CRISTO, ORIGEN DE LOS SACRAMENTOS

CRISTO, ORIGEN DE LOS SACRAMENTOS

El Concilio de Trento (1545-1563) afirma en el cánon 1° del acápite “acerca de los sacramentos en general” del Decreto sobre los sacramentos, lo siguiente:

“Si alguno dijere que los sacramentos de la nueva Ley no fueron instituidos todos por Jesucristo nuestro Señor, o que son más o menos de siete, a saber, bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio, o también que alguno de éstos no es verdadera propiamente sacramento: sea anatema” (DzH n° 1601).

El “centro” de esta afirmación dogmática de Trento consiste en profesar que el origen de los sacramentos es la iniciativa divina y no la invención humana. Cristo es el origen de los sacramentos. Todos los sacramentos están fundamentados y enraizados en Él. Tal es el núcleo de la doctrina de la institución.

La exégesis moderna no permite ya que se busquen en el NT textos que demuestren la “institución” de cada uno de los sacramentos, entendiendo por institución el acto jurídico de Jesús que determina que exista tal sacramento y que sea administrado de tal o cual forma. Incluso para los sacramentos claramente atestiguados por la Escritura, sigue en pie el problema. El “hagan esto en memoria mía” de la Eucaristía podría no ser palabra del propio Jesús. El mandato del Bautismo en Mt (28,18-20) está contenido en una perícopa que es composición del evangelista.

Este problema fue percibido ya mucho antes de que apareciera la exégesis moderna. Los teólogos medievales intentaron explicar la institución por Cristo, ya sea a través de los apóstoles (Hugo de San Víctor, Pedro Lombardo, Rolando Bandinelli) o bien, por la inspiración del Espíritu (Alejandro de Hales, Buenaventura). Se discutía entonces si esa institución fue mediata (por medio de otros) o inmediata (directamente por Cristo). Pero también se disputaba si fue específica (indicando en líneas generales la materia y la forma de cada sacramento) o genérica (determinando la “gracia” de cada uno pero no los elementos fisico-visibles que habrían de constituirlos), directa (ordenando que se hiciera así) o indirecta (dando a entender una determinada práctica sacramental).

Los teólogos medievales no eran, por consiguiente, ingenuos, y por eso este problema estaba en la conciencia de los obispos de Trento. No obstante, el Concilio no quiso dirimir la cuestión y afirmó solamente de una forma amplia la institución por Cristo.

La propia evolución histórica de los gestos sacramentales no permitía atribuir a Jesús una “orden” concreta. Basta con recorrer las modificaciones habidas en los ritos esenciales de cada sacramento para percibir este problema:

- el Bautismo fue administrado a veces por inmersión, infusión o aspersión; en nombre de Jesús o en nombre de la Trinidad;

- la Confirmación se consideraba que había sido administrada inicialmente por la simple imposición de manos (ver Hch 8) y que luego había pasado a administrarse mediante la unción con crisma o muron;

- en la Eucaristía se utilizó pan ázimo o pan fermentado, indistintamente, para su validez;

- la Penitencia sufrió una evolución gigantezca en su práctica litúrgica, que es imposible resumir en pocas líneas;

- la Unción de los Enfermos se administró de diversas maneras, con diferentes fórmulas en cada iglesia local y en las diversas épocas;

- en cuanto al Orden, la iglesia de Occidente exigió durante mucho tiempo la “entrega de los instrumentos” para su validez y parecía considerar secundaria la imposición de manos;

- para el Matrimonio, la Iglesia estableció impedimentos dirimentes de derecho eclesiástico [1] y condiciones de validez en lo que se refiere a la forma canónica.

Tomando en consideración estas dificultades, será preciso plantear el problema el problema de la institución de los sacramentos en un contexto más amplio. De hecho, la misma palabra “institución” sugiere un acto puntual en el pasado. Sin embargo, tanto los sacramentos como la Iglesia son permanentemente constituidos por la presencia de Cristo resucitado. La Iglesia y los sacramentos viven de la vida del Resucitado. Son creados constantemente por su presencia y acción en el Espíritu Santo. Así como la raíz debe estar actuando constantemente para que el árbol viva, así actúa Cristo en la Iglesia con los sacramentos (el “yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” de Mt 28,20).

Afirmar esto no va en contra del Concilio de Trento (DzH n° 1.601) ya que el texto no exige reducir la institución a un acto jurídico formal realizado en el pasado.

Los sacramentos se originan en la Pascua y en la práxis del Jesús pre-pascual.

Jesús realiza una serie de acciones simbólicas que se dirigen a una persona concreta en una situación determinada y que crean vida, relacionando a esa persona con la llegada del Reino y concretando en ella su mensaje de la fraternidad. Por ejemplo, perdonar los pecados, comer con los pecadores, curar enfermos. Estos gestos (o “signos”) hay que ponerlos en relación con toda la presencia y actuación de Jesús ya que simbolizan de alguna manera la totalidad de su vida. Aquí tenemos el hecho celebrado y la expresión simbólica.

El significado pleno de estos gestos sólo se los reconoce en la muerte y resurrección de Jesús. La muerte, que llevó a lo máximo su actitud de entrega en el rechazo, y la resurrección, que fue la confirmación de Dios a la pretención de Jesús. Sólo después de la Pascua tiene sentido hablar de institución de los sacramentos en el sentido pleno de la palabra. Antes de la Pascua hay sólo un gérmen de institución.

Si los sacramentos tienen un origen permanente (o sea, siempre actuante) en Cristo, entonces, ellos no dependen de la dignidad y santidad del ministro, ya que es el mismo Cristo quien actúa en el sacramento. Por eso, el ministro “en pecado mortal” confiere los sacramentos, con tal de que realice todo lo esencial de éste “con la intención de hacer lo que hace la Iglesia” (DzH ns. 1.611 y 1.612).

Por otra parte, ya que los sacramentos radican en Cristo, la Iglesia no es señora, sino servidora de los sacramentos. Esta verdad fué expresada por el Concilio de Trento cuando declaró que la Iglesia no puede cambiar “la sustancia de los sacramentos” (DzH n° 1.728). La “sustancia de los sacramentos” no es el gesto simbólico (el rito, la “materia” y la “forma”), sino su significación, su sentido que es el sentido de la vida de Jesús. Es lo que la Escolástica expresaba también con la afirmación de que la institución de los sacramentos por Cristo es inmediata (no “mediata”). Significa la imposibilidad de la Iglesia de estructurarse o de modificarse por sí misma, por las necesidades de los hombres que las constituyen. Ella tiene que ser fiel al “camino” instituido por Cristo, cuya celebración son los sacramentos.

Hecho valorado y jerarquía de los sacramentos

Los kairoi que Dios concede a los hombres, y el modo como los hombres responden a ellos, no son de la misma importancia en la vida humana. Hemos visto que esta última no es una planicie monótona ya que hay en ella momentos de diversa intensidad.

También la vida de Jesús representa kairoi diferenciados en su importancia. La muerte de Jesús es un kairoV de un peso mucho mayor que cualquier otro momento, ya que es el resultado de todos los demás kairoi de menor importancia.

Si los sacramentos celebran determinados kairoi de la vida de un miembro de la Iglesia a la luz de la memoria del Señor, será preciso afirmar también de los sacramentos que no todos tienen la misma importancia. Hay algunos que son principales: el Bautismo y la Eucaristía, como lo afirma Trento (DzH n° 1.603). Recuperar este dato es de gran interés ecuménico si se toma en cuenta que la Iglesias de la Reforma aceptan solamente estos dos sacramentos.

¿Por qué son más importantes? Por lo que celebran. El Bautismo celebra la conversión y la Eucaristía la fraternidad. Cuando en un mundo centrado en los ídolos, uno pasa a vivir desde el Dios vivo y verdadero, irrumpe en la propia existencia la gran novedad creadora de vida. Y esa vida se manifiesta cuando uno se vuelve a los hermanos y entiende su existencia, no ya a partir de uno mismo y de los propios intereses, sino de los demás, especialmente los más necesitados, con los que se establecen vínculos de solidaridad (Eucaristía). También, en relación con la memoria del Señor, relacionada con Él, hay que decir que Bautismo y Eucaristía son los principales sacramentos. En efecto, en ambos, el misterio Pascual está en primer plano, incluso en el nivel de la expresión significativa. En el Bautismo, el paso por el agua evoca a nivel simbólico el paso de la muerte a la vida, que es la conversión de los ídolos al Dios verdadero. En la Eucaristía, el partir el pan hace memoria de la entrega de la vida por los demás que Jesús realizó en la muerte y resurrección.

Esta principalidad se corrobora por ser ambos constitutivos del ser cristiano y edificadores de la Iglesia en cuanto tal. El Bautismo incorpora a la Iglesia; la Eucaristía hace del Pueblo de Dios el Cuerpo de Cristo; crea y expresa la unidad y la comunión de muchos en Cristo. Todos los demás sacramentos lo alcanzan en situaciones particulares de la vida cristiana: el pecado, la enfermedad, la vocación ministerial, el amor conyugal.


[1] Es decir, aquellos que sólo prohíben pero no invalidan la alianza matrimonial.