CONCILIO: de Nicea Don Closson

Introducción

La doctrina de la trinidad es fundamental para la singularidad del cristianismo. Sostiene que la Biblia enseña que “Dios existe eternamente como tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y cada persona es plenamente Dios, y hay un solo Dios”. Esta enseñanza es tan fundamental que está incorporada en las palabras que Jesús dio a la iglesia en su Gran Comisión, cuando indició a los creyentes que “. . . [fueran e hicieran] discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo . . .” (Mateo 28:19).

No es sorprendente, entonces, que la doctrina de la trinidad sea una de las creencias más denostadas y atacadas por los que están fuera de la fe cristiana. Tanto los mormones como los testigos de Jehová rechazan esta doctrina fundamental y dedican una energía considerable a enseñar en su contra. Gran parte de la instrucción del movimiento de los testigos de Jehová trata de convencer a otros que Jesucristo es un ser creado, que no existió en la eternidad pasada con el Padre, y que no es plenamente Dios. Los mormones no tienen ningún problema con que Jesús sea Dios; en realidad, ponen la deidad al alcance de todos los que siguen la enseñanza de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Un estudioso mormón sostiene que existen tres Dioses separados–Padre, Hijo y Espíritu Santo–que son uno en propósito y, de alguna forma, siguen siendo un Dios. Otro escribe: “El concepto de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un Dios es totalmente incomprensible”.

Entre las religiones del mundo, el islamismo enseña específicamente en contra de la trinidad. El capítulo cuatro del Corán dice: “¡No digáis ‘Tres’! ¡Basta ya, será mejor para vosotros! Alá es sólo un Dios Uno. ¡Gloria a Él Tener un hijo!” (4:171). Si bien Mahoma parece haber creído erróneamente que los cristianos enseñaban que la Trinidad consistía en Dios el Padre, María la Madre y Jesús el Hijo, ellos rechazan como pecaminoso que algo sea hecho equivalente a Alá, especialmente Jesús.

Una crítica habitual de quienes rechazan la doctrina de la trinidad es que la doctrina no era parte de la iglesia primitiva, ni fue una enseñanza consciente de Jesús mismo, sino que fue impuesta a la iglesia por el emperador Constantino a principios del siglo IV, en el Concilio de Nicea. Los mormones sostienen que los componentes del pensamiento pagano de Constantino y la filosofía griega fueron impuestos a los obispos que se reunieron en Nicea (en la actual Turquía). Los testigos de Jehová creen que el emperador presionó en contra del punto de vista de ellos–que fue la posición sostenida por Arrio en el concilio–y obligó a la iglesia a seguirlo.

En lo que resta del artículo trataremos el impacto que los tres individuos clave Arrio, Constantino y Atanasio, tuvieron sobre el Concilio de Nicea. También responderemos a la acusación de que la doctrina de la trinidad fue resultado de la presión política más que de una deliberación cuidadosa sobre la Biblia de un grupo de dedicados líderes cristianos.

Arrio

Consideremos primeramente al instigador del conflicto que dio lugar al concilio, un hombre llamado Arrio.

Arrio era un predicador y presbítero popular de Libia al que se le dieron deberes pastorales en Baucalis, Alejandría, en Egipto. La controversia comenzó como un desacuerdo entre Arrio y su obispo, Alejandro, en 318 d.C. Sus diferencias se centraban en cómo expresar la comprensión cristiana de Dios usando el lenguaje filosófico corriente. Este tema se había vuelto importante debido a las diversas visiones heréticas de Jesús que se habían introducido en la iglesia a fines del siglo segundo y principios del tercero. El uso de lenguaje filosófico para describir realidades teológicas había sido habitual a lo largo de la era de la iglesia, en un intento por describir con precisión lo que había sido revelado en la Biblia.

Alejandro sostenía que la Biblia presentaba a Dios el Padre y a Jesús con una naturaleza igualmente eterna. Arrio sentía que los comentarios de Alejandro apoyaban una visión herética de Dios, denominada sabelianismo, que enseñaba que el Hijo era meramente un modo distinto del Padre, más que una persona diferente. Los testigos de Jehová sostienen hoy que la posición de Arrio era superior a la de Alejandro.

Si bien algunos historiadores creen que la verdadera naturaleza del argumento original ha sido oscurecida por el tiempo y el prejuicio, la disputa se volvió tan divisiva que atrajo la atención del emperador Constantino. Este reunió a los líderes de la iglesia para el primer concilio ecuménico, en un intento por poner fin a la controversia.

Cabe decir que ambos lados de este debate sostenían un alto concepto de Jesús, y ambos usaban a la Biblia como su autoridad en el tema. Hay quienes dicen que la controversia jamás habría causado un disenso tan grande si no hubiera sido inflamado por las luchas políticas internas en la iglesia y las distintas interpretaciones de los términos usados en el debate.

Arrio fue acusado de sostener el punto de vista de que Jesús no estaba solo subordinado al Padre en función, sino que Él era de una sustancia inferior en un sentido metafísico también. Esto fue ir demasiado lejos para Atanasio y otros, que temían que toda terminología que degradara la plena deidad de Cristo podría poner en tela de juicio su papel como Salvador y Señor.

Algunos creen que la posición de Arrio era menos radical que la que suele percibirse hoy. Stuart Hall escribe: “Arrio sentía que la única forma de asegurar la deidad de Cristo era colocarlo en el escalón inmediatamente inferior al Padre, quien permanecía más allá de toda comprensión”. Agrega que, independientemente de las diferencias entre ambos bandos, “ambas partes entendían que el rostro de Dios era revelado benignamente en Jesucristo”.

El emperador Constantino

Muchos que se oponen a la doctrina de la trinidad insisten en decir que el emperador, Constantino, la impuso a la iglesia primitiva en 325 d.C. Debido a su importante papel en convocar a los líderes de la iglesia en Nicea, podría ser útil echar una mirada más cercana a Constantino y su relación con la iglesia.

Constantino pasó a ocupar el poder supremo en el Imperio Romano en 306 d.C., mediante el uso de alianzas y asesinatos, según la necesidad. Fue bajo el Edicto de Milán de Constantino, en 313 d.C., que finalizó la persecución de la iglesia y fueron devueltas las propiedades confiscadas de la iglesia.

Sin embargo, la naturaleza de la relación de Constantino con la fe cristiana es compleja. Él creía que Dios debía ser apaciguado con la adoración correcta, y alentó la idea entre los cristianos de que él “servía al Dios de ellos”. Parece ser que la participación de Constantino en la iglesia se centraba en su esperanza de que ésta podría convertirse en una fuente de unidad para el atribulado imperio. No estaba interesado tanto en los detalles más finos de la doctrina como en finalizar una disputa causada por desacuerdos religiosos. Escribió, en una carta: “Mi designio era, entonces, primeramente traer los diversos juicios encontrados por todas las naciones con relación a la Deidad a una condición, por así decirlo, de uniformidad acordada; y, en segundo lugar, restaurar un tono saludable al sistema del mundo . . .” Esto hizo que apoyara diversos lados en temas teológicos, dependiendo de cuál lado podría ayudar a hacer que prevaleciera la paz. Constantino fue finalmente bautizado poco antes de su muerte, pero su compromiso con la fe cristiana es un tema de debate.

Constantino participó en una tradición recién establecida de emperadores romanos que se entremetían en los asuntos de la iglesia, y la realzó. En la iglesia primitiva, la persecución era la política general. En 272, Aureliano removió a Pablo de Samosata de su iglesia en Antioquía por una controversia teológica. Antes del conflicto sobre Arrio, Constantino había convocado un pequeño sínodo de la iglesia para resolver el conflicto creado por los donatistas, que apoyaban la remoción de sacerdotes que entregaron escritos sagrados durante los tiempos de persecución. Los donatistas fueron reprendidos por un sínodo de la iglesia. Constantino pasó cinco años intentando suprimir su movimiento por la fuerza, pero finalmente renunció en frustración.

Luego, la controversia arriana sobre la naturaleza de Jesús fue traída a su atención. Sería un debate complejo, porque ambos lados tenían en alto concepto a Jesús, y ambos lados apelaban a la Biblia para defender su posición. Para definir el tema, Constantino convocó el Concilio de Nicea, en 325 d.C., en el que participaron principalmente líderes de la iglesia oriental. Consistente con su deseo de unidad, en los años siguientes Constantino vacilaría entre apoyar un lado teológico y el otro si pensaba que pondría fin al debate.

Lo que queda claro es que el papel activo de Constantino al intentar resolver disputas eclesiásticas sería el comienzo de una nueva relación entre el imperio y la iglesia.

Atanasio

El Concilio de Nicea fue convocado el 20 de mayo de 325 d.C. Los 230 líderes de la iglesia concurrieron para considerar una pregunta vital para la iglesia: ¿Era Jesucristo igual a Dios el Padre o era Él otra cosa? Atanasio, un joven de solo veintitantos años, asistió al concilio para luchar por la idea de que “si Cristo no fuera verdaderamente Dios, entonces no podría otorgar vida a los arrepentidos y liberarlos del pecado y la muerte”. Él lideró a los que se oponían a las enseñanzas de Arrio, que sostenía que Jesús no era de la misma sustancia que el Padre.

El Credo de Nicea, en su totalidad, afirmaba la creencia “. . . en un sólo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todo lo visible y lo invisible. Y en un sólo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios nacido del Padre: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó y se hizo hombre; padeció y resucitó al tercer día, y subió al cielo y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos. Y en el Espíritu Santo”.

El concilio reconoció que Cristo era Dios de Dios verdadero. Si bien el Padre y el Hijo diferían en sus papeles, ellos, y el Espíritu Santo, eran verdaderamente Dios. Más específicamente, Cristo es de una sustancia con el Padre. La palabra griega homoousios se usó para describir esta igualdad. El término era polémico, porque no aparece en la Biblia. Algunos preferían una palabra diferente que transmitiera similitud más que igualdad. Pero Atanasio y la casi unánime mayoría de los obispos sintieron que esto podría resultar con el tiempo en la disminución de la igualdad de Cristo con el Padre. También sostenían que Cristo fue engendrado, no hecho. Él no es una cosa creada en la misma clase que el resto del cosmos. Concluyeron por postular que Cristo se hizo humano para la humanidad y su salvación. El concilio fue unánime en su condena de Arrio y sus enseñanzas. También removió dos obispos libios que se rehusaron a aceptar el credo formulado por el Concilio.

La creciente participación de los emperadores romanos en la iglesia durante el siglo cuarto a menudo distó de ser benéfica. Pero no fue tanto Atanasio y sus seguidores quienes buscaran el respaldo del poder imperial, sino los arrianos quienes estuvieron en realidad a favor de que el emperador tuviera la última palabra.

Resumen

¿Impuso Constantino la doctrina de la trinidad a la iglesia? Contestemos algunos de los argumentos usados en apoyo de esta creencia.

Primero, la doctrina de la Trinidad era una creencia sostenida ampliamente antes del Concilio de Nicea. Dado que el bautismo es un acto de obediencia universal para los nuevos creyentes, es significativo que Jesús usara un lenguaje trinitario en Mateo 28:19, cuando da la Gran Comisión para hacer discípulos y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Didaché, un primitivo manual sobre la vida de la iglesia, también incluía un lenguaje trinitario para el bautismo. Fue escrito a fines del primer siglo o a principios del segundo siglo después de Cristo. Encontramos que Hipólito vuelve a usar terminología trinitaria alrededor de 200 d.C., en una fórmula usada para interrogar a los candidatos para el bautismo. Se les pedía a los nuevos creyentes que afirmaran su creencia en Dios el Padre, Cristo Jesús el Hijo de Dios, y el Espíritu Santo.

Segundo, el gobierno romano no apoyó consistentemente la teología trinitaria o a su ardiente apologista, Atanasio. Constantino alternó en su apoyo de Atanasio porque estaba más preocupado por mantener la paz que por la teología misma. Exilió a Atanasio en 335 y estuvo a punto de reincorporar a Arrio justo antes de su muerte. Durante los cuarenta y cinco años en que Atanasio fue obispo de Alejandría, en Egipto, fue desterrado al exilio cinco veces por diversos emperadores romanos.

De hecho, emperadores posteriores impusieron una visión arriana a la iglesia de una forma mucho más directa que el apoyo de Constantino al punto de vista trinitario. Los emperadores Constancio II y Juliano desterraron a Atanasio e impusieron el arrianismo al imperio. Se dice que el emperador Constancio dijo: “Aquello que yo desee, eso sea considerado un canon”, igualando sus palabras con la autoridad de los concilios de la iglesia. Los arrianos, en general, “tendían a favorecer el control imperial directo de la iglesia”.

Finalmente, los obispos que asistieron al Concilio de Nicea eran demasiado independientes y estaban demasiado endurecidos por la persecución y el martirio como para ceder tan fácilmente a una doctrina con la que no estaban de acuerdo. Como ya hemos mencionado, muchos de los obispos fueron desterrados por emperadores que apoyaban el punto de vista arriano, pero siguieron manteniendo sus convicciones. Además, el Concilio de Constantinopla, en 381, reafirmó la posición trinitaria luego de la muerte de Constantino. Si la iglesia hubiera sucumbido temporalmente a la influencia de Constantino, podría haber rechazado la doctrina en este concilio posterior.

Al poseer la libertad para convocar un concilio ecuménico luego del Edicto de Milán, en 313, una cantidad significativa de obispos y líderes de la iglesia se reunieron para considerar diversos puntos de vista sobre la persona de Cristo y la naturaleza de Dios. El resultado fue la doctrina de la trinidad que los cristianos han sostenido y enseñado durante más de dieciséis siglos.

Después de su victoria contra contra Licinus, el emperador de oriente, en septiembre de 324 d.C. Constantino dueño absoluto del Imperio Romano, se esforzó en arreglar los litigios entre los diferentes obispos de oriente, como ya hizo en occidente por causa del donatismo convocando los sínodos de Roma en el 311 y el de Arlés en el 314. Así convocó a los diferentes obispos a un sínodo comparable en todo a los comitia (comicios) de las órdenes civiles del Imperio. Este concilio fue convocado primeramente en Ancyra y después, por razones de comodidad el propio emperador, en Nicea, donde en sus inmediaciones más próximas se encontraba la residencia imperial de Nicomedia.

Vemos que el emperador, tras haber logrado la unificación y uniformidad total del imperio bajo su persona, trataba de hacer lo mismo con el cristianismo, a imagen del propio imperio. Este concilio no fue convocado por la iglesia o uno de sus obispos, sino por un emperador sobre el que aún hoy recaen serias dudas entorno a lo genuino de su fe cristiana, puesto que era un adorador del Solis Invictus (Sol Invicto). La pretensión posterior del obispado de Roma de ejercer una primacía jerárquica sobre el resto de la cristiandad tiene mucho que ver con este deseo de uniformidad imperial.

Por deseo del emperador romano Constantino, el concilio se reunió en la ciudad de Nicea, en el Asía Menor y cerca de Constantinopla, en el año 325 el 20 de mayo, la mañana de las fiestas de conmemoración de su victoria sobre su rival Licinio. Es esta asamblea la que la posteridad conoce como el Primer Concilio Ecuménico, es decir, universal.

El número exacto de los obispos que asistieron al concilio nos es desconocido, pero al parecer fueron unos trescientos.  Para comprender la importancia de lo que estaba aconteciendo, recordemos que varios de los presentes habían sufrido cárcel, tortura o exilio poco antes, y que algunos llevaban en sus cuerpos las marcas físicas de su fidelidad.  Y ahora, pocos años después de aquellos días de pruebas, todos estos obispos eran invitados a reunirse en la ciudad de Nicea, y el emperador cubría todos sus gastos.  Muchos de los presentes se conocían de oídas o por correspondencia.  Pero ahora, por primera vez en la historia de la iglesia, podían tener una visión física de la universalidad de su fe. En su Vida de Constantino Eusebio de Cesarea nos describe la escena:

“Allí se reunieron los más distinguidos ministros de Dios, de Europa, Libia [es decir, Africal y Asia.  Una sola casa de oración, como si hubiera sido ampliada por obra de Dios, cobijaba a sirios y cilicios, fenicios y árabes, delegados de la Palestina y del Egipto, tebanos y libios, junto a los que venían de la región de Mesopotamia.  Había también un obispo persa, y tampoco faltaba un escita en la asamblea.  El Ponto, Galacia, Panfilia, Capadocia, Asia y Frigia enviaron a sus obispos más distinguidos, junto a los que vivían en las zonas más recónditas de Tracia, Macedonia, Acaya y el Epiro.  Hasta de la misma Espafía, uno de gran fama [Osio de Córdoba] se sentó como miembro de la gran asamblea.  El obispo de la ciudad imperial [ Roma] no pudo asistir debido a su avanzada edad, pero sus presbíteros lo representaron.  Constantino es el primer príncipe de todas las edades en haber juntado semejante guirnalda mediante el vínculo de la paz, y habérsela presentado a su Salvador como ofrenda de gratitud por las victorias que había logrado sobre todos sus enemigos”

En este ambiente de euforia, los obispos se dedicaron a discutir las muchas cuestiones legislativas que era necesario resolver una vez terminada la persecución.  La asamblea aprobó una serie de reglas para la readmisión de los caídos, acerca del modo en que los presbíteros y obispos debían ser elegidos y ordenados, y sobre el orden de precedencia entre las diversas sedes.

Pero la cuestión más escabrosa que el Concilio de Nicea tenía que discutir era la controversia arriana.  En lo referente a este asunto, había en el concilio varias tendencias.

En primer lugar, había un pequeño grupo de arrianos convencidos, capitaneados por Eusebio de Nicomedia -personaje importantísimo en toda esta controversia, que no ha de confundirse con Eusebio de Cesarea.  Puesto que Arrio no era obispo, no tenía derecho a participar en las deliberaciones del concilio.  En todo caso, Eusebio y los suyos estaban convencidos de que su posición era correcta, y que tan pronto como la asamblea escuchase su punto de vista, expuesto con toda claridad, reivindicaría a Arrio y reprendería a Alejandro por haberle condenado.

En segundo lugar, había un pequeño grupo que estaba convencido de que las doctrinas de Arrio ponían en peligro el centro mismo de la fe cristiana, y que por tanto era necesario condenarlas.  El jefe de este grupo era Alejandro de Alejandría.  Junto a él estaba un joven diácono que después se haría famoso como uno de los gigantes cristianos del siglo IV, Atanasio.

Los obispos que procedían del oeste, es decir, de la región del Imperio donde se hablaba el latín, no se interesaban en la especulación teológica.  Para ellos la doctrina de la Trinidad se resumía en la vieja fórmula enunciada por Tertuliano más de un siglo antes: una substancia y tres personas.

Otro pequeño grupo -probablemente no más de tres o cuatro- sostenía posiciones cercanas al “patripasionismo”, es decir, la doctrina según la cual el Padre y el Hijo son uno mismo, y por tanto el Padre sufrió en la cruz.  Aunque estas personas estuvieron de acuerdo con las decisiones de Nicea, después fueron condenadas.  Empero, a fin de no complicar demasiado nuestra narración, no nos ocuparemos más de ellas.

Por último, la mayoría de los obispos presentes no pertenecía ninguno de estos grupos.  Para ellos, era una verdadera lástima hecho de que, ahora que por fin la iglesia gozaba de paz frente al Imperio, Arrio y Alejandro se hubieran envuelto en una controversia que amenazaba dividir la iglesia.  La esperanza de estos obispos, al comenzar la asamblea, parece haber sido lograr una posición conciliatoria, resolver las diferencias entre Alejandro y Arrio, y olvidar la cuestión.  Ejemplo típico de esta actitud es Eusebio de Cesarea.

En esto estaban las cosas cuando Eusebio de Nicornedia, el jefe del partido arriano, pidió la palabra para exponer su doctrina. Al parecer, Eusebio estaba tan convencido de la verdad de lo que decía, que se sentía seguro de que tan pronto como los obispos escucharan una exposición clara de sus doctrinas las aceptarían como correctas, y en esto terminaría la cuestión.  Pero cuando los obispos oyeron la exposición de las doctrinas arrianas su reacción fue muy distinta de lo que Eusebio esperaba. La doctrina según la cual el Hijo o Verbo no era sino una criatura -por muy exaltada que fuese esa criatura- les pareció atentar contra el corazón mismo de su fe.  A los gritos de ” ¡blasfemia!”, ” ¡mentira!” y “¡herejía!”, Eusebio tuvo que callar, y se nos cuenta que algunos de los presentes le arrancaron su discurso, lo hicieron pedazos y lo pisotearon.

El resultado de todo esto fue que la actitud de la asamblea cambió.  Mientras antes la mayoría quería tratar el caso con la mayor suavidad posible, y quizá evitar condenar a persona alguna, ahora la mayoría estaba convencida de que era necesario condenar las doctrinas expuestas por Eusebio de Nicomedia.

Al principio se intentó lograr ese propósito mediante el uso exclusivo de citas bíblicas.  Pero pronto resultó claro que los arrianos podían interpretar cualquier cita de un modo que les resultaba favorable -o al menos aceptable.  Por esta razón, la asamblea decidió componer un credo que expresara la fe de la iglesia en lo referente a las cuestiones que se debatían.  Tras un proceso que no podemos narrar aquí, pero que incluyó entre otras cosas la intervención de Constantino sugiriendo que se incluyera la palabra “consubstancial” -palabra ésta que discutiremos más adelante en este capítulo- se llegó a la siguiente fórmula, que se conoce como el Credo de Nicea:

“Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles.

Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos.

Y en el Espíritu Santo.

A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza la iglesia católica.”

Esta fórmula, a la que después se le añadieron varias cláusulas -y se le restaron los anatemas del último párrafo- es la base de lo que hoy se llama “Credo Niceno”, que es el credo cristiano más universalmente aceptado.  El llamado “Credo de los Apóstoles”, por haberse originado en Roma y nunca haber sido conocido en el Oriente, es utilizado sólo por las iglesias de origen occidental -es decir, la romana y las protestantes. Pero el Credo Niceno, al mismo tiempo que es usado por la mayoría de las iglesias occidentales, es el credo más común entre las iglesias ortodoxas orientales -griega, rusa, etc.

Detengámonos por unos instantes a analizar el sentido del Credo, según fue aprobado por los obispos reunidos en Nicea.  Al hacer este análisis, resulta claro que el propósito de esta fórmula es excluir toda doctrina que pretenda que el Verbo es en algún sentido una criatura.  Esto puede verse en primer lugar en frases tales como “Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero”.  Pero puede verse también en otros lugares, como cuando el Credo dice “engendrado, no hecho”.  Nótese que al principio el mismo Credo había dicho que el Padre era “hacedor de todas las cosas visibles e invisibles”.  Por tanto, al decir que el Hijo no es “hecho”, se le está excluyendo de esas cosas “visibles e invisibles” que el Padre hizo.  Además, en el último párrafo se condena a quienes digan que el Hijo “fue hecho de las cosas que no son”, es decir, que fue hecho de la nada, como la creación.  Y en el texto del Credo, para no dejar lugar a dudas, se nos dice que el Hijo es engendrado “de la substancia del Padre”, y que es “consubstancial al Padre”.  Esta última frase, “consubstancial al Padre”, fue la que más resistencia provocó contra el Credo de Nicea, pues parecía dar a entender que el Padre y el Hijo son una misma cosa, aunque su sentido aquí no es ése, sino sólo asegurar que el Hijo no es hecho de la nada, como las criaturas.

En todo caso, los obispos se consideraron satisfechos con este credo, y procedieron a firmarlo, dando así a entender que era una expresión genuina de su fe.  Sólo unos pocos -entre ellos Eusebio de Nicomedia- se negaron a firmarlo.  Estos fueron condenados por la asamblea, y depuestos.  Pero a esta sentencia Constantino añadió la suya, ordenando que los obispos depuestos abandonaran sus ciudades.  Esta sentencia de exilio añadida a la de herejía tuvo funestas consecuencias, como ya hemos dicho, pues estableció el precedente según el cual el estado intervendría para asegurar la ortodoxia de la iglesia o de sus miembros.

La controversia arriana después del concilio

El Concilio de Nicea no puso fin a la discusión.  Eusebio de Nicomedia era un político hábil -y además parece haber sido pariente lejano de Constantino.  Su estrategia fue ganarse de nuevo la simpatía del emperador, quien pronto le permitió regresar a Nicomedia.  Puesto que en esa ciudad se encontraba la residencia veraniega de Constantino, esto le proporcionó a Eusebio el modo de acercarse cada vez más al emperador.  A la postre, hasta el propio Arrio fue traído del destierro, y Constantino le ordenó al obispo de Constantinopla que admitiera al hereje a la comunión.

El obispo debatía si obedecer al emperador o a su conciencia cuando Arrio murió. En el año 328 Alejandro de Alejandría murió, y le sucedió Atanasio, el diácono que le había acompañado en Nicea, y que desde ese momento sería el gran campeón de la causa nicena. A partir de entonces, dicha causa quedó tan identificada con la persona del nuevo obispo de Alejandría, que casi podría decirse que la historia subsiguiente de la controversia arriana es la biografía de Atanasio.  Baste decir que, tras una serie de manejos, Eusebio de Nicomedia y sus seguidores lograron que Constantino enviara a Atanasio al exilio.  Antes habían logrado que el emperador pronunciara sentencias semejantes contra varios otros de los jefes del partido niceno.  Cuando Constantino decidió por fin recibir el bautismo, en su lecho de muerte, lo recibió de manos de Eusebio de Nicomedia.

A la muerte de Constantino, tras un breve interregno, le sucedieron sus tres hijos Constantino II, Constante y Constancio.  A Constantino II le tocó la región de las Galias, Gran Bretaña, España y Marruecos.  A Constancio le tocó la mayor parte del Oriente. Y los territorios de Constante quedaron en medio de los de sus dos hermanos, pues le correspondió el norte de Africa, Italia, y algunos territorios al norte de Italia.  Al principio la nueva situación favoreció a los nicenos, pues el mayor de los tres hijos de Constantino favorecía su causa, e hizo regresar del exilio a Atanasio y los demás.  Pero cuando estalló la guerra entre Constantino II y Constante, Constancio, que como hemos dicho reinaba en el Oriente, se sintió libre para establecer su política en pro de los arrianos.

Una vez más Atanasio se vio obligado a partir al exilio, del cual volvió cuando, a la muerte de Constantino II, todo el Occidente quedó unificado bajo Constante, y Constancio tuvo que moderar sus inclinaciones arrianas.  Pero a la larga Constancio quedó como dueño único del Imperio, y fue entonces que, como diría Jerónimo “el mundo despertó como de un profundo sueño y se encontró con que se había vuelto arriano”.  De nuevo los jefes nicenos tuvieron que abandonar sus diócesis, y la presión imperial fue tal que a la postre los ancianos Osio de Córdoba y Liberio -el obispo de Roma- firmaron una confesión de fe arriana.

Consecuencias del concilio

Pero, ¿Cuales fueron las consecuencias de que el Imperio Romano se aliase con el cristianismo?, ¿Cómo es posible que aquellos héroes de la fe que aún poseían en su cuerpo las marcas del martirio obedeciesen al poder temporal congregándose en un concilio convocado por un emperador pagano, o por condescender, cristianizado a medias?

Constantino colmó de privilegios a los cristianos y elevó a muchos obispos a puestos importantes, confiándoles, en ocasiones, tareas más propias de funcionarios civiles que de pastores de la Iglesia de Cristo. A cambio, él no cesó de entrometerse en las cuestiones de la Iglesia, diciendo de sí mismo que era «el obispo de los de afuera» de la Iglesia. Las nefastas consecuencias de este conturbenio no fueron previstas entonces. Debido, sin duda, al agradecimiento que querían expresar al emperador que acabó con las persecuciones, los cristianos permitieron que éste se inmiscuyera en demasía en el terreno puramente eclesiástico y espiritual de la Cristiandad. Las influencias fueron recíprocas: comenzaron a aparecer prelados mundanos que en el ejercicio del favor estatal que disfrutaban no estaban, sin embargo, inmunizados a las tentaciones corruptoras del poder y daban así un espectáculo poco edificante. Esta corriente tendría su culminación en la Edad Media y el Renacimiento. Como reacción a esta secularización de los principales oficiales de la Iglesia, surgieron el ascetismo y el monasticismo que trataban de ser una vuelta a la pureza de vida primitiva, pero que no siempre escogieron los mejores medios para ello.

La mentalidad romana fue penetrando cada vez más el carácter de la cristiandad se exigió la mas completa uniformidad en las cuestiones más secundarias, como la fijación de la fecha de la Pascua y otras trivialidades parecidas que ya habían agitado vanamente los espíritus a finales del siglo III. Estas tendencias a la uniformidad fueron consideradas por los emperadores como un medio sumamente útil del que servirse para lograr la más completa unificación del Imperio. Contrariamente a lo que generalmente se dice, el Edicto de Milán no estableció el Cristianismo como religión del imperio. Esto vendría después, en el año 380 bajo Teodosio. El cristianismo no se convirtió en la religión oficial en tiempos de Constantino, pero devino la religión popular, la religión de moda, pues era la que profesaba el emperador. Tal popularidad, divorciada en muchos casos de motivos espirituales fue nefasta: «La masa del Imperio romano -escribe Schaff- fue bautizada solamente con agua, no con el Espíritu y el fuego del Evangelio, y trajo así las costumbres y las prácticas paganas al santuario cristiano bajo nombres diferentes»: «Sabemos por Eusebio -nos explica Newman (un cardenal Católico Romano)-, que Constantino, para atraer a los paganos a la nueva religión, traspuso a ésta los ornamentos externos a los cuales estaban acostumbrados. . . El uso de templos dedicados a santos particulares, ornamentados en ocasiones con ramas de árboles; incienso, lámparas y velas; ofrendas votivas para recobrar la salud; agua bendita; fiestas y estaciones, procesiones, bendiciones a los campos; vestidos sacerdotales, la tonsura, el anillo de bodas, las imágenes en fecha más tardía, quizá el canto eclesiástico, el Kyrie Eleison, todo esto tiene un origen pagano y fue santificado mediante su adaptación en la Iglesia» J. H. Newman. An Essay on the Development of Christian Doctrine, pp. 359, 360.

Esta situación preparó el camino a la promulgación del Cristianismo como religión oficial del Imperio romano. De manera que, los primeros edictos de Constantino y Licinio, proclamando la libertad de todos los cultos, no significaron el fin de la intolerancia religiosa sino que se convirtieron en las simples etapas iniciales de otra intolerancia que estaba en puertas. La plena libertad de conciencia que legalizaron los decretos de 313 y 314 era algo demasiado anticipado a los tiempos y pronto fue echada en olvido. Sirvió tan sólo para que, de alguna manera, Constantino lograra la introducción de la nueva fe en la legalidad del Imperio.

F. F. Bruce, pregunta con razón: «¿Qué tiene que ver todo esto con la misión del Siervo del Señor que Jesús pasó a sus seguidores? ¿Cómo podría el cristianismo llevar a cabo la tarea que le había sido encomendada y traer la verdadera luz a las naciones si afeaba de tal manera el mensaje que debía proclamar? Afortunadamente, como veremos, hay otro aspecto del cuadro; y es en éste otro lado que el progreso del Cristianismo auténtico se pone de manifiesto. Pero, con todo, hemos de reconocer que este progreso se ha visto seriamente retarda. do hasta nuestros días por la presencia de piedras de tropiezo -escándalos, para usar la palabra de origen griego-, colocadas por vez primera en el siglo IV y algunas de las cuales todavía hoy no hemos acertado a quitar».

Mas, como hemos dicho, la influencia fue recíproca. Además, cuatro siglos de predicación del Evangelio, pese a todas las imperfecciones de los cristianos, habían dejado una huella cuyas Influencias se notaban cada vez más en la vida social. La doctrina del hombre creado a imagen de Dios impuso restricciones a la costumbre de marcar a los esclavos en la cara y aún inició la serie de medidas que, finalmente, darían fin a la esclavitud misma. Comenzaron las medidas tendentes a la protección de los niños abandonados por sus padres ya la salvaguardia de la santidad del matrimonio. Pese a la infiltración del espíritu y las maneras paganas en la Iglesia, y pese a la propia decadencia espiritual de ésta, el poder del Evangelio hizo su impacto en el Imperio y aún más allá de sus fronteras. Pero, es en estas épocas cuando resulta más difícil el trazar la línea que distingue lo que es meramente institución eclesiástica y la que es la verdadera Ecclesia.

La libertad ganada con la sangre de los mártires y el sufrimiento de los confesores, se buscó a partir de entonces en las adulaciones y los conturbenios con el gobierno imperial. Sin darse cuenta, las Iglesias se debilitaron pues perdieron un elemento básico de la vida espiritual: la libertad moral. En aquel tiempo, no obstante, creyeron que por el contrario, hallaban su más grande emancipación.

Los concilios que tuvieron lugar inmediatamente después de la paz de Constantino, se resintieron de la intervención estatal que habría de coartar la plena libertad espiritual de los sínodos y la vida de la Cristiandad.

Para Constantino, el cristianismo vendría a ser la culminación del proceso unificador que había estado obrando en el Imperio desde hacía siglos. Había logrado que sólo hubiera un emperador, una ley y una ciudadanía para todos los hombres libres. Sólo faltaba una religión única para todo el Imperio. Para ello era preciso que hubiera igualmente una sola Cristiandad, uniformada al máximo posible. De esta manera, las discusiones doctrinales o disciplinarias de la Iglesia se convirtieron en problema de Estado.