SECTAS: El problema de los desprogramadores sectarios

Por Manuel Carballal

Lavados de cerebro para cerebros lavados.

La lucha contra la programación psicológica de las llamadas sectas destructivas ha posibilitado la existencia, sobretodo durante los años setenta y ochenta, de profesionales de la psicología o de la psicoterapia especializados en desprogramar los cerebros del sectario, para “volverlos a la normalidad”.

Alguno de los principales protagonistas actuales del mundo de la investigación y combate contra las sectas han sido protagonistas personales de estos desagradables episodios. María Rosa Voladeras, por ejemplo, vivió el drama de la programación y desprogramación sectaria a través de su hijo, quien durante dos años y medio perteneció al Movimiento Internacional para la Conciencia de Krisna (conocidos popularmente como Hare Krisna). El hijo de María Rosa Voladeras sufría una hepatitis, que aún hoy sigue padeciendo, e ingresó en Hare Krisna tentado con la promesa de que sería sanado gracias a los conocimientos de la literatura védica y las escuelas vahisnavas de occidente. Cuando María Rosa Voladeras descubrió que su hijo había ingresado en una secta “destructiva” intentó encontrar ayuda en todos los centros asistenciales y autoridades españolas sin conseguirlo. Así pues buscó ayuda fuera del país, y como tantos otros padres de jóvenes sectarios la encontró en Estados Unidos. Desde allí llegaron dos especialistas con la misión de desprogramar la mentalidad sectaria del muchacho. “Fueron unos días durísimos. -Explica la Sra. Voladeras- Mi hijo estaba convencido de que lo iban a drogar y a prostituir. Para el sectario todo lo malo que hay en la tierra son los padres. Todas las sectas tienden a romper la relación con los padres, sea como sea. Lo hacen degradando la imagen de los padres ante los hijos…“.

En aquellos días el joven renunciante Hare Krisna cumplía su servicio militar destinado en Ceuta, y María Rosa Voladeras y su esposo solicitaron un permiso a los mandos del cuartel para su hijo, con la intención de intentar una última actuación desesperada. El permiso fue concedido y el mismo padre del muchacho acudió a buscarlo en coche. De regreso un “casual y proverbial” pinchazo les obligaría a detenerse. El padre se ensució deliberadamente más de lo previsto, y con ese pretexto entraron en un local de carretera para aslearse. El joven Hare Krisna fue conducido a una habitación donde le esperaban los dos desprogramadores norteamericanos. Y allí sería encerrado para vivir el tortuoso proceso de re-programación que duraría varios días. “Le cerramos la puerta -declaraba Voladeras a un semanario nacional- y allí se quedó con los desprogramadores. Esto fue un viernes a las seis, y el domingo volvía con nosotros a casa“. Después de esa dramática experiencia María Rosa Voladeras, como otras muchas madres de jóvenes sectarios, desprogramados o no, decidió dedicarse a ayudar y asesorar a otras familias que sufran el problema de las sectas, siendo co-fundadora de la asociación AIS (Ayuda e Información sobre Sectas) perteneciente a Pro-Juventud.

Sin embargo, y pese a sus presumibles buenas intenciones, tanto familias de sectarios como desprogramadores profesionales han recibido numerosas denuncias por parte de movimientos religiosos de toda índole, por secuestrar y maltratar psicológicamente a mayores de edad para imponerles su criterio ideológico, que no legal.

En Estados Unidos las denuncias han llegado a arrojar sentencias condenatorias contra desprogramadores profesionales que, además de obtener sustanciosas sumas económicas de las familias de sectarios, han sido acusados de abusos sexuales, malos tratos, etc., por parte de sus “pacientes”. ¿O sería más correcto decir víctimas? El grave problema de las sectas en Norteamérica, que afecta a millones de ciudadanos, propició inmediatamente un nuevo fenómeno social que rápidamente fue exportado a otros países. Psicólogos en paro, o terapeutas de escasa formación y actividad profesional, encontraron en la desprogramación sectaria una jugosa fuente de ingresos. En su desesperación por recuperar al hijo -padre, hermano o amigo- captado por una secta las familias están dispuestas a pagar cualquier suma, amén de dar carta blanca al “especialista” para que utilice los sistemas que crea oportuno para recuperar al sectario para la sociedad “civilizada”. Y eso motivó que en algunos casos, afortunadamente los menos, llegasen a consumarse delitos graves contra el sectario, que en ese instante se convierte en víctima por partida doble, de sus programadores primero, y de sus re-programadores después.

El pasado año, y durante dos semanas, unos cuarenta inspectores de policía, provenientes de diferentes provincias españolas, asistían en Madrid a un cursillo de la Brigada de Información sobre Sectas. Entre las conferencias impartidas a esos inspectores, por algunos de los estudiosos invitados a asesorar a dicha Brigada, un sacerdote católico disertó sobre las creencias de las sectas en una conferencia titulada: “Las Sectas destructivas y la Iglesia“. Según este experto en sectas, “la Iglesia se distingue de la secta por su origen, medios, mensaje y fin. El análisis de estos cuatro elementos en cualquiera de las iglesias cristianas, y sobre todo en la Iglesia católica, manifiesta de manera fehaciente la diferencia esencial entre la Iglesia y las sectas“. Sin embargo, algunos de los inspectores asistentes al curso se planteaban la siguiente reflexión: ¿y cuál es la diferencia?.

Las fuerzas de seguridad del estado son perfectamente conscientes de que se han presentado denuncias por padres de jóvenes captados por movimientos cristianos a los que definen como sectarios, como los Testigos Cristianos de Jehová, la Iglesia Evangélica, o la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días (mormones), entre otros. E incluso se han realizado denuncias contra movimientos católicos como el Opus Dei, la Renovación Carismática, o ciertas órdenes monásticas, por parte de padres que han perdido a sus hijos al ingresar en estas organizaciones religiosas sin su aprobación. Evidentemente para un agnóstico o ateo, el hecho de que su hija renuncia a una vida normal, matrimonio, carrera y familia, para hacerse monja carmelita, por ejemplo, resulta absolutamente inaceptable, y no son pocos los casos de padres que han acusado a ciertas órdenes religiosas católicas del secuestro y lavado de cerebro de sus hijos. Sin embargo estos casos con frecuencia son obviados por los “expertos en sectas” ya que resulta mucho más incómodo atacar un culto política y económicamente poderoso como el catolicismo, que cultos minoritarios y menos poderosos.

Este hecho incuestionable nos pone alerta contra una de las realidades menos conocidas del fenómeno “Desprogramación”, y es que en todos y cada uno de esos grupos cristianos, y también católicos, existen terapeutas y “expertos” dedicados a desintoxicar a los jóvenes que han pertenecido a “falsas religiones” y que ahora abrazarán la verdadera fe.

Al examinar la bibliografía de estos y otros grupos sectarios, podemos encontrar libros escritos por Testigos de Jehová, mormones, numerarios del Opus Dei, evangélicos, sacerdotes católicos, etc., examinando el problema de las sectas, y catalogando todas las demás creencias cristianas de sectarias, menos la suya, que lógicamente es la “auténtica”. De la misma forma existen misioneros Testigos de Jehová, elders, mormones o pastores evangélicos dedicados a recuperar a ex-católicos (en palabras literales de uno de ellos: “ex-adeptos a la secta del Vaticano”), igual que existen supuestos expertos y desprogramadores católicos dedicados a “recuperar” ex-mormones, ex-protestantes, ex-testigos, etc. Esta lamentable realidad se debe a la profunda ignorancia sobre el problema, y al oportunismo que se desarrolló en torno a las sectas durante los años setenta y ochenta. Resulta absolutamente paradójico que se intenten combatir las creencias de un grupo ideológico con otras creencias similares, o a veces aún más absurdas. Lo único que se consigue con esa actitud es cambiar la devoción irracional a un líder, gurú o santón, por la misma devoción irracional a otro beato, pontífice o santo. En ambos casos un lavado de cerebro sustituye a otro.

Por otro lado, existen denuncias -afortunadamente escasas- contra supuestos psicólogos, terapeutas y expertos en sectas, que en realidad manipulaban y abusaban de los mismos sectarios, o sencillamente intentaban sustituir unas creencias por otras. Uno de los mayores escándalos en este sentido (publicado en primicia por El ojo crítico números 1 y 2) fue protagonizado por un conocido psicólogo y parapsicólogo, miembro de la Comisión Parlamentaria para el estudio de las Sectas, y supuesto experto en desprogramación: José Luis Jordán Peña. Tras años de intensa actividad en este campo se descubrió que Jordán Peña era el autor -ya confeso- del conocido affaire UMMO, además de ser acusado de estar detrás de grupos y prácticas abusivas, fundamentalmente con crédulas esotéricas. Pero Jordán Peña no ha sido, por desgracia, el único psicólogo o terapeuta acusado de abusos sexuales y psicológicos en el mundo de las sectas. El FBI, Scotland Yard o la mismísima Policía Nacional Española posee abundante documentación al respecto.

Sin embargo también es justo reconocer que en algunos casos las denuncias contra desprogramadores profesionales efectuadas por miembros de sectas son tan solo venganzas del sectario, o del propio gurú, contra quienes han cuestionado su divina autoridad en la tierra. En este sentido Pepe Rodríguez, uno de los mayores expertos en sectas de España nos decía: “El problema de la desprogramación es complejo. Yo he estado presente en muchas de esas sesiones de desprogramación y obviamente se cometía un delito, un delito de secuestro. El adepto era conducido a una casa aislada, normalmente una casa en el campo, y allí se le mantenía contra su voluntad. Evidentemente eso era un delito de secuestro, y no es justificable, pero todas las idioteces que se han dicho posteriormente sobre que si el adepto era obligado a comer carne si era vegetariano, o a ir con prostitutas si era célibe, son tonterías y totalmente falsas. Lo único cierto, y por supuesto grave, es que la única forma que tenían los padres de separar a su hijo de la secta para acceder a una vía terapéutica era vulnerando su libertad y manteniéndolo en el lugar de la desprogramación, pero eso era inevitable.

Son ya muchos los jueces, y también los especialistas, que observan las similitudes entre las dependencias de narcóticos, y la adicción religiosa que producen las sectas. Y de la misma forma que los toxicómanos son apartados de su contexto social, que impulsa su adicción, para ser tratados en granjas de desintoxicación, han sido muchos los jueces que han permitido el “secuestro” del adepto a una secta para su tratamiento contra la adicción emocional que le produce dicha secta. En esas sentencias absolutorias, a favor de desprogramadores denunciados, los jueces alegan que se ha permitido la consumación de un delito de secuestro para evitar un mal mayor, que puede desprenderse de la adicción a una secta destructiva.

En la adicción a la secta, igual que en las drogodependencias, algunos pacientes de desprogramadores consiguieron superar su dependencia, pero otros terminaron volviendo a “engancharse”. Y son precisamente estos últimos, los adeptos que tras una o varias sesiones de desprogramación terminaron volviendo a la secta, los que han realizado los informes más increíbles denunciando estas prácticas. Por regla general -al menos en los casos españoles- los desprogramados que no han vuelto a sus respectivas sectas, se sienten satisfechos con el tratamiento.

Afortunadamente, en España, las desprogramaciones de adeptos a sectas, tal y como las entendemos, dejaron de practicarse hacia 1985. En los últimos diez años las técnicas para luchar contra las adicciones a movimientos sectarios han evolucionado mucho. Los secuestros y presiones psicológicas de los desprogramadores han pasado a la historia. La experiencia, las denuncias y sentencias contra desprogramadores, y la madurez de los investigadores del fenómeno sectario han contribuido a la consecución de técnicas más efectivas y respetuosas de la libertad del sectario, para rescatarlo de las cadenas que pueden suponerle sus propias creencias irracionales.

Pepe Rodríguez dirige actualmente un equipo de psicólogos y terapeutas destinado a ayudar a ex-adeptos a sectas y a sus familias, pero tanto él como su equipo rechaza ya el término “desprogramador”. “Actualmente preferimos el término terapeuta -nos explica-, porqué la forma de ayudar al adepto a una secta ha evolucionado muchísimo desde hace diez años. Afortunadamente ya no se atenta contra la libertad del sectario. De hecho en las terapias actuales es imprescindible que el adepto de el primer paso. Al igual que en las drogodependencias, el adicto es quién ha de estar dispuesto a curar su dependencia. Esa condición indispensable da un giro de 180 grados a las nuevas terapias para la recuperación de sectarios.

Psicólogos y terapeutas como Ana Arias, José Mª Jansá o Margarita Barranco, esta última psicóloga de AIS (Ayuda e Información sobre Sectas), todos ellos especialistas en ayuda a sectarios, intentan poner al adepto en el papel de su líder, su familia, sus compañeros de culto, etc. Usando técnicas como la psicoterapia Gestalt, entre otras, intentan que el sectario conozca las otras perspectivas que existen en su drama personal, hasta que poco a poco comienza a tener una perspectiva más general e independiente de la fe que hasta ese instante ha profesado incondicionalmente.

Según la psicóloga Ana Arias, cuando el adepto comienza a descubrir la dimensión del engaño de que ha sido víctima, sufre de una profunda inseguridad, teniendo serias dificultades para tomar decisiones en su vida personal. “Una vez recuperado el adepto -declaraba Ana Arias- la función de la familia es de apoyo y comprensión. El trabajo del adepto es enfrentarse a la sociedad y superar sus temores. El terapeuta debe conseguir que el ex-adepto entienda el proceso por el que ha pasado, y facilitarle la integración social y la rehabilitación, porque en el grupo pierden muchas de sus capacidades, tanto sociales como laborales“.

Esta evolución en las técnicas de desprogramación se debe en buena medida a la similar evolución de los argumentos de las sectas. A pesar de que todavía en la actualidad solemos escuchar con frecuencia, a nivel popular y profano, el término “sectas” seguido del término “religiosas” lo cierto es que limitar el problema de las sectas a las llamadas “sectas religiosas” es una postura obsoleta y anticuada.

Los terapeutas que han asumido el rol de los antiguos desprogramadores han de enfrentarse ahora a otro tipo de argumentos y elementos de captación de sectarios. En la actualidad el concepto secta debería ser ampliado a muchos grupos que no encajarían en la clasificación ortodoxa de “religiosos” como los nuevos cultos OVNI, algunas órdenes esotéricas, movimientos parapolíticos y extremistas, grupos racistas u xenófobos, asociaciones comerciales piramidales, bandas urbanas, y un largo etcétera. La fragilidad emocional del ser humano, y nuestra incorregible necesidad de líderes que piensen por nosotros, hace que en la sociedad actual estén proliferando y multiplicándose las agrupaciones sectarias dispuestas a captar nuestra mente, y nuestro bolsillo, al primer descuido. Y por esa razón las técnicas de desprogramación y las terapias destinadas a recuperar a los ex-adeptos de estas asociaciones también tienen que evolucionar y adaptarse a las nuevas técnicas de manipulación de estos nuevos gurús políticos, paramilitares, esotéricos, ufológicos, etc. Y sobre todo mantenerse dentro de la ley y la moral que pretenden defender. De lo contrario caerían en el delito que pretenden combatir.