TEMPLE: La vida cotidiana de los templarios en el siglo XIII

Georges Bordonove

CAPÍTULO I

DESTINO DEL TEMPLE

L

A orden del Temple alcanza el cénit de su irradia­ción y dominio a mediados del siglo XIII. Elegimos,por tanto, este período para describir no ya su «corteza» (según la llamativa expresión que utilizaron sus dignatarios y comendadores al acoger al postulante) sino su organiza­ción interna en sus diferentes niveles y en sus diversas estructuras.

Pero esta descripción sería incompleta e incluso incom­prensible si no relatáramos en primer lugar las especiales circunstancias de la creación del Temple y de su rápido crecimiento hasta el momento en que, enriquecido y célebre (si bien consagraba la mayor parte de sus inmensas rentas a la defensa de Tierra Santa), fue sustituyendo poco a poco a las autoridades laicas; esto es, al rey y a los barones de Jerusalén. Los templarios mantenían la presencia cristiana en Oriente junto a los teutónicos y a los hospitalarios a costa de numerosos sacrificios al declinar el espíritu cruza­do. Persistieron en su soberbia falta de realismo poniendo la reconquista de Jerusalén y la posesión del Santo Sepulcro por encima de sus intereses y de su seguridad, aunque pos­teriormente el realismo político suplantó a la espiritualidad. Se consideraron hasta el final caballeros de Dios, honra de la Iglesia y de la Cristiandad y mostraron un arrojo enér­gico frente a una situación desastrosa e incluso desesperada, aunque eran conscientes de que habían quedado desfasados Sin embargo, estaban profundamente orgullosos de ser los últimos defensores de Tierra Santa.

La ferviente admiración o casi veneración que se les tri­butaba se truncará en odio cuando finalmente sean expul­sados de Tierra Santa. Se elevarán voces de envidia en torno a sus encomiendas azuzadas por la avaricia. Pero ellos rechazarán o desdeñarán estos rumores: ¿Podían concebir acá so que el mismo mundo que los había forjado no se asemejara ya al de antaño o renunciara a lo sublime mientras que ellos se mantenían fieles a sí mismos? ¿Era posible que el viejo ideal caballeresco pereciera convirtiéndose en su pro­pia caricatura?

Su poder y su fortuna no dejaban de inquietar a los gobernantes. ¿En qué los emplearían si Jerusalén se había perdido sin remedio? Además había que encontrar un res­ponsable a este fracaso de Occidente. La astucia de Felipe el Hermoso y de sus partidarios consistió en achacarlo a los supuestos desfallecimientos, crímenes y vicios de los tem­plarios. No les faltaron cómplices: prelados secretamente hostiles a la orden y clérigos impacientes desde hace largo tiempo por recuperar los diezmos que habían tenido que sacrificar, además de un Papa inseguro de su elección por las intrigas del propio rey. Quizás Felipe el Hermoso tuvo algo de grandeza, pero encarnaba muy exactamente la an­ticruzada como falsificador de monedas y opresor de los judíos por necesidad.

El Temple representaba, por el contrario, todo lo que él execraba: la independencia, el desinterés, la aventura he­roica y la primacía de la fe. Era lógico que lo convirtiera en el chivo expiatorio. El proceso que arregló con mano maestra y las confesiones que sus verdugos arrancaron a sus prisioneros (sonsacadas a base de promesas falaces que se alternaban con amenazas y con el espectáculo de los tor­mentos infligidos a sus hermanos) han empañado para siem­pre la gloria de los templarios y falseado su historia. Desde entonces, y sobre todo en nuestra época, la mayor parte de los autores no han dejado de reconstruir ese proceso a pesar de su respeto a la verdad. Sólo se han preguntado hasta la saciedad si los templarios eran culpables, no si eran inocen­tes. Han vuelto a asumir indefectiblemente las directrices de la acusación inventadas por Felipe el Hermoso y sus juristas olvidando la obra templaría. Con esto sólo han con­seguido agravar las sospechas que un proceso injusto arrojó sobre la orden y engrosar el sistema con el que se arropaba.

Pero no hay necesidad de recurrir al esoterismo para justificar la discreción de los miembros del capítulo (por lo demás, común a todas las órdenes religiosas) ni tampoco a la alquimia para descubrir la fuente de las riquezas templa­rías. No faltan cartularios que retraten fielmente al filo de los años las actividades de la orden: cartas de donaciones, de compras y de intercambios; contratos de préstamos, re­gistros bancarios, transacciones y arbitrajes que ponen fin a los inevitables litigios inherentes a la gestión de dominios dispersos y a la percepción de los más diversos derechos.

La regla, ampliando y precisando en sus sucesivas ver­siones las disposiciones iniciales necesariamente un poco es­trechas, expone sin la menor ambigüedad la vida de los templarios en tiempos de paz y en tiempos de guerra, en las encomiendas de Oriente y en las de Occidente, en la elección del Gran Maestre y en la toma de hábito de un simple caballero o en la de un hermano sargento*, además de las obligaciones religiosas y la disciplina de la casa. De todo ello deducimos que permaneció inflexible hasta la tra­gedia final.

Los inventarios redactados por los síndicos de Felipe el Hermoso (pseudoguardianes de los bienes del Temple a la espera de su devolución por el Papa), o más bien los que liquidaron esta riqueza en beneficio del tesoro real, no son menos instructivos. En efecto, anotan el ganado de las en­comiendas, las reservas de grano y de forrajes, los barriles de cerveza y de vino, las provisiones, el material agrícola, los utensilios de cocina, los salarios de los criados y tareas desempeñadas por cada uno de éstos, e incluso el contenido de los cofres y los ornamentos de las capillas.

Hasta en las crónicas (en verso o en prosa, en latín o en francés antiguo) de la época sucede lo mismo: permiten extraer los hechos esenciales y hacerse una idea, por con siguiente, de la reputación de que gozaban los templarios, además de detectar aquí y allá las primicias de las rivalidades futuras y los gérmenes de las calumnias que terminarían por perderlos.

Aunque la regla del Temple constituye la base de este estudio, reclama una advertencia preliminar. Se compone de i cuatro partes cronológicamente diferenciadas: La Regla Primitiva aprobada por el concilio de Troyes en 1128, y su traducción francesa situada hacia 1140 y que comporta al­gunas variantes; las Retractaciones, que forman una compi­lación de usos y costumbres de la orden (hacia 1165); los Estatutos Jerárquicos que tratan principalmente de las cere­monias (1230-1240) y, por último, las Consideraciones, con­sagradas a la disciplina (faltas, gradación de penas, ejemplos jurisprudenciales) y que suelen fecharse entre 1257 y 1267. Como se indica más arriba, las Retractaciones, los Estatutos y las Consideraciones retoman los elementos de la Regla Primitiva: los desarrollan, los comentan e incluso los mo­difican en un afán evidente de adaptarlos a las circunstan­cias, en aras de una mayor eficacia. Los actualizan sin mo­dificar su espíritu salvo en raras excepciones. Este conjunto forma un auténtico código de derecho consuetudinario, es decir, no fijado en fórmulas abstractas sino que está en evo­lución permanente y, por tanto, es inteligente y vivo.

Porque estos hombres que eran algo así como los Qui­jotes de Cristo por la desmesura de sus sueños, conservaban el espíritu práctico: sabían ser al mismo tiempo organiza­dores sin par. Su grandeza se halla en esta dualidad casi institucional: monjes pero soldados, héroes pero contables, mártires pero colonos, etc. Dualidad que quizás explica su escudo más conocido, que muestra a dos caballeros (con yelmos en las cabezas y lanzas apuntando hacia abajo) so­bre el mismo caballo: lo espiritual y lo temporal, el afilador que recorre los pueblos y el loco de Dios cabalgando sobre la misma montura, librando en realidad el mismo combate pero con medios diferentes, persiguiendo el mismo designio v bajo la misma divisa: Non nobis, Domine, non nobis, sed Tuo nommi da glonam: «Da gloria, no para nosotros, Se­ñor, no para nosotros sino para tu nombre…»

CAPÍTULO II

HUGO DE PAYENS

L

A primera cruzada predicada por Urbano II en 1095 levantó una adhesión masiva y entusiasta. Este éxito se explica de diferente manera según el estrato social que se considere. Para el pueblo menudo prendado de lo sobrena­tural y animado por la fe del carbonero, tomar la cruz para liberar los Santos Lugares significaba ganarse el paraíso por el camino más seguro. También hay que decir que para algunos significaba al mismo tiempo escaparse de eventuales persecuciones judiciales o sustraerse a los acreedores. Ade­más era para otros una huida de las presiones de una so­ciedad con estructuras que a partir de ese momento resul­tarían demasiado rígidas, ya que difícilmente se podía as­cender a la clase superior si se había nacido en una clase social determinada, a menos que uno se hiciera hombre de Iglesia. Significaba por último (ya que todo se mezcla y a veces se contradice en la criatura humana) ceder a la atrac­ción de la novedad, partir hacia lo desconocido, descubrir ciudades nuevas y rostros nuevos.

A pesar de su aparente ingenuidad, los hombres de esta época no tenían en absoluto una psicología menos diversi­ficada ni menos rica que la nuestra. Más bien al contrario. Las perspectivas eran todavía mejores para los hidalgos del campo y los burgueses de las ciudades, es decir, para la clase media. Si la Iglesia prometía la remisión total de los pecados, esta sagaz conocedora de hombres no prohibía con ello la circunstancia de adquirir honores terrestres (esto es bienes materiales) recuperados evidentemente a los infieles. Por tanto, la cruzada ofrecía al noble modesto la posibilidad de apoderarse de tierras y plazas fuertes o de forjarse algún buen feudo, en suma, de ascender en la jerarquía feudal. En lo tocante a los príncipes, es decir, los grandes feudatarios y amos de las provincias que tenían prerrogativas casi reales en toda la extensión de su territorio, su ambición se correspondía con su importancia: de ahí las rivalidades que surgieron días después de las primeras victorias, o la prisa que mostraron en apoderarse por cuenta propia de ciudades fuertes, de ricos territorios inmediatamente erigidos en Estados casi independientes (Edesa, Antioquía y Trípoli).

Para las cabezas pensantes, estrategas y políticos o jefes de estado, el objetivo principal consistía en dominar el Is­lam. Los musulmanes dominaban la mitad de la península ibérica (y en este territorio la guerra era casi permanente aunque habían sido expulsados no sin esfuerzo del territorio francés. Al este de Europa, su presión se acentuaba sobre el Imperio Bizantino en vías de descomposición. Plantar una pica en el flanco del Islam significaba a la vez socorrer a Bizancio e impedir que tarde o temprano los musulmanes invadieran Europa, dirigiéndose hacia Italia (esto es, hacia Roma) por el norte. De ahí las reiteradas arengas de los papas a los caballeros y mercenarios para que arren­daran sus servicios a los basileos. Pero Urbano II había sido todavía más claro en Clermont: «En efecto, es urgente -había dicho- que os apresuréis a socorrer a vuestros hermanos que habitan en Oriente y que tienen gran necesidad de la ayuda que excelsamente les habéis prometido tantas veces. Los turcos y los árabes se han precipitado sobre ellos, como seguramente habréis oído contar varios de vosotros, y han invadido las fronteras de la Romanía hasta ese lugar del Mediterráneo llamado Brazo de San Jorge, extendiendo cada vez más sus conquistas sobre las tierras cristianas…» (Fulquer de Chartres, Historia de las cruzadas). En un principio y a este nivel, se trataba de reconquistar las tierras que poco antes habían pertenecido al emperador de Bizan­cio conquistadas ahora por los musulmanes y entre las que, desde luego, se encontraban los Santos Lugares. Pero no hace falta precisar que la masa de cruzados ignoraba lo que significaba el emperador de Bizancio y sólo tenía un móvil: reconquistar Jerusalén, orar sobre el Santo Sepulcro y re­correr descalzos el camino del Gólgota. Porque todas estas buenas razones no deben hacernos olvidar que, a la postre, la fe seguía siendo el resorte esencial de la cruzada. Una fe presente, plena de vida y vivida de tal modo que, ante la patética llamada del Soberano Pontífice, convierte a apaci­bles feligreses en soldados de Cristo y al humilde peregrino de paz en peregrino de guerra, de una guerra que, de re­pente, se hace dinámica y militante, inflamando los corazo­nes y arrastrando por los caminos a multitudes ingentes.

Pero hay que añadir, para ser exacto, que esa exaltación de los corazones tan espontánea fue posible porque la idea de la cruzada estaba ya en el ambiente. Europa, emergiendo por fin de siglos de anarquía, tomaba conciencia de su fuer­za y, como ocurre en casos semejantes, experimentaba una necesidad de expansión. Había que ampliar las fronteras y dar salida al exterior a muchas fuerzas que no se empleaban, para evitar el riesgo de destruirse unos a otros por territo­rios insignificantes. Los textos muestran que también se ha­bía tenido en cuenta esta perspectiva. Al enviar a la pequeña nobleza batalladora y a los aventureros de todo tipo a com­batir a Tierra Santa, se depuraba la sociedad y se ofrecía cada vez más la ocasión de redimirse e incluso de ganar el paraíso: una operación beneficiosa por partida doble.

Existía una variedad de cruzada lo bastante peculiar como para que le otorguemos una mención especial: la de los armadores y los grandes comerciantes italianos de Venecia, de Génova o de Pisa, con afán de lucro desmedido que, desprovistos de escrúpulos, veían en la cruzada la oportu­nidad inesperada de entrar en los mercados de Oriente y la posibilidad de asegurarse sus puertos. Este tipo de cruzadas rindieron servicios considerables e interesados, y en el período decadente del reino de Jerusalén no vacilaron en provocar guerras intestinas para defender sus posiciones comerciales.

La otra cara de la cruzada, es decir, el aspecto humano, es otro punto sobre el que conviene insistir. Una vez que se había tomado la decisión y pasado el gran momento de euforia colectiva uno se volvía a encontrar cara a cara consigo mismo y con los suyos, enfrentándose con problema angustiosos y precisos, a pesar de las garantías proclamadas por la Iglesia. En efecto: se trataba de equiparse, de armarse, de reunir el dinero para subsistir durante el viaje. Había que poner en orden los asuntos personales y organizarse en previsión de una larga ausencia y de un hipotético regreso. También había que encontrar en uno mismo el coraje suficiente para mantener una promesa (quizás dada un poco la ligera, o tal vez lamentada), para renunciar a las costumbres, incluso a las dependencias de una existencia mediocre pero magnificada por la proximidad de la partida y, sobre todo, para separarse de los seres queridos. El monje Fulquer de Chames, futuro capellán del rey de Jerusalén, fue testigo de estas partidas, percibiendo el drama con intensidad. Su sincera emoción se traslucía en estas líneas:

¡Oh, cuántos corazones que se unían estallaron de dolor, exhalare suspiros, vertieron lágrimas y ahogaron gemidos…! En sus adioses postreros, el marido anunciaba a su mujer la época de su regreso, le aseguraba que, si seguía con vida, vería de nuevo su país y a ella al término de tres años; la encomendaba al Altísimo, le daba un tierno beso y prometía regresar; pero ella, que temía no volverle a ver más, abrumado por el dolor no podía mantenerse en pie, caía casi sin vida tendida sobre la tierra y sollozaba sobre el amigo que ella perdía en vida como si estuviera muerto; entonces, él, como un hombre que no tuviera ningún sentimiento de piedad, aunque ésta henchía su corazón, parecía que no se dejaba enternecer por las lágrimas ni de su esposa, ni de sus hijos ni de sus amigos fueran quienes fuesen, a pesar de que estaba conmovido en el fondo de su corazón, y partía dando muestras de un alma firme y dura…

Quienes deseen llegar al fondo de la mentalidad real de los cruzados, saber de qué pasta humana solían estar hechos y conocer los inmensos sacrificios y los hechos de armas que discurrían bajo la exaltación (esto es, su drama secreto), que observen con atención las enlazadas estatuas yacentes del viejo Hugo de Vaudemont y de su mujer Adelina que se conservan en la iglesia de los franciscanos de. Nancy*. Esta escultura nos conmueve más que el testimonio del mon­je Fulquer por su simplicidad y autenticidad. Hugo había partido a la cruzada en uniforme de guerra con sus fuertes caballos y sus escuderos. Él también había prometido a su esposa Adelina regresar al término de tres años. Uno a uno, todos sus compañeros habían vuelto a su patria sin traer ninguna noticia suya. Se le creía muerto. Pero después de catorce años reapareció, no ya como señor de guerra, sino como peregrino de paz, viviendo de limosnas y a pie, con­vertido, a costa de quién sabe cuántos sufrimientos y al final de quién sabe cuántas meditaciones interiores, en un ser no violento y esperando sólo recuperar su tierra natal y a su mujer.

Una vez que ambos hubieron muerto, un artesano de la ciudad talló su doble efigie en la ruda piedra local. Él viste su deshilachado y agujereado traje de peregrino, un triste bonete, zapatos gastados de tanto caminar, la bolsa y el bastón. Ella, una larga túnica monjil y trenzas juveniles -detalle sorprendente- que caen de su almidonada cofia. Ambos se mantienen apretados uno contra otro, se estre­chan ante la muerte como lo habían hecho en vida con las manos sobre los hombros y sobre el torso. En suma, el genial artesano no ha hecho más que eternizar el instante preciso de su reencuentro. Reconociéndose al final del viaje y recuperando intacta la enorme ternura que no habían de­jado de sentir el uno por el otro -a pesar de la ausencia y de las tribulaciones, o precisamente a causa de ellas-, están como soldados en una sola carne sin poder alejarse ni desprenderse. Y, desde luego, es esto lo que sugiere el rudo cincel. El alma fuerte y tierna de los cruzados aflora y palpita en el grano de esta piedra. Pocos mensajes nos ha dejado la Edad Media que sean más significativos y más violentamente fraternales.

La conquista de Jerusalén

Como era de esperar, la cruzada popular (que fue primera en partir y era una inmensa cohorte de a pie conducida por Pedro el Ermitaño y el caballero Gualterio sin Haber) se dejó masacrar. La cruzada militar se puso en movimiento al año siguiente (1097), realizando cuatro itinerarios según los puntos de reunión: Godofredo de Bouillón pasó por Hungría y Bulgaria; Roberto de Flandes por los Alpes e Italia; Raimundo de Saint-Gilles-Toulouse Italia, Dalmacia, Albania y Salónica, y Bohemundo de Tarento y su sobrino Tancredo llegaron por mar. La unión de estos cuatro ejércitos se realizó no sin inquietar al emperador bizantino Alejo Comneno, sobre todo si tenemos en cuenta que la cruzada popular dejaba un penoso recuerdo. Las disputas de los barones francos con el basileus suscitaron desde el comienzo un clima de desconfianza recíproca que acarrearía graves consecuencias. Sea como sea, los cruzados se abrieron paso hasta Antioquía, que capitule en 1098. Enseguida dominaron el valle del Orontes, siguieron por la costa de Trípoli hasta Jaffa, y tomaron Jerusalén al asalto el 15 de junio de 1099. Eligieron inmediatamente a Godofredo de Bouillón como rey de Jerusalén, pero éste rechazó ceñirse la corona de oro en los mismos lugares en que Cristo había llevado la corona de espinas; sólo aceptó el humilde título de Procurador del Santo Sepulcro. Una vez realizada su labor, los cruzados volvieron a partir en masa para Europa. No pudieron retenerles ni las exhortaciones de los sacerdotes ni las promesas de fastuosos feudos. El Procurador del Santo Sepulcro permaneció en su protectorado con trescientos caballeros y algunos millares de hombres de a pie: un puñado de voluntarios frente a los musulmanes felizmente divididos y que todavía no habían comprendido que los francos les hacían una Guerra Santa, Godofredo corrió de una batalla a otra a la cabeza de esta pequeña tropa, anexionó Galilea y Judea y creó el princi­pado de Tiberiades que confió a Tancredo de Tarento. El tío de este último se había establecido en el principado de Antioquía y Balduino de Bolonia, hermano del Procurador, detentaba más al norte el condado de Edesa. Godofredo murió un año y tres días después de su entrada en Tierra Santa, consumido por esfuerzos realmente sobrehumanos. Balduino de Bolonia confió entonces su condado de Edesa a su primo Balduino del Burgo y se dirigió a Jerusalén. Llegó allí a finales de año habiendo corrido los peligros más extremos. Su coronación tuvo lugar en Navidades.

Durante los dieciocho años de su reinado, Balduino I no cesó de guerrear. Aprovechándose de la rivalidad entre los fatimíes de El Cairo y los selyúcidas de Damasco, tomó Arsuf, Cesárea, San Juan de Acre, Beirut y Sidón, ocupó la Transjordania, donde construyó el castillo de Montreal, y ascendió hasta el Mar Rojo, cortando así la gran ruta de caravanas hacia La Meca. Al mismo tiempo, había rechaza­do cuatro contracruzadas turcas… Al norte del reino, el conde de Saint-Gilles se apoderaba de Tortosa y de Byblos, y luego de Trípoli.

Pero se va a acabar el período conquistador. Hasta la muerte de Balduino I, los cruzados han revoloteado de vic­toria en victoria deslumbrando al estupefacto enemigo. Exal­tados por la fe, seguros de librar una guerra justa y despre­ciando la muerte, gritaban en el momento de la batalla como lo relata Fulquer de Chames: «¡Cristo vive, Cristo reina, sólo Cristo impera!» Balduino II (que había abdicado de su condado de Edesa en beneficio de Jocelin de Courtenay) sólo pudo mantener intacto el pequeño reino a pesar de poseer un talento real y el mismo coraje que sus predece­sores. Salvó el principado de Antioquía, pero no pudo sitiar Damasco por falta de medios, ya que los árabes se habían recuperado de nuevo. También ellos harán la Guerra Santa pocos años después. En adelante, la falta de efectivos no dejará de paralizar las iniciativas francas, colocándoles en situación trágica en caso de derrota e impidiéndoles explotar a fondo sus victorias. Toda persecución del adversario derrotado fuera de sus bases les será o correrá el riesgo serles fatal. Balduino II analizaba perfectamente la situación cuando se dedicaba a reforzar la implantación franca, una parte, y a dividir a los musulmanes por otra, alternando así la guerra y la diplomacia. Pero sus esfuerzos sólo desembocaron en la consolidación del pequeño reino y la estabilización de la frágil conquista. Sin embargo, la inseguridad era tal que él mismo fue capturado durante una partida de caza. Podemos imaginar los riesgos que corría gente corriente que marchaba a Jerusalén desde cualquier puerto: el campo y las encrucijadas de los caminos estaba infestados de ladrones, cuando no de asesinos.

Algunos caballeros gratos a Dios…

Es justo aquí cuando interviene Hugo de Payens (futuro primer señor del Temple), y en estas circunstancias nace famosa orden. Son principios oscuros, casi anónimos, de humildad abrumadora y que, desde luego, apenas dejaba prever que el Temple se convertiría en una potencia internacional. El buen obispo de San Juan de Acre, Santiago di Vitry, lo cuenta en este estilo de «iluminado»:

Tras estos acontecimientos y mientras que ricos y pobres, jóvenes y doncellas, viejos y niños acudían a Jerusalén de todas partes del mundo para visitar los Santos Lugares, bandidos y salteadores infestaban los caminos públicos, tendían emboscadas a los peregrinos que avanzaban sin desconfianza, despojando a gran número de ellos e incluso masacraré do a algunos. Caballeros agradables y devotos de Dios, ardientes di caridad, que habían renunciado al mundo y se habían consagrado al servicio de Cristo, hicieron profesión de fe y votos solemnes bajo las manos del patriarca de Jerusalén, a defender a los peregrinos de estos bandidos y hombres sanguinarios, a proteger los caminos públicos, a combatir para el Rey Soberano viviendo -como canónigos regulares- en la obediencia, en la castidad y sin propiedades. De todos ellos, los principales fueron dos hombres venerables y amigos de Dios: Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer. Al principio sólo fueron nueve los que tomaron una resolución tan santa. Sirvieron bajo el hábito seglar durante nueve años llevando los vestidos que los fieles les daban a título de limosna. El rey, los caballeros y el señor patriarca, henchidos de compasión por estos nobles que habían abandonado todo por Cristo, les mantuvieron con sus propios recursos y seguidamente les confirieron algunos beneficios y algunas propiedades por la salvación de sus almas. Como todavía no tenían iglesia a la que pertenecer ni residencia fija, el señor rey les concedió por un tiempo una pequeña habitación en una parte de su palacio, cerca del templo del Señor. El abad y los canónigos del mismo templo les dieron también para las necesidades de su servicio el lugar que poseían junto al palacio del rey; corno desde entonces tu­vieron su morada cerca del templo del Señor, enseguida fueron denomi­nados caballeros del Temple…

Guillermo de Tiro, un poco menos elogioso en su cró­nica, sostiene que cuando hicieron profesión de fe les «fue encomendado por el señor patriarca y por los demás obis­pos, trabajar con todas sus fuerzas para la remisión de sus pecados, en la protección de senderos y caminos». Sostiene también que, al cabo de nueve años de existencia, los pia­dosos guardianes de Palestina seguían siendo nueve. Pero hay que decir que Guillermo de Tiro detestaba a los tem­plarios y que se esforzaba por minimizar su papel. Cuando Santiago de Vitry escribió su propia relación sobre las cru­zadas, copió grandes partes pero, conociendo íntimamente a los templarios y habiéndoles visto manos a la obra en su diócesis de Acre, no compartió su juicio con respecto a ellos. Muy al contrario: ha contribuido a restituir el clima casi legendario que rodeaba a los principios del Temple y ha querido hacernos compartir su admiración. Lo que pa­rece indudable es la extrema modestia de los comienzos de la Orden.

Mientras que muchos cruzados sólo soñaban con volver a sus hogares dejando Jerusalén y Tierra Santa a merced de los infieles, y otros buscaban establecerse en algún señorío o se hacían fuertes en sus castillos, un grupo de voluntarios decidió quedarse, tras la iniciativa de Hugo de Payens. Eran piadosos caballeros que no pedían más que la autorización para escoltar a los peregrinos, vigilar los caminos en sus tramos más peligrosos y, si se presentaba la ocasión, echar una mano al rey de Jerusalén. Cuando no luchaban o montaban guardia en la ruta de Caifas a Cesárea (tramo detestable), celebraban los oficios. Eran ya monjes soldados, pero sin ningún signo distintivo, sin bienes y sin jerarquía ni prerrogativas de ninguna especie. Y ya estaban al margen de la sociedad laica (en virtud de su profesión de fe) y la Iglesia (a pesar de que habían profesado), porque iban en ropas de guerra y vertían sangre. Y este dualismo ya resultaba inquietante. Pero las almas de la época eran de una textura tal que se sentían atraídas por ellos, por su ejemplo y abnegación. Y había más todavía: como caballeros de Dios a perpetuidad (o si se prefiere, cruzados permanentes) encarnaban a la perfección el ideal caballeresco en su aspecto más refinado e intransigente. El antiguo precepto de caballería recomendaba evitar todo trato con los traidores, proteger a los débiles, respetar los ayunos y las abstinencias, escuchar misa todos los días, evitar el orgullo, permanecer casto de cuerpo y espíritu, y verter sangre por defender la Iglesia. Los caballeros de Hugo de Payens quisieron tratar de mantener esta imposible apuesta de conciliar el honor y la fe.

La Iglesia, cuya influencia sobre la evolución de las costumbres era determinante y que se esforzaba por canalizar y moralizar los instintos bélicos de la casta nobiliaria, así como por poner fin a los conflictos privados, sólo podía alentar esta tentativa. Los templarios encarnaban un modelo que ella no había dejado de proponer. Y, por otro lado, los que guardaban algo de generosidad en su corazón (había muchos entonces) se daban perfecta cuenta de que a partir de ese momento el grupo de Hugo de Payens constituiría la élite inimitable. Los deseos de perfección (que hasta ese momento parecían inalcanzables), las aspiraciones más secretas y los sueños nacidos de los viejos poemas heroicos convergían en ella. Como diría después San Bernardo, una nueva caballería acababa de nacer, cuyos miembros no querían para sí ni bienes ni gloria. La realización, la culminación y la cima más alta de toda caballería se encontraba allí y no en otra parte.

Vincularse a una orden y salvarse a través de ella, se convirtió para aquellos hombres de guerra y para los rapaces feudales -a poco que vieran claro en sí mismos y se arrepintieran de sus faltas- en la única tabla de salvación. Era la única promesa digna de ser mantenida, el único avan­ce, la única grandeza que se podía codiciar, la flor de toda plegaria. Sólo esto bastaría para explicar su éxito inmediato y para evidenciar que el cronista Guillermo de Tiro lanza, por malevolencia, una falacia cuando afirma que, tras nueve años de actividades, los compañeros de Hugo de Payens seguían siendo sólo nueve. De otro modo, el apoyo que les proporcionaron simultáneamente el patriarca de Jerusalén y sus canónigos, y el rey de Jerusalén y sus barones, no ha­bría sido tan inmediato y caluroso.

Pero, ¿quién fue el extraño individuo que tuvo la idea de esta caballería monástica? Apenas se le conocía. Casi no dejó más pistas que la de haber sido el inventor de los templarios y su primer maestre. No obstante, sabemos que era un caballero de la región de la Champaña de cierta re­levancia, ya que figuraba en calidad de testigo en dos documentos de Hugo de Troyes, fechados en el año 1100. Algunos autores sugirieron incluso que procedía de la casa de Champaña. La ciudad de Payens de la que tomaba el nombre, se encuentra a doce kilómetros de Troyes, capital de la provincia y residencia habitual de los condes.

Encontramos la misma falta de precisiones sobre sus pri­meros compañeros y sobre su lugarteniente Godofredo de Saint-Omer, del que sólo sabemos que era un caballero flamenco. Pero sabemos también que, desde el comienzo, aco­gían a caballeros-huéspedes que servían a plazo fijo: en 1120, Fulquer de Angers figuraba entre los «cofrades» del Temple. Sabemos, además, que en 1126 Hugo de Champaña se hizo templario, tras dimitir de su cargo y ceder su condado a su sobrino Teobaldo, ya conde de Brie. San Bernardo, decepcionado y lamentando no haber acogido a Hugo en el monasterio de Claraval, le escribió: «Si para el servicio de Dios has pasado de conde a caballero y de rico a pobre, te felicitamos por tu progreso como es justo y glorificamos a Dios en ti, sabiendo que es una mudanza a la mano derecha del Señor. Por lo demás, confieso que no soportamos ce paciencia estar privados de tu gozosa presencia por no qué justicia de Dios… ¿Podremos olvidar la antigua amista, y los beneficios que con tanta largueza aportas a nuestra casa?» Adhesión preciosa para los templarios, en razón misma de las buenas relaciones de Hugo de Champaña y San Bernardo, y de su antigua generosidad, que precisamente había permitido la fundación del monasterio de Claraval. Porque San Bernardo -cuya autoridad era inmensa en los medios eclesiásticos y cultivados del tiempo- jugará un papel capital, determinante, en favor de la orden naciente. Sin duda, no habría apoyado tan rápida y completamente este movimiento insólito -«revolucionario» estamos tentados de escribir- con su pujante autoridad, si las relaciones de amistad, los recuerdos comunes e incluso los parentescos no hubieran facilitado las aproximaciones.

Por tanto, en un primer momento -un momento ira breve- el rey Balduino II hospedó a los monjes-soldados en una sala de su palacio, es decir, de la mezquita de El Aqsa, sobre la enlosada explanada de lo que entonces se denominaba Templo de Salomón. En 1120 el rey Balduino II transferirá la residencia real a la Torre de David, más fácil de defender y fortificar. Dejó a los templarios la libre disposición de su ex-palacio, cosa que prueba hasta la evidencia que eran más de nueve un año después de su creación. Fue aquí donde se instaló la casa presbiterial de orden, de donde, de milites. Chridti (Caballeros o soldados de Cristo) pasaron a tomar el nombre de caballeros del Temple o templarios. De ahí que uno de sus sellos representé el Templum Salomonis. Balduino II, siempre escaso de efectivos militares, comprendió perfectamente el beneficio que significaba la cofradía naciente: nada menos que un pequeño ejército permanente, un cuerpo de élite susceptible de intervenir a la primera señal. Según el sistema feudal, no disponía de un ejército en el sentido moderno del término, sino del concurso más o menos eficaz de sus barones y de sus hombres. Corría el riesgo de sufrir una catástrofe, hundimiento inmediato y total a consecuencia de la dispersión de sus fuerzas y del retraso producido en su «movili­zación» en caso de un ataque repentino y masivo por parte el adversario. Apoyó entonces la iniciativa de Hugo de Payens con todo su poder y toda su inteligencia, que era viva y penetrante. Sin duda los templarios proseguirían su primigenia misión de guardia religiosa y continuarían protegiendo a los peregrinos entre Caifas y Cesárea, pero era primordial que nutrieran también un cuerpo permanente el que el rey de Jerusalén pudiera disponer para la defensa de Tierra Santa. En ese caso había que procurarles todos os medios, ya que los templarios no existían institucionalmente y no tenían vestidos específicos ni reglamento propio. Todavía la Iglesia no les había reconocido. Indudablemente su estado de monjes-soldados despertaba las sospechas de algunos eclesiásticos y provocaba las primeras críticas, es decir, el escarnio de los clérigos. Si se deseaba que Temple prosperara y que su reclutamiento no fuera sólo local había que interesar en ello a Occidente y obtener en primer lugar la aprobación pontificia.

Por tanto, en otoño de 1127 Balduino II envió a Hugo Payens y a algunos de sus compañeros a Europa con cartas de presentación. Una vez más es labor nuestra tomar ¡a leyenda por imperfecta: ¿habría confiado Balduino II esta misión diplomática a Hugo de Payens si éste hubiera sido tal y como aquélla propone (un pobre caballero almibarado, todo humildad y un tanto simplón)? Y es que se trataba na­da menos que de convencer al Papa y a los prelados que le rodeaban. La forma en que Hugo de Payens desempeñó su papel, los planteamientos que llegó a desplegar y la au­toridad de la que supo revestirse atestiguan por el contrario la calidad de su inteligencia, la sutileza de un espíritu su­perior además de una voluntad a toda prueba. Sin duda era un guerrero (lo había demostrado), pero también un orga­nizador y un pensador en acción. El Papa Honorio II le escuchó con benevolencia e incluso se dice que con defe­rencia. Pero según el método romano, evitó tomar partido antes de consultar a las órdenes monásticas que eran, sobre todo, las principales interesadas, ya que los templarios querían ser conventuales.

Hay que admitir que su fórmula planteaba un problema espinoso desde el punto de vista canónico. No tenía precedentes en ningún período ni en ninguna región, era completamente nueva y de inspiración totalmente francesa. Todavía nadie había imaginado que los monjes pudieran re­partir su tiempo entre la oración y la guardia, o entre los oficios y los combates, ni que los monasterios fueran mismo tiempo fortalezas vigiladas militarmente. De ahí perplejidad de Honorio II que, sin menospreciar la utilidad de los templarios ni las buenas intenciones de su creador, no sabía en qué clase colocarles, ni a qué orden ligarles, ni qué regla aplicarles entre las que regían los conventos aquel entonces. Como consecuencia encargó el asunto mariscal Mateo de Albano, un francés antiguo prior de Saint Martin des Champs en París. El cardenal fue enviado Francia a principios de 1128 con el título de legado pontificio. Por su parte Hugo de Payens había entrado en contacto con San Bernardo, abad de Claraval, siguiendo instrucciones o consejos de Balduino II. Gracias al santo el asunto templario dio un paso de gigante y la Champaña se convirtió en la cuna de la orden y en su trampolín Occidente. Él se encargó de organizar el concilio y en la ciudad de Troyes como lugar de reunión, poniendo la balanza toda su pujante autoridad, y su pluma y su corazón a disposición de los templarios antes de celebrar alabanzas en páginas que se hicieron famosas.

El concilio de Troyes

El concilio se reunió en la catedral de Troyes el 14 enero de 1128, día de San Hilario, como especifica el secretario Jean Michiel, encargado de establecer el proceso verbal. Y enumera con detalle a los participantes: Mateo, obispo de Albano y legado del papa, presidente; a continuación Reinaldo de Martigné, arzobispo de Reims; el arzobispo de Sens, Enrique de Sanglier, y sus sufragáneos; Grocelino de Vierzy, obispo de Soissons; Esteban de Senlis, obispo de París; Hatton, obispo de Troyes; Juan, obispo de Orléans; Hugo de Montaigu, obispo de Auxerre; Burcardo, obispo de Meaux; Erleberto, obispo de Chálons; Bartolomé de Vir, obispo del Laón; Reinaldo de Semur, abad de Verdelai (Vezelay), futuro arzobispo de Lyon y legado del papa; Este­ban Harding, abad del Císter; Hugo de Mâcón, abad de Pontigny; Guido, abad de Troisffons (Trois-Fontames); Ursión, abad de Saint-Rémy de Reims; Herberto, abad de Dijon; Guido, abad de Molesmes; y Bernardo, abad de Claraval. Es decir, dos arzobispos, ocho obispos y ocho abades, independientemente del secretario Jean Michiel y de otros clérigos. Tomaban igualmente parte en los debates a título de consejeros civiles y militares: Teobaldo IV, conde de Champaña, de Brie y de Blois (llamado «el grande»); Guillermo II, conde de Nevers, de Auxerre y de Tonnerre; Andrés de Baudemant. La mayoría de dichos prelados y bades mitrados están relacionados, de cerca o de lejos, con orden de San Benito. Su pensamiento es de inspiración completamente cisterciense.

Fue ante esta impresionante asamblea de teólogos y de grandes señores donde el maestre del Temple y sus compañeros (a saber: Godofredo de Saint-Omer, Payen de Montdidier, Archambaldo de Saint-Amand -de quien sabe­mos poca cosa-, y los hermanos caballeros Godofredo Bisot y Rolando -o Rotaldo o Roraldo- de quienes tampoco sabemos más que acompañaban al fundador de la or­den) hubieron de comparecer bajo las bóvedas de la catedral en el resplandor de los cirios de esta mañana de enero. No debió ser cosa fácil tomar la palabra, plantear los principios y los primitivos usos del Temple, mostrar sus beneficios y su utilidad en Tierra Santa, o responder a las objeciones y convencer a la asamblea. Suponía una buena dosis de habilidad y de elocuencia. Es cierto que San Bernardo vigilaba que, aunque aparentemente no fuera más que un padre conciliar entre los otros, dirigía los debates. Pero en cuanto al papel asumido con propiedad por Hugo de Payens, el testimonio de Jean Michiel es determinante: «Acerca de manera y establecimiento de la orden de Caballería escuchamos en común capítulo, de boca del antes dicho maestre Hugo de Payens; y según el conocimiento de la pequeñez de nuestra consciencia, alabamos lo que nos pareció bueno y aprovechable y desechamos lo que nos parecía sin razón>.

Esto significa claramente que Hugo de Payens relató ante el concilio las circunstancias de la fundación del Temple y que, artículo por artículo, expuso sus usos y costumbres. El concilio retuvo lo que le parecía bueno y desechó lo que le parecía malo. Resumiendo: aportó las modificaciones que le parecían necesarias. Incluso el secretario tomó la molestia de añadir: «Aquello que no pudimos juzgar lo dejamos a la discreción de sire Papa Honorio, de Esteban, patriarca de Jerusalén, ya que este último conocía mejor que nadie las necesidades del servicio en Tierra Santa». Es por tanto inexacto decir que el concilio de Troyes «dio» su regla a los caballeros del Temple. Esta regla preexistía ya bajo una forma lo suficientemente precisa como para que los Padres conciliares hubieran podido examinarla con detalle. Su aportación esencial fue adaptar los usos costumbres primitivos a las instituciones propiamente religiosas en vigor en los conventos. Encargaron al abad Claraval que redactara su texto que, tras algunos retoques no tardaron en aprobar. Está claro que San Bernardo se inspiró en la regla de San Benito, reproduciendo frases enteras, si bien mantuvo plenamente lo esencial del dispositivo templario. Redactada en latín, esta regla comprende-independientemente de su prólogo- sesenta y ocho artículo y comienza por una exhortación a las obligaciones religiosas de los templarios:

Vosotros que habéis renunciado a vuestras propias voluntades, vosotros que servís al soberano rey con caballos y armas para la salvación vuestras almas, velad universalmente para oír maitines y todo el servicio completo según el establecimiento canónico y el uso de los maestros regulares de la santa ciudad de Jerusalén…

Esta obligación tiene un carácter absoluto y una única excepción netamente definida que marca la primacía del servicio divino sobre el servicio militar. Primacía cuyo objetivo era exaltar la fe, a fin de prepararse a morir por ella instantáneamente. «Ahíto de la carne de Dios y ebrio y penetrado de los mandamientos de nuestro Señor, tras el final del servicio divino, que nadie se espante de ir a la batalla sino que se disponga para la corona», es decir, que esté dispuesto a recibir la corona de mártir. Exhortación que se une al prólogo que es de una grandeza tal que uno no puede dejar de extraer estas frases que ayudarán mejor a captar el espíritu que animaba el Temple:

Hablamos principalmente a aquellos que desprecian sus propias voluntades y que desean con ardor servir de caballería al rey soberano, y que, con aplicado esmero, desean llevar y llevan la muy noble armadura la obediencia. A vosotros que pertenecisteis a la caballería seglar sin que Jesucristo fuera todavía la causa, ya que la abrazasteis por favor humano, os amonestamos a que sigáis a aquellos que Dios extrajo de la usa de perdición y a los cuales mandó, por su amorosa piedad, defender Santa Iglesia, animándoos a que os apresuréis a uniros a ellos a perpetuidad… la orden de caballería ha florecido y resucitado en esta religión.

Y se prometía a quienes hicieran esta difícil elección y atuvieran a ella, que estarían en compañía de los mártires.

La regla primitiva

En un principio, sólo era aplicable a un grupo restriñ­ido, pero, al ampliarse rápidamente, reclamará soluciones circunstanciales y, por tanto, disposiciones compleménta­las. Ya que el objetivo principal de esta obra es el estudio le la vida templaría a mediados del siglo XIII, parece superfluo analizar la primera regla de manera demasiado detallada. Sin embargo, es conveniente recordar sus líneas maestras.

Ante todo, la regla subordinaba el Temple a la autoridad eclesiástica, lo cual es normal por tratarse de un convento, pecro además designaba al patriarca de Jerusalén, a quien otorgaba incluso el poder de colmar las eventuales lagunas del texto conciliar. Como consecuencia, sometía a los templarios a los tribunales eclesiásticos. Sus obligaciones religiosas, por otra parte, no podían ser las de una orden contemplativa. Los templarios debían participar en los oficios celebrados por los clérigos regulares de Jerusalén, aunque se exceptuaba a aquéllos que se encontraran fuera de la madre efectuando algún servicio, y que podían reemplazar los maitines por el rezo de trece padrenuestros, las horas por siete y las vísperas por nueve. El oficio debía oírse en su totalidad. Además, la regla daba la relación de festividades y ayunos obligatorios.

La regla recomendaba prudencia cuando se trataba de aceptar a un nuevo hermano. Al postulante se le debían leer los mandamientos de la casa para que supiera exactamente a lo que se comprometía. Después de un tiempo de prueba el maestre y los hermanos decidían si le concedían o le denegaban el hábito. Es curioso que la versión francesa omita dicha prueba y deje la decisión -inmediatamente seguida de la toma de hábito- a discreción del maestre y del capítulo. Asimismo, la regla latina parece prohibir el reclutamiento de caballeros excomulgados, mientras que la versión francesa muestra en este punto ciertas reservas. Quizás deba a que el traductor era un latinista mediocre. Pero puede ser también que los templarios quisieran ofrecer de modo una oportunidad de redención a los que, en muchos casos, eran condenados por los obispos en un arrebato de ira.

En lo tocante al ingreso en la orden, la regla prohibía formalmente que se acogiera a niños o a adolescentes pesar de que hubieran sido presentados por sus padres; prohibición que encuentra su evidente justificación en el rigor y el carácter irreversible del compromiso que se adquiría, que suponía, en efecto, una voluntad pronunciada con no conocimiento de causa y con entera libertad. Además coincidía con los preceptos en uso en la caballería, según los cuales no se debía armar caballeros a muchachos demasiado jóvenes e incapaces por su edad de llevar la armadura y sus accesorios, de manejar eficazmente la lanza y, sobre todo, la pesada espada: no se golpeaba con la punta sino con el filo y, por tanto, había que tener la fuerza suficiente para blandirla a brazo partido. Dicho de otra manera: uno tenía que tener veinte años aproximadamente o, en todo caso, tener una poderosa musculatura. La regla (que sin duda ratificaba una situación ya existente) dividía a los miembros de la orden en cuatro categorías o, por lo menos, sugería esta clasificación:

-    los caballeros

-    los sargentos y los escuderos

-    los sacerdotes

-    hermanos de oficios o artesanos.

Al principio no todos los hermanos caballeros prove­ían de la nobleza, en contra de lo que se ha afirmado. La obligación de ser caballero, hijo de caballero o supuesto como tal, se sitúa en un período en el que el reclutamiento ya no planteaba ningún problema. Hay que subrayar de la misma forma que los hermanos sargentos podían ser nobles, sobre todo si servían a plazo fijo. De todas formas era entre la clase media (hidalgos, campesinos y burgueses) donde el Temple tenía mayor éxito. ¿Es necesario añadir que esta clase era la que proporcionaba los «cuadros» a la so­ciedad de su tiempo?

Hay otro aspecto sobre el que quisiéramos insistir: la habilidad de los redactores de la regla, que se muestran constantemente circunspectos. No trataban de preverlo todo, y evitaban establecer barreras estrechas y estructuras rígidas: por el contrario, dejan una parte a la iniciativa con respecto a los arrendamientos, mezclando la firmeza con la flexibilidad. Rigor en los principios y mesura en su aplicación. De este modo, la regla otorgaba al maestre del Temple poder casi absoluto sobre los hermanos; sin embargo este estaba obligado a consultar al capítulo antes de tomar las decisiones. Por lo tanto, los Padres conciliares se guardaban de entrar en detalles sobre el poder magistral, o de dar imperativamente la composición del capítulo: el conjunto de los hermanos o los más sabios entre ellos segun caso y, se sobreentiende, el grado de urgencia. No querían entorpecer la acción personal del maestre y, por tanto, dejaban elegir a sus consejeros.

Se advertirá también que existían los hermanos de oficios (los que desempeñaban funciones domésticas), o de otra forma, los sirvientes. Podemos deducir de ello que en 1128, aquellos que se denominaban a sí mismos «Pobres Caballeros de Cristo» tenían a partir de este momento medios necesarios para mantener, es decir, para remunerar a sus servidores aunque éstos fueran poco numerosos, más, prescindir de auxiliares era casi imposible para caballeros. En campaña no podían transportar por sí mismos su impedimenta militar, aunque estuviera reducida estrictamente a lo necesario, ni mantener en buen estado sus mas y armaduras si tenían necesidad de repararlas, ni ocuparse de la numerosa caballería ni de sus accesorios: jaeces, bridas, sillas de montar, etc. Es evidente que, desde su principio, la casa madre de Jerusalén albergaba a los artesanos indispensables: herreros, guarnicioneros, panaderos, cocineros… unos habían profesado, otros servían a plazo fijo.

Los ropajes debían ser de un color uniforme; bien blanco o negro, o incluso en «buriel», es decir, gris amarronado. No obstante, los caballeros que habían profesado llevaban tanto en invierno como en verano el manto blanco -que era una larga capa- como signo distintivo que indicaba que estaban «reconciliados» con el Creador. El blanco es el color de la inocencia y de la castidad, resguarde coraje y de salud corporal. Esta reserva formal tenía como fin evitar que los caballeros-huéspedes, los escuderos y los que servían a plazo fijo («por misericordia») y que en ocasiones estaban casados, provocaran el escándalo y llevaran la desgracia al Temple cubriéndose con el manto blancos. Es muy probable que esta disposición fuera introducida Hugo de Payens tras algunos abusos. Por lo demás, la regla recomendaba simplemente la simplicidad. La indumentaria templaría no debía presentar nada «superfluo». Estaba prohibido llevar zapatos «de punta» (de punta retorcida) y pieles, salvo las de cordero y carnero. Ninguna búsqueda de elegancia, considerada fuente de orgullo: había que tener los cabellos cortos y la barba larga; las armas, jaeces y arreos debían ser sólidos pero sin ningún ornamento. En cuanto a la manera de vestir, nada distinguía ni siquiera al maestre.

La disciplina era severa, a la vez religiosa y militar, según el principio y el particular destino de la orden: había obligación de comer en silencio, y dos por cada escudilla en signo de humildad. Pero el régimen alimentario tenía en cuenta el hecho de que los templarios eran combatientes. En consecuencia, se limitaban los ayunos practicados en los otros conventos. Siguiendo la misma perspectiva, se desaconsejaba a los hermanos seguir los oficios de pie: debían reservar sus fuerzas para las patrullas y el combate.

En resumen, la regla de 1128 era una adaptación de los usos practicados por el Temple durante los nueve primeros años de su existencia a la regla de San Benito. Añadía poca cosa al reglamento inicial, pero oficializaba la cofradía y le confería el derecho de percibir diezmos y de poseer en propiedad dominios y feudos, según el sistema feudal.

Con la fuerza de las armas en Grañena

Los eruditos disputan bastante en vano sobre cuál fue provincia europea que recibió las primeras donaciones para el Temple. Dejando a un lado las «cartas» que todavía quedan por analizar, parece que la primera de ellas fue una donación aprobada en 1127 por el conde Teobaldo de Cham­paña y de Brie. Aunque no se pueda certificar, es probable que Hugo de Payens donara en el mismo período el feudo del que tomaba el nombre y que se convirtió en el centro de las primeras encomiendas. La aprobación de la regla en el concilio de Troyes y el ejemplo dado por el conde de Champaña acarrearon sin duda alguna los donativos más diversos, y parece que fue en esta época cuando se fundaron las grandes templerías de la Champaña. Pero durante el cur­io de estos mismos años nacerían las templerías languedocianas, provenzales, españolas, flamencas e inglesas: apenas clausurado el concilio, el maestre Hugo de Payens y sus compañeros se dispersaron encargándose cada uno de visitar una región determinada.

Hugo de Payens se dirigió a Normandía para encontrarse allí con el rey Enrique I, que le acogió con calor y le permitió cruzar a Inglaterra. El maestre recibió allí numerosas donaciones y fundó el Temple de Holborn. Se había dirigido a Anjou antes del concilio junto al conde de Fulquer, que había venido de Tierra Santa para desposar a su hijo con Matilde, hija del rey de Inglaterra: este matrimonio ocasionará la prodigiosa fortuna de los Plantagenéts. Anjou, el maestre había partido para Poitou. Recogía naciones y reclutaba partidarios aquí y allá. A su regreso de Inglaterra pasó por Le Mans (en 1129), y de allí se rigió a Provenza, donde el obispo de Avignon cedería a los templarios la iglesia de San Juan Bautista. El maestre cosechaba un éxito caluroso en todas partes. Es evidente que talento personal y su elocuencia sirvieron para algo.

Godofredo de Saint-Omer fue enviado a Flandes, donde su padre era uno de los señores principales. El conde de Flandes hizo una donación fastuosa: renunció a su derecho de foro en beneficio de los templarios, es decir, al censo que se pagaba al entrar en posesión de un feudo. Se fundo una templería en Ypres. Joffroi Bisot se ocupó de Provenza y Hugo Rigaud del Languedoc y de España. El éxito Temple tal vez fue mayor en estas comarcas meridionales que en los países de la lengua de oïl. Se puede explicar diversas maneras, pero la mejor de ellas es, sin duda, la proximidad de los musulmanes. Hemos dicho ya que España estaba semiocupada por los árabes; los reyes de Castilla y de Aragón libraban contra ellos una difícil guerra de reconquista, no siempre positiva: las incursiones árabes en sus territorios causaban frecuentes estragos. Desde 1126 los príncipes se acogieron al auxilio de los templarios. Por tanto el hermano Hugo Rigaud encontró un terreno propicio al venir de Toulouse.

En 1130 Ramón Berenguer III de Barcelona se hizo recibir como templario por Rigaud, donando no ya un simple dominio, sino la plaza fuerte de Grañena en la frontera sarracena. El mismo año, el rey Alfonso I el Batallador de Aragón legó un tercio de su reino a los templarios, a los hospitalarios y a los canónigos del Santo Sepulcro de Jerusalén, ya que no tenía hijos. En 1132 el conde de Urgel les donó su castillo de Barbera «porque han venido y se han mantenido con la fuerza de las armas en Grañena para la defensa de los cristianos». El mismo año del concilio de Troyes, la condesa Teresa de Portugal les donaba la fortaleza y el feudo de Soure, que defendía el sur de sus posesiones. Un poco más tarde su hijo Alfonso les donaba el bosque de Cera, que arrebataron a los musulmanes antes de fundar allí las tres ciudades de las que nacería Coimbra.

En el Languedoc, su crecimiento no era menos rápido: sí lo observa M. Gérard en su estudio sobre la encomienda de Douzens. Desde 1132-33 se implantaron en Carcasona, Brucafel, Douzens, etc., gracias a las larguezas de los nobles locales, es decir, de altísimos señores como el vizconde Rog­er de Béziers. En 1136 se fundaba la gran templería de Richerenches, en la Provenza.