El texto griego del Nuevo Testamento

Todos los libros del Nuevo Testamento, en su forma canónica, se escribieron en griego, lengua que se había difundido ampliamente por todo el Oriente durante la época helenística. Esta lengua, por su uso generalizado, recibió el nombre de ‘koiné’ (común, ordinario), con la que también hoy día se la designa. También la versión griega de los LXX utiliza esta lengua. Solo el primer evangelio fue escrito en arameo, traduciéndose poco después al griego, que es el texto canónico. En los evangelios se descubren además resonancias semíticas y algunos latinismos.

En cuanto al material empleado para escribir, al comienzo se utilizó casi exclusivamente, pero no solo, el papiro, como confirman los numerosos fragmentos encontrados en Egipto; sin embargo, desde el siglo IV el pergamino se hizo más común. Casi todos los códices más antiguos que conservamos son precisamente de este material. Entre los pergaminos constituyen un grupo particular los llamados ‘palimpsestos’ (raspados [para escribir] otra vez), es decir, pergaminos cuyos textos fueron raspados con piedra pómez u otros instrumentos, o lavados, para escribir encima otros escritos. El más famosos de estos palimpsestos es el Codex Ephraemi rescriptus, del siglo V, del que hablaremos. Otro grupo particular de códices lo constituyen los códices purpúreos, utilizados para escritos de mayor importancia. Existen cuatro códices purpúreos bíblicos del siglo VI. Hacia el siglo XII, el pergamino es sustituido por el papel.

Con respecto al formato, para el papiro se siguió utilizando generalmente la forma de rollo; pero también está documentado el códice de papiro. Para los pergaminos era más común el sistema de códice; este sistema, más práctico, terminó por prevalecer.

La escritura podía revestir varias formas: desde el ‘ carácter uncial’ (un tipo de escritura toda en mayúsculas) hasta la minúscula. La escritura uncial era muy similar a la escritura capital, utilizada en monumentos y monedas, pero más redondeada y menos lineal. En ella, las letras están separadas y todas tienen la misma altura (alrededor de una onza). La escritura uncial se utilizó hasta el siglo IX, cuando comenzó a ser sustituida por la escritura minúscula (escrita en caligrafía, con los caracteres unidos y de diversas alturas). Algunas particularidades de los antiguos códices unciales fueron: la scriptio continua, es decir, la falta de intervalo entre una palabra y otra, la carencia de acentos y espíritus, la falta de signos de puntuación, el uso de abreviaturas. Esto ha dado ocasión a la formación de variantes textuales, y todavía hoy día crea problemas de interpretación. Para resolver las dificultades de lectura, en la antigüedad se generalizó el sistema colométrico, que sustituyó el más antiguo sistema llamado esticométrico.

Testimonios del texto griego

Los escritos autógrafos del Nuevo Testamento, desaparecidos probablemente hacia la mitad del siglo II, fueron trascritos y sustituidos a lo largo del tiempo por apógrafos (copias). Estos se pueden clasificar en códices (generalmente escritos en pergamino), papiros, leccionarios (textos bíblicos agrupados para un uso litúrgico) y ostracas (tablillas de barro cocido con alguna frase bíblica). Además de los apógrafos, que son testimonios directos, el texto del Nuevo Testamento está atestiguado por las versiones y por citas de los antiguos escritores eclesiásticos, testimonios ciertamente indirectos, porque no ofrecen el texto del Nuevo Testamento sino que lo presentan a través de referencias más o menos literales o de traducciones. Estos testimonios, directos e indirectos, son los que permiten reconstruir en lo posible el texto original.

Citas de los antiguos escritores eclesiásticos - El número y la índole de estas citas es tal que, entre todas ellas, abarcan casi completamente el texto del Nuevo Testamento. Su importancia, sin embargo, es relativa: no consiste tanto en la ayuda que pueden proporcionar para reconstruir críticamente el texto bíblico, pues a menudo los escritores eclesiásticos citaban de memoria o por el sentido, y no siempre acudían a fuentes seguras, como por el hecho de ser testimonios del texto bíblico en una época relativamente cercana a su redacción definitiva. Para el trabajo de crítica textual, por tanto, las citas de los escritores eclesiásticos exigen ser verificadas una a una. Como testimonios del texto, la importancia de las citas es mayor o menor según la mayor o menor antigüedad del autor y el género literario de la obra en que se encuentran (comentario exegético, recopilación de homilías, etc.). Por la extensión de su obra y su carácter científico, resultan de particular interés, entre los escritores de los siglos II y III, san Ireneo, Clemente de Alejandría, Orígenes, Tertuliano y san Cipriano. De los siglos siguientes, un lugar destacado ocupa la obra de san Jerónimo. Hoy existen algunas obras fundamentales de colecciones o referencias de citas de escritores eclesiásticos, especialmente la Biblia patristica.

Las antiguas versiones - Las antiguas versiones poseen una gran importancia en la reconstrucción del texto bíblico original por su cercanía al texto bíblico. Algunas, en efecto, son anteriores a los códices griegos más antiguos llegados hasta nosotros, como es el caso de la Vetus latina africana, que se remonta al siglo II. Desde el punto de vista de la crítica textual, sin embargo, su uso requiere que sean críticamente seguras. La Vulgata de san Jerónimo posee un interés especial por su antigüedad y por el largo uso que la Iglesia ha hecho de ella en la exposición de la doctrina de fe y en su liturgia. Para el Nuevo Testamento, la Vulgata refleja esencialmente, corrigiéndola sobre la base de códices muy antiguos, el texto de la Vetus latina africana.

Los apógrafos (copias) - Los apógrafos constituyen el testimonio más importante del Nuevo Testamento, tanto porque lo atestiguan directamente, como porque forman el grupo más numeroso. En total poseemos, según la edición crítica Aland27 (ed. 1993), un total convencional de 5488 manuscritos, correspondiente a 98 papiros, 301 códices unciales, 2818 códices minúsculos, 2211 leccionarios; además de unas 25 ostracas y 9 talismanes con frases bíblicas. Conviene observar que la denominación ‘códices unciales’ o simplemente ‘unciales’, se reserva a los manuscritos escritos en pergamino. Algunos manuscritos se remontan a los siglos II y III; alrededor de 59 códices contienen el Nuevo Testamento prácticamente completo, excepto algunas secciones; muchos contienen una parte más o menos amplia. Estos datos manifiestan como el texto del Nuevo Testamento es el más y mejor testimoniado entre las obras de la antigüedad, las cuales, excepto pequeños fragmentos, no pueden ofrecer testimonios de códices anteriores al siglo IX.

Designación y descripción de los principales manuscritos

Designación - Según el sistema de Gregory-Aland, que se sigue hoy habitualmente, las siglas que se utilizan para designar los manuscritos son, para los papiros, la P con un número como exponente (P2, por ejemplo). Para los manuscritos en caracteres unciales, los primeros cincuenta y un manuscritos tienen una sigla doble: una letra mayúscula del alfabeto latino o griego (B, S) y un número precedido del cero (086; 0122); los restantes manuscritos se indican solamente con el número precedido por cero; a veces se añade a la letra mayúscula, como exponente, una indicación del contenido: e (evangelios), a (Hechos y cartas católicas), p (Pablo), r (Revelación, es decir, Apocalipsis). Los manuscritos en caracteres minúsculos se indican con un número árabe (13, 15, etc.). Los leccionarios, con la letra ‘l’ con un número como exponente: l23, por ejemplo. Las citas de autores eclesiásticos, con el nombre abreviado del autor: Ir para Ireneo, Or para Orígenes, Cr para Crisóstomo. Para las ostracas se utiliza la letra ‘O’ seguida de una cifra árabe como exponente; para los talismanes, lo mismo, pero con la letra ‘T’. A continuación se describen los manuscritos más importantes.

a. Manuscritos en caracteres unciales

B (03): Códice Vaticano. La denominación se debe a que se conserva en la Biblioteca Vaticana. Contiene casi íntegramente tanto el Antiguo Testamento (la versión griega de los LXX) como el Nuevo (falta la última parte, es decir, Hb 9,15-13,24; 1-2 Tm, Tt, Flm, Ap). Este códice fue copiado a inicios del siglo IV, probablemente en Egipto. Se le considera el códice más antiguo y uno de los mejores por su fidelidad al texto. Consta en la actualidad de 734 folios (tenía 920), en tres columnas, cada una de 42 líneas de 16 letras.

S (01): Códice Sinaítico. Este códice fue descubierto por el célebre estudioso C. von Tischendorf a mediados del siglo XIX (1844-1859), en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí. Hoy se encuentra casi completamente en el British Museum de Londres. Contiene el Antiguo Testamento con lagunas y todo el Nuevo Testamento; trae además algunos libros apócrifos (la carta del Pseudo-Bernabé y el Pastor de Hermas). Fue copiado en la primera mitad del siglo IV, probablemente en Egipto. Contiene 347 folios a cuatro columnas (excepto en los libros poéticos, en los que cada página contiene solo dos columnas), cada una de 48 líneas de trece letras. Su texto es en general de tipo alejandrino.

A (02): Códice Alejandrino. El nombre de este códice se debe a que antiguamente se encontraba en Alejandría (Egipto). Hoy se encuentra en el British Museum. Contiene el Antiguo y el Nuevo Testamento; éste último con lagunas notables. Incluye también la primera y segunda Carta de Clemente Romano y el libro apócrifo Salmos de Salomón. Se escribió en Egipto, en el siglo V. Está escrito a dos columnas por página. Es el mejor testimonio existente del texto del Apocalipsis.

C (04): Códice palimpsesto, conocido como «códice rescripto de san Efrén», porque en el siglo XII se escribieron en él, sobre el texto precedente, las obras de san Efrén en griego. Se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Contiene el Antiguo y el Nuevo Testamento, pero con lagunas. Esta fechado en el siglo V. Contiene 209 folios, con una columna por página. Su texto concuerda por lo general con el texto bizantino.

D (05): Conocido como Códice de Beza o Cantabrigensis (códice de Cambridge), porque pertenecía a Teodoro Beza, humanista célebre del siglo XVI, que lo donó a la universidad de Cambridge. Posee solo los evangelios y los Hechos, en griego y latín. Es importante por la singularidad del texto, que contiene frecuentes adiciones de palabras o frases enteras. En Hechos, el texto es una décima parte más amplio que el de la restante edición manuscrita. Fue escrito en el siglo V o VI, probablemente en Francia. Tenía unos 510 folios, con el texto griego en la página derecha y el latino en la izquierda.

D (06): Se le designa también como Códice Claromontano, porque permaneció largo tiempo en el monasterio de Clermont (Francia). Actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de París. Como el anterior, perteneció a Teodoro Beza. Contiene las cartas de san Pablo, tanto en griego como en la versión latina. Fue escrito en el siglo V, probablemente en Italia meridional. En él se encuentra el famoso Canon claromontano, con la lista de libros sagrados escrita esticométricamente.

Q (038): Códice de Koridethi. Este códice proviene del monasterio del mismo nombre en el Mar Negro, y se conserva en la ciudad de Tiflis, capital de Georgia. Contiene los evangelios con algunas lagunas. Fue escrito en el siglo VIII.

b. Manuscritos en caracteres minúsculos

Entre los más importantes manuscritos en caracteres minúsculos se encuentran el Códice 461, que contiene los evangelios, considerado el códice en caracteres minúsculos más antiguo (escrito en el 835). Actualmente se encuentra en San Petersburgo. Otra códices minúsculos importantes son: la serie de Códices Lake (o familia 1), conjunto de manuscritos pertenecientes a los siglos XI-XIV, que reciben su nombre del estudioso que los examinó, reagrupándolos por sus afinidades y característica filológicas; y la Serie Ferrar (o familia 13), que comprende muchos códices del siglo XII. Esta última familia contiene solo los evangelios (excepto el Códice 69, que contiene todo el Nuevo Testamento) y, entre otras características se encuentra la de incluir el episodio de la adúltera (Jn 7,53-8,10) después de Lc 21,38.

c. Papiros

Los papiros tienen una importancia especial por su antigüedad. En su conjunto contienen alrededor del 65 por ciento de todo el Nuevo Testamento. El libro más representado es el evangelio de san Juan, le siguen los evangelios de san Mateo y los Hechos. Los mejores conservados son el P46 (86 folios), P66 (52 f) y el P45 (28 f). Las dos colecciones de papiros más famosas llevan los nombres de Chester Beatty (gran parte en Dublín) de Martin Bodmer (en Ginebra). Entre los papiros más importantes están los siguientes:

P52. También llamado ‘Papiro Rylands’, porque pertenece a la John Rylands‘ Library (Manchester). Es el más antiguo testimonio del Nuevo Testamento conocido hasta ahora. Se remonta a la primera mitad (quizá al primer cuarto) del siglo II, y proviene de al-Fayum o de Oxirinco (Egipto). Se trata de un pequeño fragmento escrito por las dos caras y que contiene Jn 18,31-33.37-38. Su valor apologético es notable, porque rebate la difundida opinión en la exégesis racionalista del siglo pasado que sostenía un origen tardío para el cuarto evangelio, hacia el año 150. El papiro prueba que el cuarto evangelio, escrito en Asia, ya era conocido en el valle del Nilo hacia los años 120-130 y, por tanto, no podía haber sido escrito más tarde de finales del siglo I.

P45, P46, P47. Pertenecen al grupo de ‘papiros de Chester Beatty’, designados así por el nombre del coleccionista americano que los compró en Egipto entre los años 1930-1931. Gracias a este descubrimiento, por primera vez se conseguía tener escritos del Nuevo Testamento casi completos de una época antigua (siglos II/III). P45 se compone de 28 folios (probablemente el códice primitivo tenía 100 páginas) y contiene secciones notables de los evangelios y de Hechos. P46, de 86 folios, trae gran parte de las cartas de san Pablo. P47 contiene en 10 folios Ap 9,10-17,2.

P66 o ‘papiro Bodmer II’. Se le designa de este modo porque pertenece a la biblioteca Bodmer de Cologny (Suiza). Tiene gran importancia, debido a su antigüedad (se remonta al año 200), su dimensión (52 folios) y al estado de conservación. Contiene alrededor de 2/3 del cuarto evangelio (Jn 1,1-14,26, con algunas lagunas, y fragmentos del capítulo siguiente). Pertenece a la familia textual del Códice Sinaítico.

P72 o ‘papiro Bodmer VII-VIII’. Fue escrito hacia el siglo III/IV y contiene el texto más antiguo encontrado hasta ahora de la carta de Judas y de las dos cartas de Pedro. Si P66 constituyó una revolución en el estudio del texto por su forma de verdadero libro de papiro, y el P75 por mostrar la continuidad en la transmisión del texto, P72 posee una gran importancia por ser el testimonio más antiguo sobre las cartas católicas y el proceso de su inclusión en el canon.

P75 o ‘papiro Bodmer XIV-XV’, junto con P46 y P66 constituye uno de los códices más importantes por su antigüedad. Fue escrito a inicios del siglo III (entre los años 175 y 225). Contiene 27 folios con gran parte del tercer evangelio y los primeros 15 capítulos del evangelio de san Juan. P75 ocupa también un puesto destacado en la historia del texto, pues desde el momento en que se demostró su semejanza con el Códice B se hizo insostenible la opinión que afirmaba que el texto del Nuevo Testamento había sufrido una reelaboración total hacia el siglo IV.

d. Leccionarios

Entre los más importantes leccionarios se encuentra l1596, el más antiguo existente (siglo V). Este leccionario se caracteriza por las variantes singulares que presenta. Otros dos leccionarios de gran interés son l961 y l1566, del siglo IX, importantes bajo el aspecto crítico, porque traen, a semejanza de algunos pocos códices y algunas versiones, una breve y singular conclusión del segundo evangelio en vez de Mc 16,9-20. El primero de los leccionarios mencionados se conserva en Viena; el segundo en París y el tercero en Friburgo (Suiza).

Las recensiones o tipos textuales del texto griego

El gran número de manuscritos que nos ha llegado hasta ahora (más de 5.000) proviene de una sola raíz, los textos autógrafos, escritos por los autores inspirados. No obstante, entre ellos existe una cantidad notable de variantes: algunas se pueden atribuir con certeza a errores de los copistas; otras han sido introducidas conscientemente, por diversos motivos: litúrgicos, pastorales, de instrucción religiosa, de edificación, etc. Examinando los diferentes testimonios directos e indirectos del texto, la crítica moderna ha llegado a individuar cuatro recensiones, también llamadas familias o tipos textuales.

Tipos textuales de los evangelios

Para los evangelios existen cuatro grupos mayores, que se designan con las siglas H, D, K, C. Respectivamente: Texto alejandrino, Texto occidental, Texto bizantino, Texto cesariense.

- Tipo textual H (Texto alejandrino). La sigla está tomada de la inicial del nombre de Hesiquio. Se trata de una recensión elaborada en Egipto, donde se encuentra atestiguada al menos desde el siglo II/III. Comprende algunos de los códices más importantes, como el Vaticano (B), el Sinaítico (S), el Alejandrino (A) excepto la parte de los evangelios, el palimpsesto C, el papiro P75, y las citas de Orígenes y Atanasio. También pertenece a este tipo textual gran parte de la Vulgata, pues san Jerónimo corrigió el Nuevo Testamento de la Vetus latina utilizando códices de la familia H. El tipo textual H es considerado el más fiel al texto original.

Tipo textual D (Texto occidental). La sigla proviene de su máximo representante, el Códice D. Se le llama ‘occidental’ porque se difundió sobre todo en Occidente. El texto del Nuevo Testamento de esta recensión se formó hacia el siglo II, en Egipto, y se encuentra en la Vetus latina (siglo II) y en la Vetus siríaca (siglo V). También en algunas citas, pocas, de escritores del siglo II, como Marción, san Justino, Taciano y san Ireneo. Respecto al tipo textual H, el D se caracteriza por la tendencia a armonizar, realizar paráfrasis, introducir algunos añadidos y omitir de modo significativo algunos textos; también evita las expresiones que puedan resultar ofensivas. Todo esto revela una intención de hacer el texto más inteligible y grato los lectores.

Tipo textual K (Texto bizantino o antioqueno). Está representado principalmente por el Códice A (para los evangelios), por un gran número de manuscritos relativamente recientes y por las citas de algunos grandes escritores antioquenos (san Juan Crisóstomo y Teodoreto de Ciro), pero también de san Cirilo de Alejandría. De aquí proviene la sigla K, primera letra del adjetivo koinê (común), porque esta recensión se hizo común en la Iglesia griega. Probablemente surgió a inicios del siglo IV, en Antioquía, por obra del mártir san Luciano († 312). Sus características principales son la elegancia de estilo, la tendencia a armonizar hasta casi igualar los pasajes paralelos de los evangelios, y la conflagración, es decir la yuxtaposición de diversas lecturas variantes de un mismo versículo. Debido a su elegancia, esta recensión se difundió por todo el imperio bizantino y fue la que prevaleció hasta el surgir de la crítica textual en el siglo XVIII.

- Tipo textual C (Texto cesariense). Así llamado por su afinidad con el texto bíblico que utilizaron Orígenes y Eusebio, el de la Iglesia de Cesarea de Palestina. Sin embargo, no parece que esta haya sido su patria de origen, sino Egipto. Está representado especialmente por el Códice q (también llamado Koridethi) y por P45, testimonios del siglo III. El Texto cesariense es cercano al tipo textual H, sin embargo, posee una mayor elegancia lingüística y ha padecido infiltraciones de elementos del tipo occidental (D). Esta recensión, bastante híbrida, tuvo una difusión muy limitada. Algunos dudan de su existencia como recensión.

b. Los tipos textuales de los demás escritos del Nuevo Testamento

Los Hechos de los Apóstoles presentan un caso particular, ya que hay dos recensiones distintas entre sí: la H (representada por el códice A) y la D, que contiene un texto aproximadamente un décimo más largo. Ordinariamente se piensa que la D es, en su conjunto, una reelaboración de la H, tipo textual que transmite el texto con mayor fidelidad. En el caso de las cartas paulinas y las católicas, faltan representantes del tipo textual C. En este caso, la recensión D coincide en general sustancialmente con la H. Las cartas católicas faltan también en el tipo textual D. En cuanto al Apocalipsis, desde el momento en que el códice B no lo contiene, la recensión H esta representada, igual que en Hechos, por los códices A y S. La forma textual K se encuentra representada por el comentario al Apocalipsis del obispo Andrés de Capadocia.

Historia del texto griego del Nuevo Testamento

La crítica textual ha reconstruido en sus líneas generales la historia primitiva del texto griego del siguiente modo. Hacia el siglo II, en Egipto, el texto del Nuevo Testamento, que se había trasmitido en diferentes copias, fue sometido a dos revisiones diferentes; la primera tenía la finalidad de reconducir el texto a los autógrafos originales (recensión H); la segunda, la de hacerlo más inteligible (recensión D). Así nacen los prototipos textuales de estas dos formas del texto griego. En el siglo III, también en Egipto, se intentó fundir las dos recensiones precedentes, o quizá corregir la recensión H con la D. Así surge el tipo textual C, que tuvo poca acogida. Los cuarenta años que van desde la persecución de Decio y Valeriano hasta la de Diocleciano (303), vieron el nacimiento de una gran cantidad de manuscritos. El trabajo de recensión alcanzó su ápice en el siglo IV. Hasta aquel momento la operación de trascripción se realizaba sin seguir normas precisas, según las necesidades de las Iglesias locales, con finalidades propias catequísticas y litúrgicas y, por ello, se introdujeron no pocas variantes. El texto primitivo tuvo siempre sus representantes, como confirma el hallazgo del Papiro P75 (siglos II/III), afín al Códice B.

En el siglo IV, en Antioquía, por obra de Luciano, se elaboró el ejemplar original de una cuarta recensión (K), que buscaba hacer más elegante el tipo textual H sin descuidar la recensión D. Su finalidad, al parecer, era principalmente de índole teológica. También en otras localidades de Oriente, probablemente en Egipto, se produjeron, desde los modelos precedentes, los manuscritos de los que dependen el Códice D y el Códice B. De este modo, en el siglo IV, se concretizaron tres formas textuales principales: el tipo textual D, que dominará en Occidente; el tipo H, que se difundirá en Egipto y Palestina; y la forma K, en Siria, Asia Menor y Constantinopla. El tipo textual D alcanzará un gran auge hasta el siglo VI, cuando se impondrá la recensión K. Esta recensión constituirá el textus receptus hasta el siglo XVII, cuando la crítica textual reconocerá el alto valor del tipo textual H y su fidelidad al texto original. Ciertamente, a través de la Vulgata y la Versión siríaca, la recensión H se había transmitido y difundido ampliamente tanto en Oriente como en Occidente.

Ediciones impresas y concordancias

Desde la invención de la imprenta (siglo XV) y durante tres siglos las ediciones impresas recogieron el texto antioqueno (K). Esta situación cambia gracias a los trabajos de Karl Lachmann (1793-1851), profesor de filología clásica de la Universidad de Berlín, que muchos consideran el fundador de la crítica textual moderna. Lachmann estableció de modo coherente los principios críticos del ‘método genealógico’, que marcó en adelante los avances de la crítica textual. A partir de entonces, se empieza a considerar como texto mejor el más antiguo y mejor respaldado. Lachmann fue el primero en editar el Nuevo Testamento basándose en códices de la familia H (1831). Hasta entonces, las principales ediciones del texto neotestamentario habían sido el de la Políglota Complutense (Alcalá de Henares, 1514-1517) y la de Erasmo de Rotterdam (Basilea, 1516; 1535). Esta última, aunque inferior a la Complutense, fue la base de las ediciones sucesivas hasta el siglo XIX, constituyendo así sustancialmente el textus receptus.

Las primeras ediciones críticas comenzaron en el siglo XVIII y consistían casi únicamente en el textus receptus acompañado del ‘aparato crítico’, un cuerpo de variantes textuales situado a pie de pagina, bajo el textus receptus, en el que se iba añadiendo cada vez un mayor número de variantes. K. Lachmann creó una nueva mentalidad, pues dejando de lado el textus receptus, probó a reconstruir el texto bíblico original basándose en los más antiguos códices, como el B y el A, y sirviéndose de la Vulgata (Berlín, 1831; 1842-1850). Sus criterios fueron seguidos por el eminente crítico del siglo XIX, C. von Tischendorf, quien, en la 24ª edición de su Nuevo Testamento, llamada editio octava critica mayor (2 voll., Leipzig 1869-1872), utilizó como texto base el Códice S, descubierto por él mismo poco tiempo antes.

Los ingleses B.F. Westcott y F.J.A. Hort perfeccionaron el método de Lachmann, y su sistema terminó por imponerse. Estos estudiosos fueron los primeros en aplicar a la reconstrucción del texto bíblico la agrupación de los códices en cuatro familias o tipos textuales como hemos explicado, y basaron su edición (1881) sobre la recensión H, a la que pertenece el códice B. El mismo sistema siguió H. von Soden en su gigantesco trabajo (1902-1903), sin embargo, von Soden distribuyó los códices solo en tres familias y utilizó un criterio que terminaría por demostrarse del todo insuficiente, el criterio de la mayoría: en el caso de que una de las familias textuales no coincidía con las otras dos, elegía la lectura concordante, dejando la tercera. Su trabajo tuvo poco éxito.

Todos estos esfuerzos abrieron la posibilidad de las ediciones críticas modernas. Se distingue entre ediciones mayores y manuales. Todavía no se ha publicado una verdadera edición mayor que incorpore los progresos de los estudios de los últimos dos siglos. Este es el objetivo de la edición conocida como Novi Testamenti editio critica mayor, promovida por K. Aland, J. Duplacy y B. Fischer, bajo el patrocinio del Institut für neutestamentliche Textforschung de Münster. Los trabajos, sin embargo, están todavía lejos de su conclusión.

Entre las ediciones manuales, las más importantes hoy día son las siguientes:

- E. Nestle - K. Aland (o simplemente Aland27), Novum Testamentum Graece, Stuttgart 1993. Esta edición, igual que Aland26 (del 1984), no toma ningún manuscrito como texto base, sino que intenta reconstruir el texto original sobre la base de los diversos manuscritos existentes, siguiendo lo que se denomina ‘sistema genealógico local’. Existe la edición bilingüe greco-latina Novum Testamentum Graece et Latine, Stuttgart 1984 (1994), y la edición greco-italiana, dirigida por B. Corsani y C. Buzzetti, con el texto y aparato crítico de Aland27, la traducción italiana de la Conferencia Episcopal Italiana y las notas de la edición italiana de la Traduction Oecuménique de la Bible (Biblia TOB, Roma 1996).

- K. Aland - M. Black - C. M. Martini - B. M. Metzger - A. Wikgren, The Greek New Testament, 1979, que presenta el mismo texto de la precedente, pero con un aparato crítico más selectivo. En 1993 ha aparecido la cuarta edición, dirigida por K. Aland - B. Aland - J. Karavidopoulos - C.M. Martini - B. M. Metzger.

- Otras ediciones críticas manuales de este siglo, de una cierta importancia, han sido: la bilingüe greco-latina de H.J. Vogels (Friburgo 1949), A. Merk (Roma 19649), J.M. Bover (Madrid 19685); la trilingüe greco-latina-española de J.M. Bover - O’Callaghan (Madrid 1977), y la de G. Nolli (Vaticano 1981), con el texto griego, la Vulgata y la Neovulgata.

Con respecto a las concordancias, las más usuales son la de K. Aland y la de Moulton- Geden. También existen concordancias manuales, como la de A. Schmoller.

Valor crítico y dogmático del texto griego del Nuevo Testamento

Los estudios realizados con la finalidad de realizar una edición crítica del Nuevo Testamento han demostrado que su texto ha permanecido, a lo largo de los siglos, sustancialmente completo e inalterado. Es cierto que la suma total de las variantes de todos los testimonios del texto llega aproximadamente a 250.000, cifra que es superior al número mismo de las palabras del Nuevo Testamento (alrededor de 150.000), sin embargo, este dato no es tan significativo si se considera que:

a) se cuentan las variantes de una misma palabra o frase donde aparece;

b) a veces las variantes se refieren a aspectos meramente formales: errores ortográficos, inversiones de palabras, omisiones y añadidos de la conjunción copulativa ‘y’, sustitución del nombre por el pronombre, etc. En realidad, las variantes realmente significativas, que influyen en el sentido del texto, no son más de 200; y de éstas, solo 15 poseen una cierta importancia. En estos casos no sufre de ningún modo la doctrina contenida en esos textos, porque la misma enseñanza la encontramos expresada en otros pasajes de manera más clara y explícita. Por esta conservación providencial, el Nuevo Testamento supera sin comparación todos los demás libros de la antigüedad que han llegado hasta nosotros.