar en una mera molestia secundaria más.

Bridget, que también estaba despierta, se incorporó al percibir las huellas de lo que se agitaba dentro de la mente de Raoul. Dejando escapar un sua­ve suspiro, se apartó de él y se puso la camisa sin hacer ningún ruido. Brid­get fue consciente de la sorpresa que su movimiento provocaba a Raoul y comprendió que éste había esperado que pasara toda la noche en sus brazos.

Raoul se irguió, extendiendo la mano hacia sus ropas mucho más des­pacio de lo que lo había hecho ella.

–¿Qué ocurre?

Bridget hubiera podido decirle que Guillaume o Magda podían des­pertar y sorprenderlos desnudos, pero eso habría sido un mísero sustituto de la verdad. Su mirada se desvió hacia la cicatriz que relucía encima del pe­cho de Raoul: la marca de Simón de Montfort, o por lo menos su señal visible. Se mordió el labio.

–Tu esposa todavía vive –dijo, y agitó la cabeza para liberar los cabellos que habían quedado atrapados dentro de su camisa–. Está cautiva en Beau­caire del Ródano.

Raoul, que ya había empezado a ponerse la camisa, de repente se que­dó totalmente inmóvil, mientras la miraba fijamente. Sus labios se movie­ron, articulando el nombre de su esposa sin emitir ningún sonido.

Bridget, apartándose de él, se acuclilló delante del fuego para alimentar las llamas y allí permaneció, con los ojos clavados en las profundidades ro­jizas de su corazón.

–¿Puedes verla? –inquirió Raoul.

–Esta noche no. Mi visión es débil y mi cuerpo se impone a ella, pero sé que está ahí. La enfermedad que hace toser sangre mató a tu madre poco después de que las capturaran.

La emoción ardió en su garganta al mismo tiempo que el calor de las llamas le quemaba la cara, y su sexto sentido quedó totalmente bloqueado.

Raoul guardó silencio durante largo rato, hasta que finalmente Bridget oyó el susurro de la tela y el tintineo del cinturón de su espada cuando aca­bó de vestirse.

–¿Cuánto hace que lo sabes?

Bridget inclinó la cabeza y cerró los ojos por un momento. Iba a en­frentarse a la parte más dificil, la copa de la que hubiese preferido no tener que beber.

–Desde antes de Lavaur.

–¿Por qué no me lo dijiste entonces, en el nombre de Cristo?

Las palabras pronunciadas en voz baja porque había dos niños dormidos muy cerca, goteaban angustia.

–Habrías vuelto a Montvallant con tus hombres y te habrían matado.Tu esposa habría sido capturada por Simón de Montfort de todas maneras. Nada habría cambiado salvo tu muerte y mi… –No terminó la frase. La ca­bellera le colgaba delante del rostro como un telón, y Bridget ocultó su vul­nerabilidad detrás de ella–.Te prometo que volveréis a estar juntos. De esta manera, por lo menos Guillaume tiene un padre.

Raoul se llevó las manos a la cabeza y las deslizó por entre sus cabellos. –¿Se supone que he de agradecértelo? –preguntó. Su voz se había vuel­to peligrosamente seca y carente de inflexiones.

–No sabía que volveríamos a encontrarnos tan pronto. Creía que tú y Claire ya os habríais reunido antes de que vinieras a Montségur.

–Entonces tu poder es falible –dijo despectivamente Raoul.

–Hasta ahora nunca había sido consciente de que puedo llegar a equi­vocarme –murmuró Bridget, sosteniéndole la mirada con los ojos llenos de dolor y pena.

Raoul caminó hasta la puerta sin pronunciar palabra, levantó la barra y salió a la noche tras dar un portazo.

Bridget, que estaba temblando pese al calor del fuego, inclinó la cabeza. Su pulso se fue calmando poco a poco y eso le recordó que todo tenía su pauta y su patrón, su ritmo mesurado incluso en el acto del cambio. Un vínculo permanente con Raoul resultaría insostenible. Ese hecho le había sido mostrado con toda claridad, y era una verdad implacable que siempre estaría latente en el placer de su unión. Raoul quería que se le revelara el misterio cuando apenas si entendía una palabra de su lenguaje. Dejando es­capar un suspiro lleno de cansancio, Bridget se levantó y salió de la cabaña para ir en busca de Raoul.

Lo encontró agachado junto al poni, examinando las cataplasmas que ella había aplicado a las despellejaduras de sus rodillas. Bridget sabía que Raoul era consciente de su presencia, pero no se volvió hacia ella ni dio ninguna señal de ello.

–Te amo –dijo a su espalda–, pero no puedo ser tu amante ni darte lo que pides. Puedo curar tu cuerpo y dar paz a tu mente, pero me resulta im­posible ofrecerte el don de la comprensión. Eso debe surgir de dentro.

A continuación hubo un largo silencio lleno de tensión, interrumpido únicamente por los sonidos nocturnos de los grillos y el nervioso pataleo del poni. Raoul acabó incorporándose y giró sobre sus talones; Bridget vio que tenía el rostro húmedo.

–A veces pienso que dentro de mí ya no queda absolutamente nada –dijo cansinamente, desaparecida ya la ira.

El aire y el relámpago eran misterios que no estaban destinados a ser poseídos. Bridget ya se lo había advertido, y él había hecho caso omiso de su advertencia.

–¡Hay mucho más de lo que imaginas! –exclamó Bridget con vehe­mencia, y le cogió las manos.

Raoul bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.

–Si extraer esa nueva comprensión de mi interior resulta tan doloroso, entonces creo que prefiero seguir viviendo en la ignorancia –replicó–. Ma­ñana me llevaré a Guillaume de vuelta al castillo. Prolongar la tortura no tendría ningún sentido. –Después retiró su mano de entre las suyas con de­licada ternura–. Es tarde, y estoy muy cansado –añadió.

Bridget le vio regresar a la cabaña. Un torbellino de emociones se agi­taba dentro de ella, y un nudo de dolor le oprimía la garganta. Prefiriendo no seguirle al interior de la pequeña morada, echó a andar por el sendero que llevaba hasta su cornisa de piedra favorita, un pequeño risco recubier­to de musgo que se alzaba sobre la cabaña y sobresalía entre los árboles. Se sentó bajo la luz de la luna para tratar de recuperar la paz perdida.

CAPÍTULO 27

Tolosa,
invierno de 1215-1216

UNA LLUVIA DESAGRADABLEMENTE fría estaba cayendo sobre Tolosa, y el cielo, la piedra y las emociones humanas se confundían en una atmósfera oscura y lúgubre. Los ciudadanos lanzaban miradas feroces al castillo Narbonnais, desde el que su nuevo conde imponía su fé­rreo dominio.

A Simón de Montfort le importaban un comino sus opiniones. El po­der, y con él la elección entre acariciar o golpear según le viniera en gana, era única y exclusivamente suyo.Aquel amanecer nublado y lluvioso Simón saboreaba una copa de ponche mientras sus escuderos le vestían y pertre­chaban para el viaje al norte. Cada eslabón de su camisote había sido frota­do por separado hasta quedar reluciente. Sus espuelas brillaban sobre sus botas de montar doradas, que habían sido concienzudamente lustradas, y su camisa estaba ribeteada con el más delicado encaje de Flandes, como co­rrespondía a un noble que se había convertido en el propietario oficial de todas las tierras existentes entre Tolosa y el Ródano.

El concilio ecuménico de Roma había fallado en su favor. El conde Raimundo viviría en el exilio con una pensión de cuatro mil marcos, tras ser declarado incapaz de gobernar las tierras que le correspondían por he­rencia. Por desgracia su hijo Rai obtendría como porción legataria el mar­quesado de Provenza en la orilla este del Ródano cuando alcanzara la ma­yoría de edad, y el conde de Foix se las había ingeniado de manera inexpli­cable para escapar de la trampa y conservar sus posesiones, pero esos dos lunares insignificantes no lograban empañar la hermosura de la victoria al­canzada por Simón. ¿Qué importancia podían tener cuando el resto del mundo se hallaba a sus pies?

Un ruido en la entrada hizo que Simón alzara la mirada de su copa de ponche para ver a Alais avanzar hacia él con una prenda doblada encima del brazo. Su esposa ya se había vestido para el viaje; llevaba puesto su traje y su manto de más abrigo, este último adornado con colas de armiño y ceñido con un grueso broche de amatista. Una tiara de oro mantenía sujeta su toca encima de la frente, y pesados aretes de oro tintineaban en sus lóbulos. Aquel viaje iba a ser una procesión de victoria, un lento avance hacia el norte, por Tolosa y sus alrededores para rendir homenaje al rey Luis, y para aceptar la adulación de las tierras patrias francesas.

–Te he cosido una sobreveste nueva para que la luzcas en este viaje –dijo Alais y desplegó la vestimenta de seda dorada, guarnecida tanto por delante como por detrás con el león rugiente de cola bifurcada que era el emblema de la casa de Montfort–. Es de la mejor seda de Montpellier. –El orgullo destelló en los ojos de Alais mientras le ayudaba a ponérsela y re­trocedía un par de pasos para admirar el resultado.Aquel día su corazón en­tonaba un himno de alegría victoriosa, y sus emociones eran tan intensas que resultaban casi dolorosas–. Ah, sí, cuán lejos hemos llegado… –musitó, y desanduvo los pasos que había andado para poner codiciosamente los dedos sobre la suntuosa tela y el abultamiento de los músculos de Simón bajo la gruesa cota de malla y el protector acolchado.

Simón agitó una mano y Giffard le tendió el cinto de la espada. To­mándolo de entre los dedos del joven, Simón se lo entregó a Alais.

–Pónmelo –ordenó. Su esposa le sostuvo la mirada y, alzando el cinto de sus manos, lo ciñó lentamente alrededor de su cintura, lo cerró y después se arrodilló para sujetar la vaina. La presión de sus dedos, la expresión de sus ojos y el lenguaje de su cuerpo excitaron a Simón, pero no dio ninguna se­ñal externa de ello y se mantuvo inmóvil hasta que Alais volvió a incorpo­rarse–. ¿Está todo preparado? –preguntó, extendiendo impasiblemente la mano para recibir su capa.

–Sí, mi señor –murmuró Alais con la mirada baja y el rostro encendi­do–. Sólo esperamos vuestras órdenes.

Simón gruñó, obligó a la aguja del broche a atravesar la gruesa lana y la piel de su capa y, tomando los guanteletes que le ofrecía el escudero, prece­dió a su esposa hasta la puerta y salió por ella.

Fuera, en el patio, Genciana, una de las doncellas que tenían por come­tido impedir que los niños más pequeños de la casa de Montfort molesta­ran a sus nobles padres, se estaba retorciendo las manos y se mordía el labio. Echó a correr hacia Alais nada más verla aparecer, casi a punto de llorar.

–Oh, señora, señora, ha ocurrido algo terrible…Aparté los ojos de él un momento y desapareció. ¡He buscado por todas partes, pero no consigo en­contrarle en ningún sitio!

–¿Quién ha desaparecido? –preguntó Alais con voz gélida–.Y deja de balbucear. No consigo entender ni una palabra de lo que me estás diciendo.

Simón, que ya tenía un pie en el estribo, emitió un gruñido de impa­ciencia. Decidido e impetuoso en todos los asuntos, no soportaba que se le hiciese esperar, y menos bajo un aguacero.

–Maese Domingo, señora. ¡Os juro que sólo estuve hablando unos mi­nutos con Elise acerca de la capa nueva que necesito, y cuando me volví ya se había esfumado!

Alais expresó su irritación con un suspiro dirigido a las gruesas nubes y abofeteó a la doncella, que seguía balbuceando.

–No te quedes ahí como un pasmarote. ¡Búscalo! No puede haber ido demasiado lejos.

Lanzó una rápida mirada a su esposo, que ya se había instalado sobre la silla de montar y estaba ajustando la correa de un estribo, con el rostro inexpresivo. Los ojos de Alais se entrecerraron, y no únicamente debido a la lluvia.

No fue hasta que Domingo empezó a desarrollar el carácter, y a andar y hablar, cuando Alais finalmente comprendió por qué Simón se mostraba tan incómodo y se comportaba de una manera tan extraña en presencia del niño; la revelación supuso un duro golpe para ella. Alais se había visto obli­gada a contemplar bajo una nueva luz a ese esposo y ese matrimonio que creía conocer tan bien. Prudentemente, se había asegurado de que Claire de Montvallant quedara aislada de la actividad cotidiana de la casa y se viera sometida a una estricta austeridad, privándola así de cualquiera de los ade­rezos que habrían podido seguir haciendo que Simón la encontrara atracti­va. Éste no se había interesado por los motivos de su decisión ni se había opuesto a ella, y de hecho Alais estaba segura de que se había sentido bas­tante aliviado, pero en ocasiones sorprendía una expresión distante y ab­sorta en sus ojos, o le veía contemplar a Domingo con reticente curiosidad, y entonces sufría y se inquietaba.

El nombre del niño resonó por todo el patio mientras las doncellas bus­caban en vano. Un soldado, con el rostro lleno de pesimismo, fue a inspec­cionar el pozo. Otro partió hacia los establos y el montón de estiércol, mien­tras sus botas se hundían en el suelo empapado con un ruido de succión.

–Oh, vamos… ¡Si el mocoso no quiere venir, dejad que se pudra en To­losa! –exclamó Guy de Montfort, con la voz enronquecida por la adoles­cencia y los últimos vestigios de un terrible resfriado. El joven se limpió la nariz goteante con un guantelete–. ¡No entiendo a qué viene tanta preo­cupación! ¡No es más que el cachorro de otra hereje rebelde!

Un niño de cabellos castaños y unos siete años de edad desmontó de su poni.

–Iré a echar un vistazo a las perreras –dijo–. Dom estaba loco por esos cachorros de sabueso que nacieron hace unas semanas.

–¡Dios bendito, espero que no te refieras a los que parió Douce! –Una mueca de repugnancia ensombreció el rostro de Guy mientras su hermano pequeño empezaba a cruzar el patio–. ¡Ojalá se hubieran muerto todos dentro de la barriga de esa condenada perra!

–¡Guy! –exclamó Alais con una voz tan seca como un latigazo.

Sin embargo, Guy, totalmente insensible a las tensiones emocionales y absolutamente falto de imaginación salvo cuando se trataba de maldecir y proferir juramentos, siguió echando sal sobre una herida abierta.

–Pues me parece que eso nos habría ahorrado muchos problemas –pro­testó–. Deberíamos haber ahogado a todos esos cachorros cuando nacieron. ¡Por los clavos de Cristo, pero si son medio lobos!

–Si hubiera adivinado la diferencia de tamaño que había entre tu boca y tu cerebro, sería a ti a quien habría ahogado después de que nacieras –re­plicó ácidamente Simón.

Guy contempló a su padre con creciente perplejidad y se preguntó por qué se había puesto tan furioso. Incapaz de entender que no debía haber abier­to la boca y apreciando demasiado su pellejo para seguir protestando, se calló, puso cara de mal humor y escondió el rostro en el cuello de piel de su capa.

Tal como había sospechado el pequeño Simón, Domingo estaba en las perreras, acuclillado sobre la paja junto a Douce y sus tres cachorros. La pe­rra era una esbelta y elegante hembra de sabueso cuyo liso pelaje tenía el color de la nata a medio cuajar. Sus cachorros formaban un abigarrado gru­po de sobras y restos de todas las razas caninas existentes en la cristiandad, e incluso de unas cuantas situadas fuera de ese reino, pues sus ojos amarillos y sus largos miembros peludos eran decididamente lupinos. Tanto Douce como el mozo de las perreras, que en un descuido había dejado sola a la pe­rra en el momento crítico de la concepción, habían caído en desgracia debido a aquel crimen. Los cachorros no habían sido ahogados inmediata­mente después de nacer, más por la curiosidad del encargado de las perre­ras, quien quería averiguar en qué se convertirían una vez crecidos, que por un improcedente acto de piedad. Domingo se había encariñado con los ca­chorros corno jamás lo había hecho con nada o con nadie en su corta exis­tencia, quizá porque en seguida había comprendido que ellos tampoco conseguirían encontrar su lugar en el mundo.

–Oh, Dom, todo el mundo te está buscando. ¡Genciana ha estado a punto de mearse encima! ¡Si no te das prisa, acabarán haciendo ligas con tus tripas! –le advirtió Simón.

El niño alzó los ojos hacia su amigo, de mayor edad que él y tensó el la­bio inferior en una mueca de tozudo desafio.

–No quiero ir.

Su expresión ceñuda era todavía más tenebrosa que la de Guy y, co­giendo a uno de los cachorros, lo apretó desesperadamente contra su pecho.

–Tienes que ir.

Simón había cuidado de Dom desde que lo habían acostado por pri­mera vez en la cuna. La dama Claire se había desvanecido con su ausen­cia, pero el niño todavía se acordaba de ella con nostálgico anhelo y había decidido asumir la pesada tarea de convertirse en el guardián de su bebé, considerándose una especie de caballero de los romances, protector de los débiles y los pobres.

–No iré –repitió Domingo con la terquedad de una mula, pero un ins­tante después ladeó la cabeza y un repentino brillo de astucia infantil ilu­minó su mirada–. No a menos que Loup pueda venir también.

–¡No puedes pedir eso, Domingo! –Simón le estaba contemplando con los ojos desorbitados–.Ya sabes que a Elise no le gustan los perros, y Loup ni siquiera ha aprendido dónde ha de hacer sus necesidades. ¡Se hará pis enci­ma de los almohadones de la litera!

–Elise no me gusta –dijo Domingo, como si eso pusiera punto final a la discusión, y siguió acariciando al cachorro, que lo lamía frenéticamente.

A Simón tampoco le gustaba mucho Elise. Sabía además que su padre no la tenía en muy buen concepto decidió correr el riesgo. En el peor de los casos Domingo emplearía el arma de la rabieta, pero si estaban en el pa­tio cuando la usara, entonces serían las mujeres, no él, quienes tendrían que enfrentarse a su estallido de ira; en el mejor de los casos, Domingo obten­dría lo que deseaba y la altiva nariz de Elise debería inclinarse bajo el peso invisible de una severa humillación.

Y así fue como Simón condujo al patio de armas a Domingo, que lle­vaba consigo como complemento a un cachorro de patas largas y torpes que saltaba y hacía cabriolas mientras lanzaba mordiscos al cordel que lo unía a la muñeca del pequeño truhán. Los chillidos de protesta de Elise fue­ron silenciados por el mismísimo vizconde mediante una severa orden que la obligó a buscar el refugio de la litera, donde se introdujo tan deprisa como una gallina asustada que se esconde en el corral.

Simón de Montfort posó,la vista en la inocencia que volvía inmensa­mente redondos los ojos del niño que llevaba su nombre antes de indicarle con una seña que montara su poni, y después lanzó una mirada todavía más breve al pequeño que se debatía para escapar de su aya mientras ésta intentaba abrocharle la capa al tiempo que trataba de esquivar al cachorro. Sus la­cios cabellos, tan negros como lo habían sido los de Simón de Montfort an­tes de encanecer, sus ojos de mar tempestuoso y la promesa de unos robus­tos huesos convertían a Domingo de Montvallant en la prueba viviente de un momento enloquecido de pérdida del control.

Simón carraspeó y lanzó un escupitajo por encima de la cruz de su montura.Alais le estaba observando. El señor de Montfort presionó los flan­cos de su palafrén con las rodillas, apremiándolo a avanzar. Los cascos le­vantaron pequeños surtidores de barro. Un mozo de establo se hizo a un lado para esquivarlos, pero no antes de que hubiera quedado concienzuda­mente rociado. Simón contempló el camino flanqueado por las torres del castillo Narbonnais, el cielo grisáceo y los estandartes de seda multicolor que ondulaban sobre él hasta que la visión del niño de negros cabellos y el perro se hubo borrado de los ojos de su mente.

CAPÍTULO 28

Provenza,
primavera de 1216

EL SOLDADO AGITÓ EL PUÑO, sopló sobre sus nudillos, murmuró un ensalmo y lanzó los dados al centro del círculo. Éstos chocaron en- J tre sí con un chasquido y cayeron sobre el polvo entre vítores y ju­ramentos. Una magnífica camisa de batista cambió de manos.

A poca distancia de los mercenarios que jugaban a los dados, Raoul ce­pillaba a su bayo, expulsando los últimos vestigios del invierno del pelaje hasta que el flanco, reluciente como un espejo, acabó reflejando el sol. No muy lejos de él, Guillaume hacía prácticas de equitación con un grupo de pajes y escuderos. Raoul interrumpió su tarea para dar un poco de reposo a su brazo y contempló a su hijo con los ojos llenos de orgullo. Guillaume hizo que su montura realizara un trote circular, mientras lo dirigía situado en el centro del círculo, y después, eligiendo el momento con certera pre­cisión, subió de un salto a la grupa del poni. Luego se aferró a las ásperas crines y al saco doblado que usaba como silla, el muslo deslizándose veloz­mente a través de la grupa del poni, y acabó irguiéndose sobre ella, gol­peando el aire con los puños.

—Vuestro muchacho se está convirtiendo en un magnífico jinete —co­mentó Rai, deteniéndose junto a Raoul.

El día era bastante caluroso y Rai sólo llevaba los calzones y una camisa remangada; aun así conseguía seguir pareciendo tan elegante como un gato. El rucio marrón cuyas riendas sostenía en la mano, una bestia de labor con la grupa marcada por la silla de montar y una expresión de cansada docilidad en su ancha cara, se detuvo detrás de él. Raoul le lanzó una mirada un tanto du­bitativa, pues diflcilmente se la podía considerar una montura adecuada para quien poseía el título de marqués de Provenza y mandaba el ejército del sur.

—Es un tanto temerario —opinó, mirando a su hijo—. El año pasado su­frió una caída bastante grave en Montségur, aunque eso no parece haberle metido ni un ápice de sentido común en la cabeza —añadió, sonriendo mientras hablaba y sin auténtica censura en la voz.

Los dientes de Rai destellaron en una fugaz sonrisa. Comprendía muy bien el elemento egocéntrico que había en la naturaleza del niño, ya que también formaba parte integral de la suya. La audaz apostura de Rai se combinaba con un gran encanto, gracias al cual conseguía que sus deseos se vieran cumplidos la mayoría de las veces, algo que estaba ocurriendo to­davía con más frecuencia desde que llegó a Marsella a comienzos de mes para reunir un ejército rebelde de provenzales y faidits bajo su bandera. Rai se había convertido en la figura más prometedora del Languedoc. Su padre había ido a España para congregar un segundo ejército con el que atacar las guarniciones norteñas, dejando así que Rai recogiera la cosecha de la adulación de Marsella,Aviñón, Orange y cada ciudad del Ródano por la que había pasado su cada vez más numeroso ejército. El joven se disponía a marchar contra Beaucaire, una de las grandes fortalezas de Simón de Mont­fort, quien continuaba conduciendo su desfile de la victoria por el norte, sintiéndose totalmente seguro en su firme convicción de que el sur había sido derrotado. ¿Qué tenía que temer de un viejo vencido y de un joven alocado?

Raoul siguió contemplando a Guillaurne unos instantes más –la nervu­da agilidad, el halo que rodeaba sus cabellos palidecidos por el sol– y, con una sonrisa llena de indulgencia, meneó la cabeza y siguió cepillando a su corcel.

–Quiero pediros un favor –dijo Rai.

Raoul empezó a deslizar el cepillo a lo largo de la robusta anca del bayo.

–Imagino que tendrá algo que ver con ese jamelgo vuestro. Rai sonrió.

–¿Cómo lo habéis adivinado?

–Pura casualidad –replicó Raoul–. Si lo habéis traído aquí a modo de golosina con la que engatusarme para conseguir que se haga vuestra volun­tad, tendréis que encontrar otro regalo más convincente.

La sonrisa de Rai se fue ensanchando poco a poco hasta que acabó por dar paso a una carcajada.

–¡Ya suponía que diríais eso! –Palmeó el cuello del caballo y ató sus riendas a la cuerda de Raoul, dejándolo junto a dos mulas de carga–. No, no… Hablemos en serio, ¿de acuerdo? Si hacéis esto por mí, podréis fijar el precio del favor.

–Ya conocéis mi precio: Montvallant y mi esposa –dijo Raoul con re­pentina vehemencia, y todo el buen humor de hacía unos instantes desapa­reció de su voz mientras su mirada azul se posaba en los lejanos muros del castillo de Beaucaire, visible en lo alto de su gran roca que se alzaba por en­cima del Ródano.

–Os devolveré a ambos. –Rai siguió la dirección de la mirada de Raoul, y sus ojos se entrecerraron–. La hora de rendir cuentas se acerca.

–?Qué queréis que haga?

–Llevad un mensaje a los ciudadanos de Beaucaire para informarles de cuándo y dónde atacaremos. Un orfebre llamado Pierre el Sarraceno, que tiene su taller cerca de Saint Pague, es nuestro contacto y organizará a las gentes para que mantengan a raya a la guarnición y nos abran las puertas. –Rai señaló el caballo marrón–. Entraréis en la ciudad sobre su grupa, ya que os haréis pasar por un jornalero. –La mirada de Raoul fue de los relu­cientes ojos oscuros de Rai a la nada atractiva montura. Se frotó la nuca, un poco dolorida por los abrasadores rayos del sol–. Podéis partir esta misma noche, y de esa manera estaréis preparado para cruzar las puertas de la ciu­dad al amanecer –añadió Rai–. Más tarde os daré instrucciones detalladas.

Después palmeó el brazo de Raoul de la misma manera en que había palmeado el cuello del caballo marrón y se alejó con paso rápido y deci­dido.

Raoul estaba agazapado en un portal, el hombro derecho apoyado con­tra las piedras talladas del arco de la entrada, el escudo a un lado y la espada en equilibrio encima de los muslos. Le habían prestado las dos armas. Ha­ber introducido las suyas en Beaucaire bajo las miradas suspicaces de los guardias de la puerta del norte habría sido la forma más infalible de crearse problemas.Aun así, los centinelas habían vaciado su petate, que no contenía nada más incriminatorio que una camisa remendada y unos pantalones, una túnica bastante maltrecha, un mendrugo de pan rancio y una cebolla.Tam­bién examinaron sus manos y descubrieron que había tierra debajo de las uñas, y que las palmas y los dedos estaban recubiertos de suciedad. Raoul había pasado dos horas en el campo curtiéndose las manos mediante el roce de una piedra de amolar, y luego se las había restregado con tierra. Los sol­dados le habían dejado pasar, burlándose de los sonidos «ac» y «az» que sal­picaban su acento sureño mientras agitaban sus lanzas alrededor del caballo en un vano intento por conseguir que se encabritara. La ira hirvió dentro de Raoul, pero se la tragó y mantuvo encerrada su abrasadora quemadura en las profundidades de su estómago. Podía sentirla en aquel momento, des­lizándose por sus venas en un lento goteo mientras permanecía acuclillado en el umbral, esperando…

Otros dos hombres aguardaban con él:Thornas, el primogénito de Pie­rre el Sarraceno, y Jeffrey, el primo de Thomas. En cuanto a Pierre, se halla­ba en las puertas de la ciudad, asegurándose de que los caballeros de Rai no se encontrarían con ningún obstáculo inesperado cuando atacaran.

Thomas tosió nerviosamente.Ya había vomitado dos veces aquella ma­ñana.

–¿Cuánto falta? –musitó.

Raoul le miró. La espera estaba afectando al joven tanto como el mie­do a lo que pudiera ocurrir en cuanto empezara la lucha. A juzgar por lo que había visto, las gentes ardían en deseos de combatir. Los ciudadanos de Beaucaire eran ferozmente cosmopolitas, y los intentos de Simón de Mont­fort por gobernarlos con las leyes feudales del norte habían creado un in­tenso resentimiento.

–No mucho –dijo lacónicamente y señaló hacia el este, donde el cielo estaba empezando a iluminarse.

La campana de una iglesia resonó a lo lejos, llamando a misa a los fieles.

–¿Realmente está encerrada vuestra esposa en el castillo? –preguntó Jeffrey, la curiosidad imponiéndose a la prudencia.

La yema del dedo índice de Raoul se deslizó sobre la empuñadura de la espada en un suave vaivén.

–Eso es lo que me han dicho –respondió en un tono carente de emoción.

–Hace unos años mi hermana tuvo que ir al castillo para llevar unas cuantas hebillas de oro a la condesa de Montfort, y me contó que había una dama del sur entre sus mujeres. Gaia dijo que su cabellera era del color de un bosque en otoño… Mi hermana siempre ha sido muy hábil con las pa­labras.

Raoul bajó la mirada hacia el movimiento de su índice, viendo con los ojos de su mente la soberbia cabellera de Claire extendida alrededor de sus dedos, envolviéndolos como una red.

–Ya estaba a punto de dar a luz –añadió Jeffrey–. Mi hermana dijo que saltaba a la vista que no se encontraba demasiado bien.

–¿Estaba a punto de dar a luz?

Un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Raoul.

–Sí, y… –Jeffrey se interrumpió de repente, su locuacidad bruscamen­te detenida por la expresión del rostro de Raoul–. Yo… Eh… -balbuceó mientras Raoul se levantaba con un movimiento tambaleante, y lo que fuese que se disponía a decir a continuación quedó ahogado por las cla­morosas campanadas de alarma que empezarolLa oírse de súbito en los muros del castillo.

Ignorando el estrépito, Raoul cerró el puño sobre el cuero del justillo acolchado de Jeffrey y lo atrajo hacia sí.

–¿Me estás diciendo que mi esposa llevaba un niño en las entrañas?

–Mi hermana así lo dijo, pero quizá se equivocó. –Jeffrey, medio asfixia­do, intentó apartar a Raoul–. Quizá se refería a otra doncella de la conde­sa…Ya hace mucho tiempo de eso.

–¡La alarma, mi señor! –exclamó Thomas, cogiendo del brazo a Raoul mientras la inquietud le quebraba la voz.

Raoul abrió los dedos con un jadeo entrecortado. Un pavor helado sur­gió de sus entrañas para extenderse por todos sus órganos vitales. Claire ha­bía tenido que soportar la pesada carga del embarazo y el parto en la ma­driguera del enemigo, aislada y aterrorizada. No le había hablado de su em­barazo en los días anteriores a la batalla de Lavaur, por lo que si el hijo no era suyo… Raoul expulsó el pensamiento de su mente con la rapidez de la acción física repentina. En aquel castillo había una guarnición a la que se le debía impedir llegar a las puertas de la ciudad.

Cuando los caballeros de Rai entraron al galope por las puertas que los ciudadanos de Beaucaire les habían abierto de tan buena gana, la guarnición del castillo por fin comprendió lo que estaba sucediendo y acudió a toda prisa a la ciudad para repeler a las tropas del sur. Sin embargo, no consi­guieron ir más allá del barrio del norte junto a la iglesia de Saint Pague, pues las gentes habían salido a las calles y su sangre ardía, sedienta de ven­ganza. Los cruzados fueron recibidos con un diluvio de flechas y piedras. Un pequeño grupo formado por los norteños más osados logró abrirse paso a través de la mortífera granizada, pero fue aniquilado por una partida de ciudadanos dirigidos por un jornalero de cabellos castaño rojizo y ojos azules que blandía una espada con toda la furia de un vikingo y la gélida precisión de un mercenario profesional.

El resto de la guarnición, que decidió que la prudencia era preferible a la muerte, retrocedió luchando hasta la fortaleza para defenderla de la turba aullante que se agitaba debajo de ella. Cuando se asomaron a las almenas, vieron que un enorme ejército sureño se desplegaba para rodearlos después de haber tomado la torre que se alzaba al norte del castillo. El flanco este de Beaucaire, protegido por el río, daba a la ciudad hostil de Tarascón, y los barqueros que se ganaban la vida navegando entre una y otra aprovecharon con sumo placer aquella ocasión de asegurarse que nada llegara a la guarni­ción de Beaucaire, salvo las malas noticias.

Claire se incorporó sobre el angosto jergón de paja y escuchó los ta­ñidos de la campana que llamaba a todo el mundo a misa. Últimamente la plegaria se había vuelto tan evidente como había dejado de serlo la comida. La ración del día anterior había consistido en la punta de una barra de pan y las heces del último tonel de vino. Ese día también ha­bían sacrificado a una de las monturas de los caballeros. Claire tuvo de­recho a recibir unas cuantas de aquellas delgadas tajadas de carne dema­siado poco cocida para que las colocara sobre el pan pero, sintiendo re­pugnancia nada más verlas, renunció a ellas. Los cátaros no comían carne, y Claire por fin sabía que ella era una cátara, aunque le faltaba la confirmación final. La mente y el espíritu ya habían alcanzado la certe­za definitiva y sólo el cuerpo tenía miedo, puesto que era un instrumen­to de Satanás y había sido utilizado por él. Su estómago vacío amenazó con rebelarse entre una oleada de náuseas. Tragando saliva una y otra vez, apretó los labios.

Arrastrando los pies y con los ojos hundidos por el hambre y la falta de sueño, los habitantes de Beaucaire empezaron a dirigirse hacia la capilla para oír misa. El día anterior, mientras el sacerdote celebraba el sacramen­to, sus palabras quedaron interrumpidas por el impacto directo de una pie­dra lanzada por una de las catapultas con las que el ejército sureño atacaba las murallas del sur. La mayoría de las protecciones y almenas superiores ya se habían derrumbado. Desde lo que quedaba de las fortificaciones, la de­sesperada situación de Beaucaire resultaba más que obvia. Cuerpos medio podridos de cruzados muertos colgaban de las ramas de los olivos en los viñedos de la ciudad. El ejército de socorro de Simón de Montfort no po­día acercarse al castillo porque Rai, que había aprendido la lección tras el desastre de Muret, se había negado a participar en una batalla convencio­nal en campo abierto. En vez de entablar combate, había construido de­fensas adicionales al oeste del castillo y mantenía a raya a Simón desde de­trás de ellas.

Claire oía los informes que iban llegando y veía la creciente frustración y desespero de la guarnición a medida que sus esperanzas se esfumaban len­tamente día tras día. La noche anterior, como otras tantas, había dormido vestida.Ya no disponía de ropa limpia para cambiarse. Su segunda camisa había sido convertida en vendas, y alguien le había robado su otro traje. Hubo un tiempo en el que la habría horrorizado mostrarse en público con la más ligera mácula de suciedad o descuido, pero de repente eso había de­jado de tener importancia. De hecho, en ciertos aspectos casi resultaba agra­dable. Los hombres ya no la miraban con deseo.

¿Qué sentiría si tuviese la libertad de moverse a su antojo? Hasta hacía poco aquel pensamiento no había sido más que una exótica fantasía, pero de repente se estaba volviendo más factible con cada día que pasaba. En su imaginación, Claire sacó un pie fuera de la jaula, después el otro y empezó a avanzar cautelosamente. Iría a Agen, a casa de sus padres, y volvería a ver a Guillaume, su precioso bebé. Se quedaría a vivir con ellos durante una tem­porada y luego, cuando se sintiera lo suficientemente fuerte y recuperada, partiría hacia las colinas del Ariége para servir a los cátaros y llegar a ser dig­na de ostentar el título de Perfecti.

De pronto su imaginación se desvió de aquel camino para hundirse en un negro túnel. ¿Y si sus padres habían muerto, o si no tenían a Guillau­me consigo y los huesos dispersos de su hijo se estaban blanqueando en algún lugar entre Montvallant y Agen, de la misma manera en que lo ha­cían los huesos de Raoul sobre la llanura de Muret? ¿Y si le fallaban las fuerzas, o Simón de Montfort la alcanzaba por en camino? Había otro niño en el que tenía que pensar, uno que la obsesionaba de manera mu­cho más dolorosa de lo que jamás podría llegar a hacerlo Guillaume. Las dudas se lanzaron sobre ella como una aullante bandada de arpías y Clai­re buscó refugio en su jaula, donde se encerró, paralizada ante la aterra­dora idea de que, como un pájaro con las alas recortadas, había perdido el poder de volar.

La sobreveste de Rai era un prodigio de terciopelo rojo extravagante­mente adornado con hilo de oro. La prenda armonizaba admirablemente con sus rasgos saturninos, que quedaban todavía más realzados por el brillo deslumbrante de su sonrisa. Felina y maliciosamente satisfecho de su triun­fo, Rai contemplaba a su enemigo desde el otro lado de la mesa. Una brisa cálida agitaba sus oscuros cabellos, pero era Simón de Montfort quien se veía obligado a entrecerrar los ojos ante el sol.

—Entonces estamos de acuerdo —dijo Rai—. Retiraréis vuestro ejército y me entregaréis Beaucaire, y a cambio yo permitiré partir intacta a vuestra guarnición con sus familias y posesiones.

Simón clavó la mirada en el joven y presuntuoso advenedizo que le es­taba dictando aquellas condiciones tan humillantes. Rai, que ni siquiera ha­bía cumplido los veinte años, se creía invencible debido a una sola victoria obtenida gracias a la suerte. Daba igual, porque no tardaría en descubrir qué gran error había cometido…, pero por el momento era Simón quien ten­dría que pagar su propia equivocación y cargar con la penitencia que se le imponía por haber salido del sur para pasar unos meses en sus tierras cerca de París.

–Estamos de acuerdo –se limitó a decir, mientras sus labios casi se nega­ban a pronunciar las palabras, y contempló con repugnancia la capitulación que empujaban sobre la mesa hacia él para que la firmara.

Toda la culpa recaía en el papa Inocencio, que nunca hubiese debido to­mar aquella estúpida decisión en diciembre. El hijo del conde Raimundo jamás debía haber recibido la Provenza como porción hereditaria. Lo úni­co que se consiguió con aquel intento de tranquilizar la conciencia fue que el joven dispusiera de una base desde la cual hacer la guerra a las nuevas tie­rras de Simón.

Después de haber entintado la pluma, Simón firmó el documento con enérgicos trazos llenos de furiosa amargura. No podría haber recriminacio­nes terrenales para Su Santidad, porque Inocencio había muerto el mes an­terior en Perugia a causa de unas fiebres repentinas. Honorio, su sucesor y antiguo canciller, era tan viejo como Matusalén y tan inútil como un cu­chillo con la hoja fabricada de manteca.

Simón empujó el pergamino hacia Rai, rechazó el vino que se le ofre­cía y se levantó de la mesa.

–No tenemos nada más que decir –anunció con voz gélida–. Confío en que se cumpla el acuerdo. Mi caballo,Amaury.

Extendió la mano hacia sus guanteletes y fulminó con la mirada a los caballeros que rodeaban a Rai, testigos de su humillación. Uno de ellos, un hombre que llevaba una sobreveste deshilachada y sostenía las bridas de un soberbio corcel bayo, le estaba contemplando con ojos centelleantes de odio. El rostro le resultaba familiar, al igual que el caballo, y el escudo negro y oro que colgaba de la silla de montar completó la imagen; Raoul de Montvallant, a quien Simón había creído muerto en Muret y cuyas tierras y esposa había tomado y poseído, aún vivía.

Una vez superada la sorpresa inicial, Simón le devolvió la mirada sin inmutarse. ¿Qué importaba? Quizá incluso fuera la voluntad de Dios que el muy estúpido viviera para conocer la máxima humillación imaginable. Por primera vez en su vida, Simón apartó la mirada para evitar la de su ene­migo.

Claire estaba acurrucada en un rincón de la capilla, rezando en silencio mientras su corazón palpitaba tan ruidosamente que casi borraba los pensa­mientos de su mente. El profundo silencio que resultaba sobre la ciudad después de que la guarnición hubiese partido había sido extrañamente fan­tasmagórico, una especie de pausa en el tiempo. Aterrorizada ante la idea de que las tropas se la llevaran consigo para entregarla a Simón de Montfort, Claire se había escondido allí, detrás del altar.

Vivió unos momentos de pánico cuando unos soldados entraron en la capilla para llevarse los candelabros, el copón y el paño del altar. Claire se dio cuenta de que su pie sobresalía del borde de la piedra y cuando ya era demasiado tarde para esconderlo, pero los soldados tenían tanta prisa por llevarse los objetos de valor que no repararon en su presencia.

Nuevas voces llegaron a sus oídos, seguidas de pasos parsimoniosos que se aproximaban a su santuario.

—… Habéis sido muy generoso al donar los nuevos enseres del culto para la capilla, mi señor —oyó decir y, atreviéndose a asomar la cabeza por detrás del altar de piedra, vio a un sacerdote hablando con un esbelto joven que vestía una sobreveste carmesí adornada con bordados de hilo de oro.

—He sabido apreciar en lo que valían vuestras oraciones y vuestros bue­nos oficios entre mis hombres —replicó el joven afablemente, y avanzó ha­cia el altar.

Claire se hizo un ovillo detrás de él, temiendo que el palpitar de su co­razón y el sonido de su respiración entrecortada y jadeante la delataran.

La contera de una espada arañó el suelo de piedra cuando el joven se arrodilló, y el sacerdote debió imitarlo, pues un instante después Claire oyó su voz entonando en latín las palabras que ella había aprendido de memo­ria cuando era una niña, esas palabras que habían pasado a parecerle repug­nantes en la edad adulta, no por su significado, sino por los recuerdos de Alais de Montfort y el capellán, que se las habían impuesto por la fuerza; esas palabras le evocaban los ojos clavados en la cruz, la hostia sobre la len­gua, el olor del incienso en las fosas nasales, la lanza del diablo hendiendo su cuerpo… Credo. Claire se mordió la palma de la mano para no gritar y man­tuvo los ojos firmemente cerrados hasta que su visión se llenó de cegado­res estallidos de color. Había bilis en su garganta, y sentía el sabor de su pro­pia sangre en la boca.

El silencio volvió por fin. Claire se atrevió a apartar la mordaza que ha­bía improvisado con su carne y abrió los ojos. Las velas de cera parpadea­ban en el altar donde una cruz proyectaba su larga sombra. Más allá se en­contraban el sacerdote y el joven.

—¡Dios mío! —murmuró Rai, inclinándose y extendiendo la mano como si se hallara ante un animal receloso mientras Claire gemía y se encogía para apartarse de él.

–¿Claire? –susurró una voz horrorizada que Claire había creído no vol­vería a oír jamás. Un instante después distinguió la silueta de una tercera persona inmóvil detrás del sacerdote y del joven de la sobreveste carmesí. La luz relucía sobre sus cabellos castaño rojizos. Sus espuelas tintinearon so­bre las baldosas del suelo, y su cota de malla centelleó mientras avanzaba–. ¿Claire? –repitió con voz trémula por la emoción–. ¿Qué te han hecho, por el amor de Dios?

Rai, cuya jovialidad habitual había quedado paralizada por la magnitud de su horror y compasión, carraspeó y, ofreciendo una excusa con mucho tacto, se llevó consigo al boquiabierto sacerdote y después apostó centine­las en la puerta de la capilla para que las dos personas que habían quedado dentro pudieran disfrutar de un poco de intimidad.

Sin oír las palabras murmuradas por Rai ni percibir el breve roce de su mano sobre su hombro antes de que se marchase, sin ser consciente de nada que no fuese la presencia de su esposa, Raoul caminó lentamente alrededor del altar y se arrodilló junto a ella. Puso una mano vacilante sobre su sucia trenza enmarañada. Claire siempre había estado muy orgullosa de sus ca­bellos, y tenía buenas razones para ello. Raoul se acordó de cómo era su melena en la noche de bodas –seda encendida por los reflejos del fuego, y tan larga que Claire podía sentarse encima de ella–, y la comparó con la su­cia masa de mechones despeinados que estaba viendo, más parecida a los hierbajos y algas que se sacaban de los canales poco profundos durante el verano que a una cabellera.

Dos ojos torturados le lanzaron su mirada velada desde un rostro enfla­quecido por las privaciones y grisáceo por la suciedad y la fatiga.

–¿Qué me han hecho? –repitió Claire, como si no hubiera entendido la pregunta–. Nada. Fue a ella a quien se lo hicieron. Deberías comprenderlo. Después de que hayas muerto ya no pueden hacerte nada… –Sus ojos se apartaron de los de Raoul–. Pero a veces lo recuerdas.

Raoul sintió que se le erizaba la piel. Puso la mano sobre el hombro de su esposa y la sacudió.

–Claire, basta… ¡En el nombre de Dios, no me mires así!

Claire se tambaleó.

–¿En el nombre de Dios? –murmuró, y su voz parecía llegar de muy le­jos–. Citando llegó sobre su caballo blanco, él me dijo que todo se había he­cho en el nombre de Dios, pero yo sé a qué Dios se refería. –Con un obvio esfuerzo de voluntad, volvió a centrar la mirada en Raoul–. Me dijo que habías muerto, que te había matado…

–Mintió –dijo Raoul, estrechándola contra sí. Claire se derrumbó entre sus brazos, el cuerpo tan fláccidamente desmadejado como una muñe­ca de trapo—. Luchamos en el campo de batalla, pero sólo fui herido. He­mos conquistado Beaucaire, y ya no eres su prisionera. ¿Me has oído? ¡Ya no eres su prisionera! —exclamó, envolviéndola en un abrazo todavía más estrecho.

Con el mentón apoyado en el hombro de Raoul y el cuerpo desgarra­do por los temblores, Claire cerró los ojos para no tener que ver los orna­mentos dorados propiedad del falso Dios.

Raoul se quitó la capa y la cubrió en ella.

—No podemos quedarnos aquí, amor mío. Necesitan la capilla para los servicios.Tengo una habitación en una casa de la ciudad.Te pondrás bien en cuanto hayas comido y descansado.

Ni su contacto ni sus palabras despertaron emoción alguna en Claire. Cuando Raoul la levantó, su esposa se tambaleó y estuvo a punto de des­plomarse sobre él, tan débil como un gatito.

—Siempre seré su prisionera. ¿Es que no lo entiendes? —murmuró con voz distante y llena de abatimiento.

La capilla empezó a girar delante de sus ojos, y las llamas de las velas se convirtieron en una rueda de fuego intermitente cuartelado por la cruz. El giro se volvió cada vez más rápido, y el resplandor se intensificó . La luz ar­día detrás de los ojos de Claire y se abría paso a través de su cuerpo mien­tras la voz de Raoul, llena de pánico, parecía llegar a ella como desde muy lejos. Después ya sólo hubo la negrura de la nada.

Claire despertó en una habitación desconocida impregnada por un olor que parecía familiar, pero que no pudo identificar de inmediato. Ma­nojos de hierbas y ramilletes de flores a medio secar colgaban de las vigas, y había esteras de junquillos enrolladas suspendidas en sus oscuros huecos. La líquida luz solar del mes de agosto bañaba el suelo y descendía en una trayectoria diagonal sobre la cama en la que yacía. Un instante después Claire reconoció el olor como el de las sábanas recién lavadas. Un cofre colocado al lado de la cama sostenía una vela clavada en la punta de un candelero y un cuenco de cerámica para la fruta con peras, naranjas e hi­gos verdes.

La claridad de la ventana atrajo su mirada, y vio a un hombre sentado en el alféizar que esudriñaba por el hueco que dejaban los postigos abier­tos. ¿Postigos abiertos? ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez en que Claire pudo permitirse un lujo tan peligroso? Claire frunció el ceño y se llevó una mano a la frente. El olor que el jabón dejaba sobre la piel llenó sus fosas nasales. Se olisqueó la muñeca y contempló la manga de la camisa de lino deslumbrantemente blanca que cubría su brazo. Una del­gada hebra de memoria empezó a desovillarse lentamente, y Claire se afe­rró a ella.

–¿Raoul? –murmuró.

El hombre inmóvil delante de la ventana se volvió y Claire vio que no había tenido alucinaciones en la oscuridad de pesadilla de la capilla de Beau­caire: era Raoul, sí, aunque más nervudo y con los huesos más marcados de lo que recordaba, y en su boca ya no había una sonrisa.

–¿Dónde estoy?

Raoul fue hacia la cama, contemplándola con una mezcla de alivio y preocupación.

–En la casa de Pierre el Sarraceno, en la ciudad… de Beaucaire –añadió, no muy seguro de hasta qué punto seguía estando confusa su mente–. ¿Tie­nes hambre? No has comido nada en tres días salvo un poco de huevo con leche que tuve que obligarte a tomar.

Claire examinó la vieja y tan conocida sensación de vacío agazapada dentro de su estómago. ¿Era hambre, o se trataba de otra clase de vacío? No se acordaba del huevo con leche, y tampoco recordaba nada de aquellos tres días.

Interpretando su silencio como un asentimiento, Raoul sacó media ho­gaza de pan y una jarrita de miel de la alacena, cortó una rebanada con el cuchillo y la untó con miel.

Claire se incorporó, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. El rostro de Raoul tan pronto se volvía borroso como aparecía nítidamente ante sus ojos. Aceptó la rebanada de pan que le ofrecía y le dio un mordisco. La sa­liva llenó su boca, y las vagas sensaciones que se habían estado agitando dentro de su estómago se definieron de repente para convertirse en un fe­roz apetito. La preocupación que reflejaban los ojos de Raoul se aplacó un poco cuando la vio devorar el alimento, y se apresuró a girar sobre sus talo­nes para echar vino en dos copas.

–Has estado durmiendo como si no fueras a despertar jamás –dijo–.Ape­nas te movías, ni siquiera cuando te bañamos… Siento lo de tu cabellera. La esposa de Pierre dice que volverá a crecer, pero estaba tan enmarañada, su­cia e infestada de piojos que no le quedó más remedio que cortártela.

Claire se llevó la mano libre al cráneo para descubrirse tan concienzu­damente esquilada como una oveja a mediados del verano…, o como una monja.

–No importa. –Una risa quebradiza brotó de su garganta–.Ya hace mu­cho que he superado esa clase de vanidad. Cuando corres peligro de perder el alma, el cuerpo deja de tener importancia.

Dejó a un lado un trozo de pan con miel. Su estómago, que no estaba acostumbrado a tales banquetes, se quejaba y protestaba. Claire miró a Raoul y vio que mantenía los ojos bajos mientras jugueteaba con el tronco de su copa. Después de todo, ¿qué podían decirse el uno al otro cuando se hallaban separados por un abismo tan inmenso?

–Simón de Montfort se ha retirado –dijo Raoul con la intención de romper el incómodo silencio–. La ciudad es nuestra, al menos por el mo­mento. –Titubeó, sin saber qué más decir. Después abrió la boca varias ve­ces para hablar, pero siempre acababa torciendo el gesto–. ¡Ah, que Dios me perdone! –estalló por fin–. ¡Nunca debí ir a Lavaur!

–Tu presencia no habría cambiado nada. Eran demasiados, y habías con­traído otras obligaciones aparte de tu deber hacia mí.

–No. –Raoul ladeó la cabeza, con el rostro repentinamente enrojeci­do–. juro que nunca te volveré a dejar –afirmó en un susurro enronquecido por los remordimientos.

Claire suspiró y le contempló con ojos llenos de melancólica sabi­duría.

–Nada podrá volver a ser como antes; han cambiado demasiadas cosas.

–Todavía te encuentras débil y estás exhausta –se apresuró a protestar Raoul–. De hecho, has pasado gran parte del tiempo delirando.

–Pero ahora no deliro. –Claire no apartaba la vista de él, y Raoul se negó a sostenerle la mirada–. Sé muy bien lo que estoy diciendo. La adver­sidad nos ha dado fuerzas a ambos, pero nos ha impulsado en direcciones opuestas.

El silencio cayó sobre ellos. Raoul jugueteó con la copa que tenía en las manos, intentando hacer acopio del valor necesario para preguntarle lo que realmente necesitaba saber. El presentimiento de que Claire no sería capaz de responderle ni él de aceptar la contestación le horrorizaba, pero acabó hablando en un balbuceo entrecortado:

–El sobrino de Pierre me contó que diste a luz un niño mientras es­tabas prisionera aquí –logró decir por fin–. ¿Es verdad eso? ¡Dime qué ocurrió!

La mirada de Claire, repentinamente vacía e inexpresiva, pareció vol­verse hacia el interior de su ser, y por un momento Raoul pensó que la ha­bía perdido. Al cabo de unos minutos su esposa empezó a hablar:

–Simón de Montfort tomó Montvallant –explicó con voz átona–, y cuando descubrió que no estabas allí y que yo ignoraba tu paradero, me tomó para apaciguar su lujuria y su rabia. Después me entregó a su espo­sa para que me enseñara a ser consciente de mi extravío y me convirtiera de nuevo en una buena católica. Cuando empecé a vomitar por las maña­nas y los trajes comenzaron a quedarme pequeños por la cintura, dejé que Alais creyera que el bebé era tuyo y que había sido concebido antes de la conquista de Montvallant, pero eso no era verdad. —Tragó saliva, para des­hacer un nudo en su garganta—. Hace cinco años di a luz al hijo de Si­món de Montfort en Castres. Me lo quitaron apenas nació, y lo único que sé de él es que se llama Domingo y que lo están educando en sus tradi­ciones…, como el legítimo heredero de Montvallant. —Tomó otro sorbo de vino y tosió—. Deseaba tan ardientemente morir que una parte de mí pereció.

Raoul le quitó la copa de entre los dedos y la apretó contra su pecho.

—Ah, Dios. Claire, Claire… —murmuró con voz enronquecida, una mano sobre sus cabellos reducidos a pelusa y la otra alrededor de su cuerpo lasti­mosamente delgado.

Al principio Claire se resistió a su abrazo, a la quemadura líquida de sus ojos y al dolor que acompañaba a la disolución de la piedra que volvía a ser carne. Con la nariz pegada al lino gastado de su túnica, fue absorbiendo el familiar olor de su esposo. Su calor y su proximidad evocaron recuerdos agridulces, y de repente las lágrimas quedaron en libertad y fluyeron por su rostro. Claire no había vuelto a llorar desde que, en el huerto de Castel­naudry, Simón de Montfort volvió a ultrajarla al entregarle la espada y el es­cudo destrozado de Raoul.

Raoul murmuró su nombre una y otra vez, acompañándolo con susu­rros llenos de ternura mientras Claire se aferraba a él temblorosa. Los pen­samientos que se agitaban en su mente rezumaban culpabilidad. Mientras Claire soportaba el infierno de la violación, él también había estado engen­drando una nueva vida, quizá no mediante la imposición y la brutalidad, pero sí bajo el dominio de la lujuria y sin pensar ni un sólo instante en su esposa.

Claire y Raoul se colmaron gradualmente, y las oleadas de la primera y terrible conmoción disminuyeron hasta convertirse en pequeñas ondula­ciones.

—Todo eso pertenece al pasado —dijo Raoul con sombría determina­ción—.Tendremos que edificar sobre lo que queda. Si continuamos miran­do hacia atrás, seremos destruidos.

Claire se preguntó qué les quedaba. Los cambios que habían sufrido eran demasiado grandes para que pudieran fabricar ladrillos y argamasa a partir de las ruinas, pero por el momento estaba demasiado débil y cansa­da para contradecirle. Permitiendo que siguiera abrazándola, cerró los ojos.

La puerta se abrió y un niño entró danzando en la habitación.

–Papá, milord Rai quiere hablar contigo sobre…

El niño interrumpió a la mujer que estaba con su padre para mirar fi­jamente.

Claire le devolvió la mirada. El recuerdo de Guillaume cuando era un bebé la había acompañado en todas sus pruebas y tribulaciones: los suaves cabellos rubios, las extremidades regordetas y sonrosadas, la húmeda sonri­sa… El niño que la estaba contemplando en aquel momento, esbelto y bron­ceado, poseía la gracia ágil y nervuda de un ciervo joven.

–Guillaume… –jadeó, y había todo un mundo de dolor en aquella pala­bra–. Nunca te habría reconocido.

El niño asintió en respuesta a su nombre y, con un titubeo casi imper­ceptible, se acercó a la cama.

Las lágrimas brillaron en los ojos de Claire, haciendo que la imagen de Guillaume se volviera borrosa.

–La última vez que te vi apenas si caminabas… Oh, Dios, ¿cuántos años he perdido? –murmuró, meneando lentamente la cabeza.

–Ya casi tengo siete años –se apresuró a informarla Guillaume–. Papá me va a regalar un poni nuevo, y además mé enseñará el arte de la justa. –El pequeño inclinó la cabeza hacia un lado–. ¿Te encuentras mejor?

De naturaleza confiada y afable, Guillaume entablaba conversación fácilmente con todo el mundo, y raras veces se sentía incómodo o a dis­gusto. La mujer a la que su padre estaba abrazando era su madre. Gui­llaume lo sabía porque se lo habían dicho, pero no podía recordarla y, en cierta manera, eso hacía que le resultara fácil tratarla como a todas las personas que formaban el pequeño séquito estable de su padre. Si era ne­cesario, incluso estaba preparado para someterse al embarazoso ritual de permitir que le revolvieran los cabellos y le besaran la cara. A las muje­res, que se sentían atraídas por el contraste entre sus ojos color marrón caramelo y sus rubios cabellos aclarados por el sol, les gustaba mucho ha­cerle esas cosas.

–Sí, ya estoy mucho mejor –dijo Claire.

Su respuesta era una pura fórmula de cortesía, porque en realidad se sentía peor. Había perdido a dos hijos: uno, concebido en la violación, le había sido arrebatado; el otro, aquel cuya blandura de bebé conoció y mimó, se había convertido en un hombrecito decidido y seguro de sí mismo que ya imitaba la conducta de los muchachos de mayor edad que ejer­cían las funciones de pajes y escuderos. Una daga colgaba de la cadera de Guillaume, y su líquida mirada revelaba inteligencia y conocimiento del mundo. La guerra arrastraba a los niños hacia la edad adulta con demasiada rapidez.

–Tu madre está muy cansada y necesita reposar –dijo Raoul, percibien­do la tensión de Claire–. Quizá podamos hablar más tarde. ¿Has dicho que Rai quería verme?

–Sí, papá. Creo que dijo algo sobre una partida de forrajeo. ¿Puedo ir yo también?

Fue Raoul, no Claire, quien alborotó con la mano los rubios cabellos del niño.

–No veo por qué no –dijo, dirigiéndole una sonrisa a Claire–. ¡Debe­rías verlo encima de un caballo!

Claire respondió con una tenue sonrisa.

–No me sorprende –murmuró–. Al ver cómo lo llevabas al galope por el patio de adiestramiento de Montvallant siempre sudaba de puro terror.

Las palabras que no habían llegado a ser pronunciadas quedaron flo­tando entre ellos como cuentas precariamente suspendidas de un hilo de collar roto. Un solo movimiento descuidado bastaría para que quedaran es­parcidas por doquier, sin que hubiera ninguna esperanza de que pudieran volver a ser engarzadas jamás.

–Solía hacerlo, ¿verdad? –admitió Raoul, y la sonrisa se desvaneció–. Si quieres me quedaré –añadió, apretando suavemente las manos de Claire–. A Rai no le costará encontrar a otro que se encargue de las operaciones de forrajeo.

–No. –Claire meneó la cabeza y le devolvió el apretón–. Idos los dos. Me siento realmente muy cansada, y me gustaría estar a solas durante un rato.

Raoul se mordisqueó el labio y titubeó, pero por fin se encaminó ha­cia la puerta tras depositar un beso sobre la frente de Claire. Guillaume también la besó, tiernamente pero sin ninguna emoción, y después siguió a su padre.

Claire les oyó hablar en el patio, Guillaume con voz aguda por la ex­citación ante la perspectiva de acompañar a los hombres, la de Raoul contenía diversión y una pequeña reprimenda al mismo tiempo. Claire buscó refugio en las frescas y apacibles profundidades de la palabra sa­grada.

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En verdad, en verdad os digo que nadie puede ver el reino de Dios a menos que nazca de nuevo. Quien no vuelva a nacer mediante el agua y el espíritu nunca podrá entrar en el reino de Dios. Lo que ha nacido de la carne es carne, y lo que ha nacido del espíritu es espíritu.

Claire decidió que cuando Raoul volviera le preguntaría si en Beaucai­re había algún cátaro que estuviera dispuesto a visitarla.

CAPÍTULO 29

Tolosa,
primavera de 1217

DOMINGO ENCOGIÓ sus delgados hombros mientras el padre Ber- nard se inclinaba sobre lo que había escrito para examinarlo. Los resultados no eran excesivamente impresionantes. Domingo poseía un grado de control excelente para su edad cuando se le permitía usar la mano izquierda, pero el padre Bernard decía que la mano izquierda perte­necía al diablo y que no debía utilizarla para comer, escribir o practicar la esgrima…, y menos aún para acompañar a la genuflexión en la iglesia. Do­mingo la había empleado en muchas ocasiones a espaldas del padre Bernard para trazar un signo totalmente distinto a la figura de la cruz. El muchacho odiaba a su preceptor con toda la pasión concentrada que ardía bajo la su­perficie de una naturaleza engañosamente callada y apacible. Odiaba el olor a moho de sus negras túnicas, el brillo fanático de sus negros ojos y las ve­nas que se hinchaban sobre aquella pálida frente que parecía no terminar nunca pero, por encima de todo, odiaba la varita de sauce que el clérigo lle­vaba consigo a todas partes y usaba para gobernar su dominio, golpeando con ella al primer atisbo de rebelión.

Fiat voluntas tua…. Hágase tu voluntad. Las palabras serpenteaban a través de la pizarra, apenas legibles. Domingo se mordió el labio, sin atreverse a al­zar la mirada hacia aquellos ojos helados e insondables.

–¿Ves esa araña encima de tu cabeza? –El padre Bernard levantó su va­rita hacia una telaraña en un rincón de la habitación–. ¿La ves? Respónde­me, muchacho.

–Sí, padre Bernard.

Domingo se removió sobre el banco, consciente de la blanca mano hue­suda, tan próxima a su oreja, que se tensaba sobre la lisa corteza de la rami­ta de sauce y la oprimía con un temblor expectante.

–¡Pues esa araña seria capaz de escribir con una letra mejor que la que veo en tu pizarra! Lo haces todo mal a propósito para ponerme a prueba.

–No, padre. Es que no puedo usar la…

—¡Silencio, muchacho! ¿Acaso también eres insolente además de es­túpido?

El labio inferior de Domingo tembló. El pequeño reprimió los estre­mecimientos, sabiendo que el fraile quería hacerle llorar delante de los otros niños para así seguir burlándose de él.Algunos de ellos, hijos de los caballe­ros y los integrantes del séquito del vizconde, le habían maltratado en más de una ocasión, llamándole hereje e hijo de puta, aunque se aseguraban de no hacerlo nunca delante de los adultos. Domingo era muy consciente de lo que le ocurría al perro que era distinto del resto de la jauría: o era perse­guido y acosado hasta la muerte por los otros canes, o se convertía en su lí­der. Hacía cuanto podía para aparentar indiferencia ante las befas y el ridí­culo de que era objeto, pero sus mejores esfuerzos no siempre estaban a la altura de las circunstancias…, y nunca eran lo suficientemente buenos para el fanático padre Bernard.

El fraile cogió la pizarra de Domingo y la sostuvo con las puntas de los dedos, como si lo que contenía fuera contagioso.

—Vuelve a escribirlo —dijo con voz gélida—.Tres veces —añadió, volvien­do a depositar la pizarra en las manos de Domingo con un empujón lo su­ficientemente salvaje para asestarles un doloroso golpe.

Domingo tragó saliva para deshacer el nudo de tensión que le oprimía la garganta, y el odio hizo temblar su cuerpecito. Simón, que era cuatro años mayor que él y estaba sentado a su lado, le lanzó una rápida mirada mientras le propinaba un suave codazo lleno de simpatía. Domingo se atrevió a responder con una mueca mientras se afanaba por reprimir el llanto.

El padre Bernard giró sobre sus talones, las mandíbulas tan tensas que faltó poco para que le rechinaran los dientes. Los niños siempre mostraban una inclinación natural a seguir los caminos del diablo —la pereza, la inso­lencia y el engaño— y quedarían manchados de por vida a menos que fuera expulsada de sus cuerpos a golpes cuando todavía eran jóvenes. Eso había hecho su preceptor con el padre Bernard para salvarle, y en su edad adulta el fraile tenía buenos motivos para estarle agradecido, pues sin aquellas pa­lizas su alma tal vez se habría condenado para siempre.

El sacedote se acercó a la ventana, con la varita firmemente aferrada a su espalda. Debía aquel puesto de preceptor a otro fraile, Domingo de Guz­mán, quien le había presentado al conde y a la condesa y había amparado y defendido su causa, sabiendo cuán devoto era. Bernard se enorgullecía de que los niños de la casa de Montfort que se hallaban bajo su tutela supieran de memoria las respuestas a todos los rituales de la iglesia y hubieran triplicado sus conocimientos de latín…, salvo el más pequeño, quien siempre se quedaba rezagado. Se suponía que Domingo era hijo de un noble rebelde del sur y que se le mantenía allí en calidad de rehén, pero Bernard, como el resto del mundo, no era tan estúpido para creerlo. ¿Quién hubiera podi­do pensar que un hombre dotado del férreo control de sí mismo que po­seía Simón de Montfort sucumbiría al pecado de la lujuria, y además con una cátara? Aquella mujer debía de ser una bruja. Eso explicaría por qué el niño insistía en usar la mano izquierda, una señal inequívoca de posesión diabólica.

Asaltado por una repentina premonición, Bernard dio media vuelta. Después, los ojos ardiendo con justa y virtuosa indignación, cruzó la habi­tación en tres veloces zancadas para descargar la vara sobre los nudillos de la mano izquierda de Domingo. El punzón salió despedido de los dedos del niño, que se apresuró a apartar la mano con un grito de dolor. El enfureci­do fraile le asestó una andanada de golpes que llovieron sobre los hombros de Domingo y que le cruzaron la cara como dolorosos aguijonazos. El niño se ovilló para protegerse del ataque. Después de que la sorpresa le arrancara el primer chillido de dolor, no volvió a emitir sonido alguno. La pizarra yacía sobre las baldosas del suelo, rota en dos mitades y con las palabras Fiat ro-¡untas tua impecablemente escritas en ella.

–¡Si no fueras hijo del conde te rompería hasta el último dedo! –afir­mó Bernard con voz entrecortada mientras su brazo subía y bajaba. El fraile necesitó un instante para percibir el silencio entre perplejo y teme­roso de los otros niños, y cuando lo hizo vio que no le estaban mirando a él, sino al conde, quien se hallaba inmóvil en el umbral y contemplaba con expresión impasible la escena que se estaba desarrollando ante él. Bernard bajó lentamente la varita de sauce mientras su estómago ejecuta­ba un repentino salto mortal–. Mi señor… No sabía que estuvierais aquí –murmuró, lamiéndose nerviosamente los labios después de haber prego­nado lo obvio.

–Me parece que los muchachos podrían ser excusados de sus lecciones durante el resto del día. –La voz de Simón era el gruñido enronquecido que sus hombres habían aprendido a temer. Sin aguardar a que el clérigo le die­ra permiso, Simón dirigió una seca inclinación de la cabeza a los niños–. Fuera.

Todos los alumnos huyeron a toda prisa, salvo el pequeño Simón, quien permaneció en el aula el tiempo suficiente para persuadir a Domingo de que abandonara su postura de bola fetal y ayudarlo a levantarse. El conde con­templó el rostro del niño, fijándose en la franja escarlata impresa sobre la palidez provocada por el sobresalto y en la rigidez de su boca y su mandíbula. Con todo eran los ojos los que contenían el testimonio más elocuente de lo que se acababa de lograr con aquel castigo. Las lágrimas brillaban en ellos, junto con el orgullo y el odio: era como ver el rostro de su padre con la ex­presión de su madre.

-Llévalo con las mujeres y pide que le pongan un poco de ungüento so­bre ese morado -le ordenó Simón a su hijo y, cuando el muchacho se hubo llevado a Domingo, se volvió hacia el padre Bernard-. Espero que dispon­gáis de una buena explicación para lo que acabo de ver.

-Domingo había vuelto a usar la mano izquierda, mi señor, y me desa­fió delante de sus compañeros.

Simón bajó la mirada hacia la pizarra destrozada que yacía a sus pies y -contempló los caracteres escritos en ella, no por infantiles menos perfecta­mente trazados.

-Existe una gran diferencia entre destruir y enseñar -dijo después-. El más estúpido de mis mozos de establo podría explicaros en qué consiste esa di­ferencia. -De pronto su voz, que había sido afable y suave, se curvó como un látigo para golpear y hacer brotar la sangre-. Si volvéis a abrir la boca delan­te de un auditorio sin haber pensado antes en lo que vais a decir, os cortaré la lengua. No reconozco a Domingo como hijo mío. ¿Ha quedado entendido?

-Sí, mi señor -dijo Bernard, y las palabras surgieron con dificultad de sus labios rígidos por el miedo.

-Espero que lo hayáis entendido -dijo Simón girando sobre sus talo­nes-, porque yo nunca amenazo; me limito a prometer.

Domingo estaba agazapado en un rincón del patio de armas con la es­palda pegada a la muralla, los brazos alrededor de Loup mientras las lágrimas abrasadoras que se había negado a derramar antes oscurecían el rígido pe­laje plateado del sabueso. El muchacho se llevó un dedo al punto palpitan­te de su mejilla, que había recibido el golpe de la varita de sauce del padre Bernard, y después se contempló la yema, que relucía con el ungüento de hierbas y grasa de ganso de la condesa. Domingo no había deseado ni un­güento ni atención, pues sólo necesitaba que lo dejaran solo para que pu­diera llorar en paz; aun así se había producido una investigación, con todos los horribles detalles puestos al descubierto ante las mujeres por Sim, cuyo deseo de entender la situación era tan insaciable como su curiosidad. A pe­sar de ello la condesa, cuya reacción había sido claramente glacial, no había proporcionado ninguna respuesta.

Domingo tensó los dedos sobre el cuello del perro. Loup quizá no enten­diera lo que le había ocurrido, pero era leal, grande y cálido, y no presenta­ba la clase de exigencias al intelecto que emanaban de Sim. ¿Significaban las palabras del sacerdote que él y Sim eran medio hermanos? Domingo había oído esas palabras con la frecuencia suficiente para saber que aludían a al­guna irregularidad del nacimiento. Loup le lamió cariñosamente y gimoteó. El padre Bernard decía que Loup era un perro creado por el diablo, pero Domingo sabía que eso era falso. Aunque fuese muy joven, ya comprendía que su odiado preceptor era capaz de ver el mal en un cubo de agua o en una boñiga de caballo si estaba de humor para ello. Quizá todo lo que decía fray Bernard estaba distorsionado y era falso.

Poco a poco, mientras acariciaba al perro, Domingo empezó a sentirse mejor. Poseía una naturaleza tan sólida y resistente como reservada.Al igual que un caracol, que se retira al interior de su concha en los momentos de peligro, tenía la capacidad de retirarse al interior de sí mismo, sobrevivien­do así a cualquier crisis. De hecho, se había recuperado lo suficiente para pensar en efectuar una visita a las cocinas y averiguar si Hubert, uno de los aprendices de cocinero, estaría dispuesto a entregarle un hueso para Loup y un trocito de mazapán para él si se lo suplicaba con unos ojos lo suficiente­mente grandes, cuando unos soldados que venían de la ciudad entraron en el patio de armas, arrastrando tras de sí a tres hombres y una mujer atados a una misma cuerda y, a consecuencia de ello, tropezaban y se tambaleaban al no poder mantener el equilibrio. Casi parecían borrachos. Pero suponien­do que alguien hubiera cedido a la embriaguez, eran los soldados los que habían estado bebiendo, al menos a juzgar por la forma en que estaban em­pujando y atormentando a los cautivos y las groseras observaciones que rea­lizaban.

El primero de los hombres vestía una hermosa túnica y calzones verdes, y su canosa cabellera y su barba habían sido rizadas con tenacillas y alisadas con pomada. Sus tres compañeros, en cambio, lucían la indumentaria habi­tual de los Perfecti cátaros, y la austera sencillez de sus túnicas con capuchón de lana azul oscuro sólo quedaba aliviada por las hebillas de plata de sus cin­tos. Sus rostros mal alimentados y fanáticos recordaron a Domingo al padre Bernard pero, a diferencia de lo que le ocurría con su preceptor, no perci­bió amenaza alguna en aquellas personas.

Domingo ya había visto aque